La paz eterna
(Juan 14, 27-31a) ¿Cuál es esa paz que Jesús nos deja, esa paz que no es
como la del mundo? Él la entrega antes de la Cruz, sin escapatoria ni
contraprestación. Una paz incondicional, pero exigente. Ella nos espera en los
lugares de nuestros miedos y de nuestras resistencias, a pesar de todas las
razones que podríamos tener para no creer en ella. La paz de Cristo ha sido
dada de una vez para siempre, dispuesta a infiltrarse por la más estrecha de
nuestras grietas.
Colette Hamza, xavière
Primera lectura
Contaron a la
Iglesia lo que Dios había hecho por medio de ellos
Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.
EN aquellos días, llegaron unos judíos de Antioquía y de Iconio y se ganaron a
la gente; apedrearon a Pablo y lo arrastraron fuera de la ciudad, dándole ya
por muerto. Entonces lo rodearon los discípulos; él se levantó y volvió a la
ciudad.
Al día siguiente, salió con Bernabé para Derbe. Después de predicar el
Evangelio en aquella ciudad y de ganar bastantes discípulos, volvieron a
Listra, a Iconio y a Antioquía, animando a los discípulos y exhortándolos a
perseverar en la fe, diciéndoles que hay que pasar por muchas tribulaciones
para entrar en el reino de Dios.
En cada Iglesia designaban presbíteros, oraban, ayunaban y los encomendaban al
Señor, en quien habían creído. Atravesaron Pisidia y llegaron a Panfilia. Y
después de predicar la Palabra en Perge, bajaron a Atalía y allí se embarcaron
para Antioquía, de donde los habían encomendado a la gracia de Dios para la
misión que acababan de cumplir. Al llegar, reunieron a la Iglesia, les contaron
lo que Dios había hecho por medio de ellos y cómo había abierto a los gentiles
la puerta de la fe. Se quedaron allí bastante tiempo con los discípulos.
Palabra de Dios.
Salmo
R. Tus amigos,
Señor, proclaman la gloria de tu reinado.
O bien:
R. Aleluya.
V. Que
todas tus criaturas te den gracias, Señor,
que te bendigan tus fieles.
Que proclamen la gloria de tu reinado,
que hablen de tus hazañas. R.
V. Explicando
tus hazañas a los hombres,
la gloria y majestad de tu reinado.
Tu reinado es un reinado perpetuo,
tu gobierno va de edad en edad. R.
V. Pronuncie
mi boca la alabanza del Señor,
todo viviente bendiga su santo nombre
por siempre jamás. R
Aclamación
V. Era
necesario que el Mesías padeciera y resucitara de entre los muertos; y entrara
así en su gloria. R.
Evangelio
Mi paz les doy
Lectura del santo Evangelio según san Juan.
EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«La paz les dejo, mi paz les doy; no se la doy yo como la da el mundo. Que no
se turbe su corazón ni se acobarde. Me han oído decir: “Me voy y vuelvo al lado
de ustedes”. Si me amaran, se alegrarían de que vaya al Padre, porque el Padre
es mayor que yo. Se lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando
suceda crean.
Ya no hablaré mucho con ustedes, pues se acerca el príncipe de este mundo; no
es que él tenga poder sobre mí, pero es necesario que el mundo comprenda que yo
amo al Padre, y que, como el Padre me ha ordenado, así actúo».
Palabra del Señor.
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1
Queridos
hermanos:
En
el Evangelio de hoy Jesús nos deja una de las palabras más consoladoras y más
profundas de todo el discurso de despedida:
“La paz les dejo, mi paz les doy; no se la doy como la da el
mundo.”
Jesús
pronuncia estas palabras en un momento cargado de tensión. No las dice después
de la Resurrección, cuando todo parece ya victorioso. Las dice antes de la
Pasión, cuando se acerca la noche, cuando Judas ya ha salido, cuando el corazón
de los discípulos comienza a llenarse de miedo, confusión e incertidumbre.
Por
eso, la paz de Jesús no es una paz ingenua. No es la paz de quien no tiene
problemas. No es la tranquilidad superficial de quien logra escapar del
sufrimiento. Es una paz que nace en medio de la cruz, que se mantiene firme en
medio de la prueba y que no depende de que todo salga como nosotros
quisiéramos.
El
mundo suele llamar paz a la ausencia de conflictos, a la comodidad, al éxito,
al control de las circunstancias. Pero Jesús nos ofrece otra paz: la paz de
sabernos amados por el Padre, sostenidos por su gracia y acompañados por Él aun
cuando el camino se vuelve difícil.
Por
eso dice: “Que no tiemble
su corazón ni se acobarde.” Jesús no promete que nunca habrá
motivos para temblar. No dice que la vida estará libre de golpes, heridas o
incertidumbres. Lo que promete es que, aun en medio de todo eso, su paz puede
entrar en el corazón.
Alguien
que comentaba este texto, lo ha expresado de manera muy bella: la paz de Cristo
está dispuesta a infiltrarse “por la más estrecha de nuestras grietas”. Es
decir, por esas heridas que muchas veces escondemos, por esos miedos que nos
cuestan reconocer, por esas resistencias interiores que nos impiden confiar
plenamente en Dios.
Y
esto se ilumina muy bien con la primera lectura del libro de los Hechos de los
Apóstoles. Pablo acaba de ser apedreado. Sus enemigos lo dieron por muerto y lo
arrastraron fuera de la ciudad. Humanamente hablando, cualquiera habría dicho:
“Hasta aquí llegó la misión. Es mejor retirarse. Es demasiado peligroso seguir
anunciando el Evangelio.”
Pero
Pablo se levanta. Entra de nuevo en la ciudad. Luego continúa su camino con
Bernabé, animando a los discípulos y diciéndoles una frase muy realista: “Hay que pasar mucho para entrar en el
Reino de Dios.”
Qué
frase tan fuerte. Qué frase tan pascual. El Reino de Dios no se alcanza por
caminos cómodos. La misión no se construye sin heridas. La Iglesia no avanza
sin pruebas. La fe no madura sin noches. Y, sin embargo, Pablo no aparece como
un hombre derrotado, sino como un hombre sostenido por la paz de Cristo.
No
tiene la paz del mundo. Si tuviera la paz del mundo, habría buscado seguridad,
protección, aplausos y comodidad. Pero tiene la paz de Jesús: esa que permite
levantarse después de haber caído, seguir amando después de haber sido herido,
continuar sembrando después de haber llorado.
Por
eso el salmo nos invita a bendecir al Señor y a proclamar su gloria. Aunque la
respuesta tomada del salmo 126 nos recuerda: “Los que sembraban con lágrimas cosechan entre cantares.”
Esta frase recoge muy bien el espíritu de la liturgia de hoy. Pablo siembra con
lágrimas, con golpes, con persecución; pero la Iglesia cosecha comunidades
fortalecidas, discípulos confirmados en la fe y puertas abiertas para los
paganos.
También
nosotros, en nuestra vida cristiana, conocemos esa experiencia. Hay lágrimas
que se convierten en semilla. Hay sacrificios que no se ven, pero que dan
fruto. Hay gestos silenciosos que sostienen la vida de otros. Hay personas que
quizás no ocupan grandes escenarios, pero ayudan a que la misión de la Iglesia
continúe.
Por
eso hoy oramos especialmente por nuestros benefactores.
Los
benefactores son esas personas que, de muchas maneras, ayudan a sostener la
obra de Dios. Algunos lo hacen con una ayuda económica. Otros con su tiempo.
Otros con su oración. Otros con un consejo oportuno, con una palabra de ánimo,
con una presencia fiel, con una colaboración humilde y constante.
A
veces los benefactores son como esas manos discretas que sostienen la misión
sin hacer ruido. Gracias a ellos muchas obras evangelizadoras pueden continuar.
Gracias a ellos se puede atender a los pobres, acompañar comunidades, formar
niños y jóvenes, celebrar la fe, sostener proyectos pastorales, anunciar el
Evangelio en lugares donde no siempre hay suficientes recursos.
Pero
hoy la Palabra nos ayuda a mirar a los benefactores no solamente como quienes
“dan algo”, sino como quienes participan de la misión. En la primera lectura,
Pablo y Bernabé regresan a las comunidades, cuentan lo que Dios ha hecho y
reconocen que el Señor ha abierto la puerta de la fe. La misión no es obra de
una sola persona. La misión es una red de gracia. Unos predican, otros acogen,
otros oran, otros sostienen, otros acompañan, otros animan.
Y
todos, si lo hacen con amor, participan del mismo anuncio del Reino.
Por
eso, cuando oramos por nuestros benefactores, pedimos que el Señor les conceda
esa paz que el mundo no puede dar. Porque también ellos tienen luchas,
preocupaciones, cansancios y cruces. Muchas veces quien ayuda también necesita
ser ayudado. Quien sostiene también necesita ser sostenido. Quien da ánimo
también necesita recibir consuelo.
Pidamos
hoy que la paz de Cristo entre en sus hogares, en sus familias, en sus
trabajos, en sus decisiones, en sus dificultades. Que el Señor recompense todo
bien que han sembrado, incluso aquel que nadie ha visto. Que cada gesto de
generosidad se convierta en una semilla de esperanza.
Queridos
hermanos, la paz de Jesús no nos hace evadir la realidad; nos da fuerza para
habitarla con fe. No nos quita automáticamente las cruces; nos ayuda a
cargarlas con amor. No elimina todas las lágrimas; pero las convierte en
semilla de vida nueva.
Tal
vez hoy alguno de nosotros viene con el corazón inquieto. Tal vez hay
cansancio, preocupaciones, heridas, miedos o incertidumbre. Tal vez sentimos
que la paz se nos escapa. Entonces escuchemos otra vez a Jesús:
“La paz les dejo, mi paz les doy.”
No
dice: “la paz se la presto”. No dice: “la paz se la doy solo si todo va bien”.
No dice: “la paz se la doy cuando ya no tengan problemas”. Dice: “Mi paz les doy.”
Esa
paz ya nos ha sido entregada. Está ahí, como una gracia pascual, buscando
entrar incluso por nuestras grietas más pequeñas.
Que
en esta Eucaristía el Señor nos conceda su paz. Que fortalezca a quienes
anuncian el Evangelio en medio de pruebas. Que bendiga a nuestros benefactores
y les devuelva en gracia, alegría y esperanza todo el bien que han sembrado. Y
que también nosotros seamos instrumentos de esa paz: en la familia, en la
comunidad, en la Iglesia y en el mundo.
Amén.
2
Queridos
hermanos:
En
el Evangelio de hoy Jesús pronuncia una de esas frases que parecen escritas directamente
para los momentos difíciles de la vida:
“La paz les dejo, mi paz les doy; no se la doy como la da
el mundo. Que no tiemble su corazón ni se acobarde.”
Estas
palabras no fueron dichas en un ambiente tranquilo, sin problemas, sin
amenazas. Jesús las dice en la Última Cena, cuando se acerca la hora de la
cruz. Judas ya ha entrado en la noche de la traición. Los discípulos están
confundidos. Pedro pronto negará al Maestro. Jesús sabe que viene el
sufrimiento, la pasión, el aparente fracaso.
Y
precisamente ahí habla de paz.
Esto
nos ayuda a entender que la paz de Cristo no es simplemente la ausencia de
problemas. No es la tranquilidad de quien tiene todo resuelto. No es la
comodidad de quien vive sin conflictos. La paz de Jesús es más profunda: es la
certeza interior de estar en manos del Padre, aun cuando por fuera todo parezca
tambalear.
El
mundo también busca la paz, y eso es bueno. Necesitamos paz social, paz en las
familias, paz entre los pueblos, paz en las comunidades. Necesitamos justicia,
seguridad, salud, pan, trabajo, respeto, reconciliación. Esa paz humana es
necesaria y debemos trabajar por ella.
Pero
Jesús nos habla de otra paz: una paz que no depende totalmente de las
circunstancias externas. Una paz que puede permanecer incluso en medio de la
enfermedad, la pobreza, el duelo, la persecución, la incomprensión o la
soledad. Una paz que no nace de tener todo bajo control, sino de confiar en
Dios cuando ya no podemos controlar todo.
Por
eso dice: “No se la doy
como la da el mundo.”
El
mundo muchas veces nos ofrece una paz frágil: si tienes dinero, si tienes
salud, si nadie te contradice, si todo sale como quieres, si nadie te molesta,
entonces tendrás paz. Pero basta una mala noticia, una pérdida, una enfermedad,
una traición, una crisis familiar o económica, y esa paz se rompe.
La
paz de Cristo, en cambio, puede sostenernos incluso cuando la vida se vuelve
difícil.
Y
esto lo vemos claramente en la primera lectura de los Hechos de los Apóstoles.
Pablo ha sido perseguido, rechazado y apedreado. Lo dieron por muerto y lo
arrastraron fuera de la ciudad. Humanamente hablando, ese habría sido el
momento perfecto para decir: “Hasta aquí llegué. Ya hice suficiente. Mejor me
retiro.”
Pero
Pablo se levanta.
No
se levanta porque no le duelan las heridas. No se levanta porque la persecución
sea poca cosa. Se levanta porque dentro de él habita una fuerza que no viene
del mundo. La paz de Cristo no lo hace insensible, pero sí lo hace
perseverante. No le evita las piedras, pero le permite no quedarse tirado bajo
ellas.
Y
después de todo eso, Pablo y Bernabé siguen anunciando el Evangelio,
fortaleciendo a los discípulos y diciéndoles: “Hay que pasar mucho para entrar en el Reino de Dios.”
Qué
frase tan realista y tan cristiana. La fe no nos promete una vida sin pruebas.
El Evangelio no nos dice que el creyente nunca llorará, nunca sufrirá, nunca
caerá, nunca será herido. Lo que nos promete es que ninguna cruz, vivida con
Cristo, tendrá la última palabra.
Pablo
no predica una fe cómoda. Predica una fe pascual. Una fe que pasa por la cruz,
pero camina hacia la vida. Una fe que conoce las lágrimas, pero espera la
cosecha.
Por
eso el salmo responde con una frase hermosísima: “Los que sembraban con lágrimas cosechan
entre cantares.”
Esta
respuesta ilumina toda la liturgia de hoy. Pablo sembró con lágrimas. Jesús
sembró con sangre en la cruz. Los apóstoles sembraron entre persecuciones. La
Iglesia, a lo largo de la historia, ha sembrado muchas veces en medio de
incomprensiones, martirios, pobrezas y dificultades.
Pero
Dios sabe transformar las lágrimas en semilla.
A
veces también nosotros sembramos llorando. Una madre que ora por un hijo
perdido. Un enfermo que ofrece su dolor. Una familia que sigue unida a pesar de
las pruebas. Una comunidad que persevera aunque haya cansancio. Una persona que
sigue haciendo el bien aunque no reciba reconocimiento. Un creyente que lucha
por mantenerse fiel en medio de tentaciones y oscuridades.
El
mundo podría decir: “Eso es fracaso.” Pero Dios dice: “Eso es semilla.”
La
paz de Cristo no consiste en negar las lágrimas. Consiste en descubrir que
también las lágrimas, puestas en manos de Dios, pueden fecundar la vida.
Queridos
hermanos, una de las grandes enfermedades espirituales de nuestro tiempo es
vivir con el corazón turbado. Hay mucha gente exteriormente ocupada, conectada,
informada, entretenida, pero interiormente intranquila. Hay corazones llenos de
miedo: miedo al futuro, miedo a enfermar, miedo a perder, miedo a quedarse
solos, miedo a no ser amados, miedo a fracasar, miedo a no tener suficiente.
Y
Jesús no nos regaña por tener miedo. Nos ofrece su paz.
Nos
dice: “Que no tiemble su
corazón ni se acobarde.”
Es
como si nos dijera: “Yo sé que el mundo puede sacudirlos. Yo sé que habrá
noches, cruces, heridas y preguntas. Pero no permitan que el miedo sea el dueño
de su corazón. Déjenme entrar. Déjenme habitar en ustedes. Déjenme darles una
paz que nadie les puede quitar.”
Los
mártires son el ejemplo más claro de esta paz. Exteriormente podían estar
perseguidos, encarcelados, amenazados, llevados a la muerte; pero interiormente
estaban firmes en Cristo. No porque fueran de piedra, sino porque estaban
llenos del Espíritu. La paz de Jesús había vencido dentro de ellos el poder del
miedo.
Y
esa paz se nos comunica especialmente en la Eucaristía.
Cada
vez que celebramos la Santa Misa, antes de comulgar, escuchamos una oración
preciosa: “Señor Jesucristo, que dijiste a tus apóstoles: la paz les dejo, mi
paz les doy…” La Iglesia repite hoy esas mismas palabras porque sabe que
necesitamos recibir esa paz una y otra vez.
No
venimos a la Eucaristía porque seamos fuertes. Venimos porque necesitamos ser
sostenidos. No venimos porque tengamos una paz perfecta. Venimos porque muchas
veces llegamos cansados, inquietos, preocupados, heridos, y necesitamos que
Cristo vuelva a decirnos: “Mi paz te doy.”
La
paz de Cristo no es anestesia. No nos desconecta de la realidad. Al contrario,
nos permite enfrentar la realidad sin desesperarnos. Nos ayuda a seguir amando
cuando hay razones para cerrar el corazón. Nos ayuda a perdonar cuando sería
más fácil guardar rencor. Nos ayuda a levantarnos cuando las piedras de la vida
nos han derribado. Nos ayuda a servir cuando estamos cansados. Nos ayuda a
esperar cuando todo parece oscuro.
Por
eso, hoy podríamos preguntarnos: ¿qué me está robando la paz? ¿Qué miedo está
turbando mi corazón? ¿Qué herida no he dejado que Cristo toque? ¿Qué situación
estoy tratando de controlar sin entregársela a Dios?
La
Palabra de hoy nos invita a hacer un acto de confianza. No una confianza
ingenua, sino pascual. La confianza de quien sabe que la cruz existe, pero
también sabe que Cristo ha resucitado. La confianza de quien reconoce que el
mal hace ruido, pero no tiene la última palabra. La confianza de quien, aun
entre lágrimas, sigue sembrando.
Pidámosle
al Señor en esta Eucaristía que nos conceda su paz. No solamente una paz
exterior, sino esa paz profunda que nace de sabernos amados, perdonados, acompañados
y enviados.
Que,
como Pablo, sepamos levantarnos después de cada caída. Que, como los
discípulos, aprendamos a no dejarnos paralizar por el miedo. Que, como la
Iglesia naciente, sigamos anunciando el Reino aun en medio de las pruebas. Y
que nuestra vida, tocada por la paz de Cristo, pueda convertirse también en
instrumento de paz para los demás.
Porque
donde entra la paz de Jesús, el miedo pierde fuerza.
Donde entra la paz de Jesús, las lágrimas se vuelven semilla.
Donde entra la paz de Jesús, el corazón deja de acobardarse.
Y donde entra la paz de Jesús, aun en medio de la cruz, comienza ya la Pascua.
Amén.


