miércoles, 14 de enero de 2026

14 de enero del 2026: miércoles de la primera semana del tiempo ordinario (II)

 

Una respuesta a largo plazo


(1 Samuel 3, 1-10.19-20)
En el relato de la vocación de Samuel, cada palabra del Señor lo obliga a despertarse y a levantarse. Como para una resurrección. Pero no basta con responder: «Aquí estoy». Los consejos sabios de Elí son esenciales para comprender que Dios nunca está en otra parte que no sea con nosotros. Él llama a cada uno por su nombre. La respuesta de Samuel nos muestra que se trata de ponernos a la escucha de su palabra, no solo un instante, sino durante toda la vida.

Nicolas Tarralle, prêtre assomptionniste

 


Primera lectura

1 Sam 3, 1-10. 19-20

Habla, Señor, que tu siervo escucha

Lectura del primer libro de Samuel.

EN aquel tiempo, el joven Samuel servía al Señor al lado de Elí.
La palabra del Señor era rara en aquellos días y no eran frecuentes las visiones.
Un día Elí estaba acostado en su habitación. Sus ojos habían comenzado a debilitarse y no podía ver.
La lámpara de Dios aún no se había apagado y Samuel estaba acostado en el templo del Señor, donde se encontraba el Arca de Dios.
Entonces el Señor llamó a Samuel. Este respondió:
«Aquí estoy».
Corrió adonde estaba Elí y dijo:
«Aquí estoy, porque me has llamado».
Respondió:
«No te he llamado. Vuelve a acostarte».
Fue y se acostó.
El Señor volvió a llamar a Samuel.
Se levantó Samuel, fue adonde estaba Elí y dijo:
«Aquí estoy, porque me has llamado».
Respondió:
«No te he llamado, hijo mío. Vuelve a acostarte».
Samuel no conocía aún al Señor, ni se le había manifestado todavía la palabra del Señor.
El Señor llamó a Samuel, por tercera vez. Se levantó, fue adonde estaba Elí y dijo:
«Aquí estoy, porque me has llamado».
Comprendió entonces Elí que era el Señor el que llamaba al joven. Y dijo a Samuel:
«Ve a acostarte. Y si te llama de nuevo, di: “Habla, Señor, que tu siervo escucha”». Samuel fue a acostarse en su sitio.
El Señor se presentó y llamó como las veces anteriores:
«Samuel, Samuel».
Respondió Samuel:
«Habla, que tu siervo escucha».
Samuel creció. El Señor estaba con él, y no dejó que se frustrara ninguna de sus palabras. Todo Israel, desde Dan a Berseba, supo que Samuel era un auténtico profeta del Señor.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 39, 2 y 5. 7-8a. 8b-9. 10 (R.: cf. 8a y 9a)

R. Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.

V. Yo esperaba con ansia al Señor;
él se inclinó y escuchó mi grito.
Dichoso el hombre que ha puesto
su confianza en el Señor,
y no acude a los idólatras,
que se extravían con engaños. 
R.

V. Tú no quieres sacrificios ni ofrendas,
y, en cambio, me abriste el oído;
no pides holocaustos ni sacrificios expiatorios;
entonces yo digo: «Aquí estoy». 
R.

V. «—Como está escrito en mi libro—
para hacer tu voluntad.
Dios mío, lo quiero, y llevo tu ley en las entrañas». 
R.

V. He proclamado tu justicia
ante la gran asamblea;
no he cerrado los labios, Señor, tú lo sabes. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Mis ovejas escuchan mi voz, dice el Señor, y yo las conozco, y ellas me siguen. R.

 

Evangelio

Mc 1, 29-39

Curó a muchos enfermos de diversos males

Lectura del santo Evangelio según san Marcos.

EN aquel tiempo, al salir Jesús de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a la casa de Simón y Andrés.
La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, e inmediatamente le hablaron de ella. Él se acercó, la cogió de la mano y la levantó. Se le pasó la fiebre y se puso a servirles.
Al anochecer, cuando se puso el sol, le llevaron todos los enfermos y endemoniados. La población entera se agolpaba a la puerta. Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios; y como los demonios lo conocían, no les permitía hablar.
Se levantó de madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, se marchó a un lugar solitario y allí se puso a orar. Simón y sus compañeros fueron en su busca y, al encontrarlo, le dijeron:
«Todo el mundo te busca».
Él les responde:
«Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he salido».
Así recorrió toda Galilea, predicando en sus sinagogas y expulsando los demonios.

Palabra del Señor.

 

 

1

 

En estos días la liturgia nos enseña algo decisivo: la fe no es un impulso breve, sino una respuesta sostenida; no es solo “emocionarse” con Dios, sino aprender a escucharlo y caminar con Él toda la vida.

1) “Samuel… Samuel”: Dios llama por el nombre (1S 3,1-10.19-20)

La primera lectura nos sitúa en un tiempo de silencio: “la palabra del Señor era rara”. Y, sin embargo, Dios habla. Lo hermoso es que no grita desde lejos: llama por el nombre. Samuel no lo entiende al principio; confunde la voz de Dios con la voz de Elí. ¡Cuántas veces nos pasa! Interpretamos lo que viene de Dios como si fuera solo una preocupación más, una emoción pasajera, una idea repetida.

Aquí entra Elí, con humildad de maestro espiritual: no se pone celoso, no se adueña del muchacho, no se vuelve el centro. Le enseña el camino:
“Habla, Señor, que tu siervo escucha.”
Esa es la oración de quien no controla, de quien se abre. Y el texto remarca lo esencial: Samuel “crecía” y el Señor estaba con él; su palabra se vuelve fiable. Es decir: la escucha constante madura la vida.

Aplicación pastoral (y también psicológica): la vida espiritual se parece a educar el oído interior. Al comienzo confundimos voces: la ansiedad, la culpa, el ruido, el deseo de agradar a todos, el miedo. La sabiduría cristiana no es “sentir bonito”, sino discernir: aprender a reconocer la voz que da paz, verdad, firmeza y conversión.

2) “Aquí estoy… y me pongo en camino”: el Salmo 40(39)

El Salmo responde como eco de Samuel:
“Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.”
Y añade algo clave: a Dios no le interesan solo ritos externos; quiere un corazón disponible. “No pediste sacrificios… aquí estoy”. No es desprecio por la liturgia (¡todo lo contrario!), sino su verdad más profunda: la liturgia desemboca en una vida obediente, en una existencia ofrecida.

Para nosotros, como comunidad, es una pregunta directa: ¿mi “aquí estoy” dura solo cuando todo va bien? ¿o se vuelve una postura interior incluso en la enfermedad, la fragilidad, la espera?

3) Jesús entra en la casa… y después se va a orar (Mc 1,29-39)

El Evangelio es muy humano y muy divino a la vez. Jesús sale de la sinagoga y entra en una casa: la fe baja a lo cotidiano. Allí está la suegra de Simón con fiebre. Jesús no hace un discurso: se acerca, la toma de la mano, la levanta. Ese gesto es de resurrección: la fiebre no es solo un dato médico; es símbolo de lo que nos “tira a la cama”: cansancio, tristeza, desánimo, soledad. Cristo toca, levanta, devuelve dignidad.

Y luego aparece un detalle precioso: la mujer, ya levantada, se pone a servir. No por obligación, sino porque la gracia recibida se vuelve amor entregado. La curación no es solo “estar mejor”; es recuperar el sentido, volver a amar.

Después, el texto dice que al anochecer le llevaron muchos enfermos. Jesús los atendió. Pero al amanecer, muy temprano, se fue a un lugar solitario a orar. ¿Por qué? Porque la compasión necesita fuente. Si Jesús, el Hijo, busca el silencio para orar, ¿cuánto más nosotros? Sin oración, la entrega se vuelve activismo; y el activismo termina agotando el alma.

Cuando los discípulos lo buscan, le dicen: “Todos te buscan”. Jesús responde con libertad interior: “Vayamos a otra parte… para predicar también allí; para eso he salido.” La misión no la dicta la presión del momento, sino la comunión con el Padre.

4) Para los enfermos: una palabra de consuelo y una tarea para la comunidad

Hoy, en nuestra intención orante, traemos delante del Señor a los enfermos: los de hospital, los de casa, los que se sienten cansados por dentro, los que cargan tratamientos largos, los que viven dolores que nadie ve.

A ustedes, hermanos enfermos, la Palabra les dice:

·        Dios los llama por su nombre: no son un caso, no son un número, no son “una carga”.

·        Jesús se acerca y toma de la mano: a veces no quita de inmediato la cruz, pero nunca deja solo al que sufre.

·        Y la escucha de Samuel nos recuerda que la fe puede ser una respuesta “a largo plazo”: no solo un día valiente, sino la perseverancia humilde de cada mañana.

Y a nosotros, comunidad, nos toca una conversión concreta: no podemos decir “aquí estoy” y olvidarnos del hermano que sufre. Visitar, llamar, acompañar, llevar la comunión, ayudar con diligencias, sostener con oración… son formas reales de Evangelio.

Conclusión

Pongámosle palabras al corazón, como Samuel:
“Habla, Señor, que tu siervo escucha.”
Y como el Salmo:
“Aquí estoy para hacer tu voluntad.”

Pidamos hoy la gracia de una fe que no sea de un instante, sino de toda la vida; y que, al tocar nuestras fiebres —del cuerpo y del alma—, el Señor nos levante para volver a amar.

Oremos por los enfermos:
Señor Jesús, médico de los cuerpos y de las almas, toma de la mano a nuestros hermanos enfermos; dales paz en el corazón, alivio en sus dolores, fortaleza en la espera, y una esperanza que no defrauda. Amén.

 

2

 

La Palabra de Dios de hoy nos conduce por un mismo camino: escucha, oración y misión. Samuel aprende a reconocer la voz del Señor; el salmista responde con disponibilidad; y Jesús nos enseña que la oración es la fuente de toda acción fecunda. Cuando estos tres hilos se unen, la vida se vuelve clara: Dios habla, el corazón escucha, y el amor se pone en marcha.

1) “Habla, Señor, que tu siervo escucha” (1S 3,1-10.19-20)

La primera lectura es una escuela de discernimiento. Samuel vive en un tiempo en que “la palabra del Señor era rara” y, sin embargo, Dios llama. Lo más bello es que llama por el nombre: “¡Samuel, Samuel!”. Pero el muchacho no entiende al principio; confunde esa voz con la de Elí. También nosotros, muchas veces, confundimos: tomamos por voz de Dios lo que es solo ruido interior, presión, miedo, costumbre, emoción pasajera.

Aquí aparece la figura de Elí, el acompañante sabio, que no se pone como protagonista sino que orienta hacia lo esencial:
“Si te llama, responde: ‘Habla, Señor, que tu siervo escucha’.”
Samuel no solo dice “aquí estoy”; aprende a escuchar. Y el texto concluye con una frase fuerte: “Samuel crecía… y el Señor estaba con él”; su palabra no caía en saco roto. Es decir: la escucha fiel hace madurar la vida.

Esta escena nos dice algo muy actual: la oración no es solo hablarle a Dios; es, ante todo, aprender a escucharle. Y esa escucha no se improvisa: se cultiva “a largo plazo”, con constancia, humildad y un corazón despierto.

2) “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad” (Sal 40[39])

El salmo prolonga exactamente la actitud de Samuel, pero con un matiz precioso: la escucha desemboca en obediencia amorosa. El salmista proclama:
“Aquí estoy… para hacer tu voluntad.”
Y reconoce que a Dios no le bastan gestos externos: Él quiere un corazón disponible, una vida abierta a su querer.

Esto es decisivo para la vida cristiana: la liturgia, la Palabra, la oración… no buscan solo “emocionarnos”, sino convertir nuestra voluntad, orientarnos hacia el bien, volvernos más dóciles, más compasivos, más fieles. En una frase: quien escucha de verdad termina viviendo de otro modo.

3) Jesús ora para amar mejor y servir con libertad (Mc 1,29-39)

En el Evangelio, Jesús muestra dos movimientos que se complementan:

Primero, se acerca al dolor. En la casa de Simón, toma de la mano a la suegra enferma y la levanta. Ese gesto tiene sabor pascual: levantar, poner en pie, devolver vida. Luego, al anochecer, le llevan “a todos los enfermos”; Jesús se vuelve refugio de los sufrientes.

Segundo, se retira a orar. Muy de madrugada se va a un lugar solitario. Aquí está la gran enseñanza: Jesús no se deja devorar por la urgencia ni por la expectativa: “Todos te buscan”. La oración le da libertad interior y claridad:
“Vayamos a otra parte… para eso he salido.”
No actúa por presión, sino por misión. La oración no lo aparta del pueblo: lo mantiene unido al Padre para servir mejor al pueblo.

4) La oración que nos transforma

Hoy la liturgia nos pregunta, con cariño pero con firmeza:

·        ¿Tengo espacios reales de silencio para Dios?

·        ¿Mi oración es escucha o solo lista de peticiones?

·        ¿Me está transformando: me vuelve más paciente, más misericordioso, más auténtico?

Samuel nos enseña a decir: “Habla, Señor”.
El salmo nos hace responder: “Aquí estoy”.
Y Jesús nos muestra el método: retirarse a orar para volver con una caridad más libre y más pura.

5) Intención orante: por los enfermos

Hoy traemos en el corazón a quienes sufren en el cuerpo y en el alma. Jesús no mira la enfermedad desde lejos: entra a la casa, se acerca, toca, levanta. Y, además, ora. Qué consuelo: nuestros enfermos no están fuera del corazón de Cristo.

Pidamos:

·        alivio y fortaleza para quienes están en tratamientos largos,

·        paz para quienes viven noches de angustia,

·        esperanza para las familias que cuidan,

·        y una comunidad cristiana más cercana, que sepa acompañar con presencia, oración y gestos concretos.

Conclusión

Que hoy podamos aprender el itinerario completo de la Palabra:

Escuchar como Samuel.
Responder como el salmo: “Aquí estoy”.
Y sostenerlo todo en la oración como Jesús.

Porque la oración no es un lujo: es el lugar donde Dios nos despierta, nos levanta y nos envía.
Amén.

 

martes, 13 de enero de 2026

13 de enero del 2026: martes de la primera semana de Cuaresma II- San Hilario de Poitiers-memoria libre

 

Santo del día:

San Hilario

Siglo IV. Obispo de Poitiers, luchó valientemente contra la herejía arriana, lo que le valió el exilio por orden del emperador Constancio II. Autor del famoso Tratado sobre la Trinidad. Doctor de la Iglesia.

 


 

“¡Eso sacude!”


(Marcos 1,21-28) Jesús impone silencio al espíritu impuro que revela: «Tú eres el Santo de Dios». Esta verdad, en efecto, queda manchada por la insinuación de que él habría venido para perdernos. Muy al contrario: ha venido a salvarnos de un conocimiento malsano, haciendo callar las mentiras que atormentan a los hombres. Como aquel hombre, dejemos que la palabra de Jesús actúe para expulsar lo que hay de mentira en nosotros. Y aceptemos que el paso a la verdad nos sacuda.

Nicolas Tarralle, prêtre assomptionniste


 

Primera lectura

1 Sam 1, 9-20

El Señor se acordó de Ana, y dio a luz a Samuel

Lectura del primer libro de Samuel.

EN aquellos días, se levantó Ana, después de comer y beber en Siló. El sacerdote Elí estaba sentado en el sitial junto a una de las jambas del templo del Señor. Ella se puso a implorar al Señor con el ánimo amargado, y lloró copiosamente.
E hizo este voto:
«Señor del universo, si miras la aflicción de tu sierva y te acuerdas de mí y no olvidas a tu sierva, y concedes a tu sierva un retoño varón, lo ofreceré al Señor por todos los días de su vida, y la navaja no pasará por su cabeza».
Mientras insistía implorando ante el Señor, Elí observaba su boca. Ana hablaba para sí en su corazón; solo sus labios se movían, mas su voz no se oía. Elí la creyó borracha.
Entonces le dijo:
«¿Hasta cuándo vas a seguir borracha? Echa el vino que llevas dentro».
Pero Ana tomó la palabra y respondió:
«No, mi señor, yo soy una mujer de espíritu tenaz. No he bebido vino ni licor, solo desahogaba mi alma ante el Señor. No trates a tu sierva como a una perdida, pues he hablado así por mi gran congoja y aflicción».
Elí le dijo:
«Vete en paz y que el Dios de Israel te conceda el favor que le has pedido».
Ella respondió:
«Que tu sierva encuentre gracia a tus ojos».
Luego, la mujer emprendió su camino; comió y su semblante no fue ya el mismo.
Se levantaron de madrugada y se postraron ante el Señor. Después se volvieron y llegaron a su casa de Ramá.
Elcaná se unió a Ana, su mujer, y el Señor se acordó de ella.
Al cabo de los días Ana concibió y dio a luz un hijo, al que puso por nombre Samuel, diciendo:
«Se lo pedí al Señor».

Palabra de Dios.

 

Salmo

1 Sam 2, 1. 4-5. 6-7. 8abcd (R.: cf. 1a)

R. Mi corazón se regocija en el Señor, mi Salvador.

V. Mi corazón se regocija en el Señor,
mi poder se exalta por Dios.
Mi boca se ríe de mis enemigos,
porque gozo con tu salvación.
 R.

V. Se rompen los arcos de los valientes,
mientras los cobardes se ciñen de valor.
Los hartos se contratan por el pan,
mientras los hambrientos engordan;
la mujer estéril da a luz siete hijos,
mientras la madre de muchos queda baldía. 
R.

V. El Señor da la muerte y la vida,
hunde en el abismo y levanta;
da la pobreza y la riqueza,
humilla y enaltece. 
R

V. Él levanta del polvo al desvalido,
alza de la basura al pobre,
para hacer que se siente entre príncipes
y que herede un trono de gloria. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Acojan la palabra de Dios, no como palabra humana, sino, cual es en verdad, como palabra de Dios. R.

 

Evangelio

Mc 1, 21b-28

Les enseñaba con autoridad

Lectura del santo Evangelio según san Marcos.

EN la ciudad de Cafarnaún, el sábado entró Jesús en la sinagoga a enseñar; estaban asombrados de su enseñanza, porque les enseñaba con autoridad y no como los escribas. Había precisamente en su sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo y se puso a gritar:
«¿Qué tenemos que ver nosotros contigo, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios».
Jesús lo increpó:
«¡Cállate y sal de él!».
El espíritu inmundo lo retorció violentamente y, dando un grito muy fuerte, salió de él. Todos se preguntaron estupefactos:
«¿Qué es esto? Una enseñanza nueva expuesta con autoridad. Incluso manda a los espíritus inmundos y lo obedecen».
Su fama se extendió enseguida por todas partes, alcanzando la comarca entera de Galilea.

Palabra del Señor.

 

1

 

1) Puerta de entrada: cuando Dios “sacude” para sanar

La Palabra de hoy tiene un verbo escondido que se siente en el alma: Dios sacude. No para humillar, sino para despertar. No para destruir, sino para liberar. A veces vivimos con un ruido interior que no sabemos nombrar: miedos, culpas viejas, voces que nos acusan, comparaciones, resentimientos, ansiedad. Y entonces viene Jesús con una autoridad distinta: no grita, no negocia con el mal, no se enreda en discusiones. Manda callar a la mentira para que pueda hablar la verdad.

Y junto a esa escena fuerte del Evangelio, aparece Ana, una mujer herida por la vida, que no se resigna: ora, llora, insiste… y Dios abre camino donde parecía cerrado. Hoy el Señor nos muestra dos movimientos del corazón creyente: orar con verdad como Ana, y dejarnos liberar por la Palabra con autoridad de Jesús.

2) Primera lectura: Ana, el dolor que se vuelve oración verdadera

Ana llega al templo con el corazón hecho pedazos. Lleva años cargando el peso de la esterilidad, y además el dolor social, familiar y emocional que eso implicaba en su tiempo. Pero lo decisivo es esto: no convierte su herida en amargura, la convierte en oración.

Su plegaria es intensa, casi incomprendida. El sacerdote Elí, al verla mover los labios, piensa mal. ¡Qué realista es la Biblia! A veces, cuando alguien ora desde el abismo, los demás no saben leerlo: confunden lágrimas con debilidad, fervor con exageración, silencio con rareza. Pero Dios sí entiende. Dios ve lo que nadie ve.

Y el texto nos regala un detalle precioso: después de esa oración, Ana “se fue por su camino; comió y no estaba ya triste”. No porque el problema estuviera resuelto de inmediato, sino porque puso su carga en Dios. Orar no siempre cambia de golpe las circunstancias; muchas veces cambia primero el corazón: vuelve la paz, se reordena la esperanza, se respira distinto.

3) Salmo: el cántico de la inversión de Dios

El cántico de Ana (Sal 1Sam 2) es una proclamación: Dios cambia la lógica del mundo. Derriba orgullos, levanta humildes, sacia hambrientos, sostiene al débil. Es la música de la providencia: Dios no es indiferente. Dios ve. Dios actúa. Y lo hace con un estilo que desconcierta: su fuerza se manifiesta levantando, sanando, reconstruyendo.

4) Evangelio: la autoridad de Jesús que hace callar la mentira

En la sinagoga, Jesús enseña “con autoridad”. No es solo que habla bien. Es que su palabra tiene peso, toca, desenmascara, ordena la vida. Y allí aparece un espíritu impuro que grita una frase verdadera: “Tú eres el Santo de Dios”. Pero la verdad viene “manchada”,: viene mezclada con la insinuación venenosa: “¿Has venido a perdernos?”

Ese es el mecanismo de muchas tentaciones: mezclar verdad con veneno.

  • “Dios existe… pero a ti no te quiere.”
  • “Eres creyente… pero no vales.”
  • “Jesús es santo… pero tu vida ya está perdida.”
  • “La Iglesia es de Dios… pero tú no tienes lugar.”

Jesús corta de raíz: “¡Cállate y sal de él!”. Porque la primera liberación es el silencio impuesto a la mentira que tortura. Solo cuando calla el engaño, puede escucharse la voz de Dios.

Y todos se preguntan: “¿Qué es esto? ¡Una enseñanza nueva con autoridad!” Lo nuevo no es un discurso raro; lo nuevo es que la palabra de Jesús libera. No es información: es salvación.

5) Aplicación para hoy: ¿qué necesita ser expulsado de mí?

Dejemos que la palabra de Jesús expulse lo que hay de mentira en nosotros, y aceptemos que el paso a la verdad nos sacuda. Eso duele un poquito, porque la mentira se nos puede volver “cómoda”, “habitual”, “parte del carácter”. La verdad, en cambio, exige conversión.

Preguntémonos con sencillez:

  • ¿Qué voz interior me acusa sin misericordia?
  • ¿Qué mentira repito sobre mí mismo: “no puedo”, “no merezco”, “ya es tarde”?
  • ¿Qué falsedad alimento sobre Dios: “me castiga”, “me abandonó”, “no escucha”?
  • ¿Qué engaño conservo sobre el prójimo: “no cambia”, “no vale”, “no lo perdono”?

Jesús no entra en pacto con esas voces. Las manda callar. Y cuando Cristo manda, lo hace para devolvernos la dignidad y la paz.

6) Intención orante: por familiares, amigos y benefactores

Hoy, de manera especial, presentamos en el altar a nuestros familiares, amigos y benefactores: los que nos han sostenido, los que nos han acompañado, los que han sido instrumentos de la providencia de Dios. Que el Señor les conceda salud, trabajo digno, unidad en sus hogares, fe perseverante y alegría.

Y también pidamos algo muy concreto para ellos: que toda mentira que los atormente —miedo, desesperanza, culpa, resentimiento— sea silenciada por la autoridad de Cristo, y que puedan escuchar la verdad que salva: “Eres hijo, eres hija, no estás solo, no estás sola; mi gracia te basta.”

7) Cierre: una oración breve para concluir

Señor Jesús,
tú que enseñas con autoridad y liberas con tu Palabra,
haz callar en nosotros toda mentira que nos roba la paz.
Como Ana, danos un corazón que se atreva a orar con verdad.
Bendice a nuestros familiares, amigos y benefactores:
que tu mano los sostenga y tu Espíritu los renueve.
Y si tu verdad hoy nos sacude, que sea para sanarnos,
para enderezar nuestros caminos y devolvernos la alegría.

Amén.


2


 

13 de enero:

San Hilario de Poitiers, obispo y doctor de la Iglesia — Memoria opcional
c. 315–367

Santo patrono de los niños con dificultades académicas, de los niños que aprenden a caminar, de las madres y de los enfermos.
Invocado contra el reumatismo y las mordeduras de serpiente.
Proclamado Doctor de la Iglesia en 1851 por el papa Pío IX.




Cita

«Permíteme, en suma, adorarte a Ti, Padre nuestro, y a tu Hijo junto contigo; permíteme alcanzar el favor de tu Espíritu Santo, que procede de Ti, por medio de tu Unigénito. Porque tengo un Testigo convincente de mi fe, que dice: “Padre, todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo es mío” (Jn 17,10), incluso mi Señor Jesucristo, que permanece en Ti, procede de Ti y está contigo, Dios por siempre. Bendito sea por los siglos de los siglos. Amén».
(De Trinitate 12,57)


Reflexión

Nacido en una familia pagana acomodada en Poitiers, Francia, Hilario recibió una sólida formación en las letras clásicas. Sin embargo, al mirar dentro de su propia alma, comprendió que no existía únicamente para buscar placer, disfrutar del ocio, acumular riquezas o satisfacer deseos puramente carnales. Hilario razonó que el alma humana no existe simplemente para morir. Más bien, debe existir para algo más, algo eterno, algo glorioso. Cuando su cultura pagana no fue suficiente y la filosofía se quedó corta, Hilario encontró finalmente lo que buscaba al toparse con las Escrituras.

Lo primero que lo impactó fue el misterioso nombre de Dios en el Antiguo Testamento: «YO SOY EL QUE SOY». Dios se había revelado como eterno, sin principio ni fin: la Existencia misma. Luego, Hilario descubrió al Hijo de Dios en el Evangelio de Juan 1,1–14. Sobre este hallazgo, Hilario escribió: «Mi alma midió las poderosas obras de Dios, realizadas según la escala de su omnipotencia eterna… con una fe sin límites… de que Dios estaba en el principio con Dios, y de que el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros…» (De Trinitate 1,12).

Hilario tuvo la voluntad de creer y, con el paso de los años, recibió también el don y la capacidad de comprender la belleza, el misterio, la omnipotencia y la naturaleza de la Santísima Trinidad. Poco después de estos descubrimientos de fe, fue bautizado cristiano y se dedicó a defender la doctrina trinitaria frente a la «locura y la ignorancia de los hombres». Impresionó tanto a los fieles que lo eligieron como su obispo, una dignidad que aceptó con reticencia.

Entre quienes compartían aquella «locura e ignorancia» se encontraban obispos y laicos seguidores de la herejía arriana, que negaba la divinidad de Cristo, sosteniendo que el Hijo era inferior al Padre. Esta herejía estaba muy extendida en la Iglesia oriental y comenzaba a propagarse en Francia. Tras apenas cinco años como obispo, el emperador —él mismo arriano— ordenó que todos los obispos juraran apoyo a esta doctrina. Hilario se negó. Defendió con firmeza la verdad y, por su valiente postura, fue desterrado a Frigia, en la actual Turquía. En su amor y providencia, Dios utilizó de manera poderosa ese tiempo de exilio.

En Frigia, el obispo Hilario dedicó mucho tiempo al estudio y a la escritura. Ya había compuesto en Poitiers un admirable comentario al Evangelio de Mateo, y ahora se consagró a su obra más importante: De Trinitate (Sobre la Trinidad). Apoyándose en su formación clásica, su conocimiento del griego, su amor por las Escrituras y también en la misma «locura» e «ignorancia» del arrianismo, Hilario elaboró una defensa completa de la doctrina trinitaria tal como la enseña el Credo de Nicea. Causó tantos problemas a los arrianos en Frigia que los propios obispos arrianos suplicaron al emperador que lo enviara de regreso a su patria, petición que el emperador concedió.

En su retorno a Poitiers, Hilario tomó el camino largo, pasando por Grecia e Italia, predicando en todas partes y arrancando de raíz los primeros brotes del arrianismo en la Iglesia occidental. Su eficacia no provenía solo de la claridad de su enseñanza, sino también de su actitud conciliadora y de su firme determinación. Ya en Poitiers, continuó predicando, escribiendo, participando en concilios e incluso componiendo himnos. Estos himnos eran su manera de introducir las verdades de la fe en el pueblo de Dios a través del canto. Fue un verdadero pastor, ardiente en su deseo de que todos llegaran a un conocimiento más profundo del único Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo.


Oración

San Hilario, tu corazón estaba inquieto cuando eras pagano, pero transformaste esa inquietud en una búsqueda de la Verdad. Al encontrarla, te lanzaste de lleno, penetrando cada vez más en el gran misterio de la Trinidad. Ruega por mí, para que también yo sea diligente y perseverante en mi empeño por descubrir el gran misterio de la Santísima Trinidad. Que, al crecer en la fe, participe también de tu celo por dar testimonio de ella ante los demás.
San Hilario, ruega por mí.
Jesús, en Ti confío.

domingo, 11 de enero de 2026

12 de enero del 2026: lunes de la primera semana del tiempo ordinario-año II


Una vida decidida por Cristo

(Mc 1,14-20), Marcos nos coloca en el comienzo de la misión pública: Jesús anuncia con fuerza: “Se ha cumplido el tiempo… conviértanse y crean en el Evangelio”. Y enseguida llama a Simón, Andrés, Santiago y Juan. No los llama cuando ya están listos, sino mientras trabajan, en lo cotidiano, con las manos ocupadas y el corazón quizá lleno de preguntas. Y la respuesta es inmediata: “dejaron las redes… y lo siguieron.” Es el milagro de una vida que se decide por Cristo.

G.Q

 


Primera lectura

1 Sam 1, 1-8

Su rival importunaba a Ana, pues el Señor la había hecho estéril

Comienzo del primer libro de Samuel.

HABÍA un hombre de Ha Ramatáin Sufín, en la montaña de Efraín, llamado Elcaná, hijo de Yeroján, hijo de Elihú, hijo de Toju, hijo de Suf, efrateo. Tenía dos mujeres: la primera
se llamaba Ana y la segunda Feniná. Feniná tenía hijos, pero Ana no los tenía.
Ese hombre subía desde su ciudad de año en año a adorar y ofrecer sacrificios al Señor del universo en Siló, donde estaban de sacerdotes del Señor los dos hijos de Elí: Jofní
y Pinjás.
Llegado el día, Elcaná ofrecía sacrificios y entregaba porciones de la víctima a su esposa Feniná y a todos sus hijos e hijas, mientras que a Ana le entregaba una porción doble, porque la amaba, aunque el Señor la había hecho estéril. Su rival la importunaba con insolencia hasta humillarla, pues el Señor la había hecho estéril.
Así hacía Elcaná año tras año, cada vez que subía a la casa del Señor; y así Feniná la molestaba del mismo modo. Por tal motivo, ella lloraba y no quería comer.
Su marido Elcaná le preguntaba: «¿Ana, por qué lloras y por qué no comes? ¿Por qué está apenado tu corazón? ¿Acaso no soy para ti mejor que diez
hijos?».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 115, 12-13. 14 y 17. 18-19 (R.: 17a)

R. Te ofreceré, Señor, un sacrificio de alabanza.

O bien:

R. Aleluya.

V. ¿Cómo pagaré al Señor
todo el bien que me ha hecho?
Alzaré la copa de la salvación,
invocando el nombre del Señor. 
R.

V. Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo.
Te ofreceré un sacrificio de alabanza,
invocando el nombre del Señor. 
R.

V. Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo,
en el atrio de la casa del Señor,
en medio de ti, Jerusalén. 
R.


 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Está cerca el reino de Dios —dice el Señor; conviértanse y crean en el Evangelio. R.

 

Evangelio

Mc 1, 14-20

Conviértanse y crean en el Evangelio

Lectura del santo Evangelio según san Marcos.

DESPUÉS de que Juan fue entregado, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios; decía:
«Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios. Conviértanse y crean en el Evangelio».
Pasando junto al mar de Galilea, vio a Simón y a Andrés, el hermano de Simón, echando las redes en el mar, pues eran pescadores.
Jesús les dijo:
«Vengan en pos de mí y los haré pescadores de hombres».
Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron.
Un poco más adelante vio a Santiago, el de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca restaurando las redes. A continuación los llamó, dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros y se marcharon en pos de él.

Palabra del Señor.

 

 

 

1

 

Hermanos y hermanas, comenzamos esta primera semana del Tiempo Ordinario con una Palabra que no se queda en lo superficial: entra en lo que duele, en lo que pesa, en lo que a veces no sabemos ni explicar. Hoy la liturgia nos pone delante a Ana, mujer de corazón herido; nos hace cantar un salmo de gratitud; y nos presenta a Jesús iniciando su misión con una llamada que cambia la vida: “Conviértanse… crean… síganme”. En medio de todo, traemos una intención muy concreta y muy humana: orar por nuestros difuntos, por quienes amamos y ya no vemos, pero que no dejamos de llevar en el alma.

5)   Ana: el dolor que se vuelve oración (1S 1,1-8)

La primera lectura nos muestra a Ana en una situación profundamente dolorosa: su esterilidad no es solo una condición física; en su cultura era también motivo de humillación, de comentarios, de heridas que se repiten. Ana va al santuario, participa del culto, pero su corazón está quebrado. Y hay un detalle precioso: Elcaná la ama, le dice palabras buenas, le da una porción especial… pero eso no le quita la pena.

Esto nos enseña algo muy real: hay dolores que ni el amor de los demás puede borrar del todo. Y uno de esos dolores es el duelo. Cuando muere alguien querido, podemos estar acompañados, podemos recibir palabras hermosas, pero hay una parte del corazón que solo Dios puede consolar. El duelo es como una “esterilidad” del alma: el lugar donde esa persona estaba, queda silencioso; y a veces sentimos que la vida se nos “detiene”.

Pero la gracia de Ana es que no se encierra, no se queda únicamente en el reproche o en la tristeza: lleva su herida a Dios. Y esa es una enseñanza pastoral inmensa: cuando la muerte nos visita, la fe no nos quita las lágrimas, pero nos da un lugar donde llorar con sentido. El Señor no desprecia un corazón herido; lo escucha.

Hoy, al presentar en el altar a nuestros difuntos, podemos decirle al Señor:
“Padre, mira mi vacío… mira mi nostalgia… mira esta ausencia… Yo no sé explicarlo, pero te lo entrego”.

2) “¿Cómo pagaré al Señor?”: la gratitud que sana (Sal 116/115)

El salmo responde con una pregunta que parece sencilla pero es profunda:
“¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?”

Cuando estamos de duelo, solemos quedarnos en lo que nos falta (y es natural), pero el salmo nos invita también a mirar lo que Dios nos dio: la vida compartida, los momentos, la historia, el amor recibido. Y ahí la gratitud se vuelve medicina.

Orar por los difuntos no es solo pedir: es también dar gracias. Dar gracias por lo que fueron, por lo que sembraron, por lo que nos enseñaron. Y el salmo nos muestra el modo: “Te ofreceré un sacrificio de alabanza”. Para nosotros ese “sacrificio” se concreta de manera suprema en la Eucaristía: la Misa es el gran acto de gratitud y, al mismo tiempo, la súplica más fuerte por quienes han partido.

Hoy, entonces, nuestra oración por los difuntos no nace de la desesperación, sino de la fe agradecida:
“Señor, gracias por su vida; ahora recíbelo(a) en tu paz”.

3) “Se ha cumplido el tiempo”: Jesús abre un futuro (Mc 1,14-20)

El Evangelio comienza con una frase poderosa:
“Se ha cumplido el tiempo y el Reino de Dios está cerca”.
Y luego: “Conviértanse y crean en el Evangelio”.

Notemos: Jesús no viene a anunciar que todo será fácil, sino que Dios está cerca, que la historia humana no está abandonada, y que el tiempo —incluso el tiempo del dolor— puede transformarse en tiempo de salvación.

Y de inmediato llama a cuatro pescadores. Ellos están en lo cotidiano: redes, barca, trabajo. Jesús les dice: “Vengan conmigo”. Y el Evangelio repite como un golpe de gracia: dejaron. Dejaron redes, dejaron seguridades, dejaron incluso un esquema de vida.

Aquí aparece una luz muy importante para nuestro duelo: hay pérdidas que no elegimos (la muerte de un ser querido), pero también hay “redes” que la vida nos invita a soltar para poder seguir caminando. No soltamos el amor por nuestros difuntos —eso nunca—, pero sí podemos soltar la desesperanza, la culpa estéril, el resentimiento con la vida, la parálisis, esa forma de dolor que nos encierra.

En el duelo, Cristo nos llama con ternura:
“Ven conmigo… no te quedes atrapado en la orilla de la ausencia. Camina. Yo estoy.”

4) Nuestros difuntos: no los perdemos en Dios, los encomendamos

Como cristianos no hablamos de la muerte como un muro final, sino como un paso que solo Dios atraviesa plenamente. Nuestra esperanza no es ingenuidad: nace de Cristo, que vino a traer el Reino, que nos llama, y que sostiene la historia. Por eso, hoy ponemos nombres en el corazón: padres, madres, hermanos, amigos, benefactores, feligreses… y también aquellos difuntos por los que nadie ora.

Y lo hacemos con confianza, porque el amor de Dios no es más pequeño que nuestro amor. Si nosotros los amamos, ¡cuánto más los ama Él!

5) Tres llamadas para comenzar bien esta semana

1.    Como Ana: no escondas tu herida; preséntala al Señor. La oración no es maquillaje del dolor, es verdad delante de Dios.

2.    Como el salmo: agradece. La gratitud abre ventanas donde el duelo había puesto paredes.

3.    Como los discípulos: escucha la voz de Jesús y da un paso. Hoy quizá tu “red” a dejar sea la resignación amarga, o el miedo a vivir, o la tristeza que te roba la fe.

Oración final (por los difuntos)

Señor Jesús,
tú que pasas por nuestras orillas y nos llamas por nuestro nombre,
recibe en tu misericordia a nuestros difuntos.
Dales el descanso eterno y haz brillar para ellos la luz perpetua.
Consuela a quienes lloran, fortalece a quienes recuerdan,
y enséñanos a vivir con fe, agradecimiento y esperanza,
hasta el día en que, en tu Reino, nos reunamos en la alegría que no termina.

Amén.

 

2

 

1) Introducción: Dios no llega tarde

Hermanos y hermanas, hoy la Palabra nos pone en el umbral de un tiempo nuevo: “Se ha cumplido el tiempo; el Reino de Dios está cerca” (Mc 1,15). No es una frase bonita: es un anuncio que parte la historia en dos. Dios no está lejos. Dios no está ausente. Dios no llega tarde. Hoy —en este instante— el Señor vuelve a pasar por la orilla de nuestra vida y repite su llamada: “Conviértanse… crean en el Evangelio… vengan conmigo.”
Y, desde esa certeza, elevamos nuestra intención: oramos por nuestros difuntos, porque también para ellos —y para nosotros— Cristo sigue siendo la esperanza.

2) La escena del Evangelio: una llamada sin demora (Mc 1,14-20)

Imaginemos la escena: un día normal en Galilea. Redes, agua, barcas, cansancio. Nada extraordinario… y, sin embargo, lo más extraordinario sucede: pasa Jesús. No llega con espectáculo; llega con Palabra. No conquista con poder humano; conquista con autoridad interior:
“Conviértanse y crean.”
Después, mirando a los pescadores, les dice: “Vengan conmigo y los haré pescadores de hombres.”

Lo impresionante es la respuesta: “dejaron las redes… dejaron a su padre… y lo siguieron.” No titubean. No negocian. No posponen. No dudan.

Aquí hay una verdad que debemos grabar: Jesús no solo llamó una vez en la historia; llama hoy. Ese “tiempo de cumplimiento” no se quedó en el pasado: se actualiza cada día. La llamada de Cristo siempre sucede en presente.

3) “Hoy”: el tiempo donde Dios actúa

 “Hoy” es el momento de Dios.
Muchas veces nosotros vivimos aplazando: “mañana cambio”, “luego me confieso”, “cuando tenga tiempo oro”, “cuando se resuelva esto me acerco a Dios”. Pero el Evangelio de Marcos es directo: hoy. Porque la gracia no es un recuerdo; es una visita. Y Jesús pasa… y si uno no lo sigue, se queda mirando cómo se aleja.

Este comienzo del ministerio de Jesús es como una campana que despierta:

  • Conviértanse: cambien de rumbo, vuelvan el corazón a Dios.
  • Crean: confíen en la Buena Noticia, no en el miedo.
  • Síganme: pongan sus pasos en mis huellas.

4) Las “redes” que nos amarran

El Evangelio dice que ellos dejaron las redes. Y nosotros debemos preguntarnos con honestidad: ¿cuáles son mis redes?
Redes pueden ser:

  • apegos que me quitan libertad interior,
  • comodidades que me hacen perezoso para el bien,
  • distracciones que me roban la oración,
  • rencores que me endurecen,
  • pecados repetidos que me hacen sentir “ya no puedo cambiar”.

Y también, en clave humana, hay redes invisibles: el miedo a perder, el temor al qué dirán, la inseguridad, esa voz interior que repite: “tú no sirves”, “tú no eres capaz”. Jesús no te llama porque ya seas perfecto; te llama para hacerte nuevo.

5) Ana y Elcaná: cuando el dolor se vuelve camino (1S 1,1-8)

La primera lectura parece distante del Evangelio, pero está íntimamente unida. Ana vive humillada y herida. Elcaná la ama, pero su dolor permanece. Hay sufrimientos que no se resuelven con una frase o con un abrazo; necesitan ser llevados a Dios.

Ana nos enseña a no congelarnos en la tristeza: llevar la herida al Señor. Y aquí entra nuestra intención por los difuntos. Porque el duelo también puede convertirse en una red: no la red del amor —que es santa— sino la red de la desesperanza, de la culpa, de la amargura, del “ya nada tiene sentido”.
La fe no borra la nostalgia, pero la transforma en oración confiada. Y esa oración tiene fuerza: porque el amor, cuando se entrega a Dios, no se pierde; se purifica y se eleva.

6) El salmo: agradecer en medio de todo (Sal 116/115)

El salmo nos pone en los labios una pregunta luminosa:
“¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?”
Y responde: con una ofrenda, con alabanza, con fidelidad.

Orar por los difuntos es también un acto de gratitud: gracias por lo vivido, por el bien recibido, por la historia compartida. Y es, sobre todo, un acto de fe: creemos que la vida no termina en la tumba; creemos que Dios es Dios de vivos, y que la misericordia de Cristo alcanza a los que partieron.

Por eso, una de las obras de amor más grandes es ofrecer la Eucaristía y la oración por ellos. A veces no podemos cambiar el pasado, pero sí podemos amar en el presente: encomendándolos.

7) Aplicación pastoral: no dudes en volver a Dios

La Palabra de hoy nos pide una respuesta concreta. No una emoción pasajera, sino una decisión. Si Jesús te llama “hoy”, entonces:

  • Hoy perdona.
  • Hoy reza.
  • Hoy vuelve a la confesión si lo necesitas.
  • Hoy ordena tu vida.
  • Hoy deja esa red que te impide amar.
  • Hoy encomienda a tus difuntos con esperanza, no con desesperación.

Porque también en nuestro duelo el Señor dice: “Ven conmigo.” No para borrar el recuerdo, sino para transformarlo en esperanza.

8) Encomendación por los difuntos

En este altar ponemos a nuestros seres queridos difuntos. Tal vez hay nombres que pronuncias en silencio; tal vez hay una ausencia reciente; tal vez hay una memoria antigua que todavía duele. Cristo, que comenzó su misión proclamando la cercanía del Reino, nos asegura que la muerte no tiene la última palabra.

Pidamos la gracia de los primeros discípulos: no hesitar, no aplazar, no endurecernos, no vivir posponiendo a Dios.


Oración final

Señor Jesús,
tú que pasas por nuestra orilla y nos llamas por nuestro nombre,
danos un corazón disponible para seguirte sin demora.
Rompe nuestras redes: las del pecado, las de la comodidad, las del miedo,
y haznos discípulos tuyos, libres y alegres.

Te encomendamos hoy a nuestros difuntos:
acéptalos en tu misericordia, perdona sus faltas,
y llévalos a la luz de tu rostro.
Consuela a quienes los lloramos y fortalece nuestra esperanza
hasta el día del reencuentro en tu Reino.

Amén.

 

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