lunes, 18 de mayo de 2026

19 de mayo del 2026: martes de la séptima semana de Pascua

 

El Padre está con Jesús

(Juan 17, 1-11a) Sabemos que, a pesar de las debilidades de sus amigos y de las nuestras, Jesús no está solo, “porque el Padre está con Él” (cf. Jn 16). Esa presencia la honra Jesús, como lo testimonia su oración por sí mismo y por aquellos que el Padre le ha dado.

Ora por sí mismo, porque la perspectiva de la Cruz es motivo de turbación (cf. Jn 12), aunque Él ha elegido libremente ir hasta el extremo del don de sí. Jesús sabe que en su corazón habita un deseo profundo: la glorificación del Padre, que pasa por su propia glorificación, y la vida eterna para toda carne.

Emmanuelle Billoteau, ermite

 


Primera lectura

Hch 20, 17-27
Completo mi carrera y consumo el ministerio que recibí del Señor Jesús

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.

EN aquellos días, Pablo, desde Mileto, envió recado a Éfeso para que vinieran los presbíteros de la Iglesia. Cuando se presentaron, les dijo:
«Ustedes han comprobado cómo he procedido con ustedes todo el tiempo que he estado aquí, desde el primer día en que puse el pie en Asia, sirviendo al Señor con toda humildad, con lágrimas y en medio de las pruebas que me sobrevinieron por las maquinaciones de los judíos; cómo no he omitido por miedo nada de cuanto les pudiera aprovechar, predicando y enseñando en público y en privado, dando solemne testimonio tanto a judíos como a griegos, para que se convirtieran a Dios y creyeran en nuestro Señor Jesús.
Y ahora, miren, me dirijo a Jerusalén, encadenado por el Espíritu.
No sé lo que me pasará allí, salvo que el Espíritu Santo, de ciudad en ciudad, me da testimonio de que me aguardan cadenas y tribulaciones. Pero a mí no me importa la vida, sino completar mi carrera y consumar el ministerio que recibí del Señor Jesús: ser testigo del Evangelio de la gracia de Dios.
Y ahora, miren: sé que ninguno de ustedes, entre quienes he pasado predicando el reino, volverá a ver mi rostro. Por eso testifico en el día de hoy que estoy limpio de la sangre de todos: pues no tuve miedo de anunciarles enteramente el plan de Dios».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 67, 10-11. 20-21 (R.: 33a)

R. Reyes de la tierra, canten a Dios.

O bien:

R. Aleluya.

V. Derramaste en tu heredad, oh, Dios, una lluvia copiosa,
aliviaste la tierra extenuada;
y tu rebaño habitó en la tierra
que tu bondad, oh, Dios,
preparó para los pobres. 
R.

V. Bendito el Señor cada día,
Dios lleva nuestras cargas, es nuestra salvación.
Nuestro Dios es un Dios que salva,
el Señor Dios nos hace escapar de la muerte. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Le pediré al Padre que les dé otro Paráclito, que esté siempre con ustedes. R

 

Evangelio

Jn 17, 1-11a

Padre, glorifica a tu Hijo

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

EN aquel tiempo, levantando los ojos al cielo, dijo Jesús:
«Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti y, por el poder que tú le has dado sobre toda carne, dé la vida eterna a todos los que le has dado. Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo.
Yo te he glorificado sobre la tierra, he llevado a cabo la obra que me encomendaste. Y ahora, Padre, glorifícame junto a ti, con la gloria que yo tenía junto a ti antes que el mundo existiese.
He manifestado tu nombre a los que me diste de en medio del mundo. Tuyos eran, y tú me los diste, y ellos han guardado tu palabra. Ahora han conocido que todo lo que me diste procede de ti, porque yo les he comunicado las palabras que tú me diste, y ellos las han recibido, y han conocido verdaderamente que yo salí de ti, y han creído que tú me has enviado.
Te ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por estos que tú me diste, porque son tuyos. Y todo lo mío es tuyo, y lo tuyo mío; y en ellos he sido glorificado. Ya no voy a estar en el mundo, pero ellos están en el mundo, mientras yo voy a ti».

Palabra del Señor.

 

1

 

Queridos hermanos:

Estamos ya en los días finales del tiempo pascual, acercándonos a Pentecostés. La liturgia nos va preparando para recibir nuevamente el don del Espíritu Santo, y hoy nos pone delante dos grandes despedidas: la despedida de Pablo a los presbíteros de Éfeso, en la primera lectura, y la oración de Jesús antes de su Pasión, en el Evangelio.

En ambas escenas hay emoción, profundidad y entrega. San Pablo sabe que su camino no será fácil. Les dice a los responsables de la comunidad que ha servido al Señor “con toda humildad, entre lágrimas y pruebas”. No se presenta como un funcionario religioso, sino como un testigo apasionado del Evangelio. Pablo no se reservó nada. Predicó, enseñó, acompañó, sufrió y se gastó por la causa de Cristo. Por eso puede decir: “No me siento responsable de la sangre de ninguno, pues no tuve miedo de anunciarles enteramente el plan de Dios”.

¡Qué bella conciencia pastoral! Pablo no vivió para sí mismo. Vivió para cumplir la misión que recibió del Señor Jesús: dar testimonio del Evangelio de la gracia de Dios.

Y en el Evangelio encontramos a Jesús levantando los ojos al cielo y orando al Padre. No es una oración cualquiera. Es la llamada oración sacerdotal de Jesús. Él ora en la hora decisiva, cuando se acerca la cruz. Pero no ora con desesperación, sino con confianza. Sabe que no está solo. El Padre está con Él. Y aunque se aproxima el sufrimiento, Jesús contempla la cruz como el lugar donde se revelará el amor más grande.

“Padre, ha llegado la hora: glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique”. Para el mundo, la cruz parece fracaso; para Dios, es glorificación. Para el mundo, perder la vida parece derrota; para Jesús, entregarla por amor es el camino de la vida eterna.

Aquí está el centro del mensaje de hoy: la vida cristiana solo tiene sentido cuando se convierte en entrega. Jesús se entrega al Padre y a la humanidad. Pablo se entrega al Evangelio y a la Iglesia. Y nosotros estamos llamados a preguntarnos: ¿a quién estoy entregando mi vida?, ¿qué lugar ocupa Dios en mis decisiones?, ¿vivo solamente para mis intereses o también para servir, acompañar y sostener a otros?

Hoy oramos especialmente por nuestros benefactores. Ellos, de muchas maneras, nos recuerdan que la vida cristiana también se expresa en la generosidad concreta. Hay personas que tal vez no aparecen en público, que no ocupan lugares visibles, que no buscan aplausos, pero sostienen silenciosamente la obra de Dios: con su oración, con su tiempo, con su ayuda material, con su cercanía, con una palabra de ánimo, con una colaboración humilde y fiel.

Los benefactores son, muchas veces, como esas lluvias abundantes de las que habla el salmo: “Derramaste en tu heredad, oh Dios, una lluvia copiosa”. Dios sostiene a su pueblo también a través de corazones generosos. Cuando alguien ayuda una obra evangelizadora, cuando apoya una comunidad, cuando comparte lo que tiene para que el bien se extienda, está participando de esa lógica pascual de Jesús: dar vida, servir, entregarse.

Pero la Palabra también nos recuerda algo importante: todo bien verdadero nace de Dios y vuelve a Dios. Jesús no busca su propia gloria desligada del Padre. Pablo no busca reconocimiento personal. El benefactor cristiano tampoco da para alimentar vanidades, sino para colaborar con la obra de Dios. La generosidad, cuando es evangélica, se vuelve oración hecha gesto.

Pidamos hoy tres gracias.

Primero, la gracia de vivir unidos al Padre, como Jesús. Que en medio de las pruebas no olvidemos que no estamos solos.

Segundo, la gracia de cumplir nuestra misión con fidelidad, como Pablo. Que no tengamos miedo de anunciar el Evangelio entero, con palabras y con obras.

Y tercero, la gracia de agradecer. Agradecer a Dios por quienes nos ayudan, nos sostienen y nos acompañan en el camino. Que nuestros benefactores reciban del Señor abundancia de bendiciones, salud, paz, fortaleza espiritual y, sobre todo, la alegría de saber que todo bien hecho por amor queda guardado en el corazón de Dios.

Que esta Eucaristía sea hoy acción de gracias por ellos. Y que nosotros también aprendamos a ser benefactores de otros: no solo con dinero, sino con fe, tiempo, escucha, oración, servicio y amor.

Amén.

 

2

 

 

La verdadera gloria no la da el mundo, la da el Padre

 

Queridos hermanos:

En estos días finales del tiempo pascual, la liturgia nos introduce en un clima de despedida, de testamento espiritual y de preparación para Pentecostés. Hoy escuchamos dos escenas profundamente conmovedoras: san Pablo despidiéndose de los presbíteros de Éfeso, y Jesús orando al Padre antes de entrar en su Pasión.

En la primera lectura, Pablo se presenta como un servidor probado. Les recuerda a los responsables de la comunidad que ha servido al Señor “con toda humildad, entre lágrimas y pruebas”. No habla como quien presume de sus logros, sino como quien sabe que su vida ha sido gastada por el Evangelio. Pablo no busca aplausos, prestigio ni reconocimiento humano. Su gloria no está en ser admirado, sino en haber sido fiel a la misión recibida: “dar testimonio del Evangelio de la gracia de Dios”.

Esta palabra nos prepara para comprender mejor el Evangelio. Jesús, levantando los ojos al cielo, dice: “Padre, ha llegado la hora: glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique”. Humanamente, esa hora es la hora de la cruz, del abandono, del sufrimiento, de la aparente derrota. Pero para Jesús, esa hora es también la hora de la gloria.

Aquí aparece una gran enseñanza cristiana: la gloria de Dios no se parece a la gloria del mundo.

El mundo entiende la gloria como fama, poder, éxito, reconocimiento, aplauso, imagen pública, superioridad sobre los demás. Es la tentación de querer ser vistos, admirados, valorados por lo que aparentamos. Esa gloria mundana puede seducirnos. Incluso en la vida religiosa, pastoral, familiar o comunitaria, podemos caer en la tentación de hacer el bien buscando que nos miren, que nos agradezcan, que nos aplaudan o que nos consideren indispensables.

Pero Jesús nos muestra otra gloria: la gloria de amar hasta el extremo. La gloria de obedecer al Padre. La gloria de servir. La gloria de entregarse sin reservarse nada. La gloria de la cruz.

Por eso, cuando Jesús dice: “Yo he sido glorificado en ellos”, está hablando de sus discípulos, de aquellos que el Padre le ha confiado. Jesús es glorificado en quienes creen en Él, en quienes viven su Palabra, en quienes continúan su misión. La gloria de Cristo se manifiesta cuando un cristiano ama de verdad, cuando perdona, cuando sirve, cuando anuncia el Evangelio, cuando permanece fiel en medio de las pruebas.

Se ha dicho que el pecado suele brotar de tres fuentes: la carne, el mundo y el demonio. La carne representa nuestras pasiones desordenadas; el demonio, la mentira que nos aparta de Dios; y el mundo, esa mentalidad que nos hace buscar una gloria falsa, pasajera, vacía. Frente a la carne necesitamos templanza; frente al demonio, discernimiento y fidelidad a la voz de Dios; frente al mundo, necesitamos buscar la verdadera gloria: la que viene del Padre.

Y esa verdadera gloria se alcanza por el camino de Jesús: entrega, sacrificio, humildad, servicio, amor fiel.

San Pablo entendió esto muy bien. Él no mide su vida por los honores recibidos, sino por la fidelidad al Evangelio. Sabe que le esperan persecuciones y dificultades, pero puede decir: “No me importa la vida, sino completar mi carrera y cumplir el ministerio que recibí del Señor Jesús”. ¡Qué frase tan fuerte! Pablo no está despreciando la vida; está diciendo que la vida solo alcanza su plenitud cuando se entrega a una misión que vale más que uno mismo.

El salmo también ilumina esta verdad: “Bendito sea el Señor cada día; Dios lleva nuestras cargas, es nuestra salvación”. La gloria verdadera no nace de la autosuficiencia. Nace de dejarnos sostener por Dios. El creyente no camina solo. Dios carga con nosotros, nos levanta, nos fortalece, nos conduce hacia la vida.

Por eso, en este martes de la séptima semana de Pascua, podríamos preguntarnos: ¿qué gloria estoy buscando? ¿La gloria de quedar bien ante los demás o la gloria de agradar al Padre? ¿La gloria de ser reconocido o la gloria de servir en silencio? ¿La gloria del éxito inmediato o la gloria de una vida fiel al Evangelio?

Jesús no rechaza nuestro deseo de gloria. Lo purifica. Dios ha puesto en el corazón humano el deseo de plenitud, de grandeza, de eternidad. Pero ese deseo solo se realiza cuando nos unimos a Cristo. La gloria que buscamos no se encuentra en la vanidad del mundo, sino en la comunión con Jesús crucificado y resucitado.

Por eso los santos son gloriosos. No porque hayan sido famosos, sino porque dejaron transparentar a Cristo. Por eso los mártires son gloriosos. No porque amaran el sufrimiento, sino porque amaron más a Cristo que a su propia vida. Por eso también es gloriosa la vida humilde de una madre que se sacrifica por sus hijos, de un padre que trabaja con honestidad, de un enfermo que ofrece su dolor con fe, de un catequista que enseña sin buscar aplausos, de un sacerdote que sirve con entrega, de una comunidad que persevera en la fe.

La verdadera gloria comienza aquí, cuando Cristo vive en nosotros. Y se consumará en el cielo, cuando participemos plenamente de la gloria que el Hijo comparte eternamente con el Padre.

Pidamos hoy al Señor que nos libre de la gloria falsa del mundo. Que no vivamos pendientes de la aprobación de los demás. Que no reduzcamos nuestra vida cristiana a apariencia, imagen o prestigio. Que podamos decir, como Pablo: “Quiero cumplir la misión que el Señor me ha confiado”. Y que Jesús pueda decir también de nosotros: “Yo he sido glorificado en ellos”.

Señor Jesús,
Tú que eres la gloria eterna del Padre,
purifica nuestro corazón de toda vanidad,
líbranos de buscar la gloria pasajera del mundo
y enséñanos a participar de tu verdadera gloria:
la gloria del amor, del servicio, de la cruz y de la vida eterna.

Amén.


domingo, 17 de mayo de 2026

18 de mayo del 2026: lunes de la séptima semana de Pascua

 

SANTO DEL DÍA:

San Juan I

Murió en el año 526. Este toscano sucedió en el año 523 al papa san Hormisdas. Sospechoso de conspiración por el rey godo arriano Teodorico, fue encarcelado y murió allí de agotamiento.

 


Un camino de paz

Juan 16, 29-33

Cristo prepara a sus discípulos para el misterio pascual. Para nosotros, se trata de no ocultar ninguna de las facetas de este misterio: ya sea la Cruz bajo sus diversas formas, o la victoria pascual cuya realidad ya está presente en medio de la prueba.

Entre la desesperanza o una atracción morbosa por el sufrimiento, y el triunfalismo o la negación de la realidad, Jesús nos propone un camino de paz. Una plenitud a la que solo podemos acceder en Él.

Emmanuelle Billoteau, ermite

 


Primera lectura

Hch 19, 1-8
¿Ustedes recibieron el Espíritu Santo al aceptar la fe?

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.


MIENTRAS Apolo estaba en Corinto, Pablo atravesó la meseta y llegó a Éfeso. Allí encontró unos discípulos y les preguntó:
«¿Ustedes recibieron el Espíritu Santo al aceptar la fe?».
Contestaron:
«Ni siquiera hemos oído hablar de un Espíritu Santo».
Él les dijo:
«Entonces, ¿qué bautismo han recibido?».
Respondieron:
«El bautismo de Juan».
Pablo les dijo:
«Juan bautizó con un bautismo de conversión, diciendo al pueblo que creyesen en el que iba a venir después de él, es decir, en Jesús».
Al oír esto, se bautizaron en el nombre del Señor Jesús; cuando Pablo les impuso las manos, vino sobre ellos el Espíritu Santo, y se pusieron a hablar en lenguas extrañas y a profetizar. Eran en total unos doce hombres.
Pablo fue a la sinagoga y durante tres meses hablaba con toda libertad del reino de Dios, dialogando con ellos y tratando de persuadirlos.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 67, 2-3. 4-5ac. 6-7ab (R.: 33a)

R. Reyes de la tierra, canten a Dios.

O bien:

R. Aleluya.

V. Se levanta Dios, y se dispersan sus enemigos,
huyen de su presencia los que lo odian;
como el humo se disipa, se disipan ellos;
como se derrite la cera ante el fuego,
así perecen los impíos ante Dios. 
R.

V. En cambio, los justos se alegran,
gozan en la presencia de Dios,
rebosando de alegría.
Canten a Dios, toquen a su nombre;
su nombre es el Señor. 
R.

V. Padre de huérfanos, protector de viudas,
Dios vive en su santa morada.
Dios prepara casa a los desvalidos,
libera a los cautivos y los enriquece.
 R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Si han resucitado con Cristo, busquen los bienes de allá arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios. R.

 

Evangelio

Jn 16, 29-33

Tengan valor: yo he vencido al mundo

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

EN aquel tiempo, los discípulos dijeron a Jesús:
«Ahora sí que hablas claro y no usas comparaciones. Ahora vemos que lo sabes todo y no necesitas que te pregunten; por ello creemos que has salido de Dios».
Les contestó Jesús:
«¿Ahora creen? Pues miren: está para llegar la hora, mejor, ya ha llegado, en que se dispersen cada cual por su lado y a mí me dejen solo. Pero no estoy solo, porque está conmigo el Padre. Les he hablado de esto, para que encuentren la paz en mí. En el mundo tendrán luchas; pero tengan valor: yo he vencido al mundo».

Palabra del Señor.

1

 

Queridos hermanos:

Estamos entrando en la última semana del tiempo pascual antes de Pentecostés. La Iglesia nos invita a mirar hacia el Espíritu Santo, a prepararnos interiormente para recibirlo con un corazón más abierto, más humilde y más disponible. Y las lecturas de hoy nos ponen precisamente en esa dirección: no basta con haber oído hablar de Jesús, no basta con conocer algunas verdades de la fe, no basta con decir: “creemos”. Necesitamos dejarnos llenar por el Espíritu Santo para vivir la fe en medio de las pruebas.

En la primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles, Pablo llega a Éfeso y encuentra a unos discípulos. Les hace una pregunta muy importante: “¿Recibieron el Espíritu Santo cuando abrazaron la fe?” Ellos responden: “Ni siquiera hemos oído decir que haya Espíritu Santo.”

Aquellos hombres tenían buena voluntad. Habían recibido el bautismo de Juan, un bautismo de conversión, de preparación, de deseo sincero de cambiar de vida. Pero todavía les faltaba entrar plenamente en la novedad de Cristo: recibir el bautismo en el nombre del Señor Jesús y abrirse al don del Espíritu.

Esto nos ayuda a preguntarnos: ¿nuestra fe está viva? ¿Hemos recibido los sacramentos como una simple costumbre, o realmente dejamos que el Espíritu Santo transforme nuestra manera de pensar, de hablar, de servir, de perdonar y de esperar? Hay cristianos que conocen oraciones, ritos, tradiciones, pero viven como si no hubieran descubierto todavía la fuerza interior del Espíritu. Y sin el Espíritu, la fe se vuelve rutina; con el Espíritu, la fe se vuelve fuego, misión, consuelo y valentía.

El Evangelio de hoy nos presenta un momento muy humano de los discípulos. Ellos le dicen a Jesús: “Ahora sí vemos que lo sabes todo… por esto creemos que has salido de Dios.” Parece una profesión de fe firme, casi heroica. Pero Jesús les responde con realismo: “¿Ahora creen? Miren que está para llegar la hora, mejor, ya ha llegado, en que se dispersarán cada uno por su lado y me dejarán solo.”

Qué impresionante es esta palabra. Jesús no desprecia la fe de sus discípulos, pero sabe que todavía es una fe frágil. Ellos creen, sí, pero cuando llegue la Cruz, cuando aparezca el miedo, cuando la oscuridad se imponga, se dispersarán. Prometen fidelidad, pero todavía no conocen la profundidad de su propia debilidad.

Y esa también es nuestra historia. Muchas veces decimos: “Señor, yo creo, yo confío, yo te sigo.” Pero cuando llega la enfermedad, la muerte de un ser querido, la incomprensión, el fracaso, la soledad, el cansancio pastoral, la crisis familiar o comunitaria, entonces descubrimos que nuestra fe necesita madurar. No basta una fe de palabras; necesitamos una fe sostenida por el Espíritu.

Sin embargo, lo más hermoso del Evangelio no es la advertencia sobre la fragilidad de los discípulos, sino la serenidad de Jesús. Él sabe que será abandonado, pero no se siente derrotado. Dice: “Me dejarán solo, pero no estoy solo, porque el Padre está conmigo.”

Aquí está el secreto de la paz cristiana. Jesús no niega la dificultad. No maquilla la realidad. No dice que no habrá lágrimas, ni cruz, ni persecución. Al contrario, afirma claramente: “En el mundo tendrán luchas.” Pero añade una palabra luminosa: “Tengan valor: yo he vencido al mundo.”

Esta frase debería quedar grabada en nuestro corazón: “Tengan valor: yo he vencido al mundo.” No significa que la vida será fácil. No significa que no lloraremos. No significa que no pasaremos por momentos de angustia. Significa que ninguna oscuridad tiene la última palabra cuando estamos unidos a Cristo. La Cruz existe, pero también existe la Pascua. El dolor es real, pero la victoria de Cristo es más real todavía. La muerte hiere, pero no puede destruir la esperanza de los que viven y mueren en el Señor.

Por eso hoy, al orar especialmente por nuestros difuntos, esta Palabra nos consuela profundamente. Nuestros seres queridos que han partido también atravesaron sus luchas, sus noches, sus enfermedades, sus dolores, sus despedidas. Algunos murieron después de una larga vida; otros partieron demasiado pronto según nuestra mirada humana. Algunos pudieron despedirse; otros no. Y nosotros cargamos con recuerdos, gratitud, nostalgia y quizá también preguntas.

Pero la fe pascual nos permite mirar la muerte desde Cristo. Para quien cree, la muerte no es un muro cerrado, sino un paso doloroso hacia el encuentro definitivo con Dios. Nosotros no oramos por los difuntos como quien habla al vacío; oramos porque creemos en la comunión de los santos, en la misericordia divina, en la vida eterna, en Cristo resucitado que ha vencido al mundo, al pecado y a la muerte.

El salmo de hoy proclama a Dios como aquel que se levanta, dispersa a sus enemigos, defiende a los huérfanos, protege a las viudas y da hogar a los desvalidos. Es una imagen muy bella: Dios no abandona a sus hijos. Dios recoge a los solos. Dios da casa a los que no tienen refugio. Y si eso hace con nosotros en esta vida, cuánto más podemos confiar en que acoge con misericordia a nuestros difuntos en la casa del Padre.

La paz que Jesús promete no es la paz superficial del que no tiene problemas. Es una paz más honda: la paz de saberse acompañado por Dios aun cuando humanamente parezca que todo se derrumba. Es la paz de Cristo en la Cruz, cuando parecía abandonado, pero se entregaba confiado al Padre. Es la paz del Resucitado, que se aparece a sus discípulos no para reprocharles su huida, sino para decirles: “La paz esté con ustedes.”

Esa paz es la que hoy necesitamos pedir. Paz para nuestras familias. Paz para quienes están de duelo. Paz para quienes sienten culpa por no haber podido hacer más por sus difuntos. Paz para quienes todavía lloran en silencio. Paz para quienes tienen miedo al futuro. Paz para quienes se sienten dispersos, cansados o solos.

Y junto con la paz, pidamos el Espíritu Santo. Sin Él, nos quedamos en una fe incompleta, como aquellos discípulos de Éfeso. Con Él, podemos atravesar la prueba sin desesperar. Con Él, podemos llorar sin perder la esperanza. Con Él, podemos recordar a nuestros difuntos no solo con tristeza, sino también con gratitud y confianza.

Queridos hermanos: Jesús no nos promete una vida sin luchas; nos promete su victoria. No nos promete que nunca seremos débiles; nos promete su Espíritu. No nos promete que no pasaremos por la Cruz; nos promete que en Él encontraremos paz.

Que esta Eucaristía nos ayude a vivir unidos a Cristo vencedor. Y que nuestros difuntos, por la misericordia de Dios, sean recibidos en la plenitud de esa paz que solo en Cristo podemos encontrar.

Amén.

 

2

 

“En el mundo tendrán luchas; pero tengan valor: yo he vencido al mundo.”

 

Queridos hermanos:

En este lunes de la séptima semana de Pascua, cuando ya la Iglesia se encamina hacia la solemnidad de Pentecostés, la Palabra de Dios nos coloca ante una pregunta fundamental: ¿dónde está nuestra paz? ¿Está nuestra paz en Cristo o está condicionada por el mundo? ¿Vivimos sostenidos por el Espíritu Santo o arrastrados por el ruido, la prisa, el miedo y las preocupaciones?

En el Evangelio, Jesús está concluyendo el gran discurso de despedida de la Última Cena. Él sabe que se acerca la hora de la pasión. Sabe que sus discípulos serán sacudidos por el miedo, la confusión y la tristeza. Sabe que ellos creen, pero que su fe todavía es frágil. Por eso les dice: “Os he hablado de esto para que encontréis la paz en mí.”

Jesús no les promete una vida sin problemas. No les dice: “Si creen en mí, nunca sufrirán.” Tampoco les ofrece una paz superficial, de apariencia, de evasión o de comodidad. Al contrario, les habla con realismo: “En el mundo tendrán luchas.” Pero enseguida añade la palabra decisiva: “Tengan valor: yo he vencido al mundo.”

Aquí está el centro del mensaje cristiano: la paz de Jesús no consiste en la ausencia de problemas, sino en la certeza de que Cristo está con nosotros en medio de ellos. La paz cristiana no es huir de la cruz, sino atravesarla con la confianza puesta en el Señor resucitado. No es negar la realidad, sino mirarla desde la victoria pascual de Cristo.

A lo largo del discurso de la Última Cena, Jesús ha ido preparando a sus discípulos para esta paz. Les ha hablado de su unión con el Padre. Les ha dicho que Él es la vid y nosotros los sarmientos, llamados a permanecer unidos a Él. Les ha prometido el Espíritu Santo, el Paráclito, el Consolador, el Defensor. Les ha advertido también que el mundo rechazará a quienes vivan arraigados en la verdad.

Por eso, cuando Jesús dice: “para que encuentren la paz en mí”, no está hablando de una emoción pasajera. Está hablando de una vida sostenida por Él. La paz de Cristo nace de permanecer en Él, de dejarnos guiar por su Espíritu, de no dejarnos dominar por los criterios del mundo.

Y aquí la primera lectura ilumina profundamente el Evangelio. San Pablo llega a Éfeso y encuentra a unos discípulos. Les pregunta: “¿Recibieron el Espíritu Santo al abrazar la fe?” Ellos responden: “Ni siquiera hemos oído decir que haya Espíritu Santo.”

Es una escena muy significativa. Aquellos discípulos tenían buena voluntad, habían recibido el bautismo de Juan, un bautismo de conversión, pero todavía no habían entrado plenamente en la vida nueva de Cristo. Les faltaba el don del Espíritu Santo.

También nosotros podríamos preguntarnos hoy: ¿hemos recibido verdaderamente al Espíritu Santo en nuestra vida? No solo sacramentalmente, sino existencialmente. ¿Vivimos como hombres y mujeres habitados por el Espíritu? ¿O vivimos como si la fe fuera solo una tradición, una costumbre, una idea bonita, pero sin fuerza interior?

Porque sin el Espíritu Santo, la paz de Cristo se nos vuelve lejana. Sin el Espíritu, la fe se convierte en rutina. Sin el Espíritu, la oración se enfría. Sin el Espíritu, el corazón se llena fácilmente de miedo, ansiedad, resentimiento o tristeza. En cambio, cuando el Espíritu Santo actúa en nosotros, incluso en medio de la lucha podemos tener una serenidad profunda, una luz interior, una fuerza que no viene de nosotros.

El mundo, en cambio, ofrece otra clase de “paz”: una paz de distracción, de consumo, de ruido, de evasión. Hoy vivimos rodeados de estímulos constantes: el celular, las redes sociales, las noticias, los mensajes, la televisión, la música permanente, los compromisos, las carreras, las opiniones de todos. Muchas veces ya no sabemos estar en silencio. Nos cuesta apagar el teléfono. Nos cuesta quedarnos solos con Dios. Nos cuesta escuchar nuestra propia alma.

Y entonces sucede algo muy delicado: podemos estar muy conectados exteriormente, pero profundamente desconectados interiormente. Podemos recibir cientos de mensajes al día, pero dejar de escuchar la voz suave del Señor. Podemos estar informados de todo, pero perder la paz del corazón. Podemos saber muchas cosas, pero no saber descansar en Dios.

El mundo ruidoso nos roba la paz poco a poco. No siempre con grandes pecados o grandes persecuciones, sino con una dispersión constante. Nos roba el silencio, nos roba la atención, nos roba la oración, nos roba la capacidad de contemplar, de agradecer, de discernir.

Por eso la pregunta del Evangelio es tan actual: ¿qué está reinando dentro de nosotros: la paz de Cristo o el ruido del mundo?

Jesús dice: “En el mundo tendrán luchas.” Esas luchas pueden venir de fuera: incomprensiones, dificultades familiares, enfermedades, problemas económicos, conflictos sociales, heridas comunitarias. Pero también pueden venir de dentro: ansiedad, miedo, culpa, cansancio, tristeza, falta de fe, incapacidad de perdonar.

Y, sin embargo, Jesús no nos abandona en la lucha. Él dice: “Tengan valor.” No es un simple consejo psicológico. Es una palabra pascual. Jesús puede decir “tengan valor” porque Él ya ha pasado por la cruz y ha vencido. Él conoce el sufrimiento, la soledad, la traición, la angustia y la muerte. Pero también conoce la gloria de la resurrección.

Por eso nuestra paz no se apoya en que todo nos salga bien. Nuestra paz se apoya en Cristo vencedor. Él no elimina mágicamente todos los problemas, pero nos da una fuerza nueva para atravesarlos. No siempre cambia las circunstancias de inmediato, pero transforma el corazón de quien confía en Él.

El salmo de hoy también nos llena de esperanza. Proclamamos a Dios como aquel que se levanta, dispersa a sus enemigos, protege a los huérfanos, defiende a las viudas y da hogar a los desvalidos. Es una imagen preciosa de Dios: no es un Dios indiferente, lejano o frío. Es un Dios que se inclina sobre los frágiles, que recoge a los abandonados, que sostiene a los que lloran.

Esto nos toca especialmente cuando oramos por nuestros difuntos. La muerte de un ser querido siempre deja un vacío. Aunque tengamos fe, duele. Aunque creamos en la resurrección, lloramos. Pero la Palabra de hoy nos recuerda que Cristo ha vencido al mundo, y en esa victoria está incluida también la victoria sobre la muerte.

Por eso, al presentar en esta Eucaristía la intención por nuestros difuntos, lo hacemos con dolor, sí, pero también con esperanza. Los encomendamos al Dios que da hogar a los desvalidos, al Padre misericordioso que no abandona a sus hijos, al Cristo vencedor que nos promete una paz que el mundo no puede dar ni quitar.

Queridos hermanos: necesitamos recuperar la paz de Cristo. Y para recuperarla necesitamos volver a las fuentes: la oración silenciosa, la escucha de la Palabra, la Eucaristía, la confesión, la vida sacramental, el servicio humilde, el abandono confiado en Dios.

Quizá hoy el Señor nos esté invitando a hacer un pequeño examen de conciencia: ¿cuánto silencio hay en mi vida? ¿Cuánto espacio le doy al Espíritu Santo? ¿Cuánto tiempo dedico a escuchar a Dios y no solo al mundo? ¿Qué me está robando la paz? ¿Qué ruido necesito apagar para volver a oír la voz de Cristo?

La paz de Jesús no se improvisa. Se cultiva. Se recibe. Se protege. Se alimenta permaneciendo unidos a Él, como el sarmiento unido a la vid.

Pidamos hoy al Señor que nos dé su paz. No una paz superficial, sino una paz profunda. No una paz dormida, sino una paz valiente. No una paz que niega la cruz, sino una paz que nace de la Pascua.

Y pidamos también el don del Espíritu Santo, como aquellos discípulos de Éfeso. Que el Espíritu venga sobre nosotros, renueve nuestra fe, purifique nuestro corazón, silencie nuestros miedos y nos haga testigos serenos de Cristo en medio de un mundo inquieto.

Que Jesús, Señor de la paz plena, nos ayude a vencer el ruido del mundo y a descansar en Él. Que nuestros difuntos sean recibidos en la paz eterna del Reino. Y que nosotros, mientras caminamos todavía entre luchas, podamos escuchar cada día la voz del Resucitado que nos dice:

“Tengan valor: yo he vencido al mundo.”

Amén.


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18 de mayo: San Juan I, Papa y Mártir—Memoria opcional

C. Finales del siglo V–526 

Invocado contra las tentaciones hacia la falsa unidad y la aceptación de la herejía 


Cita espiritual

“¿Quién no envidiaría la felicidad de un mártir en su calabozo, al contemplar la alegría interior, la paz y la caridad con que cierra los ojos a este mundo? Y más aún, al imaginar la gloria con que su alma es conducida por los ángeles, como Lázaro, hacia las moradas de la bienaventuranza eterna. En cambio, el tirano injusto no puede sentirse seguro ni siquiera en su trono. Sus placeres engañosos son un pobre intercambio frente al verdadero gozo y la paz de la virtud; no puede escapar ni del tormento de su conciencia ni del peso de su culpa. ¡Cuánto aumentan sus temores cuando se acerca la muerte! Y ¡cómo lamentará eternamente su insensatez, si no la ha reparado antes mediante un sincero arrepentimiento!”

La vida de los santos, de Butler


Reflexión

El 18 de mayo la Iglesia recuerda a San Juan I, Papa y Mártir, un pontífice que supo defender la fe católica en un tiempo marcado por tensiones políticas, presiones religiosas y peligrosas tentaciones de falsa unidad.

San Juan I era originario de Toscana. En el año 523 sucedió al papa san Hormisdas en la sede de Pedro. Su pontificado fue breve, pero profundamente significativo. Le correspondió vivir en una época difícil, cuando todavía seguían abiertas muchas heridas doctrinales en torno al misterio de Cristo y a la plena confesión de su divinidad.

La Iglesia había definido solemnemente en el Concilio de Calcedonia, en el año 451, que Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre: una sola Persona divina en dos naturalezas, humana y divina, sin confusión ni separación. Esta verdad de fe era esencial para custodiar el corazón mismo del Evangelio. Sin embargo, diversos grupos y poderes políticos intentaban suavizar, manipular o reinterpretar la doctrina católica con el fin de lograr acuerdos aparentes, muchas veces a costa de la verdad.

En Oriente, el emperador Justino I apoyaba la fe católica y la doctrina de Calcedonia. En Occidente, en cambio, Roma se encontraba bajo el dominio de Teodorico el Grande, rey de los ostrogodos, quien profesaba el arrianismo. Aunque durante algún tiempo Teodorico había tolerado la presencia católica, se indignó cuando el emperador Justino tomó medidas contra los arrianos en Oriente. Temiendo represalias contra los suyos, obligó al papa Juan I a viajar a Constantinopla para interceder ante el emperador y conseguir una reversión de aquellas medidas.

El Papa aceptó el viaje, no por comodidad ni por conveniencia política, sino por obediencia a las circunstancias y por amor a la Iglesia. Al llegar a Constantinopla, fue recibido con grandes honores por el emperador. La tradición recuerda incluso que Justino salió a su encuentro y se inclinó ante él como signo de veneración hacia el sucesor de Pedro.

San Juan I pudo haber buscado una solución diplomática, pudo haber cedido ante la presión, pudo haber diluido la verdad en nombre de una paz aparente. Pero no lo hizo. Aunque era hombre de diálogo, no estaba dispuesto a sacrificar la fe de la Iglesia. Comprendía que la verdadera unidad nunca puede construirse sobre la renuncia a la verdad revelada.

Cuando Teodorico supo que el Papa no había cumplido sus exigencias, se llenó de ira. Primero mandó encarcelar y ejecutar a Boecio, uno de los grandes pensadores cristianos de la época y amigo cercano del Papa. Luego, al regreso de Juan I a Italia, lo hizo arrestar junto con otros obispos y senadores, y lo encerró en una prisión de Rávena. Allí, debilitado por la edad, el cansancio del viaje y las duras condiciones del cautiverio, murió en el año 526.

Aunque no fue ejecutado directamente con espada o tormento visible, la Iglesia lo veneró como mártir, porque murió a causa de su fidelidad a la fe y de su negativa a someter la verdad de Cristo a los intereses del poder.

La vida de San Juan I nos recuerda que no toda paz es verdadera paz. Hay una falsa paz que se compra al precio del silencio, de la cobardía o de la renuncia a los principios. Hay una falsa unidad que pide callar la verdad para evitar conflictos. Hay una falsa tolerancia que no busca amar al otro, sino vaciar la fe de su contenido.

Pero el Evangelio nos enseña otra cosa. La caridad cristiana nunca es enemiga de la verdad. Al contrario, solo la verdad vivida con amor puede conducir a una auténtica comunión.

San Juan I nos invita a preguntarnos: ¿en qué momentos me siento tentado a rebajar mi fe para quedar bien? ¿Cuándo prefiero callar por miedo al rechazo? ¿Estoy dispuesto a vivir mi fe con respeto, humildad y caridad, pero también con firmeza?

Hoy el mundo sigue ofreciendo muchas formas de falsa unidad. A veces se nos pide dejar de hablar de Dios, de la dignidad de la vida humana, de la moral cristiana, de la familia, del pecado, de la conversión o de la vida eterna, como si esos temas fueran obstáculos para convivir. Pero el cristiano no está llamado a imponer, sino a testimoniar. Y testimoniar significa vivir de tal manera que la verdad de Cristo se haga visible en nuestras palabras, decisiones y actitudes.

San Juan I no fue un hombre violento ni fanático. Fue un pastor fiel. No buscó el conflicto, pero tampoco traicionó la fe. Su martirio silencioso nos enseña que la fidelidad muchas veces no se expresa en grandes discursos, sino en la perseverancia humilde de quien no vende su conciencia.

Al honrar hoy su memoria, pidamos al Señor la gracia de ser cristianos firmes y serenos: fieles a la verdad, libres ante el poder, caritativos con todos, pero nunca indiferentes ante la fe que hemos recibido.


Oración

Papa San Juan I,
pastor fiel de la Iglesia y mártir de Cristo,
tú preferiste sufrir antes que traicionar la verdad del Evangelio.

Intercede por nosotros,
para que no cedamos ante la tentación de una paz falsa,
de una unidad sin verdad
o de una fe debilitada por el miedo.

Ayúdanos a vivir con valentía, humildad y caridad.
Que sepamos defender la fe sin arrogancia,
dialogar sin confundirnos,
amar sin renunciar a Cristo
y permanecer firmes aun cuando el mundo nos presione.

Que tu ejemplo fortalezca a la Iglesia,
anime a sus pastores
y despierte en todos los fieles
un amor más profundo por la verdad que salva.

San Juan I, Papa y Mártir,
ruega por nosotros.

Jesús, en Ti confío.

Mario Benedetti: la palabra como tregua, conciencia y memoria

 


 Hoy, 17 de mayo, la memoria literaria latinoamericana vuelve a detenerse ante el nombre de Mario Benedetti, fallecido en Montevideo el 17 de mayo de 2009, a los 88 años. Poeta, narrador, dramaturgo, ensayista, periodista y crítico, Benedetti pertenece a esa clase de escritores que no entran primero por la solemnidad académica, sino por una puerta más íntima: la voz de un profesor, el comentario en una clase de literatura, una adaptación televisiva, un verso repetido por alguien enamorado, triste o esperanzado.

El Instituto Cervantes lo presenta como poeta, novelista, dramaturgo, cuentista y crítico uruguayo de la Generación del 45, y subraya que su “literatura ciudadana” fue su modo de comunicarse con los lectores. 

(Instituto Cervantes)

 

Algo parecido a lo que me ocurrió con el mexicano Juan Rulfo me sucedió también con Benedetti. Antes de leerlo con calma, antes de saborear su poesía o de entender su lugar en la literatura latinoamericana, su nombre ya me rondaba desde las clases de Español y Literatura del colegio. Allí, entre autores que uno escuchaba mencionar con respeto casi sagrado, apareció el nombre de aquel uruguayo de bigote sereno y mirada melancólica.

Más tarde, en Colombia, su mundo me llegó también por la televisión, gracias a La tregua, novela suya publicada en 1960 y adaptada por RTI Televisión en 1980; el archivo del Instituto de Artes del Espectáculo registra esa versión televisiva colombiana, con guiones de 32 capítulos y adaptación de Juan Carlos Gené.

(Instituto de Artes del Espectáculo)

Para muchos de mi generación, Benedetti fue primero una resonancia: un nombre que sonaba a literatura seria, a sensibilidad urbana, a amor herido, a nostalgia, a exilio y a compromiso. Después vino el descubrimiento de que aquel narrador de La tregua era también un poeta leído con verdadero deleite por jóvenes que encontraban en sus versos una forma sencilla, directa y profunda de decir lo que a veces no sabían expresar: el amor, la ausencia, la esperanza, la derrota, el cansancio de vivir, la alegría de resistir.

Benedetti nació en Paso de los Toros, Uruguay, el 14 de septiembre de 1920. Su vida no fue la de un escritor encerrado desde el comienzo en una torre de marfil. Trabajó en distintos oficios, fue periodista, crítico de cine y teatro, colaborador del semanario Marcha, y poco a poco construyó una obra enorme, cercana a los lectores comunes.

Con Poemas de la oficina impactó la poesía uruguaya, y con La tregua alcanzó una proyección internacional que lo convirtió en uno de los nombres mayores de las letras hispanoamericanas del siglo XX. (Instituto Cervantes)

Su obra tiene algo muy particular: Benedetti convirtió la vida cotidiana en materia literaria. La oficina, el café, la calle, el amor tardío, el empleado público, el hombre cansado, la mujer que espera, el país herido por la dictadura, el exiliado que no termina de pertenecer a ninguna parte: todo eso aparece en su literatura. No escribió solo para especialistas, sino para lectores de carne y hueso. Por eso sus poemas viajaron tanto. Por eso pudieron ser musicalizados por artistas como Joan Manuel Serrat, Daniel Viglietti y Nacha Guevara, entre otros. (Instituto Cervantes)

Pero hay una pregunta que siempre resulta interesante cuando uno se aproxima a un autor desde una sensibilidad creyente: ¿creía Mario Benedetti en Dios? ¿Cuál fue su relación con la fe, con la Iglesia, con la espiritualidad?

La respuesta debe darse con honestidad. Benedetti no fue un escritor católico en sentido confesional ni parece haber tenido una profesión religiosa cristiana practicante.

En una entrevista de 2003, la agencia EFE lo presentó claramente como ateo, y allí aparece una frase que resume muy bien su postura ética: “La conciencia es la única religión”. (EFE Servicios)

Otras lecturas lo describen como agnóstico, pero en cualquier caso no se le puede presentar como creyente en el sentido tradicional de la palabra. (Vida Nueva)

Sin embargo, decir simplemente “Benedetti era ateo” puede resultar demasiado pobre. En su obra, Dios no está totalmente ausente. Está como pregunta, como herida, como nostalgia, como reclamo, como ironía, como deseo de una justicia que el mundo no ofrece del todo. Hay poetas que creen rezando; otros, tal vez, discuten con Dios aun cuando dicen no creer. Benedetti pertenece a esa región compleja donde la incredulidad no equivale a indiferencia. Su poema Ausencia de Dios, por ejemplo, ha sido leído como una expresión de pérdida, de vacío espiritual, de memoria de una fe que ya no sostiene, pero cuya ausencia todavía duele.

Vida Nueva ha señalado justamente que, aunque Benedetti se declarara agnóstico, muchas de sus creaciones entraron de lleno en el ámbito espiritual.

(Vida Nueva)

Su relación con la catolicidad fue, por tanto, crítica y distante. No parece haber sido un enemigo vulgar de la religión, sino un hombre profundamente ético que desconfiaba de una fe desencarnada, de una religión incapaz de comprometerse con el sufrimiento real, de una idea de Dios que no pasara por la justicia, el amor concreto y la dignidad humana. En algunos poemas, Benedetti cuestiona al creyente, interroga la imagen de Dios, sospecha de las respuestas fáciles y enfrenta el dolor de un mundo donde existen torturas, injusticias, exilios y soledades. Esa crítica no debe ser leída solo como agresión a la fe, sino también como una provocación moral: ¿qué valor tiene creer en Dios si esa fe no nos vuelve más humanos, más compasivos, más responsables del prójimo?

Desde una mirada cristiana, uno puede no compartir su ateísmo o su agnosticismo, pero sí reconocer en Benedetti una búsqueda de humanidad. Su “religión de la conciencia” no alcanza, para el creyente, la plenitud de la fe; pero puede verse como un reclamo contra toda religión vacía de misericordia. En ese sentido, Benedetti recuerda una verdad evangélica incómoda: no basta decir “Señor, Señor”; hay que amar, perdonar, servir, liberar, acompañar, hacer justicia.

La espiritualidad de Benedetti no fue litúrgica ni dogmática. Fue una espiritualidad de la ternura, de la memoria, del amor fiel, de la solidaridad, de la resistencia ante la muerte y la injusticia. Su poesía tiene una dimensión casi pastoral en el sentido humano de la palabra: consuela sin predicar, acompaña sin imponer, pone palabras donde muchos solo tienen nudos en la garganta. Por eso lo leyeron y lo siguen leyendo tantos jóvenes. Porque Benedetti no hablaba desde la grandilocuencia, sino desde una cercanía casi doméstica.

También fue un escritor marcado por el compromiso político y por el exilio. Tras el golpe de Estado de 1973 en Uruguay, abandonó su país y vivió en distintos lugares, entre ellos Argentina, Perú, Cuba y España. Ese exilio alimentó una parte esencial de su obra y reforzó su imagen de escritor comprometido con la democracia, la memoria y los derechos humanos.

Al regresar la democracia, volvió a Uruguay y acompañó acciones de la sociedad uruguaya por el esclarecimiento de los crímenes de la dictadura. (Fundación Mario Benedetti)

En sus últimos años, Benedetti fue acumulando homenajes, premios y reconocimientos, pero también pérdidas. En 2006 enviudó de Luz López Alegre, su esposa durante 60 años, y decidió vivir todo el año en Uruguay.

La Fundación Mario Benedetti registra que donó miles de libros de su biblioteca madrileña al Centro de Estudios Iberoamericanos Mario Benedetti de la Universidad de Alicante. (Fundación Mario Benedetti) Esa imagen conmueve: el escritor que va cerrando etapas, que vuelve a su tierra, que entrega libros como quien entrega pedazos de vida.

Su salud se deterioró en los años finales. Reuters informó que había sido internado a finales de abril de 2009 por una enfermedad intestinal crónica, fue dado de alta el 6 de mayo y murió el 17 de mayo en su casa de Montevideo. También señaló que padecía problemas intestinales y respiratorios, y que su asma crónica condicionaba sus viajes y estancias entre Uruguay y España. (Reuters)

La Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes recuerda que el gobierno uruguayo decretó duelo nacional, que fue velado con honores en el Salón de los Pasos Perdidos del Palacio Legislativo y que, junto a las flores, los lectores dejaron bolígrafos como tributo al escritor. (Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes)

Ese detalle de los bolígrafos es profundamente simbólico. A Benedetti no se le despidió solo como a una celebridad, sino como a alguien que había enseñado a escribir, a sentir, a resistir, a nombrar la vida. Las flores se marchitan; los bolígrafos sugieren que la palabra continúa.

¿Qué influencia deja Mario Benedetti en la literatura latinoamericana?

Una influencia enorme, aunque no exenta de discusiones críticas. Algunos lo han considerado demasiado sencillo, demasiado sentimental o demasiado popular. Pero esa supuesta sencillez fue precisamente una de sus fuerzas. Benedetti hizo que la poesía saliera del pedestal y entrara en la conversación cotidiana. Acercó la literatura a lectores que tal vez no habrían llegado a ella por caminos más académicos. Dio dignidad literaria a la oficina, a la rutina, al amor maduro, a la tristeza común, a la esperanza posible.

Benedetti dejó una literatura de la cercanía. No fue hermético; fue transparente. No buscó deslumbrar con oscuridades, sino acompañar con claridad. Su obra sigue viva porque toca fibras muy humanas: el amor que llega tarde, la muerte que interrumpe, la patria que duele, el exilio que divide, la memoria que salva, la conciencia que reclama, la alegría que se defiende aun en medio del desencanto.

Desde mi sensibilidad de lector creyente, puedo decir que Benedetti no fue un poeta de la fe, pero sí un poeta de las preguntas que la fe no puede ignorar. No fue un cantor de Dios, pero sí un testigo de esa sed humana que, aun cuando se declara sin Dios, sigue buscando justicia, ternura, compañía y sentido. Quizás por eso sus versos siguen regresando: porque en ellos el ser humano aparece pobre y grande al mismo tiempo, frágil y digno, herido y esperanzado.

Hoy, al recordar su muerte, no celebramos simplemente una fecha literaria. Recordamos a un hombre que convirtió la palabra en refugio, denuncia y compañía. A un escritor que hizo de la poesía una forma de conversación con la vida. A un autor que, desde su conciencia laica, nos obliga también a los creyentes a preguntarnos si nuestra fe está verdaderamente encarnada en amor, justicia y misericordia.

Mario Benedetti murió un 17 de mayo, pero su palabra sigue concediéndonos treguas: treguas contra el olvido, contra la indiferencia, contra la desesperanza. Y en tiempos donde tantas voces gritan sin escuchar, Benedetti permanece como una voz baja, cercana y persistente, recordándonos que la literatura también puede ser una forma de humanidad compartida.

 

19 de mayo del 2026: martes de la séptima semana de Pascua

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