miércoles, 15 de abril de 2026

16 de abril del 2026: jueves de la segunda semana de Pascua


“El Espíritu está ahí”

(Hechos 5, 27-33; Juan 3, 31-36) He aquí el núcleo central de la predicación de los Apóstoles: “El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien ustedes dieron muerte colgándolo del madero del suplicio.” A través de este testimonio se afirma la presencia operante del Espíritu Santo: Espíritu sin medida dado por Dios a su Hijo amado. La exasperación del Consejo supremo, que rechaza este testimonio, conduce a la ira de Dios. Nuestra obediencia conduce a la vida eterna.

Nicolas Tarralle, prêtre assomptionniste     

 


Primera lectura

Hch 5, 27-33

Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.

EN aquellos días, los apóstoles fueron conducidos a comparecer ante el Sanedrín y el sumo sacerdote los interrogó, diciendo:
«¿No les habíamos ordenado formalmente no enseñar en ese Nombre? En cambio, han llenado Jerusalén con su enseñanza y quieren hacernos responsables de la sangre de ese hombre».
Pedro y los apóstoles replicaron:
«Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien ustedes mataron, colgándolo de un madero. Dios lo ha exaltado con su diestra, haciéndolo jefe y salvador, para otorgar a Israel la conversión y el perdón de los pecados. Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo, que Dios da a los que le obedecen».
Ellos, al oír esto, se consumían de rabia y trataban de matarlos.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 33, 2 y 9. 17-18. 19-20 (R.: 7ab)

R. El afligido invocó al Señor, y él lo escuchó.

O bien:

R. Aleluya.

V. Bendigo al Señor en todo momento,
su alabanza está siempre en mi boca.
Gusten y vean qué bueno es el Señor,
dichoso el que se acoge a él. 
R.

V. El Señor se enfrenta con los malhechores,
para borrar de la tierra su memoria.
Cuando uno grita, el Señor lo escucha
y lo libra de sus angustias. 
R.

V. El Señor está cerca de los atribulados,
salva a los abatidos.
Aunque el justo sufra muchos males,
de todos lo libra el Señor. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Porque me has visto, Tomás, has creído —dice el Señor—; bienaventurados los que crean sin haber visto. R.

 

Evangelio

Jn 3, 31-36

El Padre ama al Hijo y todo lo ha puesto en su mano

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

EL que viene de lo alto está por encima de todos. El que es de la tierra es de la tierra y habla de la tierra. El que viene del cielo está por encima de todos. De lo que ha visto y ha oído da testimonio, y nadie acepta su testimonio. El que acepta su testimonio certifica que Dios es veraz.
El que Dios envió habla las palabras de Dios, porque no da el Espíritu con medida. El Padre ama al Hijo y todo lo ha puesto en su mano. El que cree en el Hijo posee la vida eterna; el que no crea al Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios pesa sobre él.

Palabra del Señor.

 

 

1

 

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de este día nos pone ante una verdad fuerte, luminosa y exigente: Cristo ha resucitado, el Espíritu Santo está actuando, y nadie puede detener la obra de Dios.

En la primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles, vemos a Pedro y a los demás compareciendo ante el Sanedrín. Los han hecho callar, los han amenazado, los han perseguido. Pero ellos no retroceden. Y Pedro pronuncia una frase que atraviesa los siglos y sigue resonando hoy con una fuerza impresionante: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres.”

Esa frase no es un gesto de rebeldía caprichosa. No es orgullo. No es terquedad humana. Es la confesión serena y valiente de quien ha sido tocado por la Resurrección. Los Apóstoles ya no anuncian una teoría, ni una ideología, ni un sentimiento pasajero. Anuncian un acontecimiento: Jesús, a quien ustedes crucificaron, ha resucitado. Y anuncian también una certeza: el Espíritu Santo ha sido dado a quienes obedecen a Dios.

Ahí está el corazón del mensaje cristiano. La Iglesia existe para eso: para proclamar que Cristo vive. La obra evangelizadora de la Iglesia no nace de una estrategia de mercadeo, ni de un plan humano, ni de una simple simpatía religiosa. Nace de una experiencia pascual: hemos encontrado al Resucitado y no podemos callarlo.

El Evangelio según san Juan profundiza aún más esta verdad. Jesús dice que el que viene de arriba está por encima de todos, que habla las palabras de Dios, y que Dios no da el Espíritu con medida. ¡Qué frase tan hermosa! No da el Espíritu con medida. Dios no ama a medias. Dios no salva a medias. Dios no comunica su vida a cuentagotas. En su Hijo amado, Dios nos lo entrega todo.

A veces nosotros vivimos una fe “medida”: una fe con cálculos, una fe con miedo, una fe reducida a costumbre, una fe que no quiere comprometerse demasiado. Pero Dios no actúa así. Dios derrama su Espíritu abundantemente. El problema no está en que Dios dé poco; el problema muchas veces está en que nosotros abrimos poco el corazón.

Y eso vale también para la evangelización. Una Iglesia temerosa, cerrada, cansada, acomplejada, no puede anunciar con alegría. En cambio, una Iglesia llena del Espíritu es una Iglesia que sale, que habla, que consuela, que corrige, que acompaña, que sirve, que llama, que invita, que despierta vocaciones.

Por eso hoy, al orar por la Obra evangelizadora de la Iglesia, hemos de pedir que no nos gane el cansancio pastoral, ni la rutina, ni el desaliento. Evangelizar no es simplemente organizar actividades. Evangelizar es dejar que el Espíritu Santo haga de nosotros testigos de Jesucristo. Y un testigo no solo habla: también transparenta con su vida aquello que anuncia con los labios.

Y junto con esta intención, oramos por las vocaciones. Porque donde el Evangelio se anuncia con fuego, allí surgen vocaciones. Cuando un joven ve un sacerdote feliz en su entrega, una religiosa luminosa en su servicio, una familia cristiana coherente, un catequista convencido, una comunidad viva, puede comenzar a preguntarse: “Señor, ¿qué quieres de mí?”

Las vocaciones no nacen en un laboratorio. Nacen en el corazón de Dios y florecen en comunidades creyentes, orantes y misioneras. Por eso no basta lamentarnos diciendo que faltan vocaciones. Hay que preguntarnos también: ¿estamos creando un ambiente donde sea posible escuchar la voz de Dios? ¿Estamos mostrando una Iglesia viva, alegre, enamorada de Cristo?

El Salmo de hoy nos da otra clave: “Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha.” Cuántas veces la obra evangelizadora parece difícil. Cuántas veces los sembradores del Evangelio se sienten solos. Cuántas veces hay rechazo, indiferencia o incomprensión. Pero el Señor no abandona a los suyos. La Pascua nos recuerda que la última palabra no la tienen los poderosos, ni los perseguidores, ni los que se cierran a la verdad. La última palabra la tiene Dios. Y esa palabra es vida.

Hermanos, hoy la Palabra nos invita a tres cosas muy concretas:

Primero, creer de verdad en Jesucristo, el enviado del Padre, aquel sobre quien reposa el Espíritu sin medida.

Segundo, obedecer a Dios antes que a los hombres, aunque eso exija valentía, aunque implique incomodidad, aunque nos traiga incomprensiones.

Y tercero, pedir un nuevo ardor evangelizador y vocacional para la Iglesia. Que no falten sacerdotes santos, religiosos generosos, matrimonios fieles, jóvenes disponibles, laicos apasionados por el Reino.

Que María, Madre de la Iglesia, mujer dócil al Espíritu, nos enseñe a recibir la gracia de Dios sin resistencias y a convertirnos en testigos valientes de Cristo Resucitado.

Amén.

 

2

 

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de hoy nos coloca delante de una pregunta decisiva: ¿qué clase de fe tenemos?
¿Una fe solamente pensada, solamente repetida, solamente heredada, solamente cultural?
¿O una fe viva, capaz de transformarnos, de mover nuestra voluntad, de cambiar nuestro modo de vivir, de hablar, de decidir y de amar?

El evangelio de san Juan nos presenta unas palabras muy fuertes de Jesús:
“El Padre ama al Hijo y todo lo ha puesto en su mano. El que cree en el Hijo tiene vida eterna; el que no cree en el Hijo no verá la vida.”

Estas palabras nos obligan a tomarnos en serio la fe. Porque creer en Jesucristo no es simplemente aceptar una idea religiosa ni admitir intelectualmente que Dios existe. Hasta el demonio sabe que Dios existe. El problema no es saberlo, sino abrirse a Él, obedecerle, dejarse transformar por Él.

1. Una fe que no transforme, todavía no ha madurado

Muchos podrían decir: “Yo creo en Dios”, “yo soy católico”, “yo fui bautizado”, “yo voy a misa de vez en cuando”. Pero la liturgia de hoy nos empuja a ir más al fondo:
¿Esa fe te está cambiando realmente?
¿Te hace más humilde?
¿Más misericordioso?
¿Más obediente a la voluntad de Dios?
¿Más disponible para servir?
¿Más comprometido con el Evangelio?

Porque la verdadera fe no se queda en la cabeza. Baja al corazón. Y del corazón pasa a las manos, a la lengua, a las decisiones, a la conducta diaria.

Creer en Cristo significa escuchar su Palabra y permitir que ella nos reoriente. Significa renunciar a lo que no es de Dios. Significa aceptar que el Evangelio no solo nos consuela, sino que también nos corrige, nos purifica, nos poda, nos llama a conversión.

Hay personas que quieren un Cristo que bendiga sus planes, pero no un Cristo que los cambie. Quieren el consuelo del Evangelio, pero no sus exigencias. Quieren la promesa de la vida eterna, pero no el camino de la obediencia. Y ahí está la gran tensión espiritual de este texto.

2. “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”

La primera lectura nos ofrece una escena impresionante. Pedro y los apóstoles comparecen ante el Sanedrín. Han sido prohibidos, vigilados, amenazados. Sin embargo, no se retractan. Y Pedro dice con firmeza:
“Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres.”

Esa es la fe que transforma.
No una fe acomodada.
No una fe diplomática.
No una fe silenciosa por miedo.
Sino una fe pascual, una fe que nace del encuentro con Cristo resucitado.

Los apóstoles ya no pueden callar porque han sido tocados por una verdad mayor que sus miedos. Ellos anuncian el núcleo de toda evangelización:
“El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien ustedes mataron colgándolo de un madero.”

Ese es el centro de la predicación apostólica. Ese es el corazón de la Iglesia. Ese es el contenido de toda verdadera obra evangelizadora: Cristo ha muerto y ha resucitado; Cristo vive; Cristo salva; Cristo llama a la conversión; Cristo ofrece perdón y vida nueva.

La evangelización no consiste primero en transmitir valores, ni normas, ni costumbres, aunque todo eso tenga su lugar. Evangelizar es anunciar una Persona viva: Jesucristo, el Señor resucitado.

3. El “temor de Dios”: no terror servil, sino conciencia santa

El comentario que compartiste subraya algo muy valioso: el santo temor de Dios, uno de los dones del Espíritu Santo. Hoy esa expresión puede malinterpretarse. Algunos la identifican con un miedo enfermizo a Dios, como si Dios fuera un tirano esperando castigarnos. Pero no es eso.

El santo temor de Dios comienza, sí, con el miedo a perder la gracia, a apartarnos de Dios, a cerrarnos a la vida eterna. Pero madura hasta convertirse en algo mucho más hermoso: el temor amoroso de no querer ofender a Aquel que nos ama, el deseo ardiente de no alejarnos de Él, la delicadeza del alma que no quiere romper la amistad con Dios.

Es el temor del hijo que no quiere herir el corazón del padre.
Es el temor del discípulo que no quiere traicionar al Maestro.
Es el temor del enamorado que no quiere perder al Amado.

Por eso, cuando el Evangelio habla de la “ira de Dios”, no debemos imaginarnos una explosión emocional de parte de Dios. Más bien se trata de la consecuencia seria y real de cerrarse a la verdad, de rechazar la gracia, de resistirse obstinadamente al amor. Dios respeta profundamente nuestra libertad. No nos fuerza a salvarnos. No nos impone la vida eterna. La ofrece, la regala, la suplica casi, pero no la impone.

Y aquí hay una verdad muy actual: el peor castigo del ser humano no siempre es un castigo externo; muchas veces es quedarse sin Dios por haberse negado a recibirlo.

4. Fe, esperanza y caridad: una sola corriente de vida

El comentario también recuerda algo central en la vida cristiana: la fe verdadera no camina sola. Va unida a la esperanza y a la caridad.

La fe me hace reconocer a Dios y su verdad.
La esperanza me impulsa a caminar hacia lo que Dios promete.
La caridad me mueve a amar como Dios ama.

Cuando estas tres virtudes se unen, la fe deja de ser teoría y se vuelve vida. Entonces sí aparece el cristiano maduro: el que no solo dice “Señor, Señor”, sino el que hace la voluntad del Padre.

Por eso conviene preguntarnos con sinceridad:
¿Estoy hoy más cerca de Dios que hace un año?
¿Mi fe ha crecido o se ha estancado?
¿He dejado que el Evangelio modifique algo concreto en mí?
¿O sigo siendo, en el fondo, la misma persona, con las mismas resistencias, los mismos egoísmos, la misma tibieza?

La Pascua no es un recuerdo bonito. La Pascua es una fuerza transformadora. Cristo resucitado no vino solo a emocionarnos, sino a resucitar zonas muertas de nuestra vida.

5. La obra evangelizadora de la Iglesia necesita testigos transformados

Hoy oramos por la obra evangelizadora de la Iglesia. Y esta Palabra viene como anillo al dedo. Porque la Iglesia evangeliza con fecundidad cuando sus miembros han sido realmente transformados por Cristo.

El mundo no necesita solo maestros que expliquen doctrinas. Necesita testigos que hablen desde una experiencia. Necesita cristianos en quienes se note que Jesús vive. Necesita sacerdotes, religiosos, catequistas, padres de familia, jóvenes, laicos comprometidos, que no reduzcan la fe a discurso, sino que la encarnen.

La evangelización pierde fuerza cuando el mensaje no pasa por la vida del evangelizador. Pero adquiere una potencia enorme cuando quien anuncia puede decir, aunque sea humildemente:
“Yo no les hablo de alguien lejano; yo les hablo de Aquel que me ha levantado, me ha perdonado, me ha sostenido y me sigue cambiando.”

La Iglesia evangeliza cuando predica, sí. Pero también cuando sirve, cuando acompaña, cuando sufre con los que sufren, cuando educa, cuando defiende la dignidad humana, cuando consuela, cuando perdona, cuando se arrodilla para orar, cuando sale al encuentro de los alejados.

6. Y de esa Iglesia nacen las vocaciones

También oramos hoy por las vocaciones. Y hay que decirlo con claridad: las vocaciones nacen donde hay fe viva. Donde Cristo es amado de verdad. Donde la comunidad no se conforma con una religión de costumbre. Donde se predica con convicción. Donde se ora intensamente. Donde se vive con alegría el seguimiento de Jesús.

Una vocación sacerdotal o religiosa no brota del vacío. Nace cuando alguien descubre que Cristo vale la pena. Nace cuando un joven ve un sacerdote auténtico. Nace cuando contempla una religiosa feliz en su entrega. Nace cuando una familia enseña a escuchar a Dios. Nace cuando una parroquia se convierte en hogar espiritual y escuela de discernimiento.

Si queremos vocaciones, no basta pedirlas de palabra. Hay que crear un clima espiritual donde sea posible escuchar la voz de Dios. Un ambiente en el que los jóvenes puedan preguntarse sin miedo:
“Señor, ¿qué quieres de mí?”
“¿Dónde me necesitas?”
“¿Cómo puedo entregarte mi vida?”

Y esto vale no solo para el sacerdocio o la vida consagrada. También hay vocación al matrimonio santo, a la misión laical, al servicio eclesial, al compromiso generoso con el Reino. Toda vocación verdadera nace de una fe que se deja transformar.

7. El salmo de hoy: una Iglesia que confía

El salmo nos regala una palabra de consuelo:
“Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha.”
Qué importante es esto para la Iglesia evangelizadora. Porque evangelizar no siempre es fácil. Hay cansancio, oposición, indiferencia, rechazo, escasez de obreros, incomprensiones internas y externas. Pero el Señor escucha a su pueblo. El Señor no abandona su obra. El Señor sigue llamando. El Señor sigue sosteniendo.

Nos toca a nosotros no endurecer el corazón. No enfriar la fe. No reducir el cristianismo a una identidad cultural vacía. No quedarnos en un asentimiento intelectual. Hay que pasar a una fe obediente, operante, fecunda.

Conclusión

Hermanos, hoy la Palabra nos llama a revisar la autenticidad de nuestra fe.
No basta decir que creemos.
Hay que vivir como creyentes.
No basta admirar a Jesús.
Hay que obedecerle.
No basta defender ideas religiosas.
Hay que dejarse transformar por el Resucitado.

Pidamos hoy por la obra evangelizadora de la Iglesia: que sea valiente, fiel, luminosa, llena del Espíritu Santo.
Pidamos por las vocaciones: que el Señor siga llamando y que haya corazones generosos dispuestos a responder.
Y pidamos también por cada uno de nosotros: que nuestra fe no sea estéril, sino viva; no solo pensada, sino encarnada; no solo confesada con los labios, sino demostrada con la vida.

Que María, Madre de la Iglesia y mujer totalmente dócil a la Palabra, nos enseñe a creer de tal manera que nuestra fe se convierta en obediencia, nuestra obediencia en testimonio, y nuestro testimonio en semilla de nuevas vocaciones para la Iglesia.

Amén.

 


15 de abril del 2026: miércoles de la segunda semana de Pascua

 

Del lado de los pequeños

Hechos 5, 17-26; Salmo 33(34) El ángel que abre las puertas de la cárcel es anunciado en el salmo: por eso los Apóstoles continúan exaltando el nombre del Señor con su enseñanza. Este testimonio los sitúa del lado del clamor de los pobres y se une a la experiencia del pueblo. Se alza frente a la institución del Templo con su sumo sacerdote, su Consejo supremo y su guardia. El miedo ha cambiado de bando. “¡Dichoso el que encuentra en Dios su refugio!”

Nicolas Tarralle, prêtre assomptionniste



Primera lectura

Hch 5, 17-26

Miren, los hombres que ustedes metieron en la cárcel están en el templo, enseñando al pueblo

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.

EN aquellos días, el sumo sacerdote y todos los suyos, que integran la secta de los saduceos, en un arrebato de celo, prendieron a los apóstoles y los metieron en la cárcel pública. Pero, por la noche, el ángel del Señor les abrió las puertas de la cárcel y los sacó, diciéndoles:
«Márchense y, cuando lleguen al templo, expliquen al pueblo todas estas palabras de vida».
Entonces ellos, al oírlo, entraron en el templo al amanecer y se pusieron a enseñar. Llegó entre tanto el sumo sacerdote con todos los suyos, convocaron el Sanedrín y el pleno de los ancianos de los hijos de Israel, y mandaron a la prisión para que los trajesen. Fueron los guardias, no los encontraron en la cárcel, y volvieron a informar, diciendo:
«Hemos encontrado la prisión cerrada con toda seguridad, y a los centinelas en pie a las puertas; pero, al abrir, no encontramos a nadie dentro».
Al oír estas palabras, ni el jefe de la guardia del templo ni los sumos sacerdotes atinaban a explicarse qué había pasado. Uno se presentó, avisando:
«Miren, los hombres que ustedes metieron en la cárcel están en el templo, enseñando al pueblo».
Entonces el jefe salió con los guardias y se los trajo, sin emplear la fuerza, por miedo a que el pueblo los apedrease.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 33, 2-3. 4-5. 6-7. 8-9 (R.: 7ab)

R. El afligido invocó al Señor, y él lo escuchó.

O bien:

R. Aleluya.

V. Bendigo al Señor en todo momento,
su alabanza está siempre en mi boca;
mi alma se gloría en el Señor:
que los humildes lo escuchen y se alegren. 
R.

V. Proclamen conmigo la grandeza del Señor,
ensalcemos juntos su nombre.
Yo consulté al Señor, y me respondió,
me libró de todas mis ansias. 
R.

V. Contémplenlo, y quedarán radiantes,
su rostro no se avergonzará.
El afligido invocó al Señor,
él lo escuchó y lo salvó de sus angustias. 
R.

V. El ángel del Señor acampa en torno a quienes le temen
y los protege.
Gusten y vean qué bueno es el Señor,
dichoso el que se acoge a él. 
R.

                                                                          

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito; todo el que cree en él tiene vida eterna. R.

 

Evangelio

Jn 3, 16-21

Dios envió a su Hijo para que el mundo se salve por él

Lectura del santo Evangelio según san Juan.


TANTO amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna.
Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.
El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Unigénito de Dios.
Este es el juicio: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra el mal detesta la luz, y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras.
En cambio, el que obra la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios.

Palabra del Señor.

 

¨*****************


Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de hoy nos coloca ante una verdad central de nuestra fe: Dios está del lado de la vida, de la verdad y de los pequeños. Y eso aparece con fuerza tanto en la primera lectura como en el Evangelio.

En los Hechos de los Apóstoles vemos a los apóstoles perseguidos, encarcelados, silenciados por las autoridades religiosas. Humanamente hablando, parecería que el poder lo tienen los de arriba: el sumo sacerdote, el Consejo, los guardias, la estructura, la institución. Pero en la noche, mientras los hombres cierran puertas, Dios las abre. El ángel del Señor saca a los apóstoles de la prisión y les dice: “Vayan al templo y expliquen allí al pueblo este modo de vida.” Es decir: no se escondan, no callen, no se rindan.

Qué hermoso mensaje para nosotros. El Señor no siempre evita la prueba, pero jamás abandona a los que le son fieles. Puede haber cárceles exteriores, persecuciones, rechazos, incomprensiones; pero también hay cárceles interiores: el miedo, la tristeza, el cansancio, la rutina, la mediocridad espiritual. Y también ahí el Señor puede abrir puertas.

El salmo responsorial lo confirma con ternura y fuerza: “El ángel del Señor acampa en torno a sus fieles y los protege.” No estamos solos. Dios escucha el clamor del pobre, del sencillo, del atribulado. Dios no es indiferente al sufrimiento de sus hijos.

Y el Evangelio nos lleva todavía más al centro: “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único.” Ésta es la raíz de todo. No seguimos a Cristo porque sea una idea bonita, ni porque el Evangelio sea un conjunto de normas morales, sino porque hemos sido amados primero. El cristianismo comienza en el amor de Dios, no en el mérito del hombre.

San Juan nos recuerda que Jesús no vino para condenar al mundo, sino para salvarlo. Dios no disfruta señalando culpas; Dios quiere rescatar, levantar, iluminar, devolver esperanza. Pero el Evangelio también dice algo exigente: la luz vino al mundo, y algunos prefirieron las tinieblas. Ahí está el drama. No basta con admirar la luz desde lejos; hay que decidirse a caminar en ella. 

Vivir en la luz significa vivir en la verdad, dejar las apariencias, renunciar a la doble vida, permitir que Cristo ilumine nuestras zonas oscuras. Y esto vale para todos: para la Iglesia, para las familias, para los pastores, para los fieles, para la sociedad. Cuando uno vive en la luz, quizá no siempre recibe aplausos, pero sí recibe paz. En cambio, quien se acostumbra a las tinieblas termina temiendo que la verdad salga a la luz.

Los apóstoles están de parte del pueblo, del clamor de los pobres, de los que esperan salvación. La Pascua de Cristo nos enseña justamente eso: que Dios ha tomado partido por el hombre herido, por el pecador arrepentido, por el pobre que clama, por el corazón humilde que se refugia en Él.

Pidámosle hoy al Señor tres gracias:
primero, que abra nuestras cárceles interiores;
segundo, que nos haga caminar en la luz de la verdad;
y tercero, que nos coloque siempre del lado de los pequeños, de los sencillos, de los que necesitan una palabra de consuelo y de esperanza.

Que María, Madre del Resucitado, nos ayude a creer de verdad que el amor de Dios es más fuerte que toda prisión, y que la luz de Cristo es más fuerte que toda oscuridad.

Amén.



2

 

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de hoy nos pone delante una gran contraposición: la luz y las tinieblas, la libertad y el encierro, la verdad y el miedo.

En el Evangelio, Jesús nos regala una de las frases más hermosas y más conocidas de toda la Escritura:
“Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna”.
Ahí está el corazón de nuestra fe: Dios no nos ama poco, no nos ama a medias, no nos ama por obligación; Dios nos ama hasta entregarnos a su propio Hijo.

Y enseguida Jesús añade algo muy importante: Dios no envió a su Hijo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él.
Es decir: Cristo no viene a aplastarnos, sino a levantarnos; no viene a humillarnos, sino a rescatarnos; no viene a apagar la mecha que humea, sino a encenderla con su gracia.

Sin embargo, el Evangelio también nos dice una verdad incómoda: la luz vino al mundo, pero muchos prefirieron las tinieblas.
Y aquí está el drama del ser humano. No es que Dios no quiera salvar. Sí quiere. No es que Dios no hable. Sí habla. No es que Dios no ilumine. Sí ilumina. El problema es que a veces nosotros preferimos permanecer en aquello que nos oscurece el alma.

Hay personas que se acostumbran a vivir en una especie de penumbra espiritual: una fe tibia, una conciencia adormecida, una vida doble, una apariencia religiosa por fuera, pero poca verdad por dentro. Y entonces la luz molesta. Porque la luz muestra lo que somos. La luz desenmascara. La luz no deja vivir de apariencias.

Por eso Nicodemo es un personaje tan interesante. Vino de noche a ver a Jesús. Vino con dudas, con temores, con búsquedas, con preguntas. Pero vino. Y eso ya era importante. Aunque todavía había oscuridad en su interior, ya había en él una pequeña llama, un pequeño deseo de verdad. Y Jesús no desprecia esa llama pequeña. Al contrario: la alimenta, la purifica y la conduce hacia una luz mayor.

Hermanos, eso también nos pasa a nosotros. Tal vez no tenemos una fe perfecta. Tal vez cargamos confusiones, luchas, pecados, heridas, cansancios. Pero si en el fondo del alma hay aunque sea una chispa de deseo de Dios, el Señor puede hacer maravillas. Basta una pequeña rendija para que entre la luz.

La primera lectura nos muestra precisamente eso. Los apóstoles están en la cárcel por anunciar a Cristo. Parece que han sido encerrados, silenciados, derrotados. Pero Dios abre las puertas de la prisión. El ángel del Señor los libera y les dice: “Vayan al templo y expliquen al pueblo este modo de vida”.
¡Qué hermoso! Ni las cadenas, ni el miedo, ni las autoridades hostiles pueden detener la luz del Resucitado.

Mientras los hombres encierran, Dios libera.
Mientras el poder humano amenaza, Dios sostiene.
Mientras algunos quieren apagar la verdad, el Señor hace que su Palabra resplandezca más.

También hoy hay muchas cárceles. No solo las de barrotes. Hay cárceles interiores: el pecado repetido, el resentimiento, la tristeza profunda, la envidia, la mentira, la mediocridad espiritual, el miedo a dar testimonio. Hay personas que parecen libres por fuera, pero viven aprisionadas por dentro. Y hoy el Señor nos dice: “Déjame entrar con mi luz, porque yo puedo abrir también esas puertas”.

El salmo nos da la respuesta del creyente:
“Este pobre gritó, y el Señor lo escuchó”.
No dice: este perfecto, este fuerte, este impecable. Dice: este pobre. El que reconoce su necesidad. El que no se salva solo. El que sabe que necesita luz de lo alto.

La Pascua que estamos celebrando no es un simple recuerdo bonito. Es la victoria de Cristo sobre toda oscuridad. Por eso un cristiano pascual no puede vivir instalado en la noche. Puede pasar por noches, sí. Puede llorar, sí. Puede luchar, sí. Pero no puede quedarse sin esperanza. Porque Cristo ha resucitado y su luz ya ha vencido.

Hoy podríamos preguntarnos con sinceridad:
¿Hay en mí zonas oscuras que no quiero presentar al Señor?
¿Hay pecados que escondo y no quiero reconocer?
¿Hay decisiones en las que estoy caminando más por capricho que por verdad?
¿Estoy viviendo como hijo de la luz o me estoy acostumbrando a ciertas tinieblas?

No tengamos miedo de venir a Cristo. Él no viene a condenarnos, sino a salvarnos. Él no humilla al pecador arrepentido; lo abraza, lo limpia, lo transforma. Pero para eso hay que salir de la noche y dejarse iluminar.

Pidámosle hoy al Señor que haga de nosotros hombres y mujeres de la luz:
que no escondamos la verdad,
que no maquillemos la conciencia,
que no temamos convertirnos,
que no nos avergoncemos del Evangelio.

Y que, como los apóstoles, también nosotros, liberados por la gracia, salgamos a anunciar “este modo de vida”, esta vida nueva que solo Cristo resucitado puede dar.

Que María, mujer de la aurora y Madre de la Luz, nos acompañe para que nunca prefiramos las tinieblas, sino que caminemos siempre hacia Cristo, Luz del mundo.

Amén.

 


lunes, 13 de abril de 2026

14 de abril del 2026: martes de la segunda semana de Pascua

 

Una vida comunitaria

(Hechos 4, 32-37) El testimonio de los Apóstoles es inseparable de la gracia abundante que reposa sobre todos. Una gracia de comunión que une el corazón y el alma de los creyentes en un mismo impulso, por el cual lo comparten todo en común.

La resurrección del Señor Jesús es anunciada viviendo concretamente, “a los pies de los apóstoles”, una renuncia —Bernabé vende su campo— que hace posible esta comunión y la atención a las necesidades de cada uno.

Nicolas Tarralle, prêtre assomptionniste

 


 

Primera lectura

Hch 4, 32-37

Un solo corazón y una sola alma

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.

EL grupo de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma: nadie llamaba suyo propio nada de lo que tenía, pues lo poseían todo en común.
Los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con mucho valor. Y se les miraba a todos con mucho agrado. Entre ellos no había necesitados, pues los que poseían tierras o casas las vendían, traían el dinero de lo vendido y lo ponían a los pies de los apóstoles; luego se distribuía a cada uno según lo que necesitaba.
José, a quien los apóstoles apellidaron Bernabé, que significa hijo de la consolación, que era levita y natural de Chipre, tenía un campo y lo vendió; llevó el dinero y lo puso a los pies de los apóstoles.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 92, 1ab. 1c-2. 5 (R.: 1a)

R. El Señor reina, vestido de majestad.

O bien:

R. Aleluya.

V. El Señor reina, vestido de majestad;
el Señor, vestido y ceñido de poder. 
R.

V. Así está firme el orbe y no vacila.
Tu trono está firme desde siempre,
y tú eres eterno.
 R.

V. Tus mandatos son fieles y seguros;
la santidad es el adorno de tu casa,
Señor, por días sin término. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna. R.

 

Evangelio

Jn 3, 7b-15

Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo:
«Tienen que nacer de nuevo; el viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni adónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu».
Nicodemo le preguntó:
«¿Cómo puede suceder eso?».
Le contestó Jesús:
«¿Tú eres maestro en Israel, y no lo entiendes? En verdad, en verdad te digo: hablamos de lo que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto, pero ustedes no reciben nuestro testimonio. Si les hablo de las cosas terrenas y no me creen, ¿cómo creerán si les hablo de las cosas celestiales? Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre.
Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna».

Palabra del Señor.

 

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Queridos hermanos y hermanas:

Seguimos avanzando en este tiempo pascual, y la Palabra de Dios de hoy nos pone delante dos grandes llamadas: nacer de nuevo y vivir en verdadera comunión. En el Evangelio, Jesús le dice a Nicodemo algo desconcertante: “Tienen que nacer de nuevo”. Y en la primera lectura vemos cómo ese nuevo nacimiento se hace visible en la vida de la comunidad cristiana: “La multitud de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma”.

Es decir, la Pascua no es simplemente el recuerdo de un acontecimiento maravilloso del pasado. La Pascua es una fuerza de vida nueva que transforma por dentro a la persona y, desde allí, transforma también la manera de relacionarse con los demás.

Nicodemo representa a muchos de nosotros. Es un hombre creyente, respetuoso, sincero, pero todavía demasiado apoyado en sus seguridades humanas, en sus razonamientos, en lo que puede controlar. Por eso Jesús le habla de un nacimiento nuevo, de una vida que no viene solo del esfuerzo humano, sino de la acción de Dios. Nacer de nuevo significa dejar que el Espíritu Santo nos rehaga desde dentro. No se trata de cambiar algunas costumbres superficiales; se trata de permitir que Dios cambie el corazón.

Y aquí aparece una pregunta muy importante: ¿cómo se reconoce una persona que ha nacido de nuevo? La respuesta nos la da la primera lectura. Se reconoce porque deja de vivir encerrada en sí misma. Se reconoce porque empieza a vivir en comunión. Se reconoce porque ya no dice: “esto es mío, solo mío”, sino que aprende a mirar las necesidades del hermano. Se reconoce porque el Resucitado no solo está en sus labios, sino en sus obras.

La comunidad cristiana primitiva que nos describen los Hechos de los Apóstoles no era una comunidad perfecta en sentido humano, pero sí era una comunidad profundamente tocada por la Resurrección. Por eso compartían, por eso se ayudaban, por eso nadie pasaba necesidad. No era simplemente organización social; era fruto del Espíritu Santo. Habían comprendido que Cristo había vencido la muerte, y entonces ya no podían seguir viviendo como si el egoísmo tuviera la última palabra.

Qué hermoso detalle el de Bernabé, que vende un campo y pone el dinero a los pies de los apóstoles. Ese gesto significa desprendimiento, confianza, generosidad, sentido de Iglesia. Bernabé entiende que la fe en Cristo resucitado tiene consecuencias concretas. No basta decir “yo creo”; hay que demostrarlo con una vida que sabe compartir, servir y sostener a los demás.

Esto también nos interpela hoy. Porque nosotros podemos proclamar que Cristo ha resucitado, pero al mismo tiempo vivir aferrados a nuestros intereses, a nuestros orgullos, a nuestras pequeñas rivalidades, a nuestras indiferencias. Podemos decir “Aleluya”, pero seguir siendo duros con el hermano, cerrados al necesitado, incapaces de perdonar o de colaborar. Y entonces la Pascua queda solo en palabras, no en vida.

Nacer de nuevo, según Jesús, implica dejar que el Espíritu nos arranque del egoísmo. Implica pasar de una fe solamente pensada a una fe vivida. Implica comprender que la vida cristiana no se puede vivir en aislamiento. El cristiano verdadero no es un francotirador espiritual; es un miembro vivo del Cuerpo de Cristo. Por eso la Pascua construye comunidad.

El salmo de hoy nos recuerda: “Tu trono está firme desde siempre”. Dios reina. Dios permanece. Dios es sólido. En cambio, nuestras seguridades humanas pasan. Lo que hoy nos parece intocable, mañana puede desaparecer. Solo Dios permanece. Y cuando una comunidad se apoya de verdad en el Señor, entonces aprende a vivir en fidelidad, en fraternidad y en esperanza.

Hermanos, en nuestras parroquias, en nuestras familias, en nuestras comunidades, necesitamos pedir esa gracia pascual. La gracia de ser “un solo corazón y una sola alma”. No uniformidad, no pensar todos exactamente igual, sino comunión; esa comunión que nace del amor de Cristo y que sabe respetar, perdonar, ayudar y compartir.

Hoy podríamos preguntarnos con sinceridad:
¿He nacido realmente de nuevo en Cristo, o sigo siendo el mismo de siempre con un barniz religioso?
¿Mi fe me hace más generoso, más fraterno, más sensible al necesitado?
¿Estoy ayudando a construir comunidad o estoy poniendo obstáculos con mis actitudes?

Pidámosle al Señor Resucitado que nos conceda un corazón nuevo. Que su Espíritu nos haga renacer. Que quite de nosotros todo egoísmo, toda vanidad, toda dureza. Y que, como Bernabé y como la primera comunidad cristiana, sepamos hacer visible la Pascua con obras concretas de comunión, de generosidad y de amor.

Que María, Madre de la Iglesia, nos enseñe a abrirnos a la acción del Espíritu, para que también nosotros vivamos como hombres y mujeres verdaderamente renovados por la Resurrección de Cristo.

Amén.

 

16 de abril del 2026: jueves de la segunda semana de Pascua

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