Por qué no amo el Halloween… y por qué prefiero vestir de esperanza a nuestros niños
S í, mis amigos… no amo el Halloween. Y no es que me molesten la alegría de los niños, los disfraces o los caramelos. Bueno… estos últimos hasta me gustan, dada mi conocida inclinación por los dulces y el «mecato». Me encanta ver a los pequeños jugar, reír, inventar personajes y disfrutar de una fiesta en familia. Pero hay algo que no consigo celebrar con el mismo entusiasmo: esa insistencia en asociar la infancia con lo macabro. Rostros ensangrentados, cuerpos mutilados, demonios, muertos que regresan para aterrorizar, personajes cuya fama consiste en asesinar… ¿De verdad necesitamos todo eso para que nuestros niños pasen una tarde feliz? Esa es mi inquietud. Y quisiera compartirla desde la fe, con serenidad, pero también con la libertad de quien no está obligado a aplaudir todo lo que ponen de moda las vitrinas. Antes, sin embargo, una precisión necesaria: para defender nuestra fe no necesitamos repetir historias sin fundamento . La palabra Halloween procede de All Hallows’ ...