La Palabra por las parábolas
(Mc 4, 26-34) «Con numerosas parábolas Jesús les anunciaba la
Palabra». Parábolas y Palabra: dos términos muy cercanos, que
se parecen y se unen sin confundirse del todo. Todo el desafío consiste en
pasar de uno a otro: del signo que Dios nos envía de manera a menudo
velada —la parábola— a la realidad, es decir, a la Palabra de vida
que toca el corazón y nos pone en movimiento. Ese paso puede ser delicado. ¡No
es extraño, entonces, que el sentido de la Palabra de Dios no se nos muestre
inmediatamente con toda su claridad!
Bertrand Lesoing, prêtre de la communauté Saint-Martin
Primera
lectura
Me
despreciaste y tomaste como esposa a la mujer de Urías
Lectura del segundo libro de Samuel.
A la vuelta de un año, en la época en que los reyes suelen ir a la guerra,
David envió a Joab con sus servidores y todo Israel. Masacraron a los amonitas
y sitiaron Rabá, mientras David se quedó en Jerusalén.
Una tarde David se levantó de la cama y se puso a pasear por la terraza del
palacio. Desde allí divisó a una mujer que se estaba bañando, de aspecto muy
hermoso.
David mandó averiguar quién era aquella mujer.
Y le informaron:
«Es Betsabé, hija de Elián, esposa de Urías, el hitita».
David envió mensajeros para que la trajeran.
Ella volvió a su casa.
Quedó encinta y mandó este aviso a David:
«Estoy encinta».
David, entonces, envió a decir a Joab:
«Mándame a Urías, el hitita».
Joab se lo mandó.
Cuando llegó Urías, David le preguntó cómo se encontraban Joab y la tropa y
cómo iba la guerra.
Luego le dijo:
«Baja a tu casa a lavarte los pies».
Urías salió del palacio y tras él un regalo del rey. Pero Urías se acostó a la
puerta del palacio con todos los servidores de su señor, y no bajó a su casa.
Informaron a David:
«Urías no ha bajado a su casa».
David le invitó a comer con él y le hizo beber hasta ponerle ebrio.
Urías salió por la tarde a acostarse en su lecho con los servidores de su
señor, pero no bajó a su casa.
A la mañana siguiente David escribió una carta a Joab, que le mandó por Urías.
En la carta había escrito:
«Pongan a Urías en primera línea, donde la batalla sea más encarnizada. Luego
retírense de su lado, para que lo hieran y muera».
Joab observó la ciudad y situó a Urías en el lugar en el que sabía que estaban
los hombres más aguerridos.
Las gentes de la ciudad hicieron una salida. Trabaron combate con Joab y hubo
bajas en la tropa, entre los servidores de David. Murió también Urías, el
hitita.
Palabra de Dios.
Salmo
R. Misericordia,
Señor, hemos pecado.
V. Misericordia,
Dios mío, por tu bondad,
por tu inmensa compasión borra mi culpa;
lava del todo mi delito,
limpia mi pecado. R.
V. Pues yo
reconozco mi culpa,
tengo siempre presente mi pecado.
Contra ti, contra ti solo pequé,
cometí la maldad en tu presencia. R.
V. En la
sentencia tendrás razón,
en el juicio resultarás inocente.
Mira, en la culpa nací,
pecador me concibió mi madre. R.
V. Hazme oír
el gozo y la alegría,
que se alegren los huesos quebrantados.
Aparta de mi pecado tu vista,
borra en mí toda culpa. R.
Aclamación
V. Bendito
seas, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has revelado los misterios
del reino a los pequeños. R.
Evangelio
Un hombre
echa semilla y duerme, y la semilla va creciendo sin que él sepa cómo
Lectura del santo Evangelio según san Marcos.
EN aquel tiempo, Jesús decía al gentío:
«El reino de Dios se parece a un hombre que echa semilla en la tierra. Él
duerme de noche y se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo, sin
que él sepa cómo. La tierra va produciendo fruto sola: primero los tallos,
luego la espiga, después el grano. Cuando el grano está a punto, se mete la
hoz, porque ha llegado la siega».
Dijo también:
«¿Con qué podemos comparar el reino de Dios? ¿Qué parábola usaremos? Con un
grano de mostaza: al sembrarlo en la tierra es la semilla más pequeña, pero
después de sembrada crece, se hace más alta que las demás hortalizas y echa
ramas tan grandes que los pájaros del cielo pueden anidar a su sombra».
Con muchas parábolas parecidas les exponía la palabra, acomodándose a su
entender. Todo se lo exponía con parábolas, pero a sus discípulos se lo explicaba
todo en privado.
Palabra del Señor.
1
Hermanos, hoy la liturgia nos pone frente a dos
movimientos muy humanos y muy espirituales: el descenso del corazón cuando
se deja seducir (David), y el crecimiento silencioso del Reino (la
semilla). Entre ambos, un puente: el Salmo 51, el gran “Miserere”, donde
el pecador deja de justificarse y se atreve a decir: “Misericordia, Señor”.
1) David: cuando el deseo manda y
la conciencia se calla
La primera lectura es durísima, porque no habla de
un enemigo externo, sino de una grieta dentro del corazón. David —un
hombre con historia de fe, con promesas, con misión— se queda ocioso “cuando
los reyes salen a la guerra”, mira donde no debía, desea lo que no era suyo, y
el pecado comienza a crecer como una bola de nieve: mirada → deseo → acto →
ocultamiento → manipulación → muerte.
Aquí hay una enseñanza psicológica y pastoral muy
realista: el mal rara vez aparece de golpe; suele entrar por rendijas. A
veces no es “maldad”, sino descuido, soledad mal llevada, vacío,
ansiedad, necesidad de control, hambre de afecto, o ese
cansancio interior que vuelve la voluntad más frágil.
Y cuando el corazón se enreda, surge un autoengaño
típico: “yo manejo la situación”. David intenta “arreglar” lo que hizo,
y termina rompiendo más. El pecado promete solución, pero fabrica esclavitud.
2) El Salmo 51: la puerta de
salida es la verdad
La salida no empieza con promesas grandilocuentes,
sino con una frase humilde: “Reconozco mi culpa”. El Salmo 51 es
medicina para el alma porque nos enseña el primer paso de toda sanación: nombrar
la herida sin maquillaje.
Muchos de los que sufren “en el alma y en el
cuerpo” cargan además un peso oculto: culpas, duelos no resueltos,
vergüenzas, resentimientos, o simplemente una tristeza
persistente que ya no saben explicar. Este salmo nos pone delante a un Dios que
no humilla, sino que rehace: “Crea en mí, Dios mío, un corazón puro”.
No dice: “párchame un poco”, sino: “hazme nuevo”.
Y aquí conviene decirlo con claridad: pedir
misericordia no es excusar el pecado; es dejar de huir para comenzar a vivir
en la luz.
3) El Evangelio: el Reino crece
“sin que él sepa cómo”
En el Evangelio, Jesús habla de una semilla que
crece mientras el sembrador duerme y se levanta. Es decir: hay crecimientos
que no controlamos, procesos que maduran en silencio. Y luego la parábola
del grano de mostaza: lo pequeño se vuelve grande, lo insignificante se vuelve
refugio.
Esta palabra hoy es un bálsamo para muchos:
- para
quien está en terapia y piensa: “no avanzo”;
- para
quien reza y siente sequedad;
- para
quien lucha con una enfermedad y vive días buenos y malos;
- para
quien intenta salir de una adicción, o de una relación destructiva;
- para
quien carga una depresión o una ansiedad que nadie ve.
Jesús parece decirte: no te desesperes si no ves
resultados inmediatos. Si hay una semilla de bien —una decisión, una
confesión sincera, una conversación honesta, un “hoy vuelvo a empezar”, una visita
al médico, un pedir ayuda, un retomar la oración—, esa semilla está trabajando aunque
tú no lo percibas.
A veces Dios nos habla “velado”, como en signos,
porque el corazón necesita tiempo para pasar del signo a la realidad. La
Palabra no siempre ilumina como relámpago; muchas veces alumbra como amanecer.
4) Dos aplicaciones concretas
para hoy
Primera: vigila “la puerta de entrada”.
David cayó por una mezcla peligrosa: ocio, mirada sin custodia, deseo sin
freno, y mentira como estrategia. Hoy, cada uno puede preguntarse:
- ¿qué
“miradas” estoy alimentando?
- ¿qué
conversaciones o hábitos me están enfriando el alma?
- ¿qué
justificación repito para no cambiar?
Segunda: si estás sufriendo, no sufras solo.
Hay dolores del cuerpo que piden medicina; hay dolores del alma que piden
escucha, oración, sacramentos, acompañamiento, y a veces atención profesional.
Dios no se ofende si pides ayuda: al contrario, la gracia suele llegar
también por mediaciones humanas.
Oración final (unida a la
intención del día)
Señor
Jesús, Sembrador paciente: entra en nuestras zonas oscuras con tu luz mansa.
Por los que sufren en el alma: dales consuelo, personas buenas a su lado, y la
valentía de pedir ayuda.
Por los que sufren en el cuerpo: dales alivio, fortaleza, y esperanza en medio
del tratamiento.
Y para todos, danos la gracia del Salmo 51: reconocer la verdad sin miedo, para
que tu misericordia haga crecer en nosotros el Reino, en silencio y con
poder, hasta dar fruto abundante. Amén.
2
Hermanos, hoy la liturgia nos pone delante dos
“siembras” muy distintas:
- en
la primera lectura, una siembra oscura: el pecado que entra por una
rendija y termina en muerte;
- en
el Evangelio, la siembra luminosa: el Reino que crece silencioso por la
gracia;
y entre las dos, el Salmo 51, que es el grito de un corazón que quiere volver a nacer.
1) Primera lectura: cuando el
corazón siembra mentira, cosecha tragedia
El relato de David (2S 11) es de una crudeza
tremenda, porque muestra cómo el mal avanza por etapas:
una mirada no custodiada, un deseo que se impone, un acto que desordena todo y,
luego, el intento de “arreglar” las cosas con estrategia humana: David manda
traer a Urías, lo quiere hacer volver a su casa para encubrir el embarazo de
Betsabé… pero Urías, con una rectitud que contrasta dolorosamente con el rey,
se niega a descansar mientras sus compañeros están en campaña.
Entonces David baja un escalón más: lo emborracha
para lograr lo que no consiguió con palabras. Y al final, como no le funciona,
llega la peor semilla: la manipulación y la muerte, enviándolo al frente
para que caiga. El pecado no solo rompe la relación con Dios: rompe vidas,
familias, conciencias.
Aquí hay una luz pastoral fuerte: el problema no
empieza “cuando ya es tarde”; empieza cuando uno deja que el corazón se
acostumbre a lo indebido y luego pretende manejarlo en secreto. El pecado
siempre promete control, pero termina imponiendo esclavitud.
2) Salmo 51: la misericordia es
la tierra nueva donde Dios vuelve a sembrar
Y entonces la Iglesia nos pone en los labios el
Salmo 51: “Misericordia, Señor: hemos pecado”. Es como si dijera: “Sí,
hemos visto hasta dónde puede llegar el corazón… ahora veamos hasta dónde llega
la misericordia”.
Este salmo no es una fórmula para sentir alivio
barato: es el paso decisivo de la sanación espiritual: dejar de justificarse
y decir la verdad ante Dios.
- “Contra
ti, contra ti solo pequé”: reconocer que el pecado no es solo “un error
humano”, sino una herida en el amor.
- “Lávame,
purifícame”: pedir no solo perdón, sino transformación.
- “Crea
en mí un corazón puro”: no un maquillaje, sino una creación nueva.
Y esto conecta directamente con nuestra intención
orante: quienes sufren en el alma y en el cuerpo necesitan, además de alivio, una
esperanza que no engañe. El salmo nos enseña que la esperanza no se funda
en “yo puedo solo”, sino en “Dios puede rehacerme”.
3) Evangelio: el Reino crece “sin
que él sepa cómo”
Pasamos al Evangelio. Jesús compara el Reino con
una semilla que crece mientras el sembrador duerme y se levanta. Es decir: hay
una obra de Dios que madura en silencio, sin que podamos medirla ni
acelerarla. Luego, con el grano de mostaza, afirma que lo pequeño se vuelve
grande y llega a ser cobijo.
“Con muchas parábolas les anunciaba la Palabra… y a
sus discípulos se lo explicaba todo en privado” (Mc 4,33-34). La multitud oye;
el discípulo se deja instruir por dentro. La parábola es la puerta; la
“explicación en privado” es la intimidad: Dios te habla personalmente.
4) La Palabra viva: no solo se
entiende, se recibe
El corazón humano puede escuchar el Evangelio como
quien oye una enseñanza bonita. Pero Jesús quiere más: quiere que su Palabra
sea viva, que haga algo en nosotros.
Por eso las parábolas no se “consumen” como
historias; se rumian en oración. Y en esa oración el Espíritu Santo
regala luz, consejo, entendimiento, fortaleza. La Palabra se vuelve encuentro:
Dios no solo habla “a la gente”; habla a tu historia, a tu herida
concreta, a tu decisión pendiente, a tu noche interior.
5) Aplicación pastoral: una
palabra para los que sufren
Hoy, para quienes sufren en el alma y en el cuerpo,
la liturgia trae tres consuelos muy concretos:
- No
todo crecimiento se ve: como la semilla bajo tierra, tu proceso puede ir lento, pero no
va vacío.
- Dios
no te humilla, te recrea: el Salmo 51 nos lo graba: Dios no se cansa
de comenzar de nuevo con nosotros.
- El
mal también “crece” si lo alimento: la historia de David advierte que el pecado
no se detiene solo; hay que cortarlo en su inicio, pedir ayuda, volver a
la luz.
Y para quien esté cargando culpas, tristezas,
ansiedad o un dolor físico persistente: el Señor hoy no te pide heroísmos
inmediatos; te pide un acto de fe pequeño, como mostaza: “Señor, aquí
estoy; explícamelo en privado; siembra en mí lo que yo ya no sé sembrar”.
6) Invitación concreta: tres
pasos simples (semilla diaria)
Para pasar de la multitud al discípulo:
1. Un versículo al día del Evangelio (1–2
minutos).
2. Una frase del Salmo 51 como jaculatoria: “Misericordia,
Señor”.
3. Un acto de luz: confesar, hablar, pedir perdón,
pedir ayuda, retomar el médico, acompañamiento, dirección espiritual… lo que
toque.
Semillas pequeñas, Reino grande.
Oración final
Señor
Jesús, Palabra viva del Padre:
cuando mi corazón se desordena como el de David, rescátame antes de que el mal
crezca.
Dame la humildad del Salmo: “Misericordia, Señor”.
Crea en mí un corazón nuevo y siembra tu Reino en mis zonas oscuras.
Te
pedimos hoy por quienes sufren en el alma y en el cuerpo:
dales alivio, compañía, fortaleza y esperanza;
y haz que, aun en la noche, tu semilla crezca “sin que sepamos cómo”,
hasta dar fruto de paz.
Jesús, en Ti confío. Amén.
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