viernes, 21 de agosto de 2026

22 de agosto del 2026: sábado de la vigésima semana del tiempo ordinario II o Fiesta de la Bienaventurada Virgen María Reina

 

Testigo de la fe:

Bienaventurada Virgen María, Reina

En la octava de la solemnidad de la Asunción, la Iglesia celebra hoy a María, Reina, contemplándola ya glorificada junto a su Hijo. Su realeza no es poder al modo humano, sino participación en la realeza de Cristo, el Rey servidor que entrega la vida por amor.

María reina porque es la Madre del Rey, porque estuvo plenamente asociada a la obra salvadora de su Hijo y porque, elevada al cielo en cuerpo y alma, participa de manera singular de su gloria. Desde allí continúa ejerciendo su maternidad espiritual, intercediendo por nosotros como Madre.

Esta dimensión triunfal de María anticipa también el destino de toda la Iglesia: lo que contemplamos realizado plenamente en ella es signo de aquello a lo que todos estamos llamados. María Reina es imagen de la Iglesia gloriosa del cielo y prenda de nuestra esperanza.

La memoria de Santa María Reina, instituida por el papa Pío XII, se celebra el 22 de agosto, ocho días después de la Asunción.

María, Reina del cielo y Madre nuestra, intercede por nosotros y condúcenos siempre hacia Cristo, tu Hijo y nuestro Rey.

 


Un gran anuncio

Isaías da testimonio de una experiencia de luz, alegría, liberación y paz. Todo ello está vinculado al nacimiento de un “hijo” de la descendencia de David, que recibe nombres de clara resonancia mesiánica: “Consejero admirable, Dios fuerte, Padre para siempre, Príncipe de la paz”.

Para los cristianos, esta profecía alcanza su plenitud en Jesucristo, el Mesías esperado, cuya venida inaugura un reino de justicia y de paz que no tendrá fin. En la memoria de Santa María Reina, esta palabra adquiere además una hermosa resonancia: María es Reina porque es Madre del Rey mesiánico. Su grandeza no procede de un poder propio, sino de su íntima unión con Cristo y de su humilde disponibilidad al proyecto de Dios.

Contemplar hoy a María Reina es reconocer que el verdadero reinado de Dios se manifiesta en el servicio, la entrega y la paz. Ella, plenamente asociada a su Hijo, sigue señalándonos el camino hacia Aquel que es nuestro verdadero Rey.

 

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Hermanos, ocho días después de celebrar la Asunción de la Virgen María, la Iglesia nos invita hoy a contemplarla como Reina. Pero debemos entender bien qué significa esta realeza. María no reina al estilo de los poderosos de este mundo; no reina imponiendo, dominando o buscando privilegios. María reina porque pertenece totalmente a Cristo, porque sirvió, porque creyó y porque amó. Su corona está hecha de humildad, obediencia y entrega.

La primera lectura del profeta Isaías nos coloca precisamente ante una gran promesa: «El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande». Es una palabra de esperanza para un pueblo herido, cansado, amenazado. Dios anuncia que la oscuridad no tendrá la última palabra. Habrá alegría, liberación y paz porque nacerá un niño, un hijo que llevará nombres extraordinarios: Consejero admirable, Dios fuerte, Padre para siempre, Príncipe de la paz.

Para nosotros esa profecía alcanza su plenitud en Jesucristo. Él es la luz que vence nuestras tinieblas; Él es el verdadero Rey y el verdadero Príncipe de la paz.

Por eso, si hoy llamamos Reina a María, es porque ella es, ante todo, la Madre del Rey. Toda su grandeza nace de su relación con Cristo. María nunca se queda con la gloria para sí. Todo en ella señala hacia Jesús.

También nosotros atravesamos muchas veces nuestras propias oscuridades: preocupaciones familiares, enfermedad, violencia, incertidumbre, dificultades económicas, soledad, miedo al futuro. La Palabra de Isaías vuelve a decirnos hoy: Dios es capaz de encender una luz precisamente donde parece que todo está oscuro.

El Salmo 112 nos invita a responder con alabanza: «Bendito sea el nombre del Señor, ahora y por siempre». Y añade algo bellísimo: Dios es tan grande que está por encima de todas las naciones y, sin embargo, se inclina para mirar al cielo y a la tierra; levanta del polvo al desvalido y alza de la basura al pobre.

Esta es también una clave para comprender la realeza de María.

Dios no eligió una reina de un palacio poderoso. Eligió a una joven sencilla de Nazaret. Dios mira lo pequeño, lo humilde, aquello que muchas veces el mundo desprecia. Y precisamente desde esa pequeñez realiza cosas grandes.

En el Evangelio de Lucas contemplamos la anunciación. El ángel Gabriel llega a María y le dice: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo». Después viene el anuncio desconcertante: será Madre del Hijo del Altísimo; Él heredará el trono de David y su reino no tendrá fin.

Ahí está nuevamente el tema de la realeza.

Pero fijémonos en María. Ella no pregunta qué privilegios obtendrá. No pregunta qué corona llevará ni qué reconocimiento recibirá. Solo pregunta cómo puede realizarse la voluntad de Dios. Y termina pronunciando una de las frases más grandes de toda la historia de la salvación:

«He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra».

Ahí comienza la verdadera realeza de María.

María es Reina porque primero fue servidora.

Es grande porque se hizo pequeña.

Es glorificada porque se entregó totalmente a Dios.

Por eso esta fiesta corrige también nuestra manera humana de entender el poder. El Evangelio nos enseña que, en el Reino de Dios, reinar es servir. Quien quiere ser grande debe aprender a ponerse al servicio de los demás. Quien quiere parecerse a María debe aprender a decir cada día: «Hágase en mí según tu palabra».

Tal vez nosotros rezamos muchas veces el Padrenuestro diciendo: «Hágase tu voluntad», pero cuando la voluntad de Dios no coincide con nuestros planes nos cuesta aceptarla. María nos enseña una confianza diferente. Ella no comprende todo lo que vendrá, pero confía. No conoce todos los detalles del camino, pero se abandona en las manos de Dios.

Y esa actitud sigue siendo profundamente actual.

Hay situaciones de nuestra vida que no podemos controlar. Hay preguntas que todavía no tienen respuesta. Hay acontecimientos que nos inquietan. María nos enseña que la fe no consiste en tener todo claro, sino en confiar en Dios aun cuando todavía no vemos completamente el camino.

Celebrar a Santa María Reina significa entonces renovar nuestra esperanza. Ella, que ya participa plenamente de la gloria de su Hijo, es signo de lo que Dios quiere realizar también en nosotros. Su Asunción y su realeza nos recuerdan que nuestra historia no termina en la muerte, ni en el sufrimiento, ni en las dificultades de este mundo. Nuestra vocación es participar un día de la gloria de Cristo.

Y desde el cielo, María sigue siendo Madre. Su realeza es una realeza maternal: intercede, acompaña, protege y nos conduce hacia Jesús.

Podemos preguntarnos hoy:

¿Quién reina verdaderamente en mi vida?

¿Mis miedos? ¿Mi orgullo? ¿El dinero? ¿Mis preocupaciones? ¿Mis planes?

¿O permito que Cristo sea realmente el Rey de mi corazón?

María Reina nos enseña precisamente eso: dejar que Dios reine.

Que ella nos ayude a abrirle espacio al Señor en nuestras decisiones, en nuestras familias, en nuestro trabajo, en nuestras comunidades y en nuestra Iglesia.

Y cuando atravesemos momentos de oscuridad, recordemos la promesa de Isaías: una gran luz ha brillado.

Cuando sintamos que somos pequeños o insignificantes, recordemos el salmo: Dios levanta del polvo al desvalido.

Y cuando no sepamos qué camino tomar, aprendamos de María a decir:

«Aquí estoy, Señor. Hágase en mí según tu palabra».

Santa María Reina, Madre del Príncipe de la Paz,
ruega por nosotros.

Enséñanos a servir como tú,
a confiar como tú,
a amar como tú
y a dejar que Cristo reine siempre en nuestro corazón.

Amén.

 

2

 

(Mateo 23, 1-12) Jesús es claro, nadie puede pretender tener el título de Padre y de Maestro: nuestro único Padre, es Dios; y nuestro único Maestro es Cristo.  Es importante entonces decir NO a los gurús de todo tipo que se creen están por encima de todo y quieren regir la vida de la gente que está a su alrededor!


Homilía a la luz de las lecturas del sábado de la vigésima semana del tiempo ordinario año II

 

«Que Dios vuelva a habitar en medio de nosotros»

 

Queridos hermanos:

Hay momentos en la vida en los que parece que Dios se hubiera marchado.

Sucede cuando una familia atraviesa una crisis, cuando una enfermedad prolongada agota las fuerzas, cuando sobreviene una pérdida inesperada o cuando contemplamos comunidades enteras heridas por la tragedia. También ocurre cuando vemos injusticias, divisiones y comportamientos que contradicen el Evangelio, incluso dentro de la Iglesia.

Entonces nace una pregunta dolorosa: ¿dónde está Dios?, ¿por qué parece tan silencioso?, ¿volverá la esperanza?

Las lecturas de hoy responden con una certeza consoladora: Dios quiere habitar entre nosotros; pero, para reconocer su presencia, necesitamos abandonar la apariencia, la soberbia y el deseo de superioridad, y aprender el camino de la humildad y del servicio.

El profeta Ezequiel vivió una de las épocas más difíciles de la historia de Israel. El pueblo había sido deportado, Jerusalén estaba herida y el templo, lugar sagrado de la presencia divina, parecía destinado a la desolación.

En una visión anterior, el profeta había contemplado cómo la gloria del Señor abandonaba la ciudad y se dirigía hacia el oriente. Para aquellos israelitas, semejante imagen expresaba una realidad estremecedora: el pecado, la infidelidad y la injusticia habían roto la comunión con Dios.

Sin embargo, ese alejamiento no significaba que el Señor hubiera abandonado definitivamente a su pueblo. Su gloria se orientaba hacia donde estaban los desterrados: Dios seguía acompañando a sus hijos incluso lejos de la tierra prometida.

¡Qué importante es comprenderlo!

Cuando una persona se encuentra lejos, herida o confundida, el Señor no deja de buscarla. Dios acompaña al enfermo en su habitación, al migrante en tierra extraña, al anciano que se siente olvidado, al joven que ha perdido el rumbo y a las familias que atraviesan momentos de incertidumbre.

Dios no se desentiende de sus hijos.

En la lectura de hoy, Ezequiel contempla algo nuevo: la gloria del Señor regresa por la puerta oriental y llena nuevamente el templo.

El profeta describe aquella presencia con imágenes llenas de fuerza: la gloria venía del oriente, su voz era como el estruendo de aguas caudalosas y la tierra resplandecía con su gloria.

Es una visión de renovación.

Donde antes había oscuridad, vuelve la luz.

Donde había destierro, comienza a abrirse el camino del regreso.

Donde parecía que todo estaba perdido, Dios anuncia un nuevo comienzo.

Y el Señor declara:

«Este es el lugar de mi trono, el lugar donde posaré la planta de mis pies; aquí habitaré en medio de los hijos de Israel para siempre».

Para los exiliados, estas palabras eran una promesa inmensa. Si la gloria de Dios regresaba al templo, ellos también podrían regresar. Si Dios volvía a habitar en medio del pueblo, la historia no estaba cerrada.

Queridos hermanos, también nosotros necesitamos escuchar esta promesa.

Quizás alguien lleva tiempo experimentando un exilio interior: se ha alejado de la fe, ha perdido la alegría de orar o siente que su vida espiritual se ha enfriado.

Quizás en alguna familia la paz se marchó hace tiempo por discusiones, resentimientos o heridas que nadie se atreve a sanar.

Quizás nuestras comunidades, golpeadas por la pobreza, la incertidumbre o las consecuencias de una tragedia, necesitan recuperar la confianza.

La Palabra de Dios nos asegura: el Señor puede volver a llenar de esperanza aquello que parecía vacío.

Pero hay una condición: debemos abrirle de nuevo las puertas del corazón.

El salmo responde a esta promesa con una expresión bellísima:

«La gloria del Señor habitará en nuestra tierra».

Y añade:

«La misericordia y la fidelidad se encuentran, la justicia y la paz se besan».

La presencia de Dios no se reduce a ceremonias, edificios o palabras religiosas. Cuando el Señor habita verdaderamente entre nosotros, aparecen señales concretas: misericordia, fidelidad, justicia y paz.

Hay gloria de Dios cuando alguien decide perdonar.

Hay gloria de Dios cuando una familia vuelve a dialogar.

Hay gloria de Dios cuando una comunidad comparte con quien lo ha perdido todo.

Hay gloria de Dios cuando defendemos la dignidad del pobre, acompañamos al enfermo y consolamos al que sufre.

Y hay gloria de Dios cuando, frente al dolor de nuestros hermanos afectados por las tragedias que han golpeado a Colombia, no permanecemos indiferentes.

La solidaridad también es una forma de decirle al Señor: ven y habita en nuestra tierra.

Sin embargo, el Evangelio nos advierte sobre aquello que puede impedirnos reconocer y comunicar la presencia divina: la incoherencia entre lo que decimos y lo que vivimos.

Jesús habla de los escribas y fariseos, sentados en la cátedra de Moisés. Reconoce que tienen una responsabilidad de enseñanza y, por eso, exhorta:

«Hagan y cumplan todo lo que les digan; pero no hagan lo que ellos hacen, porque dicen y no hacen».

Esta crítica no debe convertirse en desprecio hacia el pueblo judío. Jesús denuncia una tentación religiosa que puede aparecer en cualquier época, en cualquier comunidad y también en cada uno de nosotros.

Es la tentación de hablar de Dios sin dejarnos transformar por Dios.

La tentación de exigir mucho a los demás y justificarnos siempre a nosotros mismos.

La tentación de predicar la humildad mientras buscamos reconocimiento.

La tentación de condenar los errores ajenos sin revisar nuestras propias faltas.

Jesús describe a quienes imponen cargas pesadas sobre los hombros de otros, pero no están dispuestos a mover un dedo para ayudarlos.

¡Qué fácil es señalar!

¡Qué fácil es decirle a una familia cómo debería vivir, a un joven cómo debería comportarse o a una persona herida cómo debería reaccionar!

Lo difícil es acompañar, comprender, escuchar y ayudar a cargar el peso.

Una Iglesia fiel a Jesucristo no se dedica solamente a recordar obligaciones: se acerca, consuela y camina con las personas.

La autoridad cristiana no consiste en aumentar las cargas, sino en ayudar a llevarlas.

El Señor también cuestiona a quienes buscan los primeros puestos, los saludos honoríficos y el reconocimiento público.

No condena el ejercicio responsable de una misión ni el respeto debido a quienes sirven. Lo que rechaza es que la fe se convierta en una plataforma para la vanidad.

Cuando alguien utiliza la religión para sentirse superior, el templo puede estar lleno de palabras, pero el corazón permanece vacío de Dios.

Por eso Jesús insiste:

«Ustedes, en cambio, no se dejen llamar maestros, porque uno solo es su Maestro y todos ustedes son hermanos».

Y añade:

«No llamen padre suyo a nadie en la tierra, porque uno solo es su Padre: el del cielo».

Estas palabras no prohíben llamar «padre» al propio papá ni utilizar ese término para expresar una paternidad espiritual. La misma Sagrada Escritura emplea ese lenguaje: san Pablo afirma que ha engendrado espiritualmente a los creyentes mediante el Evangelio.

Lo que Jesús enseña es que nadie puede ocupar el lugar de Dios ni ejercer autoridad como dueño de la conciencia y de la vida de los demás.

Quien es padre, sacerdote, catequista, maestro o responsable de una comunidad debe recordar que su misión consiste en acercar a las personas al Padre celestial, no en apropiarse de ellas ni buscar privilegios.

El sacerdote no está por encima de la comunidad: está llamado a servirla.

El catequista no enseña para recibir aplausos: transmite la fe para que otros conozcan a Cristo.

Los padres no educan para dominar: acompañan a sus hijos para que crezcan en libertad y responsabilidad.

Y quienes ejercen autoridad deben preguntarse si su liderazgo alivia las cargas o las hace más pesadas.

Jesús resume todo con una frase decisiva:

«El primero entre ustedes será su servidor».

En el mundo, muchas veces se considera grande a quien tiene poder, dinero, prestigio o capacidad de imponerse.

Para Jesús, es grande quien sirve.

Es grande la madre que cuida silenciosamente a su familia.

Es grande el padre que trabaja con honestidad.

Es grande el joven que se solidariza con quien está solo.

Es grande el catequista que entrega su tiempo para formar a los niños.

Es grande quien acompaña a un enfermo, comparte su alimento o sostiene la esperanza de alguien que está a punto de rendirse.

Dios no mide nuestra vida por los honores recibidos, sino por el amor entregado.

En este sábado podemos contemplar también a la Virgen María, cuya memoria celebramos como Reina.

¿Y por qué María es Reina?

No porque haya buscado los primeros puestos, sino porque se reconoció como la esclava del Señor.

Su grandeza nace de su humildad. Su corona está hecha de fe, disponibilidad, ternura y servicio.

Ella permitió que Dios habitara plenamente en su vida y, por eso, se convirtió en morada del Salvador.

Cuando visitó a Isabel, cuando acompañó a Jesús y cuando permaneció junto a la cruz, María mostró que la verdadera autoridad espiritual consiste en amar y servir.

Por eso, la enseñanza de Jesús encuentra en ella una expresión luminosa:

«El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido».

Hermanos, preguntémonos hoy con sinceridad:

¿Estoy permitiendo que Dios regrese a las zonas de mi vida donde parecía ausente?

¿Mi manera de vivir ayuda a que la misericordia y la justicia se encuentren?

¿Alivio las cargas de los demás o contribuyo a hacerlas más pesadas?

¿Busco servir o busco que me reconozcan?

Pidámosle al Señor que nuestra Iglesia, nuestras familias y nuestras comunidades sean lugares donde su presencia vuelva a resplandecer.

Que la gloria de Dios habite en Guaduero, en El Dindal, en Córdoba y en Cambrás.

Que habite en nuestros hogares, en los enfermos, en los jóvenes, en quienes sufren y en las familias que necesitan reconstruir su vida.

Y que María, Reina y Madre, nos enseñe que la verdadera grandeza no está en ser admirados, sino en amar como Cristo y servir como hermanos.

Señor, vuelve a habitar en nuestra tierra.
Llena de tu gloria nuestros corazones.
Haznos humildes para reconocer tu presencia
y generosos para servir a quienes más nos necesitan.
Amén.

 

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22 de agosto:
Memoria de la Bienaventurada Virgen María Reina

 


Cita:

“Apareció en el cielo una gran señal: una Mujer vestida del sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza.”
~Apocalipsis 12,1

 

Reflexión:

El siglo XX presenció un gran resurgimiento en la devoción a la Madre de Dios. Varias décadas antes, el 8 de diciembre de 1854, el Papa Pío IX declaró el Dogma de la Inmaculada Concepción. Cuatro años más tarde, la Santísima Virgen se apareció a Bernardita Soubirous, una joven campesina de catorce años, en Lourdes (Francia). En esa aparición, cuando Bernardita preguntó quién era la Señora Celestial, ella respondió: “Yo soy la Inmaculada Concepción”. Esta confirmación mística del dogma papal encendió una gran devoción hacia la Madre de Dios, y Lourdes se convirtió en un lugar de peregrinación frecuente donde han ocurrido muchos milagros.

En 1916, tres niños pastores en Fátima, Portugal, recibieron tres apariciones del Ángel de la Paz, el Ángel de la Guarda de Portugal. Luego, en 1917, recibieron seis apariciones de la “Señora del Rosario”, como ella misma se llamó. El día de su última aparición, unas 70.000 personas se habían congregado y todos fueron testigos del milagro prometido. Una lluvia torrencial cesó de inmediato, el sol “bailó” y pareció precipitarse hacia la tierra, y todo —personas y objetos— quedaron repentinamente secos. Esta aparición y este milagro continúan alimentando la devoción a la Madre de Dios.

En 1950, el Papa Pío XII promulgó una constitución apostólica mediante la cual declaró como dogma de nuestra fe “que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, terminado el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial”. Ya que Jesús es el Rey de reyes, y porque está sentado en su trono a la derecha del Padre en el Cielo, y su Madre fue asunta al Cielo en cuerpo y alma, la conclusión lógica de estas verdades nos conduce necesariamente a la memoria que hoy celebramos.

Los Padres de la Iglesia primitiva utilizaron lo que se conoce como “tipología” para establecer claramente la continuidad entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Por ejemplo, aunque el rey Salomón pecó, también es una prefiguración o “tipo” de Cristo, porque fue un pacificador, lleno de sabiduría, y construyó el Templo. San Agustín, en su comentario al Salmo 127, afirma que nuestro Señor es “el verdadero Salomón” y que “Salomón fue la figura de este Pacificador”. El verdadero Pacificador es Cristo, y así como Salomón edificó el Templo, nuestro Señor construyó el verdadero Templo de su Cuerpo, que es la Iglesia.

Siguiendo esta tipología, el Primer Libro de los Reyes dice: “Fue Betsabé a ver al rey Salomón para hablarle en favor de Adonías; el rey se levantó a recibirla y se postró ante ella. Luego volvió a sentarse en su trono, e hizo colocar un trono para la madre del rey, que se sentó a su derecha. Ella dijo: ‘Tengo que hacerte una pequeña súplica, no me la niegues’. El rey le contestó: ‘Pide, madre mía, pues no te la negaré’” (1 Re 2,19-20). Si el rey Salomón, figura veterotestamentaria de Cristo, honró las peticiones de su madre, sentándola en un trono a su derecha, ¡cuánto más nuestro Señor, verdadero Rey de reyes, hace lo mismo con su Madre! Por eso, la memoria de hoy celebra el hecho de que, en el Cielo, la Madre de Jesús está sentada en un trono junto al suyo, y como Salomón, Jesús le dice con certeza: “Pide, madre mía, pues no te la negaré”.

Por estas razones, el 11 de octubre de 1954, cuatro años después de la proclamación de la Asunción, el Papa Pío XII instituyó la memoria de la Realeza de María con su carta encíclica Ad Caeli Reginam (La Reina del Cielo). Esta memoria fue asignada inicialmente al 31 de mayo, tras la memoria del Inmaculado Corazón de María. Sin embargo, en 1969, el Papa Pablo VI trasladó la fecha al 22 de agosto, ocho días después de la solemnidad de la Asunción de la Bienaventurada Virgen María. En gran parte, esto se hizo para crear una octava de continuidad y mostrar que la Asunción necesariamente conduce a que la Madre de Dios sea también la Reina Madre del Cielo y de la Tierra.

Como Reina, la Madre María no solo intercede en nuestro favor, sino que también actúa como mediadora de su Hijo. Desde su trono celestial, la Reina Madre del Cielo y de la Tierra recibe la misión de dispensar la gracia de Dios. Ella no es la fuente, pero tiene el privilegio de ser el instrumento de distribución. Como madre amorosa, nada la complace más que prodigar todo bien a sus hijos en la tierra. Anhela reunir a todos sus hijos en el Cielo, con y en su divino Hijo.

Aunque la evolución litúrgica y teológica de esta memoria pueda parecer compleja, su esencia es simple: no solo tenemos una Madre en el Cielo, también tenemos una Reina Madre. Como María es la Reina Madre de Dios, debemos acudir a ella con fe infantil y simplicidad. Así como un niño corre hacia una madre amorosa en el momento de necesidad, sin cuestionar jamás su amor, protección y cuidado, así debemos correr hacia ella. Ella es nuestra protectora, nuestro refugio, nuestra esperanza y nuestro dulce gozo. Su afecto es perfecto y su amor maternal incomparable.

Al honrar hoy a la Reina del Cielo, contemplemos la comprensión cada vez más profunda que la Iglesia tiene de su papel. Así como la Iglesia ha ido profundizando a lo largo de los siglos en la grandeza de María, así también nosotros debemos descubrirlo personalmente a lo largo de nuestras vidas. Acudamos a ella, busquemos su oración, confiemos en su intercesión y honrémosla como nuestra Madre y nuestra Reina.

Oración:

Madre y Reina del Cielo, hoy corro hacia ti como un niño, con confianza y fe. Tú eres la gloriosa Reina Madre, que reinas sobre todos tus hijos con amor y misericordia. Ruega por mí y concédeme todo lo que necesito. Abro mi corazón a la gracia de tu Hijo, que a ti se te ha confiado distribuir. Hazme santo y libre de pecado, para que puedas presentarme limpio y puro a tu amado Hijo, el Rey del Universo. Reina del Cielo, ruega por mí. Jesús, en Ti confío.

jueves, 20 de agosto de 2026

21 de agosto del 2026: viernes de la vigésima semana del tiempo ordinario II-Memoria de San Pío X, papa

  

Testigo de la fe:

San Pío X

Papa (1835-1914)

Nacido como Giuseppe Melchiorre Sarto en Riese, en el norte de Italia, el 2 de junio de 1835, provenía de una familia humilde y profundamente cristiana. Ordenado sacerdote en 1858, ejerció su ministerio con gran sencillez y cercanía al pueblo. Fue obispo de Mantua, patriarca de Venecia y, finalmente, elegido papa en 1903, tomando el nombre de Pío X.

Escogió como lema de su pontificado: «Instaurare omnia in Christo» —«Restaurar todas las cosas en Cristo»—, expresión que resume bien su deseo de renovar la vida de la Iglesia desde una adhesión más profunda a Jesucristo.

San Pío X tuvo una especial preocupación por la vida eucarística de los fieles. Animó vivamente a recibir la Comunión frecuente e incluso diaria, siempre con las debidas disposiciones, y favoreció que los niños pudieran acercarse por primera vez a la Eucaristía desde el momento en que fueran capaces de distinguir el Pan eucarístico del alimento ordinario, aproximadamente hacia los siete años. Por esta razón es recordado de manera especial como el Papa de la Eucaristía y de la Primera Comunión.

También impulsó la renovación de la liturgia y del canto gregoriano, promovió la formación catequética —su nombre está ligado al conocido Catecismo de San Pío X—, reorganizó diversos aspectos de la administración de la Iglesia y defendió con firmeza la integridad de la fe frente a las corrientes modernistas de su tiempo.

A pesar de la dignidad pontificia, conservó siempre un estilo de vida sencillo. Se le atribuye una profunda sensibilidad pastoral hacia los pobres, los sacerdotes y las familias. Los dramáticos acontecimientos que condujeron al comienzo de la Primera Guerra Mundial le causaron gran sufrimiento. Murió en Roma el 20 de agosto de 1914.

Fue canonizado por el papa Pío XII en 1954. La Iglesia celebra su memoria litúrgica el 21 de agosto.

Su vida nos recuerda que toda auténtica renovación de la Iglesia comienza por volver a Cristo: conocerlo, amarlo, recibirlo en la Eucaristía y permitir que Él transforme nuestra vida.

 


Primera lectura

Ez 37, 1-14
Huesos secos, escuchen la palabra del Señor. Los sacaré de sus sepulcros, casa de Israel

Lectura de la profecía de Ezequiel.

EN aquellos días, la mano del Señor se posó sobre mí.
El Señor me sacó en espíritu y me colocó en medio de un valle todo lleno de huesos. Me hizo dar vueltas y vueltas en torno a ellos: eran muchísimos en el valle y estaban completamente secos.
Me preguntó:
«Hijo de hombre: ¿podrán revivir estos huesos?».
Yo respondí:
«Señor, Dios mío, tú lo sabes».
Él me dijo:
«Pronuncia un oráculo sobre estos huesos y diles: “¡Huesos secos, escuchen la palabra del Señor! Esto dice el Señor Dios a estos huesos: Yo mismo infundiré espíritu sobre ustedes y vivirán. Pondré sobre ustedes los tendones, haré crecer la carne, extenderé sobre ella la piel, les infundiré espíritu y vivirán. Y comprenderán que yo soy el Señor”».
Yo profeticé como me había ordenado, y mientras hablaba se oyó un estruendo y los huesos se unieron entre sí. Vi sobre ellos los tendones, la carne había crecido y la piel la recubría; pero no tenían espíritu.
Entonces me dijo:
«Conjura al espíritu, conjúralo, hijo de hombre, y di al espíritu: “Esto dice el Señor Dios: ven de los cuatro vientos, espíritu, y sopla sobre estos muertos para que vivan”».
Yo profeticé como me había ordenado; vino sobre ellos el espíritu y revivieron y se pusieron en pie. Era una multitud innumerable.
Y me dijo:
«Hijo de hombre, estos huesos son la entera casa de Israel, que dice: “Se han secado nuestros huesos, se ha desvanecido nuestra esperanza, ha perecido, estamos perdidos”. Por eso profetiza y diles: “Esto dice el Señor Dios: Yo mismo abriré sus sepulcros, y los sacaré de ellos, pueblo mío, y los llevaré a la tierra de Israel. Y cuando abra sus sepulcros y los saque de ellos, pueblo mío, comprenderán que soy el Señor. Pondré mi espíritu en ustedes y vivirán; los estableceré en su tierra y comprenderán que yo, el Señor, lo digo y lo hago” —oráculo del Señor—».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 106, 2-3. 4-5. 6-7. 8-9 (R.: 1)

R. Den gracias al Señor,
porque es eterna su misericordia.


O bien:

R. Aleluya.

V. Que lo confiesen los redimidos por el Señor,
los que él rescató de la mano del enemigo,
los que reunió de todos los países:
oriente y occidente, norte y sur. R.

V. Erraban por un desierto solitario,
no encontraban el camino de ciudad habitada;
pasaban hambre y sed,
se les iba agotando la vida. R.

V. Pero gritaron al Señor en su angustia,
y los arrancó de la tribulación.
Los guió por un camino derecho,
para que llegaran a una ciudad habitada. R.

V. Den gracias al Señor por su misericordia,
por las maravillas que hace con los hombres.
Calmó el ansia de los sedientos,
y a los hambrientos los colmó de bienes. R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Dios mío, instrúyeme en tus sendas,
haz que camine con lealtad. R.

 

Evangelio

Mt 22, 34-40

Amarás al Señor tu Dios, y a tu prójimo como a ti mismo

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, los fariseos, al oír que Jesús había hecho callar a los saduceos, se reunieron en un lugar y uno de ellos, un doctor de la ley, le preguntó para ponerlo a prueba:
«Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la ley?».
Él le dijo:
«“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente”.
Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él:
“Amarás a tu prójimo como a ti mismo”.
En estos dos mandamientos se sostienen toda la Ley y los Profetas».

Palabra del Señor.

 

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Un amor libre y activo

Jesús vuelve a centrar la cuestión en el doble mandamiento del amor, que resume toda la enseñanza de la Ley y de los Profetas: amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente, y amar al prójimo como a uno mismo.

Jesús es libre frente a las situaciones concretas y frente a las innumerables discusiones sobre preceptos y obligaciones. No desprecia la Ley; al contrario, revela su corazón y la lleva a su plenitud. Todo mandamiento encuentra su verdadero sentido cuando conduce al amor. Pero no se trata de un amor meramente sentimental: es un amor libre, concreto y actuante, capaz de convertirse en decisiones, gestos, servicio, perdón y entrega.

El escriba pregunta cuál es el mandamiento más importante, quizá esperando que Jesús elija uno entre los muchos preceptos de la Ley. Jesús, sin embargo, une inseparablemente dos: el amor a Dios y el amor al prójimo. No podemos pretender amar verdaderamente a Dios mientras permanecemos indiferentes ante el hermano; y tampoco el amor cristiano al prójimo se reduce a simple filantropía, porque nace de haber descubierto que cada persona es amada por Dios.

La primera lectura de este día nos ofrece una imagen extraordinaria de lo que puede hacer ese amor divino: el profeta Ezequiel contempla un valle lleno de huesos secos y escucha la promesa de Dios: «Infundiré mi espíritu en ustedes y vivirán» (cf. Ez 37,1-14). Allí donde nosotros vemos esterilidad, fracaso o muerte, Dios puede hacer renacer la vida. El amor de Dios no se limita a contemplar nuestra pobreza: actúa, reconstruye, reúne y vivifica.

También el salmo invita a reconocer esa acción salvadora: quienes estaban perdidos, hambrientos y sin rumbo clamaron al Señor, y Él los condujo por un camino seguro. Por eso repetimos agradecidos: «Den gracias al Señor por su misericordia, por las maravillas que hace con los hombres» (cf. Sal 106/107). Quien se sabe rescatado y amado gratuitamente aprende también a amar gratuitamente.

En la memoria de san Pío X, este Evangelio adquiere además una resonancia especial. Su lema, «Restaurar todas las cosas en Cristo», nos recuerda que la verdadera renovación cristiana comienza permitiendo que Cristo vuelva a ocupar el centro de nuestra vida. Su empeño por acercar a los fieles a la Eucaristía buscaba precisamente eso: que el amor recibido de Cristo se transformara en amor vivido y entregado.

El Evangelio nos deja, entonces, una pregunta sencilla pero exigente: ¿mi amor a Dios se reconoce en la manera como trato a las personas que Él pone hoy en mi camino?

Porque para Jesús amar nunca significa solamente sentir. Amar es elegir el bien del otro, acercarse, perdonar, servir y dejar que Dios haga pasar nuestra vida —y la de nuestros hermanos— de los “huesos secos” a una existencia nueva en el Espíritu.

 

 

2

 

La única ley de la caridad

 

«Cuando los fariseos se enteraron de que Jesús había hecho callar a los saduceos, se reunieron, y uno de ellos, doctor de la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba: “Maestro, ¿cuál es el mandamiento más importante de la Ley?”»
Mateo 22,34-36

El Evangelio de hoy tiene lugar durante la última semana del ministerio público de Jesús, poco después de su entrada triunfal en Jerusalén, cuando las multitudes lo habían aclamado como Mesías, Hijo de David. A medida que avanza la semana, Jesús afronta una sucesión de confrontaciones con diversas autoridades religiosas: los sumos sacerdotes y los ancianos, los fariseos y herodianos, los saduceos y, en el pasaje de hoy, un doctor de la Ley.

Es significativo que estos grupos estuvieran con frecuencia enfrentados entre sí y profundamente divididos en cuestiones de Escritura y doctrina, especialmente los fariseos y los saduceos. Sin embargo, a pesar de sus disputas teológicas, encontraron un terreno común en su oposición a Jesús, uniéndose en sus esfuerzos por desacreditarlo y debilitar su autoridad.

El doctor de la Ley que plantea la pregunta a Jesús era probablemente un escriba, un experto en la Ley de Moisés y en su interpretación dentro de la tradición judía. Los escribas eran considerados maestros e intérpretes autorizados de la Ley y eran consultados con frecuencia sobre asuntos religiosos y jurídicos. Aunque entre sus tareas estaba también la elaboración de documentos legales, su principal función religiosa consistía en estudiar, enseñar y aplicar la Ley de Moisés.

Este escriba en particular se acerca a Jesús no para aprender, sino para ponerlo a prueba, intentando demostrar que carecía de suficiente autoridad teológica. Quizás lo movía el orgullo, creyéndose mucho más instruido en la Ley que Jesús. Sin embargo, como sucedió con los demás intentos de tenderle una trampa durante aquella última semana, Jesús responde no solamente con sabiduría divina, sino con una claridad y una autoridad que silencian a sus adversarios y revelan el verdadero corazón de la Ley.

«Amarás…»

Jesús responde a la pregunta —«Maestro, ¿cuál es el mandamiento más importante de la Ley?»— con una respuesta aparentemente doble:

«Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente».

Y añade:

«El segundo es semejante a este: amarás a tu prójimo como a ti mismo».

Aunque a Jesús solamente le preguntaron cuál era el mandamiento más grande, parece que Él revelara dos mandamientos en lugar de uno. Pero, ¿realmente son dos?

Teológicamente hablando, Jesús no solamente respondió plenamente la pregunta, sino que mostró que el amor a Dios, el amor rectamente entendido a nosotros mismos y el amor al prójimo están tan profundamente unidos que no pueden separarse ni clasificarse en categorías de mayor o menor importancia.

Si amas a Dios verdaderamente, ese amor ordena también el amor a ti mismo y, de manera natural, te conduce al amor hacia los demás. Por eso, esta respuesta aparentemente doble nos presenta en realidad la unidad de la caridad, de la cual dependen «toda la Ley y los Profetas».

No cualquier amor

Hoy utilizamos la palabra amor de muchas y variadas maneras. Algunas formas de amor están arraigadas en las emociones o en la pasión; otras nacen de los vínculos naturales de la amistad o de la familia y están configuradas por el deber y el afecto.

Pero el amor al que Jesús se refiere trasciende las categorías humanas. Es un amor divino: ágape, es decir, caridad. Un amor que no solamente supera las formas naturales del amor humano, sino que también las eleva y transforma.

Cuando el amor humano se une a la caridad divina, es purificado, profundizado y correctamente ordenado hacia Dios. Desde Dios, ese amor vuelve hacia nosotros y, pasando a través de nosotros, llega a los demás.

Así, nuestro amor por los amigos, la familia e incluso por nuestros enemigos llega a ser participación en el amor perfecto y entregado de Dios.

Por eso, amar a Dios con caridad hace surgir la caridad en cada una de nuestras relaciones, introduciéndolas en la vida de la gracia. Este acto único de vivir la caridad —teniendo a Dios como origen y fuente, y al prójimo como destinatario necesario de ese amor divino— cumple perfectamente la Ley y revela la santidad a la que hemos sido llamados.

«Huesos secos, escuchen la Palabra del Señor»

La primera lectura, tomada de Ezequiel 37,1-14, ilumina maravillosamente este Evangelio. El profeta es conducido por el Espíritu hasta un valle lleno de huesos completamente secos. Humanamente, allí ya no hay esperanza. Todo parece terminado. Sin embargo, Dios pregunta:

«Hijo de hombre, ¿podrán revivir estos huesos?»

Y entonces sucede lo inesperado: la Palabra es proclamada, el Espíritu es infundido y aquello que estaba muerto vuelve a la vida. Las lecturas propias del viernes 21 de agosto de 2026 unen precisamente Ez 37,1-14 con Mt 22,34-40.

Aquí podemos comprender algo más profundo sobre la caridad: el amor de Dios da vida. Donde nuestra esperanza encuentra solamente huesos secos, Dios todavía puede ver un pueblo vivo. Donde nosotros vemos un corazón destruido, una familia herida, una persona enferma, una existencia desgastada o un alma que parece haber perdido toda esperanza, Dios sigue diciendo:

«Infundiré mi Espíritu en ustedes y vivirán».

Qué hermosa Palabra para nuestra intención orante de este viernes, cuando queremos encomendar especialmente a quienes sufren en el cuerpo y en el alma. Hay sufrimientos que se ven y otros que nadie alcanza a contemplar: enfermedades, dolores físicos, cansancio, soledad, depresión, heridas interiores, duelos, angustias, incertidumbres, familias rotas, personas que se sienten como aquellos huesos secos del valle.

Hoy pedimos al Señor: pasa nuevamente con tu Espíritu por esos valles de dolor; pronuncia tu Palabra y devuelve esperanza, fortaleza y vida.

«Den gracias al Señor por su misericordia»

Y el Salmo 106/107 prolonga esta esperanza. Habla de hombres que vagaban por el desierto, hambrientos y sedientos, hasta que clamaron al Señor en su angustia y Él los libró de sus aflicciones y los condujo por camino recto. Por eso la asamblea responde agradecida:

«Den gracias al Señor por su misericordia, por las maravillas que hace con los hombres».

El salmo parece decirnos: cuando ya no sabes hacia dónde caminar, clama al Señor. Cuando tu corazón tenga sed, clama al Señor. Cuando el dolor te haga sentir perdido, clama al Señor. El amor de Dios no es indiferente a nuestro sufrimiento: escucha, rescata, alimenta y conduce.

Y quien ha experimentado esa misericordia está llamado después a convertirse en instrumento de misericordia para los demás.

San Pío X: restaurar todo en Cristo

Celebramos además la memoria de san Pío X, papa, cuyo pontificado estuvo marcado por aquel gran ideal: «Restaurar todas las cosas en Cristo».

Comprendió profundamente que la renovación de la Iglesia no podía hacerse lejos de Jesucristo. Por eso promovió la participación más frecuente en la Eucaristía, favoreció la Primera Comunión de los niños y dio un gran impulso a la formación catequética.

San Pío X nos recuerda hoy que no basta enseñar verdades acerca de Cristo: es necesario conducir a las personas al encuentro con Cristo.

La doctrina cristiana no es simplemente un conjunto de conceptos que aprendemos de memoria. Toda la enseñanza de la Iglesia tiene finalmente un centro: amar a Dios y aprender de Él a amar al prójimo.

Gracias, queridos catequistas

Por ello resulta especialmente significativo que en esta memoria de san Pío X celebremos también el Día del Catequista. En Colombia y en otros países latinoamericanos, el 21 de agosto está particularmente vinculado al reconocimiento de quienes dedican su vida y su tiempo a transmitir la fe; la Iglesia colombiana ha destacado esta celebración precisamente en conexión con san Pío X y su impulso a la catequesis.

Hoy queremos decir a nuestros catequistas: ¡gracias!

Gracias por las horas de preparación que muchas veces nadie ve. Gracias por la paciencia con nuestros niños, adolescentes, jóvenes y familias. Gracias por perseverar incluso cuando algunos no responden. Gracias por enseñar las oraciones, los sacramentos, los mandamientos y la Palabra de Dios.

Pero el Evangelio de hoy les recuerda algo todavía más importante: el mejor catequista no es solamente quien sabe explicar bien la fe, sino quien deja transparentar con su vida el amor de Dios.

Podemos enseñar los diez mandamientos, explicar los sacramentos, hablar del Credo y utilizar los mejores métodos pedagógicos; pero si nuestros niños no descubren, a través de nosotros, que Dios los ama, nuestra catequesis quedará incompleta.

Catequista: Dios te ha confiado una misión hermosa. Algunas veces podrás sentir que estás hablando ante «huesos secos», que tus palabras no producen fruto o que aquellos que acompañas no escuchan. Recuerda entonces a Ezequiel: tú proclama la Palabra; el Espíritu se encargará de dar la vida.

Una pregunta para nuestra vida

Reflexiona hoy sobre la calidad y la fuente de tu amor.

¿Está tu amor hacia los demás arraigado en tu amor a Dios?

¿Nace tu amor del tiempo dedicado a la oración, de un corazón purificado por la gracia y del deseo de glorificar a Dios por encima de todas las cosas?

¿Mi manera de tratar a mi familia, a mis amigos, a mis hermanos de comunidad e incluso a quien me resulta difícil amar demuestra que realmente amo a Dios?

No busques amar simplemente por emoción o por obligación, sino con la caridad divina. Cuando lo hagas, tus relaciones no solamente serán transformadas, sino que se convertirán en instrumentos por medio de los cuales Dios toca al mundo.

Y hoy añadamos una última pregunta: ¿a quién puedo acercarme para que no tenga que sufrir solo?

Quizás el cumplimiento del mandamiento del amor hoy tenga un nombre concreto: visitar a un enfermo, escuchar a quien está triste, acompañar a quien atraviesa una crisis, llamar a quien está solo, perdonar, llevar alimento, ayudar económicamente, ofrecer nuestro tiempo o simplemente permanecer junto a alguien que está sufriendo.

Porque el mandamiento más grande no se queda en palabras:

el amor a Dios se hace visible cuando se convierte en amor concreto al hermano.

Oración

Señor mío y fuente de toda caridad, atráeme hacia un amor profundo y purificador por Ti, una caridad que abarque todo mi corazón, toda mi alma y toda mi mente.

Desde ese amor divino, derrama por medio de mí tu caridad sobre los demás, para que todo lo que soy y todo lo que hago sea cumplimiento del único y glorioso mandamiento al que me has llamado.

Infunde hoy tu Espíritu sobre nuestros “huesos secos”. Devuelve vida y esperanza a quienes sufren en el cuerpo y en el alma; fortalece a nuestros enfermos, consuela a los tristes, acompaña a quienes se sienten solos y levanta a quienes han perdido la esperanza.

Bendice especialmente a nuestros catequistas. Que, por intercesión de san Pío X, sean discípulos enamorados de Ti, testigos alegres del Evangelio y sembradores incansables de tu Palabra.

Jesús, en Ti confío. Amén.

 



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21 de agosto:

San Pío X, Papa — Memoria
1835–1914
Patrono de los niños de Primera Comunión y de los peregrinos
Canonizado por el Papa Pío XII el 29 de mayo de 1954



Cita

Después de una cuidadosa deliberación sobre todos estos puntos, esta Sagrada Congregación de la Disciplina de los Sacramentos, en reunión general celebrada el 15 de julio de 1910, con el fin de eliminar los abusos antes mencionados y lograr que los niños, incluso desde sus tiernos años, puedan unirse a Jesucristo, vivir su vida y obtener protección contra todo peligro de corrupción, ha considerado necesario prescribir las siguientes normas que deben observarse en todas partes para la Primera Comunión de los niños:

1.    La edad de discreción, tanto para la Confesión como para la Sagrada Comunión, es el momento en que el niño comienza a razonar, es decir, alrededor de los siete años, más o menos. A partir de ese momento comienza la obligación de cumplir el precepto tanto de la Confesión como de la Comunión…
~Quam Singulari, decisión de San Pío X, 1910


Reflexión

Giuseppe Melchiorre Sarto nació en Riese, Reino de Lombardía-Venecia, hoy Italia. Nació en una familia pobre, siendo el segundo de diez hijos. Su padre era cartero y su madre costurera. Su familia era muy devota, y Giuseppe aprendió la fe católica tanto con la palabra como con el ejemplo. De niño fue educado en casa y por el párroco local, el padre Tito Fusaroni, quien quedó muy impresionado por la piedad y la inteligencia de Giuseppe. Como resultado, cuando Giuseppe tuvo la edad suficiente, el padre Fusaroni pagó su educación en el gimnasio de Castelfranco Véneto, a solo unos kilómetros de su casa, adonde iba caminando cada día. Por ser pobre, a menudo fue objeto de burlas por parte de otros estudiantes, pero esto solo fortaleció su carácter. El gimnasio, como se le llamaba, era una escuela orientada a la excelencia académica y a preparar a los estudiantes para estudios posteriores. Alrededor de los quince años, el padre Fusaroni consiguió una beca para Giuseppe, quien fue enviado al Seminario de Padua, a poco más de veinte millas al sur de su hogar, donde estudió clásicos, filosofía y teología. Avanzó hasta ser el primero de su clase, pero permaneció orante, generoso, bondadoso y humilde, manifestando siempre una fe inquebrantable. Al concluir sus estudios, fue ordenado sacerdote el 18 de septiembre de 1858, a los veintitrés años.

Después de la ordenación, el padre Sarto se convirtió en vicario parroquial en Tombolo, donde pasó los siguientes ocho años. El párroco, el padre Constantini, era mayor y con frecuencia enfermizo, lo que significaba que el padre Sarto pronto se convirtió en el párroco de hecho, cumpliendo la mayoría de las funciones sacerdotales. Tenía un gran respeto por su párroco y buscaba a menudo su consejo. El padre Constantini, a su vez, creció en admiración hacia el padre Sarto. Más tarde dijo de él: “Es tan celoso, tan lleno de buen sentido y de otros dones preciosos, que soy yo quien puede aprender mucho de él. Algún día llevará la mitra, de eso estoy seguro. Después de eso… ¿quién sabe?”. En Tombolo, el padre Sarto fue especialmente atento a las necesidades de los pobres —pues él mismo se había criado en la pobreza—, enseñaba clases de educación de adultos, dirigía el coro parroquial en canto gregoriano, preparaba cuidadosamente sus homilías, pedía consejo y mostraba una genuina preocupación por el bien de sus feligreses. En su tiempo libre continuaba sus estudios por cuenta propia, profundizando en la teología de Santo Tomás de Aquino y en el derecho canónico.

En 1867, debido a su excelente labor en Tombolo, el padre Sarto fue nombrado arcipreste de Salzano. Como arcipreste, tuvo responsabilidades administrativas y pastorales sobre todo el territorio, con la ayuda de sacerdotes bajo su cargo. Continuó con las prácticas pastorales a las que estaba acostumbrado, además de restaurar la iglesia en ruinas, ampliar el hospital católico y cuidar de los enfermos durante un brote de cólera.

A los cuarenta años, el padre Sarto fue elevado a las importantes responsabilidades de canónigo de la catedral de Treviso, canciller y vicario general. También se convirtió en director espiritual del seminario diocesano, donde se dedicó profundamente a la formación de nuevos sacerdotes. Estas responsabilidades importantes, sin embargo, no lo alejaron del pueblo sencillo. Se mantuvo fiel a la enseñanza del catecismo a niños y adultos, y siempre tendía la mano a los pobres y necesitados.

En 1884, el Papa León XIII nombró al canónigo Sarto obispo de Mantua, en el norte de Italia. Aunque al principio se resistió, el Papa insistió. En ese tiempo, la diócesis de Mantua estaba en desorden. Apenas catorce años antes, la Iglesia había perdido el poder temporal sobre los Estados Pontificios por la creación del Reino de Italia. La Iglesia y el Estado a menudo estaban enfrentados. La Iglesia había perdido gran parte de su influencia, propiedades y control interno en esos territorios, incluida Mantua. Como resultado, el obispo Sarto encontró una gran indiferencia y un secularismo rampante. Se puso manos a la obra: revitalizó la educación de los laicos, se dedicó personalmente a la enseñanza en el seminario, reintrodujo la teología escolástica de Santo Tomás de Aquino y el canto gregoriano, y dio nueva vida a sus seminaristas, presbiterio y diócesis. Debido a su buen trabajo, en 1893 el Papa León XIII lo nombró patriarca de Venecia y cardenal.

En Venecia, el cardenal Sarto continuó haciendo lo que siempre había hecho. Se dedicó al seminario, donde estableció la enseñanza de Santo Tomás de Aquino, el uso del canto gregoriano e introdujo una facultad de derecho canónico. Siguió catequizando a jóvenes y adultos, se comprometió en obras sociales, evitó la política y nunca perdió su afecto por los pobres, atendiéndolos siempre que podía. En 1903, después de nueve años en Venecia, murió el Papa León XIII y los cardenales se reunieron para elegir a su sucesor. La elección de un papa en aquel entonces estaba regida por las normas establecidas en 1588 por el Papa Sixto V. Esas normas permitían la influencia externa, como los vetos, ejercidos por algunas autoridades civiles. En el cónclave de 1903, el emperador de Austria vetó al cardenal Mariano Rampolla del Tindaro, secretario de Estado de León XIII, quien había sido elegido en primera instancia. Este veto fue transmitido por el príncipe-obispo de Cracovia. Pocas votaciones después, el cardenal Sarto recibió un consentimiento casi unánime y fue elegido papa a los 68 años, eligiendo el nombre de Pío X. Posteriormente cambió las normas de los cónclaves, eliminando toda influencia externa como el veto.

Como papa, Pío X tomó como lema: “Restaurar todas las cosas en Cristo” (cf. Ef 1,10). Permaneció como había sido cuando era párroco, director espiritual y obispo: humilde, sencillo, amante de la enseñanza a los niños y atento a los pobres. Introdujo un catecismo universal, reformó la curia, renovó la formación en los seminarios, revisó el Código de Derecho Canónico, revitalizó la liturgia, promovió el canto gregoriano y enfatizó la enseñanza de Santo Tomás de Aquino. En el fondo, era un pastor, no un diplomático ni un político. Sin ambiciones, nunca buscó las elevaciones que recibió, sino que aceptó todo en Cristo, con humildad y entrega.

De manera especial, su amor por los niños y su larga historia de catequizarlos lo llevaron a bajar la edad de la Primera Comunión de los doce a los siete años, animando a la comunión frecuente de los niños y de todo el pueblo. Muy devoto de la Santísima Virgen María, hablaba de Ella con frecuencia y la honraba con ternura. Aunque nunca recibió un doctorado, fue altamente inteligente y se opuso firmemente al modernismo dentro de la Iglesia católica, al que consideraba una “síntesis de todas las herejías”, donde las doctrinas se presentaban de forma fragmentaria, creando dudas. En respuesta, predicó que la fe católica era profundamente razonable, sistemática y clara, de ahí su amor por Santo Tomás de Aquino y el derecho canónico.

Después de la muerte de Pío X, se convirtió en el primer papa canonizado desde San Pío V, fallecido en 1572. Su muerte llegó apenas unas semanas después del inicio de la Primera Guerra Mundial. Al ver las crecientes tensiones en el mundo, su corazón pastoral se angustiaba profundamente, y el dolor que veía desarrollarse ante él pudo haber contribuido a su fallecimiento.

Al honrar al primer papa santo del siglo pasado, contemplemos su lenta ascensión desde un simple vicario parroquial hasta pastor del mundo. Esto se realizó por mano de Dios. Todo lo que hizo San Pío X fue amar, enseñar, cuidar a los pobres, orar y ser fiel a las enseñanzas de Cristo. Dios hizo el resto. De nuestra parte, nuestro deber es hacer bien cada cosa pequeña, amando a Dios y al prójimo en cada momento de nuestra vida. Si lo hacemos bien y repetidamente, Dios podrá usarnos de maneras inimaginables.


Oración

San Pío X, en tu esencia fuiste un pastor y un guía de almas que amó a los pobres y deseó que todos llegaran a conocer a Cristo. Ruega por mí, para que Dios pueda servirse de mí para grandes cosas, haciendo cada cosa pequeña con gran amor. Ruega por nuestro Santo Padre, la Curia Romana, todos los clérigos y religiosos, y por toda la Iglesia. Ruega también por los pobres y abandonados, los que no tienen fe y los recién convertidos. Que tus oraciones ganen muchas almas para Dios, como lo hicieron tus acciones mientras le servías en la tierra.
San Pío X, ruega por mí.
Jesús, en Ti confío.

 

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