Santo del día:
Santa Rita de Casia
1381-1457. Impulsada por un profundo sentido del perdón y una gran paciencia frente al sufrimiento, esta monja agustina de Casia (Italia) es venerada como la santa patrona de las causas perdidas y desesperadas.
Coherencia del Resucitado
(Juan 21,15-19) El Resucitado muestra coherencia entre sus
palabras y sus actos. Él guarda a aquellos que el Padre le ha dado y no
abandona a su triste suerte a Pedro ni a los discípulos que lo dejaron solo
durante la Pasión. Viene a ellos, se toma el tiempo de entablar un diálogo y de
hacer avanzar a cada uno en su propia verdad: tanto en su incapacidad de amar
con un amor totalmente desinteresado, como en su capacidad de progresar. Dios
no nos pide ser “perfectos”, sino encaminarnos hacia la vida en plenitud.
Emmanuelle Billoteau, ermite
Primera lectura
De un tal
Jesús, ya muerto, que Pablo sostiene que está vivo
Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.
EN aquellos días, el rey Agripa y Berenice llegaron a Cesarea para cumplimentar
a Festo. Como se quedaron allí bastantes días, Festo expuso al rey el caso de
Pablo, diciéndole:
«Tengo aquí un hombre a quien Félix ha dejado preso y contra el cual, cuando
fui a Jerusalén, presentaron acusación los sumos sacerdotes y los ancianos
judíos, pidiendo su condena. Les respondí que no es costumbre romana entregar a
un hombre arbitrariamente; primero, el acusado tiene que carearse con sus
acusadores, para que tenga ocasión de defenderse de la acusación. Vinieron
conmigo, y yo, sin dar largas al asunto, al día siguiente me senté en el
tribunal y mandé traer a este hombre.
Pero, cuando los acusadores comparecieron, no presentaron ninguna acusación de
las maldades que yo suponía; se trataba solo de ciertas discusiones acerca de
su propia religión y de un tal Jesús, ya muerto, que Pablo sostiene que está
vivo. Yo, perdido en semejante discusión, le pregunté si quería ir a Jerusalén
a que lo juzgase allí de esto. Pero, como Pablo ha apelado, pidiendo que lo
deje en la cárcel para que decida el Augusto, he dado orden de que se le
custodie hasta que pueda remitirlo al César».
Palabra de Dios.
Salmo
R. El Señor
puso en el cielo su trono.
O bien:
R. Aleluya.
V. Bendice,
alma mía, al Señor,
y todo mi ser a su santo nombre.
Bendice, alma mía, al Señor,
y no olvides sus beneficios. R.
V. Como
se levanta el cielo sobre la tierra,
se levanta su bondad sobre los que le temen;
como dista el oriente del ocaso,
así aleja de nosotros nuestros delitos. R.
V. El
Señor puso en el cielo su trono,
su soberanía gobierna el universo.
Bendigan al Señor, ángeles suyos,
poderosos ejecutores de sus órdenes. R.
Aclamación
V. El Espíritu
Santo será quien se lo enseñe todo a ustedes y les vaya recordando todo lo que
les he dicho. R.
Evangelio
Apacienta mis
corderos, pastorea mis ovejas
Lectura del santo Evangelio según san Juan.
HABIÉNDOSE aparecido Jesús a sus discípulos, después de comer, le dice a Simón
Pedro:
«Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?».
Él le contestó:
«Sí, Señor, tú sabes que te quiero».
Jesús le dice:
«Apacienta mis corderos».
Por segunda vez le pregunta:
«Simón, hijo de Juan, ¿me amas?».
Él le contesta:
«Sí, Señor, tú sabes que te quiero».
Él le dice:
«Pastorea mis ovejas».
Por tercera vez le pregunta:
«Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?».
Se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez: «¿Me quieres?» y le
contestó:
«Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero».
Jesús le dice:
«Apacienta mis ovejas. En verdad, en verdad te digo: cuando eras joven, tú
mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero, cuando seas viejo, extenderás las
manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras».
Esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios. Dicho esto,
añadió:
«Sígueme».
Palabra del Señor.
1
“¿Me amas?... Apacienta mis
ovejas”
Queridos hermanos y hermanas:
Las lecturas de este viernes de la séptima semana
de Pascua nos colocan ante una verdad profundamente consoladora: Dios no
abandona a los suyos, ni siquiera cuando han fallado, ni siquiera cuando están
confundidos, ni siquiera cuando cargan heridas en el cuerpo o en el alma.
En la primera lectura, del libro de los Hechos de
los Apóstoles, encontramos a Pablo prisionero. Su causa parece judicial,
política, religiosa; pero en el fondo todo gira alrededor de una afirmación
decisiva: Jesús, que había muerto, está vivo. Eso es lo que inquieta, lo
que divide, lo que desconcierta. Pablo no está preso por una simple idea
religiosa, sino por anunciar que la muerte no tuvo la última palabra sobre
Cristo.
Y esto ilumina nuestra propia vida. También
nosotros, cuando sufrimos, cuando enfermamos, cuando atravesamos angustias,
depresiones, duelos, cansancios espirituales o heridas interiores, necesitamos
escuchar nuevamente esa certeza: Jesús, que murió, vive. Y porque Él
vive, ningún sufrimiento humano queda definitivamente encerrado en la
oscuridad.
El salmo nos hace proclamar: “El Señor puso en
el cielo su trono”. Es decir, Dios reina. No reina como un tirano distante,
sino como un Padre misericordioso. Su trono no es indiferencia, sino compasión;
no es frialdad, sino amor. El mismo salmo recuerda que su misericordia es
inmensa con quienes lo temen, y que aleja de nosotros nuestras culpas como
dista el oriente del ocaso.
Esa misericordia se hace visible de manera
bellísima en el Evangelio.
Pedro había negado a Jesús tres veces. Lo había
seguido con entusiasmo, había prometido fidelidad, incluso había dicho que
daría la vida por Él. Pero cuando llegó la hora de la prueba, tuvo miedo. Lloró
amargamente su pecado. Seguramente llevaba por dentro una herida profunda: la
vergüenza de haber fallado, el peso de la culpa, la tristeza de no haber estado
a la altura.
Y el Resucitado no lo abandona.
Jesús se acerca a Pedro no para humillarlo, no para
reprocharle públicamente su traición, no para decirle: “Yo te lo dije”. Jesús
se acerca para sanarlo. Y lo sana con una pregunta repetida tres veces: “Simón,
hijo de Juan, ¿me amas?”
Tres negaciones, tres preguntas de amor. Donde
abundó la fragilidad, sobreabunda la misericordia.
Jesús no le pregunta a Pedro: “¿Por qué me
negaste?”
No le pregunta: “¿Te avergüenzas de lo que hiciste?”
No le pregunta: “¿Me vas a fallar otra vez?”
Le pregunta algo más profundo: “¿Me amas?”
Porque para Jesús, lo decisivo no es que Pedro
tenga un pasado impecable, sino que todavía conserve un corazón capaz de amar.
Esta es una gran noticia para nosotros. Dios no nos
pide presentarle una vida perfecta. Nos pide presentarle una vida sincera. No
nos exige llegar ante Él sin heridas, sin contradicciones, sin miedos. Nos pide
dejarnos mirar, dejarnos preguntar, dejarnos levantar.
Pedro responde con humildad: “Señor, tú lo sabes
todo; tú sabes que te quiero.” Ya no presume. Ya no se apoya en sus propias
fuerzas. Ya no dice: “Yo jamás te abandonaré.” Ahora se abandona al
conocimiento amoroso de Cristo: “Tú lo sabes todo.”
Qué oración tan hermosa para quienes sufren en el
cuerpo y en el alma:
“Señor, tú lo sabes todo.
Tú sabes mi dolor.
Tú sabes mi cansancio.
Tú sabes mis miedos.
Tú sabes mis heridas escondidas.
Tú sabes que, a pesar de todo, quiero amarte.”
Y Jesús, después de cada respuesta de Pedro, le
confía una misión: “Apacienta mis corderos… pastorea mis ovejas… apacienta
mis ovejas.”
Esto también es muy importante: Jesús no solo
perdona a Pedro; lo reincorpora a la misión. No lo deja reducido a su
pecado. No lo define por su caída. No le dice: “Como fallaste, ya no sirves.”
Al contrario, le confía el cuidado de los hermanos.
Así actúa el Resucitado. Él no descarta a los
heridos. Los sana y los convierte en servidores de otros heridos.
Por eso esta Palabra es tan luminosa para nuestra
intención orante de hoy: orar por quienes sufren en el cuerpo y en el alma.
Hay sufrimientos visibles: enfermedades, limitaciones físicas, dolores
crónicos, tratamientos, cansancio, dependencia. Pero hay también sufrimientos
invisibles: ansiedad, depresión, soledad, culpa, heridas familiares, duelos no
resueltos, decepciones, sensación de fracaso, cansancio espiritual.
A todos ellos, el Señor les dice hoy: “No estás
abandonado. Yo vuelvo a ti. Yo me siento contigo. Yo dialogo contigo. Yo no te
reduzco a tu dolor. Yo te sigo llamando a la vida.”
El Evangelio termina con una palabra exigente y
hermosa: “Sígueme.”
Después de la herida, “sígueme”.
Después del pecado, “sígueme”.
Después del llanto, “sígueme”.
Después de la enfermedad, “sígueme”.
Después de la noche oscura, “sígueme”.
Seguir a Cristo no significa no sufrir. Pedro mismo
escuchará que su seguimiento lo llevará por caminos difíciles. Pero seguir a
Cristo significa que el dolor ya no se vive solo, que la cruz ya no es un
absurdo, que la fragilidad puede convertirse en lugar de encuentro con Dios.
Hermanos, hoy pidamos al Señor tres gracias.
Primero, la gracia de dejarnos mirar por Cristo.
Que no huyamos de su mirada cuando nos sentimos indignos. Su mirada no
destruye; reconstruye.
Segundo, la gracia de responder con sinceridad.
No hace falta fingir una santidad que no tenemos. Basta decir: “Señor, tú sabes
que quiero amarte, aunque soy débil.”
Y tercero, la gracia de cuidar a los demás desde
nuestras propias heridas sanadas. Quien ha sufrido puede volverse más
compasivo. Quien ha sido perdonado puede perdonar mejor. Quien ha sido
levantado por Cristo puede ayudar a levantar a otros.
Que el Resucitado, coherente en su amor, fiel a su
promesa, cercano a sus discípulos frágiles, visite hoy a todos los enfermos, a
todos los tristes, a todos los abatidos, a todos los que sufren en el cuerpo y
en el alma.
Y que, como Pedro, podamos decirle humildemente:
“Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero.”
Amén.
2
Queridos
hermanos:
El Evangelio de hoy nos
muestra una de las escenas más hermosas de la Pascua: Jesús Resucitado se
encuentra con Pedro después de sus negaciones. Pedro había fallado. Había
prometido fidelidad, pero en la hora de la prueba tuvo miedo y negó al Maestro
tres veces.
Y, sin embargo, Jesús
no lo rechaza. No lo humilla. No le pregunta: “¿Por qué me traicionaste?” Le
pregunta algo mucho más profundo: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas?”
Tres veces Pedro lo
negó; tres veces Jesús le permite responder desde el amor. Es como si el Señor
sanara, una por una, las heridas de su caída.
Pedro ya no presume. Ya
no dice que será más fiel que los demás. Responde con humildad: “Señor,
tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero.”
Esta frase puede ser
hoy nuestra oración, especialmente por quienes sufren en el cuerpo y en el
alma:
Señor,
tú lo sabes todo.
Tú sabes mi dolor, mi
cansancio, mi enfermedad, mi tristeza, mis miedos.
Tú sabes que soy frágil,
pero también sabes que quiero amarte.
Jesús se encuentra con
Pedro allí donde está. No le exige un amor perfecto para volver a confiar en
él. Acepta su amor pobre, sincero, herido, y desde ahí lo levanta. Pero no solo
lo perdona: también le confía una misión: “Apacienta mis
corderos… pastorea mis ovejas.”
Esto nos recuerda que
Dios no espera a que seamos perfectos para llamarnos. Él nos toma como somos,
con nuestras heridas y debilidades, pero nos invita a crecer, a amar más, a
servir mejor.
En la primera lectura,
san Pablo está prisionero por anunciar que Jesús, que había muerto, está vivo.
Esa es la gran noticia que sostiene nuestra fe: Cristo vive.
Y si Cristo vive, ninguna caída, ningún dolor, ninguna enfermedad, ninguna
tristeza tiene la última palabra.
El salmo nos recuerda
que el Señor reina desde el cielo, pero su reinado es de misericordia: aleja de
nosotros nuestras culpas y nos cubre con su amor.
Hermanos, hoy Jesús
también nos pregunta: “¿Me amas?” No para
condenarnos, sino para sanarnos. No para avergonzarnos, sino para levantarnos.
Y después nos dice: “Sígueme.”
Sígueme en tu
fragilidad.
Sígueme en tu enfermedad.
Sígueme en tu cansancio.
Sígueme aun con tus heridas.
Pidamos al Señor
Resucitado que visite hoy a todos los que sufren en el cuerpo y en el alma, y
que nos conceda responderle con humildad y confianza:
“Señor,
tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero.”
Amén.
¨
22 de mayo: Santa Rita de Casia – Memoria opcional
1386–1457
Patrona de las víctimas de abuso, causas imposibles, enfermedades, heridas, paternidad y viudez.
Invocada contra los problemas matrimoniales, peleas y discordias, e infertilidad.
Canonizada por el Papa León XIII el 24 de mayo de 1900.
Cita:
"Queridos hermanos y hermanas, la devoción mundial a Santa Rita está simbolizada por la rosa. Se espera que la vida de quienes la veneran sea como la rosa recogida en el jardín de Roccaporena en el invierno antes de la muerte de la santa. Es decir, que sea una vida sostenida por un amor apasionado al Señor Jesús; una vida capaz de responder al sufrimiento y a las espinas con el perdón y la entrega total de sí mismo, para difundir por todas partes el buen olor de Cristo (cf. 2 Cor 2,15) mediante una proclamación constante del Evangelio."
~ Discurso de San Juan Pablo II
Reflexión:
Margherita Lotti, conocida como Rita, nació en un pequeño pueblo cerca de Casia, Italia, en el seno de una familia de padres de edad avanzada. Tras años de infertilidad, sus padres vieron en su nacimiento una respuesta directa de Dios. Desde niña, Rita mostró una fe tan profunda que sus padres le construyeron un pequeño oratorio en casa para orar. Su deseo era entrar al convento, pero siguiendo las costumbres de la época, fue entregada en matrimonio a los doce años.
Rita es venerada como patrona de las causas imposibles, en parte debido al matrimonio difícil y doloroso que soportó con paciencia y amor. Su esposo era conocido por su carácter violento y cruel, tanto en lo físico como en lo emocional. Sin embargo, durante los dieciocho años de matrimonio, sus oraciones y su testimonio de virtud suavizaron poco a poco el corazón de su esposo, quien finalmente se acercó a Dios.
Tuvieron dos hijos, posiblemente gemelos, a quienes Rita educó en la fe católica con devoción maternal. En ese tiempo, eran comunes los conflictos entre familias. Su esposo, Paolo, pertenecía a la familia Mancini, enemistada con la familia Chiqui. Rita rezaba a diario por el fin de esa rivalidad. Sus súplicas dieron fruto: Paolo, ya convertido, intentó reconciliarse con los Chiqui, pero fue asesinado con engaño.
En el funeral, Rita perdonó públicamente al asesino de su esposo. Pero su cuñado Bernardo instigó a sus hijos a vengar la muerte del padre. Ante su negativa a perdonar, Rita recurrió a la oración. Pidió a Dios que preservara a sus hijos del pecado mortal del asesinato, incluso si eso significaba llevarlos al cielo antes. Dios la escuchó, y ambos murieron de disentería en el plazo de un año.
Ya viuda y sin hijos, Rita pidió entrar al convento. Fue rechazada por haber sido casada y por el escándalo de la muerte violenta de su esposo. Entonces, se consagró a buscar la paz definitiva entre su familia y los Chiqui. Oró fervientemente por la intercesión de sus santos patronos: san Juan Bautista, san Agustín y san Nicolás de Tolentino. También pidió la ayuda de santa María Magdalena, patrona del convento que deseaba. Finalmente, la reconciliación llegó, y Rita fue admitida en el convento de Santa María Magdalena en Casia. Una antigua tradición piadosa dice que sus tres santos patronos la introdujeron milagrosamente al convento a través de sus puertas cerradas.
Durante los cuarenta años de vida religiosa, Rita vivió en oración profunda, muchas veces durante toda la noche. Aceptó penitencias severas con alegría y se alimentaba solo una vez al día, principalmente del Santísimo Sacramento. Su fama de santidad atrajo a muchos que buscaban su intercesión. Algunos testimonios atribuyen milagros a sus oraciones.
A los 60 años, en oración ante el crucifijo, recibió los estigmas en forma de una herida en la frente, causada por una espina de la corona de Cristo. Este don místico habría ocurrido después de escuchar una predicación de san Jaime de la Marca sobre la corona de espinas. La herida era tan dolorosa y repulsiva que pasó la última década de su vida en reclusión, incluso de las demás religiosas. Solo una vez salió del convento: en una peregrinación a Roma. Milagrosamente, la herida sanó antes del viaje y reapareció al regresar.
Rita murió de tuberculosis a los 70 años. Su cuerpo fue hallado incorrupto al ser exhumado, y hoy reposa en un relicario de cristal en la Basílica de Santa Rita en Casia. Se afirma que a veces su cuerpo se eleva y que un suave perfume inunda el lugar.
Santa Rita sufrió profundamente, pero unió todo ese dolor a los sufrimientos de Cristo. Su deseo de infancia de ser religiosa se cumplió después de una vida marcada por la violencia, la pérdida y la renuncia. Vivió la entrega radical, el perdón heroico, la penitencia amorosa y la obediencia santa.
Invitación final:
Medita en tus propios sufrimientos. Si alguno se asemeja a los de Santa Rita —en el matrimonio, la pérdida, la familia, la salud o las heridas del alma—, une ese dolor al de Cristo crucificado y permite que Él transforme tu cruz en resurrección. Así, como Rita, llevarás el buen olor de Cristo al mundo.
Oración:
Santa Rita, tú que sufriste tanto a lo largo de tu vida, abrazando con amor cada herida y uniéndola a la Pasión de tu Salvador,
intercede por mí,
para que yo también sea fortalecido en la caridad,
acepte con amor toda cruz,
y busque la paz en mi corazón y en los que me rodean.
Santa Rita de Casia, ruega por mí.
Jesús, en Ti confío. Amén.



