miércoles, 25 de marzo de 2026

26 de marzo del 2026: jueves de la quinta semana de Cuaresma

 

Escándalo

(Juan 8, 51-59) Dos veces Jesús afirma que quien cumpla su palabra nunca verá la muerte. Asume la autoridad del Dios de Abraham, Isaac y Jacob quien, en el monte Horeb, revela su nombre a Moisés: «Yo Soy el que Soy.»

Esta afirmación implícita de ser igual al Dios de Israel sólo puede escandalizar a los judíos.

Las piedras que se le quieren  arrojar lo identifican, sobre todo, con el destino de la mujer adúltera: muerte y resurrección. 

Nicolas Tarralle, sacerdote asuncionista


Misa crismal:  

En las diócesis del mundo, este día, los sacerdotes, los diáconos y los fieles se congregan alrededor de su Obispo ya que Cristo los ha consagrado por la unción del bautismo y a algunos por el sacramento del Orden.
Ellos renuevan sus compromisos al servicio del pueblo de Dios.
Durante esta misa diocesana por excelencia, el aceite  para la unción de los enfermos, el  aceite para los catecúmenos  y el aceite del santo crisma son consagrados y servirá para los bautismos, confirmaciones , ordenaciones y consagraciones de iglesias

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Lectura del libro del Génesis (17,3-9):

EN aquellos días, Abrán cayó rostro en tierra y Dios le habló así:
«Por mi parte, esta es mi alianza contigo: serás padre de muchedumbre de pueblos.
Ya no te llamarás Abrán, sino Abrahán, porque te hago padre de muchedumbre de pueblos. Te haré fecundo sobremanera: sacaré pueblos de ti, y reyes nacerán de ti.
Mantendré mi alianza contigo y con tu descendencia en futuras generaciones, como alianza perpetua. Seré tu Dios y el de tus descendientes futuros. Os daré a ti y a tu descendencia futura la tierra en que peregrinas, la tierra de Canaán, como posesión perpetua, y seré su Dios».
El Señor añadió a Abrahán:
«Por tu parte, guarda mi alianza, tú y tus descendientes en sucesivas generaciones».

Palabra de Dios



Salmo

Sal 104,4-5.6-7.8-9

R/.
 El Señor se acuerda de su alianza eternamente

V/. Recurrid al Señor y a su poder,
buscad continuamente su rostro.
Recordad las maravillas que hizo,
sus prodigios, las sentencias de su boca. R/.

V/. ¡Estirpe de Abrahán, su siervo;
hijos de Jacob, su elegido!
El Señor es nuestro Dios,
él gobierna toda la tierra. R/.

V/. Se acuerda de su alianza eternamente,
de la palabra dada, por mil generaciones;
de la alianza sellada con Abrahán,
del juramento hecho a Isaac. R/.




Lectura del santo evangelio según san Juan (8,51-59):

EN aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos:
«En verdad, en verdad os digo: quien guarda mi palabra no verá la muerte para siempre».
Los judíos le dijeron:
«Ahora vemos claro que estás endemoniado; Abrahán murió, los profetas también, ¿y tú dices: “Quien guarde mi palabra no gustará la muerte para siempre”? ¿Eres tú más que nuestro padre Abrahán, que murió? También los profetas murieron, ¿por quién te tienes?».
Jesús contestó:
«Si yo me glorificara a mí mismo, mi gloria no valdría nada. El que me glorifica es mi Padre, de quien vosotros decís: “Es nuestro Dios”, aunque no lo conocéis. Yo sí lo conozco, y si dijera “No lo conozco” sería, como vosotros, un embustero; pero yo lo conozco y guardo su palabra. Abrahán, vuestro padre, saltaba de gozo pensando ver mi día; lo vio, y se llenó de alegría».
Los judíos le dijeron:
«No tienes todavía cincuenta años, ¿y has visto a Abrahán?».
Jesús les dijo:
«En verdad, en verdad os digo: antes de que Abrahán existiera, yo soy».
Entonces cogieron piedras para tirárselas, pero Jesús se escondió y salió del templo.

Palabra del Señor

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1

Las lecturas de este jueves de la quinta semana del tiempo ordinario nos invitan a reflexionar sobre la fidelidad de Dios a sus promesas y la respuesta de fe que se nos solicita.

Primera Lectura: Génesis 17, 3-9

En este pasaje, Dios establece una alianza con Abram, cambiando su nombre a Abraham, que significa "padre de una multitud de naciones". Dios promete multiplicar su descendencia y ser su Dios perpetuamente. Esta alianza subraya la iniciativa divina en la historia de la salvación y la llamada a la fidelidad por parte del ser humano

Salmo 105(104), 4-5.6-7.8-9

El salmista exhorta a buscar al Señor y recordar sus maravillas, resaltando la fidelidad de Dios a su alianza y sus promesas a Abraham. Este salmo es un llamado a la memoria agradecida ya la confianza en la constante lealtad divina.

Evangelio: Juan 8, 51-59

En este pasaje, Jesús declara: "En verdad, en verdad os digo: quien guarda mi palabra no verá la muerte para siempre". Los judíos cuestionan esta afirmación, recordando que Abraham y los profetas murieron. Jesús responde revelando su preexistencia: "Antes de que Abraham existiera, Yo soy". Esta declaración de su divinidad provoca la reacción de quienes lo escuchan

Comentario y homilía

La primera lectura nos muestra cómo Dios toma la iniciativa al establecer una alianza con Abraham, prometiéndole una descendencia numerosa y una relación eterna. Abraham responde con fe y obediencia, convirtiéndose en modelo para todos los creyentes.

El salmo nos invita a recordar y proclamar las obras maravillosas de Dios, enfatizando su fidelidad constante a lo largo de las generaciones. Esta memoria agradecida fortalece nuestra confianza en Él y nos anima a vivir según sus preceptos.

En el Evangelio, Jesús revela su identidad divina y su preexistencia, indicando que quien guarda su palabra tiene acceso a la vida eterna. Esta enseñanza nos desafía a reconocer a Jesús como el Hijo de Dios ya vivir de acuerdo con su palabra, confiando en su promesa de vida eterna.

Estas lecturas nos llaman a reflexionar sobre nuestra propia respuesta a la fidelidad de Dios. Así como Abraham confió y obedeció, estamos invitados a confiar en las promesas divinas ya vivir según su voluntad. Guardar la palabra de Jesús implica una relación profunda con Él, que transforma nuestra vida y nos orienta hacia la eternidad.

Intención de oración

Oremos por las vocaciones y por la obra de evangelización de la Iglesia. Que el Señor suscite en el corazón de muchos hombres y mujeres el deseo de seguirle y servirle, anunciando su palabra y extendiendo su reino de amor y justicia en el mundo. Pidamos también por quienes ya han respondido a esta llamada, para que perseveren con fidelidad y alegría en su misión.


2

Con Abraham y el pueblo, Dios concluye una primera alianza. Por Cristo, Él también concluye una Nueva. Y como toda Alianza, supone necesariamente el amor y la fidelidad.


DEJARNOS GUIAR POR LA PROMESA DIVINA

A pesar de la decepción que ha provocado sus querellas históricas por su oposición, las 3 religiones que profesan un Dios único (judaísmo, cristianismo e Islamismo) reclaman de manera visceral  y afectuosa a Abraham como su padre en la fe. Ciertamente que el patriarca arameo no esperaba  que su descendencia iba a separarse a causa de su legado espiritual.

De otro lado, Abraham tenía ya sus propias creencias, y cuando él decide confiar en Yahvé, se encuentra presto a inventar el camino de la fe en un Dios único. Abraham no era judío, ni cristiano, ni musulmán, y la promesa que se le hace sobrepasa el horizonte de un solo pueblo. Su verdadera descendencia se reconoce no a partir de una pertenencia étnica o geográfica, sino más bien a partir de la fe pura.

Somos nosotros hijos e hijas de Abraham? Somos nosotros como el patriarca, seducidos por ese Dios único que nos habla en los momentos claves de nuestra vida como también en los encuentros (citas) y tareas de cada día?

Dónde estamos nosotros en nuestra aventura interior y en nuestra caminar en presencia del Dios único?

Hemos sentido (experimentado) como Abraham la alegría de vivir en alianza con Dios y la felicidad de ver sus promesas cumplidas y o realizadas?




El poder del discurso destructivo


dijo Jesús a los judíos:
«En verdad, en verdad os digo: quien guarda mi palabra no verá la muerte para siempre».
Los judíos le dijeron:
«Ahora vemos claro que estás endemoniado

 

 Juan 8:51–52

 

 

 


Es difícil imaginar que algo peor  pueda decirse de Jesús. ¿Realmente pensaron que estaba poseído por el maligno? Parece que sí. Qué cosa más triste y extraña que decir sobre el Hijo de Dios. Aquí está Dios mismo, en la persona de Jesús, ofreciendo una promesa de vida eterna. Él revela la Verdad sagrada de que la obediencia a Su Palabra es el camino a la felicidad eterna y que todos necesitan conocer esta Verdad y vivirla. Jesús habla esto libre y abiertamente, pero la respuesta de algunos que escuchan este mensaje es profundamente decepcionante, calumniosa y maliciosa.

Es difícil saber qué estaba pasando en sus mentes para que dijeran tal cosa. Quizás estaban celosos de Jesús, o quizás simplemente estaban seriamente confundidos. Cualquiera que sea el caso, dijeron algo que fue seriamente dañino.  

El daño de tal declaración no fue tanto hacia Jesús; más bien, era perjudicial para ellos mismos y para quienes lo rodeaban. Jesús podía manejar personalmente cualquier cosa que se hablara de Él, pero otros no. Es importante entender que nuestras propias palabras pueden hacernos mucho daño a nosotros mismos y a los demás.

En primer lugar, sus palabras los dañaron a sí mismos. Al hablar públicamente de una declaración tan errónea, comienzan a descender por el camino de la obstinación. Se necesita, en el futuro, una gran humildad para retractarse de tal declaración. Así es con nosotros. Cuando verbalizamos algo que daña a otro, es difícil retractarse. Es difícil disculparse después y reparar la herida que hemos causado. El daño se hace principalmente a nuestro propio corazón en el sentido de que es difícil dejar de lado nuestro error y seguir adelante con humildad. Pero esto debe hacerse si queremos deshacer el daño.  

En segundo lugar, este comentario también hizo daño a quienes estaban escuchando. Algunos pueden haber rechazado esta declaración maliciosa, pero otros pueden haberla ponderado y comenzado a preguntarse si, de hecho, Jesús estaba poseído. Así, se sembraron semillas de duda. Todos debemos darnos cuenta de que nuestras palabras afectan a los demás y debemos esforzarnos por pronunciarlas con el mayor cuidado y caridad.

Reflexiona, hoy, sobre tu propio discurso. ¿Hay cosas de las que has hablado con otros que ahora te das cuenta de que eran erróneas o engañosas? Si es así, ¿has tratado de deshacer el daño retractándote de tus palabras y disculpándote? Reflexiona, también, sobre el hecho de que es fácil ser arrastrado a la conversación maliciosa de los demás. ¿Te has dejado influenciar por tales conversaciones? Si es así, resuelve silenciar tus oídos a tales errores y busca maneras de decir la verdad.

 

Señor de toda Verdad, dame la gracia de pronunciar santas palabras que siempre te den gloria y reflejen las eternas Verdades vivas en Tu Corazón. Ayúdame a ser también consciente de las mentiras que me rodean en este mundo de pecado. Que Tu Corazón filtre los errores y permita que solo las semillas de la Verdad sean plantadas en mi propia mente y corazón. Jesús, en Ti confío.

martes, 24 de marzo de 2026

25 de marzo del 2026: Solemnidad de la Anunciación de Señor

 

Recibir y dar


(Is 7,10-14; 8,10 / Sal 40(39),7-8a. 8b-9.10.11 (R. 8a y 9a)/
Hb 10,4-10 /
Lc 1,26-38)
Hacer la voluntad de Dios es acoger su proyecto de amor con fe y confianza, sometiendo nuestra libertad a la suya. A diferencia de Acaz, que rechaza el signo (cerrándose), María encarna la aceptación total (“Yo soy la esclava del Señor”), haciendo de la voluntad divina su prioridad. Es un compromiso a vivir según sus mandamientos.

G.Q

 


Primera lectura

Lectura del libro de Isaías (7,10-14;8,10):

En aquel tiempo, el Señor habló a Acaz: «Pide una señal al Señor, tu Dios: en lo hondo del abismo o en lo alto del cielo.»
Respondió Acaz: «No la pido, no quiero tentar al Señor.»
Entonces dijo Dios: «Escucha, casa de David: ¿No os basta cansar a los hombres, que cansáis incluso a mi Dios? Pues el Señor, por su cuenta, os dará una señal: Mirad: la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa "Dios-con-nosotros".»


Palabra de Dios

 

 

Salmo

Sal 39,7-8a.8b-9.10.11

R/.
 Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad

Tú no quieres sacrificios ni ofrendas,
y, en cambio, me abriste el oído;
no pides sacrificio expiatorio,
entonces yo digo: «Aquí estoy.» R/.

«Como está escrito en mi libro
para hacer tu voluntad.»
Dios mío, lo quiero,
y llevo tu ley en las entrañas. R/.

He proclamado tu salvación
ante la gran asamblea;
no he cerrado los labios:
Señor, tú lo sabes. R/.

No me he guardado en el pecho tu defensa,
he contado tu fidelidad y tu salvación,
no he negado tu misericordia
y tu lealtad ante la gran asamblea. R/.

 

 

Segunda lectura

Lectura de la carta a los Hebreos (10,4-10):

Es imposible que la sangre de los toros y de los machos cabríos quite los pecados. Por eso, cuando Cristo entró en el mundo dijo: «Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, pero me has preparado un cuerpo; no aceptas holocaustos ni víctimas expiatorias. Entonces yo dije lo que está escrito en el libro: "Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad."» Primero dice: «No quieres ni aceptas sacrificios ni ofrendas, holocaustos ni victimas expiatorias», que se ofrecen según la Ley. Después añade: «Aquí estoy yo para hacer tu voluntad.» Niega lo primero, para afirmar lo segundo. Y conforme a esa voluntad todos quedamos santificados por la oblación del cuerpo de Jesucristo, hecha una vez para siempre.


Palabra de Dios

 

 

Lectura del santo evangelio según san Lucas (1,26-38):


A los seis meses, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David; la virgen se llamaba María.
El ángel, entrando en su presencia, dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.»
Ella se turbó ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquél.
El ángel le dijo: «No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin.»
Y María dijo al ángel: «¿Cómo será eso, pues no conozco a varón?»
El ángel le contestó: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios. Ahí tienes a tu pariente Isabel, que, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible.»
María contestó: «Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.»
Y la dejó el ángel.


Palabra del Señor

 

 

 

1

 

Queridos hermanos y hermanas:

En medio del camino cuaresmal, la Iglesia nos regala hoy una solemnidad bellísima: la Anunciación del Señor. Y esta fiesta nos recuerda que la salvación no comenzó con un estruendo, sino con un . Un sí humilde, silencioso, pero decisivo. El sí de María.

La primera lectura nos presenta a Acaz. Dios mismo le ofrece una señal. Le abre la puerta. Le da la oportunidad de confiar. Pero Acaz se cierra. Parece piadoso cuando dice: “No la pediré, no tentaré al Señor”, pero en realidad su corazón no quiere abandonarse a Dios. Prefiere sus seguridades, sus cálculos, su control. Y ahí está el drama de muchos de nosotros: a veces no rechazamos a Dios de frente, pero lo mantenemos a distancia. No queremos que Él conduzca del todo nuestra vida.

En cambio, en el Evangelio aparece María. También ella se turba. También ella pregunta. También ella vive un momento desconcertante. Pero hay una diferencia enorme: María no se cierra. María se abre. No entiende todo, pero confía. No lo tiene todo resuelto, pero cree. No controla el futuro, pero se abandona. Y pronuncia esas palabras que cambiaron la historia:
“He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.”

Hermanos, esa es la gran lección de hoy: la fe no consiste en entenderlo todo, sino en entregarse al Dios que nunca se equivoca.

María no dice: “Señor, primero explícame todo, muéstrame el camino completo, quítame toda dificultad y entonces te diré que sí”. No. María dice sí en la penumbra de la fe. Y precisamente por eso se convierte en modelo para todos nosotros.

Cuántas veces nosotros vivimos situaciones parecidas: una enfermedad inesperada, una pérdida dolorosa, una preocupación familiar, una crisis económica, una incertidumbre pastoral, una herida del alma. Y entonces quisiéramos respuestas inmediatas. Quisiéramos que Dios nos mostrara el plano entero. Pero el Señor muchas veces no nos da el mapa completo; nos da su presencia. No nos resuelve todo de una vez; nos pide confianza.

El salmo de hoy pone en nuestros labios una oración preciosa:
“Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.”
Esa frase resume la espiritualidad de esta solemnidad. También la segunda lectura la pone en labios de Cristo: “Aquí estoy… para hacer, oh Dios, tu voluntad.” El sí de María se une al sí del Hijo. María acoge la voluntad del Padre, y Cristo entra en el mundo para cumplir esa voluntad salvadora. La Anunciación es, por tanto, fiesta de la Virgen, sí; pero también, y profundamente, fiesta de la Encarnación: Dios entra en nuestra historia, asume nuestra carne, se hace cercano, se hace uno de nosotros para salvarnos. (USCCB)

Y esto tiene una aplicación muy concreta para nuestra vida cuaresmal. La Cuaresma no es solo tiempo de penitencia externa. Es tiempo para aprender a decirle a Dios:
“Señor, no se haga mi voluntad, sino la tuya.”
“Señor, no quiero cerrarme como Acaz.”
“Señor, quiero abrirte la puerta como María.”
“Señor, aunque me cueste, aunque no entienda, aunque me asuste, hágase en mí según tu palabra.”

Qué hermoso sería que hoy cada uno revisara su corazón y se preguntara:
¿En qué aspecto de mi vida me estoy pareciendo a Acaz?
¿Dónde me resisto a Dios?
¿Dónde me cierro?
¿Dónde quiero mandar yo?
¿Y en qué aspecto necesito parecerme más a María, diciendo con humildad y confianza: “Aquí estoy”?

Porque, no lo olvidemos, cada vez que decimos sí a Dios, algo de Cristo vuelve a nacer en el mundo: en una familia reconciliada, en una vocación acogida, en un enfermo que ofrece su dolor, en una madre que persevera, en un joven que decide vivir limpiamente, en un cristiano que perdona, en un discípulo que sirve.

Pidámosle hoy a la Santísima Virgen que nos enseñe el arte de recibir y de dar:
recibir la voluntad de Dios con fe,
y darnos nosotros mismos con generosidad.

Que María nos enseñe a no vivir cerrados en nuestros planes, sino abiertos al proyecto de amor de Dios.
Y que al acercarnos a la Eucaristía podamos repetir con verdad, junto con ella y junto con Cristo:

“Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.”

Amén.

 

2

 

“Hágase en mí según tu palabra”

 

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy la Iglesia se detiene con asombro, con gratitud y con profunda alegría para celebrar una de las solemnidades más grandes de todo el año litúrgico: la Anunciación del Señor. Nueve meses antes de la Navidad, contemplamos el instante sagrado en el que el Verbo eterno del Padre asumió nuestra carne en el seno purísimo de la Virgen María. Hoy celebramos el momento en que Dios entró de manera nueva, definitiva y maravillosa en la historia humana.

No estamos recordando simplemente un hecho del pasado. Estamos entrando, como Iglesia, en un misterio vivo. Hoy no solo miramos lo que ocurrió en Nazaret; hoy se nos invita a dejarnos tocar por ese mismo Dios que sigue pronunciando su Palabra y sigue buscando corazones disponibles para encarnarse en la historia del mundo.

El evangelio de san Lucas nos presenta una escena de una sencillez desarmante y de una hondura infinita. El ángel Gabriel entra en la vida de una muchacha de Nazaret, una mujer humilde, silenciosa, desconocida para los poderosos de este mundo. No entra en el palacio de Roma, ni en los círculos del templo, ni en los salones de los sabios. Dios entra en la pequeñez. Dios visita la humildad. Dios escoge a quien el mundo no habría escogido.

Y el primer mensaje del ángel es un mensaje que sigue siendo actual para todos nosotros: “No temas”. Cuántas veces el miedo paraliza nuestra fe. Cuántas veces el miedo nos impide decirle sí a Dios. Miedo al futuro, miedo al sufrimiento, miedo a perder el control, miedo a lo que la obediencia al Señor pueda exigirnos. María también experimenta turbación. También pregunta. También se sorprende. Pero no se cierra. No huye. No endurece el corazón. Permanece. Escucha. Discierne. Confía.

En esto contrasta maravillosamente con la primera lectura, donde aparece el rey Acaz. A Acaz Dios le ofrece un signo. Lo invita a confiar. Pero Acaz, disfrazando su incredulidad con aparente piedad, se cierra a la acción de Dios. María, en cambio, representa la actitud opuesta: la apertura, la disponibilidad, la obediencia confiada. Donde Acaz se repliega, María se entrega. Donde uno se blinda, la otra se abandona. Donde uno pone resistencia, María pronuncia el sí que abrió las puertas de nuestra salvación.

Y ese sí de María no fue una palabra superficial. No fue una emoción pasajera. No fue una respuesta romántica sin consecuencias. Fue un acto de fe radical. Cuando María dice: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra”, no conoce todos los detalles, no ve el camino completo, no sabe todavía que ese hijo será signo de contradicción, no imagina aún el Calvario. Pero cree. Se fía. Se pone enteramente en manos de Dios.

Hermanos, allí está una de las enseñanzas más bellas de esta solemnidad: la verdadera fe no consiste en tener todas las respuestas, sino en confiar en Aquel que no se equivoca.

María nos enseña que hacer la voluntad de Dios no es resignarse tristemente, sino acoger con amor un proyecto que nos supera, pero que siempre es para vida, para gracia y para salvación. Por eso el salmo pone en nuestros labios una frase que hoy resuena con fuerza: “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.”

Esa misma actitud la vemos en la segunda lectura, tomada de la carta a los Hebreos. Allí contemplamos a Cristo entrando en el mundo y diciendo al Padre: “Aquí estoy para hacer tu voluntad.” Es conmovedor: el sí de María y el sí de Cristo se encuentran. María ofrece su carne, su disponibilidad, su seno virginal. Cristo ofrece su entrega total al Padre. Ella dice sí para concebirlo; Él dice sí para ofrecerse. Ella lo recibe en Nazaret; Él se entregará plenamente en la cruz. Por eso la Anunciación ya lleva en sí la semilla del Calvario. La encarnación no está separada de la redención: el Niño que comienza a vivir en el seno de María es el Salvador que entregará su vida por nosotros.

Así comprendemos que la solemnidad de hoy no es solamente una fiesta mariana. Es una fiesta profundamente cristológica, profundamente redentora. Celebramos que Dios no se quedó lejos, no nos salvó desde fuera, no contempló nuestro dolor a distancia. Se hizo uno de nosotros. Entró en nuestra carne. Asumió nuestra historia. Tomó sobre sí nuestra condición humana para redimirla desde dentro.

¡Qué grande es este misterio! El Dios eterno se hace embrión. El Infinito se hace pequeño. El Creador entra en la creación. El que sostiene el universo comienza a latir en el vientre de una mujer. Y todo esto sucede en el silencio de un hogar, en la pobreza de Nazaret, en la disponibilidad de una Virgen creyente.

Esto tiene consecuencias muy concretas para nuestra vida. Porque hoy no solo admiramos a María: hoy se nos pregunta también a nosotros por nuestro propio sí.

¿Dónde me está pidiendo Dios que diga “hágase”?
¿En qué aspecto de mi vida todavía me resisto?
¿En qué situaciones sigo aferrado a mis planes, a mis seguridades, a mis miedos?
¿Dónde quiere el Señor encarnarse hoy a través de mis palabras, mis decisiones, mi testimonio, mi fidelidad?

Quizá Dios te está pidiendo un sí en tu familia, para perdonar de corazón.
Quizá te está pidiendo un sí en tu vocación, para servir con más generosidad.
Quizá te está pidiendo un sí en medio del dolor, para no perder la confianza.
Quizá te está pidiendo un sí en una lucha interior, para dejarte sanar.
Quizá te está pidiendo un sí más radical, más limpio, más humilde.

La Anunciación nos recuerda que cada vez que un creyente se abre sinceramente a Dios, el misterio de Cristo sigue dando fruto en el mundo. Cada vez que alguien dice “sí” a la verdad, al amor, al servicio, al perdón, a la obediencia, Cristo vuelve a hacerse presente. De algún modo, el Señor quiere seguir encarnándose en la historia por medio de discípulos disponibles.

María no retuvo nada para sí. Dejó que Dios obrara en ella. Y eso mismo hemos de pedir hoy: no una fe hecha de palabras solamente, sino una fe disponible; no una devoción sentimental, sino una obediencia concreta; no una religión de apariencias, sino una entrega verdadera.

Qué hermosa jaculatoria podríamos repetir hoy durante toda la jornada:
“Hágase en mí según tu palabra.”
Cuando haya dudas: hágase.
Cuando haya miedo: hágase.
Cuando haya cruz: hágase.
Cuando no entendamos el camino: hágase.
Porque cuando Dios encuentra un corazón disponible, hace maravillas.

Pidamos entonces a la Santísima Virgen que nos enseñe su docilidad, su humildad, su valentía interior. Que nos enseñe a escuchar, a confiar y a responder. Que no seamos como Acaz, cerrados al signo de Dios; que seamos como María, abiertos a su gracia.

Y al acercarnos hoy a la Eucaristía, contemplemos con gratitud este inmenso misterio: el Hijo de Dios se hizo carne para salvarnos. Que su encarnación no sea para nosotros solo una verdad que se celebra, sino una gracia que transforma. Que Cristo nazca de nuevo en nuestra vida, en nuestras comunidades, en nuestras familias, en nuestro corazón.

Que hoy podamos decir con María, con Cristo y con toda la Iglesia:

“Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.”

Amén.

 

lunes, 23 de marzo de 2026

24 de marzo del 2026: martes de la quinta semana de Cuaresma

 

Inversión

El lugar adonde Jesús va solo es la Cruz. En ese suplicio, se elevaba al condenado para que su agonía pública marcara su total degradación. Juan le da la vuelta a ese símbolo y lo transforma en gloria. Mientras la cruz es un lugar de humillación, el evangelista san Juan presenta ese suplicio como el momento en que Jesús es “elevado” para atraer a todos los hombres hacia sí, transformando la ignominia de la crucifixión en un acto de realeza, de victoria divina y de amor supremo.

(Prions en eglise)



Primera lectura

Lectura del libro de los Números (21,4-9):

EN aquellos días, desde el monte Hor se encaminaron los hebreos hacia el mar Rojo, rodeando el territorio de Edón.
El pueblo se cansó de caminar y habló contra Dios y contra Moisés:
«¿Por qué nos has sacado de Egipto para morir en el desierto? No tenemos ni pan ni agua, y nos da náuseas ese pan sin sustancia».
El Señor envió contra el pueblo serpientes abrasadoras, que los mordían, y murieron muchos de Israel.
Entonces el pueblo acudió a Moisés, diciendo:
«Hemos pecado hablando contra el Señor y contra ti; reza al Señor para que aparte de nosotros las serpientes».
Moisés rezó al Señor por el pueblo y el Señor le respondió:
«Haz una serpiente abrasadora y colócala en un estandarte: los mordidos de serpientes quedarán sanos al mirarla».
Moisés hizo una serpiente de bronce y la colocó en un estandarte. Cuando una serpiente mordía a alguien, este miraba a la serpiente de bronce y salvaba la vida.

Palabra de Dios

 

 

Salmo

Sal 101,2-3.16-18.19-21



R/.
 Señor, escucha mi oración,
que mi grito llegue hasta ti


V/. Señor, escucha mi oración,
que mi grito llegue hasta ti;
no me escondas tu rostro
el día de la desgracia.
Inclina tu oído hacia mí;
cuando te invoco,
escúchame enseguida. R/.

V/. Los gentiles temerán tu nombre,
los reyes del mundo, tu gloria.
Cuando el Señor reconstruya Sión
y aparezca en su gloria,
y se vuelva a las súplicas de los indefensos,
y no desprecie sus peticiones. R/.

V/. Quede esto escrito para la generación futura,
y el pueblo que será creado alabará al Señor.
Que el Señor ha mirado desde su excelso santuario,
desde el cielo se ha fijado en la tierra,
para escuchar los gemidos de los cautivos
y librar a los condenados a muerte. R/.

 

 

Lectura del santo evangelio según san Juan (8,21-30):

EN aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos:
«Yo me voy y me buscaréis, y moriréis por vuestro pecado. Donde yo voy no podéis venir vosotros».
Y los judíos comentaban:
«¿Será que va a suicidarse, y por eso dice: “Donde yo voy no podéis venir vosotros”?».
Y él les dijo:
«Vosotros sois de aquí abajo, yo soy de allá arriba: vosotros sois de este mundo, yo no soy de este mundo. Con razón os he dicho que moriréis en vuestros pecados: pues, si no creéis que Yo soy, moriréis en vuestros pecados».
Ellos le decían:
«¿Quién eres tú?».
Jesús les contestó:
«Lo que os estoy diciendo desde el principio. Podría decir y condenar muchas cosas en vosotros; pero el que me ha enviado es veraz, y yo comunico al mundo lo que he aprendido de él».
Ellos no comprendieron que les hablaba del Padre.
Y entonces dijo Jesús:
«Cuando levantéis en alto al Hijo del hombre, sabréis que “Yo soy”, y que no hago nada por mi cuenta, sino que hablo como el Padre me ha enseñado. El que me envió está conmigo, no me ha dejado solo; porque yo hago siempre lo que le agrada».
Cuando les exponía esto, muchos creyeron en él.

Palabra del Señor

 

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Queridos hermanos y hermanas:

Seguimos avanzando en esta quinta semana de Cuaresma, ya muy cerca de la Pascua. La Palabra de Dios de hoy nos pone delante un misterio impresionante: lo que parece derrota, en Cristo se convierte en victoria; lo que parece humillación, en Cristo se convierte en gloria; lo que parece muerte, en Cristo se convierte en fuente de vida.

En tiempos de Jesús, la cruz era el signo más vergonzoso. Allí era expuesto públicamente el condenado, reducido a la impotencia, a la burla, al desprecio. Pero san Juan nos invita a mirar más hondo. Él no contempla la cruz sólo como tormento, sino como el momento en que Jesús es “elevado”. Y esa elevación no es sólo física; es también revelación, entronización y manifestación suprema del amor de Dios. En el Evangelio de hoy Jesús dice: “Cuando levanten en alto al Hijo del hombre, entonces sabrán que Yo Soy”. Es decir: cuando me vean crucificado, entonces comprenderán realmente quién soy.

Humanamente, nosotros tratamos de huir de la cruz. Nos cuesta aceptar el dolor, la prueba, la contradicción, la enfermedad, el rechazo. Y, sin embargo, el Señor nos enseña que no todo sufrimiento destruye: cuando se une a Dios, el sufrimiento puede ser transformado en ofrenda, en fecundidad y en salvación.

La primera lectura ilumina esto con una imagen muy fuerte. El pueblo, cansado del camino, murmura contra Dios y contra Moisés; entonces aparecen serpientes venenosas. Pero, cuando el pueblo reconoce su pecado, Dios manda a Moisés poner una serpiente de bronce en un asta, y todo el que la mira queda con vida.
Ese signo era misterioso, pero preparaba algo mucho más grande: Cristo levantado en la cruz. Así como el pueblo miraba la serpiente y vivía, así también nosotros, heridos por el pecado, miramos a Cristo crucificado y encontramos salvación. La diferencia es inmensa: la serpiente de bronce era sólo un signo; Jesús es la salvación misma.

¡Qué actual es esta Palabra! También nosotros, como el pueblo del desierto, muchas veces nos cansamos del camino. Nos cansamos de luchar, de esperar, de perdonar, de servir, de mantener la fe en medio de las pruebas. Y cuando el cansancio entra en el alma, comienzan la queja, la amargura, la desconfianza, incluso la dureza del corazón. Pero hoy el Señor nos invita a levantar la mirada. No a quedarnos mirando nuestras heridas, sino a mirar a Cristo.

El salmo nos ha hecho repetir: “Señor, escucha mi oración, que mi grito llegue hasta ti”. Dios no desprecia la oración del pobre, ni ignora el gemido del que sufre.

Cuántas veces nuestros familiares, amigos y benefactores llevan cruces silenciosas: preocupaciones económicas, enfermedades, soledad, conflictos familiares, lutos, cansancios del corazón. Quizás por fuera sonríen, pero por dentro están heridos. Hoy queremos ponerlos a todos al pie de la cruz de Cristo, porque allí nadie queda excluido del amor de Dios.

Y hay otro detalle hermoso del Evangelio. Jesús dice: “El que me envió está conmigo; no me ha dejado solo”. En el momento en que más solo parece, Jesús afirma que el Padre está con Él.
Esa palabra también es para nosotros. Tal vez alguno siente hoy que carga solo su cruz; tal vez alguno cree que Dios guarda silencio. Pero la cruz de Cristo nos revela precisamente lo contrario: Dios no abandona. Puede parecer ausente, pero está. Puede parecer callado, pero sostiene. Puede parecer lejano, pero acompaña más íntimamente de lo que imaginamos.

Por eso, hermanos, la Cuaresma no es sólo tiempo de penitencia; es tiempo de mirar de nuevo a Cristo elevado, para redescubrir que el amor es más fuerte que el pecado, que la gracia es más fuerte que la herida, y que la vida es más fuerte que la muerte.

Hoy, en esta Eucaristía, oremos de manera especial por nuestros familiares, amigos y benefactores. Pidamos al Señor que, si alguno está cansado, le dé fortaleza; si alguno está herido, le conceda consuelo; si alguno está lejos de Dios, lo atraiga hacia su corazón; si alguno atraviesa una cruz pesada, le haga experimentar que esa cruz, unida a la de Cristo, no es absurda ni estéril, sino camino de redención.

Que al contemplar a Jesús levantado en la cruz, aprendamos a no escandalizarnos del sufrimiento, sino a descubrir en él la presencia misteriosa de un Dios que salva. Y que, mirando al Crucificado, podamos decir con fe:
Señor, en tus manos están mis heridas, mi historia, mi familia, mis amigos, mis benefactores; elévanos contigo, para que no muramos en el pecado, sino vivamos en tu amor.

Amén.

 

domingo, 22 de marzo de 2026

23 de marzo del 2026: lunes de la quinta semana de Cuaresma

 

Liberaciones

A pesar de sus semejanzas, los dos relatos de este día son muy diferentes. Daniel ayuda a Dios a sacar a una inocente (Susana) de las garras de notables pervertidos que abusan de su poder. Jesús, por su parte, se niega a condenar a la mujer adúltera, devolviendo a los acusadores a sus propias faltas y transformando la justicia en misericordia.


Primera lectura

Lectura del libro de Daniel (13,1-9.15-17.19-30.33-62):

EN aquellos días, vivía en Babilonia un hombre llamado Joaquín, casado con Susana, hija de Jelcías, mujer muy bella y temerosa del Señor.
Sus padres eran justos y habían educado a su hija según la ley de Moisés. Joaquín era muy rico y tenía un jardín junto a su casa; y como era el más respetado de todos, los judíos solían reunirse allí.
Aquel año fueron designados jueces dos ancianos del pueblo, de esos que el Señor denuncia diciendo:
«En Babilonia la maldad ha brotado de los viejos jueces, que pasan por guías del pueblo».
Solían ir a casa de Joaquín, y los que tenían pleitos que resolver acudían a ellos.
A mediodía, cuando la gente se marchaba, Susana salía a pasear por el jardín de su marido. Los dos ancianos la veían a diario, cuando salía a pasear, y sintieron deseos de ella.
Pervirtieron sus pensamientos y desviaron los ojos para no mirar al cielo, ni acordarse de sus justas leyes.
Sucedió que, mientras aguardaban ellos el día conveniente, salió ella como los tres días anteriores sola con dos criadas, y tuvo ganas de bañarse en el jardín, porque hacía mucho calor. No había allí nadie, excepto los dos ancianos escondidos y acechándola.
Susana dijo a las criadas:
«Traedme el perfume y las cremas y cerrad la puerta del jardín mientras me baño».
Apenas salieron las criadas, se levantaron los dos ancianos, corrieron hacia ella y le dijeron:
«Las puertas del jardín están cerradas, nadie nos ve, y nosotros sentimos deseos de ti; así que consiente y acuéstate con nosotros. Si no, daremos testimonio contra ti diciendo que un joven estaba contigo y que por eso habías despachado a las criadas».
Susana lanzó un gemido y dijo:
«No tengo salida: si hago eso, mereceré la muerte; si no lo hago, no escaparé de vuestras manos. Pero prefiero no hacerlo y caer en vuestras manos antes que pecar delante del Señor».
Susana se puso a gritar, y los dos ancianos, por su parte, se pusieron también a gritar contra ella. Uno de ellos fue corriendo y abrió la puerta del jardín.
Al oír los gritos en el jardín, la servidumbre vino corriendo por la puerta lateral a ver qué le había pasado. Cuando los ancianos contaron su historia, los criados quedaron abochornados, porque Susana nunca había dado que hablar.
Al día siguiente, cuando la gente vino a casa de Joaquín, su marido, vinieron también los dos ancianos con el propósito criminal de hacer morir a Susana. En presencia del pueblo ordenaron:
«Id a buscar a Susana, hija de Jelcías, mujer de Joaquín».
Fueron a buscarla, y vino ella con sus padres, hijos y parientes.
Toda su familia y cuantos la veían lloraban.
Entonces los dos ancianos se levantaron en medio de la asamblea y pusieron las manos sobre la cabeza de Susana.
Ella, llorando, levantó la vista al cielo, porque su corazón confiaba en el Señor.
Los ancianos declararon:
«Mientras paseábamos nosotros solos por el jardín, salió esta con dos criadas, cerró la puerta del jardín y despidió a las criadas. Entonces se le acercó un joven que estaba escondido y se acostó con ella.
Nosotros estábamos en un rincón del jardín y, al ver aquella maldad, corrimos hacia ellos. Los vimos abrazados, pero no pudimos sujetar al joven, porque era más fuerte que nosotros, y, abriendo la puerta, salió corriendo.
En cambio, a esta le echamos mano y le preguntamos quién era el joven, pero no quiso decírnoslo. Damos testimonio de ello».
Como eran ancianos del pueblo y jueces, la asamblea los creyó y la condenó a muerte.
Susana dijo gritando:
«Dios eterno, que ves lo escondido, que lo sabes todo antes de que suceda, tú sabes que han dado falso testimonio contra mí, y ahora tengo que morir, siendo inocente de lo que su maldad ha inventado contra mí».
Y el Señor escuchó su voz.
Mientras la llevaban para ejecutarla, Dios suscitó el espíritu santo en un muchacho llamado Daniel; y este dio una gran voz:
«Yo soy inocente de la sangre de esta».
Toda la gente se volvió a mirarlo, y le preguntaron:
«Qué es lo que estás diciendo?».
Él, plantado en medio de ellos, les contestó:
«Pero ¿estáis locos, hijos de Israel? ¿Conque, sin discutir la causa ni conocer la verdad condenáis a una hija de Israel? Volved al tribunal, porque esos han dado falso testimonio contra ella».
La gente volvió a toda prisa, y los ancianos le dijeron:
«Ven, siéntate con nosotros e infórmanos, porque Dios mismo te ha dado la ancianidad».
Daniel les dijo:
«Separadlos lejos uno del otro, que los voy a interrogar».
Cuando estuvieron separados el uno del otro, él llamó a uno de ellos y le dijo:
«¡Envejecido en días y en crímenes! Ahora vuelven tus pecados pasados, cuando dabas sentencias injustas condenando inocentes y absolviendo culpables, contra el mandato del Señor: “No matarás al inocente ni al justo”. Ahora, puesto que tú la viste, dime debajo de qué árbol los viste abrazados».
Él contestó:
«Debajo de una acacia».
Respondió Daniel:
«Tu calumnia se vuelve contra ti. Un ángel de Dios ha recibido ya la sentencia divina y te va a partir por medio».
Lo apartó, mandó traer al otro y le dijo:
«Hijo de Canaán, y no de Judá! La belleza te sedujo y la pasión pervirtió tu corazón. Lo mismo hacíais con las mujeres israelitas, y ellas por miedo se acostaban con vosotros; pero una mujer judía no ha tolerado vuestra maldad. Ahora dime: ¿bajo qué árbol los sorprendiste abrazados?».
Él contestó:
«Debajo de una encina».
Replicó Daniel:
«Tu calumnia también se vuelve contra ti. el ángel de Dios aguarda con la espada para dividirte por medio. Y así acabará con vosotros».
Entonces toda la asamblea se puso a gritar bendiciendo a Dios, que salva a los que esperan en él. Se alzaron contra los dos ancianos, a quienes Daniel había dejado convictos de falso testimonio por su propia confesión, e hicieron con ellos lo mismo que ellos habían tramado contra el prójimo. Les aplicaron la ley de Moisés y los ajusticiaron.
Aquel día se salvó una vida inocente.

Palabra de Dios

 

 

Salmo

Sal 22,1-3a.3b-4.5.6



R/.
 Aunque camine por cañadas oscuras,
nada temo, porque tú vas conmigo


V/. El Señor es mi pastor, nada me falta:
en verdes praderas me hace recostar;
me conduce hacia fuentes tranquilas
y repara mis fuerzas. R/.

V/. Me guía por el sendero justo,
por el honor de su nombre.
Aunque camine por cañadas oscuras,
nada temo, porque tú vas conmigo:
tu vara y tu cayado me sosiegan. R/.

V/. Preparas una mesa ante mí,
enfrente de mis enemigos;
me unges la cabeza con perfume,
y mí copa rebosa. R/.

V/. Tu bondad y tu misericordia me acompañan
todos los días de mi vida,
y habitaré en la casa del Señor
por años sin término. R/.

 

Evangelio

Jn 8,12-20

Yo soy la luz del mundo

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

EN aquel tiempo, Jesús habló a los fariseos, diciendo:
«Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida».
Le dijeron los fariseos: «Tú das testimonio de ti mismo; tu testimonio no es verdadero».
Jesús les contestó: «Aunque yo doy testimonio de mí mismo, mi testimonio es verdadero, porque sé de dónde he venido y adónde voy;
en cambio, ustedes no saben de dónde vengo ni adónde voy. Ustedes juzgan según la carne; yo no juzgo a nadie; y, si juzgo yo, mi juicio es legítimo, porque no estoy yo solo, sino yo y el que me ha enviado, el Padre; y en la ley de ustedes está escrito que el testimonio de dos hombres es verdadero. Yo doy testimonio de mí mismo, y además da testimonio de mí el que me ha enviado, el Padre».
Ellos le preguntaban: «¿Dónde está tu Padre?».
Jesús contestó: «Ni me conocen a mí ni a mi Padre; si me conocieran a mí, conocerían también a mi Padre».
Jesús tuvo esta conversación junto al arca de las ofrendas cuando enseñaba en el templo. Y nadie le echó mano, porque todavía no había llegado su hora.

Palabra del Señor.

 

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Queridos hermanos y hermanas:

Seguimos avanzando en este santo tiempo de Cuaresma, y la Palabra de Dios de hoy nos pone ante una verdad profundamente humana y profundamente espiritual: todos necesitamos ser liberados.
Liberados del pecado, liberados de la mentira, liberados de la injusticia, liberados de la dureza del corazón, liberados de esa tendencia tan humana a juzgar a los demás con severidad mientras somos indulgentes con nosotros mismos.

La primera lectura y el evangelio nos hablan de liberaciones. Y en efecto, tanto la historia de Susana en el libro de Daniel como el episodio de la mujer sorprendida en adulterio en el Evangelio de san Juan son relatos de liberación. Pero son liberaciones distintas y complementarias.

En el caso de Susana, Dios libera a una mujer inocente de una condena injusta.
En el caso de la mujer adúltera, Jesús libera a una mujer culpable de una condena despiadada.
Una era inocente, la otra era pecadora; pero ambas necesitaban salvación. Y en ambos casos, Dios se revela como Aquel que no abandona a la persona humana cuando parece acorralada por el mal, la violencia o la vergüenza.

1. Susana: Dios defiende al inocente

La primera lectura es fuerte y actual. Nos presenta a una mujer justa, honesta, temerosa de Dios, víctima de la maldad de dos ancianos que, en lugar de ser modelos de rectitud, habían corrompido su corazón. Abusan de su autoridad, manipulan la verdad, intentan doblegar la dignidad de Susana y, al no conseguirlo, la acusan falsamente.

¡Qué actual es esta escena!
Cuántas veces en la historia —y también en nuestro tiempo— personas con poder han querido aplastar al débil, al indefenso, al limpio de corazón. Cuántas veces la mentira parece más fuerte que la verdad. Cuántas veces la reputación de un inocente queda herida por chismes, intrigas, calumnias o juicios precipitados.

Susana, sin embargo, nos conmueve porque no negocia con el mal. Prefiere ponerse en manos de Dios antes que traicionar su conciencia. Ella queda humanamente desarmada, pero interiormente permanece libre. Y eso ya es una victoria.

Cuando todo parece perdido, Dios suscita al joven Daniel para desenmascarar la mentira. Así el Señor muestra que Él escucha el clamor del inocente.
Tal vez no siempre actúa con la rapidez que nosotros quisiéramos, pero jamás es indiferente. Dios no bendice la injusticia. Dios no avala la perversión del poder. Dios no se desentiende del sufrimiento del justo.

Aquí hay un consuelo grande también para nosotros cuando oramos por nuestros difuntos. Muchos de ellos llevaron en vida cruces silenciosas: incomprensiones, humillaciones, falsos juicios, dolores que quizá nunca pudieron explicar del todo. Pero hoy la Palabra nos recuerda que ante Dios nada queda oculto. Él conoce la verdad de cada vida. Él ve las lágrimas secretas. Él hace justicia con una justicia que no destruye sino que restablece.

2. La mujer adúltera: Dios no aprueba el pecado, pero salva al pecador

El Evangelio nos presenta otra escena dramática. Esta vez no estamos ante una inocente calumniada, sino ante una mujer sorprendida en pecado. Los escribas y fariseos la arrastran hasta Jesús. La colocan en medio. La exponen. La convierten en espectáculo. Más que buscar la verdad o la conversión de aquella mujer, quieren usarla como instrumento para tenderle una trampa a Jesús.

Es terrible cuando el pecador deja de ser persona y se convierte en objeto de condena, de morbo o de manipulación.
Y eso pasa también hoy. Cuántas veces la sociedad, las redes, los ambientes humanos, se comportan como aquella multitud: señalan, aplastan, exhiben, condenan, cancelan. Hay una especie de placer oscuro en ver caer a alguien.

Pero Jesús no entra en la lógica de la violencia. Se inclina y escribe en el suelo. Ese gesto tiene algo de serenidad divina. Como si dijera: “Antes de condenar, deténganse. Antes de apedrear, mírense por dentro. Antes de hablar del pecado ajeno, enfrenten el propio”.

Y luego pronuncia esa frase inmortal:
“El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra.”

No está negando el pecado. No está diciendo que el adulterio sea bueno. No está relativizando el mal. Está haciendo algo más profundo: está desenmascarando la hipocresía.
Porque una cosa es amar la verdad, y otra muy distinta es usar la verdad como piedra para destruir al otro.

Uno por uno se marchan. Comenzando por los más viejos. Quizá porque la vida, cuando se ha vivido con sinceridad, enseña que nadie puede presentarse impecable ante Dios.

Jesús queda solo con la mujer. Y ahí sucede el milagro mayor: no sólo la salva de la muerte física, sino que le devuelve su dignidad espiritual.
“Tampoco yo te condeno. Vete y en adelante no peques más.”

Qué equilibrio tan perfecto entre misericordia y verdad.
Jesús no condena, pero tampoco banaliza.
No humilla, pero tampoco engaña.
No aplasta, pero tampoco aprueba el pecado.
Ofrece perdón, y al mismo tiempo llama a una vida nueva.

3. Entre Susana y la adúltera estamos nosotros

En el fondo, hermanos, entre estos dos relatos estamos nosotros.

A veces somos como Susana: víctimas de juicios injustos, de incomprensiones, de palabras duras, de falsas interpretaciones. Hay momentos en que hacemos el bien y aun así somos criticados; obramos con rectitud y aun así nos malinterpretan.

Pero otras veces nos parecemos más a la mujer adúltera: frágiles, pecadores, sorprendidos en nuestras incoherencias, necesitados de perdón, avergonzados por nuestras caídas.

Y, seamos sinceros, a veces también nos parecemos a los acusadores: rápidos para señalar, lentos para comprender; severos con la debilidad ajena, pacientes con la propia.

Por eso esta Palabra no es para mirar desde fuera; es para dejarnos tocar por dentro.

La Cuaresma no es sólo un tiempo para denunciar el mal del mundo. Es un tiempo para dejarnos mirar por Cristo.
¿Dónde necesito hoy ser liberado?
¿De qué piedra tengo que vaciar mis manos?
¿A quién he juzgado con dureza?
¿Qué pecado mío sigo justificando?
¿Dónde necesito escuchar de nuevo: “Tampoco yo te condeno”?
¿Dónde necesito decidirme, por fin, a “no pecar más”?

4. El Salmo: el Señor es nuestro pastor, también en el valle oscuro

Y en medio de estas historias intensas, resuena hoy el Salmo 23:
“Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo.”

Qué bello puente entre las lecturas y nuestra intención orante por los difuntos.

Susana caminó por una cañada oscura.
La mujer del Evangelio caminó por una cañada oscura.
Nosotros también pasamos por cañadas oscuras: el pecado, la culpa, la pérdida, el duelo, la enfermedad, la muerte de los seres queridos.

Y precisamente hoy la Iglesia nos invita a orar por los difuntos. Muchos de nosotros llevamos nombres, rostros, recuerdos, vacíos. Personas a quienes amamos, que formaron parte de nuestra vida y que ya han partido a la Casa del Padre. Algunos murieron en paz; otros quizá después de mucho sufrimiento; otros de manera inesperada; otros con situaciones que quedaron pendientes; otros tal vez después de una vida compleja, con luces y sombras.

La Palabra de hoy nos da esperanza para todos ellos.

Primero, porque Dios defiende al inocente, como a Susana.
Segundo, porque Dios ofrece misericordia al pecador arrepentido, como a la mujer del Evangelio.
Y tercero, porque Dios es pastor que no abandona a sus ovejas ni siquiera en el valle de sombra.

Qué consuelo pensar que nuestros difuntos no están perdidos en la nada, ni disueltos en un recuerdo, ni abandonados al silencio. Están confiados al amor del Buen Pastor. Ese Pastor que guía, que restaura, que unge, que prepara mesa, que acompaña hasta la casa definitiva del Padre.

Cuando oramos por ellos, no hacemos un simple acto de nostalgia. Hacemos un acto de fe. Decimos con el corazón:
“Señor, tú conoces su verdad más profunda. Tú conoces sus luchas, sus heridas, sus pecados, sus bondades ocultas, sus lágrimas secretas, sus actos de amor. Tú, que eres justo y misericordioso, llévalos a la plenitud de tu paz.”

5. Una Iglesia llamada a parecerse a Jesús

Además, estas lecturas nos lanzan una tarea pastoral muy concreta: como Iglesia, estamos llamados a parecernos más a Jesús y menos a los acusadores.

Necesitamos comunidades donde haya verdad, sí, pero una verdad dicha con caridad.
Comunidades donde se acompañe al pecador sin justificar el pecado.
Comunidades donde se defienda al inocente.
Comunidades donde no se abuse del poder.
Comunidades donde no se lapide con chismes, desprecios o exclusiones.
Comunidades donde la corrección fraterna no sea una humillación pública, sino un acto de amor.

La gente ya carga demasiadas piedras en la vida: duelos, fracasos, heridas familiares, soledad, culpas antiguas, temores. La Iglesia no puede convertirse en cantera de más piedras; debe ser casa de misericordia, verdad y esperanza.

6. Para concluir

Hermanos, hoy el Señor nos deja tres imágenes preciosas:

La primera: Susana, la inocente que no fue abandonada por Dios.
La segunda: la mujer adúltera, la pecadora a quien Cristo no aplastó, sino que levantó.
La tercera: el Buen Pastor, que acompaña incluso en el valle oscuro y nos conduce a la vida.

En esta Eucaristía pidamos al Señor:

que defienda a los inocentes;
que convierta a los pecadores;
que nos libre de juzgar con dureza;
que nos conceda un corazón misericordioso;
y que reciba en su paz a nuestros difuntos.

Que por ellos y por nosotros se cumpla la promesa del salmo:
“Habitaré en la casa del Señor por años sin término.”

Amén.

 

26 de marzo del 2026: jueves de la quinta semana de Cuaresma

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