viernes, 3 de julio de 2026

4 de julio del 2026: sábado de la decimotercera semana del tiempo ordinario-II

 

Los felices invitados a la boda

(Mt 9,14-17) En el Evangelio de hoy, Jesús se presenta como el Esposo que trae la alegría de Dios a su pueblo. Por eso, sus discípulos no pueden vivir la fe como una simple repetición de prácticas externas, sino como una relación viva con Él.

El ayuno tiene sentido cuando nace del amor, de la conversión y del deseo de Dios. Pero cuando el Esposo está presente, la respuesta primera es la alegría. Con las imágenes del vestido nuevo y del vino nuevo, Jesús nos recuerda que su Evangelio no viene solo a remendar nuestra vida, sino a renovarla desde dentro.

Pidamos, entonces, un corazón nuevo, capaz de acoger la novedad de Cristo y de vivir nuestra fe con alegría, humildad y conversión verdadera.

G.Q

 


Primera lectura

Am 9, 11-15

Repatriaré a los desterrados de mi pueblo y los plantaré en su tierra

Lectura de la profecía de Amós.

ESTO dice el Señor:
«Aquel día levantaré la cabaña caída de David,
repararé sus brechas, restauraré sus ruinas
y la reconstruiré como antaño,
para que posean el resto de Edón
y todas las naciones sobre las cuales
fue invocado mi nombre
—oráculo del Señor que hace todo esto—.
Vienen días —oráculo del Señor—
cuando se encontrarán el que ara con el que siega,
y el que pisa la uva con quien esparce la semilla;
las montañas destilarán mosto
y las colinas se derretirán.
Repatriaré a los desterrados de mi pueblo Israel;
ellos reconstruirán ciudades derruidas y las habitarán,
plantarán viñas y beberán su vino,
cultivaran huertos y comerán sus frutos.
Yo los plantaré en su tierra,
que yo les había dado,
y ya no serán arrancados de ella
—dice el Señor, tu Dios—».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 84, 9. 11-12. 13-14 (R.: 9bc)

R. Dios anuncia la paz a su pueblo.

V. Voy a escuchar lo que dice el Señor:
«Dios anuncia la paz
a su pueblo y a sus amigos
y a los que se convierten de corazón». 
R.

V. La misericordia y la fidelidad se encuentran,
la justicia y la paz se besan;
la fidelidad brota de la tierra,
y la justicia mira desde el cielo. 
R.

V. El Señor nos dará la lluvia,
y nuestra tierra dará su fruto.
La justicia marchará ante él,
y sus pasos señalarán el camino. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Mis ovejas escuchan mi voz —dice el Señor—,
y yo las conozco, y ellas me siguen. 
R.

 

Evangelio

Mt 9, 14-17

¿Es que pueden guardar luto mientras el esposo está con ellos?

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, los discípulos de Juan se acercan a Jesús, preguntándole:
«¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos a menudo
y, en cambio, tus discípulos no ayunan?».
Jesús les dijo:
«¿Es que pueden guardar luto los amigos del esposo, mientras el esposo está con ellos?
Llegarán días en que les arrebatarán al esposo, y entonces ayunarán.
Nadie echa un remiendo de paño sin remojar a un manto pasado; porque la pieza tira del manto y deja un roto peor.
Tampoco se echa vino nuevo en odres viejos; porque revientan los odres: se derrama el vino y los odres se estropean; el vino nuevo se echa en odres nuevos y así las dos cosas se conservan».

Palabra del Señor.

 

1

 

Hermanos, la Palabra de Dios de este sábado nos pone ante una verdad hermosa y exigente: Dios no viene simplemente a remendar nuestra vida; viene a renovarla desde dentro. No viene solo a tapar grietas, sino a levantar lo caído, restaurar lo perdido y hacer brotar una alegría nueva.

En la primera lectura, el profeta Amós anuncia una promesa de restauración: “Aquel día levantaré la choza caída de David, repararé sus brechas, levantaré sus ruinas”. Después de denunciar injusticias, infidelidades y pecados del pueblo, Dios no termina con una palabra de destrucción, sino con una palabra de esperanza. El Señor promete reconstruir, plantar, devolver fecundidad a la tierra y reunir a su pueblo.

Esta imagen es muy profunda. Dios mira nuestras ruinas, pero no para humillarnos, sino para levantarnos. Mira nuestras brechas, nuestras heridas, nuestras incoherencias, nuestros cansancios, y nos dice: “Yo puedo reconstruir”. La fe verdadera comienza cuando dejamos de ocultarle a Dios nuestras ruinas y permitimos que Él entre en ellas con su misericordia.

El salmo responde a esta promesa con una súplica llena de confianza: “Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación”. Y luego nos regala una de las frases más bellas de la Escritura: “La misericordia y la fidelidad se encuentran, la justicia y la paz se besan”. Allí donde Dios actúa, no hay solo reparación exterior: hay reconciliación profunda. Dios une lo que el pecado separa, sana lo que la dureza rompe y hace florecer la paz donde antes había miedo o esterilidad.

A esta luz entendemos mejor el Evangelio. Los discípulos de Juan se acercan a Jesús y le preguntan por qué sus discípulos no ayunan. La pregunta no es mala. El ayuno era una práctica religiosa importante: expresaba penitencia, espera, deseo de conversión. Pero Jesús responde con una imagen sorprendente: “¿Acaso pueden estar de luto los amigos del esposo mientras el esposo está con ellos?”.

Jesús se presenta como el Esposo. Él es aquel que viene a sellar una alianza nueva con su pueblo. Con Él ha llegado el tiempo de la boda, el tiempo de la alegría mesiánica, el tiempo en que Dios visita a su pueblo no como un amo lejano, sino como el Esposo que ama, busca, perdona y une su vida a la nuestra.

Por eso, Jesús no desprecia el ayuno, pero lo coloca en su verdadero lugar. No se trata de practicar la religión como una carga fría o como una costumbre vacía. El ayuno, la oración, la penitencia y toda práctica espiritual deben nacer del amor y llevarnos al encuentro con Cristo. Cuando el Esposo está presente, la primera respuesta del corazón es la alegría. Y cuando el Esposo sea arrebatado —dice Jesús, anunciando ya su Pasión— entonces sus discípulos ayunarán. Pero será un ayuno distinto: no de tristeza sin esperanza, sino de amor que espera, de conversión que acompaña a Cristo en su misterio pascual.

Luego Jesús añade dos imágenes: nadie pone un remiendo de paño nuevo en un vestido viejo, ni se echa vino nuevo en odres viejos. Con esto nos dice que el Evangelio no es un simple arreglo superficial. Cristo no viene a poner un parche sobre una vida cerrada, envejecida por la rutina, endurecida por el pecado o acomodada en prácticas sin corazón. Él trae vino nuevo, vida nueva, Espíritu nuevo. Pero ese vino nuevo necesita odres nuevos: corazones humildes, disponibles, capaces de convertirse y de dejarse transformar.

Aquí se unen maravillosamente las lecturas. Amós habla de levantar ruinas; el salmo habla de misericordia, justicia y paz; Jesús habla de vino nuevo y odres nuevos. Todo nos conduce a la misma verdad: Dios quiere restaurarnos, pero no sin nuestra apertura. Quiere reconstruir, pero necesita que le entreguemos nuestras ruinas. Quiere derramar vino nuevo, pero nos pide un corazón nuevo.

También hoy, como comunidad cristiana, podríamos preguntarnos: ¿vivimos nuestra fe como invitados felices a la boda del Señor, o como personas que solo cumplen por obligación? ¿Nuestras prácticas religiosas nos hacen más humildes, más misericordiosos, más fraternos, más libres? ¿O nos hemos acostumbrado a una fe de “remiendos”, donde cambiamos algo por fuera, pero no dejamos que Cristo toque el fondo del corazón?

En este sábado, la memoria de la Virgen María nos ayuda a responder. Ella fue el odre nuevo, el corazón plenamente disponible para recibir el vino nuevo de Dios. María no puso resistencia a la novedad del Señor. Ante el anuncio del ángel, no se aferró a sus planes, sino que dijo: “Hágase en mí según tu palabra”. En ella, Dios encontró una tierra humilde donde pudo florecer la salvación.

María también supo vivir la alegría de la presencia del Esposo. En Caná de Galilea, precisamente en una boda, ella señaló a Jesús y dijo: “Hagan lo que Él les diga”. Allí comenzó a manifestarse el vino nuevo del Reino. María no se puso en el centro; condujo a todos hacia Cristo. Y esa sigue siendo su misión: enseñarnos a abrir el corazón para que Jesús transforme nuestra agua pobre en vino abundante, nuestra rutina en gracia, nuestras ruinas en esperanza.

Pidamos hoy al Señor que no nos conformemos con una fe de apariencias, de remiendos o de costumbres vacías. Que nos conceda un corazón nuevo para acoger el vino nuevo del Evangelio. Que restaure nuestras ruinas, sane nuestras heridas, purifique nuestras prácticas religiosas y nos devuelva la alegría de sabernos invitados a la boda del Reino.

Y que María Santísima, Madre de la alegría y modelo de disponibilidad, nos enseñe a decir cada día: “Hágase en mí según tu palabra”, para que Cristo, el Esposo, renueve nuestra vida, nuestra comunidad y nuestra Iglesia. Amén.

 

2

 

Hermanos, la Palabra de Dios de este día nos habla de restauración, de alegría y de esperanza. Pero no de una esperanza superficial, sino de aquella que nace cuando Dios entra en nuestras ruinas, levanta lo caído y prepara nuestro corazón para la comunión definitiva con Él.

En la primera lectura, el profeta Amós anuncia una promesa bellísima: “Aquel día levantaré la choza caída de David, repararé sus brechas, levantaré sus ruinas y la reconstruiré como en los días antiguos”. Después de denunciar el pecado, la injusticia y la infidelidad del pueblo, Dios no pronuncia una última palabra de condenación, sino de reconstrucción. El Señor promete levantar lo que está caído, reparar lo que está roto y devolver fecundidad a la tierra.

Esta promesa toca también nuestra vida. Todos tenemos brechas interiores, cansancios, heridas, pecados, momentos en los que sentimos que algo se ha derrumbado. Pero Dios no mira nuestras ruinas para abandonarnos, sino para restaurarnos. Él no se complace en la destrucción de sus hijos; quiere reconstruir la vida, renovar la esperanza y hacer brotar frutos donde parecía que solo había esterilidad.

Por eso el salmo responde con una certeza llena de consuelo: “Dios anuncia la paz a su pueblo y a sus amigos”. Y añade: “La misericordia y la fidelidad se encuentran, la justicia y la paz se besan”. Allí donde Dios actúa, se encuentran lo que el pecado había separado. La misericordia no destruye la justicia, sino que la plenifica. La paz no es ausencia de problemas, sino presencia de Dios que ordena, sana y reconcilia.

Desde esta perspectiva comprendemos mejor el Evangelio. Los discípulos de Juan se acercan a Jesús y le preguntan: “¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos mucho, y en cambio tus discípulos no ayunan?”. La pregunta es seria. El ayuno era una práctica religiosa muy importante, signo de penitencia, de espera y de conversión. Pero Jesús responde con una imagen cargada de belleza: “¿Es que pueden guardar luto los amigos del esposo mientras el esposo está con ellos?”.

Con estas palabras, Jesús se presenta como el Esposo. En el Antiguo Testamento, Dios había sido anunciado como el Esposo de su pueblo. Israel era la esposa amada, muchas veces infiel, pero siempre buscada de nuevo por el amor misericordioso de Dios. Al llamarse Esposo, Jesús nos revela su identidad divina y nos muestra que ha venido a establecer una alianza nueva, una relación de amor, intimidad, fidelidad y alegría entre Dios y la humanidad.

La vida cristiana, entonces, no comienza por una carga, sino por una boda. No empieza por el miedo, sino por el encuentro con Cristo. Somos invitados a la alegría del Reino, al banquete de la gracia, a la comunión con el Esposo. La fe no es simplemente cumplir normas, repetir prácticas o conservar costumbres; la fe es entrar en una relación viva con Cristo, dejarnos amar por Él y responderle con amor.

Pero Jesús añade una frase profundamente seria: “Llegará un día en que se lleven al esposo, y entonces ayunarán”. Aquí aparece ya el anuncio de la Pasión. El Esposo será arrebatado. Cristo será entregado, sufrirá, morirá en la cruz. Y sus discípulos participarán también, de algún modo, en ese misterio de ausencia, sacrificio y purificación.

Por eso el ayuno cristiano no desaparece. Jesús no lo elimina, sino que lo transforma. Ya no será solo una práctica externa de penitencia, sino una manera de participar interiormente en la Pasión del Señor. Ayunar es aprender a buscar a Cristo no solo cuando sentimos consuelo, sino también cuando experimentamos sequedad, prueba, silencio o pérdida.

A veces en la vida espiritual sentimos que Dios está cerca: la oración nos consuela, la fe nos ilumina, la Eucaristía nos llena de paz, la comunidad nos sostiene. Esos momentos son gracia. Son como la alegría de la boda. Pero también llegan días en que parece que el Esposo se oculta: la oración se vuelve difícil, el corazón se siente seco, las pruebas golpean, la enfermedad pesa, la soledad hiere, la fe parece caminar sin emoción sensible.

En esos momentos, Cristo no nos abandona. Nos purifica. Nos enseña a amarlo no solo por los consuelos que nos da, sino por Él mismo. Si solo amáramos a Dios cuando nos sentimos bien, nuestro amor todavía estaría mezclado con interés. Pero cuando lo buscamos en la aridez, cuando seguimos orando aunque no sintamos nada, cuando seguimos confiando aunque no veamos claro, entonces nuestro amor madura y se hace más puro.

Ese es el sentido profundo del ayuno espiritual. No es tristeza vacía, ni castigo, ni desprecio del cuerpo. Es entrenamiento del corazón. Es aprender a decirle al Señor: “Te busco a Ti, no solo tus consuelos. Te amo a Ti, no solo tus regalos. Confío en Ti, aunque no siempre sienta tu cercanía”.

Por eso Jesús habla también del vestido nuevo y del vino nuevo. “Nadie pone un remiendo de paño nuevo en un vestido viejo... ni se echa vino nuevo en odres viejos”. El Evangelio no es un simple remiendo sobre una vida vieja. Cristo no viene únicamente a mejorar un poco nuestras costumbres o a decorar exteriormente nuestra religiosidad. Él viene a hacer una creación nueva.

El vino nuevo es la vida del Espíritu, la gracia de la nueva alianza, la alegría del Reino. Pero ese vino nuevo necesita odres nuevos: corazones convertidos, humildes, disponibles, capaces de dejarse transformar. No podemos recibir la novedad de Cristo con un corazón cerrado, rígido, autosuficiente o aferrado a viejas seguridades.

Aquí se unen maravillosamente las tres lecturas. Amós anuncia que Dios levantará las ruinas. El salmo proclama que Dios trae paz, misericordia y salvación. El Evangelio nos revela que esa restauración llega plenamente en Cristo, el Esposo, que nos invita a la alegría de su presencia, nos purifica en la prueba y nos prepara para el banquete definitivo del Reino.

La pregunta para nosotros hoy es muy concreta: ¿cómo reacciono cuando Dios parece distante? ¿Me alejo, me enfrío, abandono la oración, me dejo vencer por la tristeza? ¿O aprovecho esos momentos para buscarlo con más pureza, más confianza y más perseverancia?

También podemos preguntarnos: ¿mi fe es un odre nuevo o un odre viejo? ¿Estoy dispuesto a que Cristo transforme mi manera de pensar, de amar, de rezar, de perdonar y de servir? ¿O quiero meter el vino nuevo del Evangelio en estructuras viejas de egoísmo, rutina, comodidad o apariencias?

Dios quiere restaurarnos. Quiere levantar nuestra choza caída. Quiere hacer florecer en nosotros la justicia, la paz y la misericordia. Pero esa restauración pasa por una alianza de amor con Cristo, por la alegría de su presencia y también por la purificación de la cruz.

Pidamos al Señor que nos conceda un corazón nuevo. Que sepamos gozar cuando el Esposo está presente y ayunar con esperanza cuando sentimos su ausencia. Que nuestras prácticas religiosas no sean costumbres vacías, sino caminos de amor. Que aprendamos a buscar a Cristo por Él mismo, con fidelidad, en la luz y en la oscuridad, en la consolación y en la prueba.

Y que así, purificados por su gracia, caminemos hacia la gran boda eterna, hacia el banquete del Reino, donde Cristo, el Esposo de la Iglesia, restaurará definitivamente todo lo caído y hará nuevas todas las cosas. Amén.

 

jueves, 2 de julio de 2026

3 de julio del 2026: Fiesta de Santo Tomás, apóstol

 

Santo del día: 

Santo Tomás, apóstol


Siglo I.

Fue uno de los doce apóstoles elegidos por Jesús. Ha quedado especialmente recordado por su incredulidad inicial: quiso tocar las llagas de Cristo para creer en la noticia de su resurrección.

Sin embargo, Tomás no es sólo el apóstol que dudó; es también el discípulo que, al encontrarse con el Resucitado, proclamó una de las confesiones de fe más profundas del Evangelio: «¡Señor mío y Dios mío!». Su camino nos recuerda que Jesús no rechaza nuestras dudas sinceras, sino que sale a nuestro encuentro para conducirnos a una fe más madura, humilde y confiada.

La tradición cristiana lo venera como apóstol y misionero, asociado especialmente al anuncio del Evangelio en Oriente. Su fiesta nos invita a pedir una fe viva, capaz de reconocer a Cristo resucitado incluso en medio de las heridas y pruebas de la vida.

 

 

¿Se atrevió?

(Jn 20, 24-29) «Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente». ¿Tomás dio ese paso? El texto guarda silencio. Tal vez ya no necesitó tocar: la presencia del Resucitado le bastaba.

Ante Jesús vivo, su duda se convierte en fe y su miedo se transforma en confesión: «¡Señor mío y Dios mío!». Cristo no rechaza a Tomás; sale al encuentro de su necesidad de signos para abrirlo a una fe más grande.

También nosotros, a veces, queremos ver para creer. Pero Jesús viene al corazón de nuestras dudas y nos invita a confiar en Él. Dichosos nosotros si sin haber visto, podemos decir con Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!».

G.Q

 


Primera lectura

Ef 2, 19-22

Están edificados sobre el cimiento de los apóstoles

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios.

HERMANOS:
Ustedes ya no son extranjeros ni forasteros, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios.
Están edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo Jesús es la piedra angular. Por él todo el edificio queda ensamblado, y se va levantando hasta formar un templo consagrado al Señor. Por él también ustedes entran con ellos en la construcción, para ser morada de Dios, por el Espíritu.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 116, 1. 2 (R.: Mc 16, 15)

R. Vayan al mundo entero y proclamen el Evangelio.

O bien:

R. Aleluya.

V. Alaben al Señor todas las naciones,
aclámenlo todos los pueblos.
R.

V. Firme es su misericordia con nosotros,
su fidelidad dura por siempre.
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Porque me has visto, Tomás, has creído —dice el Señor—; bienaventurados los que crean sin haber visto. R.

 

Evangelio

Jn 20, 24-29

¡Señor mío y Dios mío!

Lectura del santo Evangelio según san Juan.


TOMÁS, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían:
«Hemos visto al Señor».
Pero él les contestó:
«Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo».
A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo:
«Paz a ustedes».
Luego dijo a Tomás:
«Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente».
Contestó Tomás:
«¡Señor mío y Dios mío!».
Jesús le dijo:
«¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto».

Palabra del Señor.

 


1

 

Celebramos hoy la fiesta de Santo Tomás, apóstol, uno de los discípulos más cercanos de Jesús y, al mismo tiempo, uno de los más humanos. Tomás no aparece en el Evangelio como un héroe perfecto, sino como un hombre que duda, que necesita señales, que no se conforma con lo que otros le cuentan. Por eso, quizá, nos sentimos tan cercanos a él.

El Evangelio nos presenta a Tomás ausente cuando Jesús resucitado se aparece a los demás discípulos. Ellos le dicen: “Hemos visto al Señor”. Pero él responde con una frase fuerte: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no lo creeré”.

Tomás quiere tocar para creer. Quiere comprobar. Quiere una fe que pase por sus heridas, por sus preguntas, por su necesidad de certeza. Y Jesús, lejos de rechazarlo, vuelve ocho días después. Entra nuevamente donde están los discípulos y se dirige directamente a Tomás: “Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente”.

El Evangelio no nos dice si Tomás tocó realmente las heridas de Jesús. Guarda silencio. Tal vez porque, en aquel momento, Tomás ya no necesitó tocar. La presencia viva del Resucitado le bastó. Sus dudas se derrumbaron ante una presencia. Su incredulidad se convirtió en adoración. Y de sus labios salió una de las confesiones de fe más hermosas de todo el Evangelio: “¡Señor mío y Dios mío!”.

Esta es la gran enseñanza de Tomás: la duda no tiene por qué alejarnos de Dios, si la vivimos con sinceridad y la dejamos encontrar por Cristo. Tomás no abandona la comunidad; permanece con los discípulos. Y allí, en medio de la comunidad, se encuentra con el Señor resucitado. Su camino nos recuerda que la fe no siempre nace de respuestas fáciles, sino del encuentro con Jesús vivo.

La primera lectura, de la carta a los Efesios, nos dice que ya no somos extranjeros ni forasteros, sino conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios. Y añade algo muy bello: estamos edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, y la piedra angular es Cristo Jesús.

Tomás, con su fe probada, también forma parte de ese fundamento apostólico. La Iglesia no está construida sobre personas perfectas, sino sobre hombres y mujeres encontrados, llamados, perdonados y transformados por Cristo. Tomás dudó, sí; pero su duda fue vencida por el amor paciente del Señor. Y desde entonces, su testimonio sostiene también nuestra fe.

El salmo responsorial nos invita: “Vayan al mundo entero y proclamen el Evangelio”. Esa es la misión de los apóstoles y también la nuestra. Pero nadie puede anunciar de verdad a Cristo si antes no se ha dejado encontrar por Él. Tomás pasa de la duda al anuncio, del encierro a la misión, del “si no veo, no creo” al “Señor mío y Dios mío”.

Hoy, al celebrar esta fiesta, oramos de manera especial por quienes sufren en el alma y en el cuerpo. Cuántas personas, en medio de la enfermedad, la tristeza, la soledad, el duelo, la ansiedad o el cansancio espiritual, sienten también la tentación de decir: “Si no veo, no creo”. Cuántos quisieran tocar una señal de Dios, sentir una respuesta clara, encontrar alivio inmediato.

El Evangelio de hoy nos recuerda que Jesús no se escandaliza de nuestras heridas ni de nuestras preguntas. Él entra en nuestras habitaciones cerradas. Entra donde hay miedo, dolor, incredulidad y silencio. Y no viene a condenar, sino a mostrar sus propias heridas glorificadas. Las llagas de Cristo nos dicen que Dios no es ajeno al sufrimiento humano. Él ha pasado por la cruz y, desde la cruz, ha abierto un camino de vida.

Por eso, a quienes sufren en el cuerpo, pidamos hoy la fortaleza, la salud, la paciencia y la cercanía de Cristo médico y salvador. A quienes sufren en el alma, pidamos la paz profunda que sólo el Resucitado puede dar. Y a todos nosotros, pidamos una fe más humilde, capaz de repetir en medio de la prueba: “Señor mío y Dios mío”.

Que Santo Tomás interceda por nosotros. Que nos enseñe a no huir de nuestras dudas, sino a llevarlas ante Jesús. Que nos ayude a permanecer en la comunidad, aun cuando la fe parezca débil. Y que, tocados por la presencia del Resucitado, podamos convertir nuestras heridas en lugar de encuentro, nuestra fragilidad en confianza y nuestra vida en anuncio del Evangelio.

Amén.

 

2

 

Queridos hermanos:

La fiesta de Santo Tomás, apóstol, nos pone delante de una experiencia profundamente humana: la dificultad para creer cuando el corazón está herido, confundido o ausente. Tomás no estaba con los demás discípulos cuando Jesús resucitado se apareció en medio de ellos. Y cuando los otros le dijeron: «Hemos visto al Señor», él respondió con sinceridad, pero también con dureza: «Si no veo la señal de los clavos en sus manos, si no meto mi dedo en el lugar de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré».

Tomás quería pruebas. Quería tocar. Quería asegurarse de que no se trataba de una ilusión ni de un consuelo inventado por sus compañeros. En el fondo, Tomás representa a tantos hombres y mujeres que desean creer, pero que cargan heridas, dudas, decepciones o cansancios. Representa también a quienes, al alejarse de la oración, de la comunidad, de la Eucaristía o de la vida sacramental, comienzan a sentir que la fe se enfría y que la duda crece.

Pero lo más hermoso del Evangelio no es la duda de Tomás, sino la manera como Jesús responde a esa duda. Ocho días después, Jesús vuelve a entrar en la casa, estando las puertas cerradas. Se pone en medio de ellos y dice: «La paz esté con ustedes». Luego se dirige a Tomás personalmente: «Trae tu dedo aquí y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente».

Jesús no humilla a Tomás. No lo regaña con dureza. No lo excluye del grupo de los apóstoles por haber dudado. Al contrario, se acerca a él, le habla en su propio lenguaje, responde a su necesidad y le muestra sus heridas. Esas heridas ya no son signo de derrota, sino de victoria; ya no son memoria de fracaso, sino prueba del amor que ha vencido la muerte.

Y entonces Tomás pronuncia una de las confesiones de fe más bellas de todo el Evangelio: «¡Señor mío y Dios mío!». El discípulo que había dicho «no creeré» termina proclamando con fuerza la divinidad de Cristo. La duda, tocada por la misericordia, se convierte en fe. La ausencia se transforma en encuentro. El miedo da paso a la adoración.

La primera lectura, tomada de la carta a los Efesios, ilumina muy bien esta fiesta. San Pablo nos dice: «Ya no son extranjeros ni forasteros, sino conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios». Nuestra fe no es un camino solitario. Somos parte de una familia, de una casa espiritual, de una Iglesia edificada «sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo Jesús es la piedra angular».

Tomás pertenece a ese cimiento apostólico. Y esto es muy consolador: la Iglesia no está edificada sobre hombres perfectos, sino sobre hombres llamados, corregidos, perdonados y transformados por Cristo. Pedro negó, Pablo persiguió, Tomás dudó; pero todos fueron alcanzados por la misericordia de Dios. El Señor no construye su Iglesia con piedras impecables, sino con piedras vivas, muchas veces heridas, pero sostenidas por Cristo, la piedra angular.

El salmo de hoy es breve, pero universal: «Alaben al Señor todas las naciones, aclámenlo todos los pueblos». Y el estribillo, tomado del mandato misionero, nos recuerda: «Vayan al mundo entero y proclamen el Evangelio». Tomás, después de su encuentro con el Resucitado, no se quedó encerrado en su duda. La tradición lo recuerda como apóstol misionero, llevando la fe más allá de las fronteras conocidas. El que necesitó ver las llagas de Cristo se convirtió luego en testigo de Cristo para otros.

También nosotros somos enviados. Pero nadie puede anunciar de verdad al Señor si antes no se deja encontrar por Él. No podemos proclamar un Evangelio vivo si nuestra fe se ha quedado sólo en costumbre, en tradición o en ideas. Necesitamos, como Tomás, pasar de la fe heredada a la fe confesada; de hablar de Dios a decirle personalmente: «Señor mío y Dios mío».

Hoy, en esta Eucaristía, ponemos de manera especial nuestra intención orante por quienes sufren en el alma y en el cuerpo. Pensemos en los enfermos, en quienes cargan dolores físicos, tratamientos, diagnósticos difíciles o limitaciones. Pensemos también en quienes sufren por dentro: los que viven tristeza, ansiedad, soledad, depresión, duelo, culpa, miedo o cansancio espiritual. Muchos de ellos quisieran también una señal, una respuesta, una certeza. Muchos, como Tomás, quisieran tocar algo que les devuelva la esperanza.

A todos ellos, el Evangelio de hoy les anuncia una buena noticia: Cristo resucitado no se aparta de las heridas humanas. Él mismo conserva sus llagas gloriosas. Por eso comprende nuestras heridas. Él entra incluso cuando las puertas están cerradas. Entra en la habitación del miedo, en la casa del dolor, en el corazón que duda, y repite: «La paz esté con ustedes».

Pidamos hoy a Santo Tomás que interceda por nosotros. Que nos enseñe a no quedarnos encerrados en nuestras dudas, sino a llevarlas ante Jesús. Que nos ayude a permanecer en la comunidad, porque allí, reunidos con los hermanos, el Resucitado se hace presente. Que quienes sufren en el cuerpo reciban fortaleza, alivio y esperanza. Que quienes sufren en el alma sientan la paz profunda de Cristo.

Y que todos nosotros, al acercarnos al altar, podamos hacer nuestra la oración de Tomás. En la Eucaristía no tocamos las llagas visibles de Jesús, pero recibimos su Cuerpo entregado y su Sangre derramada. Ante este misterio, digamos con fe humilde y ardiente:

«¡Señor mío y Dios mío!».

Amén.

 

****************


3 de julio: Santo Tomás Apóstol — Fiesta

Murió hacia el año 72
Patrono de los que dudan, arquitectos, personas ciegas, constructores, geómetras, albañiles, agrimensores y teólogos

 


Cita:

Tomás, llamado el Mellizo, uno de los Doce, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Entonces los otros discípulos le dijeron: «Hemos visto al Señor». Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el lugar de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré».
Ocho días después, los discípulos estaban otra vez dentro, y Tomás con ellos. Jesús vino, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: «La paz esté con ustedes». Luego dijo a Tomás: «Pon tu dedo aquí y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo, sino creyente».
Tomás respondió y le dijo: «¡Señor mío y Dios mío!». Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que no han visto y han creído».

(Juan 20, 24–29)


Reflexión:

Santo Tomás Apóstol es más conocido por haber dudado de la Resurrección de Jesús, cuando dijo: «Si no veo la marca de los clavos en sus manos y no meto mi dedo en el lugar de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré» (Jn 20,25).

Antes de este episodio, los Evangelios mencionan a Tomás varias veces. Los Evangelios de Mateo, Marcos y Lucas lo incluyen entre los apóstoles, pero no ofrecen detalles sobre su llamado. Uno de los pocos detalles personales que se da sobre Tomás aparece en el Evangelio de Juan, donde se le llama “Dídimo”, que significa “Mellizo”. Es razonable, entonces, suponer que tenía un hermano gemelo.

La primera mención detallada de Santo Tomás ocurre justo antes del séptimo y último “signo” realizado por Jesús en el Evangelio de Juan. Estos signos eran milagros realizados para que la gente «crea que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y que creyendo, tengan vida en su nombre» (Jn 20,31). El séptimo signo fue la resurrección de Lázaro. Antes de este milagro, el Sanedrín ya se encontraba cada vez más agitado y hostil hacia Jesús. Los discípulos lo sabían y entendían que si Jesús realizaba más milagros, habría represalias.

Cuando Jesús se enteró de que su amigo Lázaro había muerto, les dijo a sus discípulos que iría a devolverle la vida. Los discípulos lo cuestionaron por temor a la persecución: «Rabí, hace poco los judíos intentaban apedrearte, ¿y tú quieres volver allá?» (Jn 11,8). Entonces Tomás dijo con valentía a los otros discípulos: «Vayamos también nosotros para morir con él» (Jn 11,16).

La segunda vez que Tomás aparece en el Evangelio de Juan es al inicio del discurso de la Última Cena. Jesús les dijo a los apóstoles que volvería al Padre a prepararles un lugar, y que luego regresaría para llevarlos consigo. Tomás objetó diciendo: «Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podremos saber el camino?». A lo que Jesús respondió con su famosa frase: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí» (Jn 14,5–6).

La tercera, y más conocida aparición de Tomás, es cuando está ausente tras la Resurrección de Jesús, y éste se aparece a los otros diez apóstoles. Al enterarse después, Tomás expresa abiertamente su duda. Sin embargo, una semana después, esa duda se transforma en fe cuando exclama: «¡Señor mío y Dios mío!». Tradicionalmente, los fieles repiten esta frase durante la Misa, después de la Consagración, como expresión de fe en la Presencia Real de Jesús en la Eucaristía. Fue Tomás quien nos dejó estas poderosas palabras de fe.

El libro de los Hechos de los Apóstoles menciona a Tomás en la lista de los apóstoles reunidos en el cenáculo después de la Ascensión del Señor. Fuera de esto, ya no se le menciona por su nombre, sino en referencia general junto con los demás apóstoles, como en Pentecostés. Sin embargo, diversas tradiciones antiguas sostienen ampliamente que Tomás tomó muy en serio las últimas palabras de Jesús: «Serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra» (Hch 1,8).

Sobre su viaje a los “confines de la tierra”, el Papa Benedicto XVI dijo en una audiencia general:

«Recordemos que una antigua tradición sostiene que Tomás evangelizó primero Siria y Persia (mencionado por Orígenes, según Eusebio de Cesarea, Historia Eclesiástica 3,1), y que luego fue a la India occidental (cf. Hechos de Tomás 1–2 y siguientes), desde donde llegó finalmente al sur de la India» (27 de septiembre de 2006).

Si bien no puede afirmarse con certeza absoluta, hay evidencia significativa que lo respalda. Además de Orígenes y Eusebio, otros Padres de la Iglesia hablaron de sus misiones en la India. En el siglo IV, San Efrén el Sirio compuso un himno que menciona a Tomás predicando en la India, y también lo hizo San Gregorio Nacianceno. Más tarde, San Ambrosio de Milán habló de su labor misionera en India, y hacia finales del siglo VI, San Gregorio, obispo de Tours, escribió que el apóstol fue martirizado en India y que sus restos fueron llevados a Edesa, Siria (hoy Turquía), lugar que la tradición afirma que también visitó y donde predicó camino a India.

Según las tradiciones más confiables, Tomás llegó a la India alrededor del año 52. Predicó en la costa de Malabar, al suroeste del país, así como más al norte en la meseta del Decán. Un texto antiguo llamado Hechos de Tomás narra muchas conversiones y milagros que realizó. Hacia el año 68, se cree que Tomás y sus compañeros viajaron al este de India, en lo que hoy es Chennai, donde predicó el Evangelio, atendió a los pobres y enfermos y construyó iglesias. La tradición afirma que trabajó para convertir a reyes y a sus familias como forma de obtener su apoyo para evangelizar al pueblo.

En Chennai hay una colina llamada “Monte Santo Tomás”, considerada como el lugar de su martirio. Hacia el año 72, la leyenda cuenta que, mientras oraba en esa colina, Tomás fue atravesado por una lanza en la espalda por orden del rey, tras haber convertido a su esposa y a varios miembros de la familia real al cristianismo.


Al honrar a este gran apóstol del Señor, meditemos en el celo misionero que tuvo, al dejar su tierra, su familia y su comunidad para ir hasta los rincones más remotos de la India, donde pasó el resto de su vida predicando el Evangelio, bautizando y estableciendo la Iglesia. Murió como mártir, algo muy propio de un hombre tan valiente. Aunque al principio luchó con la duda, su fe fue transformada por Cristo. Lleno del Espíritu Santo en Pentecostés, Tomás nunca volvió la vista atrás.

Al reflexionar sobre su vida, pregúntate en qué aspectos puedes aprender e imitarlo. Si tú también luchas con dudas, ten la certeza de que el Espíritu Santo puede transformarlas y llenarte con el mismo fervor y compromiso que tuvo Santo Tomás.


Oración:

Santo Tomás Apóstol,
tú llegaste a ser un fiel seguidor de Jesús.
Aunque tuviste un momento de duda, esa lucha te transformó en un hombre nuevo.
Te ruego que intercedas por mí,
para que cada lucha y debilidad que tengo
sea eliminada y transformada,
y así Dios pueda servirse de mí para cumplir su santa y perfecta voluntad.

Santo Tomás Apóstol, ruega por mí.
Jesús, en Ti confío.

 

 

miércoles, 1 de julio de 2026

2 de julio del 2026: jueves de la decimotercera semana del tiempo ordinario-II

 

La fe de los camilleros

(Mateo 9,1-8) Gracias a la fe de los camilleros, Jesús salva al hombre paralítico perdonándole sus pecados. Para Él, lo urgente es restablecer al enfermo en una relación justa con Dios. Frente a las murmuraciones de los escribas, Jesús muestra que su perdón levanta al hombre entero.

«Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa»: esta palabra devuelve al paralítico su libertad. Llevado por la fe de otros, ahora puede caminar. Así, el Evangelio nos recuerda que a veces necesitamos ser sostenidos por la fe de los demás, y que también nosotros estamos llamados a llevar a nuestros hermanos hasta Cristo.

G.Q

 


Primera lectura

Am 7, 10-17

Ve, profetiza a mi pueblo

Lectura de la profecía de Amós.

EN aquellos días, Amasías, sacerdote de Betel, envió un mensaje a Jeroboán, rey de Israel:
«Amós está conspirando contra ti en medio de Israel. El país no puede ya soportar sus palabras. Esto es lo que dice Amós: Jeroboán morirá a espada, e Israel será deportado de su tierra».
Y Amasías dijo a Amós:
«Vidente: vete, huye al territorio de Judá. Allí podrás ganarte el pan, y allí profetizarás. Pero en Betel no vuelvas a profetizar, porque es el santuario del rey y la casa del reino».
Pero Amós respondió a Amasías:
«Yo no soy profeta ni hijo de profeta. Yo era un pastor y un cultivador de sicómoros. Pero el Señor me arrancó de mi rebaño y me dijo: “Ve, profetiza a mi pueblo Israel”.
Pues bien, escucha la palabra del Señor: Tú me dices: “No profetices sobre Israel y no vaticines contra la casa de Isaac”.
Por eso, esto dice el Señor:
“Tu mujer deberá prostituirse en la ciudad,
tus hijos y tus hijas caerán por la espada,
tu tierra será repartida a cordel,
tu morirás en un país impuro
e Israel será deportado de su tierra”».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 18, 8. 9. 10. 11 (R.: 10cd)

R. Los mandamientos del Señor son verdaderos
y enteramente justos.


V. La ley del Señor es perfecta
y es descanso del alma;
el precepto del Señor es fiel
e instruye a los ignorantes. 
R.

V. Los mandatos del Señor son rectos
y alegran el corazón;
la norma del Señor es límpida
y da luz a los ojos. 
R.

V. El temor del Señor es puro
y eternamente estable;
los mandamientos del Señor son verdaderos
y enteramente justos. 
R.

V. Más preciosos que el oro,
más que el oro fino;
más dulces que la miel
de un panal que destila. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo,
y ha puesto en nosotros el mensaje de la reconciliación.
 R.

 

Evangelio

Mt 9, 1-8

La gente alababa a Dios, que da a los hombres tal potestad

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, subió Jesús a una barca, cruzó a la otra orilla y fue a su ciudad. En esto le presentaron un paralítico, acostado en una camilla. Viendo la fe que tenían, dijo al paralítico:
«¡Ánimo, hijo!, tus pecados te son perdonados».
Algunos de los escribas se dijeron:
«Este blasfema».
Jesús, sabiendo lo que pensaban, les dijo:
«¿Por qué piensan mal en sus corazones? ¿Qué es más fácil, decir: “Tus pecados te son perdonados”, o decir: “Levántate y echa a andar”? Pues, para que vean que el Hijo del hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados —entonces dice al paralítico—: “Ponte en pie, coge tu camilla y vete a tu casa”».
Se puso en pie y se fue a su casa.
Al ver esto, la gente quedó sobrecogida y alababa a Dios, que da a los hombres tal potestad.

Palabra del Señor.

 

1

 

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de hoy nos habla de una misión que no siempre es fácil: anunciar la verdad de Dios, llevar a otros hasta Cristo y dejarnos levantar por su perdón.

En la primera lectura, el profeta Amós es rechazado por Amasías, sacerdote de Betel. Le dicen que se vaya, que no profetice allí. Pero Amós responde con sencillez y firmeza: él no eligió ser profeta por profesión o conveniencia; fue Dios quien lo llamó. “El Señor me sacó de junto al rebaño y me dijo: Ve y profetiza a mi pueblo”. La verdadera vocación nace de una llamada de Dios, no de un capricho humano.

El salmo nos recuerda que “los mandamientos del Señor son verdaderos y enteramente justos”. La Palabra de Dios no siempre acomoda nuestro pensamiento, pero sí ilumina, corrige, purifica y da vida. Por eso, quien evangeliza no anuncia sus propias ideas, sino la verdad del Señor, una verdad que salva.

En el Evangelio, unos camilleros llevan a un paralítico hasta Jesús. Ellos no pronuncian ningún discurso, pero su fe habla por sus gestos. Jesús, al ver la fe de ellos, dice al paralítico: “Ánimo, hijo, tus pecados están perdonados”. Antes de levantarlo físicamente, Jesús lo restaura por dentro. Porque la primera y más profunda parálisis del ser humano es la que produce el pecado, el miedo, la culpa, la desesperanza o la distancia de Dios.

Luego Jesús le dice: “Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa”. El que antes era llevado por otros, ahora camina. El que estaba postrado, ahora se pone de pie. El perdón de Cristo no humilla, sino que levanta; no encierra, sino que libera; no aplasta, sino que devuelve dignidad.

Hoy, al orar por la obra evangelizadora de la Iglesia y por las vocaciones, pidamos al Señor tres gracias. Primero, la valentía de Amós, para anunciar la verdad, aunque no siempre sea bien recibida. Segundo, la fe de los camilleros, para llevar hasta Cristo a quienes están cansados, heridos o paralizados por la vida. Y tercero, un corazón abierto al perdón, para dejarnos levantar por Jesús y caminar como discípulos suyos.

Que el Señor suscite en su Iglesia vocaciones santas: sacerdotes, religiosos, religiosas, misioneros, catequistas, matrimonios y laicos comprometidos que, con su vida, ayuden a muchos a levantarse y volver a Dios.

Amén.

 

2

 

Fuera de lo ordinario

Queridos hermanos:

El Evangelio de hoy nos dice que Jesús subió a la barca, atravesó el lago y llegó a su ciudad. Probablemente se trata de Cafarnaúm, aquella pequeña población de pescadores que llegó a ser como el centro de su ministerio en Galilea. Allí, en medio de la vida sencilla y cotidiana, unas personas le llevaron un paralítico tendido en una camilla.

A simple vista, todo parecía ordinario: una ciudad pequeña, unas calles comunes, unos hombres cargando a un enfermo, una multitud reunida alrededor de Jesús. Pero en medio de esa escena común irrumpe la gracia extraordinaria de Dios. Jesús, viendo la fe de quienes traían al paralítico, le dice: “Ánimo, hijo, tus pecados están perdonados”.

Jesús no comienza por lo exterior, sino por lo más profundo. Antes de levantar el cuerpo del paralítico, sana su corazón. Antes de hacerlo caminar, lo reconcilia con Dios. Para Jesús, la verdadera salvación no consiste solamente en resolver una necesidad visible, sino en restaurar al ser humano entero: alma, cuerpo, dignidad, esperanza y relación con el Padre.

Esta escena nos recuerda que Dios actúa muchas veces en lo ordinario. Cafarnaúm puede representar nuestras casas, nuestras parroquias, nuestras familias, nuestros trabajos, nuestros barrios y comunidades. Allí donde parece que nada extraordinario sucede, Cristo está presente. Él se acerca a nuestras rutinas, a nuestras heridas, a nuestras parálisis interiores, y nos ofrece su perdón y su gracia.

La primera lectura nos presenta al profeta Amós. Amasías, sacerdote de Betel, quiere hacerlo callar y lo invita a irse a otra parte. Pero Amós responde con claridad: él no se hizo profeta por gusto propio ni por interés personal. Fue Dios quien lo llamó: “El Señor me sacó de junto al rebaño y me dijo: Ve y profetiza a mi pueblo Israel”.

Aquí aparece una enseñanza muy importante para la obra evangelizadora de la Iglesia y para las vocaciones. La misión no nace simplemente de una iniciativa humana. La verdadera vocación nace de una llamada de Dios. Amós era un hombre sencillo, dedicado a tareas ordinarias; sin embargo, Dios lo tomó de su vida cotidiana y lo envió a anunciar su Palabra.

También los camilleros del Evangelio realizan una misión humilde y hermosa. No predican con grandes discursos, pero evangelizan con sus manos, con su esfuerzo, con su fe. Ellos llevan al paralítico hasta Jesús. Esa es también la misión de la Iglesia: cargar con amor a los heridos, acercar a Cristo a quienes no pueden avanzar solos, abrir caminos para que muchos reciban perdón, consuelo y vida nueva.

El salmo nos recuerda: “Los mandamientos del Señor son verdaderos y enteramente justos”. La Palabra de Dios es más preciosa que el oro y más dulce que la miel. Esa Palabra ilumina, corrige, alegra el corazón y da sabiduría a los sencillos. Por eso, quien evangeliza no anuncia sus propias opiniones, sino la Palabra viva del Señor, capaz de levantar al ser humano.

Hoy pidamos por la obra evangelizadora de la Iglesia. Que nuestras comunidades sean como aquellos camilleros: comunidades que no se cansan de llevar a otros hasta Jesús. Pidamos también por las vocaciones: que el Señor siga llamando sacerdotes, religiosos, religiosas, misioneros, catequistas, matrimonios santos y laicos comprometidos, capaces de descubrir a Cristo en lo ordinario y de servirlo con generosidad.

Jesús sigue pasando por nuestras Cafarnaúm de cada día. Está presente en una conversación, en una visita a un enfermo, en una palabra de perdón, en una tarea sencilla, en una familia que lucha, en una comunidad que ora. Con ojos de fe, podemos reconocerlo.

Que el Señor nos conceda descubrir su presencia humilde en la vida ordinaria, dejarnos sanar por su perdón y ayudar a otros a levantarse. Porque cuando Cristo entra en lo ordinario, todo puede convertirse en camino extraordinario de gracia.

Amén.

 

4 de julio del 2026: sábado de la decimotercera semana del tiempo ordinario-II

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