(Mc 6,1-6) Jesús
experimenta el rechazo en su propia tierra, invitándonos a examinar nuestra fe:
¿sabemos reconocer la acción de Dios cuando se manifiesta en lo cotidiano y
cercano?
Dispongamos el corazón para acoger la Palabra que sana, convierte y renueva
nuestra confianza en el Señor.
Primera
lectura
Soy yo el que
ha pecado al censar al pueblo. Pero ellos, las ovejas, ¿qué han hecho?
Lectura del segundo libro de Samuel.
EN aquellos días, el rey David mandó a Joab, jefe del ejército, que estaba a su
lado:
«Recorre todas las tribus de Israel, desde Dan a Berseba, y haz el censo del
pueblo, para que sepa su número».
Joab entregó al rey el número del censo del pueblo: Israel contaba con
ochocientos mil guerreros, que podían empuñar la espada y Judá con quinientos
mil hombres.
Pero después, David sintió remordimiento por haber hecho el censo del pueblo. Y
dijo al Señor:
«He pecado gravemente por lo que he hecho. Ahora, Señor, perdona la falta de tu
siervo, que ha obrado tan neciamente».
Al levantarse David por la mañana, el profeta Gad, vidente de David, recibió
esta palabra del Señor:
«Ve y di a David: así dice el Señor. “Tres cosas te propongo. Elige una de
ellas y la realizaré”».
Gad fue a ver a David y le notificó:
«¿Prefieres que vengan siete años de hambre en tu país, o que tengas que huir
durante tres meses ante tus enemigos, los cuales te perseguirán, o que haya
tres días de peste en tu país? Ahora, reflexiona y decide qué he de responder
al que me ha enviado».
David respondió a Gad:
«¡Estoy en un gran apuro! Pero pongámonos en manos del Señor, cuya misericordia
es enorme, y no en manos de los hombres».
Y David escogió la peste. Eran los días de la recolección del trigo. El Señor
mandó la peste a Israel desde la mañana hasta el plazo fijado.
Murieron setenta y siete mil hombres del pueblo desde Dan hasta Berseba.
El ángel del Señor extendió su mano contra Jerusalén para asolarla. Pero el
Señor se arrepintió del castigo y ordenó al ángel que asolaba al pueblo:
«¡Basta! Retira ya tu mano».
El ángel del Señor se encontraba junto a la era de Arauná, el jebuseo. Al ver
al ángel golpeando al pueblo, David suplicó al Señor:
«Soy yo el que ha pecado y el que ha obrado mal. Pero ellos, las ovejas, ¿qué
han hecho? Por favor, carga tu mano contra mí y contra la casa de mi padre».
Palabra de Dios.
Salmo
R. Perdona,
Señor, mi culpa y mi pecado.
V. Dichoso el
que está absuelto de su culpa,
a quien le han sepultado su pecado;
dichoso el hombre a quien el Señor no le apunta el delito
y en cuyo espíritu no hay engaño. R.
V. Había
pecado, lo reconocí,
no te encubrí mi delito;
propuse: «Confesaré al Señor mi culpa»,
y tú perdonaste mi culpa y mi pecado. R.
V. Por eso,
que todo fiel te suplique
en el momento de la desgracia:
la crecida de las aguas caudalosas
no lo alcanzará. R.
V. Tú eres mi
refugio,
me libras del peligro,
me rodeas de cantos de liberación. R.
Aclamación
V. Mis ovejas
escuchan mi voz —dice el Señor—, y yo las conozco, y ellas me siguen. R.
Evangelio
No desprecian
a un profeta más que en su tierra
Lectura del santo Evangelio según san Marcos.
EN aquel tiempo, Jesús se dirigió a su ciudad y lo seguían sus discípulos.
Cuando llegó el sábado, empezó a enseñar en la sinagoga; la multitud que lo oía
se preguntaba asombrada:
«¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es esa que le ha sido dada? ¿Y esos
milagros que realizan sus manos? ¿No es este el carpintero, el hijo de María,
hermano de Santiago y José y Judas y Simón? Y sus hermanas ¿no viven con
nosotros aquí?».
Y se escandalizaban a cuenta de él.
Les decía:
«No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su
casa».
No pudo hacer allí ningún milagro, solo curó algunos enfermos imponiéndoles las
manos. Y se admiraba de su falta de fe.
Y recorría los pueblos de alrededor enseñando.
Palabra del Señor.
1
1) Un corazón que se deja
corregir
La primera lectura nos muestra a David en un
momento delicado: manda hacer un censo del pueblo (2S 24). No es un simple dato
estadístico; en el fondo es una tentación: medirse, asegurarse, controlar,
como si la fuerza del pueblo garantizara el futuro. Cuando el corazón se apoya
demasiado en números, poder o estrategias, se le va haciendo difícil apoyarse
en Dios.
Y entonces llega lo más importante: “David
sintió remordimiento” (2S 24,10). No justifica, no maquilla, no culpa a
otros. Reconoce: “He pecado gravemente”. En la Biblia, ese instante de verdad
es el inicio del milagro. Porque el Señor no se cansa de rescatar al que se
deja tocar por la conciencia.
Aquí ya se abre una luz para nuestra intención por
los enfermos: muchas veces la enfermedad nos “desinstala”, nos quita
seguridades, nos deja sin control… y ahí se decide algo grande: o nos
encerramos en la angustia, o aprendemos a confiar.
2) El Dios que castiga… o el Dios
que sana
Este pasaje nos impresiona: aparece una plaga, un
castigo, un ángel que hiere. Es un lenguaje bíblico fuerte, propio de una etapa
donde se interpretaba el sufrimiento como consecuencia directa del pecado.
Pero en el mismo texto hay un giro que revela el
corazón de Dios: Dios se conmueve y detiene la desgracia (2S 24,16).
David intercede: “Yo he pecado; ¿qué han hecho estas ovejas?” (2S 24,17). Es
bellísimo: el rey se pone delante como responsable, como pastor que protege.
A la luz de todo el Evangelio, entendemos mejor:
Dios no se deleita en el dolor humano. El Señor no es un verdugo; es un
Padre que busca salvar. Y si permite que ciertas pruebas nos alcancen,
nunca es para destruir, sino para despertar, purificar, acercar el corazón a lo
esencial.
Por eso, cuando visitamos a un enfermo o rezamos
por él, conviene desterrar esa frase que a veces hiere más que la enfermedad:
“Dios te mandó esto”. No. Dios no manda la enfermedad como castigo. Dios
se hace compañero en el valle oscuro, y abre caminos de esperanza incluso donde
humanamente no los vemos.
3) “Dichoso el que ha sido
absuelto”
El salmo de hoy es como un bálsamo (Sal 32/31). No
canta al “perfecto”, sino al perdonado:
“Dichoso el que está absuelto de su culpa”;
“Te confesé mi pecado… y tú perdonaste”.
Esto es medicina del alma. Hay enfermos del cuerpo
que sostienen una fe luminosa. Y hay gente “sana” por fuera, pero rota por
dentro: resentimientos, culpas, duelos, miedos. La Palabra hoy nos recuerda que
hay una sanación indispensable: la reconciliación con Dios, la paz del
corazón.
A los enfermos, esta palabra les dice: No estás
solo; tu vida no se reduce a un diagnóstico; Dios es tu refugio.
A la comunidad, esta palabra le dice: Acompaña, perdona, reconcilia, levanta
al caído, no juzgues.
4) Jesús rechazado: el obstáculo
más grande es la falta de fe
El Evangelio (Mc 6,1-6) nos coloca en Nazaret. Los
paisanos de Jesús lo conocen desde niño, y justamente por eso se
escandalizan: “¿De dónde le viene todo esto? ¿No es el carpintero?” Lo
reducen a lo que recuerdan, le cierran la puerta a la novedad de Dios.
Y sucede algo tremendo: “no pudo hacer allí
ningún milagro”, sólo curó a algunos imponiéndoles las manos. ¿Por qué? No
porque Jesús pierda poder, sino porque la incredulidad levanta un muro. Dios
respeta la libertad; el Señor no violenta el corazón. El milagro necesita una
rendija de confianza por donde entrar.
Aquí hay un mensaje directo para nuestra oración
por los enfermos:
- Cuando
la enfermedad se prolonga, puede crecer la amargura: “Dios ya no me oye”.
- Cuando
el dolor aprieta, puede crecer el miedo: “No hay salida”.
- Cuando
la medicina no alcanza, puede aparecer la desesperanza.
Pero el Evangelio insiste: la fe no niega el
dolor; la fe lo entrega.
La fe no siempre cambia la situación, pero cambia el corazón y lo vuelve
capaz de atravesar la prueba con una paz que no es de este mundo.
5) ¿Qué “Nazaret” hay en mi
corazón?
A veces el “Nazaret” no está afuera, sino dentro:
esa zona donde decimos:
- “Dios
no puede actuar aquí.”
- “Esto
no va a cambiar.”
- “Yo
ya soy así.”
- “A
mí no me van a sanar.”
- “Mi
familia nunca.”
- “Con
ese sacerdote, con esa comunidad, nada.”
Jesús sigue pasando. Y como en Nazaret, puede
encontrar puertas cerradas… o corazones sencillos. Lo dramático no es que
falten milagros, sino que falte fe. El milagro más grande es volver a
confiar.
6) Mirada pastoral hacia los
enfermos
Hoy, al rezar por los enfermos, pidamos tres
gracias:
1. La gracia de la paz interior: que el Señor los envuelva con
su presencia, y que la culpa, el miedo o la tristeza no los aplasten.
2. La gracia de una fe humilde: esa fe de “rendija” por donde
Dios entra: “Señor, si quieres, puedes…”; “Señor, en tus manos…”
3. La gracia de una comunidad que
acompaña: que no
dejemos solos a los que sufren; que sepamos estar, escuchar, ayudar, orar,
llevar consuelo y, cuando sea posible, los sacramentos.
Porque muchas veces, el Señor hace su obra mediante
manos humanas: una visita, un mensaje, una oración, una medicina compartida,
una presencia fiel.
Conclusión
Hermanos, David nos enseña a reconocer el pecado y
a interceder; el salmo nos enseña a confesar y a descansar en el perdón; el
Evangelio nos alerta contra el corazón que se acostumbra y ya no cree.
Que hoy, al presentar en el altar a nuestros
enfermos, le digamos al Señor con sencillez:
“Tú eres mi refugio; líbrame del peligro; rodéame con cantos de liberación.”
Y que, al salir, seamos para ellos un signo concreto del cuidado de Dios:
cercanía, paciencia, esperanza.
Oremos:
Señor Jesús, médico de los cuerpos y de las almas, mira con compasión a
nuestros enfermos. Fortalece a quienes están en dolor, ilumina a los médicos y
cuidadores, consuela a las familias, y aviva en todos la fe que abre la puerta
a tus milagros. Amén.
2
1) Puerta de entrada: cuando lo
conocido se vuelve obstáculo
Hay un dicho popular que encierra mucha verdad: “la
familiaridad engendra desprecio”. A veces, con quienes más convivimos
—familia, vecinos, compañeros— se nos hace más fácil ver defectos que virtudes,
más fácil sospechar que admirar, más fácil reducir al otro a una etiqueta que
abrirnos a lo nuevo que Dios puede estar haciendo en su vida.
Y esto no sucede solo en relaciones humanas:
también puede pasar en la fe. Podemos acostumbrarnos tanto a Dios, a la
Iglesia, a la Palabra, a la Eucaristía, que terminamos mirando todo como “lo de
siempre”, sin asombro, sin expectación, sin corazón disponible. Y cuando se
pierde el asombro, comienza a enfriarse la fe.
2) El Evangelio: Jesús “demasiado
conocido” para ser escuchado
El Evangelio de hoy (Mc 6,1-6) nos muestra a Jesús
regresando a su pueblo. Entra a la sinagoga y enseña. La gente se asombra… pero
no se abre. Se asombra y se cierra. Y empiezan las frases que matan la
esperanza:
- “¿De
dónde le viene todo esto?”
- “¿No
es éste el carpintero?”
- “¿No
es el hijo de María…?”
Lo reducen al “Jesús que ellos creen conocer”: el
muchacho del barrio, el trabajador del pueblo, alguien predecible, alguien sin
misterio. Y por eso “se escandalizaban de él”. No es que Jesús haya cambiado de
verdad: es que ellos no pudieron reconciliar lo cotidiano con lo divino,
lo familiar con lo sorprendente, lo humilde con lo grande.
Entonces se cumple la frase dura:
“Un profeta no es despreciado sino en su tierra, entre sus parientes y en su
casa.”
Y el texto remata con un dolor silencioso: “no pudo hacer allí ningún
milagro… y se maravilló de su falta de fe.”
Dios respeta la libertad. La incredulidad no le
quita a Jesús su poder; pero sí le cierra la puerta a su acción. Como si
la gracia tocara… y el corazón no abriera.
3) Aplicación: ¿dónde nos está
pasando “Nazaret” hoy?
Nazaret no es solo un lugar en el mapa; es una
actitud del corazón. Nazaret ocurre cuando:
- ya
no escucho de verdad a los míos, porque “ya los conozco”;
- reduzco
a alguien a su pasado, a su error, a su caída;
- me
cuesta reconocer que Dios puede obrar en lo pequeño, en lo sencillo, en lo
cotidiano;
- y,
lo más delicado: cuando me acostumbro tanto a la fe que ya no espero
nada.
Esto puede suceder incluso dentro de una comunidad
cristiana: el ambiente de familiaridad se vuelve rutina y la rutina se vuelve
indiferencia. Y la indiferencia termina apagando milagros.
4) Primera lectura: el pecado de
medir la vida sin Dios
La primera lectura (2S 24) habla de David y el
censo. A simple vista, parece un asunto administrativo, pero en el fondo revela
una tentación espiritual: querer apoyarse en números, en fuerzas humanas, en
controles, como si la seguridad dependiera de lo cuantificable.
Cuando David “toma cuenta del pueblo”, está tentado
a creer que su futuro está garantizado por la estadística y no por la promesa.
Y entonces viene el golpe interior: “David sintió remordimiento”. Ese
remordimiento es gracia. Es Dios tocando la conciencia para que el rey vuelva a
la verdad.
Aquí la Escritura nos enseña algo crucial: el
verdadero poder no está en contar, sino en confiar; no en controlar, sino en
obedecer; no en las seguridades visibles, sino en la fidelidad de Dios.
Y David reacciona como pastor: asume
responsabilidad y suplica por el pueblo:
“Yo soy el que pequé… ¿qué han hecho estas ovejas?”
Es intercesión. Es corazón de pastor. Es figura de Cristo, que carga con lo que
no le corresponde para salvar a los suyos.
5) El Salmo: la medicina del
corazón herido
El salmo 32(31) es una terapia del alma:
“Te confesé mi pecado… y tú perdonaste.”
“Tú eres mi refugio.”
Para tantos enfermos —y para quienes los acompañan—
esta palabra es un descanso: la enfermedad suele traer preguntas, culpas
antiguas, temores, y a veces soledad. Pero la Palabra nos dice: no estás
abandonado. Hay un refugio que no se derrumba: Dios.
La misericordia no es un premio para los fuertes;
es el hogar de los frágiles. Y el salmo lo afirma: dichoso no el impecable,
sino el reconciliado; dichoso el que deja de fingir y se pone en manos de Dios.
6) Intención por los enfermos: fe
que abre espacio al milagro
El Evangelio dice que Jesús “curó a algunos
enfermos imponiéndoles las manos”. ¡Qué gesto tan de Iglesia! El Señor se
acerca, toca, sostiene, consuela. A veces pedimos que el milagro sea inmediato;
pero el primer milagro que Dios realiza en el enfermo es más profundo: no
dejarlo solo, darle paz, sostener la esperanza.
Hoy, al orar por los enfermos, pidamos tres
gracias:
1. La gracia de no vivir la
enfermedad en “Nazaret”, es decir, sin fe, sin confianza, sin apertura.
2. La gracia de reconocer a Cristo
obrando en lo
cercano: en un médico, una enfermera, un cuidador, una llamada, una visita, un
sacramento, una comunidad.
3. La gracia de una fe sencilla que diga: “Señor, no entiendo
todo, pero confío en Ti”.
Porque la fe no siempre cambia la situación, pero siempre
puede cambiar el corazón: lo vuelve capaz de atravesar la noche con una luz
interior.
7) Examen breve: aprender a
“buscar a Cristo” en los más cercanos
Hoy se nos invita a un examen concreto:
¿A quiénes tengo demasiado “vistos”, demasiado “sabidos”, demasiado
“clasificados”?
¿En quiénes me cuesta celebrar el bien?
¿En quiénes prefiero recordar fallas que reconocer crecimiento?
Y no solo con otros: también con uno mismo. Hay
personas que se miran con desprecio y se dicen: “Yo no cambio”, “yo no valgo”,
“Dios no me usa”. Eso también es Nazaret: no creer que Dios puede obrar en
mi propia historia.
Hoy el Señor nos dice: busca y encontrarás.
Busca a Cristo en tu casa. En tu comunidad. En tu propia vida. No te quedes en
lo superficial. En lo ordinario se esconde lo eterno.
Conclusión
Hermanos, lo trágico de Nazaret no fue que Jesús
faltara; fue que la fe faltó. Y lo hermoso del Evangelio es que todavía
estamos a tiempo: abrir el corazón, salir de la rutina, dejar que Dios nos
sorprenda.
Que María, que supo reconocer lo grande de Dios en
lo humilde de Nazaret, nos enseñe a creer. Y que el Señor visite hoy, con su
paz y su fuerza, a todos nuestros enfermos.
Oración final (por los enfermos)
Señor Jesús, médico de las almas y de los cuerpos,
mira con compasión a nuestros enfermos.
Impón tu mano sobre ellos: dales alivio en el dolor, paciencia en la prueba,
paz en el corazón y esperanza firme.
Sostén a sus familias, ilumina a los cuidadores y fortalece nuestra fe para
reconocerte presente en lo cotidiano.
Jesús, en Ti confiamos. Amén.


