Testigo de la fe:
San
Alfonso María de Ligorio
1696-1787.
«Toda la santidad consiste en amar a Dios, y todo el amor a
Dios consiste en hacer su voluntad», escribía el fundador de la Congregación de los
Redentoristas. Proclamado doctor de la Iglesia, fue un gran teólogo moral, un
predicador incansable y un pastor cercano a los pobres y a las personas más
abandonadas. Obispo solícito y hombre de oración, enseñó una moral cristiana
fundada no en el miedo, sino en la misericordia, la rectitud de conciencia y la
confianza en Dios. Sus escritos, especialmente sobre la oración, el amor a
Cristo y la Virgen María, continúan iluminando la vida espiritual de numerosos
creyentes.
Una muerte injusta
(Jr 26,11-16.24 / Sal
69(68),15-16.30-31.33-34 (R. cf. 14) /
Mt 14,1-12) Juan el Bautista, el más grande
de los profetas, muere miserablemente en el fondo de una prisión, víctima de
una sórdida historia de juramentos, venganza y cobardía. Herodes sabe que Juan
es un hombre justo, pero prefiere salvar su imagen ante los invitados antes que
salvar la vida de un inocente. Así, el miedo al juicio de los demás termina
siendo más fuerte que la voz de la conciencia.
La primera lectura nos presenta también al profeta
Jeremías amenazado de muerte por haber anunciado fielmente la Palabra de Dios.
Pero Jeremías no se acobarda: recuerda al pueblo y a sus dirigentes que deben
corregir su conducta y escuchar al Señor. Su fidelidad valiente termina
conmoviendo a las autoridades, que reconocen que no merece la muerte. También
Juan el Bautista se había atrevido a decirle la verdad al rey: «No te es lícito
tener a la mujer de tu hermano». La verdad incomoda, sobre todo cuando denuncia
el pecado y llama a la conversión.
El salmo se convierte entonces en la oración de
todos aquellos que sufren injustamente: «Por tu gran amor, respóndeme, Señor».
El justo puede ser humillado, perseguido o abandonado, pero nunca queda
olvidado ante los ojos de Dios. El Señor escucha el clamor de los pobres y no
abandona a quienes permanecen fieles.
Esta Palabra nos interroga: ¿sabemos escuchar la
verdad cuando incomoda nuestras costumbres? ¿Tenemos el valor de defender lo
que es justo, incluso cuando esto tiene un precio? Pidamos al Señor la
fortaleza de Jeremías y de Juan el Bautista: una fe libre, una palabra sincera
y una conciencia que nunca se deje comprar por el miedo, el interés o la
opinión de los demás.
G.Q
1
Queridos hermanos:
La
Palabra de Dios de hoy nos pone ante una realidad dolorosa: muchas veces, quien
dice la verdad termina incomodando, siendo rechazado e incluso perseguido.
Jeremías, en la primera lectura, es acusado y amenazado de muerte por haber
anunciado con fidelidad la palabra del Señor. Juan el Bautista, en el
Evangelio, muere injustamente por haber denunciado el pecado de Herodes. Ambos
son profetas que no acomodan el mensaje de Dios a los intereses de los
poderosos.
Jeremías
no se defiende con violencia ni intenta suavizar lo que ha dicho. Simplemente
afirma: «El Señor me envió a profetizar». Su conciencia está tranquila porque
no habló por capricho, sino por obediencia a Dios. Y añade una invitación a la
conversión: «Mejoren su conducta y sus obras; escuchen la voz del Señor». El
verdadero profeta no busca condenar, sino abrir caminos de regreso. La palabra
puede ser dura, pero su finalidad es salvar.
Juan
el Bautista también tuvo el valor de decirle a Herodes: «No te es lícito tener
a la mujer de tu hermano». Esa verdad le costó la cárcel y finalmente la vida.
Herodes sabía que Juan era justo, pero fue débil. Prefirió conservar su prestigio
ante los invitados antes que escuchar la voz de su conciencia. Un juramento
imprudente, el miedo al qué dirán y la manipulación de Herodías condujeron a la
muerte de un inocente.
Aquí
aparece una advertencia muy actual: cuando una persona vive pendiente de la
aprobación de los demás, puede terminar traicionando sus convicciones. Herodes
no fue capaz de reconocer su error. Por orgullo, convirtió una promesa
equivocada en una injusticia mayor. También nosotros debemos aprender que nunca
estamos obligados a cumplir una palabra cuando su cumplimiento implica hacer el
mal. La fidelidad a Dios y al bien está por encima del orgullo personal.
El
salmo recoge el clamor de quienes sufren injustamente: «En tu gran amor,
respóndeme, Señor». El justo puede ser humillado, perseguido o rechazado, pero
no está abandonado. Dios escucha el grito del pobre y sostiene a quienes
permanecen fieles. Jeremías fue salvado de la muerte; Juan Bautista perdió la
vida terrena, pero su testimonio quedó para siempre como luz para la Iglesia.
Ante Dios, ninguna fidelidad es inútil y ningún sacrificio hecho por la verdad
queda olvidado.
En
este contexto celebramos la memoria de san Alfonso María de Ligorio, obispo,
doctor de la Iglesia y fundador de los Redentoristas. Él escribió: «Toda la
santidad consiste en amar a Dios, y todo el amor de Dios consiste en hacer su
voluntad». Esta frase resume muy bien el mensaje de hoy. Jeremías hizo la
voluntad de Dios aunque fuera amenazado. Juan Bautista hizo la voluntad de Dios
aunque le costara la vida. San Alfonso dedicó su existencia a anunciar la
misericordia, a formar las conciencias y a acercar el Evangelio a los pobres y
abandonados.
San
Alfonso comprendió que la moral cristiana no puede reducirse al miedo, al
castigo o a una colección de prohibiciones. Debe conducir a una conciencia
recta, iluminada por la verdad y sostenida por la misericordia. Una conciencia
bien formada no se vende, no se acomoda al poder y no actúa únicamente para
quedar bien ante los demás. Es capaz de reconocer el pecado, pedir perdón y
volver a comenzar.
Al
hacer también memoria de la Virgen María en sábado, encontramos en ella el
modelo perfecto de quien escucha y cumple la voluntad de Dios. María no hizo
ruido, no buscó reconocimiento ni poder. Su respuesta fue sencilla y total:
«Hágase en mí según tu palabra». Allí donde Herodes se dejó dominar por la
opinión de los demás, María se dejó conducir por la voz de Dios. Allí donde
unos reaccionaron con violencia frente a la verdad, ella acogió la Palabra, la
guardó en su corazón y permaneció fiel incluso al pie de la cruz.
Pidamos
hoy tres gracias. Primero, una conciencia recta, capaz de distinguir el bien
del mal sin dejarnos manipular por la presión social. Segundo, valentía para
decir y vivir la verdad con caridad, sin agresividad, pero también sin
cobardía. Y tercero, humildad para reconocer nuestros errores antes de que el
orgullo nos lleve a cometer injusticias mayores.
Que
san Alfonso María de Ligorio nos enseñe a amar la voluntad de Dios y a confiar
siempre en su misericordia. Que san Juan Bautista nos conceda valentía
profética. Que el profeta Jeremías nos ayude a permanecer firmes en medio de
las dificultades. Y que la Virgen María forme en nosotros un corazón
disponible, obediente y fiel, capaz de responder cada día: «Hágase en mí según
tu palabra». Amén.
2
Una caridad fiel hasta la muerte
«Herodes
había mandado prender a Juan, lo había encadenado y lo había metido en la
cárcel por causa de Herodías, la mujer de su hermano Filipo, porque Juan le
decía: “No te es lícito tenerla”. Aunque quería matarlo, temía a la gente,
porque tenían a Juan por profeta» (Mt 14,3-5).
San
Juan Bautista fue firme y valiente en su predicación, humilde ante Dios y fiel
a la verdad que proclamaba. Sin embargo, estas virtudes no lo libraron de caer
en manos de Herodes, un hombre moralmente débil, políticamente temeroso e
incapaz de arrepentirse. Al final, Herodes no solo encarceló a Juan, sino que,
manipulado por Herodías y por su hija, terminó ordenando su muerte.
La
primera lectura nos presenta una situación semejante. El profeta Jeremías
también es perseguido y amenazado de muerte por anunciar la palabra del Señor.
Los sacerdotes y los falsos profetas dicen: «Este hombre es reo de muerte».
Pero Jeremías no retrocede ni acomoda su mensaje para salvarse. Con serenidad
responde: «El Señor me envió a profetizar todas estas palabras». Y vuelve a
llamar a todos a la conversión: «Mejoren su conducta y sus obras, escuchen la
voz del Señor».
Jeremías
y Juan Bautista tienen algo esencial en común: no hablan movidos por el odio,
la ambición o el deseo de condenar. Hablan porque aman a Dios y porque aman
también a aquellos a quienes corrigen. La verdadera caridad no consiste siempre
en callar para evitar problemas. A veces amar significa advertir, denunciar el
pecado y llamar a la conversión, aunque esa palabra incomode o tenga un precio.
¿Quién
fue entonces el vencedor en el Evangelio? Desde una mirada puramente humana,
parecería que Herodes triunfó: conservó el poder, silenció al profeta y mandó
cortar su cabeza. Juan, en cambio, fue encarcelado, humillado y martirizado.
Pero la verdadera victoria perteneció a Juan. Su triunfo no consistió en escapar
del sufrimiento, sino en permanecer fiel a la verdad, a la voluntad de Dios y
al deseo de salvación para el mismo Herodes.
Juan
no corrigió al rey para humillarlo, sino porque quería salvar su alma. Su
valentía nació de la caridad. Sabía que el pecado de Herodes lo alejaba de Dios
y, por eso, se atrevió a decirle: «No te es lícito». Esa caridad sacrificial lo
llevó a hablar con firmeza, incluso a costa de su propia vida.
También
Jeremías está dispuesto a entregar su vida. Dice a sus acusadores: «Yo estoy en
sus manos; hagan conmigo lo que les parezca bueno y justo». Pero les advierte
que, si lo matan, derramarán sangre inocente. El profeta no se aferra
desesperadamente a su existencia; se confía al Señor y permanece fiel a la
misión recibida.
El
salmo recoge la oración de quien sufre por causa de la verdad: «Que me escuche
tu gran bondad, Señor». El justo se siente hundido en el fango, agotado de
gritar y perseguido sin motivo. Sin embargo, no pierde la confianza. Sabe que
Dios escucha a los pobres, no desprecia a sus cautivos y no abandona a quienes
sufren por permanecer fieles.
A
la muerte de Juan Bautista, Jesús sintió un dolor profundo. La pérdida fue
verdadera y dolorosa, aunque no fue un dolor desesperado. Los discípulos de
Juan también recogieron su cuerpo, lo sepultaron y fueron a comunicarle la
noticia a Jesús. Lo lloraron porque lo amaban. Juan había transformado muchas
vidas y había preparado el camino para el ministerio del Mesías. De él dijo
Jesús: «No ha nacido de mujer uno más grande que Juan el Bautista».
Después
de tantos siglos, quizá nos cueste percibir la profundidad de aquel dolor. Pero
la herida fue grande porque también había sido grande el amor. Las personas
arrogantes y egoístas suelen desaparecer rápidamente de la memoria. En cambio,
cuando una vida irradia santidad, inspira por su sencillez y transforma los
corazones por medio de la verdad, su ausencia se siente profundamente.
El
mayor dolor humano fue el sufrimiento compartido por el Sagrado Corazón de
Jesús y el Corazón Inmaculado de María. Su amor era perfecto y, por eso,
también fue inmensa su capacidad de sufrir. Sus corazones fueron atravesados no
solamente por un dolor personal, sino también por el peso del pecado de toda la
humanidad.
Por
eso, la muerte de Juan no fue absurda. Fue dolorosa e injusta, pero estuvo
llena de sentido. Murió por la verdad, por la caridad y por el Mesías. Murió
como un hombre profundamente amado, cuya vida había tocado a muchos. No murió
dominado por el resentimiento ni por la confusión, sino con valentía, compasión
y fidelidad. Su ministerio había sido fecundo, pero el testimonio de su
martirio, sostenido por la gracia, resultó aún más poderoso.
En
este día celebramos también la memoria de san Alfonso María de Ligorio, quien
escribió: «Toda la santidad consiste en amar a Dios, y todo el amor de Dios
consiste en hacer su voluntad». Esta afirmación ilumina perfectamente la vida
de Jeremías y de Juan Bautista. Ambos amaron a Dios haciendo su voluntad, no
solo cuando era consoladora, sino también cuando implicaba rechazo, persecución
y sufrimiento.
San
Alfonso dedicó su vida a anunciar la misericordia de Dios y a formar las
conciencias. Nos recuerda que la verdad cristiana nunca debe separarse de la
caridad. La verdad sin amor puede convertirse en dureza; pero una falsa caridad
que calla ante el mal termina convirtiéndose en complicidad. Juan Bautista une
ambas cosas: dice la verdad con valentía porque ama.
Y
al hacer memoria de María en sábado, contemplamos a la Virgen como modelo de
fidelidad silenciosa. María también permaneció junto a la cruz cuando todo
parecía perdido. No huyó ante el sufrimiento ni dejó de confiar. Su corazón,
lleno de amor, aceptó el dolor sin desesperación y permaneció unido a la
voluntad de Dios.
Cada
uno de nosotros está llamado a imitar, a su manera, a san Juan Bautista: con
valentía, humildad y fidelidad. Estamos llamados a vivir una caridad que se
hace sacrificio, una caridad que a veces cuesta, que exige renuncias y que no
se deja vencer por el miedo.
Al
examinar nuestra vida, podemos preguntarnos: ¿vivimos con valentía y confianza
en la verdad, o cedemos fácilmente ante el temor, la confusión y la
indiferencia? ¿Nuestra caridad es suficientemente firme para soportar
incomprensiones, críticas o incluso persecuciones injustas por la gloria de
Dios y la salvación de las almas? ¿Somos capaces de corregir con amor, de
escuchar cuando somos corregidos y de reconocer nuestros errores antes de que
el orgullo nos lleve a cometer injusticias mayores?
Contemplemos
hoy la fuerza de la caridad de Juan Bautista. El sacrificio duele. Le dolió a
Juan, a sus discípulos y también a Jesús. Pero aquel dolor no fue inútil.
Cuando se vive en fidelidad a Dios, el sufrimiento puede convertirse en
testimonio, fecundidad y camino de salvación.
Pidamos
la intercesión de san Juan Bautista, para que nuestra caridad toque muchas
vidas y deje una huella duradera. Que san Alfonso María de Ligorio nos enseñe a
amar a Dios cumpliendo su voluntad. Que Jeremías nos conceda fortaleza para
anunciar la verdad. Y que la Virgen María nos ayude a permanecer fieles junto a
la cruz, confiando siempre en la victoria de Dios.
Señor Jesús, tu corazón humano sintió profundamente el
sufrimiento y la muerte de Juan Bautista, cuya misión fue preparar el camino
para tu ministerio. Tu dolor no nació de la desesperación, sino del amor y de
la gratitud por su vida y por su testimonio generoso. Concédeme la valentía y
la caridad que ardían en su corazón, para que mi vida pueda tocar a los demás,
darte gloria y santificar mi alma. Jesús, confío en ti. Amén.
📅 1 de agosto:
San Alfonso María de Ligorio, obispo y doctor de la Iglesia — Memoria
1696–1787
Patrono de los confesores y teólogos moralistas
Invocado contra los escrúpulos, la artritis y para alcanzar la perseverancia final
Canonizado por el Papa Gregorio XVI en 1839
Proclamado Doctor de la Iglesia por el Papa Pío IX en 1871
📜 Cita:
"Al comienzo de la conversión del alma, Dios suele darle un torrente de consuelos. Como consecuencia de esto, el alma se va desprendiendo poco a poco del apego a las criaturas y se entrega a Dios; pero aún no de manera perfecta, pues actúa más por los consuelos de Dios que por el Dios de los consuelos, como dice tan bellamente san Francisco de Sales. Es un defecto común de nuestra naturaleza caída que en todo lo que hacemos busquemos nuestra propia gratificación. El amor de Dios y la perfección cristiana no consisten en sentimientos dulces y consuelos sensibles, sino en vencer el amor propio y cumplir la voluntad de Dios. En las vidas de los grandes siervos y santos de Dios, vemos cómo la leche de los consuelos da lugar al alimento más sustancioso de las aflicciones; y es esto lo que les permite llevar la cruz en su camino hacia el Calvario."
— San Alfonso, “La escuela de la perfección”, capítulo doce
✨ Reflexión:
Alfonso María nació en el seno de la noble familia Ligorio, en Marinella, en el Reino de Nápoles, actual Italia. Fue el mayor de siete hijos y creció en un hogar católico devoto. De niño dominó el arpa y disfrutaba de la esgrima, la equitación y los juegos de cartas. También mostraba una voluntad fuerte y un carácter moral firme. Su padre era oficial naval y alcanzó el alto rango de Capitán de las Galeras Reales. Sin embargo, debido a su mala visión y asma, Alfonso no pudo seguir los pasos militares de su padre. No obstante, su extraordinaria inteligencia llevó a su padre a enviarlo a la Universidad de Nápoles, donde obtuvo un título en derecho civil y canónico a los dieciséis años, tres años antes de lo habitual.
Durante los ocho años siguientes, Alfonso ganó caso tras caso como abogado en Nápoles, pero su éxito mundano no lo satisfacía. De hecho, podría no haber perdido nunca un juicio hasta el último, que cambiaría su vida. Un día, en lugar de refutar su brillante argumento, el abogado defensor le preguntó si veía algún error en su razonamiento. Alfonso identificó una pequeña falla en su propio caso y habló abiertamente de ella. Perdió el juicio, pero fue elogiado por su honestidad. Después declaró:
“Falso mundo, ya te conozco. Tribunales, no me verán más.”
Renunció a su profesión, dejando atrás la riqueza y el prestigio.
Después de esta experiencia, Alfonso hizo un retiro de tres días guiado por un sacerdote oratoriano. Habiendo descubierto que el éxito mundano no lo satisfacía, resolvió servir solo a Dios, eligiendo iniciar estudios teológicos, crecer en virtud y convertirse en sacerdote. Su padre se opuso a que ingresara en los oratorianos, por lo que Alfonso accedió a vivir en casa mientras terminaba sus estudios. Con la bendición del Cardenal Arzobispo de Nápoles, fue ordenado sacerdote en 1726 a los treinta años.
Durante los tres años siguientes, el Padre Alfonso vivió en casa de su familia y se dedicó a atender a los pobres y a los pecadores en Nápoles. Los reunía en las calles, hablándoles con amor y convicción, ganando a muchos para Cristo. El arzobispo le pidió que realizara sus servicios en las iglesias locales, que llegaron a conocerse como “Capillas Vespertinas”. Estas reuniones incluían catequesis y oración, especialmente para los jóvenes y los pobres, y eran frecuentemente dirigidas por los propios jóvenes, tras recibir la debida formación del Padre Alfonso. También se convirtió en un confesor muy querido. La gente lo consideraba un hombre de gran compasión, atención y preocupación. Trataba a cada penitente con misericordia y siempre ofrecía la absolución, sin dudar de la sinceridad del arrepentimiento del pecador. Desde el púlpito, predicaba de manera que todos lo entendían, incluso los más pobres e ignorantes, tanto santos como pecadores. En poco tiempo, su ministerio tuvo tal efecto en las zonas moralmente decadentes de Nápoles, que los pecados más graves prácticamente desaparecieron.
En 1729, para profundizar su vida de oración y compromiso ministerial, se trasladó a una nueva escuela para misiones en China, pero continuó su ministerio con los pobres y los pecadores. Amplió su apostolado más allá de Nápoles, hacia zonas rurales aún más pobres y decadentes. Al ver la necesidad de consolidar su labor, obtuvo el apoyo del obispo vecino de Scala para formar una nueva congregación. En 1732, el Padre Alfonso fue acompañado por trece compañeros (diez sacerdotes, dos seminaristas y un hermano laico), y así nació la Congregación del Santísimo Redentor.
La nueva congregación comenzó con buen pie. Sus miembros llevaban vidas de profunda oración, severa penitencia y radical pobreza. Salían en misiones como predicadores itinerantes, dedicándose a anunciar el arrepentimiento y la misericordia en las zonas rurales. Sin embargo, pronto surgieron disensiones sobre su misión y estilo de vida. Las propuestas del Padre Alfonso fueron rechazadas por todos, salvo por un hermano laico y un seminarista. Los demás se separaron y fundaron otra congregación. Alfonso fue ridiculizado en Nápoles, y hasta el obispo que lo apoyaba fue criticado. No obstante, ambos perseveraron, y con el tiempo nuevos compañeros se unieron y su ministerio floreció.
Durante los siguientes treinta años, el Padre Alfonso trabajó incansablemente para consolidar su congregación y servir al Pueblo de Dios con compasión. Una de las herejías emergentes de su tiempo fue el jansenismo, que negaba la universalidad del libre albedrío y afirmaba que la gracia y la misericordia de Dios no eran para todos. Los jansenistas veían la naturaleza humana tan corrompida que solo Dios podía salvar a algunos, de manera selectiva. Alfonso predicó fervorosamente que la gracia y la misericordia están disponibles para todos.
Además de predicar, fue un escritor extremadamente prolífico. Durante su vida escribió unos 100 libros y 400 folletos y panfletos para evangelizar al pueblo con un lenguaje claro, fiel a la doctrina. Dominó la teología moral y la hizo accesible a quienes necesitaban alejarse del pecado. Escribió hermosamente sobre la Virgen María, el Vía Crucis y la Persona de Jesucristo.
En 1762, fue nombrado Obispo de Sant’Agata dei Goti, diócesis al noreste de Nápoles. Como obispo buscó reformar el clero y organizar un plan de evangelización. Aunque su enfoque riguroso encontró resistencia, perseveró. En 1775 su salud se deterioró al punto de quedar parcialmente paralizado y encorvado, como suele representárselo en el arte. Renunció, y el Papa aceptó su dimisión con pesar.
Pasó sus últimos doce años en una casa religiosa de su congregación, escribiendo, orando y sufriendo. Finalmente quedó ciego y sordo, pero nunca dejó de amar a Dios ni de cumplir su voluntad. En sus últimos años, vio cómo su congregación sufría divisiones, y él mismo fue tentado por graves escrúpulos, ataques demoníacos y oscuridad espiritual. Todo esto aumentó su santidad.
A veces creemos que la santidad asegura una vida fácil. Por el contrario, el Padre permite grandes sufrimientos a quienes más ama, para que imiten a su Hijo. San Alfonso sufrió mucho en muchas formas, pero permaneció fiel a su misión de salvar almas. Creía en la misericordia de Dios, la llevó a los mayores pecadores y se aseguró de que su obra perdurara en el tiempo, fundando una congregación y dejando una abundante obra escrita accesible a todos.
Al honrar a este santo, medita en su mensaje central: Dios es misericordioso y acoge incluso al mayor de los pecadores. Mírate como ese pecador que necesita la misericordia de Dios, y no dudes en correr al Corazón del Santísimo Redentor para hallar descanso y paz.
🙏 Oración:
San Alfonso, aunque detestabas el pecado, amabas al pecador y trabajaste incansablemente para reconciliarlo con Dios. Lo hiciste con compasión y misericordia, a imitación de Jesús. Ruega por mí, para que comparta tus convicciones y tu misión, y busque amar a toda persona que se haya alejado de Dios.
San Alfonso María de Ligorio, ruega por mí.
Jesús, en Ti confío.





