lunes, 20 de julio de 2026

21 de julio del 2026: martes de la decimosexta semana del tiempo ordinario II- San Lorenzo de Brindis, Obispo y Doctor de la Iglesia

 

Santo del día:

San Lorenzo de Brindis, Obispo y Doctor de la Iglesia


1559-1619

Monje capuchino, Doctor de la Iglesia, originario de Brindisi, en el sur de Italia. Potente predicador, difundió las enseñanzas del Concilio de Trento y trabajó por la renovación de la Iglesia. 

Gracias a su talento como políglota, este religioso capuchino fue llamado a predicar por toda Europa, especialmente en Alemania. En 1959, el papa san Juan XXIII lo proclamó doctor de la Iglesia.



Dios único

(Miqueas 7,14-15.18-20) La oración del profeta da testimonio del Dios en quien Israel ha puesto su fe: un Dios que conduce a su pueblo como un pastor, que se complace en manifestar su bondad y en ejercer la misericordia. No conserva para siempre su ira, sino que perdona las culpas, olvida las ofensas y arroja nuestros pecados al fondo del mar. Único es este Dios, fiel a su Alianza, que levanta a su pueblo y le abre siempre un camino de esperanza.

 


Primera lectura

Miq 7, 14-15. 18-20
Arrojará nuestros pecados a lo hondo del mar

Lectura de la profecía de Miqueas.

PASTOREA a tu pueblo, Señor, con tu cayado,
al rebaño de tu heredad,
que anda solo en la espesura,
en medio del bosque;
que se apaciente como antes
en Basán y Galaad.
Como cuando saliste de Egipto,
les haré ver prodigios.
¿Qué Dios hay como tú,
capaz de perdonar el pecado,
de pasar por alto la falta
del resto de tu heredad?
No conserva para siempre su cólera,
pues le gusta la misericordia.
Volverá a compadecerse de nosotros,
destrozará nuestras culpas,
arrojará nuestros pecados
a lo hondo del mar.
Concederás a Jacob tu fidelidad
y a Abrahán tu bondad,
como antaño prometiste a nuestros padres.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 84, 2-4. 5-6. 7-8 (R.: 8a)

R. Muéstranos, Señor, tu misericordia.

V. Señor, has sido bueno con tu tierra,
has restaurado la suerte de Jacob,
has perdonado la culpa de tu pueblo,
has sepultado todos sus pecados,
has reprimido tu cólera,
has frenado el incendio de tu ira.
 R.

V. Restáuranos, Dios Salvador nuestro;
cesa en tu rencor contra nosotros.
¿Vas a estar siempre enojado,
o a prolongar tu ira de edad en edad?
 R.

V. ¿No vas a devolvernos la vida,
para que tu pueblo se alegre contigo?
Muéstranos, Señor, tu misericordia
y danos tu salvación. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. El que me ama guardará mi palabra —dice el Señor—,
y mi Padre lo amará, y vendremos a él. 
R.

 

Evangelio

Mt 12, 46-50

Extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: «Estos son mi madre y mis hermanos»

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, estaba Jesús hablando a la gente, cuando su madre y sus hermanos se presentaron fuera, tratando de hablar con él.
Uno se lo avisó:
«Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren hablar contigo».
Pero él contestó al que le avisaba:
«¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?».
Y, extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo:
«Estos son mi madre y mis hermanos. El que haga la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre».

Palabra del Señor.

 

 

 

1

 

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios nos invita hoy a contemplar tres grandes dones: la misericordia de Dios, la pertenencia a su familia y la gratitud hacia quienes nos hacen el bien.

En la primera lectura, el profeta Miqueas eleva una hermosa oración: «Pastorea a tu pueblo con tu cayado». Israel reconoce que necesita ser conducido, protegido y alimentado por Dios. Es la súplica de un pueblo consciente de sus debilidades, pero también confiado en la bondad del Señor.

Luego, el profeta formula una pregunta llena de admiración: «¿Qué Dios hay como tú, que perdonas el pecado y absuelves la culpa?». No se trata simplemente de afirmar que Dios existe, sino de proclamar que ningún otro es como Él. Nuestro Dios no se complace en condenar ni conserva eternamente su enojo; se complace en la misericordia. Él vuelve a compadecerse de nosotros, pisa nuestras culpas y arroja nuestros pecados al fondo del mar.

Esta imagen es muy consoladora. Cuando Dios perdona, no guarda nuestros pecados para echárnoslos en cara más adelante. Los arroja a lo profundo del mar. Somos nosotros quienes, a veces, seguimos buceando para recuperarlos: recordamos continuamente nuestros errores, alimentamos sentimientos de culpa o mantenemos vivas las ofensas de los demás. Dios nos invita a recibir su perdón y también a perdonarnos, a reconciliarnos con nuestra historia y a ofrecer a los demás la misericordia que hemos recibido.

El salmo prolonga esta súplica: «Muéstranos, Señor, tu misericordia». El pueblo atraviesa una situación difícil y pide a Dios que lo restaure, que deponga su indignación y le devuelva la vida y la alegría. También nosotros necesitamos formular esta oración. Cuando una familia se encuentra dividida, cuando una comunidad pierde el entusiasmo, cuando el pecado enfría nuestra relación con Dios, debemos pedir: «Señor, restáuranos; danos nuevamente tu salvación».

Pero la misericordia de Dios no solamente perdona nuestro pasado; también crea una nueva familia. En el Evangelio, mientras Jesús habla a la multitud, le avisan: «Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren hablar contigo». Jesús responde señalando a sus discípulos: «Estos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de mi Padre celestial, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre».

Con estas palabras, Jesús no rechaza ni menosprecia a María. Al contrario, revela la razón más profunda de su grandeza. María pertenece plenamente a la familia de Jesús porque escuchó la Palabra y cumplió la voluntad de Dios: «Hágase en mí según tu palabra». Antes de llevar a Cristo en su seno, lo acogió por la fe en su corazón.

Jesús amplía así los vínculos familiares. En la Iglesia no somos extraños que ocasionalmente coinciden en un templo: por el bautismo y por la obediencia a la voluntad del Padre, llegamos a ser hermanos y hermanas de Cristo. La comunidad cristiana está llamada a convertirse en una verdadera familia, especialmente para quienes están solos, enfermos, desplazados, afligidos o se sienten olvidados.

Cumplir la voluntad del Padre no consiste únicamente en realizar prácticas religiosas. Significa amar, perdonar, servir, buscar la justicia, acompañar al que sufre y reconocer el bien que otros hacen por nosotros. Hoy oramos especialmente por nuestros familiares, amigos y benefactores: por quienes nos han brindado su ayuda, su afecto, su oración, sus consejos o sus recursos; por quienes sostienen silenciosamente nuestras comunidades y colaboran con la misión evangelizadora de la Iglesia.

A veces disfrutamos de muchos bienes sin recordar las manos generosas que hicieron posible que llegaran hasta nosotros. La gratitud cristiana no debe quedarse en palabras. Agradecer también significa orar por nuestros benefactores, tratarlos con afecto, cuidar lo recibido y convertirnos nosotros mismos en benefactores de los demás. El bien recibido está llamado a producir nuevo bien.

Celebramos, además, la memoria de san Lorenzo de Brindis, presbítero y doctor de la Iglesia. Fue un religioso capuchino profundamente enamorado de la Sagrada Escritura, un gran predicador y un incansable servidor de la unidad y de la paz. Su inteligencia y su conocimiento de las lenguas estuvieron siempre al servicio del Evangelio. Nos recuerda que estudiar la Palabra de Dios no debe llevarnos al orgullo, sino a conocer mejor a Cristo, cumplir la voluntad del Padre y servir con mayor generosidad a nuestros hermanos.

Pidamos en esta Eucaristía que el Señor nos pastoree con su misericordia; que arroje nuestros pecados al fondo del mar; que nos enseñe a cumplir la voluntad del Padre y a vivir como una auténtica familia. Confiémosle de manera especial a nuestros benefactores: que recompense abundantemente el bien que nos han hecho, bendiga sus hogares, atienda sus necesidades y les conceda la alegría de saberse amados por Él.

Señor, Dios misericordioso, bendice a nuestros familiares, amigos y benefactores. Recompensa su generosidad y haz que, siguiendo el ejemplo de san Lorenzo de Brindis, escuchemos tu Palabra, cumplamos tu voluntad y pongamos nuestros dones al servicio de los demás. Amén.

 

2

 

La familia de Jesús en el Reino de Dios

 

Queridos hermanos:

En el Evangelio de hoy le anuncian a Jesús: «Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren hablar contigo». Entonces Él pregunta: «¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?». Y, señalando a sus discípulos, responde: «Estos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de mi Padre celestial, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre».

A primera vista, alguien podría interpretar estas palabras como un desprecio hacia la Santísima Virgen María o como si Jesús estuviera disminuyendo el lugar singular de su Madre. Sin embargo, ocurre exactamente lo contrario. Jesús no rechaza a María, sino que nos muestra la razón más profunda de su grandeza: ella no fue solamente su Madre según la carne; fue también la discípula que escuchó y cumplió perfectamente la voluntad del Padre.

Jesús quiere enseñarnos que en el Reino de Dios existe un parentesco nuevo y más profundo. Los vínculos familiares y los afectos humanos conservan su dignidad y su importancia, pero la comunión que permanece para la eternidad nace de compartir la misma fe y de cumplir la voluntad del Padre.

Por el Bautismo hemos llegado a ser hijos e hijas de Dios y miembros del Cuerpo de Cristo. Ya no estamos unidos únicamente por vínculos de sangre, sino también por la gracia, la fe y la presencia del Espíritu Santo. La Iglesia es, por eso, la familia de Dios en la tierra y una anticipación de la comunión eterna que esperamos vivir en el cielo.

Esta verdad aparece cada vez que rezamos el Padrenuestro. Jesús no nos enseñó a decir solamente «Padre mío», sino «Padre nuestro». Ese «nuestro» abarca a todos los que, unidos a Cristo, procuran vivir como hijos de Dios. Cuando cumplimos la voluntad del Padre, nos acercamos a Jesús, nos reconocemos como hermanos y comenzamos a construir una comunidad donde nadie debería sentirse extraño, rechazado o abandonado.

Pero ¿qué significa cumplir la voluntad de Dios? No consiste en una obediencia ciega, triste o cargada de temor. Cumplir la voluntad del Padre significa confiar en su amor y orientar nuestra vida según su Palabra. Es aprender a amar, perdonar, servir, practicar la justicia y permanecer fieles aun cuando el camino resulte difícil.

La primera lectura, tomada del profeta Miqueas, nos revela precisamente el rostro de ese Padre cuya voluntad estamos llamados a cumplir. El profeta comienza pidiendo: «Pastorea a tu pueblo con tu cayado». Dios aparece como el pastor que guía, alimenta, protege y busca a su pueblo. No somos una multitud abandonada: pertenecemos a un Dios que nos acompaña y conduce.

Miqueas, maravillado, pregunta: «¿Qué Dios hay como tú, que perdonas el pecado y absuelves la culpa?». Nuestro Dios no conserva para siempre su enojo, sino que se complace en la misericordia. Él vuelve a compadecerse de nosotros, pisa nuestras culpas y arroja al fondo del mar todos nuestros pecados.

¡Qué imagen tan hermosa! Dios no guarda nuestras faltas para reprochárnoslas más tarde. Cuando nos arrepentimos sinceramente, Él nos perdona y nos ofrece un nuevo comienzo. A veces somos nosotros quienes continuamos buscando en el fondo del mar las culpas que Dios ya perdonó. Nos quedamos encadenados a errores pasados o no permitimos que los demás cambien. Sin embargo, pertenecer a la familia de Dios significa aprender a tratar a los otros con la misma misericordia con la que el Padre nos trata.

El salmo prolonga esta confianza cuando suplicamos: «Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación». Es la oración de quien reconoce que necesita ser restaurado. Todos necesitamos que Dios sane nuestras heridas, renueve nuestra esperanza y devuelva la alegría a nuestro corazón.

Esa misericordia no es únicamente un sentimiento de compasión. Es una fuerza capaz de reconstruir la vida y restaurar las relaciones. Cuando una familia está dividida, cuando una comunidad pierde la fraternidad o cuando nuestro corazón se aparta de Dios, podemos suplicar con el salmista: «Restáuranos, Dios salvador nuestro». El Señor puede hacer renacer lo que parecía perdido, siempre que nos abramos a su gracia.

Entre todos aquellos que acogieron la voluntad de Dios, nadie lo hizo con tanta plenitud como la Santísima Virgen María. Desde la Anunciación respondió con total disponibilidad: «Hágase en mí según tu palabra». María llevó a Jesús en su seno porque primero había acogido la Palabra en su corazón. Su maternidad corporal es única, pero su fe obediente la convierte también en la primera y más perfecta discípula.

Por eso, cuando Jesús afirma que quien cumple la voluntad del Padre es para Él «hermano, hermana y madre», esas palabras se realizan de manera eminente en María. Lejos de disminuir su dignidad, revelan la profundidad de su santidad. Ella perteneció completamente a Dios y permitió que toda su existencia fuera modelada por su voluntad.

También nosotros tenemos un profundo deseo de pertenecer. Buscamos sentirnos acogidos por nuestra familia, nuestros amigos y nuestra comunidad. Pero este anhelo solamente alcanza su plenitud cuando descubrimos que pertenecemos a Dios. En Cristo llegamos a formar parte de una familia que abarca a la Virgen María, a los ángeles, a los santos y a todos los hijos de Dios.

Celebramos hoy la memoria de san Lorenzo de Brindis, presbítero y doctor de la Iglesia. Religioso capuchino, destacó por su profundo conocimiento de la Sagrada Escritura, su predicación y su servicio incansable a la Iglesia. Conocía varias lenguas y poseía una gran formación intelectual, pero no utilizó sus dones para buscar prestigio personal. Los puso al servicio de la evangelización, la reconciliación y la defensa de la fe.

San Lorenzo comprendió que conocer la Palabra de Dios no es solamente acumular conocimientos: es permitir que esa Palabra transforme la vida. Su ejemplo nos enseña que la verdadera sabiduría conduce a la obediencia, al servicio y a la comunión con Dios.

Preguntémonos hoy: ¿me siento verdaderamente miembro de la familia de Dios? ¿Busco sinceramente la voluntad del Padre o solamente le pido que bendiga mis propios planes? ¿Ayudo a que mi comunidad sea una familia acogedora, misericordiosa y fraterna?

Cumplir la voluntad de Dios no es una carga que nos quite la libertad. Es el camino que nos permite llegar a ser aquello para lo cual fuimos creados. Su fruto es la paz profunda de sabernos amados, perdonados y acogidos en la familia eterna de Dios.

Pidamos al Señor que nos pastoree con su amor, nos muestre su misericordia y nos enseñe a escuchar su Palabra. Que, siguiendo el ejemplo de la Virgen María y de san Lorenzo de Brindis, encontremos nuestra alegría en cumplir la voluntad del Padre y hagamos de nuestras comunidades una verdadera familia de hermanos.

Padre celestial, tú no solamente nos llamas a seguirte, sino también a pertenecerte. Haz que tu voluntad sea nuestra alegría. Fórmanos a imagen de tu Hijo y enséñanos a vivir en la comunión de amor que une a todos tus hijos. Por la intercesión de la Santísima Virgen María y de san Lorenzo de Brindis, haznos miembros fieles, misericordiosos y serviciales de tu familia. Amén.

 

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Memorial del 21 de julio

San Lorenzo de Brindis, sacerdote y médico
1559–1619


Patrono de Brindisi, Italia

Un Doctor de la Iglesia poco conocido lo hizo todo y todo lo hizo bien

 


Julio César Russo nació en una familia religiosa, pero desde muy joven se sintió atraído por unirse a otra familia religiosa: la de San Francisco de Asís. Después de la temprana muerte de su padre, el pequeño Julio fue puesto por su madre al cuidado de los Frailes Menores. Sin embargo, al mudarse a Venecia, conoció a los capuchinos, otra expresión del franciscanismo, y se unió a su orden cuando era adolescente. Tomó el nombre religioso de Lorenzo, fue ordenado sacerdote en 1582, y desde ese momento se abrió camino en la vida como un tren de alta velocidad. El padre Lorenzo viajó de norte a sur, de este a oeste, deteniéndose en Italia, Alemania, Austria, Hungría, Francia, Bohemia, España y Portugal. Este ejército de un solo hombre parecía estar en todas partes, haciéndolo todo y, sin embargo, siempre hizo de la salvación de su propia alma su máxima prioridad. 

El padre Lorenzo era inteligente. Muy inteligente. Sus dotes intelectuales se desplegaron plenamente al servicio del Señor para dominar cualquier disciplina que estudiara. Aprendió los idiomas bíblicos de griego, hebreo, latín y siríaco. Además de su italiano nativo, también hablaba español y alemán, que utilizó ampliamente en su ministerio en Europa Central. Su conocimiento de las Escrituras era tan amplio y profundo que parecía haber memorizado toda la Biblia. Incluso se ganó la estima de los eruditos judíos por su profundo conocimiento de los textos rabínicos. Lorenzo también cultivó un amor ardiente por Jesucristo, la Virgen María y la Sagrada Eucaristía en largas horas de oración. A veces le tomaba horas decir misa. Parecía dejarse llevar por el éxtasis y tenía el don de las lágrimas. Este nivel de fervor, educación, pobreza, inteligencia, y la devoción a la Iglesia hizo de San Lorenzo de Brindis el sacerdote ideal para su tiempo y lugar. Fue muchas cosas, pero entre ellas fue el último guerrero de la Contrarreforma.

San Lorenzo explicó con gran fuerza y ​​lucidez las verdades de la fe católica a los que habían caído en la trampa del protestantismo. Serenamente elaboró ​​tratados sobre los fundamentos bíblicos y patrísticos del papado, los obispos, María y los sacramentos. Lorenzo fue el anti-Lutero y el epítome de los grandes capuchinos que vigorizaron el franciscanismo en el siglo XVI y más allá. En medio de todas sus labores como predicador y maestro, Lorenzo también llevó a cabo un conjunto paralelo de deberes exigentes en la administración de la Orden de los Capuchinos. Fue maestro de novicios, provincial y ministro general o jefe de la Orden. El padre Lorenzo completó montañas de trabajo día tras día durante muchos años, un impulso sostenido y una competencia que inevitablemente lo llevaron a cargar con responsabilidades aún más importantes. 

Como franciscano dedicado a preservar y restaurar la paz, tanto el Santo Padre como los príncipes seculares le encargaron a Lorenzo varias misiones diplomáticas orientadas a resolver controversias entre estados cristianos y entre estos estados y el creciente Imperio Otomano. Sin embargo, el deseo de paz de Lorenzo no estaba divorciado de la verdad, el derecho a la autodefensa o el amor por la Europa cristiana. Era el capellán de un ejército cristiano que se reunió en Alemania contra los turcos ante la insistencia de Lorenzo. 

Lorenzo luego dirigió personalmente a las tropas a la batalla con su crucifijo en alto. La victoria del ejército alemán se atribuyó a la intercesión y ejemplo inspirador de nuestro santo. San Lorenzo murió el día de su cumpleaños, el 22 de julio, a los sesenta años, mientras se encontraba en una misión diplomática en Lisboa, Portugal. Está enterrado en un monasterio en el norte de España y fue canonizado en 1881. En 1959 el Papa San Juan XXIII proclamó a San Lorenzo de Brindisi Doctor Apostólico de la Iglesia por sus escritos creativos pero ortodoxos sobre la Virgen María y por su imponente erudición y presentación armoniosa de las Escrituras, la patrística y la teología fundamental. Es el tercer Doctor Franciscano de la Iglesia, junto con los Santos Buenaventura y Antonio, y, por desgracia, uno de los menos conocidos.

 

San Lorenzo, respondiste idealmente y acorde a las necesidades de tu época y conmoviste a todos los que conociste a través de tu ejemplo virtuoso, vasto conocimiento y vida de oración. Por tu intercesión, ayuda a todos los sacerdotes, especialmente a los franciscanos, a no escatimar en sí mismos sino a emular tu celo.


20 de julio del 2026: lunes de la decimosexta semana del tiempo ordinario II


No es imposible


(Mi 6,1-4.6-8 / Sal 50(49),5-6.8-9.16bc-17.21+23 (R. 23b) /

Mt 12,38-42) Dios entra en juicio con su pueblo, un género literario clásico entre los profetas. Se trata de llevar a los creyentes a interrogarse sobre su relación con Dios: aquí, desde la perspectiva de la fidelidad y la conversión del corazón.

En el Evangelio, los escribas y fariseos le piden a Jesús un signo extraordinario, aunque sus palabras y sus obras ya manifiestan la presencia de Dios. Jesús los remite al signo de Jonás: así como el profeta fue liberado de las profundidades, el Hijo del hombre atravesará la muerte y resucitará. Creer, por tanto, no es imposible, pero exige un corazón disponible, capaz de reconocer los signos ya ofrecidos y dejarse transformar. Dios no nos pide prodigios ni sacrificios desmesurados, sino practicar la justicia, amar la misericordia y caminar humildemente con Él.

G.Q

 


Primera lectura

Miq 6, 1-4. 6-8

Hombre, se te ha hecho saber lo que el Señor quiere de ti

Lectura de la profecía de Miqueas.

ESCUCHEN lo que dice el Señor,
el pleito del Señor con su pueblo.
«En pie, pleitea con las montañas,
que escuchen tu voz las colinas».
Escuchen, montañas, el pleito del Señor,
ustedes, inalterables cimientos de la tierra:
el Señor pleitea con su pueblo,
con Israel se querella.
«Pueblo mío, ¿qué te he hecho?,
¿en qué te he molestado?
¡Respóndeme!
Yo te saqué de Egipto
y te libré de la servidumbre.
Yo te envié a Moisés,
Aarón y María».
¿Con qué me presentaré al Señor
y me inclinaré ante el Dios excelso?
¿Me presentaré con holocaustos,
con terneros de un año?
¿Le agradarán al Señor mil bueyes,
miríadas de ríos de aceite?
¿Le ofreceré mi primogénito por mi falta,
el fruto de mis entrañas por mi pecado?.
Hombre, se te ha hecho saber lo que es bueno,
lo que el Señor quiere de ti:
tan solo practicar el derecho,
amar la bondad,
y caminar humildemente con tu Dios.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 49, 5-6. 8-9. 16bc-17. 21 y 23 (R.: 23cd)

R. Al que sigue buen camino
le haré ver la salvación de Dios.


V. «Congréguenme a mis fieles,
que sellaron mi pacto con un sacrificio».
Proclame el cielo su justicia;
Dios en persona va a juzgar. 
R.

V. «No te reprocho tus sacrificios,
pues siempre están tus holocaustos ante mí.
Pero no aceptaré un becerro de tu casa,
ni un cabrito de tus rebaños». 
R.

V. «¿Por qué recitas mis preceptos
y tienes siempre en la boca mi alianza,
tú que detestas mi enseñanza
y te echas a la espalda mis mandatos?» 
R.

V. «Esto haces, ¿y me voy a callar?
¿Crees que soy como tú?
Te acusaré, te lo echaré en cara.
El que me ofrece acción de gracias,
ese me honra;
al que sigue buen camino
le haré ver la salvación de Dios». 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. No endurezcan hoy su corazón; escuchen la voz del Señor. R.

 

Evangelio

Mt 12, 38-42

Cuando juzguen a esta generación, la reina del Sur se levantará

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, algunos escribas y fariseos dijeron a Jesús:
«Maestro, queremos ver un milagro tuyo».
Él les contestó:
«Esta generación perversa y adúltera exige una señal; pues no se le dará más signo que el del profeta Jonás. Tres días y tres noches estuvo Jonás en el vientre del cetáceo: pues tres días y tres noches estará el Hijo del hombre en el seno de la tierra.
Los hombres de Nínive se alzarán en el juicio contra esta generación y harán que la condenen; porque ellos se convirtieron con la proclamación de Jonás, y aquí hay uno que es más que Jonás.
Cuando juzguen a esta generación, la reina del Sur se levantará y hará que la condenen, porque ella vino desde los confines de la tierra, para escuchar la sabiduría de Salomón, y aquí hay uno que es más que Salomón».

Palabra del Señor.

 

***********

 

1

 

Aprender a reconocer los signos de Dios

 

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de este día nos invita a revisar con sinceridad nuestra relación con el Señor. Con frecuencia deseamos que Dios nos dé señales extraordinarias, respuestas inmediatas o demostraciones indiscutibles de su existencia y de su amor. Sin embargo, el Señor nos recuerda hoy que el verdadero problema no es la falta de signos, sino la falta de disposición para reconocerlos.

En la primera lectura, tomada del profeta Miqueas, Dios entra en una especie de juicio con su pueblo. Convoca como testigos a los montes y a las colinas y pregunta: «Pueblo mío, ¿qué te he hecho?, ¿en qué te he molestado?». No se trata de un Dios enojado que quiera destruir a su pueblo, sino de un Padre herido por la ingratitud de sus hijos. Él les recuerda todo lo que ha hecho: los liberó de Egipto, los sacó de la esclavitud y puso delante de ellos personas que los guiaran.

Ante este reclamo, el pueblo se pregunta qué debe ofrecer a Dios: ¿holocaustos?, ¿miles de carneros?, ¿ríos de aceite?, ¿sacrificios cada vez mayores? La respuesta del profeta es sencilla y exigente:

«Se te ha hecho saber lo que es bueno, lo que el Señor quiere de ti: practicar la justicia, amar la misericordia y caminar humildemente con tu Dios».

Dios no puede ser comprado con ofrendas. No busca ceremonias vacías ni sacrificios que no estén acompañados por una vida recta. Podemos rezar mucho, participar en celebraciones y realizar actos religiosos; pero si tratamos injustamente a los demás, guardamos resentimiento, despreciamos al necesitado o nos negamos a perdonar, todavía no hemos comprendido lo que Dios quiere de nosotros.

El salmo 50 continúa esta misma enseñanza. Dios dice: «No te reprocho tus sacrificios, pues siempre están tus holocaustos ante mí». El problema no consiste en ofrecer sacrificios, sino en pensar que estos pueden reemplazar la obediencia, la justicia y la conversión. Por eso también advierte: «¿Por qué recitas mis preceptos y tienes siempre en la boca mi alianza, tú que detestas mi enseñanza y te echas a la espalda mis mandatos?».

Es una palabra fuerte que nos invita a preguntarnos: ¿existe coherencia entre lo que decimos creer y la manera como vivimos? ¿Nuestra oración nos vuelve más misericordiosos? ¿La Eucaristía nos conduce a compartir el pan, perdonar las ofensas y servir al hermano? ¿O pronunciamos palabras religiosas mientras le damos la espalda a lo que Dios nos enseña?

El salmo nos entrega también una promesa consoladora: «Al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios». El Señor no nos pide una vida llena de cosas extraordinarias; nos pide avanzar por el buen camino, con fidelidad, humildad y perseverancia. La santidad se construye muchas veces mediante pequeños actos de amor realizados cada día.

En el Evangelio, algunos escribas y fariseos se acercan a Jesús y le dicen: «Maestro, queremos ver un signo tuyo». La petición podría parecer razonable, pero Jesús descubre la falta de sinceridad que se esconde detrás de ella. Ellos ya habían escuchado sus enseñanzas, contemplado sus curaciones y presenciado la liberación de personas oprimidas. Los signos estaban delante de sus ojos, pero no querían comprometerse.

A veces nosotros podemos caer en una actitud semejante: «Señor, si me concedes esto, creeré en ti»; «si solucionas inmediatamente este problema, confiaré en ti»; «si realizas el milagro que espero, cambiaré de vida». Convertimos la fe en una negociación y le exigimos a Dios que se someta a nuestras condiciones.

Jesús responde que no se les dará otro signo sino el signo del profeta Jonás. Jonás permaneció tres días en el vientre del gran pez y después fue enviado a predicar la conversión a Nínive. De manera semejante, Jesús permanecerá en el seno de la tierra y al tercer día resucitará. El signo definitivo de Dios no será un espectáculo, sino la Pascua de Cristo: su muerte y su resurrección.

En Jesús crucificado y resucitado, Dios nos ha dado la señal más grande de su amor. La cruz nos revela hasta dónde llega su entrega; la resurrección nos anuncia que el pecado y la muerte no tienen la última palabra. Por eso, creer no es imposible. Pero exige abrir el corazón, renunciar a nuestra dureza y aceptar que Dios actúe de una manera diferente a la que nosotros imaginamos.

Hoy también elevamos nuestra oración por nuestros fieles difuntos. Al recordarlos, el signo de Jonás adquiere para nosotros una fuerza especial. Así como Jonás salió de las profundidades y Cristo salió victorioso del sepulcro, confiamos en que quienes han muerto unidos al Señor están llamados a participar de su resurrección.

Orar por nuestros difuntos es un acto de amor, de gratitud y de esperanza. No los recordamos solamente con tristeza. Los ponemos en las manos misericordiosas del Padre y pedimos que perdone sus pecados, purifique sus vidas y los reciba en la plenitud de su Reino. La muerte no destruye los vínculos tejidos por el amor. En Cristo resucitado, la comunión continúa y la esperanza permanece.

Quizá desearíamos recibir una señal de que nuestros seres queridos están bien. Sin embargo, el Señor nos invita a mirar el gran signo que ya nos ha concedido: el sepulcro vacío de Cristo. Nuestra esperanza no descansa en sentimientos pasajeros ni en señales extraordinarias, sino en la promesa de Jesús: quien cree en Él, aunque haya muerto, vivirá.

Pidamos al Señor que nos conceda un corazón capaz de reconocer su presencia en los signos sencillos de cada día: en la Palabra proclamada, en la Eucaristía, en el perdón recibido, en el pobre que necesita nuestra ayuda, en la familia que nos acompaña y en cada oportunidad de practicar la justicia y la misericordia.

Que nuestra fe no se limite a pedir prodigios. Que se manifieste en una vida coherente, en el amor a los hermanos y en la humildad de caminar cada día con Dios. Y que nuestros fieles difuntos, por la misericordia del Señor, descansen en paz y contemplen para siempre la salvación prometida.

Que brille para ellos la luz perpetua. Amén.

 


2

 

La certeza de una fe que transforma

 

Queridos hermanos:

En el Evangelio, algunos escribas y fariseos se acercan a Jesús y le dicen: «Maestro, queremos ver un signo tuyo». Él les responde: «Esta generación perversa y adúltera exige una señal; pero no se le dará más signo que el del profeta Jonás».

Podríamos preguntarnos por qué Jesús se niega a realizar el prodigio solicitado. Él había curado enfermos, expulsado demonios, calmado tempestades y devuelto la vida. ¿Por qué no hacer ahora otro milagro para convencerlos?

Imaginemos que Jesús hubiera respondido: «Está bien, haré lo que ustedes me pidan». Supongamos que le hubieran pedido abrir las aguas del lago de Galilea, como Moisés abrió el mar Rojo, y que Jesús lo hubiera hecho delante de ellos. ¿Habrían creído verdaderamente? Probablemente no. Se habrían sorprendido, pero su corazón habría permanecido cerrado.

El problema no era la falta de milagros, sino la dureza de su corazón.

Dios no se compra con sacrificios

Esta misma dureza aparece denunciada en la primera lectura, tomada del profeta Miqueas. Dios entra en una especie de juicio con su pueblo y pregunta:

«Pueblo mío, ¿qué te he hecho?, ¿en qué te he molestado? Respóndeme».

El Señor recuerda todo lo que hizo por Israel: lo liberó de la esclavitud de Egipto, lo condujo por el desierto y le dio servidores que lo orientaran. Pero el pueblo se había olvidado de su amor y había reducido la religión al cumplimiento exterior.

Por eso se pregunta: «¿Con qué me presentaré ante el Señor? ¿Con holocaustos? ¿Con miles de carneros? ¿Con ríos de aceite?». Creían que podían contentar a Dios mediante sacrificios cada vez más grandes.

El profeta ofrece entonces una de las enseñanzas más hermosas del Antiguo Testamento:

«Se te ha hecho saber lo que es bueno y lo que el Señor quiere de ti: practicar la justicia, amar la misericordia y caminar humildemente con tu Dios».

Dios no desprecia la oración ni las ofrendas realizadas con sinceridad. Lo que rechaza es una religiosidad externa que no transforma la vida. No podemos intentar agradar a Dios mediante actos religiosos mientras somos injustos, despreciamos al necesitado, cultivamos resentimientos o nos negamos a perdonar.

También nosotros podemos caer en la tentación de querer negociar con Dios: «Señor, si me concedes este favor, te prometo tal cosa»; «si curas mi enfermedad, cambiaré»; «si solucionas este problema, entonces creeré». Dios no busca negociaciones interesadas, sino hijos que confíen en Él, practiquen la justicia, amen la misericordia y caminen humildemente en su presencia.

Una fe que no se queda en las palabras

El salmo 50 continúa esta misma llamada a la coherencia. Dios dice: «No te reprocho tus sacrificios, pues siempre están tus holocaustos ante mí». El problema no estaba en las ofrendas, sino en la contradicción entre el culto y la vida.

Por eso añade:

«¿Por qué recitas mis preceptos y tienes siempre en la boca mi alianza, tú que detestas mi enseñanza y te echas a la espalda mis mandatos?».

Son palabras fuertes, pero necesarias. También nosotros debemos preguntarnos si existe coherencia entre nuestras oraciones y nuestra conducta. Podemos conocer los mandamientos, recitar muchas plegarias y participar en la Eucaristía; pero ¿la Palabra de Dios influye realmente en nuestras decisiones? ¿La comunión con Cristo nos hace más compasivos? ¿Nuestra fe se refleja en la familia, en el trabajo y en la manera como tratamos a los más sencillos?

El salmo concluye con una promesa: «Al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios». El Señor no nos exige realizar cosas espectaculares. Nos pide seguir el buen camino con fidelidad: hacer el bien, corregir nuestros errores, perdonar, servir y perseverar en la esperanza.

El espectáculo no produce necesariamente la fe

Los escribas y fariseos buscaban un espectáculo religioso, pero Jesús quería ofrecerles algo mucho más profundo: el don de la fe.

Imaginemos que alguien apareciera en una plaza afirmando ser el Hijo de Dios y, para demostrarlo, comenzara a elevarse por los aires y a mover los vehículos con una palabra. Seguramente provocaría asombro, curiosidad y temor. Sin embargo, semejante espectáculo no produciría necesariamente una verdadera conversión. Incluso podríamos sospechar que se trata de un engaño, una ilusión o algo contrario a Dios.

Ahora pensemos en una situación diferente y más cercana. Una persona entra en silencio a una iglesia. Se arrodilla ante el Señor y le abre sinceramente su corazón. En medio de la oración reconoce sus pecados, comprende algo de la voluntad de Dios y siente la fuerza necesaria para perdonar o tomar una decisión correcta. Sale de la iglesia con una paz que antes no tenía, con mayor claridad y con el deseo de comenzar una vida nueva.

No hubo luces, voces ni acontecimientos espectaculares. Sin embargo, ocurrió algo mucho más importante: Dios tocó el corazón y la persona respondió entregándose a Él.

La fe auténtica no consiste simplemente en ver algo extraordinario. Es acoger la revelación de Dios, confiar en su Palabra y permitir que su gracia transforme nuestra existencia. Es una certeza que no siempre elimina las preguntas, pero nos sostiene aun en la oscuridad.

Por esa fe, incontables santos perseveraron en medio de persecuciones, enfermedades y sufrimientos. Muchos entregaron incluso su propia vida. No lo hicieron porque estuvieran recibiendo continuamente señales extraordinarias, sino porque habían encontrado a Cristo y sabían en quién habían puesto su confianza.

El signo de Jonás

Jesús afirma que solamente se dará «el signo de Jonás». Así como Jonás permaneció tres días en el vientre del gran pez y después salió con vida para cumplir su misión, Jesús permanecerá en el seno de la tierra y resucitará al tercer día.

El signo definitivo de Dios es, por tanto, el misterio pascual: la muerte y la resurrección de Cristo. La cruz no es un espectáculo deslumbrante según los criterios del mundo. En ella vemos a un hombre humillado, herido y aparentemente vencido. Sin embargo, precisamente allí se manifiesta la grandeza del amor de Dios. Y en la resurrección contemplamos la victoria de ese amor sobre el pecado y la muerte.

La reina del Sur reconoció la sabiduría de Salomón y los habitantes de Nínive se convirtieron al escuchar la predicación de Jonás. Jesús les recuerda que ellos respondieron a signos mucho menores. Ahora está presente alguien más grande que Jonás y más grande que Salomón: el mismo Hijo de Dios. No obstante, algunos se niegan a reconocerlo.

Dios ya nos ha dado en Cristo el signo más grande. No necesitamos obligarlo continuamente a demostrar que nos ama. La cruz nos dice cuánto nos ama y la resurrección nos asegura que su amor es más fuerte que la muerte.

¿Por qué creemos?

Hoy conviene preguntarnos: ¿por qué creo en Dios? ¿Por qué reconozco a Jesús como mi Señor y Salvador? ¿Creo solamente cuando las cosas salen como deseo? ¿Mi fe depende de recibir favores y soluciones inmediatas? ¿O he aprendido a confiar también en los momentos de silencio, enfermedad, incertidumbre y dolor?

Tal vez alguno diga: «Si Dios me escucha, creeré». Pero la fe auténtica nos enseña a decir: «Señor, aunque todavía no comprenda, confío en ti». No es una confianza ciega ni irracional, sino una respuesta a Dios, que se nos ha revelado en Cristo y continúa hablándonos mediante su Palabra, los sacramentos, la Iglesia y los acontecimientos de nuestra vida.

En este lunes, cuando oramos especialmente por nuestros fieles difuntos, el signo de Jonás fortalece nuestra esperanza. Cristo entró en el sepulcro, pero la muerte no pudo retenerlo. Por eso confiamos en que quienes han muerto unidos a Él también participarán de su resurrección. No necesitamos buscar señales extrañas de nuestros seres queridos. Nos basta la promesa de Cristo resucitado: «Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá».

Pidamos por nuestros difuntos, para que el Señor perdone sus pecados, los purifique con su misericordia y los reciba en la alegría de su Reino. Que brille para ellos la luz perpetua y descansen en paz.

Pidamos también que nuestra fe eche raíces cada vez más profundas. Que no necesitemos prodigios para permanecer junto al Señor. Que su gracia nos transforme interiormente y nos ayude a practicar la justicia, amar la misericordia y caminar humildemente con nuestro Dios.

Señor Jesús, fortalece nuestra fe. Háblanos en lo profundo del alma, transforma nuestra vida y sostennos en las dificultades. Tú eres el signo definitivo del amor del Padre. Jesús, confiamos en ti. Amén.

 


sábado, 18 de julio de 2026

19 de julio del 2026: decimosexto domingo del tiempo ordinario-Ciclo A

 

El Reino en el horizonte

Sb 12,13.16-19 / Sal 86(85),5-6.9-10.15-16a (R. 5a) / Rm 8,26-27 /
Mt 13,24-43 (forma larga) o Mt 13,24-30 (forma breve).

La misericordia de Dios significa paciencia y esperanza. El libro de la Sabiduría nos revela a un Dios poderoso, pero indulgente, que concede a cada persona el tiempo necesario para convertirse. Con el salmista proclamamos que Él es bueno, lleno de amor y de fidelidad. Y cuando nuestra debilidad nos impide orar como conviene, san Pablo nos recuerda que el Espíritu viene en nuestra ayuda e intercede por nosotros.

En medio del trigo y la cizaña, Dios nos invita a renunciar a los juicios apresurados y a confiar en su acción. Su Reino crece discretamente, como el grano de mostaza y la levadura en la masa. Acojamos su Palabra con paciencia y convirtámonos, mediante nuestros gestos sencillos, en sembradores de bondad, fraternidad y esperanza.

  Sé tener con los demás la misma paciencia y misericordia que Dios tiene conmigo, o acostumbro juzgar y condenar apresuradamente?

  ¿Qué pequeña semilla de bondad, reconciliación o servicio puedo sembrar esta semana para que el Reino de Dios siga creciendo?

  Cuando no encuentro palabras para orar, ¿confío en que el Espíritu Santo viene en ayuda de mi debilidad e intercede por mí?

G.Q


Primera lectura

Sab 12, 13. 16-19

Concedes el arrepentimiento a los pecadores

Lectura del libro de la Sabiduría.

FUERA de ti no hay otro Dios que cuide de todo,
a quien tengas que demostrar que no juzgas injustamente.
Porque tu fuerza es el principio de la justicia
y tu señorío sobre todo te hace ser indulgente con todos.
Despliegas tu fuerza ante el que no cree en tu poder perfecto
y confundes la osadía de los que lo conocen.
Pero tú, dueño del poder, juzgas con moderación
y nos gobiernas con mucha indulgencia,
porque haces uso de tu poder cuando quieres.
Actuando así, enseñaste a tu pueblo
que el justo debe ser humano
y diste a tus hijos una buena esperanza,
pues concedes el arrepentimiento a los pecadores.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 85, 5-6. 9-10. 15-16a (R.: 5a)

R. Tú, Señor, eres bueno y clemente.

V. Porque tú, Señor, eres bueno y clemente,
rico en misericordia con los que te invocan.
Señor, escucha mi oración,
atiende a la voz de mi súplica. 
R.

V. Todos los pueblos vendrán
a postrarse en tu presencia, Señor;
bendecirán tu nombre:
«Grande eres tú, y haces maravillas;
tú eres el único Dios». 
R.

V. Pero tú, Señor,
Dios clemente y misericordioso,
lento a la cólera, rico en piedad y leal,
mírame, ten compasión de mí.
 R.

 

Segunda lectura

Rom 8, 26-27

El Espíritu intercede por nosotros con gemidos inefables

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos.

HERMANOS:
El Espíritu acude en ayuda de nuestra debilidad, pues nosotros no sabemos pedir como conviene; pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables.
Y el que escruta los corazones sabe cuál es el deseo del Espíritu, y que su intercesión por los santos es según Dios.

Palabra de Dios.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Bendito seas, Padre, Señor del cielo y de la tierra,
porque has revelado los misterios del reino a los pequeños. 
R.

 

Evangelio

Mt 13, 24-43 (forma larga)

Déjenlos crecer juntos hasta la siega

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, Jesús propuso otra parábola a la gente diciendo:
«El reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero, mientras los hombres dormían, un enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo y se marchó. Cuando empezaba a verdear y se formaba la espiga apareció también la cizaña. Entonces fueron los criados a decirle al amo:
“Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña?”.
Él les dijo:
“Un enemigo lo ha hecho”.
Los criados le preguntan:
“¿Quieres que vayamos a arrancarla?”.
Pero él les respondió:
“No, que al recoger la cizaña pueden arrancar también el trigo. Déjenlos crecer juntos hasta la siega y cuando llegue la siega diré a los segadores: arranquen primero la cizaña y átenla en gavillas para quemarla, y el trigo almacénenlo en mi granero”».
Les propuso otra parábola:
«El reino de los cielos se parece a un grano de mostaza que uno toma y siembra en su campo; aunque es la más pequeña de las semillas, cuando crece es más alta que las hortalizas; se hace un árbol hasta el punto de que vienen los pájaros del cielo a anidar en sus ramas».
Les dijo otra parábola:
«El reino de los cielos se parece a la levadura; una mujer la amasa con tres medidas de harina, hasta que todo fermenta».
Jesús dijo todo esto a la gente en parábolas y sin parábolas no les hablaba nada, para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta:
«Abriré mi boca diciendo parábolas;
anunciaré lo secreto desde la fundación del mundo».
Luego dejó a la gente y se fue a casa. Los discípulos se le acercaron a decirle:
«Explícanos la parábola de la cizaña en el campo».
Él les contestó:
«El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los ciudadanos del reino; la cizaña son los partidarios del Maligno; el enemigo que la siembra es el diablo; la cosecha es el final de los tiempos y los segadores los ángeles. Lo mismo que se arranca la cizaña y se echa al fuego, así será al final de los tiempos: el Hijo del hombre enviará a sus ángeles y arrancarán de su reino todos los escándalos y a todos los que obran iniquidad, y los arrojarán al horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el reino de su Padre. El que tenga oídos, que oiga».

Palabra del Señor.



Mt 13, 24-30 (forma breve)

Déjenlos crecer juntos hasta la siega

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, Jesús propuso otra parábola a la gente diciendo:
«El reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero, mientras los hombres dormían, un enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo y se marchó. Cuando empezaba a verdear y se formaba la espiga apareció también la cizaña. Entonces fueron los criados a decirle al amo:
“Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña?”.
Él les dijo:
“Un enemigo lo ha hecho”.
Los criados le preguntan:
“¿Quieres que vayamos a arrancarla?”.
Pero él les respondió:
“No, que al recoger la cizaña pueden arrancar también el trigo. Déjenlos crecer juntos hasta la siega y cuando llegue la siega diré a los segadores: arranquen primero la cizaña y átenla en gavillas para quemarla, y el trigo almacénenlo en mi granero”».

Palabra del Señor.


1

 

El Reino en el horizonte

 

Queridos hermanos y hermanas:

Las lecturas de este domingo nos permiten contemplar el Reino de Dios en el horizonte. Es un Reino que ya está actuando entre nosotros, aunque muchas veces crezca de manera silenciosa. Para reconocerlo necesitamos paciencia, esperanza y una mirada misericordiosa.

La primera lectura, del libro de la Sabiduría, nos presenta a un Dios fuerte, pero indulgente. Su poder no consiste en aplastar al pecador, sino en ofrecerle la posibilidad de convertirse:

«Diste a tus hijos la dulce esperanza de que, en el pecado, das lugar al arrepentimiento».

Dios no se precipita a condenar. Conoce nuestra fragilidad, espera nuestro regreso y nos ofrece nuevas oportunidades. Su paciencia no significa que apruebe el mal, sino que desea salvar al pecador. Por eso, la lectura nos deja una enseñanza fundamental: «El justo debe ser humano».

No podemos afirmar que creemos en el Dios misericordioso mientras juzgamos sin compasión, cerramos la puerta al arrepentimiento o reducimos a una persona a sus equivocaciones. Si Dios tiene paciencia conmigo, también yo debo aprender a tenerla con los demás.

Por eso proclamamos en el salmo:

«Tú, Señor, eres bueno y clemente».

Esta es nuestra confianza: Dios conoce nuestras faltas, pero también nuestros esfuerzos; ve nuestras caídas, pero no deja de contemplar las posibilidades de bien que ha sembrado en nosotros.

El trigo y la cizaña

En el Evangelio, Jesús presenta la parábola del trigo y la cizaña. Un hombre sembró buena semilla en su campo, pero, mientras todos dormían, llegó el enemigo y sembró cizaña.

La buena semilla viene de Dios. Él siembra la vida, la verdad, la justicia, la fraternidad y la paz. Sin embargo, en el campo del mundo también aparece la cizaña: el egoísmo, la mentira, la violencia, la corrupción, la envidia y la discordia.

La cizaña aparece también en nuestras familias y comunidades. Surge cuando permitimos que los comentarios malintencionados destruyan la confianza; cuando una diferencia de opinión se convierte en enemistad; cuando dejamos crecer el resentimiento; cuando nos negamos a perdonar o pensamos que nuestra manera de actuar es la única correcta.

Pero no debemos buscar la cizaña solamente en los demás. El trigo y la mala hierba también crecen dentro de nuestro propio corazón. En nosotros hay generosidad, pero también egoísmo; deseos de servir, pero también necesidad de reconocimiento; capacidad de perdonar, pero también resentimientos.

Por eso, antes de preguntarnos quiénes son la cizaña, conviene preguntarnos: ¿qué necesita ser transformado en mi propia vida?

Los servidores quieren arrancar inmediatamente la mala hierba, pero el dueño les dice: «No, porque al arrancar la cizaña podrían arrancar también el trigo».

Jesús no nos invita a ser indiferentes frente al mal. Debemos defender la verdad, corregir con caridad y proteger a quienes sufren. Sin embargo, nos pide que no emitamos juicios definitivos sobre las personas. Podemos reconocer que una acción es mala, pero solamente Dios conoce completamente el corazón humano.

¡Cuánto daño causan los juicios precipitados! A veces conocemos un error de una persona y creemos conocer toda su vida. Escuchamos un comentario y lo repetimos sin verificarlo. Cerramos al hermano la posibilidad de cambiar, mientras nosotros continuamos pidiéndole a Dios que tenga paciencia con nuestras propias debilidades.

La pregunta para nuestra reflexión es muy concreta: ¿sé tener con los demás la misma paciencia y misericordia que Dios tiene conmigo?

La fuerza de lo pequeño

Jesús compara también el Reino de los cielos con un grano de mostaza. Es una semilla muy pequeña, pero crece hasta convertirse en un arbusto capaz de acoger a las aves.

Después habla de la levadura que una mujer mezcla con la harina hasta que toda la masa queda fermentada. La levadura trabaja desde dentro, silenciosamente, sin llamar la atención.

Estas parábolas nos recuerdan que Dios no actúa siempre mediante acontecimientos espectaculares. Su Reino crece a través de pequeños gestos: una palabra de consuelo, una visita a un enfermo, una ayuda ofrecida discretamente, una reconciliación familiar, una oración perseverante o un vaso de agua entregado con amor.

Muchas veces nos desanimamos porque no vemos resultados inmediatos. Los padres pueden preguntarse si todo lo que enseñaron a sus hijos dará fruto. Los catequistas pueden creer que sus esfuerzos son inútiles. Quienes trabajan por una comunidad más unida pueden cansarse al encontrar divisiones y resistencias.

El Evangelio nos pide confiar. La semilla puede parecer pequeña y la levadura permanece escondida, pero ambas contienen una fuerza que no depende solamente de nosotros. Dios continúa trabajando en los corazones, incluso cuando no podemos verlo.

Por eso surge otra pregunta: ¿qué pequeña semilla de bondad, reconciliación o servicio puedo sembrar durante esta semana?

Quizá no podamos cambiar toda nuestra sociedad, pero sí podemos comenzar por nuestro hogar. Tal vez no podamos solucionar todos los problemas de nuestra comunidad, pero podemos negarnos a difundir un chisme, acompañar a quien está solo, perdonar una ofensa o ayudar a una familia necesitada. Ningún gesto realizado por amor es insignificante ante Dios.

El Espíritu viene en nuestra ayuda

San Pablo nos dice en la segunda lectura:

«El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad, porque nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene».

Hay momentos en los que no sabemos cómo orar. Puede suceder ante una enfermedad, una pérdida, un conflicto familiar o una situación que parece no tener salida. Tal vez solo podemos permanecer en silencio o derramar lágrimas delante de Dios.

San Pablo nos asegura que, en esos momentos, no estamos solos. El Espíritu Santo intercede por nosotros «con gemidos inefables». Él transforma nuestra pobreza, nuestro silencio y nuestro dolor en oración.

No necesitamos palabras perfectas para acercarnos a Dios. Podemos decirle sencillamente: “Señor, tú sabes lo que llevo en mi corazón. Ven en ayuda de mi debilidad”.

Esto nos lleva a la tercera pregunta: cuando no encuentro palabras para orar, ¿confío en que el Espíritu Santo intercede por mí?

La oración no siempre cambia inmediatamente las circunstancias, pero permite que Dios transforme nuestro corazón. Nos da luz para discernir, fuerza para perseverar y paciencia para esperar.

Queridos hermanos: el Reino de Dios está ya presente en medio de nosotros. Crece como el trigo, como el grano de mostaza y como la levadura. No debemos desanimarnos por la cizaña ni convertirnos en jueces implacables. Nuestra misión es permanecer vigilantes, cuidar la buena semilla y seguir sembrando el bien.

En esta Eucaristía pidamos al Señor un corazón semejante al suyo: paciente sin ser indiferente, firme frente al mal y misericordioso con las personas. Que el Espíritu venga en ayuda de nuestra debilidad y nos convierta en sembradores de bondad, fraternidad y esperanza.

Y al regresar a nuestros hogares, llevemos estas tres preguntas en el corazón:

¿Tengo con los demás la paciencia que Dios tiene conmigo?
¿Qué pequeña semilla de bondad puedo sembrar esta semana?
¿Confío en el Espíritu Santo cuando no sé cómo orar?

Que María, mujer paciente y disponible a la acción de Dios, nos enseñe a confiar en el crecimiento silencioso del Reino y a conservar siempre la esperanza. Amén.

 

2

 

La paciencia de Dios y la fuerza escondida del Reino

 

Queridos hermanos y hermanas:

Las lecturas de este domingo nos ayudan a descubrir cómo actúa Dios frente al mal y cómo va creciendo su Reino en medio de nuestra historia. Jesús nos presenta tres parábolas: el trigo y la cizaña, el grano de mostaza y la levadura. Las tres contienen un mensaje de esperanza, pero también una invitación a la paciencia, al discernimiento y a la confianza.

Vivimos en una época impaciente. Queremos respuestas inmediatas, cambios rápidos y resultados visibles. Nos cuesta aceptar los procesos lentos. También quisiéramos que Dios interviniera de una vez para eliminar la injusticia, castigar a quienes hacen el mal y resolver todos nuestros problemas. Sin embargo, la Palabra de hoy nos enseña que Dios tiene sus tiempos y que su paciencia no es indiferencia ni debilidad: es una nueva oportunidad ofrecida al pecador para que pueda convertirse.

1. Un Dios poderoso porque es misericordioso

La primera lectura, tomada del libro de la Sabiduría, nos presenta el verdadero rostro de Dios:

«Tu poder es el principio de la justicia, y tu soberanía universal te hace perdonar a todos».

Dios no necesita demostrar su poder destruyendo a quienes se equivocan. Precisamente porque es fuerte, puede ser paciente; porque es Señor de todos, puede tratar a todos con misericordia. Los seres humanos, cuando nos sentimos débiles o inseguros, a veces reaccionamos con violencia, intolerancia y deseo de venganza. Dios, en cambio, manifiesta su grandeza perdonando, corrigiendo con moderación y ofreciendo tiempo para la conversión.

La lectura concluye con una enseñanza preciosa: actuando de este modo, Dios enseñó a su pueblo que «el justo debe ser humano» y dio a sus hijos «la esperanza de que, después del pecado, concede el arrepentimiento».

¡Qué mensaje tan necesario para nuestras familias y comunidades! El justo debe ser humano. Una persona creyente no puede complacerse en condenar, humillar o destruir la reputación de los demás. Tampoco puede encerrar definitivamente a una persona dentro de su pasado, como si nadie tuviera derecho a cambiar. Creer en Dios significa creer también en la posibilidad de la conversión.

Por eso respondemos en el salmo:

«Tú, Señor, eres bueno y clemente».

El salmista no niega la existencia del mal, pero se apoya en la bondad de Dios. En medio de las dificultades, reconoce que el Señor es lento a la cólera, rico en misericordia y fiel con quienes lo invocan.

2. El trigo y la cizaña crecen juntos

Esta misma enseñanza aparece en la parábola principal del Evangelio. Un hombre sembró buena semilla en su campo; pero, mientras todos dormían, llegó el enemigo, sembró cizaña en medio del trigo y se marchó.

La buena semilla viene de Dios. Desde el relato de la creación, la Biblia nos recuerda que todo lo creado por Dios es bueno. Dios siembra vida, verdad, fraternidad, justicia y esperanza. Él no es el autor del mal. El enemigo es quien introduce la mentira, la división y la muerte.

Jesús dice que el enemigo actuó «mientras todos dormían». Este sueño puede representar nuestra falta de vigilancia espiritual. Nos dormimos cuando abandonamos la oración; cuando dejamos de escuchar la Palabra; cuando nos acostumbramos a pequeñas faltas que poco a poco endurecen el corazón; cuando permitimos que un comentario malintencionado se convierta en chisme; cuando la indiferencia entra en nuestras familias; cuando dejamos que el resentimiento crezca silenciosamente.

La cizaña muchas veces no aparece de forma escandalosa. Se parece inicialmente al trigo. El mal suele presentarse bajo la apariencia de algo conveniente, moderno, inofensivo o incluso justo. Una crítica puede disfrazarse de defensa de la verdad; la envidia puede presentarse como preocupación por la comunidad; la venganza puede hacerse pasar por justicia; y el orgullo puede ocultarse detrás de una supuesta fidelidad religiosa.

Por eso necesitamos discernimiento y vigilancia. Pero Jesús introduce una advertencia muy importante. Cuando los servidores preguntan si deben arrancar la cizaña, el dueño responde:

«No, porque al arrancar la cizaña podrían arrancar también el trigo. Déjenlos crecer juntos hasta la cosecha».

Esto no significa que debamos permanecer indiferentes ante el mal. El cristiano debe denunciar la injusticia, proteger a los débiles, corregir fraternalmente y defender la verdad. Lo que Jesús prohíbe es que nos convirtamos en jueces definitivos de las personas.

Podemos juzgar las acciones, pero no conocemos totalmente el corazón de quien las realiza. Podemos y debemos llamar mal a lo que es malo, pero no tenemos autoridad para declarar que una persona está definitivamente perdida. Solo Dios conoce la historia completa de cada ser humano, sus heridas, sus luchas y las posibilidades de conversión que todavía guarda en su interior.

Además, el trigo y la cizaña no crecen solamente en el mundo o en otras personas. También crecen dentro de nosotros. En nuestro corazón hay generosidad, pero también egoísmo; deseos de servir, pero también búsqueda de reconocimiento; momentos de fe y momentos de duda; capacidad de perdonar y resistencias al perdón.

Antes de señalar la cizaña en el terreno ajeno, tendríamos que mirar nuestro propio corazón. Quizá aquello que queremos arrancar violentamente del otro también está presente, de otra manera, dentro de nosotros.

La paciencia de Dios no significa que el mal tendrá la última palabra. Habrá una cosecha y un juicio. Dios distinguirá definitivamente el trigo de la cizaña. Pero ese juicio le corresponde a Él. Nosotros no somos los dueños del campo ni los señores de la cosecha. Nuestra tarea es cuidar el trigo, sembrar el bien, corregir con caridad y dejar abierta la puerta de la conversión.

3. La fuerza de lo pequeño

Las otras dos parábolas completan el mensaje. Jesús compara el Reino con un grano de mostaza. Es una semilla pequeña, casi insignificante, pero crece hasta convertirse en un arbusto capaz de ofrecer refugio a las aves.

Nosotros solemos medir el valor de las cosas por su tamaño, su publicidad o sus resultados inmediatos. Dios, en cambio, comienza con lo pequeño: una semilla, un pesebre, un grupo reducido de discípulos, una palabra pronunciada con amor, un vaso de agua, un gesto de perdón.

No debemos despreciar los pequeños actos de bien. Tal vez una palabra de consuelo no resuelva todos los problemas de una persona, pero puede impedir que se sienta sola. Una visita a un enfermo no elimina su enfermedad, pero le comunica la cercanía de Dios. Una catequesis sencilla puede sembrar una fe que dará fruto muchos años después. Una reconciliación familiar puede cortar una cadena de resentimientos transmitida de generación en generación.

Lo mismo enseña la parábola de la levadura. Una pequeña cantidad queda escondida en la masa, pero termina fermentándola toda. La levadura trabaja desde dentro y en silencio. Así actúa el Reino de Dios.

No todo lo que transforma la historia aparece en las noticias. El Reino crece silenciosamente en la madre que educa a sus hijos en la fe, en el campesino que trabaja honradamente, en quien cuida con paciencia a un adulto mayor, en el joven que rechaza una propuesta deshonesta, en quien perdona sin recibir disculpas, en las comunidades que se reúnen para celebrar la Eucaristía y ayudarse fraternalmente.

A veces pensamos que nada está cambiando porque no vemos resultados espectaculares. Pero la levadura está trabajando. La gracia de Dios obra incluso cuando no podemos percibirla.

4. El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad

San Pablo, en la segunda lectura, reconoce una realidad que todos experimentamos:

«El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad, porque nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene».

Hay situaciones en las que no sabemos qué decirle a Dios. Nos sentimos confundidos ante una enfermedad, una pérdida, un conflicto familiar o la persistencia del mal. Incluso podemos cansarnos de esperar.

En esos momentos, el Espíritu Santo ora en nosotros «con gemidos inefables». Nuestra oración no depende únicamente de nuestra capacidad para encontrar palabras hermosas. A veces basta permanecer ante Dios, presentarle nuestro cansancio y decirle: “Señor, tú conoces mi corazón”. El Espíritu transforma ese silencio, esas lágrimas y esa pobreza en oración.

Él nos da también la paciencia necesaria para respetar los procesos de Dios. Nos ayuda a no confundir paciencia con pasividad ni firmeza con violencia. Nos enseña a trabajar por el bien sin desesperarnos cuando los frutos tardan en aparecer.

5. ¿Qué nos pide hoy el Señor?

La Palabra nos deja tres compromisos concretos.

Primero, permanecer vigilantes. No podemos dormirnos espiritualmente. Necesitamos cuidar la oración, la Eucaristía, la Palabra de Dios y nuestras relaciones familiares y comunitarias. El enemigo aprovecha cualquier descuido para sembrar discordia.

Segundo, practicar la paciencia misericordiosa. No apresurarnos a condenar, no alimentar chismes ni cerrar a nadie la posibilidad de cambiar. La corrección cristiana siempre debe buscar la salvación del hermano, no su humillación.

Tercero, confiar en la fuerza de lo pequeño. No pensemos que nuestros gestos de bondad son inútiles. Cada palabra de consuelo, cada acto de servicio, cada oración y cada esfuerzo por construir comunión son semillas del Reino.

Queridos hermanos: el campo pertenece a Dios y la buena semilla sigue creciendo. Puede haber mucha cizaña en el mundo, en la Iglesia, en nuestras comunidades y en nosotros mismos, pero el mal no tendrá la última palabra. El Señor de la cosecha permanece vigilante.

Pidámosle en esta Eucaristía que nos libre de la impaciencia y del deseo de juzgar; que nos dé un corazón firme frente al mal, pero misericordioso con las personas; y que nos enseñe a confiar en la fuerza escondida de su Reino.

Señor, tú que eres bueno y clemente, danos tu paciencia. Haznos vigilantes para proteger la buena semilla, humildes para reconocer nuestra propia cizaña y perseverantes para sembrar el bien. Que tu Espíritu venga en ayuda de nuestra debilidad y convierta nuestra vida en levadura de fraternidad, misericordia y esperanza. Amén.

 

21 de julio del 2026: martes de la decimosexta semana del tiempo ordinario II- San Lorenzo de Brindis, Obispo y Doctor de la Iglesia

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