El Evangelio corrosivo
«¡Hipócrita!», exclama hoy Jesús, aparentemente poco
preocupado por suavizar sus palabras. El Evangelio no actúa siempre como un
bálsamo que alivia; con frecuencia se presenta como una sustancia corrosiva.
Frente a nuestra facilidad para descubrir los defectos ajenos y justificar los
propios, Jesús nos invita a mirar con sinceridad nuestro corazón. ¿Cómo
pretendemos sacar la mota del ojo del hermano si una viga oscurece nuestra
mirada? Antes de corregir a los demás, necesitamos dejarnos corregir por la
Palabra.
La
fuerza de este Evangelio busca desprender de nosotros las capas de orgullo,
apariencia y autosuficiencia que impiden amar. Como un producto que elimina el
óxido para recuperar lo que hay debajo, la palabra de Jesús pone al descubierto
aquello que desfigura nuestra condición de hermanos. A veces escuece, porque
toca precisamente lo que preferimos mantener oculto.
Jesús
no prohíbe la corrección fraterna: nos enseña a ejercerla desde la humildad.
Quien reconoce sus propias heridas puede acercarse con mayor delicadeza a las
del prójimo. Quien se sabe necesitado de misericordia aprende a corregir sin
humillar y a orientar sin creerse superior.
Hoy, antes de señalar una falta ajena, pidamos al Señor que
ilumine nuestra propia mirada. La conversión comienza cuando dejamos de
utilizar el Evangelio para juzgar a otros y permitimos que cuestione nuestra
vida.
Señor Jesús, limpia nuestros ojos de orgullo y nuestro
corazón de hipocresía. Danos humildad para reconocer nuestros errores y caridad
para ayudar a nuestros hermanos. Amén.
Primera lectura
1
Cor 9, 16-19. 22b-27
Me
he hecho todo para todos, para ganar a algunos
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios.
HERMANOS:
El hecho de predicar no es para mí motivo de orgullo.
No tengo más remedio y, ¡ay de mí si no anuncio el Evangelio!
Si yo lo hiciera por mi propio gusto, eso mismo sería mi paga.
Pero, si lo hago a pesar mío, es que me han encargado este oficio.
Entonces, ¿cuál es la paga? Precisamente dar a conocer el Evangelio,
anunciándolo de balde, sin usar el derecho que me da la predicación del
Evangelio.
Porque, siendo libre como soy, me he hecho esclavo de todos para ganar a los
más posibles.
Me he hecho todo para todos, para ganar, sea como sea, a algunos.
Y todo lo hago por causa del Evangelio, para participar yo también de sus
bienes.
¿No saben que en el estadio todos los corredores cubren la carrera, aunque uno
solo se lleva el premio? Pues corran así: para ganar.
Pero un atleta se impone toda clase de privaciones; ellos para ganar una corona
que se marchita; nosotros, en cambio, una que no se marchita.
Por eso corro yo, pero no al azar; lucho, pero no contra el aire; sino que
golpeo mi cuerpo y lo someto, no sea que, habiendo predicado a otros, quede yo
descalificado.
Palabra de Dios.
Salmo
Sal
83, 3. 4. 5-6. 12 (R.: 2)
R. ¡Qué deseables son
tus moradas,
Señor del universo!
V. Mi alma se
consume y anhela
los atrios del Señor,
mi corazón y mi carne
se alegran por el Dios vivo. R.
V. Hasta el
gorrión ha encontrado una casa;
la golondrina, un nido
donde colocar sus polluelos:
tus altares, Señor del universo,
Rey mío y Dios mío. R.
V. Dichosos los que
viven en tu casa,
alabándote siempre.
Dichoso el que encuentra en ti su fuerza
y tiene tus caminos en su corazón. R.
V. Porque el Señor Dios
es sol y escudo,
el Señor da la gracia y la gloria;
y no niega sus bienes
a los de conducta intachable. R.
Aclamación
R. Aleluya, aleluya,
aleluya.
V. Tu palabra,
Señor, es verdad; santifícanos en la verdad. R.
Evangelio
Lc
6, 39-42
¿Acaso
puede un ciego guiar a otro ciego?
Lectura del santo Evangelio según san Lucas.
EN aquel tiempo, dijo Jesús a los discípulos una parábola:
«¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo?
No está el discípulo sobre su maestro, si bien, cuando termine su aprendizaje,
será como su maestro.
¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la
viga que llevas en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: “Hermano, déjame
que te saque la mota del ojo”, sin fijarte en la viga que llevas en el tuyo?
¡Hipócrita! Sácate primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar
la mota del ojo de tu hermano».
Palabra del Señor.
*********
Dejarnos corregir para aprender a amar
Hermanos
y hermanas:
Hay
palabras de Jesús que nos consuelan apenas las escuchamos. Otras nos incomodan,
porque descubren algo que preferiríamos no reconocer. Hoy el Señor pronuncia
una palabra fuerte: «¡Hipócrita!». Conviene escucharla sin pensar
inmediatamente en quién más debería oírla. Esta palabra está dirigida a los
discípulos; por tanto, también a nosotros.
En
ocasiones esperamos que el Evangelio sea únicamente un bálsamo para nuestras
heridas. Pero la Palabra también limpia, remueve y cuestiona. Podemos
compararla con una sustancia que desprende el óxido: su fuerza permite
recuperar lo que estaba deteriorado. Así actúa Jesús cuando pone al descubierto
nuestras contradicciones. Nos ama demasiado como para dejarnos encerrados en
ellas.
La imagen de la viga y la mota nos invita a revisar nuestra
manera de mirar.
¡Cuánto nos cuesta reconocer en nosotros lo que descubrimos fácilmente en los
demás! Si otra persona responde mal, decimos que es insoportable; si
respondemos mal nosotros, explicamos que estamos cansados. Para nuestras
equivocaciones encontramos motivos; para las ajenas, muchas veces solo tenemos
sentencias.
Esto
sucede en el hogar, en el trabajo, en nuestras comunidades y también entre
quienes servimos a la Iglesia. Podemos hablar de fraternidad y alimentar
comentarios que dividen; pedir comprensión y escuchar poco; anunciar la
misericordia y tratar con dureza a quien se equivoca.
Por
eso, antes de preguntarnos a quién debemos corregir, hoy podemos preguntarnos: ¿qué necesita corregir el Señor en mí?
Quizá una palabra hiriente, un resentimiento cultivado, la costumbre de
sospechar, la necesidad de tener siempre la razón o la indiferencia ante el
dolor de alguien cercano.
San
Pablo, en la primera lectura, nos ofrece un ejemplo de esta revisión interior.
Ha entregado su vida al anuncio del Evangelio, pero sabe que también él
necesita disciplina y conversión. Utiliza la imagen del atleta que se prepara y
persevera. Le preocupa que su propia vida desmienta lo que anuncia.
Es
una llamada especialmente exigente para quienes predicamos, educamos,
orientamos o tenemos personas a nuestro cuidado. La misión no nos coloca por
encima del Evangelio. Somos los primeros que necesitamos escucharlo y dejarnos
transformar por él. Un padre de familia enseña a pedir perdón cuando reconoce
su falta; un catequista anuncia la paciencia cuando escucha; un sacerdote
predica la misericordia también con la manera como recibe a las personas.
Este viernes, nuestra intención penitencial empieza
precisamente ahí: en presentarnos ante Dios sin excusas. Pedir perdón supone
poner nombre al mal que hemos hecho y al bien que hemos dejado de hacer. Nos
invita a acercarnos al sacramento de la Reconciliación y a reparar, en cuanto
sea posible, aquello que nuestras acciones hayan dañado.
La
penitencia puede tomar hoy una forma muy concreta: frenar un comentario que
perjudica, reconocer una injusticia, pedir perdón sin añadir una justificación
o dedicar tiempo a alguien que hemos descuidado. También el ayuno cobra sentido
cuando educa nuestro corazón para compartir y amar mejor.
El
salmo 83 nos ayuda a vivir esta conversión con confianza. Nos presenta el deseo
de habitar junto al Señor y la imagen de las aves que encuentran allí un lugar
para su nido. Podemos contemplar en esa imagen nuestra propia necesidad de
acogida: también nosotros llegamos cansados, frágiles, buscando dónde descansar
el corazón.
Dios
nos ofrece esa cercanía. Ante él podemos reconocer nuestra pobreza sin
desesperarnos. Su presencia nos sostiene para comenzar de nuevo. La oración nos
permite abandonar las apariencias y decir sencillamente: «Señor, aquí estoy;
necesito tu perdón, necesito tu fuerza».
Desde
esa confianza, hoy
presentamos especialmente a quienes sufren en el alma y en el cuerpo.
Pensamos en los enfermos, en quienes soportan dolores persistentes, en quienes
esperan un diagnóstico y en quienes acompañan día y noche a un ser querido.
Recordamos también a quienes viven un duelo, sienten soledad, padecen angustia
o llevan una tristeza que los demás apenas perciben.
El
Evangelio nos pide revisar cómo los miramos. A veces juzgamos una reacción sin
conocer el sufrimiento que hay detrás. Alguien que parece distante puede estar
agotado; alguien que guarda silencio quizá no encuentra cómo expresar su dolor.
No conocemos por completo la carga de nuestros hermanos.
Por
eso necesitamos una mirada humilde, capaz de preguntar y escuchar. Evitemos
añadir al sufrimiento el peso de nuestros juicios. Una visita, una llamada, una
ayuda concreta o una presencia silenciosa pueden hacer sentir a una persona que
sigue siendo amada y que su vida importa.
Jesús
nos enseña a corregir desde esa misma caridad. Reconocer nuestras faltas nos
prepara para ayudar al hermano con delicadeza. El ojo es una parte sensible del
cuerpo: acercarse a él exige cuidado. ¡Cuánto más cuidado necesitamos para
acercarnos a la conciencia y a las heridas de una persona!
Al
celebrar esta Eucaristía, dejemos que la Palabra examine nuestra vida. Pidamos
la gracia de salir de aquí con menos dureza para juzgar, mayor sinceridad para
arrepentirnos y más disponibilidad para acompañar.
Señor Jesús, perdona nuestros pecados y las veces que hemos
herido con nuestras palabras, acciones y omisiones. Libera nuestra mirada del
orgullo. Danos valor para reconocer nuestras faltas y reparar el daño causado.
Mira con ternura a quienes sufren en el alma y en el
cuerpo. Concédeles alivio, fortaleza y compañía; sostén también a quienes los
cuidan. Haz de nuestra comunidad un hogar donde encuentren escucha, consuelo y
esperanza.
Amén.


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