viernes, 28 de noviembre de 2025

29 de noviembre del 2025: sábado de la trigésima cuarta semana del tiempo ordinario-I


“¡En guardia, listos!”

(Lucas 21, 34-36) Jesús invita a mantenerse en guardia, no tanto por un peligro exterior, sino por una tendencia interior al adormecimiento del espíritu. 

Un adormecimiento que nos hace olvidar que este mundo pasa y que nuestra vida está orientada hacia el encuentro con el Hijo del Hombre, cuya venida pertenece al ámbito de lo inesperado. 

Las “borracheras”, la “embriaguez” y “las preocupaciones de la vida”, que oscurecen nuestra relación con Dios y nos vuelven ausentes de nosotros mismos, se nos presentan aquí como lugares donde ejercitar la vigilancia.

Emmanuelle Billoteau, ermite 


Primera lectura

Dan 7, 15-27

El reinado y el dominio serán entregados al pueblo de los santos del Altísimo

Lectura de la profecía de Daniel.

YO, Daniel, me sentía agitado por dentro, y me turbaban las visiones de mi mente.
Me acerqué a uno de los que estaban allí en pie y le pedí que me explicase todo aquello.
Él me contestó exponiéndome la interpretación de la visión:
«Esas cuatro bestias gigantescas representan cuatro reinos que surgirán en el mundo. Pero los santos del Altísimo recibirán el reino y lo poseerán para siempre por los siglos de los siglos».
Yo quise saber qué significaba la cuarta bestia, distinta de las demás, terrible, con dientes de hierro y garras de bronce, que devoraba y trituraba, y pateaba las sobras con las pezuñas, y qué significaban los diez cuernos de su cabeza, y el otro cuerno que le salía y eliminaba a otros tres; aquel cuerno que tenía ojos y una boca que profería insolencias, y era más grande que sus compañeros.
Mientras yo seguía mirando, aquel cuerno luchó contra los santos y los derrotó.
Hasta que llegó el anciano para hacer justicia a los santos del Altísimo; se cumplió el tiempo y los santos tomaron posesión del reino.
Después me dijo:
«La cuarta bestia es un cuarto reino que habrá en la tierra, distinto de todos los demás; devorará toda la tierra, la trillará y triturará. Sus diez cuernos son diez reyes que habrá en aquel reino; después de ellos vendrá otro distinto que destronará a tres reyes, blasfemará contra el Altísimo, e intentará aniquilar a los santos del Altísimo y cambiar el calendario y la ley. Los santos serán abandonados a su poder durante un año, dos años y medio año.
Pero cuando se siente el tribunal a juzgar, se le quitará el poder y será destruido y aniquilado totalmente.
El reinado, el dominio y la grandeza de todos los reinos bajo el cielo serán entregados al pueblo de los santos del Altísimo.
Su reino será un reino eterno, al que temerán y se someterán todos los soberanos».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Dan 3, 82a. 83a. 84a. 85a. 86a. 87a (R.: 59b)

R. ¡Ensálcenlo con himnos por los siglos!

V. Hijos de los hombres, bendigan al Señor. R

V. Bendiga Israel al Señor. R.

V. Sacerdotes del Señor, bendigan al Señor. R.

V. Siervos del Señor, bendigan al Señor. R.

V. Almas y espíritus justos, bendigan al Señor. R.

V. Santos y humildes de corazón, bendigan al Señor. R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Estén despiertos en todo tiempo, pidiendo mantenerse en pie ante el Hijo del hombre. R.

 

Evangelio

Lc 21, 34-36

Estén despiertos, para que puedan escapar de todo lo que está por suceder

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Tengan cuidado de ustedes, no sea que se emboten sus corazones con juergas, borracheras y las inquietudes de la vida, y se les eche encima de repente aquel día; porque caerá como un lazo sobre todos los habitantes de la tierra.
Estén, pues, despiertos en todo tiempo, pidiendo que puedan escapar de todo lo que está por suceder y mantenerse en pie ante el Hijo del hombre».

Palabra del Señor.


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1. Introducción: Un tiempo para despertar


Queridos hermanos, llegamos al final del año litúrgico, un tiempo precioso donde la Iglesia nos invita a mirar la historia con los ojos de la fe. Lo hacemos en el Año Jubilar, tiempo de gracia y conversión, y en este día sábado en que elevamos nuestra mirada a Santa María, la mujer vigilante, la discípula que nunca dejó de esperar la llegada del Señor.

Hoy la Palabra nos habla con fuerza. Daniel nos muestra monstruos; Jesús, un corazón que puede adormecerse. Pero ambos nos regalan la misma enseñanza:
Dios es Señor de la historia y nos llama a vivir despiertos.


2. Daniel y los monstruos del tiempo: cuando el mal ruge pero no vence

La primera lectura nos presenta un desfile de bestias y símbolos inquietantes. A través de esas figuras, Daniel representa los grandes imperios que oprimieron al pueblo: Babilonia, los Medos, los Persas, los reinos helenísticos. El “cuerno arrogante” es Antíoco Epífanes, quien quiso borrar la fe del pueblo santo.

Pero lo más importante no son las bestias… sino su destino.

Todos esos monstruos caen. Todos esos poderes pasan. Todos esos imperios desaparecen.

Daniel nos enseña que la historia no está en manos del terror, sino en manos de Dios.
No son las fuerzas oscuras las que tienen la última palabra, sino el Altísimo que “da el reino a los santos del Altísimo”.

Hoy también existen “monstruos”: violencias, corrupciones, adicciones, ideologías que siembran confusión, poderes que se creen eternos. Pero Daniel nos recuerda que nada puede destruir la obra de Dios cuando su pueblo permanece fiel.


3. El Evangelio: el riesgo de quedarnos dormidos

En el Evangelio, Jesús no nos habla de monstruos externos, sino de enemigos internos: la rutina, la tibieza, el corazón que se apaga.

Dice el Señor:

“Tened cuidado: no se embote vuestro corazón con los vicios, la bebida y las preocupaciones de la vida… velad y orad.”

El enemigo más peligroso no es el que ruge afuera, sino el que susurra dentro:

  • la falta de oración,
  • el desgaste espiritual,
  • el cansancio que nos enfoca solo en el presente,
  • las falsas alegrías que nos anestesian,
  • el corazón distraído que deja de esperar a Cristo.

Jesús no quiere que vivamos asustados, sino atentos.
No quiere hijos temerosos, sino discípulos despiertos.
No quiere una Iglesia paralizada, sino una Iglesia vigilante, de pie.


4. En el Año Jubilar: un llamado a la esperanza que renueva

Este Año Jubilar nos recuerda que Dios nos visita.
No celebramos solo un calendario: celebramos que el Señor abre puertas, rompe cadenas, despierta corazones, ofrece un nuevo comienzo.

Este es un año para:

  • revisar en qué “monstruos” hemos confiado,
  • identificar qué falsos consuelos nos han adormecido,
  • volver al primer amor,
  • vivir la fe con esperanza renovada,
  • abrirnos a la conversión personal y comunitaria.

El Jubileo es un grito de Dios que dice:
“Despierta, levántate, camina conmigo.”


5. María en sábado: la mujer vigilante

Y hoy, sábado, la liturgia nos lleva a mirar a María.

Ella no conoció los monstruos del poder político, pero sí los monstruos del miedo, de la incertidumbre, de no entender del todo el plan de Dios.
Sin embargo, nunca se dejó paralizar. María veló, confió, esperó.

Ella es la mujer del “sí”, la mujer del “hágase”, la creyente que nunca se durmió espiritualmente.
Es maestro de vigilancia, de escucha y de esperanza.

A su lado aprendemos:

  • a discernir la voz de Dios;
  • a no dejarnos distraer por lo que pasa;
  • a guardar el corazón despierto para Cristo.

6. Conclusión: velar y orar — este es nuestro nombre cristiano

Hermanos:

  • Las bestias pasarán.
  • Los poderes humanos se desmoronarán.
  • Las falsas alegrías decepcionarán.

Pero quienes velan y oran, quienes permanecen despiertos en el Señor, “se mantendrán en pie delante del Hijo del Hombre”.

Pidamos en este fin de año litúrgico, en este sábado mariano y en este Año Jubilar, la gracia de un corazón despierto, limpio, vigilante, lleno de esperanza.


Oración final

Santa María, Madre vigilante,
enséñanos a mantener el corazón despierto,
a vivir con esperanza aun en tiempos difíciles,
a discernir la voz de tu Hijo
entre tanto ruido que quiere distraernos.

Haz que este Año Jubilar sea para nosotros
un tiempo de gracia, de renovación y de encuentro.
Guíanos hacia Cristo,
para que Él reine en nuestros corazones
y nos encuentre velando cuando vuelva.

Amén.


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1. Introducción: El fin del año litúrgico como despertador espiritual


Queridos hermanos, este sábado que cierra el año litúrgico es una especie de “último aviso” antes de entrar en el Adviento. Y como cada sábado, miramos a Santa María, modelo de vigilancia creyente. Lo hacemos además en un Año Jubilar, tiempo de gracia y conversión, de renovación interior y de esperanza para toda la Iglesia.

El Evangelio de hoy es breve, pero incisivo. Jesús parece un amigo que, antes de despedirse, te toma de los hombros, te mira a los ojos y dice:
“¡Despierta! ¡No vivas dormido!”


2. Daniel y el telón de fondo: el mal ruge, pero no reina

La primera lectura nos presenta la visión de Daniel, llena de imágenes fuertes: bestias, cuernos, imperios que se levantan y caen. Pero la enseñanza es clara:
Los poderes del mal, por aterradores que parezcan, no tienen la última palabra.

Daniel contempla:

·        imperios que oprimen,

·        gobernantes que se vuelven ídolos,

·        poderes que parecen eternos…

Pero todos pasan.
Todos terminan por desmoronarse.
Todos están bajo el dominio del Altísimo.

Y concluye con una frase luminosa:
“El reino será dado al pueblo de los santos del Altísimo.”

Es decir:
Dios no abandona a los suyos.
La historia no está en manos de la bestia, sino en manos de Dios.


3. El Evangelio: el verdadero enemigo no está afuera, sino adentro

Mientras Daniel enfrenta monstruos exteriores, Jesús nos advierte sobre otro peligro más sutil y más cercano:
el adormecimiento del espíritu.

Jesús dice:

“Tened cuidado: que vuestros corazones no se emboten…
velad y orad en todo momento.”

El problema no son solo las amenazas externas, sino el corazón que se adormece:

·        cuando la fe se vuelve rutina,

·        cuando el mundo presente lo ocupa todo,

·        cuando la búsqueda de placer anestesia la conciencia,

·        cuando las preocupaciones nos roban la serenidad,

·        cuando dejamos de mirar hacia el futuro de Dios.

El peligro más grave no es el ruido del mundo, sino la modorra del alma.


4. ¿Qué embota hoy nuestro corazón? Tres virus espirituales

Jesús menciona tres:

a) Las borracheras

No solo las del alcohol.
También la embriaguez de una vida sin límites, sin frenos, sin discernimiento.
La embriaguez del ego, del éxito rápido, del consumo, del exceso.

b) La embriaguez interior

Ese estado en el que uno vive atolondrado, disperso, sobrecargado, sin centro.
Personas que tienen mucho movimiento… pero poca dirección.

c) Las preocupaciones de la vida

El enemigo más cotidiano de todos:

·        la ansiedad,

·        el miedo al futuro,

·        la preocupación por el dinero,

·        la angustia por la salud,

·        el agotamiento por responsabilidades.

Estas cargas, si no se entregan a Dios, nos roban presencia, serenidad y fe.

Jesús sabe que estas realidades nos acechan…
Por eso nos pide:
“Velad.”

No para que vivamos asustados.
Sino para que vivamos conscientes.


5. En el Año Jubilar: un llamado a despertar el espíritu

Este Año Jubilar es una invitación a la vigilancia espiritual:

·        despertar lo que se durmió,

·        sanar lo que se enfrió,

·        reavivar lo que se apagó,

·        reorganizar lo que se desordenó,

·        devolver a Cristo el centro del corazón.

Un Jubileo es un nuevo comienzo.

Dios nos dice hoy:
“Sé libre. Despierta. Mira más alto. Camina conmigo.”


6. María en sábado: la mujer despierta

¿Y quién mejor que María para enseñarnos a velar?

Ella es la mujer del “sí”,
la mujer del silencio atento,
la mujer que guarda y discierne,
la mujer que no se turba cuando el plan de Dios la sorprende,
la mujer siempre abierta al futuro del Espíritu.

María no vivió en un mundo fácil.
También ella enfrentó preocupaciones, incertidumbres, angustias…
pero nunca dejó que eso embotara su corazón.

Por eso la Iglesia la recuerda cada sábado:
para aprender de Ella la vigilancia del amor.


7. Conclusión: vivir despiertos para recibir al Señor

Queridos hermanos:

·        Daniel nos enseña que los monstruos caen.

·        Jesús nos enseña que el corazón puede dormirse.

·        El Jubileo nos llama a despertar.

·        María nos muestra cómo mantenerse de pie.

Cerramos el año litúrgico con una consigna clara:

“Velad y orad.”
Es decir:
vivir conscientes, en gracia, con esperanza.

Que el Señor nos encuentre despiertos, atentos, disponibles,
con el corazón limpio y orientado hacia su Reino.


Oración final

Santa María,
mujer vigilante y discípula fiel,
enséñanos a velar con un corazón despierto y humilde.

Ayúdanos a identificar aquello que adormece nuestra alma
y a vivir este Año Jubilar como un tiempo de gracia,
de renovación profunda
y de encuentro verdadero con tu Hijo.

Haz que, cuando Él vuelva,
nos encuentre firmes en la fe,
alegres en la esperanza
y desbordantes en el amor.

Amén.

A 1700 años del Concilio de Nicea: ecos, repercusiones y un llamado a la comunión eclesial hoy

 

“El Concilio de Nicea permanece como un faro que sigue iluminando la fe de la Iglesia: allí se proclamó con claridad que Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre, es el centro de nuestra salvación y de nuestra historia.”


San Juan Pablo II, Discurso a la Asamblea del Consejo para la Unidad de los Cristianos, 25 de mayo de 1995.


Introducción: un aniversario que nos interpela

En el año 325, el Concilio de Nicea marcó un antes y un después para la Iglesia naciente. Hoy, 1.700 años después, no celebramos solo un hecho histórico; celebramos una identidad espiritual que se consolidó allí, un modo de comprender la fe que ha sostenido a generaciones enteras y que todavía ilumina nuestros pasos. Este aniversario llega en un momento en que la Iglesia atraviesa luces y sombras, búsquedas y tensiones, pero también esperanzas profundas. Sería ingenuo —y hasta injusto— hablar del pasado sin escuchar lo que nos dice el presente.

Nicea no es un monumento frío de museo: es una llama que no se apaga.


1. Ecos de Nicea: cuando la Iglesia aprendió a respirar unida

El Concilio fue convocado por el emperador Constantino en un tiempo de conflictos internos y amenazas para la unidad. El arrianismo dividía a las comunidades y hería la identidad misma de la fe cristiana. Frente a ello, Nicea proclamó con una claridad luminosa que Jesucristo es “Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre”.

Estos ecos siguen resonando. Nicea nos recuerda que:

  • La Iglesia respira unidad cuando confiesa un mismo Credo.
  • Defender la verdad no es un gesto de imposición, sino un acto de amor.
  • Cuando Cristo está en el centro, las fracturas se vuelven oportunidades de conversión.

Nicea fue la escuela de la ortodoxia, pero también de la comunión.


2. Las repercusiones: un Credo que formó la conciencia de la cristiandad

El Credo Niceno-constantinopolitano, fruto de Nicea y completado en Constantinopla (381), no es solo una fórmula litúrgica. Es un mapa espiritual, una brújula doctrinal, una poesía de la fe destinada a atravesar los siglos.

Allí nacieron frases que todavía recitamos en nuestras Eucaristías dominicales y que han moldeado nuestro modo de pensar a Dios:

  • La confesión de Cristo como Hijo eterno.
  • La afirmación de que el Espíritu Santo es “Señor y dador de vida”.
  • La fe en la Iglesia “una, santa, católica y apostólica”.

Estas líneas han sido repetidas en catacumbas y catedrales, en tiempos de persecución y de gloria, por mártires, misioneros, padres y abuelos que le enseñaron a sus hijos a trazar la cruz.

Nicea no solo defendió la fe: la hizo transmisible, inteligible, y profundamente humana.


3. El legado: custodiar la fe sin perder la frescura del Evangelio

Celebrar los 1.700 años de Nicea es también examinar cómo estamos cuidando hoy su legado.

Nicea nos dio tres tesoros que siguen siendo faros:

a) La centralidad de Cristo

Si Cristo es “consustancial al Padre”, entonces no es un maestro más, ni un símbolo, ni un mito. Es Dios hecho historia, Dios hecho carne.
Por tanto, toda reforma eclesial auténtica comienza por volver a Él, no por estrategias sociológicas o administrativas.

b) La necesidad de la comunión

Los Padres conciliares nos enseñan que la verdad se busca en conjunto, aunque el desacuerdo sea fuerte.
Hoy, cuando la polarización eclesial parece crecer, Nicea nos pide bajar el tono, escuchar con humildad y recordar que nadie posee la Iglesia, porque la Iglesia es de Cristo.

c) La responsabilidad de transmitir la fe

Los Padres de Nicea entendieron que la doctrina debía ser clara para ser compartida.
En plena cultura digital, donde la fe es a menudo cuestionada o caricaturizada, este legado nos anima a anunciar con claridad, belleza y misericordia.


4. Reflexión actual: ¿qué nos está diciendo Nicea hoy?

En un mundo fragmentado, donde muchos experimentan soledades profundas, miedos culturales o sequedad espiritual, Nicea nos ofrece un punto firme: Dios no es lejano, sino cercano; no es cambiante, sino fiel; no es idea, sino Persona.

Hoy, Nicea nos invita a:

  • Regresar al corazón del Credo para redescubrir nuestra identidad.
  • Cultivar una fe madura que no se deja arrastrar por modas doctrinales.
  • Trabajar por una Iglesia más fraterna, donde la verdad se viva con caridad.
  • Redescubrir la belleza de la liturgia, donde el Credo se hace oración viva.
  • Hacer del Jubileo un tiempo de esperanza, purificación y unidad.

Celebrar Nicea no es nostalgia; es profecía.


5. Desde el interior de la Iglesia: un llamado a la esperanza

Quienes vivimos y servimos en la Iglesia sabemos que no estamos en tiempos fáciles. Las tensiones internas, los escándalos, el desgaste espiritual o la indiferencia de muchos bautizados ponen a prueba nuestra fe y nuestro ánimo pastoral.

Pero justamente ahí, Nicea nos habla:

  • La verdad prevalece, aunque parezca que las tinieblas avanzan.
  • La comunión es posible, incluso cuando parece frágil.
  • El Espíritu Santo sigue guiando a la Iglesia, tal como lo hizo con los Padres conciliares.
  • Los concilios pasan, pero Cristo permanece.

Nicea nos recuerda que la Iglesia ha atravesado crisis mucho más profundas y que siempre ha resurgido, purificada y luminosa, porque su fuerza no viene de estrategias humanas, sino del Dios que la sostiene.


Conclusión: una oportunidad para renovar el sí

Estos 1.700 años no son una efeméride más. Son una invitación a renovar nuestro al Credo que nos sostiene y a la misión que nos convoca; una ocasión para sanar heridas internas, para fortalecer la comunión y para proclamar con más convicción que Jesucristo es el Señor, ayer, hoy y siempre.

Que este aniversario sea para la Iglesia un nuevo Pentecostés.
Y para cada creyente, un renovado acto de fe:
**Creo en un solo Dios.

Creo en un solo Señor, Jesucristo.

Creo en el Espíritu Santo.**

Lo demás —como la historia lo demuestra— pasa.
Su Palabra, no.

29 de noviembre del 2025: sábado de la trigésima cuarta semana del tiempo ordinario-I

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