lunes, 17 de agosto de 2026

18 de agosto del 2026: martes de la vigésima semana del tiempo ordinario-II

 

Por la pobreza de corazón

(Mt 19,23-30) Jesús insiste: la riqueza, cualquiera que sea su forma, puede convertirse en un riesgo humano y espiritual. Cuando se transforma en ídolo y en el principal criterio de referencia para nuestras decisiones, termina ocupando el lugar que solo corresponde a Dios.

No se trata únicamente del dinero. Podemos sentirnos “ricos” de poder, prestigio, conocimientos, seguridades, proyectos o incluso de nuestras propias cualidades. El peligro aparece cuando aquello que poseemos termina poseyéndonos a nosotros, cerrando el corazón a Dios y a los demás.

La verdadera pobreza evangélica es, ante todo, pobreza de corazón: reconocer que todo es don, vivir desprendidos, saber compartir y poner nuestra confianza definitiva en el Señor. Quien se vacía de falsas seguridades queda libre para recibir la riqueza que no pasa: Dios mismo y su Reino.

Por eso, la pregunta no es solamente: «¿Cuánto tengo?», sino más profundamente: «¿Dónde está puesto mi corazón?».

P.E.I



Primera lectura

Ez 28, 1-10
Eres hombre, y no dios; pusiste tu corazón como el corazón de Dios

Lectura de la profecía de Ezequiel.

ME fue dirigida esta palabra del Señor:
«Hijo de hombre, di al príncipe de Tiro: Esto dice el Señor Dios:
Se enalteció tu corazón y dijiste:
“Soy un dios
y estoy sentado en el trono de los dioses en el corazón
del mar”.
Tú que eres hombre, y no dios,
pusiste tu corazón como el corazón de Dios.
Te dijiste: “¡Si eres más sabio que Daniel,
ningún enigma se te resiste!
Con tu sabiduría e inteligencia
te has hecho una fortuna;
acumulaste tesoros de oro y plata”.
Con tu gran habilidad para el comercio
acrecentaste tu fortuna;
y por tu fortuna te llenaste de presunción.
Por ello, así dice el Señor Dios:
“Por haber puesto tu corazón como el corazón de Dios,
por eso, haré venir contra ti extranjeros,
los más feroces de entre los pueblos.
Desenvainarán sus espadas
contra tu brillante sabiduría,
y profanarán tu belleza.
Te hundirán en la fosa
y perecerás de muerte violenta
en el corazón del mar.
¿Podrás seguir diciendo delante de tus verdugos:
‘Soy un dios’? Serás un hombre, y no un dios,
en mano de los que te apuñalen.
Morirás con muerte de incircunciso,
a manos de gentes extrañas.
Porque lo he dicho yo”
—oráculo del Señor—».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Dt 32, 26-27ab. 27cd-28. 30. 35cd-36ab (R.: 39c)

R. Yo doy la muerte y la vida.

V. Me dije: «Los aniquilaría,
y borraría su memoria entre los hombres».
Si no temiese las burlas del enemigo,
y la mala interpretación del adversario.
 R.

V. No sea que digan: «Nuestra mano ha vencido,
no es el Señor quien ha hecho todo esto».
Porque es gente que ha perdido el juicio,
y que carece de inteligencia. 
R.

V. ¿Cómo puede uno perseguir a mil,
y dos poner en fuga a diez mil,
si no fuera porque los ha vendido su Roca
y el Señor los ha entregado? 
R.

V. El día de su ruina se acerca,
y se precipita su destino.
El Señor hará justicia a su pueblo,
y tendrá piedad de sus siervos. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Jesucristo, siendo rico, se hizo pobre
para enriquecerlos con su pobreza. 
R.

 

Evangelio

Mt 19, 23-30

Más fácil le es a un camello entrar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de los cielos

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos:
«En verdad les digo que difícilmente entrará un rico en el reino de los cielos. Lo repito: más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de los cielos».
Al oírlo, los discípulos dijeron espantados:
«Entonces, ¿quién puede salvarse?».
Jesús se les quedó mirando y les dijo:
«Es imposible para los hombres, pero Dios lo puede todo».
Entonces dijo Pedro a Jesús:
«Ya ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido; ¿qué nos va a tocar?».
Jesús les dijo:
«En verdad les digo: cuando llegue la renovación y el Hijo del hombre se siente en el trono de su gloria, también ustedes, los que me han seguido, se sentarán en doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel.
Todo el que por mí deja casa, hermanos o hermanas, padre o madre, hijos o tierras, recibirá cien veces más y heredará la vida eterna.
Pero muchos primeros serán últimos y muchos últimos primeros».

Palabra del Señor.

 

 

1

 

Hermanos:

Las lecturas de hoy nos ponen frente a una tentación muy antigua y, al mismo tiempo, muy actual: creernos autosuficientes, pensar que lo que tenemos, sabemos o hemos conseguido nos hace invulnerables.

Jesús nos advierte en el Evangelio: «Difícilmente entrará un rico en el Reino de los cielos». No está condenando simplemente los bienes materiales. Está señalando algo más profundo: el peligro de que la riqueza —sea dinero, poder, prestigio, conocimientos o seguridades— termine ocupando en nuestro corazón el lugar que pertenece a Dios.

«Te has creído un dios»

La primera lectura, del profeta Ezequiel, es muy fuerte. El príncipe de Tiro se ha llenado de orgullo por su poder y sus riquezas. Ha llegado a decir en su corazón: «Soy un dios».

Ahí está el verdadero pecado.

No es simplemente poseer mucho, sino llegar a pensar: yo puedo solo, yo no necesito a nadie, yo controlo mi vida, mi futuro está asegurado porque tengo recursos, inteligencia, influencia o poder.

Dios le responde por medio del profeta:

«Eres hombre y no dios».

Qué palabra tan necesaria también para nosotros.

Somos criaturas. Somos frágiles. Necesitamos de Dios y necesitamos de los demás.

A veces basta una enfermedad, una pérdida inesperada, una crisis económica o una dificultad familiar para recordarnos que no tenemos el control absoluto de la vida.

Y esto no debe llevarnos al miedo, sino a la humildad.

La humildad no consiste en despreciarnos, sino en reconocer la verdad: todo lo que somos y tenemos es don.

«Yo doy la muerte y la vida»

El salmo responsorial continúa esta enseñanza y pone en boca de Dios una afirmación contundente:

«Yo doy la muerte y la vida».

El pueblo había olvidado al Señor y había puesto su confianza en otros dioses, en otras fuerzas, en otras seguridades.

El salmo nos recuerda que Dios sigue siendo el Señor de la historia.

Nuestros bienes no nos salvan.

Nuestro prestigio no nos salva.

Nuestros títulos no nos salvan.

Nuestros contactos no nos salvan.

Incluso nuestras fuerzas terminarán un día por disminuir.

Solamente Dios permanece.

Por eso la verdadera pobreza evangélica consiste en tener un corazón capaz de decir:

Señor, gracias por todo lo que me has dado, pero nada de esto quiero ponerlo por encima de Ti.

El peligro no está únicamente en el bolsillo

Jesús dice:

«Es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja que un rico entre en el Reino de los cielos».

Es una imagen deliberadamente exagerada para despertarnos.

Porque podemos ser pobres económicamente y, sin embargo, tener un corazón profundamente apegado.

Hay quien no tiene mucho dinero, pero está lleno de orgullo.

Hay quien se aferra desesperadamente a un cargo.

Hay quien considera indispensable su reconocimiento social.

Hay quien no puede soltar una ofensa.

Hay quien necesita tener siempre la razón.

Hay quien convierte incluso a una persona amada en una posesión.

Por eso la pregunta de hoy no es solamente:

«¿Cuánto tengo?»

La pregunta es:

«¿Qué cosa ocupa demasiado espacio en mi corazón?»

¿Qué me cuesta entregar?

¿Qué temo perder?

¿En qué pongo mi seguridad?

«Entonces, ¿quién puede salvarse?»

Los discípulos quedan desconcertados y preguntan:

«Entonces, ¿quién puede salvarse?»

Y Jesús responde con una de las frases más consoladoras del Evangelio:

«Para los hombres es imposible; pero Dios lo puede todo».

Aquí está la Buena Noticia.

Jesús no nos está diciendo: sálvense ustedes mismos desprendiéndose perfectamente de todo.

Nos está diciendo: déjense salvar por Dios.

Porque solamente la gracia puede hacer verdaderamente libre nuestro corazón.

Pedro añade:

«Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido».

Y Jesús promete que ningún desprendimiento hecho por amor a Él queda sin recompensa.

Lo que entregamos a Dios no se pierde.

Se transforma.

Cuando dejamos una ambición por seguir a Cristo, ganamos libertad.

Cuando compartimos nuestros bienes, ganamos fraternidad.

Cuando renunciamos al orgullo, ganamos paz.

Cuando dejamos de querer controlarlo todo, aprendemos a confiar.

Una pregunta para llevarnos hoy

Hermanos, podríamos terminar haciéndonos una pregunta sencilla:

¿Qué riqueza necesito hoy bajar del trono de mi corazón para que Dios vuelva a ocupar el primer lugar?

Tal vez sea el dinero.

Tal vez el orgullo.

Tal vez la imagen que queremos mantener ante los demás.

Tal vez una seguridad a la que nos aferramos.

Tal vez pensar que no necesitamos de nadie.

Escuchemos hoy aquella palabra que Dios dirige al príncipe de Tiro:

«Eres hombre y no dios».

No para humillarnos, sino para liberarnos.

Porque cuando dejamos de querer ser dioses, descubrimos la alegría de ser hijos.

Y cuando reconocemos que todo viene de Dios, podemos disfrutar lo que tenemos sin convertirlo en ídolo, compartirlo sin miedo y perderlo sin perder el sentido de nuestra existencia.

Pidámosle al Señor:

Señor Jesús, danos un corazón pobre y libre.
Que las cosas no nos posean,
que el orgullo no nos engañe,
que nuestras seguridades no ocupen tu lugar.
Enséñanos a reconocerte como nuestra verdadera riqueza
y a creer, aun en nuestra fragilidad,
que para nosotros muchas cosas son imposibles,
pero para Ti todo es posible.
Amén.

 

2

 

Hermanos:

El Evangelio de hoy nos deja una de esas palabras de Jesús que no podemos suavizar demasiado:

«Difícilmente entrará un rico en el Reino de los cielos… es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre en el Reino de Dios».

Y los discípulos, desconcertados, preguntan:

«Entonces, ¿quién podrá salvarse?»

Esta enseñanza viene inmediatamente después del encuentro con el joven rico. Aquel muchacho era bueno, cumplía los mandamientos, tenía inquietud espiritual y deseaba la vida eterna. Pero cuando Jesús tocó precisamente aquello a lo que estaba más aferrado —sus bienes—, se marchó triste.

Y ahí aparece una pregunta para nosotros:

¿Qué cosa podría pedirme Jesús que me costaría demasiado entregar?

Porque la riqueza no está solamente en el bolsillo. Podemos estar apegados al dinero, pero también al prestigio, al cargo, a nuestra imagen, a nuestras comodidades, a nuestros proyectos, a nuestra opinión o incluso a la necesidad de tener siempre el control.

«Te has creído un dios»

La primera lectura, del profeta Ezequiel, nos presenta al príncipe de Tiro, un hombre que había alcanzado riqueza, poder y sabiduría, pero precisamente esas cosas terminaron engañándolo.

Dios le dice:

«Se enorgulleció tu corazón y dijiste: “Soy un dios”».

Y enseguida le recuerda:

«Eres hombre y no dios».

Ahí encontramos la raíz del problema.

La riqueza se vuelve peligrosa cuando deja de ser un instrumento y se convierte en una identidad; cuando pensamos que porque tenemos dinero, conocimientos, contactos, poder o experiencia podemos asegurar completamente nuestra vida.

El príncipe de Tiro llegó a sentirse casi invencible.

Y esta tentación sigue existiendo.

El ser humano puede terminar diciendo, aunque nunca lo pronuncie con los labios:

«Yo puedo solo».
«No necesito a nadie».
«Con lo que tengo me basta».
«Yo controlo mi futuro».

Y entonces los bienes terminan haciendo algo mucho más grave que llenar nuestras manos: empiezan a ocupar el lugar de Dios en el corazón.

Por eso Ezequiel nos recuerda una verdad elemental pero profundamente espiritual:

somos criaturas, no dioses.

Todo lo que tenemos es recibido.

Nuestra inteligencia es un don.

Nuestra salud es un don.

Nuestra familia es un don.

Nuestros amigos son un don.

Las personas que nos han ayudado y sostenido también son un don.

«Yo doy la muerte y la vida»

El salmo, tomado del Deuteronomio, nos devuelve precisamente a esa verdad:

«Yo doy la muerte y la vida».

Y añade que llega el momento en que el Señor «hará justicia a su pueblo y tendrá compasión de sus siervos».

El salmo destruye suavemente nuestra ilusión de autosuficiencia.

Podemos hacer planes —y debemos hacerlos—; podemos trabajar, ahorrar, construir, progresar. Pero hay realidades de la existencia que jamás podremos dominar completamente.

La vida sigue siendo don.

Y cuando reconocemos esto, nace la verdadera pobreza espiritual.

Ser pobre de corazón significa poder decir:

«Señor, tengo cosas, pero mi vida no depende de ellas. Tengo personas que amo, pero sé que también ellas son tuyas. Tengo capacidades, pero sé que proceden de Ti. Tú eres mi verdadera seguridad».

El problema no es tener; es quedar atrapados

Jesús no está diciendo que el dinero sea malo.

Con el dinero podemos sostener una familia, educar a los hijos, ayudar a quien sufre, crear trabajo, apoyar una obra evangelizadora y practicar la caridad.

El problema aparece cuando dejamos de poseer las cosas y las cosas empiezan a poseernos.

Por eso quizá la pregunta no debería ser únicamente:

«¿Cuánto tengo?»

Sino:

«¿Qué lugar ocupa en mi corazón aquello que tengo?»

¿Soy capaz de compartir?

¿Puedo vivir con menos?

¿Necesito acumular continuamente?

¿Me angustia demasiado perder?

¿La comparación con quienes tienen más me roba la paz?

¿Me acuerdo de quienes tienen menos?

La pobreza evangélica no consiste necesariamente en la indigencia. Consiste en una libertad interior capaz de agradecer, disfrutar, compartir y también desprenderse.

«Nosotros lo hemos dejado todo»

Pedro entonces pregunta:

«Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido; ¿qué nos va a tocar?»

Jesús responde que quien haya dejado algo por Él recibirá mucho más y heredará la vida eterna.

Esto significa que nada entregado por amor a Cristo se pierde.

Cuando compartimos, no perdemos: nos enriquecemos interiormente.

Cuando renunciamos a una comodidad para ayudar a alguien, crecemos.

Cuando dejamos atrás nuestro orgullo para reconciliarnos, somos más libres.

Cuando ponemos nuestros bienes al servicio del prójimo, comenzamos a convertir tesoros de la tierra en tesoros del cielo.

Y entonces comprendemos la paradoja cristiana:

hay pobres que son profundamente ricos y ricos que viven terriblemente pobres.

La verdadera riqueza consiste en tener un corazón lleno de Dios.

Nuestros familiares, amigos y benefactores

Y hoy queremos poner de manera especial ante el Señor a nuestros familiares, amigos y benefactores.

¡Cuánta riqueza hemos recibido por medio de ellos!

Personas que nos han amado.

Personas que han creído en nosotros.

Personas que nos han tendido una mano en momentos difíciles.

Personas que han compartido su tiempo, sus bienes, su consejo, su oración, su amistad.

Tal vez algunos nunca sabrán cuánto bien nos hicieron.

Por eso hoy no solamente pedimos por ellos: damos gracias a Dios por ellos.

Que el Señor bendiga a nuestros familiares, fortalezca nuestros vínculos y sane las heridas que puedan existir.

Que bendiga a nuestros amigos, especialmente aquellos que han permanecido fieles en momentos difíciles.

Y que recompense abundantemente a nuestros benefactores, especialmente a quienes, muchas veces silenciosamente, han colaborado con nosotros y con la obra de la Iglesia.

Porque también ellos nos enseñan algo del Evangelio de hoy:

la verdadera riqueza crece cuando se comparte.

Para llevarnos una pregunta

Hermanos, quizá hoy podamos regresar a casa con una sola pregunta:

¿Qué ocupa hoy el primer lugar en mi corazón?

Si la respuesta es Dios, todo lo demás encontrará su lugar.

Entonces podremos tener sin idolatrar.

Disfrutar sin aferrarnos.

Trabajar sin convertir el éxito en nuestro dios.

Amar profundamente sin querer poseer.

Compartir sin sentir que perdemos.

Y confiar sin pretender controlarlo todo.

Porque finalmente, cuando los discípulos preguntan:

«Entonces, ¿quién podrá salvarse?»

Jesús responde:

«Para los hombres es imposible; pero Dios lo puede todo».

Ahí está nuestra esperanza.

No se trata solamente de nuestro esfuerzo por desprendernos. Es Dios quien puede transformar nuestro corazón y hacerlo verdaderamente libre.

Pidámosle:

Señor Jesús, verdadera riqueza de nuestra vida, líbranos del orgullo que nos hace creer autosuficientes. Que los bienes nunca ocupen tu lugar en nuestro corazón. Danos la gracia de vivir con sencillez, agradecer lo recibido y compartir con generosidad. Bendice hoy especialmente a nuestros familiares, amigos y benefactores; recompénsales todo el bien que han sembrado en nuestra vida. Y haznos comprender que quien te tiene a Ti posee un tesoro que nadie podrá arrebatarle. Amén.


17 de agosto del 2026: lunes de la vigésima semana del tiempo ordinario-II

 

La teoría y la práctica

También nosotros acerquémonos a Cristo en la oración para preguntarle: «Maestro, ¿qué debo hacer de bueno?». Jesús nos remite a la Escritura, que nos señala el camino. Pero entre las grandes orientaciones de la Palabra y las decisiones concretas de cada día es necesario el discernimiento.

El joven conoce y cumple los mandamientos, pero Jesús lo invita a dar un paso más: liberar su corazón, compartir con los pobres y seguirlo. No basta conocer teóricamente el bien; hay que practicarlo, incluso cuando exige renuncia. Preguntemos hoy: Señor, ¿qué debo dejar para seguirte con mayor libertad y alegría?

 


Primera lectura

Ez 24, 15-24
Ezequiel les servirá de señal: harán lo mismo que él ha hecho

Lectura de la profecía de Ezequiel.

ME fue dirigida esta palabra del Señor:
«Hijo de hombre, voy a arrebatarte repentinamente el encanto de tus ojos; pero tú no entones una lamentación, no hagas duelo, no llores, no derrames lágrimas. Suspira en silencio, no hagas ningún rito fúnebre. Ponte el turbante y cálzate las sandalias; no te cubras la barba ni comas el pan del duelo».
Yo había hablado a la gente por la mañana, y por la tarde murió mi mujer. Al día siguiente hice lo que se me había ordenado. Entonces me dijo la gente:
«¿Quieres explicarnos qué significa lo que estás haciendo?».
Les respondí:
«He recibido esta palabra del Señor:
“Di a la casa de Israel: Esto dice el Señor Dios: ‘Voy a profanar mi santuario, el baluarte del que están orgullosos, encanto de sus ojos, esperanza de su vida. Los hijos e
hijas que dejaron en Jerusalén caerán a espada.
Entonces harán lo que yo he hecho: no se cubrirán la barba ni comerán el pan del duelo; seguirán con el turbante en la cabeza y las sandalias en los pies; no entonarán una lamentación ni llorarán; se consumirán por sus culpas y gemirán unos con otros. Ezequiel les servirá de señal: harán lo mismo que él ha hecho.
Y, cuando suceda, comprenderán que yo soy el Señor Dios’”».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Dt 32, 18-19. 20. 21 (R.: cf. 18a)

R. Despreciaste al Dios que te engendró.

V. Despreciaste a la Roca que te engendró,
y olvidaste al Dios que te dio a luz.
Lo vio el Señor, e irritado
rechazó a sus hijos e hijas. 
R.

V. Y dijo: «Les ocultaré mi rostro,
y veré cuál es su suerte,
porque son una generación pervertida,
unos hijos desleales». 
R.

V. «Me han dado celos con un dios que no es dios,
me han irritado con sus ídolos vacíos;
pues yo les daré celos con un pueblo que no es pueblo,
con una nación insensata los irritaré». 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Bienaventurados los pobres en el espíritu,
porque de ellos es el reino de los cielos. 
R.

 

Evangelio

Mt 19, 16-22

Si quieres ser perfecto, vende tus bienes, así tendrás un tesoro en el cielo

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, se acercó uno a Jesús y le preguntó:
«Maestro, ¿qué tengo que hacer de bueno para obtener la vida eterna?».
Jesús le contestó:
«¿Por qué me preguntas qué es bueno? Uno solo es Bueno. Mira, si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos».
Él le preguntó:
«¿Cuáles?».
Jesús le contestó:
«No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre, y ama a tu prójimo como a ti mismo».
El joven le dijo:
«Todo eso lo he cumplido. ¿Qué me falta?».
Jesús le contestó:
«Si quieres ser perfecto, anda, vende tus bienes, da el dinero a los pobres —así tendrás un tesoro en el cielo— y luego ven y sígueme».
Al oír esto, el joven se fue triste, porque era muy rico.

Palabra del Señor.

 

 

***********

 

¿Qué ocupa el lugar de Dios?


En la primera lectura, el profeta Ezequiel atraviesa una experiencia profundamente dolorosa: la muerte repentina de su esposa, “el encanto de sus ojos”. Sin embargo, Dios le pide que no realice las manifestaciones públicas y acostumbradas del duelo. Es un gesto profético difícil de comprender, pero relacionado con la tragedia que está a punto de sufrir Jerusalén: la destrucción del templo, el lugar más amado y venerado por el pueblo.

No significa que Dios haya dejado de estar presente ni que prohíba expresar el dolor. El mensaje es otro: el pueblo había convertido el templo en una falsa seguridad. Pensaba que, por tener un santuario, nada malo podía sucederle, aunque viviera alejado de la alianza. Habían amado más el edificio que al Dios que habitaba en medio de ellos. Por eso, la pérdida del templo revelaría dramáticamente la gravedad de su infidelidad.

El cántico responsorial lo expresa con palabras muy fuertes: “Despreciaste a la Roca que te engendró; olvidaste al Dios que te dio la vida”. El gran pecado del pueblo fue el olvido. No necesariamente habían dejado de realizar prácticas religiosas, pero Dios ya no ocupaba el centro de su existencia. Habían cambiado al Señor por otros dioses, otras seguridades y otros intereses.

También nosotros podemos conservar ciertas costumbres religiosas y, al mismo tiempo, vivir como si Dios no existiera. Podemos venir a la Eucaristía, rezar algunas oraciones y llevar una imagen religiosa, pero apoyar nuestra vida únicamente en el dinero, el prestigio, las relaciones, el poder o la comodidad. La Palabra nos pregunta hoy: ¿quién es realmente la roca sobre la cual estamos construyendo nuestra vida?

El joven del Evangelio también busca una seguridad. Se acerca a Jesús con una pregunta sincera: “Maestro, ¿qué tengo que hacer de bueno para obtener la vida eterna?”. Es un buen muchacho: conoce los mandamientos y asegura haberlos cumplido. No es una persona corrupta ni indiferente. Sin embargo, siente que todavía le falta algo.

Jesús descubre el verdadero obstáculo de su corazón: “Si quieres ser perfecto, vende tus bienes, da el dinero a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; después, ven y sígueme”. Jesús no le está imponiendo simplemente una pérdida; le está ofreciendo una relación: “Ven y sígueme”. Lo llama a cambiar un tesoro limitado por uno eterno, sus seguridades humanas por la confianza en Dios y la tranquilidad de una vida correcta por la aventura del discipulado.

Pero el joven se marcha triste porque tenía muchos bienes. Quería la vida eterna, pero sin soltar aquello que ocupaba el centro de su corazón. Poseía muchas cosas, pero en realidad eran las cosas las que lo poseían a él.

También nosotros podemos desear grandes cosas: seguir más de cerca a Cristo, servir a los necesitados, reconciliarnos con alguien, responder a una vocación o entregarnos generosamente a una misión. Sin embargo, retrocedemos cuando el Señor toca nuestras seguridades materiales, afectivas o psicológicas. Queremos seguirlo, pero sin perder comodidad; queremos cambiar, pero sin renunciar; queremos la alegría del Evangelio, pero sin abandonar aquello que nos entristece y esclaviza.

Jesús no pide a todos que abandonen materialmente todos sus bienes, pero sí nos pide que nada ocupe el lugar que le corresponde a Dios. La riqueza no es solamente tener dinero. Puede ser también el orgullo, la necesidad de aprobación, una relación desordenada, el apego a nuestros planes, el resentimiento o el miedo a cambiar.

Hoy Jesús nos mira y nos dice: “Todavía te falta una cosa”. Cada uno debe preguntarse: ¿qué me cuesta dejar para seguir al Señor con mayor libertad? ¿Qué seguridad me impide confiar plenamente en Él? ¿Cuál es ese “tesoro” sin el cual pienso que no podría vivir?

No nos marchemos tristes como aquel joven. Permitamos que Cristo nos libere de todo lo que nos posee. Recordemos que nuestra verdadera roca no son las cosas, los lugares ni las seguridades humanas. Nuestra roca es Dios, que nos engendró, nos sostiene y nos invita a encontrar en Él el tesoro que nadie podrá arrebatarnos.

Señor Jesús, danos un corazón libre para reconocerte como nuestra única riqueza, compartir generosamente con los pobres y seguirte con alegría por el camino de la vida eterna. Amén.

 

2


 

Vida eterna y perfección

 

Un joven se acercó a Jesús y le dijo: «Maestro, ¿qué cosa buena debo hacer para alcanzar la vida eterna?». Él le respondió: «¿Por qué me preguntas acerca de lo bueno? Uno solo es el Bueno. Si quieres entrar en la vida, cumple los mandamientos» (Mt 19,16-17).

Todos deseamos la vida eterna en el cielo. Hoy, al orar especialmente por nuestros fieles difuntos, renovamos esta esperanza: la muerte no tiene la última palabra, porque Cristo ha muerto y resucitado para abrirnos las puertas de la vida. Pero, además de desear el cielo, debemos preguntarnos: ¿deseamos también alcanzar la perfección mientras vivimos en la tierra? Y, si es así, ¿estamos verdaderamente decididos a hacer lo necesario para alcanzarla o nos conformamos simplemente con ser más o menos buenos? Aquí es donde el joven rico del Evangelio encontró su dificultad.

La primera lectura nos presenta una escena profundamente dolorosa. El profeta Ezequiel recibe este anuncio: «Voy a quitarte repentinamente el encanto de tus ojos». Su esposa muere y Dios le pide que no realice las manifestaciones públicas y acostumbradas del duelo. No se trata de que Dios sea indiferente ante su dolor ni de que esté prohibido llorar por nuestros seres queridos. El gesto de Ezequiel es un signo profético: anuncia la destrucción del templo de Jerusalén, “el encanto de los ojos” del pueblo.

Israel se había acostumbrado a contemplar el templo como una seguridad casi automática. Pensaba que, mientras conservara el santuario, nada malo podría sucederle, aunque su corazón se hubiera alejado de Dios. Habían terminado amando más el templo que al Dios que habitaba en él; se aferraban a una seguridad religiosa externa, pero habían olvidado vivir la alianza.

Por eso, el cántico responsorial denuncia la raíz de aquella tragedia: «Despreciaste a la Roca que te engendró; olvidaste al Dios que te dio la vida». Este olvido no consiste simplemente en dejar de pensar en Dios. Se puede asistir al templo, cumplir algunos preceptos y conservar prácticas religiosas y, al mismo tiempo, vivir como si Dios no existiera. Olvidar a Dios es desplazarlo del centro del corazón y sustituirlo por otros dioses: el dinero, el poder, la comodidad, el prestigio o las seguridades humanas.

Esta misma realidad aparece en el Evangelio. El joven era claramente un fiel observante de la Ley. Cuando Jesús enumeró los mandamientos como camino hacia la vida eterna, él respondió: «Todo eso lo he cumplido». Desde el punto de vista moral, esto es admirable. Revela una sincera devoción a la Ley de Dios y un compromiso digno de elogio con la justicia.

Sin embargo, Jesús no vino solamente a confirmar la Ley de Moisés, sino a llevarla a su plenitud y elevarla. Cuando el joven insistió y preguntó: «¿Qué me falta todavía?», manifestó un anhelo espiritual más profundo. Aunque había cumplido fielmente la Ley, presentía que había algo más. En su alma se despertaba el deseo de una mayor intimidad con Dios.

Es entonces cuando Jesús le presenta el ideal de la perfección: «Si quieres ser perfecto…». La obediencia a la Ley es fundamental, pero no constituye la culminación de la vida espiritual. Jesús nos invita a ir más allá de la simple obediencia, hacia un discipulado radical, una vida de completo desprendimiento y entrega de todo corazón.

La perfección, en este sentido, no consiste en no cometer nunca un error, sino en alcanzar la plenitud del amor. La meta del discipulado cristiano no se alcanza solamente evitando el pecado, sino entrando en una relación pura y transformadora con el Dios uno y trino; una comunión que nos introduce cada vez más profundamente en el amor divino.

El joven rico se marchó triste, «porque tenía muchos bienes». Deseaba la vida eterna e incluso percibía la llamada hacia algo superior a una vida moral mínima, pero sus apegos le impidieron recorrer el camino de la perfección. Tenía muchas posesiones, pero aquellas posesiones habían terminado poseyéndolo a él.

Este encuentro sagrado nos enseña varias lecciones espirituales importantes. En primer lugar, la vida eterna comienza con la obediencia —siempre sostenida por la gracia de Dios—, pero florece mediante la entrega. La primera pregunta que debemos hacernos, a la luz de este Evangelio, es si podemos, como el joven, afirmar honestamente que procuramos obedecer los mandamientos de Dios. Sin ese fundamento, todavía no estamos preparados para preguntar: «¿Qué me falta?».

Por la gracia de Dios, cuando vivimos una obediencia sincera a los Diez Mandamientos, estamos preparados para avanzar más profundamente y buscar la perfección. Y la perfección exige desprendernos de cualquier cosa que compita con nuestro amor por Cristo. Incluso las realidades buenas o moralmente neutras pueden convertirse en obstáculos cuando ocupan el lugar de Dios en nuestro corazón.

Para el joven rico, el obstáculo era su riqueza material. Jesús contempló su alma, conoció sus apegos y, con amor, le reveló el camino concreto hacia la comunión más profunda que deseaba: «Ve, vende lo que tienes, dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo. Después ven y sígueme».

La riqueza material no es mala en sí misma; ninguno de los Diez Mandamientos la condena. Pero la perfección que conduce a una intimidad profunda con Dios exige algo más que una base moral: exige eliminar todo aquello que compite con el amor divino. El verdadero discipulado siempre implica una llamada a seguir a Jesús con un corazón sin reservas.

También a nosotros Jesús nos pregunta: «¿Qué te falta todavía?». Quizá nuestro obstáculo no sea el dinero. Puede ser el orgullo, el deseo de controlar a los demás, una relación desordenada, el apego a nuestra comodidad, el miedo al cambio, un resentimiento que no queremos abandonar o una tristeza a la que nos hemos acostumbrado. Cristo no busca empobrecernos, sino liberarnos. No quiere arrebatarnos la alegría; quiere mostrarnos dónde se encuentra el verdadero tesoro.

La muerte de nuestros seres queridos también nos recuerda que llegará el momento en que deberemos dejarlo todo. Nada material podrá acompañarnos. Solo permanecerán el amor que hayamos entregado, la fe que hayamos vivido y la misericordia que hayamos practicado. Al orar hoy por nuestros fieles difuntos, confiémoslos al Dios que les dio la vida, a la Roca que nunca abandona a sus hijos. Que el Señor purifique sus almas, perdone sus faltas y los reciba en la plenitud de su Reino.

Reflexionemos hoy sobre la diferencia entre obedecer los mandamientos de Dios y entregarnos a Él con un amor radical y sin reservas. Si procuramos cumplir la Ley, ¿qué nos falta todavía? ¿Qué podría estar pidiéndonos Jesús que abandonemos para seguirlo con mayor perfección? Pidámosle que nos revele dónde están nuestros apegos y que nos conceda el valor para no alejarnos tristes, sino seguirlo con alegría y confianza, adondequiera que Él nos conduzca.

Señor de toda perfección, tu santidad supera toda comprensión y, sin embargo, bondadosamente me atraes hacia ti, invitándome a vivir en íntima unión contigo. Muéstrame cualquier obstáculo que dificulte mi camino hacia ti. Concédeme la gracia y el valor de entregar todo aquello que se interponga en el camino de la perfección que has colocado en mi alma como su deseo más profundo.

Recibe también a nuestros fieles difuntos. Perdona sus pecados, purifícalos con tu misericordia y concédeles contemplar eternamente tu rostro. Jesús, confío en ti. Amén.

18 de agosto del 2026: martes de la vigésima semana del tiempo ordinario-II

  Por la pobreza de corazón (Mt 19,23-30)  Jesús insiste: la riqueza, cualquiera que sea su forma, puede convertirse en un riesgo humano y...