Bienaventurada Virgen María del Rosario
Nuestra
Señora del Rosario es una de las numerosas advocaciones de la Virgen María.
Según una tradición piadosa, se habría aparecido a santo Domingo, en el siglo
XIII, para animarlo a difundir la oración del rosario. La Orden dominicana ha
favorecido su difusión, invitando a los fieles a contemplar, con María, los
misterios de la vida de Cristo.
Celebrada
el 7 de octubre, esta memoria nos recuerda que el rosario es una oración
profundamente evangélica. Al hilo de las avemarías, aprendemos a acoger la
Palabra de Dios y a guardar en nuestro corazón los acontecimientos de la vida
de Jesús.
María
nos conduce a su Hijo. Con ella, confiamos al Señor las alegrías y las pruebas
de nuestras familias, los sufrimientos de los enfermos y nuestro deseo de paz.
En su escuela, descubrimos que una oración humilde y perseverante alimenta la
fe, sostiene la esperanza y hace crecer la caridad.
Nuestra Señora del Rosario, enséñanos a contemplar a Jesús
con tu mirada y a amarlo con tu corazón. Amén.
De la mano de Nuestra Señora del Rosario
En este miércoles de la vigesimoséptima semana del
Tiempo Ordinario, celebramos la memoria obligatoria de la Bienaventurada
Virgen María del Rosario, quien nos enseña a contemplar a Jesús y a guardar
su Palabra en el corazón.
La liturgia de hoy nos invita a vivir con
coherencia el Evangelio, a proclamar entre todos los pueblos el amor fiel del
Señor y a acercarnos a Dios con confianza de hijos. Como los discípulos,
también nosotros le decimos a Jesús: «Señor, enséñanos a orar».
De la mano de María, presentemos al Padre nuestra
vida y las necesidades de nuestros hermanos, especialmente de los enfermos y de
quienes los cuidan. Que esta Eucaristía fortalezca nuestra fe y nos ayude a
vivir como una verdadera familia en Cristo.
Primera lectura
Gál
2, 1-2. 7-14
Reconocieron
la gracia que me ha sido otorgada
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Gálatas.
HERMANOS:
Transcurridos catorce años, subí otra vez a Jerusalén con Bernabé, llevando
también a Tito.
Subí por una revelación. Y les expuse el Evangelio que predico entre los
gentiles, aunque en privado, a los más cualificados, no fuera que caminara o
hubiera caminado en vano.
Todo lo contrario, vieron que se me ha encomendado anunciar el Evangelio a los
incircuncisos, lo mismo que a Pedro a los circuncisos, pues el mismo que
capacita a Pedro para su misión entre los judíos, me capacita a mí para la mía
entre los gentiles; además, reconociendo la gracia que me ha sido otorgada,
Santiago, Cefas y Juan, considerados como columnas, nos dieron la mano en señal
de comunión a Bernabé y a mí, de modo que nosotros nos dirigiéramos a los
gentiles y ellos a los circuncisos.
Solo nos pidieron que nos acordáramos de los pobres, lo cual he procurado
cumplir.
Ahora bien, cuando llegó Cefas a Antioquía, tuve que encararme con él, porque
era reprensible.
En efecto, antes de que llegaran algunos de parte de Santiago, comía con los
gentiles; pero cuando llegaron aquellos, se fue retirando y apartando por miedo
a los de la circuncisión.
Los demás judíos comenzaron a simular con él, hasta el punto de que incluso
Bernabé se vio arrastrado a su simulación.
Pero cuando vi que no se comportaban correctamente, según la verdad del
Evangelio, le dije a Pedro delante de todos:
«Si tú, siendo judío, vives como los gentiles y no como los judíos, ¿cómo
fuerzas a los gentiles a judaizar?».
Palabra de Dios.
Salmo
Sal
116, 1. 2 (R.: Mc 16, 15)
R. Vayan al mundo entero
y proclamen el Evangelio.
O
bien:
R. Aleluya.
V. Alaben al Señor
todas las naciones,
aclámenlo todos los pueblos. R.
V. Firme es su
misericordia con nosotros,
su fidelidad dura por siempre. R.
Aclamación
R. Aleluya,
aleluya, aleluya.
V. Han recibido un
Espíritu de hijos de adopción,
en el que clamamos: «¡“Abba”, Padre!». R.
Evangelio
Lc
11, 1-4
Señor,
enséñanos a orar
Lectura del santo Evangelio según san Lucas.
UNA vez que estaba Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, uno de sus
discípulos le dijo:
«Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos».
Él les dijo:
«Cuando oren, digan: “Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino, danos
cada día nuestro pan cotidiano, perdónanos nuestros pecados, porque también
nosotros perdonamos a todo el que nos debe, y no nos dejes caer en tentación”».
Palabra del Señor.
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«Señor, enséñanos a orar»: con María, junto a
nuestros enfermos
Hermanos, hay momentos en los que las palabras no
nos alcanzan para rezar. Frente a una enfermedad, mientras esperamos el
resultado de un examen o acompañamos a una persona que sufre, podemos sentir
que no sabemos qué decirle a Dios. Tenemos fe, pero también miedo. Queremos
confiar, pero nos asaltan las preguntas. En esos momentos, la petición del
discípulo en el Evangelio de hoy puede hacerse nuestra: «Señor, enséñanos a
orar».
Esta súplica nos reúne hoy, cuando celebramos la
memoria de la Bienaventurada Virgen María del Rosario y presentamos al Señor,
de manera especial, a nuestros hermanos enfermos. Le pedimos a María que nos
acompañe para aprender a orar, a confiar y a permanecer cerca de quienes
sufren.
El Evangelio nos cuenta que Jesús estaba orando. El
discípulo lo contempla y, cuando termina, le pide que les enseñe. Antes de
escuchar una enseñanza sobre la oración, ha visto a Jesús orar. Ha descubierto
que su Maestro busca al Padre, que vive en comunión con él.
También nosotros necesitamos detenernos. A veces
vivimos tan ocupados, incluso haciendo cosas buenas, que dejamos la oración
para cuando sobre tiempo. Pero el encuentro con Dios sostiene nuestra vida y
nuestro servicio. Necesitamos hablarle de lo que llevamos dentro y escuchar su
Palabra.
Jesús responde con una palabra que abre todo un
camino: «Padre».
Podríamos detenernos hoy solamente en ella. Antes
de presentar nuestras necesidades, Jesús nos invita a reconocer a quién nos
dirigimos. Hablamos con el Padre que nos conoce y nos ama. Podemos acercarnos
con nuestra historia real, con nuestras heridas y hasta con nuestra dificultad
para creer.
Hermano enfermo, hermana enferma: quizá hoy tu
oración sea muy sencilla. Tal vez no tengas fuerzas para rezar un rosario
completo, para leer una página del Evangelio o para mantener la atención.
Puedes decir: «Padre, aquí estoy. Tengo miedo. Me duele. Acompáñame». Esa
oración breve puede expresar una confianza profunda. No necesitas ocultarle a Dios
tu cansancio.
Jesús nos enseña después a pedir que el nombre del
Padre sea santificado y que venga su Reino. También desde una habitación de
hospital podemos hacer esa petición. Allí deseamos que se haga presente el amor
de Dios: en una atención digna, en una palabra respetuosa, en el cuidado
oportuno, en una mano que acompaña.
Y nosotros podemos colaborar con ese Reino. Cada
vez que tratamos al enfermo con paciencia y reconocemos su dignidad, damos
testimonio del Padre al que rezamos.
«Danos cada día nuestro pan cotidiano».
Qué cercana resulta esta petición cuando la
enfermedad cambia la vida de una familia. El pan cotidiano incluye el alimento
necesario, y junto a él presentamos otras necesidades concretas: los
medicamentos, una cita médica, el transporte, la posibilidad de continuar un
tratamiento, el descanso de quien cuida.
Jesús nos enseña a pedir el pan de cada día. Hay
sufrimientos que se vuelven más pesados cuando intentamos cargar, de una sola
vez, con todos los temores del futuro. La oración nos permite decir: «Señor,
dame la fuerza para este día. Ayúdame a dar el paso que hoy me corresponde».
Y fijémonos en algo: pedimos nuestro pan. Al
orar, llevamos también la necesidad del hermano. Si pido por un enfermo, puedo
preguntarme qué está a mi alcance para ayudarlo. Quizá una visita prudente, una
llamada, llevarle comida, acompañarlo a una consulta o relevar por un rato a su
cuidador. La oración va educando nuestras manos para servir.
Esto nos acerca a la primera lectura. San Pablo
recuerda su encuentro con los apóstoles y la comunión en la misión de anunciar
el Evangelio. En medio de ese relato aparece una recomendación muy concreta: acordarse
de los pobres. Pablo afirma que ha procurado hacerlo con empeño.
Esa palabra nos toca hoy. La enfermedad puede traer
nuevas formas de pobreza: perder ingresos, depender de otras personas, quedarse
solo, sentir que ya no se cuenta para nadie. Una comunidad cristiana necesita
recordar a quienes ya no pueden salir de casa o venir a la Eucaristía. Su
ausencia no puede convertirse en olvido.
En la misma lectura, Pablo relata que tuvo que
corregir a Pedro porque su comportamiento no correspondía a la verdad del
Evangelio. Es una escena exigente: también los creyentes podemos actuar por
miedo a la opinión ajena y terminar levantando barreras entre hermanos.
La Palabra nos invita a revisar nuestra coherencia.
Cuando llamamos Padre a Dios, estamos reconociendo que los demás son nuestros
hermanos. Esa fraternidad debe notarse en el modo de acogerlos, especialmente
cuando están débiles o necesitan ayuda. La fe que profesamos pide hacerse
visible en nuestras relaciones.
El salmo nos ofrece el fundamento de esta
confianza: el amor del Señor hacia nosotros es grande y su fidelidad
permanece.
Escuchar esto junto a nuestros enfermos requiere
delicadeza. Hay personas que llevan mucho tiempo pidiendo una mejoría y siguen
sufriendo. Puede surgir una pregunta dolorosa: «Si Dios me ama, ¿por qué
continúo así?».
No tenemos una explicación que resuelva cada
sufrimiento. Podemos, sin embargo, mirar a Jesús, que conoció el dolor y la
muerte, y confiar en que también nos acompaña en esa oscuridad. La enfermedad
no demuestra falta de fe ni abandono de Dios. Pedimos con esperanza la salud y,
al mismo tiempo, pedimos fortaleza para atravesar lo que todavía no
comprendemos. Cuidarnos y recibir atención médica también forma parte de esa
responsabilidad por la vida.
Hoy María del Rosario nos acompaña en este camino.
Ella recibió con alegría el anuncio del ángel, hizo sus preguntas y ofreció su
disponibilidad: «Hágase en mí según tu palabra». Su confianza fue creciendo a
lo largo de una vida que también conoció la incertidumbre y el sufrimiento.
Al rezar el rosario, recorremos con ella la vida de
Jesús. Hay misterios de alegría, de luz, de dolor y de gloria. También nuestra
vida tiene momentos distintos, y todos pueden entrar en la oración. Podemos
agradecer un nacimiento, pedir orientación para una decisión, llorar una
pérdida y sostener la esperanza de la resurrección.
María permaneció junto a la cruz. De ella
aprendemos algo muy valioso para acompañar a los enfermos: permanecer.
No siempre tendremos una respuesta ni una frase que alivie. Podemos ofrecer
presencia, escuchar sin prisa y respetar incluso el silencio del otro. Cuánto
consuela saber que alguien está dispuesto a quedarse cerca.
En el Evangelio, Jesús también nos enseña a pedir
perdón y a perdonar. A veces, junto al dolor del cuerpo, llevamos heridas en el
corazón. Podemos pedir al Señor que nos ayude a dar un paso hacia la
reconciliación, con paciencia y sin forzar procesos. Una llamada, una palabra
sincera o la disposición a escuchar pueden abrir un camino de paz.
Y terminamos suplicando que no nos deje caer en la
tentación. En medio de la prueba necesitamos ayuda para no encerrarnos, para aceptar
el cuidado de otros, para seguir buscando el bien. También quienes acompañan a
los enfermos necesitan esta fuerza: se cansan, se preocupan y pueden sentirse
solos.
Hermanos, hoy pongamos nombres y rostros en nuestra
oración. Recordemos a los hospitalizados, a quienes viven con dolor crónico, a
quienes sufren en su salud mental, a los que esperan un diagnóstico y a quienes
atraviesan sus últimos días. Oremos por sus familias, por sus cuidadores y por
el personal sanitario.
Y llevemos una pregunta a nuestra vida: ¿qué
persona enferma necesita esta semana que mi oración se convierta también en
cercanía?
Señor Jesús, enséñanos a orar. Cuando nos falten
palabras, ayúdanos a decir «Padre» con confianza. Mira a nuestros enfermos;
concédeles alivio y salud, sostén su esperanza y hazles sentir nuestro cariño.
Da sabiduría a quienes los atienden y descanso a quienes los cuidan.
Bienaventurada Virgen María del Rosario,
acompáñanos en los días luminosos y en las horas difíciles. Enséñanos a
contemplar a tu Hijo y a permanecer junto a nuestros hermanos que sufren. Ruega
por nosotros y por todos nuestros enfermos. Amén.
7 de octubre: Nuestra Señora del Rosario — Memoria
Citas:
“Un día, por medio del Rosario y del Escapulario, Nuestra Señora salvará al mundo.”
~San Domingo de Guzmán
“Jamás se perderá quien rece su Rosario todos los días. Es una afirmación que gustosamente firmaría con mi propia sangre.”
~San Luis María Grignion de Montfort
“De todas las oraciones, el Rosario es la más hermosa y la más rica en gracias... ama el Rosario y recítalo cada día con devoción.”
~San Pío X
“El Rosario es mi oración predilecta. ¡Una oración maravillosa! Maravillosa por su sencillez y su profundidad.”
~San Juan Pablo II
“El Rosario es un tesoro de valor incalculable inspirado por Dios.”
~San Luis María Grignion de Montfort
“El Rosario es la forma de oración más excelente y el medio más eficaz para alcanzar la vida eterna. Es el remedio para todos nuestros males, la raíz de todas nuestras bendiciones. No hay modo de orar más perfecto.”
~Papa León XIII
Reflexión:
En los siglos XII y XIII floreció en el sur de Francia la herejía albigense. Los albigenses eran cristianos dualistas que creían que el Dios del Antiguo Testamento era el origen del mundo material —considerado malo—, mientras que el Dios del Nuevo Testamento era el origen del mundo espiritual —considerado bueno—. Rechazaban los sacramentos y promovían un ascetismo extremo como forma de negar la materia.
En el año 1203, Santo Domingo de Guzmán viajaba por el sur de Francia en una misión diplomática cuando se encontró con esta grave herejía. Durante las dos décadas siguientes se dedicó plenamente a combatirla mediante la predicación y el debate. Cuenta la tradición que, en un momento de profunda dificultad, se retiró durante algunos días para orar y ayunar, pidiendo a la Virgen María su guía.
La Virgen se le apareció, entregándole el Rosario, revelándole los misterios que debían meditarse durante los quince decenarios, y exhortándole a predicar y rezar esas oraciones como arma espiritual. La palabra “Rosario” proviene del latín rosarium, que significa “jardín de rosas”. Cada Avemaría es una rosa espiritual, y juntas forman un jardín de amor ofrecido a Dios. Santo Domingo obedeció a la Virgen y tuvo gran éxito en la conversión de los herejes.
La fiesta que hoy celebramos, Nuestra Señora del Rosario, tiene su origen en la antigua fiesta de Nuestra Señora de la Victoria. A fines del siglo XVI, los musulmanes del Imperio Otomano estaban expandiéndose hacia el sudeste de Europa y el Mediterráneo. En 1571, el Papa San Pío V, dominico, formó una alianza entre los Estados Pontificios, España, Venecia y otros pequeños reinos cristianos, llamada la Santa Liga, para detener el avance otomano.
El 7 de octubre de ese año, la flota cristiana se enfrentó a la armada otomana en el Mediterráneo, y el Papa pidió a toda Europa que rezara el Rosario pidiendo la victoria. La victoria llegó. En gratitud, el Papa instituyó la Fiesta de Nuestra Señora de la Victoria, a celebrarse el primer domingo de octubre de cada año. Dos años después, el Papa Gregorio XIII cambió su nombre por el de Fiesta del Santo Rosario.
En 1671 la fiesta fue extendida a toda España, y en 1716, tras otra victoria importante sobre los musulmanes, se extendió a toda la Iglesia. En 1913, el Papa San Pío X trasladó la fecha del primer domingo de octubre al 7 de octubre, para preservar las celebraciones dominicales. Hoy, esta fiesta se celebra en el calendario romano con el título de Nuestra Señora del Rosario, como memoria obligatoria.
El Rosario, arma espiritual y escuela de esperanza
Aunque la guerra es siempre una tragedia y debe evitarse en lo posible, defender la vida, la familia y la nación es un deber moral cuando un agresor injusto ataca. En ese contexto, la oración se convierte en el arma más poderosa, y después de la Eucaristía, el Rosario es la oración más eficaz que puede elevarse.
Más allá de los conflictos armados, el Rosario es también una de las mayores armas espirituales contra todo tipo de mal. Aun en tiempos de paz exterior, el mundo vive guerras interiores: el pecado, la corrupción, el odio, la violencia, la indiferencia. Hoy, con las comunicaciones globales, somos testigos de los males espirituales que hieren a la humanidad: guerras, inmoralidad, abusos, crímenes, pobreza, descomposición moral.
No basta con condenar o lamentarse ante el mal. Rezar el Rosario es combatirlo desde su raíz, con la fuerza del amor y la intercesión. Cada Avemaría es una súplica de conversión; cada misterio contemplado, una semilla de luz sembrada en la oscuridad del mundo.
En este día, dedicado al Santo Rosario y a Nuestra Señora, somos llamados a renovar nuestra confianza en su intercesión y a usar con fidelidad esta poderosa arma espiritual. Cada crimen, abuso o pecado es, antes que nada, un defecto del alma, una herida espiritual. Y el mejor remedio para el pecado es la conversión del corazón.
La forma más eficaz de ganar corazones para Dios es la oración, y entre todas las oraciones, el Rosario ocupa un lugar privilegiado. A lo largo de los siglos, los Papas, obispos y santos han promovido esta devoción. Innumerables santos lo rezaron cada día, ofreciendo a la Virgen un ramo espiritual de rosas, que Ella derrama luego sobre el mundo en forma de gracia.
Oración
Nuestra Señora del Rosario,
Tú confiaste esta santa oración a Santo Domingo,
y a través de él la diste al mundo.
Siempre estás atenta a quienes rezan tu Rosario,
y nunca dejas de derramar las gracias de Dios en respuesta.
Ruega por mí,
para que comprenda más profundamente
el poder del Santo Rosario
y nunca falte a mi deber de rezarlo cada día.
Nuestra Señora del Rosario, ruega por mí.
Jesús, en Ti confío.





