Testigo
de la fe
Santísima Virgen María Nuestra
Señora de Lourdes
El 11 de febrero de 1858, la Virgen
María se apareció por primera vez a Bernadette Soubirous.
De febrero a julio de 1858, la Gruta de
Massabielle atrajo multitudes a Lourdes. Al invocar a la Madre de Dios
Inmaculada, que allí se manifestó a Bernardita, el pueblo cristiano descubre en
María la imagen de la Iglesia futura, prefiguración de la nueva Jerusalén,
cuyas puertas están abiertas a todos los pueblos.
En Lourdes, María cumplió una misión de
aliviar los sufrimientos y reconciliar las almas con Dios y con el prójimo” (San Juan Pablo
II).
Hoy es también la 34a Jornada Mundial
del Enfermo, instituida en 1992 por el Santo Papa Juan Pablo II.
Un giro existencial
(Marcos 7, 14-23) La
controversia iniciada ayer se radicaliza cuando Jesús da un paso más. Ya no se
desmarca solamente de la ley oral de los escribas, sino incluso de los
preceptos sobre lo puro y lo impuro de la misma Ley de Moisés. Inicia así un
giro religioso mayor, haciendo pasar a sus discípulos de una concepción
simbólica de la santidad —dominada por lo sagrado y sus preceptos objetivados—
a una concepción existencial.
Jean-Marc Liautaud, Fondacio
Primera
lectura
La reina de
Saba percibió la sabiduría de Salomón
Lectura del primer libro de los Reyes.
EN aquellos días, la reina de Saba oyó la fama de Salomón, en honor del nombre
del Señor, y vino a ponerlo a prueba con enigmas.
Llegó a Jerusalén con una gran fuerza de camellos portando perfumes, oro en
cantidad y piedras preciosas. Ante Salomón se presentó para plantearle cuanto
había ideado. El rey resolvió sus preguntas todas, pues no había cuestión tan
arcana que él no pudiese desvelar. Cuando la reina de Saba percibió la
sabiduría de Salomón, el palacio que había construido, los manjares de su mesa,
las residencias de sus servidores, el porte y vestimenta de sus ministros, sus
coperos y los holocaustos que ofrecía en el templo del Señor, se quedó sin
respiración y dijo al rey:
«Era verdad cuanto oí en mi tierra acerca de tus enigmas y tu sabiduría. No
daba crédito a lo que se decía, pero ahora he venido y mis propios ojos lo han
visto. ¡Ni la mitad me narraron! Tu conocimiento y prosperidad superan con
mucho las noticias que yo escuché. Dichosas tus mujeres, dichosos estos
servidores tuyos siempre en tu presencia escuchando tu sabiduría. Bendito sea
el Señor, tu Dios, que se ha complacido en ti y te ha situado en el trono de
Israel. Pues, por el amor eterno del Señor a Israel, te ha puesto como rey para
administrar derecho y justicia».
Ofreció al rey ciento veinte talentos de oro y gran cantidad de esencias
perfumadas y piedras preciosas. Jamás llegaron en tal abundancia perfumes como
los que la reina de Saba dio a Salomón.
Palabra de Dios.
Salmo
R. La
boca del justo expone la sabiduría.
V. Encomienda tu camino al Señor,
confía en él, y él actuará:
hará tu justicia como el amanecer,
tu derecho como el mediodía. R.
V. La
boca del justo expone la sabiduría,
su lengua explica el derecho;
porque lleva en el corazón la ley de su Dios,
y sus pasos no vacilan. R.
V. El Señor es
quien salva a los justos,
él es su alcázar en el peligro;
el Señor los protege y los libra,
los libra de los malvados y los salva
porque se acogen a él. R.
Aclamación
V. Tu palabra,
Señor, es verdad; santifícanos en la verdad. R.
Evangelio
Lo que sale
de dentro es lo que hace impuro al hombre
Lectura del santo Evangelio según san Marcos.
EN aquel tiempo, llamó Jesús de nuevo a la gente y les dijo:
«Escuchen y entiendan todos: nada que entre de fuera puede hacer al hombre
impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre».
Cuando dejó a la gente y entró en casa, le pidieron sus discípulos que les
explicara la parábola.
Él les dijo:
«¿También ustedes siguen sin entender? ¿No comprenden? Nada que entre de fuera
puede hacer impuro al hombre, porque no entra en el corazón sino en el vientre
y se echa en la letrina».
(Con esto declaraba puros todos los alimentos).
Y siguió:
«Lo que sale de dentro del hombre, eso sí hace impuro al hombre. Porque de
dentro, del corazón del hombre, salen los pensamientos perversos, las
fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, malicias, fraudes,
desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen
de dentro y hacen al hombre impuro».
Palabra del Señor.
1
Hermanos,
hoy la liturgia nos pone delante un tema delicado y muy real: la “pureza” del corazón.
Y lo hace en un día especialmente sensible, porque celebramos a Nuestra Señora de Lourdes
y la Jornada Mundial del
Enfermo. En otras palabras: hoy el Evangelio nos ayuda a
entender, con una luz poderosa, que la
enfermedad no contamina, que el dolor no “mancha”, y que la
santidad no es una fachada impecable sino una vida tocada por Dios desde
dentro.
1) El “giro existencial” que propone Jesús
Jesús
reúne a la gente y les dice algo que en su contexto fue una revolución:
“Nada
que entra de fuera puede hacer impuro al hombre… lo que sale del corazón es lo
que lo hace impuro” (cf. Mc 7,15).
Eso
es el “giro existencial” del comentario: pasar de una santidad entendida como algo externo, reglamentado, visible,
a una santidad existencial,
es decir, concreta, interior, vital, donde Dios trabaja las raíces.
Porque,
seamos sinceros: es más fácil cuidar la imagen que cuidar el corazón. Es más
fácil “cumplir” que “convertirse”. Es más fácil evitar ciertas cosas por fuera
que enfrentar lo que se cuece por dentro: resentimientos, envidias, heridas no
sanadas, adicciones, doble vida, palabras hirientes, miradas sucias, soberbias
finas… Y Jesús nos mira con cariño, pero con claridad: “Lo de dentro es lo que hay que sanar”.
Y
aquí viene una clave pastoral (y muy humana): muchas impurezas del corazón nacen del dolor.
No justifican el pecado, pero lo explican. Un corazón herido, si no se deja
curar, termina hiriendo. Por eso Jesús no solo denuncia; Jesús invita a la sanación interior.
2) La reina de Saba y el deseo de una sabiduría
que dé vida
La
primera lectura nos presenta a la reina de Saba, que viaja para probar la
sabiduría de Salomón (1R 10,1-10). Ella hace un camino largo porque intuye que
allí hay una palabra que ilumina.
Hermanos,
en el fondo todos somos como esa reina cuando estamos en crisis: cuando llega
una enfermedad, cuando la casa se llena de silencios, cuando aparece un
diagnóstico, cuando la vida cambia el ritmo… buscamos sentido. Y no basta una
explicación fría. Necesitamos una sabiduría que sostenga, que consuele, que
ordene la vida.
Pues
bien: Jesús es más que
Salomón. Salomón asombra por su inteligencia; Jesús transforma
por su amor. Salomón responde preguntas; Jesús cura el corazón y abre caminos de esperanza
aun dentro del sufrimiento.
3) El salmo: la confianza que no es ingenuidad
El
salmo nos da una frase preciosa:
“Encomienda
al Señor tu camino… y Él actuará” (Sal 37).
Esto
no es magia ni ingenuidad. Es fe madura. Es decir: “Señor, no entiendo todo,
pero me pongo en tus manos”. La fe no siempre quita la cruz; muchas veces cambia la manera de cargarla.
Y eso ya es un milagro cotidiano.
4) Lourdes: cuando el cielo se inclina sobre el
dolor humano
Hoy
recordamos Lourdes: un lugar donde la Virgen, Madre, se hace cercana a los
enfermos. Y celebramos la Jornada Mundial del Enfermo. Esto nos lleva a una
afirmación importantísima:
Enfermar no es volverse impuro.
Sufrir no es ser menos digno.
Necesitar ayuda no es un fracaso.
A
veces la enfermedad trae una tentación espiritual muy dura: sentirse una carga,
sentirse “de sobra”, sentir que uno ya no aporta, que ya no vale. ¡Qué mentira
tan cruel! En la lógica del Evangelio, el enfermo no es un estorbo: es un lugar sagrado donde
Cristo se deja encontrar. La comunidad no “tolera” al enfermo: lo honra, lo acompaña,
aprende de su paciencia, y lo cuida como se cuida un tesoro.
Y
aquí me permito una observación muy pastoral: en muchas familias, lo que más
duele no es el dolor físico sino la soledad emocional. Que no llamen. Que no
visiten. Que no pregunten. Que todo siga como si nada. Por eso, hoy el Señor
también nos convierte a nosotros: no solo al enfermo, sino al que está sano.
5) ¿Qué sale del corazón? Tres exámenes simples
Jesús
enumera cosas que salen del interior y dañan la vida (Mc 7,21-23). Yo lo
traduzco en tres preguntas para el examen de conciencia:
1.
¿Qué sale de mi boca?
Palabras que construyen o que destruyen. Ironías, chismes, desprecios
“disfrazados” de humor. Con los enfermos, esto es crucial: una frase dura puede
herir más que una aguja.
2.
¿Qué sale de mis decisiones?
¿Mis acciones nacen del amor o del ego? ¿Me pongo al centro? ¿Me cierro? ¿Me
vuelvo indiferente?
3.
¿Qué sale de mis heridas?
Porque lo no sanado se convierte en veneno: amargura, resentimiento,
agresividad. Y Jesús hoy nos pide valentía: “Déjame entrar a ese lugar”.
6) Hoy, una conversión concreta: pastoral del
enfermo
En
un día como hoy, la homilía tiene que terminar en gestos. Si no, se queda en
bonito discurso.
Les
propongo tres compromisos sencillos:
·
Un gesto de cercanía: hoy mismo, una
llamada, un mensaje, una visita breve a un enfermo. No para “dar consejos”,
sino para decir: “No estás
solo”.
·
Una palabra de fe realista: no frases hechas. A
veces basta: “Estoy contigo;
vamos paso a paso; Dios está aquí”.
·
Una oración con nombre propio: tomar uno o dos
enfermos y rezar por ellos por su nombre. Eso cambia el corazón del que ora.
7) Eucaristía: medicina para el interior
Hermanos,
la Eucaristía es el lugar donde Cristo entra en nuestra vida. Y hoy es hermoso
recordarlo así: Él no
entra para juzgarte; entra para sanarte. No viene a
inspeccionar tu fachada; viene a habitar tu interior.
Pidamos
entonces, por intercesión de la Virgen de Lourdes:
·
por
nuestros enfermos: que el Señor les conceda alivio, fortaleza, paz interior, y
si es su voluntad, salud;
·
por
los cuidadores y familias: que no se cansen de amar;
·
por
el personal médico: que su servicio sea también una vocación de compasión;
·
y
por nosotros: que vivamos este “giro existencial”, pasando de una fe de
apariencias a una fe del corazón.
Que
María, Salud de los Enfermos, nos tome de la mano y nos lleve a Jesús, el
Médico del alma y del cuerpo. Amén.
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11 de febrero:
Nuestra Señora de Lourdes — Memoria
facultativa
11 de enero–16 de julio de
1858
Patrona de los enfermos, de
quienes padecen asma.
Cita:
“Fui todos los días durante una quincena, y cada día le pregunté quién era,
y esta petición siempre la hacía sonreír. Después de la quincena se lo pregunté
tres veces seguidas. Ella siempre sonrió. Por fin lo intenté por cuarta vez.
Dejó de sonreír. Con los brazos bajados, alzó los ojos al cielo y luego,
juntando las manos sobre el pecho, dijo: ‘Yo soy la Inmaculada Concepción’.”
~Testimonio de santa Bernardita Soubirous
Reflexión:
Bernadette
Soubirous nació el 7 de enero de 1844, en el seno de una familia humilde y muy
pobre en Lourdes, Francia. Su padre era molinero y su madre lavaba ropa. La
mayor de nueve hijos, Bernadette recibió una educación sencilla de parte de las
Hermanas de la Caridad y de la Instrucción Cristiana, pero las enfermedades
frecuentes dificultaron sus estudios. Creció hablando el dialecto local del
occitano y aprendió algo de francés en su adolescencia. Su familia era tan
pobre que los once vivían juntos, gratuitamente, en el sótano de una sola
habitación perteneciente a un pariente, que antes había sido usado como prisión
o calabozo.
Cuando
Bernadette tenía catorce años, fue con su hermana y una amiga a recoger leña
para calentar su hogar. Bernadette se quedó atrás mientras buscaban madera
cerca de una gruta natural de roca. Entonces oyó el sonido de un viento
impetuoso, pero solo vio moverse un rosal silvestre. Luego, desde el interior
de la gruta, vio una luz deslumbrante y la figura de una pequeña joven vestida
de blanco, con rosas amarillas en los pies. Las otras dos niñas no vieron nada.
Bernadette pidió a su hermana que no contara nada a nadie, pero su hermana se
lo dijo después a su madre. La madre de Bernadette castigó a las niñas por
mentir y les prohibió volver a la gruta.
Tres
días más tarde, Bernadette se sintió atraída a volver a la gruta, así que ella
y sus dos compañeras rogaron permiso a su madre, quien accedió a regañadientes.
Bernadette llevó consigo una botella de agua bendita. Cuando llegaron a la
cueva, las tres niñas se arrodillaron para rezar el rosario. Antes de terminar
el primer misterio, apareció la joven vestida de blanco. Bernadette le roció
agua bendita, diciéndole que si venía de Dios debía quedarse; si no, debía
irse. La mujer sonrió y se quedó hasta el final del rosario, y luego se retiró.
Para
entonces, algunos habitantes del pueblo empezaron a enterarse de estos
encuentros. Algunos eran supersticiosos y pensaban que se trataba de las almas
de parientes fallecidos. Otros creían que era la Santísima Virgen María. Cuatro
días después, Bernadette regresó a la cueva acompañada por algunos adultos.
Cuando apareció la Señora, habló por primera vez con Bernadette, en occitano.
La Señora se dirigió a Bernadette de un modo sorprendentemente formal y
respetuoso, no como un adulto se dirigiría normalmente a una niña campesina
pobre. Le preguntó a Bernadette si estaba dispuesta a volver durante los
siguientes catorce días. Bernadette aceptó.
Bernadette
cuenta lo siguiente sobre las dos semanas siguientes de visiones:
“Volví durante una quincena. La visión aparecía cada día, excepto un lunes y un
viernes. Me repitió varias veces que debía decir a los sacerdotes que
construyeran allí una capilla, y que debía ir a la fuente a lavarme, y que
debía rezar por los pecadores. Durante esta quincena, me dijo tres secretos que
me prohibió contar a nadie. He sido fiel hasta ahora.”
A
medida que la noticia se difundía, el número de asistentes creció a 30, 100,
350, 800, 1000, 1500, hasta culminar con casi 10.000. Durante la quincena, se
implicó la policía local y amenazó a Bernadette y a su familia. Sin embargo,
Bernadette perseveró. La Señora pidió que la gente rezara por los pecadores y
hiciera penitencia. Durante la novena visión, la Señora pidió a Bernadette que
bebiera de un manantial de agua en la cueva. Ella encontró solo un pequeño
charco lodoso, así que bebió de allí. Eso le dejó barro en el rostro, y muchos
de los presentes se burlaron de ella, para vergüenza de su familia. Durante los
dos días siguientes, el pequeño charco de barro se convirtió en un manantial de
agua clara que corría. Muchos empezaron a creer cuando el brazo paralizado de
una mujer fue curado después de bañarlo en el nuevo manantial. A lo largo de
los catorce días, Bernadette preguntaba constantemente el nombre de la Señora,
porque el párroco le había pedido que lo hiciera. Cada vez, la Señora solo
sonreía.
Concluidos
los catorce días, la vida volvió a la normalidad durante las tres semanas
siguientes. Sin embargo, el 25 de marzo, fiesta de la Anunciación, Bernadette
se sintió atraída de nuevo hacia la gruta. Esta vez, preguntó repetidamente el
nombre de la Señora. La Señora respondió: “Yo soy la Inmaculada Concepción.”
Bernadette era una joven campesina simple y con poca educación. No tenía idea
de qué era la “Inmaculada Concepción”. Pero repitió ese nombre una y otra vez
para no olvidarlo. Cuando se lo dijo al párroco, él quedó atónito. Solo cuatro
años antes, el Papa había proclamado el Dogma de la Inmaculada Concepción. Este
hecho, en particular, ayudó a convencer a los responsables de la Iglesia de que
las apariciones eran auténticas.
Desde
entonces, las aguas de Lourdes han seguido fluyendo, y se han registrado,
estudiado y confirmado más de setenta curaciones mediante un riguroso proceso
científico. Muchísimas más curaciones han sido proclamadas por los fieles.
Millones de personas visitan Lourdes cada año, convirtiéndolo en uno de los
lugares de peregrinación más frecuentados del mundo. Los enfermos acuden a esta
santa gruta para bañarse o beber el agua milagrosa, buscando una cura para sus
dolencias.
Varios
años después de sus visiones, Bernadette ingresó en la vida religiosa. Sobre
las visiones, diría más tarde: “La Virgen me usó como una escoba para quitar el
polvo. Cuando el trabajo está hecho, la escoba se vuelve a poner detrás de la
puerta.” Esta “escoba” fue canonizada en 1933. La gruta de Lourdes, sin
embargo, era mucho más grande que Bernadette. Fue el don de Nuestra Señora al
pueblo. Fue su proclamación de que ella era la Inmaculada Concepción y su
aceptación formal de este título aquí en la tierra.
Oración:
Madre
amadísima, Inmaculada Concepción, escogiste el instrumento más humilde en
Bernadette para proclamar tu mensaje universal de arrepentimiento. Declaraste
al mundo que tú eres, verdaderamente, la Inmaculada Concepción. Te ruego que
intercedas por mí, traigas sanación a mi alma y me ayudes a ser liberado de
todo pecado, para que un día pueda compartir tu gloria en el Cielo. Santa
Bernardita, ruega por mí. Nuestra Señora, Inmaculada Concepción, ruega por mí.
Jesús, en Ti confío.



