El buen grano desde hoy
Mt 13,36-43) En el campo del mundo, de la Iglesia o de nuestra
propia vida, la cizaña ha crecido junto al buen grano. ¿Estamos, entonces,
condenados a esperar hasta el fin de los tiempos para ver triunfar el bien? No.
Aunque el juicio definitivo pertenece a Dios, a nosotros nos corresponde
permitir, desde hoy, que Cristo siembre en nuestro corazón el buen grano del
Reino.
El profeta Jeremías contempla con dolor las heridas
de su pueblo: la guerra, el hambre, la desorientación de sus dirigentes y las
consecuencias del pecado. Sin embargo, no se encierra en la desesperanza.
Reconoce humildemente la culpa del pueblo y se vuelve hacia Dios: «En ti
esperamos». En medio de un campo devastado por la cizaña, la confianza
permanece como una semilla preciosa.
El salmo prolonga esta súplica: «Por el honor de tu
nombre, Señor, líbranos». Nos enseña a no ocultar nuestras faltas, sino a
depositarlas ante la misericordia divina. Dios todavía puede hacer germinar la
gratitud y la alabanza allí donde nosotros solo vemos debilidad, sufrimiento y
esterilidad.
En el Evangelio, Jesús explica que el buen grano
representa a los hijos del Reino. Por tanto, no nos pide únicamente identificar
la cizaña presente en los demás, sino convertirnos nosotros mismos en buena
semilla: mediante una palabra que consuela, un perdón ofrecido, el rechazo de
una injusticia, un servicio realizado con amor o una oración perseverante. No
podemos arrancar todo el mal del mundo, pero sí podemos impedir que eche raíces
en nuestro corazón.
La cosecha llegará y la justicia de Dios se
manifestará plenamente. Mientras tanto, el Señor nos confía el presente. Que
nuestra vida, fecundada por su Palabra, haga crecer desde hoy el buen grano de
la fe, la misericordia y la esperanza. Así, aunque la cizaña permanezca, algo
del Reino comenzará a resplandecer en nosotros y a nuestro alrededor.
G.Q
Primera lectura
Jer
14, 17-22
Recuerda,
Señor, y no rompas tu alianza con nosotros
Lectura del libro de Jeremías.
MIS ojos se deshacen en lágrimas,
de día y de noche no cesan:
por la terrible desgracia que padece
la doncella, hija de mi pueblo,
una herida de fuertes dolores.
Salgo al campo: muertos a espada;
entro en la ciudad: desfallecidos de hambre;
tanto el profeta como el sacerdote
vagan sin sentido por el país.
¿Por qué has rechazado del todo a Judá?
¿Tiene asco tu garganta de Sion?
¿Por qué nos has herido sin remedio?
Se espera la paz, y no hay bienestar,
al tiempo de la cura sucede la turbación.
Reconocemos, Señor, nuestra impiedad,
la culpa de nuestros padres,
porque pecamos contra ti.
No nos rechaces, por tu nombre,
no desprestigies tu trono glorioso;
recuerda y no rompas tu alianza con nosotros.
¿Tienen los gentiles ídolos de la lluvia?
¿Dan los cielos de por sí los aguaceros?
¿No eres tú, Señor, Dios nuestro;
tú, que eres nuestra esperanza,
porque tú lo hiciste todo?
Palabra de Dios.
Salmo
Sal
78, 8. 9. 11 y 13 (R.: 9b)
R. Por el honor
de tu nombre líbranos, Señor.
V. No recuerdes contra
nosotros las culpas
de nuestros padres;
que tu compasión nos alcance pronto,
pues estamos agotados. R.
V. Socórrenos, Dios,
Salvador nuestro,
por el honor de tu nombre;
líbranos y perdona nuestros pecados
a causa de tu nombre. R.
V. Llegue a tu presencia
el gemido del cautivo:
con tu brazo poderoso, salva a los condenados a muerte.
Nosotros, pueblo tuyo, ovejas de tu rebaño,
te daremos gracias siempre,
cantaremos tus alabanzas de generación en generación. R.
Aclamación
R. Aleluya, aleluya,
aleluya.
V. La semilla es la
palabra de Dios, y el sembrador es Cristo;
todo el que lo encuentra vive para siempre. R.
Evangelio
Mt
13, 36-43
Lo
mismo que se arranca la cizaña y se echa al fuego, así será al final de los
tiempos
Lectura del santo Evangelio según san Mateo.
EN aquel tiempo, Jesús dejó a la gente y se fue a casa.
Los discípulos se le acercaron a decirle:
«Explícanos la parábola de la cizaña en el campo».
Él les contestó:
«El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo;
la buena semilla son los ciudadanos del reino; la cizaña son los partidarios
del Maligno; el enemigo que la siembra es el diablo; la cosecha es el final de
los tiempos y los segadores los ángeles.
Lo mismo que se arranca la cizaña y se echa al fuego, así será al final de los
tiempos: el Hijo del hombre enviará a sus ángeles y arrancarán de su reino
todos los escándalos y a todos los que obran iniquidad, y los arrojarán al
horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los
justos brillarán como el sol en el reino de su Padre. El que tenga oídos, que
oiga».
Palabra del Señor.
1
Queridos hermanos:
La Palabra de Dios nos presenta hoy una realidad
que todos conocemos: en la vida se mezclan el bien y el mal, la esperanza y el
sufrimiento, la fidelidad y el pecado. En el campo del mundo, de la Iglesia, de
nuestras familias y de nuestro propio corazón crecen juntos el trigo y la
cizaña.
A veces quisiéramos que Dios actuara inmediatamente
y eliminara todo aquello que nos hace sufrir. Nos preguntamos por qué permite
la injusticia, la violencia, la enfermedad, las divisiones familiares o la
ingratitud. También podemos sentirnos desanimados cuando, después de haber
procurado sembrar el bien, no vemos los frutos esperados.
La primera lectura expresa precisamente este dolor.
El profeta Jeremías contempla a su pueblo herido: en el campo encuentra las
víctimas de la espada y en la ciudad a quienes desfallecen de hambre. Incluso
los profetas y los sacerdotes caminan desconcertados, sin comprender lo que
sucede. Jeremías llora por su pueblo, pero no se limita a lamentarse. Reconoce
la culpa y clama: «Señor, hemos pecado contra ti. No rompas tu alianza con
nosotros».
Esta oración nos enseña algo muy importante: cuando
descubrimos la cizaña no debemos caer en la desesperación, sino volvernos hacia
Dios. El dolor puede convertirse en oración; el reconocimiento del pecado, en
camino de conversión; y una situación que parece estéril puede transformarse en
terreno donde vuelva a germinar la esperanza.
El salmo recoge esa súplica: «Por el honor de tu
nombre, Señor, líbranos». El pueblo no pretende justificarse ni esconder sus
faltas. Se presenta ante Dios pobre, cansado y necesitado de misericordia.
También nosotros podemos decirle: “Señor, no mires solamente nuestros pecados;
recuerda que somos tu pueblo, el rebaño que tú conduces. Ven pronto a
socorrernos”.
El Evangelio nos ofrece la explicación de la
parábola del trigo y la cizaña. Jesús afirma que quien siembra la buena semilla
es el Hijo del hombre; el campo es el mundo y el buen grano son los hijos del
Reino. La cizaña representa todo aquello que se opone al proyecto de Dios.
Pero tengamos cuidado: esta parábola no fue
pronunciada para que nos dediquemos a señalar quiénes son trigo y quiénes son
cizaña. Fácilmente podemos creer que nosotros somos siempre el buen grano y que
la cizaña está únicamente en los demás. Sin embargo, el campo también es
nuestro corazón. En cada uno de nosotros existen semillas de generosidad, fe y
amor, pero también aparecen el egoísmo, la impaciencia, el orgullo, la crítica
destructiva o el resentimiento.
Por eso, la primera tarea no consiste en juzgar a
los demás, sino en permitir que Cristo purifique y cultive nuestro interior.
Debemos preguntarnos: ¿qué estoy sembrando en mi familia y en mi comunidad?
¿Mis palabras siembran paz o discordia? ¿Mi presencia produce confianza o
temor? ¿Sé agradecer el bien que otros realizan? ¿Estoy alimentando un
resentimiento que puede convertirse en cizaña?
Aunque la separación definitiva entre el bien y el
mal ocurrirá al final de los tiempos, el buen grano debe comenzar a crecer
desde hoy. Somos buen grano cuando ofrecemos una palabra de aliento, visitamos
al enfermo, perdonamos una ofensa, ayudamos al necesitado, defendemos al que es
tratado injustamente y oramos por quienes nos han hecho algún bien.
Hoy queremos orar especialmente por nuestras
familias, nuestros amigos y nuestros benefactores. Ellos han sido muchas veces
buena semilla sembrada por Dios en nuestra vida. Por medio de su compañía, sus
consejos, su generosidad, su oración o su ayuda silenciosa, el Señor nos ha
sostenido. Tal vez algunos nos ayudaron en momentos difíciles y nunca pudieron
recibir de nosotros un agradecimiento suficiente.
Pidamos que Dios bendiga a nuestros familiares,
conserve la unidad y el amor en nuestros hogares, acompañe a nuestros amigos y
recompense abundantemente a nuestros benefactores. Roguemos también por quienes
atraviesan enfermedades, dificultades económicas, conflictos o momentos de
soledad. Y recordemos con gratitud a aquellos que ya han partido de este mundo,
para que el Señor les conceda participar de la cosecha eterna de su Reino.
No podemos arrancar toda la cizaña que existe en el
mundo, pero sí podemos impedir que se apodere de nuestro corazón. Tampoco
podemos resolver todos los problemas de quienes amamos, pero podemos
acompañarlos, escucharlos y encomendarlos al Señor.
Que la Eucaristía alimente en nosotros el buen
grano sembrado por Cristo. Que no nos cansemos de hacer el bien, aunque los
frutos tarden en aparecer. Y que, al final de nuestra vida, el Señor pueda
reconocernos como buena semilla que produjo frutos de fe, misericordia,
gratitud y amor. Amén.
2
Entrar y convertirnos en la Casa de Dios
«Jesús despidió a la multitud y entró en la
casa. Se le acercaron sus discípulos y le dijeron: “Explícanos la parábola de
la cizaña sembrada en el campo”» (Mt 13,36).
Queridos
hermanos:
El
Evangelio de hoy comienza con un detalle sutil, pero muy significativo: «Jesús
despidió a la multitud y entró en la casa». Este paso del espacio público
al ámbito privado refleja un modo de actuar que se repite en los Evangelios:
nuestro Señor enseña a la multitud por medio de parábolas, dejando velados los
misterios del Reino, mientras reserva una explicación más completa para los
discípulos, en la tranquila intimidad de la casa.
En
este contexto, la casa se convierte en un símbolo de la Iglesia: el santuario
interior donde Cristo revela sus secretos a quienes lo siguen, no solo
exteriormente, sino con fe humilde y hambre espiritual. Los discípulos no se
conforman con haber escuchado la parábola; se acercan a Jesús y le dicen:
«Explícanos». Esta es la actitud propia del verdadero discípulo: acercarse al
Señor, reconocer que no lo comprende todo y dejarse instruir por Él.
Sin
embargo, la primera lectura nos muestra una realidad dolorosa. El profeta
Jeremías contempla a su pueblo gravemente herido. Sus ojos derraman lágrimas
día y noche porque, tanto en el campo como en la ciudad, encuentra sufrimiento,
hambre y muerte. Incluso el profeta y el sacerdote recorren el país sin
comprender lo que sucede. El pueblo se ha apartado de Dios y ahora experimenta
las consecuencias de su infidelidad.
En
medio de esa desgracia, Jeremías reconoce humildemente: «Señor, reconocemos
nuestra impiedad y la culpa de nuestros padres; hemos pecado contra ti». Pero
su confesión no termina en la desesperanza. El profeta se atreve a suplicar:
«Recuerda, Señor, y no rompas tu alianza con nosotros». De alguna manera,
Jeremías llama nuevamente al pueblo a entrar en la casa de Dios, a regresar al
lugar de la alianza, la misericordia y la comunión con el Señor.
El
salmo prolonga esta misma súplica: «Por el honor de tu nombre, Señor,
líbranos». El pueblo se reconoce sin fuerzas y pide que la compasión divina llegue
pronto. No apela a sus propios méritos, sino al nombre y a la fidelidad de
Dios. Sabe que, aunque el pecado haya herido la relación con el Señor, su
misericordia puede restaurarla. La casa de Dios sigue teniendo sus puertas
abiertas para quien reconoce su pobreza y vuelve a Él con un corazón
arrepentido.
Los
discípulos —probablemente los Doce Apóstoles— tuvieron el privilegio único de
compartir aquel momento con Jesús, en el que Él explicó detalladamente la
parábola de la cizaña en medio del trigo. Sin embargo, este espacio sagrado no
está cerrado para nosotros. Cada uno está invitado a entrar en esa “casa” por
medio de la vida de la Iglesia.
Aunque
los Apóstoles eran débiles y pecadores como nosotros, fueron escogidos para
convertirse en los primeros obispos: pastores visibles que continuarían la
misión de Cristo después de su Ascensión. Gracias a su fidelidad, la Palabra de
Dios llegó hasta los confines de la tierra, en una proclamación que continúa
hoy por medio de sus sucesores.
Si
bien cada bautizado está llamado a anunciar el Evangelio de acuerdo con su
vocación y misión, los obispos —y sus colaboradores, los sacerdotes— forman de
manera particular la familia espiritual por medio de la cual Cristo continúa
hablando con claridad. A través de su predicación, gobierno pastoral y
ministerio sacramental, los misterios ocultos de las enseñanzas de Cristo
siguen siendo dados a conocer.
Esto
no se debe a sus méritos personales, sino al ministerio sagrado que Cristo les
ha confiado mediante la sucesión apostólica. Los Apóstoles se convirtieron en
fundamento de la Iglesia, la Casa espiritual de Dios en la cual Jesús continúa
ejerciendo su ministerio.
Situémonos
ahora dentro de la escena del Evangelio. También nosotros estamos llamados a
acercarnos a Cristo, a entrar con Él en la casa y a buscar la comprensión con
corazón de discípulos. En la Iglesia, esta familia de la fe, el Maestro
continúa enseñando, explicando y revelando los misterios del Reino a quienes
desean escucharlo.
Contemplemos
esta escena en la oración y unámosla a nuestra experiencia de la iglesia
parroquial y de los demás lugares sagrados donde Dios nos ha hablado,
alimentado y transformado. Cuando el Evangelio cambia nuestra vida, los
sacramentos nos alimentan y la Iglesia nos guía, es siempre Cristo quien
enseña, alimenta y conduce.
Por
eso debemos aprender a mirar más allá del ministro y del edificio, reconociendo
la presencia de Cristo, que nos habla y nos santifica por medio de su Iglesia.
Al mismo tiempo, debemos recordar que dentro de esa Iglesia crecen juntos el
trigo y la cizaña. Sus miembros, incluidos sus ministros, son débiles y
pecadores. Pero Cristo permanece fiel y continúa obrando a través de la
Palabra, los sacramentos y el ministerio que Él mismo instituyó.
La
Iglesia, presencia visible del Reino de Dios en la tierra, es el lugar
privilegiado donde encontramos a Cristo. Sin embargo, cada uno de nosotros, de
una manera única, también está llamado a ser “casa” para los demás. Porque Dios
habita en nosotros, su Reino está presente en nuestra alma.
Por
tanto, esta escena evangélica no habla solamente de entrar en la casa; también
contiene una invitación a convertirnos en esa casa: una morada donde otras
personas puedan encontrar a Cristo, escuchar su Palabra, recibir su
misericordia y sentirse atraídas hacia su amor mediante el testimonio de
nuestra caridad.
Preguntémonos:
cuando alguien se acerca a nosotros, ¿encuentra una puerta abierta o un corazón
cerrado? ¿Encuentra acogida, comprensión y misericordia? ¿Nuestras palabras le
ayudan a escuchar la voz de Cristo? ¿Nuestra vida lo acerca a la Iglesia o lo
aleja de ella?
Reflexionemos
hoy sobre esta casa. Primero, contemplemos la Iglesia como el hogar donde
Cristo nos habla con mayor claridad. Demos gracias por las muchas maneras en
que nuestro Señor nos ha hablado y alimentado en esta sagrada Casa de Dios.
Volvamos a ella con humildad, como Jeremías y el salmista, reconociendo
nuestros pecados y confiando en la alianza y la misericordia del Señor.
Contemplemos
también nuestra propia alma como morada de Dios. Creamos que Cristo desea
servirse de nosotros para conducir a otros hacia su presencia, que habita en
nuestro interior. Demos gracias por este don y pidamos la gracia de ser
discípulos fieles dentro de la casa y, al mismo tiempo, casas luminosas de
gracia, donde otros puedan entrar y encontrarse con Cristo nuestro Señor.
Señor de la más profunda intimidad, tú deseas revelarme, a
mí y a todos tus hijos, los profundos misterios de tu Reino de gracia. Atráeme
hacia ti, hacia tu Casa de gracia y misericordia, que permanece en tu santa
Iglesia. Enséñame, santifícame y fórmame según tu santa voluntad. Ya que haces
tu morada en mí, convierte mi alma en un lugar donde los demás puedan
encontrarte, escuchar tu Palabra y recibir tu gracia. Jesús, confío en ti. Amén.


