No es imposible
(Mi 6,1-4.6-8 / Sal 50(49),5-6.8-9.16bc-17.21+23 (R. 23b) /
Mt 12,38-42) Dios entra en juicio con su pueblo, un
género literario clásico entre los profetas. Se trata de llevar a los creyentes
a interrogarse sobre su relación con Dios: aquí, desde la perspectiva de la
fidelidad y la conversión del corazón.
En
el Evangelio, los escribas y fariseos le piden a Jesús un signo extraordinario,
aunque sus palabras y sus obras ya manifiestan la presencia de Dios. Jesús los
remite al signo de Jonás: así como el profeta fue liberado de las
profundidades, el Hijo del hombre atravesará la muerte y resucitará. Creer, por
tanto, no es imposible, pero exige un corazón disponible, capaz de reconocer
los signos ya ofrecidos y dejarse transformar. Dios no nos pide prodigios ni
sacrificios desmesurados, sino practicar la justicia, amar la misericordia y
caminar humildemente con Él.
G.Q
Primera lectura
Miq
6, 1-4. 6-8
Hombre,
se te ha hecho saber lo que el Señor quiere de ti
Lectura de la profecía de Miqueas.
ESCUCHEN lo que dice el Señor,
el pleito del Señor con su pueblo.
«En pie, pleitea con las montañas,
que escuchen tu voz las colinas».
Escuchen, montañas, el pleito del Señor,
ustedes, inalterables cimientos de la tierra:
el Señor pleitea con su pueblo,
con Israel se querella.
«Pueblo mío, ¿qué te he hecho?,
¿en qué te he molestado?
¡Respóndeme!
Yo te saqué de Egipto
y te libré de la servidumbre.
Yo te envié a Moisés,
Aarón y María».
¿Con qué me presentaré al Señor
y me inclinaré ante el Dios excelso?
¿Me presentaré con holocaustos,
con terneros de un año?
¿Le agradarán al Señor mil bueyes,
miríadas de ríos de aceite?
¿Le ofreceré mi primogénito por mi falta,
el fruto de mis entrañas por mi pecado?.
Hombre, se te ha hecho saber lo que es bueno,
lo que el Señor quiere de ti:
tan solo practicar el derecho,
amar la bondad,
y caminar humildemente con tu Dios.
Palabra de Dios.
Salmo
Sal
49, 5-6. 8-9. 16bc-17. 21 y 23 (R.: 23cd)
R. Al que sigue
buen camino
le haré ver la salvación de Dios.
V. «Congréguenme a mis
fieles,
que sellaron mi pacto con un sacrificio».
Proclame el cielo su justicia;
Dios en persona va a juzgar. R.
V. «No te reprocho
tus sacrificios,
pues siempre están tus holocaustos ante mí.
Pero no aceptaré un becerro de tu casa,
ni un cabrito de tus rebaños». R.
V. «¿Por qué
recitas mis preceptos
y tienes siempre en la boca mi alianza,
tú que detestas mi enseñanza
y te echas a la espalda mis mandatos?» R.
V. «Esto haces, ¿y
me voy a callar?
¿Crees que soy como tú?
Te acusaré, te lo echaré en cara.
El que me ofrece acción de gracias,
ese me honra;
al que sigue buen camino
le haré ver la salvación de Dios». R.
Aclamación
R. Aleluya,
aleluya, aleluya.
V. No endurezcan hoy su
corazón; escuchen la voz del Señor. R.
Evangelio
Mt
12, 38-42
Cuando
juzguen a esta generación, la reina del Sur se levantará
Lectura del santo Evangelio según san Mateo.
EN aquel tiempo, algunos escribas y fariseos dijeron a Jesús:
«Maestro, queremos ver un milagro tuyo».
Él les contestó:
«Esta generación perversa y adúltera exige una señal; pues no se le dará más
signo que el del profeta Jonás. Tres días y tres noches estuvo Jonás en el
vientre del cetáceo: pues tres días y tres noches estará el Hijo del hombre en
el seno de la tierra.
Los hombres de Nínive se alzarán en el juicio contra esta generación y harán
que la condenen; porque ellos se convirtieron con la proclamación de Jonás, y
aquí hay uno que es más que Jonás.
Cuando juzguen a esta generación, la reina del Sur se levantará y hará que la
condenen, porque ella vino desde los confines de la tierra, para escuchar la
sabiduría de Salomón, y aquí hay uno que es más que Salomón».
Palabra del Señor.
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1
Aprender a reconocer los signos de Dios
Queridos
hermanos:
La
Palabra de Dios de este día nos invita a revisar con sinceridad nuestra
relación con el Señor. Con frecuencia deseamos que Dios nos dé señales
extraordinarias, respuestas inmediatas o demostraciones indiscutibles de su
existencia y de su amor. Sin embargo, el Señor nos recuerda hoy que el
verdadero problema no es la falta de signos, sino la falta de disposición para
reconocerlos.
En
la primera lectura, tomada del profeta Miqueas, Dios entra en una especie de
juicio con su pueblo. Convoca como testigos a los montes y a las colinas y
pregunta: «Pueblo mío, ¿qué te he hecho?, ¿en qué te he molestado?». No se
trata de un Dios enojado que quiera destruir a su pueblo, sino de un Padre
herido por la ingratitud de sus hijos. Él les recuerda todo lo que ha hecho:
los liberó de Egipto, los sacó de la esclavitud y puso delante de ellos
personas que los guiaran.
Ante
este reclamo, el pueblo se pregunta qué debe ofrecer a Dios: ¿holocaustos?,
¿miles de carneros?, ¿ríos de aceite?, ¿sacrificios cada vez mayores? La
respuesta del profeta es sencilla y exigente:
«Se
te ha hecho saber lo que es bueno, lo que el Señor quiere de ti: practicar la
justicia, amar la misericordia y caminar humildemente con tu Dios».
Dios
no puede ser comprado con ofrendas. No busca ceremonias vacías ni sacrificios
que no estén acompañados por una vida recta. Podemos rezar mucho, participar en
celebraciones y realizar actos religiosos; pero si tratamos injustamente a los
demás, guardamos resentimiento, despreciamos al necesitado o nos negamos a
perdonar, todavía no hemos comprendido lo que Dios quiere de nosotros.
El
salmo 50 continúa esta misma enseñanza. Dios dice: «No te reprocho tus
sacrificios, pues siempre están tus holocaustos ante mí». El problema no
consiste en ofrecer sacrificios, sino en pensar que estos pueden reemplazar la
obediencia, la justicia y la conversión. Por eso también advierte: «¿Por qué
recitas mis preceptos y tienes siempre en la boca mi alianza, tú que detestas
mi enseñanza y te echas a la espalda mis mandatos?».
Es
una palabra fuerte que nos invita a preguntarnos: ¿existe coherencia entre lo
que decimos creer y la manera como vivimos? ¿Nuestra oración nos vuelve más
misericordiosos? ¿La Eucaristía nos conduce a compartir el pan, perdonar las
ofensas y servir al hermano? ¿O pronunciamos palabras religiosas mientras le
damos la espalda a lo que Dios nos enseña?
El
salmo nos entrega también una promesa consoladora: «Al que sigue buen camino le
haré ver la salvación de Dios». El Señor no nos pide una vida llena de cosas
extraordinarias; nos pide avanzar por el buen camino, con fidelidad, humildad y
perseverancia. La santidad se construye muchas veces mediante pequeños actos de
amor realizados cada día.
En
el Evangelio, algunos escribas y fariseos se acercan a Jesús y le dicen:
«Maestro, queremos ver un signo tuyo». La petición podría parecer razonable,
pero Jesús descubre la falta de sinceridad que se esconde detrás de ella. Ellos
ya habían escuchado sus enseñanzas, contemplado sus curaciones y presenciado la
liberación de personas oprimidas. Los signos estaban delante de sus ojos, pero
no querían comprometerse.
A
veces nosotros podemos caer en una actitud semejante: «Señor, si me concedes
esto, creeré en ti»; «si solucionas inmediatamente este problema, confiaré en
ti»; «si realizas el milagro que espero, cambiaré de vida». Convertimos la fe
en una negociación y le exigimos a Dios que se someta a nuestras condiciones.
Jesús
responde que no se les dará otro signo sino el signo del profeta Jonás. Jonás
permaneció tres días en el vientre del gran pez y después fue enviado a
predicar la conversión a Nínive. De manera semejante, Jesús permanecerá en el
seno de la tierra y al tercer día resucitará. El signo definitivo de Dios no
será un espectáculo, sino la Pascua de Cristo: su muerte y su resurrección.
En
Jesús crucificado y resucitado, Dios nos ha dado la señal más grande de su
amor. La cruz nos revela hasta dónde llega su entrega; la resurrección nos
anuncia que el pecado y la muerte no tienen la última palabra. Por eso, creer
no es imposible. Pero exige abrir el corazón, renunciar a nuestra dureza y aceptar
que Dios actúe de una manera diferente a la que nosotros imaginamos.
Hoy
también elevamos nuestra oración por nuestros fieles difuntos. Al recordarlos,
el signo de Jonás adquiere para nosotros una fuerza especial. Así como Jonás
salió de las profundidades y Cristo salió victorioso del sepulcro, confiamos en
que quienes han muerto unidos al Señor están llamados a participar de su
resurrección.
Orar
por nuestros difuntos es un acto de amor, de gratitud y de esperanza. No los
recordamos solamente con tristeza. Los ponemos en las manos misericordiosas del
Padre y pedimos que perdone sus pecados, purifique sus vidas y los reciba en la
plenitud de su Reino. La muerte no destruye los vínculos tejidos por el amor.
En Cristo resucitado, la comunión continúa y la esperanza permanece.
Quizá
desearíamos recibir una señal de que nuestros seres queridos están bien. Sin
embargo, el Señor nos invita a mirar el gran signo que ya nos ha concedido: el
sepulcro vacío de Cristo. Nuestra esperanza no descansa en sentimientos
pasajeros ni en señales extraordinarias, sino en la promesa de Jesús: quien
cree en Él, aunque haya muerto, vivirá.
Pidamos
al Señor que nos conceda un corazón capaz de reconocer su presencia en los
signos sencillos de cada día: en la Palabra proclamada, en la Eucaristía, en el
perdón recibido, en el pobre que necesita nuestra ayuda, en la familia que nos
acompaña y en cada oportunidad de practicar la justicia y la misericordia.
Que
nuestra fe no se limite a pedir prodigios. Que se manifieste en una vida coherente,
en el amor a los hermanos y en la humildad de caminar cada día con Dios. Y que
nuestros fieles difuntos, por la misericordia del Señor, descansen en paz y
contemplen para siempre la salvación prometida.
Que brille para ellos la luz perpetua. Amén.
2
La certeza de una fe que transforma
Queridos
hermanos:
En
el Evangelio, algunos escribas y fariseos se acercan a Jesús y le dicen:
«Maestro, queremos ver un signo tuyo». Él les responde: «Esta generación
perversa y adúltera exige una señal; pero no se le dará más signo que el del
profeta Jonás».
Podríamos
preguntarnos por qué Jesús se niega a realizar el prodigio solicitado. Él había
curado enfermos, expulsado demonios, calmado tempestades y devuelto la vida.
¿Por qué no hacer ahora otro milagro para convencerlos?
Imaginemos
que Jesús hubiera respondido: «Está bien, haré lo que ustedes me pidan».
Supongamos que le hubieran pedido abrir las aguas del lago de Galilea, como
Moisés abrió el mar Rojo, y que Jesús lo hubiera hecho delante de ellos. ¿Habrían
creído verdaderamente? Probablemente no. Se habrían sorprendido, pero su
corazón habría permanecido cerrado.
El
problema no era la falta de milagros, sino la dureza de su corazón.
Dios no se compra con sacrificios
Esta
misma dureza aparece denunciada en la primera lectura, tomada del profeta
Miqueas. Dios entra en una especie de juicio con su pueblo y pregunta:
«Pueblo
mío, ¿qué te he hecho?, ¿en qué te he molestado? Respóndeme».
El
Señor recuerda todo lo que hizo por Israel: lo liberó de la esclavitud de
Egipto, lo condujo por el desierto y le dio servidores que lo orientaran. Pero
el pueblo se había olvidado de su amor y había reducido la religión al
cumplimiento exterior.
Por
eso se pregunta: «¿Con qué me presentaré ante el Señor? ¿Con holocaustos? ¿Con
miles de carneros? ¿Con ríos de aceite?». Creían que podían contentar a Dios
mediante sacrificios cada vez más grandes.
El
profeta ofrece entonces una de las enseñanzas más hermosas del Antiguo
Testamento:
«Se
te ha hecho saber lo que es bueno y lo que el Señor quiere de ti: practicar la
justicia, amar la misericordia y caminar humildemente con tu Dios».
Dios
no desprecia la oración ni las ofrendas realizadas con sinceridad. Lo que
rechaza es una religiosidad externa que no transforma la vida. No podemos
intentar agradar a Dios mediante actos religiosos mientras somos injustos,
despreciamos al necesitado, cultivamos resentimientos o nos negamos a perdonar.
También
nosotros podemos caer en la tentación de querer negociar con Dios: «Señor, si
me concedes este favor, te prometo tal cosa»; «si curas mi enfermedad,
cambiaré»; «si solucionas este problema, entonces creeré». Dios no busca
negociaciones interesadas, sino hijos que confíen en Él, practiquen la
justicia, amen la misericordia y caminen humildemente en su presencia.
Una fe que no se queda en las palabras
El
salmo 50 continúa esta misma llamada a la coherencia. Dios dice: «No te
reprocho tus sacrificios, pues siempre están tus holocaustos ante mí». El
problema no estaba en las ofrendas, sino en la contradicción entre el culto y
la vida.
Por
eso añade:
«¿Por
qué recitas mis preceptos y tienes siempre en la boca mi alianza, tú que
detestas mi enseñanza y te echas a la espalda mis mandatos?».
Son
palabras fuertes, pero necesarias. También nosotros debemos preguntarnos si
existe coherencia entre nuestras oraciones y nuestra conducta. Podemos conocer
los mandamientos, recitar muchas plegarias y participar en la Eucaristía; pero
¿la Palabra de Dios influye realmente en nuestras decisiones? ¿La comunión con
Cristo nos hace más compasivos? ¿Nuestra fe se refleja en la familia, en el
trabajo y en la manera como tratamos a los más sencillos?
El
salmo concluye con una promesa: «Al que sigue buen camino le haré ver la
salvación de Dios». El Señor no nos exige realizar cosas espectaculares. Nos
pide seguir el buen camino con fidelidad: hacer el bien, corregir nuestros
errores, perdonar, servir y perseverar en la esperanza.
El espectáculo no produce necesariamente la fe
Los
escribas y fariseos buscaban un espectáculo religioso, pero Jesús quería
ofrecerles algo mucho más profundo: el don de la fe.
Imaginemos
que alguien apareciera en una plaza afirmando ser el Hijo de Dios y, para
demostrarlo, comenzara a elevarse por los aires y a mover los vehículos con una
palabra. Seguramente provocaría asombro, curiosidad y temor. Sin embargo,
semejante espectáculo no produciría necesariamente una verdadera conversión.
Incluso podríamos sospechar que se trata de un engaño, una ilusión o algo
contrario a Dios.
Ahora
pensemos en una situación diferente y más cercana. Una persona entra en
silencio a una iglesia. Se arrodilla ante el Señor y le abre sinceramente su
corazón. En medio de la oración reconoce sus pecados, comprende algo de la
voluntad de Dios y siente la fuerza necesaria para perdonar o tomar una
decisión correcta. Sale de la iglesia con una paz que antes no tenía, con mayor
claridad y con el deseo de comenzar una vida nueva.
No
hubo luces, voces ni acontecimientos espectaculares. Sin embargo, ocurrió algo
mucho más importante: Dios tocó el corazón y la persona respondió entregándose
a Él.
La
fe auténtica no consiste simplemente en ver algo extraordinario. Es acoger la
revelación de Dios, confiar en su Palabra y permitir que su gracia transforme
nuestra existencia. Es una certeza que no siempre elimina las preguntas, pero
nos sostiene aun en la oscuridad.
Por
esa fe, incontables santos perseveraron en medio de persecuciones, enfermedades
y sufrimientos. Muchos entregaron incluso su propia vida. No lo hicieron porque
estuvieran recibiendo continuamente señales extraordinarias, sino porque habían
encontrado a Cristo y sabían en quién habían puesto su confianza.
El signo de Jonás
Jesús
afirma que solamente se dará «el signo de Jonás». Así como Jonás permaneció
tres días en el vientre del gran pez y después salió con vida para cumplir su
misión, Jesús permanecerá en el seno de la tierra y resucitará al tercer día.
El
signo definitivo de Dios es, por tanto, el misterio pascual: la muerte y la
resurrección de Cristo. La cruz no es un espectáculo deslumbrante según los
criterios del mundo. En ella vemos a un hombre humillado, herido y
aparentemente vencido. Sin embargo, precisamente allí se manifiesta la grandeza
del amor de Dios. Y en la resurrección contemplamos la victoria de ese amor
sobre el pecado y la muerte.
La
reina del Sur reconoció la sabiduría de Salomón y los habitantes de Nínive se
convirtieron al escuchar la predicación de Jonás. Jesús les recuerda que ellos
respondieron a signos mucho menores. Ahora está presente alguien más grande que
Jonás y más grande que Salomón: el mismo Hijo de Dios. No obstante, algunos se
niegan a reconocerlo.
Dios
ya nos ha dado en Cristo el signo más grande. No necesitamos obligarlo
continuamente a demostrar que nos ama. La cruz nos dice cuánto nos ama y la
resurrección nos asegura que su amor es más fuerte que la muerte.
¿Por qué creemos?
Hoy
conviene preguntarnos: ¿por qué creo en Dios? ¿Por qué reconozco a Jesús como
mi Señor y Salvador? ¿Creo solamente cuando las cosas salen como deseo? ¿Mi fe
depende de recibir favores y soluciones inmediatas? ¿O he aprendido a confiar
también en los momentos de silencio, enfermedad, incertidumbre y dolor?
Tal
vez alguno diga: «Si Dios me escucha, creeré». Pero la fe auténtica nos enseña
a decir: «Señor, aunque todavía no comprenda, confío en ti». No es una
confianza ciega ni irracional, sino una respuesta a Dios, que se nos ha
revelado en Cristo y continúa hablándonos mediante su Palabra, los sacramentos,
la Iglesia y los acontecimientos de nuestra vida.
En
este lunes, cuando oramos especialmente por nuestros fieles difuntos, el signo
de Jonás fortalece nuestra esperanza. Cristo entró en el sepulcro, pero la
muerte no pudo retenerlo. Por eso confiamos en que quienes han muerto unidos a
Él también participarán de su resurrección. No necesitamos buscar señales
extrañas de nuestros seres queridos. Nos basta la promesa de Cristo resucitado:
«Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque haya muerto,
vivirá».
Pidamos
por nuestros difuntos, para que el Señor perdone sus pecados, los purifique con
su misericordia y los reciba en la alegría de su Reino. Que brille para ellos
la luz perpetua y descansen en paz.
Pidamos
también que nuestra fe eche raíces cada vez más profundas. Que no necesitemos
prodigios para permanecer junto al Señor. Que su gracia nos transforme
interiormente y nos ayude a practicar la justicia, amar la misericordia y
caminar humildemente con nuestro Dios.
Señor Jesús, fortalece nuestra fe. Háblanos en lo profundo
del alma, transforma nuestra vida y sostennos en las dificultades. Tú eres el
signo definitivo del amor del Padre. Jesús, confiamos en ti. Amén.

