La fuerza del perdón y la humildad del corazón
En este tiempo de Cuaresma, la Palabra de Dios nos
recuerda que la fe no se vive sólo con palabras o prácticas exteriores, sino
con un corazón que escucha y acoge al Señor. En la primera lectura, el profeta
Daniel eleva una oración humilde en nombre del pueblo que reconoce su pecado y
suplica la misericordia de Dios. No se apoya en méritos propios, sino en la
infinita compasión del Señor.
El Evangelio, por su parte, nos ofrece la enseñanza
central de la vida cristiana: el perdón. Jesús invita a perdonar no una
vez, sino siempre, reflejando así la misericordia del Padre. Quien ha
experimentado el perdón de Dios está llamado a transmitirlo a los demás.
En este camino cuaresmal, la liturgia nos invita a
examinar nuestro corazón: ¿somos capaces de pedir perdón con humildad y de
ofrecer perdón con generosidad? Sólo así nuestra oración será verdadera y
nuestra vida se convertirá en signo de la misericordia de Dios para el mundo.
G.Q
Primera lectura
Lectura de la profecia de Daniel (3,25.34-43):
EN aquellos días, Azarías, puesto en pie, oró de esta forma; alzó la voz en
medio del fuego y dijo:
«Por el honor de tu nombre,
no nos desampares para siempre,
no rompas tu alianza,
no apartes de nosotros tu misericordia.
Por Abrahán, tu amigo; por Isaac, tu siervo;
por Israel, tu consagrado;
a quienes prometiste multiplicar su descendencia
como las estrellas del cielo,
como la arena de las playas marinas.
Pero ahora, Señor, somos el más pequeño
de todos los pueblos;
hoy estamos humillados por toda la tierra
a causa de nuestros pecados.
En este momento no tenemos príncipes,
ni profetas, ni jefes;
ni holocausto, ni sacrificios,
ni ofrendas, ni incienso;
ni un sitio donde ofrecerte primicias,
para alcanzar misericordia.
Por eso, acepta nuestro corazón contrito
y nuestro espíritu humilde,
como un holocausto de carneros y toros
o una multitud de corderos cebados.
Que este sea hoy nuestro sacrificio,
y que sea agradable en tu presencia:
porque los que en ti confían
no quedan defraudados.
Ahora te seguimos de todo corazón,
te respetamos, y buscamos tu rostro;
no nos defraudes, Señor;
trátanos según tu piedad,
según tu gran misericordia.
Líbranos con tu poder maravilloso
y da gloria a tu nombre, Señor».
Palabra de Dios
Salmo
Sal 24,4-5ab.6.7bc.8-9
R/. Recuerda, Señor, tu ternura
V/. Señor, enséñame tus caminos,
instrúyeme en tus sendas:
haz que camine con lealtad;
enséñame, porque tú eres mi Dios y Salvador. R/.
V/. Recuerda, Señor, que tu ternura
y tu misericordia son eternas;
acuérdate de mí con misericordia,
por tu bondad, Señor. R/.
V/. El Señor es bueno y es recto,
y enseña el camino a los pecadores;
hace caminar a los humildes con rectitud,
enseña su camino a los humildes. R/.
Lectura del santo evangelio según san Mateo (18,21-35):
EN aquel tiempo, acercándose Pedro a Jesús le preguntó:
«Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta
siete veces?».
Jesús le contesta:
«No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.
Por esto, se parece el reino de los cielos a un rey que quiso ajustar las
cuentas con sus criados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía
diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran
a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así. El
criado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo:
“Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo”.
Se compadeció el señor de aquel criado y lo dejó marchar, perdonándole la
deuda. Pero al salir, el criado aquel encontró a uno de sus compañeros que le
debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba diciendo:
“Págame lo que me debes”.
El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba diciendo:
“Ten paciencia conmigo y te lo pagaré”.
Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía.
Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a
su señor todo lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo:
“¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo rogaste. ¿No
debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de
ti?”.
Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la
deuda.
Lo mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si cada cual no perdona de
corazón a su hermano».
Palabra del Señor
Perdonados
para perdonar
Queridos hermanos y hermanas:
En este camino cuaresmal, la Palabra de Dios de hoy
nos conduce al corazón mismo de la vida cristiana: la misericordia de Dios
recibida y la misericordia de Dios compartida. Las lecturas de este martes
de la tercera semana de Cuaresma nos ponen frente a una verdad que todos
necesitamos escuchar, especialmente en este tiempo santo: nadie puede vivir
de espaldas al perdón.
Y hoy, además, queremos poner en la presencia del
Señor a nuestros familiares, amigos y benefactores. Muchos de ellos han
sido para nosotros signo de la bondad de Dios: personas que nos han sostenido,
ayudado, corregido, acompañado, animado y querido. Oramos por ellos para que el
Señor los bendiga, los proteja y derrame en sus corazones esa paz que brota del
amor reconciliado.
1. Una oración desde la humildad
La primera lectura, tomada del libro de Daniel, nos
presenta una oración conmovedora. Azarías, en medio del sufrimiento, en medio
del fuego, no se rebela contra Dios, no se llena de orgullo, no se justifica.
Hace algo mucho más grande: se pone humildemente delante del Señor y
reconoce la propia pobreza del pueblo.
Es una oración bellísima, porque nace de un corazón
que ya no presume, que ya no exige, que ya no se cree perfecto. Es la oración
del que sabe que sólo puede apoyarse en la misericordia de Dios. En el fondo,
Azarías está diciendo: “Señor, no venimos a ti porque lo merezcamos todo, sino
porque confiamos en que tú eres bueno”.
¡Qué importante es esto para nuestra Cuaresma!
Porque una de las tentaciones más frecuentes de la vida espiritual es pensar
que, por rezar, por servir, por ir a misa, por ayudar a otros, ya estamos “en
paz” con Dios y no necesitamos conversión. Y sin embargo, la liturgia de hoy
nos recuerda que todos somos mendigos de misericordia.
A veces pensamos que el pecado es sólo hacer cosas
muy graves. Pero también hay pecados escondidos que endurecen el alma: el
resentimiento guardado, el orgullo disfrazado de dignidad, la frialdad
afectiva, la indiferencia con los de casa, las palabras que hieren, la
incapacidad de pedir perdón, la costumbre de señalar siempre al otro y nunca
revisarnos por dentro.
La oración de Daniel nos enseña el camino correcto:
ponernos ante Dios con corazón contrito, humilde, sincero. No con
máscaras. No con apariencias. No con el currículum de nuestras buenas obras.
Sino con el alma desnuda y necesitada.
2. Pedro pregunta lo que todos
preguntamos
En el Evangelio, Pedro le hace a Jesús una pregunta
que, en el fondo, todos llevamos dentro:
“Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta
siete veces?”
Pedro cree estar siendo generoso. Siete veces ya
parece mucho. Ya parece bastante. Ya parece heroico. Pero Jesús rompe la lógica
del cálculo y le responde:
“No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.”
Es decir: siempre.
Perdona una y otra vez.
Perdona sin llevar cuentas.
Perdona sin convertir el amor en contabilidad.
Perdona como Dios te perdona.
Y aquí Jesús cuenta la parábola del siervo
despiadado. Un hombre debía a su señor una suma descomunal, impagable,
inimaginable. El señor, movido a compasión, le perdona todo. Todo. No una
parte. No una reducción. Todo. Pero ese mismo hombre, apenas sale, encuentra a
un compañero que le debe una cantidad pequeña en comparación, y en vez de tener
misericordia, lo agarra del cuello y lo manda a la cárcel.
Ahí está la tragedia del corazón humano:
queremos ser perdonados, pero nos cuesta perdonar; queremos comprensión para
nosotros, pero somos duros con los demás; pedimos paciencia, pero no la
ofrecemos.
3. La deuda inmensa y las
pequeñas deudas
La parábola es muy fuerte porque Jesús hace un
contraste inmenso. Ante Dios, nosotros somos como ese siervo que tenía una
deuda imposible de pagar. Esa deuda representa el peso de nuestro pecado, de
nuestras infidelidades, de nuestras omisiones, de nuestras incoherencias. Y,
sin embargo, Dios no nos trata según nuestras culpas. Dios no nos aplasta. Dios
no nos hunde. Dios no nos cierra la puerta. Dios nos perdona.
Y no nos perdona poco. Nos perdona muchísimo. Más
de lo que imaginamos. Más de lo que merecemos. Más de lo que podríamos pagar
jamás.
Entonces, si hemos recibido semejante misericordia,
¿cómo no vamos a perdonar las pequeñas o medianas deudas de los demás hacia
nosotros?
Claro, alguno podría decir: “Padre, pero usted no
sabe lo que me hicieron”. Y es verdad. Hay heridas profundas. Hay traiciones
muy dolorosas. Hay ofensas que marcan la vida. Hay palabras que dejan
cicatrices. Hay abandonos que rompen por dentro. Hay ingratitudes que duelen
más cuando vienen de la familia, de amigos cercanos, de personas a quienes se
ayudó de corazón.
Jesús no banaliza ese dolor. Jesús no dice que el
mal no importe. Jesús no dice que lo sucedido sea justo. Jesús no dice que
debamos aprobar la maldad. Lo que sí dice es que si dejamos que la herida se
convierta en rencor permanente, terminamos siendo prisioneros de aquello que
nos lastimó.
El resentimiento es como beber veneno esperando que
el otro muera. Nos amarga, nos endurece, nos roba la paz, nos enferma el alma.
Por eso el perdón no es primero un regalo para el otro: muchas veces es una
liberación para uno mismo.
4. Perdonar no es olvidar
mágicamente ni negar la justicia
Aquí conviene aclarar algo importante. Perdonar
no significa hacer de cuenta que no pasó nada. Tampoco significa que uno
tenga que exponerse nuevamente a la violencia, al abuso o a la manipulación. Ni
significa renunciar a la verdad o a la justicia.
Perdonar significa, ante todo, renunciar al odio.
Significa no devolver mal por mal. Significa no alimentar deseos de venganza.
Significa entregar a Dios la causa y pedirle que sane lo que nosotros no
podemos sanar solos.
Hay personas que dicen: “Yo no perdono porque no
siento perdonar”. Pero el Evangelio de hoy nos enseña que el perdón comienza
muchas veces no como emoción, sino como decisión. Primero lo decide la
voluntad ayudada por la gracia; después, poco a poco, el corazón va sanando.
A veces el perdón no se hace en un solo momento. A
veces toca perdonar hoy, volver a perdonar mañana y seguir perdonando pasado
mañana. Por eso Jesús habla de “setenta veces siete”: porque hay heridas que
requieren un proceso largo de sanación interior.
5. La Cuaresma: tiempo para
desocupar el corazón
La Cuaresma es tiempo de ayuno, oración y limosna,
sí. Pero también es tiempo de desocupar el corazón. ¿De qué nos sirve
ayunar de comida si seguimos alimentando el rencor? ¿De qué sirve multiplicar
oraciones si dentro seguimos conversando con la ofensa? ¿De qué sirve dar
limosna afuera si adentro permanecemos cerrados a la misericordia?
Tal vez hoy el Señor nos está diciendo:
“Reza, sí; ayuna, sí; da limosna, sí; pero también perdona. Déjame entrar en
esa herida vieja. Déjame tocar ese recuerdo que aún te envenena. Déjame romper
esa cadena interior.”
Cuántas familias viven separadas por heridas
antiguas.
Cuántos hermanos no se hablan.
Cuántos hijos llevan resentimientos contra sus padres.
Cuántos padres cargan dolor por decisiones de sus hijos.
Cuántas amistades se dañaron por malentendidos, orgullos o comentarios.
Cuántas relaciones buenas se enfrían porque nadie da el primer paso.
A veces no es un gran crimen. A veces basta una
frase mal dicha, una interpretación torcida, una susceptibilidad alimentada
durante años, un silencio que se convirtió en muro. Y así, lo que pudo
resolverse con humildad termina infectando toda una historia.
6. Orar por familiares, amigos y
benefactores
Hoy nuestra intención orante por los familiares,
amigos y benefactores adquiere una luz muy hermosa desde estas lecturas. Porque
muchas veces son precisamente ellos quienes más ocupan nuestro corazón, para
bien o para mal.
Entre los familiares hay amores profundos, pero
también heridas profundas.
Entre los amigos hay lealtades preciosas, pero también decepciones dolorosas.
Entre los benefactores hay gratitud sincera, pero a veces también tensiones,
malentendidos o expectativas frustradas.
Por eso hoy no sólo pedimos por ellos para que el
Señor los bendiga material y espiritualmente. Pedimos también para que Dios purifique
nuestros vínculos, sane lo que esté herido, fortalezca lo que esté débil y
reconcilie lo que esté roto.
Qué hermoso sería que esta Eucaristía nos ayudara a
recordar con gratitud a tantos familiares, amigos y benefactores que han sido
instrumentos de la providencia divina en nuestra vida. Personas que nos
tendieron la mano en momentos de necesidad; personas que creyeron en nosotros;
personas que, con sus ayudas materiales o espirituales, hicieron posible una
obra buena; personas que nos acompañaron en la enfermedad, en la tristeza, en
las luchas de cada día.
La gratitud también sana. Un corazón agradecido se
vuelve menos duro. Un corazón agradecido aprende más fácilmente a perdonar.
7. Una pequeña anécdota de vida
Se cuenta que dos amigos caminaron durante años juntos.
Un día tuvieron una discusión fuerte, y uno de ellos, cegado por el enojo,
hirió al otro con palabras muy duras. El ofendido, en vez de responder con
agresividad, escribió en la arena:
“Hoy mi mejor amigo me hirió.”
Tiempo después, cruzando un río, el que había sido
herido comenzó a ahogarse, y el otro lo salvó. Entonces escribió sobre una
roca:
“Hoy mi mejor amigo me salvó la vida.”
Cuando le preguntaron por qué una vez escribió en
la arena y otra en la piedra, respondió:
“Las ofensas deberíamos escribirlas en la arena, para que el viento del perdón
las borre; los gestos de amor deberíamos grabarlos en la piedra, para que nunca
se olviden.”
Eso es lo que hace el rencor: graba las ofensas en
piedra y los favores en arena.
Eso es lo que hace la gracia: escribe los favores en piedra y deja las heridas
en manos de Dios.
8. El perdón nace de sabernos
amados
La clave del Evangelio de hoy no es simplemente un
esfuerzo moral. No se trata sólo de “portarse bien” y aguantar a los demás. La
raíz es más honda: yo perdono porque he sido perdonado; yo amo porque he
sido amado; yo tengo misericordia porque Dios ha tenido misericordia conmigo.
Cuando uno experimenta de verdad la ternura de
Dios, algo cambia por dentro. Se vuelve más comprensivo. Más paciente. Más
humano. Más compasivo. No perfecto, pero sí más parecido al corazón del Padre.
Por eso la Cuaresma no es una temporada de
tristeza, sino de gracia. Es tiempo para volver a la fuente. Tiempo para
dejarnos amar otra vez por Dios. Tiempo para acercarnos al sacramento de la
reconciliación. Tiempo para decir: “Señor, aquí está mi deuda inmensa; sólo tú
puedes borrarla”. Y también: “Señor, aquí está mi corazón endurecido; sólo tú
puedes ablandarlo”.
9. Una llamada concreta
Hoy el Señor nos deja una tarea muy concreta.
Pensemos un momento:
¿Hay alguien a quien todavía no he perdonado de
verdad?
¿Hay una herida que sigo acariciando por dentro?
¿Hay una conversación que debería intentar?
¿Hay una llamada que debería hacer?
¿Hay una reconciliación que llevo años posponiendo?
¿Hay un familiar, un amigo, un benefactor o una persona cercana cuyo nombre, al
escucharlo, todavía me inquieta o me amarga?
Tal vez hoy no puedas resolver todo. Pero sí puedes
dar un primer paso.
A veces el primer paso no es hablar de inmediato, sino orar por esa persona.
A veces el primer paso es dejar de hablar mal de ella.
A veces el primer paso es pedirle a Dios que cambie tu corazón.
A veces el primer paso es reconocer humildemente que también tú has fallado.
Y, sobre todo, el primer paso es volver a
contemplar cuánta misericordia has recibido del Señor.
10. Conclusión
Hermanos, en este martes de la tercera semana de
Cuaresma, la Iglesia nos recuerda que el perdón no es un adorno del
Evangelio: es parte esencial del Evangelio. El cristiano no puede vivir
alimentando venganzas interiores. No puede pedir a Dios clemencia y negarla al
hermano. No puede acercarse a la mesa del Señor sin dejarse trabajar por la
misericordia.
Hoy pidamos por nuestros familiares, amigos y
benefactores. Que el Señor les conceda salud, paz, protección y abundantes
bendiciones. Que recompense su generosidad, su cercanía y su amor. Y pidamos
también que entre nosotros crezcan vínculos más sanos, más reconciliados, más
luminosos.
Que María, Madre de misericordia, nos enseñe a
tener un corazón humilde para pedir perdón y un corazón grande para concederlo.
Amén.


