martes, 2 de junio de 2026

2 de junio del 2026: martes de la novena semana del Tiempo Ordinario-II-Santos Marcelino y Pedro, mártires- memoria libre

 

Santo del día:
Santos Marcelino y Pedro

Siglo IV.

El primero era sacerdote; el segundo, exorcista. Ambos fueron decapitados en Roma, bajo el emperador Diocleciano. En el lugar de su sepulcro fue construida una basílica.

 

¿Con retraso?

(2 Pedro 3,12-15a.17-18) La segunda carta de Pedro evoca el retraso del retorno glorioso de Cristo, ligado al fin de los tiempos. Esto fue una piedra de tropiezo para sus contemporáneos, algo que puede sorprendernos, pues nuestra época insiste más en el “ya presente” de la salvación. Sin embargo, permanece abierta la cuestión del pleno cumplimiento de las promesas. Esta pregunta se vuelve más viva en medio de las pruebas, cuando tenemos la impresión de que nuestra fe se desgasta. Pero, ¿no habrá que descubrir este retraso como una oportunidad para crecer en “la gracia y el conocimiento de Dios”?

Emmanuelle Billoteau, ermite

 


Primera lectura

2 Pe 3, 12-15a. 17-18


Esperamos unos cielos nuevos y una tierra nueva

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pedro.

QUERIDOS hermanos:
¡Ustedes esperan y apresuran la llegada del Día de Dios! Ese día los cielos se disolverán incendiados y los elementos se derretirán abrasados.
Pero nosotros, según su promesa, esperamos unos cielos nuevos y una tierra nueva en los que habite la justicia.
Por eso, queridos míos, mientras esperan estos acontecimientos, procuren que Dios los encuentre en paz con él, intachables e irreprochables, y consideren que la paciencia de nuestro Señor es nuestra salvación.
Así pues, queridos míos, ya que están prevenidos, estén en guardia para que no los arrastre el error de esa gente sin principios ni decaiga su firmeza. Por el contrario, crezcan en la gracia y en el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. A él la gloria ahora y hasta el día eterno. Amén.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 89, 2. 3-4. 10. 14 y 16 (R.: 1bc)

R. Señor, tú has sido nuestro refugio
de generación en generación.


V. Antes que naciesen los montes
o fuera engendrado el orbe de la tierra,
desde siempre y por siempre tú eres Dios. 
R.

V. Tú reduces el hombre a polvo,
diciendo: «Retornen, hijos de Adán».
Mil años en tu presencia son un ayer que pasó;
una vela nocturna. 
R.

V. Aunque uno viva setenta años,
y el más robusto hasta ochenta,
la mayor parte son fatiga inútil,
porque pasan aprisa y vuelan. 
R.

V. Por la mañana sácianos de tu misericordia,
y toda nuestra vida será alegría y júbilo.
Que tus siervos vean tu acción
y sus hijos tu gloria. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. El Padre de nuestro Señor Jesucristo ilumine los ojos de nuestro corazón, para que comprendamos cuál es la esperanza
a la que nos llama.
 R.

 

Evangelio

Mc 12, 13-17

Den al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios

Lectura del santo Evangelio según san Marcos.

EN aquel tiempo, enviaron a Jesús algunos de los fariseos y de los herodianos, para cazarlo con una pregunta.
Se acercaron y le dijeron:
«Maestro, sabemos que eres veraz y no te preocupa lo que digan; porque no te fijas en apariencias, sino que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad. ¿Es lícito pagar impuesto al César o no? ¿Pagamos o no pagamos?».
Adivinando su hipocresía, les replicó:
«¿Por qué me tientan? Tráiganme un denario, que lo vea».
Se lo trajeron. Y él les preguntó:
«¿De quién es esta imagen y esta inscripción?».
Le contestaron:
«Del César».
Jesús les replicó:
«Den al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios».
Y se quedaron admirados.

Palabra del Señor.

 

 

1

 

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de hoy nos invita a mirar el tiempo con ojos de fe. A veces sentimos que Dios tarda: tarda en responder, tarda en intervenir, tarda en cumplir sus promesas. La segunda carta de Pedro hablaba precisamente de ese aparente retraso del retorno del Señor. Algunos cristianos comenzaban a cansarse, a dudar, a pensar que la espera era inútil. Pero el apóstol les recuerda que el tiempo de Dios no es vacío: es oportunidad, paciencia, conversión y crecimiento.

El salmo lo expresa con una oración profundamente humana: “Señor, tú has sido nuestro refugio de generación en generación”. Nosotros pasamos; Dios permanece. Nuestros años son breves, nuestras fuerzas se gastan, nuestros proyectos cambian, pero el Señor sigue siendo casa, refugio y sostén. Por eso el salmista pide: “Sácianos de tu misericordia y toda nuestra vida será alegría y júbilo”. No pide solamente más años; pide que los años tengan sentido, que estén llenos de la misericordia de Dios.

En el Evangelio, los fariseos y herodianos quieren tenderle una trampa a Jesús con la pregunta sobre el impuesto al César. Si responde de una manera, lo acusan ante Roma; si responde de otra, lo desacreditan ante el pueblo. Pero Jesús no cae en la trampa. Pide una moneda y pronuncia una frase que ha atravesado los siglos: “Den al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”.

Jesús no está dividiendo la vida en dos mundos separados: por un lado Dios, por otro la sociedad. Más bien nos enseña a ordenar las cosas. Al César se le puede dar una moneda, porque lleva su imagen; pero a Dios hay que darle el corazón, porque nosotros llevamos su imagen. La moneda pertenece al poder de este mundo; la persona humana pertenece a Dios. Por eso ningún poder, ninguna ideología, ningún interés económico, ninguna ambición puede ocupar el lugar del Señor.

Esta enseñanza ilumina también nuestra relación con los bienes materiales. Hoy oramos por nuestros benefactores, por quienes sostienen con generosidad la obra evangelizadora de la Iglesia. Ellos nos recuerdan que el dinero puede ser simple moneda de intercambio, pero también puede convertirse en instrumento de comunión, caridad y misión cuando se ofrece con corazón limpio. Dar a Dios lo que es de Dios significa también poner nuestros talentos, recursos y posibilidades al servicio del Reino.

Los santos Marcelino y Pedro, mártires del siglo IV, vivieron esta verdad hasta las últimas consecuencias. Marcelino, sacerdote, y Pedro, exorcista, fueron decapitados en Roma durante la persecución de Diocleciano. Ellos supieron que al emperador no se le podía entregar la conciencia ni la fidelidad a Cristo. Dieron testimonio con su sangre de que solo Dios merece adoración absoluta.

Hermanos, quizá también nosotros sentimos a veces que Dios tarda. Pero mientras esperamos, el Señor nos educa. Nos enseña a crecer en la gracia, a vivir con responsabilidad en el mundo, a servir con generosidad y a no olvidar que llevamos grabada en el alma la imagen de Dios.

Pidamos hoy al Señor tres gracias: saber usar bien el tiempo, saber ordenar los bienes de este mundo y saber entregarle a Dios lo que más le pertenece: nuestra vida, nuestra conciencia, nuestra fe y nuestro corazón. Amén.

 

2

 

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de este martes nos pone delante una pregunta muy actual: ¿qué es lo que verdaderamente nos une? Porque no toda unión es comunión. Hay alianzas que nacen del amor, de la verdad, de la fe y del deseo sincero de buscar el bien. Pero también hay alianzas que nacen del miedo, del resentimiento, de la envidia, de la conveniencia o del deseo de destruir a alguien.

Eso es lo que vemos en el Evangelio de hoy. Se acercan a Jesús algunos fariseos y herodianos para tenderle una trampa. Lo curioso es que estos grupos no eran precisamente amigos. Los fariseos eran celosos de la Ley, desconfiaban de la dominación romana y querían preservar la identidad religiosa de Israel. Los herodianos, en cambio, estaban más cercanos al poder político y al sistema sostenido por Roma. Pero algo los une: su oposición a Jesús.

Aquí aparece una triste realidad humana: a veces las personas que no logran unirse para hacer el bien sí logran unirse para atacar, criticar, destruir o desacreditar. Es la falsa unidad del resentimiento. Se juntan no porque amen la verdad, sino porque temen perder poder, prestigio o influencia.

Se acercan a Jesús con palabras aparentemente hermosas:
“Maestro, sabemos que eres sincero, que no te dejas influir por nadie y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad”.

Todo lo que dicen es cierto, pero lo dicen con mala intención. No buscan aprender; buscan atrapar. Es la adulación disfrazada de respeto. Por eso esta escena también nos invita a revisar nuestro lenguaje: no basta decir palabras bonitas; hay que mirar desde dónde las decimos. Una palabra verdadera, dicha con mala intención, puede convertirse en veneno.

Luego viene la trampa:
“¿Es lícito pagar impuesto al César o no?”

Si Jesús respondía que sí, podían acusarlo de colaborador de Roma. Si respondía que no, podían denunciarlo como rebelde político. Pero Jesús no cae en la trampa. Pide una moneda y pregunta:
“¿De quién es esta imagen y esta inscripción?”

Le responden:
“Del César”.

Entonces Jesús dice:
“Den al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”.

Esta frase no significa que la vida se divida en dos compartimentos: por un lado lo político, lo social, lo económico; por otro lado lo religioso. Jesús no está diciendo que Dios se quede encerrado en el templo y el César gobierne todo lo demás. Al contrario, Jesús nos enseña a poner cada cosa en su lugar.

La moneda lleva la imagen del César; por eso puede darse al César. Pero el ser humano lleva la imagen de Dios; por eso la vida, la conciencia, la dignidad y el corazón pertenecen a Dios. A los poderes de este mundo se les puede dar respeto, colaboración responsable, cumplimiento de deberes justos. Pero a Dios se le debe dar lo más profundo: la fe, la adoración, la obediencia de la conciencia, el amor primero.

Por eso el cristiano está llamado a ser buen ciudadano, pero nunca puede entregar su alma a ningún poder humano. Ningún gobierno, ideología, partido, dinero, cargo, fama o interés puede ocupar el lugar de Dios. Cuando eso sucede, el César se vuelve ídolo.

La primera lectura, tomada de la segunda carta de san Pedro, nos ayuda a mirar más lejos. El apóstol nos recuerda que esperamos “unos cielos nuevos y una tierra nueva en que habite la justicia”. Es decir, nuestra vida no se agota en las estructuras de este mundo. Vivimos aquí, trabajamos aquí, servimos aquí, cumplimos nuestras responsabilidades aquí; pero nuestro destino último está en Dios.

San Pedro añade una exhortación muy concreta: debemos procurar ser hallados “en paz, sin mancha ni reproche”, y crecer “en la gracia y en el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo”. Esta es la verdadera madurez cristiana: no vivir atrapados por el ruido, la manipulación, las rivalidades o los intereses mezquinos, sino crecer en gracia, en sabiduría, en paz interior y en fidelidad al Señor.

El salmo 90 nos recuerda algo fundamental: somos pasajeros, Dios permanece.
“Señor, tú has sido nuestro refugio de generación en generación”.

Los poderes humanos pasan. Las monedas cambian. Los imperios caen. Las ideologías envejecen. Las modas se desvanecen. Pero Dios sigue siendo refugio. El salmista nos recuerda que mil años ante Dios son como un ayer que pasó. Nuestra vida es breve, frágil, limitada. Por eso pide:
“Sácianos de tu misericordia, Señor, y toda nuestra vida será alegría y júbilo”.

Qué hermosa oración para este día. No basta vivir muchos años; hay que vivirlos llenos de misericordia. No basta tener ocupaciones; hay que tener sentido. No basta cumplir deberes externos; hay que pertenecer interiormente a Dios.

El Evangelio de hoy nos deja, entonces, tres llamadas muy concretas.

Primero: cuidemos nuestras alianzas. Preguntémonos: ¿qué me une a los demás? ¿El amor a Dios, el servicio, la verdad, la misión, la caridad? ¿O me uno a otros solo para criticar, quejarme, atacar, murmurar o alimentar resentimientos? La comunión cristiana no nace de tener un enemigo común; nace de tener un Señor común.

Segundo: cuidemos la sinceridad del corazón. Los fariseos y herodianos halagan a Jesús, pero no lo aman. Nosotros también podemos caer en una religiosidad de palabras bonitas, pero con el corazón dividido. Podemos decir “Señor, Señor”, pero reservarle a Dios solo una parte pequeña de nuestra vida. Jesús quiere verdad interior.

Tercero: demos a Dios lo que es de Dios. ¿Y qué es de Dios? Nuestra vida, nuestra conciencia, nuestra familia, nuestro trabajo, nuestros bienes, nuestro tiempo, nuestros talentos, nuestra comunidad, nuestros proyectos. Todo lo que somos viene de Él y hacia Él debe volver.

Hoy podríamos preguntarnos: si alguien mirara mi vida, ¿vería en mí la imagen de Dios? ¿Mis palabras, mis decisiones, mi manera de tratar a los demás, mi relación con el dinero, mi forma de vivir la fe, muestran que pertenezco a Dios?

Que el Señor nos libre de las falsas unidades construidas sobre el resentimiento. Que nos conceda una fe limpia, una palabra sincera y un corazón libre. Y que podamos vivir en este mundo con responsabilidad, pero sin olvidar jamás que nuestra verdadera ciudadanía está en el Reino de Dios.

Amén.


domingo, 31 de mayo de 2026

1 de junio del 2026: lunes de la novena semana del tiempo ordinario-San Justino, mártir-Memoria

 

 Santo del día:

 San Justino


100-165

Fue uno de los primeros apologistas cristianos. En sus obras estableció un diálogo entre la fe y la razón.

 

Fructificación

(2 Pedro 1,2-7) La segunda carta de Pedro nos invita a tomar conciencia de lo que hemos recibido de Dios por medio de Jesucristo y a establecernos en la gratitud.

Nuestro Dios se ha dado a conocer; nos ha hecho “partícipes de su naturaleza divina”, un misterio que debemos profundizar. A cada uno le corresponde abrirse a este don y hacerlo fructificar, poniéndolo concretamente en práctica en su relación con Dios y con los demás. Esto supone perseverancia en el combate espiritual y trabajo sobre uno mismo.

Emmanuelle Billoteau, ermite

 


Primera lectura

2 Pe 1, 2-7
Se nos han concedido las preciosas promesas, para que, por medio de ellas, sean partícipes de la naturaleza divina

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pedro.

QUERIDOS hermanos:
A ustedes gracia y paz abundantes por el conocimiento de Dios y de Jesús nuestro Señor.
Pues su poder divino nos ha concedido todo lo que conduce a la vida y a la piedad, mediante el conocimiento del que nos ha llamado con su propia gloria y potencia, con las cuales se nos han concedido las preciosas y sublimes promesas, para que, por medio de ellas, sean partícipes de la naturaleza divina, escapando de la corrupción que reina en el mundo por la ambición; en vista de ello, pongan todo empeño en añadir a su fe la virtud, a la virtud el conocimiento, al conocimiento la templanza, a la templanza la paciencia, a la paciencia la piedad, a la piedad el cariño fraterno, y al cariño fraterno el amor.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 90, 1-2. 14-15ab. 15c-16 (R.: cf. 2b)

R. Dios mío, confío en ti.

V. Tú que habitas al amparo del Altísimo,
que vives a la sombra del Omnipotente,
di al Señor: «Refugio mío, alcázar mío,
Dios mío, confío en ti». 
R.

V. «Se puso junto a mí: lo libraré;
lo protegeré porque conoce mi nombre;
me invocará y lo escucharé.
Con él estaré en la tribulación». 
R.

V. «Lo defenderé, lo glorificaré,
lo saciaré de largos días
y le haré ver mi salvación». 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Jesucristo, eres el testigo fiel, el primogénito de entre los muertos; nos amaste y nos has librado de nuestros pecados
con tu sangre.
 R.

 

Evangelio

Mc 12, 1-12

Agarrando al hijo amado, lo mataron y lo arrojaron fuera de la viña

Lectura del santo Evangelio según san Marcos.

EN aquel tiempo, Jesús se puso a hablar en parábolas a los sumos sacerdotes, a los escribas y a los ancianos:
«Un hombre plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó un lagar, construyó una torre, la arrendó a unos labradores y se marchó lejos. A su tiempo, envió un criado a los labradores, para percibir su tanto del fruto de la viña. Ellos lo agarraron, lo azotaron y lo despidieron con las manos vacías. Les envió de nuevo otro criado; a este lo descalabraron e insultaron. Envió a otro y lo mataron; y a otros muchos, a los que azotaron o los mataron.
Le quedaba uno, su hijo amado. Y lo envió el último, pensando:
“Respetarán a mi hijo”.
Pero los labradores se dijeron:
“Este es el heredero. Venga, lo matamos y será nuestra la herencia”.
Y, agarrándolo, lo mataron y lo arrojaron fuera de la viña.
¿Qué hará el dueño de la viña? Vendrá, hará perecer a los labradores y arrendará la viña a otros.
¿No han leído aquel texto de la Escritura: “La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente”?».
Intentaron echarle mano, porque comprendieron que había dicho la parábola por ellos; pero temieron a la gente y, dejándolo allí, se marcharon.

Palabra del Señor.

 

**************

 

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de hoy nos habla de una realidad muy concreta: la vida no es una propiedad absoluta, sino una viña confiada por Dios. Todo lo que somos, todo lo que tenemos, todo lo que hemos recibido —la fe, la familia, la comunidad, los talentos, el tiempo, la salud, la vocación, incluso las pruebas— es una viña que el Señor ha plantado con amor y que espera ver dar fruto.

En la primera lectura, san Pedro nos recuerda algo impresionante: Dios no solamente nos ha dado mandamientos, normas o enseñanzas. Nos ha dado algo mucho más grande: nos ha hecho partícipes de su naturaleza divina. Es decir, por la gracia, por la fe, por el bautismo, por la vida en Cristo, Dios nos introduce en su propia vida. No somos simples espectadores de lo sagrado; somos invitados a vivir desde dentro la vida de Dios.

Por eso san Pedro nos invita a no quedarnos quietos. Nos dice que añadamos a la fe la virtud; a la virtud, el conocimiento; al conocimiento, el dominio de sí; al dominio de sí, la perseverancia; a la perseverancia, la piedad; a la piedad, el cariño fraterno; y al cariño fraterno, el amor.

Es como una escalera espiritual. La fe no puede quedarse en palabras. La fe debe madurar, debe crecer, debe encarnarse. Una fe que no se vuelve paciencia, servicio, dominio propio, fraternidad y amor, corre el riesgo de convertirse en una fe estéril. Y Dios no quiere una vida estéril. Dios quiere una vida fecunda.

El Evangelio de san Marcos nos presenta la parábola de los viñadores homicidas. Un hombre planta una viña, la cerca, cava un lagar, construye una torre y la arrienda a unos labradores. Luego envía criados para recoger los frutos, pero los labradores los maltratan, los golpean y los matan. Finalmente envía a su hijo amado, pensando: “A mi hijo lo respetarán”. Pero ellos también lo matan.

Esta parábola resume dramáticamente la historia de la salvación. La viña es el pueblo de Dios. Los enviados son los profetas. El hijo amado es Jesucristo. Y los labradores homicidas representan a quienes se adueñan de lo que no les pertenece, a quienes rechazan la voz de Dios, a quienes quieren una religión sin conversión, una fe sin obediencia, una vida sin rendir cuentas.

Pero también esta parábola nos interroga personalmente. Porque cada uno de nosotros ha recibido una viña. Nuestra alma es una viña. Nuestra familia es una viña. Nuestra comunidad parroquial es una viña. Nuestra misión en el mundo es una viña. Y el Señor nos pregunta: ¿qué frutos estoy dando?

No nos pregunta solamente si sabemos cosas de Dios. No nos pregunta solamente si cumplimos externamente. Nos pregunta si estamos dando frutos de justicia, de misericordia, de perdón, de humildad, de caridad, de paciencia, de esperanza.

A veces podemos parecernos a aquellos viñadores cuando vivimos como si la vida fuera solo nuestra. Cuando decimos: “mi tiempo, mis planes, mi dinero, mis gustos, mi voluntad, mi manera de ver las cosas”. Y poco a poco podemos ir sacando a Dios de la viña. Él plantó la viña, pero nosotros queremos administrarla como si Él no tuviera derecho a pedir frutos.

La memoria de San Justino, mártir, ilumina mucho esta Palabra. Justino fue un buscador de la verdad. Antes de ser cristiano recorrió diversas escuelas filosóficas, buscando sentido, buscando sabiduría, buscando una respuesta profunda para la existencia. Y encontró en Cristo la Verdad plena, el Logos, la Palabra eterna de Dios. Desde entonces puso su inteligencia, su palabra y su vida al servicio del Evangelio.

San Justino no fue un cristiano superficial. No vivió una fe cómoda. Defendió la fe con argumentos, con valentía y con coherencia. Y finalmente dio su vida por Cristo. Su martirio fue el fruto maduro de una existencia entregada. Él entendió que la verdad no es una idea para admirar, sino una Persona por la cual vale la pena vivir y morir: Jesucristo.

Hoy, en un mundo donde muchas veces se relativiza todo, donde cada uno quiere fabricar su propia verdad, San Justino nos recuerda que buscar la verdad sinceramente conduce a Dios, y que encontrar a Cristo exige dar frutos concretos. No basta decir: “creo”. Hay que vivir como creyentes. No basta admirar el Evangelio. Hay que dejarse transformar por él.

El salmo 91 nos ofrece una palabra de consuelo: “Tú eres mi refugio y mi alcázar, mi Dios, en quien confío”. Es un salmo de confianza. Nos habla de un Dios que protege, acompaña, escucha y salva. “Se puso junto a mí: lo libraré; lo protegeré porque conoce mi nombre”.

Esta confianza es especialmente importante hoy, cuando oramos por nuestros difuntos. Al celebrar esta Eucaristía, traemos al altar a quienes han partido de este mundo. Los ponemos en las manos de Dios, nuestro refugio. Creemos que la muerte no tiene la última palabra. Creemos que Cristo, el Hijo amado rechazado y crucificado, resucitó y se convirtió en la piedra angular.

La parábola dice: “La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular”. Eso es Cristo. Rechazado por los hombres, glorificado por el Padre. Crucificado en la viña, resucitado para dar vida eterna. Por eso, cuando oramos por nuestros difuntos, no lo hacemos desde la desesperación, sino desde la esperanza pascual. Los confiamos a Aquel que venció la muerte.

También nuestros difuntos tuvieron una viña. Con sus luces y sombras, con sus luchas y fragilidades, con sus aciertos y pecados, vivieron una historia ante Dios. Hoy pedimos que el Señor purifique lo que haya que purificar, perdone lo que haya que perdonar y lleve a plenitud todo fruto de amor que ellos sembraron en esta vida.

Y al mismo tiempo, la oración por los difuntos nos recuerda que nuestra propia viña no estará para siempre en nuestras manos. Un día también nosotros deberemos presentarnos ante el Dueño de la viña. No para mostrar títulos, posesiones o apariencias, sino frutos. Frutos de amor. Frutos de fe. Frutos de misericordia. Frutos de servicio.

La vida cristiana, como decía el comentario inicial, exige gratitud, perseverancia, combate espiritual y trabajo sobre uno mismo. La santidad no se improvisa. La fecundidad espiritual no aparece de la noche a la mañana. Hay que cultivar la viña: arrancar malezas, podar egoísmos, cuidar la tierra del corazón, regar con la oración, alimentar con la Eucaristía, proteger con la Palabra de Dios.

Cada día el Señor nos envía mensajeros. A veces nos habla por una lectura bíblica, por una homilía, por un pobre, por un enfermo, por una corrección, por una pérdida, por una alegría, por una persona que nos necesita. La pregunta es: ¿escuchamos a esos enviados o los rechazamos? ¿Dejamos que Dios nos pida frutos o nos cerramos en nuestra autosuficiencia?

Hermanos, pidamos hoy una fe fecunda. Una fe que no sea solo devoción externa, sino transformación interior. Una fe que produzca paciencia donde había impaciencia, perdón donde había resentimiento, humildad donde había orgullo, servicio donde había comodidad, esperanza donde había tristeza.

Que San Justino, mártir, interceda por nosotros para que sepamos buscar la verdad, amar la verdad y dar testimonio de la verdad con valentía. Que nuestros difuntos descansen en la paz del Señor, bajo la sombra del Altísimo. Y que nosotros, mientras caminamos todavía en esta vida, sepamos cuidar la viña que Dios nos ha confiado.

Que al final de nuestra jornada, cuando el Dueño de la viña venga a pedirnos cuentas, pueda encontrar en nosotros no violencia, no egoísmo, no esterilidad, sino frutos maduros de amor.

Amén.

 

 

sábado, 30 de mayo de 2026

31 de mayo del 2026: Solemnidad de la Santísima Trinidad

 

Para el mundo y para mí

En el don del Hijo único engendrado, Dios entero está comprometido: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

En el capítulo sobre la contemplación de la Encarnación de sus Ejercicios Espirituales, san Ignacio de Loyola propone contemplar “cómo las tres Personas divinas […] determinan en su eternidad que la segunda Persona se haga hombre para salvar al género humano” (n. 102). En su Hijo, Dios se da por completo. Cuando el Verbo de Dios se hace carne, Dios queda totalmente comprometido por su Palabra. Cuando yo digo: “Te doy mi palabra”, me comprometo completamente por esa palabra dada y en ella; y mi interlocutor guarda en sí mi palabra sin que esa palabra me haya abandonado. Dios se da. Pero, ¿lo recibimos?

En su Ofrenda al Amor Misericordioso, santa Teresita del Niño Jesús se atreverá a escribir, dirigiéndose a “mi Dios, Trinidad bienaventurada”: “Tú me has amado hasta darme a tu Hijo único para ser mi Salvador y mi Esposo”. Teresita pasa del “mundo” al “yo”: “Tanto amó Dios al mundo” se convierte en “Tanto me amó Dios a mí”. ¿Delirio, megalomanía, orgullo? No. Simplemente, audacia de la fe. Como dirá san Pablo: “El Hijo de Dios me amó y se entregó por mí” (cf. Ga 2,20). La salvación acontece en mi vida cuando descubro ese “por mí”. El misterio de la Santísima Trinidad es el misterio del amor que se “dilata”, se abre, para que yo pueda entrar en él gratuitamente. Al darme a Jesús, Dios me dice: “Te doy mi palabra”.

¿Cuál es esta promesa que Dios me hace?

Dios me da a Jesús para salvarme. ¿Qué deseo tengo yo de ser salvado, y de qué?

Emmanuel Schwab, recteur du sanctuaire de Lisieux

 


Primera lectura

Éx 34, 4b-6. 8-9
Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso

Lectura del libro del Éxodo.

EN aquellos días, Moisés madrugó y subió a la montaña del Sinaí, como le había mandado el Señor, llevando en la mano las dos tablas de piedra.
El Señor bajó en la nube y se quedó con él allí, y Moisés pronunció el nombre del Señor.
El Señor pasó ante él proclamando:
«Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad».
Moisés al momento se inclinó y se postró en tierra.
Y le dijo:
«Si he obtenido tu favor, que mi Señor vaya con nosotros, aunque es un pueblo de dura cerviz; perdona nuestras culpas y pecados y tómanos como heredad tuya».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Dan 3, 52a y c. 53a. 54a. 55a. 56a (R.: 52b)

R. ¡A ti gloria y alabanza por los siglos!

V. Bendito eres, Señor, Dios de nuestros padres.
Bendito tu nombre, santo y glorioso.
 R.

V. Bendito eres en el templo de tu santa gloria. b

V. Bendito eres sobre el trono de tu reino. R.

V. Bendito eres tú, que sentado sobre querubines
sondeas los abismos.
 R.

V. Bendito eres en la bóveda del cielo. R.

 

Segunda lectura

2 Cor 13, 11-13
La gracia de Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Corintios.


HERMANOS, alégrense, trabajen por su perfección, anímense; tengan un mismo sentir y vivan en paz. Y el Dios del amor y de la paz estará con ustedes.
Salúdense mutuamente con el beso santo.
Los saludan todos los santos.
La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo estén siempre con todos ustedes.

Palabra de Dios.

 

Aclamación

RAleluya, aleluya, aleluya.
V. Gloria al Padre, al Hijo, y al Espíritu Santo; al Dios que es, al que era y al que ha de venir. R.

 

Evangelio

Jn 3, 16-18
Dios envió a su Hijo para que el mundo se salve por él

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

TANTO amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna.
Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.
El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Unigénito de Dios.

Palabra del Señor.

 

1

 

Queridos hermanos:

El Papa Francisco insistía en que una buena homilía debía tener tres elementos: una idea, una imagen y un sentimiento. Tratemos de entrar hoy en el misterio de la Santísima Trinidad siguiendo esa sencilla pedagogía.

La idea podría ser esta: Dios no es soledad; Dios es amor que se entrega para salvarnos.

La imagen es la de alguien que dice: “Te doy mi palabra”.

Y el sentimiento que debería quedar en el corazón es este: asombro agradecido. Asombro porque Dios es más grande de lo que podemos comprender; agradecimiento porque ese Dios inmenso se nos ha acercado con ternura.

Hoy celebramos el misterio central de nuestra fe: un solo Dios en tres Personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. No celebramos un problema matemático, ni una fórmula difícil para especialistas en teología. Celebramos que Dios, en lo más profundo de su ser, es comunión, familia, relación, donación, amor.

No creemos en un Dios encerrado en sí mismo, distante, frío, solitario. Creemos en el Padre que ama, en el Hijo que se entrega y en el Espíritu Santo que nos introduce en esa comunión de amor.

La primera lectura nos lleva al monte Sinaí. Moisés sube con las tablas de piedra. El pueblo ha fallado, ha pecado, ha fabricado un becerro de oro, ha roto la alianza. Y uno podría esperar que Dios se revele como juez implacable. Sin embargo, Dios pasa delante de Moisés y se presenta diciendo:

“El Señor, el Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad.”

Qué hermosa revelación. Antes de decirnos lo que exige, Dios nos revela quién es: misericordia, paciencia, fidelidad, compasión.

Moisés, al escuchar esto, se postra. No pretende dominar el misterio. No intenta explicarlo todo. Adora. Y además se atreve a pedir: “Señor, ven con nosotros, aunque seamos un pueblo de dura cerviz”.

Esa petición de Moisés sigue siendo nuestra oración:
Señor, ven con nosotros, aunque seamos frágiles.
Ven con nosotros, aunque seamos tercos.
Ven con nosotros, aunque nos desviemos.
Ven con nosotros, aunque muchas veces no sepamos amar.

Y Dios responde plenamente a esa oración en el Evangelio:
“Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único.”

Aquí está el corazón de la solemnidad de hoy. La Trinidad no es una teoría abstracta. La Trinidad se revela en una entrega. El Padre entrega al Hijo. El Hijo se entrega por amor. Y el Espíritu Santo hace que esa entrega llegue a nosotros, nos transforme y nos introduzca en la vida misma de Dios.

El Evangelio no dice: “Tanto juzgó Dios al mundo”. No dice: “Tanto se cansó Dios del mundo”. No dice: “Tanto despreciaba Dios al mundo”. Dice:
“Tanto amó Dios al mundo.”

Y aquí aparece la audacia de la fe. Santa Teresita del Niño Jesús se atrevía a pasar del “mundo” al “yo”. Es decir: “Tanto amó Dios al mundo” se convierte en: “Tanto me amó Dios a mí.”

No se trata de egoísmo espiritual. Se trata de descubrir que la salvación no es una idea general, lejana, impersonal. La salvación acontece cuando puedo decir con san Pablo: “El Hijo de Dios me amó y se entregó por mí.”

Por mí.
Por mi historia.
Por mis heridas.
Por mis pecados.
Por mis luchas.
Por mis miedos.
Por mi familia.
Por mi comunidad.
Por mi vocación.
Por mi necesidad profunda de ser salvado.

Y entonces surge una pregunta muy seria: ¿Yo deseo ser salvado? ¿Y de qué necesito ser salvado?

Porque a veces queremos que Dios nos ayude, pero no siempre queremos que Dios nos salve. Queremos que nos resuelva problemas, que nos calme angustias, que nos abra caminos, que nos conceda favores. Y todo eso podemos pedírselo. Pero la salvación va más hondo. Ser salvados significa dejar que Dios toque nuestras esclavitudes interiores: el orgullo, la dureza del corazón, el resentimiento, la tristeza, la autosuficiencia, el pecado, la indiferencia, el miedo a amar, la incapacidad de perdonar.

La Santísima Trinidad nos dice: Dios no se quedó mirando desde lejos nuestra miseria. Dios se comprometió entero: cuando alguien dice “te doy mi palabra”, se compromete con todo su ser. Pues bien, Dios nos ha dado su Palabra. Y esa Palabra no es solamente una frase bonita. Esa Palabra es Jesucristo.

En Jesús, Dios nos dice:
Te doy mi Palabra.
Te doy a mi Hijo.
Te doy mi amor.
Te doy mi vida.
Te doy mi perdón.
Te doy mi Espíritu.
Te abro mi casa.
Te invito a entrar en mi comunión.

Por eso san Pablo, en la segunda lectura, termina con una de las fórmulas más bellas del Nuevo Testamento:

“La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo estén siempre con todos ustedes.”

Ahí está la Trinidad expresada como bendición.
La gracia de Jesucristo.
El amor del Padre.
La comunión del Espíritu Santo.

No es casual que la liturgia haya conservado estas palabras al inicio de la Eucaristía. Cada vez que escuchamos ese saludo, no recibimos una frase protocolaria. Recibimos una bendición trinitaria. Se nos recuerda que la vida cristiana comienza, camina y culmina en la Trinidad.

Fuimos bautizados en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Nos persignamos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Somos perdonados, enviados, bendecidos y fortalecidos en ese mismo nombre.

Pero habría que preguntarnos: ¿hacemos la señal de la cruz con conciencia? ¿O la hacemos de prisa, como un gesto automático?

Cada vez que trazamos la cruz sobre nuestro cuerpo estamos diciendo:
Mi mente pertenece al Padre.
Mi corazón pertenece al Hijo.
Mi vida entera está habitada por el Espíritu Santo.
No estoy solo. Vengo de Dios, camino con Dios y voy hacia Dios.

La solemnidad de la Trinidad también ilumina nuestra vida comunitaria. Si Dios es comunión, el cristiano no puede vivir encerrado en su egoísmo. Si Dios es relación, no podemos construir una fe individualista. Si Dios es amor que se entrega, no podemos reducir la religión a costumbre, cumplimiento o apariencia.

Creer en la Trinidad es aprender a vivir trinitariamente:
como hijos amados del Padre,
como discípulos de Cristo,
como templos vivos del Espíritu Santo.

Una familia que se perdona refleja algo de la Trinidad.
Una comunidad que se ayuda refleja algo de la Trinidad.
Una parroquia que acoge refleja algo de la Trinidad.
Un enfermo que ofrece su dolor unido a Cristo refleja algo de la Trinidad.
Un cristiano que sirve sin buscar aplausos refleja algo de la Trinidad.

Por eso, la imagen de hoy es tan profunda: “Te doy mi palabra.” Dios nos ha dado su Palabra y no se ha echado atrás. Aunque el mundo lo rechace, Él sigue amando. Aunque el pecado hiera la historia, Él sigue salvando. Aunque nosotros seamos de dura cerviz, Él sigue caminando con nosotros.

Y el sentimiento que hoy deberíamos llevarnos es el asombro agradecido. No un miedo paralizante ante un misterio incomprensible, sino la gratitud humilde de quien se sabe amado.

Hoy podemos decir:
Padre, gracias porque me creaste por amor.
Hijo, gracias porque te entregaste por mí.
Espíritu Santo, gracias porque habitas en mí y me conduces hacia la comunión.

Que esta solemnidad nos ayude a pasar de una fe fría a una fe agradecida; de una religión de costumbre a una relación viva; de un Dios lejano a un Dios que me dice en Cristo: “Te doy mi palabra, te doy mi vida, te doy mi amor para salvarte.”

Y que al hacer hoy la señal de la cruz, la hagamos despacio, con fe, como quien entra en el misterio más grande y más hermoso:

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

 

2

 

Queridos hermanos:

Celebramos hoy la Solemnidad de la Santísima Trinidad, el misterio central de nuestra fe: un solo Dios en tres Personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. No es un misterio para resolver como si fuera un acertijo; es un misterio para contemplar, adorar y vivir.

Podríamos resumir esta homilía con tres elementos muy sencillos:

Una idea: Dios no solamente ama; Dios es Amor.
Una imagen: una familia reunida alrededor de una misma mesa.
Un sentimiento: dejarnos llenar de asombro y gratitud.

Porque la Trinidad nos revela que Dios no es soledad, no es aislamiento, no es frialdad. Dios es comunión. Dios es relación. Dios es amor que circula eternamente entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Y lo más hermoso es que ese amor no se queda encerrado en Dios: se abre, se entrega, se derrama sobre nosotros.

El Evangelio de hoy nos da una de las frases más bellas de toda la Escritura:

“Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único.”

No dice: “Tanto juzgó Dios al mundo”.
No dice: “Tanto despreciaba Dios al mundo”.
No dice: “Tanto se cansó Dios del mundo”.
Dice: “Tanto amó Dios al mundo.”

Y allí está el corazón de nuestra fe: Dios mira al mundo con amor. Dios mira nuestra historia con amor. Dios mira nuestras heridas con amor. Dios mira nuestras caídas con misericordia. Dios mira nuestras luchas y no se queda lejos. Se acerca. Se compromete. Se entrega.

San Juan, el discípulo amado, comprendió esto de una manera muy profunda. Él se sabía amado por Jesús. No porque Jesús lo amara más que a los demás, sino porque Juan dejó que ese amor entrara hasta lo más íntimo de su vida. Por eso pudo decir después: “Dios es amor.”

Esa frase no es sentimentalismo. No significa que Dios tenga de vez en cuando gestos cariñosos. Significa algo mucho más profundo: el amor es la identidad misma de Dios. Dios ama porque es Amor. El Padre ama al Hijo, el Hijo ama al Padre, y ese amor vivo y eterno es el Espíritu Santo.

Por eso la Trinidad no es una idea lejana. Es la fuente de todo amor verdadero. Cada vez que una madre cuida a su hijo, cada vez que una familia se perdona, cada vez que un enfermo es acompañado, cada vez que alguien sirve sin esperar recompensa, cada vez que una comunidad se une para sostener a los más débiles, allí hay una pequeña chispa del amor trinitario.

La primera lectura nos presenta a Moisés subiendo al monte Sinaí. El pueblo ha pecado, ha sido infiel, ha roto la alianza. Y, sin embargo, Dios se revela con estas palabras:

“El Señor, el Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad.”

Qué hermoso saber que Dios no se presenta primero como castigo, sino como misericordia. Dios no niega el pecado del pueblo, pero tampoco abandona a su pueblo. Moisés lo entiende y por eso suplica: “Señor, ven con nosotros.”

Esa debería ser también nuestra oración hoy:

Señor, ven con nosotros.
Ven con nuestras familias.
Ven con nuestra comunidad.
Ven con nuestra Iglesia.
Ven con este mundo herido.
Ven con quienes están tristes.
Ven con quienes han perdido la esperanza.
Ven con quienes se sienten lejos de Ti.

Y Dios responde plenamente a esa súplica enviando a su Hijo. En Jesús, Dios camina con nosotros. En Jesús, Dios se hace cercano. En Jesús, Dios nos dice: no he venido a condenarte, he venido a salvarte.

Porque el Evangelio continúa diciendo:

“Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él.”

Esta es una noticia inmensa. Dios no quiere nuestra perdición. Dios no disfruta condenando. Dios no está esperando nuestro error para destruirnos. Dios quiere salvarnos. Pero salvarnos no significa solamente sacarnos de un problema exterior. Salvarnos significa rescatarnos desde dentro: del pecado, del egoísmo, del orgullo, del resentimiento, de la tristeza profunda, de la indiferencia, de la mentira, de la dureza del corazón.

Aquí podemos hacer una pregunta muy personal: ¿de qué necesito yo ser salvado?

Tal vez necesito ser salvado de mi falta de fe.
Tal vez de mi incapacidad de perdonar.
Tal vez de una tristeza que me encierra.
Tal vez de una culpa que no me deja caminar.
Tal vez de una vida cristiana tibia y acostumbrada.
Tal vez de pensar que Dios ama al mundo, pero no me ama a mí.

Y allí aparece una frase hermosa: “Al mundo y a mí.”

El Evangelio dice: “Tanto amó Dios al mundo”. Pero la fe me permite decir también: “Tanto me amó Dios a mí.” No por orgullo, sino por confianza. No porque yo sea el centro del universo, sino porque dentro de ese mundo amado por Dios también está mi historia, mi nombre, mi vida, mi dolor y mi esperanza.

San Pablo lo decía con palabras muy fuertes: “El Hijo de Dios me amó y se entregó por mí.” Esa es la experiencia que cambia la vida. No basta decir: “Dios ama a la humanidad”. Hay un momento en que el corazón creyente descubre: Dios me ama a mí. Cristo se entregó por mí. El Espíritu Santo habita en mí.

La segunda lectura de san Pablo a los Corintios nos ofrece una bendición que escuchamos muchas veces en la Eucaristía:

“La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo estén siempre con todos ustedes.”

Allí está resumido el misterio trinitario como bendición para nuestra vida.

La gracia de Jesucristo: porque Él nos salva, nos perdona, nos levanta.
El amor de Dios Padre: porque de Él venimos y hacia Él caminamos.
La comunión del Espíritu Santo: porque el Espíritu nos une, nos consuela, nos fortalece y nos hace Iglesia.

Por eso la Trinidad no es solamente algo que creemos; es algo que vivimos. Desde nuestro Bautismo fuimos sumergidos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Cada vez que hacemos la señal de la cruz recordamos quiénes somos y a quién pertenecemos.

Cuando nos persignamos, no estamos haciendo un gesto vacío. Estamos diciendo:

Mi mente pertenece al Padre.
Mi corazón pertenece al Hijo.
Mi vida pertenece al Espíritu Santo.
No estoy solo.
Soy hijo amado.
Soy discípulo redimido.
Soy templo vivo del Espíritu.

El salmo tomado del libro de Daniel es una gran alabanza:

“Bendito eres, Señor, Dios de nuestros padres, digno de alabanza y glorioso por los siglos.”

Ante la Trinidad, la actitud más profunda no es explicarlo todo, sino adorar. Como Moisés, nos postramos. Como la Iglesia, bendecimos. Como los santos, confiamos. Como los pequeños, nos dejamos amar.

La imagen de la mesa familiar puede ayudarnos. En una casa, cuando hay amor verdadero, la mesa no es solo un lugar donde se come. Es lugar de encuentro, de conversación, de perdón, de memoria, de fiesta. Nadie debería sentirse extraño en esa mesa. Así es el amor de Dios: el Padre prepara la mesa, el Hijo se nos da como alimento, y el Espíritu Santo nos reúne como familia.

Cada Eucaristía es una entrada en la vida trinitaria. Venimos al Padre, por Cristo, en el Espíritu Santo. No venimos solamente a cumplir un rito. Venimos a dejarnos abrazar por el amor de Dios. Venimos a escuchar su Palabra. Venimos a recibir el Cuerpo de Cristo. Venimos a ser enviados como testigos de comunión en un mundo dividido.

Y esta solemnidad nos deja una tarea concreta: si Dios es comunión, nosotros no podemos vivir sembrando división. Si Dios es amor, no podemos vivir encerrados en el egoísmo. Si Dios es misericordia, no podemos alimentar odios eternos. Si Dios es entrega, no podemos reducir la fe a comodidad.

Creer en la Trinidad es aprender a vivir de manera trinitaria:
amando como hijos del Padre,
sirviendo como discípulos del Hijo,
construyendo unidad como templos del Espíritu Santo.

Hoy pidamos la gracia de no acostumbrarnos a este misterio. Que la señal de la cruz vuelva a tener peso en nuestra vida. Que cuando digamos “Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo”, no lo digamos de memoria solamente, sino con el corazón despierto.

Dios ha amado al mundo.
Dios me ha amado a mí.
Dios nos ha dado a su Hijo.
Dios nos ha regalado su Espíritu.
Dios nos llama a participar de su vida.

Que esta Eucaristía renueve en nosotros el asombro, la fe y la gratitud. Y que podamos salir de aquí diciendo con confianza:

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.


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