jueves, 27 de agosto de 2026

28 de agosto del 2026: viernes de la vigésima primera semana del tiempo ordinario II-memoria de San Agustín de Hipona, obispo y Doctor de la Iglesia

 

Testigo de la fe:

San Agustín de Hipona

354-430.

Obispo y doctor de la Iglesia.

«Hombre incomparable, de quien todos en la Iglesia y en Occidente nos sentimos, de alguna manera, discípulos e hijos»: así calificó san Juan Pablo II a san Agustín en su carta apostólica Augustinum Hipponensem.

Agustín nació en Tagaste, en el norte de África, en el año 354. Hijo de Patricio, que recibió el bautismo poco antes de morir, y de santa Mónica, creció acompañado por la fe perseverante y las lágrimas de su madre. Dotado de una inteligencia excepcional, buscó apasionadamente la verdad, aunque durante muchos años lo hizo por caminos equivocados. Se dejó atraer por el maniqueísmo, por la ambición intelectual y por una vida moral desordenada.

Ejerció como profesor de retórica en Cartago, Roma y Milán. En esta última ciudad, la predicación de san Ambrosio, el testimonio de algunos cristianos y la lectura de las Sagradas Escrituras fueron abriendo su corazón a la gracia. En el año 386 vivió la experiencia decisiva de su conversión. Mientras lloraba bajo una higuera, escuchó una voz infantil que repetía: «Toma y lee». Abrió las cartas de san Pablo y encontró la palabra que iluminó definitivamente su vida.

Fue bautizado por san Ambrosio durante la Vigilia Pascual del año 387. Poco después, mientras regresaba a África, compartió con su madre Mónica una profunda experiencia espiritual en Ostia. Ella murió pocos días después, consolada porque Dios había respondido abundantemente a sus oraciones: su hijo no solamente se había convertido, sino que había entregado enteramente su vida a Cristo.

Ya en África, Agustín fue ordenado sacerdote y, más tarde, consagrado obispo de Hipona. Durante casi cuarenta años sirvió incansablemente a su pueblo mediante la predicación, la atención a los pobres, la defensa de la fe, la formación del clero y la vida comunitaria. Combatió los errores de su tiempo y profundizó especialmente en el misterio de la gracia, la Trinidad, la Iglesia, la libertad humana y la caridad.

Entre sus numerosas obras sobresalen las Confesiones, diálogo íntimo con Dios y testimonio de su conversión, y La Ciudad de Dios, reflexión monumental sobre la historia, la sociedad y el destino eterno del ser humano. Su pensamiento marcó profundamente la teología, la filosofía y la cultura occidental.

Agustín murió el 28 de agosto del año 430, mientras Hipona era sitiada por los vándalos. Pasó sus últimos días en oración y penitencia, haciendo colocar en las paredes de su habitación los salmos penitenciales para poder leerlos y meditarlos.

La vida de san Agustín nos recuerda que ningún corazón se encuentra demasiado lejos de Dios y que la gracia puede transformar incluso nuestros extravíos en un camino de santidad. Su búsqueda continúa hablando al ser humano de hoy, sediento de verdad, belleza y amor. Él mismo resumió esa inquietud en una de sus expresiones más conocidas:

«Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti».

Y después de haber buscado la felicidad lejos de Dios, confesó con emoción:

«¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé!».

San Agustín nos enseña a no cansarnos de buscar la verdad, a confiar en la fuerza de la gracia y a amar profundamente a Cristo y a la Iglesia. Su conversión demuestra que Dios nunca abandona al ser humano y que ninguna oración perseverante —como la de santa Mónica— queda sin fruto.

Carta apostólica Augustinum Hipponensem, san Juan Pablo II

 


Tener con qué perseverar

Jesús nos llama a ser previsores. La tardanza del esposo se convierte en un momento de verdad que revela lo que habita en nuestro corazón. Las jóvenes prudentes prepararon sus lámparas con la cantidad suficiente de aceite para afrontar la espera; las descuidadas confiaron únicamente en el entusiasmo del momento.

El aceite simboliza una fe alimentada cada día por la oración, la Palabra de Dios, los sacramentos y las obras de caridad. No se puede improvisar una vida interior ni pedir prestada, a última hora, la fidelidad de los demás. Cada uno debe mantener encendida su propia lámpara.

El Señor puede parecer que tarda, pero vendrá. Por eso, velar no significa vivir con miedo, sino amar con perseverancia, servir con fidelidad y permanecer preparados para recibirlo. Que, cuando Cristo llegue, encuentre nuestras lámparas encendidas y nuestro corazón lleno del aceite del amor.

«Velen, porque no saben el día ni la hora» (Mt 25,13).

 

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Primera lectura

1 Cor 1, 17-25
Predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los hombres; pero para los llamados es sabiduría de Dios

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios.

HERMANOS:
No me envió Cristo a bautizar, sino a anunciar el Evangelio, y no con sabiduría de palabras, para no hacer ineficaz la cruz de Cristo.
Pues el mensaje de la cruz es necedad para los que se pierden; pero para los que se salvan, para nosotros, es fuerza de Dios.
Pues está escrito:
«Destruiré la sabiduría de los sabios, frustraré la sagacidad de los sagaces».
¿Dónde está el sabio? ¿Dónde está el docto? ¿Dónde está el sofista de este tiempo? ¿No ha convertido Dios en necedad
la sabiduría del mundo?
Y puesto que, en la sabiduría de Dios, el mundo no conoció a Dios por el camino de la sabiduría, quiso Dios valerse de la necedad de la predicación para salvar a los que creen.
Pues los judíos exigen signos, los griegos buscan sabiduría; pero nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; pero para los llamados —judíos o griegos—, un Cristo que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios.
Pues lo necio de Dios es más sabio que los hombres; y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 32, 1-2. 4-5. 10-11 (R.: cf. 5b)

R. La misericordia del Señor llena la tierra.

V. Aclamen, justos, al Señor,
que merece la alabanza de los buenos.
Den gracias al Señor con la cítara,
toquen en su honor el arpa de diez cuerdas. 
R.

V. La palabra del Señor es sincera,
y todas sus acciones son leales;
él ama la justicia y el derecho,
y su misericordia llena la tierra. 
R.

V. El Señor deshace los planes de las naciones,
frustra los proyectos de los pueblos;
pero el plan del Señor subsiste por siempre;
los proyectos de su corazón, de edad en edad. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Estén despiertos en todo tiempo,
pidiendo mantenerse en pie ante el Hijo del hombre.
 R.

 

Evangelio

Mt 25, 1-13

¡Que llega el esposo, salgan a su encuentro!

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola:
«El reino de los cielos se parece a diez vírgenes que tomaron sus lámparas y salieron al encuentro del esposo.
Cinco de ellas eran necias y cinco eran prudentes.
Las necias, al tomar las lámparas, no se proveyeron de aceite; en cambio, las prudentes se llevaron alcuzas de aceite con las lámparas.
El esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron.
A medianoche se oyó una voz:
“¡Que llega el esposo, salgan a su encuentro!”.
Entonces se despertaron todas aquellas vírgenes y se pusieron a preparar sus lámparas.
Y las necias dijeron a las prudentes:
“Dennos de su aceite, que se nos apagan las lámparas”.
Pero las prudentes contestaron:
“Por si acaso no hay bastante para ustedes y nosotras, mejor es que vayan a la tienda y se lo compren”.
Mientras iban a comprarlo, llegó el esposo, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas, y se cerró la puerta.
Más tarde llegaron también las otras vírgenes, diciendo:
“Señor, señor, ábrenos”.
Pero él respondió:
“En verdad les digo que no las conozco”.
Por tanto, velen, porque no saben el día ni la hora».

Palabra del Señor.

 

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Queridos hermanos:

El Evangelio nos presenta la parábola de las diez jóvenes que salieron con sus lámparas al encuentro del esposo. Cinco eran prudentes y llevaron consigo una provisión de aceite; las otras cinco fueron descuidadas y, cuando el esposo tardó, sus lámparas comenzaron a apagarse.

Jesús nos habla de la necesidad de estar preparados. La tardanza del esposo se convierte en un momento de verdad: revela lo que cada una lleva en su corazón. Mientras todo marcha bien, las diez lámparas parecen iguales; pero cuando llega la noche y la espera se prolonga, aparece la diferencia entre una fe profunda y una fe superficial, entre la perseverancia y el entusiasmo pasajero.

El aceite representa aquello que sostiene nuestra vida espiritual: la oración constante, la escucha de la Palabra, la participación en los sacramentos, las obras de misericordia, el amor convertido en servicio y la fidelidad en los momentos difíciles. La lámpara puede ser la fe recibida en el Bautismo, pero esa fe necesita alimentarse. No basta con haber comenzado el camino cristiano: es necesario perseverar.

Hay cosas que nadie puede hacer por nosotros. Otros pueden acompañarnos, aconsejarnos y orar a nuestro lado, pero nadie puede creer, amar, perdonar o convertirse en nuestro lugar. Las jóvenes prudentes no fueron egoístas al no compartir el aceite; la parábola quiere enseñarnos que la relación personal con Dios no se puede improvisar ni pedir prestada en el último momento.

La sabiduría de la cruz

San Pablo, en la primera lectura, afirma que Cristo lo envió a anunciar el Evangelio, no con sabiduría de palabras, para no hacer ineficaz la cruz de Cristo. Y añade:

«El mensaje de la cruz es necedad para los que se pierden, pero para los que se salvan es fuerza de Dios».

El mundo suele considerar sabio al poderoso, al triunfador, al que se impone y asegura su propio bienestar. Dios, en cambio, nos muestra su sabiduría en Cristo crucificado: en aquel que ama hasta entregar la vida, perdona a sus enemigos y transforma el sufrimiento en una ofrenda de salvación.

La cruz es también el aceite que mantiene encendida nuestra lámpara. Una fe que rechaza toda dificultad puede apagarse fácilmente. Pero la fe que aprende a mirar a Cristo crucificado encuentra fuerza incluso en medio de la enfermedad, la soledad, el duelo, la pobreza, las decepciones y las pruebas de la vida.

No significa que debamos buscar el sufrimiento ni resignarnos pasivamente ante la injusticia. Significa que ningún dolor vivido con Cristo es inútil. La cruz acogida con fe puede convertirse en oración, solidaridad, madurez espiritual y entrega generosa.

«La misericordia del Señor llena la tierra»

El salmo proclama:

«La misericordia del Señor llena la tierra».

Esta respuesta nos ayuda a comprender que la vigilancia cristiana no nace del miedo, sino de la confianza. No esperamos a un juez caprichoso dispuesto a sorprendernos en una equivocación; esperamos al Esposo que nos ama, viene a nuestro encuentro y desea introducirnos en el banquete de su Reino.

Aunque atravesemos una noche prolongada, la misericordia del Señor no nos abandona. Cuando nuestra lámpara parece debilitarse, Dios puede renovar nuestro aceite si volvemos a Él con un corazón humilde. El sacramento de la Reconciliación, la Eucaristía, la oración y la caridad fraterna son fuentes en las que el Señor reaviva nuestra esperanza.

San Agustín: un corazón que despertó

Hoy celebramos a san Agustín de Hipona, obispo y doctor de la Iglesia. Su vida ilumina de manera especial la Palabra que hemos escuchado. Durante muchos años buscó la verdad por caminos equivocados. Su inteligencia era brillante, pero su corazón permanecía inquieto. Se dejó seducir por falsas doctrinas, por la ambición y por placeres que no lograban darle la felicidad.

Sin embargo, la lámpara de la oración de su madre, santa Mónica, permaneció encendida. Ella creyó, esperó, lloró y perseveró. Cuando parecía que Dios tardaba, Mónica no dejó que se agotara el aceite de su esperanza.

Finalmente, Agustín se dejó alcanzar por la gracia. Abrió las Escrituras, escuchó la voz de Dios y comprendió que la verdad que buscaba no era solamente una idea, sino una persona: Jesucristo. Después pudo confesar:

«Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti».

San Agustín nos enseña que nunca es demasiado tarde para despertar, llenar nuevamente nuestra lámpara y regresar a Dios. Pero también nos advierte que no debemos aplazar indefinidamente la conversión. La gracia llama hoy; la reconciliación comienza hoy; el bien que podemos hacer debe hacerse hoy.

Vigilar junto a quienes sufren

En este viernes de intención penitencial, reconozcamos las veces en que hemos permitido que nuestra lámpara se apague: cuando descuidamos la oración, nos acostumbramos al pecado, permanecemos indiferentes ante el dolor ajeno o dejamos para mañana la reconciliación que deberíamos buscar hoy.

Nuestra penitencia no puede reducirse a una práctica exterior. Debe abrir nuestros ojos y nuestro corazón hacia quienes sufren. Hay personas cuya noche parece demasiado larga: enfermos, familias que lloran a sus seres queridos, personas solas, víctimas de la violencia, desplazados, damnificados, desempleados y quienes padecen angustias que nadie alcanza a ver.

Tal vez nosotros podamos ser para ellos una pequeña lámpara encendida. Una visita, una llamada, un alimento compartido, una escucha paciente, una ayuda económica o una oración sincera pueden convertirse en signos de que la misericordia del Señor sigue llenando la tierra.

Pidamos la intercesión de san Agustín para que sepamos buscar sinceramente la verdad, amar a Cristo y permanecer fieles en medio de la espera. Que el Señor nos conceda el aceite de una fe perseverante, una esperanza que no se apague y una caridad atenta al sufrimiento de los hermanos.

Y que, cuando llegue el Esposo, nos encuentre despiertos, con las lámparas encendidas y las manos ocupadas en amar. Amén.

 

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28 de agosto:

San Agustín de Hipona, Obispo y Doctor de la Iglesia —

Memoria

354–430
Patrono de cerveceros, impresores y teólogos
Invocado contra enfermedades de los ojos y plagas de insectos
Canonización pre-congregación
Declarado Doctor de la Iglesia por el Papa Bonifacio VIII en 1298
Llamado popularmente “Doctor de la Gracia”

 


Cita:
“¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Tú estabas dentro de mí y yo fuera, y por fuera te buscaba; y deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo. Reteníanme lejos de ti aquellas cosas que, si no existieran en ti, nada serían. Me llamaste y clamaste, y venciste mi sordera; brillaste, resplandeciste y curaste mi ceguera; exhalaste tu fragancia y la aspiré, y ahora suspiro por ti; gusté de ti y ahora tengo hambre y sed; me tocaste, y me abrasé en tu paz.”


~ Confesiones de San Agustín, Libro X


Reflexión

Ayer, la Iglesia honró a Santa Mónica, madre del santo de hoy, San Agustín. A pesar de una vida difícil, Mónica cumplió su deber más crucial como madre y esposa: rezó por su familia y dio testimonio de virtudes tan convincentes que su esposo, su suegra y sus tres hijos se convirtieron a Cristo. Entre ellos, San Agustín de Hipona, uno de los santos más venerados de la Iglesia.

Aurelio Agustín Hiponense, conocido como Agustín, nació en Tagaste, actual Souk Ahras en Argelia, África del Norte. Fue el mayor de tres hijos, con un hermano y una hermana menores. Su padre, Patricio, no era rico pero tenía responsabilidades cívicas en su ciudad, parte del Imperio Romano. Era pagano, de temperamento violento y vida inmoral. Su madre, hoy venerada como Santa Mónica, había luchado con el alcohol en su juventud, pero superó ese vicio. Criada como cristiana, abrazó de lleno su fe católica. A pesar de sufrir por el temperamento y las infidelidades de su esposo, fue modelo de caridad, y sus oraciones convirtieron finalmente a toda la familia.

El padre de Agustín no permitió que sus hijos fueran bautizados, a pesar de las súplicas de su madre. Sin embargo, Mónica se aseguró de que recibieran formación catequética y educación en los clásicos. La fe de Mónica sembró en Agustín la conciencia de Cristo Salvador, aunque esa semilla no caló en su juventud. Era travieso: en sus Confesiones cuenta cómo él y unos amigos robaron peras, no por hambre ni por gusto, sino por el mero placer de hacerlo. Escribió: “Amaba mi propia perdición. Amaba mi error, no aquello por lo que erraba, sino el error mismo… buscando nada en el acto vergonzoso, salvo la vergüenza misma. Era amor al pecado.”

Agustín se destacó en los estudios y su orgulloso padre quiso enviarlo a Cartago, ciudad próspera cercana, a continuar su educación, aunque debió esperar hasta conseguir un mecenas. Durante esos meses de ocio cayó en mayores travesuras. Ese mismo año murió su padre, pero un rico ciudadano costeó sus estudios. Ya en Cartago, se sumergió en la vida desordenada: el teatro encendía sus pasiones, se embriagaba de sus éxitos literarios, y pronto convivió con una joven con la que tuvo un hijo fuera del matrimonio.

A los diecinueve años leyó una obra que cambió su vida: Hortensius de Cicerón, que exaltaba la sabiduría. Ese texto despertó en él el hambre de verdad. Sin embargo, en ese tiempo comenzó a dudar de la fe cristiana, sobre todo por sus dificultades con el Antiguo Testamento, que le parecía violento y confuso. Se encontró entonces con el maniqueísmo, filosofía religiosa que prometía conocimiento secreto y confirmaba sus sospechas de contradicciones en la Biblia. Según esta doctrina, la realidad era lucha entre luz y tinieblas, bien y mal. El mundo creado era parte de la oscuridad, que buscaba atraparnos. Agustín investigó sus enseñanzas con la esperanza de hallar la sabiduría que prometían, pero nunca se adhirió del todo. Años más tarde, al conocer al líder Fausto, se decepcionó por su mediocridad intelectual y abandonó definitivamente el maniqueísmo.

Tras terminar sus estudios en Cartago, regresó a Tagaste con su compañera y su hijo, y comenzó a enseñar gramática. Cuando anunció a su madre que pensaba hacerse maniqueo, ella lo echó de casa, aunque luego, inspirada por Dios, se reconcilió con él. Su éxito como profesor lo llevó de nuevo a Cartago, donde enseñó retórica con renombre. Más tarde fue invitado a Roma, lo que consideró un honor. Su madre quiso acompañarlo, pero Agustín la engañó y partió solo. En Roma se desilusionó por los estudiantes que lo estafaban en las matrículas, y terminó aceptando un puesto en Milán. Allí, a los treinta años, su madre lo alcanzó finalmente, siendo testigo de su conversión.

En Milán conoció al obispo Ambrosio, gran predicador y pensador, que lo acogió con amistad, respondió sus dudas y lo introdujo en la lectura adecuada de la Biblia, ayudándole especialmente con el Antiguo Testamento. Ambrosio también impresionó a Agustín por su valentía frente a la emperatriz Justina, quien quiso apoderarse de su catedral para los arrianos.

Un día, en un jardín, Agustín escuchó una voz infantil que le decía: “Toma y lee”. Tomó una Biblia y abrió al azar en Romanos 13,13-14: “…conduzcámonos dignamente como en pleno día: nada de comilonas y borracheras, nada de lujurias y desenfrenos, nada de rivalidades y envidias; revístanse más bien del Señor Jesucristo y no se preocupen de la carne para satisfacer sus apetitos.” Esta lectura lo impactó profundamente y aceleró su conversión.

Apoyado por amigos católicos, por los consejos y oraciones de su madre, y por la gracia de Dios, Agustín recibió el bautismo a los 33 años, en la Vigilia Pascual del 387, de manos de Ambrosio, junto con su hijo. De regreso a África, su madre murió cerca de Roma, hecho que él narra en Confesiones en una de las páginas más bellas sobre el amor entre madre e hijo.

En Tagaste fundó una comunidad religiosa con amigos. Su fama creció y fue ordenado sacerdote en el 391, y obispo de Hipona en el 396. En los 43 años siguientes se convirtió en uno de los teólogos más grandes de la historia. Sus sermones, su cercanía pastoral y sus escritos marcaron a generaciones.

Sus obras son monumentales: apologías, cartas, comentarios bíblicos, tratados filosóficos y teológicos, reglas monásticas… Más de cinco millones de palabras han llegado hasta hoy. Su Confesiones es una autobiografía espiritual profundamente teológica; su Ciudad de Dios confronta la crisis de Roma mostrando la contraposición entre la ciudad terrena y la ciudad de Dios; su tratado sobre la Trinidad es un hito en la teología cristiana.

En su último año, presenció la invasión de los vándalos que destruyeron Hipona, pero no pudieron borrar su legado. San Agustín sigue influyendo no sólo en la Iglesia, sino en todo el pensamiento occidental.


Síntesis espiritual

Podemos decir que Agustín vivió dos vidas: la del hombre débil, confundido y pecador, y la del pecador transformado por la gracia. Su célebre frase resume su vida:
“Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti.”

Su lucha lo llevó a la verdad, y una vez convertido, Dios lo usó de manera extraordinaria.


Oración

San Agustín, tú fuiste un pecador redimido por Cristo. Luego dedicaste toda tu vida a la gloria de Dios y a la salvación de las almas. Te ruego que ores por mí, para que yo descubra lo que tú descubriste, e imite tu radical conversión, sin reservar nada a nuestro Dios misericordioso. San Agustín de Hipona, ruega por mí. Jesús, en Ti confío.

 

 

27 de agosto del 2026: jueves de la vigésima primera semana del tiempo ordinario II- Memoria de Santa Mónica, madre de San Agustín

 

Testigo de la fe:

Santa Mónica

332-387

Madre de san Agustín.

Durante largos años oró con lágrimas, paciencia y confianza para que su hijo se convirtiera al cristianismo. Su perseverancia fue finalmente escuchada: Agustín recibió el bautismo y llegó a ser obispo, santo y uno de los grandes doctores de la Iglesia.

Santa Mónica es ejemplo de esposa y madre cristiana, de fe firme y esperanza inquebrantable. Enseña a las familias a no dar nunca por perdido a nadie y a confiar en el poder transformador de la gracia de Dios. Es patrona de las madres, especialmente de aquellas que oran por sus hijos alejados de la fe.

Santa Mónica, intercede por nuestras familias y enséñanos a orar, esperar y amar sin desfallecer.

 


En cada instante

El Señor confía en nosotros y nos invita a permanecer vigilantes. Su venida se hace presente en nuestra vida cotidiana: en el trabajo, en los encuentros y en cada llamada a amar. Vigilar significa vivir con el corazón despierto, reconocer su presencia en los acontecimientos y cumplir fielmente la misión que nos ha confiado.

No se trata de esperar con temor el futuro, sino de acoger a Cristo en cada instante, sirviendo con responsabilidad, generosidad y perseverancia. Dichoso aquel servidor a quien el Señor, cuando llegue, encuentre trabajando por su Reino. 



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Primera lectura

1 Cor 1, 1-9
En él han sido enriquecidos en todo

Comienzo de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios.

PABLO, llamado a ser Apóstol de Jesucristo por voluntad de Dios, y Sóstenes nuestro hermano, a la Iglesia de Dios que está en Corinto, a los santificados por Jesucristo, llamados santos con todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Señor de ellos y nuestro: a ustedes, gracia y paz de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo.
Doy gracias a mi Dios continuamente por ustedes, por la gracia de Dios que se les ha dado en Cristo Jesús; pues en él han sido enriquecidos en todo: en toda palabra y en toda ciencia; porque en ustedes se ha probado el testimonio de Cristo, de modo que no carecen de ningún don gratuito, mientras aguardan la manifestación de nuestro Señor Jesucristo.
Él los mantendrá firmes hasta el final, para que sean irreprensibles el día de nuestro Señor Jesucristo.
Fiel es Dios, el cual los llamó a la comunión con su Hijo, Jesucristo nuestro Señor.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 144, 2-3. 4-5. 6-7 (R.: cf. 1b)

R. Bendeciré tu nombre por siempre, Señor.

V. Día tras día, te bendeciré
y alabaré tu nombre por siempre jamás.
Grande es el Señor, merece toda alabanza,
es incalculable su grandeza. 
R.

V. Una generación pondera tus obras a la otra,
y le cuenta tus hazañas.
Alaban ellos la gloria de tu majestad,
y yo repito tus maravillas. 
R.

V. Encarecen ellos tus temibles proezas,
y yo narro tus grandes acciones;
difunden la memoria de tu inmensa bondad,
y aclaman tu justicia. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Estén en vela y preparados, porque a la hora que menos piensen viene el Hijo del hombre. R.

 

Evangelio

Mt 24, 42-51

Estén preparados

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Estén en vela, porque no saben qué día vendrá su Señor.
Comprendan que si supiera el dueño de casa a qué hora de la noche viene el ladrón, estaría en vela y no dejaría que abrieran un boquete en su casa.
Por eso, estén también ustedes preparados, porque a la hora que menos piensen viene el Hijo del hombre.
¿Quién es el criado fiel y prudente, a quien el señor encarga de dar a la servidumbre la comida a sus horas?
Bienaventurado ese criado, si el señor, al llegar, lo encuentra portándose así. En verdad les digo que le confiará la administración de todos sus bienes.
Pero si dijere aquel mal siervo para sus adentros: “Mi señor tarda en llegar”, y empieza a pegar a sus compañeros, y a comer y a beber con los borrachos, el día y la hora que menos se lo espera, llegará el amo y lo castigará con rigor y le hará compartir la suerte de los hipócritas.
Allí será el llanto y el rechinar de dientes».

Palabra del Señor.

 

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«Fiel es Dios, que nos llamó a vivir unidos a su Hijo»

 

Queridos hermanos:

Desde hoy, y durante casi tres semanas, la liturgia nos permitirá escuchar de manera continuada algunos pasajes de la Primera Carta de san Pablo a los Corintios. Podríamos preguntarnos: ¿por qué volver sobre una carta escrita hace tantos siglos a una comunidad tan distante de nosotros?

La respuesta es sencilla: porque muchas de las dificultades de aquella comunidad siguen siendo las nuestras. Corinto era una ciudad cosmopolita, próspera y llena de contrastes. Allí convivían culturas, religiones, intereses económicos y diversas maneras de entender la vida. También era una ciudad marcada por la idolatría, los excesos, la inmoralidad, las rivalidades y las divisiones.

En medio de ese ambiente había nacido una comunidad cristiana. Aquellos hombres y mujeres, sacudidos por el encuentro con Jesucristo, comprendieron que seguirlo no consistía solamente en aceptar unas ideas nuevas, sino en transformar profundamente la vida. El Evangelio los invitaba a revisar sus costumbres, sus relaciones, el uso de sus bienes, su sexualidad, el matrimonio, la vida comunitaria, la manera de afrontar la muerte y la esperanza en la resurrección.

La fe necesitaba convertirse en una forma nueva de vivir.

San Pablo conocía bien aquella comunidad porque él mismo la había fundado. Sabía de su entusiasmo y fervor, pero también de sus fragilidades. Los corintios poseían muchos dones, pero les costaba vivir en unidad. Había rivalidades, divisiones y competencias entre ellos. Por eso Pablo procurará orientar su energía sin apagarla y corregir sus errores sin destruir su esperanza. Así escribirá algunas de las páginas más hermosas del Nuevo Testamento sobre la Iglesia como Cuerpo de Cristo, la diversidad de carismas, la primacía de la caridad y la resurrección de los muertos.

Sin embargo, al comenzar su carta, Pablo no se detiene primeramente en los pecados de la comunidad. Empieza reconociendo la obra de Dios en ellos:

«Doy gracias continuamente a mi Dios por ustedes, por la gracia de Dios que se les ha dado en Cristo Jesús».

¡Qué importante es esta mirada pastoral! Pablo no niega los problemas, pero tampoco reduce a las personas a sus defectos. Antes de corregir, reconoce la gracia. Antes de señalar las debilidades, descubre los dones que Dios ha sembrado.

También nosotros debemos aprender a mirar así a nuestras comunidades, familias y hermanos. Ninguna comunidad es perfecta. Todos tenemos dones, talentos y virtudes, pero también defectos, heridas y limitaciones. La Iglesia no es una reunión de personas impecables, sino un pueblo de pecadores llamados, perdonados y sostenidos por la gracia.

Pablo afirma que Dios mismo nos mantendrá firmes hasta el final, porque:

«Fiel es Dios, que los llamó a vivir en comunión con su Hijo Jesucristo».

Nuestra esperanza no se apoya solamente en nuestra capacidad de perseverar, sino en la fidelidad de Dios. Somos débiles, pero Dios es fiel. Podemos desanimarnos, pero Él no abandona la obra que ha comenzado en nosotros. Podemos caer, pero su misericordia vuelve a levantarnos.

El salmo de hoy responde a esta certeza invitándonos a la alabanza:

«Bendeciré tu nombre por siempre, Dios mío, mi rey».

El salmista contempla la grandeza y la bondad de Dios y proclama: «Cada día te bendeciré». No se trata de bendecir al Señor únicamente cuando las cosas marchan bien, sino cada día: en la alegría y en la enfermedad, en la tranquilidad y en la prueba, cuando comprendemos sus caminos y cuando debemos caminar confiando sin comprenderlo todo.

Además, el salmo nos recuerda que una generación anuncia a otra las obras del Señor. Allí encontramos una hermosa imagen de la evangelización: la fe recibida debe ser transmitida. Alguien nos habló de Dios, nos enseñó a orar, nos acercó a los sacramentos y nos mostró con su vida que vale la pena confiar en Jesucristo. Ahora nos corresponde comunicar esa misma fe a las nuevas generaciones.

El Evangelio nos presenta la exhortación de Jesús:

«Estén en vela, porque no saben qué día vendrá su Señor».

Jesús no pretende llenarnos de miedo ni alimentar cálculos sobre el fin del mundo. Las señales, dificultades y catástrofes no nos permiten conocer la fecha exacta del regreso del Hijo del Hombre. Pretender adivinarla es inútil. Lo verdaderamente importante no es saber cuándo vendrá el Señor, sino preguntarnos cómo nos encontrará.

La vigilancia cristiana no consiste en permanecer inmóviles mirando al cielo. Significa vivir responsablemente, cumplir la misión recibida y trabajar con fidelidad en la construcción del Reino. Por eso Jesús declara:

«Bienaventurado aquel siervo a quien su señor, al llegar, encuentre trabajando».

El Señor quiere encontrarnos trabajando: sirviendo, perdonando, anunciando el Evangelio, cuidando a los débiles, visitando a los enfermos, educando a los hijos, acompañando a quien sufre y perseverando en la oración. La verdadera preparación para el encuentro con Cristo es la fidelidad cotidiana.

Hoy contemplamos esta fidelidad en Santa Mónica. Durante años oró, lloró y esperó por la conversión de su hijo Agustín. No abandonó su responsabilidad como madre ni perdió la confianza en Dios. Su vigilancia fue una oración perseverante; su trabajo por el Reino fue amar, aconsejar y esperar sin rendirse.

Santa Mónica nos enseña que no debemos dar por perdida a ninguna persona. Hay conversiones que requieren años de oración, paciencia y lágrimas. Quizá muchos padres y madres experimentan hoy el dolor de ver a sus hijos alejados de Dios, de la Iglesia o de los valores recibidos. Santa Mónica les dice: no dejen de amar, no dejen de orar, no permitan que la tristeza se convierta en desesperanza. Dios trabaja también en el silencio.

En este jueves sacerdotal, oremos de manera especial por la obra evangelizadora de la Iglesia y por las vocaciones sacerdotales, religiosas, misioneras y laicales. Necesitamos servidores fieles, hombres y mujeres dispuestos a gastar la vida anunciando el Evangelio. Pidamos también por la perseverancia y santidad de los sacerdotes, para que el Señor nos encuentre trabajando, sirviendo a su pueblo con humildad, caridad y entrega.

Que Santa Mónica interceda por las madres que sufren y oran por sus hijos; por quienes esperan la conversión de un familiar; por los evangelizadores que no ven inmediatamente los frutos de su trabajo, y por los jóvenes a quienes el Señor está llamando a consagrar su vida.

No sabemos cuándo vendrá el Señor, pero sí sabemos cómo queremos que nos encuentre: con la lámpara de la fe encendida, las manos ocupadas en el servicio, el corazón perseverante en la oración y la vida entregada a la misión.

Señor, que cuando vengas nos encuentres trabajando por tu Reino. Que, como Santa Mónica, sepamos orar sin cansarnos, esperar sin desesperarnos y amar sin poner condiciones. Amén.

 

2

 

En cada instante

 

Hermanos:

El Señor confía en nosotros y hoy nos invita: «Estén en vela, porque no saben qué día vendrá su Señor». Estas palabras no buscan producir miedo ni llevarnos a calcular fechas sobre el final de los tiempos. Jesús quiere despertar nuestra responsabilidad: su venida se hace presente en cada jornada, en el trabajo, en los encuentros y en las llamadas concretas a amar.

Vigilar es vivir con el corazón despierto. Es reconocer a Cristo en quien necesita nuestra escucha, en el enfermo que espera una visita, en la familia que atraviesa una dificultad y en la comunidad que necesita nuestro servicio. Por eso, Jesús proclama: «Dichoso aquel servidor a quien su señor, al llegar, encuentre trabajando». La mejor preparación para el encuentro definitivo con Dios consiste en cumplir con amor la misión que hoy nos confía.

En la primera lectura, san Pablo da gracias por la comunidad de Corinto. Aunque conoce sus divisiones y debilidades, comienza reconociendo la gracia que Dios ha derramado sobre ella: «En Cristo han sido enriquecidos en todo». También nosotros somos una comunidad imperfecta, pero amada, llamada y enriquecida por el Señor. No debemos apoyarnos únicamente en nuestras capacidades, porque Pablo nos asegura: «Dios es fiel». Él nos sostendrá hasta el final si permanecemos unidos a Jesucristo.

El salmo convierte esta certeza en alabanza: «Bendeciré tu nombre por siempre, Dios mío, mi rey». El creyente vigilante aprende a bendecir a Dios cada día y a contar sus maravillas de generación en generación. No podemos guardar la fe solo para nosotros: estamos llamados a transmitirla y a convertir nuestra vida en anuncio del Evangelio.

Esta misión resplandece hoy en Santa Mónica. Durante años permaneció vigilante en la oración, esperando la conversión de su hijo Agustín. No se dejó vencer por el cansancio, las lágrimas ni la aparente ausencia de resultados. Su oración perseverante preparó silenciosamente el camino para que la gracia de Dios transformara el corazón de quien llegaría a ser san Agustín.

Santa Mónica enseña a los padres a no dar por perdido a ningún hijo; a los evangelizadores, a no desanimarse cuando no ven frutos inmediatos; y a todos nosotros, a confiar en que Dios sigue obrando aun cuando no podamos verlo.

En este jueves sacerdotal, oremos especialmente por la obra evangelizadora de la Iglesia y por las vocaciones sacerdotales, religiosas, misioneras y laicales. Pidamos al Dueño de la mies que continúe llamando servidores fieles y generosos. Oremos también por la santidad y perseverancia de nuestros sacerdotes, para que el Señor, cuando llegue, nos encuentre trabajando con humildad y alegría por su Reino.

Que, por intercesión de Santa Mónica, aprendamos a orar sin cansarnos, esperar sin desesperarnos y amar en cada instante. Amén.

 

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27 de agosto:

Santa Mónica — Memoria

c. 332-387

Patrona de las amas de casa, las mujeres casadas, las madres, las víctimas de abuso, los alcohólicos y las viudas.
Invocada ante los matrimonios difíciles y por los hijos problemáticos.

 

Cita

«Hijo, por lo que a mí respecta, ya nada me deleita en esta vida. No sé qué hago todavía aquí ni por qué permanezco, ahora que mis esperanzas en este mundo se han cumplido. Había una sola cosa por la cual deseaba permanecer un poco más en esta vida: poder verte como cristiano católico antes de morir. Mi Dios me lo ha concedido con mayor abundancia, pues ahora te veo despreciar la felicidad terrena y convertirte en servidor suyo».

—Palabras de santa Mónica, tomadas de las Confesiones de san Agustín.

 


Reflexión

Santa Mónica, a quien honramos hoy, fue la madre de uno de los santos más grandes de la historia de la Iglesia: san Agustín. Probablemente nació en Tagaste, la actual Souk Ahras, Argelia, en el norte de África, y perteneció al pueblo bereber, un diverso conjunto de pueblos originarios de aquella región antes de la llegada de los árabes.

Tagaste formaba entonces parte del Imperio romano, que había legalizado el cristianismo apenas veinte años antes del nacimiento de Mónica. Fue educada en un hogar cristiano y llegó a ser una mujer profundamente piadosa. Puesto que el cristianismo todavía era relativamente nuevo dentro del Imperio romano, es probable que los cristianos constituyeran una minoría en aquel tiempo.

Mónica contrajo matrimonio con un hombre llamado Patricio, que era pagano y de quien se dice que tenía un temperamento violento y llevaba una vida inmoral. La madre de Patricio vivía con ellos y, según se cuenta, poseía el mismo carácter violento de su hijo. Mónica y Patricio tuvieron tres hijos: Agustín, Navigio y una hija cuyo nombre se desconoce.

La vida matrimonial y familiar de Mónica fue difícil, pero ella era una mujer de fe profunda y de oración. En su juventud había tenido problemas con el alcohol, pero logró superarlos. Una vez casada, su esposo se opuso a su fe cristiana y a su vida de oración; sin embargo, también descubrió en ella algo que lo llevó a respetarla.

Mónica quería bautizar a sus hijos al nacer, pero Patricio se negó a concederle el permiso. Esta negativa le rompió el corazón y la impulsó a orar incansablemente por su familia. Cuando Agustín enfermó siendo niño, Patricio aceptó inicialmente que fuera bautizado; pero, cuando el muchacho recuperó la salud, volvió a impedirlo.

El único recurso de Mónica era la oración. Oró fervientemente por la conversión de su familia, y sus plegarias comenzaron a dar fruto. Patricio admiraba sus virtudes y se sentía profundamente conmovido por el amor que ella le profesaba. Todo esto, unido a sus oraciones, condujo a la conversión y al bautismo de Patricio hacia el año 370. Murió un año después. También la madre de Patricio se convirtió.

Agustín, el hijo mayor, tenía alrededor de dieciséis años cuando murió su padre. Durante su juventud había recibido una buena educación en una escuela situada aproximadamente a treinta kilómetros al sur de su ciudad natal. Cuando tenía diecisiete años fue enviado a Cartago, en la actual Túnez, para estudiar retórica.

Aunque en aquel tiempo formaba parte del Imperio romano, Cartago tenía raíces en la cultura griega y contaba con algunas de las mejores escuelas, en las que se educaban muchas figuras destacadas de la sociedad. En Cartago, Agustín buscaba la verdad. Después de leer el diálogo Hortensio, de Cicerón, su sed de verdad se hizo más intensa. Por aquel tiempo conoció a una mujer con quien convivió y tuvo un hijo, a pesar de las fuertes advertencias de su madre contra la fornicación.

En Cartago, Agustín conoció las enseñanzas de Mani, un hombre que afirmaba ser el último profeta de una serie que incluía a Buda, Zoroastro y Jesús. Mani enseñaba que existía un conflicto fundamental entre dos principios opuestos y coeternos: la luz y las tinieblas. La luz era buena y las tinieblas eran malas.

Enseñaba también que el mundo material era una unión de luz y oscuridad, de bien y mal, y que el objetivo de la vida humana consistía en liberar la luz atrapada dentro de las tinieblas del mundo material. Agustín abrazó esta religión y se hizo maniqueo. Pero había algo que tendría que afrontar: la fe y las oraciones de su madre eran poderosas.

Cuando Agustín regresó de sus estudios en Cartago, comenzó a enseñar en su ciudad natal. Fue entonces cuando anunció que se había convertido al maniqueísmo. Como consecuencia, Mónica lo expulsó de su casa como un acto del más profundo amor. Después, Dios le habló mediante una visión que le devolvió la esperanza respecto a su hijo, y ella se reconcilió con él.

Agustín decidió abrir una escuela de retórica y pensó que no había mejor lugar para hacerlo que Roma. Hacia los treinta y un años comunicó a su madre que viajaría allí. Debido a su preocupación maternal por él, y puesto que ya había visto convertirse y bautizarse a sus otros dos hijos, Mónica le anunció que lo acompañaría.

Sin embargo, antes de que ella pudiera darse cuenta, Agustín se marchó a escondidas y viajó a Roma sin ella. Mónica no se dio por vencida y lo siguió. Cuando llegó a Roma, Agustín ya había partido para ocupar un prestigioso puesto como profesor en Milán. Ella volvió a seguirlo hasta allí.

Durante los cuatro años siguientes en Milán, Mónica jamás se rindió y continuó orando por su hijo entre lágrimas. Como Agustín se sentía atraído por los intelectuales, comenzó a interesarse por el obispo católico de Milán, el futuro san Ambrosio. El obispo Ambrosio fue la respuesta a las oraciones de aquella madre. Hacia el año 387, a los treinta y tres años, Agustín se convirtió al cristianismo y fue bautizado por el obispo Ambrosio.

Después de su conversión, Agustín y su madre decidieron regresar a su hogar en Tagaste, pero Mónica nunca completaría el viaje. Enfermó y murió en Ostia, una ciudad situada a las afueras de Roma.

Agustín llegaría a convertirse en uno de los teólogos más influyentes de la historia de la Iglesia. En su libro Confesiones, san Agustín relata la hermosa historia de su madre y presenta cuanto conocemos acerca de ella. Habla de su temprana lucha contra el alcohol. Cuando Agustín se extravió en Cartago, recuerda que su madre lloraba por él más de lo que muchas madres llorarían la muerte de un hijo.

Agustín cuenta con cuánto fervor oraba su madre mientras se encontraban en Milán y cómo buscó el consejo del obispo Ambrosio. La descripción más tierna que hace de ella se refiere a la relación que tuvieron después de su conversión, a sus conversaciones y a la muerte de Mónica. Ella ejerció una influencia profunda sobre él y Agustín, a su vez, ha ejercido una influencia inmensa sobre toda la Iglesia.

Santa Mónica soportó una vida difícil, pero perseveró, superó sus propias dificultades y se consagró a la oración y a una vida virtuosa. Sus oraciones y virtudes conquistaron primero el corazón de su esposo y de su suegra, y después el de sus tres hijos. Aunque san Agustín sea el más conocido, aquella madre, nuera y esposa marcó profundamente la vida de toda su familia.

Muchos consideran a santa Mónica un modelo de esperanza para quienes tienen familiares que se han apartado del buen camino. Al honrarla hoy, meditemos en el poder de su oración. Recordemos también que nuestras plegarias por nuestros familiares son poderosas.

Si tenemos en nuestra familia a alguien que se ha alejado de Dios, permitamos que santa Mónica nos inspire. Dediquémonos a orar por esa persona, para que un día todos los miembros de nuestra familia puedan compartir con nosotros la gloria del cielo.

Oración

Santa Mónica, aunque tuviste una vida difícil, pusiste continuamente tus sufrimientos en las manos de Dios. Perseveraste en la oración, creciste en virtud y ejerciste una profunda influencia sobre toda tu familia.

Ruega por mí, para que nunca pierda la esperanza respecto a quienes se han apartado del buen camino, sino que permanezca fiel en la oración por ellos, confiando en la misericordia divina.

Santa Mónica, ruega por mí. Jesús, confío en ti. Amén.

 

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