“El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos
alegres”
Salmo 126
Era el 8 de marzo de 2024. Recuerdo bien
aquella fecha porque, sin saberlo, ese día se abría una nueva página en mi
historia sacerdotal y misionera. Estábamos en un compartir de vicaría, en un
ambiente fraterno, sencillo, de esos encuentros donde uno conversa, escucha, se
ríe, comparte la mesa y también la vida. En medio de aquel momento, nuestro
obispo, Monseñor Hency Martínez, nos comentó que había llegado una
invitación del obispo del Vicariato Apostólico de San Andrés, Providencia y
Santa Catalina: se necesitaba algún sacerdote que quisiera ir a ofrecer su
servicio pastoral en aquella jurisdicción insular, tan hermosa como necesitada
de presencia sacerdotal.
No lo pensé demasiado. O mejor: creo que lo pensé
con el corazón.
Apenas escuché la propuesta, levanté la mano. Así,
de una. Manifesté que deseaba ir. No hubo grandes cálculos, ni largas
deliberaciones, ni análisis complicados. Simplemente sentí que allí podía haber
un llamado de Dios. Y uno, después de tantos años de ministerio, aprende —o
debería aprender— que algunas llamadas del Señor no llegan con truenos ni
relámpagos, sino con una invitación sencilla, dicha casi al pasar, pero capaz
de mover la vida.
En ese momento yo era párroco de la comunidad de San
Francisco de Asís, en el corregimiento de La Danta, donde llevaba ya
cuatro años y poco más de un mes. Había aprendido a querer aquella comunidad,
sus luchas, su gente, sus ritmos, sus rostros. Pero la vida sacerdotal, cuando
se vive en clave de misión, tiene siempre algo de tienda de campaña: uno
planta, riega, acompaña, ama… y un día el Señor dice: “levántate y ve”.
Monseñor Hency, al ver mi disposición, se comunicó
inmediatamente con Monseñor Jaime Uriel Sanabria, Vicario Apostólico de
las islas, para contarle que había un sacerdote interesado. Enseguida me pasó
el teléfono. Monseñor Jaime me saludó con amabilidad, me hizo algunas
preguntas, quiso conocer un poco mi disponibilidad y mis motivaciones. Yo, con
entusiasmo, le manifesté mi deseo de ir a servir allí.
Así comenzaron las cosas. Sin ruido. Sin demasiada
planeación humana. Con esa mezcla de incertidumbre y confianza que suele
acompañar las verdaderas aventuras de Dios.
Celebré la Semana Santa en mi parroquia, entregué
la administración y me dispuse a partir. Finalmente, el 2 de mayo de 2024,
llegué a San Andrés Isla. El avión aterrizó casi a las cuatro de la
tarde en el aeropuerto Gustavo Rojas Pinilla. Allí me recibió Monseñor
José Archbold, quien desde el primer momento me acogió con esa mezcla de
seriedad, experiencia, cordialidad y sabiduría pastoral que tanto agradezco. Me
llevó enseguida a saludar a Monseñor Jaime Sanabria, y también pude encontrarme
con algunos sacerdotes que estaban por la Curia en ese momento.
Aquella misma noche acompañé a Monseñor José en la
Eucaristía. Como era jueves, también participé con él en la Hora de Adoración.
De ese modo, mi llegada no fue turística, sino eucarística. No llegué primero a
conocer playas, paisajes o sitios emblemáticos; llegué al altar, al Sagrario,
al encuentro con la comunidad orante. Y tal vez esa fue la mejor manera de
comenzar.
Supe entonces que la parroquia se llamaba Santa
María Estrella del Mar, un nombre profundamente bello y significativo para
una comunidad rodeada por el azul inmenso del Caribe. Estaba ubicada en la
parte sur de la isla, en el sector de San Luis, una comunidad de fuerte
identidad raizal, marcada por su historia, su lengua, su cultura, su música,
sus tradiciones y su profunda religiosidad.
Durante dos años y veinticinco días, tuve la
gracia de compartir la vida y la fe con las comunidades del Vicariato. Apoyé al
párroco en la celebración de las Eucaristías, en la atención pastoral ordinaria
y también en la apertura y consolidación de una experiencia misionera en el
sector de Nueva Guinea. A esta misión se le dio el nombre de San
Pedro Claver, evocando al santo que supo reconocer la dignidad de los
hermanos afrodescendientes y servir a Cristo en ellos.
Allí se mantuvieron durante mi estadía dos pequeñas
comunidades eclesiales: New Hope, es decir, Nueva Esperanza, y Los
Hijos de Abraham. Cada lunes procuramos acompañar estos grupos con
fidelidad, paciencia y cariño pastoral. No siempre se trataba de grandes
multitudes ni de estructuras complejas. Muchas veces la Iglesia crece así: en
pequeños grupos, en casas, en encuentros sencillos, en la Palabra compartida,
en una oración humilde, en un saludo, en una visita, en una silla puesta para
escuchar.
Y comprendí una vez más que la misión no consiste
únicamente en hacer muchas cosas, sino en estar. Estar con la gente. Estar con
fe. Estar con respeto. Estar con el oído abierto y el corazón disponible. Estar
allí donde la Iglesia necesita una presencia que recuerde que Dios no abandona
a su pueblo.
También tuve la oportunidad de acompañar, por deseo
de mi párroco, a la comunidad educativa del colegio Philippe Beckman, en
el sector. Allí compartimos Eucaristías y algunas charlas en tiempos fuertes de
la liturgia. Siempre he creído que el mundo educativo es una tierra sagrada.
Allí se siembran no solo conocimientos, sino valores, preguntas, sueños,
búsquedas y heridas. Estar cerca de niños, adolescentes, jóvenes, profesores y
familias es también una forma preciosa de evangelización.
Cuando pude, acompañé igualmente los grupos de Infancia
y Adolescencia Misionera, así como el grupo juvenil. Ver a los niños y jóvenes
acercarse a la fe, con sus preguntas, sus energías, sus dudas y sus talentos,
confirma que la Iglesia no puede cansarse de sembrar. Quizás uno no siempre ve
los frutos inmediatos, pero el Evangelio tiene su propio calendario. Dios sabe
cuándo germina cada semilla.
Una de las pastorales más fuertes, constantes y
profundamente humanas fue, sin duda, la visita y asistencia a los enfermos y
ancianos. Durante año y medio tuve la oportunidad de compartir con poco más
de una veintena de personas, visitándolas cada miércoles. Allí, en la
habitación del enfermo, en la casa del anciano, junto a una cama, frente a una
mirada cansada o una sonrisa agradecida, uno vuelve a descubrir el centro del
ministerio sacerdotal.
Porque el sacerdote no está solamente para predicar
desde el ambón o presidir desde el altar. Está también para llevar consuelo,
escuchar silencios, bendecir lágrimas, ungir fragilidades, acompañar soledades
y recordar, con su pobre presencia, que Cristo sigue pasando por las casas de
su pueblo.
¡Cuánto me enseñaron esos enfermos y ancianos!
Algunos hablaban poco, otros contaban su historia con detalle. Algunos
esperaban la comunión con emoción; otros simplemente agradecían que alguien
llegara. En ellos encontré una cátedra silenciosa de paciencia, de fe, de
humanidad y de esperanza.
También pude compartir temas de formación
catequética con catequistas y diversos grupos apostólicos, entre ellos la Legión
de María. Siempre he valorado mucho estos espacios porque la fe necesita
ser alimentada, pensada, profundizada y celebrada. Una comunidad que se forma
es una comunidad que aprende a amar mejor, a servir mejor y a dar razón de su
esperanza.
La misión me llevó además a Providencia, una
isla entrañable, herida y resucitada tantas veces por la fuerza de su gente.
Tuve la oportunidad de acompañar comunidades allí en julio de 2025, y
luego nuevamente en enero, abril y mayo de 2026. Providencia tiene algo
especial: una belleza que no se queda en el paisaje, sino que se transparenta
en la dignidad de sus habitantes, en su capacidad de resistir, reconstruir y
seguir creyendo.
Mirando hacia atrás, descubro que esta experiencia
en el Vicariato me conectó con otras etapas de mi vida misionera. El ambiente
afrocaribeño, la cultura raizal, la música, la oralidad, la fuerza de la
comunidad, el mar como horizonte y símbolo, todo ello me recordó experiencias
anteriores: Buenaventura en 1991, mi paso por Camerún y otros
países africanos entre 2003 y 2007. Hay culturas que, aunque distintas
entre sí, comparten una manera profunda de celebrar la vida, llorar las
pérdidas, resistir las adversidades y abrirse a Dios con una sensibilidad
especial.
Por eso, San Andrés, Providencia y Santa Catalina
no fueron para mí simplemente un destino pastoral. Fueron una escuela. Una
escuela de misión, de humildad, de adaptación, de escucha y de gratitud. Me
ayudaron a comprender nuevamente que la Iglesia es verdaderamente católica no
porque uniforma, sino porque abraza la diversidad de pueblos, lenguas, acentos,
memorias y caminos.
El pasado 28 de mayo de 2026, después de dos
años y veinticinco días de experiencia con las comunidades isleñas del
Vicariato, me despedí del obispo, de las comunidades, de los hermanos
sacerdotes, de los diáconos, de tantos laicos y laicas que durante este tiempo
me brindaron su amistad, su apoyo y su confianza. Las despedidas nunca son
fáciles cuando uno ha compartido la fe, la mesa, la oración, las alegrías y
también las preocupaciones. Pero en la vida sacerdotal despedirse no significa
borrar, sino agradecer. No significa cerrar el corazón, sino llevar dentro lo
vivido.
Hoy regreso a mi diócesis de origen, La
Dorada-Guaduas, en la cual me incardiné entre 2022 y 2023. Vuelvo con la
maleta cargada de recuerdos, rostros, nombres, aprendizajes y bendiciones.
Vuelvo con la certeza de que nada de lo vivido ha sido casualidad. Dios va
tejiendo la historia con hilos que a veces solo entendemos después.
Por eso, más que hacer un balance administrativo o
pastoral, quiero elevar una acción de gracias. Gracias al Señor por haberme
permitido vivir esta experiencia. Gracias por haberme llevado una vez más a una
tierra distinta, a una cultura concreta, a una Iglesia necesitada y viva.
Gracias por las Eucaristías celebradas, por las Horas Santas compartidas, por
las visitas a los enfermos, por las comunidades pequeñas, por las
conversaciones sencillas, por los niños, jóvenes, catequistas, legionarias,
familias, ancianos, benefactores, servidores y amigos.
Gracias a Monseñor Hency Martínez, por haber
acogido mi disponibilidad y facilitar este envío. Gracias a Monseñor Jaime
Uriel Sanabria, por recibirme en el Vicariato y permitirme servir en esta
porción del Pueblo de Dios. Gracias a Monseñor José Archbold, por su
acogida, su confianza, su experiencia compartida y por permitirme acompañar la
vida pastoral de Santa María Estrella del Mar. Gracias a los sacerdotes,
diáconos, religiosas, agentes de pastoral y fieles laicos que hicieron más
fraterno este camino.
Gracias también a mi familia, que siempre ha
acompañado mis idas y venidas, mis cambios, mis misiones, mis silencios y mis
cansancios. Gracias a las comunidades con las que he compartido aquí y allá, a
quienes han orado por mí, a quienes me han apoyado espiritual y materialmente,
a quienes me han animado en los momentos de dificultad y a quienes han
comprendido que el sacerdote no se pertenece del todo a sí mismo, porque su
vida está puesta al servicio de Dios y de los hermanos.
Me voy de las islas, pero las islas no se van de
mí.
Quedan en mi memoria el azul del mar, la brisa de
San Luis, los rostros de los enfermos, la fe de las comunidades, la esperanza
de Nueva Guinea, el nombre hermoso de Santa María Estrella del Mar, la
fortaleza de Providencia, la identidad raizal, las voces, los cantos, las
celebraciones, los saludos, las despedidas y tantas pequeñas escenas que,
aunque quizá no aparezcan en ninguna crónica oficial, quedan escritas en el
corazón.
Al final, uno descubre que la misión no es
solamente lo que uno entrega. La misión es también —y quizá sobre todo— lo que
uno recibe. Yo llegué a San Andrés creyendo que iba a dar un aporte. Y sí, con
mis límites, traté de hacerlo. Pero hoy reconozco que recibí mucho más: recibí
cariño, confianza, aprendizaje, paciencia, fe sencilla, nuevos amigos y una
confirmación interior de que vale la pena seguir diciendo sí.
Que el Señor bendiga infinitamente al Vicariato
Apostólico de San Andrés, Providencia y Santa Catalina. Que bendiga a sus
pastores, a sus comunidades, a sus familias, a sus enfermos, a sus jóvenes, a
sus ancianos, a sus niños, a sus catequistas, a sus servidores y a todo el
pueblo raizal y residente que peregrina en esas islas amadas.
Y que Santa María, Estrella del Mar, siga
guiando la barca de esa Iglesia particular, para que en medio de las aguas, los
vientos y los desafíos, nunca falte la luz de Cristo, puerto seguro, esperanza
viva y Señor de toda misión.
Gracias, Señor, por estos dos años de gracia.
Gracias por enviarme.
Gracias por sostenerme.
Gracias por permitirme amar y ser amado en tu nombre.
Dios les bendiga infinitamente.




