jueves, 19 de marzo de 2026

19 de marzo del 2026: San José, esposo de la Bienaventurada Virgen María

  

Santo del día:

San José

Siglo I. “Hombre justo” (Mt 1,19), esposo de la Virgen María, vela por Jesús como un padre.

Custodio de la Sagrada Familia, continúa hoy protegiendo a la Iglesia universal, de la que es patrono.

 

El tiempo de las promesas

(2 Samuel 7, 4-5a.12-14a.16; Romanos 4:13, 16-18, 22)

Las lecturas nos invitan a meditar sobre el cumplimiento de las promesas hechas a Israel.

Estas se cumplieron en Jesucristo en el tiempo propio de Dios.

Un tiempo que a veces nos resulta difícil abrazar porque estamos tan ansiosos por verlo dar pleno fruto. Así que veamos a Abraham, de quien Pablo habla así: “Esperando contra toda esperanza, creyó.»

Una esperanza que se alimenta del memorial de las grandes obras de Dios y de una relación ferviente con Él, en la oración.

Emmanuelle Billoteau, ermitaña

 


Primera lectura

2S 7,4-5a.12-14a.16

El Señor Dios le dará el trono de David, su padre 

Lectura del segundo libro de Samuel.

En aquellos días, vino esta palabra del Señor a Natán:
«Ve y habla a mi siervo David:
“Así dice el Señor: Cuando se cumplan tus días y reposes con tus padres, yo suscitaré descendencia tuya después de ti. Al que salga de tus entrañas le afirmaré su reino.
Será él quien construya una casa a mi nombre y yo consolidaré el trono de su realeza para siempre.
Yo seré para él un padre y él será para mí un hijo.
Tu casa y tu reino se mantendrán siempre firmes ante mí, tu trono durará para siempre”».

Palabra de Dios.


Salmo

Sal 88,2-3.4-5.27.29

R. Su linaje será perpetuo.

V. Cantaré eternamente las misericordias del Señor,
anunciaré tu fidelidad por todas las edades.
Porque dijiste: «La misericordia es un edificio eterno»,
más que el cielo has afianzado tu fidelidad. R.

V. «Sellé una alianza con mi elegido,
jurando a David, mi siervo:
Te fundaré un linaje perpetuo,
edificaré tu trono para todas las edades». R.

V. Él me invocará: “Tú eres mi padre,
mi Dios, mi Roca salvadora”.
Le mantendré eternamente mi favor,
y mi alianza con él será estable. R.

 

Segunda lectura

Rm 4, 13. 16-18.22

Apoyado en la esperanza, creyó contra toda esperanza

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos.

HERMANOS:
No por la ley sino por la justicia de la fe recibieron Abrahán
y su descendencia la promesa de que iba a ser heredero del mundo.
Por eso depende de la fe, para que sea según gracia; de este modo, la promesa está asegurada para toda la descendencia, no solamente para la que procede de la ley, sino también para la que procede de la fe de Abrahán, que es padre de todos nosotros.
Según está escrito: «Te he constituido padre de muchos pueblos»; la promesa está asegurada ante aquel en quien creyó, el Dios que da vida a los muertos y llama a la existencia lo que no existe.
Apoyado en la esperanza, creyó contra toda esperanza que llegaría a ser padre de muchos pueblos, de acuerdo con lo que se le había dicho:
«Así será tu descendencia».
Por lo cual le fue contado como justicia.
Palabra de Dios.

Palabra de Dios.

 

Aclamación

V. Dichosos los que viven en tu casa, Señor, alabándote siempre.

 

Evangelio

Mateo 1,16.18-21.24a 

José hizo lo que le había mandado el ángel del Señor

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.


JACOB engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo.
La generación de Jesucristo fue de esta manera:
María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo.
José, su esposo, como era justo y no quería denunciarla, decidió repudiarla en privado. Pero, apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo:
«José, hijo de David, no temas acoger a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados».
Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor.

Palabra del Señor

 

1

Modelo de fe, de paternidad, trabajo y silencio orante

Comentario a las lecturas

Las lecturas de esta solemnidad nos presentan a San José como una figura clave en la historia de la salvación.

En la primera lectura, Dios le promete a David que su descendencia será eterna. Esta promesa se cumple plenamente en Jesús, quien es reconocido como Hijo de David. San José, al aceptar la voluntad de Dios, juega un papel fundamental en este plan, asegurando el linaje davídico de Cristo.

El salmo 88 resalta la fidelidad de Dios a sus promesas, un tema que se refleja en la vida de José. Su fidelidad y confianza en Dios son ejemplo para todos los creyentes.

En la carta a los Romanos, San Pablo destaca la fe de Abraham, quien creyó contra toda esperanza. Esta misma fe se encuentra en San José, quien, aun sin comprender completamente los designios divinos, confió y obedeció.

Finalmente, el Evangelio nos narra la gran prueba de San José: su descubrimiento del embarazo de María y su lucha interna. Sin embargo, al recibir la revelación del ángel, actúa con prontitud y fe. Su silencio y obediencia nos enseñan que la verdadera grandeza no está en las palabras, sino en la acción según la voluntad de Dios.

 

Homilía

Queridos hermanos en Cristo,

Hoy celebramos la solemnidad de San José, un hombre justo, fiel y humilde, a quien Dios confió una de las misiones más importantes en la historia de la salvación: ser esposo de María y padre terrenal de Jesús.

Cuando pensamos en San José, podemos notar que los Evangelios no nos transmiten ni una sola palabra suya. Sin embargo, su vida habla con una elocuencia más poderosa que cualquier discurso. Él nos enseña que la fe no es solo cuestión de palabras, sino de acciones concretas. José vivió su vocación con discreción, entrega y un profundo sentido de obediencia a Dios.

San José nos da un testimonio de fortaleza en los momentos de incertidumbre. Cuando se dio cuenta del embarazo de María, su corazón debió llenarse de preguntas, de inquietudes. Pero en lugar de actuar precipitadamente, se abrió a la voluntad de Dios. Es entonces cuando el ángel le revela que aquel Niño es obra del Espíritu Santo y que su misión es acogerlo como su padre en la tierra. Sin dudar, José responde con una fe absoluta. Este es el primer mensaje que podemos extraer de su vida: confiar en Dios, aun cuando no entendemos completamente sus planes.

Además, San José es modelo de paternidad. En un mundo donde muchas veces la figura paterna está ausente o debilitada, él nos muestra que ser padre no es solo engendrar, sino amar, cuidar, educar y acompañar. Él protegió a Jesús, lo enseñó a trabajar, lo llevó al templo y le mostró con su ejemplo lo que significa ser un hombre de Dios. Los padres de hoy pueden ver en San José un modelo de amor, responsabilidad y dedicación a la familia.

Por otro lado, San José nos enseña también el valor del trabajo. Como carpintero, realizó su labor con humildad y dedicación. Jesús, llamado “el hijo del carpintero”, creció viendo a su padre trabajar con esfuerzo y amor. En este sentido, José nos recuerda la dignidad del trabajo humano, que no solo provee el sustento, sino que también nos permite colaborar con Dios en la obra de la creación.

Finalmente, San José nos muestra el poder del silencio y la oración. En un mundo lleno de ruido y distracciones, su vida nos invita a buscar espacios de recogimiento, donde podamos escuchar la voz de Dios y discernir su voluntad en nuestra vida.

Queridos hermanos, que en esta solemnidad pidamos la intercesión de San José para que nos ayude a vivir con fe, humildad y confianza en Dios. Que él inspire a los padres de familia a ser modelos de amor y responsabilidad, y a todos nosotros, a trabajar con dedicación y a vivir con esperanza, sabiendo que Dios cumple siempre sus promesas.

San José, custodio de la Iglesia y protector de nuestras familias, ¡ruega por nosotros!

Amén.

 

2

Ejemplo de silencio y oración

 

En nuestras iglesias encontramos muchas pinturas o vidrieras que evocan “el anuncio hecho a María”. Muestran al ángel Gabriel visitando a María y su respuesta. Pero no encontramos nada sobre “el anuncio hecho a José”, nada sobre estas cosas sorprendentes que le fueron reveladas

Los evangelios no recogen ninguna palabra de este hombre. Y, sin embargo, la historia que acabamos de escuchar nos dice mucho más de lo que podemos imaginar. Él nos enseña a ESCUCHAR. Esta es una actitud absolutamente esencial. José puede servirnos de ejemplo y conducirnos hacia él.

El Evangelio nos dice que el Ángel del Señor se le apareció “en sueños”. Los sueños se mencionan a menudo en la Biblia. En el lenguaje bíblico, esto no tiene nada que ver con un sueño. Es una forma figurativa de describir una aventura interior donde está involucrado algo esencial. Decir que el ángel del Señor se le apareció en sueños es una manera de decir que el Señor habló a su corazón. Lo que José escuchó fue un llamado a recibir a María en su casa como esposa: “Lo que en ella es concebido es del Espíritu Santo”.

Todo esto no era evidente. Imaginemos a José completamente destrozado y atormentado por lo que le está sucediendo. Lo obvio era repudiar a María. Esto estaba de acuerdo con la ley de Moisés y la tradición. Pero la Palabra de Dios fue más fuerte que su reticencia. Tuvo el coraje de cambiar sus planes y convertirse en el sirviente de un misterio que no comprende.

José es un hombre de silencio, un hombre capaz de escuchar a Dios que le habla y capaz de cambiar su vida a la luz de la palabra escuchada. Descubre que este niño viene de otro lugar. No es de él, ni de otro, ni siquiera de María. Él es el Mensajero de Aquel que es el “Todo lo demás”. Así es como José es introducido gradualmente en la Luz de un inmenso misterio que un día deberá ser proclamado a toda la Creación.

Esta es una lección absolutamente esencial para nosotros los cristianos en 2025. Vivimos en un mundo ruidoso y agitado. Hoy, José nos enseña a ESCUCHAR lo que sucede en nuestro interior, a hacer un balance, a tomar distancia y acoger una palabra que viene de otro lado. A veces es difícil porque solemos hablar demasiado y la mayoría de las veces no decir nada. Sólo podremos escuchar al Señor hablar a nuestro corazón si tomamos momentos de silencio y recogimiento.

Tomarse el tiempo para estar en silencio, para callar y escuchar, es absolutamente esencial si quieres seguir siendo un hombre. Porque es en el silencio que Dios habla a nuestros corazones a través del Espíritu Santo. En otras circunstancias se nos ha dicho que la vida cristiana no puede concebirse sin un compromiso decidido contra la miseria, la injusticia y la violencia que degradan al hombre y desfiguran el plan de amor de Dios sobre la humanidad. Hoy descubrimos que no podemos ser cristianos sin un compromiso decidido por reencontrar el camino del corazón.

En este período de Cuaresma, descubrimos que prepararse para la Pascua significa ante todo tomar tiempo para el silencio, la oración y la lectura del Evangelio. Como José, escuchamos una palabra y aprendemos a ser dóciles a lo que Dios nos sugiere. Como Él, estamos invitados a hacernos servidores de un misterio que nos supera. Todo el Evangelio nos dice que el Señor nos conduce por caminos que no habíamos previsto. Pero las Palabras que nos dirige son de Vida Eterna.

miércoles, 18 de marzo de 2026

18 de marzo del 2026: miércoles de la cuarta semana de Cuaresma

 


"En el trabajo"

(Juan 5:17-30) ¡Dios siempre está trabajando!

Así, como el cojo, como Jesús, ¡Dios quebranta la ley del sábado! Es pues contra Dios mismo que los maestros del Templo presentan un proceso. «Mi Padre siempre está trabajando, y yo también», dijo Jesús. La obra de Dios es la obra de Jesús. No contento con quebrantar la ley, se identifica con Dios. ¡Suficiente para matarlo! o contemplar y comulgar con su obra de Creación continua.

Colette Hamza, Xavière


(Juan 5, 17-30) Hacerse igual a Dios significa para Jesús ponerse totalmente al servicio de la voluntad de su Padre. Siguiéndolo, no minimicemos nuestras capacidades y comprometámonos a trabajar por la venida del Reino.


Primera lectura

Lectura del libro de Isaías (49,8-15):

ESTO dice el Señor:
«En tiempo de gracia te he respondido,
en día propicio te he auxiliado;
te he defendido y constituido alianza del pueblo,
para restaurar el país,
para repartir heredades desoladas,
para decir a los cautivos: “Salid”,
a los que están en tinieblas: “Venid a la luz”.
Aun por los caminos pastarán,
tendrán praderas en todas las dunas;
no pasarán hambre ni sed,
no les hará daño el bochorno ni el sol;
porque los conduce el compasivo
y los guía a manantiales de agua.
Convertiré mis montes en caminos,
y mis senderos se nivelarán.
Miradlos venir de lejos;
miradlos, del Norte y del Poniente,
y los otros de la tierra de Sin.
Exulta, cielo; alégrate, tierra;
romped a cantar, montañas,
porque el Señor consuela a su pueblo
y se compadece de los desamparados».
Sion decía: «Me ha abandonado el Señor,
mi dueño me ha olvidado».
¿Puede una madre olvidar al niño que amamanta,
no tener compasión del hijo de sus entrañas?
Pues, aunque ella se olvidara, yo no te olvidaré.


Palabra de Dios

 

Salmo

Sal 144,8-9.13cd-14.17-18

R/.
 El Señor es clemente y misericordioso

V/. El Señor es clemente y misericordioso,
lento a la cólera y rico en piedad;
el Señor es bueno con todos,
es cariñoso con todas sus criaturas. R/.

V/. El Señor es fiel a sus palabras,
bondadoso en todas sus acciones.
El Señor sostiene a los que van a caer,
endereza a los que ya se doblan. R/.

V/. El Señor es justo en todos sus caminos,
es bondadoso en todas sus acciones.
Cerca está el Señor de los que lo invocan,
de los que lo invocan sinceramente. R/.

 

 

Lectura del santo evangelio según san Juan (5,17-30):

EN aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos:
«Mi Padre sigue actuando, y yo también actúo».
Por eso los judíos tenían más ganas de matarlo: porque no solo quebrantaba el sábado, sino también llamaba a Dios Padre suyo, haciéndose igual a Dios.
Jesús tomó la palabra y les dijo:
«En verdad, en verdad os digo: el Hijo no puede hacer nada por su cuenta sino lo que viere hacer al Padre. Lo que hace este, eso mismo hace también el Hijo, pues el Padre ama al Hijo y le muestra todo lo que él hace, y le mostrará obras mayores que esta, para vuestro asombro.
Lo mismo que el Padre resucita a los muertos y les da vida, así también el Hijo da vida a los que quiere.
Porque el Padre no juzga a nadie, sino que ha confiado al Hijo todo el juicio, para que todos honren al Hijo como honran al Padre. El que no honra al Hijo, no honra al Padre que lo envió.
En verdad, en verdad os digo: quien escucha mi palabra y cree al que me envió posee la vida eterna y no incurre en juicio, sino que ha pasado ya de la muerte a la vida.
En verdad, en verdad os digo: llega la hora, y ya está aquí, en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que hayan oído vivirán.
Porque, igual que el Padre tiene vida en sí mismo, así ha dado también al Hijo tener vida en sí mismo. Y le ha dado potestad de juzgar, porque es el Hijo del hombre.
No os sorprenda esto, porque viene la hora en que los que están en el sepulcro oirán su voz: los que hayan hecho el bien saldrán a una resurrección de vida; los que hayan hecho el mal, a una resurrección de juicio.
Yo no puedo hacer nada por mí mismo; según le oigo, juzgo, y mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió».


Palabra del Señor



1

“Dios Nunca Nos Olvida: La Misericordia y la Vida en Cristo”

 

Comentarios a las Lecturas:

Las lecturas de este día nos hablan de la misericordia de Dios y su obra salvadora en el mundo.

En la primera lectura (Is 49,8-15), el profeta Isaías transmite un mensaje de esperanza para el pueblo de Israel. Dios promete restauración y consuelo a su pueblo, asegurando que nunca los olvidará, así como una madre no olvida a su hijo. Esta imagen maternal de Dios nos recuerda su amor incondicional y su fidelidad, aun en los momentos de dificultad.

El Salmo 145 nos invita a confiar en la bondad del Señor, quien sostiene a los que caen y levanta a los oprimidos. Dios es justo y está siempre cerca de los que lo invocan con sinceridad.

En el Evangelio (Jn 5,17-30), Jesús habla de su relación con el Padre y de su autoridad para dar vida y juzgar. Nos revela que su misión está plenamente unida a la voluntad del Padre, y que quienes creen en él tienen la promesa de la vida eterna. Este pasaje nos llama a una fe profunda en Cristo, quien es el dador de la vida y el justo juez.

 

Homilía:

Queridos hermanos y hermanas,

Las lecturas de hoy nos presentan un mensaje fundamental en nuestra vida de fe: la misericordia de Dios y la vida nueva que nos ofrece a través de su Hijo Jesucristo.

La primera lectura nos trae una imagen conmovedora: Dios nos ama con un amor más grande que el de una madre por su hijo. A veces, en los momentos de dificultad, podemos sentirnos abandonados o pensar que Dios se ha olvidado de nosotros. Pero el profeta Isaías nos asegura que esto nunca sucederá. Dios nos sostiene, nos cuida y nos conduce hacia la salvación.

El Salmo refuerza esta idea: el Señor es clemente y compasivo, él nos levanta cuando caemos y nunca nos deja solos. En Cuaresma, se nos invita a confiar en esta misericordia divina y a acercarnos con corazón sincero al Dios que nos perdona y restaura.

En el Evangelio, Jesús nos muestra su unidad con el Padre y nos revela su poder para dar vida. Nos dice: "El que escucha mi palabra y cree en el que me envió, tiene vida eterna y no será condenado". Estas palabras nos invitan a vivir una relación más profunda con Cristo, confiando en él y siguiéndolo fielmente.

A medida que avanzamos en este tiempo de Cuaresma, es importante preguntarnos: ¿Estamos realmente escuchando a Jesús y viviendo según su Palabra? ¿Nos dejamos transformar por su misericordia y amor?

Que esta jornada sea una oportunidad para renovar nuestra confianza en Dios, sabiendo que él nunca nos abandona. Acerquémonos a él con corazón arrepentido y esperanzado, pues en Cristo encontramos la verdadera vida.

Amén.


2

Asombro y admiración


(Isaías 49: 8-15) El Señor endereza nuestros caminos para ayudarnos a seguir sus pasos. A veces venimos de lejos, y eso es una fuente inagotable de alegría para él.


Jesús tomó la palabra y les dijo:
«En verdad, en verdad os digo: el Hijo no puede hacer nada por su cuenta sino lo que viere hacer al Padre. Lo que hace este, eso mismo hace también el Hijo, pues el Padre ama al Hijo y le muestra todo lo que él hace, y le mostrará obras mayores que esta, para vuestro asombro.

 

Juan 5: 25-26

 

 

El misterio más central y glorioso de nuestra fe es el de la Santísima Trinidad. Dios el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son un solo Dios pero tres Personas distintas. Como “Personas” divinas, cada una es distinta; pero como un solo Dios, cada Persona actúa en perfecta unión con las demás.

 

 En el Evangelio de hoy, Jesús identifica claramente al Padre Celestial como Su Padre y declara claramente que Él y Su Padre son uno. Por eso, hubo quienes quisieron matar a Jesús porque “llamó a Dios su propio padre, haciéndose igual a Dios”.

 

La triste realidad es que la verdad más grande y gloriosa de la vida interior de Dios, el misterio de la Santísima Trinidad fue una de las principales razones por las que algunos eligieron odiar a Jesús y buscaron Su vida. Claramente, fue su ignorancia de esta gloriosa verdad lo que los llevó a este odio.

 

Llamamos a la Santísima Trinidad un "misterio", no porque no se puedan conocer, sino porque nuestro conocimiento de Quiénes son nunca podrá entenderse por completo. Por la eternidad, entraremos cada vez más profundamente en nuestro conocimiento de la Trinidad y seremos “asombrados” en un nivel cada vez más profundo.

 

Un aspecto adicional del misterio de la Trinidad es que cada uno de nosotros está llamado a compartir su propia vida. Siempre seremos distintos de Dios; pero, como a muchos de los primeros Padres de la Iglesia les gustaba decir, debemos “divinizarnos”, es decir, debemos participar de la vida divina de Dios a través de nuestra unión de cuerpo y alma con Cristo Jesús. Esa unión también nos une con el Padre y el Espíritu. Esta verdad también debería dejarnos “asombrados”, como leemos en el pasaje anterior.

 

A medida que continuamos leyendo esta semana el Evangelio de Juan y continuamos reflexionando sobre la misteriosa y profunda enseñanza de Jesús sobre su relación con el Padre Celestial, es esencial que no simplemente pasemos por alto el misterioso lenguaje que Jesús usa. Más bien, debemos entrar en el misterio con oración y permitir que nuestra penetración en este misterio nos deje verdaderamente asombrados. El asombro y la edificación transformadora es la única buena respuesta. Nunca entenderemos completamente la Trinidad, pero debemos permitir que la verdad de nuestro Dios Trino se apodere de nosotros y nos enriquezca, al menos, de una manera que sepa cuánto no sabemos, y ese conocimiento nos deje asombrados...

 

Reflexione hoy sobre el sagrado misterio de la Santísima Trinidad. Ore para que Dios se revele más plenamente a su mente y consuma más completamente su voluntad. Ore para que pueda compartir profundamente la vida de la Trinidad para que se llene de un santo asombro y admiración.

 

Dios santísimo y trino, el amor que compartes dentro de tu propio ser de Padre, Hijo y Espíritu Santo está más allá de mi comprensión. El misterio de Tu vida trina es un misterio del mayor grado. Acércame, querido Señor, a la vida que compartes con tu Padre y el Espíritu Santo. Lléname de asombro y admiración al invitarme a compartir Tu vida divina. Santísima Trinidad, en Ti confío.

lunes, 16 de marzo de 2026

17 de marzo del 2026: martes de la cuarta semana de Cuaresma

 

Levantarse para vivir

(Ez 47, 1-9. 12; Jn 5,1-16) La Palabra de hoy nos invita a pasar de la parálisis a la vida. El profeta Ezequiel contempla un río que brota del templo y que, a su paso, todo lo transforma y hace florecer: donde llega el agua, nace la vida. Así es la fe cuando la dejamos fluir: renueva el corazón y se convierte en fuente de vida también para los demás.

En el Evangelio, Jesús se acerca al hombre paralizado junto a la piscina de Betesda. Su palabra no solo le devuelve la salud, sino que lo invita a levantarse y caminar: “Levántate, toma tu camilla y anda.” Los dones de Dios no son simples favores pasajeros; son llamadas a la conversión, a entrar en una vida nueva. Acogiendo su palabra, también nosotros podemos levantarnos y continuar el camino hacia la vida plena.

 


Primera lectura

Lectura de la profecía de Ezequiel (47,1-9.12):

EN aquellos días, el ángel me hizo volver a la entrada del templo del Señor.
De debajo del umbral del templo corría agua hacia el este —el templo miraba al este—. El agua bajaba por el lado derecho del templo, al sur del altar.
Me hizo salir por el pórtico septentrional y me llevó por fuera hasta el pórtico exterior que mira al este. El agua corría por el lado derecho.
El hombre que llevaba el cordel en la mano salió hacia el este, midió quinientos metros y me hizo atravesar el agua, que me llegaba hasta los tobillos. Midió otros quinientos metros y me hizo atravesar el agua, que me llegaba hasta las rodillas. Midió todavía otros quinientos metros y me hizo atravesar el agua, que me llegaba hasta la cintura. Midió otros quinientos metros: era ya un torrente que no se podía vadear, sino cruzar a nado.
Entonces me dijo:
«¿Has visto, hijo de hombre?»,
Después me condujo por la ribera del torrente.
Al volver vi en ambas riberas del torrente una gran arboleda. Me dijo:
«Estas aguas fluyen hacia la zona oriental, descienden hacia la estepa y desembocan en el mar de la Sal, Cuando hayan entrado en él, sus aguas serán saneadas. Todo ser viviente que se agita, allí donde desemboque la corriente, tendrá vida; y habrá peces en abundancia. Porque apenas estas aguas hayan llegado hasta allí, habrán saneado el mar y habrá vida allí donde llegue el torrente.
En ambas riberas del torrente crecerá toda clase de árboles frutales; no se marchitarán sus hojas ni se acabarán sus frutos; darán nuevos frutos cada mes, porque las aguas del torrente fluyen del santuario; su fruto será comestible y sus hojas medicinales».

Palabra de Dios

 

 

Salmo

Sal 45,2-3.5-6.8-9

R/.
 El Señor de los ejércitos está con nosotros,
nuestro alcázar es el Dios de Jacob


V/. Dios es nuestro refugio y nuestra fuerza,
poderoso defensor en el peligro.
Por eso no tememos aunque tiemble la tierra,
y los montes se desplomen en el mar. R/.

V/. Un río y sus canales alegran la ciudad de Dios,
el Altísimo consagra su morada.
Teniendo a Dios en medio, no vacila;
Dios la socorre al despuntar la aurora. R/.

V/. El Señor del universo está con nosotros,
nuestro alcázar es el Dios de Jacob.
Venid a ver las obras del Señor,
las maravillas que hace en la tierra. R/.

 

 

Lectura del santo evangelio según san Juan (5,1-16):

SE celebraba una fiesta de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén.
Hay en Jerusalén, junto a la Puerta de las Ovejas, una piscina que llaman en hebreo Betesda. Esta tiene cinco soportales, y allí estaban echados muchos enfermos, ciegos, cojos, paralíticos.
Estaba también allí un hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo.
Jesús, al verlo echado, y sabiendo que ya llevaba mucho tiempo, le dice:
«¿Quieres quedar sano?».
El enfermo le contestó:
«Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se remueve el agua; para cuando llego yo, otro se me ha adelantado».
Jesús le dice:
«Levántate, toma tu camilla y echa a andar».
Y al momento el hombre quedó sano, tomó su camilla y echó a andar.
Aquel día era sábado, y los judíos dijeron al hombre que había quedado sano:
«Hoy es sábado, y no se puede llevar la camilla».
Él les contestó:
«El que me ha curado es quien me ha dicho: “Toma tu camilla y echa a andar”».
Ellos le preguntaron:
«¿Quién es el que te ha dicho que tomes la camilla y eches a andar?».
Pero el que había quedado sano no sabía quién era, porque Jesús, a causa del gentío que había en aquel sitio, se había alejado.
Más tarde lo encuentra Jesús en el templo y le dice:
«Mira, has quedado sano; no peques más, no sea que te ocurra algo peor».
Se marchó aquel hombre y dijo a los judíos que era Jesús quien lo había sanado.
Por esto los judíos perseguían a Jesús, porque hacía tales cosas en sábado.

Palabra del Señor

 

 

***********

 

“Levántate y camina: cuando Dios toma la iniciativa”

 

Queridos hermanos y hermanas:

La Palabra de Dios de este día tiene un sabor profundamente cuaresmal. Nos pone delante dos imágenes llenas de esperanza: por un lado, el agua que brota del templo en la visión del profeta Ezequiel; por otro, el hombre paralítico que yace junto a la piscina de Betesda, esperando inútilmente una oportunidad para sanar. En ambos casos aparece el mismo mensaje: Dios quiere comunicar vida allí donde parecía reinar el estancamiento, la impotencia y la tristeza.

La primera lectura es bellísima. Ezequiel contempla un agua que sale del templo y que, a medida que avanza, va transformando todo: donde llega esa corriente, hay vida; lo árido se fecunda, lo estéril florece, lo muerto revive. El agua no se queda quieta; sale, corre, sanea, fecunda. No es un agua encerrada, sino una gracia en movimiento. Así es Dios. Dios no es un Dios inmóvil ni lejano. Dios sale al encuentro, busca, toca, levanta, renueva. Y ese río que brota del templo es una imagen de su misericordia, de su gracia, de su amor que no se resigna a vernos postrados.

Luego el Evangelio nos presenta a un hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo junto a la piscina de Betesda. Era prácticamente una vida entera. Treinta y ocho años esperando, treina y ocho años viendo pasar gente, treina y ocho años acumulando frustración, cansancio, decepción. Seguramente al comienzo tuvo esperanza; después, resignación; y finalmente quizá una especie de costumbre del dolor. Jesús lo ve tendido allí, conoce su larga enfermedad y le pregunta: “¿Quieres quedar sano?”. Y luego le dice: “Levántate, toma tu camilla y echa a andar.”

A primera vista, esa pregunta de Jesús parece extraña. ¿Cómo no va a querer sanar alguien que ha sufrido tanto tiempo? Pero Jesús no formula preguntas inútiles. Él entra al corazón. La pregunta va más allá del cuerpo: ¿de verdad quieres cambiar? ¿de verdad quieres salir de aquello que te tiene postrado? ¿de verdad quieres comenzar una vida nueva? Porque hay parálisis físicas, sí; pero también hay parálisis del alma. Está la parálisis del resentimiento, de la tristeza prolongada, de la culpa, de la rutina espiritual, de los pecados repetidos, del desánimo, de la falta de perdón, del “yo soy así”, del “ya no puedo cambiar”, del “esto siempre será igual”.

Y aquí esta Palabra se vuelve actual para nosotros. Muchos no estamos en una camilla visible, pero llevamos dentro alguna inmovilidad. A veces seguimos respirando, trabajando, conversando, incluso sonriendo, pero interiormente estamos detenidos. Hay personas que llevan años paralizadas por una herida del pasado. Otras, por una pérdida que no han logrado elaborar. Otras, por una culpa que no se atreven a poner en manos de Dios. Otras, por un pecado habitual contra el que dejaron de luchar porque piensan que ya no tiene remedio.

Ese hombre del Evangelio dice algo muy humano: “No tengo a nadie”. Es una de las frases más tristes de toda la escena. No tengo a nadie que me ayude. No tengo a nadie que me meta en el agua. No tengo a nadie que me sostenga. Cuánta gente hoy podría repetir esas palabras. Ancianos solos. Enfermos olvidados. Personas que atraviesan duelos en silencio. Hombres y mujeres cansados de dar y no recibir. Amigos heridos por la indiferencia. Benefactores generosos que a veces también cargan sus propias cruces. Familias enteras que parecen llevar años esperando una consolación que no llega.

Pero precisamente ahí sucede lo más hermoso del Evangelio: cuando el hombre ya no espera nada, Jesús toma la iniciativa. No fue el enfermo quien buscó a Jesús; fue Jesús quien lo vio. No fue el enfermo quien encontró la solución; fue Cristo quien se le acercó. No fue la piscina la que lo sanó; fue la palabra viva del Señor. Ese es el corazón del mensaje de hoy: la salvación no nace de nuestras fuerzas, sino de la iniciativa misericordiosa de Dios.

Y eso es muy importante en Cuaresma. A veces convertimos la Cuaresma en una especie de lista de esfuerzos personales: voy a dejar esto, voy a hacer aquello, voy a mejorar en esto otro. Y está bien. Pero la Cuaresma no comienza por lo que yo hago por Dios, sino por lo que Dios hace por mí. Él ve mi postración. Él conoce mis años de lucha. Él sabe mis cansancios secretos. Él no me humilla por mi fragilidad; me pregunta con ternura: “¿Quieres sanar?”. Y cuando reconozco que no puedo solo, entonces su gracia empieza a obrar.

El comentario que compartiste lo expresa muy bien: la impotencia reconocida puede convertirse en la puerta por donde entra la gracia. Mientras uno se cree autosuficiente, se encierra. Pero cuando uno dice de verdad: “Señor, no puedo solo; Señor, necesito tu ayuda; Señor, ven a levantarme”, entonces el alma comienza a abrirse a la acción de Dios.

Hay aquí también una enseñanza profundamente espiritual. Aquel hombre estaba esperando que el agua se moviera. Y mientras esperaba una señal externa, la verdadera fuente de vida estaba ya delante de él: Jesús. A veces nosotros también nos quedamos esperando “algo”: una emoción extraordinaria, un milagro espectacular, una circunstancia ideal, una solución inmediata. Y sin embargo el Señor ya está actuando, quizá de un modo humilde y silencioso: en su Palabra, en una confesión pendiente, en una eucaristía bien vivida, en la compañía de alguien bueno, en una reconciliación, en una llamada a comenzar de nuevo.

Ezequiel habla de un río que lo sana todo; el Evangelio nos muestra que ese río tiene rostro: Jesucristo. Él es el verdadero templo del que brota el agua viva. Él es la fuente que sana nuestras zonas secas. Él es el que puede devolver movilidad a la conciencia adormecida, esperanza al corazón vencido y dignidad al que se siente tirado al borde del camino.

Y no olvidemos un detalle: Jesús no solo sana al hombre; también lo pone en marcha. No le dice: “Quédate ahí descansando”. Le dice: “Levántate, toma tu camilla y anda.” Es decir: no vuelvas a vivir como antes. No te identifiques para siempre con tu herida. No reduzcas tu identidad a aquello que sufriste. No sigas acostado en el lugar de tu antigua impotencia. La gracia de Dios no solo consuela; también impulsa. No solo cura; también envía. No solo limpia; también transforma.

Tal vez esa “camilla” que el hombre debe cargar representa precisamente su historia. Jesús no borra mágicamente el pasado, pero hace que ese pasado ya no lo domine. Antes la camilla lo cargaba a él; ahora él carga la camilla. Antes estaba postrado sobre ella; ahora camina. Qué hermosa imagen de la vida cristiana. Con Cristo, nuestras heridas no necesariamente desaparecen de la memoria, pero dejan de gobernarnos. Nuestro pasado ya no nos aplasta; integrado en la gracia, puede incluso convertirse en testimonio.

Hoy, además, queremos vivir esta Eucaristía con una intención orante por nuestros familiares, amigos y benefactores. Y esta Palabra ilumina muy bien esa intención. Pensemos en tantos familiares nuestros que quizá están cansados, enfermos, tristes o espiritualmente paralizados. Pensemos en amigos que necesitan una palabra de ánimo, una reconciliación, una cercanía. Pensemos en los benefactores que el Señor ha puesto en nuestro camino, personas que nos han ayudado material, espiritual o afectivamente. Muchos de ellos han sido, para nosotros, como un cauce de ese río de Ezequiel: por medio de ellos Dios nos ha sostenido, alentado, consolado.

Qué importante es orar por ellos. Porque a veces recibimos mucho de determinadas personas y no siempre correspondemos con gratitud espiritual. Hoy la liturgia nos invita a ponerlos delante del Señor y a pedir por cada uno:
Señor, sana a nuestros familiares.
Señor, fortalece a nuestros amigos.
Señor, bendice a nuestros benefactores.
Señor, levanta a los que están postrados.
Señor, haz correr tu agua viva por sus hogares, sus trabajos, sus luchas y sus esperanzas.

Y quizá también debemos preguntarnos: ¿no quiere el Señor que nosotros seamos para otros esa ayuda que el paralítico no encontraba? El hombre decía: “No tengo a nadie”. Ojalá nadie cercano a nosotros tenga que repetir esa frase. Ojalá en nuestras familias haya más presencia. Ojalá en nuestras comunidades haya más atención. Ojalá nuestros amigos puedan contar con nosotros. Ojalá nuestros benefactores no solo reciban agradecimientos humanos, sino también oración fiel, cercanía sincera y memoria agradecida.

Una aproximación psicológica también puede ayudarnos. Con frecuencia, cuando una persona ha sufrido durante mucho tiempo, termina organizando su identidad alrededor de su herida. Se acostumbra a definirse desde la carencia, desde la frustración, desde la imposibilidad. El dolor prolongado genera a veces una resignación interior: “yo ya no cambio”, “esto no tiene remedio”, “para mí ya es tarde”. El Evangelio rompe esa lógica. Jesús entra justamente en ese espacio donde la persona se ha acostumbrado a sobrevivir y le devuelve la capacidad de desear una vida distinta. En otras palabras, Jesús no solo cura el cuerpo; devuelve también el deseo, la esperanza y la iniciativa interior.

Por eso esta Palabra es una gran noticia para todos los que sienten que llevan demasiado tiempo mal. Para el que lleva años en una tibieza espiritual. Para el que arrastra un pecado recurrente. Para el que se acostumbró a vivir sin ilusión. Para el que se resignó a una relación rota. Para el que piensa que Dios ya no puede hacer nada con su vida. Cristo le dice hoy: sí hay esperanza, sí puedes levantarte, sí la gracia puede tocarte.

Hermanos, estamos en Cuaresma, tiempo de volver a la fuente. No nos contentemos con quedarnos al borde de la piscina lamentándonos. No vivamos solo enumerando nuestras limitaciones. Miremos a Cristo. Dejemos que nos haga la pregunta decisiva: “¿Quieres quedar sano?”. Y respondamos con humildad:
“Señor, sí quiero, pero no puedo sin ti”.
“Señor, quiero sanar mis heridas”.
“Señor, quiero dejar ese pecado”.
“Señor, quiero volver a orar”.
“Señor, quiero perdonar”.
“Señor, quiero caminar”.

Entonces veremos que la gracia ya estaba obrando. Porque el Señor no espera a que todo esté resuelto para acercarse. Se acerca precisamente cuando estamos tirados, cansados, confundidos y sin fuerzas. Esa es su misericordia. Esa es su iniciativa. Ese es el Evangelio.

Pidamos en esta celebración por nuestros familiares, amigos y benefactores. Que sobre ellos corra el río de la vida que vio Ezequiel. Que sobre ellos repose la mirada compasiva de Cristo en Betesda. Que el Señor cure sus heridas visibles e invisibles. Que bendiga su generosidad. Que los sostenga en la prueba. Y que también a nosotros nos convierta en instrumentos de consuelo, gratitud y esperanza para ellos.

Que al acercarnos hoy a la Eucaristía escuchemos, en lo más íntimo del corazón, la voz de Jesús que nos dice:
“Levántate, toma tu camilla y anda.”
Y que, sostenidos por su gracia, nos pongamos de pie para caminar hacia una vida nueva.

Amén.

 

domingo, 15 de marzo de 2026

16 de marzo del 2026: lunes de la cuarta semana de Cuaresma

 

Creer en la Palabra

Las lecturas de hoy nos invitan a redescubrir el fundamento de nuestra confianza en Dios.

El funcionario del Evangelio cree en la palabra de Jesús antes incluso de ver la curación de su hijo. Su fe no se apoya en signos espectaculares, sino en la confianza en lo que el Señor dice. Es la fe de quienes caminan sostenidos por la promesa, incluso cuando todavía no ven el resultado.

Al mismo tiempo, el profeta Isaías nos abre a una esperanza nueva: Dios es capaz de renovar la vida hasta el punto de transformar el dolor en alegría, como una madre que, al abrazar a su hijo recién nacido, olvida los sufrimientos del parto. Cuando Dios actúa, el corazón vuelve a calentarse y el pasado ya no tiene la última palabra.

Creer en la Palabra de Dios es, entonces, abrirse a esa vida nueva que Él prepara, incluso antes de verla. Es caminar confiados, sabiendo que quien confía en el Señor nunca queda defraudado.

G.Q

 


Primera lectura

Lectura del libro de Isaías (65,17-21):

ESTO dice el Señor:
«Mirad: voy a crear un nuevo cielo
y una nueva tierra:
de las cosas pasadas
ni habrá recuerdo ni vendrá pensamiento.
Regocijaos, alegraos por siempre
por lo que voy a crear:
yo creo a Jerusalén “alegría”,
y a su pueblo, “júbilo”.
Me alegraré por Jerusalén
y me regocijaré con mi pueblo,
ya no se oirá en ella ni llanto ni gemido;
ya no habrá allí niño
que dure pocos días,
ni adulto que no colme sus años,
pues será joven quien muera a los cien años,
y quien no los alcance se tendrá por maldito.
Construirán casas y las habitarán,
plantarán viñas y comerán los frutos».


Palabra de Dios

 

 

Salmo

Sal 29,2.4.5-6.11-12a.13b



R/.
 Te ensalzaré, Señor, porque me has librado

V/. Te ensalzaré, Señor, porque me has librado
y no has dejado que mis enemigos se rían de mí.
Señor, sacaste mi vida del abismo,
me hiciste revivir cuando bajaba a la fosa. R/.

V/. Tañed para el Señor, fieles suyos,
celebrad el recuerdo de su nombre santo;
su cólera dura un instante;
su bondad, de por vida;
al atardecer nos visita el llanto;
por la mañana, el júbilo. R/.

V/. Escucha, Señor, y ten piedad de mí;
Señor, socórreme.
Cambiaste mi luto en danzas.
Señor, Dios mío, te daré gracias por siempre.
 R/.

 

 

Lectura del santo evangelio según san Juan (4,43-54):

EN aquel tiempo, salió Jesús de Samaría para Galilea. Jesús mismo había atestiguado:
«Un profeta no es estimado en su propia patria».
Cuando llegó a Galilea, los galileos lo recibieron bien, porque habían visto todo lo que había hecho en Jerusalén durante la fiesta, pues también ellos habían ido a la fiesta.
Fue Jesús otra vez a Caná de Galilea, donde había convertido el agua en vino.
Había un funcionario real que tenía un hijo enfermo en Cafarnaún. Oyendo que Jesús había llegado de Judea a Galilea, fue a verlo, y le pedía que bajase a curar a su hijo que estaba muriéndose.
Jesús le dijo:
«Si no veis signos y prodigios, no creéis».
El funcionario insiste:
«Señor, baja antes de que se muera mi niño».
Jesús le contesta:
«Anda, tu hijo vive».
El hombre creyó en la palabra de Jesús y se puso en camino. Iba ya bajando, cuando sus criados vinieron a su encuentro diciéndole que su hijo vivía. Él les preguntó a qué hora había empezado la mejoría. Y le contestaron:
«Ayer a la hora séptima lo dejó la fiebre».
El padre cayó en la cuenta de que esa era la hora en que Jesús le había dicho: «Tu hijo vive». Y creyó él con toda su familia. Este segundo signo lo hizo Jesús al llegar de Judea a Galilea.

Palabra del Señor

 


1

 

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de este lunes de la cuarta semana de Cuaresma nos regala un mensaje de profunda esperanza, especialmente cuando hoy queremos orar por nuestros difuntos.

En la primera lectura, el profeta Isaías nos transmite una promesa maravillosa de parte de Dios:
“Voy a crear un cielo nuevo y una tierra nueva.”
No es una frase poética sin más. Es una declaración de amor y de poder. Dios anuncia que el dolor, el llanto y la tristeza no tendrán la última palabra. Dios puede renovar la vida, sanar las heridas del corazón y abrir un futuro incluso allí donde nosotros sólo vemos ausencia, vacío o lágrimas.

Y esto toca de manera especial nuestra oración por los difuntos. Cuando una persona querida parte de este mundo, queda en nosotros una mezcla de amor, nostalgia, dolor y preguntas. A veces seguimos adelante por fuera, pero por dentro permanece una herida silenciosa. Por eso esta Palabra llega hoy como un consuelo: Dios no abandona la obra de sus manos. Dios no olvida a sus hijos. Dios es Señor de la vida y también de la muerte.

El salmo responsorial nos hacía repetir algo muy bello:
“Te ensalzaré, Señor, porque me has librado.”
Y también:
“Por la noche durará el llanto, y a la mañana, el júbilo.”

¡Qué actual es esta palabra! Todos conocemos noches del alma: el sufrimiento, la enfermedad, la pérdida de un ser amado, el duelo que parece no terminar. Pero la fe cristiana nos dice que la noche no es eterna. El llanto existe, sí; Jesús mismo lloró ante la tumba de Lázaro. Pero el llanto no tiene la última palabra. La última palabra la tiene Dios. Y la palabra de Dios es palabra de vida.

En el Evangelio encontramos a un padre angustiado por la enfermedad de su hijo. Se trata de un funcionario real que busca a Jesús porque su hijo está al borde de la muerte. Este hombre representa a tantos de nosotros cuando acudimos al Señor cargados de preocupación, de dolor o de impotencia.

Él le pide a Jesús que vaya a su casa. Pero Jesús no baja con él. Le dice simplemente:
“Vete, tu hijo vive.”
Y el Evangelio añade una frase decisiva:
“El hombre creyó en la palabra que Jesús le había dicho y se puso en camino.”

Ahí está el corazón del Evangelio de hoy: creer en la Palabra de Jesús.

Ese hombre no vio el milagro inmediatamente. No recibió primero la prueba y después creyó. Primero creyó, y luego vio. Se apoyó no en lo que podía comprobar con sus ojos, sino en lo que Jesús le había dicho.

También nosotros, cuando oramos por nuestros difuntos, caminamos así: sostenidos por la Palabra. Nosotros no vemos con nuestros ojos lo que ocurre más allá de la muerte, pero creemos en la promesa del Señor. Creemos que Jesucristo, muerto y resucitado, ha vencido la muerte. Creemos que la vida no termina, sino que se transforma. Creemos que la misericordia de Dios es más grande que nuestras pobrezas y más fuerte que la tumba.

Por eso, orar por los difuntos no es una costumbre vacía. Es un acto de fe. Es decirle al Señor: “Yo confío en ti. Confío en que tú acoges a nuestros hermanos. Confío en que tu amor sigue actuando. Confío en que la muerte no destruye lo que ha sido vivido en ti.”

A veces, cuando alguien muere, podemos quedar atrapados en la tristeza, en la culpa o en la nostalgia. Tristeza por su ausencia. Culpa por lo que no hicimos o no dijimos. Nostalgia de un pasado que no volverá. Pero hoy la Palabra nos invita a levantar la mirada. No para olvidar a nuestros difuntos, sino para recordarlos desde la esperanza.

La fe cristiana no elimina el dolor, pero sí lo ilumina. Nos permite llorar, pero sin desesperarnos. Nos permite extrañar, pero sin perder la confianza. Nos permite seguir amando, sabiendo que en Dios nadie se pierde para siempre.

Qué hermoso pensar que, así como aquel padre creyó la palabra de Jesús y volvió a su casa con esperanza, también nosotros estamos llamados a seguir caminando con esa misma confianza. Tal vez hoy el Señor no nos da todas las respuestas, pero sí nos da su promesa. Y su promesa basta.

En esta Eucaristía pidamos tres gracias:

Primero, la gracia de creer en la Palabra de Jesús, aun cuando no vemos todavía todo con claridad.

Segundo, la gracia de poner a nuestros difuntos en las manos misericordiosas del Padre, confiando en su amor eterno.

Y tercero, la gracia de vivir nuestra propia vida en conversión y esperanza, para que también nosotros caminemos hacia esa plenitud que Dios nos ha prometido.

Que María, Madre de la esperanza, nos ayude a confiar, a orar y a esperar. Y que el Señor conceda a nuestros difuntos el descanso eterno y a nosotros el consuelo de la fe.

Amén.

 

 

19 de marzo del 2026: San José, esposo de la Bienaventurada Virgen María

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