miércoles, 23 de septiembre de 2026

24 de septiembre del 2026: jueves de la vigésima quinta semana del tiempo ordinario II-Nuestra Señora de La Merced, patrona de los reclusos

 

Testigo de la fe:

Nuestra Señora de La Merced:

Hoy, 24 de septiembre, celebramos a Nuestra Señora de la Merced, madre de misericordia y patrona de los reclusos. Bajo su amparo ponemos a quienes están privados de libertad, a sus familias y a quienes los acompañan. María nos invita a acoger a Cristo, que rompe las cadenas del pecado y abre caminos de conversión y esperanza. Que esta Eucaristía nos haga testigos de su misericordia, atentos a la dignidad de cada persona y dispuestos a tender la mano a quien necesita comenzar de nuevo.

 

 

¡Eso sí que es nuevo!

Qohélet y los contemporáneos de Herodes tienen en común su incapacidad para pensar en términos de novedad. Su mirada está orientada hacia el pasado. Para nosotros, todos están equivocados; en Jesús, Dios abre un camino que las solas referencias al pasado no bastan para comprender. Algunos ven en él a Juan Bautista vuelto a la vida; otros, a Elías o a un antiguo profeta. Pero Jesús no se reduce a ninguna de estas figuras: es el Hijo que viene a revelarnos al Padre.

Sin embargo, Qohélet nos ayuda a reconocer una verdad esencial: las novedades con las que llenamos nuestros días no pueden colmar nuestro corazón. Todo pasa y nuestros deseos quedan, con frecuencia, insatisfechos. El salmo transforma entonces nuestra inquietud en oración: enséñanos a vivir bien nuestros días y sácianos de tu amor.

La novedad de Dios se descubre en el encuentro con Cristo. Se hace concreta en un perdón ofrecido, una injusticia reparada, una vida que se abre a la esperanza. Herodes buscaba ver a Jesús. Y nosotros, ¿estamos dispuestos a escucharlo y a dejarnos transformar por él?

También hoy, el Señor puede hacer surgir una vida nueva en medio de aquello que nos parece siempre igual.

 


 Primera lectura

Ecl 1, 2-11

Nada hay nuevo bajo el sol

Lectura del libro del Eclesiastés.

¡VANIDAD de vanidades! —dice Qohélet—.
¡Vanidad de vanidades; todo es vanidad!
¿Qué saca el hombre de todos los afanes con que se afana bajo el sol?
Una generación se va, otra generación viene, pero la tierra siempre permanece.
Sale el sol, se pone el sol, se afana por llegar a su puesto, y de allí vuelve a salir. Sopla hacia el sur, gira al norte, gira que te gira el viento, y vuelve el viento a girar.
Todos los ríos se encaminan al mar, y el mar nunca se llena; pero siempre se encaminan los ríos al mismo sitio.
Todas las cosas cansan y nadie es capaz de explicarlas. No se sacian los ojos de ver, ni se hartan los oídos de oír.
Lo que pasó volverá a pasar; lo que ocurrió volverá a ocurrir: nada hay nuevo bajo el sol.
De algunas cosas se dice: «Mira, esto es nuevo». Sin embargo, ya sucedió en otros tiempos, mucho antes de nosotros.
Nadie se acuerda de los antiguos, y lo mismo pasará con los que vengan: sus sucesores no se acordarán de ellos.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 89, 3-4. 5-6. 12-13. 14 y 17 (R.: 1bc)

R. Señor, tú has sido nuestro refugio
de generación en generación.


V. Tú reduces el hombre a polvo,
diciendo: «Retornen, hijos de Adán».
Mil años en tu presencia son un ayer que pasó;
una vela nocturna.
R.

V. Si tú los retiras
son como un sueño,
como hierba que se renueva:
que florece y se renueva por la mañana,
y por la tarde la siegan y se seca.
R.

V. Enséñanos a calcular nuestros años,
para que adquiramos un corazón sensato.
Vuélvete, Señor, ¿hasta cuándo?
Ten compasión de tus siervos.
R.

V. Por la mañana sácianos de tu misericordia,
y toda nuestra vida será alegría y júbilo.
Baje a nosotros la bondad del Señor
y haga prósperas las obras de nuestras manos.
Sí, haga prósperas las obras de nuestras manos.
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Yo soy el camino y la verdad y la vida —dice el Señor—;
nadie va al Padre sino por mí.
R.

 

Evangelio

Lc 9, 7-9

A Juan lo mandé decapitar yo. ¿Quién es este de quien oigo semejantes cosas?

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

EN aquel tiempo, el tetrarca Herodes se enteró de lo que pasaba sobre Jesús y no sabía a qué atenerse, porque unos decían que Juan había resucitado de entre los muertos; otros, en cambio, que había aparecido Elías, y otros que había vuelto a la vida uno de los antiguos profetas.
Herodes se decía:
«A Juan lo mandé decapitar yo. ¿Quién es este de quien oigo semejantes cosas?».
Y tenía ganas de verlo.

Palabra del Señor.

 

1

 

LA VERDADERA VIDA BUENA: UN CORAZÓN LIBRE PARA DIOS

 

Hermanos:

¿Qué entendemos cuando decimos que alguien tiene «una buena vida»? Generalmente pensamos en una persona que disfruta de comodidades, tiene dinero, puede viajar y no parece sufrir grandes preocupaciones. Sin embargo, ¿basta todo eso para vivir bien? ¿Puede llamarse buena una vida rodeada de abundancia, pero interiormente vacía?

La Palabra de Dios nos invita hoy a mirar más allá de las apariencias.

En la primera lectura, el Eclesiastés exclama: «Vanidad de vanidades; todo es vanidad». La palabra «vanidad» evoca un soplo, un vapor que se desvanece. El sabio nos recuerda el carácter pasajero de aquello que tantas veces convertimos en nuestra mayor seguridad. Trabajamos, acumulamos, buscamos novedades; pero el corazón sigue preguntando: «¿Y después? ¿Para qué todo esto?».

El evangelio nos presenta a un hombre que, según los criterios del mundo, parecía tenerlo todo: Herodes. Poseía poder, riquezas y privilegios. Sin embargo, al escuchar lo que estaba sucediendo por medio de Jesús, se encontraba profundamente desconcertado.

Unos decían que Juan había resucitado; otros, que había aparecido Elías; otros, que había vuelto a la vida uno de los antiguos profetas. Herodes se preguntaba: «A Juan lo mandé decapitar yo. ¿Quién es este de quien oigo semejantes cosas?». Y quería verlo.

Algo peculiar puede suceder cuando quienes se resisten a vivir según la voluntad de Dios perciben su presencia en la vida de otros: se sienten inquietos, incluso confundidos. La santidad ajena puede poner al descubierto contradicciones que preferiríamos no reconocer.

Herodes aparece como uno de esos hombres divididos. Pertenecía al mundo religioso judío, pero su conducta estaba marcada por la complacencia consigo mismo, el orgullo y las concesiones al mal. Al oír hablar de Jesús y de sus obras, su fascinación se mezclaba con una perturbación interior. La mención de Juan, a quien había mandado matar, hacía inevitable el recuerdo de su responsabilidad.

Podemos interpretar su desconcierto como una mezcla de miedo, culpa y superstición. El relato evangélico, aunque no describe por completo sus sentimientos, sí nos muestra a un hombre que oye hablar de Jesús y no sabe qué pensar.

Se puede sentir curiosidad por la verdad y, al mismo tiempo, resistirse a sus exigencias.

También nosotros podemos escuchar con interés una homilía, emocionarnos ante un testimonio o buscar una experiencia religiosa, sin estar todavía dispuestos a cambiar. Nos interesa Jesús, pero quizá nos cuesta entregarle una decisión, una relación, un resentimiento o una costumbre que sabemos que necesita conversión.

Herodes nos ofrece una advertencia. Quienes resisten la voluntad de Dios pueden alcanzar a descubrir su presencia mediante la santidad de otros. Pero ese encuentro necesita una respuesta de arrepentimiento y de fe para dar fruto de paz.

Más adelante, durante la Pasión, Jesús estará delante de Herodes y guardará silencio ante sus preguntas. Ese silencio es una llamada seria a examinar nuestra manera de acercarnos al Señor. No podemos tratarlo como un espectáculo ni exigirle que satisfaga nuestros caprichos. Él viene a salvarnos y nos llama a acoger la verdad.

Si miramos la vida de Herodes desde fuera, muchos podrían haberlo envidiado. Era rico, poderoso, vivía en palacios y disfrutaba de privilegios. Hoy continúa siendo fuerte la atracción de la riqueza, la fama y el prestigio. Las redes sociales exhiben vidas aparentemente perfectas y nos hacen pensar que la felicidad consiste en disfrutar sin límites y recibir la admiración de los demás.

Pero ¿hacia dónde conduce una vida organizada únicamente alrededor de esos deseos? ¿Qué sucede cuando termina nuestra existencia y comparecemos ante Dios?

En ese momento, las comodidades pasajeras ya no podrán sostenernos. Quedará la verdad de nuestra vida: cómo hemos amado, qué hemos hecho con la libertad recibida y cómo hemos respondido a la gracia.

No nos corresponde declarar el destino eterno de Herodes. Sí nos corresponde escuchar la advertencia de su historia: el éxito exterior no garantiza la paz del corazón ni puede sustituir la conversión.

Aquí vuelve a resonar el Eclesiastés. Todo aquello que pretendemos poseer definitivamente se nos escapa. Y el salmo transforma esta constatación en una súplica: «Enséñanos a calcular nuestros años, para que adquiramos un corazón sensato».

Señor, enséñanos a vivir. Ayúdanos a reconocer lo que merece nuestros esfuerzos. Que no lleguemos al final habiendo cuidado tantas cosas y descuidado el alma; habiendo buscado tantos reconocimientos y olvidado a quienes necesitaban nuestro amor.

El salmo pide también que el Señor nos sacie de su misericordia. Esa es nuestra necesidad más profunda. Un corazón entregado al afán de poseer siempre encuentra algo más que desear. La misericordia de Dios, en cambio, nos permite reconocernos amados y comenzar a vivir desde la gratitud.

Para vencer la seducción del pecado necesitamos dejarnos penetrar por las verdades purificadoras del Evangelio. La verdad nos purifica y nos libera. Hace de nuestra vida una morada para Dios y nos abre a una comunión sincera con nuestros hermanos.

Hoy contemplamos esta libertad junto a Nuestra Señora de la Merced, patrona de los reclusos.

La invocamos por quienes están privados de libertad, por sus familias y por quienes los acompañan. Una persona no pierde su dignidad por encontrarse en prisión. Necesita justicia, condiciones humanas, oportunidades de rehabilitación y caminos de reconciliación. Donde ha habido daño, la conversión incluye reconocerlo, asumir la responsabilidad y procurar repararlo.

Pedimos también por las víctimas, cuyas heridas necesitan escucha, protección y consuelo.

La Virgen de la Merced nos recuerda, además, que existen cadenas interiores: el odio, las adicciones, la mentira, la ambición y el pecado. Se puede caminar libremente por la calle y tener el corazón cautivo. Y se puede, aun en medio de una privación exterior de libertad, comenzar un camino verdadero de encuentro con Dios.

En este jueves, oramos por la obra evangelizadora de la Iglesia y por las vocaciones. Pedimos que el Evangelio llegue a las cárceles, a las familias, a los lugares de sufrimiento y a tantos corazones que han perdido la esperanza.

Que el Señor suscite sacerdotes, diáconos, religiosos, religiosas y laicos comprometidos que anuncien su misericordia con valentía. Que sostenga a quienes sirven en la pastoral penitenciaria. Y que nosotros mismos respondamos a la vocación de amar y evangelizar allí donde vivimos.

Hermanos, preguntémonos hoy: ¿me acerco a Jesús solamente con curiosidad o con un corazón dispuesto a dejarse purificar y transformar?

La Verdad misma sale a nuestro encuentro. Abrámosle la vida. La verdadera riqueza comienza cuando permitimos que su gracia nos haga libres.

Señor de las verdaderas riquezas, el poder, el dinero y los placeres desordenados pueden seducir nuestro corazón. Quita el velo de nuestros ojos para que reconozcamos el vacío de sus promesas cuando pretendemos vivir solamente para ellos.

Líbranos del engaño y ordena nuestros deseos hacia ti. Que tu Reino sea nuestra búsqueda constante. Bendice la obra evangelizadora de tu Iglesia y suscita vocaciones generosas.

Nuestra Señora de la Merced, acompaña a nuestros hermanos reclusos, consuela a sus familias y sostén a las víctimas. Intercede para que todos encontremos caminos de conversión, justicia y esperanza.

Jesús, en ti confío. Amén.

 

 

2

 

QUE NUESTRA VIDA NO SE NOS VAYA SIN AMAR

 

Hermanos:

Hay preguntas que llegan cuando se apaga el ruido del día: «¿Para qué tanto esfuerzo? ¿Qué estoy haciendo con mi vida? ¿Por qué, después de conseguir lo que deseaba, sigo sintiendo que algo me falta?». A veces trabajamos, resolvemos problemas, cumplimos obligaciones… y al día siguiente tenemos que comenzar de nuevo.

Precisamente por eso vale la pena leer el Eclesiastés. Aunque fue escrito hace muchos siglos, sus preguntas se parecen mucho a las nuestras. Su autor nos habla como un sabio que ha observado la vida y se atreve a decir lo que otros prefieren callar. No tiene nada que vendernos; quiere invitarnos a pensar.

Hoy escuchamos una expresión que puede desconcertarnos: «Vanidad de vanidades; todo es vanidad». Aquí, «vanidad» no significa solamente orgullo o deseo de aparentar. Evoca el soplo, el vapor, aquello que intentamos retener y se nos escapa entre las manos.

Así sucede con tantas cosas: la juventud pasa, las fuerzas cambian, los aplausos se apagan, las posesiones quedan en manos de otros. Incluso las preocupaciones que hoy parecen enormes, mañana pueden haber perdido su importancia.

Pero esta lectura no debemos entenderla como una invitación al desánimo. Nos pone delante una pregunta necesaria: ¿estamos pidiéndole a lo pasajero una felicidad que no puede darnos?

El dinero permite atender necesidades, pero no puede comprar una conciencia en paz. El reconocimiento puede alegrarnos, pero no sostiene por sí solo nuestra dignidad. El trabajo es valioso, pero cuando ocupa toda la vida puede dejarnos sin tiempo para quienes amamos y sin espacio para Dios.

El Eclesiastés nos ayuda a despertar. Nos invita a dejar de vivir distraídos, como si fuéramos a permanecer para siempre aquí y como si todo dependiera de acumular un poco más.

También afirma: «Nada nuevo bajo el sol». Cambian las herramientas, los estilos de vida y las noticias, pero el corazón humano sigue enfrentando preguntas semejantes: cómo amar, cómo afrontar el sufrimiento, cómo vivir sin miedo, cómo encontrar sentido.

Podemos tener un teléfono nuevo y conservar las mismas soledades. Podemos recibir muchas novedades y seguir sin escuchar lo que ocurre dentro de nosotros. A veces estamos muy informados de todo y muy poco atentos a nuestra propia vida.

En medio de estas preguntas, el salmo nos enseña a orar.

Le pedimos a Dios que nos enseñe a contar nuestros días para alcanzar un corazón sabio. No se trata de vivir calculando cuánto tiempo nos queda, sino de reconocer el valor del tiempo que hoy recibimos.

Un corazón sabio comprende que no vale la pena desperdiciar años alimentando un resentimiento. Reconoce que hay conversaciones que no conviene seguir aplazando, perdones que necesitamos pedir, personas a quienes debemos expresar nuestro cariño.

Contar nuestros días es preguntarnos: «Señor, ¿cómo quieres que viva este día? ¿A quién puedo hacerle un poco más llevadera su carga? ¿Qué debo cambiar mientras todavía tengo la oportunidad?».

El salmo también pide que Dios dé firmeza a la obra de nuestras manos. ¡Qué hermosa respuesta a la inquietud del Eclesiastés! Le presentamos al Señor nuestros esfuerzos, incluso aquellos cuyos frutos todavía no vemos: la educación de los hijos, el cuidado de un enfermo, el trabajo honrado, la perseverancia en la familia, el servicio a la comunidad.

No podemos retener el tiempo, pero sí podemos llenarlo de amor. Una jornada sencilla puede tener un valor inmenso cuando se vive con fidelidad.

El evangelio nos presenta a un hombre inquieto: Herodes.

Le llegan noticias sobre Jesús y escucha distintas explicaciones acerca de su identidad. Él, que había hecho decapitar a Juan, se pregunta quién será aquel de quien oye hablar. Y desea verlo.

Herodes tiene autoridad, pero está desconcertado. Su posición no le permite comprender lo que está sucediendo. El poder tampoco le proporciona todas las respuestas.

Ese deseo de ver a Jesús nos invita a examinarnos. También nosotros podemos sentir curiosidad por el Señor, escuchar comentarios sobre él y conocer episodios de su vida. Pero la fe necesita avanzar hacia un encuentro que comprometa nuestra manera de vivir.

Podemos preguntarnos: ¿quiero conocer a Jesús hasta el punto de permitir que su Palabra me corrija?

Porque escuchar el Evangelio puede llevarme a reconocer una injusticia que estoy cometiendo, abandonar una mentira que me conviene o acercarme a alguien de quien me he distanciado. Encontrarse con Cristo implica abrirle también esas habitaciones del corazón que preferiríamos mantener cerradas.

El pasaje de hoy deja abierto el deseo de Herodes. Nosotros podemos dar un paso más: convertir nuestro deseo de ver a Jesús en disposición para escucharlo y seguirlo.

Y aquí encontramos una luz para la pregunta inicial: ¿para qué tanto esfuerzo, si todo pasa?

A la luz de la muerte y resurrección de Cristo, sabemos que nuestra existencia está llamada a la comunión con Dios. El amor vivido en él tiene un horizonte que supera nuestros años. Por eso merece la pena hacer el bien, aunque nadie lo aplauda; permanecer fieles, aunque cueste; acompañar, aunque no tengamos soluciones para todo.

En esta Eucaristía traemos nuestra vida tal como está: con su cansancio, sus preguntas y sus tareas pendientes. Jesús nos recibe y se nos entrega. De él aprendemos que la vida alcanza su plenitud cuando se ofrece por amor.

Hoy podríamos salir de aquí con una decisión pequeña y concreta: hacer esa llamada pendiente, dedicar tiempo a nuestra familia, visitar a una persona sola o buscar unos minutos de silencio para escuchar al Señor.

Preguntémonos: si mi vida es un soplo, ¿a quién estoy dando aliento con ella?

Oremos:

Señor Jesús, enséñanos a vivir con un corazón sabio. Que las prisas no nos impidan amar ni las preocupaciones nos hagan olvidar tu presencia. Da firmeza a nuestras manos para servir y libertad a nuestro corazón para acoger tu Palabra.

Virgen María, tú que recibiste al Señor con fe y le entregaste tu vida, acompáñanos. Ayúdanos a reconocer lo esencial y a hacer de cada día una respuesta de amor a Dios y a nuestros hermanos. Amén.

 

3

 

DIOS TAMBIÉN NOS ENCUENTRA AQUÍ

 

Queridos hermanos:

Hoy celebramos la Eucaristía en este patio. Aquí, donde transcurre buena parte de sus días, donde se comparten conversaciones y silencios, preocupaciones y esperanzas, Jesús viene a encontrarse con ustedes.

El Señor conoce lo que cada uno lleva en el corazón: la preocupación por la familia, la incertidumbre de un proceso, el dolor de una ausencia, el deseo de una nueva oportunidad. Conoce también esas cosas que cuesta expresar y que, a veces, solo salen entre lágrimas o en una oración silenciosa.

Celebramos a Nuestra Señora de la Merced, a quien invocamos como patrona de los reclusos. Hoy nos ponemos bajo su cuidado de Madre. Le confiamos nuestra vida y la de quienes amamos, especialmente la de aquellos a quienes quisiéramos abrazar y tenemos lejos.

La primera lectura parece acercarse mucho a lo que puede sentirse aquí: pasan los días, vuelve a salir el sol y, en ocasiones, todo parece repetirse. El Eclesiastés se pregunta por el sentido de nuestros esfuerzos y exclama: «Vanidad de vanidades; todo es vanidad».

Esa palabra, «vanidad», evoca un soplo, algo que se escapa de las manos. Hay momentos en que uno mira hacia atrás y piensa: «Qué rápido pasó el tiempo. Cuántas cosas creía indispensables y ahora veo de otra manera».

Cuando faltan tantas cosas, pueden reconocerse con más claridad otras: el valor de una visita, una llamada, una noticia de los hijos, una palabra respetuosa, una amistad sincera, un momento de tranquilidad.

Pero debemos escuchar bien la lectura: que muchas cosas sean pasajeras no significa que nuestra vida carezca de valor. Su vida tiene valor. La de cada uno. Incluso cuando alguien los haya despreciado, incluso cuando ustedes mismos tengan dificultad para reconocerlo.

Ante Dios, cada uno tiene un nombre, una historia y una dignidad que merece respeto. Él conoce toda la verdad de esa historia, también lo que los demás ignoran. Aquí puede haber situaciones judiciales muy distintas; no nos corresponde suponerlas ni juzgarlas. Hoy nos reunimos como hermanos necesitados de la misericordia y de la fuerza del Señor.

El salmo nos ayuda a responder a las preguntas del Eclesiastés con una oración: «Enséñanos a calcular nuestros años, para que adquiramos un corazón sensato».

Aquí se cuentan los días de una manera muy particular. Se cuenta cuánto falta para una visita, para una audiencia, para recibir una respuesta o para regresar a casa. Esa espera puede pesar mucho.

Hoy le pedimos al Señor: «Ayúdame a vivir este día. Dame fuerzas para atravesarlo sin dejar que el rencor se apodere de mí. Enséñame qué puedo hacer con el tiempo que tengo entre las manos».

Hay muchas cosas que ustedes no pueden decidir. Sin embargo, aun dentro de límites muy duros, quedan decisiones pequeñas y valiosas: evitar una humillación, respetar al compañero, aceptar ayuda, estudiar cuando sea posible, escuchar a quien está angustiado, pedir perdón, detener una respuesta que podría terminar en violencia.

Habrá días en que incluso eso resulte difícil. También entonces se puede orar: «Señor, hoy no puedo solo. Sostenme».

Dios no les pide que finjan estar bien para acercarse a él. Pueden hablarle con cansancio, con preguntas y hasta con ese dolor que todavía no saben cómo expresar.

En el evangelio encontramos a Herodes desconcertado. Oye hablar de Jesús y quiere verlo. Tiene poder, pero no tiene claridad. La noticia de Jesús lo inquieta y le hace recordar a Juan, a quien había mandado decapitar.

Este pasaje nos invita a todos, también a quienes venimos a acompañarlos, a examinar nuestro corazón. ¿Qué hacemos cuando la verdad nos incomoda? ¿La escuchamos? ¿Nos justificamos? ¿Nos atrevemos a reconocer lo que necesita cambiar?

Herodes quería ver a Jesús. Ese deseo puede convertirse hoy en nuestra oración: «Señor, yo también quiero encontrarte. Necesito que entres en mi historia».

Encontrarse con Jesús nos abre a la verdad y a la esperanza. Donde hay una responsabilidad, su gracia nos ayuda a reconocerla sin escondernos detrás de excusas. Donde hemos causado daño, nos invita a asumirlo y a buscar, en lo posible, caminos de reparación. Donde hemos sufrido una injusticia, nos sostiene para buscar justicia sin quedar consumidos por el odio.

Nada de esto es sencillo. Hay heridas profundas, historias complicadas y relaciones rotas que no se reconstruyen de un día para otro. El perdón tampoco puede exigirse como si el dolor de los demás no importara. Pero con Dios siempre podemos comenzar a dar un paso verdadero.

Tal vez alguno piense: «Padre, usted no sabe lo que yo he vivido». Es verdad: no conozco toda su historia. Por eso quiero hablarles con respeto. Lo que sí puedo anunciarles es que la misericordia de Dios puede alcanzarlos en este momento de su vida. Nadie aquí está fuera de su llamada.

Quizá otro se diga: «Yo he intentado cambiar y he vuelto a caer». Hoy puede volver a pedir ayuda. La conversión necesita perseverancia, acompañamiento y decisiones concretas. No tienen que recorrer solos ese camino.

Nuestra Señora de la Merced nos acompaña con su ternura de Madre. A ella le confiamos a quienes hoy no reciben visitas, a quienes tienen noticias dolorosas de su hogar, a quienes están enfermos y a quienes sienten que la esperanza se les está acabando.

También le confiamos a sus familias. A las madres que esperan, a los padres preocupados, a las esposas, a los hijos que extrañan. Y ponemos ante Dios a todas las personas heridas por la violencia y el delito, para que encuentren protección, justicia y consuelo.

Hablar de libertad interior no disminuye lo que significa estar privados de libertad. Sus necesidades concretas importan: el trato digno, la salud, la seguridad, el acceso a la justicia y las oportunidades para preparar el futuro. La fe nos compromete a cuidar esa dignidad y a acompañarlos.

Hoy, jueves, oramos por la obra evangelizadora de la Iglesia y por las vocaciones. Pedimos al Señor que nunca falten personas dispuestas a venir, escuchar, compartir la Palabra y caminar con ustedes.

Y ustedes también pueden hacer presente el Evangelio en este patio. Cuando un compañero está desesperado y alguien lo escucha; cuando uno evita una pelea; cuando se comparte algo con quien no tiene; cuando se respeta al más vulnerable, el amor de Cristo encuentra espacio entre nosotros.

Ahora vamos a acercarnos al altar con todo lo que somos. Traigamos al Señor nuestros deseos de cambio, nuestras preocupaciones y los nombres de quienes amamos.

Jesús conoce el abandono y el sufrimiento. En la cruz escuchó a un hombre que le pidió ser recordado y le abrió una esperanza. Hoy también escucha nuestra oración: «Señor, acuérdate de mí. Acuérdate de mi familia. Ayúdame a comenzar».

Antes de continuar esta Eucaristía, pensemos en silencio: ¿qué paso concreto puedo dar hoy para cuidar mi vida y la de quien está a mi lado?

Oremos:

Señor Jesús, aquí estamos, con nuestra historia y con lo que llevamos por dentro. Tú conoces nuestras heridas, nuestras responsabilidades y nuestras esperanzas.

Danos valor para vivir en la verdad, humildad para aceptar ayuda y fortaleza para comenzar de nuevo. Protege a nuestras familias. Consuela a quienes sufren por nuestras ausencias y sana a quienes han sido heridos.

Bendice a quienes nos acompañan y suscita vocaciones al servicio de tu Evangelio.

Nuestra Señora de la Merced, Madre nuestra, cuida especialmente a quien hoy se siente solo y a quien está a punto de perder la esperanza. Ayúdanos a reconocer a tu Hijo cerca de nosotros y a caminar de su mano.

Jesús, en ti confiamos. Amén.

 

martes, 22 de septiembre de 2026

23 de septiembre del 2026: miércoles de la vigésima quinta semana del tiempo ordinario II-Memoria de San Pío de Pietrelcina

 

Testigo de la fe:

San Pío de Pietrelcina

1887-1968

“Quédate conmigo, Señor, porque tú eres mi luz y, sin ti, estoy en las tinieblas”, así rezaba el capuchino de San Giovanni Rotondo (región de Apulia, Italia), que dedicó su vida a la oración, a reconciliar a los pecadores con Dios y a aliviar el sufrimiento de quienes acudían a él. En el altar y en el confesionario, el padre Pío hizo de su ministerio un testimonio de la misericordia divina. Su caridad se expresó también en la atención a los enfermos, impulsando la fundación de la Casa Alivio del Sufrimiento.

Su memoria nos invita a permanecer cerca de Jesús, especialmente cuando atravesamos momentos de oscuridad. La fe no nos evita todas las pruebas, pero nos ayuda a vivirlas sostenidos por el amor de Dios. Con san Pío, también nosotros podemos pedir: «Quédate conmigo, Señor», y convertir esa oración en cercanía y consuelo para quienes sufren.

 


A la vez rico y pobre

El rico corre el riesgo de encerrarse en sus posesiones; el pobre, de desesperarse y optar por la violencia. El libro de los Proverbios elige el camino intermedio: ni lo uno ni lo otro. El sabio pide a Dios lo necesario para vivir: ni una abundancia que lo lleve a olvidarse de él, ni una miseria que lo empuje a obrar contra su conciencia. No condena a las personas por su condición económica; nos invita a reconocer que tanto la suficiencia como la desesperación pueden apartarnos de la confianza en el Señor.

Podemos ser ricos en bienes y pobres en amor; también podemos tener muy poco y poseer una inmensa capacidad de compartir. Sin embargo, la pobreza material no debe idealizarse: cuando falta lo indispensable, nuestra respuesta cristiana ha de ser la solidaridad y el compromiso con la justicia.

Jesús, al enviar a sus discípulos con un equipaje ligero, les enseña a apoyarse en Dios y a aceptar la hospitalidad de los demás. La verdadera riqueza del enviado es el Evangelio que lleva y el bien que puede hacer.

Señor, danos el pan que necesitamos, un corazón libre del afán de poseer y unas manos abiertas para compartir. Que la abundancia no nos vuelva indiferentes ni la necesidad nos robe la esperanza. Amén.

 


Primera lectura

Prov 30, 5-9

No me des riqueza ni pobreza, concédeme mi ración de pan

Lectura del libro de los Proverbios.

LAS palabras de Dios son de fiar,
él es escudo para los que esperan en él.
No añadas nada a sus palabras,
te replicará y quedarás por mentiroso.
Dos cosas te he pedido,
no me las niegues antes de morir:
aleja de mí falsedad y mentira;
no me des riqueza ni pobreza,
concédeme mi ración de pan;
no sea que me sacie y reniegue de ti,
diciendo: «Quién es el Señor?»;
no sea que robe por necesidad
y ofenda el nombre de mi Dios.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 118, 29. 72. 89. 101. 104. 163 (R.: 105a)

R. Lámpara es tu palabra para mis pasos.

V. Apártame del camino falso,
y dame la gracia de tu ley.
R.

V. Más estimo yo la ley de tu boca
que miles de monedas de oro y plata.
R.

V. Tu palabra, Señor, es eterna,
más estable que el cielo.
R.

V. Aparto mi pie de toda senda mala,
para guardar tu palabra.
R.

V. Considero tus mandatos,
y odio el camino de la mentira.
R.

V. Detesto y aborrezco la mentira,
y amo tu ley.
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Está cerca el reino de Dios; conviértanse y crean en el Evangelio. R.

 

Evangelio

Lc 9, 1-6

Los envió a proclamar el reino de Dios y a curar a los enfermos

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

EN aquel tiempo, habiendo convocado Jesús a los Doce, les dio poder y autoridad sobre toda clase de demonios y para curar enfermedades.
Luego los envió a proclamar el reino de Dios y a curar a los enfermos, diciéndoles:
«No lleven nada para el camino: ni bastón ni alforja, ni pan ni dinero; tampoco tengan dos túnicas cada uno.
Quédense en la casa donde entren, hasta que se vayan de aquel sitio.
Y si algunos no los reciben, al salir de aquel pueblo sacúdanse el polvo de sus pies, como testimonio contra ellos».
Se pusieron en camino y fueron de aldea en aldea, anunciando la Buena Noticia y curando en todas partes.

Palabra del Señor.

 

1

 

SEÑOR, DANOS TU LUZ Y ENSÉÑANOS A CUIDAR

Queridos hermanos:

Hay momentos en que nuestras peticiones a Dios se vuelven muy sencillas. Cuando todo marcha bien, podemos desear muchas cosas: tener más, conseguir algo nuevo, realizar grandes proyectos. Pero cuando llega la enfermedad, nuestra oración cambia: «Señor, que pueda descansar esta noche; que el tratamiento funcione; que mi familia tenga fuerzas; que alguien me acompañe».

La fragilidad nos ayuda a reconocer lo esencial. Hoy, mientras celebramos la memoria de san Pío de Pietrelcina y oramos especialmente por los enfermos, la Palabra nos invita a confiar en Dios y a cuidar unos de otros.

En la primera lectura, el sabio pide vivir libre de mentira y recibir el alimento necesario. Conoce su corazón: teme que la abundancia lo haga sentirse autosuficiente y que la necesidad lo lleve a perder el rumbo.

Esta oración también puede ser nuestra: «Señor, que lo que tengo no me haga olvidarte; que lo que me falta no me haga desconfiar de ti».

Porque podemos tener muchas cosas y vivir encerrados en nosotros mismos. Podemos contar con dinero, comodidades y seguridades, y carecer de tiempo para escuchar, de generosidad para compartir o de humildad para reconocer que necesitamos ayuda.

Pero tampoco debemos idealizar la pobreza. Hay familias que sufren porque no tienen para comer, pagar un transporte o acompañar a un enfermo. Ante esa realidad, la fe nos compromete. Cuando pedimos a Dios el pan de cada día, también le ofrecemos nuestras manos para que ese pan llegue a otros.

Hoy podríamos preguntarnos: ¿hay alguien cerca de mí que esté llevando, además del peso de su enfermedad, la angustia de no tener lo necesario?

El salmo nos regala una respuesta para caminar: «Lámpara es tu palabra para mis pasos».

¡Qué hermosa imagen! Una lámpara permite ver dónde poner el pie. A veces quisiéramos que Dios nos mostrara de una vez todo el camino: cuánto durará una dificultad, qué resultado tendrá un examen, cuándo recuperaremos la tranquilidad. Y, sin embargo, muchas veces recibimos la luz necesaria para dar el paso de hoy.

Para alguien enfermo, ese paso puede ser aceptar que necesita ayuda. Para un familiar, puede ser acompañar con paciencia. Para quien está agotado de cuidar, puede ser reconocer su cansancio y permitir que otro lo releve. Para todos, puede ser encontrar un momento de silencio y decir: «Señor, tengo miedo, pero quiero caminar contigo».

La oración puede brotar entre lágrimas. No necesitamos esconderle a Dios nuestra preocupación ni fingir una fortaleza que no tenemos. También el corazón cansado puede creer; también quien siente miedo puede confiar.

En el Evangelio, Jesús envía a los Doce a anunciar el Reino y a curar a los enfermos. Une la predicación con el cuidado de las personas. Sus enviados deben llevar una palabra que abra la esperanza y una presencia que se acerque al dolor.

Aquí tenemos una enseñanza para nuestra comunidad: hablar del amor de Dios nos compromete a hacerlo cercano.

Una visita hecha con delicadeza, una llamada, una comida preparada, la ayuda para llegar a una consulta, el tiempo dedicado a escuchar: todo eso puede expresar el Evangelio. A veces no sabemos qué decir ante el sufrimiento. Podemos empezar por estar presentes y preguntar: «¿En qué puedo ayudarte?».

También necesitamos aprender a escuchar sin dar explicaciones apresuradas. A quien sufre no tenemos que decirle que le falta fe ni exigirle que esté siempre animado. Una enfermedad que continúa no demuestra que Dios haya abandonado a esa persona. El enfermo merece cariño, atención y respeto, incluso cuando está triste, irritable o sin fuerzas para hablar.

San Pío de Pietrelcina vivió profundamente esta unión entre oración y servicio. Su ministerio estuvo centrado en la Eucaristía, la reconciliación y el acompañamiento espiritual. Además, impulsó la Casa Alivio del Sufrimiento para atender a los enfermos. Su amor a Cristo lo llevó a preocuparse por el sufrimiento concreto de sus hermanos.

Qué tarea tan hermosa para nosotros: procurar que nuestros hogares y nuestra comunidad sean lugares donde el sufrimiento encuentre alivio. Que quien esté enfermo pueda sentirse querido; que quien cuida encuentre apoyo; que nadie tenga que avergonzarse de pedir ayuda.

En esta Eucaristía pongamos ante el Señor los nombres y los rostros de nuestros enfermos: los hospitalizados, quienes esperan un diagnóstico, quienes viven con dolor persistente, quienes atraviesan dificultades de salud mental y quienes pasan muchas horas solos. Recordemos también a los médicos, enfermeros, cuidadores y familiares.

Pidamos con confianza su recuperación y el alivio de sus dolores. Pidamos también fortaleza para cada jornada, acceso a los cuidados que necesitan y personas que los acompañen con amor.

Y dejemos que esta oración nos mueva a actuar. ¿A qué enfermo puedo llevar hoy un poco de compañía, ayuda y esperanza?

Señor Jesús, tú conoces a cada persona que hoy encomendamos a tu amor. Acércate a su fragilidad, alivia sus dolores y sostén su esperanza. Ilumina a quienes la atienden y fortalece a su familia.

Danos el pan necesario, un corazón agradecido y unas manos generosas. Que tu Palabra sea nuestra lámpara cuando no sepamos cómo continuar.

María, Salud de los enfermos, acompaña a quienes sufren y enséñanos a permanecer cerca de ellos.

San Pío de Pietrelcina, intercede por nuestros enfermos y ayúdanos a unir la oración con la caridad. Amén.

 

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CONFIAR EN LA PROVIDENCIA DIVINA

Queridos hermanos:

«Jesús convocó a los Doce y les dio poder y autoridad sobre todos los demonios y para curar enfermedades. Y los envió a proclamar el Reino de Dios y a sanar a los enfermos. Les dijo: “No lleven nada para el camino: ni bastón, ni alforja, ni pan, ni dinero; ni tengan dos túnicas”»

(Lc 9, 1-3).

Imaginen tener el poder de imponer las manos sobre los enfermos y sanarlos. Aunque pueda parecer algo del mundo de la fantasía o de los superhéroes, se trata, en verdad, de una participación en la autoridad divina sobre la naturaleza. Mientras los niños podrían soñar con semejante poder a través de las historietas o los dibujos animados, el poder concedido a los Apóstoles no solo era real: les fue dado para un propósito mucho más elevado, conducir a las almas hacia la salvación eterna.

A esta altura del Evangelio de Lucas, los Doce ya habían sido elegidos y constituidos Apóstoles. Podemos sitúar ese período de formación en varias semanas, quizá meses, aunque el evangelista no precisa su duración. En el capítulo sexto, Jesús los llamó después de pasar la noche en oración en una montaña. Desde entonces, se habían formado escuchando sus enseñanzas —como el sermón de la llanura—, presenciando milagros y exorcismos, viéndolo perdonar pecados, contemplando asombrados cómo calmaba un mar agitado e incluso siendo testigos de cómo resucitaba a los muertos.

Después de este breve e intenso período de formación, Jesús los envió a la misión. Para realizarla, les concedió su propio poder divino: sanar, expulsar demonios y proclamar el Reino de Dios.

Al enviarlos, les dio una instrucción importante: que no llevaran nada para el camino. ¿Por qué les pediría algo semejante? No era porque se despreocupara de sus necesidades; les estaba enseñando una lección espiritual fundamental: para ser instrumentos eficaces de su poder y de su mensaje, debían confiar plenamente en la providencia divina.

La primera lectura nos ayuda a comprender esta confianza. El sabio del libro de los Proverbios pide a Dios que lo libre de la falsedad y le conceda el alimento necesario. Teme que la abundancia lo lleve a olvidarse del Señor y que la miseria lo empuje a obrar contra su conciencia.

Su petición nos invita a examinar dónde ponemos nuestra seguridad. Podemos organizarnos, trabajar y prever lo necesario, pero nuestro corazón necesita recordar de quién recibe la vida. La confianza en la providencia se expresa también en el trabajo honrado, en la gratitud y en la disposición a compartir.

Pidámosle al Señor, que nos enseñe a recibir sin volvernos orgullosos y a pedir sin sentirnos humillados. Que los bienes que tenemos estén al servicio del amor.

Volvamos ahora al envío de los Apóstoles. Imaginemos una escena que nos ayude a meditarlo; no se trata de un episodio concreto narrado por Lucas.

Eres uno de los Doce. Entras en una aldea desconocida y ves a un hombre que no puede caminar, mendigando junto a la entrada. De pronto, sientes la inspiración de imponerle las manos y anunciar su curación. La moción es tan fuerte que actúas. En cuanto dices: «Queda sano», el hombre se levanta y camina, ante el asombro de todos. Al terminar el día, llegan hasta ti filas de enfermos, personas impedidas y endemoniados, y cada uno es sanado o liberado.

Al día siguiente, una gran multitud se reúne en la plaza del pueblo. Los invitas a sentarse y comienzas a predicar todo lo que has oído enseñar a Jesús. Mientras hablas, algunos se conmueven hasta las lágrimas; otros miran al cielo con alegría. Los corazones son tocados. Las cadenas caen. Las vidas cambian, y todo sucede sirviéndose de tus palabras y de tu presencia.

Un momento así podría conducir fácilmente a la tentación del orgullo, al asombro ante todo lo que has hecho. Pero Jesús conocía ese peligro. Por eso, al terminar el día y dispersarse la multitud, los Apóstoles tenían que buscar alimento y alojamiento recurriendo a otras personas.

Ese gesto sencillo —depender de la bondad de quienes los recibían— era un recordatorio cotidiano de que el poder que ejercían no les pertenecía. Entraban en los pueblos con las manos vacías para recordar que era Cristo quien obraba maravillas, salvaba y hablaba a través de ellos.

Hermanos, ¡cuánto necesitamos aprender esta lección quienes servimos en la Iglesia! El sacerdote, el catequista, el misionero, quien proclama la Palabra, quien canta o acompaña a los enfermos: todos necesitamos agradecer el bien que Dios realiza por medio de nosotros.

Cuando alguien se acerca a Dios gracias a una palabra nuestra, podemos alegrarnos. Cuando una tarea pastoral da fruto, podemos celebrarlo. Pero esa alegría necesita convertirse en acción de gracias, para que el servicio permanezca libre de vanidad.

El salmo nos ofrece hoy una orientación preciosa: «Lámpara es tu palabra para mis pasos».

La luz que guía nuestra misión viene del Señor. Necesitamos escuchar su Palabra antes de anunciarla, dejarnos corregir por ella antes de orientar a otros, permitir que ilumine nuestras intenciones antes de emprender nuestros proyectos.

El salmista reconoce, además, que la enseñanza de Dios vale más que las riquezas. Esa es también la riqueza del Apóstol: haber escuchado al Maestro, haber recibido su amor y llevar una palabra que puede despertar la fe.

Cuando Dios se sirve de nosotros para sus gloriosos propósitos, también nosotros seremos tentados por el pecado del orgullo. Podemos admirarnos de nosotros mismos, buscar el reconocimiento de los demás o esperar que nos traten como si fuéramos la fuente de la gracia de Dios.

Este peligro real debe ser tomado en serio por cualquiera que participe en el apostolado de Cristo. Si Cristo no obra por medio de nosotros, nada podemos hacer. Somos débiles y pecadores, y todo bien que realizamos tiene su fuente en su gracia. Nuestra colaboración es verdadera, pero ella misma es sostenida por Dios. Nunca debemos olvidar esta verdad que nos llama a la humildad, especialmente cuanto más profundamente nos comprometemos en su servicio.

Hoy celebramos la memoria de san Pío de Pietrelcina. Su vida nos ayuda a contemplar esta enseñanza. La Eucaristía, la oración y el sacramento de la reconciliación ocuparon el centro de su ministerio. Acogió a innumerables personas que buscaban consejo, perdón y consuelo, y su caridad se expresó también en la fundación de la Casa Alivio del Sufrimiento para atender a los enfermos.

En él encontramos una confianza en Dios que se traduce en entrega. Su ejemplo nos anima a poner nuestros dones al servicio de los demás y a cuidar nuestra relación con el Señor. Quien acompaña necesita también dejarse acompañar; quien anuncia el perdón necesita recibirlo; quien sostiene a otros necesita arrodillarse ante Dios y reconocer su propia fragilidad.

Y para quienes hoy atraviesan una enfermedad, esta confianza puede tomar la forma de una oración muy sencilla: «Señor, acompáñame en este día. Dame fuerzas para recibir los cuidados que necesito y bendice a quienes me ayudan». La persistencia de la enfermedad no significa falta de fe. También en medio de ella podemos recibir y comunicar el amor de Dios.

Reflexionemos hoy sobre la medida en que confiamos en la providencia divina. ¿Hay ocasiones en las que sentimos la tentación de atribuirnos lo que Dios realiza por medio de nosotros? ¿Buscamos aprobación y reconocimiento cuando servimos al Señor? ¿Sabemos recibir con gratitud la ayuda de los demás?

Pidamos a Jesús la gracia de la humildad y del desprendimiento, para que deseemos ser instrumentos limpios de su misericordia, sin buscar nuestra propia gloria y orientando siempre hacia él a quienes encontramos.

Señor todopoderoso, tú tienes plena autoridad sobre la naturaleza y posees el poder de transformar las vidas y conceder la vida eterna. Sírvete de mí como humilde instrumento de tu misión salvadora. Protege mi corazón del orgullo y mantenme arraigado en la humildad, siempre consciente de que toda obra buena procede de ti. Soy tan solo tu servidor; tú eres la fuente de toda bondad.

Que tu Palabra ilumine mis pasos. Concédeme lo necesario para vivir y un corazón generoso para compartir. Por intercesión de san Pío de Pietrelcina, enséñame a unir la oración con el servicio y la confianza con la entrega.

Jesús, en ti confío. Amén.

 

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23 de septiembre:

San Pío de Pietrelcina (Padre Pío), presbítero — Memoria

1887–1968
Patrono de los adolescentes y de los voluntarios de la defensa civil.
Invocado por quienes necesitan alivio del estrés, sanación espiritual y contra la melancolía de enero.
Canonizado por san Juan Pablo II el 16 de junio de 2002.



Cita:

La oración es el arma mejor que poseemos. Es la llave que abre el corazón de Dios. Debes humillarte siempre con amor delante de Dios y delante de los hombres, porque Dios habla solo a quienes son verdaderamente humildes y los enriquece con sus dones. La humildad y la pureza son las alas que nos llevan a Dios y nos hacen casi divinos. Tengamos siempre presente que aquí en la tierra estamos en un campo de batalla y que en el paraíso recibiremos la corona de la victoria; que aquí es un terreno de prueba y que el premio se otorgará allá arriba; que ahora estamos en tierra de exilio mientras nuestra verdadera patria es el Cielo, hacia la cual debemos aspirar continuamente.

~San Padre Pío


Reflexión

San Padre Pío nació como Francesco Forgione en Pietrelcina, Italia, un pueblo rural de unos 4.000 habitantes. De niño lo llamaban Franci (“Frankie”). Sus padres eran campesinos jornaleros, y los hijos ayudaban en las labores del campo. Franci fue el tercero de siete (u ocho) hijos, de los cuales dos (o tres) murieron en la infancia, algo muy común en aquella época. El pueblo giraba en torno a la iglesia local de Santa Ana, con continuas fiestas, misas, procesiones, novenas y celebraciones parroquiales. La fiesta principal cada año era en honor de su patrona, Nuestra Señora de la Liberación, que duraba tres días en agosto. Tras la jornada laboral, la mayoría de las tardes se compartían con los vecinos, comiendo pasta, cantando, contando historias y jugando en los campos.

La familia Forgione era muy devota, y Franci manifestó una piedad extraordinaria desde muy pequeño. La familia tenía gran devoción a los santos y a la Virgen María, amor que Franci conservaría toda su vida. De niño, sufría a menudo pesadillas; más tarde afirmaría que el diablo lo atormentaba ya desde esa edad. Recordaba también que, desde que tenía memoria, podía comunicarse con su ángel custodio y tenía visiones frecuentes de la Virgen y de Jesús. Desde los cinco años se consagró a Dios y a la Virgen. Fue buen estudiante, aunque en su pueblo solo había tres años de escuela pública. También padeció diversas enfermedades durante la infancia.

A los diez años, Franci conoció a un fraile capuchino con barba que recorría los pueblos pidiendo limosna para su comunidad. Quedó tan impresionado que dijo a sus padres: “¡Quiero ser fraile con barba!”. Al principio lo tomaron como una ocurrencia infantil, pero luego lo llevaron al convento capuchino, a unos 20 kilómetros. Los frailes lo aceptaron, pero necesitaría mejor preparación académica. Sus padres no podían pagar un colegio privado ni un tutor, así que su padre emigró a Estados Unidos para trabajar y enviar dinero. Enviaba nueve dólares semanales, con lo cual Franci pudo estudiar. A los quince años entró con los capuchinos y tomó el nombre de Pío, tal vez en honor al papa san Pío I, cuyas reliquias estaban en su iglesia parroquial, o a Pío de Benevento, provincial capuchino.

Cinco días antes de entrar, Franci tuvo dudas sobre dejar la vida conocida y entrar en el convento. Rezando, tuvo una “visión intelectual”: en su mente vio a un “Hombre majestuoso, de rara belleza, resplandeciente como el sol”. Ese Hombre lo tomó de la mano y lo condujo ante un “formidable guerrero” o “criatura misteriosa” con la que debía combatir. Dudó, pero el Hombre lo animó. Peleó y venció; el enemigo huyó. El Hombre entonces colocó sobre su cabeza una corona de indescriptible belleza y le dijo que siempre tendría que luchar, pero que con Su ayuda vencería. Tres días después, al recibir la Eucaristía, comprendió que su vida capuchina sería una batalla constante contra el demonio, pero con Cristo a su lado. Dos días más tarde, la víspera de su ingreso, tuvo otra visión de Jesús y la Virgen que lo consolaron y fortalecieron para su vocación. Estas visiones se cumplieron a lo largo de sus 65 años de vida religiosa.

La vida de novicio estuvo llena de disciplina y austeridad: rezaban siete veces al día, estudiaban largas horas, vivían en celdas pequeñas y sencillas, iban descalzos, ayunaban con frecuencia y trabajaban manualmente. En 1907, con 19 años, hizo la profesión perpetua, y en 1910, con 23 años, fue ordenado sacerdote. Durante los años de preparación siempre estuvo delicado de salud. Sus compañeros atestiguaron que caía en éxtasis en la oración, a veces levitando, otras llorando, siempre tan absorto que perdía la noción del tiempo y del lugar. Tras ordenarse, su salud empeoró tanto que le permitieron volver a casa para recuperarse. Allí estuvo hasta 1916, cuando lo enviaron al convento de Nuestra Señora de las Gracias en San Giovanni Rotondo, donde viviría hasta su muerte (con una breve interrupción durante la Primera Guerra Mundial, cuando fue llamado al servicio militar, pero fue rápidamente licenciado por su mala salud).

En San Giovanni Rotondo, pronto fue conocido como místico. Sus misas eran intensas y prolongadas por los éxtasis. Confesaba sin descanso y daba dirección espiritual. Su consejo más famoso fue: “Reza, espera y no te preocupes”. El 20 de septiembre de 1918, tras la misa, tuvo una visión de un Hombre sangrante de manos, pies y costado; de repente, esas llagas se abrieron en su propio cuerpo: recibía los estigmas. Los llevó por exactamente cincuenta años. Sangraban hasta un cáliz de sangre diario, despedían un aroma celestial y le producían gran dolor, especialmente en el hombro donde Cristo llevó la cruz. Médicos de todo el mundo lo examinaron sin encontrar explicación.

Durante trece años, multitudes acudieron a verlo. Manifestó dones carismáticos: curaciones, bilocación, levitación, profecía, milagros y xenoglosia (visitantes extranjeros lo oían en su propia lengua). Podía leer los corazones, pasaba semanas alimentándose solo de la Eucaristía y dormía muy poco o nada. Muchas conversiones se dieron a través de su ministerio.

Estos hechos maravillaban a los fieles, pero también levantaron sospechas en la Iglesia. En 1922 comenzó una investigación; en 1931 el Vaticano lo suspendió del ministerio público. Dos años después, Pío XI levantó la sanción al reconocer que había sido mal informado. Sin embargo, continuó bajo escrutinio hasta que Pablo VI lo rehabilitó por completo en 1963.

Además de su ministerio de misa y confesión, construyó un hospital para los pobres, con permiso especial de la Santa Sede para administrarlo personalmente.

El 22 de septiembre de 1968 celebró una misa solemne televisada por el cincuentenario de los estigmas. Al día siguiente, sus llagas desaparecieron y falleció. Se calcula que 100.000 personas asistieron a su funeral.

San Pío fue un santo irrepetible. Aunque hubo otros estigmatizados, nadie los llevó tan abiertamente ni tanto tiempo. Vivió en unión continua con Dios, realizó milagros innumerables, provocó conversiones masivas y decía que su verdadera misión empezaría después de su muerte. Y así ha sido: desde 1968 su fama, intercesión y milagros siguen vivos. Sus restos descansan en el Santuario de San Pío en San Giovanni Rotondo, uno de los centros de peregrinación más concurridos del mundo.

Al honrar a este santo, dejémonos inspirar por su vida milagrosa. Pero contemplemos aún más su vida de oración y unión con Dios. Su santidad no se redujo a los prodigios, sino que fue fruto de la oración, la penitencia, la virtud y la obediencia a la voluntad de Dios. Todos estamos llamados a la misma santidad, aunque sin dones extraordinarios. Busquemos la santidad en la oración y la penitencia, y pidamos la intercesión de San Pío para alcanzarla.


Oración

San Padre Pío, que amaste a Dios con todo tu corazón y llevaste en tu cuerpo las llagas de Cristo, por ti muchos corazones se convirtieron, se sanaron y recibieron perdón. Ruega por mí, para que reciba la sanación que necesito y pueda entregarme más plenamente a la voluntad de Dios y servirlo con todas mis fuerzas.
San Pío de Pietrelcina, ruega por mí.
Jesús, en ti confío.

 

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