jueves, 8 de octubre de 2026

8 de octubre del 2026: jueves de la vigésima séptima semana del tiempo ordinario II

 

Puertas abiertas

Comparar a Dios, que escucha nuestras oraciones, con ese hombre ya acostado, que no quiere ser molestado, se niega a levantarse, a abrir su puerta para sacar de un apuro a un amigo, y termina cediendo ante su insistencia, puede sorprendernos. Sin embargo, Jesús nos conduce, a través de esta escena familiar, hacia una confianza más grande: si un hombre termina prestando un servicio a pesar de su cansancio, ¡cuánto más acogerá nuestro Padre a quienes se vuelven hacia él!

Pedir, buscar, llamar: estos tres verbos nos invitan a perseverar en la oración. Podemos confiarle todo al Señor: nuestras necesidades, nuestras inquietudes, nuestras decepciones, pero también la angustia de quienes esperan nuestra ayuda. El amigo de la parábola pide pan para alguien a quien acaba de recibir. Su oración nos enseña así a presentar a los demás ante Dios.

Jesús nos revela finalmente el don más precioso que el Padre quiere hacernos: el Espíritu Santo. Él ilumina nuestro camino, sostiene nuestra esperanza y nos enseña a amar. La respuesta de Dios puede sorprendernos y llegar por caminos inesperados. Perseveremos, pues, con confianza: su corazón está abierto para nosotros. Y dejemos que su Espíritu abra nuestras propias puertas a quienes llaman.



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Primera lectura

Gál 3, 1-5

¿Recibieron el Espíritu por las obras de la ley o por haber escuchado con fe?

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Gálatas.

¡OH, insensatos Gálatas!
¿Quién los ha fascinado a ustedes, a cuyos ojos se presentó a Cristo crucificado?
Solo quiero que me contesten a esto: ¿Recibieron el Espíritu
por las obras de la ley o por haber escuchado con fe?
¿Tan insensatos son? ¿Empezaron por el Espíritu para terminar con la carne?
¿Han vivido en vano tantas experiencias? Y si fuera en vano…
Vamos a ver: el que les concede el Espíritu y obra prodigios entre ustedes, ¿lo hace por las obras de la ley o por haber escuchado con fe?

Palabra de Dios.

 

Salmo

Lc 1, 69-70. 71-72. 73-75 (R.: cf. 68)

R. Bendito sea el Señor, Dios de Israel,
porque ha visitado a su pueblo.


V. Suscitándonos una fuerza de salvación
en la casa de David, su siervo,
según lo había predicho desde antiguo
por boca de sus santos profetas.
R.

V. Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos
y de la mano de todos los que nos odian;
realizando la misericordia que tuvo con nuestros padres,
recordando su santa alianza. 
R.

V. Y el juramento que juró a nuestro padre Abrahán para
concedernos
que, libres de temor, arrancados de la mano de los
enemigos,
le sirvamos con santidad y justicia,
en su presencia, todos nuestros días.
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Abre, Señor, nuestro corazón,
para que aceptemos las palabras de tu Hijo.
R.

 

Evangelio

Lc 11, 5-13

Pidan y se les dará

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Supongan que alguno de ustedes tiene un amigo, y viene durante la medianoche y le dice:
“Amigo, préstame tres panes, pues uno de mis amigos ha venido de viaje y no tengo nada que ofrecerle”; y, desde dentro, aquel le responde:
“No me molestes; la puerta ya está cerrada; mis niños y yo estamos acostados; no puedo levantarme para dártelos”; les digo que, si no se levanta y se los da por ser amigo suyo, al menos por su importunidad se levantará y le dará cuanto necesite.
Pues yo les digo a ustedes: pidan y se les dará, busquen y hallarán, llamen y se les abrirá; porque todo el que pide recibe, y el que busca halla, y al que llama se le abre.
¿Qué padre entre ustedes, si su hijo le pide un pez, le dará una serpiente en lugar del pez? ¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión?
Si ustedes, pues, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¿cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que le piden?».

Palabra del Señor.

 

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Puertas abiertas: recibir el Espíritu y compartir sus dones

 

Queridos hermanos:

Una puerta que se abre cuando necesitamos ayuda puede devolvernos la esperanza. Pensemos en alguien que nos recibe cuando estamos preocupados, que escucha nuestra dificultad o que comparte lo que tiene. En esos gestos sencillos descubrimos cuánto bien hace encontrar un corazón disponible.

El Evangelio de hoy nos presenta una puerta cerrada. Es medianoche. Un hombre necesita pan para atender a un amigo que acaba de llegar de viaje. Acude a un vecino, llama y encuentra resistencia: todos están acostados. Sin embargo, insiste, porque alguien espera recibir alimento en su casa.

Esta escena nos introduce en la oración confiada y nos ayuda a comprender también nuestra misión como Iglesia: acudir a Dios para recibir lo que necesitamos compartir con nuestros hermanos.

Para entender mejor la primera lectura, recordemos brevemente lo que hemos escuchado estos días de la carta a los Gálatas.

El lunes, Pablo nos invitaba a permanecer fieles al Evangelio recibido. Estaba preocupado porque algunos confundían a la comunidad y la apartaban de la gracia de Cristo. Recordaba que el Evangelio que anunciaba procedía de Jesucristo y que su misión debía buscar la fidelidad a Dios por encima de la aprobación humana.

El martes, el apóstol compartía su propia historia: había perseguido a la Iglesia, pero Dios lo llamó por su gracia y le reveló a su Hijo para que lo anunciara a los pueblos. Su vida mostraba la fuerza transformadora del encuentro con Cristo. Quien había intentado destruir la fe se convirtió en su anunciador.

Ayer escuchábamos su encuentro con los apóstoles en Jerusalén: reconocieron la gracia recibida por Pablo y le tendieron la mano en señal de comunión, pidiéndole que recordara a los pobres. También escuchábamos su corrección a Pedro cuando, por miedo, se apartaba de los cristianos procedentes del paganismo. La verdad del Evangelio debía reflejarse en la fraternidad.

Así, estos días nos han dejado tres enseñanzas: fidelidad al Evangelio, gratitud por la gracia que transforma nuestra vida y coherencia para vivir como hermanos.

Hoy Pablo llega al corazón de su preocupación. Les recuerda a los gálatas a Jesucristo crucificado y les pregunta cómo recibieron el Espíritu: por el cumplimiento de la Ley o por haber acogido con fe el anuncio del Evangelio. Quiere que reconozcan la iniciativa de Dios y permanezcan abiertos a su acción.

También nosotros necesitamos recordar de dónde viene nuestra fuerza. La vida cristiana nace de la gracia y crece cuando colaboramos con ella. Nuestras obras buenas expresan esa respuesta: la fe recibida se convierte en caridad, servicio, reconciliación y perseverancia.

Esto ilumina nuestra intención de hoy por la obra evangelizadora. Organizamos catequesis, celebraciones, visitas y encuentros; preparamos mensajes y buscamos caminos para anunciar a Jesús. Todo ello necesita alimentarse del trato con el Señor. El evangelizador también necesita dejarse evangelizar, escuchar la Palabra y pedir cada día la ayuda del Espíritu.

Por eso podemos decirle: Señor, renueva en nosotros la alegría de haberte encontrado. Que nuestras ocupaciones conserven siempre espacio para escucharte.

El salmo responsorial de hoy es el cántico de Zacarías. Con él bendecimos al Señor porque ha visitado a su pueblo. Recordamos su fidelidad a la alianza, su misericordia y su promesa a Abrahán. Dios viene a liberarnos para que podamos servirlo sin temor, con santidad y justicia, durante toda nuestra vida.

Detengámonos en esa expresión: servirlo sin temor. Cuántas veces el miedo detiene nuestros pasos. Miedo a hablar de la fe, a comprometernos con la comunidad, a aceptar una responsabilidad; miedo, también, a escuchar una posible llamada al sacerdocio o a la vida consagrada.

El cántico nos invita a apoyarnos en la fidelidad de Dios. Podemos ofrecerle nuestra vida porque él sostiene a quienes llama. La santidad y la justicia que cantamos deben hacerse visibles en nuestra manera de trabajar, de tratar a los demás y de cumplir nuestros compromisos.

Con esta confianza volvemos al Evangelio. Jesús conoce nuestras dificultades para perseverar y nos anima: «Pidan y se les dará; busquen y encontrarán; llamen y se les abrirá». La escena culmina con una promesa: el Padre dará el Espíritu Santo a quienes se lo pidan.

La comparación con el vecino que acaba levantándose nos lleva a confiar en la generosidad mucho mayor del Padre. Podemos acercarnos a él con nuestras necesidades, incluso cuando nos sentimos pobres, cansados o sin palabras.

A veces llevamos mucho tiempo rezando por una persona, una dificultad familiar o una necesidad de nuestra comunidad. La espera puede doler. Jesús nos invita a permanecer en esa relación de confianza. Podemos expresarle al Padre nuestra impaciencia, nuestro desconcierto y nuestras lágrimas. La oración también puede ser ese sencillo acto de permanecer ante él cuando todavía no comprendemos el camino.

Y pidamos su Espíritu. Él nos ayuda a discernir, nos fortalece para hacer el bien y nos enseña a amar dentro de las circunstancias que estamos viviendo.

Hay un detalle precioso en la parábola: aquel hombre busca pan para ofrecerlo a otro. Su insistencia nace de la hospitalidad. Ha acogido a alguien y reconoce que necesita ayuda para atenderlo.

¡Qué hermosa imagen de la Iglesia que evangeliza! Recibimos a personas que buscan sentido, consuelo, perdón o una palabra de esperanza. Ante sus necesidades también reconocemos nuestra pobreza. Por eso acudimos al Señor: danos tu luz para orientar, tu paciencia para escuchar y tu caridad para acompañar.

Hoy presentemos ante él a los misioneros, los catequistas, los sacerdotes, los consagrados y los laicos que anuncian el Evangelio. Recordemos a quienes evangelizan en las familias, en las escuelas, en las veredas y a través de los medios de comunicación.

Pidamos también nuevas vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada, y perseverancia para quienes ya respondieron. Esa oración nos compromete a acompañar a los jóvenes, escuchar sus preguntas y ofrecerles comunidades donde puedan descubrir la alegría de servir a Dios.

Al acercarnos a la Eucaristía, pongamos ante Jesús nuestra pobreza y nuestra disponibilidad. Él nos alimenta con su propia vida y nos envía a compartir sus dones.

Dejemos que una pregunta acompañe nuestra jornada: ¿Para quién me está pidiendo el Señor que abra hoy la puerta de mi corazón?

Padre bueno, gracias por visitarnos y sostener a tu Iglesia. Danos tu Espíritu Santo. Renueva nuestra fe y enséñanos a perseverar en la oración.

Bendice la obra evangelizadora de la Iglesia. Fortalece a quienes están cansados, acompaña a quienes anuncian tu Palabra en medio de dificultades y despierta en nuestras comunidades el deseo de compartir el Evangelio.

Regálanos vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada. Concede libertad y generosidad a quienes llamas, y fidelidad a quienes han puesto su vida a tu servicio.

Virgen María, ayúdanos a escuchar al Señor y a responder con disponibilidad. Acompaña a nuestros evangelizadores y enséñanos a llevar a Jesús a nuestros hermanos.

Amén.

 

martes, 6 de octubre de 2026

7 de octubre del 2026: miércoles de la vigésima séptima semana del tiempo ordinario II- Memoria de la Bienaventurada Virgen María del Rosario

 

Bienaventurada Virgen María del Rosario

Nuestra Señora del Rosario es una de las numerosas advocaciones de la Virgen María. Según una tradición piadosa, se habría aparecido a santo Domingo, en el siglo XIII, para animarlo a difundir la oración del rosario. La Orden dominicana ha favorecido su difusión, invitando a los fieles a contemplar, con María, los misterios de la vida de Cristo.

Celebrada el 7 de octubre, esta memoria nos recuerda que el rosario es una oración profundamente evangélica. Al hilo de las avemarías, aprendemos a acoger la Palabra de Dios y a guardar en nuestro corazón los acontecimientos de la vida de Jesús.

María nos conduce a su Hijo. Con ella, confiamos al Señor las alegrías y las pruebas de nuestras familias, los sufrimientos de los enfermos y nuestro deseo de paz. En su escuela, descubrimos que una oración humilde y perseverante alimenta la fe, sostiene la esperanza y hace crecer la caridad.

Nuestra Señora del Rosario, enséñanos a contemplar a Jesús con tu mirada y a amarlo con tu corazón. Amén.

 

 

De la mano de Nuestra Señora del Rosario

En este miércoles de la vigesimoséptima semana del Tiempo Ordinario, celebramos la memoria obligatoria de la Bienaventurada Virgen María del Rosario, quien nos enseña a contemplar a Jesús y a guardar su Palabra en el corazón.

La liturgia de hoy nos invita a vivir con coherencia el Evangelio, a proclamar entre todos los pueblos el amor fiel del Señor y a acercarnos a Dios con confianza de hijos. Como los discípulos, también nosotros le decimos a Jesús: «Señor, enséñanos a orar».

De la mano de María, presentemos al Padre nuestra vida y las necesidades de nuestros hermanos, especialmente de los enfermos y de quienes los cuidan. Que esta Eucaristía fortalezca nuestra fe y nos ayude a vivir como una verdadera familia en Cristo.

 


 

Primera lectura

Gál 2, 1-2. 7-14

Reconocieron la gracia que me ha sido otorgada

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Gálatas.

HERMANOS:
Transcurridos catorce años, subí otra vez a Jerusalén con Bernabé, llevando también a Tito.
Subí por una revelación. Y les expuse el Evangelio que predico entre los gentiles, aunque en privado, a los más cualificados, no fuera que caminara o hubiera caminado en vano.
Todo lo contrario, vieron que se me ha encomendado anunciar el Evangelio a los incircuncisos, lo mismo que a Pedro a los circuncisos, pues el mismo que capacita a Pedro para su misión entre los judíos, me capacita a mí para la mía entre los gentiles; además, reconociendo la gracia que me ha sido otorgada, Santiago, Cefas y Juan, considerados como columnas, nos dieron la mano en señal de comunión a Bernabé y a mí, de modo que nosotros nos dirigiéramos a los gentiles y ellos a los circuncisos.
Solo nos pidieron que nos acordáramos de los pobres, lo cual he procurado cumplir.
Ahora bien, cuando llegó Cefas a Antioquía, tuve que encararme con él, porque era reprensible.
En efecto, antes de que llegaran algunos de parte de Santiago, comía con los gentiles; pero cuando llegaron aquellos, se fue retirando y apartando por miedo a los de la circuncisión.
Los demás judíos comenzaron a simular con él, hasta el punto de que incluso Bernabé se vio arrastrado a su simulación.
Pero cuando vi que no se comportaban correctamente, según la verdad del Evangelio, le dije a Pedro delante de todos:
«Si tú, siendo judío, vives como los gentiles y no como los judíos, ¿cómo fuerzas a los gentiles a judaizar?».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 116, 1. 2 (R.: Mc 16, 15)

R. Vayan al mundo entero
y proclamen el Evangelio.


O bien:

R. Aleluya.

V. Alaben al Señor todas las naciones,
aclámenlo todos los pueblos.
R.

V. Firme es su misericordia con nosotros,
su fidelidad dura por siempre.
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Han recibido un Espíritu de hijos de adopción,
en el que clamamos: «¡“Abba”, Padre!».
R.

 

Evangelio

Lc 11, 1-4

Señor, enséñanos a orar

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

UNA vez que estaba Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo:
«Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos».
Él les dijo:
«Cuando oren, digan: “Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino, danos cada día nuestro pan cotidiano, perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe, y no nos dejes caer en tentación”».

Palabra del Señor.


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«Señor, enséñanos a orar»: con María, junto a nuestros enfermos


Hermanos, hay momentos en los que las palabras no nos alcanzan para rezar. Frente a una enfermedad, mientras esperamos el resultado de un examen o acompañamos a una persona que sufre, podemos sentir que no sabemos qué decirle a Dios. Tenemos fe, pero también miedo. Queremos confiar, pero nos asaltan las preguntas. En esos momentos, la petición del discípulo en el Evangelio de hoy puede hacerse nuestra: «Señor, enséñanos a orar».

Esta súplica nos reúne hoy, cuando celebramos la memoria de la Bienaventurada Virgen María del Rosario y presentamos al Señor, de manera especial, a nuestros hermanos enfermos. Le pedimos a María que nos acompañe para aprender a orar, a confiar y a permanecer cerca de quienes sufren.

El Evangelio nos cuenta que Jesús estaba orando. El discípulo lo contempla y, cuando termina, le pide que les enseñe. Antes de escuchar una enseñanza sobre la oración, ha visto a Jesús orar. Ha descubierto que su Maestro busca al Padre, que vive en comunión con él.

También nosotros necesitamos detenernos. A veces vivimos tan ocupados, incluso haciendo cosas buenas, que dejamos la oración para cuando sobre tiempo. Pero el encuentro con Dios sostiene nuestra vida y nuestro servicio. Necesitamos hablarle de lo que llevamos dentro y escuchar su Palabra.

Jesús responde con una palabra que abre todo un camino: «Padre».

Podríamos detenernos hoy solamente en ella. Antes de presentar nuestras necesidades, Jesús nos invita a reconocer a quién nos dirigimos. Hablamos con el Padre que nos conoce y nos ama. Podemos acercarnos con nuestra historia real, con nuestras heridas y hasta con nuestra dificultad para creer.

Hermano enfermo, hermana enferma: quizá hoy tu oración sea muy sencilla. Tal vez no tengas fuerzas para rezar un rosario completo, para leer una página del Evangelio o para mantener la atención. Puedes decir: «Padre, aquí estoy. Tengo miedo. Me duele. Acompáñame». Esa oración breve puede expresar una confianza profunda. No necesitas ocultarle a Dios tu cansancio.

Jesús nos enseña después a pedir que el nombre del Padre sea santificado y que venga su Reino. También desde una habitación de hospital podemos hacer esa petición. Allí deseamos que se haga presente el amor de Dios: en una atención digna, en una palabra respetuosa, en el cuidado oportuno, en una mano que acompaña.

Y nosotros podemos colaborar con ese Reino. Cada vez que tratamos al enfermo con paciencia y reconocemos su dignidad, damos testimonio del Padre al que rezamos.

«Danos cada día nuestro pan cotidiano».

Qué cercana resulta esta petición cuando la enfermedad cambia la vida de una familia. El pan cotidiano incluye el alimento necesario, y junto a él presentamos otras necesidades concretas: los medicamentos, una cita médica, el transporte, la posibilidad de continuar un tratamiento, el descanso de quien cuida.

Jesús nos enseña a pedir el pan de cada día. Hay sufrimientos que se vuelven más pesados cuando intentamos cargar, de una sola vez, con todos los temores del futuro. La oración nos permite decir: «Señor, dame la fuerza para este día. Ayúdame a dar el paso que hoy me corresponde».

Y fijémonos en algo: pedimos nuestro pan. Al orar, llevamos también la necesidad del hermano. Si pido por un enfermo, puedo preguntarme qué está a mi alcance para ayudarlo. Quizá una visita prudente, una llamada, llevarle comida, acompañarlo a una consulta o relevar por un rato a su cuidador. La oración va educando nuestras manos para servir.

Esto nos acerca a la primera lectura. San Pablo recuerda su encuentro con los apóstoles y la comunión en la misión de anunciar el Evangelio. En medio de ese relato aparece una recomendación muy concreta: acordarse de los pobres. Pablo afirma que ha procurado hacerlo con empeño.

Esa palabra nos toca hoy. La enfermedad puede traer nuevas formas de pobreza: perder ingresos, depender de otras personas, quedarse solo, sentir que ya no se cuenta para nadie. Una comunidad cristiana necesita recordar a quienes ya no pueden salir de casa o venir a la Eucaristía. Su ausencia no puede convertirse en olvido.

En la misma lectura, Pablo relata que tuvo que corregir a Pedro porque su comportamiento no correspondía a la verdad del Evangelio. Es una escena exigente: también los creyentes podemos actuar por miedo a la opinión ajena y terminar levantando barreras entre hermanos.

La Palabra nos invita a revisar nuestra coherencia. Cuando llamamos Padre a Dios, estamos reconociendo que los demás son nuestros hermanos. Esa fraternidad debe notarse en el modo de acogerlos, especialmente cuando están débiles o necesitan ayuda. La fe que profesamos pide hacerse visible en nuestras relaciones.

El salmo nos ofrece el fundamento de esta confianza: el amor del Señor hacia nosotros es grande y su fidelidad permanece.

Escuchar esto junto a nuestros enfermos requiere delicadeza. Hay personas que llevan mucho tiempo pidiendo una mejoría y siguen sufriendo. Puede surgir una pregunta dolorosa: «Si Dios me ama, ¿por qué continúo así?».

No tenemos una explicación que resuelva cada sufrimiento. Podemos, sin embargo, mirar a Jesús, que conoció el dolor y la muerte, y confiar en que también nos acompaña en esa oscuridad. La enfermedad no demuestra falta de fe ni abandono de Dios. Pedimos con esperanza la salud y, al mismo tiempo, pedimos fortaleza para atravesar lo que todavía no comprendemos. Cuidarnos y recibir atención médica también forma parte de esa responsabilidad por la vida.

Hoy María del Rosario nos acompaña en este camino. Ella recibió con alegría el anuncio del ángel, hizo sus preguntas y ofreció su disponibilidad: «Hágase en mí según tu palabra». Su confianza fue creciendo a lo largo de una vida que también conoció la incertidumbre y el sufrimiento.

Al rezar el rosario, recorremos con ella la vida de Jesús. Hay misterios de alegría, de luz, de dolor y de gloria. También nuestra vida tiene momentos distintos, y todos pueden entrar en la oración. Podemos agradecer un nacimiento, pedir orientación para una decisión, llorar una pérdida y sostener la esperanza de la resurrección.

María permaneció junto a la cruz. De ella aprendemos algo muy valioso para acompañar a los enfermos: permanecer. No siempre tendremos una respuesta ni una frase que alivie. Podemos ofrecer presencia, escuchar sin prisa y respetar incluso el silencio del otro. Cuánto consuela saber que alguien está dispuesto a quedarse cerca.

En el Evangelio, Jesús también nos enseña a pedir perdón y a perdonar. A veces, junto al dolor del cuerpo, llevamos heridas en el corazón. Podemos pedir al Señor que nos ayude a dar un paso hacia la reconciliación, con paciencia y sin forzar procesos. Una llamada, una palabra sincera o la disposición a escuchar pueden abrir un camino de paz.

Y terminamos suplicando que no nos deje caer en la tentación. En medio de la prueba necesitamos ayuda para no encerrarnos, para aceptar el cuidado de otros, para seguir buscando el bien. También quienes acompañan a los enfermos necesitan esta fuerza: se cansan, se preocupan y pueden sentirse solos.

Hermanos, hoy pongamos nombres y rostros en nuestra oración. Recordemos a los hospitalizados, a quienes viven con dolor crónico, a quienes sufren en su salud mental, a los que esperan un diagnóstico y a quienes atraviesan sus últimos días. Oremos por sus familias, por sus cuidadores y por el personal sanitario.

Y llevemos una pregunta a nuestra vida: ¿qué persona enferma necesita esta semana que mi oración se convierta también en cercanía?

Señor Jesús, enséñanos a orar. Cuando nos falten palabras, ayúdanos a decir «Padre» con confianza. Mira a nuestros enfermos; concédeles alivio y salud, sostén su esperanza y hazles sentir nuestro cariño. Da sabiduría a quienes los atienden y descanso a quienes los cuidan.

Bienaventurada Virgen María del Rosario, acompáñanos en los días luminosos y en las horas difíciles. Enséñanos a contemplar a tu Hijo y a permanecer junto a nuestros hermanos que sufren. Ruega por nosotros y por todos nuestros enfermos. Amén.

 

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7 de octubre: Nuestra Señora del Rosario — Memoria

 


Citas:

“Un día, por medio del Rosario y del Escapulario, Nuestra Señora salvará al mundo.”
~San Domingo de Guzmán

“Jamás se perderá quien rece su Rosario todos los días. Es una afirmación que gustosamente firmaría con mi propia sangre.”
~San Luis María Grignion de Montfort

“De todas las oraciones, el Rosario es la más hermosa y la más rica en gracias... ama el Rosario y recítalo cada día con devoción.”
~San Pío X

“El Rosario es mi oración predilecta. ¡Una oración maravillosa! Maravillosa por su sencillez y su profundidad.”
~San Juan Pablo II

“El Rosario es un tesoro de valor incalculable inspirado por Dios.”
~San Luis María Grignion de Montfort

“El Rosario es la forma de oración más excelente y el medio más eficaz para alcanzar la vida eterna. Es el remedio para todos nuestros males, la raíz de todas nuestras bendiciones. No hay modo de orar más perfecto.”
~Papa León XIII


Reflexión:

En los siglos XII y XIII floreció en el sur de Francia la herejía albigense. Los albigenses eran cristianos dualistas que creían que el Dios del Antiguo Testamento era el origen del mundo material —considerado malo—, mientras que el Dios del Nuevo Testamento era el origen del mundo espiritual —considerado bueno—. Rechazaban los sacramentos y promovían un ascetismo extremo como forma de negar la materia.

En el año 1203, Santo Domingo de Guzmán viajaba por el sur de Francia en una misión diplomática cuando se encontró con esta grave herejía. Durante las dos décadas siguientes se dedicó plenamente a combatirla mediante la predicación y el debate. Cuenta la tradición que, en un momento de profunda dificultad, se retiró durante algunos días para orar y ayunar, pidiendo a la Virgen María su guía.

La Virgen se le apareció, entregándole el Rosario, revelándole los misterios que debían meditarse durante los quince decenarios, y exhortándole a predicar y rezar esas oraciones como arma espiritual. La palabra “Rosario” proviene del latín rosarium, que significa “jardín de rosas”. Cada Avemaría es una rosa espiritual, y juntas forman un jardín de amor ofrecido a Dios. Santo Domingo obedeció a la Virgen y tuvo gran éxito en la conversión de los herejes.

La fiesta que hoy celebramos, Nuestra Señora del Rosario, tiene su origen en la antigua fiesta de Nuestra Señora de la Victoria. A fines del siglo XVI, los musulmanes del Imperio Otomano estaban expandiéndose hacia el sudeste de Europa y el Mediterráneo. En 1571, el Papa San Pío V, dominico, formó una alianza entre los Estados Pontificios, España, Venecia y otros pequeños reinos cristianos, llamada la Santa Liga, para detener el avance otomano.

El 7 de octubre de ese año, la flota cristiana se enfrentó a la armada otomana en el Mediterráneo, y el Papa pidió a toda Europa que rezara el Rosario pidiendo la victoria. La victoria llegó. En gratitud, el Papa instituyó la Fiesta de Nuestra Señora de la Victoria, a celebrarse el primer domingo de octubre de cada año. Dos años después, el Papa Gregorio XIII cambió su nombre por el de Fiesta del Santo Rosario.

En 1671 la fiesta fue extendida a toda España, y en 1716, tras otra victoria importante sobre los musulmanes, se extendió a toda la Iglesia. En 1913, el Papa San Pío X trasladó la fecha del primer domingo de octubre al 7 de octubre, para preservar las celebraciones dominicales. Hoy, esta fiesta se celebra en el calendario romano con el título de Nuestra Señora del Rosario, como memoria obligatoria.


El Rosario, arma espiritual y escuela de esperanza

Aunque la guerra es siempre una tragedia y debe evitarse en lo posible, defender la vida, la familia y la nación es un deber moral cuando un agresor injusto ataca. En ese contexto, la oración se convierte en el arma más poderosa, y después de la Eucaristía, el Rosario es la oración más eficaz que puede elevarse.

Más allá de los conflictos armados, el Rosario es también una de las mayores armas espirituales contra todo tipo de mal. Aun en tiempos de paz exterior, el mundo vive guerras interiores: el pecado, la corrupción, el odio, la violencia, la indiferencia. Hoy, con las comunicaciones globales, somos testigos de los males espirituales que hieren a la humanidad: guerras, inmoralidad, abusos, crímenes, pobreza, descomposición moral.

No basta con condenar o lamentarse ante el mal. Rezar el Rosario es combatirlo desde su raíz, con la fuerza del amor y la intercesión. Cada Avemaría es una súplica de conversión; cada misterio contemplado, una semilla de luz sembrada en la oscuridad del mundo.

En este día, dedicado al Santo Rosario y a Nuestra Señora, somos llamados a renovar nuestra confianza en su intercesión y a usar con fidelidad esta poderosa arma espiritual. Cada crimen, abuso o pecado es, antes que nada, un defecto del alma, una herida espiritual. Y el mejor remedio para el pecado es la conversión del corazón.

La forma más eficaz de ganar corazones para Dios es la oración, y entre todas las oraciones, el Rosario ocupa un lugar privilegiado. A lo largo de los siglos, los Papas, obispos y santos han promovido esta devoción. Innumerables santos lo rezaron cada día, ofreciendo a la Virgen un ramo espiritual de rosas, que Ella derrama luego sobre el mundo en forma de gracia.


Oración

Nuestra Señora del Rosario,
Tú confiaste esta santa oración a Santo Domingo,
y a través de él la diste al mundo.
Siempre estás atenta a quienes rezan tu Rosario,
y nunca dejas de derramar las gracias de Dios en respuesta.

Ruega por mí,
para que comprenda más profundamente
el poder del Santo Rosario
y nunca falte a mi deber de rezarlo cada día.

Nuestra Señora del Rosario, ruega por mí.

Jesús, en Ti confío.

lunes, 5 de octubre de 2026

6 de octubre del 2026: martes de la vigésima séptima semana del tiempo ordinario II

Equilibristas

(Lucas 10, 38-42) Marta y María: ¿dos dimensiones de nuestra vida bautismal?

Las llamadas a la misión repetidas por la Iglesia nos empujan a asumir cada vez más responsabilidades.

Al mismo tiempo, en un mundo desorientado y ruidoso, experimentamos una creciente necesidad de silencio, de tiempo para dar un paso atrás, propicio al discernimiento.

Que el Espíritu Santo nos permita encontrar el equilibrio sobre este camino hacia la cima donde la insatisfacción agudiza nuestro deseo.

Benedicta de la Cruz, cisterciense


( Lucas 10, 38-42)  La mejor parte se nos ofrece gratuitamente, por amor. Como María, puedo, en el momento de un encuentro íntimo, dar todo el espacio a Cristo, dejando de lado mis obligaciones actuales , y acogerlo y abrirle mi corazón.

 


Primera lectura

Lectura de la carta del apóstol Pablo a los Gálatas (1,13-24):

Habéis oído hablar de mi conducta pasada en el judaísmo: con qué saña perseguía a la Iglesia de Dios y la asolaba, y me señalaba en el judaísmo más que muchos de mi edad y de mi raza, como partidario fanático de las tradiciones de mis antepasados. Pero, cuando aquel que me escogió desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia se dignó revelar a su Hijo en mí, para que yo lo anunciara a los gentiles, en seguida, sin consultar con hombres, sin subir a Jerusalén a ver a los apóstoles anteriores a mí, me fui a Arabia, y después volví a Damasco. Más tarde, pasados tres años, subí a Jerusalén para conocer a Pedro, y me quedé quince días con él. Pero no vi a ningún otro apóstol, excepto a Santiago, el pariente del Señor. Dios es testigo de que no miento en lo que os escribo. Fui después a Siria y a Cilicia. Las Iglesias cristianas de Judea no me conocían personalmente; sólo habían oído decir que el antiguo perseguidor predicaba ahora la fe que antes intentaba destruir, y alababan a Dios por causa mía.

Palabra de Dios

 

 

Salmo

Sal 138

R/. Guíame, Señor, por el camino eterno

Señor, tú me sondeas y me conoces;
me conoces cuando me siento o me levanto,
de lejos penetras mis pensamientos;
distingues mi camino y mi descanso,
todas mis sendas te son familiares. R/.

Tú has creado mis entrañas,
me has tejido en el seno materno.
Te doy gracias,
porque me has escogido portentosamente,
porque son admirables tus obras. R/.

Conocías hasta el fondo de mi alma,
no desconocías mis huesos.
Cuando, en lo oculto, me iba formando,
y entretejiendo en lo profundo de la tierra. R/.

 

 

Lectura del santo evangelio según san Lucas (10, 38-42):

En aquel tiempo, entró Jesús en una aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa. Ésta tenía una hermana llamada María, que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra. Y Marta se multiplicaba para dar abasto con el servicio; hasta que se paró y dijo: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola con el servicio? Dile que me eche una mano.»
Pero el Señor le contestó: «Marta, Marta, andas inquieta y nerviosa con tantas cosas; sólo una es necesaria. María ha escogido la parte mejor, y no se la quitarán.»

Palabra del Señor

 

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Y Marta se multiplicaba para dar abasto con el servicio; hasta que se paró y dijo: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola con el servicio? Dile que me eche una mano.»
Pero el Señor le contestó: «Marta, Marta, andas inquieta y nerviosa con tantas cosas; sólo una es necesaria. María ha escogido la parte mejor, y no se la quitarán.»

Lucas 10:40-42

Al principio esto parece injusto. Marta está trabajando duro en la preparación de la comida, mientras que María está simplemente sentada a los pies de Jesús. Entonces, Marta se queja con Jesús. Pero, curiosamente, Jesús humilla un poco a Marta en lugar de a María. Por supuesto, Él lo hace de una manera amable y gentil.

La verdad es que tanto Marta como María estaban cumpliendo sus roles únicos en ese momento. Marta le estaba haciendo un gran servicio a Jesús al servirle a través de la preparación de su comida. Esto es lo que ella fue llamada a hacer y el servicio habría sido un acto de amor. María, en cambio, estaba cumpliendo su papel. Ella fue llamada, en ese momento, a simplemente sentarse a los pies de Jesús y estar presente para Él.  

Estas dos mujeres han representado tradicionalmente dos vocaciones en la Iglesia, así como dos llamamientos que todos estamos llamados a tener. Marta representa la vida activa y María representa la vida contemplativa. La vida activa es aquella vida que la mayoría vive a diario, ya sea a través del servicio de la familia o de los demás en el mundo. La vida contemplativa es una vocación a la que algunos son llamados a través de la vida de clausura, en la que dejan el mundo ajetreado y dedican la mayor parte de su día a la oración y a la soledad.

A decir verdad, estamos llamado a ambas vocaciones. Incluso si nuestra vida está llena de trabajo, todavía se nos llama regularmente para elegir "la mejor parte". A veces, Jesús nos llama a imitar a María en el sentido de que quiere que dejemos cada día nuestro trabajo y dediquemos un tiempo a Él y sólo a Él. 

No todos pueden pasar tiempo ante el Santísimo Sacramento todos los días en oración silenciosa, pero algunos sí. Sin embargo, debemos tratar de encontrar al menos un tiempo de silencio y soledad todos los días para sentarnos a los pies de Jesús en oración.

Reflexiona, hoy, sobre tu propio llamado a la oración. ¿Rezas? ¿Rezas todos los días? Si esto falta, entonces reflexiona sobre la imagen de María que está allí a los pies de Jesús y debes saber que Jesús quiere lo mismo de ti.

Mi Señor que me invita, ayúdame a escucharte llamándome a dejar lo que estoy haciendo y simplemente descansar en tu divina presencia. Que encuentre esos momentos todos los días en los que pueda refrescarme en Tu presencia. Jesús, en Ti confío.

domingo, 4 de octubre de 2026

5 de octubre del 2026: lunes de la vigésima séptima semana del tiempo ordinario II- Memoria de Santa Faustina Kowalska, apóstol de la Misericordia

 

Testigo de la fe:

Santa María Faustina Kowalska

 

1905-1938. 

Mensajera de la misericordia divina, esta monja polaca escribió: “Nos parecemos más a Dios cuando perdonamos al prójimo”. 

Elena Kowalska, nació en Glogowiec en 1905, cerca de Cracovia, en Polonia. Unas pocas semanas antes de su vigésimo cumpleaños, entró a la Congregación de las Hermanas de Nuestra Señora de Misericordia, adoptando el nombre María Faustina. En 1928 tomó los votos definitivos como monja.

A partir de 1931, Faustina, tuvo una serie de revelaciones de Jesús. Todas ellas las escribió en su diario de más de 600 páginas.

Sor Faustina murió de tuberculosis, el 5 de octubre de 1938, en Cracovia. Sus restos mortales yacen en la capilla del convento bajo la milagrosa imagen de la Divina Misericordia, Considerada la "apóstol de la divina misericordia", fue beatificada el 18 de abril de 1993 y canonizada el 30 de abril del 2000 por S. S. Juan Pablo II.


No solamente los cercanos

¿Qué hacer para nuestra salvación? ¿Sería el resultado de lo que hacemos? La Escritura lo dice: «Amarás al Señor […] a tu prójimo…». Pero ¿qué significa «el prójimo»? Jesús responde con la parábola del buen samaritano. Un hombre yace herido al borde del camino. Algunos lo ven y siguen de largo; un samaritano, en cambio, se conmueve, se acerca y lo cuida. Su misericordia se convierte en gestos concretos: vendar las heridas, ofrecer su cabalgadura, procurar alojamiento y asumir los gastos.

El prójimo no se limita a nuestros familiares, amigos o personas que comparten nuestras ideas y nuestra fe. También es aquel desconocido cuyo sufrimiento reclama nuestra atención. Jesús nos invita a preguntarnos: ¿de quién estoy dispuesto a hacerme prójimo? La cercanía nace cuando dejamos que el dolor del otro interrumpa nuestros planes.

La salvación es un don de Dios que acogemos con fe y cuya gracia nos mueve a amar. Nuestras obras de misericordia son una respuesta a ese amor recibido. Quien se deja alcanzar por la compasión de Dios aprende a ofrecerla también a los demás.

«Ve y haz tú lo mismo»: la invitación de Jesús llega hasta nosotros. Hoy podemos detenernos, escuchar, acompañar y compartir. Quizá no podamos resolver todas las dificultades de una persona, pero sí dar el primer paso para que no tenga que afrontarlas sola.

Señor, abre nuestros ojos ante quienes sufren y ensancha nuestro corazón para amar más allá del círculo de los nuestros. Amén.



Primera lectura

Gál 1, 6-12

No he recibido ni aprendido de ningún hombre el Evangelio, sino por revelación de Jesucristo 

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Gálatas.

HERMANOS:
Me maravilla que hayan abandonado tan pronto al
que los llamó por la gracia de Cristo, y se hayan pasado a
otro evangelio. No es que haya otro evangelio; lo que pasa
es que algunos los están turbando y quieren deformar el
Evangelio de Cristo. Pues bien, aunque nosotros mismos o
un ángel del cielo les predicara un evangelio distinto del
que les hemos predicado, ¡sea anatema! Lo he dicho y lo repito:
Si alguien les anuncia un evangelio diferente del que
recibieron, ¡sea anatema! Cuando digo esto, ¿busco la aprobación
de los hombres, o la de Dios?, ¿o trato de agradar a
los hombres? Si siguiera todavía agradando a los hombres,
no sería siervo de Cristo.
Les hago saber, hermanos, que el Evangelio anunciado por mí
no es de origen humano; pues yo no lo he recibido ni aprendido
de ningún hombre, sino por revelación de Jesucristo.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 110, 1b-2. 7-8. 9 y 10c (R.: cf. 5b)

R. El Señor recuerda siempre su alianza.

O bien:

R. Aleluya.

V. Doy gracias al Señor de todo corazón,
en compañía de los rectos, en la asamblea.
Grandes son las obras del Señor,
dignas de estudio para los que las aman.
R.

V. Justicia y verdad son las obras de sus manos,
todos sus preceptos merecen confianza:
son estables para siempre jamás,
se han de cumplir con verdad y rectitud.
R.

V. Envió la redención a su pueblo,
ratificó para siempre su alianza.
Su nombre es sagrado y temible.
La alabanza del Señor dura por siempre.
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Les doy un mandamiento nuevo —dice el Señor—:
que se amen unos a otros, como yo los he amado.
R.

 

Evangelio

Lc 10, 25-37

¿Quién es mi prójimo?

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

EN aquel tiempo, se levantó un maestro de la ley y preguntó a Jesús para ponerlo a prueba:
«Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?».
Él le dijo:
«¿Qué está escrito en la ley? ¿Qué lees en ella?».
Él respondió:
«“Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu fuerza” y con toda tu mente. Y “a tu prójimo como a ti mismo”».
Él le dijo:
«Has respondido correctamente. Haz esto y tendrás la vida».
Pero el maestro de la ley, queriendo justificarse, dijo a Jesús:
«¿Y quién es mi prójimo?».
Respondió Jesús diciendo:
«Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto. Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. Y lo mismo hizo un levita que llegó a aquel sitio: al verlo dio un rodeo y pasó de largo.
Pero un samaritano que iba de viaje llegó adonde estaba él y, al verlo, se compadeció, y acercándose, le vendó las heridas, echándoles aceite y vino, y, montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó. Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y le dijo:
“Cuida de él, y lo que gastes de más yo te lo pagaré cuando vuelva”.
¿Cuál de estos tres te parece que ha sido prójimo del que cayó en manos de los bandidos?».
Él dijo:
«El que practicó la misericordia con él».
Jesús le dijo:
«Anda y haz tú lo mismo».

Palabra del Señor.

 

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La misericordia nos hace prójimos

 

Hermanos queridos:

Cuando alguien cercano sufre, sentimos que su dolor nos toca: nos preocupa la enfermedad de un familiar, la tristeza de un amigo, la necesidad de alguien a quien queremos. Pero hoy Jesús nos invita a ensanchar el corazón. Hay personas que no pertenecen a nuestra familia y, sin embargo, necesitan nuestra cercanía. Hay heridas que desconocemos y sufrimientos que podemos descubrir si aprendemos a mirar.

En esta Eucaristía, al recordar a santa Faustina, apóstol de la Divina Misericordia, pedimos esa mirada compasiva. Y ponemos también ante el Señor a nuestros difuntos, cuyos nombres conservamos en el corazón.

El Evangelio comienza con la pregunta de un maestro de la Ley acerca de la vida eterna. Es una inquietud que también nos acompaña: ¿cómo orientar nuestra vida hacia Dios?, ¿cómo vivir para alcanzar la salvación?

La primera lectura nos ayuda a situar bien esta pregunta. San Pablo expresa su preocupación porque los gálatas se están apartando de quien los llamó por la gracia de Cristo. Les recuerda que el Evangelio que anuncia procede de Jesucristo.

En el comienzo de nuestra salvación está Dios, que nos ama, nos llama y nos ofrece su gracia. Nuestra respuesta consiste en acoger ese amor, dejarnos transformar por él y colaborar libremente con lo que hace en nosotros.

Por eso, las obras de misericordia tienen tanto valor: en ellas toma cuerpo nuestra respuesta al Señor. La fe va alcanzando nuestras manos, nuestras decisiones, nuestra manera de tratar a los demás.

La firmeza de Pablo también nos hace una pregunta: ¿estamos acogiendo el Evangelio entero? Podemos sentirnos cómodos con algunas enseñanzas de Jesús y resistirnos a otras, especialmente cuando nos piden perdonar, compartir o acercarnos a una persona difícil. Hoy pedimos la gracia de permitir que su Palabra corrija nuestras preferencias.

El salmo nos invita a contemplar las obras del Señor, la rectitud de sus mandatos y la permanencia de su alianza. Dios merece nuestra confianza. Su fidelidad sostiene nuestra vida, incluso cuando atravesamos circunstancias que no comprendemos.

Esta certeza nos acompaña especialmente al recordar a quienes han muerto. Nosotros sentimos el vacío de su ausencia; ante Dios ponemos su historia entera. El Señor conoce el bien que hicieron, sus luchas, sus fragilidades y aquello que nosotros nunca alcanzamos a comprender. A su fidelidad y a su misericordia los confiamos.

En el Evangelio, el maestro de la Ley plantea otra pregunta: «¿Y quién es mi prójimo?»

Jesús responde contando la historia de un hombre asaltado y abandonado al borde del camino. Un sacerdote y un levita pasan junto a él y continúan su marcha. Un samaritano se detiene, se compadece y lo atiende.

Detengámonos nosotros también ante esta escena. Aquel hombre herido necesita que alguien se acerque. El samaritano permite que esa necesidad cambie sus planes. Dedica tiempo, emplea sus recursos y se compromete con su recuperación.

Podemos preguntarnos: ¿qué sucede en mí cuando el sufrimiento ajeno interrumpe mis ocupaciones? ¿Qué lugar tiene en mi agenda la necesidad de otra persona?

En nuestros caminos, nuestras veredas y nuestras familias también encontramos personas heridas. Algunas llevan heridas visibles; otras cargan soledad, humillaciones, miedo o un duelo que todavía duele. A veces, la primera ayuda consiste en sentarse a escuchar. Otras veces hará falta compartir alimentos, facilitar un traslado, visitar a un enfermo o acompañar a alguien para que reciba la atención que necesita.

Nos hacemos prójimos cuando damos un paso hacia quien necesita ayuda.

Santa Faustina vivió profundamente esta unión entre la confianza en Dios y la caridad hacia los demás. Su espiritualidad estuvo marcada por la contemplación de la misericordia divina, el amor a la Eucaristía y la entrega en las tareas sencillas de su comunidad. La invocación «Jesús, en ti confío» expresa el corazón de ese camino.

Podemos hacer nuestra esa oración al reconocer nuestras faltas y acudir a la confesión; al atravesar una enfermedad; al preocuparnos por nuestra familia. Y también podemos pronunciarla mientras pedimos fuerza para perdonar y servir.

Señor, confío en tu misericordia; hazme capaz de ofrecer misericordia. Acoge mi pobreza y enséñame a acoger la del hermano.

Hoy, lunes, nuestra oración se dirige especialmente hacia los difuntos. Seguimos amándolos y expresamos ese amor en la intercesión. La Iglesia ofrece por ellos sus plegarias y, de manera particular, el sacrificio eucarístico, pidiendo que, purificados, alcancen la plenitud de la comunión con Dios.

Traigamos al corazón sus nombres. Recordemos a nuestros padres, hermanos, esposos, hijos, amigos y benefactores que han partido. Agradezcamos el bien que recibimos a través de ellos y confiemos al Señor cuanto necesite su perdón.

Y ensanchemos también aquí nuestra oración. Oremos por quienes murieron solos, por las víctimas de la violencia, por los fallecidos cuyo nombre desconocemos y por aquellos a quienes ya casi nadie recuerda. La caridad cristiana nos invita a tenerlos presentes.

Junto a ellos, recordemos a quienes están viviendo un duelo. Después del funeral, cuando las visitas disminuyen y la casa queda silenciosa, sigue haciendo falta compañía. Una llamada, una visita o una ayuda concreta pueden aliviar mucho esa soledad.

Al acercarnos hoy a la mesa eucarística, recibimos a Cristo, que entrega su vida por nosotros. Pidámosle que esa comunión nos transforme y nos disponga a cumplir su invitación: «Anda y haz tú lo mismo».

Llevemos una pregunta para este día: ¿hacia quién puedo dar hoy un paso de misericordia, y a qué difunto voy a recordar especialmente en mi oración?

Señor Jesús, tú conoces nuestras heridas y las de nuestros hermanos. Danos ojos atentos, un corazón compasivo y manos dispuestas a servir. Enséñanos a amar más allá del círculo de los nuestros.

Te confiamos a nuestros difuntos. Perdona sus pecados, purifícalos con tu amor y concédeles participar de la alegría de tu Reino. Sostén a quienes lloran su ausencia y fortalece en nosotros la esperanza de la resurrección.

Santa Faustina, ruega por nosotros y ayúdanos a vivir lo que creemos.

Virgen María, Madre de Misericordia, acompáñanos en el camino y enséñanos a permanecer junto a quienes sufren.

Jesús, en ti confío. En tus manos ponemos nuestra vida y a quienes han partido.

Amén.


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Santa Faustina Kowalska, Virgen
1905–1938


Patrona de la Misericordia

Su humilde vela atrapó un poderoso viento teológico

 


El mártir San Faustino fue asesinado en la segunda década del siglo II en el norte de Italia bajo el emperador Adriano. No se sabe nada más de él. La santa de hoy fue bautizada como Elena y, por razones desconocidas, se le dio el nombre del mártir cuando hizo sus primeros votos religiosos. San Faustino debe sentirse honrado y agradecido de compartir su nombre con una monja tan santa y consecuente como Santa María Faustina Kowalska, quien fue canonizada en 2000 y cuyo memorial opcional se agregó al calendario universal de la Iglesia en 2020.

Santa Faustina fue una campesina en el mejor sentido de la palabra. Sabía leer y escribir, pero por lo demás solo asistió a la escuela durante unos pocos años en su pueblo rural en el centro de Polonia. Su numerosa y piadosa familia necesitaba su mano en el arado, financieramente hablando; y así, a la edad de dieciséis años, la joven Helena Kowalska consiguió trabajo como ama de llaves en pueblos cercanos. Era experta en las artes domésticas de coser, limpiar, cocinar y las habilidades relacionadas que convierten una casa en un hogar. Estas habilidades le sirvieron bien, pero no por mucho tiempo, en los conventos donde residió durante su corta vida.

Si bien se sintió llamada a ser una hermana religiosa cuando era niña, los padres de Helen se mostraron reacios a dejarla ingresar a un convento a una edad demasiado tierna. Pero luego, al final de su adolescencia, Cristo se le apareció y le habló a Helen en encuentros misteriosos y profundamente personales, exigiéndole que no lo hiciera esperar mucho más. Estas visiones impulsaron a la piadosa adolescente a buscar aceptación en un convento de la gran ciudad. Se mudó a Varsovia a los diecinueve años, recibió el consejo de un sacerdote comprensivo y tocó las puertas de varios conventos con la esperanza de que uno solo la aceptara. Uno finalmente lo hizo. Después de probarse a sí misma en su noviciado, hizo votos solemnes y pasó el resto de su vida como una monja fiel haciendo tareas humildes junto a sus hermanas religiosas en conventos en Polonia y la actual Lituania.

Como tantos santos, las vigilias, oraciones, mortificaciones, ayunos y sufrimientos invisibles eran la vida real de Faustina, mientras que las realidades visibles vistas por sus compañeras religiosas y el visitante ocasional eran de menor importancia. ¡Y lo que pasó desapercibido en la vida de Santa Faustina fue asombroso! Esta humilde monja experimentó visiones tridimensionales de Jesucristo notablemente vívidas, de alto octanaje y en tecnicolor en la capilla, detrás de la puerta, en su celda y en cada esquina durante muchos años. La fuerte voz de Jesús le habló de manera directa e inequívocamente clara acerca de sus deseos para su vida. Él le ordenó, repetidamente, que difundiera el mensaje de la Divina Misericordia. En consecuencia, Faustina hizo que un artista pintara una famosa imagen de Cristo con dos rayos que emanaban de su pecho, promoviendo una fiesta litúrgica en honor a la Divina Misericordia el domingo después de Pascua,

El mensaje de Santa Faustina no es realmente el mensaje de Santa Faustina. Es el mensaje de Dios. Dios quiere que la humanidad conozca y sienta la Divina Misericordia que brota del corazón de Cristo. Esta misericordia, a diferencia de la misericordia humana o judicial, puede lavar incluso los pecados más miserables. 

La misericordia de Dios no está en competencia con Su justicia sino que es una sobreabundancia de justicia. Dios sabe todas las cosas y perdona todas las cosas cuando se pide gratuitamente su misericordia. 

El mundo occidental moderno está muy enfocado en cuestiones de justicia: justicia racial, justicia económica, justicia ambiental, etc. Pero, al mismo tiempo, se opone a juzgar. Esta dicotomía de favorecer la justicia pero aborrecer el juzgar es incongruente. El Occidente moderno sufre tensiones similares con respecto a la virtud de la misericordia.

Un cardenal estadounidense señaló hace años que la cultura secular moderna permite, incluso promueve, prácticamente todo. Parece que no hay aberración moral, pecado o comportamiento disfuncional que no se sonría como expresión legítima de la libertad personal. Y sin embargo... la cultura secular moderna no perdona casi nada. "¡Solo hazlo!" Pero tenga cuidado: cuando lo haga, es posible que nunca se le perdone por haberlo hecho. 

El mensaje de la Divina Misericordia es que debido a que todo puede ser perdonado, todas las relaciones pueden ser restauradas. Las relaciones preceden a nuestros derechos e incluso a nuestras elecciones. ¡Somos más que nuestras elecciones! ¡Somos más que nuestros derechos! Y cuando recibimos misericordia, o extendemos misericordia a otros, se restauran nuestras relaciones con nosotros mismos, amigos, familia, naturaleza y Dios.

Cada expresión o recepción de la misericordia es como un mini Año Jubilar. Cada viajero regresa a casa, cada campo queda en barbecho y cada deuda es perdonada. 

Misericordia es el nombre del padre que espera a lo lejos. Ve la figura harapienta en el horizonte volviendo a casa cojeando a la luz del atardecer. La petición de misericordia. La concesión de la misericordia. El fuerte abrazo. La relación restaurada. El anillo en su dedo. La túnica en su espalda. El novillo gordo en el asador. Comienza la fiesta. La Divina Misericordia lo vence todo.


Santa Faustina, tu humilde y generoso servicio a la Iglesia incluyó compartir tus visiones y el mensaje de la Divina Misericordia. Ayuda a todos los que buscan tu intercesión a ser bendecidos con tu misma virtud y docilidad a la voluntad de Dios.

8 de octubre del 2026: jueves de la vigésima séptima semana del tiempo ordinario II

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