Puertas abiertas
Comparar
a Dios, que escucha nuestras oraciones, con ese hombre ya acostado, que no
quiere ser molestado, se niega a levantarse, a abrir su puerta para sacar de un
apuro a un amigo, y termina cediendo ante su insistencia, puede sorprendernos.
Sin embargo, Jesús nos conduce, a través de esta escena familiar, hacia una
confianza más grande: si un hombre termina prestando un servicio a pesar de su
cansancio, ¡cuánto más acogerá nuestro Padre a quienes se vuelven hacia él!
Pedir,
buscar, llamar: estos tres verbos nos invitan a perseverar en la oración.
Podemos confiarle todo al Señor: nuestras necesidades, nuestras inquietudes,
nuestras decepciones, pero también la angustia de quienes esperan nuestra ayuda.
El amigo de la parábola pide pan para alguien a quien acaba de recibir. Su
oración nos enseña así a presentar a los demás ante Dios.
Jesús nos revela finalmente el don más precioso que el Padre quiere hacernos: el Espíritu Santo. Él ilumina nuestro camino, sostiene nuestra esperanza y nos enseña a amar. La respuesta de Dios puede sorprendernos y llegar por caminos inesperados. Perseveremos, pues, con confianza: su corazón está abierto para nosotros. Y dejemos que su Espíritu abra nuestras propias puertas a quienes llaman.
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Primera lectura
Gál
3, 1-5
¿Recibieron
el Espíritu por las obras de la ley o por haber escuchado con fe?
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Gálatas.
¡OH, insensatos Gálatas!
¿Quién los ha fascinado a ustedes, a cuyos ojos se presentó a Cristo
crucificado?
Solo quiero que me contesten a esto: ¿Recibieron el Espíritu
por las obras de la ley o por haber escuchado con fe?
¿Tan insensatos son? ¿Empezaron por el Espíritu para terminar con la carne?
¿Han vivido en vano tantas experiencias? Y si fuera en vano…
Vamos a ver: el que les concede el Espíritu y obra prodigios entre ustedes, ¿lo
hace por las obras de la ley o por haber escuchado con fe?
Palabra de Dios.
Salmo
Lc
1, 69-70. 71-72. 73-75 (R.: cf. 68)
R.
Bendito sea el Señor, Dios de Israel,
porque ha visitado a su pueblo.
V. Suscitándonos una
fuerza de salvación
en la casa de David, su siervo,
según lo había predicho desde antiguo
por boca de sus santos profetas. R.
V.
Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos
y de la mano de todos los que nos odian;
realizando la misericordia que tuvo con nuestros padres,
recordando su santa alianza. R.
V.
Y el juramento que juró a nuestro padre Abrahán para
concedernos
que, libres de temor, arrancados de la mano de los
enemigos,
le sirvamos con santidad y justicia,
en su presencia, todos nuestros días. R.
Aclamación
R. Aleluya, aleluya,
aleluya.
V.
Abre, Señor, nuestro corazón,
para que aceptemos las palabras de tu Hijo. R.
Evangelio
Lc
11, 5-13
Pidan
y se les dará
Lectura del santo Evangelio según san Lucas.
EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Supongan que alguno de ustedes tiene un amigo, y viene durante la medianoche y
le dice:
“Amigo, préstame tres panes, pues uno de mis amigos ha venido de viaje y no
tengo nada que ofrecerle”; y, desde dentro, aquel le responde:
“No me molestes; la puerta ya está cerrada; mis niños y yo estamos acostados;
no puedo levantarme para dártelos”; les digo que, si no se levanta y se los da
por ser amigo suyo, al menos por su importunidad se levantará y le dará cuanto
necesite.
Pues yo les digo a ustedes: pidan y se les dará, busquen y hallarán, llamen y
se les abrirá; porque todo el que pide recibe, y el que busca halla, y al que
llama se le abre.
¿Qué padre entre ustedes, si su hijo le pide un pez, le dará una serpiente en
lugar del pez? ¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión?
Si ustedes, pues, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¿cuánto
más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que le piden?».
Palabra del Señor.
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Puertas abiertas: recibir el Espíritu y
compartir sus dones
Queridos
hermanos:
Una
puerta que se abre cuando necesitamos ayuda puede devolvernos la esperanza.
Pensemos en alguien que nos recibe cuando estamos preocupados, que escucha
nuestra dificultad o que comparte lo que tiene. En esos gestos sencillos
descubrimos cuánto bien hace encontrar un corazón disponible.
El
Evangelio de hoy nos presenta una puerta cerrada. Es medianoche. Un hombre
necesita pan para atender a un amigo que acaba de llegar de viaje. Acude a un
vecino, llama y encuentra resistencia: todos están acostados. Sin embargo,
insiste, porque alguien espera recibir alimento en su casa.
Esta
escena nos introduce en la oración confiada y nos ayuda a comprender también
nuestra misión como Iglesia: acudir
a Dios para recibir lo que necesitamos compartir con nuestros hermanos.
Para
entender mejor la primera lectura, recordemos brevemente lo que hemos escuchado
estos días de la carta a los Gálatas.
El
lunes, Pablo nos invitaba a permanecer fieles al Evangelio recibido. Estaba
preocupado porque algunos confundían a la comunidad y la apartaban de la gracia
de Cristo. Recordaba que el Evangelio que anunciaba procedía de Jesucristo y
que su misión debía buscar la fidelidad a Dios por encima de la aprobación
humana.
El
martes, el apóstol compartía su propia historia: había perseguido a la Iglesia,
pero Dios lo llamó por su gracia y le reveló a su Hijo para que lo anunciara a
los pueblos. Su vida mostraba la fuerza transformadora del encuentro con
Cristo. Quien había intentado destruir la fe se convirtió en su anunciador.
Ayer
escuchábamos su encuentro con los apóstoles en Jerusalén: reconocieron la
gracia recibida por Pablo y le tendieron la mano en señal de comunión,
pidiéndole que recordara a los pobres. También escuchábamos su corrección a
Pedro cuando, por miedo, se apartaba de los cristianos procedentes del
paganismo. La verdad del Evangelio debía reflejarse en la fraternidad.
Así,
estos días nos han dejado tres enseñanzas: fidelidad al Evangelio, gratitud por
la gracia que transforma nuestra vida y coherencia para vivir como hermanos.
Hoy
Pablo llega al corazón de su preocupación. Les recuerda a los gálatas a
Jesucristo crucificado y les pregunta cómo recibieron el Espíritu: por el
cumplimiento de la Ley o por haber acogido con fe el anuncio del Evangelio.
Quiere que reconozcan la iniciativa de Dios y permanezcan abiertos a su acción.
También
nosotros necesitamos recordar de dónde viene nuestra fuerza. La vida cristiana
nace de la gracia y crece cuando colaboramos con ella. Nuestras obras buenas
expresan esa respuesta: la fe recibida se convierte en caridad, servicio,
reconciliación y perseverancia.
Esto
ilumina nuestra intención de hoy por la obra evangelizadora. Organizamos
catequesis, celebraciones, visitas y encuentros; preparamos mensajes y buscamos
caminos para anunciar a Jesús. Todo ello necesita alimentarse del trato con el
Señor. El evangelizador también necesita dejarse evangelizar, escuchar la
Palabra y pedir cada día la ayuda del Espíritu.
Por
eso podemos decirle: Señor, renueva en nosotros la alegría de haberte
encontrado. Que nuestras ocupaciones conserven siempre espacio para escucharte.
El
salmo responsorial de hoy es el cántico
de Zacarías. Con él bendecimos al Señor porque ha visitado a su
pueblo. Recordamos su fidelidad a la alianza, su misericordia y su promesa a
Abrahán. Dios viene a liberarnos para que podamos servirlo sin temor, con
santidad y justicia, durante toda nuestra vida.
Detengámonos
en esa expresión: servirlo sin temor. Cuántas veces el miedo detiene nuestros
pasos. Miedo a hablar de la fe, a comprometernos con la comunidad, a aceptar
una responsabilidad; miedo, también, a escuchar una posible llamada al
sacerdocio o a la vida consagrada.
El
cántico nos invita a apoyarnos en la fidelidad de Dios. Podemos ofrecerle
nuestra vida porque él sostiene a quienes llama. La santidad y la justicia que
cantamos deben hacerse visibles en nuestra manera de trabajar, de tratar a los
demás y de cumplir nuestros compromisos.
Con
esta confianza volvemos al Evangelio. Jesús conoce nuestras dificultades para
perseverar y nos anima: «Pidan
y se les dará; busquen y encontrarán; llamen y se les abrirá».
La escena culmina con una promesa: el Padre dará el Espíritu Santo a quienes se
lo pidan.
La
comparación con el vecino que acaba levantándose nos lleva a confiar en la
generosidad mucho mayor del Padre. Podemos acercarnos a él con nuestras
necesidades, incluso cuando nos sentimos pobres, cansados o sin palabras.
A
veces llevamos mucho tiempo rezando por una persona, una dificultad familiar o
una necesidad de nuestra comunidad. La espera puede doler. Jesús nos invita a
permanecer en esa relación de confianza. Podemos expresarle al Padre nuestra
impaciencia, nuestro desconcierto y nuestras lágrimas. La oración también puede
ser ese sencillo acto de permanecer ante él cuando todavía no comprendemos el
camino.
Y
pidamos su Espíritu. Él nos ayuda a discernir, nos fortalece para hacer el bien
y nos enseña a amar dentro de las circunstancias que estamos viviendo.
Hay
un detalle precioso en la parábola: aquel hombre busca pan para ofrecerlo a
otro. Su insistencia nace de la hospitalidad. Ha acogido a alguien y reconoce
que necesita ayuda para atenderlo.
¡Qué
hermosa imagen de la Iglesia que evangeliza! Recibimos a personas que buscan
sentido, consuelo, perdón o una palabra de esperanza. Ante sus necesidades
también reconocemos nuestra pobreza. Por eso acudimos al Señor: danos tu luz
para orientar, tu paciencia para escuchar y tu caridad para acompañar.
Hoy
presentemos ante él a los misioneros, los catequistas, los sacerdotes, los
consagrados y los laicos que anuncian el Evangelio. Recordemos a quienes
evangelizan en las familias, en las escuelas, en las veredas y a través de los
medios de comunicación.
Pidamos
también nuevas vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada, y perseverancia
para quienes ya respondieron. Esa oración nos compromete a acompañar a los
jóvenes, escuchar sus preguntas y ofrecerles comunidades donde puedan descubrir
la alegría de servir a Dios.
Al
acercarnos a la Eucaristía, pongamos ante Jesús nuestra pobreza y nuestra
disponibilidad. Él nos alimenta con su propia vida y nos envía a compartir sus
dones.
Dejemos
que una pregunta acompañe nuestra jornada: ¿Para quién me está pidiendo el Señor que abra hoy la
puerta de mi corazón?
Padre
bueno, gracias por visitarnos y sostener a tu Iglesia. Danos tu Espíritu Santo.
Renueva nuestra fe y enséñanos a perseverar en la oración.
Bendice
la obra evangelizadora de la Iglesia. Fortalece a quienes están cansados,
acompaña a quienes anuncian tu Palabra en medio de dificultades y despierta en
nuestras comunidades el deseo de compartir el Evangelio.
Regálanos
vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada. Concede libertad y generosidad
a quienes llamas, y fidelidad a quienes han puesto su vida a tu servicio.
Virgen
María, ayúdanos a escuchar al Señor y a responder con disponibilidad. Acompaña
a nuestros evangelizadores y enséñanos a llevar a Jesús a nuestros hermanos.
Amén.





