Testigos de la fe:
San Lorenzo Ruiz y sus compañeros, mártires
Siglo
XVII. Estos dieciséis mártires de Nagasaki —entre ellos el laico filipino
Lorenzo Ruiz y el dominico francés Guillermo Courtet— dieron su vida por el
Evangelio en Japón, entre 1633 y 1637.
De
diferentes nacionalidades y estados de vida, unidos a la familia dominicana,
permanecieron fieles a Cristo en medio de la persecución. Su testimonio nos
recuerda que la santidad está al alcance de todos y que el amor a Jesús puede
sostenernos incluso en las pruebas más difíciles. Al celebrar su memoria,
pidamos fortaleza para vivir nuestra fe con coherencia y oremos por los
cristianos que hoy sufren persecución.
Pequeño o grande
A
la pregunta «¿quién es el más grande?», que preocupa y divide a
los discípulos, Jesús responde con un gesto que invierte los valores, un gesto
de hospitalidad. Esta acogida que lo transforma todo va hasta el corazón de
nuestra relación con Dios.
Al
colocar a un niño a su lado, Jesús nos enseña que la grandeza se descubre
acogiendo al pequeño, al frágil, a quien necesita atención y cuidado. Quien
recibe a ese niño en su nombre recibe al mismo Jesús y, con él, a aquel que lo
ha enviado. Un gesto sencillo de acogida puede convertirse en un verdadero
encuentro con Dios.
Esta
enseñanza también ilumina la reacción de los discípulos ante alguien que
expulsa demonios en nombre de Jesús sin pertenecer a su grupo. El Maestro los
invita a ensanchar la mirada y a reconocer el bien que acontece más allá de su
círculo. Seguirlo exige aprender a alegrarse por ese bien, venga de donde
venga.
Nuestra
grandeza crece cuando hacemos sitio a los demás. En la familia, en la comunidad
y en la Iglesia, el Evangelio nos invita a escuchar, acompañar y servir. Allí
donde alguien se siente recibido y valorado, comienza a hacerse visible el
rostro de Cristo.
¿A quién puedo hacerle hoy un lugar en mi tiempo y en mi
corazón?
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Primera lectura
Job
1, 6-22
El
Señor me lo dio, el Señor me lo quitó; bendito sea el nombre del Señor
Lectura del libro de Job.
UN día los hijos de Dios se presentaron ante el Señor;
entre ellos apareció también Satán.
El Señor preguntó a Satán:
«¿De dónde vienes?».
Satán respondió al Señor:
«De dar vueltas por la tierra; de andar por ella».
El Señor añadió:
«¿Te has fijado en mi siervo Job? En la tierra no hay otro
como él: es un hombre justo y honrado, que teme a Dios
y vive apartado del mal».
Satán contestó al Señor:
«¿Y crees que Job teme a Dios de balde? ¿No has levantado
tú mismo una valla en torno a él, su hogar y todo
lo suyo? Has bendecido sus trabajos, y sus rebaños se extienden
por el país. Extiende tu mano y daña sus bienes y
¡ya verás cómo te maldice en la cara!».
El Señor respondió a Satán:
«Haz lo que quieras con sus cosas, pero a él ni lo toques».
Satán abandonó la presencia del Señor.
Un día que sus hijos e hijas comían y bebían en casa del
hermano mayor, llegó un mensajero a casa de Job con
esta noticia:
«Estaban los bueyes arando y las burras pastando a su
lado, cuando cayeron sobre ellos unos sabeos, apuñalaron a los mozos y se
llevaron el ganado. Solo yo pude escapar para contártelo».
No había acabado este de hablar, cuando llegó otro con esta noticia:
«Ha caído un rayo del cielo que ha quemado y consumido a las ovejas y a los
pastores. Solo yo pude escapar para contártelo».
No había acabado este de hablar, cuando llegó otro con esta noticia:
«Una banda de caldeos, divididos en tres grupos, se ha echado sobre los camellos
y se los ha llevado, después de apuñalar a los mozos. Solo yo pude escapar para
contártelo».
No había acabado este de hablar, cuando llegó otro con esta noticia:
«Estaban tus hijos y tus hijas comiendo y bebiendo en casa del hermano mayor,
cuando un huracán cruzó el desierto y embistió por los cuatro costados la casa,
que se derrumbó sobre los jóvenes y los mató. Solo yo pude escapar para
contártelo».
Entonces Job se levantó, se rasgó el manto, se rapó la cabeza, se echó por
tierra y dijo:
«Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo volveré a él. El Señor me lo
dio, el Señor me lo quitó; bendito sea el nombre del Señor».
A pesar de todo esto, Job no pecó ni protestó contra Dios.
Palabra de Dios.
Salmo
Sal
16, 1bcde. 2-3. 6-7 (R.: 6b)
R. Inclina el oído y
escucha mis palabras.
V.
Señor, escucha mi apelación,
atiende a mis clamores,
presta oído a mi súplica,
que en mis labios no hay engaño. R.
V. Emane de ti la
sentencia,
miren tus ojos la rectitud.
Aunque sondees mi corazón, visitándolo de noche;
aunque me pruebes al fuego,
no encontrarás malicia en mí. R.
V. Yo te invoco porque
tú me respondes, Dios mío;
inclina el oído y escucha mis palabras.
Muestra las maravillas de tu misericordia,
tú que salvas de los adversarios
a quien se refugia a tu derecha. R.
Aclamación
R.
Aleluya, aleluya, aleluya.
V. El Hijo del hombre
ha venido a servir
y dar su vida en rescate por muchos. R.
Evangelio
Lc
9, 46-50
El
más pequeño de ustedes es el más importante
Lectura del santo Evangelio según san Lucas.
EN aquel tiempo, se suscitó entre los discípulos una discusión sobre quién
sería el más importante.
Entonces Jesús, conociendo los pensamientos de sus corazones, tomó de la mano a
un niño, lo puso a su lado y les dijo:
«El que acoge a este niño en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí,
acoge al que me ha enviado. Pues el más pequeño de ustedes es el más
importante».
Entonces Juan tomó la palabra y dijo:
«Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre y se lo hemos
prohibido, porque no anda con nosotros».
Jesús le respondió:
«No se lo impidan: el que no está contra ustedes, está a favor de ustedes».
Palabra del Señor.
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LA GRANDEZA DE UN CORAZÓN QUE ACOGE
Hermanos
queridos:
Todos
necesitamos sentirnos queridos, escuchados y valorados. Sin embargo, ese deseo
puede convertirse en una competencia: quién tiene más autoridad, quién recibe
más reconocimiento, quién ocupa el primer lugar. También a los discípulos les
sucede. Caminan con Jesús, escuchan sus enseñanzas, pero todavía discuten sobre
quién de ellos es el más importante.
Jesús
responde con un gesto: toma a un niño y lo coloca a su lado. En medio de aquellos
hombres preocupados por su importancia, hace sitio a alguien pequeño,
dependiente, necesitado de cuidado. Y declara: «El que acoge a este niño en mi nombre, me acoge a mí».
Ahí
está la grandeza que Jesús nos propone: tener un corazón donde los demás encuentren
lugar. Hacer espacio en nuestra agenda, escuchar con paciencia, acercarnos a
quien necesita compañía. El Señor se deja encontrar en esas personas a las que
fácilmente podemos pasar por alto.
La
primera lectura nos presenta otra experiencia de pequeñez: la de quien descubre
su fragilidad en medio del sufrimiento.
Job
recibe una noticia dolorosa tras otra. Pierde sus bienes, sus servidores y,
finalmente, sus hijos. Aquel hombre que tenía tantas seguridades queda
profundamente herido. La Escritura cuenta que se rasga el manto y se postra en
tierra. Su cuerpo entero expresa el dolor.
Desde
esa herida pronuncia unas palabras difíciles: «El Señor me lo dio, el Señor me
lo quitó; bendito sea el nombre del Señor».
Debemos
escuchar esta confesión con mucha delicadeza. Es la oración de un hombre que
intenta permanecer unido a Dios cuando su vida parece derrumbarse. La fe puede convivir con las lágrimas,
con las preguntas y con el desconcierto. El mismo libro de Job
dará espacio a su angustia y a sus interrogantes.
Quien
atraviesa un duelo necesita tiempo, respeto y compañía. A veces, nuestra mejor
manera de anunciarle el amor de Dios será sentarnos a su lado, escuchar su
tristeza y ayudarle a sobrellevar las tareas de cada día.
Hoy,
lunes, cuando ofrecemos nuestra oración por los fieles difuntos, esta lectura
nos toca especialmente. Cada uno lleva en el corazón nombres y rostros:
nuestros padres, hermanos, esposos, hijos, familiares, amigos y benefactores.
Hay ausencias antiguas que todavía duelen y otras tan recientes que apenas
encontramos palabras para hablar de ellas.
El
salmo nos presta esas palabras: «Inclina
el oído y escucha mis palabras».
¡Qué
hermosa petición! Le pedimos a Dios que se acerque, que escuche lo que quizá
nosotros mismos apenas sabemos expresar. Ante él podemos presentar la gratitud
por lo vivido, el dolor de la separación, las conversaciones pendientes y ese
deseo de volver a abrazar a quienes amamos.
El
salmista añade: «Muestra las maravillas de tu misericordia». Esa es también
nuestra súplica por los difuntos. Los confiamos al Señor con toda su historia,
con el bien que hicieron y con las fragilidades que marcaron sus vidas. Pedimos
que los perdone, los purifique y los reciba en la plenitud de su paz.
Nuestra
esperanza tiene un fundamento: Jesucristo
murió y resucitó. Él conoció el sufrimiento y entró en la
muerte; su resurrección nos abre el camino de la vida eterna. Por eso ofrecemos
esta Eucaristía por nuestros hermanos difuntos, confiando en la misericordia de
quien entregó su vida por nosotros.
El
Evangelio nos invita también a ensanchar el corazón. Juan quiere impedir que
alguien haga el bien en nombre de Jesús porque no pertenece al grupo de los
discípulos. El Maestro le enseña a reconocer la obra de Dios más allá de su
propio círculo.
También
nuestra oración puede crecer de esa manera. Recordemos a los difuntos por
quienes nadie reza, a quienes murieron solos, a las víctimas de la violencia y
a aquellos con quienes tuvimos dificultades. Presentemos al Señor incluso esas
historias que quedaron heridas y pidámosle que su misericordia alcance lo que
nosotros no supimos reconciliar.
San
Lorenzo Ruiz y sus compañeros mártires, a quienes recordamos hoy, nos animan
con su fidelidad a Cristo. Su testimonio nos invita a confiar y a perseverar
también en las pruebas de nuestra vida.
Hermanos,
al acercarnos al altar, pidamos un corazón acogedor. Pensemos en alguien que
esté atravesando un duelo: quizá una llamada, una visita o una oración
compartida puedan ayudarle a sentirse acompañado.
¿A quién puedo hacerle hoy un lugar en mi tiempo y en mi
corazón?
Señor Jesús, enséñanos a reconocer tu presencia en los
pequeños y en quienes sufren. Escucha nuestra oración por los fieles difuntos y
recíbelos en tu paz. Sostén a las familias que lloran su ausencia y haznos
instrumentos de tu consuelo.
Virgen María, Madre de la esperanza, acompáñanos en
nuestras pérdidas y ayúdanos a permanecer unidos a tu Hijo.
Dales, Señor, el descanso eterno, y brille para ellos la
luz perpetua. Que descansen en paz. Amén.
2
ACOGER
A LOS MÁS PEQUEÑOS Y HACERNOS PEQUEÑOS
Hermanos
queridos:
Los
doce apóstoles lo habían dejado todo para seguir a Jesús. Sus vidas habían sido
transformadas radicalmente. Mientras lo acompañaban en su misión, escuchaban la
voz misma de Dios predicar y enseñar. Fueron testigos de su poder divino cuando
realizaba milagros y expulsaba demonios. Y, sin embargo, el Evangelio de hoy
revela que todavía luchaban contra una debilidad común de la naturaleza humana
caída: la ambición. Discutían entre ellos sobre quién era el más grande.
Jesús,
aunque seguramente entristecido por aquella insensata disputa, respondió con
una enseñanza misericordiosa en lugar de una reprimenda. Atendió a la intención
de sus corazones ofreciéndoles una lección impactante: puso a un niño a su
lado. Aquel niño se convirtió en una parábola viviente, en un modelo de la
verdadera grandeza a los ojos de Dios.
En
muchas culturas actuales, los niños son queridos, protegidos y reconocidos como
personas que poseen una gran dignidad. Los padres se esfuerzan para que sus
hijos conozcan su propio valor. Pero, en el Israel del siglo primero, la
percepción de los niños era muy diferente. Aunque sus familias los amaban, los
niños carecían de importancia social. Su elevada mortalidad y su incapacidad
para contribuir al sustento del hogar hacían que a menudo fueran pasados por
alto o relegados. Que Jesús colocara a un niño en el centro de su enseñanza y
equiparara acoger a ese niño con acogerlo a él habría resultado sorprendente y
contrario a los criterios de su tiempo.
Con
este gesto, Jesús arranca de raíz los criterios mundanos de grandeza. En su
Reino, la verdadera grandeza no se encuentra en la posición social, en el éxito
o en el reconocimiento. Se encuentra en la humildad, en la sencillez y en la
apertura del corazón. Acoger
en nombre de Jesús a los pequeños, a quienes pasan inadvertidos y a los
vulnerables es acoger al mismo Jesús. Y acoger a Jesús es acoger al Padre que
lo ha enviado.
Pensemos
a quiénes acogemos y abrazamos con mayor facilidad. Los adolescentes sueñan a
menudo con conocer a los ricos y famosos. Los adultos pueden esforzarse por
alcanzar una posición social o recibir reconocimiento. En realidad, no somos
tan diferentes de los apóstoles, que deseaban ser estimados entre sus
compañeros y ser elegidos mientras otros quedaban a un lado.
Por
medio de esta parábola viviente, Jesús nos ofrece dos enseñanzas esenciales.
En
primer lugar, como nuestro Señor, debemos amar y acoger a los pequeños y a los
débiles. A Jesús no lo atraía la posición de los fariseos ni la de las élites
sociales. Encontraba alegría en acoger al niño, al pecador, al recaudador de
impuestos, al leproso, al lisiado, al ciego y al pobre. Estas personas,
precisamente por su condición humilde, eran con frecuencia más sencillas y
receptivas. Si queremos parecernos a nuestro Señor, debemos buscar a los
humildes y a los pequeños, porque hacia esas almas se inclinaba su corazón.
Esta
enseñanza nos invita a revisar nuestras relaciones. En nuestra familia, en
nuestra comunidad y en nuestra parroquia hay personas que necesitan ser
escuchadas y tenidas en cuenta. Acercarnos a ellas, aprender sus nombres,
interesarnos por sus dificultades y ofrecerles nuestro tiempo es una manera
concreta de acoger a Cristo.
En
segundo lugar, no solo estamos llamados a acoger a los pequeños: estamos llamados a hacernos pequeños.
Debemos volvernos como niños: dependientes, vulnerables, humildes y fácilmente
ignorados a los ojos del mundo. ¿Por qué? Porque esas son precisamente las
personas a las que Jesús acogía. Y, si deseamos descansar en sus brazos,
debemos ocupar el último lugar, confiando en que allí se encuentra la verdadera
grandeza.
La
primera lectura nos permite contemplar esta fragilidad en la experiencia de
Job. En medio de pérdidas terribles, incluida la muerte de sus hijos, queda
despojado de las seguridades que sostenían su vida. Se rasga el manto, se
postra en tierra y, desde su dolor, consigue decir: «Bendito sea el nombre del
Señor».
Escuchemos
estas palabras con respeto por quienes sufren. La confianza de Job convive con
un dolor inmenso. Su experiencia nos invita a poner ante Dios nuestra vida
entera, también cuando nos sentimos desvalidos y no comprendemos lo que sucede.
Podemos acercarnos al Señor con lágrimas, preguntas y silencios, reconociendo
cuánto necesitamos que nos sostenga.
El
salmo convierte esa necesidad en oración: «Inclina el oído y escucha mis palabras».
Así reza quien reconoce su pequeñez y confía en ser escuchado. El salmista se
atreve también a pedir: «Muestra las maravillas de tu misericordia». Esta
súplica nos ayuda a vivir el Evangelio: quien aprende a dejarse sostener por la
misericordia de Dios puede hacerse más atento y compasivo con la fragilidad de
sus hermanos.
Hoy
presentamos de manera especial a nuestros fieles difuntos. Los confiamos al
Señor con gratitud por sus vidas y con esperanza en la resurrección de Cristo.
Pedimos que perdone sus pecados, los purifique y los reciba en su paz. Y
pedimos también un corazón sensible para acompañar a quienes lloran su
ausencia: nuestra cercanía puede ayudarles a experimentar que Dios sigue
cuidando de ellos.
Hermanos,
reflexionemos hoy sobre esta enseñanza de Jesús, tan contraria a los criterios
del mundo, y apliquémosla a nuestra propia vida. Volvamos los ojos hacia los
más débiles, los más humildes y los más vulnerables. Dejemos que la gracia nos
acerque a esas almas sencillas. Vayamos al encuentro del pecador y del
excluido.
Y
no nos detengamos allí. Esforcémonos también por vivir con esa misma humildad y
dependencia. Apartémonos de las concepciones mundanas de grandeza y acojamos la
mirada de Jesús. Hagámonos
como niños, acojamos a los más débiles entre nosotros y nuestro Señor nos acogerá.
Oremos:
Señor amantísimo, aunque amaste a todas las personas con la
perfección de la caridad, tu misericordia y tu compasión se derramaron
especialmente sobre los más débiles, los más humildes y los más pequeños.
Llena, por favor, mi corazón con ese mismo amor del que diste un ejemplo tan
perfecto. Ayúdame también a escuchar tu advertencia: debo hacerme humilde y
pequeño como un niño para recibir la grandeza de tu abrazo eterno. Jesús, en ti
confío.
Amén.


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