lunes, 17 de agosto de 2026

17 de agosto del 2026: lunes de la vigésima semana del tiempo ordinario-II

 

La teoría y la práctica

También nosotros acerquémonos a Cristo en la oración para preguntarle: «Maestro, ¿qué debo hacer de bueno?». Jesús nos remite a la Escritura, que nos señala el camino. Pero entre las grandes orientaciones de la Palabra y las decisiones concretas de cada día es necesario el discernimiento.

El joven conoce y cumple los mandamientos, pero Jesús lo invita a dar un paso más: liberar su corazón, compartir con los pobres y seguirlo. No basta conocer teóricamente el bien; hay que practicarlo, incluso cuando exige renuncia. Preguntemos hoy: Señor, ¿qué debo dejar para seguirte con mayor libertad y alegría?

 


Primera lectura

Ez 24, 15-24
Ezequiel les servirá de señal: harán lo mismo que él ha hecho

Lectura de la profecía de Ezequiel.

ME fue dirigida esta palabra del Señor:
«Hijo de hombre, voy a arrebatarte repentinamente el encanto de tus ojos; pero tú no entones una lamentación, no hagas duelo, no llores, no derrames lágrimas. Suspira en silencio, no hagas ningún rito fúnebre. Ponte el turbante y cálzate las sandalias; no te cubras la barba ni comas el pan del duelo».
Yo había hablado a la gente por la mañana, y por la tarde murió mi mujer. Al día siguiente hice lo que se me había ordenado. Entonces me dijo la gente:
«¿Quieres explicarnos qué significa lo que estás haciendo?».
Les respondí:
«He recibido esta palabra del Señor:
“Di a la casa de Israel: Esto dice el Señor Dios: ‘Voy a profanar mi santuario, el baluarte del que están orgullosos, encanto de sus ojos, esperanza de su vida. Los hijos e
hijas que dejaron en Jerusalén caerán a espada.
Entonces harán lo que yo he hecho: no se cubrirán la barba ni comerán el pan del duelo; seguirán con el turbante en la cabeza y las sandalias en los pies; no entonarán una lamentación ni llorarán; se consumirán por sus culpas y gemirán unos con otros. Ezequiel les servirá de señal: harán lo mismo que él ha hecho.
Y, cuando suceda, comprenderán que yo soy el Señor Dios’”».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Dt 32, 18-19. 20. 21 (R.: cf. 18a)

R. Despreciaste al Dios que te engendró.

V. Despreciaste a la Roca que te engendró,
y olvidaste al Dios que te dio a luz.
Lo vio el Señor, e irritado
rechazó a sus hijos e hijas. 
R.

V. Y dijo: «Les ocultaré mi rostro,
y veré cuál es su suerte,
porque son una generación pervertida,
unos hijos desleales». 
R.

V. «Me han dado celos con un dios que no es dios,
me han irritado con sus ídolos vacíos;
pues yo les daré celos con un pueblo que no es pueblo,
con una nación insensata los irritaré». 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Bienaventurados los pobres en el espíritu,
porque de ellos es el reino de los cielos. 
R.

 

Evangelio

Mt 19, 16-22

Si quieres ser perfecto, vende tus bienes, así tendrás un tesoro en el cielo

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, se acercó uno a Jesús y le preguntó:
«Maestro, ¿qué tengo que hacer de bueno para obtener la vida eterna?».
Jesús le contestó:
«¿Por qué me preguntas qué es bueno? Uno solo es Bueno. Mira, si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos».
Él le preguntó:
«¿Cuáles?».
Jesús le contestó:
«No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre, y ama a tu prójimo como a ti mismo».
El joven le dijo:
«Todo eso lo he cumplido. ¿Qué me falta?».
Jesús le contestó:
«Si quieres ser perfecto, anda, vende tus bienes, da el dinero a los pobres —así tendrás un tesoro en el cielo— y luego ven y sígueme».
Al oír esto, el joven se fue triste, porque era muy rico.

Palabra del Señor.

 

 

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¿Qué ocupa el lugar de Dios?


En la primera lectura, el profeta Ezequiel atraviesa una experiencia profundamente dolorosa: la muerte repentina de su esposa, “el encanto de sus ojos”. Sin embargo, Dios le pide que no realice las manifestaciones públicas y acostumbradas del duelo. Es un gesto profético difícil de comprender, pero relacionado con la tragedia que está a punto de sufrir Jerusalén: la destrucción del templo, el lugar más amado y venerado por el pueblo.

No significa que Dios haya dejado de estar presente ni que prohíba expresar el dolor. El mensaje es otro: el pueblo había convertido el templo en una falsa seguridad. Pensaba que, por tener un santuario, nada malo podía sucederle, aunque viviera alejado de la alianza. Habían amado más el edificio que al Dios que habitaba en medio de ellos. Por eso, la pérdida del templo revelaría dramáticamente la gravedad de su infidelidad.

El cántico responsorial lo expresa con palabras muy fuertes: “Despreciaste a la Roca que te engendró; olvidaste al Dios que te dio la vida”. El gran pecado del pueblo fue el olvido. No necesariamente habían dejado de realizar prácticas religiosas, pero Dios ya no ocupaba el centro de su existencia. Habían cambiado al Señor por otros dioses, otras seguridades y otros intereses.

También nosotros podemos conservar ciertas costumbres religiosas y, al mismo tiempo, vivir como si Dios no existiera. Podemos venir a la Eucaristía, rezar algunas oraciones y llevar una imagen religiosa, pero apoyar nuestra vida únicamente en el dinero, el prestigio, las relaciones, el poder o la comodidad. La Palabra nos pregunta hoy: ¿quién es realmente la roca sobre la cual estamos construyendo nuestra vida?

El joven del Evangelio también busca una seguridad. Se acerca a Jesús con una pregunta sincera: “Maestro, ¿qué tengo que hacer de bueno para obtener la vida eterna?”. Es un buen muchacho: conoce los mandamientos y asegura haberlos cumplido. No es una persona corrupta ni indiferente. Sin embargo, siente que todavía le falta algo.

Jesús descubre el verdadero obstáculo de su corazón: “Si quieres ser perfecto, vende tus bienes, da el dinero a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; después, ven y sígueme”. Jesús no le está imponiendo simplemente una pérdida; le está ofreciendo una relación: “Ven y sígueme”. Lo llama a cambiar un tesoro limitado por uno eterno, sus seguridades humanas por la confianza en Dios y la tranquilidad de una vida correcta por la aventura del discipulado.

Pero el joven se marcha triste porque tenía muchos bienes. Quería la vida eterna, pero sin soltar aquello que ocupaba el centro de su corazón. Poseía muchas cosas, pero en realidad eran las cosas las que lo poseían a él.

También nosotros podemos desear grandes cosas: seguir más de cerca a Cristo, servir a los necesitados, reconciliarnos con alguien, responder a una vocación o entregarnos generosamente a una misión. Sin embargo, retrocedemos cuando el Señor toca nuestras seguridades materiales, afectivas o psicológicas. Queremos seguirlo, pero sin perder comodidad; queremos cambiar, pero sin renunciar; queremos la alegría del Evangelio, pero sin abandonar aquello que nos entristece y esclaviza.

Jesús no pide a todos que abandonen materialmente todos sus bienes, pero sí nos pide que nada ocupe el lugar que le corresponde a Dios. La riqueza no es solamente tener dinero. Puede ser también el orgullo, la necesidad de aprobación, una relación desordenada, el apego a nuestros planes, el resentimiento o el miedo a cambiar.

Hoy Jesús nos mira y nos dice: “Todavía te falta una cosa”. Cada uno debe preguntarse: ¿qué me cuesta dejar para seguir al Señor con mayor libertad? ¿Qué seguridad me impide confiar plenamente en Él? ¿Cuál es ese “tesoro” sin el cual pienso que no podría vivir?

No nos marchemos tristes como aquel joven. Permitamos que Cristo nos libere de todo lo que nos posee. Recordemos que nuestra verdadera roca no son las cosas, los lugares ni las seguridades humanas. Nuestra roca es Dios, que nos engendró, nos sostiene y nos invita a encontrar en Él el tesoro que nadie podrá arrebatarnos.

Señor Jesús, danos un corazón libre para reconocerte como nuestra única riqueza, compartir generosamente con los pobres y seguirte con alegría por el camino de la vida eterna. Amén.

 

2


 

Vida eterna y perfección

 

Un joven se acercó a Jesús y le dijo: «Maestro, ¿qué cosa buena debo hacer para alcanzar la vida eterna?». Él le respondió: «¿Por qué me preguntas acerca de lo bueno? Uno solo es el Bueno. Si quieres entrar en la vida, cumple los mandamientos» (Mt 19,16-17).

Todos deseamos la vida eterna en el cielo. Hoy, al orar especialmente por nuestros fieles difuntos, renovamos esta esperanza: la muerte no tiene la última palabra, porque Cristo ha muerto y resucitado para abrirnos las puertas de la vida. Pero, además de desear el cielo, debemos preguntarnos: ¿deseamos también alcanzar la perfección mientras vivimos en la tierra? Y, si es así, ¿estamos verdaderamente decididos a hacer lo necesario para alcanzarla o nos conformamos simplemente con ser más o menos buenos? Aquí es donde el joven rico del Evangelio encontró su dificultad.

La primera lectura nos presenta una escena profundamente dolorosa. El profeta Ezequiel recibe este anuncio: «Voy a quitarte repentinamente el encanto de tus ojos». Su esposa muere y Dios le pide que no realice las manifestaciones públicas y acostumbradas del duelo. No se trata de que Dios sea indiferente ante su dolor ni de que esté prohibido llorar por nuestros seres queridos. El gesto de Ezequiel es un signo profético: anuncia la destrucción del templo de Jerusalén, “el encanto de los ojos” del pueblo.

Israel se había acostumbrado a contemplar el templo como una seguridad casi automática. Pensaba que, mientras conservara el santuario, nada malo podría sucederle, aunque su corazón se hubiera alejado de Dios. Habían terminado amando más el templo que al Dios que habitaba en él; se aferraban a una seguridad religiosa externa, pero habían olvidado vivir la alianza.

Por eso, el cántico responsorial denuncia la raíz de aquella tragedia: «Despreciaste a la Roca que te engendró; olvidaste al Dios que te dio la vida». Este olvido no consiste simplemente en dejar de pensar en Dios. Se puede asistir al templo, cumplir algunos preceptos y conservar prácticas religiosas y, al mismo tiempo, vivir como si Dios no existiera. Olvidar a Dios es desplazarlo del centro del corazón y sustituirlo por otros dioses: el dinero, el poder, la comodidad, el prestigio o las seguridades humanas.

Esta misma realidad aparece en el Evangelio. El joven era claramente un fiel observante de la Ley. Cuando Jesús enumeró los mandamientos como camino hacia la vida eterna, él respondió: «Todo eso lo he cumplido». Desde el punto de vista moral, esto es admirable. Revela una sincera devoción a la Ley de Dios y un compromiso digno de elogio con la justicia.

Sin embargo, Jesús no vino solamente a confirmar la Ley de Moisés, sino a llevarla a su plenitud y elevarla. Cuando el joven insistió y preguntó: «¿Qué me falta todavía?», manifestó un anhelo espiritual más profundo. Aunque había cumplido fielmente la Ley, presentía que había algo más. En su alma se despertaba el deseo de una mayor intimidad con Dios.

Es entonces cuando Jesús le presenta el ideal de la perfección: «Si quieres ser perfecto…». La obediencia a la Ley es fundamental, pero no constituye la culminación de la vida espiritual. Jesús nos invita a ir más allá de la simple obediencia, hacia un discipulado radical, una vida de completo desprendimiento y entrega de todo corazón.

La perfección, en este sentido, no consiste en no cometer nunca un error, sino en alcanzar la plenitud del amor. La meta del discipulado cristiano no se alcanza solamente evitando el pecado, sino entrando en una relación pura y transformadora con el Dios uno y trino; una comunión que nos introduce cada vez más profundamente en el amor divino.

El joven rico se marchó triste, «porque tenía muchos bienes». Deseaba la vida eterna e incluso percibía la llamada hacia algo superior a una vida moral mínima, pero sus apegos le impidieron recorrer el camino de la perfección. Tenía muchas posesiones, pero aquellas posesiones habían terminado poseyéndolo a él.

Este encuentro sagrado nos enseña varias lecciones espirituales importantes. En primer lugar, la vida eterna comienza con la obediencia —siempre sostenida por la gracia de Dios—, pero florece mediante la entrega. La primera pregunta que debemos hacernos, a la luz de este Evangelio, es si podemos, como el joven, afirmar honestamente que procuramos obedecer los mandamientos de Dios. Sin ese fundamento, todavía no estamos preparados para preguntar: «¿Qué me falta?».

Por la gracia de Dios, cuando vivimos una obediencia sincera a los Diez Mandamientos, estamos preparados para avanzar más profundamente y buscar la perfección. Y la perfección exige desprendernos de cualquier cosa que compita con nuestro amor por Cristo. Incluso las realidades buenas o moralmente neutras pueden convertirse en obstáculos cuando ocupan el lugar de Dios en nuestro corazón.

Para el joven rico, el obstáculo era su riqueza material. Jesús contempló su alma, conoció sus apegos y, con amor, le reveló el camino concreto hacia la comunión más profunda que deseaba: «Ve, vende lo que tienes, dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo. Después ven y sígueme».

La riqueza material no es mala en sí misma; ninguno de los Diez Mandamientos la condena. Pero la perfección que conduce a una intimidad profunda con Dios exige algo más que una base moral: exige eliminar todo aquello que compite con el amor divino. El verdadero discipulado siempre implica una llamada a seguir a Jesús con un corazón sin reservas.

También a nosotros Jesús nos pregunta: «¿Qué te falta todavía?». Quizá nuestro obstáculo no sea el dinero. Puede ser el orgullo, el deseo de controlar a los demás, una relación desordenada, el apego a nuestra comodidad, el miedo al cambio, un resentimiento que no queremos abandonar o una tristeza a la que nos hemos acostumbrado. Cristo no busca empobrecernos, sino liberarnos. No quiere arrebatarnos la alegría; quiere mostrarnos dónde se encuentra el verdadero tesoro.

La muerte de nuestros seres queridos también nos recuerda que llegará el momento en que deberemos dejarlo todo. Nada material podrá acompañarnos. Solo permanecerán el amor que hayamos entregado, la fe que hayamos vivido y la misericordia que hayamos practicado. Al orar hoy por nuestros fieles difuntos, confiémoslos al Dios que les dio la vida, a la Roca que nunca abandona a sus hijos. Que el Señor purifique sus almas, perdone sus faltas y los reciba en la plenitud de su Reino.

Reflexionemos hoy sobre la diferencia entre obedecer los mandamientos de Dios y entregarnos a Él con un amor radical y sin reservas. Si procuramos cumplir la Ley, ¿qué nos falta todavía? ¿Qué podría estar pidiéndonos Jesús que abandonemos para seguirlo con mayor perfección? Pidámosle que nos revele dónde están nuestros apegos y que nos conceda el valor para no alejarnos tristes, sino seguirlo con alegría y confianza, adondequiera que Él nos conduzca.

Señor de toda perfección, tu santidad supera toda comprensión y, sin embargo, bondadosamente me atraes hacia ti, invitándome a vivir en íntima unión contigo. Muéstrame cualquier obstáculo que dificulte mi camino hacia ti. Concédeme la gracia y el valor de entregar todo aquello que se interponga en el camino de la perfección que has colocado en mi alma como su deseo más profundo.

Recibe también a nuestros fieles difuntos. Perdona sus pecados, purifícalos con tu misericordia y concédeles contemplar eternamente tu rostro. Jesús, confío en ti. Amén.

domingo, 16 de agosto de 2026

16 de agosto del 2026:vigésimo domingo del tiempo ordinario-ciclo A

 

«Diálogo y ayuda mutua»

Es frecuente interpretar el silencio de Jesús ante la mujer cananea como señal de que no quiere entrar en relación con ella. Los discípulos parecen entenderlo de ese modo y, además, intervienen molestos por sus insistentes gritos.

Sin embargo, esa interpretación no parece corresponder del todo con lo que conocemos de Jesús: Él no es alguien que rehúya el encuentro o cierre la puerta a quien se acerca buscando ayuda. Más bien, su silencio puede entenderse como un momento de discernimiento ante una situación nueva. La súplica de aquella mujer extranjera plantea una cuestión decisiva: ¿hasta dónde llega su misión?

…Después entra en diálogo con ella. Sus primeras palabras, que podrían parecernos duras, no terminan la conversación: permiten que continúe. Y precisamente en ese intercambio la mujer, con su humildad, inteligencia y extraordinaria confianza, ayuda a que se manifieste algo fundamental: la misericordia de Dios no puede quedar encerrada dentro de fronteras religiosas, culturales o nacionales.

Así, el Evangelio no tendría que leerse simplemente como el enfrentamiento entre un Jesús cerrado y una mujer obstinada, sino como un verdadero diálogo en el que ambos interlocutores se encuentran y en el que la palabra perseverante de aquella mujer contribuye al discernimiento. Finalmente, su fe queda reconocida y su hija recibe la curación que pedía.

Esto deja dos preguntas muy hermosas para nuestra oración:

¿Necesito yo también hoy la ayuda de Cristo? ¿Me atrevo a clamar hacia Él con la confianza y perseverancia de la cananea?

Y todavía una más profunda:

¿Me permito verdaderamente entrar en diálogo con Cristo, incluso cuando parece guardar silencio?

Marie-Caroline Bustarret

 



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Primera lectura

Is 56, 1. 6-7

A los extranjeros los traeré a mi monte santo

Lectura del libro de Isaías.

ESTO dice el Señor:
«Observen el derecho, practiquen la justicia,
porque mi salvación está por llegar,
y mi justicia se va a manifestar.
A los extranjeros
que se han unido al Señor para servirlo,
para amar el nombre del Señor
y ser sus servidores,
que observan el sábado sin profanarlo
y mantienen mi alianza,
los traeré a mi monte santo,
los llenaré de júbilo en mi casa de oración;
sus holocaustos y sacrificios
serán aceptables sobre mi altar;
porque mi casa es casa de oración,
y así la llamarán todos los pueblos».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 66, 2-3. 5. 6 y 8 (R.: 4)

R. Oh, Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.


V. Que Dios tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.
R.

V. Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia
y gobiernas las naciones de la tierra.
R.

V. Oh, Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
Que Dios nos bendiga; que le teman
todos los confines de la tierra.
R.

 

Segunda lectura

Rom 11, 13-15. 29-32

Los dones y la llamada de Dios son irrevocables para Israel

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos.

HERMANOS:
A ustedes, gentiles, les digo: siendo como soy apóstol de los gentiles, haré honor a mi ministerio, por ver si doy celos a los de mi raza y salvo a algunos de ellos.
Pues si su rechazo es reconciliación del mundo, ¿qué no será su reintegración sino volver desde la muerte a la vida?
Pues los dones y la llamada de Dios son irrevocables.
En efecto, así como ustedes, en otro tiempo, desobedecieron a Dios, pero ahora han obtenido misericordia por la desobediencia de ellos, así también estos han desobedecido ahora con ocasión de la misericordia que se les ha otorgado a ustedes, para que también ellos alcancen ahora misericordia.
Pues Dios nos encerró a todos en desobediencia, para tener misericordia de todos.

Palabra de Dios.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Jesús proclamaba el evangelio del reino,
y curaba toda dolencia en el pueblo.
R.

 

Evangelio

Mt 15, 21-28

Mujer, qué grande es tu fe


Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, Jesús salió y se retiró a la región de Tiro y Sidón.
Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle:
«Ten compasión de mí, Señor Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo».
Él no le respondió nada. Entonces los discípulos se le acercaron a decirle:
«Atiéndela, que viene detrás gritando».
Él les contestó:
«Solo he sido enviado a las ovejas descarriadas de Israel».
Ella se acercó y se postró ante él diciendo:
«Señor, ayúdame».
Él le contestó:
«No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos».
Pero ella repuso:
«Tienes razón, Señor; pero también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de los amos».
Jesús le respondió:
«Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas».
En aquel momento quedó curada su hija.

Palabra del Señor.


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«Señor, ayúdame»: una fe que grita, una Iglesia que escucha y unas manos que ayudan

 

Queridos hermanos:

Hay una frase muy pequeña en el Evangelio de hoy que, después de lo ocurrido en nuestro país, adquiere una fuerza impresionante. La mujer cananea se acerca a Jesús y termina gritando:

«¡Señor, ayúdame!»

Quizá esa podría ser hoy también la oración de Colombia.

«Señor, ayúdanos».

Ayuda a las familias que han perdido a un ser querido.
Ayuda a quienes permanecen heridos.
Ayuda a quienes han perdido su casa.
Ayuda a quienes todavía esperan noticias de un familiar.
Ayuda a los socorristas, médicos, bomberos, voluntarios y autoridades.
Ayúdanos a nosotros para que el dolor de nuestros hermanos no nos deje indiferentes.

Han pasado apenas seis días desde el terremoto del 10 de agosto. Las cifras continúan siendo dolorosas: cerca de trescientas personas fallecidas, numerosos desaparecidos, miles de heridos y muchas familias desplazadas o con sus viviendas afectadas. 

Y en situaciones así aparece inevitablemente una pregunta: ¿Dónde está Dios?

1. Cuando parece que Dios guarda silencio

El Evangelio resulta sorprendentemente actual.

Una madre extranjera viene desesperada porque su hija sufre. Grita detrás de Jesús:

«Ten compasión de mí, Señor».

Y el Evangelio dice algo desconcertante: al principio, Jesús no le responde.

Ese silencio nos incomoda.

Porque también nosotros hemos vivido momentos en los que hemos orado y parece que Dios calla.

Una madre esperando noticias bajo los escombros.
Una familia frente a una casa destruida.
Una persona que acaba de perder a quien amaba.

«Señor, ¿dónde estás?»

Sería irresponsable ofrecer respuestas fáciles.

El terremoto no es un castigo de Dios. No podemos presentar a Dios como alguien que derriba casas, mata inocentes o provoca sufrimiento para enseñarnos una lección.

Jesús nos ha revelado exactamente lo contrario: Dios está del lado de quien sufre.

Por eso el silencio inicial de Jesús ante la cananea no significa indiferencia. El diálogo continúa. Aquella mujer insiste, confía, persevera. Su fe atraviesa incluso el silencio.

Hasta que Jesús reconoce:

«Mujer, qué grande es tu fe».

A veces la fe no consiste en comprenderlo todo.

La fe consiste en seguir diciendo:

«Señor, aunque no comprenda lo que está pasando, sigo confiando en Ti».

2. «Mi casa será casa de oración para todos los pueblos»

Y aquí aparece la hermosa primera lectura del profeta Isaías.

Dios anuncia que también los extranjeros serán recibidos y concluye diciendo que su casa será casa de oración para todos los pueblos.

Es exactamente lo que sucede en el Evangelio.

La mujer cananea era extranjera. No pertenecía al pueblo de Israel. Humanamente podía decirse: «Ella no es de los nuestros».

Pero la misericordia de Dios rompe las fronteras.

Y quizá una tragedia nacional nos recuerde también esto.

Ante los escombros ya no importa si uno es de derecha o de izquierda, rico o pobre, costeño, paisa, caleño, chocoano, cafetero o bogotano.

Debajo de los escombros hay simplemente un hermano.

Cuando alguien tiene hambre no preguntamos por quién votó.

Cuando una madre busca a su hijo no preguntamos a qué partido pertenece.

Cuando alguien perdió su casa no preguntamos cuál es su ideología.

El dolor nos recuerda que somos una sola familia humana.

Nuestros obispos precisamente han llamado a vivir esta emergencia desde la solidaridad, la responsabilidad, la fraternidad y la esperanza; las diócesis de las zonas afectadas están acompañando y articulando acciones de ayuda. 

3. «Oh Dios, que te alaben los pueblos»

El salmo insiste:

«Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben».

No algunos.

Todos.

La fe cristiana no construye muros; construye puentes.

Y en estos días hemos visto también rostros hermosos en medio de la tragedia: rescatistas buscando entre los escombros, personal sanitario trabajando, vecinos ayudando a vecinos, comunidades abriendo sus puertas, personas compartiendo alimentos y recursos.

También allí está Dios.

Quizá alguien pregunte: «¿Dónde estaba Dios durante el terremoto?»

Y tendremos que reconocer con humildad que Dios estaba también en las manos que levantaban una piedra para sacar a alguien, en quien curaba una herida, en quien compartía agua, en quien abrazaba a alguien que lloraba.

Dios muchas veces responde al grito de un hermano a través de las manos de otro hermano.

4. «Dios encerró a todos en desobediencia para tener misericordia de todos»

San Pablo nos entrega en la segunda lectura otra palabra preciosa:

misericordia.

Nos recuerda que los dones y la llamada de Dios son irrevocables y que, finalmente, el proyecto de Dios es hacer llegar su misericordia a todos.

Todos necesitamos misericordia.

La cananea la necesitaba.

Israel la necesitaba.

Pablo la necesitaba.

Colombia la necesita.

Y nosotros también.

Tal vez nuestro país necesita reconstruir carreteras, hospitales, viviendas y templos dañados.

Pero posiblemente tenemos que reconstruir además otras cosas que venían agrietadas desde antes del terremoto:

la confianza, la fraternidad, la capacidad de dialogar, la sensibilidad ante el sufrimiento ajeno y la conciencia de que pertenecemos al mismo país.

Un edificio agrietado puede ser peligroso.

Pero también lo es una sociedad cuyo corazón se ha agrietado por el odio, la indiferencia y la polarización.

5. La oración tiene que convertirse en solidaridad

Hoy rezamos.

Y debemos rezar mucho.

La Conferencia Episcopal de Colombia ha convocado precisamente este domingo 16 de agosto como Jornada Nacional de Oración por Colombia y por las víctimas del terremoto

Pero la oración cristiana nunca puede terminar simplemente diciendo:

«Señor, ayúdalos».

Porque después Dios podría preguntarnos:

«¿Y tú qué puedes hacer para ayudarlos?»

Por eso nuestra respuesta puede expresarse en tres verbos muy sencillos:

Orar. Compartir. Acompañar.

Orar por los fallecidos, los heridos, los desaparecidos y sus familias.

Compartir de nuestros bienes. Aunque sea poco. La Iglesia colombiana, por medio de Pastoral Social–Cáritas, ha activado la campaña nacional «Con Colombia, hasta el último rincón» para canalizar ayuda hacia las comunidades afectadas.

Y acompañar. Porque cuando pase la atención de los medios de comunicación, cuando las cámaras se marchen y la noticia deje de ser tendencia, quedarán familias que tendrán que reconstruir su casa y, sobre todo, reconstruir su vida.

Ahí tendrá que seguir estando la Iglesia.

Conclusión

Hermanos:

Hoy aquella mujer cananea podría prestarnos sus palabras.

Ella gritó:

«Señor, ayúdame».

Y Colombia hoy puede decir:

«Señor, ayúdanos».

Ayúdanos a buscar a quienes todavía faltan.

Ayúdanos a consolar a quienes lloran.

Ayúdanos a levantar a quienes han caído.

Ayúdanos a compartir con quienes lo perdieron todo.

Ayúdanos a reconstruir no solamente paredes, sino también corazones.

Y que al final podamos escuchar también nosotros aquellas palabras que Jesús dirigió a aquella mujer:

«Qué grande es tu fe».

Que nuestra fe sea grande porque sabe orar cuando no comprende.

Que nuestra esperanza sea grande porque no abandona a quien sufre.

Y que nuestra caridad sea grande porque no se queda solamente en palabras.

Hoy, al acercarnos a la Eucaristía, pongamos sobre el altar los nombres y los rostros de tantos hermanos colombianos que sufren.

Y pidámosle al Señor:

Señor Jesús, cuando la tierra tiembla, sé Tú nuestra roca.
Cuando nuestro corazón tiene miedo, sé Tú nuestra fortaleza.
Cuando un hermano clama, danos oídos para escucharlo.
Y cuando alguien necesite ayuda, que encuentre también nuestras manos dispuestas a servir.

Amén.

 

viernes, 14 de agosto de 2026

15 de agosto del 2026: La Asunción de la Bienaventurada Virgen María-Solemnidad

 

María, esperanza de la Iglesia

La Asunción de la Virgen María nos permite contemplar el destino que Dios prepara para quienes permanecen fieles a su amor. La mujer revestida de sol, anunciada en el Apocalipsis, participa plenamente de la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte. María es imagen de la Iglesia peregrina y señal luminosa de esperanza para toda la humanidad.

En el Magníficat, la humilde sierva reconoce las maravillas realizadas por Dios: Él derriba a los poderosos, enaltece a los humildes y permanece fiel a sus promesas. Elevada al cielo en cuerpo y alma, María nos precede; no nos aleja de la tierra, sino que nos enseña a caminar por ella con la mirada puesta en Dios y el corazón dispuesto a servir.

G.Q

 


Primera lectura

Ap 11, 19a; 12, 1-6a. 10ab
Una mujer vestida del sol, y la luna bajo sus pies

Lectura del libro del Apocalipsis.

SE abrió en el cielo el santuario de Dios, y apareció en su santuario el arca de su alianza.
Un gran signo apareció en el cielo: una mujer vestida del sol, y la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza; y está encinta, y grita con dolores de parto y con el tormento de dar a luz.
Y apareció otro signo en el cielo: un gran dragón rojo que tiene siete cabezas y diez cuernos, y sobre sus cabezas siete diademas, y su cola arrastra la tercera parte de las estrellas del cielo y las arrojó sobre la tierra.
Y el dragón se puso en pie ante la mujer que iba a dar a luz, para devorar a su hijo cuando lo diera a luz.
Y dio a luz un hijo varón, el que ha de pastorear a todas las naciones con vara de hierro, y fue arrebatado su hijo junto a Dios y junto a su trono; y la mujer huyó al desierto, donde tiene un lugar preparado por Dios.
Y oí una gran voz en el cielo que decía:
«Ahora se ha establecido la salvación y el poder y el reinado de nuestro Dios, y la potestad de su Cristo».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 44, 10. 11. 12. 16 (R.: 10b)

R. De pie a tu derecha está la reina,
enjoyada con oro de Ofir.


V. Hijas de reyes salen a tu encuentro,
de pie a tu derecha está la reina,
enjoyada con oro de Ofir. 
R.

V. Escucha, hija, mira: inclina el oído,
olvida tu pueblo y la casa paterna. 
R.

V. Prendado está el rey de tu belleza:
póstrate ante él, que él es tu señor. 
R.

V. Las traen entre alegría y algazara,
van entrando en el palacio real. 
R.

 

Segunda lectura

1 Cor 15, 20-27a

Primero Cristo, como primicia; después todos los que son de Cristo

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios.

HERMANOS:
Cristo ha resucitado de entre los muertos y es primicia de los que han muerto.
Si por un hombre vino la muerte, por un hombre vino la resurrección. Pues lo mismo que en Adán mueren todos, así en Cristo todos serán vivificados.
Pero cada uno en su puesto: primero Cristo, como primicia; después todos los que son de Cristo, en su venida; después el final, cuando Cristo entregue el reino a Dios Padre, cuando haya aniquilado todo principado, poder y fuerza.
Pues Cristo tiene que reinar hasta que ponga a todos sus enemigos bajo sus pies. El último enemigo en ser destruido será la muerte, porque lo ha sometido todo bajo sus pies.

Palabra de Dios.


Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. María ha sido asunta al cielo,
se alegra el ejército de los ángeles. 
R.

 

Evangelio

Lc 1, 39-56

El Poderoso ha hecho obras grandes en mí: enaltece a los humildes

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

EN aquellos días, María se levantó y se puso en camino de prisa hacia la montaña, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel.
Aconteció que, en cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel de Espíritu Santo y, levantando la voz, exclamó:
«¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre!
¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? Pues, en cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Bienaventurada la que ha creído, porque lo que le ha dicho el Señor se cumplirá».
María dijo:
«Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humildad de su esclava.
Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles de generación en
generación.
Él hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.
Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia
—como lo había prometido a nuestros padres—
en favor de Abrahán y su descendencia por siempre».
María se quedó con Isabel unos tres meses y volvió a su casa.

Palabra del Señor.

 

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Hermanos y hermanas:

Celebramos hoy a María elevada al cielo en cuerpo y alma. Pero esta solemnidad no nos invita a escapar de la tierra ni a permanecer indiferentes ante sus sufrimientos. Al contrario: cuanto más contemplamos a María en la gloria, más comprendemos el valor de cada vida humana y nuestra responsabilidad frente al dolor de los hermanos.

Esta fiesta llega cuando Colombia todavía contempla con dolor las consecuencias del fuerte terremoto del pasado 10 de agosto: familias en duelo, personas heridas y desaparecidas, viviendas destruidas, templos afectados y comunidades enteras que necesitan nuestra cercanía.

En este contexto escuchamos la primera lectura del Apocalipsis: aparece «una mujer vestida de sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas». Es una mujer gloriosa, pero también una mujer que grita por los dolores del parto. Frente a ella está el dragón, signo del mal que amenaza la vida.

Esta imagen representa a María, pero también a la Iglesia y a toda la humanidad. Nuestra patria también parece vivir dolores de parto: el dolor de quienes han perdido a sus familiares bajo los escombros; el miedo de quienes temen nuevas réplicas; la angustia de quienes quedaron sin casa; pero también los dolores prolongados de la violencia, el desplazamiento, la pobreza, la corrupción y la división política.

Sin embargo, el mensaje del Apocalipsis no es de derrota. El dragón no tiene la última palabra. La última palabra pertenece a Dios: «Ahora se estableció la salvación y el poder de nuestro Dios». El mal puede amenazar, destruir y sembrar miedo, pero no puede vencer definitivamente a quienes se refugian en el Señor.

El salmo nos presenta a la reina de pie a la derecha del rey. María ha sido glorificada no porque tuviera riquezas o poder humano, sino porque fue humilde, obediente y totalmente disponible para Dios. En un mundo donde muchos quieren sobresalir, imponerse o acumular, María nos muestra otra grandeza: la grandeza de quien sirve, escucha y permanece fiel.

San Pablo nos recuerda la razón profunda de nuestra esperanza: «Cristo resucitó de entre los muertos como primicia de los que han muerto». La Asunción de María es fruto de la Resurrección de Cristo. En ella contemplamos anticipadamente lo que Dios desea realizar en nosotros. La muerte no es el destino definitivo del ser humano; nuestro destino es la vida plena en Dios.

Esta palabra resulta especialmente consoladora para las familias que hoy lloran a sus seres queridos. La fe no elimina las lágrimas ni ofrece explicaciones fáciles ante una tragedia. Jesús también lloró frente a la tumba de su amigo Lázaro. Pero la fe nos permite llorar con esperanza: nuestros hermanos fallecidos no han desaparecido; están en las manos misericordiosas de Dios y esperan la resurrección.

El Evangelio nos muestra a María caminando de prisa hacia la casa de Isabel. Acaba de recibir el anuncio de que será la Madre del Salvador, pero no se encierra en sí misma. No se queda contemplando el privilegio recibido. Se pone en camino para acompañar y servir.

Esa es la actitud que necesita Colombia: ponernos en camino. Ante el sufrimiento de nuestros hermanos no basta con decir: «Qué tristeza» o «vamos a orar». La oración verdadera nos mueve a actuar. María oró, pero también caminó; creyó, pero también sirvió; alabó a Dios, pero también permaneció junto a Isabel.

Hoy la Iglesia debe correr hacia las familias damnificadas. Cada parroquia, comunidad, institución y creyente debe preguntarse: ¿qué puedo compartir?, ¿a quién puedo acompañar?, ¿cómo puedo colaborar? Tal vez podamos ofrecer alimentos, medicamentos, ropa, dinero o alojamiento. Quizás podamos apoyar las campañas organizadas por las autoridades y las instituciones eclesiales. También podemos escuchar, consolar y sostener espiritualmente. Cuando llegamos al encuentro del necesitado, llevamos a Cristo, como María lo llevó en su seno hasta la casa de Isabel.

María proclama después el Magníficat: Dios «derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes; a los hambrientos los colma de bienes». Este cántico no es una oración pasiva: es el anuncio de un mundo nuevo, conforme al corazón de Dios. Nos recuerda que la reconstrucción de Colombia no puede consistir solamente en levantar nuevamente edificios. Tenemos que reconstruir también la confianza, la fraternidad, la honestidad y el respeto por la vida.

Pedimos a quienes gobiernan nuestra nación que busquen sinceramente el bien común; que la atención a las víctimas esté por encima de los intereses políticos; que la ayuda llegue con transparencia, especialmente a los más pobres y olvidados. Y pedimos también que nosotros no utilicemos la tragedia para acusarnos o dividirnos, sino para reconocernos nuevamente como hermanos.

La Asunción nos dice que el cielo no nos aleja de la tierra: nos compromete más profundamente con ella. María está en el cielo, pero continúa cerca de sus hijos. Ella es señal de esperanza para Colombia. Nos recuerda que, aunque la tierra se estremezca, el amor de Dios permanece firme; aunque caigan nuestros edificios, la esperanza puede mantenerse en pie; aunque la muerte nos visite, Cristo resucitado tiene la última palabra.

Que María, Nuestra Señora de la Asunción, consuele a quienes lloran, proteja a los heridos, sostenga a los rescatistas, acompañe a quienes han perdido su hogar e inspire en todos nosotros una solidaridad generosa. Y que, como ella, sepamos caminar de prisa para llevar a Cristo allí donde hoy existen dolor, miedo y necesidad.

Amén.


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