viernes, 29 de mayo de 2026

30 de mayo del 2026: sábado de la octava semana del Tiempo Ordinario-II

 

Más que un profeta

(Marcos 11, 27-33) La única autoridad que cuenta a los ojos de los sumos sacerdotes, de los escribas y de los ancianos es la que ellos ejercen sobre el Templo. Por eso callan la respuesta que habita y esteriliza su corazón: que el bautismo de Juan Bautista viene de los hombres. Jesús les habría respondido, sin duda, que su autoridad es semejante a la del Bautista, reconocida por la multitud. Pero, desde el Jordán hasta el Templo, esa autoridad señala a alguien que es más que un profeta.

Nicolas Tarralle, prêtre assomptionniste

 


Primera lectura

Jds 17. 20b-25
Dios puede preservarlos de tropiezos y presentarlos intachables ante su gloria

Lectura de la carta del apóstol san Judas.

QUERIDOS hermanos:
Acúerdense de las predicciones de los apóstoles de nuestro Señor Jesucristo.
Basándose en la santísima fe de ustedes y orando movidos por el Espíritu Santo, manténganse en el amor de Dios, aguardando la misericordia de nuestro Señor Jesucristo para la vida eterna.
Tengan compasión con los que titubean, a unos sálvenlos arrancándolos del fuego, a otros muéstrenles compasión, pero con cautela, aborreciendo hasta el vestido que esté manchado por el vicio.
Al que puede preservarlos de tropiezos y presentarlos intachables y exultantes ante su gloria, al Dios único, nuestro Salvador, por medio de Jesucristo, nuestro Señor, sea la gloria y majestad, el poder y la soberanía desde siempre, ahora y por todos los siglos. Amén.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 62, 2. 3-4. 5-6 (R.: cf. 2b)

R. Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío.

V. Oh, Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo,
mi alma está sedienta de ti;
mi carne tiene ansia de ti,
como tierra reseca, agostada, sin agua. 
R.

V. ¡Cómo te contemplaba en el santuario
viendo tu fuerza y tu gloria!
Tu gracia vale más que la vida,
te alabarán mis labios. 
R.

V. Toda mi vida te bendeciré
y alzaré las manos invocándote.
Me saciaré de manjares exquisitos,
y mis labios te alabarán jubilosos. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. La Palabra de Cristo habite entre ustedes en toda su riqueza, dando gracias a Dios Padre por medio de Cristo. R.

 

Evangelio

Mc 11, 27-33
¿Con qué autoridad haces esto?

Lectura del santo Evangelio según san Marcos.


EN aquel tiempo, Jesús y los discípulos volvieron a Jerusalén y, mientras este paseaba por el templo, se le acercaron los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos, y le decían:
«¿Con qué autoridad haces esto? ¿Quién te ha dado semejante autoridad para hacer esto?».
Jesús les replicó:
«Les voy a hacer una pregunta y, si me contestan, les diré con qué autoridad hago esto. El bautismo de Juan ¿era del cielo o de los hombres? Contéstenme».
Se pusieron a deliberar:
«Si decimos que es del cielo, dirá: “¿Y por qué no le han creído?”. ¿Pero cómo vamos a decir que es de los hombres?».
(Temían a la gente, porque todo el mundo estaba convencido de que Juan era un profeta).
Y respondieron a Jesús:
«No sabemos».
Jesús les replicó:
«Pues tampoco yo les digo con qué autoridad hago esto».

Palabra del Señor.

 

 

1


Queridos hermanos:

El Evangelio de hoy nos sitúa en Jerusalén, en el Templo. Jesús acaba de realizar gestos fuertes: ha expulsado a los vendedores, ha denunciado una religión convertida en negocio y ha recordado que la casa de Dios debe ser casa de oración. Entonces se le acercan los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos, es decir, las autoridades religiosas del momento, y le hacen una pregunta directa: “¿Con qué autoridad haces esto? ¿Quién te ha dado semejante autoridad?”

La pregunta parece legítima, pero en realidad nace de un corazón cerrado. No buscan la verdad; buscan acorralar a Jesús. No quieren dejarse iluminar; quieren defender su poder. No preguntan para convertirse, sino para tener de qué acusarlo.

Y aquí aparece una gran enseñanza: no toda pregunta nace de la búsqueda sincera de Dios. Hay preguntas que son apertura, sed, humildad; y hay preguntas que son excusa, defensa, orgullo. Una cosa es decir: “Señor, ayúdame a entender”; otra muy distinta es decir: “Señor, explícate, porque no quiero obedecerte”.

Jesús responde con otra pregunta: “El bautismo de Juan, ¿era del cielo o de los hombres?” Con esto los obliga a mirar dentro de sí mismos. Si dicen que venía del cielo, quedan en evidencia porque no creyeron. Si dicen que venía de los hombres, temen al pueblo, porque todos tenían a Juan por profeta. Entonces responden: “No sabemos”.

Pero no es que no sepan. Es que no quieren comprometerse. Es el “no sabemos” de quien prefiere quedar bien antes que reconocer la verdad. Es el “no sabemos” de quien teme perder su puesto, su prestigio, su comodidad. Es el silencio de una conciencia que ha visto la luz, pero prefiere cerrar los ojos.

La autoridad de Jesús no nace de un cargo humano, ni de una estrategia, ni de una institución que lo respalde. Su autoridad nace de su comunión con el Padre, de su verdad interior, de su coherencia entre palabra y vida. Jesús habla con autoridad porque vive lo que predica. Sana con autoridad porque ama de verdad. Perdona con autoridad porque trae la misericordia de Dios. Denuncia con autoridad porque no busca destruir, sino purificar.

Y esta es una diferencia importante para nuestra vida: autoridad no es lo mismo que autoritarismo. El autoritarismo impone, humilla, controla, domina. La autoridad verdadera, en cambio, hace crecer, libera, acompaña, corrige con amor y conduce hacia Dios. La autoridad de Jesús no aplasta; levanta. No manipula; ilumina. No busca privilegios; se entrega hasta la cruz.

La primera lectura, tomada de la carta de san Judas, nos da una clave muy hermosa para vivir bajo la autoridad de Cristo. Dice: “Edifíquense sobre el cimiento de su fe santísima, oren movidos por el Espíritu Santo, manténganse en el amor de Dios, aguardando la misericordia de nuestro Señor Jesucristo para la vida eterna.”

Allí está el camino del creyente: edificarse en la fe, orar en el Espíritu, permanecer en el amor de Dios y esperar su misericordia. Cuando uno vive así, ya no necesita defender falsas seguridades. Ya no se aferra a pequeños poderes. Ya no necesita aparentar. Quien se sabe amado por Dios puede vivir en la verdad.

El salmo también nos pone en la actitud correcta: “Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío.” Esa es la actitud que faltaba en los jefes religiosos del Evangelio. Ellos estaban en el Templo, pero no tenían sed de Dios. Estaban rodeados de ritos, normas y estructuras, pero su corazón se había secado. Tenían religión, pero les faltaba humildad. Tenían autoridad externa, pero les faltaba docilidad interior.

También a nosotros puede pasarnos. Podemos estar cerca de las cosas de Dios y, sin embargo, resistirnos a Dios. Podemos participar en la Iglesia, conocer oraciones, cumplir costumbres, pero no dejar que Cristo toque el centro de nuestra vida. Podemos preguntarle muchas cosas al Señor, pero sin ganas reales de cambiar.

Por eso hoy el Evangelio nos invita a revisar nuestra relación con la autoridad de Jesús. ¿Dejamos que Él tenga autoridad sobre nuestras decisiones, nuestros afectos, nuestras palabras, nuestro modo de tratar a los demás? ¿O solo lo escuchamos cuando confirma lo que ya pensamos? ¿Aceptamos su autoridad cuando nos consuela, pero la rechazamos cuando nos corrige?

La autoridad de Cristo se reconoce en la humildad. El que está lleno de orgullo siempre discutirá con Dios. El humilde, en cambio, no siempre entiende todo, pero confía. No siempre ve claro el camino, pero se deja conducir.

Y en este sábado, memoria de Santa María Virgen, miramos a María como la gran discípula de la autoridad divina. María no le preguntó al ángel: “¿Con qué autoridad me dices esto?” Ella preguntó: “¿Cómo será esto?”, que es muy distinto. Su pregunta no nace de la incredulidad, sino de la disponibilidad. María no entiende todo, pero se abre al misterio. No controla el plan de Dios, pero se entrega: “Hágase en mí según tu palabra.”

María nos enseña que la verdadera fe no consiste en tener todas las respuestas, sino en confiar en Aquel que tiene la última palabra. Ella reconoce la autoridad de Dios no como peso, sino como gracia; no como imposición, sino como llamada; no como pérdida, sino como fecundidad.

Pidámosle hoy al Señor un corazón sincero. Un corazón que no se esconda detrás de excusas. Un corazón que no diga “no sé” cuando en realidad no quiere convertirse. Un corazón sediento, como el salmista. Un corazón firme en la fe, como pide san Judas. Un corazón disponible, como el de María.

Que Jesús tenga autoridad sobre nosotros. No para quitarnos libertad, sino para liberarnos de nuestras esclavitudes. No para apagar nuestra vida, sino para hacerla más verdadera. No para humillarnos, sino para levantarnos y conducirnos al Padre.

Y que María, Madre de la fe humilde y obediente, nos enseñe a responder cada día con confianza:

Señor, no siempre comprendo tus caminos,
pero creo en tu amor.
No siempre entiendo tus silencios,
pero confío en tu Palabra.
No siempre sé hacia dónde me llevas,
pero quiero caminar contigo.
Hágase en mí según tu voluntad. Amén.

 

2

 

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de este sábado nos coloca ante una realidad que todos, de una u otra manera, conocemos: la hostilidad, la contradicción, la incomprensión y el mal que se disfraza de pregunta razonable.

En el Evangelio, Jesús está en Jerusalén. Ya ha entrado en la ciudad, ya ha purificado el Templo, ya ha denunciado que la casa de oración se estaba convirtiendo en cueva de intereses. Y entonces se le acercan los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos para preguntarle:

“¿Con qué autoridad haces esto? ¿Quién te ha dado autoridad para actuar así?”

A primera vista parece una pregunta legítima. Pero Jesús sabe leer el corazón. No es una pregunta nacida de la búsqueda sincera de la verdad. Es una pregunta cargada de sospecha, de miedo, de deseo de control. No quieren comprender a Jesús; quieren atraparlo. No quieren convertirse; quieren defender su poder.

Aquí aparece una primera enseñanza: el mal muchas veces no se presenta con rostro violento al comienzo, sino con aparente prudencia, con argumentos calculados, con preguntas que no buscan luz sino confusión. Hay preguntas que abren el alma a Dios, y hay preguntas que son escudos para no dejarnos tocar por Dios.

Jesús no responde con agresividad. No se deja provocar. No devuelve hostilidad con hostilidad. Él permanece sereno, firme y libre. Les hace una pregunta sobre Juan el Bautista:

“El bautismo de Juan, ¿era del cielo o de los hombres?”

Con esta pregunta, Jesús desenmascara la incoherencia de sus adversarios. Ellos no responden según la verdad, sino según la conveniencia. Si dicen que Juan venía de Dios, Jesús les preguntará por qué no creyeron. Si dicen que venía de los hombres, temen al pueblo, porque todos tenían a Juan por profeta. Entonces responden:

“No sabemos.”

Pero no es ignorancia humilde; es evasión. No dicen “no sabemos” porque estén buscando la verdad, sino porque no quieren comprometerse con ella. Es el “no sé” de quien prefiere quedar bien antes que convertirse. Es el silencio de una conciencia que no quiere perder sus seguridades.

Frente a esta hostilidad, Jesús nos enseña algo fundamental: no todo conflicto debe enfrentarse con gritos; no toda acusación merece una explicación; no toda trampa debe ser respondida entrando en el juego del adversario. Jesús responde desde la verdad, con paz interior, con inteligencia espiritual y con autoridad.

La autoridad de Jesús no viene de un cargo humano. Viene de su comunión con el Padre. Él tiene autoridad porque vive en la verdad, porque ama sin manipular, porque corrige sin odiar, porque denuncia sin buscar venganza, porque no se deja gobernar por el miedo.

Y esta Palabra nos toca profundamente. Porque también nosotros enfrentamos hostilidades. A veces en la familia, en la comunidad, en el trabajo, en la Iglesia, en las redes sociales, incluso dentro de nosotros mismos. Hay momentos en que sentimos que la incomprensión nos pesa, que la crítica nos hiere, que la mala intención nos paraliza. Y la tentación puede ser doble: responder con la misma agresividad o encerrarnos en el miedo.

Pero Jesús nos muestra otro camino: serenidad, firmeza y confianza en Dios.

La primera lectura, de la carta de san Judas, nos da una respuesta espiritual muy concreta. Dice:

“Edifíquense sobre el cimiento de su fe santísima, oren movidos por el Espíritu Santo, manténganse en el amor de Dios, aguardando la misericordia de nuestro Señor Jesucristo.”

Qué hermoso programa de vida cristiana. Cuando el mal nos rodea, cuando la hostilidad nos prueba, cuando sentimos que la fe se tambalea, san Judas nos invita a cuatro actitudes:

Primero, edificarnos sobre la fe. No sobre el orgullo, no sobre la opinión de los demás, no sobre el aplauso, no sobre el resentimiento. El creyente no construye su vida sobre arena movediza, sino sobre Cristo.

Segundo, orar en el Espíritu Santo. Hay situaciones que no se resuelven solo pensando mucho o hablando demasiado. Necesitamos oración. Necesitamos respirar en Dios. Necesitamos pedir al Espíritu Santo que no nos deje reaccionar desde la herida, sino desde la sabiduría.

Tercero, mantenernos en el amor de Dios. Esta frase es clave. Porque la hostilidad de los demás puede robarnos la paz, pero también puede robarnos el amor. Y cuando alguien logra que dejemos de amar, ya ha vencido algo dentro de nosotros. Mantenerse en el amor de Dios no significa aprobar el mal; significa no permitir que el mal nos convierta en personas amargadas.

Cuarto, esperar la misericordia de Jesucristo. El cristiano no vive desde la desesperación. Vive esperando la misericordia. Sabe que Dios tiene la última palabra, aunque por momentos parezca que la tengan los violentos, los astutos o los poderosos.

El salmo nos ofrece la actitud interior que necesitamos:

“Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío.”

Esta sed de Dios es lo que faltaba en los adversarios de Jesús. Ellos estaban en el Templo, pero no tenían sed de Dios. Tenían cargos religiosos, pero el corazón seco. Conocían la Ley, pero no reconocían al Señor de la Ley. Estaban cerca de lo sagrado, pero lejos de la humildad.

Y aquí debemos examinarnos todos. Porque se puede estar cerca de las cosas de Dios y, sin embargo, resistirse a Dios. Se puede hablar de religión y no tener sed de santidad. Se puede defender una institución, una tradición, una costumbre, pero cerrar el corazón a la conversión que Cristo pide.

Por eso hoy podríamos preguntarnos:
¿Tengo verdadera sed de Dios o solo deseo tener la razón?
¿Busco la voluntad de Dios o busco defender mi comodidad?
¿Cuando soy corregido, escucho con humildad o reacciono con hostilidad?
¿Cuando me atacan, respondo como Jesús o me dejo dominar por la ira?

La memoria de la Bienaventurada Virgen María en sábado ilumina de manera especial esta Palabra. María también conoció la hostilidad. Conoció la sospecha, la pobreza, el destierro, la espada del dolor, el rechazo contra su Hijo y finalmente la cruz. Pero María nunca respondió al mal con odio. Ella permaneció firme, silenciosa, creyente, llena de Dios.

María no fue una mujer débil; fue una mujer fuerte en la fe. Su fortaleza no estaba en imponerse, sino en permanecer. No estaba en gritar, sino en confiar. No estaba en controlar los acontecimientos, sino en sostenerse en la voluntad de Dios.

Ella nos enseña a vivir la autoridad de Dios con humildad. Cuando el ángel le anunció el misterio de la Encarnación, María no respondió desde la desconfianza, sino desde la disponibilidad: “Hágase en mí según tu palabra.” Esa es la verdadera actitud del discípulo: no manipular a Dios, no ponerlo a prueba, no exigirle explicaciones desde el orgullo, sino abrirse a su voluntad.

Queridos hermanos, pidamos hoy tres gracias.

La primera: un corazón sereno, para no responder al mal con mal.

La segunda: una fe firme, para no dejarnos intimidar por la hostilidad.

La tercera: una sed profunda de Dios, para que nuestra vida no se seque en discusiones, miedos, apariencias o resentimientos.

Jesús no se dejó dominar por la agresividad de sus adversarios. Tampoco nosotros debemos dejar que la hostilidad ajena nos robe la paz, la fe y la capacidad de amar. Cristo nos quiere libres. Libres para decir la verdad, libres para callar cuando conviene, libres para no caer en provocaciones, libres para vivir bajo la autoridad de Dios y no bajo el miedo a los demás.

Que María, Madre fiel, nos acompañe en los momentos de contradicción. Que nos enseñe a permanecer junto a Cristo cuando la fe sea probada. Y que, como ella, podamos responder cada día:

Señor, aunque no entienda todo, confío en Ti.
Aunque encuentre rechazo, permanezco en tu amor.
Aunque haya oscuridad, mi alma tiene sed de Ti.
Aunque el mal levante la voz, yo quiero vivir bajo tu gracia.
Amén.

 

jueves, 28 de mayo de 2026

29 de mayo del 2026: viernes de la octava semana del tiempo ordinario-II

 

Las aguas de la reconciliación

(Marcos 11, 11-25) La admiración que nos inspira “una fe capaz de mover montañas” es, paradójicamente, a veces un pretexto para subestimar la nuestra. Como si la fe fuera un potencial de acción que pudiéramos atribuirnos a nosotros mismos. Jesús nos invita, más bien, a hacer de ella una experiencia cotidiana de oración y de perdón. Pidamos humildemente que los resentimientos que se levantan en nuestros corazones se sumerjan en las aguas de la reconciliación.

Nicolas Tarralle, prêtre assomptionniste

 


Primera lectura

1 Pe 4, 7-13
Sean buenos administradores de la multiforme gracia de Dios

Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro.

QUERIDOS hermanos:
El fin de todas las cosas está cercano. Así pues, sean sensatos y sobrios para la oración. Ante todo, mantengan un amor intenso entre ustedes, porque el amor tapa multitud de pecados. Sean hospitalarios unos con otros sin protestar.
Como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios, pongan al servicio de los demás el carisma que cada uno ha recibido. Si uno habla, que sean sus palabras como palabras de Dios; si uno presta servicio, que lo haga con la fuerza que Dios le concede, para que Dios sea glorificado en todo, por medio de Jesucristo, a quien corresponden la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.
Queridos míos, no se extrañen del fuego que ha prendido en ustedes y sirve para probarlos, como si ocurriera algo extraño. Al contrario, estén alegres en la medida que comparten los sufrimientos de Cristo, de modo que, cuando se revele su gloria, gocen de alegría desbordante.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 95, 10. 11-12. 13 (R.: cf. 13b)

R. Llega el Señor a regir la tierra.

V. Digan a los pueblos: «El Señor es rey:
él afianzó el orbe, y no se moverá;
él gobierna a los pueblos rectamente». 
R.

V. Alégrese el cielo, goce la tierra,
retumbe el mar y cuanto lo llena;
vitoreen los campos y cuanto hay en ellos,
aclamen los árboles del bosque. 
R.

V. Delante del Señor, que ya llega,
ya llega a regir la tierra:
regirá el orbe con justicia
y los pueblos con fidelidad. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Yo los he elegido del mundo —dice el Señor—, para que vayan y den fruto, y su fruto permanezca. R.

 

Evangelio

Mc 11, 11-25
Mi casa será casa de oración para todos los pueblos. Tengan fe en Dios

Lectura del santo Evangelio según san Marcos.

DESPUÉS que el gentío lo hubo aclamado, entró Jesús en Jerusalén, en el templo, lo estuvo observando todo y, como era ya tarde, salió hacia Betania con los Doce.
Al día siguiente, cuando salían de Betania, sintió hambre. Vio de lejos una higuera con hojas, y se acercó para ver si encontraba algo; al llegar no encontró más que hojas, porque no era tiempo de higos. Entonces le dijo:
«Nunca jamás coma nadie frutos de ti».
Los discípulos lo oyeron.
Llegaron a Jerusalén y, entrando en el templo, se puso a echar a los que vendían y compraban en el templo, volcando las mesas de los cambistas y los puestos de los que vendían palomas. Y no consentía a nadie transportar objetos por el templo.
Y los instruía diciendo:
«¿No está escrito: “Mi casa será casa de oración para todos los pueblos”? Ustedes en cambio la han convertido en cueva de bandidos».
Se enteraron los sumos sacerdotes y los escribas y, como le tenían miedo, porque todo el mundo admiraba su enseñanza, buscaban una manera de acabar con él.
Cuando atardeció, salieron de la ciudad.
A la mañana siguiente, al pasar, vieron la higuera seca de raíz. Pedro cayó en la cuenta y dijo a Jesús:
«Maestro, mira, la higuera que maldijiste se ha secado».
Jesús contestó:
«Tengan fe en Dios. En verdad les digo que si uno dice a este monte: “Quítate y arrójate al mar”, y no duda en su corazón, sino que cree en que sucederá lo que dice, lo obtendrá.
Por eso les digo: todo cuanto pidan en la oración, crean que se lo han concedido y lo obtendrán.
Y cuando se pongan a orar, perdonen lo que tengan contra otros, para que también su Padre del cielo les perdone a ustedes sus culpas».

Palabra del Señor.

 

***************


 1


Hermanos y hermanas:

La Palabra de Dios de hoy nos coloca ante tres realidades profundamente unidas: la oración, la purificación del corazón y la reconciliación. En el Evangelio vemos a Jesús entrando en el templo, mirando todo a su alrededor, denunciando una religiosidad estéril y llamándonos a una fe viva, capaz de confiar, orar y perdonar.

El pasaje de Marcos es fuerte. Jesús encuentra una higuera llena de hojas, pero sin fruto. Luego entra en el templo y expulsa a los vendedores. A primera vista, parecen dos escenas distintas, pero en realidad hablan de lo mismo: una vida religiosa que aparenta mucho, pero produce poco fruto. La higuera tenía hojas, pero no higos. El templo tenía actividad, comercio, movimiento, ruido, pero había perdido algo esencial: ser casa de oración, lugar de encuentro con Dios, espacio de misericordia y reconciliación.

También nosotros podemos caer en esa tentación. Podemos tener hojas: costumbres religiosas, palabras piadosas, signos externos, prácticas devocionales. Pero el Señor busca frutos: amor, perdón, paciencia, conversión, humildad, caridad concreta. La fe no es solo apariencia; la fe verdadera transforma el corazón.

Por eso Jesús dice: “Tengan fe en Dios”. No dice simplemente: tengan fe en sus fuerzas, en sus planes, en sus métodos o en sus seguridades. Dice: tengan fe en Dios. La fe no es una energía mágica para conseguir lo que queremos. No es una técnica para dominar la realidad. La fe es confianza filial, abandono humilde, apertura a la voluntad de Dios.

Cuando Jesús habla de una fe capaz de mover montañas, no nos está invitando a la arrogancia espiritual, como si el creyente pudiera manipular a Dios. Nos está recordando que hay montañas interiores que solo se mueven con oración: la montaña del orgullo, del resentimiento, de la culpa, del miedo, de la tristeza, de la desesperanza, de la enfermedad vivida en soledad, del pecado que se enquista en el alma.

Y aquí aparece una frase decisiva del Evangelio: “Cuando se pongan de pie para orar, perdonen, si tienen algo contra alguien”. Jesús une la oración con el perdón. No podemos acercarnos sinceramente a Dios llevando en el corazón un deseo obstinado de venganza. No podemos pedir misericordia mientras nos negamos a ofrecer misericordia. No podemos levantar las manos hacia el cielo si al mismo tiempo cerramos el corazón al hermano.

Esto no significa que perdonar sea fácil. A veces hay heridas muy profundas. Hay personas que sufren en el alma por traiciones, humillaciones, duelos, enfermedades, abandono, soledad, depresión, ansiedad, recuerdos dolorosos. También hay quienes sufren en el cuerpo: enfermos, ancianos, personas agotadas por tratamientos médicos, familias cansadas de esperar una mejoría. La Palabra de hoy no viene a imponerles una carga más. Viene a abrir una fuente: las aguas de la reconciliación.

Perdonar no siempre significa olvidar de inmediato. No siempre significa volver ingenuamente a una relación dañina. No siempre significa que el dolor desaparezca de un momento a otro. Perdonar, en sentido cristiano, es comenzar a entregarle a Dios el veneno que nos está destruyendo por dentro. Es decirle al Señor: “Yo no puedo solo con esto. Sana mi memoria. Purifica mi corazón. No permitas que esta herida me robe la paz ni me encierre en la amargura”.

San Pedro, en la primera lectura, nos ofrece una clave preciosa: “Sean moderados y sobrios, para poder orar. Ante todo, mantengan entre ustedes una caridad intensa, porque la caridad cubre multitud de pecados”. La caridad intensa no niega el pecado, pero lo vence con una fuerza mayor. No se trata de justificar el mal, sino de impedir que el mal tenga la última palabra en nosotros.

También San Pedro dice algo que toca muy de cerca nuestra intención de hoy: “Alégrense en la medida en que comparten los sufrimientos de Cristo”. Esto no significa buscar el sufrimiento ni romantizar el dolor. Significa que, cuando el sufrimiento llega, no estamos solos. Cristo ya pasó por ahí. Cristo conoce la angustia, la traición, la injusticia, la cruz. Y desde su Pascua, todo dolor unido a Él puede convertirse en camino de redención.

Por eso hoy oramos con intención penitencial. Reconocemos que muchas veces nuestro corazón se ha parecido a esa higuera: muchas hojas y pocos frutos. Mucha palabra y poca conversión. Mucha actividad y poca oración. Mucha queja y poca confianza. Mucha memoria de las ofensas y poca disponibilidad para reconciliarnos.

Pero también oramos por quienes sufren en el alma y en el cuerpo. Que el Señor visite sus noches interiores. Que toque sus heridas. Que dé fortaleza a los enfermos, consuelo a los tristes, serenidad a los angustiados, esperanza a quienes se sienten vencidos, y paz a quienes cargan resentimientos que pesan como montañas.

El salmo proclama: “El Señor llega para regir la tierra”. Esa venida del Señor no es amenaza para el humilde; es esperanza. El Señor viene a poner orden donde el pecado desordenó. Viene a purificar el templo de nuestro corazón. Viene a hacer fecunda la higuera de nuestra vida. Viene a recordarnos que la verdadera religión no se reduce a ritos externos, sino que florece en oración, perdón y amor.

Pidámosle hoy al Señor tres gracias.

Primero, una fe humilde, que no presuma de sí misma, sino que confíe en Dios cada día.

Segundo, un corazón purificado, para que nuestra vida no tenga solo hojas de apariencia, sino frutos de Evangelio.

Tercero, la gracia de la reconciliación, para que los resentimientos que se levantan dentro de nosotros puedan sumergirse en las aguas sanadoras del amor de Cristo.

Que esta Eucaristía sea para nosotros casa de oración, medicina del alma, fortaleza para el cuerpo cansado y escuela de perdón. Y que, al acercarnos al altar, podamos decirle al Señor:

Señor Jesús, purifica mi corazón.
Mueve las montañas que me impiden amar.
Sana mis heridas.
Perdona mis pecados.
Y enséñame a perdonar como Tú me perdonas. Amén.


2

 

Hermanos y hermanas:

La Palabra de Dios de este viernes nos pone delante de una pregunta muy seria: ¿nuestra vida de fe está dando fruto o solo tiene hojas?

El Evangelio de Marcos nos presenta una escena fuerte, incluso desconcertante. Jesús se acerca a una higuera que tiene muchas hojas, pero no encuentra fruto en ella. Luego entra en el templo de Jerusalén y expulsa a los vendedores y cambistas, denunciando que la casa de oración se ha convertido en cueva de ladrones. Al día siguiente, los discípulos ven que la higuera se ha secado desde la raíz.

A primera vista, podría parecernos una reacción dura de Jesús. Pero no se trata de un capricho. Es un gesto profético. Como tantas veces hicieron los profetas de Israel, Jesús utiliza un signo visible para revelar una verdad espiritual profunda. La higuera con hojas pero sin frutos representa una religiosidad que aparenta vida, pero está vacía por dentro. El templo lleno de movimiento, comercio y ruido representa un culto que ha perdido su centro: Dios, la oración, la misericordia, la justicia y la conversión del corazón.

Y esa Palabra hoy no se dirige solo al Israel de aquel tiempo. Se dirige también a nosotros. Porque también nosotros podemos tener muchas hojas y pocos frutos.

Podemos tener hojas de costumbre religiosa, hojas de lenguaje piadoso, hojas de apariencias, hojas de cumplimiento externo, hojas de una fe que se ve, pero que quizá no siempre transforma. Podemos asistir a celebraciones, rezar algunas oraciones, conocer frases del Evangelio, participar en actividades de Iglesia, pero el Señor nos pregunta: ¿dónde están los frutos?

Frutos de paciencia.
Frutos de perdón.
Frutos de humildad.
Frutos de caridad.
Frutos de conversión.
Frutos de servicio.
Frutos de reconciliación.
Frutos de compasión con quienes sufren en el alma y en el cuerpo.

Jesús no condena la religiosidad verdadera. Al contrario, quiere purificarla. Él no destruye el templo porque sea templo; lo purifica porque ha dejado de ser casa de oración. Él no rechaza la fe externa cuando nace de un corazón sincero; lo que denuncia es la apariencia sin conversión, el culto sin amor, la oración sin perdón, la religión sin justicia.

Por eso, después del signo de la higuera seca, Jesús enseña a sus discípulos tres cosas inseparables: fe, oración y perdón.

Primero dice: “Tengan fe en Dios”. No dice: tengan fe en sus fuerzas, en sus seguridades, en sus méritos o en su imagen ante los demás. Dice: tengan fe en Dios. La fe no es una autosuficiencia espiritual. No es creer que yo puedo mover montañas porque soy fuerte. La fe es reconocer que Dios puede actuar incluso donde yo ya no puedo. Es poner en Él las heridas, las luchas, las culpas, los miedos y las montañas interiores que parecen imposibles de mover.

Porque hay montañas que no se ven, pero pesan mucho: la montaña del pecado repetido, la montaña del resentimiento, la montaña de una culpa no sanada, la montaña de una tristeza antigua, la montaña de la enfermedad, la montaña del cansancio espiritual, la montaña de una relación rota, la montaña de una angustia que nadie conoce.

Jesús nos dice que la fe, vivida en oración, puede mover esas montañas. No siempre las mueve como nosotros imaginamos. No siempre desaparecen de inmediato. Pero Dios comienza a moverlas desde la raíz, como la higuera seca desde la raíz. Él va a lo profundo. Él no se queda en las hojas. Él toca el corazón.

Luego Jesús habla de la oración: “Todo cuanto pidan en la oración, crean que ya lo han recibido y lo obtendrán”. Esta frase no significa que la oración sea una fórmula mágica para conseguir todo lo que queremos. La oración cristiana no manipula a Dios. La oración verdadera nos pone en comunión con su voluntad. Nos enseña a pedir, sí, pero también a confiar; a suplicar, pero también a esperar; a abrir las manos, pero también a entregar el corazón.

Y enseguida Jesús añade algo decisivo: “Cuando se pongan a orar, perdonen si tienen algo contra alguien”. Aquí está una de las claves del Evangelio de hoy. No hay oración auténtica sin deseo de reconciliación. No hay templo purificado si el corazón sigue convertido en mercado de rencores, de odios, de cuentas pendientes, de resentimientos acumulados.

Por eso esta Eucaristía tiene también un tono penitencial. Venimos ante el Señor reconociendo que muchas veces nuestro corazón necesita ser purificado. A veces la casa interior que debía ser casa de oración se llena de ruido, de orgullo, de envidia, de amargura, de falta de perdón. A veces defendemos mucho las hojas, pero descuidamos los frutos. A veces queremos que Dios escuche nuestras súplicas, pero nos cerramos a escuchar el clamor del hermano.

La primera carta de San Pedro nos ayuda a completar este mensaje: “Sean sensatos y sobrios para poder orar. Ante todo, mantengan entre ustedes un amor intenso, porque el amor cubre multitud de pecados”. San Pedro no nos invita a una espiritualidad superficial. Nos invita a una fe vigilante, sobria, concreta, fraterna. Una fe que sabe que el tiempo es breve y que no podemos gastar la vida en rencores estériles.

“Ante todo, mantengan un amor intenso”. Esta expresión es preciosa. El amor cristiano no puede ser tibio, no puede ser decorativo, no puede ser solamente una palabra bonita. Debe ser intenso, perseverante, real. Un amor que acoge, que sirve, que perdona, que sostiene, que acompaña a quien sufre, que no abandona al enfermo, que no juzga con dureza al herido, que no se cansa de empezar de nuevo.

Y Pedro añade: “Alégrense en la medida en que comparten los sufrimientos de Cristo”. Esta frase no significa que el cristiano busque el sufrimiento o que deba resignarse pasivamente ante el dolor. Significa que ningún sufrimiento vivido en Cristo queda perdido. Quienes sufren en el cuerpo, quienes padecen enfermedad, debilidad, limitación o dolor físico, no están solos. Cristo crucificado está con ellos. Quienes sufren en el alma, quienes cargan tristeza, ansiedad, soledad, duelo, depresión, heridas afectivas o cansancio interior, tampoco están solos. Cristo ha entrado en la noche humana para llevar allí su luz.

Hoy oramos especialmente por quienes sufren en el alma y en el cuerpo. Y tal vez algunos de nosotros venimos así: cansados, heridos, preocupados, enfermos, confundidos, culpables, necesitados de paz. La Palabra no nos condena; nos llama a volver a la raíz. La higuera se secó desde la raíz porque estaba vacía de fruto. Pero en nosotros el Señor quiere hacer lo contrario: quiere sanar la raíz para que vuelva el fruto.

Quiere sanar la raíz de nuestra fe.
Quiere sanar la raíz de nuestra oración.
Quiere sanar la raíz de nuestras relaciones.
Quiere sanar la raíz de nuestros recuerdos.
Quiere sanar la raíz de nuestra vida espiritual.

El Salmo nos invita a proclamar: “El Señor llega a regir la tierra”. El Señor viene. Y cuando viene, no viene solo a mirar las hojas. Viene a buscar frutos. Pero también viene como médico, como purificador, como salvador. Viene a limpiar el templo de nuestro corazón para que vuelva a ser casa de oración. Viene a quitar lo que nos roba la paz. Viene a enseñarnos que la verdadera fecundidad no nace de la apariencia, sino de la comunión con Él.

Hermanos, pidamos hoy la gracia de no vivir una espiritualidad estéril. Que no seamos higueras llenas de hojas, pero sin frutos. Que no seamos templos llenos de ruido, pero vacíos de Dios. Que nuestra fe se traduzca en oración sincera, nuestra oración en perdón, nuestro perdón en caridad, y nuestra caridad en frutos concretos para el Reino.

Y al acercarnos al altar, preguntémonos con humildad:

¿Qué tiene que purificar Jesús en mí?
¿Qué resentimiento debo entregar?
¿Qué montaña interior necesito poner en manos de Dios?
¿Qué fruto espera el Señor de mi vida?
¿A quién debo perdonar?
¿A quién debo servir con más amor?
¿A quién debo acompañar en su sufrimiento?

Que esta Eucaristía sea para nosotros casa de oración, fuente de reconciliación y medicina para el alma. Que el Señor sane a quienes sufren, fortalezca a los enfermos, consuele a los tristes, perdone nuestros pecados y nos haga fecundos en el amor.

Pidámosle con confianza:

Señor Jesús,
purifica el templo de mi corazón.
Arranca de raíz lo que me aleja de Ti.
No permitas que mi vida tenga solo hojas de apariencia.
Hazme dar frutos de fe, oración, perdón y caridad.
Sana a quienes sufren en el alma y en el cuerpo.
Y convierte nuestra vida en una ofrenda fecunda para tu Reino.

Amén.


miércoles, 27 de mayo de 2026

28 de mayo del 2026: Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, Fiesta

 

El verdadero sacerdote

En esta fiesta de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, la Iglesia contempla el corazón mismo de nuestra fe: Cristo que se ofrece al Padre por amor y permanece para siempre intercediendo por nosotros. Las lecturas de hoy nos llevan desde la obediencia confiada de Abraham hasta la oración dolorosa de Jesús en Getsemaní, donde el Señor acepta plenamente la voluntad del Padre. Él es el verdadero sacerdote que no ofrece animales ni sacrificios externos, sino su propia vida para la salvación del mundo.

En esta Eucaristía oramos especialmente por la obra evangelizadora de la Iglesia y por las vocaciones sacerdotales, religiosas y misioneras, para que nunca falten corazones generosos dispuestos a decir con Cristo: “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”.

G.Q

 


Primera lectura

Gen 22, 9-18 (opción 1)

El sacrificio de Abrahán, nuestro padre en la fe

Lectura del libro del Génesis.

EN aquellos días, llegaron Abrahán e Isaac al sitio que le había dicho Dios, Abrahán levantó allí el altar y apiló la leña, luego ató a su hijo Isaac y lo puso sobre el altar, encima de la leña. Entonces Abrahán alargó la mano y tomó el cuchillo para degollar a su hijo. Pero el ángel del Señor le gritó desde el cielo:
«¡Abrahán, Abrahán!».
Él contestó:
«Aquí estoy».
El ángel le ordenó:
«No alargues la mano contra el muchacho ni le hagas nada. Ahora he comprobado que temes a Dios, porque no te has reservado a tu hijo, a tu único hijo».
Abrahán levantó los ojos y vio un carnero enredado por los cuernos en la maleza. Se acercó, tomó el carnero y lo ofreció en holocausto en lugar de su hijo.
Abrahán llamó aquel sitio «El Señor ve», por lo que se dice aún hoy «En el monte el Señor es visto».
El ángel del Señor llamó a Abrahán por segunda vez desde el cielo y le dijo:
«Juro por mí mismo, oráculo del Señor: por haber hecho esto, por no haberte reservado tu hijo, tu hijo único, te colmaré de bendiciones y multiplicaré a tus descendientes como las estrellas del cielo y como la arena de la playa. Tus descendientes conquistarán las puertas de sus enemigos. Todas las naciones de la tierra se bendecirán con tu descendencia, porque has escuchado mi voz».

Palabra de Dios.



Heb 10, 4-10 (opción 2)

Así está escrito en el comienzo del libro acerca de mí: para hacer, ¡oh Dios!, tu voluntad

Lectura de la carta a los Hebreos.

HERMANOS:
Es imposible que la sangre de los toros y de los machos cabríos quite los pecados.
Por eso, al entrar Cristo en el mundo dice:
«Tú no quisiste sacrificios ni ofrendas,
pero me formaste un cuerpo;
no aceptaste
holocaustos ni víctimas expiatorias.
Entonces yo dije: He aquí que vengo
—pues así está escrito en el comienzo del libro acerca de mí—
para hacer, ¡oh Dios!, tu voluntad».
Primero dice: «Tú no quisiste sacrificios ni ofrendas, ni holocaustos, ni víctimas expiatorias», que se ofrecen según la ley. Después añade: «He aquí que vengo para hacer tu voluntad».
Niega lo primero, para afirmar lo segundo. Y conforme a esa voluntad todos quedamos santificados por la oblación del cuerpo de Jesucristo, hecha una vez para siempre.

Palabra de Dios.



Salmo





Sal 39, 7-8a. 8b-9. 10-11ab. 17 (R.: cf. 8a. 9a)

R. Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.

V. Tú no quieres sacrificios ni ofrendas,
y, en cambio, me abriste el oído;
no pides holocaustos ni sacrificios expiatorios;
entonces yo digo: «Aquí estoy». R.

V. «—Como está escrito en mi libro—
para hacer tu voluntad.
Dios mío, lo quiero, y llevo tu ley en las entrañas». R.

V. He proclamado tu justicia
ante la gran asamblea;
no he cerrado los labios, Señor, tú lo sabes.
No me he guardado en el pecho tu justicia,
he contado tu fidelidad y tu salvación. R.

V. Alégrense y gocen contigo
todos los que te buscan;
digan siempre: «Grande es el Señor»,
los que desean tu salvación. R.



Acalamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Cristo se ha hecho por nosotros obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo exaltó sobre todo y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre. R.


Evangelio

Mt 26, 36-42

Mi alma está triste hasta la muerte

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

JESÚS fue con sus discípulos a un huerto, llamado Getsemaní, y les dijo:
«Siéntense aquí, mientras voy allá a orar».
Y llevándose a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, empezó a sentir tristeza y angustia.
Entonces les dijo:
«Mi alma está triste hasta la muerte; quédense aquí y velen conmigo».
Y adelantándose un poco cayó rostro en tierra y oraba diciendo:
«Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz. Pero no se haga como yo quiero, sino como quieres tú».
Y volvió a los discípulos y los encontró dormidos.
Dijo a Pedro:
«¿No han podido velar una hora conmigo? Velen y oren para no caer en la tentación, pues el espíritu está pronto, pero la carne es débil».
De nuevo se apartó por segunda vez y oraba diciendo:
«Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad».

Palabra del Señor.

 


“Aquí estoy para hacer tu voluntad”

 

Queridos hermanos:

La fiesta de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, nos invita hoy a mirar profundamente quién es Jesús y cuál es el centro de su misión. Cristo no es simplemente un maestro admirable, un profeta extraordinario o un líder espiritual. Él es el Sacerdote eterno, el mediador perfecto entre Dios y la humanidad.

Y lo más hermoso es que Jesús ejerce su sacerdocio no desde el poder humano, sino desde el amor, la entrega y la obediencia al Padre.

Las lecturas de hoy nos ayudan a comprender ese misterio.

La primera lectura, tomada del Génesis, nos presenta el episodio de Abraham e Isaac. Abraham sube al monte llevando en el corazón una prueba durísima. Humanamente hablando, aquella situación parece incomprensible. Pero el texto revela algo fundamental: Abraham aprende a confiar radicalmente en Dios.

En el fondo, aquella escena prepara otra mucho más grande: el Padre celestial entregando a su propio Hijo por la salvación del mundo.

Isaac carga la leña; Cristo cargará la cruz.
Abraham sube al monte con dolor; el Padre entregará a Jesús por amor.
Pero mientras Isaac es perdonado, Cristo sí se ofrecerá plenamente.

Por eso el salmo responde con esas palabras tan profundas:
“Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.”

Esa es la clave del sacerdocio de Cristo.

La carta a los Hebreos lo explica maravillosamente: Dios no quiere sacrificios vacíos ni ritos externos sin amor. Cristo viene al mundo para ofrecer algo infinitamente más grande: su propia vida.

Jesús no ofrece cosas; se ofrece a sí mismo.

Y esto alcanza su momento más conmovedor en el Evangelio de hoy, en la escena de Getsemaní.

Allí vemos a Jesús profundamente humano. Está triste. Siente angustia. Experimenta el peso del sufrimiento que se acerca. Dice incluso: “Mi alma está triste hasta la muerte”.

¡Qué importante es contemplar esto!

A veces pensamos que la santidad consiste en no sentir miedo, en no sufrir, en no experimentar crisis. Pero Jesús mismo pasó por la oscuridad interior. Lo decisivo no es no sufrir; lo decisivo es no dejar de confiar.

En Getsemaní, Jesús nos enseña cómo orar en los momentos difíciles.

Primero abre el corazón delante del Padre:
“Si es posible, que pase de mí este cáliz”.

Pero luego pronuncia la oración más sacerdotal y más hermosa:
“Pero no se haga mi voluntad, sino la tuya”.

Ahí está el corazón del sacerdocio de Cristo.

Ser sacerdote no significa buscar honores ni privilegios. Significa aprender a entregar la propia vida. Significa vivir para Dios y para los demás. Significa cargar dolores ajenos, escuchar heridas humanas, acompañar lágrimas, sostener la esperanza de un pueblo.

Por eso hoy es también un día muy especial para orar por los sacerdotes y por las vocaciones.

La Iglesia necesita sacerdotes santos.
No perfectos humanamente, sino profundamente enamorados de Cristo.
Sacerdotes capaces de servir.
Capaces de escuchar.
Capaces de llorar con el pueblo.
Capaces de permanecer fieles incluso en Getsemaní.

Y también debemos orar por nuevas vocaciones. Porque muchas veces el mundo ofrece caminos fáciles, éxito rápido, placer inmediato, pero pocos jóvenes escuchan la voz de Dios que sigue diciendo: “Ven y sígueme”.

Sin embargo, Cristo continúa llamando.

Llama en silencio.
Llama en la oración.
Llama a través del sufrimiento del pueblo.
Llama cuando alguien descubre que la vida solo tiene sentido cuando se entrega.

Y aquí todos tenemos una responsabilidad. Las vocaciones nacen en familias creyentes, en comunidades que oran, en parroquias vivas, en sacerdotes felices de su ministerio.

Un joven difícilmente responderá al llamado de Dios si solo escucha críticas, divisiones o desánimo. En cambio, cuando encuentra testigos auténticos, servidores alegres, comunidades que viven el Evangelio, el corazón comienza a abrirse.

También nosotros, aunque no seamos sacerdotes ministeriales, participamos del sacerdocio de Cristo por el Bautismo. Cada cristiano está llamado a ofrecer su vida como ofrenda agradable a Dios.

Una madre que se sacrifica por sus hijos.
Un enfermo que une su dolor a Cristo.
Un catequista que evangeliza con amor.
Un joven que lucha por permanecer fiel.
Un anciano que ora por la Iglesia.
Todo eso también es ofrenda sacerdotal.

La fiesta de hoy nos recuerda que Cristo sigue intercediendo por nosotros. Él no abandona a su Iglesia. Él sigue sosteniendo a sus sacerdotes. Sigue llamando obreros para su mies. Sigue acercándose a nuestras noches de Getsemaní.

Tal vez muchos hoy cargan un cáliz difícil: problemas familiares, enfermedad, soledad, incertidumbre, cansancio espiritual. Miren a Jesús en el huerto. Él comprende nuestras luchas porque quiso pasar por ellas.

Y desde Getsemaní nos enseña el camino: confiar incluso cuando no entendemos todo.

Pidamos hoy:

— por la obra evangelizadora de la Iglesia, para que anuncie el Evangelio con valentía y misericordia;
— por los sacerdotes, para que sean pastores según el corazón de Cristo;
— por las vocaciones sacerdotales, religiosas y misioneras;
— y por todos nosotros, para que aprendamos a decir cada día:

“Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”.

Amén.

 

30 de mayo del 2026: sábado de la octava semana del Tiempo Ordinario-II

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