UNA VIÑA DE LIBERTAD
Dios nos invita a trabajar en su viña con la
libertad de quienes se saben amados. Su llamada espera una respuesta personal,
consciente y capaz de convertirse en compromiso. En la parábola de los dos
hijos, Jesús nos ayuda a mirar la distancia que a veces existe entre nuestras
palabras y nuestras decisiones: podemos prometer mucho y quedarnos inmóviles,
pero también podemos reconocer una negativa y comenzar a caminar.
La primera lectura nos recuerda que la conversión
es posible. Por medio de Ezequiel, el Señor anuncia la vida a quien abandona el
mal y practica la justicia. Nuestra libertad puede abrirse a un nuevo comienzo.
Para recorrer ese camino necesitamos la ayuda que pedimos en el salmo: «Señor, enséñame
tus caminos». Su misericordia sostiene nuestros pasos y nos
enseña a responder con humildad.
San Pablo nos invita a tener los mismos
sentimientos de Jesucristo, cuya obediencia al Padre se hizo entrega y
servicio. En él aprendemos una libertad que madura amando y buscando el bien de
los demás.
Al celebrar esta Eucaristía, dejemos que el Señor
ilumine nuestra conciencia y renueve nuestra voluntad. ¿Qué paso
concreto hará verdadero el «sí» que hoy queremos darle?
Primera
lectura
Ez 18, 25-28
Cuando el malvado se convierte de la
maldad, salva su propia vida
Lectura de la profecía de Ezequiel.
ESTO dice el Señor:
«Ustedes insisten: “No es justo el proceder del Señor”.
Escuchen, casa de Israel: ¿Es injusto mi proceder? ¿No es más bien su proceder
el que es injusto?
Cuando el inocente se aparta de su inocencia, comete la maldad y muere, muere
por la maldad que cometió.
Y cuando el malvado se convierte de la maldad que hizo y practica el derecho y
la justicia, él salva su propia vida. Si recapacita y se convierte de los
delitos cometidos, ciertamente vivirá y no morirá».
Palabra de Dios.
Salmo
Sal 24, 4-5. 6-7. 8-9 (R.: 6a)
R. Recuerda, Señor, tu ternura.
V. Señor, enséñame tus caminos,
instrúyeme en tus sendas:
haz que camine con lealtad;
enséñame, porque tú eres mi Dios y Salvador,
y todo el día te estoy esperando. R.
V. Recuerda, Señor, que tu ternura
y tu misericordia son eternas;
no te acuerdes de los pecados
ni de las maldades de mi juventud;
acuérdate de mí con misericordia,
por tu bondad, Señor. R.
V. El Señor es bueno y es recto,
y enseña el camino a los pecadores;
hace caminar a los humildes con rectitud,
enseña su camino a los humildes. R.
Segunda
lectura
Flp 2, 1-11 (forma larga)
Tengan entre ustedes los sentimientos
propios de Cristo Jesús
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses.
HERMANOS:
Si quieren darme el consuelo de Cristo y aliviarme con su amor, si nos une el
mismo Espíritu y tienen entrañas compasivas, denme esta gran alegría: manténganse
unánimes y concordes con un mismo amor y un mismo sentir.
No obren por rivalidad ni por vanagloria, considerando por la humildad a los
demás superiores a ustedes. No se encierren en sus intereses, sino busquen
todos el interés de los demás.
Tengan entre ustedes los sentimientos propios de Cristo Jesús.
El cual, siendo de condición divina,
no retuvo ávidamente el ser igual a Dios;
al contrario, se despojó de sí mismo
tomando la condición de esclavo,
hecho semejante a los hombres.
Y así, reconocido como hombre por su presencia,
se humilló a sí mismo,
hecho obediente hasta la muerte,
y una muerte de cruz.
Por eso Dios lo exaltó sobre todo
y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre;
de modo que al nombre de Jesús
toda rodilla se doble
en el cielo, en la tierra, en el abismo,
y toda lengua proclame:
Jesucristo es Señor,
para gloria de Dios Padre.
Palabra de Dios.
Flp 2, 1-5 (forma breve)
Tengan entre ustedes los sentimientos
propios de Cristo Jesús
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses.
HERMANOS:
Si quieren darme el consuelo de Cristo y aliviarme con su amor, si nos une el
mismo Espíritu y tienen entrañas compasivas, denme esta gran alegría:
manténganse unánimes y concordes con un mismo amor y un mismo sentir.
No obren por rivalidad ni por vanagloria, considerando por la humildad a los
demás superiores a ustedes. No se encierren en sus intereses, sino busquen
todos el interés de los demás.
Tengan entre ustedes los sentimientos propios de Cristo Jesús.
Palabra de Dios.
APROXIMACIÓN
PSICOLÓGICA AL EVANGELIO:
UN «SÍ» QUE SE
CONVIERTE EN VIDA
«¿Qué les parece?» (Mateo
21,28-32).
Jesús comienza con una pregunta sencilla que invita
a pensar y a mirarse por dentro. Sus parábolas tienen esa capacidad: mientras
escuchamos una historia sobre otras personas, descubrimos que también habla de
nosotros. Así ocurre con los dos hijos a quienes su padre pide que vayan a
trabajar en la viña. Uno responde que no quiere, pero después se arrepiente y
va. El otro acepta de palabra, pero no cumple.
Al preguntar cuál de los dos hizo la voluntad del
padre, Jesús lleva a sus interlocutores a reconocer algo evidente: la respuesta
verdadera termina expresándose en la vida. En este pasaje se
dirige a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo. Les recuerda que los
publicanos y las prostitutas creyeron en la predicación de Juan y acogieron su
llamada a la conversión, mientras ellos permanecieron cerrados incluso después
de presenciar aquel cambio.
Desde una mirada psicológica, podemos reconocer en
esta parábola la distancia que a veces existe entre lo que decimos, lo que
deseamos y lo que hacemos. Hay ocasiones en que respondemos afirmativamente
para agradar, evitar un conflicto o conservar una buena imagen. Podemos incluso
confundir una intención sincera con un compromiso ya cumplido. Otras veces
reaccionamos con resistencia y, después de reflexionar, reconocemos nuestro
error y cambiamos de actitud.
En nuestra propia experiencia, detrás de algunas
resistencias puede haber miedo, cansancio, heridas o dificultad para confiar.
Tenerlo en cuenta nos ayuda a mirar con mayor comprensión a los demás y a
nosotros mismos. La responsabilidad permanece, pero necesita ir acompañada de
paciencia, verdad y oportunidades para rectificar. Una primera
reacción no cuenta toda la historia de una persona.
También nosotros podemos reconocernos en ambos
hijos. Hemos pronunciado palabras generosas que luego nos ha costado sostener.
Y hemos vivido momentos en los que, después de negarnos a escuchar, ayudar o
perdonar, hemos encontrado la humildad necesaria para dar un paso distinto. La
parábola nos invita a examinar estas contradicciones con honestidad y a
dejarnos transformar por Dios.
Su enseñanza conserva toda su actualidad. Podemos
compartir mensajes religiosos en las redes sociales y necesitar todavía
aprender a tratar con respeto a quien piensa diferente. Podemos hablar de fraternidad
y postergar una visita a alguien que está solo. Podemos comprometernos con una
comunidad y descubrir que nos cuesta aceptar una tarea sencilla cuando nadie
nos ve.
La fe está llamada a dar fruto precisamente allí:
en la manera de escuchar, de trabajar, de cuidar a los nuestros, de afrontar
los conflictos y de responder al sufrimiento ajeno. Jesús lo enseña también
cuando vincula la entrada en el Reino con el cumplimiento de la voluntad del
Padre, más allá de la invocación de su nombre (cf. Mt 7,21). La oración
alimenta ese compromiso; el servicio, la honradez y la ternura lo hacen
visible. Todo ello nace de una gracia que recibimos y que estamos llamados a
acoger libremente.
Hay, además, una esperanza profunda en esta
historia: nuestro pasado no tiene por qué decidir todas nuestras respuestas
futuras. Quien se ha equivocado puede reconocer el daño, pedir
perdón, reparar lo que sea posible y comenzar de nuevo. Del mismo modo, quien
lleva años recorriendo un camino de fe necesita seguir cuidándolo, porque la
fidelidad se renueva en las decisiones de cada día.
Esta enseñanza nos invita a revisar las etiquetas
con las que tantas veces encerramos a los demás: «Siempre ha sido así», «ese
nunca cambiará», «de ella ya no se puede esperar nada». Tales juicios pueden
impedirnos reconocer una conversión que está comenzando. La comunidad cristiana
está llamada a acompañar esos procesos con discernimiento y paciencia,
valorando los pasos reales, aunque todavía sean pequeños.
Jesús abre posibilidades de vida donde nosotros
solemos dar una historia por terminada. Su llamada nos mueve a salir de la
comodidad, reconocer nuestras incoherencias y recuperar la confianza en la
misericordia del Padre. Esa misma esperanza resuena en la parábola del hijo
pródigo, cuando el padre invita a celebrar el regreso del hijo que estaba
perdido y ha vuelto a la vida (cf. Lc 15,32).
La pregunta inicial queda, entonces, abierta para
cada uno: ¿qué paso concreto puedo dar hoy para que mi vida exprese el «sí» que
quiero decirle a Dios? Tal vez sea cumplir una promesa,
escuchar con calma, pedir perdón o retomar un compromiso abandonado. La
conversión comienza a hacerse realidad cuando, sostenidos por su gracia, nos
ponemos en camino.
1
HOMILÍA SOBRE LA
PARÁBOLA DE LOS DOS HIJOS
Queridos hermanos:
Imaginemos una escena que podría ocurrir en
cualquiera de nuestras casas. La mamá le dice al hijo, que está entretenido con
el celular:
—Mijo, vaya a la tienda por el pan.
—¡Ya voy, mamá!
Pasan diez minutos. El muchacho sigue sentado.
—Mijo, ¿y el pan?
—¡Que ya voy!
La mamá lo mira y le pregunta:
—Bueno, ¿pero ese «ya voy» es para hoy o hay que
pedirle cita?
Nos reímos porque conocemos ese «ya voy». A veces
también nosotros lo usamos con Dios: «Ya voy a cambiar, Señor; ya voy a
reconciliarme; ya voy a dedicarles más tiempo a los míos». Y la vida va pasando
mientras nuestras buenas intenciones siguen esperando.
Jesús nos cuenta hoy una historia muy parecida. Un
padre pide a sus dos hijos que trabajen en la viña. Uno se niega, pero después
recapacita y va. El otro responde amablemente, pero no cumple. El que hizo la
voluntad del padre fue el que terminó yendo.
Jesús valora esa capacidad de rectificar. Aquel
hijo tuvo que reconocer que su primera respuesta había sido equivocada. Y lo
reconoció con los pies: se levantó y fue a trabajar. La conversión
empieza a hacerse visible cuando damos un paso concreto.
Por eso Jesús habla de los publicanos y las
prostitutas que creyeron en Juan. Destaca su apertura al llamado de Dios.
Aquellas personas, despreciadas por muchos, habían comenzado a cambiar.
Mientras tanto, algunos que se consideraban muy cercanos a Dios se resistían a
reconocer que también necesitaban convertirse.
Hermanos, escuchemos esta palabra pensando en
nosotros. También a mí, sacerdote, me corresponde preguntarme si vivo lo que
predico. Todos podemos acostumbrarnos tanto a hablar de Dios que dejemos de
escuchar lo que nos está pidiendo.
La primera lectura, del profeta Ezequiel, nos
ofrece una esperanza inmensa: quien reconoce su mal camino y se vuelve hacia el
bien puede vivir. Dios toma en serio nuestra libertad y nuestra capacidad de
responder a su gracia.
Tal vez alguien ha llegado hoy pensando: «Padre, si
usted conociera mi historia…». El Señor la conoce. Conoce lo que has hecho y el
bien que todavía puedes hacer con su ayuda. Tu pecado necesita perdón, pero tu
persona no ha perdido su dignidad ni está fuera del alcance de su misericordia.
Hay pasos que cuestan mucho: reconocer una
dependencia y buscar ayuda, abandonar un negocio deshonesto, pedir perdón por
el daño causado. La conversión puede requerir acompañamiento y tiempo. Incluso
cuando hay tropiezos, vale la pena volver a levantarse. Como comunidad, necesitamos
ayudar a quien está intentando cambiar.
Ezequiel también nos recuerda que el bien de ayer
necesita continuidad hoy. Haber sido generosos alguna vez no nos autoriza a
volvernos indiferentes. La fidelidad se cuida en las decisiones de cada día.
Por eso resulta tan hermosa la oración del salmo: «Señor, enséñame
tus caminos». Pedimos que Dios nos enseñe porque reconocemos
que necesitamos orientación. Y apelamos a su ternura: «Recuerda, Señor, tu
misericordia».
Podríamos rezarlo así: «Señor, me cuesta cambiar. A
veces me gana el orgullo; otras veces, el cansancio. Ayúdame a reconocer por
dónde debo comenzar». Esa oración humilde abre el corazón a la gracia.
Aquí viene bien otro relato, contado como una
pequeña fábula. Un capitán navegaba de noche cuando vio una luz frente a su
barco. Tomó la radio y ordenó:
—¡Cambie su rumbo! ¡Se acerca a mi embarcación!
Una voz tranquila respondió:
—Le aconsejo que cambie usted el suyo.
El capitán, molesto, insistió:
—¡Soy el capitán y llevo veinte años navegando!
Y la voz contestó:
—Mucho gusto, capitán. Yo soy el encargado del
faro… y esto lleva cien años en el mismo sitio.
A veces nos parecemos a ese capitán. Queremos que
todo se acomode a nosotros: la familia, la comunidad, incluso el Evangelio. Nos
cuesta admitir que debemos corregir el rumbo. La Palabra de Dios alumbra para
que podamos avanzar con seguridad; escucharla requiere humildad.
San Pablo nos muestra hoy a quién mirar: a
Jesucristo. Él asumió nuestra humanidad, se hizo servidor y llevó su obediencia
amorosa hasta la cruz. Su entrega y su exaltación revelan el camino que el
apóstol propone a la comunidad. Jesús es el Hijo cuyo «sí» al Padre se cumple en
toda su vida.
Pablo nos invita, por eso, a abandonar la rivalidad
y a tener en cuenta el bien de los demás. Pensemos cuánto cambiaría la
convivencia si, antes de una discusión, preguntáramos: «¿Cómo puedo actuar aquí
con los sentimientos de Jesús?».
En Colombia deseamos vivir en paz. Esta palabra nos
compromete también con la paz que podemos cuidar de cerca: escuchar antes de
insultar, rechazar el engaño, pagar justamente un trabajo y reconocer los
derechos del vecino. Nuestro «sí» a Dios alcanza el trato que damos en la casa,
en la finca, en el negocio y en la carretera.
Quien conoce el campo sabe que una cosecha requiere
trabajo. Lo mismo sucede con nuestras relaciones. Una familia necesita tiempo y
cuidado. Una comunidad necesita personas dispuestas a servir. Ahí está también
la viña a la que el Padre nos envía.
No estamos solos en esa tarea. La salvación es un
regalo de Dios, y su gracia sostiene nuestra respuesta. En la Eucaristía
recibimos a Cristo, que se entrega por nosotros y nos fortalece para amar. En
la reconciliación encontramos el perdón que nos permite recomenzar y asumir con
verdad la reparación del daño.
Antes de terminar, pensemos en un compromiso
pendiente. Uno concreto. Tal vez una conversación que hemos evitado, una visita
que llevamos meses aplazando o la decisión de pedir ayuda. ¿Qué paso voy a
dar esta semana para cumplir el «sí» que hoy le digo al Señor?
Pidámosle a la Virgen María que nos acompañe. Ella
acogió la voluntad de Dios y perseveró en su respuesta, también cuando el
camino fue difícil.
Señor Jesús, tú conoces nuestras
promesas y nuestras resistencias. Danos humildad para reconocer el error y
fuerza para comenzar de nuevo. Que nuestro «ya voy» se convierta hoy en un «aquí
estoy». Amén.
2
LAS OBRAS POR ENCIMA DE
LAS PALABRAS
Queridos hermanos:
Esta parábola debió de resultar difícil de escuchar
para los sumos sacerdotes y los ancianos, especialmente porque estaba
claramente dirigida a ellos. De hecho, después de que Jesús les cuenta una
segunda parábola, que no está incluida en el Evangelio de hoy, leemos que,
aunque intentaban arrestarlo, temían a la multitud, porque esta lo consideraba
un profeta (cf. Mt 21,46). Parece que rechazaron las palabras de Jesús y su
reprensión; sin embargo, el temor a la reacción de la gente, más que el temor
al juicio de Dios, contuvo por un tiempo sus intenciones.
También nosotros podemos escuchar una palabra que
nos incomoda y apresurarnos a defendernos. Nos resulta más fácil pensar en los
defectos ajenos que reconocer aquello que el Señor quiere corregir en nuestra
propia vida. Esta parábola nos invita a dejarnos interpelar con sinceridad.
En el Evangelio de hoy, el primer hijo representa a
los recaudadores de impuestos y a las prostitutas: personas que inicialmente
habían quebrantado la ley de Dios, pero que después se arrepintieron al
escuchar la predicación de Juan el Bautista y de Jesús. El segundo hijo
representa a los sumos sacerdotes y a los ancianos. Después de contar la
parábola, Jesús declara: «Les aseguro que los publicanos y las prostitutas
entran en el Reino de Dios antes que ustedes».
Como el segundo hijo, aquellos dirigentes
religiosos y civiles honraban la ley de Dios de palabra, pero sus acciones no
correspondían a su verdadero sentido. Jesús denuncia su hipocresía: permanecían
ciegos ante su propio rechazo de la Palabra salvadora de Dios y desorientaban a
otros con su piedad exterior y su actitud de creerse justos.
Consideremos con más atención la reacción de ambos
hijos. Podemos imaginar que el segundo, el que responde «Sí, señor», representa
a quienes muestran una falsa apariencia de santidad. Delante de los demás dicen
las palabras correctas, pero a puerta cerrada dejan de ponerlas en práctica.
Existe una distancia entre la imagen que ofrecen y las decisiones que toman.
El primer hijo es muy diferente. Aunque
inicialmente responde de manera desafiante —«No quiero»—, su conciencia termina
moviéndolo a hacer lo correcto. Se deja cuestionar, reconoce su equivocación y
cambia de actitud. Su primera negativa no se convierte en su última palabra.
Aquí encontramos una relación profunda con la
primera lectura. Por medio del profeta Ezequiel, Dios nos recuerda que quien se
aparta del mal y comienza a practicar la rectitud puede vivir. El Señor toma en
serio nuestra responsabilidad, y también la verdad de nuestro arrepentimiento.
Nuestro pasado no impide que su gracia abra un camino nuevo.
Es una palabra de esperanza para quien arrastra una
historia dolorosa y piensa que ya no puede cambiar. Y es una llamada a la
vigilancia para quien se considera bueno por lo que hizo en otro tiempo. La
fidelidad necesita perseverancia. Dios nos llama a responderle en el presente,
con la vida que hoy tenemos entre las manos.
Algunos podrían preguntarse por qué Jesús no
incluyó un tercer hijo: uno que dijera «Sí, señor» y después cumpliera. Quizá
no lo incluye porque todos nosotros podemos reconocernos en alguna de las dos
actitudes que presenta. Necesitamos conversión y aprendemos, con la ayuda de
Dios, a hacer coincidir nuestras palabras con nuestras obras.
En Jesucristo encontramos la obediencia perfecta al
Padre. Y, entre las personas redimidas, contemplamos de manera singular a
nuestra Santísima Madre: preservada del pecado original desde el primer
instante de su Inmaculada Concepción, por los méritos de Cristo, permaneció
fiel a Dios de palabra y de obra durante toda su vida. Su santidad es fruto de
la gracia, acogida con plena libertad.
El primer hijo se convierte en modelo para nosotros
por su arrepentimiento, porque cada uno, de alguna manera, experimenta
dificultades para entrar en una obediencia plena a la voluntad de Dios. Desde
la infancia nos enfrentamos a lo que la Iglesia llama concupiscencia:
la inclinación desordenada que procede del pecado original. Aunque hemos sido
creados buenos y a imagen de Dios, nuestra naturaleza está herida y experimenta
inclinaciones contrarias a su voluntad.
El Bautismo nos libera del pecado original y nos
comunica la vida de la gracia; sin embargo, permanece esa inclinación que hemos
de combatir con la ayuda de Cristo. El camino espiritual que recorremos
consiste en permitir que la gracia vaya ordenando nuestras inclinaciones heridas
y nos conduzca hacia la obediencia que estamos llamados a vivir (cf. Catecismo,
1264).
Por eso necesitamos hacer nuestra la súplica del
salmo: «Señor, enséñame tus caminos». Pedimos que el Señor nos
enseñe porque reconocemos que todavía tenemos mucho que aprender. Necesitamos
que ilumine nuestra conciencia y nos muestre cómo pasar de la buena intención a
la decisión concreta.
El salmo también nos invita a confiar en su ternura
y en su misericordia. Podemos presentarnos ante Dios sin fingir que somos
perfectos: «Señor, conoces mis resistencias y mis pecados. Acuérdate de mí con
misericordia. Enséñame a caminar». La humildad nos dispone a recibir la ayuda
que el orgullo rechaza.
Reflexionemos hoy sobre el primer hijo y
reconozcámonos humildemente en él. ¿En qué aspectos nos resulta difícil decir
inmediatamente «sí» a la voluntad de Dios? ¿Dónde aparece primero nuestro «no
quiero»? Tal vez al pedir perdón, al renunciar a una ventaja injusta o al
dedicar tiempo a alguien que nos necesita.
No es pecado, por sí mismo,
experimentar dificultad para obedecer. Esa lucha forma
parte de nuestra condición humana herida. Sentir una tentación o una
resistencia interior es distinto de consentir libremente en el mal. Podemos
sentir que nos cuesta perdonar y, aun así, pedir la gracia de comenzar a
hacerlo. Esa lucha, sostenida por el Señor, puede convertirse en camino de
crecimiento.
Como el primer hijo, debemos permitir que la gracia
trabaje en nosotros, formando nuestra conciencia e impulsándonos a actuar de
acuerdo con la voluntad de Dios, especialmente en los ámbitos donde más nos
resistimos. La gracia respeta nuestra libertad y nos fortalece para responder
con amor.
Tal vez hoy ese paso consista en reconocer una
mentira, reparar un daño o cumplir una promesa que llevamos demasiado tiempo
aplazando. En nuestra familia y en nuestra comunidad, el amor se vuelve creíble
cuando encuentra expresión en los hechos.
Cuando permitimos que la gracia nos lleve más allá
de nuestra vacilación inicial, crecemos en virtud y nos asemejamos más a
nuestra Santísima Madre y a nuestro Señor Jesucristo, que dijeron «sí» al Padre
y lo cumplieron plenamente. En esta Eucaristía, pidamos recibir con docilidad a
Cristo, que nos alimenta y nos sostiene en ese camino.
¿Qué negativa necesito transformar
hoy, con la ayuda de Dios, en un acto concreto de obediencia y de amor?
Mi Señor obediente, tú y tu
Santísima Madre respondieron siempre con fidelidad de todo corazón a la
voluntad del Padre, tanto de palabra como de obra. Concédeme la gracia de
imitar su ejemplo y de participar de la misma obediencia que viviste en unión
con tu Madre. Arranca de mí las inclinaciones de mi naturaleza herida hacia el
egoísmo y hazme generoso en la caridad, viviendo en plena conformidad y
obediencia a la gloriosa voluntad del Padre. Jesús, en ti confío. Amén.

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