Santo del día:
San Buenaventura
1221-1274.
«Sin la oración, no esperen
crecer en las virtudes», afirmaba este gran teólogo franciscano,
séptimo ministro general de la Orden de los Hermanos Menores. Discípulo de san
Francisco, supo unir la profundidad intelectual con una auténtica vida
espiritual. Creado cardenal y obispo de Albano, participó en el Concilio de
Lyon. Doctor de la Iglesia, es conocido como el Doctor Seráfico.
Revelado a los humildes
¿Cuál es, entonces, ese misterio que el Padre,
según Jesús, ha revelado a los pequeños? Preguntarse de ese modo quizá sea
señal de un espíritu demasiado sabio y entendido… Los humildes, en cambio, no
pretenden comprenderlo todo: saben acoger. Lo que se les revela es el rostro
del Padre manifestado en el Hijo. Para conocer a Dios no basta, por tanto,
acumular conocimientos; es necesario abrir el corazón, dejarse enseñar por
Jesús y recibir con confianza el don de su amor.
G.Q
Primera lectura
Is
10, 5-7. 13-16
¿Se
enorgullece el hacha contra quien corta con ella?
Lectura del libro de Isaías.
ESTO dice el Señor:
«¡Ay de Asiria, vara de mi ira!
¡Mi furor es bastón entre sus manos!
Lo envío contra una nación impía,
lo mando contra el pueblo que provoca mi cólera,
para saquearlo y despojarlo,
para hollarlo como barro de las calles.
Pero él no lo entiende así,
no es eso lo que piensa en su corazón,
sino exterminar, aniquilar naciones numerosas.
Porque se decía: “Con la fuerza de mi mano lo he hecho,
con mi saber, porque soy inteligente.
He borrado las fronteras de las naciones,
he saqueado sus tesoros
y, como un héroe, he destronado a sus señores.
Mi mano ha alcanzado a las riquezas de los pueblos,
como si fueran un nido;
como quien recoge huevos abandonados,
recogí toda su tierra.
Ninguno batió el ala,
ninguno abrió el pico para piar”.
¿Se enorgullece el hacha contra quien corta con ella?
¿Se gloría la sierra contra quien la mueve?
¡Como si el bastón moviera a quien lo sostiene,
o la vara sostuviera a quien no es de madera!
Por eso, el Señor, Dios del universo,
debilitará a los hombres vigorosos
y bajo su esplendor
encenderá un fuego abrasador».
Palabra de Dios.
Salmo
Sal
93, 5-6. 7-8. 9-10. 14-15 (R.: 14a)
R. El Señor no
rechaza a su pueblo.
V. Trituran,
Señor, a tu pueblo,
oprimen a tu heredad;
asesinan a viudas y forasteros,
degüellan a los huérfanos. R.
V. Y comentan:
«Dios no lo ve,
el Dios de Jacob no se entera».
Entérense, los más necios del pueblo,
ignorantes, ¿cuándo discurrirán? R.
V. El que plantó
el oído ¿no va a oír?
El que formó el ojo ¿no va a ver?
El que educa a los pueblos ¿no va a castigar?
El que instruye al hombre ¿no va a saber? R.
V. Porque el Señor no
rechaza a su pueblo,
ni abandona su heredad:
el juicio retornará a la justicia,
y la seguirán todos los rectos de corazón. R.
Aclamación
R. Aleluya,
aleluya, aleluya.
V. Bendito seas, Padre,
Señor del cielo y de la tierra,
porque has revelado los misterios del reino a los pequeños. R .
Evangelio
Mt
11, 25-27
Has
escondido estas cosas a los sabios y se las has revelado a los pequeños
Lectura del santo Evangelio según san Mateo.
EN aquel tiempo, tomó la palabra Jesús y dijo:
«Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido
estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños.
Sí, Padre, así te ha parecido bien.
Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el
Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo
quiera revelar».
Palabra del Señor.
1
Dios se revela a los pequeños
Queridos hermanos:
La Palabra de Dios de hoy nos presenta un fuerte
contraste entre la soberbia del poderoso y la humildad de quienes confían en el
Señor.
En la primera lectura, el profeta Isaías habla de
Asiria, una nación que Dios había permitido actuar como instrumento de
corrección para su pueblo. Sin embargo, el rey asirio se llenó de orgullo.
Pensó que todo lo había conseguido por su propia fuerza, por su inteligencia y
por el poder de su ejército. Llegó a creer que era dueño absoluto de la
historia.
Por eso, el Señor lo confronta con una imagen muy
sencilla: ¿puede el hacha gloriarse contra quien la maneja? ¿Puede la sierra
sentirse superior a quien la mueve? El instrumento no puede ponerse por encima
de quien lo utiliza.
Esta Palabra también nos interpela. Con facilidad
podemos pensar que todo depende de nosotros, que nuestros logros son únicamente
fruto de nuestras capacidades, que no necesitamos de nadie, ni siquiera de
Dios. La soberbia comienza cuando olvidamos que la vida es un don, que nuestras
capacidades son recibidas y que todo poder humano es limitado.
El salmo denuncia otra consecuencia de esa
soberbia: la opresión de los débiles. Dice que algunos maltratan al pueblo,
oprimen a la viuda, al extranjero y al huérfano, creyendo que Dios no ve.
Pero Dios sí ve. Dios escucha el clamor de quien
sufre. Dios no abandona a su pueblo, como proclamamos en el estribillo: «El
Señor no rechaza a su pueblo».
Esto nos consuela especialmente al orar hoy por
nuestros enfermos. Muchos de ellos pueden sentirse frágiles, dependientes,
olvidados o abatidos. La enfermedad nos recuerda que no somos autosuficientes y
que necesitamos de Dios y de los demás. Pero también nos recuerda algo más
profundo: nuestra debilidad no nos aleja del Señor; muchas veces nos hace más
capaces de abrirnos a Él.
En el Evangelio, Jesús exclama lleno de alegría:
«Te doy gracias, Padre, porque has escondido estas cosas a los sabios y
entendidos y se las has revelado a los pequeños».
Jesús no condena el conocimiento ni la
inteligencia. Lo que rechaza es la actitud del que cree saberlo todo y ya no se
deja enseñar. El verdadero obstáculo para conocer a Dios no es la falta de
estudios, sino la soberbia del corazón.
Los pequeños de los que habla Jesús son quienes
reconocen que necesitan de Dios. Son quienes no tienen todas las respuestas,
pero saben confiar. Son quienes se acercan al Señor con un corazón disponible,
sencillo y humilde.
El gran misterio revelado a los pequeños es el
rostro amoroso del Padre, que Jesús nos da a conocer. Nadie conoce verdaderamente
al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. Por eso,
conocer a Dios no consiste solamente en aprender ideas sobre Él; consiste en
entrar en relación con Jesús, escucharlo, seguirlo y dejarnos amar por Él.
Aquí podemos comprender también la experiencia de
nuestros enfermos. A veces, en medio del dolor, surgen preguntas para las que
no tenemos una respuesta completa: ¿por qué esta enfermedad?, ¿por qué este
sufrimiento?, ¿por qué Dios no concede pronto la salud?
La fe no siempre responde a todos nuestros porqués,
pero nos revela quién permanece a nuestro lado. Nos muestra a Jesucristo, el
Hijo que conoce al Padre y que nos asegura que no estamos solos. El Señor no
abandona al enfermo, no desprecia sus lágrimas ni se desentiende de su dolor.
La enfermedad puede hacernos experimentar la
pobreza, pero esa pobreza también puede convertirse en espacio de gracia.
Cuando ya no podemos sostenernos solo en nuestras fuerzas, aprendemos a
dejarnos sostener por Dios.
Hoy pidamos un corazón humilde. Que no seamos como
el poderoso que se gloría de su fuerza, sino como los pequeños que reciben con
gratitud la revelación del Padre. Que sepamos acompañar con ternura a los
enfermos de nuestras familias y comunidades, visitarlos, escucharlos, servirlos
y hacerles sentir que siguen siendo valiosos y amados.
Oremos por quienes sufren enfermedades del cuerpo,
por quienes atraviesan angustias del alma, por los hospitalizados, por quienes
esperan un diagnóstico, una cirugía o un tratamiento, y por quienes los cuidan
con paciencia y amor.
Que Jesús, médico de los cuerpos y de las almas,
les conceda fortaleza, alivio y esperanza. Y que todos aprendamos que la
verdadera sabiduría no consiste en sentirnos superiores, sino en reconocer
humildemente que dependemos del amor del Padre.
Amén.
2
La verdadera sabiduría se recibe con un corazón
humilde
Queridos
hermanos:
La
Palabra de Dios de este miércoles nos presenta dos maneras muy distintas de
situarnos ante Dios: la soberbia de quien se considera dueño de su poder y de
sus logros, y la humildad de quien reconoce que todo lo recibe del Padre.
En
la primera lectura, el profeta Isaías habla de Asiria, una gran potencia que
había sido utilizada como instrumento para corregir al pueblo de Israel. Sin
embargo, el rey asirio terminó creyendo que sus victorias eran únicamente fruto
de su inteligencia, de su fuerza y de la capacidad de su ejército.
Por
eso presume diciendo: «Con la fuerza de mi mano lo he hecho, con mi sabiduría,
porque soy inteligente». Ha olvidado que no es el dueño absoluto de la
historia. Se ha llenado de arrogancia y ha confundido la misión recibida con un
poder que le pertenecía por derecho propio.
Entonces
Dios le responde mediante una comparación muy clara: «¿Se envanece el hacha
contra quien corta con ella? ¿Se gloría la sierra contra quien la maneja?».
El instrumento no puede ponerse por encima de quien lo utiliza.
Esta
advertencia también es para nosotros. Podemos caer en la tentación de
atribuirnos todo lo bueno que hacemos. Podemos pensar que nuestros éxitos se
deben solamente a nuestras capacidades, a nuestra experiencia, a nuestros
estudios o a nuestros esfuerzos. Sin desconocer la importancia del trabajo
humano, la fe nos invita a recordar que la vida, los talentos, la inteligencia,
las oportunidades y la fuerza para servir son dones recibidos.
La
verdadera sabiduría comienza cuando dejamos de decir: «Todo lo he hecho yo», y
aprendemos a reconocer: «El Señor ha obrado en mí y me ha permitido colaborar
con su gracia».
El
salmo continúa denunciando la soberbia de quienes oprimen al débil. Habla de
aquellos que maltratan al pueblo, atropellan a la viuda, al extranjero y al
huérfano, mientras piensan: «El Señor no lo ve».
Pero
el salmista les recuerda: «El que hizo el oído, ¿no va a oír? El que formó
el ojo, ¿no va a ver?». Dios conoce nuestras acciones, escucha el clamor de
quienes sufren y no abandona a su pueblo. Por eso proclamamos con confianza:
«El Señor no rechaza a su pueblo».
En
el Evangelio, Jesús eleva una oración de alabanza: «Te doy gracias, Padre,
Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y
entendidos y se las has revelado a los pequeños».
Jesús
no está condenando el estudio, la ciencia ni la inteligencia. El mismo Dios nos
ha dado la razón y desea que la cultivemos. Lo que Jesús denuncia es la
autosuficiencia de quienes creen saberlo todo y, por eso, ya no se dejan
enseñar por Dios.
Los
«sabios y entendidos» a los que se refiere el Evangelio son aquellos que
confían únicamente en sí mismos, que quieren comprenderlo todo antes de creer y
que cierran su corazón al misterio. En cambio, los pequeños son quienes se
acercan a Dios con humildad, confianza y disponibilidad.
Ser
pequeño no significa ser ignorante ni ingenuo. Significa reconocer nuestra
dependencia de Dios. Significa aceptar que la verdad no es una posesión que
dominamos, sino un don que recibimos. El niño confía, pregunta, se deja
conducir y reconoce que necesita de otro.
Jesús
da gracias al Padre porque los misterios del Reino no se conquistan con orgullo
intelectual, sino que se acogen mediante la fe. No se trata de renunciar a
pensar, sino de pensar desde la humildad. La fe no elimina la inteligencia; la
ilumina y la conduce hacia una comprensión más profunda.
San
Agustín decía que la comprensión es recompensa de la fe: no debemos pretender
comprenderlo todo para comenzar a creer; más bien, creemos para llegar a
comprender con una luz nueva.
Hoy
celebramos la memoria de san Buenaventura, obispo y doctor de la Iglesia,
conocido como el «Doctor Seráfico». Fue un gran intelectual, filósofo y
teólogo, pero nunca separó el conocimiento de la oración. Para él, no bastaba
hablar sobre Dios: era necesario caminar hacia Dios y dejarse transformar por
su amor.
San
Buenaventura nos enseña que la auténtica teología nace de rodillas. Su
sabiduría no consistía solamente en acumular conceptos, sino en conducir la inteligencia
hacia la contemplación. Él comprendió que podemos saber muchas cosas sobre Dios
y, sin embargo, no conocerlo verdaderamente si nuestro corazón permanece
cerrado.
Por
eso afirmaba: «Sin la oración, no esperen crecer en las virtudes». La oración purifica
nuestra inteligencia, nos libra de la arrogancia y nos permite recibir la
sabiduría que viene de lo alto.
También
nosotros podemos preguntarnos: ¿cómo me acerco a Dios? ¿Como quien pretende
dominarlo todo con sus razonamientos, o como quien se deja sorprender y
enseñar? ¿Reconozco los dones que Él me ha concedido, o vivo atribuyéndome
todos mis logros? ¿Mi conocimiento me hace más humilde y servicial, o más
orgulloso y distante de los demás?
Jesús
nos invita hoy a unirnos a su alabanza: «Te doy gracias, Padre». La
gratitud es una escuela de humildad. Quien da gracias reconoce que no se ha
dado la vida a sí mismo y que no puede salvarse por sus propias fuerzas.
En
cada Eucaristía nos unimos a la acción de gracias perfecta de Cristo. Él ofrece
al Padre su alabanza, y nosotros, unidos a Él, aprendemos a reconocer las
bendiciones recibidas. No damos gracias solo porque todo salga como deseamos,
sino porque el Padre se nos ha revelado en Jesucristo y permanece con nosotros
en todo momento.
Pidamos
hoy, por intercesión de san Buenaventura, una inteligencia humilde, una fe
confiada y un corazón orante. Que nuestros conocimientos nos acerquen a Dios y
nos ayuden a servir mejor a los demás. Que nunca nos creamos dueños absolutos
de nuestros talentos, sino instrumentos en las manos del Señor.
Y
que podamos repetir con Jesús, no solo con los labios sino con toda nuestra
vida: «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra».
Amén.
*********
15 de julio:
San Buenaventura, Obispo y Doctor de la Iglesia – Memoria
c. 1217–1274
Invocado contra problemas intestinales
Canonizado por el Papa Sixto IV el 14 de abril de 1482
Proclamado Doctor Seráfico de la Iglesia por el Papa Sixto V en 1588
🕊️ Cita:
Cristo es a la vez el camino y la puerta. Cristo es la escalera y el vehículo, como el “trono de la misericordia sobre el Arca de la Alianza” y “el misterio oculto desde los siglos”. El hombre debe dirigir toda su atención hacia este trono de misericordia y contemplarlo colgado en la cruz, lleno de fe, esperanza y caridad, devoto, lleno de asombro y alegría, marcado por la gratitud y abierto a la alabanza y la exultación. Entonces ese hombre hará con Cristo una “pascua”, es decir, un paso. A través de los brazos de la cruz pasará el Mar Rojo, dejando Egipto y entrando en el desierto. Allí saboreará el maná escondido y descansará con Cristo en el sepulcro, como si estuviera muerto a las cosas exteriores. Experimentará, en la medida de lo posible para quien aún vive, lo que fue prometido al ladrón que colgaba junto a Cristo: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”.
(Itinerario del alma hacia Dios, de San Buenaventura)
📖 Reflexión
San Buenaventura nació aproximadamente durante la última década de vida de san Francisco de Asís y estuvo profundamente vinculado al santo y a su orden franciscana durante toda su vida. Nació en Civita di Bagnoregio, en la actual Italia, y fue bautizado con el nombre de Giovanni di Fidanza, como su padre. La región formaba parte de los Estados Pontificios, a unos 110 km al norte de Roma y a 80 km al suroeste de Asís. Al momento de su nacimiento, la orden franciscana contaba ya con cerca de 5.000 miembros, apenas una década después de haber sido fundada.
Según la tradición, cuando Giovanni era niño, fue curado milagrosamente por San Francisco de Asís. Algunos creen que fue entonces cuando se le dio el nombre de Bonaventura. Una leyenda cuenta que, al ser curado, Francisco exclamó: “¡Oh, buena ventura!” Otras versiones dicen que la curación fue posterior a la muerte de Francisco, por intercesión de la madre del niño. Sea como fuere, el propio San Buenaventura recordó más tarde el milagro diciendo:
“Pues yo, que recuerdo como si hubiese sido ayer cómo fui arrancado de las fauces de la muerte cuando era apenas un niño, por su invocación y sus méritos, temería incurrir en el pecado de ingratitud si no proclamase sus alabanzas.”
Poco se sabe sobre su infancia. De joven viajó a París para estudiar, y en 1243 ingresó formalmente a los franciscanos, tomando el nombre de Buenaventura. Se dedicó a un exigente estudio, centrado en las Sagradas Escrituras y las Sentencias del obispo Pedro Lombardo. Su tesis doctoral se tituló Cuestiones sobre el conocimiento de Cristo.
En ese tiempo, la Universidad de París era el campo de batalla entre los teólogos tradicionales y las nuevas órdenes mendicantes: franciscanos y dominicos, que vivían de la pobreza, predicaban itinerantemente y no poseían propiedades. Este modelo de vida causó tensiones y sospechas. Fray Buenaventura se situó al frente de esta defensa, fundamentando en la Escritura y en la teología la autenticidad del carisma mendicante.
Tras 14 años en París, Buenaventura fue nombrado Doctor y Maestro en Teología el 23 de octubre de 1257, el mismo día en que lo fue también su homólogo dominico, Santo Tomás de Aquino.
La orden franciscana crecía rápidamente y necesitaba orientación. San Francisco había sido reticente al estudio, temiendo que los frailes perdieran el espíritu del Evangelio. Sin embargo, en sus últimos años confió a San Antonio de Padua la formación teológica. Después de la muerte de San Francisco en 1226, la orden buscaba definirse. ¿Debían los frailes seguir siendo sencillos y pobres predicadores, o abrirse a la vida académica y de gobierno?
La elección divina recayó en Buenaventura para guiar este discernimiento. En 1257, poco después de recibir el doctorado, fue elegido Ministro General de los franciscanos, cargo que ocupó por 17 años. En ese tiempo, la orden creció de 5.000 a 30.000 frailes, extendiéndose por Europa, el norte de África, el Medio Oriente e incluso China.
Uno de sus primeros objetivos fue unificar la vida de los frailes. Compiló las normas de vida y escribió una biografía oficial de San Francisco, basada en testimonios directos. Esta biografía fue adoptada como la única autorizada en el Capítulo General de Pisa en 1263.
En 1265, el papa lo nombró arzobispo de York, pero Buenaventura, aún no ordenado obispo, renunció humildemente, prefiriendo continuar como superior de su orden. En los años siguientes escribió numerosas cartas, sermones y obras místicas de gran profundidad, siempre centradas en Cristo y en la sabiduría espiritual de San Francisco. Defendió que el conocimiento teológico no debía ser estéril ni vanidoso, sino siempre orientado a la conversión, la fe y el amor.
Su mística teología lo llevó a ser proclamado Doctor Seráfico de la Iglesia. Tenía también gran devoción a la Virgen María.
La influencia de Buenaventura fue tan notable que los papas buscaban su consejo frecuentemente. En 1274, el Papa Gregorio X lo consagró obispo y lo creó cardenal, encomendándole una tarea crucial: presidir el II Concilio de Lyon, que buscaba la reconciliación entre las Iglesias de Oriente y Occidente. Sin embargo, antes de que el concilio concluyera, Buenaventura murió misteriosamente, a los 56 años.
San Buenaventura fue, en muchos sentidos, el rostro nuevo del franciscanismo renovado. Si Francisco encendió la chispa, Buenaventura canalizó su fuego con sabiduría mística.
Hoy, al honrar a este gran santo, contemplemos su ejemplo de inteligencia al servicio del amor, de teología como camino hacia Cristo, de pobreza evangélica sin dejar de buscar la verdad. Su vida nos recuerda que estudiar, predicar y servir… sólo tienen sentido si nos conducen a un amor más profundo por Cristo.
🙏 Oración
San Buenaventura, tú fuiste llamado por Dios para guiar con tu mente iluminada la sencillez y novedad de la orden franciscana. Por la oración, la fe y la inteligencia, permaneciste fiel al carisma de San Francisco, señalando siempre a Cristo.
Ruega por mí, para que busque siempre a Cristo por encima de todo y lo sirva con todo mi corazón.
San Buenaventura y San Francisco, rueguen por mí.
Jesús, en Ti confío.



