(Mateo 5,43-48) Amar a los enemigos: violentos, tiranos,
abusadores, perseguidores… ¡imposible! Jesús no dice que haya que aceptarlo
todo ni bendecirlo todo. Pero sí nos pide bendecir al otro, sin reducirlo a lo
que ha hecho; mirarlo a la altura del rostro, devolverle una dignidad que quizá
él mismo no sabe reconocer. No convertirlo en enemigo ni convertirme yo mismo
en enemigo. Señor, desármalo a él, pero desármame también a mí, para invertir
la espiral del odio y de la violencia.
Colette Hamza, xavière
Primera lectura
Has hecho
pecar a Israel
Lectura del primer libro de los Reyes.
DESPUÉS que hubo muerto Nabot, la palabra del Señor llegó a Elías tesbita para
decirle:
«Levántate, baja al encuentro de Ajab, rey de Israel, que está en Samaría.
Ahora se encuentra en la viña de Nabot, adonde ha bajado para tomar posesión de
ella. Le hablarás diciendo: “Así habla el Señor: ‘¿Has asesinado y pretendes
tomar posesión?’ Por esto, así habla el Señor: ‘En el mismo lugar donde los
perros han lamido la sangre de Nabot, lamerán los perros también tu propia
sangre’”».
Entonces Ajab se dirigió a Elías diciendo:
«Así que has dado conmigo, enemigo mío».
Respondió Elías:
«He dado contigo. Así, por haberte vendido, haciendo el mal a los ojos del
Señor, yo mismo voy a traer sobre ti el desastre. Barreré tu descendencia y
exterminaré en Israel a todos los varones de la familia de Ajab, del primero al
último. Dispondré de tu casa como de la de Jeroboán, hijo de Nebat, y de la de
Baasá, hijo de Ajías, por la irritación que me has producido y por haber hecho
pecar a Israel. También contra Jezabel ha hablado el Señor diciendo: “Los
perros devorarán a Jezabel en el campo de Yezrael”, y los perros devorarán a
los de Ajab que mueran en la ciudad y las aves del cielo a los que mueran en el
campo».
No hubo otro como Ajab que, instigado por su mujer Jezabel, se vendiera para
hacer el mal a los ojos del Señor. Actuó del modo más abominable, yendo tras
los ídolos,
procediendo en todo como los amorreos a quienes el Señor había expulsado frente
a los hijos de Israel.
Ajab, al oír estas palabras, rasgó sus vestiduras, se echó un sayal sobre el
cuerpo y ayunó. Con el sayal puesto se acostaba y andaba pesadamente.
Llegó a Elías tesbita la palabra del Señor:
«¿Has visto cómo se ha humillado Ajab ante mí? No traeré el mal en los días de
su vida, por haberse humillado ante mí, sino en vida de su hijo».
Palabra de Dios
Salmo
R. Misericordia,
Señor, hemos pecado.
V. Misericordia,
Dios mío, por tu bondad,
por tu inmensa compasión borra mi culpa;
lava del todo mi delito,
limpia mi pecado. R.
V. Pues yo
reconozco mi culpa,
tengo siempre presente mi pecado.
Contra ti, contra ti solo pequé,
cometí la maldad en tu presencia. R.
V. Aparta
de mi pecado tu vista,
borra en mí toda culpa.
Líbrame de la sangre, oh, Dios,
Dios, Salvador mío,
y cantará mi lengua tu justicia. R.
Aclamación
V. Les doy un
mandamiento nuevo —dice el Señor—: que se amen unos a otros, como yo los he
amado. R.
Evangelio
Amen a sus
enemigos
Lectura del santo Evangelio según san Mateo.
EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Han oído que se dijo: “‘Amarás a tu prójimo’ y aborrecerás a tu enemigo”. Pero
yo les digo: amen a sus enemigos y recen por los que los persiguen, para que
sean hijos de su Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y
manda la lluvia a justos e injustos.
Porque, si aman a los que los aman, ¿qué premio tendrán? ¿No hacen lo mismo
también los publicanos? Y, si saludan solo a sus hermanos, ¿qué hacen de
extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles? Por tanto, sean
perfectos, como su Padre celestial es perfecto».
Palabra del Señor.
1
Queridos
hermanos:
La
Palabra de Dios de este martes nos pone ante una de las exigencias más altas y
más desconcertantes del Evangelio: “Amen a sus enemigos y oren por los que los
persiguen”. No se trata de una frase bonita ni de un ideal ingenuo. Jesús sabe
muy bien que amar al enemigo parece imposible. Amar a quien nos ha herido, a
quien ha sido injusto, a quien ha sembrado violencia o dolor, no nace
espontáneamente del corazón humano.
Pero
Jesús no nos pide aprobar el mal. No nos dice que llamemos bueno a lo que es
malo, ni que bendigamos la injusticia, ni que nos dejemos destruir por quienes
abusan o persiguen. Lo que Jesús nos pide es algo más profundo: no dejar que el
mal del otro destruya también nuestro corazón. No permitir que el odio del otro
nos convierta a nosotros en personas dominadas por el odio.
La
primera lectura nos ayuda a comprender esto. Después del pecado de Ajab y
Jezabel contra Nabot, Dios envía al profeta Elías para denunciar la injusticia.
Dios no es indiferente ante el abuso, el despojo, la mentira y la muerte del
inocente. La fe no consiste en cerrar los ojos ante el mal. El Señor ve,
escucha y juzga. Pero cuando Ajab se humilla, Dios también muestra
misericordia. Aquí aparece el rostro de un Dios justo, pero también capaz de
abrir caminos de conversión.
El
salmo nos hace rezar desde esa misma conciencia: “Misericordia, Señor, hemos
pecado”. Antes de mirar solamente el pecado ajeno, la Palabra nos invita a
mirar también nuestro propio corazón. Porque muchas veces queremos que Dios sea
misericordioso con nosotros, pero implacable con los demás. Queremos perdón
para nuestras heridas, pero castigo para quienes nos han herido.
El
Evangelio va más lejos: “Sean perfectos como su Padre celestial es perfecto”.
Esa perfección no significa no equivocarse nunca. Significa amar con un corazón
parecido al de Dios. Dios hace salir el sol sobre buenos y malos, y manda la lluvia
sobre justos e injustos. Su amor no se reduce a simpatías, méritos o
conveniencias. Dios ama porque Él es amor.
Por
eso, amar al enemigo es una gracia que debemos pedir. No siempre podremos
sentir afecto. No siempre podremos acercarnos. A veces será necesario poner
límites, tomar distancia, protegernos y buscar justicia. Pero aun así, el
cristiano está llamado a no desear la destrucción del otro, a no alimentar la
venganza, a no convertir su corazón en un campo de batalla.
Podemos
decirle hoy al Señor: “Señor, desarma al violento, desarma al injusto, desarma
al que hace daño; pero desármame también a mí. Desarma mi orgullo, mi
resentimiento, mis deseos de venganza. Rompe en mí la espiral del odio y
enséñame a vencer el mal con el bien”.
Hoy
oramos de manera especial por nuestros benefactores, familiares y amigos. Ellos
son signos concretos de la bondad de Dios en nuestro camino. Que el Señor los
bendiga, los proteja y recompense todo el bien que han sembrado. Y que también
nosotros aprendamos a ser bendición para otros: no solo para quienes nos aman,
sino incluso para aquellos con quienes nos cuesta vivir la caridad.
Que
esta Eucaristía nos conceda un corazón más libre, más humilde y más parecido al
corazón del Padre. Amén.
2
Queridos
hermanos:
La
Palabra de Dios de este día nos sitúa ante dos realidades profundas del corazón
humano: por una parte, la fuerza destructiva del pecado; por otra, la fuerza
transformadora de la misericordia y del amor sin límites.
En
la primera lectura, después del crimen cometido contra Nabot, Dios envía al
profeta Elías a denunciar al rey Ajab. El pecado no queda oculto ante los ojos
de Dios. La ambición, el abuso de poder, la injusticia y la muerte del inocente
claman al cielo. Ajab ha permitido que la codicia destruya la vida de un hombre
justo. Y Dios, que es justo, no permanece indiferente.
Pero
la lectura también nos sorprende: cuando Ajab escucha la palabra de Dios, se
humilla, hace penitencia y reconoce su pecado. Entonces el Señor muestra
misericordia. Esto no borra la gravedad de lo ocurrido, pero revela algo
esencial: Dios no desea la muerte del pecador, sino que se convierta y viva. Su
justicia nunca está separada de su deseo de salvar.
Por
eso el salmo 50 pone en nuestros labios una oración humilde: “Misericordia,
Señor, hemos pecado”. Es el grito del corazón que reconoce su culpa y se abre
al perdón. Antes de mirar el pecado de los demás, la Palabra nos invita a mirar
nuestro propio corazón. Todos necesitamos ser purificados de la soberbia, del
resentimiento, de la dureza y de la violencia interior.
Y
en el Evangelio, Jesús nos lleva todavía más lejos: “Amen a sus enemigos y oren
por los que los persiguen”. Esta es una de las enseñanzas más exigentes del
cristianismo. Amar al enemigo no significa aprobar el mal, justificar la
injusticia o permitir el abuso. Jesús no nos pide llamar bueno a lo que es
malo. Lo que nos pide es no responder al odio con más odio, no dejar que la
violencia del otro engendre violencia en nosotros.
El
amor cristiano no tiene límites porque nace del corazón de Dios. El Padre hace
salir el sol sobre buenos y malos, y manda la lluvia sobre justos e injustos.
Así ama Dios: no de manera selectiva, no solo a quienes lo merecen, no solo a
quienes responden bien. Dios ama porque Él es amor.
Por
eso Jesús nos dice: “Sean perfectos como su Padre celestial es perfecto”. Esta
perfección no consiste en no equivocarse nunca, sino en aprender a amar con un
corazón cada vez más parecido al de Dios. Es la perfección de la misericordia,
de la paciencia, del perdón y de la oración por todos, incluso por quienes nos
han herido.
Jesús
mismo vivió este amor en la cruz, cuando oró por sus perseguidores: “Padre,
perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Allí nos enseñó que el amor
verdadero no es solo sentimiento; es decisión, gracia, entrega y victoria sobre
el mal.
Hoy
podemos preguntarnos: ¿a quién me cuesta amar? ¿Por quién me cuesta orar? ¿Qué
resentimiento necesito entregar al Señor? Tal vez no podamos cambiar
inmediatamente nuestros sentimientos, pero sí podemos comenzar por pedir a Dios
que purifique nuestro corazón.
En
esta Eucaristía, pidamos la gracia de amar más allá de nuestras simpatías, de
nuestras heridas y de nuestros límites humanos. Que el Señor nos libre de toda
amargura, nos conceda un corazón reconciliado y nos enseñe a vencer el mal con
el bien.
Y
oremos también hoy por nuestros benefactores, familiares y amigos. Que Dios
recompense su generosidad, bendiga sus vidas, sostenga sus hogares y les
conceda experimentar siempre la luz de su amor. Que nosotros, agradecidos por
tanto bien recibido, aprendamos también a ser instrumentos de misericordia,
perdón y paz. Amén.


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