jueves, 24 de septiembre de 2026

25 de septiembre del 2026: viernes de la vigésima quinta semana del tiempo ordinario II

 

Ha llegado el momento

El Evangelio de hoy ilustra el principio de la sucesión de los tiempos enunciado por Qohelet. Para los discípulos ha llegado el momento de pronunciarse acerca de Jesús. Su respuesta abre otra etapa en el camino de la fe. Pedro reconoce en Él al «Mesías de Dios», pero esta profesión de fe todavía debe ser purificada y profundizada.

En efecto, Jesús revela inmediatamente que su misión no corresponde a las expectativas humanas de un Mesías poderoso y victorioso. El Hijo del hombre tendrá que sufrir, ser rechazado, morir y resucitar al tercer día. Hay, pues, un tiempo para reconocer a Jesús, pero también un tiempo para aceptar seguirlo por un camino que quizá nosotros no habríamos elegido.

Como recuerda Qohelet, cada cosa tiene su momento. También en nuestra vida de fe hay tiempos de búsqueda y tiempos de respuesta; unos están marcados por la alegría y otros por la prueba. Pero, a través de todos esos momentos, Dios continúa realizando su obra.

Para los discípulos ha llegado el momento de superar lo que los demás dicen acerca de Jesús y responder personalmente a la pregunta: «Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?». Esta pregunta continúa dirigiéndose también a nosotros hoy. Nuestra respuesta no se da solamente con palabras: se manifiesta en nuestra manera de vivir, de esperar, de amar y de cargar nuestra cruz siguiendo a Cristo.

 


Primera lectura

Ecl 3, 1-11
Cada cosa tiene su momento bajo el cielo

Lectura del libro del Eclesiastés.

TODO tiene su momento, y cada cosa su tiempo bajo el cielo:
Tiempo de nacer, tiempo de morir;
tiempo de plantar, tiempo de arrancar;
tiempo de matar, tiempo de sanar;
tiempo de destruir, tiempo de construir;
tiempo de llorar, tiempo de reír;
tiempo de hacer duelo, tiempo de bailar;
tiempo de arrojar piedras, tiempo de recogerlas;
tiempo de abrazar, tiempo de desprenderse;
tiempo de buscar, tiempo de perder;
tiempo de guardar, tiempo de arrojar;
tiempo de rasgar, tiempo de coser;
tiempo de callar, tiempo de hablar;
tiempo de amar, tiempo de odiar;
tiempo de guerra, tiempo de paz.
¿Qué saca el obrero de sus fatigas? Comprobé la tarea que Dios ha encomendado a los hombres para que se ocupen en ella: todo lo hizo bueno a su tiempo, y les proporcionó el sentido del tiempo, pero el hombre no puede llegar a comprender la obra que hizo Dios, de principio a fin.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 143, 1b y 2abc. 3-4 (R.: cf. 1a)

R. ¡Bendito el Señor, mi alcázar!

V. Bendito el Señor, mi Roca;
mi bienhechor, mi alcázar,
baluarte donde me pongo a salvo,
mi escudo y refugio. 
R.

V. Señor, ¿qué es el hombre
para que te fijes en él?
¿Qué los hijos de Adán
para que pienses en ellos?
El hombre es igual que un soplo;
sus días, una sombra que pasa. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. El Hijo del hombre ha venido a servir
y dar su vida en rescate por muchos. 
R.

 

Evangelio

Lc 9, 18-22

Tú eres el Mesías de Dios. El Hijo del hombre tiene que padecer mucho

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

UNA vez que Jesús estaba orando solo, lo acompañaban sus discípulos y les preguntó:
«¿Quién dice la gente que soy yo?».
Ellos contestaron:
«Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías, otros dicen que ha resucitado uno de los antiguos profetas».
Él les preguntó:
«Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?».
Pedro respondió:
«El Mesías de Dios».
Él les prohibió terminantemente decírselo a nadie. Porque decía:
«El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día».

Palabra del Señor.

 

 

1

 

HA LLEGADO EL MOMENTO

 

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de hoy tiene una expresión que podría acompañarnos durante toda esta jornada: «Hay un tiempo para cada cosa».

Qohelet nos dice en la primera lectura que hay tiempo de nacer y tiempo de morir; tiempo de llorar y tiempo de reír; tiempo de callar y tiempo de hablar; tiempo de buscar y tiempo de perder; tiempo de construir y tiempo de derribar.

Y quizá alguno de nosotros, al escuchar estas palabras, podría preguntarse: ¿Qué tiempo estoy viviendo yo?

Porque no todos llegamos hoy a la Eucaristía atravesando el mismo momento. Para alguno puede ser tiempo de alegría y gratitud. Para otro, tiempo de enfermedad. Para alguien, tiempo de incertidumbre. Para otro, tiempo de duelo, de soledad o de dificultades familiares. Tal vez alguien viene luchando interiormente con una preocupación que nadie conoce.

Y la Palabra no nos dice que todos los tiempos sean agradables. Nos dice algo más profundo: Dios puede hacerse presente en todos ellos.

Qohelet termina diciendo que Dios «hace todas las cosas apropiadas a su tiempo». Nosotros no siempre comprendemos sus caminos. Hay cosas que solamente entendemos mucho después; otras quizá nunca lleguemos a comprenderlas completamente en esta vida.

Por eso el salmo nos invita a colocar nuestra confianza en Dios:

«Bendito el Señor, mi Roca».

La roca es aquello sobre lo cual uno puede apoyarse cuando todo lo demás parece tambalearse.

Y el mismo salmo nos recuerda nuestra fragilidad: el ser humano es como un soplo y sus días pasan como una sombra. No es una palabra pesimista. Es una llamada a la humildad: no somos dueños absolutos del tiempo, de la salud, de la vida ni del mañana.

Por eso necesitamos una roca.

Y nuestra roca es el Señor.

El Evangelio nos lleva un poco más lejos. Jesús está orando y pregunta a sus discípulos:

«¿Quién dice la gente que soy yo?»

Ellos responden lo que han escuchado: Juan el Bautista, Elías, algún antiguo profeta.

Pero Jesús entonces hace la pregunta verdaderamente importante:

«Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?»

Ya no sirve repetir lo que dicen los demás.

Pedro responde:

«El Mesías de Dios».

Es una respuesta correcta. Pero Jesús inmediatamente les hace comprender qué significa realmente ser el Mesías: el Hijo del hombre tendrá que sufrir, ser rechazado, morir y resucitar.

Pedro reconoce al Mesías, pero todavía tendrá que descubrir qué clase de Mesías es Jesús.

Porque seguramente esperaba un Mesías triunfante, poderoso, vencedor. Y Jesús le habla de sufrimiento, rechazo y cruz.

Aquí aparece una de las grandes dificultades de nuestra fe.

Es relativamente sencillo creer en Dios cuando las cosas salen bien. Pero cuando llega la enfermedad, cuando muere alguien que amamos, cuando una familia atraviesa una crisis, cuando una persona lleva años luchando con una dificultad, entonces puede aparecer la pregunta:

«Señor, ¿dónde estás?»

Y precisamente allí Jesús nos revela su verdadero rostro.

Nuestro Dios no contempla el sufrimiento humano desde lejos. Ha entrado en él.

Conoció el cansancio, la incomprensión, la traición, el abandono, las lágrimas, el dolor y finalmente la cruz.

Por eso quien sufre puede mirar a Cristo y decir:

«Tú sabes lo que significa sufrir».

Pero Jesús añade algo decisivo: después de la cruz viene la resurrección.

El Evangelio no termina diciendo que el Hijo del hombre será rechazado y morirá. Dice que al tercer día resucitará.

Eso cambia todo.

El cristiano no niega el dolor, pero tampoco permite que el dolor tenga la última palabra.


Y hoy es viernes.

Tradicionalmente, para nosotros los cristianos, el viernes tiene un carácter penitencial porque recordamos especialmente la pasión y la muerte del Señor.

Por eso nuestra intención orante de hoy quiere abrazar dos realidades.

Primero, pedimos perdón por nuestros pecados.

Porque también hay momentos en los que debemos reconocer humildemente que hemos fallado.

Tal vez hemos herido con nuestras palabras.

Tal vez hemos alimentado resentimientos.

Tal vez hemos sido indiferentes ante el sufrimiento de alguien.

Tal vez hemos juzgado demasiado rápido.

Tal vez hemos dejado enfriar nuestra relación con Dios.

La penitencia cristiana no consiste simplemente en sentir culpa. Consiste en volver el corazón hacia Dios y decir:

«Señor, necesito tu misericordia. Ayúdame a comenzar de nuevo».

Pero nuestra oración de hoy abraza también a quienes sufren en el alma y en el cuerpo.

A quienes padecen una enfermedad.

A quienes esperan un diagnóstico.

A quienes viven con dolores crónicos.

A quienes están hospitalizados.

A quienes tienen miedo ante una cirugía o un tratamiento.

Pero también a quienes sufren por dentro.

Porque existen dolores que no aparecen en una radiografía.

La soledad.

La tristeza.

La angustia.

El duelo.

La ansiedad ante el futuro.

Una decepción.

Una familia dividida.

Una herida que nadie conoce.

Personas que quizá sonríen delante de los demás, pero interiormente están librando una batalla muy dura.

Hoy queremos colocarlas junto al corazón de Cristo.

Y decirles desde la fe:

Dios no es indiferente a tu sufrimiento.

Tal vez no podamos explicar por qué ocurre todo lo que ocurre. Qohelet mismo reconoce que el ser humano no alcanza a comprender completamente la obra de Dios.

Pero podemos hacer algo: confiar.

«Bendito el Señor, mi Roca».

Cuando no entendemos, Él sigue siendo nuestra roca.

Cuando lloramos, Él sigue siendo nuestra roca.

Cuando esperamos una respuesta, Él sigue siendo nuestra roca.

Cuando el cuerpo se debilita, Él sigue siendo nuestra roca.

Cuando el alma está cansada, Él sigue siendo nuestra roca.


Queridos hermanos:

Para los discípulos había llegado el momento de responder quién era Jesús.

Quizá también para nosotros haya llegado ese momento.

No basta decir: «Jesús es el Mesías».

La verdadera pregunta es:

¿Quién es Jesús para mí cuando llega el tiempo de la prueba?

¿Sigue siendo mi Señor cuando las cosas no suceden como yo esperaba?

¿Sigo confiando cuando no comprendo?

¿Soy capaz de permanecer junto a Él también al pie de la cruz?

Hoy podríamos decirle sencillamente:

Señor, no sé qué tiempo me tocará vivir mañana, pero quiero vivir contigo el tiempo que estoy viviendo hoy.

Si es tiempo de alegría, enséñame a agradecer.

Si es tiempo de lágrimas, acompáñame.

Si es tiempo de enfermedad, fortaléceme.

Si es tiempo de espera, dame paciencia.

Si es tiempo de arrepentimiento, concédeme volver a Ti.

Y si encuentro a alguien sufriendo, no permitas que pase de largo.

Porque quizá una palabra, una llamada, una visita, una oración o una mano tendida puedan convertirse para esa persona en un pequeño signo de tu presencia.

Y terminemos preguntándonos:

¿Qué tiempo estoy viviendo hoy, y estoy permitiendo que Dios entre verdaderamente en él?

Que la Santísima Virgen María, que supo vivir junto a Jesús los tiempos de alegría y también la hora dolorosa de la cruz, nos enseñe a permanecer fieles y confiados.

María, consuelo de los afligidos y salud de los enfermos, ruega por nosotros. Amén.

 

2

 

EL MESÍAS QUE SUFRE

 

Queridos hermanos:

La primera lectura de hoy nos recuerda, por medio de Qohelet, una verdad profundamente humana: todo tiene su tiempo. Hay un tiempo para nacer y un tiempo para morir; un tiempo para llorar y un tiempo para reír; un tiempo para callar y un tiempo para hablar; un tiempo para construir y un tiempo para derribar.

Y podríamos decir que también en el Evangelio de hoy ha llegado un tiempo decisivo. Ha llegado para los discípulos el momento de pronunciarse sobre Jesús. Ya no basta lo que dice la gente. Ya no basta con escuchar opiniones ajenas. Ahora tendrán que responder personalmente.

El Evangelio nos presenta precisamente un momento decisivo de revelación.

Jesús se encuentra orando en un lugar solitario, con los Doce cerca de Él, y les pregunta:

«¿Quién dice la gente que soy yo?»

Ellos responden: «Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, alguno de los antiguos profetas que ha resucitado».

Pero entonces Jesús hace la pregunta mucho más personal:

«Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?»

Pedro, hablando en nombre de los Doce, proclama:

«El Mesías de Dios».

Es decir: el Ungido, el Cristo, aquel Mesías largamente esperado.

Aunque es Pedro quien pronuncia esas palabras, en realidad es Jesús, en su naturaleza divina, quien le está revelando esta verdad y quien suscita en él esa profesión de fe. Jesús habría podido simplemente anunciarles quién era. Sin embargo, quiere que Pedro participe de esta revelación mediante la fe.

Y aquí hay algo importante también para nosotros.

Jesús podría preguntarnos hoy:

«¿Quién dices tú que soy yo?»

No: «¿Qué aprendiste de mí en el catecismo?».

No: «¿Qué dice la gente de mí?».

No: «¿Qué dicen los libros acerca de mí?».

Sino:

«¿Quién soy yo para ti?»

Pedro responde correctamente: «El Mesías de Dios».

Pero inmediatamente ocurre algo sorprendente: Jesús les ordena severamente que no se lo digan a nadie.

¿Por qué este silencio?

A primera vista parece contradictorio. Si Jesús es verdaderamente el Mesías, ¿no debería esa verdad anunciarse inmediatamente por todas partes?

Sin embargo, Jesús, en su sabiduría divina, exige por ahora silencio.

Y la razón aparece enseguida.

Antes de anunciar que Jesús es el Mesías, los discípulos necesitan comprender qué clase de Mesías es Jesús.

Porque inmediatamente después Él comienza a revelar la naturaleza de su misión:

el Hijo del hombre tendrá que sufrir mucho, ser rechazado, morir y resucitar al tercer día.

Esto no era lo que los discípulos esperaban.

Los profetas habían anunciado la venida del Mesías, pero muchos contemporáneos de Jesús esperaban un líder poderoso: alguien capaz de reunir nuevamente a Israel, derrotar al dominio romano y restaurar un reino glorioso sobre la tierra.

Pero Jesús rompe completamente esa expectativa.

Él revela que, como Mesías, no realizará su misión mediante la conquista, sino mediante el sufrimiento, la muerte y la resurrección.

No vencerá empuñando una espada.

Vencerá entregando su vida.

No impondrá su poder destruyendo enemigos.

Vencerá al pecado y a la muerte mediante el amor llevado hasta el extremo.

Y aquí comprendemos mejor también la primera lectura.

Qohelet nos dice que hay un tiempo para cada cosa. Y en la vida de Jesús también llega el tiempo de la cruz.

Hubo un tiempo para Nazaret.

Un tiempo para predicar.

Un tiempo para sanar enfermos.

Un tiempo para llamar discípulos.

Un tiempo para realizar milagros.

Pero llegará también el tiempo de Jerusalén.

El tiempo del rechazo.

El tiempo de Getsemaní.

El tiempo de la cruz.

Y, después de la cruz, llegará el tiempo de la Resurrección.

Por eso Qohelet termina reconociendo algo que también nosotros necesitamos aprender: el ser humano no alcanza a comprender plenamente la obra de Dios desde el principio hasta el final.

Muchas veces nosotros quisiéramos comprenderlo todo inmediatamente.

¿Por qué esta enfermedad?

¿Por qué esta pérdida?

¿Por qué esta dificultad?

¿Por qué Dios permitió esto?

¿Por qué ahora?

Pero nuestros tiempos no siempre coinciden con los tiempos de Dios.

Y aquí adquiere una fuerza especial el salmo de hoy:

«Bendito sea el Señor, mi fortaleza».

El salmista reconoce nuestra fragilidad. La vida humana pasa rápidamente; somos criaturas limitadas. Y precisamente por eso necesitamos una roca, una fortaleza, alguien en quien apoyarnos cuando no comprendemos.

Esa fortaleza es Dios.


La revelación de Jesús debió ser profundamente desconcertante para los discípulos.

Quizá la referencia a la resurrección al tercer día despertó alguna esperanza. Pero escuchar que su Maestro tendría que sufrir, ser rechazado y morir debió resultarles muy difícil de aceptar.

Y todavía faltaba algo más.

Porque en los versículos que siguen inmediatamente a este Evangelio, Jesús les dirá que quien quiera seguirlo deberá tomar también su propia cruz.

Aquí tocamos el corazón de nuestra vida cristiana.

Hay una palabra del profeta Isaías que ilumina este misterio:

«Mis pensamientos no son los pensamientos de ustedes, ni sus caminos son mis caminos».

Los caminos de Dios están por encima de nuestros caminos.

Esta verdad puede aplicarse a muchas situaciones de nuestra vida, pero adquiere un significado especial cuando pensamos en la Pasión de Jesús y en nuestra participación en ella.

Los contemporáneos de Jesús esperaban un Mesías conquistador.

Y también nosotros podemos cometer un error parecido.

Podemos imaginar que seguir a Cristo significa que desaparecerán nuestros sufrimientos.

Podemos pensar:

«Si tengo fe, nada malo debería sucederme».

«Si oro, Dios debería resolver inmediatamente mis problemas».

«Si sigo a Jesús, mi vida debería ser más fácil».

Pero el Evangelio de hoy nos dice algo diferente.

Cristo no vino simplemente para eliminar la cruz de nuestra vida.

Vino para entrar en ella, cargarla con nosotros y transformarla desde dentro.

Esto no significa que Dios disfrute con nuestro sufrimiento ni que debamos buscarlo. Significa que incluso aquello que nos hace sufrir puede ser asumido, ofrecido y unido a la Pasión de Cristo.

Porque el sufrimiento ha sido redimido por la Pasión de Jesús.

Y cuando nuestro dolor se une al suyo, puede convertirse misteriosamente en un camino de gracia, purificación, compasión y santidad.

Tal vez no comprendamos inmediatamente el sentido de una cruz.

Qohelet ya nos lo advertía: no podemos abarcar completamente la obra de Dios desde el principio hasta el fin.

A veces solamente con el paso del tiempo y con mucha oración descubrimos lo que Dios estaba realizando en nosotros.


Por eso hoy vale la pena detenernos ante esta sorprendente revelación:

seguir a Cristo no significa necesariamente que la cruz desaparezca de nuestra vida.

La pregunta es otra:

¿Cómo voy a vivir esa cruz con Cristo?

Quizá también nosotros, como los primeros discípulos, tengamos expectativas equivocadas acerca de Dios.

Tal vez hemos construido una imagen de Dios según nuestros propios deseos.

Queremos al Dios que sana, pero nos cuesta aceptar al Dios que nos acompaña pacientemente durante una enfermedad.

Queremos al Dios que resuelve, pero nos cuesta aceptar al Dios que nos enseña a esperar.

Queremos al Dios de la Resurrección, pero muchas veces quisiéramos llegar al domingo sin pasar por el viernes de la cruz.

Y, sin embargo, Jesús nos muestra otro camino.

Primero la pasión.

Después la Resurrección.

Primero la entrega.

Después la gloria.

Primero la cruz.

Después la vida nueva.

Por eso el salmo nos ayuda nuevamente:

«Bendito sea el Señor, mi fortaleza».

Cuando comprendemos, Él es nuestra fortaleza.

Cuando no comprendemos, también.

Cuando reímos, Él es nuestra fortaleza.

Cuando lloramos, también.

Cuando todo parece claro, Él está con nosotros.

Y cuando caminamos en medio de la oscuridad, también.


Hoy podríamos preguntarnos:

¿Quién es Jesús para mí cuando llega la cruz?

Es fácil responder «Tú eres el Mesías» cuando todo marcha bien.

Pero la profesión de fe se vuelve más profunda cuando somos capaces de decir:

«Tú sigues siendo mi Señor también en este dolor».

«Tú sigues siendo mi Dios en esta enfermedad».

«Tú sigues siendo mi esperanza en esta dificultad».

«Tú sigues siendo mi fortaleza aunque todavía no comprenda lo que está sucediendo».

Reflexionemos hoy sobre nuestras propias cruces.

¿Las vemos únicamente como obstáculos para nuestra felicidad?

¿O podemos comenzar a descubrir que, unidas a Cristo, también pueden convertirse en camino hacia una mayor santidad?

Los caminos de Dios son con frecuencia difíciles de comprender y de aceptar. Pero con el tiempo, la oración y la confianza vamos entendiendo algo del misterio de la cruz y de su fruto glorioso.

No tengamos miedo de seguir el camino que nuestro Mesías ha recorrido antes que nosotros.

Porque quien anuncia su pasión también anuncia su Resurrección.

La cruz no es la última palabra.

La última palabra es la vida.

Y termino dejando esta pregunta para nuestro corazón:

Cuando Jesús me pregunta hoy: «Y tú, ¿quién dices que soy yo?», ¿mi respuesta permanece firme también cuando tengo que cargar la cruz?

Oremos:

Señor mío sufriente, Tú eres el Cristo, el Mesías, el Hijo del Dios vivo. Asumiste nuestra naturaleza humana, no para conquistar naciones ni establecer un reino terreno, sino para vencer el pecado y la muerte. Atráeme hacia tu Pasión, tu Muerte y tu Resurrección. Que no solamente sepa quién eres, sino que viva unido a Ti, tomando cada día mi cruz y siguiendo tus huellas. Cuando no comprenda tus caminos, sé Tú mi fortaleza. Jesús, confío en Ti. Amén.

 

miércoles, 23 de septiembre de 2026

24 de septiembre del 2026: jueves de la vigésima quinta semana del tiempo ordinario II-Nuestra Señora de La Merced, patrona de los reclusos

 

Testigo de la fe:

Nuestra Señora de La Merced:

Hoy, 24 de septiembre, celebramos a Nuestra Señora de la Merced, madre de misericordia y patrona de los reclusos. Bajo su amparo ponemos a quienes están privados de libertad, a sus familias y a quienes los acompañan. María nos invita a acoger a Cristo, que rompe las cadenas del pecado y abre caminos de conversión y esperanza. Que esta Eucaristía nos haga testigos de su misericordia, atentos a la dignidad de cada persona y dispuestos a tender la mano a quien necesita comenzar de nuevo.

 

 

¡Eso sí que es nuevo!

Qohélet y los contemporáneos de Herodes tienen en común su incapacidad para pensar en términos de novedad. Su mirada está orientada hacia el pasado. Para nosotros, todos están equivocados; en Jesús, Dios abre un camino que las solas referencias al pasado no bastan para comprender. Algunos ven en él a Juan Bautista vuelto a la vida; otros, a Elías o a un antiguo profeta. Pero Jesús no se reduce a ninguna de estas figuras: es el Hijo que viene a revelarnos al Padre.

Sin embargo, Qohélet nos ayuda a reconocer una verdad esencial: las novedades con las que llenamos nuestros días no pueden colmar nuestro corazón. Todo pasa y nuestros deseos quedan, con frecuencia, insatisfechos. El salmo transforma entonces nuestra inquietud en oración: enséñanos a vivir bien nuestros días y sácianos de tu amor.

La novedad de Dios se descubre en el encuentro con Cristo. Se hace concreta en un perdón ofrecido, una injusticia reparada, una vida que se abre a la esperanza. Herodes buscaba ver a Jesús. Y nosotros, ¿estamos dispuestos a escucharlo y a dejarnos transformar por él?

También hoy, el Señor puede hacer surgir una vida nueva en medio de aquello que nos parece siempre igual.

 


 Primera lectura

Ecl 1, 2-11

Nada hay nuevo bajo el sol

Lectura del libro del Eclesiastés.

¡VANIDAD de vanidades! —dice Qohélet—.
¡Vanidad de vanidades; todo es vanidad!
¿Qué saca el hombre de todos los afanes con que se afana bajo el sol?
Una generación se va, otra generación viene, pero la tierra siempre permanece.
Sale el sol, se pone el sol, se afana por llegar a su puesto, y de allí vuelve a salir. Sopla hacia el sur, gira al norte, gira que te gira el viento, y vuelve el viento a girar.
Todos los ríos se encaminan al mar, y el mar nunca se llena; pero siempre se encaminan los ríos al mismo sitio.
Todas las cosas cansan y nadie es capaz de explicarlas. No se sacian los ojos de ver, ni se hartan los oídos de oír.
Lo que pasó volverá a pasar; lo que ocurrió volverá a ocurrir: nada hay nuevo bajo el sol.
De algunas cosas se dice: «Mira, esto es nuevo». Sin embargo, ya sucedió en otros tiempos, mucho antes de nosotros.
Nadie se acuerda de los antiguos, y lo mismo pasará con los que vengan: sus sucesores no se acordarán de ellos.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 89, 3-4. 5-6. 12-13. 14 y 17 (R.: 1bc)

R. Señor, tú has sido nuestro refugio
de generación en generación.


V. Tú reduces el hombre a polvo,
diciendo: «Retornen, hijos de Adán».
Mil años en tu presencia son un ayer que pasó;
una vela nocturna.
R.

V. Si tú los retiras
son como un sueño,
como hierba que se renueva:
que florece y se renueva por la mañana,
y por la tarde la siegan y se seca.
R.

V. Enséñanos a calcular nuestros años,
para que adquiramos un corazón sensato.
Vuélvete, Señor, ¿hasta cuándo?
Ten compasión de tus siervos.
R.

V. Por la mañana sácianos de tu misericordia,
y toda nuestra vida será alegría y júbilo.
Baje a nosotros la bondad del Señor
y haga prósperas las obras de nuestras manos.
Sí, haga prósperas las obras de nuestras manos.
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Yo soy el camino y la verdad y la vida —dice el Señor—;
nadie va al Padre sino por mí.
R.

 

Evangelio

Lc 9, 7-9

A Juan lo mandé decapitar yo. ¿Quién es este de quien oigo semejantes cosas?

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

EN aquel tiempo, el tetrarca Herodes se enteró de lo que pasaba sobre Jesús y no sabía a qué atenerse, porque unos decían que Juan había resucitado de entre los muertos; otros, en cambio, que había aparecido Elías, y otros que había vuelto a la vida uno de los antiguos profetas.
Herodes se decía:
«A Juan lo mandé decapitar yo. ¿Quién es este de quien oigo semejantes cosas?».
Y tenía ganas de verlo.

Palabra del Señor.

 

1

 

LA VERDADERA VIDA BUENA: UN CORAZÓN LIBRE PARA DIOS

 

Hermanos:

¿Qué entendemos cuando decimos que alguien tiene «una buena vida»? Generalmente pensamos en una persona que disfruta de comodidades, tiene dinero, puede viajar y no parece sufrir grandes preocupaciones. Sin embargo, ¿basta todo eso para vivir bien? ¿Puede llamarse buena una vida rodeada de abundancia, pero interiormente vacía?

La Palabra de Dios nos invita hoy a mirar más allá de las apariencias.

En la primera lectura, el Eclesiastés exclama: «Vanidad de vanidades; todo es vanidad». La palabra «vanidad» evoca un soplo, un vapor que se desvanece. El sabio nos recuerda el carácter pasajero de aquello que tantas veces convertimos en nuestra mayor seguridad. Trabajamos, acumulamos, buscamos novedades; pero el corazón sigue preguntando: «¿Y después? ¿Para qué todo esto?».

El evangelio nos presenta a un hombre que, según los criterios del mundo, parecía tenerlo todo: Herodes. Poseía poder, riquezas y privilegios. Sin embargo, al escuchar lo que estaba sucediendo por medio de Jesús, se encontraba profundamente desconcertado.

Unos decían que Juan había resucitado; otros, que había aparecido Elías; otros, que había vuelto a la vida uno de los antiguos profetas. Herodes se preguntaba: «A Juan lo mandé decapitar yo. ¿Quién es este de quien oigo semejantes cosas?». Y quería verlo.

Algo peculiar puede suceder cuando quienes se resisten a vivir según la voluntad de Dios perciben su presencia en la vida de otros: se sienten inquietos, incluso confundidos. La santidad ajena puede poner al descubierto contradicciones que preferiríamos no reconocer.

Herodes aparece como uno de esos hombres divididos. Pertenecía al mundo religioso judío, pero su conducta estaba marcada por la complacencia consigo mismo, el orgullo y las concesiones al mal. Al oír hablar de Jesús y de sus obras, su fascinación se mezclaba con una perturbación interior. La mención de Juan, a quien había mandado matar, hacía inevitable el recuerdo de su responsabilidad.

Podemos interpretar su desconcierto como una mezcla de miedo, culpa y superstición. El relato evangélico, aunque no describe por completo sus sentimientos, sí nos muestra a un hombre que oye hablar de Jesús y no sabe qué pensar.

Se puede sentir curiosidad por la verdad y, al mismo tiempo, resistirse a sus exigencias.

También nosotros podemos escuchar con interés una homilía, emocionarnos ante un testimonio o buscar una experiencia religiosa, sin estar todavía dispuestos a cambiar. Nos interesa Jesús, pero quizá nos cuesta entregarle una decisión, una relación, un resentimiento o una costumbre que sabemos que necesita conversión.

Herodes nos ofrece una advertencia. Quienes resisten la voluntad de Dios pueden alcanzar a descubrir su presencia mediante la santidad de otros. Pero ese encuentro necesita una respuesta de arrepentimiento y de fe para dar fruto de paz.

Más adelante, durante la Pasión, Jesús estará delante de Herodes y guardará silencio ante sus preguntas. Ese silencio es una llamada seria a examinar nuestra manera de acercarnos al Señor. No podemos tratarlo como un espectáculo ni exigirle que satisfaga nuestros caprichos. Él viene a salvarnos y nos llama a acoger la verdad.

Si miramos la vida de Herodes desde fuera, muchos podrían haberlo envidiado. Era rico, poderoso, vivía en palacios y disfrutaba de privilegios. Hoy continúa siendo fuerte la atracción de la riqueza, la fama y el prestigio. Las redes sociales exhiben vidas aparentemente perfectas y nos hacen pensar que la felicidad consiste en disfrutar sin límites y recibir la admiración de los demás.

Pero ¿hacia dónde conduce una vida organizada únicamente alrededor de esos deseos? ¿Qué sucede cuando termina nuestra existencia y comparecemos ante Dios?

En ese momento, las comodidades pasajeras ya no podrán sostenernos. Quedará la verdad de nuestra vida: cómo hemos amado, qué hemos hecho con la libertad recibida y cómo hemos respondido a la gracia.

No nos corresponde declarar el destino eterno de Herodes. Sí nos corresponde escuchar la advertencia de su historia: el éxito exterior no garantiza la paz del corazón ni puede sustituir la conversión.

Aquí vuelve a resonar el Eclesiastés. Todo aquello que pretendemos poseer definitivamente se nos escapa. Y el salmo transforma esta constatación en una súplica: «Enséñanos a calcular nuestros años, para que adquiramos un corazón sensato».

Señor, enséñanos a vivir. Ayúdanos a reconocer lo que merece nuestros esfuerzos. Que no lleguemos al final habiendo cuidado tantas cosas y descuidado el alma; habiendo buscado tantos reconocimientos y olvidado a quienes necesitaban nuestro amor.

El salmo pide también que el Señor nos sacie de su misericordia. Esa es nuestra necesidad más profunda. Un corazón entregado al afán de poseer siempre encuentra algo más que desear. La misericordia de Dios, en cambio, nos permite reconocernos amados y comenzar a vivir desde la gratitud.

Para vencer la seducción del pecado necesitamos dejarnos penetrar por las verdades purificadoras del Evangelio. La verdad nos purifica y nos libera. Hace de nuestra vida una morada para Dios y nos abre a una comunión sincera con nuestros hermanos.

Hoy contemplamos esta libertad junto a Nuestra Señora de la Merced, patrona de los reclusos.

La invocamos por quienes están privados de libertad, por sus familias y por quienes los acompañan. Una persona no pierde su dignidad por encontrarse en prisión. Necesita justicia, condiciones humanas, oportunidades de rehabilitación y caminos de reconciliación. Donde ha habido daño, la conversión incluye reconocerlo, asumir la responsabilidad y procurar repararlo.

Pedimos también por las víctimas, cuyas heridas necesitan escucha, protección y consuelo.

La Virgen de la Merced nos recuerda, además, que existen cadenas interiores: el odio, las adicciones, la mentira, la ambición y el pecado. Se puede caminar libremente por la calle y tener el corazón cautivo. Y se puede, aun en medio de una privación exterior de libertad, comenzar un camino verdadero de encuentro con Dios.

En este jueves, oramos por la obra evangelizadora de la Iglesia y por las vocaciones. Pedimos que el Evangelio llegue a las cárceles, a las familias, a los lugares de sufrimiento y a tantos corazones que han perdido la esperanza.

Que el Señor suscite sacerdotes, diáconos, religiosos, religiosas y laicos comprometidos que anuncien su misericordia con valentía. Que sostenga a quienes sirven en la pastoral penitenciaria. Y que nosotros mismos respondamos a la vocación de amar y evangelizar allí donde vivimos.

Hermanos, preguntémonos hoy: ¿me acerco a Jesús solamente con curiosidad o con un corazón dispuesto a dejarse purificar y transformar?

La Verdad misma sale a nuestro encuentro. Abrámosle la vida. La verdadera riqueza comienza cuando permitimos que su gracia nos haga libres.

Señor de las verdaderas riquezas, el poder, el dinero y los placeres desordenados pueden seducir nuestro corazón. Quita el velo de nuestros ojos para que reconozcamos el vacío de sus promesas cuando pretendemos vivir solamente para ellos.

Líbranos del engaño y ordena nuestros deseos hacia ti. Que tu Reino sea nuestra búsqueda constante. Bendice la obra evangelizadora de tu Iglesia y suscita vocaciones generosas.

Nuestra Señora de la Merced, acompaña a nuestros hermanos reclusos, consuela a sus familias y sostén a las víctimas. Intercede para que todos encontremos caminos de conversión, justicia y esperanza.

Jesús, en ti confío. Amén.

 

 

2

 

QUE NUESTRA VIDA NO SE NOS VAYA SIN AMAR

 

Hermanos:

Hay preguntas que llegan cuando se apaga el ruido del día: «¿Para qué tanto esfuerzo? ¿Qué estoy haciendo con mi vida? ¿Por qué, después de conseguir lo que deseaba, sigo sintiendo que algo me falta?». A veces trabajamos, resolvemos problemas, cumplimos obligaciones… y al día siguiente tenemos que comenzar de nuevo.

Precisamente por eso vale la pena leer el Eclesiastés. Aunque fue escrito hace muchos siglos, sus preguntas se parecen mucho a las nuestras. Su autor nos habla como un sabio que ha observado la vida y se atreve a decir lo que otros prefieren callar. No tiene nada que vendernos; quiere invitarnos a pensar.

Hoy escuchamos una expresión que puede desconcertarnos: «Vanidad de vanidades; todo es vanidad». Aquí, «vanidad» no significa solamente orgullo o deseo de aparentar. Evoca el soplo, el vapor, aquello que intentamos retener y se nos escapa entre las manos.

Así sucede con tantas cosas: la juventud pasa, las fuerzas cambian, los aplausos se apagan, las posesiones quedan en manos de otros. Incluso las preocupaciones que hoy parecen enormes, mañana pueden haber perdido su importancia.

Pero esta lectura no debemos entenderla como una invitación al desánimo. Nos pone delante una pregunta necesaria: ¿estamos pidiéndole a lo pasajero una felicidad que no puede darnos?

El dinero permite atender necesidades, pero no puede comprar una conciencia en paz. El reconocimiento puede alegrarnos, pero no sostiene por sí solo nuestra dignidad. El trabajo es valioso, pero cuando ocupa toda la vida puede dejarnos sin tiempo para quienes amamos y sin espacio para Dios.

El Eclesiastés nos ayuda a despertar. Nos invita a dejar de vivir distraídos, como si fuéramos a permanecer para siempre aquí y como si todo dependiera de acumular un poco más.

También afirma: «Nada nuevo bajo el sol». Cambian las herramientas, los estilos de vida y las noticias, pero el corazón humano sigue enfrentando preguntas semejantes: cómo amar, cómo afrontar el sufrimiento, cómo vivir sin miedo, cómo encontrar sentido.

Podemos tener un teléfono nuevo y conservar las mismas soledades. Podemos recibir muchas novedades y seguir sin escuchar lo que ocurre dentro de nosotros. A veces estamos muy informados de todo y muy poco atentos a nuestra propia vida.

En medio de estas preguntas, el salmo nos enseña a orar.

Le pedimos a Dios que nos enseñe a contar nuestros días para alcanzar un corazón sabio. No se trata de vivir calculando cuánto tiempo nos queda, sino de reconocer el valor del tiempo que hoy recibimos.

Un corazón sabio comprende que no vale la pena desperdiciar años alimentando un resentimiento. Reconoce que hay conversaciones que no conviene seguir aplazando, perdones que necesitamos pedir, personas a quienes debemos expresar nuestro cariño.

Contar nuestros días es preguntarnos: «Señor, ¿cómo quieres que viva este día? ¿A quién puedo hacerle un poco más llevadera su carga? ¿Qué debo cambiar mientras todavía tengo la oportunidad?».

El salmo también pide que Dios dé firmeza a la obra de nuestras manos. ¡Qué hermosa respuesta a la inquietud del Eclesiastés! Le presentamos al Señor nuestros esfuerzos, incluso aquellos cuyos frutos todavía no vemos: la educación de los hijos, el cuidado de un enfermo, el trabajo honrado, la perseverancia en la familia, el servicio a la comunidad.

No podemos retener el tiempo, pero sí podemos llenarlo de amor. Una jornada sencilla puede tener un valor inmenso cuando se vive con fidelidad.

El evangelio nos presenta a un hombre inquieto: Herodes.

Le llegan noticias sobre Jesús y escucha distintas explicaciones acerca de su identidad. Él, que había hecho decapitar a Juan, se pregunta quién será aquel de quien oye hablar. Y desea verlo.

Herodes tiene autoridad, pero está desconcertado. Su posición no le permite comprender lo que está sucediendo. El poder tampoco le proporciona todas las respuestas.

Ese deseo de ver a Jesús nos invita a examinarnos. También nosotros podemos sentir curiosidad por el Señor, escuchar comentarios sobre él y conocer episodios de su vida. Pero la fe necesita avanzar hacia un encuentro que comprometa nuestra manera de vivir.

Podemos preguntarnos: ¿quiero conocer a Jesús hasta el punto de permitir que su Palabra me corrija?

Porque escuchar el Evangelio puede llevarme a reconocer una injusticia que estoy cometiendo, abandonar una mentira que me conviene o acercarme a alguien de quien me he distanciado. Encontrarse con Cristo implica abrirle también esas habitaciones del corazón que preferiríamos mantener cerradas.

El pasaje de hoy deja abierto el deseo de Herodes. Nosotros podemos dar un paso más: convertir nuestro deseo de ver a Jesús en disposición para escucharlo y seguirlo.

Y aquí encontramos una luz para la pregunta inicial: ¿para qué tanto esfuerzo, si todo pasa?

A la luz de la muerte y resurrección de Cristo, sabemos que nuestra existencia está llamada a la comunión con Dios. El amor vivido en él tiene un horizonte que supera nuestros años. Por eso merece la pena hacer el bien, aunque nadie lo aplauda; permanecer fieles, aunque cueste; acompañar, aunque no tengamos soluciones para todo.

En esta Eucaristía traemos nuestra vida tal como está: con su cansancio, sus preguntas y sus tareas pendientes. Jesús nos recibe y se nos entrega. De él aprendemos que la vida alcanza su plenitud cuando se ofrece por amor.

Hoy podríamos salir de aquí con una decisión pequeña y concreta: hacer esa llamada pendiente, dedicar tiempo a nuestra familia, visitar a una persona sola o buscar unos minutos de silencio para escuchar al Señor.

Preguntémonos: si mi vida es un soplo, ¿a quién estoy dando aliento con ella?

Oremos:

Señor Jesús, enséñanos a vivir con un corazón sabio. Que las prisas no nos impidan amar ni las preocupaciones nos hagan olvidar tu presencia. Da firmeza a nuestras manos para servir y libertad a nuestro corazón para acoger tu Palabra.

Virgen María, tú que recibiste al Señor con fe y le entregaste tu vida, acompáñanos. Ayúdanos a reconocer lo esencial y a hacer de cada día una respuesta de amor a Dios y a nuestros hermanos. Amén.

 

3

 

DIOS TAMBIÉN NOS ENCUENTRA AQUÍ

 

Queridos hermanos:

Hoy celebramos la Eucaristía en este patio. Aquí, donde transcurre buena parte de sus días, donde se comparten conversaciones y silencios, preocupaciones y esperanzas, Jesús viene a encontrarse con ustedes.

El Señor conoce lo que cada uno lleva en el corazón: la preocupación por la familia, la incertidumbre de un proceso, el dolor de una ausencia, el deseo de una nueva oportunidad. Conoce también esas cosas que cuesta expresar y que, a veces, solo salen entre lágrimas o en una oración silenciosa.

Celebramos a Nuestra Señora de la Merced, a quien invocamos como patrona de los reclusos. Hoy nos ponemos bajo su cuidado de Madre. Le confiamos nuestra vida y la de quienes amamos, especialmente la de aquellos a quienes quisiéramos abrazar y tenemos lejos.

La primera lectura parece acercarse mucho a lo que puede sentirse aquí: pasan los días, vuelve a salir el sol y, en ocasiones, todo parece repetirse. El Eclesiastés se pregunta por el sentido de nuestros esfuerzos y exclama: «Vanidad de vanidades; todo es vanidad».

Esa palabra, «vanidad», evoca un soplo, algo que se escapa de las manos. Hay momentos en que uno mira hacia atrás y piensa: «Qué rápido pasó el tiempo. Cuántas cosas creía indispensables y ahora veo de otra manera».

Cuando faltan tantas cosas, pueden reconocerse con más claridad otras: el valor de una visita, una llamada, una noticia de los hijos, una palabra respetuosa, una amistad sincera, un momento de tranquilidad.

Pero debemos escuchar bien la lectura: que muchas cosas sean pasajeras no significa que nuestra vida carezca de valor. Su vida tiene valor. La de cada uno. Incluso cuando alguien los haya despreciado, incluso cuando ustedes mismos tengan dificultad para reconocerlo.

Ante Dios, cada uno tiene un nombre, una historia y una dignidad que merece respeto. Él conoce toda la verdad de esa historia, también lo que los demás ignoran. Aquí puede haber situaciones judiciales muy distintas; no nos corresponde suponerlas ni juzgarlas. Hoy nos reunimos como hermanos necesitados de la misericordia y de la fuerza del Señor.

El salmo nos ayuda a responder a las preguntas del Eclesiastés con una oración: «Enséñanos a calcular nuestros años, para que adquiramos un corazón sensato».

Aquí se cuentan los días de una manera muy particular. Se cuenta cuánto falta para una visita, para una audiencia, para recibir una respuesta o para regresar a casa. Esa espera puede pesar mucho.

Hoy le pedimos al Señor: «Ayúdame a vivir este día. Dame fuerzas para atravesarlo sin dejar que el rencor se apodere de mí. Enséñame qué puedo hacer con el tiempo que tengo entre las manos».

Hay muchas cosas que ustedes no pueden decidir. Sin embargo, aun dentro de límites muy duros, quedan decisiones pequeñas y valiosas: evitar una humillación, respetar al compañero, aceptar ayuda, estudiar cuando sea posible, escuchar a quien está angustiado, pedir perdón, detener una respuesta que podría terminar en violencia.

Habrá días en que incluso eso resulte difícil. También entonces se puede orar: «Señor, hoy no puedo solo. Sostenme».

Dios no les pide que finjan estar bien para acercarse a él. Pueden hablarle con cansancio, con preguntas y hasta con ese dolor que todavía no saben cómo expresar.

En el evangelio encontramos a Herodes desconcertado. Oye hablar de Jesús y quiere verlo. Tiene poder, pero no tiene claridad. La noticia de Jesús lo inquieta y le hace recordar a Juan, a quien había mandado decapitar.

Este pasaje nos invita a todos, también a quienes venimos a acompañarlos, a examinar nuestro corazón. ¿Qué hacemos cuando la verdad nos incomoda? ¿La escuchamos? ¿Nos justificamos? ¿Nos atrevemos a reconocer lo que necesita cambiar?

Herodes quería ver a Jesús. Ese deseo puede convertirse hoy en nuestra oración: «Señor, yo también quiero encontrarte. Necesito que entres en mi historia».

Encontrarse con Jesús nos abre a la verdad y a la esperanza. Donde hay una responsabilidad, su gracia nos ayuda a reconocerla sin escondernos detrás de excusas. Donde hemos causado daño, nos invita a asumirlo y a buscar, en lo posible, caminos de reparación. Donde hemos sufrido una injusticia, nos sostiene para buscar justicia sin quedar consumidos por el odio.

Nada de esto es sencillo. Hay heridas profundas, historias complicadas y relaciones rotas que no se reconstruyen de un día para otro. El perdón tampoco puede exigirse como si el dolor de los demás no importara. Pero con Dios siempre podemos comenzar a dar un paso verdadero.

Tal vez alguno piense: «Padre, usted no sabe lo que yo he vivido». Es verdad: no conozco toda su historia. Por eso quiero hablarles con respeto. Lo que sí puedo anunciarles es que la misericordia de Dios puede alcanzarlos en este momento de su vida. Nadie aquí está fuera de su llamada.

Quizá otro se diga: «Yo he intentado cambiar y he vuelto a caer». Hoy puede volver a pedir ayuda. La conversión necesita perseverancia, acompañamiento y decisiones concretas. No tienen que recorrer solos ese camino.

Nuestra Señora de la Merced nos acompaña con su ternura de Madre. A ella le confiamos a quienes hoy no reciben visitas, a quienes tienen noticias dolorosas de su hogar, a quienes están enfermos y a quienes sienten que la esperanza se les está acabando.

También le confiamos a sus familias. A las madres que esperan, a los padres preocupados, a las esposas, a los hijos que extrañan. Y ponemos ante Dios a todas las personas heridas por la violencia y el delito, para que encuentren protección, justicia y consuelo.

Hablar de libertad interior no disminuye lo que significa estar privados de libertad. Sus necesidades concretas importan: el trato digno, la salud, la seguridad, el acceso a la justicia y las oportunidades para preparar el futuro. La fe nos compromete a cuidar esa dignidad y a acompañarlos.

Hoy, jueves, oramos por la obra evangelizadora de la Iglesia y por las vocaciones. Pedimos al Señor que nunca falten personas dispuestas a venir, escuchar, compartir la Palabra y caminar con ustedes.

Y ustedes también pueden hacer presente el Evangelio en este patio. Cuando un compañero está desesperado y alguien lo escucha; cuando uno evita una pelea; cuando se comparte algo con quien no tiene; cuando se respeta al más vulnerable, el amor de Cristo encuentra espacio entre nosotros.

Ahora vamos a acercarnos al altar con todo lo que somos. Traigamos al Señor nuestros deseos de cambio, nuestras preocupaciones y los nombres de quienes amamos.

Jesús conoce el abandono y el sufrimiento. En la cruz escuchó a un hombre que le pidió ser recordado y le abrió una esperanza. Hoy también escucha nuestra oración: «Señor, acuérdate de mí. Acuérdate de mi familia. Ayúdame a comenzar».

Antes de continuar esta Eucaristía, pensemos en silencio: ¿qué paso concreto puedo dar hoy para cuidar mi vida y la de quien está a mi lado?

Oremos:

Señor Jesús, aquí estamos, con nuestra historia y con lo que llevamos por dentro. Tú conoces nuestras heridas, nuestras responsabilidades y nuestras esperanzas.

Danos valor para vivir en la verdad, humildad para aceptar ayuda y fortaleza para comenzar de nuevo. Protege a nuestras familias. Consuela a quienes sufren por nuestras ausencias y sana a quienes han sido heridos.

Bendice a quienes nos acompañan y suscita vocaciones al servicio de tu Evangelio.

Nuestra Señora de la Merced, Madre nuestra, cuida especialmente a quien hoy se siente solo y a quien está a punto de perder la esperanza. Ayúdanos a reconocer a tu Hijo cerca de nosotros y a caminar de su mano.

Jesús, en ti confiamos. Amén.

 

25 de septiembre del 2026: viernes de la vigésima quinta semana del tiempo ordinario II

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