Antiguo y moderno
Sorprendente
libro de los Proverbios, tan antiguo y, sin embargo, siempre actual. En pocas
líneas, el autor nos invita a adoptar actitudes de profunda humanidad,
igualmente pertinentes hoy: desconfiar de nuestra indulgencia hacia nosotros
mismos, cuando disculpamos con facilidad nuestros errores y juzgamos con dureza
los de los demás; practicar la justicia antes que conformarnos con las apariencias
religiosas; mirar con humildad nuestra vida y escuchar el clamor del pobre.
Esta
sabiduría antigua ilumina situaciones muy actuales. Podemos estar convencidos
de tener razón y, sin embargo, necesitar una conversión del corazón. Podemos
multiplicar las palabras piadosas y pasar de largo ante alguien que necesita
ayuda. Podemos desear un mundo más justo y olvidar que la justicia comienza en
nuestra manera de tratar a quienes tenemos cerca.
Dios
conoce lo que se esconde detrás de nuestras justificaciones. Su mirada nos
invita a vivir con sinceridad, a reconocer nuestras faltas y a hacer el bien
sin buscar aplausos. La fe se vuelve creíble cuando se expresa en decisiones
concretas: escuchar con paciencia, actuar con honradez, compartir lo que
tenemos y defender la dignidad del prójimo.
También
Jesús nos recuerda que la cercanía con él nace de escuchar la Palabra de Dios y
ponerla en práctica. Esa Palabra, tan antigua y siempre nueva, quiere
transformar nuestra manera de vivir.
¿Qué enseñanza de Dios necesito convertir hoy en un gesto
concreto?
Primera lectura
Prov
21, 1-6. 10-13
Sentencias
diversas
Lectura del libro de los Proverbios.
EL corazón del rey es una acequia
que el Señor canaliza adonde quiere.
El hombre juzga recto su camino,
pero el Señor pesa los corazones.
Practicar el derecho y la justicia
el Señor lo prefiere a los sacrificios.
Ojos altivos, corazón ambicioso;
faro de los malvados es el pecado.
Los planes del diligente traen ganancia;
los del hombre atolondrado, indigencia.
Tesoros ganados con boca embustera,
humo que se disipa y trampa mortal.
El malvado se afana en el mal,
nunca se apiada del prójimo.
Castigas al cínico y aprende el inexperto,
pero el sabio aprende oyendo la lección.
El honrado observa la casa del malvado
y ve cómo se hunde en la desgracia.
Quien cierra los oídos al clamor del pobre
no será escuchado cuando grite.
Palabra de Dios.
Salmo
Sal
118, 1. 27. 30. 34. 35. 44 (R.: 35a)
R.
Guíame, Señor, por la senda de tus mandatos.
V.
Dichoso el que, con vida intachable,
camina en la ley del Señor. R.
V. Instrúyeme en el
camino de tus mandatos,
y meditaré tus maravillas. R.
V. Escogí el camino
verdadero,
deseé tus mandamientos. R.
V.
Enséñame a cumplir tu ley
y a guardarla de todo corazón. R.
V. Guíame por la senda
de tus mandatos,
porque ella es mi gozo. R.
V.
Cumpliré sin cesar tu ley,
por siempre jamás. R
Aclamación
R. Aleluya, aleluya,
aleluya.
V. Bienaventurados los
que escuchan la palabra de Dios
y la cumplen. R.
Evangelio
Lc
8, 19-21
Mi
madre y mis hermanos son estos: los que escuchan la palabra de Dios y la
cumplen
Lectura del santo Evangelio según san Lucas.
EN aquel tiempo, vinieron a Jesús su madre y sus hermanos, pero con el gentío
no lograban llegar hasta él.
Entonces le avisaron:
«Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren verte».
Él respondió diciéndoles:
«Mi madre y mis hermanos son estos: los que escuchan la palabra de Dios y la
cumplen».
Palabra del Señor.
1
Escuchar la Palabra y llevarla a casa
Hermanos
y hermanas:
Hay
palabras que pasan de moda y palabras que, aunque hayan sido escritas hace
siglos, siguen iluminando nuestra vida. Eso sucede con el libro de los
Proverbios. Su sabiduría es antigua, pero las situaciones que describe las
conocemos muy bien: la facilidad para justificarnos, la tentación del orgullo,
la indiferencia ante el sufrimiento ajeno y la necesidad de actuar con
justicia.
A
veces somos muy comprensivos con nuestras propias faltas y muy exigentes con
las de los demás. Si nosotros respondemos mal, decimos que estábamos cansados;
si otro lo hace, pensamos que es una persona insoportable. Si nosotros nos
equivocamos, esperamos comprensión; si se equivoca alguien de la familia, quizá
se lo recordamos durante años.
La
primera lectura nos invita a dejarnos mirar por Dios. Podemos encontrar
explicaciones para casi todo lo que hacemos, pero el Señor conoce nuestro
corazón. Y nos recuerda algo que debe interpelarnos: practicar la justicia y el derecho le
agrada más que los sacrificios.
Esto
no significa que la oración o el culto carezcan de valor. Significa que nuestra
oración debe transformar nuestra conducta. La Eucaristía nos une a Cristo y nos
compromete a tratar a los demás con el amor que recibimos de él. No sería
coherente acercarnos al altar y cerrar después el corazón ante quien necesita
nuestra ayuda.
Por
eso, el libro de los Proverbios nos advierte también sobre el peligro de cerrar
los oídos al clamor del pobre. Y ese clamor puede estar muy cerca: en un
familiar que necesita compañía, en un amigo que atraviesa una dificultad, en
una persona enferma que no quiere sentirse una carga.
Señor,
¿a quién hemos dejado de escuchar? ¿Quién está esperando de nosotros una
llamada, una visita, una palabra de consuelo?
El
salmo nos ayuda a responder con una petición: «Guíame, Señor, por la senda de tus mandatos».
No
pedimos únicamente conocer el camino; pedimos aprender a recorrerlo. Porque
muchas veces sabemos lo que debemos hacer, pero nos cuesta hacerlo. Sabemos que
debemos perdonar, pero alimentamos el resentimiento. Sabemos que debemos
escuchar, pero queremos tener siempre la última palabra. Sabemos que debemos
cuidar a quienes amamos, pero vamos aplazando los gestos de cariño.
El
salmista pide inteligencia para guardar la ley de Dios y cumplirla de todo
corazón. Esa es también nuestra necesidad: comprender la Palabra de tal manera
que llegue a nuestras decisiones, a nuestras conversaciones y a nuestra vida
familiar.
Y
precisamente de eso nos habla Jesús en el Evangelio. Su madre y sus hermanos
quieren verlo, pero no pueden acercarse a causa de la multitud. Cuando se lo
comunican, él responde: «Mi
madre y mis hermanos son estos: los que escuchan la palabra de Dios y la
cumplen».
A
primera vista, podría parecernos una respuesta distante. Sin embargo, Jesús
está abriendo las puertas de su familia. Nos está diciendo que podemos vivir
una relación verdadera y profunda con él. No somos simples espectadores de sus
obras: estamos llamados a formar parte de su intimidad, a vivir como hermanos
suyos.
Y
María ocupa un lugar singular en esa familia, porque ella escuchó la Palabra,
la acogió con fe y la hizo vida. Su respuesta a Dios no se quedó en palabras:
comprometió toda su existencia. Ella nos enseña que escuchar al Señor significa
estar disponibles para lo que nos pide, incluso cuando no lo comprendemos todo.
Escuchar y cumplir: ahí está el camino que Jesús nos propone. Escuchar para
reconocer su voz; cumplir para que esa voz transforme nuestra vida.
Hoy
presentamos al Señor una intención muy cercana al corazón: la salud y el
bienestar de nuestros familiares, amigos y benefactores.
Cada
uno puede poner ahora, en silencio, algunos nombres sobre el altar. Pensemos en
quien está enfermo, en quien espera un resultado médico, en quien vive con
dolor, en quien se encuentra lejos. Recordemos también a quienes nos han
tendido la mano, a quienes nos acompañan con su amistad y a quienes sostienen
generosamente nuestra vida y nuestra misión.
Señor,
tú conoces sus necesidades. Dales fortaleza en la enfermedad, serenidad en las
preocupaciones y compañía en la soledad. Bendice a quienes los cuidan y orienta
a quienes trabajan por su salud.
Pero
esta oración también nos compromete. Pedir por el bienestar de nuestros seres
queridos nos invita a preguntarnos cómo estamos contribuyendo a él. A veces,
junto a nuestra oración, hace falta una llamada sin afanes, una ayuda concreta,
una visita o la disposición para escuchar sin juzgar.
También
debemos aprender a agradecer. La familiaridad puede hacernos olvidar cuánto
recibimos de los demás. Hay personas que han sido para nosotros un apoyo
silencioso y constante. No dejemos para después esa palabra sencilla: «Gracias
por estar, gracias por ayudarme, gracias por lo que has hecho por mí».
Hermanos,
la Palabra de hoy quiere entrar en nuestras casas. Quiere hacerse paciencia
donde hay tensión, cercanía donde hay soledad y gratitud donde nos hemos
acostumbrado a recibir.
Al
terminar esta Eucaristía, llevemos una pregunta en el corazón: ¿Qué gesto concreto puedo hacer hoy para
que un familiar, un amigo o un benefactor experimente, a través de mí, el
cuidado de Dios?
Virgen María, madre que escuchó y cumplió la Palabra,
enséñanos a recibirla con un corazón disponible. Intercede por nuestros
familiares, amigos y benefactores; acompaña especialmente a los enfermos y
ayúdanos a cuidar con ternura a quienes el Señor ha puesto en nuestra vida. Amén.
2
La discípula más perfecta
Hermanos
y hermanas:
El
Evangelio de hoy nos presenta una escena que, a primera vista, podría
desconcertarnos:
«La
madre de Jesús y sus hermanos vinieron a él, pero no podían acercarse a causa
de la multitud. Le anunciaron: “Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren
verte”. Él les respondió: “Mi madre y mis hermanos son aquellos que escuchan la
palabra de Dios y la ponen en práctica”».
Para
comprender este pasaje, conviene aclarar primero el significado de la palabra
«hermanos». En el griego bíblico, esta palabra puede referirse no solamente a
hermanos biológicos, sino también a parientes cercanos o a hermanos
espirituales, según el contexto.
Por
ejemplo, la traducción griega del Génesis describe a Abrahán y a Lot como
«hermanos», aunque Lot era sobrino de Abrahán. En los Hechos de los Apóstoles,
Pedro se levanta en medio de los «hermanos», una comunidad de unos ciento
veinte discípulos. Y san Pablo, en su carta a los Romanos, llama «hermanos» a
los creyentes de aquella ciudad.
Por
tanto, cuando leemos que la madre de Jesús y sus «hermanos» fueron a verlo, la
Iglesia entiende que estos últimos no eran otros hijos de la Santísima Virgen
María, sino personas de su parentela, como primos u otros familiares cercanos.
Pero
hay otra cuestión que puede llamar nuestra atención: ¿está Jesús tomando
distancia de sus familiares e incluso de su propia madre? ¿Está restándole
importancia a María?
De
ninguna manera. Una lectura espiritual más profunda nos permite descubrir
precisamente lo contrario.
Jesús
afirma: «Mi madre y mis
hermanos son aquellos que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica».
Y nosotros podemos preguntarnos: ¿quién ha cumplido estas palabras mejor que su
propia madre? Nadie.
María
fue concebida en gracia y recibió el privilegio singular de ser preservada del
pecado original desde el primer instante de su existencia. Sin embargo, ese don
no anuló su libertad. Su fidelidad fue una respuesta libre y amorosa a la
gracia de Dios.
Como
Adán y Eva, creados en un estado de inocencia original, María poseía libertad;
pero, a diferencia de ellos, no se apartó de Dios. A lo largo de su vida, la
Madre del Señor eligió cooperar con la gracia en todo momento.
María
contrapone también su actitud a la de Lucifer: mientras el ángel caído quiso
exaltarse a sí mismo, María recorrió el camino de la humildad y de la
obediencia perfecta. Nunca se engrandeció a sí misma; siempre engrandeció al
Señor.
Y
aquí encontramos una relación profunda con la primera lectura. El libro de los
Proverbios nos previene contra la mirada altiva y el corazón orgulloso. También
nos recuerda que podemos considerar rectos nuestros caminos, mientras Dios
conoce y pesa el corazón.
¡Qué
fácilmente podemos engañarnos sobre nosotros mismos! Podemos hacer algo bueno
buscando reconocimiento; podemos hablar de Dios y querer, en el fondo, que
hablen bien de nosotros. Podemos defender nuestra opinión como si fuera siempre
la voluntad del Señor.
María
nos muestra otro camino. Todo lo que recibió de Dios lo convirtió en alabanza,
disponibilidad y servicio.
La humildad consiste en reconocer los dones recibidos y
ponerlos al servicio de Dios y de los demás.
El
Evangelio de hoy ilumina precisamente ese misterio de la vida de María: su
humildad. Jesús la conocía. Como Hijo divino, la conocía mejor de lo que ella
se conocía a sí misma. En cuanto Dios, era su Creador y la amaba con la
perfección del amor divino.
Desde
ese amor podemos comprender sus palabras como una manifestación de la santidad
escondida de su madre. Otros podían interpretarlas equivocadamente; María, en
su sencillez y en su apertura a la gracia, podía acoger su profundidad: ella,
más que nadie, había escuchado la Palabra de Dios y la había puesto en
práctica.
La
afirmación de Jesús revela así la profundidad de su relación con María. El
vínculo entre ambos no se agotaba en la maternidad corporal. Ella lo había
acogido también con una fe plena y había respondido a su Palabra con perfecta
fidelidad.
Por eso María es la discípula más perfecta: toda su vida
fue una respuesta de amor a Dios.
El
salmo de hoy nos enseña a pedir esa misma disposición: «Guíame, Señor, por la senda de tus
mandatos».
Esta
súplica podría acompañarnos durante toda la jornada. Cuando no sepamos cómo
responder a una dificultad: «Guíame, Señor». Cuando nos cueste aceptar una
corrección: «Guíame, Señor». Cuando comprendamos lo que debemos hacer, pero nos
falten fuerzas para realizarlo: «Guíame, Señor, por la senda de tus mandatos».
El
salmista pide comprensión para guardar la voluntad de Dios de todo corazón.
Conocer la Palabra es un comienzo; necesitamos permitir que forme nuestro
corazón y oriente nuestras acciones. En María contemplamos esa unidad entre
escuchar, creer y vivir.
La
primera lectura concreta todavía más este camino: la justicia y la rectitud
deben acompañar nuestra relación con Dios. También nos advierte contra la
indiferencia ante el clamor del pobre.
Por
eso, escuchar la Palabra y cumplirla tiene consecuencias muy cercanas: actuar
con honradez, renunciar a la dureza, prestar atención al que sufre, compartir y
servir. La obediencia a Dios se hace visible en nuestra manera de tratar al
prójimo.
Hermanos,
habría sido un regalo inimaginable pertenecer a la familia de Jesús durante su
vida terrena. Pero él aprovecha este encuentro para extendernos a todos una
invitación extraordinaria: podemos
formar parte de su familia escuchando su Palabra y poniéndola en práctica.
Esta
vocación está en el corazón de la vida cristiana. El Señor nos llama a una
verdadera intimidad con él.
No
hemos llevado a Cristo en nuestro vientre, como María, pero estamos invitados a
llevarlo en nuestro corazón mediante la gracia y la obediencia. Escuchemos su
Palabra. Guardémosla con amor. Pongámosla en práctica. Así creceremos como
discípulos y viviremos más profundamente nuestra pertenencia a su familia.
Hoy
encomendamos también al Señor la salud y el bienestar de nuestros familiares,
amigos y benefactores. Que encuentren fortaleza en la enfermedad, paz en sus
preocupaciones y el apoyo que necesitan. Y que nuestra oración se prolongue en
gestos concretos de cuidado y gratitud.
María,
que acogió la Palabra y se puso en camino para servir, nos enseñe a estar cerca
de quienes necesitan nuestra presencia.
Preguntémonos
al terminar: ¿qué palabra
del Señor estoy escuchando, pero todavía necesito poner en práctica?
Dios mío y hermano mío, nos has invitado a formar parte de
la familia de Dios por la gracia y la obediencia. Concédeme vivir siempre a la
altura de esta vocación, sin buscar engrandecerme por el orgullo, sino
eligiendo la humildad a imitación de la Santísima Virgen María.
Que ella, mi madre espiritual, sea mi modelo de amor
perfecto y mi guía para vivir una verdadera unión familiar contigo. Te
encomiendo la salud y el bienestar de nuestros familiares, amigos y
benefactores: sostenlos con tu amor y enséñanos a cuidarlos.
Jesús, en ti confío. Amén.


