lunes, 23 de febrero de 2026

24 de febrero del 2026: martes de la primera semana de Cuaresma

 

Transformación

 

Decir “Padre nuestro” es poner nuestras vidas en sus manos, confiar como un niño, incluso cuando todo parece complicado. Es confiar nuestros miedos, nuestros proyectos y a nuestros seres queridos en las manos del Padre.

Esta oración se vuelve verdadera cuando inspira nuestros gestos: perdonar, ayudar, escuchar, amar de manera concreta.

Si Dios es nuestro Padre, ¿cómo transforma su presencia nuestra manera de vivir cada día?

 

Jean-Paul Musangania, prêtre assomptionniste

 



Primera lectura

Is 55, 10-11

Mi palabra cumplirá mi deseo

Lectura del libro de Isaías

ESTO dice el Señor:
«Como bajan la lluvia y la nieve desde el cielo,
y no vuelven allá sino después de empapar la tierra,
de fecundarla y hacerla germinar,
para que dé semilla al sembrador
y pan al que come,
así será mi palabra que sale de mi boca:
no volverá a mí vacía,
sino que cumplirá mi deseo
y llevará a cabo mi encargo».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 33, 4-5. 6-7. 16-17. 18-19 (R.: cf. 18b)

R. Dios libra a los justos de sus angustias.

V. Proclamen conmigo la grandeza del Señor,
ensalcemos juntos su nombre.
Yo consulté al Señor, y me respondió,
me libró de todas mis ansias. 
R.

V. Contémplenlo, y quedarán radiantes,
su rostro no se avergonzará.
El afligido invocó al Señor,
él lo escuchó y lo salvó de sus angustias. 
R.

V. Los ojos del Señor miran a los justos,
sus oídos escuchan sus gritos;
pero el Señor se enfrenta con los malhechores,
para borrar de la tierra su memoria. 
R.

V. Cuando uno grita, el Señor lo escucha
y lo libra de sus angustias;
el Señor está cerca de los atribulados,
salva a los abatidos. 
R.

 

Aclamación

V. No solo de pan vive el hombre,
sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.

 

Evangelio

Mt 6, 7-15

Ustedes oren así

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Cuando recen, no usen muchas palabras, como los gentiles, que se imaginan que por hablar mucho les harán caso. No sean como ellos, pues su Padre sabe lo que les hace falta antes de que lo pidan. Ustedes oren así:
“Padre nuestro que estás en el cielo,
santificado sea tu nombre,
venga a nosotros tu reino,
hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo,
danos hoy nuestro pan de cada día,
perdona nuestras ofensas,
como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden,
no nos dejes caer en la tentación,
y líbranos del mal”.
Porque si perdonan a los hombres sus ofensas, también a ustedes los perdonará su Padre celestial, pero si no perdonan a los hombres, tampoco su Padre perdonará sus ofensas».

Palabra del Señor.

 

 

 

1

 

“Padre nuestro”: una oración que cambia la vida

En Cuaresma, la Iglesia nos invita a volver a lo esencial. Y hoy Jesús nos entrega lo más esencial que un discípulo puede aprender: cómo hablar con Dios. No nos da un discurso complicado; nos regala una oración sencilla, directa, familiar: “Padre nuestro” (Mt 6,9).

Pero atención: no es solo una fórmula para recitar. Es una puerta para vivir de otro modo. El Evangelio de hoy nos pregunta, sin decirlo explícitamente: ¿tu oración te está transformando? Porque, si no nos cambia por dentro, corremos el riesgo de hacer de la religión un hábito sin alma.

1. La Palabra no cae en el vacío

La primera lectura, Isaías, nos ofrece una imagen preciosa: así como la lluvia y la nieve bajan del cielo y no vuelven sin fecundar la tierra, así es la Palabra de Dios: “no vuelve a mí vacía” (Is 55,10-11).
En Cuaresma, Dios está “regando” una tierra concreta: tu corazón, tu historia, tus heridas, tu familia, tus decisiones. Y su Palabra busca fruto: reconciliación, serenidad, verdad, esperanza.

A veces uno dice: “Padre, yo escucho la Palabra, pero sigo igual”. Quizás el problema no es la semilla, ni la lluvia: es la prisa, la superficialidad, el ruido interior. Hoy Jesús comienza por ahí: “cuando recen, no hablen mucho… no sean palabreros” (Mt 6,7). No es que Dios se canse; es que nosotros nos dispersamos. Mucha palabra puede ser una manera elegante de evitar lo profundo.

2. Decir “Padre” es entregar el control

Decir “Padre” es poner la vida en sus manos y confiar como un niño incluso cuando todo parece complicado.

Aquí hay una clave psicológica y espiritual: muchas personas no sufren por falta de fe, sino por exceso de control. Queremos dominar el futuro, asegurar todo, anticipar todo… y eso nos deja agotados.
Decir “Padre nuestro” es reconocer: “Yo no soy Dios; tú sí. Yo no llevo el universo sobre mis hombros; lo llevas tú.”

Y además decimos “nuestro”. La fe cristiana nunca es un “sálvese quien pueda”. Quien reza de verdad, se vuelve más humano, más fraterno, más comunitario. Si Dios es Padre, nadie puede ser para mí un estorbo: es un hermano.

3. “Danos… perdona… no nos dejes…”: el Padrenuestro aterriza

Jesús nos enseña una oración que toca la vida diaria:

  • “Danos hoy nuestro pan…”: no solo el pan material, también el pan del ánimo, del trabajo digno, de la paciencia, del diálogo en casa, del consuelo.
  • “Perdona nuestras ofensas…”: aquí está el punto donde la oración se vuelve real o se queda en teatro.
  • “Como también nosotros perdonamos…” (Mt 6,12): ¡qué frase tan exigente! No porque Dios sea mezquino, sino porque el corazón rencoroso se vuelve incapaz de recibir la gracia. El perdón no es aprobar el mal; es romper la cadena que me ata al daño. Perdonar es decir: “No le daré a esta herida el poder de gobernar mi vida.”

El salmo de hoy nos acompaña como una escuela de confianza: “El Señor está cerca de los atribulados” (Sal 34). La oración cristiana no niega la tristeza; la atraviesa con Dios. Por eso el salmista puede decir: “Busqué al Señor y me respondió” (Sal 34,4). No siempre responde como yo quiero, pero responde como Padre: con presencia, con luz, con fuerza para dar el siguiente paso.

4. La Cuaresma se mide en gestos concretos

Esta oración se vuelve verdadera cuando inspira nuestros gestos: perdonar, ayudar, escuchar, amar concretamente.

Entonces, para que la homilía no se quede en ideas bonitas, propongo tres “pruebas” sencillas para esta semana:

1.    Prueba de la confianza: cada día, al levantarte, reza despacio: “Padre, hoy pongo mi vida en tus manos.” Y nombra una preocupación concreta.

2.    Prueba del perdón: pregunta honesta: ¿a quién tengo castigado con mi silencio, con mi dureza, con mi resentimiento? Da un paso, aunque sea pequeño: un mensaje, una llamada, una oración sincera por esa persona.

3.    Prueba de la fraternidad: como decimos “Padre nuestro”, hoy voy a hacer un gesto concreto por alguien: escuchar sin interrumpir, ayudar sin humillar, servir sin publicar.

Intención orante

Hoy, Señor, ponemos ante ti a nuestras familias, amigos y benefactores. Bendice a quienes nos han sostenido con cariño, con consejo, con ayuda material o espiritual. Sana los hogares heridos, fortalece los matrimonios, acompaña a los que crían con esfuerzo, consuela a quienes están solos. Y haz que nosotros también seamos “pan” para los demás: personas que dan vida, no que la quitan.

Conclusión

Hermanos, si Dios es Padre, la vida cambia: cambia cómo trabajo, cómo reacciono, cómo trato al otro, cómo perdono, cómo espero.
Que esta Cuaresma no sea solo “más rezos”, sino más Evangelio vivido. Y que cada “Padre nuestro” sea una rendición confiada: “Aquí estoy, Señor… haz fecunda tu Palabra en mí.” Amén.

 

2

 

1. ¿Rezar mucho… o rezar de verdad?

Jesús hoy nos desarma:

“No hablen mucho como los paganos… su Padre sabe lo que necesitan” (Mt 6,7-8).

En otras palabras: la oración no es convencer a Dios, ni torcerle el brazo, ni repetir fórmulas hasta que “ceda”.
A veces tratamos a Dios como un funcionario que necesita solicitudes bien redactadas y muchas firmas para aprobar algo. Pero Jesús corrige esa imagen: Dios es Padre. Y un padre no necesita discursos interminables para saber lo que su hijo necesita.

Aquí hay una diferencia clave:

·        Decir oraciones no es lo mismo que orar.

·        Repetir palabras no siempre significa abrir el corazón.

La oración auténtica no cambia a Dios; nos cambia a nosotros.


2. La oración que transforma

La verdadera oración es pedirle a Dios que nos conforme a su voluntad.

Esto es profundamente cuaresmal. En Cuaresma no venimos a decirle a Dios lo que debe hacer; venimos a preguntarle:
“Señor, ¿qué quieres hacer conmigo?”

La primera lectura lo confirma con una imagen bellísima:

La lluvia no vuelve al cielo sin empapar la tierra (Is 55,10-11).

La Palabra que hoy escuchamos no es teoría; es lluvia. Si dejamos que penetre, producirá fruto: paciencia, serenidad, perdón, confianza.

Pero si rezamos sin abrirnos, somos como tierra endurecida.


3. “Padre nuestro”: sentimientos y contenido de la verdadera oración

Jesús no solo nos dice cómo no orar; nos enseña cómo hacerlo. Y lo hace regalándonos el Padrenuestro.

a) Reconocer quién es Dios

“Padre nuestro que estás en el cielo…”

Dios es Padre cercano, pero también Señor trascendente. No es un colega ni un ídolo moldeado a nuestra medida. Es santo.
Por eso decimos:

“Santificado sea tu Nombre.”

Adorar es reconocer que Dios es Dios… y yo no.


b) No imponer mi voluntad, sino abrazar la suya

“Venga tu Reino… hágase tu voluntad.”

Este es el corazón de la oración cristiana.
La oración madura no es: “Señor, haz lo que yo quiero.”
Es: “Señor, haz en mí lo que Tú quieres.”

Eso requiere confianza. Requiere soltar el control. Requiere fe adulta.


c) Confiar en su providencia

“Danos hoy nuestro pan de cada día.”

Pan material, sí. Pero también pan espiritual: fortaleza, consuelo, claridad interior.

Quien confía solo en el dinero, el prestigio o la seguridad humana puede terminar espiritualmente vacío. El que confía en Dios descubre que nunca es abandonado.

El Salmo 34 lo proclama:

“Busqué al Señor y me respondió… El Señor está cerca de los atribulados.”


d) Pedir y ofrecer perdón

“Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos…”

Aquí la oración se vuelve exigente. Dios siempre está dispuesto a perdonar, pero el corazón cerrado al perdón se vuelve incapaz de recibir plenamente la misericordia.

El que ha experimentado el perdón verdadero no puede guardarlo para sí. Se convierte en un canal.


e) Reconocer la batalla espiritual

“No nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal.”

Jesús no ignora la existencia del mal. La Cuaresma nos recuerda que hay lucha interior, tentaciones, fragilidades.
Pero también nos recuerda que no estamos solos. La gracia de Dios y el auxilio del cielo nos sostienen.


4. Examen personal: ¿cómo rezo yo?

Hoy la pregunta es muy concreta:

·        ¿Rezo mecánicamente o con conciencia?

·        ¿Entiendo lo que digo cuando pronuncio el Padrenuestro?

·        ¿Creo de verdad que Dios es Padre?

·        ¿Acepto su voluntad aunque no coincida con mis planes?

Si rezamos así, la oración dejará de ser rutina y se convertirá en transformación.


Intención orante

Señor, hoy te presentamos a nuestras familias, amigos y benefactores.
Tú conoces sus necesidades antes de que las nombremos.
Dales el pan material y espiritual.
Sana heridas familiares.
Fortalece vínculos de amistad.
Bendice a quienes nos han ayudado en el camino.
Y haznos también a nosotros generosos instrumentos de tu providencia.


Conclusión

Hermanos, Jesús no nos enseñó una oración para repetirla sin pensar. Nos enseñó un estilo de vida.

Si cada vez que digamos “Padre nuestro” confiamos, adoramos, aceptamos su voluntad, perdonamos y dependemos de su gracia… entonces estaremos orando como Él desea.

Que esta Cuaresma nos enseñe a pasar de muchas palabras…
a un corazón verdaderamente entregado.

Padre nuestro… Amén.

 

domingo, 22 de febrero de 2026

23 de febrero del 2026: lunes de la primera semana de Cuaresma

 

Vivir de Dios

Cristo nos juzgará según el amor vivido. Lo que hacemos a los más pequeños, a Él se lo hacemos. Acoger, visitar, cuidar, alimentar: ahí es donde nuestra fe se vuelve viva a través de nuestros gestos. Vivir de Dios es aprender a amar como Él, a ver en cada rostro un hermano, una hermana. Y nosotros, cuando Cristo pasa por nuestro camino, ¿lo reconocemos en aquel que necesita de nosotros?

Jean-Paul Musangania, prêtre assomptionniste

 


Primera lectura

Lev 19, 1-2. 11-18
Juzga con justicia a tu prójimo

Lectura del libro del Levítico.

EL Señor habló así a Moisés:
«Di a la comunidad de los hijos de Israel:
“Sean santos, porque yo, el Señor, su Dios, soy santo.
No robarán ni defraudarán ni se engañarán unos a otros.
No jurarán en falso por mi nombre, profanando el nombre de tu Dios. Yo soy el Señor.
No explotarás a tu prójimo ni le robarás. No dormirá contigo hasta la mañana siguiente el jornal del obrero.
No maldecirás al sordo ni pondrás tropiezo al ciego. Teme a tu Dios. Yo soy el Señor.
No darán sentencias injustas. No serás parcial ni por favorecer al pobre ni por honrar al rico. Juzga con justicia a tu prójimo.
No andarás difamando a tu gente, ni declararás en falso contra la vida de tu prójimo. Yo soy el Señor.
No odiarás de corazón a tu hermano, pero reprenderás a tu prójimo, para que no cargues tú con su pecado.
No te vengarás de los hijos de tu pueblo ni les guardarás rencor, sino que amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo soy el Señor”».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 18, 8. 9. 10. 15 (R.: cf. Jn 6, 63)

R. Tus palabras, Señor, son espíritu y vida.

V. La ley del Señor es perfecta
y es descanso del alma;
el precepto del Señor es fiel
e instruye a los ignorantes. 
R.

V. Los mandatos del Señor son rectos
y alegran el corazón;
la norma del Señor es límpida
y da luz a los ojos. 
R.

V. El temor del Señor es puro
y eternamente estable;
los mandamientos del Señor son verdaderos
y enteramente justos. 
R.

V. Que te agraden las palabras de mi boca,
y llegue a tu presencia el meditar de mi corazón,
Señor, Roca mía, Redentor mío. 
R.

 

Aclamación

V. Ahora es el tiempo favorable,
ahora es el día de la salvación.

 

Evangelio

Mt 25, 31-46

Cada vez que lo hicieron con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicieron

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Cuando venga en su gloria el Hijo del hombre, y todos los ángeles con él, se sentará en el trono de su gloria y serán reunidas ante él todas las naciones.
Él separará a unos de otros, como un pastor separa las ovejas de las cabras.
Y pondrá las ovejas a su derecha y las cabras a su izquierda.
Entonces dirá el rey a los de su derecha:
“Vengan ustedes, benditos de mi Padre; hereden el reino preparado para ustedes desde la creación del mundo.
Porque tuve hambre y me dieron de comer, tuve sed y me dieron de beber, fui forastero y me hospedaron, estuve desnudo y me vistieron, enfermo y me visitaron, en la cárcel y vinieron a verme”.
Entonces los justos le contestarán:
“Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber?; ¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos?; ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?”.
Y el rey les dirá:
“En verdad les digo que cada vez que lo hicieron con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicieron”.
Entonces dirá a los de su izquierda:
“Apártense de mí, malditos, vayan al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre y no me dieron de comer, tuve sed y no me dieron de beber, fui forastero y no me hospedaron, estuve desnudo y no me vistieron, enfermo y en la cárcel y no me visitaron”.
Entonces también estos contestarán:
“Señor, ¿cuándo te vimos con hambre o con sed, o forastero o desnudo, o enfermo o en la cárcel, y no te asistimos?”.
Él les replicará:
“En verdad les digo: lo que no hicieron con uno de estos, los más pequeños, tampoco lo hicieron conmigo”.
Y estos irán al castigo eterno y los justos a la vida eterna».

Palabra del Señor.

 

 

1

 

Hermanos, la Cuaresma nos pone de frente una verdad sencilla y exigente: la santidad no es una idea, es una manera de tratar al otro. La primera lectura lo dice con fuerza: “Sean santos, porque yo, el Señor, soy santo” (Lv 19,2). Y de inmediato Dios traduce esa santidad en cosas muy concretas: no robar, no mentir, no explotar, no humillar, no guardar rencor… y culmina con una frase que nos persigue toda la vida: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Lv 19,18).

Pero el Evangelio de hoy va aún más lejos: Jesús nos describe el juicio final (Mt 25,31-46) y nos revela el criterio decisivo: no será un examen de teoría religiosa, sino de amor encarnado. “Tuve hambre… tuve sed… fui forastero… estuve desnudo… enfermo… preso…” Y el Rey responde: “Cada vez que lo hicieron con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicieron”.

1. La fe se vuelve “viva” cuando se vuelve gesto

Alguien comentando este evangelio, lo resume bellamente: acoger, visitar, cuidar, alimentar. Ahí la fe se hace real. Porque hay una tentación cuaresmal muy común: creer que todo se resuelve con “cosas religiosas” —algunas prácticas, unos rezos, algún sacrificio—, pero sin tocar el corazón. Y Jesús nos corrige: la oración verdadera desemboca en misericordia, y la penitencia auténtica nos vuelve más humanos, más atentos, más compasivos.

Por eso el salmo canta que la ley del Señor “reconforta el alma” y “da luz a los ojos” (Sal 19). ¿Y qué es “dar luz a los ojos”? Es aprender a mirar como mira Dios: no por encima del hombro, no con prejuicio, no con indiferencia, sino reconociendo un rostro, una historia, una necesidad.

2. “¿Lo reconocemos cuando pasa por nuestro camino?”

Podemos hacer una pregunta tremenda: cuando Cristo pasa, ¿lo reconozco? Porque Cristo no siempre pasa como yo lo imagino. A veces pasa con la cara del migrante, del enfermo, del anciano solo, del vecino con depresión, de la madre agotada, del joven confundido, del preso, del que pide una oportunidad.

Y aquí conviene una luz psicológica y espiritual: muchas veces no es mala voluntad; es ceguera por costumbre. Nos acostumbramos al dolor ajeno, normalizamos la miseria, aprendemos a “pasar de largo” para no sentir. El corazón se defiende: “no mires, no te involucres, no te desgastes”. Pero Jesús nos propone otra defensa: la compasión, que no destruye, sino que humaniza. La compasión no siempre resuelve todo, pero sí cambia el mundo de alguien… y también cambia el nuestro.

3. “Sean santos” significa: no guardar rencor, no vengarse, no odiar

Levítico hoy aterriza la santidad en el terreno más difícil: las relaciones. “No odiarás… no te vengarás… no guardarás rencor” (Lv 19,17-18). ¡Qué fuerte para Cuaresma! A veces pensamos que amar al pobre es solo dar algo; pero hay otro “pobre” muy cercano: el que vive conmigo, el que me hirió, el que me irrita, el que me decepcionó. La caridad comienza por la casa, por la comunidad, por el barrio, por la parroquia: con palabras limpias, con justicia, con reconciliación, con respeto.

Y entonces entendemos el Evangelio: Cristo está en “los pequeños”. Y “pequeño” no es solo el que carece de pan; también el que carece de paz, de compañía, de escucha, de dignidad.

4. Una Cuaresma con obras concretas (no solo propósitos)

Para no quedarnos en lo bonito, hagamos una propuesta sencilla para esta semana:

  • Un gesto de alimento: apoyar a alguien con mercado, un almuerzo, o sumarse a una obra de caridad de la comunidad.
  • Un gesto de visita: llamar o visitar a un enfermo, a un anciano, a alguien que está solo.
  • Un gesto de acogida: tratar con respeto a quien normalmente ignoramos; saludar, mirar a los ojos, ofrecer ayuda real.
  • Un gesto de reconciliación: soltar un rencor, pedir perdón, o dar el primer paso.
  • Un gesto de fe: unirlo a la oración: “Señor, que hoy te reconozca donde tú eliges estar”.

Porque al final, el juicio de Mt 25 no nos asusta para paralizarnos; nos despierta para vivir: Cristo no viene a complicarnos la vida, viene a enseñarnos dónde está la vida.

5. Intención por nuestros hermanos difuntos

Y hoy oramos por nuestros difuntos. ¿Qué tiene que ver con este Evangelio? Muchísimo. Porque el amor no se pierde: lo que se hizo por amor queda en Dios. Nuestros seres queridos han pasado al umbral definitivo; nosotros los encomendamos a la misericordia del Padre, y al mismo tiempo pedimos la gracia de vivir de tal modo que, cuando llegue nuestra hora, podamos escuchar esas palabras: “Vengan, benditos de mi Padre”.


Oración final (breve)

Señor Jesús,
abre nuestros ojos para reconocerte en los pequeños,
abre nuestras manos para servirte en los necesitados,
y ablanda nuestro corazón para amar sin rencor.
Acuérdate hoy de nuestros hermanos difuntos:
purifícalos en tu misericordia y llévalos a la paz eterna.
Amén.

 

2

Hermanos, el Evangelio de hoy nos sitúa ante una escena solemne: Cristo viene en su gloria, se sienta en su trono y todas las naciones son reunidas delante de Él (Mt 25,31-32). Y como un pastor separa ovejas de cabritos, así el Señor separará lo verdadero de lo aparente. Pero el criterio no será un examen de ideas: será la caridad vivida.

1) Un solo Rey, una sola santidad concreta

La primera lectura lo deja claro desde el inicio: “Sean santos, porque Yo, el Señor, su Dios, soy santo” (Lv 19,2). Y enseguida Dios traduce esa santidad en acciones muy concretas:

  • no robar, no mentir, no engañar,
  • no explotar al trabajador,
  • no maldecir ni poner tropiezos,
  • no juzgar injustamente,
  • no sembrar odio ni guardar rencor,
  • y culmina con la síntesis: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Lv 19,18).

Esto es importantísimo: la santidad bíblica no es una “aureola” en la cabeza; es un estilo de vida en la verdad, la justicia y la misericordia. Por eso el Evangelio encaja perfecto: cuando Cristo nos juzga, nos pregunta justamente por eso… por lo que hicimos en lo cotidiano, con los más frágiles.

2) La Palabra que ilumina y despierta

El salmo de hoy nos ofrece una clave preciosa: “La ley del Señor es perfecta y reconforta el alma… los preceptos del Señor son rectos y alegran el corazón… el mandato del Señor es claro y da luz a los ojos” (Sal 19).

¡Qué expresión tan fuerte!: “da luz a los ojos”.
Eso significa que la Palabra de Dios no solo informa; transforma la mirada. Nos enseña a ver como Dios ve: a notar al que sufre, a percibir al que nadie mira, a reconocer el valor del pequeño. Por eso la antífona que se propone hoy (cf. Jn 6,63) lo resume: la Palabra es espíritu y vida. Cuando uno escucha de verdad, se despierta por dentro.

3) La tentación: vivir como si esto fuera lo único

A veces terminamos viviendo como si esta vida fuera el final. Entonces nos dominan las luchas por poder, el enojo, la frustración, el afán de acumular, la comparación constante.

Y aquí Cuaresma nos rescata: nos enseña a vivir con vigilancia y esperanza. Vigilancia para no dejarnos adormecer por lo superficial. Esperanza para no absolutizar lo pasajero. Lo político, lo económico, lo material importan, sí, pero no son el último horizonte. El horizonte final es Cristo Rey.

4) Ovejas y cabritos: una decisión interior que se ve en obras

Jesús toma una imagen conocida: durante el día ovejas y cabritos pueden mezclarse; al final se separan. Eso significa que en la historia conviven el bien y el mal, lo generoso y lo egoísta. Pero también significa algo más cercano: la separación comienza dentro del corazón.

  • Oveja: la docilidad a Dios, la humildad, la obediencia del amor.
  • Cabrito: la terquedad del ego, la autosuficiencia, la vida centrada en mí.

¿Y cómo se nota de verdad? En lo que Jesús enumera: dar de comer, dar de beber, acoger, vestir, visitar, cuidar (Mt 25,35-36). Ahí se vuelve concreta la santidad de Levítico: no dañar, no mentir, no explotar, no vengarse, no guardar rencor… y sí amar.

5) Misericordia y justicia: la conversión como abrazo

Dios es perfectamente misericordioso y perfectamente justo. Pero la misericordia hay que acogerla. Y la forma de acogerla se llama conversión: reconocer el pecado, pedir perdón, cambiar de rumbo, reparar en lo posible.

En Cuaresma, esto es muy práctico:

  • ¿a quién le miento?
  • ¿a quién estoy explotando o usando?
  • ¿a quién no saludo?
  • ¿a quién tengo en la lista negra del corazón?
    Levítico hoy es un espejo. Y el salmo nos dice que esa Palabra, aunque duela, reconforta el alma y alegra el corazón porque nos vuelve libres.

6) Oración por nuestros hermanos difuntos

Hoy rezamos por nuestros difuntos. Ellos ya han sido llamados a la presencia del Rey. Los confiamos a su misericordia, y pedimos que el Señor les conceda descanso y paz.

Y al orar por ellos, aprendemos a vivir con perspectiva eterna: lo único que se lleva uno no es lo que acumuló, sino lo que amó. Por eso, la caridad no es un “adorno” del cristiano: es lo que permanece.


Tres gestos cuaresmales para vivir esta Palabra

1.    Un gesto de misericordia corporal: ayudar a alguien con comida/medicina/visita concreta.

2.    Un gesto de misericordia interior: soltar un rencor o dar el primer paso hacia la reconciliación.

3.    Un gesto de escucha de la Palabra: leer Mt 25,31-46 despacio y preguntarle al Señor: “¿Dónde estabas hoy esperándome?”


Oración final

Señor Jesús, Rey eterno,
tu Palabra ilumina nuestros ojos y despierta el corazón.
Haznos santos con la santidad concreta del amor:
verdaderos, justos, misericordiosos.
Que te reconozcamos en los pequeños
y vivamos vigilantes y llenos de esperanza.
Recibe en tu paz a nuestros hermanos difuntos
y concédenos caminar hacia Ti con obras de caridad.

Amén.

 

24 de febrero del 2026: martes de la primera semana de Cuaresma

  Transformación   Decir “Padre nuestro” es poner nuestras vidas en sus manos, confiar como un niño, incluso cuando todo parece complica...