miércoles, 7 de enero de 2026

8 de enero del 2026: jueves después de la Epifanía del Señor


Hoy

(Lc 4, 14-22a) Descubrir que nuestro hoy es “el tiempo favorable”, como lo dice Pablo (cf. 2 Co 6,2), puede sacarnos de la modorra que a veces engendra nuestra rutina, de la inatención que provoca el exceso de ocupaciones, de información, de palabras. Porque el hoy nos ofrece la oportunidad de escuchar la Buena Noticia de la salvación, de cambiar, de encontrarnos con Dios: tanto en la oración y en la celebración de la Eucaristía, como a través del compañerismo vivido con nuestros semejantes, de la inmersión en la naturaleza

Emmanuelle Billoteau, ermite

 


Primera lectura

1 Jn 4, 19 — 5, 4
Quien ama a Dios, ame también a su hermano

Lectura de la primera carta del apóstol san Juan.


QUERIDOS hermanos:
Nosotros amemos a Dios, porque él nos amó primero. Si alguno dice: «Amo a Dios», y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve.
Y hemos recibido de él este mandamiento: quien ama a Dios, ame también a su hermano.
Todo el que cree que Jesús es el Cristo ha nacido de Dios; y todo el que ama al que da el ser ama también al que ha nacido de él.
En esto conocemos que amamos a los hijos de Dios: si amamos a Dios y cumplimos sus mandamientos.
Pues en esto consiste el amor de Dios: en que guardemos sus mandamientos. Y sus mandamientos no son pesados, pues todo lo que ha nacido de Dios vence al mundo. Y lo que ha conseguido la victoria sobre el mundo es nuestra fe.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 71, 1-2. 14 y 15bc. 17 (R.: cf. 11)

R. Se postrarán ante ti, Señor, todos los pueblos de la tierra.

V. Dios mío, confía tu juicio al rey,
tu justicia al hijo de reyes,
para que rija a tu pueblo con justicia,
a tus humildes con rectitud.
 R

V. Él rescatará sus vidas de la violencia,
su sangre será preciosa a sus ojos.
Recen por él continuamente
y lo bendigan todo el día. 
R.

V. Que su nombre sea eterno,
y su fama dure como el sol;
él sea la bendición de todos los pueblos,
y lo proclamen dichoso todas las razas de la tierra. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. El Señor me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad. R.

 

Evangelio

Lc 4, 14-22a

Hoy se ha cumplido esta Escritura

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

EN aquel tiempo, Jesús volvió a Galilea con la fuerza del Espíritu; y su fama se extendió por toda la comarca.
Enseñaba en las sinagogas, y todos lo alababan.
Fue a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura. Le entregaron el rollo del profeta Isaías y, desenrollándolo, encontró el pasaje donde estaba escrito:
«El Espíritu del Señor está sobre mí,
porque él me ha ungido.
Me ha enviado a evangelizar a los pobres,
a proclamar a los cautivos la libertad,
y a los ciegos, la vista;
a poner en libertad a los oprimidos;
a proclamar el año de gracia del Señor».
Y, enrollando el rollo y devolviéndolo al que lo ayudaba, se sentó. Toda la sinagoga tenía los ojos clavados en él. Y él comenzó a decirles:
«Hoy se ha cumplido esta Escritura que acaban de oír».
Y todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de su boca.

Palabra del Señor.

 

 

1

 

Hoy: cuando Dios deja de ser “tema” y se vuelve “presencia”

Hay una palabra que atraviesa el Evangelio de hoy como un relámpago sencillo y potente: “hoy”. Jesús entra en la sinagoga de Nazaret, lee al profeta Isaías y, con una serenidad que desarma, declara: “Hoy se cumple esta Escritura que acaban de oír”. No dice: “Algún día”, “cuando estén mejor”, “cuando el mundo cambie”, “cuando termine la crisis”… Dice hoy.

Y aquí aparece una verdad espiritual y también psicológica: muchas veces la rutina nos anestesia. No nos vuelve malos; nos vuelve distraídos. No nos quita la fe; nos quita la atención. Se nos puede llenar la vida de actividades, pantallas, conversaciones, noticias, y por dentro quedar un corazón con poco silencio… y con poca capacidad de asombro.

Por eso el Señor viene a despertarnos: el hoy de Dios no es un eslogan; es un kairós, un tiempo favorable. El problema no es que Dios no hable: es que a veces nosotros estamos demasiado “ocupados” para escucharlo.

1. “Nosotros amamos porque Él nos amó primero” (1Jn 4,19)

La primera lectura pone el fundamento: no comenzamos nosotros. No somos los autores de la salvación, ni los fabricantes de la gracia. Dios amó primero. La vocación cristiana —y toda vocación particular dentro de la Iglesia— nace de esta certeza: antes de que yo eligiera algo, Él me eligió con su amor.

Cuando la evangelización se vuelve puro activismo, se seca. Cuando la vocación se entiende solo como función, se agota. Pero cuando todo brota de saberse amado primero, la misión se vuelve fecunda, libre y alegre.

San Juan remata con una frase decisiva: “Esta es la victoria que vence al mundo: nuestra fe” (1Jn 5,4). ¿Qué “mundo” vence la fe? No la creación, que es buena. Vence el “mundo” entendido como esa lógica que nos roba el alma: la prisa, la superficialidad, el ego, la desesperanza, la comodidad que apaga los sueños grandes de Dios.

La fe vence al mundo cuando me permite decir cada mañana: “Señor, hoy vuelvo a empezar contigo.”

2. El Mesías que anuncia Isaías: una Iglesia en salida y con entrañas

Jesús lee: “El Espíritu del Señor está sobre mí… me ha enviado…”. La unción del Espíritu siempre termina en envío. Un cristiano sin envío es como una lámpara sin luz: puede ser bonita, pero no cumple su misión.

Y miremos el contenido del envío:

  • buena noticia para los pobres,
  • libertad a los cautivos,
  • vista a los ciegos,
  • liberar a los oprimidos,
  • proclamar un año de gracia.

Eso es el Evangelio: Dios tocando la vida real. La evangelización no consiste en ganar discusiones, sino en abrir caminos de gracia donde la gente respira angustia, culpa, soledad, pobreza, heridas familiares, adicciones, desesperanza. La Iglesia evangeliza cuando lleva a Cristo a esas fronteras del corazón humano.

Aquí caben nuestras vocaciones: la Iglesia necesita testigos, no solo organizadores. Necesita sacerdotes y consagrados enamorados de Cristo; matrimonios que evangelicen con su hogar; jóvenes valientes que digan “sí”; laicos con creatividad misionera; catequistas con paciencia; servidores con ternura.

3. El Salmo 72: evangelizar es sembrar justicia y esperanza

El salmo suplica por el rey justo: que defienda al pobre, rescate al oprimido, proteja al desvalido. En clave cristiana, ese Rey es Cristo. Y donde Cristo reina, brotan señales visibles: justicia, compasión y dignidad.

Evangelizar no es solo “hablar de Dios”, sino dejar que Dios transforme nuestras relaciones: cómo tratamos al débil, cómo administramos el poder, cómo miramos al distinto, cómo acompañamos al que sufre.

Por eso hoy oramos por la Obra evangelizadora de la Iglesia: para que no pierda el corazón del Evangelio; para que nuestras comunidades sean casa de misericordia y escuela de esperanza.

4. “Hoy” y Nazaret: el peligro de acostumbrarse a Jesús

Hay un detalle que no podemos ignorar: Jesús predica en su pueblo. Los que lo escuchan lo conocen: crecieron con Él. Y aquí aparece un riesgo espiritual muy común: acostumbrarse.
Acostumbrarse a la misa.
Acostumbrarse a la Palabra.
Acostumbrarse a los signos.
Acostumbrarse a “lo de siempre”.

Y entonces Jesús, en lugar de ser el Señor vivo, se vuelve “lo conocido”.
Pero el Evangelio grita: hoy. Hoy Dios no repite; hoy Dios cumple. Hoy Dios no es archivo; es presencia.

Aplicación vocacional: el “hoy” que llama

Si el “hoy” se cumple, entonces el “hoy” también llama. Tal vez, en esta Eucaristía, el Señor esté diciendo a alguien:

  • “Hoy te invito a volver a la oración con sinceridad.”
  • “Hoy te invito a reconciliarte.”
  • “Hoy te invito a servir en la comunidad.”
  • “Hoy te invito a considerar una vocación sacerdotal o consagrada.”
  • “Hoy te invito a tomar en serio la misión de tu bautismo.”

Las vocaciones nacen cuando alguien escucha, por dentro, una palabra que no grita, pero insiste con amor.

Oración final

Señor Jesús,
Tú que has proclamado en tu Iglesia un hoy de salvación,
despiértanos de la rutina que adormece el corazón.
Danos hambre de tu Palabra, alegría en la Eucaristía,
y valentía para anunciarte con la vida.

Te pedimos por la Obra evangelizadora de tu Iglesia:
purifica nuestras intenciones, renueva nuestras comunidades,
haznos cercanos a los pobres, a los heridos, a los que buscan sentido.

Y te suplicamos por las vocaciones:
llama, Señor, a sacerdotes santos;
suscita consagrados y consagradas con corazón de fuego;
fortalece a las familias para que sean semilleros de fe;
envía laicos misioneros, creativos y firmes.

Que no dejemos pasar tu tiempo favorable,
y que podamos decir, con gozo y verdad:
hoy tú has venido a nuestra casa. Amén.

 

2

 

El tiempo perfecto de Dios

 

1) Puerta de entrada: cuando Dios dice “ahora”

El Evangelio nos sitúa en un momento decisivo: Jesús vuelve a Galilea “con la fuerza del Espíritu” y su fama se extiende. Es el inicio de su ministerio público. Hay un “antes” y un “después”. Durante años, Jesús vivió en lo escondido; ahora, llega la hora de manifestarse.

Esto revela un rasgo precioso del actuar de Dios: su tiempo es perfecto. Hay etapas de silencio que no son pérdida; son gestación. Hay desiertos que no son castigo; son purificación. Y hay momentos en que el Espíritu “levanta el velo” y permite que lo trabajado en el corazón se vuelva misión, luz para otros.

2) “Regresó con el poder del Espíritu” (Lc 4,14): el Espíritu guía el ritmo de la vida

Lucas no dice que Jesús volvió “con ganas” o “con entusiasmo”, sino con el poder del Espíritu. La misión cristiana —y toda vocación— no nace primero del carácter, de la elocuencia o de la estrategia, sino de una docilidad: dejarse conducir.

Aquí aparece una pregunta fuerte para nosotros:
¿Estoy viviendo mi fe a mi modo, o a la manera del Espíritu?
Porque el Espíritu no solo impulsa; también detiene. No solo abre puertas; también nos llama a cerrar otras. A veces nos quiere en la plaza; a veces nos quiere en el desierto. A veces nos pone al frente; a veces nos esconde para sanar por dentro.

Y esto vale para la Iglesia: la Obra evangelizadora florece cuando no es puro activismo, sino obra del Espíritu. Evangelizar no es “hacer mucho”, sino dejar que Cristo haga en nosotros y a través de nosotros.

3) Primera lectura: el amor como origen de toda misión (1Jn 4,19–5,4)

San Juan coloca el cimiento: “Nosotros amamos porque Él nos amó primero.”
La evangelización se vuelve estéril cuando olvida esta frase. Si no nos sentimos amados, terminamos predicando con dureza, sirviendo con cansancio, corrigiendo con orgullo.

Y luego Juan añade: “Esta es la victoria que vence al mundo: nuestra fe.”
La fe vence el “mundo” entendido como esa lógica que apaga el corazón: la prisa, la superficialidad, el miedo, la desesperanza, el “no vale la pena”. La fe nos devuelve la mirada limpia para descubrir que Dios actúa, incluso cuando parece callado.

Por eso hoy pedimos vocaciones: porque una vocación auténtica es alguien que, por amor, se deja conducir por la fe… y no por la comodidad.

4) Salmo 72: el Mesías se reconoce por su compasión y justicia

El Salmo describe al rey ideal: defiende al pobre, rescata al oprimido, protege al débil. En Cristo, ese Rey se hace cercano. La evangelización verdadera siempre toca la vida real, especialmente de quienes cargan cruces.

Aquí hay un criterio para toda “manifestación” de Dios: si el Espíritu nos pone a la vista, no es para lucirnos, sino para servir. Si Dios te da palabra, es para consolar. Si te da liderazgo, es para levantar al que está caído. Si te da dones, es para que otros respiren esperanza.

La Iglesia no anuncia un espectáculo: anuncia un Reino que se nota en la misericordia.

5) El riesgo de Nazaret: buscar milagros y perder el Misterio (Lc 4,14-22a)

Alguien comentando este texto evangélico, lo subraya con realismo: al principio “todos hablaban bien de Él”, pero eso cambió cuando Jesús no se dejó reducir a un hacedor de prodigios. El corazón humano puede caer en una trampa: querer a Dios como solucionador inmediato, sin dejarlo ser Señor.

Nazaret quería el milagro como prueba, casi como truco. Jesús quería algo más profundo: convertir el corazón y revelar su identidad de Mesías.

Esto también nos pasa: podemos buscar signos y olvidar la obediencia. Podemos querer “sentir” y evitar cambiar. Podemos pedir que Dios se manifieste… pero solo si se manifiesta como yo quiero.

6) Aplicación vocacional: ¿etapa escondida o etapa pública?

La Palabra de hoy nos invita a discernir:

·        ¿Estoy en un tiempo de desierto, luchando tentaciones, ordenando mi vida, volviendo a la oración?

·        ¿Estoy en un tiempo de Nazaret, donde Dios me pide fidelidad en lo pequeño y cotidiano?

·        ¿O es un tiempo de Galilea, donde el Espíritu me impulsa a dar un paso visible de servicio, misión y testimonio?

Y algo importante: si Dios te hace “visible”, no esperes aplauso unánime. La gracia en ti incomoda a algunos, como Jesús incomodó en su pueblo. Habrá quienes se alegren… y habrá quienes te malinterpreten. El punto no es la reacción del público, sino la fidelidad al Espíritu.

7) Llamado final: evangelizar con paz y con valentía

Hoy oremos por la Obra evangelizadora de la Iglesia: para que sea más de Espíritu y menos de ansiedad; más de Evangelio y menos de marketing; más de santidad y menos de apariencia.

Y oremos por las vocaciones: que el Señor suscite servidores capaces de vivir el tiempo perfecto de Dios:

·        escondidos cuando toca sembrar,

·        visibles cuando toca cosechar,

·        humildes cuando toca callar,

·        valientes cuando toca hablar.

Oración final

Señor Jesús,
Tú volviste a Galilea con la fuerza del Espíritu,
en el tiempo señalado por el Padre.

Enséñanos a aceptar tus ritmos:
cuando nos llamas al silencio, al desierto, a la conversión;
y cuando nos llamas a la misión, a la entrega, al servicio visible.

Derrama tu Espíritu sobre tu Iglesia:
fortalece su obra evangelizadora,
suscita vocaciones santas y alegres,
y haznos testigos de tu Reino con humildad y valentía.

Jesús, en Ti confiamos. Amén.

 

3

 

1) Un comienzo que lo cambia todo: “Hoy”

El Evangelio nos pone en un momento decisivo: Jesús vuelve a Galilea “con la fuerza del Espíritu”, enseña en la sinagoga, y todos hablan bien de Él… hasta que abre el rollo, proclama la Palabra y declara: “Hoy se cumple esta Escritura”.

La fe cristiana no es nostalgia ni teoría: es un “hoy”. Dios no se queda en el recuerdo de Belén o en lo bonito de una celebración: Dios entra en la vida real y nos mira a los ojos con una misión concreta.

Y esa misión tiene un corazón: evangelizar, anunciar la Buena Noticia a los pobres, sanar, liberar, iluminar. Por eso hoy oramos por la Obra evangelizadora de la Iglesia y por las vocaciones: porque sin evangelización la Iglesia se apaga; y sin vocaciones la misión se queda sin manos, sin pies… y también sin voz.


2) Primera lectura: el amor no nace del esfuerzo, nace del encuentro

San Juan es contundente: “Nosotros amamos porque Él nos amó primero.”
Esto corrige un error muy común: creer que el cristianismo es “ser buena gente a la fuerza”, “cumplir”, “quedar bien con Dios”. No. El Evangelio comienza por una experiencia: ser amados primero.

Y de ese amor brota una consecuencia: la fe vence al mundo.
¿Qué significa “vencer al mundo”? No es aplastar a nadie. Es no vivir a merced de lo que el mundo impone:

  • la presión por aparentar,
  • el miedo al qué dirán,
  • la desesperanza,
  • la tentación de rendirse,
  • la lógica del “sálvese quien pueda”.

San Juan dice: la victoria es la fe, pero una fe que nace del amor recibido.

A veces sentimos que no tenemos fuerzas para amar. Y es verdad. Pero el amor cristiano no se fabrica: se recibe, se vuelve a recibir, se aprende de nuevo. Como una lámpara: no brilla por regañarla, brilla porque está conectada a la fuente.


3) Salmo 72: el Rey que salva, no el rey que aplasta

El salmo pinta el rostro del Mesías: defiende al pobre, rescata al oprimido, salva vidas, trae justicia y paz.
Esto es importantísimo: cuando Jesús anuncia su misión en Nazaret, no presenta un proyecto de poder, sino un proyecto de misericordia eficaz: una salvación que toca la vida concreta.

Evangelizar no es “llenar agendas” ni “ganar adeptos”: es hacer visible el reinado de Dios donde hay heridas, pobreza, soledad, pecado, opresión, desesperanza.


4) Evangelio: Jesús en Nazaret, la Palabra con nombre propio

Jesús lee Isaías:

  • “El Espíritu del Señor está sobre mí…”
  • “Me ha enviado a anunciar la Buena Noticia…”
  • “a proclamar liberación…”
  • “a dar vista…”
  • “a poner en libertad a los oprimidos…”

Y luego viene lo más fuerte: “Hoy”.

Aquí hay una clave para toda vocación: la vocación no es un gusto ni un capricho; es cuando la Palabra de Dios deja de ser “texto” y se vuelve llamada, y uno entiende: “Esto me toca. Esto me compromete. Esto tiene que pasar también por mi vida.”

Una anécdota sencilla

Dicen que a un joven le preguntaron: “¿Cómo supiste que era tu camino?” Y respondió: “No fue una voz del cielo. Fue que, cuando veía ciertas necesidades, algo dentro de mí decía: ‘no puedo pasar de largo’.”
Eso es muy evangélico. Muchas vocaciones nacen así: cuando el corazón ya no soporta ser indiferente.


5) ¿Por qué a veces la evangelización se vuelve pesada?

Porque intentamos hacer misión sin volver a la fuente.
Y la fuente es clara:

1.    El Espíritu (Jesús regresa “en el poder del Espíritu”).

2.    La Palabra (Jesús proclama la Escritura).

3.    Los pobres (destinatarios prioritarios).

4.    El hoy (la decisión concreta, no la teoría).

Cuando la misión pierde esto, se vuelve activismo: muchas cosas, poca unción; mucho ruido, poca paz; mucho cansancio, poca alegría.

Y aquí entra la primera lectura como medicina: “El que ama ha nacido de Dios.”
Evangelizar es, ante todo, amar en el estilo de Dios, y eso empieza por dejarnos amar por Él.


6) Intención orante: por la evangelización y las vocaciones

Hoy pidamos dos gracias muy concretas:

1) Por la Obra evangelizadora de la Iglesia

  • Que nuestras comunidades anuncien a Cristo con claridad y ternura.
  • Que la evangelización sea cercana, encarnada, compasiva.
  • Que no tengamos miedo de proponer la fe, con respeto, pero con convicción.

2) Por las vocaciones

  • Vocaciones sacerdotales y religiosas: para servir a la Palabra, a los sacramentos y a los pobres.
  • Vocaciones laicales fuertes: matrimonios santos, jóvenes valientes, catequistas, servidores, misioneros digitales, educadores en la fe.
  • Y por quienes están discerniendo: que escuchen el “hoy” de Dios sin pánico.

Porque la vocación no es una pérdida: es una forma de amar con todo el corazón.


7) Cierre: “Hoy” también en nosotros

Hermanos, en Nazaret Jesús dijo: “Hoy se cumple.”
En cada Eucaristía, el Señor vuelve a decirlo, no como recuerdo, sino como presencia:
Hoy te sana. Hoy te levanta. Hoy te envía.
Y si el mundo grita “no se puede”, la fe responde con San Juan: la fe vence al mundo, porque el Amor de Dios ya nos alcanzó primero.


Oración final (breve)

Señor Jesús, ungido por el Espíritu,
renueva en tu Iglesia el fuego de la evangelización.
Haznos enamorados de tu Palabra,
cercanos a los pobres, firmes en la fe y alegres en la esperanza.
Suscita vocaciones santas: sacerdotes según tu Corazón,
consagrados y consagradas como signo del Reino,
familias que sean Iglesia doméstica
y laicos valientes que anuncien tu nombre en el mundo.
Que también nosotros, hoy, dejemos que se cumpla tu Palabra. Amén.

7 de enero del 2026: miércoles después de la Epifanía- San Raimundo de Peñafort, presbítero- memoria libre


Santo del día:

San Raimundo de Peñafort

1175-1275

Jurista brillante y fraile humilde, San Raimundo de Peñafort puso su inteligencia al servicio del Evangelio y de la misericordia. Maestro en derecho civil y canónico, supo recordar a la Iglesia que la ley existe para salvar, no para aplastar. Dominico ferviente, fue confesor, predicador y misionero incansable, especialmente atento a quienes buscaban a Dios desde otras culturas y religiones.

Hombre de profunda vida interior, unió rigor y compasión, verdad y caridad. Acompañó conciencias, formó pastores y ayudó a la Iglesia a ordenar su vida jurídica para que fuera más evangélica. Su larga vida, fecunda hasta el final, es testimonio de una fe que no se endurece, sino que se deja modelar por el amor.



La vida eterna está dentro de nosotros

(1 Juan 4, 11-18) Permanecer en Dios como Dios permanece en nosotros: éste es el horizonte de toda vida cristiana. 

Una invitación a la interioridad para descubrir a Dios “más íntimo de nosotros mismos que nosotros mismos” (San Agustín), o “como una fuente que brota” en nuestro interior “hacia la vida eterna” (M. Zundel). 

¿No será esta experiencia, aunque sea pasajera, la que nos permitirá acceder “al amor que destierra el miedo”? Así que tomemos el tiempo para exponernos a la Palabra y regresar a Cristo mientras vivimos. 

Emmanuelle Billoteau, ermitaña

 


Primera lectura

​1 Jn 4, 11-18

Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros

Lectura de la primera carta del apóstol san Juan.

QUERIDOS hermanos, si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros.
A Dios nadie lo ha visto nunca. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud.
En esto conocemos que permanecemos en él, y él en nosotros: en que nos ha dado de su Espíritu. Y nosotros hemos visto y damos testimonio de que el Padre envió a su Hijo para ser Salvador del mundo.
Quien confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él, y él en Dios.
Y nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él.
Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él.
En esto ha llegado el amor a su plenitud con nosotros: en que tengamos confianza en el día del juicio, pues como él es, así somos nosotros en este mundo.
No hay temor en el amor, sino que el amor perfecto expulsa el temor, porque el temor tiene que ver con el castigo; quien teme no ha llegado a la plenitud en el amor.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 71, 1-2. 10-11. 12-13 (R.: cf. 11)

R. Se postrarán ante ti, Señor, todos los pueblos de la tierra.

V. Dios mío, confía tu juicio al rey,
tu justicia al hijo de reyes,
para que rija a tu pueblo con justicia,
a tus humildes con rectitud. 
R.

V. Los reyes de Tarsis y de las islas
le paguen tributo.
Los reyes de Saba y de Arabia
le ofrezcan sus dones;
póstrense ante él todos los reyes,
y sírvanle todos los pueblos. 
R.

V. Él librará al pobre que clamaba,
al afligido que no tenía protector;
él se apiadará del pobre y del indigente,
y salvará la vida de los pobres.
 R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Gloria a ti, Cristo, proclamado en las naciones; gloria a ti, Cristo, creído en el mundo. R.

 

Evangelio

Mc 6, 45-52

Lo vieron andar sobre el mar

Lectura del santo Evangelio según san Marcos.

DESPUÉS de haberse saciado los cinco mil hombres, Jesús enseguida apremió a los discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran hacia la orilla de Betsaida, mientras él despedía a la gente. Y después de despedirse de ellos, se retiró al monte a orar.
Llegada la noche, la barca estaba en mitad del mar y Jesús, solo, en tierra.
Viéndolos fatigados de remar, porque tenían viento contrario, a eso de la cuarta vigilia de la madrugada, fue hacia ellos andando sobre el mar, e hizo ademán de pasar de largo.
Ellos, viéndolo andar sobre el mar, pensaron que era un fantasma y dieron un grito, porque todos lo vieron y se asustaron.
Pero él habló enseguida con ellos y les dijo:
«Ánimo, soy yo, no tengan miedo».
Entró en la barca con ellos y amainó el viento.
Ellos estaban en el colmo del estupor, pues no habían comprendido lo de los panes, porque tenían la mente embotada.

Palabra del Señor.

 

1

 

1) “Permanecer” no es una idea: es una morada

La Primera Carta de Juan nos regala una de las frases más luminosas de toda la Escritura: “Dios es amor… y quien permanece en el amor permanece en Dios, y Dios en él” (cf. 1 Jn 4,16). Permanecer no es “pensar en Dios de vez en cuando”, ni “cumplir con un rito” como quien paga una cuota espiritual. Permanecer es habitar: dejar que Dios tenga casa en nosotros y que nuestro corazón se vuelva casa para Dios.

Y por eso, como dice alguien comentando este evangelio, con acierto: la vida eterna está dentro de nosotros, no como una fantasía, sino como una semilla viva: cuando Dios ama en nosotros, cuando su Espíritu nos sostiene, cuando su paz se abre paso en medio de la tormenta.

San Agustín lo dijo con una frase que todavía nos desnuda: Dios es “más íntimo a mí que yo mismo”. Y eso cambia todo: no estamos solos por dentro. Aunque haya cansancio, enfermedad, fragilidad, dudas… Dios no se va.


2) El salmo: la Epifanía del Reino es justicia que levanta al pobre

El Salmo 72(71) pinta el rostro del rey ideal, del Mesías:

·        hace justicia,

·        defiende al pobre,

·        socorre al desvalido,

·        libra al oprimido,

·        y su reinado se extiende hasta los confines.

Y el estribillo lo resume: “Lo adorarán todos los reyes, le servirán todas las naciones” (cf. v.11). Epifanía significa manifestación: el Rey se manifiesta… no por lujo, sino por misericordia; no por imponerse, sino por rescatar.

Esto es importantísimo para nuestra intención orante de hoy: cuando oramos por los enfermos, no pedimos un “milagro de espectáculo”, sino la visita del Rey verdadero: el que se inclina, el que sostiene, el que dignifica, el que acompaña, el que salva por dentro y, si es su voluntad, también por fuera.


3) El Evangelio: la tormenta revela lo que hay en el corazón

En Marcos 6,45-52 ocurre algo muy humano: los discípulos están en la barca, de noche, con viento contrario. Reman, se esfuerzan… y no avanzan. A veces así es la vida: mucho remar y poco progreso. Y entonces Jesús viene hacia ellos caminando sobre el agua.

Pero hay un detalle decisivo: no lo reconocen; piensan que es un fantasma, se asustan. Jesús les dice:
“¡Ánimo! Soy yo. No teman.”

Aquí se unen de manera preciosa el Evangelio y la carta de Juan: “El amor perfecto expulsa el miedo” (1 Jn 4,18). No es que el cristiano no sienta miedo. Es que el miedo ya no manda. Cuando Jesús se hace presente, el miedo deja de ser rey.

Y Marcos añade una frase que es casi una radiografía: “No habían entendido lo de los panes; su corazón estaba endurecido.” Es decir: el problema no era la tormenta; el problema era la lectura interior. El cansancio, la presión, la oscuridad… pueden endurecer el corazón hasta volverlo desconfiado, cerrado, incapaz de reconocer a Jesús incluso cuando viene a salvar.


4) Una clave psicológica y espiritual: el miedo achica la realidad

El miedo tiene una estrategia: te encierra. Te hace mirar solo el viento, solo el dolor, solo el diagnóstico, solo la incertidumbre. El miedo “achica” el horizonte: ya no se ve la Providencia, ni los signos de amor, ni las personas que ayudan, ni las pequeñas luces.

Por eso la invitación hoy es tan pastoral: volver a la interioridad, exponernos a la Palabra, regresar a Cristo mientras vivimos. Porque la Palabra no es información: es presencia. Y cuando uno se deja alcanzar por esa presencia, aparece una certeza serena: “No estoy a merced del viento: estoy en manos de Dios.”


5) Para los enfermos: Jesús no solo calma el mar, también habita el dolor

Hoy oramos por los enfermos. Y conviene decirlo con ternura y verdad: a veces Jesús calma la tormenta; otras veces no la quita de inmediato, pero hace algo igual o más profundo: se sube a la barca. Entra en la noche. Se hace compañero.

Hay enfermos que nos enseñan una santidad silenciosa: no porque no sufran, sino porque, aun sufriendo, se agarran a esa frase: “Soy yo. No temas.” Y entonces pasa lo que dice san Juan: el amor de Dios no elimina todo, pero expulsa el terror, la desesperación, la soledad sin sentido.

Y ahí sí entendemos la frase: la vida eterna está dentro de nosotros… porque la vida eterna es Jesús viviendo en el alma, aun cuando el cuerpo esté débil.


6) Llamado concreto para hoy

1.    Haz un acto de permanencia: hoy, aunque sea breve, dile al Señor: “Quédate en mí; habita mi corazón.”

2.    Nombra tu miedo delante de Cristo: no lo maquilles. Díselo en oración: “Señor, me asusta esto…”

3.    Visita o acompaña a un enfermo (si puedes): una llamada, un mensaje, una oración. Serás epifanía del Rey del Salmo: el que socorre al débil.

4.    Repite durante el día como jaculatoria: “Jesús, Tú estás aquí. No temeré.”


7) Oración final (por los enfermos)

Señor Jesús,
Tú que viniste a los tuyos en la noche,
cuando el viento era contrario y el corazón estaba cansado,
ven también hoy a la barca de nuestros enfermos.

Entra en sus habitaciones,
siéntate junto a su cama,
toma su mano cuando la soledad apriete,
y susúrrales al oído: “Soy yo. No temas.”

Rey justo y misericordioso,
defensor del pobre y del que sufre,
derrama tu paz sobre sus cuerpos
y, sobre todo, sobre su interior:
que tu amor expulse el miedo
y encienda dentro de ellos la vida eterna que no se apaga.

Amén.

 

2

 

1) Puerta de entrada: una frase que sostiene la vida

Hay palabras que no solo se escuchan: se abrazan. En medio del oleaje, Jesús lanza a los suyos una frase que debería quedar escrita en la cabecera del alma:
“¡Ánimo! Soy yo. No tengan miedo.”

No es una consigna de optimismo barato. Es una presencia. Jesús no grita desde la orilla; se acerca, camina sobre aquello que nos amenaza y, finalmente, sube a la barca. A veces, lo más milagroso no es que el viento se calme, sino que Dios se meta en la tormenta con nosotros.

Hoy, de manera especial, esta palabra es pan para los enfermos: para quienes sienten miedo ante un diagnóstico, una recaída, un tratamiento largo o una soledad que pesa. Jesús no viene a regañar el temor; viene a destronarlo con su cercanía.


2) Mirada bíblica: del mar oscuro al corazón endurecido

El Evangelio es muy realista: los discípulos ven a Jesús caminar sobre el mar y se llenan de miedo. Y Marcos añade un detalle que duele y cura:
“No habían entendido lo de los panes… al contrario, su corazón estaba endurecido.”

Esto nos revela algo decisivo: el problema no era solo el viento, sino la comprensión interior de Dios. Uno puede haber visto milagros, haber escuchado homilías, haber servido en la misión… y aun así conservar un corazón endurecido si Dios no ha pasado de la cabeza al corazón.

Por eso la Primera Carta de Juan hoy nos da la clave: “El amor perfecto expulsa el miedo” (1 Jn 4,18). No dice: “el conocimiento perfecto expulsa el miedo”, ni “la fuerza de voluntad perfecta…”. Dice: el amor. Cuando el amor de Dios entra a fondo, el miedo pierde su imperio.


3) ¿Qué significa “Soy yo”? El Nombre que se hace cercano

Cuando Jesús dice: “Soy yo”, no está diciendo simplemente “tranquilos, soy Jesús”. Está revelando algo más hondo: Dios está aquí. El “Yo Soy” del Dios vivo, el Dios que no se ausenta, el Dios que no abandona, el Dios que se hace presente en la noche.

Y aquí se juega el endurecimiento del corazón: un corazón endurecido tiende a creer que Dios está lejos, que llega tarde, que no entiende, que no ve, que no le importa. En cambio, la fe cristiana se atreve a decir, incluso con lágrimas: “Aunque sea de noche, Él viene; aunque haya viento contrario, Él se acerca.”


4) Clave pastoral y psicológica: del miedo que encierra al coraje que libera

…Muchas cosas pueden llevarnos al miedo, la preocupación obsesiva, la tristeza profunda e incluso la desesperanza. Y es verdad: el miedo nos encierra, nos hace rumiar, anticipar tragedias, perder el sueño, desconfiar de todos… hasta desconfiar de Dios.

El Evangelio propone un camino simple y exigente: escuchar a Jesús mirándonos a los ojos. El coraje cristiano no consiste en “no sentir”, sino en no entregarle el timón al miedo. El coraje nace cuando la presencia de Cristo pesa más que la tormenta.

Aquí es donde 1 Juan vuelve a iluminar: si “Dios permanece en nosotros”, entonces nuestra vida interior no es un cuarto vacío. Y cuando el interior deja de estar vacío, la ansiedad ya no manda como antes. No desaparece todo de golpe, pero se desinfla el pánico. Se abre espacio para respirar.


5) El símbolo: mar, viento y barca… y la Iglesia como hogar en el caos

El pasaje está cargado de símbolos:

·        el mar: el mundo con sus incertidumbres;

·        el viento y las olas: el caos, lo imprevisto, la prueba;

·        la barca: la comunidad, la Iglesia, nuestra historia compartida;

·        la noche: esos momentos en que no vemos, no entendemos, no sentimos.

Jesús camina sobre el agua: domina aquello que nos domina. Y sube a la barca: no abandona a los suyos. El Señor no promete una vida sin olas; promete su presencia y su paz. La paz cristiana no siempre es silencio afuera; muchas veces es calma adentro.


6) Aplicación directa: una palabra para los enfermos y quienes los cuidan

Hoy oramos por los enfermos: por los que están en casa, en hospital, en tratamientos; por los que viven dolores visibles y también los invisibles: ansiedad, depresión, agotamiento, duelo.

A ellos el Señor les dice:
“¡Ánimo! Soy yo. No tengas miedo.”

Y a quienes cuidan —familiares, médicos, enfermeras, amigos— el Señor les recuerda: sean barca, sean hombro, sean oración. A veces la caridad es el modo concreto en que Jesús sube a la barca.

Porque el Salmo 72(71) nos revela el estilo del Rey-Mesías: defiende al pobre, salva al necesitado, se inclina ante el débil. Ese es el “reinado” que celebramos: el reinado de la compasión.


7) Compromisos concretos para hoy

1.    Repite durante el día, con calma: “Jesús, Tú estás aquí. Soy tuyo. No temeré.”

2.    Nombra tu tormenta en oración: no la ocultes. Dile: “Señor, mi viento contrario es…”

3.    Haz un gesto por un enfermo: una visita, un audio, una oración en familia, una ayuda práctica.

4.    Abre el corazón: pide al Señor que ablande lo endurecido: resentimientos, desconfianzas, cansancios viejos.


8) Oración final

Señor Jesús,
cuando el mar se agita y mi corazón se asusta,
haz que escuche tu voz por encima del viento:
“Soy yo. No tengas miedo.”

Tú eres el Dios vivo, el “Yo Soy”,
capaz de calmar toda tormenta,
sanar toda herida,
y sostener toda debilidad.

Te encomiendo a nuestros enfermos:
dales alivio, paciencia, esperanza y paz;
fortalece a quienes los cuidan;
y que tu amor, que permanece en nosotros,
expulse el miedo y haga renacer la confianza.

Jesús, en Ti confío.
Amén.

 

 

7 de enero

San Raimundo de Peñafort, presbítero—Memoria libre
En Canadá se celebra como memoria libre el 8 de enero.

1175–1275
Santo patrono de los abogados, canonistas y bibliotecarios de historias clínicas
Canonizado por el papa Clemente VIII el 29 de abril de 1601

 


Cita:

Mira, pues, a Jesús, Autor y Conservador de la fe: en absoluta inocencia padeció, y a manos de los que eran suyos, y fue contado entre los malvados. Cuando bebas el cáliz del Señor Jesús (¡qué glorioso es!), da gracias al Señor, dador de toda bendición.
~De una carta de san Raimundo


Reflexión

Tenía cien años cuando murió, y su legado e influencia han perdurado durante muchos siglos más. San Raimundo fue evangelizador de corazón, pero por oficio fue educador, jurista, canonista, organizador, predicador y penitente. Sirvió a la Iglesia de numerosas maneras a lo largo de sus cien años de vida.

Raimundo nació en el seno de una familia noble, en un pequeño pueblo cerca de Barcelona, España. Recibió una excelente educación y comenzó a enseñar filosofía a los veinte años. Ya en la treintena obtuvo el doctorado tanto en derecho civil como en derecho canónico, convirtiéndose durante varios años en un profesor admirado. Sus dones no tardaron en ser reconocidos por muchos, santos y pecadores por igual. Entre los pecadores estaba el rey de Aragón; entre los santos, el obispo de Barcelona e incluso el mismo papa.

Cuando Raimundo todavía era seglar, el obispo de Barcelona se enteró de su brillantez y de su excelente reputación como profesor en Bolonia, Italia. El obispo lo llamó de regreso a España para que fuera arcediano, vicario general y oficial en su diócesis de origen. Poco después, ya en la cuarentena, Raimundo ingresó en la Orden Dominicana y comenzó su vida como fraile. Como dominico, adquirió fama de humilde, obediente y fervoroso en su devoción y servicio a los demás, especialmente a los pobres. Cuando pidió a sus superiores que le impusieran alguna penitencia para poder imitar más plenamente a su Señor —humilde y obediente hasta la muerte—, los superiores le dieron la penitencia de redactar un manual para sacerdotes que les ayudara a ser mejores confesores. El padre Raimundo compuso así un magnífico manual de teología moral para confesores, uno de los primeros de su tipo. Además de escribir sobre la Confesión, el P. Raimundo llegó a ser conocido como un gran confesor.

Entre sus penitentes se encontraba el rey de Aragón. Cuenta la leyenda que, en cierta ocasión, el rey llevó al P. Raimundo en un viaje a la isla de Mallorca. Aunque el rey era un buen hombre, sufría de la debilidad de pecar con mujeres. El padre Raimundo lo enfrentó después de que el rey se negara a abandonar ese pecado. Entonces el padre Raimundo pidió permiso para regresar a Barcelona. El rey se lo negó. Ante eso, se dice que el santo extendió su capa sobre el mar, subió a su “nave” y navegó rápidamente sobre el agua hasta la España continental con velocidad fulgurante.

En la cincuentena, el P. Raimundo fue llamado a Roma por el papa Gregorio IX y recibió la monumental tarea de organizar los numerosos decretos legales de la Iglesia en una sola colección, algo que no se había hecho en ochenta años. Tres años y cinco volúmenes después, las Decretales quedaron terminadas y fueron publicadas por el papa. Se convirtieron en la base del derecho canónico de la Iglesia durante los siglos venideros.

El papa quedó tan complacido con el P. Raimundo que lo nombró arzobispo de Tarragona, en España. El padre Raimundo, cuyo único deseo era ser un fraile humilde, suplicó al papa que lo dispensara de ese nombramiento. Por divina providencia, el P. Raimundo enfermó gravemente antes de ser ordenado obispo, lo cual ayudó a convencer al papa para permitirle seguir siendo un fraile humilde y regresar a su hogar.

Tres años más tarde, ya en los primeros años de su sesentena, el P. Raimundo fue elegido tercer Maestro General de la Orden Dominicana. Ocupó el cargo solo durante dos años, antes de retirarse y volver a la vida de fraile humilde.

Por fin el padre Raimundo pudo hacer lo que amaba. Predicaba, evangelizaba, catequizaba y escuchaba confesiones. Se sentía especialmente llamado a predicar a judíos y musulmanes, y ayudó a establecer escuelas donde sus hermanos frailes pudieran aprender hebreo y árabe para evangelizar mejor a estos no cristianos. Para apoyar esta labor, animó a otro futuro santo, santo Tomás de Aquino, a escribir una de sus obras mayores, Contra los gentiles, para ofrecer un fundamento teológico a esa evangelización. Cuando el P. Raimundo estaba en los primeros años de su ochentena, escribió una carta a su Maestro General afirmando que 10.000 musulmanes habían sido convertidos y bautizados gracias a sus esfuerzos evangelizadores.

En su lecho de muerte fue visitado por príncipes, princesas, dos reyes y una reina. Oraba y ayunaba continuamente, e incluso se atribuyeron milagros a su intercesión. Ahora descansa en el Cielo, mientras su cuerpo permanece en la Catedral de Barcelona, España.


Oración

San Raimundo, tus numerosos dones fueron reconocidos por muchos, pero por encima de todo no buscaste reconocimiento, sino la humildad y la salvación de las almas. Te ruego que intercedas por mí, para que siempre ponga mis dones al servicio de Dios y obedezca sus santos mandatos con perfección y amor.
San Raimundo de Peñafort, ruega por mí.
Jesús, en Ti confío.

 

8 de enero del 2026: jueves después de la Epifanía del Señor

Hoy (Lc 4, 14-22a) Descubrir que nuestro hoy es “el tiempo favorable”, como lo dice Pablo (cf. 2 Co 6,2), puede sacarnos de la modorra q...