domingo, 17 de mayo de 2026

18 de mayo del 2026: lunes de la séptima semana de Pascua

 

SANTO DEL DÍA:

San Juan I

Murió en el año 526. Este toscano sucedió en el año 523 al papa san Hormisdas. Sospechoso de conspiración por el rey godo arriano Teodorico, fue encarcelado y murió allí de agotamiento.

 


Un camino de paz

Juan 16, 29-33

Cristo prepara a sus discípulos para el misterio pascual. Para nosotros, se trata de no ocultar ninguna de las facetas de este misterio: ya sea la Cruz bajo sus diversas formas, o la victoria pascual cuya realidad ya está presente en medio de la prueba.

Entre la desesperanza o una atracción morbosa por el sufrimiento, y el triunfalismo o la negación de la realidad, Jesús nos propone un camino de paz. Una plenitud a la que solo podemos acceder en Él.

Emmanuelle Billoteau, ermite

 


Primera lectura

Hch 19, 1-8
¿Ustedes recibieron el Espíritu Santo al aceptar la fe?

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.


MIENTRAS Apolo estaba en Corinto, Pablo atravesó la meseta y llegó a Éfeso. Allí encontró unos discípulos y les preguntó:
«¿Ustedes recibieron el Espíritu Santo al aceptar la fe?».
Contestaron:
«Ni siquiera hemos oído hablar de un Espíritu Santo».
Él les dijo:
«Entonces, ¿qué bautismo han recibido?».
Respondieron:
«El bautismo de Juan».
Pablo les dijo:
«Juan bautizó con un bautismo de conversión, diciendo al pueblo que creyesen en el que iba a venir después de él, es decir, en Jesús».
Al oír esto, se bautizaron en el nombre del Señor Jesús; cuando Pablo les impuso las manos, vino sobre ellos el Espíritu Santo, y se pusieron a hablar en lenguas extrañas y a profetizar. Eran en total unos doce hombres.
Pablo fue a la sinagoga y durante tres meses hablaba con toda libertad del reino de Dios, dialogando con ellos y tratando de persuadirlos.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 67, 2-3. 4-5ac. 6-7ab (R.: 33a)

R. Reyes de la tierra, canten a Dios.

O bien:

R. Aleluya.

V. Se levanta Dios, y se dispersan sus enemigos,
huyen de su presencia los que lo odian;
como el humo se disipa, se disipan ellos;
como se derrite la cera ante el fuego,
así perecen los impíos ante Dios. 
R.

V. En cambio, los justos se alegran,
gozan en la presencia de Dios,
rebosando de alegría.
Canten a Dios, toquen a su nombre;
su nombre es el Señor. 
R.

V. Padre de huérfanos, protector de viudas,
Dios vive en su santa morada.
Dios prepara casa a los desvalidos,
libera a los cautivos y los enriquece.
 R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Si han resucitado con Cristo, busquen los bienes de allá arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios. R.

 

Evangelio

Jn 16, 29-33

Tengan valor: yo he vencido al mundo

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

EN aquel tiempo, los discípulos dijeron a Jesús:
«Ahora sí que hablas claro y no usas comparaciones. Ahora vemos que lo sabes todo y no necesitas que te pregunten; por ello creemos que has salido de Dios».
Les contestó Jesús:
«¿Ahora creen? Pues miren: está para llegar la hora, mejor, ya ha llegado, en que se dispersen cada cual por su lado y a mí me dejen solo. Pero no estoy solo, porque está conmigo el Padre. Les he hablado de esto, para que encuentren la paz en mí. En el mundo tendrán luchas; pero tengan valor: yo he vencido al mundo».

Palabra del Señor.

1

 

Queridos hermanos:

Estamos entrando en la última semana del tiempo pascual antes de Pentecostés. La Iglesia nos invita a mirar hacia el Espíritu Santo, a prepararnos interiormente para recibirlo con un corazón más abierto, más humilde y más disponible. Y las lecturas de hoy nos ponen precisamente en esa dirección: no basta con haber oído hablar de Jesús, no basta con conocer algunas verdades de la fe, no basta con decir: “creemos”. Necesitamos dejarnos llenar por el Espíritu Santo para vivir la fe en medio de las pruebas.

En la primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles, Pablo llega a Éfeso y encuentra a unos discípulos. Les hace una pregunta muy importante: “¿Recibieron el Espíritu Santo cuando abrazaron la fe?” Ellos responden: “Ni siquiera hemos oído decir que haya Espíritu Santo.”

Aquellos hombres tenían buena voluntad. Habían recibido el bautismo de Juan, un bautismo de conversión, de preparación, de deseo sincero de cambiar de vida. Pero todavía les faltaba entrar plenamente en la novedad de Cristo: recibir el bautismo en el nombre del Señor Jesús y abrirse al don del Espíritu.

Esto nos ayuda a preguntarnos: ¿nuestra fe está viva? ¿Hemos recibido los sacramentos como una simple costumbre, o realmente dejamos que el Espíritu Santo transforme nuestra manera de pensar, de hablar, de servir, de perdonar y de esperar? Hay cristianos que conocen oraciones, ritos, tradiciones, pero viven como si no hubieran descubierto todavía la fuerza interior del Espíritu. Y sin el Espíritu, la fe se vuelve rutina; con el Espíritu, la fe se vuelve fuego, misión, consuelo y valentía.

El Evangelio de hoy nos presenta un momento muy humano de los discípulos. Ellos le dicen a Jesús: “Ahora sí vemos que lo sabes todo… por esto creemos que has salido de Dios.” Parece una profesión de fe firme, casi heroica. Pero Jesús les responde con realismo: “¿Ahora creen? Miren que está para llegar la hora, mejor, ya ha llegado, en que se dispersarán cada uno por su lado y me dejarán solo.”

Qué impresionante es esta palabra. Jesús no desprecia la fe de sus discípulos, pero sabe que todavía es una fe frágil. Ellos creen, sí, pero cuando llegue la Cruz, cuando aparezca el miedo, cuando la oscuridad se imponga, se dispersarán. Prometen fidelidad, pero todavía no conocen la profundidad de su propia debilidad.

Y esa también es nuestra historia. Muchas veces decimos: “Señor, yo creo, yo confío, yo te sigo.” Pero cuando llega la enfermedad, la muerte de un ser querido, la incomprensión, el fracaso, la soledad, el cansancio pastoral, la crisis familiar o comunitaria, entonces descubrimos que nuestra fe necesita madurar. No basta una fe de palabras; necesitamos una fe sostenida por el Espíritu.

Sin embargo, lo más hermoso del Evangelio no es la advertencia sobre la fragilidad de los discípulos, sino la serenidad de Jesús. Él sabe que será abandonado, pero no se siente derrotado. Dice: “Me dejarán solo, pero no estoy solo, porque el Padre está conmigo.”

Aquí está el secreto de la paz cristiana. Jesús no niega la dificultad. No maquilla la realidad. No dice que no habrá lágrimas, ni cruz, ni persecución. Al contrario, afirma claramente: “En el mundo tendrán luchas.” Pero añade una palabra luminosa: “Tengan valor: yo he vencido al mundo.”

Esta frase debería quedar grabada en nuestro corazón: “Tengan valor: yo he vencido al mundo.” No significa que la vida será fácil. No significa que no lloraremos. No significa que no pasaremos por momentos de angustia. Significa que ninguna oscuridad tiene la última palabra cuando estamos unidos a Cristo. La Cruz existe, pero también existe la Pascua. El dolor es real, pero la victoria de Cristo es más real todavía. La muerte hiere, pero no puede destruir la esperanza de los que viven y mueren en el Señor.

Por eso hoy, al orar especialmente por nuestros difuntos, esta Palabra nos consuela profundamente. Nuestros seres queridos que han partido también atravesaron sus luchas, sus noches, sus enfermedades, sus dolores, sus despedidas. Algunos murieron después de una larga vida; otros partieron demasiado pronto según nuestra mirada humana. Algunos pudieron despedirse; otros no. Y nosotros cargamos con recuerdos, gratitud, nostalgia y quizá también preguntas.

Pero la fe pascual nos permite mirar la muerte desde Cristo. Para quien cree, la muerte no es un muro cerrado, sino un paso doloroso hacia el encuentro definitivo con Dios. Nosotros no oramos por los difuntos como quien habla al vacío; oramos porque creemos en la comunión de los santos, en la misericordia divina, en la vida eterna, en Cristo resucitado que ha vencido al mundo, al pecado y a la muerte.

El salmo de hoy proclama a Dios como aquel que se levanta, dispersa a sus enemigos, defiende a los huérfanos, protege a las viudas y da hogar a los desvalidos. Es una imagen muy bella: Dios no abandona a sus hijos. Dios recoge a los solos. Dios da casa a los que no tienen refugio. Y si eso hace con nosotros en esta vida, cuánto más podemos confiar en que acoge con misericordia a nuestros difuntos en la casa del Padre.

La paz que Jesús promete no es la paz superficial del que no tiene problemas. Es una paz más honda: la paz de saberse acompañado por Dios aun cuando humanamente parezca que todo se derrumba. Es la paz de Cristo en la Cruz, cuando parecía abandonado, pero se entregaba confiado al Padre. Es la paz del Resucitado, que se aparece a sus discípulos no para reprocharles su huida, sino para decirles: “La paz esté con ustedes.”

Esa paz es la que hoy necesitamos pedir. Paz para nuestras familias. Paz para quienes están de duelo. Paz para quienes sienten culpa por no haber podido hacer más por sus difuntos. Paz para quienes todavía lloran en silencio. Paz para quienes tienen miedo al futuro. Paz para quienes se sienten dispersos, cansados o solos.

Y junto con la paz, pidamos el Espíritu Santo. Sin Él, nos quedamos en una fe incompleta, como aquellos discípulos de Éfeso. Con Él, podemos atravesar la prueba sin desesperar. Con Él, podemos llorar sin perder la esperanza. Con Él, podemos recordar a nuestros difuntos no solo con tristeza, sino también con gratitud y confianza.

Queridos hermanos: Jesús no nos promete una vida sin luchas; nos promete su victoria. No nos promete que nunca seremos débiles; nos promete su Espíritu. No nos promete que no pasaremos por la Cruz; nos promete que en Él encontraremos paz.

Que esta Eucaristía nos ayude a vivir unidos a Cristo vencedor. Y que nuestros difuntos, por la misericordia de Dios, sean recibidos en la plenitud de esa paz que solo en Cristo podemos encontrar.

Amén.

 

2

 

“En el mundo tendrán luchas; pero tengan valor: yo he vencido al mundo.”

 

Queridos hermanos:

En este lunes de la séptima semana de Pascua, cuando ya la Iglesia se encamina hacia la solemnidad de Pentecostés, la Palabra de Dios nos coloca ante una pregunta fundamental: ¿dónde está nuestra paz? ¿Está nuestra paz en Cristo o está condicionada por el mundo? ¿Vivimos sostenidos por el Espíritu Santo o arrastrados por el ruido, la prisa, el miedo y las preocupaciones?

En el Evangelio, Jesús está concluyendo el gran discurso de despedida de la Última Cena. Él sabe que se acerca la hora de la pasión. Sabe que sus discípulos serán sacudidos por el miedo, la confusión y la tristeza. Sabe que ellos creen, pero que su fe todavía es frágil. Por eso les dice: “Os he hablado de esto para que encontréis la paz en mí.”

Jesús no les promete una vida sin problemas. No les dice: “Si creen en mí, nunca sufrirán.” Tampoco les ofrece una paz superficial, de apariencia, de evasión o de comodidad. Al contrario, les habla con realismo: “En el mundo tendrán luchas.” Pero enseguida añade la palabra decisiva: “Tengan valor: yo he vencido al mundo.”

Aquí está el centro del mensaje cristiano: la paz de Jesús no consiste en la ausencia de problemas, sino en la certeza de que Cristo está con nosotros en medio de ellos. La paz cristiana no es huir de la cruz, sino atravesarla con la confianza puesta en el Señor resucitado. No es negar la realidad, sino mirarla desde la victoria pascual de Cristo.

A lo largo del discurso de la Última Cena, Jesús ha ido preparando a sus discípulos para esta paz. Les ha hablado de su unión con el Padre. Les ha dicho que Él es la vid y nosotros los sarmientos, llamados a permanecer unidos a Él. Les ha prometido el Espíritu Santo, el Paráclito, el Consolador, el Defensor. Les ha advertido también que el mundo rechazará a quienes vivan arraigados en la verdad.

Por eso, cuando Jesús dice: “para que encuentren la paz en mí”, no está hablando de una emoción pasajera. Está hablando de una vida sostenida por Él. La paz de Cristo nace de permanecer en Él, de dejarnos guiar por su Espíritu, de no dejarnos dominar por los criterios del mundo.

Y aquí la primera lectura ilumina profundamente el Evangelio. San Pablo llega a Éfeso y encuentra a unos discípulos. Les pregunta: “¿Recibieron el Espíritu Santo al abrazar la fe?” Ellos responden: “Ni siquiera hemos oído decir que haya Espíritu Santo.”

Es una escena muy significativa. Aquellos discípulos tenían buena voluntad, habían recibido el bautismo de Juan, un bautismo de conversión, pero todavía no habían entrado plenamente en la vida nueva de Cristo. Les faltaba el don del Espíritu Santo.

También nosotros podríamos preguntarnos hoy: ¿hemos recibido verdaderamente al Espíritu Santo en nuestra vida? No solo sacramentalmente, sino existencialmente. ¿Vivimos como hombres y mujeres habitados por el Espíritu? ¿O vivimos como si la fe fuera solo una tradición, una costumbre, una idea bonita, pero sin fuerza interior?

Porque sin el Espíritu Santo, la paz de Cristo se nos vuelve lejana. Sin el Espíritu, la fe se convierte en rutina. Sin el Espíritu, la oración se enfría. Sin el Espíritu, el corazón se llena fácilmente de miedo, ansiedad, resentimiento o tristeza. En cambio, cuando el Espíritu Santo actúa en nosotros, incluso en medio de la lucha podemos tener una serenidad profunda, una luz interior, una fuerza que no viene de nosotros.

El mundo, en cambio, ofrece otra clase de “paz”: una paz de distracción, de consumo, de ruido, de evasión. Hoy vivimos rodeados de estímulos constantes: el celular, las redes sociales, las noticias, los mensajes, la televisión, la música permanente, los compromisos, las carreras, las opiniones de todos. Muchas veces ya no sabemos estar en silencio. Nos cuesta apagar el teléfono. Nos cuesta quedarnos solos con Dios. Nos cuesta escuchar nuestra propia alma.

Y entonces sucede algo muy delicado: podemos estar muy conectados exteriormente, pero profundamente desconectados interiormente. Podemos recibir cientos de mensajes al día, pero dejar de escuchar la voz suave del Señor. Podemos estar informados de todo, pero perder la paz del corazón. Podemos saber muchas cosas, pero no saber descansar en Dios.

El mundo ruidoso nos roba la paz poco a poco. No siempre con grandes pecados o grandes persecuciones, sino con una dispersión constante. Nos roba el silencio, nos roba la atención, nos roba la oración, nos roba la capacidad de contemplar, de agradecer, de discernir.

Por eso la pregunta del Evangelio es tan actual: ¿qué está reinando dentro de nosotros: la paz de Cristo o el ruido del mundo?

Jesús dice: “En el mundo tendrán luchas.” Esas luchas pueden venir de fuera: incomprensiones, dificultades familiares, enfermedades, problemas económicos, conflictos sociales, heridas comunitarias. Pero también pueden venir de dentro: ansiedad, miedo, culpa, cansancio, tristeza, falta de fe, incapacidad de perdonar.

Y, sin embargo, Jesús no nos abandona en la lucha. Él dice: “Tengan valor.” No es un simple consejo psicológico. Es una palabra pascual. Jesús puede decir “tengan valor” porque Él ya ha pasado por la cruz y ha vencido. Él conoce el sufrimiento, la soledad, la traición, la angustia y la muerte. Pero también conoce la gloria de la resurrección.

Por eso nuestra paz no se apoya en que todo nos salga bien. Nuestra paz se apoya en Cristo vencedor. Él no elimina mágicamente todos los problemas, pero nos da una fuerza nueva para atravesarlos. No siempre cambia las circunstancias de inmediato, pero transforma el corazón de quien confía en Él.

El salmo de hoy también nos llena de esperanza. Proclamamos a Dios como aquel que se levanta, dispersa a sus enemigos, protege a los huérfanos, defiende a las viudas y da hogar a los desvalidos. Es una imagen preciosa de Dios: no es un Dios indiferente, lejano o frío. Es un Dios que se inclina sobre los frágiles, que recoge a los abandonados, que sostiene a los que lloran.

Esto nos toca especialmente cuando oramos por nuestros difuntos. La muerte de un ser querido siempre deja un vacío. Aunque tengamos fe, duele. Aunque creamos en la resurrección, lloramos. Pero la Palabra de hoy nos recuerda que Cristo ha vencido al mundo, y en esa victoria está incluida también la victoria sobre la muerte.

Por eso, al presentar en esta Eucaristía la intención por nuestros difuntos, lo hacemos con dolor, sí, pero también con esperanza. Los encomendamos al Dios que da hogar a los desvalidos, al Padre misericordioso que no abandona a sus hijos, al Cristo vencedor que nos promete una paz que el mundo no puede dar ni quitar.

Queridos hermanos: necesitamos recuperar la paz de Cristo. Y para recuperarla necesitamos volver a las fuentes: la oración silenciosa, la escucha de la Palabra, la Eucaristía, la confesión, la vida sacramental, el servicio humilde, el abandono confiado en Dios.

Quizá hoy el Señor nos esté invitando a hacer un pequeño examen de conciencia: ¿cuánto silencio hay en mi vida? ¿Cuánto espacio le doy al Espíritu Santo? ¿Cuánto tiempo dedico a escuchar a Dios y no solo al mundo? ¿Qué me está robando la paz? ¿Qué ruido necesito apagar para volver a oír la voz de Cristo?

La paz de Jesús no se improvisa. Se cultiva. Se recibe. Se protege. Se alimenta permaneciendo unidos a Él, como el sarmiento unido a la vid.

Pidamos hoy al Señor que nos dé su paz. No una paz superficial, sino una paz profunda. No una paz dormida, sino una paz valiente. No una paz que niega la cruz, sino una paz que nace de la Pascua.

Y pidamos también el don del Espíritu Santo, como aquellos discípulos de Éfeso. Que el Espíritu venga sobre nosotros, renueve nuestra fe, purifique nuestro corazón, silencie nuestros miedos y nos haga testigos serenos de Cristo en medio de un mundo inquieto.

Que Jesús, Señor de la paz plena, nos ayude a vencer el ruido del mundo y a descansar en Él. Que nuestros difuntos sean recibidos en la paz eterna del Reino. Y que nosotros, mientras caminamos todavía entre luchas, podamos escuchar cada día la voz del Resucitado que nos dice:

“Tengan valor: yo he vencido al mundo.”

Amén.


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18 de mayo: San Juan I, Papa y Mártir—Memoria opcional

C. Finales del siglo V–526 

Invocado contra las tentaciones hacia la falsa unidad y la aceptación de la herejía 


Cita espiritual

“¿Quién no envidiaría la felicidad de un mártir en su calabozo, al contemplar la alegría interior, la paz y la caridad con que cierra los ojos a este mundo? Y más aún, al imaginar la gloria con que su alma es conducida por los ángeles, como Lázaro, hacia las moradas de la bienaventuranza eterna. En cambio, el tirano injusto no puede sentirse seguro ni siquiera en su trono. Sus placeres engañosos son un pobre intercambio frente al verdadero gozo y la paz de la virtud; no puede escapar ni del tormento de su conciencia ni del peso de su culpa. ¡Cuánto aumentan sus temores cuando se acerca la muerte! Y ¡cómo lamentará eternamente su insensatez, si no la ha reparado antes mediante un sincero arrepentimiento!”

La vida de los santos, de Butler


Reflexión

El 18 de mayo la Iglesia recuerda a San Juan I, Papa y Mártir, un pontífice que supo defender la fe católica en un tiempo marcado por tensiones políticas, presiones religiosas y peligrosas tentaciones de falsa unidad.

San Juan I era originario de Toscana. En el año 523 sucedió al papa san Hormisdas en la sede de Pedro. Su pontificado fue breve, pero profundamente significativo. Le correspondió vivir en una época difícil, cuando todavía seguían abiertas muchas heridas doctrinales en torno al misterio de Cristo y a la plena confesión de su divinidad.

La Iglesia había definido solemnemente en el Concilio de Calcedonia, en el año 451, que Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre: una sola Persona divina en dos naturalezas, humana y divina, sin confusión ni separación. Esta verdad de fe era esencial para custodiar el corazón mismo del Evangelio. Sin embargo, diversos grupos y poderes políticos intentaban suavizar, manipular o reinterpretar la doctrina católica con el fin de lograr acuerdos aparentes, muchas veces a costa de la verdad.

En Oriente, el emperador Justino I apoyaba la fe católica y la doctrina de Calcedonia. En Occidente, en cambio, Roma se encontraba bajo el dominio de Teodorico el Grande, rey de los ostrogodos, quien profesaba el arrianismo. Aunque durante algún tiempo Teodorico había tolerado la presencia católica, se indignó cuando el emperador Justino tomó medidas contra los arrianos en Oriente. Temiendo represalias contra los suyos, obligó al papa Juan I a viajar a Constantinopla para interceder ante el emperador y conseguir una reversión de aquellas medidas.

El Papa aceptó el viaje, no por comodidad ni por conveniencia política, sino por obediencia a las circunstancias y por amor a la Iglesia. Al llegar a Constantinopla, fue recibido con grandes honores por el emperador. La tradición recuerda incluso que Justino salió a su encuentro y se inclinó ante él como signo de veneración hacia el sucesor de Pedro.

San Juan I pudo haber buscado una solución diplomática, pudo haber cedido ante la presión, pudo haber diluido la verdad en nombre de una paz aparente. Pero no lo hizo. Aunque era hombre de diálogo, no estaba dispuesto a sacrificar la fe de la Iglesia. Comprendía que la verdadera unidad nunca puede construirse sobre la renuncia a la verdad revelada.

Cuando Teodorico supo que el Papa no había cumplido sus exigencias, se llenó de ira. Primero mandó encarcelar y ejecutar a Boecio, uno de los grandes pensadores cristianos de la época y amigo cercano del Papa. Luego, al regreso de Juan I a Italia, lo hizo arrestar junto con otros obispos y senadores, y lo encerró en una prisión de Rávena. Allí, debilitado por la edad, el cansancio del viaje y las duras condiciones del cautiverio, murió en el año 526.

Aunque no fue ejecutado directamente con espada o tormento visible, la Iglesia lo veneró como mártir, porque murió a causa de su fidelidad a la fe y de su negativa a someter la verdad de Cristo a los intereses del poder.

La vida de San Juan I nos recuerda que no toda paz es verdadera paz. Hay una falsa paz que se compra al precio del silencio, de la cobardía o de la renuncia a los principios. Hay una falsa unidad que pide callar la verdad para evitar conflictos. Hay una falsa tolerancia que no busca amar al otro, sino vaciar la fe de su contenido.

Pero el Evangelio nos enseña otra cosa. La caridad cristiana nunca es enemiga de la verdad. Al contrario, solo la verdad vivida con amor puede conducir a una auténtica comunión.

San Juan I nos invita a preguntarnos: ¿en qué momentos me siento tentado a rebajar mi fe para quedar bien? ¿Cuándo prefiero callar por miedo al rechazo? ¿Estoy dispuesto a vivir mi fe con respeto, humildad y caridad, pero también con firmeza?

Hoy el mundo sigue ofreciendo muchas formas de falsa unidad. A veces se nos pide dejar de hablar de Dios, de la dignidad de la vida humana, de la moral cristiana, de la familia, del pecado, de la conversión o de la vida eterna, como si esos temas fueran obstáculos para convivir. Pero el cristiano no está llamado a imponer, sino a testimoniar. Y testimoniar significa vivir de tal manera que la verdad de Cristo se haga visible en nuestras palabras, decisiones y actitudes.

San Juan I no fue un hombre violento ni fanático. Fue un pastor fiel. No buscó el conflicto, pero tampoco traicionó la fe. Su martirio silencioso nos enseña que la fidelidad muchas veces no se expresa en grandes discursos, sino en la perseverancia humilde de quien no vende su conciencia.

Al honrar hoy su memoria, pidamos al Señor la gracia de ser cristianos firmes y serenos: fieles a la verdad, libres ante el poder, caritativos con todos, pero nunca indiferentes ante la fe que hemos recibido.


Oración

Papa San Juan I,
pastor fiel de la Iglesia y mártir de Cristo,
tú preferiste sufrir antes que traicionar la verdad del Evangelio.

Intercede por nosotros,
para que no cedamos ante la tentación de una paz falsa,
de una unidad sin verdad
o de una fe debilitada por el miedo.

Ayúdanos a vivir con valentía, humildad y caridad.
Que sepamos defender la fe sin arrogancia,
dialogar sin confundirnos,
amar sin renunciar a Cristo
y permanecer firmes aun cuando el mundo nos presione.

Que tu ejemplo fortalezca a la Iglesia,
anime a sus pastores
y despierte en todos los fieles
un amor más profundo por la verdad que salva.

San Juan I, Papa y Mártir,
ruega por nosotros.

Jesús, en Ti confío.

Mario Benedetti: la palabra como tregua, conciencia y memoria

 


 Hoy, 17 de mayo, la memoria literaria latinoamericana vuelve a detenerse ante el nombre de Mario Benedetti, fallecido en Montevideo el 17 de mayo de 2009, a los 88 años. Poeta, narrador, dramaturgo, ensayista, periodista y crítico, Benedetti pertenece a esa clase de escritores que no entran primero por la solemnidad académica, sino por una puerta más íntima: la voz de un profesor, el comentario en una clase de literatura, una adaptación televisiva, un verso repetido por alguien enamorado, triste o esperanzado.

El Instituto Cervantes lo presenta como poeta, novelista, dramaturgo, cuentista y crítico uruguayo de la Generación del 45, y subraya que su “literatura ciudadana” fue su modo de comunicarse con los lectores. 

(Instituto Cervantes)

 

Algo parecido a lo que me ocurrió con el mexicano Juan Rulfo me sucedió también con Benedetti. Antes de leerlo con calma, antes de saborear su poesía o de entender su lugar en la literatura latinoamericana, su nombre ya me rondaba desde las clases de Español y Literatura del colegio. Allí, entre autores que uno escuchaba mencionar con respeto casi sagrado, apareció el nombre de aquel uruguayo de bigote sereno y mirada melancólica.

Más tarde, en Colombia, su mundo me llegó también por la televisión, gracias a La tregua, novela suya publicada en 1960 y adaptada por RTI Televisión en 1980; el archivo del Instituto de Artes del Espectáculo registra esa versión televisiva colombiana, con guiones de 32 capítulos y adaptación de Juan Carlos Gené.

(Instituto de Artes del Espectáculo)

Para muchos de mi generación, Benedetti fue primero una resonancia: un nombre que sonaba a literatura seria, a sensibilidad urbana, a amor herido, a nostalgia, a exilio y a compromiso. Después vino el descubrimiento de que aquel narrador de La tregua era también un poeta leído con verdadero deleite por jóvenes que encontraban en sus versos una forma sencilla, directa y profunda de decir lo que a veces no sabían expresar: el amor, la ausencia, la esperanza, la derrota, el cansancio de vivir, la alegría de resistir.

Benedetti nació en Paso de los Toros, Uruguay, el 14 de septiembre de 1920. Su vida no fue la de un escritor encerrado desde el comienzo en una torre de marfil. Trabajó en distintos oficios, fue periodista, crítico de cine y teatro, colaborador del semanario Marcha, y poco a poco construyó una obra enorme, cercana a los lectores comunes.

Con Poemas de la oficina impactó la poesía uruguaya, y con La tregua alcanzó una proyección internacional que lo convirtió en uno de los nombres mayores de las letras hispanoamericanas del siglo XX. (Instituto Cervantes)

Su obra tiene algo muy particular: Benedetti convirtió la vida cotidiana en materia literaria. La oficina, el café, la calle, el amor tardío, el empleado público, el hombre cansado, la mujer que espera, el país herido por la dictadura, el exiliado que no termina de pertenecer a ninguna parte: todo eso aparece en su literatura. No escribió solo para especialistas, sino para lectores de carne y hueso. Por eso sus poemas viajaron tanto. Por eso pudieron ser musicalizados por artistas como Joan Manuel Serrat, Daniel Viglietti y Nacha Guevara, entre otros. (Instituto Cervantes)

Pero hay una pregunta que siempre resulta interesante cuando uno se aproxima a un autor desde una sensibilidad creyente: ¿creía Mario Benedetti en Dios? ¿Cuál fue su relación con la fe, con la Iglesia, con la espiritualidad?

La respuesta debe darse con honestidad. Benedetti no fue un escritor católico en sentido confesional ni parece haber tenido una profesión religiosa cristiana practicante.

En una entrevista de 2003, la agencia EFE lo presentó claramente como ateo, y allí aparece una frase que resume muy bien su postura ética: “La conciencia es la única religión”. (EFE Servicios)

Otras lecturas lo describen como agnóstico, pero en cualquier caso no se le puede presentar como creyente en el sentido tradicional de la palabra. (Vida Nueva)

Sin embargo, decir simplemente “Benedetti era ateo” puede resultar demasiado pobre. En su obra, Dios no está totalmente ausente. Está como pregunta, como herida, como nostalgia, como reclamo, como ironía, como deseo de una justicia que el mundo no ofrece del todo. Hay poetas que creen rezando; otros, tal vez, discuten con Dios aun cuando dicen no creer. Benedetti pertenece a esa región compleja donde la incredulidad no equivale a indiferencia. Su poema Ausencia de Dios, por ejemplo, ha sido leído como una expresión de pérdida, de vacío espiritual, de memoria de una fe que ya no sostiene, pero cuya ausencia todavía duele.

Vida Nueva ha señalado justamente que, aunque Benedetti se declarara agnóstico, muchas de sus creaciones entraron de lleno en el ámbito espiritual.

(Vida Nueva)

Su relación con la catolicidad fue, por tanto, crítica y distante. No parece haber sido un enemigo vulgar de la religión, sino un hombre profundamente ético que desconfiaba de una fe desencarnada, de una religión incapaz de comprometerse con el sufrimiento real, de una idea de Dios que no pasara por la justicia, el amor concreto y la dignidad humana. En algunos poemas, Benedetti cuestiona al creyente, interroga la imagen de Dios, sospecha de las respuestas fáciles y enfrenta el dolor de un mundo donde existen torturas, injusticias, exilios y soledades. Esa crítica no debe ser leída solo como agresión a la fe, sino también como una provocación moral: ¿qué valor tiene creer en Dios si esa fe no nos vuelve más humanos, más compasivos, más responsables del prójimo?

Desde una mirada cristiana, uno puede no compartir su ateísmo o su agnosticismo, pero sí reconocer en Benedetti una búsqueda de humanidad. Su “religión de la conciencia” no alcanza, para el creyente, la plenitud de la fe; pero puede verse como un reclamo contra toda religión vacía de misericordia. En ese sentido, Benedetti recuerda una verdad evangélica incómoda: no basta decir “Señor, Señor”; hay que amar, perdonar, servir, liberar, acompañar, hacer justicia.

La espiritualidad de Benedetti no fue litúrgica ni dogmática. Fue una espiritualidad de la ternura, de la memoria, del amor fiel, de la solidaridad, de la resistencia ante la muerte y la injusticia. Su poesía tiene una dimensión casi pastoral en el sentido humano de la palabra: consuela sin predicar, acompaña sin imponer, pone palabras donde muchos solo tienen nudos en la garganta. Por eso lo leyeron y lo siguen leyendo tantos jóvenes. Porque Benedetti no hablaba desde la grandilocuencia, sino desde una cercanía casi doméstica.

También fue un escritor marcado por el compromiso político y por el exilio. Tras el golpe de Estado de 1973 en Uruguay, abandonó su país y vivió en distintos lugares, entre ellos Argentina, Perú, Cuba y España. Ese exilio alimentó una parte esencial de su obra y reforzó su imagen de escritor comprometido con la democracia, la memoria y los derechos humanos.

Al regresar la democracia, volvió a Uruguay y acompañó acciones de la sociedad uruguaya por el esclarecimiento de los crímenes de la dictadura. (Fundación Mario Benedetti)

En sus últimos años, Benedetti fue acumulando homenajes, premios y reconocimientos, pero también pérdidas. En 2006 enviudó de Luz López Alegre, su esposa durante 60 años, y decidió vivir todo el año en Uruguay.

La Fundación Mario Benedetti registra que donó miles de libros de su biblioteca madrileña al Centro de Estudios Iberoamericanos Mario Benedetti de la Universidad de Alicante. (Fundación Mario Benedetti) Esa imagen conmueve: el escritor que va cerrando etapas, que vuelve a su tierra, que entrega libros como quien entrega pedazos de vida.

Su salud se deterioró en los años finales. Reuters informó que había sido internado a finales de abril de 2009 por una enfermedad intestinal crónica, fue dado de alta el 6 de mayo y murió el 17 de mayo en su casa de Montevideo. También señaló que padecía problemas intestinales y respiratorios, y que su asma crónica condicionaba sus viajes y estancias entre Uruguay y España. (Reuters)

La Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes recuerda que el gobierno uruguayo decretó duelo nacional, que fue velado con honores en el Salón de los Pasos Perdidos del Palacio Legislativo y que, junto a las flores, los lectores dejaron bolígrafos como tributo al escritor. (Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes)

Ese detalle de los bolígrafos es profundamente simbólico. A Benedetti no se le despidió solo como a una celebridad, sino como a alguien que había enseñado a escribir, a sentir, a resistir, a nombrar la vida. Las flores se marchitan; los bolígrafos sugieren que la palabra continúa.

¿Qué influencia deja Mario Benedetti en la literatura latinoamericana?

Una influencia enorme, aunque no exenta de discusiones críticas. Algunos lo han considerado demasiado sencillo, demasiado sentimental o demasiado popular. Pero esa supuesta sencillez fue precisamente una de sus fuerzas. Benedetti hizo que la poesía saliera del pedestal y entrara en la conversación cotidiana. Acercó la literatura a lectores que tal vez no habrían llegado a ella por caminos más académicos. Dio dignidad literaria a la oficina, a la rutina, al amor maduro, a la tristeza común, a la esperanza posible.

Benedetti dejó una literatura de la cercanía. No fue hermético; fue transparente. No buscó deslumbrar con oscuridades, sino acompañar con claridad. Su obra sigue viva porque toca fibras muy humanas: el amor que llega tarde, la muerte que interrumpe, la patria que duele, el exilio que divide, la memoria que salva, la conciencia que reclama, la alegría que se defiende aun en medio del desencanto.

Desde mi sensibilidad de lector creyente, puedo decir que Benedetti no fue un poeta de la fe, pero sí un poeta de las preguntas que la fe no puede ignorar. No fue un cantor de Dios, pero sí un testigo de esa sed humana que, aun cuando se declara sin Dios, sigue buscando justicia, ternura, compañía y sentido. Quizás por eso sus versos siguen regresando: porque en ellos el ser humano aparece pobre y grande al mismo tiempo, frágil y digno, herido y esperanzado.

Hoy, al recordar su muerte, no celebramos simplemente una fecha literaria. Recordamos a un hombre que convirtió la palabra en refugio, denuncia y compañía. A un escritor que hizo de la poesía una forma de conversación con la vida. A un autor que, desde su conciencia laica, nos obliga también a los creyentes a preguntarnos si nuestra fe está verdaderamente encarnada en amor, justicia y misericordia.

Mario Benedetti murió un 17 de mayo, pero su palabra sigue concediéndonos treguas: treguas contra el olvido, contra la indiferencia, contra la desesperanza. Y en tiempos donde tantas voces gritan sin escuchar, Benedetti permanece como una voz baja, cercana y persistente, recordándonos que la literatura también puede ser una forma de humanidad compartida.

 

sábado, 16 de mayo de 2026

17 de mayo del 2026: Solemnidad de la Ascensión del Señor-Ciclo A

 

Itinerancia apostólica

Hoy todos se ponen en movimiento: ¡todos miran hacia los apóstoles! Pablo, Lucas y Mateo, cada uno a su manera, da testimonio de una lección apostólica que reciben los primeros colaboradores de Jesucristo. Como sucede en cada generación, en realidad se trata de ayudarnos a vivir nuestra misión de cristianos.

Mateo cuenta que algunos apóstoles dudan. Sin embargo, todos son enviados hacia todas las naciones, relativizando así las fronteras. Pablo invoca para cada uno un espíritu de sabiduría, recordando que la fuerza de la resurrección de Cristo se despliega siempre en el reconocimiento de su único señorío y en el servicio de su cuerpo, que es la Iglesia.

Pero quizá Lucas es el más exigente. En la segunda parte de su obra, Lucas muestra cómo los apóstoles, que esperaban que Cristo instaurara por sí mismo su Reino definitivo, son remitidos a sus límites y a sus responsabilidades. Descubren que no lo saben todo sobre el designio de Dios, aunque están asociados a él. Pero, después de que dos hombres vestidos de blanco fueran enviados para esto, comprenden finalmente que les espera una misión exigente.

Esta itinerancia apostólica, consecuencia de la resurrección de Cristo, instala a la Iglesia en una situación siempre provisional. Así queda puesta bajo la acción del Espíritu Santo, que constituye la única fuerza de la que disponen los apóstoles.

Me queda una semana antes de Pentecostés: ¿sobre qué personas voy a invocar el Espíritu Santo?

Al acercarse el final del tiempo pascual, ¿qué desplazamientos puedo arriesgar para dar testimonio del Evangelio?

Luc Forestier, prêtre à La Madeleine (diocèse de Lille)

 


Primera lectura

Hch 1, 1-11
A la vista de ellos, fue levantado al cielo

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.

EN mi primer libro, Teófilo, escribí de todo lo que Jesús hizo y enseñó desde el comienzo hasta el día en que fue llevado al cielo, después de haber dado instrucciones a los apóstoles que había escogido, movido por el Espíritu Santo.
Se les presentó él mismo después de su pasión, dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles del reino de Dios.
Una vez que comían juntos, les ordenó que no se alejaran de Jerusalén, sino: «aguarden que se cumpla la promesa del Padre, de la que me han oído hablar, porque Juan bautizó con agua, pero ustedes serán bautizados con Espíritu Santo dentro de no muchos días».
Los que se habían reunido, le preguntaron, diciendo:
«Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino a Israel?».
Les dijo:
«No les toca a ustedes conocer los tiempos o momentos que el Padre ha establecido con su propia autoridad; en cambio, recibirán la fuerza del Espíritu Santo que va a venir sobre ustedes y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría y “hasta el confín de la tierra”».
Dicho esto, a la vista de ellos, fue elevado al cielo, hasta que una nube se lo quitó de la vista. Cuando miraban fijos al cielo, mientras él se iba marchando, se les presentaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron:
«Galileos, ¿qué hacen ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que ha sido tomado de entre ustedes y llevado al cielo, volverá como lo han visto marcharse al cielo».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 46, 2-3. 6-7. 8-9 (R.: 6)

R. Dios asciende entre aclamaciones;
el Señor, al son de trompetas.


O bien:

R. Aleluya.

V. Pueblos todos, batan palmas,
aclamen a Dios con gritos de júbilo;
porque el Señor altísimo es terrible,
emperador de toda la tierra. 
R.

V. Dios asciende entre aclamaciones;
el Señor, al son de trompetas:
toquen para Dios, toquen;
toquen para nuestro Rey, toquen. 
R.

V. Porque Dios es el rey del mundo:
toquen con maestría.
Dios reina sobre las naciones,
Dios se sienta en su trono sagrado. 
R.

 

Segunda lectura

Ef 1, 17-23

Lo sentó a su derecha en el cielo

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios.

HERMANOS:
El Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, les dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo, e ilumine los ojos de su corazón para que comprendan cuál es la esperanza a la que los llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos, y cuál la extraordinaria grandeza de su poder en favor de nosotros, los creyentes, según la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en el cielo, por encima de todo principado, poder, fuerza y dominación, y por encima de todo nombre conocido, no solo en este mundo, sino en el futuro.
Y «todo lo puso bajo sus pies», y lo dio a la Iglesia, como Cabeza, sobre todo. Ella es su cuerpo, plenitud del que llena todo en todos.

Palabra de Dios.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Vayan y hagan discípulos a todos los pueblos —dice el Señor—; yo estoy con ustedes todos los días, hasta el final de los tiempos. R.

 

Evangelio

Mt 28, 16-20

Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra

Conclusión del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado.
Al verlo, ellos se postraron, pero algunos dudaron.
Acercándose a ellos, Jesús les dijo:
«Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra.
Vayan, pues, y hagan discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que les he mandado.
Y sepan que yo estoy con ustedes todos los días, hasta el final de los tiempos».

Palabra del Señor.

 

1

 

 

“No se queden mirando al cielo”

 

Queridos hermanos y hermanas:

Celebramos hoy la solemnidad de la Ascensión del Señor. Y podríamos pensar, a primera vista, que esta fiesta nos habla de una ausencia: Jesús sube al cielo, se separa visiblemente de los discípulos y deja de caminar con ellos como lo había hecho en Galilea, en Judea, en los caminos polvorientos de Palestina.

Pero la Ascensión no es la fiesta de un Jesús que se va para desentenderse del mundo. No es la despedida triste de un Maestro que abandona a sus amigos. La Ascensión es, más bien, la proclamación de una presencia nueva. Cristo asciende al Padre, pero no se aleja de la humanidad. Entra en la gloria de Dios llevando consigo nuestra carne, nuestra historia, nuestras heridas, nuestras esperanzas. Desde hoy, la humanidad tiene un lugar en el corazón mismo de Dios.

Por eso el salmo nos invita a cantar: “Dios asciende entre aclamaciones; el Señor, al son de trompetas”. No se trata de una escena de derrota, sino de victoria. No se trata de una ausencia, sino de un señorío. Cristo resucitado es constituido Señor del universo. San Pablo lo expresa con una fuerza admirable en la carta a los Efesios: Dios lo sentó a su derecha en el cielo, por encima de todo poder, dominación y señorío, y lo dio a la Iglesia como cabeza de todo.

Cristo sube al cielo, pero no abandona la tierra. Cristo entra en la gloria, pero no deja sola a su Iglesia. Cristo reina junto al Padre, pero sigue actuando en medio de nosotros por la fuerza del Espíritu Santo.

La primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles, nos muestra a los discípulos todavía confundidos. Ellos preguntan: “Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?”. Es una pregunta comprensible. Han visto morir a Jesús. Lo han visto resucitado. Han compartido con Él durante cuarenta días. Y ahora piensan que ha llegado el momento de una intervención definitiva, visible, espectacular. Quieren saber fechas, planes, calendarios, resultados.

Pero Jesús no satisface esa curiosidad. Les responde: “No les toca a ustedes conocer los tiempos y momentos que el Padre ha establecido con su autoridad”. Es decir: no pretendan controlar el misterio de Dios. No quieran saberlo todo. No reduzcan la fe a cálculos humanos. No conviertan la esperanza en impaciencia.

Y enseguida les dice lo verdaderamente importante: “Recibirán la fuerza del Espíritu Santo y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta los confines de la tierra”.

Ahí está el centro de esta solemnidad. Jesús no les entrega a sus discípulos un calendario secreto. Les entrega una misión. No les da una explicación completa del futuro. Les promete el Espíritu Santo. No les dice: “quédense tranquilos mirando cómo yo lo hago todo”. Les dice: “ustedes serán mis testigos”.

La Ascensión, entonces, no es una invitación a mirar pasivamente al cielo, sino a comprometernos activamente con la tierra. No es una espiritualidad de evasión, sino de misión. No es una fe que se refugia en las nubes, sino una fe que camina por las calles, entra en las casas, consuela a los tristes, levanta a los caídos, anuncia la misericordia, defiende la dignidad humana, acompaña a los pobres y proclama que Cristo está vivo.

Por eso aparecen aquellos dos hombres vestidos de blanco que dicen a los discípulos: “Galileos, ¿qué hacen ahí plantados mirando al cielo?”. Es una frase fuerte. Como si dijeran: “No se queden paralizados. No conviertan la fe en nostalgia. No vivan de recuerdos. No se refugien en una devoción sin compromiso. El Señor volverá, sí; pero mientras tanto, ustedes tienen una tarea”.

Cuántas veces también nosotros nos quedamos “mirando al cielo”. No necesariamente porque oremos demasiado, sino porque a veces confundimos la fe con la pasividad. Miramos al cielo esperando que Dios resuelva lo que nosotros no queremos enfrentar. Miramos al cielo para no mirar al hermano que sufre. Miramos al cielo para no asumir responsabilidades. Miramos al cielo para escapar de las heridas de la historia.

Pero los ángeles nos despiertan: “¿Qué hacen ahí parados?”. La Pascua no nos deja inmóviles. La resurrección de Cristo pone a la Iglesia en camino. La Ascensión inaugura una itinerancia apostólica. Es decir, una Iglesia que no se queda encerrada, que no se acomoda, que no se instala definitivamente en ninguna seguridad humana, sino que se deja mover por el Espíritu.

El Evangelio de Mateo nos sitúa en un monte de Galilea. Allí Jesús se encuentra con los Once. Y el evangelista, con una honestidad impresionante, nos dice: “Al verlo, ellos se postraron, pero algunos dudaron”. Qué consuelo tan grande hay en esa frase. Los discípulos están delante del Resucitado, lo adoran, pero algunos dudan.

La fe de los apóstoles no fue una fe perfecta desde el primer momento. No fueron héroes sin grietas. No fueron creyentes sin preguntas. No fueron misioneros sin miedo. También ellos experimentaron la mezcla de adoración y duda, de amor y fragilidad, de entusiasmo y temor.

Y, sin embargo, Jesús los envía. No espera a que sean perfectos. No les exige primero resolver todas sus dudas. No les pide tener una seguridad psicológica absoluta. No les dice: “Cuando estén completamente preparados, entonces vayan”. Les dice: “Vayan y hagan discípulos a todos los pueblos”.

Esta es una gran enseñanza para nosotros. Muchas veces creemos que para servir a Dios tenemos que estar impecables, totalmente fuertes, sin miedo, sin heridas, sin preguntas. Pero el Evangelio nos muestra que Jesús envía a hombres reales, no a ángeles. Envía a discípulos que adoran, pero también dudan. Envía a personas frágiles, pero disponibles. Envía a hombres que han fallado, que lo han abandonado, que han tenido miedo, pero que ahora se dejan reconstruir por su misericordia.

La misión no nace de nuestra perfección. Nace de la autoridad de Cristo y de la fuerza del Espíritu Santo.

Jesús dice: “Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra”. No se trata de un poder de dominio al estilo humano. No es el poder que aplasta, humilla o manipula. Es el poder del amor vencedor. Es el poder de la cruz glorificada. Es el poder de quien ha vencido el pecado y la muerte no destruyendo a sus enemigos, sino entregando la vida por ellos.

Desde esa autoridad, Jesús manda: “Vayan”. Ese verbo es fundamental. La Iglesia no nace para quedarse quieta. La Iglesia no existe para mirarse a sí misma. La Iglesia no puede contentarse con conservar estructuras, repetir costumbres o administrar nostalgias. La Iglesia existe para evangelizar.

“Vayan y hagan discípulos a todos los pueblos”. No dice: “vayan y consigan admiradores”. No dice: “vayan y aumenten estadísticas”. No dice: “vayan y formen grupos cerrados”. Dice: “hagan discípulos”. El discípulo es alguien que aprende a vivir con Jesús, a escuchar su Palabra, a caminar tras sus pasos, a dejarse transformar por su amor.

La misión no consiste simplemente en transmitir ideas religiosas. Consiste en introducir a otros en una relación viva con Cristo. Por eso Jesús habla del bautismo: “bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”. La fe cristiana no es solo ética, ni cultura, ni tradición familiar. Es entrar en la vida trinitaria. Es ser sumergidos en el amor del Padre, en la gracia del Hijo y en la comunión del Espíritu Santo.

Y añade: “enseñándoles a guardar todo lo que les he mandado”. Evangelizar es también enseñar a vivir. No basta decir “Señor, Señor”. Hay que aprender el mandamiento del amor. Hay que guardar la Palabra. Hay que traducir la fe en vida concreta: perdonar, servir, compartir, cuidar, acompañar, anunciar, reconciliar.

Por eso la Ascensión nos hace mirar la misión desde tres claves.

La primera clave es la humildad. Los discípulos descubren que no lo saben todo. “No les toca conocer los tiempos y momentos”. Esta frase nos libra de la soberbia religiosa. Nadie posee a Dios. Nadie controla completamente sus planes. Nadie puede encerrar el Reino en sus propios cálculos. La Iglesia camina en obediencia, no en autosuficiencia.

También nosotros, como creyentes, tenemos que aceptar nuestros límites. No sabemos todo. No entendemos todo. No tenemos respuesta inmediata para cada dolor. Pero sí sabemos lo esencial: Cristo ha resucitado, Cristo está vivo, Cristo nos envía, Cristo nos acompaña.

La segunda clave es la responsabilidad. Jesús no dice: “Yo lo haré todo mientras ustedes observan”. Dice: “serán mis testigos”. La fe cristiana no nos infantiliza. Dios nos asocia a su obra. Nos confía responsabilidades. Nos hace colaboradores de su Reino.

Cada bautizado tiene una misión. No solo el Papa, los obispos, los sacerdotes o los religiosos. Cada padre y madre de familia, cada catequista, cada joven, cada anciano, cada trabajador, cada enfermo que ofrece su sufrimiento, cada persona que intenta vivir el Evangelio en medio de sus circunstancias, participa de esta misión.

Ser testigos no significa hablar mucho de Dios sin vivirlo. Significa que nuestra vida deje ver algo de Cristo. Que quien se acerque a nosotros encuentre un poco de su misericordia, de su paciencia, de su verdad, de su esperanza.

La tercera clave es el Espíritu Santo. “Recibirán la fuerza del Espíritu Santo”. Esta es la única fuerza verdadera de la Iglesia. No son primero los recursos, ni los edificios, ni las estrategias, ni los prestigios humanos. Todo eso puede ayudar, pero no sustituye al Espíritu. Una Iglesia sin Espíritu se vuelve pesada, burocrática, cansada, temerosa. Una comunidad sin Espíritu puede conservar ritos, pero pierde fuego. Puede hablar de misión, pero sin pasión. Puede organizar actividades, pero sin alma.

Nos queda una semana para Pentecostés. Esta solemnidad nos invita a prepararnos intensamente. ¿Sobre quiénes queremos invocar el Espíritu Santo? ¿Sobre nuestras familias heridas? ¿Sobre los jóvenes confundidos? ¿Sobre los enfermos? ¿Sobre los que han perdido la esperanza? ¿Sobre nuestra Iglesia, llamada siempre a renovarse? ¿Sobre nuestros gobernantes y pueblos necesitados de justicia y paz? ¿Sobre nuestras comunidades para que no se duerman en la rutina?

Pidamos el Espíritu para no ser cristianos inmóviles. Para no vivir una fe cómoda, tibia, repetitiva. Pidamos el Espíritu para atrevernos a dar nuevos pasos, a salir de nuestros encierros, a cruzar fronteras, a dialogar con quienes piensan distinto, a anunciar el Evangelio con lenguaje cercano, a cuidar a quienes han sido olvidados.

Porque la Ascensión relativiza las fronteras. Jesús dice: “a todos los pueblos”. El Evangelio no pertenece a un grupo cerrado. No es propiedad de una cultura, de una nación, de una clase social, de una generación. La misión de la Iglesia es universal. Allí donde haya un corazón humano, allí debe resonar la buena noticia de Cristo.

En nuestras comunidades también hay “confines de la tierra”. A veces no están lejos geográficamente. Están en la persona que vive al lado y se siente sola. En el joven que ya no encuentra sentido a la fe. En la familia dividida. En el enfermo que casi nadie visita. En el pobre que se acostumbró a no esperar nada. En quien se alejó de la Iglesia porque se sintió juzgado, ignorado o herido. Allí también nos envía Jesús.

La Ascensión nos recuerda que la Iglesia vive en una situación provisional. No estamos instalados definitivamente en este mundo. Caminamos hacia la plenitud del Reino. Pero esa esperanza futura no nos desentiende del presente. Al contrario, nos compromete más. Porque sabemos que Cristo volverá, queremos vivir vigilantes. Porque sabemos que Él reina, no nos arrodillamos ante los ídolos del poder, del dinero, de la violencia o del egoísmo. Porque sabemos que nuestra patria definitiva está en Dios, trabajamos para que esta tierra sea más humana, más fraterna, más justa y más evangélica.

Hermanos y hermanas: hoy Jesús asciende, pero nos deja una promesa maravillosa: “Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”. Esta es la frase que sostiene a la Iglesia. No estamos solos. No evangelizamos solos. No cargamos solos la vida. No enfrentamos solos las pruebas. No caminamos solos en medio de la incertidumbre.

Cristo está con nosotros todos los días. No solo los días luminosos, también los días grises. No solo cuando sentimos fervor, también cuando dudamos. No solo cuando la comunidad está fuerte, también cuando parece frágil. No solo cuando todo sale bien, también cuando la misión se vuelve costosa.

La Ascensión no nos deja huérfanos. Nos pone en camino. Nos arranca de la comodidad. Nos libera de la nostalgia. Nos hace levantar la mirada, sí, pero no para escapar del mundo, sino para recibir de Dios la fuerza necesaria para servirlo mejor.

Que en esta Eucaristía escuchemos de nuevo la voz del Señor: “Vayan”. Vayan a sus casas, a sus trabajos, a sus comunidades, a sus redes, a sus barrios, a sus islas, a sus pueblos, a sus familias. Vayan no como dueños de la verdad, sino como testigos humildes. Vayan no con arrogancia, sino con misericordia. Vayan no apoyados solo en sus fuerzas, sino en el Espíritu Santo.

Y que, mientras esperamos Pentecostés, podamos preguntarnos sinceramente: ¿qué desplazamiento me está pidiendo hoy el Señor? ¿De qué comodidad debo salir? ¿A qué persona debo acercarme? ¿Qué frontera debo cruzar? ¿Dónde quiere Cristo que yo sea testigo de su Evangelio?

Que María, la mujer creyente, la que permaneció con los discípulos esperando el Espíritu, nos acompañe en esta semana de preparación. Ella no se quedó mirando al cielo con nostalgia; permaneció en oración con la Iglesia naciente. Que también nosotros permanezcamos unidos, orantes y disponibles.

Y que Cristo glorioso, sentado a la derecha del Padre, siga sosteniendo nuestra fe y repitiéndonos al corazón:
“No tengan miedo. Yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo”. Amén.

 

2

 

Queridos hermanos y hermanas:

Celebramos hoy la solemnidad de la Ascensión del Señor. Jesús resucitado, después de haberse manifestado a sus discípulos, sube al cielo y entra en la gloria del Padre. Pero esta fiesta no significa que Jesús se aleja de nosotros. No celebramos la ausencia del Señor, sino una presencia nueva, más profunda, más universal y más misteriosa. Cristo sube al cielo, pero permanece con su Iglesia. Deja de ser visible a los ojos de sus discípulos, pero comienza a estar presente en todos los pueblos, en todos los tiempos, en todos los corazones que lo acogen.

En la primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles, los discípulos todavía tienen una pregunta muy humana: “Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?”. Ellos quisieran saber cuándo vendrá la plenitud, cuándo se arreglará todo, cuándo Dios intervendrá definitivamente. Pero Jesús les responde que no les corresponde conocer los tiempos y momentos que el Padre ha establecido. En cambio, les promete algo mucho más importante: “Recibirán la fuerza del Espíritu Santo y serán mis testigos… hasta los confines de la tierra”.

Aquí está el centro de esta fiesta: Jesús sube al cielo, pero nos deja una misión en la tierra. La Ascensión no es una invitación a quedarnos mirando las nubes, sino a salir al mundo como testigos del Evangelio. Por eso aquellos dos hombres vestidos de blanco les dicen a los apóstoles: “Galileos, ¿qué hacen ahí plantados mirando al cielo?”. Es como si les dijeran: “No se queden paralizados. No conviertan la fe en nostalgia. No esperen que Dios haga todo sin ustedes. Vuelvan al camino, porque comienza la misión”.

El Evangelio de Mateo recoge las últimas palabras de Jesús: “Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, pues, y hagan discípulos a todos los pueblos”. Son palabras solemnes, palabras de envío, palabras que marcan la identidad de la Iglesia. Jesús no dice simplemente: “Recuerden lo que les enseñé”. Tampoco dice: “Consérvense como un pequeño grupo cerrado”. Les dice: “Vayan”. La Iglesia nace en salida. La fe cristiana no está hecha para quedarse encerrada, sino para comunicarse, compartirse y hacerse vida en medio del mundo.

Y esa misión parece enorme, casi imposible: hacer discípulos a todos los pueblos, bautizar en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, enseñar a guardar todo lo que Jesús ha mandado. Aquellos once discípulos eran pocos, frágiles, heridos por el miedo y por sus propias contradicciones. Incluso Mateo dice que algunos dudaban. Y, sin embargo, Jesús los envía.

Esto es profundamente consolador. Jesús no espera a que sus discípulos sean perfectos para confiarles la misión. No les pide que primero resuelvan todas sus dudas o que sean héroes sin debilidades. Los envía tal como son, pero no los envía solos. Los envía apoyados en su autoridad: “Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra”. Y los envía sostenidos por su promesa: “Yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo”.

También nosotros somos parte de esta historia. Por el Bautismo fuimos incorporados a Cristo y participamos de su misión sacerdotal, profética y real. No somos simples espectadores de la evangelización. Cada bautizado tiene una tarea en el Reino de Dios. Cada cristiano está llamado a ser puente entre Dios y los demás.

San John Henry Newman lo expresó bellamente en una oración: “Dios me ha creado para prestarle un servicio concreto. Me ha encomendado una obra que no ha encomendado a otro. Tengo mi misión”. Esta frase nos recuerda que ninguno de nosotros está de sobra en la Iglesia. Nadie es inútil para Dios. Cada uno tiene una palabra que decir, un testimonio que dar, una persona que acompañar, una herida que consolar, una esperanza que sembrar.

A veces pensamos que evangelizar es solo predicar, enseñar catequesis o ir a misiones lejanas. Y claro, también es eso. Pero evangelizar comienza muchas veces en lo sencillo: en una familia donde se ora, en un gesto de perdón, en una palabra que anima, en una visita al enfermo, en una actitud honesta, en una vida coherente, en una mano tendida a quien sufre.

Newman decía también: “Si estoy enfermo, mi enfermedad puede servirle; si estoy perplejo, mi perplejidad puede servirle; si estoy triste, mi tristeza puede servirle”. Qué hermoso pensamiento. Cristo puede servirse de todo lo que somos, incluso de nuestras pobrezas, si se las entregamos. El Señor puede hacer fecunda nuestra alegría, pero también nuestro dolor. Puede usar nuestra salud, pero también nuestra enfermedad. Puede servirse de nuestras certezas, pero también de nuestras búsquedas. Lo importante es decirle: “Señor, aquí estoy. Haz de mi vida un instrumento de tu Evangelio”.

La Ascensión nos invita a mirar hacia arriba, sí, pero no para escapar del mundo. Miramos hacia arriba para recordar que Cristo reina, que la muerte no tiene la última palabra, que nuestra vida tiene destino de eternidad. Pero miramos también hacia la tierra, porque aquí tenemos una misión. Aquí están los hermanos que esperan consuelo. Aquí están los jóvenes que necesitan sentido. Aquí están los pobres, los enfermos, los alejados, los que dudan, los que han perdido la esperanza. Aquí está el campo donde debemos sembrar el Evangelio.

San Pablo, en la carta a los Efesios, pide para nosotros “espíritu de sabiduría y revelación” para conocer mejor a Cristo. Eso necesitamos: sabiduría para comprender nuestra vocación, luz para descubrir la esperanza a la que hemos sido llamados y fuerza para vivir como miembros de la Iglesia, cuerpo de Cristo.

Queridos hermanos: la Ascensión no cierra la historia de Jesús; abre el tiempo de la Iglesia. No termina la misión; la entrega en nuestras manos. No nos deja huérfanos; nos asegura una presencia permanente: “Yo estoy con ustedes todos los días”.

Que esta Eucaristía renueve en nosotros la alegría de sabernos llamados y enviados. Preguntémonos hoy: ¿cuál es mi misión concreta? ¿A quién quiere acercar Dios a través de mí? ¿En qué ambiente debo ser testigo de Cristo? ¿Qué parte de mi vida, incluso mis heridas y mis límites, puedo poner al servicio del Evangelio?

Que María, que acompañó a los discípulos en la espera del Espíritu Santo, nos ayude a vivir esta semana camino a Pentecostés con un corazón abierto, disponible y misionero.

Y que Cristo glorioso, Señor del cielo y de la tierra, nos conceda la gracia de no quedarnos mirando al cielo con nostalgia, sino de caminar por la tierra con esperanza, anunciando con nuestra vida que Él está vivo y permanece con nosotros hasta el fin del mundo. Amén.

 

18 de mayo del 2026: lunes de la séptima semana de Pascua

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