Un don ofrecido a todos
El Evangelio según san Mateo
es discreto respecto al número exacto de los Magos. Sin embargo, la tradición
cristiana les atribuyó, mucho más tarde, los nombres de Melchor, Gaspar y
Baltasar, figuras simbólicas de toda la humanidad mestiza. Con su presencia,
ellos encarnan la vocación universal del mensaje evangélico: todos los pueblos,
hombres y mujeres, están invitados a dejarse iluminar por Cristo, luz y vida
del mundo.
En Navidad, Dios se revela en
la sencillez de una familia, bajo la mirada de unos pocos pastores. En la
Epifanía, esta luz íntima se despliega a plena luz del día: la estrella guía a
las naciones y anuncia que la salvación no es patrimonio de un solo pueblo,
sino un don ofrecido a todos.
El sueño del profeta Isaías
—el de las naciones caminando hacia el resplandor de la aurora— encuentra aquí
todo su sentido. Así, la fiesta de la Epifanía proclama la universalidad del
designio de Dios. Cada cultura, cada pueblo, está llamado a celebrarlo según
sus propias riquezas humanas y espirituales, en el respeto de los más humildes
y de los más frágiles.
Los Magos, al reconocer en el
Niño del pesebre al Hijo de Dios, descubrieron en Él la fuente de una sabiduría
nueva. A su ejemplo, nos corresponde acoger a Cristo como la luz que orienta
nuestras vidas, ilumina nuestros proyectos e inspira el futuro de nuestras
familias, de nuestras naciones y del mundo entero.
Jean-Paul Sagadou, prêtre assomptionniste, rédacteur en
chef de Prions en Église Afrique
Primera lectura
Is
60,1-6
La gloria del Señor amanece sobre ti
Lectura del libro de Isaías
LEVÁNTATE y resplandece, Jerusalén,
porque llega tu luz;
la gloria del Señor amanece sobre ti!
Las tinieblas cubren la tierra,
la oscuridad los pueblos,
pero sobre ti amanecerá el Señor
y su gloria se verá sobre ti.
Caminarán los pueblos a tu luz,
los reyes al resplandor de tu aurora.
Levanta la vista en torno, mira:
todos esos se han reunido, vienen hacia ti;
llegan tus hijos desde lejos,
a tus hijas las traen en brazos.
Entonces lo verás y estarás radiante;
tu corazón se asombrará, se ensanchará,
porque la opulencia del mar se vuelca sobre ti,
y a ti llegan las riquezas de los pueblos.
Te cubrirá una multitud de camellos,
dromedarios de Madián y de Efá.
Todos los de Saba llegan trayendo oro e incienso,
y proclaman las alabanzas del Señor.
Palabra de Dios
Salmo
Sal
71, 1bc-2. 7-8. 10-11. 12-13 (R.: cf. 11)
R. Se postrarán ante ti, Señor, todos los pueblos de la tierra.
V. Dios mío, confía tu juicio al rey,
tu justicia al hijo de reyes,
para que rija a tu pueblo con justicia,
a tus humildes con rectitud. R.
V. En sus días florezca la justicia
y la paz hasta que falte la luna;
domine de mar a mar,
del Gran Río al confín de la tierra. R.
V. Los reyes de Tarsis y de las islas
le paguen tributo.
Los reyes de Saba y de Arabia
le ofrezcan sus dones;
póstrense ante él todos los reyes,
y sírvanle todos los pueblos. R.
V. Él librará al pobre que clamaba,
al afligido que no tenía protector;
él se apiadará del pobre y del indigente,
y salvará la vida de los pobres. R.
Segunda
lectura
Ef
3, 2-3a. 5-6
Ahora ha sido revelado que los gentiles son coherederos de la promesa
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios.
HERMANOS:
Han oído hablar de la distribución de la gracia de Dios que se me ha dado en
favor de ustedes, los gentiles.
Ya que se me dio a conocer por revelación el misterio, que no había sido
manifestado a los hombres en otros tiempos, como ha sido revelado ahora por el
Espíritu a sus santos apóstoles y profetas: que también los gentiles son
coherederos, miembros del mismo cuerpo, y partícipes de la misma promesa en
Jesucristo, por el Evangelio.
Palabra de Dios
Aclamación
R.
Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Hemos visto salir su estrella
y venimos a adorar al Señor. R.
Evangelio
Mt
2, 1-12
Venimos a adorar al Rey
Lectura del santo Evangelio según san Mateo.
HABIENDO nacido Jesús en Belén de Judea en tiempos del rey Herodes, unos magos
de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando:
«¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su
estrella y venimos a adorarlo».
Al enterarse el rey Herodes, se sobresaltó y toda Jerusalén con él; convocó a
los sumos sacerdotes y a los escribas del país, y les preguntó dónde tenía que
nacer el Mesías.
Ellos le contestaron:
«En Belén de Judea, porque así lo ha escrito el profeta:
“Y tú, Belén, tierra de Judá,
no eres ni mucho menos la última
de las poblaciones de Judá,
pues de ti saldrá un jefe
que pastoreará a mi pueblo Israel”».
Entonces Herodes llamó en secreto a los magos para que le precisaran el tiempo
en que había aparecido la estrella, y los mandó a Belén, diciéndoles:
«Vayan y averigüen cuidadosamente qué hay del niño y, cuando lo encuentren,
avísenme, para ir yo también a adorarlo».
Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino y, de pronto, la estrella
que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta que vino a pararse encima de
donde estaba el niño.
Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron
al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después,
abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra.
Y habiendo recibido en sueños un oráculo, para que no volvieran a Herodes, se
retiraron a su tierra por otro camino.
Palabra del Señor.
1
Hermanos
y hermanas:
La Epifanía no es solo el recuerdo de unos Magos
que llegaron a Belén. Es, sobre todo, la fiesta de la manifestación de Dios:
Dios se deja ver, se deja encontrar, se deja adorar. Y lo hace de un modo
desconcertante: no se revela primero en los palacios, sino en la sencillez de
una casa; no se impone con ejércitos, sino con la fragilidad de un Niño; no se
reserva para un grupo, sino que se ofrece a todos los pueblos.
1) “¡Levántate y resplandece!”:
cuando la luz de Dios entra en la noche (Is 60,1-6)
Isaías nos regala una imagen poderosa: “¡Levántate,
resplandece, porque llega tu luz!” (Is 60). El profeta habla a un pueblo
cansado, golpeado, con sombras internas y externas. Y allí, precisamente allí,
Dios promete una luz nueva.
Esa luz no es una idea bonita: es una presencia. Es
Dios acercándose. Por eso Isaías anuncia que vendrán pueblos y reyes, que
llegarán con dones, que se abrirán los caminos: oro e incienso, cantos de
alabanza… ¿No es esto, hermanos, una profecía que se cumple en el Evangelio?
Los Magos son como el primer fruto visible de esa promesa: las naciones
caminando hacia la luz.
La Epifanía nos dice algo muy actual: cuando hay
oscuridad en el corazón —dudas, heridas, cansancio espiritual, decepciones—,
Dios no espera a que “arreglemos todo” para visitarnos. Él entra en la noche
con su luz. Y la luz no solo se contempla: la luz levanta, despierta, pone
en camino.
2) Un Rey distinto: justicia, paz
y ternura por los pobres (Sal 72)
El Salmo 72 nos pinta el retrato del rey que Dios
sueña: un rey que gobierna con justicia, que trae paz, que defiende al pobre,
que salva al desvalido, que se inclina ante el que no tiene quien lo ayude. Ese
salmo, que parecía una oración por un rey ideal, en realidad es un anuncio del
Mesías.
Y entonces entendemos mejor la escena de Mateo: los
Magos buscan “al rey de los judíos”. Pero el verdadero Rey no se parece a
Herodes. Herodes es el rey del miedo, del control, de la sospecha; Jesús es el
Rey de la mansedumbre, de la justicia, de la paz.
En Belén se enfrentan dos lógicas:
- la
del poder que se protege eliminando,
- y la
de Dios que reina sirviendo y salvando.
Por eso el Salmo no es un adorno litúrgico: es una
clave. La Epifanía nos pregunta: ¿Qué tipo de rey gobierna mi vida? ¿El miedo o
la fe? ¿La obsesión por controlar o la confianza que se abandona en Dios?
3) “También los gentiles son
coherederos”: el Evangelio sin fronteras (Ef 3,2-3a.5-6)
San Pablo nos dice hoy algo revolucionario para su
tiempo —y todavía desafiante para el nuestro—: el misterio revelado es que los
gentiles, los “de afuera”, los que no pertenecían al pueblo de Israel, son
coherederos, miembros del mismo cuerpo, partícipes de la misma promesa en
Cristo Jesús.
Eso es Epifanía: Dios derriba muros, rompe
exclusivismos, desarma la religión del “solo nosotros”. Cristo no es propiedad
privada. Cristo es don. Y la Iglesia, cuando es fiel a su Señor, se vuelve
hogar abierto, mesa amplia, puente y no aduana.
Aquí vale una aplicación pastoral muy concreta: la
Epifanía nos pide revisar nuestros “Herodes” interiores y nuestras fronteras
interiores:
- cuando
juzgamos a alguien antes de conocerlo,
- cuando
despreciamos al que piensa distinto,
- cuando
nos encerramos en lo nuestro,
- cuando
convertimos la fe en bandera contra otros, en lugar de verla como luz para
todos.
4) Los Magos: psicología de un
corazón buscador (Mt 2,1-12)
El Evangelio es precioso por su realismo humano.
Los Magos representan al ser humano buscador. Ellos leen signos, se
hacen preguntas, se ponen en marcha, atraviesan dudas, se equivocan de lugar
—porque llegan primero a Jerusalén—, preguntan, se dejan orientar por la
Escritura, y al final encuentran.
Fíjense en un detalle: la estrella los guía, pero
no les da todo resuelto. Les da dirección, no un mapa completo. Y así suele
actuar Dios con nosotros: nos da luz suficiente para el paso de hoy, no para
controlar el mañana. La fe no es tener todo claro; es caminar con la luz
necesaria.
Y al llegar, sucede algo hermoso: “se llenaron
de inmensa alegría”. La alegría es un signo espiritual: cuando uno
encuentra de verdad a Cristo, no queda igual. Y también hay un gesto
profundamente humano: ofrecen dones. Oro, incienso y mirra: lo más valioso, lo
más simbólico, lo más íntimo. Es como decir: “Señor, te entrego lo mejor de
mí”.
Y luego, el texto dice: volvieron por otro camino.
Esa frase es casi un programa de vida. Quien se encuentra con Jesús, regresa
distinto: con otra mirada, con otro estilo, con otra manera de tratar a los
demás.
5) Epifanía hoy: una estrella
para nuestra realidad
Hermanos, ¿cuál es la estrella que Dios usa hoy
para llamarnos? A veces será una palabra que nos toca, una persona que nos
inspira, una herida que nos despierta, un acontecimiento que nos obliga a
replantearnos, un cansancio que nos hace volver a lo esencial. Dios se vale de
caminos muy humanos.
Pero el punto no es la estrella: el punto es el
Niño. La estrella no es meta; es señal. Y aquí está la gran invitación: no
quedarnos solo en señales, en emociones, en curiosidades espirituales… sino
llegar al corazón: adorar.
Adorar es poner a Dios en el centro. Es sacar a
Herodes del trono. Es dejar de vivir desde el miedo y empezar a vivir desde la
confianza.
Para llevar a casa (tres llamadas
concretas)
1. Levántate y resplandece: no te acostumbres a vivir en
penumbra espiritual; vuelve a buscar la luz (Is 60).
2. Deja que Cristo reine: su reino se nota donde hay
justicia, paz y compasión por el débil (Sal 72).
3. Rompe fronteras: mira al otro como coheredero,
no como rival; la fe auténtica ensancha el corazón (Ef 3).
Oración final
Señor
Jesús, Astro verdadero,
cuando nuestras sombras nos confundan, enciende tu luz.
Haznos buscadores humildes, como los Magos;
danos el valor de caminar,
la docilidad de dejarnos orientar por tu Palabra,
y la alegría profunda de adorarte.
Que tu
Iglesia sea casa abierta para todos,
y que nosotros volvamos “por otro camino”:
más libres, más fraternos, más justos,
más tuyos. Amén.
2
Hermanos y hermanas:
La solemnidad de la Epifanía es una fiesta
profundamente luminosa. No solo porque aparece una estrella en el cielo, sino
porque Dios mismo se deja ver, se deja encontrar, se deja adorar.
Epifanía significa “manifestación”: hoy celebramos que Dios no se esconde, que
no se reserva para unos pocos, que no pertenece a una sola cultura ni a un solo
pueblo. Cristo es un don ofrecido a todos.
Esta celebración adquiere un significado aún más
profundo porque coincide con la conclusión del Año Jubilar, que ya ha
terminado en las parroquias y diócesis del mundo, y que hoy, 6 de enero,
culmina solemnemente en la ciudad del Vaticano. El Jubileo ha sido un tiempo de
gracia, de puertas abiertas, de peregrinación interior y exterior. Y no es
casual que termine en la Epifanía: el Jubileo desemboca en la luz que se ofrece
a todos los pueblos.
1. “¡Levántate y resplandece!”:
la luz que convoca (Is 60,1-6)
El profeta Isaías anuncia una visión audaz y
esperanzadora: pueblos y naciones caminan hacia la luz, reyes llegan trayendo
dones, la oscuridad retrocede ante el amanecer. Isaías habla a un pueblo
cansado, marcado por el exilio y la fragilidad, y sin embargo le dice: “¡Levántate,
resplandece, porque llega tu luz!”
Esta palabra se cumple plenamente en la Epifanía.
Los Magos son la imagen viva de esa profecía: hombres venidos de lejos, de otra
cultura, de otra religión, que se ponen en camino atraídos por una luz que no
conocen del todo, pero que los llama. Ellos nos recuerdan que Dios sigue
atrayendo, incluso cuando nuestras sociedades parecen sumidas en sombras de
violencia, injusticia y división.
2. Un Reino distinto: justicia,
compasión y paz (Sal 72)
El Salmo 72 nos presenta el retrato del Rey
mesiánico: un rey que no oprime, sino que protege; que no se impone, sino que
sirve; que se inclina ante el pobre y salva al desvalido. Este es el Rey que
los Magos buscan… y que Herodes no comprende.
Aquí se cruzan dos lógicas:
– la lógica del poder que se defiende eliminando,
– y la lógica de Dios que reina salvando y cuidando la vida.
La Epifanía nos interpela: ¿qué tipo de reino
construimos en nuestras familias, en nuestras comunidades, en nuestras
naciones? ¿El reino del miedo o el de la justicia? ¿El del control o el de la
misericordia?
3. “También los gentiles son coherederos”
(Ef 3,2-6)
San Pablo nos ofrece hoy una de las afirmaciones
más fuertes del cristianismo: el misterio revelado es que todos —también
los que estaban “fuera”— son coherederos, miembros del mismo Cuerpo, partícipes
de la misma promesa en Cristo Jesús.
Esto es profundamente jubilar. El Jubileo ha sido
un tiempo para recordar que la Iglesia no es una fortaleza, sino una casa
abierta; no es una aduana, sino un hogar; no es un club de perfectos, sino un
pueblo en camino. La Epifanía confirma esta verdad: nadie queda excluido de
la luz de Cristo.
4. Los Magos: buscadores de
sentido (Mt 2,1-12)
El Evangelio nos presenta a los Magos como
buscadores sinceros. No lo saben todo, se equivocan de camino, necesitan
preguntar, escuchar la Escritura, dejarse corregir. La estrella los orienta,
pero no les evita el esfuerzo del discernimiento.
Y cuando llegan al Niño, sucede lo decisivo: se
llenan de una alegría inmensa, se postran, ofrecen lo mejor que tienen. Y
luego, regresan por otro camino. Esa frase resume toda la experiencia
cristiana: quien se encuentra con Cristo no vuelve igual.
5. Epifanía y Jubileo: volver con
la luz en el corazón
Al concluir este Año Jubilar, la Epifanía nos
plantea dos preguntas muy concretas:
- ¿Cómo
vivo hoy la universalidad del mensaje cristiano en mi relación con otras
personas, culturas y pueblos?
- ¿De
qué manera la luz de la Epifanía puede seguir orientando nuestras
sociedades hacia mayor justicia, fraternidad y paz?
Hermanos, el Jubileo termina, pero la luz no se
apaga. La estrella ya no brilla en el cielo, pero debe seguir brillando en
nuestra manera de vivir, de acoger, de dialogar, de construir futuro.
Conclusión
Como los Magos, estamos llamados a acoger a Cristo
no solo como un recuerdo litúrgico, sino como la luz que orienta nuestra
vida, ilumina nuestros proyectos e inspira el futuro de nuestras familias,
de nuestras comunidades, de nuestras naciones y del mundo entero.
Que, al
cerrar este Año Jubilar, no cerremos el corazón.
Que volvamos “por otro camino”:
más humanos, más fraternos, más abiertos,
más reflejo de la luz que hemos contemplado.
Amén.
3
Dios no
solo habla “a su manera”, sino también en el lenguaje que el otro puede
entender.
A María, José y a los pastores, Dios les envió un ángel; a los Magos, que leían
el cielo, les habló con una estrella. No porque la astrología sea el camino
cristiano, sino porque el Señor, en su misericordia, sale al encuentro
de cada persona allí donde está, toma lo mejor de su búsqueda y la conduce más
allá, hasta Cristo.
La
estrella de Belén no es un simple fenómeno: es signo de que la luz de Cristo
irrumpe en el mundo y convoca a todos—judíos y paganos—hacia el Salvador.
La Epifanía revela desde el comienzo que la misión de Jesús es universal: no
solo para Israel, sino para toda la humanidad.
Por eso,
la homilía nos invita a no vivir una fe aislada o encerrada, sino abierta,
misionera, hospitalaria. Y más: a dejarnos usar por Dios para ser
“estrella” para otros, atrayéndolos a Cristo con caridad, sabiduría y valentía,
de modo que puedan comprender y acoger el Evangelio.
2) Evangelio y contexto (Mt 2,1-12)
“¿Dónde
está el rey de los judíos que ha nacido? Hemos visto salir su estrella y
venimos a adorarlo”.
La Epifanía inicia con una búsqueda y con una pregunta. Y curiosamente, la
pregunta la hacen extranjeros. Los de fuera se ponen en camino… mientras muchos
de dentro se inquietan, se confunden o se cierran.
Herodes
“se turbó” y con él “toda Jerusalén”. Aquí aparece un contraste espiritual:
- unos buscan a Jesús para adorarlo,
- otros lo temen porque
sienten que su presencia desestabiliza su poder, sus seguridades,
sus esquemas.
El
Evangelio nos revela que Cristo no deja a nadie indiferente: o lo recibimos
como Luz… o lo vivimos como amenaza.
3) Iluminación desde las otras lecturas
a) Isaías (Is 60,1-6): “¡Levántate y resplandece!”
Isaías
canta el amanecer: la oscuridad no tiene la última palabra.
“La gloria del Señor amanece sobre ti… caminarán los pueblos a tu luz”. La
Epifanía es eso: la luz de Dios no se queda en un rincón, sale, se
expande, convoca naciones, culturas, lenguas.
Y el profeta menciona dones: oro e incienso… exactamente lo que luego traerán
los Magos. La Palabra conecta: Dios había soñado desde antiguo esta
peregrinación de los pueblos hacia su Luz.
b) Salmo 72: el Rey que salva al pobre
El salmo
describe al Mesías como el rey de la justicia compasiva: defiende al desvalido,
se apiada del pobre, rescata al que no tiene quien lo proteja.
Entonces, ¿qué Rey es Jesús? No es el rey del control (Herodes), sino el Rey
del cuidado. No reina por miedo, sino por misericordia.
Si lo adoramos de verdad, nuestra fe debe traducirse en un estilo: más
justicia, más compasión, más ternura con los frágiles.
c) Efesios (Ef 3,2-6): “los gentiles son
coherederos”
San Pablo
lo dice sin rodeos: el misterio revelado es que los gentiles —los “otros”— son
coherederos, miembros del mismo Cuerpo, participantes de la misma promesa.
La Epifanía es el “Evangelio sin fronteras”: Cristo no se privatiza, no se
monopoliza. La Iglesia, si es fiel al Señor, no se encierra; se abre. No
se vuelve una élite; se vuelve sacramento de salvación para todos.
4) Reflexión central: La estrella, el lenguaje de
Dios y nuestras resistencias
¿Por qué
Dios usó una estrella? Porque Dios es Padre y sabe llegar al corazón de cada
uno. Dios no desprecia la búsqueda humana: la purifica, la orienta, la
conduce.
La estrella representa esos “signos” con los que Dios a veces toca la puerta:
una pregunta que incomoda, un encuentro, una crisis, una belleza, una palabra,
una herida, una nostalgia interior. Dios sabe hablar el idioma que puede
despertar a cada persona.
Pero el
texto también muestra resistencias: Herodes se turba, y la ciudad se agita. Es
la psicología del poder y del miedo: cuando uno vive aferrado al control,
cualquier luz que no provenga de uno mismo parece peligrosa.
En
cambio, los Magos son la psicología del buscador:
- observan,
- se inquietan,
- caminan,
- preguntan,
- aceptan ser reorientados por
la Escritura,
- se alegran,
- adoran,
- ofrecen,
- y vuelven por otro camino.
Ese “otro
camino” es el signo de la conversión: quien se encuentra con Cristo no regresa
igual. Cambia el rumbo, cambia el corazón, cambia el estilo.
5) Aplicación pastoral: Epifanía, misión y cierre
del Año Jubilar
Hoy,
mientras el Año Jubilar ya ha concluido en parroquias y diócesis y culmina este
6 de enero en el Vaticano, la Epifanía nos deja una tarea: que el
cierre del Jubileo no cierre el corazón.
El
Jubileo nos recordó que somos peregrinos, que la gracia nos precede, que la
misericordia abre puertas. Y la Epifanía nos dice hacia dónde se orienta todo:
hacia una Iglesia que sea estrella, no foco sobre sí misma; puente, no
muro; hospital de campaña, no club de selectos.
Ser
católico no es solo una herencia cultural: es una misión. No se trata de
imponerse, sino de manifestar a Cristo: con el testimonio, con la
cercanía, con una manera de hablar que el otro pueda comprender, con una
caridad que haga creíble el Evangelio.
6) Objetivo de vida para la semana (como en el
esquema anterior)
- Hoy o esta semana, haré un
rato de silencio ante el Niño Dios y le preguntaré: “Señor, ¿cuál es mi
estrella y hacia dónde me estás llevando?”
- Elegiré un gesto concreto
para “ser estrella” para alguien: una llamada, un perdón, una visita, una
ayuda discreta, una palabra que levante.
7) Oración–Contemplación final
Señor
Jesús, Luz del mundo,
Tú deseas brillar para que todos puedan encontrarte,
porque eres el único Salvador de todos.
No
permitas que mi fe se encierre en un pequeño mundo.
Líbrame del miedo de Herodes,
de la inquietud que nace del orgullo
y de la religión que se vuelve frontera.
Hazme
sencillo como los Magos,
capaz de caminar, preguntar, aprender y adorar.
Y si quieres, Señor, úsame como esa estrella de Belén:
dame sabiduría para hablar con verdad,
amor para acercarme sin juzgar,
y valentía para iluminar sin imponer.
Jesús, mi
Señor y mi Luz,
en Ti confío. Amén.