jueves, 25 de junio de 2026

26 de junio del 2026: viernes de la decimosegunda semana del tiempo ordinario-II

 

Jesús, el irresistible

(Mateo 8, 1-4) En Israel, solo un sacerdote podía ratificar la purificación y, por tanto, la reintegración social de un leproso; de ahí la consigna de discreción impuesta por Jesús. El leproso de Mateo la respeta, a diferencia del leproso del relato de Marcos. Mateo concentra así su relato en la salud irresistible y contagiosa de Jesús. Como este leproso, modelo de fe, confiémosle nuestras lepras, dejándolo plenamente libre respecto al resultado.

Jean-Marc Liautaud, Fondacio

 


Primera lectura

2 Re 25, 1-12
Fue deportado Judá lejos de su tierra

Lectura del segundo libro de los Reyes.

EL año noveno del reinado de Sedecías, el mes décimo, el diez del mes, vino Nabucodonosor, rey de Babilonia, con todo su ejército contra Jerusalén. Acampó contra ella y la cercaron con una tapia. Y la ciudad estuvo sitiada hasta el año once de Sedecías.
El mes cuarto, el día noveno del mes, cuando arreció el hambre dentro de la ciudad y no había pan para la gente del pueblo, abrieron una brecha en la ciudad; todos los
hombres de guerra huyeron durante la noche por el camino de la puerta, entre los dos muros que están sobre el parque del rey, mientras los caldeos estaban apostados alrededor de la ciudad; y se fueron por el camino de la Arabá.
Las tropas caldeas persiguieron al rey, dándole alcance en los llanos de Jericó. Entonces todo el ejército se dispersó, abandonándolo.
Capturaron al rey Sedecías y lo subieron a Riblá, adonde estaba el rey de Babilonia, que lo sometió a juicio.
Sus hijos fueron degollados a su vista, y a Sedecías le sacó los ojos. Luego lo encadenaron con doble cadena de bronce y lo condujeron a Babilonia.
En el mes quinto, el día séptimo del mes, el año diecinueve de Nabucodonosor, rey de Babilonia, Nabuzardán, jefe de la guardia, servidor del rey de Babilonia, vino a Jerusalén.
E incendió el templo del Señor y el palacio real y la totalidad de las casas de Jerusalén.
Todas las tropas caldeas que estaban con el jefe de la guardia demolieron las murallas que rodeaban Jerusalén.
En cuanto al resto del pueblo que quedaba en la ciudad, los desertores que se habían pasado al rey de Babilonia y el resto de la gente, los deportó Nabuzardán, jefe de la guardia.
El jefe de la guardia dejó algunos de los pobres del país para viñadores y labradores.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 136, 1-2. 3. 4-5. 6 (R.: 6ab)

R. Que se me pegue la lengua al paladar
si no me acuerdo de ti.


V. Junto a los canales de Babilonia
nos sentamos a llorar
con nostalgia de Sion;
en los sauces de sus orillas
colgábamos nuestras cítaras. 
R.

V. Allí los que nos deportaron
nos invitaban a cantar;
nuestros opresores, a divertirlos:
«Cántennos un cantar de Sion». 
R.

V. ¡Cómo cantar un cántico del Señor
en tierra extranjera!
Si me olvido de ti, Jerusalén,
que se me paralice la mano derecha. 
R.

V. Que se me pegue la lengua al paladar
si no me acuerdo de ti,
si no pongo a Jerusalén
en la cumbre de mis alegrías. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Cristo tomó nuestras dolencias
y cargó con nuestras enfermedades. 
R.

 

Evangelio

Mt 8, 1-4

Si quieres, puedes limpiarme

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

AL bajar Jesús del monte, lo siguió mucha gente.
En esto, se le acercó un leproso, se arrodilló y le dijo:
«Señor, si quieres, puedes limpiarme».
Extendió la mano y lo tocó diciendo:
«Quiero, queda limpio».
Y enseguida quedó limpio de la lepra.
Jesús le dijo:
«No se lo digas a nadie, pero ve a presentarte al sacerdote y entrega la ofrenda que mandó Moisés, para que les sirva de testimonio».

Palabra del Señor.

 

 

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Queridos hermanos y hermanas:

Celebramos esta Eucaristía con el corazón conmovido por el dolor de nuestra hermana patria de Venezuela, recientemente sacudida por un fuerte terremoto que ha dejado miedo, destrucción, heridos, familias afectadas y muchas lágrimas. Ante una tragedia así, la Palabra de Dios de hoy parece hablarnos con especial fuerza: Jerusalén aparece derrumbada en la primera lectura; el salmo nos muestra a un pueblo que llora en el destierro; y el Evangelio nos presenta a un leproso que, desde su sufrimiento, se acerca a Jesús y le dice: “Señor, si quieres, puedes limpiarme”.

Hoy hacemos nuestra esa súplica. La ponemos en labios de quienes sufren en Venezuela, de quienes han perdido seres queridos, de quienes sienten miedo ante las réplicas, de quienes buscan a los suyos, de quienes han quedado sin techo o cargan heridas en el cuerpo y en el alma. También nosotros, con espíritu penitencial, reconocemos nuestras fragilidades y le decimos al Señor: toca nuestras heridas, reconstruye nuestras ruinas, levanta a tu pueblo y haznos instrumentos de solidaridad, consuelo y esperanza.

 

Entre Jerusalén destruida y el leproso purificado hay un hilo espiritual muy profundo: el ser humano herido necesita ser levantado, purificado y devuelto a la comunión. La ciudad santa queda devastada por la infidelidad, por el pecado, por las consecuencias de haberse alejado de Dios. El leproso, por su enfermedad, vive separado, excluido, marcado por el dolor físico y también por la soledad del alma. En ambos casos aparece la misma necesidad: volver a Dios, volver a la vida, volver a la esperanza.

La primera lectura del segundo libro de los Reyes nos narra uno de los momentos más dolorosos de la historia de Israel: Nabucodonosor, rey de Babilonia, sitia Jerusalén; el hambre se apodera de la ciudad; el rey Sedecías intenta huir, pero es capturado; sus hijos son asesinados ante sus ojos; luego le sacan los ojos y lo llevan encadenado a Babilonia. Después, el templo del Señor, el palacio real y las casas de Jerusalén son incendiados. Las murallas son derribadas. El pueblo es llevado al destierro.

No es solo una derrota política o militar. Es una tragedia espiritual. Jerusalén, la ciudad de la alianza, queda reducida a ruinas. El templo, signo de la presencia de Dios en medio de su pueblo, es destruido. La infidelidad trae consecuencias. El pecado desordena, rompe, divide, enceguece, destruye.

Esta lectura nos invita a una actitud penitencial. No para caer en la culpa estéril, sino para reconocer con humildad que también nosotros podemos dejar que se derrumben los muros interiores de nuestra vida. A veces se derrumba la oración, se enfría la fe, se debilita la caridad, se apaga la esperanza. A veces dejamos entrar en el corazón la soberbia, el resentimiento, la indiferencia, la impureza, la ambición o la dureza con los demás. Y cuando Dios deja de ocupar el centro, algo comienza a romperse por dentro.

El salmo 137 expresa el dolor del pueblo en el exilio: “Junto a los canales de Babilonia nos sentamos a llorar con nostalgia de Sión”. Es el canto de quienes han perdido su tierra, su templo, su libertad. Es el lamento de quienes recuerdan lo que tenían y ahora sienten el vacío de la ausencia.

Pero ese dolor no es inútil. El llanto de Israel junto a los ríos de Babilonia se convierte en memoria, en examen de conciencia, en deseo de volver. El pueblo no quiere olvidar Jerusalén. No quiere acostumbrarse al destierro. No quiere resignarse a vivir lejos de Dios. Por eso dice: “Que se me pegue la lengua al paladar si no me acuerdo de ti”.

También nosotros necesitamos esa santa memoria. No olvidar quiénes somos. No olvidar de dónde nos sacó el Señor. No olvidar nuestra vocación cristiana. No olvidar que fuimos creados para la comunión con Dios. En medio de nuestras caídas, heridas y exilios interiores, el Señor nos llama a regresar.

Y entonces llega el Evangelio como una luz poderosa. Jesús baja del monte y mucha gente lo sigue. En ese momento se acerca un leproso. Humanamente, aquel hombre no debía acercarse. La lepra lo hacía impuro según la mentalidad religiosa y social de su tiempo. Debía mantenerse lejos. Debía gritar su impureza. Debía vivir marginado.

Pero este hombre se atreve. Se acerca a Jesús, se postra ante Él y pronuncia una oración breve, humilde y llena de fe: “Señor, si quieres, puedes limpiarme”.

Qué oración tan hermosa. No exige. No manipula. No reclama. No le dicta a Dios lo que debe hacer. Reconoce el poder de Jesús, pero deja a Jesús en libertad: “Si quieres”. Esa es la fe verdadera. La fe no consiste en obligar a Dios a cumplir nuestros deseos, sino en confiarle nuestras heridas, sabiendo que Él puede sanarnos, y dejando en sus manos el modo, el tiempo y el camino de nuestra purificación.

Alguien comentando este evangelio, dice que Mateo concentra su relato en “la salud irresistible y contagiosa de Jesús”. Es una expresión muy bella. En el mundo del leproso, lo contagioso era la enfermedad. Lo impuro contaminaba. Lo enfermo separaba. Pero con Jesús ocurre algo nuevo: no es la lepra la que contagia a Jesús, sino Jesús quien comunica salud, vida, pureza y dignidad.

Jesús extiende la mano y toca al leproso. Ese gesto es inmenso. Antes de sanarlo con la palabra, lo toca con la misericordia. Toca a quien nadie tocaba. Se acerca a quien todos evitaban. No tiene miedo de la herida humana. No huye de nuestra miseria. No se escandaliza de nuestras llagas. Allí donde el mundo pone distancia, Jesús pone cercanía.

Y dice: “Quiero, queda limpio”. La voluntad de Jesús es salvar, levantar, limpiar, reintegrar. Su querer no es caprichoso; es misericordioso. Su poder no humilla; restaura. Su santidad no rechaza al pecador arrepentido; lo purifica.

Hoy, en esta intención penitencial, podemos ponernos espiritualmente en el lugar del leproso. Cada uno conoce sus propias lepras: heridas antiguas, pecados repetidos, tristezas escondidas, miedos, resentimientos, enfermedades del cuerpo, cansancios del alma, soledades, dependencias, culpas, amarguras, desesperanzas.

Y también podemos pensar en tantas personas que sufren en el cuerpo y en el alma: enfermos, ancianos, personas deprimidas, quienes viven duelos, quienes cargan angustias familiares, quienes se sienten excluidos, quienes han perdido la paz, quienes viven una enfermedad silenciosa, quienes lloran en secreto. Por todos ellos oramos hoy. Los ponemos ante Jesús. Le decimos: “Señor, si quieres, puedes limpiarlos, puedes consolarlos, puedes fortalecerlos, puedes devolverles la esperanza”.

Después de sanar al leproso, Jesús le dice que no lo cuente a nadie, sino que vaya a presentarse al sacerdote y ofrezca lo prescrito por Moisés. Ese detalle es importante. En Israel, el sacerdote debía certificar la purificación del leproso para que pudiera reintegrarse a la vida comunitaria. Jesús no solo sana el cuerpo; devuelve al hombre a la comunidad, a la oración, a la familia, al pueblo.

Toda verdadera sanación nos devuelve a la comunión. Cuando Cristo nos perdona, nos reintegra. Cuando nos purifica, nos hace capaces de volver a amar. Cuando nos toca, nos devuelve nuestra dignidad de hijos de Dios.

Por eso, esta Palabra nos llama hoy a tres actitudes.

Primero, reconocer nuestras ruinas. Como Jerusalén, a veces nuestra vida espiritual necesita ser reconstruida. No tengamos miedo de reconocer lo que se ha dañado. Dios no desprecia un corazón contrito y humillado.

Segundo, llorar con esperanza. Como Israel en Babilonia, podemos experimentar nostalgia de Dios, dolor por el pecado, tristeza por lo perdido. Pero ese llanto, unido a la fe, puede convertirse en camino de regreso.

Tercero, acercarnos a Jesús con confianza. Como el leproso, digámosle: “Señor, si quieres, puedes limpiarme”. Dejemos que Él toque nuestras heridas. Dejemos que su misericordia sea más contagiosa que nuestro pecado, más fuerte que nuestra tristeza y más profunda que nuestra enfermedad.

Queridos hermanos, Jesús es el irresistible porque su amor vence nuestras resistencias. Él no se cansa de acercarse. No se cansa de tocar. No se cansa de sanar. No se cansa de perdonar. Su pureza no se contamina con nuestra miseria; al contrario, su misericordia transforma nuestra miseria en lugar de encuentro con Dios.

Que esta Eucaristía sea hoy para nosotros un acto penitencial profundo, una súplica confiada y una oración por todos los que sufren en el cuerpo y en el alma. Presentemos al Señor nuestras lepras personales, familiares y comunitarias. Presentemos también las ruinas de nuestro mundo: guerras, injusticias, enfermedades, soledades, corazones endurecidos.

Hoy esas ruinas no son solo una imagen antigua de Jerusalén. También tienen nombres concretos: hogares destruidos, templos agrietados, hospitales sobrecargados, familias que lloran, cuerpos heridos y almas estremecidas por el miedo. Pensamos de manera especial en Venezuela, nuestra hermana patria, golpeada por la fuerza de la tierra. Y allí, en medio del polvo, del temblor y de la incertidumbre, la fe cristiana no ofrece respuestas fáciles, pero sí una presencia: Cristo que se acerca, Cristo que toca, Cristo que consuela, Cristo que nos llama a no pasar de largo ante el dolor del hermano.

Y pidámosle humildemente:

Señor Jesús, toca nuestras heridas.
Purifica nuestros pecados.
Reconstruye lo que se ha derrumbado.
Consuela a los que sufren.
Fortalece a los enfermos.
Levanta a los caídos.
Devuélvenos la alegría de vivir en comunión contigo.

Y, como el leproso del Evangelio, que podamos escuchar en lo profundo del alma tu palabra sanadora:
“Quiero, queda limpio”.

Señor Jesús, hoy te presentamos especialmente al pueblo venezolano.
Acompaña a las víctimas, consuela a quienes lloran, fortalece a los heridos, protege a los rescatistas, mueve los corazones a la solidaridad y haz que, en medio de los escombros, renazca la esperanza.
Toca, Señor, las heridas del cuerpo y del alma, y danos un corazón penitente, fraterno y compasivo.
Amén.

Amén.

25 de junio del 2026: jueves de la decimosegunda semana del tiempo ordinario-II

 

La fe en acción

(Mateo 7,21-29) Mateo es severo con algunos bautizados cuya fe hacía prodigios, pero que, según él, descuidaban el corazón del Sermón de la montaña: la unificación interior y el servicio al prójimo en la mansedumbre y la misericordia. Fiel a la tradición judía, insiste en que la fe no es solamente un “creer”, sino un “hacer” que necesariamente tiene consecuencias en nuestras conductas sociales.

Jean-Marc Liautaud, Fondacio

 


Primera lectura

2 Re 24, 8-17
Llevó deportados a Babilonia a Joaquín y a todos los hombres pudientes

Lectura del segundo libro de los Reyes.

DIECIOCHO años tenía Joaquín cuando inició su reinado y reinó tres meses en Jerusalén.
El nombre de su madre era Nejustá, hija de Elnatán, de Jerusalén.
Hizo el mal a los ojos del Señor exactamente lo mismo que había hecho su padre.
En aquel tiempo las gentes de Nabucodonosor, rey de Babilonia, subieron contra Jerusalén y la ciudad fue asediada. Vino Nabucodonosor, rey de Babilonia, a la ciudad, mientras sus servidores la estaban asediando.
Entonces Joaquín, rey de Judá, se rindió al rey de Babilonia, que hizo prisioneros a él, a su madre, a sus servidores, a sus jefes y eunucos.
Era el año octavo de su reinado.
Luego se llevó de allí todos los tesoros del templo del Señor y los del palacio real y deshizo todos los objetos de oro que había fabricado Salomón, rey de Israel, para el santuario del Señor, según la palabra del Señor.
Deportó a todo Jerusalén, todos los jefes y notables —diez mil deportados—; a todos los herreros y cerrajeros, no dejando más que a la gente pobre del país.
Deportó a Babilonia a Joaquín, a la madre del rey y a las mujeres del rey, a sus eunucos y a los notables del país; los hizo partir al destierro, de Jerusalén a Babilonia.
También llevó deportados a Babilonia a todos los hombres pudientes en número de siete mil; los herreros y cerrajeros, un millar; así como a todos los aptos para la guerra.
Y, en lugar de Joaquín, puso por rey a su tío Matanías, cambiando su nombre por el de Sedecías.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 78, 1b-2. 3-5. 8. 9 (R.: 9b)

R. Por el honor de tu nombre, Señor, líbranos.

V. Dios mío, los gentiles han entrado en tu heredad,
han profanado tu santo templo,
han reducido Jerusalén a ruinas.
Echaron los cadáveres de tus siervos
en pasto a las aves del cielo,
y la carne de tus fieles a las fieras de la tierra. 
R.

V. Derramaron su sangre como agua
en torno a Jerusalén,
y nadie la enterraba.
Fuimos el escarnio de nuestros vecinos,
la irrisión y la burla de los que nos rodean.
¿Hasta cuándo, Señor?
¿Vas a estar siempre enojado?
¿Arderá como fuego tu cólera? 
R.

V. No recuerdes contra nosotros las culpas
de nuestros padres;
que tu compasión nos alcance pronto,
pues estamos agotados. 
R.

V. Socórrenos, Dios, Salvador nuestro,
por el honor de tu nombre;
líbranos y perdona nuestros pecados
a causa de tu nombre. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. El que me ama guardará mi palabra —dice el Señor—,
y mi Padre lo amará, y vendremos a él. 
R.

 

Evangelio

Mt 7, 21-29

La casa edificada sobre roca y la casa edificada sobre arena

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«No todo el que me dice “Señor, Señor” entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos.
Aquel día muchos dirán:
“Señor, Señor, ¿no hemos profetizado en tu nombre y en tu nombre hemos echado demonios, y no hemos hecho en tu nombre muchos milagros?”.
Entonces yo les declararé:
“Nunca los he conocido. Aléjense de mí, los que obran la iniquidad”.
El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a aquel hombre prudente que edificó su casa sobre roca. Cayó la lluvia, se desbordaron los ríos, soplaron los vientos y descargaron contra la casa; pero no se hundió, porque estaba cimentada sobre roca.
El que escucha estas palabras mías y no las pone en práctica se parece a aquel hombre necio que edificó su casa sobre arena. Cayó la lluvia, se desbordaron los ríos, soplaron los vientos y rompieron contra la casa, y se derrumbó. Y su ruina fue grande».
Al terminar Jesús este discurso, la gente estaba admirada de su enseñanza, porque les enseñaba con autoridad y no como sus escribas.

 

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Queridos hermanos y hermanas:

La Palabra de Dios de este jueves nos pone frente a una pregunta muy seria: ¿sobre qué estamos construyendo nuestra vida? Jesús termina el Sermón de la montaña con una imagen que todos entendemos: una casa edificada sobre roca y una casa edificada sobre arena. La diferencia no se nota necesariamente cuando brilla el sol, sino cuando llegan la lluvia, los torrentes y los vientos. Allí se revela la verdad del fundamento.

En el Evangelio, Jesús nos advierte: “No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el Reino de los cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre”. Son palabras fuertes. No basta pronunciar el nombre de Dios. No basta parecer religiosos. No basta tener lenguaje de fe, hacer muchas cosas en nombre del Señor o incluso realizar obras admirables si el corazón no está convertido y si la vida no está sostenida por la obediencia amorosa a Dios.

Sobre este pasaje que leemos hoy, podemos decir que san Mateo es exigente con ciertos creyentes que podían hacer prodigios, pero olvidaban el corazón del Sermón de la montaña: la unidad interior, la mansedumbre, la misericordia y el servicio al prójimo. La fe cristiana no es solo decir “yo creo”. La fe verdadera se vuelve vida, conducta, decisión, caridad concreta. Creer en Cristo implica vivir como Cristo nos enseña.

La primera lectura nos muestra una casa que se derrumba: Jerusalén cae, el rey Joaquín es deportado, los tesoros del templo son saqueados y gran parte del pueblo es llevado al exilio. Humanamente es una tragedia nacional y espiritual. El pueblo elegido, que tenía templo, culto, sacerdotes, historia sagrada y promesas, experimenta el desmoronamiento. ¿Por qué? Porque durante mucho tiempo se había ido separando el culto de la vida, la alianza de la justicia, la fe de la obediencia.

Jerusalén no cayó solo por la fuerza de Babilonia. La Escritura nos hace leer este acontecimiento también como consecuencia de una vida construida sobre arena: idolatrías, injusticias, infidelidades, corazones divididos. Cuando se abandona a Dios, tarde o temprano la casa interior se debilita. Y cuando vienen los vientos, aparece la fragilidad.

El salmo recoge el dolor de ese pueblo humillado: “Socórrenos, Dios, salvador nuestro, por el honor de tu nombre; líbranos y perdona nuestros pecados”. Es una oración que nace de las ruinas. El pueblo no se presenta con orgullo, sino con súplica. Reconoce su necesidad de perdón. Pide que Dios vuelva a levantar lo que el pecado ha destruido.

También nosotros podemos hacer nuestra esa oración. Hay momentos en que descubrimos grietas en nuestra vida: incoherencias, cansancios, tibiezas, autosuficiencias, palabras bonitas que no siempre corresponden a nuestras obras. Entonces necesitamos volver a la roca. Y la roca no es una idea. La roca es Cristo. La roca es escuchar su Palabra y ponerla en práctica.

Jesús no dice simplemente: “El que escucha mis palabras es prudente”. Dice: “El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a un hombre prudente que edificó su casa sobre roca”. La escucha sin conversión puede quedarse en emoción pasajera. La oración sin caridad puede volverse apariencia. La doctrina sin humildad puede endurecer el corazón. La misión sin obediencia puede transformarse en protagonismo personal.

Por eso la fe debe hacerse acción. Acción humilde. Acción misericordiosa. Acción fiel. Acción evangelizadora. La Iglesia no existe para anunciarse a sí misma, sino para anunciar a Cristo. Pero la evangelización será creíble si está edificada sobre la roca de la Palabra vivida. Un cristiano evangeliza no solo cuando habla de Dios, sino cuando perdona, sirve, consuela, escucha, acompaña, comparte y vive con coherencia.

Hoy oramos de manera especial por la obra evangelizadora de la Iglesia y por las vocaciones. Pidamos al Señor que nuestra Iglesia no edifique sobre la arena de la fama, del número, del aplauso o de la simple organización externa. Que edifique sobre la roca de Cristo, sobre la fidelidad al Evangelio, sobre la oración, sobre la Eucaristía, sobre la caridad y la misericordia.

Pidamos también por las vocaciones sacerdotales, religiosas, misioneras, matrimoniales y laicales. Una vocación verdadera no se construye sobre entusiasmo momentáneo, sino sobre roca: escucha de Dios, discernimiento, renuncia, entrega y perseverancia. Muchos jóvenes sienten inquietudes buenas, deseos de servir, preguntas profundas. Pero necesitan testigos que les muestren que vale la pena edificar la vida sobre Cristo.

Y quienes ya hemos respondido a una vocación necesitamos revisar cada día nuestro fundamento. ¿Estoy construyendo sobre Cristo o sobre mis seguridades? ¿Sirvo al Señor o me sirvo de su nombre? ¿Mi fe se nota en mis obras, en mi trato, en mi misericordia, en mi paciencia, en mi disponibilidad?

Jesús habla de lluvias, ríos y vientos. Nadie está exento de pruebas. Vienen crisis personales, cansancios pastorales, dificultades familiares, enfermedades, incomprensiones, cambios sociales, momentos de oscuridad en la Iglesia y en el mundo. Pero quien está cimentado en Cristo no queda destruido. Puede ser golpeado, pero no vencido. Puede llorar, pero no desesperar. Puede tambalear, pero no derrumbarse.

La casa sobre roca es la vida del discípulo que escucha y practica. Es el hogar donde se ora y se perdona. Es la comunidad que no vive de apariencias, sino de fraternidad. Es la Iglesia que evangeliza con palabras y obras. Es la vocación que permanece fiel incluso cuando soplan vientos contrarios.

Pidamos hoy al Señor que nos libre de una fe de fachada. Que no nos contentemos con decir: “Señor, Señor”, mientras nuestro corazón permanece lejos. Que nuestra oración se traduzca en servicio; nuestra Eucaristía, en caridad; nuestra predicación, en testimonio; nuestra fe, en vida concreta.

Que María, discípula fiel, mujer de escucha y obediencia, nos enseñe a construir sobre la roca. Ella no solo escuchó la Palabra: la acogió, la encarnó y la sirvió. Que por su intercesión la Iglesia sea cada día más evangelizadora, más humilde, más fiel; y que muchos corazones respondan generosamente al llamado del Señor.

Amén.

 

miércoles, 24 de junio de 2026

24 de junio del 2026: Solemnidad de la Natividad de San Juan Bautista

 

SANTO DEL DÍA:


San Juan Bautista

Siglo I. “Y tú, niño, serás llamado profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor a preparar sus caminos” (Lc 1,76). Estas fueron las palabras de Zacarías en el nacimiento de su hijo Juan, cuya fiesta celebramos hoy.

 

El ritmo de la revelación

(Hechos 13,22-26; Lucas 1,57-66.80) Lucas subraya la diferencia entre los destinos de Jesús y de Juan. Este último nace acompañado de una fama de prodigio divino que lo seguirá durante toda su vida, hasta el punto de tener que justificar que él no es el Mesías esperado. El origen humilde y aparentemente oscuro de Jesús, por el contrario, será un obstáculo para que sea reconocido por lo que verdaderamente es. La revelación de Dios respeta el ritmo lento e incierto del despertar de las conciencias.

Jean-Marc Liautaud, Fondacio


 

Primera lectura

Is 49, 1-6
Te hago luz de las naciones

Lectura del libro de Isaías.


ESCÚCHENME, islas; atiendan, pueblos lejanos:
El Señor me llamó desde el vientre materno,
de las entrañas de mi madre, y pronunció mi nombre.
Hizo de mi boca una espada afilada,
me escondió en la sombra de su mano;
me hizo flecha bruñida, me guardó en su aljaba
y me dijo: «Tú eres mi siervo, Israel,
por medio de ti me glorificaré».
Y yo pensaba: «En vano me he cansado,
en viento y en nada he gastado mis fuerzas».
En realidad el Señor defendía mi causa,
mi recompensa la custodiaba Dios.
Y ahora dice el Señor,
el que me formó desde el vientre como siervo suyo,
para que le devolviese a Jacob,
para que le reuniera a Israel;
he sido glorificado a los ojos de Dios.
Y mi Dios era mi fuerza:
«Es poco que seas mi siervo
para restablecer las tribus de Jacob
y traer de vuelta a los supervivientes de Israel.
Te hago luz de las naciones,
para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 138, 1b-3. 13-14ab. 14c-15 (R.: cf. 14a)

R. Te doy gracias porque me has escogido portentosamente.

V. Señor, tú me sondeas y me conoces.
Me conoces cuando me siento o me levanto,
de lejos penetras mis pensamientos;
distingues mi camino y mi descanso,
todas mis sendas te son familiares.
R.

V. Tú has creado mis entrañas,
me has tejido en el seno materno.
Te doy gracias porque me has plasmado portentosamente,
porque son admirables tus obras.
R.

V. Mi alma lo reconoce agradecida,
no desconocías mis huesos.
Cuando, en lo oculto, me iba formando,
y entretejiendo en lo profundo de la tierra.
R.

 

Segunda lectura

Hch 13, 22-26

Juan predicó antes de que llegara Cristo

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.

EN aquellos días, dijo Pablo:
«Dios suscitó como rey a David, en favor del cual dio testimonio, diciendo: “Encontré a David”, hijo de Jesé, “hombre conforme a mi corazón, que cumplirá todos mis preceptos”.
Según lo prometido, Dios sacó de su descendencia un salvador para Israel: Jesús. Juan predicó a todo Israel un bautismo de conversión antes de que llegara Jesús; y, cuando Juan estaba para concluir el curso de su vida, decía: “Yo no soy quien ustedes piensan, pero, miren, viene uno detrás de mí a quien no merezco desatarle las sandalias de los pies”.
Hermanos, hijos del linaje de Abrahán y todos ustedes los que temen a Dios: a nosotros se nos ha enviado esta palabra de salvación».

Palabra de Dios.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. A ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo,
porque irás delante del Señor a preparar sus caminos.
R.

 

Evangelio

Lc 1, 57-66. 80

Juan es su nombre

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

Isabel se le cumplió el tiempo del parto y dio a luz un hijo. Se enteraron sus vecinos y parientes de que el Señor le había hecho una gran misericordia, y se alegraban con ella.
A los ocho días vinieron a circuncidar al niño, y querían llamarlo Zacarías, como su padre; pero la madre intervino diciendo:
«¡No! Se va a llamar Juan».
Y le dijeron:
«Ninguno de tus parientes se llama así».
Entonces preguntaban por señas al padre cómo quería que se llamase. Él pidió una tablilla y escribió: «Juan es su nombre». Y todos se quedaron maravillados.
Inmediatamente se le soltó la boca y la lengua, y empezó a hablar bendiciendo a Dios.
Los vecinos quedaron sobrecogidos, y se comentaban todos estos hechos por toda la montaña de Judea. Y todos los que los oían reflexionaban diciendo:
«Pues ¿qué será este niño?».
Porque la mano del Señor estaba con él.
El niño crecía y se fortalecía en el espíritu, y vivía en lugares desiertos hasta los días de su manifestación a Israel.

Palabra del Señor.

 

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Solemnidad de la Natividad de San Juan Bautista

 

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy la Iglesia celebra con alegría la Natividad de San Juan Bautista. Es una solemnidad especial, porque normalmente celebramos a los santos el día de su muerte, es decir, el día de su nacimiento para el cielo. Sin embargo, de Juan Bautista celebramos también su nacimiento, porque desde el vientre materno fue elegido por Dios para una misión única: preparar el camino del Señor.

La liturgia de hoy nos invita a mirar el misterio de una vida llamada por Dios desde el principio. El profeta Isaías dice: “El Señor me llamó desde el vientre de mi madre”. Y el salmo responde con admiración: “Te doy gracias porque me has escogido portentosamente”. Estas palabras iluminan la vida de Juan Bautista, pero también iluminan la nuestra. Ninguna vida es casualidad. Nadie existe por accidente. Cada persona, aun en su fragilidad, aun en su enfermedad, aun en su vejez o en su dolor, es conocida, amada y llamada por Dios.

El Evangelio nos presenta el nacimiento de Juan en medio de una familia marcada por la sorpresa y la misericordia. Isabel, que era estéril y avanzada en años, da a luz un hijo. Zacarías, que había quedado mudo por su incredulidad, recupera la palabra cuando acepta el nombre que Dios había señalado: “Juan es su nombre”. Y todos se preguntan: “¿Qué va a ser de este niño?”

Esa pregunta es muy hermosa: ¿Qué va a ser de este niño? La gente percibe que la mano de Dios está sobre él. Juan nace rodeado de signos. Su nacimiento despierta admiración, preguntas, temor santo, esperanza. Desde el comienzo, su vida aparece como un prodigio divino. Pero ese prodigio no es para engrandecer a Juan, sino para señalar a Otro. Juan será grande, pero no será el Mesías. Será profeta, pero no será la Palabra definitiva. Será lámpara, pero no será la Luz. Será voz, pero no será el Verbo.

Aquí aparece una gran enseñanza espiritual: Juan Bautista sabe quién es y sabe quién no es. No se apropia del lugar de Cristo. No busca protagonismo. No se predica a sí mismo. Su vida entera será una flecha que apunta hacia Jesús. Por eso más adelante dirá: “Conviene que Él crezca y que yo disminuya”. Esta es la grandeza de Juan: aceptar humildemente su misión.

Hoy al escuchar este evangelio, hemos de  recordar algo muy profundo: la revelación de Dios tiene un ritmo. Dios no se impone violentamente. Dios no atropella la conciencia humana. Dios va preparando lentamente los corazones. Juan nace con fama de prodigio, y esa fama lo acompañará toda la vida, incluso hasta el punto de tener que aclarar que él no es el Cristo. Jesús, en cambio, nacerá en la humildad de Belén, crecerá en la sencillez de Nazaret, y precisamente esa humildad será para muchos un obstáculo para reconocerlo.

Así actúa Dios: muchas veces se revela de manera discreta, silenciosa, progresiva. No siempre comprendemos de inmediato sus caminos. A veces necesitamos tiempo para reconocer su paso por nuestra historia. También en nuestra vida espiritual ocurre así. La fe no siempre despierta de golpe; muchas veces madura lentamente. La conversión no siempre sucede en un instante; muchas veces se va abriendo paso poco a poco. La conciencia necesita ser iluminada, purificada y despertada por Dios.

San Juan Bautista nos enseña a respetar ese ritmo de Dios. Él prepara, anuncia, espera, señala. No obliga a nadie, pero llama a todos a la conversión. Su misión es disponer los corazones para que puedan reconocer a Jesús cuando llegue.

La primera lectura nos ayuda a comprender mejor esta vocación. Isaías habla del siervo llamado desde el vientre materno, formado por Dios para reunir a su pueblo y ser luz de las naciones. Esa misión se realiza plenamente en Cristo, pero también se refleja en Juan Bautista, que fue enviado para preparar al pueblo de Israel a recibir al Salvador. Juan no es la luz, pero da testimonio de la luz. No es el centro, pero conduce al centro. No es la meta, pero indica el camino.

Y el salmo nos permite llevar esta Palabra al corazón de cada uno de nosotros: “Tú has creado mis entrañas, me has tejido en el seno materno”. Dios nos conoce desde dentro. Conoce nuestros pensamientos, nuestros cansancios, nuestras heridas, nuestras luchas, nuestras enfermedades. Hoy, de manera especial, oramos por nuestros enfermos. Ellos también pueden escuchar esta Palabra como una caricia de Dios: “Yo te conozco, yo te sostengo, yo no me he olvidado de ti”.

La enfermedad muchas veces nos hace sentir vulnerables. Puede traer miedo, soledad, impaciencia, tristeza. Pero la Palabra de hoy nos recuerda que la dignidad de una persona no depende de su fuerza física, de su productividad ni de su salud. La dignidad viene de Dios. Cada enfermo sigue siendo hijo amado de Dios, llamado por su nombre, sostenido por su misericordia.

También nuestros enfermos tienen una misión. Tal vez no sea una misión visible como la de Juan Bautista, pero puede ser profundamente fecunda: ofrecer su dolor, unirse a Cristo, enseñar paciencia, despertar compasión en los demás, recordarnos lo esencial, evangelizar desde la cama, desde el silencio, desde la oración. Cuántos enfermos son verdaderos profetas en nuestras familias y comunidades, porque nos recuerdan que la vida es frágil, que necesitamos cuidarnos unos a otros y que solo Dios es nuestra fuerza definitiva.

En la segunda lectura, San Pablo proclama que Dios suscitó a David y de su descendencia hizo nacer a Jesús, el Salvador. Y luego presenta a Juan como aquel que predicó un bautismo de conversión antes de la llegada del Señor. Juan sabe que su tarea es preparar el camino. No se queda con los aplausos. No se adueña de la misión. Señala a Cristo.

Esta es también una enseñanza para la Iglesia y para cada cristiano. Nuestra misión no es ocupar el lugar de Jesús, sino conducir hacia Él. Los padres de familia, los catequistas, los sacerdotes, los agentes de pastoral, los evangelizadores, todos estamos llamados a ser como Juan: voces que preparan el corazón para que Cristo sea recibido.

Y aquí podemos preguntarnos: ¿mi vida señala a Cristo? ¿Mis palabras ayudan a otros a acercarse a Dios? ¿Mi manera de vivir despierta preguntas buenas en los demás? Aquellos vecinos de Isabel y Zacarías se preguntaban: “¿Qué va a ser de este niño?” Ojalá también nuestra vida cristiana despierte en otros una pregunta semejante: ¿qué hay en esta persona que transmite paz?, ¿de dónde le viene esa esperanza?, ¿por qué vive con fe en medio de las pruebas?

Queridos hermanos, la solemnidad de hoy nos invita a tres actitudes.

Primero, agradecer la vida como don de Dios. Como dice el salmo, hemos sido formados admirablemente. Toda vida merece respeto, cuidado y amor, desde el vientre materno hasta la muerte natural.

Segundo, descubrir nuestra misión. Juan Bautista no vivió para sí mismo. Vivió para preparar el camino del Señor. También nosotros hemos sido llamados a servir, a anunciar, a consolar, a sembrar esperanza.

Tercero, respetar el ritmo de Dios. No todos llegan a la fe al mismo tiempo. No todos comprenden inmediatamente. Dios sabe esperar. Dios trabaja en silencio. Dios despierta lentamente las conciencias. Nuestra tarea no es forzar, sino testimoniar; no es imponer, sino anunciar; no es ocupar el lugar de Cristo, sino señalarlo.

Hoy pongamos en manos del Señor a nuestros enfermos. Que San Juan Bautista interceda por ellos, para que en medio de su fragilidad experimenten la cercanía de Dios. Que el Señor fortalezca a quienes los cuidan, ilumine a los médicos y enfermeros, consuele a las familias y nos haga a todos más sensibles ante el sufrimiento ajeno.

Y pidamos también para nosotros la humildad de Juan: saber desaparecer para que Cristo aparezca; saber callar para que la Palabra hable; saber servir para que otros encuentren al Salvador.

Que al celebrar esta Eucaristía podamos decir con fe: Señor, tú me conoces, tú me has llamado, tú me sostienes. Haz de mi vida una señal que conduzca a Ti. Amén.

 

 

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