lunes, 16 de marzo de 2026

17 de marzo del 2026: martes de la cuarta semana de Cuaresma

 

Levantarse para vivir

(Ez 47, 1-9. 12; Jn 5,1-16) La Palabra de hoy nos invita a pasar de la parálisis a la vida. El profeta Ezequiel contempla un río que brota del templo y que, a su paso, todo lo transforma y hace florecer: donde llega el agua, nace la vida. Así es la fe cuando la dejamos fluir: renueva el corazón y se convierte en fuente de vida también para los demás.

En el Evangelio, Jesús se acerca al hombre paralizado junto a la piscina de Betesda. Su palabra no solo le devuelve la salud, sino que lo invita a levantarse y caminar: “Levántate, toma tu camilla y anda.” Los dones de Dios no son simples favores pasajeros; son llamadas a la conversión, a entrar en una vida nueva. Acogiendo su palabra, también nosotros podemos levantarnos y continuar el camino hacia la vida plena.

 


Primera lectura

Lectura de la profecía de Ezequiel (47,1-9.12):

EN aquellos días, el ángel me hizo volver a la entrada del templo del Señor.
De debajo del umbral del templo corría agua hacia el este —el templo miraba al este—. El agua bajaba por el lado derecho del templo, al sur del altar.
Me hizo salir por el pórtico septentrional y me llevó por fuera hasta el pórtico exterior que mira al este. El agua corría por el lado derecho.
El hombre que llevaba el cordel en la mano salió hacia el este, midió quinientos metros y me hizo atravesar el agua, que me llegaba hasta los tobillos. Midió otros quinientos metros y me hizo atravesar el agua, que me llegaba hasta las rodillas. Midió todavía otros quinientos metros y me hizo atravesar el agua, que me llegaba hasta la cintura. Midió otros quinientos metros: era ya un torrente que no se podía vadear, sino cruzar a nado.
Entonces me dijo:
«¿Has visto, hijo de hombre?»,
Después me condujo por la ribera del torrente.
Al volver vi en ambas riberas del torrente una gran arboleda. Me dijo:
«Estas aguas fluyen hacia la zona oriental, descienden hacia la estepa y desembocan en el mar de la Sal, Cuando hayan entrado en él, sus aguas serán saneadas. Todo ser viviente que se agita, allí donde desemboque la corriente, tendrá vida; y habrá peces en abundancia. Porque apenas estas aguas hayan llegado hasta allí, habrán saneado el mar y habrá vida allí donde llegue el torrente.
En ambas riberas del torrente crecerá toda clase de árboles frutales; no se marchitarán sus hojas ni se acabarán sus frutos; darán nuevos frutos cada mes, porque las aguas del torrente fluyen del santuario; su fruto será comestible y sus hojas medicinales».

Palabra de Dios

 

 

Salmo

Sal 45,2-3.5-6.8-9

R/.
 El Señor de los ejércitos está con nosotros,
nuestro alcázar es el Dios de Jacob


V/. Dios es nuestro refugio y nuestra fuerza,
poderoso defensor en el peligro.
Por eso no tememos aunque tiemble la tierra,
y los montes se desplomen en el mar. R/.

V/. Un río y sus canales alegran la ciudad de Dios,
el Altísimo consagra su morada.
Teniendo a Dios en medio, no vacila;
Dios la socorre al despuntar la aurora. R/.

V/. El Señor del universo está con nosotros,
nuestro alcázar es el Dios de Jacob.
Venid a ver las obras del Señor,
las maravillas que hace en la tierra. R/.

 

 

Lectura del santo evangelio según san Juan (5,1-16):

SE celebraba una fiesta de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén.
Hay en Jerusalén, junto a la Puerta de las Ovejas, una piscina que llaman en hebreo Betesda. Esta tiene cinco soportales, y allí estaban echados muchos enfermos, ciegos, cojos, paralíticos.
Estaba también allí un hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo.
Jesús, al verlo echado, y sabiendo que ya llevaba mucho tiempo, le dice:
«¿Quieres quedar sano?».
El enfermo le contestó:
«Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se remueve el agua; para cuando llego yo, otro se me ha adelantado».
Jesús le dice:
«Levántate, toma tu camilla y echa a andar».
Y al momento el hombre quedó sano, tomó su camilla y echó a andar.
Aquel día era sábado, y los judíos dijeron al hombre que había quedado sano:
«Hoy es sábado, y no se puede llevar la camilla».
Él les contestó:
«El que me ha curado es quien me ha dicho: “Toma tu camilla y echa a andar”».
Ellos le preguntaron:
«¿Quién es el que te ha dicho que tomes la camilla y eches a andar?».
Pero el que había quedado sano no sabía quién era, porque Jesús, a causa del gentío que había en aquel sitio, se había alejado.
Más tarde lo encuentra Jesús en el templo y le dice:
«Mira, has quedado sano; no peques más, no sea que te ocurra algo peor».
Se marchó aquel hombre y dijo a los judíos que era Jesús quien lo había sanado.
Por esto los judíos perseguían a Jesús, porque hacía tales cosas en sábado.

Palabra del Señor

 

 

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“Levántate y camina: cuando Dios toma la iniciativa”

 

Queridos hermanos y hermanas:

La Palabra de Dios de este día tiene un sabor profundamente cuaresmal. Nos pone delante dos imágenes llenas de esperanza: por un lado, el agua que brota del templo en la visión del profeta Ezequiel; por otro, el hombre paralítico que yace junto a la piscina de Betesda, esperando inútilmente una oportunidad para sanar. En ambos casos aparece el mismo mensaje: Dios quiere comunicar vida allí donde parecía reinar el estancamiento, la impotencia y la tristeza.

La primera lectura es bellísima. Ezequiel contempla un agua que sale del templo y que, a medida que avanza, va transformando todo: donde llega esa corriente, hay vida; lo árido se fecunda, lo estéril florece, lo muerto revive. El agua no se queda quieta; sale, corre, sanea, fecunda. No es un agua encerrada, sino una gracia en movimiento. Así es Dios. Dios no es un Dios inmóvil ni lejano. Dios sale al encuentro, busca, toca, levanta, renueva. Y ese río que brota del templo es una imagen de su misericordia, de su gracia, de su amor que no se resigna a vernos postrados.

Luego el Evangelio nos presenta a un hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo junto a la piscina de Betesda. Era prácticamente una vida entera. Treinta y ocho años esperando, treina y ocho años viendo pasar gente, treina y ocho años acumulando frustración, cansancio, decepción. Seguramente al comienzo tuvo esperanza; después, resignación; y finalmente quizá una especie de costumbre del dolor. Jesús lo ve tendido allí, conoce su larga enfermedad y le pregunta: “¿Quieres quedar sano?”. Y luego le dice: “Levántate, toma tu camilla y echa a andar.”

A primera vista, esa pregunta de Jesús parece extraña. ¿Cómo no va a querer sanar alguien que ha sufrido tanto tiempo? Pero Jesús no formula preguntas inútiles. Él entra al corazón. La pregunta va más allá del cuerpo: ¿de verdad quieres cambiar? ¿de verdad quieres salir de aquello que te tiene postrado? ¿de verdad quieres comenzar una vida nueva? Porque hay parálisis físicas, sí; pero también hay parálisis del alma. Está la parálisis del resentimiento, de la tristeza prolongada, de la culpa, de la rutina espiritual, de los pecados repetidos, del desánimo, de la falta de perdón, del “yo soy así”, del “ya no puedo cambiar”, del “esto siempre será igual”.

Y aquí esta Palabra se vuelve actual para nosotros. Muchos no estamos en una camilla visible, pero llevamos dentro alguna inmovilidad. A veces seguimos respirando, trabajando, conversando, incluso sonriendo, pero interiormente estamos detenidos. Hay personas que llevan años paralizadas por una herida del pasado. Otras, por una pérdida que no han logrado elaborar. Otras, por una culpa que no se atreven a poner en manos de Dios. Otras, por un pecado habitual contra el que dejaron de luchar porque piensan que ya no tiene remedio.

Ese hombre del Evangelio dice algo muy humano: “No tengo a nadie”. Es una de las frases más tristes de toda la escena. No tengo a nadie que me ayude. No tengo a nadie que me meta en el agua. No tengo a nadie que me sostenga. Cuánta gente hoy podría repetir esas palabras. Ancianos solos. Enfermos olvidados. Personas que atraviesan duelos en silencio. Hombres y mujeres cansados de dar y no recibir. Amigos heridos por la indiferencia. Benefactores generosos que a veces también cargan sus propias cruces. Familias enteras que parecen llevar años esperando una consolación que no llega.

Pero precisamente ahí sucede lo más hermoso del Evangelio: cuando el hombre ya no espera nada, Jesús toma la iniciativa. No fue el enfermo quien buscó a Jesús; fue Jesús quien lo vio. No fue el enfermo quien encontró la solución; fue Cristo quien se le acercó. No fue la piscina la que lo sanó; fue la palabra viva del Señor. Ese es el corazón del mensaje de hoy: la salvación no nace de nuestras fuerzas, sino de la iniciativa misericordiosa de Dios.

Y eso es muy importante en Cuaresma. A veces convertimos la Cuaresma en una especie de lista de esfuerzos personales: voy a dejar esto, voy a hacer aquello, voy a mejorar en esto otro. Y está bien. Pero la Cuaresma no comienza por lo que yo hago por Dios, sino por lo que Dios hace por mí. Él ve mi postración. Él conoce mis años de lucha. Él sabe mis cansancios secretos. Él no me humilla por mi fragilidad; me pregunta con ternura: “¿Quieres sanar?”. Y cuando reconozco que no puedo solo, entonces su gracia empieza a obrar.

El comentario que compartiste lo expresa muy bien: la impotencia reconocida puede convertirse en la puerta por donde entra la gracia. Mientras uno se cree autosuficiente, se encierra. Pero cuando uno dice de verdad: “Señor, no puedo solo; Señor, necesito tu ayuda; Señor, ven a levantarme”, entonces el alma comienza a abrirse a la acción de Dios.

Hay aquí también una enseñanza profundamente espiritual. Aquel hombre estaba esperando que el agua se moviera. Y mientras esperaba una señal externa, la verdadera fuente de vida estaba ya delante de él: Jesús. A veces nosotros también nos quedamos esperando “algo”: una emoción extraordinaria, un milagro espectacular, una circunstancia ideal, una solución inmediata. Y sin embargo el Señor ya está actuando, quizá de un modo humilde y silencioso: en su Palabra, en una confesión pendiente, en una eucaristía bien vivida, en la compañía de alguien bueno, en una reconciliación, en una llamada a comenzar de nuevo.

Ezequiel habla de un río que lo sana todo; el Evangelio nos muestra que ese río tiene rostro: Jesucristo. Él es el verdadero templo del que brota el agua viva. Él es la fuente que sana nuestras zonas secas. Él es el que puede devolver movilidad a la conciencia adormecida, esperanza al corazón vencido y dignidad al que se siente tirado al borde del camino.

Y no olvidemos un detalle: Jesús no solo sana al hombre; también lo pone en marcha. No le dice: “Quédate ahí descansando”. Le dice: “Levántate, toma tu camilla y anda.” Es decir: no vuelvas a vivir como antes. No te identifiques para siempre con tu herida. No reduzcas tu identidad a aquello que sufriste. No sigas acostado en el lugar de tu antigua impotencia. La gracia de Dios no solo consuela; también impulsa. No solo cura; también envía. No solo limpia; también transforma.

Tal vez esa “camilla” que el hombre debe cargar representa precisamente su historia. Jesús no borra mágicamente el pasado, pero hace que ese pasado ya no lo domine. Antes la camilla lo cargaba a él; ahora él carga la camilla. Antes estaba postrado sobre ella; ahora camina. Qué hermosa imagen de la vida cristiana. Con Cristo, nuestras heridas no necesariamente desaparecen de la memoria, pero dejan de gobernarnos. Nuestro pasado ya no nos aplasta; integrado en la gracia, puede incluso convertirse en testimonio.

Hoy, además, queremos vivir esta Eucaristía con una intención orante por nuestros familiares, amigos y benefactores. Y esta Palabra ilumina muy bien esa intención. Pensemos en tantos familiares nuestros que quizá están cansados, enfermos, tristes o espiritualmente paralizados. Pensemos en amigos que necesitan una palabra de ánimo, una reconciliación, una cercanía. Pensemos en los benefactores que el Señor ha puesto en nuestro camino, personas que nos han ayudado material, espiritual o afectivamente. Muchos de ellos han sido, para nosotros, como un cauce de ese río de Ezequiel: por medio de ellos Dios nos ha sostenido, alentado, consolado.

Qué importante es orar por ellos. Porque a veces recibimos mucho de determinadas personas y no siempre correspondemos con gratitud espiritual. Hoy la liturgia nos invita a ponerlos delante del Señor y a pedir por cada uno:
Señor, sana a nuestros familiares.
Señor, fortalece a nuestros amigos.
Señor, bendice a nuestros benefactores.
Señor, levanta a los que están postrados.
Señor, haz correr tu agua viva por sus hogares, sus trabajos, sus luchas y sus esperanzas.

Y quizá también debemos preguntarnos: ¿no quiere el Señor que nosotros seamos para otros esa ayuda que el paralítico no encontraba? El hombre decía: “No tengo a nadie”. Ojalá nadie cercano a nosotros tenga que repetir esa frase. Ojalá en nuestras familias haya más presencia. Ojalá en nuestras comunidades haya más atención. Ojalá nuestros amigos puedan contar con nosotros. Ojalá nuestros benefactores no solo reciban agradecimientos humanos, sino también oración fiel, cercanía sincera y memoria agradecida.

Una aproximación psicológica también puede ayudarnos. Con frecuencia, cuando una persona ha sufrido durante mucho tiempo, termina organizando su identidad alrededor de su herida. Se acostumbra a definirse desde la carencia, desde la frustración, desde la imposibilidad. El dolor prolongado genera a veces una resignación interior: “yo ya no cambio”, “esto no tiene remedio”, “para mí ya es tarde”. El Evangelio rompe esa lógica. Jesús entra justamente en ese espacio donde la persona se ha acostumbrado a sobrevivir y le devuelve la capacidad de desear una vida distinta. En otras palabras, Jesús no solo cura el cuerpo; devuelve también el deseo, la esperanza y la iniciativa interior.

Por eso esta Palabra es una gran noticia para todos los que sienten que llevan demasiado tiempo mal. Para el que lleva años en una tibieza espiritual. Para el que arrastra un pecado recurrente. Para el que se acostumbró a vivir sin ilusión. Para el que se resignó a una relación rota. Para el que piensa que Dios ya no puede hacer nada con su vida. Cristo le dice hoy: sí hay esperanza, sí puedes levantarte, sí la gracia puede tocarte.

Hermanos, estamos en Cuaresma, tiempo de volver a la fuente. No nos contentemos con quedarnos al borde de la piscina lamentándonos. No vivamos solo enumerando nuestras limitaciones. Miremos a Cristo. Dejemos que nos haga la pregunta decisiva: “¿Quieres quedar sano?”. Y respondamos con humildad:
“Señor, sí quiero, pero no puedo sin ti”.
“Señor, quiero sanar mis heridas”.
“Señor, quiero dejar ese pecado”.
“Señor, quiero volver a orar”.
“Señor, quiero perdonar”.
“Señor, quiero caminar”.

Entonces veremos que la gracia ya estaba obrando. Porque el Señor no espera a que todo esté resuelto para acercarse. Se acerca precisamente cuando estamos tirados, cansados, confundidos y sin fuerzas. Esa es su misericordia. Esa es su iniciativa. Ese es el Evangelio.

Pidamos en esta celebración por nuestros familiares, amigos y benefactores. Que sobre ellos corra el río de la vida que vio Ezequiel. Que sobre ellos repose la mirada compasiva de Cristo en Betesda. Que el Señor cure sus heridas visibles e invisibles. Que bendiga su generosidad. Que los sostenga en la prueba. Y que también a nosotros nos convierta en instrumentos de consuelo, gratitud y esperanza para ellos.

Que al acercarnos hoy a la Eucaristía escuchemos, en lo más íntimo del corazón, la voz de Jesús que nos dice:
“Levántate, toma tu camilla y anda.”
Y que, sostenidos por su gracia, nos pongamos de pie para caminar hacia una vida nueva.

Amén.

 

domingo, 15 de marzo de 2026

16 de marzo del 2026: lunes de la cuarta semana de Cuaresma

 

Creer en la Palabra

Las lecturas de hoy nos invitan a redescubrir el fundamento de nuestra confianza en Dios.

El funcionario del Evangelio cree en la palabra de Jesús antes incluso de ver la curación de su hijo. Su fe no se apoya en signos espectaculares, sino en la confianza en lo que el Señor dice. Es la fe de quienes caminan sostenidos por la promesa, incluso cuando todavía no ven el resultado.

Al mismo tiempo, el profeta Isaías nos abre a una esperanza nueva: Dios es capaz de renovar la vida hasta el punto de transformar el dolor en alegría, como una madre que, al abrazar a su hijo recién nacido, olvida los sufrimientos del parto. Cuando Dios actúa, el corazón vuelve a calentarse y el pasado ya no tiene la última palabra.

Creer en la Palabra de Dios es, entonces, abrirse a esa vida nueva que Él prepara, incluso antes de verla. Es caminar confiados, sabiendo que quien confía en el Señor nunca queda defraudado.

G.Q

 


Primera lectura

Lectura del libro de Isaías (65,17-21):

ESTO dice el Señor:
«Mirad: voy a crear un nuevo cielo
y una nueva tierra:
de las cosas pasadas
ni habrá recuerdo ni vendrá pensamiento.
Regocijaos, alegraos por siempre
por lo que voy a crear:
yo creo a Jerusalén “alegría”,
y a su pueblo, “júbilo”.
Me alegraré por Jerusalén
y me regocijaré con mi pueblo,
ya no se oirá en ella ni llanto ni gemido;
ya no habrá allí niño
que dure pocos días,
ni adulto que no colme sus años,
pues será joven quien muera a los cien años,
y quien no los alcance se tendrá por maldito.
Construirán casas y las habitarán,
plantarán viñas y comerán los frutos».


Palabra de Dios

 

 

Salmo

Sal 29,2.4.5-6.11-12a.13b



R/.
 Te ensalzaré, Señor, porque me has librado

V/. Te ensalzaré, Señor, porque me has librado
y no has dejado que mis enemigos se rían de mí.
Señor, sacaste mi vida del abismo,
me hiciste revivir cuando bajaba a la fosa. R/.

V/. Tañed para el Señor, fieles suyos,
celebrad el recuerdo de su nombre santo;
su cólera dura un instante;
su bondad, de por vida;
al atardecer nos visita el llanto;
por la mañana, el júbilo. R/.

V/. Escucha, Señor, y ten piedad de mí;
Señor, socórreme.
Cambiaste mi luto en danzas.
Señor, Dios mío, te daré gracias por siempre.
 R/.

 

 

Lectura del santo evangelio según san Juan (4,43-54):

EN aquel tiempo, salió Jesús de Samaría para Galilea. Jesús mismo había atestiguado:
«Un profeta no es estimado en su propia patria».
Cuando llegó a Galilea, los galileos lo recibieron bien, porque habían visto todo lo que había hecho en Jerusalén durante la fiesta, pues también ellos habían ido a la fiesta.
Fue Jesús otra vez a Caná de Galilea, donde había convertido el agua en vino.
Había un funcionario real que tenía un hijo enfermo en Cafarnaún. Oyendo que Jesús había llegado de Judea a Galilea, fue a verlo, y le pedía que bajase a curar a su hijo que estaba muriéndose.
Jesús le dijo:
«Si no veis signos y prodigios, no creéis».
El funcionario insiste:
«Señor, baja antes de que se muera mi niño».
Jesús le contesta:
«Anda, tu hijo vive».
El hombre creyó en la palabra de Jesús y se puso en camino. Iba ya bajando, cuando sus criados vinieron a su encuentro diciéndole que su hijo vivía. Él les preguntó a qué hora había empezado la mejoría. Y le contestaron:
«Ayer a la hora séptima lo dejó la fiebre».
El padre cayó en la cuenta de que esa era la hora en que Jesús le había dicho: «Tu hijo vive». Y creyó él con toda su familia. Este segundo signo lo hizo Jesús al llegar de Judea a Galilea.

Palabra del Señor

 


1

 

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de este lunes de la cuarta semana de Cuaresma nos regala un mensaje de profunda esperanza, especialmente cuando hoy queremos orar por nuestros difuntos.

En la primera lectura, el profeta Isaías nos transmite una promesa maravillosa de parte de Dios:
“Voy a crear un cielo nuevo y una tierra nueva.”
No es una frase poética sin más. Es una declaración de amor y de poder. Dios anuncia que el dolor, el llanto y la tristeza no tendrán la última palabra. Dios puede renovar la vida, sanar las heridas del corazón y abrir un futuro incluso allí donde nosotros sólo vemos ausencia, vacío o lágrimas.

Y esto toca de manera especial nuestra oración por los difuntos. Cuando una persona querida parte de este mundo, queda en nosotros una mezcla de amor, nostalgia, dolor y preguntas. A veces seguimos adelante por fuera, pero por dentro permanece una herida silenciosa. Por eso esta Palabra llega hoy como un consuelo: Dios no abandona la obra de sus manos. Dios no olvida a sus hijos. Dios es Señor de la vida y también de la muerte.

El salmo responsorial nos hacía repetir algo muy bello:
“Te ensalzaré, Señor, porque me has librado.”
Y también:
“Por la noche durará el llanto, y a la mañana, el júbilo.”

¡Qué actual es esta palabra! Todos conocemos noches del alma: el sufrimiento, la enfermedad, la pérdida de un ser amado, el duelo que parece no terminar. Pero la fe cristiana nos dice que la noche no es eterna. El llanto existe, sí; Jesús mismo lloró ante la tumba de Lázaro. Pero el llanto no tiene la última palabra. La última palabra la tiene Dios. Y la palabra de Dios es palabra de vida.

En el Evangelio encontramos a un padre angustiado por la enfermedad de su hijo. Se trata de un funcionario real que busca a Jesús porque su hijo está al borde de la muerte. Este hombre representa a tantos de nosotros cuando acudimos al Señor cargados de preocupación, de dolor o de impotencia.

Él le pide a Jesús que vaya a su casa. Pero Jesús no baja con él. Le dice simplemente:
“Vete, tu hijo vive.”
Y el Evangelio añade una frase decisiva:
“El hombre creyó en la palabra que Jesús le había dicho y se puso en camino.”

Ahí está el corazón del Evangelio de hoy: creer en la Palabra de Jesús.

Ese hombre no vio el milagro inmediatamente. No recibió primero la prueba y después creyó. Primero creyó, y luego vio. Se apoyó no en lo que podía comprobar con sus ojos, sino en lo que Jesús le había dicho.

También nosotros, cuando oramos por nuestros difuntos, caminamos así: sostenidos por la Palabra. Nosotros no vemos con nuestros ojos lo que ocurre más allá de la muerte, pero creemos en la promesa del Señor. Creemos que Jesucristo, muerto y resucitado, ha vencido la muerte. Creemos que la vida no termina, sino que se transforma. Creemos que la misericordia de Dios es más grande que nuestras pobrezas y más fuerte que la tumba.

Por eso, orar por los difuntos no es una costumbre vacía. Es un acto de fe. Es decirle al Señor: “Yo confío en ti. Confío en que tú acoges a nuestros hermanos. Confío en que tu amor sigue actuando. Confío en que la muerte no destruye lo que ha sido vivido en ti.”

A veces, cuando alguien muere, podemos quedar atrapados en la tristeza, en la culpa o en la nostalgia. Tristeza por su ausencia. Culpa por lo que no hicimos o no dijimos. Nostalgia de un pasado que no volverá. Pero hoy la Palabra nos invita a levantar la mirada. No para olvidar a nuestros difuntos, sino para recordarlos desde la esperanza.

La fe cristiana no elimina el dolor, pero sí lo ilumina. Nos permite llorar, pero sin desesperarnos. Nos permite extrañar, pero sin perder la confianza. Nos permite seguir amando, sabiendo que en Dios nadie se pierde para siempre.

Qué hermoso pensar que, así como aquel padre creyó la palabra de Jesús y volvió a su casa con esperanza, también nosotros estamos llamados a seguir caminando con esa misma confianza. Tal vez hoy el Señor no nos da todas las respuestas, pero sí nos da su promesa. Y su promesa basta.

En esta Eucaristía pidamos tres gracias:

Primero, la gracia de creer en la Palabra de Jesús, aun cuando no vemos todavía todo con claridad.

Segundo, la gracia de poner a nuestros difuntos en las manos misericordiosas del Padre, confiando en su amor eterno.

Y tercero, la gracia de vivir nuestra propia vida en conversión y esperanza, para que también nosotros caminemos hacia esa plenitud que Dios nos ha prometido.

Que María, Madre de la esperanza, nos ayude a confiar, a orar y a esperar. Y que el Señor conceda a nuestros difuntos el descanso eterno y a nosotros el consuelo de la fe.

Amén.

 

 

sábado, 14 de marzo de 2026

15 de marzo del 2026: cuarto domingo de Cuaresma- (Ciclo A)

 

Ver con el corazón

En este cuarto domingo de Cuaresma, la liturgia nos invita a mirar más allá de las apariencias. En la primera lectura (1 Sam 16,1.6-7.10-13), Dios sorprende al profeta Samuel al elegir como rey a David, el más joven y aparentemente menos importante de los hijos de Jesé. Dios recuerda una verdad fundamental: el hombre mira las apariencias, pero el Señor mira el corazón.

El Evangelio (Jn 9,1-41) profundiza este mensaje a través del signo del ciego de nacimiento. Jesús no sólo devuelve la vista a un hombre; le abre los ojos del corazón para reconocer al Hijo de Dios. Paradójicamente, quienes creían ver —los fariseos— permanecen en su ceguera, porque se cierran a la luz que viene de Dios.

La segunda lectura (Ef 5,8-14) nos exhorta a vivir como hijos de la luz. Quien ha sido iluminado por Cristo está llamado a dejar atrás las obras de la oscuridad y a reflejar en su vida la bondad, la justicia y la verdad.

En este tiempo cuaresmal, la Palabra nos invita a dejarnos iluminar por Cristo. Sólo cuando Él abre nuestros ojos aprendemos a ver el mundo, a los demás y a nosotros mismos con la mirada de Dios.

G.Q

 


Primera lectura

Lectura del primer libro de Samuel (16,1b.6-7.10-13a):

En aquellos días, el Señor dijo a Samuel: «Llena la cuerna de aceite y vete, por encargo mío, a Jesé, el de Belén, porque entre sus hijos me he elegido un rey.»
Cuando llegó, vio a Eliab y pensó: «Seguro, el Señor tiene delante a su ungido.»
Pero el Señor le dijo: «No te fijes en las apariencias ni en su buena estatura. Lo rechazo. Porque Dios no ve como los hombres, que ven la apariencia; el Señor ve el corazón.»
Jesé hizo pasar a siete hijos suyos ante Samuel; y Samuel le dijo: «Tampoco a éstos los ha elegido el Señor.»
Luego preguntó a Jesé: «¿Se acabaron los muchachos?»
Jesé respondió: «Queda el pequeño, que precisamente está cuidando las ovejas.»
Samuel dijo: «Manda por él, que no nos sentaremos a la mesa mientras no llegue.»
Jesé mandó a por él y lo hizo entrar: era de buen color, de hermosos ojos y buen tipo.
Entonces el Señor dijo a Samuel: «Anda, úngelo, porque es éste.»
Samuel tomó la cuerna de aceite y lo ungió en medio de sus hermanos. En aquel momento, invadió a David el espíritu del Señor, y estuvo con él en adelante.

Palabra de Dios

 

 

Salmo

Sal 22,1-3a.3b-4.5.6

R/. El Señor es mi pastor, nada me falta


El Señor es mi pastor, nada me falta:
en verdes praderas me hace recostar,
me conduce hacia fuentes tranquilas
y repara mis fuerzas. R/.

Me guía por el sendero justo,
por el honor de su nombre.
Aunque camine por cañadas oscuras,
nada temo, porque tú vas conmigo:
tu vara y tu cayado me sosiegan. R/.

Preparas una mesa ante mí,
enfrente de mis enemigos;
me unges la cabeza con perfume,
y mi copa rebosa. R/.

Tu bondad y tu misericordia
me acompañan todos los días de mi vida,
y habitaré en la casa del Señor
por años sin término. R/.

 

 

Segunda lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios (5,8-14):

En otro tiempo erais tinieblas, ahora sois luz en el Señor. Caminad como hijos de la luz –toda bondad, justicia y verdad son fruto de la luz–, buscando lo que agrada al Señor, sin tomar parte en las obras estériles de las tinieblas, sino más bien denunciadlas. Pues hasta da vergüenza mencionar las cosas que ellos hacen a escondidas. Pero la luz, denunciándolas, las pone al descubierto, y todo lo descubierto es luz. Por eso dice: «Despierta, tú que duermes, levántate de entre los muertos, y Cristo será tu luz.»

Palabra de Dios

 

 

Lectura del santo evangelio según san Juan (9,1.6-9.13-17.34-38):

En aquel tiempo, al pasar Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento. Y escupió en tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego y le dijo: «Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado).»
Él fue, se lavó, y volvió con vista. Y los vecinos y los que antes solían verlo pedir limosna preguntaban: «¿No es ése el que se sentaba a pedir?»
Unos decían: «El mismo.»
Otros decían: «No es él, pero se le parece.»
Él respondía: «Soy yo.»
Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista.
Él les contestó: «Me puso barro en los ojos, me lavé, y veo.»
Algunos de los fariseos comentaban: «Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado.»
Otros replicaban: «¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?»
Y estaban divididos. Y volvieron a preguntarle al ciego: «Y tú, ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?»
Él contestó: «Que es un profeta.»
Le replicaron: «Empecatado naciste tú de pies a cabeza, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?»
Y lo expulsaron.
Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo: «¿Crees tú en el Hijo del hombre?»
Él contestó: «¿Y quién es, Señor, para que crea en él?»
Jesús le dijo: «Lo estás viendo: el que te está hablando, ése es.»
Él dijo: «Creo, Señor.» Y se postró ante él.

Palabra del Señor

 

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“Señor, que yo vea”

Queridos hermanos y hermanas:

La liturgia de este cuarto domingo de Cuaresma nos conduce a un tema profundamente espiritual: la luz y la ceguera. Las tres lecturas hablan, de una u otra manera, de aprender a ver como Dios ve.

En la primera lectura (1 Sam 16,1.6-7.10-13), cuando el profeta Samuel va a ungir al nuevo rey de Israel, cree que el elegido será uno de los hijos mayores de Jesé, fuertes y bien parecidos. Pero Dios le dice una frase que atraviesa toda la Escritura:
“El hombre mira las apariencias, pero el Señor mira el corazón.”

En el Evangelio (Jn 9,1-41) encontramos a un hombre ciego de nacimiento. Jesús lo cura y le devuelve la vista. Pero el milagro no es sólo físico: es una revelación espiritual. Porque, paradójicamente, quien no veía termina viendo, y quienes creían ver —los fariseos— permanecen en su ceguera.

Esta escena nos habla de algo muy profundo: todos nosotros necesitamos que Cristo nos devuelva la vista interior.


1. La pregunta equivocada

Cuando los discípulos ven al ciego, hacen una pregunta que era muy común en la mentalidad religiosa de la época:

“Rabí, ¿quién pecó, él o sus padres, para que naciera ciego?”

Es una pregunta que todavía hoy muchas personas se hacen:
“¿Qué hice yo para merecer esto?”
“¿Por qué Dios permitió este sufrimiento?”
“¿Será un castigo?”

Jesús desmonta esa lógica. Él responde:

“Ni él pecó ni sus padres; es para que se manifiesten en él las obras de Dios.”

Es decir, el sufrimiento humano no es simplemente un castigo automático de Dios. En medio de las heridas de la vida, Dios puede manifestar su gloria, su gracia y su poder salvador.

Cuántas veces una enfermedad, una crisis familiar, una caída personal o una noche oscura del alma terminan convirtiéndose en el lugar donde Dios actúa con más fuerza.


2. El milagro de ver

Jesús hace algo muy sencillo y muy simbólico. Mezcla tierra con saliva, unge los ojos del ciego y le dice:

“Ve a lavarte a la piscina de Siloé.”

El hombre va, se lava y comienza a ver.

Intentemos imaginar lo que significó ese momento. Un hombre que jamás había visto un color, un rostro, un árbol, el cielo, la luz del sol… de repente empieza a descubrir el mundo. Todo lo que antes sólo conocía por el tacto o por el sonido ahora adquiere forma, belleza y profundidad.

Debió quedar lleno de asombro y gratitud.

Pero aquí hay una enseñanza espiritual muy profunda: así ocurre también cuando Dios nos libera de la ceguera del pecado.

Hay personas que viven muchos años en la oscuridad interior:
ceguera del orgullo,
ceguera del egoísmo,
ceguera de la envidia,
ceguera de los resentimientos,
ceguera de una vida sin Dios.

Y cuando la gracia toca el corazón, todo cambia. Se empieza a ver de otra manera:

  • se descubre el valor del perdón,
  • se entiende la belleza de la humildad,
  • se aprecia el amor de la familia,
  • se vuelve a experimentar la paz de la conciencia.

La conversión es exactamente eso: volver a ver.


3. Los que no quieren ver

Pero el Evangelio tiene un contraste dramático.

Mientras el ciego empieza a ver cada vez más claro, los fariseos se van quedando cada vez más ciegos. No pueden aceptar el milagro. Interrogan al hombre, dudan, discuten, buscan excusas. Finalmente lo expulsan de la sinagoga.

¿Por qué?
Porque ver exige humildad.

Cuando una persona se cree perfecta, cuando se siente superior a los demás, cuando está segura de tener siempre la razón, entonces el corazón se endurece. Y un corazón endurecido ya no puede reconocer la acción de Dios.

Es la tragedia espiritual de muchos creyentes: pueden conocer la ley, la doctrina, las normas, pero si falta la humildad del corazón, la luz de Dios no penetra.


4. “Creo, Señor”

Al final del Evangelio ocurre el momento más hermoso. Jesús vuelve a encontrarse con el hombre que había sido curado y le pregunta:

“¿Crees en el Hijo del Hombre?”

El hombre responde con sencillez:

“¿Quién es, Señor, para que crea en él?”

Jesús le dice:
“Lo estás viendo; el que habla contigo, ese es.”

Y entonces el hombre responde con una de las confesiones de fe más bellas del Evangelio:

“Creo, Señor.”

Y se postra ante Él.

La historia termina con alguien que ha pasado por tres etapas:

1.    Primero era ciego físicamente.

2.    Luego recupera la vista del cuerpo.

3.    Finalmente recibe la luz de la fe.

Ese es el camino que Cristo quiere hacer también con nosotros.


5. La Cuaresma: tiempo para recuperar la vista

La segunda lectura (Ef 5,8-14) lo expresa de manera muy clara:

“Antes eran tinieblas, ahora son luz en el Señor; caminen como hijos de la luz.”

La Cuaresma es precisamente eso: un tiempo para que Dios cure nuestra mirada interior.

Tal vez necesitamos que Cristo cure:

  • nuestra mirada sobre Dios, cuando lo vemos sólo como juez y no como Padre;
  • nuestra mirada sobre los demás, cuando los juzgamos con dureza;
  • nuestra mirada sobre nosotros mismos, cuando vivimos atrapados en el pecado o en la tristeza;
  • nuestra mirada sobre la vida, cuando perdemos la esperanza.

Jesús quiere tocar nuestros ojos espirituales para que podamos ver la vida con la luz de Dios.


Conclusión

Hoy podemos hacer una oración muy sencilla, la oración del ciego del Evangelio:

“Señor, que yo vea.”

Que vea tu presencia en mi historia.
Que vea tu gracia actuando en mi vida.
Que vea con misericordia a mis hermanos.
Que vea el camino que me conduce a ti.

Y entonces, cuando nuestros ojos se abran de verdad, podremos decir como aquel hombre curado:

“Creo, Señor.”

Amén.

 

17 de marzo del 2026: martes de la cuarta semana de Cuaresma

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