jueves, 1 de enero de 2026

2 de enero del 2026: viernes antes de la Epifanía- Santos Basilio Magno y Gregorio Nacianceno, obispos y doctores de la Iglesia, memoria obligatoria

 

Santo del día:

San Basilio y San Gregorio

Siglo IV. Estos dos amigos fueron, respectivamente, obispo de Cesarea y patriarca de Constantinopla. En sus obras, Basilio defendió al Espíritu Santo y Gregorio la Trinidad. Doctores de la Iglesia.

 

 

Bajo el signo de la alabanza

(Salmo 97 [98])

Apenas hemos cruzado el umbral del año nuevo, la liturgia ya nos convoca a la alabanza: «Canten al Señor un canto nuevo, porque ha hecho maravillas». Es una invitación a renovar nuestro acto de fe en Aquel que sostiene el mundo en su mano. Sí: en la resurrección de Cristo, «toda la tierra ha contemplado la victoria de nuestro Dios». Tal es la esperanza con la que somos investidos por Aquel que hace nuevas todas las cosas.

Bénédicte de la Croix, cistercienne

 


Primera lectura

1Jn 2,22-28

Lo que han oído desde el principio permanezca en ustedes

Lectura de la primera carta del apóstol san Juan.

QUERIDOS hermanos:
¿Quién es el mentiroso sino el que niega que Jesús es el Cristo? Ese es el anticristo, el que niega al Padre y al Hijo. Todo el que niega al Hijo tampoco posee al Padre. Quien confiesa al Hijo posee también al Padre.
En cuanto a ustedes, lo que han oído desde el principio permanezca en ustedes. Si permanece en ustedes lo que han oído desde el principio, también ustedes permanecerán en el Hijo y en el Padre; y esta es la promesa que él mismo nos hizo: la vida eterna.
Les he escrito esto respecto a los que tratan de engañarlos. Y en cuanto a ustedes, la unción que de él han recibido permanece en ustedes, y no necesitan que nadie les enseñe. Pero como su unción les enseña acerca de todas las cosas —y es verdadera y no mentirosa—, según les enseñó, permanezcan en él.
Y ahora, hijos, permanezcan en él para que, cuando se manifieste, tengamos plena confianza y no quedemos avergonzados lejos de él en su venida.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 98(97),1.2-3ab.3cd-4 (R. cf. 3c)

R. Los confines de la tierra han contemplado
la salvación de nuestro Dios.


V. Canten al Señor un cántico nuevo,
porque ha hecho maravillas.
Su diestra le ha dado la victoria,
su santo brazo. 
R.

V. El Señor da a conocer su salvación,
revela a las naciones su justicia.
Se acordó de su misericordia y su fidelidad
en favor de la casa de Israel.
 R.

V. Los confines de la tierra han contemplado
la salvación de nuestro Dios.
Aclama al Señor, tierra entera;
griten, vitoreen, toquen. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya
V. En muchas ocasiones habló Dios antiguamente a los padres por los profetas. En esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo. R.

 

Evangelio

Jn 1,19-28

El que viene detrás de mí

Lectura del santo Evangelio según san Juan

ESTE es el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron desde Jerusalén sacerdotes y levitas a que le preguntaran:
«¿Tú quién eres?».
Él confesó y no negó; confesó:
«Yo no soy el Mesías».
Le preguntaron:
«¿Entonces, qué? ¿Eres tú Elías?».
Él dijo:
«No lo soy».
«¿Eres tú el Profeta?».
Respondió: «No».
Y le dijeron:
«¿Quién eres, para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado? ¿Qué dices de ti mismo?».
Él contestó:
«Yo soy la voz que grita en el desierto: “Allanen el camino del Señor”, como dijo el profeta Isaías».
Entre los enviados había fariseos y le preguntaron:
«Entonces, ¿por qué bautizas si tú no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta?».
Juan les respondió:
«Yo bautizo con agua; en medio de ustedes hay uno que no conocen, el que viene detrás de mí, y al que no soy digno de desatar la correa de la sandalia».
Esto pasaba en Betania, en la otra orilla del Jordán, donde Juan estaba bautizando.

Palabra del Señor.

 

1

 

1.    Bajo el signo de la alabanza… y de la verdad

Apenas comenzamos el año y la liturgia nos pone una palabra en los labios: “Canten al Señor un canto nuevo, porque ha hecho maravillas”. No es una frase decorativa. Es una medicina del alma. Porque, cuando uno sufre —en el cuerpo o por dentro, donde nadie ve— la vida se llena de ruidos: preocupaciones, diagnósticos, culpas, duelos, cansancios, ansiedad… Y en medio de esos ruidos, Dios nos regala una brújula: la alabanza.

Pero ojo: la alabanza cristiana no es negar el dolor ni maquillarlo. Es dejar que la verdad de Dios sea más grande que el miedo. Por eso, curiosamente, el Evangelio de hoy no nos presenta un milagro espectacular, sino un testigo: Juan el Bautista.

“Yo no soy el Mesías”: la humildad que cura

En el Evangelio (Jn 1,19-28), le preguntan a Juan: “¿Tú quién eres?” Y él responde con una claridad impresionante:

  • “Yo no soy el Mesías.”
  • “No soy Elías.”
  • “No soy el Profeta.”
    Y termina diciendo: “Yo soy una voz… en el desierto”.

Qué importante es esto al comenzar el año: reconocer quiénes no somos para poder vivir en paz. Mucha gente sufre porque carga una identidad que no le corresponde: “tengo que poder con todo”, “no puedo fallar”, “debo resolverle la vida a todos”, “si me quiebro, no valgo”. Juan nos enseña lo contrario: la humildad es libertad. No se infla, no compite, no se vende. Simplemente señala: “En medio de ustedes hay Uno a quien ustedes no conocen.”

Y aquí aparece el gran drama: Dios está “en medio” y, sin embargo, puede pasar desapercibido. ¿Por qué? Porque a veces buscamos a Dios donde no está: en lo espectacular, en lo inmediato, en lo que nos da control… y Él se manifiesta en lo pequeño, en lo sencillo, en lo que pide conversión.

La primera carta de Juan: la fe verdadera y el corazón protegido

La primera lectura (1Jn 2,22-28) es directa: habla del engaño y del anticristo (es decir, de todo lo que niega o reemplaza a Cristo). San Juan no escribe para asustar, sino para proteger la fe de su comunidad. Y el criterio es claro:

  • el que niega al Hijo, se queda sin el Padre;
  • el que permanece en lo que ha recibido desde el principio, permanece en Dios.

Traducido a nuestra vida: cuando Cristo se borra del centro, el alma se desordena. Se cuela cualquier “mesías” de repuesto: la ansiedad, el dinero, la imagen, el resentimiento, el placer vacío, el “yo puedo solo”, o incluso una fe reducida a costumbre sin encuentro vivo.

Por eso el apóstol insiste: “Permanezcan en Él.” Permanecer no es un sentimiento pasajero; es una decisión diaria: volver al Señor, volver a su Palabra, volver a la Eucaristía, volver a la oración simple, volver a la verdad.

Alabanza: el “canto nuevo” de quien sufre

El Salmo 98 dice: “El Señor dio a conocer su salvación.”
Esto no significa que ya no haya enfermedad ni lágrimas, sino que el sufrimiento no tiene la última palabra. El cristiano alaba no porque todo esté fácil, sino porque Cristo resucitado ya abrió un futuro.

Y aquí conectamos con nuestra intención orante: por quienes sufren en el alma y en el cuerpo.

  • A ti que sufres en el cuerpo: quizá no puedas hacer “grandes cosas” hoy. Pero puedes hacer una inmensa: dejarte amar. Ofrecer, respirar, confiar, pedir ayuda, no aislarte. La alabanza, a veces, no es cantar fuerte: es susurrar: “Señor, aquí estoy.”
  • A ti que sufres en el alma: hay dolores invisibles que cansan más que una fiebre: la tristeza profunda, la culpa, el miedo, la soledad, la depresión, el duelo, el trauma, la desesperanza. Hoy el Señor te dice: “Yo estoy en medio de ustedes.” No estás solo. Y como Juan, quizá hoy no puedas explicar mucho, pero sí puedes dar un paso: no absolutizar el desierto. El desierto no es tu identidad; es un lugar de paso donde Dios habla.

Tres llamadas concretas para comenzar el año

1.    Haz espacio para el Cristo verdadero. Pregúntate con sinceridad: ¿qué “mesías” falso estoy siguiendo? ¿qué me domina? ¿qué me roba la paz?

2.    Aprende de Juan: sé “voz”, no “dueño”. Señala a Cristo con tu vida, con tu paciencia, con tu forma de tratar, con tu honestidad, con tu caridad.

3.    Practica la alabanza como terapia espiritual. Cada día, aunque sea breve: “Señor, gracias por…; Señor, confío en Ti; Señor, haz nuevas todas las cosas.” Ese es el “canto nuevo”.

Oración final

Señor Jesús,
Tú estás en medio de nosotros, incluso cuando no te reconocemos.
Sana a los que sufren en el cuerpo: dales alivio, fortaleza, buenos cuidadores y esperanza.
Sana a los que sufren en el alma: rompe la oscuridad, devuelve el gusto por la vida, regala consuelo y compañía.
Haznos humildes como Juan, para no ocupar tu lugar,
y fieles como tus hijos, para permanecer en Ti.
Que, en este comienzo de año, bajo el signo de la alabanza,
toda nuestra vida cante tu victoria.
Amén.

 

2

 

1) Puerta de entrada: cuando el alma se “encoge” y Dios la vuelve a ensanchar

Apenas iniciamos el año, la liturgia nos pone frente a una escena aparentemente sencilla: un hombre a la orilla del Jordán, Juan el Bautista, rodeado de preguntas, sospechas, etiquetas y “comisiones” que quieren clasificarlo. Y él, con una humildad desarmante, no se deja atrapar por el foco. No se pone a defender su imagen ni a construir un “personaje”. Simplemente señala: “En medio de ustedes hay uno a quien no conocen.”

Ahí comienza la conversión: no es primero “cambiar de cosas”, sino reconocer una Presencia. Muchas tristezas del alma nacen de esto: de vivir como si Jesús no estuviera “en medio”, como si todo dependiera de nuestras fuerzas, de nuestra reputación, de nuestros logros, o de nuestros miedos.

Y hoy queremos orar por quienes sufren: por el cuerpo que duele y por el corazón que se fatiga. Porque cuando el dolor llega, también llegan preguntas: “¿Dónde está Dios? ¿Por qué a mí? ¿Qué hice mal?”. Y el Evangelio no responde con teorías; responde con una Persona: Él está en medio.


2) Juan y la humildad que prepara el camino

Los sacerdotes y levitas preguntan: “¿Quién eres?”. Y Juan responde con una triple negación que es toda una escuela espiritual: “Yo no soy…”

·        No soy el Mesías.

·        No soy Elías.

·        No soy el Profeta.

¡Qué liberación! Juan no se apropia de un lugar que no le pertenece. No se infla. No se miente a sí mismo. Y por eso puede decir con verdad: “Yo bautizo con agua, pero viene uno… de quien no soy digno de desatar la correa de la sandalia.”

En su cultura, desatar la sandalia era tarea del siervo más humilde. Juan está diciendo: “Ante Él, yo no soy el centro. Yo soy solo una voz”. Y esa humildad no lo empequeñece; lo vuelve transparente, lo hace grande de la única grandeza que vale: la de quien permite que Dios se vea.

Aquí hay un punto psicológico y pastoral muy fino:

·        La falsa humildad se desprecia para llamar la atención: “yo no valgo”, esperando aplausos.

·        La verdadera humildad, como la de Juan, no se mira a sí misma: mira a Cristo.


3) “Anticristos” y una medicina para el alma: permanecer

La primera lectura (1Jn 2,22-28) pone el dedo en una herida: la mentira espiritual. Juan lo expresa con una palabra fuerte: anticristo. No se trata solo de un personaje futurista; es una actitud: negar a Cristo, deformarlo, reducirlo, inventar un “jesús a mi medida” que no incomode.

Y el apóstol ofrece una medicina concreta: “Permanezcan en Él.”
El cristiano no se salva por un impulso momentáneo, sino por una fidelidad cotidiana: permanecer cuando hay consuelo y también cuando hay noche; permanecer cuando la salud acompaña y cuando el cuerpo no da más; permanecer cuando el ánimo está en alto y cuando el alma está en “modo supervivencia”.

Eso es esperanza real, no romántica: permanecer.


4) Un “Dios en medio” para quien sufre en el cuerpo y en el alma

Hoy, a quienes están enfermos o heridos por dentro, el Evangelio les dice algo inmenso:

·        Jesús no está lejos.

·        Jesús no llega tarde.

·        Jesús no se confunde contigo, pero sí se mezcla con tu historia, “en medio de ustedes”.

Y aquí aparece la paradoja más bella:
Si nosotros no somos dignos ni de desatar su sandalia, Él se arrodilla para lavarnos los pies.
Si nosotros no podemos salvarnos, Él carga nuestros pecados.
Si nosotros tenemos miedo a la muerte, Él entra en la muerte para abrirnos la vida.

La humildad verdadera no termina en “no soy digno”; termina en gratitud: “¡Qué amor tan grande, que aun así me busca!”


5) Tres llamadas concretas para este comienzo de año

1.    Deja de vivir como “mesías de tu propia casa”.
Muchos sufrimientos vienen de cargar lo que no somos capaces de cargar: resolverlo todo, sostenerlo todo, salvarlo todo. Juan nos libera: “Yo no soy”. Tú tampoco. Cristo sí.

2.    Señala a Jesús con tu vida, incluso si no puedes con palabras.
Hay personas enfermas que evangelizan más que mil discursos, porque su paciencia, su fe sencilla o su “seguir confiando” se vuelve una señal: “Él está en medio”.

3.    Permanece. Un día a la vez.
Para quien sufre ansiedad, depresión, duelo o dolor físico: el gran acto de fe quizá no es “sentir bonito”, sino permanecer hoy, con una oración breve, con un salmo, con un “Jesús, confío en ti”.


6) Oración final (integrada a la homilía)

Señor Jesús, en medio de nuestras preguntas y de nuestras heridas, Tú estás.
Danos la humildad de Juan para no robarnos el lugar que solo a Ti te pertenece.
Arranca de nosotros la mentira que niega tu rostro y tu amor.
Haznos permanecer en Ti cuando el cuerpo duele, cuando el alma se agota, cuando la esperanza se nos vuelve pequeña.

Hoy te presentamos a los enfermos, a los que sufren por dentro, a quienes están cansados de luchar, a los que lloran en silencio.
Tú, Mesías verdadero, ven a ser fuerza en su debilidad, luz en su oscuridad, paz en su tormenta.

Y enséñanos a decir con verdad, sin desesperación y sin máscaras:
“Señor, no soy digno… pero te doy gracias, porque Tú te hiciste cercano, y no te cansas de salvarme.”

Amén.

 

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2 de enero —

Santos Basilio Magno y Gregorio Nacianceno, obispos y doctores — Memoria

San Basilio: 329–379
Santo patrono de los monjes, administradores de hospitales, reformadores y de Rusia

San Gregorio: c. 329–389
Santo patrono de las cosechas y de los poetas




Citas

“Mucho tiempo pasé en la vanidad, y desperdicié casi toda mi juventud en el trabajo vano al que me sometí para adquirir una sabiduría que Dios ha declarado necia. Pero un día, como un hombre despertado de un sueño profundo, volví mis ojos hacia la luz maravillosa de la verdad del Evangelio, y comprendí la inutilidad de la ‘sabiduría de los príncipes de este mundo, que perece’ (1 Co 2,6). Lloré muchas lágrimas por mi vida miserable y recé para que se me concediera la guía necesaria para ser admitido en las doctrinas de la verdadera religión.”
Carta de san Basilio, n.º 223

“Nada me parecía tan deseable como cerrar las puertas de mis sentidos y, escapando de la carne y del mundo, recogerme dentro de mí mismo… para vivir por encima de las cosas visibles, conservando en mí las impresiones divinas puras e incontaminadas por los signos errantes de este mundo inferior…”
Oraciones de san Gregorio, 2:7


Reflexión

Santos Basilio Magno y Gregorio de Nacianzo se cuentan entre los más entregados defensores de la fe en el siglo IV. Ambos fueron obispos y hoy son santos y doctores de la Iglesia. Estos dos hombres se conocieron mientras estudiaban en Cesarea de Capadocia y fortalecieron su estrecha amistad en Atenas. Tras la muerte de Basilio, Gregorio escribió sobre su vínculo: “Parecíamos tener una sola alma que habitaba en dos cuerpos” (Oraciones de san Gregorio, 43:20).

Ambos santos provenían de familias de santos. La abuela materna de Basilio fue mártir; su abuela paterna, sus padres y tres de sus hermanos también son santos. El padre de Gregorio se convirtió al catolicismo por influencia de su esposa. Después de su conversión, fue ordenado sacerdote y luego consagrado obispo de Nacianzo. Sirvió como obispo durante unos cuarenta y cinco años y vivió hasta más de noventa. Estos padres santos tuvieron tres hijos, y los tres llegaron a ser santos.

En la época en que vivieron los santos Gregorio y Basilio, la Iglesia —el Cuerpo de Cristo— sufría la “pandemia” del arrianismo, una herejía que negaba la divinidad de Cristo. Esta herejía era como una enfermedad que infectaba a la Iglesia. El arrianismo entró en el torrente sanguíneo del Cuerpo de Cristo y debilitó cada miembro y músculo, provocando convulsiones, estallidos violentos y profundas divisiones tanto entre los obispos como entre los fieles. La enseñanza clara y el valiente liderazgo episcopal de los santos Basilio y Gregorio ayudaron a la Iglesia a sanar, a erradicar esta herejía y a restaurar la unidad de la fe en Oriente. Pero no todos acogieron con agrado sus esfuerzos. Ambos sufrieron mucho. Del emperador, de muchos obispos y de otros clérigos y laicos recibieron abusos, calumnias, ataques físicos y amenazas. A pesar de todo, permanecieron fieles a su predicación y serenos y firmes en su determinación, restaurando una unidad más profunda y más antigua entre los fieles de Cristo. Hoy, sus abundantes escritos se cuentan entre las enseñanzas más inspiradoras, lúcidas y convincentes de la Iglesia primitiva, especialmente en lo que se refiere a la divinidad de Cristo y al misterio de la Santísima Trinidad.

Estos dos hombres no llegaron a ser santos simplemente porque fueran inteligentes. También fueron santos. Y su santidad brotó de una vida de profunda oración. Después de recibir una excelente formación en las mejores universidades, ambos buscaron vivir como ermitaños, con Basilio a la cabeza, dando forma a lo que se convertiría en el modelo del monacato en Oriente. Los dos pasaron años en soledad y oración en distintas etapas de sus vidas. Su comunión interior con Dios mediante la oración, más que cualquier otra cosa, los preparó para su misión común.

Considera seguir el ejemplo de estos dos grandes santos volviéndote a Dios en la oración. Aunque quizá no estés llamado a ser ermitaño, ciertamente puedes apartar cada día un tiempo para profundizar en la vida de oración. Al hacerlo, descubrirás a Dios llamándote a acercarte más a Él y, luego, confiándote alguna misión mayor que cumplir para su gloria.


Oración

Santos Gregorio y Basilio, fuisteis llamados por Dios a ser luz en medio de la oscuridad durante un tiempo de gran turbulencia en la Iglesia. Os ruego que intercedáis por mí, para que nunca viva envuelto en las tinieblas de este mundo, sino que lleve siempre la luz de Cristo para dispersar la falsedad y el pecado, a fin de que Dios sea glorificado y las almas sean salvadas.
Santos Basilio y Gregorio, rogad por mí.
Jesús, en Ti confío.

 

miércoles, 31 de diciembre de 2025

Primero de enero del 2026: Santa María Madre de Dios, Solemnidad

 

Santo del día:

Santa María, Madre de Dios

Ocho días después de la Natividad del Señor, celebramos a María, su madre. En el año 431, el Concilio de Éfeso la proclamó «Theotokos», Madre de Dios, porque en ella el Verbo se hizo carne y el Hijo de Dios habitó entre los hombres.

 

 

A la luz de la Palabra

(Lucas 2, 16-21) María atesora los acontecimientos que la superan y la conmueven en lo más íntimo de su ser. Al dar a luz a Jesús, se convierte en Madre de Dios. Su corazón es el crisol de una actividad intensa donde los hechos son recogidos para ser meditadas, profundizados. La joven busca en las Escrituras el sentido de lo que está viviendo junto a José. Esta actitud puede llegar a ser la nuestra: descifrar nuestra vida a la luz de la Palabra de Dios.

Bénédicte de la Croix, cistercienne

 


Primera lectura

Nm 6,22-27
Invocarán mi nombre sobre los hijos de Israel y yo los bendeciré

Lectura del libro de los Números.

EL Señor habló a Moisés:
«Di a Aarón y a sus hijos, esta es la fórmula con la que bendecirán a los hijos de Israel:
“El Señor te bendiga y te proteja,
ilumine su rostro sobre ti
y te conceda su favor.
El Señor te muestre su rostro
y te conceda la paz”.
Así invocarán mi nombre sobre los hijos de Israel y yo los bendeciré».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 67(66) ,2-3.5.6+8

R. Que Dios tenga piedad y nos bendiga.

V. Que Dios tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.
 R.

V. Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia
y gobiernas las naciones de la tierra. 
R.

V. Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
Que Dios nos bendiga; que le teman
todos los confines de la tierra. 
R.

 

Segunda lectura

Ga 4,4-7

Envió Dios a su Hijo, nacido de mujer

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Gálatas

HERMANOS:
Cuando llegó la plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la ley, para que recibiéramos la adopción filial. Como ustedes son hijos, Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: «¡“Abba”, Padre!». Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si eres hijo, eres también heredero por voluntad de Dios.

Palabra de Dios.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya
V. En muchas ocasiones habló Dios antiguamente a los padres por los profetas. En esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo. R.

 

Evangelio

Lc 2,16-21

Encontraron a María y a José y al niño. Y a los ocho días, le pusieron por nombre Jesús

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

EN aquel tiempo, los pastores fueron corriendo hacia Belén y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que se les había dicho de aquel niño.
Todos los que lo oían se admiraban de lo que les habían dicho los pastores. María, por su parte, conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón.
Y se volvieron los pastores dando gloria y alabanza a Dios por todo lo que habían oído y visto, conforme a lo que se les había dicho.
Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidar al niño, le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción.

Palabra del Señor.

 

 

1

 

Hermanos y hermanas: comenzamos un año nuevo bajo una palabra de Dios que es, a la vez, bendición, filiación y memoria agradecida. La liturgia no nos pone primero los propósitos, sino algo más hondo: la gracia. No empezamos “desde cero”; empezamos desde Dios, que ya nos mira, ya nos llama, ya nos sostiene.

1. “El Señor te bendiga y te proteja…” (Nm 6,22-27): el rostro de Dios sobre tu historia

La primera lectura nos regala una de las joyas más bellas del Antiguo Testamento: la bendición sacerdotal. Tres veces aparece el nombre del Señor, como un abrazo insistente:

  • te bendiga,
  • haga brillar su rostro,
  • te conceda la paz.

Es como si Dios dijera: “Antes de que salgas a pelear tus batallas, deja que Yo ponga mi Nombre sobre ti”. Y cuando Dios pone su Nombre, no pone una etiqueta: pone presencia, pone alianza, pone futuro.

Para la Obra evangelizadora y las vocaciones esto es decisivo: nadie anuncia a Cristo desde el vacío o desde la pura obligación. El Evangelio se anuncia desde haber sido bendecidos, mirados con amor, levantados por la paz de Dios. Evangelizar no es propaganda: es irradiar un Rostro.

2. “Dios envió a su Hijo, nacido de mujer…” (Ga 4,4-7): el centro del año es la filiación

San Pablo nos lleva al corazón del misterio: la plenitud de los tiempos. Dios no improvisa; llega el momento, y su respuesta es concreta, humilde, histórica:

  • envía a su Hijo,
  • nacido de mujer,
  • para que recibiéramos la adopción filial.

Aquí está la noticia que cambia el calendario del alma: el cristiano no entra al año nuevo como “huérfano” espiritual, sino como hijo. Y si somos hijos, no vivimos movidos por el miedo, sino por el Espíritu que clama: “¡Abbá, Padre!”

Esto también ilumina las vocaciones: una vocación auténtica no nace del afán de “demostrar” algo, ni de la presión social, ni del perfeccionismo. Nace cuando una persona se sabe amada y, desde ahí, escucha una voz que le dice: “Ven, sígueme; no para perderte, sino para encontrarte”.

3. “María… guardaba todo en su corazón” (Lc 2,16-21): el corazón como crisol

El Evangelio es sobrio, pero profundísimo. Los pastores van, ven, cuentan, se maravillan… y María hace algo distinto: guarda, recoge, medita. Alguien lo expresa con fuerza, refiriéndose a este evangelio: María “atesora acontecimientos que la superan”. Es decir: no lo controla todo, no lo entiende todo, pero no se desentiende. Los acontecimientos pasan por su vida, y ella decide que no pasarán por su vida en vano.

Aquí hay una enseñanza muy humana (y muy actual): muchas personas viven sobrecargadas, reaccionando, sobreviviendo; los hechos las golpean y quedan sin elaborar. María nos enseña un camino de salud interior y de fe madura: hacer espacio para que lo vivido sea iluminado por Dios.

  • No es negar lo que duele.
  • No es romantizar lo difícil.
  • Es aprender a leer la vida “a la luz de la Palabra”.

Eso es oración verdadera: no solo “decir cosas a Dios”, sino permitir que Dios lea conmigo mi historia.

4. El Nombre de Jesús y el inicio del año: no empezar sin Él

El Evangelio termina con un detalle: “a los ocho días… le pusieron por nombre Jesús”. Ese Nombre no es un adorno piadoso: significa “Dios salva”. Empezar el año con María, Madre de Dios, es empezar el año con Jesús en el centro: Dios salva.
No dice: “Dios complica”.
No dice: “Dios aplasta”.
Dice: Dios salva.

Y María, como Madre, no se queda con el Niño para ella. Una madre verdadera no encierra; entrega. Por eso, pedir hoy por la Obra evangelizadora es pedir que la Iglesia tenga el corazón de María: un corazón que recibe a Cristo, lo cuida, y lo ofrece al mundo.

5. Intención del día: Obra evangelizadora y vocaciones

Hoy oremos así:

Por la obra evangelizadora:
Señor, que tu Iglesia no pierda el asombro de los pastores ni la hondura del corazón de María. Que evangelicemos con alegría, con cercanía, con verdad; no desde la queja, sino desde la bendición; no desde el juicio, sino desde la misericordia.

Por las vocaciones:
Señor, sigue enviando obreros a tu mies: sacerdotes santos, consagradas luminosas, matrimonios misioneros, laicos valientes, jóvenes que no tengan miedo de darte la vida. Y concede a nuestras comunidades la gracia de acompañar, cuidar y sostener los llamados.

6. Un gesto concreto para comenzar bien

Te propongo una “práctica mariana” para estos días: toma un momento cada noche y haz tres movimientos sencillos:

1.    Agradece un signo de Dios del día.

2.    Presenta una herida o preocupación.

3.    Escucha una frase del Evangelio (aunque sea una línea) y pregúntate: “¿Qué me ilumina hoy esta Palabra?”

Es el modo de María: recoger, meditar, discernir.


Oración final (breve)

Santa María, Madre de Dios, guarda a la Iglesia bajo tu manto. Enséñanos a leer la vida a la luz de la Palabra. Pon en nuestro corazón el nombre de Jesús, para que este año sea camino de bendición y de paz. Y suscita en tu pueblo vocaciones santas para la misión. Amén.

 

 

2

 

Hermanos y hermanas, hoy la Iglesia nos hace comenzar el año con una certeza luminosa: Dios no se cansa de bendecir, y lo hace por un camino humilde y entrañable: una Mujer, María; un Niño, Jesús; una Familia, la de Nazaret; y un corazón que “desborda”.

El Corazón Inmaculado de María, tan lleno de amor y gracia, que se derrama. No es poesía sin fundamento: es Evangelio vivido. María no es una figura lejana; es una Madre con el corazón “rebosante”, y ese desbordamiento es la manera de Dios para acercarse a nosotros.

1) “El Señor haga brillar su rostro sobre ti” (Nm 6,22-27): el año empieza bajo una bendición

La primera lectura nos entrega la bendición sacerdotal, como una “cobija” espiritual para el año que inicia. No es un deseo humano, es una palabra eficaz:

  • El Señor te bendiga y te proteja.
  • Haga brillar su rostro sobre ti.
  • Te conceda la paz.

Comenzar el año así es aprender a vivir desde otra lógica: no la del temor, ni la de la prisa, ni la de “a ver cómo me va”, sino la certeza de que el rostro de Dios está inclinado sobre tu historia.

Y aquí entra María: porque el rostro de Dios, que antes era promesa, se ha hecho visible en su Hijo. Lo que pedía el pueblo —“haz brillar tu rostro”— ahora tiene nombre y carne: Jesús. María es la primera en contemplar ese Rostro y, por eso, es también la primera en enseñarnos a recibir la bendición.

2) “Dios envió a su Hijo, nacido de mujer” (Ga 4,4-7): la plenitud del tiempo y la plenitud del corazón

San Pablo nos abre el misterio: cuando llegó la plenitud de los tiempos, Dios no envió una idea, ni un decreto, ni un ángel: envió a su Hijo, nacido de mujer. En otras palabras: Dios quiso que la salvación pasara por el “sí” de María y por la ternura de una maternidad real.

¿Para qué? Para que nosotros dejáramos de vivir como esclavos y comenzáramos a vivir como hijos: “Abbá, Padre”.
Esto cambia todo. Una Iglesia que evangeliza no puede hacerlo desde la esclavitud de la ansiedad o del desaliento; evangeliza desde la libertad de saberse hija, amada, sostenida.

Y las vocaciones nacen aquí: nadie responde con alegría si no ha sentido primero que Dios le dice: “Tú eres mío; eres mi hijo; eres mi hija”.

3) “Los pastores fueron corriendo… y María conservaba todo en su corazón” (Lc 2,16-21): el doble movimiento del discípulo

El Evangelio nos muestra dos actitudes complementarias:

  • Los pastores: van aprisa, encuentran, cuentan lo que han visto y oído, contagian asombro.
  • María: conserva y medita. No hace ruido, pero hace algo inmenso: deja que el misterio la habite.

Alguien, comentando este evangelio,  lo expresa de forma bellísima: el corazón de María está tan lleno de gracia que se desborda. Los pastores, con su visita y adoración, “provocan” ese desbordamiento: María recibe su testimonio y lo guarda; pero también ella los bendice más, porque su corazón se vuelve instrumento del amor de Dios.

Aquí hay una lección pastoral enorme: la evangelización no es solo hablar; es también gestar. No es solo salir corriendo; es también guardar.
La Iglesia necesita pastores que anuncien y comunidades que mediten. Necesita misioneros de calle y contemplativos del corazón. Y cuando ambas cosas se abrazan, el Evangelio florece.

4) ¿Por qué “Madre de Dios”? Un título que protege la fe y sana la vida

Hoy celebramos un título que parece simple, pero sostiene toda nuestra fe: María es Madre de Dios porque Jesús, su Hijo, es verdaderamente Dios.

Esto no engrandece a María por encima de Dios; al contrario: protege la verdad de Jesús. Si el que nació de ella es Dios hecho hombre, entonces nuestra fe no se basa en un mito, sino en un acontecimiento: Dios entró en nuestra historia.

Y si Dios entró así, entonces ninguna vida está fuera de su alcance. Ninguna familia, ninguna herida, ninguna vocación en crisis, ningún corazón cansado: Dios ha querido tener Madre para que nadie se sienta huérfano en la fe.

5) “Corazón que desborda”: María, Madre y mediadora en la vida de la Iglesia

Alguien comentando este texto dice algo profundo: como el Corazón Inmaculado de María está rebosante, ella sigue derramando amor y gracia sobre sus hijos espirituales, que somos nosotros en la Iglesia.

Entendámoslo bien: María no reemplaza a Cristo; nos lleva a Cristo. Su mediación es materna: como en Caná, no se pone en el centro; se pone al servicio del “Hagan lo que Él les diga”.

Por eso hoy, al comenzar el año, la Iglesia nos invita a un acto sencillo y fuerte: acoger la maternidad de María.
No como devoción decorativa, sino como camino de vida: dejarse cuidar, dejarse corregir, dejarse llevar de la mano hacia Jesús.

6) Intención del día: Obra evangelizadora y Vocaciones

Si María es Madre de Dios y Madre de la Iglesia, entonces nuestras dos intenciones de hoy se iluminan solas:

a) Por la Obra evangelizadora:
Que el anuncio de la Iglesia nazca de un corazón lleno, no vacío. Evangeliza mejor el que se sabe bendecido, perdonado, acompañado. Que nuestras comunidades sean como María: capaces de escuchar, de guardar, de discernir, y luego de ofrecer a Jesús al mundo con humildad.

b) Por las Vocaciones:
Que el Señor siga llamando, y que nosotros sepamos crear ambientes donde la llamada pueda crecer: hogares que oren, parroquias que acompañen, sacerdotes y consagrados que sean testigos felices, jóvenes que no tengan miedo de decir “sí”.
Y que quienes ya han respondido, no se apaguen: que vuelvan a la fuente, al corazón, a la gracia.

7) Un gesto concreto para empezar el año “a la manera de María”

Te propongo una práctica breve, para vivir este día como escuela de María:

1.    Bendice tu casa con la palabra de Números: “El Señor haga brillar su rostro sobre ti”.

2.    Nombra a Jesús en tu oración: “Jesús, mi Salvador, guía este año”.

3.    Guarda en el corazón un acontecimiento: el más alegre o el más difícil… y dile al Señor: “Enséñame a leerlo a tu luz”.

Esto es espiritualidad madura: no negar la vida, sino interpretarla en Dios.


Oración final

Madre de Dios, tu corazón rebosa de amor y gracia. Recíbenos como hijos, acompáñanos en este año que comienza. Alcanza para la Iglesia un nuevo ardor misionero y vocaciones santas y valientes. Enséñanos a conservar y meditar la Palabra, y a ofrecer a Jesús al mundo con alegría.
Madre de Dios, ruega por nosotros. Jesús, en Ti confío.
Amén.

 

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