viernes, 27 de marzo de 2026

27 de marzo del 2026: viernes de la quinta semana de Cuaresma

 La muerte no tendrá la última palabra

(Juan 10:31-42) El vínculo que une a Jesús con su Padre se evidencia en sus obras: gestos que hablan por sí solos. Pero siempre es posible negarse a creer una palabra, aunque sea en hechos, y el pueblo de Jerusalén intenta impedirlo. Sin embargo, al otro lado del Jordán, muchos creen en él: lejos del estruendo de la ciudad se encuentran las fuentes de un bautismo de conversión que ni siquiera la muerte podrá silenciar.

Nicolas Tarralle, sacerdote asuncionista


(Jeremías 20, 10-13) No es raro que, en el trabajo, en la familia e incluso en la Iglesia, nos enfrentemos a divisiones de todo tipo. Como Jeremías, sepamos confiarnos plenamente en Dios…Quién sabe qué milagros de reconciliación veremos cumplirse…


Primera lectura

Lectura del libro de Jeremías (20,10-13):

OÍA la acusación de la gente:
«“Pavor-en-torno”,
delatadlo, vamos a delatarlo».
Mis amigos acechaban mi traspié:
«A ver si, engañado, lo sometemos
y podemos vengarnos de él».
Pero el Señor es mi fuerte defensor:
me persiguen, pero tropiezan impotentes.
Acabarán avergonzados de su fracaso,
con sonrojo eterno que no se olvidará.
Señor del universo, que examinas al honrado
y sondeas las entrañas y el corazón,
¡que yo vea tu venganza sobre ellos,
pues te he encomendado mi causa!
Cantad al Señor, alabad al Señor,
que libera la vida del pobre
de las manos de gente perversa.

Palabra de Dios

 

 

Salmo

Sal 17,2-3a.3bc-4.5-6.7

R/.
 En el peligro invoqué al Señor, y me escuchó

V/. Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza;
Señor, mi roca, mi alcázar, mi libertador. R/.

V/. Dios mío, peña mía, refugio mío,
escudo mío, mi fuerza salvadora, mi baluarte.
Invoco al Señor de mi alabanza
y quedo libre de mis enemigos. R/.

V/. Me cercaban olas mortales,
torrentes destructores me aterraban,
me envolvían las redes del abismo,
me alcanzaban los lazos de la muerte. R/.

V/. En el peligro invoqué al Señor,
grité a mi Dios:
desde su templo él escuchó mi voz,
y mi grito llegó a sus oídos. R/.

 

 

Lectura del santo evangelio según san Juan (10,31-42):

EN aquel tiempo, los judíos agarraron piedras para apedrear a Jesús.
Elles replicó:
«Os he hecho ver muchas obras buenas por encargo de mi Padre: ¿por cuál de ellas me apedreáis?».
Los judíos le contestaron:
«No te apedreamos por una obra buena, sino por una blasfemia: porque tú, siendo un hombre, te haces Dios».
Jesús les replicó:
«¿No está escrito en vuestra ley: “Yo os digo: sois dioses”? Si la Escritura llama dioses a aquellos a quienes vino la palabra de Dios, y no puede fallar la Escritura, a quien el Padre consagró y envió al mundo, ¿decís vosotros: “¡Blasfemas!” Porque he dicho: “Soy Hijo de Dios”? Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis, pero si las hago, aunque no me creáis a mí, creed a las obras, para que comprendáis y sepáis que el Padre está en mí, y yo en el Padre».
Intentaron de nuevo detenerlo, pero se les escabulló de las manos. Se marchó de nuevo al otro lado del Jordán, al lugar donde antes había bautizado Juan, y se quedó allí.
Muchos acudieron a él y decían:
«Juan no hizo ningún signo; pero todo lo que Juan dijo de este era verdad».
Y muchos creyeron en él allí.

Palabra del Señor

 

 

******

 

Entrando al desierto



“Si no hago las obras de mi Padre, no me crean; pero si las hago, aunque no me crean, crean las obras, para que se den cuenta y comprendan que el Padre está en mí y yo en el Padre ”. 

 

Juan 10: 37–39

 

 

Estas palabras pronunciadas por Jesús tuvieron lugar durante la fiesta de la Dedicación en Jerusalén. Jesús había estado predicando claramente sobre su relación con el Padre Celestial, y esto estaba provocando que algunos se indignaran hasta el punto de intentar arrestarlo en ese mismo momento. Pero escapó y regresó al desierto donde había sido bautizado por Juan. Mientras Jesús permanecía en el desierto, mucha gente se le acercó para estar con él y escuchar sus palabras. Mientras escuchaban, empezaron a creer.

 

Es interesante notar el contraste de reacciones. En Jerusalén, dentro del área del Templo, entre grandes multitudes reunidas para la fiesta de la Dedicación, Jesús fue cada vez más rechazado y perseguido. Pero cuando regresó al desierto y la gente tuvo que venir a verlo, escucharon y creyeron. Este contraste nos presenta una forma en la que creceremos más fácilmente en nuestra fe y ayudaremos a otros a crecer en su fe. Específicamente, se nos invita a ir al "desierto" para encontrarnos con nuestro Señor, lejos del ajetreo de la vida, y también debemos invitar a otros a unirse a nosotros en ese viaje.

 

Es cierto que, mientras estaba en Jerusalén, hubo personas que tropezaron con Jesús mientras enseñaba y fueron conmovidos por Su palabra y llegaron a creer. Pero también está claro que, cuando la gente tuvo que comprometerse con el esfuerzo de buscarlo en un lugar desierto, sus palabras fueron aún más transformadoras.

 

En nuestras propias vidas, dentro de las actividades ordinarias de la vida, como la asistencia regular a la Misa, se nos dará la oportunidad de escuchar el Evangelio y profundizar nuestra vida de fe. Pero todos debemos tomarnos un tiempo para buscar a Jesús “en el desierto”, por así decirlo, para estar aún más dispuestos a escucharlo y creer. Estas "experiencias del desierto" se presentan de muchas formas. Quizás sea una experiencia tan simple como entrar en su habitación solo para orar y meditar en la Palabra de Dios. O tal vez sea una participación en un estudio bíblico, un programa devocional en línea o un evento de catequesis parroquial. O tal vez sea la opción de irse un fin de semana o más para un retiro guiado donde todo lo que se hace durante un tiempo es orar y escuchar a nuestro Señor.

 

A lo largo de la historia, santo tras santo nos ha mostrado el valor de salir a rezar para estar con nuestro Señor, en un lugar donde se silencian las muchas otras distracciones de la vida y las muchas voces del mundo, para que Dios pueda hablar al corazón. y para que podamos responder más plenamente.

 

Reflexione hoy sobre la invitación que Jesús le está haciendo para salir a encontrarse con Él en el desierto. ¿Dónde está ese lugar? ¿Cómo puede realizar este corto viaje mientras se mantiene al día con los importantes deberes de la vida? No dude en buscar el desierto al que le llama nuestro Señor, para que allí pueda encontrarse con Él, escuchar Su voz y responder con total generosidad.

 

 

Mi Señor Jesús, me estás llamando a entrar más profundamente en una relación de amor contigo. Mi divino Señor, dame la gracia que necesito para decirte “Sí” y entrar en el desierto de silencio y oración que necesito para escuchar Tu voz. Llévame hacia ti, mi Señor, y ayúdame a creer más plenamente todo lo que deseas decir. 

Jesús, en Ti confío.



miércoles, 25 de marzo de 2026

26 de marzo del 2026: jueves de la quinta semana de Cuaresma

 

Escándalo

(Juan 8, 51-59) Dos veces Jesús afirma que quien cumpla su palabra nunca verá la muerte. Asume la autoridad del Dios de Abraham, Isaac y Jacob quien, en el monte Horeb, revela su nombre a Moisés: «Yo Soy el que Soy.»

Esta afirmación implícita de ser igual al Dios de Israel sólo puede escandalizar a los judíos.

Las piedras que se le quieren  arrojar lo identifican, sobre todo, con el destino de la mujer adúltera: muerte y resurrección. 

Nicolas Tarralle, sacerdote asuncionista


Misa crismal:  

En las diócesis del mundo, este día, los sacerdotes, los diáconos y los fieles se congregan alrededor de su Obispo ya que Cristo los ha consagrado por la unción del bautismo y a algunos por el sacramento del Orden.
Ellos renuevan sus compromisos al servicio del pueblo de Dios.
Durante esta misa diocesana por excelencia, el aceite  para la unción de los enfermos, el  aceite para los catecúmenos  y el aceite del santo crisma son consagrados y servirá para los bautismos, confirmaciones , ordenaciones y consagraciones de iglesias

///

Lectura del libro del Génesis (17,3-9):

EN aquellos días, Abrán cayó rostro en tierra y Dios le habló así:
«Por mi parte, esta es mi alianza contigo: serás padre de muchedumbre de pueblos.
Ya no te llamarás Abrán, sino Abrahán, porque te hago padre de muchedumbre de pueblos. Te haré fecundo sobremanera: sacaré pueblos de ti, y reyes nacerán de ti.
Mantendré mi alianza contigo y con tu descendencia en futuras generaciones, como alianza perpetua. Seré tu Dios y el de tus descendientes futuros. Os daré a ti y a tu descendencia futura la tierra en que peregrinas, la tierra de Canaán, como posesión perpetua, y seré su Dios».
El Señor añadió a Abrahán:
«Por tu parte, guarda mi alianza, tú y tus descendientes en sucesivas generaciones».

Palabra de Dios



Salmo

Sal 104,4-5.6-7.8-9

R/.
 El Señor se acuerda de su alianza eternamente

V/. Recurrid al Señor y a su poder,
buscad continuamente su rostro.
Recordad las maravillas que hizo,
sus prodigios, las sentencias de su boca. R/.

V/. ¡Estirpe de Abrahán, su siervo;
hijos de Jacob, su elegido!
El Señor es nuestro Dios,
él gobierna toda la tierra. R/.

V/. Se acuerda de su alianza eternamente,
de la palabra dada, por mil generaciones;
de la alianza sellada con Abrahán,
del juramento hecho a Isaac. R/.




Lectura del santo evangelio según san Juan (8,51-59):

EN aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos:
«En verdad, en verdad os digo: quien guarda mi palabra no verá la muerte para siempre».
Los judíos le dijeron:
«Ahora vemos claro que estás endemoniado; Abrahán murió, los profetas también, ¿y tú dices: “Quien guarde mi palabra no gustará la muerte para siempre”? ¿Eres tú más que nuestro padre Abrahán, que murió? También los profetas murieron, ¿por quién te tienes?».
Jesús contestó:
«Si yo me glorificara a mí mismo, mi gloria no valdría nada. El que me glorifica es mi Padre, de quien vosotros decís: “Es nuestro Dios”, aunque no lo conocéis. Yo sí lo conozco, y si dijera “No lo conozco” sería, como vosotros, un embustero; pero yo lo conozco y guardo su palabra. Abrahán, vuestro padre, saltaba de gozo pensando ver mi día; lo vio, y se llenó de alegría».
Los judíos le dijeron:
«No tienes todavía cincuenta años, ¿y has visto a Abrahán?».
Jesús les dijo:
«En verdad, en verdad os digo: antes de que Abrahán existiera, yo soy».
Entonces cogieron piedras para tirárselas, pero Jesús se escondió y salió del templo.

Palabra del Señor

////

1

Las lecturas de este jueves de la quinta semana del tiempo ordinario nos invitan a reflexionar sobre la fidelidad de Dios a sus promesas y la respuesta de fe que se nos solicita.

Primera Lectura: Génesis 17, 3-9

En este pasaje, Dios establece una alianza con Abram, cambiando su nombre a Abraham, que significa "padre de una multitud de naciones". Dios promete multiplicar su descendencia y ser su Dios perpetuamente. Esta alianza subraya la iniciativa divina en la historia de la salvación y la llamada a la fidelidad por parte del ser humano

Salmo 105(104), 4-5.6-7.8-9

El salmista exhorta a buscar al Señor y recordar sus maravillas, resaltando la fidelidad de Dios a su alianza y sus promesas a Abraham. Este salmo es un llamado a la memoria agradecida ya la confianza en la constante lealtad divina.

Evangelio: Juan 8, 51-59

En este pasaje, Jesús declara: "En verdad, en verdad os digo: quien guarda mi palabra no verá la muerte para siempre". Los judíos cuestionan esta afirmación, recordando que Abraham y los profetas murieron. Jesús responde revelando su preexistencia: "Antes de que Abraham existiera, Yo soy". Esta declaración de su divinidad provoca la reacción de quienes lo escuchan

Comentario y homilía

La primera lectura nos muestra cómo Dios toma la iniciativa al establecer una alianza con Abraham, prometiéndole una descendencia numerosa y una relación eterna. Abraham responde con fe y obediencia, convirtiéndose en modelo para todos los creyentes.

El salmo nos invita a recordar y proclamar las obras maravillosas de Dios, enfatizando su fidelidad constante a lo largo de las generaciones. Esta memoria agradecida fortalece nuestra confianza en Él y nos anima a vivir según sus preceptos.

En el Evangelio, Jesús revela su identidad divina y su preexistencia, indicando que quien guarda su palabra tiene acceso a la vida eterna. Esta enseñanza nos desafía a reconocer a Jesús como el Hijo de Dios ya vivir de acuerdo con su palabra, confiando en su promesa de vida eterna.

Estas lecturas nos llaman a reflexionar sobre nuestra propia respuesta a la fidelidad de Dios. Así como Abraham confió y obedeció, estamos invitados a confiar en las promesas divinas ya vivir según su voluntad. Guardar la palabra de Jesús implica una relación profunda con Él, que transforma nuestra vida y nos orienta hacia la eternidad.

Intención de oración

Oremos por las vocaciones y por la obra de evangelización de la Iglesia. Que el Señor suscite en el corazón de muchos hombres y mujeres el deseo de seguirle y servirle, anunciando su palabra y extendiendo su reino de amor y justicia en el mundo. Pidamos también por quienes ya han respondido a esta llamada, para que perseveren con fidelidad y alegría en su misión.


2

Con Abraham y el pueblo, Dios concluye una primera alianza. Por Cristo, Él también concluye una Nueva. Y como toda Alianza, supone necesariamente el amor y la fidelidad.


DEJARNOS GUIAR POR LA PROMESA DIVINA

A pesar de la decepción que ha provocado sus querellas históricas por su oposición, las 3 religiones que profesan un Dios único (judaísmo, cristianismo e Islamismo) reclaman de manera visceral  y afectuosa a Abraham como su padre en la fe. Ciertamente que el patriarca arameo no esperaba  que su descendencia iba a separarse a causa de su legado espiritual.

De otro lado, Abraham tenía ya sus propias creencias, y cuando él decide confiar en Yahvé, se encuentra presto a inventar el camino de la fe en un Dios único. Abraham no era judío, ni cristiano, ni musulmán, y la promesa que se le hace sobrepasa el horizonte de un solo pueblo. Su verdadera descendencia se reconoce no a partir de una pertenencia étnica o geográfica, sino más bien a partir de la fe pura.

Somos nosotros hijos e hijas de Abraham? Somos nosotros como el patriarca, seducidos por ese Dios único que nos habla en los momentos claves de nuestra vida como también en los encuentros (citas) y tareas de cada día?

Dónde estamos nosotros en nuestra aventura interior y en nuestra caminar en presencia del Dios único?

Hemos sentido (experimentado) como Abraham la alegría de vivir en alianza con Dios y la felicidad de ver sus promesas cumplidas y o realizadas?




El poder del discurso destructivo


dijo Jesús a los judíos:
«En verdad, en verdad os digo: quien guarda mi palabra no verá la muerte para siempre».
Los judíos le dijeron:
«Ahora vemos claro que estás endemoniado

 

 Juan 8:51–52

 

 

 


Es difícil imaginar que algo peor  pueda decirse de Jesús. ¿Realmente pensaron que estaba poseído por el maligno? Parece que sí. Qué cosa más triste y extraña que decir sobre el Hijo de Dios. Aquí está Dios mismo, en la persona de Jesús, ofreciendo una promesa de vida eterna. Él revela la Verdad sagrada de que la obediencia a Su Palabra es el camino a la felicidad eterna y que todos necesitan conocer esta Verdad y vivirla. Jesús habla esto libre y abiertamente, pero la respuesta de algunos que escuchan este mensaje es profundamente decepcionante, calumniosa y maliciosa.

Es difícil saber qué estaba pasando en sus mentes para que dijeran tal cosa. Quizás estaban celosos de Jesús, o quizás simplemente estaban seriamente confundidos. Cualquiera que sea el caso, dijeron algo que fue seriamente dañino.  

El daño de tal declaración no fue tanto hacia Jesús; más bien, era perjudicial para ellos mismos y para quienes lo rodeaban. Jesús podía manejar personalmente cualquier cosa que se hablara de Él, pero otros no. Es importante entender que nuestras propias palabras pueden hacernos mucho daño a nosotros mismos y a los demás.

En primer lugar, sus palabras los dañaron a sí mismos. Al hablar públicamente de una declaración tan errónea, comienzan a descender por el camino de la obstinación. Se necesita, en el futuro, una gran humildad para retractarse de tal declaración. Así es con nosotros. Cuando verbalizamos algo que daña a otro, es difícil retractarse. Es difícil disculparse después y reparar la herida que hemos causado. El daño se hace principalmente a nuestro propio corazón en el sentido de que es difícil dejar de lado nuestro error y seguir adelante con humildad. Pero esto debe hacerse si queremos deshacer el daño.  

En segundo lugar, este comentario también hizo daño a quienes estaban escuchando. Algunos pueden haber rechazado esta declaración maliciosa, pero otros pueden haberla ponderado y comenzado a preguntarse si, de hecho, Jesús estaba poseído. Así, se sembraron semillas de duda. Todos debemos darnos cuenta de que nuestras palabras afectan a los demás y debemos esforzarnos por pronunciarlas con el mayor cuidado y caridad.

Reflexiona, hoy, sobre tu propio discurso. ¿Hay cosas de las que has hablado con otros que ahora te das cuenta de que eran erróneas o engañosas? Si es así, ¿has tratado de deshacer el daño retractándote de tus palabras y disculpándote? Reflexiona, también, sobre el hecho de que es fácil ser arrastrado a la conversación maliciosa de los demás. ¿Te has dejado influenciar por tales conversaciones? Si es así, resuelve silenciar tus oídos a tales errores y busca maneras de decir la verdad.

 

Señor de toda Verdad, dame la gracia de pronunciar santas palabras que siempre te den gloria y reflejen las eternas Verdades vivas en Tu Corazón. Ayúdame a ser también consciente de las mentiras que me rodean en este mundo de pecado. Que Tu Corazón filtre los errores y permita que solo las semillas de la Verdad sean plantadas en mi propia mente y corazón. Jesús, en Ti confío.

martes, 24 de marzo de 2026

25 de marzo del 2026: Solemnidad de la Anunciación de Señor

 

Recibir y dar


(Is 7,10-14; 8,10 / Sal 40(39),7-8a. 8b-9.10.11 (R. 8a y 9a)/
Hb 10,4-10 /
Lc 1,26-38)
Hacer la voluntad de Dios es acoger su proyecto de amor con fe y confianza, sometiendo nuestra libertad a la suya. A diferencia de Acaz, que rechaza el signo (cerrándose), María encarna la aceptación total (“Yo soy la esclava del Señor”), haciendo de la voluntad divina su prioridad. Es un compromiso a vivir según sus mandamientos.

G.Q

 


Primera lectura

Lectura del libro de Isaías (7,10-14;8,10):

En aquel tiempo, el Señor habló a Acaz: «Pide una señal al Señor, tu Dios: en lo hondo del abismo o en lo alto del cielo.»
Respondió Acaz: «No la pido, no quiero tentar al Señor.»
Entonces dijo Dios: «Escucha, casa de David: ¿No os basta cansar a los hombres, que cansáis incluso a mi Dios? Pues el Señor, por su cuenta, os dará una señal: Mirad: la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa "Dios-con-nosotros".»


Palabra de Dios

 

 

Salmo

Sal 39,7-8a.8b-9.10.11

R/.
 Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad

Tú no quieres sacrificios ni ofrendas,
y, en cambio, me abriste el oído;
no pides sacrificio expiatorio,
entonces yo digo: «Aquí estoy.» R/.

«Como está escrito en mi libro
para hacer tu voluntad.»
Dios mío, lo quiero,
y llevo tu ley en las entrañas. R/.

He proclamado tu salvación
ante la gran asamblea;
no he cerrado los labios:
Señor, tú lo sabes. R/.

No me he guardado en el pecho tu defensa,
he contado tu fidelidad y tu salvación,
no he negado tu misericordia
y tu lealtad ante la gran asamblea. R/.

 

 

Segunda lectura

Lectura de la carta a los Hebreos (10,4-10):

Es imposible que la sangre de los toros y de los machos cabríos quite los pecados. Por eso, cuando Cristo entró en el mundo dijo: «Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, pero me has preparado un cuerpo; no aceptas holocaustos ni víctimas expiatorias. Entonces yo dije lo que está escrito en el libro: "Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad."» Primero dice: «No quieres ni aceptas sacrificios ni ofrendas, holocaustos ni victimas expiatorias», que se ofrecen según la Ley. Después añade: «Aquí estoy yo para hacer tu voluntad.» Niega lo primero, para afirmar lo segundo. Y conforme a esa voluntad todos quedamos santificados por la oblación del cuerpo de Jesucristo, hecha una vez para siempre.


Palabra de Dios

 

 

Lectura del santo evangelio según san Lucas (1,26-38):


A los seis meses, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David; la virgen se llamaba María.
El ángel, entrando en su presencia, dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.»
Ella se turbó ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquél.
El ángel le dijo: «No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin.»
Y María dijo al ángel: «¿Cómo será eso, pues no conozco a varón?»
El ángel le contestó: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios. Ahí tienes a tu pariente Isabel, que, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible.»
María contestó: «Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.»
Y la dejó el ángel.


Palabra del Señor

 

 

 

1

 

Queridos hermanos y hermanas:

En medio del camino cuaresmal, la Iglesia nos regala hoy una solemnidad bellísima: la Anunciación del Señor. Y esta fiesta nos recuerda que la salvación no comenzó con un estruendo, sino con un . Un sí humilde, silencioso, pero decisivo. El sí de María.

La primera lectura nos presenta a Acaz. Dios mismo le ofrece una señal. Le abre la puerta. Le da la oportunidad de confiar. Pero Acaz se cierra. Parece piadoso cuando dice: “No la pediré, no tentaré al Señor”, pero en realidad su corazón no quiere abandonarse a Dios. Prefiere sus seguridades, sus cálculos, su control. Y ahí está el drama de muchos de nosotros: a veces no rechazamos a Dios de frente, pero lo mantenemos a distancia. No queremos que Él conduzca del todo nuestra vida.

En cambio, en el Evangelio aparece María. También ella se turba. También ella pregunta. También ella vive un momento desconcertante. Pero hay una diferencia enorme: María no se cierra. María se abre. No entiende todo, pero confía. No lo tiene todo resuelto, pero cree. No controla el futuro, pero se abandona. Y pronuncia esas palabras que cambiaron la historia:
“He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.”

Hermanos, esa es la gran lección de hoy: la fe no consiste en entenderlo todo, sino en entregarse al Dios que nunca se equivoca.

María no dice: “Señor, primero explícame todo, muéstrame el camino completo, quítame toda dificultad y entonces te diré que sí”. No. María dice sí en la penumbra de la fe. Y precisamente por eso se convierte en modelo para todos nosotros.

Cuántas veces nosotros vivimos situaciones parecidas: una enfermedad inesperada, una pérdida dolorosa, una preocupación familiar, una crisis económica, una incertidumbre pastoral, una herida del alma. Y entonces quisiéramos respuestas inmediatas. Quisiéramos que Dios nos mostrara el plano entero. Pero el Señor muchas veces no nos da el mapa completo; nos da su presencia. No nos resuelve todo de una vez; nos pide confianza.

El salmo de hoy pone en nuestros labios una oración preciosa:
“Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.”
Esa frase resume la espiritualidad de esta solemnidad. También la segunda lectura la pone en labios de Cristo: “Aquí estoy… para hacer, oh Dios, tu voluntad.” El sí de María se une al sí del Hijo. María acoge la voluntad del Padre, y Cristo entra en el mundo para cumplir esa voluntad salvadora. La Anunciación es, por tanto, fiesta de la Virgen, sí; pero también, y profundamente, fiesta de la Encarnación: Dios entra en nuestra historia, asume nuestra carne, se hace cercano, se hace uno de nosotros para salvarnos. (USCCB)

Y esto tiene una aplicación muy concreta para nuestra vida cuaresmal. La Cuaresma no es solo tiempo de penitencia externa. Es tiempo para aprender a decirle a Dios:
“Señor, no se haga mi voluntad, sino la tuya.”
“Señor, no quiero cerrarme como Acaz.”
“Señor, quiero abrirte la puerta como María.”
“Señor, aunque me cueste, aunque no entienda, aunque me asuste, hágase en mí según tu palabra.”

Qué hermoso sería que hoy cada uno revisara su corazón y se preguntara:
¿En qué aspecto de mi vida me estoy pareciendo a Acaz?
¿Dónde me resisto a Dios?
¿Dónde me cierro?
¿Dónde quiero mandar yo?
¿Y en qué aspecto necesito parecerme más a María, diciendo con humildad y confianza: “Aquí estoy”?

Porque, no lo olvidemos, cada vez que decimos sí a Dios, algo de Cristo vuelve a nacer en el mundo: en una familia reconciliada, en una vocación acogida, en un enfermo que ofrece su dolor, en una madre que persevera, en un joven que decide vivir limpiamente, en un cristiano que perdona, en un discípulo que sirve.

Pidámosle hoy a la Santísima Virgen que nos enseñe el arte de recibir y de dar:
recibir la voluntad de Dios con fe,
y darnos nosotros mismos con generosidad.

Que María nos enseñe a no vivir cerrados en nuestros planes, sino abiertos al proyecto de amor de Dios.
Y que al acercarnos a la Eucaristía podamos repetir con verdad, junto con ella y junto con Cristo:

“Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.”

Amén.

 

2

 

“Hágase en mí según tu palabra”

 

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy la Iglesia se detiene con asombro, con gratitud y con profunda alegría para celebrar una de las solemnidades más grandes de todo el año litúrgico: la Anunciación del Señor. Nueve meses antes de la Navidad, contemplamos el instante sagrado en el que el Verbo eterno del Padre asumió nuestra carne en el seno purísimo de la Virgen María. Hoy celebramos el momento en que Dios entró de manera nueva, definitiva y maravillosa en la historia humana.

No estamos recordando simplemente un hecho del pasado. Estamos entrando, como Iglesia, en un misterio vivo. Hoy no solo miramos lo que ocurrió en Nazaret; hoy se nos invita a dejarnos tocar por ese mismo Dios que sigue pronunciando su Palabra y sigue buscando corazones disponibles para encarnarse en la historia del mundo.

El evangelio de san Lucas nos presenta una escena de una sencillez desarmante y de una hondura infinita. El ángel Gabriel entra en la vida de una muchacha de Nazaret, una mujer humilde, silenciosa, desconocida para los poderosos de este mundo. No entra en el palacio de Roma, ni en los círculos del templo, ni en los salones de los sabios. Dios entra en la pequeñez. Dios visita la humildad. Dios escoge a quien el mundo no habría escogido.

Y el primer mensaje del ángel es un mensaje que sigue siendo actual para todos nosotros: “No temas”. Cuántas veces el miedo paraliza nuestra fe. Cuántas veces el miedo nos impide decirle sí a Dios. Miedo al futuro, miedo al sufrimiento, miedo a perder el control, miedo a lo que la obediencia al Señor pueda exigirnos. María también experimenta turbación. También pregunta. También se sorprende. Pero no se cierra. No huye. No endurece el corazón. Permanece. Escucha. Discierne. Confía.

En esto contrasta maravillosamente con la primera lectura, donde aparece el rey Acaz. A Acaz Dios le ofrece un signo. Lo invita a confiar. Pero Acaz, disfrazando su incredulidad con aparente piedad, se cierra a la acción de Dios. María, en cambio, representa la actitud opuesta: la apertura, la disponibilidad, la obediencia confiada. Donde Acaz se repliega, María se entrega. Donde uno se blinda, la otra se abandona. Donde uno pone resistencia, María pronuncia el sí que abrió las puertas de nuestra salvación.

Y ese sí de María no fue una palabra superficial. No fue una emoción pasajera. No fue una respuesta romántica sin consecuencias. Fue un acto de fe radical. Cuando María dice: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra”, no conoce todos los detalles, no ve el camino completo, no sabe todavía que ese hijo será signo de contradicción, no imagina aún el Calvario. Pero cree. Se fía. Se pone enteramente en manos de Dios.

Hermanos, allí está una de las enseñanzas más bellas de esta solemnidad: la verdadera fe no consiste en tener todas las respuestas, sino en confiar en Aquel que no se equivoca.

María nos enseña que hacer la voluntad de Dios no es resignarse tristemente, sino acoger con amor un proyecto que nos supera, pero que siempre es para vida, para gracia y para salvación. Por eso el salmo pone en nuestros labios una frase que hoy resuena con fuerza: “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.”

Esa misma actitud la vemos en la segunda lectura, tomada de la carta a los Hebreos. Allí contemplamos a Cristo entrando en el mundo y diciendo al Padre: “Aquí estoy para hacer tu voluntad.” Es conmovedor: el sí de María y el sí de Cristo se encuentran. María ofrece su carne, su disponibilidad, su seno virginal. Cristo ofrece su entrega total al Padre. Ella dice sí para concebirlo; Él dice sí para ofrecerse. Ella lo recibe en Nazaret; Él se entregará plenamente en la cruz. Por eso la Anunciación ya lleva en sí la semilla del Calvario. La encarnación no está separada de la redención: el Niño que comienza a vivir en el seno de María es el Salvador que entregará su vida por nosotros.

Así comprendemos que la solemnidad de hoy no es solamente una fiesta mariana. Es una fiesta profundamente cristológica, profundamente redentora. Celebramos que Dios no se quedó lejos, no nos salvó desde fuera, no contempló nuestro dolor a distancia. Se hizo uno de nosotros. Entró en nuestra carne. Asumió nuestra historia. Tomó sobre sí nuestra condición humana para redimirla desde dentro.

¡Qué grande es este misterio! El Dios eterno se hace embrión. El Infinito se hace pequeño. El Creador entra en la creación. El que sostiene el universo comienza a latir en el vientre de una mujer. Y todo esto sucede en el silencio de un hogar, en la pobreza de Nazaret, en la disponibilidad de una Virgen creyente.

Esto tiene consecuencias muy concretas para nuestra vida. Porque hoy no solo admiramos a María: hoy se nos pregunta también a nosotros por nuestro propio sí.

¿Dónde me está pidiendo Dios que diga “hágase”?
¿En qué aspecto de mi vida todavía me resisto?
¿En qué situaciones sigo aferrado a mis planes, a mis seguridades, a mis miedos?
¿Dónde quiere el Señor encarnarse hoy a través de mis palabras, mis decisiones, mi testimonio, mi fidelidad?

Quizá Dios te está pidiendo un sí en tu familia, para perdonar de corazón.
Quizá te está pidiendo un sí en tu vocación, para servir con más generosidad.
Quizá te está pidiendo un sí en medio del dolor, para no perder la confianza.
Quizá te está pidiendo un sí en una lucha interior, para dejarte sanar.
Quizá te está pidiendo un sí más radical, más limpio, más humilde.

La Anunciación nos recuerda que cada vez que un creyente se abre sinceramente a Dios, el misterio de Cristo sigue dando fruto en el mundo. Cada vez que alguien dice “sí” a la verdad, al amor, al servicio, al perdón, a la obediencia, Cristo vuelve a hacerse presente. De algún modo, el Señor quiere seguir encarnándose en la historia por medio de discípulos disponibles.

María no retuvo nada para sí. Dejó que Dios obrara en ella. Y eso mismo hemos de pedir hoy: no una fe hecha de palabras solamente, sino una fe disponible; no una devoción sentimental, sino una obediencia concreta; no una religión de apariencias, sino una entrega verdadera.

Qué hermosa jaculatoria podríamos repetir hoy durante toda la jornada:
“Hágase en mí según tu palabra.”
Cuando haya dudas: hágase.
Cuando haya miedo: hágase.
Cuando haya cruz: hágase.
Cuando no entendamos el camino: hágase.
Porque cuando Dios encuentra un corazón disponible, hace maravillas.

Pidamos entonces a la Santísima Virgen que nos enseñe su docilidad, su humildad, su valentía interior. Que nos enseñe a escuchar, a confiar y a responder. Que no seamos como Acaz, cerrados al signo de Dios; que seamos como María, abiertos a su gracia.

Y al acercarnos hoy a la Eucaristía, contemplemos con gratitud este inmenso misterio: el Hijo de Dios se hizo carne para salvarnos. Que su encarnación no sea para nosotros solo una verdad que se celebra, sino una gracia que transforma. Que Cristo nazca de nuevo en nuestra vida, en nuestras comunidades, en nuestras familias, en nuestro corazón.

Que hoy podamos decir con María, con Cristo y con toda la Iglesia:

“Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.”

Amén.

 

lunes, 23 de marzo de 2026

24 de marzo del 2026: martes de la quinta semana de Cuaresma

 

Inversión

El lugar adonde Jesús va solo es la Cruz. En ese suplicio, se elevaba al condenado para que su agonía pública marcara su total degradación. Juan le da la vuelta a ese símbolo y lo transforma en gloria. Mientras la cruz es un lugar de humillación, el evangelista san Juan presenta ese suplicio como el momento en que Jesús es “elevado” para atraer a todos los hombres hacia sí, transformando la ignominia de la crucifixión en un acto de realeza, de victoria divina y de amor supremo.

(Prions en eglise)



Primera lectura

Lectura del libro de los Números (21,4-9):

EN aquellos días, desde el monte Hor se encaminaron los hebreos hacia el mar Rojo, rodeando el territorio de Edón.
El pueblo se cansó de caminar y habló contra Dios y contra Moisés:
«¿Por qué nos has sacado de Egipto para morir en el desierto? No tenemos ni pan ni agua, y nos da náuseas ese pan sin sustancia».
El Señor envió contra el pueblo serpientes abrasadoras, que los mordían, y murieron muchos de Israel.
Entonces el pueblo acudió a Moisés, diciendo:
«Hemos pecado hablando contra el Señor y contra ti; reza al Señor para que aparte de nosotros las serpientes».
Moisés rezó al Señor por el pueblo y el Señor le respondió:
«Haz una serpiente abrasadora y colócala en un estandarte: los mordidos de serpientes quedarán sanos al mirarla».
Moisés hizo una serpiente de bronce y la colocó en un estandarte. Cuando una serpiente mordía a alguien, este miraba a la serpiente de bronce y salvaba la vida.

Palabra de Dios

 

 

Salmo

Sal 101,2-3.16-18.19-21



R/.
 Señor, escucha mi oración,
que mi grito llegue hasta ti


V/. Señor, escucha mi oración,
que mi grito llegue hasta ti;
no me escondas tu rostro
el día de la desgracia.
Inclina tu oído hacia mí;
cuando te invoco,
escúchame enseguida. R/.

V/. Los gentiles temerán tu nombre,
los reyes del mundo, tu gloria.
Cuando el Señor reconstruya Sión
y aparezca en su gloria,
y se vuelva a las súplicas de los indefensos,
y no desprecie sus peticiones. R/.

V/. Quede esto escrito para la generación futura,
y el pueblo que será creado alabará al Señor.
Que el Señor ha mirado desde su excelso santuario,
desde el cielo se ha fijado en la tierra,
para escuchar los gemidos de los cautivos
y librar a los condenados a muerte. R/.

 

 

Lectura del santo evangelio según san Juan (8,21-30):

EN aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos:
«Yo me voy y me buscaréis, y moriréis por vuestro pecado. Donde yo voy no podéis venir vosotros».
Y los judíos comentaban:
«¿Será que va a suicidarse, y por eso dice: “Donde yo voy no podéis venir vosotros”?».
Y él les dijo:
«Vosotros sois de aquí abajo, yo soy de allá arriba: vosotros sois de este mundo, yo no soy de este mundo. Con razón os he dicho que moriréis en vuestros pecados: pues, si no creéis que Yo soy, moriréis en vuestros pecados».
Ellos le decían:
«¿Quién eres tú?».
Jesús les contestó:
«Lo que os estoy diciendo desde el principio. Podría decir y condenar muchas cosas en vosotros; pero el que me ha enviado es veraz, y yo comunico al mundo lo que he aprendido de él».
Ellos no comprendieron que les hablaba del Padre.
Y entonces dijo Jesús:
«Cuando levantéis en alto al Hijo del hombre, sabréis que “Yo soy”, y que no hago nada por mi cuenta, sino que hablo como el Padre me ha enseñado. El que me envió está conmigo, no me ha dejado solo; porque yo hago siempre lo que le agrada».
Cuando les exponía esto, muchos creyeron en él.

Palabra del Señor

 

***********

 

Queridos hermanos y hermanas:

Seguimos avanzando en esta quinta semana de Cuaresma, ya muy cerca de la Pascua. La Palabra de Dios de hoy nos pone delante un misterio impresionante: lo que parece derrota, en Cristo se convierte en victoria; lo que parece humillación, en Cristo se convierte en gloria; lo que parece muerte, en Cristo se convierte en fuente de vida.

En tiempos de Jesús, la cruz era el signo más vergonzoso. Allí era expuesto públicamente el condenado, reducido a la impotencia, a la burla, al desprecio. Pero san Juan nos invita a mirar más hondo. Él no contempla la cruz sólo como tormento, sino como el momento en que Jesús es “elevado”. Y esa elevación no es sólo física; es también revelación, entronización y manifestación suprema del amor de Dios. En el Evangelio de hoy Jesús dice: “Cuando levanten en alto al Hijo del hombre, entonces sabrán que Yo Soy”. Es decir: cuando me vean crucificado, entonces comprenderán realmente quién soy.

Humanamente, nosotros tratamos de huir de la cruz. Nos cuesta aceptar el dolor, la prueba, la contradicción, la enfermedad, el rechazo. Y, sin embargo, el Señor nos enseña que no todo sufrimiento destruye: cuando se une a Dios, el sufrimiento puede ser transformado en ofrenda, en fecundidad y en salvación.

La primera lectura ilumina esto con una imagen muy fuerte. El pueblo, cansado del camino, murmura contra Dios y contra Moisés; entonces aparecen serpientes venenosas. Pero, cuando el pueblo reconoce su pecado, Dios manda a Moisés poner una serpiente de bronce en un asta, y todo el que la mira queda con vida.
Ese signo era misterioso, pero preparaba algo mucho más grande: Cristo levantado en la cruz. Así como el pueblo miraba la serpiente y vivía, así también nosotros, heridos por el pecado, miramos a Cristo crucificado y encontramos salvación. La diferencia es inmensa: la serpiente de bronce era sólo un signo; Jesús es la salvación misma.

¡Qué actual es esta Palabra! También nosotros, como el pueblo del desierto, muchas veces nos cansamos del camino. Nos cansamos de luchar, de esperar, de perdonar, de servir, de mantener la fe en medio de las pruebas. Y cuando el cansancio entra en el alma, comienzan la queja, la amargura, la desconfianza, incluso la dureza del corazón. Pero hoy el Señor nos invita a levantar la mirada. No a quedarnos mirando nuestras heridas, sino a mirar a Cristo.

El salmo nos ha hecho repetir: “Señor, escucha mi oración, que mi grito llegue hasta ti”. Dios no desprecia la oración del pobre, ni ignora el gemido del que sufre.

Cuántas veces nuestros familiares, amigos y benefactores llevan cruces silenciosas: preocupaciones económicas, enfermedades, soledad, conflictos familiares, lutos, cansancios del corazón. Quizás por fuera sonríen, pero por dentro están heridos. Hoy queremos ponerlos a todos al pie de la cruz de Cristo, porque allí nadie queda excluido del amor de Dios.

Y hay otro detalle hermoso del Evangelio. Jesús dice: “El que me envió está conmigo; no me ha dejado solo”. En el momento en que más solo parece, Jesús afirma que el Padre está con Él.
Esa palabra también es para nosotros. Tal vez alguno siente hoy que carga solo su cruz; tal vez alguno cree que Dios guarda silencio. Pero la cruz de Cristo nos revela precisamente lo contrario: Dios no abandona. Puede parecer ausente, pero está. Puede parecer callado, pero sostiene. Puede parecer lejano, pero acompaña más íntimamente de lo que imaginamos.

Por eso, hermanos, la Cuaresma no es sólo tiempo de penitencia; es tiempo de mirar de nuevo a Cristo elevado, para redescubrir que el amor es más fuerte que el pecado, que la gracia es más fuerte que la herida, y que la vida es más fuerte que la muerte.

Hoy, en esta Eucaristía, oremos de manera especial por nuestros familiares, amigos y benefactores. Pidamos al Señor que, si alguno está cansado, le dé fortaleza; si alguno está herido, le conceda consuelo; si alguno está lejos de Dios, lo atraiga hacia su corazón; si alguno atraviesa una cruz pesada, le haga experimentar que esa cruz, unida a la de Cristo, no es absurda ni estéril, sino camino de redención.

Que al contemplar a Jesús levantado en la cruz, aprendamos a no escandalizarnos del sufrimiento, sino a descubrir en él la presencia misteriosa de un Dios que salva. Y que, mirando al Crucificado, podamos decir con fe:
Señor, en tus manos están mis heridas, mi historia, mi familia, mis amigos, mis benefactores; elévanos contigo, para que no muramos en el pecado, sino vivamos en tu amor.

Amén.

 

27 de marzo del 2026: viernes de la quinta semana de Cuaresma

  La muerte no tendrá la última palabra (Juan 10:31-42)  El vínculo que une a Jesús con su Padre se evidencia en sus obras: gestos que habla...