martes, 26 de mayo de 2026

27 de mayo del 2026: miércoles de la octava semana del Tiempo ordinario-II-San Agustín de Canterbury, obispo-feria o memoria libre

 

Santo del día:

San Agustín de Canterbury

Siglos VI-VII. Elegido por el papa San Gregorio Magno para evangelizar Inglaterra, fue bien recibido por el rey sajón Etelberto, quien se convirtió poco después. San Agustín llegó a ser el primer obispo de Canterbury.


San Agustín de Canterbury nos recuerda que la evangelización nace de la obediencia a la misión y de la confianza en la gracia. No fue a imponer, sino a anunciar; no fue por cuenta propia, sino enviado por la Iglesia. Su vida nos invita a pedir por los misioneros y por todos los que, con paciencia y humildad, siembran el Evangelio en culturas y corazones nuevos.

 

 

Destino final

Marcos 10, 32-45

Algunos destinos hacen temer lo peor. Para Jesús, cuya predicación se ha ganado la hostilidad de los jefes religiosos, Jerusalén es uno de esos destinos. A su círculo más cercano, los Doce, les explica además la suerte que le espera. Ellos, entonces, se preparan para librar el último combate, pero dispersos y cada uno por su lado. La gloria de su Maestro no les cabe en duda, pero la humildad del servicio todavía permanece velada para ellos.

Nicolas Tarralle, prêtre assomptionniste

 


Primera lectura

1 Pe 1, 18-25
Fueron liberados con una sangre preciosa, como la de un cordero sin mancha, Cristo

Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro.

QUERIDOS hermanos:
Ya saben que fueron liberados de su conducta inútil, heredada de sus padres, pero no con algo corruptible, con oro o plata, sino con una sangre preciosa, como la de un cordero sin defecto y sin mancha, Cristo, previsto ya antes de la creación del mundo y manifestado en los últimos tiempos por ustedes, que, por medio de él, creen en Dios, que lo resucitó de entre los muertos y le dio gloria, de manera que la fe y la esperanza de ustedes estén puestas en Dios.
Ya que han purificado sus almas por la obediencia a la verdad hasta amarse unos a otros como hermanos, ámense de corazón unos a otros con una entrega total, pues han sido regenerados, pero no a partir de una semilla corruptible sino de algo incorruptible, mediante la palabra de Dios viva y permanente, porque
«Toda carne es como hierba
y todo su esplendor como flor de hierba:
se agosta la hierba y la flor se cae,
pero la palabra del Señor permanece para siempre».
Pues esa es la palabra del Evangelio que se les anunció.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 147, 12-13. 14-15. 19-20 (R.: 12a)

R. Glorifica al Señor, Jerusalén.

O bien:

R. Aleluya.

V. Glorifica al Señor, Jerusalén;
alaba a tu Dios, Sion.
Que ha reforzado los cerrojos de tus puertas,
y ha bendecido a tus hijos dentro de ti. 
R.

V. Ha puesto paz en tus fronteras,
te sacia con flor de harina.
Él envía su mensaje a la tierra,
y su palabra corre veloz. 
R.

V. Anuncia su palabra a Jacob,
sus decretos y mandatos a Israel;
con ninguna nación obró así,
ni les dio a conocer sus mandatos. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. El Hijo del hombre ha venido a servir y dar su vida en rescate por muchos. R.

 

Evangelio

Mc 10, 32-45
Miren, estamos subiendo a Jerusalén, y el Hijo del hombre va a ser entregado

Lectura del santo Evangelio según san Marcos.


EN aquel tiempo, los discípulos estaban subiendo por el camino hacia Jerusalén y Jesús iba delante de ellos; ellos estaban sorprendidos y los que lo seguían tenían miedo. Él tomó aparte otra vez a los Doce y empezó a decirles lo que le iba a suceder:
«Miren, estamos subiendo a Jerusalén, y el Hijo del hombre va a ser entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas; lo condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles, se burlarán de él, le escupirán, lo azotarán y lo matarán; y a los tres días resucitará».
Se le acercaron los hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, y le dijeron:
«Maestro, queremos que nos hagas lo que te vamos a pedir».
Les preguntó:
«¿Qué quieren que haga por ustedes?».
Contestaron:
«Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda».
Jesús replicó:
«No saben lo que piden, ¿pueden beber el cáliz que yo he de beber, o bautizarse con el bautismo con que yo me voy a bautizar?».
Contestaron:
«Podemos».
Jesús les dijo:
«El cáliz que yo voy a beber lo beberán, y serán bautizados con el bautismo con que yo me voy a bautizar, pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo, sino que es para quienes está reservado».
Los otros diez, al oír aquello, se indignaron contra Santiago y Juan.
Jesús, llamándolos, les dijo:
«Saben que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen. No será así entre ustedes: el que quiera ser grande entre ustedes, que sea su servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos. Porque el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por muchos».

Palabra del Señor.

 

1

 

Hermanos y hermanas:

El Evangelio de hoy nos presenta a Jesús subiendo a Jerusalén. No va de paseo. No va buscando aplausos. No va detrás de una corona de oro. Jesús camina hacia su “destino final”: la entrega total de su vida.

San Marcos nos dice que los discípulos iban asombrados y los que lo seguían tenían miedo. Hay algo solemne, casi dramático, en esta escena. Jesús va delante. Los demás lo siguen, pero no todos entienden hacia dónde va realmente. Él les anuncia con claridad que será entregado, condenado, burlado, escupido, azotado y muerto; pero también les dice que al tercer día resucitará.

Jesús no oculta la cruz. No endulza el camino. No vende una religión fácil. Pero tampoco presenta la cruz como derrota final. Su destino no termina en el sepulcro. Su destino final es la vida, la resurrección, la victoria del amor.

Y ahí aparece el contraste fuerte del Evangelio: mientras Jesús habla de entrega, Santiago y Juan piensan en puestos de honor. Mientras Jesús anuncia su pasión, ellos sueñan con sentarse uno a la derecha y otro a la izquierda en su gloria. No son malos; son humanos. Aman a Jesús, pero todavía entienden la gloria según los criterios del mundo: poder, prestigio, privilegios, reconocimiento.

Jesús les responde con una pregunta profunda: “¿Pueden beber el cáliz que yo voy a beber?”. Es decir: ¿pueden compartir mi camino? ¿Pueden amar como yo amo? ¿Pueden servir sin buscar recompensa? ¿Pueden permanecer fieles cuando llegue la prueba?

Esta pregunta también nos toca a nosotros. Porque muchas veces queremos la gloria de Cristo, pero sin el cáliz de Cristo. Queremos bendiciones, pero no procesos. Queremos consuelos, pero no paciencia. Queremos seguir al Señor, pero a veces nos cuesta aceptar que el camino cristiano pasa por el servicio, la humildad, el perdón y la entrega.

Por eso Jesús corrige a sus discípulos con una enseñanza que es el corazón del Evangelio:
“El que quiera ser grande, sea servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos.”

En el mundo, muchas veces se mide la grandeza por el cargo, el dinero, la fama, el número de seguidores, la influencia o la capacidad de mandar. En el Reino de Dios, la grandeza se mide por la capacidad de servir. Para Jesús, grande no es quien domina, sino quien se inclina. Grande no es quien se impone, sino quien ama. Grande no es quien usa a los demás, sino quien se entrega por ellos.

Y Jesús no solamente enseña esto con palabras. Lo vive en carne propia:
“El Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos.”

Aquí se ilumina bellamente la primera lectura. San Pedro nos recuerda que no fuimos rescatados con oro ni plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, el Cordero sin mancha. Nuestra vida vale mucho. Valemos la sangre de Cristo. Ningún sufrimiento, ninguna herida, ninguna lágrima, ningún fracaso, ninguna enfermedad, ningún pecado arrepentido es más grande que el amor con que Cristo nos ha rescatado.

Por eso hoy oramos especialmente por quienes sufren en el alma y en el cuerpo. Por los enfermos, por los que viven dolores físicos, por los que atraviesan tratamientos difíciles, por quienes están cansados de luchar. Pero también por quienes sufren por dentro: los que cargan tristeza, ansiedad, soledad, duelo, culpa, depresión, miedo, desesperanza o heridas que nadie ve.

A todos ellos el Evangelio les dice: Cristo va delante. No camina lejos del dolor humano. Él conoce el sufrimiento desde dentro. Fue burlado, rechazado, herido, abandonado y crucificado. Pero su dolor no fue estéril. Lo transformó en redención. Lo convirtió en amor entregado. Lo hizo fuente de vida para muchos.

La fe cristiana no nos dice que no vamos a sufrir. Nos dice algo más profundo: que no sufrimos solos. Cristo sube con nosotros a nuestras Jerusalén. Cristo entra con nosotros en nuestras noches. Cristo bebe con nosotros el cáliz amargo. Y allí donde parece que todo termina, Él abre un camino de resurrección.

El salmo nos invita: “Glorifica al Señor, Jerusalén.” ¿Cómo glorificamos al Señor? No solo con cantos y oraciones, sino también cuando servimos al hermano herido; cuando acompañamos al enfermo; cuando escuchamos al triste; cuando no dejamos solo al que llora; cuando usamos nuestras manos para aliviar y no para herir; cuando nuestro corazón se vuelve casa para quien está cansado.

Queridos hermanos, Jesús nos enseña hoy que el verdadero discípulo no pregunta: “¿Qué puesto me toca?”, sino: “¿A quién puedo servir?”. No pregunta: “¿Quién me va a reconocer?”, sino: “¿A quién puedo levantar?”. No busca sentarse en tronos, sino arrodillarse ante el dolor del hermano.

Que esta Eucaristía nos ayude a cambiar nuestra idea de grandeza. Que aprendamos a seguir a Jesús no solo cuando multiplica panes, cura enfermos o entra aclamado en Jerusalén, sino también cuando camina hacia la cruz. Porque ese camino, aunque parezca oscuro, conduce a la vida.

Pidamos hoy al Señor por todos los que sufren en el alma y en el cuerpo. Que sientan la cercanía de Cristo servidor, de Cristo médico, de Cristo redentor. Y que nosotros, como Iglesia, no busquemos honores vacíos, sino la hermosa grandeza de servir.

Amén.

 

2

 

Hermanos y hermanas:

El Evangelio de hoy nos muestra a Jesús subiendo a Jerusalén. San Marcos nos dice que Jesús va delante, decidido, mientras los discípulos lo siguen entre el asombro y el miedo. Hay en esta escena una tensión profunda: Jesús sabe hacia dónde camina; los discípulos todavía no comprenden del todo.

Jesús les habla con claridad: será entregado, condenado, burlado, escupido, azotado y muerto; pero al tercer día resucitará. Es el tercer anuncio de la Pasión. Jesús abre su corazón ante los suyos. Les revela el dolor que se acerca, les comparte el peso de su misión, les anuncia el cáliz que está a punto de beber.

Pero los discípulos no logran entrar en el corazón de Jesús. Santiago y Juan, en lugar de escuchar el sufrimiento del Maestro, piensan en puestos de honor: “Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda”. Mientras Jesús habla de cruz, ellos sueñan con tronos. Mientras Jesús se prepara para entregar la vida, ellos buscan privilegios.

Y aquí aparece una enseñanza muy actual. Cuántas veces también nosotros escuchamos el dolor de los demás, pero no lo acogemos de verdad. Alguien nos comparte su sufrimiento, y nosotros estamos pensando en nuestros asuntos. Alguien necesita una palabra, una presencia, una escucha, y nosotros respondemos distraídos. A veces nos falta esa caridad sencilla y profunda que se llama empatía: la capacidad de entrar con respeto en el dolor del otro, de acompañar sin juzgar, de estar presentes sin querer ocupar el centro.

Jesús, sin embargo, no pierde la paciencia. No rechaza a Santiago y Juan. No humilla a los discípulos. Los corrige y los educa. Les dice: “El que quiera ser grande, sea servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos”. Con esto Jesús cambia por completo la lógica humana. La verdadera grandeza no está en mandar, sobresalir o ser reconocido, sino en servir, acompañar, cargar con los otros, amar hasta el extremo.

La primera lectura nos ayuda a comprender el precio de ese amor. San Pedro nos recuerda que no fuimos rescatados con oro ni plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, el Cordero sin mancha. Nuestra vida vale la sangre de Cristo. Fuimos amados hasta la cruz. Fuimos redimidos por un amor que no se quedó en palabras, sino que se hizo entrega.

Por eso, cuando Jesús dice que el Hijo del hombre no vino a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por muchos, no está pronunciando una frase bonita. Está revelando el sentido de toda su existencia. Jesús no vino a buscar honores, sino a levantar al caído. No vino a ocupar un trono de poder, sino a abrazar la cruz. No vino a dominar, sino a liberar.

Y qué bello es mirar aquí a la Virgen María. Mientras los discípulos no alcanzan a comprender, María sí acompaña. Ella guarda, medita, sufre y permanece. En el Calvario estará de pie, junto a la cruz. No podrá quitarle el dolor a su Hijo, pero estará allí. Y muchas veces eso es lo que más necesita quien sufre: no explicaciones, no discursos, no frases fáciles, sino una presencia fiel.

La empatía cristiana no consiste solamente en sentir lástima. Es mucho más: es mirar al otro con los ojos de Cristo. Es descubrir al Señor en quien está enfermo, solo, triste, cansado, angustiado o herido. Es preguntarnos: ¿a quién estoy dejando solo en su cruz? ¿A quién puedo escuchar mejor? ¿A quién debo servir sin buscar reconocimiento?

El salmo nos invita a glorificar al Señor, a bendecirlo porque Él fortalece las puertas de su pueblo, trae la paz y nos comunica su Palabra. Pero esa Palabra no puede quedarse encerrada en los labios. Debe hacerse vida. Glorificamos al Señor cuando somos instrumentos de paz; cuando servimos con humildad; cuando dejamos de competir por los primeros puestos y comenzamos a inclinarnos ante las necesidades de los hermanos.

Hoy Jesús nos pregunta, como a Santiago y Juan: “¿Pueden beber el cáliz que yo voy a beber?”. No respondamos demasiado rápido. Beber el cáliz de Cristo significa amar cuando cuesta, servir cuando nadie aplaude, permanecer cuando otros se van, acompañar el dolor ajeno sin huir, aceptar que el camino de la gloria pasa por la cruz.

Pidamos en esta Eucaristía un corazón más parecido al de María: atento, compasivo, fiel. Un corazón que no pase de largo ante el sufrimiento. Un corazón que no busque sentarse en los primeros puestos, sino servir desde el amor escondido y generoso.

Que el Señor nos libre de la indiferencia de los discípulos y nos conceda la gracia de una verdadera empatía cristiana. Que podamos reconocer a Cristo en quienes sufren y consolar su Corazón sirviendo a nuestros hermanos.

Porque en el Reino de Dios, el más grande no es el que más manda, sino el que más ama.

Amén.

 

lunes, 25 de mayo de 2026

26 de mayo del 2026: martes de la octava semana del Tiempo Ordinario-San Felipe Neri, presbítero-Memoria obligatoria

 

SANTO DEL DÍA:

San Felipe Neri

1515-1595. “Esforcémonos por adquirir la pureza del corazón, porque el Espíritu Santo habita en los corazones sencillos y limpios.” Esto recomendaba el fundador de la Sociedad del Oratorio, dedicada al servicio parroquial y a la predicación.

 

Al ciento por uno

Marcos 10, 28-31

A quienes lo dejan todo por causa de Él, Jesús les promete una ampliación al ciento por uno de los vínculos familiares y de su horizonte. Ya en este tiempo, el discípulo pasa de una tierra particular a tierras de misión que alcanzan a todas las naciones. Esto trae consigo el choque de persecuciones, a veces brutales; pero, en el mundo venidero, recibirá la vida eterna en la comunión de los santos. Entremos desde ahora en esta fraternidad universal.

Nicolas Tarralle, prêtre assomptionniste

 


Primera lectura

1 Pe 1, 10-16

Profetizaron sobre la gracia destinada a ustedes, por eso, manteniéndose sobrios, confíen plenamente

Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro.

QUERIDOS hermanos:
Sobre la salvación de las almas estuvieron explorando e indagando los profetas
que profetizaron sobre la gracia destinada a ustedes
tratando de averiguar a quién y a qué momento apuntaba
el Espíritu de Cristo que había en ellos
cuando atestiguaba por anticipado la pasión del Mesías
y su consiguiente glorificación.
Y se les reveló que no era en beneficio propio,
sino en el de ustedes
por lo que administraban estas cosas
que ahora les anuncian quienes les proclaman el Evangelio
con la fuerza del Espíritu Santo enviado desde el cielo.
Son cosas que los mismos ángeles desean contemplar.
Por eso, ceñidos los lomos de su mente y, manteniéndose sobrios, confíen plenamente en la gracia que se les dará en la revelación de Jesucristo.
Como hijos obedientes, no se amolden a las aspiraciones que tenían antes, en los días de su ignorancia.
Al contrario, lo mismo que es santo el que los llamó, sean santos también ustedes en toda su conducta, porque está escrito: «Serán santos, porque yo soy santo».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 97, 1bcde. 2-3ab. 3c-4 (R.: 2a)

R. El Señor da a conocer su salvación.

V. Canten al Señor un cántico nuevo,
porque ha hecho maravillas.
Su diestra le ha dado la victoria,
su santo brazo. 
R.

V. El Señor da a conocer su salvación,
revela a las naciones su justicia.
Se acordó de su misericordia y su fidelidad
en favor de la casa de Israel. 
R.

V. Los confines de la tierra han contemplado
la salvación de nuestro Dios.
Aclama al Señor, tierra entera;
griten, vitoreen, toquen. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Bendito seas, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has revelado los misterios del reino a los pequeños. R.

 

Evangelio

Mc 10, 28-31

Recibirán en este tiempo cien veces más, con persecuciones, y en la edad futura, vida eterna

Lectura del santo Evangelio según san Marcos.

EN aquel tiempo, Pedro se puso a decir a Jesús:
«Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido».
Jesús dijo:
«En verdad les digo que no hay nadie que haya dejado casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, que no reciba ahora, en este tiempo, cien veces más —casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones— y en la edad futura, vida eterna. Muchos primeros serán últimos, y muchos últimos primeros».

Palabra del Señor.

 

 

1

 

El ciento por uno de Dios

 

Queridos hermanos:

El Evangelio de hoy nace de una frase muy humana de Pedro: “Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido”. Pedro no habla como quien presume, sino como quien necesita comprender. Después del encuentro de Jesús con el hombre rico, que se marchó triste porque tenía muchos bienes, Pedro mira su propia historia y la de sus compañeros: barcas dejadas, redes abandonadas, familia, oficio, seguridades… Y entonces pregunta, casi sin preguntar: “Señor, ¿qué sentido tiene haberlo dejado todo?”

Jesús no lo reprende. Más bien le abre el horizonte. Le dice que quien deja algo por Él y por el Evangelio no queda vacío, no queda huérfano, no queda perdido. Recibe “cien veces más”: casas, hermanos, hermanas, madres, hijos, tierras… pero con una aclaración realista: “con persecuciones”, y al final, “vida eterna”.

Aquí está la clave: el seguimiento de Cristo no es un negocio espiritual donde uno invierte renuncias para recibir ganancias materiales. El “ciento por uno” no es una multiplicación bancaria. Es una nueva forma de pertenecer. Quien sigue a Jesús descubre que su familia se ensancha, que su tierra se vuelve misión, que su corazón ya no puede encerrarse en lo propio. El discípulo pierde posesión, pero gana comunión; deja seguridades, pero encuentra hermanos; renuncia a vivir para sí mismo, pero entra en la fraternidad universal del Reino.

La primera lectura de la Primera Carta de Pedro nos recuerda que la salvación que hemos recibido fue anunciada por los profetas y comunicada por el Espíritu Santo; por eso se nos invita a poner toda nuestra esperanza en la gracia y a vivir santamente: “Sean santos, porque yo soy santo”.  Esa santidad no es aislamiento ni perfeccionismo frío. Es vivir con el corazón orientado hacia Dios, con sobriedad, con esperanza, con generosidad. Es aprender a dar sin perder la alegría.

El salmo proclama: “El Señor ha dado a conocer su salvación”. Esa salvación no es para unos pocos. Es para todos los pueblos, para todos los confines de la tierra. Por eso el discípulo no puede vivir encerrado en su pequeño mundo. La fe nos vuelve misioneros. La Iglesia existe para salir, para servir, para anunciar, para abrazar a quienes están lejos, solos, heridos o desanimados.

Hoy, al orar especialmente por nuestros benefactores, comprendemos mejor este Evangelio. Un benefactor no es simplemente alguien que “da algo”. Es alguien que se une a la misión. Es alguien que, quizá desde el silencio, desde su trabajo, desde su sacrificio o desde su generosidad humilde, ayuda a que el Evangelio llegue más lejos. Muchos benefactores dan tiempo, oración, consejo, cercanía, recursos, apoyo moral, presencia. Y quizá nadie los aplaude. Pero Dios sí conoce el valor de cada gesto.

Jesús promete el ciento por uno a quienes dan por Él y por el Evangelio. Por eso hoy pedimos que nuestros benefactores reciban ese ciento por uno: no necesariamente en cosas materiales, sino en paz, en fortaleza, en salud del alma, en esperanza, en familia reconciliada, en alegría interior, en bendición para sus hogares y, sobre todo, en vida eterna.

Que San Felipe Neri, santo de la alegría cristiana, nos recuerde que seguir a Cristo no es vivir con rostro triste, sino con corazón libre. Porque cuando uno entrega algo por amor, Dios no se deja ganar en generosidad.

Señor Jesús, bendice a nuestros benefactores. Multiplica en ellos tu gracia. Que nunca les falte tu providencia, tu consuelo y tu paz. Y enséñanos a todos a vivir el ciento por uno del Evangelio: menos egoísmo, más fraternidad; menos cálculo, más entrega; menos miedo, más confianza. Amén.

 

2

 

San Felipe Neri: dejarlo todo para ganar el corazón libre

 

Queridos hermanos:

Pedro le dice hoy a Jesús una frase que también puede nacer muchas veces en nuestro corazón: “Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido”. No es una frase de orgullo; es casi una pregunta escondida: “Señor, ¿vale la pena? ¿Qué recibimos quienes intentamos seguirte con fidelidad?”

Pedro acaba de ver al joven rico marcharse triste, incapaz de desprenderse de sus bienes. Y entonces mira su propia vida: redes dejadas, barcas abandonadas, familia, oficio, seguridades… Como diciendo: “Nosotros sí hemos intentado dar el paso”. Jesús no lo reprende; al contrario, le revela una promesa: quien deja algo por Él y por el Evangelio recibe cien veces más, aunque también con persecuciones, y en el mundo futuro, vida eterna.

Pero ese “ciento por uno” no debe entenderse como negocio con Dios. No seguimos a Cristo para que nos vaya mejor materialmente, ni para que desaparezcan las pruebas. Jesús mismo dice: “con persecuciones”. El ciento por uno es más profundo: es una nueva familia, una nueva libertad, una nueva paz, una nueva manera de mirar la vida. El que se entrega por Cristo puede perder comodidades, pero gana sentido; puede dejar seguridades, pero encuentra comunión; puede renunciar a vivir centrado en sí mismo, pero descubre la alegría de pertenecer al Reino.

La primera lectura nos invita a vivir con esperanza y santidad: “Sean santos, porque yo soy santo”. La santidad no es una vida triste ni apagada. San Felipe Neri lo comprendió muy bien. Fue un santo alegre, cercano, sencillo, profundamente humano. Su espiritualidad nos recuerda que la verdadera renuncia cristiana no amarga el corazón: lo purifica, lo ensancha y lo llena de la alegría del Espíritu Santo.

Él decía: “Esforcémonos por adquirir la pureza del corazón, porque el Espíritu Santo habita en los corazones sencillos y limpios.” Esa frase ilumina muy bien el Evangelio de hoy. Solo un corazón sencillo puede dejarlo todo por amor. Solo un corazón limpio entiende que Cristo vale más que cualquier apego. Solo un corazón libre descubre que, cuando Dios pide algo, no es para empobrecernos, sino para regalarnos una vida más grande.

Hoy oramos especialmente por nuestros benefactores. Ellos también participan de este Evangelio. El benefactor no es solamente quien aporta una ayuda material; es quien se une a la misión, quien sostiene el anuncio del Evangelio, quien comparte con generosidad lo que tiene y lo que es. A veces lo hacen en silencio, sin aplausos, sin reconocimiento público, pero Dios ve cada gesto, cada sacrificio, cada mano tendida.

Pidamos al Señor que conceda a nuestros benefactores ese ciento por uno prometido por Jesús: ciento por uno en paz, en salud del alma, en fortaleza, en esperanza, en bendición para sus familias, en alegría interior y, sobre todo, en vida eterna.

Que San Felipe Neri nos enseñe a seguir a Cristo con corazón libre, alegre y sencillo. Que no tengamos miedo de soltar lo que nos ata, porque nadie supera a Dios en generosidad. Quien lo entrega todo por amor, descubre que en Cristo no se pierde nada: se gana la vida verdadera.

Señor Jesús, bendice a nuestros benefactores. Recompensa su generosidad, fortalece sus hogares y llena sus corazones de tu paz. Amén.

 

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26 de mayo: San Felipe Neri, presbítero — Memoria

1515–1595
Patrono de Roma, la alegría, los comediantes y los artistas
Canonizado por el Papa Gregorio XV el 12 de marzo de 1622

 


Cita:


Al hojear la biografía de San Felipe, de hecho, uno se sorprende y se siente fascinado por el método alegre y relajado que utilizaba para educar, acompañando a cada persona con generosa fraternidad y paciencia. Como es bien sabido, el santo solía condensar su enseñanza en máximas breves y sabias: “Sé bueno, si puedes;” “Escrúpulos y melancolía, fuera de mi casa;” “Sé sencillo y humilde;” “El que no reza es un animal sin voz;” y, llevándose la mano a la frente, “La santidad está a tres dedos de profundidad.” Detrás de la agudeza de estos y muchos otros "dichos", se percibe el profundo y realista conocimiento que había adquirido sobre la naturaleza humana y la dinámica de la gracia. Estas enseñanzas inmediatas y concisas traducen la experiencia de su larga vida y la sabiduría de un corazón habitado por el Espíritu Santo. Estos aforismos se han convertido en un patrimonio de sabiduría para la espiritualidad cristiana.
~San Juan Pablo II


Reflexión:

Felipe Rómulo Neri, el tercero de cinco hijos, nació en una familia de clase media en Florencia, en la actual Italia. De niño, sus amigos y familiares lo llamaban con cariño "Pippo Buono" (el buen Felipe), por su carácter alegre y su moral intachable. Su madre murió cuando él tenía alrededor de cinco años, y fue criado junto a sus dos hermanas por su abuela.

Fue bien educado por los frailes dominicos en Florencia y más tarde reconocería la buena influencia que estos tuvieron sobre él. A los once años ya se destacaba por su piedad, su amor a la oración y sus frecuentes visitas a las iglesias de la ciudad.

A los dieciocho años fue enviado a vivir con el primo adinerado de su padre, Rómulo, a quien llamaba “tío”, cerca del monasterio benedictino de Montecassino. Rómulo no tenía hijos, y Felipe fue enviado para convertirse en su heredero.

Poco después de mudarse, Felipe experimentó una conversión profunda. Se dice que esta ocurrió en una capilla junto al mar llamada Santuario de la Santísima Trinidad. La leyenda sostiene que el enorme acantilado que domina la capilla se partió en dos al morir Jesús, dejando un santuario con vista al mar. Aunque su conversión ya estaba en proceso desde antes, al enfrentarse con la posibilidad real de una vida cómoda, Felipe se vio ante una elección: ¿una existencia estable como empresario o seguir al Espíritu Santo que le hablaba al corazón? Eligió lo segundo.

En 1533, agradeció a su tío y le anunció que el Espíritu Santo lo llamaba a ir a Roma. Llegó sin dinero, alojándose en el desván de un funcionario de aduanas, a quien le pagaba dando clases particulares a sus hijos. En Roma visitaba los lugares santos, rezaba en las tumbas de los Apóstoles Pedro y Pablo, y esperaba que Dios le mostrara el camino. Su alimentación era muy sencilla: normalmente solo pan y agua una vez al día. Se matriculó en la universidad para estudiar filosofía, teología y ciencias humanas.

Mientras estudiaba teología en la Universidad de San Agustín, quedó profundamente tocado al contemplar un gran crucifijo. Decidió entonces abandonar sus estudios, vender sus libros y dedicarse por completo a la oración. Durante los siguientes diez años, hasta los treinta y tres, llevó una vida eremítica, rezando en las catacumbas de los mártires y realizando vigilias nocturnas. Evitaba las distracciones inútiles, y dedicaba su tiempo a la oración y la caridad: visitaba enfermos, conversaba de cosas santas con los pobres, convertía pecadores y esparcía alegría por doquier.

Hacia 1544, justo antes de Pentecostés, mientras oraba en las catacumbas, tuvo una experiencia mística profunda: un anillo de fuego descendió y entró por su boca, alojándose en su corazón. El amor divino lo llenó tan intensamente que cayó al suelo exclamando: “¡Basta, Señor, ¡no puedo soportarlo más!” Desde entonces, su corazón palpitaba visiblemente, especialmente durante la oración o conversaciones santas. Tras su muerte, una autopsia reveló que su corazón era tan grande que le había desplazado dos costillas.

Después de esta experiencia, comenzó una labor apostólica más activa como predicador callejero en Roma. A diferencia de otros, no denunciaba con dureza los males de su época, sino que reunía a jóvenes a su alrededor con alegría y ternura, inspirándolos a seguir a Cristo. Con sus compañeros servía a los enfermos en hospitales y realizaban tareas humildes: limpiar, tender camas, conversar, ayudar en lo que hiciera falta. Solía comenzar diciendo: “Bueno, hermanos, ¿cuándo empezamos a hacer el bien?” Su alegría y entusiasmo atraían a muchos.

En 1548, con ayuda de su confesor, fundó la Cofradía de la Santísima Trinidad, cuyos miembros se reunían para orar, especialmente en adoración eucarística, y fomentar la fraternidad cristiana. En 1551, a los 35 años y animado por su confesor, fue ordenado sacerdote e ingresó en la comunidad de San Girolamo della Carità. Como presbítero, se convirtió en confesor de muchísimos: pobres y ricos. Pasaba casi todo el día en el confesionario. Tenía el don de leer las almas, señalar pecados no confesados, dar consejos sobrenaturales, hacer milagros y hablar palabras que venían del Corazón de Cristo.

Al año siguiente de su ordenación, comenzó a reunir jóvenes en su habitación para rezar y conversar. Leían vidas de santos, compartían comidas, cantaban, paseaban y rezaban juntos. Con el tiempo, el grupo creció tanto que construyó un oratorio. Así nació la Congregación del Oratorio, aprobada por el Papa en 1575, dedicada a la oración, la predicación y los sacramentos.

San Felipe Neri fue un verdadero misionero: Re evangelizó Roma alma por alma. Sus milagros, éxtasis en la oración y capacidad de leer los corazones asombraban, pero más aún, la alegría que brotaba de su corazón, unido al Corazón de Cristo. Esa fue la señal más segura de su santidad.


Oración:

San Felipe Neri, por medio de la oración profunda, Dios te transformó y llenó tu corazón con el don de la alegría divina. Compartiste ese don con muchos, atrayéndolos al amor de Dios.
Ruega por mí, para que también yo sea lleno de esa alegría que impregnó tu corazón, y así me convierta en un instrumento santo del amor de Dios.

San Felipe Neri, ruega por mí. Jesús, en Ti confío.

 

 

25 de mayo del 2026: Bienaventurada Virgen maría, Madre de la Iglesia-Memoria obligatoria

 

Santo del día:

Bienaventurada Virgen María, Madre de la Iglesia

(Jn 19,25-34) Hoy celebramos la memoria obligatoria de la Bienaventurada Virgen María, Madre de la Iglesia. Al pie de la cruz, según el Evangelio de Juan, María permanece fiel, de pie, junto al discípulo amado. Allí, en la hora suprema del amor de Cristo, Jesús nos la entrega como Madre: “Ahí tienes a tu madre”.

Esta memoria nos recuerda que la Iglesia nace del costado abierto de Cristo, de donde brotan sangre y agua, signos de la vida nueva, de los sacramentos y de la misericordia. María, asociada íntimamente al misterio de su Hijo, acompaña a la comunidad creyente, la consuela, la educa en la fe y la sostiene en la esperanza.

Al iniciar esta Eucaristía, pongámonos también nosotros junto a María, al pie de la cruz, para recibir de Cristo el don de su amor y aprender a vivir como verdaderos hijos de Dios y hermanos en la Iglesia.

 


Pecado no enmascarado

(Génesis 3, 9-15.20) Adán y Eva responden a su transgresión de manera semejante: “No fui yo quien tuvo la idea, pero fui yo quien lo hizo”. Es como si reconocieran su responsabilidad, aunque no hayan obedecido ni a Dios ni a sí mismos. Su pecado puede ser presentado ante Dios precisamente para ser iluminado y rechazado, en lugar de ser ocultado o disfrazado. La libertad solo crece cuando se pone al servicio de la verdad y de la vida. María ilumina este camino.

Nicolas Tarralle, prêtre assomptionniste


 

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Primera lectura

Gen 3, 9-15. 20

La madre de todos los que viven

Lectura del libro del Génesis.

DESPUÉS de comer Adán del árbol, el Señor Dios lo llamó y le dijo:
«¿Dónde estás?».
Él contestó:
«Oí tu ruido en el jardín, me dio miedo, porque estaba desnudo, y me escondí».
El Señor Dios le replicó:
«¿Quién te informó de que estabas desnudo?, ¿es que has comido del árbol del que te prohibí comer?».
Adán respondió:
«La mujer que me diste como compañera me ofreció del fruto y comí».
El Señor Dios dijo a la mujer:
«¿Qué has hecho?».
La mujer respondió:
«La serpiente me sedujo y comí».
El Señor Dios dijo a la serpiente:
«Por haber hecho eso, maldita tú
entre todo el ganado y todas las fieras del campo;
te arrastrarás sobre el vientre
y comerás polvo toda tu vida;
pongo hostilidad entre ti y la mujer,
entre tu descendencia y su descendencia;
esta te aplastará la cabeza
cuando tú la hieras en el talón».
Adán llamó a su mujer Eva, por ser la madre de todos los que viven.

Palabra de Dios.


o bien: 

Hch 1, 12-14

Perseveraban en la oración junto con María, la madre de Jesús

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.

DESPUÉS de que Jesús fue levantado al cielo, los apóstoles volvieron a Jerusalén, desde el monte que llaman de los Olivos, que dista de Jerusalén lo que se permite caminar en sábado. Cuando llegaron, subieron a la sala superior, donde se alojaban: Pedro y Juan y Santiago y Andrés, Felipe y Tomás, Bartolomé y Mateo, Santiago el de Alfeo y Simón el Zelotes y Judas el de Santiago.
Todos ellos perseveraban unánimes en la oración, junto con algunas mujeres y María, la madre de Jesús, y con sus hermanos.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 86, 1b-2. 3 y 5. 6-7 (R.: 3)

R. Qué pregón tan glorioso para ti,
ciudad de Dios.


V. Él la ha cimentado sobre el monte santo;
y el Señor prefiere las puertas de Sion
a todas las moradas de Jacob. 
R.

V. ¡Qué pregón tan glorioso para ti,
ciudad de Dios!
Se dirá de Sion: «Uno por uno,
todos han nacido en ella;
el Altísimo en persona la ha fundado». 
R.

V. El Señor escribirá en el registro de los pueblos:
«Este ha nacido allí».
Y cantarán mientras danzan:
«Todas mis fuentes están en ti». 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Oh, feliz Virgen, que engendraste al Señor; oh, santa Madre de la Iglesia, que mantienes en nosotros el Espíritu de tu Hijo Jesucristo. R.

 

Evangelio

Jn 19, 25-34

Ahí tienes a tu hijo. Ahí tienes a tu madre

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

EN aquel tiempo, junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, la de Cleofás, y María, la Magdalena.
Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo al que amaba, dijo a su madre:
«Mujer, ahí tienes a tu hijo».
Luego, dijo al discípulo:
«Ahí tienes a tu madre».
Y desde aquella hora, el discípulo la recibió como algo propio.
Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba cumplido, para que se cumpliera la Escritura, dijo:
«Tengo sed».
Había allí un jarro lleno de vinagre. Y, sujetando una esponja empapada en vinagre a una caña de hisopo, se la acercaron a la boca. Jesús, cuando tomó el vinagre, dijo:
«Está cumplido».
E, inclinando la cabeza, entregó el espíritu.
Los judíos entonces, como era el día de la Preparación, para que no se quedaran los cuerpos en la cruz el sábado, porque aquel sábado era un día grande, pidieron a Pilato que les quebraran las piernas y que los quitaran. Fueron los soldados, le quebraron las piernas al primero y luego al otro que habían crucificado con él; pero al llegar a Jesús, viendo que ya había muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados, con la lanza, le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua.

Palabra del Señor.

 

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Queridos hermanos:

Hoy celebramos a la Bienaventurada Virgen María, Madre de la Iglesia, y la Palabra de Dios nos lleva a dos jardines, o mejor, a dos momentos decisivos de la historia de la salvación: el drama del pecado en el Génesis y la hora de la redención al pie de la cruz.

En la primera lectura, Dios pregunta: “¿Dónde estás?”. No es una pregunta de quien ignora, sino de quien ama. Dios no busca a Adán para destruirlo, sino para sacarlo de su escondite. Después del pecado, el ser humano se oculta, se justifica, señala a otros, intenta disfrazar la verdad. Adán culpa a Eva; Eva culpa a la serpiente. Pero, en el fondo, ambos saben que algo se ha roto dentro de ellos.

Alguien lo ha expresado muy bien: el pecado no debe ser enmascarado, sino presentado ante Dios para que Él lo ilumine y lo sane. La verdadera libertad no consiste en hacer lo que se nos antoja, sino en vivir en la verdad, en reconocer nuestra fragilidad y dejarnos levantar por la misericordia.

Y ahí aparece ya una promesa: Dios anuncia que la descendencia de la mujer aplastará la cabeza de la serpiente. La tradición cristiana ha visto en esa mujer una figura anticipada de María, la nueva Eva, aquella que no se esconde de Dios, sino que responde con fe: “Hágase en mí según tu palabra”.

El Evangelio nos lleva al Calvario. Allí está María, de pie, junto a la cruz. No huye, no se esconde, no abandona. Allí, en medio del dolor más grande, Jesús la entrega al discípulo amado: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”. Y al discípulo: “Ahí tienes a tu madre”.

En ese momento, María no solo recibe a Juan como hijo; recibe a toda la Iglesia. Ella se convierte en Madre de los discípulos, Madre de los creyentes, Madre de todos los que nacen de la Pascua de Cristo. Porque la Iglesia nace del costado abierto de Jesús, de donde brotan sangre y agua: signos de los sacramentos, de la Eucaristía, del Bautismo, de la vida nueva.

Por eso el salmo proclama: “¡Qué pregón tan glorioso para ti, ciudad de Dios!”. La Iglesia es esa ciudad donde Dios reúne a sus hijos, donde todos pueden volver a casa, donde el pecador encuentra perdón, el herido encuentra consuelo y el difunto es confiado a la misericordia eterna del Padre.

Hoy oramos especialmente por nuestros difuntos. También ellos, como nosotros, fueron marcados por la fragilidad humana; también ellos caminaron entre luces y sombras; también ellos necesitaron de la gracia. Los ponemos en manos de Cristo crucificado y resucitado, y los confiamos al cuidado maternal de María, Madre de la Iglesia.

Ella, que estuvo junto a la cruz de su Hijo, esté también junto a quienes lloran la muerte de sus seres queridos. Ella, que recibió al discípulo amado, reciba maternalmente a nuestros difuntos y acompañe nuestro camino de fe.

Que María nos enseñe a no esconder nuestras heridas ni disfrazar nuestras culpas, sino a presentarlas ante Dios. Porque solo lo que se pone en la luz puede ser sanado. Y solo quien se deja mirar por la misericordia puede comenzar de nuevo.

María, Madre de la Iglesia, ruega por nosotros y por nuestros difuntos. Amén.

 

 

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