martes, 14 de julio de 2026

15 de julio del 2026: miércoles de la decimoquinta semana del tiempo ordinario-II-San Buenaventura, obispo y doctor de la Iglesia

 


Santo del día:

San Buenaventura

1221-1274.

«Sin la oración, no esperen crecer en las virtudes», afirmaba este gran teólogo franciscano, séptimo ministro general de la Orden de los Hermanos Menores. Discípulo de san Francisco, supo unir la profundidad intelectual con una auténtica vida espiritual. Creado cardenal y obispo de Albano, participó en el Concilio de Lyon. Doctor de la Iglesia, es conocido como el Doctor Seráfico.

 

 

Revelado a los humildes

¿Cuál es, entonces, ese misterio que el Padre, según Jesús, ha revelado a los pequeños? Preguntarse de ese modo quizá sea señal de un espíritu demasiado sabio y entendido… Los humildes, en cambio, no pretenden comprenderlo todo: saben acoger. Lo que se les revela es el rostro del Padre manifestado en el Hijo. Para conocer a Dios no basta, por tanto, acumular conocimientos; es necesario abrir el corazón, dejarse enseñar por Jesús y recibir con confianza el don de su amor.

G.Q

 


Primera lectura

Is 10, 5-7. 13-16

¿Se enorgullece el hacha contra quien corta con ella?

Lectura del libro de Isaías.

ESTO dice el Señor:
«¡Ay de Asiria, vara de mi ira!
¡Mi furor es bastón entre sus manos!
Lo envío contra una nación impía,
lo mando contra el pueblo que provoca mi cólera,
para saquearlo y despojarlo,
para hollarlo como barro de las calles.
Pero él no lo entiende así,
no es eso lo que piensa en su corazón,
sino exterminar, aniquilar naciones numerosas.
Porque se decía: “Con la fuerza de mi mano lo he hecho,
con mi saber, porque soy inteligente.
He borrado las fronteras de las naciones,
he saqueado sus tesoros
y, como un héroe, he destronado a sus señores.
Mi mano ha alcanzado a las riquezas de los pueblos,
como si fueran un nido;
como quien recoge huevos abandonados,
recogí toda su tierra.
Ninguno batió el ala,
ninguno abrió el pico para piar”.
¿Se enorgullece el hacha contra quien corta con ella?
¿Se gloría la sierra contra quien la mueve?
¡Como si el bastón moviera a quien lo sostiene,
o la vara sostuviera a quien no es de madera!
Por eso, el Señor, Dios del universo,
debilitará a los hombres vigorosos
y bajo su esplendor
encenderá un fuego abrasador».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 93, 5-6. 7-8. 9-10. 14-15 (R.: 14a)

R. El Señor no rechaza a su pueblo.

V. Trituran, Señor, a tu pueblo,
oprimen a tu heredad;
asesinan a viudas y forasteros,
degüellan a los huérfanos. 
R.

V. Y comentan: «Dios no lo ve,
el Dios de Jacob no se entera».
Entérense, los más necios del pueblo,
ignorantes, ¿cuándo discurrirán? 
R.

V. El que plantó el oído ¿no va a oír?
El que formó el ojo ¿no va a ver?
El que educa a los pueblos ¿no va a castigar?
El que instruye al hombre ¿no va a saber? 
R.

V. Porque el Señor no rechaza a su pueblo,
ni abandona su heredad:
el juicio retornará a la justicia,
y la seguirán todos los rectos de corazón. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Bendito seas, Padre, Señor del cielo y de la tierra,
porque has revelado los misterios del reino a los pequeños. 
R .

 

Evangelio

Mt 11, 25-27

Has escondido estas cosas a los sabios y se las has revelado a los pequeños

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, tomó la palabra Jesús y dijo:
«Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, así te ha parecido bien.
Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar».

Palabra del Señor.

 

 

1

 

Dios se revela a los pequeños

 

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de hoy nos presenta un fuerte contraste entre la soberbia del poderoso y la humildad de quienes confían en el Señor.

En la primera lectura, el profeta Isaías habla de Asiria, una nación que Dios había permitido actuar como instrumento de corrección para su pueblo. Sin embargo, el rey asirio se llenó de orgullo. Pensó que todo lo había conseguido por su propia fuerza, por su inteligencia y por el poder de su ejército. Llegó a creer que era dueño absoluto de la historia.

Por eso, el Señor lo confronta con una imagen muy sencilla: ¿puede el hacha gloriarse contra quien la maneja? ¿Puede la sierra sentirse superior a quien la mueve? El instrumento no puede ponerse por encima de quien lo utiliza.

Esta Palabra también nos interpela. Con facilidad podemos pensar que todo depende de nosotros, que nuestros logros son únicamente fruto de nuestras capacidades, que no necesitamos de nadie, ni siquiera de Dios. La soberbia comienza cuando olvidamos que la vida es un don, que nuestras capacidades son recibidas y que todo poder humano es limitado.

El salmo denuncia otra consecuencia de esa soberbia: la opresión de los débiles. Dice que algunos maltratan al pueblo, oprimen a la viuda, al extranjero y al huérfano, creyendo que Dios no ve.

Pero Dios sí ve. Dios escucha el clamor de quien sufre. Dios no abandona a su pueblo, como proclamamos en el estribillo: «El Señor no rechaza a su pueblo».

Esto nos consuela especialmente al orar hoy por nuestros enfermos. Muchos de ellos pueden sentirse frágiles, dependientes, olvidados o abatidos. La enfermedad nos recuerda que no somos autosuficientes y que necesitamos de Dios y de los demás. Pero también nos recuerda algo más profundo: nuestra debilidad no nos aleja del Señor; muchas veces nos hace más capaces de abrirnos a Él.

En el Evangelio, Jesús exclama lleno de alegría: «Te doy gracias, Padre, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a los pequeños».

Jesús no condena el conocimiento ni la inteligencia. Lo que rechaza es la actitud del que cree saberlo todo y ya no se deja enseñar. El verdadero obstáculo para conocer a Dios no es la falta de estudios, sino la soberbia del corazón.

Los pequeños de los que habla Jesús son quienes reconocen que necesitan de Dios. Son quienes no tienen todas las respuestas, pero saben confiar. Son quienes se acercan al Señor con un corazón disponible, sencillo y humilde.

El gran misterio revelado a los pequeños es el rostro amoroso del Padre, que Jesús nos da a conocer. Nadie conoce verdaderamente al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. Por eso, conocer a Dios no consiste solamente en aprender ideas sobre Él; consiste en entrar en relación con Jesús, escucharlo, seguirlo y dejarnos amar por Él.

Aquí podemos comprender también la experiencia de nuestros enfermos. A veces, en medio del dolor, surgen preguntas para las que no tenemos una respuesta completa: ¿por qué esta enfermedad?, ¿por qué este sufrimiento?, ¿por qué Dios no concede pronto la salud?

La fe no siempre responde a todos nuestros porqués, pero nos revela quién permanece a nuestro lado. Nos muestra a Jesucristo, el Hijo que conoce al Padre y que nos asegura que no estamos solos. El Señor no abandona al enfermo, no desprecia sus lágrimas ni se desentiende de su dolor.

La enfermedad puede hacernos experimentar la pobreza, pero esa pobreza también puede convertirse en espacio de gracia. Cuando ya no podemos sostenernos solo en nuestras fuerzas, aprendemos a dejarnos sostener por Dios.

Hoy pidamos un corazón humilde. Que no seamos como el poderoso que se gloría de su fuerza, sino como los pequeños que reciben con gratitud la revelación del Padre. Que sepamos acompañar con ternura a los enfermos de nuestras familias y comunidades, visitarlos, escucharlos, servirlos y hacerles sentir que siguen siendo valiosos y amados.

Oremos por quienes sufren enfermedades del cuerpo, por quienes atraviesan angustias del alma, por los hospitalizados, por quienes esperan un diagnóstico, una cirugía o un tratamiento, y por quienes los cuidan con paciencia y amor.

Que Jesús, médico de los cuerpos y de las almas, les conceda fortaleza, alivio y esperanza. Y que todos aprendamos que la verdadera sabiduría no consiste en sentirnos superiores, sino en reconocer humildemente que dependemos del amor del Padre.

Amén.

 

2

 

La verdadera sabiduría se recibe con un corazón humilde

 

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de este miércoles nos presenta dos maneras muy distintas de situarnos ante Dios: la soberbia de quien se considera dueño de su poder y de sus logros, y la humildad de quien reconoce que todo lo recibe del Padre.

En la primera lectura, el profeta Isaías habla de Asiria, una gran potencia que había sido utilizada como instrumento para corregir al pueblo de Israel. Sin embargo, el rey asirio terminó creyendo que sus victorias eran únicamente fruto de su inteligencia, de su fuerza y de la capacidad de su ejército.

Por eso presume diciendo: «Con la fuerza de mi mano lo he hecho, con mi sabiduría, porque soy inteligente». Ha olvidado que no es el dueño absoluto de la historia. Se ha llenado de arrogancia y ha confundido la misión recibida con un poder que le pertenecía por derecho propio.

Entonces Dios le responde mediante una comparación muy clara: «¿Se envanece el hacha contra quien corta con ella? ¿Se gloría la sierra contra quien la maneja?». El instrumento no puede ponerse por encima de quien lo utiliza.

Esta advertencia también es para nosotros. Podemos caer en la tentación de atribuirnos todo lo bueno que hacemos. Podemos pensar que nuestros éxitos se deben solamente a nuestras capacidades, a nuestra experiencia, a nuestros estudios o a nuestros esfuerzos. Sin desconocer la importancia del trabajo humano, la fe nos invita a recordar que la vida, los talentos, la inteligencia, las oportunidades y la fuerza para servir son dones recibidos.

La verdadera sabiduría comienza cuando dejamos de decir: «Todo lo he hecho yo», y aprendemos a reconocer: «El Señor ha obrado en mí y me ha permitido colaborar con su gracia».

El salmo continúa denunciando la soberbia de quienes oprimen al débil. Habla de aquellos que maltratan al pueblo, atropellan a la viuda, al extranjero y al huérfano, mientras piensan: «El Señor no lo ve».

Pero el salmista les recuerda: «El que hizo el oído, ¿no va a oír? El que formó el ojo, ¿no va a ver?». Dios conoce nuestras acciones, escucha el clamor de quienes sufren y no abandona a su pueblo. Por eso proclamamos con confianza: «El Señor no rechaza a su pueblo».

En el Evangelio, Jesús eleva una oración de alabanza: «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a los pequeños».

Jesús no está condenando el estudio, la ciencia ni la inteligencia. El mismo Dios nos ha dado la razón y desea que la cultivemos. Lo que Jesús denuncia es la autosuficiencia de quienes creen saberlo todo y, por eso, ya no se dejan enseñar por Dios.

Los «sabios y entendidos» a los que se refiere el Evangelio son aquellos que confían únicamente en sí mismos, que quieren comprenderlo todo antes de creer y que cierran su corazón al misterio. En cambio, los pequeños son quienes se acercan a Dios con humildad, confianza y disponibilidad.

Ser pequeño no significa ser ignorante ni ingenuo. Significa reconocer nuestra dependencia de Dios. Significa aceptar que la verdad no es una posesión que dominamos, sino un don que recibimos. El niño confía, pregunta, se deja conducir y reconoce que necesita de otro.

Jesús da gracias al Padre porque los misterios del Reino no se conquistan con orgullo intelectual, sino que se acogen mediante la fe. No se trata de renunciar a pensar, sino de pensar desde la humildad. La fe no elimina la inteligencia; la ilumina y la conduce hacia una comprensión más profunda.

San Agustín decía que la comprensión es recompensa de la fe: no debemos pretender comprenderlo todo para comenzar a creer; más bien, creemos para llegar a comprender con una luz nueva.

Hoy celebramos la memoria de san Buenaventura, obispo y doctor de la Iglesia, conocido como el «Doctor Seráfico». Fue un gran intelectual, filósofo y teólogo, pero nunca separó el conocimiento de la oración. Para él, no bastaba hablar sobre Dios: era necesario caminar hacia Dios y dejarse transformar por su amor.

San Buenaventura nos enseña que la auténtica teología nace de rodillas. Su sabiduría no consistía solamente en acumular conceptos, sino en conducir la inteligencia hacia la contemplación. Él comprendió que podemos saber muchas cosas sobre Dios y, sin embargo, no conocerlo verdaderamente si nuestro corazón permanece cerrado.

Por eso afirmaba: «Sin la oración, no esperen crecer en las virtudes». La oración purifica nuestra inteligencia, nos libra de la arrogancia y nos permite recibir la sabiduría que viene de lo alto.

También nosotros podemos preguntarnos: ¿cómo me acerco a Dios? ¿Como quien pretende dominarlo todo con sus razonamientos, o como quien se deja sorprender y enseñar? ¿Reconozco los dones que Él me ha concedido, o vivo atribuyéndome todos mis logros? ¿Mi conocimiento me hace más humilde y servicial, o más orgulloso y distante de los demás?

Jesús nos invita hoy a unirnos a su alabanza: «Te doy gracias, Padre». La gratitud es una escuela de humildad. Quien da gracias reconoce que no se ha dado la vida a sí mismo y que no puede salvarse por sus propias fuerzas.

En cada Eucaristía nos unimos a la acción de gracias perfecta de Cristo. Él ofrece al Padre su alabanza, y nosotros, unidos a Él, aprendemos a reconocer las bendiciones recibidas. No damos gracias solo porque todo salga como deseamos, sino porque el Padre se nos ha revelado en Jesucristo y permanece con nosotros en todo momento.

Pidamos hoy, por intercesión de san Buenaventura, una inteligencia humilde, una fe confiada y un corazón orante. Que nuestros conocimientos nos acerquen a Dios y nos ayuden a servir mejor a los demás. Que nunca nos creamos dueños absolutos de nuestros talentos, sino instrumentos en las manos del Señor.

Y que podamos repetir con Jesús, no solo con los labios sino con toda nuestra vida: «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra».

Amén.

 


*********

 

15 de julio: 

San Buenaventura, Obispo y Doctor de la Iglesia – Memoria

c. 1217–1274
Invocado contra problemas intestinales
Canonizado por el Papa Sixto IV el 14 de abril de 1482
Proclamado Doctor Seráfico de la Iglesia por el Papa Sixto V en 1588





🕊️ Cita:

Cristo es a la vez el camino y la puerta. Cristo es la escalera y el vehículo, como el “trono de la misericordia sobre el Arca de la Alianza” y “el misterio oculto desde los siglos”. El hombre debe dirigir toda su atención hacia este trono de misericordia y contemplarlo colgado en la cruz, lleno de fe, esperanza y caridad, devoto, lleno de asombro y alegría, marcado por la gratitud y abierto a la alabanza y la exultación. Entonces ese hombre hará con Cristo una “pascua”, es decir, un paso. A través de los brazos de la cruz pasará el Mar Rojo, dejando Egipto y entrando en el desierto. Allí saboreará el maná escondido y descansará con Cristo en el sepulcro, como si estuviera muerto a las cosas exteriores. Experimentará, en la medida de lo posible para quien aún vive, lo que fue prometido al ladrón que colgaba junto a Cristo: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”.
(Itinerario del alma hacia Dios, de San Buenaventura)


📖 Reflexión

San Buenaventura nació aproximadamente durante la última década de vida de san Francisco de Asís y estuvo profundamente vinculado al santo y a su orden franciscana durante toda su vida. Nació en Civita di Bagnoregio, en la actual Italia, y fue bautizado con el nombre de Giovanni di Fidanza, como su padre. La región formaba parte de los Estados Pontificios, a unos 110 km al norte de Roma y a 80 km al suroeste de Asís. Al momento de su nacimiento, la orden franciscana contaba ya con cerca de 5.000 miembros, apenas una década después de haber sido fundada.

Según la tradición, cuando Giovanni era niño, fue curado milagrosamente por San Francisco de Asís. Algunos creen que fue entonces cuando se le dio el nombre de Bonaventura. Una leyenda cuenta que, al ser curado, Francisco exclamó: “¡Oh, buena ventura!” Otras versiones dicen que la curación fue posterior a la muerte de Francisco, por intercesión de la madre del niño. Sea como fuere, el propio San Buenaventura recordó más tarde el milagro diciendo:

“Pues yo, que recuerdo como si hubiese sido ayer cómo fui arrancado de las fauces de la muerte cuando era apenas un niño, por su invocación y sus méritos, temería incurrir en el pecado de ingratitud si no proclamase sus alabanzas.”

Poco se sabe sobre su infancia. De joven viajó a París para estudiar, y en 1243 ingresó formalmente a los franciscanos, tomando el nombre de Buenaventura. Se dedicó a un exigente estudio, centrado en las Sagradas Escrituras y las Sentencias del obispo Pedro Lombardo. Su tesis doctoral se tituló Cuestiones sobre el conocimiento de Cristo.

En ese tiempo, la Universidad de París era el campo de batalla entre los teólogos tradicionales y las nuevas órdenes mendicantes: franciscanos y dominicos, que vivían de la pobreza, predicaban itinerantemente y no poseían propiedades. Este modelo de vida causó tensiones y sospechas. Fray Buenaventura se situó al frente de esta defensa, fundamentando en la Escritura y en la teología la autenticidad del carisma mendicante.

Tras 14 años en París, Buenaventura fue nombrado Doctor y Maestro en Teología el 23 de octubre de 1257, el mismo día en que lo fue también su homólogo dominico, Santo Tomás de Aquino.

La orden franciscana crecía rápidamente y necesitaba orientación. San Francisco había sido reticente al estudio, temiendo que los frailes perdieran el espíritu del Evangelio. Sin embargo, en sus últimos años confió a San Antonio de Padua la formación teológica. Después de la muerte de San Francisco en 1226, la orden buscaba definirse. ¿Debían los frailes seguir siendo sencillos y pobres predicadores, o abrirse a la vida académica y de gobierno?

La elección divina recayó en Buenaventura para guiar este discernimiento. En 1257, poco después de recibir el doctorado, fue elegido Ministro General de los franciscanos, cargo que ocupó por 17 años. En ese tiempo, la orden creció de 5.000 a 30.000 frailes, extendiéndose por Europa, el norte de África, el Medio Oriente e incluso China.

Uno de sus primeros objetivos fue unificar la vida de los frailes. Compiló las normas de vida y escribió una biografía oficial de San Francisco, basada en testimonios directos. Esta biografía fue adoptada como la única autorizada en el Capítulo General de Pisa en 1263.

En 1265, el papa lo nombró arzobispo de York, pero Buenaventura, aún no ordenado obispo, renunció humildemente, prefiriendo continuar como superior de su orden. En los años siguientes escribió numerosas cartas, sermones y obras místicas de gran profundidad, siempre centradas en Cristo y en la sabiduría espiritual de San Francisco. Defendió que el conocimiento teológico no debía ser estéril ni vanidoso, sino siempre orientado a la conversión, la fe y el amor.

Su mística teología lo llevó a ser proclamado Doctor Seráfico de la Iglesia. Tenía también gran devoción a la Virgen María.

La influencia de Buenaventura fue tan notable que los papas buscaban su consejo frecuentemente. En 1274, el Papa Gregorio X lo consagró obispo y lo creó cardenal, encomendándole una tarea crucial: presidir el II Concilio de Lyon, que buscaba la reconciliación entre las Iglesias de Oriente y Occidente. Sin embargo, antes de que el concilio concluyera, Buenaventura murió misteriosamente, a los 56 años.

San Buenaventura fue, en muchos sentidos, el rostro nuevo del franciscanismo renovado. Si Francisco encendió la chispa, Buenaventura canalizó su fuego con sabiduría mística.

Hoy, al honrar a este gran santo, contemplemos su ejemplo de inteligencia al servicio del amor, de teología como camino hacia Cristo, de pobreza evangélica sin dejar de buscar la verdad. Su vida nos recuerda que estudiar, predicar y servir… sólo tienen sentido si nos conducen a un amor más profundo por Cristo.


🙏 Oración

San Buenaventura, tú fuiste llamado por Dios para guiar con tu mente iluminada la sencillez y novedad de la orden franciscana. Por la oración, la fe y la inteligencia, permaneciste fiel al carisma de San Francisco, señalando siempre a Cristo.

Ruega por mí, para que busque siempre a Cristo por encima de todo y lo sirva con todo mi corazón.

San Buenaventura y San Francisco, rueguen por mí.

Jesús, en Ti confío.

 


lunes, 13 de julio de 2026

14 de julio del 2026: martes de la decimoquinta semana del tiempo ordinario-II

Santo del día:

 San Camilo de Lelis

1550-1614. «Lo que se hace por los pobres enfermos se hace por Dios», repetía quien fundó, en 1582, la Orden de los Ministros de los Enfermos (Camilos). Patrono de los enfermeros.


De ciudad en ciudad

(Mateo 11,20-24) Corozaín, Betsaida y Cafarnaúm, ciudades vecinas situadas a orillas del lago de Galilea, estuvieron entre las primeras a las que Jesús anunció la cercanía del Reino de Dios. Escucharon su palabra, contemplaron sus gestos de sanación y se beneficiaron de su presencia. Sin embargo, su corazón no cambió verdaderamente.

Los reproches de Jesús pueden parecernos severos. No obstante, son la expresión de un amor herido. El Señor no condena por placer; llama a la conversión a quienes han recibido mucho, pero permanecen indiferentes. Los signos realizados nunca nos dispensan de ofrecer una respuesta personal.

También nosotros podemos acostumbrarnos al Evangelio, a los sacramentos y a las llamadas de Dios, sin permitirles transformar nuestra manera de vivir. La fe no consiste únicamente en ver, escuchar o admirar. Exige volver a Dios, reconocer nuestras resistencias y dejar que su Palabra produzca fruto.

Hoy Cristo continúa pasando de ciudad en ciudad, de casa en casa y de corazón en corazón. Dichosos nosotros, si sabemos reconocer el tiempo de su visita y le abrimos, finalmente, nuestra vida.

G.Q


Primera lectura

Is 7, 1-9

Si no creen no subsistirán

Lectura del libro de Isaías.

CUANDO reinaba en Judá Ajaz, hijo de Jotán, hijo de Ozías, subieron a atacar Jerusalén Rasín, rey de Siria, y Pécaj, hijo de Romelías, rey de Israel, pero no lograron conquistarla.
Se lo comunicaron a la casa de David:
«Los arameos han acampado en Efraín», y se agitó su corazón y el corazón del pueblo como se agitan los árboles del bosque con el viento.
Entonces el Señor dijo a Isaías:
«Ve al encuentro de Ajaz, con tu hijo Sear Yasub, hacia el extremo del canal de la alberca de arriba, junto a la calzada del campo del batanero y dile: “Conserva la calma, no temas y que tu corazón no desfallezca ante esos dos restos de tizones humeantes: la ira ardiente de Rasín y Siria, y del hijo de Romelías. Porque, aunque Siria y Efraín y el hijo de Romelías tramen tu ruina, diciendo: ‘Marchemos contra Judá, aterroricémosla, entremos en ella y pongamos como rey al hijo de Tabeel’, así ha dicho el Señor:
‘Ni ocurrirá ni se cumplirá:
Damasco es capital de Siria, y a la cabeza de Damasco está Rasín. (Dentro de sesenta y cinco años, Efraín, destruido, dejará de ser un pueblo). Samaría es capital de Efraín, y a la cabeza de Samaría está el hijo de Romelías. Si no creen no subsistirán’”».}

Palabra de Dios.

Salmo

Sal 47, 2. 3-4. 5-6. 7-8 (R.: cf. 9d)

R. Dios ha fundado su ciudad para siempre.

V. Grande es el Señor
y muy digno de alabanza
en la ciudad de nuestro Dios,
su monte santo, altura hermosa,
alegría de toda la tierra. 
R.

V. El monte Sion, confín del cielo,
ciudad del gran rey;
entre sus palacios,
Dios descuella como un alcázar. 
R.

V. Miren: los reyes se aliaron
para atacarla juntos;
pero, al verla, quedaron aterrados
y huyeron despavoridos. 
R.

V. Allí los agarró un temblor
y dolores como de parto;
como un viento del desierto,
que destroza las naves de Tarsis. 
R.

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. No endurezcan hoy su corazón; escuchen la voz del Señor. R.

Evangelio

Mt 11, 20-24

El día del juicio les será más llevadero a Tiro, a Sidón y a Sodoma que a ustedes

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, se puso Jesús a recriminar a las ciudades donde había hecho la mayor parte de sus milagros, porque no se habían convertido:
«¡Ay de ti, Corozaín, ay de ti, Betsaida! Si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que en ustedes, hace tiempo que se habrían convertido, cubiertas de sayal y ceniza.
Pues les digo que el día del juicio les será más llevadero a Tiro y a Sidón que a ustedes.
Y tú, Cafarnaún, ¿piensas escalar el cielo? Bajarás al abismo.
Porque si en Sodoma se hubieran hecho los milagros que en ti, habría durado hasta hoy.
Pues les digo que el día del juicio le será más llevadero a Sodoma que a ti».

Palabra del Señor.

1

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de este martes nos coloca ante una pregunta seria: ¿qué hacemos con las gracias, las señales y las oportunidades que Dios nos concede?

El Evangelio nos presenta unas palabras fuertes de Jesús contra Corozaín, Betsaida y Cafarnaún. Estas ciudades habían sido testigos privilegiados de su ministerio. Allí Jesús había predicado, sanado enfermos, consolado a los afligidos y manifestado la cercanía del Reino de Dios.

Sin embargo, aquellas ciudades no se convirtieron.

No se dice que hubieran rechazado abiertamente a Jesús. Quizá lo escuchaban con curiosidad. Tal vez admiraban sus milagros y hablaban de ellos. Pero la admiración no llegó a transformar sus vidas.

Y este es el gran peligro que denuncia el Evangelio: acostumbrarnos a Dios sin convertirnos a Dios.

Podemos escuchar muchas veces la Palabra, participar en la Eucaristía, conocer oraciones, recibir bendiciones y haber experimentado la ayuda del Señor. Pero todo eso puede quedarse en la superficie si nuestro corazón continúa cerrado, endurecido o indiferente.

Jesús pronuncia palabras severas, pero no nacen del desprecio. Nacen del dolor de quien ama y no encuentra respuesta. Son palabras semejantes a las de un padre que advierte a su hijo porque ve el peligro hacia el cual se dirige.

El Señor podría preguntarnos hoy: “¿Qué más podía hacer por ti que no haya hecho? ¿Cuántas veces te he hablado? ¿Cuántas veces te he sostenido, perdonado, consolado y dado una nueva oportunidad?”.

La primera lectura, tomada del profeta Isaías, nos presenta al rey Ajaz en un momento de gran temor. Los ejércitos de Siria y de Israel se habían aliado contra Jerusalén. El texto afirma que el corazón del rey y el corazón del pueblo se agitaban “como se agitan los árboles del bosque con el viento”.

Es una imagen muy humana. Cuando llegan las amenazas, las dificultades económicas, la enfermedad, los conflictos familiares o la incertidumbre, nuestro corazón también comienza a temblar.

Ajaz estaba tentado a buscar soluciones solamente humanas, alianzas políticas y apoyos militares. Pero Dios le envía al profeta Isaías con un mensaje claro: “Conserva la calma, no temas, no pierdas el valor”.

Dios le asegura que los planes de sus enemigos no prevalecerán. Y concluye con una frase decisiva: “Si no creen, no subsistirán”.

No significa que la fe nos evite todos los problemas. Significa que sin confianza en Dios nos derrumbamos interiormente. Podemos tener recursos, aliados, conocimientos y seguridades materiales; pero, cuando falta la fe, cualquier viento puede desestabilizarnos.

La fe nos permite permanecer firmes aun cuando todavía no vemos la solución. Creer es apoyarnos en la fidelidad de Dios y no únicamente en nuestras propias fuerzas.

Esto mismo aparece en el Evangelio. Corazín, Betsaida y Cafarnaún habían visto los signos, pero no dieron el paso hacia la fe verdadera. Habían contemplado las obras de Jesús, pero no permitieron que estas obras provocaran arrepentimiento y conversión.

Porque también es posible recibir signos y seguir viviendo como si Dios no existiera.

El salmo proclama la grandeza de Jerusalén, la ciudad del gran Rey: “Grande es el Señor y muy digno de alabanza en la ciudad de nuestro Dios”. Los reyes enemigos contemplaron la ciudad, quedaron desconcertados, temblaron y huyeron aterrorizados.

Jerusalén no era invencible por la fuerza de sus murallas, sino porque Dios habitaba en medio de ella.

También nosotros somos fuertes no porque carezcamos de debilidades, sino porque el Señor permanece a nuestro lado. Nuestra verdadera seguridad no está en tener todo bajo control, sino en saber en manos de quién está nuestra vida.

Hoy la Palabra nos invita a pasar del miedo a la confianza, de la indiferencia a la conversión y de la admiración superficial a una fe comprometida.

Convertirse no significa únicamente sentir remordimiento. Significa cambiar de dirección. Significa preguntarnos qué debe cambiar en nuestra manera de pensar, de hablar, de tratar a los demás y de administrar los dones recibidos.

Quizá hoy debamos convertirnos de la queja a la gratitud; del egoísmo a la solidaridad; de la dureza al perdón; de la ansiedad a la confianza; de la indiferencia ante el sufrimiento ajeno a una caridad concreta.

En esta Eucaristía oramos especialmente por nuestros benefactores, por quienes de una u otra manera sostienen la misión de la Iglesia y nuestras obras pastorales.

Un benefactor no es solamente quien entrega dinero. Es también quien ofrece tiempo, capacidades, oración, consejo, trabajo, acompañamiento o una palabra de ánimo. Muchas de las obras de evangelización pueden continuar gracias a personas generosas que saben compartir lo que han recibido.

Demos gracias a Dios por ellas.

Pero pidamos también que la ayuda material vaya siempre acompañada por una verdadera conversión del corazón. La generosidad cristiana no consiste únicamente en dar algo, sino en reconocernos administradores de los bienes de Dios.

Quien ayuda a la comunidad, al pobre, al enfermo o a la obra evangelizadora no pierde lo que ofrece. Lo pone en las manos del Señor, quien sabe multiplicarlo y convertirlo en gracia para muchos.

Pidamos por nuestros benefactores vivos y difuntos. Que el Señor recompense su generosidad, bendiga sus hogares, fortalezca su fe y les conceda aquello que más necesitan.

Y pidamos para nosotros un corazón agradecido. Que nunca nos acostumbremos a recibir sin agradecer, ni a disfrutar los dones sin compartirlos.

Que las palabras dirigidas a Corazín, Betsaida y Cafarnaún despierten hoy nuestra conciencia. Hemos recibido mucho; por tanto, estamos llamados a responder con mayor fidelidad.

Que no pase el Señor por nuestra vida sin que lo reconozcamos. Que no escuchemos su Palabra sin permitirle transformarnos. Que no contemplemos sus obras permaneciendo indiferentes.

Y cuando el miedo sacuda nuestro corazón como el viento sacude los árboles del bosque, recordemos la promesa de Dios: “Conserva la calma, no temas”.

Porque quien confía en Dios podrá atravesar las dificultades sin perder la esperanza. Pero quien se cierra a la fe termina apoyándose únicamente en sus propias fuerzas.

“Si no creen, no subsistirán”.

Que esta Eucaristía renueve nuestra fe, nos conduzca a la conversión y nos haga generosos con los dones que hemos recibido.

Amén.

2

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de este martes nos habla de dos actitudes que necesitamos cultivar profundamente en nuestra vida cristiana: la confianza en Dios y la apertura a su llamado a la conversión. Ambas nacen de una misma certeza: Dios nos ama, pero su amor no siempre se manifiesta de la manera que nosotros esperamos.

A veces Dios nos consuela; otras veces nos corrige. A veces nos concede aquello que pedimos; otras veces permite que atravesemos una prueba. En algunas ocasiones nos habla con dulzura; en otras, su Palabra nos sacude, nos incomoda y nos obliga a revisar la vida.

Pero tanto la caricia como la corrección pueden ser expresiones del mismo amor.

En el Evangelio, Jesús dirige palabras muy fuertes a Corazín, Betsaida y Cafarnaún:

«¡Ay de ti, Corazín! ¡Ay de ti, Betsaida!».

Estas expresiones pueden parecernos palabras de condenación o de ira. Sin embargo, Jesús no habla movido por un orgullo herido. No se siente ofendido porque no le hayan prestado suficiente atención, ni busca vengarse de quienes no han acogido su mensaje.

Jesús habla así porque ama.

Aquellas ciudades habían recibido mucho. Habían escuchado su predicación, habían contemplado sus milagros, habían sido testigos de curaciones y signos extraordinarios. Cafarnaún incluso se había convertido en uno de los principales lugares desde donde Jesús desarrollaba su ministerio.

Pero, a pesar de haber recibido tantos dones, no se convirtieron.

El problema de aquellas ciudades no era que desconocieran a Jesús. Lo conocían. Habían oído hablar de Él y habían contemplado sus obras. El problema era que se habían acostumbrado a su presencia.

Y ese puede ser también nuestro peligro: acostumbrarnos a Dios sin dejarnos transformar por Dios.

Podemos acostumbrarnos a escuchar el Evangelio, a participar en la Eucaristía, a repetir oraciones, a recibir bendiciones y a contemplar signos de la misericordia divina, pero continuar viviendo exactamente de la misma manera.

Podemos admirar a Jesús sin seguirlo.

Podemos emocionarnos con sus palabras sin permitirle cambiar nuestras decisiones.

Podemos hablar mucho de fe sin llegar a una conversión verdadera.

Por eso Jesús pronuncia aquellas palabras tan fuertes. Son palabras de amor que buscan despertar a quienes están espiritualmente dormidos. Es como la voz de una madre que grita al hijo que se acerca a un peligro, o como la advertencia de un médico que habla con firmeza porque sabe que la vida del paciente está en riesgo.

El amor verdadero no siempre dice lo que el otro desea escuchar. Dice aquello que necesita escuchar para encontrar el bien.

En nuestros tiempos se confunde con frecuencia el amor con la complacencia. Pensamos que amar significa aprobar todo, evitar cualquier corrección y no incomodar nunca a nadie.

Pero el amor de Cristo no es indiferente ante el pecado, la injusticia o la destrucción de la persona. Jesús consuela al pecador, pero también le dice: «Vete y no peques más». Acoge con misericordia, pero llama a cambiar de vida. Perdona, pero no convierte el mal en algo bueno.

Cristo ama a cada persona de una manera sabia y concreta. A algunos les ofrece consuelo; a otros, una pregunta; a otros, una advertencia; a otros, el silencio. A Pedro lo corrige con firmeza; a la mujer pecadora la trata con ternura; a Zaqueo le ofrece su amistad; a los fariseos les dirige palabras fuertes; a los discípulos desanimados les explica pacientemente las Escrituras.

El amor es siempre el mismo, pero su expresión cambia según lo que cada persona necesita.

También nosotros debemos aprender a amar así.

No basta con decir: «Yo soy así y esta es mi manera de querer». El verdadero amor no parte únicamente de lo que yo deseo dar, sino de lo que el otro realmente necesita.

Hay personas que necesitan una palabra de ánimo. Otras necesitan que alguien las escuche. Algunas necesitan una corrección prudente. Otras necesitan compañía, paciencia o silencio. A veces amar consiste en ayudar materialmente; otras veces consiste en poner un límite, decir una verdad o evitar que alguien continúe por un camino equivocado.

Por eso necesitamos pedir al Espíritu Santo el don del discernimiento. Porque incluso una verdad puede convertirse en violencia cuando se dice sin caridad; y una aparente amabilidad puede convertirse en complicidad cuando guarda silencio ante el mal.

La primera lectura, tomada del profeta Isaías, nos presenta una situación de temor. El rey Ajaz recibe la noticia de que los reyes de Siria y de Israel se han aliado contra Jerusalén. El texto dice que el corazón del rey y el corazón de su pueblo se agitaron «como se agitan los árboles del bosque con el viento».

¡Qué imagen tan expresiva!

Así puede quedar también nuestro corazón cuando recibimos una mala noticia, cuando surgen amenazas, cuando aparece una enfermedad, cuando se presenta una dificultad económica o cuando no sabemos qué va a suceder.

El miedo nos sacude como el viento a los árboles.

Dios envía entonces al profeta Isaías con un mensaje:

«Conserva la calma, no temas y no pierdas el valor».

Dios no niega el peligro. No le dice a Ajaz que todo es imaginación suya. Existen enemigos, existe una amenaza y existen razones humanas para sentir preocupación.

Pero Dios le recuerda que la amenaza no tiene la última palabra.

Los hombres hacen sus planes, pero Dios sigue siendo Señor de la historia.

Por eso la lectura concluye con una frase decisiva:

«Si no creen, no subsistirán».

Podemos tener muchos recursos, conocimientos, amistades, seguridades económicas y estrategias humanas, pero, si perdemos la fe, terminamos derrumbándonos interiormente.

Creer no significa cerrar los ojos ante los problemas. Significa atravesarlos sabiendo que no estamos solos.

Creer es permanecer firmes cuando todo parece tambalearse.

Creer es no entregar el corazón al miedo.

Ajaz debía confiar en Dios. Corazín, Betsaida y Cafarnaún debían convertirse. En ambas situaciones existe una misma dificultad: la resistencia a recibir el amor de Dios tal como Él lo ofrece.

Ajaz quería buscar seguridades humanas, pero Dios le pedía fe.

Las ciudades querían admirar los milagros, pero Jesús les pedía conversión.

Nosotros también podemos pedir consuelo cuando Dios quiere corregirnos, o buscar soluciones inmediatas cuando Dios quiere enseñarnos paciencia y confianza.

La pregunta es: ¿cómo está amándome Dios hoy?

Quizá mediante una consolación.

Quizá mediante una dificultad que está purificando mi fe.

Quizá mediante una persona que me dice una verdad que no deseo escuchar.

Quizá mediante una llamada a abandonar una actitud, reconciliarme con alguien o cambiar una costumbre.

Quizá Dios me está diciendo hoy: «No tengas miedo».

O quizá me está diciendo: «No continúes viviendo de esa manera».

Ambas palabras pueden provenir de su amor.

El salmo proclama:

«Grande es el Señor y muy digno de alabanza en la ciudad de nuestro Dios».

Jerusalén aparece como una ciudad firme, no simplemente por sus murallas, sino porque Dios habita en ella. Los enemigos la contemplan y huyen llenos de temor.

Esta es también nuestra verdadera fortaleza: saber que Dios habita en medio de su pueblo.

La Iglesia no permanece en pie únicamente por sus estructuras, sus recursos o sus capacidades humanas. Permanece porque el Señor no la abandona.

Nuestras familias no superan sus dificultades solo porque sean perfectas, sino porque Dios puede sostenerlas cuando se abren a su gracia.

Nuestra vida no se mantiene firme porque nunca sintamos miedo, sino porque, incluso temblando, continuamos confiando.

En este martes queremos presentar especialmente al Señor a nuestros familiares, amigos y benefactores.

Damos gracias por quienes han sido instrumentos concretos del amor de Dios en nuestra vida y en nuestras comunidades. Benefactor es quien hace el bien: quien ofrece su tiempo, su oración, su trabajo, sus capacidades, su apoyo material o una palabra de ánimo.

Muchas obras evangelizadoras, celebraciones, proyectos comunitarios y gestos de caridad son posibles gracias a personas generosas que saben compartir lo que han recibido.

Pidamos que Dios recompense a nuestros benefactores, vivos y difuntos. Que bendiga sus hogares, sus trabajos y sus necesidades. Que aquello que han dado con generosidad se convierta en gracia abundante para ellos y para sus familias.

Pero pidamos también que nosotros sepamos ser benefactores para los demás.

No es necesario poseer grandes riquezas para hacer el bien. Podemos ofrecer una visita, una escucha paciente, una oración, un consejo prudente, una ayuda sencilla o un poco de nuestro tiempo.

La caridad no consiste en dar lo que nos sobra, sino en aprender a descubrir lo que el otro necesita.

Pidamos hoy al Señor que nos libre de la indiferencia de Corazín, Betsaida y Cafarnaún. Que no recibamos tantas gracias inútilmente. Que cada Eucaristía, cada palabra del Evangelio y cada signo de su amor nos conduzcan a una vida nueva.

Pidámosle también que, cuando nuestro corazón se agite como los árboles del bosque, podamos escuchar su voz:

«Conserva la calma, no temas».

Y que, al amar a los demás, no les ofrezcamos solamente lo que nos resulta cómodo, sino aquello que de verdad pueda acercarlos al bien, a la esperanza y a la misericordia de Dios.

Señor Jesús, enséñanos a recibir tu amor cuando nos consuela y cuando nos corrige. Danos humildad para convertirnos, fortaleza para confiar y sabiduría para amar a cada persona como necesita ser amada.

Amén.


La corrupción como pecado social: cuando la política deja de buscar el bien común

 


“La política es una de las formas más altas de la caridad, porque busca el bien común”


(santo papa Pablo VI -1963-1978)

Quienes conocen este espacio saben que, a lo largo de los años, he procurado mantenerme al margen de las discusiones partidistas y de las confrontaciones políticas. Nunca he querido que este lugar se convierta en una tribuna de opiniones ideológicas o en un escenario para defender o atacar personas, movimientos o partidos.

Mi vocación sacerdotal me ha llevado a anunciar el Evangelio, acompañar comunidades, compartir reflexiones sobre la fe, la cultura, la historia, la música, el cine y tantos temas que ayudan a mirar la vida con esperanza.

Sin embargo, hay realidades humanas de las que no podemos escapar. Y una de ellas es la política.

Porque la política no es solamente lo que ocurre en los congresos, en las campañas electorales o en los palacios de gobierno. La política, en su sentido más noble, tiene que ver con la manera como los seres humanos organizamos nuestra convivencia, administramos los bienes comunes y buscamos responder a las necesidades de una sociedad.

Por eso, incluso quienes somos sacerdotes no podemos ser indiferentes ante la realidad política. No para convertirnos en militantes de una causa partidista, sino para iluminar desde el Evangelio aquellas situaciones que afectan la dignidad humana, la justicia y la paz social.

En estos días Colombia vuelve a vivir un momento de tensión alrededor del proceso de transición entre el gobierno saliente del presidente Gustavo Petro y el gobierno entrante de Abelardo de la Espriella. Las acusaciones mutuas de corrupción, las sospechas, los cuestionamientos y las respuestas defensivas han llenado nuevamente el ambiente nacional de incertidumbre y polarización.

No pretendo aquí hacer un juicio sobre personas concretas. No corresponde a un espacio como este reemplazar a los jueces ni convertir las opiniones en sentencias. La justicia necesita pruebas, investigaciones serias y respeto por el debido proceso.

Pero sí considero oportuno reflexionar sobre un problema más profundo: la corrupción como una enfermedad moral y social que afecta a los pueblos cuando el poder deja de entenderse como servicio y comienza a verse como privilegio.

La corrupción: más que un delito, una herida al bien común

Cuando hablamos de corrupción pensamos inmediatamente en dinero público perdido, contratos irregulares o enriquecimiento ilícito. Y ciertamente esos hechos son graves.

Pero la corrupción tiene raíces más profundas. Es una deformación del corazón humano. Es colocar el interés personal por encima del bien común. Es utilizar una responsabilidad confiada por la sociedad para beneficio propio o de un grupo determinado.

La corrupción no aparece únicamente en grandes escándalos. También nace en pequeñas actitudes cotidianas: cuando alguien busca ventaja injusta, cuando se acepta un privilegio indebido, cuando se guarda silencio ante una injusticia porque beneficia personalmente.

Por eso la Doctrina Social de la Iglesia habla del pecado social: aquellas estructuras, ambientes y comportamientos colectivos que terminan dañando la vida de muchas personas.

San Juan Pablo II decía que algunas estructuras pueden convertirse en “estructuras de pecado” cuando son fruto de acumulación de decisiones egoístas y terminan generando sufrimiento para los más débiles.

La lucha contra la corrupción no puede convertirse en venganza

Una sociedad madura necesita combatir la corrupción venga de donde venga. La corrupción no tiene color político, ideología ni partido.

Sería una grave equivocación denunciar la corrupción solamente cuando la comete el adversario y justificarla cuando afecta a los propios.

La justicia pierde credibilidad cuando se convierte en un arma de persecución política. Pero también pierde credibilidad una sociedad que, por simpatías o afinidades, decide mirar hacia otro lado frente a hechos cuestionables.

La verdadera lucha contra la corrupción exige una actitud difícil pero necesaria: la coherencia.

Exigir transparencia al otro implica también estar dispuesto a exigirla a quienes pensamos que representan nuestras ideas.

El poder como servicio

Jesús nos dejó una enseñanza revolucionaria sobre el poder:
“El que quiera ser grande entre ustedes, que sea su servidor” (Mt 20,26).

El poder, desde la perspectiva cristiana, no es una oportunidad para dominar, vengarse o imponerse. Es una responsabilidad para servir.

La política necesita líderes con vocación de servicio, pero también ciudadanos capaces de ejercer una crítica responsable, sin fanatismos ni odios.

Una democracia sana no se construye con enemigos permanentes. Se construye con adversarios que pueden pensar distinto, pero que reconocen una misma patria y una misma dignidad humana.

Una oración por Colombia

Más allá de las disputas políticas del momento, los colombianos necesitamos recuperar algo esencial: la confianza.

Necesitamos instituciones fuertes, justicia independiente, gobernantes humildes y ciudadanos comprometidos.

Necesitamos dejar de pensar que la política es solamente una lucha entre buenos y malos. La historia demuestra que todos los seres humanos tenemos fragilidades y que ningún proyecto político está libre de errores.

Por eso, más que alimentar la división, necesitamos pedir sabiduría para quienes gobiernan, fortaleza para quienes vigilan, honestidad para quienes administran y serenidad para quienes opinamos.

Como creyentes, no estamos llamados a construir una sociedad perfecta —porque está formada por seres humanos imperfectos—, pero sí una sociedad más justa, más transparente y más cercana al proyecto de Dios.

Porque al final, la pregunta más importante no será solamente: ¿quién ganó una elección?

La pregunta será:

¿Qué hicimos para que nuestra sociedad fuera más humana, más justa y más cercana al bien común?

Y allí también se juega nuestra responsabilidad como ciudadanos y como discípulos de Cristo.

(Artículo redactado con ayuda de la IA)

15 de julio del 2026: miércoles de la decimoquinta semana del tiempo ordinario-II-San Buenaventura, obispo y doctor de la Iglesia

  Santo del día: San Buenaventura 1221-1274. «Sin la oración, no esperen crecer en las virtudes», afirmaba este gran teólogo francis...