El nuevo decálogo
(Juan 15, 9-11) Jesús
continúa desplegando su nuevo decálogo: permanecer en el amor, guardar sus
mandamientos.
Es una llamada a habitar el
lugar originario donde Dios quiso establecer a la humanidad desde el comienzo y
custodiarlo.
Permanecer, mantenerse firmes,
enraizados en el amor de Dios. Guardar en el corazón y recoger por la noche el
maná del día vivido, para que, olvidando las murmuraciones, podamos
establecernos en la alegría de Cristo.
Permanezcan y guarden.
Colette Hamza, xavière
Primera lectura
A mi parecer,
no hay que molestar a los gentiles que se convierten a Dios
Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.
EN aquellos días, después de una larga discusión, se levantó Pedro y dijo a los
apóstoles y a los presbíteros:
«Hermanos, ustedes saben que, desde los primeros días, Dios me escogió entre
ustedes para que los gentiles oyeran de mi boca la palabra del Evangelio, y
creyeran. Y Dios, que penetra los corazones, ha dado testimonio a favor de
ellos dándoles el Espíritu Santo igual que a nosotros. No hizo distinción entre
ellos y nosotros, pues ha purificado sus corazones con la fe. ¿Por qué, pues,
ahora intentan tentar a Dios, queriendo poner sobre el cuello de esos
discípulos un yugo que ni nosotros ni nuestros padres hemos podido soportar?
No; creemos que lo mismo ellos que nosotros nos salvamos por la gracia del
Señor Jesús».
Toda la asamblea hizo silencio para escuchar a Bernabé y Pablo, que les
contaron los signos y prodigios que Dios había hecho por medio de ellos entre
los gentiles. Cuando terminaron de hablar, Santiago tomó la palabra y dijo:
«Escúchenme, hermanos: Simón ha contado cómo Dios por primera vez se ha dignado
escoger para su nombre un pueblo de entre los gentiles. Con esto concuerdan las
palabras de los profetas, como está escrito:
“Después de esto volveré
y levantaré de nuevo la choza caída de David;
levantaré sus ruinas y la pondré en pie,
para que los demás hombres busquen al Señor,
y todos los gentiles sobre los que ha sido invocado
mi nombre:
lo dice el Señor, el que hace que esto sea conocido desde
antiguo”.
Por eso, a mi parecer, no hay que molestar a los gentiles que se convierten a
Dios; basta escribirles que se abstengan de la contaminación de los ídolos, de
las uniones ilegítimas, de animales estrangulados y de la sangre. Porque desde
tiempos antiguos Moisés tiene en cada ciudad quienes lo predican, ya que es
leído cada sábado en las sinagogas».
Palabra de Dios.
Salmo
R. Cuenten
las maravillas del Señor a todas las naciones.
O bien:
R. Aleluya.
V. Canten
al Señor un cántico nuevo,
canten al Señor, toda la tierra;
canten al Señor, bendigan su nombre. R.
V. Proclamen
día tras día su victoria.
Cuenten a los pueblos su gloria,
sus maravillas a todas las naciones. R.
V. Digan
a los pueblos: «El Señor es rey:
él afianzó el orbe, y no se moverá;
él gobierna a los pueblos rectamente». R.
Aclamación
V. Mis
ovejas escuchan mi voz —dice el Señor—, y yo las conozco, y ellas me siguen. R.
Evangelio
Permanezcan
en mi amor para que su alegría llegue a plenitud
Lectura del santo Evangelio según san Juan.
EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Como el Padre me ha amado, así los he amado yo; permanezcan en mi amor.
Si guardan mis mandamientos, permanecerán en mi amor; lo mismo que yo he
guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.
Les he hablado de esto para que mi alegría esté en ustedes, y su alegría llegue
a plenitud».
Palabra del Señor.
1
Queridos hermanos:
El Evangelio de hoy es breve, pero tiene una
profundidad inmensa. Jesús dice a sus discípulos: “Como el Padre me ha
amado, así los he amado yo; permanezcan en mi amor”. No les dice
simplemente: “acuérdense de mí”, “hablen de mí” o “trabajen por mí”. Les dice
algo más hondo: permanezcan.
Permanecer es una palabra muy pascual. Después de
la Resurrección, los discípulos tuvieron que aprender a vivir de una presencia
que ya no se podía poseer como antes, pero que tampoco había desaparecido.
Cristo resucitado sigue presente, pero hay que aprender a habitar en Él.
Permanecer en su amor es hacer de Cristo nuestra casa, nuestra raíz, nuestro
centro, nuestro aire interior.
Al comentar este evangelio, alguien habla de un
“nuevo decálogo”. No se trata de una lista fría de normas, sino de una ley
nueva escrita en el corazón. Jesús resume el camino del discípulo en dos
verbos: permanecer y guardar. Permanecer en el amor y guardar sus
mandamientos.
Pero aquí hay algo muy importante: Jesús no empieza
exigiendo, sino revelando un amor. Primero dice: “Como el Padre me ha amado,
así los he amado yo”. Antes del mandamiento está el don. Antes de la misión
está el amor. Antes de la vocación está una mirada de predilección. Nadie puede
evangelizar de verdad si no se sabe amado. Nadie puede responder a una vocación
si no ha descubierto que Dios lo llama por amor y no por simple utilidad.
Por eso, cuando hoy oramos por la obra
evangelizadora de la Iglesia y por las vocaciones, no estamos pidiendo
simplemente más trabajadores, más agentes pastorales, más sacerdotes, más
religiosas, más misioneros. Estamos pidiendo hombres y mujeres que hayan
experimentado el amor de Cristo y quieran permanecer en Él. Porque la Iglesia
no evangeliza desde la estrategia solamente; evangeliza desde la comunión. No
convence solo con discursos; atrae cuando transparenta la alegría de Cristo.
Jesús lo dice claramente: “Les he dicho esto
para que mi alegría esté en ustedes y su alegría llegue a plenitud”. El
fruto de permanecer en el amor no es una vida triste, pesada o reprimida. El fruto
es la alegría. No una alegría superficial, de momento, de ruido o apariencia,
sino la alegría profunda de saberse en Dios, sostenido por Dios y enviado por
Dios.
En la primera lectura, tomada de los Hechos de los
Apóstoles, vemos a la Iglesia en un momento decisivo. Hay discusión,
discernimiento, tensión. Se debate si los paganos que abrazan la fe deben
cargar con todas las exigencias de la ley judía. Pedro interviene recordando
que Dios no hizo distinción, que purificó sus corazones por la fe y que la salvación
viene por la gracia del Señor Jesús.
Es una escena muy actual. La Iglesia, desde sus
comienzos, tuvo que aprender a discernir qué es esencial y qué puede
convertirse en carga innecesaria. Tuvo que aprender a evangelizar sin poner
obstáculos al Evangelio. Ese sigue siendo un desafío para nosotros: anunciar a
Cristo sin reducir la fe a normas exteriores, sin hacer de la religión una
carga insoportable, pero también sin vaciar el Evangelio de su exigencia de
amor.
La decisión de los apóstoles no fue rebajar la fe,
sino volver al centro: Cristo, la gracia, el amor, la comunión. Cuando la
Iglesia evangeliza, no anuncia primero un peso, sino una vida nueva. No impone
primero un reglamento, sino que invita a permanecer en el amor de Cristo. Y
desde ese amor, entonces sí, nacen los mandamientos, la conversión, la
fidelidad, la misión.
El Salmo 96 nos ayuda a entender el horizonte
misionero de este día: “Cuenten a los pueblos la gloria del Señor”. La
alegría de Cristo no es para guardarla en privado. El amor recibido se vuelve
anuncio. El discípulo que permanece en Cristo se convierte en testigo. La
comunidad que vive en el amor se vuelve evangelizadora.
Aquí se unen Evangelio y vocación. Toda vocación
nace de un encuentro con el amor de Dios y se convierte en servicio. El
sacerdote, la religiosa, el misionero, el catequista, el matrimonio cristiano,
el joven que se pregunta por el sentido de su vida, todos están llamados a
escuchar esa palabra: permanece en mi amor. Porque sin permanencia, la
vocación se vuelve activismo; sin amor, la misión se vuelve cansancio; sin
alegría, el testimonio pierde fuerza.
Hoy podríamos preguntarnos: ¿permanezco de verdad
en el amor de Cristo o solo lo visito de vez en cuando? ¿Guardo sus
mandamientos como respuesta agradecida o los vivo como carga? ¿Mi manera de
vivir la fe ayuda a otros a acercarse a Dios o les pongo obstáculos? ¿La
alegría de Cristo se nota en mi forma de servir, de hablar, de tratar a los
demás?
Pidamos hoy por la obra evangelizadora de la
Iglesia. Que no evangelicemos desde la queja, la nostalgia o el miedo, sino
desde la alegría pascual. Que nuestras comunidades sean lugares donde muchos
puedan sentirse acogidos, escuchados y llamados. Que sepamos distinguir lo
esencial de lo secundario, para no cargar sobre los demás pesos que ni siquiera
nosotros sabemos llevar.
Y pidamos especialmente por las vocaciones. Que
muchos niños, adolescentes, jóvenes y adultos escuchen en el fondo de su
corazón la voz de Cristo que les dice: “Permanece en mi amor”. Que no tengan
miedo de consagrar su vida, de servir, de anunciar, de partir hacia donde Dios
los envíe. Que descubran que la vocación no es perder la vida, sino encontrar
la alegría plena.
Que María, mujer fiel, que guardaba todas las cosas
en su corazón, nos enseñe a permanecer y a guardar. Permanecer en el amor de
Cristo y guardar su Palabra, para que la Iglesia siga cantando entre los
pueblos la gloria del Señor.
Amén.
2
Queridos
hermanos:
El
Evangelio de hoy es una de esas páginas breves que parecen decir poco, pero lo
contienen casi todo. Jesús nos abre el corazón de su relación con el Padre y
nos dice: “Como el Padre
me ha amado, así los he amado yo; permanezcan en mi amor”.
No
dice simplemente: “Dios los quiere”, ni tampoco: “Traten de ser buenos”. Dice
algo mucho más profundo: “Como
el Padre me ha amado, así los he amado yo”. Es decir, el amor
con que Cristo nos ama no es pequeño, no es ocasional, no depende de nuestros
estados de ánimo ni de nuestros méritos. Es un amor que nace del mismo corazón
de la Trinidad. El Hijo nos ama con la fuerza, la pureza y la eternidad del
amor que recibe del Padre.
Esto
debería estremecernos. Muchas veces vivimos buscando amor, aprobación,
reconocimiento. Queremos ser aceptados, valorados, tenidos en cuenta. Y cuando
no lo recibimos, nos sentimos vacíos, heridos o frustrados. Pero Jesús nos
recuerda hoy que hay un amor primero, más profundo que todos los demás: el amor
de Dios. Antes de que alguien nos apruebe o nos rechace, antes de nuestros
éxitos o fracasos, antes de nuestras virtudes o debilidades, Cristo ya nos ha
amado.
Pero
Jesús añade una palabra decisiva: “Permanezcan
en mi amor”. El amor de Dios es gratuito, sí; pero no se vive
de cualquier manera. Hay que permanecer en él. Permanecer significa habitar,
echar raíces, no vivir una fe de momentos, de emociones pasajeras o de
conveniencia. Permanecer en el amor de Cristo es hacer de Él nuestra casa
interior.
Y
Jesús nos muestra el camino: “Si
guardan mis mandamientos, permanecerán en mi amor”. A veces,
cuando escuchamos la palabra “mandamientos”, pensamos en peso, prohibición,
obligación. Pero en labios de Jesús, los mandamientos no son una cadena; son el
cauce por donde corre el amor. El mandamiento de Cristo no aplasta la vida: la
ordena, la purifica, la hace fecunda.
Los
mandamientos de Jesús son expresiones concretas del amor. Amar, perdonar,
servir, ser fieles, vivir en la verdad, cuidar al hermano, no encerrarnos en el
egoísmo: todo eso no es una carga impuesta desde fuera, sino el modo concreto
de permanecer en el amor. Porque un amor que no se traduce en vida se vuelve
palabra vacía. Y una fe que no se encarna en obras termina secándose.
En
la primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles, vemos a la Iglesia
enfrentando una cuestión delicada. Los primeros cristianos discuten si los paganos
convertidos deben cumplir todas las prácticas de la ley judía. Hay tensión, hay
diálogo, hay discernimiento. Pedro recuerda que Dios no hizo distinción y que
la salvación viene por la gracia del Señor Jesús. Santiago, por su parte, busca
un camino de comunión, evitando imponer cargas innecesarias.
Esta
escena nos muestra una Iglesia viva. No una Iglesia sin problemas, sino una
Iglesia que discierne, escucha y busca ser fiel al Espíritu Santo. Y nos enseña
algo muy importante: el centro de la fe no es imponer pesos, sino comunicar la
vida de Cristo. La Iglesia no existe para complicar el camino hacia Dios, sino
para anunciar que en Cristo todos somos llamados a la salvación.
Claro
está, esto no significa rebajar el Evangelio ni vivir sin exigencias. Significa
comprender que la verdadera exigencia cristiana nace del amor. Cuando uno se
sabe amado por Cristo, entonces puede cambiar, puede renunciar al pecado, puede
servir, puede perdonar, puede entregarse. No por miedo, sino por amor.
El
Salmo nos invita a cantar: “Cuenten
a los pueblos la gloria del Señor”. Quien permanece en el amor
de Cristo no puede guardarse esa alegría solo para sí. El amor recibido se
vuelve anuncio. La experiencia de Dios se convierte en testimonio. La alegría
pascual se vuelve misión.
Por
eso Jesús concluye diciendo: “Les
he dicho esto para que mi alegría esté en ustedes y su alegría llegue a
plenitud”. La vida cristiana no es una tristeza disfrazada de
virtud. No es una moral pesada sin horizonte. La vida cristiana es participación
en la alegría de Cristo. Una alegría que no depende de que todo salga bien,
sino de sabernos amados, sostenidos y habitados por Dios.
La
alegría de Cristo no es superficial. No es simple entusiasmo. Es la paz
profunda de quien sabe que su vida está en manos del Padre. Es la alegría del
que ama aunque le cueste. Es la alegría del que sirve sin buscar aplausos. Es
la alegría del que guarda los mandamientos no como esclavo, sino como hijo.
Hoy
podríamos preguntarnos: ¿dónde estoy permaneciendo realmente? ¿En el amor de
Cristo o en mis miedos? ¿En la confianza o en la queja? ¿En la comunión o en la
división? ¿En el servicio o en el egoísmo? Porque uno termina pareciéndose al
lugar donde permanece. Si permanecemos en el resentimiento, nos volvemos
amargos. Si permanecemos en la superficialidad, nos volvemos vacíos. Pero si
permanecemos en Cristo, poco a poco nos volvemos más libres, más fraternos, más
luminosos.
Pidamos
al Señor la gracia de no vivir una fe de paso, sino una fe arraigada. Que
sepamos permanecer en su amor cuando todo va bien y también cuando llegan las
pruebas. Que sus mandamientos no nos parezcan una carga, sino un camino de
libertad. Que la Iglesia, como en los Hechos de los Apóstoles, sepa discernir
siempre desde la gracia, la comunión y la fidelidad al Evangelio.
Y
que María, mujer que permaneció en el amor de Dios incluso al pie de la cruz,
nos enseñe a guardar la Palabra, a vivirla con sencillez y a encontrar en
Cristo la alegría plena que el mundo no puede dar ni quitar.
Amén.

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