sábado, 11 de julio de 2026

12 de julio del 2026: decimoquinto domingo del tiempo ordinario-Ciclo A

 

Cuando la Palabra toca tierra


(Is 55,10-11 / Sal 65(64),10.11.12-13. 14 / Rm 8,18-23 /)

Mt 13,1-23 (forma larga) o Mt 13,1-9 (forma breve).

La Palabra brota hoy como agua libre. Rasga las nubes y busca la tierra con el ardor de quien tiene sed. Nada la detiene. No busca causar efecto; busca el corazón. No pretende impresionar, sino fecundar.

Como la semilla del sembrador, cae en todas partes: sobre los caminos endurecidos, en los terrenos pedregosos, en medio de los espinos, pero también en la tierra buena. Dios no se cansa de sembrar, incluso allí donde todo parece perdido. Confía en la fuerza escondida de su Palabra.

La verdadera pregunta no es solamente: «¿Qué dice Dios hoy?», sino más bien: «¿En qué clase de tierra caerá su Palabra dentro de mí?». ¿Encontrará un corazón cerrado, superficial, ocupado por las preocupaciones, o una tierra disponible, profunda y paciente?

La Palabra nunca vuelve sin fruto. Pero para que produzca treinta, sesenta o ciento por uno, es necesario acogerla, dejarla descender, permitirle echar raíces y transformar nuestra manera de vivir.

Dichoso quien escucha la Palabra con un corazón abierto y le permite convertirse en él en perdón, esperanza, servicio y vida nueva.

G.Q


 

Primera lectura

Is 55, 10-11
La lluvia hace germinar la tierra

Lectura del libro de Isaías.

ESTO dice el Señor:
«Como bajan la lluvia y la nieve desde el cielo,
y no vuelven allá sino después de empapar la tierra,
de fecundarla y hacerla germinar,
para que dé semilla al sembrador
y pan al que come,
así será mi palabra que sale de mi boca:
no volverá a mí vacía,
sino que cumplirá mi deseo
y llevará a cabo mi encargo».

Palabra de Dios..

 

Salmo

Sal 64, 10abcd. 10e-11. 12-13. 14 (R.: Lc 8, 8)

R. La semilla cayó en tierra buena, y dio fruto.

V. Tú cuidas la tierra, la riegas
y la enriqueces sin medida;
la acequia de Dios va llena de agua,
preparas los trigales.
R.

V. Así preparas la tierra.
Riegas los surcos,
igualas los terrones,
tu llovizna los deja mullidos,
bendices sus brotes.
R.

V. Coronas el año con tus bienes,
tus carriles rezuman abundancia;
rezuman los pastos del páramo,
y las colinas se orlan de alegría.
R.

V. Las praderas se cubren de rebaños,
y los valles se visten de mieses,
que aclaman y cantan.
R.

 

Segunda lectura

Rom 8, 18-23

La creación, expectante, está aguardando la manifestación de los hijos de Dios

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos.

HERMANOS:
Considero que los sufrimientos de ahora no se pueden comparar con la gloria que un día se nos manifestará. Porque la creación, expectante, está aguardando la manifestación de los hijos de Dios; en efecto, la creación fue sometida a la frustración, no por su voluntad, sino por aquel que la sometió, con la esperanza de que la creación misma sería liberada de la esclavitud de la corrupción, para entrar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios.
Porque sabemos que hasta hoy toda la creación está gimiendo y sufre dolores de parto.
Y no solo eso, sino que también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos en nuestro interior, aguardando la adopción filial, la redención de nuestro cuerpo.

Palabra de Dios.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. La semilla es la palabra de Dios, y el sembrador es Cristo;
todo el que lo encuentra vive para siempre.
R.

 

Evangelio

Mt 13, 1-23 (forma larga)

Salió el sembrador a sembrar

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

AQUEL día, salió Jesús de casa y se sentó junto al mar. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó y toda la gente se quedó de pie en la orilla.
Les habló muchas cosas en parábolas:
«Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, una parte cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se la comieron.
Otra parte cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y como la tierra no era profunda brotó enseguida; pero en cuanto salió el sol, se quemó y por falta de raíz se secó.
Otra cayó entre abrojos, que crecieron y la ahogaron.
Otra cayó en tierra buena y dio fruto: una, ciento; otra, sesenta; otra, treinta.
El que tenga oídos, que oiga».
Se le acercaron los discípulos y le preguntaron:
«¿Por qué les hablas en parábolas?».
Él les contestó:
«A ustedes se les han dado a conocer los secretos del reino de los cielos y a ellos no.
Porque al que tiene se le dará y tendrá de sobra, y al que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene. Por eso les hablo en parábolas, porque miran sin ver y escuchan sin oír ni entender. Así se cumple en ellos la profecía de Isaías:
“Ustedes oirán con los oídos sin entender;
mirarán con los ojos sin ver;
porque está embotado el corazón de este pueblo,
son duros de oído, han cerrado los ojos;
para no ver con los ojos, ni oír con los oídos,
ni entender con el corazón,
ni convertirse para que yo los cure”.
Pero bienaventurados los ojos de ustedes porque ven y los oídos de ustedes porque oyen. En verdad les digo que muchos profetas y justos desearon ver lo que ven y no lo vieron, y oír lo que oyen y no lo oyeron.
Ustedes, pues, oigan lo que significa la parábola del sembrador: si uno escucha la palabra del reino sin entenderla, viene el Maligno y roba lo sembrado en su corazón. Esto significa lo sembrado al borde del camino.
Lo sembrado en terreno pedregoso significa el que escucha la palabra y la acepta enseguida con alegría; pero no tiene raíces, es inconstante, y en cuanto viene una dificultad o persecución por la palabra, enseguida sucumbe.
Lo sembrado entre abrojos significa el que escucha la palabra; pero los afanes de la vida y la seducción de las riquezas ahogan la palabra y se queda estéril. Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la palabra y la entiende; ese da fruto y produce ciento o sesenta o treinta por uno».

Palabra del Señor.

Mt 13, 1-9 (forma breve)

Salió el sembrador a sembrar

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

AQUEL día, salió Jesús de casa y se sentó junto al mar. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó y toda la gente se quedó de pie en la orilla.
Les habló muchas cosas en parábolas:
«Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, una parte cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se la comieron.
Otra parte cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y como la tierra no era profunda brotó enseguida; pero en cuanto salió el sol, se quemó y por falta de raíz se secó.
Otra cayó entre abrojos, que crecieron y la ahogaron.
Otra cayó en tierra buena y dio fruto: una, ciento; otra, sesenta; otra, treinta.
El que tenga oídos, que oiga».

Palabra del Señor.

 

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Aproximación psicológica-social al evangelio

 

Una Palabra que encuentra nuestras resistencias

La parábola del sembrador puede leerse también como una descripción del mundo interior de la persona y de las presiones sociales que influyen en su manera de vivir la fe.

El camino endurecido representa una conciencia saturada. Vivimos expuestos a noticias, opiniones, pantallas, preocupaciones y estímulos permanentes. Escuchamos muchas cosas, pero nos cuesta detenernos, interiorizar y discernir. La Palabra llega, pero encuentra una mente dispersa y un corazón protegido por la indiferencia, el cansancio o las heridas acumuladas.

El terreno pedregoso refleja una personalidad que se entusiasma fácilmente, pero que tiene dificultad para perseverar. En una cultura que busca resultados inmediatos y emociones intensas, también la fe puede convertirse en una experiencia pasajera. Se recibe con alegría mientras consuela, pero se abandona cuando exige esfuerzo, paciencia, renuncia o compromiso. Sin raíces interiores, cualquier dificultad puede provocar frustración y deserción.

Los espinos representan el corazón dividido. Las preocupaciones económicas, el miedo al futuro, la necesidad de reconocimiento y la comparación constante con los demás pueden ocupar todo el espacio interior. La persona desea escuchar a Dios, pero vive atrapada por la ansiedad, la productividad, el consumo y la presión social por alcanzar el éxito. La fe no desaparece necesariamente, pero queda sofocada y pierde capacidad para orientar la vida.

La tierra buena no es una personalidad sin conflictos ni una existencia libre de dificultades. Es la persona que reconoce sus resistencias, acepta ser trabajada interiormente y aprende a integrar la Palabra en sus decisiones, relaciones y responsabilidades. Es alguien capaz de detenerse, escuchar, elaborar sus heridas, ordenar sus deseos y abrirse a una vida más libre y fecunda.

Desde una perspectiva social, la parábola también cuestiona los ambientes que creamos. Hay familias, instituciones y comunidades que pueden endurecer, llenar de piedras o sembrar espinos en las personas. Pero también podemos construir espacios donde la escucha, la confianza, el acompañamiento y la misericordia permitan que cada ser humano crezca.

Jesús no clasifica definitivamente a las personas. Nos recuerda que el terreno puede transformarse. El corazón endurecido puede ablandarse, las piedras pueden retirarse y los espinos pueden ser arrancados. La gracia de Dios y un acompañamiento humano cercano pueden abrir nuevamente caminos de esperanza.

La pregunta no es solamente qué tipo de tierra soy, sino también: ¿qué clase de terreno ayudo a crear para los demás?

 

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Homilías

 

1

 

Cuando la Palabra toca tierra

 

Queridos hermanos:

La liturgia de este domingo nos coloca ante una imagen profundamente sencilla y, al mismo tiempo, llena de misterio: una semilla que cae sobre la tierra.

Jesús sale de casa, se sienta junto al lago, sube a una barca y desde allí comienza a enseñar. Delante de Él hay una multitud. Son personas distintas, con historias diferentes, con heridas, esperanzas, búsquedas y también resistencias. Y Jesús les habla de algo que todos podían comprender: un sembrador salió a sembrar.

La Palabra de Dios brota hoy como agua libre. Desciende del cielo, busca la tierra y nada puede detenerla. No viene para producir un efecto pasajero. No busca simplemente emocionarnos, sorprendernos o dejarnos una bella idea. Busca el corazón. Quiere entrar, fecundar, echar raíces y transformar nuestra existencia.

La pregunta de este domingo no es únicamente: ¿qué nos dice Dios? La pregunta más profunda es: ¿qué clase de tierra encontrará su Palabra en nosotros?

1. La Palabra que desciende como lluvia

La primera lectura, tomada del profeta Isaías, nos presenta una de las imágenes más hermosas de toda la Escritura:

«Como bajan la lluvia y la nieve del cielo y no vuelven allá sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, así será mi palabra, que sale de mi boca: no volverá a mí vacía».

Isaías habla a un pueblo cansado y desanimado. Israel vive la experiencia del destierro. Muchos sienten que las promesas de Dios han fracasado, que el futuro se ha cerrado y que ya no hay razones para esperar.

En medio de ese desaliento, el profeta anuncia que la Palabra de Dios sigue actuando.

La lluvia cae sobre una tierra que puede parecer seca, dura y sin vida. Durante algún tiempo no se ve nada. Sin embargo, poco a poco, la tierra se humedece, la semilla se abre, aparecen las raíces y comienza a brotar la vida.

Así actúa Dios.

Nosotros queremos resultados rápidos. Queremos que una oración sea respondida de inmediato. Queremos que una predicación cambie enseguida a quienes la escuchan. Queremos que nuestros hijos, nuestras familias y nuestras comunidades respondan inmediatamente.

Pero la Palabra de Dios trabaja muchas veces en silencio. Puede permanecer escondida durante años y despertar cuando llega el momento oportuno.

Una frase escuchada en la infancia puede regresar a la memoria durante una enfermedad. Un consejo recibido hace mucho tiempo puede orientar una decisión. Una oración de una madre puede seguir acompañando a un hijo cuando aparentemente se ha alejado de Dios.

La Palabra no vuelve vacía.

Tal vez nosotros no veamos todo el fruto, pero Dios sabe dónde ha caído la semilla y cuánto tiempo necesita para germinar.

2. El salmo: Dios visita y fecunda la tierra

El salmo responsorial prolonga esta imagen de la lluvia y de la fecundidad:

«La semilla cayó en tierra buena y dio fruto».

El salmista contempla a Dios visitando la tierra, regándola, enriqueciendo los surcos y bendiciendo sus brotes.

La creación aparece como una gran obra de la providencia divina. Dios no abandona la tierra. La visita, la cuida y la prepara para que produzca alimento.

También nosotros somos tierra visitada por Dios.

Él nos visita mediante su Palabra, mediante los sacramentos, las personas que coloca en nuestro camino, las alegrías y también las dificultades.

A veces nos visita mediante una consolación. Otras veces nos visita a través de una llamada a la conversión. En ocasiones su Palabra acaricia; en otras, remueve la tierra y rompe las durezas.

Porque una tierra que nunca es removida termina endureciéndose.

También nuestro corazón puede endurecerse por el orgullo, las decepciones, el resentimiento, la rutina o el pecado. Por eso necesitamos permitir que Dios abra surcos nuevos en nosotros.

La Palabra no siempre viene a decirnos lo que queremos escuchar. Viene a revelarnos lo que necesitamos cambiar.

3. El sembrador generoso

En el Evangelio sorprende la generosidad del sembrador.

No calcula demasiado. No se limita a sembrar únicamente en el terreno que le garantiza buenos resultados. Lanza la semilla sobre el camino, entre las piedras, en medio de los espinos y también sobre la tierra buena.

Podríamos pensar que actúa con poca prudencia. ¿Por qué desperdiciar la semilla?

Pero la parábola no trata de un agricultor descuidado. Habla de un Dios generoso.

Dios no se cansa de sembrar, incluso en quienes parecen poco dispuestos. No deja de llamar al pecador. No abandona al que se ha endurecido. No dice: «En este corazón ya no vale la pena sembrar».

Dios sigue confiando en nosotros.

Sabe que un camino endurecido puede ser abierto. Sabe que las piedras pueden ser retiradas. Sabe que los espinos pueden arrancarse. Sabe que una tierra seca puede volver a florecer.

Por eso esta parábola es también una parábola de esperanza.

No debemos mirar a ninguna persona como definitivamente perdida. No debemos perder la esperanza en nuestros hijos, en nuestras familias, en nuestros jóvenes ni en nuestras comunidades.

Tal vez la semilla aún no ha encontrado profundidad. Tal vez está luchando entre espinos. Tal vez necesita tiempo. Pero Dios continúa sembrando.

4. Los cuatro terrenos dentro de nosotros

Jesús describe cuatro terrenos diferentes. No debemos pensar que representan cuatro grupos separados y permanentes de personas.

En realidad, todos llevamos dentro algo de cada terreno.

Hay momentos en los que somos camino endurecido; otros en los que somos terreno pedregoso; a veces estamos llenos de espinos; y, por la gracia de Dios, también podemos ser tierra buena.

El camino endurecido

La semilla cae al borde del camino y los pájaros se la comen.

Representa a quien escucha la Palabra, pero no permite que entre en su corazón.

Hoy vivimos rodeados de palabras. Recibimos mensajes, noticias, videos, opiniones y comentarios a todas horas. Escuchamos mucho, pero interiorizamos poco.

Incluso podemos venir a la Eucaristía y permanecer distraídos. El cuerpo está presente, pero la mente está en el trabajo, en el teléfono, en los problemas, en lo que ocurrió ayer o en lo que haremos después.

La Palabra pasa, pero no entra.

No siempre rechazamos a Dios. A veces simplemente no le prestamos atención.

El primer desafío es recuperar el silencio interior. La Palabra necesita un espacio donde posarse.

El terreno pedregoso

La semilla germina con rapidez, pero no tiene profundidad.

Representa una fe de entusiasmo momentáneo.

Hay personas que se emocionan con un retiro, una celebración o una predicación. Prometen cambiar, comienzan con fuerza, pero cuando aparece la dificultad abandonan.

La fe no puede sostenerse solamente con emociones.

Necesita raíces: oración perseverante, sacramentos, formación, comunidad y compromiso.

La profundidad de nuestra fe no se mide en los momentos fáciles, sino cuando llega la prueba.

Cuando enfrentamos una enfermedad, una pérdida, una crítica o una decepción, entonces se descubre si la Palabra ha echado raíces.

Los espinos

La semilla cae entre espinos y estos terminan ahogándola.

Jesús dice que los espinos son las preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas.

Las preocupaciones son reales. Debemos trabajar, sostener a nuestras familias, atender responsabilidades y pensar en el futuro.

El problema surge cuando esas preocupaciones ocupan todo el corazón.

También los bienes materiales pueden convertirse en espinos cuando dejamos que definan nuestro valor, nuestra seguridad y nuestra felicidad.

Podemos tener muchas cosas y poca paz. Podemos estar permanentemente conectados y sentirnos profundamente solos. Podemos conocer lo que ocurre en el mundo y desconocer lo que sucede dentro de nuestra alma.

Los espinos no destruyen inmediatamente la planta. La ahogan lentamente.

Así sucede con la fe. No siempre desaparece de golpe. A veces se va debilitando poco a poco: dejamos de orar, postergamos la Eucaristía, descuidamos la reconciliación, alimentamos resentimientos y permitimos que otras cosas ocupen el lugar de Dios.

La tierra buena

La tierra buena no representa a personas perfectas.

Representa a quienes están disponibles para dejarse trabajar por Dios.

La tierra buena también necesita cuidado. Debe ser arada, limpiada, regada y protegida.

Nuestro corazón necesita lo mismo.

La Palabra produce fruto cuando la escuchamos y la llevamos a la vida.

Produce fruto cuando nos ayuda a perdonar, cuando nos mueve a servir, cuando nos hace más honestos, más compasivos y más atentos a quienes sufren.

No basta conocer el Evangelio. No basta repetirlo. No basta llevar una Biblia en la mano.

La Palabra debe convertirse en vida.

5. Una historia para sonreír y reflexionar

Se cuenta que un hombre compró una finca y decidió sembrar maíz.

Fue al pueblo y preguntó a un agricultor experimentado:

—¿Cree usted que esta tierra servirá para producir maíz?

El agricultor respondió:

—No lo sé. ¿Ha sembrado usted algo?

—Todavía no —contestó el hombre—. Me da miedo que los pájaros se coman la semilla.

—Entonces siembre fríjol —le sugirió el campesino.

—Tampoco —dijo el dueño—, porque temo que la lluvia sea demasiado fuerte.

—Podría sembrar papas.

—No, porque quizá lleguen las plagas.

El agricultor lo miró y le dijo:

—Entonces su tierra nunca producirá nada. La única semilla que nunca corre riesgos es la que permanece guardada en el costal, pero esa tampoco da fruto.

Esta pequeña historia nos recuerda que no basta desear una cosecha. Hay que sembrar.

A veces queremos ver cambios en nuestras familias, en nuestra sociedad y en nuestra Iglesia, pero no queremos correr el riesgo de sembrar una palabra, ofrecer un consejo, dar testimonio o comenzar una obra.

La semilla debe salir de nuestras manos.

6. La creación gime con dolores de parto

San Pablo, en la segunda lectura, nos dice que toda la creación está gimiendo con dolores de parto.

Es una expresión profundamente esperanzadora.

Pablo no habla de dolores de muerte, sino de dolores de parto. El sufrimiento no tiene la última palabra. Algo nuevo está naciendo.

La creación sufre. La humanidad sufre. Hay guerras, pobreza, violencia, enfermedad y destrucción de la naturaleza.

También cada uno de nosotros lleva sus propios gemidos: problemas familiares, incertidumbres, heridas, pérdidas y cansancios.

Pero el creyente no interpreta el dolor únicamente desde la desesperación.

La semilla cae en tierra y parece desaparecer. En cierto sentido, muere. Sin embargo, de esa aparente muerte nace una vida nueva.

Así también, Dios puede hacer fecundos nuestros sufrimientos.

No porque el dolor sea bueno en sí mismo, sino porque, unido a Cristo, puede producir paciencia, compasión, madurez y esperanza.

San Pablo nos invita a esperar.

Todavía no vemos plenamente la cosecha. Tenemos las primicias del Espíritu, pero aguardamos la plenitud.

La vida cristiana es una esperanza paciente.

7. También nosotros somos sembradores

La parábola no solo nos invita a preguntarnos qué clase de tierra somos. También nos recuerda que todos somos sembradores.

Sembramos con nuestras palabras, nuestros gestos y nuestras actitudes.

Un padre siembra en sus hijos. Un maestro siembra en sus alumnos. Un sacerdote siembra en su comunidad. Un joven siembra entre sus amigos. Un enfermo puede sembrar con su paciencia. Un anciano puede sembrar con su sabiduría y su oración.

Cada día sembramos algo.

Podemos sembrar esperanza o desaliento.

Podemos sembrar reconciliación o división.

Podemos sembrar ternura o dureza.

Podemos sembrar fe o indiferencia.

Una palabra sencilla puede cambiar la vida de una persona. Una ayuda discreta puede devolver la esperanza. Un gesto de perdón puede sanar una familia.

Tal vez no veremos el fruto. Quizá otros cosecharán lo que nosotros sembramos.

Pero la Palabra de Dios no vuelve vacía.

Conclusión

Queridos hermanos:

Hoy la Palabra desciende nuevamente sobre nosotros como lluvia.

Busca la tierra de nuestro corazón.

No viene para producir una emoción pasajera. Viene para fecundar nuestra vida.

Preguntémonos con sinceridad:

¿Está mi corazón endurecido?

¿Mi fe tiene raíces?

¿Hay espinos que están ahogando la presencia de Dios?

¿Estoy disponible para convertirme en tierra buena?

Pidamos al Señor que remueva nuestra tierra, que quite las piedras, arranque los espinos y abra surcos nuevos.

Pidámosle que nos dé un corazón capaz de escuchar, conservar y vivir su Palabra.

Y pidámosle también que nos convierta en sembradores generosos y pacientes.

Porque aunque no veamos inmediatamente los resultados, la lluvia no cae inútilmente, la semilla no se pierde y la Palabra de Dios nunca vuelve vacía.

La cosecha llegará.

Amén.

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2

 

Queridos hermanos:

El Evangelio de este domingo comienza con una escena sencilla y profundamente hermosa: «Salió el sembrador a sembrar». Jesús se sirve de una imagen tomada de la vida cotidiana de los campesinos para hablarnos del Reino de Dios, de la fuerza de su Palabra y de la manera como nosotros la recibimos.

Las parábolas eran muy conocidas dentro de la tradición bíblica de Israel. En hebreo se utiliza la palabra mashal, que puede designar una comparación, un proverbio o un relato simbólico que lleva al oyente a descubrir una verdad más profunda. La parábola no obliga ni impone una conclusión; más bien propone, interroga, despierta la conciencia y compromete la libertad de quien la escucha.

Jesús no habla mediante ideas complicadas. Habla de semillas, caminos, piedras, espinos, pájaros, lluvia y cosechas. Parte de aquello que todos podían ver para conducirlos hacia aquello que solo podía descubrirse con un corazón abierto.

Una parábola nacida en un tiempo difícil

Jesús cuenta esta parábola en un momento complejo de su ministerio. Su predicación no está obteniendo la respuesta que muchos esperaban. Los dirigentes religiosos se oponen cada vez más a Él; algunos han comenzado incluso a pensar en la manera de eliminarlo. Por otra parte, muchas personas se sienten decepcionadas porque Jesús no corresponde a la imagen de un Mesías político, triunfador y poderoso.

También los discípulos podían preguntarse: ¿vale la pena seguir anunciando el Reino cuando tantos se resisten?, ¿por qué algunos escuchan con entusiasmo y después se alejan?, ¿por qué la Palabra parece producir tan pocos resultados?

Jesús responde con esta parábola. Y su primera enseñanza es una invitación a la confianza: aunque una parte de la semilla parezca perderse, la cosecha llegará.

La semilla que cae en tierra buena produce treinta, sesenta y hasta ciento por uno. Más allá de la exactitud de las cifras, Jesús quiere comunicar la abundancia sorprendente de la acción de Dios. El Reino puede comenzar de manera pequeña, silenciosa y aparentemente frágil, pero lleva dentro de sí una fuerza que supera todos nuestros cálculos.

Por eso, esta parábola es, ante todo, una parábola de esperanza.

La Palabra no vuelve vacía

La primera lectura, tomada del profeta Isaías, nos ayuda a comprender esta confianza de Jesús:

«Como bajan la lluvia y la nieve del cielo, y no vuelven allá sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, así será mi palabra, que sale de mi boca: no volverá a mí vacía».

La Palabra de Dios no es un discurso muerto. Tiene vida, fuerza y capacidad de transformación. Puede consolar al que está herido, levantar al que ha caído, iluminar al confundido, corregir al que se ha desviado y devolver la esperanza a quien cree que todo está perdido.

Nosotros podemos cansarnos, desanimarnos o pensar que nuestras palabras y esfuerzos pastorales no producen nada. Puede sucederles a los padres de familia cuando sienten que sus hijos se alejan de la fe; a los catequistas cuando no ven resultados inmediatos; a los sacerdotes cuando predican y perciben indiferencia; a quienes procuran sembrar valores en medio de una sociedad marcada por la violencia, la corrupción, el egoísmo y la división.

Pero Dios nos recuerda hoy: mi Palabra no vuelve vacía.

Quizás nosotros no veremos inmediatamente los frutos. Una palabra escuchada en la infancia puede germinar muchos años después. Un consejo dado con amor puede acompañar silenciosamente a una persona durante toda su vida. Una oración de una madre o de un padre puede sostener a un hijo aun cuando este parezca estar lejos de Dios.

Nuestra tarea es sembrar. El crecimiento y la cosecha pertenecen al Señor.

Todos llevamos dentro los cuatro terrenos

A veces hemos interpretado la parábola como si la humanidad estuviera dividida en cuatro grupos: los del camino, los del terreno pedregoso, los de los espinos y los de la tierra buena. Sin embargo, la realidad es más profunda: cada uno de nosotros puede ser, en diferentes momentos de su vida, alguno de esos terrenos.

Hay días en que somos tierra buena y acogemos con alegría la Palabra. Pero también hay momentos en los que nuestro corazón se endurece, se llena de piedras o queda invadido por espinos.

La semilla junto al camino

La semilla que cae al borde del camino representa la Palabra que no alcanza a penetrar en el corazón.

Hoy vivimos rodeados de voces, imágenes, mensajes, redes sociales, noticias, videos y distracciones. Recibimos continuamente información, pero muchas veces no tenemos tiempo para interiorizar nada. Podemos escuchar el Evangelio, pero inmediatamente nuestra atención se dirige hacia otra cosa.

No siempre rechazamos explícitamente a Dios. A veces, simplemente, lo dejamos para después. Primero están el trabajo, los compromisos, las reuniones, el entretenimiento, el teléfono, los viajes, el cansancio y tantas ocupaciones. Y cuando hemos atendido todo lo demás, ya no queda tiempo ni silencio para el Señor.

La Palabra pasa por la superficie, pero no entra.

Necesitamos preguntarnos: ¿qué lugar real ocupa Dios en mi jornada?, ¿dispongo de algún momento para escuchar, meditar y orar su Palabra?

La semilla en terreno pedregoso

La semilla que cae entre piedras germina rápidamente, pero no puede echar raíces profundas. Representa una fe entusiasta, pero superficial.

Hay personas que se emocionan con una celebración, un retiro, una predicación o una experiencia espiritual. Hacen promesas y desean cambiarlo todo. Pero cuando llega la dificultad, la crítica, la enfermedad, el fracaso o la incomprensión, abandonan rápidamente.

La fe no puede vivir solamente de emociones. Necesita raíces: oración perseverante, formación, sacramentos, comunidad, servicio y fidelidad cotidiana.

No basta decir: «Yo creo en Dios». Es necesario permitir que esa fe ilumine nuestras decisiones, transforme nuestras relaciones y sostenga nuestra vida cuando llegan las pruebas.

Una fe sin raíces puede brillar por un momento, pero no resiste el calor del día.

La semilla entre espinos

Jesús explica que los espinos representan «las preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas».

Las preocupaciones forman parte de la vida. Debemos trabajar, sostener nuestras familias, pagar las obligaciones, cuidar la salud y pensar en el futuro. El problema comienza cuando esas preocupaciones ocupan todo el corazón y no dejan espacio para Dios, para los demás ni para la vida interior.

También las riquezas pueden engañarnos. No porque los bienes materiales sean malos, sino porque fácilmente llegamos a creer que ellos pueden darnos seguridad, felicidad y sentido.

Nuestra sociedad nos repite que valemos por lo que poseemos, compramos, exhibimos o acumulamos. El consumo puede convertirse en una forma de medir la vida. Sin darnos cuenta, terminamos teniendo muchas cosas, pero poca paz; numerosos contactos, pero pocas relaciones profundas; abundante información, pero escasa sabiduría.

Los espinos no destruyen inmediatamente la planta. La van ahogando lentamente. Así también, la fe puede ir desapareciendo sin que lo notemos, sofocada por la ansiedad, el afán de dinero, la búsqueda de reconocimiento o la obsesión por las cosas materiales.

Por eso Jesús nos recuerda: «No solo de pan vive el hombre».

La semilla en tierra buena

La tierra buena no es un corazón perfecto. Es un corazón disponible, humilde y dispuesto a dejarse trabajar por Dios.

La buena tierra también necesita ser arada, removida, limpiada, regada y cuidada. De la misma manera, nuestro corazón necesita conversión permanente.

Ser buena tierra significa escuchar la Palabra, comprenderla, conservarla y ponerla en práctica. No se trata solamente de conocer textos bíblicos, sino de permitir que la Palabra se haga vida:

·        perdonando cuando cuesta perdonar;

·        ayudando al necesitado;

·        hablando con verdad;

·        evitando la corrupción y la injusticia;

·        acompañando a quien está solo;

·        defendiendo la dignidad de toda persona;

·        perseverando en la oración;

·        construyendo paz en la familia y en la sociedad.

El fruto de la Palabra se reconoce en una vida más misericordiosa, más honesta, más fraterna y más semejante a la de Cristo.

Una creación que espera la cosecha

San Pablo, en la segunda lectura, amplía todavía más nuestra mirada. Nos dice que «la creación entera está gimiendo con dolores de parto».

La creación sufre las consecuencias del pecado humano: la explotación irresponsable de la naturaleza, la contaminación, la destrucción de los bosques, el desperdicio del agua y la indiferencia ante quienes padecen los efectos de los cambios ambientales.

Pero Pablo no habla de dolores de muerte, sino de dolores de parto. Es decir, en medio del sufrimiento está naciendo algo nuevo.

También nosotros gemimos, sufrimos y esperamos. Experimentamos enfermedades, pérdidas, violencias, divisiones familiares, incertidumbres económicas y crisis sociales. Sin embargo, el cristiano no interpreta estas realidades desde la desesperación. Las contempla desde la esperanza de que Dios está conduciendo la historia hacia su plenitud.

La semilla parece desaparecer bajo la tierra, pero no ha muerto inútilmente: está germinando.

Dios siembra con generosidad

Hay algo sorprendente en la parábola: el sembrador es generoso hasta el exceso. No siembra únicamente donde tiene asegurado el resultado. Lanza la semilla por todas partes: junto al camino, entre las piedras, entre espinos y en tierra buena.

Así es Dios. No se cansa de sembrar en nosotros, aunque muchas veces hayamos sido terreno duro. No deja de hablarnos, llamarnos y ofrecernos nuevas oportunidades.

Dios no dice: «En este corazón ya no vale la pena sembrar». Él sabe que un terreno endurecido puede ser removido; que las piedras pueden quitarse; que los espinos pueden arrancarse; que el desierto puede volver a florecer.

Por eso, nadie debe considerarse definitivamente perdido. Ningún hijo, ninguna familia, ninguna comunidad y ninguna sociedad están completamente fuera del alcance de la gracia.

Tal vez hoy nuestra realidad parece poco prometedora. Vemos indiferencia religiosa, debilitamiento de la vida familiar, jóvenes alejados de la Iglesia, violencia, polarización, pobreza y pérdida de valores. Podemos sentir que la semilla del Evangelio cae en un mundo que no quiere escuchar.

Pero Jesús nos dice: no se desanimen.

No midamos el Reino únicamente por estadísticas, templos llenos o resultados visibles. El Evangelio también crece en silencio: en una familia que aprende a perdonarse, en un joven que descubre su vocación, en una persona que vuelve a orar, en alguien que renuncia a la venganza, en una comunidad que comparte con los pobres, en un enfermo que encuentra consuelo y en una persona que decide comenzar de nuevo.

Sembrar, aunque no veamos inmediatamente la cosecha

Queridos hermanos, el Señor nos envía hoy a sembrar.

Sembrar una palabra de esperanza donde hay desaliento.
Sembrar reconciliación donde existe división.
Sembrar honestidad donde se ha normalizado la corrupción.
Sembrar ternura donde hay dureza.
Sembrar fe donde reina la indiferencia.
Sembrar paz en nuestros hogares y comunidades.

No siempre veremos inmediatamente el fruto. Algunas semillas germinarán después de mucho tiempo. Otras serán recogidas por personas que vendrán detrás de nosotros.

Pero ninguna semilla sembrada con amor, verdad y fe se pierde delante de Dios.

Pidámosle al Señor que prepare nuestro corazón. Que remueva nuestra dureza, retire las piedras, arranque los espinos y nos convierta en tierra buena.

Y pidámosle también que nos haga sembradores perseverantes, generosos y esperanzados.

Porque, aunque el terreno parezca difícil, aunque haya obstáculos, fracasos e indiferencia, la promesa del Señor permanece:

la Palabra no volverá vacía y la cosecha, por la gracia de Dios, será abundante.

Amén.

 

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3

 

La semilla tiene poder

 

Queridos hermanos:

El Evangelio de este domingo comienza con una escena muy sencilla: «Salió el sembrador a sembrar».

Jesús no nos presenta a un sembrador calculador, tacaño o temeroso de perder la semilla. Lo vemos caminar por el campo y lanzar generosamente la semilla en todas direcciones. Una parte cae junto al camino, otra entre piedras, otra entre espinos y otra en tierra buena.

A primera vista, parecería que se desperdicia demasiada semilla. Sin embargo, al final llega la cosecha: treinta, sesenta y hasta ciento por uno.

La parábola del sembrador es una llamada a revisar la tierra de nuestro corazón, pero es también, y ante todo, una gran invitación a la esperanza. Nos recuerda que la Palabra de Dios tiene dentro de sí una fuerza que no siempre podemos ver inmediatamente.

El poder escondido de una semilla

Una pequeña semilla puede parecer algo insignificante. Podemos sostenerla entre los dedos, perderla fácilmente o pisarla sin darnos cuenta. Pero dentro de ella existe una fuerza extraordinaria.

Durante el siglo pasado, algunos científicos desarrollaron nuevas variedades de trigo y arroz que ayudaron a evitar grandes hambrunas en países muy poblados. Una semilla aparentemente pequeña llegó a multiplicar las cosechas y a alimentar a millones de personas.

Si una semilla natural posee semejante poder, cuánto más la Palabra de Dios.

Por eso Isaías afirma en la primera lectura:

«Como bajan la lluvia y la nieve del cielo y empapan la tierra, así será mi palabra: no volverá a mí vacía, sino que cumplirá mi voluntad».

Dios no habla inútilmente. Su Palabra siempre lleva una misión y una promesa.

Puede suceder que nosotros no veamos inmediatamente los resultados. Un padre aconseja a su hijo y parece que este no escucha. Una madre ora durante años por su familia y no percibe cambios. Un catequista enseña con paciencia y piensa que sus palabras se pierden. Un sacerdote predica y a veces siente que el mensaje no alcanza los corazones.

Sin embargo, la Palabra puede permanecer allí, escondida, esperando el momento adecuado para germinar.

Una enseñanza recibida durante la infancia puede despertar muchos años después. Una frase del Evangelio escuchada en una celebración puede regresar a la memoria durante una enfermedad, una crisis familiar o una decisión importante.

La Palabra de Dios no vuelve vacía.

La historia del bambú

Existe una variedad de bambú que, después de ser sembrada, pasa varias semanas sin mostrar crecimiento visible. El agricultor riega la tierra, la cuida y espera, pero no ve que aparezca ningún tallo.

Podría pensar que la semilla está muerta o que su esfuerzo fue inútil.

Sin embargo, durante ese tiempo la planta está desarrollando bajo tierra una extensa red de raíces. Después comienza a crecer de manera sorprendentemente rápida.

Algo semejante ocurre en la vida espiritual.

Nosotros queremos resultados inmediatos. Queremos que una oración sea respondida enseguida, que una predicación transforme a todos en el momento, que nuestros hijos cambien de actitud de un día para otro y que nuestras comunidades respondan inmediatamente.

Pero Dios trabaja muchas veces en silencio, bajo la superficie, formando raíces.

No debemos confundir la falta de resultados visibles con la ausencia de la acción de Dios.

¿Qué tipo de tierra somos?

Jesús explica que la semilla es la Palabra y que el terreno representa el corazón de quienes la escuchan.

No debemos imaginar que existen cuatro clases permanentes de personas y que cada uno pertenece para siempre a una de ellas. La verdad es que todos podemos tener, en distintos momentos, algo de camino endurecido, de terreno pedregoso, de espinos y también de tierra buena.

El camino endurecido

La semilla que cae junto al camino no logra entrar en la tierra.

Representa a quien escucha la Palabra, pero no permite que penetre en su vida.

Hoy podemos escuchar el Evangelio mientras nuestra mente está ocupada en muchas otras cosas: el trabajo, las deudas, las noticias, el teléfono, las redes sociales o los problemas familiares.

No rechazamos abiertamente a Dios; simplemente no le prestamos atención.

Podemos estar físicamente en la iglesia, pero con el corazón muy lejos. La Palabra pasa cerca de nosotros, pero no encuentra una puerta abierta.

Necesitamos preguntarnos: ¿escucho realmente a Dios o solamente oigo palabras?

El terreno pedregoso

La semilla germina con rapidez, pero no puede echar raíces profundas.

Es la fe de los entusiasmos pasajeros.

Algunas personas se emocionan con una predicación, un retiro o una experiencia espiritual. Dicen que cambiarán su vida, pero cuando aparece la dificultad, abandonan.

La fe no puede depender solamente de las emociones. Necesita raíces: oración constante, formación, sacramentos, comunidad, servicio y perseverancia.

Mientras todo va bien es fácil decir que creemos. La profundidad de la fe se descubre cuando llega la enfermedad, la crítica, la decepción o el sufrimiento.

Los espinos

Jesús dice que los espinos son las preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas.

Todos necesitamos trabajar y procurar una vida digna. El problema comienza cuando las preocupaciones, el dinero, el éxito o el deseo de reconocimiento ocupan todo el corazón.

Podemos tener muchas cosas, pero poca paz. Podemos estar rodeados de personas y sentirnos solos. Podemos conocer muchas noticias y desconocer lo que sucede dentro de nuestra propia alma.

Los espinos no destruyen la planta inmediatamente; la van ahogando poco a poco.

De la misma manera, la fe puede ir debilitándose lentamente cuando dejamos de orar, dejamos de participar en la Eucaristía, postergamos la reconciliación o permitimos que el resentimiento y la codicia se instalen en nosotros.

La tierra buena

La tierra buena no representa a personas perfectas. Representa a quienes tienen un corazón disponible y se dejan trabajar por Dios.

La tierra buena necesita ser arada, limpiada, regada y cuidada. Nuestro corazón también necesita conversión.

La Palabra produce fruto cuando nos ayuda a perdonar, a compartir, a servir, a decir la verdad, a ser honestos, a acompañar al que sufre y a construir la paz.

No basta escuchar la Palabra. Es necesario permitir que se convierta en obras.

Una historia para sonreír y pensar

Se cuenta que cuatro hermanos, muy exitosos profesionalmente, querían demostrar cuánto amaban a su anciana madre.

El primero le regaló una casa enorme.

El segundo instaló en la casa un teatro con sonido de última generación.

El tercero le compró un automóvil costoso.

El cuarto recordó que su madre amaba la Biblia, pero ya casi no podía leer. Entonces consiguió un loro que, según le aseguraron, podía recitar cualquier capítulo y versículo de la Sagrada Escritura.

El loro había costado una fortuna, porque muchos maestros religiosos lo habían entrenado durante años.

Días después, la madre escribió agradeciendo los regalos.

Al primero le dijo:

«Hijo, la casa es tan grande que solo utilizo una habitación, pero tengo que limpiarla toda».

Al segundo:

«El teatro es hermoso, pero casi no veo, escucho poco y ya no tengo con quién llenarlo».

Al tercero:

«El automóvil es muy elegante, pero ya no conduzco y casi nunca salgo».

Y al cuarto le escribió:

«Querido hijo: tú sí supiste lo que le gusta a tu madre. El pollo que me enviaste estaba delicioso».

La historia nos hace sonreír, pero contiene una enseñanza: no basta tener la Palabra cerca, ni siquiera oírla repetir. Hay que comprenderla, acogerla y permitir que transforme la vida.

Podemos tener varias Biblias en casa y no leer ninguna. Podemos escuchar muchas homilías y no cambiar una sola actitud. Podemos conocer muchas oraciones y guardar resentimientos.

La semilla solo produce fruto cuando entra en la tierra.

Los dolores de parto de la creación

San Pablo nos dice en la segunda lectura que toda la creación está gimiendo con dolores de parto.

Nuestra humanidad también gime: por las guerras, la violencia, las divisiones familiares, la pobreza, la enfermedad, la corrupción y la destrucción de la naturaleza.

Pero Pablo no habla de dolores de muerte. Habla de dolores de parto.

Esto significa que, en medio del sufrimiento, Dios puede estar haciendo nacer algo nuevo.

La semilla desaparece bajo la tierra y parece morir. Pero precisamente allí comienza su transformación.

A veces los momentos más difíciles de nuestra vida pueden convertirse en la tierra donde germinan la fe, la paciencia, la compasión y una relación más profunda con Dios.

Dios no se cansa de sembrar

Algo hermoso de la parábola es la generosidad del sembrador.

Dios no siembra solamente en los corazones que parecen estar bien preparados. También siembra en nosotros cuando estamos distraídos, endurecidos, heridos o llenos de preocupaciones.

Dios no dice: «En esta persona ya no vale la pena sembrar».

Él sigue hablando, llamando, perdonando y ofreciendo nuevas oportunidades.

Un camino endurecido puede ser removido. Las piedras pueden quitarse. Los espinos pueden arrancarse. Una tierra seca puede volver a ser fértil.

Por eso nadie debe considerarse definitivamente perdido.

Ningún hijo, ninguna familia, ninguna comunidad y ninguna persona están fuera del alcance de la gracia de Dios.

Estamos llamados a sembrar

No solo debemos preguntarnos qué tipo de tierra somos. También debemos recordar que todos somos sembradores.

Sembramos con nuestras palabras, nuestras actitudes, nuestros ejemplos y nuestras decisiones.

Podemos sembrar esperanza o desaliento.

Podemos sembrar reconciliación o división.

Podemos sembrar bondad o amargura.

Podemos sembrar fe o indiferencia.

Una palabra de ánimo puede cambiar el día de una persona. Un gesto de perdón puede sanar una familia. Una ayuda sencilla puede devolver la esperanza. Una oración puede sostener a alguien que está a punto de rendirse.

No siempre veremos el fruto. Algunas semillas germinarán después de mucho tiempo. Otras serán cosechadas por personas que vendrán después de nosotros.

Nuestra misión es sembrar con generosidad. Dios se encargará de hacer crecer la semilla.

Pidamos hoy al Señor que prepare la tierra de nuestro corazón.

Que quite nuestra dureza, retire las piedras de la superficialidad, arranque los espinos del egoísmo y nos convierta en tierra buena.

Y pidámosle también que nos haga sembradores pacientes y esperanzados, capaces de confiar en la fuerza escondida de su Palabra.

Porque la lluvia no cae inútilmente, la semilla no es insignificante y la Palabra de Dios nunca vuelve vacía.

La cosecha llegará.

Amén. 

12 de julio del 2026: decimoquinto domingo del tiempo ordinario-Ciclo A

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