jueves, 27 de agosto de 2026

27 de agosto del 2026: jueves de la vigésima primera semana del tiempo ordinario II- Memoria de Santa Mónica, madre de San Agustín

 

Testigo de la fe:

Santa Mónica

332-387

Madre de san Agustín.

Durante largos años oró con lágrimas, paciencia y confianza para que su hijo se convirtiera al cristianismo. Su perseverancia fue finalmente escuchada: Agustín recibió el bautismo y llegó a ser obispo, santo y uno de los grandes doctores de la Iglesia.

Santa Mónica es ejemplo de esposa y madre cristiana, de fe firme y esperanza inquebrantable. Enseña a las familias a no dar nunca por perdido a nadie y a confiar en el poder transformador de la gracia de Dios. Es patrona de las madres, especialmente de aquellas que oran por sus hijos alejados de la fe.

Santa Mónica, intercede por nuestras familias y enséñanos a orar, esperar y amar sin desfallecer.

 


En cada instante

El Señor confía en nosotros y nos invita a permanecer vigilantes. Su venida se hace presente en nuestra vida cotidiana: en el trabajo, en los encuentros y en cada llamada a amar. Vigilar significa vivir con el corazón despierto, reconocer su presencia en los acontecimientos y cumplir fielmente la misión que nos ha confiado.

No se trata de esperar con temor el futuro, sino de acoger a Cristo en cada instante, sirviendo con responsabilidad, generosidad y perseverancia. Dichoso aquel servidor a quien el Señor, cuando llegue, encuentre trabajando por su Reino. 



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Primera lectura

1 Cor 1, 1-9
En él han sido enriquecidos en todo

Comienzo de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios.

PABLO, llamado a ser Apóstol de Jesucristo por voluntad de Dios, y Sóstenes nuestro hermano, a la Iglesia de Dios que está en Corinto, a los santificados por Jesucristo, llamados santos con todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Señor de ellos y nuestro: a ustedes, gracia y paz de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo.
Doy gracias a mi Dios continuamente por ustedes, por la gracia de Dios que se les ha dado en Cristo Jesús; pues en él han sido enriquecidos en todo: en toda palabra y en toda ciencia; porque en ustedes se ha probado el testimonio de Cristo, de modo que no carecen de ningún don gratuito, mientras aguardan la manifestación de nuestro Señor Jesucristo.
Él los mantendrá firmes hasta el final, para que sean irreprensibles el día de nuestro Señor Jesucristo.
Fiel es Dios, el cual los llamó a la comunión con su Hijo, Jesucristo nuestro Señor.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 144, 2-3. 4-5. 6-7 (R.: cf. 1b)

R. Bendeciré tu nombre por siempre, Señor.

V. Día tras día, te bendeciré
y alabaré tu nombre por siempre jamás.
Grande es el Señor, merece toda alabanza,
es incalculable su grandeza. 
R.

V. Una generación pondera tus obras a la otra,
y le cuenta tus hazañas.
Alaban ellos la gloria de tu majestad,
y yo repito tus maravillas. 
R.

V. Encarecen ellos tus temibles proezas,
y yo narro tus grandes acciones;
difunden la memoria de tu inmensa bondad,
y aclaman tu justicia. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Estén en vela y preparados, porque a la hora que menos piensen viene el Hijo del hombre. R.

 

Evangelio

Mt 24, 42-51

Estén preparados

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Estén en vela, porque no saben qué día vendrá su Señor.
Comprendan que si supiera el dueño de casa a qué hora de la noche viene el ladrón, estaría en vela y no dejaría que abrieran un boquete en su casa.
Por eso, estén también ustedes preparados, porque a la hora que menos piensen viene el Hijo del hombre.
¿Quién es el criado fiel y prudente, a quien el señor encarga de dar a la servidumbre la comida a sus horas?
Bienaventurado ese criado, si el señor, al llegar, lo encuentra portándose así. En verdad les digo que le confiará la administración de todos sus bienes.
Pero si dijere aquel mal siervo para sus adentros: “Mi señor tarda en llegar”, y empieza a pegar a sus compañeros, y a comer y a beber con los borrachos, el día y la hora que menos se lo espera, llegará el amo y lo castigará con rigor y le hará compartir la suerte de los hipócritas.
Allí será el llanto y el rechinar de dientes».

Palabra del Señor.

 

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«Fiel es Dios, que nos llamó a vivir unidos a su Hijo»

 

Queridos hermanos:

Desde hoy, y durante casi tres semanas, la liturgia nos permitirá escuchar de manera continuada algunos pasajes de la Primera Carta de san Pablo a los Corintios. Podríamos preguntarnos: ¿por qué volver sobre una carta escrita hace tantos siglos a una comunidad tan distante de nosotros?

La respuesta es sencilla: porque muchas de las dificultades de aquella comunidad siguen siendo las nuestras. Corinto era una ciudad cosmopolita, próspera y llena de contrastes. Allí convivían culturas, religiones, intereses económicos y diversas maneras de entender la vida. También era una ciudad marcada por la idolatría, los excesos, la inmoralidad, las rivalidades y las divisiones.

En medio de ese ambiente había nacido una comunidad cristiana. Aquellos hombres y mujeres, sacudidos por el encuentro con Jesucristo, comprendieron que seguirlo no consistía solamente en aceptar unas ideas nuevas, sino en transformar profundamente la vida. El Evangelio los invitaba a revisar sus costumbres, sus relaciones, el uso de sus bienes, su sexualidad, el matrimonio, la vida comunitaria, la manera de afrontar la muerte y la esperanza en la resurrección.

La fe necesitaba convertirse en una forma nueva de vivir.

San Pablo conocía bien aquella comunidad porque él mismo la había fundado. Sabía de su entusiasmo y fervor, pero también de sus fragilidades. Los corintios poseían muchos dones, pero les costaba vivir en unidad. Había rivalidades, divisiones y competencias entre ellos. Por eso Pablo procurará orientar su energía sin apagarla y corregir sus errores sin destruir su esperanza. Así escribirá algunas de las páginas más hermosas del Nuevo Testamento sobre la Iglesia como Cuerpo de Cristo, la diversidad de carismas, la primacía de la caridad y la resurrección de los muertos.

Sin embargo, al comenzar su carta, Pablo no se detiene primeramente en los pecados de la comunidad. Empieza reconociendo la obra de Dios en ellos:

«Doy gracias continuamente a mi Dios por ustedes, por la gracia de Dios que se les ha dado en Cristo Jesús».

¡Qué importante es esta mirada pastoral! Pablo no niega los problemas, pero tampoco reduce a las personas a sus defectos. Antes de corregir, reconoce la gracia. Antes de señalar las debilidades, descubre los dones que Dios ha sembrado.

También nosotros debemos aprender a mirar así a nuestras comunidades, familias y hermanos. Ninguna comunidad es perfecta. Todos tenemos dones, talentos y virtudes, pero también defectos, heridas y limitaciones. La Iglesia no es una reunión de personas impecables, sino un pueblo de pecadores llamados, perdonados y sostenidos por la gracia.

Pablo afirma que Dios mismo nos mantendrá firmes hasta el final, porque:

«Fiel es Dios, que los llamó a vivir en comunión con su Hijo Jesucristo».

Nuestra esperanza no se apoya solamente en nuestra capacidad de perseverar, sino en la fidelidad de Dios. Somos débiles, pero Dios es fiel. Podemos desanimarnos, pero Él no abandona la obra que ha comenzado en nosotros. Podemos caer, pero su misericordia vuelve a levantarnos.

El salmo de hoy responde a esta certeza invitándonos a la alabanza:

«Bendeciré tu nombre por siempre, Dios mío, mi rey».

El salmista contempla la grandeza y la bondad de Dios y proclama: «Cada día te bendeciré». No se trata de bendecir al Señor únicamente cuando las cosas marchan bien, sino cada día: en la alegría y en la enfermedad, en la tranquilidad y en la prueba, cuando comprendemos sus caminos y cuando debemos caminar confiando sin comprenderlo todo.

Además, el salmo nos recuerda que una generación anuncia a otra las obras del Señor. Allí encontramos una hermosa imagen de la evangelización: la fe recibida debe ser transmitida. Alguien nos habló de Dios, nos enseñó a orar, nos acercó a los sacramentos y nos mostró con su vida que vale la pena confiar en Jesucristo. Ahora nos corresponde comunicar esa misma fe a las nuevas generaciones.

El Evangelio nos presenta la exhortación de Jesús:

«Estén en vela, porque no saben qué día vendrá su Señor».

Jesús no pretende llenarnos de miedo ni alimentar cálculos sobre el fin del mundo. Las señales, dificultades y catástrofes no nos permiten conocer la fecha exacta del regreso del Hijo del Hombre. Pretender adivinarla es inútil. Lo verdaderamente importante no es saber cuándo vendrá el Señor, sino preguntarnos cómo nos encontrará.

La vigilancia cristiana no consiste en permanecer inmóviles mirando al cielo. Significa vivir responsablemente, cumplir la misión recibida y trabajar con fidelidad en la construcción del Reino. Por eso Jesús declara:

«Bienaventurado aquel siervo a quien su señor, al llegar, encuentre trabajando».

El Señor quiere encontrarnos trabajando: sirviendo, perdonando, anunciando el Evangelio, cuidando a los débiles, visitando a los enfermos, educando a los hijos, acompañando a quien sufre y perseverando en la oración. La verdadera preparación para el encuentro con Cristo es la fidelidad cotidiana.

Hoy contemplamos esta fidelidad en Santa Mónica. Durante años oró, lloró y esperó por la conversión de su hijo Agustín. No abandonó su responsabilidad como madre ni perdió la confianza en Dios. Su vigilancia fue una oración perseverante; su trabajo por el Reino fue amar, aconsejar y esperar sin rendirse.

Santa Mónica nos enseña que no debemos dar por perdida a ninguna persona. Hay conversiones que requieren años de oración, paciencia y lágrimas. Quizá muchos padres y madres experimentan hoy el dolor de ver a sus hijos alejados de Dios, de la Iglesia o de los valores recibidos. Santa Mónica les dice: no dejen de amar, no dejen de orar, no permitan que la tristeza se convierta en desesperanza. Dios trabaja también en el silencio.

En este jueves sacerdotal, oremos de manera especial por la obra evangelizadora de la Iglesia y por las vocaciones sacerdotales, religiosas, misioneras y laicales. Necesitamos servidores fieles, hombres y mujeres dispuestos a gastar la vida anunciando el Evangelio. Pidamos también por la perseverancia y santidad de los sacerdotes, para que el Señor nos encuentre trabajando, sirviendo a su pueblo con humildad, caridad y entrega.

Que Santa Mónica interceda por las madres que sufren y oran por sus hijos; por quienes esperan la conversión de un familiar; por los evangelizadores que no ven inmediatamente los frutos de su trabajo, y por los jóvenes a quienes el Señor está llamando a consagrar su vida.

No sabemos cuándo vendrá el Señor, pero sí sabemos cómo queremos que nos encuentre: con la lámpara de la fe encendida, las manos ocupadas en el servicio, el corazón perseverante en la oración y la vida entregada a la misión.

Señor, que cuando vengas nos encuentres trabajando por tu Reino. Que, como Santa Mónica, sepamos orar sin cansarnos, esperar sin desesperarnos y amar sin poner condiciones. Amén.

 

2

 

En cada instante

 

Hermanos:

El Señor confía en nosotros y hoy nos invita: «Estén en vela, porque no saben qué día vendrá su Señor». Estas palabras no buscan producir miedo ni llevarnos a calcular fechas sobre el final de los tiempos. Jesús quiere despertar nuestra responsabilidad: su venida se hace presente en cada jornada, en el trabajo, en los encuentros y en las llamadas concretas a amar.

Vigilar es vivir con el corazón despierto. Es reconocer a Cristo en quien necesita nuestra escucha, en el enfermo que espera una visita, en la familia que atraviesa una dificultad y en la comunidad que necesita nuestro servicio. Por eso, Jesús proclama: «Dichoso aquel servidor a quien su señor, al llegar, encuentre trabajando». La mejor preparación para el encuentro definitivo con Dios consiste en cumplir con amor la misión que hoy nos confía.

En la primera lectura, san Pablo da gracias por la comunidad de Corinto. Aunque conoce sus divisiones y debilidades, comienza reconociendo la gracia que Dios ha derramado sobre ella: «En Cristo han sido enriquecidos en todo». También nosotros somos una comunidad imperfecta, pero amada, llamada y enriquecida por el Señor. No debemos apoyarnos únicamente en nuestras capacidades, porque Pablo nos asegura: «Dios es fiel». Él nos sostendrá hasta el final si permanecemos unidos a Jesucristo.

El salmo convierte esta certeza en alabanza: «Bendeciré tu nombre por siempre, Dios mío, mi rey». El creyente vigilante aprende a bendecir a Dios cada día y a contar sus maravillas de generación en generación. No podemos guardar la fe solo para nosotros: estamos llamados a transmitirla y a convertir nuestra vida en anuncio del Evangelio.

Esta misión resplandece hoy en Santa Mónica. Durante años permaneció vigilante en la oración, esperando la conversión de su hijo Agustín. No se dejó vencer por el cansancio, las lágrimas ni la aparente ausencia de resultados. Su oración perseverante preparó silenciosamente el camino para que la gracia de Dios transformara el corazón de quien llegaría a ser san Agustín.

Santa Mónica enseña a los padres a no dar por perdido a ningún hijo; a los evangelizadores, a no desanimarse cuando no ven frutos inmediatos; y a todos nosotros, a confiar en que Dios sigue obrando aun cuando no podamos verlo.

En este jueves sacerdotal, oremos especialmente por la obra evangelizadora de la Iglesia y por las vocaciones sacerdotales, religiosas, misioneras y laicales. Pidamos al Dueño de la mies que continúe llamando servidores fieles y generosos. Oremos también por la santidad y perseverancia de nuestros sacerdotes, para que el Señor, cuando llegue, nos encuentre trabajando con humildad y alegría por su Reino.

Que, por intercesión de Santa Mónica, aprendamos a orar sin cansarnos, esperar sin desesperarnos y amar en cada instante. Amén.

 

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27 de agosto:

Santa Mónica — Memoria

c. 332-387

Patrona de las amas de casa, las mujeres casadas, las madres, las víctimas de abuso, los alcohólicos y las viudas.
Invocada ante los matrimonios difíciles y por los hijos problemáticos.

 

Cita

«Hijo, por lo que a mí respecta, ya nada me deleita en esta vida. No sé qué hago todavía aquí ni por qué permanezco, ahora que mis esperanzas en este mundo se han cumplido. Había una sola cosa por la cual deseaba permanecer un poco más en esta vida: poder verte como cristiano católico antes de morir. Mi Dios me lo ha concedido con mayor abundancia, pues ahora te veo despreciar la felicidad terrena y convertirte en servidor suyo».

—Palabras de santa Mónica, tomadas de las Confesiones de san Agustín.

 


Reflexión

Santa Mónica, a quien honramos hoy, fue la madre de uno de los santos más grandes de la historia de la Iglesia: san Agustín. Probablemente nació en Tagaste, la actual Souk Ahras, Argelia, en el norte de África, y perteneció al pueblo bereber, un diverso conjunto de pueblos originarios de aquella región antes de la llegada de los árabes.

Tagaste formaba entonces parte del Imperio romano, que había legalizado el cristianismo apenas veinte años antes del nacimiento de Mónica. Fue educada en un hogar cristiano y llegó a ser una mujer profundamente piadosa. Puesto que el cristianismo todavía era relativamente nuevo dentro del Imperio romano, es probable que los cristianos constituyeran una minoría en aquel tiempo.

Mónica contrajo matrimonio con un hombre llamado Patricio, que era pagano y de quien se dice que tenía un temperamento violento y llevaba una vida inmoral. La madre de Patricio vivía con ellos y, según se cuenta, poseía el mismo carácter violento de su hijo. Mónica y Patricio tuvieron tres hijos: Agustín, Navigio y una hija cuyo nombre se desconoce.

La vida matrimonial y familiar de Mónica fue difícil, pero ella era una mujer de fe profunda y de oración. En su juventud había tenido problemas con el alcohol, pero logró superarlos. Una vez casada, su esposo se opuso a su fe cristiana y a su vida de oración; sin embargo, también descubrió en ella algo que lo llevó a respetarla.

Mónica quería bautizar a sus hijos al nacer, pero Patricio se negó a concederle el permiso. Esta negativa le rompió el corazón y la impulsó a orar incansablemente por su familia. Cuando Agustín enfermó siendo niño, Patricio aceptó inicialmente que fuera bautizado; pero, cuando el muchacho recuperó la salud, volvió a impedirlo.

El único recurso de Mónica era la oración. Oró fervientemente por la conversión de su familia, y sus plegarias comenzaron a dar fruto. Patricio admiraba sus virtudes y se sentía profundamente conmovido por el amor que ella le profesaba. Todo esto, unido a sus oraciones, condujo a la conversión y al bautismo de Patricio hacia el año 370. Murió un año después. También la madre de Patricio se convirtió.

Agustín, el hijo mayor, tenía alrededor de dieciséis años cuando murió su padre. Durante su juventud había recibido una buena educación en una escuela situada aproximadamente a treinta kilómetros al sur de su ciudad natal. Cuando tenía diecisiete años fue enviado a Cartago, en la actual Túnez, para estudiar retórica.

Aunque en aquel tiempo formaba parte del Imperio romano, Cartago tenía raíces en la cultura griega y contaba con algunas de las mejores escuelas, en las que se educaban muchas figuras destacadas de la sociedad. En Cartago, Agustín buscaba la verdad. Después de leer el diálogo Hortensio, de Cicerón, su sed de verdad se hizo más intensa. Por aquel tiempo conoció a una mujer con quien convivió y tuvo un hijo, a pesar de las fuertes advertencias de su madre contra la fornicación.

En Cartago, Agustín conoció las enseñanzas de Mani, un hombre que afirmaba ser el último profeta de una serie que incluía a Buda, Zoroastro y Jesús. Mani enseñaba que existía un conflicto fundamental entre dos principios opuestos y coeternos: la luz y las tinieblas. La luz era buena y las tinieblas eran malas.

Enseñaba también que el mundo material era una unión de luz y oscuridad, de bien y mal, y que el objetivo de la vida humana consistía en liberar la luz atrapada dentro de las tinieblas del mundo material. Agustín abrazó esta religión y se hizo maniqueo. Pero había algo que tendría que afrontar: la fe y las oraciones de su madre eran poderosas.

Cuando Agustín regresó de sus estudios en Cartago, comenzó a enseñar en su ciudad natal. Fue entonces cuando anunció que se había convertido al maniqueísmo. Como consecuencia, Mónica lo expulsó de su casa como un acto del más profundo amor. Después, Dios le habló mediante una visión que le devolvió la esperanza respecto a su hijo, y ella se reconcilió con él.

Agustín decidió abrir una escuela de retórica y pensó que no había mejor lugar para hacerlo que Roma. Hacia los treinta y un años comunicó a su madre que viajaría allí. Debido a su preocupación maternal por él, y puesto que ya había visto convertirse y bautizarse a sus otros dos hijos, Mónica le anunció que lo acompañaría.

Sin embargo, antes de que ella pudiera darse cuenta, Agustín se marchó a escondidas y viajó a Roma sin ella. Mónica no se dio por vencida y lo siguió. Cuando llegó a Roma, Agustín ya había partido para ocupar un prestigioso puesto como profesor en Milán. Ella volvió a seguirlo hasta allí.

Durante los cuatro años siguientes en Milán, Mónica jamás se rindió y continuó orando por su hijo entre lágrimas. Como Agustín se sentía atraído por los intelectuales, comenzó a interesarse por el obispo católico de Milán, el futuro san Ambrosio. El obispo Ambrosio fue la respuesta a las oraciones de aquella madre. Hacia el año 387, a los treinta y tres años, Agustín se convirtió al cristianismo y fue bautizado por el obispo Ambrosio.

Después de su conversión, Agustín y su madre decidieron regresar a su hogar en Tagaste, pero Mónica nunca completaría el viaje. Enfermó y murió en Ostia, una ciudad situada a las afueras de Roma.

Agustín llegaría a convertirse en uno de los teólogos más influyentes de la historia de la Iglesia. En su libro Confesiones, san Agustín relata la hermosa historia de su madre y presenta cuanto conocemos acerca de ella. Habla de su temprana lucha contra el alcohol. Cuando Agustín se extravió en Cartago, recuerda que su madre lloraba por él más de lo que muchas madres llorarían la muerte de un hijo.

Agustín cuenta con cuánto fervor oraba su madre mientras se encontraban en Milán y cómo buscó el consejo del obispo Ambrosio. La descripción más tierna que hace de ella se refiere a la relación que tuvieron después de su conversión, a sus conversaciones y a la muerte de Mónica. Ella ejerció una influencia profunda sobre él y Agustín, a su vez, ha ejercido una influencia inmensa sobre toda la Iglesia.

Santa Mónica soportó una vida difícil, pero perseveró, superó sus propias dificultades y se consagró a la oración y a una vida virtuosa. Sus oraciones y virtudes conquistaron primero el corazón de su esposo y de su suegra, y después el de sus tres hijos. Aunque san Agustín sea el más conocido, aquella madre, nuera y esposa marcó profundamente la vida de toda su familia.

Muchos consideran a santa Mónica un modelo de esperanza para quienes tienen familiares que se han apartado del buen camino. Al honrarla hoy, meditemos en el poder de su oración. Recordemos también que nuestras plegarias por nuestros familiares son poderosas.

Si tenemos en nuestra familia a alguien que se ha alejado de Dios, permitamos que santa Mónica nos inspire. Dediquémonos a orar por esa persona, para que un día todos los miembros de nuestra familia puedan compartir con nosotros la gloria del cielo.

Oración

Santa Mónica, aunque tuviste una vida difícil, pusiste continuamente tus sufrimientos en las manos de Dios. Perseveraste en la oración, creciste en virtud y ejerciste una profunda influencia sobre toda tu familia.

Ruega por mí, para que nunca pierda la esperanza respecto a quienes se han apartado del buen camino, sino que permanezca fiel en la oración por ellos, confiando en la misericordia divina.

Santa Mónica, ruega por mí. Jesús, confío en ti. Amén.

 

martes, 25 de agosto de 2026

26 de agosto del 2026: miércoles de la vigésima primera semana del tiempo ordinario-II

 

Verdaderos

Jesús nos invita a ser auténticos en lo más profundo de nosotros mismos, sin ocultar lo que realmente somos. Nos impulsa a no juzgar a los demás, sino a mirar primero nuestro propio corazón, reconocer con humildad nuestras incoherencias y dejarnos transformar por su gracia.

La verdadera pureza no consiste únicamente en cuidar las apariencias o cumplir exteriormente las normas, sino en vivir con un corazón sincero, justo y misericordioso. Cuando el interior está lleno de la presencia de Dios, nuestras palabras y obras también se vuelven limpias y verdaderas.

Hoy pidamos al Señor que nos libre de la hipocresía y nos conceda la gracia de vivir con transparencia, de modo que exista armonía entre lo que creemos, lo que decimos y lo que hacemos. Así podremos ser ante los demás lo que estamos llamados a ser ante Dios: hombres y mujeres de corazón limpio.

“Limpia primero por dentro la copa, para que también por fuera quede limpia” (Mt 23,26).

 P.E.I


Primera lectura

2 Tes 3, 6-10. 16-18
Si alguno no quiere trabajar, que no coma

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Tesalonicenses.

EN nombre del Señor Jesucristo, les mandamos, hermanos, que se aparten de todo hermano que lleve una vida desordenada y no conforme con la tradición que recibió de nosotros.
Ya saben ustedes cómo tienen que imitar nuestro ejemplo: No vivimos entre ustedes sin trabajar, no comimos de balde el pan de nadie, sino que con cansancio y fatiga, día y noche, trabajamos a fin de no ser una carga para ninguno de ustedes. No porque no tuviéramos derecho, sino para darles en nosotros un modelo que imitar.
Además, cuando estábamos entre ustedes, les mandábamos que si alguno no quiere trabajar, que no coma.
Que el mismo Señor de la paz les dé la paz siempre y en todo lugar. El Señor esté con todos ustedes.
El saludo va de mi mano, Pablo; esta es la contraseña en toda carta; esta es mi letra.
La gracia de nuestro Señor Jesucristo esté con todos ustedes.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 127, 1bc-2. 4-5 (R.: cf. 1b)

R. Dichosos los que temen al Señor.

V. Dichoso el que teme al Señor
y sigue sus caminos.
Comerás del fruto de tu trabajo,
serás dichoso, te irá bien. 
R.

V. Esta es la bendición del hombre
que teme al Señor.
Que el Señor te bendiga desde Sion,
que veas la prosperidad de Jerusalén
todos los días de tu vida. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Quien guarda la Palabra de Cristo,
ciertamente el amor de Dios ha llegado en él a su plenitud. 
R.

 

Evangelio

Mt 23, 27-32

Son hijos de los que asesinaron a los profetas

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, Jesús dijo:
«¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas, que se parecen a los sepulcros blanqueados! Por fuera tienen buena apariencia, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de podredumbre; lo mismo ustedes: por fuera parecen justos, pero por dentro están repletos de hipocresía y crueldad.
¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas, que edifican sepulcros a los profetas y ornamentan los mausoleos de los justos, diciendo: “Si hubiéramos vivido en tiempo de nuestros padres, no habríamos sido cómplices suyos en el asesinato de los profetas”! Con esto atestiguan en su contra, que son hijos de los que asesinaron a los profetas. Colmen también ustedes la medida de sus padres!».

Palabra del Señor.

 

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verdaderos por dentro y por fuera

 

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios nos invita hoy a vivir una fe verdadera, coherente y transparente; una fe que no se limite a las apariencias, sino que transforme profundamente nuestro corazón y se manifieste en nuestra manera de trabajar, relacionarnos y servir.

En el Evangelio, Jesús pronuncia palabras muy fuertes contra los escribas y fariseos:

“Por fuera parecen hermosos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda podredumbre”.

Jesús utiliza la imagen de los sepulcros blanqueados. Exteriormente podían verse limpios y hermosos, pero en su interior guardaban muerte e impureza. Con esta comparación, el Señor denuncia una religiosidad preocupada por ofrecer una buena imagen, pero incapaz de reconocer y transformar aquello que se esconde en el corazón.

Cristo no condena el cuidado de nuestras obras exteriores. Lo que denuncia es la contradicción entre lo que mostramos y lo que realmente vivimos. Podemos pronunciar palabras piadosas, participar en celebraciones, conocer los mandamientos y hablar de Dios; pero si guardamos resentimientos, juzgamos con dureza, despreciamos al prójimo o actuamos con injusticia, nuestra vida corre el riesgo de convertirse en una fachada religiosa.

Jesús nos invita a ser verdaderos en lo más profundo de nosotros mismos, sin esconder nuestras heridas, debilidades e incoherencias delante de Dios. Él no espera que finjamos ser perfectos; espera que seamos sinceros, humildes y dispuestos a dejarnos transformar por su gracia.

No debemos confundir la santidad con la apariencia de perfección. El santo no es quien nunca se equivoca, sino quien reconoce su fragilidad, pide perdón y permite que el Señor lo levante. La hipocresía es ocultar la enfermedad del alma para aparentar salud; la humildad, en cambio, consiste en presentar nuestras heridas a Cristo para que Él pueda curarlas.

San Pablo, en la primera lectura, nos muestra una expresión concreta de esta coherencia. Él recuerda a los tesalonicenses:

“El que no quiera trabajar, que no coma”.

No se trata de despreciar a quien no puede trabajar por causa de la enfermedad, la edad o alguna limitación. Pablo se refiere a quienes, pudiendo asumir sus responsabilidades, viven ociosamente y se aprovechan del esfuerzo ajeno. El apóstol pone su propia conducta como ejemplo: trabajó “día y noche” para no ser una carga para nadie.

La fe verdadera también se reconoce en la responsabilidad cotidiana. Ser cristiano no consiste solamente en rezar, sino también en trabajar honradamente, cumplir la palabra dada, cuidar a la familia, respetar a los demás y colaborar en la construcción del bien común. Nuestro trabajo, aunque parezca humilde o rutinario, puede convertirse en oración y servicio cuando lo realizamos con amor, honestidad y espíritu fraterno.

Aquí encontramos una fuerte conexión entre la primera lectura y el Evangelio. Jesús rechaza una religiosidad de apariencias, y san Pablo pide una fe que se demuestre mediante una vida responsable. No basta con parecer buenos: debemos esforzarnos por hacer el bien. No basta con hablar de fraternidad: es necesario evitar ser una carga injusta para los demás. No basta con proclamar nuestra fe: debemos permitir que ilumine nuestros deberes diarios.

El salmo nos señala el camino de esta vida auténtica:

“Dichoso el que teme al Señor y sigue sus caminos”.

El temor del Señor no significa vivir asustados ante Dios, sino reconocerlo como el centro de nuestra existencia, confiar en su voluntad y caminar por sus senderos. El salmista une la bendición de Dios con el trabajo honrado:

“Comerás del fruto de tu trabajo, serás dichoso, te irá bien”.

La felicidad que ofrece la Escritura no se basa en las apariencias, el prestigio o la aprobación de los demás. Nace de una conciencia recta, del trabajo realizado dignamente, de la comunión familiar y de la certeza de caminar en presencia del Señor.

Hoy podemos preguntarnos con sinceridad: ¿existe armonía entre lo que creo, lo que digo y lo que hago? ¿Busco agradar a Dios o mantener una buena imagen ante los demás? ¿Cumplo responsablemente mis compromisos? ¿Reconozco humildemente aquello que el Señor necesita limpiar dentro de mí?

No tengamos miedo de mirar nuestro interior. Cristo no entra en nuestro corazón para condenarnos, sino para purificarnos, sanarnos y llenarnos de vida. Abrámosle incluso aquellas habitaciones que mantenemos cerradas: los resentimientos, los temores, las culpas, los pecados ocultos y las heridas que todavía no hemos sabido entregar.

En esta Eucaristía oramos especialmente por los enfermos. Encomendamos a quienes padecen enfermedades físicas, emocionales o espirituales; a quienes esperan un diagnóstico, atraviesan un tratamiento o sienten que sus fuerzas disminuyen. Pedimos también por sus familiares, cuidadores y por el personal sanitario que los acompaña.

La enfermedad nos recuerda que no siempre podemos producir, trabajar o sostenernos por nosotros mismos. Por eso, las palabras de san Pablo nunca pueden emplearse para juzgar a quien está impedido. Al contrario, la comunidad cristiana está llamada a sostener a los débiles, acompañar a quienes sufren y hacer visible la ternura de Dios. El enfermo no es una carga: es un hermano en quien Cristo mismo nos sale al encuentro.

Que el Señor de la paz, como dice san Pablo, nos conceda su paz “siempre y en toda ocasión”. Que dé fortaleza a quienes sufren, sabiduría a los médicos, paciencia a quienes cuidan y generosidad a nuestras comunidades para no abandonar a ningún enfermo.

Pidámosle al Señor un corazón limpio y verdadero; que no vivamos para aparentar, sino para amar; que nuestra oración se convierta en servicio, nuestro trabajo en ofrenda y nuestra fe en una vida coherente.

Señor Jesús, límpianos por dentro, sana nuestras enfermedades, fortalece a quienes sufren y haz que nuestras obras manifiesten sinceramente la fe que profesamos. Amén.

 

lunes, 24 de agosto de 2026

25 de agosto del 2026: martes de la vigésima primera semana del tiempo ordinario II-Memoria libre de San Luis, rey de Francia

 

Testigo de la fe:

San Luis, rey de Francia

(1214-1270)

Luis IX organizó dos cruzadas para liberar el sepulcro de Cristo, pero murió en Túnez al comienzo de la segunda. Su profunda piedad y su sentido de la justicia hicieron de él un soberano ejemplar, comprometido con los pobres y con la paz de su reino.

Esposo y padre de once hijos, procuró armonizar sus responsabilidades familiares y políticas con una intensa vida de oración. Promovió la construcción de hospitales, atendió personalmente a los necesitados y favoreció la reconciliación entre los pueblos. Mandó edificar la Sainte-Chapelle de París para custodiar reliquias de la Pasión del Señor.

Su memoria, recuerda que la autoridad adquiere su verdadero sentido cuando se ejerce como servicio y que la santidad también se construye en la familia, la vida pública y el compromiso con el bien común.

 


Que la fe se haga vida

Jesús denuncia una fe de apariencias: palabras correctas, pero una vida que no las acompaña. Decir «Señor» sin perdonar y orar sin amar es pasar de largo ante Dios mismo. La verdadera fe no se limita a los labios ni a las prácticas exteriores: toma cuerpo en nuestras decisiones, se traduce en misericordia, justicia, humildad y servicio.

No basta hablar de Dios; es necesario permitirle transformar el corazón. La oración auténtica nos conduce al hermano, especialmente al herido, al pobre y al que necesita reconciliación. Que hoy nuestra fe se haga carne en un gesto concreto de amor, porque quien acoge y sirve al hermano acoge y sirve al mismo Cristo.

P.E.I

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Primera lectura

2 Tes 2, 1-3a. 14-17
Conserven las tradiciones que han aprendido

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Tesalonicenses.

LES rogamos, hermanos, a propósito de la venida de nuestro Señor Jesucristo y de nuestra reunión con él, que no pierdan fácilmente la cabeza ni se alarmen por alguna revelación, rumor o supuesta carta nuestra, como si el día del Señor estuviera encima. Que nadie en modo alguno los engañe.
Dios los llamó por medio de nuestro Evangelio para que lleguen a adquirir la gloria de nuestro Señor Jesucristo.
Así, pues, hermanos, manténganse firmes y conserven las tradiciones que han aprendido de nosotros, de viva voz o por carta.
Que el mismo Señor nuestro, Jesucristo, y Dios, nuestro Padre, que nos ha amado y nos ha regalado un consuelo eterno y una esperanza dichosa, consuele sus corazones y les dé fuerza para toda clase de palabras y obras buenas.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 95, 10. 11-12a. 12b-13 (R.: 13b)

R. Llega el Señor a regir la tierra.

V. Digan a los pueblos: «El Señor es rey:
él afianzó el orbe, y no se moverá;
él gobierna a los pueblos rectamente». 
R.

V. Alégrese el cielo, goce la tierra,
retumbe el mar y cuanto lo llena;
vitoreen los campos y cuanto hay en ellos. 
R.

V. Aclamen los árboles del bosque,
delante del Señor, que ya llega,
ya llega a regir la tierra:
regirá el orbe con justicia
y los pueblos con fidelidad. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. La palabra de Dios es viva y eficaz;
juzga los deseos e intenciones del corazón. 
R.

 

Evangelio

Mt 23, 23-26

Esto es lo que habría que practicar, aunque sin descuidar aquello

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, Jesús dijo:
«¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas, que pagan el diezmo de la menta, del anís y del comino, y descuidan lo más grave de la ley: la justicia, la misericordia y la fidelidad!
Esto es lo que habría que practicar, aunque sin descuidar aquello.
¡Guías ciegos, que filtran el mosquito y se tragan el camello!
¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas, que limpian por fuera la copa y el plato, mientras por dentro están rebosando de robo y desenfreno! ¡Fariseo ciego!, limpia primero la copa por dentro y así quedará limpia también por fuera».

Palabra del Señor.


************

 

Que la fe se haga vida

 

Queridos hermanos:

Existe una tentación que puede infiltrarse silenciosamente en la vida cristiana: creer que la fe consiste únicamente en cumplir determinados actos religiosos, decir las palabras correctas o conservar una apariencia de piedad, mientras el corazón permanece cerrado al amor, a la justicia y a la misericordia.

Podemos rezar mucho y perdonar poco; participar en las celebraciones y despreciar al hermano; hablar de Dios con facilidad y negarnos a tender la mano a quien sufre.

Frente a esa contradicción, la Palabra de Dios nos invita hoy a preguntarnos: ¿mi fe está transformando realmente mi vida o se ha quedado en una fachada?

En la primera lectura, san Pablo se dirige a una comunidad inquieta y confundida. Algunos creyentes de Tesalónica pensaban que el día del Señor estaba por llegar de manera inmediata y se dejaban arrastrar por rumores, interpretaciones equivocadas o mensajes alarmantes.

El apóstol les pide serenidad:

«No perdáis fácilmente la cabeza ni os alarméis».

Qué necesaria es también hoy esta exhortación. Vivimos rodeados de noticias que generan angustia, cadenas que anuncian desgracias, discursos que manipulan el miedo y mensajes que confunden más de lo que orientan.

A veces, incluso en ambientes religiosos, se presenta a Dios como una amenaza permanente, o se buscan señales extraordinarias mientras se descuidan las responsabilidades ordinarias de la fe.

Pero el cristiano no está llamado a vivir aterrorizado por el futuro. Está llamado a permanecer firme en Jesucristo.

San Pablo lo expresa claramente:

«Manteneos firmes y conservad las tradiciones que habéis aprendido».

No se trata de repetir costumbres vacías ni de defender apariencias religiosas. Se trata de conservar fielmente el Evangelio recibido: la fe que nos une a Cristo, la esperanza que nos sostiene y el amor que se traduce en obras.

Y añade una oración preciosa:

Que Jesucristo y Dios, nuestro Padre, «os consuelen internamente y os den fuerza para toda clase de palabras y obras buenas».

Aquí encontramos una clave decisiva: la fe verdadera une las palabras buenas con las obras buenas. No basta hablar correctamente de Dios; debemos permitir que su gracia transforme nuestra manera de vivir.

El salmo responsorial prolonga este mensaje:

«El Señor llega a regir la tierra».

Pero ¿cómo llega el Señor? El salmista responde que gobernará «el orbe con justicia y los pueblos con fidelidad».

Dios no viene a imponer la arbitrariedad ni a sembrar desesperación. Viene como Rey justo y fiel; viene a poner las cosas en su lugar; viene a defender la verdad y a restablecer la dignidad de quienes han sido olvidados.

Por eso la creación entera se alegra: el cielo, la tierra, el mar, los campos y los árboles del bosque.

Cuando Dios reina verdaderamente, florecen la justicia, la fraternidad y la esperanza.

Y precisamente eso es lo que Jesús reclama en el Evangelio. Dirigiéndose a los escribas y fariseos, les dice:

«Pagáis el diezmo de la menta, del anís y del comino, y descuidáis lo más importante de la ley: la justicia, la misericordia y la fidelidad».

Prestaban atención minuciosa a pequeñas obligaciones religiosas, pero olvidaban aquello que constituye el corazón de la voluntad de Dios.

Jesús no desprecia las prácticas de fe. No dice que la oración, los mandamientos, las celebraciones o las ofrendas carezcan de importancia. Lo dice expresamente:

«Esto es lo que habría que practicar, aunque sin descuidar aquello».

El problema aparece cuando lo secundario ocupa el lugar de lo esencial. Cuando se cuida la ceremonia, pero se abandona al hermano. Cuando se defiende una imagen religiosa impecable, pero se toleran la injusticia, la indiferencia o la falta de perdón.

Y para mostrar esa incoherencia, Jesús utiliza una imagen sorprendente:

«Coláis el mosquito y os tragáis el camello».

Es decir: nos preocupamos exageradamente por detalles pequeños y dejamos pasar faltas enormes contra el amor.

Nos escandalizamos por un error ajeno, pero justificamos nuestra dureza de corazón.

Cuidamos nuestras palabras en el templo, pero herimos a los demás en la casa.

Queremos una celebración bien organizada, pero no nos interesa si una familia vecina está pasando hambre.

Repetimos «Señor, Señor», pero mantenemos resentimientos, alimentamos divisiones o cerramos los ojos ante el sufrimiento.

Entonces la fe corre el riesgo de convertirse en una fachada: palabras correctas, gestos religiosos y apariencias exteriores, mientras por dentro falta lo esencial.

Jesús añade otra comparación:

«Limpiáis por fuera la copa y el plato, mientras por dentro están llenos de robo y desenfreno».

Y concluye:

«Limpia primero la copa por dentro, y así quedará limpia también por fuera».

Aquí el Señor nos conduce al corazón del Evangelio. La conversión auténtica empieza en nuestro interior.

No basta parecer buenos. Necesitamos permitir que Dios purifique nuestras intenciones, sane nuestros egoísmos y transforme nuestra manera de relacionarnos con los demás.

Una persona puede llevar una cruz en el pecho y, al mismo tiempo, convertirse en una cruz insoportable para su familia.

Puede conocer muchas oraciones y no saber pedir perdón.

Puede hablar de caridad y tratar con desprecio a quien considera inferior.

Puede preocuparse por su reputación religiosa y desentenderse del enfermo, del anciano, del necesitado o del hermano que atraviesa una dificultad.

Por eso hoy Jesús nos invita a revisar no solo lo que hacemos, sino también el amor con que lo hacemos.

La fe ha de tomar carne; tiene que hacerse vida.

Se hace vida cuando perdonamos de corazón.

Se hace vida cuando tratamos con justicia a quienes trabajan con nosotros.

Se hace vida cuando compartimos con una familia necesitada.

Se hace vida cuando visitamos a un enfermo, consolamos a quien está de duelo o acompañamos a una persona que se siente sola.

Se hace vida cuando nos solidarizamos con nuestros hermanos que sufren y respondemos a sus necesidades con una ayuda concreta, generosa y perseverante.

El amor cristiano no puede reducirse a expresar preocupación: también necesita manos disponibles, tiempo ofrecido y corazón abierto.

En esta celebración queremos presentar de manera especial ante el Señor a nuestros familiares, amigos y benefactores.

Cuántas personas hacen el bien discretamente, sin esperar reconocimiento.

Personas que ayudan a sostener nuestras comunidades; que aportan para la evangelización; que colaboran con los necesitados; que ofrecen su trabajo, sus recursos, su tiempo y sus oraciones.

Hay benefactores que apoyan económicamente, pero también quienes se convierten en bendición mediante una visita, una palabra oportuna, una escucha paciente o una presencia fiel.

Por todos ellos damos gracias a Dios.

Pedimos que el Señor bendiga sus hogares, proteja a sus familias, les conceda salud, fortaleza y esperanza, y les multiplique abundantemente todo el bien que realizan.

Que nunca les falte el pan, el trabajo, la paz ni la alegría de saberse instrumentos de la providencia divina.

También podemos recordar en este día a san Luis, rey de Francia, quien procuró vivir su fe mediante la justicia, la atención a los pobres y el servicio al bien común. Su testimonio nos recuerda que ninguna responsabilidad nos dispensa del Evangelio; por el contrario, cuanto mayor es la autoridad o la posibilidad de ayudar, mayor debe ser el compromiso con los demás.

Hermanos, preguntémonos sinceramente:

¿Mi oración me está enseñando a amar mejor?

¿Mi participación en la Eucaristía me hace más justo, más misericordioso y más servicial?

¿Me preocupo únicamente por aparentar que soy creyente o permito que Cristo transforme mi corazón?

¿Reconozco y agradezco el bien que otros hacen por mí?

Pidámosle al Señor que nos libre de una religiosidad vacía y nos conceda una fe auténtica, firme y fecunda.

Que nuestras palabras nazcan de un corazón reconciliado.

Que nuestras prácticas religiosas se traduzcan en justicia, misericordia y fidelidad.

Que nuestra oración se convierta en servicio.

Y que nuestra fe, lejos de quedarse en una apariencia, se haga carne en gestos concretos de amor.

Señor Jesús, limpia nuestro corazón y enséñanos a vivir aquello que proclamamos. Bendice a nuestros familiares, amigos y benefactores; recompensa su generosidad y haz que todos seamos, con nuestras palabras y nuestras obras, instrumentos de tu justicia y de tu misericordia. Amén.

 

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25 de agosto:

San Luis, rey — Memoria libre

 

1214-1270

Patrono de los barberos, peluqueros, albañiles, trabajadores de la construcción, fabricantes de botones, destiladores, bordadores, costureros, reyes, escultores, soldados, canteros, novios, la paternidad y maternidad, los padres de familias numerosas, los prisioneros y los enfermos; copatrono de la Tercera Orden de San Francisco.

Invocado contra la muerte de los niños y las dificultades matrimoniales.

Canonizado por el papa Bonifacio VIII en 1297.

 

Cita

Por tanto, querido hijo, lo primero que te aconsejo es que fijes todo tu corazón en Dios y lo ames con todas tus fuerzas, pues sin esto nadie puede salvarse ni tener valor alguno. Debes evitar con todas tus fuerzas todo aquello que consideres desagradable para Él. Y, especialmente, debes estar resuelto a no cometer ningún pecado mortal, pase lo que pase; deberías permitir que te cortaran todos los miembros y sufrir toda clase de tormentos antes que caer conscientemente en pecado mortal.
—Carta de san Luis a su hijo

 

Reflexión

Luis IX, nacido en Poissy, Francia, fue el cuarto hijo del príncipe heredero y la princesa de Francia, Luis VIII y Blanca de Castilla. Cuando Luis nació, su abuelo, Felipe II, llevaba treinta y cuatro años como rey de Francia. Cuando Luis IX tenía nueve años, murió su abuelo y su padre, Luis VIII, se convirtió en rey, aunque solamente reinaría durante tres años. Después de la muerte de su padre, ocurrida en 1226, Luis IX se convirtió en rey de Francia a la edad de doce años. Debido a su corta edad, su madre ejerció como regente hasta que él tuvo la edad suficiente para gobernar por sí mismo, a los diecinueve años.

Como hijo de un príncipe y después como joven rey, Luis IX recibió una excelente formación en latín, oratoria, escritura, artes militares y gobierno. Sus tutores privados fueron cuidadosamente elegidos por su abnegada madre, una católica de profunda fe que se aseguró de que sus hijos recibieran una sólida formación religiosa. Se cuenta que, cierto día, su madre le dijo al joven Luis: «Te amo, querido hijo, tanto como una madre puede amar a su hijo; pero preferiría verte muerto a mis pies antes que verte cometer un pecado mortal». Esta poderosa manifestación del amor de su madre resonó en el corazón de Luis durante toda su vida.

Durante su etapa como reina madre y regente de Francia, Blanca gobernó con virtud. Apoyó monasterios y conventos, practicó fielmente su fe, fue generosa con los pobres y gobernó con justicia. Todo ello produjo un profundo efecto en su hijo, el rey. Cuando Luis tenía dieciocho años, su madre escogió como esposa para él a Margarita de Provenza, hija de trece años de Ramón Berenguer IV, conde de Provenza. Margarita era una esposa ideal para Luis por su piedad y virtud. La pareja se enamoró y tuvo once hijos. Disfrutaban pasando tiempo juntos: leyendo, cabalgando, escuchando música y orando. Con frecuencia se afirma que este estrecho vínculo despertó los celos de la madre de Luis y que la relación entre ella y su nuera fue tensa.

Una vez concluida la regencia, los treinta y seis años posteriores del reinado del rey Luis estuvieron marcados por la justicia, el cuidado de los pobres, el arbitraje, las alianzas estratégicas, las cruzadas y una profunda devoción. En cuanto a su fidelidad a la fe católica, el rey Luis era conocido como un hombre de oración. Como prácticas de devoción interior, rezaba diariamente el Oficio Divino, asistía a Misa dos veces al día y llevaba un cilicio bajo sus vestiduras. Tal vez el legado más inspirador de la fe del rey Luis se encuentre en una carta que escribió a su hijo, en la cual deja ver su corazón de padre y ofrece al futuro rey orientaciones para llegar a ser un hombre y un monarca bueno. La carta está llena de exhortaciones prácticas de fe, mediante las cuales intenta imprimir en la mente y el corazón de su hijo el camino de la santidad.

Estos actos de piedad también dieron lugar a obras exteriores, como realizar penitencias públicas para inspirar a sus súbditos, construir y sostener numerosos monasterios y conventos, y reunir reliquias sagradas que depositó en una capilla cuya construcción encargó, llamada la Sainte-Chapelle, es decir, la «Santa Capilla». Se dice que esta capilla custodia, de manera especial, la Corona de Espinas, la reliquia más sagrada para el rey Luis. Movido por su fe, también promovió las artes sacras en toda Francia y estableció los fundamentos de instituciones académicas de excelencia teológica. Asimismo, estuvo profundamente comprometido con las obras de caridad. Construyó hospitales para los enfermos y casas de rehabilitación para las prostitutas, y atendió personalmente a los pobres.

El rey Luis fue también un hombre de justicia. Era conocido por dedicar largos períodos a escuchar las quejas de su pueblo y dictar resoluciones justas. Reformó el sistema jurídico y prohibió prácticas arcaicas e injustas. Puso fin a las guerras entre los nobles, buscando soluciones razonables para sus disputas en lugar de recurrir a la violencia. Su justicia y su reputación de rectitud moral eran tan conocidas que otros gobernantes acudían a él para que ayudara a resolver graves conflictos en otros reinos, como ocurrió con las disputas entre el rey de Inglaterra y los barones ingleses.

En 1244, la ciudad de Jerusalén fue tomada por los turcos corasmios, en violación del Tratado de Jaffa de 1229. Aunque la guerra nunca debe emprenderse por motivos de agresión o conquista, la defensa propia o la defensa de los demás constituye un deber moral. El rey Luis reconoció ese deber y era consciente de la posición privilegiada que ocupaba para prestar ayuda. En 1248, partió con su ejército de cruzados para combatir a los turcos en lo que se conoce como la Séptima Cruzada. Su objetivo era Egipto, centro del poder musulmán. Aunque inicialmente tuvo éxito al conquistar la ciudad de Damieta, su ejército fue diezmado cuando intentaba avanzar y el rey fue capturado. Después de un breve encarcelamiento, fue liberado mediante el pago de una enorme suma de dinero. A continuación, pasó los cuatro años siguientes en las fortalezas de Tierra Santa controladas por los cruzados, brindándoles apoyo y aliento. Después de seis años, regresó a Francia, donde su madre había gobernado como regente durante su ausencia.

En 1267, el rey Luis volvió a sentir el deber de defender Tierra Santa. Después de tres años de cuidadosa planificación, Túnez fue escogida como objetivo, con la intención de convertir al rey musulmán a la fe católica y con la esperanza de que este ayudara posteriormente a establecer una paz más amplia entre cristianos y musulmanes. Desafortunadamente, al llegar al norte de África, se desató una enfermedad en el campamento de los cruzados. Entre los fallecidos se encontraba el rey Luis IX. Su cuerpo fue enviado de regreso a Francia y su hijo, Felipe III, lo sucedió como rey. En 1297, apenas veintisiete años después de la muerte de Luis, el papa Bonifacio VIII lo canonizó en reconocimiento de su profunda piedad personal, sus esfuerzos por reformar y perfeccionar la administración de justicia y su liderazgo en dos cruzadas.

La vida de un rey en la Plena Edad Media, rodeada de riquezas y de un poder casi sin límites, llevaba consigo numerosas tentaciones. San Luis fue una de esas almas excepcionales que permanecieron sencillas, humildes, piadosas, justas, reflexivas, moralmente íntegras y entregadas a la oración durante todo su reinado. Es el único rey de Francia que ha recibido el título sagrado de «santo».

Al honrar a este gobernante santo y justo, consideremos las tentaciones que debió superar para llegar a ser reconocido universalmente como santo católico. Al hacerlo, reflexionemos también sobre las cualidades que más necesitamos cultivar en nuestra propia vida para vencer las asechanzas de la tentación y cumplir nuestros deberes conforme a la mente y al corazón de Cristo.

Oración

San Luis, conociste a Cristo desde muy joven. Tu madre, mujer de profunda fe, infundió en ti una visión clara de tus deberes y responsabilidades morales delante de Dios. Tú correspondiste a ese don procurando ser un rey según el Corazón de Cristo y buscando la justicia y la paz para todos.

Ruega por mí, para que asuma mis propios deberes en la vida con amor y justicia, sin buscar nunca satisfacer mis deseos egoístas, sino únicamente los deseos del Corazón de Cristo.

San Luis, rey de Francia, ruega por mí. Jesús, confío en ti.

 

 

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