sábado, 25 de julio de 2026

26 de julio del 2026: decimoséptimo domingo del tiempo ordinario-ciclo A (Memoria de San Joaquín y Santa Ana)

 

Testigos de la fe:

Santos Ana y Joaquín

Siglo I antes de Jesucristo. Según una antigua tradición cristiana, Ana y Joaquín eran unos judíos piadosos, profundamente unidos a Dios. Durante mucho tiempo no pudieron tener hijos, pero perseveraron en la oración y en la confianza. Después de muchos años de espera, Dios escuchó su anhelo y les concedió una hija destinada a una misión excepcional: María, quien llegaría a ser la Madre de Jesús.

Aunque los Evangelios no mencionan sus nombres, la tradición de la Iglesia los reconoce como padres de la Virgen María y, por tanto, como abuelos de Jesús. Su historia testimonia la fecundidad de la oración perseverante, la confianza en los designios de Dios y la importancia de la familia en la transmisión de la fe. Santa Ana y san Joaquín son invocados especialmente como patronos de los abuelos y de las personas mayores.

Su memoria nos recuerda que la historia de la salvación también se construye en la sencillez del hogar, mediante la oración, la paciencia, el amor familiar y la educación de las nuevas generaciones en la fe.

 

 

Apostarlo todo por el Reino

En el capítulo 13 del Evangelio según san Mateo, las parábolas nos permiten vislumbrar los contornos del Reino de los cielos, sin llegar a agotar su misterio. Jesús propone a quienes lo escuchan imágenes sencillas, tomadas de la vida cotidiana, para ayudarles a descubrir una realidad que supera cuanto el ser humano puede imaginar.

El Reino se parece a un tesoro escondido en un campo o a una perla de gran valor. Quien los descubre comprende inmediatamente que nada de cuanto posee puede compararse con ellos. Entonces vende todos sus bienes, no con tristeza ni por obligación, sino con alegría, porque sabe que ha encontrado aquello que puede dar un sentido nuevo a toda su existencia.

Lo mismo sucede en la vida cristiana. Encontrar a Cristo y acoger su Evangelio nos llevan a reorganizar nuestras prioridades, liberarnos de ciertos apegos y escoger aquello que permanece. No se trata de despreciar las realidades terrenas, sino de reconocer que ellas no pueden llenar completamente nuestro corazón. El verdadero discípulo es quien descubre en Dios su bien más precioso y decide apostarlo todo por su Reino.

Para reconocer este tesoro necesitamos la sabiduría que pidió Salomón: un corazón atento, capaz de distinguir el bien del mal y elegir aquello que agrada a Dios. Entonces, como proclama el salmista, la Palabra del Señor llega a ser más preciosa que el oro y la plata. Y, aun en medio de las pruebas, podemos creer con san Pablo que Dios hace que todo contribuya al bien de quienes lo aman.

Apostarlo todo por el Reino no significa huir del mundo, sino habitarlo de una manera diferente: con un corazón libre, una fe profunda y una caridad activa. Es elegir a Cristo como nuestro verdadero tesoro y permitir que su presencia transforme nuestras decisiones, relaciones y proyectos. El Reino ya nos ha sido ofrecido; a nosotros nos corresponde acogerlo con la alegría y la decisión de quien finalmente ha encontrado la perla que buscaba.

1.    ¿Cuál es el verdadero tesoro que ocupa el primer lugar en mi corazón y orienta mis decisiones?

2.    ¿Qué apegos, hábitos o actitudes necesito dejar para acoger plenamente el Reino de Dios?

3.    ¿Qué decisión concreta tomaré para demostrar que Jesucristo es mi tesoro y mi mayor alegría?

G.Q

 


Primera lectura

1 Re 3, 5. 7-12

Pediste para ti inteligencia

Lectura del primer libro de los Reyes.

EN aquellos días, el Señor se apareció de noche en sueños a Salomón y le dijo:
«Pídeme lo que deseas que te dé».
Salomón respondió:
«Señor mi Dios: Tú has hecho rey a tu siervo en lugar de David mi padre, pero yo soy un muchacho joven y no sé por dónde empezar o terminar. Tu siervo está en medio de tu pueblo, el que tú te elegiste, un pueblo tan numeroso que no se puede contar ni calcular. Concede, pues, a tu siervo, un corazón atento para juzgar a tu pueblo y discernir entre el bien y el mal. Pues, cierto, ¿quién podrá hacer justicia a este pueblo tuyo tan inmenso?».
Agradó al Señor esta súplica de Salomón.
Entonces le dijo Dios:
«Por haberme pedido esto y no una vida larga o riquezas para ti, por no haberme pedido la vida de tus enemigos sino inteligencia para atender a la justicia, yo obraré según tu palabra: te concedo, pues, un corazón sabio e inteligente, como no ha habido antes de ti ni surgirá otro igual después de ti».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 118, 57 y 72. 76-77. 127-128. 129-130 (R.: 97a)

R. ¡Cuánto amo tu ley, Señor!

V. Mi porción es el Señor;
he resuelto guardar tus palabras.
Más estimo yo la ley de tu boca
que miles de monedas de oro y plata. 
R.

V. Que tu bondad me consuele,
según la promesa hecha a tu siervo;
cuando me alcance tu compasión, viviré,
y tu ley será mi delicia. 
R.

V. Yo amo tus mandatos
más que el oro purísimo;
por eso aprecio tus decretos
y detesto el camino de la mentira. 
R.

V. Tus preceptos son admirables,
por eso los guarda mi alma;
la explicación de tus palabras ilumina,
da inteligencia a los ignorantes. 
R.

 

Segunda lectura

Rom 8, 28-30

Nos predestinó a reproducir la imagen de su Hijo

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos.

HERMANOS:
Sabemos que a los que aman a Dios todo les sirve para el bien; a los cuales ha llamado conforme a su designio.
Porque a los que había conocido de antemano los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que él fuera el primogénito entre muchos hermanos.
Y a los que predestinó, los llamó; a los que llamó, los justificó; a los que justificó, los glorificó.

Palabra de Dios.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Bendito seas, Padre, Señor del cielo y de la tierra,
porque has revelado los misterios del reino a los pequeños.
 R.

 

Evangelio

Mt 13, 44-52 (forma larga)

Vende todo lo que tiene y compra el campo

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.


EN aquel tiempo, dijo Jesús a la gente:
«El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra, lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo.
El reino de los cielos se parece también a un comerciante de perlas finas, que al encontrar una de gran valor se va a vender todo lo que tiene y la compra.
El reino de los cielos se parece también a la red que echan en el mar y recoge toda clase de peces: cuando está llena, la arrastran a la orilla, se sientan y reúnen los buenos en cestos y los malos los tiran.
Lo mismo sucederá al final de los tiempos: saldrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los echarán al horno de fuego. Allí será el llanto y el rechinar de dientes.
¿Han entendido todo esto?».
Ellos le responden:
«Sí».
Él les dijo:
«Pues bien, un escriba que se ha hecho discípulo del reino de los cielos es como un padre de familia que va sacando de su tesoro lo nuevo y lo antiguo».

Palabra del Señor.


Mt 13, 44-46  (forma breve)

Vende todo lo que tiene y compra el campo

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a la gente:
«El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra, lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo.
El reino de los cielos se parece también a un comerciante de perlas finas, que al encontrar una de gran valor se va a vender todo lo que tiene y la compra».

Palabra del Señor.

 

1

Apostarlo todo por el Reino

 

Las lecturas de este domingo nos invitan a preguntarnos: ¿cuál es el verdadero tesoro de nuestra vida?

En la primera lectura, Dios le dice al joven Salomón: «Pídeme lo que quieras». Él podría haber pedido riquezas, larga vida o la derrota de sus enemigos; sin embargo, pidió un corazón atento, capaz de discernir el bien y gobernar con justicia. Salomón comprendió que la sabiduría vale más que el poder y el dinero. También nosotros necesitamos pedir al Señor un corazón sabio para reconocer qué merece realmente el primer lugar.

El salmista lo expresa con claridad: «Más estimo yo la ley de tu boca que miles de monedas de oro y plata». La Palabra de Dios es un tesoro porque ilumina nuestras decisiones, corrige nuestros caminos y nos enseña a vivir de acuerdo con su voluntad.

En el Evangelio, Jesús compara el Reino de los cielos con un tesoro escondido y con una perla de gran valor. Quienes los encuentran venden todo para adquirirlos. Lo hacen no con tristeza, sino con alegría, porque han descubierto algo incomparablemente mejor.

Así sucede con la fe. Cuando una persona encuentra verdaderamente a Cristo, empieza a reorganizar su vida. Cambian sus prioridades, sus relaciones y su manera de utilizar el tiempo y los bienes. No renuncia para comprar el amor de Dios, sino porque ya se ha descubierto amada y ha encontrado en Él una alegría mayor.

Por eso debemos preguntarnos: ¿cuál es el verdadero tesoro que ocupa el primer lugar en mi corazón? Podemos decir que creemos en Dios y, sin embargo, vivir pendientes únicamente del dinero, del reconocimiento, del poder o de la comodidad.

También conviene preguntarnos: ¿qué apegos, hábitos o actitudes necesito dejar para acoger plenamente el Reino? Tal vez sea un resentimiento, una ambición desordenada, una relación que nos aleja de Dios o una costumbre que nos quita la libertad. Encontrar el tesoro implica tomar decisiones.

San Pablo nos anima recordándonos que «a los que aman a Dios todo les sirve para el bien». Quien ha elegido a Cristo sabe que incluso las dificultades pueden convertirse, en las manos de Dios, en caminos de crecimiento y salvación.

Finalmente, preguntémonos: ¿qué decisión concreta tomaré para demostrar que Jesucristo es mi verdadero tesoro y mi mayor alegría? Puede ser dedicar más tiempo a la oración, reconciliarme con alguien, acercarme a la Eucaristía, acompañar a una persona mayor o compartir generosamente con quien lo necesita.

Hermanos, el Reino de Dios no es una carga que empobrece nuestra existencia. Es el tesoro que le devuelve su verdadero valor. Pidamos hoy la sabiduría de Salomón para reconocerlo, la libertad necesaria para elegirlo y la alegría de apostarlo todo por Jesucristo. Amén.

 

2

 

Homilía: ¿Cuál es nuestro verdadero tesoro?

Hace ya varios años, cuando era seminarista, propuse a un grupo juvenil de Medellín una pregunta sencilla: ¿qué es un tesoro?

Uno de los jóvenes respondió: «Es algo que vuelve rica a una persona». Otro añadió: «Es algo que se busca y que, cuando se encuentra, produce una gran alegría». Un tercero dijo: «Es algo muy precioso y valioso, generalmente escondido; quien logra encontrarlo se considera afortunado y feliz».

Todas aquellas respuestas tenían algo de verdad. Un tesoro es algo de extraordinario valor, capaz de despertar una búsqueda apasionada y de llenar de alegría a quien lo encuentra.

Muchos de nosotros conocimos primero los tesoros por las historias de aventuras. Recordemos La isla del tesoro, la célebre novela publicada por Robert Louis Stevenson en 1883. En ella aparecen mapas secretos, piratas, barcos, engaños, peligros y cofres llenos de monedas. Todos están dispuestos a arriesgar la vida por alcanzar aquella riqueza antes que los demás.

Sin embargo, las lecturas de este domingo nos hablan de otra clase de tesoro: uno que no se corrompe, que ningún ladrón puede arrebatarnos y que no pierde su valor con el paso del tiempo. Es el tesoro que da sentido a toda la vida: el Reino de Dios.

Un corazón capaz de discernir

En la primera lectura, Dios se aparece en sueños al joven rey Salomón y le dice:

«Pídeme lo que quieras».

¡Qué oportunidad! Salomón podía haber pedido una larga vida, abundantes riquezas, poder o la derrota de sus enemigos. Pero reconoce su pequeñez y pide algo mucho más importante:

«Concede a tu siervo un corazón dócil para gobernar a tu pueblo y discernir entre el bien y el mal».

Salomón comprende que el mayor tesoro no consiste en poseer muchas cosas, sino en tener un corazón sabio, capaz de escuchar a Dios, reconocer el bien y tomar decisiones justas.

También nosotros recibimos cada día muchas ofertas: dinero, prestigio, comodidad, éxito, reconocimiento y poder. Algunas pueden ser legítimas, pero ninguna garantiza por sí misma una vida plena. Podemos tener muchas cosas y, sin embargo, estar vacíos; podemos acumular bienes y haber perdido la paz, la familia, la fe o la capacidad de amar.

Por eso necesitamos pedir con Salomón: «Señor, dame un corazón que escuche y sepa elegir». La verdadera sabiduría consiste en descubrir qué merece ocupar el primer lugar.

La Palabra vale más que el oro

El salmo prolonga esta enseñanza:

«Más estimo yo la ley de tu boca que miles de monedas de oro y plata».

El salmista ha comprendido que la Palabra de Dios es más preciosa que cualquier riqueza porque orienta sus pasos, ilumina sus decisiones y lo sostiene en la dificultad. El dinero puede ayudarnos a resolver muchos problemas, pero no puede decirnos para qué vivimos, cómo debemos amar, a quién debemos perdonar ni cuál es el camino que conduce a la vida eterna.

La Palabra de Dios no nos empobrece ni limita nuestra libertad. Al contrario, nos libra de gastar la existencia persiguiendo falsos tesoros.

Una alegría que cambia las prioridades

En el Evangelio, Jesús compara el Reino de los cielos con un tesoro escondido en un campo. El hombre que lo encuentra vuelve a ocultarlo y, lleno de alegría, vende todo lo que tiene para comprar aquel campo. También lo compara con un comerciante que busca perlas finas y, al encontrar una de gran valor, vende cuanto posee para adquirirla.

En ambas parábolas hay una renuncia radical: los dos lo venden todo. Pero el sentimiento dominante no es la tristeza, sino la alegría. No se desprenden de sus bienes porque alguien los obligue, sino porque han descubierto algo incomparablemente mejor.

Aquí encontramos una clave muy importante para comprender la conversión cristiana: primero se descubre el tesoro y después viene la renuncia. No abandonamos ciertos hábitos, pecados o apegos para comprar el amor de Dios. Nos decidimos a cambiar porque hemos descubierto que Dios ya nos ama, que Cristo ha entregado su vida por nosotros y que su Reino es el bien más grande que podemos recibir.

La conversión no es pagar un precio para conseguir a Dios. Es reorganizar nuestra vida porque hemos descubierto que Dios es el verdadero tesoro.

Cuando una persona encuentra sinceramente a Cristo, comienza a revisar su propio “portafolio” de valores. Se pregunta: ¿qué ocupa mi tiempo?, ¿en qué gasto mis fuerzas?, ¿qué domina mis pensamientos?, ¿qué estoy defendiendo como si fuera imprescindible?, ¿qué lugar tienen Dios, la familia, los pobres y la comunidad en mis decisiones?

Entonces comprende que hay posesiones, resentimientos, costumbres, relaciones y proyectos que no se dejan transformar fácilmente. Desprendernos de ellos puede producir miedo y dolor. Sin embargo, la alegría del tesoro encontrado da fuerzas para realizar esas rupturas.

El Evangelio no nos propone una vida triste ni una cadena de privaciones. Nos invita a dejar lo pequeño para abrazar lo verdaderamente grande; a soltar aquello que esclaviza para recibir lo que libera; a renunciar a una felicidad superficial para alcanzar la vida plena que Dios ofrece.

Dios conduce nuestra historia

San Pablo nos recuerda en la segunda lectura:

«Sabemos que a los que aman a Dios todo les sirve para el bien».

Esto no significa que todo cuanto ocurre sea bueno. Existen el dolor, la enfermedad, la injusticia, el fracaso y la muerte. Pero significa que Dios puede actuar incluso en medio de esas realidades y conducir nuestra historia hacia su plenitud.

El tesoro del Reino no nos evita todas las dificultades. Quien encuentra el campo todavía debe vender, comprar, cavar y cuidar lo recibido. Pero sabe que su vida ya tiene una dirección. No camina al azar: ha sido llamado a reproducir en sí mismo la imagen de Cristo.

Por eso el cristiano puede vivir con esperanza. Dios toma incluso nuestras heridas, errores y luchas, y puede hacer que cooperen para nuestro crecimiento y nuestra salvación cuando nos abandonamos en sus manos.

La red y la elección definitiva

Finalmente, Jesús compara el Reino con una red que recoge peces de toda clase. Al llegar a la orilla, los pescadores separan los buenos de los que no sirven. Esta parábola nos recuerda que nuestras decisiones tienen consecuencias. Dios es paciente y misericordioso, pero nuestra vida se dirige hacia un encuentro definitivo con Él.

No basta con saber que el tesoro existe. Es necesario escogerlo. No basta con admirar la perla preciosa. Hay que reorganizar la vida para recibirla.

Hoy podríamos preguntarnos:

  • ¿Cuál es el tesoro por el que realmente estoy viviendo?
  • ¿Qué le pediría a Dios si me dijera: «Pídeme lo que quieras»?
  • ¿Qué actitud, apego o pecado necesito dejar para vivir con mayor libertad el Evangelio?
  • ¿He descubierto la fe como una obligación pesada o como un tesoro que llena de alegría?

Hermanos, el verdadero tesoro no es solamente una doctrina ni una recompensa futura. Nuestro tesoro es Jesucristo mismo, presente en su Palabra, en la Eucaristía, en la comunidad y en los hermanos que sufren. Encontrarlo significa descubrir que somos amados, perdonados y llamados a una vida nueva.

Pidamos hoy la sabiduría de Salomón, el amor del salmista por la Palabra y la decisión de los hombres de las parábolas. Que el Señor nos conceda un corazón capaz de reconocer el tesoro, la valentía para elegirlo y la alegría de entregar por Él toda nuestra vida.

Señor Jesús, tú eres nuestra perla preciosa y nuestro tesoro escondido. Enséñanos a buscarte, a reconocerte y a preferirte por encima de todo. Amén.

 

3

 

El tesoro que nuestros mayores nos ayudan a descubrir

 

En el Evangelio, Jesús nos presenta dos imágenes sencillas y profundas:

«El Reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en un campo»; y también «a un comerciante que busca perlas finas».

En la primera parábola, el hombre encuentra el tesoro de manera inesperada. Podemos imaginar que caminaba por aquel campo sin sospechar lo que se escondía bajo sus pies. De pronto lo descubre y comprende que ha encontrado algo de valor incalculable. Entonces, lleno de alegría, vende cuanto posee y compra aquel terreno.

En la segunda parábola sucede algo diferente. El comerciante sí estaba buscando. Conocía las perlas, sabía distinguirlas y había dedicado tiempo y esfuerzo a encontrar una verdaderamente preciosa. Finalmente descubre una cuyo valor supera al de todas las demás y vende cuanto tiene para adquirirla.

Uno encuentra sin estar buscando; el otro encuentra después de una búsqueda perseverante. Pero la reacción de ambos es la misma: lo dejan todo para alcanzar aquello que han descubierto. Y no lo hacen con amargura, sino con alegría, porque ante semejante tesoro todo lo demás les parece secundario.

Así puede suceder también en nuestra vida espiritual. Algunos encuentran a Dios de forma inesperada: durante una Eucaristía, en una experiencia de oración, a través de una obra de caridad, en el testimonio de alguien o incluso en medio de una enfermedad o un sufrimiento. No estaban buscando conscientemente aquel tesoro, pero la gracia de Dios salió a su encuentro y les permitió descubrir que nada puede compararse con su amor.

Otros se parecen al comerciante. Han pasado años buscando la verdad, la belleza y el bien. Han estudiado, preguntado, orado, luchado y esperado. Hasta que finalmente descubren la perla preciosa: Jesucristo. Entonces el Evangelio cobra sentido, la fe deja de ser una tradición superficial y se convierte en una relación viva con el Señor.

En ambos casos, el tesoro es el mismo: Cristo y su Reino. Él es la perla preciosa por la que vale la pena reorganizar toda la existencia.

La primera lectura nos ayuda a comprender qué necesitamos para reconocer ese tesoro. Dios le dice a Salomón: «Pídeme lo que quieras». El joven rey podía haber pedido una larga vida, riquezas, poder o la derrota de sus enemigos. Sin embargo, pidió un corazón dócil y comprensivo para gobernar al pueblo y discernir entre el bien y el mal.

Salomón comprendió que la sabiduría vale más que el oro. Por eso su petición agradó al Señor. También nosotros necesitamos un corazón sabio para no confundir lo urgente con lo importante, lo llamativo con lo verdadero y lo costoso con lo verdaderamente valioso.

El mundo nos ofrece muchos falsos tesoros: dinero, poder, comodidad, reconocimiento y placer sin límites. Incluso el pecado puede presentarse como algo deseable, aunque al final deje vacío el corazón. Por eso necesitamos pedir: «Señor, dame un corazón que escuche, que discierna y que sepa elegirte».

El salmista expresa esa misma convicción cuando proclama:

«Más estimo yo la ley de tu boca que miles de monedas de oro y plata».

Quien descubre el valor de la Palabra de Dios comprende que ella orienta sus pasos, fortalece su esperanza y le enseña a vivir. El dinero puede comprar muchas cosas, pero no puede comprar la paz interior, el perdón, una familia unida, una conciencia tranquila ni la vida eterna. La Palabra del Señor, en cambio, nos muestra el camino hacia esos bienes que no se deterioran.

San Pablo, en la segunda lectura, añade una certeza consoladora:

«Sabemos que a los que aman a Dios todo les sirve para el bien».

El Apóstol no afirma que todo cuanto nos sucede sea bueno. La enfermedad, la soledad, la injusticia y la muerte siguen siendo dolorosas. Lo que nos asegura es que Dios puede actuar en medio de todo ello y conducir nuestra historia hacia el bien y la salvación. Quien ha descubierto a Cristo como su tesoro puede atravesar las dificultades con esperanza, porque sabe que su vida está en manos de un Padre que no lo abandona.

Esta Palabra adquiere hoy un significado especial al celebrar la Jornada Mundial de los Abuelos y de los Mayores. Ellos son un verdadero tesoro para nuestras familias, para la Iglesia y para la sociedad. En sus rostros contemplamos una historia construida con trabajo, sacrificios, alegrías, pérdidas, fe y perseverancia.

Muchos de nosotros conocimos las primeras oraciones en labios de nuestros abuelos. Ellos nos enseñaron a hacer la señal de la cruz, a bendecir los alimentos, a rezar el rosario, a confiar en Dios durante las dificultades y a respetar a los demás. Tal vez no utilizaron grandes discursos, pero transmitieron la fe mediante su ejemplo, su paciencia y su manera de afrontar la vida.

Los abuelos y los mayores se parecen al escriba del que habla Jesús al final del Evangelio: aquel que sabe sacar de su tesoro «cosas nuevas y antiguas». Ellos conservan la memoria de la familia y de la comunidad, pero también pueden ayudarnos a afrontar el presente con sabiduría. Su experiencia no es un objeto viejo que deba guardarse en un rincón: es una riqueza que necesita ser escuchada, valorada y transmitida.

Sin embargo, también debemos reconocer con dolor que muchos mayores viven solos, enfermos o abandonados. Algunos sienten que ya no son útiles porque no pueden producir al mismo ritmo que antes. La lógica del Evangelio nos enseña algo diferente: el valor de una persona no depende de su productividad, de su juventud ni de su salud. Cada vida humana posee una dignidad sagrada y continúa siendo un don para los demás.

Celebrar esta jornada no puede limitarse a dedicarles unas palabras bonitas. Debe llevarnos a visitarlos, escucharlos, acompañarlos, atender sus necesidades y hacerlos partícipes de la vida familiar y comunitaria. Una llamada, una visita, un medicamento llevado a tiempo, una conversación sin prisa o una oración compartida pueden convertirse en signos concretos del Reino de Dios.

También hoy queremos decirles a nuestros abuelos y mayores: ustedes siguen teniendo una misión. La Iglesia necesita su oración, su testimonio y su sabiduría. Necesitamos que nos cuenten cómo Dios los sostuvo en los momentos difíciles; que oren por las nuevas generaciones y que nos ayuden a conservar la memoria agradecida de nuestra fe.

El Evangelio nos deja tres preguntas esenciales:

¿Cuál es el verdadero tesoro que ocupa el primer lugar en mi corazón y orienta mis decisiones?

¿Qué apegos, hábitos o actitudes necesito dejar para acoger más plenamente el Reino de Dios?

¿Qué decisión concreta tomaré para demostrar que Jesucristo es mi tesoro y mi mayor alegría?

Quizás una de esas decisiones pueda ser, precisamente, acercarnos a un abuelo o a una persona mayor que necesita compañía. En ellos también podemos descubrir la presencia de Cristo y un tesoro que muchas veces permanece escondido ante nuestros ojos.

Hermanos, no nos conformemos con haber oído hablar del tesoro. Busquémoslo. Si todavía no hemos descubierto personalmente la alegría de conocer, amar y servir a Dios, sigamos caminando: el Reino está cerca. Y si ya hemos encontrado a Cristo, permitamos que ese encuentro transforme nuestras prioridades, nuestros apegos, nuestras familias y nuestra forma de tratar a los demás.

Que el Señor nos conceda la sabiduría de Salomón para reconocer lo verdaderamente valioso; el amor del salmista por su Palabra; la confianza de san Pablo para creer que Dios puede conducir todo hacia el bien, y la alegría de los hombres del Evangelio, capaces de apostarlo todo por el Reino.

Y que santa Ana y san Joaquín, abuelos de Jesús, intercedan por nuestros abuelos y personas mayores, especialmente por quienes se encuentran enfermos, solos o abandonados.

Oración final

Señor Jesús, con frecuencia buscamos los tesoros pasajeros de este mundo y nos dejamos engañar por las falsas promesas del pecado. Abre nuestros ojos para que podamos reconocerte como la perla preciosa y descubrir el valor incomparable de tu Reino.

Concédenos la sabiduría y la valentía necesarias para entregarte cuanto nos impide recibir plenamente tu gracia. Bendice a nuestros abuelos y a todas las personas mayores; recompénsalos por el bien que han sembrado, consuélalos en sus sufrimientos y haz que nunca les falten nuestro cariño, nuestra gratitud y nuestra compañía.

Que tu Reino habite plenamente en nuestros corazones. Jesús, confiamos en ti. Amén.

viernes, 24 de julio de 2026

25 de julio del 2026: fiesta de Santiago, Apóstol

 

SANTO DEL DÍA

Santiago el Mayor (siglo I)

Con su hermano Juan, estuvo asociado con momentos clave de la vida de Cristo, especialmente durante la Transfiguración y en Getsemaní. Primero de los Apóstoles en sufrir el martirio. Su culto culmina en Compostela.

  

(2 Corintios 4:7-15; Mateo 20, 20-28)  Ser apóstol es dejar que el Espíritu haga de nuestra persona un lugar de paso, para que la vida de Dios triunfe en los demás. Esta existencia testimonia que “la vida no es lo contrario de la muerte, sino su cruce permanente” (Elena Lasida). Por su modo de hacerse siervo, pasando por las pruebas inevitables, el apóstol muestra que la Resurrección ya está obrando. ■

Jean-Marc Liautaud, Fundador



(2 Corintios 4, 7-15 y  Mateo20, 20-28)

De acuerdo a nuestros criterios humanos, Santiago, sin duda,  haría parte de las "Vasijas sin valor". Él no era ni rico, ni poderoso, ni sabio. Es, quizás por eso que Jesús lo eligió, Él, que privilegiaba la humildad y la pobreza. La gracia de Dios podía expresarse con elocuencia en él y por él.


( 2 Corintios  4, 7-15)  Somos como "vasijas de barro". ¡Por autoestima, uno lo reconsiderará! ¿Pero no es esa una imagen feliz en nuestro tiempo cuando todo es comercializable, donde las personas son valoradas de acuerdo con lo que cuestan o aportan a la sociedad?





Primera lectura
Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles (4,33;5,12.27-33;12,2):

En aquellos días, los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con mucho valor y hacían muchos signos y prodigios en medio del pueblo. Los condujeron a presencia del Sanedrín y el sumo sacerdote los interrogó: «¿No os habíamos prohibido formalmente enseñar en nombre de ése? En cambio, habéis llenado Jerusalén con vuestra enseñanza y queréis hacernos responsables de la sangre de ese hombre.»
Pedro y los apóstoles replicaron: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien vosotros matasteis, colgándolo de un madero. La diestra de Dios lo exaltó, haciéndolo jefe y salvador, para otorgarle a Israel la conversión con el perdón de los pecados. Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo, que Dios da a los que le obedecen.» Esta respuesta los exasperó, y decidieron acabar con ellos. Más tarde, el rey Herodes hizo pasar a cuchillo a Santiago, hermano de Juan.

Palabra de Dios


Salmo
Sal 66

R/. Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben

El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación. R/.

Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra. R/.

La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe. R/.




Segunda lectura

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Corintios (4,7-15):

Este tesoro del ministerio lo llevamos en vasijas de barro, para que se vea que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no proviene de nosotros. Nos aprietan por todos lados, pero no nos aplastan; estamos apurados, pero no desesperados; acosados, pero no abandonados; nos derriban, pero no nos rematan; en toda ocasión y por todas partes, llevamos en el cuerpo la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo. Mientras vivimos, continuamente nos están entregando a la muerte, por causa de Jesús; para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal. Así, la muerte está actuando en nosotros, y la vida en vosotros. Teniendo el mismo espíritu de fe, según lo que está escrito: «Creí, por eso hablé», también nosotros creemos y por eso hablamos; sabiendo que quien resucitó al Señor Jesús también con Jesús nos resucitará y nos hará estar con vosotros. Todo es para vuestro bien. Cuantos más reciban la gracia, mayor será el agradecimiento, para gloria de Dios.

Palabra de Dios




Lectura del santo evangelio según san Mateo (20,20-28):

En aquel tiempo, se acercó a Jesús la madre de los Zebedeos con sus hijos y se postró para hacerle una petición. Él le preguntó: «¿Qué deseas?»
Ella contestó: «Ordena que estos dos hijos míos se sienten en tu reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda.»
Pero Jesús replicó: «No sabéis lo que pedís. ¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber?»
Contestaron: «Lo somos.»
Él les dijo: «Mi cáliz lo beberéis; pero el puesto a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo, es para aquellos para quienes lo tiene reservado mi Padre.»
Los otros diez, que lo habían oído, se indignaron contra los dos hermanos. Pero Jesús, reuniéndolos, les dijo: «Sabéis que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen. No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo. Igual que el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos.»

Palabra del Señor


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1

"Lo más importante es beber la copa con Él" (dar la vida")

Hoy la Iglesia, nos invita a contemplar la vida, obra y santidad de Santiago apóstol, patrono de España. La primera lectura de la 2a Carta de San Pablo a los Corintios nos invita a ver la debilidad presente en los apóstoles. Así como las vasijas de barro que se rompen con facilidad, los misioneros de Cristo no tienen ninguna fuerza autónoma, es decir, no son fuertes por sí mismos. Dios acepta revelar aquello que hay de más preciado (el conocimiento de Cristo) a través de la fragilidad de la vida de aquellos que creen en Él.

En el Evangelio, vemos a la madre de Santiago, nuestro santo del día, y de su hermano también Zebedeo,  enceguecida en su amor maternal que reclama los mejores lugares o puestos para sus hijos en el Reino que se acerca. Pero Jesús pone las cosas en su lugar: solamente aquel que se pone al servicio de los demás es grande a la imagen de Él que entrega su vida…La única ambición o deseo válido es seguir sus pasos.



2



El Cáliz de Cristo


“¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber?»
Contestaron: «Lo somos.»
Él les dijo: «Mi cáliz lo beberéis; pero el puesto a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo, es para aquellos para quienes lo tiene reservado mi Padre.»




Esta fue una reprensión muy gentil por parte de Jesús. La madre de Santiago y Juan le pidió un favor a Jesús. Ella quería que sus hijos se sentaran a Su derecha e izquierda en Su Reino. Jesús dijo suavemente: "No sabéis lo que pedís" , y luego pasó a decir lo del pasaje anterior.

"No sabéis lo que pedís ". ¿Por qué Jesús dijo esto? En parte, es porque el camino hacia la gloria, es decir, el camino para sentarse a Su derecha e izquierda en el Reino, es el camino de la Cruz. Es el camino de abrazar libremente los sufrimientos de la Cruz con Jesús. No es posible entrar en Su gloria sin caminar primero con Él a través de Su muerte.

Entonces les pregunta a estos apóstoles: "¿Pueden beber el cáliz que yo voy a beber?" En otras palabras, ¿pueden abrazar mi Cruz? ¿Pueden abrazar mi sufrimiento? ¿Puedes caminar conmigo a través de mi último sacrificio y participar en ese sacrificio ofreciendo también sus vidas?
Los apóstoles afirman que pueden y, de hecho, eventualmente siguen a Jesús en su sacrificio entregándose por completo a los demás. 

¿Puedes beber ese cáliz? ¿Puedes aceptar voluntariamente la Cruz en tu vida? ¿Puedes soportar las dificultades, los sacrificios y, tal vez, incluso la persecución por ser un seguidor de Jesús? ¿Puedes caminar con Él a través de Su sufrimiento? Si la respuesta es "Sí", entonces compartirás Su gloria. Quizás esa gloria no será sentarse a Su derecha e izquierda, sino que será una gloria más allá de tu imaginación más audaz. Vale la pena y es una invitación que nunca te arrepentirás de aceptar.


Señor, deseo beber el cáliz que bebiste. Deseo recibir Tu Precioso Cuerpo y Sangre y en esa recepción recibir la fuerza y ​​la gracia que necesito para seguirte en Tus sufrimientos. Mientras te sigo en tus sufrimientos, ayúdame también a compartir tu gloria. Jesús, confío en ti.

jueves, 23 de julio de 2026

24 de julio del 2026: viernes de la decimosexta semana del tiempo ordinario-II- San Charbel Makhluf, presbítero-Memoria libre

 

Testigo de la fe:

San Chárbel Makhlouf


1828-1898

Monje, sacerdote y ermitaño libanés, muy querido por los cristianos maronitas. Después de varios años de vida monástica, recibió la ordenación sacerdotal y, más tarde, abrazó la vida eremítica, entregándose por completo a la oración, la penitencia, el silencio y la celebración de la Eucaristía.

Vivió oculto a los ojos del mundo, pero profundamente unido a Dios. Su existencia sencilla nos recuerda que la fecundidad de la Iglesia no depende únicamente de grandes obras visibles, sino también de tantas vidas consagradas que sostienen al mundo mediante la oración y la entrega silenciosa.

Murió el 24 de diciembre de 1898. Su tumba, en el monasterio de San Marón de Annaya, se convirtió en un concurrido lugar de peregrinación, al que acuden cristianos de distintas Iglesias e incluso creyentes de otras religiones para pedir su intercesión.

Fue canonizado por san Pablo VI en 1977.

En este día, san Chárbel nos invita a recuperar el silencio interior, a cultivar una amistad profunda con Cristo y a ofrecer nuestra vida por la Iglesia, por la paz en el Líbano y en todo Oriente Medio, y por la unidad de los cristianos. Su testimonio nos enseña que quien se aparta del ruido para buscar sinceramente a Dios no se aleja de la humanidad, sino que la lleva consigo en el corazón y en la oración.

 

 

Acoger y asumir la Palabra

«Escuchen»: esta invitación resuena a lo largo de toda la Biblia. Si la Palabra de Dios es sembrada con generosidad, corresponde a cada uno no solamente oírla, sino también acogerla, comprenderla y permitir que produzca frutos en su vida.

Jesús nos advierte hoy que diversos obstáculos pueden impedir que la semilla crezca: la superficialidad de un corazón que no comprende, la inconstancia ante las dificultades, las preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas que ahogan la Palabra. La tierra buena, por el contrario, es el corazón disponible que escucha con fe, persevera en medio de las pruebas y traduce el Evangelio en obras concretas de amor, justicia y fidelidad.

El profeta Jeremías anuncia que Dios mismo reúne a su pueblo disperso y lo conduce hacia Sion. Promete pastores según su corazón y una Jerusalén renovada por su presencia. El salmo prolonga esta esperanza: el Señor, como un pastor, reúne a su rebaño, transforma el duelo en alegría y consuela a quienes sufren.

Acoger la Palabra significa, por tanto, permitir que Dios nos reúna, nos guíe y nos transforme. Quien le abre el corazón se convierte en tierra fecunda, capaz de producir fruto: treinta, sesenta o ciento por uno. Pidamos hoy la gracia de no ser solamente oyentes pasajeros, sino discípulos que asumen la Palabra, la conservan y la hacen vivir en medio del mundo.

G.Q 



Primera lectura

Jer 3, 14-17
Les daré pastores, según mi corazón; y todas las naciones se incorporarán a Jerusalén

Lectura del libro de Jeremías.

VUELVAN, hijos apóstatas —oráculo del Señor—, que yo soy su dueño. Los iré reuniendo a uno de cada ciudad, a dos de cada tribu, y los traeré a Sion. Les daré pastores, según mi corazón, que los apacienten con ciencia y experiencia.
Se multiplicarán y crecerán en el país. Y en aquellos días
—oráculo del Señor— ya no se hablará del Arca de la Alianza del Señor: no se recordará ni se mencionará; nadie la echará de menos, ni se volverá a construir otra.
En aquel tiempo llamarán a Jerusalén «Trono del Señor». Todas las naciones se incorporarán a ella en el nombre de «El Señor que está en Jerusalén», y ya no se dejarán guiar por su corazón perverso y obstinado.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Jer 31, 10. 11-12ab. 13 (R.: cf. 10d)

R. El Señor nos guardará como un pastor a su rebaño.

V. Escuchen, pueblos, la palabra del Señor,
anúncienla en las islas remotas:
«El que dispersó a Israel lo reunirá,
lo guardará como un pastor a su rebaño». 
R.

V. «Porque el Señor redimió a Jacob,
lo rescató de una mano más fuerte».
Vendrán con aclamaciones a la altura de Sion,
afluirán hacia los bienes del Señor.
 R.

V. Entonces se alegrará la doncella en la danza,
gozarán los jóvenes y los viejos;
convertiré su tristeza en gozo,
los alegraré y aliviaré sus penas. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios con un corazón noble y generoso,
la guardan y dan fruto con perseverancia. 
R.

 

Evangelio

Mt 13, 18-23

El que escucha la palabra y la entiende, ese da fruto

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Ustedes, pues, oigan lo que significa la parábola del sembrador: si uno escucha la palabra del reino sin entenderla, viene el Maligno y roba lo sembrado en su corazón. Esto significa lo sembrado al borde del camino.
Lo sembrado en terreno pedregoso significa el que escucha la palabra y la acepta enseguida con alegría; pero no tiene raíces, es inconstante, y en cuanto viene una dificultad o persecución por la palabra, enseguida sucumbe.
Lo sembrado entre abrojos significa el que escucha la palabra; pero los afanes de la vida y la seducción de las riquezas ahogan la palabra y se queda estéril. Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la palabra y la entiende; ese da fruto y produce ciento o sesenta o treinta por uno».

Palabra del Señor.

 

1

 

Queridos hermanos:

En el Evangelio de hoy, Jesús mismo nos explica la parábola del sembrador. La semilla es buena, porque es la Palabra de Dios; el sembrador es generoso, porque no se cansa de sembrar. La pregunta decisiva es: ¿qué clase de terreno encuentra esa Palabra en nuestro corazón?

Podemos escuchar la Palabra de Dios muchas veces y, sin embargo, permitir que pase sin dejar huella. Puede quedarse al borde del camino cuando la recibimos distraídamente, sin intentar comprenderla ni relacionarla con nuestra vida. Puede caer en terreno pedregoso cuando nos entusiasmamos por un momento, pero abandonamos el camino al aparecer una dificultad, una crítica o una prueba. También puede quedar entre espinos cuando las preocupaciones, el deseo de poseer, las ambiciones y el ruido cotidiano terminan por ahogarla.

Jesús no cuenta esta parábola para desanimarnos, sino para invitarnos a preparar la tierra. Ninguno de nosotros posee un corazón perfectamente dispuesto. Todos llevamos dentro caminos endurecidos, piedras y espinos. Por eso este viernes asumimos una actitud penitencial: reconocemos humildemente aquello que impide que el Evangelio crezca en nosotros.

Pidamos perdón por las veces que escuchamos la Palabra, pero no la obedecemos; por las ocasiones en que conocemos lo que Dios espera de nosotros, pero preferimos nuestra comodidad; por permitir que el resentimiento, la indiferencia, el egoísmo o las preocupaciones ocupen el espacio que le corresponde al Señor. La conversión comienza cuando dejamos que Dios remueva nuestra tierra y arranque aquello que está ahogando la semilla.

La primera lectura contiene una hermosa invitación: «Vuelvan, hijos apóstatas». Dios no se cansa de llamar a su pueblo. No lo abandona por sus infidelidades, sino que desea reunirlo, sanarlo y conducirlo nuevamente a Jerusalén. Además, promete darle pastores según su corazón, que lo apacienten con sabiduría y prudencia. Nuestro Dios no dispersa ni destruye: reúne, acompaña y restaura.

Esta promesa continúa en el salmo tomado del mismo profeta Jeremías: «El Señor nos guardará como un pastor a su rebaño». Dios rescata, congrega y consuela. Convierte el duelo en alegría y cambia la tristeza en gozo. Esta Palabra ilumina especialmente nuestra oración por quienes sufren en el alma y en el cuerpo.

Hay enfermedades visibles que necesitan atención médica, tratamientos, compañía y cuidado. Pero también existen dolores interiores que muchas veces permanecen ocultos: la tristeza profunda, la angustia, la soledad, el miedo, los recuerdos dolorosos, la pérdida de un ser querido o la sensación de no poder continuar. A todos ellos les anuncia hoy el Señor: «Yo los reuniré, los consolaré y cambiaré su tristeza en alegría».

La enfermedad también puede convertirse en un momento difícil para la semilla. Algunas personas, ante el sufrimiento, sienten que su fe se debilita y que Dios permanece en silencio. No debemos juzgarlas. Necesitan encontrar en nosotros la cercanía del Buen Pastor: una presencia respetuosa, una escucha paciente, una oración sincera y una ayuda concreta. Acompañar a un enfermo es cuidar la tierra donde Dios continúa sembrando esperanza.

La buena tierra no es el corazón que nunca ha sufrido ni ha pecado. Es el corazón humilde que se deja trabajar por Dios; el corazón que, a pesar de sus heridas, recibe la semilla y confía en su fuerza. Incluso una vida marcada por la enfermedad puede producir frutos abundantes mediante la paciencia, la oración y el ofrecimiento de su dolor. Del mismo modo, quienes cuidan a los enfermos producen frutos de ternura, servicio y misericordia.

Pidamos al Señor que haga de nuestro corazón una tierra buena. Que quite las piedras de nuestra dureza, arranque los espinos del egoísmo y abra surcos de esperanza en nuestras heridas. Que perdone nuestros pecados, fortalezca a quienes están enfermos, consuele a quienes sufren en el alma y conceda paciencia y generosidad a sus familiares y cuidadores.

Que su Palabra, acogida con fe, produzca en nosotros frutos de conversión, misericordia y servicio; treinta, sesenta y ciento por uno. Amén.

 

2

 

Un corazón receptivo al Evangelio

 

Queridos hermanos:

Después de proclamar ante la multitud la parábola del sembrador y explicar a sus discípulos por qué les hablaba mediante parábolas, Jesús les ofrece hoy su interpretación. Les habla de manera clara y personal porque ellos están dispuestos a escucharlo y desean comprender la verdad.

La parábola nos presenta cuatro clases de terreno que representan cuatro disposiciones del corazón: el corazón endurecido, el superficial, el distraído y el verdaderamente receptivo. La semilla siempre es buena, pues es la Palabra del Reino, y el Sembrador nunca deja de sembrarla generosamente. Lo que cambia es la tierra donde cae.

La semilla sembrada al borde del camino representa a quienes escuchan la Palabra sin comprenderla ni esforzarse por hacerlo. Sus corazones han sido endurecidos por el pecado, la indiferencia o unos hábitos centrados en sí mismos. La Palabra llega a sus oídos, pero no alcanza a penetrar en su interior. Esto puede sucedernos incluso cuando participamos habitualmente en la Eucaristía: escuchamos las lecturas y la homilía, pero salimos sin permitir que el Evangelio cuestione nuestras decisiones.

El terreno pedregoso representa al corazón superficial. Recibe la Palabra inicialmente con alegría, emoción y entusiasmo, pero carece de raíces profundas. Cuando llegan la dificultad, la crítica o la persecución; cuando seguir a Cristo exige sacrificio, perseverancia y valentía, entonces se desanima y abandona. Le atrae la belleza del Evangelio, pero no está dispuesto a aceptar las exigencias de vivirlo plenamente.

La semilla caída entre espinos representa al corazón distraído. La Palabra logra entrar y comienza a crecer, pero debe competir con las preocupaciones, el afán de poseer, la ambición, la búsqueda de comodidad y el deseo de controlar todas las cosas. Son los corazones que desean vivir para Dios sin renunciar a los criterios del mundo; anhelan el cielo, pero buscan al mismo tiempo seguridad y satisfacción según sus propias condiciones. Poco a poco, los espinos terminan ahogando la Palabra y esta no produce fruto.

Finalmente, la tierra buena representa al corazón verdaderamente receptivo. Es aquel que no solo escucha la Palabra, sino que la comprende, la medita, la conserva y permite que transforme su existencia. No se trata de un corazón perfecto, sino humilde, orante y dispuesto a colaborar con la gracia. En esa tierra, la semilla divina penetra profundamente y produce fruto: treinta, sesenta o ciento por uno. Allí se forman los santos: hombres y mujeres que se dejan santificar día tras día por la verdad y el amor de Dios.

La primera lectura nos ayuda a comprender que Dios no renuncia a trabajar nuestra tierra. Por medio del profeta Jeremías, llama con ternura a su pueblo: «Vuelvan, hijos apóstatas». A pesar de sus infidelidades, el Señor promete reunirlo, conducirlo nuevamente a Sion y darle pastores según su corazón, que lo apacienten con sabiduría y prudencia. Dios no abandona la tierra endurecida: la llama a volver, la reúne y desea hacerla fecunda.

Jeremías anuncia también una Jerusalén renovada, que será llamada «Trono del Señor». Ya no habrá un pueblo obstinado que camine siguiendo la dureza de su corazón, sino una comunidad reunida en torno a la presencia de Dios. Esta es también la obra que la Palabra desea realizar en nosotros: pasar de un corazón endurecido a un corazón donde Dios pueda habitar y reinar.

El salmo, tomado igualmente del profeta Jeremías, prolonga esta promesa: «El Señor nos guardará como un pastor a su rebaño». El Señor reúne a los dispersos, rescata a su pueblo, transforma el duelo en alegría y consuela las tristezas. La Palabra sembrada en nuestro corazón no viene a condenarnos, sino a restaurarnos; no pretende aplastarnos, sino reunir aquello que el pecado, el sufrimiento y las preocupaciones han dispersado dentro de nosotros.

Hoy celebramos también la memoria libre de san Chárbel Makhluf, sacerdote, monje y ermitaño libanés. Su vida fue una magnífica imagen de la tierra buena. En el silencio, la oración, la penitencia y la celebración de la Eucaristía, permitió que la Palabra echara raíces profundas en su corazón. Humanamente llevó una vida escondida; sin embargo, esa semilla silenciosa produjo frutos abundantes que todavía hoy fortalecen la fe de innumerables peregrinos.

San Chárbel comprendió que retirarse del ruido para buscar a Dios no significa desentenderse del mundo. En su soledad llevó ante el Señor las necesidades de la Iglesia y de la humanidad. Su vida nos enseña que la fecundidad espiritual no depende del reconocimiento, de la popularidad ni de grandes obras visibles, sino de permanecer unidos a Cristo y dejarnos transformar por su gracia.

En este viernes, asumimos también una actitud penitencial. Preguntémonos sinceramente: ¿qué terreno encuentra hoy la Palabra en mí? ¿Se ha endurecido mi corazón por el pecado o el resentimiento? ¿Mi fe depende solamente de emociones pasajeras? ¿Las preocupaciones, los bienes materiales o el deseo de comodidad están ahogando mi relación con Dios? ¿Qué piedras debo retirar y qué espinos necesito arrancar?

No basta con identificar nuestro terreno; es necesario dejar que Dios lo trabaje. La tierra no puede ararse a sí misma. Necesitamos la acción de la gracia, la oración perseverante, la escucha atenta de las Escrituras, la reconciliación sacramental y decisiones concretas de conversión. Así, incluso la tierra más endurecida puede convertirse en suelo fecundo.

Pidamos también por quienes sufren en el alma y en el cuerpo. Que la Palabra de Dios sea para nuestros enfermos semilla de fortaleza, consuelo y esperanza. Que el Señor sostenga a quienes padecen dolores físicos, angustia, depresión, soledad o cansancio; que bendiga a sus familias, médicos y cuidadores. Como promete el salmo, que transforme su tristeza en consuelo y les haga experimentar la cercanía del Buen Pastor.

Hoy el Sembrador vuelve a pasar por nuestra vida. No dejemos que su Palabra permanezca en la superficie. Recibámosla con fe, meditémosla con humildad y sostengámosla con perseverancia. Con la intercesión de san Chárbel, pidamos un corazón silencioso, profundo y disponible para Dios, capaz de producir frutos abundantes de conversión, misericordia, servicio y santidad.

Oración final

Divino Sembrador, Tú siembras generosa y abundantemente la semilla de la verdad. Continuamente me hablas, me revelas tu amor y me manifiestas tu voluntad; sin embargo, muchas veces mi corazón permanece endurecido, superficial o distraído.

Remueve la tierra de mi corazón y hazme receptivo a todo lo que quieras revelarme. Arranca las piedras del pecado y los espinos de las preocupaciones y los apegos. Haz que mi vida produzca frutos abundantes para tu Reino.

Por intercesión de san Chárbel Makhluf, fortalece a nuestros enfermos, consuela a quienes sufren en el alma y en el cuerpo, y concédenos un corazón humilde, orante y perseverante.

Jesús, confío en ti. Amén.

 


****************


24 de julio:

San Chárbel (Charbel) Makhlūf, presbítero y ermitaño — Memoria libre


1828-1898
Santo patrono del Líbano
Canonizado por el papa Pablo VI el 9 de octubre de 1977.

 


 

Cita

«Sí, el tipo de santidad practicado por Chárbel Makhlouf tiene un gran valor, no solo para la gloria de Dios, sino también para la vitalidad de la Iglesia… Se necesitan pastores que reúnan al pueblo de Dios… Necesitamos teólogos… evangelizadores y misioneros… catequistas… personas que se dediquen directamente a ayudar a sus hermanos… Pero también necesitamos personas que se ofrezcan como víctimas por la salvación del mundo, mediante una penitencia libremente aceptada, una oración incesante de intercesión… y una búsqueda apasionada del Absoluto, dando testimonio de que Dios merece ser adorado y amado por sí mismo.

El estilo de vida de estos religiosos, de estos monjes y de estos ermitaños no se propone a todos como un carisma que deba ser imitado; pero, en estado puro y de manera radical, ellos encarnan un espíritu del que ningún fiel de Cristo está exento. Ejercen una función de la cual la Iglesia no puede prescindir y nos recuerdan un camino saludable para todos».

—Papa Pablo VI, homilía durante la canonización de san Chárbel


Reflexión

Youssef Antoun Makhlouf nació en la aldea de Bekaa Kafra, al norte del Líbano. Era el menor de cinco hermanos y fue bautizado en el rito maronita de la Iglesia católica. La familia Makhlouf vivía en la aldea situada a mayor altura del Líbano y se dedicaba a la agricultura. Su padre, quien murió cuando Youssef tenía solamente tres años, era arriero. Después de la muerte de su padre, su madre volvió a casarse; posteriormente, su padrastro fue ordenado sacerdote y ejerció su ministerio en la parroquia local. En la Iglesia católica maronita existe la antigua tradición de admitir al sacerdocio a hombres casados.

Desde muy joven, Youssef llevó una vida santa y piadosa. Dos de sus tíos eran ermitaños, y su ejemplo lo inspiró. Durante su juventud cuidaba el ganado y solía pasar largos períodos orando en lugares solitarios mientras los animales pastaban. Sentía una devoción especial por la Santísima Virgen María y levantó un pequeño santuario en su honor dentro de una cueva cercana. Desde temprana edad supo que Dios lo llamaba al sacerdocio y a la vida monástica, especialmente a la vida eremítica.

En 1851, a la edad de veintitrés años, Youssef dejó a su familia para no regresar jamás e ingresó en el monasterio de Nuestra Señora de Mayfouq, perteneciente a la Iglesia católica maronita. Más tarde, su madre le escribió:

«Si no fueras a ser un buen religioso, te diría: “Regresa a casa”. Pero ahora sé que el Señor te quiere a su servicio. Y en medio del dolor que me causa estar separada de ti, le digo resignada: “Que Él te bendiga, hijo mío”».

Al profesar como monje, Youssef adoptó el nombre de Chárbel, en honor de san Chárbel mártir, un oficial militar del siglo II martirizado en Antioquía durante una persecución del emperador romano Marco Aurelio.

Como monje, el hermano Chárbel anhelaba convertirse en ermitaño y presentó esta petición muchas veces a sus superiores. Sin embargo, durante los primeros veinticuatro años de su vida religiosa, sus superiores le exigieron vivir en comunidad con los demás monjes.

Primero fue trasladado al monasterio de San Marón, en Annaya, donde profesó sus votos. Después fue enviado al monasterio de los Santos Cipriano y Justina, donde estudió teología y filosofía. Fue ordenado sacerdote en 1859, a la edad de treinta y un años, y regresó al monasterio de San Marón, donde permaneció durante los dieciséis años siguientes.

Aunque algunos monjes vivían como ermitaños, esta vocación estaba reservada para aquellos que demostraban ser capaces de soportar tal soledad y ascetismo. En 1875, cuando tenía cuarenta y siete años, el padre Chárbel recibió permiso para ingresar en la ermita de los Santos Pedro y Pablo y vivir como ermitaño, después de que tuviera lugar un acontecimiento milagroso.

Algunos de sus hermanos monjes decidieron gastarle una broma y llenaron con agua su lámpara de aceite. Cuando regresó a su celda, tomó la lámpara llena de agua, la encendió y esta ardió. Al enterarse, sus superiores inspeccionaron la lámpara y comprobaron que efectivamente estaba llena de agua. Incapaces de explicar aquel prodigio, lo consideraron un signo de su santidad y accedieron a permitirle convertirse en ermitaño, conforme a su deseo.

Fue enviado a la ermita de los Santos Pedro y Pablo, donde pasó los veintitrés años siguientes en soledad, siguiendo un régimen estricto de oración diaria, trabajo manual y severo ascetismo. En 1898, a los setenta años, el padre Chárbel sufrió un ataque cerebrovascular mientras celebraba la Misa y murió ocho días después, en la víspera de Navidad. Según la costumbre de su orden, fue sepultado directamente en la tierra, sin ataúd.

Aunque san Chárbel llevó una vida de extraordinaria santidad, no fue sino hasta después de su muerte cuando esta comenzó a ser conocida más allá de los muros del monasterio. Después de su entierro, se vio una luz que resplandecía sobre su tumba. Este fenómeno atrajo la atención de muchos habitantes de la región, quienes desafiaron el frío y la nieve para contemplar aquella misteriosa luz.

Cuatro meses después, las autoridades eclesiásticas concedieron permiso para exhumar su cuerpo. Para asombro de todos, lo encontraron completamente incorrupto. Su piel y sus articulaciones estaban como las de una persona dormida: suaves y flexibles. Limpiaron la tierra y el barro que cubrían su cuerpo y lo depositaron en un ataúd dentro de la capilla del monasterio.

Entonces comenzó a suceder algo más: de sus poros parecía brotar sangre y sudor, empapando el hábito. El fenómeno era tan intenso que sus vestiduras tenían que cambiarse dos veces por semana. Finalmente, en 1927, dos médicos de Beirut examinaron cuidadosamente su cuerpo. Después fue colocado en otro ataúd y sellado en una tumba dentro de uno de los muros del monasterio.

Poco más de dos décadas después, se observó un líquido semejante a la sangre que salía por una esquina del muro detrás del cual Chárbel había sido sepultado. Durante la década de 1950, su tumba fue abierta en tres ocasiones. Una de ellas fue transmitida por televisión y contó con la presencia de altos funcionarios del Estado, autoridades religiosas, médicos y científicos.

En 1965, su cuerpo fue hallado nuevamente incorrupto y continuaba exudando el mismo líquido semejante a sangre y sudor. Finalmente, en 1976, un año antes de su canonización, se comprobó que el cuerpo se había descompuesto y que solo quedaban los huesos.

Resulta llamativo que la descomposición del cuerpo de Chárbel coincidiera con los primeros años de la devastadora guerra civil que estalló en el Líbano en 1975. En 1976 tuvo lugar la masacre de Damour. Fuerzas palestinas atacaron esta población cristiana maronita. Muchos de sus habitantes murieron en los enfrentamientos, fueron masacrados o se vieron obligados a huir.

Desde la sepultura de Chárbel, quienes han visitado su tumba le han atribuido numerosos milagros obtenidos por su intercesión. Esto ocurrió especialmente durante la década de 1950, cuando su cuerpo fue encontrado incorrupto después de cincuenta años. En ese momento, los monjes comenzaron a registrar las curaciones milagrosas atribuidas a la intercesión del padre Chárbel. En solo dos años recopilaron una lista de más de doce mil curaciones reportadas.

La devoción hacia él y la noticia de la conservación de su cuerpo se difundieron rápidamente. Esta devoción, acompañada de numerosos testimonios de milagros, impulsó una nueva evangelización en todo el Líbano.

Dios se vale de cada uno de nosotros de distintas maneras. Después de su muerte, san Chárbel fue instrumento para evangelizar el Líbano y otros lugares del mundo. Durante su vida permaneció profundamente unido a Dios. Respondió a su vocación de ermitaño mediante una existencia de penitencia diaria, sacrificio, oración profunda y humilde servicio sacerdotal. Como fruto de esa fidelidad, llegó a convertirse en uno de los santos más influyentes del último siglo.

San Chárbel realizó grandes obras por una razón sencilla: oró y cumplió la voluntad de Dios. Cada uno de nosotros puede hacer lo mismo. Medita hoy acerca de la voluntad de Dios para tu vida y decídete a cumplir esa misión sin vacilar. Así permitirás que nuestro divino Señor realice grandes obras por medio de ti, quizá de maneras que no llegarás a conocer plenamente sino hasta el cielo.

Oración

San Chárbel, fuiste llamado a la vida solitaria como monje y, después, como ermitaño, y respondiste generosamente. Mantuviste tus ojos fijos en Cristo, y Él transformó tu alma humilde en un glorioso faro de luz para el mundo.

Ruega por mí, para que reciba la gracia que necesito a fin de ser fiel a la vocación que Dios me ha concedido y pueda responder con la misma generosidad y entrega que tú manifestaste durante tu vida terrena.

San Chárbel, ruega por mí.
Jesús, confío en ti. Amén.

 


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