El regreso a Dios
(Mateo 6, 1-6.16-18) El camino de la Cuaresma no se centra ante todo en
unas prácticas, sino en el regreso a Dios. Eso supone desprenderse de aquello
que contamina nuestra relación con Él, con los demás y con nosotros mismos: es
decir, esa necesidad de reconocimiento y de aprobación que nos mantiene
prisioneros de la mirada de los otros, de los prejuicios de nuestro ambiente…
Esto nos invita a prestar atención a nuestras motivaciones, no para
condenarnos, sino para abrirnos a la transformación del Espíritu que hace
nuevas todas las cosas (cf. Ap 21).
Emmanuelle Billoteau, ermita
Primera lectura
Jl
2, 12-18
Rasguen
sus corazones, no sus vestidos
Lectura de la profecía de Joel.
AHORA —oráculo del Señor—,
conviértanse a mí de todo corazón,
con ayunos, llantos y lamentos;
rasguen sus corazones, no sus vestidos,
y conviértanse al Señor su Dios,
un Dios compasivo y misericordioso,
lento a la cólera y rico en amor,
que se arrepiente del castigo.
¡Quién sabe si cambiará y se arrepentirá
dejando tras de sí la bendición,
ofrenda y libación
para el Señor, su Dios!
Toquen la trompeta en Sion,
proclamen un ayuno santo,
convoquen a la asamblea,
reúnan a la gente,
santifiquen a la comunidad,
llamen a los ancianos;
congreguen a los muchachos
y a los niños de pecho;
salga el esposo de la alcoba
y la esposa del tálamo.
Entre el atrio y el altar
lloren los sacerdotes,
servidores del Señor,
y digan:
«Ten compasión de tu pueblo, Señor;
no entregues tu heredad al oprobio
ni a las burlas de los pueblos».
¿Por qué van a decir las gentes:
«Dónde está su Dios»?
Entonces se encendió
el celo de Dios por su tierra
y perdonó a su pueblo.
Palabra de Dios.
Salmo
Sal
50, 3-4. 5-6ab. 12-13. 14 y 17 (R.: cf. 3a)
R. Misericordia,
Señor, hemos pecado.
V. Misericordia, Dios
mío, por tu bondad,
por tu inmensa compasión borra mi culpa;
lava del todo mi delito,
limpia mi pecado. R.
V. Pues yo
reconozco mi culpa,
tengo siempre presente mi pecado.
Contra ti, contra ti solo pequé,
cometí la maldad en tu presencia. R.
V. Oh, Dios, crea en mí
un corazón puro,
renuévame por dentro con espíritu firme.
No me arrojes lejos de tu rostro,
no me quites tu santo espíritu. R.
V. Devuélveme la alegría
de tu salvación,
afiánzame con espíritu generoso.
Señor, me abrirás los labios,
y mi boca proclamará tu alabanza. R.
Segunda lectura
2
Cor 5, 20 — 6, 2
Reconcíliense
con Dios: ahora es tiempo favorable
Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Corintios.
HERMANOS:
Actuamos como enviados de Cristo, y es como si Dios mismo exhortara por medio
de nosotros. En nombre de Cristo les pedimos que se reconcilien con Dios.
Al que no conocía el pecado, lo hizo pecado en favor nuestro, para que nosotros
llegáramos a ser justicia de Dios en él.
Y como cooperadores suyos, los exhortamos a no echar en saco roto la gracia de
Dios. Pues dice:
«En el tiempo favorable te escuché,
en el día de la salvación te ayudé».
Pues miren: ahora es el tiempo favorable, ahora es el día de la salvación.
Palabra de Dios.
Aclamación
V. No endurezcan hoy su
corazón; escuchen la voz del Señor.
Evangelio
Mt
6, 1-6. 16-18
Tu
Padre, que ve en lo secreto, te recompensará
Lectura del santo Evangelio según san Mateo.
EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Cuiden de no practicar su justicia delante de los hombres para ser vistos por
ellos; de lo contrario no tendrán recompensa de su Padre celestial.
Por tanto, cuando hagas limosna, no mandes tocar la trompeta ante ti, como
hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles para ser honrados por la
gente; en verdad les digo que ya han recibido su recompensa.
Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace
tu derecha; así tu limosna quedará en secreto y tu Padre, que ve en lo secreto,
te recompensará.
Cuando oren, no sean como los hipócritas, a quienes les gusta orar de pie en
las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para que los vean los hombres.
En verdad les digo que ya han recibido su recompensa.
Tú, en cambio, cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu
Padre, que está en lo secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo
recompensará.
Cuando ayunen, no pongan cara triste, como los hipócritas que desfiguran sus
rostros para hacer ver a los hombres que ayunan. En verdad les digo que ya han
recibido su paga.
Tú, en cambio, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que tu
ayuno lo note, no los hombres, sino tu Padre, que está en lo escondido; y tu
Padre, que ve en lo escondido, te recompensará».
Palabra del Señor.
1
Queridos
hermanos:
Hoy, con
la ceniza sobre la frente, comenzamos un tiempo santo que muchos identifican
enseguida con tres palabras: oración, ayuno y limosna. Y está bien. Pero la
Palabra de Dios de este Miércoles de Ceniza nos obliga a ir más al fondo: la
Cuaresma es, ante todo, un regreso a Dios.
Lo dice
el profeta Joel con una fuerza que atraviesa los siglos:
“Vuelvan
a mí de todo corazón” (Jl 2,12).
No dice:
“vuelvan a una costumbre”. No dice: “cumplan un rito”. Dice: vuelvan a mí.
La Cuaresma no empieza con tareas; empieza con una relación que necesita ser
sanada.
1) “Rasguen el corazón, no los vestidos” (Jl 2,13)
Joel
describe los signos penitenciales del pueblo: ayuno, llanto, luto, asamblea,
trompeta… Todo eso existe. Pero el centro es otro:
“Rasguen
su corazón y no sus vestidos” (Jl 2,13).
Es una
frase tremenda: no basta el gesto exterior. El corazón puede “vestirse”
de penitencia y por dentro seguir igual: orgulloso, resentido, duro, distraído,
superficial.
Por eso
la ceniza no es un talismán ni un simple recuerdo piadoso: es una sacudida. Nos
recuerda quiénes somos: frágiles, necesitados, pecadores… pero también
convocados por un Dios que “es compasivo y misericordioso” (cf. Jl 2,13).
Y fíjense
que Joel no pinta un Dios con ganas de castigar, sino un Dios que espera, que
se deja conmover, que busca restaurar la alianza:
“Quizá se
arrepienta… ¿Quién sabe?” (Jl 2,14).
Ese
“quién sabe” no es duda sobre la bondad de Dios; es una invitación a no dar por
perdido el futuro: si volvemos, hay gracia; si regresamos, hay vida.
2) El Salmo 51: la Cuaresma como cirugía del
corazón
Hoy
respondemos con el Salmo 51, el gran salmo penitencial:
“Misericordia,
Dios mío, por tu bondad” (Sal 51).
Aquí se
entiende bien el espíritu cuaresmal: no venimos a exhibir méritos; venimos a
pedir misericordia. Y el salmo nos enseña lo que Dios desea:
“Mi
sacrificio es un espíritu quebrantado; un corazón contrito y humillado tú no lo
desprecias” (Sal 51,19/17).
Dios no
desprecia nuestra pobreza cuando es verdadera. Lo que Él no soporta es la
máscara. Y por eso este salmo pide lo que más necesitamos:
“Crea en
mí, oh Dios, un corazón puro” (Sal 51,12).
Cuaresma
es eso: permitir que Dios cree de nuevo en nosotros. No es maquillaje: es
creación nueva.
3) “Déjense reconciliar con Dios… ahora” (2Co
5,20–6,2)
San Pablo
hoy no habla con tono diplomático. Habla como quien suplica:
“En
nombre de Cristo les pedimos: déjense reconciliar con Dios” (2Co 5,20).
Noten el
verbo: déjense. A veces pensamos que convertirnos es solo “hacer más”.
Pablo dice algo más profundo: convertirnos es dejar que Dios nos reconcilie,
permitir que su gracia nos alcance.
Y remata
con una frase que debería quedarse pegada al alma durante toda la Cuaresma:
“Ahora es
el tiempo favorable, ahora es el día de la salvación” (2Co 6,2).
No cuando
se calme todo. No cuando termine el problema. No cuando haya más tiempo. Ahora.
La
Cuaresma es un “ahora” de Dios. Un kairós. Una puerta abierta.
4) El Evangelio: volver a Dios purificando las
motivaciones (Mt 6,1-6.16-18)
Y
llegamos al Evangelio. Jesús no prohíbe la limosna, la oración y el ayuno. De
hecho, lo da por sentado: “cuando des… cuando ores… cuando ayunes…”.
Lo que
Jesús combate es otra cosa: la necesidad de reconocimiento, esa sed de
aprobación que nos vuelve esclavos de la mirada ajena. Como decía alguien: hay
algo que “contamina” nuestra relación con Dios, con los demás y con nosotros
mismos: vivir prisioneros del qué dirán, de los prejuicios del ambiente, del
aplauso.
Por eso
Jesús repite como un estribillo:
“Tu
Padre, que ve en lo secreto, te recompensará”.
El
secreto no es esconderse por miedo; es actuar desde la verdad. Es hacer el bien
por amor, no por imagen.
- Limosna: no para ser visto, sino
para amar y liberar el corazón de la avaricia y del egoísmo.
- Oración: no para impresionar, sino
para entrar al “cuarto interior”, donde se recuerda quién soy: hijo amado,
no actor religioso.
- Ayuno: no para aparentar
santidad, sino para ordenar los deseos y aprender que Dios es mi verdadera
hambre.
La
Cuaresma entonces no es primero una lista de prácticas, sino una purificación
de intención: ¿por qué hago lo que hago? ¿para quién? ¿desde dónde?
5) Evocación de la ceniza: polvo que humilla, polvo
que despierta
La ceniza
en la frente es pequeña, pero habla fuerte. Nos predica sin palabras:
- “No eres Dios”: baja del
pedestal.
- “No eres eterno aquí”: vive
lo esencial.
- “Necesitas salvación”: abre
espacio a la gracia.
- “Puedes empezar de nuevo”:
hoy es tiempo favorable.
Y aquí se
une todo: Joel nos llama a volver; el salmo nos pone de rodillas sin destruirnos;
Pablo nos urge a reconciliarnos hoy; Jesús nos enseña a caminar en verdad,
lejos del show religioso.
Para aterrizar la Cuaresma en decisiones concretas
Te
propongo tres preguntas sencillas para estos días:
1.
¿Qué necesito soltar para volver a Dios “de todo corazón”? (Jl 2,12)
2.
¿Qué motivación debo purificar: quiero ser visto o quiero amar? (Mt 6)
3.
¿Qué paso de reconciliación debo dar ya: con Dios, con alguien, conmigo
mismo? (2Co 6,2)
Y tres
compromisos discretos:
- una limosna real (que me
cueste)
- una oración diaria en
secreto (aunque sea breve, fiel)
- un ayuno concreto (que
ordene mi corazón, no solo el estómago)
Oración final
Señor,
hoy regreso a Ti.
Rasga mi corazón donde está endurecido,
purifica mis motivaciones,
líbrame de la esclavitud del aplauso
y hazme vivir en tu mirada que sana.
Crea en
mí un corazón puro.
Reconcíliame contigo.
Y que esta Cuaresma sea un verdadero comienzo.
Amén.
2
Queridos hermanos:
Hoy
comenzamos el santo tiempo de la Cuaresma. La ceniza que se impondrá sobre
nuestra frente no es un gesto folclórico ni una costumbre antigua sin
contenido. Es una llamada urgente. El profeta Joel lo grita con fuerza:
“Conviértanse
a mí de todo corazón” (Jl
2,12).
No dice:
“hagan algunos cambios externos”. Dice: de todo corazón.
San Pablo
lo reafirma con tono apasionado:
“En
nombre de Cristo les suplicamos: déjense reconciliar con Dios… ahora es el
tiempo favorable” (2Co
5,20; 6,2).
No
mañana. No cuando pase la Semana Santa. Ahora.
Y el
Evangelio nos ofrece el camino concreto: limosna, oración y ayuno.
1. Tres tentaciones, tres remedios
Los
Padres de la Iglesia enseñaban que estas tres prácticas cuaresmales no son
simples obras piadosas. Son armas espirituales. Son el modo concreto de
combatir las mismas tentaciones que Jesús venció en el desierto.
a) La gula – y el ayuno como medicina
El
maligno tentó a Jesús: “Convierte estas piedras en pan”.
Después de cuarenta días de ayuno, era una tentación muy real.
No era
sólo hambre física. Era la invitación a usar el poder para satisfacer un deseo
inmediato.
¿Cuántas
veces nosotros también buscamos saciar vacíos interiores con comida, consumo,
entretenimiento, redes sociales, compras compulsivas? La gula no es solo comer
demasiado; es vivir dominados por el apetito.
El ayuno
es la respuesta.
No para castigar el cuerpo.
No para aparentar santidad.
Sino para educar el corazón.
Cuando
ayunamos, recordamos que no todo deseo debe ser satisfecho inmediatamente.
Aprendemos libertad interior. Descubrimos que Dios basta.
Por eso
Jesús dice:
“Cuando
ayunes, perfuma tu cabeza y lávate la cara”.
No es
teatro. Es discreción. Es amor secreto.
b) La vanagloria – y la oración como purificación
La
segunda tentación fue la del espectáculo:
“Lánzate del templo para que todos vean quién eres”.
La
necesidad de ser admirado, reconocido, aplaudido.
La obsesión por la imagen.
El deseo de aprobación constante.
Hoy
vivimos en una cultura donde la identidad parece depender de los “me gusta”.
Pero Jesús nos lleva al lugar contrario:
“Cuando
ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta…”
La
oración en lo secreto es el antídoto contra la vanagloria.
Allí no hay público.
Allí no hay aplausos.
Allí sólo está el Padre.
Y cuando
uno se sabe amado por el Padre, ya no necesita demostrar nada a nadie. La
oración sana la inseguridad, la comparación, la competencia. Nos devuelve
nuestra verdadera dignidad: ser hijos.
c) La avaricia – y la limosna como liberación
La
tercera tentación fue el poder y la posesión:
“Te daré todos los reinos del mundo si me adoras”.
La
avaricia no es solo amar el dinero; es confiar en él más que en Dios. Es pensar
que la seguridad viene de acumular.
La
limosna rompe ese apego.
Cuando damos, declaramos: mi seguridad no está en lo que poseo, sino en
Aquel que me sostiene.
Jesús
dice:
“Que no
sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha”.
La
verdadera generosidad no busca publicidad.
Busca libertad.
Cuando
compartimos, vencemos el egoísmo.
Cuando ayudamos, nos parecemos a Dios.
2. El combate espiritual comienza dentro
El Salmo
51 nos hace repetir hoy:
“Crea en
mí, oh Dios, un corazón puro”.
La
Cuaresma no es una dieta religiosa.
Es una cirugía del corazón.
El
problema no está solo en nuestras acciones externas, sino en nuestras
motivaciones profundas. Jesús lo deja claro: no basta dar limosna; importa cómo
y por qué la damos. No basta ayunar; importa desde dónde lo hacemos.
Combatir
el pecado con la virtud significa identificar aquello que más nos esclaviza y
abrazar conscientemente la virtud contraria.
- Si lucho con el egoísmo,
practico generosidad concreta.
- Si lucho con el orgullo,
busco oración humilde.
- Si lucho con el desorden en
mis apetitos, practico ayuno disciplinado.
La virtud
no nace espontáneamente; se cultiva con decisión.
3. Ir al desierto
Cuarenta
días.
Como Jesús.
Como el pueblo de Israel.
El
desierto no es un lugar cómodo. Es un lugar de verdad. Allí caen las máscaras.
Allí se revela lo que realmente hay dentro.
¿Qué te
aleja hoy de Dios?
¿Qué tentación se repite más en tu vida?
¿Qué pecado se ha vuelto costumbre?
No
tengamos miedo de mirarlo.
El Miércoles de Ceniza no es un día triste; es un día de esperanza.
Porque el
mismo Dios que nos muestra la herida es quien ofrece la medicina.
4. La recompensa del Padre
Jesús
repite tres veces una promesa:
“Tu
Padre, que ve en lo secreto, te recompensará”.
La
recompensa no es fama.
No es éxito.
No es prosperidad material.
La
recompensa es un corazón libre.
Un corazón reconciliado.
Un corazón que ama más.
Hoy, al
recibir la ceniza, escucharemos:
“Conviértete y cree en el Evangelio”
o
“Recuerda que eres polvo y al polvo volverás”.
No es una
amenaza.
Es una invitación a vivir lo único que permanece: el amor.
Oración final
Señor
liberador,
al comenzar esta Cuaresma, muéstrame con claridad aquello que me esclaviza.
Dame valentía para enfrentar mis tentaciones.
Enséñame a practicar la limosna con generosidad,
la oración con humildad
y el ayuno con alegría.
Crea en
mí un corazón nuevo.
Hazme libre para amar más.
Jesús,
confío en Ti.
3
Queridos
hermanos:
Cada año, al llegar el Miércoles de Ceniza, muchos
experimentamos algo especial. Permítanme comenzar con un recuerdo personal.
Cuando era niño, este día me producía una mezcla de
curiosidad y respeto. Íbamos al templo casi “en fila”, acompañados por nuestros
profesores y con el consentimiento alegre de nuestros padres. El sacerdote
marcaba una pequeña cruz de ceniza sobre nuestra frente. Yo me preguntaba:
¿para qué sirve esto? ¿Qué significa dejarse trazar una cruz hecha con polvo
oscuro, que —nos decían— provenía de los ramos bendecidos el Domingo de Ramos
del año anterior?
Aquella crucecita la llevábamos con orgullo casi
sagrado. Hacíamos lo posible por no borrarla en todo el día. Pero bastaba el
sudor, el juego o un descuido al rascarnos la frente para que se desdibujara. Y
cuando eso ocurría, sentíamos una especie de sobresalto interior, como si
hubiéramos atentado contra algo muy importante.
Con el paso de los años comprendí mejor. Y también
descubrí que todavía hoy muchos participan del rito sin entender del todo su
profundidad.
1. La ceniza: un signo antiguo y
profundamente bíblico
La imposición de la ceniza no es un invento
reciente. La Iglesia lo recibe de la tradición bíblica.
En Israel, cuando el pueblo atravesaba tiempos de
sufrimiento, de prueba o de pecado, se proclamaban ayunos públicos. Las
personas se vestían con sayal, se cubrían de ceniza y expresaban exteriormente
su dolor y su arrepentimiento. Era un gesto fuerte: reconocer la fragilidad
humana ante Dios.
El profeta Joel, en la primera lectura, nos
transmite hoy esa misma voz divina:
“Conviértanse a mí de todo corazón… rasguen su
corazón y no sus vestidos” (Jl 2,12-13).
Aquí está el centro: no basta el gesto externo.
Dios quiere el corazón.
La ceniza es un sacramental —no un sacramento—, es
decir, un signo que dispone el alma. No actúa mágicamente. No es un amuleto. Es
una llamada.
2. “Recuerda que eres polvo”
Cuando escuchamos:
“Recuerda que eres polvo y al polvo volverás”,
no es una amenaza, es una verdad liberadora.
Nos recuerda que no somos autosuficientes. Que no
somos eternos en esta tierra. Que no somos dioses.
En una cultura que exalta la juventud, el éxito, la
apariencia y la productividad, la ceniza nos devuelve a la realidad: somos
criaturas, somos dependientes, somos frágiles… y somos amados por Dios.
La ceniza nos habla de pecado y de muerte, sí. Pero
también nos habla de misericordia y de esperanza. Porque reconocer nuestra
condición es el primer paso para dejarnos salvar.
3. Lo esencial no es el gesto,
sino la conversión
En el Evangelio, Jesús no elimina las prácticas
penitenciales. No dice que el ayuno, la oración o la limosna sean inútiles. Al
contrario, los presupone. Pero hace una precisión decisiva: no deben hacerse
para aparentar.
“Cuando des limosna… cuando ores… cuando ayunes…”
No dice “si”. Dice “cuando”. Es decir, son parte de
la vida del creyente.
Pero añade:
“Tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará”.
El peligro no es practicar la religión; el peligro
es vaciarla de interioridad. El gesto exterior sin conversión interior se
vuelve teatro.
Joel ya lo había dicho:
“Rasguen su corazón”.
La Cuaresma no es cosmética espiritual. No es
cumplir por tradición. Es un tiempo de gracia para volver a Dios “de todo
corazón”.
4. Cuarenta días para reencontrar
lo esencial
La palabra Cuaresma significa “cuarenta”. Cuarenta
días como los de Jesús en el desierto. Cuarenta días para ordenar la vida.
Vivimos inmersos en una sociedad de ruido, prisa y
superficialidad. Muchas voces compiten por nuestra atención. La Palabra de Dios
se diluye entre tantas opiniones. Terminamos dando prioridad a lo urgente y
olvidando lo importante.
La ceniza nos obliga a detenernos.
A preguntarnos:
¿Qué sentido tiene mi trabajo?
¿Qué lugar ocupa Dios en mi agenda?
¿Qué estoy haciendo con mi vida?
San Pablo nos lo dice con fuerza:
“Ahora es el tiempo favorable, ahora es el día de
la salvación” (2Co 6,2).
No después. Ahora.
5. Un camino de humildad y
esperanza
La ceniza nos recuerda que somos pecadores. Pero no
para hundirnos en la culpa, sino para abrirnos a la misericordia.
El Salmo 51 lo expresa con belleza:
“Crea en mí, oh Dios, un corazón puro”.
Ese es el verdadero objetivo de estos cuarenta
días: un corazón nuevo. Un corazón más humilde, más justo, más compasivo.
Porque la conversión no consiste solo en dejar un
pecado; consiste en amar mejor. En perdonar. En reconciliarnos. En buscar la
justicia. En volver a lo esencial.
Queridos
hermanos:
Tal vez
hoy, como cuando éramos niños, volvamos a sentir una mezcla de respeto y
misterio al recibir la ceniza. Pero que no se quede en una emoción pasajera.
Que este
signo visible nos lleve a una decisión invisible pero real: volver a Dios.
Que estos
cuarenta días no pasen en vano.
Que la cruz de ceniza en la frente se convierta en cruz de amor en el corazón.
Amén.


