Testigo de la fe:
San Lorenzo, diácono y
mártir
siglo
III
San Lorenzo fue diácono del papa san Sixto II y uno de
los mártires más venerados de la Iglesia de Roma. Murió mártir en el año 258, durante la
persecución del emperador Valeriano.
Según la antigua tradición, cuando las
autoridades imperiales le exigieron que entregara los bienes y tesoros de la
Iglesia, Lorenzo se negó a entregar las limosnas destinadas al sostenimiento de
los pobres. Más aún, presentó a los pobres, enfermos y necesitados diciendo, en
sustancia: «Estos son los
verdaderos tesoros de la Iglesia».
Por
su fidelidad a Cristo, su servicio como diácono y su amor a los más
necesitados, sufrió el martirio. Su memoria nos recuerda que la verdadera
riqueza de la Iglesia no está en los bienes materiales, sino en Cristo presente
especialmente en los pobres y en quienes sufren.
P.E.I
Dar nos enriquece
Las lecturas de este día expresan una
convicción bíblica fundamental: dar
nos enriquece. San Pablo exhorta a los corintios a vivir una
generosidad que no empobrece, sino que nos hace participar de la alegría misma
de Dios. Quien da con libertad, amor y confianza descubre que el corazón se
ensancha y que la vida adquiere una fecundidad nueva.
La lógica del Evangelio es distinta a la del
mundo: no poseemos más cuando acumulamos, sino cuando aprendemos a compartir.
El grano que permanece encerrado queda solo; en cambio, cuando cae en tierra y
muere, produce mucho fruto. Así también nuestra vida: cuando se entrega por
amor, se vuelve fecunda.
San
Lorenzo comprendió profundamente esta verdad. Sirviendo a los pobres y
entregando finalmente su propia vida por Cristo, mostró que la mayor riqueza de
la Iglesia está en el amor que se da sin reservas.
G.Q
Primera lectura
2
Cor 9, 6-10
Dios
ama al que da con alegría
Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Corintios.
HERMANOS:
El que siembra tacañamente, tacañamente cosechará; el que siembra
abundantemente, abundantemente cosechará.
Cada uno dé como le dicte su corazón: no a disgusto ni a la fuerza, pues Dios
ama “al que da con alegría”.
Y Dios tiene poder para colmarlos de toda clase de dones, de modo que, teniendo
lo suficiente siempre y en todo, les sobre para toda clase de obras buenas.
Como está escrito:
«Repartió abundantemente a los pobres,
su justicia permanece eternamente».
El que proporciona “semilla al que siembra y pan para comer” proporcionará y
multiplicará la semilla de ustedes y aumentará los frutos de su justicia.
Palabra de Dios.
Salmo
Sal
111, 1b-2. 5-6. 7-8. 9 (R.: 5a)
R. Dichoso el
que se apiada y presta.
V. Dichoso quien teme al
Señor
y ama de corazón sus mandatos.
Su linaje será poderoso en la tierra,
la descendencia del justo será bendita. R.
V. Dichoso el que se
apiada y presta,
y administra rectamente sus asuntos,
porque jamás vacilará.
El recuerdo del justo será perpetuo. R.
V. No temerá las
malas noticias,
su corazón está firme en el Señor.
Su corazón está seguro, sin temor,
hasta que vea derrotados a sus enemigos. R.
V. Reparte limosna a los
pobres;
caridad dura por siempre
y alzará la frente con dignidad. R.
Aclamación
R. Aleluya,
aleluya, aleluya.
V. El que me sigue no
camina en tinieblas —dice el Señor—,
sino que tendrá la luz de la vida. R.
Evangelio
Jn
12, 24-26
A
quien me sirva, el Padre lo honrará
Lectura del santo Evangelio según san Juan.
EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«En verdad, en verdad les digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere,
queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto.
El que se ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este
mundo, se guardará para la vida eterna. El que quiera servirme, que me siga, y
donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo
honrará».
Palabra del Señor.
I
Dar nos enriquece
Hermanos:
La Palabra de Dios de hoy nos presenta una verdad
que parece contradictoria para la mentalidad del mundo: cuando damos, no
quedamos más pobres; cuando damos por amor, nos enriquecemos delante de Dios.
San Pablo lo expresa con una imagen muy sencilla:
«El que siembra escasamente, escasamente cosechará; y el que siembra
abundantemente, abundantemente cosechará». Y añade una frase hermosa: «Dios
ama al que da con alegría».
La vida cristiana es precisamente eso: una siembra.
Cada gesto de amor, cada obra de misericordia, cada ayuda que prestamos, cada
palabra buena, cada sacrificio ofrecido silenciosamente es una semilla que
quizá nosotros no veremos crecer inmediatamente, pero que Dios hará
fructificar.
Y el salmo de hoy confirma esta misma enseñanza: «Dichoso
quien se apiada y presta». El hombre justo «reparte limosna a los pobres;
su caridad dura por siempre». Es decir, hay cosas que terminan con nuestra
muerte, pero el amor que hemos sembrado permanece.
Por eso hoy contemplamos a san Lorenzo,
diácono de la Iglesia de Roma y servidor de los pobres. Cuando las autoridades
le exigieron entregar los tesoros de la Iglesia, la tradición nos cuenta que
Lorenzo presentó a los pobres y necesitados diciendo que ellos eran los
verdaderos tesoros de la Iglesia.
¡Qué manera tan profundamente evangélica de mirar
la vida!
El verdadero tesoro no está solamente en aquello
que poseemos, sino en aquello que somos capaces de compartir. Una persona puede
tener mucho y ser profundamente pobre; y otra puede poseer muy poco, pero tener
un corazón inmensamente rico porque sabe darse.
Jesús lo lleva todavía más lejos en el Evangelio: «Si
el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da
mucho fruto».
Esa palabra se cumplió primero en Cristo. Jesús fue
el grano que cayó en tierra: entregó su vida, murió y resucitó, y de su entrega
nació una cosecha inmensa de salvación.
San Lorenzo siguió el mismo camino. No solamente
distribuyó bienes entre los pobres: terminó entregando su propia vida.
Su martirio fue la última y más grande de sus ofrendas.
Y aquí podemos unir nuestra intención de hoy: oramos
por nuestros fieles difuntos.
Cuando alguien que amamos muere, humanamente
sentimos que lo hemos perdido. Pero nuestra fe nos dice que la muerte no tiene
la última palabra. La vida entregada no desaparece; la semilla enterrada
está llamada a germinar en Dios.
Recordemos hoy a nuestros padres, familiares,
amigos, benefactores y miembros de nuestras comunidades que ya han partido.
Quizá muchos de ellos sembraron discretamente durante su vida: trabajaron por
sus familias, ayudaron a otros, perdonaron, sufrieron, rezaron, compartieron lo
poco o mucho que tenían.
Muchas veces solo después de su muerte descubrimos
cuánto bien sembraron.
Por ellos ofrecemos hoy especialmente la
Eucaristía, confiando en la misericordia del Señor y pidiendo que aquella
semilla que sembraron durante su existencia alcance ahora su plenitud en la
vida eterna.
Pero san Lorenzo también nos deja una pregunta a
quienes todavía peregrinamos:
¿Qué estoy sembrando yo con mi vida?
Porque un día no llevaremos con nosotros lo que
acumulamos. Llevaremos ante Dios aquello que amamos, aquello que compartimos y
el bien que dejamos sembrado en los demás.
Pidamos hoy al Señor un corazón generoso. Que
sepamos dar nuestro tiempo, nuestros talentos, nuestros bienes, nuestra
cercanía, nuestro perdón y nuestra oración.
Y por
nuestros queridos difuntos pidamos con esperanza:
Dales,
Señor, el descanso eterno,
y brille para ellos la luz perpetua.
Que por tu infinita misericordia descansen en paz. Amén.
San
Lorenzo, diácono y mártir, ruega por nosotros.
Una idea
puede quedar como frase central para proclamar varias veces durante la homilía:
«Lo que guardamos termina con nosotros; lo que damos por amor permanece para
siempre».
II
Producir mucho fruto
Hermanos:
Jesús nos dice
hoy en el Evangelio:
«En
verdad, en verdad les digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere,
queda él solo; pero si muere, produce mucho fruto».
Estas palabras
parecen escritas para comprender la vida y el martirio de san Lorenzo, a quien hoy
honra la Iglesia.
San Lorenzo ha
sido profundamente venerado desde los primeros siglos del cristianismo. Vivió
en el siglo III y, según la tradición, tenía alrededor de treinta y tres años
cuando entregó su vida, una edad semejante a aquella en la que nuestro Señor
dio la suya por nosotros. Lorenzo era uno de los siete diáconos de Roma y
probablemente ejercía como archidiácono. Se le había confiado especialmente la
distribución de los bienes de la Iglesia entre los pobres y mantenía una
estrecha relación con el papa san Sixto II.
Cuando el
emperador Valeriano comenzó la persecución contra la Iglesia, en el año 257,
ordenó la ejecución de obispos, sacerdotes y diáconos. El 6 de agosto del año
258, el papa Sixto II y varios diáconos fueron martirizados. Según san
Ambrosio, Lorenzo se alegraba por la valentía de aquellos mártires, pero al
mismo tiempo sufría porque no había podido morir junto a quien consideraba su
padre espiritual.
Poco después,
Lorenzo fue arrestado y se le ordenó entregar los tesoros de la Iglesia.
Y aquí aparece
una de las escenas más hermosas de su vida.
En lugar de
entregar aquellos bienes a las autoridades, Lorenzo los distribuyó entre los
pobres y, cuando fue llevado ante el prefecto, presentó precisamente a los
pobres como los verdaderos
tesoros de la Iglesia.
Aquella
respuesta provocó la ira de las autoridades y Lorenzo fue condenado a muerte.
La tradición
cristiana recuerda incluso su fortaleza y su santo humor en medio del
sufrimiento. Se cuenta que, mientras era atormentado sobre una parrilla, llegó
a decir a sus verdugos que ya estaba asado de un lado y podían darle la vuelta.
Más allá de
los detalles tradicionales de su martirio, lo esencial permanece: Lorenzo entregó completamente su vida
por Cristo.
Y así
comprendemos mejor el Evangelio:
«Si el
grano de trigo cae en tierra y muere, produce mucho fruto».
San Lorenzo,
como todos los mártires, hizo quizá más por la Iglesia muriendo que cuanto
habría podido hacer viviendo muchos años más.
En cierto
sentido, podemos decir que todo mártir muere dos veces.
Primero muere
interiormente: muere al egoísmo, al apego, a la búsqueda de sí mismo, al deseo
de conservar la propia vida a cualquier precio.
Y después,
algunos son llamados también al martirio físico.
Por eso Jesús
afirma:
«El
que ama su vida la pierde; y el que odia su vida en este mundo la guardará para
la vida eterna».
Naturalmente,
Jesús no nos invita a despreciar la vida. La vida es don de Dios. Lo que pide
es no convertir nuestra vida en un absoluto, no vivir únicamente para nosotros
mismos.
«Odiar la
propia vida» significa aquí abandonarse
totalmente a la voluntad de Dios, liberarse de aquellas
búsquedas egoístas que nos impiden amar y servir.
San Lorenzo ya
había comenzado a morir antes de su martirio: había muerto al egoísmo sirviendo
a los pobres, administrando los bienes de la Iglesia para los necesitados y
poniendo su vida al servicio de Cristo.
Por eso estaba
preparado cuando llegó el sacrificio definitivo.
La primera
lectura, de la segunda carta a los Corintios, nos presenta exactamente la misma
lógica:
«El
que siembra escasamente, escasamente cosechará; y el que siembra
abundantemente, abundantemente cosechará».
San Pablo nos
recuerda que Dios ama al
que da con alegría.
¡Qué
extraordinaria descripción de san Lorenzo!
Él no
solamente dio bienes materiales. Dio su tiempo, su ministerio, su servicio, su
amor por los pobres y, finalmente, se
dio a sí mismo.
El cristiano
verdadero comprende que aquello que se entrega por amor no se pierde.
El mundo dice:
«Guarda para ti».
El Evangelio
dice: «Entrega y
producirás fruto».
El mundo dice:
«Protege tu vida a cualquier precio».
Cristo dice: «Quien pierde su vida por mí la
encontrará».
El mundo mide
la riqueza por lo que uno posee.
San Lorenzo
nos enseña que la verdadera riqueza de la Iglesia son aquellos a quienes
amamos, servimos y levantamos.
Y el salmo de
hoy prolonga esta enseñanza:
«Dichoso
quien se apiada y presta», y añade: «Reparte limosna a los pobres; su caridad dura por
siempre».
Esto significa
algo muy hermoso: hay cosas que desaparecen cuando nosotros morimos, pero el bien que hacemos permanece.
Una casa pasa
a otros.
El dinero
cambia de manos.
Las posesiones
terminan quedando atrás.
Pero una obra
de amor, una ayuda dada en silencio, una persona levantada cuando estaba caída,
una familia sostenida, un pobre socorrido, una palabra de esperanza pronunciada
en el momento oportuno… eso permanece ante Dios.
Por eso el
salmo puede afirmar:
«Su
caridad dura por siempre».
La Iglesia
honra a los mártires porque ellos se convierten en verdaderos iconos vivientes
del amor sacrificial de Cristo.
Podríamos
preguntarnos qué habría ocurrido si Lorenzo hubiera huido para salvar su vida.
Quizá muchos
lo habrían comprendido. Tal vez habría continuado ayudando a los pobres durante
muchos años. Quizás habría muerto tranquilamente y su nombre habría
desaparecido de la historia.
Pero Dios
quiso que su entrega se convirtiera en un testimonio que continúa hablando
después de tantos siglos.
Como Cristo,
el grano de trigo cayó en tierra.
Y produjo
mucho fruto.
Por eso la
pregunta del Evangelio llega también hasta nosotros:
¿Estoy
dispuesto yo también a convertirme en ese grano de trigo?
Tal vez no se
nos pedirá derramar la sangre por Cristo.
Pero existe
otro martirio que todos debemos vivir: el
martirio espiritual de la entrega cotidiana.
Morir a
nuestro orgullo.
Morir al
resentimiento.
Morir al
egoísmo.
Morir a la
necesidad de tener siempre la razón.
Morir al apego
excesivo a nuestros bienes.
Morir a
aquellas comodidades que nos impiden servir.
Morir un poco
cada día para que Cristo viva más plenamente en nosotros.
Preguntémonos:
¿Qué
apegos, temores o deseos egoístas me están impidiendo dar más fruto para el
Reino de Dios?
San Lorenzo
nos invita a vivir con valentía, alegría y confianza en la providencia de Dios.
Porque cuando
una vida se entrega por amor, jamás resulta estéril.
El grano que
se guarda termina secándose.
El
grano que se entrega produce fruto.
Pidamos
entonces:
Señor
Jesús, que llenaste a san Lorenzo de un amor tan ardiente que llegó a
considerar la muerte como ganancia, confiando en el fruto abundante que
produciría su martirio, concédeme ese mismo valor y esa disponibilidad.
Que cada
día aprenda a morir a mí mismo y a vivir solamente para Ti.
Haz que mi
vida, como la de san Lorenzo, produzca un fruto abundante y duradero para la
llegada de tu Reino.
San
Lorenzo, diácono y mártir, ruega por nosotros.
Amén.




