lunes, 8 de junio de 2026

8 de junio del 2026: lunes de la décima semana del tiempo ordinario-II

 

El arte y la manera

(Mateo 5, 1-12) Una página magnífica del Evangelio. Pero precisamente por eso… ¿no será un poco demasiado hermosa para ser verdadera? ¿Una especie de dulce sueño, condenado tarde o temprano a chocar con la dura realidad?

La expresión “por causa de mí” quizá nos ofrece una clave de lectura. La felicidad no viene, ante todo, de lo que vivimos y hacemos, sino de la manera como lo vivimos y lo hacemos: “por causa de Él”, el Señor Jesús; es decir, para Él, con Él y en Él.

Bertrand Lesoing, prêtre de la communauté Saint-Martin

 


Primera lectura

1 Re 17, 1-6
Elías sirve al Señor, Dios de Israel

Lectura del primer libro de los Reyes.

EN aquellos días, Elías, el tesbita, de Tisbé de Galaad, dijo a Ajab:
«Vive el Señor, Dios de Israel, ante quien sirvo, que no habrá en estos años rocío ni lluvia si no es por la palabra de mi boca».
La palabra del Señor llegó a Elías diciendo:
«Sal de aquí, dirígete hacia oriente y escóndete en el torrente de Querit, frente al Jordán. Habrás de beber sus aguas y he ordenado a los cuervos que allí te suministren alimento».
Fue a establecerse en el torrente de Querit, frente al Jordán, procediendo según la palabra del Señor.
Los cuervos le llevaban pan y carne por la mañana y lo mismo al atardecer; y bebía del torrente.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 120, 1bc-2. 3-4. 5-6. 7-8 (R.: cf. 2)

R. Nuestro auxilio es el nombre del Señor,
que hizo el cielo y la tierra.


V. Levanto mis ojos a los montes:
¿de dónde me vendrá el auxilio?
El auxilio me viene del Señor,
que hizo el cielo y la tierra.
 R.

V. No permitirá que resbale tu pie,
tu guardián no duerme;
no duerme ni reposa
el guardián de Israel. 
R.

V. El Señor te guarda a su sombra,
está a tu derecha;
de día el sol no te hará daño,
ni la luna de noche. 
R.

V. El Señor te guarda de todo mal,
él guarda tu alma;
el Señor guarda tus entradas y salidas,
ahora y por siempre. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Alégrense y regocíjense, porque su recompensa será grande en el cielo. R.

 

Evangelio

Mt 5, 1-12

Bienaventurados los pobres en el espíritu

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos; y, abriendo su boca, les enseñaba diciendo:
«Bienaventurados los pobres en el espíritu,
porque de ellos es el reino de los cielos.
Bienaventurados los mansos,
porque ellos heredarán la tierra.
Bienaventurados los que lloran,
porque ellos serán consolados.
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia,
porque ellos quedarán saciados.
Bienaventurados los misericordiosos,
porque ellos alcanzarán misericordia.
Bienaventurados los limpios de corazón,
porque ellos verán a Dios.
Bienaventurados los que trabajan por la paz,
porque ellos serán llamados hijos de Dios.
Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia,
porque de ellos es el reino de los cielos.
Bienaventurados ustedes cuando los insulten y los persigan y los calumnien de cualquier modo por mi causa. Alégrense y regocíjense, porque su recompensa será grande en el cielo, que de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a ustedes».

Palabra del Señor.

 

 

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Queridos hermanos:

Hoy la Palabra de Dios nos pone ante dos escenas muy distintas, pero profundamente unidas por un mismo mensaje: Dios no abandona a quienes ponen su confianza en Él.

En la primera lectura, del primer libro de los Reyes, aparece el profeta Elías en un momento difícil. El país vive una crisis, una sequía, una situación de hambre y amenaza. Elías no tiene seguridades humanas. No tiene despensa llena, no tiene un plan cómodo, no tiene garantías visibles. Pero tiene una palabra de Dios: “Vete de aquí… escóndete junto al torrente… beberás del torrente y he mandado a los cuervos que te lleven alimento”.

Es una imagen fuerte y bella: Dios sostiene a su profeta en medio de la precariedad. No lo libra mágicamente de toda dificultad, pero le da lo necesario para seguir viviendo. Le da agua, pan, carne, refugio. Le da, sobre todo, la certeza de que no está solo.

Y el salmo responde con una profesión de confianza:
“El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra”.

Cuántas veces también nosotros levantamos los ojos a los montes y nos preguntamos: ¿de dónde vendrá mi ayuda? ¿De dónde vendrá la fuerza para soportar esta enfermedad, esta pérdida, esta tristeza, esta soledad, esta preocupación familiar, esta incertidumbre? Y la fe nos responde: el auxilio viene del Señor. Él no duerme. Él no se desentiende. Él guarda nuestra entrada y nuestra salida. Él cuida nuestra vida.

Esta certeza ilumina de manera especial la intención de hoy: oramos por nuestros difuntos. Al recordarlos, quizás sentimos nostalgia, vacío, lágrimas. Pero no los recordamos como quienes han desaparecido en la nada. Los confiamos al Dios que guarda la vida. Los ponemos en manos del Señor que no abandona a sus hijos ni siquiera cuando atraviesan el umbral de la muerte.

Para la mirada cristiana, la muerte no tiene la última palabra. La última palabra la tiene Dios. La última palabra la tiene Cristo resucitado. Por eso, al orar por nuestros difuntos, decimos con fe: “Señor, si en esta vida ellos confiaron en Ti, si lucharon, si amaron, si sufrieron, si también tuvieron fragilidades y pecados, recíbelos ahora en tu misericordia”.

El Evangelio nos presenta hoy las Bienaventuranzas. Y el comentario que hemos escuchado nos ayuda a entrar en ellas con una pregunta muy humana: ¿no serán demasiado bellas para ser verdaderas? “Felices los pobres de espíritu… felices los que lloran… felices los mansos… felices los que tienen hambre y sed de justicia… felices los misericordiosos… felices los limpios de corazón… felices los que trabajan por la paz… felices los perseguidos por causa de la justicia”.

A primera vista, pareciera que Jesús está hablando de un mundo ideal, muy lejano de nuestra realidad. Porque nosotros vemos que los pobres sufren, que los que lloran no siempre son consolados pronto, que los mansos a veces son pisoteados, que los justos son perseguidos, que los misericordiosos pueden ser tratados como ingenuos, que los limpios de corazón pueden parecer débiles en un mundo astuto y calculador.

Pero Jesús no está pronunciando frases bonitas para decorar una pared. Jesús está revelando el corazón del Reino de Dios. Nos está diciendo dónde se encuentra la verdadera felicidad. Y esa felicidad no depende primero de tenerlo todo resuelto, ni de vivir sin lágrimas, ni de no tener problemas. Depende de vivirlo todo con Él, por Él y en Él.

Ahí está la clave: “por mi causa”. Jesús no bendice el sufrimiento por el sufrimiento. No dice que llorar sea agradable, ni que pasar hambre sea bueno, ni que ser perseguido sea deseable. Lo que Jesús proclama es que, cuando una persona vive unida a Dios, incluso las situaciones más difíciles pueden convertirse en camino de salvación, de purificación, de esperanza y de vida eterna.

Elías, junto al torrente, no era feliz porque estuviera escondido, amenazado y en tiempos de hambre. Era sostenido porque estaba obedeciendo a Dios. Los pobres de espíritu no son felices porque carezcan de seguridades, sino porque han puesto su riqueza en Dios. Los que lloran no son felices porque lloren, sino porque Dios promete consolarlos. Los perseguidos no son felices porque los maltraten, sino porque su fidelidad a Cristo tiene un valor eterno.

Aquí hay una enseñanza muy importante para nuestra vida: la felicidad cristiana no consiste en que todo nos salga bien, sino en que todo lo vivamos unidos al Señor.

Hay personas que tienen mucho y viven vacías. Hay personas que poseen comodidades y no tienen paz. Hay personas que aparentemente triunfan y, sin embargo, llevan el alma seca. Y también hay personas sencillas, enfermas, pobres, ancianas, viudas, campesinas, madres sacrificadas, trabajadores humildes, servidores silenciosos, que poseen una luz especial porque viven mirando a Dios. No se explican por lo que tienen. Se explican por Aquel en quien confían.

Las Bienaventuranzas nos enseñan el arte y la manera de vivir. No basta vivir; hay que saber para quién vivimos. No basta sufrir; hay que saber con quién cargamos la cruz. No basta hacer cosas buenas; hay que hacerlas con un corazón unido a Cristo. No basta ser religiosos por costumbre; hay que dejar que el Evangelio transforme nuestra manera de mirar, de actuar, de sufrir, de amar y de esperar.

Y esto tiene mucho que decirnos cuando oramos por los difuntos. Porque al final de la vida no nos llevamos cargos, títulos, casas, dinero, prestigio ni aplausos. Al final de la vida nos llevamos el amor que dimos, la fe que guardamos, el perdón que ofrecimos, la misericordia que practicamos, las lágrimas que pusimos en manos de Dios, las cruces que cargamos con esperanza.

Quizás muchos de nuestros difuntos no fueron famosos, no aparecieron en grandes noticias, no tuvieron reconocimientos públicos. Pero pudieron haber vivido las bienaventuranzas en lo escondido: una madre que lloró y siguió amando; un padre que trabajó con sacrificio; un abuelo que rezaba en silencio; una hermana que perdonó; un amigo que ayudó sin hacer ruido; un enfermo que ofreció su dolor; un pobre que compartió lo poco que tenía.

Para el mundo, esas vidas pueden pasar desapercibidas. Para Dios, no. Dios conoce cada lágrima. Dios recuerda cada gesto de amor. Dios no olvida la fidelidad humilde de sus hijos.

Por eso hoy pedimos: Señor, mira a nuestros difuntos con misericordia. Si tuvieron hambre y sed de justicia, sacia ahora su corazón. Si lloraron, consuélalos definitivamente. Si fueron misericordiosos, recíbelos en tu misericordia. Si buscaron la paz, introdúcelos en la paz eterna. Si fueron pobres de espíritu, dales el Reino de los cielos.

Y para nosotros, que todavía caminamos, la Palabra nos deja una invitación clara: vivamos de tal manera que nuestra vida sea bienaventurada, no según los criterios del mundo, sino según el corazón de Cristo.

Cuando tengamos que atravesar sequías interiores, recordemos a Elías: Dios puede alimentar nuestra esperanza aun en el desierto.

Cuando sintamos miedo, repitamos el salmo: “El auxilio me viene del Señor”.

Cuando lloremos a nuestros seres queridos, miremos a Cristo resucitado y digamos: ellos están en tus manos, Señor.

Cuando nos preguntemos dónde está la verdadera felicidad, volvamos al monte de las Bienaventuranzas y escuchemos a Jesús: felices los que viven para Dios, felices los que no pierden la esperanza, felices los que aman sin cálculo, felices los que hacen de su vida una ofrenda.

Hermanos, que esta Eucaristía nos ayude a vivir así: para Cristo, con Cristo y en Cristo. Y que nuestros difuntos, por la misericordia del Señor, participen ya de la bienaventuranza eterna, donde no habrá más llanto, ni dolor, ni muerte, sino la alegría plena de ver a Dios cara a cara.

Amén.

 

sábado, 6 de junio de 2026

7 de junio del 2026: Solemnidad del Cuerpo y la Sangre Santísimos de Cristo

 

“En nosotros”

«¿Cómo puede este darnos a comer su carne?» La pregunta, planteada por los judíos y retomada por Juan, ¿acaso no ha habitado en cada una y cada uno de nosotros en algún momento de nuestra vida de creyentes?

Al hablar de un pan que baja del cielo, el auditorio de Jesús tiene necesariamente presente el maná caído del cielo en el libro del Éxodo, sin el cual el pueblo hebreo habría muerto de hambre. Pero aquí la promesa es distinta, y eso es lo que Jesús quiere subrayar. Esta vez, el pan que Él ofrece por medio de su carne da la vida eterna.

Tal vez sea precisamente sobre esta eternidad donde debemos fijar nuestra atención. Más que ser un futuro hipotético, el don de Jesús nos hace participar, desde aquí y ahora, de esa vida abundante que no termina. En esta comunión, donde Dios viene a habitar en nosotros, el tejido de nuestra existencia se abre a otra manera de ser, orientada hacia esa promesa de eternidad y hacia lo que ella implica para nuestras vidas, si la tomamos en serio.

Este Dios que viene a habitar en nosotros es lo que nos impide reducir nuestra fe a una simple ética. Pero también es el aguijón del amor que nos impulsa a vivir la comunión tal como Cristo la enseñó. Y si necesariamente hay algo que nos supera en este medio que es la hostia, su humildad corresponde muy bien a la sencillez evangélica. En un pedazo de pan puede estar contenida una fuerza de salvación.

¿Cómo puede la promesa de la vida eterna dar una dimensión nueva a mi vida cotidiana?

¿Me permito, como los judíos que interrogan a Jesús, asombrarme ante esta sorprendente manifestación de Dios que es el Santísimo Sacramento?

Marie Leduc-Larivé, théologienne

 


Primera lectura

Dt 8, 2-3. 14b-16a

Te alimentó con el maná, que tú no conocías ni conocieron tus padres

Lectura del libro del Deuteronomio.

MOISÉS habló al pueblo diciendo:
«Recuerda todo el camino que el Señor, tu Dios, te ha hecho recorrer estos cuarenta años por el desierto, para afligirte, para probarte y conocer lo que hay en tu corazón: si observas sus preceptos o no.
Él te afligió, haciéndote pasar hambre, y después te alimentó con el maná, que tú no conocías ni conocieron tus padres, para hacerte reconocer que no solo de pan vive el hombre, sino que vive de todo cuanto sale de la boca de Dios.
No olvides al Señor, tu Dios, que te sacó de la tierra de Egipto, de la casa de esclavitud, que te hizo recorrer aquel desierto inmenso y terrible, con serpientes abrasadoras y alacranes, un sequedal sin una gota de agua, que sacó agua para ti de una roca de pedernal; que te alimentó en el desierto con un maná que no conocían tus padres».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 147, 12-13. 14-15. 19-20 (R.: 12a)

R. Glorifica al Señor, Jerusalén.

O bien:

R. Aleluya.

V. Glorifica al Señor, Jerusalén;
alaba a tu Dios, Sion.
Que ha reforzado los cerrojos de tus puertas,
y ha bendecido a tus hijos dentro de ti. 
R.

V. Ha puesto paz en tus fronteras,
te sacia con flor de harina.
Él envía su mensaje a la tierra,
y su palabra corre veloz. 
R.

V. Anuncia su palabra a Jacob,
sus decretos y mandatos a Israel;
con ninguna nación obró así,
ni les dio a conocer sus mandatos. 
R.

 

Segunda lectura

1 Cor 10, 16-17

El pan es uno; nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Corintios.

HERMANOS:
El cáliz de la bendición que bendecimos, ¿no es comunión de la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión del cuerpo de Cristo?
Porque el pan es uno, nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo, pues todos comemos del mismo pan.

Palabra de Dios.



Hoy puede decirse la secuencia 
Lauda, Sion, Salvatorem.

Secuencia (forma breve)

He aquí el pan de los ángeles,
hecho viático nuestro;
verdadero pan de los hijos,
no lo echemos a los perros.

Figuras lo representaron:
Isaac fue sacrificado;
el cordero pascual, inmolado;
el maná nutrió a nuestros padres.

Buen Pastor, Pan verdadero,
¡oh, Jesús!, ten piedad.
Apaciéntanos y protégenos;
haz que veamos los bienes
en la tierra de los vivientes.

Tú, que todo lo sabes y puedes,
que nos apacientas aquí siendo aún mortales,
haznos allí tus comensales,
coherederos y compañeros
de los santos ciudadanos.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya
V. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo - dice el Señor-; el que coma de este pan vivirá para siempre. R.

 

Evangelio

Jn 6, 51-58

Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos:
«Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo».
Disputaban los judíos entre sí:
«¿Cómo puede este darnos a comer su carne?».
Entonces Jesús les dijo:
«En verdad, en verdad les digo: si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tienen vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.
Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida.
El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él.
Como el Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre, así, del mismo modo, el que me come vivirá por mí.
Este es el pan que ha bajado del cielo: no como el de sus padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre».

Palabra del Señor.

 

1

 

Queridos hermanos:

Hoy la Iglesia nos invita a contemplar uno de los misterios más grandes, más humildes y más cercanos de nuestra fe: el misterio de la Eucaristía. Celebramos la solemnidad del Cuerpo y la Sangre Santísimos de Cristo. Celebramos que Dios no quiso quedarse lejos, no quiso hablarnos solamente desde las alturas, no quiso ser únicamente una idea, una doctrina o un recuerdo. Dios quiso hacerse carne, quiso hacerse pan, quiso hacerse alimento, quiso quedarse con nosotros y, más todavía, quiso quedarse en nosotros.

El Evangelio de san Juan nos presenta una afirmación de Jesús que escandalizó a muchos de sus oyentes:
“Yo soy el pan vivo bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.”

No es extraño que algunos se preguntaran: “¿Cómo puede este darnos a comer su carne?” Aquella pregunta no fue solamente de ellos. También puede ser nuestra. A veces nos hemos acostumbrado tanto a comulgar, a ver la hostia, a celebrar la misa, que olvidamos el asombro. Pero, si lo pensamos bien, lo que creemos es inmenso: en un pequeño pedazo de pan consagrado está realmente Cristo, vivo y verdadero; está su Cuerpo entregado, su Sangre derramada, su vida ofrecida por la salvación del mundo.

La primera lectura, tomada del Deuteronomio, nos recuerda la experiencia del pueblo de Israel en el desierto. Dios permitió que su pueblo sintiera hambre, no para destruirlo, sino para educarlo. Lo alimentó con el maná, aquel pan misterioso venido del cielo, para enseñarle una verdad profunda:
“No solo de pan vive el hombre, sino de todo cuanto sale de la boca de Dios.”

Israel descubrió en el desierto que la vida no se sostiene solamente con alimentos materiales. El ser humano necesita pan, sí; necesita trabajo, casa, salud, afecto, seguridad. Pero necesita también sentido, esperanza, perdón, amor, Palabra de Dios. Hay hambres que no se calman con dinero. Hay vacíos que no se llenan con entretenimiento. Hay cansancios del alma que no se curan con descanso físico. Hay heridas que solo Dios puede tocar.

Por eso la Eucaristía es el alimento del peregrino. Así como Israel caminó por el desierto sostenido por el maná, nosotros caminamos por los desiertos de la vida sostenidos por Cristo. Cada Eucaristía nos recuerda que no vamos solos. Dios alimenta a su pueblo. Dios acompaña a su Iglesia. Dios se hace pan para que no desfallezcamos en el camino.

Pero Jesús, en el Evangelio, va más allá del maná. El maná alimentó al pueblo en el desierto, pero quienes lo comieron murieron. En cambio, el pan que Cristo da comunica vida eterna. Y aquí conviene entender bien esta expresión. La vida eterna no es únicamente algo que esperamos después de la muerte. Es también una vida nueva que comienza ya, aquí y ahora, cuando Cristo habita en nosotros.

Cuando comulgamos con fe, no recibimos simplemente “algo sagrado”. Recibimos a Alguien. Recibimos al Señor. Y Él viene a transformar nuestra existencia desde dentro. La comunión no es un premio para los perfectos; es alimento para los débiles, medicina para los heridos, fuerza para los que caminan, luz para los que buscan, consuelo para los que lloran, esperanza para los que no quieren rendirse.

Por eso Jesús dice:
“El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él.”

Esta es una de las frases más hermosas del Evangelio. Comulgar es entrar en una relación de permanencia. No se trata solo de visitar a Dios por un momento. Se trata de dejar que Dios haga morada en nosotros. La Eucaristía es Cristo en nosotros, y nosotros en Cristo. Es intimidad, alianza, amistad, vida compartida.

Ahora bien, esta presencia de Cristo en nosotros no puede quedarse encerrada en una devoción privada. San Pablo, en la segunda lectura, nos lo dice con claridad:
“El cáliz de la bendición que bendecimos, ¿no es comunión con la Sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión con el Cuerpo de Cristo? Porque el pan es uno, nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo.”

La Eucaristía nos une a Cristo, pero también nos une entre nosotros. No puedo comulgar con Cristo y vivir indiferente ante mi hermano. No puedo recibir el Cuerpo de Cristo y despreciar el cuerpo sufriente de los pobres, de los enfermos, de los ancianos, de los migrantes, de los que están solos, de los que cargan heridas en silencio. No puedo decir “Amén” al Cuerpo de Cristo en el altar y luego decir “no me importa” al Cristo que sufre en la calle, en la familia, en la comunidad, en la historia.

La comunión eucarística nos exige comunión fraterna. Nos convierte en Iglesia. Nos saca del individualismo. Nos recuerda que nadie se salva solo, que nadie cree solo, que nadie camina solo. El mismo pan nos hace un solo cuerpo.

Qué hermoso sería que cada vez que nos acercamos a comulgar nos preguntáramos: ¿a quién debo perdonar?, ¿con quién debo reconciliarme?, ¿qué hambre puedo ayudar a saciar?, ¿a quién puedo consolar?, ¿qué gesto concreto de amor me está pidiendo Cristo?

Porque la Eucaristía no termina cuando salimos del templo. La misa continúa en la vida. Continúa cuando compartimos el pan, cuando somos pacientes en casa, cuando servimos sin buscar aplausos, cuando visitamos al enfermo, cuando escuchamos al triste, cuando perdonamos una ofensa, cuando defendemos la dignidad de alguien, cuando ponemos amor donde hay frialdad.

Alguien, hoy comentando este evangelio dice algo muy bello: la humildad de la hostia corresponde a la sencillez del Evangelio. Dios se manifiesta en un pedazo de pan. ¡Qué misterio tan grande! El Dios inmenso se hace pequeño. El Todopoderoso se hace alimento. El Señor del universo se deja tomar en nuestras manos. El Santo se acerca a nuestra pobreza.

Y ahí hay una lección espiritual muy profunda. Dios no siempre viene de manera espectacular. Muchas veces viene en lo humilde, en lo sencillo, en lo cotidiano. Viene en una palabra de consuelo, en un gesto de ternura, en una visita inesperada, en el silencio de la oración, en el pan compartido, en la misa sencilla de cada día. Quien no aprende a reconocer a Dios en lo pequeño, difícilmente lo reconocerá en lo grande.

Hoy, solemnidad del Corpus Christi, pidámosle al Señor que nos devuelva el asombro eucarístico. Que no comulguemos por rutina. Que no asistamos a misa como quien cumple una costumbre vacía. Que cada Eucaristía vuelva a estremecernos el alma. Que al mirar la hostia consagrada podamos decir con fe: “Señor mío y Dios mío. Tú estás aquí. Tú vienes a mí. Tú quieres vivir en mí.”

Y pidámosle también que la Eucaristía nos haga más humanos, más fraternos, más compasivos, más generosos. Porque una comunidad eucarística debe ser una comunidad donde hay pan para el hambriento, palabra para el desanimado, perdón para el caído, acogida para el excluido y esperanza para el que sufre.

Hermanos, Cristo es el pan vivo bajado del cielo. No nos da solamente ideas. No nos da solamente mandamientos. No nos da solamente recuerdos. Se nos da Él mismo. Se parte, se reparte y se queda. Se hace alimento para que tengamos vida. Se hace comunión para que seamos hermanos. Se hace pan humilde para enseñarnos el camino del amor.

Que al celebrar hoy el Cuerpo y la Sangre de Cristo podamos renovar nuestra fe y decirle:

Señor Jesús, Pan vivo bajado del cielo,
aliméntanos en nuestros cansancios,
fortalécenos en nuestras luchas,
sana nuestras heridas,
une nuestras familias,
haznos un solo cuerpo en tu amor,
y enséñanos a vivir desde ahora
la vida eterna que Tú nos prometes.

Amén.

 

2

 

Queridos hermanos:

Celebramos hoy una de las solemnidades más entrañables y profundas de nuestra fe: el Cuerpo y la Sangre Santísimos de Cristo. Hoy la Iglesia se detiene ante el misterio de la Eucaristía, no como quien explica completamente un misterio, sino como quien se arrodilla ante él, lo adora, lo contempla y se deja alimentar por él.

El Evangelio nos pone delante unas palabras de Jesús que, desde el primer momento, provocaron asombro, desconcierto y hasta rechazo:

“Yo soy el pan vivo bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.”

Aquellos que escuchaban a Jesús comenzaron a discutir:
“¿Cómo puede este darnos a comer su carne?”

La pregunta es comprensible. Humanamente hablando, lo que Jesús dice parece demasiado fuerte. Él no habla solo de creer en Él, de escuchar sus enseñanzas o de imitar sus ejemplos. Habla de comer su carne y beber su sangre. Y cuando sus oyentes se escandalizan, Jesús no suaviza sus palabras. No dice: “No me entendieron, era solo una metáfora”. Al contrario, insiste con más fuerza:

“Si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tienen vida en ustedes.”

Aquí está el corazón del misterio eucarístico. La Eucaristía no es solamente un símbolo bonito. No es solamente un recuerdo de la Última Cena. No es solamente una reunión comunitaria. Es Cristo mismo que se nos da como alimento. Es su Cuerpo entregado y su Sangre derramada. Es su presencia real, viva y salvadora en medio de nosotros.

Por eso hoy necesitamos pedir una gracia muy concreta: recuperar el asombro. Tal vez muchos de nosotros hemos asistido a tantas misas, hemos visto tantas veces la hostia consagrada, hemos comulgado tantas veces, que corremos el peligro de acostumbrarnos. Y cuando uno se acostumbra demasiado a lo sagrado, puede dejar de estremecerse ante el amor de Dios.

San Juan María Vianney decía: “Si comprendiéramos bien la Misa, moriríamos de alegría.” Y también afirmaba: “No hay nada tan grande como la Eucaristía. Si Dios tuviera algo más precioso, nos lo habría dado.”

Qué palabras tan fuertes. Si comprendiéramos la Misa, moriríamos de alegría. Quizá no morimos de alegría porque todavía no comprendemos del todo lo que sucede en cada Eucaristía. Venimos a misa, escuchamos la Palabra, presentamos el pan y el vino, el sacerdote pronuncia las palabras de la consagración, y ante nuestros ojos sencillos sucede el mayor milagro de la tierra: Cristo se hace presente. El pan ya no es solo pan. El vino ya no es solo vino. Es el Señor. Está ahí como está en el cielo, aunque escondido bajo la humildad de las especies sacramentales.

La primera lectura, tomada del Deuteronomio, nos ayuda a entender este misterio desde la experiencia del pueblo de Israel. Moisés recuerda al pueblo su camino por el desierto. Les dice que Dios los condujo, los probó, los hizo experimentar el hambre y luego los alimentó con el maná. El desierto fue una escuela. Allí Israel aprendió que la vida no depende solamente del pan material, sino de Dios:

“No solo de pan vive el hombre, sino de todo cuanto sale de la boca de Dios.”

El maná fue alimento para el camino. Sin él, el pueblo habría desfallecido. Pero Jesús, en el Evangelio, nos dice que ahora hay un pan superior al maná. Quienes comieron el maná en el desierto murieron. Pero quien come el pan que Cristo da tiene vida eterna.

Y aquí conviene detenernos. La vida eterna no es solamente algo que comienza después de la muerte. La vida eterna comienza ya cuando Cristo habita en nosotros. La comunión no es un gesto vacío. Cuando recibimos el Cuerpo de Cristo, Él entra en nuestra historia, en nuestras heridas, en nuestros cansancios, en nuestras luchas, en nuestras alegrías, en nuestras decisiones. Él viene a darnos una vida distinta, una vida con sabor de eternidad.

Por eso Jesús dice:

“El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él.”

La palabra clave es “permanecer”. Comulgar es permitir que Cristo permanezca en nosotros y nosotros en Él. No venimos a recibir una cosa. Venimos a recibir a una Persona. No recibimos una simple bendición. Recibimos al Señor mismo. No nos acercamos a una idea religiosa, sino al Pan vivo bajado del cielo.

Pero este misterio exige una respuesta. En el mismo capítulo sexto de san Juan, muchos discípulos dijeron: “Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?” Y se fueron. Jesús no salió corriendo detrás de ellos para rebajar sus palabras. Miró a los Doce y les preguntó: “¿También ustedes quieren marcharse?”

Entonces Pedro respondió con una de las frases más bellas del Evangelio:

“Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna.”

Esa debe ser también nuestra respuesta ante la Eucaristía. Hay misterios que nos superan. Hay verdades que no caben del todo en nuestra inteligencia. Hay realidades divinas que no se pueden medir solo con los sentidos. Pero la fe nos permite decir: “Señor, no lo entiendo todo, pero creo en Ti. No puedo explicar completamente este misterio, pero confío en tu Palabra. Si Tú dices que este pan es tu Cuerpo y este cáliz es tu Sangre, yo creo, adoro y me postro.”

La secuencia de esta solemnidad, atribuida a Santo Tomás de Aquino, canta con belleza este misterio: “Alaba, alma mía, a tu Salvador.” Y el mismo Santo Tomás compuso el hermoso himno Pange Lingua, del cual nace el conocido Tantum Ergo, que tantas veces cantamos ante el Santísimo Sacramento. Allí la Iglesia nos enseña que, cuando los sentidos no alcanzan, la fe viene en nuestra ayuda.

Eso sucede en la Eucaristía. Los ojos ven pan. La lengua saborea pan. Las manos tocan pan. Pero la fe dice: es Cristo. Los sentidos se quedan cortos, pero la fe se arrodilla y adora.

Ahora bien, la Eucaristía no solo nos une a Cristo; también nos une entre nosotros. San Pablo lo dice en la segunda lectura:

“El cáliz de bendición que bendecimos, ¿no es comunión con la Sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión con el Cuerpo de Cristo? Porque el pan es uno, nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo.”

Aquí aparece una consecuencia esencial de la comunión. Si todos comemos del mismo Pan, entonces todos estamos llamados a vivir como hermanos. La Eucaristía no puede convivir con el egoísmo, la indiferencia, la división, el desprecio o la falta de perdón. Comulgar con Cristo implica aprender a comulgar con el hermano.

No puedo decir “Amén” al Cuerpo de Cristo en la misa y luego cerrar el corazón ante el Cristo que sufre en los pobres, en los enfermos, en los ancianos, en los migrantes, en los solos, en los que lloran, en los que tienen hambre de pan, de justicia, de ternura y de esperanza.

Cada comunión debería hacernos más parecidos a Jesús. Si comulgamos y seguimos igual de duros, igual de indiferentes, igual de orgullosos, igual de rencorosos, algo nos falta por abrir al Señor. Porque la Eucaristía no es magia automática. Es gracia ofrecida, pero necesita un corazón disponible.

Cristo se nos da para que nosotros aprendamos también a darnos. Él se parte para enseñarnos a partir nuestra vida por amor. Él se reparte para enseñarnos a compartir. Él se hace pan humilde para enseñarnos que la verdadera grandeza está en servir.

Por eso, Corpus Christi no es solo una fiesta para adorar la hostia consagrada. Es también una fiesta para revisar nuestra vida eucarística. ¿Cómo participo en la misa? ¿Vengo por rutina o con fe viva? ¿Me preparo para comulgar? ¿Hago silencio interior? ¿Dejo que la Palabra me cuestione? ¿Recibo al Señor con gratitud? ¿Salgo de la misa dispuesto a amar más, perdonar más y servir mejor?

Hoy Jesús nos vuelve a decir:
“Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida.”

Y el mundo, aunque no siempre lo sepa, tiene hambre de este Pan. Tiene hambre de Dios. Hambre de sentido. Hambre de verdad. Hambre de amor limpio. Hambre de esperanza. Hambre de una vida que no termine en la muerte. Y la Iglesia existe para llevar este Pan al mundo. Una Iglesia eucarística no puede encerrarse en sí misma. Debe convertirse en pan partido para la humanidad.

Que nuestras comunidades sean más eucarísticas. Que en ellas nadie se sienta extraño. Que haya lugar para el pobre, para el herido, para el que vuelve después de mucho tiempo, para el que busca a Dios entre dudas, para el que necesita misericordia. Que cada misa nos enseñe a ser menos espectadores y más discípulos. Menos consumidores religiosos y más testigos del Evangelio.

Hermanos, hoy adoremos con humildad. Hoy comulguemos con fe. Hoy pidamos al Señor que nos libre de la rutina. Que nos dé hambre de su Cuerpo y sed de su Sangre. Que nos haga comprender que en la Eucaristía está el tesoro más grande de la Iglesia.

Y cuando nos acerquemos a comulgar, digámosle interiormente:

Señor Jesús, Pan vivo bajado del cielo,
yo creo que estás realmente presente en la Eucaristía.
Creo que eres mi alimento, mi fuerza y mi vida.
No permitas que me acostumbre a tu presencia.
Dame un corazón agradecido, humilde y adorador.
Hazme vivir en comunión contigo
y enséñame a vivir en comunión con mis hermanos.

Porque, Señor, ¿a quién iremos?
Solo Tú tienes palabras de vida eterna.

Amén.

 


6 de junio del 2026: sábado de la novena semana del Tiempo Ordinario-II-Memoria de María en sábado

 

La Palabra incomoda

(2 Timoteo 4,1-8) Pablo invita a Timoteo a vivir en la presencia de Dios, a centrarse en Cristo. Porque es en su nombre donde podemos encontrar la fuerza para proclamar la Palabra, y proclamarla sin buscar ponernos nosotros en el centro, sino dejando a Cristo el lugar que le corresponde. Pablo advierte sobre las dificultades que encierra esta transmisión. En efecto, la Palabra de Dios incomoda; no se acomoda a las modas del ambiente, sino que las cuestiona, llevando a cada persona a confrontarse con la verdad y con la plenitud de su fe.

Emmanuelle Billoteau, ermite

 


Primera lectura

2 Tim 4, 1-8

Cumple tu tarea de evangelizador. Pues yo estoy a punto de ser derramado en libación y el Señor me dará la corona de la justicia

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a Timoteo.

QUERIDO hermano:
Te conjuro delante de Dios y de Cristo Jesús, que ha de juzgar a vivos y a muertos, por su manifestación y por su reino: proclama la palabra, insiste a tiempo y a destiempo, arguye, reprocha, exhorta con toda magnanimidad y doctrina.
Porque vendrá un tiempo en que no soportarán la sana doctrina, sino que se rodearán de maestros a la medida de sus propios deseos y de lo que les gusta oír; y, apartando el oído de la verdad, se volverán a las fábulas.
Pero tú sé sobrio en todo, soporta los padecimientos, cumple tu tarea de evangelizador, desempeña tu ministerio. Pues yo estoy a punto de ser derramado en libación y el momento de mi partida es inminente.
He combatido el noble combate, he acabado la carrera, he conservado la fe. Por lo demás, me está reservada la corona de la justicia, que el Señor, juez justo, me dará en aquel día; y no solo a mí, sino también a todos los que hayan aguardado con amor su manifestación.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 70, 8-9. 14-15ab. 16-17. 22 (R.: cf. 15ab)

R. Mi boca contará tu salvación, Señor.

V. Llena estaba mi boca de tu alabanza
y de tu gloria todo el día.
No me rechaces ahora en la vejez;
me van faltando las fuerzas, no me abandones.
 R.

V. Yo, en cambio, seguiré esperando,
redoblaré tus alabanzas;
mi boca contará tu justicia,
y todo el día tu salvación.
 R.

V. Contaré tus proezas, Señor mío;
narraré tu justicia, tuya entera.
Dios mío, me instruiste desde mi juventud,
y hasta hoy relato tus maravillas. 
R.

V. Yo te daré gracias, Dios mío,
con el arpa, por tu lealtad;
tocaré para ti la cítara,
Santo de Israel. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. R.

 

Evangelio

Mc 12, 38-44

Esta viuda pobre ha echado más que nadie

Lectura del santo Evangelio según san Marcos.

EN aquel tiempo, Jesús, instruyendo al gentío, les decía:
«¡Cuidado con los escribas! Les encanta pasearse con amplio ropaje y que les hagan reverencias en las plazas, buscan los asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; y devoran los bienes de las viudas y aparentan hacer largas oraciones. Esos recibirán una condenación más rigurosa».
Estando Jesús sentado enfrente del tesoro del templo, observaba a la gente que iba echando dinero: muchos ricos echaban mucho; se acercó una viuda pobre y echó dos moneditas, es decir, unos centavos.
Llamando a sus discípulos, les dijo:
«En verdad les digo que esta viuda pobre ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero esta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir».

Palabra del Señor.

 

1

 

La Palabra que incomoda y la fe que se entrega entera

 

Queridos hermanos y hermanas:

Este sábado de la novena semana del Tiempo Ordinario, en el año par, la liturgia nos pone ante una verdad muy profunda: la Palabra de Dios no está hecha para adornar nuestra vida, sino para transformarla. No es un discurso bonito para tranquilizar conciencias; es una voz viva que consuela, sí, pero también despierta, corrige, desnuda nuestras máscaras y nos llama a una entrega más auténtica.

San Pablo, en la primera lectura, se dirige a Timoteo con palabras solemnes, casi testamentarias. Pablo sabe que su vida está llegando al final. Por eso habla con la autoridad de quien no predica teorías, sino de quien ha gastado su existencia por Cristo:
“Proclama la Palabra, insiste a tiempo y a destiempo, reprende, reprocha, exhorta, con toda paciencia y doctrina.”

Qué frase tan fuerte: a tiempo y a destiempo. Es decir, cuando agrada y cuando molesta; cuando es bien recibida y cuando provoca rechazo; cuando parece oportuna y cuando la gente preferiría escuchar otra cosa. Pablo sabe que llegará un tiempo en que muchos no soportarán la sana doctrina y buscarán maestros a su medida, palabras cómodas, mensajes que no exijan conversión.

Y eso no es solo una advertencia para los tiempos antiguos. También hoy vivimos en un mundo donde muchas veces queremos una fe “suave”, una religión que nos acompañe, pero que no nos cuestione demasiado; una espiritualidad que nos consuele, pero que no nos pida cambiar; una Palabra de Dios que confirme lo que ya pensamos, pero que no toque nuestras heridas, nuestros egoísmos, nuestras incoherencias.

Pero la Palabra verdadera no funciona así. La Palabra de Dios es como una luz: ilumina, pero también muestra el polvo que hay en la casa. Es como una medicina: cura, pero a veces arde en la herida. Es como una espada fina que separa lo verdadero de lo falso, la apariencia de la autenticidad, la vanidad de la humildad.

Por eso se dice con mucha razón: “La Palabra incomoda.” Incomoda porque no se somete a las modas. Incomoda porque no aplaude todo lo que el mundo aplaude. Incomoda porque nos pone frente a la verdad de nuestra fe. Incomoda porque nos pregunta: ¿estás viviendo de verdad lo que dices creer?

El salmo de hoy pone en labios del creyente una oración bellísima:
“Mi boca contará tu justicia.”
El salmista no quiere callar las maravillas de Dios. Desde su juventud ha sido instruido por el Señor, y aun en la vejez desea seguir proclamando su fidelidad. Dice:
“No me rechaces ahora en la vejez, no me abandones cuando decae mi vigor.”

Aquí aparece una dimensión preciosa de la fe: la perseverancia. No basta haber creído alguna vez. No basta haber tenido momentos fervorosos en la juventud. La fe verdadera pide continuidad, fidelidad, paciencia, resistencia espiritual. Pablo lo dice también con palabras emocionantes:
“He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe.”

Qué hermoso poder llegar al final de la vida y decir: no fui perfecto, caí muchas veces, tuve luchas, pasé noches oscuras, pero mantuve la fe. No abandoné a Cristo. No solté su mano. No dejé de confiar.

Y precisamente el Evangelio de Marcos nos presenta dos maneras muy distintas de vivir la religión.

Primero, Jesús denuncia a los escribas que buscan honores, saludos, primeros puestos, reconocimiento, prestigio religioso. Son personas que aparentemente están muy cerca de las cosas de Dios, pero en el fondo están centradas en sí mismas. Usan la religión como vitrina, como traje elegante, como escenario para ser admirados.

Jesús es muy claro:
“Cuidado con los escribas.”

No dice: cuidado con los pecadores públicos. No dice: cuidado con los alejados. Dice: cuidado con aquellos que pueden convertir la fe en apariencia, el servicio en poder, la oración en exhibición, la autoridad espiritual en dominio.

Esta advertencia también nos toca a todos. Porque todos podemos caer en la tentación de vivir pendientes de la imagen: qué piensan de mí, cómo me ven, cuánto me reconocen, cuánto me agradecen, cuánto me aplauden. Hay una vanidad mundana, pero también puede existir una vanidad religiosa. Y esa es más peligrosa, porque se disfraza de piedad.

Jesús no soporta esa religiosidad vacía, porque sabe que detrás de ella puede haber injusticia. Por eso dice que esos escribas “devoran los bienes de las viudas” mientras aparentan hacer largas oraciones. Es una crítica durísima: rezan mucho, pero no aman de verdad; hablan de Dios, pero se aprovechan de los débiles; conocen la Ley, pero no tienen misericordia.

Luego el Evangelio cambia de escena. Jesús se sienta frente al arca de las ofrendas y observa. Muchos ricos echan grandes cantidades. Después llega una viuda pobre y deposita dos moneditas. Humanamente hablando, aquello era casi nada. Pero Jesús ve lo que nadie ve. Los demás ven la cantidad; Jesús ve el corazón.

Y entonces dice:
“Esa viuda pobre ha echado más que todos.”

Qué revolución espiritual hay en esta frase. Para Dios, el valor de una ofrenda no se mide por el monto, sino por el amor. No se mide por lo que sobra, sino por lo que cuesta. No se mide por el espectáculo exterior, sino por la entrega interior.

Los ricos daban de lo que les sobraba. La viuda dio todo lo que tenía para vivir.

Ella no pronuncia ningún discurso. No busca que la vean. No reclama protagonismo. No tiene títulos. No pertenece al grupo de los importantes. Sin embargo, Jesús la pone como maestra del Evangelio.

San Pablo dice a Timoteo: proclama la Palabra. El salmo dice: mi boca contará tu justicia. Y el Evangelio nos muestra que a veces la predicación más fuerte no se hace con palabras, sino con una vida entregada. La viuda predica con sus dos monedas. Predica confianza. Predica humildad. Predica abandono en Dios. Predica una fe sin teatro.

Aquí podemos mirar también a la Bienaventurada Virgen María, cuya memoria honramos en sábado. María es la mujer que escuchó la Palabra, la guardó en su corazón y se entregó entera. Ella no dio dos monedas: dio su vida. En Nazaret dijo:
“Hágase en mí según tu palabra.”

María no buscó primeros puestos. No buscó aplausos. No quiso aparecer. Su grandeza estuvo en su disponibilidad. Como la viuda del Evangelio, María puso todo en manos de Dios. Su pobreza fue confianza; su humildad fue grandeza; su silencio fue fecundo.

María nos enseña que la Palabra de Dios incomoda, pero también fecunda. A ella la Palabra le cambió los planes, la sacó de la comodidad, la puso en camino, la llevó hasta la cruz. Pero también la convirtió en Madre del Salvador y Madre de la Iglesia.

Hoy podríamos preguntarnos: ¿qué parte de la Palabra de Dios me incomoda más? ¿Qué Evangelio me cuesta vivir? ¿Qué verdad de Cristo estoy tratando de suavizar para no cambiar? ¿Soy como los escribas, preocupado por la apariencia, o como la viuda, capaz de dar desde mi pobreza? ¿Mi fe se alimenta de confianza o de prestigio? ¿Doy a Dios lo que me sobra o le entrego mi vida?

Porque a veces damos a Dios las sobras del tiempo, las sobras de la atención, las sobras del corazón. Rezamos cuando ya no tenemos otra salida. Servimos cuando no nos incomoda. Amamos cuando nos resulta fácil. Perdonamos cuando no nos cuesta demasiado. Pero la viuda nos recuerda que la fe verdadera empieza cuando dejamos de calcular tanto y comenzamos a confiar más.

La Palabra de Dios hoy nos incomoda, sí, pero para sanarnos. Nos quita las máscaras para devolvernos el rostro verdadero. Nos baja de los primeros puestos para sentarnos en la escuela de los humildes. Nos arranca de la religión del aplauso para llevarnos a la fe de la entrega.

Pidamos al Señor la gracia de San Pablo: combatir bien el combate, correr hasta la meta y mantener la fe. Pidamos la confianza del salmista: que nuestra boca anuncie la justicia de Dios en todas las etapas de la vida. Pidamos el corazón de la viuda pobre: dar no solo algo, sino darnos nosotros mismos. Y pidamos a María Santísima, memoria viva de la Palabra acogida, que nos enseñe a decir cada día:

Señor, aquí estoy.
No quiero darte solo lo que me sobra.
Quiero darte mi corazón entero.
Amén.

 

2

 

Darlo todo, como la viuda y como María

 

Queridos hermanos y hermanas:

La Palabra de Dios de este sábado nos pone ante una pregunta sencilla, pero muy exigente: ¿qué le estamos dando realmente a Dios? No solo cuánto damos, sino desde dónde damos: desde lo que nos sobra o desde el corazón.

En la primera lectura, san Pablo le dice a Timoteo: “Proclama la Palabra, insiste a tiempo y a destiempo”. Pablo está al final de su vida. Ha luchado, ha predicado, ha sufrido, ha mantenido la fe. Por eso puede decir: “He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe.” San Pablo no le dio a Dios unas sobras de su vida; le entregó su existencia entera.

El salmo también expresa esa fidelidad perseverante: “Mi boca contará tu salvación, Señor.” El salmista pide no ser abandonado en la vejez, cuando disminuyen las fuerzas. Es la oración de quien quiere seguir confiando, alabando y anunciando a Dios hasta el final. La verdadera fe no es solo entusiasmo de un momento; es una entrega sostenida, humilde, diaria.

Y en el Evangelio, Jesús nos muestra una escena conmovedora. En el templo, muchos ricos echan grandes cantidades en el arca de las ofrendas. Luego llega una viuda pobre y deposita dos moneditas. A los ojos humanos, aquello era casi nada. Pero Jesús ve más allá de la apariencia y dice: “Esta viuda pobre ha echado más que todos.”

¿Por qué más? Porque los demás dieron de lo que les sobraba; ella dio desde su pobreza, todo lo que tenía para vivir.

Jesús no mide como nosotros. Nosotros solemos mirar la cantidad, el brillo, la apariencia, el reconocimiento. Dios mira el corazón. Dios ve el sacrificio escondido, la lágrima silenciosa, la generosidad humilde, la fe que no hace ruido.

Por eso el Evangelio comienza con una advertencia contra los escribas: aquellos que buscaban honores, primeros puestos y largas apariencias de piedad. Jesús denuncia una religión de fachada, una espiritualidad que se exhibe, pero que no ama; que reza mucho, pero no se compadece; que habla de Dios, pero descuida al pobre.

La viuda, en cambio, no habla. No presume. No ocupa primeros puestos. Simplemente entrega. Y en ese gesto silencioso se convierte en maestra de fe.

Hoy, en la memoria de la Bienaventurada Virgen María en sábado, podemos mirar también a María. Ella fue la mujer de la entrega total. No dio a Dios unas monedas; le dio su vida entera: “Hágase en mí según tu palabra.” María no buscó protagonismo, pero Dios la hizo grande por su humildad. Como la viuda del Evangelio, María confió plenamente.

Esta Palabra nos invita a revisar nuestra generosidad. A veces damos a Dios lo que nos queda: el tiempo que sobra, la oración que cabe, el servicio cuando no incomoda, el amor cuando no cuesta. Pero el Señor nos llama a una generosidad más radical: darle el corazón, la vida, los talentos, el tiempo, la fe, incluso nuestras pobrezas.

No todos podemos dar lo mismo, pero todos podemos darlo con amor. No todos tenemos grandes recursos, pero todos tenemos algo que ofrecer: una oración, una visita, una palabra de consuelo, un perdón, una ayuda discreta, una fidelidad diaria.

Pidamos al Señor que nos conceda la gracia de San Pablo: combatir bien el combate y mantener la fe. Que nos dé la confianza del salmista: seguir anunciando su salvación en todas las etapas de la vida. Y que, por intercesión de María, aprendamos de la viuda pobre a no darle a Dios solo lo que nos sobra, sino a entregarnos a Él con todo el corazón.

Amén.

8 de junio del 2026: lunes de la décima semana del tiempo ordinario-II

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