viernes, 17 de julio de 2026

18 de julio del 2026: sábado de la decimoquinta semana del tiempo ordinario-II-Memoria de la Bienaventurada Virgen María en sábado

 

Por la vida

(Mateo 12,14-21) Cuando se entera de que los fariseos quieren acabar con él, Jesús se retira. No busca la muerte, sino la vida. Quienes lo siguen lo experimentan: él los cura a todos. Siervo manso y humilde, no aplasta a quien es frágil ni desalienta a quien vacila en la fe. En él pueden poner su esperanza todas las naciones.

 


Primera lectura

Miq 2, 1-5
Desean los campos y se apoderan de las casas

Lectura de la profecía de Miqueas.

¡AY de los que traman el crimen
y planean pérfidas acciones en sus camas!
En cuanto apunta el día las ejecutan,
porque tienen poder.
Desean campos y los roban,
casas, y se apoderan de ellas;
oprimen al cabeza de familia
y a los suyos,
explotan al ciudadano y sus bienes.
Por tanto, esto dice el Señor:
«Yo también tramo
contra estas gentes un mal
del que no podrán apartar el cuello
y no andarán con la cabeza alta,
pues serán malos tiempos aquellos.
Aquel día les dedicarán una sátira,
se cantará una elegía que diga:
“Estamos totalmente perdidos,
pues se reparte el lote de mi pueblo;
¿cómo se volverá hacia mí
para restituir nuestros campos
que ahora está repartiendo?”.
Por ello, no tendrás quien te eche a suertes
un lote en la asamblea del Señor».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 9, 22-23. 24-25. 28-29. 35 (R.: 33b)

R. No te olvides de los humildes, Señor.

V. ¿Por qué te quedas lejos, Señor,
y te escondes en el momento del aprieto?
En su soberbia el impío oprime al infeliz
y lo enreda en las intrigas que ha tramado.
 R.

V. El malvado se gloría de su ambición,
el codicioso blasfema y desprecia al Señor.
El malvado dice con insolencia:
«No hay Dios que me pida cuentas». 
R.

V. Su boca está llena de maldiciones,
de engaños y de fraudes;
su lengua encubre maldad y opresión;
en el zaguán se sienta al acecho,
para matar a escondidas al inocente. 
R.

V. Pero tú ves las penas y los trabajos,
tú miras y los tomas en tus manos.
A ti se encomienda el pobre,
tú socorres al huérfano. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo,
y ha puesto en nosotros el mensaje de la reconciliación. 
R.

 

Evangelio

Mt 12, 14-21

Les mandó que no lo descubrieran. Así se cumplió lo dicho por el profeta

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, al salir de la sinagoga, los fariseos planearon el modo de acabar con Jesús.
Pero Jesús se enteró, se marchó de allí y muchos lo siguieron.
Él los curó a todos, mandándoles que no lo descubrieran.
Así se cumplió lo dicho por medio del profeta Isaías:
«Miren a mi siervo, mi elegido,
mi amado, en quien me complazco.
Sobre él pondré mi espíritu
para que anuncie el derecho a las naciones.
No porfiará, no gritará, nadie escuchará su voz
por las calles.
La caña cascada no la quebrará,
la mecha vacilante no la apagará,
hasta llevar el derecho a la victoria;
en su nombre esperarán las naciones».

Palabra del Señor.

 

1

 

Dios no olvida el clamor de los humildes

 

Queridos hermanos:

Las lecturas de hoy nos presentan dos maneras opuestas de ejercer el poder. Por una parte, aparece el poder de quienes abusan, despojan y oprimen; por otra, el poder de Dios manifestado en Jesús: un poder que sana, protege, sirve y devuelve la esperanza. En este sábado, memoria de la Virgen María, contemplamos también a aquella humilde mujer que acogió la acción de Dios y se puso al servicio de su proyecto de salvación.

El profeta Miqueas pronuncia una denuncia muy fuerte: «¡Ay de los que meditan maldades y traman iniquidades en sus camas!». Se refiere a personas poderosas que pasan la noche imaginando cómo aumentar sus propiedades y, al amanecer, realizan sus planes porque tienen los medios para hacerlo. Codician los campos y se apoderan de ellos; desean las casas y las roban. Despojan al hombre de su hogar y de la herencia recibida de sus antepasados.

No se trata solamente de un pecado personal. Es una injusticia planificada y convertida en sistema. Los poderosos utilizan su posición para quedarse con lo que pertenece a los pobres. Mientras unos acumulan tierras, casas y riquezas, otros pierden el hogar, la dignidad y hasta la posibilidad de construir un futuro.

Esta palabra sigue siendo actual. También hoy existen personas que se aprovechan de la necesidad ajena, que cobran de manera injusta, que engañan al campesino, que se apropian de terrenos, que desplazan familias o que emplean su autoridad para enriquecerse. Incluso en nuestras relaciones cotidianas podemos caer en una forma más discreta de abuso cuando imponemos siempre nuestra voluntad, utilizamos al otro para nuestros intereses o permanecemos indiferentes ante su sufrimiento.

Dios, por medio de Miqueas, nos recuerda que la tierra, los bienes y la autoridad no nos fueron dados para despojar a los demás, sino para servir y construir una convivencia fraterna. Ninguna riqueza adquirida con el sufrimiento del pobre puede recibir la bendición del Señor.

Frente a esta realidad, el salmista pregunta por qué parece que Dios permanece lejos mientras el malvado persigue al humilde. El arrogante llega a decir: «Dios no lo ve; el Dios de Jacob no se entera». Es la tentación de creer que la injusticia quedará impune y que el dolor de los pequeños pasa inadvertido.

Pero el salmo responde con una certeza: Dios ve la pena y el sufrimiento. El pobre se abandona en sus manos; él es el defensor del huérfano. Por eso repetimos: «No olvides, Señor, a los humildes». Esta súplica no significa que Dios pueda olvidarlos. Es, más bien, el clamor confiado de un pueblo que sabe que el Señor escucha a quienes no tienen voz y sostiene a quienes han sido abandonados.

El Evangelio nos muestra cómo actúa concretamente este Dios defensor de los humildes. Los fariseos se ponen de acuerdo para acabar con Jesús. Ante esta amenaza, él se retira. No lo hace por cobardía ni porque renuncie a su misión. Jesús sabe que todavía no ha llegado su hora. No busca la muerte por la muerte; busca defender la vida y continuar anunciando el Reino.

Muchos lo siguen, y él cura a todos. Mientras sus adversarios traman cómo destruirlo, Jesús continúa sanando. Mientras unos utilizan su poder para quitar la vida, él emplea el suyo para restaurarla. Mientras algunos excluyen y condenan, Jesús acoge y cura.

San Mateo reconoce en él al servidor anunciado por el profeta Isaías: «No disputará ni gritará; nadie oirá su voz en las plazas. La caña cascada no la quebrará y la mecha vacilante no la apagará».

¡Qué hermosa imagen de la misericordia de Jesús! Una caña cascada es algo débil, herido, a punto de romperse. Una mecha vacilante es una pequeña llama que amenaza con apagarse. Así podemos sentirnos también nosotros: heridos por las dificultades, cansados por las luchas, debilitados por el pecado, enfermos en el cuerpo o abatidos en el alma.

Jesús no termina de quebrar lo que ya está herido. No apaga la poca luz que todavía permanece encendida. Se acerca con delicadeza, sostiene, cura y reaviva la esperanza. El Señor no humilla al pecador arrepentido ni rechaza a quien se aproxima con una fe débil. Él toma nuestra fragilidad en sus manos y, con paciencia, comienza a restaurarnos.

Esta manera de actuar debe convertirse también en el estilo de la Iglesia y de nuestras comunidades. A veces nuestras palabras pueden quebrar todavía más a quien está herido. Podemos juzgar con dureza, apagar la ilusión de alguien o condenarlo únicamente por sus errores. Sin embargo, el discípulo de Jesús está llamado a cuidar la caña cascada y a proteger la mecha vacilante.

Quizá en nuestra familia haya alguien que necesita comprensión; en la comunidad, una persona que está atravesando una crisis; entre nuestros vecinos, alguien que se siente solo o despreciado. No siempre podremos resolver todos sus problemas, pero sí podemos evitar herirlo más. Podemos escucharlo, acompañarlo, ofrecerle una palabra de aliento y hacerle sentir que su vida sigue teniendo valor.

En este sábado contemplamos a la Virgen María. Ella fue una mujer humilde que confió enteramente en Dios. En el Magníficat proclamó que el Señor derriba del trono a los poderosos, enaltece a los humildes, colma de bienes a los hambrientos y despide vacíos a los ricos. María comprendió que el Reino de Dios transforma las relaciones humanas y se pone del lado de los pequeños.

También ella supo cuidar la vida frágil. Acogió al Hijo de Dios en su seno; lo protegió siendo niño; acompañó a los esposos de Caná cuando faltó el vino; permaneció junto a Jesús al pie de la cruz y estuvo con los discípulos cuando estos se encontraban temerosos. María no quebró la caña herida ni apagó la llama vacilante: fue presencia silenciosa, materna y esperanzadora.

Pidámosle que nos enseñe a vivir con su misma delicadeza. Que nos ayude a no utilizar nuestras capacidades, bienes o autoridad para dominar, sino para servir. Que sepamos reconocer a Cristo en quienes han sido despojados, heridos o abandonados. Y cuando nosotros mismos seamos esa caña cascada o esa llama a punto de apagarse, recordemos que Jesús no viene a condenarnos, sino a levantarnos.

Que hoy podamos decir con confianza: Señor, tú ves nuestras penas y sufrimientos; no olvidas a los humildes. Sana nuestras heridas, reaviva nuestra fe y haz de nosotros instrumentos de tu ternura y defensores de la vida. Santa María, Madre de la esperanza y consuelo de los afligidos, ruega por nosotros. Amén.

 

2

 

La serena fortaleza de la mansedumbre

 

Queridos hermanos:

Las lecturas de hoy nos muestran dos formas completamente diferentes de comprender y ejercer el poder. Está el poder que domina, despoja y destruye; y está el poder de Dios, manifestado en Jesucristo, que sirve, sana y protege la vida frágil. Frente a la violencia de los poderosos, Jesús responde con la serena fortaleza de la mansedumbre.

La primera lectura contiene una denuncia vigorosa del profeta Miqueas: «¡Ay de los que meditan maldades y traman iniquidades en sus camas!». Se trata de personas que durante la noche planean cómo apoderarse de los campos y las casas de los demás, y que al amanecer ejecutan sus proyectos porque tienen el poder para hacerlo.

Aquí el pecado no es fruto de un arrebato momentáneo. Es una injusticia pensada, calculada y organizada. Estos hombres codician las propiedades ajenas, despojan a las familias de sus hogares y les arrebatan la herencia recibida de sus antepasados. Emplean el poder no para servir, sino para enriquecerse a costa de los más débiles.

La palabra de Miqueas conserva toda su actualidad. También hoy existen quienes se aprovechan de la pobreza, de la ignorancia o de la necesidad de los demás. Hay personas y grupos que se apoderan de las tierras, desplazan comunidades, pagan salarios injustos, engañan al campesino o manipulan las leyes en beneficio propio. Pero también nosotros podemos ejercer pequeños poderes de manera equivocada cuando imponemos siempre nuestra voluntad, humillamos al que depende de nosotros o utilizamos a las personas para satisfacer nuestros intereses.

Dios no permanece indiferente ante estas situaciones. Miqueas anuncia que quienes han despojado a los demás terminarán perdiendo aquello que creían poseer para siempre. La justicia de Dios nos recuerda que ninguna riqueza adquirida mediante el sufrimiento del pobre puede considerarse una verdadera bendición.

El salmo recoge el clamor de las víctimas. El salmista pregunta: «¿Por qué, Señor, te quedas lejos y te escondes en los momentos de angustia?». El malvado se siente seguro, desprecia a Dios y llega a pensar: «Dios no se entera; nunca lo verá».

Ese es uno de los mayores peligros del poder: creer que nadie ve y que nunca habrá que responder por nuestras acciones. Sin embargo, el salmo proclama una certeza: Dios contempla las penas y los trabajos; el pobre se abandona en sus manos y él es el defensor del huérfano. Por eso suplicamos: «No olvides, Señor, a los humildes».

Dios no olvida el llanto del campesino despojado, de la familia desplazada, del enfermo abandonado, del anciano despreciado ni de quien sufre silenciosamente una injusticia. Tal vez su respuesta no llegue con la rapidez que quisiéramos, pero ninguna lágrima queda fuera de su mirada.

En el Evangelio encontramos otra conspiración. Así como los poderosos denunciados por Miqueas preparaban durante la noche sus planes contra los pobres, los fariseos se reúnen para decidir cómo acabar con Jesús. ¿Qué ha hecho Jesús para provocar semejante reacción? Ha curado en sábado a un hombre que tenía una mano paralizada.

La ley del sábado debía recordar el descanso de Dios después de la creación y ofrecer al pueblo un espacio para contemplar su bondad. Pero los fariseos habían transformado ese don en una obligación pesada y escrupulosa. Se preocupaban más por el cumplimiento exterior de la norma que por el sufrimiento concreto de una persona.

Jesús, Señor del sábado, enseña que ninguna ley querida por Dios puede utilizarse para impedir el bien. La norma religiosa que no conduce al amor pierde su verdadero sentido. Nunca está prohibido sanar, levantar, consolar y devolverle dignidad a quien sufre.

Cuando Jesús descubre que quieren matarlo, se retira. No lo hace por miedo ni por cobardía. Su retirada es una manifestación de mansedumbre y discernimiento. La mansedumbre bíblica no es debilidad, pasividad ni falta de carácter; es fuerza gobernada por la sabiduría y el amor.

Jesús posee todo poder, pero no lo utiliza para destruir a sus enemigos. Podría enfrentarlos, imponerse o hacerlos desaparecer; sin embargo, se retira porque todavía no ha llegado su hora. No abandona su misión: cambia de lugar para continuarla. Muchos lo siguen y él los cura a todos.

Mientras los fariseos planean la muerte, Jesús sigue sirviendo a la vida. Mientras unos usan su autoridad para destruir, él emplea la suya para sanar. No entra en una discusión estéril ni responde a la violencia con más violencia. Continúa sembrando silenciosamente el Reino de Dios.

El evangelista ve cumplida en él la profecía de Isaías: «No disputará ni gritará; nadie oirá su voz en las plazas. La caña cascada no la quebrará y la mecha vacilante no la apagará».

La caña cascada representa a la persona herida, doblada por los golpes de la vida, aparentemente inútil y a punto de romperse. La mecha vacilante simboliza esa pequeña llama que apenas permanece encendida. Tal vez así nos sentimos algunas veces: golpeados por las dificultades, debilitados por el pecado, cansados por la enfermedad o desanimados porque nuestras oraciones parecen no ser escuchadas.

Jesús no termina de romper lo que ya está herido. No apaga la poca fe que todavía queda. Se acerca con delicadeza, sostiene nuestra fragilidad, cura nuestras heridas y vuelve a encender la esperanza. El Señor no desprecia una fe pequeña y vacilante; la protege para que pueda crecer.

Esta actitud debe orientar también nuestras relaciones. Hay personas que llegan hasta nosotros convertidas en cañas cascadas: un familiar desanimado, un joven confundido, un enfermo agotado, alguien que ha cometido errores o una persona cuya fe se está apagando. Podemos terminar de quebrarlas con nuestros juicios y palabras duras, o podemos tratarlas como Jesús: con paciencia, verdad, respeto y misericordia.

También debemos aprender que no todas las batallas deben librarse inmediatamente. Hay momentos en los que la caridad exige hablar con claridad y defender la verdad; pero existen otros en los que la sabiduría aconseja guardar silencio, retirarse de una discusión inútil y continuar haciendo el bien. Callar por prudencia no siempre es cobardía; puede ser una expresión de dominio propio y de verdadera fortaleza.

Jesús llegará a la cruz cuando llegue su hora. Entonces no huirá, sino que entregará libremente su vida. Pero en este momento se retira porque todavía debe curar, enseñar y anunciar el Reino. Necesitamos discernimiento para saber cuándo debemos mantenernos firmes y cuándo debemos apartarnos de una confrontación que no producirá ningún fruto.

En este sábado dirigimos nuestra mirada a la Virgen María. Ella es la mujer de la fortaleza serena. No necesitó imponerse ni levantar la voz para permanecer fiel. En Nazaret acogió silenciosamente la voluntad de Dios; en Caná estuvo atenta a la necesidad de los esposos; al pie de la cruz permaneció firme cuando muchos habían huido; y en el cenáculo sostuvo con su oración a la Iglesia naciente.

María conoció el poder de Dios que enaltece a los humildes y derriba del trono a los poderosos. En el Magníficat proclamó que el Señor colma de bienes a los hambrientos y dispersa a los soberbios de corazón. Su mansedumbre no fue debilidad: fue una fe firme, una esperanza perseverante y un amor dispuesto a servir.

Pidamos hoy al Señor un corazón manso y humilde. Que no utilicemos nuestras capacidades, bienes o autoridad para dominar a los demás. Que sepamos defender al pobre, escuchar su clamor y cuidar a quienes están heridos. Que aprendamos a distinguir entre el momento de hablar y el momento de callar; entre la hora de permanecer y la hora de retirarnos para seguir sirviendo.

Y cuando nosotros mismos seamos la caña cascada o la mecha que apenas humea, confiemos en Jesús. Él no viene a destruirnos, sino a restaurarnos; no viene a apagar nuestra débil esperanza, sino a encenderla nuevamente.

Que Santa María, Madre de los humildes y consuelo de los afligidos, nos enseñe la serena fortaleza de la mansedumbre y nos acompañe para que, aun en medio de la oposición, sigamos construyendo silenciosamente el Reino de la vida, la justicia y la paz. Amén.


En los 100 años de su nacimiento: Yolanda Vargas Dulché, la mamá de Memín: la mujer que llenó de historias mi infancia

 

Al cumplirse cien años del nacimiento de la gran escritora mexicana, recuerdo el universo de Memín Pinguín, su entrañable “Ma’ Linda” y aquellos amigos que también acompañaron mi niñez.




Por tanto, este 18 de julio de 2026 se cumplen cien años de su nacimiento. Y es una ocasión inmejorable para recordarla.

La mujer que llenó de historias mi infancia

Hay escritores a quienes uno descubre cuando ya conoce el significado de la palabra literatura. Otros, en cambio, llegan mucho antes: entran en nuestra vida cuando somos niños, se sientan junto a nosotros y terminan formando parte de nuestros recuerdos familiares.

Yolanda Vargas Dulché pertenece, para mí, a este segundo grupo.

Su nombre quizás no me resultaba familiar durante mis primeros años, pero su criatura más célebre sí lo era. Crecí rodeado de Memín Pinguín, de su madre, la inolvidable Eufrosina —su “Ma’ Linda”, a quien muchos lectores llamábamos cariñosamente “Gran Ma”—, y de sus inseparables amigos Carlos “Carlangas” Arozamena, Ernesto Vargas y Ricardo Arcaraz.

Aquel mundo me conquistó desde muy niño.

Las revistas de Memín no eran para mí simples cuadernos de historietas. Cada ejemplar abría una ventana hacia un universo donde cabían la travesura y el sufrimiento, la escuela y la calle, el fútbol y las peleas, la pobreza y la dignidad, el compañerismo, los errores, el arrepentimiento y el inmenso amor de una madre.

Memín podía hacernos reír con sus ocurrencias y, pocas páginas después, conmovernos hasta las lágrimas. Era inquieto, exagerado, ingenuo, a veces incorregible, pero poseía un corazón noble. Se equivocaba, recibía las consecuencias de sus actos y volvía a levantarse. Sobre todo, amaba entrañablemente a su madre.

Tal vez allí se encontraba uno de los grandes secretos de la historieta: los lectores no solamente contemplábamos las aventuras de unos personajes; sentíamos que caminábamos con ellos. Éramos, de alguna manera, el quinto integrante de aquella pandilla.

Una infancia pobre que se convirtió en semillero de personajes

Yolanda fue hija de Armando Vargas de la Maza, periodista, actor y cineasta, y de Josefina Dulché. Sus padres se separaron cuando ella tenía apenas cinco años. Durante algún tiempo fue internada en un colegio de religiosas, experiencia que, según contó muchos años después, resultó especialmente dura.

Regresó después al lado de su madre, pero el padre ya no vivía con ellas. Yolanda, su madre y su hermana Elba tuvieron que enfrentar estrecheces económicas y frecuentes cambios de residencia y escuela.

Paradójicamente, aquella inestabilidad le permitió conocer niños de ambientes muy diversos. Observó sus maneras de hablar, sus juegos, sus conflictos y sus sueños. Muchos de esos rostros terminarían reapareciendo, transformados por la imaginación, en sus historietas.

Durante la secundaria escribió en una libreta un texto autobiográfico titulado Cristal. Quería —según explicó ella misma— contar su vida con transparencia, “sin ninguna opacidad”. Más tarde envió algunos cuentos a El Universal, que fueron publicados con comentarios favorables.

Era autodidacta. No tuvo una formación universitaria, pero poseía tres dones esenciales para una narradora: sabía observar, sabía escuchar y comprendía el corazón humano.

De cantante a contadora de historias

Antes de alcanzar la fama como escritora, Yolanda y su hermana Elba incursionaron en el canto. Formaron el dueto Rubia y Morena y actuaron en la famosa emisora XEW. Interpretaron canciones relacionadas con figuras como Agustín Lara, Pedro Vargas y Toña la Negra.

La música, sin embargo, no proporcionaba suficientes ingresos. Yolanda comenzó entonces a escribir cuentos, reportajes y argumentos para historietas. Colaboró con publicaciones como El Universal, Esto, Chamaco Chico y Pepín, perteneciente a la cadena editorial de José García Valseca.

La Enciclopedia de la Literatura en México sitúa sus primeras publicaciones en 1941, sus reportajes en Esto en 1943 y la consolidación de Memín Pinguín hacia 1945.

En aquellas redacciones se trabajaba a una velocidad hoy difícil de imaginar. El argumento debía escribirse, convertirse en guion, dividirse en escenas y pasar a dibujantes, fondistas y letristas. Todo debía estar preparado para la siguiente edición. Yolanda demostró una extraordinaria capacidad para producir relatos populares sin perder el hilo emocional de sus personajes.

El nacimiento de Memín Pinguín

Memín apareció inicialmente dentro de una sección llamada Almas de niño. En aquella primera etapa era un personaje secundario, pero su personalidad fue creciendo hasta reclamar una historia propia.

El nombre tenía un origen afectivo. Guillermo de la Parra, entonces novio de Yolanda y posteriormente su esposo, le contó que de niño era tan travieso que lo llamaban “Pingo” o “Memín Pinguín”. Ella tomó el apodo y se lo entregó a su personaje.

Su apariencia estuvo relacionada con un viaje que Yolanda realizó a Cuba junto con su hermana. Allí observó a niños afrodescendientes que llamaron poderosamente su atención. Con el tiempo, diversos dibujantes ayudaron a definir gráficamente al personaje. Entre ellos sobresalió Sixto Valencia, responsable de la imagen más reconocida de Memín.

Yolanda decía que, cuando un personaje adquiría verdadera fuerza, comenzaba a moverse solo y ella se limitaba a seguirlo. Confesó que muchas veces se reía mientras escribía las ocurrencias del pequeño. Su madre le preguntaba de qué se reía, y Yolanda respondía que de las “tarugadas” de Memín.

Pero detrás de las travesuras había algo profundamente autobiográfico. Memín crecía sin padre y encontraba en Eufrosina el centro de su universo. Yolanda reconoció que el amor de Memín hacia su madre reflejaba el amor que ella misma había sentido por Josefina Dulché, la mujer con quien había compartido las dificultades de su infancia.

Eufrosina: pobreza, maternidad y dignidad

No se puede hablar de Memín sin hablar de Eufrosina.

La madre de Memín era pobre, trabajadora, protectora y enérgica. Podía reprender severamente a su hijo, pero también era capaz de sacrificarse por él hasta el extremo. No poseía bienes ni educación académica, pero tenía algo mucho más grande: dignidad.

En ella reconocíamos a tantas madres latinoamericanas que han criado a sus hijos en medio de la escasez; mujeres que trabajan, corrigen, cocinan, consuelan, rezan y hacen milagros cotidianos para que el alimento alcance.

Desde una lectura pastoral, el vínculo entre Memín y su madre tocaba una verdad profundamente humana: somos salvados muchas veces por personas sencillas cuyo amor permanece cuando todo lo demás falla. En Eufrosina había dureza exterior y ternura inmensa; pobreza material y una extraordinaria riqueza de corazón.

Una obra mucho más amplia que Memín

Aunque Memín fue su personaje más popular, Yolanda Vargas Dulché creó más de sesenta historias. Entre las más conocidas se encuentran:

  • María Isabel
  • Rubí
  • Yesenia
  • El pecado de Oyuki
  • Ladronzuela
  • Encrucijada
  • Gabriel y Gabriela
  • Vagabundo
  • Cinco rostros de mujer

Muchas de ellas pasaron de la historieta a la radio, el cine y la televisión. María Isabel, Rubí, Yesenia y El pecado de Oyuki conocieron adaptaciones que alcanzaron enorme popularidad dentro y fuera de México.

Sus protagonistas femeninas no siempre respondían al modelo de la mujer resignada y pasiva. Algunas luchaban contra los prejuicios sociales; otras se enfrentaban a la pobreza, la marginación o el abandono. Rubí, por ejemplo, encarnaba la inteligencia y la belleza utilizadas al servicio de la ambición. María Isabel representaba la nobleza y dignidad de una mujer indígena. Oyuki permitía asomarse —con los límites propios de la mirada occidental de entonces— a la cultura japonesa.

Yolanda escribía melodramas, pero conocía muy bien las posibilidades del género. Sabía que la vida popular no está compuesta solamente por ideas abstractas: está hecha de afectos, pérdidas, injusticias, amores, traiciones, lágrimas y esperanzas.

De escritora popular a empresaria

En 1951957 Yolanda se separó de la organización editorial de García Valseca y fundó con su esposo Guillermo de la Parra la Editorial Argumentos, que posteriormente se convertiría en Editorial Vid.

El camino no estuvo exento de dificultades. Hubo fracasos iniciales, riesgos financieros y necesidad de comenzar nuevamente. Sin embargo, el éxito de publicaciones como Lágrimas, Risas y Amor consolidó el proyecto.

Yolanda llegó a ser una de las escritoras más leídas de México. Sus historias circularon no solamente por América Latina, sino también por países como Italia, Indonesia, China, Japón y Filipinas. En Colombia, Memín encontró un público especialmente fiel. Sus revistas pasaban de mano en mano, se intercambiaban, se coleccionaban y se volvían a leer.

Junto con su esposo incursionó también en la industria hotelera. Aquella niña que había conocido la pobreza llegó a convertirse en una importante empresaria, sin abandonar nunca su oficio esencial: contar historias.

¿Cuál era su creencia religiosa?

No he encontrado una fuente biográfica suficientemente sólida que permita afirmar con precisión cuál era su práctica religiosa personal, ni sería responsable atribuirle una militancia confesional que no está documentada.

Sabemos que durante una etapa de su niñez estuvo interna en un colegio de religiosas. Además, en sus obras aparecen convicciones morales cercanas al ambiente cristiano y popular del México de su tiempo: el valor de la familia, el sacrificio materno, el arrepentimiento, el perdón, la recompensa del bien y la convicción de que cada persona cosecha aquello que siembra.

Ella misma afirmaba que las vidas sufridas terminaban encontrando alguna recompensa y que, tarde o temprano, “todo se paga”. Sin embargo, estas ideas deben presentarse como parte de su sensibilidad moral y de su visión narrativa, no como prueba concluyente de una fe católica explícitamente practicada.

Lo cierto es que sus mejores personajes expresan una confianza persistente en la posibilidad de la conversión. En sus historias casi nadie es completamente bueno ni absolutamente malo. Las personas se equivocan, hieren, sufren, aprenden y algunas veces cambian. Esa mirada compasiva constituye uno de los rasgos más humanos de su literatura.

Memín ante la sensibilidad de nuestro tiempo

Un homenaje verdadero no debe convertirse en una idealización incapaz de reconocer las preguntas que el paso del tiempo plantea.

La representación gráfica de Memín utilizó rasgos exagerados procedentes de antiguas caricaturas raciales. La controversia alcanzó especial intensidad en 2005, cuando México emitió una serie de estampillas con su imagen. Investigadores y organizaciones afrodescendientes señalaron que esa apariencia reproducía estereotipos ofensivos y contribuía a normalizar formas de discriminación. La discusión fue estudiada incluso en ámbitos académicos, como muestra este análisis sobre Memín, racismo y discriminación.

No debemos negar esa dimensión. Una cosa es el cariño que millones de lectores sentimos por el personaje y por los valores de sus historias, y otra la necesidad de examinar críticamente una iconografía nacida en un contexto cultural diferente.

Podemos conservar la memoria afectiva y, al mismo tiempo, aprender. Podemos reconocer la intención de presentar a un niño noble, alegre y digno, pero también escuchar a quienes encuentran dolorosa su representación. La nostalgia no debe cerrar nuestros ojos ante la dignidad de los pueblos afrodescendientes.

En Colombia, tierra de una inmensa riqueza afrocolombiana, esta lectura resulta especialmente necesaria. El mejor homenaje a Memín sería conservar su alegría, su amor filial y su sentido de la amistad, pero liberarlo de cuanto pueda reducir a una persona a una caricatura de su raza.

Sus últimos años

Yolanda continuó participando en adaptaciones de sus obras durante las últimas décadas de su vida. Alondra, estrenada en 1995 e inspirada en su historia Casandra, fue uno de sus últimos grandes éxitos televisivos. También intervino en la nueva adaptación de María Isabel, emitida entre 1997 y 1998.

En sus últimos años trabajaba en Aroma del tiempo, obra de carácter autobiográfico que quedó inconclusa.

Falleció durante la madrugada del 8 de agosto de 1999, en su residencia del Pedregal de San Ángel, en Ciudad de México. Estaba acompañada por su esposo, Guillermo de la Parra. Según el testimonio familiar recogido por la prensa, su muerte fue inesperada: la noche anterior todavía había compartido y bromeado con los suyos.

Dejó cinco hijos, numerosos nietos y una familia vinculada al mundo de la cultura. Entre sus descendientes se encuentran la directora de orquesta Alondra de la Parra y el actor y cantante Mané de la Parra.

La mamá de Memín

Cuando pienso en Yolanda Vargas Dulché, no pienso solamente en cifras de ventas, editoriales, películas o telenovelas. Pienso en una mujer que supo entrar en el corazón de los niños sin tratarlos como seres incapaces de comprender el sufrimiento.

En las páginas de Memín había humor, pero también pobreza; aventuras, pero también discriminación; travesuras, pero también consecuencias; lágrimas, pero nunca desesperanza definitiva.

Hoy comprendo que aquellas revistas también me enseñaron algo acerca de la amistad. Carlangas, Ernestillo y Ricardo tenían temperamentos y condiciones sociales diferentes, pero permanecían unidos. Discutían, se peleaban, se reconciliaban y volvían a caminar juntos. En aquel grupo cabían la diversidad, la lealtad y el aprendizaje de vivir con otros.

Y estaba siempre la Gran Ma, Eufrosina, recordándonos que detrás de muchos niños inquietos existe una madre que espera, trabaja y ama.

Por eso, al cumplirse cien años del nacimiento de Yolanda Vargas Dulché, quiero recordarla desde la gratitud. Fue la “Reina de las Historietas”, pero para varias generaciones será siempre algo más entrañable: la mamá literaria de Memín.

Gracias, doña Yolanda, por aquel niño travieso que se coló en nuestras casas; por sus amigos inseparables; por la nobleza de Eufrosina; por enseñarnos que también se puede llorar leyendo una historieta y que la literatura popular, cuando nace de la observación y la empatía, puede acompañarnos durante toda la vida.

Aquel mundo dibujado en pequeñas viñetas no fue para mí un pasatiempo cualquiera. Fue parte de mi infancia. Y cada vez que recuerdo a Memín corriendo hacia los brazos de su “Ma’ Linda”, vuelvo por un instante a ser aquel niño que abría una revista y encontraba dentro de ella un mundo entero.

 

17 de julio del 2026: viernes de la decimoquinta semana del tiempo ordinario II

 

Surge una esperanza

(Isaías 38, 10, 11, 12abcd, 16-17ª) ¿Cómo no estremecernos ante la idea de que el hilo de nuestra existencia se cortará irremediablemente? En su canto, Ezequías, asaltado por la angustia de la muerte, da testimonio de nuestra humanidad marcada por la finitud. Pero desde lo más profundo de su abandono surge una esperanza: “Sí, tú me sanarás, me harás vivir: aquí está mi amargura convertida en paz.» Una certeza que brilla para nosotros en el rostro del Resucitado, primogénito de entre los muertos. 

Benedicta de la Cruz, cisterciense

 

(Mateo 12, 1-8)  ¿Cuántas personas se ven privadas de alimentos por la sacrosanta ley del mercado? Una ley no escrita, pero cuyos efectos pueden llegar a ser tan perversos como la ley de Moisés cuando se aplica al pie de la letra.

 

 

Primera lectura

Is 38, 1-6. 21-22. 7-8
He escuchado tu plegaria y visto tus lágrimas

Lectura del libro de Isaías.

EN aquellos días, el rey Ezequías enfermó mortalmente.
El profeta Isaías, hijo de Amós, vino a decirle:
«Esto dice el Señor: “Pon orden en tu casa, porque vas a morir y no vivirás”».
Ezequías volvió la cara a la pared y oró al Señor:
«¡Ah, Señor!, recuerda que he caminado ante ti con sinceridad y corazón íntegro; que he hecho lo que era recto a tus ojos».
Y el rey se deshizo en lágrimas.
Le llegó a Isaías una palabra del Señor en estos términos:
«Ve y di a Ezequías: “Esto dice el Señor, el Dios de tu padre David: He escuchado tu plegaria y visto tus lágrimas. Añadiré otros quince años a tu vida y te libraré, a ti y a esta ciudad, de la mano del rey de Asiria y extenderé mi protección sobre esta ciudad”».
Isaías dijo:
«Que traigan un emplasto de higos y lo apliquen a la llaga para que se cure».
Ezequías dijo:
«¿Cuál es la prueba de que podré subir a la casa del Señor?».
Respondió Isaías:
«La señal que el Señor te envía de que cumplirá lo prometido será esta:
Haré retroceder diez gradas la sombra en la escalera de Ajaz, que se había alargado por efecto del sol».
Y el sol retrocedió las diez gradas que había avanzado sobre la escalera.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Is 38, 10. 11. 12abcd. 16bcd (R.: cf. 17b)

R. Tú, Señor, detuviste mi alma para que no pereciese.

V. Yo pensé: «En medio de mis días
tengo que marchar hacia las puertas del abismo;
me privan del resto de mis años». 
R.

V. Yo pensé: «Ya no veré más al Señor
en la tierra de los vivos,
ya no miraré a los hombres
entre los habitantes del mundo». 
R.

V. Levantan y enrollan mi vida
como una tienda de pastores.
Como un tejedor, devanaba yo mi vida,
y me cortan la trama. 
R.

V. ¡Señor, en ti espera mi corazón!,
que se reanime mi espíritu.
Me has curado, me has hecho revivir. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Mis ovejas escuchan mi voz —dice el Señor—, y yo las conozco, y ellas me siguen. R.

 

Evangelio

Mt 12, 1-8

El Hijo del hombre es señor del sábado

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, atravesó Jesús en sábado un sembrado; los discípulos, que tenían hambre, empezaron a arrancar espigas y a comérselas.
Los fariseos, al verlo, le dijeron:
«Mira, tus discípulos están haciendo una cosa que no está permitida en sábado».
Les replicó:
«¿No han leído lo que hizo David, cuando él y sus hombres sintieron hambre? Entró en la casa de Dios y comieron de los panes de la proposición, cosa que no les estaba permitida ni a él ni a sus compañeros, sino solo a los sacerdotes.
¿Y no han leído en la ley que los sacerdotes pueden violar el sábado en el templo sin incurrir en culpa?
Pues les digo que aquí hay uno que es más que el templo.
Si comprendieran lo que significa “quiero misericordia y no sacrificio”, no condenarían a los inocentes. Porque el Hijo del hombre es señor del sábado».

Palabra del Señor.

 

 

 

«Quiero misericordia y no sacrificios»

 

En el Evangelio de hoy, los discípulos de Jesús sienten hambre y, mientras atraviesan un sembrado, arrancan algunas espigas para comer. Los fariseos los observan y los acusan de realizar en sábado algo que, según su interpretación, estaba prohibido.

Resulta sorprendente: mientras los discípulos padecen hambre, los fariseos no se preocupan por ayudarlos, sino por condenarlos. No miran su necesidad, sino la infracción que creen descubrir. Ven unas manos arrancando espigas, pero no ven unos cuerpos necesitados de alimento. Conocen la norma, pero han olvidado el corazón de Dios.

Por eso Jesús les dice:

«Si comprendierais lo que significa: “Quiero misericordia y no sacrificios”, no condenaríais a los que no tienen culpa».

Jesús no desprecia la ley de Dios ni elimina el descanso sabático. Al contrario, devuelve el sábado a su sentido verdadero. El descanso fue establecido como un regalo de Dios para el ser humano: un tiempo para detenerse, recuperar las fuerzas, alabar al Creador, convivir con la familia y recordar que nuestra vida no depende únicamente del trabajo, del dinero o de la productividad.

Sin embargo, los fariseos habían convertido aquel regalo en una carga. Su preocupación exagerada por el cumplimiento exterior les impedía reconocer el sufrimiento y las necesidades de las personas. Por eso Jesús añade una afirmación decisiva: «El Hijo del hombre es señor del sábado». Él tiene autoridad para mostrarnos que toda norma religiosa debe conducir al amor, a la vida y a la misericordia.

La primera lectura nos presenta precisamente a un hombre que sufre en el alma y en el cuerpo. El rey Ezequías está gravemente enfermo. El profeta Isaías le anuncia que debe disponer de su casa porque su vida parece estar llegando al final. Ezequías vuelve su rostro hacia la pared, ora y llora amargamente delante de Dios.

Esa imagen es profundamente humana. Hay momentos en los que el dolor nos hace volver el rostro hacia la pared. No encontramos palabras para hablar con los demás; solamente quedan las lágrimas y una oración nacida desde lo más hondo. Así sucede con quien recibe un diagnóstico difícil, pierde a un ser querido, atraviesa una depresión, padece soledad, vive una crisis familiar o siente que sus fuerzas se van apagando.

Pero Dios escucha la oración de Ezequías. Antes de que Isaías abandone el lugar, el Señor le manda regresar para anunciarle: «He escuchado tu oración y he visto tus lágrimas». Dios promete sanarlo, añadir quince años a su vida y librar a Jerusalén de sus enemigos. Además, le concede como señal que la sombra retrocederá diez grados.

No debemos interpretar este relato como si toda oración tuviera necesariamente como resultado una curación física inmediata. La Palabra nos enseña algo más profundo: ninguna lágrima pasa inadvertida para Dios. Él conoce nuestro dolor, escucha nuestras súplicas y permanece a nuestro lado. Algunas veces concede la curación corporal; otras, nos da la fortaleza para soportar la enfermedad, pone personas solidarias en nuestro camino o transforma el sufrimiento en una ocasión de fe y entrega. Y, finalmente, en Cristo nos promete la curación definitiva y la plenitud de la vida.

El cántico de Ezequías prolonga esa experiencia. El enfermo siente que su existencia es arrancada «como tienda de pastores» y que el tejido de su vida está a punto de ser cortado. Pero, en medio de su fragilidad, descubre que el Señor puede restaurarlo: «Los que Dios protege viven, y entre ellos vivirá mi espíritu; tú me curarás, me harás revivir».

La enfermedad nos recuerda que no somos invulnerables. Nuestra vida es frágil y puede cambiar en un instante. Pero esa fragilidad no nos hace menos dignos ante Dios. Al contrario, mueve su compasión. El Señor no se acerca para condenar al que sufre, sino para sostenerlo y levantarlo.

Aquí se unen todas las lecturas: el Dios que escucha las lágrimas de Ezequías es el mismo que, en Jesús, defiende a unos discípulos hambrientos. Dios contempla a la persona antes que su apariencia, su situación o sus errores. La verdadera religión no consiste en multiplicar prácticas exteriores mientras permanecemos indiferentes ante el sufrimiento del prójimo. Dios nos dice: «Quiero misericordia».

Hoy, en nuestra intención penitencial, pidamos perdón por las ocasiones en que hemos actuado como los fariseos: cuando juzgamos sin conocer la historia del otro; cuando señalamos una falta, pero no advertimos una herida; cuando hemos sido rigurosos con los demás e indulgentes con nosotros mismos; cuando nuestras prácticas religiosas no se han traducido en comprensión, servicio y cercanía.

Miremos también cómo vivimos el domingo, día del Señor. ¿Lo dedicamos a la Eucaristía, al descanso, a la oración, a la familia y al encuentro fraterno? ¿O permitimos que el trabajo excesivo, el comercio, el consumismo, las pantallas y las preocupaciones ocupen completamente ese día? El descanso cristiano no es simple inactividad: es permitir que Dios nos recuerde que somos hijos, hermanos y no solamente trabajadores o consumidores.

Oremos de manera especial por quienes sufren en el alma y en el cuerpo: por los enfermos, los deprimidos, quienes padecen ansiedad, soledad o agotamiento; por quienes esperan un diagnóstico o una cirugía; por quienes no encuentran alivio para su dolor; y por sus familiares y cuidadores. Que nosotros seamos para ellos una expresión concreta de la misericordia de Dios: una visita, una escucha paciente, una ayuda oportuna, una palabra de esperanza.

Que el Señor nos conceda un corazón capaz de mirar las lágrimas antes que las faltas, el hambre antes que la norma y a la persona antes que el juicio. Porque el sacrificio que verdaderamente agrada a Dios es una vida transformada por la misericordia.

Oración

Señor Jesús,
tú que conoces nuestras heridas
y escuchas nuestras lágrimas,
perdona nuestros juicios apresurados
y la dureza de nuestro corazón.

Enséñanos a amar tu ley
como camino de libertad y de vida.
Haznos misericordiosos con quien se equivoca,
cercanos a quien está enfermo
y solidarios con quien sufre
en el cuerpo o en el alma.

Concédenos vivir el día del Señor
como tiempo de Eucaristía, descanso,
familia, fraternidad y esperanza.
Que nunca olvidemos tus palabras:
«Quiero misericordia y no sacrificios».

Jesús misericordioso, en ti confiamos. Amén.

 

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