Fiesta de la Presentación del Señor
Hoy
celebramos la Presentación del Señor, también conocida
como la fiesta de la luz. Cuarenta días después de la Navidad, María y José
presentan a Jesús en el templo, cumpliendo la Ley, y lo ofrecen totalmente al
Padre. Cristo, luz del mundo, es reconocido por Simeón y Ana como salvación
para todos los pueblos.
Esta
fiesta nos recuerda que toda vida es don y ofrenda, y que somos llamados a
presentarnos ante Dios con un corazón disponible, para dejarnos iluminar por
Aquel que viene a nuestro encuentro y da sentido pleno a nuestra esperanza.
G.Q
Solidario con nuestra fragilidad
(Hb 2,14-18, Sal 24(23),7.8.9.10 (R. cf. Dn
3,53a) / Lc 2,22-40)
Hoy la Iglesia celebra la Presentación del Señor,
misterio de luz y de encuentro. En la carta a los Hebreos contemplamos a Cristo
que comparte plenamente nuestra condición humana para liberarnos del temor y
del pecado, haciéndose solidario con nuestra fragilidad. Él es el Hijo que
entra en nuestra historia para salvarla desde dentro.
El salmo nos invita a abrir las puertas para que
entre el Rey de la gloria, el Señor fuerte y poderoso. Y en el Evangelio, Jesús
es presentado en el templo como primogénito y ofrenda al Padre: Simeón y Ana,
testigos de una larga espera, reconocen en ese Niño la luz para alumbrar a las
naciones y la gloria de su pueblo.
Dispongamos el corazón para acoger a Cristo, luz
verdadera, y dejemos que su presencia ilumine nuestras sombras y renueve
nuestra esperanza.
Palabra de Dios.
Heb 2, 14-18
Tenía que
parecerse en todo a sus hermanos
Lectura de la carta a los Hebreos.
LO mismo que los hijos participan de la carne y de
la sangre, así también participó Jesús de nuestra carne y sangre, para
aniquilar mediante la muerte al señor de la muerte, es decir, al diablo, y
liberar a cuantos, por miedo a la muerte, pasaban la vida entera como esclavos.
Noten que tiende una mano a los hijos de Abrahán,
no a los ángeles. Por eso tenía que parecerse en todo a sus hermanos, para ser
sumo sacerdote misericordioso y fiel en lo que a Dios se refiere, y expiar los
pecados del pueblo. Pues, por el hecho de haber padecido sufriendo la
tentación, puede auxiliar a los que son tentados.
Palabra de Dios.
Salmo
Sal
23, 7. 8. 9. 10 (R.: 10bc)
R. El Señor, Dios del universo,
él es el Rey de la gloria.
V. ¡Portones!, alcen los dinteles,
que se alcen las puertas eternales:
va a entrar el Rey de la gloria. R.
V. ¿Quién es ese Rey de la gloria?
El Señor, héroe valeroso,
el Señor valeroso en la batalla. R.
V. ¡Portones!, alcen los dinteles,
que se alcen las puertas eternales:
va a entrar el Rey de la gloria. R.
V. ¿Quién
es ese Rey de la gloria?
El Señor, Dios del universo,
él es el Rey de la gloria. R.
Aclamación
R. Aleluya, aleluya,
aleluya.
V. Luz para alumbrar a las naciones
y gloria de tu pueblo Israel. R.
Evangelio
Lc 2, 22-40
(forma larga)
Mis ojos han visto a tu
Salvador
Lectura del santo Evangelio según san Lucas.
CUANDO se cumplieron los días de la purificación, según la ley de Moisés, los
padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén para presentarlo al Señor, de acuerdo
con lo escrito en la ley del Señor: «Todo varón primogénito será consagrado al
Señor», y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor: «un par de
tórtolas o dos pichones».
Había entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso,
que aguardaba el consuelo de Israel; y el Espíritu Santo estaba con él. Le
había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de ver
al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu, fue al templo.
Y cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo
acostumbrado según la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo:
«Ahora, Señor, según tu promesa,
puedes dejar a tu siervo irse en paz.
Porque mis ojos han visto a tu Salvador,
a quien has presentado ante todos los pueblos:
luz para alumbrar a las naciones
y gloria de tu pueblo Israel».
Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del niño. Simeón los
bendijo y dijo a María, su madre:
«Este ha sido puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; y será
como un signo de contradicción —y a ti misma una espada te traspasará el alma—,
para que se pongan de manifiesto los pensamientos de muchos corazones».
Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, ya muy
avanzada en años. De joven había vivido siete años casada, y luego viuda hasta
los ochenta y cuatro; no se apartaba del templo, sirviendo a Dios con ayunos y
oraciones noche y día. Presentándose en aquel momento, alababa también a Dios y
hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén.
Y, cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, se volvieron a
Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño, por su parte, iba creciendo y
robusteciéndose, lleno de sabiduría; y la gracia de Dios estaba con él.
Palabra del Señor.
1
Hoy
la Iglesia celebra una fiesta preciosa y luminosa: la Presentación del Señor.
Es, a la vez, una fiesta de encuentro
y una fiesta de luz.
Encuentro, porque en el templo se cruzan caminos: el de María y José, el de
Simeón y Ana, el de todo Israel que espera… y el camino de Dios que entra en su
casa. Luz, porque ese Niño que llega en brazos de su Madre es reconocido como “luz para alumbrar a las naciones”.
Y
en esta Eucaristía, además, elevamos una intención muy concreta: oramos por nuestros fieles difuntos.
¿Qué mejor día para hacerlo que hoy, cuando el Evangelio nos muestra que la
vida humana—con sus alegrías y sus sombras—encuentra sentido cuando se
“presenta” ante Dios, cuando se pone en sus manos?
5)
Dios
no se quedó mirando desde lejos
La
carta a los Hebreos nos regala una frase decisiva: Cristo “participó de nuestra sangre y de
nuestra carne”. Es decir: Dios no nos salva desde un balcón,
sino desde dentro; no nos acompaña solo con ideas bonitas, sino con una presencia real. Se hizo
uno de nosotros.
Y
¿para qué? Hebreos lo dice con claridad: para liberarnos del miedo que esclaviza,
especialmente del miedo más profundo: el miedo a la muerte, el miedo a perderlo
todo. Cristo asume nuestra condición mortal para abrir un camino nuevo: la
muerte ya no es un callejón sin salida, sino una puerta hacia el Padre.
Por
eso, cuando hoy oramos por nuestros difuntos, no lo hacemos desde la
resignación, sino desde la fe: creemos que Aquel que compartió nuestra carne y
nuestra sangre puede también tomar
de la mano a nuestros hermanos y hermanas que han partido, y
conducirlos a la casa del Padre.
2)
“¡Abran las puertas!”: el templo y el corazón
El
Salmo 24 repite con fuerza: “¡Portones,
alcen los dinteles!” Es una imagen bellísima: como si la
liturgia de hoy nos dijera: deja
pasar al Rey de la gloria. Pero no solo en el templo de piedra;
sobre todo en el templo
del corazón.
¿Cuáles
son esas “puertas” que a veces se quedan cerradas?
·
La
puerta del duelo
cuando parece que la ausencia pesa más que la esperanza.
·
La
puerta del rencor
que no deja descansar el alma.
·
La
puerta del miedo
a nuestro propio futuro.
·
La
puerta de la indiferencia
que enfría la fe.
Hoy
el Señor pide entrar. Y cuando el Rey de la gloria entra, no entra para
humillarnos, sino para sostenernos;
no entra para juzgarnos con dureza, sino para sanarnos con misericordia.
3)
La “presentación”: ofrecer a Dios lo que somos
El
Evangelio es sencillo y, por eso mismo, profundo. María y José cumplen la Ley:
presentan al Niño y ofrecen lo que pueden, la ofrenda de los pobres. Pero en
realidad, lo que ocurre es mucho más grande: Dios se presenta a sí mismo en medio de su
pueblo.
Y
aparecen dos ancianos, Simeón y Ana, que representan la esperanza perseverante.
Simeón toma al Niño en brazos y canta. ¡Qué escena! Un anciano sosteniendo al
Eterno. Un hombre pequeño cargando a Dios, y al mismo tiempo siendo cargado por
Él.
Simeón
nos enseña algo clave para la vida espiritual: quien aprende a reconocer a
Jesús, aprende también a leer su propia historia con paz. Por eso dice: “Ahora, Señor, puedes dejar a tu siervo
irse en paz”. No es fatalismo; es plenitud. Es la paz de quien
sabe que su vida no se pierde, sino que se entrega.
Aquí
está la conexión más hermosa con nuestra intención de hoy: nuestros difuntos son
como Simeón en el momento definitivo: han presentado su vida ante Dios. Y
nosotros pedimos que el Señor los reciba, los purifique de todo límite y los
introduzca en la alegría de su luz.
4)
La profecía que atraviesa el corazón
Pero
el Evangelio no endulza la realidad. Simeón también anuncia una espada: “y a ti una espada te atravesará el alma”.
La fe cristiana no niega el dolor. María no es una mujer de yeso: es Madre, y
el amor verdadero siempre se expone a la herida.
¿Cuántas
espadas atraviesan también nuestros corazones cuando despedimos a alguien? Hay
espadas de nostalgia, de preguntas, de culpas, de asuntos inconclusos. La fiesta
de hoy nos dice algo muy consolador: Dios
entra también en esas espadas. Cristo no vino solo para las
horas luminosas, sino también para las noches del alma.
Y
por eso nuestra oración por los difuntos es tan cristiana: no es solo un
recuerdo bonito; es un acto de amor y de fe. Es decirle al Señor: “Recíbelos en tu luz, y recíbenos a
nosotros cuando llegue la hora”.
5)
Tres invitaciones concretas
En
esta fiesta, el Señor nos deja tres invitaciones sencillas:
1.
Presenta tu vida a Dios hoy.
No esperes “el momento perfecto”. Presenta tu cansancio, tu pecado, tu familia,
tu ministerio, tus proyectos. La vida se ordena cuando se ofrece.
2.
Abre tus puertas al Rey de la gloria.
Tal vez haya una puerta específica que necesitas abrir: perdonar,
reconciliarte, retomar la oración, volver a la Eucaristía con más hondura.
3.
Ama con esperanza a tus difuntos.
Reza por ellos. Nómbralos en tu corazón. Ofrece por ellos una misa, una obra de
caridad, un gesto de reconciliación. El amor no muere; se transforma, y en
Cristo se vuelve intercesión.
Conclusión
Hoy,
en el templo, no solo se presenta Jesús: hoy Jesús se presenta a nosotros. Él es el que
comparte nuestra carne y nuestra sangre; el que entra como Rey de gloria; el
que ilumina nuestra historia; el que acompaña nuestros duelos; el que abre para
nuestros difuntos la puerta de la vida.
Que
esta Eucaristía sea, para todos, un encuentro verdadero con Cristo Luz. Y que,
al orar por nuestros fieles difuntos, el Señor nos conceda la gracia que Simeón
cantó: vivir y morir en
paz, con los ojos puestos en la salvación que Dios prepara para
su pueblo.
2
En
esta fiesta de la Presentación del Señor, la liturgia nos regala una escena
sencilla y, a la vez, inmensa: un
Niño llevado al templo, una Madre silenciosa, un padre
obediente, una ofrenda pobre… y, detrás de todo, Dios entrando en su casa.
Hoy celebramos la “fiesta del encuentro”: el encuentro de Dios con su pueblo, y
el encuentro de nuestro corazón con la luz verdadera.
En
el evangelio tenemos dos
paradojas hermosas: la purificación de María y la “redención”
ritual de Jesús. Ambas, a primera vista, parecen innecesarias. Pero justamente
ahí está la lección: la humildad
conduce a la gloria. Y por eso esta fiesta, tan luminosa,
también es profundamente consoladora cuando oramos por nuestros fieles difuntos.
1)
“Envío a mi mensajero”: Dios viene a purificar
El
profeta Malaquías anuncia: “De
pronto entrará en el santuario el Señor a quien ustedes buscan”. Y
añade una imagen exigente: vendrá
como fuego que purifica, como lejía que lava. No se trata de un
Dios que viene a aplastar, sino de un Dios que viene a purificar para salvar.
A
veces quisiéramos un Dios que solo confirme lo que ya somos, que no nos
incomode. Pero el Señor entra en el templo para hacer verdadero culto, para que la ofrenda
sea “agradable”. Y aquí está un punto clave: la purificación que Dios realiza
no es humillante; es liberadora. Él limpia para sanar, corrige para levantar,
prueba para fortalecer.
Por
eso hoy, al recordar a nuestros difuntos, esta palabra nos sostiene: creemos
que Dios, que es justo y misericordioso, purifica
lo que haya que purificar, y acoge en su paz a quienes han
caminado con fragilidad. Nuestra oración no niega las sombras de la vida; las
entrega a la luz de Dios.
2)
“¡Abran las puertas!”: el Rey de la gloria entra
El
Salmo 24 pone en nuestros labios un grito solemne: “¡Portones, alcen los dinteles!” ¿Para qué?
Para que entre el Rey de
la gloria.
Pero
hoy ese Rey no entra con trompetas ni con ejército. Entra como un Niño en brazos de su
Madre. Entra pequeño. Entra pobre. Entra obediente a la Ley. Es el gran estilo
de Dios: su gloria se revela por el camino de la humildad.
Y
aquí el salmo se vuelve examen del corazón: ¿qué puertas están cerradas?
·
la
puerta del orgullo que no reconoce límites;
·
la
puerta de la autosuficiencia que no pide ayuda;
·
la
puerta del resentimiento que no perdona;
·
la
puerta del miedo, especialmente cuando la muerte nos hiere.
Cuando
hoy decimos “¡abran!”, es como si la Iglesia nos pidiera abrir también esa
puerta dolorosa del duelo para que el Rey de la gloria entre allí con su luz.
3)
La primera paradoja: María “se purifica” siendo Purísima
La
Ley pedía un rito de purificación después del parto. Y sin embargo, María, la
llena de gracia, no
necesitaba purificación. ¿Por qué entonces lo hace? Porque nos
enseña una santidad concreta: la santidad que no se exhibe, la santidad que no
se justifica a sí misma, la santidad que prefiere
obedecer antes que imponerse.
¡Qué
medicina para nuestro tiempo, tan tentado por la autoafirmación! A veces
creemos que la grandeza está en decir “yo tengo razón” o “yo estoy por encima”.
María nos muestra otra ruta: la
humildad que se somete por amor, no por servilismo. La humildad
que confía en Dios y no en la propia imagen.
Esa
humildad es la que, en el fondo, prepara el corazón para la paz. Y la paz es lo
que tanto anhelamos cuando despedimos a un ser querido. María, humilde, nos
enseña a entregar, a no retener, a poner en manos de Dios lo que no
controlamos.
4)
La segunda paradoja: Jesús “es rescatado” siendo el Salvador
La
Ley pedía presentar y “rescatar” al primogénito. Pero Jesús no necesita ser rescatado:
Él es el Hijo eterno, el Santo de Dios, el verdadero Cordero. Y sin embargo se
deja presentar como uno más. ¿Por qué? Porque su misión es unirse a nosotros
hasta el fondo: Él se
ofrece para que nosotros podamos ser ofrecidos con Él.
Aquí
está el corazón de la fiesta: Jesús entra en el templo como ofrenda humilde, y
con ese gesto anuncia toda su vida: un día será ofrecido en la Cruz. Su
humildad no es debilidad: es amor
obediente. Es el amor que se abaja para levantarnos.
Por
eso esta celebración ilumina nuestra oración por los difuntos: si Cristo ha
hecho de su vida una ofrenda al Padre, entonces también quienes mueren en Él no se pierden, sino que
son presentados al Padre como fruto de la Pascua de Cristo. Nuestra fe no dice
que la muerte no duele; dice que la muerte no tiene la última palabra.
5)
Simeón y Ana: la esperanza que aprende a mirar
El
Evangelio nos muestra a Simeón y Ana, dos ancianos que han aprendido el arte
más difícil: esperar.
Simeón toma al Niño en brazos y canta: “mis
ojos han visto a tu Salvador”. Qué imagen tan poderosa: la
salvación cabe en unos brazos temblorosos. Y, a la vez, esos brazos se
sostienen porque sostienen a Cristo.
Simeón
nos ofrece una palabra que toca de lleno nuestra intención: “ahora puedes dejar a tu siervo irse en
paz”. No es un “me rindo”, es un “he encontrado el sentido”. Quien
encuentra a Cristo aprende a vivir de otra manera… y también aprende a morir de
otra manera: en paz, con
esperanza.
Hoy,
al orar por nuestros difuntos, le pedimos al Señor que se cumpla para ellos
este canto: que estén en su luz, que gocen de su paz, que contemplen lo que
Simeón anticipó: la salvación preparada por Dios.
6)
Tres llamadas para nosotros hoy
1.
Acepta la humildad que purifica.
Hay cosas que el Señor quiere limpiar en nosotros: orgullo, dureza,
impaciencia, doblez. No tengamos miedo al “fuego” de Dios: su fuego no
destruye, purifica.
2.
Haz de tu vida una ofrenda.
Presenta tu jornada, tus trabajos, tus penas, tu familia, tu ministerio, tu
enfermedad si la hay. Dile al Señor: “Aquí estoy”. En Cristo, incluso lo
pequeño se vuelve valioso.
3.
Ora por los difuntos con fe y con amor.
No es un trámite piadoso: es caridad. Nómbralos en tu corazón, ofrece por ellos
esta Eucaristía, una obra de misericordia, un perdón que sane historias.
Creemos en la comunión de los santos: el amor no se corta; se transforma en intercesión.
Conclusión
Hoy
el Señor entra en su templo, y entra también en el templo de nuestra vida.
Entra humilde, y por eso mismo entra victorioso. Entra para purificar, para
salvar, para iluminar. Que María nos enseñe la obediencia humilde; que Jesús
nos enseñe a ofrecernos al Padre; que Simeón y Ana nos contagien esperanza.
Y
mientras encendemos en el corazón la luz de esta fiesta, elevemos nuestra
súplica: Señor, recibe en
tu Reino a nuestros fieles difuntos; que tu fuego los
purifique, que tu luz los ilumine, que tu paz los abrace. Y a nosotros
concédenos vivir de tal modo que, llegado el día, también podamos decir con
Simeón: “Mis ojos han visto tu salvación”.
*************
2 de febrero
La Presentación del Señor- Fiesta
Cita:
Cuando se cumplieron los días de la purificación, según la Ley de Moisés,
María y José llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarlo al Señor, como está
escrito en la Ley del Señor: «Todo varón primogénito será consagrado al Señor»,
y para ofrecer el sacrificio «de un par de tórtolas o dos pichones», conforme a
lo prescrito en la Ley del Señor.
~ Lucas 2,22–24
Reflexión:
María y José eran judíos fieles que obedecían la
Ley de Moisés. La Ley judía prescribía que debían realizarse dos actos rituales
en el caso de un hijo primogénito. En primer lugar, la madre de un hijo recién
nacido quedaba ritualmente impura durante siete días, y luego debía “permanecer
treinta y tres días más en estado de purificación de la sangre” (Levítico
12,2–8). Durante esos cuarenta días no debía “tocar nada sagrado ni entrar en
el santuario hasta que se cumplieran los días de su purificación”. Por esta
razón, la fiesta de hoy ha sido llamada en algunos momentos la “Purificación de
María”.
En segundo lugar, el padre del hijo primogénito
debía “rescatar” al niño haciendo una ofrenda al sacerdote de cinco siclos,
para que el sacerdote presentara luego al niño al Señor (véase Números 18,16).
Recordemos que el primogénito varón de todos los egipcios —tanto de los
animales como de los hijos— fue muerto durante la décima plaga, mientras que
los primogénitos varones de los israelitas fueron preservados. Así, esta
ofrenda hecha por el primogénito en el Templo era una manera de rescatarlo
ritualmente en conmemoración de la protección recibida durante aquella plaga.
Puesto que Jesús fue presentado en el Templo para este rescate, la fiesta de
hoy es conocida como la “Presentación en el Templo”.
“Candelaria” es también un nombre tradicional dado
a esta fiesta, porque ya desde el siglo V se desarrolló la costumbre de celebrarla
con velas encendidas. Las velas simbolizan la profecía de Simeón de que Jesús
sería “luz para revelación de los gentiles”. Finalmente, esta fiesta también ha
sido llamada la “Fiesta del Santo Encuentro”, porque Dios, en la Persona de
Jesús, se encontró con Simeón y Ana en el Templo.
Esta fiesta se celebra en nuestra Iglesia cuarenta
días después de la Navidad, marcando el día en que María y José habrían llevado
a Jesús al Templo. Aunque María era pura y libre de pecado desde el momento de
su concepción, y aunque el Hijo de Dios no necesitaba ser rescatado, María y
José cumplieron estas obligaciones rituales.
En el corazón de esta celebración está el encuentro
de Simeón y Ana con el Niño Jesús en el Templo. En ese santo encuentro, la
divinidad de Jesús se manifiesta por primera vez a través de un profeta humano.
En su nacimiento, los ángeles proclamaron su divinidad a los pastores, pero en
el Templo, Simeón fue el primero en comprender y proclamar a Jesús como el
Salvador del mundo. También profetizó que esta salvación se realizaría mediante
una espada de dolor que atravesaría el Inmaculado Corazón de María. Ana,
profetisa, también se adelantó y “daba gracias a Dios y hablaba del niño a
todos los que aguardaban la redención de Jerusalén” (Lucas 2,38). Así, estos
actos rituales fueron también un momento en el que la misión divina de Jesús se
manifestó al mundo.
Al celebrar la purificación ritual de María y el
rescate ritual de Jesús, debemos verlos como actos en los que estamos llamados
a participar. En primer lugar, cada uno de nosotros es indigno de entrar en el
verdadero Templo del Señor en el Cielo. Sin embargo, somos invitados a entrar
en ese Templo en unión con María, nuestra Madre bendita. Fue su consentimiento
a la voluntad de Dios lo que abrió la puerta de la gracia divina para todos
nosotros, permitiéndonos convertirnos espiritualmente en “madres” de Jesús, al
dejar que Él nazca en nuestros corazones por la gracia. Con ella, ahora podemos
comparecer ante Dios, purificados y santos a sus ojos.
También debemos ver a san José rescatándonos cuando
presentó a Jesús en el Templo. Al ofrecer a Cristo Jesús al sacerdote para que
lo ofreciera al Padre, san José presenta también a todos los que se esfuerzan
por vivir en unión con Jesús. La esperanza es que, como Simeón y Ana, otros
vean a Dios vivo dentro de nosotros y experimenten al Salvador del mundo a
través de nosotros.
Medita hoy en tu alma como el nuevo templo del
Señor y reconoce tu necesidad de ser purificado y ofrecido al Padre del Cielo.
Mientras Cristo continúa entrando en el templo de tu alma, ruega para que Él
resplandezca de tal modo que otros puedan verlo y que, como Simeón y Ana,
encuentren a nuestro Señor en ti.
Oración:
Señor mío y Salvador, tus amorosos padres te
ofrecieron a tu Padre en el Templo conforme a la Ley que revelaste a Moisés. En
esa ofrenda, nuestras almas son purificadas y somos ofrecidos a tu Padre
contigo. Te doy gracias por el don de la salvación y te pido que mi alma
irradie siempre tu luz mientras habitas en mí. Jesús, en ti confío.


