martes, 10 de marzo de 2026

10 de marzo del 2026: martes de la 3a semana de Cuaresma

 

La fuerza del perdón y la humildad del corazón

En este tiempo de Cuaresma, la Palabra de Dios nos recuerda que la fe no se vive sólo con palabras o prácticas exteriores, sino con un corazón que escucha y acoge al Señor. En la primera lectura, el profeta Daniel eleva una oración humilde en nombre del pueblo que reconoce su pecado y suplica la misericordia de Dios. No se apoya en méritos propios, sino en la infinita compasión del Señor.

El Evangelio, por su parte, nos ofrece la enseñanza central de la vida cristiana: el perdón. Jesús invita a perdonar no una vez, sino siempre, reflejando así la misericordia del Padre. Quien ha experimentado el perdón de Dios está llamado a transmitirlo a los demás.

En este camino cuaresmal, la liturgia nos invita a examinar nuestro corazón: ¿somos capaces de pedir perdón con humildad y de ofrecer perdón con generosidad? Sólo así nuestra oración será verdadera y nuestra vida se convertirá en signo de la misericordia de Dios para el mundo.

G.Q



Primera lectura

Lectura de la profecia de Daniel (3,25.34-43):

EN aquellos días, Azarías, puesto en pie, oró de esta forma; alzó la voz en medio del fuego y dijo:
«Por el honor de tu nombre,
no nos desampares para siempre,
no rompas tu alianza,
no apartes de nosotros tu misericordia.
Por Abrahán, tu amigo; por Isaac, tu siervo;
por Israel, tu consagrado;
a quienes prometiste multiplicar su descendencia
como las estrellas del cielo,
como la arena de las playas marinas.
Pero ahora, Señor, somos el más pequeño
de todos los pueblos;
hoy estamos humillados por toda la tierra
a causa de nuestros pecados.
En este momento no tenemos príncipes,
ni profetas, ni jefes;
ni holocausto, ni sacrificios,
ni ofrendas, ni incienso;
ni un sitio donde ofrecerte primicias,
para alcanzar misericordia.
Por eso, acepta nuestro corazón contrito
y nuestro espíritu humilde,
como un holocausto de carneros y toros
o una multitud de corderos cebados.
Que este sea hoy nuestro sacrificio,
y que sea agradable en tu presencia:
porque los que en ti confían
no quedan defraudados.
Ahora te seguimos de todo corazón,
te respetamos, y buscamos tu rostro;
no nos defraudes, Señor;
trátanos según tu piedad,
según tu gran misericordia.
Líbranos con tu poder maravilloso
y da gloria a tu nombre, Señor».


Palabra de Dios

 

 

Salmo

Sal 24,4-5ab.6.7bc.8-9

R/.
 Recuerda, Señor, tu ternura

V/. Señor, enséñame tus caminos,
instrúyeme en tus sendas:
haz que camine con lealtad;
enséñame, porque tú eres mi Dios y Salvador. R/.

V/. Recuerda, Señor, que tu ternura
y tu misericordia son eternas;
acuérdate de mí con misericordia,
por tu bondad, Señor. R/.

V/. El Señor es bueno y es recto,
y enseña el camino a los pecadores;
hace caminar a los humildes con rectitud,
enseña su camino a los humildes. R/.

 

 

Lectura del santo evangelio según san Mateo (18,21-35):

EN aquel tiempo, acercándose Pedro a Jesús le preguntó:
«Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?».
Jesús le contesta:
«No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.
Por esto, se parece el reino de los cielos a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus criados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así. El criado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo:
“Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo”.
Se compadeció el señor de aquel criado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda. Pero al salir, el criado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba diciendo:
“Págame lo que me debes”.
El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba diciendo:
“Ten paciencia conmigo y te lo pagaré”.
Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía.
Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo:
“¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo rogaste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?”.
Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda.
Lo mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si cada cual no perdona de corazón a su hermano».

Palabra del Señor

 

 

 

Perdonados para perdonar

 

Queridos hermanos y hermanas:

En este camino cuaresmal, la Palabra de Dios de hoy nos conduce al corazón mismo de la vida cristiana: la misericordia de Dios recibida y la misericordia de Dios compartida. Las lecturas de este martes de la tercera semana de Cuaresma nos ponen frente a una verdad que todos necesitamos escuchar, especialmente en este tiempo santo: nadie puede vivir de espaldas al perdón.

Y hoy, además, queremos poner en la presencia del Señor a nuestros familiares, amigos y benefactores. Muchos de ellos han sido para nosotros signo de la bondad de Dios: personas que nos han sostenido, ayudado, corregido, acompañado, animado y querido. Oramos por ellos para que el Señor los bendiga, los proteja y derrame en sus corazones esa paz que brota del amor reconciliado.

1. Una oración desde la humildad

La primera lectura, tomada del libro de Daniel, nos presenta una oración conmovedora. Azarías, en medio del sufrimiento, en medio del fuego, no se rebela contra Dios, no se llena de orgullo, no se justifica. Hace algo mucho más grande: se pone humildemente delante del Señor y reconoce la propia pobreza del pueblo.

Es una oración bellísima, porque nace de un corazón que ya no presume, que ya no exige, que ya no se cree perfecto. Es la oración del que sabe que sólo puede apoyarse en la misericordia de Dios. En el fondo, Azarías está diciendo: “Señor, no venimos a ti porque lo merezcamos todo, sino porque confiamos en que tú eres bueno”.

¡Qué importante es esto para nuestra Cuaresma! Porque una de las tentaciones más frecuentes de la vida espiritual es pensar que, por rezar, por servir, por ir a misa, por ayudar a otros, ya estamos “en paz” con Dios y no necesitamos conversión. Y sin embargo, la liturgia de hoy nos recuerda que todos somos mendigos de misericordia.

A veces pensamos que el pecado es sólo hacer cosas muy graves. Pero también hay pecados escondidos que endurecen el alma: el resentimiento guardado, el orgullo disfrazado de dignidad, la frialdad afectiva, la indiferencia con los de casa, las palabras que hieren, la incapacidad de pedir perdón, la costumbre de señalar siempre al otro y nunca revisarnos por dentro.

La oración de Daniel nos enseña el camino correcto: ponernos ante Dios con corazón contrito, humilde, sincero. No con máscaras. No con apariencias. No con el currículum de nuestras buenas obras. Sino con el alma desnuda y necesitada.

2. Pedro pregunta lo que todos preguntamos

En el Evangelio, Pedro le hace a Jesús una pregunta que, en el fondo, todos llevamos dentro:
“Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?”

Pedro cree estar siendo generoso. Siete veces ya parece mucho. Ya parece bastante. Ya parece heroico. Pero Jesús rompe la lógica del cálculo y le responde:
“No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.”

Es decir: siempre.
Perdona una y otra vez.
Perdona sin llevar cuentas.
Perdona sin convertir el amor en contabilidad.
Perdona como Dios te perdona.

Y aquí Jesús cuenta la parábola del siervo despiadado. Un hombre debía a su señor una suma descomunal, impagable, inimaginable. El señor, movido a compasión, le perdona todo. Todo. No una parte. No una reducción. Todo. Pero ese mismo hombre, apenas sale, encuentra a un compañero que le debe una cantidad pequeña en comparación, y en vez de tener misericordia, lo agarra del cuello y lo manda a la cárcel.

Ahí está la tragedia del corazón humano:
queremos ser perdonados, pero nos cuesta perdonar; queremos comprensión para nosotros, pero somos duros con los demás; pedimos paciencia, pero no la ofrecemos.

3. La deuda inmensa y las pequeñas deudas

La parábola es muy fuerte porque Jesús hace un contraste inmenso. Ante Dios, nosotros somos como ese siervo que tenía una deuda imposible de pagar. Esa deuda representa el peso de nuestro pecado, de nuestras infidelidades, de nuestras omisiones, de nuestras incoherencias. Y, sin embargo, Dios no nos trata según nuestras culpas. Dios no nos aplasta. Dios no nos hunde. Dios no nos cierra la puerta. Dios nos perdona.

Y no nos perdona poco. Nos perdona muchísimo. Más de lo que imaginamos. Más de lo que merecemos. Más de lo que podríamos pagar jamás.

Entonces, si hemos recibido semejante misericordia, ¿cómo no vamos a perdonar las pequeñas o medianas deudas de los demás hacia nosotros?

Claro, alguno podría decir: “Padre, pero usted no sabe lo que me hicieron”. Y es verdad. Hay heridas profundas. Hay traiciones muy dolorosas. Hay ofensas que marcan la vida. Hay palabras que dejan cicatrices. Hay abandonos que rompen por dentro. Hay ingratitudes que duelen más cuando vienen de la familia, de amigos cercanos, de personas a quienes se ayudó de corazón.

Jesús no banaliza ese dolor. Jesús no dice que el mal no importe. Jesús no dice que lo sucedido sea justo. Jesús no dice que debamos aprobar la maldad. Lo que sí dice es que si dejamos que la herida se convierta en rencor permanente, terminamos siendo prisioneros de aquello que nos lastimó.

El resentimiento es como beber veneno esperando que el otro muera. Nos amarga, nos endurece, nos roba la paz, nos enferma el alma. Por eso el perdón no es primero un regalo para el otro: muchas veces es una liberación para uno mismo.

4. Perdonar no es olvidar mágicamente ni negar la justicia

Aquí conviene aclarar algo importante. Perdonar no significa hacer de cuenta que no pasó nada. Tampoco significa que uno tenga que exponerse nuevamente a la violencia, al abuso o a la manipulación. Ni significa renunciar a la verdad o a la justicia.

Perdonar significa, ante todo, renunciar al odio. Significa no devolver mal por mal. Significa no alimentar deseos de venganza. Significa entregar a Dios la causa y pedirle que sane lo que nosotros no podemos sanar solos.

Hay personas que dicen: “Yo no perdono porque no siento perdonar”. Pero el Evangelio de hoy nos enseña que el perdón comienza muchas veces no como emoción, sino como decisión. Primero lo decide la voluntad ayudada por la gracia; después, poco a poco, el corazón va sanando.

A veces el perdón no se hace en un solo momento. A veces toca perdonar hoy, volver a perdonar mañana y seguir perdonando pasado mañana. Por eso Jesús habla de “setenta veces siete”: porque hay heridas que requieren un proceso largo de sanación interior.

5. La Cuaresma: tiempo para desocupar el corazón

La Cuaresma es tiempo de ayuno, oración y limosna, sí. Pero también es tiempo de desocupar el corazón. ¿De qué nos sirve ayunar de comida si seguimos alimentando el rencor? ¿De qué sirve multiplicar oraciones si dentro seguimos conversando con la ofensa? ¿De qué sirve dar limosna afuera si adentro permanecemos cerrados a la misericordia?

Tal vez hoy el Señor nos está diciendo:
“Reza, sí; ayuna, sí; da limosna, sí; pero también perdona. Déjame entrar en esa herida vieja. Déjame tocar ese recuerdo que aún te envenena. Déjame romper esa cadena interior.”

Cuántas familias viven separadas por heridas antiguas.
Cuántos hermanos no se hablan.
Cuántos hijos llevan resentimientos contra sus padres.
Cuántos padres cargan dolor por decisiones de sus hijos.
Cuántas amistades se dañaron por malentendidos, orgullos o comentarios.
Cuántas relaciones buenas se enfrían porque nadie da el primer paso.

A veces no es un gran crimen. A veces basta una frase mal dicha, una interpretación torcida, una susceptibilidad alimentada durante años, un silencio que se convirtió en muro. Y así, lo que pudo resolverse con humildad termina infectando toda una historia.

6. Orar por familiares, amigos y benefactores

Hoy nuestra intención orante por los familiares, amigos y benefactores adquiere una luz muy hermosa desde estas lecturas. Porque muchas veces son precisamente ellos quienes más ocupan nuestro corazón, para bien o para mal.

Entre los familiares hay amores profundos, pero también heridas profundas.
Entre los amigos hay lealtades preciosas, pero también decepciones dolorosas.
Entre los benefactores hay gratitud sincera, pero a veces también tensiones, malentendidos o expectativas frustradas.

Por eso hoy no sólo pedimos por ellos para que el Señor los bendiga material y espiritualmente. Pedimos también para que Dios purifique nuestros vínculos, sane lo que esté herido, fortalezca lo que esté débil y reconcilie lo que esté roto.

Qué hermoso sería que esta Eucaristía nos ayudara a recordar con gratitud a tantos familiares, amigos y benefactores que han sido instrumentos de la providencia divina en nuestra vida. Personas que nos tendieron la mano en momentos de necesidad; personas que creyeron en nosotros; personas que, con sus ayudas materiales o espirituales, hicieron posible una obra buena; personas que nos acompañaron en la enfermedad, en la tristeza, en las luchas de cada día.

La gratitud también sana. Un corazón agradecido se vuelve menos duro. Un corazón agradecido aprende más fácilmente a perdonar.

7. Una pequeña anécdota de vida

Se cuenta que dos amigos caminaron durante años juntos. Un día tuvieron una discusión fuerte, y uno de ellos, cegado por el enojo, hirió al otro con palabras muy duras. El ofendido, en vez de responder con agresividad, escribió en la arena:
“Hoy mi mejor amigo me hirió.”

Tiempo después, cruzando un río, el que había sido herido comenzó a ahogarse, y el otro lo salvó. Entonces escribió sobre una roca:
“Hoy mi mejor amigo me salvó la vida.”

Cuando le preguntaron por qué una vez escribió en la arena y otra en la piedra, respondió:
“Las ofensas deberíamos escribirlas en la arena, para que el viento del perdón las borre; los gestos de amor deberíamos grabarlos en la piedra, para que nunca se olviden.”

Eso es lo que hace el rencor: graba las ofensas en piedra y los favores en arena.
Eso es lo que hace la gracia: escribe los favores en piedra y deja las heridas en manos de Dios.

8. El perdón nace de sabernos amados

La clave del Evangelio de hoy no es simplemente un esfuerzo moral. No se trata sólo de “portarse bien” y aguantar a los demás. La raíz es más honda: yo perdono porque he sido perdonado; yo amo porque he sido amado; yo tengo misericordia porque Dios ha tenido misericordia conmigo.

Cuando uno experimenta de verdad la ternura de Dios, algo cambia por dentro. Se vuelve más comprensivo. Más paciente. Más humano. Más compasivo. No perfecto, pero sí más parecido al corazón del Padre.

Por eso la Cuaresma no es una temporada de tristeza, sino de gracia. Es tiempo para volver a la fuente. Tiempo para dejarnos amar otra vez por Dios. Tiempo para acercarnos al sacramento de la reconciliación. Tiempo para decir: “Señor, aquí está mi deuda inmensa; sólo tú puedes borrarla”. Y también: “Señor, aquí está mi corazón endurecido; sólo tú puedes ablandarlo”.

9. Una llamada concreta

Hoy el Señor nos deja una tarea muy concreta. Pensemos un momento:

¿Hay alguien a quien todavía no he perdonado de verdad?
¿Hay una herida que sigo acariciando por dentro?
¿Hay una conversación que debería intentar?
¿Hay una llamada que debería hacer?
¿Hay una reconciliación que llevo años posponiendo?
¿Hay un familiar, un amigo, un benefactor o una persona cercana cuyo nombre, al escucharlo, todavía me inquieta o me amarga?

Tal vez hoy no puedas resolver todo. Pero sí puedes dar un primer paso.
A veces el primer paso no es hablar de inmediato, sino orar por esa persona.
A veces el primer paso es dejar de hablar mal de ella.
A veces el primer paso es pedirle a Dios que cambie tu corazón.
A veces el primer paso es reconocer humildemente que también tú has fallado.

Y, sobre todo, el primer paso es volver a contemplar cuánta misericordia has recibido del Señor.

10. Conclusión

Hermanos, en este martes de la tercera semana de Cuaresma, la Iglesia nos recuerda que el perdón no es un adorno del Evangelio: es parte esencial del Evangelio. El cristiano no puede vivir alimentando venganzas interiores. No puede pedir a Dios clemencia y negarla al hermano. No puede acercarse a la mesa del Señor sin dejarse trabajar por la misericordia.

Hoy pidamos por nuestros familiares, amigos y benefactores. Que el Señor les conceda salud, paz, protección y abundantes bendiciones. Que recompense su generosidad, su cercanía y su amor. Y pidamos también que entre nosotros crezcan vínculos más sanos, más reconciliados, más luminosos.

Que María, Madre de misericordia, nos enseñe a tener un corazón humilde para pedir perdón y un corazón grande para concederlo.

Amén.

 

 

domingo, 8 de marzo de 2026

9 de marzo del 2026: lunes de la tercera semana de cuaresma

 

La fe que abre el corazón

En el camino cuaresmal de conversión, la Palabra de Dios de hoy nos invita a reconocer cómo actúa el Señor en medio de nuestra historia concreta.

En la primera lectura (2 Re 5,1-15a) escuchamos el relato de Naamán, un hombre poderoso pero enfermo, que busca la curación. Dios no lo sana mediante gestos espectaculares, sino a través de una humilde obediencia: bañarse en el Jordán. Para recibir la gracia, Naamán debe primero vencer su orgullo y aceptar la sencillez del camino que Dios le propone.

El Evangelio (Lc 4,24-30) nos muestra a Jesús rechazado en su propio pueblo. Sus paisanos no logran reconocer en Él al enviado de Dios. Cerrados en sus prejuicios, se escandalizan de que la salvación pueda llegar también a los extranjeros, como la viuda de Sarepta o Naamán el sirio.

La Cuaresma nos invita precisamente a esto: a dejarnos purificar el corazón de nuestras resistencias, de nuestro orgullo y de nuestros prejuicios. Solo un corazón humilde y abierto puede acoger la gracia de Dios que sana, libera y salva.

Pidamos al Señor, al comenzar esta celebración, que nos conceda la sencillez de Naamán y la fe capaz de reconocer su presencia en nuestra vida. Así su Palabra podrá transformarnos y renovar nuestro camino hacia la Pascua.

G.Q




Primera lectura

Lectura del segundo libro de los Reyes (5,1-15a):


EN aquellos días, Naamán, jefe del ejército del rey de Siria, era hombre notable y muy estimado por su señor, pues por su medio el Señor había concedido la victoria a Siria.
Pero, siendo un gran militar, era leproso.
Unas bandas de arameos habían hecho una incursión trayendo de la tierra de Israel a una muchacha, que pasó al servicio de la mujer de Naamán. Dijo ella a su señora:
«Ah, si mi señor pudiera presentarse ante el profeta que hay en Samaría. Él lo curaría de su lepra».
Fue (Naamán) y se lo comunicó a su señor diciendo:
«Esto y esto ha dicho la muchacha de la tierra de Israel».
Y el rey de Siria contestó:
«Vete, que yo enviaré una carta al rey de Israel».
Entonces tomó en su mano diez talentos de plata, seis mil siclos de oro, diez vestidos nuevos y una carta al rey de Israel que decía:
«Al llegarte esta carta, sabrás que te envío a mi siervo Naamán para que lo cures de su lepra».
Cuando el rey de Israel leyó la carta, rasgó sus vestiduras, diciendo:
«¿Soy yo Dios para repartir vida y muerte? Pues me encarga nada menos que curar a un hombre de su lepra. Daos cuenta y veréis que está buscando querella contra mí».
Eliseo, el hombre de Dios, oyó que el rey de Israel había rasgado sus vestiduras y mandó a que le dijeran:
«Por qué has rasgado tus vestiduras? Que venga a mí y sabrá que hay un profeta en Israel».
Llegó Naamán con sus carros y caballos y se detuvo a la entrada de la casa de Eliseo. Envió este un mensajero a decirle:
«Ve y lávate siete veces en el Jordán. Tu carne renacerá y quedarás limpio».
Naamán se puso furioso y se marchó diciendo:
«Yo me había dicho: “Saldrá seguramente a mi encuentro, se detendrá, invocará el nombre de su Dios, frotará con su mano mi parte enferma y sanaré de la lepra”. El Abaná y el Farfar, los ríos de Damasco, ¿no son mejores que todas las aguas de Israel? Podría bañarme en ellos y quedar limpio».
Dándose la vuelta, se marchó furioso. Sus servidores se le acercaron para decirle:
«Padre mío, si el profeta te hubiese mandado una cosa difícil, ¿no lo habrías hecho? ¡Cuánto más si te ha dicho: “Lávate y quedarás limpio”!».
Bajó, pues, y se bañó en el Jordán siete veces, conforme a la palabra del hombre de Dios. Y su carne volvió a ser como la de un niño pequeño: quedó limpio.
Naamán y toda su comitiva regresaron al lugar donde se encontraba el hombre de Dios. Al llegar, se detuvo ante él exclamando:
«Ahora conozco que no hay en toda la tierra otro Dios que el de Israel».


Palabra de Dios

 

 

Salmo

Sal 41,2.3;42,3.4

R/.
 Mi alma tiene sed del Dios vivo:
¿Cuándo veré el rostro de Dios?



V/. Como busca la cierva corrientes de agua,
así mi alma te busca a ti, Dios mío. R/.

V/. Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo:
¿cuándo entraré a ver el rostro de Dios? R/.

V/. Envía tu luz y tu verdad:
que ellas me guíen
y me conduzcan hasta tu monte santo,
hasta tu morada. R/.


V/. Me acercaré al altar de Dios,
al Dios de mi alegría;
y te daré gracias al son de la cítara,
Dios, Dios mío. R/.

 

 

Lectura del santo evangelio según san Lucas (4,24-30):

HABIENDO llegado Jesús a Nazaret, le dijo al pueblo en la sinagoga:
«En verdad os digo que ningún profeta es aceptado en su pueblo. Puedo aseguraros que en Israel había muchas viudas en los días de Elías, cuando estuvo cerrado el cielo tres años y seis meses y hubo una gran hambre en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías sino a una viuda de Sarepta, en el territorio de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, sin embargo, ninguno de ellos fue curado sino Naámán, el sirio».
Al oír esto, todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo echaron fuera del pueblo y lo llevaron hasta un precipicio del monte sobre el que estaba edificado su pueblo, con intención de despeñarlo.
Pero Jesús se abrió paso entre ellos y seguía su camino.

Palabra del Señor

 

 

1

 

Hermanos y hermanas:

La Palabra de Dios de hoy nos deja una enseñanza muy profunda para nuestro camino de Cuaresma: Dios obra muchas veces por caminos sencillos y humildes, no por los caminos espectaculares que nosotros esperamos.

En la primera lectura aparece Naamán, un hombre importante, poderoso, respetado… pero enfermo de lepra. Busca la curación esperando algo extraordinario, un gesto impresionante del profeta. Sin embargo, Dios le propone algo simple: bajarse al Jordán y lavarse siete veces. A Naamán le cuesta aceptar esa sencillez; su orgullo se resiste. Pero cuando finalmente obedece y se sumerge en el río, queda curado.

La enseñanza es clara: para recibir la gracia de Dios es necesario descender, hacerse humilde, aceptar caminos sencillos.

En el Evangelio vemos lo contrario. Jesús llega a Nazaret, su propio pueblo, y en lugar de ser acogido con fe, es rechazado. Sus paisanos creen conocerlo demasiado y no logran abrirse al misterio de Dios presente en Él. El orgullo y el prejuicio les impiden reconocer la salvación.

También a nosotros puede pasarnos lo mismo: queremos que Dios actúe, pero a veces nos cuesta aceptar sus caminos humildes: una conversión sincera, una reconciliación, una oración perseverante, un gesto sencillo de caridad.

Hoy, además, oramos por nuestros difuntos. Ante Dios todos somos necesitados de misericordia. La muerte misma es un gran acto de humildad: dejamos todo en las manos del Señor. Por eso los confiamos con esperanza a su amor, sabiendo que Dios es más grande que nuestras fragilidades y más misericordioso que nuestros juicios.

Pidamos al Señor en esta Eucaristía un corazón humilde, capaz de reconocer su presencia y de acoger su gracia. Y que nuestros fieles difuntos, purificados por su misericordia, descansen en la paz eterna. Amén.

 

2

 

Queridos hermanos y hermanas:

La Palabra de Dios de hoy nos advierte sobre un peligro muy sutil en la vida espiritual: acostumbrarnos a Dios. No es solo el pecado evidente lo que puede alejarnos del Señor; a veces es la rutina espiritual, la familiaridad que nos hace perder la capacidad de reconocer su presencia.

Eso fue lo que ocurrió en Nazaret. Jesús estaba en medio de su propio pueblo. Lo habían visto crecer, conocían a su familia, sabían de su oficio de carpintero. Pero precisamente esa cercanía les impidió ver más allá de lo exterior. Vieron al hombre, pero no descubrieron al Hijo de Dios.

Jesús entonces pronuncia una frase fuerte:
“Ningún profeta es aceptado en su propia tierra.”

¿Por qué sucede esto? Porque cuando creemos conocer demasiado algo o a alguien, dejamos de mirarlo con profundidad. El corazón se acostumbra, y la fe puede volverse superficial.

Por eso Jesús recuerda dos historias del Antiguo Testamento: la viuda de Sarepta y Naamán el sirio. Ambos eran extranjeros, personas de fuera del pueblo de Israel, pero ellos sí supieron abrirse a la acción de Dios.

La primera lectura nos habla precisamente de Naamán. Era un hombre poderoso, respetado, exitoso… pero enfermo de lepra. Cuando va donde el profeta Eliseo buscando curación, espera algo espectacular, un gesto solemne, una intervención impresionante. Sin embargo, el profeta solo le manda decir:
“Ve y lávate siete veces en el Jordán.”

A Naamán le molesta esa sencillez. Le parece indigno de su rango. Se irrita. Pero sus propios servidores le hacen ver algo muy sencillo: si el profeta le hubiera pedido algo difícil, lo habría hecho. ¿Por qué no aceptar algo tan simple?

Finalmente Naamán desciende al río, se sumerge, y queda curado. Y no solo sana su cuerpo: también sana su corazón, porque termina reconociendo al Dios verdadero.

Aquí hay una gran enseñanza para nosotros: la gracia de Dios suele actuar por caminos humildes y sencillos. El problema es que muchas veces nosotros esperamos cosas espectaculares, extraordinarias, visibles. Pero Dios prefiere lo pequeño.

A veces la conversión comienza con gestos muy simples:
una confesión sincera,
una reconciliación,
una oración humilde,
un acto de perdón,
un servicio silencioso,
una obediencia sencilla a la Palabra de Dios.

Naamán tuvo que descender al Jordán. También nosotros necesitamos descender del orgullo, de la autosuficiencia, de la idea de que ya conocemos suficientemente a Dios.

El Evangelio también nos muestra otra cosa muy humana: cuando Jesús confronta la falta de fe de los habitantes de Nazaret, ellos se enfurecen. La verdad les incomoda. Y pasan rápidamente de la admiración a la violencia: intentan despeñarlo.

Esto revela algo profundo del corazón humano: cuando la Palabra de Dios toca nuestras zonas no convertidas, podemos reaccionar con resistencia. A veces preferimos defendernos antes que dejarnos transformar.

Por eso el Evangelio de hoy es también una invitación para nosotros. Quienes hemos crecido en la fe, quienes vamos a misa, quienes escuchamos el Evangelio con frecuencia, también podemos caer en la rutina espiritual.

Podemos escuchar la Palabra sin dejarnos tocar por ella.
Podemos celebrar la Eucaristía sin asombro.
Podemos hablar de Dios sin realmente encontrarnos con Él.

Entonces, a veces, el Señor permite lo que podríamos llamar un “sacudón espiritual”: una palabra que nos confronta, una situación que nos hace replantear la vida, una experiencia que nos despierta de la tibieza. No es para castigarnos, sino para despertarnos.

El salmo de hoy nos muestra la actitud correcta del creyente:
“Mi alma tiene sed del Dios vivo.”

Solo quien tiene sed reconoce a Dios. Solo quien lo busca de verdad descubre su presencia. Cuando el corazón se vuelve autosuficiente o distraído, dejamos de percibirlo incluso cuando está cerca.

Y Cristo hoy sigue estando cerca de nosotros.
Está en la Eucaristía.
Está en la Palabra proclamada.
Está en los sacramentos.
Está en las personas que encontramos cada día.
Está en los momentos sencillos de la vida.

La pregunta que nos deja este Evangelio es muy personal:
¿Estoy realmente atento a la presencia de Cristo en mi vida o me he acostumbrado a Él?

Pidámosle al Señor en esta Eucaristía que nos conceda un corazón humilde como el de Naamán cuando finalmente se dejó sanar. Que nos libre de la ceguera espiritual de Nazaret. Y que renueve en nosotros el deseo profundo de buscarlo, reconocerlo y seguirlo.

Que en esta Cuaresma el Señor despierte nuestra fe, para que podamos reconocer su presencia incluso en lo más sencillo y cotidiano.

Amén.

 

8 de marzo del 2026: tercer domingo de Cuaresma (ciclo A)

Cristo, fuente de agua viva

En este tercer domingo de Cuaresma, la liturgia nos invita a contemplar la sed profunda del corazón humano y la respuesta que Dios ofrece a esa sed.

En la primera lectura, el pueblo de Israel, caminando por el desierto, sufre la sed y se llena de dudas. En medio de sus quejas, Dios hace brotar agua de la roca para saciar a su pueblo (Éx 17,3-7). El salmo retoma esa experiencia recordándonos: “Ojalá escuchen hoy la voz del Señor: no endurezcan el corazón”, una invitación a confiar en Dios incluso en medio de las pruebas.

San Pablo, en la segunda lectura, nos recuerda que nuestra esperanza no es vana, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo (Rom 5,1-2.5-8). Dios no abandona al ser humano en su sed de sentido, de verdad y de vida.

Finalmente, en el Evangelio, Jesús se encuentra con la samaritana junto al pozo y le revela el gran don de Dios: el agua viva que sacia para siempre (Jn 4,5-42). A través de este diálogo, Cristo muestra que Él mismo es la fuente que puede llenar la sed más profunda del corazón humano.

En este camino cuaresmal, también nosotros somos invitados a acercarnos a Cristo, reconocer nuestra sed interior y dejarnos renovar por el agua viva de su gracia.




El Rito de la Iniciación Cristiano de los Adultos –

 Tres Escrutinios

 

Todos necesitamos conversión a lo largo de nuestra vida, por lo que nos unimos a los "elegidos" para escudriñar nuestra vida y orar por la gracia para vencer el poder del pecado que infecta nuestro corazón. Los escrutinios son ritos de auto búsqueda y arrepentimiento. Están destinados a descubrir, y luego sanar todo lo que es débil, defectuoso o pecaminoso en el corazón de los elegidos; para sacar a relucir, fortalecer todo lo que es recto, fuerte y bueno y se celebra para liberar a los elegidos del poder del pecado y Satanás, para protegerlos contra la tentación, y para darles fuerza en Cristo. Estos ritos profundizan la determinación de los elegidos de aferrarse a Cristo y de llevar a cabo su decisión de amar a Dios por encima de todo." Los escrutinios se celebran para inspirar un deseo de purificación y redención por cristo. Del primero al tercer escrutinio se invita a los elegidos a profundizar en su deseo de salvación.

Los escrutinios comienzan hoy y continúan durante dos domingos más.

 


Primera lectura

Éx 17, 3-7

Danos agua que beber

Lectura del libro del Éxodo.

EN aquellos días, el pueblo, sediento, murmuró contra Moisés, diciendo:
«¿Por qué nos has sacado de Egipto para matarnos de sed a nosotros, a nuestros hijos y a nuestros ganados?».
Clamó Moisés al Señor y dijo:
«¿Qué puedo hacer con este pueblo? Por poco me apedrean».
Respondió el Señor a Moisés:
«Pasa al frente del pueblo y toma contigo algunos de los ancianos de Israel; empuña el bastón con el que golpeaste el Nilo y marcha. Yo estaré allí ante ti, junto a la roca de Horeb. Golpea la roca, y saldrá agua para que beba el pueblo».
Moisés lo hizo así a la vista de los ancianos de Israel. Y llamó a aquel lugar Masá y Meribá, a causa de la querella de los hijos de Israel y porque habían tentado al Señor, diciendo:
«¿Está el Señor entre nosotros o no?».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 94, 1-2. 6-7c. 7d-9 (R.: cf. 7d-8a)

R. Ojalá escuchen hoy la voz del Señor:
«No endurezcan su corazón».


V. Vengan, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos. 
R.

V. Entren, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía. 
R.

V. Ojalá escuchen hoy su voz:
«No endurezcan el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando sus padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras». 
R.

 

Segunda lectura

Rom 5, 1-2. 5-8

El amor ha sido derramado en nosotros por el Espíritu que se nos ha dado

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos.


HERMANOS:
Habiendo sido justificados en virtud de la fe, estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo, por el cual hemos obtenido además por la fe el acceso a esta gracia, en la cual nos encontramos; y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios.
Y la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado.
En efecto, cuando nosotros estábamos aún sin fuerza, en el tiempo señalado, Cristo murió por los impíos; ciertamente, apenas habrá quien muera por un justo; por una persona buena tal vez se atrevería alguien a morir; pues bien: Dios nos demostró su amor en que, siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros.

Palabra de Dios.

 

Aclamación

V. Señor, tú eres de verdad el Salvador del mundo;
dame agua viva, así no tendré más sed.

 

Evangelio

Jn 4, 5-42 (forma larga)

Un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna

Lectura del santo Evangelio según san Juan.


EN aquel tiempo, llegó Jesús a una ciudad de Samaría llamada Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José; allí estaba el pozo de Jacob.
Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al pozo. Era hacia la hora sexta.
Llega una mujer de Samaría a sacar agua, y Jesús le dice:
«Dame de beber».
Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida.
La samaritana le dice:
«¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?» (porque los judíos no se tratan con los samaritanos).
Jesús le contestó:
«Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice “dame de beber”, le pedirías tú, y él te daría agua viva».
La mujer le dice:
«Señor, si no tienes balde, y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?».
Jesús le contestó:
«El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna».
La mujer le dice:
«Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla».
Él le dice:
«Anda, llama a tu marido y vuelve».
La mujer le contesta:
«No tengo marido».
Jesús le dice:
«Tienes razón, que no tienes marido: has tenido ya cinco, y el de ahora no es tu marido. En eso has dicho la verdad».
La mujer le dice:
«Señor, veo que tú eres un profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte, y ustedes dicen que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén».
Jesús le dice:
«Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adorarán al Padre. Ustedes adoran a uno que no conocen; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el
Padre desea que lo adoren así. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y verdad».
La mujer le dice:
«Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga, él nos lo dirá todo».
Jesús le dice:
«Soy yo, el que habla contigo».
En esto llegaron sus discípulos y se extrañaban de que estuviera hablando con una mujer, aunque ninguno le dijo: «¿Qué le preguntas o de qué le hablas?».
La mujer entonces dejó su cántaro, se fue al pueblo y dijo a la gente:
«Vengan a ver un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho; ¿será este el Mesías?».
Salieron del pueblo y se pusieron en camino adonde estaba él.
Mientras tanto sus discípulos le insistían:
«Maestro, come».
Él les dijo:
«Yo tengo un alimento que ustedes no conocen».
Los discípulos comentaban entre ellos:
«¿Le habrá traído alguien de comer?».
Jesús les dice:
«Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su obra.
¿No dicen ustedes que faltan todavía cuatro meses para la cosecha? Yo les digo esto: levanten los ojos y contemplen los campos, que están ya dorados para la siega; el segador ya está recibiendo salario y almacenando fruto para la vida eterna: y así, se alegran lo mismo sembrador y segador.
Con todo, tiene razón el proverbio: uno siembra y otro siega. Yo los envié a segar lo que no han trabajado. Otros trabajaron y ustedes entraron en el fruto de sus trabajos».
En aquel pueblo muchos samaritanos creyeron en él por el testimonio que había dado la mujer: «Me ha dicho todo lo que he hecho».
Así, cuando llegaron a verlo los samaritanos, le rogaban que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días. Todavía creyeron muchos más por su predicación, y decían a la mujer:
«Ya no creemos por lo que tú dices; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo».

Palabra del Señor.



Jn 4, 5-15. 19b-26. 39a. 40-42 (forma breve)

Un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna

Lectura del santo Evangelio según san Juan.


EN aquel tiempo, llegó Jesús a una ciudad de Samaría llamada Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José; allí estaba el pozo de Jacob.
Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al pozo. Era hacia la hora sexta.
Llega una mujer de Samaría a sacar agua, y Jesús le dice:
«Dame de beber».
Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida.
La samaritana le dice:
«¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?» (porque los judíos no se tratan con los samaritanos).
Jesús le contestó:
«Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice “dame de beber”, le pedirías tú, y él te daría agua viva».
La mujer le dice:
«Señor, si no tienes balde, y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob,
que nos dio este pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?».
Jesús le contestó:
«El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna».
La mujer le dice:
«Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla. Veo que tú eres un profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte, y ustedes dicen que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén».
Jesús le dice:
«Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adorarán al Padre. Ustedes adoran a uno que no conocen; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que lo adoren así. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y verdad».
La mujer le dice:
«Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga, él nos lo dirá todo».
Jesús le dice:
«Soy yo, el que habla contigo».
En aquel pueblo muchos creyeron en él. Así, cuando llegaron a verlo los samaritanos, le rogaban que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días. Todavía creyeron muchos más por su predicación, y decían a la mujer:
«Ya no creemos por lo que tú dices; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo».

Palabra del Señor.

 

 

 

1

 

Jesús, fuente de agua viva para nuestra sed más profunda

“Llegó Jesús a un pueblo de Samaria llamado Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José; allí estaba el manantial de Jacob. Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al manantial. Era alrededor del mediodía. Llegó una mujer de Samaria a sacar agua, y Jesús le dice: ‘Dame de beber’.”
(Jn 4,5-7)

El tercer domingo de Cuaresma nos sitúa ante una de las páginas más bellas y profundas del Evangelio: el encuentro de Jesús con la mujer samaritana. No es solo un diálogo entre dos personas; es un encuentro entre la sed humana y la misericordia de Dios.

Además, en este domingo la Iglesia celebra tradicionalmente el primero de los Escrutinios para los catecúmenos adultos que se preparan para recibir los sacramentos de iniciación cristiana en la Vigilia Pascual.

La palabra escrutinio proviene del latín scrutari, que significa examinar, indagar profundamente, buscar algo valioso incluso entre lo que parece inútil o desechado. La Iglesia usa este término porque expresa muy bien lo que Dios hace con cada uno de nosotros: Él entra en lo profundo de nuestra vida, revisa nuestras heridas, nuestros pecados y nuestras oscuridades, no para condenarnos, sino para rescatar la belleza del hijo o de la hija que Él creó.

El Ritual de la Iniciación Cristiana de Adultos explica que los escrutinios “están destinados a descubrir y sanar todo lo que es débil, defectuoso o pecaminoso en el corazón de los elegidos, y a fortalecer todo lo que es recto, fuerte y bueno”.

La historia de la mujer junto al pozo ilustra perfectamente esta acción de Dios.

Para comprender mejor el relato, conviene imaginar la escena. Jesús está sentado junto al pozo de Jacob alrededor del mediodía, la hora más calurosa del día. Normalmente las mujeres del pueblo iban al pozo temprano en la mañana o al atardecer. Pero esta mujer llega a esa hora precisamente porque quiere evitar a los demás. Su vida ha sido marcada por relaciones rotas y por el juicio de los demás. Vive cargada de vergüenza y soledad.

En ese contexto aparece Jesús, cansado del camino, y le dice algo sorprendente: “Dame de beber”.

El gesto es profundamente significativo. Los judíos evitaban a los samaritanos, a quienes consideraban impuros. Pero Jesús rompe esa barrera cultural y religiosa. Para Él, aquella mujer no es una pecadora despreciada: es una hija de Dios.

En realidad, la petición de Jesús es mucho más profunda de lo que parece. San Agustín decía que Jesús tenía sed de la fe y de la salvación de aquella mujer. Su sed no era solo física; era el deseo ardiente de rescatar su vida, de llenarla con la gracia que brotaría plenamente de su cruz.

Este Evangelio dialoga profundamente con las otras lecturas de este domingo.

En la primera lectura, el pueblo de Israel atraviesa el desierto y sufre la sed. La angustia los lleva a dudar de Dios y a preguntarse: “¿Está o no está el Señor en medio de nosotros?” (Ex 17,7). Entonces Dios hace brotar agua de la roca para saciar a su pueblo. Aquella agua fue un signo de que Dios no abandona a quienes caminan con Él, incluso cuando atraviesan momentos de sequedad y desierto.

El salmo responsorial retoma esa misma experiencia y nos invita a no repetir la dureza de corazón del pueblo en el desierto:
“Ojalá escuchen hoy la voz del Señor: no endurezcan el corazón.”
La sed física del desierto se convierte así en símbolo de la sed espiritual del ser humano.

San Pablo, en la segunda lectura, ilumina todavía más este misterio cuando afirma que “el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo” (Rom 5,5). Dios no se limita a saciar una necesidad momentánea; derrama su amor en nosotros y nos introduce en una esperanza que no defrauda.

En el Evangelio, Jesús revela finalmente el sentido profundo de todo esto:
Él mismo es el agua viva.

La mujer samaritana había ido al pozo buscando el agua de cada día. Pero Jesús le revela que su verdadera sed es mucho más profunda: es sed de amor, de verdad, de dignidad, de vida nueva.

Por eso Jesús no se detiene en su pasado. Él conoce su historia, conoce sus heridas, conoce sus errores. Pero en lugar de condenarla, entra en su vida para transformarla. Es como si escarbara en el desorden de su historia para rescatar el tesoro escondido de su dignidad.

Cuando aquella mujer acepta la verdad sobre su vida y se abre a la gracia de Dios, ocurre algo extraordinario: la mujer que había llegado sola y avergonzada al pozo se convierte en misionera, en testigo que corre al pueblo para anunciar: “Vengan a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho.”

Así actúa Dios. Donde nosotros vemos fracaso, Él ve posibilidad de gracia.

Este Evangelio también nos habla personalmente.

La mujer samaritana representa a los catecúmenos que se preparan para el Bautismo, pero también representa a cada uno de nosotros. Todos llevamos dentro alguna forma de sed: sed de sentido, de amor verdadero, de reconciliación, de paz.

Y a cada uno de nosotros Jesús nos repite hoy la misma petición:
“Dame de beber.”

Cristo tiene sed de nuestra fe, de nuestra confianza, de nuestra conversión. Tiene sed de que abramos el corazón para recibir su misericordia.

En este camino cuaresmal, no permitamos que la vergüenza, el miedo o el sentimiento de indignidad nos alejen de Él. Al contrario, acerquémonos con humildad al pozo de su gracia: en la oración, en la Palabra de Dios, en la reconciliación y en la Eucaristía.

Porque cuando dejamos que Cristo entre en nuestra vida, su agua viva comienza a brotar dentro de nosotros como un manantial que salta hasta la vida eterna.

Señor Jesús,
Tú conoces mi sed más profunda.
Miras mi vida con misericordia y no te alejas de mí.
Purifica mi corazón, sana mis heridas
y haz que tu agua viva se convierta en un manantial de gracia en mi vida.
Jesús, en Ti confío.

  

10 de marzo del 2026: martes de la 3a semana de Cuaresma

  La fuerza del perdón y la humildad del corazón En este tiempo de Cuaresma, la Palabra de Dios nos recuerda que la fe no se vive sólo con...