Testigos de la fe:
Santos Marta, María y Lázaro
Los
nombres de Marta, María y Lázaro evocan la casa amiga de Betania, donde Jesús
encontraba acogida, escucha y afecto. Cada uno representa una forma de recibir
al Señor: Marta en el servicio, María en la escucha y Lázaro en la amistad.
El Evangelio presenta a Marta en medio del dolor
por la muerte de su hermano. Aun herida, conserva la fe y escucha de Jesús
estas palabras: «Yo soy la resurrección y la vida». Su respuesta es una
verdadera profesión de fe: «Sí, Señor, yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de
Dios».
La primera lectura resume el corazón de esta
memoria: «Dios es amor». Quien permanece en el amor permanece en Dios. El salmo
invita a bendecir al Señor y a gustar su bondad.
Marta, María y Lázaro nos enseñan que todo hogar
cristiano puede convertirse en una Betania: un lugar donde Cristo sea acogido,
escuchado, servido y amado. También nos recuerdan que la fe no elimina el
sufrimiento, pero lo ilumina con la esperanza de la resurrección.
G.Q
Cada uno por su camino
Jn 11,19-27 o Lc 10,38-42)
Marta
y María: tanto en una como en la otra encontramos la misma apertura de corazón
y el mismo deseo de servir a Cristo. Sin embargo, sus maneras de hacerlo son
muy diferentes. Marta sale al encuentro de Jesús, le habla con franqueza y
profesa su fe: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios». María, más
silenciosa y contemplativa, permanece en la escucha y la adoración. Una sirve y
la otra escucha; ambas aman al Señor.
La
primera lectura nos recuerda que «Dios es amor» y que quien permanece en el
amor permanece en Dios. Esto es lo que une a las dos hermanas: más allá de sus
diferencias, acogen el mismo amor y procuran responderle cada una según su
propio camino.
El
salmo nos invita a bendecir al Señor en todo momento y a gustar su bondad.
Marta, María y Lázaro vivieron esta experiencia en su casa de Betania,
convertida en un lugar de amistad, fe y esperanza.
Su
memoria nos enseña que no existe una única manera de seguir a Jesús. Cada uno
avanza con sus dones, su temperamento y su vocación, siempre que mantenga el
corazón abierto al amor de Dios y al servicio de los demás.
1
Una casa abierta al amor, la fe y la esperanza
Hermanos:
Hoy
celebramos la memoria de los santos Marta, María y Lázaro, tres hermanos de
Betania unidos por una profunda amistad con Jesús. Su casa era un lugar
especial para el Señor: allí encontraba acogida, descanso, conversación,
escucha y cariño. No era una familia perfecta ni estaba libre de dificultades,
pero tenía algo esencial: había abierto sus puertas a Cristo.
Cada
uno de ellos nos muestra una manera distinta y complementaria de relacionarnos
con Jesús. Marta lo recibe mediante el servicio; María, por medio de la escucha
atenta; y Lázaro, con una amistad sencilla y cercana. En ellos comprendemos que
la fe no se vive de una sola manera. Hay momentos para servir, momentos para
escuchar y momentos para permanecer junto al Señor en una amistad silenciosa y
confiada.
La
primera lectura nos ofrece la clave para entender esta memoria: «Dios es amor». San Juan
no dice solamente que Dios ama, sino que Dios mismo es amor. Todo lo que
procede verdaderamente de Dios conduce al amor, a la comunión, al servicio, a
la misericordia y al cuidado de los demás.
Pero
este amor no puede quedarse en palabras bonitas o en sentimientos pasajeros. La
lectura afirma que, si Dios nos ha amado de esta manera, también nosotros
debemos amarnos unos a otros. El amor cristiano se hace concreto cuando
acompañamos a quien está solo, escuchamos al que necesita hablar, perdonamos,
servimos sin buscar recompensa y cuidamos con paciencia a quien atraviesa una
enfermedad.
Por
eso, la casa de Betania se convierte en una imagen de toda familia y de toda
comunidad cristiana. Una comunidad auténticamente cristiana no es solamente
aquella donde se reza, sino también aquella donde las personas se sienten
acogidas, escuchadas y acompañadas. Donde hay amor verdadero, allí Dios
permanece.
El
salmo responde a esta lectura con una invitación llena de confianza: «Bendigo al Señor en todo momento».
Bendecir al Señor en los momentos felices resulta sencillo; hacerlo en medio de
la enfermedad, del miedo o del dolor exige una fe más profunda. No significa
negar el sufrimiento ni aparentar que todo está bien. Significa reconocer que,
incluso cuando no comprendemos lo que sucede, Dios no nos abandona.
El
salmista añade: «Gusten y
vean qué bueno es el Señor». La bondad de Dios puede
experimentarse de muchas maneras: en la fortaleza para continuar, en la
compañía de una persona, en la ternura de quien cuida, en la oración de una
comunidad o en la paz interior que el Señor concede aun cuando la enfermedad no
desaparece inmediatamente.
En
el Evangelio encontramos a Marta atravesando uno de los momentos más dolorosos
de su vida: su hermano Lázaro ha muerto. Cuando Jesús llega, ella sale a su
encuentro y le dice: «Señor,
si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto». En esas
palabras hay tristeza, desconcierto y hasta una especie de reproche, pero
también hay confianza. Marta no se aleja de Jesús por su dolor; se acerca a él
y le abre el corazón.
Esto
también nos enseña a orar. Podemos presentarnos delante del Señor tal como
estamos. Podemos hablarle de nuestras preguntas, de nuestras lágrimas, de
aquello que no comprendemos. La fe no consiste en esconder el dolor, sino en
llevarlo hasta Cristo.
Entonces
Jesús le dice: «Yo soy la
resurrección y la vida». No le ofrece solamente una
explicación, sino que se ofrece a sí mismo. La esperanza cristiana no consiste
únicamente en pensar que todo saldrá como nosotros deseamos. Nuestra esperanza
está en una persona: Jesucristo, que permanece a nuestro lado y cuya vida es
más fuerte que la enfermedad, el sufrimiento y la muerte.
Marta
responde con una gran profesión de fe: «Sí,
Señor, yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios». Aquella
mujer conocida por su servicio aparece también como una creyente firme. Su
dolor no ha destruido su fe; la ha llevado a confiar más profundamente.
Hoy
nuestra intención orante es por los enfermos. Pensemos en quienes están en un
hospital, en quienes esperan un diagnóstico o un tratamiento, en los enfermos
crónicos, en quienes sufren dolores que otros no perciben y en quienes padecen
angustia, depresión, soledad o cansancio interior. Oremos también por sus
familias, que muchas veces comparten la incertidumbre y el agotamiento, y por
médicos, enfermeros, cuidadores y todas las personas que dedican su vida a
aliviar el sufrimiento.
Pero
nuestra oración debe convertirse también en cercanía. Tal vez no podemos curar
una enfermedad, pero sí podemos visitar, llamar, escuchar, llevar un alimento,
ofrecer ayuda o simplemente permanecer junto a quien sufre. A veces, la
medicina que más necesita una persona es saber que no está sola.
Que
los santos Marta, María y Lázaro nos ayuden a convertir nuestros hogares y
comunidades en nuevas Betanias: lugares donde Jesús sea recibido con amor,
donde su Palabra sea escuchada, donde el servicio sea generoso y donde los
enfermos encuentren consuelo, compañía y esperanza.
Y
que, aun en medio de nuestras pruebas, podamos decir con Marta: «Sí, Señor, yo creo».
Amén.
2
Amigos del Señor
«Muchos judíos habían ido a casa de Marta y
María para consolarlas por la muerte de su hermano. Cuando Marta se enteró de
que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedó en casa»
(Jn 11,19-20).
Hermanos:
El
Evangelio de la memoria que hoy celebramos comienza en medio del dolor. Lázaro
ha muerto y muchas personas se han reunido alrededor de Marta y María para
consolarlas. El sufrimiento congrega a la comunidad y prepara el escenario para
que se manifieste la acción de Dios. Mientras Jesús se acerca a la casa,
encuentra tristeza y lágrimas; sin embargo, está dispuesto a transformar
aquella casa de duelo en una casa de esperanza y alegría.
Marta,
María y Lázaro eran hermanos y amigos cercanos de Jesús. El Señor y sus
discípulos visitaron su hogar en varias ocasiones y recibieron allí una hospitalidad
generosa. Aunque conocemos poco sobre la personalidad de Lázaro, los rasgos de
Marta y María se revelan con mayor claridad en sus encuentros con Jesús.
Marta
aparece como una mujer activa, práctica y hospitalaria. Habla de manera directa
y abierta, incluso en medio de su dolor. Cuando sale al encuentro de Jesús, le
dice: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto». En sus
palabras percibimos tristeza y desconcierto, pero también confianza. Marta no
se aleja del Señor a causa de su sufrimiento; por el contrario, se acerca a él
y le abre el corazón.
Jesús
la conduce entonces a una fe más profunda. Marta cree que su hermano resucitará
al final de los tiempos, pero Jesús le revela algo mayor: «Yo soy la
resurrección y la vida». La esperanza cristiana no consiste solamente en creer
que algún día todo cambiará, sino en confiar en Jesucristo, que está presente
aquí y ahora, y cuya vida es más fuerte que la muerte.
Marta
responde con una de las profesiones de fe más hermosas del Evangelio: «Sí,
Señor, yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir
al mundo». Sus palabras y acciones manifiestan un corazón lleno de fe, aunque
todavía no comprenda plenamente el misterio que está a punto de desarrollarse
ante sus ojos.
María,
en cambio, aparece como una mujer más contemplativa y reservada. Es la que se
había sentado a los pies de Jesús para escuchar sus palabras mientras Marta
servía. En la escena de hoy permanece en casa, probablemente sumergida en un
dolor silencioso. Más adelante, cuando también salga al encuentro del Señor,
expresará su fe y su amor postrándose a sus pies entre lágrimas.
Estas
dos hermanas revelan dimensiones distintas y complementarias del discipulado:
la acción y la contemplación, la palabra y el silencio, el servicio del amor y
la adoración del corazón. Cada una respondió a Jesús según su manera de ser, y
ambas fueron profundamente amadas por él.
También
nosotros tenemos personalidades, capacidades y formas diferentes de vivir la
fe. Algunos expresan su amor sirviendo, organizando y ayudando; otros lo hacen
mediante la oración, la escucha y la contemplación. Jesús no pretende que todos
seamos iguales. Él acoge nuestra historia, nuestras cualidades, nuestros
dolores y nuestra manera particular de acercarnos a él. Seamos más parecidos a
Marta o a María, el Señor nos invita a acercarnos y a confiar en que él es «la
resurrección y la vida».
La
primera lectura nos ayuda a comprender el corazón de esta amistad: «Dios es
amor». San Juan nos recuerda que el amor no nace primero de nosotros, sino de
Dios: «Él nos amó primero y envió a su Hijo». Marta, María y Lázaro pudieron
amar a Jesús porque antes se dejaron amar por él.
La
lectura añade: «Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros». Por
eso, la casa de Betania no era solamente una vivienda donde Jesús encontraba
alimento y descanso. Era un lugar donde el amor de Dios se hacía visible en la
hospitalidad, la escucha, la amistad y el cuidado mutuo.
También
nuestras familias y comunidades están llamadas a convertirse en nuevas
Betanias. Allí donde se recibe al otro con respeto, donde se escucha a quien
sufre, donde se sirve con generosidad y se acompaña al que está solo, Dios
permanece y hace su morada.
Del
mismo modo, el salmo nos invita: «Bendigo al Señor en todo momento; su alabanza
está siempre en mi boca». No resulta difícil bendecir a Dios cuando todo marcha
bien. La fe verdadera se pone a prueba cuando aparecen la enfermedad, la
pérdida, la soledad y el sufrimiento.
Marta
y María están atravesando una hora oscura. Sin embargo, en medio de su dolor,
salen al encuentro de Jesús. El salmista proclama: «Consulté al Señor y me
respondió, me libró de todas mis ansias». Esto no significa que Dios nos evite
todas las dificultades, sino que nunca nos abandona y nos sostiene en medio de
ellas.
El
salmo también nos dice: «Gusten y vean qué bueno es el Señor». La familia de
Betania había experimentado esa bondad en la amistad cotidiana con Jesús: en
las comidas compartidas, en su palabra, en su presencia y ahora también en
medio del llanto. La bondad de Dios no desaparece cuando llega la prueba;
muchas veces se revela precisamente en la fuerza que recibimos, en la compañía
de los hermanos y en la esperanza que renace.
Aunque
sabemos poco acerca de Lázaro, conocemos algo esencial: Jesús lo amaba
profundamente. Cuando llegó frente a su sepulcro y contempló el dolor de sus
hermanas, el Evangelio dice: «Jesús lloró». Es el versículo más breve de la
Escritura, pero también uno de los más profundos.
Jesús
no es indiferente ante nuestro sufrimiento. No observa nuestras lágrimas desde
lejos. Llora con quienes lloran, comparte el dolor humano y se conmueve ante la
muerte de su amigo. En este gesto contemplamos la humanidad verdadera y el
corazón compasivo del Señor.
Pero
Jesús no solo llora. También llama a Lázaro para que salga del sepulcro. Su
resurrección es una anticipación de la propia resurrección de Cristo y una
señal poderosa de su autoridad divina sobre la muerte.
Lázaro
se convierte así en un testigo viviente del poder de Jesús. Su sola presencia
despertaba tanto asombro que los sumos sacerdotes llegaron a planear también su
muerte. Sin pronunciar grandes discursos, Lázaro anunciaba con su vida que
Cristo tiene poder para vencer la muerte.
Por
eso, Lázaro es un signo silencioso pero luminoso de esperanza: pasó por la
oscuridad del sepulcro y fue llamado nuevamente a la vida por la voz del Hijo
de Dios. Su historia nos recuerda que también en nuestros sepulcros de
sufrimiento, desesperanza, pecado o desánimo, Jesús se acerca para llamarnos y
ofrecernos una vida nueva.
Estos
tres hermanos nos revelan, además, la profunda humanidad de Cristo. Jesús
compartió su amistad, pasó tiempo con ellos, los escuchó, comió en su casa,
recibió su afecto y se dejó tocar por sus vidas. En ellos contemplamos el amor
tierno que Jesús siente también por nosotros: un amor personal, cercano y
profundamente humano.
La
casa de Betania fue un lugar donde Jesús encontraba descanso y compañía en
medio de las exigencias de su ministerio público. Esto nos recuerda que el
Señor no desea solamente nuestra adoración, sino también nuestra amistad.
Quiere habitar en la casa de nuestro corazón, compartir nuestras alegrías y
tristezas y caminar con nosotros en cada momento de la vida.
La
santidad, por tanto, no es algo lejano o abstracto. Se descubre en la vida
cotidiana, en la hospitalidad, en la oración, en el servicio, en la amistad y
en una fe sincera. Marta, María y Lázaro fueron santos no porque vivieran lejos
de los problemas, sino porque hicieron espacio para Jesús dentro de su realidad
familiar.
Pensemos
hoy en el amor tierno que Jesús tuvo por esta familia. Veamos reflejadas en
ella nuestras propias familias. El Señor desea habitar en nuestros hogares,
relacionarse personalmente con nosotros y convertir nuestra casa en un
santuario de su presencia.
Abrámosle
las puertas. Como Marta, sirvámoslo con generosidad. Como María, sentémonos a
sus pies para escucharlo y adorarlo. Como Lázaro, permitamos que levante
nuestro espíritu, restaure nuestra alma y nos libere de todo aquello que nos
mantiene atados.
Jesús
realiza todo esto con alegría, movido por una profunda compasión, cercanía y
amor por cada uno de nosotros. Y así como convirtió la casa afligida de Betania
en una casa de esperanza, también puede transformar nuestras tristezas y
hacernos testigos de la vida nueva que solamente él puede dar.
Oración
Señor mío y Amigo divino, así como tu Sagrado Corazón se
conmovió de compasión y de santa tristeza ante la muerte de tu amigo Lázaro y
ante el dolor de sus hermanas, también tu Corazón se mueve de amor por mí,
incluso cuando fallo.
Fortaléceme, Señor amado, mediante tu presencia permanente
en el santuario de mi corazón. Que mi vida sea una casa que visites con
frecuencia y un lugar de fe, amor y amistad.
Como
Marta, enséñame a servirte; como María, a escucharte y adorarte; y como Lázaro,
a dejarme llamar por ti a una vida nueva.
Jesús,
confío en ti.
************
29 de julio:
Santos Marta, María y Lázaro
(Nota: El 2 de febrero de
2021, el papa Francisco cambió esta memoria, que hasta entonces era la de santa
Marta, por la memoria de los santos Marta, María y Lázaro. La siguiente
semblanza, centrada originalmente en santa Marta, ha sido complementada con
alusiones a sus hermanos.)
Siglo I
Santa Marta, patrona de las amas de casa, de
quienes cuidan el hogar y de los cocineros
Amar a su
familia fue una buena preparación para amar a Dios
Dios
ama a las familias. Jesucristo se sentía atraído por ellas y compartió el amor
familiar de Marta, la santa de hoy, de su hermana María y de su hermano Lázaro.
Los tres formaban aquella familia de Betania a la que Jesús profesaba una
amistad particular y en cuya casa encontraba acogida, descanso y cercanía.
Durante
muchos siglos, la liturgia de la Iglesia consideró que María de Betania y María
Magdalena eran una misma persona, y celebró una figura de María que reunía
diversos rasgos evangélicos el 22 de julio. Las reformas litúrgicas posteriores
al Concilio Vaticano II identificaron claramente la memoria del 22 de julio con
María Magdalena, dejando abierta la cuestión de si ella era o no la misma María
de Betania. La memoria de Marta se celebraba tradicionalmente una semana
después, el 29 de julio. Hoy, sin embargo, la Iglesia honra conjuntamente a
Marta, María y Lázaro, reconociendo el lugar singular que esta familia ocupó en
la vida de Jesús.
La
vida familiar normal y cotidiana posee un atractivo propio. Las conversaciones
alrededor de la mesa, las discusiones sobre quién olvidó cumplir una tarea, las
prisas, los desórdenes, las preocupaciones, las risas y las diferencias de
carácter forman parte del drama doméstico. Puede ser un drama ruidoso y
exigente, pero es real. No es un videojuego ni una realidad virtual.
Como
las polillas atraídas por la luz, muchas personas se sienten atraídas por las
familias sanas, especialmente quienes proceden de hogares heridos o divididos.
Así se acercan el hijo único de la casa vecina, la mujer mayor cuyos hijos
viven lejos o la pareja sin hijos que se pregunta cómo habría sido su vida
familiar.
Jesús
también se acercaba. El Señor, que vivió célibe, conoció sin embargo
profundamente el calor del hogar de Nazaret y valoró la amistad familiar.
Parece haber pasado bastante tiempo con Marta, María y Lázaro. Podemos
imaginarlo sentado junto a ellos alrededor del fuego, escuchando sus voces
entre el movimiento de la casa, compartiendo la comida y riendo con libertad
cuando alguno decía algo gracioso. Jesús deseaba formar parte de aquella
familia.
Y
así, Jesús llega a la casa familiar de Betania.
María
está atenta. Conoce muy bien a un hombre: su hermano Lázaro. Pero Jesús no es
como él. No lo es en absoluto. Hay algo misterioso en el Señor, algo de lo que
todos hablan, pero que nadie logra explicar completamente. María se siente tan
honrada por su presencia que simplemente se sienta cerca de él, a sus pies, y
escucha con atención.
Marta
también se siente honrada y quizá algo avergonzada por el estado de la casa.
Está distraída y preocupada, siguiendo esa antigua costumbre de muchas personas
que sienten que el hogar es una prolongación de sí mismas. Por eso no deja de
limpiar, preparar y atender, ni siquiera cuando el huésped ya ha llegado.
Entonces
se queja, quizá con algo de humor o quizá con verdadera impaciencia:
«Señor,
¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola con todo el trabajo? Dile que
me ayude».
El
Señor le responde:
«Marta,
Marta, estás preocupada y agitada por muchas cosas; y hay necesidad de pocas, o
mejor, de una sola. María ha escogido la mejor parte, y no le será quitada».
Preocuparse
puede ser una manera de expresar amor, responsabilidad y empatía. Marta se
preocupa por la casa, la comida, la atención al huésped y las necesidades de
los demás porque teme que, si ella no lo hace, nadie lo hará. Jesús le
recuerda, sin embargo, que la preocupación y la agitación tienen límites. El
servicio es bueno, pero necesita nacer de un corazón que primero escucha,
descansa y permanece en Dios.
María
representa precisamente esa dimensión contemplativa. Su lugar a los pies de
Jesús no es pasividad ni desinterés, sino atención amorosa. Ella nos enseña que
antes de hablar de Dios hay que escucharlo; antes de servirlo hay que dejarse
amar por él; antes de hacer muchas cosas en su nombre hay que permanecer junto
a él.
Más
adelante, María mostrará de nuevo la profundidad de su amor cuando derrame
perfume sobre los pies de Jesús y los seque con sus cabellos. Su gesto será
interpretado por el Señor como una preparación para su sepultura. María ama con
un amor abundante, silencioso, delicado y generoso. No calcula, no se reserva,
no teme expresar públicamente su devoción.
En
otra ocasión, algo mucho más grave que una casa desordenada obliga a Marta a
hablar. Lázaro ha muerto. Jesús se conmueve ante la noticia y llega desde lejos
para consolar a la familia.
Marta
sale a su encuentro:
«Señor,
si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto».
La
conversación que sigue es breve, poderosa y llena de fe. Marta dice:
«Sí,
Señor, yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir
al mundo».
Estas
palabras anticipan, de algún modo, las promesas del Bautismo. Marta expresa en
pocas frases el núcleo mismo de la fe cristiana. Ella no solo sirve con las
manos; también cree con el corazón y confiesa con los labios.
María,
en cambio, permanece inicialmente en casa, sumergida en un dolor más
silencioso. Pero cuando escucha que Jesús la llama, se levanta inmediatamente,
corre hacia él y se arroja a sus pies. Pronuncia las mismas palabras de Marta:
«Señor,
si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto».
Las
dos hermanas comparten el mismo dolor y la misma confianza, aunque cada una lo
expresa de forma distinta. Marta dialoga y profesa su fe; María llora y se
postra. Una habla; la otra adora. Ambas creen. Ambas aman. Ambas son acogidas
por Jesús.
Lázaro,
por su parte, habla poco en los Evangelios. Sin embargo, su silencio no
significa insignificancia. Sabemos algo esencial: Jesús lo amaba profundamente.
Cuando el Señor llega al sepulcro y contempla las lágrimas de sus hermanas, se
estremece y llora.
«Y
Jesús lloró».
Es
el versículo más breve de la Escritura y uno de los más profundos. Nos revela
que Jesucristo no contempla el dolor humano desde lejos. Se conmueve, ama,
acompaña y comparte nuestras lágrimas.
Lázaro
había estado muerto durante cuatro días. Su cuerpo estaba frío y envuelto en
vendas. Entonces Jesús gritó:
«Lázaro,
sal afuera».
Y
el muerto salió.
Marta
volvió a sostener en sus manos la mano cálida de su hermano. María volvió a
escuchar su voz. Ambas pudieron verlo caminar, sonreír y sentarse nuevamente a
la mesa. Seguramente, como todos, quisieron preguntarle qué había experimentado
en la muerte.
La
resurrección de Lázaro fue un signo poderoso del dominio de Cristo sobre la
muerte y una anticipación de la propia Resurrección del Señor. Lázaro se
convirtió en un testigo vivo de ese poder. Su sola presencia despertó tanta
admiración que los sumos sacerdotes decidieron también darle muerte, porque
muchos creían en Jesús por causa suya.
Lázaro
aparece así como un testigo silencioso pero luminoso. No pronuncia grandes
discursos ni realiza obras espectaculares. Su vida recuperada es su testimonio.
Él mismo es señal de que la palabra de Cristo puede abrir los sepulcros y
devolver la esperanza.
Lázaro
murió finalmente de nuevo y no fue resucitado por segunda vez en esta vida.
Marta y María también atravesaron la muerte. Pero los tres siguieron al único
hombre entre los hombres que resucitó por su propio poder y que nunca volvió a
morir.
Después
de que Jesús devolviera a Lázaro a la vida, Marta quedó profundamente
transformada. Al final, ella también escogió la mejor parte, como su hermana.
Su servicio ya no podía ser solamente actividad, sino respuesta creyente al
Señor de la vida.
María,
por su parte, nos enseña que la contemplación auténtica termina convirtiéndose
en entrega. Quien se sienta verdaderamente a los pies de Cristo se levanta
después para amar, acompañar y ofrecer su vida.
Lázaro
nos recuerda que incluso una existencia silenciosa puede anunciar el Evangelio.
Quien ha sido tocado por Cristo se convierte, muchas veces sin palabras, en
testimonio de su poder.
Juntos,
Marta, María y Lázaro muestran tres dimensiones inseparables de la vida
cristiana: el servicio, la contemplación y el testimonio.
Marta
sirve.
María escucha y adora.
Lázaro deja que su vida hable.
Los
tres aman.
Los tres son amados.
Los tres hacen de su hogar un lugar para Jesús.
Su
casa de Betania fue un refugio de amistad para el Señor. Allí Jesús fue
recibido no solo como Maestro y Mesías, sino también como amigo. Compartió con
ellos la mesa, las preocupaciones, las conversaciones, el dolor y la alegría.
Esta
familia nos recuerda que Cristo no desea únicamente nuestra adoración solemne,
sino también nuestra amistad. Quiere entrar en nuestros hogares, sentarse a
nuestra mesa, escuchar nuestras historias, compartir nuestras penas y alegrarse
con nuestras esperanzas.
La
santidad de Marta, María y Lázaro no es distante ni abstracta. Se descubre en
la vida diaria: en la casa, en la cocina, en la hospitalidad, en la escucha, en
el llanto compartido, en la amistad sincera y en la fe que resiste incluso
frente al sepulcro.
Santa
Marta, tu profesión de fe en el Hijo de Dios, pronunciada ante el mismo Hijo de
Dios, es una inspiración para todos los creyentes. Expresaste en pocas palabras
los fundamentos de nuestra fe y uniste esa confesión con un servicio generoso a
las necesidades concretas de Cristo.
Santa María
de Betania, enséñanos a sentarnos a los pies del Señor, a escuchar su Palabra y
a amarlo con un corazón generoso, contemplativo y sin reservas.
San Lázaro,
amigo amado de Jesús, enséñanos a escuchar su voz cuando nos llama a salir de
nuestros sepulcros de tristeza, pecado, miedo o desesperanza, y a convertir
nuestra vida en un testimonio silencioso de su poder.
Santos
Marta, María y Lázaro, hagan que también nuestros hogares sean nuevas Betanias:
casas donde Cristo sea acogido, escuchado, servido y amado.
Que
aprendamos, como ustedes, a hacer de la vida familiar una escuela de amor a
Dios.



