sábado, 18 de julio de 2026

19 de julio del 2026: decimosexto domingo del tiempo ordinario-Ciclo A

 

El Reino en el horizonte

Sb 12,13.16-19 / Sal 86(85),5-6.9-10.15-16a (R. 5a) / Rm 8,26-27 /
Mt 13,24-43 (forma larga) o Mt 13,24-30 (forma breve).

La misericordia de Dios significa paciencia y esperanza. El libro de la Sabiduría nos revela a un Dios poderoso, pero indulgente, que concede a cada persona el tiempo necesario para convertirse. Con el salmista proclamamos que Él es bueno, lleno de amor y de fidelidad. Y cuando nuestra debilidad nos impide orar como conviene, san Pablo nos recuerda que el Espíritu viene en nuestra ayuda e intercede por nosotros.

En medio del trigo y la cizaña, Dios nos invita a renunciar a los juicios apresurados y a confiar en su acción. Su Reino crece discretamente, como el grano de mostaza y la levadura en la masa. Acojamos su Palabra con paciencia y convirtámonos, mediante nuestros gestos sencillos, en sembradores de bondad, fraternidad y esperanza.

  Sé tener con los demás la misma paciencia y misericordia que Dios tiene conmigo, o acostumbro juzgar y condenar apresuradamente?

  ¿Qué pequeña semilla de bondad, reconciliación o servicio puedo sembrar esta semana para que el Reino de Dios siga creciendo?

  Cuando no encuentro palabras para orar, ¿confío en que el Espíritu Santo viene en ayuda de mi debilidad e intercede por mí?

G.Q


Primera lectura

Sab 12, 13. 16-19

Concedes el arrepentimiento a los pecadores

Lectura del libro de la Sabiduría.

FUERA de ti no hay otro Dios que cuide de todo,
a quien tengas que demostrar que no juzgas injustamente.
Porque tu fuerza es el principio de la justicia
y tu señorío sobre todo te hace ser indulgente con todos.
Despliegas tu fuerza ante el que no cree en tu poder perfecto
y confundes la osadía de los que lo conocen.
Pero tú, dueño del poder, juzgas con moderación
y nos gobiernas con mucha indulgencia,
porque haces uso de tu poder cuando quieres.
Actuando así, enseñaste a tu pueblo
que el justo debe ser humano
y diste a tus hijos una buena esperanza,
pues concedes el arrepentimiento a los pecadores.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 85, 5-6. 9-10. 15-16a (R.: 5a)

R. Tú, Señor, eres bueno y clemente.

V. Porque tú, Señor, eres bueno y clemente,
rico en misericordia con los que te invocan.
Señor, escucha mi oración,
atiende a la voz de mi súplica. 
R.

V. Todos los pueblos vendrán
a postrarse en tu presencia, Señor;
bendecirán tu nombre:
«Grande eres tú, y haces maravillas;
tú eres el único Dios». 
R.

V. Pero tú, Señor,
Dios clemente y misericordioso,
lento a la cólera, rico en piedad y leal,
mírame, ten compasión de mí.
 R.

 

Segunda lectura

Rom 8, 26-27

El Espíritu intercede por nosotros con gemidos inefables

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos.

HERMANOS:
El Espíritu acude en ayuda de nuestra debilidad, pues nosotros no sabemos pedir como conviene; pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables.
Y el que escruta los corazones sabe cuál es el deseo del Espíritu, y que su intercesión por los santos es según Dios.

Palabra de Dios.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Bendito seas, Padre, Señor del cielo y de la tierra,
porque has revelado los misterios del reino a los pequeños. 
R.

 

Evangelio

Mt 13, 24-43 (forma larga)

Déjenlos crecer juntos hasta la siega

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, Jesús propuso otra parábola a la gente diciendo:
«El reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero, mientras los hombres dormían, un enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo y se marchó. Cuando empezaba a verdear y se formaba la espiga apareció también la cizaña. Entonces fueron los criados a decirle al amo:
“Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña?”.
Él les dijo:
“Un enemigo lo ha hecho”.
Los criados le preguntan:
“¿Quieres que vayamos a arrancarla?”.
Pero él les respondió:
“No, que al recoger la cizaña pueden arrancar también el trigo. Déjenlos crecer juntos hasta la siega y cuando llegue la siega diré a los segadores: arranquen primero la cizaña y átenla en gavillas para quemarla, y el trigo almacénenlo en mi granero”».
Les propuso otra parábola:
«El reino de los cielos se parece a un grano de mostaza que uno toma y siembra en su campo; aunque es la más pequeña de las semillas, cuando crece es más alta que las hortalizas; se hace un árbol hasta el punto de que vienen los pájaros del cielo a anidar en sus ramas».
Les dijo otra parábola:
«El reino de los cielos se parece a la levadura; una mujer la amasa con tres medidas de harina, hasta que todo fermenta».
Jesús dijo todo esto a la gente en parábolas y sin parábolas no les hablaba nada, para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta:
«Abriré mi boca diciendo parábolas;
anunciaré lo secreto desde la fundación del mundo».
Luego dejó a la gente y se fue a casa. Los discípulos se le acercaron a decirle:
«Explícanos la parábola de la cizaña en el campo».
Él les contestó:
«El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los ciudadanos del reino; la cizaña son los partidarios del Maligno; el enemigo que la siembra es el diablo; la cosecha es el final de los tiempos y los segadores los ángeles. Lo mismo que se arranca la cizaña y se echa al fuego, así será al final de los tiempos: el Hijo del hombre enviará a sus ángeles y arrancarán de su reino todos los escándalos y a todos los que obran iniquidad, y los arrojarán al horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el reino de su Padre. El que tenga oídos, que oiga».

Palabra del Señor.



Mt 13, 24-30 (forma breve)

Déjenlos crecer juntos hasta la siega

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, Jesús propuso otra parábola a la gente diciendo:
«El reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero, mientras los hombres dormían, un enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo y se marchó. Cuando empezaba a verdear y se formaba la espiga apareció también la cizaña. Entonces fueron los criados a decirle al amo:
“Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña?”.
Él les dijo:
“Un enemigo lo ha hecho”.
Los criados le preguntan:
“¿Quieres que vayamos a arrancarla?”.
Pero él les respondió:
“No, que al recoger la cizaña pueden arrancar también el trigo. Déjenlos crecer juntos hasta la siega y cuando llegue la siega diré a los segadores: arranquen primero la cizaña y átenla en gavillas para quemarla, y el trigo almacénenlo en mi granero”».

Palabra del Señor.


1

 

El Reino en el horizonte

 

Queridos hermanos y hermanas:

Las lecturas de este domingo nos permiten contemplar el Reino de Dios en el horizonte. Es un Reino que ya está actuando entre nosotros, aunque muchas veces crezca de manera silenciosa. Para reconocerlo necesitamos paciencia, esperanza y una mirada misericordiosa.

La primera lectura, del libro de la Sabiduría, nos presenta a un Dios fuerte, pero indulgente. Su poder no consiste en aplastar al pecador, sino en ofrecerle la posibilidad de convertirse:

«Diste a tus hijos la dulce esperanza de que, en el pecado, das lugar al arrepentimiento».

Dios no se precipita a condenar. Conoce nuestra fragilidad, espera nuestro regreso y nos ofrece nuevas oportunidades. Su paciencia no significa que apruebe el mal, sino que desea salvar al pecador. Por eso, la lectura nos deja una enseñanza fundamental: «El justo debe ser humano».

No podemos afirmar que creemos en el Dios misericordioso mientras juzgamos sin compasión, cerramos la puerta al arrepentimiento o reducimos a una persona a sus equivocaciones. Si Dios tiene paciencia conmigo, también yo debo aprender a tenerla con los demás.

Por eso proclamamos en el salmo:

«Tú, Señor, eres bueno y clemente».

Esta es nuestra confianza: Dios conoce nuestras faltas, pero también nuestros esfuerzos; ve nuestras caídas, pero no deja de contemplar las posibilidades de bien que ha sembrado en nosotros.

El trigo y la cizaña

En el Evangelio, Jesús presenta la parábola del trigo y la cizaña. Un hombre sembró buena semilla en su campo, pero, mientras todos dormían, llegó el enemigo y sembró cizaña.

La buena semilla viene de Dios. Él siembra la vida, la verdad, la justicia, la fraternidad y la paz. Sin embargo, en el campo del mundo también aparece la cizaña: el egoísmo, la mentira, la violencia, la corrupción, la envidia y la discordia.

La cizaña aparece también en nuestras familias y comunidades. Surge cuando permitimos que los comentarios malintencionados destruyan la confianza; cuando una diferencia de opinión se convierte en enemistad; cuando dejamos crecer el resentimiento; cuando nos negamos a perdonar o pensamos que nuestra manera de actuar es la única correcta.

Pero no debemos buscar la cizaña solamente en los demás. El trigo y la mala hierba también crecen dentro de nuestro propio corazón. En nosotros hay generosidad, pero también egoísmo; deseos de servir, pero también necesidad de reconocimiento; capacidad de perdonar, pero también resentimientos.

Por eso, antes de preguntarnos quiénes son la cizaña, conviene preguntarnos: ¿qué necesita ser transformado en mi propia vida?

Los servidores quieren arrancar inmediatamente la mala hierba, pero el dueño les dice: «No, porque al arrancar la cizaña podrían arrancar también el trigo».

Jesús no nos invita a ser indiferentes frente al mal. Debemos defender la verdad, corregir con caridad y proteger a quienes sufren. Sin embargo, nos pide que no emitamos juicios definitivos sobre las personas. Podemos reconocer que una acción es mala, pero solamente Dios conoce completamente el corazón humano.

¡Cuánto daño causan los juicios precipitados! A veces conocemos un error de una persona y creemos conocer toda su vida. Escuchamos un comentario y lo repetimos sin verificarlo. Cerramos al hermano la posibilidad de cambiar, mientras nosotros continuamos pidiéndole a Dios que tenga paciencia con nuestras propias debilidades.

La pregunta para nuestra reflexión es muy concreta: ¿sé tener con los demás la misma paciencia y misericordia que Dios tiene conmigo?

La fuerza de lo pequeño

Jesús compara también el Reino de los cielos con un grano de mostaza. Es una semilla muy pequeña, pero crece hasta convertirse en un arbusto capaz de acoger a las aves.

Después habla de la levadura que una mujer mezcla con la harina hasta que toda la masa queda fermentada. La levadura trabaja desde dentro, silenciosamente, sin llamar la atención.

Estas parábolas nos recuerdan que Dios no actúa siempre mediante acontecimientos espectaculares. Su Reino crece a través de pequeños gestos: una palabra de consuelo, una visita a un enfermo, una ayuda ofrecida discretamente, una reconciliación familiar, una oración perseverante o un vaso de agua entregado con amor.

Muchas veces nos desanimamos porque no vemos resultados inmediatos. Los padres pueden preguntarse si todo lo que enseñaron a sus hijos dará fruto. Los catequistas pueden creer que sus esfuerzos son inútiles. Quienes trabajan por una comunidad más unida pueden cansarse al encontrar divisiones y resistencias.

El Evangelio nos pide confiar. La semilla puede parecer pequeña y la levadura permanece escondida, pero ambas contienen una fuerza que no depende solamente de nosotros. Dios continúa trabajando en los corazones, incluso cuando no podemos verlo.

Por eso surge otra pregunta: ¿qué pequeña semilla de bondad, reconciliación o servicio puedo sembrar durante esta semana?

Quizá no podamos cambiar toda nuestra sociedad, pero sí podemos comenzar por nuestro hogar. Tal vez no podamos solucionar todos los problemas de nuestra comunidad, pero podemos negarnos a difundir un chisme, acompañar a quien está solo, perdonar una ofensa o ayudar a una familia necesitada. Ningún gesto realizado por amor es insignificante ante Dios.

El Espíritu viene en nuestra ayuda

San Pablo nos dice en la segunda lectura:

«El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad, porque nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene».

Hay momentos en los que no sabemos cómo orar. Puede suceder ante una enfermedad, una pérdida, un conflicto familiar o una situación que parece no tener salida. Tal vez solo podemos permanecer en silencio o derramar lágrimas delante de Dios.

San Pablo nos asegura que, en esos momentos, no estamos solos. El Espíritu Santo intercede por nosotros «con gemidos inefables». Él transforma nuestra pobreza, nuestro silencio y nuestro dolor en oración.

No necesitamos palabras perfectas para acercarnos a Dios. Podemos decirle sencillamente: “Señor, tú sabes lo que llevo en mi corazón. Ven en ayuda de mi debilidad”.

Esto nos lleva a la tercera pregunta: cuando no encuentro palabras para orar, ¿confío en que el Espíritu Santo intercede por mí?

La oración no siempre cambia inmediatamente las circunstancias, pero permite que Dios transforme nuestro corazón. Nos da luz para discernir, fuerza para perseverar y paciencia para esperar.

Queridos hermanos: el Reino de Dios está ya presente en medio de nosotros. Crece como el trigo, como el grano de mostaza y como la levadura. No debemos desanimarnos por la cizaña ni convertirnos en jueces implacables. Nuestra misión es permanecer vigilantes, cuidar la buena semilla y seguir sembrando el bien.

En esta Eucaristía pidamos al Señor un corazón semejante al suyo: paciente sin ser indiferente, firme frente al mal y misericordioso con las personas. Que el Espíritu venga en ayuda de nuestra debilidad y nos convierta en sembradores de bondad, fraternidad y esperanza.

Y al regresar a nuestros hogares, llevemos estas tres preguntas en el corazón:

¿Tengo con los demás la paciencia que Dios tiene conmigo?
¿Qué pequeña semilla de bondad puedo sembrar esta semana?
¿Confío en el Espíritu Santo cuando no sé cómo orar?

Que María, mujer paciente y disponible a la acción de Dios, nos enseñe a confiar en el crecimiento silencioso del Reino y a conservar siempre la esperanza. Amén.

 

2

 

La paciencia de Dios y la fuerza escondida del Reino

 

Queridos hermanos y hermanas:

Las lecturas de este domingo nos ayudan a descubrir cómo actúa Dios frente al mal y cómo va creciendo su Reino en medio de nuestra historia. Jesús nos presenta tres parábolas: el trigo y la cizaña, el grano de mostaza y la levadura. Las tres contienen un mensaje de esperanza, pero también una invitación a la paciencia, al discernimiento y a la confianza.

Vivimos en una época impaciente. Queremos respuestas inmediatas, cambios rápidos y resultados visibles. Nos cuesta aceptar los procesos lentos. También quisiéramos que Dios interviniera de una vez para eliminar la injusticia, castigar a quienes hacen el mal y resolver todos nuestros problemas. Sin embargo, la Palabra de hoy nos enseña que Dios tiene sus tiempos y que su paciencia no es indiferencia ni debilidad: es una nueva oportunidad ofrecida al pecador para que pueda convertirse.

1. Un Dios poderoso porque es misericordioso

La primera lectura, tomada del libro de la Sabiduría, nos presenta el verdadero rostro de Dios:

«Tu poder es el principio de la justicia, y tu soberanía universal te hace perdonar a todos».

Dios no necesita demostrar su poder destruyendo a quienes se equivocan. Precisamente porque es fuerte, puede ser paciente; porque es Señor de todos, puede tratar a todos con misericordia. Los seres humanos, cuando nos sentimos débiles o inseguros, a veces reaccionamos con violencia, intolerancia y deseo de venganza. Dios, en cambio, manifiesta su grandeza perdonando, corrigiendo con moderación y ofreciendo tiempo para la conversión.

La lectura concluye con una enseñanza preciosa: actuando de este modo, Dios enseñó a su pueblo que «el justo debe ser humano» y dio a sus hijos «la esperanza de que, después del pecado, concede el arrepentimiento».

¡Qué mensaje tan necesario para nuestras familias y comunidades! El justo debe ser humano. Una persona creyente no puede complacerse en condenar, humillar o destruir la reputación de los demás. Tampoco puede encerrar definitivamente a una persona dentro de su pasado, como si nadie tuviera derecho a cambiar. Creer en Dios significa creer también en la posibilidad de la conversión.

Por eso respondemos en el salmo:

«Tú, Señor, eres bueno y clemente».

El salmista no niega la existencia del mal, pero se apoya en la bondad de Dios. En medio de las dificultades, reconoce que el Señor es lento a la cólera, rico en misericordia y fiel con quienes lo invocan.

2. El trigo y la cizaña crecen juntos

Esta misma enseñanza aparece en la parábola principal del Evangelio. Un hombre sembró buena semilla en su campo; pero, mientras todos dormían, llegó el enemigo, sembró cizaña en medio del trigo y se marchó.

La buena semilla viene de Dios. Desde el relato de la creación, la Biblia nos recuerda que todo lo creado por Dios es bueno. Dios siembra vida, verdad, fraternidad, justicia y esperanza. Él no es el autor del mal. El enemigo es quien introduce la mentira, la división y la muerte.

Jesús dice que el enemigo actuó «mientras todos dormían». Este sueño puede representar nuestra falta de vigilancia espiritual. Nos dormimos cuando abandonamos la oración; cuando dejamos de escuchar la Palabra; cuando nos acostumbramos a pequeñas faltas que poco a poco endurecen el corazón; cuando permitimos que un comentario malintencionado se convierta en chisme; cuando la indiferencia entra en nuestras familias; cuando dejamos que el resentimiento crezca silenciosamente.

La cizaña muchas veces no aparece de forma escandalosa. Se parece inicialmente al trigo. El mal suele presentarse bajo la apariencia de algo conveniente, moderno, inofensivo o incluso justo. Una crítica puede disfrazarse de defensa de la verdad; la envidia puede presentarse como preocupación por la comunidad; la venganza puede hacerse pasar por justicia; y el orgullo puede ocultarse detrás de una supuesta fidelidad religiosa.

Por eso necesitamos discernimiento y vigilancia. Pero Jesús introduce una advertencia muy importante. Cuando los servidores preguntan si deben arrancar la cizaña, el dueño responde:

«No, porque al arrancar la cizaña podrían arrancar también el trigo. Déjenlos crecer juntos hasta la cosecha».

Esto no significa que debamos permanecer indiferentes ante el mal. El cristiano debe denunciar la injusticia, proteger a los débiles, corregir fraternalmente y defender la verdad. Lo que Jesús prohíbe es que nos convirtamos en jueces definitivos de las personas.

Podemos juzgar las acciones, pero no conocemos totalmente el corazón de quien las realiza. Podemos y debemos llamar mal a lo que es malo, pero no tenemos autoridad para declarar que una persona está definitivamente perdida. Solo Dios conoce la historia completa de cada ser humano, sus heridas, sus luchas y las posibilidades de conversión que todavía guarda en su interior.

Además, el trigo y la cizaña no crecen solamente en el mundo o en otras personas. También crecen dentro de nosotros. En nuestro corazón hay generosidad, pero también egoísmo; deseos de servir, pero también búsqueda de reconocimiento; momentos de fe y momentos de duda; capacidad de perdonar y resistencias al perdón.

Antes de señalar la cizaña en el terreno ajeno, tendríamos que mirar nuestro propio corazón. Quizá aquello que queremos arrancar violentamente del otro también está presente, de otra manera, dentro de nosotros.

La paciencia de Dios no significa que el mal tendrá la última palabra. Habrá una cosecha y un juicio. Dios distinguirá definitivamente el trigo de la cizaña. Pero ese juicio le corresponde a Él. Nosotros no somos los dueños del campo ni los señores de la cosecha. Nuestra tarea es cuidar el trigo, sembrar el bien, corregir con caridad y dejar abierta la puerta de la conversión.

3. La fuerza de lo pequeño

Las otras dos parábolas completan el mensaje. Jesús compara el Reino con un grano de mostaza. Es una semilla pequeña, casi insignificante, pero crece hasta convertirse en un arbusto capaz de ofrecer refugio a las aves.

Nosotros solemos medir el valor de las cosas por su tamaño, su publicidad o sus resultados inmediatos. Dios, en cambio, comienza con lo pequeño: una semilla, un pesebre, un grupo reducido de discípulos, una palabra pronunciada con amor, un vaso de agua, un gesto de perdón.

No debemos despreciar los pequeños actos de bien. Tal vez una palabra de consuelo no resuelva todos los problemas de una persona, pero puede impedir que se sienta sola. Una visita a un enfermo no elimina su enfermedad, pero le comunica la cercanía de Dios. Una catequesis sencilla puede sembrar una fe que dará fruto muchos años después. Una reconciliación familiar puede cortar una cadena de resentimientos transmitida de generación en generación.

Lo mismo enseña la parábola de la levadura. Una pequeña cantidad queda escondida en la masa, pero termina fermentándola toda. La levadura trabaja desde dentro y en silencio. Así actúa el Reino de Dios.

No todo lo que transforma la historia aparece en las noticias. El Reino crece silenciosamente en la madre que educa a sus hijos en la fe, en el campesino que trabaja honradamente, en quien cuida con paciencia a un adulto mayor, en el joven que rechaza una propuesta deshonesta, en quien perdona sin recibir disculpas, en las comunidades que se reúnen para celebrar la Eucaristía y ayudarse fraternalmente.

A veces pensamos que nada está cambiando porque no vemos resultados espectaculares. Pero la levadura está trabajando. La gracia de Dios obra incluso cuando no podemos percibirla.

4. El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad

San Pablo, en la segunda lectura, reconoce una realidad que todos experimentamos:

«El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad, porque nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene».

Hay situaciones en las que no sabemos qué decirle a Dios. Nos sentimos confundidos ante una enfermedad, una pérdida, un conflicto familiar o la persistencia del mal. Incluso podemos cansarnos de esperar.

En esos momentos, el Espíritu Santo ora en nosotros «con gemidos inefables». Nuestra oración no depende únicamente de nuestra capacidad para encontrar palabras hermosas. A veces basta permanecer ante Dios, presentarle nuestro cansancio y decirle: “Señor, tú conoces mi corazón”. El Espíritu transforma ese silencio, esas lágrimas y esa pobreza en oración.

Él nos da también la paciencia necesaria para respetar los procesos de Dios. Nos ayuda a no confundir paciencia con pasividad ni firmeza con violencia. Nos enseña a trabajar por el bien sin desesperarnos cuando los frutos tardan en aparecer.

5. ¿Qué nos pide hoy el Señor?

La Palabra nos deja tres compromisos concretos.

Primero, permanecer vigilantes. No podemos dormirnos espiritualmente. Necesitamos cuidar la oración, la Eucaristía, la Palabra de Dios y nuestras relaciones familiares y comunitarias. El enemigo aprovecha cualquier descuido para sembrar discordia.

Segundo, practicar la paciencia misericordiosa. No apresurarnos a condenar, no alimentar chismes ni cerrar a nadie la posibilidad de cambiar. La corrección cristiana siempre debe buscar la salvación del hermano, no su humillación.

Tercero, confiar en la fuerza de lo pequeño. No pensemos que nuestros gestos de bondad son inútiles. Cada palabra de consuelo, cada acto de servicio, cada oración y cada esfuerzo por construir comunión son semillas del Reino.

Queridos hermanos: el campo pertenece a Dios y la buena semilla sigue creciendo. Puede haber mucha cizaña en el mundo, en la Iglesia, en nuestras comunidades y en nosotros mismos, pero el mal no tendrá la última palabra. El Señor de la cosecha permanece vigilante.

Pidámosle en esta Eucaristía que nos libre de la impaciencia y del deseo de juzgar; que nos dé un corazón firme frente al mal, pero misericordioso con las personas; y que nos enseñe a confiar en la fuerza escondida de su Reino.

Señor, tú que eres bueno y clemente, danos tu paciencia. Haznos vigilantes para proteger la buena semilla, humildes para reconocer nuestra propia cizaña y perseverantes para sembrar el bien. Que tu Espíritu venga en ayuda de nuestra debilidad y convierta nuestra vida en levadura de fraternidad, misericordia y esperanza. Amén.

 

viernes, 17 de julio de 2026

18 de julio del 2026: sábado de la decimoquinta semana del tiempo ordinario-II-Memoria de la Bienaventurada Virgen María en sábado

 

Por la vida

(Mateo 12,14-21) Cuando se entera de que los fariseos quieren acabar con él, Jesús se retira. No busca la muerte, sino la vida. Quienes lo siguen lo experimentan: él los cura a todos. Siervo manso y humilde, no aplasta a quien es frágil ni desalienta a quien vacila en la fe. En él pueden poner su esperanza todas las naciones.

 


Primera lectura

Miq 2, 1-5
Desean los campos y se apoderan de las casas

Lectura de la profecía de Miqueas.

¡AY de los que traman el crimen
y planean pérfidas acciones en sus camas!
En cuanto apunta el día las ejecutan,
porque tienen poder.
Desean campos y los roban,
casas, y se apoderan de ellas;
oprimen al cabeza de familia
y a los suyos,
explotan al ciudadano y sus bienes.
Por tanto, esto dice el Señor:
«Yo también tramo
contra estas gentes un mal
del que no podrán apartar el cuello
y no andarán con la cabeza alta,
pues serán malos tiempos aquellos.
Aquel día les dedicarán una sátira,
se cantará una elegía que diga:
“Estamos totalmente perdidos,
pues se reparte el lote de mi pueblo;
¿cómo se volverá hacia mí
para restituir nuestros campos
que ahora está repartiendo?”.
Por ello, no tendrás quien te eche a suertes
un lote en la asamblea del Señor».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 9, 22-23. 24-25. 28-29. 35 (R.: 33b)

R. No te olvides de los humildes, Señor.

V. ¿Por qué te quedas lejos, Señor,
y te escondes en el momento del aprieto?
En su soberbia el impío oprime al infeliz
y lo enreda en las intrigas que ha tramado.
 R.

V. El malvado se gloría de su ambición,
el codicioso blasfema y desprecia al Señor.
El malvado dice con insolencia:
«No hay Dios que me pida cuentas». 
R.

V. Su boca está llena de maldiciones,
de engaños y de fraudes;
su lengua encubre maldad y opresión;
en el zaguán se sienta al acecho,
para matar a escondidas al inocente. 
R.

V. Pero tú ves las penas y los trabajos,
tú miras y los tomas en tus manos.
A ti se encomienda el pobre,
tú socorres al huérfano. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo,
y ha puesto en nosotros el mensaje de la reconciliación. 
R.

 

Evangelio

Mt 12, 14-21

Les mandó que no lo descubrieran. Así se cumplió lo dicho por el profeta

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, al salir de la sinagoga, los fariseos planearon el modo de acabar con Jesús.
Pero Jesús se enteró, se marchó de allí y muchos lo siguieron.
Él los curó a todos, mandándoles que no lo descubrieran.
Así se cumplió lo dicho por medio del profeta Isaías:
«Miren a mi siervo, mi elegido,
mi amado, en quien me complazco.
Sobre él pondré mi espíritu
para que anuncie el derecho a las naciones.
No porfiará, no gritará, nadie escuchará su voz
por las calles.
La caña cascada no la quebrará,
la mecha vacilante no la apagará,
hasta llevar el derecho a la victoria;
en su nombre esperarán las naciones».

Palabra del Señor.

 

1

 

Dios no olvida el clamor de los humildes

 

Queridos hermanos:

Las lecturas de hoy nos presentan dos maneras opuestas de ejercer el poder. Por una parte, aparece el poder de quienes abusan, despojan y oprimen; por otra, el poder de Dios manifestado en Jesús: un poder que sana, protege, sirve y devuelve la esperanza. En este sábado, memoria de la Virgen María, contemplamos también a aquella humilde mujer que acogió la acción de Dios y se puso al servicio de su proyecto de salvación.

El profeta Miqueas pronuncia una denuncia muy fuerte: «¡Ay de los que meditan maldades y traman iniquidades en sus camas!». Se refiere a personas poderosas que pasan la noche imaginando cómo aumentar sus propiedades y, al amanecer, realizan sus planes porque tienen los medios para hacerlo. Codician los campos y se apoderan de ellos; desean las casas y las roban. Despojan al hombre de su hogar y de la herencia recibida de sus antepasados.

No se trata solamente de un pecado personal. Es una injusticia planificada y convertida en sistema. Los poderosos utilizan su posición para quedarse con lo que pertenece a los pobres. Mientras unos acumulan tierras, casas y riquezas, otros pierden el hogar, la dignidad y hasta la posibilidad de construir un futuro.

Esta palabra sigue siendo actual. También hoy existen personas que se aprovechan de la necesidad ajena, que cobran de manera injusta, que engañan al campesino, que se apropian de terrenos, que desplazan familias o que emplean su autoridad para enriquecerse. Incluso en nuestras relaciones cotidianas podemos caer en una forma más discreta de abuso cuando imponemos siempre nuestra voluntad, utilizamos al otro para nuestros intereses o permanecemos indiferentes ante su sufrimiento.

Dios, por medio de Miqueas, nos recuerda que la tierra, los bienes y la autoridad no nos fueron dados para despojar a los demás, sino para servir y construir una convivencia fraterna. Ninguna riqueza adquirida con el sufrimiento del pobre puede recibir la bendición del Señor.

Frente a esta realidad, el salmista pregunta por qué parece que Dios permanece lejos mientras el malvado persigue al humilde. El arrogante llega a decir: «Dios no lo ve; el Dios de Jacob no se entera». Es la tentación de creer que la injusticia quedará impune y que el dolor de los pequeños pasa inadvertido.

Pero el salmo responde con una certeza: Dios ve la pena y el sufrimiento. El pobre se abandona en sus manos; él es el defensor del huérfano. Por eso repetimos: «No olvides, Señor, a los humildes». Esta súplica no significa que Dios pueda olvidarlos. Es, más bien, el clamor confiado de un pueblo que sabe que el Señor escucha a quienes no tienen voz y sostiene a quienes han sido abandonados.

El Evangelio nos muestra cómo actúa concretamente este Dios defensor de los humildes. Los fariseos se ponen de acuerdo para acabar con Jesús. Ante esta amenaza, él se retira. No lo hace por cobardía ni porque renuncie a su misión. Jesús sabe que todavía no ha llegado su hora. No busca la muerte por la muerte; busca defender la vida y continuar anunciando el Reino.

Muchos lo siguen, y él cura a todos. Mientras sus adversarios traman cómo destruirlo, Jesús continúa sanando. Mientras unos utilizan su poder para quitar la vida, él emplea el suyo para restaurarla. Mientras algunos excluyen y condenan, Jesús acoge y cura.

San Mateo reconoce en él al servidor anunciado por el profeta Isaías: «No disputará ni gritará; nadie oirá su voz en las plazas. La caña cascada no la quebrará y la mecha vacilante no la apagará».

¡Qué hermosa imagen de la misericordia de Jesús! Una caña cascada es algo débil, herido, a punto de romperse. Una mecha vacilante es una pequeña llama que amenaza con apagarse. Así podemos sentirnos también nosotros: heridos por las dificultades, cansados por las luchas, debilitados por el pecado, enfermos en el cuerpo o abatidos en el alma.

Jesús no termina de quebrar lo que ya está herido. No apaga la poca luz que todavía permanece encendida. Se acerca con delicadeza, sostiene, cura y reaviva la esperanza. El Señor no humilla al pecador arrepentido ni rechaza a quien se aproxima con una fe débil. Él toma nuestra fragilidad en sus manos y, con paciencia, comienza a restaurarnos.

Esta manera de actuar debe convertirse también en el estilo de la Iglesia y de nuestras comunidades. A veces nuestras palabras pueden quebrar todavía más a quien está herido. Podemos juzgar con dureza, apagar la ilusión de alguien o condenarlo únicamente por sus errores. Sin embargo, el discípulo de Jesús está llamado a cuidar la caña cascada y a proteger la mecha vacilante.

Quizá en nuestra familia haya alguien que necesita comprensión; en la comunidad, una persona que está atravesando una crisis; entre nuestros vecinos, alguien que se siente solo o despreciado. No siempre podremos resolver todos sus problemas, pero sí podemos evitar herirlo más. Podemos escucharlo, acompañarlo, ofrecerle una palabra de aliento y hacerle sentir que su vida sigue teniendo valor.

En este sábado contemplamos a la Virgen María. Ella fue una mujer humilde que confió enteramente en Dios. En el Magníficat proclamó que el Señor derriba del trono a los poderosos, enaltece a los humildes, colma de bienes a los hambrientos y despide vacíos a los ricos. María comprendió que el Reino de Dios transforma las relaciones humanas y se pone del lado de los pequeños.

También ella supo cuidar la vida frágil. Acogió al Hijo de Dios en su seno; lo protegió siendo niño; acompañó a los esposos de Caná cuando faltó el vino; permaneció junto a Jesús al pie de la cruz y estuvo con los discípulos cuando estos se encontraban temerosos. María no quebró la caña herida ni apagó la llama vacilante: fue presencia silenciosa, materna y esperanzadora.

Pidámosle que nos enseñe a vivir con su misma delicadeza. Que nos ayude a no utilizar nuestras capacidades, bienes o autoridad para dominar, sino para servir. Que sepamos reconocer a Cristo en quienes han sido despojados, heridos o abandonados. Y cuando nosotros mismos seamos esa caña cascada o esa llama a punto de apagarse, recordemos que Jesús no viene a condenarnos, sino a levantarnos.

Que hoy podamos decir con confianza: Señor, tú ves nuestras penas y sufrimientos; no olvidas a los humildes. Sana nuestras heridas, reaviva nuestra fe y haz de nosotros instrumentos de tu ternura y defensores de la vida. Santa María, Madre de la esperanza y consuelo de los afligidos, ruega por nosotros. Amén.

 

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La serena fortaleza de la mansedumbre

 

Queridos hermanos:

Las lecturas de hoy nos muestran dos formas completamente diferentes de comprender y ejercer el poder. Está el poder que domina, despoja y destruye; y está el poder de Dios, manifestado en Jesucristo, que sirve, sana y protege la vida frágil. Frente a la violencia de los poderosos, Jesús responde con la serena fortaleza de la mansedumbre.

La primera lectura contiene una denuncia vigorosa del profeta Miqueas: «¡Ay de los que meditan maldades y traman iniquidades en sus camas!». Se trata de personas que durante la noche planean cómo apoderarse de los campos y las casas de los demás, y que al amanecer ejecutan sus proyectos porque tienen el poder para hacerlo.

Aquí el pecado no es fruto de un arrebato momentáneo. Es una injusticia pensada, calculada y organizada. Estos hombres codician las propiedades ajenas, despojan a las familias de sus hogares y les arrebatan la herencia recibida de sus antepasados. Emplean el poder no para servir, sino para enriquecerse a costa de los más débiles.

La palabra de Miqueas conserva toda su actualidad. También hoy existen quienes se aprovechan de la pobreza, de la ignorancia o de la necesidad de los demás. Hay personas y grupos que se apoderan de las tierras, desplazan comunidades, pagan salarios injustos, engañan al campesino o manipulan las leyes en beneficio propio. Pero también nosotros podemos ejercer pequeños poderes de manera equivocada cuando imponemos siempre nuestra voluntad, humillamos al que depende de nosotros o utilizamos a las personas para satisfacer nuestros intereses.

Dios no permanece indiferente ante estas situaciones. Miqueas anuncia que quienes han despojado a los demás terminarán perdiendo aquello que creían poseer para siempre. La justicia de Dios nos recuerda que ninguna riqueza adquirida mediante el sufrimiento del pobre puede considerarse una verdadera bendición.

El salmo recoge el clamor de las víctimas. El salmista pregunta: «¿Por qué, Señor, te quedas lejos y te escondes en los momentos de angustia?». El malvado se siente seguro, desprecia a Dios y llega a pensar: «Dios no se entera; nunca lo verá».

Ese es uno de los mayores peligros del poder: creer que nadie ve y que nunca habrá que responder por nuestras acciones. Sin embargo, el salmo proclama una certeza: Dios contempla las penas y los trabajos; el pobre se abandona en sus manos y él es el defensor del huérfano. Por eso suplicamos: «No olvides, Señor, a los humildes».

Dios no olvida el llanto del campesino despojado, de la familia desplazada, del enfermo abandonado, del anciano despreciado ni de quien sufre silenciosamente una injusticia. Tal vez su respuesta no llegue con la rapidez que quisiéramos, pero ninguna lágrima queda fuera de su mirada.

En el Evangelio encontramos otra conspiración. Así como los poderosos denunciados por Miqueas preparaban durante la noche sus planes contra los pobres, los fariseos se reúnen para decidir cómo acabar con Jesús. ¿Qué ha hecho Jesús para provocar semejante reacción? Ha curado en sábado a un hombre que tenía una mano paralizada.

La ley del sábado debía recordar el descanso de Dios después de la creación y ofrecer al pueblo un espacio para contemplar su bondad. Pero los fariseos habían transformado ese don en una obligación pesada y escrupulosa. Se preocupaban más por el cumplimiento exterior de la norma que por el sufrimiento concreto de una persona.

Jesús, Señor del sábado, enseña que ninguna ley querida por Dios puede utilizarse para impedir el bien. La norma religiosa que no conduce al amor pierde su verdadero sentido. Nunca está prohibido sanar, levantar, consolar y devolverle dignidad a quien sufre.

Cuando Jesús descubre que quieren matarlo, se retira. No lo hace por miedo ni por cobardía. Su retirada es una manifestación de mansedumbre y discernimiento. La mansedumbre bíblica no es debilidad, pasividad ni falta de carácter; es fuerza gobernada por la sabiduría y el amor.

Jesús posee todo poder, pero no lo utiliza para destruir a sus enemigos. Podría enfrentarlos, imponerse o hacerlos desaparecer; sin embargo, se retira porque todavía no ha llegado su hora. No abandona su misión: cambia de lugar para continuarla. Muchos lo siguen y él los cura a todos.

Mientras los fariseos planean la muerte, Jesús sigue sirviendo a la vida. Mientras unos usan su autoridad para destruir, él emplea la suya para sanar. No entra en una discusión estéril ni responde a la violencia con más violencia. Continúa sembrando silenciosamente el Reino de Dios.

El evangelista ve cumplida en él la profecía de Isaías: «No disputará ni gritará; nadie oirá su voz en las plazas. La caña cascada no la quebrará y la mecha vacilante no la apagará».

La caña cascada representa a la persona herida, doblada por los golpes de la vida, aparentemente inútil y a punto de romperse. La mecha vacilante simboliza esa pequeña llama que apenas permanece encendida. Tal vez así nos sentimos algunas veces: golpeados por las dificultades, debilitados por el pecado, cansados por la enfermedad o desanimados porque nuestras oraciones parecen no ser escuchadas.

Jesús no termina de romper lo que ya está herido. No apaga la poca fe que todavía queda. Se acerca con delicadeza, sostiene nuestra fragilidad, cura nuestras heridas y vuelve a encender la esperanza. El Señor no desprecia una fe pequeña y vacilante; la protege para que pueda crecer.

Esta actitud debe orientar también nuestras relaciones. Hay personas que llegan hasta nosotros convertidas en cañas cascadas: un familiar desanimado, un joven confundido, un enfermo agotado, alguien que ha cometido errores o una persona cuya fe se está apagando. Podemos terminar de quebrarlas con nuestros juicios y palabras duras, o podemos tratarlas como Jesús: con paciencia, verdad, respeto y misericordia.

También debemos aprender que no todas las batallas deben librarse inmediatamente. Hay momentos en los que la caridad exige hablar con claridad y defender la verdad; pero existen otros en los que la sabiduría aconseja guardar silencio, retirarse de una discusión inútil y continuar haciendo el bien. Callar por prudencia no siempre es cobardía; puede ser una expresión de dominio propio y de verdadera fortaleza.

Jesús llegará a la cruz cuando llegue su hora. Entonces no huirá, sino que entregará libremente su vida. Pero en este momento se retira porque todavía debe curar, enseñar y anunciar el Reino. Necesitamos discernimiento para saber cuándo debemos mantenernos firmes y cuándo debemos apartarnos de una confrontación que no producirá ningún fruto.

En este sábado dirigimos nuestra mirada a la Virgen María. Ella es la mujer de la fortaleza serena. No necesitó imponerse ni levantar la voz para permanecer fiel. En Nazaret acogió silenciosamente la voluntad de Dios; en Caná estuvo atenta a la necesidad de los esposos; al pie de la cruz permaneció firme cuando muchos habían huido; y en el cenáculo sostuvo con su oración a la Iglesia naciente.

María conoció el poder de Dios que enaltece a los humildes y derriba del trono a los poderosos. En el Magníficat proclamó que el Señor colma de bienes a los hambrientos y dispersa a los soberbios de corazón. Su mansedumbre no fue debilidad: fue una fe firme, una esperanza perseverante y un amor dispuesto a servir.

Pidamos hoy al Señor un corazón manso y humilde. Que no utilicemos nuestras capacidades, bienes o autoridad para dominar a los demás. Que sepamos defender al pobre, escuchar su clamor y cuidar a quienes están heridos. Que aprendamos a distinguir entre el momento de hablar y el momento de callar; entre la hora de permanecer y la hora de retirarnos para seguir sirviendo.

Y cuando nosotros mismos seamos la caña cascada o la mecha que apenas humea, confiemos en Jesús. Él no viene a destruirnos, sino a restaurarnos; no viene a apagar nuestra débil esperanza, sino a encenderla nuevamente.

Que Santa María, Madre de los humildes y consuelo de los afligidos, nos enseñe la serena fortaleza de la mansedumbre y nos acompañe para que, aun en medio de la oposición, sigamos construyendo silenciosamente el Reino de la vida, la justicia y la paz. Amén.


En los 100 años de su nacimiento: Yolanda Vargas Dulché, la mamá de Memín: la mujer que llenó de historias mi infancia

 

Al cumplirse cien años del nacimiento de la gran escritora mexicana, recuerdo el universo de Memín Pinguín, su entrañable “Ma’ Linda” y aquellos amigos que también acompañaron mi niñez.




Por tanto, este 18 de julio de 2026 se cumplen cien años de su nacimiento. Y es una ocasión inmejorable para recordarla.

La mujer que llenó de historias mi infancia

Hay escritores a quienes uno descubre cuando ya conoce el significado de la palabra literatura. Otros, en cambio, llegan mucho antes: entran en nuestra vida cuando somos niños, se sientan junto a nosotros y terminan formando parte de nuestros recuerdos familiares.

Yolanda Vargas Dulché pertenece, para mí, a este segundo grupo.

Su nombre quizás no me resultaba familiar durante mis primeros años, pero su criatura más célebre sí lo era. Crecí rodeado de Memín Pinguín, de su madre, la inolvidable Eufrosina —su “Ma’ Linda”, a quien muchos lectores llamábamos cariñosamente “Gran Ma”—, y de sus inseparables amigos Carlos “Carlangas” Arozamena, Ernesto Vargas y Ricardo Arcaraz.

Aquel mundo me conquistó desde muy niño.

Las revistas de Memín no eran para mí simples cuadernos de historietas. Cada ejemplar abría una ventana hacia un universo donde cabían la travesura y el sufrimiento, la escuela y la calle, el fútbol y las peleas, la pobreza y la dignidad, el compañerismo, los errores, el arrepentimiento y el inmenso amor de una madre.

Memín podía hacernos reír con sus ocurrencias y, pocas páginas después, conmovernos hasta las lágrimas. Era inquieto, exagerado, ingenuo, a veces incorregible, pero poseía un corazón noble. Se equivocaba, recibía las consecuencias de sus actos y volvía a levantarse. Sobre todo, amaba entrañablemente a su madre.

Tal vez allí se encontraba uno de los grandes secretos de la historieta: los lectores no solamente contemplábamos las aventuras de unos personajes; sentíamos que caminábamos con ellos. Éramos, de alguna manera, el quinto integrante de aquella pandilla.

Una infancia pobre que se convirtió en semillero de personajes

Yolanda fue hija de Armando Vargas de la Maza, periodista, actor y cineasta, y de Josefina Dulché. Sus padres se separaron cuando ella tenía apenas cinco años. Durante algún tiempo fue internada en un colegio de religiosas, experiencia que, según contó muchos años después, resultó especialmente dura.

Regresó después al lado de su madre, pero el padre ya no vivía con ellas. Yolanda, su madre y su hermana Elba tuvieron que enfrentar estrecheces económicas y frecuentes cambios de residencia y escuela.

Paradójicamente, aquella inestabilidad le permitió conocer niños de ambientes muy diversos. Observó sus maneras de hablar, sus juegos, sus conflictos y sus sueños. Muchos de esos rostros terminarían reapareciendo, transformados por la imaginación, en sus historietas.

Durante la secundaria escribió en una libreta un texto autobiográfico titulado Cristal. Quería —según explicó ella misma— contar su vida con transparencia, “sin ninguna opacidad”. Más tarde envió algunos cuentos a El Universal, que fueron publicados con comentarios favorables.

Era autodidacta. No tuvo una formación universitaria, pero poseía tres dones esenciales para una narradora: sabía observar, sabía escuchar y comprendía el corazón humano.

De cantante a contadora de historias

Antes de alcanzar la fama como escritora, Yolanda y su hermana Elba incursionaron en el canto. Formaron el dueto Rubia y Morena y actuaron en la famosa emisora XEW. Interpretaron canciones relacionadas con figuras como Agustín Lara, Pedro Vargas y Toña la Negra.

La música, sin embargo, no proporcionaba suficientes ingresos. Yolanda comenzó entonces a escribir cuentos, reportajes y argumentos para historietas. Colaboró con publicaciones como El Universal, Esto, Chamaco Chico y Pepín, perteneciente a la cadena editorial de José García Valseca.

La Enciclopedia de la Literatura en México sitúa sus primeras publicaciones en 1941, sus reportajes en Esto en 1943 y la consolidación de Memín Pinguín hacia 1945.

En aquellas redacciones se trabajaba a una velocidad hoy difícil de imaginar. El argumento debía escribirse, convertirse en guion, dividirse en escenas y pasar a dibujantes, fondistas y letristas. Todo debía estar preparado para la siguiente edición. Yolanda demostró una extraordinaria capacidad para producir relatos populares sin perder el hilo emocional de sus personajes.

El nacimiento de Memín Pinguín

Memín apareció inicialmente dentro de una sección llamada Almas de niño. En aquella primera etapa era un personaje secundario, pero su personalidad fue creciendo hasta reclamar una historia propia.

El nombre tenía un origen afectivo. Guillermo de la Parra, entonces novio de Yolanda y posteriormente su esposo, le contó que de niño era tan travieso que lo llamaban “Pingo” o “Memín Pinguín”. Ella tomó el apodo y se lo entregó a su personaje.

Su apariencia estuvo relacionada con un viaje que Yolanda realizó a Cuba junto con su hermana. Allí observó a niños afrodescendientes que llamaron poderosamente su atención. Con el tiempo, diversos dibujantes ayudaron a definir gráficamente al personaje. Entre ellos sobresalió Sixto Valencia, responsable de la imagen más reconocida de Memín.

Yolanda decía que, cuando un personaje adquiría verdadera fuerza, comenzaba a moverse solo y ella se limitaba a seguirlo. Confesó que muchas veces se reía mientras escribía las ocurrencias del pequeño. Su madre le preguntaba de qué se reía, y Yolanda respondía que de las “tarugadas” de Memín.

Pero detrás de las travesuras había algo profundamente autobiográfico. Memín crecía sin padre y encontraba en Eufrosina el centro de su universo. Yolanda reconoció que el amor de Memín hacia su madre reflejaba el amor que ella misma había sentido por Josefina Dulché, la mujer con quien había compartido las dificultades de su infancia.

Eufrosina: pobreza, maternidad y dignidad

No se puede hablar de Memín sin hablar de Eufrosina.

La madre de Memín era pobre, trabajadora, protectora y enérgica. Podía reprender severamente a su hijo, pero también era capaz de sacrificarse por él hasta el extremo. No poseía bienes ni educación académica, pero tenía algo mucho más grande: dignidad.

En ella reconocíamos a tantas madres latinoamericanas que han criado a sus hijos en medio de la escasez; mujeres que trabajan, corrigen, cocinan, consuelan, rezan y hacen milagros cotidianos para que el alimento alcance.

Desde una lectura pastoral, el vínculo entre Memín y su madre tocaba una verdad profundamente humana: somos salvados muchas veces por personas sencillas cuyo amor permanece cuando todo lo demás falla. En Eufrosina había dureza exterior y ternura inmensa; pobreza material y una extraordinaria riqueza de corazón.

Una obra mucho más amplia que Memín

Aunque Memín fue su personaje más popular, Yolanda Vargas Dulché creó más de sesenta historias. Entre las más conocidas se encuentran:

  • María Isabel
  • Rubí
  • Yesenia
  • El pecado de Oyuki
  • Ladronzuela
  • Encrucijada
  • Gabriel y Gabriela
  • Vagabundo
  • Cinco rostros de mujer

Muchas de ellas pasaron de la historieta a la radio, el cine y la televisión. María Isabel, Rubí, Yesenia y El pecado de Oyuki conocieron adaptaciones que alcanzaron enorme popularidad dentro y fuera de México.

Sus protagonistas femeninas no siempre respondían al modelo de la mujer resignada y pasiva. Algunas luchaban contra los prejuicios sociales; otras se enfrentaban a la pobreza, la marginación o el abandono. Rubí, por ejemplo, encarnaba la inteligencia y la belleza utilizadas al servicio de la ambición. María Isabel representaba la nobleza y dignidad de una mujer indígena. Oyuki permitía asomarse —con los límites propios de la mirada occidental de entonces— a la cultura japonesa.

Yolanda escribía melodramas, pero conocía muy bien las posibilidades del género. Sabía que la vida popular no está compuesta solamente por ideas abstractas: está hecha de afectos, pérdidas, injusticias, amores, traiciones, lágrimas y esperanzas.

De escritora popular a empresaria

En 1951957 Yolanda se separó de la organización editorial de García Valseca y fundó con su esposo Guillermo de la Parra la Editorial Argumentos, que posteriormente se convertiría en Editorial Vid.

El camino no estuvo exento de dificultades. Hubo fracasos iniciales, riesgos financieros y necesidad de comenzar nuevamente. Sin embargo, el éxito de publicaciones como Lágrimas, Risas y Amor consolidó el proyecto.

Yolanda llegó a ser una de las escritoras más leídas de México. Sus historias circularon no solamente por América Latina, sino también por países como Italia, Indonesia, China, Japón y Filipinas. En Colombia, Memín encontró un público especialmente fiel. Sus revistas pasaban de mano en mano, se intercambiaban, se coleccionaban y se volvían a leer.

Junto con su esposo incursionó también en la industria hotelera. Aquella niña que había conocido la pobreza llegó a convertirse en una importante empresaria, sin abandonar nunca su oficio esencial: contar historias.

¿Cuál era su creencia religiosa?

No he encontrado una fuente biográfica suficientemente sólida que permita afirmar con precisión cuál era su práctica religiosa personal, ni sería responsable atribuirle una militancia confesional que no está documentada.

Sabemos que durante una etapa de su niñez estuvo interna en un colegio de religiosas. Además, en sus obras aparecen convicciones morales cercanas al ambiente cristiano y popular del México de su tiempo: el valor de la familia, el sacrificio materno, el arrepentimiento, el perdón, la recompensa del bien y la convicción de que cada persona cosecha aquello que siembra.

Ella misma afirmaba que las vidas sufridas terminaban encontrando alguna recompensa y que, tarde o temprano, “todo se paga”. Sin embargo, estas ideas deben presentarse como parte de su sensibilidad moral y de su visión narrativa, no como prueba concluyente de una fe católica explícitamente practicada.

Lo cierto es que sus mejores personajes expresan una confianza persistente en la posibilidad de la conversión. En sus historias casi nadie es completamente bueno ni absolutamente malo. Las personas se equivocan, hieren, sufren, aprenden y algunas veces cambian. Esa mirada compasiva constituye uno de los rasgos más humanos de su literatura.

Memín ante la sensibilidad de nuestro tiempo

Un homenaje verdadero no debe convertirse en una idealización incapaz de reconocer las preguntas que el paso del tiempo plantea.

La representación gráfica de Memín utilizó rasgos exagerados procedentes de antiguas caricaturas raciales. La controversia alcanzó especial intensidad en 2005, cuando México emitió una serie de estampillas con su imagen. Investigadores y organizaciones afrodescendientes señalaron que esa apariencia reproducía estereotipos ofensivos y contribuía a normalizar formas de discriminación. La discusión fue estudiada incluso en ámbitos académicos, como muestra este análisis sobre Memín, racismo y discriminación.

No debemos negar esa dimensión. Una cosa es el cariño que millones de lectores sentimos por el personaje y por los valores de sus historias, y otra la necesidad de examinar críticamente una iconografía nacida en un contexto cultural diferente.

Podemos conservar la memoria afectiva y, al mismo tiempo, aprender. Podemos reconocer la intención de presentar a un niño noble, alegre y digno, pero también escuchar a quienes encuentran dolorosa su representación. La nostalgia no debe cerrar nuestros ojos ante la dignidad de los pueblos afrodescendientes.

En Colombia, tierra de una inmensa riqueza afrocolombiana, esta lectura resulta especialmente necesaria. El mejor homenaje a Memín sería conservar su alegría, su amor filial y su sentido de la amistad, pero liberarlo de cuanto pueda reducir a una persona a una caricatura de su raza.

Sus últimos años

Yolanda continuó participando en adaptaciones de sus obras durante las últimas décadas de su vida. Alondra, estrenada en 1995 e inspirada en su historia Casandra, fue uno de sus últimos grandes éxitos televisivos. También intervino en la nueva adaptación de María Isabel, emitida entre 1997 y 1998.

En sus últimos años trabajaba en Aroma del tiempo, obra de carácter autobiográfico que quedó inconclusa.

Falleció durante la madrugada del 8 de agosto de 1999, en su residencia del Pedregal de San Ángel, en Ciudad de México. Estaba acompañada por su esposo, Guillermo de la Parra. Según el testimonio familiar recogido por la prensa, su muerte fue inesperada: la noche anterior todavía había compartido y bromeado con los suyos.

Dejó cinco hijos, numerosos nietos y una familia vinculada al mundo de la cultura. Entre sus descendientes se encuentran la directora de orquesta Alondra de la Parra y el actor y cantante Mané de la Parra.

La mamá de Memín

Cuando pienso en Yolanda Vargas Dulché, no pienso solamente en cifras de ventas, editoriales, películas o telenovelas. Pienso en una mujer que supo entrar en el corazón de los niños sin tratarlos como seres incapaces de comprender el sufrimiento.

En las páginas de Memín había humor, pero también pobreza; aventuras, pero también discriminación; travesuras, pero también consecuencias; lágrimas, pero nunca desesperanza definitiva.

Hoy comprendo que aquellas revistas también me enseñaron algo acerca de la amistad. Carlangas, Ernestillo y Ricardo tenían temperamentos y condiciones sociales diferentes, pero permanecían unidos. Discutían, se peleaban, se reconciliaban y volvían a caminar juntos. En aquel grupo cabían la diversidad, la lealtad y el aprendizaje de vivir con otros.

Y estaba siempre la Gran Ma, Eufrosina, recordándonos que detrás de muchos niños inquietos existe una madre que espera, trabaja y ama.

Por eso, al cumplirse cien años del nacimiento de Yolanda Vargas Dulché, quiero recordarla desde la gratitud. Fue la “Reina de las Historietas”, pero para varias generaciones será siempre algo más entrañable: la mamá literaria de Memín.

Gracias, doña Yolanda, por aquel niño travieso que se coló en nuestras casas; por sus amigos inseparables; por la nobleza de Eufrosina; por enseñarnos que también se puede llorar leyendo una historieta y que la literatura popular, cuando nace de la observación y la empatía, puede acompañarnos durante toda la vida.

Aquel mundo dibujado en pequeñas viñetas no fue para mí un pasatiempo cualquiera. Fue parte de mi infancia. Y cada vez que recuerdo a Memín corriendo hacia los brazos de su “Ma’ Linda”, vuelvo por un instante a ser aquel niño que abría una revista y encontraba dentro de ella un mundo entero.

 

19 de julio del 2026: decimosexto domingo del tiempo ordinario-Ciclo A

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