sábado, 10 de octubre de 2026

10 de octubre del 2026: sábado de la vigésima séptima semana del tiempo ordinario II- San Daniel Comboni-memoria opcional

 

Testigo de la fe:

San Daniel Comboni (1831–1881)

«Ganar África para Cristo»: tal fue la aspiración de este tenaz sacerdote italiano que fundó dos congregaciones religiosas misioneras. Nombrado obispo de Jartum (Sudán), luchó contra los traficantes de esclavos.

Nacido en una familia humilde de Italia, recibió la ordenación sacerdotal en 1854 y partió hacia África en 1857. Las enfermedades, las dificultades y la muerte de sus compañeros no apagaron su ardor misionero. Su proyecto se resumía en una convicción: «Salvar África por medio de África», promoviendo que los propios africanos fueran protagonistas de la evangelización de sus pueblos. Fundó los institutos de los Misioneros Combonianos en 1867 y de las Misioneras Combonianas en 1872.

En 1877 fue nombrado vicario apostólico de África Central y consagrado obispo. Desde Jartum, perseveró en el anuncio del Evangelio y en la defensa de la dignidad de las personas esclavizadas. Murió el 10 de octubre de 1881, a los cincuenta años. San Juan Pablo II lo canonizó el 5 de octubre de 2003.

Su testimonio nos invita a unir el anuncio de Jesucristo con el servicio a los más olvidados, confiando en que Dios hace fecunda nuestra entrega, incluso en medio de las dificultades.

San Daniel Comboni, ruega por nosotros y por todos los misioneros.

 


 

¡Liberados!

¡Ya no hay esclavos, todos libres! San Pablo sabía bien lo que significaba ser esclavo. Tras atravesar el mar Rojo, el pueblo que había salido de la esclavitud en Egipto había descubierto la libertad…

En Cristo, esta liberación adquiere una profundidad nueva: por la fe y el bautismo somos hijos de Dios. Las diferencias de origen, condición social o sexo no pueden convertirse en barreras que separen o rebajen nuestra dignidad. Todos estamos llamados a ser uno en Cristo Jesús, herederos de la promesa y miembros de una misma familia.

Pero la libertad recibida necesita hacerse vida. Jesús nos señala el camino: escuchar la Palabra de Dios y ponerla en práctica. Ser libres es aprender a amar sin quedar prisioneros del egoísmo, del miedo o de los prejuicios. La Palabra acogida en el corazón transforma nuestra manera de mirar y de actuar.

María vivió plenamente esta libertad: escuchó, creyó y respondió con toda su existencia. Con ella, dejémonos conducir por el Señor hacia la alegría de sus hijos.

Señor Jesús, libéranos de cuanto nos impide amar y enséñanos a vivir tu Palabra. Amén.



 

Primera lectura

Gál 3, 22-29

Todos son hijos de Dios por la fe

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Gálatas.


HERMANOS:
La Escritura lo encerró todo bajo el pecado, para que la promesa se otorgara por la fe en Jesucristo a los que creen.
Antes de que llegara la fe, éramos prisioneros y estábamos custodiados bajo la ley hasta que se revelase la fe.
La ley fue así nuestro pedagogo, hasta que llegara Cristo, a fin de ser justificados por fe; pero una vez llegada la fe, ya no estamos sometidos al pedagogo. Pues todos son hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús.
Cuantos han sido bautizados en Cristo, se han revestido de Cristo. No hay judío y griego, esclavo y libre, hombre y mujer, porque todos ustedes son uno en Cristo Jesús. Y si son de Cristo, son descendencia de Abrahán y herederos según la promesa.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 104, 2-3. 4-5. 6-7 (R.: 8a)

R. El Señor se acuerda de su alianza eternamente.

O bien:

R. Aleluya.

V. Cántenle al son de instrumentos,
hablen de sus maravillas.
Gloríense de su nombre santo,
que se alegren los que buscan al Señor.
R.

V. Recurran al Señor y a su poder,
busquen continuamente su rostro.
Recuerden las maravillas que hizo,
sus prodigios, las sentencias de su boca.
R.

V. ¡Estirpe de Abrahán, su siervo;
hijos de Jacob, su elegido!
El Señor es nuestro Dios,
él gobierna toda la tierra.
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen. R.

 

Evangelio

Lc 11, 27-28

Bienaventurado el vientre que te llevó. Mejor, bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

EN aquel tiempo, mientras Jesús hablaba a la gente, una mujer de entre el gentío, levantando la voz, le dijo:
«Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron».
Pero él dijo:
«Mejor, bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen».

Palabra del Señor.

 

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La libertad de escuchar y vivir la Palabra

 

Hermanos y hermanas:

El Evangelio de hoy nos ofrece una promesa que puede acompañarnos durante toda la jornada: hay una felicidad que nace de escuchar a Dios y vivir su Palabra. Jesús la pone al alcance de todos. Y san Pablo nos ayuda a comprender por qué podemos responder a esa invitación: por la fe y el bautismo pertenecemos a Cristo y hemos recibido la dignidad de hijos de Dios.

La palabra «liberados» nos lleva a recordar al pueblo de Israel atravesando el mar Rojo y dejando atrás la esclavitud de Egipto. Aquella salida inauguró un camino en el que el pueblo tuvo que aprender a confiar en Dios. También nuestra libertad cristiana necesita crecer: podemos desear sinceramente el bien y descubrir, al mismo tiempo, cuánto nos cuesta desprendernos del orgullo o del resentimiento.

En la primera lectura, Pablo reconoce la función de la Ley como una guía que preparó el camino hacia Cristo. Ahora nos invita a acoger la salvación que Jesús nos ofrece. La vida nueva comienza con su gracia; nuestra fidelidad es la respuesta agradecida a ese amor. Cuando olvidamos esto, podemos vivir la religión como una carga y perder la confianza de los hijos.

El bautismo nos ha unido a Cristo. Por eso, las diferencias entre judíos y griegos, esclavos y libres, hombres y mujeres no pueden convertirse en motivos para negar la dignidad de nadie. Esta enseñanza toca nuestra comunidad: el dinero, el apellido o la preparación académica no hacen que alguien valga más ante Dios. Cada persona merece ser acogida y escuchada.

Señor, ayúdanos a creer lo que tantas veces hemos oído: somos tus hijos. Que esa certeza cambie nuestra manera de tratarnos y nos dé valor para reconocer a quienes hemos despreciado.

El salmo nos permite descansar en una certeza: «El Señor se acuerda de su alianza eternamente». En la Biblia, ese recuerdo de Dios expresa su fidelidad activa: sostiene a su pueblo y cumple sus promesas. Podemos volver a él después de una caída porque su misericordia sigue llamándonos. La conversión comienza también cuando dejamos de escondernos y nos atrevemos a confiar.

El salmista nos invita, además, a buscar al Señor y recordar sus maravillas. A veces, una preocupación ocupa tanto espacio que nos hace olvidar todo el bien recibido. Hagamos memoria de una ayuda oportuna, de una reconciliación, de alguien que nos sostuvo cuando estábamos débiles. Ese agradecimiento alimenta la esperanza y dispone el corazón para escuchar.

Entremos ahora en la escena del Evangelio. Jesús está hablando y, entre la multitud, una mujer levanta la voz para felicitar a la madre que lo llevó en su seno y lo amamantó. Podemos reconocer en ese gesto algo muy cercano: cuando una persona nos conmueve por su bondad, pensamos con gratitud en quien la crió. La mujer expresa su admiración por Jesús elogiando a su madre.

Jesús responde: «Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen». Con estas palabras abre a toda la multitud el camino de la bienaventuranza. Cada uno puede acoger a Dios y permitir que su Palabra dé fruto.

Esta respuesta ilumina la grandeza de María. Su maternidad divina es un don único, y toda su vida está marcada por la fe con que acogió ese don. Escuchó el anuncio del ángel, se puso a disposición de Dios y siguió creyendo cuando no comprendía todo lo que ocurría. Guardó los acontecimientos en su corazón y permaneció unida a su Hijo hasta la cruz. La dicha que Jesús proclama resplandece en ella.

Al escuchar a Jesús, también nosotros podemos sentirnos incluidos. Quizá alguno piense que sabe poco de la Biblia, que tiene un pasado difícil o que le cuesta expresarse al rezar. El Señor le ofrece un camino real de cercanía: escuchar su voz y responder desde la vida que tiene hoy. La santidad puede crecer en una casa sencilla, en el trabajo del campo o junto a la cama de un enfermo.

Detengámonos en el primer verbo: escuchar. Hace falta dar tiempo a Dios y dejar que nos hable personalmente. Podemos oír una lectura y pensar enseguida en la persona que debería cambiar. La escucha creyente nos lleva a preguntarnos qué necesita transformar el Señor en nosotros. Una frase del Evangelio, acogida con humildad, puede ayudarnos a reconocer una herida que debemos atender o una conducta que debemos corregir.

El segundo verbo es cumplir. La Palabra busca una respuesta concreta. Si hemos escuchado una invitación al perdón, podemos comenzar pidiendo la gracia de soltar el rencor. Si reconocemos que nuestras palabras han herido, podemos pedir perdón. Si el Evangelio nos acerca al que sufre, podemos dedicarle tiempo y ayudarlo según nuestras posibilidades.

Muchas veces esa respuesta será pequeña y exigirá perseverancia. Habrá que volver a intentarlo al día siguiente. Dios conoce nuestra fragilidad y nos sostiene con su gracia. La felicidad que Jesús promete puede convivir con el esfuerzo y con las lágrimas: es la alegría profunda de sabernos amados y de caminar en su amistad.

Aquí se unen la primera lectura y el Evangelio. Cristo nos comunica una libertad que va madurando en el amor. Cuando podemos responder con serenidad a una ofensa o actuar con honradez aunque perdamos una ventaja, esa libertad empieza a tomar forma en nuestra vida. Escuchar al Señor nos ayuda a elegir el bien con un corazón cada vez más disponible.

San Daniel Comboni, a quien recordamos hoy, dio una respuesta concreta a la Palabra: dedicó su vida a la evangelización de África y luchó contra la esclavitud. Además, confió en que los propios africanos fueran protagonistas de la evangelización de sus pueblos. Su testimonio nos anima a unir la fe con la defensa de la dignidad humana y a reconocer los dones de las personas a quienes servimos.

En este sábado nos confiamos especialmente a la Virgen María. Nuestra devoción a ella encuentra fruto cuando aprendemos de su escucha y de su disponibilidad. Al rezar el Rosario, podemos presentarle una situación concreta y pedirle que nos ayude a responder como discípulos de Jesús: con paciencia en casa, con honestidad en nuestras responsabilidades, con atención a quien necesita compañía.

Dentro de unos momentos nos acercaremos a la mesa del Señor. El mismo Cristo que nos habla se nos entrega como alimento. Traigamos ante él nuestras resistencias y también nuestro deseo de cambiar. Pidámosle que su presencia nos fortalezca para vivir, al salir de esta Eucaristía, la Palabra que hemos escuchado.

Dejemos que una pregunta nos acompañe hoy: ¿Qué palabra de Jesús necesito tomar en serio y qué paso concreto voy a dar para ponerla en práctica?

Señor Jesús, gracias por hacernos hijos del Padre y reunirnos como hermanos. Libéranos de aquello que endurece nuestro corazón. Danos la humildad de escucharte y la fortaleza de responder a tu amor.

Virgen María, Madre nuestra, enséñanos a guardar la Palabra y a vivirla con fidelidad. Acompaña a nuestras familias y ayúdanos a llevar a los demás la alegría de creer. Amén.


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Daniel Comboni (1831-1881)

   


Daniel Comboni: hijo de campesinos pobres que llegó a ser el primer obispo de África Central y uno de los más grandes misioneros de la historia de la Iglesia.

Cuando el Señor decide intervenir y encuentra un alma generosa y disponible, podemos ver realizarse cosas grandes y nuevas.

  

Hijo “único” – Santos Padres 

Daniel Comboni nació en Limone sul Garda (Brescia - Italia) el 15 de marzo de 1831, en el seno de una familia de campesinos al servicio de un rico señor de la región. Su padre Louis y su madre Dominique están muy apegados a Daniel, el cuarto de ocho hijos, casi todos los cuales murieron a una edad temprana. Forman una familia unida, rica en fe y en valores humanos, pero pobre en medios económicos. Es precisamente la pobreza de la familia comboniana la que empuja a Daniel a dejar su pueblo para ir a la escuela de Verona, en el Instituto del Abad Nicolás Mazza.

Durante estos años pasados​​en Verona, Daniel descubrió su vocación al sacerdocio, completó sus estudios de filosofía y teología y, sobre todo, se abrió a la misión de África Central, atraído por el testimonio de los primeros misioneros del abad Mazza que regresaban del país. Continente africano. En 1854, Daniel Comboni fue ordenado sacerdote y tres años después partió hacia África con otros cinco misioneros del padre Mazza, con la bendición de su madre Dominique que le dijo: “Ve, Daniel, y que el Señor te bendiga”. 

En el corazón de África - con África en su corazón 

Después de cuatro meses de viaje, la expedición misionera de la que Comboni formaba parte llegó a Jartum, capital de Sudán. El impacto del contacto con la realidad africana es enorme. Comboni se da cuenta inmediatamente de las dificultades que entraña su nueva misión. El cansancio, el clima difícil, las enfermedades, la muerte de numerosos jóvenes compañeros de misión, la pobreza y la situación de abandono de las personas, lo empujan cada vez más a continuar y no abandonar lo que con tanto esfuerzo había iniciado. Desde la misión de Santa Cruz, escribió a sus padres: “Tendremos que cansarnos, sudar, morir; pero el pensamiento de que sudamos y morimos por amor a Jesucristo y a la salvación de las almas más abandonadas del mundo es demasiado dulce para hacernos desistir de esta gran empresa”.

Al presenciar la muerte en África de un joven compañero misionero, Comboni, en lugar de desanimarse, se sintió aún más confirmado internamente en su decisión de continuar su misión: “O África o la muerte”.

Y son siempre África y sus pueblos los que empujan a Comboni, una vez de regreso a Italia, a desarrollar una nueva estrategia misionera. En 1864, mientras rezaba ante la tumba de San Pedro en Roma, Daniel fue sorprendido por una iluminación deslumbrante que lo impulsó a desarrollar su famoso "Plan para la regeneración de África", un proyecto misionero que podría sintetizarse en una frase: “ Save Africa by Africa”, fruto de su confianza ilimitada en las capacidades humanas y religiosas del pueblo africano.

 

Un obispo misionero original 

En medio de tantas dificultades e incomprensiones, Daniel Comboni comprende que la sociedad europea y la Iglesia católica están llamadas a considerar más seriamente la misión de África Central. Para ello se dedicó a una incansable animación misionera en todos los rincones de Europa, pidiendo ayuda espiritual y material para las misiones a los Reyes, a los Obispos, a los ricos y sencillos y a los pobres. Y como instrumento de animación misionera fundó una revista misionera, la primera en Italia.

Su fe inquebrantable en el Señor y en África le llevó a fundar, en 1867 y 1872 respectivamente, los Institutos masculino y femenino de sus misioneros, más tarde conocidos como Misioneros Combonianos y Hermanas Misioneras Combonianas.

Como teólogo del obispo de Verona, participó en el Concilio Vaticano I, haciendo que 70 obispos suscribieran una petición a favor de la evangelización de África Central ( Postulatum pro Nigris Africæ Centralis ).

El 2 de julio de 1877, Comboni fue nombrado Vicario Apostólico de África Central; un mes después fue consagrado obispo: es la confirmación de que sus ideas y sus acciones, consideradas por muchos demasiado valientes o incluso locas, son muy eficaces para el anuncio del Evangelio y la liberación del continente africano.

Durante los años 1877-1878, con sus misioneros y misioneras, sufrió en cuerpo y mente la tragedia de una sequía y una hambruna sin precedentes, que redujo a la mitad la población local y agotó al personal y la actividad misionera.

 

La cruz, amiga y esposa 

En 1880, con siempre la misma valentía, monseñor Comboni regresó a África, por octava y última vez, junto a sus misioneros, decidido a continuar la lucha contra el flagelo de la esclavitud y a consolidar la actividad misionera entre los propios africanos. Al año siguiente, probado por el cansancio, las frecuentes y recientes muertes de sus colaboradores, la amargura de las acusaciones y las calumnias, el gran misionero cayó enfermo. El 10 de octubre de 1881, a la edad de cincuenta años, marcada por la cruz que nunca le abandonó como esposa fiel y amada, murió en Jartum, entre su pueblo, consciente de que su obra misionera no morirá. “Muero”, dijo, “pero mi obra, que es obra de Dios, no morirá”.

Daniel Comboni tenía razón. Su obra no está muerta; al contrario, como todas las grandes obras que "nacen a los pies de la cruz", sigue viviendo gracias al don de la propia vida que viven tantos hombres y mujeres que decidieron seguir a Comboni en el camino. de la ardua y apasionante misión entre los pueblos de la fe más pobres y los más abandonados de la solidaridad humana.

 

Las fechas fundamentales de su vida 

—Daniel Comboni nació en Limone sul Garda (Brescia - Italia) el 15 de marzo de 1831. 

— Dedicó su vida a África (1849), llevando a cabo un proyecto que le llevó a arriesgar su vida varias veces durante extenuantes expediciones misioneras a partir de 1857, año en el que partió por primera vez hacia África. 

— El 31 de diciembre de 1854, año de la proclamación de la Inmaculada Concepción de María, fue ordenado sacerdote por el beato Giovanni Nepomuceno Tschiderer, obispo de Trento. 

— Con la confianza de que los africanos se convertirán ellos mismos en protagonistas de su propia evangelización, prepara un proyecto que pretende “salvar África por África misma” (Plande 1864). 

— Fiel a su lema: “O África o la muerte”, a pesar de las dificultades, continuó su proyecto fundando el Instituto de los Misioneros Combonianos en 1867. 

— De modo profético, anuncia a toda la Iglesia, particularmente en Europa, que ha llegado la hora de la salvación para los pueblos de África. Por ello, aunque sea un simple sacerdote, no duda en comparecer en el Concilio Vaticano I para pedir a los obispos que cada iglesia local se comprometa en la conversión de África ( Postulatum, 1870). 

— Con extraordinaria valentía en su momento, fue el primero en enviar Hermanas Misioneras a la misión de África Central y en 1872 fundó su Instituto de hermanas dedicadas exclusivamente a las misiones: las Misioneras Combonianas. 

— Por los africanos, dedica todas sus energías y lucha por la abolición de la esclavitud. 

— En 1877 fue consagrado Obispo y nombrado Vicario Apostólico de África Central. 

— Agotado por el cansancio y las cruces, murió en Jartum (Sudán), la tarde del 10 de octubre de 1881. 

— El 26 de marzo de 1994 se reconoció el carácter heroico de sus virtudes. 

— El 6 de abril de 1995 fue reconocido el milagro realizado gracias a su intercesión en favor de una joven afrobrasileña, María José de Oliveira Paixão. 

— El 17 de marzo de 1996 fue beatificado por Juan Pablo II en la Basílica de San Pedro. 

— El 20 de diciembre de 2002 se reconoció el segundo milagro gracias a su intercesión en favor de una madre musulmana de Sudán, Lubna Abdel Aziz. 

— El 5 de octubre de 2003 fue canonizado por Juan Pablo II en la Basílica de San Pedro


Fuente:

 https://www.vatican.va/news_services/liturgy/saints/ns_lit_doc_20031005_comboni_fr.html


 

jueves, 8 de octubre de 2026

9 de octubre del 2026: viernes de la vigésima séptima semana del tiempo ordinario II- Memoria de San Luis Bertrán, sacerdote

 

Testigo de la fe:

San Luis Bertrán, sacerdote


1526-1581

Dominico nacido en Valencia, Luis Bertrán bebió en la oración la fuerza para anunciar el Evangelio. Su ardor misionero lo llevó a tierras de la actual Colombia, donde evangelizó durante siete años y defendió a los indígenas frente a los abusos de los encomenderos. De regreso a España, se dedicó a formar religiosos, uniendo austeridad de vida y ternura de corazón. Venerado como patrono de Colombia, nos recuerda que la Palabra anunciada debe hacerse caridad y respeto por la dignidad de cada persona.

 


.    San Dionisio y compañeros mártires

✝ 258. Tras venir a evangelizar la Galia, se convirtió en el primer obispo de París. Junto con el sacerdote Eleuterio y el diácono Rustique, murió decapitado en el «monte de los mártires», hoy Montmartre.

 

  ✝️ San Juan Leonardi (1541-1609)

Presbítero y fundador

Nacido en Diecimo, Italia, San Juan Leonardi sintió desde joven la llamada a servir a Cristo con un corazón indiviso. Fundó la Congregación de los Clérigos Regulares de la Madre de Dios, con el propósito de renovar la Iglesia desde la santidad personal y el celo apostólico.

 

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Ha llegado hasta nosotros

Esto resulta difícil de comprender: Jesús es acusado de ser un demonio. Imaginar a Dios severo, duro, al acecho de nuestros pasos en falso, hecho, en definitiva, a nuestra imagen, es algo que a veces nos sucede. Pero reconocer su presencia en la bondad de Jesús, en su poder que libera y levanta, eso sí que sacude nuestras ideas sobre él.

Jesús no viene a encerrarnos en el miedo: viene a arrancarnos de cuanto nos impide amar. Si expulsa los demonios por el dedo de Dios, entonces el Reino de Dios ha llegado hasta nosotros. Está ahí, en medio de nuestras luchas, y es más fuerte que el mal que nos pone a prueba.

Hace falta, sin embargo, abrirle nuestra vida. No basta una casa barrida y bien ordenada: está hecha para ser habitada. Dejemos que Cristo permanezca en nosotros, que su Palabra ilumine nuestras decisiones y que su Espíritu inspire nuestros gestos. Con él, nuestro corazón se convierte en un lugar de paz y acogida.

 

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Primera lectura

Gál 3, 7-14

Los que viven de la fe son bendecidos con Abrahán, el fiel

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Gálatas.

HERMANOS:
Reconozcan que hijos de Abrahán son los de la fe.
En efecto, la Escritura, previendo que Dios justificaría a los gentiles por la fe, le adelantó a Abrahán la buena noticia de que “por ti serán benditas todas las naciones”.
Así pues, los que viven de la fe son bendecidos con Abrahán el fiel.
En cambio, cuantos viven de las obras de la ley están bajo maldición, porque está escrito:
“Maldito quien no se mantenga en todo lo escrito en el libro de la ley, cumpliéndolo”.
Que en el ámbito de la ley nadie es justificado resulta evidente, pues “el justo por la fe vivirá”; en cambio, la ley no procede de la fe, sino que “quien los cumpla vivirá por ellos”.
Cristo nos rescató de la maldición de la ley, haciéndose por nosotros maldición, porque está escrito:
“Maldito todo el que cuelga de un madero”; y esto, para que la bendición de Abrahán alcanzase a los gentiles en Cristo Jesús, y para que recibiéramos por la fe la promesa del Espíritu.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 110, 1b-2. 3-4. 5-6 (R.: cf. 5b)

R. El Señor recuerda siempre su alianza.

O bien:

R. Aleluya.

V. Doy gracias al Señor de todo corazón,
en compañía de los rectos, en la asamblea.
Grandes son las obras del Señor,
dignas de estudio para los que las aman.
R.

V. Esplendor y belleza son su obra,
su justicia dura por siempre.
Ha hecho maravillas memorables,
el Señor es piadoso y clemente.
R.

V. Él da alimento a los que le temen
recordando siempre su alianza.
Mostró a su pueblo la fuerza de su obrar,
dándoles la heredad de los gentiles.
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Ahora el príncipe de este mundo va a ser echado fuera —dice el Señor—. Y cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí. R.

 

Evangelio

Lc 11, 15-26

Si yo echo los demonios con el dedo de Dios, es que el reino de Dios ha llegado a ustedes

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

En aquel tiempo, habiendo expulsado Jesús a un demonio, algunos de entre la multitud dijeron:
«Por arte de Belzebú, el príncipe de los demonios, echa a los demonios».
Otros, para ponerlo a prueba, le pedían un signo del cielo. Él, conociendo sus pensamientos, les dijo:
«Todo reino dividido contra sí mismo va a la ruina y cae casa sobre casa. Si, pues, también Satanás se ha dividido contra sí mismo, ¿cómo se mantendrá su reino? Pues ustedes dicen que yo echo los demonios con el poder de Belzebú. Pero, si yo echo los demonios con el poder de Belzebú, los hijos de ustedes, ¿por arte de quién los echan? Por eso, ellos mismos serán sus jueces. Pero, si yo echo los demonios con el dedo de Dios, entonces es que el reino de Dios ha llegado a ustedes.
Cuando un hombre fuerte y bien armado guarda su palacio, sus bienes están seguros, pero, cuando otro más fuerte lo asalta y lo vence, le quita las armas de que se fiaba y reparte su botín.
El que no está conmigo está contra mí; el que no recoge conmigo desparrama.
Cuando el espíritu inmundo sale de un hombre, da vueltas por lugares áridos, buscando un sitio para descansar, y, al no encontrarlo, dice:
“Volveré a mi casa de donde salí”.
Al volver se la encuentra barrida y arreglada.
Entonces va y toma otros siete espíritus peores que él, y se mete a vivir allí.
Y el final de aquel hombre resulta peor que el principio».

Palabra del Señor.

 

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Que nuestra casa esté habitada por Cristo

Hermanos, a veces nos cuesta reconocer la bondad, incluso cuando la tenemos delante. Un prejuicio, una herida o la desconfianza pueden llevarnos a interpretar mal hasta el gesto más generoso. Algo así sucede en el Evangelio: Jesús libera a una persona del mal, pero algunos, en lugar de alegrarse por esa vida recuperada, lo acusan de actuar con el poder del príncipe de los demonios.

¡Qué doloroso! Allí donde Jesús devuelve la libertad, ellos ven una amenaza. Allí donde se manifiesta la misericordia de Dios, ellos sospechan una intención oscura.

También nosotros necesitamos preguntarnos: ¿qué imagen de Dios llevamos en el corazón? ¿La de un Padre que quiere levantarnos, o la de alguien severo que está esperando nuestra caída para castigarnos? Porque, si imaginamos a Dios siempre al acecho de nuestros errores, podemos terminar escondiéndonos de aquel que precisamente viene a buscarnos para salvarnos.

En este viernes penitencial, la Palabra nos invita a reconocer nuestros pecados, sí, pero con confianza. El arrepentimiento cristiano nace de descubrir que hemos herido un amor que sigue ofreciéndose.

En la primera lectura, san Pablo nos presenta a Abrahán como el hombre que creyó en Dios. Su grandeza estuvo en fiarse de la promesa, en ponerse en camino sostenido por una palabra que todavía no veía plenamente realizada. Por eso, quienes viven de la fe son hijos de Abrahán: participan de esa confianza que permite a Dios conducir la vida.

Pablo está recordando a los gálatas algo esencial: la salvación es un don de Dios que recibimos por la fe, no un premio que podemos exigir por nuestros méritos. Esto no significa que nuestras obras carezcan de importancia. Significa que la fuente de nuestra vida nueva es la gracia: Dios nos ama primero, nos sostiene y nos capacita para responder con obras de amor.

Podemos cumplir muchas prácticas religiosas y, sin embargo, vivir como si todo dependiera de nosotros. Incluso podemos llegar a pensar: «Como he rezado, como me he portado bien, Dios tiene que concederme lo que le pido». Pero la fe no es una negociación. Es una relación de confianza, también cuando llega la enfermedad, cuando una respuesta tarda o cuando no comprendemos el camino.

San Pablo anuncia, además, que Cristo nos ha rescatado de la maldición de la Ley haciéndose por nosotros maldición. Es una expresión fuerte. No significa que Jesús haya cometido pecado, sino que asumió la muerte de cruz, considerada maldita, para liberarnos y abrirnos a la bendición de Dios. El Señor ha entrado hasta el fondo de nuestra miseria para que podamos recibir la promesa del Espíritu.

Por eso hoy podemos acercarle nuestras culpas sin desesperar y nuestras heridas sin avergonzarnos. Su cruz nos dice cuánto nos ama.

El salmo responde a este anuncio con unas palabras que conviene guardar en el corazón: «El Señor recuerda siempre su alianza».

Nosotros olvidamos; él permanece fiel. Nosotros atravesamos temporadas de tibieza; él sigue llamando. Nosotros podemos sentirnos solos en una habitación de hospital, en una casa silenciosa o en una noche de angustia; su alianza no desaparece.

El salmo proclama también que el Señor es clemente y misericordioso. Esta es la luz con la que debemos mirar nuestra vida. La misericordia de Dios no vuelve insignificante el pecado; nos da el valor de reconocerlo y abandonarlo. Sabernos amados nos permite decir con sinceridad: «Señor, he fallado. Necesito cambiar. Ayúdame a comenzar de nuevo».

En el Evangelio, Jesús declara: «Si yo expulso los demonios con el dedo de Dios, entonces es que el Reino de Dios ha llegado a ustedes». El Reino se hace presente en su acción liberadora. Dios ha venido hasta nosotros. No contempla desde lejos nuestras luchas: se acerca y actúa.

Jesús habla de un hombre fuerte que guarda su palacio, pero también de otro más fuerte que lo vence. Nuestra esperanza está en Cristo, el más fuerte. El mal es real y hace daño, pero no tiene la última palabra sobre quien se entrega al Señor.

Ahora bien, el Evangelio termina con una advertencia que puede desconcertarnos. El espíritu impuro regresa y encuentra la casa barrida y arreglada. Entonces vuelve con otros espíritus, y la situación de aquella persona empeora.

Esta imagen nos invita a comprender que la conversión necesita continuidad. No basta con una limpieza ocasional del corazón. No basta con decir: «Ya dejé aquello», si después no alimentamos una vida nueva. Nuestro corazón está hecho para ser habitado por Dios.

Si queremos dejar el rencor, necesitamos aprender a perdonar. Si queremos vencer la indiferencia, necesitamos ejercitarnos en el servicio. Si queremos alejarnos de la mentira, debemos acostumbrarnos a la verdad. Si hemos recibido el perdón en la confesión, necesitamos cuidar esa gracia con la oración, la Eucaristía y decisiones concretas.

Preguntémonos, entonces: ¿con qué estoy llenando mi casa interior? ¿Qué alimento cada día con mis conversaciones, mis pensamientos y lo que veo o comparto? ¿Estoy dejando espacio para la Palabra de Dios, para el silencio, para escuchar a quienes viven conmigo?

San Luis Bertrán, cuya memoria celebramos, nos ofrece un testimonio luminoso. Este sacerdote dominico encontró en la oración la fuerza para anunciar el Evangelio en tierras de nuestra Colombia. Su misión lo llevó a encontrarse con las comunidades indígenas y a enfrentar los abusos que herían su dignidad. Su predicación se apoyaba en una vida entregada a Dios.

En él podemos reconocer la unión entre contemplación y servicio: dejar que el Señor habite el corazón para llevar después su luz a los demás. También nosotros evangelizamos cuando nuestra presencia ayuda a alguien a recuperar la esperanza, cuando defendemos al débil y cuando nuestras palabras dejan de herir y comienzan a consolar.

Hoy oramos especialmente por nuestros hermanos que sufren en el alma y en el cuerpo. Por quienes viven con dolor, por quienes esperan un diagnóstico, por quienes atraviesan una depresión, por quienes lloran una pérdida y por quienes llevan heridas que nadie alcanza a ver.

Al escuchar este Evangelio, tengamos algo muy claro: no debemos identificar la enfermedad física o mental con una posesión, ni considerar el sufrimiento una prueba de falta de fe. Nuestros hermanos necesitan cercanía, escucha, atención adecuada y una comunidad que los sostenga. Nuestra oración debe hacerse también llamada, visita, ayuda concreta y compañía perseverante.

Y pidamos perdón por las veces en que hemos aumentado el sufrimiento de otros: por una palabra dura, un juicio apresurado, una ausencia, una burla o una indiferencia. Puede ser este nuestro gesto penitencial de hoy: acercarnos a alguien a quien hemos descuidado, pedir perdón o dedicar tiempo a una persona que necesita ser escuchada.

Antes de acercarnos a la mesa del Señor, dejemos que esta pregunta nos acompañe: ¿qué lugar de mi vida necesita hoy la presencia de Cristo y qué gesto de amor puedo ofrecer a alguien que sufre?

Señor Jesús, tú has venido hasta nosotros y conoces nuestras luchas. Perdona nuestros pecados, libera nuestro corazón del miedo y enséñanos a confiar en tu misericordia. Habita nuestra casa interior; que tu Palabra ilumine nuestras decisiones y tu Espíritu sostenga nuestra conversión.

Mira con ternura a quienes sufren en el alma y en el cuerpo. Concédeles alivio, fortaleza y personas que sepan acompañarlos. Haznos atentos a su dolor y generosos en el servicio.

Santa María, Madre de misericordia, acompáñanos en el camino de la fe. San Luis Bertrán, intercede por nuestra patria y por todos los que anuncian el Evangelio. Amén.

 

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9 de octubre: memoria

🕊️ San Luis Bertrán (1526-1581)

Presbítero dominico, misionero, reformador y amigo del Espíritu Santo

Patrono de Colombia y protector de los misioneros



1. Infancia y vocación temprana

Luis Bertrán nació en Valencia, España, el 1 de enero de 1526, en una familia profundamente cristiana. Desde niño mostró una inclinación natural hacia la oración, la austeridad y la caridad con los pobres. Era sobrino del célebre pintor Juan de Juanes, pero su vocación no fue hacia el arte sino hacia la santidad.
En 1544, a los 18 años, ingresó a la Orden de Predicadores (Dominicos) en el convento de Santo Domingo de Valencia. Desde el inicio fue ejemplo de disciplina, humildad y celo apostólico. Fue ordenado sacerdote en 1547, con apenas 21 años, y pronto se convirtió en maestro de novicios, guiando a muchos jóvenes en el camino de la perfección cristiana.


2. Maestro de almas y reformador silencioso

Como formador, San Luis Bertrán se distinguió por su sabiduría equilibrada: firme en la doctrina, pero paternal y lleno de mansedumbre. Su lema espiritual podría resumirse en la frase:

“La oración es la raíz de toda predicación verdadera.”

Vivía con extrema sencillez, evitando el lujo, el poder y las discusiones estériles. Durante años ejerció su ministerio en Valencia y otros conventos de su provincia, insistiendo en la necesidad de la renovación interior del clero y de la vida religiosa, en consonancia con el espíritu del Concilio de Trento.
Sus contemporáneos lo consideraban un “nuevo Domingo de Guzmán”: lúcido en la fe, prudente en el gobierno y siempre sereno incluso en medio de las tensiones internas que vivía la Orden.


3. El llamado misionero: del Mediterráneo al Nuevo Mundo

En 1562, movido por un ardor misionero que no conocía límites, San Luis Bertrán fue enviado como misionero a las Indias Occidentales, específicamente al Virreinato de la Nueva Granada, actual Colombia. Llegó a Cartagena de Indias en 1562, y desde allí emprendió un apostolado heroico entre indígenas, esclavos africanos y colonos españoles.

Predicó en Turbaco, Cartagena, y el Valle del Cauca, aprendiendo las lenguas nativas con paciencia y dedicación. Su palabra era sencilla pero llena de fuego; su presencia, austera pero luminosa. Se le atribuyen numerosos milagros, entre ellos el don de las lenguas, gracias al cual podía hacerse entender por los pueblos indígenas sin intérprete.

San Luis vivió su misión en una época difícil, marcada por los abusos de algunos encomenderos y el choque cultural entre europeos y pueblos originarios. Sin embargo, él se distinguió por su trato respetuoso y compasivo hacia los indígenas, defendiendo su dignidad y su derecho a recibir el Evangelio sin violencia. En su predicación, unía la doctrina firme con la ternura del corazón.

Una de sus frases más recordadas fue:

“El amor de Dios no se impone: se propone con mansedumbre y se demuestra con obras.”


4. Milagros y persecuciones

Durante su estancia en América, San Luis Bertrán enfrentó incomprensiones, calumnias y peligros constantes. Fue envenenado en una ocasión, pero sobrevivió milagrosamente. También tuvo visiones místicas, entre ellas una sobre el Juicio Final, que lo llevó a intensificar su vida de penitencia y de oración intercesora por los pecadores.

Su poder de intercesión y sus curaciones prodigiosas lo convirtieron en una figura de santidad viva. Sin embargo, nunca buscó la fama: se consideraba un “instrumento indigno del Espíritu Santo”.
En 1569, enfermo y agotado, fue llamado de nuevo a España, donde continuó su ministerio como guía espiritual y formador de predicadores.


5. Últimos años y muerte en paz

Los últimos doce años de su vida los pasó en su convento de Valencia, dedicado a la dirección espiritual, la confesión y la oración. Murió el 9 de octubre de 1581, con fama de santidad y rodeado del cariño de sus hermanos dominicos. Sus últimas palabras fueron una síntesis de su vida entera:

“En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu… Tú solo eres mi paz.”

Fue beatificado en 1608 por el Papa Pablo V y canonizado por Clemente X en 1671. Su cuerpo se conserva incorrupto en Valencia, como signo de la pureza de su alma y de su fidelidad a Dios.


6. Espiritualidad y legado

San Luis Bertrán encarna la síntesis perfecta entre vida contemplativa y acción misionera. Su espiritualidad dominicana se fundamenta en tres pilares:

  • La oración perseverante: como fuente de toda conversión.
  • La mansedumbre en la predicación: como medio para llegar al corazón del otro.
  • La pureza interior y el desapego: como condición para que el Espíritu Santo obre libremente.

En el contexto del Año Jubilar “Peregrinos de la Esperanza”, su vida nos recuerda que la verdadera evangelización nace de un corazón que ha orado largamente y que vive desapegado de sí mismo.


7. Iconografía y patronazgo

Se le representa como un fraile dominico de rostro sereno, sosteniendo un crucifijo y un lirio, símbolos de su pureza y de su predicación.
Es patrono de Colombia, de Valencia y de los novicios dominicos.
Su intercesión se invoca especialmente por los misioneros, catequistas y formadores, y por quienes desean perseverar en su vocación.


Oración a San Luis Bertrán

Oh Dios, que encendiste en tu siervo San Luis Bertrán el fuego del celo apostólico y la dulzura del Espíritu,
concédenos anunciar tu Evangelio con palabras llenas de amor y obras de misericordia.
Que su intercesión proteja a nuestros misioneros,
inspire nuevas vocaciones y renueve nuestras comunidades en la fidelidad al Evangelio.
Por Jesucristo, tu Hijo, nuestro Señor.

Amén.

 

 

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