Hoy
(Lc 4, 14-22a) Descubrir que nuestro hoy
es “el tiempo favorable”, como lo dice Pablo (cf. 2 Co 6,2), puede sacarnos de
la modorra
que a veces engendra nuestra rutina, de la inatención que provoca
el exceso de ocupaciones, de información, de palabras. Porque el hoy
nos ofrece la oportunidad de escuchar la Buena Noticia
de la salvación, de cambiar, de encontrarnos con Dios:
tanto en la oración y en la celebración de la Eucaristía, como a través del compañerismo
vivido con nuestros semejantes, de la inmersión en la naturaleza…
Emmanuelle Billoteau, ermite
Primera
lectura
Quien ama a
Dios, ame también a su hermano
Lectura de la primera carta del apóstol san Juan.
QUERIDOS hermanos:
Nosotros amemos a Dios, porque él nos amó primero. Si alguno dice: «Amo a
Dios», y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su
hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve.
Y hemos recibido de él este mandamiento: quien ama a Dios, ame también a su
hermano.
Todo el que cree que Jesús es el Cristo ha nacido de Dios; y todo el que ama al
que da el ser ama también al que ha nacido de él.
En esto conocemos que amamos a los hijos de Dios: si amamos a Dios y cumplimos
sus mandamientos.
Pues en esto consiste el amor de Dios: en que guardemos sus mandamientos. Y sus
mandamientos no son pesados, pues todo lo que ha nacido de Dios vence al mundo.
Y lo que ha conseguido la victoria sobre el mundo es nuestra fe.
Palabra de Dios.
Salmo
R. Se
postrarán ante ti, Señor, todos los pueblos de la tierra.
V. Dios mío,
confía tu juicio al rey,
tu justicia al hijo de reyes,
para que rija a tu pueblo con justicia,
a tus humildes con rectitud. R
V. Él
rescatará sus vidas de la violencia,
su sangre será preciosa a sus ojos.
Recen por él continuamente
y lo bendigan todo el día. R.
V. Que su
nombre sea eterno,
y su fama dure como el sol;
él sea la bendición de todos los pueblos,
y lo proclamen dichoso todas las razas de la tierra. R.
Aclamación
V. El
Señor me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la
libertad. R.
Evangelio
Hoy se ha
cumplido esta Escritura
Lectura del santo Evangelio según san Lucas.
EN aquel tiempo, Jesús volvió a Galilea con la fuerza del Espíritu; y su fama
se extendió por toda la comarca.
Enseñaba en las sinagogas, y todos lo alababan.
Fue a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga, como era su
costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura. Le entregaron el
rollo del profeta Isaías y, desenrollándolo, encontró el pasaje donde estaba
escrito:
«El Espíritu del Señor está sobre mí,
porque él me ha ungido.
Me ha enviado a evangelizar a los pobres,
a proclamar a los cautivos la libertad,
y a los ciegos, la vista;
a poner en libertad a los oprimidos;
a proclamar el año de gracia del Señor».
Y, enrollando el rollo y devolviéndolo al que lo ayudaba, se sentó. Toda la sinagoga
tenía los ojos clavados en él. Y él comenzó a decirles:
«Hoy se ha cumplido esta Escritura que acaban de oír».
Y todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia
que salían de su boca.
Palabra del Señor.
1
Hoy: cuando Dios deja de ser
“tema” y se vuelve “presencia”
Hay una palabra que atraviesa el Evangelio de hoy
como un relámpago sencillo y potente: “hoy”. Jesús entra en la sinagoga
de Nazaret, lee al profeta Isaías y, con una serenidad que desarma, declara: “Hoy
se cumple esta Escritura que acaban de oír”. No dice: “Algún día”, “cuando
estén mejor”, “cuando el mundo cambie”, “cuando termine la crisis”… Dice hoy.
Y aquí aparece una verdad espiritual y también
psicológica: muchas veces la rutina nos anestesia. No nos vuelve malos; nos
vuelve distraídos. No nos quita la fe; nos quita la atención. Se
nos puede llenar la vida de actividades, pantallas, conversaciones, noticias, y
por dentro quedar un corazón con poco silencio… y con poca capacidad de
asombro.
Por eso el Señor viene a despertarnos: el hoy de
Dios no es un eslogan; es un kairós, un tiempo favorable. El
problema no es que Dios no hable: es que a veces nosotros estamos demasiado
“ocupados” para escucharlo.
1. “Nosotros amamos porque Él nos
amó primero” (1Jn 4,19)
La primera lectura pone el fundamento: no
comenzamos nosotros. No somos los autores de la salvación, ni los
fabricantes de la gracia. Dios amó primero. La vocación cristiana —y
toda vocación particular dentro de la Iglesia— nace de esta certeza: antes
de que yo eligiera algo, Él me eligió con su amor.
Cuando la evangelización se vuelve puro activismo,
se seca. Cuando la vocación se entiende solo como función, se agota. Pero
cuando todo brota de saberse amado primero, la misión se vuelve fecunda, libre
y alegre.
San Juan remata con una frase decisiva: “Esta es
la victoria que vence al mundo: nuestra fe” (1Jn 5,4). ¿Qué “mundo” vence
la fe? No la creación, que es buena. Vence el “mundo” entendido como esa lógica
que nos roba el alma: la prisa, la superficialidad, el ego, la desesperanza, la
comodidad que apaga los sueños grandes de Dios.
La fe vence al mundo cuando me permite decir cada
mañana: “Señor, hoy vuelvo a empezar contigo.”
2. El Mesías que anuncia Isaías:
una Iglesia en salida y con entrañas
Jesús lee: “El Espíritu del Señor está sobre mí…
me ha enviado…”. La unción del Espíritu siempre termina en envío. Un
cristiano sin envío es como una lámpara sin luz: puede ser bonita, pero no
cumple su misión.
Y miremos el contenido del envío:
- buena
noticia para los pobres,
- libertad
a los cautivos,
- vista
a los ciegos,
- liberar
a los oprimidos,
- proclamar
un año de gracia.
Eso es el Evangelio: Dios tocando la vida real.
La evangelización no consiste en ganar discusiones, sino en abrir caminos de
gracia donde la gente respira angustia, culpa, soledad, pobreza, heridas
familiares, adicciones, desesperanza. La Iglesia evangeliza cuando lleva a
Cristo a esas fronteras del corazón humano.
Aquí caben nuestras vocaciones: la Iglesia
necesita testigos, no solo organizadores. Necesita sacerdotes y consagrados
enamorados de Cristo; matrimonios que evangelicen con su hogar; jóvenes
valientes que digan “sí”; laicos con creatividad misionera; catequistas con
paciencia; servidores con ternura.
3. El Salmo 72: evangelizar es
sembrar justicia y esperanza
El salmo suplica por el rey justo: que defienda al
pobre, rescate al oprimido, proteja al desvalido. En clave cristiana, ese Rey
es Cristo. Y donde Cristo reina, brotan señales visibles: justicia,
compasión y dignidad.
Evangelizar no es solo “hablar de Dios”, sino dejar
que Dios transforme nuestras relaciones: cómo tratamos al débil, cómo
administramos el poder, cómo miramos al distinto, cómo acompañamos al que
sufre.
Por eso hoy oramos por la Obra evangelizadora de la
Iglesia: para que no pierda el corazón del Evangelio; para que nuestras
comunidades sean casa de misericordia y escuela de esperanza.
4. “Hoy” y Nazaret: el peligro de
acostumbrarse a Jesús
Hay un detalle que no podemos ignorar: Jesús
predica en su pueblo. Los que lo escuchan lo conocen: crecieron con Él.
Y aquí aparece un riesgo espiritual muy común: acostumbrarse.
Acostumbrarse a la misa.
Acostumbrarse a la Palabra.
Acostumbrarse a los signos.
Acostumbrarse a “lo de siempre”.
Y entonces Jesús, en lugar de ser el Señor vivo, se
vuelve “lo conocido”.
Pero el Evangelio grita: hoy. Hoy Dios no repite; hoy Dios cumple.
Hoy Dios no es archivo; es presencia.
Aplicación vocacional: el “hoy”
que llama
Si el “hoy” se cumple, entonces el “hoy” también llama.
Tal vez, en esta Eucaristía, el Señor esté diciendo a alguien:
- “Hoy
te invito a volver a la oración con sinceridad.”
- “Hoy
te invito a reconciliarte.”
- “Hoy
te invito a servir en la comunidad.”
- “Hoy
te invito a considerar una vocación sacerdotal o consagrada.”
- “Hoy
te invito a tomar en serio la misión de tu bautismo.”
Las vocaciones nacen cuando alguien escucha, por
dentro, una palabra que no grita, pero insiste con amor.
Oración final
Señor
Jesús,
Tú que has proclamado en tu Iglesia un hoy de salvación,
despiértanos de la rutina que adormece el corazón.
Danos hambre de tu Palabra, alegría en la Eucaristía,
y valentía para anunciarte con la vida.
Te
pedimos por la Obra evangelizadora de tu Iglesia:
purifica nuestras intenciones, renueva nuestras comunidades,
haznos cercanos a los pobres, a los heridos, a los que buscan sentido.
Y te
suplicamos por las vocaciones:
llama, Señor, a sacerdotes santos;
suscita consagrados y consagradas con corazón de fuego;
fortalece a las familias para que sean semilleros de fe;
envía laicos misioneros, creativos y firmes.
Que no
dejemos pasar tu tiempo favorable,
y que podamos decir, con gozo y verdad:
hoy tú has venido a nuestra casa. Amén.
2
El tiempo perfecto de Dios
1) Puerta de
entrada: cuando Dios dice “ahora”
El
Evangelio nos sitúa en un momento decisivo: Jesús vuelve a Galilea “con la fuerza del Espíritu”
y su fama se extiende. Es el inicio de su ministerio público. Hay un “antes” y
un “después”. Durante años, Jesús vivió en lo escondido; ahora, llega la hora de manifestarse.
Esto
revela un rasgo precioso del actuar de Dios: su tiempo es perfecto. Hay etapas de
silencio que no son pérdida; son gestación.
Hay desiertos que no son castigo; son purificación.
Y hay momentos en que el Espíritu “levanta el velo” y permite que lo trabajado
en el corazón se vuelva misión,
luz para otros.
2)
“Regresó con el poder del Espíritu” (Lc 4,14): el Espíritu guía el ritmo de la
vida
Lucas
no dice que Jesús volvió “con ganas” o “con entusiasmo”, sino con el poder del Espíritu.
La misión cristiana —y toda vocación— no nace primero del carácter, de la
elocuencia o de la estrategia, sino de una docilidad: dejarse conducir.
Aquí
aparece una pregunta fuerte para nosotros:
¿Estoy viviendo mi fe a mi
modo, o a la manera del Espíritu?
Porque el Espíritu no solo impulsa; también detiene. No solo abre puertas; también nos
llama a cerrar otras. A veces nos quiere en la plaza; a veces nos quiere en el
desierto. A veces nos pone al frente; a veces nos esconde para sanar por
dentro.
Y
esto vale para la Iglesia: la Obra evangelizadora florece cuando no es puro
activismo, sino obra del
Espíritu. Evangelizar no es “hacer mucho”, sino dejar que Cristo haga en
nosotros y a través de nosotros.
3)
Primera lectura: el amor como origen de toda misión (1Jn 4,19–5,4)
San
Juan coloca el cimiento: “Nosotros
amamos porque Él nos amó primero.”
La evangelización se vuelve estéril cuando olvida esta frase. Si no nos
sentimos amados, terminamos predicando con dureza, sirviendo con cansancio,
corrigiendo con orgullo.
Y
luego Juan añade: “Esta es
la victoria que vence al mundo: nuestra fe.”
La fe vence el “mundo” entendido como esa lógica que apaga el corazón: la
prisa, la superficialidad, el miedo, la desesperanza, el “no vale la pena”. La
fe nos devuelve la mirada limpia para descubrir que Dios actúa, incluso
cuando parece callado.
Por
eso hoy pedimos vocaciones: porque una vocación auténtica es alguien que, por
amor, se deja conducir por la fe… y no por la comodidad.
4)
Salmo 72: el Mesías se reconoce por su compasión y justicia
El
Salmo describe al rey ideal: defiende al pobre, rescata al oprimido, protege al
débil. En Cristo, ese Rey se hace cercano. La evangelización verdadera siempre toca la vida real,
especialmente de quienes cargan cruces.
Aquí
hay un criterio para toda “manifestación” de Dios: si el Espíritu nos pone a la
vista, no es para lucirnos, sino para servir.
Si Dios te da palabra, es para consolar. Si te da liderazgo, es para levantar
al que está caído. Si te da dones, es para que otros respiren esperanza.
La
Iglesia no anuncia un espectáculo: anuncia un Reino que se nota en la
misericordia.
5)
El riesgo de Nazaret: buscar milagros y perder el Misterio (Lc 4,14-22a)
Alguien
comentando este texto evangélico, lo subraya con realismo: al principio “todos
hablaban bien de Él”, pero eso cambió cuando Jesús no se dejó reducir a un hacedor de prodigios. El
corazón humano puede caer en una trampa: querer a Dios como solucionador inmediato, sin
dejarlo ser Señor.
Nazaret
quería el milagro como prueba, casi como truco. Jesús quería algo más profundo:
convertir el corazón
y revelar su identidad de Mesías.
Esto
también nos pasa: podemos buscar signos y olvidar la obediencia. Podemos querer
“sentir” y evitar cambiar. Podemos pedir que Dios se manifieste… pero solo si
se manifiesta como yo quiero.
6)
Aplicación vocacional: ¿etapa escondida o etapa pública?
La
Palabra de hoy nos invita a discernir:
·
¿Estoy
en un tiempo de desierto,
luchando tentaciones, ordenando mi vida, volviendo a la oración?
·
¿Estoy
en un tiempo de Nazaret,
donde Dios me pide fidelidad en lo pequeño y cotidiano?
·
¿O
es un tiempo de Galilea,
donde el Espíritu me impulsa a dar un paso visible de servicio, misión y
testimonio?
Y
algo importante: si Dios te hace “visible”, no esperes aplauso unánime. La gracia en ti incomoda a algunos,
como Jesús incomodó en su pueblo. Habrá quienes se alegren… y habrá quienes te
malinterpreten. El punto no es la reacción del público, sino la fidelidad al
Espíritu.
7)
Llamado final: evangelizar con paz y con valentía
Hoy
oremos por la Obra evangelizadora de la Iglesia: para que sea más de Espíritu y
menos de ansiedad; más de Evangelio y menos de marketing; más de santidad y
menos de apariencia.
Y
oremos por las vocaciones: que el Señor suscite servidores capaces de vivir el tiempo perfecto de Dios:
·
escondidos
cuando toca sembrar,
·
visibles
cuando toca cosechar,
·
humildes
cuando toca callar,
·
valientes
cuando toca hablar.
Oración final
Señor
Jesús,
Tú volviste a Galilea con la fuerza del Espíritu,
en el tiempo señalado por el Padre.
Enséñanos a
aceptar tus ritmos:
cuando nos llamas al silencio, al desierto, a la conversión;
y cuando nos llamas a la misión, a la entrega, al servicio visible.
Derrama tu
Espíritu sobre tu Iglesia:
fortalece su obra evangelizadora,
suscita vocaciones santas y alegres,
y haznos testigos de tu Reino con humildad y valentía.
Jesús, en
Ti confiamos.
Amén.
3
1) Un comienzo que lo cambia
todo: “Hoy”
El Evangelio nos pone en un momento decisivo: Jesús
vuelve a Galilea “con la fuerza del Espíritu”, enseña en la sinagoga, y todos
hablan bien de Él… hasta que abre el rollo, proclama la Palabra y declara: “Hoy
se cumple esta Escritura”.
La fe cristiana no es nostalgia ni teoría: es un
“hoy”. Dios no se queda en el recuerdo de Belén o en lo bonito de una
celebración: Dios entra en la vida real y nos mira a los ojos con una
misión concreta.
Y esa misión tiene un corazón: evangelizar,
anunciar la Buena Noticia a los pobres, sanar, liberar, iluminar. Por eso hoy
oramos por la Obra evangelizadora de la Iglesia y por las vocaciones:
porque sin evangelización la Iglesia se apaga; y sin vocaciones la misión se
queda sin manos, sin pies… y también sin voz.
2) Primera lectura: el amor no
nace del esfuerzo, nace del encuentro
San Juan es contundente: “Nosotros amamos porque
Él nos amó primero.”
Esto corrige un error muy común: creer que el cristianismo es “ser buena gente
a la fuerza”, “cumplir”, “quedar bien con Dios”. No. El Evangelio comienza por
una experiencia: ser amados primero.
Y de ese amor brota una consecuencia: la fe
vence al mundo.
¿Qué significa “vencer al mundo”? No es aplastar a nadie. Es no vivir a merced
de lo que el mundo impone:
- la
presión por aparentar,
- el
miedo al qué dirán,
- la
desesperanza,
- la
tentación de rendirse,
- la
lógica del “sálvese quien pueda”.
San Juan dice: la victoria es la fe, pero
una fe que nace del amor recibido.
A veces sentimos que no tenemos fuerzas para amar.
Y es verdad. Pero el amor cristiano no se fabrica: se recibe, se vuelve
a recibir, se aprende de nuevo. Como una lámpara: no brilla por regañarla,
brilla porque está conectada a la fuente.
3) Salmo 72: el Rey que salva, no
el rey que aplasta
El salmo pinta el rostro del Mesías: defiende al
pobre, rescata al oprimido, salva vidas, trae justicia y paz.
Esto es importantísimo: cuando Jesús anuncia su misión en Nazaret, no presenta
un proyecto de poder, sino un proyecto de misericordia eficaz: una
salvación que toca la vida concreta.
Evangelizar no es “llenar agendas” ni “ganar
adeptos”: es hacer visible el reinado de Dios donde hay heridas,
pobreza, soledad, pecado, opresión, desesperanza.
4) Evangelio: Jesús en Nazaret,
la Palabra con nombre propio
Jesús lee Isaías:
- “El
Espíritu del Señor está sobre mí…”
- “Me
ha enviado a anunciar la Buena Noticia…”
- “a
proclamar liberación…”
- “a
dar vista…”
- “a
poner en libertad a los oprimidos…”
Y luego viene lo más fuerte: “Hoy”.
Aquí hay una clave para toda vocación: la vocación
no es un gusto ni un capricho; es cuando la Palabra de Dios deja de ser “texto”
y se vuelve llamada, y uno entiende: “Esto me toca. Esto me
compromete. Esto tiene que pasar también por mi vida.”
Una anécdota sencilla
Dicen que a un joven le preguntaron: “¿Cómo supiste
que era tu camino?” Y respondió: “No fue una voz del cielo. Fue que, cuando
veía ciertas necesidades, algo dentro de mí decía: ‘no puedo pasar de largo’.”
Eso es muy evangélico. Muchas vocaciones nacen así: cuando el corazón ya no
soporta ser indiferente.
5) ¿Por qué a veces la
evangelización se vuelve pesada?
Porque intentamos hacer misión sin volver a la
fuente.
Y la fuente es clara:
1. El Espíritu (Jesús regresa “en el poder del
Espíritu”).
2. La Palabra (Jesús proclama la Escritura).
3. Los pobres (destinatarios prioritarios).
4. El hoy (la decisión concreta, no la
teoría).
Cuando la misión pierde esto, se vuelve activismo:
muchas cosas, poca unción; mucho ruido, poca paz; mucho cansancio, poca
alegría.
Y aquí entra la primera lectura como medicina: “El
que ama ha nacido de Dios.”
Evangelizar es, ante todo, amar en el estilo de Dios, y eso empieza por
dejarnos amar por Él.
6) Intención orante: por la
evangelización y las vocaciones
Hoy pidamos dos gracias muy concretas:
1) Por la Obra evangelizadora de
la Iglesia
- Que
nuestras comunidades anuncien a Cristo con claridad y ternura.
- Que
la evangelización sea cercana, encarnada, compasiva.
- Que
no tengamos miedo de proponer la fe, con respeto, pero con convicción.
2) Por las vocaciones
- Vocaciones
sacerdotales y religiosas: para servir a la Palabra, a los sacramentos y a
los pobres.
- Vocaciones
laicales fuertes: matrimonios santos, jóvenes valientes, catequistas,
servidores, misioneros digitales, educadores en la fe.
- Y
por quienes están discerniendo: que escuchen el “hoy” de Dios sin pánico.
Porque la vocación no es una pérdida: es una forma
de amar con todo el corazón.
7) Cierre: “Hoy” también en
nosotros
Hermanos, en Nazaret Jesús dijo: “Hoy se
cumple.”
En cada Eucaristía, el Señor vuelve a decirlo, no como recuerdo, sino como
presencia:
Hoy te sana. Hoy te levanta. Hoy te envía.
Y si el mundo grita “no se puede”, la fe responde con San Juan: la fe vence
al mundo, porque el Amor de Dios ya nos alcanzó primero.
Oración final (breve)
Señor
Jesús, ungido por el Espíritu,
renueva en tu Iglesia el fuego de la evangelización.
Haznos enamorados de tu Palabra,
cercanos a los pobres, firmes en la fe y alegres en la esperanza.
Suscita vocaciones santas: sacerdotes según tu Corazón,
consagrados y consagradas como signo del Reino,
familias que sean Iglesia doméstica
y laicos valientes que anuncien tu nombre en el mundo.
Que también nosotros, hoy, dejemos que se cumpla tu Palabra. Amén.


