viernes, 25 de septiembre de 2026

26 de septiembre del 2026: sábado de la vigésima quinta semana del tiempo ordinario II- Memoria de los santos mártires Cosme y Damián

 

Testigos de la fe:

Santos Cosme y Damián

Hermanos y mártires, médicos y de los siglos III–IV, hicieron de la medicina un servicio de caridad. Según la tradición, atendían gratuitamente a los enfermos, anunciando con sus gestos la bondad de Dios. Su fidelidad a Cristo los llevó hasta la entrega de la vida.

Su memoria nos invita a poner nuestros talentos al servicio de los demás, sin calcular recompensas. Una presencia cercana, una escucha paciente y una ayuda concreta pueden llevar consuelo a quien sufre. ¿Qué podemos ofrecer hoy para aliviar el dolor de un hermano?

Señor, por intercesión de san Cosme y san Damián, fortalece a los enfermos y concede a quienes los cuidan un corazón generoso y compasivo.

 

 

¿A qué edad?

La conmovedora poesía de Qohélet sobre la vejez encierra un mensaje discreto: ¡ya desde nuestra juventud nos conviene orientar nuestra vida según Dios! Hoy, una vez más, el Evangelio se hace eco de esta invitación a mirar nuestra existencia con lucidez. Mientras todos se admiran de sus obras, Jesús anuncia que será entregado en manos de los hombres. Los discípulos no comprenden sus palabras y tienen miedo de preguntarle.

También nosotros podemos aplazar las preguntas esenciales, como si siempre hubiera tiempo para volver a Dios, reconciliarnos o aprender a amar. Qohélet nos invita a recordar al Creador mientras recibimos y disfrutamos los dones de la vida. Jesús nos enseña a confiar en él también cuando el camino nos desconcierta.

El salmo convierte esta enseñanza en oración: pidamos aprender a contar nuestros días para alcanzar un corazón sabio. Cada edad tiene su gracia, sus posibilidades y su llamada. La juventud puede abrirse a Dios con entusiasmo; la madurez, con responsabilidad; la vejez, con confianza y esperanza.

¿A qué edad comenzar a vivir de verdad con el Señor? A la que tenemos hoy.




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Primera lectura

Ecl 11, 9 — 12, 8

Acuérdate del Creador en los años mozos, antes de que el polvo vuelva a la tierra y el espíritu a Dios

Lectura del libro del Eclesiastés.

DISFRUTA mientras eres muchacho y pásalo bien en la juventud; déjate llevar del corazón y de lo que te recrea la vista; pero sábete que Dios te llevará a juicio para dar cuenta de todo.
Rechaza las penas del corazón y rehúye los dolores del cuerpo: adolescencia y juventud son efímeras.
Acuérdate de tu Creador en tus años mozos, antes de que lleguen los días aciagos y te alcancen los años en que digas: «No les saco gusto»; antes de que se oscurezcan el sol, la luz, la luna y las estrellas, y tras la lluvia vuelva el nublado.
Ese día temblarán los guardianes de la casa, y los valientes se encorvarán; las que muelen serán pocas y se pararán; los que miran por las ventanas se ofuscarán; las puertas de la calle se cerrarán y el ruido del molino será solo un eco; se debilitará el canto de los pájaros, las canciones se irán apagando; darán miedo las alturas y en las calles rondarán los terrores; cuando florezca el almendro y se arrastre la langosta y sea ineficaz la alcaparra; porque el hombre va a la morada de su eternidad y el cortejo fúnebre recorre las calles.
Antes de que se rompa el hilo de plata y se destroce la copa de oro, y se quiebre el cántaro en la fuente y se raje la polea del pozo, y el polvo vuelva a la tierra que fue, y el espíritu vuelva al Dios que lo dio.
Vanidad de vanidades, dice Qohélet, vanidad de vanidades, todo es vanidad.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 89, 3-4. 5-6. 12-13. 14 y 17 (R.: 1bc)

R. Señor, tú has sido nuestro refugio
de generación en generación.


V. Tú reduces el hombre a polvo,
diciendo: «Retornen, hijos de Adán».
Mil años en tu presencia son un ayer que pasó;
una vela nocturna.
R.

V. Si tú los retiras
son como un sueño,
como hierba que se renueva:
que florece y se renueva por la mañana,
y por la tarde la siegan y se seca.
R.

V. Enséñanos a calcular nuestros años,
para que adquiramos un corazón sensato.
Vuélvete, Señor, ¿hasta cuándo?
Ten compasión de tus siervos.
R.

V. Por la mañana sácianos de tu misericordia,
y toda nuestra vida será alegría y júbilo.
Baje a nosotros la bondad del Señor
y haga prósperas las obras de nuestras manos.
Sí, haga prósperas las obras de nuestras manos.
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Nuestro Salvador, Cristo Jesús, destruyó la muerte
e hizo brillar la vida por medio del Evangelio.
R.

 

Evangelio

Lc 9, 43b-45

El Hijo del hombre va a ser entregado. Les daba miedo preguntarle sobre el asunto

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

EN aquel tiempo, entre la admiración general por lo que hacía, Jesús dijo a sus discípulos:
«Métanse bien en los oídos estas palabras: el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres».
Pero ellos no entendían este lenguaje; les resultaba tan oscuro, que no captaban el sentido.
Y les daba miedo preguntarle sobre el asunto.

Palabra del Señor.

 

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HOY ES TIEMPO DE CAMINAR CON DIOS

 

Queridos hermanos:

A veces vamos dejando lo más importante para después: «Cuando tenga más tiempo, rezaré con tranquilidad»; «cuando se resuelvan estos problemas, me acercaré a Dios»; «cuando esté menos ocupado, visitaré a esa persona». Y, mientras tanto, pasan los días, cambian las circunstancias y quedan pendientes muchas oportunidades de amar.

La Palabra de Dios nos invita hoy a recibir nuestra vida con gratitud y a vivirla junto al Señor desde este momento, con la edad, las fuerzas y las circunstancias que tenemos.

En la primera lectura, Qohélet comienza invitando al joven a disfrutar de su juventud. Hay lugar para la alegría, los proyectos y los deseos del corazón. Esa invitación va acompañada de una llamada a la responsabilidad: nuestras decisiones tienen consecuencias y nuestra vida está abierta a la mirada de Dios. Por eso escuchamos: «Acuérdate de tu Creador en tus años jóvenes».

Después aparece ese conmovedor poema sobre la vejez: las fuerzas disminuyen, la mirada se debilita y las actividades cotidianas se vuelven difíciles. El autor nos sitúa ante la fragilidad de nuestra existencia.

Muchos conocen esa fragilidad de cerca. La experimentan en su propio cuerpo o la acompañan en un padre, una madre, un familiar enfermo. Hay personas a quienes les cuesta aceptar que ahora necesitan ayuda para hacer lo que antes hacían con facilidad.

Esta Palabra nos invita a mirarlas con ternura. Una persona conserva toda su dignidad cuando sus pasos se hacen lentos, cuando repite una historia o cuando necesita que alguien la sostenga. Su vida sigue siendo preciosa ante Dios. Y quienes todavía disfrutamos de salud y fortaleza tenemos una hermosa responsabilidad: convertirlas en servicio.

Por eso resulta tan oportuna la oración del salmo: «Enséñanos a calcular nuestros años, para que adquiramos un corazón sensato».

Podemos pedirle al Señor que nos enseñe a reconocer el valor de cada jornada: el valor de una conversación pendiente, de una reconciliación, de una visita, de un momento de oración. El salmista encuentra en Dios un refugio que permanece a través de las generaciones y le confía también el trabajo de sus manos.

¡Cuánto necesitamos esa sabiduría! A veces dedicamos mucha energía a una discusión y muy poca a expresar cariño. Nos preocupamos por acumular cosas y dejamos sin atender a una persona cercana. Hoy podemos pedir: «Señor, ayúdame a reconocer lo que merece mi tiempo. Enséñame a amar mientras tengo la oportunidad».

El Evangelio nos lleva a un momento desconcertante. Todos admiran lo que Jesús hace y, precisamente entonces, él anuncia: «El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres». Los discípulos no comprenden y tienen miedo de preguntarle.

También nosotros conocemos ese miedo. Hay acontecimientos que nos dejan sin palabras: una enfermedad, una pérdida, una dificultad familiar que se prolonga. Nos cuesta unir lo que creemos sobre el amor de Dios con aquello que estamos viviendo.

Podemos acercarnos a Jesús llevando esas preguntas. La oración también puede comenzar así: «Señor, no entiendo lo que está pasando. Me siento débil. Ayúdame a permanecer contigo».

Jesús camina hacia su entrega con amor fiel. Su pasión y su resurrección nos permiten confiar en que el sufrimiento y la muerte no tienen la última palabra. Y esa esperanza nos impulsa a acompañar el dolor de los demás.

En ese camino encontramos hoy a los santos Cosme y Damián. La tradición los recuerda como hermanos médicos que atendían gratuitamente a los enfermos. Su servicio expresaba la fe que profesaban, y su martirio llevó hasta el extremo su fidelidad a Cristo.

Pusieron lo que sabían hacer al servicio de quienes necesitaban ayuda. Su ejemplo nos invita a preguntarnos cómo estamos empleando nuestros propios dones. Algunos pueden cuidar, otros enseñar, escuchar, acompañar o compartir recursos. Todos podemos ofrecer una presencia que haga más llevadera la soledad.

Encomendemos especialmente a los médicos, enfermeros, cuidadores y familiares que atienden a personas enfermas. Pensemos en quienes pasan una noche en vela, ayudan con paciencia o sostienen una mano cuando faltan las palabras.

Y, en este sábado, volvamos la mirada hacia la Santísima Virgen María.

María conoció acontecimientos que no comprendía plenamente y los guardaba en su corazón. Su fe fue una confianza vivida día tras día. Al pie de la cruz permaneció junto a su Hijo, compartiendo su dolor y perseverando en el amor.

A ella podemos confiarle nuestras preguntas y nuestros temores. Podemos pedirle que nos enseñe a acompañar sin huir de la fragilidad, a escuchar con paciencia y a mantener la esperanza durante la espera.

Hermanos, en esta Eucaristía recibimos a Jesús, que entrega su vida por nosotros. Pongamos junto al pan y al vino nuestra historia entera: la juventud de unos, el cansancio de otros, nuestros trabajos, nuestros enfermos y todo lo que todavía necesitamos reconciliar.

La gracia de Dios nos alcanza hoy. Dejemos que transforme este día en una oportunidad concreta de amar.

¿Qué gesto de fe, de reconciliación o de servicio estoy llamado a realizar hoy, sin seguir aplazándolo?

Virgen María, Madre nuestra, enséñanos a recibir cada día como un don de Dios. Acompaña a nuestros jóvenes, fortalece a los adultos y consuela a nuestros mayores y enfermos. Sostennos cuando nos cueste comprender y ayúdanos a permanecer junto a Jesús. Que, por intercesión de los santos Cosme y Damián, aprendamos a servir con generosidad y a cuidar con ternura la vida de nuestros hermanos. Amén.


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26 de septiembre:

Santos Cosme y Damián, Mártires — Memoria opcional

c. Finales del siglo III – c. 287 o 303
Santos patronos de boticarios, barberos, ciegos, industria química, droguistas, parteras, médicos, farmacéuticos, cirujanos.
Invocados contra la ceguera, cálculos renales, hernias y pestes.


 


Cita

El juez ordenó que los arrojaran a un gran fuego, pero las llamas se apartaron de ellos y mataron a muchos. Luego ordenó que los colocaran en un instrumento de tortura… pero un ángel del Señor los protegió… El juez ordenó encarcelar a los tres y mandó que Cosme y Damián fueran crucificados y apedreados por la gente, pero las piedras regresaban contra quienes las lanzaban, hiriendo a muchos. Entonces el juez, lleno de locura, hizo que los tres hermanos se colocaran junto a la cruz y ordenó a cuatro caballeros que dispararan flechas contra Cosme y Damián. Sin embargo, las flechas se volvieron en contra… Al ver esto, el juez quedó totalmente desconcertado, atormentado hasta la muerte, y ordenó que los cinco hermanos fueran decapitados juntos.
~ Extracto de la Leyenda Dorada, siglo XIII


Reflexión

Hoy la Iglesia honra a los santos Cosme y Damián: hermanos gemelos, médicos y mártires que han sido ampliamente venerados en Oriente y Occidente desde el tiempo de sus muertes. Poco se sabe con certeza de estos santos. Lo que sí sabemos es que fueron mártires, probablemente bajo el emperador romano Diocleciano. Lo que nos llega por vía de la leyenda, sin embargo, ofrece un testimonio inspirador de fe y valentía de la Iglesia primitiva.

Cosme y Damián pudieron haber nacido en Cirro, en la actual Siria, y más tarde haberse trasladado al golfo de Iskenderun en Cilicia, actual Turquía, hacia mediados o finales del siglo III. Eran gemelos, hijos de una madre cristiana y posiblemente de un padre cristiano, quienes los educaron en la fe. Se formaron en la ciencia de la curación y se convirtieron en médicos.

En aquel tiempo, los médicos solían cobrar según su reputación. Los más hábiles y exitosos atendían a los ricos, recibiendo de ellos un salario regular. Otros cobraban por caso atendido. Como Cosme y Damián eran cristianos, cuenta la leyenda que decidieron evangelizar a la comunidad pagana en la que vivían haciendo algo extraordinario: ofrecían sus servicios médicos gratuitamente. Este gesto de caridad les valió el título de “Anárgiros”, que significa “sin plata”. Su práctica contracultural llamó la atención de sus conciudadanos y atrajo a muchos a la fe. Se dice que eran excelentes médicos que curaban a muchos, quizás más por sus oraciones que por su ciencia. Una leyenda afirma que fueron los primeros en trasplantar una pierna a un amputado, lo que suele representarse en el arte.

En el año 284, Diocleciano se convirtió en emperador romano y emprendió numerosas reformas en el Imperio. En el 303 comenzó a emitir una serie de edictos que desembocaron en una persecución general contra los cristianos, con la muerte de muchos. Antes de esto, las persecuciones eran más localizadas y esporádicas. Hacia el año 287 o 303 (los registros son contradictorios), el prefecto romano Lisias de Cilicia arrestó a los gemelos Cosme y Damián. Los cristianos prominentes solían ser los primeros en ser atacados.

Como era costumbre, se les ofreció la oportunidad de renunciar públicamente a su fe y honrar a los dioses romanos para salvar la vida. Ellos se negaron y fueron condenados a muerte. Diversas leyendas sobre sus muertes cuentan que fueron primero torturados para obligarlos a obedecer, pero fueron milagrosamente preservados del dolor, sin sufrir heridas. Se intentó matarlos ahogándolos, quemándolos, atravesándolos con flechas y apedreándolos, pero cada intento fracasó. Finalmente, Cosme y Damián, junto con tres de sus hermanos, fueron decapitados.

Se cree que fueron sepultados en la ciudad de Cirro, su posible lugar de nacimiento. Desde entonces han sido ampliamente venerados. Muchos milagros de curación se les han atribuido por intercesión. A menos de un siglo de su martirio, ya se habían erigido iglesias en su honor en Jerusalén, Egipto y Mesopotamia.

En el siglo VI, el emperador romano Justiniano I honró a estos santos restaurando la ciudad de su sepultura. Poco después, el emperador recibió una curación milagrosa por su intercesión. En agradecimiento, llevó sus reliquias a Constantinopla, donde construyó una iglesia en su honor que se convirtió en popular lugar de peregrinación. En esa iglesia surgió la costumbre de velar toda la noche en oración junto a su tumba, pidiendo curación para las enfermedades. A lo largo de los siglos se reportaron numerosos milagros.

También en el siglo VI, el papa Símaco insertó los nombres de Cosme y Damián en el Canon Romano (Plegaria Eucarística I), y el papa Félix IV adaptó un templo pagano del siglo IV en Roma, dentro del Foro de la Paz, dándole el nombre de Basílica de los Santos Cosme y Damián. Aunque ha sido renovada varias veces, los mosaicos del siglo V que narran su historia siguen siendo de las obras de arte sagrado más veneradas en Roma.

Aunque nunca conoceremos con certeza los detalles históricos de la vida y el martirio de los santos Cosme y Damián hasta que lleguemos a la gloria del Cielo, las virtudes que encarnan deben ser fuente de inspiración y estímulo. Su obra de evangelización mediante un servicio gratuito y desinteresado en nombre de Cristo es digna de imitación. Su heroico martirio nos presenta las virtudes de la valentía y la fidelidad a Cristo. Su intercesión milagrosa a favor de los enfermos nos invita a recurrir hoy a ellos por los que sufren.


Oración

Santos Cosme y Damián,
ustedes fueron tocados por Cristo y buscaron compartir su fe en Él mediante un servicio gratuito y desinteresado a todos los que necesitaban de su cuidado médico. Al ser perseguidos, permanecieron firmes en la fe, prefiriendo la muerte antes que el pecado.

Por favor, intercedan por mí, para que siga su ejemplo de servicio abnegado a los demás y tenga el valor de dar testimonio de Cristo, sin importar el costo. Hoy les confío también a todos los enfermos que necesitan sus oraciones.

Santos Cosme y Damián, rueguen por mí. Jesús, en Ti confío.

 

jueves, 24 de septiembre de 2026

25 de septiembre del 2026: viernes de la vigésima quinta semana del tiempo ordinario II

 

Ha llegado el momento

El Evangelio de hoy ilustra el principio de la sucesión de los tiempos enunciado por Qohelet. Para los discípulos ha llegado el momento de pronunciarse acerca de Jesús. Su respuesta abre otra etapa en el camino de la fe. Pedro reconoce en Él al «Mesías de Dios», pero esta profesión de fe todavía debe ser purificada y profundizada.

En efecto, Jesús revela inmediatamente que su misión no corresponde a las expectativas humanas de un Mesías poderoso y victorioso. El Hijo del hombre tendrá que sufrir, ser rechazado, morir y resucitar al tercer día. Hay, pues, un tiempo para reconocer a Jesús, pero también un tiempo para aceptar seguirlo por un camino que quizá nosotros no habríamos elegido.

Como recuerda Qohelet, cada cosa tiene su momento. También en nuestra vida de fe hay tiempos de búsqueda y tiempos de respuesta; unos están marcados por la alegría y otros por la prueba. Pero, a través de todos esos momentos, Dios continúa realizando su obra.

Para los discípulos ha llegado el momento de superar lo que los demás dicen acerca de Jesús y responder personalmente a la pregunta: «Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?». Esta pregunta continúa dirigiéndose también a nosotros hoy. Nuestra respuesta no se da solamente con palabras: se manifiesta en nuestra manera de vivir, de esperar, de amar y de cargar nuestra cruz siguiendo a Cristo.

 


Primera lectura

Ecl 3, 1-11
Cada cosa tiene su momento bajo el cielo

Lectura del libro del Eclesiastés.

TODO tiene su momento, y cada cosa su tiempo bajo el cielo:
Tiempo de nacer, tiempo de morir;
tiempo de plantar, tiempo de arrancar;
tiempo de matar, tiempo de sanar;
tiempo de destruir, tiempo de construir;
tiempo de llorar, tiempo de reír;
tiempo de hacer duelo, tiempo de bailar;
tiempo de arrojar piedras, tiempo de recogerlas;
tiempo de abrazar, tiempo de desprenderse;
tiempo de buscar, tiempo de perder;
tiempo de guardar, tiempo de arrojar;
tiempo de rasgar, tiempo de coser;
tiempo de callar, tiempo de hablar;
tiempo de amar, tiempo de odiar;
tiempo de guerra, tiempo de paz.
¿Qué saca el obrero de sus fatigas? Comprobé la tarea que Dios ha encomendado a los hombres para que se ocupen en ella: todo lo hizo bueno a su tiempo, y les proporcionó el sentido del tiempo, pero el hombre no puede llegar a comprender la obra que hizo Dios, de principio a fin.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 143, 1b y 2abc. 3-4 (R.: cf. 1a)

R. ¡Bendito el Señor, mi alcázar!

V. Bendito el Señor, mi Roca;
mi bienhechor, mi alcázar,
baluarte donde me pongo a salvo,
mi escudo y refugio. 
R.

V. Señor, ¿qué es el hombre
para que te fijes en él?
¿Qué los hijos de Adán
para que pienses en ellos?
El hombre es igual que un soplo;
sus días, una sombra que pasa. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. El Hijo del hombre ha venido a servir
y dar su vida en rescate por muchos. 
R.

 

Evangelio

Lc 9, 18-22

Tú eres el Mesías de Dios. El Hijo del hombre tiene que padecer mucho

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

UNA vez que Jesús estaba orando solo, lo acompañaban sus discípulos y les preguntó:
«¿Quién dice la gente que soy yo?».
Ellos contestaron:
«Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías, otros dicen que ha resucitado uno de los antiguos profetas».
Él les preguntó:
«Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?».
Pedro respondió:
«El Mesías de Dios».
Él les prohibió terminantemente decírselo a nadie. Porque decía:
«El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día».

Palabra del Señor.

 

 

1

 

HA LLEGADO EL MOMENTO

 

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de hoy tiene una expresión que podría acompañarnos durante toda esta jornada: «Hay un tiempo para cada cosa».

Qohelet nos dice en la primera lectura que hay tiempo de nacer y tiempo de morir; tiempo de llorar y tiempo de reír; tiempo de callar y tiempo de hablar; tiempo de buscar y tiempo de perder; tiempo de construir y tiempo de derribar.

Y quizá alguno de nosotros, al escuchar estas palabras, podría preguntarse: ¿Qué tiempo estoy viviendo yo?

Porque no todos llegamos hoy a la Eucaristía atravesando el mismo momento. Para alguno puede ser tiempo de alegría y gratitud. Para otro, tiempo de enfermedad. Para alguien, tiempo de incertidumbre. Para otro, tiempo de duelo, de soledad o de dificultades familiares. Tal vez alguien viene luchando interiormente con una preocupación que nadie conoce.

Y la Palabra no nos dice que todos los tiempos sean agradables. Nos dice algo más profundo: Dios puede hacerse presente en todos ellos.

Qohelet termina diciendo que Dios «hace todas las cosas apropiadas a su tiempo». Nosotros no siempre comprendemos sus caminos. Hay cosas que solamente entendemos mucho después; otras quizá nunca lleguemos a comprenderlas completamente en esta vida.

Por eso el salmo nos invita a colocar nuestra confianza en Dios:

«Bendito el Señor, mi Roca».

La roca es aquello sobre lo cual uno puede apoyarse cuando todo lo demás parece tambalearse.

Y el mismo salmo nos recuerda nuestra fragilidad: el ser humano es como un soplo y sus días pasan como una sombra. No es una palabra pesimista. Es una llamada a la humildad: no somos dueños absolutos del tiempo, de la salud, de la vida ni del mañana.

Por eso necesitamos una roca.

Y nuestra roca es el Señor.

El Evangelio nos lleva un poco más lejos. Jesús está orando y pregunta a sus discípulos:

«¿Quién dice la gente que soy yo?»

Ellos responden lo que han escuchado: Juan el Bautista, Elías, algún antiguo profeta.

Pero Jesús entonces hace la pregunta verdaderamente importante:

«Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?»

Ya no sirve repetir lo que dicen los demás.

Pedro responde:

«El Mesías de Dios».

Es una respuesta correcta. Pero Jesús inmediatamente les hace comprender qué significa realmente ser el Mesías: el Hijo del hombre tendrá que sufrir, ser rechazado, morir y resucitar.

Pedro reconoce al Mesías, pero todavía tendrá que descubrir qué clase de Mesías es Jesús.

Porque seguramente esperaba un Mesías triunfante, poderoso, vencedor. Y Jesús le habla de sufrimiento, rechazo y cruz.

Aquí aparece una de las grandes dificultades de nuestra fe.

Es relativamente sencillo creer en Dios cuando las cosas salen bien. Pero cuando llega la enfermedad, cuando muere alguien que amamos, cuando una familia atraviesa una crisis, cuando una persona lleva años luchando con una dificultad, entonces puede aparecer la pregunta:

«Señor, ¿dónde estás?»

Y precisamente allí Jesús nos revela su verdadero rostro.

Nuestro Dios no contempla el sufrimiento humano desde lejos. Ha entrado en él.

Conoció el cansancio, la incomprensión, la traición, el abandono, las lágrimas, el dolor y finalmente la cruz.

Por eso quien sufre puede mirar a Cristo y decir:

«Tú sabes lo que significa sufrir».

Pero Jesús añade algo decisivo: después de la cruz viene la resurrección.

El Evangelio no termina diciendo que el Hijo del hombre será rechazado y morirá. Dice que al tercer día resucitará.

Eso cambia todo.

El cristiano no niega el dolor, pero tampoco permite que el dolor tenga la última palabra.


Y hoy es viernes.

Tradicionalmente, para nosotros los cristianos, el viernes tiene un carácter penitencial porque recordamos especialmente la pasión y la muerte del Señor.

Por eso nuestra intención orante de hoy quiere abrazar dos realidades.

Primero, pedimos perdón por nuestros pecados.

Porque también hay momentos en los que debemos reconocer humildemente que hemos fallado.

Tal vez hemos herido con nuestras palabras.

Tal vez hemos alimentado resentimientos.

Tal vez hemos sido indiferentes ante el sufrimiento de alguien.

Tal vez hemos juzgado demasiado rápido.

Tal vez hemos dejado enfriar nuestra relación con Dios.

La penitencia cristiana no consiste simplemente en sentir culpa. Consiste en volver el corazón hacia Dios y decir:

«Señor, necesito tu misericordia. Ayúdame a comenzar de nuevo».

Pero nuestra oración de hoy abraza también a quienes sufren en el alma y en el cuerpo.

A quienes padecen una enfermedad.

A quienes esperan un diagnóstico.

A quienes viven con dolores crónicos.

A quienes están hospitalizados.

A quienes tienen miedo ante una cirugía o un tratamiento.

Pero también a quienes sufren por dentro.

Porque existen dolores que no aparecen en una radiografía.

La soledad.

La tristeza.

La angustia.

El duelo.

La ansiedad ante el futuro.

Una decepción.

Una familia dividida.

Una herida que nadie conoce.

Personas que quizá sonríen delante de los demás, pero interiormente están librando una batalla muy dura.

Hoy queremos colocarlas junto al corazón de Cristo.

Y decirles desde la fe:

Dios no es indiferente a tu sufrimiento.

Tal vez no podamos explicar por qué ocurre todo lo que ocurre. Qohelet mismo reconoce que el ser humano no alcanza a comprender completamente la obra de Dios.

Pero podemos hacer algo: confiar.

«Bendito el Señor, mi Roca».

Cuando no entendemos, Él sigue siendo nuestra roca.

Cuando lloramos, Él sigue siendo nuestra roca.

Cuando esperamos una respuesta, Él sigue siendo nuestra roca.

Cuando el cuerpo se debilita, Él sigue siendo nuestra roca.

Cuando el alma está cansada, Él sigue siendo nuestra roca.


Queridos hermanos:

Para los discípulos había llegado el momento de responder quién era Jesús.

Quizá también para nosotros haya llegado ese momento.

No basta decir: «Jesús es el Mesías».

La verdadera pregunta es:

¿Quién es Jesús para mí cuando llega el tiempo de la prueba?

¿Sigue siendo mi Señor cuando las cosas no suceden como yo esperaba?

¿Sigo confiando cuando no comprendo?

¿Soy capaz de permanecer junto a Él también al pie de la cruz?

Hoy podríamos decirle sencillamente:

Señor, no sé qué tiempo me tocará vivir mañana, pero quiero vivir contigo el tiempo que estoy viviendo hoy.

Si es tiempo de alegría, enséñame a agradecer.

Si es tiempo de lágrimas, acompáñame.

Si es tiempo de enfermedad, fortaléceme.

Si es tiempo de espera, dame paciencia.

Si es tiempo de arrepentimiento, concédeme volver a Ti.

Y si encuentro a alguien sufriendo, no permitas que pase de largo.

Porque quizá una palabra, una llamada, una visita, una oración o una mano tendida puedan convertirse para esa persona en un pequeño signo de tu presencia.

Y terminemos preguntándonos:

¿Qué tiempo estoy viviendo hoy, y estoy permitiendo que Dios entre verdaderamente en él?

Que la Santísima Virgen María, que supo vivir junto a Jesús los tiempos de alegría y también la hora dolorosa de la cruz, nos enseñe a permanecer fieles y confiados.

María, consuelo de los afligidos y salud de los enfermos, ruega por nosotros. Amén.

 

2

 

EL MESÍAS QUE SUFRE

 

Queridos hermanos:

La primera lectura de hoy nos recuerda, por medio de Qohelet, una verdad profundamente humana: todo tiene su tiempo. Hay un tiempo para nacer y un tiempo para morir; un tiempo para llorar y un tiempo para reír; un tiempo para callar y un tiempo para hablar; un tiempo para construir y un tiempo para derribar.

Y podríamos decir que también en el Evangelio de hoy ha llegado un tiempo decisivo. Ha llegado para los discípulos el momento de pronunciarse sobre Jesús. Ya no basta lo que dice la gente. Ya no basta con escuchar opiniones ajenas. Ahora tendrán que responder personalmente.

El Evangelio nos presenta precisamente un momento decisivo de revelación.

Jesús se encuentra orando en un lugar solitario, con los Doce cerca de Él, y les pregunta:

«¿Quién dice la gente que soy yo?»

Ellos responden: «Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, alguno de los antiguos profetas que ha resucitado».

Pero entonces Jesús hace la pregunta mucho más personal:

«Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?»

Pedro, hablando en nombre de los Doce, proclama:

«El Mesías de Dios».

Es decir: el Ungido, el Cristo, aquel Mesías largamente esperado.

Aunque es Pedro quien pronuncia esas palabras, en realidad es Jesús, en su naturaleza divina, quien le está revelando esta verdad y quien suscita en él esa profesión de fe. Jesús habría podido simplemente anunciarles quién era. Sin embargo, quiere que Pedro participe de esta revelación mediante la fe.

Y aquí hay algo importante también para nosotros.

Jesús podría preguntarnos hoy:

«¿Quién dices tú que soy yo?»

No: «¿Qué aprendiste de mí en el catecismo?».

No: «¿Qué dice la gente de mí?».

No: «¿Qué dicen los libros acerca de mí?».

Sino:

«¿Quién soy yo para ti?»

Pedro responde correctamente: «El Mesías de Dios».

Pero inmediatamente ocurre algo sorprendente: Jesús les ordena severamente que no se lo digan a nadie.

¿Por qué este silencio?

A primera vista parece contradictorio. Si Jesús es verdaderamente el Mesías, ¿no debería esa verdad anunciarse inmediatamente por todas partes?

Sin embargo, Jesús, en su sabiduría divina, exige por ahora silencio.

Y la razón aparece enseguida.

Antes de anunciar que Jesús es el Mesías, los discípulos necesitan comprender qué clase de Mesías es Jesús.

Porque inmediatamente después Él comienza a revelar la naturaleza de su misión:

el Hijo del hombre tendrá que sufrir mucho, ser rechazado, morir y resucitar al tercer día.

Esto no era lo que los discípulos esperaban.

Los profetas habían anunciado la venida del Mesías, pero muchos contemporáneos de Jesús esperaban un líder poderoso: alguien capaz de reunir nuevamente a Israel, derrotar al dominio romano y restaurar un reino glorioso sobre la tierra.

Pero Jesús rompe completamente esa expectativa.

Él revela que, como Mesías, no realizará su misión mediante la conquista, sino mediante el sufrimiento, la muerte y la resurrección.

No vencerá empuñando una espada.

Vencerá entregando su vida.

No impondrá su poder destruyendo enemigos.

Vencerá al pecado y a la muerte mediante el amor llevado hasta el extremo.

Y aquí comprendemos mejor también la primera lectura.

Qohelet nos dice que hay un tiempo para cada cosa. Y en la vida de Jesús también llega el tiempo de la cruz.

Hubo un tiempo para Nazaret.

Un tiempo para predicar.

Un tiempo para sanar enfermos.

Un tiempo para llamar discípulos.

Un tiempo para realizar milagros.

Pero llegará también el tiempo de Jerusalén.

El tiempo del rechazo.

El tiempo de Getsemaní.

El tiempo de la cruz.

Y, después de la cruz, llegará el tiempo de la Resurrección.

Por eso Qohelet termina reconociendo algo que también nosotros necesitamos aprender: el ser humano no alcanza a comprender plenamente la obra de Dios desde el principio hasta el final.

Muchas veces nosotros quisiéramos comprenderlo todo inmediatamente.

¿Por qué esta enfermedad?

¿Por qué esta pérdida?

¿Por qué esta dificultad?

¿Por qué Dios permitió esto?

¿Por qué ahora?

Pero nuestros tiempos no siempre coinciden con los tiempos de Dios.

Y aquí adquiere una fuerza especial el salmo de hoy:

«Bendito sea el Señor, mi fortaleza».

El salmista reconoce nuestra fragilidad. La vida humana pasa rápidamente; somos criaturas limitadas. Y precisamente por eso necesitamos una roca, una fortaleza, alguien en quien apoyarnos cuando no comprendemos.

Esa fortaleza es Dios.


La revelación de Jesús debió ser profundamente desconcertante para los discípulos.

Quizá la referencia a la resurrección al tercer día despertó alguna esperanza. Pero escuchar que su Maestro tendría que sufrir, ser rechazado y morir debió resultarles muy difícil de aceptar.

Y todavía faltaba algo más.

Porque en los versículos que siguen inmediatamente a este Evangelio, Jesús les dirá que quien quiera seguirlo deberá tomar también su propia cruz.

Aquí tocamos el corazón de nuestra vida cristiana.

Hay una palabra del profeta Isaías que ilumina este misterio:

«Mis pensamientos no son los pensamientos de ustedes, ni sus caminos son mis caminos».

Los caminos de Dios están por encima de nuestros caminos.

Esta verdad puede aplicarse a muchas situaciones de nuestra vida, pero adquiere un significado especial cuando pensamos en la Pasión de Jesús y en nuestra participación en ella.

Los contemporáneos de Jesús esperaban un Mesías conquistador.

Y también nosotros podemos cometer un error parecido.

Podemos imaginar que seguir a Cristo significa que desaparecerán nuestros sufrimientos.

Podemos pensar:

«Si tengo fe, nada malo debería sucederme».

«Si oro, Dios debería resolver inmediatamente mis problemas».

«Si sigo a Jesús, mi vida debería ser más fácil».

Pero el Evangelio de hoy nos dice algo diferente.

Cristo no vino simplemente para eliminar la cruz de nuestra vida.

Vino para entrar en ella, cargarla con nosotros y transformarla desde dentro.

Esto no significa que Dios disfrute con nuestro sufrimiento ni que debamos buscarlo. Significa que incluso aquello que nos hace sufrir puede ser asumido, ofrecido y unido a la Pasión de Cristo.

Porque el sufrimiento ha sido redimido por la Pasión de Jesús.

Y cuando nuestro dolor se une al suyo, puede convertirse misteriosamente en un camino de gracia, purificación, compasión y santidad.

Tal vez no comprendamos inmediatamente el sentido de una cruz.

Qohelet ya nos lo advertía: no podemos abarcar completamente la obra de Dios desde el principio hasta el fin.

A veces solamente con el paso del tiempo y con mucha oración descubrimos lo que Dios estaba realizando en nosotros.


Por eso hoy vale la pena detenernos ante esta sorprendente revelación:

seguir a Cristo no significa necesariamente que la cruz desaparezca de nuestra vida.

La pregunta es otra:

¿Cómo voy a vivir esa cruz con Cristo?

Quizá también nosotros, como los primeros discípulos, tengamos expectativas equivocadas acerca de Dios.

Tal vez hemos construido una imagen de Dios según nuestros propios deseos.

Queremos al Dios que sana, pero nos cuesta aceptar al Dios que nos acompaña pacientemente durante una enfermedad.

Queremos al Dios que resuelve, pero nos cuesta aceptar al Dios que nos enseña a esperar.

Queremos al Dios de la Resurrección, pero muchas veces quisiéramos llegar al domingo sin pasar por el viernes de la cruz.

Y, sin embargo, Jesús nos muestra otro camino.

Primero la pasión.

Después la Resurrección.

Primero la entrega.

Después la gloria.

Primero la cruz.

Después la vida nueva.

Por eso el salmo nos ayuda nuevamente:

«Bendito sea el Señor, mi fortaleza».

Cuando comprendemos, Él es nuestra fortaleza.

Cuando no comprendemos, también.

Cuando reímos, Él es nuestra fortaleza.

Cuando lloramos, también.

Cuando todo parece claro, Él está con nosotros.

Y cuando caminamos en medio de la oscuridad, también.


Hoy podríamos preguntarnos:

¿Quién es Jesús para mí cuando llega la cruz?

Es fácil responder «Tú eres el Mesías» cuando todo marcha bien.

Pero la profesión de fe se vuelve más profunda cuando somos capaces de decir:

«Tú sigues siendo mi Señor también en este dolor».

«Tú sigues siendo mi Dios en esta enfermedad».

«Tú sigues siendo mi esperanza en esta dificultad».

«Tú sigues siendo mi fortaleza aunque todavía no comprenda lo que está sucediendo».

Reflexionemos hoy sobre nuestras propias cruces.

¿Las vemos únicamente como obstáculos para nuestra felicidad?

¿O podemos comenzar a descubrir que, unidas a Cristo, también pueden convertirse en camino hacia una mayor santidad?

Los caminos de Dios son con frecuencia difíciles de comprender y de aceptar. Pero con el tiempo, la oración y la confianza vamos entendiendo algo del misterio de la cruz y de su fruto glorioso.

No tengamos miedo de seguir el camino que nuestro Mesías ha recorrido antes que nosotros.

Porque quien anuncia su pasión también anuncia su Resurrección.

La cruz no es la última palabra.

La última palabra es la vida.

Y termino dejando esta pregunta para nuestro corazón:

Cuando Jesús me pregunta hoy: «Y tú, ¿quién dices que soy yo?», ¿mi respuesta permanece firme también cuando tengo que cargar la cruz?

Oremos:

Señor mío sufriente, Tú eres el Cristo, el Mesías, el Hijo del Dios vivo. Asumiste nuestra naturaleza humana, no para conquistar naciones ni establecer un reino terreno, sino para vencer el pecado y la muerte. Atráeme hacia tu Pasión, tu Muerte y tu Resurrección. Que no solamente sepa quién eres, sino que viva unido a Ti, tomando cada día mi cruz y siguiendo tus huellas. Cuando no comprenda tus caminos, sé Tú mi fortaleza. Jesús, confío en Ti. Amén.

 

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