Solemnidad del Sagrado
Corazón de Jesús
Celebrada
el viernes siguiente al segundo domingo después de Pentecostés, esta solemnidad
nos invita a contemplar el amor de Cristo, manso y humilde de corazón. En su
Corazón traspasado se revela la misericordia infinita de Dios, que elige,
perdona, consuela y salva. Hoy la Iglesia nos llama a acercarnos con confianza
a Jesús, especialmente cuando estamos cansados y agobiados, para encontrar en
Él descanso, sanación y esperanza.
Las cualidades más preciosas
(Mateo 11,25-30) «Háganse discípulos míos, porque soy manso y
humilde de corazón».
La
mansedumbre y la humildad son ciertamente cualidades hermosas, pero quizá no
las primeras que esperaríamos del Señor. ¿Por qué no se nos presentó como
fuerte, sólido o protector? Sin duda porque la mansedumbre y la humildad son
signos de una fragilidad que hay que acoger para recibir el más grande de los
tesoros: el amor de Dios manifestado en Jesucristo.
Bertrand Lesoing, prêtre de la
communauté Saint-Martin
Primera lectura
El Señor se
enamoró de ustedes y los eligió
Lectura del libro del Deuteronomio.
MOISÉS habló al pueblo diciendo:
«Tú eres un pueblo santo para el Señor, tu Dios; el Señor, tu Dios, te eligió
para que seas, entre todos los pueblos de la tierra, el pueblo de su propiedad.
Si el Señor se enamoró de ustedes y los eligió, no fue por ser ustedes más
numerosos que los demás, pues son el pueblo más pequeño, sino que, por puro
amor a ustedes y por mantener el juramento que había hecho a sus padres, los
sacó el Señor de Egipto con mano fuerte y los rescató de la casa de esclavitud,
del poder del faraón, rey de Egipto.
Reconoce, pues, que el Señor, tu Dios, es Dios; él es el Dios fiel que mantiene
su alianza y su favor con los que lo aman y observan sus preceptos, por mil
generaciones.
Pero castiga en su propia persona a quien lo odia, acabando con él. No se hace
esperar; a quien lo odia, lo castiga en su propia persona.
Observa, pues, el precepto, los mandatos y decretos que te mando hoy que
cumplas».
Palabra de Dios.
Salmo
R. La
misericordia del Señor dura por siempre
para aquellos que le temen.
V. Bendice,
alma mía, al Señor,
y todo mi ser a su santo nombre.
Bendice, alma mía, al Señor,
y no olvides sus beneficios. R.
V. Él perdona
todas tus culpas
y cura todas tus enfermedades;
él rescata tu vida de la fosa,
y te colma de gracia y de ternura. R.
V. El
Señor hace justicia
y defiende a todos los oprimidos;
enseñó sus caminos a Moisés
y sus hazañas a los hijos de Israel. R.
V. El Señor es
compasivo y misericordioso,
lento a la ira y rico en clemencia.
No nos trata como merecen nuestros pecados
ni nos paga según nuestras culpas. R.
Segunda
lectura
Dios nos amó
Lectura de la primera carta del apóstol san Juan.
QUERIDOS hermanos, amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el
que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios,
porque Dios es amor.
En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a
su Unigénito, para que vivamos por medio de él.
En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que
él nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros
pecados.
Queridos hermanos, si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos
amarnos unos a otros.
A Dios nadie lo ha visto nunca. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en
nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud.
En esto conocemos que permanecemos en él, y él en nosotros: en que nos ha dado
de su Espíritu. Y nosotros hemos visto y damos testimonio de que el Padre envió
a su Hijo para ser Salvador del mundo.
Quien confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él, y él en Dios.
Y nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él. Dios
es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él.
Palabra de Dios.
Aclamación
V. Tomen
mi yugo sobre ustedes —dice el Señor—, y aprendan de mí, que soy manso y
humilde de corazón. R.
Evangelio
Soy manso y
humilde de corazón
Lectura del santo Evangelio según san Mateo.
EN aquel tiempo, tomó la palabra Jesús y dijo:
«Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido
estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños.
Sí, Padre, así te ha parecido bien.
Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el
Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo
quiera revelar.
Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo los aliviaré. Tomen
mi yugo sobre ustedes y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y
encontrarán descanso para sus almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga
ligera».
Palabra del Señor.
1
Queridos
hermanos:
Celebramos
hoy la solemnidad del Sagrado
Corazón de Jesús, una fiesta que nos lleva al centro mismo de
nuestra fe: Dios tiene
corazón, Dios ama, Dios se compadece, Dios se inclina hacia nosotros con
ternura.
La
Palabra de Dios de este día nos ayuda a comprender que el amor de Dios no es
una idea bonita ni un sentimiento pasajero. Es una elección, una alianza, una
fidelidad y una entrega.
En
la primera lectura, tomada del libro del Deuteronomio, Moisés le recuerda al
pueblo de Israel algo fundamental: Dios no lo eligió porque fuera el más
grande, el más fuerte o el más importante entre todos los pueblos. Al
contrario, era un pueblo pequeño. Dios lo eligió simplemente porque lo amó. Esa
es la lógica de Dios: no ama porque seamos perfectos; nos ama porque Él es
amor. No nos escoge por nuestros méritos, sino por su misericordia.
Y
esto es profundamente consolador. A veces creemos que para acercarnos a Dios
tenemos que llegar impecables, fuertes, resueltos, sin heridas y sin
cansancios. Pero el Corazón de Jesús nos dice otra cosa: ven tal como estás, con tu historia, tus
luchas, tus caídas, tus dolores, tus búsquedas y tus heridas.
El
salmo responsorial lo proclama con una belleza inmensa: “El Señor es compasivo
y misericordioso”. Él perdona, cura, rescata, corona de amor y ternura. El
salmo no nos habla de un Dios distante, frío o indiferente, sino de un Dios que
se conmueve ante nuestra miseria. Su amor no aplasta, levanta; no humilla,
dignifica; no condena al que se acerca arrepentido, sino que lo abraza.
Por
eso, la segunda lectura de la primera carta de san Juan nos ofrece una de las
afirmaciones más bellas de toda la Sagrada Escritura: “Dios es amor”. No dice
solamente que Dios ama, sino que Dios es amor. Su identidad más profunda es
amar. Todo lo que hace Dios nace de su amor. La creación, la alianza, el
perdón, la encarnación, la cruz, la Eucaristía, todo brota del amor de Dios.
Y
ese amor se ha manifestado plenamente en Jesucristo. En Él vemos el rostro
humano del amor divino. En Él vemos el Corazón de Dios latiendo en medio de la
historia. Un Corazón que se acercó a los enfermos, a los pecadores, a los
excluidos, a los cansados, a los tristes, a los que no contaban. Un Corazón que
lloró, que se estremeció, que tuvo compasión, que perdonó, que se entregó hasta
el extremo.
En
el Evangelio, Jesús nos hace una invitación que hoy debemos escuchar con el
alma abierta: “Vengan a mí
todos los que están cansados y agobiados, y yo los aliviaré”.
Qué
palabra tan necesaria para nuestro tiempo. Hay cansancios del cuerpo, pero
también hay cansancios del alma. Hay personas que cargan enfermedades, dolores
físicos, limitaciones, tratamientos, soledad. Y hay también quienes llevan
heridas invisibles: tristeza, ansiedad, miedo, culpa, depresión, duelos,
preocupaciones, decepciones, angustias que no siempre se ven, pero pesan mucho.
Hoy
oramos de manera especial por todos los que sufren en el alma y en el cuerpo.
Los ponemos en el Corazón de Jesús. Allí donde el dolor humano encuentra
consuelo. Allí donde la herida no es despreciada, sino tocada con misericordia.
Allí donde el cansancio no es motivo de vergüenza, sino ocasión para dejarse
cargar por el Señor.
Jesús
no dice: “Vengan a mí solamente los fuertes”. No dice: “Vengan a mí los que ya
no tienen problemas”. No dice: “Vengan a mí los que nunca han fallado”. Dice: “Vengan a mí todos los cansados y
agobiados”.
Y
luego añade: “Aprendan de
mí, que soy manso y humilde de corazón”. Quizá, como decía alguien,
la mansedumbre y la humildad no son las primeras cualidades que esperaríamos de
Dios. Tal vez quisiéramos que Dios se manifestara ante todo como poderoso,
imponente, invencible, protector en el sentido humano de la palabra. Pero Jesús
revela la fuerza más grande de Dios en un Corazón manso y humilde.
La
mansedumbre no es debilidad. Es la fuerza del amor que no destruye. La humildad
no es pequeñez inútil. Es la grandeza de quien se abaja para salvar. El Corazón
de Jesús es manso porque no nos obliga a amar; nos atrae. Es humilde porque no
se impone con violencia; se ofrece. Es fuerte porque sabe cargar con nuestro
pecado, nuestro dolor y nuestra fragilidad.
Contemplar
el Sagrado Corazón de Jesús es contemplar un amor herido, pero no vencido. Un
amor abierto por la lanza, pero lleno de vida. Un amor rechazado muchas veces,
pero siempre fiel. Un amor que no se cansa de amar.
Hoy
esta solemnidad nos invita a tres actitudes.
Primero,
dejarnos amar por Dios.
Parece sencillo, pero no siempre lo es. A veces aceptamos que Dios ame a los
demás, pero nos cuesta creer que nos ame a nosotros con nuestras pobrezas. El
Corazón de Jesús nos recuerda que somos amados personalmente, no en masa, no de
manera anónima. Cada uno puede decir: Cristo me ama, Cristo me busca, Cristo me
carga, Cristo me espera.
Segundo,
descansar en Cristo.
No todo lo podemos resolver con nuestras fuerzas. Hay cargas que necesitamos
poner en sus manos. Descansar en Cristo no significa evadir la vida, sino vivirla
sostenidos por Él. Quien se apoya en el Corazón de Jesús encuentra paz aun en
medio de la prueba.
Y
tercero, aprender a tener
un corazón semejante al suyo. Si Dios nos ama así, también
nosotros estamos llamados a amar con misericordia. Un corazón unido al de
Cristo no puede ser duro, indiferente, orgulloso o cruel. El cristiano debe ser
alguien que alivie, que consuele, que escuche, que perdone, que acompañe. En un
mundo donde tantos sufren silenciosamente, hace falta gente con corazón:
corazón manso, humilde, compasivo, parecido al de Jesús.
Pidamos
hoy al Señor que sane nuestros corazones. Que toque a quienes sufren en el
cuerpo con enfermedad o dolor. Que consuele a quienes sufren en el alma con
tristeza, soledad o angustia. Que fortalezca a las familias que cargan
preocupaciones. Que dé esperanza a quienes se sienten cansados de luchar.
Y
que todos nosotros podamos escuchar, como dirigida personalmente a cada uno, la
voz dulce del Señor:
“Ven a mí. Descansa en mí. Aprende de mi Corazón. Yo te
aliviaré”.
Sagrado
Corazón de Jesús, en Vos confío. Amén.
2
Queridos
hermanos:
Hoy
celebramos una de las fiestas más entrañables de nuestra fe: la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús.
No celebramos simplemente una devoción piadosa, ni una imagen bonita, ni una
tradición antigua. Celebramos el misterio profundo del amor de Dios revelado en
Cristo. Celebramos que Dios tiene un Corazón abierto para nosotros; un Corazón
manso, humilde, misericordioso y fiel.
El
Evangelio de hoy nos regala unas palabras que parecen escritas para todo ser
humano cansado, herido o agobiado: “Vengan
a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo los aliviaré”.
Son palabras suaves, pero no débiles; tiernas, pero llenas de poder; sencillas,
pero capaces de levantar una vida entera.
Normalmente
no unimos fácilmente estas dos palabras: mansedumbre
y poder. Pensamos que el fuerte es el que se impone, el que
domina, el que controla, el que no muestra fragilidad. Pero en el Corazón de
Jesús descubrimos otro tipo de fuerza: la fuerza del amor que no aplasta, sino
que carga; no humilla, sino que levanta; no grita, sino que llama; no obliga,
sino que atrae.
En
el ciclo litúrgico B, la solemnidad del Sagrado Corazón nos presenta el costado
abierto de Cristo, cuando el soldado traspasa su Corazón y de él brotan sangre
y agua. Allí contemplamos el Corazón abierto por la lanza. Hoy, en cambio, en
el Evangelio de san Mateo, Jesús nos abre su Corazón con sus propias palabras: “Vengan a mí”. Es como
si el Señor nos dijera: entren en mi amor, descansen en mi misericordia, dejen
que yo cargue con ustedes.
La
primera lectura, tomada del Deuteronomio, nos recuerda que Dios eligió a Israel
no porque fuera el pueblo más grande ni el más fuerte, sino porque lo amó. Esa
es la lógica de Dios. Él no ama porque seamos perfectos; nos ama porque Él es
fiel. No nos escoge por nuestros méritos, sino por su misericordia. El amor de
Dios no comienza cuando nosotros somos buenos; más bien, es su amor el que nos
hace capaces de responderle.
Esta
verdad es muy importante, sobre todo para quienes sufren en el alma y en el
cuerpo. Porque cuando una persona está enferma, cansada, triste, deprimida,
angustiada o golpeada por la vida, puede llegar a pensar que no vale, que
estorba, que Dios se ha olvidado de ella o que su dolor no le importa a nadie.
Pero la fiesta del Sagrado Corazón nos dice todo lo contrario: Dios mira con especial ternura a quien
está herido. El Corazón de Jesús no rechaza la fragilidad
humana; la abraza.
Por
eso el salmo nos hace cantar: “El
Señor es compasivo y misericordioso”. Él perdona, cura,
rescata, corona de amor y ternura. Qué hermosa imagen: Dios no se queda mirando
desde lejos nuestra miseria, sino que se acerca para curar. No solo perdona el
pecado; también quiere sanar las heridas profundas que el pecado, la
enfermedad, la soledad, la tristeza y la vida misma van dejando en nosotros.
Y
san Juan, en la segunda lectura, nos lleva al centro de todo cuando afirma: “Dios es amor”. No dice
solamente que Dios tiene amor o que Dios siente amor. Dice algo mucho más
grande: Dios es amor. Su ser más íntimo es amar. Por eso, quien permanece en el
amor permanece en Dios, y Dios permanece en él.
Celebrar
el Sagrado Corazón es celebrar precisamente esto: que el amor de Dios se hizo carne
en Jesús. El amor invisible del Padre se hizo rostro, manos, mirada, palabra,
cercanía, cruz y Eucaristía. En Jesús, Dios no nos amó desde lejos; se acercó a
nuestra condición humana. Conoció el cansancio, la incomprensión, la tristeza,
la traición, el dolor y la muerte. Por eso puede decirnos con verdad: “Vengan a mí todos los cansados y
agobiados”. Él sabe lo que pesa el sufrimiento humano.
Ahora
bien, Jesús no promete quitarnos mágicamente todas las cargas. Él dice: “Tomen mi yugo sobre ustedes y aprendan
de mí”. El yugo, en el lenguaje del campo, une a dos para
caminar juntos y cargar juntos. Cuando Jesús nos invita a tomar su yugo, no nos
está diciendo que la vida cristiana no tendrá luchas. Nos está diciendo que ya
no tendremos que cargar solos.
Esta
es una gran noticia: Cristo no siempre quita inmediatamente el peso, pero se
pone debajo del peso con nosotros. No siempre elimina la cruz, pero la
transforma con su presencia. No siempre cambia de golpe las circunstancias,
pero cambia el corazón con el que las vivimos. Su yugo es suave porque está
hecho de amor. Su carga es ligera porque se lleva con la fuerza de la gracia.
Hoy
queremos poner en el Corazón de Jesús a todos los que sufren en el alma y en el
cuerpo. A los enfermos, a quienes sienten dolor físico, a quienes esperan un
diagnóstico, a quienes viven limitaciones, a quienes cuidan enfermos y se
sienten agotados. Pero también queremos poner allí a quienes sufren por dentro:
los que cargan ansiedad, tristeza, miedo, culpa, duelo, soledad, depresión,
heridas familiares, decepciones, cansancio espiritual.
Hay
dolores que se ven y otros que se esconden. Hay lágrimas que caen por fuera y
otras que se lloran en silencio. Pero ninguna lágrima es desconocida para el
Corazón de Cristo. Él conoce lo que no siempre sabemos explicar. Él entiende lo
que a veces ni nosotros mismos entendemos. Él abraza lo que otros quizá no
alcanzan a ver.
Por
eso, la invitación de hoy es profundamente personal: ven a Jesús. No vengas
cuando ya tengas todo resuelto. No vengas solo cuando te sientas fuerte. No
vengas pensando que debes ocultar tus heridas. Ven con tu cansancio, con tu
historia, con tus luchas, con tu enfermedad, con tu pecado, con tu necesidad de
consuelo. El Corazón de Jesús es refugio, pero también es fuego: refugio que
acoge y fuego que transforma.
Entrar
en el Corazón de Jesús significa dejar de vivir como si todo dependiera
únicamente de nosotros. Significa soltar la autosuficiencia, entregar la
ansiedad, descansar en su providencia. Significa aprender a caminar al ritmo de
Cristo, no al ritmo acelerado del mundo. Significa descubrir que el verdadero
descanso no siempre consiste en no tener problemas, sino en saber que no
estamos solos en medio de ellos.
Pero
esta solemnidad también nos compromete. Quien descansa en el Corazón de Jesús
debe aprender a tener un corazón semejante al suyo. Si Él es manso y humilde,
también nosotros estamos llamados a ser menos duros, menos orgullosos, menos
indiferentes. Si Él carga con nosotros, también nosotros debemos ayudar a
cargar las penas de los demás. Si Él consuela, también nosotros debemos ser
presencia de consuelo. Si Él tiene un Corazón abierto, no podemos vivir con el
corazón cerrado.
Cuánto
necesita nuestro mundo corazones mansos y humildes. Cuánto necesitan nuestras
familias menos orgullo y más ternura. Cuánto necesitan nuestras comunidades
menos juicio y más misericordia. Cuánto necesitan los enfermos y los tristes
una palabra, una visita, una oración, una escucha sincera, una presencia que no
condene ni se canse.
En
esta Eucaristía, el Sagrado Corazón de Jesús vuelve a entregarse por nosotros.
La Eucaristía es el amor de Cristo hecho alimento. Allí se nos da el mismo
Jesús que nos dice: “Vengan a mí”. Cada comunión es una invitación a descansar
en Él, a dejarnos amar por Él y a vivir unidos a Él.
Pidámosle
hoy al Señor que transforme esta solemnidad en algo más que una devoción. Que
sea una forma de vida. Que podamos vivir dentro del Corazón de Jesús y dejar
que Jesús viva en nuestro corazón. Que en Él encuentren descanso los cansados,
consuelo los tristes, fortaleza los enfermos, esperanza los que sufren y
misericordia todos los pecadores.
Y
que nunca olvidemos esta palabra dirigida a cada uno de nosotros:
“Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo
los aliviaré”.
Sagrado
Corazón de Jesús, en Vos confío.
Amén.

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