domingo, 16 de agosto de 2026

16 de agosto del 2026:vigésimo domingo del tiempo ordinario-ciclo A

 

«Diálogo y ayuda mutua»

Es frecuente interpretar el silencio de Jesús ante la mujer cananea como señal de que no quiere entrar en relación con ella. Los discípulos parecen entenderlo de ese modo y, además, intervienen molestos por sus insistentes gritos.

Sin embargo, esa interpretación no parece corresponder del todo con lo que conocemos de Jesús: Él no es alguien que rehúya el encuentro o cierre la puerta a quien se acerca buscando ayuda. Más bien, su silencio puede entenderse como un momento de discernimiento ante una situación nueva. La súplica de aquella mujer extranjera plantea una cuestión decisiva: ¿hasta dónde llega su misión?

…Después entra en diálogo con ella. Sus primeras palabras, que podrían parecernos duras, no terminan la conversación: permiten que continúe. Y precisamente en ese intercambio la mujer, con su humildad, inteligencia y extraordinaria confianza, ayuda a que se manifieste algo fundamental: la misericordia de Dios no puede quedar encerrada dentro de fronteras religiosas, culturales o nacionales.

Así, el Evangelio no tendría que leerse simplemente como el enfrentamiento entre un Jesús cerrado y una mujer obstinada, sino como un verdadero diálogo en el que ambos interlocutores se encuentran y en el que la palabra perseverante de aquella mujer contribuye al discernimiento. Finalmente, su fe queda reconocida y su hija recibe la curación que pedía.

Esto deja dos preguntas muy hermosas para nuestra oración:

¿Necesito yo también hoy la ayuda de Cristo? ¿Me atrevo a clamar hacia Él con la confianza y perseverancia de la cananea?

Y todavía una más profunda:

¿Me permito verdaderamente entrar en diálogo con Cristo, incluso cuando parece guardar silencio?

Marie-Caroline Bustarret

 



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Primera lectura

Is 56, 1. 6-7

A los extranjeros los traeré a mi monte santo

Lectura del libro de Isaías.

ESTO dice el Señor:
«Observen el derecho, practiquen la justicia,
porque mi salvación está por llegar,
y mi justicia se va a manifestar.
A los extranjeros
que se han unido al Señor para servirlo,
para amar el nombre del Señor
y ser sus servidores,
que observan el sábado sin profanarlo
y mantienen mi alianza,
los traeré a mi monte santo,
los llenaré de júbilo en mi casa de oración;
sus holocaustos y sacrificios
serán aceptables sobre mi altar;
porque mi casa es casa de oración,
y así la llamarán todos los pueblos».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 66, 2-3. 5. 6 y 8 (R.: 4)

R. Oh, Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.


V. Que Dios tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.
R.

V. Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia
y gobiernas las naciones de la tierra.
R.

V. Oh, Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
Que Dios nos bendiga; que le teman
todos los confines de la tierra.
R.

 

Segunda lectura

Rom 11, 13-15. 29-32

Los dones y la llamada de Dios son irrevocables para Israel

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos.

HERMANOS:
A ustedes, gentiles, les digo: siendo como soy apóstol de los gentiles, haré honor a mi ministerio, por ver si doy celos a los de mi raza y salvo a algunos de ellos.
Pues si su rechazo es reconciliación del mundo, ¿qué no será su reintegración sino volver desde la muerte a la vida?
Pues los dones y la llamada de Dios son irrevocables.
En efecto, así como ustedes, en otro tiempo, desobedecieron a Dios, pero ahora han obtenido misericordia por la desobediencia de ellos, así también estos han desobedecido ahora con ocasión de la misericordia que se les ha otorgado a ustedes, para que también ellos alcancen ahora misericordia.
Pues Dios nos encerró a todos en desobediencia, para tener misericordia de todos.

Palabra de Dios.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Jesús proclamaba el evangelio del reino,
y curaba toda dolencia en el pueblo.
R.

 

Evangelio

Mt 15, 21-28

Mujer, qué grande es tu fe


Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, Jesús salió y se retiró a la región de Tiro y Sidón.
Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle:
«Ten compasión de mí, Señor Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo».
Él no le respondió nada. Entonces los discípulos se le acercaron a decirle:
«Atiéndela, que viene detrás gritando».
Él les contestó:
«Solo he sido enviado a las ovejas descarriadas de Israel».
Ella se acercó y se postró ante él diciendo:
«Señor, ayúdame».
Él le contestó:
«No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos».
Pero ella repuso:
«Tienes razón, Señor; pero también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de los amos».
Jesús le respondió:
«Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas».
En aquel momento quedó curada su hija.

Palabra del Señor.


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«Señor, ayúdame»: una fe que grita, una Iglesia que escucha y unas manos que ayudan

 

Queridos hermanos:

Hay una frase muy pequeña en el Evangelio de hoy que, después de lo ocurrido en nuestro país, adquiere una fuerza impresionante. La mujer cananea se acerca a Jesús y termina gritando:

«¡Señor, ayúdame!»

Quizá esa podría ser hoy también la oración de Colombia.

«Señor, ayúdanos».

Ayuda a las familias que han perdido a un ser querido.
Ayuda a quienes permanecen heridos.
Ayuda a quienes han perdido su casa.
Ayuda a quienes todavía esperan noticias de un familiar.
Ayuda a los socorristas, médicos, bomberos, voluntarios y autoridades.
Ayúdanos a nosotros para que el dolor de nuestros hermanos no nos deje indiferentes.

Han pasado apenas seis días desde el terremoto del 10 de agosto. Las cifras continúan siendo dolorosas: cerca de trescientas personas fallecidas, numerosos desaparecidos, miles de heridos y muchas familias desplazadas o con sus viviendas afectadas. 

Y en situaciones así aparece inevitablemente una pregunta: ¿Dónde está Dios?

1. Cuando parece que Dios guarda silencio

El Evangelio resulta sorprendentemente actual.

Una madre extranjera viene desesperada porque su hija sufre. Grita detrás de Jesús:

«Ten compasión de mí, Señor».

Y el Evangelio dice algo desconcertante: al principio, Jesús no le responde.

Ese silencio nos incomoda.

Porque también nosotros hemos vivido momentos en los que hemos orado y parece que Dios calla.

Una madre esperando noticias bajo los escombros.
Una familia frente a una casa destruida.
Una persona que acaba de perder a quien amaba.

«Señor, ¿dónde estás?»

Sería irresponsable ofrecer respuestas fáciles.

El terremoto no es un castigo de Dios. No podemos presentar a Dios como alguien que derriba casas, mata inocentes o provoca sufrimiento para enseñarnos una lección.

Jesús nos ha revelado exactamente lo contrario: Dios está del lado de quien sufre.

Por eso el silencio inicial de Jesús ante la cananea no significa indiferencia. El diálogo continúa. Aquella mujer insiste, confía, persevera. Su fe atraviesa incluso el silencio.

Hasta que Jesús reconoce:

«Mujer, qué grande es tu fe».

A veces la fe no consiste en comprenderlo todo.

La fe consiste en seguir diciendo:

«Señor, aunque no comprenda lo que está pasando, sigo confiando en Ti».

2. «Mi casa será casa de oración para todos los pueblos»

Y aquí aparece la hermosa primera lectura del profeta Isaías.

Dios anuncia que también los extranjeros serán recibidos y concluye diciendo que su casa será casa de oración para todos los pueblos.

Es exactamente lo que sucede en el Evangelio.

La mujer cananea era extranjera. No pertenecía al pueblo de Israel. Humanamente podía decirse: «Ella no es de los nuestros».

Pero la misericordia de Dios rompe las fronteras.

Y quizá una tragedia nacional nos recuerde también esto.

Ante los escombros ya no importa si uno es de derecha o de izquierda, rico o pobre, costeño, paisa, caleño, chocoano, cafetero o bogotano.

Debajo de los escombros hay simplemente un hermano.

Cuando alguien tiene hambre no preguntamos por quién votó.

Cuando una madre busca a su hijo no preguntamos a qué partido pertenece.

Cuando alguien perdió su casa no preguntamos cuál es su ideología.

El dolor nos recuerda que somos una sola familia humana.

Nuestros obispos precisamente han llamado a vivir esta emergencia desde la solidaridad, la responsabilidad, la fraternidad y la esperanza; las diócesis de las zonas afectadas están acompañando y articulando acciones de ayuda. 

3. «Oh Dios, que te alaben los pueblos»

El salmo insiste:

«Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben».

No algunos.

Todos.

La fe cristiana no construye muros; construye puentes.

Y en estos días hemos visto también rostros hermosos en medio de la tragedia: rescatistas buscando entre los escombros, personal sanitario trabajando, vecinos ayudando a vecinos, comunidades abriendo sus puertas, personas compartiendo alimentos y recursos.

También allí está Dios.

Quizá alguien pregunte: «¿Dónde estaba Dios durante el terremoto?»

Y tendremos que reconocer con humildad que Dios estaba también en las manos que levantaban una piedra para sacar a alguien, en quien curaba una herida, en quien compartía agua, en quien abrazaba a alguien que lloraba.

Dios muchas veces responde al grito de un hermano a través de las manos de otro hermano.

4. «Dios encerró a todos en desobediencia para tener misericordia de todos»

San Pablo nos entrega en la segunda lectura otra palabra preciosa:

misericordia.

Nos recuerda que los dones y la llamada de Dios son irrevocables y que, finalmente, el proyecto de Dios es hacer llegar su misericordia a todos.

Todos necesitamos misericordia.

La cananea la necesitaba.

Israel la necesitaba.

Pablo la necesitaba.

Colombia la necesita.

Y nosotros también.

Tal vez nuestro país necesita reconstruir carreteras, hospitales, viviendas y templos dañados.

Pero posiblemente tenemos que reconstruir además otras cosas que venían agrietadas desde antes del terremoto:

la confianza, la fraternidad, la capacidad de dialogar, la sensibilidad ante el sufrimiento ajeno y la conciencia de que pertenecemos al mismo país.

Un edificio agrietado puede ser peligroso.

Pero también lo es una sociedad cuyo corazón se ha agrietado por el odio, la indiferencia y la polarización.

5. La oración tiene que convertirse en solidaridad

Hoy rezamos.

Y debemos rezar mucho.

La Conferencia Episcopal de Colombia ha convocado precisamente este domingo 16 de agosto como Jornada Nacional de Oración por Colombia y por las víctimas del terremoto

Pero la oración cristiana nunca puede terminar simplemente diciendo:

«Señor, ayúdalos».

Porque después Dios podría preguntarnos:

«¿Y tú qué puedes hacer para ayudarlos?»

Por eso nuestra respuesta puede expresarse en tres verbos muy sencillos:

Orar. Compartir. Acompañar.

Orar por los fallecidos, los heridos, los desaparecidos y sus familias.

Compartir de nuestros bienes. Aunque sea poco. La Iglesia colombiana, por medio de Pastoral Social–Cáritas, ha activado la campaña nacional «Con Colombia, hasta el último rincón» para canalizar ayuda hacia las comunidades afectadas.

Y acompañar. Porque cuando pase la atención de los medios de comunicación, cuando las cámaras se marchen y la noticia deje de ser tendencia, quedarán familias que tendrán que reconstruir su casa y, sobre todo, reconstruir su vida.

Ahí tendrá que seguir estando la Iglesia.

Conclusión

Hermanos:

Hoy aquella mujer cananea podría prestarnos sus palabras.

Ella gritó:

«Señor, ayúdame».

Y Colombia hoy puede decir:

«Señor, ayúdanos».

Ayúdanos a buscar a quienes todavía faltan.

Ayúdanos a consolar a quienes lloran.

Ayúdanos a levantar a quienes han caído.

Ayúdanos a compartir con quienes lo perdieron todo.

Ayúdanos a reconstruir no solamente paredes, sino también corazones.

Y que al final podamos escuchar también nosotros aquellas palabras que Jesús dirigió a aquella mujer:

«Qué grande es tu fe».

Que nuestra fe sea grande porque sabe orar cuando no comprende.

Que nuestra esperanza sea grande porque no abandona a quien sufre.

Y que nuestra caridad sea grande porque no se queda solamente en palabras.

Hoy, al acercarnos a la Eucaristía, pongamos sobre el altar los nombres y los rostros de tantos hermanos colombianos que sufren.

Y pidámosle al Señor:

Señor Jesús, cuando la tierra tiembla, sé Tú nuestra roca.
Cuando nuestro corazón tiene miedo, sé Tú nuestra fortaleza.
Cuando un hermano clama, danos oídos para escucharlo.
Y cuando alguien necesite ayuda, que encuentre también nuestras manos dispuestas a servir.

Amén.

 

viernes, 14 de agosto de 2026

15 de agosto del 2026: La Asunción de la Bienaventurada Virgen María-Solemnidad

 

María, esperanza de la Iglesia

La Asunción de la Virgen María nos permite contemplar el destino que Dios prepara para quienes permanecen fieles a su amor. La mujer revestida de sol, anunciada en el Apocalipsis, participa plenamente de la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte. María es imagen de la Iglesia peregrina y señal luminosa de esperanza para toda la humanidad.

En el Magníficat, la humilde sierva reconoce las maravillas realizadas por Dios: Él derriba a los poderosos, enaltece a los humildes y permanece fiel a sus promesas. Elevada al cielo en cuerpo y alma, María nos precede; no nos aleja de la tierra, sino que nos enseña a caminar por ella con la mirada puesta en Dios y el corazón dispuesto a servir.

G.Q

 


Primera lectura

Ap 11, 19a; 12, 1-6a. 10ab
Una mujer vestida del sol, y la luna bajo sus pies

Lectura del libro del Apocalipsis.

SE abrió en el cielo el santuario de Dios, y apareció en su santuario el arca de su alianza.
Un gran signo apareció en el cielo: una mujer vestida del sol, y la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza; y está encinta, y grita con dolores de parto y con el tormento de dar a luz.
Y apareció otro signo en el cielo: un gran dragón rojo que tiene siete cabezas y diez cuernos, y sobre sus cabezas siete diademas, y su cola arrastra la tercera parte de las estrellas del cielo y las arrojó sobre la tierra.
Y el dragón se puso en pie ante la mujer que iba a dar a luz, para devorar a su hijo cuando lo diera a luz.
Y dio a luz un hijo varón, el que ha de pastorear a todas las naciones con vara de hierro, y fue arrebatado su hijo junto a Dios y junto a su trono; y la mujer huyó al desierto, donde tiene un lugar preparado por Dios.
Y oí una gran voz en el cielo que decía:
«Ahora se ha establecido la salvación y el poder y el reinado de nuestro Dios, y la potestad de su Cristo».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 44, 10. 11. 12. 16 (R.: 10b)

R. De pie a tu derecha está la reina,
enjoyada con oro de Ofir.


V. Hijas de reyes salen a tu encuentro,
de pie a tu derecha está la reina,
enjoyada con oro de Ofir. 
R.

V. Escucha, hija, mira: inclina el oído,
olvida tu pueblo y la casa paterna. 
R.

V. Prendado está el rey de tu belleza:
póstrate ante él, que él es tu señor. 
R.

V. Las traen entre alegría y algazara,
van entrando en el palacio real. 
R.

 

Segunda lectura

1 Cor 15, 20-27a

Primero Cristo, como primicia; después todos los que son de Cristo

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios.

HERMANOS:
Cristo ha resucitado de entre los muertos y es primicia de los que han muerto.
Si por un hombre vino la muerte, por un hombre vino la resurrección. Pues lo mismo que en Adán mueren todos, así en Cristo todos serán vivificados.
Pero cada uno en su puesto: primero Cristo, como primicia; después todos los que son de Cristo, en su venida; después el final, cuando Cristo entregue el reino a Dios Padre, cuando haya aniquilado todo principado, poder y fuerza.
Pues Cristo tiene que reinar hasta que ponga a todos sus enemigos bajo sus pies. El último enemigo en ser destruido será la muerte, porque lo ha sometido todo bajo sus pies.

Palabra de Dios.


Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. María ha sido asunta al cielo,
se alegra el ejército de los ángeles. 
R.

 

Evangelio

Lc 1, 39-56

El Poderoso ha hecho obras grandes en mí: enaltece a los humildes

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

EN aquellos días, María se levantó y se puso en camino de prisa hacia la montaña, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel.
Aconteció que, en cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel de Espíritu Santo y, levantando la voz, exclamó:
«¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre!
¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? Pues, en cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Bienaventurada la que ha creído, porque lo que le ha dicho el Señor se cumplirá».
María dijo:
«Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humildad de su esclava.
Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles de generación en
generación.
Él hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.
Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia
—como lo había prometido a nuestros padres—
en favor de Abrahán y su descendencia por siempre».
María se quedó con Isabel unos tres meses y volvió a su casa.

Palabra del Señor.

 

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Hermanos y hermanas:

Celebramos hoy a María elevada al cielo en cuerpo y alma. Pero esta solemnidad no nos invita a escapar de la tierra ni a permanecer indiferentes ante sus sufrimientos. Al contrario: cuanto más contemplamos a María en la gloria, más comprendemos el valor de cada vida humana y nuestra responsabilidad frente al dolor de los hermanos.

Esta fiesta llega cuando Colombia todavía contempla con dolor las consecuencias del fuerte terremoto del pasado 10 de agosto: familias en duelo, personas heridas y desaparecidas, viviendas destruidas, templos afectados y comunidades enteras que necesitan nuestra cercanía.

En este contexto escuchamos la primera lectura del Apocalipsis: aparece «una mujer vestida de sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas». Es una mujer gloriosa, pero también una mujer que grita por los dolores del parto. Frente a ella está el dragón, signo del mal que amenaza la vida.

Esta imagen representa a María, pero también a la Iglesia y a toda la humanidad. Nuestra patria también parece vivir dolores de parto: el dolor de quienes han perdido a sus familiares bajo los escombros; el miedo de quienes temen nuevas réplicas; la angustia de quienes quedaron sin casa; pero también los dolores prolongados de la violencia, el desplazamiento, la pobreza, la corrupción y la división política.

Sin embargo, el mensaje del Apocalipsis no es de derrota. El dragón no tiene la última palabra. La última palabra pertenece a Dios: «Ahora se estableció la salvación y el poder de nuestro Dios». El mal puede amenazar, destruir y sembrar miedo, pero no puede vencer definitivamente a quienes se refugian en el Señor.

El salmo nos presenta a la reina de pie a la derecha del rey. María ha sido glorificada no porque tuviera riquezas o poder humano, sino porque fue humilde, obediente y totalmente disponible para Dios. En un mundo donde muchos quieren sobresalir, imponerse o acumular, María nos muestra otra grandeza: la grandeza de quien sirve, escucha y permanece fiel.

San Pablo nos recuerda la razón profunda de nuestra esperanza: «Cristo resucitó de entre los muertos como primicia de los que han muerto». La Asunción de María es fruto de la Resurrección de Cristo. En ella contemplamos anticipadamente lo que Dios desea realizar en nosotros. La muerte no es el destino definitivo del ser humano; nuestro destino es la vida plena en Dios.

Esta palabra resulta especialmente consoladora para las familias que hoy lloran a sus seres queridos. La fe no elimina las lágrimas ni ofrece explicaciones fáciles ante una tragedia. Jesús también lloró frente a la tumba de su amigo Lázaro. Pero la fe nos permite llorar con esperanza: nuestros hermanos fallecidos no han desaparecido; están en las manos misericordiosas de Dios y esperan la resurrección.

El Evangelio nos muestra a María caminando de prisa hacia la casa de Isabel. Acaba de recibir el anuncio de que será la Madre del Salvador, pero no se encierra en sí misma. No se queda contemplando el privilegio recibido. Se pone en camino para acompañar y servir.

Esa es la actitud que necesita Colombia: ponernos en camino. Ante el sufrimiento de nuestros hermanos no basta con decir: «Qué tristeza» o «vamos a orar». La oración verdadera nos mueve a actuar. María oró, pero también caminó; creyó, pero también sirvió; alabó a Dios, pero también permaneció junto a Isabel.

Hoy la Iglesia debe correr hacia las familias damnificadas. Cada parroquia, comunidad, institución y creyente debe preguntarse: ¿qué puedo compartir?, ¿a quién puedo acompañar?, ¿cómo puedo colaborar? Tal vez podamos ofrecer alimentos, medicamentos, ropa, dinero o alojamiento. Quizás podamos apoyar las campañas organizadas por las autoridades y las instituciones eclesiales. También podemos escuchar, consolar y sostener espiritualmente. Cuando llegamos al encuentro del necesitado, llevamos a Cristo, como María lo llevó en su seno hasta la casa de Isabel.

María proclama después el Magníficat: Dios «derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes; a los hambrientos los colma de bienes». Este cántico no es una oración pasiva: es el anuncio de un mundo nuevo, conforme al corazón de Dios. Nos recuerda que la reconstrucción de Colombia no puede consistir solamente en levantar nuevamente edificios. Tenemos que reconstruir también la confianza, la fraternidad, la honestidad y el respeto por la vida.

Pedimos a quienes gobiernan nuestra nación que busquen sinceramente el bien común; que la atención a las víctimas esté por encima de los intereses políticos; que la ayuda llegue con transparencia, especialmente a los más pobres y olvidados. Y pedimos también que nosotros no utilicemos la tragedia para acusarnos o dividirnos, sino para reconocernos nuevamente como hermanos.

La Asunción nos dice que el cielo no nos aleja de la tierra: nos compromete más profundamente con ella. María está en el cielo, pero continúa cerca de sus hijos. Ella es señal de esperanza para Colombia. Nos recuerda que, aunque la tierra se estremezca, el amor de Dios permanece firme; aunque caigan nuestros edificios, la esperanza puede mantenerse en pie; aunque la muerte nos visite, Cristo resucitado tiene la última palabra.

Que María, Nuestra Señora de la Asunción, consuele a quienes lloran, proteja a los heridos, sostenga a los rescatistas, acompañe a quienes han perdido su hogar e inspire en todos nosotros una solidaridad generosa. Y que, como ella, sepamos caminar de prisa para llevar a Cristo allí donde hoy existen dolor, miedo y necesidad.

Amén.


jueves, 13 de agosto de 2026

14 de agosto del 2026: viernes de la decimonovena semana del tiempo ordinario II- San Maximiliano María Kolbe, presbítro y mártir-Memoria obligatoria

 

Testigo de la fe:

San Maximiliano María Kolbe

1894-1941

En Auschwitz, este franciscano polaco ofreció voluntariamente su vida para salvar la de otro prisionero, Francisco Gajowniczek, padre de familia, condenado a morir de hambre.

Gran apóstol de la Inmaculada y evangelizador a través de la prensa, afrontó la muerte con serenidad, sosteniendo espiritualmente a sus compañeros.

Murió el 14 de agosto de 1941.

San Juan Pablo II lo canonizó en 1982, proclamándolo «mártir de la caridad». Su vida nos recuerda que «nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos» (Jn 15,13).

 


Con igual dignidad


(Mt 19,3-12) La reacción de los discípulos dice mucho de su mentalidad machista: ¡parecería preferible el celibato a una vida matrimonial en la que la mujer no pudiera ser tratada como un objeto desechable! Jesús corrige esta manera de pensar: el matrimonio no es dominio ni posesión, sino alianza de amor entre un hombre y una mujer con igual dignidad, llamados a la fidelidad y a la entrega recíproca. Asimismo, el celibato por el Reino no es una huida del compromiso, sino un don y una vocación que solo pueden comprenderse y vivirse con la gracia de Dios.

P.E.I


 

Primera lectura

Ez 16, 1-15. 60. 63

Eras perfecta con los atavíos que yo había puesto sobre ti; y te prostituiste

Lectura de la profecía de Ezequiel.

ME fue dirigida esta palabra del Señor:
«Hijo de hombre, hazle conocer sus acciones detestables a Jerusalén.
Di: “Esto dice el Señor Dios, a Jerusalén. Por tu origen y tu nacimiento eres cananea: tu padre era amorreo y tu madre hitita. Así fue tu nacimiento: El día en que naciste, no te cortaron el cordón, no te lavaron con agua para purificarte, ni te friccionaron con sal, ni te envolvieron en pañales. Nadie se apiadó de ti ni hizo por compasión nada de todo esto, sino que por aversión te arrojaron a campo abierto el día que naciste.
Yo pasaba junto a ti y te vi revolviéndote en tu sangre, y te dije: Sigue viviendo, tú que yaces en tu sangre, sigue viviendo.
Te hice crecer como un brote del campo. Tú creciste, te hiciste grande, llegaste a la edad del matrimonio. Tus senos se afirmaron y te brotó el vello, pero continuabas completamente desnuda.
Pasé otra vez a tu lado, te vi en la edad del amor; extendí mi manto sobre ti para cubrir tu desnudez. Con juramento hice alianza contigo —oráculo del Señor Dios— y fuiste mía.
Te lavé con agua, te limpié la sangre que te cubría y te ungí con aceite. Te puse vestiduras bordadas, te calcé zapatos de cuero fino, te ceñí de lino, te revestí de seda.
Te engalané con joyas: te puse pulseras en los brazos y un collar en tu cuello. Te puse un anillo en la nariz, pendientes en tus orejas y una magnífica diadema en tu cabeza.
Lucías joyas de oro y plata, vestidos de lino, seda y bordado; comías flor de harina, miel y aceite; estabas cada vez más bella y llegaste a ser como una reina.
Se difundió entre las naciones paganas la fama de tu belleza, perfecta con los atavíos que yo había puesto sobre ti —oráculo del Señor Dios—. Pero tú, confiada en tu belleza, te prostituiste; valiéndote de tu fama, prodigaste tus favores y te entregaste a todo el que pasaba.
Con todo, yo me acordaré de mi alianza contigo en los días de tu juventud, y estableceré contigo una alianza eterna, para que te acuerdes y te avergüences y no te atrevas nunca más a abrir la boca por tu oprobio, cuando yo te perdone todo lo que hiciste —oráculo del Señor Dios—».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Is 12, 2-3. 4bcde. 5-6 (R.: 1d)

R. Ha cesado tu ira y me has consolado.

V. «Él es mi Dios y Salvador:
confiaré y no temeré,
porque mi fuerza y mi poder es el Señor,
él fue mi salvación».
Y sacarán aguas con gozo
de las fuentes de la salvación. 
R.

V. «Den gracias al Señor,
invoquen su nombre,
cuenten a los pueblos sus hazañas,
proclamen que su nombre es excelso». 
R.

V. Tañan para el Señor, que hizo proezas,
anúncienlas a toda la tierra;
griten jubilosos, habitantes de Sion,
porque es grande en medio de ti el Santo de Israel. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Acojan la palabra de Dios, no como palabra humana,
sino, cual es en verdad, como palabra de Dios. 
R.

 

Evangelio

Mt 19, 3-12

Por la dureza de corazón permitió Moisés repudiar a las mujeres; pero, al principio, no era así

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos fariseos y le preguntaron, para ponerlo a prueba:
«¿Es lícito a un hombre repudiar a su mujer por cualquier motivo?».
Él les respondió:
«¿No han leído que el Creador, en el principio, los creó hombre y mujer, y dijo: “Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne”? De modo que ya no son dos, sino una sola carne.
Pues lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre».
Ellos insistieron:
«¿Y por qué mandó Moisés darle acta de divorcio y repudiarla?».
Él les contestó:
«Por la dureza de su corazón les permitió Moisés repudiar a sus mujeres; pero, al principio, no era así. Pero yo les digo que, si uno repudia a su mujer —no hablo de unión ilegítima— y se casa con otra, comete adulterio».
Los discípulos le replicaron:
«Si esa es la situación del hombre con la mujer, no trae cuenta casarse».
Pero él les dijo:
«No todos entienden esto, solo los que han recibido ese don. Hay eunucos que salieron así del vientre de su madre, a otros los hicieron los hombres, y hay quienes se hacen eunucos ellos mismos por el reino de los cielos. El que pueda entender, entienda».

Palabra del Señor.

 

 

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«El amor permanece cuando todo se derrumba»

Hermanos, durante estos días hemos comprobado cuán frágil puede ser nuestra vida. En pocos segundos, el terremoto del pasado 10 de agosto dejó muerte, dolor, personas heridas, familias sin hogar y comunidades enteras llenas de incertidumbre. El Servicio Geológico Colombiano informó que el sismo tuvo magnitud 7,4 y su epicentro estuvo en San José del Palmar, Chocó. Ante semejante sufrimiento, no es momento de buscar culpables ni de interpretar la tragedia como un castigo de Dios: es la hora de acompañar, orar, compartir y reconstruir juntos.

La primera lectura, tomada del profeta Ezequiel, describe la historia de Jerusalén mediante la imagen de una mujer abandonada a quien Dios encuentra, cuida, embellece y toma como esposa. Pero ella olvida quién la levantó y termina traicionando la alianza.

También nosotros podemos olvidar que todo lo hemos recibido de Dios: la vida, la familia, la salud, la fe, el hogar y las personas que nos acompañan. A veces necesitamos que la realidad nos sacuda para reconocer que no somos dueños absolutos de nada y que nuestra seguridad no puede descansar solamente en lo material.

Sin embargo, Dios afirma por medio del profeta: «Yo me acordaré de mi alianza contigo». Incluso cuando nuestra fidelidad se derrumba, la fidelidad de Dios permanece. Él no abandona a su pueblo entre las ruinas; se acerca, consuela, perdona y ayuda a comenzar de nuevo. Por eso respondemos con el cántico de Isaías: «Ha cesado tu ira y me has consolado». Nuestro Dios no contempla desde lejos el sufrimiento humano: permanece junto al herido, llora con quien ha perdido a un ser querido y sostiene a quienes sienten que ya no pueden continuar.

En el Evangelio, algunos fariseos preguntan a Jesús si el hombre puede despedir a su mujer por cualquier motivo. La pregunta refleja una mentalidad en la que la mujer podía ser tratada como una posesión o un objeto desechable. Jesús devuelve el matrimonio al proyecto original de Dios: «Ya no son dos, sino una sola carne». El matrimonio no es dominio ni posesión, sino una alianza entre un hombre y una mujer con la misma dignidad, llamados a cuidarse y entregarse mutuamente.

La reacción de los discípulos revela también su mentalidad: si el hombre no puede abandonar fácilmente a su esposa, parecería mejor no casarse. Jesús corrige esa manera de pensar. Ni el matrimonio permite poseer al otro, ni el celibato por el Reino es una huida de las responsabilidades. Ambas vocaciones exigen fidelidad, libertad interior y capacidad de entrega.

Esta enseñanza no obliga a tolerar la violencia, el abuso o aquello que destruye la dignidad humana. El amor cristiano nunca es complicidad con el mal. Amar es cuidar, proteger, respetar y buscar sinceramente el bien del otro.

San Maximiliano María Kolbe vivió este amor hasta sus últimas consecuencias. En Auschwitz, cuando otro prisionero, padre de familia, fue condenado a morir de hambre, el sacerdote franciscano se ofreció para ocupar su lugar. Allí donde el odio pretendía convertir a las personas en objetos desechables, Kolbe proclamó con su vida que cada ser humano posee una dignidad sagrada. Por eso san Juan Pablo II lo llamó «mártir de la caridad».

Su testimonio ilumina también la situación que atraviesa Colombia. Tal vez nosotros no podamos reconstruir personalmente todos los hogares destruidos, pero sí podemos preguntarnos: ¿qué lugar puedo ocupar para aliviar el dolor de otro?, ¿qué puedo compartir?, ¿a quién puedo consolar?, ¿cómo puedo apoyar a las familias damnificadas?

La oración es indispensable, pero la oración auténtica abre las manos. No podemos decirle al hermano: «Dios te ayude», si nosotros podemos convertirnos en una parte de esa ayuda. La Conferencia Episcopal y Pastoral Social–Cáritas Colombiana han convocado la campaña «Con Colombia, hasta el último rincón», así como una Jornada Nacional de Oración para acompañar y socorrer a las comunidades afectadas.

Respondamos con generosidad mediante los canales oficiales: con alimentos, elementos necesarios, aportes económicos, trabajo voluntario y acompañamiento espiritual. La caridad debe ser generosa, pero también responsable y organizada.

En esta jornada penitencial reconozcamos las veces en que hemos vivido encerrados en nuestros propios intereses; las ocasiones en que hemos sido indiferentes ante el dolor ajeno o hemos utilizado, despreciado y abandonado a los demás. La penitencia cristiana no consiste solamente en privarnos de algo, sino en aprender a compartirlo.

Oremos por quienes sufren en el alma y en el cuerpo; por quienes han perdido familiares, vivienda o sustento; por los heridos, desaparecidos y damnificados; por quienes sienten miedo ante las réplicas; por los socorristas, médicos, voluntarios y autoridades; y por quienes necesitan fuerzas para comenzar de nuevo.

Que san Maximiliano Kolbe nos enseñe que, cuando todo parece derrumbarse, el amor permanece. Que María Inmaculada proteja a Colombia y que el Señor nos conceda un corazón capaz de orar, unas manos dispuestas a compartir y una voluntad decidida a reconstruir la esperanza. Amén.


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14 de agosto

San Maximiliano María Kolbe, presbítero y mártir — Memoria
1894–1941
Patrono de los toxicómanos, las familias, los periodistas, los prisioneros y el movimiento provida
Canonizado por el Papa San Juan Pablo II el 10 de octubre de 1982

 


Cita:


Acuérdate de que perteneces exclusiva, incondicional, absoluta e irrevocablemente a la Inmaculada: quienquiera que seas, lo que tengas o puedas, todo lo que hagas (pensamientos, palabras, acciones) y padezcas (cosas agradables, desagradables o indiferentes) pertenece a la Inmaculada. En consecuencia, que Ella disponga de todo según su voluntad (y no la tuya). Del mismo modo, a Ella pertenecen todas tus intenciones; por tanto, que Ella las transforme, añada otras o las quite, como quiera (de hecho, Ella no ofende la justicia).


~San Maximiliano Kolbe

 

Reflexión:


San Maximiliano María Kolbe, nacido como Raimundo, era oriundo de Zduńska Wola, en la actual Polonia. En el momento de su nacimiento, su ciudad natal estaba bajo control del Imperio ruso desde 1795. A pesar de su pobreza material, su familia era espiritualmente rica, en gran parte gracias a su madre, María, que inculcó en sus hijos una profunda devoción a la Madre de Dios. Rezaban diariamente el Ángelus, las Letanías de Loreto y el Rosario. Raimundo tenía dos hermanos sobrevivientes: un mayor, Francisco, y un menor, José. Otros dos hermanos, Walenty y Antoni, murieron a temprana edad.

De niño, Raimundo era conocido tanto por su piedad como por sus travesuras. Siempre que cometía alguna falta, se ofrecía inmediatamente a recibir castigo corporal, algo común en aquella época. Después de una de esas travesuras, su madre exclamó: “¡Qué será de ti!”. Esta pregunta marcó profundamente al joven Raimundo, que luego oró a la Santísima Virgen sobre su futuro. Tenía solo doce años. Su madre notó un cambio notable en su comportamiento tras ese episodio. Raimundo creó un altar para la Virgen en su habitación y pasaba largos ratos en oración, a menudo hasta las lágrimas. Cuando le preguntaron por su cambio, contó que, después de la reprimenda de su madre, había buscado orientación de la Virgen María, quien se le apareció en la iglesia ofreciéndole dos coronas: una blanca, símbolo de pureza, y otra roja, símbolo de martirio. Al preguntarle cuál elegía, respondió: “¡Las dos!”. Este encuentro profundizó aún más su devoción a la Virgen y a San José.

Debido a las limitaciones económicas de la familia, Raimundo recibió la mayor parte de su educación inicial de su madre y del párroco. Reconociendo su inteligencia, un farmacéutico local se ofreció a darle clases. A los trece años, Raimundo y su hermano Francisco asistieron a un retiro organizado por los franciscanos conventuales. Fueron invitados a unirse al recién establecido seminario en Leópolis (Lwów), hoy Ucrania, entonces parte del Imperio austrohúngaro. Para ello, tuvieron que cruzar la frontera sin pasaporte, con ayuda de su padre. En 1907, Raimundo y Francisco ingresaron al seminario menor.

En 1910, Raimundo y Francisco consideraron dejar a los franciscanos para unirse al ejército. Antes de decidirse, su madre llegó para informarles que su hermano menor también ingresaba a los franciscanos, y así decidieron quedarse. Además, les contó que su padre se trasladaba a Cracovia para vivir con los franciscanos y que ella misma se instalaría en Leópolis con las Hermanas Felicianas para estar cerca de sus hijos. Raimundo recibió el nombre de Maximiliano al entrar en el noviciado e hizo su primera profesión en 1911. Emitió los votos perpetuos en 1914, añadiendo el nombre de María, y pasó a llamarse hermano Maximiliano María Kolbe. Fue enviado a Roma para completar sus estudios, obteniendo doctorados en filosofía y teología.

Durante la Primera Guerra Mundial, en 1914, su padre se unió a las Legiones Polacas que luchaban por la independencia. Fue arrestado y ejecutado por los rusos. Su madre se trasladó a Cracovia, ingresó en las Hermanas Felicianas y tomó el nombre de sor María Felicita. Su hermano Francisco dejó el seminario para servir en el ejército, se casó y tuvo un hijo. Murió en un campo de concentración en 1943.

En 1917, rezando en la capilla del seminario, el hermano Maximiliano sintió la inspiración de fundar la Militia Immaculatae (Milicia de la Inmaculada), como respuesta a las manifestaciones anticatólicas presenciadas durante la guerra. Su objetivo era la conversión de pecadores, herejes y cismáticos —en especial masones— y la santificación de todos bajo la guía de la Virgen María. Tras su ordenación sacerdotal, el padre Kolbe fue destinado a Cracovia, donde enseñó historia de la Iglesia y expandió la Milicia de la Inmaculada.

En 1922 comenzó a publicar una revista mensual titulada El Caballero de la Inmaculada. En 1927 fundó un nuevo convento franciscano cerca de Varsovia, llamado Niepokalanów, “Ciudad de la Inmaculada Madre de Dios”. En 1930 estableció una casa religiosa cerca de Nagasaki, Japón, donde los frailes publicaban la revista en japonés, alcanzando 50.000 ejemplares mensuales. Regresó a Niepokalanów en 1936. Para 1939, el convento se había convertido en una de las casas religiosas más grandes del mundo y centro de la Milicia de la Inmaculada, imprimiendo publicaciones que llegaban a más de un millón de hogares al mes. Su hermano menor, ahora padre Alfonso, le ayudaba en la misión.

En 1939, al estallar la Segunda Guerra Mundial con la invasión alemana a Polonia, el padre Kolbe y sus frailes ayudaron cuanto pudieron a los perseguidos. Inicialmente fueron expulsados del convento, pero luego se les permitió regresar. Desde allí continuaron su labor, publicando materiales que inspiraban esperanza. Aunque eran prudentes con lo que escribían, las autoridades alemanas los catalogaron como enemigos. Además, los frailes dieron refugio a miles de polacos, incluidos 2.000 judíos, salvándolos de la deportación.

El 17 de febrero de 1941, la Gestapo llegó a Niepokalanów. El padre Kolbe los recibió cordialmente, pero al final de la visita fue arrestado junto con cuatro frailes y enviado a la prisión de Pawiak. Allí, en condiciones duras, siguió infundiendo fe y esperanza a los demás prisioneros, escuchando confesiones y rezando con ellos.

El 28 de mayo fue trasladado a Auschwitz como prisionero #16670, donde continuó su ministerio a pesar del trato inhumano. Un médico del campo testificaría después: “En mis cuatro años en Auschwitz, nunca vi un ejemplo tan sublime del amor de Dios al prójimo”.

En julio, tras la fuga de un prisionero, las autoridades seleccionaron a diez hombres para morir de hambre como castigo ejemplar. Uno de ellos, Franciszek Gajowniczek, clamó: “¡Mi pobre esposa, mis pobres hijos!”. Conmovido, el padre Kolbe pidió ocupar su lugar, explicando que él no tenía esposa ni hijos. Su petición fue aceptada. Sobrevivió dos semanas sin comida ni agua, hasta que, por la necesidad de liberar el búnker, recibió una inyección letal. Ofreció su brazo sin miedo, muriendo en paz. Su acto de caridad heroica se difundió por todo Auschwitz, fortaleciendo la fe de muchos.

San Maximiliano María Kolbe recibió así las dos coronas que la Virgen le había mostrado: la de la pureza y la del martirio. Su labor evangelizadora, especialmente a través de la Milicia de la Inmaculada, tuvo un profundo impacto en su tiempo. Su amor —dar la vida por un desconocido— vivirá hasta el fin de los tiempos. Reflexionemos sobre la profundidad de amor necesaria para un acto así y pidamos que este mismo amor impregne nuestra vida, imitando a este santo de Dios.

Oración:


San Maximiliano María Kolbe, viviste una vida santa, anunciando el Evangelio con los medios modernos de tu tiempo. Coronaste tu servicio a Dios entregando tu vida por un desconocido. Ruega por mí, para que yo tenga la misma profundidad de amor que tú tuviste, y para que Dios tome el don de mi vida y lo use para su gloria.
San Maximiliano María Kolbe, ruega por mí.
Jesús, en Ti confío.

 

 

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