lunes, 25 de mayo de 2026

26 de mayo del 2026: martes de la octava semana del Tiempo Ordinario-San Felipe Neri, presbítero-Memoria obligatoria

 

SANTO DEL DÍA:

San Felipe Neri

1515-1595. “Esforcémonos por adquirir la pureza del corazón, porque el Espíritu Santo habita en los corazones sencillos y limpios.” Esto recomendaba el fundador de la Sociedad del Oratorio, dedicada al servicio parroquial y a la predicación.

 

Al ciento por uno

Marcos 10, 28-31

A quienes lo dejan todo por causa de Él, Jesús les promete una ampliación al ciento por uno de los vínculos familiares y de su horizonte. Ya en este tiempo, el discípulo pasa de una tierra particular a tierras de misión que alcanzan a todas las naciones. Esto trae consigo el choque de persecuciones, a veces brutales; pero, en el mundo venidero, recibirá la vida eterna en la comunión de los santos. Entremos desde ahora en esta fraternidad universal.

Nicolas Tarralle, prêtre assomptionniste

 


Primera lectura

1 Pe 1, 10-16

Profetizaron sobre la gracia destinada a ustedes, por eso, manteniéndose sobrios, confíen plenamente

Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro.

QUERIDOS hermanos:
Sobre la salvación de las almas estuvieron explorando e indagando los profetas
que profetizaron sobre la gracia destinada a ustedes
tratando de averiguar a quién y a qué momento apuntaba
el Espíritu de Cristo que había en ellos
cuando atestiguaba por anticipado la pasión del Mesías
y su consiguiente glorificación.
Y se les reveló que no era en beneficio propio,
sino en el de ustedes
por lo que administraban estas cosas
que ahora les anuncian quienes les proclaman el Evangelio
con la fuerza del Espíritu Santo enviado desde el cielo.
Son cosas que los mismos ángeles desean contemplar.
Por eso, ceñidos los lomos de su mente y, manteniéndose sobrios, confíen plenamente en la gracia que se les dará en la revelación de Jesucristo.
Como hijos obedientes, no se amolden a las aspiraciones que tenían antes, en los días de su ignorancia.
Al contrario, lo mismo que es santo el que los llamó, sean santos también ustedes en toda su conducta, porque está escrito: «Serán santos, porque yo soy santo».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 97, 1bcde. 2-3ab. 3c-4 (R.: 2a)

R. El Señor da a conocer su salvación.

V. Canten al Señor un cántico nuevo,
porque ha hecho maravillas.
Su diestra le ha dado la victoria,
su santo brazo. 
R.

V. El Señor da a conocer su salvación,
revela a las naciones su justicia.
Se acordó de su misericordia y su fidelidad
en favor de la casa de Israel. 
R.

V. Los confines de la tierra han contemplado
la salvación de nuestro Dios.
Aclama al Señor, tierra entera;
griten, vitoreen, toquen. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Bendito seas, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has revelado los misterios del reino a los pequeños. R.

 

Evangelio

Mc 10, 28-31

Recibirán en este tiempo cien veces más, con persecuciones, y en la edad futura, vida eterna

Lectura del santo Evangelio según san Marcos.

EN aquel tiempo, Pedro se puso a decir a Jesús:
«Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido».
Jesús dijo:
«En verdad les digo que no hay nadie que haya dejado casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, que no reciba ahora, en este tiempo, cien veces más —casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones— y en la edad futura, vida eterna. Muchos primeros serán últimos, y muchos últimos primeros».

Palabra del Señor.

 

 

1

 

El ciento por uno de Dios

 

Queridos hermanos:

El Evangelio de hoy nace de una frase muy humana de Pedro: “Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido”. Pedro no habla como quien presume, sino como quien necesita comprender. Después del encuentro de Jesús con el hombre rico, que se marchó triste porque tenía muchos bienes, Pedro mira su propia historia y la de sus compañeros: barcas dejadas, redes abandonadas, familia, oficio, seguridades… Y entonces pregunta, casi sin preguntar: “Señor, ¿qué sentido tiene haberlo dejado todo?”

Jesús no lo reprende. Más bien le abre el horizonte. Le dice que quien deja algo por Él y por el Evangelio no queda vacío, no queda huérfano, no queda perdido. Recibe “cien veces más”: casas, hermanos, hermanas, madres, hijos, tierras… pero con una aclaración realista: “con persecuciones”, y al final, “vida eterna”.

Aquí está la clave: el seguimiento de Cristo no es un negocio espiritual donde uno invierte renuncias para recibir ganancias materiales. El “ciento por uno” no es una multiplicación bancaria. Es una nueva forma de pertenecer. Quien sigue a Jesús descubre que su familia se ensancha, que su tierra se vuelve misión, que su corazón ya no puede encerrarse en lo propio. El discípulo pierde posesión, pero gana comunión; deja seguridades, pero encuentra hermanos; renuncia a vivir para sí mismo, pero entra en la fraternidad universal del Reino.

La primera lectura de la Primera Carta de Pedro nos recuerda que la salvación que hemos recibido fue anunciada por los profetas y comunicada por el Espíritu Santo; por eso se nos invita a poner toda nuestra esperanza en la gracia y a vivir santamente: “Sean santos, porque yo soy santo”.  Esa santidad no es aislamiento ni perfeccionismo frío. Es vivir con el corazón orientado hacia Dios, con sobriedad, con esperanza, con generosidad. Es aprender a dar sin perder la alegría.

El salmo proclama: “El Señor ha dado a conocer su salvación”. Esa salvación no es para unos pocos. Es para todos los pueblos, para todos los confines de la tierra. Por eso el discípulo no puede vivir encerrado en su pequeño mundo. La fe nos vuelve misioneros. La Iglesia existe para salir, para servir, para anunciar, para abrazar a quienes están lejos, solos, heridos o desanimados.

Hoy, al orar especialmente por nuestros benefactores, comprendemos mejor este Evangelio. Un benefactor no es simplemente alguien que “da algo”. Es alguien que se une a la misión. Es alguien que, quizá desde el silencio, desde su trabajo, desde su sacrificio o desde su generosidad humilde, ayuda a que el Evangelio llegue más lejos. Muchos benefactores dan tiempo, oración, consejo, cercanía, recursos, apoyo moral, presencia. Y quizá nadie los aplaude. Pero Dios sí conoce el valor de cada gesto.

Jesús promete el ciento por uno a quienes dan por Él y por el Evangelio. Por eso hoy pedimos que nuestros benefactores reciban ese ciento por uno: no necesariamente en cosas materiales, sino en paz, en fortaleza, en salud del alma, en esperanza, en familia reconciliada, en alegría interior, en bendición para sus hogares y, sobre todo, en vida eterna.

Que San Felipe Neri, santo de la alegría cristiana, nos recuerde que seguir a Cristo no es vivir con rostro triste, sino con corazón libre. Porque cuando uno entrega algo por amor, Dios no se deja ganar en generosidad.

Señor Jesús, bendice a nuestros benefactores. Multiplica en ellos tu gracia. Que nunca les falte tu providencia, tu consuelo y tu paz. Y enséñanos a todos a vivir el ciento por uno del Evangelio: menos egoísmo, más fraternidad; menos cálculo, más entrega; menos miedo, más confianza. Amén.

 

2

 

San Felipe Neri: dejarlo todo para ganar el corazón libre

 

Queridos hermanos:

Pedro le dice hoy a Jesús una frase que también puede nacer muchas veces en nuestro corazón: “Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido”. No es una frase de orgullo; es casi una pregunta escondida: “Señor, ¿vale la pena? ¿Qué recibimos quienes intentamos seguirte con fidelidad?”

Pedro acaba de ver al joven rico marcharse triste, incapaz de desprenderse de sus bienes. Y entonces mira su propia vida: redes dejadas, barcas abandonadas, familia, oficio, seguridades… Como diciendo: “Nosotros sí hemos intentado dar el paso”. Jesús no lo reprende; al contrario, le revela una promesa: quien deja algo por Él y por el Evangelio recibe cien veces más, aunque también con persecuciones, y en el mundo futuro, vida eterna.

Pero ese “ciento por uno” no debe entenderse como negocio con Dios. No seguimos a Cristo para que nos vaya mejor materialmente, ni para que desaparezcan las pruebas. Jesús mismo dice: “con persecuciones”. El ciento por uno es más profundo: es una nueva familia, una nueva libertad, una nueva paz, una nueva manera de mirar la vida. El que se entrega por Cristo puede perder comodidades, pero gana sentido; puede dejar seguridades, pero encuentra comunión; puede renunciar a vivir centrado en sí mismo, pero descubre la alegría de pertenecer al Reino.

La primera lectura nos invita a vivir con esperanza y santidad: “Sean santos, porque yo soy santo”. La santidad no es una vida triste ni apagada. San Felipe Neri lo comprendió muy bien. Fue un santo alegre, cercano, sencillo, profundamente humano. Su espiritualidad nos recuerda que la verdadera renuncia cristiana no amarga el corazón: lo purifica, lo ensancha y lo llena de la alegría del Espíritu Santo.

Él decía: “Esforcémonos por adquirir la pureza del corazón, porque el Espíritu Santo habita en los corazones sencillos y limpios.” Esa frase ilumina muy bien el Evangelio de hoy. Solo un corazón sencillo puede dejarlo todo por amor. Solo un corazón limpio entiende que Cristo vale más que cualquier apego. Solo un corazón libre descubre que, cuando Dios pide algo, no es para empobrecernos, sino para regalarnos una vida más grande.

Hoy oramos especialmente por nuestros benefactores. Ellos también participan de este Evangelio. El benefactor no es solamente quien aporta una ayuda material; es quien se une a la misión, quien sostiene el anuncio del Evangelio, quien comparte con generosidad lo que tiene y lo que es. A veces lo hacen en silencio, sin aplausos, sin reconocimiento público, pero Dios ve cada gesto, cada sacrificio, cada mano tendida.

Pidamos al Señor que conceda a nuestros benefactores ese ciento por uno prometido por Jesús: ciento por uno en paz, en salud del alma, en fortaleza, en esperanza, en bendición para sus familias, en alegría interior y, sobre todo, en vida eterna.

Que San Felipe Neri nos enseñe a seguir a Cristo con corazón libre, alegre y sencillo. Que no tengamos miedo de soltar lo que nos ata, porque nadie supera a Dios en generosidad. Quien lo entrega todo por amor, descubre que en Cristo no se pierde nada: se gana la vida verdadera.

Señor Jesús, bendice a nuestros benefactores. Recompensa su generosidad, fortalece sus hogares y llena sus corazones de tu paz. Amén.

 

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26 de mayo: San Felipe Neri, presbítero — Memoria

1515–1595
Patrono de Roma, la alegría, los comediantes y los artistas
Canonizado por el Papa Gregorio XV el 12 de marzo de 1622

 


Cita:


Al hojear la biografía de San Felipe, de hecho, uno se sorprende y se siente fascinado por el método alegre y relajado que utilizaba para educar, acompañando a cada persona con generosa fraternidad y paciencia. Como es bien sabido, el santo solía condensar su enseñanza en máximas breves y sabias: “Sé bueno, si puedes;” “Escrúpulos y melancolía, fuera de mi casa;” “Sé sencillo y humilde;” “El que no reza es un animal sin voz;” y, llevándose la mano a la frente, “La santidad está a tres dedos de profundidad.” Detrás de la agudeza de estos y muchos otros "dichos", se percibe el profundo y realista conocimiento que había adquirido sobre la naturaleza humana y la dinámica de la gracia. Estas enseñanzas inmediatas y concisas traducen la experiencia de su larga vida y la sabiduría de un corazón habitado por el Espíritu Santo. Estos aforismos se han convertido en un patrimonio de sabiduría para la espiritualidad cristiana.
~San Juan Pablo II


Reflexión:

Felipe Rómulo Neri, el tercero de cinco hijos, nació en una familia de clase media en Florencia, en la actual Italia. De niño, sus amigos y familiares lo llamaban con cariño "Pippo Buono" (el buen Felipe), por su carácter alegre y su moral intachable. Su madre murió cuando él tenía alrededor de cinco años, y fue criado junto a sus dos hermanas por su abuela.

Fue bien educado por los frailes dominicos en Florencia y más tarde reconocería la buena influencia que estos tuvieron sobre él. A los once años ya se destacaba por su piedad, su amor a la oración y sus frecuentes visitas a las iglesias de la ciudad.

A los dieciocho años fue enviado a vivir con el primo adinerado de su padre, Rómulo, a quien llamaba “tío”, cerca del monasterio benedictino de Montecassino. Rómulo no tenía hijos, y Felipe fue enviado para convertirse en su heredero.

Poco después de mudarse, Felipe experimentó una conversión profunda. Se dice que esta ocurrió en una capilla junto al mar llamada Santuario de la Santísima Trinidad. La leyenda sostiene que el enorme acantilado que domina la capilla se partió en dos al morir Jesús, dejando un santuario con vista al mar. Aunque su conversión ya estaba en proceso desde antes, al enfrentarse con la posibilidad real de una vida cómoda, Felipe se vio ante una elección: ¿una existencia estable como empresario o seguir al Espíritu Santo que le hablaba al corazón? Eligió lo segundo.

En 1533, agradeció a su tío y le anunció que el Espíritu Santo lo llamaba a ir a Roma. Llegó sin dinero, alojándose en el desván de un funcionario de aduanas, a quien le pagaba dando clases particulares a sus hijos. En Roma visitaba los lugares santos, rezaba en las tumbas de los Apóstoles Pedro y Pablo, y esperaba que Dios le mostrara el camino. Su alimentación era muy sencilla: normalmente solo pan y agua una vez al día. Se matriculó en la universidad para estudiar filosofía, teología y ciencias humanas.

Mientras estudiaba teología en la Universidad de San Agustín, quedó profundamente tocado al contemplar un gran crucifijo. Decidió entonces abandonar sus estudios, vender sus libros y dedicarse por completo a la oración. Durante los siguientes diez años, hasta los treinta y tres, llevó una vida eremítica, rezando en las catacumbas de los mártires y realizando vigilias nocturnas. Evitaba las distracciones inútiles, y dedicaba su tiempo a la oración y la caridad: visitaba enfermos, conversaba de cosas santas con los pobres, convertía pecadores y esparcía alegría por doquier.

Hacia 1544, justo antes de Pentecostés, mientras oraba en las catacumbas, tuvo una experiencia mística profunda: un anillo de fuego descendió y entró por su boca, alojándose en su corazón. El amor divino lo llenó tan intensamente que cayó al suelo exclamando: “¡Basta, Señor, ¡no puedo soportarlo más!” Desde entonces, su corazón palpitaba visiblemente, especialmente durante la oración o conversaciones santas. Tras su muerte, una autopsia reveló que su corazón era tan grande que le había desplazado dos costillas.

Después de esta experiencia, comenzó una labor apostólica más activa como predicador callejero en Roma. A diferencia de otros, no denunciaba con dureza los males de su época, sino que reunía a jóvenes a su alrededor con alegría y ternura, inspirándolos a seguir a Cristo. Con sus compañeros servía a los enfermos en hospitales y realizaban tareas humildes: limpiar, tender camas, conversar, ayudar en lo que hiciera falta. Solía comenzar diciendo: “Bueno, hermanos, ¿cuándo empezamos a hacer el bien?” Su alegría y entusiasmo atraían a muchos.

En 1548, con ayuda de su confesor, fundó la Cofradía de la Santísima Trinidad, cuyos miembros se reunían para orar, especialmente en adoración eucarística, y fomentar la fraternidad cristiana. En 1551, a los 35 años y animado por su confesor, fue ordenado sacerdote e ingresó en la comunidad de San Girolamo della Carità. Como presbítero, se convirtió en confesor de muchísimos: pobres y ricos. Pasaba casi todo el día en el confesionario. Tenía el don de leer las almas, señalar pecados no confesados, dar consejos sobrenaturales, hacer milagros y hablar palabras que venían del Corazón de Cristo.

Al año siguiente de su ordenación, comenzó a reunir jóvenes en su habitación para rezar y conversar. Leían vidas de santos, compartían comidas, cantaban, paseaban y rezaban juntos. Con el tiempo, el grupo creció tanto que construyó un oratorio. Así nació la Congregación del Oratorio, aprobada por el Papa en 1575, dedicada a la oración, la predicación y los sacramentos.

San Felipe Neri fue un verdadero misionero: Re evangelizó Roma alma por alma. Sus milagros, éxtasis en la oración y capacidad de leer los corazones asombraban, pero más aún, la alegría que brotaba de su corazón, unido al Corazón de Cristo. Esa fue la señal más segura de su santidad.


Oración:

San Felipe Neri, por medio de la oración profunda, Dios te transformó y llenó tu corazón con el don de la alegría divina. Compartiste ese don con muchos, atrayéndolos al amor de Dios.
Ruega por mí, para que también yo sea lleno de esa alegría que impregnó tu corazón, y así me convierta en un instrumento santo del amor de Dios.

San Felipe Neri, ruega por mí. Jesús, en Ti confío.

 

 

25 de mayo del 2026: Bienaventurada Virgen maría, Madre de la Iglesia-Memoria obligatoria

 

Santo del día:

Bienaventurada Virgen María, Madre de la Iglesia

(Jn 19,25-34) Hoy celebramos la memoria obligatoria de la Bienaventurada Virgen María, Madre de la Iglesia. Al pie de la cruz, según el Evangelio de Juan, María permanece fiel, de pie, junto al discípulo amado. Allí, en la hora suprema del amor de Cristo, Jesús nos la entrega como Madre: “Ahí tienes a tu madre”.

Esta memoria nos recuerda que la Iglesia nace del costado abierto de Cristo, de donde brotan sangre y agua, signos de la vida nueva, de los sacramentos y de la misericordia. María, asociada íntimamente al misterio de su Hijo, acompaña a la comunidad creyente, la consuela, la educa en la fe y la sostiene en la esperanza.

Al iniciar esta Eucaristía, pongámonos también nosotros junto a María, al pie de la cruz, para recibir de Cristo el don de su amor y aprender a vivir como verdaderos hijos de Dios y hermanos en la Iglesia.

 


Pecado no enmascarado

(Génesis 3, 9-15.20) Adán y Eva responden a su transgresión de manera semejante: “No fui yo quien tuvo la idea, pero fui yo quien lo hizo”. Es como si reconocieran su responsabilidad, aunque no hayan obedecido ni a Dios ni a sí mismos. Su pecado puede ser presentado ante Dios precisamente para ser iluminado y rechazado, en lugar de ser ocultado o disfrazado. La libertad solo crece cuando se pone al servicio de la verdad y de la vida. María ilumina este camino.

Nicolas Tarralle, prêtre assomptionniste


 

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Primera lectura

Gen 3, 9-15. 20

La madre de todos los que viven

Lectura del libro del Génesis.

DESPUÉS de comer Adán del árbol, el Señor Dios lo llamó y le dijo:
«¿Dónde estás?».
Él contestó:
«Oí tu ruido en el jardín, me dio miedo, porque estaba desnudo, y me escondí».
El Señor Dios le replicó:
«¿Quién te informó de que estabas desnudo?, ¿es que has comido del árbol del que te prohibí comer?».
Adán respondió:
«La mujer que me diste como compañera me ofreció del fruto y comí».
El Señor Dios dijo a la mujer:
«¿Qué has hecho?».
La mujer respondió:
«La serpiente me sedujo y comí».
El Señor Dios dijo a la serpiente:
«Por haber hecho eso, maldita tú
entre todo el ganado y todas las fieras del campo;
te arrastrarás sobre el vientre
y comerás polvo toda tu vida;
pongo hostilidad entre ti y la mujer,
entre tu descendencia y su descendencia;
esta te aplastará la cabeza
cuando tú la hieras en el talón».
Adán llamó a su mujer Eva, por ser la madre de todos los que viven.

Palabra de Dios.


o bien: 

Hch 1, 12-14

Perseveraban en la oración junto con María, la madre de Jesús

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.

DESPUÉS de que Jesús fue levantado al cielo, los apóstoles volvieron a Jerusalén, desde el monte que llaman de los Olivos, que dista de Jerusalén lo que se permite caminar en sábado. Cuando llegaron, subieron a la sala superior, donde se alojaban: Pedro y Juan y Santiago y Andrés, Felipe y Tomás, Bartolomé y Mateo, Santiago el de Alfeo y Simón el Zelotes y Judas el de Santiago.
Todos ellos perseveraban unánimes en la oración, junto con algunas mujeres y María, la madre de Jesús, y con sus hermanos.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 86, 1b-2. 3 y 5. 6-7 (R.: 3)

R. Qué pregón tan glorioso para ti,
ciudad de Dios.


V. Él la ha cimentado sobre el monte santo;
y el Señor prefiere las puertas de Sion
a todas las moradas de Jacob. 
R.

V. ¡Qué pregón tan glorioso para ti,
ciudad de Dios!
Se dirá de Sion: «Uno por uno,
todos han nacido en ella;
el Altísimo en persona la ha fundado». 
R.

V. El Señor escribirá en el registro de los pueblos:
«Este ha nacido allí».
Y cantarán mientras danzan:
«Todas mis fuentes están en ti». 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Oh, feliz Virgen, que engendraste al Señor; oh, santa Madre de la Iglesia, que mantienes en nosotros el Espíritu de tu Hijo Jesucristo. R.

 

Evangelio

Jn 19, 25-34

Ahí tienes a tu hijo. Ahí tienes a tu madre

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

EN aquel tiempo, junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, la de Cleofás, y María, la Magdalena.
Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo al que amaba, dijo a su madre:
«Mujer, ahí tienes a tu hijo».
Luego, dijo al discípulo:
«Ahí tienes a tu madre».
Y desde aquella hora, el discípulo la recibió como algo propio.
Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba cumplido, para que se cumpliera la Escritura, dijo:
«Tengo sed».
Había allí un jarro lleno de vinagre. Y, sujetando una esponja empapada en vinagre a una caña de hisopo, se la acercaron a la boca. Jesús, cuando tomó el vinagre, dijo:
«Está cumplido».
E, inclinando la cabeza, entregó el espíritu.
Los judíos entonces, como era el día de la Preparación, para que no se quedaran los cuerpos en la cruz el sábado, porque aquel sábado era un día grande, pidieron a Pilato que les quebraran las piernas y que los quitaran. Fueron los soldados, le quebraron las piernas al primero y luego al otro que habían crucificado con él; pero al llegar a Jesús, viendo que ya había muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados, con la lanza, le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua.

Palabra del Señor.

 

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Queridos hermanos:

Hoy celebramos a la Bienaventurada Virgen María, Madre de la Iglesia, y la Palabra de Dios nos lleva a dos jardines, o mejor, a dos momentos decisivos de la historia de la salvación: el drama del pecado en el Génesis y la hora de la redención al pie de la cruz.

En la primera lectura, Dios pregunta: “¿Dónde estás?”. No es una pregunta de quien ignora, sino de quien ama. Dios no busca a Adán para destruirlo, sino para sacarlo de su escondite. Después del pecado, el ser humano se oculta, se justifica, señala a otros, intenta disfrazar la verdad. Adán culpa a Eva; Eva culpa a la serpiente. Pero, en el fondo, ambos saben que algo se ha roto dentro de ellos.

Alguien lo ha expresado muy bien: el pecado no debe ser enmascarado, sino presentado ante Dios para que Él lo ilumine y lo sane. La verdadera libertad no consiste en hacer lo que se nos antoja, sino en vivir en la verdad, en reconocer nuestra fragilidad y dejarnos levantar por la misericordia.

Y ahí aparece ya una promesa: Dios anuncia que la descendencia de la mujer aplastará la cabeza de la serpiente. La tradición cristiana ha visto en esa mujer una figura anticipada de María, la nueva Eva, aquella que no se esconde de Dios, sino que responde con fe: “Hágase en mí según tu palabra”.

El Evangelio nos lleva al Calvario. Allí está María, de pie, junto a la cruz. No huye, no se esconde, no abandona. Allí, en medio del dolor más grande, Jesús la entrega al discípulo amado: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”. Y al discípulo: “Ahí tienes a tu madre”.

En ese momento, María no solo recibe a Juan como hijo; recibe a toda la Iglesia. Ella se convierte en Madre de los discípulos, Madre de los creyentes, Madre de todos los que nacen de la Pascua de Cristo. Porque la Iglesia nace del costado abierto de Jesús, de donde brotan sangre y agua: signos de los sacramentos, de la Eucaristía, del Bautismo, de la vida nueva.

Por eso el salmo proclama: “¡Qué pregón tan glorioso para ti, ciudad de Dios!”. La Iglesia es esa ciudad donde Dios reúne a sus hijos, donde todos pueden volver a casa, donde el pecador encuentra perdón, el herido encuentra consuelo y el difunto es confiado a la misericordia eterna del Padre.

Hoy oramos especialmente por nuestros difuntos. También ellos, como nosotros, fueron marcados por la fragilidad humana; también ellos caminaron entre luces y sombras; también ellos necesitaron de la gracia. Los ponemos en manos de Cristo crucificado y resucitado, y los confiamos al cuidado maternal de María, Madre de la Iglesia.

Ella, que estuvo junto a la cruz de su Hijo, esté también junto a quienes lloran la muerte de sus seres queridos. Ella, que recibió al discípulo amado, reciba maternalmente a nuestros difuntos y acompañe nuestro camino de fe.

Que María nos enseñe a no esconder nuestras heridas ni disfrazar nuestras culpas, sino a presentarlas ante Dios. Porque solo lo que se pone en la luz puede ser sanado. Y solo quien se deja mirar por la misericordia puede comenzar de nuevo.

María, Madre de la Iglesia, ruega por nosotros y por nuestros difuntos. Amén.

 

 

domingo, 24 de mayo de 2026

24 de mayo del 2026: Solemnidad de Pentecostés-Ciclo A

 

La modernidad de Pentecostés

Hay en la fiesta de Pentecostés algo decididamente moderno, casi conmovedor: la certeza de que una comunidad puede renacer, transformarse y unificarse. No por estrategias humanas, sino por un Soplo venido de otra parte. Un Soplo que abre las puertas, libera la palabra y devuelve a mujeres y hombres la gracia de comprenderse.

En los Hechos de los Apóstoles, el Espíritu irrumpe como una explosión de luz. Los discípulos, todavía temerosos y encerrados, son lanzados de repente al corazón del mundo. Como una ráfaga, como fuego y, sobre todo, como una voz que se vuelve plural, el Soplo de Dios se hace oír en todas las lenguas.

Primera sorpresa: el Espíritu no uniforma, sino que reúne preservando la riqueza de las diferencias. Pablo dice esta misma verdad cuando habla de un solo Espíritu como origen de múltiples dones. Esta es la segunda lección de Pentecostés: la unidad cristiana no es un bloque compacto y liso; respira a través de sus diversidades, vive de la complementariedad de talentos, historias y sensibilidades.

En el Evangelio, Jesús sopla sobre sus discípulos como Dios, al comienzo, había soplado sobre Adán. Ese gesto íntimo, casi frágil, recrea sin embargo la misión con toda su fuerza: ser testigos, llevar la paz y la reconciliación. Porque, desde entonces, estamos atravesados por esa respiración divina que nos supera.

¿Un tercer aprendizaje del Espíritu? La fe nunca es una clausura. Es un impulso.

Cuando oro con la Secuencia de Pentecostés, ¿qué cualidad del Espíritu Santo me habla más hoy?

¿Qué viene a renovar en mi vida el soplo de Jesús resucitado?

Karem Bustica, rédactrice en chef de Prions en Église


Primera lectura



Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.

AL cumplirse el día de Pentecostés, estaban todos juntos en el mismo lugar. De repente, se produjo desde el cielo un estruendo, como de viento que soplaba fuertemente, y llenó toda la casa donde se encontraban sentados. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se dividían, posándose encima de cada uno de ellos. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía manifestarse.
Residían entonces en Jerusalén judíos devotos venidos de todos los pueblos que hay bajo el cielo. Al oírse este ruido, acudió la multitud y quedaron desconcertados, porque cada uno los oía hablar en su propia lengua. Estaban todos estupefactos y admirados, diciendo:
«¿No son galileos todos esos que están hablando? Entonces, ¿cómo es que cada uno de nosotros los oímos hablar en nuestra lengua nativa?
Entre nosotros hay partos, medos, elamitas y habitantes de Mesopotamia, de Judea y Capadocia, del Ponto y Asia, de Frigia y Panfilia, de Egipto y de la zona de Libia que limita con Cirene; hay ciudadanos romanos forasteros, tanto judíos como prosélitos; también hay cretenses y árabes; y cada uno los oímos hablar de las grandezas de Dios en nuestra propia lengua».

Palabra de Dios.



R. Envía tu Espíritu, Señor,
y repuebla la faz de la tierra.

O bien:

R. Aleluya.

V. Bendice, alma mía, al Señor:
¡Dios mío, qué grande eres!
Cuántas son tus obras, Señor;
la tierra está llena de tus criaturas.
 R.

V. Les retiras el aliento, y expiran
y vuelven a ser polvo;
envías tu espíritu, y los creas,
y repueblas la faz de la tierra. 
R.

V. Gloria a Dios para siempre,
goce el Señor con sus obras;
que le sea agradable mi poema,
y yo me alegraré con el Señor. 
R.



Hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios.

HERMANOS:
Nadie puede decir: «Jesús es Señor», sino por el Espíritu Santo.
Y hay diversidad de carismas, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de actuaciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos. Pero a cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para el bien común.
Pues, lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo.
Pues todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu.

Palabra de Dios.

Secuencia

Ven, Espíritu divino,
manda tu luz desde el cielo.
Padre amoroso del pobre;
don, en tus dones espléndido;
luz que penetra las almas;
fuente del mayor consuelo.

Ven, dulce huésped del alma,
descanso de nuestro esfuerzo,
tregua en el duro trabajo,
brisa en las horas de fuego,
gozo que enjuga las lágrimas
y reconforta en los duelos.

Entra hasta el fondo del alma,
divina luz, y enriquécenos.
Mira el vacío del hombre,
si tú le faltas por dentro;
mira el poder del pecado,
cuando no envías tu aliento.

Riega la tierra en sequía,
sana el corazón enfermo,
lava las manchas, infunde
calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito,
guía al que tuerce el sendero.

Reparte tus siete dones,
según la fe de tus siervos;
por tu bondad y tu gracia,
dale al esfuerzo su mérito;
salva al que busca salvarse
y danos tu gozo eterno.

Aleluya, aleluya, aleluya
V. Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos la llama de tu amor. R.



Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo; reciban el Espíritu Santo

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

AL anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
«Paz a ustedes».
Y, diciendo esto, les enseño las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:
«Paz a ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo».
Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:
«Reciban el Espíritu Santo; a quienes les perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos».

Palabra del Señor.


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1

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy celebramos Pentecostés, la fiesta del Espíritu Santo, la fiesta del nacimiento misionero de la Iglesia, la fiesta del fuego que no destruye sino que purifica, ilumina y enciende; la fiesta del viento que no arrasa sino que empuja, abre puertas y pone de nuevo en camino. Pentecostés es una de esas solemnidades que no podemos reducir a un recuerdo bonito del pasado. No celebramos simplemente “lo que ocurrió” hace muchos siglos en Jerusalén. Celebramos lo que Dios quiere seguir haciendo hoy en su Iglesia, en nuestras comunidades, en nuestras familias, en nuestra vida personal.

Alguien comentando las lecturas de esta solemnidad habla de “la modernidad de Pentecostés”.

Y es verdad. Pentecostés tiene algo profundamente actual, casi urgente para nuestro tiempo. Vivimos en un mundo hiperconectado, pero muchas veces incomunicado. Tenemos más medios para hablar, pero no siempre más capacidad de escucharnos. Podemos enviar mensajes en segundos, pero nos cuesta comprender el corazón del otro. Hay redes sociales, grupos, plataformas y canales, pero también hay soledad, polarización, agresividad, sospecha, cansancio espiritual y miedo al futuro.

Por eso Pentecostés es tan actual. Porque Pentecostés nos dice que una comunidad puede renacer. Que una Iglesia cansada puede volver a levantarse. Que una familia dividida puede volver a dialogar. Que un corazón encerrado puede volver a respirar. Que la misión no nace solamente de planes, estrategias, reuniones o discursos, sino de un Soplo que viene de Dios. Un Soplo que abre puertas, libera la palabra y nos devuelve la gracia de entendernos.

La primera lectura de los Hechos de los Apóstoles nos presenta una escena llena de fuerza simbólica. Los discípulos están reunidos. Todavía pesan sobre ellos el miedo, la incertidumbre, las heridas de la Pasión, la experiencia de haber fallado, de haber huido, de no haber entendido del todo el camino de Jesús. Y de repente, dice el texto, vino del cielo un ruido como de viento impetuoso, aparecieron unas lenguas como de fuego y todos quedaron llenos del Espíritu Santo.

El Espíritu no llega como una idea abstracta. Llega como viento y como fuego. El viento se siente, aunque no se ve. Mueve, sacude, refresca, empuja. El fuego ilumina, calienta, purifica, transforma. Así obra Dios en el alma: a veces no lo podemos explicar del todo, pero sabemos que algo se mueve; sabemos que una palabra nos toca, que una herida empieza a sanar, que una decisión se aclara, que un miedo pierde fuerza, que un entusiasmo nuevo comienza a nacer.

Pero lo más sorprendente del relato no es solamente el viento ni el fuego. Lo más sorprendente es que los discípulos comienzan a hablar y todos los oyen en su propia lengua. Había gente de muchos pueblos, culturas y regiones, y cada uno escuchaba las maravillas de Dios en su idioma. Aquí aparece una primera gran enseñanza: el Espíritu Santo no elimina las diferencias; las convierte en lugar de comunión.

A veces pensamos que la unidad consiste en que todos piensen igual, hablen igual, sientan igual, actúen igual. Pero Pentecostés nos muestra otra cosa. El Espíritu no hace una masa uniforme. El Espíritu no aplasta la identidad de nadie. El Espíritu no borra la historia, la sensibilidad, el temperamento, la cultura o los dones de cada persona. Al contrario: los asume, los purifica y los pone al servicio de la comunión.

Pentecostés es lo contrario de Babel. En Babel, los hombres querían construir una torre para alcanzar el cielo por sus propias fuerzas, y terminaron confundidos, dispersos, incapaces de entenderse. En Pentecostés, Dios desciende, no para confundir, sino para reunir; no para destruir la diversidad, sino para hacer posible una comunión más profunda. Babel es el orgullo que divide. Pentecostés es la gracia que reúne.

Esta palabra es muy necesaria en la Iglesia y en la sociedad. Cuántas veces nuestras comunidades sufren no porque falten dones, sino porque no sabemos integrarlos. Hay personas con talento para servir, otras para enseñar, otras para cantar, otras para organizar, otras para consolar, otras para acompañar a los enfermos, otras para trabajar en silencio, otras para animar la oración, otras para llevar una palabra al que está triste. El problema no es la diversidad. El problema aparece cuando la diversidad se convierte en competencia, en comparación, en celos, en protagonismo, en rivalidad.

Por eso san Pablo, en la segunda lectura, nos ofrece una enseñanza luminosa: “Hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu”. Y más adelante utiliza la imagen del cuerpo: aunque somos muchos miembros, formamos un solo cuerpo en Cristo. El ojo no puede decirle a la mano: “No te necesito”. La cabeza no puede decirle a los pies: “No me hacen falta”. Cada miembro tiene su lugar, su dignidad y su misión.

Pentecostés nos invita a pasar de la comparación a la comunión. A dejar de preguntarnos quién vale más, quién aparece más, quién manda más, quién tiene más reconocimiento, y empezar a preguntarnos: ¿qué don me ha dado Dios para servir? ¿Qué puedo aportar a mi comunidad? ¿A quién puedo ayudar? ¿Cómo puedo colaborar para que el Cuerpo de Cristo esté más vivo, más unido, más disponible para la misión?

La Iglesia no se construye con espectadores. Se construye con discípulos. Y el Espíritu Santo no reparte dones para alimentar vanidades, sino para edificar la comunidad. Todo don que no se convierte en servicio se marchita. Todo carisma que no construye comunión se deforma. Toda cualidad que no pasa por el amor termina convirtiéndose en ruido. Por eso Pablo nos recuerda que nadie puede decir “Jesús es Señor” si no es bajo la acción del Espíritu Santo. La fe auténtica no es solo repetir palabras religiosas; es dejar que Jesús sea realmente Señor de nuestra vida, de nuestras decisiones, de nuestras relaciones, de nuestro modo de hablar, de servir, de perdonar y de amar.

El Salmo 104 nos ayuda a contemplar al Espíritu desde otra perspectiva: como el aliento creador de Dios. “Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra”. Es una frase preciosa. El Espíritu no solo actúa dentro del templo. El Espíritu renueva la creación entera. Donde el Espíritu llega, la vida vuelve a brotar. Donde parecía haber muerte, surge esperanza. Donde parecía haber sequedad, aparece una fuente. Donde había cansancio, nace fuerza. Donde había oscuridad, se enciende una luz.

Cuántas personas necesitan hoy esta renovación. Hay vidas agotadas, corazones endurecidos, matrimonios heridos, jóvenes desorientados, ancianos solos, comunidades cansadas, países golpeados por la violencia, familias heridas por la incomunicación, personas que llevan dentro culpas antiguas o dolores que nunca han podido nombrar. Y la Iglesia hoy vuelve a orar: “Envía tu Espíritu, Señor”. No decimos simplemente: “Señor, mejora un poco las cosas”. Decimos: “Renueva la faz de la tierra”. Renueva mi casa. Renueva mi parroquia. Renueva mi vocación. Renueva mi esperanza. Renueva mi manera de mirar. Renueva mi forma de hablar. Renueva mi capacidad de perdonar.

La Secuencia de Pentecostés, que hoy la liturgia nos manda proclamar, es una joya espiritual. En ella la Iglesia invoca al Espíritu con nombres llenos de ternura y de profundidad: padre de los pobres, luz de los corazones, dulce huésped del alma, descanso en el trabajo, brisa en las horas de fuego, consuelo en el llanto. Es una oración que parece conocer perfectamente nuestra fragilidad humana. No habla de un Espíritu lejano, sino de un Espíritu íntimo, cercano, consolador, sanador.

La Secuencia reconoce algo muy real: sin el Espíritu, nuestra vida se seca; sin el Espíritu, el esfuerzo se vuelve puro desgaste; sin el Espíritu, la religión puede convertirse en rutina; sin el Espíritu, la comunidad puede llenarse de estructuras pero quedarse sin alma; sin el Espíritu, incluso nuestras buenas obras pueden perder frescura, alegría y humildad. Por eso la Iglesia suplica: ven, llena, lava, riega, sana, doblega, calienta, guía. Son verbos que tocan la vida concreta.

“Lava lo que está manchado”: ¿qué manchas necesitamos poner hoy ante Dios? Tal vez rencores, orgullos, mentiras, infidelidades, indiferencias, pecados que hemos normalizado, heridas que hemos escondido.
“Riega lo que está seco”: ¿qué se ha secado en nosotros? Tal vez la oración, la alegría, la confianza, el amor primero, el entusiasmo pastoral, la paciencia con los demás.
“Sana lo que está enfermo”: ¿qué zonas de nuestra vida necesitan sanación? Tal vez la memoria, la afectividad, la relación con Dios, la relación con la familia, la relación con nosotros mismos.
“Doblega lo que está rígido”: ¿en qué nos hemos vuelto duros? Tal vez en nuestros juicios, en nuestra manera de tratar a los demás, en nuestra resistencia a cambiar, en nuestra incapacidad de pedir perdón.
“Calienta lo que está frío”: ¿dónde se nos enfrió el corazón? Tal vez en la fe, en la caridad, en la compasión, en la sensibilidad ante el dolor ajeno.

Pentecostés no es solo una fiesta de entusiasmo exterior. Es una fiesta de transformación interior. El Espíritu no viene únicamente a emocionarnos; viene a convertirnos. No viene solo a hacernos cantar más fuerte; viene a hacernos amar mejor. No viene solo a darnos palabras bonitas; viene a hacernos testigos creíbles del Resucitado.

Y aquí llegamos al Evangelio de san Juan. La escena es distinta a la de los Hechos, pero profundamente complementaria. Los discípulos están encerrados por miedo. Las puertas están cerradas. Jesús resucitado se presenta en medio de ellos y les dice: “La paz esté con ustedes”. Luego les muestra las manos y el costado. Es decir, el Resucitado no oculta sus heridas. La paz que Jesús ofrece no es una paz barata, superficial, sin memoria. Es la paz del Crucificado que ha vencido la muerte. Es la paz que nace del amor entregado hasta el extremo.

Después Jesús repite: “La paz esté con ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo”. Y sopla sobre ellos diciendo: “Reciban el Espíritu Santo”. Este gesto es bellísimo. Jesús sopla sobre sus discípulos como Dios sopló aliento de vida sobre el primer ser humano en el Génesis. Es una nueva creación. El Resucitado está haciendo nacer una humanidad nueva. Aquellos hombres encerrados por miedo son recreados por el aliento de Cristo.

El miedo cierra puertas. El Espíritu las abre. El miedo paraliza. El Espíritu envía. El miedo nos hace defendernos. El Espíritu nos hace testigos. El miedo nos encierra en nuestras heridas. El Espíritu nos lanza a sanar heridas. El miedo nos hace callar. El Espíritu libera la palabra. El miedo nos hace mirar al otro como amenaza. El Espíritu nos enseña a reconocerlo como hermano.

Y Jesús vincula el don del Espíritu con la misión del perdón: “A quienes les perdonen los pecados, les quedan perdonados”. Pentecostés no termina en una experiencia íntima, sino en una misión reconciliadora. La Iglesia recibe el Espíritu para ser instrumento de paz y perdón. Por eso, una comunidad verdaderamente llena del Espíritu no puede vivir alimentando odios, murmuraciones, resentimientos o divisiones. Una comunidad llena del Espíritu debe ser casa de reconciliación.

Esto no significa negar la verdad ni maquillar el pecado. El perdón cristiano no es complicidad con el mal. Pero sí significa que el Espíritu nos saca de la lógica de la venganza, del juicio implacable, de la condena permanente. El Espíritu nos enseña que siempre puede haber un nuevo comienzo. Que nadie está definitivamente perdido si se abre a la gracia. Que las heridas pueden convertirse en fuentes de misericordia. Que la Iglesia existe para anunciar que Dios perdona, levanta y devuelve dignidad.

Queridos hermanos, Pentecostés nos hace una pregunta muy concreta: ¿qué puertas están cerradas en mi vida? Tal vez la puerta de la confianza, porque he sido herido. Tal vez la puerta de la oración, porque me he enfriado. Tal vez la puerta del perdón, porque todavía me duele demasiado. Tal vez la puerta de la misión, porque tengo miedo, vergüenza o comodidad. Tal vez la puerta de la esperanza, porque me he acostumbrado a pensar que nada puede cambiar.

Jesús resucitado entra hoy en medio de nuestras puertas cerradas. No viene a reprocharnos primero. Viene a decirnos: “La paz esté con ustedes”. Viene a mostrarnos sus heridas gloriosas para recordarnos que también nuestras heridas pueden ser tocadas por la Pascua. Viene a soplar sobre nosotros su Espíritu para que no vivamos como cristianos asfixiados, sino como hijos de Dios que respiran su gracia.

Pentecostés nos recuerda que la fe nunca es una clausura. La fe no es encierro, no es miedo al mundo, no es nostalgia de un pasado idealizado, no es refugio cómodo para no comprometernos. La fe es impulso. Es salida. Es misión. Es palabra que se vuelve anuncio. Es comunión que se vuelve servicio. Es oración que se vuelve caridad. Es fuego interior que se convierte en luz para otros.

Hoy necesitamos pedir un nuevo Pentecostés para la Iglesia. Un Pentecostés que nos libere de la rutina, del clericalismo, de la indiferencia, del cansancio pastoral, de las divisiones internas. Un Pentecostés que despierte vocaciones, que renueve los ministerios, que fortalezca a los matrimonios, que dé esperanza a los jóvenes, que consuele a los enfermos, que acompañe a los pobres, que sane a quienes sufren en el cuerpo y en el alma. Un Pentecostés que nos ayude a hablar lenguas nuevas: la lengua de la compasión, la lengua de la escucha, la lengua de la ternura, la lengua de la verdad dicha con amor, la lengua de la misericordia.

También necesitamos pedir un Pentecostés para nuestro país, para nuestras comunidades, para nuestras islas, pueblos y ciudades. Que el Espíritu nos enseñe a comprendernos en medio de las diferencias. Que nos libre de la violencia verbal y física. Que sane las heridas sociales. Que nos haga constructores de paz. Que nos recuerde que ninguna comunidad se edifica desde el desprecio, sino desde el reconocimiento de la dignidad del otro.

Y necesitamos pedir un Pentecostés personal. Porque a veces hablamos mucho de renovar la Iglesia, la sociedad o la familia, pero se nos olvida decir: “Señor, empieza por mí”. Renueva mi corazón. Renueva mi fe. Renueva mi sacerdocio, mi consagración, mi matrimonio, mi servicio, mi manera de vivir. Hazme menos duro, menos orgulloso, menos frío, menos temeroso. Hazme más dócil, más humilde, más alegre, más disponible, más misericordioso.

Hoy, al acercarnos a la Eucaristía, pidamos al Espíritu Santo que haga en nosotros lo que hizo en el Cenáculo. Que convierta nuestros miedos en misión, nuestras diferencias en comunión, nuestras heridas en testimonio, nuestras palabras en anuncio, nuestra vida en alabanza.

Que la Virgen María, presente en oración con los apóstoles, nos enseñe a esperar el Espíritu con humildad y perseverancia. Ella, llena del Espíritu Santo desde la Anunciación, sabe que cuando Dios sopla sobre una vida disponible, todo puede comenzar de nuevo.

Ven, Espíritu Santo.
Abre nuestras puertas cerradas.
Enciende nuestros corazones apagados.
Reúne lo que está disperso.
Sana lo que está herido.
Perdona lo que está manchado.
Renueva la faz de la tierra.
Y haz de nosotros una Iglesia viva, reconciliada y misionera.

Amén.

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2

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy celebramos Pentecostés, la gran fiesta del Espíritu Santo, la fiesta del nacimiento misionero de la Iglesia. Cincuenta días después de la Resurrección, aquellos discípulos que habían conocido a Jesús, que lo habían escuchado, que habían visto sus milagros y que también habían experimentado el miedo y la fragilidad, reciben una fuerza nueva. Ya no se trata solamente de recordar lo que Jesús hizo; ahora se trata de continuar su misión con la fuerza del Espíritu.

El Evangelio nos sitúa en la tarde del día de la Resurrección. Los discípulos están encerrados por miedo. Las puertas están cerradas. No solo están cerradas las puertas de la casa; también están cerradas, de alguna manera, las puertas del corazón. Hay miedo, tristeza, culpa, desconcierto. Y en medio de ese encierro aparece Jesús resucitado y les dice: “La paz esté con ustedes”.

Qué hermosa es esta primera palabra del Resucitado. Jesús no llega reprochando, no llega humillando a los que lo abandonaron, no llega recordándoles su cobardía. Llega regalando paz. La paz de Cristo no es simple tranquilidad exterior. Es la paz que nace de saberse perdonado, amado y enviado de nuevo. Es la paz que devuelve la dignidad al discípulo caído. Es la paz que reconstruye por dentro.

Luego Jesús les dice: “Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo”. La paz no es para encerrarse cómodamente. La paz es para salir. El encuentro con Cristo resucitado no termina en una emoción privada, sino en una misión. El discípulo que recibe la paz de Jesús es enviado a llevar paz. El que ha sido perdonado es enviado a anunciar el perdón. El que ha sido levantado es enviado a levantar a otros.

Después, Jesús realiza un gesto profundo: sopló sobre ellos y les dijo: “Reciban el Espíritu Santo”. Este gesto nos recuerda el relato de la creación, cuando Dios sopló aliento de vida sobre el primer ser humano. Ahora Cristo, el nuevo Adán, sopla sobre sus discípulos y realiza una nueva creación. Aquellos hombres temerosos comienzan a ser transformados en testigos. El Espíritu Santo es el aliento de Dios que devuelve vida donde había miedo, fuerza donde había debilidad, esperanza donde había fracaso.

En la primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles, vemos la manifestación plena de ese don. El Espíritu viene como viento impetuoso y como lenguas de fuego. Dos imágenes poderosas.

El viento no se ve, pero se siente. No lo podemos encerrar ni dominar, pero vemos sus efectos. Así es el Espíritu Santo. No siempre lo vemos con los ojos, pero reconocemos su presencia cuando un corazón cambia, cuando una persona perdona, cuando alguien vence el miedo, cuando una comunidad se une, cuando la Palabra de Dios despierta vida, cuando la Iglesia sale de sí misma para anunciar el Evangelio.

El fuego, por su parte, ilumina, calienta y purifica. El Espíritu viene como fuego porque quiere quemar en nosotros lo que nos aparta de Dios: el pecado, la indiferencia, la tibieza, el egoísmo, la división, la dureza del corazón. Pero también viene a encendernos. Un cristiano lleno del Espíritu no puede vivir apagado, resignado, frío, indiferente. El Espíritu enciende el amor, el entusiasmo, la valentía, la alegría de servir y de anunciar a Cristo.

Antes de Pentecostés, los discípulos estaban encerrados. Después de Pentecostés, salen a la plaza. Antes tenían miedo. Después hablan con valentía. Antes eran un pequeño grupo escondido. Después se convierten en una Iglesia misionera. ¿Qué cambió? No cambiaron sus capacidades humanas. No se volvieron expertos de repente. Lo que cambió fue que se dejaron llenar por el Espíritu Santo.

Eso mismo necesitamos nosotros. Muchas veces también vivimos encerrados: encerrados en nuestros temores, en nuestras heridas, en nuestras comodidades, en nuestros rencores, en nuestras excusas. A veces tenemos fe, pero una fe tímida; amor, pero un amor cansado; esperanza, pero una esperanza debilitada. Por eso hoy necesitamos decir con fuerza: Ven, Espíritu Santo.

San Pablo, en la segunda lectura, nos recuerda que hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu. Pentecostés no borra las diferencias; las pone al servicio de la comunión. En la Iglesia no todos tenemos la misma misión, ni los mismos talentos, ni la misma sensibilidad. Pero todos somos necesarios. Somos muchos miembros, pero un solo cuerpo. El Espíritu no viene a uniformarnos, sino a unirnos. No viene a crear rivalidades, sino comunión. No reparte dones para alimentar vanidades, sino para servir.

Por eso debemos preguntarnos: ¿qué don me ha dado Dios? ¿Lo estoy poniendo al servicio de los demás? ¿Mi presencia en la comunidad construye unidad o alimenta división? ¿Soy instrumento de paz o de conflicto? ¿De perdón o de juicio? ¿De esperanza o de desaliento?

El Evangelio une el don del Espíritu con el perdón de los pecados. Jesús dice: “A quienes les perdonen los pecados, les quedan perdonados”. El Espíritu Santo hace de la Iglesia una casa de misericordia. La Iglesia no recibe el Espíritu para condenar al mundo, sino para anunciar que en Cristo hay perdón, reconciliación y vida nueva. Pentecostés es también la fiesta del Sacramento de la Reconciliación, porque allí el Espíritu sigue soplando sobre nuestras heridas y nos devuelve la paz.

Queridos hermanos, en esta solemnidad pidamos que el Espíritu Santo renueve nuestra vida. Que sea viento que abra nuestras puertas cerradas. Que sea fuego que purifique nuestro corazón. Que sea luz en nuestras decisiones. Que sea consuelo en nuestras tristezas. Que sea fuerza en nuestras debilidades. Que sea unidad en nuestras familias y comunidades. Que sea valentía para anunciar el Evangelio.

Hoy la Iglesia entera canta con el Salmo: “Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra”. Pero esa renovación comienza en cada uno de nosotros. La faz de la tierra se renueva cuando se renueva un corazón. La Iglesia se renueva cuando un cristiano deja de vivir apagado y permite que Dios lo encienda de nuevo.

Que María, la mujer llena del Espíritu Santo, que oraba con los apóstoles en el Cenáculo, nos enseñe a esperar, recibir y obedecer al Espíritu. Y que en esta Eucaristía podamos decir con fe:

Ven, Espíritu Santo.
Llena los corazones de tus fieles.
Enciende en nosotros el fuego de tu amor.
Haznos testigos valientes de Cristo resucitado.
Renueva nuestra vida, nuestra Iglesia y la faz de la tierra.

Amén.


3

Hermanos y hermanas:

Hoy celebramos Pentecostés, la fiesta del Espíritu Santo, el día en que la Pascua llega a su plenitud. 

 Pentecostés significa “quincuagésimo”, el día cincuenta después de la Pascua, y para nosotros los cristianos es el gran día en que el Espíritu transforma a los discípulos encerrados por miedo en testigos valientes de Cristo resucitado.

El Evangelio nos muestra a los apóstoles con las puertas cerradas. Estaban encerrados no solo en una casa, sino también en sus temores, culpas, dudas y heridas. Y Jesús resucitado entra, se pone en medio y les dice: “La paz esté con ustedes”. No llega con reproches: “¿Dónde estaban cuando me crucificaban?” No les dice: “Me fallaron”. Jesús llega con paz. Y luego sopla sobre ellos y les dice: “Reciban el Espíritu Santo”.

Ese soplo nos recuerda el Génesis: Dios sopló sobre el barro y el ser humano comenzó a vivir. Ahora Cristo sopla sobre una comunidad herida y nace la Iglesia. Pentecostés es eso: cuando Dios vuelve a soplar sobre lo que parecía apagado, cansado, encerrado o muerto.

Hay una anécdota muy bonita: un joven pobre usaba para pedir limosna un viejo tazón que había heredado de su padre. Un día, un comerciante descubrió que aquel tazón no era de bronce, sino de oro puro. El muchacho había vivido como mendigo llevando en sus manos una riqueza inmensa sin saberlo. A veces nosotros somos así: vivimos pidiendo fuerza, paz, alegría, esperanza, sin darnos cuenta de que ya llevamos dentro el don más grande: el Espíritu Santo recibido en el Bautismo y fortalecido en la Confirmación.

El problema es que muchas veces tenemos al Espíritu Santo “guardado”, como quien tiene una vela pero no la enciende, como quien tiene una guitarra pero no la toca, como quien tiene internet pero no se conecta. Y entonces decimos: “Padre, yo no puedo cambiar”, “yo soy así”, “mi familia no tiene arreglo”, “mi comunidad no avanza”, “el mundo está perdido”. Pentecostés nos dice: no estamos solos, el Espíritu de Dios puede renovar lo que nosotros ya dimos por perdido.

En la primera lectura, el Espíritu llega como viento y fuego. El viento mueve, empuja, limpia el ambiente. El fuego ilumina, calienta, purifica. Por eso el Espíritu Santo no viene para dejarnos igual. Viene a sacudirnos. Viene a quemar nuestras indiferencias. Viene a descongelar nuestra fe.

Alguien decía con humor que algunas iglesias parecen buses de turismo: tienen capacidad para muchos, pero a veces “duermen” casi todos. Y no se trata solo de dormir físicamente en misa, aunque alguno de pronto se sienta aludido. Se trata de una fe dormida: rezamos, pero sin ardor; comulgamos, pero sin compromiso; escuchamos la Palabra, pero no dejamos que nos cambie; pedimos el Espíritu, pero no queremos que nos mueva demasiado.

Pentecostés nos recuerda que la Iglesia no nació en una oficina, ni en una estrategia pastoral, ni en una campaña publicitaria. Nació del fuego del Espíritu. Y cuando la Iglesia se deja llenar por el Espíritu, deja de ser un grupo encerrado y se convierte en comunidad misionera.

San Pablo nos dice en la segunda lectura que hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu. Esto es muy actual. Vivimos en un mundo lleno de divisiones: familias divididas, comunidades divididas, países divididos, redes sociales donde parece que todos hablan, pero pocos escuchan. En Babel, la humanidad se dispersó porque cada uno quería hacerse grande sin Dios. En Pentecostés, en cambio, todos escuchan el mismo mensaje en su propia lengua. El Espíritu no uniforma, pero sí une. No nos hace fotocopias, pero sí hermanos.

Por eso, una comunidad llena del Espíritu Santo no es aquella donde todos piensan exactamente igual, sino donde todos aprenden a escucharse, perdonarse y caminar juntos. El Espíritu Santo se nota cuando alguien baja el tono de la discusión, cuando una familia vuelve a hablarse, cuando un cristiano deja de vivir criticando y empieza a servir, cuando una comunidad pasa del chisme a la oración, de la queja al compromiso, de la frialdad a la misericordia.

Y el Evangelio une el don del Espíritu con el perdón: “A quienes les perdonen los pecados, les quedan perdonados”. Donde está el Espíritu, hay reconciliación. Donde está el Espíritu, no se alimenta el rencor. Donde está el Espíritu, no se vive archivando ofensas como facturas vencidas. El Espíritu nos hace capaces de decir: “me equivoqué”, “perdóname”, “empecemos de nuevo”.

Hoy necesitamos pedirle al Espíritu tres gracias muy concretas.

Primero, que nos quite el miedo. Miedo al futuro, miedo a comprometernos, miedo a evangelizar, miedo a decir que somos creyentes.

Segundo, que nos devuelva la alegría. Hay cristianos que parecen más de Viernes Santo que de Pascua. El Espíritu no elimina los problemas, pero nos da una alegría más profunda que las circunstancias.

Tercero, que nos haga testigos. No basta decir “Ven, Espíritu Santo” dentro del templo si después salimos igual de impacientes, fríos o indiferentes. El Espíritu se nota en la casa, en el trabajo, en la parroquia, en el trato con los pobres, en la forma como hablamos, publicamos, corregimos, perdonamos y servimos.

Hermanos, Pentecostés no es solamente un recuerdo del pasado. Es una posibilidad para hoy. El mismo Espíritu que transformó a Pedro, que fortaleció a María, que animó a los mártires y sostuvo a los santos, quiere renovar nuestra vida.

Pidámosle entonces con fe:

Ven, Espíritu Santo.
Entra en nuestras puertas cerradas.
Sopla sobre nuestros cansancios.
Enciende nuestra fe dormida.
Haznos una Iglesia viva, alegre, misionera y misericordiosa.
Y renueva, Señor, la faz de la tierra, empezando por nuestro propio corazón. Amén.


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