Santos
Ana y Joaquín
Siglo
I antes de Jesucristo. Según una antigua tradición cristiana, Ana y Joaquín eran
unos judíos piadosos, profundamente unidos a Dios. Durante mucho tiempo no
pudieron tener hijos, pero perseveraron en la oración y en la confianza.
Después de muchos años de espera, Dios escuchó su anhelo y les concedió una
hija destinada a una misión excepcional: María, quien llegaría a ser la Madre
de Jesús.
Aunque los Evangelios
no mencionan sus nombres, la tradición de la Iglesia los reconoce como padres
de la Virgen María y, por tanto, como abuelos de Jesús. Su historia testimonia
la fecundidad de la oración perseverante, la confianza en los designios de Dios
y la importancia de la familia en la transmisión de la fe. Santa Ana y san
Joaquín son invocados especialmente como patronos de los abuelos y de las
personas mayores.
Su
memoria nos recuerda que la historia de la salvación también se construye en la
sencillez del hogar, mediante la oración, la paciencia, el amor familiar y la
educación de las nuevas generaciones en la fe.
Apostarlo todo por el Reino
En el capítulo 13 del Evangelio según san Mateo,
las parábolas nos permiten vislumbrar los contornos del Reino de los cielos,
sin llegar a agotar su misterio. Jesús propone a quienes lo escuchan imágenes
sencillas, tomadas de la vida cotidiana, para ayudarles a descubrir una
realidad que supera cuanto el ser humano puede imaginar.
El Reino se parece a un tesoro escondido en un
campo o a una perla de gran valor. Quien los descubre comprende inmediatamente
que nada de cuanto posee puede compararse con ellos. Entonces vende todos sus
bienes, no con tristeza ni por obligación, sino con alegría, porque sabe que ha
encontrado aquello que puede dar un sentido nuevo a toda su existencia.
Lo mismo sucede en la vida cristiana. Encontrar a
Cristo y acoger su Evangelio nos llevan a reorganizar nuestras prioridades,
liberarnos de ciertos apegos y escoger aquello que permanece. No se trata de
despreciar las realidades terrenas, sino de reconocer que ellas no pueden
llenar completamente nuestro corazón. El verdadero discípulo es quien descubre
en Dios su bien más precioso y decide apostarlo todo por su Reino.
Para reconocer este tesoro necesitamos la sabiduría
que pidió Salomón: un corazón atento, capaz de distinguir el bien del mal y
elegir aquello que agrada a Dios. Entonces, como proclama el salmista, la
Palabra del Señor llega a ser más preciosa que el oro y la plata. Y, aun en
medio de las pruebas, podemos creer con san Pablo que Dios hace que todo
contribuya al bien de quienes lo aman.
Apostarlo todo por el Reino no significa huir del
mundo, sino habitarlo de una manera diferente: con un corazón libre, una fe
profunda y una caridad activa. Es elegir a Cristo como nuestro verdadero tesoro
y permitir que su presencia transforme nuestras decisiones, relaciones y
proyectos. El Reino ya nos ha sido ofrecido; a nosotros nos corresponde
acogerlo con la alegría y la decisión de quien finalmente ha encontrado la
perla que buscaba.
1. ¿Cuál es el verdadero tesoro que
ocupa el primer lugar en mi corazón y orienta mis decisiones?
2. ¿Qué apegos, hábitos o actitudes
necesito dejar para acoger plenamente el Reino de Dios?
3. ¿Qué decisión concreta tomaré
para demostrar que Jesucristo es mi tesoro y mi mayor alegría?
G.Q
Primera lectura
1
Re 3, 5. 7-12
Pediste
para ti inteligencia
Lectura del primer libro de los Reyes.
EN aquellos días, el Señor se apareció de noche en sueños a Salomón y le dijo:
«Pídeme lo que deseas que te dé».
Salomón respondió:
«Señor mi Dios: Tú has hecho rey a tu siervo en lugar de David mi padre, pero
yo soy un muchacho joven y no sé por dónde empezar o terminar. Tu siervo está
en medio de tu pueblo, el que tú te elegiste, un pueblo tan numeroso que no se
puede contar ni calcular. Concede, pues, a tu siervo, un corazón atento para
juzgar a tu pueblo y discernir entre el bien y el mal. Pues, cierto, ¿quién
podrá hacer justicia a este pueblo tuyo tan inmenso?».
Agradó al Señor esta súplica de Salomón.
Entonces le dijo Dios:
«Por haberme pedido esto y no una vida larga o riquezas para ti, por no haberme
pedido la vida de tus enemigos sino inteligencia para atender a la justicia, yo
obraré según tu palabra: te concedo, pues, un corazón sabio e inteligente, como
no ha habido antes de ti ni surgirá otro igual después de ti».
Palabra de Dios.
Salmo
Sal
118, 57 y 72. 76-77. 127-128. 129-130 (R.: 97a)
R. ¡Cuánto amo
tu ley, Señor!
V. Mi porción es el
Señor;
he resuelto guardar tus palabras.
Más estimo yo la ley de tu boca
que miles de monedas de oro y plata. R.
V. Que tu bondad
me consuele,
según la promesa hecha a tu siervo;
cuando me alcance tu compasión, viviré,
y tu ley será mi delicia. R.
V. Yo amo tus mandatos
más que el oro purísimo;
por eso aprecio tus decretos
y detesto el camino de la mentira. R.
V. Tus preceptos son
admirables,
por eso los guarda mi alma;
la explicación de tus palabras ilumina,
da inteligencia a los ignorantes. R.
Segunda lectura
Rom
8, 28-30
Nos
predestinó a reproducir la imagen de su Hijo
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos.
HERMANOS:
Sabemos que a los que aman a Dios todo les sirve para el bien; a los cuales ha
llamado conforme a su designio.
Porque a los que había conocido de antemano los predestinó a reproducir la
imagen de su Hijo, para que él fuera el primogénito entre muchos hermanos.
Y a los que predestinó, los llamó; a los que llamó, los justificó; a los que
justificó, los glorificó.
Palabra de Dios.
Aclamación
R. Aleluya, aleluya,
aleluya.
V. Bendito seas,
Padre, Señor del cielo y de la tierra,
porque has revelado los misterios del reino a los pequeños. R.
Evangelio
Mt
13, 44-52 (forma larga)
Vende
todo lo que tiene y compra el campo
Lectura del santo Evangelio según san Mateo.
EN aquel tiempo, dijo Jesús a la gente:
«El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo
encuentra, lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que
tiene y compra el campo.
El reino de los cielos se parece también a un comerciante de perlas finas, que
al encontrar una de gran valor se va a vender todo lo que tiene y la compra.
El reino de los cielos se parece también a la red que echan en el mar y recoge
toda clase de peces: cuando está llena, la arrastran a la orilla, se sientan y
reúnen los buenos en cestos y los malos los tiran.
Lo mismo sucederá al final de los tiempos: saldrán los ángeles, separarán a los
malos de los buenos y los echarán al horno de fuego. Allí será el llanto y el
rechinar de dientes.
¿Han entendido todo esto?».
Ellos le responden:
«Sí».
Él les dijo:
«Pues bien, un escriba que se ha hecho discípulo del reino de los cielos es
como un padre de familia que va sacando de su tesoro lo nuevo y lo antiguo».
Palabra del Señor.
Mt
13, 44-46 (forma breve)
Vende
todo lo que tiene y compra el campo
Lectura del santo Evangelio según san Mateo.
EN aquel tiempo, dijo Jesús a la gente:
«El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo
encuentra, lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que
tiene y compra el campo.
El reino de los cielos se parece también a un comerciante de perlas finas, que
al encontrar una de gran valor se va a vender todo lo que tiene y la compra».
Palabra del Señor.
1
Apostarlo todo por el Reino
Las
lecturas de este domingo nos invitan a preguntarnos: ¿cuál es el verdadero tesoro de nuestra
vida?
En
la primera lectura, Dios le dice al joven Salomón: «Pídeme lo que quieras». Él
podría haber pedido riquezas, larga vida o la derrota de sus enemigos; sin
embargo, pidió un corazón atento, capaz de discernir el bien y gobernar con
justicia. Salomón comprendió que la sabiduría vale más que el poder y el
dinero. También nosotros necesitamos pedir al Señor un corazón sabio para
reconocer qué merece realmente el primer lugar.
El
salmista lo expresa con claridad: «Más estimo yo la ley de tu boca que miles de
monedas de oro y plata». La Palabra de Dios es un tesoro porque ilumina
nuestras decisiones, corrige nuestros caminos y nos enseña a vivir de acuerdo
con su voluntad.
En
el Evangelio, Jesús compara el Reino de los cielos con un tesoro escondido y
con una perla de gran valor. Quienes los encuentran venden todo para
adquirirlos. Lo hacen no con tristeza, sino con alegría, porque han descubierto
algo incomparablemente mejor.
Así
sucede con la fe. Cuando una persona encuentra verdaderamente a Cristo, empieza
a reorganizar su vida. Cambian sus prioridades, sus relaciones y su manera de
utilizar el tiempo y los bienes. No renuncia para comprar el amor de Dios, sino
porque ya se ha descubierto amada y ha encontrado en Él una alegría mayor.
Por
eso debemos preguntarnos: ¿cuál
es el verdadero tesoro que ocupa el primer lugar en mi corazón?
Podemos decir que creemos en Dios y, sin embargo, vivir pendientes únicamente
del dinero, del reconocimiento, del poder o de la comodidad.
También
conviene preguntarnos: ¿qué
apegos, hábitos o actitudes necesito dejar para acoger plenamente el Reino?
Tal vez sea un resentimiento, una ambición desordenada, una relación que nos
aleja de Dios o una costumbre que nos quita la libertad. Encontrar el tesoro
implica tomar decisiones.
San
Pablo nos anima recordándonos que «a los que aman a Dios todo les sirve para el
bien». Quien ha elegido a Cristo sabe que incluso las dificultades pueden
convertirse, en las manos de Dios, en caminos de crecimiento y salvación.
Finalmente,
preguntémonos: ¿qué
decisión concreta tomaré para demostrar que Jesucristo es mi verdadero tesoro y
mi mayor alegría? Puede ser dedicar más tiempo a la oración,
reconciliarme con alguien, acercarme a la Eucaristía, acompañar a una persona
mayor o compartir generosamente con quien lo necesita.
Hermanos,
el Reino de Dios no es una carga que empobrece nuestra existencia. Es el tesoro
que le devuelve su verdadero valor. Pidamos hoy la sabiduría de Salomón para
reconocerlo, la libertad necesaria para elegirlo y la alegría de apostarlo todo
por Jesucristo. Amén.
2
Homilía: ¿Cuál es nuestro
verdadero tesoro?
Hace ya varios años, cuando era seminarista,
propuse a un grupo juvenil de Medellín una pregunta sencilla: ¿qué es un
tesoro?
Uno de los jóvenes respondió: «Es algo que vuelve
rica a una persona». Otro añadió: «Es algo que se busca y que, cuando se
encuentra, produce una gran alegría». Un tercero dijo: «Es algo muy precioso y
valioso, generalmente escondido; quien logra encontrarlo se considera
afortunado y feliz».
Todas aquellas respuestas tenían algo de verdad. Un
tesoro es algo de extraordinario valor, capaz de despertar una búsqueda
apasionada y de llenar de alegría a quien lo encuentra.
Muchos de nosotros conocimos primero los tesoros
por las historias de aventuras. Recordemos La isla del tesoro, la
célebre novela publicada por Robert Louis Stevenson en 1883. En ella aparecen
mapas secretos, piratas, barcos, engaños, peligros y cofres llenos de monedas.
Todos están dispuestos a arriesgar la vida por alcanzar aquella riqueza antes
que los demás.
Sin embargo, las lecturas de este domingo nos
hablan de otra clase de tesoro: uno que no se corrompe, que ningún ladrón puede
arrebatarnos y que no pierde su valor con el paso del tiempo. Es el tesoro
que da sentido a toda la vida: el Reino de Dios.
Un corazón capaz de discernir
En la primera lectura, Dios se aparece en sueños al
joven rey Salomón y le dice:
«Pídeme lo que quieras».
¡Qué oportunidad! Salomón podía haber pedido una
larga vida, abundantes riquezas, poder o la derrota de sus enemigos. Pero
reconoce su pequeñez y pide algo mucho más importante:
«Concede a tu siervo un corazón dócil para gobernar
a tu pueblo y discernir entre el bien y el mal».
Salomón comprende que el mayor tesoro no consiste
en poseer muchas cosas, sino en tener un corazón sabio, capaz de escuchar a
Dios, reconocer el bien y tomar decisiones justas.
También nosotros recibimos cada día muchas ofertas:
dinero, prestigio, comodidad, éxito, reconocimiento y poder. Algunas pueden ser
legítimas, pero ninguna garantiza por sí misma una vida plena. Podemos tener
muchas cosas y, sin embargo, estar vacíos; podemos acumular bienes y haber
perdido la paz, la familia, la fe o la capacidad de amar.
Por eso necesitamos pedir con Salomón: «Señor,
dame un corazón que escuche y sepa elegir». La verdadera sabiduría consiste
en descubrir qué merece ocupar el primer lugar.
La Palabra vale más que el oro
El salmo prolonga esta enseñanza:
«Más estimo yo la ley de tu boca que miles de monedas
de oro y plata».
El salmista ha comprendido que la Palabra de Dios
es más preciosa que cualquier riqueza porque orienta sus pasos, ilumina sus
decisiones y lo sostiene en la dificultad. El dinero puede ayudarnos a resolver
muchos problemas, pero no puede decirnos para qué vivimos, cómo debemos amar, a
quién debemos perdonar ni cuál es el camino que conduce a la vida eterna.
La Palabra de Dios no nos empobrece ni limita
nuestra libertad. Al contrario, nos libra de gastar la existencia persiguiendo
falsos tesoros.
Una alegría que cambia las
prioridades
En el Evangelio, Jesús compara el Reino de los
cielos con un tesoro escondido en un campo. El hombre que lo encuentra vuelve a
ocultarlo y, lleno de alegría, vende todo lo que tiene para comprar
aquel campo. También lo compara con un comerciante que busca perlas finas y, al
encontrar una de gran valor, vende cuanto posee para adquirirla.
En ambas parábolas hay una renuncia radical: los
dos lo venden todo. Pero el sentimiento dominante no es la tristeza, sino la
alegría. No se desprenden de sus bienes porque alguien los obligue, sino porque
han descubierto algo incomparablemente mejor.
Aquí encontramos una clave muy importante para
comprender la conversión cristiana: primero se descubre el tesoro y después viene
la renuncia. No abandonamos ciertos hábitos, pecados o apegos para comprar
el amor de Dios. Nos decidimos a cambiar porque hemos descubierto que Dios ya
nos ama, que Cristo ha entregado su vida por nosotros y que su Reino es el bien
más grande que podemos recibir.
La conversión no es pagar un precio para conseguir
a Dios. Es reorganizar nuestra vida porque hemos descubierto que Dios es el
verdadero tesoro.
Cuando una persona encuentra sinceramente a Cristo,
comienza a revisar su propio “portafolio” de valores. Se pregunta: ¿qué ocupa
mi tiempo?, ¿en qué gasto mis fuerzas?, ¿qué domina mis pensamientos?, ¿qué
estoy defendiendo como si fuera imprescindible?, ¿qué lugar tienen Dios, la
familia, los pobres y la comunidad en mis decisiones?
Entonces comprende que hay posesiones,
resentimientos, costumbres, relaciones y proyectos que no se dejan transformar
fácilmente. Desprendernos de ellos puede producir miedo y dolor. Sin embargo,
la alegría del tesoro encontrado da fuerzas para realizar esas rupturas.
El Evangelio no nos propone una vida triste ni una
cadena de privaciones. Nos invita a dejar lo pequeño para abrazar lo
verdaderamente grande; a soltar aquello que esclaviza para recibir lo que
libera; a renunciar a una felicidad superficial para alcanzar la vida plena que
Dios ofrece.
Dios conduce nuestra historia
San Pablo nos recuerda en la segunda lectura:
«Sabemos que a los que aman a Dios todo les sirve
para el bien».
Esto no significa que todo cuanto ocurre sea bueno.
Existen el dolor, la enfermedad, la injusticia, el fracaso y la muerte. Pero
significa que Dios puede actuar incluso en medio de esas realidades y conducir
nuestra historia hacia su plenitud.
El tesoro del Reino no nos evita todas las
dificultades. Quien encuentra el campo todavía debe vender, comprar, cavar y
cuidar lo recibido. Pero sabe que su vida ya tiene una dirección. No camina al
azar: ha sido llamado a reproducir en sí mismo la imagen de Cristo.
Por eso el cristiano puede vivir con esperanza.
Dios toma incluso nuestras heridas, errores y luchas, y puede hacer que
cooperen para nuestro crecimiento y nuestra salvación cuando nos abandonamos en
sus manos.
La red y la elección definitiva
Finalmente, Jesús compara el Reino con una red que
recoge peces de toda clase. Al llegar a la orilla, los pescadores separan los
buenos de los que no sirven. Esta parábola nos recuerda que nuestras decisiones
tienen consecuencias. Dios es paciente y misericordioso, pero nuestra vida se
dirige hacia un encuentro definitivo con Él.
No basta con saber que el tesoro existe. Es
necesario escogerlo. No basta con admirar la perla preciosa. Hay que
reorganizar la vida para recibirla.
Hoy podríamos preguntarnos:
- ¿Cuál
es el tesoro por el que realmente estoy viviendo?
- ¿Qué
le pediría a Dios si me dijera: «Pídeme lo que quieras»?
- ¿Qué
actitud, apego o pecado necesito dejar para vivir con mayor libertad el
Evangelio?
- ¿He
descubierto la fe como una obligación pesada o como un tesoro que llena de
alegría?
Hermanos, el verdadero tesoro no es solamente una
doctrina ni una recompensa futura. Nuestro tesoro es Jesucristo mismo,
presente en su Palabra, en la Eucaristía, en la comunidad y en los hermanos que
sufren. Encontrarlo significa descubrir que somos amados, perdonados y llamados
a una vida nueva.
Pidamos hoy la sabiduría de Salomón, el amor del
salmista por la Palabra y la decisión de los hombres de las parábolas. Que el
Señor nos conceda un corazón capaz de reconocer el tesoro, la valentía para
elegirlo y la alegría de entregar por Él toda nuestra vida.
Señor Jesús, tú eres nuestra perla preciosa y
nuestro tesoro escondido. Enséñanos a buscarte, a reconocerte y a preferirte
por encima de todo. Amén.
3
El tesoro que nuestros mayores nos ayudan a
descubrir
En
el Evangelio, Jesús nos presenta dos imágenes sencillas y profundas:
«El
Reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en un campo»; y también «a
un comerciante que busca perlas finas».
En
la primera parábola, el hombre encuentra el tesoro de manera inesperada.
Podemos imaginar que caminaba por aquel campo sin sospechar lo que se escondía
bajo sus pies. De pronto lo descubre y comprende que ha encontrado algo de
valor incalculable. Entonces, lleno de alegría, vende cuanto posee y compra
aquel terreno.
En
la segunda parábola sucede algo diferente. El comerciante sí estaba buscando.
Conocía las perlas, sabía distinguirlas y había dedicado tiempo y esfuerzo a
encontrar una verdaderamente preciosa. Finalmente descubre una cuyo valor
supera al de todas las demás y vende cuanto tiene para adquirirla.
Uno
encuentra sin estar buscando; el otro encuentra después de una búsqueda
perseverante. Pero la reacción de ambos es la misma: lo dejan todo para
alcanzar aquello que han descubierto. Y no lo hacen con amargura, sino con
alegría, porque ante semejante tesoro todo lo demás les parece secundario.
Así
puede suceder también en nuestra vida espiritual. Algunos encuentran a Dios de
forma inesperada: durante una Eucaristía, en una experiencia de oración, a
través de una obra de caridad, en el testimonio de alguien o incluso en medio
de una enfermedad o un sufrimiento. No estaban buscando conscientemente aquel tesoro,
pero la gracia de Dios salió a su encuentro y les permitió descubrir que nada
puede compararse con su amor.
Otros
se parecen al comerciante. Han pasado años buscando la verdad, la belleza y el
bien. Han estudiado, preguntado, orado, luchado y esperado. Hasta que
finalmente descubren la perla preciosa: Jesucristo. Entonces el Evangelio cobra
sentido, la fe deja de ser una tradición superficial y se convierte en una
relación viva con el Señor.
En
ambos casos, el tesoro es el mismo: Cristo
y su Reino. Él es la perla preciosa por la que vale la pena
reorganizar toda la existencia.
La
primera lectura nos ayuda a comprender qué necesitamos para reconocer ese
tesoro. Dios le dice a Salomón: «Pídeme lo que quieras». El joven rey podía
haber pedido una larga vida, riquezas, poder o la derrota de sus enemigos. Sin
embargo, pidió un corazón dócil y comprensivo para gobernar al pueblo y
discernir entre el bien y el mal.
Salomón
comprendió que la sabiduría vale más que el oro. Por eso su petición agradó al
Señor. También nosotros necesitamos un corazón sabio para no confundir lo
urgente con lo importante, lo llamativo con lo verdadero y lo costoso con lo
verdaderamente valioso.
El
mundo nos ofrece muchos falsos tesoros: dinero, poder, comodidad,
reconocimiento y placer sin límites. Incluso el pecado puede presentarse como
algo deseable, aunque al final deje vacío el corazón. Por eso necesitamos
pedir: «Señor, dame un
corazón que escuche, que discierna y que sepa elegirte».
El
salmista expresa esa misma convicción cuando proclama:
«Más
estimo yo la ley de tu boca que miles de monedas de oro y plata».
Quien
descubre el valor de la Palabra de Dios comprende que ella orienta sus pasos,
fortalece su esperanza y le enseña a vivir. El dinero puede comprar muchas
cosas, pero no puede comprar la paz interior, el perdón, una familia unida, una
conciencia tranquila ni la vida eterna. La Palabra del Señor, en cambio, nos
muestra el camino hacia esos bienes que no se deterioran.
San
Pablo, en la segunda lectura, añade una certeza consoladora:
«Sabemos
que a los que aman a Dios todo les sirve para el bien».
El
Apóstol no afirma que todo cuanto nos sucede sea bueno. La enfermedad, la
soledad, la injusticia y la muerte siguen siendo dolorosas. Lo que nos asegura
es que Dios puede actuar en medio de todo ello y conducir nuestra historia
hacia el bien y la salvación. Quien ha descubierto a Cristo como su tesoro
puede atravesar las dificultades con esperanza, porque sabe que su vida está en
manos de un Padre que no lo abandona.
Esta
Palabra adquiere hoy un significado especial al celebrar la Jornada Mundial de los Abuelos y de los
Mayores. Ellos son un verdadero tesoro para nuestras familias,
para la Iglesia y para la sociedad. En sus rostros contemplamos una historia
construida con trabajo, sacrificios, alegrías, pérdidas, fe y perseverancia.
Muchos
de nosotros conocimos las primeras oraciones en labios de nuestros abuelos.
Ellos nos enseñaron a hacer la señal de la cruz, a bendecir los alimentos, a
rezar el rosario, a confiar en Dios durante las dificultades y a respetar a los
demás. Tal vez no utilizaron grandes discursos, pero transmitieron la fe
mediante su ejemplo, su paciencia y su manera de afrontar la vida.
Los
abuelos y los mayores se parecen al escriba del que habla Jesús al final del
Evangelio: aquel que sabe sacar de su tesoro «cosas nuevas y antiguas». Ellos
conservan la memoria de la familia y de la comunidad, pero también pueden
ayudarnos a afrontar el presente con sabiduría. Su experiencia no es un objeto
viejo que deba guardarse en un rincón: es una riqueza que necesita ser
escuchada, valorada y transmitida.
Sin
embargo, también debemos reconocer con dolor que muchos mayores viven solos,
enfermos o abandonados. Algunos sienten que ya no son útiles porque no pueden
producir al mismo ritmo que antes. La lógica del Evangelio nos enseña algo
diferente: el valor de una persona no depende de su productividad, de su
juventud ni de su salud. Cada vida humana posee una dignidad sagrada y continúa
siendo un don para los demás.
Celebrar
esta jornada no puede limitarse a dedicarles unas palabras bonitas. Debe
llevarnos a visitarlos, escucharlos, acompañarlos, atender sus necesidades y
hacerlos partícipes de la vida familiar y comunitaria. Una llamada, una visita,
un medicamento llevado a tiempo, una conversación sin prisa o una oración
compartida pueden convertirse en signos concretos del Reino de Dios.
También
hoy queremos decirles a nuestros abuelos y mayores: ustedes siguen teniendo una
misión. La Iglesia necesita su oración, su testimonio y su sabiduría.
Necesitamos que nos cuenten cómo Dios los sostuvo en los momentos difíciles;
que oren por las nuevas generaciones y que nos ayuden a conservar la memoria
agradecida de nuestra fe.
El
Evangelio nos deja tres preguntas esenciales:
¿Cuál es el verdadero tesoro que ocupa el primer lugar en
mi corazón y orienta mis decisiones?
¿Qué apegos, hábitos o actitudes necesito dejar para acoger
más plenamente el Reino de Dios?
¿Qué decisión concreta tomaré para demostrar que Jesucristo
es mi tesoro y mi mayor alegría?
Quizás
una de esas decisiones pueda ser, precisamente, acercarnos a un abuelo o a una
persona mayor que necesita compañía. En ellos también podemos descubrir la
presencia de Cristo y un tesoro que muchas veces permanece escondido ante
nuestros ojos.
Hermanos,
no nos conformemos con haber oído hablar del tesoro. Busquémoslo. Si todavía no
hemos descubierto personalmente la alegría de conocer, amar y servir a Dios,
sigamos caminando: el Reino está cerca. Y si ya hemos encontrado a Cristo,
permitamos que ese encuentro transforme nuestras prioridades, nuestros apegos,
nuestras familias y nuestra forma de tratar a los demás.
Que
el Señor nos conceda la sabiduría de Salomón para reconocer lo verdaderamente
valioso; el amor del salmista por su Palabra; la confianza de san Pablo para
creer que Dios puede conducir todo hacia el bien, y la alegría de los hombres
del Evangelio, capaces de apostarlo todo por el Reino.
Y
que santa Ana y san Joaquín, abuelos de Jesús, intercedan por nuestros abuelos
y personas mayores, especialmente por quienes se encuentran enfermos, solos o
abandonados.
Oración
final
Señor
Jesús, con frecuencia buscamos los tesoros pasajeros de este mundo y nos
dejamos engañar por las falsas promesas del pecado. Abre nuestros ojos para que
podamos reconocerte como la perla preciosa y descubrir el valor incomparable de
tu Reino.
Concédenos
la sabiduría y la valentía necesarias para entregarte cuanto nos impide recibir
plenamente tu gracia. Bendice a nuestros abuelos y a todas las personas
mayores; recompénsalos por el bien que han sembrado, consuélalos en sus
sufrimientos y haz que nunca les falten nuestro cariño, nuestra gratitud y
nuestra compañía.
Que
tu Reino habite plenamente en nuestros corazones. Jesús, confiamos en ti. Amén.





