sábado, 7 de febrero de 2026

8 de febrero del 2026: Quinto domingo del tiempo ordinario- ciclo A

 

Sal y luz

El Evangelio de hoy forma parte del discurso de Jesús en la montaña. Sigue al Evangelio de las Bienaventuranzas, que es una llamada a la felicidad: «¡Felices ustedes!».
A los discípulos reunidos a su alrededor para escucharlo, el Señor no les dice: «Conviértanse en la sal de la tierra… conviértanse en la luz del mundo». Les dice: «Ustedes son la sal de la tierra… ustedes son la luz del mundo».
Es decir, en el corazón de este mundo, son los granos de sal que revelan a cada hombre y a cada mujer el sabor de la vida, el gusto de ser discípulos del Señor Jesús.

En el relato de los comienzos, en el libro del Génesis, se nos cuenta que la primera palabra de Dios fue para hacer surgir la luz: «“Que exista la luz”. Y la luz existió. Dios vio que la luz era buena» (Gn 1,3-4).

El Señor nos llama a compartir lo que Él mismo es: «Yo soy la luz del mundo. El que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida» (Jn 8,12).

Ser la luz de Cristo es “estar con Él” y actuar a su manera: compartir nuestro pan con el que tiene hambre, acoger en nuestra casa a los pobres sin techo, cubrir al que no tiene vestido, no desentendernos de nuestro semejante. Entonces —dice el profeta Isaías— nuestra luz brotará como la aurora.

El apóstol Pablo lo afirma: los hombres y mujeres de este mundo que vean esta luz en nosotros darán gloria a nuestro Padre que está en los cielos.

¿He hecho la experiencia de dar gloria al Padre acogiendo en mi vida a los más pobres?
¿Soy consciente de estar llamado, como discípulo de Jesús, a ser sal de la tierra y luz del mundo?

Anne Da, xavière


 

Primera lectura

Is 58, 7-10
Surgirá tu luz como la aurora

Lectura del libro de Isaías

ESTO dice el Señor:
«Parte tu pan con el hambriento,
hospeda a los pobres sin techo,
cubre a quien ves desnudo
y no te desentiendas de los tuyos.
Entonces surgirá tu luz como la aurora,
enseguida se curarán tus heridas,
ante ti marchará la justicia,
detrás de ti la gloria del Señor.
Entonces clamarás al Señor y te responderá;
pedirás ayuda y te dirá: “Aquí estoy”.
Cuando alejes de ti la opresión,
el dedo acusador y la calumnia,
cuando ofrezcas al hambriento de lo tuyo
y sacies al alma afligida,
brillará tu luz en las tinieblas,
tu oscuridad como el mediodía».

Palabra de Dios.


Salmo

Sal 111, 4-5. 6-7. 8a y 9 (R.: cf. 4a)

R. El justo brilla en las tinieblas como una luz.

O bien:

R. Aleluya.

V. En las tinieblas brilla como una luz
el que es justo, clemente y compasivo.
Dichoso el que se apiada y presta,
y administra rectamente sus asuntos. 
R.

V. Porque jamás vacilará.
El recuerdo del justo será perpetuo.
No temerá las malas noticias,
su corazón está firme en el Señor. 
R.

V. Su corazón está seguro, sin temor.
Reparte limosna a los pobres;
su caridad dura por siempre
y alzará la frente con dignidad. 
R.


Segunda lectura

1 Cor 2, 1-5

Les anuncié el misterio de Cristo crucificado

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios

YO mismo, hermanos, cuando vine a ustedes a anunciarles el misterio de Dios, no lo hice con sublime elocuencia o sabiduría, pues nunca entre ustedes me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y este crucificado.
También yo me presenté a ustedes débil y temblando de miedo; mi palabra y mi predicación no fue con persuasiva sabiduría humana, sino en la manifestación y el poder del Espíritu, para que su fe no se apoye en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios.

Palabra de Dios.


Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.


V. Yo soy la luz del mundo —dice el Señor—; el que me sigue tendrá la luz de la vida. R.


Evangelio

Mt 5, 13-16

Ustedes son la luz del mundo

Lectura del santo Evangelio según san Mateo

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán?
No sirve más que para tirarla y que la pise la gente.
Ustedes son la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte.
Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa.
Brille así su luz ante los hombres, para que vean sus buenas obras y den gloria a su Padre que está en los cielos».

Palabra del Señor.

 

1

 

“Ustedes son: identidad, no tarea”

 

Queridos hermanos,

El Evangelio de hoy se sitúa inmediatamente después de las Bienaventuranzas. Jesús acaba de proclamar: «Felices ustedes», y sin dar tiempo a que esa felicidad se vuelva abstracta, la traduce en identidad y misión:
«Ustedes son la sal de la tierra… ustedes son la luz del mundo».

Jesús no dice: “esfuércense por llegar a ser”, ni “algún día, si lo hacen bien”.
Dice algo mucho más exigente y, al mismo tiempo, más consolador:
👉 ustedes ya lo son.

1. No “convertirse”, sino “vivir lo que somos”

Aquí está el punto decisivo del Evangelio de hoy.
La fe cristiana no comienza con una lista de tareas, sino con una identidad recibida.
Somos sal y somos luz porque hemos sido llamados, reunidos y enviados por Cristo.

El problema no es que no sepamos qué hacer; el problema es cuando olvidamos quiénes somos.
Un cristiano no pierde su misión cuando fracasa, sino cuando se acostumbra a vivir como si no fuera diferente, como si su fe no tuviera sabor ni brillo.

2. La luz: una historia que comienza en Dios

La primera palabra de Dios en la Biblia no fue una orden moral, sino un acto creador:
«Que exista la luz».

Antes de que existiera el pecado, antes de la ley, antes incluso del ser humano… existió la luz.
Y Jesús retoma esa historia cuando dice:
«Yo soy la luz del mundo».

Por eso, ser luz no es producir algo propio, sino reflejar una presencia.
El cristiano no ilumina porque sea perfecto, sino porque está con Cristo. La luz no es nuestra; pasa a través de nosotros.

3. Isaías: cuando la fe se vuelve concreta (Is 58)

Isaías pone los pies en la tierra. No habla de teorías ni de emociones religiosas. Habla de gestos:

  • compartir el pan con el hambriento,
  • acoger al pobre sin techo,
  • vestir al desnudo,
  • no desentenderse del hermano.

Y entonces aparece la promesa:
«Tu luz brotará como la aurora».

Fijémonos bien:
👉 la luz no brota antes, brota después del gesto de misericordia.
La fe que no se hace concreta se vuelve opaca.
La fe que se hace caridad se vuelve luminosa.

4. San Pablo: menos brillo humano, más poder de Dios (1 Co 2)

Pablo confiesa que no quiso apoyarse en discursos brillantes ni en estrategias persuasivas.
¿Por qué?
Porque la fe no nace del impacto del predicador, sino de la fuerza de Dios.

Esto es una llamada muy actual para la Iglesia:
no estamos llamados a impresionar, sino a transparentar;
no a deslumbrar, sino a iluminar;
no a ocupar el centro, sino a conducir al Padre.

5. El fruto: dar gloria al Padre

Jesús es claro:
«Que vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre que está en los cielos».

El criterio es sencillo y exigente:
si después de vernos, la gente habla más de nosotros que de Dios, algo no va bien.
La luz cristiana no busca aplausos; busca conducir a Dios.

6. Preguntas que nos deja el Evangelio

  • ¿He hecho la experiencia de dar gloria al Padre acogiendo a los más pobres en mi vida concreta?
  • ¿Soy consciente de que ser discípulo de Jesús implica ser sal y luz en el corazón del mundo, no al margen de él?

No se trata de hacer cosas extraordinarias, sino de vivir de manera extraordinaria lo ordinario:
una palabra justa, una ayuda silenciosa, una presencia fiel, un pan compartido, una puerta abierta.

7. Conclusión

Hermanos,
la sal no hace ruido, pero cambia el sabor.
La luz no se impone, pero vence la oscuridad.

Jesús hoy no nos da una tarea más:
👉 nos recuerda quiénes somos.

Pidámosle la gracia de no perder el sabor del Evangelio
y de no esconder la luz que Él ha encendido en nosotros.

Amén.

 

2

 

1) Puerta de entrada

Hermanos, el Evangelio de hoy trae una palabra breve, casi cortante: “Ustedes son la sal de la tierra” (Mt 5,13). Y enseguida una advertencia que inquieta: “si la sal se vuelve sosa…”.
¿Cómo puede la sal perder su sabor? La experiencia cotidiana nos dice que la sal es estable. Pero Jesús no habla de química: habla de vida espiritual.

Se dice que en Palestina la “sal” que se obtenía del entorno del Mar Muerto venía mezclada con minerales; si se almacenaba mal o se humedecía, lo verdaderamente “salado” podía disolverse y quedar un residuo que parecía sal… pero ya no servía para nada.

Esa imagen es durísima y real: parecer cristianos, tener apariencia de sal… pero haber perdido lo esencial.


2) Clave bíblica: ¿qué significa ser “sal”?

Jesús, después de proclamar las Bienaventuranzas, nos revela que el discípulo está llamado a ser tres cosas en el mundo:

1.    Sabor (dar gusto a la vida)

2.    Conservación (preservar de la corrupción)

3.    Pureza/consagración (ofrecer a Dios un mundo más santo)

No son ideas abstractas: se aterrizan en las lecturas de hoy.


3) La sal que da sabor: el Evangelio como alegría y verdad

La primera función de la sal es dar sabor.
El mundo puede quedar insípido cuando se vive sin horizonte, sin sentido, sin verdad, sin esperanza. El discípulo de Jesús está llamado a poner “sabor” con la verdad del Evangelio y la alegría de pertenecer a Cristo.

Aquí conviene una pregunta pastoral:

  • ¿Qué sabor deja mi vida en los demás: amargura, crítica, cansancio… o esperanza, paz, misericordia?

Porque el cristiano no “predica” solo con palabras: la vida misma deja gusto.


4) La sal que preserva: un freno a la decadencia moral

La segunda función de la sal, sobre todo antes de las neveras, era conservar. La sal impedía la corrupción.

Y aquí el Evangelio se vuelve profecía: Jesús nos pide ser un “preservante” frente a la descomposición espiritual: la mentira normalizada, la violencia verbal, el desprecio del débil, la corrupción, la infidelidad, la sexualización sin amor, el “todo vale”.

Ser sal es no dejar que el alma se pudra: ni la propia, ni la del ambiente que tocamos.
Pero si el discípulo se “diluye”, si se vuelve indistinguible, si se vuelve “aguado”, entonces no preserva nada. Se vuelve un residuo que aparenta… y no transforma.


5) La sal de la pureza: consagración y alianza (Lv 2,13)

En la liturgia de Israel la sal era signo de alianza y consagración: “no dejarás que falte la sal de la alianza” (Lv 2,13).
La sal “purifica” la ofrenda: la preserva, la guarda, la hace digna.

Aquí aparece una dimensión preciosa del discipulado: ser sal es vivir con integridad, con un corazón unificado, sin doblez, sin “impurezas” que quitan el sabor: el orgullo, la hipocresía, la doble vida, la comodidad espiritual.

Hay “minerales” que se mezclan con nuestra fe y la vuelven insípida:

  • el miedo a quedar mal,
  • el deseo de agradar a todos,
  • el conformismo,
  • el “así es el mundo”,
  • el “yo soy así”, como excusa para no cambiar.

6) Isaías: el modo concreto de no perder el sabor (Is 58,7-10)

La primera lectura nos dice cómo se mantiene la sal viva: con caridad concreta.
Isaías no se queda en lo devocional; baja al cuerpo y al pan:

  • compartir el pan con el hambriento
  • acoger al pobre sin techo
  • vestir al desnudo
  • no desentenderse del hermano

Y entonces viene la promesa:
“tu luz brotará como la aurora”.

Nota el orden: primero misericordia, luego luz.
La fe pierde sabor cuando se vuelve discurso sin compasión.
La fe recupera su fuerza cuando se vuelve pan partido.


7) Salmo 112: el justo es “sal” porque es misericordioso

El salmo describe al justo como alguien compasivo y generoso, que no teme las malas noticias, que sostiene al pobre.
Es decir: el justo no “alardea” de ser sal. Lo es porque su vida tiene consistencia.

Ahí está una gran enseñanza:
la santidad no es un perfume para uno mismo; es un bien público: preserva, sostiene, ilumina, da sabor.


8) San Pablo: no “sazonar” con ego, sino con la fuerza de Dios (1 Co 2,1-5)

Pablo nos guarda de una tentación: creer que la misión depende de “retórica”, de “estrategia”, de “brillo”.
Él predicó “con temor y temblor”, para que la fe se apoyara en el poder de Dios.

Aplicación directa:

  • podemos “sazonar” con carisma… pero sin Cristo;
  • podemos impresionar… pero no convertir;
  • podemos llenar espacios… y no transformar corazones.

La sal auténtica no es el “yo” del predicador: es Cristo en él.


9) Evangelio completo: sal y luz (Mt 5,13-16)

Jesús une las dos imágenes: sal (interior, discreta) y luz (visible).
La sal actúa sin ruido; la luz se ve.
Pero ambas tienen un objetivo: que el Padre sea glorificado.

No se trata de que digan: “qué buen cristiano”, sino:
“qué grande es Dios”.


10) Examen pastoral: ¿cómo se vuelve “sosa” la sal?

Concretando: la sal se vuelve sosa cuando el “sodio” se disuelve y queda el residuo. En clave espiritual:

  • cuando la oración se diluye en rutina,
  • cuando el Evangelio se mezcla con la lógica del mundo sin discernimiento,
  • cuando dejamos que la queja, el cinismo o la tibieza nos “humedezcan”,
  • cuando la fe se vuelve apariencia sin amor.

Parecemos sal… pero ya no sazona.


11) Llamado concreto para esta semana

Te propongo tres acciones simples (pero potentes):

1.    Sabor: una palabra que levante a alguien (sin ironía, sin herir).

2.    Preservación: un “no” firme a una complicidad con el pecado (una conversación sucia, una injusticia, una trampa).

3.    Pureza: una obra de misericordia al estilo de Isaías: pan, visita, ayuda real, acogida.

Verás que, cuando haces esto, algo pasa: tu luz brota.


12) Conclusión

Hermanos, el mundo necesita sal auténtica.
No un cristianismo “de apariencia”, no un residuo sin sabor.
Necesita discípulos que, con humildad y firmeza, sean:

  • sabor de Evangelio,
  • preservación contra la corrupción,
  • ofrenda pura para Dios.

Y entonces, como dice Jesús, verán nuestras obras y glorificarán al Padre.

Amén.


Oración final

Señor Jesús,
Tú eres quien da sabor a nuestra vida,
quien nos preserva del pecado
y nos hace ofrenda agradable al Padre.

Líbranos de una fe diluida,
de una sal que solo aparenta.
Haznos sencillos y firmes,
misericordiosos y coherentes,
para que el mundo encuentre en nosotros
el sabor de tu Evangelio,
la fuerza que preserva del mal
y la pureza de un corazón entregado.

Jesús, en Ti confiamos. Amén.

 

viernes, 6 de febrero de 2026

7 de febrero del 2026: sábado de la cuarta semana del tiempo ordinario- II

 

La infinita delicadeza de Jesús

El evangelio del día nos revela la infinita delicadeza del Hijo de Dios. Los Apóstoles regresan de la misión. Después de tomarse el tiempo para escucharlos, Jesús se preocupa por ofrecerles un momento de descanso en el desierto. Su solicitud desborda el círculo de los íntimos. «Conmovido por la compasión» ante la gran multitud que se les había adelantado, el Maestro asume el papel de pastor para guiarla con el sonido de su palabra. Una actitud que se inscribe en el tiempo y en la eternidad.

Bénédicte de la Croix, cisterciense

 


Primera lectura

1 Re 3, 4-13

Concede a tu siervo un corazón atento para juzgar a tu pueblo

Lectura del primer libro de los Reyes.

EN aquellos días, el rey Salomón acudió a Gabaón a ofrecer mil holocaustos sobre aquel altar, pues era aún el santuario principal.
Aquella noche el Señor se apareció allí en sueños a Salomón y le dijo:
«Pídeme lo que deseas que te dé».
Salomón respondió:
«Has actuado con gran benevolencia hacia tu siervo David, mi padre, porque caminaba en tu presencia con lealtad, justicia y rectitud de corazón. Has tenido para con él una gran benevolencia, concediéndole un hijo que había de sentarse en su trono, como sucede en este día.
Pues bien, Señor mi Dios: Tú has hecho rey a tu siervo en lugar de David mi padre, pero yo soy un muchacho joven y no sé por dónde empezar o terminar. Tu siervo está en medio de tu pueblo, el que tú te elegiste, un pueblo tan numeroso que no se puede contar ni calcular. Concede, pues, a tu siervo, un corazón atento para juzgar a tu pueblo y discernir entre el bien y el mal. Pues, cierto, ¿quién podrá hacer justicia a este pueblo tuyo tan inmenso?».
Agradó al Señor esta súplica de Salomón.
Entonces le dijo Dios:
«Por haberme pedido esto y no una vida larga o riquezas para ti, por no haberme pedido la vida de tus enemigos sino inteligencia para atender a la justicia, yo obraré según tu palabra: te concedo, pues, un corazón sabio e inteligente, como no ha habido antes de ti ni surgirá otro igual después de ti.
Te concedo también aquello que no has pedido, riquezas y gloria mayores que las de ningún otro rey mientras vivas».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 118, 9. 10. 11. 12. 13. 14 (R.: 12b)

R. Enséñame, Señor, tus decretos.

V. ¿Cómo podrá un joven andar honestamente?
Cumpliendo tus palabras.
 R.

V. Te busco de todo corazón,
no consientas que me desvíe de tus mandamientos. 
R.

V. En mi corazón escondo tus consignas,
así no pecaré contra ti. 
R.

V. Bendito eres, Señor,
enséñame tus decretos. 
R.

V. Mis labios van enumerando
todos los mandamientos de tu boca. 
R.

V. Mi alegría es el camino de tus preceptos,
más que todas las riquezas. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Mis ovejas escuchan mi voz —dice el Señor—, y yo las conozco, y ellas me siguen. R.

 

Evangelio

Mc 6, 30-34

Andaban como ovejas que no tienen pastor

Lectura del santo Evangelio según san Marcos.

EN aquel tiempo, los apóstoles volvieron a reunirse con Jesús, y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado.
Él les dijo:
«Vengan ustedes a solas a un lugar desierto a descansar un poco».
Porque eran tantos los que iban y venían, que no encontraban tiempo ni para comer.
Se fueron en barca a solas a un lugar desierto.
Muchos los vieron marcharse y los reconocieron; entonces de todas las aldeas fueron corriendo por tierra a aquel sitio y se les adelantaron. Al desembarcar, Jesús vio una multitud y se compadeció de ella, porque andaban como ovejas que no tienen pastor; y se puso a enseñarles muchas cosas.

Palabra de Dios.

 

 

1

 

La infinita delicadeza de Jesús

Hermanos, hay delicadezas que solo entiende quien ama de verdad. No son gestos “bonitos” para la foto, sino decisiones profundas: escuchar, cuidar, proteger, orientar, sostener. El evangelio de hoy nos presenta precisamente eso: la infinita delicadeza de Jesús. Y la liturgia nos regala un eco maravilloso desde la primera lectura y el salmo: la delicadeza de Dios que educa el corazón, que lo purifica y lo hace sabio.

1) Jesús escucha antes de mandar: la delicadeza que devuelve el aliento

El texto de Marcos empieza con una escena entrañable: “Los apóstoles se reunieron con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado” (Mc 6,30). Antes de corregir, antes de planificar, antes de “medir resultados”, Jesús escucha. Les da espacio para narrar, para revisar, para respirar.

Y luego viene un gesto más: “Vengan ustedes solos a un lugar desierto, a descansar un poco” (Mc 6,31).
¡Qué retrato de un Maestro verdadero! No explota a los suyos. No los reduce a “instrumentos”. Cuida la fragilidad de quienes sirven. Jesús sabe que un corazón agotado se vuelve duro, que un discípulo sin descanso termina predicando con resentimiento o con ansiedad, que el cansancio sin oración abre la puerta a la impaciencia, al orgullo, a la búsqueda de aplausos.

Esta es una palabra muy actual para nosotros: en la Iglesia, en la familia, en la vida consagrada, en el servicio pastoral. A veces creemos que la santidad se mide por el activismo. Pero Jesús revela otro criterio: la fecundidad nace del corazón cuidado.

2) La compasión que se vuelve guía: Jesús, Pastor en el tiempo

Sin embargo, el descanso se frustra: la gente llega antes, los espera, los desborda. Y aquí aparece el centro del evangelio: “Al desembarcar, vio una gran muchedumbre y se compadeció de ellos, porque eran como ovejas sin pastor; y se puso a enseñarles largamente” (Mc 6,34).

La delicadeza de Jesús no es solo para “los suyos”; se desborda. La multitud no le da tregua, pero Él no responde con fastidio sino con compasión. Y la compasión toma una forma concreta: enseñar, orientar, ofrecer la Palabra que ordena la vida. Jesús no solo “siente lástima”; asume el rol de pastor.

Esto es muy importante: hay una compasión sentimental que se queda en emoción; la compasión de Cristo se vuelve verdad que ilumina, camino que guía, alimento que sostiene. Jesús ve el hambre más profunda: gente con heridas, con confusión, con cansancio interior, con búsquedas mezcladas… “ovejas sin pastor”. Por eso su primera respuesta es: “se puso a enseñarles largamente”. La Palabra es medicina. La enseñanza es una forma de ternura.

3) Salomón pide sabiduría: la delicadeza de un corazón que sabe escuchar

Y ahora miremos la primera lectura: Salomón, en Gabaón, recibe la invitación de Dios: “Pídeme lo que quieras” (1 Re 3,5). ¿Qué pide? No pide longevidad, ni riqueza, ni la caída de enemigos. Pide algo más fino, más interior: “un corazón dócil para gobernar…, para discernir el bien del mal” (1 Re 3,9).

La expresión es preciosa: corazón dócil, literalmente un corazón que sabe escuchar. La sabiduría bíblica no es acumular información: es aprender a escuchar a Dios para decidir con rectitud, para no hacer daño, para hacer el bien posible en lo concreto.

Aquí se unen lectura y evangelio:

  • Los apóstoles “cuentan” y Jesús los escucha.
  • Salomón pide un corazón que escucha.
  • La multitud necesita un pastor que la guíe con la Palabra.

En el fondo, Dios está formando en nosotros un estilo: discípulos que escuchan y pastores que guían con delicadeza.

4) “¿Cómo un joven llevará una vida honesta?”: la purificación del deseo

El salmo 119 nos da la clave espiritual: “¿Cómo un joven llevará una vida honesta? Guardando tu palabra”; “En mi corazón he guardado tus promesas para no pecar contra ti” (Sal 119).

La Palabra guardada en el corazón no es un adorno piadoso. Es una fuerza que ordena la vida, que limpia intenciones, que fortalece decisiones. Por eso el salmo insiste: buscar, guardar, proclamar, alegrarse, gozar en los mandatos. La verdadera libertad nace cuando la Palabra se vuelve brújula, cuando la conciencia deja de ser un ruido y se convierte en un “murmullo santo” que nos orienta.

Y esto es delicadeza divina: Dios no nos domina por la fuerza; nos educa por dentro, con la verdad que ilumina y con la gracia que suaviza el corazón.

5) María en sábado: la escuela de la delicadeza

En este sábado, la Iglesia nos invita a mirar a María. Y María es maestra de la delicadeza de Dios. Ella sabe escuchar: “María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón” (cf. Lc 2,19). María no vive de impulsos; vive de interioridad. No corre detrás del ruido; guarda la Palabra, la rumia, la deja madurar. Por eso su presencia es discreta, pero decisiva.

María nos enseña dos cosas para vivir este evangelio:

1.    Delicadeza con los servidores: cuidar el corazón, no quemar la vida, no confundir misión con ansiedad.

2.    Delicadeza con el pueblo: compasión que guía, palabra que orienta, paciencia que enseña “largamente”.

En María vemos el equilibrio: disponibilidad total para Dios, y al mismo tiempo una humanidad tierna, atenta, profundamente real.

6) Aplicación pastoral: tres preguntas para esta semana

Para aterrizarlo, propongo tres preguntas sencillas:

  • ¿A quién necesito escuchar con más paciencia? (en casa, en la comunidad, en el trabajo pastoral).
  • ¿Estoy cuidando mi descanso y mi oración, o estoy viviendo “a punta de gasolina emocional”?
  • ¿Qué palabra concreta de Dios voy a “guardar en el corazón” esta semana para no pecar, para decidir mejor, para amar mejor?

Porque la delicadeza de Jesús no es solo un consuelo: es un camino de discipulado.

7) Cierre

Pidamos hoy lo que pidió Salomón: un corazón que escucha. Y supliquemos la gracia del evangelio: un corazón capaz de compasión, que no se endurece ante la multitud, que no se irrita ante la demanda, que no se distrae en la vanidad del éxito, sino que se deja mover por el amor.

Que María, Madre de la Iglesia, nos enseñe esa delicadeza que nace de la Palabra guardada en el corazón. Y que Jesús, Pastor bueno, nos haga descansar en Él y, al mismo tiempo, nos envíe a enseñar con paciencia, con ternura y con verdad. Amén.

 

2

 

Celo por la misión y compasión del Buen Pastor

Hermanos, hay momentos en la vida que se quedan grabados para siempre: la primera vez que un niño camina, el día de una graduación, una boda, el nacimiento de un hijo, una ordenación… Son “primeras veces” que llenan el corazón de alegría, de gratitud y, sí, también de una legítima satisfacción por lo vivido. En el Evangelio de hoy vemos a los Doce en uno de esos momentos: regresan de su primera misión y se reúnen con Jesús para contarle “todo lo que habían hecho y enseñado” (Mc 6,30). Y lo que Jesús hace con ellos revela el secreto de una misión auténtica: escucha, descanso, compasión y enseñanza.


1) Una alegría legítima… y una tentación sutil

Podemos imaginar el brillo en los ojos de los apóstoles: han predicado, han llamado a la conversión, han expulsado demonios, han curado enfermos (cf. Mc 6,7-13). No es poca cosa. Es la primera vez que “actúan” en nombre de Jesús de manera más autónoma. Y eso deja huella: se sienten útiles, confirmados, sorprendidos por la fuerza de Dios obrando a través de su pobreza.

Pero aquí aparece una tentación sutil: convertir la misión en motivo de autocelebración. Es humana esa tentación. A todos nos pasa: cuando algo sale bien, cuando vemos frutos, cuando nos reconocen… el corazón puede deslizarse hacia el “yo”. Y si no vigilamos, terminamos midiendo la obra de Dios por el aplauso, por el número, por el éxito.

Por eso el Señor no solo los “felicita”; los forma.


2) “Vengan… y descansen”: el descanso también es obediencia

Jesús les dice: “Vengan ustedes solos a un lugar apartado y descansen un poco” (Mc 6,31).
Qué delicadeza, qué sabiduría pastoral. El Maestro sabe que la misión desgasta y que un corazón agotado se vuelve vulnerable: se irrita, se endurece, se desanima o se llena de vanidad.

Este descanso no es una huida; es parte del discipulado. Es como si Jesús les dijera: “No se crean máquinas. No son salvadores. El Salvador soy yo. Descansen en mí”. El descanso, cuando está unido a la oración, purifica la intención y devuelve el centro: no “mi obra”, sino “su obra”.


3) La gente no espera… y ahí se mide el corazón del discípulo

Pero el plan “se complica”: la multitud se adelanta, los busca, los rodea. El Evangelio incluso dice que ni tiempo tenían para comer (cf. Mc 6,31-33). Podemos comprender que los apóstoles se sintieran tensos: “¡Señor, queríamos descansar!”. Y es aquí donde Jesús les da una lección decisiva.

“Al desembarcar, vio Jesús una multitud y se compadeció de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor; y se puso a enseñarles muchas cosas” (Mc 6,34).

La misión no se mide solo por lo que “hicimos y enseñamos”, sino por cómo reaccionamos cuando la necesidad del otro interrumpe nuestros planes. En esa interrupción aparece el Evangelio puro: o me cierro y me defiendo, o amo como Cristo.


4) Celo sobrenatural: la compasión que persevera

El texto dice que Jesús sintió compasión: no es lástima; es el movimiento profundo del corazón que no puede permanecer indiferente. Y esa compasión se vuelve acción concreta: enseñar. Porque el pueblo estaba desorientado, “sin pastor”. No solo necesitaban pan: necesitaban sentido, verdad, dirección, esperanza.

Ahí está el “celo por la misión”: no es activismo nervioso; es fuego interior que nace del amor y que se traduce en servicio constante, incluso cuando hay cansancio. Celo sobrenatural es seguir amando cuando no “toca”, cuando cuesta, cuando interrumpe.

Y esta es la lección para los Doce: la misión no es para admirarse a sí mismos por el poder recibido; la misión es para el pueblo de Dios.


5) A la luz de la primera lectura: pedir un “corazón que escucha”

Hoy la primera lectura nos regala una llave preciosa: Salomón tiene la oportunidad de pedir lo que quiera y pide lo más necesario para servir: “un corazón dócil”, es decir, un corazón que sabe escuchar (1 Re 3,9).

Hermanos, el celo apostólico sin escucha se vuelve dureza. La compasión sin discernimiento se vuelve confusión. Por eso la sabiduría bíblica es esencial en la pastoral: escuchar a Dios, escuchar a las personas, escuchar la realidad, y desde ahí decidir con rectitud.

Salomón nos enseña que el verdadero líder no es el que impone, sino el que discierne; no el que se enorgullece, sino el que se sabe servidor; no el que busca prestigio, sino el que busca agradar a Dios.


6) A la luz del Salmo 119: la misión se sostiene guardando la Palabra

El salmo pregunta: “¿Cómo un joven podrá llevar una vida honesta?” Y responde: “guardando tu palabra” (Sal 119).
Y añade: “En mi corazón guardo tus promesas para no pecar contra ti”.

Aquí está el motor silencioso del celo apostólico: la Palabra guardada en el corazón. Cuando la Palabra no habita en nosotros, la misión se vuelve “ruido”, se vuelve cansancio estéril, se vuelve pura estrategia. Pero cuando la Palabra se guarda, la misión se vuelve fecunda: nace paciencia, nace ternura, nace perseverancia.


7) Memoria de María en sábado: el celo humilde que custodia y acompaña

En este sábado miramos a María, la mujer del “sí” sin espectáculo, del servicio sin protagonismo, de la escucha que guarda y medita. María nos enseña el celo más puro: el celo humilde. Ella no compite con nadie, no se apropia de nada: todo lo recibe y todo lo entrega.

María es escuela para todo servidor:

·        para aprender a descansar en Dios sin culpas,

·        para aprender a servir sin amargura,

·        para aprender a acoger al pueblo con corazón materno,

·        para aprender a guardar la Palabra como fuente del ministerio.


8) Aplicación concreta

Hoy el Evangelio nos hace una pregunta directa:

·        ¿Cómo reacciono cuando la necesidad del otro interrumpe mi agenda?

·        ¿Mi servicio nace del amor o de la presión, del miedo, del “qué dirán”?

·        ¿Estoy pidiendo cada día “un corazón que escucha” para discernir y no desgastarme en vano?

·        ¿Estoy guardando la Palabra, o pretendo sostener la misión solo con fuerzas humanas?

Porque el celo del Reino no quema: enciende. No destruye: construye. No endurece: humaniza.


Oración final

Señor Jesús, Pastor bueno: tú eres incansable en el amor y firme en la misericordia. Tu corazón se conmueve ante la multitud y tu Palabra guía a quienes andan sin rumbo. Danos un corazón dócil como el de Salomón, capaz de escuchar y discernir. Y por intercesión de María, enséñanos a servir con celo sobrenatural, con paciencia, con ternura y con alegría, sin cansarnos de amar a quienes nos confías. Amén.

 

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