miércoles, 1 de julio de 2026

Primero de julio del 2026: miércoles de la decimotercera semana del tiempo ordinario-II

 

Sin sentido

Dios amonesta a los suyos. Ya no soporta el abismo que existe entre las prácticas religiosas escrupulosamente observadas y la ausencia de justicia que reina en medio del pueblo elegido. Los sacrificios, las fiestas, las oraciones y los ritos no pueden agradar a Dios cuando no van acompañados de un corazón recto, de una vida convertida y de un compromiso concreto en favor de los pobres, de los pequeños y de los oprimidos. Porque el verdadero culto rendido al Señor no se mide solamente por la fidelidad a los gestos religiosos, sino por la justicia, la misericordia y la verdad vividas en lo cotidiano.

G.Q




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Primera lectura

Am 5, 14-15. 21-24

Aparta de mí el estrépito de tus canciones, y fluya la justicia como arroyo perenne

Lectura de la profecía de Amós.

BUSQUEN el bien, no el mal, y vivirán,
y así el Señor, Dios del universo,
estará con ustedes, como pretenden.
Odien el mal y amen el bien,
instauren el derecho en el tribunal.
Tal vez el Señor, Dios del universo,
tenga piedad del Resto de José.
«Aborrezco y rechazo las fiestas de ustedes —dice el Señor—,
no acepto sus asambleas.
Aunque me presenten holocaustos y ofrendas,
no me complaceré en ellos,
ni miraré las ofrendas pacíficas
con novillos cebados.
Aparta de mí el estrépito de tus canciones;
no quiero escuchar la melodía de tus cítaras.
Que fluya como agua el derecho
y la justicia como arroyo perenne».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 49, 7. 8-9. 10-11. 12-13. 16bc-17 (R.: 23cd)

R. Al que sigue buen camino
le haré ver la salvación de Dios.


V. Escucha, pueblo mío, voy a hablarte;
Israel, voy a dar testimonio contra ti;
—yo soy Dios, tu Dios—. 
R.

V. No te reprocho tus sacrificios,
pues siempre están tus holocaustos ante mí.
Pero no aceptaré un becerro de tu casa,
ni un cabrito de tus rebaños.
 R.

V. Pues las fieras de la selva son mías,
y hay miles de bestias en mis montes;
conozco todos los pájaros del cielo,
tengo a mano cuanto se agita en los campos. 
R.

V. Si tuviera hambre, no te lo diría;
pues el orbe y cuanto lo llena es mío.
¿Comeré yo carne de toros,
beberé sangre de cabritos? 
R.

V. ¿Por qué recitas mis preceptos
y tienes siempre en la boca mi alianza,
tú que detestas mi enseñanza
y te echas a la espalda mis mandatos? 
R.


 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Por propia iniciativa el Padre nos engendró con la palabra de la verdad, para que seamos como una primicia de sus criaturas. R.

 

Evangelio

Mt 8, 28-34

¿Has venido aquí a atormentar a los demonios antes de tiempo?

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, llegó Jesús a la otra orilla, a la región de los gadarenos.
Desde los sepulcros dos endemoniados salieron a su encuentro; eran tan furiosos que nadie se atrevía a transitar por aquel camino.
Y le dijeron a gritos:
«¿Qué tenemos que ver nosotros contigo, Hijo de Dios? ¿Has venido aquí a atormentarnos antes de tiempo?».
A cierta distancia, una gran piara de cerdos estaba hozando. Los demonios le rogaron:
«Si nos echas, mándanos a la piara».
Jesús les dijo:
«Vayan».
Salieron y se metieron en los cerdos. Y la piara entera se abalanzó acantilado abajo al mar y murieron en las aguas.
Los porquerizos huyeron al pueblo y lo contaron todo, incluyendo lo de los endemoniados.
Entonces el pueblo entero salió a donde estaba Jesús y, al verlo, le rogaron que se marchara de su país.

Palabra del Señor.

 

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1

 

Hermanos y hermanas:

La Palabra de Dios de este día nos pone frente a una verdad exigente: Dios no se deja engañar por una religión de apariencias. El profeta Amós habla con fuerza en nombre del Señor: “Busquen el bien y no el mal, y vivirán”. El pueblo cumplía ritos, ofrecía sacrificios, celebraba fiestas religiosas, pero al mismo tiempo permitía la injusticia, el abuso y la indiferencia frente al dolor de los demás.

Por eso Dios dice por medio del profeta: “Detesto y rehúso sus fiestas… Que fluya como agua el derecho, y la justicia como arroyo perenne”. No se trata de rechazar el culto, la oración o los sacrificios; se trata de recordar que todo culto verdadero debe brotar de un corazón convertido. La liturgia que no transforma la vida corre el riesgo de quedarse vacía. La oración que no nos hace más justos, más misericordiosos y más atentos al sufrimiento del hermano, necesita ser purificada.

El salmo insiste en esta misma enseñanza. Dios no necesita nuestros bienes, ni nuestros animales, ni nuestras ofrendas como si Él dependiera de nosotros. Lo que el Señor desea es un corazón sincero, agradecido y obediente. La verdadera alabanza a Dios se manifiesta en una vida recta: “Al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios”.

En el Evangelio, Jesús llega a la región de los gadarenos y se encuentra con dos hombres atormentados por el mal. Son personas heridas, aisladas, temidas por los demás. Nadie se acerca a ellos; todos los evitan. Pero Jesús no huye. Él entra en ese territorio de dolor, de miedo y de esclavitud para liberar.

Aquí aparece una gran lección: donde muchos ven solo peligro, Jesús ve personas necesitadas de salvación. Donde otros prefieren alejarse, Jesús se acerca. Donde la comunidad ha puesto distancia, Cristo lleva liberación. Sin embargo, sorprende la reacción de la gente: en vez de alegrarse por la liberación de aquellos hombres, le piden a Jesús que se vaya. Prefieren conservar su tranquilidad antes que dejarse incomodar por la presencia salvadora del Señor.

También nosotros podemos caer en esa tentación: querer una religión tranquila, sin exigencias, sin conversión, sin compromiso con los que sufren. Pero la Palabra de hoy nos recuerda que la fe verdadera no separa el altar de la vida, la oración de la justicia, la Eucaristía del amor concreto.

Hoy, de manera especial, oramos por nuestros enfermos. Ellos nos recuerdan que la fe no puede ser indiferente ante el sufrimiento humano. Cada enfermo es un llamado de Dios a vivir la compasión, la cercanía, la solidaridad y la oración. No basta decir que creemos; debemos hacer visible la ternura de Cristo con quienes padecen en el cuerpo, en el alma o en el espíritu.

Pidamos al Señor que purifique nuestro corazón. Que nuestra oración no sea solo palabra, sino vida entregada. Que nuestra Eucaristía nos haga más justos, más fraternos y más compasivos. Y que, como Jesús, sepamos acercarnos a quienes sufren, para que también ellos experimenten la fuerza liberadora del amor de Dios.

Amén.

 

2

 

¡Ser liberados por Cristo!

 

Cuando Jesús llegó a la región de los gadarenos, dos endemoniados salieron de entre los sepulcros y fueron a su encuentro. Eran tan violentos que nadie podía pasar por aquel camino. Entonces gritaron: “¿Qué tenemos que ver contigo, Hijo de Dios? ¿Has venido aquí a atormentarnos antes de tiempo?”
Mateo 8,28-29

Después de proclamar el Sermón de la Montaña y de realizar muchos milagros en medio de su pueblo, Jesús cruza intencionalmente el mar de Galilea y llega a territorio pagano, a la región de los gadarenos, cercana a Gadara, una ciudad vinculada a la Decápolis. Este desplazamiento no es casual: Jesús manifiesta que su misión salvadora no se limita a Israel, sino que alcanza también a los pueblos considerados lejanos, impuros o excluidos.

El lugar al que llega Jesús es profundamente significativo. Se trata de una zona desolada, marcada por los sepulcros, signos de muerte, impureza y abandono espiritual. Según la Ley judía, el contacto con los sepulcros hacía impura a una persona. Pero, más allá de la norma ritual, esos sepulcros representan de manera viva el aislamiento, el vacío y la muerte interior que el pecado y el mal producen en el corazón humano.

El Evangelio nos dice que aquellos hombres eran tan violentos que nadie podía pasar por aquel camino. Esta imagen revela los efectos destructivos del mal cuando se apodera de la vida humana: rompe la comunión, destruye relaciones, siembra miedo, impide el encuentro y hace imposible la convivencia pacífica. El mal nunca conduce a la paz; siempre lleva al caos, al aislamiento, a la agresividad y a la pérdida de la dignidad.

Pero Jesús entra precisamente allí. No evita el territorio oscuro. No se aleja de la miseria humana. El Señor se acerca a esos hombres cuando están en su peor condición, esclavizados, temidos y marginados. Así revela que su misericordia no retrocede ante ninguna forma de oscuridad. Cristo viene a buscarnos allí donde el pecado, la desesperanza, la tristeza, la culpa o el miedo nos han dejado como encerrados entre sepulcros.

Cuando los endemoniados ven a Jesús, los demonios reconocen inmediatamente su identidad: “Hijo de Dios”. Saben que Él tiene autoridad sobre ellos. Esta escena nos plantea una pregunta espiritual importante: ¿reconozco yo la presencia de Cristo en mi vida? ¿Creo de verdad que Él tiene poder sobre mi pecado, mis esclavitudes, mis heridas, mis temores y mis pensamientos de desesperanza?

Los demonios preguntan: “¿Has venido aquí a atormentarnos antes de tiempo?”. Con ello revelan que conocen su destino final. Saben que el mal no tiene la última palabra. Saben que el poder de Dios terminará venciendo toda mentira, toda opresión y toda fuerza de muerte. Precisamente por eso buscan arrastrar al ser humano a la desesperación: quieren convencernos de que no podemos cambiar, de que no hay salida, de que nuestros pecados son más fuertes que la gracia, de que la tristeza y el miedo son definitivos.

Pero solo Cristo puede romper esas mentiras. Solo Él puede destruir las cadenas del pecado, de la desesperanza, del aislamiento y de la opresión interior. Al liberar a aquellos dos hombres, Jesús muestra lo que desea hacer también con nosotros: devolvernos la libertad de los hijos de Dios, restaurar nuestra dignidad y abrir de nuevo el camino que el mal había cerrado.

Esta escena evangélica se ilumina de modo especial con la palabra fuerte del profeta Amós. En la primera lectura, Dios dice a su pueblo: “Busquen el bien y no el mal, y vivirán”. El Señor no soporta una religión hecha solo de ritos, cantos, fiestas y sacrificios, mientras en la vida cotidiana reinan la injusticia, la mentira y la indiferencia. Por eso proclama: “Detesto y rehúso sus fiestas… Que fluya como agua el derecho y la justicia como arroyo perenne”.

Amós denuncia una fe separada de la vida. El pueblo cumplía prácticas religiosas, pero no se convertía de corazón. Honraba a Dios con sacrificios, pero olvidaba al pobre, al débil y al oprimido. También esa incoherencia es una forma de esclavitud espiritual. También allí el mal se instala: cuando el culto se vuelve apariencia, cuando la oración no toca la conducta, cuando la fe no produce justicia ni misericordia.

Por eso, la liberación que Cristo realiza en el Evangelio no se reduce a expulsar demonios exteriores. Él quiere liberar también nuestro corazón de toda doblez, de toda religiosidad vacía, de toda dureza ante el sufrimiento ajeno. Quiere arrancarnos de los sepulcros de la apariencia, del egoísmo y de la injusticia, para hacernos vivir en la verdad.

El salmo 50 refuerza esta misma enseñanza. Dios no necesita nuestros sacrificios como si dependiera de nosotros. Él es dueño de todo. Lo que pide es un corazón obediente, agradecido y convertido. El Señor reprende a quien recita sus mandamientos, pero rechaza la corrección y desprecia su palabra. El culto que agrada a Dios no es el que se queda en los labios, sino el que transforma la vida: “Al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios”.

Así, las tres lecturas de hoy nos conducen a una misma verdad: Dios quiere liberarnos para que vivamos en la justicia, en la misericordia y en la comunión. Jesús no viene a atormentar al ser humano; viene a atormentar al mal que lo esclaviza. No viene a condenarnos, sino a rescatarnos. No viene a destruir nuestra vida, sino a devolvernos la vida verdadera.

Hoy podemos preguntarnos: ¿qué hay en mí que necesita ser liberado? ¿Qué pensamientos me roban la paz? ¿Qué pecados me aíslan de Dios y de mis hermanos? ¿Qué incoherencias hacen que mi oración no se traduzca en justicia, caridad y servicio? ¿Qué caminos han quedado cerrados porque el miedo, el resentimiento o la desesperanza se han instalado en mi corazón?

Jesús cruza también hoy hacia nuestra orilla. Entra en nuestras zonas heridas. Se acerca a nuestros sepulcros interiores. Nos mira no como casos perdidos, sino como hijos llamados a la libertad. Reconozcamos su presencia, confesemos su autoridad, confiemos en su misericordia y dejemos que Él nos libere.

Señor Jesús, Tú tienes autoridad sobre todo mal. En mi debilidad clamo a Ti y suplico tu misericordia. Libérame, Señor, de todo lo que me aparta de Ti. Rompe las cadenas del pecado, del miedo, de la desesperanza y de la incoherencia. Haz que mi oración sea sincera, que mi culto sea agradable a Ti y que mi vida haga brotar la justicia como un río y la caridad como un arroyo inagotable. Jesús, en Ti confío.


lunes, 29 de junio de 2026

30 de junio del 2026: martes de la decimotercera semana del tiempo ordinario-II- Protomártires de Roma-memoria opcional

 

Primeros mártires de la Iglesia de Roma

Siglo I. Acusados falsamente por Nerón de ser responsables del incendio que había devastado Roma en el año 64, un gran número de cristianos fueron ejecutados en los jardines imperiales.

 


En el corazón de la tempestad

(Mateo 8, 23-27) Se levanta un viento de desgracia; estamos sumergidos por olas de miedo que nos hacen gritar a Dios: “¡Señor, sálvanos! ¡Estamos perdidos!”. ¿Qué pedimos: ser preservados de las calamidades o recibir la gracia de vivir las pruebas arraigados en la presencia amorosa del Padre? Esta es la fe que Jesús espera de sus discípulos. Esta fe viva lo condujo desde la Pasión hasta la gloria de la Resurrección. Avancemos tras sus huellas.

Bénédicte de la Croix, cistercienne

 

 

Primera lectura

Am 3, 1-8; 4, 11-12
El Señor Dios ha hablado, ¿quién no profetizará?

Lectura de la profecía de Amós.

ESCUCHEN la palabra que el Señor ha pronunciado contra ustedes, hijos de Israel, contra toda tribu que saqué de Egipto:
«Solo a ustedes he escogido
de entre todas las tribus de la tierra.
Por eso les pediré cuentas
de todas sus transgresiones».
¿Acaso dos caminan juntos
sin haberse puesto de acuerdo?
¿Acaso ruge el león en la foresta
si no tiene una presa?
¿Deja el cachorro oír su voz desde la guarida
si no ha apresado nada?
¿Acaso cae el pájaro en la red,
a tierra, si no hay un lazo?
¿Salta la trampa del suelo
si no tiene una presa?
¿Se toca el cuerno en una ciudad
sin que se estremezca la gente?
¿Sucede una desgracia en una ciudad
sin que el Señor la haya causado?
Ciertamente, nada hace el Señor Dios
sin haber revelado su designio
a sus servidores los profetas.
Ha rugido el león,
¿quién no temerá?
El Señor Dios ha hablado,
¿quién no profetizará?
Los trastorné
como Dios trastornó a Sodoma y Gomorra,
y quedaron como tizón sacado del incendio.
Pero no se convirtieron a mí —oráculo del Señor—.
Por eso, así voy a tratarte, Israel.
Sí, así voy a tratarte:
prepárate al encuentro con tu Dios.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 5, 5-6ª. 6b-7. 8 (R.: 9ª)

R. Señor, guíame con tu justicia.

V. Tú no eres un Dios que ame la maldad,
ni el malvado es tu huésped,
ni el arrogante se mantiene en tu presencia. 
R.

V. Detestas a los malhechores,
destruyes a los mentirosos;
al hombre sanguinario y traicionero
lo aborrece el Señor. 
R.

V. Pero yo, por tu gran bondad,
entraré en tu casa,
me postraré ante tu templo santo
en tu temor. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Espero en el Señor, espero en su palabra. R.

 

Evangelio

Mt 8, 23-27

Se puso en pie, increpó a los vientos y al mar y vino una gran calma

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, subió Jesús a la barca, y sus discípulos lo siguieron.
En esto se produjo una tempestad tan fuerte, que la barca desaparecía entre las olas; él dormía. Se acercaron y lo despertaron gritándole:
«¡Señor, sálvanos, que perecemos!».
Él les dice:
«¿Por qué tienen miedo, hombres de poca fe?».
Se puso en pie, increpó a los vientos y al mar y vino una gran calma. Los hombres se decían asombrados:
«¿Quién es este, que hasta el viento y el mar lo obedecen?».

Palabra del Señor.

 

1

 

Hermanos y hermanas:

La Palabra de Dios de este día nos sitúa ante una experiencia que todos conocemos de una u otra manera: la tempestad. Hay tempestades en la naturaleza, pero también en el corazón, en la familia, en la Iglesia, en la sociedad, en la salud, en la economía, en la conciencia. Hay momentos en que parece levantarse “un viento de desgracia” y sentimos que las olas del miedo nos cubren. Entonces brota de lo más profundo la oración de los discípulos: “¡Señor, sálvanos, que perecemos!”

El Evangelio nos presenta a Jesús subiendo a la barca, y los discípulos lo siguen. No están lejos del Señor. No están huyendo de Él. Están con Él, en la misma barca. Y, sin embargo, llega la tormenta. Esto es muy importante: seguir a Cristo no significa estar libres de pruebas. La fe no nos coloca fuera del mar agitado de la vida; más bien nos permite descubrir que, aun en medio de la tempestad, Jesús está presente.

Los discípulos tienen miedo porque ven las olas, sienten el viento, experimentan el peligro. Y Jesús parece dormir. ¡Cuántas veces también nosotros hemos sentido algo parecido! En momentos de dolor o incertidumbre, podemos preguntarnos: “Señor, ¿dónde estás? ¿Por qué callas? ¿Por qué parece que duermes mientras nosotros nos hundimos?”

Este evangelio nos ayuda a ir más hondo: cuando gritamos “Señor, sálvanos”, ¿qué estamos pidiendo realmente? ¿Que Dios nos evite toda calamidad, todo sufrimiento, toda dificultad? ¿O pedimos la gracia de vivir las pruebas sostenidos por su presencia amorosa?

Jesús no reprende a los discípulos por despertarlo. Ellos hacen bien en acudir a Él. Lo que Jesús corrige es el miedo que paraliza, la fe pequeña, la falta de confianza. Les dice: “¿Por qué tienen miedo, hombres de poca fe?” Después se levanta, increpa a los vientos y al mar, y sobreviene una gran calma.

Aquí está el centro del mensaje: la verdadera fe no consiste en no tener tempestades, sino en saber quién va con nosotros en la barca. La fe no niega el peligro, pero afirma una presencia más grande que el peligro. La fe no elimina automáticamente las olas, pero nos arraiga en Dios, que es más fuerte que todo viento contrario.

La primera lectura del profeta Amós también nos despierta. Dios habla a su pueblo, le recuerda su elección y su responsabilidad. Israel ha sido amado, llamado, acompañado; por eso no puede vivir de espaldas a Dios. Amós anuncia que el Señor no habla en vano: cuando el león ruge, ¿quién no teme? Cuando el Señor habla, ¿quién no profetiza?

Es una Palabra fuerte. Nos recuerda que las tempestades exteriores no son las únicas peligrosas. También hay tempestades interiores: la indiferencia, la injusticia, la autosuficiencia, el olvido de Dios, la dureza del corazón. Por eso el profeta termina con una frase solemne: “Prepárate a encontrarte con tu Dios.” No es solo una amenaza; es también una llamada a volver al Señor, a revisar la vida, a reconocer que sin Él nos perdemos.

El Salmo nos hace responder desde la oración humilde: “Señor, guíame con tu justicia.” Es la oración de quien sabe que no puede conducirse solo. Pedimos al Señor que nos guíe, que enderece nuestro camino, que nos libre de la mentira, del orgullo, de la violencia y del pecado. Entramos en su casa confiados no en nuestros méritos, sino en su misericordia.

Hoy la Iglesia recuerda además a los santos protomártires de Roma, aquellos primeros cristianos que dieron testimonio de Cristo con su sangre en tiempos de persecución. Ellos también vivieron una gran tempestad. Para ellos, seguir a Jesús no fue una idea bonita ni una devoción superficial; fue una entrega radical. En medio del miedo, la violencia y la amenaza, permanecieron firmes en la fe.

Ellos nos enseñan que la calma más profunda no siempre consiste en que desaparezca la persecución, sino en que el corazón permanezca unido a Cristo. Como Jesús, pasaron por la pasión hacia la gloria. Como los discípulos, estuvieron en una barca sacudida por la violencia del mundo; pero no abandonaron al Señor.

En este día oramos también por nuestros benefactores. Ellos, de muchas maneras, ayudan a sostener la barca de la Iglesia: con su generosidad, su servicio, su oración, su cercanía, su apoyo silencioso. Que el Señor les recompense abundantemente. Que en sus propias tempestades sientan también la presencia de Cristo. Que nunca les falte la paz de saberse acompañados por Dios.

Hermanos, todos tenemos alguna barca que cuidar: la familia, la comunidad, la vocación, la parroquia, la misión, la propia vida espiritual. Y todos enfrentamos vientos contrarios. Pero el Evangelio nos recuerda hoy una certeza: Jesús está en la barca. Puede parecer dormido, puede parecer silencioso, pero está. Y donde está Cristo, la tempestad no tiene la última palabra.

Pidamos entonces una fe más grande. No una fe que solo busque escapar de las pruebas, sino una fe capaz de atravesarlas con Cristo. No una fe de pánico, sino de confianza. No una fe que se rinda ante las olas, sino una fe que se aferre al Señor y diga: “Señor, sálvanos; contigo no estamos perdidos.”

Que María, Madre de la Iglesia, los santos protomártires de Roma y todos los testigos fieles del Evangelio intercedan por nosotros, para que en medio de toda tempestad sepamos avanzar tras las huellas de Cristo, desde la cruz hacia la vida, desde el miedo hacia la confianza, desde la noche hacia la paz. Amén.

 

2

 

Hermanos y hermanas:

El Evangelio de hoy nos presenta una escena breve, pero muy profunda: Jesús sube a la barca, sus discípulos lo siguen, se desata una gran tempestad en el lago, las olas cubren la barca, y Jesús duerme. Los discípulos, llenos de miedo, lo despiertan gritando: “¡Señor, sálvanos, que perecemos!”

Esta escena habla de las tormentas de la vida. Hay tempestades que vienen de fuera: una enfermedad, una crisis económica, una persecución, una pérdida, una noticia inesperada, un conflicto familiar o comunitario. Ante esas situaciones, es comprensible sentir miedo. Los discípulos también lo sintieron. Pero el Evangelio nos enseña que la fe no consiste en no tener miedo nunca, sino en saber a quién acudir cuando el miedo nos invade.

Sin embargo, en este evangelio se nos invita a mirar otra clase de tempestad: la que se forma dentro del corazón. San Agustín, comentando este pasaje, decía que una ofensa recibida es como el viento, y la ira que se levanta dentro de nosotros es como la ola. Primero llega una palabra hiriente, un desprecio, una injusticia, un gesto ofensivo. Eso es el viento. Pero si dejamos que esa ofensa entre hasta el fondo del alma, puede levantarse una ola peligrosa: la rabia, el resentimiento, el juicio, la condena y el deseo de venganza.

Y entonces la barca empieza a hundirse. No siempre por lo que el otro nos hizo, sino por lo que nosotros permitimos dejar crecer dentro del corazón.

Todos sabemos lo que esto significa. A veces alguien nos hiere con una palabra, una actitud o una falta de consideración. Al principio sentimos dolor. Pero si no llevamos ese dolor al Señor, puede convertirse en enojo. Y si alimentamos el enojo, puede convertirse en venganza: una respuesta dura, una palabra calculada para herir, una discusión amarga, una condena interior, una indiferencia fría, un silencio usado como castigo.

Y creemos que hemos ganado porque “pusimos al otro en su lugar”. Pero San Agustín advierte algo muy serio: cuando nos alegramos del daño del otro, aunque parezca que vencimos, en realidad hemos naufragado interiormente. La venganza no calma la tormenta: la agranda. La ira no salva la barca: la hunde.

Por eso la oración de los discípulos es tan necesaria: “¡Señor, sálvanos, que perecemos!” Es una oración que también nosotros necesitamos repetir cuando sentimos que el corazón se nos agita. “Señor, sálvame de mi rabia. Sálvame de mi resentimiento. Sálvame de mis deseos de desquitarme. Sálvame de responder mal. Sálvame de dejar que una ofensa me robe la paz.”

Jesús, al despertar, dice: “¿Por qué tienen miedo, hombres de poca fe?” No les dice esto para humillarlos, sino para llevarlos a una confianza más profunda. Aplicado a nuestra vida interior, es como si el Señor nos dijera: “¿Por qué dejaste que esa ofensa mandara sobre tu corazón? ¿Por qué permitiste que la ira creciera hasta convertirse en tormenta? ¿Por qué olvidaste que yo estaba contigo en la barca?”

La primera lectura del profeta Amós también nos ayuda a comprender la gravedad de esta llamada. Dios habla a su pueblo con fuerza. Le recuerda que ha sido elegido, amado y acompañado, pero también le advierte que esa elección implica responsabilidad. No se puede caminar con Dios y vivir de espaldas a su voluntad. No se puede escuchar su Palabra y endurecer el corazón.

Amós usa imágenes fuertes: el león ruge, la trompeta suena, la ciudad tiembla. Es una llamada a despertar. Dios no habla para destruir, sino para convertir. Por eso la lectura termina con una frase solemne: “Prepárate a encontrarte con tu Dios.”

También nosotros necesitamos prepararnos para encontrarnos con Dios, no solo al final de la vida, sino cada día: en la oración, en la Eucaristía, en el hermano, en la corrección fraterna, en la reconciliación, en la decisión de perdonar. Prepararnos para encontrarnos con Dios significa dejar que Él revise nuestras tempestades interiores y nos pregunte: “¿Qué estás guardando en tu corazón? ¿Qué resentimiento no me has entregado? ¿A quién necesitas perdonar? ¿De qué venganza debes renunciar?”

El Salmo nos pone en la actitud justa: “Señor, guíame con tu justicia.” No decimos: “Señor, ayúdame a tener siempre la razón.” No decimos: “Señor, castiga al que me ofendió.” Decimos: “Guíame.” Porque cuando estamos heridos, fácilmente perdemos el camino. Cuando estamos enojados, confundimos justicia con venganza. Cuando estamos resentidos, creemos que defendernos es destruir al otro.

Por eso pedimos: “Señor, guíame con tu justicia.” La justicia de Dios no es odio. La justicia de Dios no es deseo de daño. La justicia de Dios siempre busca la verdad, la conversión, la reparación y la salvación. Dios no quiere que se hunda la barca del otro ni la nuestra. Dios quiere calmar la tempestad.

Hoy, al orar por nuestros benefactores, damos gracias por tantas personas que hacen el bien silenciosamente. Los benefactores son signos de esa misericordia concreta que sostiene la misión de la Iglesia. Con su generosidad, su ayuda, su oración, su servicio y su cercanía, colaboran para que muchas barcas no se hundan: la barca de una familia necesitada, la barca de una comunidad, la barca de una obra evangelizadora, la barca de quienes buscan consuelo y esperanza.

Pidamos por ellos. Que el Señor bendiga sus vidas, sus hogares, sus trabajos y sus intenciones. Que también ellos, cuando atraviesen tempestades, sientan la presencia de Cristo. Que su generosidad sea recompensada con paz, fortaleza y abundancia espiritual.

Hermanos, el Evangelio termina diciendo que, cuando Jesús increpó a los vientos y al mar, “vino una gran calma.” Esa calma es la que necesitamos. No solo calma en los problemas externos, sino calma en el corazón. Calma frente a la ofensa. Calma frente al insulto. Calma frente al rechazo. Calma frente a la tentación de vengarnos.

Pidamos hoy la gracia de detener la tormenta desde el primer viento. Si llega una ofensa, respondamos con oración. Si nace la ira, entreguémosla pronto al Señor. Si ya hay tormenta dentro de nosotros, gritemos con fe: “¡Señor, sálvame, que perezco!” Él no está ausente. Él no abandona la barca. Aunque parezca dormido, está allí, esperando que lo invoquemos.

Que el Señor Jesús calme nuestras tempestades, nos libre de la venganza, nos enseñe a perdonar y haga de nuestro corazón una barca habitada por su paz. Amén.

 

domingo, 28 de junio de 2026

29 de junio del 2026: Santos Pedro y Pablo, apóstoles-Solemnidad

 

Santos del día:

Santos Pedro y Pablo, apóstoles

Siglo I. Las dos columnas de la Iglesia que “llevaron al mundo el nombre de Cristo y dieron el testimonio supremo del amor y de la sangre” (Pablo VI).

 

 

Siguiendo al Maestro

(Mateo 16, 13-19) La Iglesia nos invita a contemplar a Pedro y Pablo, dos figuras mayores de la tradición que, cada uno a su manera, respondieron a la pregunta apremiante de Cristo: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?” El compromiso radical de sus vidas siguiendo al Maestro nos invita a abandonar nuestros estereotipos y a interrogarnos sobre el vínculo único que nos une a Jesús. ¡Una relación rica en su singularidad, insustituible!

Bénédicte de la Croix, cistercienne

 


Primera lectura

Hch 12, 1-11
Ahora sé realmente que el Señor me ha librado de las manos de Herodes

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.

EN aquellos días, el rey Herodes decidió arrestar a algunos miembros de la Iglesia para maltratarlos. Hizo pasar a cuchillo a Santiago, hermano de Juan. Al ver que esto agradaba a los judíos, decidió detener también a Pedro. Eran los días de los Ácimos. Después de prenderlo, lo metió en la cárcel, entregándolo a la custodia de cuatro patrullas de cuatro soldados cada uno; tenía intención de presentarlo al pueblo pasadas las fiestas de Pascua. Mientras Pedro estaba en la cárcel bien custodiado, la Iglesia oraba insistentemente a Dios por él.
Cuando Herodes iba a conducirlo al tribunal, aquella misma noche, estaba Pedro durmiendo entre dos soldados, atado con cadenas. Los centinelas hacían guardia a la puerta de la cárcel.
De repente, se presentó el ángel del Señor, y se iluminó la celda. Tocando a Pedro en el costado, lo despertó y le dijo:
«Date prisa, levántate».
Las cadenas se le cayeron de las manos, y el ángel añadió:
«Ponte el cinturón y las sandalias».
Así lo hizo, y el ángel le dijo:
«Envuélvete en el manto y sígueme».
Salió y lo seguía, sin acabar de creerse que era realidad lo que hacía el ángel, pues se figuraba que estaba viendo una visión. Después de atravesar la primera y la segunda guardia, llegaron al portón de hierro que daba a la ciudad, que se abrió solo ante ellos. Salieron y anduvieron una calle y de pronto se marchó el ángel.
Pedro volvió en sí y dijo:
«Ahora sé realmente que el Señor ha enviado a su ángel para librarme de las manos de Herodes y de toda la expectación del pueblo de los judíos».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 33, 2-3. 4-5. 6-7. 8-9 (R.: 5b)

R. El Señor me libró de todas mis ansias.

V. Bendigo al Señor en todo momento,
su alabanza está siempre en mi boca;
mi alma se gloría en el Señor:
que los humildes lo escuchen y se alegren. 
R.

V. Proclamen conmigo la grandeza del Señor,
ensalcemos juntos su nombre.
Yo consulté al Señor, y me respondió,
me libró de todas mis ansias. 
R.

V. Contémplenlo, y quedarán radiantes,
su rostro no se avergonzará.
El afligido invocó al Señor,
él lo escuchó y lo salvó de sus angustias. 
R.

V. El ángel del Señor acampa en torno a quienes le temen
y los protege.
Gusten y vean qué bueno es el Señor,
dichoso el que se acoge a él. 
R.

 

Segunda lectura

2 Tim 4, 6-8. 17-18

Me está reservada la corona de la justicia

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a Timoteo.

QUERIDO hermano:
Yo estoy a punto de ser derramado en libación y el
momento de mi partida es inminente.
He combatido el noble combate, he acabado la carrera, he
conservado la fe.
Por lo demás, me está reservada la corona de la justicia,
que el Señor, juez justo, me dará en aquel día; y no solo
a mí, sino también a todos los que hayan aguardado con
amor su manifestación.
Mas el Señor estuvo a mi lado y me dio fuerzas para que,
a través de mí, se proclamara plenamente el mensaje y
lo oyeran todas las naciones. Y fui librado de la boca del
león.
El Señor me librará de toda obra mala y me salvará llevándome
a su reino celestial.
A él la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Palabra de Dios.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. R.

 

Evangelio

Mt 16, 13-19

Tú eres Pedro, y te daré las llaves del reino de los cielos

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos:
«¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?».
Ellos contestaron:
«Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas».
Él les preguntó:
«Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?».
Simón Pedro tomó la palabra y dijo:
«Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo».
Jesús le respondió:
«¡Bienaventurado tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos.
Ahora yo te digo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará.
Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos».

Palabra del Señor.

 

1

 

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy la Iglesia celebra con gozo y gratitud la solemnidad de los santos apóstoles Pedro y Pablo, dos columnas de la fe cristiana. Dos hombres muy distintos, con temperamentos diferentes, historias diferentes y caminos diferentes, pero unidos por una misma pasión: Jesucristo.

Pedro fue pescador de Galilea, hombre sencillo, impulsivo, generoso, capaz de confesar con fuerza su fe, pero también capaz de negar al Señor en la hora de la prueba. Pablo fue fariseo, perseguidor de los cristianos, hombre de sólida formación, ardiente, apasionado, transformado por el encuentro con Cristo resucitado en el camino de Damasco. Uno conoció a Jesús caminando con Él por los senderos de Galilea; el otro lo encontró como una luz que cambió para siempre su vida. Pero ambos terminaron entregándolo todo por el Evangelio.

Al leer este texto y como comenta alguien, recordamos que Pedro y Pablo respondieron, cada uno a su manera, a la pregunta central del Evangelio de hoy: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?”

Esa pregunta no es solo para Pedro. No es solo para los apóstoles. Es una pregunta dirigida también a nosotros. Jesús no pregunta simplemente qué dice la gente de Él, qué opinan los demás, qué dicen los libros, los medios o la cultura. Jesús nos pregunta directamente: “Para ti, ¿quién soy yo?”

Pedro responde con una confesión luminosa: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.” Esa respuesta no nace solo de su inteligencia ni de su fuerza humana. Jesús mismo le dice: “Eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo.” La fe verdadera es gracia. Es don. Es luz que Dios enciende en el corazón humano.

Y sobre esa fe, Jesús edifica su Iglesia: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia.” Pedro no es piedra porque sea perfecto. Pedro es piedra porque ha sido elegido, perdonado, sostenido y confirmado por Cristo. La fuerza de la Iglesia no está en la perfección humana de sus miembros, sino en la fidelidad del Señor que nunca abandona a los suyos.

La primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles, nos muestra a Pedro en la cárcel. Herodes lo persigue, la comunidad parece débil, y humanamente todo indica que la misión puede quedar detenida. Pero hay un detalle hermoso: “La Iglesia oraba insistentemente a Dios por él.” Mientras Pedro está encadenado, la comunidad ora. Y en medio de la noche, el ángel del Señor lo libera.

Esta escena nos recuerda que la Iglesia vive de la oración. Cuando todo parece cerrado, Dios abre caminos. Cuando las cadenas parecen fuertes, la gracia es más fuerte. Cuando la noche es densa, el Señor envía su luz. Pedro sale de la prisión y reconoce: “Ahora sé realmente que el Señor ha enviado a su ángel para librarme.”

También nosotros conocemos cárceles: cárceles del miedo, del pecado, de la tristeza, de la desesperanza, de la rutina, del resentimiento, de la enfermedad y del duelo. Hoy, al orar por nuestros hermanos difuntos, presentamos también nuestras propias cadenas interiores. Le pedimos al Señor que así como liberó a Pedro de la prisión, libere a nuestros difuntos de toda atadura y los reciba en la paz de su Reino.

El salmo nos hace cantar: “El Señor me libró de todas mis ansias.” Es una palabra profundamente consoladora. El creyente no está libre de pruebas, pero sabe que no está solo en ellas. El salmo dice también: “El ángel del Señor acampa en torno a sus fieles y los protege.” Por eso podemos bendecir al Señor en todo momento, incluso cuando atravesamos la noche del dolor o de la muerte. Nuestra esperanza no descansa en nuestras fuerzas, sino en la misericordia de Dios.

La segunda lectura nos presenta a san Pablo al final de su vida. Sus palabras tienen sabor de despedida: “Yo estoy a punto de ser sacrificado, y el momento de mi partida es inminente.” Pablo mira su vida como una ofrenda. No se lamenta. No presume. No se desespera. Simplemente hace una confesión serena: “He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe.”

Qué hermoso sería que también nosotros, al final de nuestra vida, pudiéramos decir: “He mantenido la fe.” No significa que no hayamos tenido caídas, dudas o cansancios. Significa que, en medio de todo, no soltamos la mano de Dios. Pablo sabe que el Señor estuvo a su lado: “El Señor me ayudó y me dio fuerzas.” Esa fue la experiencia de Pedro, de Pablo y de todos los santos: no fueron fuertes por sí mismos; fueron fuertes porque el Señor los sostuvo.

Hoy, al orar por nuestros hermanos difuntos, podemos mirar sus vidas a la luz de esta palabra. Cada persona carga su propio combate, su propia carrera, su propia historia de fe, con luces y sombras. Nosotros los confiamos no a nuestros méritos ni a nuestros recuerdos, sino a la misericordia del Señor, juez justo y Padre compasivo. Pedimos que quienes ya han terminado su carrera en este mundo reciban la corona de vida que el Señor promete a los que esperan en Él.

Pedro y Pablo nos enseñan que seguir a Cristo no es quedarse en una admiración superficial. No basta decir que Jesús fue un gran maestro, un profeta, un líder espiritual o un ejemplo moral. La pregunta de Jesús va más hondo: “¿Quién soy yo para ti?” Y la respuesta verdadera compromete la vida.

Para Pedro, responder significó dejar las redes, caminar con Jesús, llorar su pecado, recibir el perdón y confirmar a sus hermanos. Para Pablo, responder significó dejar atrás su antigua seguridad, hacerse servidor del Evangelio, anunciar a Cristo hasta los confines del mundo y entregar su vida como ofrenda.

Y para nosotros, ¿qué significa responder hoy? Significa poner a Cristo en el centro. Significa vivir la fe no como costumbre vacía, sino como relación viva. Significa pertenecer a la Iglesia no como espectadores, sino como discípulos. Significa confiar cuando hay pruebas, orar cuando hay cadenas, perseverar cuando hay cansancio, servir cuando hay necesidad y esperar cuando la muerte toca a nuestra puerta.

La solemnidad de Pedro y Pablo nos recuerda que la Iglesia es apostólica: viene de la fe de los apóstoles, se sostiene en el testimonio de los mártires y sigue anunciando a Cristo en medio del mundo. También hoy la Iglesia necesita cristianos con corazón de Pedro y pasión de Pablo: humildes para reconocer sus caídas, valientes para confesar la fe, disponibles para evangelizar y firmes para mantener la esperanza.

En esta Eucaristía, unimos nuestra oración por nuestros hermanos difuntos. Los colocamos espiritualmente sobre el altar del Señor. Que Cristo, el Hijo de Dios vivo, a quien Pedro confesó; Cristo, el Señor resucitado, a quien Pablo anunció; Cristo, vencedor del pecado y de la muerte, los reciba en su paz.

Y pidamos también por nosotros, que todavía peregrinamos en este mundo. Que al escuchar la pregunta de Jesús —“Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?”— no respondamos solo con palabras, sino con la vida. Que podamos decir con Pedro: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.” Y que al final de nuestra carrera podamos decir con Pablo: “He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe.”

Amén.


2

 

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy celebramos la solemnidad de los santos apóstoles Pedro y Pablo, dos grandes columnas de la Iglesia. En ellos contemplamos dos maneras distintas y complementarias de servir a Cristo: Pedro, como roca de la fe y signo de unidad; Pablo, como apóstol ardiente que lleva el Evangelio hasta los confines de la tierra.

El Evangelio nos sitúa en un momento decisivo. Jesús pregunta a sus discípulos: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?” Pedro responde con una confesión luminosa: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.” Entonces Jesús le dice: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará.”

Esta es una de las grandes certezas de nuestra fe: la Iglesia prevalecerá. No porque sus miembros sean perfectos, no porque no tenga heridas, no porque esté libre de crisis, persecuciones o pecados, sino porque Cristo mismo la fundó y prometió sostenerla. La Iglesia ha sufrido y sufrirá muchas pruebas, pero no será vencida, porque está bajo la providencia de Dios.

Pedro es elegido como roca, no por su perfección humana, sino por la gracia de Cristo. Sabemos que Pedro fue débil, tuvo miedo, negó al Señor y necesitó ser perdonado. Pero precisamente ahí se manifiesta la fuerza de Dios: Cristo edifica su Iglesia no sobre la autosuficiencia humana, sino sobre una fe sostenida por la gracia.

Jesús le confía a Pedro las llaves del Reino de los cielos. Con esta imagen, el Señor le entrega una misión de servicio, de autoridad y de comunión. Pedro debe confirmar a sus hermanos en la fe, custodiar la verdad recibida y mantener unida a la comunidad. Por eso, al celebrar a San Pedro, miramos también con fe el ministerio del Papa, sucesor de Pedro, llamado a servir a la Iglesia como signo visible de unidad y fidelidad al Evangelio.

La primera lectura nos muestra a Pedro encarcelado. Herodes persigue a la Iglesia, Pedro está encadenado y todo parece perdido. Pero la comunidad ora insistentemente por él, y el Señor envía a su ángel para liberarlo. Esta escena confirma la promesa de Jesús: las fuerzas del mal pueden encadenar, perseguir y amenazar, pero no pueden destruir la obra de Dios.

También hoy la Iglesia experimenta pruebas: persecuciones, escándalos, divisiones, indiferencia religiosa, cansancio espiritual. Sin embargo, la Palabra nos recuerda que la última palabra no la tienen las cadenas, ni los poderes del mundo, ni las puertas del abismo. La última palabra la tiene Cristo, que dijo: “El poder del infierno no la derrotará.”

El salmo responde a esta experiencia con gratitud: “El Señor me libró de todas mis ansias.” Pedro pudo decirlo al salir de la cárcel. Pablo pudo decirlo en medio de sus persecuciones. Y también nosotros podemos decirlo cuando, en la fe, reconocemos que Dios no abandona a su Iglesia ni a sus hijos.

San Pablo, por su parte, aparece en la segunda lectura al final de su vida. Sus palabras tienen la fuerza de un testamento espiritual: “He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe.” Pablo sabe que su vida ha sido derramada como ofrenda. Ha predicado, ha sufrido, ha viajado, ha fundado comunidades, ha defendido la fe y ha anunciado a Cristo con valentía.

Si Pedro nos recuerda la firmeza de la roca, Pablo nos recuerda el dinamismo de la misión. La Iglesia no existe para encerrarse en sí misma, sino para anunciar a Jesucristo. La fe que Pedro confiesa debe ser llevada al mundo con el ardor de Pablo. Unidad y misión, verdad y evangelización, fidelidad y salida: eso celebramos hoy en estos dos apóstoles.

La Iglesia necesita siempre de estas dos gracias: la firmeza de Pedro y el celo apostólico de Pablo. Necesita permanecer unida en la fe verdadera, pero también salir con valentía a anunciar el Evangelio. Una Iglesia sin Pedro perdería unidad y fundamento; una Iglesia sin Pablo perdería impulso misionero y pasión evangelizadora.

Hoy Jesús vuelve a preguntarnos: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?” No basta responder con fórmulas aprendidas. Nuestra respuesta debe verse en la vida: en el amor a Cristo, en la fidelidad a la Iglesia, en la oración, en la caridad, en la defensa de la fe, en la evangelización y en el testimonio cotidiano.

También nosotros somos llamados a continuar la misión de Pedro y Pablo. Como Pedro, estamos llamados a permanecer firmes en la fe, aun en medio de nuestras debilidades. Como Pablo, estamos llamados a anunciar el Evangelio con valentía, sin avergonzarnos de Cristo y sin cansarnos de hacer el bien.

Pidamos en esta solemnidad la intercesión de los santos apóstoles Pedro y Pablo. Que ellos oren por la Iglesia, por el Papa, por los obispos, por los sacerdotes, por los misioneros, por los catequistas y por todos los bautizados. Que nos ayuden a amar más a la Iglesia, a confiar en la promesa de Cristo y a comprometernos con la misión que Él nos ha confiado.

Que al final de nuestra vida podamos decir con San Pablo: “He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe.” Y que cada día podamos confesar con San Pedro: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.”

San Pedro y San Pablo, rueguen por nosotros. Amén.


Primero de julio del 2026: miércoles de la decimotercera semana del tiempo ordinario-II

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