Santo del día:
San Matías
Siglo I. Después de la traición
de Judas, Matías fue elegido para ser el duodécimo Apóstol (Hch 1,23-26).
Su nombre es una abreviación de Matatías, que vendría a significar «don de Yahvé». Se puede decir que, por esta vez, el nombre de la persona responde plenamente a su historia personal y social, San Matías es un don del Espíritu a la Iglesia de Jesús para llenar el puesto que había sido dejado vacío por Judas Iscariote (cf. Mt 27, 3-10) en el colegio de los apóstoles de Jesús.
Es el apóstol acogido por la oración de la comunidad y destinado a integrarla de forma viva y activa. Ha de vivir la dinámica del seguimiento de Jesús y ser testigo de su resurrección.
Colegialidad
(Hechos 1,15-17.20-26) Sin duda no es casualidad que el relato de la elección de Matías dentro del grupo de los Once preceda inmediatamente al relato de Pentecostés. En efecto, ¿cómo consagrar mejor este nombramiento que por la efusión del Espíritu Santo? Además, al comienzo de este episodio se precisa que el número de personas reunidas era de unas ciento veinte, es decir, diez veces doce, cifra altamente simbólica. El autor evoca quizá aquí la idea de una “colegialidad”, una primera forma de universalidad en la Iglesia.
Frédéric Tremblay
Primera lectura
Le tocó a
Matías, y lo asociaron a los once apóstoles
Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.
EN de aquellos días, Pedro se puso en pie en medio de los hermanos (había
reunidas unas ciento veinte personas) y dijo:
«Hermanos, tenía que cumplirse lo que el Espíritu Santo, por boca de David,
había predicho, en la Escritura, acerca de Judas, el que hizo de guía de los
que arrestaron a Jesús, pues era de nuestro grupo y le cupo en suerte compartir
este ministerio.
Y es que en el libro de los Salmos está escrito: “Que su morada quede desierta,
y que nadie habite en ella”, y también: “Que su cargo lo ocupe otro”.
Es necesario, por tanto, que uno de los que nos acompañaron todo el tiempo en
que convivió con nosotros el Señor Jesús, comenzando en el bautismo de Juan
hasta el día en que nos fue quitado y llevado al cielo, se asocie a nosotros
como testigo de su resurrección».
Propusieron dos: José, llamado Barsabá, de sobrenombre Justo, y Matías. Y
rezando, dijeron:
«Señor, tú que penetras el corazón de todos, muéstranos a cuál de los dos has
elegido para que ocupe el puesto de este ministerio y apostolado, del que ha
prevaricado Judas para marcharse a su propio puesto».
Les repartieron suertes, le tocó a Matías, y lo asociaron a los once apóstoles.
Palabra de Dios.
Salmo
R. El Señor lo
sentó con los príncipes de su pueblo.
O bien:
R. Aleluya.
V. Alaben,
siervos del Señor,
alaben el nombre del Señor.
Bendito sea el nombre del Señor,
ahora y por siempre. R.
V. De la
salida del sol hasta su ocaso,
alabado sea el nombre del Señor.
El Señor se eleva sobre todos los pueblos,
su gloria sobre los cielos. R.
V. ¿Quién como
el Señor, Dios nuestro,
que habita en las alturas
y se abaja para mirar
al cielo y a la tierra? R.
V. Levanta
del polvo al desvalido,
alza de la basura al pobre,
para sentarlo con los príncipes,
los príncipes de su pueblo. R.
Aclamación
V. Yo los he
elegido del mundo —dice el Señor—, para que vayan y den fruto, y su fruto
permanezca. R.
Evangelio
No son
ustedes los que me han elegido, soy yo quien los he elegido
Lectura del santo Evangelio según san Juan.
EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Como el Padre me ha amado, así los he amado yo; permanezcan en mi amor.
Si guardan mis mandamientos, permanecerán en mi amor; lo mismo que yo he
guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.
Les he hablado de esto para que mi alegría esté en ustedes, y su alegría llegue
a plenitud.
Este es mi mandamiento: que se amen unos a otros como yo los he amado.
Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos.
Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando.
Ya no los llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a
ustedes los llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre se lo he dado a
conocer.
No son ustedes los que me han elegido, soy yo quien los he elegido y los he
destinado para que vayan y den fruto, y su fruto permanezca.
De modo que lo que pidan al Padre en mi nombre se lo dé. Esto les mando: que se
amen unos a otros».
Palabra del Señor.
1
Queridos
hermanos y hermanas:
La
Palabra de Dios que escuchamos hoy nos pone delante de una Iglesia naciente,
una Iglesia pequeña, frágil, herida, pero profundamente sostenida por el Señor.
Estamos en el tiempo de Pascua, caminando hacia Pentecostés, y el libro de los
Hechos de los Apóstoles nos muestra a la comunidad reunida, orando,
discerniendo y preparándose para recibir la fuerza del Espíritu Santo.
La
primera lectura nos habla de la elección de Matías. Judas, uno de los Doce,
había abandonado su lugar. Su traición había dejado una herida profunda en el
grupo de los apóstoles. No era solo una ausencia numérica; era una ruptura
dolorosa en el corazón mismo de la comunidad. Sin embargo, la Iglesia no se
queda paralizada por la herida. No se encierra en el lamento. No se dedica
únicamente a recordar la infidelidad de Judas. La comunidad ora, discierne y
busca restaurar el grupo de los Doce.
Esto
ya nos enseña mucho. La Iglesia no es perfecta porque esté formada por personas
impecables. La Iglesia es santa porque Cristo la ama, la purifica y la conduce.
Desde el comienzo, la Iglesia conoció la fragilidad humana, la traición, la
decepción, la necesidad de recomenzar. Pero también desde el comienzo supo que
no podía caminar solo con criterios humanos. Por eso, antes de elegir a Matías,
los discípulos oran.
No
hacen una campaña. No buscan al más popular. No eligen al que más habla, al que
más se impone o al que parece más brillante. Presentan dos nombres y dicen:
“Tú, Señor, que conoces el corazón de todos, muéstranos a cuál has elegido”.
Esta frase es preciosa. La vocación no nace primero del gusto personal, ni de
la ambición, ni de una estrategia humana. La vocación nace del corazón de Dios.
Él conoce el corazón. Él llama. Él elige. Él envía.
Por
eso, al orar hoy por la obra evangelizadora de la Iglesia y por las vocaciones,
debemos comenzar por aquí: pedirle al Señor que siga mostrando a su Iglesia a
quiénes llama, a quiénes quiere enviar, a quiénes quiere consagrar para el
servicio del Evangelio. Pero también pedirle que quienes son llamados tengan la
valentía de responder.
En
la primera lectura podemos hablar de
“colegialidad”. La elección de Matías no ocurre en solitario. Pedro toma la
palabra, pero no actúa como dueño de la comunidad. La comunidad está reunida.
Son unos ciento veinte hermanos. Allí hay oración, escucha, memoria de la
Escritura y discernimiento. La Iglesia nace así: no como una suma de
individualismos, sino como un cuerpo; no como un proyecto personal, sino como
una comunidad guiada por el Espíritu.
Y
esto es muy actual. Hoy también necesitamos una Iglesia más orante, más
comunitaria, más capaz de discernir junta. La evangelización no es tarea de uno
solo. No evangeliza únicamente el sacerdote, ni únicamente el catequista, ni
únicamente el misionero. Evangeliza toda la Iglesia. Evangeliza una comunidad
que vive unida, que ora, que escucha la Palabra, que cuida a sus miembros, que
reconoce sus heridas y que se deja renovar por el Espíritu Santo.
El
Evangelio de hoy nos lleva al corazón de todo apostolado: “Como el Padre me ha
amado, así los he amado yo; permanezcan en mi amor”. Antes de enviarnos, Jesús
nos invita a permanecer. Antes de hablar de misión, habla de amor. Antes de
pedir frutos, pide comunión. Esto es fundamental: la evangelización cristiana
no nace del activismo, sino de permanecer en el amor de Cristo.
Podemos
organizar muchas actividades, hacer reuniones, programas, celebraciones,
publicaciones, campañas, transmisiones, catequesis, pero si no permanecemos en
el amor de Cristo, todo se vuelve ruido. La obra evangelizadora de la Iglesia
no consiste solo en multiplicar acciones, sino en transparentar el amor de
Jesús. El mundo no necesita una Iglesia simplemente ocupada; necesita una
Iglesia enamorada de Cristo. No necesita solo estructuras; necesita testigos.
No necesita solo discursos; necesita discípulos que hayan experimentado que
Cristo los ama.
Jesús
dice también: “No son ustedes los que me han elegido, soy yo quien los he
elegido y los he destinado para que vayan y den fruto”. Esta frase ilumina de
manera especial nuestra oración por las vocaciones. Toda vocación cristiana
comienza con una elección amorosa de Dios. Nadie se llama a sí mismo. Nadie se
envía a sí mismo. Es Cristo quien llama.
Y
llama de muchas maneras. Llama al sacerdocio, a la vida consagrada, al
matrimonio cristiano, a la misión laical, al servicio catequético, a la vida
contemplativa, a la entrega silenciosa en la familia, en la escuela, en la
comunidad, en el trabajo. Cada vocación auténtica es una forma concreta de
amar. Porque la vocación no es primero una función; es una respuesta de amor.
Por
eso Jesús une íntimamente la elección y el mandamiento del amor: “Este es mi
mandamiento: que se amen unos a otros como yo los he amado”. La medida de la
vocación no es el prestigio, sino el amor. La fecundidad de la evangelización
no se mide solo por resultados visibles, sino por la capacidad de dar la vida.
“Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos”.
Matías
fue elegido para ocupar un lugar de servicio y de testimonio. La lectura dice
que debía ser agregado a los apóstoles como testigo de la resurrección. Esa es
la misión esencial de la Iglesia: dar testimonio de Cristo resucitado. No
anunciamos una idea bonita, ni una doctrina fría, ni una tradición vacía.
Anunciamos que Cristo vive. Anunciamos que el amor venció al pecado. Anunciamos
que la muerte no tiene la última palabra. Anunciamos que Dios levanta del polvo
al desvalido, como canta el salmo de hoy.
El
Salmo 113 proclama: “El Señor levanta del polvo al desvalido, alza de la basura
al pobre, para sentarlo con los príncipes de su pueblo”. Esta es también la
obra evangelizadora de la Iglesia: levantar, dignificar, consolar, reconciliar,
devolver esperanza. La Iglesia evangeliza cuando anuncia la Palabra, pero
también cuando se acerca al pobre, al enfermo, al joven sin rumbo, al anciano
olvidado, a la familia herida, al pecador que quiere volver a empezar.
La
elección de Matías nos recuerda además que nadie es indispensable, pero todos
somos necesarios. Judas dejó un vacío, pero Dios no dejó a su Iglesia sin guía.
Matías entra discretamente en la historia. No sabemos mucho de él después de
este episodio. No aparece pronunciando grandes discursos. No se nos cuentan milagros
espectaculares realizados por él. Pero fue elegido para ser testigo. Y a veces
esa es la belleza de muchas vocaciones en la Iglesia: servir sin hacer ruido,
sostener la misión sin protagonismo, ser fieles en lo pequeño, ocupar el lugar
que Dios nos confía.
Cuántos
Matías hay hoy en nuestras comunidades: personas que no buscan aplausos, pero
sostienen la evangelización; catequistas que preparan con amor; ministros que
sirven con humildad; familias que transmiten la fe; religiosas y religiosos que
oran; jóvenes que se preguntan qué quiere Dios de ellos; sacerdotes que, con
sus límites, siguen entregando la vida; misioneros que anuncian el Evangelio en
lugares difíciles; laicos que son luz en medio del mundo.
Hoy
pidamos al Señor que nuestra Iglesia sea fecunda en vocaciones. Pero no pidamos
solo “vocaciones” como si fueran números para llenar vacíos. Pidamos corazones
enamorados de Cristo. Pidamos jóvenes capaces de escuchar. Pidamos familias que
no apaguen la llamada de Dios. Pidamos comunidades que acompañen, que no
critiquen destructivamente, que no desanimen, que no apaguen la esperanza.
Pidamos sacerdotes santos, consagrados alegres, matrimonios fieles, laicos
comprometidos, evangelizadores humildes.
Y
pidamos también la gracia de la colegialidad, de caminar juntos. Una Iglesia
dividida no evangeliza con fuerza. Una comunidad encerrada en rivalidades no
transparenta el amor de Cristo. Una pastoral hecha desde el individualismo
termina cansando. La misión necesita comunión. La evangelización necesita oración
compartida, discernimiento común, respeto por los carismas y obediencia al
Espíritu Santo.
Estamos
cerca de Pentecostés. Como aquella comunidad de ciento veinte hermanos, también
nosotros necesitamos reunirnos en oración. Necesitamos decir: “Señor, tú
conoces los corazones. Muéstranos el camino. Danos servidores según tu corazón.
Renueva nuestra Iglesia. Haznos permanecer en tu amor”.
Que
María, la mujer disponible al llamado de Dios, la madre que acompañó a la
Iglesia naciente en oración, interceda por nosotros. Que ella nos enseñe a
decir “sí” con humildad. Que ella cuide las vocaciones que están naciendo. Que
ella sostenga la obra evangelizadora de la Iglesia.
Y
que nosotros, cada uno desde su vocación, podamos escuchar hoy la voz de Jesús
que nos dice: “No son ustedes los que me han elegido, soy yo quien los he
elegido”. Que esta certeza nos llene de gratitud, de responsabilidad y de
alegría. Porque el Señor nos ha elegido para permanecer en su amor, para amar
como Él y para dar fruto abundante en medio del mundo.
Amén.
San Matías Apóstol
Siglo I
Patrono de alcohólicos y sastres
El Doce eran profundamente bíblico, por lo que Judas tuvo que ser reemplazado
Los musulmanes conservadores creen que cualquier territorio que alguna vez fue colonizado y gobernado por los seguidores de Mahoma pertenece por siempre y para siempre al Califato. Una vez islámico, siempre islámico. Para ilustrar, se necesitaron muchas generaciones para que el puño islámico finalmente aflojara su control sobre España. Sin embargo, a pesar de que los ejércitos musulmanes fueron empujados hacia las aguas del Mediterráneo en 1492, algunos seguidores estrictos de Mahoma aún sueñan con glorias pasadas y esperan que Al-Andalus (la España musulmana) resurja algún día.
El catolicismo no alberga tales ilusiones de gloria para las antiguas tierras católicas, pero practica una forma teológica de "Una vez católico, siempre católico". Muchos obispos que sirven en la Curia Romana no ejercen autoridad sobre una diócesis. Los obispos auxiliares también carecen de territorio. Estas dos categorías de obispos reciben así una sede episcopal “titular”. Es una vista de nombre, o título, solamente. La sede es normalmente la de una antigua diócesis cuya existencia cesó debido, típicamente, a la invasión musulmana. La costumbre de asignar sedes “titulares” a algunos obispos no sólo preserva la memoria de pueblos y diócesis perdidos, sino que también tiene algún sustento teológico. Un obispo y su diócesis se unen, como esposos, en matrimonio concertado en Roma. Es por eso por lo que un obispo usa un anillo. Y una diócesis, una vez creada, no puede quedar viuda. Siempre se nombra un nuevo obispo para casarse con él. Una diócesis debe tener un cónyuge, incluso si está lejos de casa en distancia y tiempo. Los obispos titulares suceden en el presente, aunque solo sea de nombre, a los obispos anteriores de diócesis ahora desaparecidas.
La tradición de que todos los obispos, comenzando con los Apóstoles, deben tener sucesores tiene sus raíces no solo en la Iglesia primitiva sino también en el judaísmo. Los Doce Apóstoles se mencionan más a menudo en el Nuevo Testamento por su número que por sus nombres. Son, simplemente, “Los Doce”. Esta costumbre tiene sus raíces en las doce tribus que se asentaron en la tierra de Canaán después del Éxodo de Egipto. Estas tribus fueron fundadas por los doce hijos del patriarca Jacob, más tarde rebautizado como Israel. Fue dentro de esta tradición judía del Antiguo Testamento que Jesucristo actuó cuando escogió a doce hombres sobre los cuales fundar Su Iglesia. Jesús declara específicamente que sus seguidores se sentarán en doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel ( Mt. 19:28 , Lc. 22:30 ).). Y el Libro del Apocalipsis afirma que los nombres de las doce tribus de Israel estarán escritos en las puertas de la Jerusalén Celestial ( Apoc. 21:12 ss).
Era apropiado, entonces, cuando “Los Doce” fueron reducidos a “Los Once” después del auto asesinato de Judas, que la plenitud del número bíblico tenía que ser restaurada. Y aquí es donde el santo de hoy sale de las sombras para desempeñar su papel en la historia cristiana. El primer capítulo de los Hechos de los Apóstoles, el gran libro de historia de la Iglesia primitiva nos dice que, después de la Ascensión, los once Apóstoles regresaron a Jerusalén. Allí, Pedro “se puso de pie entre los creyentes” para decirles que alguien que “nos había acompañado durante todo el tiempo que el Señor Jesús entraba y salía entre nosotros… debe convertirse en testigo con nosotros de su resurrección”. Se propusieron dos nombres para reemplazar a Judas: Matías y José llamado Barsabbas. Entonces los Once oraron al Señor para que les mostrara el camino. Echaron suertes. Matías fue elegido. Un Apóstol, por primera vez, tenía un sucesor. Y, de igual importancia, el nombramiento vino del grupo, o colegio, de Apóstoles, dirigido por Pedro. Así se estableció, pocos días después de que Cristo dejara la tierra, una forma de preservación y crecimiento de la Iglesia que se repetiría, y se repite, decenas de miles de veces en la historia cristiana.
La Iglesia ha colocado la Fiesta de San Matías a propósito cerca de la Fiesta de la Ascensión, tal como su elección en Hechos ocurrió tan poco tiempo después de ese evento en la Biblia. El Espíritu Santo todavía tenía que descender en Pentecostés, y aun así la Iglesia cumplió la voluntad de Dios con autoridad al seleccionar a Matías. Todo estaba ahí al principio. Todavía está aquí, a nuestro alrededor. El milagro de la Iglesia y sus Apóstoles continúa. Siempre continuará.
San Matías, suplicamos por tu intercesión desde tu poderoso trono en la Jerusalén Celestial, que fortalezcas a todos los que gobiernan tu Iglesia para emular a “Los Doce” en su sabiduría, confianza, prudencia y audacia en la dirección y difusión de la Fe.



