domingo, 11 de enero de 2026

12 de enero del 2026: lunes de la primera semana del tiempo ordinario-año II


Una vida decidida por Cristo

(Mc 1,14-20), Marcos nos coloca en el comienzo de la misión pública: Jesús anuncia con fuerza: “Se ha cumplido el tiempo… conviértanse y crean en el Evangelio”. Y enseguida llama a Simón, Andrés, Santiago y Juan. No los llama cuando ya están listos, sino mientras trabajan, en lo cotidiano, con las manos ocupadas y el corazón quizá lleno de preguntas. Y la respuesta es inmediata: “dejaron las redes… y lo siguieron.” Es el milagro de una vida que se decide por Cristo.

G.Q

 


Primera lectura

1 Sam 1, 1-8

Su rival importunaba a Ana, pues el Señor la había hecho estéril

Comienzo del primer libro de Samuel.

HABÍA un hombre de Ha Ramatáin Sufín, en la montaña de Efraín, llamado Elcaná, hijo de Yeroján, hijo de Elihú, hijo de Toju, hijo de Suf, efrateo. Tenía dos mujeres: la primera
se llamaba Ana y la segunda Feniná. Feniná tenía hijos, pero Ana no los tenía.
Ese hombre subía desde su ciudad de año en año a adorar y ofrecer sacrificios al Señor del universo en Siló, donde estaban de sacerdotes del Señor los dos hijos de Elí: Jofní
y Pinjás.
Llegado el día, Elcaná ofrecía sacrificios y entregaba porciones de la víctima a su esposa Feniná y a todos sus hijos e hijas, mientras que a Ana le entregaba una porción doble, porque la amaba, aunque el Señor la había hecho estéril. Su rival la importunaba con insolencia hasta humillarla, pues el Señor la había hecho estéril.
Así hacía Elcaná año tras año, cada vez que subía a la casa del Señor; y así Feniná la molestaba del mismo modo. Por tal motivo, ella lloraba y no quería comer.
Su marido Elcaná le preguntaba: «¿Ana, por qué lloras y por qué no comes? ¿Por qué está apenado tu corazón? ¿Acaso no soy para ti mejor que diez
hijos?».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 115, 12-13. 14 y 17. 18-19 (R.: 17a)

R. Te ofreceré, Señor, un sacrificio de alabanza.

O bien:

R. Aleluya.

V. ¿Cómo pagaré al Señor
todo el bien que me ha hecho?
Alzaré la copa de la salvación,
invocando el nombre del Señor. 
R.

V. Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo.
Te ofreceré un sacrificio de alabanza,
invocando el nombre del Señor. 
R.

V. Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo,
en el atrio de la casa del Señor,
en medio de ti, Jerusalén. 
R.


 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Está cerca el reino de Dios —dice el Señor; conviértanse y crean en el Evangelio. R.

 

Evangelio

Mc 1, 14-20

Conviértanse y crean en el Evangelio

Lectura del santo Evangelio según san Marcos.

DESPUÉS de que Juan fue entregado, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios; decía:
«Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios. Conviértanse y crean en el Evangelio».
Pasando junto al mar de Galilea, vio a Simón y a Andrés, el hermano de Simón, echando las redes en el mar, pues eran pescadores.
Jesús les dijo:
«Vengan en pos de mí y los haré pescadores de hombres».
Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron.
Un poco más adelante vio a Santiago, el de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca restaurando las redes. A continuación los llamó, dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros y se marcharon en pos de él.

Palabra del Señor.

 

 

 

1

 

Hermanos y hermanas, comenzamos esta primera semana del Tiempo Ordinario con una Palabra que no se queda en lo superficial: entra en lo que duele, en lo que pesa, en lo que a veces no sabemos ni explicar. Hoy la liturgia nos pone delante a Ana, mujer de corazón herido; nos hace cantar un salmo de gratitud; y nos presenta a Jesús iniciando su misión con una llamada que cambia la vida: “Conviértanse… crean… síganme”. En medio de todo, traemos una intención muy concreta y muy humana: orar por nuestros difuntos, por quienes amamos y ya no vemos, pero que no dejamos de llevar en el alma.

5)   Ana: el dolor que se vuelve oración (1S 1,1-8)

La primera lectura nos muestra a Ana en una situación profundamente dolorosa: su esterilidad no es solo una condición física; en su cultura era también motivo de humillación, de comentarios, de heridas que se repiten. Ana va al santuario, participa del culto, pero su corazón está quebrado. Y hay un detalle precioso: Elcaná la ama, le dice palabras buenas, le da una porción especial… pero eso no le quita la pena.

Esto nos enseña algo muy real: hay dolores que ni el amor de los demás puede borrar del todo. Y uno de esos dolores es el duelo. Cuando muere alguien querido, podemos estar acompañados, podemos recibir palabras hermosas, pero hay una parte del corazón que solo Dios puede consolar. El duelo es como una “esterilidad” del alma: el lugar donde esa persona estaba, queda silencioso; y a veces sentimos que la vida se nos “detiene”.

Pero la gracia de Ana es que no se encierra, no se queda únicamente en el reproche o en la tristeza: lleva su herida a Dios. Y esa es una enseñanza pastoral inmensa: cuando la muerte nos visita, la fe no nos quita las lágrimas, pero nos da un lugar donde llorar con sentido. El Señor no desprecia un corazón herido; lo escucha.

Hoy, al presentar en el altar a nuestros difuntos, podemos decirle al Señor:
“Padre, mira mi vacío… mira mi nostalgia… mira esta ausencia… Yo no sé explicarlo, pero te lo entrego”.

2) “¿Cómo pagaré al Señor?”: la gratitud que sana (Sal 116/115)

El salmo responde con una pregunta que parece sencilla pero es profunda:
“¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?”

Cuando estamos de duelo, solemos quedarnos en lo que nos falta (y es natural), pero el salmo nos invita también a mirar lo que Dios nos dio: la vida compartida, los momentos, la historia, el amor recibido. Y ahí la gratitud se vuelve medicina.

Orar por los difuntos no es solo pedir: es también dar gracias. Dar gracias por lo que fueron, por lo que sembraron, por lo que nos enseñaron. Y el salmo nos muestra el modo: “Te ofreceré un sacrificio de alabanza”. Para nosotros ese “sacrificio” se concreta de manera suprema en la Eucaristía: la Misa es el gran acto de gratitud y, al mismo tiempo, la súplica más fuerte por quienes han partido.

Hoy, entonces, nuestra oración por los difuntos no nace de la desesperación, sino de la fe agradecida:
“Señor, gracias por su vida; ahora recíbelo(a) en tu paz”.

3) “Se ha cumplido el tiempo”: Jesús abre un futuro (Mc 1,14-20)

El Evangelio comienza con una frase poderosa:
“Se ha cumplido el tiempo y el Reino de Dios está cerca”.
Y luego: “Conviértanse y crean en el Evangelio”.

Notemos: Jesús no viene a anunciar que todo será fácil, sino que Dios está cerca, que la historia humana no está abandonada, y que el tiempo —incluso el tiempo del dolor— puede transformarse en tiempo de salvación.

Y de inmediato llama a cuatro pescadores. Ellos están en lo cotidiano: redes, barca, trabajo. Jesús les dice: “Vengan conmigo”. Y el Evangelio repite como un golpe de gracia: dejaron. Dejaron redes, dejaron seguridades, dejaron incluso un esquema de vida.

Aquí aparece una luz muy importante para nuestro duelo: hay pérdidas que no elegimos (la muerte de un ser querido), pero también hay “redes” que la vida nos invita a soltar para poder seguir caminando. No soltamos el amor por nuestros difuntos —eso nunca—, pero sí podemos soltar la desesperanza, la culpa estéril, el resentimiento con la vida, la parálisis, esa forma de dolor que nos encierra.

En el duelo, Cristo nos llama con ternura:
“Ven conmigo… no te quedes atrapado en la orilla de la ausencia. Camina. Yo estoy.”

4) Nuestros difuntos: no los perdemos en Dios, los encomendamos

Como cristianos no hablamos de la muerte como un muro final, sino como un paso que solo Dios atraviesa plenamente. Nuestra esperanza no es ingenuidad: nace de Cristo, que vino a traer el Reino, que nos llama, y que sostiene la historia. Por eso, hoy ponemos nombres en el corazón: padres, madres, hermanos, amigos, benefactores, feligreses… y también aquellos difuntos por los que nadie ora.

Y lo hacemos con confianza, porque el amor de Dios no es más pequeño que nuestro amor. Si nosotros los amamos, ¡cuánto más los ama Él!

5) Tres llamadas para comenzar bien esta semana

1.    Como Ana: no escondas tu herida; preséntala al Señor. La oración no es maquillaje del dolor, es verdad delante de Dios.

2.    Como el salmo: agradece. La gratitud abre ventanas donde el duelo había puesto paredes.

3.    Como los discípulos: escucha la voz de Jesús y da un paso. Hoy quizá tu “red” a dejar sea la resignación amarga, o el miedo a vivir, o la tristeza que te roba la fe.

Oración final (por los difuntos)

Señor Jesús,
tú que pasas por nuestras orillas y nos llamas por nuestro nombre,
recibe en tu misericordia a nuestros difuntos.
Dales el descanso eterno y haz brillar para ellos la luz perpetua.
Consuela a quienes lloran, fortalece a quienes recuerdan,
y enséñanos a vivir con fe, agradecimiento y esperanza,
hasta el día en que, en tu Reino, nos reunamos en la alegría que no termina.

Amén.

 

2

 

1) Introducción: Dios no llega tarde

Hermanos y hermanas, hoy la Palabra nos pone en el umbral de un tiempo nuevo: “Se ha cumplido el tiempo; el Reino de Dios está cerca” (Mc 1,15). No es una frase bonita: es un anuncio que parte la historia en dos. Dios no está lejos. Dios no está ausente. Dios no llega tarde. Hoy —en este instante— el Señor vuelve a pasar por la orilla de nuestra vida y repite su llamada: “Conviértanse… crean en el Evangelio… vengan conmigo.”
Y, desde esa certeza, elevamos nuestra intención: oramos por nuestros difuntos, porque también para ellos —y para nosotros— Cristo sigue siendo la esperanza.

2) La escena del Evangelio: una llamada sin demora (Mc 1,14-20)

Imaginemos la escena: un día normal en Galilea. Redes, agua, barcas, cansancio. Nada extraordinario… y, sin embargo, lo más extraordinario sucede: pasa Jesús. No llega con espectáculo; llega con Palabra. No conquista con poder humano; conquista con autoridad interior:
“Conviértanse y crean.”
Después, mirando a los pescadores, les dice: “Vengan conmigo y los haré pescadores de hombres.”

Lo impresionante es la respuesta: “dejaron las redes… dejaron a su padre… y lo siguieron.” No titubean. No negocian. No posponen. No dudan.

Aquí hay una verdad que debemos grabar: Jesús no solo llamó una vez en la historia; llama hoy. Ese “tiempo de cumplimiento” no se quedó en el pasado: se actualiza cada día. La llamada de Cristo siempre sucede en presente.

3) “Hoy”: el tiempo donde Dios actúa

 “Hoy” es el momento de Dios.
Muchas veces nosotros vivimos aplazando: “mañana cambio”, “luego me confieso”, “cuando tenga tiempo oro”, “cuando se resuelva esto me acerco a Dios”. Pero el Evangelio de Marcos es directo: hoy. Porque la gracia no es un recuerdo; es una visita. Y Jesús pasa… y si uno no lo sigue, se queda mirando cómo se aleja.

Este comienzo del ministerio de Jesús es como una campana que despierta:

  • Conviértanse: cambien de rumbo, vuelvan el corazón a Dios.
  • Crean: confíen en la Buena Noticia, no en el miedo.
  • Síganme: pongan sus pasos en mis huellas.

4) Las “redes” que nos amarran

El Evangelio dice que ellos dejaron las redes. Y nosotros debemos preguntarnos con honestidad: ¿cuáles son mis redes?
Redes pueden ser:

  • apegos que me quitan libertad interior,
  • comodidades que me hacen perezoso para el bien,
  • distracciones que me roban la oración,
  • rencores que me endurecen,
  • pecados repetidos que me hacen sentir “ya no puedo cambiar”.

Y también, en clave humana, hay redes invisibles: el miedo a perder, el temor al qué dirán, la inseguridad, esa voz interior que repite: “tú no sirves”, “tú no eres capaz”. Jesús no te llama porque ya seas perfecto; te llama para hacerte nuevo.

5) Ana y Elcaná: cuando el dolor se vuelve camino (1S 1,1-8)

La primera lectura parece distante del Evangelio, pero está íntimamente unida. Ana vive humillada y herida. Elcaná la ama, pero su dolor permanece. Hay sufrimientos que no se resuelven con una frase o con un abrazo; necesitan ser llevados a Dios.

Ana nos enseña a no congelarnos en la tristeza: llevar la herida al Señor. Y aquí entra nuestra intención por los difuntos. Porque el duelo también puede convertirse en una red: no la red del amor —que es santa— sino la red de la desesperanza, de la culpa, de la amargura, del “ya nada tiene sentido”.
La fe no borra la nostalgia, pero la transforma en oración confiada. Y esa oración tiene fuerza: porque el amor, cuando se entrega a Dios, no se pierde; se purifica y se eleva.

6) El salmo: agradecer en medio de todo (Sal 116/115)

El salmo nos pone en los labios una pregunta luminosa:
“¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?”
Y responde: con una ofrenda, con alabanza, con fidelidad.

Orar por los difuntos es también un acto de gratitud: gracias por lo vivido, por el bien recibido, por la historia compartida. Y es, sobre todo, un acto de fe: creemos que la vida no termina en la tumba; creemos que Dios es Dios de vivos, y que la misericordia de Cristo alcanza a los que partieron.

Por eso, una de las obras de amor más grandes es ofrecer la Eucaristía y la oración por ellos. A veces no podemos cambiar el pasado, pero sí podemos amar en el presente: encomendándolos.

7) Aplicación pastoral: no dudes en volver a Dios

La Palabra de hoy nos pide una respuesta concreta. No una emoción pasajera, sino una decisión. Si Jesús te llama “hoy”, entonces:

  • Hoy perdona.
  • Hoy reza.
  • Hoy vuelve a la confesión si lo necesitas.
  • Hoy ordena tu vida.
  • Hoy deja esa red que te impide amar.
  • Hoy encomienda a tus difuntos con esperanza, no con desesperación.

Porque también en nuestro duelo el Señor dice: “Ven conmigo.” No para borrar el recuerdo, sino para transformarlo en esperanza.

8) Encomendación por los difuntos

En este altar ponemos a nuestros seres queridos difuntos. Tal vez hay nombres que pronuncias en silencio; tal vez hay una ausencia reciente; tal vez hay una memoria antigua que todavía duele. Cristo, que comenzó su misión proclamando la cercanía del Reino, nos asegura que la muerte no tiene la última palabra.

Pidamos la gracia de los primeros discípulos: no hesitar, no aplazar, no endurecernos, no vivir posponiendo a Dios.


Oración final

Señor Jesús,
tú que pasas por nuestra orilla y nos llamas por nuestro nombre,
danos un corazón disponible para seguirte sin demora.
Rompe nuestras redes: las del pecado, las de la comodidad, las del miedo,
y haznos discípulos tuyos, libres y alegres.

Te encomendamos hoy a nuestros difuntos:
acéptalos en tu misericordia, perdona sus faltas,
y llévalos a la luz de tu rostro.
Consuela a quienes los lloramos y fortalece nuestra esperanza
hasta el día del reencuentro en tu Reino.

Amén.

 

sábado, 10 de enero de 2026

11 de enero del 2026: Fiesta del Bautismo del Señor- Ciclo A

 

¿Quién es Jesús?


La escena a la orilla del Jordán que escuchamos en esta fiesta del Bautismo del Señor es mucho más que un simple episodio del Evangelio. Se trata de una revelación, de un comienzo, de una buena noticia para nuestra vida. ¿Quién es Jesús? Juan bautizaba para la conversión de los pecados. Jesús, en cambio, está sin pecado. Entonces, ¿por qué se hace bautizar? Probablemente para ponerse en nuestro lugar, asumir nuestra condición y alcanzar a la humanidad herida.

En el momento en que Jesús sale del agua y el cielo se abre, la Trinidad está actuando. El Padre ama, el Hijo obedece, el Espíritu santifica. Jesús queda confirmado en su identidad. Es el Enviado venido a cumplir la misión anunciada por Isaías: abrir los ojos de los ciegos, liberar a los cautivos, proclamar la justicia y abrirnos a la salvación.

Este bautismo es el punto de partida de la vida pública de Jesús. A partir de este momento, él “pasó haciendo el bien” (cf. Hch 10,38). Jesús proclama la Buena Noticia, cura, levanta, perdona. Este episodio en el Jordán es su consentimiento a la misión confiada por el Padre, un “sí” que lo conducirá hasta la Cruz y la Resurrección.

Nuestro propio bautismo se enraíza en el misterio pascual. Como Jesús, hemos sido sumergidos en el agua y marcados por el Espíritu. Nos hemos convertido en hijos amados del Padre. Y también nosotros tenemos la misión de anunciarlo. Bautizados desde hace mucho tiempo o más recientemente, pidamos la gracia de alegrar el corazón de nuestro Dios.

¿Qué me inspira el episodio del bautismo de Jesús?
¿Qué rostro de Dios puedo identificar en las lecturas del día?
¿Qué me ayuda a alimentar las promesas de mi bautismo?

Karem Bustica, rédactrice en chef de Prions en Église

 


Primera lectura

Is 42, 1-4. 6-7

Miren a mi siervo, en quien me complazco

Lectura del libro de Isaías.

ESTO dice el Señor:
«Miren a mi siervo, a quien sostengo;
mi elegido, en quien me complazco.
He puesto mi espíritu sobre él,
manifestará la justicia a las naciones.
No gritará, no clamará,
no voceará por las calles.
La caña cascada no la quebrará,
la mecha vacilante no la apagará.
Manifestará la justicia con verdad.
No vacilará ni se quebrará,
hasta implantar la justicia en el país.
En su ley esperan las islas.
Yo, el Señor,
te he llamado en mi justicia,
te cogí de la mano, te formé
e hice de ti alianza de un pueblo
y luz de las naciones,
para que abras los ojos de los ciegos,
saques a los cautivos de la cárcel,
de la prisión a los que habitan en tinieblas».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 28, 1b y 2. 3ac-4. 3b y 9c-10 (R.: 11b)

R. El Señor bendice a su pueblo con la paz.

V. Hijos de Dios, aclamen al Señor,
aclamen la gloria del nombre del Señor,
póstrense ante el Señor en el atrio sagrado. 
R.

V. La voz del Señor sobre las aguas,
el Señor sobre las aguas torrenciales.
La voz del Señor es potente,
la voz del Señor es magnífica. 
R.

V. 
El Dios de la gloria ha tronado.
En su templo, un grito unánime: «¡Gloria!».
El Señor se sienta sobre las aguas del diluvio,
el Señor se sienta como rey eterno.
 R.

 

Segunda lectura

Hch 10, 34-38

Ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.

EN aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo:
«Ahora comprendo con toda verdad que Dios no hace acepción de personas, sino que acepta al que le teme y practica la justicia, sea de la nación que sea. Envió su palabra a los hijos de Israel, anunciando la Buena Nueva de la paz que traería Jesucristo, el Señor de todos.
Ustedes conocen lo que sucedió en toda Judea, comenzando por Galilea, después del bautismo que predicó Juan.
Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él».

Palabra de Dios.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Se abrieron los cielos y se oyó la voz del Padre: «Este es mi Hijo, el amado; escúchenlo». R.

 

Evangelio

Mt 3, 13-17

Se bautizó Jesús y vio que el Espíritu de Dios se posaba sobre él

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, vino Jesús desde Galilea al Jordán y se presentó a Juan para que lo bautizara.
Pero Juan intentaba disuadirlo diciéndole:
«Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?».
Jesús le contestó:
«Déjalo ahora. Conviene que así cumplamos toda justicia».
Entonces Juan se lo permitió. Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrieron los cielos y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Y vino una voz de los cielos que decía:
«Este es mi Hijo amado, en quien me complazco».

Palabra del Señor.

 

 

 

1

A orillas del Jordán: no solo un recuerdo, sino un comienzo

 

Hermanos, hoy cerramos el tiempo de Navidad con una escena que parece sencilla, pero es inmensa: Jesús se pone en la fila. El Santo, el sin pecado, entra al Jordán como uno más. Y ahí, en ese gesto, Dios nos está predicando sin discursos: Dios no nos salva desde lejos; nos salva desde dentro.

A veces imaginamos que la fe empieza cuando “ya estoy bien”, cuando “ya cambié”, cuando “ya arreglé mi vida”. Pero hoy Jesús nos enseña lo contrario: el camino comienza tal como estamos, con nuestra humanidad real, herida, incompleta, necesitada. Jesús baja al agua para decirle a toda persona: “No te doy la espalda; me pongo a tu lado”.

1. ¿Por qué Jesús se bautiza si no tiene pecado?

El bautismo de Juan era un bautismo de conversión. Entonces, ¿por qué Jesús entra en esas aguas? El Evangelio sugiere una palabra clave: “conviene” (Mt 3,15). Conviene… ¿a quién? Conviene a nosotros.

Jesús no se bautiza porque necesite purificación, sino porque quiere cargar con nuestra condición. Es como si dijera: “Yo asumo tu historia. Yo me meto en tu río, en tu barro, en tu lucha. Yo no te exijo desde arriba: te acompaño desde abajo”.

Hay personas que viven con una culpa crónica: sienten que no merecen acercarse a Dios. Hoy el Señor entra al Jordán para romper esa mentira interior. Dios no ama porque seamos perfectos; nos hace crecer porque nos ama.

2. Se abre el cielo: Dios revela su rostro

En el Jordán sucede algo decisivo: se abre el cielo. En la Biblia, “cielo abierto” significa que la comunicación se restablece, que la distancia se rompe, que la historia vuelve a tener esperanza.

Y aparece el corazón de la fiesta: la Trinidad en acción.

  • El Padre pronuncia una palabra que sostiene: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco”.
  • El Hijo obedece y se entrega: baja al agua, se solidariza, se dispone a la misión.
  • El Espíritu desciende: no como un premio, sino como un envío, una unción para la misión.

Aquí conviene detenerse un momento, porque esta escena toca una herida muy humana: muchos viven buscando aprobación: “¿soy suficiente?, ¿valgo?, ¿alguien se alegra conmigo?” Hoy Dios Padre responde: en Jesús, y por el bautismo, tú también eres hijo amado. La fe no empieza con “haz más”, sino con “eres mío”. Y desde esa identidad, entonces sí: caminar, madurar, convertirnos.

3. Isaías nos muestra el estilo de Jesús: mansedumbre que libera

La primera lectura (Is 42) presenta al Siervo del Señor: no grita, no rompe la caña resquebrajada, no apaga la mecha que aún humea. Es decir: Dios no trata a los frágiles a golpes.

¡Qué buena noticia para los que llegan hoy cansados, con poca fuerza espiritual, con la fe “humeando”! Dios no viene a humillarte; viene a reanimar la mecha. La santidad no es una exhibición de perfección; es dejarse sostener por el Espíritu para volver a levantarse.

Y la misión está clarísima: “abrir los ojos de los ciegos, sacar a los cautivos” (Is 42,7). Hoy podemos nombrar cegueras y cautiverios actuales: resentimientos que oscurecen, adicciones visibles o invisibles, miedos que paralizan, desesperanzas que encadenan… Jesús entra al Jordán para iniciar una obra de libertad con ternura, no con violencia.

4. “Pasó haciendo el bien”: el cristianismo se nota

En los Hechos de los Apóstoles, Pedro resume la vida pública de Jesús con una frase preciosa: “pasó haciendo el bien” (Hch 10,38). Ese es el fruto de la unción del Espíritu: el bien concreto.

No se trata solo de “creer” ideas correctas, sino de dejarse ungir para hacer el bien: una palabra que repara, un perdón ofrecido, una visita al enfermo, una reconciliación en casa, una ayuda discreta, una defensa del débil, un servicio sin aplausos.

Si alguien preguntara: “¿cómo sé que estoy viviendo mi bautismo?”, una respuesta sería: ¿a mi paso la vida queda un poquito más humana? ¿hay más bien, más verdad, más misericordia?

5. Nuestro bautismo: identidad, pertenencia y misión

Hoy también es una fiesta de memoria: no nostalgia, sino raíz. Nuestro bautismo significa tres cosas muy concretas:

1.    Identidad: “Eres hijo amado”. Antes que méritos, está el amor primero.

2.    Pertenencia: no caminamos solos; somos Iglesia, familia de los bautizados.

3.    Misión: no es un diploma, es un envío. El bautismo no es meta: es comienzo.

Y aquí una pregunta pastoral que vale oro: ¿qué alimenta las promesas bautismales?

  • La oración sencilla y perseverante.
  • La Eucaristía dominical que re-centra la vida.
  • La Palabra de Dios que limpia la mirada.
  • La caridad concreta que evita que la fe se vuelva teoría.
  • Y un examen interior honesto: “Señor, ¿qué cautiverio quieres liberar hoy en mí?”

Un cierre para llevar al corazón

Hermanos, Jesús se bautiza para ponerse a nuestro lado; el Padre lo llama Hijo amado; el Espíritu lo unge para la misión. Ese mismo movimiento quiere repetirse hoy en nosotros: cercanía, identidad y envío.

Pidámosle al Señor la gracia de volver al Jordán de nuestra vida: a ese punto donde Dios nos dijo, quizá en silencio: “Eres mío”. Y desde ahí, con humildad y valentía, renovemos el deseo de vivir como bautizados: pasando por el mundo haciendo el bien.

Oración final (breve):
Señor Jesús, que entraste en el Jordán por amor a nosotros, renueva en tu Iglesia la alegría del bautismo. Abre nuestros ojos, rompe nuestras cadenas, fortalece nuestra mecha vacilante. Que el Padre nos haga sentir hijos amados, y que tu Espíritu nos unja para servir. Amén.

 

2

 

1) Puerta de entrada: el Jordán como umbral de una nueva historia

Hermanos, la fiesta del Bautismo del Señor es un umbral: pasamos de la contemplación del Niño de Belén al inicio de la vida pública del Mesías. En la orilla del Jordán se cruzan dos historias: la del Antiguo y el Nuevo; la de la promesa y el cumplimiento. Juan Bautista, el último gran profeta de la Antigua Alianza, está allí como “bisagra” de los tiempos: señala al Cordero y, al mismo tiempo, se hace pequeño ante Él.

Por eso esta fiesta no es un “recuerdo litúrgico” más: es una proclamación para hoy. El cielo se abre, el Espíritu desciende y el Padre habla. Lo que sucede en Jesús, quiere suceder también en nosotros.


2) Juan Bautista: la humildad que reconoce al que viene

El Evangelio muestra una reacción muy humana en Juan: “Soy yo el que necesita ser bautizado por ti… ¿y tú vienes a mí?” (Mt 3,14). Juan no está actuando por falsa modestia: está diciendo la verdad. Él bautiza para la conversión, para que el pueblo se disponga. Jesús, en cambio, es el Santo, el Sin Pecado.

Aquí hay una enseñanza pastoral: Juan representa la voz interior que, al ver a Dios tan cerca, siente temor y confusión: “¿Cómo puede el Señor entrar en mis aguas turbias?” Y sin embargo, Jesús insiste: “Déjalo ahora… conviene que cumplamos toda justicia” (Mt 3,15).


3) “Cumplir toda justicia”: Jesús se pone en nuestro lugar

¿Qué significa “cumplir toda justicia”? No se trata de legalismo. Es la justicia del amor: la fidelidad del Hijo al plan del Padre para salvarnos. Jesús entra al Jordán no porque lo necesite, sino porque nos ama. Entra para santificar las aguas, para abrir una puerta de gracia, para inaugurar el camino por el que caminará todo discípulo.

En otras palabras: Jesús baja a nuestras aguas para decirnos: “No te salvo desde afuera; me meto contigo. No te miro desde arriba; me pongo a tu lado.”
Ese es el estilo de Dios.


4) La Trinidad se manifiesta: identidad antes que misión

Luego ocurre lo decisivo: se abre el cielo. El Espíritu baja como paloma. Y el Padre proclama: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco” (Mt 3,17).
Aquí está el corazón de la fiesta:

  • El Padre revela el amor: no un juez distante, sino un Padre que se goza en su Hijo.
  • El Hijo revela la obediencia amorosa: se entrega para salvar.
  • El Espíritu revela la unción: la fuerza divina para la misión.

Y atención: primero viene la identidad (“Hijo amado”) y luego la misión (salir a predicar, sanar, liberar). Esto es clave también en la vida espiritual: si una persona vive solo desde el rendimiento (“tengo que hacerlo perfecto”), se agota; pero si vive desde la identidad (“soy amado”), entonces sirve con libertad.


5) Isaías y el estilo del Mesías: mansedumbre que no quiebra

La primera lectura (Is 42) nos muestra el perfil del Siervo de Dios:
“No gritará… no quebrará la caña cascada, no apagará la mecha vacilante…”

Es decir: el Mesías no viene a terminar de romper lo frágil. Viene a restaurar. Viene a abrir los ojos, a sacar de la prisión (Is 42,6-7).
¡Cuánta gente vive hoy con la caña cascada por dentro! Fatiga, culpa, resentimiento, miedo, tristeza, soledad… Y Dios responde no con gritos, sino con una presencia que levanta.


6) “Pasó haciendo el bien”: la unción se traduce en obras

Hechos de los Apóstoles resume la vida pública de Jesús con una frase luminosa: “Pasó haciendo el bien” (Hch 10,38).
La unción del Espíritu no es un adorno piadoso: es una energía para el bien concreto.

Así se discierne una fe viva: cuando el bautizado —con sus límites reales— va dejando a su paso más misericordia, más justicia, más verdad, más esperanza.


7) Nuestro bautismo: encuentro con Cristo y “marca indeleble”

Ahora la fiesta nos vuelve hacia nosotros. La mayoría fuimos bautizados de niños y no recordamos el día. Otros lo recibieron siendo adultos, con plena conciencia. Pero en ambos casos, el bautismo no es un rito social: es un acontecimiento espiritual real.

La Iglesia enseña que el bautismo imprime en el alma un “carácter”, una marca espiritual indeleble (cf. CIC 1272 y 1274): quedamos configurados con Cristo y pertenecemos para siempre a Él y a su Iglesia. Esa marca no se borra, ni siquiera por el pecado.

Aquí vale una distinción que ayuda mucho pastoralmente:

  • La marca permanece siempre.
  • Pero la gracia santificante puede debilitarse o perderse por el pecado grave.

Por eso Dios, que nos marcó para siempre, también nos dio un camino de regreso: el Sacramento de la Reconciliación, que restaura la vida de gracia; y la Eucaristía, que la alimenta y la hace crecer.

Dicho simple: el bautismo es una fuente. Si la tapo con el pecado, el agua sigue ahí; debo destaparla, volver, reconciliarme, beber de nuevo.


8) Aplicación psicológica y espiritual: vivir desde la voz del Padre

Muchos cargan una voz interior dura: “no vales”, “no alcanzas”, “Dios está cansado de ti”. La fiesta de hoy ofrece un antídoto: la voz del Padre que dice: “Hijo amado”.

Volver al bautismo es volver a esa verdad fundamental: mi dignidad no depende de mi rendimiento, sino de mi pertenencia.
Y desde ahí, sí: luchar, corregir, convertirnos, levantarnos, pedir perdón, recomenzar.


9) Llamado concreto: renovar hoy las promesas bautismales

En esta fiesta, el Señor nos invita a tres acciones sencillas y muy poderosas:

1.    Recordar: ¿quién soy? Hijo, hija amada de Dios.

2.    Volver: si el pecado apagó la gracia, regresar por la confesión.

3.    Caminar: vivir la unción del Espíritu haciendo el bien, como Jesús.

Y una pregunta para llevar a casa:
¿Qué me ayuda a alimentar las promesas de mi bautismo?
La Palabra diaria, la Eucaristía dominical, un examen de conciencia honesto, el servicio concreto, y una devoción sencilla al Espíritu Santo.


10) Conclusión: del Jordán a la vida cotidiana

Hermanos, hoy Jesús entra al Jordán para santificar las aguas y abrirnos el camino. Y hoy también nosotros, marcados para siempre, volvemos a la fuente.

Que esta fiesta nos haga recuperar el gozo de la identidad cristiana: somos del Señor, estamos marcados por Él, y enviados a “pasar haciendo el bien”.


Oración final (para proclamar)

Señor Jesús, que quisiste entrar en las aguas por amor a nosotros, reaviva en mi alma la gracia de mi bautismo.
Hazme vivir como hijo amado del Padre, dócil a tu voluntad y abierto a tu Espíritu.
Límpiame de todo pecado, restáurame por tu misericordia y fortaléceme con la Eucaristía.
Que la marca que llevas en mi alma se traduzca en una vida que pasa haciendo el bien.
Jesús, en Ti confío.
Amén.

 

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1) Introducción: cuando se abre el cielo para nuestra historia

Hermanos, con la fiesta del Bautismo del Señor termina el tiempo de Navidad y comienza, por decirlo así, el camino “adulto” de Jesús: su vida pública. Pero no empezamos con un milagro espectacular, sino con un gesto de humildad: Jesús entra al Jordán.

Y este episodio no es un simple recuerdo. Es revelación y comienzo: revelación porque aparece la Trinidad —Padre, Hijo y Espíritu Santo—; y comienzo porque desde aquí Jesús “pasará haciendo el bien” (Hch 10,38). En el Jordán, el cielo se abre… para que también se abra nuestra vida.


2) Homilía starter: una escena que nos ayuda a entender

Imaginemos a una persona que decide ayudar a un grupo de enfermos rechazados por todos. Podría hacerlo desde lejos, con cierta protección, “sin involucrarse demasiado”. Pero un día entiende que, si quiere curar de verdad heridas profundas, tiene que habitar el mismo dolor. Solo entonces nace la confianza, y solo entonces se vuelve creíble su palabra.

Así hace Jesús: no mira a los pecadores desde la orilla; entra a las aguas con ellos. No se pone por encima; se pone al lado. Eso es salvación con rostro humano.


3) El texto del Evangelio: “Déjalo ahora… conviene”

Juan intenta impedirlo: “Soy yo el que necesita ser bautizado por ti” (Mt 3,14). Pero Jesús responde: “Déjalo ahora, conviene que cumplamos toda justicia” (Mt 3,15).

Esa frase es clave. “Cumplir la justicia” no es cumplir un trámite; es cumplir el plan de amor del Padre. Jesús, sin pecado, recibe un bautismo de conversión para identificarse con nosotros y para santificar las aguas: abrir el acceso a la gracia, inaugurar un camino.

Aquí hay un mensaje muy consolador: cuando te sientas indigno o lejos, recuerda esto: Cristo no te esperó limpio para acercarse; se acercó para limpiarte.


4) Iluminación desde las lecturas: el Siervo, la Voz, la Unción

Isaías (Is 42) nos presenta al Siervo de Dios con un estilo inconfundible: no grita, no quiebra la caña cascada, no apaga la mecha vacilante. Es decir: Dios no viene a terminar de romper a los frágiles; viene a restaurarlos. Y su misión es concreta: “abrir los ojos”, “sacar a los cautivos”, “liberar” (Is 42,6-7).

El Salmo 29 nos hace oír “la voz del Señor” sobre las aguas. Y en el Evangelio esa voz se vuelve personal: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco” (Mt 3,17). La fe cristiana no empieza con una orden, sino con una declaración de amor.

En Hechos (Hch 10,34-38) Pedro resume la vida de Jesús: Dios lo ungió “con Espíritu Santo y poder” y Jesús “pasó haciendo el bien”. La unción del Jordán no es un adorno espiritual: es fuerza para una vida que sana, levanta y perdona.


5) Punto de inflexión: identidad y misión en una sola escena

El Jordán es un “antes y después”:

  • Momento de decisión: termina la vida oculta y empieza la misión.
  • Momento de identificación: Jesús se pone en la fila con el pueblo.
  • Momento de aprobación: el Padre confirma: “Hijo amado”.
  • Momento de convicción: se comprende el camino: no será por poder político, sino por el Siervo sufriente, la cruz.
  • Momento de equipamiento: el Espíritu desciende, capacita, envía.

Y aquí conviene subrayar algo pastoralmente precioso: antes de cualquier tarea, Dios entrega una identidad. Primero: “Eres amado”. Luego: “Ve”. Cuando una persona vive desde la pura exigencia (“tengo que… debo…”), se quiebra. Cuando vive desde la identidad (“soy hijo amado”), sirve con alegría y firmeza.


6) Aplicación espiritual y psicológica: la voz interior que te define

Muchos creyentes cargan dentro una voz acusadora: “no vales”, “Dios está decepcionado”, “ya no hay remedio”. La fiesta de hoy propone otra voz: la del Padre que afirma.

Volver al bautismo es volver a lo esencial:

  • No soy un accidente.
  • No soy mi pecado.
  • No soy solo mis heridas.
    Soy hijo, soy hija. Y esa dignidad no se negocia.

Por eso el bautismo deja una marca espiritual indeleble: pertenezco a Cristo para siempre. Esa marca no se borra. Pero la gracia puede apagarse si el pecado toma el timón. Y Dios, que nos marcó como suyos, también nos dio un camino de regreso: la Reconciliación, que restaura la gracia, y la Eucaristía, que la acrecienta.


7) Mensajes para la vida: identidad, misión y fidelidad cotidiana

De las reflexiones de hoy salen tres mensajes claros.

(1) Identidad:
Por el bautismo somos hijos e hijas de Dios, hermanos de Jesús, miembros de la Iglesia, templos del Espíritu Santo, herederos del cielo. Entrar al templo y santiguarnos con agua bendita debería recordarnos: “pertenezco al Señor; fui lavado; fui sellado; soy suyo.”

(2) Misión:

  • Reconocer la presencia de Dios en mí y en los demás, honrando, amando y sirviendo.
  • Vivir como hijos de Dios en pensamiento, palabra y obra: de modo que el Padre pueda “complacerse” en nuestra vida.
  • No profanar el cuerpo ni el corazón con impureza, injusticia, intolerancia, celos u odio.
  • Aceptar lo bueno y lo difícil como escuela de santidad: Dios no manda el mal, pero puede transformarlo en crecimiento.
  • Crecer en intimidad con Dios: oración personal y familiar, Palabra meditativa, Misa, confesión frecuente.
  • Ser artesanos del Reino: compasión, justicia y amor; sal y luz.

(3) Gratitud y renovación:
Hoy es día de dar gracias por las gracias bautismales, renovar promesas y predicar el Evangelio con una vida transparente: amor, misericordia, servicio y perdón.


8) Llamado final: volver a la fuente y dejarse enviar

Hermanos, el Bautismo del Señor nos invita a volver a la fuente. Quizá no recuerdas la fecha de tu bautismo, pero sí puedes recuperar su verdad: Dios te llamó hijo, hija; te selló con su Espíritu; te confió una misión.

Hoy, al contemplar a Jesús en el Jordán, renovemos tres decisiones concretas:

1.    Escuchar cada día la voz del Padre en la oración: “Eres mi hijo amado”.

2.    Cuidar la gracia bautismal: si hay pecado grave, volver a la confesión; si hay tibieza, volver a la Eucaristía.

3.    Pasar haciendo el bien: que alguien, esta semana, experimente a Dios gracias a tu misericordia.


Oración final (breve, proclamable)

Señor Jesús, que entraste en el Jordán por amor a nosotros, renueva en mí la gracia de mi bautismo.
Que el Padre me recuerde cada día que soy hijo amado.
Que el Espíritu Santo me unja para vivir la misión con humildad y valentía.
Líbrame del pecado, restaura mi corazón por tu misericordia y hazme pasar por el mundo haciendo el bien.
Jesús, en Ti confío
. Amén.

 

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