Compromiso imposible
(Mateo 6, 24-34) No hay compromiso posible: hay que elegir entre Dios y
el dinero. ¿De quién soy servidor? La elección se funda en la confianza. “No se
preocupen”. Fácil decirlo cuando se tiene un techo y algo para comer cada día.
El Evangelio no invita ni a la ociosidad, ni a la irresponsabilidad, ni al
desprecio de los bienes indispensables. Nos recuerda lo esencial: revisar
nuestras decisiones y prioridades a la luz de la justicia.
Colette Hamza, xavière
Primera lectura
Zacarías, a
quien mataron entre el santuario y el altar
Lectura del segundo libro de las Crónicas.
DESPUÉS de la muerte de Joadá, los jefes de Judá fueron a rendir homenaje al
rey, que les hizo caso. Abandonaron el templo del Señor, Dios de sus padres, y
sirvieron a los mojones y a los ídolos. Por este pecado la cólera estalló
contra Judá y Jerusalén. Les envió profetas para convertirlos al Señor, pero no
hicieron caso de sus amonestaciones.
Entonces el Espíritu de Dios vino sobre Zacarías, hijo del sacerdote Joadá,
que, erguido ante el pueblo, les dijo:
«Así dice Dios: “¿Por qué quebrantan los mandamientos del Señor? ¡No tendrán
éxito! Por haber abandonado al Señor, él los abandonará”».
Pero conspiraron contra él y, por mandato del rey, lo apedrearon en el atrio
del templo del Señor. El rey Joás, olvidándose del amor que le profesaba Joadá,
mató al hijo de este, que murió diciendo:
«¡Que lo vea el Señor y lo demande!».
Al cabo de un año, un ejército de Siria se dirigió contra Joás, invadió Judá y
Jerusalén, mató a todos los jefes del pueblo y envió todo el botín al rey de
Damasco.
Aunque el ejército de Siria contaba con poca gente, el Señor le entregó un
ejército enorme, por haber abandonado al Señor, Dios de sus padres. Así se hizo
justicia con Joás.
Al marcharse los sirios, dejándolo con múltiples dolencias, sus servidores
conspiraron contra él para vengar al hijo del sacerdote Joadá.
Hirieron a Joás en la cama y murió.
Fue sepultado en la Ciudad de David, pero no en el panteón real.
Palabra de Dios.
Salmo
R. Le
mantendré eternamente mi favor.
V. Sellé una
alianza con mi elegido,
jurando a David, mi siervo:
Te fundaré un linaje perpetuo,
edificaré tu trono para todas las edades. R.
V. Le
mantendré eternamente mi favor,
y mi alianza con él será estable.
Le daré una posteridad perpetua
y un trono duradero como el cielo. R.
V. Si
sus hijos abandonan mi ley
y no siguen mis mandamientos,
si profanan mis preceptos
y no guardan mis mandatos. R.
V. Castigaré
con la vara sus pecados
y a latigazos sus culpas.
Pero no les retiraré mi favor
ni desmentiré mi fidelidad. R.
Aclamación
V. Jesucristo,
siendo rico, se hizo pobre para enriquecerlos con su pobreza. R.
Evangelio
No se agobien
por el mañana
Lectura del santo Evangelio según san Mateo.
EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Nadie puede servir a dos señores. Porque despreciará a uno y amará al otro; o,
al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No pueden
servir a Dios y al dinero.
Por eso les digo: no estén agobiados por la vida de ustedes pensando qué van a
comer, ni por el cuerpo de ustedes pensando con qué se van a vestir. ¿No vale
más la vida que el alimento, y el cuerpo que el vestido? Miren los pájaros del
cielo: no siembran ni siegan, ni almacenan y, sin embargo, su Padre celestial
los alimenta. ¿No valen ustedes más que ellos?
¿Quién de ustedes, a fuerza de agobiarse, podrá añadir una hora al tiempo de su
vida?
¿Por qué se agobian por el vestido? Fíjense cómo crecen los lirios del campo:
ni trabajan ni hilan. Y les digo que ni Salomón, en todo su esplendor, estaba
vestido como uno de ellos. Pues si a la hierba, que hoy está en el campo y
mañana se arroja al horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más por ustedes,
gente de poca fe? No anden agobiados pensando qué van a comer, o qué van a
beber, o con qué se van a vestir. Los paganos se afanan por esas cosas. Ya sabe
su Padre celestial que tienen necesidad de todo eso.
Busquen sobre todo el reino de Dios y su justicia; y todo esto se les dará por
añadidura. Por tanto, no se agobien por el mañana, porque el mañana traerá su
propio agobio. A cada día le basta su desgracia».
Palabra del Señor.
1
Queridos hermanos y hermanas:
La Palabra de Dios de este sábado nos pone frente a
una pregunta muy seria: ¿a quién estamos sirviendo realmente? No basta
decir que creemos en Dios. No basta tener una tradición religiosa, unas
costumbres piadosas, unas devociones aprendidas desde la infancia. La pregunta
del Evangelio va más al fondo: ¿quién ocupa el centro de mi corazón? ¿Dios o
el dinero? ¿La confianza o la preocupación? ¿La fidelidad o la conveniencia?
Jesús nos dice con claridad:
“Nadie puede servir a dos señores… No pueden servir a Dios y al dinero.”
No dice simplemente que el dinero sea malo. El
dinero, los bienes materiales, el trabajo, el alimento, la vivienda, la salud,
todo eso es necesario para la vida. El problema aparece cuando esos bienes
dejan de ser medios y se convierten en señores; cuando ya no usamos las cosas
para vivir, sino que vivimos esclavos de las cosas; cuando el corazón termina
arrodillado ante la seguridad material, el poder, la apariencia o la ambición.
Por eso podemos hablar de un “compromiso
imposible”. Con Dios no se puede vivir a medias. No podemos entregar a Dios
el domingo y al egoísmo el resto de la semana. No podemos rezar el Padrenuestro
y al mismo tiempo vivir como si todo dependiera solamente de nuestra fuerza,
nuestro dinero o nuestro prestigio. No podemos decir “venga a nosotros tu
Reino” y luego buscar únicamente nuestro pequeño reino personal.
La primera lectura del segundo libro de las
Crónicas nos ofrece un ejemplo doloroso. Después de la muerte del sacerdote
Yehoyadá, los jefes de Judá se apartan del Señor. El rey Joás, que había
comenzado bien, termina escuchando malos consejos. Abandona el templo del Señor
y permite la idolatría. Dios envía profetas para llamar al pueblo a la
conversión, pero ellos no escuchan. Incluso Zacarías, hijo de Yehoyadá, lleno
del Espíritu de Dios, denuncia la infidelidad del pueblo y es asesinado por
orden del rey.
Qué drama tan fuerte: Joás olvida el bien recibido.
Olvida a quien lo protegió. Olvida la fidelidad de Dios. Y cuando la voz
profética le recuerda la verdad, prefiere silenciarla. Aquí vemos lo que ocurre
cuando el corazón deja de servir a Dios: termina sirviendo al poder, al
orgullo, a la conveniencia, al miedo de perder privilegios.
La idolatría no siempre tiene forma de estatua. A
veces la idolatría se llama ambición. A veces se llama vanidad. A veces se
llama resentimiento. A veces se llama apego desordenado al dinero. A veces se
llama deseo de controlarlo todo. Y cuando esos falsos señores se instalan en el
corazón, la voz de Dios comienza a incomodar.
Por eso Jesús, en el Evangelio, nos invita a vivir
desde la confianza:
“No se preocupen por su vida, pensando qué van a comer o qué van a beber; ni
por su cuerpo, pensando con qué se van a vestir.”
Estas palabras pueden sonar difíciles, sobre todo
para quien sufre necesidades reales. Como decía alguien, es fácil decir “no se
preocupen” cuando uno tiene techo, comida y seguridad. Pero Jesús no está
llamando a la irresponsabilidad. No nos invita a cruzarnos de brazos, a no
trabajar, a no prever, a no cuidar la familia. Jesús no bendice la pereza ni el
descuido.
Lo que Jesús denuncia es la preocupación que se
convierte en angustia; la ansiedad que nos roba la paz; el afán que ocupa el
lugar de Dios; la obsesión por tener, guardar, acumular y asegurar el mañana
como si el Padre celestial no existiera.
Jesús nos dice: miren los pájaros del cielo, miren
los lirios del campo. Ellos no viven paralizados por el miedo. La creación
entera habla de una Providencia que sostiene la vida. Si Dios cuida de las aves
y viste de belleza a las flores, ¿cómo no va a cuidar de sus hijos?
Esto no significa que todo será fácil. La fe no
elimina los problemas, pero nos da una manera nueva de enfrentarlos. El
cristiano también trabaja, lucha, administra, se esfuerza, se cansa y a veces
llora. Pero no vive abandonado al miedo. Sabe que hay un Padre. Sabe que su
vida no está en manos del azar. Sabe que el Reino de Dios vale más que todo.
Por eso Jesús concluye con una frase que resume
todo:
“Busquen primero el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se les dará
por añadidura.”
Buscar primero el Reino de Dios significa ordenar
la vida según Dios. Significa preguntarnos: ¿esto que hago me acerca o me aleja
del Señor? ¿Esta decisión es justa? ¿Este negocio es honrado? ¿Esta relación me
ayuda a amar mejor? ¿Esta preocupación me está robando la confianza? ¿Este
dinero me sirve para hacer el bien o me está endureciendo el corazón?
El salmo de hoy nos recuerda la fidelidad de Dios:
“Le conservaré eternamente mi favor.”
Dios mantiene su alianza. Aunque el pueblo falle, Dios no deja de llamar.
Aunque haya pecado, Dios ofrece caminos de retorno. Aunque el corazón se
desvíe, la misericordia del Señor sigue buscando al ser humano.
En este sábado, la Iglesia nos permite mirar
también a la Bienaventurada Virgen María. Ella es la mujer que no sirvió a dos
señores. Su corazón fue enteramente de Dios. María no tuvo una vida cómoda ni
libre de preocupaciones: conoció la pobreza de Belén, el exilio en Egipto, la
incertidumbre de Nazaret, la espada del dolor anunciada por Simeón, la cruz de
su Hijo. Pero en medio de todo, vivió confiando.
María nos enseña que confiar no es entenderlo todo.
Confiar, es decir: “Hágase en mí según tu palabra.” Confiar es guardar
la Palabra en el corazón. Confiar es permanecer de pie junto a la cruz. Confiar
es esperar la luz de Dios incluso cuando la noche parece larga.
Pidámosle hoy al Señor que nos libere de los falsos
señores. Que el dinero no gobierne nuestra conciencia. Que las preocupaciones
no apaguen nuestra fe. Que la ansiedad no nos robe la alegría del Evangelio.
Que aprendamos a trabajar con responsabilidad, pero también a descansar en las
manos del Padre.
Y que María, Madre de la confianza, nos ayude a
buscar primero el Reino de Dios y su justicia, para que todo lo demás encuentre
su lugar bajo la mirada amorosa del Padre.
Amén.
2
Queridos
hermanos y hermanas:
La
Palabra de Dios de este sábado vuelve a colocarnos ante una decisión
fundamental: ¿qué ciudad
estamos construyendo con nuestra vida? ¿La Ciudad de Dios,
fundada en el amor, la confianza y la justicia? ¿O la ciudad del hombre,
levantada sobre el egoísmo, el miedo, la ambición y el deseo de seguridad
puramente humana?
El
pasaje del evangelio que nos ilumina hoy recuerda una enseñanza profunda de san
Agustín en La Ciudad de Dios.
Él decía que hay dos ciudades nacidas de dos amores: la ciudad terrena, formada
por el amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios; y la ciudad celestial,
formada por el amor de Dios hasta el olvido de sí mismo. En otras palabras, la
vida humana se orienta según aquello que más ama el corazón.
Y
eso conecta directamente con el Evangelio de hoy. Jesús dice:
“Busquen primero el Reino de Dios y su justicia, y todo lo
demás se les dará por añadidura.”
No
se trata solamente de una frase bonita para consolar momentos difíciles. Es un
criterio para ordenar toda la existencia. Jesús nos está preguntando: ¿qué
buscas primero? ¿Qué ocupa el primer lugar en tu corazón? ¿Qué gobierna tus
decisiones? ¿Dios o el dinero? ¿El Reino o el egoísmo? ¿La confianza o la
ansiedad? ¿La voluntad del Padre o la preocupación por asegurar a toda costa el
mañana?
El
Evangelio no desprecia las necesidades materiales. Jesús sabe que necesitamos
comer, beber, vestirnos, trabajar, cuidar la casa, sostener la familia, atender
la salud y vivir dignamente. Por eso dice: “Su Padre celestial sabe que ustedes tienen necesidad de
todo eso.” El Señor no nos invita a la irresponsabilidad ni a
la pereza. No nos dice que dejemos de trabajar o de prever prudentemente. Lo
que Jesús corrige es la angustia que se apodera del corazón cuando vivimos como
si Dios no existiera.
Hay
una diferencia grande entre la responsabilidad y la ansiedad. La
responsabilidad trabaja, organiza, cuida y confía. La ansiedad se desespera, se
encierra, se amarga y termina convirtiendo las cosas materiales en un dios. Por
eso Jesús nos advierte: “No
se preocupen por el día de mañana.” No porque el mañana no
importe, sino porque el mañana también está en manos del Padre.
La
primera lectura nos muestra el drama de un corazón que cambia de ciudad. Joás
había comenzado bien. Había recibido protección, orientación y apoyo del
sacerdote Yehoyadá. Pero después de la muerte de Yehoyadá, el rey escucha otros
consejos, se deja seducir por los jefes de Judá y abandona la casa del Señor.
Se aparta de Dios y permite la idolatría.
Es
una escena triste, pero muy actual. Joás representa a quien empieza sirviendo a
Dios, pero termina sirviendo al poder, al prestigio, al miedo o a la
conveniencia. Cuando el corazón deja de buscar primero el Reino, rápidamente
empieza a construir otra ciudad: una ciudad sin Dios, una ciudad donde la
conciencia se acomoda, donde la verdad incomoda y donde los profetas estorban.
Por
eso aparece Zacarías, lleno del Espíritu de Dios, para llamar al pueblo a la
conversión: “¿Por qué
quebrantan los mandamientos del Señor? No les irá bien, porque han abandonado
al Señor.” Pero el pueblo no escucha. El rey manda apedrear a
Zacarías en el atrio del templo. Qué contradicción tan terrible: en el lugar
donde debía honrarse a Dios, se derrama sangre inocente.
Cuando
el ser humano se aleja de Dios, no queda neutral. Siempre termina sirviendo a
otro señor. Y cuando uno sirve al orgullo, al dinero, a la vanidad o al poder,
termina rechazando incluso las voces que Dios envía para salvarlo.
El
salmo, en cambio, nos recuerda la fidelidad de Dios:
“Le conservaré eternamente
mi favor.”
Dios
permanece fiel a su alianza. Aunque el pueblo falle, aunque los reyes se
desvíen, aunque el pecado oscurezca la historia, Dios no se cansa de llamar. Él
corrige, advierte, purifica, pero no retira su misericordia. La fidelidad de
Dios es más grande que nuestras infidelidades.
Y
aquí comprendemos mejor la invitación del Evangelio: buscar primero el Reino de
Dios no es vivir sin problemas, sino vivir con un centro claro. Cuando Dios
ocupa el primer lugar, las demás cosas encuentran su sitio. El trabajo ocupa su
sitio. El dinero ocupa su sitio. La familia ocupa su sitio. Los proyectos
ocupan su sitio. Pero nada de eso se convierte en absoluto, porque solo Dios es
absoluto.
San
Agustín decía que la ciudad terrena se gloría en sí misma, mientras la Ciudad
de Dios se gloría en el Señor. La ciudad terrena busca acumular, dominar,
aparentar, controlar. La Ciudad de Dios busca servir, amar, perdonar, confiar y
vivir en la verdad. La ciudad terrena vive preocupada por lo que pasa; la
Ciudad de Dios vive sostenida por lo eterno.
Por
eso la pregunta de hoy es muy concreta: ¿qué
ciudad estoy ayudando a construir? En mi familia, ¿construyo la
Ciudad de Dios o la ciudad del egoísmo? En mi trabajo, ¿construyo la justicia
del Reino o la lógica del interés personal? En mi comunidad, ¿construyo comunión
o división? En mi corazón, ¿hay más confianza o más miedo? ¿Más oración o más
ansiedad? ¿Más deseo de Dios o más apego a lo pasajero?
Hoy,
sábado, miramos de manera especial a la Bienaventurada Virgen María. Ella es la
ciudad santa habitada por Dios. En su corazón no hubo división. María no sirvió
a dos señores. Su vida entera fue un “sí” al Reino. Ella vivió pobre, sencilla,
disponible, confiada. No tuvo asegurado humanamente el camino, pero creyó. No
comprendió todo desde el principio, pero guardó la Palabra. No huyó ante la
cruz, sino que permaneció de pie.
María
nos enseña a buscar primero el Reino. En la Anunciación, no buscó su seguridad,
sino la voluntad de Dios. En Belén, no se quejó de la pobreza, sino que
contempló el misterio. En Nazaret, no vivió para la apariencia, sino para la
fidelidad diaria. En el Calvario, no se dejó vencer por la oscuridad, sino que
esperó contra toda esperanza.
Pidamos
al Señor que nos ayude a revisar nuestros amores. Porque, como enseñaba san
Agustín, según lo que amamos, así vivimos. Si amamos solo lo pasajero,
viviremos inquietos. Si amamos a Dios sobre todas las cosas, encontraremos paz
incluso en medio de las pruebas.
Que
el Señor nos libre de construir una vida centrada en el miedo, en la ansiedad y
en la ambición. Que nos conceda buscar primero su Reino y su justicia. Que no
nos falte el pan necesario, pero que nunca nos falte el hambre de Dios. Que no
nos falte el vestido del cuerpo, pero que nunca perdamos la gracia que reviste
el alma. Que no nos falte la prudencia para el mañana, pero que nunca perdamos
la confianza en el Padre de hoy.
Y
que María, Madre de la confianza y servidora fiel del Reino, nos acompañe para
vivir como ciudadanos de la Ciudad de Dios, hasta que un día podamos participar
plenamente de la Jerusalén celestial, donde Dios será todo en todos.
Amén.


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