lunes, 9 de febrero de 2026

9 de febrero del 2026: lunes de la quinta semana del tiempo ordinario-II

 

Un santo abrigo

Deslumbrado por su proeza arquitectónica, fascinado por la pompa de los rituales “sagrados”, Salomón se imagina haber construido para el Eterno una morada “eterna”. Dios, dócil a la invitación, toma posesión del lugar que, desde ahora, por un tiempo solamente, albergará su santidad. En Jesús, templo nuevo y definitivo, esa santidad recupera su libertad y sale al encuentro de los hombres en sus caminos, bajo la forma de una vida de santidad contagiosa.

Jean-Marc Liautaud, Fondacio

 


 

Primera lectura

1 Re 8, 1-7. 9-13

Acarrearon el Arca de la Alianza al Santo de los Santos, y la nube llenó el templo del Señor

Lectura del primer libro de los Reyes.

EN aquellos días, congregó Salomón a los ancianos de Israel en Jerusalén —todos los jefes de las tribus y los cabezas de familia de los hijos de Israel ante el rey—, para hacer subir el Arca de la Alianza del Señor desde la ciudad de David, Sion.
En torno al rey Salomón se congregaron todos los varones de Israel. En el mes de etanín, el mes séptimo, por la fiesta, vinieron todos los ancianos de Israel y los sacerdotes condujeron el Arca e hicieron subir el Arca del Señor y la Tienda del Encuentro, con todos los objetos sagrados que había en ella.
El rey Salomón y todo Israel, la comunidad de Israel reunida en torno a él ante el Arca, sacrificaron ovejas y bueyes en número no calculable ni contable.
Los sacerdotes acarrearon el Arca de la Alianza del Señor al santuario del templo, el Santo de los Santos, a su lugar propio bajo las alas de los querubines. Estos extendían sus alas sobre el lugar del Arca, cubriendo el Arca y sus varales.
No había en el Arca más que las dos tablas de piedra que Moisés depositó allí en el Horeb: las tablas de la alianza que estableció el Señor con los hijos de Israel cuando salieron
de la tierra de Egipto.
Cuando salieron los sacerdotes del santuario —pues ya la nube había llenado el templo del Señor—, no pudieron permanecer ante la nube para completar el servicio, ya que la gloria del Señor llenaba el templo del Señor.
Dijo entonces Salomón:
«El Señor puso el sol en los cielos,
mas ha decidido habitar en densa nube.
He querido erigirte una casa para morada tuya,
un lugar donde habites para siempre».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 131, 6-7. 8-10 (R.: 8a)

R. ¡Levántate, Señor, ven a tu mansión!

V. Oímos que estaba en Efratá,
la encontramos en el Soto de Jaar:
entremos en su morada,
postrémonos ante el estrado de sus pies.
 R.

V. Levántate, Señor, ven a tu mansión,
ven con el arca de tu poder:
que tus sacerdotes se vistan de justicia,
que tus fieles vitoreen.
Por amor a tu siervo David,
no niegues audiencia a tu Ungido. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Jesús proclamaba el evangelio del reino, y curaba toda dolencia del pueblo. R.

 

Evangelio

Mc 6, 53-56

Los que lo tocaban se curaban

Lectura del santo Evangelio según san Marcos.

EN aquel tiempo, terminada la travesía, Jesús y sus discípulos llegaron a Genesaret y desembarcaron.
Apenas desembarcados, lo reconocieron y se pusieron a recorrer toda la comarca; cuando se enteraba la gente dónde estaba Jesús, le llevaba los enfermos en camillas.
En los pueblos, ciudades o aldeas donde llegaba colocaban a los enfermos en la plaza y le rogaban que les dejase tocar al menos la orla de su manto; y los que lo tocaban se curaban.

Palabra del Señor.

 

**********


Homilía

 

Hay algo profundamente humano —y, a la vez, profundamente religioso— en el deseo de “darle casa a Dios”. Construirle un templo, reservarle un lugar, asegurarle un espacio… Como si lo eterno necesitara paredes para no escaparse; como si lo sagrado dependiera de nuestras columnas para seguir siendo sagrado. Eso es lo que asoma en el corazón de Salomón: un orgullo no necesariamente malo, pero sí peligroso: pensar que, por la grandeza de la obra, Dios queda “instalado” para siempre y, de algún modo, “a buen recaudo” en lo que hemos levantado.

1. “He construido una casa para tu Nombre…”

La primera lectura nos presenta un momento solemne: el arca de la alianza es llevada al santuario; la nube —signo de la Presencia— llena el templo; y Salomón proclama: “He construido una casa como morada para ti” (cf. 1R 8). Es emocionante: Dios acepta habitar en medio de su pueblo. Pero también es una lección: Dios se deja “recibir”, sí… pero no se deja “poseer”.

Por eso el salmo pone en nuestros labios una súplica humilde, no un trofeo: “Levántate, Señor, ven a tu reposo” (Sal 132). Es decir: Señor, ven… porque sin ti, el templo es solo edificio; con tu presencia, hasta una casa pobre se vuelve santuario.

Y aquí aparece la primera luz para nuestra intención orante por los difuntos: los seres queridos que ya partieron también fueron —en su vida— “templos” frágiles. Su cuerpo fue morada de un alma amada por Dios. Y ahora, al entregarlos al Señor, confesamos que la última casa no la construimos nosotros: la prepara Él. Nuestra esperanza no está en la piedra, sino en la fidelidad de Dios.

2. Jesús: el templo que camina

El Evangelio es, en apariencia, sencillo: Jesús llega a Genesaret, la gente lo reconoce, corren, traen enfermos, suplican tocar siquiera el borde de su manto… y “todos los que lo tocaban quedaban curados” (Mc 6,53-56). Pero aquí hay una revolución silenciosa: la santidad ya no está “encerrada” en un lugar al que hay que ir; la santidad sale al camino. Ya no es el pueblo el que sube al templo para buscar a Dios; es Dios quien baja a la historia y se deja encontrar en el camino, en la plaza, en la casa, en la camilla del enfermo, en la orilla del lago.

Alguien lo dice: en Jesús, la santidad recupera su libertad. ¡Qué imagen! Como si lo santo se negara a quedarse inmóvil detrás de muros, y decidiera volverse cercano, accesible, “tocable”. Por eso en el Evangelio aparece tanto el cuerpo: tocar, acercarse, poner, traer, curar. Dios no se avergüenza de nuestra carne, ni de nuestras heridas: se deja tocar por nuestra fe y nos toca con su misericordia.

Y esto también ilumina nuestra oración por los fieles difuntos: creemos que no han caído en la nada, sino en manos de un Dios vivo. El mismo Jesús que caminaba por Genesaret, que se dejó tocar y sanó, es el que hoy los “toma” para sí, los purifica, los restaura, los conduce a la plenitud.

3. Una “santidad contagiosa”

Hay contagios que enferman y contagios que salvan. En este Evangelio, la santidad de Jesús es contagiosa: donde Él llega, la esperanza se enciende; donde Él pasa, la vida se levanta; donde Él se deja tocar, la muerte retrocede. Y aquí hay una pregunta pastoral inevitable: ¿qué es lo que “contagiamos” nosotros?

  • ¿Contagiamos fe o cansancio?
  • ¿Contagiamos paz o amargura?
  • ¿Contagiamos misericordia o juicio?

La Iglesia, en el fondo, existe para esto: no para exhibir edificios o ritos como si fueran fin en sí mismos, sino para llevar a Cristo vivo a los caminos del hombre, y dejar que su santidad toque la carne real de la gente: sus miedos, sus duelos, sus enfermedades, sus soledades.

Por eso, cuando oramos por nuestros difuntos, la oración no es un trámite piadoso: es un acto de amor y de fe. Es decirles: no estás solo; sigues en el corazón de la Iglesia; tu nombre sigue siendo pronunciado ante Dios. Y es decirle a Dios: Señor, yo no puedo atravesar la frontera de la muerte, pero tú sí; yo no puedo sanar del todo, pero tú sí; yo no puedo dar eternidad, pero tú sí.

4. Para aterrizarlo en la vida

Me quedo con tres invitaciones concretas para hoy:

1.    No “encierres” a Dios. Búscalo en el templo, sí —porque aquí lo celebramos y lo adoramos—, pero también encuéntralo en el camino: en el enfermo, en el pobre, en el familiar difícil, en el que está solo.

2.    Toca a Jesús con fe. En la Eucaristía, en la Palabra, en la oración simple: “Señor, si tú quieres, puedes…”. A veces pedimos soluciones grandes; el Evangelio nos enseña la humildad de un gesto: “déjame tocar el borde”.

3.    Recuerda a tus difuntos con esperanza. No solo con nostalgia. La nostalgia mira hacia atrás; la esperanza mira hacia arriba. Pon sus nombres en manos de Dios; ofrece una misa; haz una obra de caridad por ellos; reconcíliate con alguien por amor a ellos. Eso también es “santidad contagiosa”.


Oración final (por los fieles difuntos)

Señor Jesús,
Templo vivo del Padre, presencia que camina con nosotros,
hoy te confiamos a nuestros fieles difuntos.
Tú conoces sus luchas, sus cansancios, sus caídas y sus anhelos.
Si en la vida te tocaron con fe —aunque fuera apenas el borde de tu manto—,
ahora tócalos tú con la plenitud de tu misericordia.

Dales descanso en tu paz,
purifica en tu amor lo que quedó incompleto,
y condúcelos a la casa verdadera que no se derrumba:
tu Corazón.
Amén.

 

 

sábado, 7 de febrero de 2026

8 de febrero del 2026: Quinto domingo del tiempo ordinario- ciclo A

 

Sal y luz

El Evangelio de hoy forma parte del discurso de Jesús en la montaña. Sigue al Evangelio de las Bienaventuranzas, que es una llamada a la felicidad: «¡Felices ustedes!».
A los discípulos reunidos a su alrededor para escucharlo, el Señor no les dice: «Conviértanse en la sal de la tierra… conviértanse en la luz del mundo». Les dice: «Ustedes son la sal de la tierra… ustedes son la luz del mundo».
Es decir, en el corazón de este mundo, son los granos de sal que revelan a cada hombre y a cada mujer el sabor de la vida, el gusto de ser discípulos del Señor Jesús.

En el relato de los comienzos, en el libro del Génesis, se nos cuenta que la primera palabra de Dios fue para hacer surgir la luz: «“Que exista la luz”. Y la luz existió. Dios vio que la luz era buena» (Gn 1,3-4).

El Señor nos llama a compartir lo que Él mismo es: «Yo soy la luz del mundo. El que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida» (Jn 8,12).

Ser la luz de Cristo es “estar con Él” y actuar a su manera: compartir nuestro pan con el que tiene hambre, acoger en nuestra casa a los pobres sin techo, cubrir al que no tiene vestido, no desentendernos de nuestro semejante. Entonces —dice el profeta Isaías— nuestra luz brotará como la aurora.

El apóstol Pablo lo afirma: los hombres y mujeres de este mundo que vean esta luz en nosotros darán gloria a nuestro Padre que está en los cielos.

¿He hecho la experiencia de dar gloria al Padre acogiendo en mi vida a los más pobres?
¿Soy consciente de estar llamado, como discípulo de Jesús, a ser sal de la tierra y luz del mundo?

Anne Da, xavière


 

Primera lectura

Is 58, 7-10
Surgirá tu luz como la aurora

Lectura del libro de Isaías

ESTO dice el Señor:
«Parte tu pan con el hambriento,
hospeda a los pobres sin techo,
cubre a quien ves desnudo
y no te desentiendas de los tuyos.
Entonces surgirá tu luz como la aurora,
enseguida se curarán tus heridas,
ante ti marchará la justicia,
detrás de ti la gloria del Señor.
Entonces clamarás al Señor y te responderá;
pedirás ayuda y te dirá: “Aquí estoy”.
Cuando alejes de ti la opresión,
el dedo acusador y la calumnia,
cuando ofrezcas al hambriento de lo tuyo
y sacies al alma afligida,
brillará tu luz en las tinieblas,
tu oscuridad como el mediodía».

Palabra de Dios.


Salmo

Sal 111, 4-5. 6-7. 8a y 9 (R.: cf. 4a)

R. El justo brilla en las tinieblas como una luz.

O bien:

R. Aleluya.

V. En las tinieblas brilla como una luz
el que es justo, clemente y compasivo.
Dichoso el que se apiada y presta,
y administra rectamente sus asuntos. 
R.

V. Porque jamás vacilará.
El recuerdo del justo será perpetuo.
No temerá las malas noticias,
su corazón está firme en el Señor. 
R.

V. Su corazón está seguro, sin temor.
Reparte limosna a los pobres;
su caridad dura por siempre
y alzará la frente con dignidad. 
R.


Segunda lectura

1 Cor 2, 1-5

Les anuncié el misterio de Cristo crucificado

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios

YO mismo, hermanos, cuando vine a ustedes a anunciarles el misterio de Dios, no lo hice con sublime elocuencia o sabiduría, pues nunca entre ustedes me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y este crucificado.
También yo me presenté a ustedes débil y temblando de miedo; mi palabra y mi predicación no fue con persuasiva sabiduría humana, sino en la manifestación y el poder del Espíritu, para que su fe no se apoye en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios.

Palabra de Dios.


Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.


V. Yo soy la luz del mundo —dice el Señor—; el que me sigue tendrá la luz de la vida. R.


Evangelio

Mt 5, 13-16

Ustedes son la luz del mundo

Lectura del santo Evangelio según san Mateo

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán?
No sirve más que para tirarla y que la pise la gente.
Ustedes son la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte.
Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa.
Brille así su luz ante los hombres, para que vean sus buenas obras y den gloria a su Padre que está en los cielos».

Palabra del Señor.

 

1

 

“Ustedes son: identidad, no tarea”

 

Queridos hermanos,

El Evangelio de hoy se sitúa inmediatamente después de las Bienaventuranzas. Jesús acaba de proclamar: «Felices ustedes», y sin dar tiempo a que esa felicidad se vuelva abstracta, la traduce en identidad y misión:
«Ustedes son la sal de la tierra… ustedes son la luz del mundo».

Jesús no dice: “esfuércense por llegar a ser”, ni “algún día, si lo hacen bien”.
Dice algo mucho más exigente y, al mismo tiempo, más consolador:
👉 ustedes ya lo son.

1. No “convertirse”, sino “vivir lo que somos”

Aquí está el punto decisivo del Evangelio de hoy.
La fe cristiana no comienza con una lista de tareas, sino con una identidad recibida.
Somos sal y somos luz porque hemos sido llamados, reunidos y enviados por Cristo.

El problema no es que no sepamos qué hacer; el problema es cuando olvidamos quiénes somos.
Un cristiano no pierde su misión cuando fracasa, sino cuando se acostumbra a vivir como si no fuera diferente, como si su fe no tuviera sabor ni brillo.

2. La luz: una historia que comienza en Dios

La primera palabra de Dios en la Biblia no fue una orden moral, sino un acto creador:
«Que exista la luz».

Antes de que existiera el pecado, antes de la ley, antes incluso del ser humano… existió la luz.
Y Jesús retoma esa historia cuando dice:
«Yo soy la luz del mundo».

Por eso, ser luz no es producir algo propio, sino reflejar una presencia.
El cristiano no ilumina porque sea perfecto, sino porque está con Cristo. La luz no es nuestra; pasa a través de nosotros.

3. Isaías: cuando la fe se vuelve concreta (Is 58)

Isaías pone los pies en la tierra. No habla de teorías ni de emociones religiosas. Habla de gestos:

  • compartir el pan con el hambriento,
  • acoger al pobre sin techo,
  • vestir al desnudo,
  • no desentenderse del hermano.

Y entonces aparece la promesa:
«Tu luz brotará como la aurora».

Fijémonos bien:
👉 la luz no brota antes, brota después del gesto de misericordia.
La fe que no se hace concreta se vuelve opaca.
La fe que se hace caridad se vuelve luminosa.

4. San Pablo: menos brillo humano, más poder de Dios (1 Co 2)

Pablo confiesa que no quiso apoyarse en discursos brillantes ni en estrategias persuasivas.
¿Por qué?
Porque la fe no nace del impacto del predicador, sino de la fuerza de Dios.

Esto es una llamada muy actual para la Iglesia:
no estamos llamados a impresionar, sino a transparentar;
no a deslumbrar, sino a iluminar;
no a ocupar el centro, sino a conducir al Padre.

5. El fruto: dar gloria al Padre

Jesús es claro:
«Que vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre que está en los cielos».

El criterio es sencillo y exigente:
si después de vernos, la gente habla más de nosotros que de Dios, algo no va bien.
La luz cristiana no busca aplausos; busca conducir a Dios.

6. Preguntas que nos deja el Evangelio

  • ¿He hecho la experiencia de dar gloria al Padre acogiendo a los más pobres en mi vida concreta?
  • ¿Soy consciente de que ser discípulo de Jesús implica ser sal y luz en el corazón del mundo, no al margen de él?

No se trata de hacer cosas extraordinarias, sino de vivir de manera extraordinaria lo ordinario:
una palabra justa, una ayuda silenciosa, una presencia fiel, un pan compartido, una puerta abierta.

7. Conclusión

Hermanos,
la sal no hace ruido, pero cambia el sabor.
La luz no se impone, pero vence la oscuridad.

Jesús hoy no nos da una tarea más:
👉 nos recuerda quiénes somos.

Pidámosle la gracia de no perder el sabor del Evangelio
y de no esconder la luz que Él ha encendido en nosotros.

Amén.

 

2

 

1) Puerta de entrada

Hermanos, el Evangelio de hoy trae una palabra breve, casi cortante: “Ustedes son la sal de la tierra” (Mt 5,13). Y enseguida una advertencia que inquieta: “si la sal se vuelve sosa…”.
¿Cómo puede la sal perder su sabor? La experiencia cotidiana nos dice que la sal es estable. Pero Jesús no habla de química: habla de vida espiritual.

Se dice que en Palestina la “sal” que se obtenía del entorno del Mar Muerto venía mezclada con minerales; si se almacenaba mal o se humedecía, lo verdaderamente “salado” podía disolverse y quedar un residuo que parecía sal… pero ya no servía para nada.

Esa imagen es durísima y real: parecer cristianos, tener apariencia de sal… pero haber perdido lo esencial.


2) Clave bíblica: ¿qué significa ser “sal”?

Jesús, después de proclamar las Bienaventuranzas, nos revela que el discípulo está llamado a ser tres cosas en el mundo:

1.    Sabor (dar gusto a la vida)

2.    Conservación (preservar de la corrupción)

3.    Pureza/consagración (ofrecer a Dios un mundo más santo)

No son ideas abstractas: se aterrizan en las lecturas de hoy.


3) La sal que da sabor: el Evangelio como alegría y verdad

La primera función de la sal es dar sabor.
El mundo puede quedar insípido cuando se vive sin horizonte, sin sentido, sin verdad, sin esperanza. El discípulo de Jesús está llamado a poner “sabor” con la verdad del Evangelio y la alegría de pertenecer a Cristo.

Aquí conviene una pregunta pastoral:

  • ¿Qué sabor deja mi vida en los demás: amargura, crítica, cansancio… o esperanza, paz, misericordia?

Porque el cristiano no “predica” solo con palabras: la vida misma deja gusto.


4) La sal que preserva: un freno a la decadencia moral

La segunda función de la sal, sobre todo antes de las neveras, era conservar. La sal impedía la corrupción.

Y aquí el Evangelio se vuelve profecía: Jesús nos pide ser un “preservante” frente a la descomposición espiritual: la mentira normalizada, la violencia verbal, el desprecio del débil, la corrupción, la infidelidad, la sexualización sin amor, el “todo vale”.

Ser sal es no dejar que el alma se pudra: ni la propia, ni la del ambiente que tocamos.
Pero si el discípulo se “diluye”, si se vuelve indistinguible, si se vuelve “aguado”, entonces no preserva nada. Se vuelve un residuo que aparenta… y no transforma.


5) La sal de la pureza: consagración y alianza (Lv 2,13)

En la liturgia de Israel la sal era signo de alianza y consagración: “no dejarás que falte la sal de la alianza” (Lv 2,13).
La sal “purifica” la ofrenda: la preserva, la guarda, la hace digna.

Aquí aparece una dimensión preciosa del discipulado: ser sal es vivir con integridad, con un corazón unificado, sin doblez, sin “impurezas” que quitan el sabor: el orgullo, la hipocresía, la doble vida, la comodidad espiritual.

Hay “minerales” que se mezclan con nuestra fe y la vuelven insípida:

  • el miedo a quedar mal,
  • el deseo de agradar a todos,
  • el conformismo,
  • el “así es el mundo”,
  • el “yo soy así”, como excusa para no cambiar.

6) Isaías: el modo concreto de no perder el sabor (Is 58,7-10)

La primera lectura nos dice cómo se mantiene la sal viva: con caridad concreta.
Isaías no se queda en lo devocional; baja al cuerpo y al pan:

  • compartir el pan con el hambriento
  • acoger al pobre sin techo
  • vestir al desnudo
  • no desentenderse del hermano

Y entonces viene la promesa:
“tu luz brotará como la aurora”.

Nota el orden: primero misericordia, luego luz.
La fe pierde sabor cuando se vuelve discurso sin compasión.
La fe recupera su fuerza cuando se vuelve pan partido.


7) Salmo 112: el justo es “sal” porque es misericordioso

El salmo describe al justo como alguien compasivo y generoso, que no teme las malas noticias, que sostiene al pobre.
Es decir: el justo no “alardea” de ser sal. Lo es porque su vida tiene consistencia.

Ahí está una gran enseñanza:
la santidad no es un perfume para uno mismo; es un bien público: preserva, sostiene, ilumina, da sabor.


8) San Pablo: no “sazonar” con ego, sino con la fuerza de Dios (1 Co 2,1-5)

Pablo nos guarda de una tentación: creer que la misión depende de “retórica”, de “estrategia”, de “brillo”.
Él predicó “con temor y temblor”, para que la fe se apoyara en el poder de Dios.

Aplicación directa:

  • podemos “sazonar” con carisma… pero sin Cristo;
  • podemos impresionar… pero no convertir;
  • podemos llenar espacios… y no transformar corazones.

La sal auténtica no es el “yo” del predicador: es Cristo en él.


9) Evangelio completo: sal y luz (Mt 5,13-16)

Jesús une las dos imágenes: sal (interior, discreta) y luz (visible).
La sal actúa sin ruido; la luz se ve.
Pero ambas tienen un objetivo: que el Padre sea glorificado.

No se trata de que digan: “qué buen cristiano”, sino:
“qué grande es Dios”.


10) Examen pastoral: ¿cómo se vuelve “sosa” la sal?

Concretando: la sal se vuelve sosa cuando el “sodio” se disuelve y queda el residuo. En clave espiritual:

  • cuando la oración se diluye en rutina,
  • cuando el Evangelio se mezcla con la lógica del mundo sin discernimiento,
  • cuando dejamos que la queja, el cinismo o la tibieza nos “humedezcan”,
  • cuando la fe se vuelve apariencia sin amor.

Parecemos sal… pero ya no sazona.


11) Llamado concreto para esta semana

Te propongo tres acciones simples (pero potentes):

1.    Sabor: una palabra que levante a alguien (sin ironía, sin herir).

2.    Preservación: un “no” firme a una complicidad con el pecado (una conversación sucia, una injusticia, una trampa).

3.    Pureza: una obra de misericordia al estilo de Isaías: pan, visita, ayuda real, acogida.

Verás que, cuando haces esto, algo pasa: tu luz brota.


12) Conclusión

Hermanos, el mundo necesita sal auténtica.
No un cristianismo “de apariencia”, no un residuo sin sabor.
Necesita discípulos que, con humildad y firmeza, sean:

  • sabor de Evangelio,
  • preservación contra la corrupción,
  • ofrenda pura para Dios.

Y entonces, como dice Jesús, verán nuestras obras y glorificarán al Padre.

Amén.


Oración final

Señor Jesús,
Tú eres quien da sabor a nuestra vida,
quien nos preserva del pecado
y nos hace ofrenda agradable al Padre.

Líbranos de una fe diluida,
de una sal que solo aparenta.
Haznos sencillos y firmes,
misericordiosos y coherentes,
para que el mundo encuentre en nosotros
el sabor de tu Evangelio,
la fuerza que preserva del mal
y la pureza de un corazón entregado.

Jesús, en Ti confiamos. Amén.

 

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