lunes, 10 de agosto de 2026

11 de agosto del 2026: martes de la decimonovena semana del tiempo ordinario II- Memoria de Santa Clara, virgen


Testigo de la fe:

Santa Clara de Asís

1193-1253

«¡Bendito seas, Señor, ¡por haberme creado!». Estas fueron, según la tradición, las últimas palabras de Santa Clara de Asís, llamada afectuosamente «la pequeña planta de san Francisco».

Nacida en Asís, quedó profundamente cautivada por el ideal evangélico de san Francisco y decidió consagrarse totalmente a Cristo en pobreza, sencillez y fraternidad. Fue fundadora de la rama femenina de la familia franciscana, conocida inicialmente como la Orden de las Damas Pobres y posteriormente como las Clarisas.

Vivió durante largos años en el monasterio de San Damián, donde destacó por su profunda vida de oración, su amor a la Eucaristía, su humildad y su fidelidad radical al Evangelio. Murió el 11 de agosto de 1253.

Su última acción de gracias resume toda su espiritualidad: la vida es un don recibido de Dios y, por eso, puede convertirse enteramente en alabanza.

 

 

Gritar en nombre de Dios


(Ez 2,8 - 3,4 / Sal 119(118),14.24.72.103.111.131 (R. 103a) /

Mt 18,1-5. 10.12-14) En un tiempo cargado de amenazas, marcado por la voracidad de los imperios y por la ceguera de su propio pueblo, Ezequiel es portador de gritos y lamentos. Sin embargo, experimenta que la Palabra que Dios le confía no es solamente una denuncia amarga: es también una llamada a la conversión y a la esperanza.

El profeta debe hacer suya la Palabra antes de proclamarla. Dios le pide que la reciba, que la “coma”, que permita que penetre en lo más profundo de su existencia. Y, paradójicamente, aquello que contiene lamentaciones y amenazas resulta en su boca dulce como la miel.

Así ocurre también con la Palabra de Dios en nuestra vida: a veces corrige, incomoda o desenmascara nuestras falsas seguridades; pero, cuando la acogemos con fe, descubrimos que incluso su exigencia nace del amor. Dios no grita para destruirnos, sino para despertarnos, convertirnos y devolvernos a la vida.

P.E.I

Primera lectura

Lectura de la profecía de Ezequiel 2, 8 – 3, 4

Esto dice el Señor:
«Ahora, hijo de hombre, escucha lo que te digo: ¡No seas rebelde, como este pueblo rebelde! Abre la boca y come lo que te doy».
Vi entonces una mano extendida hacia mí, con un documento enrollado. Lo desenrolló ante mí: estaba escrito en el anverso y en el reverso; tenía escritas elegías, lamentos y ayes.
Entonces me dijo:
«Hijo de hombre, come lo que tienes ahí; cómete este volumen y vete a hablar a la casa de Israel».
Abrí la boca y me dio a comer el volumen, diciéndome:
«Hijo de hombre, alimenta tu vientre y sacia tus entrañas con este volumen que te doy».
Lo comí y me supo en la boca dulce como la miel.
Me dijo:
«Hijo de hombre, anda, vete a la casa de Israel y diles mis palabras».



Salmo

Sal 118, 14. 24. 72. 103. 111. 131


R/. ¡Qué dulce al paladar tu promesa, Señor!

Mi alegría es el camino de tus preceptos,
más que todas las riquezas. R/.

Tus preceptos son mi delicia,
tus enseñanzas son mis consejeros. R/.

Más estimo yo los preceptos de tu boca
que miles de monedas de oro y plata. R/.

¡Qué dulce al paladar tu promesa:
más que miel en la boca! R/.

Tus preceptos son mi herencia perpetua,
la alegría de mi corazón. R/.

Abro la boca y respiro,
ansiando tus mandamientos R/.


Lectura del santo evangelio según san Mateo 18, 1-5. 10. 12-14

En aquel momento, se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron:
«¿Quién es el mayor en el reino de los cielos?». Él llamó a un niño, lo puso en medio y dijo:
«En verdad os digo que, si no os convertís yos hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Por tanto, el que se haga pequeño como este niño, ese es el más grande en el reino de los cielos. El que acoge a un niño como este en mi nombre me acoge a mí.
Cuidado con despreciar a uno de estos pequeños, porque os digo que sus ángeles están viendo siempre en los cielos el rostro de mi Padre celestial.
¿Qué os parece? Suponed que un hombre tiene cien ovejas: si una se le pierde, ¿no deja las noventa y nueve en los montes y va en busca de la perdida? Y si la encuentra, en verdad os digo que se alegra más por ella que por las noventa y nueve que no se habían extraviado.
Igualmente, no es voluntad de vuestro Padre que está en el cielo que se pierda ni uno de estos pequeños».


*********

Hermanos:

Hay palabras que simplemente escuchamos y olvidamos. Pero hay otras que llegan tan profundamente que terminan cambiando nuestra manera de vivir. La Palabra de Dios pertenece a estas últimas.

En la primera lectura encontramos una imagen sorprendente. Dios entrega al profeta Ezequiel un rollo escrito con lamentaciones y gemidos y le ordena: «Come este rollo». El profeta debe alimentarse de aquello que después tendrá que anunciar.

Es como si Dios le dijera: No hables de mi Palabra desde afuera. Primero deja que entre dentro de ti.

Y cuando Ezequiel lo come, descubre algo inesperado: «Fue en mi boca dulce como la miel».

La Palabra puede corregirnos, incomodarnos, mostrarnos aquello que no queremos ver. Puede cuestionar nuestras seguridades y nuestros egoísmos. Pero cuando verdaderamente la acogemos, descubrimos que incluso sus exigencias tienen sabor a miel, porque proceden de un Dios que nos ama y quiere salvarnos.

Por eso el salmo responde hoy:

«¡Qué dulce al paladar tu promesa, Señor!»

El salmista llega a decir:

«Más estimo yo la ley de tu boca que miles de monedas de oro y plata».

Es una pregunta muy concreta para nosotros: ¿qué valor tiene realmente la Palabra de Dios en nuestra vida?

Tenemos tiempo para muchas palabras: mensajes, redes sociales, noticias, opiniones, conversaciones… Pero quizá necesitamos preguntarnos si también damos tiempo para escuchar esa Palabra capaz de orientar el corazón.

El Evangelio nos muestra qué sucede cuando esa Palabra comienza verdaderamente a transformarnos.

Los discípulos preguntan a Jesús:

«¿Quién es el más importante en el Reino de los cielos?»

Y Jesús hace algo desconcertante: llama a un niño, lo pone en medio de ellos y les dice:

«Si no cambian y se hacen como los niños, no entrarán en el Reino de los cielos».

Los discípulos están pensando en grandeza. Jesús les habla de pequeñez.

Ellos preguntan quién ocupa el primer puesto. Jesús pone delante de ellos a quien socialmente ocupaba uno de los últimos.

El Reino de Dios funciona con una lógica diferente: grande no es quien domina, sino quien sabe hacerse pequeño; grande no es quien busca reconocimiento, sino quien sabe confiar; grande no es quien se coloca por encima de los demás, sino quien aprende a recibirlos.

Por eso añade Jesús:

«El que recibe a un niño como este en mi nombre, me recibe a mí».

Y todavía va más lejos. Habla del pastor que tiene cien ovejas y pierde una. Deja las noventa y nueve y sale a buscarla.

Aquí aparece uno de los rasgos más hermosos del corazón de Dios: para Él nadie es un número.

Nosotros quizá pensamos: «Son noventa y nueve, no está mal». Dios, en cambio, pregunta:

¿Dónde está la que falta?

Porque para Dios una sola persona vale la búsqueda.

Tal vez nosotros mismos hemos sido alguna vez esa oveja que se alejó, se cansó, se confundió o perdió el camino. Y el Señor no renunció a nosotros.

Jesús concluye:

«El Padre de ustedes que está en el cielo no quiere que se pierda ni uno solo de estos pequeños».

Hoy celebramos también a Santa Clara de Asís. Ella comprendió profundamente esta lógica del Evangelio.

Una joven perteneciente a una familia acomodada descubre, siguiendo el ejemplo de san Francisco, que la verdadera grandeza no estaba en poseer, sobresalir o recibir honores, sino en hacerse pequeña para que Cristo fuera grande en ella.

Clara prácticamente «comió» el Evangelio como Ezequiel: lo hizo carne en su propia existencia.

Escuchó la Palabra sobre la pobreza, la fraternidad, la humildad y la confianza en Dios, y no se limitó a admirarla: la vivió.

Por eso resultan tan hermosas las palabras que la tradición conserva al final de su vida:

«¡Bendito seas, Señor, por haberme creado!»

Después de una vida de pobreza y entrega, Clara no termina quejándose de lo que le faltó, sino agradeciendo el regalo fundamental: haber recibido la vida de Dios.

Y hoy queremos llevar ante el Señor de manera especial a nuestros seres queridos, nuestros amigos y nuestros benefactores.

Personas que Dios ha colocado en nuestro camino y que, muchas veces silenciosamente, han sido expresión de su providencia: quienes nos han acompañado, quienes han rezado por nosotros, quienes nos han ayudado material o espiritualmente, quienes han permanecido cerca en momentos difíciles.

Pidamos por ellos.

Y quizá podemos hacerlo con una imagen tomada del Evangelio de hoy: ponerlos espiritualmente en las manos del Buen Pastor y decirle:

«Señor, no permitas que ninguno de ellos se pierda. Cuídalos, bendícelos, fortalécelos y llévalos siempre cerca de tu corazón».

Que Santa Clara nos enseñe hoy tres cosas muy sencillas:

acoger la Palabra hasta que se vuelva dulce en nuestra vida, hacernos pequeños para que Dios pueda ser grande en nosotros, y aprender a cuidar a cada persona sabiendo que para el Padre nadie es insignificante.

Porque para Dios no existen personas descartables.

Y quizá la mejor oración que podemos llevarnos hoy sea precisamente la de Santa Clara:

«Señor, bendito seas por haberme creado, por las personas que has puesto en mi camino y porque, aun cuando me pierdo, nunca dejas de buscarme».

Amén.


************


                                       11 de agosto:

Santa Clara, Virgen — Memoria
c. 1193–1253
Patrona de las Clarisas, bordadoras, orfebres, lavanderas, costureras, teléfonos y televisión
Invocada contra las enfermedades de los ojos y para pedir buen clima
Canonizada por el papa Alejandro IV en 1255

 


Cita:

Al contemplar más profundamente sus inefables delicias, riquezas eternas y honores, y suspirar por ellos con el gran deseo y amor de tu corazón, puedas clamar: “¡Atráeme tras de Ti! ¡Corramos en el perfume de tus aromas, oh Esposo celestial! Correré y no me cansaré, hasta que me introduzcas en la bodega del vino, hasta que tu mano izquierda esté bajo mi cabeza y tu mano derecha me abrace con alegría y me beses con el más feliz beso de tu boca.”


(De una carta escrita por Santa Clara)

 

Reflexión:


Clara Offreduccio, nacida en el seno de una familia noble de alto rango en la pintoresca ciudad italiana de Asís, fue la mayor de tres hijas. Criada entre un suntuoso palacio en Asís y un castillo en la ladera cercana del Monte Subasio, las niñas fueron educadas en la fe por sus devotos padres católicos, especialmente por su madre. Desde muy pequeñas, llevaban una vida de oración.

Cuando Clara tenía doce años, sus padres, siguiendo las costumbres de la época, intentaron concertar su matrimonio con un noble adinerado. Sin embargo, Clara expresó su deseo de esperar hasta cumplir dieciocho años, a lo que sus padres accedieron.

En la adolescencia, Clara comenzó a admirar a un joven de veinticuatro años llamado Francisco, quien había experimentado recientemente una profunda conversión. En su juventud, Francisco había sido el alma de las fiestas en Asís, con el sueño de convertirse en un gran caballero, sueño que persiguió en dos ocasiones. Su vida cambió cuando fue capturado en la guerra y encarcelado durante un año. Tras ser rescatado por su padre, volvió a Asís como un hombre transformado. Aquella dura experiencia encendió en él una conversión espiritual que no solo marcaría su vida, sino también la de Clara, la de la ciudad de Asís y la de toda la Iglesia durante siglos.

Después de renunciar a la herencia de su familia y obtener la aprobación papal, Francisco y un pequeño grupo de seguidores adoptaron un estilo de vida radical, caracterizado por la pobreza, la oración, la penitencia y la predicación itinerante.

Hacia 1211 o 1212, cuando Clara se acercaba a sus dieciocho años, asistió a una misión cuaresmal en la iglesia de San Giorgio en Asís, predicada por el hermano Francisco. Aquella predicación caló hondo en su corazón, y Clara sintió que Dios la llamaba a unirse a Francisco y a sus hermanos formando una rama femenina de su nueva orden. Sabiendo que su familia no aprobaría su decisión, habló en secreto con el hermano Francisco. Con la aprobación del obispo local, Francisco aceptó recibirla la noche del Domingo de Ramos en la pequeña capilla de la Porciúncula, donde vivía su fraternidad.

Aquella noche, Clara llegó a la capilla vestida como una novia dispuesta a desposarse con su Esposo celestial. La acompañaban su tía y una amiga. Clara entregó su ropa noble a cambio de un tosco hábito, permitió que Francisco le cortara su larga cabellera y cubrió su cabeza con un velo. Luego, Francisco dispuso que se alojara en un convento benedictino cercano.

Cuando su familia supo lo sucedido, intentaron persuadirla de volver a casa, ofreciéndole riquezas y todos los privilegios de la nobleza. Clara se negó. Al tratar de llevarla por la fuerza, ella se aferró al altar y les mostró su cabello cortado, símbolo de su consagración a Dios. Comprendiendo que ya no tenían autoridad sobre ella, sus familiares cedieron. Este fue no solo un momento decisivo en la vida de Clara, sino también el nacimiento de la orden religiosa de las Clarisas.

Por su seguridad y tranquilidad, Clara fue trasladada a otro monasterio a los pocos días, y luego a otro más. Para su sorpresa, semanas después su hermana Catalina se le unió. La familia trató nuevamente de intervenir, pero —según cuenta una tradición—, por las oraciones de Clara, el cuerpo de Catalina se volvió tan pesado que los hombres no pudieron levantarla. Finalmente, la familia desistió. Catalina fue aceptada en la nueva orden y recibió el nombre religioso de Inés.

Con el tiempo, incluso su otra hermana y su madre se unieron a Clara e Inés en la pequeña casa que Francisco había construido junto a la iglesia de San Damián. Siguiendo la regla de vida que les dio Francisco, se las conoció como “Las Damas Pobres de San Damián”. Solo después de la muerte de Clara se las comenzó a llamar “Clarisas”.

Las Damas Pobres de San Damián vivían en extrema pobreza, trabajaban con sus manos y guardaban casi completo silencio, siguiendo estrictamente la regla de Francisco durante los primeros años. A diferencia de los frailes, ellas permanecían en clausura, sin salir a predicar. En aquella época, esta austeridad era novedosa para mujeres consagradas, ya que la mayoría de los conventos eran ricos y poseían grandes extensiones de tierra trabajadas por otros. Como la rama masculina, esta nueva forma de vida fue revolucionaria, especialmente por su estricta regla de pobreza.

Aunque no deseaba asumir autoridad, Clara fue elegida abadesa. Era humilde y reservada, y le resultaba difícil dar órdenes; solía encargarse de los trabajos más humildes y menos deseados.

La protección divina cuidó de la comunidad. Cuando invasores musulmanes rodearon el convento y se preparaban para atacar Asís, Clara tomó la custodia con el Santísimo Sacramento y salió a enfrentarlos. Impactados, los invasores se retiraron y nunca regresaron.

Madre Clara pasó gran parte de su vida resistiendo las presiones de obispos, cardenales e incluso papas que querían que su orden se asemejara más a las monjas benedictinas. Firme, optó por depender de la providencia divina, confiando plenamente en su Esposo celestial. Estas luchas se intensificaron tras la muerte de San Francisco en 1226. Después de años de insistencia, Clara redactó una regla para sus hermanas y obtuvo su aprobación del papa Inocencio IV pocos días antes de morir, en 1253, a los cincuenta y nueve años. Fue la primera vez en la historia que una mujer escribía una regla para la vida religiosa y lograba su aprobación oficial.

A pesar de su vida oculta, su santidad era tan reconocida que el papa acudió personalmente a Asís para celebrar su funeral. Fue canonizada solo dos años después.

Al honrar hoy a Santa Clara y a sus hermanas, se nos invita a contemplar su total confianza en Dios. Abandonar su vida noble para abrazar la pobreza radical requirió gran fe, pero permaneció fiel a su llamado. Por medio de ella, Dios ha dado frutos abundantes que solo se conocerán plenamente en el cielo. Meditemos en su pobreza, su vida escondida de silencio y oración continua, y su fidelidad a la llamada divina. Que su radicalidad nos inspire a salir de nuestra zona de confort y abrazar una vida más confiada y de servicio desinteresado a la voluntad de Dios.


Oración:


Santa Clara, aunque procedías de una familia rica y noble, Dios te llamó a la pobreza, donde encontraste tu verdadera nobleza. Escuchaste su llamado a vivir radicalmente para Él, respondiste y nunca volviste atrás. Ruega por mí, para que yo también responda al llamado de Dios en mi vida con radical fidelidad. Que nada se interponga en mi adhesión plena a su voluntad.
Santa Clara de Asís, ruega por mí.
Jesús, en Ti confío.


domingo, 9 de agosto de 2026

10 de agosto del 2026: Fiesta de San Lorenzo Mártir

 

Testigo de la fe:

San Lorenzo, diácono y mártir


siglo III

San Lorenzo fue diácono del papa san Sixto II y uno de los mártires más venerados de la Iglesia de Roma. Murió mártir en el año 258, durante la persecución del emperador Valeriano.

Según la antigua tradición, cuando las autoridades imperiales le exigieron que entregara los bienes y tesoros de la Iglesia, Lorenzo se negó a entregar las limosnas destinadas al sostenimiento de los pobres. Más aún, presentó a los pobres, enfermos y necesitados diciendo, en sustancia: «Estos son los verdaderos tesoros de la Iglesia».

Por su fidelidad a Cristo, su servicio como diácono y su amor a los más necesitados, sufrió el martirio. Su memoria nos recuerda que la verdadera riqueza de la Iglesia no está en los bienes materiales, sino en Cristo presente especialmente en los pobres y en quienes sufren.

P.E.I

 

 

Dar nos enriquece

Las lecturas de este día expresan una convicción bíblica fundamental: dar nos enriquece. San Pablo exhorta a los corintios a vivir una generosidad que no empobrece, sino que nos hace participar de la alegría misma de Dios. Quien da con libertad, amor y confianza descubre que el corazón se ensancha y que la vida adquiere una fecundidad nueva.

La lógica del Evangelio es distinta a la del mundo: no poseemos más cuando acumulamos, sino cuando aprendemos a compartir. El grano que permanece encerrado queda solo; en cambio, cuando cae en tierra y muere, produce mucho fruto. Así también nuestra vida: cuando se entrega por amor, se vuelve fecunda.

San Lorenzo comprendió profundamente esta verdad. Sirviendo a los pobres y entregando finalmente su propia vida por Cristo, mostró que la mayor riqueza de la Iglesia está en el amor que se da sin reservas.

G.Q

 


Primera lectura

2 Cor 9, 6-10

Dios ama al que da con alegría

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Corintios.

HERMANOS:
El que siembra tacañamente, tacañamente cosechará; el que siembra abundantemente, abundantemente cosechará.
Cada uno dé como le dicte su corazón: no a disgusto ni a la fuerza, pues Dios ama “al que da con alegría”.
Y Dios tiene poder para colmarlos de toda clase de dones, de modo que, teniendo lo suficiente siempre y en todo, les sobre para toda clase de obras buenas.
Como está escrito:
«Repartió abundantemente a los pobres,
su justicia permanece eternamente».
El que proporciona “semilla al que siembra y pan para comer” proporcionará y multiplicará la semilla de ustedes y aumentará los frutos de su justicia.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 111, 1b-2. 5-6. 7-8. 9 (R.: 5a)

R. Dichoso el que se apiada y presta.

V. Dichoso quien teme al Señor
y ama de corazón sus mandatos.
Su linaje será poderoso en la tierra,
la descendencia del justo será bendita. 
R.

V. Dichoso el que se apiada y presta,
y administra rectamente sus asuntos,
porque jamás vacilará.
El recuerdo del justo será perpetuo. 
R.

V. No temerá las malas noticias,
su corazón está firme en el Señor.
Su corazón está seguro, sin temor,
hasta que vea derrotados a sus enemigos. 
R.

V. Reparte limosna a los pobres;
caridad dura por siempre
y alzará la frente con dignidad. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. El que me sigue no camina en tinieblas —dice el Señor—,
sino que tendrá la luz de la vida.
 R.

 

Evangelio

Jn 12, 24-26

A quien me sirva, el Padre lo honrará

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«En verdad, en verdad les digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto.
El que se ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna. El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo honrará».

Palabra del Señor.

 

I

 

Dar nos enriquece

 

Hermanos:

La Palabra de Dios de hoy nos presenta una verdad que parece contradictoria para la mentalidad del mundo: cuando damos, no quedamos más pobres; cuando damos por amor, nos enriquecemos delante de Dios.

San Pablo lo expresa con una imagen muy sencilla: «El que siembra escasamente, escasamente cosechará; y el que siembra abundantemente, abundantemente cosechará». Y añade una frase hermosa: «Dios ama al que da con alegría».

La vida cristiana es precisamente eso: una siembra. Cada gesto de amor, cada obra de misericordia, cada ayuda que prestamos, cada palabra buena, cada sacrificio ofrecido silenciosamente es una semilla que quizá nosotros no veremos crecer inmediatamente, pero que Dios hará fructificar.

Y el salmo de hoy confirma esta misma enseñanza: «Dichoso quien se apiada y presta». El hombre justo «reparte limosna a los pobres; su caridad dura por siempre». Es decir, hay cosas que terminan con nuestra muerte, pero el amor que hemos sembrado permanece.

Por eso hoy contemplamos a san Lorenzo, diácono de la Iglesia de Roma y servidor de los pobres. Cuando las autoridades le exigieron entregar los tesoros de la Iglesia, la tradición nos cuenta que Lorenzo presentó a los pobres y necesitados diciendo que ellos eran los verdaderos tesoros de la Iglesia.

¡Qué manera tan profundamente evangélica de mirar la vida!

El verdadero tesoro no está solamente en aquello que poseemos, sino en aquello que somos capaces de compartir. Una persona puede tener mucho y ser profundamente pobre; y otra puede poseer muy poco, pero tener un corazón inmensamente rico porque sabe darse.

Jesús lo lleva todavía más lejos en el Evangelio: «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto».

Esa palabra se cumplió primero en Cristo. Jesús fue el grano que cayó en tierra: entregó su vida, murió y resucitó, y de su entrega nació una cosecha inmensa de salvación.

San Lorenzo siguió el mismo camino. No solamente distribuyó bienes entre los pobres: terminó entregando su propia vida. Su martirio fue la última y más grande de sus ofrendas.

Y aquí podemos unir nuestra intención de hoy: oramos por nuestros fieles difuntos.

Cuando alguien que amamos muere, humanamente sentimos que lo hemos perdido. Pero nuestra fe nos dice que la muerte no tiene la última palabra. La vida entregada no desaparece; la semilla enterrada está llamada a germinar en Dios.

Recordemos hoy a nuestros padres, familiares, amigos, benefactores y miembros de nuestras comunidades que ya han partido. Quizá muchos de ellos sembraron discretamente durante su vida: trabajaron por sus familias, ayudaron a otros, perdonaron, sufrieron, rezaron, compartieron lo poco o mucho que tenían.

Muchas veces solo después de su muerte descubrimos cuánto bien sembraron.

Por ellos ofrecemos hoy especialmente la Eucaristía, confiando en la misericordia del Señor y pidiendo que aquella semilla que sembraron durante su existencia alcance ahora su plenitud en la vida eterna.

Pero san Lorenzo también nos deja una pregunta a quienes todavía peregrinamos:

¿Qué estoy sembrando yo con mi vida?

Porque un día no llevaremos con nosotros lo que acumulamos. Llevaremos ante Dios aquello que amamos, aquello que compartimos y el bien que dejamos sembrado en los demás.

Pidamos hoy al Señor un corazón generoso. Que sepamos dar nuestro tiempo, nuestros talentos, nuestros bienes, nuestra cercanía, nuestro perdón y nuestra oración.

Y por nuestros queridos difuntos pidamos con esperanza:

Dales, Señor, el descanso eterno,
y brille para ellos la luz perpetua.
Que por tu infinita misericordia descansen en paz. Amén.

San Lorenzo, diácono y mártir, ruega por nosotros.

Una idea puede quedar como frase central para proclamar varias veces durante la homilía: «Lo que guardamos termina con nosotros; lo que damos por amor permanece para siempre».

 

II

 

Producir mucho fruto

 

Hermanos:

Jesús nos dice hoy en el Evangelio:

«En verdad, en verdad les digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, produce mucho fruto».

Estas palabras parecen escritas para comprender la vida y el martirio de san Lorenzo, a quien hoy honra la Iglesia.

San Lorenzo ha sido profundamente venerado desde los primeros siglos del cristianismo. Vivió en el siglo III y, según la tradición, tenía alrededor de treinta y tres años cuando entregó su vida, una edad semejante a aquella en la que nuestro Señor dio la suya por nosotros. Lorenzo era uno de los siete diáconos de Roma y probablemente ejercía como archidiácono. Se le había confiado especialmente la distribución de los bienes de la Iglesia entre los pobres y mantenía una estrecha relación con el papa san Sixto II.

Cuando el emperador Valeriano comenzó la persecución contra la Iglesia, en el año 257, ordenó la ejecución de obispos, sacerdotes y diáconos. El 6 de agosto del año 258, el papa Sixto II y varios diáconos fueron martirizados. Según san Ambrosio, Lorenzo se alegraba por la valentía de aquellos mártires, pero al mismo tiempo sufría porque no había podido morir junto a quien consideraba su padre espiritual.

Poco después, Lorenzo fue arrestado y se le ordenó entregar los tesoros de la Iglesia.

Y aquí aparece una de las escenas más hermosas de su vida.

En lugar de entregar aquellos bienes a las autoridades, Lorenzo los distribuyó entre los pobres y, cuando fue llevado ante el prefecto, presentó precisamente a los pobres como los verdaderos tesoros de la Iglesia.

Aquella respuesta provocó la ira de las autoridades y Lorenzo fue condenado a muerte.

La tradición cristiana recuerda incluso su fortaleza y su santo humor en medio del sufrimiento. Se cuenta que, mientras era atormentado sobre una parrilla, llegó a decir a sus verdugos que ya estaba asado de un lado y podían darle la vuelta.

Más allá de los detalles tradicionales de su martirio, lo esencial permanece: Lorenzo entregó completamente su vida por Cristo.

Y así comprendemos mejor el Evangelio:

«Si el grano de trigo cae en tierra y muere, produce mucho fruto».

San Lorenzo, como todos los mártires, hizo quizá más por la Iglesia muriendo que cuanto habría podido hacer viviendo muchos años más.

En cierto sentido, podemos decir que todo mártir muere dos veces.

Primero muere interiormente: muere al egoísmo, al apego, a la búsqueda de sí mismo, al deseo de conservar la propia vida a cualquier precio.

Y después, algunos son llamados también al martirio físico.

Por eso Jesús afirma:

«El que ama su vida la pierde; y el que odia su vida en este mundo la guardará para la vida eterna».

Naturalmente, Jesús no nos invita a despreciar la vida. La vida es don de Dios. Lo que pide es no convertir nuestra vida en un absoluto, no vivir únicamente para nosotros mismos.

«Odiar la propia vida» significa aquí abandonarse totalmente a la voluntad de Dios, liberarse de aquellas búsquedas egoístas que nos impiden amar y servir.

San Lorenzo ya había comenzado a morir antes de su martirio: había muerto al egoísmo sirviendo a los pobres, administrando los bienes de la Iglesia para los necesitados y poniendo su vida al servicio de Cristo.

Por eso estaba preparado cuando llegó el sacrificio definitivo.

La primera lectura, de la segunda carta a los Corintios, nos presenta exactamente la misma lógica:

«El que siembra escasamente, escasamente cosechará; y el que siembra abundantemente, abundantemente cosechará».

San Pablo nos recuerda que Dios ama al que da con alegría.

¡Qué extraordinaria descripción de san Lorenzo!

Él no solamente dio bienes materiales. Dio su tiempo, su ministerio, su servicio, su amor por los pobres y, finalmente, se dio a sí mismo.

El cristiano verdadero comprende que aquello que se entrega por amor no se pierde.

El mundo dice: «Guarda para ti».

El Evangelio dice: «Entrega y producirás fruto».

El mundo dice: «Protege tu vida a cualquier precio».

Cristo dice: «Quien pierde su vida por mí la encontrará».

El mundo mide la riqueza por lo que uno posee.

San Lorenzo nos enseña que la verdadera riqueza de la Iglesia son aquellos a quienes amamos, servimos y levantamos.

Y el salmo de hoy prolonga esta enseñanza:

«Dichoso quien se apiada y presta», y añade: «Reparte limosna a los pobres; su caridad dura por siempre».

Esto significa algo muy hermoso: hay cosas que desaparecen cuando nosotros morimos, pero el bien que hacemos permanece.

Una casa pasa a otros.

El dinero cambia de manos.

Las posesiones terminan quedando atrás.

Pero una obra de amor, una ayuda dada en silencio, una persona levantada cuando estaba caída, una familia sostenida, un pobre socorrido, una palabra de esperanza pronunciada en el momento oportuno… eso permanece ante Dios.

Por eso el salmo puede afirmar:

«Su caridad dura por siempre».

La Iglesia honra a los mártires porque ellos se convierten en verdaderos iconos vivientes del amor sacrificial de Cristo.

Podríamos preguntarnos qué habría ocurrido si Lorenzo hubiera huido para salvar su vida.

Quizá muchos lo habrían comprendido. Tal vez habría continuado ayudando a los pobres durante muchos años. Quizás habría muerto tranquilamente y su nombre habría desaparecido de la historia.

Pero Dios quiso que su entrega se convirtiera en un testimonio que continúa hablando después de tantos siglos.

Como Cristo, el grano de trigo cayó en tierra.

Y produjo mucho fruto.

Por eso la pregunta del Evangelio llega también hasta nosotros:

¿Estoy dispuesto yo también a convertirme en ese grano de trigo?

Tal vez no se nos pedirá derramar la sangre por Cristo.

Pero existe otro martirio que todos debemos vivir: el martirio espiritual de la entrega cotidiana.

Morir a nuestro orgullo.

Morir al resentimiento.

Morir al egoísmo.

Morir a la necesidad de tener siempre la razón.

Morir al apego excesivo a nuestros bienes.

Morir a aquellas comodidades que nos impiden servir.

Morir un poco cada día para que Cristo viva más plenamente en nosotros.

Preguntémonos:

¿Qué apegos, temores o deseos egoístas me están impidiendo dar más fruto para el Reino de Dios?

San Lorenzo nos invita a vivir con valentía, alegría y confianza en la providencia de Dios.

Porque cuando una vida se entrega por amor, jamás resulta estéril.

El grano que se guarda termina secándose.

El grano que se entrega produce fruto.

Pidamos entonces:

Señor Jesús, que llenaste a san Lorenzo de un amor tan ardiente que llegó a considerar la muerte como ganancia, confiando en el fruto abundante que produciría su martirio, concédeme ese mismo valor y esa disponibilidad.

Que cada día aprenda a morir a mí mismo y a vivir solamente para Ti.

Haz que mi vida, como la de san Lorenzo, produzca un fruto abundante y duradero para la llegada de tu Reino.

San Lorenzo, diácono y mártir, ruega por nosotros.

Amén.

sábado, 8 de agosto de 2026

9 de agosto del 2026: decimonoveno domingo del tiempo ordinario-Ciclo A

 

Lo imposible se hace posible


(1R 19,9a.11-13a / Sal 85(84),9ab+10.11-12.13-14 (R. 8) / Rm 9,1-5 /

Mt 14,22-33) Elías no reconoce la presencia de Dios en el huracán, ni en el terremoto, ni en el fuego, sino en el murmullo de una brisa suave, en ese silencio delicado que exige atención y un corazón disponible. Dios no siempre se manifiesta de manera espectacular; muchas veces se hace presente discretamente, en la oración, en la paz interior, en una palabra sencilla o en la cercanía misericordiosa de alguien.

Por eso el salmo proclama: «La misericordia y la fidelidad se encuentran, la justicia y la paz se besan». Allí donde acogemos al Señor y aprendemos a escuchar su voz, comienza a brotar la paz y lo que parecía imposible empieza a hacerse posible.

San Pablo, en la segunda lectura, lleva en el corazón una gran tristeza por sus hermanos israelitas, que no han reconocido a Cristo. Su dolor no lo conduce al rechazo, sino a un amor todavía más profundo. También nosotros estamos llamados a llevar ante Dios a quienes se han alejado de la fe, sin condenarlos ni perder la esperanza. Para el Señor, ninguna conversión es imposible.

En el Evangelio, los discípulos se encuentran en medio de la tormenta. Cuando ven a Jesús caminando sobre el mar, sienten miedo y creen que es un fantasma. Pero Él les dice: «¡Ánimo, soy yo, no tengan miedo!» Pedro, sostenido por la palabra del Maestro, se atreve a caminar sobre las aguas: mientras mantiene la mirada fija en Jesús, lo imposible se hace posible; cuando mira el viento y se deja dominar por el temor, comienza a hundirse.

También nosotros podemos atravesar las tempestades si no apartamos los ojos de Cristo. Y cuando nuestra fe vacile, nos queda la breve oración de Pedro: «¡Señor, sálvame!» Jesús no lo abandona, sino que inmediatamente le tiende la mano.

La fe no significa que nunca habrá vientos contrarios, sino que Cristo viene a nuestro encuentro en medio de ellos. Escuchemos su voz en el silencio, confiemos en su misericordia y dejémonos sostener por su mano. Entonces podremos proclamar con los discípulos: «Verdaderamente, tú eres el Hijo de Dios».

  • ¿Sé reconocer la presencia de Dios en el silencio y en los pequeños signos de cada día, o solamente la busco en acontecimientos extraordinarios?
  • Cuando llegan las tormentas, ¿mantengo la mirada fija en Jesús o permito que el miedo y las preocupaciones me hagan hundir?
  • ¿Llevo con amor y esperanza ante Dios a quienes se han alejado de la fe, como san Pablo llevaba en su corazón a sus hermanos?


 

Primera lectura

1 Re 19, 9a. 11-13a
Permanece de pie en el monte ante el Señor

Lectura del primer libro de los Reyes.

EN aquellos días, cuando Elías llegó hasta el Horeb, el monte de Dios, se introdujo en la cueva y pasó la noche. Le llegó la palabra del Señor, que le dijo:
«Sal y permanece de pie en el monte ante el Señor».
Entonces pasó el Señor y hubo un huracán tan violento que hendía las montañas y quebraba las rocas ante el Señor, aunque en el huracán no estaba el Señor. Después del huracán, un terremoto, pero en el terremoto no estaba el Señor. Después del terremoto fuego, pero en el fuego tampoco estaba el Señor.
Después del fuego, el susurro de una brisa suave. Al oírlo Elías, cubrió su rostro con el manto, salió y se mantuvo en pie a la entrada de la cueva.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 84, 9abc y 10. 11-12. 13-14 (R.: 8)

R. Muéstranos, Señor, tu misericordia
y danos tu salvación.


V. Voy a escuchar lo que dice el Señor:
«Dios anuncia la paz
a su pueblo y a sus amigos».
La salvación está cerca de los que le temen,
y la gloria habitará en nuestra tierra. 
R.

V. La misericordia y la fidelidad se encuentran,
la justicia y la paz se besan;
la fidelidad brota de la tierra,
y la justicia mira desde el cielo. 
R.

V. El Señor nos dará la lluvia,
y nuestra tierra dará su fruto.
La justicia marchará ante él,
y sus pasos señalarán el camino. 
R.

 

Segunda lectura

Rom 9, 1-5

Desearía ser un proscrito por el bien de mis hermanos

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos.

HERMANOS:
Digo la verdad en Cristo, no miento —mi conciencia me atestigua que es así, en el Espíritu Santo—: siento una gran tristeza y un dolor incesante en mi corazón; pues desearía ser yo mismo un proscrito, alejado de Cristo, por el bien de mis hermanos, los de mi raza según la carne: ellos son israelitas y a ellos pertenecen el don de la filiación adoptiva, la gloria, las alianzas, el don de la ley, el culto y las promesas; suyos son los patriarcas y de ellos procede el Cristo, según la carne; el cual está por encima de todo, Dios bendito por los siglos. Amén.

Palabra de Dios.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Espero en el Señor, espero en su palabra. R.

 

Evangelio

Mt 14, 22-33

Mándame ir a ti sobre el agua

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

DESPUÉS de que la gente se hubo saciado, Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente.
Y después de despedir a la gente subió al monte a solas para orar. Llegada la noche estaba allí solo.
Mientras tanto la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario. A la cuarta vela de la noche se les acercó Jesús andando sobre el mar. Los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, diciendo que era un fantasma.
Jesús les dijo enseguida:
«¡Ánimo, soy yo, no tengan miedo!».
Pedro le contestó:
«Señor, si eres tú, mándame ir a ti sobre el agua».
Él le dijo:
«Ven».
Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua acercándose a Jesús; pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó:
«Señor, sálvame».
Enseguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo:
«¡Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado?».
En cuanto subieron a la barca amainó el viento.
Los de la barca se postraron ante él diciendo:
«Realmente eres Hijo de Dios».

Palabra del Señor.

 

1

 

Descubrir al verdadero Dios

 

Las lecturas de este domingo nos invitan a purificar la imagen que tenemos de Dios. A veces esperamos un Dios espectacular, que se manifieste con señales extraordinarias y solucione inmediatamente nuestros problemas. Otras veces lo imaginamos como un juez severo, dispuesto a castigarnos; o como un Dios lejano, que permanece indiferente ante nuestras tempestades. Sin embargo, la Palabra nos revela su verdadero rostro: el de un Dios cercano, misericordioso y fiel, que se hace presente en el silencio y viene a nuestro encuentro cuando el viento es contrario.

En la primera lectura encontramos al profeta Elías en el monte Horeb. Ha defendido con valentía la fe de Israel, pero ahora se siente perseguido, cansado y solo. Su celo por Dios también necesita ser purificado: debe aprender que el Señor no se impone mediante la violencia ni actúa siempre de la manera que nosotros esperamos.

Elías contempla un viento huracanado que parte las montañas, pero el Señor no estaba en el viento. Después llega un terremoto, pero Dios tampoco estaba allí. Luego aparece el fuego, y el Señor no estaba en el fuego. Finalmente, se escucha el susurro de una brisa suave. Elías se cubre el rostro, porque reconoce que Dios está pasando.

¡Qué enseñanza tan necesaria para nosotros! Vivimos rodeados de ruido, noticias, pantallas, discusiones y preocupaciones. Incluso nuestra oración puede llenarse de palabras sin dejar espacio para escuchar. Dios puede manifestarse en acontecimientos extraordinarios, pero muchas veces se acerca discretamente: en el silencio de una capilla, en la Palabra meditada, en una conciencia que nos llama a cambiar, en el abrazo de alguien que consuela o en la paz que llega cuando todo parecía perdido.

El salmo nos invita precisamente a adoptar la actitud de Elías: «Voy a escuchar lo que dice el Señor». Antes de pedirle que hable más fuerte, deberíamos preguntarnos si nosotros hacemos silencio para escucharlo. El salmista proclama además: «La misericordia y la fidelidad se encuentran, la justicia y la paz se besan». Este es el verdadero rostro de Dios: misericordia, fidelidad, justicia y paz. Por eso suplicamos: «Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación».

En la segunda lectura, san Pablo nos abre su corazón. Siente una gran tristeza por sus hermanos israelitas, de quienes proceden las alianzas, la Ley, el culto, las promesas y los patriarcas; y de quienes, según la carne, nació Cristo. Muchos no han reconocido en Jesús al Mesías esperado, y Pablo vive esta situación con profundo dolor.

Pero no los desprecia ni los condena. Al contrario, lleva su sufrimiento ante Dios. Pablo nos enseña cómo debemos relacionarnos con quienes se han alejado de la fe o todavía no han encontrado a Cristo. No desde la superioridad, la crítica o el rechazo, sino desde el amor, la oración y la esperanza. Tal vez también nosotros llevamos en el corazón a un hijo, un familiar o un amigo que ha abandonado la Iglesia. No perdamos la esperanza: para Dios ninguna conversión es imposible. Amemos, oremos y demos testimonio sin imponer.

El Evangelio nos conduce después al mar de Galilea. Jesús acaba de multiplicar los panes. La multitud está entusiasmada y podría convertirlo en el líder político que esperaba. Pero Jesús no ha venido a construir un reino basado en el poder humano. Por eso envía a los discípulos a la otra orilla, despide a la gente y sube solo a la montaña para orar.

Jesús nos enseña que, antes de afrontar las tormentas, necesitamos encontrarnos con el Padre. La oración no es una manera de huir de la realidad; es el lugar donde aprendemos a contemplarla con los ojos de Dios. En el silencio, nuestros deseos se purifican, nuestros temores encuentran consuelo y nuestra vida se ajusta al proyecto divino.

Mientras Jesús ora, los discípulos atraviesan el mar. La noche es oscura, el viento es contrario y las olas golpean la barca. Aquella barca representa nuestra propia vida, nuestras familias y también a la Iglesia. Todos conocemos los vientos contrarios: la enfermedad, el duelo, los conflictos familiares, las dificultades económicas, la soledad, las dudas de fe, la angustia por el futuro o el peso de nuestros pecados. También la Iglesia ha atravesado persecuciones, divisiones, escándalos y crisis. Sin embargo, la barca continúa navegando porque Cristo no la abandona.

De madrugada, Jesús se acerca caminando sobre las aguas. Los discípulos no lo reconocen; piensan que es un fantasma y gritan de miedo. También nosotros podemos confundir la presencia del Señor con una amenaza. Hay situaciones que al principio nos asustan y que, vividas desde la fe, pueden convertirse en ocasiones de crecimiento, conversión y encuentro con Dios.

Entonces Jesús les dice: «¡Ánimo, soy yo, no tengan miedo!» No les promete que nunca habrá tormentas; les asegura que no estarán solos en ellas. Tal vez el viento no se calme inmediatamente, pero Él está presente. Cuando creemos que Dios nos ha abandonado, puede estar acercándose de una manera que todavía no sabemos reconocer.

Pedro le pide caminar sobre el agua. Mientras mantiene la mirada fija en Jesús, logra avanzar; lo imposible se hace posible. Pero cuando deja de mirar al Señor y se concentra en la fuerza del viento, comienza a hundirse. Así nos sucede: cuando solo miramos los problemas, estos parecen más grandes que Dios; cuando miramos a Cristo, descubrimos que su gracia es más grande que nuestros miedos.

Pedro pronuncia entonces una oración breve y sincera: «¡Señor, sálvame!» Jesús no le da primero una explicación ni espera a que recupere por sí mismo la confianza. Inmediatamente le tiende la mano. Esta oración puede acompañarnos cuando no encontramos palabras: “Señor, sálvame; Señor, ayúdame; Señor, no me sueltes”.

La fe no consiste en caminar siempre con seguridad, sino en saber a quién acudir cuando comenzamos a hundirnos. No es la ausencia de miedo, sino la decisión de confiar en medio del miedo. Lo que salva a Pedro y sostiene la barca no es la fuerza de sus ocupantes, sino la presencia de Jesús.

Cada domingo, Cristo viene a nuestro encuentro en la Eucaristía. Se acerca a nuestra barca, nos habla en su Palabra, nos alimenta con su Cuerpo y su Sangre y nos repite: «¡Ánimo, soy yo, no tengan miedo!» Dejémoslo subir a nuestra vida y entreguémosle nuestras tempestades. Entonces podremos postrarnos ante Él y proclamar con los discípulos: «Verdaderamente, tú eres el Hijo de Dios».

 

2

 

Descubrir al verdadero Dios

Las lecturas de este XIX domingo del Tiempo Ordinario nos invitan a purificar la imagen que tenemos de Dios. A veces lo imaginamos lejano, imponente, severo; otras veces esperamos que actúe siempre de forma espectacular, resolviendo de inmediato nuestras dificultades. Pero la Palabra de hoy nos revela un Dios distinto: cercano, misericordioso, fiel y presente aun en medio de la tormenta.

Elías atraviesa un momento de profundo cansancio y desánimo. Después de haber defendido con ardor la fe de Israel, se siente solo, perseguido y derrotado. Sube al Horeb, la montaña santa, esperando quizá encontrar a Dios en lo grandioso: en el huracán, en el terremoto, en el fuego. Sin embargo, el Señor no estaba allí. Dios se manifiesta en “el susurro de una brisa suave”, en el silencio que toca el corazón.

Elías descubre que Dios no necesita imponerse por la fuerza ni defenderse mediante la violencia. El verdadero Dios es amor, paciencia y misericordia. No grita para dominar; habla suavemente para despertar, sanar y enviar de nuevo a la misión. También nosotros necesitamos aprender a reconocerlo: no solo en lo extraordinario, sino en una oración silenciosa, en una palabra oportuna, en la cercanía de alguien que consuela, en la paz que llega cuando todo parecía perdido.

San Pablo, en la segunda lectura, abre su corazón y comparte su dolor por sus hermanos de Israel, que no han reconocido a Jesús como el Mesías. No los condena ni los desprecia; los ama profundamente y recuerda con gratitud todos los dones que Dios les ha concedido: la alianza, la Ley, el culto, las promesas, los patriarcas. De ellos nació Cristo según la carne.

Esta palabra nos enseña a vivir la fe sin orgullo ni exclusiones. El plan de Dios es más grande que nuestros límites: su salvación quiere alcanzar a todos. Cristo entregó su vida por la humanidad entera; nadie queda fuera de su amor, de su misericordia y de su llamado.

En el Evangelio, Jesús acaba de multiplicar los panes. La multitud está entusiasmada y muchos pueden imaginar que han encontrado al líder político que esperaban. Pero Jesús no ha venido a fundar un reino de poder humano ni a alimentar falsas expectativas. Por eso envía a los discípulos a la otra orilla y se retira a la montaña para orar.

Qué enseñanza tan necesaria: antes de actuar, Jesús ora; antes de afrontar la noche, entra en comunión con el Padre. También nosotros necesitamos subir a esa montaña interior, apartarnos un poco del ruido, de la prisa y de tantas voces que confunden el alma. Solo en la oración podemos comprender el proyecto de Dios y ajustar nuestra vida a su voluntad.

Mientras Jesús ora, los discípulos navegan en medio de la noche. El viento es contrario, las olas golpean la barca y el miedo se apodera de ellos. Esa barca representa también nuestra vida, nuestras familias y la misma Iglesia. A lo largo de los siglos, la Iglesia ha atravesado persecuciones, crisis, divisiones y tempestades; cada uno de nosotros conoce también noches de incertidumbre, enfermedad, duelo, problemas económicos o preocupaciones por quienes amamos.

Pero precisamente allí, en la madrugada, Jesús se acerca caminando sobre el mar. El mar agitado, símbolo del caos y de las fuerzas del mal, no puede detenerlo. Cristo es Señor aun sobre aquello que nos amenaza. Y cuando los discípulos lo confunden con un fantasma, Él les dice: “¡Ánimo! Soy yo, no tengan miedo”.

Esta es una de las palabras más hermosas del Evangelio. Jesús no promete que nunca habrá tormentas; promete estar presente en ellas. No siempre quita de inmediato el viento contrario, pero se acerca, sostiene y salva. Cuando parece que Dios calla, no significa que nos haya abandonado. Tal vez viene hacia nosotros de una manera que aún no sabemos reconocer.

Pedro se atreve a salir de la barca. Mientras mira a Jesús, camina; cuando fija la mirada en el viento y las olas, comienza a hundirse. Cuántas veces nos sucede lo mismo: avanzamos mientras confiamos en el Señor, pero nos hundimos cuando dejamos que el miedo, la ansiedad o las malas noticias ocupen el centro de nuestro corazón. Sin embargo, Pedro nos deja una oración sencilla y poderosa: “Señor, sálvame”. Y Jesús, sin reproches, le tiende la mano.

Hoy pidámosle al Señor una fe más humilde y confiada. Que sepamos descubrirlo en la brisa suave de la oración, servirlo en los hermanos y reconocerlo presente en la barca de la Iglesia. Cada domingo, en la Eucaristía, Él vuelve a acercarse: nos alimenta con su Cuerpo y su Sangre, fortalece nuestra esperanza y nos envía a dar testimonio.

Que, aun en medio de nuestras tempestades, podamos repetir con toda la Iglesia: “Verdaderamente, tú eres el Hijo de Dios”.

 


Para complementar la predicación del domingo…




Tormenta en una parroquia: la historia del padre Andrew Greeley : 

Érase una vez un sacerdote parroquial maltrecho que se acercó a su obispo."Quiero jubilarme",dijo.

"No es usted lo suficientemente mayor para jubilarse". 

"Sí, pero estoy agotado. Mis feligreses se pelean entre sí, mis jóvenes no vienen a la iglesia. Mi consejo parroquial no tiene agallas. Mis adolescentes beben demasiado. Los miembros de mi personal están en constante conflicto. Un par de mujeres intentan apoderarse de la parroquia. Los hombres no soportan la tensión. Mis colectas han disminuido. Espías me denuncian a usted todas las semanas. Niños de la escuela secundaria rompen ventanas y hacen grafitis. Recibo correo de odio anónimo todos los días".

El obispo suspiró ruidosamente, ese suspiro del oeste de Irlanda que sugiere el inicio de un grave ataque de asma."Déjeme contarle mis problemas".

Los dos hombres se sentaron en silencio durante unos minutos después de haber intercambiado sus penas.—Bueno—dijo el obispo—,enhorabuena por tener una parroquia tan dinámica. Sigue viva y activa, y Jesús está presente en su barca parroquial, calmando el mar.

Así pues, el párroco regresó a su parroquia decidido a navegar por el tempestuoso mar parroquial con Jesús. No renunció.



11 de agosto del 2026: martes de la decimonovena semana del tiempo ordinario II- Memoria de Santa Clara, virgen

Testigo de la fe: Santa Clara de Asís 1193-1253 «¡Bendito seas, Señor, ¡por haberme creado!». Estas fueron, según la tradición, las últimas...