Testigo de la fe:
San Pedro Crisólogo
Hacia 380–hacia 451.
«Hombre, ¿por qué buscas saber cómo fuiste hecho y no
buscas para qué fuiste hecho?», preguntaba este obispo de Rávena, apodado
«Crisólogo», es decir, «Palabra de oro», por la elocuencia y profundidad de su
predicación.
La
liturgia de este día nos ayuda a responder a esa pregunta. Mediante la imagen
del alfarero, el profeta Jeremías nos recuerda que somos como barro en las
manos de Dios: incluso cuando nuestra vida parece haber perdido su forma, el
Señor no nos rechaza, sino que puede retomarnos, moldearnos y hacer de nosotros
una obra nueva. El salmo nos invita, por tanto, a no poner nuestra confianza en
los poderosos de este mundo, sino en el Señor, Creador fiel, que permanece como
nuestra única esperanza.
En
el Evangelio, Jesús compara el Reino de los cielos con una red que recoge toda
clase de peces. Llegará un día en que el bien será separado del mal. Esta
palabra no pretende asustarnos, sino llamarnos a la conversión: dejémonos
modelar hoy por Dios, para que nuestra vida responda a la finalidad para la
cual fuimos creados. San Pedro Crisólogo nos recuerda así que el ser humano
solo descubre plenamente quién es cuando se vuelve hacia su Creador y acoge su
llamada a la santidad.
Tomarse el tiempo
(Jr 18,1-6 / Sal 146(145),1b-2.3-4.5-6 (R. 5a) /
Mt 13,47-53) Después de la pesca, es
necesario sacar la red hasta la orilla, sentarse y recoger en canastos los
peces buenos. ¿Respetamos cada una de estas etapas o queremos siempre ir
demasiado rápido, juzgar demasiado rápido y decidir demasiado rápido?
En
la primera lectura, Dios invita a Jeremías a bajar al taller del alfarero. Este
trabaja el barro con paciencia y, cuando la vasija se estropea, no la desecha:
vuelve a comenzar y le da una forma nueva. Así actúa el Señor con nosotros. Se
toma el tiempo de retomarnos, corregirnos y modelarnos según su designio.
El
salmo nos recuerda que nuestra confianza no debe apoyarse en los poderosos,
sino en Dios, nuestro Creador, que permanece fiel y cuida la vida de sus hijos.
En
el Evangelio, Jesús compara el Reino con una red que recoge peces de toda
clase. La selección solo se realiza cuando la red ha sido llevada hasta la
orilla. Por eso, no estamos llamados a condenar precipitadamente, sino a vivir
en la paciencia, la conversión y la fidelidad. Solo Dios conoce plenamente los
corazones. Dejémosle tiempo para moldearnos y aprendamos también nosotros a
tomarnos el tiempo necesario para discernir, perdonar y hacer crecer el bien.
G.Q
Primera lectura
Jer
18, 1-6
Lo
mismo que está el barro en manos del alfarero, así están ustedes en mi mano
Lectura del libro de Jeremías.
PALABRA que el Señor dirigió a Jeremías:
«Anda, baja al taller del alfarero, que allí te comunicaré mi palabra».
Bajé al taller del alfarero, que en aquel momento estaba trabajando en el
torno. Cuando le salía mal una vasija de barro que estaba torneando (como suele
ocurrir al alfarero que trabaja con barro), volvía a hacer otra vasija, tal
como a él le parecía.
Entonces el Señor me dirigió la palabra en estos términos:
«¿No puedo yo tratarlos como este alfarero, casa de Israel?
—oráculo del Señor—.
Pues lo mismo que está el barro en manos del alfarero, así están ustedes en mi
mano, casa de Israel».
Palabra de Dios.
Salmo
Sal
145, 1b-2. 3-4. 5-6ab (R.: 5a)
R. Dichoso a
quien auxilia el Dios de Jacob.
O
bien:
R. Aleluya.
V. Alaba, alma mía, al
Señor:
alabaré al Señor mientras viva,
tañeré para mi Dios mientras exista. R.
V. No confíen en los
príncipes,
seres de polvo que no pueden salvar;
exhalan el espíritu y vuelven al polvo,
ese día perecen sus planes. R.
V. Dichoso a quien
auxilia el Dios de Jacob,
el que espera en el Señor, su Dios,
que hizo el cielo y la tierra,
el mar y cuanto hay en él. R.
Aclamación
R. Aleluya,
aleluya, aleluya.
V. Abre, Señor, nuestro
corazón,
para que aceptemos las palabras de tu Hijo. R.
Evangelio
Mt
13, 47-53
Reúnen
los buenos en cestos y los malos los tiran
Lectura del santo Evangelio según san Mateo.
EN aquel tiempo, dijo Jesús al gentío:
«El reino de los cielos se parece también a la red que echan en el mar y recoge
toda clase de peces: cuando está llena, la arrastran a la orilla, se sientan y
reúnen los buenos en cestos y los malos los tiran.
Lo mismo sucederá al final de los tiempos: saldrán los ángeles, separarán a los
malos de los buenos y los echarán al horno de fuego. Allí será el llanto y el
rechinar de dientes.
¿Han entendido todo esto?».
Ellos le responden:
«Sí».
Él les dijo:
«Pues bien, un escriba que se ha hecho discípulo del reino de los cielos es
como un padre de familia que va sacando de su tesoro lo nuevo y lo antiguo».
Cuando Jesús acabó estas parábolas, partió de allí.
Palabra del Señor.
1
Queridos
hermanos:
La
Palabra de Dios de hoy nos invita a aprender a tomarnos el tiempo necesario: tiempo para
dejarnos transformar por Dios, tiempo para discernir, tiempo para evangelizar y
tiempo para acompañar con paciencia las vocaciones que el Señor sigue sembrando
en su Iglesia.
En
la primera lectura, el profeta Jeremías baja al taller del alfarero. Allí
contempla cómo el artesano trabaja el barro entre sus manos. Cuando la vasija
no sale bien, no la arroja ni abandona la obra. Vuelve a comenzar y modela con
la misma arcilla un recipiente nuevo.
Esta
imagen revela la paciencia y la misericordia de Dios. Nosotros somos el barro y
el Señor es el alfarero. A veces nuestra vida se deforma por el pecado, las
decisiones equivocadas, el cansancio, las heridas o la falta de fe. Pero Dios
no nos desecha. Nos toma nuevamente entre sus manos, nos corrige, nos purifica
y puede hacer de nosotros una obra nueva.
También
la Iglesia está siempre en las manos de ese divino Alfarero. Ella necesita
dejarse renovar constantemente para cumplir su misión. La evangelización no es
únicamente fruto de planes, estrategias o capacidades humanas. Es obra de Dios,
realizada a través de personas que permiten que el Señor las moldee.
Por
eso hoy oramos por la obra evangelizadora de la Iglesia. Pedimos que nuestras
comunidades no se cansen de anunciar el Evangelio, de visitar a los enfermos,
de acompañar a los jóvenes, de enseñar la fe, de consolar a quienes sufren y de
buscar a quienes se han alejado.
El
salmo nos recuerda: «Dichoso a quien auxilia el Dios de Jacob, el que espera en
el Señor, su Dios». Nuestra esperanza no puede descansar solamente en las
fuerzas humanas ni en los poderosos de este mundo. La misión de la Iglesia se
sostiene en la fidelidad del Señor, que creó el cielo y la tierra, guarda
fidelidad perpetuamente y levanta a los abatidos.
Cuando
faltan fuerzas, recursos o personas, podríamos sentirnos desanimados. Sin
embargo, la evangelización no depende únicamente de nosotros. Es Dios quien
abre caminos, toca los corazones y hace fecunda la semilla de su Palabra.
En
el Evangelio, Jesús compara el Reino de los cielos con una red que se echa al
mar y recoge peces de todas clases. Después, los pescadores llevan la red a la
orilla, se sientan y separan los peces buenos de los que no sirven.
Hay
aquí un detalle muy hermoso: los pescadores se sientan. No realizan la selección con
precipitación. Se toman el tiempo necesario. Jesús nos recuerda así que el
juicio definitivo corresponde a Dios. Nosotros no hemos sido enviados a
condenar apresuradamente a las personas, sino a echar la red del Evangelio.
La
Iglesia es esa red abierta que debe alcanzar a todos: buenos y pecadores,
creyentes y alejados, fuertes y débiles, jóvenes y ancianos. Evangelizar
significa salir al mar de la vida y ofrecer a todos la posibilidad de
encontrarse con Cristo.
A
veces podemos caer en la tentación de seleccionar antes de tiempo, de decidir
quién merece acercarse a Dios y quién no. Pero la misión de la Iglesia no
consiste en cerrar la red, sino en hacerla cada vez más amplia, acogedora y
misionera. Será Dios quien, al final, juzgue con verdad y misericordia.
Hoy
celebramos la memoria de san
Pedro Crisólogo, obispo y doctor de la Iglesia, conocido como
«el hombre de la palabra de oro». Su predicación fue sencilla, profunda y capaz
de llevar el Evangelio al corazón de las personas. Él decía: «Hombre, ¿por qué
buscas cómo fuiste hecho y no buscas para qué fuiste hecho?».
Esta
pregunta tiene un profundo sentido vocacional. No basta con preguntarnos de
dónde venimos o qué capacidades poseemos. Debemos preguntarnos: «Señor, ¿para qué
me has creado? ¿Qué esperas de mí? ¿Cuál es mi lugar en tu Iglesia?».
Toda
vocación comienza cuando una persona se deja tomar y modelar por Dios. El
sacerdote, el religioso, la religiosa, el misionero, el catequista, los esposos
cristianos y cada bautizado son barro en las manos del Alfarero. Nadie nace
terminado. Dios nos forma lentamente mediante la oración, la Palabra, los
sacramentos, las pruebas y el servicio cotidiano.
Por
eso hoy pedimos especialmente por las vocaciones sacerdotales y religiosas.
Rogamos al Señor que llame a muchos jóvenes y que les conceda valentía para
responder. Pero también pedimos que nuestras familias y comunidades sepan
acompañarlos con paciencia, sin imponer, sin presionar y sin apagar la voz de
Dios.
Una
vocación necesita tiempo para crecer, como el barro necesita tiempo para
adquirir forma y como la red necesita tiempo para llegar a la orilla. Debemos
sembrar, acompañar, escuchar y confiar en la obra silenciosa del Señor.
Pidamos
en esta Eucaristía que san Pedro Crisólogo interceda por todos los
evangelizadores. Que nuestras palabras no sean vacías, sino palabras nacidas de
la oración, de la verdad y del amor. Que el Señor haga de nosotros instrumentos
dóciles en sus manos.
Dejémonos
modelar por Dios. No juzguemos precipitadamente. Echemos con esperanza la red
del Evangelio. Y pidamos al dueño de la mies que envíe trabajadores a su mies,
para que todos puedan conocer, amar y seguir a Jesucristo. Amén.
2
Vivir en el Reino
Queridos
hermanos:
Jesús
dijo a sus discípulos: «El Reino de los cielos se parece a una red que se echa
al mar y recoge peces de toda clase. Cuando está llena, la arrastran hasta la
orilla, se sientan y reúnen los buenos en canastos, mientras que los malos los
tiran» (Mt 13,47-48).
El
Evangelio de hoy concluye una serie de parábolas sobre el Reino de los cielos y
nos ofrece una profunda meditación sobre el juicio final, la llamada al
discipulado y la armoniosa relación entre el Antiguo y el Nuevo Testamento para
llegar al conocimiento de la Verdad divina.
Después
de terminar estas parábolas, Jesús se vuelve hacia sus oyentes y les dirige una
pregunta decisiva: «¿Han entendido todo esto?». Ellos le responden: «Sí».
Esa
misma pregunta se dirige hoy a cada uno de nosotros: «¿Han entendido todo esto?»
¿Comprendemos realmente el sentido de las parábolas de Jesús? ¿Alcanzamos a
descubrir las verdades gloriosas del Reino de los cielos? Y, más importante
todavía, ¿permitimos que esas verdades modelen nuestra manera de vivir cada
día?
En
la vida de la gracia, comprender no se reduce a una captación intelectual.
Significa recibir una luz interior, concedida por el Espíritu Santo, que
penetra el alma y la capacita para acoger y vivir las verdades reveladas por
Dios. No se trata únicamente de aprender algo en un libro o en una clase, sino
de dejarnos transformar por aquello que conocemos.
La
primera lectura nos presenta precisamente esta acción transformadora de Dios.
El profeta Jeremías desciende al taller del alfarero y contempla cómo este
trabaja el barro entre sus manos. Cuando la vasija se estropea, el alfarero no
arroja la arcilla, sino que vuelve a modelarla y hace con ella otra vasija
según le parece mejor.
Así
actúa el Señor con nosotros. Somos barro en sus manos. Nuestra vida puede
deformarse por el pecado, las malas decisiones, las heridas, el cansancio o la
dureza del corazón. Pero Dios no nos abandona. Nos toma de nuevo, nos corrige,
nos purifica y nos da una forma nueva.
Comprender
el Reino significa, por tanto, dejarnos modelar por Dios. No basta con escuchar
su Palabra; es necesario permitir que ella cambie nuestros pensamientos,
nuestros deseos, nuestras decisiones y nuestras acciones.
El
don espiritual de entendimiento, uno de los siete dones del Espíritu Santo,
capacita al alma para percibir el sentido más profundo de las verdades divinas.
Es una gracia por la cual Dios mismo se convierte en nuestro Maestro,
desvelando misterios ocultos a los sabios de este mundo y revelándolos a los
humildes de corazón.
Este
don no se nos concede para sentirnos superiores, sino para nuestra
santificación: para que aquello que comprendemos interiormente pueda ser vivido
exteriormente, transformando toda nuestra existencia conforme a la voluntad de
Dios.
El
salmo nos recuerda dónde debemos colocar nuestra confianza: «Dichoso a quien
auxilia el Dios de Jacob, el que espera en el Señor, su Dios». No debemos
apoyar nuestra vida únicamente en la inteligencia humana, en nuestras propias
capacidades o en los poderosos de este mundo. Nuestra esperanza está en el
Señor, creador del cielo y de la tierra, que mantiene su fidelidad
perpetuamente.
Solo
cuando confiamos humildemente en Dios comenzamos a entender verdaderamente. La
fe no elimina todas las preguntas, pero nos permite contemplar la vida desde
una luz nueva. Nos enseña que no estamos abandonados, que nuestra historia está
en manos del Alfarero y que incluso nuestras pruebas pueden convertirse en
caminos de transformación.
Después
de conducir a sus discípulos hacia esta comprensión más profunda, Jesús
concluye: «Todo escriba que se ha hecho discípulo del Reino de los cielos se
parece al dueño de una casa que saca de su tesoro cosas nuevas y antiguas» (Mt
13,52).
En
otras palabras, quienes han sido verdaderamente formados en los misterios del
Reino, quienes comprenden no solo con la mente sino también con un corazón
conformado a la Verdad divina, se convierten en administradores de la Palabra
de Dios y ciudadanos de su Reino.
Son
capaces de extraer tesoros nuevos y antiguos: la antigua sabiduría de la Ley y
los Profetas, y la vida nueva de la gracia revelada en Cristo. El discípulo
cristiano interpreta lo antiguo a la luz de lo nuevo, contempla cómo las
promesas de la antigua alianza se cumplen en Jesús y aplica toda la Sagrada
Escritura a su vida diaria para alimentar también a los demás.
Ese
discípulo se convierte en el dueño de una casa al que se le han confiado
riquezas espirituales para compartir. Su propia vida demuestra que la verdadera
comprensión siempre produce el fruto de una conducta fiel.
La
parábola de la red nos recuerda, además, que el Reino acoge peces de toda
clase. La red se lanza al mar y recoge a todos. Sin embargo, llegará el momento
del discernimiento definitivo. Al final de los tiempos, Dios separará el bien
del mal.
Esta
palabra no pretende llenarnos de temor, sino despertarnos a la responsabilidad.
Mientras vivimos, todavía estamos en las manos del Alfarero. Todavía podemos
dejarnos transformar. Todavía podemos volver al Señor, convertirnos y permitir
que su gracia nos haga nuevos.
Comprender
el Evangelio significa saber que nuestras decisiones tienen un peso eterno. No
podemos declararnos ciudadanos del Reino mientras vivimos voluntariamente
alejados de sus valores. El Reino debe hacerse visible en nuestra misericordia,
en nuestra justicia, en nuestra fidelidad, en nuestra oración y en nuestra
forma de tratar a los demás.
Todo
esto puede parecernos complicado, y ciertamente lo será si dependemos
únicamente de nuestro propio esfuerzo. Ese camino termina en frustración. Pero
cuando nos humillamos y abrimos la mente y el corazón al Espíritu Santo, los
misterios de Dios no solo comienzan a tener sentido, sino que se convierten en
fuente de alegría, fortaleza y propósito.
Entonces
comprendemos que hemos sido creados para algo más grande que nosotros mismos.
Hemos sido hechos para conocer a Dios, amarlo, servirlo y vivir eternamente en
su Reino.
Hoy
Jesús nos dirige nuevamente su sencilla y profunda pregunta: «¿Han entendido
todo esto?».
¿Tiene
sentido nuestra vida a la luz de la fe? ¿Surgen preguntas o dudas? ¿Las pruebas
y las cargas pesan sobre nuestra alma? ¿O hemos permitido que Dios nos hable,
nos revele el sentido de nuestra existencia, nos fortalezca en el camino y nos
introduzca cada vez más profundamente en el misterio glorioso de su Reino?
Pidamos al Señor que nos conceda todo lo necesario para
poder decirle con sinceridad y humildad: «Sí, Señor, comprendo; creo y elijo
vivir como Tú me llamas a vivir».
No hay nada más grande en la vida que esto: dejarnos
modelar por Dios, comprender su Palabra y vivir como verdaderos ciudadanos de
su Reino. Amén.
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30 de julio: San Pedro Crisólogo, Obispo y Doctor de la Iglesia — Memoria opcional
c. 380 o 406 – c. 450
Patrono de Imola, Italia
Invocado contra las fiebres y los perros rabiosos
Proclamado Doctor de la Iglesia por el Papa Benedicto XIII en 1729
Cita:
“Te exhortamos en todo, honorable hermano, a obedecer lo que ha sido escrito por el santísimo papa de la ciudad de Roma, porque el bienaventurado Pedro, que vive y preside en su propia sede, proporciona la verdad de la fe a quienes la buscan. Pues nosotros, por amor a la paz y la fe, no podemos juzgar cuestiones de fe sin el consentimiento del obispo de Roma.”
~San Pedro Crisólogo, Carta a Eutiques
Reflexión:
San Pedro Crisólogo nació en Imola, en la actual Italia, durante un período de gran agitación en la Iglesia y en el Imperio Romano. En el año 410, cuando Pedro tenía aproximadamente cuatro años, Roma fue saqueada por los visigodos, lo que dio paso a una época de corrupción política y dificultades económicas. También fue una era marcada por emperadores romanos de breve y débil mandato, lo que agudizó la inestabilidad general.
A nivel eclesial, el arrianismo y otras herejías provocaban divisiones profundas, especialmente entre Oriente y Occidente. Pedro fue testigo del surgimiento de nuevas herejías y se convirtió en un ardiente defensor de la fe de la Iglesia. No existen datos fiables sobre su juventud, ni siquiera sobre su fecha exacta de nacimiento, que varía entre los años 380 y 406.
En Imola, Pedro desarrolló una estrecha relación con el obispo local, Cornelio, quien se cree que lo bautizó, educó y ordenó como archidiácono para la diócesis de Imola. Pedro consideraba a Cornelio como su padre espiritual y elogiaba su virtud manifiesta.
Hacia el año 433, al fallecer el obispo de Rávena, el clero y el pueblo de esa diócesis buscaron un nuevo pastor. Solicitaron al obispo Cornelio que fuera a Roma para obtener el consentimiento del Papa Sixto III sobre el candidato elegido por ellos. Según la tradición, Cornelio llevó consigo al archidiácono Pedro. La noche antes de reunirse con el papa, este tuvo una visión en la que vio a san Pedro Apóstol y a san Apolinar, el primer obispo de Rávena, con el archidiácono Pedro de pie junto a Apolinar. Al día siguiente, al ver a Pedro junto a Cornelio, el papa lo eligió como nuevo obispo de Rávena.
Rávena, en ese entonces capital del Imperio Romano de Occidente, permitió al nuevo obispo entrar en contacto con el emperador. Tras su ordenación episcopal, Pedro fue admirado por su predicación y su estilo de vida santo y penitente. También se ganó el aprecio del emperador cristiano Valentiniano III y de su piadosa madre, Gala Placidia. Es posible que haya sido ella quien le otorgó el sobrenombre “Crisólogo”, que significa “boca de oro”, en referencia a su poderoso estilo de predicación.
Pedro Crisólogo pronunció sermones singulares, de los cuales se conservan aproximadamente 176. Eran breves, con fundamento en las Escrituras, y a menudo centrados en la Persona de Cristo y las consecuencias de su Encarnación. Su enfoque era eminentemente evangélico: buscaba tocar corazones y mover voluntades, más que elaborar tratados teológicos. Gala, activamente comprometida en obras de caridad y en la construcción de iglesias, colaboró con él en la edificación de varios templos en Rávena.
Durante ese período, la Iglesia enfrentaba nuevas controversias sobre la naturaleza de Cristo. Surgió la herejía conocida como monofisismo. Eutiques, un monje de Constantinopla, enseñaba que, tras la Encarnación, la naturaleza humana de Cristo fue absorbida por su naturaleza divina, resultando en una sola naturaleza divina. Aunque distinta del arrianismo —que negaba la divinidad de Cristo—, esta herejía igualmente contradecía la doctrina ortodoxa definida en el Concilio de Nicea (325), que afirmaba las dos naturalezas de Cristo, divina y humana, unidas perfectamente en una sola Persona.
Cuando Eutiques buscó apoyo para su postura herética, Pedro le escribió una carta firme pero compasiva, exhortándolo a someterse a la autoridad del papa. Aunque la carta se ha perdido, parte de su contenido fue conservado en las Actas del Concilio de Calcedonia.
San Pedro Crisólogo comprendía profundamente la importancia de la precisión doctrinal. Reconocía que Jesucristo era el Hijo de Dios, plenamente divino, consustancial con el Padre y el Espíritu Santo. Al mismo tiempo, afirmaba que el Hijo eterno asumió la naturaleza humana, uniendo en sí mismo la divinidad y la humanidad para redimir al hombre. Por tanto, Jesús era verdadero Dios y verdadero hombre, uniendo en su Persona ambas naturalezas para ofrecer la salvación.
Como obispo de Rávena, Pedro defendió con vigor la fe pura contra el monofisismo y presentó a Cristo Salvador a través de sus homilías breves, profundas y bien articuladas. Aunque murió antes de que la Iglesia condenara oficialmente el monofisismo en el Concilio de Calcedonia (451), sus cartas, sermones e influencia prepararon el camino para que otros siguieran la doctrina verdadera.
Durante sus aproximadamente 27 años como obispo, promovió intensamente las prácticas religiosas como la comunión diaria, el ayuno, la limosna, la penitencia cuaresmal y la piedad personal, con un constante enfoque en la salvación de las almas.
No fue sino hasta 1729 cuando el papa Benedicto XIII lo declaró Doctor de la Iglesia. Este reconocimiento subraya el valor duradero de sus enseñanzas. Aunque vivió hace más de 1500 años, su doctrina sobre Cristo sigue siendo relevante, clara y profunda. Sus palabras todavía resuenan en documentos oficiales de la Iglesia, en el Oficio de Lecturas y en la lectura espiritual.
Al honrar hoy a este obispo del siglo V, recordamos que la verdad es eterna. Ya venga del Antiguo Testamento, del Nuevo, de los Padres de la Iglesia o de un obispo del siglo V, cuando se proclama la verdad, es válida para todas las épocas. Reflexionemos sobre la clara comprensión de la naturaleza de Cristo que San Pedro Crisólogo defendió y enseñó con pasión. Demos gracias por los grandes santos que allanaron el camino de la fe, construyendo la base de verdad sobre la cual hoy nosotros caminamos.
Oración:
San Pedro Crisólogo, tú fuiste un firme defensor de la verdadera naturaleza de Cristo, un predicador elocuente y un pastor entregado a la salvación de las almas.
Ruega por mí, para que yo llegue a comprender más profundamente el misterio de Cristo y, con esa comprensión, pueda entregarme más plenamente a su servicio.
San Pedro Crisólogo, ruega por mí.
Jesús, en ti confío.



