viernes, 10 de julio de 2026

10 de julio del 2026: viernes de la decimocuarta semana del tiempo ordinario-II

 

Perseverar hasta el final

(Mateo 10,16-23) Jesús envía a sus discípulos «como ovejas en medio de lobos» y no les oculta que la misión será difícil. El mundo puede rechazar y combatir el Evangelio. La fidelidad a Cristo puede provocar incomprensión, oposición e incluso persecución. Sin embargo, los discípulos no deben dejarse vencer por el miedo ni abandonar su misión. El Espíritu del Padre les dará las palabras y la fuerza necesarias para dar testimonio.

También hoy, seguir a Jesús exige valentía, prudencia y perseverancia. El Señor no nos promete una vida sin pruebas, pero nos asegura su presencia en medio de nuestras luchas. Pidámosle la gracia de permanecer fieles, pacientes y confiados, porque «el que persevere hasta el final se salvará».

G.Q

 


Primera lectura

Os 14, 2-10
No llamaremos ya «nuestro Dios» a la obra de nuestras manos

Lectura de la profecía de Oseas.

ESTO dice el Señor:
«Vuelve, Israel, al Señor tu Dios,
porque tropezaste por tu falta.
Tomen sus promesas con ustedes,
y vuelvan al Señor.
Díganle: "Tú quitas toda falta,
acepta el pacto.
Pagaremos con nuestra confesión:
Asiria no nos salvará,
no volveremos a montar a caballo,
y no llamaremos ya "nuestro Dios"
a la obra de nuestras manos.
En ti el huérfano encuentra compasión".
"Curaré su deslealtad,
los amaré generosamente,
porque mi ira se apartó de ellos.
Seré para Israel como el rocío,
florecerá como el lirio,
echará sus raíces como los cedros del Líbano.
Brotarán sus retoños
y será su esplendor como el olivo,
y su perfume como el del Líbano.
Regresarán los que habitaban a su sombra,
revivirán como el trigo,
florecerán como la viña,
será su renombre como el del vino del Líbano.
Efraín, ¿qué tengo que ver con los ídolos?
Yo soy quien le responde y lo vigila.
Yo soy como un ciprés siempre verde,
de mí procede tu fruto".
¿Quién será sabio, para comprender estas cosas,
inteligente, para conocerlas?
Porque los caminos del Señor son rectos:
los justos los transitan,
pero los traidores tropiezan en ellos».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 50, 3-4. 8-9. 12-13. 14 y 17 (R.: 17b)

R. Mi boca proclamará tu alabanza.

V. Misericordia, Dios mío, por tu bondad,
por tu inmensa compasión borra mi culpa;
lava del todo mi delito,
limpia mi pecado. 
R.

V. Te gusta un corazón sincero,
y en mi interior me inculcas sabiduría.
Rocíame con el hisopo: quedaré limpio;
lávame: quedaré más blanco que la nieve.
 R.

V. Oh, Dios, crea en mí un corazón puro,
renuévame por dentro con espíritu firme.
No me arrojes lejos de tu rostro,
no me quites tu santo espíritu. 
R.

V. Devuélveme la alegría de tu salvación,
afiánzame con espíritu generoso.
Señor, me abrirás los labios,
y mi boca proclamará tu alabanza. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Cuando venga el Espíritu de la verdad, los guiará hasta la verdad plena, y les irá recordando todo lo que les he dicho. R.

 

Evangelio

Mt 10, 16-23

No serán ustedes los que hablen, sino el Espíritu de su Padre

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles:
«Miren que yo los envío como ovejas entre lobos; por eso, sean sagaces como serpientes y sencillos como palomas.
Pero ¡cuidado con la gente!, porque los entregarán a los tribunales, los azotarán en las sinagogas y los harán comparecer ante gobernadores y reyes por mi causa, para dar testimonio ante ellos y ante los gentiles.
Cuando los entreguen, no se preocupen de lo que van a decir o de cómo lo dirán: en aquel momento se les sugerirá lo que tienen que decir, porque no serán ustedes los que hablen,
sino que el Espíritu de su Padre hablará por ustedes.
El hermano entregará al hermano a la muerte, el padre al hijo; se rebelarán los hijos contra sus padres y los matarán.
Y serán odiados por todos a causa de mi nombre; pero el que persevere hasta el final, se salvará. Cuando los persigan en una ciudad, huyan a otra.
En verdad les digo que no terminarán con las ciudades de Israel antes de que vuelva el Hijo del hombre».

Palabra del Señor.

 

*************

 

Volver al Señor y perseverar hasta el final

 

Queridos hermanos:

Las lecturas de este día nos presentan dos movimientos fundamentales de la vida cristiana: volver al Señor y perseverar en medio de las dificultades.

La primera lectura, tomada del profeta Oseas, comienza con una invitación llena de ternura: «Vuelve, Israel, al Señor, tu Dios». No se trata solamente de regresar exteriormente a unas prácticas religiosas, sino de volver con el corazón; reconocer nuestros errores, abandonar aquello que nos aleja de Dios y confiar nuevamente en su misericordia.

El pueblo había buscado su seguridad en alianzas humanas, en el poder político, en los ejércitos y en los ídolos. Había olvidado que su verdadera fuerza estaba en Dios. Por eso el profeta le pone en los labios una oración humilde: «Perdona del todo la iniquidad, recibe benévolo el sacrificio de nuestros labios».

Es como si el Señor dijera: “No necesito que vengas a mí aparentando ser fuerte. Ven como estás. Reconoce tu fragilidad, entrégame tus heridas, tus pecados y tus cansancios”.

Y la respuesta de Dios es maravillosa: «Yo curaré sus extravíos, los amaré sin que lo merezcan». Dios no solamente perdona: cura. No se limita a borrar la falta, sino que reconstruye el corazón herido. Hace florecer nuevamente la vida, como el rocío que refresca la tierra reseca.

Esta Palabra ilumina especialmente nuestra intención de hoy por quienes sufren en el cuerpo y en el alma.

Hay sufrimientos visibles: la enfermedad, el dolor físico, la limitación, el cansancio de los tratamientos, la angustia de un diagnóstico. Pero también existen dolores escondidos: la tristeza profunda, la ansiedad, la soledad, los recuerdos que atormentan, la pérdida de un ser querido, las heridas familiares, la sensación de no ser comprendido o amado.

Ante todos estos sufrimientos, el Señor nos dice: «Yo curaré sus extravíos». No siempre la curación llegará como nosotros la imaginamos ni en el momento que deseamos. Pero nadie que se acerca sinceramente a Dios permanece completamente igual. El Señor puede dar fortaleza para soportar, serenidad para esperar, personas que acompañen y una esperanza capaz de sostenernos aun en medio del dolor.

El salmo 50 prolonga esta súplica: «Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme». El salmista no pide únicamente que cambien las circunstancias externas; pide que Dios transforme su interior.

A veces pedimos: “Señor, quítame este problema”. Y es legítimo hacerlo. Pero también podríamos pedir: “Señor, mientras llega la solución, no permitas que pierda la fe; dame un corazón nuevo, un espíritu firme y devuélveme la alegría de tu salvación”.

El sufrimiento puede encerrarnos en nosotros mismos, volvernos amargos o hacernos sentir abandonados. Por eso necesitamos que Dios renueve nuestro espíritu. No para negar el dolor, sino para atravesarlo acompañados por Él.

En el Evangelio, Jesús envía a sus discípulos «como ovejas en medio de lobos». No les presenta una misión fácil. Les habla de tribunales, persecuciones, divisiones, rechazos y traiciones. Ser discípulo no significa quedar exento de las dificultades de la vida.

Jesús no engaña a sus seguidores. No les promete éxito inmediato, aplausos ni ausencia de sufrimiento. Les promete algo más profundo: la presencia del Espíritu.

«No se preocupen por lo que van a decir; en aquel momento se les sugerirá lo que tienen que decir, porque no serán ustedes los que hablen, sino el Espíritu de su Padre».

Cuando el discípulo se siente débil, Dios puede hablar a través de él. Cuando no sabe cómo afrontar una situación, el Espíritu lo sostiene. Cuando parece no tener fuerzas, la gracia de Dios se manifiesta en su fragilidad.

Jesús también recomienda: «Sean prudentes como serpientes y sencillos como palomas». La fe cristiana no es ingenuidad. Ser buenos no significa permitir que otros nos destruyan. Ser sencillos no significa carecer de discernimiento.

La prudencia nos ayuda a reconocer los peligros, a actuar responsablemente, a buscar ayuda médica, psicológica, espiritual o familiar cuando es necesario. La sencillez nos permite hacerlo sin odio, sin malicia y sin perder la bondad del corazón.

También en la pastoral con quienes sufren debemos unir esas dos actitudes. No basta decir a una persona enferma o angustiada: “Tenga fe”. Es necesario escucharla, acompañarla, ayudarla a recibir atención adecuada, respetar sus procesos y evitar juicios precipitados.

La comunidad cristiana está llamada a convertirse en ese lugar donde nadie tenga que sufrir completamente solo.

El Evangelio concluye con una palabra exigente y esperanzadora: «El que persevere hasta el final se salvará».

Perseverar no significa no cansarse nunca. Perseverar significa volver a levantarse. Es continuar confiando aun cuando la oración parece no tener respuesta; seguir amando aunque hayamos sido heridos; mantener encendida una pequeña luz cuando alrededor parece haber oscuridad.

Quizá alguna persona que nos escucha hoy se siente agotada. Tal vez ha luchado durante mucho tiempo contra una enfermedad, una tristeza o un problema familiar. La Palabra de Dios le dice: no estás solo; vuelve al Señor, déjate sanar por su amor y no abandones el camino.

Jesús no promete que no habrá lobos, pero asegura que el Espíritu estará con sus ovejas. No promete que no habrá lágrimas, pero puede convertirlas en semilla de esperanza. No promete que nunca caeremos, pero nos ofrece siempre su mano para levantarnos.

Pidamos hoy por quienes sufren en el cuerpo: por los enfermos, los hospitalizados, quienes esperan una cirugía, quienes viven con dolores crónicos y quienes se encuentran cerca del final de su vida.

Oremos también por quienes sufren en el alma: por los que viven en depresión, ansiedad, miedo, soledad o desconsuelo; por quienes han perdido el deseo de seguir adelante y por aquellos que no encuentran palabras para expresar lo que llevan dentro.

Que el Señor cure sus heridas, les conceda personas capaces de acompañarlos y renueve en ellos la alegría de la salvación.

Y para todos nosotros pidamos un corazón puro, un espíritu firme y la gracia de perseverar hasta el final.

Amén.

 

 

2

 

Mensajeros del Evangelio en medio de las dificultades

 

Queridos hermanos:

Jesús dijo a sus apóstoles:

«Miren que los envío como ovejas en medio de lobos; por eso, sean prudentes como serpientes y sencillos como palomas. Pero tengan cuidado con la gente, porque los entregarán a los tribunales, los azotarán en sus sinagogas y los harán comparecer ante gobernadores y reyes por mi causa, para que den testimonio ante ellos y ante los paganos»
(Mt 10,16-18).

Nadie busca espontáneamente la persecución. Todos deseamos vivir en paz, sentirnos comprendidos, aceptados y amados. Hemos sido creados para la comunión, no para la hostilidad; para la fraternidad, no para la violencia. El proyecto definitivo de Dios es reunirnos en su Reino, donde no habrá división, lágrimas ni enfrentamientos, sino la alegría de contemplarlo y alabarlo eternamente.

Sin embargo, nuestra realidad todavía está marcada por el pecado. Las guerras, la violencia, las injusticias y las divisiones afectan a las naciones, a las comunidades y también a las familias. Con frecuencia parece más fácil crear enemistad que construir la paz; destruir la reputación de una persona que dialogar con ella; responder con agresividad que buscar caminos de reconciliación.

Por eso, cuando Jesús envía a sus discípulos, no les promete una misión cómoda. Les dice con toda claridad: «Los envío como ovejas en medio de lobos». Esta imagen expresa, al mismo tiempo, la fragilidad del discípulo y la hostilidad que puede encontrar.

La oveja no posee garras ni colmillos para defenderse. Su seguridad está en el pastor. Del mismo modo, el cristiano no pone su confianza en la violencia, en la venganza ni en la imposición, sino en Cristo, el Buen Pastor. Nuestra fuerza no consiste en dominar a los demás, sino en permanecer fieles al Evangelio.

Volver al Señor con todo el corazón

La primera lectura, tomada del profeta Oseas, comienza con una invitación llena de misericordia:

«Vuelve, Israel, al Señor, tu Dios, porque tropezaste por tu culpa».

Antes de enviarnos a anunciar el Evangelio, Dios nos pide volver a Él. Nadie puede ser un verdadero mensajero del Reino si primero no permite que el Señor transforme su propio corazón.

El pueblo de Israel había buscado seguridad en las alianzas políticas, en los ejércitos y en los ídolos. Había confiado más en las fuerzas humanas que en Dios. Por eso reconoce:

«Asiria no nos salvará, no montaremos a caballo ni volveremos a llamar dios nuestro a la obra de nuestras manos».

Esta Palabra también nos cuestiona. ¿Dónde ponemos nosotros la seguridad? ¿En el dinero, en el prestigio, en el poder, en la aprobación de los demás? ¿Buscamos quedar bien con todos, incluso a costa de callar la verdad?

Una de las maneras más fáciles de evitar el rechazo es no defender nada, no manifestar convicciones y permanecer siempre en silencio. Quien nunca habla de la verdad, de la justicia, de la dignidad humana o de las enseñanzas del Evangelio probablemente no incomodará a nadie.

Pero el discípulo no puede vivir escondiendo la luz recibida.

Eso no significa que deba comportarse con arrogancia o condenar a los demás. La verdad cristiana no se impone con agresividad; se propone con claridad, respeto y caridad. Hablar con valentía no significa hablar con dureza. Defender la fe no significa humillar a quien piensa diferente.

El profeta Oseas anuncia una promesa maravillosa de Dios:

«Yo curaré sus extravíos, los amaré generosamente».

El Señor no solamente perdona; también cura. Sana nuestra cobardía, nuestro orgullo, nuestras heridas y nuestras contradicciones. Nos hace capaces de anunciar su Palabra no desde la superioridad, sino desde la experiencia de haber sido amados y levantados por Él.

Quien sabe que ha sido perdonado no anuncia el Evangelio con desprecio, sino con misericordia.

«Señor, ábreme los labios»

El salmo 50 pone en nuestra boca una oración muy apropiada para todo evangelizador:

«Señor, ábreme los labios, y mi boca proclamará tu alabanza».

Antes de hablar de Dios, debemos pedirle que Él abra nuestros labios. Porque podemos hablar mucho y, sin embargo, no transmitir el Evangelio. Podemos pronunciar palabras religiosas y, al mismo tiempo, herir, dividir o buscar nuestra propia gloria.

El salmista también suplica:

«Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme».

La misión comienza en el corazón. Necesitamos un corazón limpio de resentimientos, de vanidad y de deseos de imponernos. Necesitamos un espíritu firme para no abandonar la fe cuando aparezcan la incomprensión o la oposición.

Jesús asegura a sus discípulos que, cuando sean llevados ante los tribunales, no deberán angustiarse excesivamente por lo que van a decir:

«No serán ustedes los que hablen, sino el Espíritu de su Padre quien hablará por ustedes».

Esto no significa que el cristiano no deba formarse, estudiar o preparar su testimonio. Significa que, en el momento de la prueba, no estará solo. El Espíritu Santo le concederá sabiduría, fortaleza y las palabras necesarias.

Prudentes como serpientes y sencillos como palomas

Jesús pide dos actitudes que deben permanecer unidas: prudencia y sencillez.

Ser «prudentes como serpientes» significa aprender a discernir, reconocer los peligros, evitar las trampas y no actuar ingenuamente. La fe no nos pide exponernos inútilmente ni entrar en conflictos que pueden evitarse. A veces será necesario callar, esperar el momento oportuno, buscar otro camino o pedir consejo.

Pero Jesús también dice: «Sean sencillos como palomas». La prudencia cristiana no puede convertirse en astucia maliciosa, manipulación o cobardía. La sencillez significa pureza de intención, transparencia, ausencia de odio y libertad frente al deseo de venganza.

El discípulo debe ser inteligente sin ser engañoso, firme sin ser violento, claro sin ser ofensivo y valiente sin volverse temerario.

Cuando nos persiguen, insultan o rechazan, la tentación es responder con las mismas armas. Pero devolver odio por odio no pertenece al Evangelio. El cristiano no vence al adversario destruyéndolo, sino permaneciendo fiel al amor.

Dar testimonio en medio del sufrimiento

Esta Palabra ilumina también nuestra oración por quienes sufren en el cuerpo y en el alma.

Hay personas que viven la enfermedad, la soledad, la angustia, la depresión, el dolor físico o profundas heridas interiores. Algunas, además de sufrir, se sienten incomprendidas o juzgadas. También ellas pueden experimentar que están como ovejas en medio de circunstancias amenazantes.

El Señor no les promete que desaparecerá inmediatamente todo sufrimiento, pero les asegura que no las abandonará. Su Espíritu puede sostenerlas cuando ya no encuentran palabras, cuando no saben cómo orar o cuando sienten que las fuerzas se agotan.

A veces, el testimonio cristiano más elocuente no consiste en pronunciar grandes discursos, sino en perseverar, seguir confiando, aceptar ayuda y continuar amando en medio de la prueba.

También nosotros estamos llamados a convertirnos en presencia del Buen Pastor para quien sufre: escuchar sin juzgar, acompañar con paciencia, ofrecer ayuda concreta y recordar que buscar asistencia médica o psicológica no contradice la fe, sino que puede ser uno de los caminos por los cuales Dios manifiesta su cuidado.

Una misión que continúa

Jesús preparaba a los Doce para una misión difícil. Debían anunciar que el Reino de Dios estaba cerca, curar enfermos, expulsar el mal y preparar las ciudades para la llegada del Señor. Podría pensarse que todos recibirían con alegría este anuncio, pero Jesús les advierte que también encontrarán resistencia.

Lo mismo sucede hoy. Cuando proclamamos la dignidad de toda vida humana, la importancia del perdón, la fidelidad en el amor, la justicia con los pobres o la salvación que Cristo ofrece, podemos encontrar rechazo.

La pregunta es: ¿estamos dispuestos a soportar alguna dificultad por amor a Cristo? ¿Somos capaces de decir la verdad con caridad y recibir la oposición sin perder la paz?

No se trata de buscar conflictos. Se trata de no renunciar al Evangelio por miedo.

Pidamos hoy al Señor que nos conceda volver a Él de todo corazón, recibir su perdón y dejarnos sanar. Que cree en nosotros un corazón puro, renueve nuestro espíritu y abra nuestros labios para proclamar su alabanza.

Que nos haga mensajeros prudentes y sencillos, valientes y humildes, capaces de llevar la luz a un mundo herido sin responder a la oscuridad con más oscuridad.

Y que quienes sufren en el cuerpo o en el alma experimenten la cercanía del Buen Pastor, que no abandona a sus ovejas y las conduce, aun por senderos difíciles, hacia la vida y la paz.

Oración final

Señor Jesús, Rey glorioso,
Tú viniste a establecer entre nosotros
tu Reino de verdad, justicia y amor.

Envíanos a preparar tus caminos
en el corazón de nuestras familias,
en nuestras comunidades
y allí donde nos llames a dar testimonio.

Haznos prudentes como serpientes
y sencillos como palomas;
sabios sin malicia,
valientes sin violencia,
firmes en la verdad
y humildes en el amor.

Cura nuestros extravíos,
crea en nosotros un corazón puro
y abre nuestros labios
para proclamar tu alabanza.

Fortalece a quienes sufren
en el cuerpo y en el alma.
Que encuentren consuelo en tu presencia
y hermanos que los acompañen con ternura.

Jesús, Buen Pastor,
en Ti confiamos.
Amén.

Fred Gwynne: el monstruo que nos enseñó ternura - Homenaje en el centenario de su nacimiento

 




Este 10 de julio de 2026 se cumplen cien años del nacimiento de Fred Gwynne, actor, dibujante, escritor y hombre de teatro que quedó para siempre en la memoria popular gracias a su inolvidable interpretación de Herman Munster.

Cuando escucho su nombre, no pienso primero en una filmografía, en premios o en fechas. Regreso, más bien, a mis años de infancia, cuando la televisión tenía todavía algo de acontecimiento familiar, de ventana maravillosa que se abría sobre mundos desconocidos. Yo era un televidente infantil apasionado. Esperaba con entusiasmo aquellas series que, sin saberlo entonces, irían dejando personajes, melodías, valores y emociones en mi memoria.

Entre ellas ocupaba un lugar muy especial Los Munsters, conocida también en nuestros países como La familia Monster. Allí estaba Herman: enorme, torpe, escandaloso, desenfadado y divertido. Su apariencia reproducía claramente la imagen de la criatura de Frankenstein, uno de los grandes iconos de la literatura y del cine de terror. Pero, para sorpresa de todos, aquel rostro que debía causarnos miedo despertaba más bien simpatía, confianza y cariño.

Herman no era un monstruo aterrador. Era un padre de familia tierno.

El monstruo que no daba miedo

Frankenstein —o, para ser más exactos, la criatura concebida por Mary Shelley— había entrado en la imaginación occidental como símbolo del misterio, de la ciencia descontrolada, de la soledad y del espanto. El cine acentuó sus rasgos amenazantes: la frente enorme, las cicatrices, los movimientos pesados y los tornillos en el cuello.

Herman Munster tenía todos esos elementos. Sin embargo, Fred Gwynne realizó una especie de milagro interpretativo: convirtió aquella figura temible en un hombre bonachón, trabajador, enamorado de su esposa, preocupado por su hijo y capaz de reírse de sí mismo.

En la casa del 1313 de Mockingbird Lane podían encontrarse vampiros, monstruos y decoraciones funerarias. No obstante, detrás de aquel ambiente lúgubre había una familia bastante normal: discutían, se reconciliaban, se ayudaban, celebraban y procuraban permanecer unidos. La serie, emitida originalmente entre 1964 y 1966, transformaba a los monstruos clásicos en una familia doméstica y entrañable. (Wikipedia)

Mirándola de niño, quizá yo no podía formularlo de esta manera, pero allí había una enseñanza que el tiempo me ha ayudado a comprender: no siempre lo extraño es peligroso ni todo lo que parece normal es necesariamente bueno.

Herman inspiraba sentimientos contrarios al miedo. Su figura descomunal protegía. Su torpeza hacía reír. Su ingenuidad enternecía. Y su fidelidad a la familia permitía descubrir que la verdadera humanidad no depende del aspecto exterior.

Detrás del maquillaje estaba Fred Gwynne

Frederick Hubbard Gwynne nació en Nueva York el 10 de julio de 1926. Era un hombre de notable estatura —alrededor de 1,96 metros—, de rostro alargado y de voz profunda, características que condicionaron algunos de sus papeles, pero que nunca agotaron la amplitud de su talento. (The Independent)

Antes de dedicarse plenamente a la actuación sirvió como radiotelegrafista en la Marina estadounidense durante la Segunda Guerra Mundial, a bordo de un buque dedicado a la persecución de submarinos. Después estudió arte y pasó por la Universidad de Harvard, donde participó activamente en el teatro universitario, el canto y la revista humorística Harvard Lampoon, de la cual llegó a ser presidente. (VA News)

Estos datos permiten descubrir que Fred Gwynne no fue simplemente un hombre muy alto a quien vistieron de monstruo. Fue un artista culto y versátil. Podía actuar, cantar, dibujar, escribir e ilustrar. Poseía una magnífica voz de barítono y desarrolló una importante carrera teatral, además de trabajar en televisión, cine y radioteatro. (The Official Masterworks Broadway Site)

Su primer gran reconocimiento televisivo llegó interpretando al agente Francis Muldoon en la comedia policial Car 54, Where Are You?, emitida entre 1961 y 1963. Poco después apareció la oportunidad que marcaría su vida: encarnar a Herman Munster. (People.com)

El peso de convertirse en un icono

Dar vida a Herman no era un trabajo sencillo. Gwynne debía soportar un maquillaje laborioso, un traje acolchado y unas pesadas botas que aumentaban todavía más su tamaño. Pero la carga más difícil llegó después: el personaje se volvió tan popular que durante algún tiempo los productores tuvieron dificultades para imaginar al actor desempeñando otros papeles.

Es el riesgo que corren quienes encarnan un personaje demasiado querido: el público termina confundiendo al actor con la criatura.

Gwynne sufrió el encasillamiento. Deseaba ser reconocido como actor y no únicamente como “el hombre de Los Munsters”. Aun así, con el paso del tiempo terminó manifestando afecto por Herman, reconociendo que, pese a sus esfuerzos por distanciarse, no podía dejar de querer a aquel personaje. (Wikipedia)

Hay algo profundamente humano en esa reconciliación. Algunas experiencias nos acompañan incluso cuando tratamos de superarlas. A veces creemos que una etapa de nuestra historia nos ha limitado, pero con los años comprendemos que también nos abrió caminos, nos permitió alegrar a otros y nos regaló un lugar en su memoria.

Fred Gwynne fue mucho más que Herman Munster, pero Herman también fue una parte entrañable de Fred Gwynne.

Un actor mucho más amplio que su monstruo

Tras la cancelación de la serie, Gwynne regresó con fuerza al teatro. Participó en montajes de autores como Tennessee Williams y Thornton Wilder, y actuó en numerosas producciones regionales y de Broadway. También desarrolló una extensa labor en el radioteatro, interviniendo en decenas de episodios de CBS Radio Mystery Theater. (Wikipedia)

En el cine asumió papeles muy distintos. Apareció en películas como The Cotton Club, Fatal Attraction, Ironweed, The Secret of My Success y Pet Sematary. En esta última interpretó al inquietante Jud Crandall, demostrando que aquella misma voz que había provocado risas podía transmitir gravedad, misterio y temor. (Wikipedia)

Su última película fue My Cousin Vinny, estrenada en 1992. Allí encarnó al severo juez Chamberlain Haller. Gwynne ya estaba enfermo, pero entregó una actuación sobria y memorable. El antiguo Herman Munster aparecía ahora completamente transformado: serio, autoritario, inteligente y dueño de una precisión cómica extraordinaria. (People.com)

Con ese papel cerró dignamente su itinerario cinematográfico, como quien recuerda al público que un buen actor nunca cabe por completo dentro de un solo personaje.

El dibujante y escritor para niños

Existe otra faceta menos conocida y muy hermosa: Fred Gwynne escribió e ilustró libros infantiles.

Su formación artística y su sentido del humor se unieron en obras construidas alrededor de los juegos de palabras, especialmente de aquellas expresiones que los niños pueden interpretar literalmente. Entre sus títulos más recordados se encuentran The King Who Rained y A Chocolate Moose for Dinner. (Atlas Obscura)

No deja de ser significativo que el hombre famoso por interpretar a un monstruo dirigiera buena parte de su creatividad hacia los niños. Quizá comprendía bien su imaginación: ese territorio en el que las palabras cobran vida, los objetos hablan, lo imposible se vuelve cercano y hasta un monstruo puede convertirse en el mejor de los padres.

Sus libros muestran que Gwynne conservaba la capacidad de asombro. Y conservarla es una forma de no envejecer del todo.

Un hombre atravesado también por el dolor

La vida privada de Fred Gwynne no estuvo exenta de sufrimiento. Se casó en 1952 con Jean Reynard, con quien tuvo cinco hijos. Uno de ellos murió siendo muy pequeño, una pérdida que necesariamente dejó una huella profunda en la familia. El matrimonio terminó años más tarde. En 1988 Gwynne contrajo segundas nupcias con Deborah Flater, quien lo acompañó durante la etapa final de su vida. (Wikipedia)

En sus últimos años se alejó del ruido de Hollywood y vivió en Maryland, dedicado a una existencia más reservada, cerca del campo, del arte y de su hogar.

Murió el 2 de julio de 1993, ocho días antes de cumplir 67 años, como consecuencia de un cáncer de páncreas. Falleció en su casa de Taneytown, Maryland. Su última morada se encuentra en el cementerio de la iglesia metodista Sandy Mount, en Finksburg. (Bibliotecas de Virginia Tech)

¿Cuál era su fe?

Al intentar acercarnos a la dimensión espiritual de Fred Gwynne debemos proceder con respeto. No abundan testimonios públicos suficientemente claros que permitan reconstruir una práctica religiosa personal o atribuirle convicciones que él mismo no dejó expresamente formuladas.

Sabemos que provenía de una familia con antecedentes cristianos: su abuelo paterno, Walker Gwynne, había sido sacerdote anglicano. También sabemos que fue sepultado en el cementerio de una comunidad metodista. Sin embargo, estos datos no bastan para afirmar con certeza cuál era su experiencia interior de fe durante la vida adulta. (Wikipedia)

Sería injusto inventarle una religiosidad para hacer más edificante su historia. Pero sí podemos hacer una lectura espiritual de su legado.

Hay obras que, sin predicar explícitamente, ayudan a mirar al ser humano de otra manera. Herman Munster nos enseñó a descubrir ternura bajo una apariencia desconcertante. Nos mostró una paternidad hecha de trabajo, protección, fidelidad y buen humor. Y nos recordó que nadie debería ser rechazado solamente porque es diferente.

Ese mensaje está muy cerca del Evangelio.

Jesús enseñó a mirar más allá de las apariencias. Se acercó a quienes eran considerados impuros, extraños, enfermos o indeseables. Allí donde otros veían una etiqueta, Él descubría una persona. Allí donde la multitud veía un pecador, Cristo veía un hijo que podía regresar a casa.

La pedagogía de la ternura

Tal vez por eso Herman Munster permanece tan vivo en el recuerdo. No se limitó a parodiar el cine de terror. Invirtió sus códigos.

El monstruo era el más inocente.

El personaje de aspecto aterrador era quien amaba con mayor transparencia.

El hombre gigantesco era también el más parecido a un niño.

Y la familia que todos consideraban anormal poseía valores que muchas familias aparentemente normales habían olvidado.

Desde una mirada pastoral, esta comedia nos ofrece una pequeña parábola sobre los prejuicios. Con frecuencia juzgamos a las personas por el rostro, por su procedencia, por su modo de hablar, por sus limitaciones, por el color de su piel o por la historia que cargan. Construimos monstruos imaginarios antes de conocer el corazón de quienes tenemos delante.

Herman nos invitaba a reírnos de ese mecanismo. Los Munsters se creían una familia completamente común y contemplaban con asombro a quienes los consideraban extraños. La serie colocaba un espejo delante del espectador: ¿quién es verdaderamente el diferente? ¿Quién decide lo que es normal? ¿No puede esconderse una gran bondad bajo una apariencia que inicialmente nos desconcierta?

Como enseña el relato bíblico de la elección de David, el ser humano mira las apariencias, pero Dios mira el corazón.

El humor como expresión de humanidad

También agradezco a Fred Gwynne la risa.

No toda risa es superficial. Existe una alegría que cura, desarma la agresividad y permite soportar las dificultades cotidianas. Herman Munster era trabajador y responsable, pero no convertía la seriedad de la vida en amargura. Se equivocaba, exageraba, gritaba, tropezaba y volvía a comenzar.

Ese personaje nos recordaba que un padre no pierde autoridad cuando sabe jugar con sus hijos; que la ternura no debilita al varón; que la fuerza puede estar al servicio del cuidado y que una familia también se sostiene gracias al humor compartido.

Mucho antes de entender estas ideas, yo las recibía sentado frente al televisor, riendo con las ocurrencias de aquel gigante de frente cuadrada. La televisión de nuestra infancia no fue solamente entretenimiento. También fue una escuela emocional. Algunos personajes nos acompañaron sin que lo advirtiéramos y ayudaron a formar nuestra sensibilidad.

Cien años después

Fred Gwynne murió relativamente joven, a los 66 años. No llegó a contemplar plenamente el lugar que su obra ocuparía en la cultura popular. Los Munsters tuvo apenas dos temporadas y setenta episodios, pero sobrevivió a su época, dio origen a películas, reuniones, nuevas versiones y permaneció en la memoria de varias generaciones. (Wikipedia)

Cien años después de su nacimiento, quiero recordarlo desde aquel niño que fui y desde el adulto, sacerdote y comunicador que hoy vuelve sobre esos recuerdos.

Aquel niño veía a Herman Munster y se reía.

El adulto descubre ahora que también recibió una lección.

Aprendió que no todo rostro extraño debe producir miedo. Que detrás de una gran corpulencia puede existir un corazón sencillo. Que la familia no tiene que ser perfecta para mantenerse unida. Que el buen humor es una manera de amar. Y que quienes parecen monstruos a los ojos del mundo pueden ser, en realidad, profundamente humanos.

Fred Gwynne logró algo que muy pocos actores consiguen: tomó una figura nacida para provocar horror y la convirtió en memoria afectiva.

Por eso, al cumplirse el centenario de su nacimiento, no recuerdo solamente al actor ni al personaje. Recuerdo también una época de mi vida, una sala, un televisor y la alegría infantil de encontrarme con aquel padre grandote, ingenuo y bondadoso que parecía Frankenstein, pero que terminó inspirándonos ternura.

Gracias, Fred Gwynne, por Herman Munster.

Gracias por las risas.

Gracias por demostrarnos que, muchas veces, el verdadero monstruo no es quien tiene un rostro diferente, sino quien ha perdido la capacidad de amar.

 

jueves, 9 de julio de 2026

9 de julio del 2026:Fiesta de la Bienaventurada Virgen María del Rosario de Chiquinquirá-Patrona de Colombia


El mejor cumplido!

Una mujer del pueblo proclama dichosa a la Madre de Jesús. Pero el Señor eleva la mirada: la verdadera bienaventuranza no se queda en los lazos de la sangre, sino que nace de escuchar la Palabra de Dios y guardarla en el corazón. María es bienaventurada, precisamente, porque creyó, escuchó y vivió fielmente la voluntad del Padre. Al acoger este Evangelio, pidamos la gracia de pasar de la admiración a la obediencia, de la devoción a la vida, para que también nosotros seamos discípulos que escuchan y ponen en práctica la Palabra.

G.Q

 

 


Un amor para compartir

Jesús envió a sus discípulos a sanar, levantar, consolar y sembrar la paz de Dios en el corazón de los hombres. Despojados de todo, ellos se apoyan en la gracia recibida gratuitamente. Hoy, el Señor nos envía también a nosotros, no con la fuerza de nuestros medios, sino con la sencillez de la fe y la confianza en su Palabra.

El Evangelio nos recuerda que la misión nace de un amor recibido antes de ser un amor entregado. “Gratis han recibido, den gratis”. El discípulo no guarda para sí la paz, el consuelo y la luz que Dios le ofrece. Los comparte con quienes están cansados, heridos, desanimados o alejados de la esperanza.

Tal vez no tenemos el poder de resolver todos los sufrimientos del mundo, pero sí podemos ser una presencia que levanta, una palabra que serena, un gesto que consuela, una oración que acompaña. Allí donde vivimos, Cristo nos invita a ser mensajeros de su Reino.

Que nuestro corazón permanezca libre, sencillo y disponible, para que el amor recibido de Dios se convierta, por medio de nuestra vida, en un amor compartido.

G.Q



 


 

Primera lectura

Ef 1, 3-6. 11-12

Dios nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios.

BENDITO sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en Cristo
con toda clase de bendiciones espirituales en los cielos.
Él nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo
para que fuésemos santos e intachables ante él por el amor.
Él nos ha destinado por medio de Jesucristo,
según el beneplácito de su voluntad,
a ser sus hijos,
para alabanza de la gloria de su gracia,
que tan generosamente nos ha concedido en el Amado.
En él hemos heredado también,
los que ya estábamos destinados por decisión
del que lo hace todo según su voluntad,
para que seamos alabanza de su gloria
quienes antes esperábamos en el Mesías.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 112, 1b-2. 3-4. 5-6. 7-8 (R.: cf. 2)

R. Bendito sea el nombre del Señor por siempre.

O bien:

R. Aleluya.

V. Alaben, siervos del Señor,
alaben el nombre del Señor.
Bendito sea el nombre del Señor,
ahora y por siempre. 
R.

V. De la salida del sol hasta su ocaso,
alabado sea el nombre del Señor.
El Señor se eleva sobre todos los pueblos,
su gloria sobre los cielos. 
R.

V. ¿Quién como el Señor, Dios nuestro,
que habita en las alturas
y se abaja para mirar
al cielo y a la tierra? 
R.

V. Levanta del polvo al desvalido,
alza de la basura al pobre,
para sentarlo con los príncipes,
los príncipes de su pueblo. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Alégrate, María, llena de gracia, el Señor está contigo, bendita tú entre las mujeres. R.

 

Evangelio

Lc 11, 27-28

Bienaventurado el vientre que te llevó

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

EN aquel tiempo, mientras Jesús hablaba a la gente, una mujer de entre el gentío, levantando la voz, le dijo:
«Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron».
Pero él dijo:
«Mejor, bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen».

Palabra del Señor.

 

 Memoria de Nuestra señora de Chiquinquirá


1

 

Queridos hermanos:

Hoy la Palabra de Dios nos invita a contemplar la vida cristiana como una bendición recibida y como una misión que debe compartirse. San Pablo, en la carta a los Efesios, eleva un hermoso himno de alabanza: “Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bienes espirituales”. Antes de que nosotros hiciéramos algo por Dios, Dios ya había pensado en nosotros, nos había elegido, nos había amado y nos había destinado a ser sus hijos en Cristo.

Esta es la raíz de toda vocación cristiana: no somos fruto del azar, ni vivimos abandonados a nuestra suerte. Hemos sido amados desde siempre. Hemos recibido una gracia que no merecíamos y que no podemos guardar egoístamente. Todo lo que somos y tenemos viene de Dios, y por eso nuestra vida está llamada a convertirse en alabanza, en gratitud y en servicio.

El salmo nos ayuda a responder a este don: “Bendito sea el nombre del Señor, ahora y por siempre”. El creyente sabe bendecir a Dios no solo con los labios, sino también con la vida. Bendecimos al Señor cuando anunciamos su amor, cuando servimos a los pobres, cuando consolamos a los tristes, cuando acompañamos a los enfermos, cuando sostenemos la esperanza de quienes se sienten cansados o solos.

En el Evangelio, una mujer del pueblo alaba a la Madre de Jesús: “Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron”. Jesús no rechaza aquella alabanza, pero la lleva más lejos: “Mejor, dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen”. Con estas palabras, Jesús nos enseña que la verdadera grandeza de María no está solamente en haberlo llevado en su seno, sino en haber escuchado la Palabra, haberla guardado en el corazón y haberla hecho vida.

Por eso, en este día en que celebramos a la Bienaventurada Virgen María del Rosario de Chiquinquirá, patrona de Colombia, miramos a María como la discípula fiel, la mujer de la escucha, la madre que acompaña a su pueblo. En Chiquinquirá, Dios quiso regalarnos un signo de ternura y esperanza para nuestra patria. Allí, la imagen renovada de la Virgen nos recuerda que Dios también quiere renovar el alma de Colombia: renovar nuestras familias, nuestras comunidades, nuestra Iglesia, nuestras heridas sociales y nuestra esperanza.

María no se queda encerrada en sí misma. Ella recibe la gracia de Dios y la comparte. Recibe al Verbo en su seno y lo lleva a Isabel. Guarda la Palabra y la entrega al mundo. Está de pie junto a la cruz y acompaña a la Iglesia naciente en Pentecostés. Ella nos enseña que todo amor recibido de Dios debe convertirse en amor compartido.

También nosotros somos enviados, como discípulos misioneros, a sanar, levantar, consolar y sembrar la paz de Dios. La Iglesia existe para evangelizar. No anunciamos una idea, sino a Cristo vivo. No trabajamos solamente por una institución, sino por el Reino de Dios. Y para esta misión hacen falta corazones disponibles, vocaciones generosas, sacerdotes santos, religiosos y religiosas fieles, laicos comprometidos, familias evangelizadoras, jóvenes capaces de decirle sí al Señor.

Hoy oremos de manera especial por la obra evangelizadora de la Iglesia y por las vocaciones. Que no falten obreros para la mies. Que no falten voces que anuncien el Evangelio. Que no falten manos que sirvan, pies que caminen, corazones que amen y vidas que se entreguen.

Pidamos a Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá que interceda por Colombia y por la Iglesia. Que ella nos enseñe a escuchar la Palabra y cumplirla. Que nos ayude a vivir agradecidos por la gracia recibida. Y que, como verdaderos discípulos de Jesús, hagamos de nuestra vida un amor compartido para gloria de Dios y bien de nuestros hermanos. Amén.

 


Homilía jueves de la 14a semana del tiempo ordinario II


2

 

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios que hoy escuchamos nos sitúa ante una verdad muy profunda: antes de ser enviados, hemos sido bendecidos; antes de anunciar, hemos sido amados; antes de dar, hemos recibido.

San Pablo, en la carta a los Efesios, eleva un himno de bendición a Dios Padre, porque en Cristo nos ha colmado de toda clase de bienes espirituales. Dice el apóstol que Dios nos eligió en Cristo antes de la creación del mundo, para que fuéramos santos e irreprochables ante Él por el amor. Esta afirmación es bellísima: nuestra vida no comienza en el vacío ni en el azar, sino en el amor eterno de Dios. Somos hijos elegidos, bendecidos y llamados a vivir para alabanza de su gloria.

Por eso, la misión cristiana no nace primero de una obligación externa, sino de una gracia recibida. Nadie puede dar lo que no ha recibido. Nadie puede anunciar con verdad a Cristo si antes no ha permitido que Cristo entre en su propia vida. Nadie puede hablar del Reino si primero no deja que el Reino de Dios vaya transformando su corazón.

El salmo nos invita a responder con gratitud: “Bendito sea el nombre del Señor, ahora y por siempre”. Bendecir al Señor no es solamente repetir palabras piadosas. Bendecimos al Señor cuando nuestra vida se convierte en alabanza, cuando nuestra fe se vuelve servicio, cuando el amor recibido de Dios se transforma en amor compartido con los demás.

El evangelio que nos relata el envío de los apóstoles, nos recuerda las palabras de Jesús: “El Reino de los cielos está cerca. Curen enfermos, resuciten muertos, limpien leprosos, expulsen demonios. Gratis han recibido, den gratis”. Jesús envía a los suyos, pero no los envía vacíos. Primero los llama, los forma, los instruye, los acerca a su corazón; luego los manda como testigos de su Reino.

Esta es también la dinámica de nuestra vida cristiana. Primero Dios trabaja dentro de nosotros: sana nuestras heridas, purifica nuestras intenciones, fortalece nuestra fe, nos enseña a confiar, nos libera de nuestros egoísmos. Luego nos envía. La misión comienza en el corazón, pero no se queda encerrada allí. Una fe que ha sido tocada por Cristo termina saliendo al encuentro de los demás.

En el Evangelio propio de esta memoria, una mujer alaba a la Madre de Jesús diciendo: “Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron”. Jesús responde: “Dichosos más bien los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen”. Con estas palabras, el Señor no disminuye a María; al contrario, revela su verdadera grandeza. María es bienaventurada porque escuchó, creyó, obedeció y vivió la Palabra.

Por eso hoy, al celebrar a Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá, patrona de Colombia, miramos a María como la primera discípula misionera. Ella recibió la gracia de Dios y no la guardó para sí. Recibió al Hijo de Dios en su seno y salió presurosa a servir a Isabel. Guardó la Palabra en su corazón y permaneció fiel junto a la cruz. Acompañó a la Iglesia naciente en la oración, esperando la venida del Espíritu Santo.

María nos enseña que toda misión auténtica nace de la escucha. Ella no evangeliza con ruido, protagonismo o imposición, sino con presencia, fe, servicio y fidelidad. En Chiquinquirá, su imagen renovada nos recuerda que Dios también quiere renovar el corazón de Colombia. Quiere renovar nuestras familias, nuestras comunidades, nuestra Iglesia, nuestras vocaciones, nuestra esperanza y nuestra capacidad de vivir como hermanos.

Hoy oramos de manera especial por la obra evangelizadora de la Iglesia y por las vocaciones. La Iglesia existe para anunciar a Cristo. Pero esa misión necesita corazones disponibles: sacerdotes santos, religiosos y religiosas fieles, laicos comprometidos, familias que transmitan la fe, jóvenes valientes que se atrevan a decirle sí al Señor.

La evangelización comienza cerca: en la casa, en la comunidad, en la parroquia, en el ambiente de trabajo, en las redes sociales, en los caminos sencillos de cada día. A veces no podremos resolver todos los problemas de los demás, pero sí podemos ser una palabra que consuela, una presencia que levanta, una oración que acompaña, una luz que recuerda que Dios no abandona.

Pidamos, entonces, al Señor que establezca primero su Reino en nuestra alma. Que sane lo que está herido, que fortalezca lo que está débil, que purifique lo que está dividido, que encienda de nuevo el fuego de la fe. Y desde allí, que nos envíe como instrumentos de su gracia.

Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá, patrona y madre de Colombia, intercede por nuestra patria, por la Iglesia, por los evangelizadores y por las vocaciones. Enséñanos a escuchar la Palabra y a cumplirla. Ayúdanos a recibir gratuitamente el amor de Dios y a compartirlo gratuitamente con nuestros hermanos. Amén.

 

10 de julio del 2026: viernes de la decimocuarta semana del tiempo ordinario-II

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