Creer en la Palabra
Las
lecturas de hoy nos invitan a redescubrir el fundamento de nuestra confianza en
Dios.
El
funcionario del Evangelio cree en la palabra de Jesús antes incluso de ver la
curación de su hijo. Su fe no se apoya en signos espectaculares, sino en la
confianza en lo que el Señor dice. Es la fe de quienes caminan sostenidos por
la promesa, incluso cuando todavía no ven el resultado.
Al
mismo tiempo, el profeta Isaías nos abre a una esperanza nueva: Dios es capaz
de renovar la vida hasta el punto de transformar el dolor en alegría, como una
madre que, al abrazar a su hijo recién nacido, olvida los sufrimientos del
parto. Cuando Dios actúa, el corazón vuelve a calentarse y el pasado ya no
tiene la última palabra.
Creer
en la Palabra de Dios es, entonces, abrirse a esa vida nueva que Él prepara,
incluso antes de verla. Es caminar confiados, sabiendo que quien confía en el
Señor nunca queda defraudado.
G.Q
Primera lectura
Lectura del libro de Isaías (65,17-21):
ESTO dice el Señor:
«Mirad: voy a crear un nuevo cielo
y una nueva tierra:
de las cosas pasadas
ni habrá recuerdo ni vendrá pensamiento.
Regocijaos, alegraos por siempre
por lo que voy a crear:
yo creo a Jerusalén “alegría”,
y a su pueblo, “júbilo”.
Me alegraré por Jerusalén
y me regocijaré con mi pueblo,
ya no se oirá en ella ni llanto ni gemido;
ya no habrá allí niño
que dure pocos días,
ni adulto que no colme sus años,
pues será joven quien muera a los cien años,
y quien no los alcance se tendrá por maldito.
Construirán casas y las habitarán,
plantarán viñas y comerán los frutos».
Palabra de Dios
Salmo
Sal 29,2.4.5-6.11-12a.13b
R/. Te ensalzaré, Señor, porque me has librado
V/. Te ensalzaré, Señor, porque me has librado
y no has dejado que mis enemigos se rían de mí.
Señor, sacaste mi vida del abismo,
me hiciste revivir cuando bajaba a la fosa. R/.
V/. Tañed para el Señor, fieles suyos,
celebrad el recuerdo de su nombre santo;
su cólera dura un instante;
su bondad, de por vida;
al atardecer nos visita el llanto;
por la mañana, el júbilo. R/.
V/. Escucha, Señor, y ten piedad de mí;
Señor, socórreme.
Cambiaste mi luto en danzas.
Señor, Dios mío, te daré gracias por siempre. R/.
Lectura del santo evangelio según san Juan (4,43-54):
EN aquel tiempo, salió Jesús de Samaría para Galilea. Jesús mismo había
atestiguado:
«Un profeta no es estimado en su propia patria».
Cuando llegó a Galilea, los galileos lo recibieron bien, porque habían visto
todo lo que había hecho en Jerusalén durante la fiesta, pues también ellos
habían ido a la fiesta.
Fue Jesús otra vez a Caná de Galilea, donde había convertido el agua en vino.
Había un funcionario real que tenía un hijo enfermo en Cafarnaún. Oyendo que
Jesús había llegado de Judea a Galilea, fue a verlo, y le pedía que bajase a
curar a su hijo que estaba muriéndose.
Jesús le dijo:
«Si no veis signos y prodigios, no creéis».
El funcionario insiste:
«Señor, baja antes de que se muera mi niño».
Jesús le contesta:
«Anda, tu hijo vive».
El hombre creyó en la palabra de Jesús y se puso en camino. Iba ya bajando,
cuando sus criados vinieron a su encuentro diciéndole que su hijo vivía. Él les
preguntó a qué hora había empezado la mejoría. Y le contestaron:
«Ayer a la hora séptima lo dejó la fiebre».
El padre cayó en la cuenta de que esa era la hora en que Jesús le había dicho:
«Tu hijo vive». Y creyó él con toda su familia. Este segundo signo lo hizo
Jesús al llegar de Judea a Galilea.
Palabra del Señor
1
Queridos hermanos:
La Palabra de Dios de este lunes de la cuarta
semana de Cuaresma nos regala un mensaje de profunda esperanza, especialmente
cuando hoy queremos orar por nuestros difuntos.
En la primera lectura, el profeta Isaías nos
transmite una promesa maravillosa de parte de Dios:
“Voy a crear un cielo nuevo y una tierra nueva.”
No es una frase poética sin más. Es una declaración de amor y de poder. Dios anuncia
que el dolor, el llanto y la tristeza no tendrán la última palabra. Dios puede
renovar la vida, sanar las heridas del corazón y abrir un futuro incluso allí
donde nosotros sólo vemos ausencia, vacío o lágrimas.
Y esto toca de manera especial nuestra oración por
los difuntos. Cuando una persona querida parte de este mundo, queda en nosotros
una mezcla de amor, nostalgia, dolor y preguntas. A veces seguimos adelante por
fuera, pero por dentro permanece una herida silenciosa. Por eso esta Palabra
llega hoy como un consuelo: Dios no abandona la obra de sus manos. Dios
no olvida a sus hijos. Dios es Señor de la vida y también de la muerte.
El salmo responsorial nos hacía repetir algo muy
bello:
“Te ensalzaré, Señor, porque me has librado.”
Y también:
“Por la noche durará el llanto, y a la mañana, el júbilo.”
¡Qué actual es esta palabra! Todos conocemos noches
del alma: el sufrimiento, la enfermedad, la pérdida de un ser amado, el duelo
que parece no terminar. Pero la fe cristiana nos dice que la noche no es eterna.
El llanto existe, sí; Jesús mismo lloró ante la tumba de Lázaro. Pero el llanto
no tiene la última palabra. La última palabra la tiene Dios. Y la palabra de
Dios es palabra de vida.
En el Evangelio encontramos a un padre angustiado
por la enfermedad de su hijo. Se trata de un funcionario real que busca a Jesús
porque su hijo está al borde de la muerte. Este hombre representa a tantos de
nosotros cuando acudimos al Señor cargados de preocupación, de dolor o de
impotencia.
Él le pide a Jesús que vaya a su casa. Pero Jesús
no baja con él. Le dice simplemente:
“Vete, tu hijo vive.”
Y el Evangelio añade una frase decisiva:
“El hombre creyó en la palabra que Jesús le había dicho y se puso en
camino.”
Ahí está el corazón del Evangelio de hoy: creer
en la Palabra de Jesús.
Ese hombre no vio el milagro inmediatamente. No
recibió primero la prueba y después creyó. Primero creyó, y luego vio. Se apoyó
no en lo que podía comprobar con sus ojos, sino en lo que Jesús le había dicho.
También nosotros, cuando oramos por nuestros
difuntos, caminamos así: sostenidos por la Palabra. Nosotros no vemos con
nuestros ojos lo que ocurre más allá de la muerte, pero creemos en la promesa
del Señor. Creemos que Jesucristo, muerto y resucitado, ha vencido la muerte.
Creemos que la vida no termina, sino que se transforma. Creemos que la
misericordia de Dios es más grande que nuestras pobrezas y más fuerte que la
tumba.
Por eso, orar por los difuntos no es una costumbre
vacía. Es un acto de fe. Es decirle al Señor: “Yo confío en ti. Confío en que
tú acoges a nuestros hermanos. Confío en que tu amor sigue actuando. Confío en
que la muerte no destruye lo que ha sido vivido en ti.”
A veces, cuando alguien muere, podemos quedar
atrapados en la tristeza, en la culpa o en la nostalgia. Tristeza por su
ausencia. Culpa por lo que no hicimos o no dijimos. Nostalgia de un pasado que
no volverá. Pero hoy la Palabra nos invita a levantar la mirada. No para
olvidar a nuestros difuntos, sino para recordarlos desde la esperanza.
La fe cristiana no elimina el dolor, pero sí lo
ilumina. Nos permite llorar, pero sin desesperarnos. Nos permite extrañar, pero
sin perder la confianza. Nos permite seguir amando, sabiendo que en Dios nadie
se pierde para siempre.
Qué hermoso pensar que, así como aquel padre creyó
la palabra de Jesús y volvió a su casa con esperanza, también nosotros estamos
llamados a seguir caminando con esa misma confianza. Tal vez hoy el Señor no
nos da todas las respuestas, pero sí nos da su promesa. Y su promesa basta.
En esta Eucaristía pidamos tres gracias:
Primero, la gracia de creer en la Palabra de
Jesús, aun cuando no vemos todavía todo con claridad.
Segundo, la gracia de poner a nuestros difuntos
en las manos misericordiosas del Padre, confiando en su amor eterno.
Y tercero, la gracia de vivir nuestra propia
vida en conversión y esperanza, para que también nosotros caminemos hacia
esa plenitud que Dios nos ha prometido.
Que María, Madre de la esperanza, nos ayude a
confiar, a orar y a esperar. Y que el Señor conceda a nuestros difuntos el
descanso eterno y a nosotros el consuelo de la fe.
Amén.


