La gracia del perdón y el esfuerzo por la justicia
La llamada apremiante a la indulgencia y la
exigencia expresa de justicia parecen contradictorias. Por una parte, las
lecturas nos invitan a un perdón sin límites del que, sin embargo, solo Dios es
plenamente capaz. Por otra, nos recuerdan que nuestros actos tienen
consecuencias y que debemos responder por el mal cometido. ¿Cómo acoger ambas
exigencias?
El perdón no suprime la verdad ni la
responsabilidad. No le exige a la víctima negar su herida, guardar silencio o
seguir expuesta a la violencia. Abre un camino para que el mal sufrido no se
convierta en un odio que gobierne toda su existencia. La justicia, por su
parte, protege a las personas, reconoce el daño y exige reparación; pierde su
sentido cuando se convierte en venganza.
En la parábola, el servidor recibe el perdón de una
deuda inmensa, pero niega a su compañero la compasión que acaba de recibir. La
gracia recibida no ha transformado su mirada. Jesús nos pregunta así: ¿qué
hacemos con la misericordia de Dios? ¿Dejamos que moldee nuestras relaciones?
Perdonar puede requerir tiempo, acompañamiento y
nuevos comienzos. La reconciliación supone también que el otro reconozca el mal
y se comprometa a cambiar. Pero ya podemos pedirle al Señor que nos libere del
deseo de venganza y nos enseñe a buscar una justicia que proteja y ayude a
levantarse.
En la Eucaristía acogemos a Cristo, que nos perdona
y nos llama a la conversión. Que su gracia nos dé la fuerza para mantener
unidas la verdad, la justicia y la misericordia.
Primera lectura
Eclo
27, 30 — 28, 7
Perdona
la ofensa a tu prójimo y, cuando reces, tus pecados te serán perdonados
Lectura del libro del Eclesiástico.
RENCOR e ira también son detestables,
el pecador los posee.
El vengativo sufrirá la venganza del Señor,
que llevará cuenta exacta de sus pecados.
Perdona la ofensa a tu prójimo
y, cuando reces, tus pecados te serán perdonados.
Si un ser humano alimenta la ira contra otro,
¿cómo puede esperar la curación del Señor?
Si no se compadece de su semejante,
¿cómo pide perdón por sus propios pecados?
Si él, simple mortal, guarda rencor,
¿quién perdonará sus pecados?
Piensa en tu final y deja de odiar,
acuérdate de la corrupción y de la muerte
y sé fiel a los mandamientos.
Acuérdate de los mandamientos
y no guardes rencor a tu prójimo;
acuérdate de la alianza del Altísimo
y pasa por alto la ofensa.
Palabra de Dios.
Salmo
Sal
102, 1bc-2. 3-4. 9-10. 11-12 (R.: 8)
R. El Señor es
compasivo y misericordioso,
lento a la ira y rico en clemencia.
V. Bendice, alma
mía, al Señor,
y todo mi ser a su santo nombre.
Bendice, alma mía, al Señor,
y no olvides sus beneficios. R.
V. Él perdona
todas tus culpas
y cura todas tus enfermedades;
él rescata tu vida de la fosa,
y te colma de gracia y de ternura. R.
V. No está siempre
acusando
ni guarda rencor perpetuo;
no nos trata como merecen nuestros pecados
ni nos paga según nuestras culpas. R.
V. Como se levanta
el cielo sobre la tierra,
se levanta su bondad sobre los que le temen;
como dista el oriente del ocaso,
así aleja de nosotros nuestros delitos. R.
Segunda lectura
Rom
14, 7-9
Ya
vivamos, ya muramos, somos del Señor
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos.
HERMANOS:
Ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo.
Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; así que,
ya vivamos ya muramos, somos del Señor.
Pues para esto murió y resucitó Cristo: para ser Señor de muertos y vivos.
Palabra de Dios.
Aclamación
R. Aleluya, aleluya,
aleluya.
V. Les doy un
mandamiento nuevo —dice el Señor—:
que se amen unos a otros, como yo los he amado. R.
Evangelio
Mt
18, 21-35
No
te digo que perdones hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete
Lectura del santo Evangelio según san Mateo.
EN aquel tiempo, acercándose Pedro a Jesús le preguntó:
«Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete
veces?».
Jesús le contesta:
«No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.
Por esto, se parece el reino de los cielos a un rey que quiso ajustar las
cuentas con sus criados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía
diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran
a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así.
El criado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo:
“Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo”.
Se compadeció el señor de aquel criado y lo dejó marchar, perdonándole la
deuda. Pero al salir, el criado aquel encontró a uno de sus compañeros que le
debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba diciendo:
“Págame lo que me debes”.
El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba diciendo:
“Ten paciencia conmigo y te lo pagaré”.
Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía.
Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a
su señor todo lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo:
“¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo rogaste. ¿No
debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de
ti?”.
Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la
deuda.
Lo mismo hará con ustedes mi Padre celestial, si cada cual no perdona de
corazón a su hermano».
Palabra del Señor.
1
Perdonar: dejar que la misericordia nos cambie
la vida
Queridos
hermanos:
Hay
una contabilidad que casi todos sabemos llevar, aunque nunca hayamos estudiado
matemáticas: la cuenta de las ofensas. Recordamos quién no nos saludó, quién
habló mal de nosotros, quién nos quedó debiendo, quién estuvo ausente cuando
más lo necesitábamos. A veces olvidamos dónde dejamos las llaves, pero
conservamos intacta una frase que nos hirió hace veinte años.
Y
cuando discutimos, abrimos el archivo: «Porque usted aquella vez…». «Porque
su familia siempre…». «Porque yo todavía me acuerdo…».
Con
ese corazón tan humano se acerca Pedro a Jesús: «Señor, si mi hermano me
ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?». Pedro quiere
ser generoso, pero también quiere saber dónde está el límite. Hasta dónde tiene
que llegar y a partir de qué momento puede decir: «¡Se acabó!».
Jesús
responde: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete».
No
le está poniendo una tarea de multiplicación. Le está proponiendo otra manera
de vivir. Mientras sigamos
contando los perdones para saber cuándo podemos empezar a odiar, todavía no
hemos comprendido el corazón de Dios.
Esto
no significa que perdonar sea fácil. Hay heridas que no se curan con una frase
bonita ni con un consejo apresurado. Jesús conoce el dolor humano. Por eso,
antes de pedirnos misericordia, nos cuenta una historia sobre la misericordia
que hemos recibido.
Un
servidor tiene una deuda inmensa, imposible de pagar. Suplica una prórroga,
pero recibe algo mucho mayor: su señor le perdona la deuda entera. Podemos
imaginar el alivio: recuperar el futuro, respirar otra vez, volver a casa sin
aquella condena sobre los hombros.
Sin
embargo, al salir encuentra a un compañero que le debe una cantidad mucho
menor. Lo agarra por el cuello y exige que le pague. El compañero le suplica
con palabras semejantes a las que él acaba de pronunciar. Pero no quiere
escucharlo.
¡Qué
escena tan dolorosa! Acaba de recibir una misericordia inmensa y no encuentra
en sí mismo un poco de compasión.
Le perdonaron la deuda, pero él siguió viviendo como si la
misericordia no hubiera ocurrido.
Aquí
está una pregunta central para nosotros: ¿hemos permitido que el amor de Dios
nos cambie? Porque podemos escuchar que Dios nos ama, confesarnos, comulgar y
dar gracias con los labios, mientras seguimos tratando a los demás con la misma
dureza.
Podemos
pedirle al Señor que comprenda nuestras debilidades y negarnos a comprender las
ajenas. Para nosotros solicitamos paciencia; para el otro exigimos castigo
inmediato. Nuestra equivocación tiene explicaciones; la del vecino, según
nosotros, demuestra que es una mala persona.
La
parábola nos invita a reconocernos en ese servidor, sin escondernos detrás de
los defectos de nadie.
El
salmo de hoy nos ayuda a mirar de nuevo a Dios: su misericordia levanta al
caído, sana y abre un porvenir. Su relación con nosotros no consiste en
mantener un expediente de acusaciones siempre abierto.
¡Cuánto
bien nos haría llevar esa experiencia a nuestras relaciones! Hay hogares donde
una persona nunca consigue dejar atrás su error porque alguien se lo recuerda
todos los días. Hay matrimonios donde cada discusión vuelve a poner sobre la mesa
las heridas de muchos años. Hay comunidades donde a alguien se le sigue
llamando por su peor caída, aunque esté haciendo un esfuerzo sincero por
cambiar.
Dios
nos conoce enteramente y sigue llamándonos a una vida nueva. ¿Por qué nos
cuesta tanto permitir que el hermano también tenga un futuro?
Los
comentarios que inspiran esta reflexión relacionan el perdón con la alegría. Es
una intuición hermosa, siempre que la entendamos bien: quien nos salva es Cristo, y la alegría
de sabernos amados puede abrirnos a una vida más misericordiosa.
No
se trata de estar sonriendo todo el tiempo. Una persona que atraviesa un duelo,
una depresión o una gran preocupación puede vivir muy cerca de Dios. La
tristeza no es una falta de fe. Tampoco el perdón depende de sentir de
inmediato una emoción agradable.
Se
trata de algo más profundo: descubrir que nuestra vida no está definitivamente
encerrada en nuestros pecados ni en las heridas recibidas. Dios todavía puede
hacer algo nuevo en nosotros.
El
servidor de la parábola recibió una nueva oportunidad, pero no permitió que esa
gracia transformara su manera de mirar al compañero. La gratitud no llegó a
convertirse en compasión.
Y
a nosotros también nos puede pasar.
La
primera lectura, tomada del Eclesiástico, nos pone ante una contradicción:
pedir a Dios sanación mientras alimentamos deliberadamente el resentimiento
contra otra persona. Además, nos recuerda que somos mortales.
No
para asustarnos, sino para despertarnos.
La
vida es demasiado breve para gastarla preparando respuestas hirientes,
sosteniendo enemistades y esperando que al otro le vaya mal. A veces, frente a
un ataúd, aparecen palabras que debieron decirse mucho antes: «Perdóname».
«Gracias». «Te quiero». «Hablemos».
No
dejemos siempre para mañana el bien que hoy podemos comenzar.
En
nuestra Colombia conocemos las consecuencias de la venganza. Una agresión
provoca otra; una familia transmite a sus hijos una enemistad; una comunidad
termina acostumbrándose a pensar que la paz llegará cuando desaparezca el
contrario.
Esa
lógica también entra en la vida cotidiana: en una discusión por un lindero, en
el reparto de una herencia, en las diferencias políticas, en un grupo de
WhatsApp donde alguien humilla y los demás aplauden.
Ante
la ofensa podemos responder agravando el daño: «Me hizo sufrir; ahora
sufrirá más». Podemos quedarnos en devolver exactamente lo recibido. O
podemos comenzar el camino que Jesús propone: impedir que el mal siga
multiplicándose a través de nosotros.
Perdonar es renunciar a convertir mi herida en un arma
contra los demás.
Pero
conviene decirlo con claridad: perdonar no significa llamar bueno a lo malo,
ocultar un delito o permanecer en una situación de maltrato. Se puede perdonar
y denunciar; perdonar y exigir reparación; perdonar y establecer una distancia
necesaria para proteger la vida.
La
reconciliación requiere verdad, disposición de ambas partes y cambios reales.
La confianza necesita tiempo y hechos. A quien ha sufrido gravemente no podemos
imponerle una reconciliación inmediata ni reprocharle que todavía le duela.
La
misericordia cristiana acompaña a la víctima y llama al responsable a
convertirse. No le ofrece una excusa para seguir haciendo daño.
San
Pablo nos recuerda hoy que nuestra existencia pertenece al Señor. Esto toca
también nuestra manera de afrontar los conflictos. Si Cristo orienta mi vida,
mi orgullo no puede decidirlo todo. Mi rabia necesita ser escuchada y
encauzada, pero no tiene por qué dirigir mis pasos.
Quizá
esta semana podamos comenzar con algo concreto: dejar de difundir una historia
que desacredita a alguien; reconocer nuestra parte en una discusión; pedir
perdón sin añadir enseguida un «pero usted también»; buscar acompañamiento para
una herida que solos no sabemos afrontar.
Y
si todavía no podemos dar un paso mayor, podemos empezar rezando con
sinceridad: «Señor, tú sabes cuánto me duele. No quiero que este dolor se
convierta en odio. Ayúdame».
Esa
oración ya abre una puerta.
Al
acercarnos hoy a la Eucaristía, recordemos que venimos necesitados de
misericordia. Recibimos a Jesús, que en la cruz pidió perdón para sus verdugos
y que resucitado ofrece paz a sus discípulos.
Que
su amor no se quede a la entrada de nuestro corazón. Que llegue hasta nuestras
conversaciones, nuestras familias y nuestras decisiones.
Haber sido perdonados puede convertirse en la alegría de
ofrecer a otro una nueva oportunidad.
Señor
Jesús,
gracias por la paciencia con que acompañas nuestra vida.
Perdona nuestra dureza
y sana las heridas que todavía nos duelen.
Danos valor
para reconocer el mal,
humildad para pedir perdón
y libertad para renunciar a la venganza.
Acompaña a
quienes han sido heridos,
mueve a los responsables a reparar el daño
y enséñanos a construir una paz verdadera.
Que la
misericordia que recibimos en esta Eucaristía
se convierta en misericordia compartida.
Amén.
2
El
perdón y la justicia en la vida Cristiana
Queridos hermanos:
A veces, cuando escuchamos
hablar del perdón, surge una pregunta muy comprensible: «Padre, ¿entonces hay
que dejar que la gente haga lo que quiera? ¿Perdonar significa que nadie
responda por el daño que ha causado?». Y, desde el otro lado, alguien pregunta:
«Si busco justicia, ¿será que todavía no he perdonado?».
La Palabra de este domingo nos
ayuda a caminar entre esas dos inquietudes. El Señor nos llama a perdonar de
corazón y, al mismo tiempo, toma muy en serio el sufrimiento de quienes han
sido heridos. Su misericordia nos mueve a reconocer el mal, reparar sus
consecuencias y abrir caminos de conversión.
Pedro se acerca a Jesús con
una pregunta que también podría ser nuestra: «¿Cuántas veces tengo que perdonar
a mi hermano? ¿Hasta siete veces?». Quiere ser generoso, pero necesita saber
hasta dónde. Jesús le responde: «No te digo hasta siete veces, sino hasta
setenta veces siete». No propone llevar una cuenta más larga. Nos invita a
dejar de calcular cuándo tendremos derecho a vengarnos.
Para explicarlo, cuenta la
historia de un servidor que debe una suma imposible de pagar. Aquel hombre pide
tiempo; su señor le concede mucho más: le perdona toda la deuda. Cuando parecía
no haber salida, recibe una oportunidad inmensa de comenzar de nuevo.
Sin embargo, apenas sale,
encuentra a un compañero que le debe mucho menos, lo agarra por el cuello y
exige el pago. Escucha una súplica semejante a la suya, pero no se conmueve.
Acaba de recibir compasión y responde con crueldad. Le han cambiado el futuro,
pero él no ha permitido que la misericordia le cambie el corazón.
Aquí podemos reconocernos. Le
pedimos a Dios paciencia con nuestras caídas, mientras exigimos perfección a
los demás. Esperamos que comprenda nuestras circunstancias, pero juzgamos al
vecino por una sola equivocación. En la confesión agradecemos una nueva oportunidad;
en casa seguimos recordándole al otro lo que hizo hace años. ¿Qué estamos
haciendo con el perdón que recibimos?
El salmo 102 nos presenta el
corazón del Padre: «El Señor es compasivo y misericordioso». Su ternura nos
sostiene; su perdón nos levanta. Dios no disfruta humillándonos ni nos mantiene
atados para siempre a nuestros errores. ¡Qué descanso saber que podemos volver
a él! Esa confianza puede convertirse en gratitud y en una alegría serena:
todavía somos amados, todavía podemos cambiar.
La alegría cristiana nace de
esa gracia. No exige sonreír cuando nos duele el alma. Podemos llorar y seguir
confiando en Dios. Pero quien se descubre sostenido por su misericordia empieza
a comprender que también el hermano necesita una mano para levantarse. El perdón
recibido está llamado a convertirse en perdón compartido.
La primera lectura, del
Eclesiástico, nos confronta con una contradicción: pedir al Señor que nos cure
mientras alimentamos el rencor contra otro. Además, nos recuerda que nuestra
vida tiene un final. No busca asustarnos; quiere despertarnos. ¿Vale la pena
gastar los años sosteniendo una enemistad? Hay familias donde una herencia
divide más de lo que ayuda, hermanos que dejaron de hablarse y heridas que
pasan de padres a hijos. La vida es demasiado valiosa para entregársela entera
al resentimiento.
Ahora bien, hermanos, el
perdón necesita ser comprendido con delicadeza, especialmente cuando hablamos
de heridas graves. Perdonar no significa negar lo ocurrido, guardar silencio
ante un delito ni permanecer expuesto al maltrato. Se puede perdonar y
denunciar; perdonar y pedir reparación; perdonar y establecer una distancia
para protegerse.
La justicia debe defender a la
víctima y exigir responsabilidad a quien hizo daño. La misericordia llama al culpable
a reconocer la verdad y cambiar de vida. Una petición de perdón sincera lleva
consigo el propósito de reparar, en la medida de lo posible. No basta decir
«perdón» para seguir haciendo exactamente lo mismo.
También conviene distinguir el
perdón de la reconciliación. Podemos comenzar a renunciar a la venganza aunque
el otro todavía no quiera cambiar. Pero reconstruir una relación requiere la
disposición de ambas partes. La confianza vuelve con hechos y puede necesitar
mucho tiempo. A quien ha sufrido no le ayudamos apresurándolo ni haciéndolo
sentir culpable porque la herida todavía duele.
En Colombia conocemos el daño
que deja la lógica de la revancha: «Como me hicieron sufrir, ahora tienen que
sufrir ellos». Así el mal encuentra nuevos caminos para continuar. Lo vemos en
la violencia, pero también en una pelea por un lindero, en las humillaciones
dentro del hogar y en mensajes de redes sociales que convierten al que piensa
distinto en un enemigo.
El Evangelio nos llama a
interrumpir esa cadena. Buscar la paz exige proteger la vida, escuchar a las
víctimas y trabajar por una justicia que no sea venganza disfrazada. Y todos
podemos aportar algo: negarnos a difundir una calumnia, evitar un insulto,
corregir sin humillar y no alegrarnos de la desgracia ajena. El perdón comienza
a hacerse concreto en esas decisiones.
San Pablo nos ofrece en la
segunda lectura el fundamento de esta manera de vivir: «Ya vivamos, ya muramos,
somos del Señor». Nuestra existencia le pertenece a Cristo, muerto y resucitado
por nosotros. Por eso, el orgullo no puede ser nuestro único consejero, ni la
rabia nuestra dueña. Podemos preguntarnos: «Señor, si soy tuyo, ¿cómo quieres
que responda a esta herida? ¿Qué paso puedo dar hoy?».
Quizá sea pedir perdón sin
añadir enseguida: «Pero usted también». Tal vez sea reconocer una injusticia y
devolver lo que no nos pertenece. O buscar acompañamiento para un dolor que
solos no sabemos afrontar. Para alguien, el primer paso será una oración muy
sencilla: «Señor, todavía me cuesta perdonar. No quiero vivir deseando el mal.
Ayúdame». Dios puede trabajar con esa pequeña apertura.
El final de la parábola es
severo. Nos advierte que la misericordia no es un asunto secundario. No podemos
acoger sinceramente el amor del Padre y cerrar deliberadamente el corazón al
hermano. Jesús nos pide un perdón que alcance nuestras decisiones, más allá de
las palabras. No compramos la gracia con nuestras buenas obras; dejamos que la
gracia recibida produzca frutos.
Dentro de unos momentos
rezaremos el padrenuestro y nos acercaremos a la mesa de la Eucaristía. Venimos
como hermanos necesitados de perdón. Recibimos a Cristo, que entregó su vida
por nosotros y abrió, con su resurrección, un futuro de esperanza. Pidámosle
que su amor llegue hasta nuestras heridas y transforme nuestra manera de tratar
a los demás.
Señor Jesús, danos humildad para reconocer nuestras faltas y valor para reparar el daño. Acompaña a quienes sufren y libéranos del deseo de venganza. Que tu misericordia nos enseñe a perdonar, a buscar una justicia que proteja la vida y a construir paz desde nuestra propia casa. Amén.



