miércoles, 13 de mayo de 2026

14 de mayo del 2026: San Matías, apóstol

 

Santo del día:

San Matías

Siglo I. Después de la traición de Judas, Matías fue elegido para ser el duodécimo Apóstol (Hch 1,23-26).

Su nombre es una abreviación de Matatías, que vendría a significar «don de Yahvé». Se puede decir que, por esta vez, el nombre de la persona responde plenamente a su historia personal y social, San Matías es un don del Espíritu a la Iglesia de Jesús para llenar el puesto que había sido dejado vacío por Judas Iscariote (cf. Mt 27, 3-10) en el colegio de los apóstoles de Jesús.

Es el apóstol acogido por la oración de la comunidad y destinado a integrarla de forma viva y activa. Ha de vivir la dinámica del seguimiento de Jesús y ser testigo de su resurrección. 



Colegialidad

(Hechos 1,15-17.20-26) Sin duda no es casualidad que el relato de la elección de Matías dentro del grupo de los Once preceda inmediatamente al relato de Pentecostés. En efecto, ¿cómo consagrar mejor este nombramiento que por la efusión del Espíritu Santo? Además, al comienzo de este episodio se precisa que el número de personas reunidas era de unas ciento veinte, es decir, diez veces doce, cifra altamente simbólica. El autor evoca quizá aquí la idea de una “colegialidad”, una primera forma de universalidad en la Iglesia.

 Frédéric Tremblay



Primera lectura

Hch 1, 15-17. 20-26

Le tocó a Matías, y lo asociaron a los once apóstoles

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.

EN de aquellos días, Pedro se puso en pie en medio de los hermanos (había reunidas unas ciento veinte personas) y dijo:
«Hermanos, tenía que cumplirse lo que el Espíritu Santo, por boca de David, había predicho, en la Escritura, acerca de Judas, el que hizo de guía de los que arrestaron a Jesús, pues era de nuestro grupo y le cupo en suerte compartir este ministerio.
Y es que en el libro de los Salmos está escrito: “Que su morada quede desierta, y que nadie habite en ella”, y también: “Que su cargo lo ocupe otro”.
Es necesario, por tanto, que uno de los que nos acompañaron todo el tiempo en que convivió con nosotros el Señor Jesús, comenzando en el bautismo de Juan hasta el día en que nos fue quitado y llevado al cielo, se asocie a nosotros como testigo de su resurrección».
Propusieron dos: José, llamado Barsabá, de sobrenombre Justo, y Matías. Y rezando, dijeron:
«Señor, tú que penetras el corazón de todos, muéstranos a cuál de los dos has elegido para que ocupe el puesto de este ministerio y apostolado, del que ha prevaricado Judas para marcharse a su propio puesto».
Les repartieron suertes, le tocó a Matías, y lo asociaron a los once apóstoles.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 112, 1b-2. 3-4. 5-6. 7-8 (R.: cf. 8)

R. El Señor lo sentó con los príncipes de su pueblo.

O bien:

R. Aleluya.

V. Alaben, siervos del Señor,
alaben el nombre del Señor.
Bendito sea el nombre del Señor,
ahora y por siempre. 
R.

V. De la salida del sol hasta su ocaso,
alabado sea el nombre del Señor.
El Señor se eleva sobre todos los pueblos,
su gloria sobre los cielos. 
R.

V. ¿Quién como el Señor, Dios nuestro,
que habita en las alturas
y se abaja para mirar
al cielo y a la tierra? 
R.

V. Levanta del polvo al desvalido,
alza de la basura al pobre,
para sentarlo con los príncipes,
los príncipes de su pueblo. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Yo los he elegido del mundo —dice el Señor—, para que vayan y den fruto, y su fruto permanezca. R.

 

Evangelio

Jn 15, 9-17

No son ustedes los que me han elegido, soy yo quien los he elegido

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Como el Padre me ha amado, así los he amado yo; permanezcan en mi amor.
Si guardan mis mandamientos, permanecerán en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.
Les he hablado de esto para que mi alegría esté en ustedes, y su alegría llegue a plenitud.
Este es mi mandamiento: que se amen unos a otros como yo los he amado.
Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos.
Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando.
Ya no los llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a ustedes los llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre se lo he dado a conocer.
No son ustedes los que me han elegido, soy yo quien los he elegido y los he destinado para que vayan y den fruto, y su fruto permanezca.
De modo que lo que pidan al Padre en mi nombre se lo dé. Esto les mando: que se amen unos a otros».

Palabra del Señor.

 

1

 

Queridos hermanos y hermanas:

La Palabra de Dios que escuchamos hoy nos pone delante de una Iglesia naciente, una Iglesia pequeña, frágil, herida, pero profundamente sostenida por el Señor. Estamos en el tiempo de Pascua, caminando hacia Pentecostés, y el libro de los Hechos de los Apóstoles nos muestra a la comunidad reunida, orando, discerniendo y preparándose para recibir la fuerza del Espíritu Santo.

La primera lectura nos habla de la elección de Matías. Judas, uno de los Doce, había abandonado su lugar. Su traición había dejado una herida profunda en el grupo de los apóstoles. No era solo una ausencia numérica; era una ruptura dolorosa en el corazón mismo de la comunidad. Sin embargo, la Iglesia no se queda paralizada por la herida. No se encierra en el lamento. No se dedica únicamente a recordar la infidelidad de Judas. La comunidad ora, discierne y busca restaurar el grupo de los Doce.

Esto ya nos enseña mucho. La Iglesia no es perfecta porque esté formada por personas impecables. La Iglesia es santa porque Cristo la ama, la purifica y la conduce. Desde el comienzo, la Iglesia conoció la fragilidad humana, la traición, la decepción, la necesidad de recomenzar. Pero también desde el comienzo supo que no podía caminar solo con criterios humanos. Por eso, antes de elegir a Matías, los discípulos oran.

No hacen una campaña. No buscan al más popular. No eligen al que más habla, al que más se impone o al que parece más brillante. Presentan dos nombres y dicen: “Tú, Señor, que conoces el corazón de todos, muéstranos a cuál has elegido”. Esta frase es preciosa. La vocación no nace primero del gusto personal, ni de la ambición, ni de una estrategia humana. La vocación nace del corazón de Dios. Él conoce el corazón. Él llama. Él elige. Él envía.

Por eso, al orar hoy por la obra evangelizadora de la Iglesia y por las vocaciones, debemos comenzar por aquí: pedirle al Señor que siga mostrando a su Iglesia a quiénes llama, a quiénes quiere enviar, a quiénes quiere consagrar para el servicio del Evangelio. Pero también pedirle que quienes son llamados tengan la valentía de responder.

En la primera lectura podemos  hablar de “colegialidad”. La elección de Matías no ocurre en solitario. Pedro toma la palabra, pero no actúa como dueño de la comunidad. La comunidad está reunida. Son unos ciento veinte hermanos. Allí hay oración, escucha, memoria de la Escritura y discernimiento. La Iglesia nace así: no como una suma de individualismos, sino como un cuerpo; no como un proyecto personal, sino como una comunidad guiada por el Espíritu.

Y esto es muy actual. Hoy también necesitamos una Iglesia más orante, más comunitaria, más capaz de discernir junta. La evangelización no es tarea de uno solo. No evangeliza únicamente el sacerdote, ni únicamente el catequista, ni únicamente el misionero. Evangeliza toda la Iglesia. Evangeliza una comunidad que vive unida, que ora, que escucha la Palabra, que cuida a sus miembros, que reconoce sus heridas y que se deja renovar por el Espíritu Santo.

El Evangelio de hoy nos lleva al corazón de todo apostolado: “Como el Padre me ha amado, así los he amado yo; permanezcan en mi amor”. Antes de enviarnos, Jesús nos invita a permanecer. Antes de hablar de misión, habla de amor. Antes de pedir frutos, pide comunión. Esto es fundamental: la evangelización cristiana no nace del activismo, sino de permanecer en el amor de Cristo.

Podemos organizar muchas actividades, hacer reuniones, programas, celebraciones, publicaciones, campañas, transmisiones, catequesis, pero si no permanecemos en el amor de Cristo, todo se vuelve ruido. La obra evangelizadora de la Iglesia no consiste solo en multiplicar acciones, sino en transparentar el amor de Jesús. El mundo no necesita una Iglesia simplemente ocupada; necesita una Iglesia enamorada de Cristo. No necesita solo estructuras; necesita testigos. No necesita solo discursos; necesita discípulos que hayan experimentado que Cristo los ama.

Jesús dice también: “No son ustedes los que me han elegido, soy yo quien los he elegido y los he destinado para que vayan y den fruto”. Esta frase ilumina de manera especial nuestra oración por las vocaciones. Toda vocación cristiana comienza con una elección amorosa de Dios. Nadie se llama a sí mismo. Nadie se envía a sí mismo. Es Cristo quien llama.

Y llama de muchas maneras. Llama al sacerdocio, a la vida consagrada, al matrimonio cristiano, a la misión laical, al servicio catequético, a la vida contemplativa, a la entrega silenciosa en la familia, en la escuela, en la comunidad, en el trabajo. Cada vocación auténtica es una forma concreta de amar. Porque la vocación no es primero una función; es una respuesta de amor.

Por eso Jesús une íntimamente la elección y el mandamiento del amor: “Este es mi mandamiento: que se amen unos a otros como yo los he amado”. La medida de la vocación no es el prestigio, sino el amor. La fecundidad de la evangelización no se mide solo por resultados visibles, sino por la capacidad de dar la vida. “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos”.

Matías fue elegido para ocupar un lugar de servicio y de testimonio. La lectura dice que debía ser agregado a los apóstoles como testigo de la resurrección. Esa es la misión esencial de la Iglesia: dar testimonio de Cristo resucitado. No anunciamos una idea bonita, ni una doctrina fría, ni una tradición vacía. Anunciamos que Cristo vive. Anunciamos que el amor venció al pecado. Anunciamos que la muerte no tiene la última palabra. Anunciamos que Dios levanta del polvo al desvalido, como canta el salmo de hoy.

El Salmo 113 proclama: “El Señor levanta del polvo al desvalido, alza de la basura al pobre, para sentarlo con los príncipes de su pueblo”. Esta es también la obra evangelizadora de la Iglesia: levantar, dignificar, consolar, reconciliar, devolver esperanza. La Iglesia evangeliza cuando anuncia la Palabra, pero también cuando se acerca al pobre, al enfermo, al joven sin rumbo, al anciano olvidado, a la familia herida, al pecador que quiere volver a empezar.

La elección de Matías nos recuerda además que nadie es indispensable, pero todos somos necesarios. Judas dejó un vacío, pero Dios no dejó a su Iglesia sin guía. Matías entra discretamente en la historia. No sabemos mucho de él después de este episodio. No aparece pronunciando grandes discursos. No se nos cuentan milagros espectaculares realizados por él. Pero fue elegido para ser testigo. Y a veces esa es la belleza de muchas vocaciones en la Iglesia: servir sin hacer ruido, sostener la misión sin protagonismo, ser fieles en lo pequeño, ocupar el lugar que Dios nos confía.

Cuántos Matías hay hoy en nuestras comunidades: personas que no buscan aplausos, pero sostienen la evangelización; catequistas que preparan con amor; ministros que sirven con humildad; familias que transmiten la fe; religiosas y religiosos que oran; jóvenes que se preguntan qué quiere Dios de ellos; sacerdotes que, con sus límites, siguen entregando la vida; misioneros que anuncian el Evangelio en lugares difíciles; laicos que son luz en medio del mundo.

Hoy pidamos al Señor que nuestra Iglesia sea fecunda en vocaciones. Pero no pidamos solo “vocaciones” como si fueran números para llenar vacíos. Pidamos corazones enamorados de Cristo. Pidamos jóvenes capaces de escuchar. Pidamos familias que no apaguen la llamada de Dios. Pidamos comunidades que acompañen, que no critiquen destructivamente, que no desanimen, que no apaguen la esperanza. Pidamos sacerdotes santos, consagrados alegres, matrimonios fieles, laicos comprometidos, evangelizadores humildes.

Y pidamos también la gracia de la colegialidad, de caminar juntos. Una Iglesia dividida no evangeliza con fuerza. Una comunidad encerrada en rivalidades no transparenta el amor de Cristo. Una pastoral hecha desde el individualismo termina cansando. La misión necesita comunión. La evangelización necesita oración compartida, discernimiento común, respeto por los carismas y obediencia al Espíritu Santo.

Estamos cerca de Pentecostés. Como aquella comunidad de ciento veinte hermanos, también nosotros necesitamos reunirnos en oración. Necesitamos decir: “Señor, tú conoces los corazones. Muéstranos el camino. Danos servidores según tu corazón. Renueva nuestra Iglesia. Haznos permanecer en tu amor”.

Que María, la mujer disponible al llamado de Dios, la madre que acompañó a la Iglesia naciente en oración, interceda por nosotros. Que ella nos enseñe a decir “sí” con humildad. Que ella cuide las vocaciones que están naciendo. Que ella sostenga la obra evangelizadora de la Iglesia.

Y que nosotros, cada uno desde su vocación, podamos escuchar hoy la voz de Jesús que nos dice: “No son ustedes los que me han elegido, soy yo quien los he elegido”. Que esta certeza nos llene de gratitud, de responsabilidad y de alegría. Porque el Señor nos ha elegido para permanecer en su amor, para amar como Él y para dar fruto abundante en medio del mundo.

Amén.

 


San Matías Apóstol
Siglo I

Patrono de alcohólicos y sastres

El Doce eran profundamente bíblico, por lo que Judas tuvo que ser reemplazado

 

Los musulmanes conservadores creen que cualquier territorio que alguna vez fue colonizado y gobernado por los seguidores de Mahoma pertenece por siempre y para siempre al Califato. Una vez islámico, siempre islámico. Para ilustrar, se necesitaron muchas generaciones para que el puño islámico finalmente aflojara su control sobre España. Sin embargo, a pesar de que los ejércitos musulmanes fueron empujados hacia las aguas del Mediterráneo en 1492, algunos seguidores estrictos de Mahoma aún sueñan con glorias pasadas y esperan que Al-Andalus (la España musulmana) resurja algún día.

El catolicismo no alberga tales ilusiones de gloria para las antiguas tierras católicas, pero practica una forma teológica de "Una vez católico, siempre católico". Muchos obispos que sirven en la Curia Romana no ejercen autoridad sobre una diócesis. Los obispos auxiliares también carecen de territorio. Estas dos categorías de obispos reciben así una sede episcopal “titular”. Es una vista de nombre, o título, solamente. La sede es normalmente la de una antigua diócesis cuya existencia cesó debido, típicamente, a la invasión musulmana. La costumbre de asignar sedes “titulares” a algunos obispos no sólo preserva la memoria de pueblos y diócesis perdidos, sino que también tiene algún sustento teológico. Un obispo y su diócesis se unen, como esposos, en matrimonio concertado en Roma. Es por eso por lo que un obispo usa un anillo. Y una diócesis, una vez creada, no puede quedar viuda. Siempre se nombra un nuevo obispo para casarse con él. Una diócesis debe tener un cónyuge, incluso si está lejos de casa en distancia y tiempo. Los obispos titulares suceden en el presente, aunque solo sea de nombre, a los obispos anteriores de diócesis ahora desaparecidas.

La tradición de que todos los obispos, comenzando con los Apóstoles, deben tener sucesores tiene sus raíces no solo en la Iglesia primitiva sino también en el judaísmo. Los Doce Apóstoles se mencionan más a menudo en el Nuevo Testamento por su número que por sus nombres. Son, simplemente, “Los Doce”. Esta costumbre tiene sus raíces en las doce tribus que se asentaron en la tierra de Canaán después del Éxodo de Egipto. Estas tribus fueron fundadas por los doce hijos del patriarca Jacob, más tarde rebautizado como Israel. Fue dentro de esta tradición judía del Antiguo Testamento que Jesucristo actuó cuando escogió a doce hombres sobre los cuales fundar Su Iglesia. Jesús declara específicamente que sus seguidores se sentarán en doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel ( Mt. 19:28 , Lc. 22:30 ).). Y el Libro del Apocalipsis afirma que los nombres de las doce tribus de Israel estarán escritos en las puertas de la Jerusalén Celestial ( Apoc. 21:12 ss).

Era apropiado, entonces, cuando “Los Doce” fueron reducidos a “Los Once” después del auto asesinato de Judas, que la plenitud del número bíblico tenía que ser restaurada. Y aquí es donde el santo de hoy sale de las sombras para desempeñar su papel en la historia cristiana. El primer capítulo de los Hechos de los Apóstoles, el gran libro de historia de la Iglesia primitiva nos dice que, después de la Ascensión, los once Apóstoles regresaron a Jerusalén. Allí, Pedro “se puso de pie entre los creyentes” para decirles que alguien que “nos había acompañado durante todo el tiempo que el Señor Jesús entraba y salía entre nosotros… debe convertirse en testigo con nosotros de su resurrección”. Se propusieron dos nombres para reemplazar a Judas: Matías y José llamado Barsabbas. Entonces los Once oraron al Señor para que les mostrara el camino. Echaron suertes. Matías fue elegido. Un Apóstol, por primera vez, tenía un sucesor. Y, de igual importancia, el nombramiento vino del grupo, o colegio, de Apóstoles, dirigido por Pedro. Así se estableció, pocos días después de que Cristo dejara la tierra, una forma de preservación y crecimiento de la Iglesia que se repetiría, y se repite, decenas de miles de veces en la historia cristiana.

La Iglesia ha colocado la Fiesta de San Matías a propósito cerca de la Fiesta de la Ascensión, tal como su elección en Hechos ocurrió tan poco tiempo después de ese evento en la Biblia. El Espíritu Santo todavía tenía que descender en Pentecostés, y aun así la Iglesia cumplió la voluntad de Dios con autoridad al seleccionar a Matías. Todo estaba ahí al principio. Todavía está aquí, a nuestro alrededor. El milagro de la Iglesia y sus Apóstoles continúa. Siempre continuará.  


San Matías, suplicamos por tu intercesión desde tu poderoso trono en la Jerusalén Celestial, que fortalezcas a todos los que gobiernan tu Iglesia para emular a “Los Doce” en su sabiduría, confianza, prudencia y audacia en la dirección y difusión de la Fe.

 

Gary Cooper: el héroe silencioso que llegó a la fe al final del camino

 

En mi adolescencia y juventud oí hablar muchas veces de Gary Cooper. Su nombre pertenecía a esa galería de grandes actores que uno escucha mencionar antes de conocerlos de verdad. Es posible que haya visto alguna película suya en televisión, de esas que pasaban en horarios familiares o en viejos ciclos de cine clásico, pero confieso que quizá entonces no tenía todavía la paciencia, la sensibilidad ni el gusto formado para analizarla o degustarla verdaderamente. Uno veía rostros, sombreros, caballos, duelos, gestos de valentía; pero no siempre alcanzaba a percibir la hondura humana que se escondía detrás de ciertos silencios.


Hoy, al recordar su efeméride del 13 de mayo, conviene aclarar algo: no se trata de la fecha de su nacimiento, sino de su muerte. Gary Cooper nació el 7 de mayo de 1901, en Helena, Montana, con el nombre de Frank James Cooper, y murió el 13 de mayo de 1961, en Los Ángeles, a los 60 años. (Encyclopedia Britannica) Esa coincidencia con el 13 de mayo, tan mariano para los católicos por la memoria de la Virgen de Fátima, adquiere un tono especial cuando se recuerda que Cooper terminó sus días como converso al catolicismo.


Gary Cooper fue uno de esos actores cuya fuerza no dependía del exceso. No necesitaba grandes discursos ni gesticulaciones teatrales. Su arte parecía consistir en estar ahí, firme, sobrio, casi lacónico, como si cargara por dentro una batalla moral que no hacía falta explicar demasiado. En una época de actores grandilocuentes, él hizo del silencio una forma de presencia. Su figura quedó asociada al hombre recto, al héroe común, al individuo que no busca pelea pero que tampoco huye cuando llega la hora de responder.

Su carrera atravesó buena parte del Hollywood clásico. Entre sus películas más recordadas están The Virginian, Mr. Deeds Goes to Town, Sergeant York, The Pride of the Yankees, For Whom the Bell Tolls, High Noon, Friendly Persuasion y Man of the West. Ganó dos premios Óscar como mejor actor, por Sergeant York y High Noon, y recibió además un Óscar honorífico en 1961 por su trayectoria. (Turner Classic Movies)

Pero más allá de los premios, lo que impresiona de Cooper es la coherencia entre su imagen cinematográfica y cierta percepción que muchos tuvieron de él en la vida real. No era simplemente “el vaquero” o “el sheriff” de la pantalla. Sus amigos y biógrafos suelen describirlo como un hombre reservado, amante de la naturaleza, del campo, la pesca, la caza, los caballos y los espacios abiertos. Había en él algo de hombre antiguo, de persona poco dada al ruido, a la vanidad y a la explicación innecesaria.

Naturalmente, como todo ser humano, su vida no fue una estampa perfecta. Hollywood fue también para él un mundo de fama, relaciones complejas, tentaciones y contradicciones. Pero quizá por eso mismo su conversión final resulta más significativa: no fue la historia de un santo de vitrina, sino la de un hombre que, después de haberlo tenido casi todo en términos de éxito, empezó a mirar hacia dentro.

Cooper no fue criado como católico. Había sido bautizado en una tradición cristiana no católica y durante buena parte de su vida adulta no fue especialmente practicante. Su esposa, Veronica “Rocky” Balfe, y su hija María sí eran católicas devotas. Un momento importante fue la audiencia familiar con el papa Pío XII en Roma, en 1953, acontecimiento que, según diversas fuentes, marcó el inicio de una etapa de acercamiento más serio a la fe y también de reconciliación familiar. (Wikipedia)

Ahora bien, es importante decirlo con equilibrio: su conversión no debe presentarse simplemente como un gesto de última hora provocado por el miedo a la muerte. Su propia hija María Cooper Janis afirmó que el camino de su padre hacia el catolicismo no fue causado por la enfermedad, sino que venía madurando lentamente, “a su propio tiempo”. (Registro Católico Nacional) Finalmente, Gary Cooper fue recibido formalmente en la Iglesia católica el 9 de abril de 1959, en la iglesia del Buen Pastor, en Beverly Hills, dos años antes de su muerte. (Patheos)

Este detalle me parece profundamente humano y pastoral. A veces imaginamos la conversión como un relámpago espectacular, cuando muchas veces es más bien una lenta recomposición del alma. Un hombre empieza a acompañar a su familia a misa, escucha, calla, observa, recuerda, se incomoda, se pregunta, vuelve. Un día descubre que la fe no era una imposición externa, sino una casa que lo estaba esperando.

Sus últimos días estuvieron marcados por la enfermedad. En 1960 fue diagnosticado con cáncer; posteriormente la enfermedad avanzó y se hizo inoperable. Aun así, Cooper intentó mantenerse sereno, rodeado de su familia y del cariño de sus amigos. En 1961 recibió innumerables mensajes de afecto, incluso de figuras públicas y religiosas. El 12 de mayo recibió los últimos sacramentos y murió al día siguiente, 13 de mayo de 1961, en su casa. (Wikipedia)

De sus palabras finales se recuerda una frase de enorme hondura creyente: “Sé que lo que está ocurriendo es voluntad de Dios. No temo al futuro”. (Wikipedia) No es una frase cualquiera. En labios de un actor famoso podría sonar a guion cinematográfico; pero en el lecho de muerte se convierte en confesión. Allí ya no habla el personaje de una película del Oeste. Habla el hombre. Habla el creyente. Habla alguien que, después de tantos papeles, está ante el papel definitivo: el de entregar la vida.

Hay algo muy cristiano en esa imagen final de Gary Cooper. El actor que tantas veces representó al hombre solo frente al peligro, al sheriff abandonado por todos en High Noon, al soldado que enfrenta su conciencia en Sergeant York, al hombre de honor que debe decidir entre salvarse o ser fiel, terminó afrontando su propia hora con una serenidad que no nace del orgullo, sino de la confianza.

Quizá por eso su figura sigue diciendo algo. En tiempos donde abundan los gritos, las poses y la necesidad de exhibirse, Gary Cooper representa otra forma de grandeza: la del hombre que no necesita decir demasiado para comunicar firmeza; la del artista que hizo de la contención una virtud; la del pecador —como todos— que al final se dejó encontrar por Dios.

Y tal vez ahí está la mejor lección para nosotros: nunca es tarde para volver a casa. La vida puede pasar entre éxitos, errores, aplausos, silencios y heridas; pero Dios sigue trabajando en secreto. Gary Cooper murió converso, sí, pero más que subrayar el dato como curiosidad religiosa, habría que contemplarlo como un signo de esperanza. Porque la fe, cuando llega de verdad, no borra la historia vivida: la ilumina, la purifica y la entrega en manos de la misericordia.

El 13 de mayo recordamos, entonces, no solo al gran actor de Hollywood, sino al hombre que al final de su camino pudo mirar el futuro sin miedo. Y eso, en lenguaje cristiano, se llama gracia.


martes, 12 de mayo de 2026

13 de mayo del 2026: miércoles de la sexta semana de Pascua-Memoria de la Bienaventurada Virgen María de Fátima

 

Bienaventurada Virgen María de Fátima

En 1917, tres niños pastoreaban un pequeño rebaño en el municipio de Fátima, en Portugal. Después de haber rezado el rosario al mediodía, Lucía, Francisco y Jacinta vieron una luz brillante; luego, sobre la copa de una pequeña encina, apareció una “Señora más brillante que el sol”. El mensaje de Nuestra Señora de Fátima es una invitación a orar y a hacer penitencia.

 

 

La teoría y la práctica

(Hechos 17,15.22 – 18,1; Juan 16,12-15) Hay un hermoso eco entre las dos lecturas de este día. Por una parte, Jesús anuncia a los suyos que el Espíritu Santo será para ellos fuente inagotable de verdad y, por tanto, de creatividad en el conocimiento y en el anuncio de Dios.

Por otra parte, Pablo pone en práctica esta capacidad encontrando, para la gente de Atenas, un lenguaje nuevo para evangelizar. La Iglesia vive de este soplo que no inventa nada, pero que actualiza sin cesar la Revelación.

Jean-Marc Liautaud, Fondacio

 


Primera lectura

Hch 17, 15. 22 — 18, 1

Eso que veneran sin conocerlo se lo anuncio yo

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.

EN aquellos días, los que conducían a Pablo lo llevaron hasta Atenas, y se volvieron con el encargo de que Silas y Timoteo se reuniesen con él cuanto antes.
Pablo, de pie en medio del Areópago, dijo:
«Atenienses, veo que son en todo extremadamente religiosos. Porque, paseando y contemplando sus monumentos
sagrados, encontré incluso un altar con esta inscripción: “Al Dios desconocido”.
Pues eso que venerán sin conocerlo se lo anuncio yo. “El Dios que hizo el mundo y todo lo que contiene”, siendo como es Señor de cielo y tierra, no habita en templos construidos por manos humanas, ni lo sirven manos humanas, como si necesitara de alguien, él que a todos da la vida y el aliento, y todo.
De uno solo creó el género humano para que habitara la tierra entera, determinando fijamente los tiempos y las fronteras de los lugares que habían de habitar, con el fin de que lo buscasen a él, a ver si, al menos a tientas, lo encontraban; aunque no está lejos de ninguno de nosotros, pues en él vivimos, nos movemos y existimos; así lo han dicho incluso algunos de sus poetas: “Somos estirpe suya”.
Por tanto, si somos estirpe de Dios, no debemos pensar que la divinidad se parezca a imágenes de oro o de plata o de piedra, esculpidas por la destreza y la fantasía de un hombre. Así pues, pasando por alto aquellos tiempos de ignorancia, Dios anuncia ahora en todas partes a todos los humanos que se conviertan. Porque tiene señalado un día en que juzgará el universo con justicia, por medio del hombre a quien él ha designado; y ha dado a todos la garantía de esto, resucitándolo de entre los muertos».
Al oír «resurrección de entre los muertos», unos lo tomaban a broma, otros dijeron:
«De esto te oiremos hablar en otra ocasión».
Así salió Pablo de en medio de ellos. Algunos se le juntaron y creyeron, entre ellos Dionisio el areopagita, una mujer llamada Dámaris y algunos más con ellos.
Después de esto, dejó Atenas y se fue a Corinto.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 148, 1bc-2. 11-12. 13. 14 (R.: cf. Is 6, 3c)

R. Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria.

O bien:

R. Aleluya.

V. Alaben al Señor en el cielo,
alaben al Señor en lo alto.
Alábenlo todos sus ángeles;
alábenlo todos sus ejércitos. 
R.

V. Reyes del orbe y todos los pueblos,
príncipes y jueces del mundo,
los jóvenes y también las doncellas,
los ancianos junto con los niños. 
R.

V. Alaben el nombre del Señor,
el único nombre sublime.
Su majestad sobre el cielo y la tierra. 
R.

V. Él acrece el vigor de su pueblo.
Alabanza de todos sus fieles,
de Israel, su pueblo escogido.
 R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Le pediré al Padre que les dé otro Paráclito, que esté siempre con ustedes. R.

 

Evangelio

Jn 16, 12-15

El Espíritu de la verdad los guiará hasta la verdad plena

Lectura del santo Evangelio según san Juan.


EN aquellos días, dijo Jesús a sus discípulos:
«Muchas cosas me quedan por decirles, pero no pueden cargar con ellas por ahora; cuando venga él, el Espíritu de la verdad, los guiará hasta la verdad plena. Pues no hablará por cuenta propia, sino que hablará de lo que oye y les comunicará lo que está por venir.
Él me glorificará, porque recibirá de lo mío y se lo anunciará a ustedes.
Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso les he dicho que recibirá y tomará de lo mío y se lo anunciará».

Palabra del Señor.

 

 

1

 

“El Espíritu nos enseña a hablar de Dios en el lenguaje de cada corazón”

 

Queridos hermanos y hermanas:

En este miércoles de la sexta semana de Pascua, la Palabra de Dios nos coloca ante una verdad profundamente actual: la fe no es una pieza de museo, ni una teoría encerrada en libros antiguos; la fe es una vida guiada por el Espíritu Santo, capaz de hablarle al corazón de cada época, de cada cultura, de cada persona.

Jesús, en el Evangelio de san Juan, dice a sus discípulos:

“Muchas cosas me quedan por decirles, pero no pueden cargar con ellas por ahora. Cuando venga Él, el Espíritu de la verdad, los guiará hasta la verdad plena”.

Estas palabras son de una gran ternura. Jesús no les exige a sus discípulos entenderlo todo de golpe. Sabe que el corazón humano necesita tiempo, camino, maduración. Hay verdades que solo se comprenden después de haber llorado, después de haber amado, después de haber perdido, después de haber esperado. Hay cosas de Dios que no entran únicamente por la cabeza, sino por la experiencia de la vida iluminada por la gracia.

Por eso Jesús promete el Espíritu Santo. No un maestro frío de conceptos, sino el Espíritu de la verdad, el que acompaña, ilumina, recuerda, consuela, fortalece y conduce. El Espíritu no viene a cambiar el Evangelio, no viene a inventar otro Cristo, no viene a sustituir la Revelación. Viene a hacerla viva, actual, comprensible, fecunda. Viene a ayudarnos a descubrir lo que Cristo quiere decirnos hoy, en nuestra situación concreta.

Y aquí aparece la primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles. San Pablo llega a Atenas, una ciudad culta, filosófica, llena de templos, imágenes, búsquedas religiosas y preguntas profundas. Pablo no desprecia esa cultura. No llega insultando, no comienza condenando, no se presenta como quien viene a humillar la inteligencia de los atenienses. Al contrario, observa, escucha, descubre un punto de encuentro y les dice:

“Atenienses, veo que ustedes son en todo extremadamente religiosos”.

Y luego parte de un altar dedicado “al Dios desconocido” para anunciarles al Dios vivo, al Dios creador, al Dios cercano, al Dios en quien “vivimos, nos movemos y existimos”.

¡Qué hermoso ejemplo de evangelización! Pablo no cambia el mensaje, pero sí busca el lenguaje. No traiciona a Cristo, pero se esfuerza por encontrar una puerta de entrada al corazón de quienes lo escuchan. Eso es lo que hace el Espíritu Santo: nos enseña a anunciar la verdad de siempre con palabras capaces de tocar la vida de hoy.

A veces nosotros podemos caer en dos errores. El primero: querer anunciar el Evangelio como una teoría, como un discurso aprendido, como una doctrina repetida sin alma. Y el segundo: querer acomodar tanto el Evangelio al mundo que terminamos vaciándolo de su verdad. La Palabra de hoy nos muestra el camino justo: fidelidad y creatividad. Fidelidad al Evangelio de Cristo; creatividad para comunicarlo con amor, inteligencia y cercanía.

Jesús dice que el Espíritu “no hablará por cuenta propia”, sino que tomará de lo suyo y nos lo anunciará. Esto es muy importante. El Espíritu Santo no nos conduce a caprichos personales, ni a modas pasajeras, ni a una fe fabricada a nuestra medida. El Espíritu nos conduce siempre a Cristo. Todo verdadero discernimiento espiritual nos acerca más a Jesús, nos hace más humildes, más fraternos, más orantes, más comprometidos, más capaces de amar.

Hoy celebramos también la memoria de la Bienaventurada Virgen María de Fátima. Y Fátima nos recuerda precisamente esto: que Dios sigue hablando al mundo, no para añadir otro Evangelio, sino para llamarnos a vivir más profundamente el Evangelio de siempre. El mensaje de Fátima es un llamado a la oración, a la conversión, a la penitencia, a la paz, al rezo del Rosario, a confiar en el amor maternal de María y a volver el corazón a Dios.

María no se predica a sí misma. María siempre conduce a Cristo. Como en Caná de Galilea, sigue diciéndonos: “Hagan lo que Él les diga”. Ella, llena del Espíritu Santo, es maestra de escucha. Guardaba todas las cosas en su corazón. No lo entendía todo inmediatamente, pero confiaba. Caminaba en la fe, dejándose guiar por Dios.

Y cuánta necesidad tenemos hoy de esa actitud mariana. Vivimos en un mundo lleno de ruido, de opiniones, de información, de debates, de ideologías, de palabras que a veces iluminan, pero muchas veces confunden. En medio de ese mundo, necesitamos pedir al Espíritu Santo que nos conduzca a la verdad plena. No a una verdad agresiva, no a una verdad usada como arma para herir, sino a la verdad de Cristo, que libera, sana, levanta y salva.

La intención orante de hoy nos invita a poner ante el Señor a los enfermos. Y qué bien ilumina esta intención la Palabra de Dios. Porque también el enfermo necesita ser guiado por el Espíritu de la verdad. La enfermedad muchas veces trae preguntas dolorosas: ¿por qué a mí?, ¿hasta cuándo?, ¿dónde está Dios?, ¿qué sentido tiene este sufrimiento?, ¿podré recuperar la salud?, ¿tendré fuerzas para seguir?

No siempre tenemos respuestas inmediatas. Y sería muy injusto dar respuestas fáciles al dolor humano. Pero sí podemos anunciar una certeza: Dios no abandona al enfermo. Dios está allí, en la cama del hospital, en la casa silenciosa, en la sala de espera, en la incertidumbre del diagnóstico, en la fragilidad del cuerpo, en el cansancio de quien cuida. Dios está allí no como teoría, sino como presencia viva.

El Espíritu Santo es también Consolador. Y consolar no significa simplemente decir palabras bonitas. Consolar significa sostener desde dentro. Hay enfermos que, aun en medio del dolor, se convierten en maestros de fe. Hay personas que, desde una cama, evangelizan más que muchos discursos. Su paciencia, su oración, su serenidad, su ofrecimiento silencioso, su esperanza en medio de la prueba, se convierten en una predicación viva.

San Pablo en Atenas buscó un lenguaje para hablarle a una cultura filosófica. Hoy también nosotros necesitamos encontrar un lenguaje para hablarle al enfermo, al joven, al anciano, al que duda, al que se alejó de la Iglesia, al que está cansado, al que sufre depresión, al que ha perdido un ser querido, al que se siente solo. No basta repetir fórmulas. Hay que pedir al Espíritu Santo palabras con alma, palabras con misericordia, palabras nacidas de la oración.

El salmo de hoy invita a toda la creación a alabar al Señor: los cielos, la tierra, los reyes, los pueblos, los jóvenes, las doncellas, los ancianos y los niños. Toda la creación es convocada a reconocer la grandeza de Dios. Y esa alabanza también puede brotar desde la fragilidad. A veces la alabanza más pura no es la que nace cuando todo va bien, sino la que se eleva cuando, en medio del dolor, una persona todavía puede decir: “Señor, confío en ti”.

Pidamos hoy al Espíritu Santo que nos enseñe tres cosas.

Primero, a escuchar. Escuchar a Dios, escuchar la Palabra, escuchar la vida, escuchar el sufrimiento de los demás. Quien no escucha, no evangeliza; solo impone.

Segundo, a discernir. No todo espíritu viene de Dios. No toda novedad es inspiración. No toda tradición mal entendida es fidelidad. Necesitamos al Espíritu de la verdad para distinguir lo que viene de Cristo y lo que nos aparta de Él.

Tercero, a anunciar. Que no nos dé vergüenza hablar de Dios, pero que sepamos hacerlo con humildad, con belleza, con respeto, con convicción y con amor. Como Pablo en Atenas. Como María en Fátima. Como tantos cristianos sencillos que, sin grandes títulos, hacen creíble el Evangelio con su vida.

Que la Virgen María de Fátima interceda hoy por nosotros. Que cubra con su manto maternal a todos los enfermos, a quienes los cuidan, a los médicos, enfermeras, familiares y agentes de pastoral de la salud. Que ella nos enseñe a guardar la Palabra en el corazón y a dejarnos conducir por el Espíritu Santo.

Y que el Señor nos conceda una Iglesia viva, fiel y creativa: una Iglesia que no inventa otro Evangelio, pero que sabe anunciar el Evangelio eterno con palabras nuevas, con gestos nuevos, con caridad nueva, en medio de los areópagos de nuestro tiempo.

Amén.

 

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Queridos hermanos y hermanas:

En el Evangelio de hoy, Jesús dice a sus discípulos: “Muchas cosas me quedan por decirles, pero no pueden cargar con ellas por ahora. Cuando venga el Espíritu de la verdad, Él los guiará hasta la verdad plena.”

Esta frase nos muestra la paciencia de Dios. Jesús no obliga a sus discípulos a entenderlo todo de una vez. Sabe que el corazón humano tiene ritmos, límites, heridas, resistencias. También nosotros quisiéramos comprenderlo todo: el sentido del sufrimiento, los caminos de Dios, las pruebas de la vida, los silencios del cielo. Pero hay verdades que solo se entienden con el tiempo, con oración, con humildad y, sobre todo, con la luz del Espíritu Santo.

Los discípulos caminaron con Jesús, escucharon sus palabras, vieron sus milagros, compartieron su intimidad. Y, sin embargo, todavía necesitaban al Espíritu para comprender la profundidad del misterio de Cristo. Esto nos recuerda que la fe no es solo información religiosa, ni simple doctrina aprendida de memoria. La fe es una vida transformada por el Espíritu.

En la primera lectura vemos a san Pablo en Atenas. Allí se encuentra con una cultura llena de búsquedas religiosas y filosóficas. Pablo no desprecia esa búsqueda. Al contrario, parte de lo que ellos conocen: el altar dedicado “al Dios desconocido”. Desde allí les anuncia al Dios verdadero, al Dios que da la vida, al Dios en quien “vivimos, nos movemos y existimos”.

Pablo nos enseña que quien se deja guiar por el Espíritu sabe anunciar la verdad con inteligencia, respeto y creatividad. No cambia el Evangelio, pero busca el lenguaje adecuado para tocar el corazón de quienes escuchan. También hoy necesitamos cristianos así: fieles a Cristo, pero capaces de hablarle al mundo actual con cercanía, claridad y amor.

Jesús habla del Espíritu de la verdad. Pero esa verdad no es una idea fría. Es una verdad que transforma. Para recibir el vino nuevo de la gracia, necesitamos odres nuevos. Es decir, necesitamos dejar que el Espíritu cambie nuestra manera de pensar, de hablar, de amar, de perdonar, de servir. A veces nos aferramos a viejas actitudes: orgullo, resentimiento, miedo, mediocridad, autosuficiencia. Y el Espíritu viene a decirnos: “Déjate renovar. Dios quiere hacer algo nuevo en ti”.

Hoy celebramos también la memoria de la Bienaventurada Virgen María de Fátima. María es la mujer dócil al Espíritu. Ella no lo comprendió todo desde el comienzo, pero creyó, guardó la Palabra en su corazón y se dejó conducir por Dios. En Fátima, María nos recuerda el camino sencillo y profundo del Evangelio: oración, conversión, penitencia, paz y confianza en Dios.

El salmo nos invita a alabar al Señor: cielos y tierra, jóvenes y ancianos, pueblos y naciones. Cuando el Espíritu nos guía a la verdad, el corazón termina en alabanza. Porque quien descubre a Dios no puede vivir encerrado en la tristeza, el miedo o la indiferencia. La verdad de Cristo abre el alma a la esperanza.

Pidamos hoy al Espíritu Santo que nos haga capaces de cargar con la verdad de Dios; no solo de entenderla con la cabeza, sino de vivirla con el corazón. Que María de Fátima interceda por nosotros, para que seamos hombres y mujeres renovados por el Espíritu, testigos humildes y valientes del Evangelio.

Que el Señor nos conceda abandonar los odres viejos de nuestra vida y recibir el vino nuevo de su gracia.

Amén.

 

Florence Nightingale: la lámpara de una mujer que convirtió la compasión en misión

 

 


Cada 12 de mayo el mundo recuerda el nacimiento de Florence Nightingale, nacida en Florencia, Italia, en 1820, en el seno de una familia británica acomodada. Su nombre, precisamente, fue tomado de la ciudad donde vio la luz. Con el tiempo, aquella niña educada entre libros, idiomas, matemáticas y sensibilidad social llegaría a convertirse en una de las figuras más influyentes de la historia moderna: reformadora sanitaria, pionera de la enfermería profesional, escritora, estadística y símbolo universal del cuidado humano. Su fecha de nacimiento no solo pertenece al calendario biográfico, sino también al calendario moral de la humanidad: el 12 de mayo se celebra el Día Internacional de la Enfermería en memoria de su legado.

 (Encyclopedia Britannica)



Florence Nightingale nació en una época en la que muchas mujeres de su condición social estaban destinadas casi exclusivamente al matrimonio, la vida doméstica y la respetabilidad burguesa. Pero ella, desde muy joven, sintió que su vida no podía encerrarse en los salones elegantes ni en los planes familiares. Según las fuentes biográficas, a los 16 años experimentó lo que ella misma entendió como una llamada de Dios, una vocación interior orientada a aliviar el sufrimiento humano. La enfermería, entonces poco prestigiosa y socialmente mal vista, fue apareciendo ante sus ojos como una forma concreta de servir a Dios y a la humanidad. (Florence Nightingale Museum London)

Su familia no aceptó fácilmente ese camino. Para una mujer de su clase, dedicarse a cuidar enfermos podía parecer una degradación social. Pero Florence tenía una convicción demasiado profunda para dejarse domesticar por las expectativas ajenas. Estudió hospitales, leyó informes sanitarios, se formó en Kaiserswerth, Alemania, con las diaconisas protestantes, y también recibió formación en París con las Hermanas de la Misericordia. Este último dato es importante: no fue católica, pero sí conoció de cerca la obra caritativa de religiosas católicas, y esa experiencia le permitió valorar el servicio organizado, disciplinado y espiritual de mujeres consagradas al cuidado de los enfermos. (Encyclopedia Britannica)

Su nombre se hizo célebre durante la Guerra de Crimea. En 1854 fue enviada con un grupo de enfermeras al hospital militar de Scutari, cerca de Constantinopla, donde encontró hacinamiento, falta de higiene, carencia de suministros y una mortalidad terrible entre los soldados. Allí no solo curó heridas: organizó, limpió, administró, consoló y observó. Su inteligencia práctica comprendió que la compasión sin método puede quedarse corta, y que la caridad necesita también ciencia, disciplina y buena administración. De sus rondas nocturnas con una lámpara nació la imagen que la acompañaría para siempre: “la dama de la lámpara”. (Encyclopedia Britannica)

Pero reducir a Florence Nightingale a una figura sentimental sería injusto. No fue únicamente una mujer buena que cuidaba soldados. Fue una mente poderosa. Usó datos, gráficos y estadísticas para demostrar que muchas muertes no eran inevitables, sino consecuencia de la suciedad, la mala ventilación, la desorganización y la negligencia institucional. En 1860 fundó la Escuela Nightingale de Enfermería en el Hospital St. Thomas de Londres, una institución decisiva para transformar la enfermería en profesión respetable, formada y científicamente orientada. También escribió abundantemente sobre salud, hospitales, cuidados y reforma social. (Florence Nightingale Museum London)

La dimensión espiritual de Florence Nightingale es fascinante. Creía en Dios, sin duda. Pero su fe no cabe fácilmente en una etiqueta simple. A veces se la presenta como formada en un ambiente unitario; sin embargo, estudios especializados precisan que fue bautizada en la Iglesia de Inglaterra y permaneció formalmente vinculada a ella, aunque con influencias unitarias, metodistas, evangélicas y luteranas. Su pensamiento religioso fue intenso, personal, a veces heterodoxo, crítico frente a ciertos conservadurismos eclesiales, pero profundamente marcado por la idea de vocación. Para ella, la fe auténtica debía traducirse en servicio activo, en alivio del dolor, en reforma de las condiciones de vida de los pobres y enfermos. (Obras Completas de Florence Nightingale)

Por eso, a la pregunta “¿era católica?”, la respuesta honesta es: no, no fue católica romana. Su confesión formal estuvo más cerca del ámbito anglicano, con una fuerte mezcla de influencias protestantes y una espiritualidad muy personal. Pero sería igualmente injusto presentarla como una mujer indiferente a la religión. Florence fue una creyente apasionada, aunque no convencional. Una mujer que entendió la vida como misión. Una mujer que, aun sin pertenecer a la Iglesia católica, supo reconocer en muchas obras cristianas —incluidas las de religiosas católicas— una fuerza concreta de misericordia y servicio.

Sus últimos años estuvieron marcados por la enfermedad. Durante largo tiempo vivió limitada físicamente, incluso postrada, pero no dejó de trabajar. Desde su habitación siguió escribiendo, aconsejando, organizando campañas y defendiendo reformas sanitarias. Su fragilidad corporal no apagó su lucidez. Murió en Londres el 13 de agosto de 1910, a los 90 años. Su familia rechazó el ofrecimiento de enterrarla en la Abadía de Westminster, y fue sepultada sencillamente en St. Margaret’s Church, en East Wellow, cerca del hogar familiar. Sobre su tumba se lee una inscripción sobria: “F. N. 1820–1910”. (Museo del Ejército Nacional)

Florence Nightingale nos deja una enseñanza de enorme actualidad: cuidar es una forma superior de inteligencia. Cuidar no es solamente sentir lástima; es organizar la esperanza. Es mirar al enfermo no como un número, sino como una persona. Es comprender que la higiene, la alimentación, el silencio, la presencia, la escucha y la ternura también salvan vidas. Su lámpara no fue solo un objeto de ronda nocturna; fue un símbolo espiritual. Una luz pequeña en medio del dolor, pero suficiente para decirle a un herido: “no estás solo”.

En tiempos en que la humanidad sigue necesitando hospitales más humanos, profesionales más valorados y sociedades más compasivas, Florence Nightingale permanece como una mujer imprescindible. Su fe, aunque no católica, fue profundamente vocacional. Su vida fue una respuesta. Su obra fue una plegaria hecha servicio. Y su lámpara sigue encendida allí donde alguien, en nombre de la humanidad y de Dios, se inclina con respeto ante el sufrimiento de otro ser humano.

 

14 de mayo del 2026: San Matías, apóstol

  Santo del día: San Matías Siglo I. Después de la traición de Judas, Matías fue elegido para ser el duodécimo Apóstol (Hch 1,23-26). S...