miércoles, 14 de enero de 2026

15 de enero del 2026: jueves de la primera semana del tiempo ordinario-II

 

Una historia de corazón


(1 Samuel 4, 1b-11 ; Marcos 1, 40-45
El error de Israel consiste en creer que la presencia del arca de la Alianza, como si fuera un talismán, garantiza fuerza y poder. La sabiduría de los filisteos consiste en comprender que nada puede reemplazar el valor del corazón. Ahí es donde Dios habita, ante todo. El leproso que suplica movilizando toda su voluntad suscita la compasión de Jesús y queda purificado. Su testimonio no sabe ser más discreto que un corazón desbordado de gratitud.

Nicolas Tarralle, prêtre assomptionniste

 


Primera lectura

1 Sam 4, 1b-11
Israel fue derrotado y el Arca de Dios fue apresada

Lectura del primer libro de Samuel.

EN aquellos días, salió Israel a la guerra contra los filisteos y acamparon en Ebenézer, mientras los filisteos acamparon en Afec.
Los filisteos formaron frente a Israel, la batalla se extendió e Israel fue derrotado por los filisteos.
Abatieron en el campo unos cuatro mil hombres de la formación.
Cuando la tropa volvió al campamento, dijeron los ancianos de Israel:
«¿Por qué nos ha derrotado hoy el Señor frente a los filisteos? Traigamos de Siló el Arca de la Alianza del Señor. Que venga entre nosotros y nos salve de la mano de nuestros
enemigos».
El pueblo envió gente a Siló para que trajeran de allí el Arca de la Alianza del Señor del universo, que se sienta sobre querubines. Allí, junto al Arca de la Alianza de Dios, se encontraban Jofní y Pinjás, los dos hijos de Elí.
Cuando el Arca de la Alianza del Señor llegó al campamento, todo Israel prorrumpió en un gran alarido y la tierra se estremeció.
Los filisteos oyeron la voz del alarido, y se preguntaron:
«¿Qué es ese gran alarido en el campamento de los hebreos?».
Y supieron que el Arca del Señor había llegado al campamento.
Los filisteos se sintieron atemorizados y dijeron:
«Dios ha venido al campamento».
Después gritaron:
«¡Ay de nosotros!, nada parecido nos había ocurrido antes. ¡Ay de nosotros! ¿Quién nos librará de la mano de estos poderosos dioses? Estos son los dioses que golpearon a Egipto con todo tipo de plagas en el desierto. Filisteos, cobren fuerzas y pórtense como hombres, para que no tengan que servir a los hebreos, como les han servido a ustedes. Pórtense como hombres y luchen».
Los filisteos lucharon e Israel fue derrotado. Cada uno huyó a su tienda.
Fue una gran derrota: cayeron treinta mil infantes de Israel.
El Arca de Dios fue apresada y murieron Jofní y Pinjás, los dos hijos de Elí.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 43, 10-11. 14-15. 24-25 (R.: 27b)

R. Redímenos, Señor, por tu misericordia.

V. Ahora nos rechazas y nos avergüenzas,
y ya no sales, Señor, con nuestras tropas:
nos haces retroceder ante el enemigo,
y nuestro adversario nos saquea. 
R.

V. Nos haces el escarnio de nuestros vecinos,
irrisión y burla de los que nos rodean;
nos has hecho el refrán de los gentiles,
nos hacen muecas las naciones. 
R.

V. Despierta, Señor, ¿por qué duermes?
Levántate, no nos rechaces más.
¿Por qué nos escondes tu rostro
y olvidas nuestra desgracia y opresión? 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Jesús proclamaba el evangelio del reino, y curaba toda dolencia en el pueblo. R.

 

Evangelio

Mc 1, 40-45

La lepra se le quitó, y quedó limpio

Lectura del santo Evangelio según san Marcos.


EN aquel tiempo, se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas:
«Si quieres, puedes limpiarme».
Compadecido, extendió la mano y lo tocó diciendo:
«Quiero: queda limpio».
La lepra se le quitó inmediatamente y quedó limpio.
Él lo despidió, encargándole severamente:
«No se lo digas a nadie; pero para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés, para que les sirva de testimonio».
Pero cuando se fue, empezó a pregonar bien alto y a divulgar el hecho, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo; se quedaba fuera, en lugares solitarios; y aun así acudían a él de todas partes.

Palabra del Señor.

 

 

                                                                            

1

 

1) “Dios no es un talismán”: cuando confundimos fe con superstición

La primera lectura es fuerte, casi desconcertante. Israel entra en combate, pierde, y entonces se le ocurre una idea: “traigamos el Arca de la Alianza, así el Señor estará con nosotros y venceremos”. Es decir: convierten el Arca —signo sagrado de la presencia de Dios— en un amuleto. Como si la victoria fuera automática por portar un objeto santo.

Esa es una tentación recurrente: usar lo religioso como garantía, sin conversión; como “seguro espiritual” sin obediencia; como símbolo sin corazón. Podemos caer en algo parecido cuando reducimos la fe a fórmulas, gestos, objetos o costumbres… y nos olvidamos de lo esencial: la alianza es relación, no magia; es camino, no atajo.

Y el texto nos golpea con una lección: el Arca termina capturada; mueren muchos. Dios no se deja manipular. No “funciona” a conveniencia. El Señor no se presta para validar nuestras decisiones cuando no queremos escuchar su voluntad.

2) El Salmo: la oración que nace cuando el corazón queda sin “muletas”

El Salmo 44(43) suena como el lamento de un pueblo que no entiende: “Nos has rechazado… nos has entregado…”“despierta… ¿por qué duermes?”“levántate y sálvanos”. Es oración desde la herida, desde la confusión, desde la noche.

Y eso también es fe. Una fe adulta no es la que nunca se quiebra, sino la que se atreve a hablarle a Dios incluso cuando no comprende. La Biblia es realista: hay momentos en que el creyente no tiene respuestas; solo tiene una súplica.

Aquí hay un punto psicológico y espiritual: cuando se nos caen las “muletas” (seguridades, control, explicaciones rápidas), aparece lo verdadero: o la soberbia que culpa y se endurece, o el corazón que se arrodilla y pide.

3) El Evangelio: “Si quieres, puedes”: la valentía humilde del leproso

En el Evangelio, un hombre leproso se acerca a Jesús. En aquella cultura, la lepra no era solo una enfermedad; era expulsión social, aislamiento, impureza ritual, estigma. Ese hombre carga no solo dolor físico: carga vergüenza, soledad, rechazo, miedo.

Pero hace algo decisivo: rompe el cerco. Se acerca. Se arrodilla. Y dice una frase impresionante:
“Si quieres, puedes limpiarme.”
No exige. No manipula. No reclama derechos. Presenta su necesidad y se abandona a la libertad de Jesús: “si quieres”. Esa es fe auténtica: confianza sin control.

Y Jesús responde con dos gestos de Dios:

  • Compasión (se le conmueven las entrañas),
  • Cercanía (lo toca).
    Y luego la palabra creadora: “Quiero: queda limpio.”

Lo que faltaba no era un “talismán”, sino coraje del corazón. Israel quiso asegurar la victoria por un signo externo; el leproso se arriesga con el corazón en la mano. Y ese corazón valiente abre la puerta a la gracia.

4) “No se lo digas a nadie” … y sin embargo evangeliza

Jesús le pide discreción y obediencia: que vaya al sacerdote y cumpla lo prescrito. Pero el hombre, desbordado de gratitud, lo proclama. No sabe callar. Y se arma un “desorden santo”: Jesús ya no puede entrar abiertamente en los pueblos.

Esto también nos enseña algo sobre la evangelización:

  • El testimonio verdadero nace de la experiencia: “me tocó”, “me limpió”, “me devolvió la vida”.
  • Pero el celo necesita sabiduría: evangelizar no es hacer ruido; es anunciar con amor, obediencia y oportunidad.

5) Aplicación pastoral: obra evangelizadora y vocaciones, hoy

Hoy oramos por la obra evangelizadora de la Iglesia y por las vocaciones. Y la Palabra nos marca tres conversiones muy concretas:

1.    De la fe-talisman a la fe-corazón
No basta “tener cosas de Dios”; hace falta vivir de Dios. La evangelización pierde fuerza cuando se vuelve costumbre sin pasión, rito sin entrega, religión sin caridad.

2.    De la distancia al “tocó”
La Iglesia evangeliza cuando se parece a Jesús: cuando se acerca a las llagas del mundo, cuando toca con ternura lo que otros evitan: los pobres, los enfermos, los heridos, los excluidos, los que cargan culpas, los que no encajan.
Una comunidad que no toca el dolor se vuelve museo; una Iglesia que se compadece se vuelve hogar.

3.    De la gratitud muda a la gratitud misionera
Las vocaciones nacen muchas veces así: de un corazón que dice: “Señor, me has hecho tanto bien… ¿qué puedo hacer por ti?”
Quien ha sido tocado por Cristo empieza a preguntarse: ¿a quién debo servir? ¿dónde me necesitas?
La vocación no es primero una idea; es una respuesta agradecida.

6) Una pequeña anécdota para iluminar

A veces queremos “asegurar” la vida espiritual como quien lleva un objeto “por si acaso”. Como alguien que guarda una llave sin abrir nunca la puerta. El Arca —sin corazón— fue como una llave sin puerta.
En cambio, el leproso abrió la puerta de su vida con una llave distinta: humildad y confianza. Y Jesús hizo el resto.

7) Conclusión y llamado

Hermanos, hoy el Señor nos pregunta:
¿Buscas un amuleto religioso o buscas un corazón convertido?
¿Te refugias en signos externos o te atreves a acercarte y decir: “Si quieres, puedes”?

Pidámosle al Señor una Iglesia de corazón:

  • valiente para acercarse,
  • compasiva para tocar,
  • humilde para obedecer,
  • y agradecida para anunciar.

Oración final (por la evangelización y las vocaciones)

Señor Jesús,
tú que te conmoviste ante el leproso y lo tocaste sin miedo,
purifica también a tu Iglesia de toda rutina sin amor
y de toda fe sin conversión.

Danos un corazón valiente,
capaz de acercarse a los que sufren,
de tocar con ternura las heridas del mundo,
y de anunciar tu Evangelio con alegría y prudencia.

Suscita en nuestras comunidades vocaciones santas:
sacerdotes, diáconos, consagradas, consagrados, misioneros,
matrimonios fieles y laicos apasionados por tu Reino.

Que muchos, al sentirse tocados por tu misericordia,
respondan con generosidad: “Aquí estoy, envíame”.

Amén.

 

 

2

 

1) Puerta de entrada: cuando buscamos a Dios por lo que “hace” y no por lo que “es”

A todos nos conmueven los milagros. Nos fascina que Dios toque lo imposible, que sane, que abra caminos. Y es normal: el dolor humano es real, y la fe también se vuelve súplica. Pero el Evangelio de hoy nos pone una lámpara en el corazón: no basta buscar a Jesús por su poder; hay que buscarlo por su Persona y por su misión.

Por eso, después de curar al leproso, Jesús le ordena:
“Mira, no se lo digas a nadie; ve, preséntate al sacerdote…” (Mc 1,44).
Y aquí nace la pregunta: ¿por qué ese “secreto”? ¿por qué callar un milagro tan hermoso?

2) El “secreto mesiánico”: Jesús no quiere fama, quiere fe pascual

Ese mandato de discreción aparece muchas veces en los Evangelios. La razón es profunda: Jesús no quiere que lo reduzcan a un “milagrero”, ni que su identidad sea malinterpretada como la de un Mesías político, útil para los intereses del momento.

La verdad de Jesús solo se entiende plenamente desde la Cruz y la Resurrección.
Si lo anuncian solo por los milagros, el pueblo puede buscarlo por conveniencia: “resuélveme esto, líbrame de aquello, dame aquello…” Y Jesús no vino a ser un dispensador de favores, sino el Salvador que reconcilia al mundo con el Padre.

Aquí está la lección: los milagros señalan el camino; no son la meta. La meta es la conversión, la comunión con Dios, la salvación.

3) Primera lectura: el peligro de convertir lo sagrado en instrumento

La primera lectura (1S 4,1-11) es un espejo incómodo. Israel, derrotado, decide traer el Arca al campo de batalla, como si la presencia del Arca garantizara la victoria. Es decir: tratan a Dios como talismán, como amuleto religioso.

Y el resultado es trágico: no solo pierden; el Arca es capturada. La Escritura nos enseña con crudeza: Dios no se manipula. Lo santo no es un objeto para controlar la vida; lo santo es llamado a la alianza, a la obediencia, a la conversión del corazón.

Esto conecta con el Evangelio: el leproso se acerca sin manipular; no exige. Dice:
“Si quieres, puedes limpiarme.”
Esa frase es fe pura: confianza humilde en la libertad de Dios.

4) Salmo 44(43): oración desde la noche, fe que no suelta la mano de Dios

El Salmo pone voz al desconcierto:
“Nos has rechazado… ¿por qué duermes?… Despierta, Señor… levántate y sálvanos.”
Es la oración de quien no entiende, pero no rompe la relación. Hay momentos donde la fe madura consiste en esto: seguir orando cuando no hay explicaciones.

Y eso es importantísimo para la obra evangelizadora: evangeliza más el que persevera en la esperanza que el que presume seguridades.

5) El Evangelio: compasión, toque y envío… pero con prudencia

Jesús ve al leproso, se conmueve, lo toca y lo limpia. En seguida lo envía al sacerdote: no es un detalle burocrático; es un gesto de reintegración. Ese hombre no solo queda sano: vuelve a la comunidad, recupera su dignidad y su lugar.

Pero luego viene el “silencio” pedido por Jesús. ¿Por qué? Porque la evangelización sin discernimiento puede terminar dañando la misión. El hombre, agradecido, lo divulga tanto que Jesús ya no puede entrar públicamente en los pueblos.

Aquí hay una enseñanza pastoral muy fina:

  • Zelo sí, pero con obediencia.
  • Testimonio sí, pero con sabiduría.
  • Anuncio sí, pero sin convertir a Cristo en espectáculo.

6) Aplicación: ¿qué milagro busca Dios primero?

A veces pedimos milagros, y Dios puede concederlos; pero su plan mayor es otro: la santificación del alma, la conversión, la salvación.

A veces el Señor sana el cuerpo; otras veces fortalece el corazón para cargar la cruz. Y en ambas cosas hay amor. La pregunta no es solo: “Señor, ¿me vas a cambiar esta situación?”, sino:
“Señor, ¿en qué me quieres transformar dentro de esta situación?”

Esa es la clave cristiana: seguir a Cristo en sus términos, que son los del Evangelio:
“Conviértanse y crean.”
No: “Pídeme favores y te arreglo todo.”
Sino: “Entrégame tu vida y te conduzco a la Vida.”

7) Intención orante: por la obra evangelizadora y las vocaciones

Hoy, al orar por la evangelización y las vocaciones, pidamos tres gracias:

1.    Una Iglesia que anuncie a Cristo entero
No solo sus milagros, sino su Cruz y Resurrección; no solo lo que “hace”, sino lo que “es”: el Hijo que nos lleva al Padre.

2.    Vocaciones que no busquen prestigio, sino entrega
El “secreto mesiánico” también educa el corazón del servidor: el evangelizador auténtico no busca fama, busca fidelidad. No se anuncia a sí mismo; anuncia a Jesús.

3.    Comunidades que ofrezcan el milagro más necesario: la misericordia
Tocar al leproso hoy es acercarse al herido, al excluido, al quebrado por dentro, al que carga culpas, al que se siente “impuro” o indigno. La Iglesia evangeliza cuando toca con compasión y reintegra con amor.

8) Cierre: pedir lo correcto

Hermanos, pidamos milagros, sí… pero pidamos sobre todo el milagro de un corazón nuevo.
Que nuestra fe no sea un amuleto como el Arca usada sin conversión; que sea alianza viva.
Y que cuando Dios responda de modos distintos a lo que imaginamos, no nos perdamos: porque su plan —con milagros o con cruces— siempre busca llevarnos a una unión más profunda con Él.


Oración final

Señor Jesús, Tú puedes hacerlo todo.
A veces intervienes y cambias nuestra historia con un milagro;
otras veces nos das la gracia de abrazar la cruz con esperanza.

Purifica mi fe de toda búsqueda interesada.
Enséñame a buscarte por Ti mismo,
a desear tu voluntad más que mis preferencias,
y a confiar en tu tiempo, que es sabio y misericordioso.

Sostén la obra evangelizadora de tu Iglesia:
hazla humilde, valiente y fiel.
Y suscita vocaciones santas, generosas y alegres,
que anuncien tu Evangelio sin buscar aplausos,
y que vivan para tu Reino.

Jesús, en Ti confío. Amén.

 


14 de enero del 2026: miércoles de la primera semana del tiempo ordinario (II)

 

Una respuesta a largo plazo


(1 Samuel 3, 1-10.19-20)
En el relato de la vocación de Samuel, cada palabra del Señor lo obliga a despertarse y a levantarse. Como para una resurrección. Pero no basta con responder: «Aquí estoy». Los consejos sabios de Elí son esenciales para comprender que Dios nunca está en otra parte que no sea con nosotros. Él llama a cada uno por su nombre. La respuesta de Samuel nos muestra que se trata de ponernos a la escucha de su palabra, no solo un instante, sino durante toda la vida.

Nicolas Tarralle, prêtre assomptionniste

 


Primera lectura

1 Sam 3, 1-10. 19-20

Habla, Señor, que tu siervo escucha

Lectura del primer libro de Samuel.

EN aquel tiempo, el joven Samuel servía al Señor al lado de Elí.
La palabra del Señor era rara en aquellos días y no eran frecuentes las visiones.
Un día Elí estaba acostado en su habitación. Sus ojos habían comenzado a debilitarse y no podía ver.
La lámpara de Dios aún no se había apagado y Samuel estaba acostado en el templo del Señor, donde se encontraba el Arca de Dios.
Entonces el Señor llamó a Samuel. Este respondió:
«Aquí estoy».
Corrió adonde estaba Elí y dijo:
«Aquí estoy, porque me has llamado».
Respondió:
«No te he llamado. Vuelve a acostarte».
Fue y se acostó.
El Señor volvió a llamar a Samuel.
Se levantó Samuel, fue adonde estaba Elí y dijo:
«Aquí estoy, porque me has llamado».
Respondió:
«No te he llamado, hijo mío. Vuelve a acostarte».
Samuel no conocía aún al Señor, ni se le había manifestado todavía la palabra del Señor.
El Señor llamó a Samuel, por tercera vez. Se levantó, fue adonde estaba Elí y dijo:
«Aquí estoy, porque me has llamado».
Comprendió entonces Elí que era el Señor el que llamaba al joven. Y dijo a Samuel:
«Ve a acostarte. Y si te llama de nuevo, di: “Habla, Señor, que tu siervo escucha”». Samuel fue a acostarse en su sitio.
El Señor se presentó y llamó como las veces anteriores:
«Samuel, Samuel».
Respondió Samuel:
«Habla, que tu siervo escucha».
Samuel creció. El Señor estaba con él, y no dejó que se frustrara ninguna de sus palabras. Todo Israel, desde Dan a Berseba, supo que Samuel era un auténtico profeta del Señor.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 39, 2 y 5. 7-8a. 8b-9. 10 (R.: cf. 8a y 9a)

R. Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.

V. Yo esperaba con ansia al Señor;
él se inclinó y escuchó mi grito.
Dichoso el hombre que ha puesto
su confianza en el Señor,
y no acude a los idólatras,
que se extravían con engaños. 
R.

V. Tú no quieres sacrificios ni ofrendas,
y, en cambio, me abriste el oído;
no pides holocaustos ni sacrificios expiatorios;
entonces yo digo: «Aquí estoy». 
R.

V. «—Como está escrito en mi libro—
para hacer tu voluntad.
Dios mío, lo quiero, y llevo tu ley en las entrañas». 
R.

V. He proclamado tu justicia
ante la gran asamblea;
no he cerrado los labios, Señor, tú lo sabes. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Mis ovejas escuchan mi voz, dice el Señor, y yo las conozco, y ellas me siguen. R.

 

Evangelio

Mc 1, 29-39

Curó a muchos enfermos de diversos males

Lectura del santo Evangelio según san Marcos.

EN aquel tiempo, al salir Jesús de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a la casa de Simón y Andrés.
La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, e inmediatamente le hablaron de ella. Él se acercó, la cogió de la mano y la levantó. Se le pasó la fiebre y se puso a servirles.
Al anochecer, cuando se puso el sol, le llevaron todos los enfermos y endemoniados. La población entera se agolpaba a la puerta. Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios; y como los demonios lo conocían, no les permitía hablar.
Se levantó de madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, se marchó a un lugar solitario y allí se puso a orar. Simón y sus compañeros fueron en su busca y, al encontrarlo, le dijeron:
«Todo el mundo te busca».
Él les responde:
«Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he salido».
Así recorrió toda Galilea, predicando en sus sinagogas y expulsando los demonios.

Palabra del Señor.

 

 

1

 

En estos días la liturgia nos enseña algo decisivo: la fe no es un impulso breve, sino una respuesta sostenida; no es solo “emocionarse” con Dios, sino aprender a escucharlo y caminar con Él toda la vida.

1) “Samuel… Samuel”: Dios llama por el nombre (1S 3,1-10.19-20)

La primera lectura nos sitúa en un tiempo de silencio: “la palabra del Señor era rara”. Y, sin embargo, Dios habla. Lo hermoso es que no grita desde lejos: llama por el nombre. Samuel no lo entiende al principio; confunde la voz de Dios con la voz de Elí. ¡Cuántas veces nos pasa! Interpretamos lo que viene de Dios como si fuera solo una preocupación más, una emoción pasajera, una idea repetida.

Aquí entra Elí, con humildad de maestro espiritual: no se pone celoso, no se adueña del muchacho, no se vuelve el centro. Le enseña el camino:
“Habla, Señor, que tu siervo escucha.”
Esa es la oración de quien no controla, de quien se abre. Y el texto remarca lo esencial: Samuel “crecía” y el Señor estaba con él; su palabra se vuelve fiable. Es decir: la escucha constante madura la vida.

Aplicación pastoral (y también psicológica): la vida espiritual se parece a educar el oído interior. Al comienzo confundimos voces: la ansiedad, la culpa, el ruido, el deseo de agradar a todos, el miedo. La sabiduría cristiana no es “sentir bonito”, sino discernir: aprender a reconocer la voz que da paz, verdad, firmeza y conversión.

2) “Aquí estoy… y me pongo en camino”: el Salmo 40(39)

El Salmo responde como eco de Samuel:
“Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.”
Y añade algo clave: a Dios no le interesan solo ritos externos; quiere un corazón disponible. “No pediste sacrificios… aquí estoy”. No es desprecio por la liturgia (¡todo lo contrario!), sino su verdad más profunda: la liturgia desemboca en una vida obediente, en una existencia ofrecida.

Para nosotros, como comunidad, es una pregunta directa: ¿mi “aquí estoy” dura solo cuando todo va bien? ¿o se vuelve una postura interior incluso en la enfermedad, la fragilidad, la espera?

3) Jesús entra en la casa… y después se va a orar (Mc 1,29-39)

El Evangelio es muy humano y muy divino a la vez. Jesús sale de la sinagoga y entra en una casa: la fe baja a lo cotidiano. Allí está la suegra de Simón con fiebre. Jesús no hace un discurso: se acerca, la toma de la mano, la levanta. Ese gesto es de resurrección: la fiebre no es solo un dato médico; es símbolo de lo que nos “tira a la cama”: cansancio, tristeza, desánimo, soledad. Cristo toca, levanta, devuelve dignidad.

Y luego aparece un detalle precioso: la mujer, ya levantada, se pone a servir. No por obligación, sino porque la gracia recibida se vuelve amor entregado. La curación no es solo “estar mejor”; es recuperar el sentido, volver a amar.

Después, el texto dice que al anochecer le llevaron muchos enfermos. Jesús los atendió. Pero al amanecer, muy temprano, se fue a un lugar solitario a orar. ¿Por qué? Porque la compasión necesita fuente. Si Jesús, el Hijo, busca el silencio para orar, ¿cuánto más nosotros? Sin oración, la entrega se vuelve activismo; y el activismo termina agotando el alma.

Cuando los discípulos lo buscan, le dicen: “Todos te buscan”. Jesús responde con libertad interior: “Vayamos a otra parte… para predicar también allí; para eso he salido.” La misión no la dicta la presión del momento, sino la comunión con el Padre.

4) Para los enfermos: una palabra de consuelo y una tarea para la comunidad

Hoy, en nuestra intención orante, traemos delante del Señor a los enfermos: los de hospital, los de casa, los que se sienten cansados por dentro, los que cargan tratamientos largos, los que viven dolores que nadie ve.

A ustedes, hermanos enfermos, la Palabra les dice:

·        Dios los llama por su nombre: no son un caso, no son un número, no son “una carga”.

·        Jesús se acerca y toma de la mano: a veces no quita de inmediato la cruz, pero nunca deja solo al que sufre.

·        Y la escucha de Samuel nos recuerda que la fe puede ser una respuesta “a largo plazo”: no solo un día valiente, sino la perseverancia humilde de cada mañana.

Y a nosotros, comunidad, nos toca una conversión concreta: no podemos decir “aquí estoy” y olvidarnos del hermano que sufre. Visitar, llamar, acompañar, llevar la comunión, ayudar con diligencias, sostener con oración… son formas reales de Evangelio.

Conclusión

Pongámosle palabras al corazón, como Samuel:
“Habla, Señor, que tu siervo escucha.”
Y como el Salmo:
“Aquí estoy para hacer tu voluntad.”

Pidamos hoy la gracia de una fe que no sea de un instante, sino de toda la vida; y que, al tocar nuestras fiebres —del cuerpo y del alma—, el Señor nos levante para volver a amar.

Oremos por los enfermos:
Señor Jesús, médico de los cuerpos y de las almas, toma de la mano a nuestros hermanos enfermos; dales paz en el corazón, alivio en sus dolores, fortaleza en la espera, y una esperanza que no defrauda. Amén.

 

2

 

La Palabra de Dios de hoy nos conduce por un mismo camino: escucha, oración y misión. Samuel aprende a reconocer la voz del Señor; el salmista responde con disponibilidad; y Jesús nos enseña que la oración es la fuente de toda acción fecunda. Cuando estos tres hilos se unen, la vida se vuelve clara: Dios habla, el corazón escucha, y el amor se pone en marcha.

1) “Habla, Señor, que tu siervo escucha” (1S 3,1-10.19-20)

La primera lectura es una escuela de discernimiento. Samuel vive en un tiempo en que “la palabra del Señor era rara” y, sin embargo, Dios llama. Lo más bello es que llama por el nombre: “¡Samuel, Samuel!”. Pero el muchacho no entiende al principio; confunde esa voz con la de Elí. También nosotros, muchas veces, confundimos: tomamos por voz de Dios lo que es solo ruido interior, presión, miedo, costumbre, emoción pasajera.

Aquí aparece la figura de Elí, el acompañante sabio, que no se pone como protagonista sino que orienta hacia lo esencial:
“Si te llama, responde: ‘Habla, Señor, que tu siervo escucha’.”
Samuel no solo dice “aquí estoy”; aprende a escuchar. Y el texto concluye con una frase fuerte: “Samuel crecía… y el Señor estaba con él”; su palabra no caía en saco roto. Es decir: la escucha fiel hace madurar la vida.

Esta escena nos dice algo muy actual: la oración no es solo hablarle a Dios; es, ante todo, aprender a escucharle. Y esa escucha no se improvisa: se cultiva “a largo plazo”, con constancia, humildad y un corazón despierto.

2) “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad” (Sal 40[39])

El salmo prolonga exactamente la actitud de Samuel, pero con un matiz precioso: la escucha desemboca en obediencia amorosa. El salmista proclama:
“Aquí estoy… para hacer tu voluntad.”
Y reconoce que a Dios no le bastan gestos externos: Él quiere un corazón disponible, una vida abierta a su querer.

Esto es decisivo para la vida cristiana: la liturgia, la Palabra, la oración… no buscan solo “emocionarnos”, sino convertir nuestra voluntad, orientarnos hacia el bien, volvernos más dóciles, más compasivos, más fieles. En una frase: quien escucha de verdad termina viviendo de otro modo.

3) Jesús ora para amar mejor y servir con libertad (Mc 1,29-39)

En el Evangelio, Jesús muestra dos movimientos que se complementan:

Primero, se acerca al dolor. En la casa de Simón, toma de la mano a la suegra enferma y la levanta. Ese gesto tiene sabor pascual: levantar, poner en pie, devolver vida. Luego, al anochecer, le llevan “a todos los enfermos”; Jesús se vuelve refugio de los sufrientes.

Segundo, se retira a orar. Muy de madrugada se va a un lugar solitario. Aquí está la gran enseñanza: Jesús no se deja devorar por la urgencia ni por la expectativa: “Todos te buscan”. La oración le da libertad interior y claridad:
“Vayamos a otra parte… para eso he salido.”
No actúa por presión, sino por misión. La oración no lo aparta del pueblo: lo mantiene unido al Padre para servir mejor al pueblo.

4) La oración que nos transforma

Hoy la liturgia nos pregunta, con cariño pero con firmeza:

·        ¿Tengo espacios reales de silencio para Dios?

·        ¿Mi oración es escucha o solo lista de peticiones?

·        ¿Me está transformando: me vuelve más paciente, más misericordioso, más auténtico?

Samuel nos enseña a decir: “Habla, Señor”.
El salmo nos hace responder: “Aquí estoy”.
Y Jesús nos muestra el método: retirarse a orar para volver con una caridad más libre y más pura.

5) Intención orante: por los enfermos

Hoy traemos en el corazón a quienes sufren en el cuerpo y en el alma. Jesús no mira la enfermedad desde lejos: entra a la casa, se acerca, toca, levanta. Y, además, ora. Qué consuelo: nuestros enfermos no están fuera del corazón de Cristo.

Pidamos:

·        alivio y fortaleza para quienes están en tratamientos largos,

·        paz para quienes viven noches de angustia,

·        esperanza para las familias que cuidan,

·        y una comunidad cristiana más cercana, que sepa acompañar con presencia, oración y gestos concretos.

Conclusión

Que hoy podamos aprender el itinerario completo de la Palabra:

Escuchar como Samuel.
Responder como el salmo: “Aquí estoy”.
Y sostenerlo todo en la oración como Jesús.

Porque la oración no es un lujo: es el lugar donde Dios nos despierta, nos levanta y nos envía.
Amén.

 

15 de enero del 2026: jueves de la primera semana del tiempo ordinario-II

  Una historia de corazón (1 Samuel 4, 1b-11 ; Marcos 1, 40-45 )  El error de Israel consiste en creer que la presencia del arca de la Alian...