viernes, 10 de julio de 2026

En los 180 años de su nacimiento: Léon Bloy, el mendigo que buscaba el Absoluto

 



Hay autores que uno lee de principio a fin y luego, con el paso de los años, termina olvidando. Hay otros, en cambio, de quienes apenas se han recorrido algunas páginas, se han subrayado fragmentos, se han escuchado comentarios o conferencias, pero cuya voz permanece resonando durante mucho tiempo en la conciencia. Léon Bloy pertenece, para mí, a esta segunda categoría.

Fue uno de esos escritores que comenzaron a impactarme durante mis años de formación filosófica para el sacerdocio. Su nombre aparecía ligado a la literatura católica francesa, a las conversiones de grandes intelectuales, a la crítica de la sociedad burguesa y, especialmente, a esa búsqueda apasionada y casi dolorosa de Dios que atravesó toda su existencia.

Mucho tiempo después, cuando tuve la gracia de estudiar y conocer con mayor profundidad la lengua francesa, pude apreciar mejor la fuerza de su estilo, la belleza y dureza de sus expresiones, sus imágenes inesperadas, sus exageraciones y también sus hondas intuiciones espirituales. Debo confesar honestamente que no he leído hasta ahora ninguna de sus obras en su totalidad. Sin embargo, sí he tenido la ocasión de acercarme a fragmentos de sus novelas, diarios, cartas y ensayos, además de escuchar pódcast y exposiciones sobre su vida y su pensamiento.

Y quizá eso mismo dice algo sobre Bloy: basta a veces una página, una frase o una de sus fulgurantes expresiones para quedar inquieto. No es un escritor que permita permanecer indiferente.

Este 11 de julio de 2026 se cumplen 180 años de su nacimiento. Léon Bloy nació el 11 de julio de 1846 en las cercanías de Périgueux, en la región francesa de Dordoña, y murió el 3 de noviembre de 1917 en Bourg-la-Reine, cerca de París. Fue novelista, ensayista, diarista, crítico y, sobre todo, un formidable polemista católico. (Wikipedia)

Entre la incredulidad y la fe materna

Bloy creció en el seno de una familia marcada por una fuerte contradicción religiosa. Su padre era librepensador, anticlerical y de formación volteriana; su madre, por el contrario, era una mujer profundamente católica. En aquel hogar convivían, por tanto, dos maneras casi opuestas de contemplar la vida: el escepticismo racionalista y la fe recibida.

Durante su juventud, Léon se alejó de la Iglesia y atravesó una etapa de agnosticismo, rebeldía y hostilidad hacia la religión. No fue un muchacho de estudios particularmente brillantes. Su padre quiso orientarlo hacia el dibujo y la arquitectura, pero el joven Bloy se encontraba interiormente insatisfecho, lleno de inquietudes, deseos de grandeza y oscuras contradicciones.

En 1864 se trasladó a París. Allí comenzó una existencia difícil, marcada por empleos ocasionales, frustraciones, búsquedas artísticas y una creciente sensación de desarraigo. Sin embargo, la capital francesa sería también el lugar de su encuentro decisivo con el escritor Jules Barbey d’Aurevilly, católico, monárquico, provocador y gran maestro de la prosa francesa.

Barbey no fue solamente un orientador literario. Su amistad ayudó a Bloy a redescubrir el cristianismo no como una religión domesticada, decorativa o sociológica, sino como una verdad capaz de reclamar la totalidad de la existencia. Hacia 1868-1869 se produjo su conversión, que él mismo consideraría definitiva e irreversible. (Wikipedia)

No se trató de una conversión tranquila, sentimental o acomodada. En Bloy, la fe tomó desde el principio el carácter de una llamarada. Su temperamento radical se volcó por completo hacia Dios. No aprendió a creer con moderación. Creyó con la fuerza, los excesos y las heridas de toda su personalidad.

Un convertido que nunca dejó de combatir

Léon Bloy no fue un apologista sereno ni un teólogo sistemático. Tampoco un autor edificante en el sentido convencional. Era un hombre impetuoso, difícil, susceptible y frecuentemente hiriente. Su prosa podía alcanzar una extraordinaria belleza mística, pero también una violencia verbal que hoy resulta incómoda y, en ocasiones, francamente excesiva.

Dirigió sus ataques contra escritores, periodistas, políticos, comerciantes, críticos, anticlericales y también contra numerosos católicos. Detestaba especialmente lo que llamaba el espíritu burgués: no simplemente la pertenencia a una clase social, sino la actitud de quien reduce la existencia a la comodidad, el dinero, la reputación y la seguridad.

Para Bloy, el burgués era aquel que quería aprovecharse de Dios sin convertirse; alguien que conservaba algunos símbolos religiosos, pero no permitía que el Evangelio alterara sus negocios, costumbres o privilegios. Cristo podía ser tolerado mientras permaneciera como un adorno respetable. Lo intolerable era un Cristo que pidiera venderlo todo, cargar la cruz, compartir el pan o reconocer su rostro en los pobres.

Bloy veía una contradicción profunda entre el espíritu de Cristo y una civilización dominada por el cálculo, la utilidad y el bienestar convertido en ídolo. (Front Porch Republic)

Su denuncia sigue siendo actual. También nosotros corremos el riesgo de fabricar un cristianismo inofensivo: muchas palabras piadosas, algunas ceremonias, abundantes imágenes religiosas, pero poca conversión personal; devoción sin justicia, oración sin misericordia y fe sin capacidad de renuncia.

Bloy no soportaba esa mediocridad. El problema es que, en ocasiones, su justa indignación terminó convertida en agresión personal. Él llegó a decir que su cólera era como la efervescencia de su compasión. Sin embargo, no siempre resulta fácil distinguir en sus escritos dónde termina la pasión profética y dónde comienza la herida del hombre irascible.

Leerlo con provecho exige, por tanto, discernimiento. No todo en él debe imitarse. Su lenguaje polémico no siempre es evangélicamente recomendable. Pero detrás de sus rugidos literarios suele encontrarse una pregunta que no podemos evadir: ¿hemos permitido realmente que Jesucristo transforme nuestra vida?

El peregrino del Absoluto

Uno de los nombres con los que Bloy pasó a la historia fue el de “Peregrino del Absoluto”. La expresión resume admirablemente su existencia.

Bloy no aceptaba una verdad a medias, una esperanza moderada ni una fe calculada. Buscaba lo absoluto porque estaba convencido de que el corazón humano no puede ser satisfecho por lo relativo. El dinero, el éxito literario, el reconocimiento público y la tranquilidad doméstica podían ser buenos, pero no eran Dios.

Esta búsqueda ayuda a comprender su tono apocalíptico, su fascinación por la historia, su devoción a la Virgen —especialmente vinculada a las apariciones de La Salette— y su convicción de que todos los acontecimientos esconden un sentido sobrenatural. Para él, la historia era como un inmenso criptograma escrito por Dios; cada dolor, cada encuentro y cada pérdida podían contener una revelación todavía no descifrada. (journals.openedition.org)

Este aspecto de su pensamiento resulta filosófica y teológicamente sugerente. El mundo no es, para el creyente, una sucesión absurda de hechos sin relación. La realidad visible remite a una profundidad invisible. La historia humana se encuentra atravesada por la gracia, el pecado, la libertad, el sufrimiento y la promesa de salvación.

Desde luego, hay que evitar una lectura ingenua que pretenda descubrir automáticamente la voluntad de Dios detrás de cada desgracia. Bloy a veces llevó demasiado lejos sus interpretaciones simbólicas. Sin embargo, su intuición fundamental conserva valor: la realidad posee una dimensión sacramental. Lo visible puede convertirse en signo; lo temporal puede abrirnos a lo eterno; las heridas de la historia pueden ser contempladas a la luz del misterio pascual.

Pobreza, sufrimiento y contradicción

Léon Bloy conoció la pobreza no como un tema académico, sino como una experiencia cotidiana. Vivió frecuentemente endeudado y dependiendo de la ayuda de amigos. Su carácter dificultaba además la conservación de empleos y colaboraciones periodísticas. Se enemistaba con editores, compañeros y benefactores, de manera que su precariedad económica fue provocada en parte por las circunstancias y en parte por su temperamento.

En 1890 contrajo matrimonio con Johanne —o Jeanne— Molbech, una joven danesa de origen protestante que abrazó el catolicismo. El matrimonio tuvo cuatro hijos. Dos de ellos, André y Pierre, murieron en 1895 en medio de las terribles condiciones de pobreza que sufría la familia. Aquella pérdida marcó profundamente a Bloy y a su esposa. (ebsco.com)

No conviene romantizar esta miseria. La pobreza real no es una figura literaria: causa humillación, hambre, angustia, enfermedad y muerte. Bloy llegó a conocerse a sí mismo como “el mendigo ingrato”, título que dio también a uno de sus diarios. Se sabía necesitado de la caridad de otros, aunque con frecuencia respondiera de manera áspera a quienes intentaban ayudarlo.

Esta contradicción lo vuelve profundamente humano. Fue un defensor radical de los pobres, pero no siempre resultaba fácil convivir con él. Habló de humildad, aunque podía mostrarse orgulloso. Denunció la injusticia, pero también fue capaz de ser injusto en sus juicios. Quiso ser testigo de la misericordia divina, aunque sus palabras no siempre fueran misericordiosas.

Tal vez aquí se encuentre una enseñanza importante: Dios no actúa solamente por medio de personalidades equilibradas o temperamentos apacibles. También puede servirse de seres humanos atormentados, excesivos y llenos de contradicciones. La gracia no elimina mágicamente todos nuestros defectos, pero puede hacer pasar su luz incluso a través de nuestras grietas.

El novelista del sufrimiento y la santidad

Entre sus principales obras se encuentran las novelas Le DésespéréEl desesperado—, publicada en 1887, y La Femme pauvreLa mujer pobre—, aparecida en 1897. Escribió también relatos, ensayos, cartas, textos sobre Cristóbal Colón, estudios polémicos, meditaciones sobre la Virgen de La Salette y numerosos volúmenes de diarios. (Wikipedia)

El desesperado posee un marcado carácter autobiográfico. Su protagonista, Caín Marchenoir, refleja muchos rasgos de Bloy: su inconformismo, su pobreza, su indignación religiosa, sus enemistades y su rechazo del mundo literario.

La mujer pobre, por su parte, contiene una de sus convicciones más conocidas: que la mayor tragedia humana consiste en no alcanzar la santidad. El papa Francisco retomó esta idea en la exhortación apostólica Gaudete et exsultate: “La única gran tragedia de la vida es no llegar a ser santo”. (Vaticano)

Esta frase resume buena parte de la teología espiritual de Bloy. La verdadera tragedia no es carecer de fama, éxito o fortuna. Tampoco sufrir incomprensiones, enfermedades o derrotas. Todas esas realidades pueden ser dolorosas, pero no constituyen el fracaso definitivo.

El fracaso definitivo sería pasar por este mundo sin descubrir para qué hemos sido creados; vivir sin amar; cerrar el corazón a la gracia; contentarnos con la mediocridad pudiendo aspirar a la santidad.

La santidad, desde luego, no significa perfección psicológica ni ausencia de defectos. La vida de Bloy sería suficiente para demostrarlo. La santidad es permitir que Dios vaya conquistando nuestra pobreza, orientando nuestros deseos y haciendo de nosotros instrumentos de su amor.

La comunión de los santos y el misterio del sufrimiento

Uno de los núcleos más interesantes de su pensamiento es la comunión de los santos. Bloy la contemplaba como una misteriosa solidaridad que une a todas las almas a través del tiempo y el espacio.

Ningún acto de amor queda aislado. Ninguna oración sincera se pierde. Ningún sacrificio ofrecido a Dios es inútil. Del mismo modo, el pecado nunca es puramente privado: hiere el cuerpo entero de la humanidad.

Esta intuición se relaciona con la doctrina cristiana del Cuerpo Místico de Cristo. San Pablo enseña que, cuando un miembro sufre, todos sufren con él, y cuando un miembro es honrado, todos se alegran. Bloy llevó esta convicción hasta sus últimas consecuencias: una persona desconocida que reza o acepta un sufrimiento con amor puede estar cooperando misteriosamente en la salvación de alguien a quien nunca conocerá.

Aquí su pensamiento se hace profundamente pastoral. En una cultura que exalta el individualismo, Bloy recuerda que nadie se salva solo. Estamos espiritualmente vinculados. La fidelidad silenciosa de una madre, la oración de una anciana, la entrega de un sacerdote, el dolor ofrecido por un enfermo o la misericordia de alguien que perdona pueden sostener misteriosamente al mundo.

No todo sufrimiento es enviado directamente por Dios ni debe aceptarse pasivamente cuando puede ser remediado. Pero el sufrimiento inevitable, unido a Cristo, puede transformarse en intercesión, compasión y fecundidad espiritual.

Bloy y el misterio de Israel

Un capítulo complejo de su pensamiento se encuentra en Le Salut par les JuifsLa salvación por los judíos—, publicado en 1892 como respuesta al antisemitismo de Édouard Drumont.

Bloy empleó expresiones propias de su época que hoy deben leerse críticamente y que pueden resultar ofensivas. Sin embargo, su tesis central se distanciaba del antisemitismo dominante: defendía el papel irreemplazable de Israel en la historia de la salvación y sostenía que el misterio del pueblo judío no podía separarse del misterio de Cristo.

Su interpretación de los capítulos 9 al 11 de la Carta de san Pablo a los Romanos ejerció posteriormente influencia en algunos intelectuales católicos y en la reflexión que condujo a una nueva comprensión de las relaciones entre la Iglesia y el pueblo judío. (Wikipedia)

Este aspecto muestra que Bloy no cabe fácilmente en categorías políticas. Fue antimoderno, monárquico y profundamente crítico de la sociedad liberal, pero tampoco se acomodó tranquilamente a la derecha católica de su tiempo. Su fidelidad era, ante todo, a su propia visión religiosa, lo que lo llevó a enfrentarse con unos y otros.

El hombre que ayudó a otros a encontrar la fe

Quizá uno de los frutos más bellos de su existencia fue su influencia sobre Jacques y Raïssa Maritain.

Cuando los jóvenes esposos conocieron a Bloy, atravesaban una profunda crisis espiritual. Habían llegado a considerar que una existencia sin verdad trascendente no merecía ser vivida. El encuentro con aquel escritor pobre, apasionado y difícil les mostró que el catolicismo podía ser una experiencia viva, exigente y total.

Bloy fue padrino de bautismo de Jacques, Raïssa y Vera, hermana de esta última, quienes recibieron el bautismo el 11 de junio de 1906. Jacques Maritain llegaría a convertirse en uno de los filósofos católicos más influyentes del siglo XX, mientras que Raïssa desarrollaría una admirable obra espiritual, literaria y contemplativa. (Jacques Maritain Center)

Este hecho es especialmente significativo. Bloy, que nunca alcanzó el éxito literario que esperaba, ayudó a encender la fe en quienes más tarde iluminarían a miles de personas.

Dios mide de manera diferente. A veces creemos haber fracasado porque nuestros proyectos no reciben aplausos o porque nuestro nombre permanece ignorado. Sin embargo, quizá una conversación, una carta, una página escrita con sinceridad o un sencillo testimonio de fe puedan transformar la existencia de otra persona.

En último término, no sabemos hasta dónde llega el bien que hacemos.

Un autor incómodo para un cristianismo cómodo

¿Por qué volver a Léon Bloy 180 años después de su nacimiento?

No ciertamente para copiar sus invectivas ni justificar sus excesos. Tampoco para convertirlo en un santo de yeso. Bloy fue un hombre de fe profunda, pero también un escritor herido, conflictivo y desmesurado.

Vale la pena recordarlo porque nos obliga a hacernos preguntas que preferiríamos evitar.

¿Es Dios realmente el centro de nuestra vida o apenas un complemento?
¿Puede el Evangelio cuestionar nuestra relación con el dinero?
¿Nuestra fe nos vuelve más compasivos con los pobres?
¿Buscamos la santidad o solamente cierta tranquilidad religiosa?
¿Hemos reemplazado la esperanza cristiana por el deseo de comodidad?

Bloy sabía que el Evangelio no es una decoración. Cristo no vino para confirmar nuestras seguridades, sino para llamarnos a una vida nueva. La cruz continúa siendo escándalo y necedad para la sabiduría del mundo.

En su primera homilía como pontífice, en marzo de 2013, el papa Francisco evocó una expresión de Léon Bloy para recordar que, cuando no confesamos a Jesucristo, terminamos confesando la mundanidad. La referencia resultó sorprendente para muchos, pero reflejaba bien la advertencia central del escritor francés: no existe un cristianismo verdadero sin Cristo en el centro. (The Paris Review)

Bloy nos previene contra la tibieza, esa manera de pertenecer a la Iglesia sin dejarnos transformar por el Señor.

La última palabra no es la desesperación

A pesar de haber escrito una novela titulada El desesperado, Bloy no fue finalmente un escritor de la desesperación. Fue más bien el hombre que atravesó el desespero buscando una esperanza que no pudiera ser destruida por la pobreza, el fracaso o la muerte.

Su esperanza no descansaba en el progreso automático de la humanidad ni en los sistemas políticos. Descansaba en Dios, en la redención obrada por Jesucristo, en la intercesión de la Virgen María y en la comunión misteriosa de las almas.

Murió el 3 de noviembre de 1917, en medio de una Europa devastada por la Primera Guerra Mundial. No llegó a ver el final del conflicto. Terminaba así la existencia terrena de aquel hombre que había vivido entre la fe y la impaciencia, la pobreza y la grandeza literaria, la ternura escondida y la violencia de sus palabras.

Hoy, al recordar los 180 años de su nacimiento, pienso nuevamente en aquel autor que conocí durante mi formación filosófica para el sacerdocio y al que después pude acercarme mejor gracias al conocimiento del francés. No puedo presentarme como un especialista ni afirmar que he recorrido íntegramente su extensa obra. Mi encuentro con él ha ocurrido por fragmentos, comentarios, pódcast, citas y páginas dispersas.

Pero también la vida espiritual se compone muchas veces de fragmentos. Una frase escuchada en el momento preciso puede acompañarnos durante años. Una página puede despertar una pregunta. Un autor puede convertirse en compañero de camino sin que hayamos terminado todos sus libros.

Léon Bloy continúa interpelándome por su negativa a reducir el cristianismo a una costumbre tranquila. Me impresiona su hambre de Dios, su defensa de los pobres, su comprensión de la comunión de los santos y su convicción de que la existencia humana solo encuentra plenitud cuando se abre al Absoluto.

También me enseña, por contraste, que la verdad necesita ser anunciada con caridad; que la indignación profética no debe convertirse en desprecio; que defender la fe no nos autoriza a herir a las personas y que la santidad requiere no solo ardor, sino humildad, paciencia y misericordia.

Tal vez la mejor manera de conmemorar a Léon Bloy no sea repetir sus gritos, sino dejarnos alcanzar por la pregunta que ardía detrás de ellos:

¿Qué estamos haciendo con nuestra vocación a la santidad?

Porque, después de todo, como él mismo comprendió y como recordó el papa Francisco, la única tragedia verdaderamente definitiva sería haber recibido una vida entera para amar a Dios y a nuestros hermanos… y no haber llegado a ser aquello para lo cual fuimos creados: santos.

 

11 de julio del 2026: sábado de la decimocuarta semana del tiempo ordinario II-Memoria obligatoria de San Benito, Abad- Memoria de María en sábado

 

Ricos en el desprendimiento

(Mateo 10,24-33) Nuestros deseos y apegos llenan con frecuencia el corazón y nos impiden seguir libremente a Cristo. Jesús nos invita hoy a no tener miedo. El discípulo puede experimentar la incomprensión o el rechazo, pero sigue siendo precioso a los ojos del Padre, que vela por él hasta en los más pequeños detalles de su vida.

Desprenderse no significa, entonces, perderlo todo, sino alcanzar la libertad necesaria para amar, servir y dar testimonio. Quien se atreve a reconocer a Cristo delante de los hombres descubre una riqueza mayor: la confianza de saberse conocido, amado y protegido por Dios.

G.Q

 


Primera lectura

Is 6, 1-8

Yo, hombre de labios impuros, he visto con mis ojos al Rey, Señor del universo

Lectura del libro de Isaías.

EN el año de la muerte del rey Ozías, vi al Señor sentado sobre un trono alto y excelso: la orla de su manto llenaba el templo.
Junto a él estaban los serafines, cada uno con seis alas: con dos alas se cubrían el rostro, con dos el cuerpo, con dos volaban, y se gritaban uno a otro diciendo:
«¡Santo, santo, santo es el Señor del universo, llena está la tierra de su gloria!».
Temblaban las jambas y los umbrales al clamor de su voz, y el templo estaba lleno de humo.
Yo dije:
«¡Ay de mí, estoy perdido! Yo, hombre de labios impuros, que habito en medio de gente de labios impuros, he visto con mis ojos al Rey, Señor del universo».
Uno de los seres de fuego voló hacia mí con un ascua en la mano, que había tomado del altar con unas tenazas; la aplicó a mi boca y me dijo:
«Al tocar esto tus labios, ha desaparecido tu culpa, está perdonado tu pecado».
Entonces escuché la voz del Señor, que decía:
«¿A quién enviaré? ¿Y quién irá por nosotros?».
Contesté:
«Aquí estoy, mándame».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 92, 1ab. 1c-2. 5 (R.: 1a)

R. El Señor reina, vestido de majestad.

V. El Señor reina, vestido de majestad;
el Señor, vestido y ceñido de poder. 
R.

V. Así está firme el orbe y no vacila.
Tu trono está firme desde siempre,
y tú eres eterno. 
R.

V. Tus mandatos son fieles y seguros;
la santidad es el adorno de tu casa,
Señor, por días sin término.
 R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Si los ultrajan por el nombre de Cristo, bienaventurados ustedes, porque el Espíritu de Dios reposa sobre ustedes. R.

 

Evangelio

Mt 10, 24-33

No tengan miedo a los que matan el cuerpo

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles:
«Un discípulo no es más que su maestro, ni un esclavo más que su amo; ya le basta al discípulo con ser como su maestro y al esclavo como su amo. Si al dueño de casa lo han llamado Belzebú, ¡cuánto más a los criados!
No les tengan miedo, porque nada hay encubierto, que no llegue a descubrirse; ni nada hay escondido, que no llegue a saberse.
Lo que les digo en la oscuridad, díganlo a la luz, y lo que les digo al oído, pregónenlo desde la azotea.
No tengan miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No; teman al que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la “gehenna”. ¿No se venden un par de gorriones por un céntimo? Y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga su Padre. Pues ustedes hasta los cabellos de la cabeza tienen contados. Por eso, no tengan miedo: valen más ustedes que muchos gorriones.
A quien se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre que está en los cielos».

Palabra del Señor.

 

 

1

 

Hermanos:

Las lecturas de este sábado nos hablan de tres experiencias muy unidas entre sí: el encuentro con la santidad de Dios, la llamada a la misión y la confianza que vence el miedo.

En la primera lectura, el profeta Isaías contempla al Señor sentado en un trono alto y excelso. Los serafines proclaman: «Santo, santo, santo es el Señor de los ejércitos; llena está toda la tierra de su gloria». Ante esta visión, Isaías no se siente fuerte ni digno. Por el contrario, reconoce su pobreza: «¡Ay de mí, estoy perdido! Yo, hombre de labios impuros, he visto al Rey, al Señor».

La verdadera experiencia de Dios no nos vuelve orgullosos. Quien se acerca de verdad al Señor descubre, al mismo tiempo, su grandeza y su propia fragilidad. Isaías no presume de ser profeta. Se reconoce pecador, pequeño e incapaz. Sin embargo, Dios no lo rechaza. Uno de los serafines toca sus labios con una brasa tomada del altar y le dice que su culpa ha desaparecido.

Aquí encontramos una enseñanza fundamental: Dios no llama solamente a los perfectos; llama, purifica y transforma a quienes se dejan tocar por su gracia. Isaías puede responder después: «Aquí estoy, mándame», no porque confíe en sus propias capacidades, sino porque ha sido purificado por el Señor.

También nosotros podemos sentirnos indignos, limitados o poco preparados. Quizá pensamos: «No sé hablar de Dios», «mi vida no es suficientemente ejemplar», «tengo muchos defectos». Pero el Señor no espera que seamos perfectos para comenzar a servirlo. Espera que seamos humildes, disponibles y capaces de decir: «Aquí estoy».

El salmo proclama: «El Señor reina, vestido de majestad». Frente a la grandeza de Dios, nuestros miedos, apegos y preocupaciones quedan colocados en su justa medida. Dios reina. Dios permanece. Su trono está firme desde siempre y sus mandatos son dignos de confianza.

El Evangelio de san Mateo recoge varias veces la invitación de Jesús: «No tengan miedo». El discípulo no está por encima de su maestro. Si Jesús fue criticado, rechazado y perseguido, también sus seguidores encontrarán oposición. El Señor no nos promete un camino sin dificultades; nos promete que no estaremos solos.

Jesús dice: «No tengan miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma». Con estas palabras no desprecia la vida ni el sufrimiento humano. Nos recuerda que nadie puede arrebatarnos lo más profundo: nuestra dignidad de hijos, nuestra fe, nuestra comunión con Dios y la vida eterna que Él nos promete.

Hay temores que nos paralizan: miedo a lo que dirán, a ser criticados, a perder amistades, prestigio, seguridad o comodidad. A veces callamos nuestra fe para no incomodar. Otras veces nos acomodamos a los criterios del mundo para evitar conflictos. Pero el Señor nos invita a vivir con una libertad mayor.

Esa libertad nace del desprendimiento. No se trata únicamente de abandonar bienes materiales. Hay apegos más profundos: la necesidad de aprobación, el orgullo, el deseo de controlar, el temor al fracaso, el resentimiento o la obsesión por nuestra propia imagen. Todo eso puede llenar el corazón y dejarnos sin espacio para Dios.

Jesús nos recuerda que valemos mucho más que los pájaros del cielo. «Hasta los cabellos de su cabeza están contados». Esta imagen expresa la ternura y la providencia del Padre. Dios no nos conoce de manera general o distante. Conoce nuestra historia, nuestros cansancios, nuestras luchas silenciosas y también nuestros pequeños esfuerzos por permanecer fieles.

Hoy celebramos la memoria de san Benito, abad, padre del monacato occidental y hombre profundamente marcado por la búsqueda de Dios. San Benito comprendió que el corazón necesita orden, silencio, oración y disciplina para poder escuchar la voz del Señor. Su conocida enseñanza, «ora et labora», orar y trabajar, no divide la vida en dos partes, sino que nos enseña a convertir todo en ofrenda: la oración, el trabajo, la fraternidad, el descanso y el servicio.

San Benito se apartó de una sociedad desordenada, pero no lo hizo para despreciar el mundo. Se retiró para encontrar a Dios con mayor profundidad y, desde allí, ofrecer una forma nueva de vida comunitaria. Su desprendimiento fue fecundo. Dejó seguridades, pero encontró una riqueza mayor: la comunión con Dios, la fraternidad y el servicio.

También hacemos memoria de la Virgen María en sábado. Ella es la mujer que, como Isaías, respondió con plena disponibilidad: «He aquí la esclava del Señor». María no poseía todas las respuestas ni conocía todos los detalles del camino. Sin embargo, se confió a Dios. Su grandeza no estuvo en controlar su futuro, sino en dejarse conducir por la voluntad divina.

María vivió el desprendimiento del corazón. Supo renunciar a sus planes para acoger el proyecto de Dios. Permaneció fiel en Nazaret, en Belén, durante la vida pública de Jesús y al pie de la cruz. Ella nos enseña que la verdadera riqueza consiste en pertenecer enteramente al Señor.

Preguntémonos hoy: ¿qué miedo me impide dar testimonio de Cristo? ¿Qué apego ocupa demasiado espacio en mi corazón? ¿Qué llamado de Dios estoy postergando? Tal vez el Señor espera también de nosotros la respuesta de Isaías: «Aquí estoy, mándame».

Pidamos por intercesión de san Benito y de la Virgen María un corazón libre, humilde y disponible. Que no vivamos pendientes de la aprobación de los demás, sino de la fidelidad al Evangelio. Que confiemos en el Padre, que conoce hasta los cabellos de nuestra cabeza, y que tengamos valor para reconocer a Cristo delante de los hombres.

Porque quien se desprende por amor a Dios no queda vacío: queda lleno de su presencia. Quien entrega su vida al Señor no la pierde: la encuentra. Y quien vence el miedo mediante la fe descubre la verdadera libertad de los hijos de Dios.

Amén.

 

2

 

Ser discípulos a imagen del Maestro

 

Queridos hermanos:

Jesús nos dice hoy una palabra muy clara y, al mismo tiempo, exigente: «Un discípulo no es más que su maestro, ni un esclavo más que su amo. Ya le basta al discípulo con ser como su maestro».

Con estas palabras, el Señor nos recuerda que la vida cristiana no consiste únicamente en admirar a Jesús, escuchar sus enseñanzas o aprender algunas normas religiosas. Ser cristiano significa hacerse semejante a Cristo, dejar que su manera de pensar, de amar, de servir y de afrontar el sufrimiento vaya tomando forma en nosotros.

En tiempos de Jesús, los discípulos seguían a un maestro para aprender sus enseñanzas y, quizá, llegar un día a convertirse ellos mismos en maestros. Pero con Jesús ocurre algo distinto. Él no es simplemente un maestro entre muchos. Él es la Sabiduría de Dios hecha carne, la Palabra eterna del Padre, el Maestro definitivo. Nosotros nunca podremos superar a Cristo; nuestra vocación consiste en parecernos cada vez más a Él.

Parecernos a Cristo en su amor, en su humildad, en su obediencia al Padre, en su compasión hacia los débiles y también en su manera de enfrentar la incomprensión, la calumnia y el rechazo.

Jesús advierte a los apóstoles que, si a Él lo llamaron Belzebú, también ellos serían criticados y perseguidos. No se lo dice para desanimarlos, sino para prepararlos. El Señor no quiere discípulos ingenuos, que imaginen que la fidelidad al Evangelio les evitará todo sufrimiento. Quiere discípulos conscientes de que seguirlo puede tener un precio, pero también seguros de que nunca estarán solos.

A veces pensamos que cuanto más cerca estemos de Dios, menos problemas tendremos. Y es verdad que la cercanía con el Señor nos da una paz profunda; pero no siempre elimina las dificultades exteriores. Los apóstoles estaban llenos del Espíritu Santo y, sin embargo, padecieron persecuciones. Los mártires amaron profundamente a Cristo y, sin embargo, entregaron su vida. La fe no siempre nos libra de la cruz; nos da fuerza para llevarla sin perder la esperanza.

Aquí debemos distinguir entre la paz exterior y la paz interior.

La paz exterior depende muchas veces de que todo salga como queremos: que nadie nos contradiga, que no haya problemas familiares, que tengamos estabilidad, aceptación y comodidad. Pero esa paz es frágil, porque cualquier dificultad puede destruirla.

La paz interior, en cambio, nace de sabernos sostenidos por Dios. Es la paz que permite seguir amando aunque no seamos comprendidos; continuar sirviendo aunque no seamos reconocidos; permanecer fieles aunque otros nos critiquen. Es la paz que el mundo no puede dar ni quitar.

La primera lectura nos presenta la vocación del profeta Isaías. Él contempla al Señor en su trono, rodeado de serafines que proclaman: «Santo, santo, santo es el Señor de los ejércitos; llena está toda la tierra de su gloria».

Ante la santidad de Dios, Isaías descubre su propia pobreza: «¡Ay de mí, estoy perdido! Yo, hombre de labios impuros, he visto al Rey, al Señor». Isaías no se siente digno, preparado ni capacitado para la misión. Sin embargo, Dios lo purifica. Un serafín toca sus labios con una brasa encendida y le anuncia que su culpa ha desaparecido.

Entonces el Señor pregunta: «¿A quién enviaré? ¿Quién irá por nosotros?». E Isaías responde: «Aquí estoy, mándame».

Este pasaje nos enseña que Dios no llama necesariamente a quienes se consideran fuertes o perfectos. Llama a personas frágiles que se dejan purificar y transformar. Isaías no responde: «Aquí estoy, porque soy el mejor». Responde después de haber reconocido su debilidad y de haber experimentado la misericordia de Dios.

También nosotros podemos sentirnos indignos o incapaces. Podemos pensar que no sabemos hablar, que no tenemos suficientes cualidades o que nuestros pecados nos descalifican. Pero Dios no espera nuestra perfección; espera nuestra disponibilidad. Él mismo purifica, fortalece y capacita a quien se deja enviar.

La respuesta de Isaías —«Aquí estoy, mándame»— expresa el corazón del verdadero discípulo. Es también la actitud de quien acepta seguir al Maestro sin imponerle condiciones.

El salmo proclama: «El Señor reina, vestido de majestad». En medio de las dificultades, las críticas y la fragilidad humana, hay una certeza que permanece: el Señor reina. Las circunstancias pueden cambiar, los poderes humanos pueden pasar y las opiniones de la gente pueden herirnos, pero el trono de Dios permanece firme desde siempre.

La confianza del discípulo no se apoya en el éxito, la popularidad ni la ausencia de problemas. Se apoya en el señorío de Dios. Él gobierna la historia, sostiene a su pueblo y permanece fiel a sus promesas.

Hoy celebramos la memoria de san Benito, abad, patrono de Europa y padre del monacato occidental. San Benito comprendió que seguir a Cristo exige ordenar toda la vida alrededor de Dios. Su famosa inspiración, resumida en las palabras «ora et labora», orar y trabajar, nos enseña que la santidad no consiste en huir de las responsabilidades, sino en convertir la vida entera en una ofrenda.

San Benito buscó a Dios en el silencio, en la oración, en el trabajo, en la obediencia y en la vida fraterna. No buscó superar al Maestro, sino parecerse a Él. Quiso aprender de Cristo la humildad, la disciplina interior, la escucha y el servicio.

La Regla de san Benito comienza con una invitación profundamente evangélica: escuchar con el oído del corazón. Para ser discípulos de Cristo, necesitamos aprender a escuchar: escuchar la Palabra, escuchar a Dios en la oración, escuchar a los hermanos y también reconocer con humildad aquello que el Señor desea corregir en nosotros.

San Benito vivió en una época de crisis social, cultural y moral. No respondió con desesperación ni violencia. Creó pequeñas comunidades donde la oración, el trabajo, la hospitalidad y la fraternidad mostraban que otra manera de vivir era posible. En un mundo desordenado, ofreció el testimonio de una vida centrada en Dios.

También nosotros vivimos tiempos de tensión, incertidumbre, divisiones y pérdida de valores. Podemos limitarnos a lamentarnos o podemos, como san Benito, construir espacios donde el Evangelio se haga visible: nuestras familias, comunidades y parroquias pueden convertirse en escuelas de comunión, oración y servicio.

Aunque la liturgia nos propone hoy la memoria de san Benito, el sábado conserva también para el pueblo cristiano un especial espíritu mariano. La Virgen María es la discípula perfecta, la mujer que escuchó la Palabra, la guardó en su corazón y permitió que se hiciera vida en ella.

María no quiso ser más que su Señor. Su grandeza estuvo precisamente en hacerse pequeña, en confiar y en responder: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra».

Como Isaías, María dijo su propio «Aquí estoy». No conocía todas las consecuencias de su respuesta, pero se puso en manos de Dios. Su camino no estuvo libre de sufrimiento: conoció la pobreza de Belén, el exilio, la incomprensión y la cruz. Sin embargo, permaneció fiel porque llevaba dentro la paz de quien se sabe en las manos del Padre.

María nos enseña que la paz verdadera no es vivir sin problemas, sino vivir unidos a Dios en medio de ellos.

Hermanos, preguntémonos hoy: ¿queremos realmente parecernos a Cristo o solamente recibir sus consuelos? ¿Estamos dispuestos a seguirlo también cuando el Evangelio nos exige sacrificio, valentía o renuncia? ¿Buscamos la aprobación del mundo o la fidelidad al Maestro?

Quizá algunos viven momentos de incomprensión en su familia, en su trabajo o incluso dentro de la comunidad. Quizá otros se sienten cansados porque sus esfuerzos no son reconocidos. Jesús nos dice: no se desanimen. Si el Maestro conoció el rechazo, sus discípulos también pueden experimentarlo. Pero esa dificultad no significa que Dios nos haya abandonado.

Pidamos no solamente que desaparezcan todos los problemas. Pidamos, sobre todo, la fortaleza interior para vivirlos con fe. Pidamos una paz que no dependa de las circunstancias. Pidamos la valentía de Isaías para responder: «Aquí estoy, mándame».

Que san Benito nos enseñe a buscar verdaderamente a Dios, a escuchar con el corazón y a construir fraternidad. Que la Virgen María nos ayude a guardar la Palabra, a perseverar junto a la cruz y a confiar plenamente en el Señor.

Y que nosotros podamos decirle a Jesús:

Señor, Maestro de todos los maestros, queremos ser siempre tus discípulos. Forma en nosotros un corazón semejante al tuyo. Danos humildad para aprender, valentía para anunciarte y fortaleza para no desanimarnos ante las dificultades. Que, en medio de toda prueba, permanezcamos firmes, sabiendo que Tú reinas y que tu paz habita en quienes confían en ti.

Amén.

 

 

10 de julio del 2026: viernes de la decimocuarta semana del tiempo ordinario-II

 

Perseverar hasta el final

(Mateo 10,16-23) Jesús envía a sus discípulos «como ovejas en medio de lobos» y no les oculta que la misión será difícil. El mundo puede rechazar y combatir el Evangelio. La fidelidad a Cristo puede provocar incomprensión, oposición e incluso persecución. Sin embargo, los discípulos no deben dejarse vencer por el miedo ni abandonar su misión. El Espíritu del Padre les dará las palabras y la fuerza necesarias para dar testimonio.

También hoy, seguir a Jesús exige valentía, prudencia y perseverancia. El Señor no nos promete una vida sin pruebas, pero nos asegura su presencia en medio de nuestras luchas. Pidámosle la gracia de permanecer fieles, pacientes y confiados, porque «el que persevere hasta el final se salvará».

G.Q

 


Primera lectura

Os 14, 2-10
No llamaremos ya «nuestro Dios» a la obra de nuestras manos

Lectura de la profecía de Oseas.

ESTO dice el Señor:
«Vuelve, Israel, al Señor tu Dios,
porque tropezaste por tu falta.
Tomen sus promesas con ustedes,
y vuelvan al Señor.
Díganle: "Tú quitas toda falta,
acepta el pacto.
Pagaremos con nuestra confesión:
Asiria no nos salvará,
no volveremos a montar a caballo,
y no llamaremos ya "nuestro Dios"
a la obra de nuestras manos.
En ti el huérfano encuentra compasión".
"Curaré su deslealtad,
los amaré generosamente,
porque mi ira se apartó de ellos.
Seré para Israel como el rocío,
florecerá como el lirio,
echará sus raíces como los cedros del Líbano.
Brotarán sus retoños
y será su esplendor como el olivo,
y su perfume como el del Líbano.
Regresarán los que habitaban a su sombra,
revivirán como el trigo,
florecerán como la viña,
será su renombre como el del vino del Líbano.
Efraín, ¿qué tengo que ver con los ídolos?
Yo soy quien le responde y lo vigila.
Yo soy como un ciprés siempre verde,
de mí procede tu fruto".
¿Quién será sabio, para comprender estas cosas,
inteligente, para conocerlas?
Porque los caminos del Señor son rectos:
los justos los transitan,
pero los traidores tropiezan en ellos».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 50, 3-4. 8-9. 12-13. 14 y 17 (R.: 17b)

R. Mi boca proclamará tu alabanza.

V. Misericordia, Dios mío, por tu bondad,
por tu inmensa compasión borra mi culpa;
lava del todo mi delito,
limpia mi pecado. 
R.

V. Te gusta un corazón sincero,
y en mi interior me inculcas sabiduría.
Rocíame con el hisopo: quedaré limpio;
lávame: quedaré más blanco que la nieve.
 R.

V. Oh, Dios, crea en mí un corazón puro,
renuévame por dentro con espíritu firme.
No me arrojes lejos de tu rostro,
no me quites tu santo espíritu. 
R.

V. Devuélveme la alegría de tu salvación,
afiánzame con espíritu generoso.
Señor, me abrirás los labios,
y mi boca proclamará tu alabanza. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Cuando venga el Espíritu de la verdad, los guiará hasta la verdad plena, y les irá recordando todo lo que les he dicho. R.

 

Evangelio

Mt 10, 16-23

No serán ustedes los que hablen, sino el Espíritu de su Padre

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles:
«Miren que yo los envío como ovejas entre lobos; por eso, sean sagaces como serpientes y sencillos como palomas.
Pero ¡cuidado con la gente!, porque los entregarán a los tribunales, los azotarán en las sinagogas y los harán comparecer ante gobernadores y reyes por mi causa, para dar testimonio ante ellos y ante los gentiles.
Cuando los entreguen, no se preocupen de lo que van a decir o de cómo lo dirán: en aquel momento se les sugerirá lo que tienen que decir, porque no serán ustedes los que hablen,
sino que el Espíritu de su Padre hablará por ustedes.
El hermano entregará al hermano a la muerte, el padre al hijo; se rebelarán los hijos contra sus padres y los matarán.
Y serán odiados por todos a causa de mi nombre; pero el que persevere hasta el final, se salvará. Cuando los persigan en una ciudad, huyan a otra.
En verdad les digo que no terminarán con las ciudades de Israel antes de que vuelva el Hijo del hombre».

Palabra del Señor.

 

*************

 

Volver al Señor y perseverar hasta el final

 

Queridos hermanos:

Las lecturas de este día nos presentan dos movimientos fundamentales de la vida cristiana: volver al Señor y perseverar en medio de las dificultades.

La primera lectura, tomada del profeta Oseas, comienza con una invitación llena de ternura: «Vuelve, Israel, al Señor, tu Dios». No se trata solamente de regresar exteriormente a unas prácticas religiosas, sino de volver con el corazón; reconocer nuestros errores, abandonar aquello que nos aleja de Dios y confiar nuevamente en su misericordia.

El pueblo había buscado su seguridad en alianzas humanas, en el poder político, en los ejércitos y en los ídolos. Había olvidado que su verdadera fuerza estaba en Dios. Por eso el profeta le pone en los labios una oración humilde: «Perdona del todo la iniquidad, recibe benévolo el sacrificio de nuestros labios».

Es como si el Señor dijera: “No necesito que vengas a mí aparentando ser fuerte. Ven como estás. Reconoce tu fragilidad, entrégame tus heridas, tus pecados y tus cansancios”.

Y la respuesta de Dios es maravillosa: «Yo curaré sus extravíos, los amaré sin que lo merezcan». Dios no solamente perdona: cura. No se limita a borrar la falta, sino que reconstruye el corazón herido. Hace florecer nuevamente la vida, como el rocío que refresca la tierra reseca.

Esta Palabra ilumina especialmente nuestra intención de hoy por quienes sufren en el cuerpo y en el alma.

Hay sufrimientos visibles: la enfermedad, el dolor físico, la limitación, el cansancio de los tratamientos, la angustia de un diagnóstico. Pero también existen dolores escondidos: la tristeza profunda, la ansiedad, la soledad, los recuerdos que atormentan, la pérdida de un ser querido, las heridas familiares, la sensación de no ser comprendido o amado.

Ante todos estos sufrimientos, el Señor nos dice: «Yo curaré sus extravíos». No siempre la curación llegará como nosotros la imaginamos ni en el momento que deseamos. Pero nadie que se acerca sinceramente a Dios permanece completamente igual. El Señor puede dar fortaleza para soportar, serenidad para esperar, personas que acompañen y una esperanza capaz de sostenernos aun en medio del dolor.

El salmo 50 prolonga esta súplica: «Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme». El salmista no pide únicamente que cambien las circunstancias externas; pide que Dios transforme su interior.

A veces pedimos: “Señor, quítame este problema”. Y es legítimo hacerlo. Pero también podríamos pedir: “Señor, mientras llega la solución, no permitas que pierda la fe; dame un corazón nuevo, un espíritu firme y devuélveme la alegría de tu salvación”.

El sufrimiento puede encerrarnos en nosotros mismos, volvernos amargos o hacernos sentir abandonados. Por eso necesitamos que Dios renueve nuestro espíritu. No para negar el dolor, sino para atravesarlo acompañados por Él.

En el Evangelio, Jesús envía a sus discípulos «como ovejas en medio de lobos». No les presenta una misión fácil. Les habla de tribunales, persecuciones, divisiones, rechazos y traiciones. Ser discípulo no significa quedar exento de las dificultades de la vida.

Jesús no engaña a sus seguidores. No les promete éxito inmediato, aplausos ni ausencia de sufrimiento. Les promete algo más profundo: la presencia del Espíritu.

«No se preocupen por lo que van a decir; en aquel momento se les sugerirá lo que tienen que decir, porque no serán ustedes los que hablen, sino el Espíritu de su Padre».

Cuando el discípulo se siente débil, Dios puede hablar a través de él. Cuando no sabe cómo afrontar una situación, el Espíritu lo sostiene. Cuando parece no tener fuerzas, la gracia de Dios se manifiesta en su fragilidad.

Jesús también recomienda: «Sean prudentes como serpientes y sencillos como palomas». La fe cristiana no es ingenuidad. Ser buenos no significa permitir que otros nos destruyan. Ser sencillos no significa carecer de discernimiento.

La prudencia nos ayuda a reconocer los peligros, a actuar responsablemente, a buscar ayuda médica, psicológica, espiritual o familiar cuando es necesario. La sencillez nos permite hacerlo sin odio, sin malicia y sin perder la bondad del corazón.

También en la pastoral con quienes sufren debemos unir esas dos actitudes. No basta decir a una persona enferma o angustiada: “Tenga fe”. Es necesario escucharla, acompañarla, ayudarla a recibir atención adecuada, respetar sus procesos y evitar juicios precipitados.

La comunidad cristiana está llamada a convertirse en ese lugar donde nadie tenga que sufrir completamente solo.

El Evangelio concluye con una palabra exigente y esperanzadora: «El que persevere hasta el final se salvará».

Perseverar no significa no cansarse nunca. Perseverar significa volver a levantarse. Es continuar confiando aun cuando la oración parece no tener respuesta; seguir amando aunque hayamos sido heridos; mantener encendida una pequeña luz cuando alrededor parece haber oscuridad.

Quizá alguna persona que nos escucha hoy se siente agotada. Tal vez ha luchado durante mucho tiempo contra una enfermedad, una tristeza o un problema familiar. La Palabra de Dios le dice: no estás solo; vuelve al Señor, déjate sanar por su amor y no abandones el camino.

Jesús no promete que no habrá lobos, pero asegura que el Espíritu estará con sus ovejas. No promete que no habrá lágrimas, pero puede convertirlas en semilla de esperanza. No promete que nunca caeremos, pero nos ofrece siempre su mano para levantarnos.

Pidamos hoy por quienes sufren en el cuerpo: por los enfermos, los hospitalizados, quienes esperan una cirugía, quienes viven con dolores crónicos y quienes se encuentran cerca del final de su vida.

Oremos también por quienes sufren en el alma: por los que viven en depresión, ansiedad, miedo, soledad o desconsuelo; por quienes han perdido el deseo de seguir adelante y por aquellos que no encuentran palabras para expresar lo que llevan dentro.

Que el Señor cure sus heridas, les conceda personas capaces de acompañarlos y renueve en ellos la alegría de la salvación.

Y para todos nosotros pidamos un corazón puro, un espíritu firme y la gracia de perseverar hasta el final.

Amén.

 

 

2

 

Mensajeros del Evangelio en medio de las dificultades

 

Queridos hermanos:

Jesús dijo a sus apóstoles:

«Miren que los envío como ovejas en medio de lobos; por eso, sean prudentes como serpientes y sencillos como palomas. Pero tengan cuidado con la gente, porque los entregarán a los tribunales, los azotarán en sus sinagogas y los harán comparecer ante gobernadores y reyes por mi causa, para que den testimonio ante ellos y ante los paganos»
(Mt 10,16-18).

Nadie busca espontáneamente la persecución. Todos deseamos vivir en paz, sentirnos comprendidos, aceptados y amados. Hemos sido creados para la comunión, no para la hostilidad; para la fraternidad, no para la violencia. El proyecto definitivo de Dios es reunirnos en su Reino, donde no habrá división, lágrimas ni enfrentamientos, sino la alegría de contemplarlo y alabarlo eternamente.

Sin embargo, nuestra realidad todavía está marcada por el pecado. Las guerras, la violencia, las injusticias y las divisiones afectan a las naciones, a las comunidades y también a las familias. Con frecuencia parece más fácil crear enemistad que construir la paz; destruir la reputación de una persona que dialogar con ella; responder con agresividad que buscar caminos de reconciliación.

Por eso, cuando Jesús envía a sus discípulos, no les promete una misión cómoda. Les dice con toda claridad: «Los envío como ovejas en medio de lobos». Esta imagen expresa, al mismo tiempo, la fragilidad del discípulo y la hostilidad que puede encontrar.

La oveja no posee garras ni colmillos para defenderse. Su seguridad está en el pastor. Del mismo modo, el cristiano no pone su confianza en la violencia, en la venganza ni en la imposición, sino en Cristo, el Buen Pastor. Nuestra fuerza no consiste en dominar a los demás, sino en permanecer fieles al Evangelio.

Volver al Señor con todo el corazón

La primera lectura, tomada del profeta Oseas, comienza con una invitación llena de misericordia:

«Vuelve, Israel, al Señor, tu Dios, porque tropezaste por tu culpa».

Antes de enviarnos a anunciar el Evangelio, Dios nos pide volver a Él. Nadie puede ser un verdadero mensajero del Reino si primero no permite que el Señor transforme su propio corazón.

El pueblo de Israel había buscado seguridad en las alianzas políticas, en los ejércitos y en los ídolos. Había confiado más en las fuerzas humanas que en Dios. Por eso reconoce:

«Asiria no nos salvará, no montaremos a caballo ni volveremos a llamar dios nuestro a la obra de nuestras manos».

Esta Palabra también nos cuestiona. ¿Dónde ponemos nosotros la seguridad? ¿En el dinero, en el prestigio, en el poder, en la aprobación de los demás? ¿Buscamos quedar bien con todos, incluso a costa de callar la verdad?

Una de las maneras más fáciles de evitar el rechazo es no defender nada, no manifestar convicciones y permanecer siempre en silencio. Quien nunca habla de la verdad, de la justicia, de la dignidad humana o de las enseñanzas del Evangelio probablemente no incomodará a nadie.

Pero el discípulo no puede vivir escondiendo la luz recibida.

Eso no significa que deba comportarse con arrogancia o condenar a los demás. La verdad cristiana no se impone con agresividad; se propone con claridad, respeto y caridad. Hablar con valentía no significa hablar con dureza. Defender la fe no significa humillar a quien piensa diferente.

El profeta Oseas anuncia una promesa maravillosa de Dios:

«Yo curaré sus extravíos, los amaré generosamente».

El Señor no solamente perdona; también cura. Sana nuestra cobardía, nuestro orgullo, nuestras heridas y nuestras contradicciones. Nos hace capaces de anunciar su Palabra no desde la superioridad, sino desde la experiencia de haber sido amados y levantados por Él.

Quien sabe que ha sido perdonado no anuncia el Evangelio con desprecio, sino con misericordia.

«Señor, ábreme los labios»

El salmo 50 pone en nuestra boca una oración muy apropiada para todo evangelizador:

«Señor, ábreme los labios, y mi boca proclamará tu alabanza».

Antes de hablar de Dios, debemos pedirle que Él abra nuestros labios. Porque podemos hablar mucho y, sin embargo, no transmitir el Evangelio. Podemos pronunciar palabras religiosas y, al mismo tiempo, herir, dividir o buscar nuestra propia gloria.

El salmista también suplica:

«Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme».

La misión comienza en el corazón. Necesitamos un corazón limpio de resentimientos, de vanidad y de deseos de imponernos. Necesitamos un espíritu firme para no abandonar la fe cuando aparezcan la incomprensión o la oposición.

Jesús asegura a sus discípulos que, cuando sean llevados ante los tribunales, no deberán angustiarse excesivamente por lo que van a decir:

«No serán ustedes los que hablen, sino el Espíritu de su Padre quien hablará por ustedes».

Esto no significa que el cristiano no deba formarse, estudiar o preparar su testimonio. Significa que, en el momento de la prueba, no estará solo. El Espíritu Santo le concederá sabiduría, fortaleza y las palabras necesarias.

Prudentes como serpientes y sencillos como palomas

Jesús pide dos actitudes que deben permanecer unidas: prudencia y sencillez.

Ser «prudentes como serpientes» significa aprender a discernir, reconocer los peligros, evitar las trampas y no actuar ingenuamente. La fe no nos pide exponernos inútilmente ni entrar en conflictos que pueden evitarse. A veces será necesario callar, esperar el momento oportuno, buscar otro camino o pedir consejo.

Pero Jesús también dice: «Sean sencillos como palomas». La prudencia cristiana no puede convertirse en astucia maliciosa, manipulación o cobardía. La sencillez significa pureza de intención, transparencia, ausencia de odio y libertad frente al deseo de venganza.

El discípulo debe ser inteligente sin ser engañoso, firme sin ser violento, claro sin ser ofensivo y valiente sin volverse temerario.

Cuando nos persiguen, insultan o rechazan, la tentación es responder con las mismas armas. Pero devolver odio por odio no pertenece al Evangelio. El cristiano no vence al adversario destruyéndolo, sino permaneciendo fiel al amor.

Dar testimonio en medio del sufrimiento

Esta Palabra ilumina también nuestra oración por quienes sufren en el cuerpo y en el alma.

Hay personas que viven la enfermedad, la soledad, la angustia, la depresión, el dolor físico o profundas heridas interiores. Algunas, además de sufrir, se sienten incomprendidas o juzgadas. También ellas pueden experimentar que están como ovejas en medio de circunstancias amenazantes.

El Señor no les promete que desaparecerá inmediatamente todo sufrimiento, pero les asegura que no las abandonará. Su Espíritu puede sostenerlas cuando ya no encuentran palabras, cuando no saben cómo orar o cuando sienten que las fuerzas se agotan.

A veces, el testimonio cristiano más elocuente no consiste en pronunciar grandes discursos, sino en perseverar, seguir confiando, aceptar ayuda y continuar amando en medio de la prueba.

También nosotros estamos llamados a convertirnos en presencia del Buen Pastor para quien sufre: escuchar sin juzgar, acompañar con paciencia, ofrecer ayuda concreta y recordar que buscar asistencia médica o psicológica no contradice la fe, sino que puede ser uno de los caminos por los cuales Dios manifiesta su cuidado.

Una misión que continúa

Jesús preparaba a los Doce para una misión difícil. Debían anunciar que el Reino de Dios estaba cerca, curar enfermos, expulsar el mal y preparar las ciudades para la llegada del Señor. Podría pensarse que todos recibirían con alegría este anuncio, pero Jesús les advierte que también encontrarán resistencia.

Lo mismo sucede hoy. Cuando proclamamos la dignidad de toda vida humana, la importancia del perdón, la fidelidad en el amor, la justicia con los pobres o la salvación que Cristo ofrece, podemos encontrar rechazo.

La pregunta es: ¿estamos dispuestos a soportar alguna dificultad por amor a Cristo? ¿Somos capaces de decir la verdad con caridad y recibir la oposición sin perder la paz?

No se trata de buscar conflictos. Se trata de no renunciar al Evangelio por miedo.

Pidamos hoy al Señor que nos conceda volver a Él de todo corazón, recibir su perdón y dejarnos sanar. Que cree en nosotros un corazón puro, renueve nuestro espíritu y abra nuestros labios para proclamar su alabanza.

Que nos haga mensajeros prudentes y sencillos, valientes y humildes, capaces de llevar la luz a un mundo herido sin responder a la oscuridad con más oscuridad.

Y que quienes sufren en el cuerpo o en el alma experimenten la cercanía del Buen Pastor, que no abandona a sus ovejas y las conduce, aun por senderos difíciles, hacia la vida y la paz.

Oración final

Señor Jesús, Rey glorioso,
Tú viniste a establecer entre nosotros
tu Reino de verdad, justicia y amor.

Envíanos a preparar tus caminos
en el corazón de nuestras familias,
en nuestras comunidades
y allí donde nos llames a dar testimonio.

Haznos prudentes como serpientes
y sencillos como palomas;
sabios sin malicia,
valientes sin violencia,
firmes en la verdad
y humildes en el amor.

Cura nuestros extravíos,
crea en nosotros un corazón puro
y abre nuestros labios
para proclamar tu alabanza.

Fortalece a quienes sufren
en el cuerpo y en el alma.
Que encuentren consuelo en tu presencia
y hermanos que los acompañen con ternura.

Jesús, Buen Pastor,
en Ti confiamos.
Amén.

En los 180 años de su nacimiento: Léon Bloy, el mendigo que buscaba el Absoluto

  Hay autores que uno lee de principio a fin y luego, con el paso de los años, termina olvidando. Hay otros, en cambio, de quienes apenas ...