martes, 3 de febrero de 2026

4 de febrero del 2026: miércoles de la cuarta semana del tiempo ordinario-II

 

(Mc 6,1-6) Jesús experimenta el rechazo en su propia tierra, invitándonos a examinar nuestra fe: ¿sabemos reconocer la acción de Dios cuando se manifiesta en lo cotidiano y cercano?
Dispongamos el corazón para acoger la Palabra que sana, convierte y renueva nuestra confianza en el Señor.

 


Primera lectura

2 Sam 24, 2. 9-17

Soy yo el que ha pecado al censar al pueblo. Pero ellos, las ovejas, ¿qué han hecho?

Lectura del segundo libro de Samuel.

EN aquellos días, el rey David mandó a Joab, jefe del ejército, que estaba a su lado:
«Recorre todas las tribus de Israel, desde Dan a Berseba, y haz el censo del pueblo, para que sepa su número».
Joab entregó al rey el número del censo del pueblo: Israel contaba con ochocientos mil guerreros, que podían empuñar la espada y Judá con quinientos mil hombres.
Pero después, David sintió remordimiento por haber hecho el censo del pueblo. Y dijo al Señor:
«He pecado gravemente por lo que he hecho. Ahora, Señor, perdona la falta de tu siervo, que ha obrado tan neciamente».
Al levantarse David por la mañana, el profeta Gad, vidente de David, recibió esta palabra del Señor:
«Ve y di a David: así dice el Señor. “Tres cosas te propongo. Elige una de ellas y la realizaré”».
Gad fue a ver a David y le notificó:
«¿Prefieres que vengan siete años de hambre en tu país, o que tengas que huir durante tres meses ante tus enemigos, los cuales te perseguirán, o que haya tres días de peste en tu país? Ahora, reflexiona y decide qué he de responder al que me ha enviado».
David respondió a Gad:
«¡Estoy en un gran apuro! Pero pongámonos en manos del Señor, cuya misericordia es enorme, y no en manos de los hombres».
Y David escogió la peste. Eran los días de la recolección del trigo. El Señor mandó la peste a Israel desde la mañana hasta el plazo fijado.
Murieron setenta y siete mil hombres del pueblo desde Dan hasta Berseba.
El ángel del Señor extendió su mano contra Jerusalén para asolarla. Pero el Señor se arrepintió del castigo y ordenó al ángel que asolaba al pueblo:
«¡Basta! Retira ya tu mano».
El ángel del Señor se encontraba junto a la era de Arauná, el jebuseo. Al ver al ángel golpeando al pueblo, David suplicó al Señor:
«Soy yo el que ha pecado y el que ha obrado mal. Pero ellos, las ovejas, ¿qué han hecho? Por favor, carga tu mano contra mí y contra la casa de mi padre».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 31, 1b-2. 5. 6. 7 (R.: cf. 5d)

R. Perdona, Señor, mi culpa y mi pecado.

V. Dichoso el que está absuelto de su culpa,
a quien le han sepultado su pecado;
dichoso el hombre a quien el Señor no le apunta el delito
y en cuyo espíritu no hay engaño.
 R.

V. Había pecado, lo reconocí,
no te encubrí mi delito;
propuse: «Confesaré al Señor mi culpa»,
y tú perdonaste mi culpa y mi pecado. 
R.

V. Por eso, que todo fiel te suplique
en el momento de la desgracia:
la crecida de las aguas caudalosas
no lo alcanzará. 
R.

V. Tú eres mi refugio,
me libras del peligro,
me rodeas de cantos de liberación. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Mis ovejas escuchan mi voz —dice el Señor—, y yo las conozco, y ellas me siguen. R.

 

Evangelio

Mc 6, 1-6

No desprecian a un profeta más que en su tierra

Lectura del santo Evangelio según san Marcos.

EN aquel tiempo, Jesús se dirigió a su ciudad y lo seguían sus discípulos.
Cuando llegó el sábado, empezó a enseñar en la sinagoga; la multitud que lo oía se preguntaba asombrada:
«¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es esa que le ha sido dada? ¿Y esos milagros que realizan sus manos? ¿No es este el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón? Y sus hermanas ¿no viven con nosotros aquí?».
Y se escandalizaban a cuenta de él.
Les decía:
«No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa».
No pudo hacer allí ningún milagro, solo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y se admiraba de su falta de fe.
Y recorría los pueblos de alrededor enseñando.

Palabra del Señor.

 

 

1

 

1) Un corazón que se deja corregir

La primera lectura nos muestra a David en un momento delicado: manda hacer un censo del pueblo (2S 24). No es un simple dato estadístico; en el fondo es una tentación: medirse, asegurarse, controlar, como si la fuerza del pueblo garantizara el futuro. Cuando el corazón se apoya demasiado en números, poder o estrategias, se le va haciendo difícil apoyarse en Dios.

Y entonces llega lo más importante: “David sintió remordimiento” (2S 24,10). No justifica, no maquilla, no culpa a otros. Reconoce: “He pecado gravemente”. En la Biblia, ese instante de verdad es el inicio del milagro. Porque el Señor no se cansa de rescatar al que se deja tocar por la conciencia.

Aquí ya se abre una luz para nuestra intención por los enfermos: muchas veces la enfermedad nos “desinstala”, nos quita seguridades, nos deja sin control… y ahí se decide algo grande: o nos encerramos en la angustia, o aprendemos a confiar.

2) El Dios que castiga… o el Dios que sana

Este pasaje nos impresiona: aparece una plaga, un castigo, un ángel que hiere. Es un lenguaje bíblico fuerte, propio de una etapa donde se interpretaba el sufrimiento como consecuencia directa del pecado.

Pero en el mismo texto hay un giro que revela el corazón de Dios: Dios se conmueve y detiene la desgracia (2S 24,16). David intercede: “Yo he pecado; ¿qué han hecho estas ovejas?” (2S 24,17). Es bellísimo: el rey se pone delante como responsable, como pastor que protege.

A la luz de todo el Evangelio, entendemos mejor: Dios no se deleita en el dolor humano. El Señor no es un verdugo; es un Padre que busca salvar. Y si permite que ciertas pruebas nos alcancen, nunca es para destruir, sino para despertar, purificar, acercar el corazón a lo esencial.

Por eso, cuando visitamos a un enfermo o rezamos por él, conviene desterrar esa frase que a veces hiere más que la enfermedad: “Dios te mandó esto”. No. Dios no manda la enfermedad como castigo. Dios se hace compañero en el valle oscuro, y abre caminos de esperanza incluso donde humanamente no los vemos.

3) “Dichoso el que ha sido absuelto”

El salmo de hoy es como un bálsamo (Sal 32/31). No canta al “perfecto”, sino al perdonado:
“Dichoso el que está absuelto de su culpa”;
“Te confesé mi pecado… y tú perdonaste”.

Esto es medicina del alma. Hay enfermos del cuerpo que sostienen una fe luminosa. Y hay gente “sana” por fuera, pero rota por dentro: resentimientos, culpas, duelos, miedos. La Palabra hoy nos recuerda que hay una sanación indispensable: la reconciliación con Dios, la paz del corazón.

A los enfermos, esta palabra les dice: No estás solo; tu vida no se reduce a un diagnóstico; Dios es tu refugio.
A la comunidad, esta palabra le dice: Acompaña, perdona, reconcilia, levanta al caído, no juzgues.

4) Jesús rechazado: el obstáculo más grande es la falta de fe

El Evangelio (Mc 6,1-6) nos coloca en Nazaret. Los paisanos de Jesús lo conocen desde niño, y justamente por eso se escandalizan: “¿De dónde le viene todo esto? ¿No es el carpintero?” Lo reducen a lo que recuerdan, le cierran la puerta a la novedad de Dios.

Y sucede algo tremendo: “no pudo hacer allí ningún milagro”, sólo curó a algunos imponiéndoles las manos. ¿Por qué? No porque Jesús pierda poder, sino porque la incredulidad levanta un muro. Dios respeta la libertad; el Señor no violenta el corazón. El milagro necesita una rendija de confianza por donde entrar.

Aquí hay un mensaje directo para nuestra oración por los enfermos:

  • Cuando la enfermedad se prolonga, puede crecer la amargura: “Dios ya no me oye”.
  • Cuando el dolor aprieta, puede crecer el miedo: “No hay salida”.
  • Cuando la medicina no alcanza, puede aparecer la desesperanza.

Pero el Evangelio insiste: la fe no niega el dolor; la fe lo entrega.
La fe no siempre cambia la situación, pero cambia el corazón y lo vuelve capaz de atravesar la prueba con una paz que no es de este mundo.

5) ¿Qué “Nazaret” hay en mi corazón?

A veces el “Nazaret” no está afuera, sino dentro: esa zona donde decimos:

  • “Dios no puede actuar aquí.”
  • “Esto no va a cambiar.”
  • “Yo ya soy así.”
  • “A mí no me van a sanar.”
  • “Mi familia nunca.”
  • “Con ese sacerdote, con esa comunidad, nada.”

Jesús sigue pasando. Y como en Nazaret, puede encontrar puertas cerradas… o corazones sencillos. Lo dramático no es que falten milagros, sino que falte fe. El milagro más grande es volver a confiar.

6) Mirada pastoral hacia los enfermos

Hoy, al rezar por los enfermos, pidamos tres gracias:

1.    La gracia de la paz interior: que el Señor los envuelva con su presencia, y que la culpa, el miedo o la tristeza no los aplasten.

2.    La gracia de una fe humilde: esa fe de “rendija” por donde Dios entra: “Señor, si quieres, puedes…”; “Señor, en tus manos…”

3.    La gracia de una comunidad que acompaña: que no dejemos solos a los que sufren; que sepamos estar, escuchar, ayudar, orar, llevar consuelo y, cuando sea posible, los sacramentos.

Porque muchas veces, el Señor hace su obra mediante manos humanas: una visita, un mensaje, una oración, una medicina compartida, una presencia fiel.

Conclusión

Hermanos, David nos enseña a reconocer el pecado y a interceder; el salmo nos enseña a confesar y a descansar en el perdón; el Evangelio nos alerta contra el corazón que se acostumbra y ya no cree.

Que hoy, al presentar en el altar a nuestros enfermos, le digamos al Señor con sencillez:
“Tú eres mi refugio; líbrame del peligro; rodéame con cantos de liberación.”
Y que, al salir, seamos para ellos un signo concreto del cuidado de Dios: cercanía, paciencia, esperanza.

Oremos:
Señor Jesús, médico de los cuerpos y de las almas, mira con compasión a nuestros enfermos. Fortalece a quienes están en dolor, ilumina a los médicos y cuidadores, consuela a las familias, y aviva en todos la fe que abre la puerta a tus milagros. Amén.

 

2

 

1) Puerta de entrada: cuando lo conocido se vuelve obstáculo

Hay un dicho popular que encierra mucha verdad: “la familiaridad engendra desprecio”. A veces, con quienes más convivimos —familia, vecinos, compañeros— se nos hace más fácil ver defectos que virtudes, más fácil sospechar que admirar, más fácil reducir al otro a una etiqueta que abrirnos a lo nuevo que Dios puede estar haciendo en su vida.

Y esto no sucede solo en relaciones humanas: también puede pasar en la fe. Podemos acostumbrarnos tanto a Dios, a la Iglesia, a la Palabra, a la Eucaristía, que terminamos mirando todo como “lo de siempre”, sin asombro, sin expectación, sin corazón disponible. Y cuando se pierde el asombro, comienza a enfriarse la fe.

2) El Evangelio: Jesús “demasiado conocido” para ser escuchado

El Evangelio de hoy (Mc 6,1-6) nos muestra a Jesús regresando a su pueblo. Entra a la sinagoga y enseña. La gente se asombra… pero no se abre. Se asombra y se cierra. Y empiezan las frases que matan la esperanza:

  • “¿De dónde le viene todo esto?”
  • “¿No es éste el carpintero?”
  • “¿No es el hijo de María…?”

Lo reducen al “Jesús que ellos creen conocer”: el muchacho del barrio, el trabajador del pueblo, alguien predecible, alguien sin misterio. Y por eso “se escandalizaban de él”. No es que Jesús haya cambiado de verdad: es que ellos no pudieron reconciliar lo cotidiano con lo divino, lo familiar con lo sorprendente, lo humilde con lo grande.

Entonces se cumple la frase dura:
“Un profeta no es despreciado sino en su tierra, entre sus parientes y en su casa.”
Y el texto remata con un dolor silencioso: “no pudo hacer allí ningún milagro… y se maravilló de su falta de fe.”

Dios respeta la libertad. La incredulidad no le quita a Jesús su poder; pero sí le cierra la puerta a su acción. Como si la gracia tocara… y el corazón no abriera.

3) Aplicación: ¿dónde nos está pasando “Nazaret” hoy?

Nazaret no es solo un lugar en el mapa; es una actitud del corazón. Nazaret ocurre cuando:

  • ya no escucho de verdad a los míos, porque “ya los conozco”;
  • reduzco a alguien a su pasado, a su error, a su caída;
  • me cuesta reconocer que Dios puede obrar en lo pequeño, en lo sencillo, en lo cotidiano;
  • y, lo más delicado: cuando me acostumbro tanto a la fe que ya no espero nada.

Esto puede suceder incluso dentro de una comunidad cristiana: el ambiente de familiaridad se vuelve rutina y la rutina se vuelve indiferencia. Y la indiferencia termina apagando milagros.

4) Primera lectura: el pecado de medir la vida sin Dios

La primera lectura (2S 24) habla de David y el censo. A simple vista, parece un asunto administrativo, pero en el fondo revela una tentación espiritual: querer apoyarse en números, en fuerzas humanas, en controles, como si la seguridad dependiera de lo cuantificable.

Cuando David “toma cuenta del pueblo”, está tentado a creer que su futuro está garantizado por la estadística y no por la promesa. Y entonces viene el golpe interior: “David sintió remordimiento”. Ese remordimiento es gracia. Es Dios tocando la conciencia para que el rey vuelva a la verdad.

Aquí la Escritura nos enseña algo crucial: el verdadero poder no está en contar, sino en confiar; no en controlar, sino en obedecer; no en las seguridades visibles, sino en la fidelidad de Dios.

Y David reacciona como pastor: asume responsabilidad y suplica por el pueblo:
“Yo soy el que pequé… ¿qué han hecho estas ovejas?”
Es intercesión. Es corazón de pastor. Es figura de Cristo, que carga con lo que no le corresponde para salvar a los suyos.

5) El Salmo: la medicina del corazón herido

El salmo 32(31) es una terapia del alma:
“Te confesé mi pecado… y tú perdonaste.”
“Tú eres mi refugio.”

Para tantos enfermos —y para quienes los acompañan— esta palabra es un descanso: la enfermedad suele traer preguntas, culpas antiguas, temores, y a veces soledad. Pero la Palabra nos dice: no estás abandonado. Hay un refugio que no se derrumba: Dios.

La misericordia no es un premio para los fuertes; es el hogar de los frágiles. Y el salmo lo afirma: dichoso no el impecable, sino el reconciliado; dichoso el que deja de fingir y se pone en manos de Dios.

6) Intención por los enfermos: fe que abre espacio al milagro

El Evangelio dice que Jesús “curó a algunos enfermos imponiéndoles las manos”. ¡Qué gesto tan de Iglesia! El Señor se acerca, toca, sostiene, consuela. A veces pedimos que el milagro sea inmediato; pero el primer milagro que Dios realiza en el enfermo es más profundo: no dejarlo solo, darle paz, sostener la esperanza.

Hoy, al orar por los enfermos, pidamos tres gracias:

1.    La gracia de no vivir la enfermedad en “Nazaret”, es decir, sin fe, sin confianza, sin apertura.

2.    La gracia de reconocer a Cristo obrando en lo cercano: en un médico, una enfermera, un cuidador, una llamada, una visita, un sacramento, una comunidad.

3.    La gracia de una fe sencilla que diga: “Señor, no entiendo todo, pero confío en Ti”.

Porque la fe no siempre cambia la situación, pero siempre puede cambiar el corazón: lo vuelve capaz de atravesar la noche con una luz interior.

7) Examen breve: aprender a “buscar a Cristo” en los más cercanos

Hoy se nos invita a un examen concreto:
¿A quiénes tengo demasiado “vistos”, demasiado “sabidos”, demasiado “clasificados”?
¿En quiénes me cuesta celebrar el bien?
¿En quiénes prefiero recordar fallas que reconocer crecimiento?

Y no solo con otros: también con uno mismo. Hay personas que se miran con desprecio y se dicen: “Yo no cambio”, “yo no valgo”, “Dios no me usa”. Eso también es Nazaret: no creer que Dios puede obrar en mi propia historia.

Hoy el Señor nos dice: busca y encontrarás. Busca a Cristo en tu casa. En tu comunidad. En tu propia vida. No te quedes en lo superficial. En lo ordinario se esconde lo eterno.

Conclusión

Hermanos, lo trágico de Nazaret no fue que Jesús faltara; fue que la fe faltó. Y lo hermoso del Evangelio es que todavía estamos a tiempo: abrir el corazón, salir de la rutina, dejar que Dios nos sorprenda.

Que María, que supo reconocer lo grande de Dios en lo humilde de Nazaret, nos enseñe a creer. Y que el Señor visite hoy, con su paz y su fuerza, a todos nuestros enfermos.

Oración final (por los enfermos)

Señor Jesús, médico de las almas y de los cuerpos, mira con compasión a nuestros enfermos.
Impón tu mano sobre ellos: dales alivio en el dolor, paciencia en la prueba, paz en el corazón y esperanza firme.
Sostén a sus familias, ilumina a los cuidadores y fortalece nuestra fe para reconocerte presente en lo cotidiano.
Jesús, en Ti confiamos
. Amén.


lunes, 2 de febrero de 2026

3 de febrero del 2026: martes de la cuarta semana del tiempo ordinario-II- San Blas, obispo y mártir, memoria opcional

 

Santo del día:

San Blas 

Siglos III y IV. Este médico recibía a los enfermos en una cueva donde se había retirado. Obispo de Sebaste (Armenia), fue decapitado por un gobernador pagano. Es uno de los catorce santos auxiliadores.

 

Confiar cuando todo parece perdido

(Mc 5,21-43) Jesús aparece rodeado de urgencias humanas: una mujer enferma desde hace años y un padre desesperado por la vida de su hija. Ambos se atreven a creer cuando ya no hay razones humanas para hacerlo. Jesús no se deja llevar por la prisa ni por el miedo; se detiene, escucha, toca, levanta. Y allí donde todos dicen “ya no hay nada que hacer”, Él pronuncia una palabra decisiva: “No temas;  basta que creas”.

G.Q

 


Primera lectura

2 Sam 18, 9-10. 14b. 24-25a. 31 — 19, 3

¡Hijo mío, Absalón! ¡Quién me diera haber muerto en tu lugar!

Lectura del segundo libro de Samuel.

EN aquellos días, Absalón se encontró frente a los hombres de David.
Montaba un mulo y, al pasar el mulo bajo el ramaje de una gran encina, la cabeza se enganchó en la encina y quedó colgado entre el cielo y la tierra, mientras el mulo que montaba siguió adelante.
Alguien lo vio y avisó a Joab:
«He visto a Absalón colgado de una encina».
Cogiendo Joab tres venablos en la mano, los clavó en el corazón de Absalón.
David estaba sentado entre las dos puertas.
El vigía subió a la terraza del portón, sobre la muralla. Alzó los ojos y vio que un hombre venía corriendo en solitario.
El vigía gritó para anunciárselo al rey.
El rey dijo:
«Si es uno solo, trae buenas noticias en su boca».
Cuando llegó el cusita, dijo:
«Reciba una buena noticia el rey, mi señor: el Señor te ha hecho justicia hoy, librándote de la mano de todos los que se levantaron contra ti».
El rey preguntó:
«¿Se encuentra bien el muchacho Absalón?».
El cusita respondió:
«Que a los enemigos de mi señor, el rey, y a todos los que se han levantado contra ti para hacerte mal les ocurra como al muchacho».
Entonces el rey se estremeció. Subió a la habitación superior del portón y se puso a llorar. Decía al subir:
«¡Hijo mío, Absalón, hijo mío! ¡Hijo mío, Absalón! ¡Quién me diera haber muerto en tu lugar! ¡Absalón, hijo mío, hijo mío!».
Avisaron a Joab:
«El rey llora y hace duelo por Absalón».
Así, la victoria de aquel día se convirtió en duelo para todo el pueblo, al oír decir que el rey estaba apenado por su hijo.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 85, 1b-2. 3-4. 5-6 (R.: 1b)

R. Inclina tu oído, Señor, escúchame.

V. Inclina tu oído, Señor, escúchame,
que soy un pobre desamparado;
protege mi vida, que soy un fiel tuyo;
salva, Dios mío, a tu siervo, que confía en ti. 
R.

V. Piedad de mí, Señor,
que a ti te estoy llamando todo el día;
alegra el alma de tu siervo,
pues levanto mi alma hacia ti, Señor. 
R.

V. Porque tú, Señor, eres bueno y clemente,
rico en misericordia con los que te invocan.
Señor, escucha mi oración,
atiende a la voz de mi súplica.
 R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Cristo tomó nuestras dolencias y cargó con nuestras enfermedades. R.

 

Evangelio

Mc 5, 21-43

Contigo hablo, niña, levántate

Lectura del santo Evangelio según san Marcos.

EN aquel tiempo, Jesús atravesó de nuevo en barca a la otra orilla, se le reunió mucha gente a su alrededor y se quedó junto al mar.
Se acercó un jefe de la sinagoga, que se llamaba Jairo, y, al verlo, se echó a sus pies, rogándole con insistencia:
«Mi niña está en las últimas; ven, impón las manos sobre ella, para que se cure y viva».
Se fue con él y lo seguía mucha gente que lo apretujaba.
Había una mujer que padecía flujos de sangre desde hacía doce años. Había sufrido mucho a manos de los médicos y se había gastado en eso toda su fortuna; pero, en vez de mejorar, se había puesto peor. Oyó hablar de Jesús y, acercándose por detrás, entre la gente, le tocó el manto, pensando:
«Con solo tocarle el manto curaré».
Inmediatamente se secó la fuente de sus hemorragias y notó que su cuerpo estaba curado. Jesús, notando que había salido fuerza de él, se volvió enseguida, en medio de la gente y preguntaba:
«¿Quién me ha tocado el manto?».
Los discípulos le contestaban:
«Ves cómo te apretuja la gente y preguntas: “¿Quién me ha tocado?”».
Él seguía mirando alrededor, para ver a la que había hecho esto. La mujer se acercó asustada y temblorosa, al comprender lo que le había ocurrido, se le echó a los pies y le confesó toda la verdad.
Él le dice:
«Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz y queda curada de tu enfermedad».
Todavía estaba hablando, cuando llegaron de casa del jefe de la sinagoga para decirle:
«Tu hija se ha muerto. ¿Para qué molestar más al maestro?».
Jesús alcanzó a oír lo que hablaban y le dijo al jefe de la sinagoga:
«No temas; basta que tengas fe».
No permitió que lo acompañara nadie, más que Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. Llegan a casa del jefe de la sinagoga y encuentra el alboroto de los que lloraban y se lamentaban a gritos y después de entrar les dijo:
«¿Qué estrépito y qué lloros son estos? La niña no está muerta; está dormida».
Se reían de él. Pero él los echó a todos y, con el padre y la madre de la niña y sus acompañantes, entró donde estaba la niña, la cogió de la mano y le dijo:
«Talitha qumi» (que significa: «Contigo hablo, niña, levántate»).
La niña se levantó inmediatamente y echó a andar; tenía doce años. Y quedaron fuera de sí llenos de estupor.
Les insistió en que nadie se enterase; y les dijo que dieran de comer a la niña.

Palabra del Señor.

 

1

 

 “No temas; basta que creas”

Hermanos y hermanas, hoy la Palabra nos coloca en un cruce de caminos muy real: cuando el corazón está herido y cuando la fe debe decidir si se rinde o si confía. Las lecturas parecen una sola historia contada con distintos rostros: el rostro del padre que llora, el del pobre que suplica, el de una mujer que se atreve a tocar el manto de Jesús, y el de un padre que corre desesperado por su hija. Y, atravesándolo todo, una frase que es como una luz en la oscuridad: “No temas; basta que creas”.

1) David: cuando hasta el rey se quiebra

La primera lectura nos muestra a David en su momento más vulnerable. No lo vemos triunfante ni estratega. Lo vemos padre, y un padre roto. Absalón ha muerto, y el corazón de David se desborda: el dolor le gana a la razón, le gana al protocolo, le gana incluso al rol de rey.

Esto es muy importante: la Biblia no disfraza el sufrimiento. No nos dice: “el creyente no llora”, ni “el santo no se derrumba”. Nos muestra que hay dolores que no se pueden explicar, solo se pueden orar. Hay pérdidas que no se resuelven con frases bonitas; se atraviesan con lágrimas, con silencio, con la presencia de Dios.

A veces también nosotros cargamos “muertes” en el alma: una ruptura, un fracaso, un hijo lejos, una enfermedad, una traición, una culpa antigua. Quizás no lloramos como David por fuera, pero por dentro… el corazón grita. Y hoy Dios nos dice: no te avergüences de tu herida; tráela a mí. Dios no se escandaliza de nuestra fragilidad. Dios se acerca.

2) El salmo: la oración del que ya no puede más

Por eso el salmo pone en nuestros labios una oración que es medicina:
“Inclina tu oído, Señor, escúchame”.

Es una oración humilde, sin adornos, como cuando uno ya no sabe qué decir y solo pide: “Señor, mírame… ayúdame… no me sueltes”. El salmo nos enseña algo profundo: orar no es estar fuerte; orar es no rendirse. Orar es decir: “aunque no entienda, yo me quedo contigo”.

Y aquí viene el punto: muchos pierden la paz no por lo que viven, sino por vivirlo solos. El salmo nos devuelve al camino: cuando no puedas con la vida, al menos no dejes la oración. La oración es el hilo que nos ata a Dios cuando todo parece desatarse.

3) El Evangelio: dos historias, una misma fe

En el Evangelio de hoy, San Marcos entrelaza dos milagros. Como si quisiera decirnos: la gracia de Dios no llega en serie, llega a personas concretas, a historias concretas, a heridas concretas.

a) La mujer que toca el manto

Hay una mujer enferma desde hace doce años. Doce años de cansancio, de gastar recursos, de intentos fallidos, de cargar una vergüenza social. Lo que más duele no es solo la enfermedad; es el aislamiento y la sensación de que “ya probé todo”.

Y sin embargo, esta mujer tiene un acto de fe sencillo y audaz:
“Si logro tocar aunque sea su ropa, me curaré.”

No pide audiencia. No exige explicaciones. No arma discursos. Solo se acerca. Su fe no es teórica; es movimiento. Da pasos, rompe miedos, atraviesa la multitud. Y toca.

Aquí hay una enseñanza preciosa: a veces creemos que para acercarnos a Dios debemos estar “perfectos”. Y es al revés: uno se acerca a Dios precisamente porque no está bien. Esta mujer llega como está, con su historia, con su vergüenza, con su necesidad. Y Jesús no la humilla; la levanta:
“Hija, tu fe te ha salvado.”

¡Qué palabra! “Hija”. Jesús le devuelve identidad, dignidad, hogar. Hay personas que necesitan más que un milagro físico: necesitan que Dios les diga otra vez: “tú eres mi hijo… tú eres mi hija”.

b) Jairo y la niña

La otra historia es la de Jairo, un padre que corre porque su hija se muere. Lo hermoso es que Jairo, siendo un hombre importante, se pone de rodillas. La desesperación lo vuelve humilde; el amor lo vuelve creyente. En la puerta del abismo, lo único que le queda es Jesús.

Pero cuando van de camino llega la noticia brutal:
“Tu hija ha muerto. ¿Para qué molestar ya al Maestro?”

Esa frase es tremenda. Porque no solo describe la muerte física; describe las veces que nos dicen:

  • “Ya no hay nada que hacer.”
  • “Eso no cambia.”
  • “Eso no tiene arreglo.”
  • “Esa persona no vuelve.”
  • “Ese matrimonio ya murió.”
  • “Esa fe ya se apagó.”
  • “Tu proyecto ya se acabó.”

Y entonces Jesús responde con una frase que hoy es para nosotros:
“No temas; basta que creas.”

No dice: “no llores”.
No dice: “no sientas”.
Dice: “no temas”. Es decir: no dejes que el miedo sea el que decida por ti. Porque el miedo siempre dicta sentencias antes de tiempo. La fe, en cambio, abre caminos.

Jesús entra, toma a la niña de la mano y pronuncia esas palabras arameas tan concretas y tan tiernas:
“Talitá kum” — “Niña, yo te lo mando, levántate.”

A Jesús le basta una mano tomada, una palabra dicha, una presencia fiel… para levantar lo que todos dieron por perdido.

4) ¿Qué nos está diciendo Dios hoy?

Esta liturgia nos deja tres llamadas muy concretas:

1.    No escondas tu dolor como si fuera pecado.
David llora. Jesús también lloró ante la tumba de su amigo. La fe no es anestesia. La fe es compañía.

2.    No dejes que la multitud te distraiga de Jesús.
Hay “multitudes” que nos apagan: el ruido, el estrés, el resentimiento, el “qué dirán”, la resignación. Esta mujer atravesó la multitud. Jairo ignoró las voces que lo hundían. La fe a veces es eso: seguir caminando hacia Jesús aunque te digan que ya no vale la pena.

3.    Deja que Jesús te tome de la mano.
A veces queremos que Dios actúe, pero sin tocarnos el orgullo, sin tocar nuestras costumbres, sin tocar lo que nos ata. Y Jesús hoy toca y se deja tocar. Porque el encuentro con Cristo siempre es un “contacto” que cura: en la conciencia, en la memoria, en el corazón.

5) Intención orante por los benefactores

Y en este día, como comunidad, queremos elevar una oración especial por nuestros benefactores: por quienes sostienen con su generosidad la misión, la caridad, la evangelización, la catequesis, la música, la comunicación, los proyectos de fe.

Porque a veces un benefactor es como esa mujer que toca el manto de Jesús: con un gesto sencillo, silencioso, hace el bien. Y a veces un benefactor es como Jairo: ama, se preocupa, busca soluciones, no se rinde.

Pidámosle al Señor que los bendiga:

  • que cuide su salud y su hogar,
  • que sostenga su trabajo,
  • que les multiplique la alegría,
  • que les conceda paz en el corazón,
  • y que nunca les falte la certeza de que Dios no se deja ganar en generosidad.

6) Cierre

Hermanos, quizá hoy alguien vino con el corazón como David: llorando por dentro.

Quizá alguien se siente como la mujer: cansado de luchar y de intentar.
Quizá alguien está como Jairo: suplicando por alguien amado.

Sea cual sea tu historia, Jesús te dice lo mismo:
“No temas; basta que creas.”

Y como a la niña, Cristo también te susurra hoy:
“Levántate.”
Levántate de la tristeza que te encierra,
del miedo que te paraliza,
del pecado que te humilla,
de la resignación que te apaga.

Porque cuando Jesús toma la mano, la vida vuelve. Amén.

 

2

 

Esperanza en medio del sufrimiento

(Mc 5,25–34, en diálogo con la Primera Lectura y el Salmo responsorial)

1) Puerta de entrada: cuando el dolor se vuelve oración

La Palabra de Dios de hoy nos coloca ante una experiencia universal: el sufrimiento humano y la pregunta que brota desde él. No solo el Evangelio nos habla de una mujer herida en su cuerpo y en su dignidad; también la primera lectura y el salmo nos introducen en ese clamor que atraviesa toda la Escritura: el grito del hombre frágil que busca a Dios, y la respuesta de un Dios que no abandona.

La Biblia no es ingenua: no oculta el dolor, pero tampoco lo deja sin sentido.

2) Primera lectura: Dios ve lo que otros no ven

En la primera lectura, encontramos a un ser humano confrontado con su realidad más profunda: fragilidad, pecado, límite, o sufrimiento que no puede ocultarse ante Dios. Allí se nos recuerda una verdad decisiva: nada de lo humano le es indiferente al Señor.
Dios no se queda en la superficie; mira el corazón, desenmascara, pero no para humillar, sino para sanar y restaurar.

Esto ilumina directamente el Evangelio:

  • La mujer enferma era invisible para la sociedad.
  • Pero no era invisible para Dios.

Así como en la primera lectura Dios sale al encuentro del ser humano en su verdad —aunque duela—, en el Evangelio Jesús se detiene, pregunta, busca a quien lo tocó. Dios no sana “a distancia”; quiere encuentro, quiere verdad, quiere relación.

3) El Salmo: el grito del que espera contra toda esperanza

El salmo responsorial pone palabras al alma herida. Es el grito del que sufre, pero no desespera; del que llora, pero sigue confiando.
El salmista no niega su miseria, pero proclama algo fundamental:
👉 Dios escucha el clamor del pobre,
👉 Dios no desprecia un corazón humillado.

La mujer del Evangelio podría haber rezado perfectamente ese salmo.
Doce años sangrando… doce años clamando quizá sin palabras… doce años esperando que alguien la escuchara.
Y cuando finalmente toca a Jesús, el salmo se hace carne: el clamor llega al corazón de Dios y no queda sin respuesta.

4) Evangelio: tocar a Cristo cuando todo parece perdido

El Evangelio nos presenta el punto culminante:

  • una mujer agotada,
  • empobrecida,
  • excluida,
  • marcada por la ley y por la opinión de los demás.

Pero ella hace algo audaz: convierte su sufrimiento en acto de fe.
No discute, no se justifica, no se defiende. Toca. Confía. Espera.

Aquí se unen las tres lecturas:

  • La primera lectura nos muestra que Dios conoce la verdad del corazón.
  • El salmo nos enseña a gritar con esperanza.
  • El Evangelio nos revela que ese grito encuentra respuesta en Cristo.

5) Clave espiritual: del aislamiento a la comunión

La enfermedad de la mujer simboliza también el pecado y toda herida interior que nos separa:

  • nos aísla,
  • nos hace sentir indignos,
  • nos convence de que no pertenecemos.

Pero Jesús rompe ese círculo.
No solo la cura: la reintegra.
No solo seca la herida: le devuelve la paz.
No solo la sana: la llama “hija”.

Aquí el salmo vuelve a resonar: “Devuélveme la alegría de tu salvación”.
Eso es exactamente lo que Jesús hace.

6) Sufrimiento permitido, no como castigo sino como camino

Las lecturas de hoy nos ayudan a comprender algo esencial:
👉 Dios no siempre quita el sufrimiento de inmediato,
👉 pero nunca lo deja sin fecundidad.

La primera lectura muestra que Dios puede servirse incluso de situaciones dolorosas para revelar su verdad.
El salmo enseña que el sufrimiento puede convertirse en oración confiada.
El Evangelio revela que la fe y la esperanza transforman la herida en lugar de encuentro con Dios.

Doce años no fueron inútiles: fueron el camino hacia una fe madura, humilde y valiente.

7) Aplicación pastoral: hoy también podemos tocar su manto

Hoy muchos llegan a la Eucaristía como esa mujer:

  • con heridas que no se ven,
  • con cansancios que no se cuentan,
  • con culpas que pesan,
  • con dolores que aíslan.

La liturgia nos dice:
👉 toca a Cristo.
En la Palabra que ilumina.
En el Salmo que consuela.
En la Eucaristía que sana.
En la Reconciliación que restaura.

Y como comunidad, estamos llamados a no ser “multitud que aprieta”, sino Iglesia que deja espacio para que el herido llegue a Jesús.

8) Conclusión orante

Hoy el Señor nos dice, como a la mujer:
“Tu fe te ha salvado. Vete en paz.”

Que la primera lectura nos ayude a vivir en la verdad ante Dios.
Que el salmo nos enseñe a clamar sin perder la esperanza.
Y que el Evangelio nos dé el valor de acercarnos a Cristo, incluso cuando todo parece perdido.

Porque quien se atreve a tocar al Señor con fe, nunca se va igual.

 

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1) Puerta de entrada: un Evangelio que toca la herida

Hay páginas del Evangelio que no se entienden desde la teoría, sino desde la vida. Hoy escuchamos la historia de una mujer que lleva doce años sangrando. Doce años de dolor físico, de cansancio, de dinero gastado, de puertas cerradas… Doce años de lucha silenciosa. Y, como si no bastara, la Ley la consideraba “impura”, lo cual significaba quedar al margen: del templo, de la comunidad, del abrazo social. En un solo cuerpo, esta mujer llevaba dos sufrimientos: uno visible y otro invisible: la enfermedad y la soledad.

Y, sin embargo, esta historia no está escrita para humillarla, sino para revelarnos cómo Dios actúa cuando ya no queda nada… excepto la esperanza.

2) Mirada bíblica: de la impureza al encuentro

El texto dice algo estremecedor: “había sufrido mucho con muchos médicos… y se había puesto peor”. Es el retrato de tantas personas que hoy podrían decir: “he probado de todo, y sigo igual”.
Pero ella “oyó hablar de Jesús” y ese “oír” le enciende una luz interior. No tiene un tratado de teología, no tiene garantías, no tiene privilegios. Tiene algo que parece pequeño, pero es inmenso: la fe humilde.

Su frase es brevísima y decisiva: “Si logro tocar siquiera su manto, quedaré sana”. No pide un discurso; pide un contacto. No reclama un lugar delante; se cuela por detrás. No exige; se arriesga. Y allí ocurre el milagro: “al instante se secó la fuente de sangre”.

Pero Jesús no se conforma con una sanación “anónima”. Se detiene. Pregunta. Busca. Porque no solo quiere curar su cuerpo: quiere devolverle el rostro, el nombre, la dignidad. Y cuando ella se presenta temblando, Jesús no la reprende: la llama con una palabra que cura el corazón: “Hija”.
Es decir: “Tú no eres un problema; eres familia. Tú no eres impura; eres amada”.

3) Clave espiritual: la herida como símbolo del pecado y de la fractura interior

La enfermedad de esta mujer también nos habla de otra hemorragia: la del alma, cuando el pecado, la culpa, el resentimiento, el miedo o la doble vida nos van “desangrando” por dentro.
El pecado no solo rompe una norma: rompe comunión. Nos aisla: de Dios, de los demás y de nosotros mismos. Uno termina sintiéndose “no digno”, “no merecedor”, “marcado”. Y esa es una de las trampas más crueles: creer que por estar heridos ya no podemos acercarnos.

El Evangelio de hoy dice lo contrario: precisamente porque estás herido, acércate.
Esta mujer “toca” a Jesús… y descubre que el corazón de Jesús no se contamina con nuestra miseria: nuestra miseria se transforma con su misericordia.

4) El misterio del dolor: permitido, no para castigar, sino para salvar

Aquí hay una verdad difícil, pero profundamente cristiana: Dios no es autor del mal, pero puede sacar bien del mal. Hay sufrimientos que no son castigo. Hay pruebas que no son rechazo. Hay noches que, misteriosamente, preparan una aurora.

Doce años parecen demasiado. A veces nosotros también decimos:
—“Señor, ¿hasta cuándo?”
Y el Evangelio no responde con una explicación fría. Responde con una presencia: Jesús pasa, Jesús está, Jesús se deja tocar.
Y cuando por fin ella lo toca, su historia queda reinterpretada: aquellos doce años no fueron “tiempo perdido”: fueron el camino doloroso que la llevó al punto donde su fe iba a brillar y su vida iba a recomenzar.

5) Fe y esperanza: dos virtudes para no rendirse

Esta mujer es maestra de dos virtudes:

  • Fe: creer que Jesús puede, incluso cuando ya no hay razones humanas para creer.
  • Esperanza: sostener el corazón en pie, incluso cuando el cuerpo se cae.

La esperanza cristiana no es optimismo ingenuo ni frase bonita. Es un don de Dios que nos mantiene vivos por dentro cuando la fuerza humana se agota. Es esa certeza silenciosa que dice:
“No entiendo lo que pasa, pero sé en manos de quién estoy.”

Y la mujer demuestra algo precioso: la esperanza verdadera se mueve. No se queda mirando. Da un paso. Ella camina entre la multitud, supera el miedo, se abre paso, estira la mano… y toca.

6) Aplicación pastoral: ¿qué “manto” toca hoy el creyente?

El Evangelio nos pregunta: ¿qué hemorragia arrastras tú?
Puede ser:

  • una enfermedad que te cansa,
  • una tristeza que te aplasta,
  • un duelo que no termina,
  • un conflicto familiar,
  • una herida afectiva,
  • un pecado repetido,
  • una sensación de soledad “religiosa”: estar cerca del templo, pero lejos del consuelo.

Y también pregunta: ¿dónde estás buscando alivio?
Porque a veces gastamos “todo lo que tenemos” en remedios equivocados: distracciones, rabias, evasiones, relaciones tóxicas, pantallas, vicios, o esa autosuficiencia orgullosa que dice: “yo puedo solo”.

Hoy el Señor nos muestra un camino sencillo y real: tocar a Cristo.
¿Y cómo lo tocamos?

  • En la oración: cuando le dices la verdad sin maquillaje.
  • En la Reconciliación: donde su misericordia corta la hemorragia de la culpa.
  • En la Eucaristía: donde lo recibimos no como idea, sino como Pan vivo.
  • En la Iglesia-comunidad: cuando volvemos a sentirnos “hijos” y no “excluidos”.

Y atención: Jesús no solo sana, también reintegra. A esta mujer la devuelve a la vida social y religiosa. Hay gente que, además de sanar, necesita volver a sentirse aceptada, escuchada, mirada con respeto. Ese también es un milagro que la comunidad cristiana está llamada a ofrecer.

7) Llamado final: deja de tocar el miedo y toca a Jesús

Quizá lo más fuerte de este Evangelio es que Jesús no dice: “Tu mérito te salvó”. Dice:
“Tu fe te ha salvado. Vete en paz.”
No es magia. Es encuentro. No es superstición. Es confianza. No es un “toque” cualquiera: es tocar a Cristo con el corazón rendido.

Hoy, si estás sufriendo, no te pido que finjas fuerza. Te pido una cosa: no te encierres. Haz lo que hizo ella: acércate como puedas. Aunque sea “por detrás”. Aunque sea temblando. Aunque sea con una oración mínima:
“Señor, si te toco, me basta.”

Y si en tu vida hay alguien que sufre, no lo juzgues, no lo etiquetes, no lo excluyas. Sé parte del milagro: deja que esa persona sienta que en la Iglesia todavía se escucha la palabra más hermosa de Jesús: “Hija… Hijo.”


Oración final

Señor Jesús,
muchas veces he cargado dolores que no entiendo,
heridas del cuerpo y del alma, cansancios y culpas que me aíslan.
Hoy me acerco a Ti como aquella mujer: con temor, pero con fe.

Dame la gracia de tocarte en la oración,
de dejarme curar en la Reconciliación,
de encontrarte vivo en la Eucaristía,
y de volver a la paz de sentirme tu hijo.

Convierte mis pruebas en camino de comunión,
y mis noches en ocasión de tu gloria.
Jesús, en Ti confío.
Amén.

 

 

3 de febrero:

San Blas, obispo y mártir — Memoria opcional
† ca. 316

Santo patrono de las enfermedades de la garganta y de otras enfermedades, de los trabajadores de la lana, de los animales, de los albañiles, de los panaderos y de los trabajadores del campo.

 


Cita:


Por la intercesión de San Blas, obispo y mártir, que Dios te libre de toda enfermedad de la garganta y de cualquier otro mal. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Bendición de las gargantas


Reflexión

Entre los años 1346 y 1353, una peste bubónica conocida comúnmente como la “Peste Negra” asoló Europa, Asia y el norte de África. Fue la pandemia más mortífera de la historia de la humanidad, con estimaciones conservadoras que sitúan su saldo mortal por encima de los 25 millones de personas. Casi la mitad de la población de Europa murió a causa de esta pandemia. Durante aquella peste, muchos católicos oraron con gran fervor. De ese caos surgió una nueva devoción a los llamados “Catorce Santos Auxiliadores”. Estos santos eran catorce intercesores a quienes se atribuía un poder especial, sobre todo para curar enfermedades. Entre esos catorce se encuentra el santo que hoy celebramos.

Se sabe muy poco sobre la vida de San Blas. La mención más antigua de su vida no se escribió sino hasta unos 200 años después de su muerte, por el médico Aecio de Amida, quien hablaba del poder intercesor de San Blas para ayudar a desatascar objetos atascados en la garganta. Los Hechos de San Blas, algo más detallados, se escribieron aproximadamente 400 años después de su muerte. Sean o no verdaderas las historias que se narran sobre él, lo cierto es que los fieles han buscado devotamente su intercesión durante siglos, y esa práctica continúa hoy en la forma de la bendición de las gargantas en el día de su fiesta.

Cuenta la leyenda que Blas fue un excelente médico en su ciudad natal de Sebaste, en Armenia, la actual Silvas, en Turquía. En su juventud estudió a muchos de los grandes filósofos. Cuando murió el obispo de Sebaste, Blas fue elegido como nuevo obispo por la aclamación popular “de todo el pueblo”. Se decía que era un hombre de gran fe y virtud, que cuidaba de su pueblo tanto en el cuerpo como en el alma. Muchos acudían a él en busca de sanación física como médico y recibían también numerosos milagros. Otros tantos acudían a él en busca de sanación espiritual, que él comunicaba gracias a su profunda fe. Según la misma leyenda, incluso los animales lo escuchaban y obedecían sus órdenes, y él los sanaba de sus enfermedades.

En el año 313, los emperadores romanos co-gobernantes, Constantino I y Licinio, promulgaron conjuntamente el Edicto de Milán, que estableció la tolerancia religiosa en todo el Imperio romano. Sin embargo, los Hechos de San Blas afirman que en el año 316 el gobernador de Capadocia, actuando por orden de Licinio, comenzó a arrestar y matar cristianos. Se dice que el obispo Blas estuvo entre los arrestados.

Mientras llevaban a Blas a la cárcel, continúa la leyenda, un niño se estaba ahogando con una espina de pescado, y la madre del niño lo envió a Blas para que rezara por él. El obispo Blas lo curó milagrosamente en ese mismo momento. Otra historia relata que, en ese camino hacia la prisión, una mujer le suplicó que salvara a su cerdo, que había sido capturado por un lobo. El obispo Blas ordenó al lobo que soltara al cerdo, y el lobo obedeció. En agradecimiento, la mujer llevó a Blas dos velas de cera para dar luz a su celda en la prisión.

A pesar de estos milagros, el gobernador insistió en que el obispo Blas renunciara a su fe cristiana, a lo cual Blas se negó. Por ello, por orden del gobernador, Blas fue despedazado con peines de metal usados para cardar la lana y luego decapitado.

Hoy, San Blas es el santo patrono de los cardadores de lana a causa de la leyenda de su tortura y muerte con peines de metal. Es patrono de los animales debido a la autoridad que, según se dice, ejercía sobre ellos. Es patrono de las enfermedades de la garganta y de otras dolencias por la historia según la cual curó al niño con la espina de pescado atascada en la garganta, por haber sido médico y por haber sanado milagrosamente a muchos otros de sus enfermedades. Dos velas de cera se utilizan hoy para bendecir las gargantas debido a la leyenda de las velas que la mujer agradecida le llevó a la cárcel.

Al reflexionar sobre estas historias transmitidas a lo largo de los años, quizá el relato más importante en el que debemos detenernos sea el de la fe que tantas personas han tenido durante siglos en la intercesión de San Blas. Desde quienes pudieron haber buscado sus oraciones en el tiempo de su ministerio, pasando por quienes acudieron a su intercesión durante la Peste Negra siglos después, hasta las bendiciones sacerdotales actuales en la Misa, usando velas para bendecir las gargantas, Dios ha utilizado a San Blas de maneras que él nunca habría podido prever. Esto debería tranquilizarnos y confirmarnos que Dios desea que acudamos a la intercesión de los santos en nuestros momentos de necesidad. Aunque Dios es plenamente capaz de responder directamente a nuestras oraciones, a menudo elige valerse de la mediación de otros para comunicar su gracia. Reflexiona sobre tu propia devoción a San Blas y a todos los santos. Busca a tu patrono especial. Confíale tus oraciones y sabe que, al hacerlo, tu patrono presenta ante Dios tanto tu persona como tus necesidades.


Oración

San Blas, tú aceptaste la voluntad de Dios tal como se manifestó en la aclamación del pueblo al elegirte como su pastor. Difundiste con amor la fe, sanaste a los enfermos y entregaste tu vida como mártir. Te ruego que intercedas por mí y por mi familia para que seamos preservados de toda enfermedad, especialmente de las enfermedades de la garganta, y para que yo tenga el mismo valor que tú tuviste para ser testigo de Cristo, incluso hasta el punto de dar la vida.
San Blas, ruega por mí.
Jesús, en Ti confío.

 

4 de febrero del 2026: miércoles de la cuarta semana del tiempo ordinario-II

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