sábado, 14 de marzo de 2026

15 de marzo del 2026: cuarto domingo de Cuaresma- (Ciclo A)

 

Ver con el corazón

En este cuarto domingo de Cuaresma, la liturgia nos invita a mirar más allá de las apariencias. En la primera lectura (1 Sam 16,1.6-7.10-13), Dios sorprende al profeta Samuel al elegir como rey a David, el más joven y aparentemente menos importante de los hijos de Jesé. Dios recuerda una verdad fundamental: el hombre mira las apariencias, pero el Señor mira el corazón.

El Evangelio (Jn 9,1-41) profundiza este mensaje a través del signo del ciego de nacimiento. Jesús no sólo devuelve la vista a un hombre; le abre los ojos del corazón para reconocer al Hijo de Dios. Paradójicamente, quienes creían ver —los fariseos— permanecen en su ceguera, porque se cierran a la luz que viene de Dios.

La segunda lectura (Ef 5,8-14) nos exhorta a vivir como hijos de la luz. Quien ha sido iluminado por Cristo está llamado a dejar atrás las obras de la oscuridad y a reflejar en su vida la bondad, la justicia y la verdad.

En este tiempo cuaresmal, la Palabra nos invita a dejarnos iluminar por Cristo. Sólo cuando Él abre nuestros ojos aprendemos a ver el mundo, a los demás y a nosotros mismos con la mirada de Dios.

G.Q

 


Primera lectura

Lectura del primer libro de Samuel (16,1b.6-7.10-13a):

En aquellos días, el Señor dijo a Samuel: «Llena la cuerna de aceite y vete, por encargo mío, a Jesé, el de Belén, porque entre sus hijos me he elegido un rey.»
Cuando llegó, vio a Eliab y pensó: «Seguro, el Señor tiene delante a su ungido.»
Pero el Señor le dijo: «No te fijes en las apariencias ni en su buena estatura. Lo rechazo. Porque Dios no ve como los hombres, que ven la apariencia; el Señor ve el corazón.»
Jesé hizo pasar a siete hijos suyos ante Samuel; y Samuel le dijo: «Tampoco a éstos los ha elegido el Señor.»
Luego preguntó a Jesé: «¿Se acabaron los muchachos?»
Jesé respondió: «Queda el pequeño, que precisamente está cuidando las ovejas.»
Samuel dijo: «Manda por él, que no nos sentaremos a la mesa mientras no llegue.»
Jesé mandó a por él y lo hizo entrar: era de buen color, de hermosos ojos y buen tipo.
Entonces el Señor dijo a Samuel: «Anda, úngelo, porque es éste.»
Samuel tomó la cuerna de aceite y lo ungió en medio de sus hermanos. En aquel momento, invadió a David el espíritu del Señor, y estuvo con él en adelante.

Palabra de Dios

 

 

Salmo

Sal 22,1-3a.3b-4.5.6

R/. El Señor es mi pastor, nada me falta


El Señor es mi pastor, nada me falta:
en verdes praderas me hace recostar,
me conduce hacia fuentes tranquilas
y repara mis fuerzas. R/.

Me guía por el sendero justo,
por el honor de su nombre.
Aunque camine por cañadas oscuras,
nada temo, porque tú vas conmigo:
tu vara y tu cayado me sosiegan. R/.

Preparas una mesa ante mí,
enfrente de mis enemigos;
me unges la cabeza con perfume,
y mi copa rebosa. R/.

Tu bondad y tu misericordia
me acompañan todos los días de mi vida,
y habitaré en la casa del Señor
por años sin término. R/.

 

 

Segunda lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios (5,8-14):

En otro tiempo erais tinieblas, ahora sois luz en el Señor. Caminad como hijos de la luz –toda bondad, justicia y verdad son fruto de la luz–, buscando lo que agrada al Señor, sin tomar parte en las obras estériles de las tinieblas, sino más bien denunciadlas. Pues hasta da vergüenza mencionar las cosas que ellos hacen a escondidas. Pero la luz, denunciándolas, las pone al descubierto, y todo lo descubierto es luz. Por eso dice: «Despierta, tú que duermes, levántate de entre los muertos, y Cristo será tu luz.»

Palabra de Dios

 

 

Lectura del santo evangelio según san Juan (9,1.6-9.13-17.34-38):

En aquel tiempo, al pasar Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento. Y escupió en tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego y le dijo: «Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado).»
Él fue, se lavó, y volvió con vista. Y los vecinos y los que antes solían verlo pedir limosna preguntaban: «¿No es ése el que se sentaba a pedir?»
Unos decían: «El mismo.»
Otros decían: «No es él, pero se le parece.»
Él respondía: «Soy yo.»
Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista.
Él les contestó: «Me puso barro en los ojos, me lavé, y veo.»
Algunos de los fariseos comentaban: «Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado.»
Otros replicaban: «¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?»
Y estaban divididos. Y volvieron a preguntarle al ciego: «Y tú, ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?»
Él contestó: «Que es un profeta.»
Le replicaron: «Empecatado naciste tú de pies a cabeza, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?»
Y lo expulsaron.
Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo: «¿Crees tú en el Hijo del hombre?»
Él contestó: «¿Y quién es, Señor, para que crea en él?»
Jesús le dijo: «Lo estás viendo: el que te está hablando, ése es.»
Él dijo: «Creo, Señor.» Y se postró ante él.

Palabra del Señor

 

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“Señor, que yo vea”

Queridos hermanos y hermanas:

La liturgia de este cuarto domingo de Cuaresma nos conduce a un tema profundamente espiritual: la luz y la ceguera. Las tres lecturas hablan, de una u otra manera, de aprender a ver como Dios ve.

En la primera lectura (1 Sam 16,1.6-7.10-13), cuando el profeta Samuel va a ungir al nuevo rey de Israel, cree que el elegido será uno de los hijos mayores de Jesé, fuertes y bien parecidos. Pero Dios le dice una frase que atraviesa toda la Escritura:
“El hombre mira las apariencias, pero el Señor mira el corazón.”

En el Evangelio (Jn 9,1-41) encontramos a un hombre ciego de nacimiento. Jesús lo cura y le devuelve la vista. Pero el milagro no es sólo físico: es una revelación espiritual. Porque, paradójicamente, quien no veía termina viendo, y quienes creían ver —los fariseos— permanecen en su ceguera.

Esta escena nos habla de algo muy profundo: todos nosotros necesitamos que Cristo nos devuelva la vista interior.


1. La pregunta equivocada

Cuando los discípulos ven al ciego, hacen una pregunta que era muy común en la mentalidad religiosa de la época:

“Rabí, ¿quién pecó, él o sus padres, para que naciera ciego?”

Es una pregunta que todavía hoy muchas personas se hacen:
“¿Qué hice yo para merecer esto?”
“¿Por qué Dios permitió este sufrimiento?”
“¿Será un castigo?”

Jesús desmonta esa lógica. Él responde:

“Ni él pecó ni sus padres; es para que se manifiesten en él las obras de Dios.”

Es decir, el sufrimiento humano no es simplemente un castigo automático de Dios. En medio de las heridas de la vida, Dios puede manifestar su gloria, su gracia y su poder salvador.

Cuántas veces una enfermedad, una crisis familiar, una caída personal o una noche oscura del alma terminan convirtiéndose en el lugar donde Dios actúa con más fuerza.


2. El milagro de ver

Jesús hace algo muy sencillo y muy simbólico. Mezcla tierra con saliva, unge los ojos del ciego y le dice:

“Ve a lavarte a la piscina de Siloé.”

El hombre va, se lava y comienza a ver.

Intentemos imaginar lo que significó ese momento. Un hombre que jamás había visto un color, un rostro, un árbol, el cielo, la luz del sol… de repente empieza a descubrir el mundo. Todo lo que antes sólo conocía por el tacto o por el sonido ahora adquiere forma, belleza y profundidad.

Debió quedar lleno de asombro y gratitud.

Pero aquí hay una enseñanza espiritual muy profunda: así ocurre también cuando Dios nos libera de la ceguera del pecado.

Hay personas que viven muchos años en la oscuridad interior:
ceguera del orgullo,
ceguera del egoísmo,
ceguera de la envidia,
ceguera de los resentimientos,
ceguera de una vida sin Dios.

Y cuando la gracia toca el corazón, todo cambia. Se empieza a ver de otra manera:

  • se descubre el valor del perdón,
  • se entiende la belleza de la humildad,
  • se aprecia el amor de la familia,
  • se vuelve a experimentar la paz de la conciencia.

La conversión es exactamente eso: volver a ver.


3. Los que no quieren ver

Pero el Evangelio tiene un contraste dramático.

Mientras el ciego empieza a ver cada vez más claro, los fariseos se van quedando cada vez más ciegos. No pueden aceptar el milagro. Interrogan al hombre, dudan, discuten, buscan excusas. Finalmente lo expulsan de la sinagoga.

¿Por qué?
Porque ver exige humildad.

Cuando una persona se cree perfecta, cuando se siente superior a los demás, cuando está segura de tener siempre la razón, entonces el corazón se endurece. Y un corazón endurecido ya no puede reconocer la acción de Dios.

Es la tragedia espiritual de muchos creyentes: pueden conocer la ley, la doctrina, las normas, pero si falta la humildad del corazón, la luz de Dios no penetra.


4. “Creo, Señor”

Al final del Evangelio ocurre el momento más hermoso. Jesús vuelve a encontrarse con el hombre que había sido curado y le pregunta:

“¿Crees en el Hijo del Hombre?”

El hombre responde con sencillez:

“¿Quién es, Señor, para que crea en él?”

Jesús le dice:
“Lo estás viendo; el que habla contigo, ese es.”

Y entonces el hombre responde con una de las confesiones de fe más bellas del Evangelio:

“Creo, Señor.”

Y se postra ante Él.

La historia termina con alguien que ha pasado por tres etapas:

1.    Primero era ciego físicamente.

2.    Luego recupera la vista del cuerpo.

3.    Finalmente recibe la luz de la fe.

Ese es el camino que Cristo quiere hacer también con nosotros.


5. La Cuaresma: tiempo para recuperar la vista

La segunda lectura (Ef 5,8-14) lo expresa de manera muy clara:

“Antes eran tinieblas, ahora son luz en el Señor; caminen como hijos de la luz.”

La Cuaresma es precisamente eso: un tiempo para que Dios cure nuestra mirada interior.

Tal vez necesitamos que Cristo cure:

  • nuestra mirada sobre Dios, cuando lo vemos sólo como juez y no como Padre;
  • nuestra mirada sobre los demás, cuando los juzgamos con dureza;
  • nuestra mirada sobre nosotros mismos, cuando vivimos atrapados en el pecado o en la tristeza;
  • nuestra mirada sobre la vida, cuando perdemos la esperanza.

Jesús quiere tocar nuestros ojos espirituales para que podamos ver la vida con la luz de Dios.


Conclusión

Hoy podemos hacer una oración muy sencilla, la oración del ciego del Evangelio:

“Señor, que yo vea.”

Que vea tu presencia en mi historia.
Que vea tu gracia actuando en mi vida.
Que vea con misericordia a mis hermanos.
Que vea el camino que me conduce a ti.

Y entonces, cuando nuestros ojos se abran de verdad, podremos decir como aquel hombre curado:

“Creo, Señor.”

Amén.

 

viernes, 13 de marzo de 2026

14 de marzo del 2026: sábado de la tercera semana de Cuaresma- Memoria de María en sábado

 

Ante Dios, la verdad del corazón

(Lucas 18, 9-14) Jesús cuenta esta parábola para quienes se sienten seguros de sí mismos y miran a los demás con desprecio. El fariseo no hace nada malo al dar gracias a Dios, pero su oración se apoya en la comparación: necesita ver a los otros como menos dignos para sentirse justo. Su relación con Dios termina convertida en una justificación de su propio orgullo.

El publicano, en cambio, no se compara con nadie. Permanece de pie ante Dios con humildad y verdad. Reconoce su fragilidad y se abandona a la misericordia divina. Al ponerse sinceramente bajo la mirada de Dios, abre su corazón para que Él lo transforme.

El Evangelio nos recuerda que la verdadera confianza en Dios siempre está marcada por la humildad. No nace de nuestras supuestas virtudes, sino del asombro ante las maravillas que Dios realiza en nuestra vida. Incluso las caídas y las pruebas pueden convertirse en ocasión de encuentro con el Señor, que se revela como Salvador.

Quien se compara se encierra en sí mismo. Quien se reconoce necesitado, en cambio, deja espacio para que Dios actúe. Por eso Jesús concluye: el que se humilla será enaltecido.

G.Q

 



Primera lectura

Lectura de la profecía de Oseas (6,1-6):

VAMOS, volvamos al Señor.
Porque él ha desgarrado,
y él nos curará;
él nos ha golpeado,
y él nos vendará.
En dos días nos volverá a la vida
y al tercero nos hará resurgir;
viviremos en su presencia
y comprenderemos.
Procuremos conocer al Señor.
Su manifestación es segura como la aurora.
Vendrá como la lluvia,
como la lluvia de primavera
que empapa la tierra».
¿Qué haré de ti, Efraín,
qué haré de ti, Judá?
Vuestro amor es como nube mañanera,
como el rocío que al alba desaparece.
Sobre una roca tallé mis mandamientos;
los castigué por medio de los profetas
con las palabras de mi boca.
Mi juicio se manifestará como la luz.
Quiero misericordia y no sacrificio,
conocimiento de Dios, más que holocaustos.

Palabra de Dios

 

 

Salmo

Sal 50,3-4.18-19.20-21ab



R/. Quiero misericordia, y no sacrificios



V/. Misericordia, Dios mío, por tu bondad,
por tu inmensa compasión borra mi culpa;
lava del todo mi delito,
limpia mi pecado. R/.

V/. Los sacrificios no te satisfacen:
si te ofreciera un holocausto, no lo querrías.
El sacrificio agradable a Dios
es un espíritu quebrantado;
un corazón quebrantado y humillado,
tú, oh, Dios, tú no lo desprecias. R/.

V/. Señor, por tu bondad, favorece a Sión,
reconstruye las murallas de Jerusalén:
entonces aceptarás los sacrificios rituales,
ofrendas y holocaustos. R/.

 

Lectura del santo evangelio según san Lucas (18,9-14):

EN aquel tiempo, dijo Jesús esta parábola a algunos que confiaban en sí mismos por considerarse justos y despreciaban a los demás:
«Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior:
“Oh, Dios!, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo”.
El publicano, en cambio, quedándose atrás, no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: “Oh, Dios!, ten compasión de este pecador”.
Os digo que este bajó a su casa justificado, y aquel no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido».

Palabra del Señor

 

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Ante Dios, con verdad y con humildad

 

Queridos hermanos y hermanas:

La Palabra de Dios de este sábado de la tercera semana de Cuaresma nos conduce al corazón de la verdadera religión, al centro mismo de la conversión: no bastan las apariencias, no bastan los gestos externos, no bastan los méritos que uno enumera delante de Dios. El Señor mira el corazón. Y sólo un corazón humilde, sincero y arrepentido puede abrirse de verdad a su misericordia.

El Evangelio que hemos escuchado, tomado de san Lucas, nos presenta a dos hombres que suben al templo a orar: un fariseo y un publicano. Los dos están en el mismo lugar. Los dos hacen un acto religioso. Los dos se dirigen a Dios. Pero sólo uno vuelve a casa justificado.

Y aquí está lo sorprendente: no es el aparentemente más piadoso, sino el que se reconoce pobre, pecador y necesitado de misericordia.

1. El peligro de una religión comparativa

El fariseo de la parábola no parece, a primera vista, un mal hombre. Ayuna, paga el diezmo, cumple prácticas religiosas. El problema no está tanto en lo que hace, sino en la manera como se sitúa delante de Dios. Su oración no nace de la humildad, sino de la comparación. Se cree bueno porque se mide con los demás. Necesita ver al otro por debajo para sentirse él por encima.

En el fondo, no está adorando a Dios; se está adorando a sí mismo. Dios aparece casi como una excusa, como un respaldo religioso de su propio orgullo.

Esto también puede sucedernos a nosotros. A veces no decimos las cosas tan crudamente como el fariseo, pero sí las llevamos dentro: “yo sí cumplo”, “yo sí rezo”, “yo sí sirvo”, “yo no soy como aquellos”, “yo no soy tan pecador como otros”. Y sin darnos cuenta, la fe se nos puede volver soberbia espiritual.

La Cuaresma nos pone en guardia contra ese veneno. Porque uno puede estar muy cerca del altar y muy lejos de Dios. Uno puede saber muchas oraciones y no tener un corazón convertido. Uno puede practicar actos religiosos y seguir endurecido por dentro.

2. El publicano: la verdad que salva

En cambio, el publicano no se compara con nadie. No presenta excusas. No se justifica. No disfraza su miseria. Simplemente se pone bajo la mirada de Dios y dice: “Oh Dios, ten compasión de mí, que soy un pecador.”

¡Qué oración tan corta y tan grande! Es la oración del alma que ha entendido todo. Es la oración de quien ya no se apoya en sí mismo, sino en la misericordia de Dios. Es la oración que nace de la verdad.

Y precisamente por eso Jesús dice que ese hombre bajó a su casa justificado.

Hermanos, Dios no se cansa de perdonar; nosotros somos los que a veces nos cansamos de pedir perdón de verdad. Dios no rechaza al pecador que se humilla. Lo que Dios rechaza es el corazón cerrado, autosuficiente, satisfecho de sí mismo.

Por eso el Evangelio de hoy nos invita a revisar no sólo si oramos, sino cómo oramos; no sólo si venimos al templo, sino desde qué actitud interior venimos.

3. “Quiero misericordia y no sacrificios”

La primera lectura, del profeta Oseas, ilumina profundamente este Evangelio. El Señor, por boca del profeta, nos dice una frase que atraviesa toda la Escritura: “Quiero misericordia y no sacrificios; conocimiento de Dios más que holocaustos.”

Qué fuerte es esto. Dios no desprecia el culto verdadero, ni la oración, ni los sacrificios ofrecidos con fe. Lo que denuncia es una religión vacía, externa, sin amor, sin verdad, sin conversión.

El pueblo decía palabras bonitas, hacía gestos religiosos, pero su amor era pasajero, inconstante, como nube mañanera o rocío que pronto se desvanece. Es decir: emoción sin fidelidad, rito sin cambio de vida, práctica externa sin entrega interior.

Y eso puede pasarnos también a nosotros en Cuaresma. Podemos ayunar, hacer viacrucis, rezar el rosario, asistir a misa, dar limosna... y todo eso es bueno y santo. Pero si no lleva a un corazón más humilde, más misericordioso, más verdadero, entonces nos estamos quedando en la superficie.

El Señor quiere nuestro corazón. Quiere una relación viva con Él. Quiere que dejemos de representar un papel y empecemos a vivir en autenticidad.

4. El salmo: el sacrificio que agrada a Dios

El salmo responsorial va en la misma dirección. Dios no necesita de nuestras ofrendas como si Él dependiera de ellas. Lo que busca es una alabanza que brote de un corazón sincero, de una vida reconciliada, de una obediencia nacida del amor.

Podríamos decir que el verdadero sacrificio que agrada a Dios no es el del orgullo, sino el del ego herido; no el de la apariencia, sino el del corazón contrito; no el del cumplimiento frío, sino el de una vida rendida a su misericordia.

En otras palabras: Dios no necesita que le mostremos lo buenos que somos; necesita que le dejemos actuar donde somos débiles, pobres y necesitados.

5. La Cuaresma: tiempo para dejar de compararnos

Uno de los males más sutiles de la vida espiritual es vivir comparándonos. Compararnos en virtud, en servicio, en oración, en prestigio, en reconocimiento, incluso en sufrimiento. Y la comparación siempre termina enfermando el alma: o nos llena de orgullo, o nos llena de amargura.

El fariseo vive comparándose. El publicano simplemente se deja mirar por Dios.

Ahí hay una gran enseñanza para nosotros. La santidad no consiste en ser “mejor que otros”, sino en vivir cada día más unidos al Señor. No se trata de humillar a nadie para sentirnos elevados, sino de reconocer que todos vivimos de la gracia.

La Iglesia no es una vitrina de perfectos; es una casa de pecadores que buscan la misericordia. Y cuanto más conscientes somos de eso, más compasivos nos volvemos con los demás.

Una señal de que alguien está creciendo espiritualmente no es que juzga más, sino que comprende más; no es que condena más, sino que intercede más; no es que se cree superior, sino que se sabe sostenido por la gracia.

6. María, humilde sierva del Señor

Y en este sábado, la memoria de la Santísima Virgen María nos ayuda a contemplar el rostro más bello de esta humildad. María no se presenta ante Dios presumiendo méritos. Ella se reconoce pequeña: “Ha mirado la humildad de su esclava.”

María no vive comparándose con nadie. Vive disponible para Dios. No se gloría en sí misma; glorifica al Señor. No se pone en el centro; deja que Dios ocupe el centro. No busca elevarse; se abandona. Y precisamente por eso, porque se humilló, fue enaltecida.

María es la antítesis del fariseo y la compañera espiritual del publicano. En ella no hay autosuficiencia, sino apertura; no hay vanidad espiritual, sino obediencia confiada; no hay máscara, sino verdad.

Cuánto necesitamos aprender de María en esta Cuaresma. Aprender a orar sin teatro. Aprender a servir sin orgullo. Aprender a callar para escuchar. Aprender a reconocernos pobres y amados. Aprender a vivir bajo la mirada de Dios, no bajo la tiranía de las apariencias.

María nos enseña que la verdadera grandeza no consiste en sobresalir, sino en dejar que Dios haga maravillas en nosotros.

7. Una llamada concreta para hoy

Hoy la Palabra de Dios nos deja preguntas muy concretas:

¿Mi oración nace de la humildad o de la autosuficiencia?
¿Me comparo con los demás para sentirme mejor?
¿Estoy viviendo una Cuaresma de apariencia o una Cuaresma de conversión?
¿Busco conocer más a Dios y amar más a mis hermanos?
¿Tengo el valor de decir, con verdad: “Señor, ten compasión de mí”?

Tal vez hoy el Señor nos pide algo muy simple pero muy profundo: dejar de justificarnos tanto y comenzar a pedir misericordia; dejar de mirar con desprecio a otros y comenzar a mirarnos con verdad delante de Dios; dejar de ofrecerle una religiosidad externa y entregarle, por fin, el corazón.

Conclusión

Queridos hermanos, el fariseo y el publicano siguen subiendo al templo cada día. También hoy conviven dentro de nosotros esas dos actitudes: la soberbia que se compara y la humildad que suplica. La Cuaresma es el tiempo en que debemos dejar morir al fariseo interior para que nazca en nosotros el corazón arrepentido y confiado del publicano.

Pidámosle al Señor la gracia de una oración humilde, verdadera y confiada. Pidámosle que no nos deje encerrarnos en la apariencia, sino que nos abra a la alegría de su misericordia.

Y que María, humilde sierva del Señor, nos acompañe en este camino cuaresmal. Que ella nos enseñe a ponernos ante Dios con corazón pobre, limpio y disponible, para que también nosotros bajemos a nuestra casa justificados, renovados y llenos de paz.

Amén.

 

29 de marzo del 2025: sábado de la tercera semana de Cuaresma

 

Sin comparación

(Lucas 18:9-14) El problema de este fariseo no es dar gracias a Dios sino apoyarse en la imagen deplorable que tiene de los demás para “elevarse”. Dios sirve de coartada para reforzar un ideal del yo, alimentado por la comparación. El publicano, sin embargo, no se compara con nadie. Él realmente se pone bajo la mirada de Dios. Es su “ajuste” relacional lo que le permite a Dios “hacerlo correcto”.

Jean-Marc Liautaud, Fondacio


(Lucas 18: 9-14) Según el Evangelio, la confianza debe estar teñida de humildad, verdad y estar llena de asombro por las maravillas que Dios realiza en nuestra vida. Además, cada vez que una prueba nos hace tropezar, podemos verla como una oportunidad para que Dios se revele a nosotros como nuestro Salvador.

 


Primera lectura

Lectura de la profecía de Oseas (6,1-6):

VAMOS, volvamos al Señor.
Porque él ha desgarrado,
y él nos curará;
él nos ha golpeado,
y él nos vendará.
En dos días nos volverá a la vida
y al tercero nos hará resurgir;
viviremos en su presencia
y comprenderemos.
Procuremos conocer al Señor.
Su manifestación es segura como la aurora.
Vendrá como la lluvia,
como la lluvia de primavera
que empapa la tierra».
¿Qué haré de ti, Efraín,
qué haré de ti, Judá?
Vuestro amor es como nube mañanera,
como el rocío que al alba desaparece.
Sobre una roca tallé mis mandamientos;
los castigué por medio de los profetas
con las palabras de mi boca.
Mi juicio se manifestará como la luz.
Quiero misericordia y no sacrificio,
conocimiento de Dios, más que holocaustos.

Palabra de Dios

 

 

Salmo

Sal 50,3-4.18-19.20-21ab



R/. Quiero misericordia, y no sacrificios



V/. Misericordia, Dios mío, por tu bondad,
por tu inmensa compasión borra mi culpa;
lava del todo mi delito,
limpia mi pecado. R/.

V/. Los sacrificios no te satisfacen:
si te ofreciera un holocausto, no lo querrías.
El sacrificio agradable a Dios
es un espíritu quebrantado;
un corazón quebrantado y humillado,
tú, oh, Dios, tú no lo desprecias. R/.

V/. Señor, por tu bondad, favorece a Sión,
reconstruye las murallas de Jerusalén:
entonces aceptarás los sacrificios rituales,
ofrendas y holocaustos. R/.

 

Lectura del santo evangelio según san Lucas (18,9-14):

EN aquel tiempo, dijo Jesús esta parábola a algunos que confiaban en sí mismos por considerarse justos y despreciaban a los demás:
«Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior:
“Oh, Dios!, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo”.
El publicano, en cambio, quedándose atrás, no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: “Oh, Dios!, ten compasión de este pecador”.
Os digo que este bajó a su casa justificado, y aquel no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido».

Palabra del Señor

 

 

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 1

Las lecturas del sábado de la tercera semana de Cuaresma nos invitan a reflexionar sobre la misericordia divina y la actitud que debemos adoptar ante Dios. A continuación, se presentan comentarios y una homilía basados en los pasajes de Oseas 6,1-6; Salmo 51(50),3-4.18-19.20-21a; y Lucas 18,9-14.

Primera lectura: Oseas 6,1-6

El profeta Oseas exhorta al pueblo de Israel a regresar al Señor, confiando en su capacidad para sanar y restaurar. Sin embargo, Dios señala que el amor y la fidelidad del pueblo son efímeros, como el rocío matutino que se desvanece. Dios desea un amor constante y sincero, más que sacrificios vacíos.

Salmo 51(50),3-4.18-19.20-21a

Este salmo es una súplica de perdón, reconociendo la propia culpa y apelando a la misericordia divina. Se destaca que Dios no se complace en sacrificios materiales, sino en un corazón contrito y humillado.

Evangelio: Lucas 18,9-14

Jesús relata la parábola del fariseo y el publicano que suben al templo a orar. El fariseo se enorgullece de sus propias obras y se compara con los demás, mientras que el publicano, consciente de su pecado, pide humildemente misericordia. Jesús concluye que este último, y no el primero, vuelve a su casa justificado.

Comentario y homilía

Las lecturas de hoy nos invitan a reflexionar sobre la autenticidad de nuestra relación con Dios. En Oseas, Dios anhela un amor sincero y constante, más allá de rituales vacíos. El salmo refuerza esta idea, indicando que un corazón arrepentido es el verdadero sacrificio que agrada al Señor.

La parábola del fariseo y el publicano nos muestra dos actitudes contrastantes ante Dios:

·        El fariseo: Representa a quien confía en sus propias obras y se siente superior a los demás. Su oración es más una autoalabanza que una verdadera comunicación con Dios.

·        El publicano: Reconoce su indignidad y clama por misericordia. Su humildad y arrepentimiento sincero lo llevan a ser justificado ante Dios.

Esta enseñanza nos recuerda que la justificación no proviene de nuestras obras o méritos, sino de la gracia de Dios que responde a un corazón humilde y arrepentido. Nos invita a examinar nuestra propia actitud en la oración y en la vida diaria, fomentando la humildad y la confianza en la misericordia divina.

Memoria de Santa María en sábado

Tradicionalmente, los sábados están dedicados a la memoria de la Virgen María. Esta práctica se basa en la tradición medieval que ve en María el modelo perfecto de fe y esperanza, especialmente en el Sábado Santo, cuando, tras la crucifixión de Jesús, ella mantuvo la esperanza en la resurrección. Por ello, la Iglesia dedica los sábados a honrar a María, reconociendo su papel en la historia de la salvación y su intercesión constante por nosotros.

Al meditar en las lecturas de hoy y en la figura de María, se nos invita a cultivar un corazón humilde y confiado, abierto a la misericordia de Dios y dispuesto a seguir el ejemplo de fe y esperanza que nos ofrece la Madre de nuestro Señor.

 

2

Ser justificado por la misericordia


dijo Jesús esta parábola a algunos que confiaban en sí mismos por considerarse justos y despreciaban a los demás:
«Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, publicano.

 

Lucas 18: 9-10

 

 

Este pasaje presenta la parábola del fariseo y el recaudador de impuestos. Ambos van al templo a orar, pero sus oraciones son muy diferentes entre sí. La oración del fariseo es muy deshonesta, mientras que la oración del recaudador de impuestos es excepcionalmente sincera y honesta. Jesús concluye diciendo que el recaudador de impuestos se fue a casa justificado, pero no el fariseo. Él declara:

"Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido».

La verdadera humildad es simplemente ser honesto. Con demasiada frecuencia en la vida no somos honestos con nosotros mismos y, por lo tanto, no somos honestos con Dios. Por lo tanto, para que nuestra oración sea verdadera, debe ser honesta y humilde. Y la humilde verdad para todas nuestras vidas se expresa mejor en la oración del recaudador de impuestos que oró: “Oh, Dios!, ten compasión de este pecador”.


¿Qué tan fácil es para usted admitir su pecado? Cuando entendemos la misericordia de Dios, esta humildad es mucho más fácil. Dios no es un Dios de dureza, sino un Dios de gran misericordia. Cuando entendemos que el deseo más profundo de Dios es perdonarnos y reconciliarnos con nosotros mismos, entonces desearemos profundamente la humildad honesta ante Él.

 

La Cuaresma es un momento importante para que examinemos profundamente nuestra conciencia y tomemos nuevas resoluciones para el futuro. Hacerlo traerá nueva libertad y gracia a nuestras vidas. Así que no tema examinar honestamente su conciencia para ver su pecado claramente en la forma en que Dios lo ve. Si lo hace, estará en condiciones de hacer esta oración del recaudador de impuestos “Oh, Dios!, ten compasión de este pecador”.


Reflexione hoy sobre su pecado. ¿Con qué lucha más en este momento? ¿Hay pecados de su pasado que nunca ha confesado? ¿Hay pecados continuos que justifica, ignora y tiene miedo de enfrentar? Anímese y sepa que la humildad honesta es el camino a la libertad y la única manera de experimentar la justificación ante Dios.


 

Mi misericordioso Señor, te agradezco por amarme con un amor perfecto. Te agradezco por tu increíble y profunda misericordia. Ayúdame a ver todo mi pecado y a volverme a Ti con honestidad y humildad para que pueda ser liberado de estas cargas y ser justificado ante Tus ojos. Jesús, en Ti confío.

15 de marzo del 2026: cuarto domingo de Cuaresma- (Ciclo A)

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