miércoles, 21 de enero de 2026

22 de enero del 2026: jueves de la segunda semana del tiempo ordinario- año II

 

La justa distancia

(Mc 3,7-12) A la violencia de los fariseos que buscan matar a Jesús, sucede otra violencia: la de esa multitud de desesperados que se abalanzan sobre él en busca de milagros, con el riesgo de aplastarlo. Él se mantiene a distancia; hace callar a quienes vociferan más de lo que confiesan su identidad de Hijo de Dios.

Solo la distancia permite un verdadero encuentro y un diálogo con Jesús, previos a toda curación.”

Colette Hamza, xavière

 


Primera lectura

1 Sam 18, 6-9; 19, 1-7

Mi padre busca el modo de matarte

Lectura del primer libro de Samuel.

EN aquellos días, cuando David volvía de matar al filisteo, salieron las mujeres de todas las ciudades de Israel al encuentro del rey Saúl para cantar danzando con tambores, gritos de alborozo y címbalos.
Las mujeres cantaban y repetían al bailar:
«Saúl mató a mil,
David a diez mil».
A Saúl lo enojó mucho aquella copla y le pareció mal, pues pensaba:
«Han asignado diez mil a David y mil a mí. No le falta más que la realeza».
Desde aquel día Saúl vio con malos ojos a David.
Saúl manifestó a su hijo Jonatán y a sus servidores la intención de matar a David. Jonatán, hijo de Saúl, amaba mucho a David. Y le advirtió:
«Mi padre busca el modo de matarte. Mañana toma precauciones, quédate en lugar secreto y permanece allí oculto. Yo saldré y me colocaré al lado de mi padre en el campo donde te encuentres. Le hablaré de ti, veré lo que hay y te lo comunicaré».
Jonatán habló bien de David a su padre Saúl. Le dijo:
«No haga daño el rey a su siervo David, pues él no te ha hecho mal alguno y su conducta ha sido muy favorable hacia ti. Expuso su vida, mató al filisteo y el Señor concedió una gran victoria a todo Israel. Entonces te alegraste al verlo. ¿Por qué hacerte culpable de sangre inocente, matando a David sin motivo?».
Saúl escuchó lo que le decía Jonatán, y juró:
«Por vida del Señor, no morirá».
Jonatán llamó a David y le contó toda aquella conversación. Le trajo junto a Saúl y siguió a su servicio como antes.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 55, 2-3. 9-10ab. 10c-11. 12-13 (R.: 5b)

R. En Dios confío y no temo.

V. Misericordia, Dios mío, que me hostigan,
me atacan y me acosan todo el día;
todo el día me hostigan mis enemigos,
me atacan en masa, oh, Altísimo. 
R.

V. Anota en tu libro mi vida errante,
recoge mis lágrimas en tu odre, Dios mío,
mis fatigas en tu libro.
Que retrocedan mis enemigos
cuando te invoco. 
R.

V. Así sabré que eres mi Dios.
En Dios, cuya promesa alabo,
en el Señor, cuya promesa alabo. 
R.

V. En Dios confío y no temo;
¿qué podrá hacerme un hombre?
Te debo, Dios mío, los votos que hice,
los cumpliré con acción de gracias.
 R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Nuestro Salvador, Cristo Jesús, destruyó la muerte, e hizo brillar la vida por medio del Evangelio. R.

 

Evangelio

Mc 3, 7-12

Los espíritus inmundos gritaban: «Tú eres el Hijo de Dios», pero él les prohibía que lo diesen a conocer

Lectura del santo Evangelio según san Marcos.

EN aquel tiempo, Jesús se retiró con sus discípulos a la orilla del mar y lo siguió una gran muchedumbre de Galilea.
Al enterarse de las cosas que hacía, acudía mucha gente de Judea, Jerusalén, Idumea, Transjordania y cercanías de Tiro y Sidón.
Encargó a sus discípulos que le tuviesen preparada una barca, no lo fuera a estrujar el gentío.
Como había curado a muchos, todos los que sufrían de algo se le echaban encima para tocarlo.
Los espíritus inmundos, cuando lo veían, se postraban ante él y gritaban:
«Tú eres el Hijo de Dios».
Pero él les prohibía severamente que lo diesen a conocer.

Palabra del Señor.

 

1

 

1) Una escena sorprendente: dos violencias distintas

El Evangelio de hoy nos muestra a Jesús rodeado por una multitud inmensa: vienen de todas partes, cargados de dolor, enfermedad, confusión, miedo. Y, al mismo tiempo, el texto deja ver un contraste: mientras unos se acercan a Jesús con hambre de vida, otros —como los fariseos— ya están tramando su muerte. Dos violencias:

  • la violencia del rechazo (el corazón que se cierra y decide eliminar a Jesús),
  • y la violencia de la desesperación (la gente que se lanza sobre Él buscando alivio, casi como quien toma por asalto una solución).

Y aquí aparece una palabra clave, preciosa, muy pastoral: la justa distancia.

2) La “justa distancia” para encontrarse de verdad con Jesús

Decía alguien que: solo la distancia permite un verdadero encuentro. ¿Qué significa? No es frialdad. Es sabiduría espiritual.

Hay maneras de “acercarse” a Jesús que, en realidad, lo convierten en un objeto:

  • “Señor, sálvame ya, pero no me cambies la vida.”
  • “Sáname, pero no me pidas perdonar.”
  • “Resuélveme este problema, pero no me llames a la conversión.”

Eso no es encuentro: eso es uso. Y por eso Jesús se aparta un poco, sube a la barca, pone un margen, no para alejarse del sufrimiento, sino para que el acercamiento sea humano y creyente, no atropellado.

La fe necesita esta “distancia” interior: un espacio donde puedo mirar a Jesús a los ojos, escucharlo, dejar que su Palabra me ordene por dentro. Porque muchas veces queremos el milagro, pero evitamos el diálogo. Y el Evangelio sugiere que la curación verdadera empieza cuando hay diálogo, cuando no solo toco a Jesús, sino que me dejo tocar por Él.

3) “Los hacía callar”: cuando el grito no es confesión

El texto dice que los espíritus impuros gritaban: “Tú eres el Hijo de Dios”, y Jesús les mandaba callar. Qué raro: ¡están diciendo algo “correcto”! Pero no basta decir lo correcto.
Hay un modo de “hablar de Jesús” que no nace de la fe sino del ruido, de la presión, de la manipulación, del espectáculo.

Hoy también puede pasar: podemos repetir frases religiosas, publicar mensajes, hacer alboroto… y sin embargo no confesarlo de verdad con la vida. Jesús no necesita propaganda estridente; necesita discípulos. No necesita gritos: necesita corazones convertidos.

4) Primera lectura: Saúl y la violencia de los celos

En la primera lectura vemos a Saúl consumido por los celos ante David. La envidia va fabricando una lógica peligrosa: el otro se vuelve amenaza, y la amenaza se vuelve enemigo, y el enemigo “hay que eliminarlo”.

Ese es el camino de la violencia que quiere matar a Jesús: nace en un corazón que se ha perdido por dentro. Y aquí hay una enseñanza para la vida comunitaria y para la Iglesia: la obra evangelizadora se apaga cuando dejamos que el celo, la comparación, el “yo” herido, se vuelvan el centro. Donde hay envidia, la misión se envenena. Donde hay humildad, la misión florece.

Y qué hermoso que Jonatán interceda por David: es el rostro de la amistad leal, del que se atreve a frenar el mal con verdad y con amor. También eso es evangelización: ser puente, no cuchillo.

5) Aplicación pastoral: evangelizar con “justa distancia”

Para la obra evangelizadora y para las vocaciones, esta “justa distancia” es decisiva:

  • Distancia del activismo: no convertir la misión en agitación. Evangelizar no es correr todo el tiempo; es caminar con sentido.
  • Distancia del espectáculo: no “usar” lo sagrado para impresionar. La fe convence por la verdad y la caridad.
  • Distancia para escuchar: sin oración, sin silencio, no hay voz de Dios; solo hay eco de nuestras urgencias.
  • Distancia del ego: la vocación nace cuando Cristo ocupa el centro, no cuando yo busco aplauso o control.

Las vocaciones florecen allí donde hay comunidades que viven esta sabiduría: cercanas al dolor humano, sí; pero con un corazón ordenado, capaz de escuchar, de discernir, de acompañar.

6) Llamado concreto

Hoy el Señor nos invita a tres cosas muy sencillas:

1.    Acércate a Jesús sin atropellarlo: busca el milagro, sí, pero sobre todo busca su Palabra.

2.    Haz silencio interior: que tu fe no sea grito; que sea adhesión, conversión, obediencia amorosa.

3.    Evangeliza desde la humildad: sin celos, sin comparaciones, sin rivalidades. La misión es de Cristo.


Oración final (por la obra evangelizadora y las vocaciones)

Señor Jesús,
Tú conoces nuestras prisas y nuestras heridas,
nuestro deseo de soluciones inmediatas
y también nuestras resistencias a dejarnos transformar.

Danos la justa distancia:
la cercanía compasiva al que sufre
y el silencio interior que permite escucharte.

Purifica nuestra fe de todo ruido y vanidad,
y haz de tu Iglesia una casa de encuentro verdadero,
donde tu Evangelio se anuncie con alegría,
con humildad y con coherencia.

Suscita vocaciones santas:
sacerdotes según tu Corazón,
consagrados con alma de servicio,
matrimonios fieles y fecundos,
jóvenes valientes que se atrevan a decirte “sí”.

Que tu Espíritu nos libre de la envidia de Saúl
y nos regale la nobleza de Jonatán:
ser intercesores, constructores de paz,
servidores de la misión.

Amén.

 

2

 

1) Puerta de entrada: cuando la multitud corre… y Jesús “se retira”

El Evangelio nos presenta una escena de movimiento: Jesús atrae multitudes, y vienen de todas partes. Pero en medio de ese éxito aparente, aparece una frase sorprendente: “Jesús se retiró hacia el mar con sus discípulos”. No es huida. No es miedo. Es discernimiento. Es la sabiduría de quien sabe que la misión no se improvisa, y que no todo impulso de la gente coincide con el plan de Dios.

En la vida espiritual, muchas veces confundimos “mucho movimiento” con “mucho fruto”. Jesús nos enseña que la obra de Dios también necesita tiempos, ritmos, etapas. Hay un “hoy” y un “todavía no”.


2) Jesús y el tiempo de Dios: el corazón de la escena

Justo antes de este pasaje, los fariseos y herodianos empiezan a tramar su muerte. Jesús lo sabe. Y aun así, no precipita la Pasión. La afrontará cuando llegue su hora. Mientras tanto, se retira al mar: un paso que parece pequeño, pero es enorme. Con ese gesto nos dice:

  • “La maldad no marca mi agenda”.
  • “La presión no decide mi camino”.
  • “Yo camino según la voluntad del Padre”.

Aquí se cumple aquella gran sabiduría bíblica: “Todo tiene su tiempo”. También en la vida de fe: hay tiempos de construir, de sanar, de sembrar; y hay tiempos de entregar la vida. Jesús está aún en tiempo de convocar, enseñar, curar y formar discípulos.


3) La universalidad del Evangelio: vienen de todas partes

El texto subraya algo precioso: llegan desde Galilea y Judea, desde Jerusalén, Idumea, más allá del Jordán, y desde Tiro y Sidón. En otras palabras: el corazón del Evangelio empieza a latir más allá de fronteras culturales, religiosas y nacionales.

Eso anticipa lo que será la Iglesia: una familia abierta, una mesa larga, una salvación que no se encierra. La misión de Jesús no es para un grupo selecto, es para todos. Y por eso también la obra evangelizadora no puede ser “de club” ni de “capillita”: es para el que está cerca y para el que está lejos; para el que cree y para el que busca; para el que viene por fe y para el que llega por curiosidad.


4) Dos peligros en la multitud: curiosidad y búsqueda de milagros

Entre esa gente hay de todo: algunos se acercan con fe auténtica; otros movidos por el asombro, por el rumor, por lo espectacular. Aquí hay una enseñanza muy actual: podemos acercarnos a Jesús por motivos distintos:

  • para conocerlo y dejarnos cambiar,
  • o para “ver qué hace”, “qué me da”, “qué me resuelve”.

Por eso Jesús pide a los discípulos una barca: pone un margen. No para alejarse, sino para que la relación no sea atropellada. La fe necesita pasar del “¡hazme un milagro!” al “Señor, ¿qué quieres de mí?”.


5) Primera lectura: Saúl y el tiempo perdido por la envidia

La primera lectura nos muestra a Saúl devorado por la envidia: escucha los cantos del pueblo, compara, y su corazón se oscurece. La envidia lo lleva a sospechar, a perseguir, a querer destruir. Y aquí aparece un contraste fuerte: Saúl vive fuera del tiempo de Dios, porque la envidia siempre acelera lo malo y retrasa lo bueno. La envidia impacienta, distorsiona, envenena.

En cambio, Jonatán es figura de lo contrario: intercede, calma, protege. El que ama de verdad no se deja gobernar por el ego herido: se deja gobernar por la justicia.

Esto también toca la vida eclesial: cuando la misión se contamina de rivalidades, comparaciones y protagonismos, se apaga. Pero cuando la misión se vive como servicio, como comunión, como humildad, florece.


6) Aplicación para la vida: aprender a leer “las estaciones” del alma

Todos atravesamos temporadas: alegrías que quisiéramos retener y pruebas que quisiéramos cortar de raíz. Pero el Señor nos enseña a vivir cada etapa con fe, sin desesperarnos ni intoxicarnos de ansiedad.

  • En los tiempos de luz: gratitud, humildad, generosidad.
  • En los tiempos de oscuridad: paciencia, confianza, perseverancia.
  • En los tiempos de espera: discernimiento, oración, fidelidad.

La pregunta clave es: ¿estoy viviendo mi momento en la presencia de Dios, o lo estoy peleando con pura ansiedad? Jesús no se deja arrastrar por la presión: se deja conducir por el Padre.


7) Intención orante: por la obra evangelizadora y las vocaciones

Este Evangelio nos regala una imagen muy fuerte: Jesús prepara el camino, forma discípulos, ordena la multitud, protege la misión. Así también la Iglesia, para evangelizar, necesita:

  • discípulos antes que activistas,
  • oración antes que ruido,
  • comunión antes que protagonismos,
  • paciencia antes que ansiedad por resultados.

Y aquí nacen las vocaciones: cuando un joven ve una Iglesia serena, coherente, misionera; cuando percibe que el Evangelio no es espectáculo, sino vida; cuando descubre que Cristo no es un “recurso” sino un Señor.

Pidamos hoy vocaciones santas: sacerdotes y consagrados con corazón de discípulos, laicos maduros, familias evangelizadoras… porque la misión no es de unos pocos: es de todo el Pueblo de Dios.


Oración final

Señor Jesús,
Tú que caminaste siempre en el tiempo del Padre,
enséñanos a confiar cuando la vida acelera
y cuando parece que todo se detiene.

Líbranos de la envidia que oscurece el corazón como a Saúl,
y danos la nobleza de Jonatán:
ser puentes, ser paz, ser leales al bien.

Bendice la obra evangelizadora de tu Iglesia:
haznos discípulos con fuego misionero,
humildes, perseverantes, alegres en el servicio.

Y suscita vocaciones santas, valientes y fieles:
sacerdotes según tu Corazón,
consagrados que sean signo del Reino,
familias que anuncien con su vida,
jóvenes que se atrevan a decir: “Aquí estoy”.

Jesús, en tu tiempo y en tu voluntad,
haz fructificar nuestra vida.
Jesús, yo confío en Ti.

Amén.

 

 

martes, 20 de enero de 2026

21 de enero del 2026: miércoles de la segunda semana del tiempo ordinario II- Santa Inés, Virgen y mártir-memoria obligatoria

 

Santo del día:

Santa Inés

Siglo IV. Según San Ambrosio, esta joven cristiana romana tenía tan solo 12 años cuando sufrió el martirio para preservar su virginidad como esposa de Jesucristo. Posteriormente, la leyenda se apoderó de las circunstancias de su muerte.

 

 

Desplazamiento

(Marcos 3, 1-6) Nueva controversia acerca del sábado, y Jesús lo va a desplazar todo. Desplaza la atención de sí mismo hacia el hombre que sufre, colocándolo en el centro. Desplaza la cuestión del sábado desde lo prohibido hacia lo permitido, abriendo posibilidades. No habla de “curar”, sino de salvar. Porque se trata realmente de una elección de vida o muerte y de otro mandamiento: “No matarás”. Jesús aquí pone en obra su Pascua.

Colette Hamza, xavière

 


Primera lectura

1 Sam 17, 32-33. 37. 40-51

Venció David al filisteo con una honda y una piedra

Lectura del primer libro de Samuel.

EN aquellos días, Saúl mandó llamar a David, y este le dijo:
«Que no desmaye el corazón de nadie por causa de ese hombre. Tu siervo irá a luchar contra ese filisteo».
Pero Saúl respondió:
«No puedes ir a luchar con ese filisteo. Tú eres todavía un joven y él es un guerrero desde su mocedad».
David añadió:
«El Señor, que me ha librado de las garras del león y del oso, me librará también de la mano de ese filisteo».
Entonces Saúl le dijo:
«Vete, y que el Señor esté contigo».
Agarró el bastón, se escogió cinco piedras lisas del torrente y las puso en su zurrón de pastor y en el morral, y avanzó hacia el filisteo con la honda en mano. El filisteo se fue acercando a David, precedido de su escudero. Fijó su mirada en David y lo despreció, viendo que era un muchacho,
rubio y de hermoso aspecto.
El filisteo le dijo:
«¿Me has tomado por un perro, para que vengas a mí con palos?».
Y maldijo a David por sus dioses.
El filisteo siguió diciéndole:
«Acércate y echaré tu carne a las aves del cielo y a las bestias del campo».
David le respondió:
«Tú vienes contra mí con espada, lanza y jabalina. En cambio, yo voy contra ti en nombre del Señor del universo, Dios de los escuadrones de Israel al que has insultado. El Señor te va a entregar hoy en mis manos, te mataré, te arrancaré la cabeza y hoy mismo entregaré tu cadáver y los del ejército filisteo a las aves del cielo y a las fieras de la tierra. Y toda la tierra sabrá que hay un Dios de Israel. Todos los aquí reunidos sabrán que el Señor no salva con espada ni lanza, porque la guerra es del Señor y los va a entregar en nuestras manos».
Cuando el filisteo se puso en marcha, avanzando hacia David, este corrió veloz a la línea de combate frente a él. David metió su mano en el zurrón, cogió una piedra, la lanzó con la honda e hirió al filisteo en la frente. La piedra se le clavó en la frente y cayó de bruces en tierra.
Así venció David al filisteo con una honda y una piedra. Lo golpeó y lo mató sin espada en la mano.
David echó a correr y se detuvo junto al filisteo. Cogió su espada, la sacó de la vaina y lo remató con ella, cortándole la cabeza. Los filisteos huyeron, al ver muerto a su campeón.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 143, 1bcd. 2. 9-10 (R.: cf. 1a)

R. ¡Bendito el Señor, mi alcázar!

V. Bendito el Señor, mi Roca,
que adiestra mis manos para el combate,
mis dedos para la pelea. 
R.

V. Mi bienhechor, mi alcázar,
baluarte donde me pongo a salvo,
mi escudo y refugio,
que me somete los pueblos. 
R.

V. Dios mío, te cantaré un cántico nuevo,
tocaré para ti el arpa de diez cuerdas:
para ti que das la victoria a los reyes,
y salvas a David, tu siervo, de la espada maligna. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Jesús proclamaba el evangelio del reino, y curaba toda dolencia del pueblo. R.

 

Evangelio

Mc 3, 1-6

¿Está permitido en sábado salvarle la vida a un hombre o dejarlo morir?

Lectura del santo Evangelio según san Marcos.

EN aquel tiempo, Jesús entró otra vez en la sinagoga y había allí un hombre que tenía una mano paralizada. Lo estaban observando, para ver si lo curaba en sábado y acusarlo.
Entonces le dice al hombre que tenía la mano paralizada:
«Levántate y ponte ahí en medio».
Y a ellos les pregunta:
«¿Qué está permitido en sábado?, ¿hacer lo bueno o lo malo?, ¿salvarle la vida a un hombre o dejarlo morir?».
Ellos callaban. Echando en torno una mirada de ira y dolido por la dureza de su corazón, dice al hombre:
«Extiende la mano».
La extendió y su mano quedó restablecida.
En cuanto salieron, los fariseos se confabularon con los herodianos para acabar con él.

Palabra del Señor.

 

1

 

1) Un Dios que “desplaza” la mirada hacia el que sufre

Hay escenas del Evangelio que parecen sencillas, pero por dentro son un terremoto. Jesús entra a la sinagoga y allí está un hombre con la mano paralizada. Todos lo miran… pero no lo miran a él: miran a Jesús, para ver si “cae” en la trampa. Y Jesús hace lo que hace siempre Dios cuando el corazón se enfría: desplaza el centro.

La discusión no es primero sobre normas. El centro no es el orgullo de los observantes. El centro es un enfermo. Un hombre limitado, expuesto, quizá avergonzado, seguramente acostumbrado a que su necesidad sea un “problema” para los demás. Jesús lo pone en el medio y, con eso, ya está predicando: la persona vale más que la polémica; el dolor humano vale más que el prestigio religioso.

Y hoy, con nuestra intención orante por los enfermos, ese gesto es medicina: Jesús no se acerca a la herida para “hacer quedar bien” a la religión; se acerca para salvar.

2) Del “¿se puede?” al “¿qué elige tu corazón?”

En Mc 3,1-6 Jesús formula una pregunta que desarma:
“¿Está permitido en sábado hacer el bien o hacer el mal? ¿Salvar una vida o destruirla?”

Es brillante: Él cambia el terreno. Los otros quieren una religión reducida al “¿se puede o no se puede?”. Jesús la lleva al corazón del mandamiento: vida o muerte. Jesús no habla de curar, sino de salvar. Porque hay curaciones que son más profundas que lo físico: salvar la dignidad, salvar la esperanza, salvar la confianza, salvar a alguien del abandono.

Aquí vale una luz psicológica y pastoral: cuando uno se acostumbra a vivir desde el miedo (“si hago esto me critican”, “si me salgo del renglón me señalan”), el corazón se rigidiza. Y la rigidez termina siendo una especie de “mano paralizada” interior: incapaz de compasión, incapaz de alegría, incapaz de abrazar. Por eso el texto dice que Jesús se entristece por la dureza de sus corazones.

Y entonces viene el mandato que parece mínimo, pero es inmenso:
“Extiende la mano.”
Eso es evangelio puro: lo que está contraído por el dolor, por la culpa, por el miedo o por la enfermedad… Jesús lo invita a abrirse. Donde la vida se había encogido, Cristo la ensancha.

3) David y Goliat: la fe que no se deja intimidar

La primera lectura (1S 17) también nos habla de un “desplazamiento”. Todos creen que la batalla se gana con armaduras pesadas y con experiencia militar. David, pequeño y joven, se niega a pelear con armas ajenas: no puede caminar con lo que no le pertenece. Toma su honda, sus piedras, y sobre todo toma su fe: no confía en su fuerza sino en el Señor.

¿Qué tiene que ver esto con el Evangelio? Mucho:

  • Goliat no siempre es un gigante externo. A veces el gigante es el desánimo, el diagnóstico que asusta, la soledad, la depresión, el dolor crónico, la sensación de ser una carga.
  • David nos enseña que, aunque uno se sienta pequeño, puede decir: “El Señor me sostiene”.

Y el salmo lo canta:
“Bendito el Señor, mi roca… mi baluarte, mi liberador.”
El creyente no niega la batalla; la enfrenta con Dios.

4) Santa Inés: la valentía de una vida entregada

En la memoria de Santa Inés, virgen y mártir, la Iglesia nos muestra otra manera de vencer al gigante: la fidelidad. Inés no fue grande por “poder”, sino por amor. En un mundo que presiona, seduce o amenaza, ella eligió pertenecer a Cristo. Su pureza no es ingenuidad: es libertad interior.

Para nuestros enfermos, Santa Inés es un signo: cuando el cuerpo se debilita, el amor puede fortalecerse. Y hay martirios silenciosos —en una cama, en una terapia, en una larga recuperación— que Dios ve con ternura y honra con gracia.

5) Para nosotros hoy: tres llamados concretos

1.    Poner al enfermo en el centro. No como “tema”, sino como persona: visita, llamada, presencia, escucha.

2.    Practicar el sábado de Jesús: el día del Señor no es excusa para la indiferencia; es escuela de misericordia.

3.    Extender la mano: reconciliarse, pedir ayuda, volver a orar, retomar un tratamiento, abrir el corazón.

Oración final (por los enfermos)

Señor Jesús, que miraste al hombre de la mano paralizada y lo pusiste en el centro, mira hoy a nuestros enfermos: a los que están en casa, en hospital, en soledad; a quienes sienten miedo, dolor, incertidumbre.
Toca lo que está rígido, devuelve movilidad al cuerpo y paz al alma.
Danos un corazón sensible, que no se esconda detrás de excusas religiosas, sino que elija siempre el bien, la vida y la compasión.

Y al concluir, nos confiamos a la intercesión de la Santísima Virgen María, Salud de los Enfermos:
Madre tierna, acompaña a tus hijos que sufren; sostén a los cuidadores; consuela a los que se sienten frágiles. Llévanos a Jesús, para que, escuchando su voz, también nosotros podamos extender la mano y vivir.
Amén.

 

2

 

1) “¿Está permitido… salvar la vida?”: la pregunta que desnuda el corazón

El Evangelio nos pone en una escena tensa: una sinagoga, un hombre con la mano paralizada y un grupo que observa a Jesús no para aprender, sino para acusarlo. Y entonces el Señor formula una pregunta que parece obvia, pero que revela lo que hay dentro:
“¿Está permitido en sábado hacer el bien o hacer el mal, salvar la vida o destruirla?” (Mc 3,4).

Objetivamente, todos sabemos la respuesta: sí, es lícito hacer el bien. Pero hoy se nos advierte que, subjetivamente, muchas veces respondemos no desde la verdad, sino desde heridas, resentimientos y comparaciones. Por eso el Evangelio dice que ellos callaron. El silencio es terrible: no es prudencia, es cerrazón.

2) La “ira justa” y el “dolor santo” de Jesús

Aquí aparece algo muy humano y muy divino a la vez: Jesús los mira con enojo y con tristeza por la dureza de su corazón. No es rabia caprichosa. Es lo que podemos llamas “ira justa y dolor santo”: una indignación que nace del amor, y un dolor que nace de ver cómo la religión puede volverse máscara para no amar.

Hay emociones que, cuando se desordenan, destruyen por dentro:

·        Ira: cuando se vuelve resentimiento y deseo de herir.

·        Celos: cuando el miedo a perder “mi lugar” me vuelve controlador.

·        Envidia: cuando me entristece el bien del otro y me impide alegrarme.

Los fariseos no logran alegrarse por la sanación del hombre; se quedan atrapados en su propio laberinto interior. Y el Evangelio remata con una frase dura: después de ver el bien, conspiran para hacer el mal (Mc 3,6). Así actúa el pecado: endurece, ciega y termina justificando lo injustificable.

3) “Extiende tu mano”: cuando la gracia rompe la parálisis

Jesús no discute eternamente. Mira al hombre y le dice:
“Extiende la mano.”
Y al extenderla, queda restablecida.

Esta orden es más que un gesto físico: es una palabra para todos los que viven algún tipo de parálisis:

·        la parálisis del miedo,

·        la parálisis del rencor,

·        la parálisis de la tristeza,

·        la parálisis de la enfermedad que agota y desanima.

Y hoy, que oramos por los enfermos, el Señor nos repite: “Extiende…”; es decir: no te encierres, no te resignes, no te quedes solo. Extiende la mano a Dios en la oración, a tu familia, a la comunidad, al médico, al acompañamiento. La fe no niega el dolor, pero no permite que el dolor tenga la última palabra.

4) David contra Goliat: el enfermo también tiene “honda y piedras”

La primera lectura (1S 17) es el gran relato del pequeño David frente al gigante. David rechaza la armadura ajena: no quiere pelear con lo que no le corresponde. Y enfrenta a Goliat con lo que tiene y con lo que cree: “El Señor me ha librado… Él me librará” (cf. 1S 17).

Para un enfermo, Goliat puede tener muchos nombres: diagnóstico, dolor, recaída, soledad, incertidumbre, ansiedad. Pero David nos enseña algo clave: uno puede ser pequeño y temblar… y aun así no rendirse. La victoria no nace del tamaño, nace de la confianza.

Y el salmo lo proclama:
“Bendito el Señor, mi roca… mi baluarte y mi libertador.”
Cuando no puedo con mis fuerzas, Dios se vuelve mi fuerza.

5) Santa Inés: pureza de corazón y valentía para amar hasta el final

En la memoria de Santa Inés, la Iglesia nos presenta a una joven que, en un mundo que presionaba y amenazaba, eligió a Cristo sin negociar. Su testimonio denuncia un mal muy actual: cuando el corazón se corrompe por el deseo de poder, de prestigio o de “tener razón”.

Inés nos dice: el amor a Cristo vuelve libre. Y también enseña a nuestros enfermos —y a quienes los cuidan— que hay una fortaleza más profunda que la del cuerpo: la del espíritu sostenido por Dios.

6) Aplicación concreta: transformar tres venenos en tres virtudes

Esta reflexión nos invita a hacer un examen honesto. Para vivir este Evangelio, el Señor nos invita a convertir:

·        ira → en perdón y mansedumbre (sin negar la injusticia, pero sin dejar que me envenene);

·        celos → en gratitud (agradecer lo que soy y lo que tengo);

·        envidia → en admiración y alegría (bendecir el bien del otro).

Porque hasta la vida espiritual se enferma cuando el corazón se llena de comparaciones. Y la medicina es Cristo: su verdad humilde, su gracia, su misericordia.

7) Oración final por los enfermos

Señor Jesús, Médico del alma y del cuerpo,
tú que miraste con dolor santo la dureza del corazón humano,
arranca de nosotros la ira que hiere, los celos que encadenan y la envidia que entristece.
Danos un corazón nuevo.

Te encomendamos especialmente a los enfermos:
a los que sufren en hospitales o en casa,
a los que viven dolor, angustia o soledad,
a los que esperan un resultado, una cirugía, una recuperación.
Dales paz, fortaleza, paciencia y esperanza;
y a sus familias, ternura y perseverancia.

Por intercesión de Santa Inés, haznos valientes en la fe.
Y por María, Salud de los Enfermos,
llévanos a extender la mano hacia ti, para que tu gracia restaure lo que está paralizado.
Jesús, en Ti confiamos
. Amén.

 

 

21 de enero:

Santa Inés, virgen y mártir — Memoria
c. 291–c. 304

Santa patrona de quienes buscan la castidad y la pureza, de las parejas comprometidas, de las víctimas de violación, de los jardineros, de las niñas y de las Girl Scouts.

 


Cita:


Aquel que me eligió primero para Sí, me recibirá. ¿Por qué te demoras, verdugo?… Ella permanecía de pie, oraba, inclinó su cuello. Se podía ver al verdugo temblar, como si él mismo hubiera sido condenado, su mano derecha estremecerse, su rostro palidecer, pues temía por el peligro de otro, mientras la doncella no temía por el suyo propio.
~ De Virginibus, San Ambrosio

 

Reflexión:


Según una tradición, la hija del emperador Constantino el Grande —el primer emperador que se convirtió al cristianismo y legalizó su práctica— contrajo lepra. Su nombre era Constantina. Buscando una curación, se acercó al sepulcro de la joven virgen y mártir de hoy y, entre lágrimas, imploró su intercesión. La tradición añade que Constantina fue efectivamente curada y que, en agradecimiento, su padre mandó construir una iglesia sobre la tumba de Santa Inés. Hasta el día de hoy, una iglesia adorna ese mismo lugar. Hasta el día de hoy, lleva el nombre de Santa Inés. Y hasta el día de hoy, los fieles imploran la intercesión de Inés del mismo modo que Constantina lo hizo en tiempos antiguos.

Se sabe muy poco sobre Santa Inés, excepto por las breves palabras de San Ambrosio escritas muchas décadas después de su muerte. Sabemos con certeza que fue martirizada a la edad de doce o trece años. Tradiciones posteriores han suplido lo que la historia no puede, incluyendo lo que sigue.

Inés nació en el seno de una noble familia cristiana en Roma. Se decía que era muy hermosa, lo cual, unido a su riqueza y santidad, llevó a muchos jóvenes nobles a buscarla como esposa. Pero los ojos de Inés contemplaron a Uno que era el más bello de todos: su Señor y Salvador, Jesucristo. Después de contemplar su belleza, ya no pudo mirar a nadie más. Se consagró a una vida de virginidad.

Sin embargo, esta entrega de sí misma no fue bien recibida ni comprendida por los jóvenes de su tiempo. Inés fue denunciada ante el prefecto local, Sempronio, por ser cristiana, en un intento de disuadirla de su voto de castidad. El prefecto primero trató de convencerla de que ofreciera sacrificios a los dioses romanos. Ella se negó. Su corazón estaba firme en su devoción a su Amado. Luego el prefecto intentó asustarla mostrándole algunos instrumentos de tortura en manos del cruel verdugo. Inés no mostró miedo alguno y se negó a quemar incienso a los falsos dioses. Enfurecido, el prefecto ordenó que fuera llevada a burdeles para ser ultrajada por hombres inmorales.

Durante estas pruebas, Inés sabía que su Esposo celestial la protegería. Los hombres malvados podían manchar sus espadas con su sangre, pero nunca podrían profanar su cuerpo consagrado a Cristo. En los burdeles, los hombres la miraban con lujuria desde lejos, pero parecían más asustados de ella que ella de ellos. Ninguno se atrevió a acercarse. Ninguno se atrevió a profanarla. Se dice que solo un joven se acercó a ella, y que inmediatamente quedó ciego y cayó al suelo. Sin embargo, por una oración pronunciada por Inés, le fue devuelta la vista.

El prefecto, al no lograr que Inés volviera al paganismo ni que se mancillara su cuerpo, la condenó entonces a morir decapitada. Inés ofreció voluntariamente su cuello al verdugo, quien temblaba de miedo al acercarse, mientras ella estaba tan gozosa como una esposa que espera encontrarse con su Esposo.

Santa Inés, junto con Santa Cecilia, fue una de las primeras mártires cuyo nombre fue honrado al ser incluido en el Canon Romano (Plegaria Eucarística I de la Misa actual). Su nombre en latín significa “cordero”. Por ello, desde el siglo XVI, cada año en el día de su fiesta se llevan dos corderos a la basílica romana construida sobre su tumba. Su lana es esquilada y tejida en diversos palios, vestiduras que cubren los hombros. Estos mismos palios son luego colocados sobre los hombros de los arzobispos por el mismo Papa en la fiesta de los Santos Pedro y Pablo. Junto con el báculo o cayado, el palio simboliza el papel del obispo como pastor.

Santa Inés, a tan temprana edad entregaste tu vida a Cristo, eligiéndolo solo a Él como tu Esposo. Tu fidelidad a Cristo fue inquebrantable, mostrando que preferías la muerte antes que la traición. Ruega por mí, para que yo también elija a Cristo como el Esposo de mi alma y le sea fiel incluso hasta la muerte.
Santa Inés, ruega por mí.
Jesús, en Ti confío.

 

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