viernes, 26 de junio de 2026

27 de junio del 2026: sábado de la decimosegunda semana del tiempo ordinario-II-Memoria de San Cirilo de Alejandría, Obispo y Doctor de la Iglesia

 

SANTO DEL DIA

San Cirilo de Alejandría

378-444. Este enérgico patriarca de Alejandría fue el impulsor del concilio ecuménico de Éfeso que, en 431, condenó a Nestorio y el nestorianismo y aceptó la fórmula “María, Madre de Dios”. Doctor de la Iglesia.



Una relación compleja

(Lamentaciones 2, 2.10-14.18-19; Mateo 8, 5-17) Jeremías llora la catástrofe infligida a su pueblo por los babilonios. Mateo, en el episodio del centurión, medita sobre el rechazo de Jesús por parte de las autoridades judías y el éxito del Evangelio entre los paganos de su tiempo. Son dos ejemplos, entre otros, de la complejidad de la relación entre Israel y las naciones, a lo largo de una historia saturada de violencia. ¿Sabremos algún día dar cuerpo, juntos, a una verdadera fraternidad?

Jean-Marc Liautaud, Fondacio

 


Primera lectura

Lam 2, 2. 10-14. 18-19
Sus corazones claman al Señor sobre la muralla de la hija de Sion

Lectura del libro de las Lamentaciones.

HA destruido el Señor, sin piedad,
todas las moradas de Jacob;
ha destrozado, lleno de cólera,
las fortalezas de la hija de Judá;
echó por tierra y profanó
el reino y a sus príncipes.
Se sientan silenciosos en el suelo
los ancianos de la hija de Sion;
cubren de polvo su cabeza
y se ciñen con saco;
humillan hasta el suelo su cabeza
las doncellas de Jerusalén.
Se consumen en lágrimas mis ojos,
se conmueven mis entrañas;
muy profundo es mi dolor
por la ruina de la hija de mi pueblo;
los niños y lactantes desfallecen
por las plazas de la ciudad.
Preguntan a sus madres:
«¿Dónde hay pan y vino?»,
mientras agonizan, como los heridos,
por las plazas de la ciudad,
exhalando su último aliento
en el regazo de sus madres.
¿A quién te compararé,
a quién te igualaré, hija de Jerusalén?;
¿con quién te equipararé para consolarte,
doncella, hija de Sion?;
pues es grande como el mar tu desgracia:
¿quién te podrá curar?
Tus profetas te ofrecieron
visiones falsas y vanas;
no denunciaron tu culpa
para que cambiara tu suerte,
sino que te anunciaron
oráculos falsos y seductores.
Sus corazones claman al Señor.
Muralla de la hija de Sion,
¡derrama como un torrente
tus lágrimas día y noche;
no te des tregua,
no descansen tus ojos!
Levántate, grita en la noche,
al relevo de la guardia;
derrama como agua tu corazón
en presencia del Señor;
levanta tus manos hacia él
por la vida de tus niños,
que desfallecen de hambre
por las esquinas de las calles.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 73, 1b-2. 3-4. 5-7. 20-21 (R.: 19b)

R. No olvides sin remedio la vida de los pobres.

V. ¿Por qué, oh, Dios, nos rechazas para siempre
y está ardiendo tu cólera contra las ovejas de tu rebaño?
Acuérdate de la comunidad que adquiriste desde antiguo,
de la tribu que rescataste para posesión tuya,
del monte Sion donde pusiste tu morada. 
R.

V. Dirige tus pasos a estas ruinas sin remedio;
el enemigo ha arrasado del todo el santuario.
Rugían los agresores en medio de tu asamblea,
levantaron sus propios estandartes. 
R.

V. Como quien se abre paso
entre la espesa arboleda,
todos juntos derribaron sus puertas,
las abatieron con hachas y mazas.
Prendieron fuego a tu santuario,
derribaron y profanaron
la morada de tu nombre. 
R.

V. Piensa en tu alianza: que los rincones del país
están llenos de violencias.
Que el humilde no se marche defraudado,
que pobres y afligidos alaben tu nombre. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Cristo tomó nuestras dolencias
y cargó con nuestras enfermedades. 
R.

 

Evangelio

Mt 8, 5-17

Vendrán muchos de oriente y occidente y se sentarán con Abrahán, Isaac y Jacob

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, al entrar Jesús en Cafarnaún, un centurión se le acercó rogándole:
«Señor, tengo en casa un criado que está en cama paralítico y sufre mucho».
Le contestó:
«Voy yo a curarlo».
Pero el centurión le replicó:
«Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo. Basta que lo digas de palabra, y mi criado quedará sano. Porque yo también vivo bajo disciplina y tengo soldados a mis órdenes; y le digo a uno: “Ve”, y va; al otro: “Ven”, y viene; a mi criado: “Haz esto”, y lo hace».
Al oírlo, Jesús quedó admirado y dijo a los que lo seguían:
«En verdad les digo que en Israel no he encontrado en nadie tanta fe. Les digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se sentarán con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de los cielos; en cambio, a los hijos del reino los echarán fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes».
Y dijo Jesús al centurión:
«Vete; que te suceda según has creído».
Y en aquel momento se puso bueno el criado.
Al llegar Jesús a la casa de Pedro, vio a su suegra en cama con fiebre; le tocó su mano y se le pasó la fiebre; se levantó y se puso a servirle.
Al anochecer, le llevaron muchos endemoniados; él, con su palabra, expulsó los espíritus y curó a todos los enfermos para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías:
«Él tomó nuestras dolencias
y cargó con nuestras enfermedades».

Palabra del Señor.

 

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Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de este sábado nos pone delante de una realidad muy humana y muy dolorosa: el sufrimiento de un pueblo, la oración que brota de las ruinas y la fe que se abre camino incluso donde menos se espera.

La primera lectura, tomada del libro de las Lamentaciones, es un grito. Jerusalén ha sido destruida, el pueblo ha sido humillado, los ancianos están sentados en silencio, las jóvenes bajan la cabeza, los niños desfallecen. No es una lectura fácil. No es un texto para leerlo de prisa. Es una página escrita con lágrimas. El profeta contempla el dolor de su pueblo y no lo disfraza. No dice: “no pasa nada”. No maquilla la tragedia. Mira de frente la destrucción y la convierte en oración: “Levanta hacia él tus manos por la vida de tus pequeños”.

Esta lectura nos recuerda que la fe no consiste en negar el sufrimiento, sino en llevarlo delante de Dios. Hay momentos en que no tenemos explicaciones, pero sí podemos tener una oración. Hay heridas personales, familiares, sociales y comunitarias que no se resuelven con frases fáciles. Ante el dolor, la Palabra nos enseña a llorar con los que lloran, a interceder por los que sufren y a no abandonar la esperanza.

El salmo continúa ese clamor: “No olvides sin remedio la vida de tus pobres”. Es una súplica profunda. El orante siente que el pueblo está como una tórtola expuesta, frágil, indefensa. Y precisamente por eso clama a Dios. Cuando el ser humano se siente pequeño, cuando las fuerzas no alcanzan, cuando parece que el mal tiene la última palabra, la oración se vuelve refugio y resistencia. Orar no es huir de la realidad; es poner la realidad en manos de Aquel que puede salvarla.

Y en el Evangelio aparece Jesús. Pero aparece de un modo sorprendente: no solo como maestro, sino como sanador; no solo como predicador, sino como servidor de la vida. Mateo nos presenta tres escenas: la fe del centurión, la curación de la suegra de Pedro y la sanación de muchos enfermos y endemoniados al caer la tarde.

La primera escena es impresionante. Un centurión romano, un pagano, un hombre perteneciente al poder ocupante, se acerca a Jesús para pedir por su criado enfermo. No pide para sí mismo. Intercede por otro. Y lo hace con una humildad que la Iglesia repite en cada Eucaristía: “Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme”.

Qué grande es esta frase. Qué grande es esta fe. El centurión reconoce su indignidad, pero también reconoce el poder de la palabra de Jesús. No necesita signos espectaculares. No exige pruebas. Confía. Cree que la palabra de Cristo basta.

Jesús se admira de él. El Evangelio dice que Jesús quedó admirado. ¡Qué hermoso pensar que también nosotros podemos “sorprender” el corazón de Jesús con nuestra fe humilde! No con una fe arrogante, no con una fe que se cree superior, sino con una fe sencilla que dice: “Señor, yo no lo puedo todo, pero tú sí; yo no soy digno, pero tú eres misericordioso; yo no tengo control sobre la vida, pero tu Palabra puede sanar”.

Este episodio también nos abre a una reflexión muy importante: Dios no se deja encerrar en nuestras fronteras. Al comentar la primera lectura vemos cómo nos habla de la compleja relación entre Israel y las naciones, una historia muchas veces marcada por violencia, rechazo, heridas y desconfianzas. Pero en Jesús se abre un camino nuevo: el camino de la fraternidad universal. El centurión, que para muchos podía ser visto como extranjero, enemigo o impuro, aparece en el Evangelio como modelo de fe.

Esto nos debe cuestionar. A veces pensamos que la fe verdadera solo está “entre los nuestros”, en nuestra cultura, en nuestro grupo, en nuestra forma de pensar. Pero Dios puede encontrar fe donde nosotros solo vemos distancia. Dios puede hacer brotar bondad donde nosotros solo vemos etiquetas. Dios puede encontrar humildad y compasión en aquel que nosotros habíamos descartado.

Por eso Jesús anuncia que muchos vendrán de oriente y occidente y se sentarán a la mesa en el Reino de los cielos. La mesa de Dios es más amplia que nuestros prejuicios. El Reino de Dios no se construye con exclusiones orgullosas, sino con corazones abiertos a la gracia.

Después, Jesús entra en la casa de Pedro y cura a su suegra. Ella estaba en cama, con fiebre. Jesús le toca la mano, la fiebre desaparece, y ella se levanta y se pone a servir. Aquí hay un detalle hermoso: Jesús sana para devolvernos la capacidad de amar y servir. La sanación no es solo alivio personal; es reintegración a la comunidad, recuperación de la dignidad, posibilidad de entregar la vida.

Cuántas fiebres nos paralizan también a nosotros: la fiebre del resentimiento, de la tristeza, del cansancio espiritual, del egoísmo, del miedo, de la desesperanza. Necesitamos que Jesús nos toque la mano. Necesitamos que su gracia nos levante. Y cuando Él nos levanta, no es para quedarnos encerrados en nosotros mismos, sino para servir.

El Evangelio termina diciendo que Jesús curó a muchos enfermos y expulsó espíritus con su palabra, cumpliendo lo anunciado por el profeta Isaías: “Él tomó nuestras dolencias y cargó con nuestras enfermedades”. Esta frase nos lleva al corazón del misterio cristiano. Jesús no mira el dolor humano desde lejos. Lo toma sobre sí. No es un Dios indiferente. Es el Dios que entra en nuestra casa, toca nuestra fiebre, escucha nuestro clamor y carga nuestras heridas.

En este sábado, la memoria de la Virgen María nos ayuda a vivir esta Palabra. María es la mujer que creyó en la eficacia de la Palabra de Dios. Ella también pudo decir, con su vida: “Una palabra tuya basta”. En la Anunciación no lo entendía todo, pero confió. En Caná intercedió por una necesidad concreta. En el Calvario permaneció de pie ante el dolor. María nos enseña a creer, a interceder y a permanecer.

También recordamos hoy a San Cirilo de Alejandría, obispo y doctor de la Iglesia, gran defensor de la fe en Cristo verdadero Dios y verdadero hombre, y de María como Madre de Dios. Su memoria nos ayuda a contemplar el misterio central de nuestra fe: en Jesús, Dios se ha hecho verdaderamente cercano. El que cura al criado del centurión, el que toca la mano de la suegra de Pedro, el que carga nuestras dolencias, no es simplemente un profeta poderoso; es el Hijo de Dios hecho carne, el Emmanuel, Dios con nosotros.

Por eso, hermanos, esta Palabra nos deja varias invitaciones.

Primero: no escondamos el dolor. Como en Lamentaciones, llevémoslo a Dios. Presentemos ante Él nuestras ruinas, nuestras heridas, nuestros pueblos sufrientes, nuestras familias cansadas, nuestros enfermos, nuestros pobres, nuestros niños y ancianos.

Segundo: aprendamos la humildad del centurión. Antes de comulgar repetimos sus palabras: “Señor, no soy digno…”. Que no sean palabras dichas por costumbre. Que sean un acto sincero de fe. No somos dignos, pero somos amados. No merecemos todo, pero Dios nos da su misericordia. No tenemos poder para salvarnos solos, pero una palabra de Cristo basta.

Tercero: dejémonos sanar para servir. Jesús no nos levanta para la comodidad, sino para el amor. La suegra de Pedro, sanada por Jesús, se pone a servir. Esa es la señal de una gracia recibida de verdad: la vida se abre al servicio.

Y cuarto: construyamos fraternidad. En un mundo todavía marcado por muros, sospechas, guerras, rivalidades y prejuicios, el Evangelio nos recuerda que la fe puede aparecer en el corazón del extranjero, del distinto, del que no pertenece a nuestro círculo. La mesa del Reino tiene lugar para muchos que vienen de oriente y occidente. Pidamos la gracia de no cerrar lo que Dios quiere abrir.

Que María Santísima, Madre de Dios y Madre nuestra, interceda por nosotros. Que San Cirilo de Alejandría nos ayude a confesar con claridad la fe en Cristo. Y que el Señor Jesús, médico de los cuerpos y de las almas, toque hoy nuestra vida, sane nuestras heridas y nos haga servidores de su misericordia.

Amén.

 

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27 de junio: 

San Cirilo de Alejandría, Obispo y Doctor

Memoria opcional

C. 376–444 Santo patrón de Alejandría, Egipto Invocado contra las herejías cristológicas 

 Declarado Doctor de la Iglesia por el Papa León XIII en 1883 



Cita:
Toda la población de la ciudad permaneció desde el amanecer hasta el anochecer, esperando la decisión del santo concilio. Cuando oyeron que el desgraciado había sido depuesto, todos comenzaron a clamar a una sola voz en alabanza del santo concilio, glorificando a Dios porque el enemigo de la fe había caído. Cuando salimos de la iglesia, hicieron una procesión delante de nosotros hasta la posada, porque ya estaba oscureciendo, y hasta las mujeres salieron con incienso para perfumar el camino que teníamos delante.

~Carta de San Cirilo, describiendo el Concilio de Éfeso, 431

 

Reflexión: 

Después de la vida, muerte y resurrección de Jesús, se cree que San Marcos, evangelista y apóstol, predicó en Alejandría, Egipto, estableciendo así la fe cristiana en esa ciudad. Alejandría, fundada en el año 331 a.C. por Alejandro Magno, estaba situada en el extremo norte de África, a lo largo de la costa del mar Mediterráneo. Esta ubicación estratégica lo convirtió rápidamente en un importante centro comercial para Egipto, así como en un renombrado centro de ciencia, arte y aprendizaje. En el año 30 a.C., Alejandría se convirtió en provincia del Imperio Romano, estatus que mantendría durante los siguientes 700 años.

El cristianismo fue legalizado en el Imperio Romano por Constantino el Grande en 313. Después de eso, los principales centros de aprendizaje cristiano, como Roma, Jerusalén, Antioquía, Constantinopla y Alejandría se convirtieron en escenario de intensos debates y desarrollos en teología. En particular, estos debates a menudo giraban en torno a las naturalezas divina y humana de Cristo, su relación con el Padre y el Espíritu Santo y el título apropiado para la Santísima Virgen María. Los resultados de estos debates proporcionaron a la Iglesia una comprensión clara y fundamental de la fe, que continúa profundizándose y evolucionando incluso hoy.

El siglo IV vio surgir la herejía arriana, que enseñaba que el Hijo estaba subordinado al Padre y no coeterno. San Atanasio, entonces obispo de Alejandría, luchó incansablemente contra esta herejía y, como resultado, soportó años de exilio. Tras la derrota del arrianismo, surgieron otras herejías. Cincuenta años después de la muerte de Atanasio, el obispo Cirilo de Alejandría lucharía contra el nestorianismo. 

Cirilo nació en la ciudad de Teodosio, a unas ochenta y cinco millas al este de Alejandría. Dada su proximidad a Alejandría, Teodosio compartió la rica cultura y el aprendizaje grecorromanos. Su ubicación cercana al delta del Nilo también significó que la agricultura y la pesca fueran actividades comunes. Cuando era joven, el tío de Cirilo, Teófilo, el patriarca de Alejandría, se aseguró de que Cirilo recibiera una excelente educación en teología, filosofía, retórica y ciencia. Sin embargo, su tío era una figura controvertida en la Iglesia. Menos intelectual y más político, Teófilo estaba hambriento de poder, era duro, a menudo contrariaba a judíos y paganos, y era conocido por provocar controversias y violencia. Incluso fue responsable de deponer a San Juan Crisóstomo como Patriarca de Constantinopla.

Alrededor del año 412, Cirilo sucedió a su tío como Patriarca, descubriendo rápidamente el desafío de seguir sus controvertidos pasos. Después de que un grupo de monjes violentos asesinara a un destacado filósofo, astrónomo y matemático pagano, se culpó a Cirilo, a pesar de su falta de participación. Ser sobrino del patriarca Teófilo tenía sus inconvenientes, y Cirilo procedió en su ministerio con cautela. Con el tiempo salió de la sombra de su tío y se estableció como un siervo inteligente y fiel de Dios y Su Iglesia. Comenzó a escribir comentarios de las Escrituras con precisión teológica, especialmente en lo que respecta a la naturaleza de Cristo, abordando las diversas herejías de la época. Una década después de ser obispo, Cirilo se había ganado la reputación de ser un maestro de la fe digno de confianza y elocuente.

En 428, el emperador nombró a Nestorio patriarca de Constantinopla. Poco después, el patriarca Nestorio asignó a un sacerdote de Antioquía para que predicara por toda Constantinopla. El sacerdote comenzó a cuestionar la noción ampliamente aceptada de que María era correctamente llamada Madre de Dios ( Theotokos ), sugiriendo que en lugar de eso sólo debería ser referida como Madre de Cristo ( Christotokos ). Esta proclamación provocó controversia entre los fieles de Constantinopla, y la noticia se difundió rápidamente por todo el imperio, llegando finalmente al patriarca Cirilo, a más de 1.000 millas de distancia, en Alejandría.

Cirilo no estuvo de acuerdo con esta nueva herejía, que más tarde se conoció como nestorianismo. Comenzó a predicar y enseñar contra esto entre su propio pueblo, aclarando que María era legítimamente llamada Madre de Dios. Explicó que este título no se refería únicamente a la Santísima Madre, sino también a la esencia de Cristo. Si María no era la Madre de Dios, entonces la esencia de Cristo estaba dividida. El nestorianismo proponía que Jesús era una persona divina unida de alguna manera a una persona humana distinta, y que María era sólo la madre de Su humanidad. Cirilo corrigió esta mala interpretación, enfatizando que había una sola Persona en Cristo, tanto humana como divina. Esto convirtió a María no sólo en la madre de su Hijo humano sino también en la madre de Su persona, justificando así su título de Madre de Dios. Después de enseñar a su pueblo, Cirilo escribió cartas privadas a Nestorio para corregirlo. Nestorio rechazó la corrección. En consecuencia, Cirilo amplió su correspondencia, involucrando a otros obispos, miembros de la corte del emperador y al Papa en Roma. Esto agradó a los fieles de Constantinopla, pero enfureció a Nestorio. El Papa investigó y autorizó a Cirilo a tratar con Nestorio con la autoridad del Papa.

En el año 431, el emperador romano sintió la necesidad de intervenir y convocó un Concilio eclesiástico en Éfeso para resolver la disputa. Los cristianos de Éfeso eran conocidos por su devoción a la Madre de Dios, en parte debido a la arraigada tradición de que María se había establecido en Éfeso más tarde en su vida con San Juan. Por lo tanto, la ubicación del concilio señaló la oposición del emperador a Nestorio. Una vez que muchos de los obispos de todo el imperio se habían reunido, pero antes de que Nestorio y sus partidarios llegaran, Cirilo abrió el concilio. Tomó la iniciativa y articuló elocuentemente su posición, que era coherente con las enseñanzas de los Padres de la Iglesia anteriores. Los obispos presentes en el concilio aceptaron su explicación y votaron condenar a Nestorio. Al llegar, Nestorio y sus partidarios se indignaron porque el concilio había procedido sin ellos. En represalia, celebraron su propia reunión, votaron en contra e intentaron deponer a Cirilo. Cuando el emperador se enteró de esto, su representante intentó resolver la disputa encarcelando tanto a Nestorio como a Cirilo para forzar un acuerdo. Sin embargo, finalmente el emperador se puso del lado de Cirilo, debido al apoyo popular que tenía entre el pueblo. Cuando Nestorio se negó a aceptar este puesto, fue exiliado al desierto egipcio.

Al regresar a Alejandría, Cirilo continuó escribiendo y enseñando. Las generaciones posteriores le confirieron los títulos de “Guardián de la Exactitud” y “Sello de los Padres”, porque sintetizó con éxito las enseñanzas de los Padres de la Iglesia que lo precedieron, aplicándolas a las disputas actuales.

Mientras lo honramos hoy, reflexione sobre el significado de la precisión en su fe. Sin una precisión que sea coherente con todo lo que se ha enseñado antes de nosotros, corremos el riesgo de no comprender plenamente a Cristo. Reflexione sobre du compromiso con una comprensión profunda y clara de Dios y de nuestra fe, y reafirme su fidelidad a la verdad.

 

Oración: 

San Cirilo, fuiste valiente, firme y exacto en tu fidelidad a la verdad. Pusiste tus dones al servicio de Cristo y de su Iglesia, y edificaste la fe del pueblo de Dios. Por favor ora por mí, para que siempre permanezca firme en mi fidelidad a la verdad, incluso en el más mínimo grado, para que pueda conocer y amar más plenamente a nuestro Señor, Su Santísima Madre y nuestra única, santa, católica y apostólica. fe. San Cirilo de Alejandría, ruega por mí. Jesús, en Ti confío.


jueves, 25 de junio de 2026

26 de junio del 2026: viernes de la decimosegunda semana del tiempo ordinario-II

 

Jesús, el irresistible

(Mateo 8, 1-4) En Israel, solo un sacerdote podía ratificar la purificación y, por tanto, la reintegración social de un leproso; de ahí la consigna de discreción impuesta por Jesús. El leproso de Mateo la respeta, a diferencia del leproso del relato de Marcos. Mateo concentra así su relato en la salud irresistible y contagiosa de Jesús. Como este leproso, modelo de fe, confiémosle nuestras lepras, dejándolo plenamente libre respecto al resultado.

Jean-Marc Liautaud, Fondacio

 


Primera lectura

2 Re 25, 1-12
Fue deportado Judá lejos de su tierra

Lectura del segundo libro de los Reyes.

EL año noveno del reinado de Sedecías, el mes décimo, el diez del mes, vino Nabucodonosor, rey de Babilonia, con todo su ejército contra Jerusalén. Acampó contra ella y la cercaron con una tapia. Y la ciudad estuvo sitiada hasta el año once de Sedecías.
El mes cuarto, el día noveno del mes, cuando arreció el hambre dentro de la ciudad y no había pan para la gente del pueblo, abrieron una brecha en la ciudad; todos los
hombres de guerra huyeron durante la noche por el camino de la puerta, entre los dos muros que están sobre el parque del rey, mientras los caldeos estaban apostados alrededor de la ciudad; y se fueron por el camino de la Arabá.
Las tropas caldeas persiguieron al rey, dándole alcance en los llanos de Jericó. Entonces todo el ejército se dispersó, abandonándolo.
Capturaron al rey Sedecías y lo subieron a Riblá, adonde estaba el rey de Babilonia, que lo sometió a juicio.
Sus hijos fueron degollados a su vista, y a Sedecías le sacó los ojos. Luego lo encadenaron con doble cadena de bronce y lo condujeron a Babilonia.
En el mes quinto, el día séptimo del mes, el año diecinueve de Nabucodonosor, rey de Babilonia, Nabuzardán, jefe de la guardia, servidor del rey de Babilonia, vino a Jerusalén.
E incendió el templo del Señor y el palacio real y la totalidad de las casas de Jerusalén.
Todas las tropas caldeas que estaban con el jefe de la guardia demolieron las murallas que rodeaban Jerusalén.
En cuanto al resto del pueblo que quedaba en la ciudad, los desertores que se habían pasado al rey de Babilonia y el resto de la gente, los deportó Nabuzardán, jefe de la guardia.
El jefe de la guardia dejó algunos de los pobres del país para viñadores y labradores.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 136, 1-2. 3. 4-5. 6 (R.: 6ab)

R. Que se me pegue la lengua al paladar
si no me acuerdo de ti.


V. Junto a los canales de Babilonia
nos sentamos a llorar
con nostalgia de Sion;
en los sauces de sus orillas
colgábamos nuestras cítaras. 
R.

V. Allí los que nos deportaron
nos invitaban a cantar;
nuestros opresores, a divertirlos:
«Cántennos un cantar de Sion». 
R.

V. ¡Cómo cantar un cántico del Señor
en tierra extranjera!
Si me olvido de ti, Jerusalén,
que se me paralice la mano derecha. 
R.

V. Que se me pegue la lengua al paladar
si no me acuerdo de ti,
si no pongo a Jerusalén
en la cumbre de mis alegrías. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Cristo tomó nuestras dolencias
y cargó con nuestras enfermedades. 
R.

 

Evangelio

Mt 8, 1-4

Si quieres, puedes limpiarme

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

AL bajar Jesús del monte, lo siguió mucha gente.
En esto, se le acercó un leproso, se arrodilló y le dijo:
«Señor, si quieres, puedes limpiarme».
Extendió la mano y lo tocó diciendo:
«Quiero, queda limpio».
Y enseguida quedó limpio de la lepra.
Jesús le dijo:
«No se lo digas a nadie, pero ve a presentarte al sacerdote y entrega la ofrenda que mandó Moisés, para que les sirva de testimonio».

Palabra del Señor.

 

 

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Queridos hermanos y hermanas:

Celebramos esta Eucaristía con el corazón conmovido por el dolor de nuestra hermana patria de Venezuela, recientemente sacudida por un fuerte terremoto que ha dejado miedo, destrucción, heridos, familias afectadas y muchas lágrimas. Ante una tragedia así, la Palabra de Dios de hoy parece hablarnos con especial fuerza: Jerusalén aparece derrumbada en la primera lectura; el salmo nos muestra a un pueblo que llora en el destierro; y el Evangelio nos presenta a un leproso que, desde su sufrimiento, se acerca a Jesús y le dice: “Señor, si quieres, puedes limpiarme”.

Hoy hacemos nuestra esa súplica. La ponemos en labios de quienes sufren en Venezuela, de quienes han perdido seres queridos, de quienes sienten miedo ante las réplicas, de quienes buscan a los suyos, de quienes han quedado sin techo o cargan heridas en el cuerpo y en el alma. También nosotros, con espíritu penitencial, reconocemos nuestras fragilidades y le decimos al Señor: toca nuestras heridas, reconstruye nuestras ruinas, levanta a tu pueblo y haznos instrumentos de solidaridad, consuelo y esperanza.

 

Entre Jerusalén destruida y el leproso purificado hay un hilo espiritual muy profundo: el ser humano herido necesita ser levantado, purificado y devuelto a la comunión. La ciudad santa queda devastada por la infidelidad, por el pecado, por las consecuencias de haberse alejado de Dios. El leproso, por su enfermedad, vive separado, excluido, marcado por el dolor físico y también por la soledad del alma. En ambos casos aparece la misma necesidad: volver a Dios, volver a la vida, volver a la esperanza.

La primera lectura del segundo libro de los Reyes nos narra uno de los momentos más dolorosos de la historia de Israel: Nabucodonosor, rey de Babilonia, sitia Jerusalén; el hambre se apodera de la ciudad; el rey Sedecías intenta huir, pero es capturado; sus hijos son asesinados ante sus ojos; luego le sacan los ojos y lo llevan encadenado a Babilonia. Después, el templo del Señor, el palacio real y las casas de Jerusalén son incendiados. Las murallas son derribadas. El pueblo es llevado al destierro.

No es solo una derrota política o militar. Es una tragedia espiritual. Jerusalén, la ciudad de la alianza, queda reducida a ruinas. El templo, signo de la presencia de Dios en medio de su pueblo, es destruido. La infidelidad trae consecuencias. El pecado desordena, rompe, divide, enceguece, destruye.

Esta lectura nos invita a una actitud penitencial. No para caer en la culpa estéril, sino para reconocer con humildad que también nosotros podemos dejar que se derrumben los muros interiores de nuestra vida. A veces se derrumba la oración, se enfría la fe, se debilita la caridad, se apaga la esperanza. A veces dejamos entrar en el corazón la soberbia, el resentimiento, la indiferencia, la impureza, la ambición o la dureza con los demás. Y cuando Dios deja de ocupar el centro, algo comienza a romperse por dentro.

El salmo 137 expresa el dolor del pueblo en el exilio: “Junto a los canales de Babilonia nos sentamos a llorar con nostalgia de Sión”. Es el canto de quienes han perdido su tierra, su templo, su libertad. Es el lamento de quienes recuerdan lo que tenían y ahora sienten el vacío de la ausencia.

Pero ese dolor no es inútil. El llanto de Israel junto a los ríos de Babilonia se convierte en memoria, en examen de conciencia, en deseo de volver. El pueblo no quiere olvidar Jerusalén. No quiere acostumbrarse al destierro. No quiere resignarse a vivir lejos de Dios. Por eso dice: “Que se me pegue la lengua al paladar si no me acuerdo de ti”.

También nosotros necesitamos esa santa memoria. No olvidar quiénes somos. No olvidar de dónde nos sacó el Señor. No olvidar nuestra vocación cristiana. No olvidar que fuimos creados para la comunión con Dios. En medio de nuestras caídas, heridas y exilios interiores, el Señor nos llama a regresar.

Y entonces llega el Evangelio como una luz poderosa. Jesús baja del monte y mucha gente lo sigue. En ese momento se acerca un leproso. Humanamente, aquel hombre no debía acercarse. La lepra lo hacía impuro según la mentalidad religiosa y social de su tiempo. Debía mantenerse lejos. Debía gritar su impureza. Debía vivir marginado.

Pero este hombre se atreve. Se acerca a Jesús, se postra ante Él y pronuncia una oración breve, humilde y llena de fe: “Señor, si quieres, puedes limpiarme”.

Qué oración tan hermosa. No exige. No manipula. No reclama. No le dicta a Dios lo que debe hacer. Reconoce el poder de Jesús, pero deja a Jesús en libertad: “Si quieres”. Esa es la fe verdadera. La fe no consiste en obligar a Dios a cumplir nuestros deseos, sino en confiarle nuestras heridas, sabiendo que Él puede sanarnos, y dejando en sus manos el modo, el tiempo y el camino de nuestra purificación.

Alguien comentando este evangelio, dice que Mateo concentra su relato en “la salud irresistible y contagiosa de Jesús”. Es una expresión muy bella. En el mundo del leproso, lo contagioso era la enfermedad. Lo impuro contaminaba. Lo enfermo separaba. Pero con Jesús ocurre algo nuevo: no es la lepra la que contagia a Jesús, sino Jesús quien comunica salud, vida, pureza y dignidad.

Jesús extiende la mano y toca al leproso. Ese gesto es inmenso. Antes de sanarlo con la palabra, lo toca con la misericordia. Toca a quien nadie tocaba. Se acerca a quien todos evitaban. No tiene miedo de la herida humana. No huye de nuestra miseria. No se escandaliza de nuestras llagas. Allí donde el mundo pone distancia, Jesús pone cercanía.

Y dice: “Quiero, queda limpio”. La voluntad de Jesús es salvar, levantar, limpiar, reintegrar. Su querer no es caprichoso; es misericordioso. Su poder no humilla; restaura. Su santidad no rechaza al pecador arrepentido; lo purifica.

Hoy, en esta intención penitencial, podemos ponernos espiritualmente en el lugar del leproso. Cada uno conoce sus propias lepras: heridas antiguas, pecados repetidos, tristezas escondidas, miedos, resentimientos, enfermedades del cuerpo, cansancios del alma, soledades, dependencias, culpas, amarguras, desesperanzas.

Y también podemos pensar en tantas personas que sufren en el cuerpo y en el alma: enfermos, ancianos, personas deprimidas, quienes viven duelos, quienes cargan angustias familiares, quienes se sienten excluidos, quienes han perdido la paz, quienes viven una enfermedad silenciosa, quienes lloran en secreto. Por todos ellos oramos hoy. Los ponemos ante Jesús. Le decimos: “Señor, si quieres, puedes limpiarlos, puedes consolarlos, puedes fortalecerlos, puedes devolverles la esperanza”.

Después de sanar al leproso, Jesús le dice que no lo cuente a nadie, sino que vaya a presentarse al sacerdote y ofrezca lo prescrito por Moisés. Ese detalle es importante. En Israel, el sacerdote debía certificar la purificación del leproso para que pudiera reintegrarse a la vida comunitaria. Jesús no solo sana el cuerpo; devuelve al hombre a la comunidad, a la oración, a la familia, al pueblo.

Toda verdadera sanación nos devuelve a la comunión. Cuando Cristo nos perdona, nos reintegra. Cuando nos purifica, nos hace capaces de volver a amar. Cuando nos toca, nos devuelve nuestra dignidad de hijos de Dios.

Por eso, esta Palabra nos llama hoy a tres actitudes.

Primero, reconocer nuestras ruinas. Como Jerusalén, a veces nuestra vida espiritual necesita ser reconstruida. No tengamos miedo de reconocer lo que se ha dañado. Dios no desprecia un corazón contrito y humillado.

Segundo, llorar con esperanza. Como Israel en Babilonia, podemos experimentar nostalgia de Dios, dolor por el pecado, tristeza por lo perdido. Pero ese llanto, unido a la fe, puede convertirse en camino de regreso.

Tercero, acercarnos a Jesús con confianza. Como el leproso, digámosle: “Señor, si quieres, puedes limpiarme”. Dejemos que Él toque nuestras heridas. Dejemos que su misericordia sea más contagiosa que nuestro pecado, más fuerte que nuestra tristeza y más profunda que nuestra enfermedad.

Queridos hermanos, Jesús es el irresistible porque su amor vence nuestras resistencias. Él no se cansa de acercarse. No se cansa de tocar. No se cansa de sanar. No se cansa de perdonar. Su pureza no se contamina con nuestra miseria; al contrario, su misericordia transforma nuestra miseria en lugar de encuentro con Dios.

Que esta Eucaristía sea hoy para nosotros un acto penitencial profundo, una súplica confiada y una oración por todos los que sufren en el cuerpo y en el alma. Presentemos al Señor nuestras lepras personales, familiares y comunitarias. Presentemos también las ruinas de nuestro mundo: guerras, injusticias, enfermedades, soledades, corazones endurecidos.

Hoy esas ruinas no son solo una imagen antigua de Jerusalén. También tienen nombres concretos: hogares destruidos, templos agrietados, hospitales sobrecargados, familias que lloran, cuerpos heridos y almas estremecidas por el miedo. Pensamos de manera especial en Venezuela, nuestra hermana patria, golpeada por la fuerza de la tierra. Y allí, en medio del polvo, del temblor y de la incertidumbre, la fe cristiana no ofrece respuestas fáciles, pero sí una presencia: Cristo que se acerca, Cristo que toca, Cristo que consuela, Cristo que nos llama a no pasar de largo ante el dolor del hermano.

Y pidámosle humildemente:

Señor Jesús, toca nuestras heridas.
Purifica nuestros pecados.
Reconstruye lo que se ha derrumbado.
Consuela a los que sufren.
Fortalece a los enfermos.
Levanta a los caídos.
Devuélvenos la alegría de vivir en comunión contigo.

Y, como el leproso del Evangelio, que podamos escuchar en lo profundo del alma tu palabra sanadora:
“Quiero, queda limpio”.

Señor Jesús, hoy te presentamos especialmente al pueblo venezolano.
Acompaña a las víctimas, consuela a quienes lloran, fortalece a los heridos, protege a los rescatistas, mueve los corazones a la solidaridad y haz que, en medio de los escombros, renazca la esperanza.
Toca, Señor, las heridas del cuerpo y del alma, y danos un corazón penitente, fraterno y compasivo.
Amén.

Amén.

25 de junio del 2026: jueves de la decimosegunda semana del tiempo ordinario-II

 

La fe en acción

(Mateo 7,21-29) Mateo es severo con algunos bautizados cuya fe hacía prodigios, pero que, según él, descuidaban el corazón del Sermón de la montaña: la unificación interior y el servicio al prójimo en la mansedumbre y la misericordia. Fiel a la tradición judía, insiste en que la fe no es solamente un “creer”, sino un “hacer” que necesariamente tiene consecuencias en nuestras conductas sociales.

Jean-Marc Liautaud, Fondacio

 


Primera lectura

2 Re 24, 8-17
Llevó deportados a Babilonia a Joaquín y a todos los hombres pudientes

Lectura del segundo libro de los Reyes.

DIECIOCHO años tenía Joaquín cuando inició su reinado y reinó tres meses en Jerusalén.
El nombre de su madre era Nejustá, hija de Elnatán, de Jerusalén.
Hizo el mal a los ojos del Señor exactamente lo mismo que había hecho su padre.
En aquel tiempo las gentes de Nabucodonosor, rey de Babilonia, subieron contra Jerusalén y la ciudad fue asediada. Vino Nabucodonosor, rey de Babilonia, a la ciudad, mientras sus servidores la estaban asediando.
Entonces Joaquín, rey de Judá, se rindió al rey de Babilonia, que hizo prisioneros a él, a su madre, a sus servidores, a sus jefes y eunucos.
Era el año octavo de su reinado.
Luego se llevó de allí todos los tesoros del templo del Señor y los del palacio real y deshizo todos los objetos de oro que había fabricado Salomón, rey de Israel, para el santuario del Señor, según la palabra del Señor.
Deportó a todo Jerusalén, todos los jefes y notables —diez mil deportados—; a todos los herreros y cerrajeros, no dejando más que a la gente pobre del país.
Deportó a Babilonia a Joaquín, a la madre del rey y a las mujeres del rey, a sus eunucos y a los notables del país; los hizo partir al destierro, de Jerusalén a Babilonia.
También llevó deportados a Babilonia a todos los hombres pudientes en número de siete mil; los herreros y cerrajeros, un millar; así como a todos los aptos para la guerra.
Y, en lugar de Joaquín, puso por rey a su tío Matanías, cambiando su nombre por el de Sedecías.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 78, 1b-2. 3-5. 8. 9 (R.: 9b)

R. Por el honor de tu nombre, Señor, líbranos.

V. Dios mío, los gentiles han entrado en tu heredad,
han profanado tu santo templo,
han reducido Jerusalén a ruinas.
Echaron los cadáveres de tus siervos
en pasto a las aves del cielo,
y la carne de tus fieles a las fieras de la tierra. 
R.

V. Derramaron su sangre como agua
en torno a Jerusalén,
y nadie la enterraba.
Fuimos el escarnio de nuestros vecinos,
la irrisión y la burla de los que nos rodean.
¿Hasta cuándo, Señor?
¿Vas a estar siempre enojado?
¿Arderá como fuego tu cólera? 
R.

V. No recuerdes contra nosotros las culpas
de nuestros padres;
que tu compasión nos alcance pronto,
pues estamos agotados. 
R.

V. Socórrenos, Dios, Salvador nuestro,
por el honor de tu nombre;
líbranos y perdona nuestros pecados
a causa de tu nombre. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. El que me ama guardará mi palabra —dice el Señor—,
y mi Padre lo amará, y vendremos a él. 
R.

 

Evangelio

Mt 7, 21-29

La casa edificada sobre roca y la casa edificada sobre arena

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«No todo el que me dice “Señor, Señor” entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos.
Aquel día muchos dirán:
“Señor, Señor, ¿no hemos profetizado en tu nombre y en tu nombre hemos echado demonios, y no hemos hecho en tu nombre muchos milagros?”.
Entonces yo les declararé:
“Nunca los he conocido. Aléjense de mí, los que obran la iniquidad”.
El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a aquel hombre prudente que edificó su casa sobre roca. Cayó la lluvia, se desbordaron los ríos, soplaron los vientos y descargaron contra la casa; pero no se hundió, porque estaba cimentada sobre roca.
El que escucha estas palabras mías y no las pone en práctica se parece a aquel hombre necio que edificó su casa sobre arena. Cayó la lluvia, se desbordaron los ríos, soplaron los vientos y rompieron contra la casa, y se derrumbó. Y su ruina fue grande».
Al terminar Jesús este discurso, la gente estaba admirada de su enseñanza, porque les enseñaba con autoridad y no como sus escribas.

 

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Queridos hermanos y hermanas:

La Palabra de Dios de este jueves nos pone frente a una pregunta muy seria: ¿sobre qué estamos construyendo nuestra vida? Jesús termina el Sermón de la montaña con una imagen que todos entendemos: una casa edificada sobre roca y una casa edificada sobre arena. La diferencia no se nota necesariamente cuando brilla el sol, sino cuando llegan la lluvia, los torrentes y los vientos. Allí se revela la verdad del fundamento.

En el Evangelio, Jesús nos advierte: “No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el Reino de los cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre”. Son palabras fuertes. No basta pronunciar el nombre de Dios. No basta parecer religiosos. No basta tener lenguaje de fe, hacer muchas cosas en nombre del Señor o incluso realizar obras admirables si el corazón no está convertido y si la vida no está sostenida por la obediencia amorosa a Dios.

Sobre este pasaje que leemos hoy, podemos decir que san Mateo es exigente con ciertos creyentes que podían hacer prodigios, pero olvidaban el corazón del Sermón de la montaña: la unidad interior, la mansedumbre, la misericordia y el servicio al prójimo. La fe cristiana no es solo decir “yo creo”. La fe verdadera se vuelve vida, conducta, decisión, caridad concreta. Creer en Cristo implica vivir como Cristo nos enseña.

La primera lectura nos muestra una casa que se derrumba: Jerusalén cae, el rey Joaquín es deportado, los tesoros del templo son saqueados y gran parte del pueblo es llevado al exilio. Humanamente es una tragedia nacional y espiritual. El pueblo elegido, que tenía templo, culto, sacerdotes, historia sagrada y promesas, experimenta el desmoronamiento. ¿Por qué? Porque durante mucho tiempo se había ido separando el culto de la vida, la alianza de la justicia, la fe de la obediencia.

Jerusalén no cayó solo por la fuerza de Babilonia. La Escritura nos hace leer este acontecimiento también como consecuencia de una vida construida sobre arena: idolatrías, injusticias, infidelidades, corazones divididos. Cuando se abandona a Dios, tarde o temprano la casa interior se debilita. Y cuando vienen los vientos, aparece la fragilidad.

El salmo recoge el dolor de ese pueblo humillado: “Socórrenos, Dios, salvador nuestro, por el honor de tu nombre; líbranos y perdona nuestros pecados”. Es una oración que nace de las ruinas. El pueblo no se presenta con orgullo, sino con súplica. Reconoce su necesidad de perdón. Pide que Dios vuelva a levantar lo que el pecado ha destruido.

También nosotros podemos hacer nuestra esa oración. Hay momentos en que descubrimos grietas en nuestra vida: incoherencias, cansancios, tibiezas, autosuficiencias, palabras bonitas que no siempre corresponden a nuestras obras. Entonces necesitamos volver a la roca. Y la roca no es una idea. La roca es Cristo. La roca es escuchar su Palabra y ponerla en práctica.

Jesús no dice simplemente: “El que escucha mis palabras es prudente”. Dice: “El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a un hombre prudente que edificó su casa sobre roca”. La escucha sin conversión puede quedarse en emoción pasajera. La oración sin caridad puede volverse apariencia. La doctrina sin humildad puede endurecer el corazón. La misión sin obediencia puede transformarse en protagonismo personal.

Por eso la fe debe hacerse acción. Acción humilde. Acción misericordiosa. Acción fiel. Acción evangelizadora. La Iglesia no existe para anunciarse a sí misma, sino para anunciar a Cristo. Pero la evangelización será creíble si está edificada sobre la roca de la Palabra vivida. Un cristiano evangeliza no solo cuando habla de Dios, sino cuando perdona, sirve, consuela, escucha, acompaña, comparte y vive con coherencia.

Hoy oramos de manera especial por la obra evangelizadora de la Iglesia y por las vocaciones. Pidamos al Señor que nuestra Iglesia no edifique sobre la arena de la fama, del número, del aplauso o de la simple organización externa. Que edifique sobre la roca de Cristo, sobre la fidelidad al Evangelio, sobre la oración, sobre la Eucaristía, sobre la caridad y la misericordia.

Pidamos también por las vocaciones sacerdotales, religiosas, misioneras, matrimoniales y laicales. Una vocación verdadera no se construye sobre entusiasmo momentáneo, sino sobre roca: escucha de Dios, discernimiento, renuncia, entrega y perseverancia. Muchos jóvenes sienten inquietudes buenas, deseos de servir, preguntas profundas. Pero necesitan testigos que les muestren que vale la pena edificar la vida sobre Cristo.

Y quienes ya hemos respondido a una vocación necesitamos revisar cada día nuestro fundamento. ¿Estoy construyendo sobre Cristo o sobre mis seguridades? ¿Sirvo al Señor o me sirvo de su nombre? ¿Mi fe se nota en mis obras, en mi trato, en mi misericordia, en mi paciencia, en mi disponibilidad?

Jesús habla de lluvias, ríos y vientos. Nadie está exento de pruebas. Vienen crisis personales, cansancios pastorales, dificultades familiares, enfermedades, incomprensiones, cambios sociales, momentos de oscuridad en la Iglesia y en el mundo. Pero quien está cimentado en Cristo no queda destruido. Puede ser golpeado, pero no vencido. Puede llorar, pero no desesperar. Puede tambalear, pero no derrumbarse.

La casa sobre roca es la vida del discípulo que escucha y practica. Es el hogar donde se ora y se perdona. Es la comunidad que no vive de apariencias, sino de fraternidad. Es la Iglesia que evangeliza con palabras y obras. Es la vocación que permanece fiel incluso cuando soplan vientos contrarios.

Pidamos hoy al Señor que nos libre de una fe de fachada. Que no nos contentemos con decir: “Señor, Señor”, mientras nuestro corazón permanece lejos. Que nuestra oración se traduzca en servicio; nuestra Eucaristía, en caridad; nuestra predicación, en testimonio; nuestra fe, en vida concreta.

Que María, discípula fiel, mujer de escucha y obediencia, nos enseñe a construir sobre la roca. Ella no solo escuchó la Palabra: la acogió, la encarnó y la sirvió. Que por su intercesión la Iglesia sea cada día más evangelizadora, más humilde, más fiel; y que muchos corazones respondan generosamente al llamado del Señor.

Amén.

 

27 de junio del 2026: sábado de la decimosegunda semana del tiempo ordinario-II-Memoria de San Cirilo de Alejandría, Obispo y Doctor de la Iglesia

  SANTO DEL DIA San Cirilo de Alejandría 378-444. Este enérgico patriarca de Alejandría fue el impulsor del concilio ecuménico de Éfeso que,...