jueves, 21 de mayo de 2026

22 de mayo del 2026: viernes de la séptima semana de Pascua- Santa Rita de Casia- memoria opcional

 

Santo del día:

Santa Rita de Casia

1381-1457. Impulsada por un profundo sentido del perdón y una gran paciencia frente al sufrimiento, esta monja agustina de Casia (Italia) es venerada como la santa patrona de las causas perdidas y desesperadas.

 


Coherencia del Resucitado

(Juan 21,15-19) El Resucitado muestra coherencia entre sus palabras y sus actos. Él guarda a aquellos que el Padre le ha dado y no abandona a su triste suerte a Pedro ni a los discípulos que lo dejaron solo durante la Pasión. Viene a ellos, se toma el tiempo de entablar un diálogo y de hacer avanzar a cada uno en su propia verdad: tanto en su incapacidad de amar con un amor totalmente desinteresado, como en su capacidad de progresar. Dios no nos pide ser “perfectos”, sino encaminarnos hacia la vida en plenitud.

Emmanuelle Billoteau, ermite

 


Primera lectura

Hch 25, 13b-21
De un tal Jesús, ya muerto, que Pablo sostiene que está vivo

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.

EN aquellos días, el rey Agripa y Berenice llegaron a Cesarea para cumplimentar a Festo. Como se quedaron allí bastantes días, Festo expuso al rey el caso de Pablo, diciéndole:
«Tengo aquí un hombre a quien Félix ha dejado preso y contra el cual, cuando fui a Jerusalén, presentaron acusación los sumos sacerdotes y los ancianos judíos, pidiendo su condena. Les respondí que no es costumbre romana entregar a un hombre arbitrariamente; primero, el acusado tiene que carearse con sus acusadores, para que tenga ocasión de defenderse de la acusación. Vinieron conmigo, y yo, sin dar largas al asunto, al día siguiente me senté en el tribunal y mandé traer a este hombre.
Pero, cuando los acusadores comparecieron, no presentaron ninguna acusación de las maldades que yo suponía; se trataba solo de ciertas discusiones acerca de su propia religión y de un tal Jesús, ya muerto, que Pablo sostiene que está vivo. Yo, perdido en semejante discusión, le pregunté si quería ir a Jerusalén a que lo juzgase allí de esto. Pero, como Pablo ha apelado, pidiendo que lo deje en la cárcel para que decida el Augusto, he dado orden de que se le custodie hasta que pueda remitirlo al César».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 102, 1bc-2. 11-12. 19-20ab (R.: 19a)

R. El Señor puso en el cielo su trono.

O bien:

R. Aleluya.

V. Bendice, alma mía, al Señor,
y todo mi ser a su santo nombre.
Bendice, alma mía, al Señor,
y no olvides sus beneficios. 
R.

V. Como se levanta el cielo sobre la tierra,
se levanta su bondad sobre los que le temen;
como dista el oriente del ocaso,
así aleja de nosotros nuestros delitos. 
R.

V. El Señor puso en el cielo su trono,
su soberanía gobierna el universo.
Bendigan al Señor, ángeles suyos,
poderosos ejecutores de sus órdenes. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. El Espíritu Santo será quien se lo enseñe todo a ustedes y les vaya recordando todo lo que les he dicho. R.

 

Evangelio

Jn 21, 15-19

Apacienta mis corderos, pastorea mis ovejas

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

HABIÉNDOSE aparecido Jesús a sus discípulos, después de comer, le dice a Simón Pedro:
«Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?».
Él le contestó:
«Sí, Señor, tú sabes que te quiero».
Jesús le dice:
«Apacienta mis corderos».
Por segunda vez le pregunta:
«Simón, hijo de Juan, ¿me amas?».
Él le contesta:
«Sí, Señor, tú sabes que te quiero».
Él le dice:
«Pastorea mis ovejas».
Por tercera vez le pregunta:
«Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?».
Se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez: «¿Me quieres?» y le contestó:
«Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero».
Jesús le dice:
«Apacienta mis ovejas. En verdad, en verdad te digo: cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero, cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras».
Esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios. Dicho esto, añadió:
«Sígueme».

Palabra del Señor.

 

1

 

“¿Me amas?... Apacienta mis ovejas”

Queridos hermanos y hermanas:

Las lecturas de este viernes de la séptima semana de Pascua nos colocan ante una verdad profundamente consoladora: Dios no abandona a los suyos, ni siquiera cuando han fallado, ni siquiera cuando están confundidos, ni siquiera cuando cargan heridas en el cuerpo o en el alma.

En la primera lectura, del libro de los Hechos de los Apóstoles, encontramos a Pablo prisionero. Su causa parece judicial, política, religiosa; pero en el fondo todo gira alrededor de una afirmación decisiva: Jesús, que había muerto, está vivo. Eso es lo que inquieta, lo que divide, lo que desconcierta. Pablo no está preso por una simple idea religiosa, sino por anunciar que la muerte no tuvo la última palabra sobre Cristo.

Y esto ilumina nuestra propia vida. También nosotros, cuando sufrimos, cuando enfermamos, cuando atravesamos angustias, depresiones, duelos, cansancios espirituales o heridas interiores, necesitamos escuchar nuevamente esa certeza: Jesús, que murió, vive. Y porque Él vive, ningún sufrimiento humano queda definitivamente encerrado en la oscuridad.

El salmo nos hace proclamar: “El Señor puso en el cielo su trono”. Es decir, Dios reina. No reina como un tirano distante, sino como un Padre misericordioso. Su trono no es indiferencia, sino compasión; no es frialdad, sino amor. El mismo salmo recuerda que su misericordia es inmensa con quienes lo temen, y que aleja de nosotros nuestras culpas como dista el oriente del ocaso.

Esa misericordia se hace visible de manera bellísima en el Evangelio.

Pedro había negado a Jesús tres veces. Lo había seguido con entusiasmo, había prometido fidelidad, incluso había dicho que daría la vida por Él. Pero cuando llegó la hora de la prueba, tuvo miedo. Lloró amargamente su pecado. Seguramente llevaba por dentro una herida profunda: la vergüenza de haber fallado, el peso de la culpa, la tristeza de no haber estado a la altura.

Y el Resucitado no lo abandona.

Jesús se acerca a Pedro no para humillarlo, no para reprocharle públicamente su traición, no para decirle: “Yo te lo dije”. Jesús se acerca para sanarlo. Y lo sana con una pregunta repetida tres veces: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas?”

Tres negaciones, tres preguntas de amor. Donde abundó la fragilidad, sobreabunda la misericordia.

Jesús no le pregunta a Pedro: “¿Por qué me negaste?”
No le pregunta: “¿Te avergüenzas de lo que hiciste?”
No le pregunta: “¿Me vas a fallar otra vez?”
Le pregunta algo más profundo: “¿Me amas?”

Porque para Jesús, lo decisivo no es que Pedro tenga un pasado impecable, sino que todavía conserve un corazón capaz de amar.

Esta es una gran noticia para nosotros. Dios no nos pide presentarle una vida perfecta. Nos pide presentarle una vida sincera. No nos exige llegar ante Él sin heridas, sin contradicciones, sin miedos. Nos pide dejarnos mirar, dejarnos preguntar, dejarnos levantar.

Pedro responde con humildad: “Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero.” Ya no presume. Ya no se apoya en sus propias fuerzas. Ya no dice: “Yo jamás te abandonaré.” Ahora se abandona al conocimiento amoroso de Cristo: “Tú lo sabes todo.”

Qué oración tan hermosa para quienes sufren en el cuerpo y en el alma:

“Señor, tú lo sabes todo.
Tú sabes mi dolor.
Tú sabes mi cansancio.
Tú sabes mis miedos.
Tú sabes mis heridas escondidas.
Tú sabes que, a pesar de todo, quiero amarte.”

Y Jesús, después de cada respuesta de Pedro, le confía una misión: “Apacienta mis corderos… pastorea mis ovejas… apacienta mis ovejas.”

Esto también es muy importante: Jesús no solo perdona a Pedro; lo reincorpora a la misión. No lo deja reducido a su pecado. No lo define por su caída. No le dice: “Como fallaste, ya no sirves.” Al contrario, le confía el cuidado de los hermanos.

Así actúa el Resucitado. Él no descarta a los heridos. Los sana y los convierte en servidores de otros heridos.

Por eso esta Palabra es tan luminosa para nuestra intención orante de hoy: orar por quienes sufren en el cuerpo y en el alma. Hay sufrimientos visibles: enfermedades, limitaciones físicas, dolores crónicos, tratamientos, cansancio, dependencia. Pero hay también sufrimientos invisibles: ansiedad, depresión, soledad, culpa, heridas familiares, duelos no resueltos, decepciones, sensación de fracaso, cansancio espiritual.

A todos ellos, el Señor les dice hoy: “No estás abandonado. Yo vuelvo a ti. Yo me siento contigo. Yo dialogo contigo. Yo no te reduzco a tu dolor. Yo te sigo llamando a la vida.”

El Evangelio termina con una palabra exigente y hermosa: “Sígueme.”

Después de la herida, “sígueme”.
Después del pecado, “sígueme”.
Después del llanto, “sígueme”.
Después de la enfermedad, “sígueme”.
Después de la noche oscura, “sígueme”.

Seguir a Cristo no significa no sufrir. Pedro mismo escuchará que su seguimiento lo llevará por caminos difíciles. Pero seguir a Cristo significa que el dolor ya no se vive solo, que la cruz ya no es un absurdo, que la fragilidad puede convertirse en lugar de encuentro con Dios.

Hermanos, hoy pidamos al Señor tres gracias.

Primero, la gracia de dejarnos mirar por Cristo. Que no huyamos de su mirada cuando nos sentimos indignos. Su mirada no destruye; reconstruye.

Segundo, la gracia de responder con sinceridad. No hace falta fingir una santidad que no tenemos. Basta decir: “Señor, tú sabes que quiero amarte, aunque soy débil.”

Y tercero, la gracia de cuidar a los demás desde nuestras propias heridas sanadas. Quien ha sufrido puede volverse más compasivo. Quien ha sido perdonado puede perdonar mejor. Quien ha sido levantado por Cristo puede ayudar a levantar a otros.

Que el Resucitado, coherente en su amor, fiel a su promesa, cercano a sus discípulos frágiles, visite hoy a todos los enfermos, a todos los tristes, a todos los abatidos, a todos los que sufren en el cuerpo y en el alma.

Y que, como Pedro, podamos decirle humildemente:

“Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero.”

Amén.

 

2

 

Queridos hermanos:

El Evangelio de hoy nos muestra una de las escenas más hermosas de la Pascua: Jesús Resucitado se encuentra con Pedro después de sus negaciones. Pedro había fallado. Había prometido fidelidad, pero en la hora de la prueba tuvo miedo y negó al Maestro tres veces.

Y, sin embargo, Jesús no lo rechaza. No lo humilla. No le pregunta: “¿Por qué me traicionaste?” Le pregunta algo mucho más profundo: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas?”

Tres veces Pedro lo negó; tres veces Jesús le permite responder desde el amor. Es como si el Señor sanara, una por una, las heridas de su caída.

Pedro ya no presume. Ya no dice que será más fiel que los demás. Responde con humildad: “Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero.”

Esta frase puede ser hoy nuestra oración, especialmente por quienes sufren en el cuerpo y en el alma:

Señor, tú lo sabes todo.
Tú sabes mi dolor, mi cansancio, mi enfermedad, mi tristeza, mis miedos.
Tú sabes que soy frágil, pero también sabes que quiero amarte.

Jesús se encuentra con Pedro allí donde está. No le exige un amor perfecto para volver a confiar en él. Acepta su amor pobre, sincero, herido, y desde ahí lo levanta. Pero no solo lo perdona: también le confía una misión: “Apacienta mis corderos… pastorea mis ovejas.”

Esto nos recuerda que Dios no espera a que seamos perfectos para llamarnos. Él nos toma como somos, con nuestras heridas y debilidades, pero nos invita a crecer, a amar más, a servir mejor.

En la primera lectura, san Pablo está prisionero por anunciar que Jesús, que había muerto, está vivo. Esa es la gran noticia que sostiene nuestra fe: Cristo vive. Y si Cristo vive, ninguna caída, ningún dolor, ninguna enfermedad, ninguna tristeza tiene la última palabra.

El salmo nos recuerda que el Señor reina desde el cielo, pero su reinado es de misericordia: aleja de nosotros nuestras culpas y nos cubre con su amor.

Hermanos, hoy Jesús también nos pregunta: “¿Me amas?” No para condenarnos, sino para sanarnos. No para avergonzarnos, sino para levantarnos.

Y después nos dice: “Sígueme.”

Sígueme en tu fragilidad.
Sígueme en tu enfermedad.
Sígueme en tu cansancio.
Sígueme aun con tus heridas.

Pidamos al Señor Resucitado que visite hoy a todos los que sufren en el cuerpo y en el alma, y que nos conceda responderle con humildad y confianza:

“Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero.”

Amén.

 

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22 de mayo: Santa Rita de Casia – Memoria opcional

1386–1457
Patrona de las víctimas de abuso, causas imposibles, enfermedades, heridas, paternidad y viudez.
Invocada contra los problemas matrimoniales, peleas y discordias, e infertilidad.
Canonizada por el Papa León XIII el 24 de mayo de 1900.



Cita:

"Queridos hermanos y hermanas, la devoción mundial a Santa Rita está simbolizada por la rosa. Se espera que la vida de quienes la veneran sea como la rosa recogida en el jardín de Roccaporena en el invierno antes de la muerte de la santa. Es decir, que sea una vida sostenida por un amor apasionado al Señor Jesús; una vida capaz de responder al sufrimiento y a las espinas con el perdón y la entrega total de sí mismo, para difundir por todas partes el buen olor de Cristo (cf. 2 Cor 2,15) mediante una proclamación constante del Evangelio."
~ Discurso de San Juan Pablo II


Reflexión:

Margherita Lotti, conocida como Rita, nació en un pequeño pueblo cerca de Casia, Italia, en el seno de una familia de padres de edad avanzada. Tras años de infertilidad, sus padres vieron en su nacimiento una respuesta directa de Dios. Desde niña, Rita mostró una fe tan profunda que sus padres le construyeron un pequeño oratorio en casa para orar. Su deseo era entrar al convento, pero siguiendo las costumbres de la época, fue entregada en matrimonio a los doce años.

Rita es venerada como patrona de las causas imposibles, en parte debido al matrimonio difícil y doloroso que soportó con paciencia y amor. Su esposo era conocido por su carácter violento y cruel, tanto en lo físico como en lo emocional. Sin embargo, durante los dieciocho años de matrimonio, sus oraciones y su testimonio de virtud suavizaron poco a poco el corazón de su esposo, quien finalmente se acercó a Dios.

Tuvieron dos hijos, posiblemente gemelos, a quienes Rita educó en la fe católica con devoción maternal. En ese tiempo, eran comunes los conflictos entre familias. Su esposo, Paolo, pertenecía a la familia Mancini, enemistada con la familia Chiqui. Rita rezaba a diario por el fin de esa rivalidad. Sus súplicas dieron fruto: Paolo, ya convertido, intentó reconciliarse con los Chiqui, pero fue asesinado con engaño.

En el funeral, Rita perdonó públicamente al asesino de su esposo. Pero su cuñado Bernardo instigó a sus hijos a vengar la muerte del padre. Ante su negativa a perdonar, Rita recurrió a la oración. Pidió a Dios que preservara a sus hijos del pecado mortal del asesinato, incluso si eso significaba llevarlos al cielo antes. Dios la escuchó, y ambos murieron de disentería en el plazo de un año.

Ya viuda y sin hijos, Rita pidió entrar al convento. Fue rechazada por haber sido casada y por el escándalo de la muerte violenta de su esposo. Entonces, se consagró a buscar la paz definitiva entre su familia y los Chiqui. Oró fervientemente por la intercesión de sus santos patronos: san Juan Bautista, san Agustín y san Nicolás de Tolentino. También pidió la ayuda de santa María Magdalena, patrona del convento que deseaba. Finalmente, la reconciliación llegó, y Rita fue admitida en el convento de Santa María Magdalena en Casia. Una antigua tradición piadosa dice que sus tres santos patronos la introdujeron milagrosamente al convento a través de sus puertas cerradas.

Durante los cuarenta años de vida religiosa, Rita vivió en oración profunda, muchas veces durante toda la noche. Aceptó penitencias severas con alegría y se alimentaba solo una vez al día, principalmente del Santísimo Sacramento. Su fama de santidad atrajo a muchos que buscaban su intercesión. Algunos testimonios atribuyen milagros a sus oraciones.

A los 60 años, en oración ante el crucifijo, recibió los estigmas en forma de una herida en la frente, causada por una espina de la corona de Cristo. Este don místico habría ocurrido después de escuchar una predicación de san Jaime de la Marca sobre la corona de espinas. La herida era tan dolorosa y repulsiva que pasó la última década de su vida en reclusión, incluso de las demás religiosas. Solo una vez salió del convento: en una peregrinación a Roma. Milagrosamente, la herida sanó antes del viaje y reapareció al regresar.

Rita murió de tuberculosis a los 70 años. Su cuerpo fue hallado incorrupto al ser exhumado, y hoy reposa en un relicario de cristal en la Basílica de Santa Rita en Casia. Se afirma que a veces su cuerpo se eleva y que un suave perfume inunda el lugar.

Santa Rita sufrió profundamente, pero unió todo ese dolor a los sufrimientos de Cristo. Su deseo de infancia de ser religiosa se cumplió después de una vida marcada por la violencia, la pérdida y la renuncia. Vivió la entrega radical, el perdón heroico, la penitencia amorosa y la obediencia santa.


Invitación final:

Medita en tus propios sufrimientos. Si alguno se asemeja a los de Santa Rita —en el matrimonio, la pérdida, la familia, la salud o las heridas del alma—, une ese dolor al de Cristo crucificado y permite que Él transforme tu cruz en resurrección. Así, como Rita, llevarás el buen olor de Cristo al mundo.


Oración:

Santa Rita, tú que sufriste tanto a lo largo de tu vida, abrazando con amor cada herida y uniéndola a la Pasión de tu Salvador,
intercede por mí,
para que yo también sea fortalecido en la caridad,
acepte con amor toda cruz,
y busque la paz en mi corazón y en los que me rodean.
Santa Rita de Casia, ruega por mí.
Jesús, en Ti confío. Amén.

miércoles, 20 de mayo de 2026

21 de mayo del 2026: jueves de la séptima semana de Pascua

 

La unidad no es uniformidad

(Juan 17,20-26) La unidad a la que Cristo nos llama tiene como modelo la que Él vive con su Padre. Es una unidad de naturaleza —la naturaleza divina— y una unidad de voluntades, pero que no suprime las diferencias. El Padre no es el Hijo y el Hijo no es el Padre. Cada uno tiene una identidad propia y un papel diferenciado en la historia de la salvación.

Ser uno con el Padre y el Hijo, ser uno entre nosotros: he aquí algo más complejo, porque siempre estamos tentados a confundir unidad con uniformidad, debido al desafío que representa la alteridad, es decir, la presencia del otro, distinto de mí.

Emmanuelle Billoteau, ermite

 


Primera lectura

Hch 22, 30; 23, 6-11

Tienes que dar testimonio en Roma

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.

EN aquellos días, queriendo el tribuno conocer con certeza los motivos por los que los judíos acusaban a Pablo, mandó desatarlo, ordenó que se reunieran los sumos sacerdotes y el Sanedrín en pleno y, bajando a Pablo, lo presentó ante ellos.
Pablo sabía que una parte eran fariseos y otra saduceos y gritó en el Sanedrín:
«Hermanos, yo soy fariseo, hijo de fariseo, se me está juzgando por la esperanza en la resurrección de los muertos».
Apenas dijo esto, se produjo un altercado entre fariseos y saduceos, y la asamblea quedó dividida. (Los saduceos sostienen que no hay resurrección ni ángeles ni espíritus, mientras que los fariseos admiten ambas cosas). Se armó un gran griterío, y algunos escribas del partido fariseo se pusieron en pie, porfiando:
«No encontramos nada malo en este hombre; ¿y si le ha hablado un espíritu o un ángel?».
El altercado arreciaba, y el tribuno, temiendo que hicieran pedazos a Pablo, mandó bajar a la guarnición para sacarlo de allí y llevárselo al cuartel.
La noche siguiente, el Señor se le presentó y le dijo:
«¡Ánimo! Lo mismo que has dado testimonio en Jerusalén de lo que a mí se refiere, tienes que darlo en Roma».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 15, 1b-2a y 5. 7-8. 9-10. 11 (R.: 1b)

R. Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti.

O bien:

R. Aleluya.

V. Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti.
Yo digo al Señor: «Tú eres mi Dios».
El Señor es el lote de mi heredad y mi copa,
mi suerte está en tu mano. R.

V. Bendeciré al Señor que me aconseja,
hasta de noche me instruye internamente.
Tengo siempre presente al Señor,
con él a mi derecha no vacilaré. R.

V. Por eso se me alegra el corazón,
se gozan mis entrañas,
y mi carne descansa esperanzada.
Porque no me abandonarás en la región de los muertos
ni dejarás a tu fiel ver la corrupción. R.

V. Me enseñarás el sendero de la vida,
me saciarás de gozo en tu presencia,
de alegría perpetua a tu derecha. R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Que todos sean uno —dice el Señor—,
como tú, Padre, en mí, y yo en ti,
para que el mundo crea que tú me has enviado. R.

 

Evangelio

Jn 17, 20-26

¡Que sean completamente uno!

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

EN aquel tiempo, Jesús, levantando los ojos al cielo, oró diciendo:
«No solo por ellos ruego, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado.
Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno, como nosotros somos uno; yo en ellos, y tú en mí, para que sean completamente uno, de modo que el mundo sepa que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí.
Padre, este es mi deseo: que los que me has dado estén conmigo donde yo estoy y contemplen mi gloria, la que me diste, porque me amabas, antes de la fundación del mundo.
Padre justo, si el mundo no te ha conocido, yo te he conocido, y estos han conocido que tú me enviaste. Les he dado a conocer y les daré a conocer tu nombre, para que el amor que me tenías esté en ellos, y yo en ellos».

Palabra del Señor.

 

1

 

Hermanos y hermanas:

En estos días finales del tiempo pascual, la Iglesia nos hace escuchar con insistencia la oración de Jesús antes de su pasión. No son palabras cualesquiera. Son palabras pronunciadas desde lo más hondo de su corazón, cuando se acerca la hora de entregar la vida. Jesús no está haciendo un discurso para quedar bien. Está orando. Está abriendo su intimidad ante el Padre. Y en esa oración aparecemos nosotros.

El Evangelio de hoy nos deja una frase que debería estremecernos:
“No ruego solo por ellos, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos.”

Jesús ora por los apóstoles, sí; pero también ora por todos los que, a lo largo de la historia, creerán gracias al testimonio de la Iglesia. Allí estamos nosotros. Allí están nuestras comunidades. Allí están los catequistas, los misioneros, los sacerdotes, los diáconos, los religiosos, las religiosas, los laicos comprometidos, las familias que transmiten la fe, los jóvenes llamados por Dios, los enfermos que evangelizan desde su cama, los ancianos que sostienen la Iglesia con su oración silenciosa.

Jesús ora por todos nosotros y pide una gracia fundamental:
“Que todos sean uno.”

Pero es importante entender bien esta unidad. La unidad que Jesús pide no significa que todos pensemos exactamente igual en todo, que tengamos el mismo temperamento, la misma sensibilidad, la misma manera de expresarnos o los mismos gustos pastorales. Jesús no pide una Iglesia de copias. No pide uniformidad. Pide comunión.

Alguien lo ha expresado muy bien: la unidad no es unicidad, no es borrar las diferencias. El modelo de nuestra unidad es la unidad entre el Padre y el Hijo. El Padre no es el Hijo, y el Hijo no es el Padre. Hay distinción, hay relación, hay identidad propia, pero hay amor perfecto, voluntad unida, entrega mutua.

Así debería ser también la Iglesia: diversa en carismas, ministerios, culturas, sensibilidades y vocaciones; pero una sola en la fe, en el amor, en la misión y en la fidelidad a Cristo.

A veces, en nuestras comunidades, confundimos unidad con que todos hagan lo que yo quiero. Decimos que queremos comunión, pero en el fondo queremos que los demás se parezcan a nosotros. Nos cuesta aceptar al que piensa distinto, al que trabaja de otra manera, al que tiene otro ritmo, otra historia, otro modo de servir.

Pero la unidad cristiana no nace de imponer una personalidad dominante. Nace de mirar juntos a Cristo. Una parroquia no está unida porque todos sean iguales, sino porque todos ponen a Jesús en el centro. Una comunidad no está unida porque no haya tensiones, sino porque sabe resolverlas desde la caridad. Una Iglesia no está unida porque no existan diferencias, sino porque el amor de Cristo es más grande que nuestras diferencias.

En la primera lectura vemos a san Pablo en medio del conflicto. Está ante el Sanedrín, entre fariseos y saduceos. El ambiente es tenso. Hay división, acusaciones, confusión. Pablo, sin embargo, permanece firme en lo esencial: su esperanza está puesta en la resurrección. Él no predica una idea personal ni defiende un interés propio. Da testimonio de Cristo vivo.

Y en medio de esa noche difícil, el Señor se le aparece y le dice:
“¡Ánimo! Lo mismo que has dado testimonio de mí en Jerusalén, tienes que darlo también en Roma.”

Qué palabra tan hermosa para quienes evangelizan: “¡Ánimo!”

La obra evangelizadora de la Iglesia no se realiza siempre en condiciones ideales. A veces se evangeliza en medio de incomprensiones, cansancios, críticas, divisiones, limitaciones humanas, escasez de recursos o falta de vocaciones. A veces quien anuncia el Evangelio siente que siembra mucho y recoge poco. A veces el sacerdote, el catequista, el misionero, el agente de pastoral o la familia cristiana pueden sentirse solos.

Pero el Señor sigue diciendo: “¡Ánimo!”

Ánimo, porque la misión no es nuestra: es de Cristo.
Ánimo, porque la Iglesia no camina sostenida solo por estrategias humanas, sino por la fuerza del Espíritu.
Ánimo, porque aun en medio de las crisis, Dios sigue llamando.
Ánimo, porque donde parece haber noche, también puede comenzar una misión nueva.

La oración de Jesús por la unidad tiene una finalidad misionera muy clara:
“Para que el mundo crea que tú me has enviado.”

Esto significa que la unidad de los cristianos evangeliza. Una comunidad reconciliada evangeliza. Una parroquia donde se respira fraternidad evangeliza. Un presbiterio unido evangeliza. Una familia que, aun con dificultades, permanece en el amor evangeliza. Un grupo apostólico que no compite sino que sirve evangeliza.

Por el contrario, nuestras divisiones oscurecen el Evangelio. Cuando la Iglesia se convierte en lugar de rivalidades, celos, murmuraciones o luchas de poder, se debilita el testimonio. La gente no solo escucha lo que decimos de Jesús; también mira cómo nos tratamos entre nosotros.

Por eso, pedir vocaciones no es solamente pedir que haya más sacerdotes, religiosas o misioneros. Es pedir también que existan comunidades capaces de acoger, acompañar y sostener esas vocaciones. Una vocación nace muchas veces en un ambiente donde se respira fe, alegría, servicio y fraternidad. Cuando un joven ve una comunidad viva, puede preguntarse: “¿Y si Dios me está llamando también a mí?” Pero cuando ve una comunidad dividida, herida por chismes o indiferencias, puede cerrarse al llamado.

Hoy oremos por la obra evangelizadora de la Iglesia y por las vocaciones. Oremos para que el Señor siga llamando obreros a su mies. Oremos por los jóvenes que sienten inquietud vocacional, para que no tengan miedo. Oremos por los sacerdotes, para que vivan unidos a Cristo y sirvan con alegría. Oremos por los religiosos y religiosas, para que sean signo del Reino. Oremos por los laicos comprometidos, para que descubran que también su vida familiar, profesional y social es lugar de misión.

Pero pidamos también algo muy concreto: que nuestras comunidades sean terreno bueno para las vocaciones. Que no espantemos los llamados de Dios con nuestras divisiones. Que no apaguemos el entusiasmo de los jóvenes con nuestra frialdad. Que no reduzcamos la evangelización a eventos, sino que la vivamos como testimonio de comunión.

El salmo de hoy nos pone en los labios una súplica sencilla y profunda:
“Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti.”

Necesitamos refugiarnos en Dios para vivir la unidad. Porque solos no podemos. La unidad no se fabrica con decretos ni con buenas intenciones superficiales. La unidad se recibe como gracia y se trabaja como tarea. Hay que pedirla y construirla. Hay que orarla y practicarla. Hay que defenderla en lo pequeño: evitando una palabra que hiere, frenando una murmuración, pidiendo perdón, escuchando al otro, reconociendo el valor del servicio ajeno.

Jesús termina el Evangelio expresando su deseo más profundo:
“Padre, quiero que los que me diste estén conmigo donde yo estoy.”

Ese es el destino final de la evangelización: llevar a los hijos de Dios a la comunión plena con Cristo. No evangelizamos para aumentar números, ni para ganar prestigio, ni para llenar estadísticas. Evangelizamos para que todos conozcan el amor del Padre revelado en Jesús. Evangelizamos para que nadie se sienta huérfano de Dios. Evangelizamos para que el mundo crea que Cristo vive.

Hermanos y hermanas, que esta Eucaristía nos ayude a comprender que la unidad no borra la diversidad, sino que la purifica y la pone al servicio del Reino. Que cada uno, desde su vocación, pueda decir: “Señor, aquí estoy; hazme instrumento de comunión y de misión.”

Y que Jesús, que oró por nosotros antes de entregar su vida, siga intercediendo por su Iglesia, para que seamos uno, para que el mundo crea, y para que nunca falten corazones generosos dispuestos a anunciar el Evangelio.

Amén.

 

2

 

Hermanos y hermanas:

En el Evangelio de hoy escuchamos una de las expresiones más hermosas de la oración sacerdotal de Jesús:
“Padre, este es mi deseo: que los que me confiaste estén conmigo donde yo estoy y contemplen mi gloria.”

Jesús está orando al Padre antes de su pasión. Sabe que se acerca la cruz, sabe que sus discípulos serán probados, sabe que la Iglesia nacerá en medio de fragilidades, persecuciones y divisiones. Pero en ese momento decisivo, Jesús no piensa solo en el sufrimiento que le espera; piensa en nosotros. Ora por los que creen y por los que creerán. Ora por la Iglesia. Ora por cada uno de nosotros.

Y hay una frase que puede iluminar profundamente nuestra vida espiritual: nosotros somos un regalo del Padre para Jesús. No somos un accidente, no somos un número más, no somos simples espectadores dentro de la historia de la salvación. Somos amados, llamados, entregados por el Padre al Hijo. Cada creyente, cada bautizado, cada vocación, cada vida entregada al Evangelio es un don precioso en el corazón de Cristo.

Qué importante es recordar esto en un mundo donde tantas personas se sienten inútiles, descartadas, solas o sin valor. El Evangelio nos dice hoy: tú eres un regalo para Dios. Tu vida tiene una dignidad inmensa. Tu existencia está envuelta en el amor eterno del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Jesús no nos mira como extraños. Nos mira como aquellos que el Padre le ha confiado. Nos mira con amor, con ternura, con esperanza. Por eso pide que estemos con Él, que contemplemos su gloria, que participemos de su vida. La meta de la fe no es simplemente cumplir normas, sino vivir unidos a Cristo, entrar en comunión con la Trinidad, dejarnos transformar por ese amor divino.

La primera lectura nos presenta a Pablo en medio de una situación difícil. Está siendo juzgado, cuestionado, rodeado de tensiones. Sin embargo, permanece firme en su testimonio. Pablo no se predica a sí mismo; anuncia a Cristo resucitado. Su fuerza no viene de la comodidad ni del reconocimiento humano, sino de saberse enviado por Dios.

Y en medio de la noche, el Señor se le aparece y le dice:
“¡Ánimo! Lo mismo que has dado testimonio de mí en Jerusalén, tienes que darlo también en Roma.”

Esta palabra es también para nosotros: ¡ánimo!
Ánimo para la Iglesia que evangeliza en medio de dificultades.
Ánimo para los sacerdotes, diáconos, religiosos, religiosas y laicos comprometidos.
Ánimo para quienes anuncian el Evangelio aunque no siempre vean frutos inmediatos.
Ánimo para los jóvenes que sienten una inquietud vocacional y tienen miedo de responder.
Ánimo para las familias que quieren transmitir la fe a sus hijos en un ambiente muchas veces indiferente o contrario a Dios.

La obra evangelizadora de la Iglesia nace precisamente de esta certeza: somos amados por Dios y enviados a compartir ese amor. Nadie puede evangelizar de verdad si antes no se ha sentido amado, elegido y sostenido por el Señor. La misión no comienza con técnicas ni estrategias, sino con una experiencia profunda: Cristo me ama, Cristo me llama, Cristo me envía.

Por eso, pedir vocaciones no es solo pedir que haya más sacerdotes o religiosas. Es pedir que haya corazones capaces de descubrir que su vida puede ser un don. Una vocación nace cuando alguien comprende: “Mi vida no es solo para mí; mi vida puede ser entregada por amor.” Así nace la vocación sacerdotal, religiosa, misionera, matrimonial, laical y evangelizadora.

Toda vocación auténtica es una respuesta al amor recibido. Dios nos regala a Cristo y Cristo nos devuelve al Padre como una ofrenda viva. El Espíritu Santo habita en nosotros para que nuestra vida sea cada vez más bella, más generosa, más fecunda, más disponible.

El salmo de hoy nos ayuda a poner esta confianza en oración:
“Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti.”

Quien se sabe regalo de Dios no vive desde el miedo, sino desde la confianza. No significa que no haya pruebas, como las tuvo Pablo. No significa que no haya cansancio, incomprensiones o dificultades. Significa que, aun en medio de todo, sabemos en quién hemos puesto nuestra esperanza.

La Iglesia necesita evangelizadores que vivan desde esta certeza. No personas perfectas, sino personas habitadas por el amor de Dios. No servidores que busquen protagonismo, sino discípulos que se sepan don recibido y don entregado. No comunidades encerradas en sí mismas, sino comunidades que comuniquen la alegría de pertenecer a Cristo.

Jesús pide al Padre que el amor con que Él lo amó esté también en nosotros. Esa es la raíz de toda evangelización: dejar que el amor de Dios habite en nosotros para que otros puedan descubrirlo.

Hermanos y hermanas, hoy demos gracias porque somos regalo de Dios. Y pidamos la gracia de vivir como tal. Que nuestra vida no sea una carga para los demás, sino una bendición. Que nuestras palabras no dividan, sino que animen. Que nuestro servicio no busque aplausos, sino que revele a Cristo. Que nuestras comunidades sean lugares donde puedan nacer y crecer nuevas vocaciones.

Oremos hoy por la obra evangelizadora de la Iglesia y por las vocaciones. Que el Señor llame muchos corazones generosos. Que los llamados respondan sin miedo. Que los evangelizadores no se cansen. Que la Iglesia siga anunciando con alegría que cada vida, cuando se deja tocar por Dios, puede convertirse en un regalo de amor para el mundo.

Amén.

 

Honoré de Balzac: el novelista que convirtió la sociedad en espejo del alma

 


Este 20 de mayo, se recuerda el nacimiento de Honoré de Balzac, uno de esos nombres que muchos oímos primero en las aulas, quizá antes de haberlo leído de verdad. En mi caso, su nombre llegó en aquellas clases de español y literatura de la infancia y la adolescencia, cuando los profesores mencionaban a los grandes autores europeos como si fueran montañas lejanas: Víctor Hugo, Flaubert, Zola, Dickens, Dostoievski… y, por supuesto, Balzac.

Pero Balzac no se quedó solamente en una referencia escolar. En mi memoria de niño hay una huella más viva: la adaptación televisiva de Piel de zapa, emitida por PUNCH en la televisión colombiana. Aquella historia del hombre que, al poseer un talismán mágico, veía cómo cada deseo cumplido le acortaba la vida, me impresionó profundamente. Tal vez uno no entendía entonces toda la profundidad filosófica de la obra, pero sí percibía algo inquietante: que desear sin medida puede devorar el alma; que no todo lo que se quiere conviene; que la vida se achica cuando el corazón se entrega a la ambición, al placer o al poder sin freno. La telenovela colombiana de Piel de zapa, producida por PUNCH en 1979 y basada en la obra de Balzac, forma parte de esa época en que la televisión nacional se atrevía a acercar grandes obras literarias al público masivo. 

(Wikipedia)


Honoré de Balzac nació en Tours, Francia, el 20 de mayo de 1799, y murió en París el 18 de agosto de 1850. Su gran proyecto literario fue La comedia humana, un inmenso conjunto de novelas y relatos con el que quiso retratar la sociedad francesa posterior a la Revolución y al Imperio napoleónico. Britannica lo presenta como uno de los grandes artífices de la forma moderna de la novela, y como uno de los novelistas más importantes de todos los tiempos. (Encyclopedia Britannica)

Balzac fue un trabajador desmesurado, casi volcánico. Vivió entre deudas, proyectos editoriales fallidos, sueños de grandeza, amores difíciles y una disciplina feroz de escritura. Antes de alcanzar la gloria literaria, intentó abrirse camino como impresor, editor y hombre de negocios, pero esos intentos lo dejaron cargado de deudas. De esa experiencia nació, en parte, su conocimiento del dinero, de los acreedores, de las apariencias sociales, de la ambición y de la fragilidad humana. Balzac no escribía desde una torre de marfil: escribía desde la batalla.

Su obra no es solamente literatura: es un gran mapa moral y social. En La comedia humana quiso hacerle, como se ha dicho muchas veces, “la competencia al registro civil”: crear una humanidad paralela, con personajes que aparecen, desaparecen y vuelven a surgir en distintas novelas, como sucede en la vida real. Se habla de alrededor de noventa obras y de más de dos mil personajes. Allí están los pobres, los banqueros, los artistas, los arribistas, los sacerdotes, las mujeres sacrificadas, los políticos, los provincianos que sueñan con París, los padres destruidos por el amor a sus hijos, los jóvenes devorados por el deseo de ascender. (EBSCO)

Entre sus obras más recordadas están Eugenia Grandet, Papá Goriot, Las ilusiones perdidas, Esplendores y miserias de las cortesanas, La prima Bette, El lirio en el valle y, por supuesto, La piel de zapa. En todas ellas aparece una mirada implacable, pero no superficial. Balzac observa la ropa, los muebles, las calles, los gestos, las habitaciones, las deudas y los silencios porque sabe que la vida moral también se esconde en los objetos. Una casa, un vestido, una mesa pobre, una pensión oscura o un salón elegante pueden revelar el alma de sus habitantes.

Por eso Balzac es considerado uno de los padres del realismo literario. Pero su realismo no es una simple fotografía de la realidad. Es una radiografía. Balzac no se conforma con contar qué pasa: quiere mostrar por qué pasa, qué fuerzas invisibles mueven a los hombres, cómo el dinero puede deformar los afectos, cómo la ambición puede disfrazarse de virtud, cómo la sociedad premia a veces al astuto y humilla al justo. La Biblioteca Nacional de Francia destaca precisamente esa ambición de mirar “científicamente” a los hombres para describir los engranajes de la sociedad. (Essentiels)

Y aquí aparece una pregunta importante: ¿qué lugar ocupaba Dios en la vida y en la obra de Balzac?

Balzac no fue un santo de vitral ni un escritor piadoso en el sentido convencional. Su vida personal fue compleja, apasionada, contradictoria, marcada por relaciones sentimentales, excesos, deudas y una búsqueda casi febril de reconocimiento. Pero tampoco fue un materialista plano ni un enemigo de la religión. Fue, más bien, un hombre fascinado por el misterio, por el alma, por la lucha entre lo visible y lo invisible.

En el prólogo de La comedia humana, Balzac afirma que escribe bajo la luz de dos verdades que él considera fundamentales: la Religión y la Monarquía. Esta afirmación revela su visión conservadora de la sociedad, pero también su convicción de que el ser humano no puede entenderse sin una referencia moral y espiritual superior. (Balzac Analyse)

¿Era católico Balzac? En el contexto francés de su tiempo, puede decirse que Balzac estaba profundamente marcado por el catolicismo cultural y por una visión cristiana del orden moral. Defendía la religión como fundamento social, veía en la Iglesia una fuerza de cohesión y reconocía que sin trascendencia el hombre quedaba expuesto al dominio del dinero, del orgullo y del deseo. Pero su espiritualidad no fue sencilla ni estrictamente doctrinal. También se interesó por corrientes místicas, por Swedenborg, por el ocultismo y por especulaciones espirituales propias del siglo XIX. En Séraphîta, por ejemplo, se adentra en un mundo místico, simbólico y casi angelical, inspirado en ideas de Swedenborg sobre la elevación espiritual del ser humano. (Balzac Analyse)

En su obra, Dios no siempre aparece nombrado directamente, pero sí aparece la pregunta por el juicio moral. Balzac nos muestra un mundo donde cada deseo tiene consecuencias, donde la codicia destruye, donde el egoísmo seca el corazón, donde el dinero puede convertirse en falso dios. En La piel de zapa, el talismán que se encoge con cada deseo es una parábola estremecedora: el hombre que quiere poseerlo todo termina perdiéndose a sí mismo. Leída desde una sensibilidad cristiana, la novela recuerda aquella pregunta evangélica: “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?”

Balzac comprendió como pocos que el pecado no siempre se presenta con rostro monstruoso. Muchas veces llega vestido de éxito, de ascenso social, de refinamiento, de deseo legítimo llevado al exceso. Sus personajes no son caricaturas: son seres humanos ambiguos, capaces de ternura y de ruindad, de sacrificio y de egoísmo, de grandeza y de caída. Por eso siguen siendo actuales. Porque seguimos viviendo en una sociedad donde el dinero, la fama, el prestigio, la apariencia y el consumo pueden devorar la interioridad.

Sus últimos años fueron duros. Después de una larga relación epistolar y sentimental con la condesa polaca Ewelina Hańska, Balzac logró casarse con ella en 1850, pocos meses antes de morir. Llegó a París ya enfermo, debilitado por años de trabajo excesivo, mala salud y una vida llevada al límite. Estudios médicos modernos han señalado que murió a los 51 años por una gangrena asociada a insuficiencia cardíaca congestiva. (Encyclopedia Britannica)

La muerte de Balzac tuvo algo de escena literaria. Victor Hugo lo visitó en sus últimos momentos y luego pronunció palabras memorables en su funeral. Balzac fue sepultado en el cementerio Père-Lachaise de París. Moría el hombre, pero quedaba en pie una de las arquitecturas narrativas más impresionantes de la literatura universal.

Hoy, más de dos siglos después de su nacimiento, Balzac sigue hablándonos. Su influencia llega a Flaubert, Zola, Proust, Dickens, Dostoievski, Henry James y a tantos narradores modernos que han entendido la novela como un gran laboratorio del alma humana. La crítica literaria sigue reconociendo su lugar central en la tradición de la novela europea y su condición de maestro del realismo. (Cambridge University Press & Assessment)

Pero quizá su actualidad no está solo en la técnica narrativa. Está en su diagnóstico espiritual. Balzac vio venir un mundo donde el dinero iba a organizar los deseos, las relaciones, los matrimonios, las vocaciones y hasta la conciencia. Vio que la sociedad moderna podía producir hombres brillantes y vacíos, triunfadores y derrotados al mismo tiempo. Vio que la ambición podía comerse la vida como aquella piel mágica que se encogía con cada deseo.

Por eso, recordar a Balzac no es solamente rendir homenaje a un clásico. Es mirarnos en un espejo incómodo. Es preguntarnos qué deseos están achicando nuestra alma. Es reconocer que la literatura, cuando es grande, no envejece: cambia de lectores, cambia de época, cambia de pantalla, pero sigue interrogando el corazón humano.

Y para quienes, como yo, lo conocimos primero por una mención escolar y luego por una telenovela que dejó huella en la imaginación infantil, Balzac representa también algo entrañable: el poder de la cultura para sembrar preguntas que solo los años nos ayudan a comprender. Aquella Piel de zapa que impresionó mi mente de niño era mucho más que una historia fantástica. Era una advertencia. Era una parábola moderna. Era, sin que yo lo supiera entonces, una puerta hacia uno de los grandes exploradores del alma humana.

Honoré de Balzac nos recuerda que la vida no se mide por la cantidad de deseos cumplidos, sino por la profundidad con que aprendemos a vivir, amar, renunciar y buscar aquello que no se encoge: la verdad, el bien, la belleza y, en último término, Dios.

 

22 de mayo del 2026: viernes de la séptima semana de Pascua- Santa Rita de Casia- memoria opcional

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