sábado, 20 de junio de 2026

21 de junio del 2026: decimosegundo domingo del tiempo ordinario-Ciclo A

 

 Declaraciones

En este discurso en el que envía a sus discípulos en misión, Jesús no hace promesas vacías: la tarea de sus amigos será difícil. Como Él, deberán enfrentar una oposición violenta. Jesús es lúcido y desea que nosotros también lo seamos: seguirlo y hablar en su nombre puede llevarnos por caminos peligrosos.

Denunciar las injusticias, rechazar toda violencia, tomar las armas de la compasión, de la vulnerabilidad y de la paz, todo eso puede ponernos en riesgo. La vida de Jesús es una perfecta ilustración de ello. Sin embargo, al concluir estas advertencias que anuncian días difíciles para los discípulos, Jesús repite varias veces: “No tengan miedo”.

Porque, aunque envía a sus discípulos al encuentro de probables dificultades, Jesús promete una vida que supera la vida del cuerpo y les asegura su apoyo inquebrantable. Les dice que Él se “declarará” a favor de ellos. Por eso, no debemos entender las palabras que concluyen este pasaje como la formulación de una condición al estilo de un intercambio: “yo te doy si tú me das”. Dios no es un padrino de mafia que concede protección a cambio de nuestra sumisión.

Debemos escuchar estas palabras como una buena noticia: en Dios se encuentran nuestra fuerza y nuestra vida. Esa vida ya nos ha sido ofrecida, pero Dios, que respeta infinitamente la libertad de cada persona, espera de nosotros el consentimiento para recibir su apoyo; es decir, espera que también nosotros nos “declaremos” por Él.

¿Cómo resuenan en mí las palabras de Jesús que me aseguran que todo lo que soy cuenta para Dios, hasta el más pequeño de mis cabellos?

¿Qué miedos puedo confiar a Dios para pedirle que me libere de ellos?

Marie-Caroline Bustarret, théologienne, enseignante aux facultés Loyola Paris

 


Primera lectura

Jer 20, 10-13
Libera la vida del pobre de las manos de gente perversa

Lectura del libro de Jeremías.

DIJO Jeremías:
«Oía la acusación de la gente:
“Pavor-en-torno,
Delátenlo, vamos a delatarlo”.
Mis amigos acechaban mi traspié:
“A ver si, engañado, lo sometemos
y podemos vengarnos de él”.
Pero el Señor es mi fuerte defensor:
me persiguen, pero tropiezan impotentes.
Acabarán avergonzados de su fracaso,
con sonrojo eterno que no se olvidará.
Señor del universo, que examinas al honrado
y sondeas las entrañas y el corazón,
¡que yo vea tu venganza sobre ellos,
pues te he encomendado mi causa!
Canten al Señor, alaben al Señor,
que libera la vida del pobre
de las manos de gente perversa».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 68, 8-10. 14 y 17. 33-35 (R.: 14c)

R. Señor, que me escuche tu gran bondad.

V. Por ti he aguantado afrentas,
la vergüenza cubrió mi rostro.
Soy un extraño para mis hermanos,
un extranjero para los hijos de mi madre.
Porque me devora el celo de tu templo,
y las afrentas con que te afrentan caen sobre mí. 
R.

V. Pero mi oración se dirige a ti,
Señor, el día de tu favor;
que me escuche tu gran bondad,
que tu fidelidad me ayude.
Respóndeme, Señor, con la bondad de tu gracia;
por tu gran compasión, vuélvete hacia mí.
 R.

V. Mírenlo, los humildes, y alégrense;
busquen al Señor, y revivirá su corazón.
Que el Señor escucha a sus pobres,
no desprecia a sus cautivos.
Alábenlo el cielo y la tierra,
las aguas y cuanto bulle en ellas. 
R.

 

Segunda lectura

Rom 5, 12-15

No hay proporción entre el delito y el don

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos.

HERMANOS:
Lo mismo que por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así la muerte se propagó a todos los hombres, porque todos pecaron…
Pues, hasta que llegó la ley había pecado en el mundo, pero el pecado no se imputaba porque no había ley. Pese a todo, la muerte reinó desde Adán hasta Moisés, incluso sobre los que no habían pecado con una transgresión como la de Adán, que era figura del que tenía que venir.
Sin embargo, no hay proporción entre el delito y el don: si por el delito de uno solo murieron todos, con mayor razón la gracia de Dios y el don otorgado en virtud de un hombre, Jesucristo, se han desbordado sobre todos.

Palabra de Dios.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. El Espíritu de la verdad dará testimonio de mí —dice el Señor—; y ustedes darán testimonio. R.

 

Evangelio

Mt 10, 26-33

No tengan miedo a los que matan el cuerpo

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«No tengan miedo a los hombres, porque nada hay encubierto, que no llegue a descubrirse; ni nada hay escondido, que no llegue a saberse.
Lo que les digo en la oscuridad, díganlo a la luz, y lo que les digo al oído, pregónenlo desde la azotea.
No tengan miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No; teman al que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la “gehenna”. ¿No se venden un par de gorriones por un céntimo? Y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga su Padre. Pues ustedes hasta los cabellos de la cabeza tienen contados. Por eso, no tengan miedo: valen más ustedes que muchos gorriones.
A quien se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre que está en los cielos».

Palabra del Señor.

 

1

 

Queridos hermanos y hermanas:

La Palabra de Dios de este domingo nos pone frente a una realidad muy humana: el miedo. Todos conocemos el miedo. Miedo al rechazo, miedo a la crítica, miedo a la enfermedad, miedo al fracaso, miedo a la soledad, miedo a perder lo que amamos, miedo al futuro, miedo a que nuestra fe sea incomprendida.

Y Jesús, en el Evangelio, no niega que el miedo exista. No les dice a sus discípulos: “Nada les va a pasar”. Tampoco les promete una misión fácil, cómoda o aplaudida. Al contrario, los envía como testigos en medio de un mundo que muchas veces se resiste a la verdad del Evangelio. Pero en ese contexto les repite tres veces una palabra fundamental: “No tengan miedo”.

Esta frase no es una orden fría. Es una promesa. Jesús no dice: “No tengan miedo porque ustedes son fuertes”. Dice más bien: “No tengan miedo porque ustedes no están solos”. La valentía cristiana no nace de creernos invencibles, sino de saber que Dios camina con nosotros.

La primera lectura nos presenta al profeta Jeremías en un momento doloroso. Él ha sido llamado por Dios para anunciar su Palabra, pero esa misión le trae persecución, burlas y amenazas. Jeremías escucha a sus enemigos decir: “Denunciémoslo”. Incluso quienes parecían estar cerca de él esperan verlo caer.

Qué experiencia tan amarga: hacer el bien y ser incomprendido; decir la verdad y ser rechazado; servir a Dios y recibir sospechas. Jeremías no es un hombre de piedra. Sufre, se queja, se siente rodeado. Pero en medio de esa prueba hace una confesión luminosa: “El Señor está conmigo como fuerte soldado”.

Ahí está la clave. Jeremías no vence porque no tenga miedo. Vence porque, aun con miedo, se apoya en Dios. No calla la verdad, no vende su conciencia, no abandona su misión. Descubre que su seguridad no está en la aprobación de los demás, sino en la fidelidad del Señor.

El salmo prolonga esta misma experiencia. El orante dice: “Por ti he sufrido insultos”. Se siente despreciado por causa de Dios. Pero, en medio de su aflicción, no se encierra en la amargura; eleva su súplica: “Que me escuche tu gran bondad, Señor”. El salmista nos enseña que la fe no elimina necesariamente el sufrimiento, pero nos da un lugar donde depositarlo: el corazón de Dios.

Y entonces llegamos al Evangelio. Jesús dice: “No tengan miedo a los hombres”. No se trata de despreciar a nadie, ni de vivir de manera agresiva o desafiante. Se trata de no entregar la conciencia al miedo. El discípulo de Cristo no puede vivir esclavo del “qué dirán”. No puede ocultar la luz recibida. No puede avergonzarse del Evangelio.

Jesús afirma: “Lo que les digo en la oscuridad, díganlo a la luz; lo que escuchan al oído, proclámenlo desde las azoteas”. La fe no es un secreto para esconder. La fe es una luz para compartir. El cristiano no está llamado a imponer, pero sí a testimoniar. No está llamado a gritar más que los demás, pero sí a hablar con verdad, con humildad y con coherencia.

En nuestros días también hay muchas formas de miedo que pueden silenciar la fe. A veces callamos para no incomodar. A veces preferimos no defender la justicia para evitar problemas. A veces dejamos de hablar de Dios porque pensamos que ya no interesa. A veces suavizamos el Evangelio para que no nos cuestione ni cuestione a nadie.

Pero Jesús nos recuerda que el discípulo no puede vivir escondido. La misión cristiana implica anunciar la verdad, defender la vida, denunciar la injusticia, rechazar la violencia, practicar la compasión, optar por la paz, perdonar, servir y amar incluso cuando eso no sea popular.

En este evangelio Jesús no hace falsas promesas. Él sabe que seguirlo puede conducir por caminos difíciles. Su propia vida lo demuestra. Él fue rechazado, perseguido, condenado y crucificado. Pero justamente por eso su palabra tiene autoridad. Cuando Jesús dice “no teman”, no habla desde la comodidad, sino desde la cruz y desde la resurrección.

Ahora bien, hay una frase del Evangelio que puede llenar de consuelo nuestro corazón: “Hasta los cabellos de la cabeza tienen contados. Por eso, no tengan miedo: ustedes valen más que muchos pajarillos”.

Qué imagen tan sencilla y tan profunda. Para Dios nada de nuestra vida es insignificante. No somos un número perdido en la multitud. No somos una historia anónima. No somos una preocupación secundaria. Dios conoce nuestra vida entera, incluso aquello que nosotros mismos no alcanzamos a comprender. Si hasta nuestros cabellos están contados, entonces también están contadas nuestras lágrimas, nuestras luchas, nuestras heridas, nuestros esfuerzos, nuestras noches de angustia y nuestros pequeños actos de amor.

Esta es una gran noticia para quien se siente olvidado. Para quien cree que nadie ve su sacrificio. Para quien carga una cruz en silencio. Para quien teme no tener fuerzas. Dios ve. Dios conoce. Dios sostiene. Dios no abandona.

San Pablo, en la carta a los Romanos, nos da otra clave. Nos recuerda que por el pecado entró la muerte en el mundo, pero que la gracia de Dios en Jesucristo es mucho más grande que el pecado. Pablo no niega la gravedad del mal. El pecado hiere, divide, destruye y trae muerte. Pero la gracia de Cristo es más fuerte.

Esto es importante: el miedo muchas veces nace cuando sentimos que el mal tiene la última palabra. Miramos la violencia, la injusticia, la enfermedad, la corrupción, la indiferencia, y podemos pensar: “¿Qué sentido tiene seguir creyendo? ¿Qué puede cambiar mi pequeño testimonio?”. San Pablo responde: la gracia de Cristo sobreabunda. El mal existe, pero no es Dios. El pecado hiere, pero no salva. La muerte golpea, pero no vence. La última palabra la tiene Cristo.

Por eso Jesús dice: “Al que se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre del cielo”. Esta frase no debe entenderse como una amenaza comercial, como si Dios dijera: “Si tú haces esto, yo te pago con aquello”. No. Es una invitación de amor. Dios respeta nuestra libertad. Él nos ofrece su vida, su gracia, su apoyo, su amistad. Pero espera que nosotros abramos la puerta. Declararnos por Cristo es consentir su amor, aceptar su Evangelio, confiar en su fuerza y vivir como discípulos suyos.

Declararse por Cristo no es solo decir con los labios: “Creo en Dios”. Es mucho más. Es vivir de tal manera que nuestra vida hable de Él. Es elegir la verdad cuando la mentira parece más útil. Es elegir el perdón cuando el resentimiento parece más fácil. Es elegir la justicia cuando la indiferencia parece más cómoda. Es elegir la paz cuando la violencia parece más rápida. Es elegir la compasión cuando el egoísmo parece más rentable.

También esta Palabra ilumina de manera especial el momento que vive nuestro país. Colombia se prepara para ejercer nuevamente el derecho y el deber democrático del voto. Y un cristiano no puede acercarse a las urnas movido por el odio, por el miedo, por la manipulación, por la presión de otros, por la desinformación o por el fanatismo. El discípulo de Jesús está llamado a actuar con conciencia clara, con libertad interior, con responsabilidad ciudadana y con amor sincero por el bien común.

El Evangelio de hoy nos dice: “No tengan miedo”. También podríamos escucharlo así: no tengan miedo de pensar, de discernir, de orar, de preguntar, de informarse bien, de votar en conciencia. No tengamos miedo de buscar lo que más favorezca la dignidad humana, la vida, la justicia, la paz, la reconciliación, la defensa de los más pobres, la libertad religiosa, la honestidad pública y el respeto por las instituciones democráticas.

El voto no debe ser un acto de rabia, de venganza ni de ciega adhesión a una persona. Debe ser un acto moral, ciudadano y responsable. Por eso, antes de votar, conviene pedir la luz del Espíritu Santo: “Señor, ilumina mi conciencia; líbrame del odio, del engaño y del miedo; ayúdame a elegir pensando no solo en mis intereses, sino en el bien de Colombia”.

Como cristianos, estamos llamados a declararnos por Cristo también en la vida pública. Y declararnos por Cristo significa rechazar la violencia, respetar a quien piensa distinto, cuidar la verdad, no difundir calumnias, no convertir la política en idolatría y no olvidar que ningún candidato, ningún partido y ningún proyecto humano ocupa el lugar de Dios.

Que este ejercicio democrático sea vivido con serenidad, respeto y esperanza. Que cada ciudadano vote libremente, en conciencia, y que después de las elecciones sigamos reconociéndonos como hermanos, hijos de una misma patria y llamados a construir juntos la paz.

Hoy podríamos preguntarnos: ¿de qué miedos necesito ser liberado? ¿Qué me impide vivir mi fe con más alegría y valentía? ¿El miedo a ser criticado? ¿El miedo a perder prestigio? ¿El miedo a no ser comprendido? ¿El miedo a cambiar? ¿El miedo a entregarme más a Dios?

No se trata de negar esos miedos. Se trata de entregarlos al Señor. La oración verdadera no consiste en aparentar fortaleza, sino en decirle a Dios con sinceridad: “Señor, tengo miedo, pero confío en ti. Me siento débil, pero sé que tu gracia es más grande. No quiero esconderme. Ayúdame a declararme por ti con mi vida”.

Queridos hermanos, este domingo el Señor nos invita a una fe valiente, pero también humilde. No somos héroes solitarios. Somos discípulos sostenidos por la gracia. Como Jeremías, podemos sentir oposición; como el salmista, podemos experimentar insultos o incomprensiones; como san Pablo, reconocemos que el pecado ha herido la historia; pero como discípulos de Jesús, sabemos que la gracia es más fuerte, que Dios nos conoce, que nuestra vida vale ante sus ojos y que Cristo se declara por quienes confían en Él.

Que esta Eucaristía renueve en nosotros la confianza. Que el Señor nos libre del miedo que paraliza, del silencio cobarde, de la fe escondida y del corazón resignado. Y que podamos salir de aquí con la certeza de Jesús: “No tengan miedo”.

Porque Dios nos conoce.
Porque Dios nos sostiene.
Porque Dios nos ama.
Porque en Cristo la gracia es más fuerte que el pecado.
Y porque quien se declara por Cristo nunca queda abandonado.

Oremos hoy también por Colombia. Pidamos al Espíritu Santo que ilumine la conciencia de todos los ciudadanos, que nos conceda serenidad para votar, sabiduría para elegir, respeto por quienes piensan distinto y compromiso para construir una patria reconciliada, justa, libre y en paz. Que María Santísima acompañe a nuestro pueblo y nos ayude a buscar siempre el bien común. Amén.

Amén.

 

2

 

Queridos hermanos y hermanas:

La Palabra de Dios de este domingo nos coloca frente a una experiencia profundamente humana: el miedo. Miedo a ser rechazados, miedo a decir la verdad, miedo a perder la aprobación de los demás, miedo al futuro, miedo a que nuestra fe sea malinterpretada, miedo a hablar cuando sería más cómodo callar.

Y, sin embargo, en el Evangelio de hoy Jesús repite con fuerza: “No tengan miedo”.

No lo dice porque la misión del discípulo sea fácil. No lo dice porque no vayan a existir dificultades. No lo dice porque el cristiano vaya a vivir siempre rodeado de aplausos. Jesús es muy realista. Él sabe que quien vive de acuerdo con el Evangelio encontrará oposición. Sabe que quien defiende la verdad, la justicia, la vida, la paz y la dignidad humana puede incomodar. Sabe que quien se declara por Él no siempre será comprendido.

Por eso sus palabras tienen tanto peso: “No tengan miedo a los hombres”. Es decir: no permitan que el miedo les robe la conciencia, la verdad, la fe y la libertad interior.

La primera lectura nos presenta al profeta Jeremías, un hombre llamado por Dios para anunciar su Palabra en medio de un pueblo difícil. Jeremías escucha murmuraciones, amenazas y traiciones. Sus adversarios dicen: “Denunciémoslo”. Incluso sus amigos esperan verlo caer. El profeta experimenta la soledad de quien ha sido fiel a Dios y, precisamente por eso, se vuelve incómodo para los demás.

Pero Jeremías no se derrumba. En medio de la persecución proclama: “El Señor está conmigo como fuerte soldado”. Esta frase revela el secreto de su fortaleza. Jeremías no es fuerte porque no sufra; es fuerte porque confía. No es valiente porque no tenga miedo; es valiente porque sabe que Dios está con él.

También nosotros necesitamos esta certeza. La fe no nos evita todas las pruebas, pero nos da un apoyo que el mundo no puede dar. Cuando somos incomprendidos por hacer el bien, cuando se burlan de nuestra fe, cuando la verdad parece perder fuerza, cuando el mal parece avanzar, podemos decir con Jeremías: “El Señor está conmigo”.

El salmo de hoy continúa esta experiencia de sufrimiento por causa de Dios. El salmista dice: “Por ti he sufrido insultos”. Es la oración de alguien que ama al Señor y, por ese amor, ha conocido la burla, la incomprensión y la humillación. Pero no se queda encerrado en la tristeza. Clama: “Que me escuche tu gran bondad, Señor”.

Esta es una enseñanza preciosa: el creyente no niega su dolor, pero lo pone delante de Dios. No convierte la herida en odio. No transforma la persecución en venganza. Ora. Confía. Espera. Sabe que Dios escucha al pobre, al afligido, al que lucha por permanecer fiel.

En la segunda lectura, san Pablo nos recuerda una verdad decisiva: por el pecado entró la muerte en el mundo, pero por Jesucristo ha llegado una gracia mucho más grande. El mal existe, el pecado hiere, la muerte golpea, la historia humana carga heridas profundas; pero la gracia de Cristo sobreabunda.

Esta es la esperanza cristiana: el pecado no tiene la última palabra. El miedo no tiene la última palabra. La muerte no tiene la última palabra. La última palabra la tiene Jesucristo, que nos ha traído vida, perdón y salvación.

Por eso el Evangelio de hoy nos llama a vivir una fe pública, humilde y valiente. Jesús dice: “Lo que les digo en la oscuridad, díganlo a la luz; lo que escuchan al oído, proclámenlo desde las azoteas”.

Esta frase nos recuerda que Dios muchas veces no nos habla con truenos, ni con visiones extraordinarias, ni con voces audibles. Dios habla de manera silenciosa, discreta y profunda. Habla en la oración. Habla en la conciencia. Habla en una palabra que escuchamos y nos toca el corazón. Habla en una homilía, en un consejo, en una lectura espiritual, en una situación de la vida, en una moción interior que nos dice: “Haz esto”, “evita aquello”, “pide perdón”, “sé fiel”, “no tengas miedo”, “confía en mí”.

La conciencia es ese santuario íntimo donde la persona está a solas con Dios y donde resuena su voz. Por eso formar la conciencia es una tarea seria. No basta con decir: “Yo hago lo que siento”. Tampoco basta con repetir lo que otros dicen. La conciencia cristiana necesita ser iluminada por la Palabra de Dios, por la oración, por la enseñanza de la Iglesia, por la verdad, por la caridad y por el deseo sincero de hacer el bien.

Jesús nos dice que aquello que Dios susurra en la conciencia no puede quedarse escondido. La fe es personal, pero no privada en el sentido de quedar encerrada. La fe debe hacerse vida, testimonio, palabra, servicio, coherencia, compromiso.

Y aquí la Palabra de Dios ilumina también el momento que vive nuestro país. Colombia se dispone a participar en una segunda vuelta presidencial. Ante una decisión de esta importancia, el cristiano no puede actuar movido por el odio, la rabia, la manipulación, la desinformación, el fanatismo o el miedo. El discípulo de Jesús está llamado a votar con conciencia clara, con libertad interior, con responsabilidad ciudadana y con amor por el bien común.

El Evangelio dice: “No tengan miedo”. También hoy podemos escucharlo así: no tengan miedo de pensar, de discernir, de orar, de informarse bien, de examinar las propuestas, de mirar la realidad del país, de preguntarse qué opción favorece más la dignidad humana, la vida, la justicia, la paz, la reconciliación, la libertad religiosa, la defensa de los pobres, la honestidad pública y el respeto por las instituciones democráticas.

El voto no debe ser un acto de venganza ni de idolatría política. Ningún candidato es mesías. Ningún partido salva. Ningún proyecto humano ocupa el lugar de Dios. El cristiano participa en la vida democrática, pero no absolutiza la política. Vota en conciencia, pero sabe que su esperanza definitiva está en Cristo.

Por eso, antes de votar, conviene invocar al Espíritu Santo: “Señor, ilumina mi conciencia. Líbrame del odio, de la mentira y del miedo. Ayúdame a elegir pensando no solo en mis intereses, sino en el bien de Colombia. Dame sabiduría para discernir, serenidad para decidir y caridad para respetar a quienes piensan distinto”.

Declararse por Cristo también tiene consecuencias en la vida pública. Significa rechazar la violencia verbal y física. Significa no difundir calumnias ni noticias falsas. Significa no convertir las redes sociales en campos de batalla. Significa defender la verdad con caridad. Significa comprender que, después de las elecciones, seguimos siendo hermanos, vecinos, compatriotas e hijos de Dios.

Jesús nos dice, además: “No teman a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma”. Esta frase es fuerte. Nos recuerda que hay algo más grave que perder prestigio, aprobación o comodidad: perder el alma, perder la verdad, perder la fidelidad a Dios, perder la conciencia.

El santo temor de Dios no es pánico ante un Dios castigador. Es reverencia profunda ante su verdad y su justicia. Es el temor de fallarle al Amor. Es el deseo de no traicionar la voz de Dios que habla en lo profundo de la conciencia. Ese santo temor nos ayuda a ser libres frente a los miedos humanos.

Cuando el miedo humano domina, callamos la verdad. Cuando el temor de Dios ilumina, hablamos con caridad. Cuando el miedo humano domina, buscamos quedar bien con todos. Cuando el temor de Dios ilumina, buscamos agradar a Dios. Cuando el miedo humano domina, la conciencia se acomoda. Cuando el temor de Dios ilumina, la conciencia despierta.

Pero Jesús no solo nos exige valentía. También nos consuela. Dice: “Hasta los cabellos de la cabeza tienen contados. Por eso, no tengan miedo: ustedes valen más que muchos pajarillos”.

Qué palabra tan hermosa. Dios nos conoce profundamente. Nada de nuestra vida le es indiferente. Conoce nuestras luchas, nuestros temores, nuestras decisiones, nuestras lágrimas, nuestros esfuerzos ocultos, nuestras preguntas más íntimas. Si hasta los cabellos de nuestra cabeza están contados, entonces también están contadas nuestras angustias, nuestras heridas y nuestras esperanzas.

Esta certeza nos permite vivir sin miedo. No porque todo sea fácil, sino porque Dios nos sostiene. No porque todos nos comprendan, sino porque Dios nos conoce. No porque nunca vayamos a sufrir, sino porque la gracia de Cristo es más fuerte que el pecado y que la muerte.

Queridos hermanos, la Palabra de hoy nos invita a escuchar la voz de Dios en la conciencia y a proclamarla con la vida. Nos invita a vencer el miedo con la confianza, la cobardía con la fe, el silencio cómodo con el testimonio humilde y valiente.

Preguntémonos hoy: ¿qué me está susurrando Dios en lo profundo de mi conciencia? ¿Qué verdad debo acoger? ¿Qué miedo debo entregar? ¿Qué paso de fe debo dar? ¿Dónde me está pidiendo el Señor que hable con más claridad, que viva con más coherencia, que vote con más responsabilidad, que ame con más libertad?

Que esta Eucaristía nos conceda una conciencia bien formada, un corazón libre de odios, una palabra limpia, una fe sin miedo y una esperanza firme.

Oremos por Colombia. Pidamos al Espíritu Santo que ilumine a todos los ciudadanos, que nos ayude a ejercer el voto con responsabilidad y serenidad, que aleje de nosotros la violencia, la mentira y la división, y que nos conceda construir juntos una patria reconciliada, justa, libre y en paz.

Y que María Santísima, Madre de la Iglesia y Madre de nuestra nación, nos acompañe en este momento y nos enseñe a escuchar la voz de Dios, a guardar su Palabra en el corazón y a vivirla con valentía.

Amén.

 

viernes, 19 de junio de 2026

20 de junio del 2026: sábado de la undécima semana del tiempo ordinario-II

 

Compromiso imposible


(Mateo 6, 24-34) No hay compromiso posible: hay que elegir entre Dios y el dinero. ¿De quién soy servidor? La elección se funda en la confianza. “No se preocupen”. Fácil decirlo cuando se tiene un techo y algo para comer cada día. El Evangelio no invita ni a la ociosidad, ni a la irresponsabilidad, ni al desprecio de los bienes indispensables. Nos recuerda lo esencial: revisar nuestras decisiones y prioridades a la luz de la justicia.

Colette Hamza, xavière

 


Primera lectura

2 Cro 24, 17-25
Zacarías, a quien mataron entre el santuario y el altar

Lectura del segundo libro de las Crónicas.

DESPUÉS de la muerte de Joadá, los jefes de Judá fueron a rendir homenaje al rey, que les hizo caso. Abandonaron el templo del Señor, Dios de sus padres, y sirvieron a los mojones y a los ídolos. Por este pecado la cólera estalló contra Judá y Jerusalén. Les envió profetas para convertirlos al Señor, pero no hicieron caso de sus amonestaciones.
Entonces el Espíritu de Dios vino sobre Zacarías, hijo del sacerdote Joadá, que, erguido ante el pueblo, les dijo:
«Así dice Dios: “¿Por qué quebrantan los mandamientos del Señor? ¡No tendrán éxito! Por haber abandonado al Señor, él los abandonará”».
Pero conspiraron contra él y, por mandato del rey, lo apedrearon en el atrio del templo del Señor. El rey Joás, olvidándose del amor que le profesaba Joadá, mató al hijo de este, que murió diciendo:
«¡Que lo vea el Señor y lo demande!».
Al cabo de un año, un ejército de Siria se dirigió contra Joás, invadió Judá y Jerusalén, mató a todos los jefes del pueblo y envió todo el botín al rey de Damasco.
Aunque el ejército de Siria contaba con poca gente, el Señor le entregó un ejército enorme, por haber abandonado al Señor, Dios de sus padres. Así se hizo justicia con Joás.
Al marcharse los sirios, dejándolo con múltiples dolencias, sus servidores conspiraron contra él para vengar al hijo del sacerdote Joadá.
Hirieron a Joás en la cama y murió.
Fue sepultado en la Ciudad de David, pero no en el panteón real.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 88, 4-5. 29-30. 31-32. 33-34 (R.: 29a)

R. Le mantendré eternamente mi favor.

V. Sellé una alianza con mi elegido,
jurando a David, mi siervo:
Te fundaré un linaje perpetuo,
edificaré tu trono para todas las edades. 
R.

V. Le mantendré eternamente mi favor,
y mi alianza con él será estable.
Le daré una posteridad perpetua
y un trono duradero como el cielo. 
R.

V. Si sus hijos abandonan mi ley
y no siguen mis mandamientos,
si profanan mis preceptos
y no guardan mis mandatos. 
R.

V. Castigaré con la vara sus pecados
y a latigazos sus culpas.
Pero no les retiraré mi favor
ni desmentiré mi fidelidad. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Jesucristo, siendo rico, se hizo pobre para enriquecerlos con su pobreza. R.

 

Evangelio

Mt 6, 24-34

No se agobien por el mañana

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Nadie puede servir a dos señores. Porque despreciará a uno y amará al otro; o, al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No pueden servir a Dios y al dinero.
Por eso les digo: no estén agobiados por la vida de ustedes pensando qué van a comer, ni por el cuerpo de ustedes pensando con qué se van a vestir. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo que el vestido? Miren los pájaros del cielo: no siembran ni siegan, ni almacenan y, sin embargo, su Padre celestial los alimenta. ¿No valen ustedes más que ellos?
¿Quién de ustedes, a fuerza de agobiarse, podrá añadir una hora al tiempo de su vida?
¿Por qué se agobian por el vestido? Fíjense cómo crecen los lirios del campo: ni trabajan ni hilan. Y les digo que ni Salomón, en todo su esplendor, estaba vestido como uno de ellos. Pues si a la hierba, que hoy está en el campo y mañana se arroja al horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más por ustedes, gente de poca fe? No anden agobiados pensando qué van a comer, o qué van a beber, o con qué se van a vestir. Los paganos se afanan por esas cosas. Ya sabe su Padre celestial que tienen necesidad de todo eso.
Busquen sobre todo el reino de Dios y su justicia; y todo esto se les dará por añadidura. Por tanto, no se agobien por el mañana, porque el mañana traerá su propio agobio. A cada día le basta su desgracia».

Palabra del Señor.

 

 

1

 

Queridos hermanos y hermanas:

La Palabra de Dios de este sábado nos pone frente a una pregunta muy seria: ¿a quién estamos sirviendo realmente? No basta decir que creemos en Dios. No basta tener una tradición religiosa, unas costumbres piadosas, unas devociones aprendidas desde la infancia. La pregunta del Evangelio va más al fondo: ¿quién ocupa el centro de mi corazón? ¿Dios o el dinero? ¿La confianza o la preocupación? ¿La fidelidad o la conveniencia?

Jesús nos dice con claridad:
“Nadie puede servir a dos señores… No pueden servir a Dios y al dinero.”

No dice simplemente que el dinero sea malo. El dinero, los bienes materiales, el trabajo, el alimento, la vivienda, la salud, todo eso es necesario para la vida. El problema aparece cuando esos bienes dejan de ser medios y se convierten en señores; cuando ya no usamos las cosas para vivir, sino que vivimos esclavos de las cosas; cuando el corazón termina arrodillado ante la seguridad material, el poder, la apariencia o la ambición.

Por eso podemos hablar de un “compromiso imposible”. Con Dios no se puede vivir a medias. No podemos entregar a Dios el domingo y al egoísmo el resto de la semana. No podemos rezar el Padrenuestro y al mismo tiempo vivir como si todo dependiera solamente de nuestra fuerza, nuestro dinero o nuestro prestigio. No podemos decir “venga a nosotros tu Reino” y luego buscar únicamente nuestro pequeño reino personal.

La primera lectura del segundo libro de las Crónicas nos ofrece un ejemplo doloroso. Después de la muerte del sacerdote Yehoyadá, los jefes de Judá se apartan del Señor. El rey Joás, que había comenzado bien, termina escuchando malos consejos. Abandona el templo del Señor y permite la idolatría. Dios envía profetas para llamar al pueblo a la conversión, pero ellos no escuchan. Incluso Zacarías, hijo de Yehoyadá, lleno del Espíritu de Dios, denuncia la infidelidad del pueblo y es asesinado por orden del rey.

Qué drama tan fuerte: Joás olvida el bien recibido. Olvida a quien lo protegió. Olvida la fidelidad de Dios. Y cuando la voz profética le recuerda la verdad, prefiere silenciarla. Aquí vemos lo que ocurre cuando el corazón deja de servir a Dios: termina sirviendo al poder, al orgullo, a la conveniencia, al miedo de perder privilegios.

La idolatría no siempre tiene forma de estatua. A veces la idolatría se llama ambición. A veces se llama vanidad. A veces se llama resentimiento. A veces se llama apego desordenado al dinero. A veces se llama deseo de controlarlo todo. Y cuando esos falsos señores se instalan en el corazón, la voz de Dios comienza a incomodar.

Por eso Jesús, en el Evangelio, nos invita a vivir desde la confianza:
“No se preocupen por su vida, pensando qué van a comer o qué van a beber; ni por su cuerpo, pensando con qué se van a vestir.”

Estas palabras pueden sonar difíciles, sobre todo para quien sufre necesidades reales. Como decía alguien, es fácil decir “no se preocupen” cuando uno tiene techo, comida y seguridad. Pero Jesús no está llamando a la irresponsabilidad. No nos invita a cruzarnos de brazos, a no trabajar, a no prever, a no cuidar la familia. Jesús no bendice la pereza ni el descuido.

Lo que Jesús denuncia es la preocupación que se convierte en angustia; la ansiedad que nos roba la paz; el afán que ocupa el lugar de Dios; la obsesión por tener, guardar, acumular y asegurar el mañana como si el Padre celestial no existiera.

Jesús nos dice: miren los pájaros del cielo, miren los lirios del campo. Ellos no viven paralizados por el miedo. La creación entera habla de una Providencia que sostiene la vida. Si Dios cuida de las aves y viste de belleza a las flores, ¿cómo no va a cuidar de sus hijos?

Esto no significa que todo será fácil. La fe no elimina los problemas, pero nos da una manera nueva de enfrentarlos. El cristiano también trabaja, lucha, administra, se esfuerza, se cansa y a veces llora. Pero no vive abandonado al miedo. Sabe que hay un Padre. Sabe que su vida no está en manos del azar. Sabe que el Reino de Dios vale más que todo.

Por eso Jesús concluye con una frase que resume todo:
“Busquen primero el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se les dará por añadidura.”

Buscar primero el Reino de Dios significa ordenar la vida según Dios. Significa preguntarnos: ¿esto que hago me acerca o me aleja del Señor? ¿Esta decisión es justa? ¿Este negocio es honrado? ¿Esta relación me ayuda a amar mejor? ¿Esta preocupación me está robando la confianza? ¿Este dinero me sirve para hacer el bien o me está endureciendo el corazón?

El salmo de hoy nos recuerda la fidelidad de Dios:
“Le conservaré eternamente mi favor.”
Dios mantiene su alianza. Aunque el pueblo falle, Dios no deja de llamar. Aunque haya pecado, Dios ofrece caminos de retorno. Aunque el corazón se desvíe, la misericordia del Señor sigue buscando al ser humano.

En este sábado, la Iglesia nos permite mirar también a la Bienaventurada Virgen María. Ella es la mujer que no sirvió a dos señores. Su corazón fue enteramente de Dios. María no tuvo una vida cómoda ni libre de preocupaciones: conoció la pobreza de Belén, el exilio en Egipto, la incertidumbre de Nazaret, la espada del dolor anunciada por Simeón, la cruz de su Hijo. Pero en medio de todo, vivió confiando.

María nos enseña que confiar no es entenderlo todo. Confiar, es decir: “Hágase en mí según tu palabra.” Confiar es guardar la Palabra en el corazón. Confiar es permanecer de pie junto a la cruz. Confiar es esperar la luz de Dios incluso cuando la noche parece larga.

Pidámosle hoy al Señor que nos libere de los falsos señores. Que el dinero no gobierne nuestra conciencia. Que las preocupaciones no apaguen nuestra fe. Que la ansiedad no nos robe la alegría del Evangelio. Que aprendamos a trabajar con responsabilidad, pero también a descansar en las manos del Padre.

Y que María, Madre de la confianza, nos ayude a buscar primero el Reino de Dios y su justicia, para que todo lo demás encuentre su lugar bajo la mirada amorosa del Padre.

Amén.

 

2

 

Queridos hermanos y hermanas:

La Palabra de Dios de este sábado vuelve a colocarnos ante una decisión fundamental: ¿qué ciudad estamos construyendo con nuestra vida? ¿La Ciudad de Dios, fundada en el amor, la confianza y la justicia? ¿O la ciudad del hombre, levantada sobre el egoísmo, el miedo, la ambición y el deseo de seguridad puramente humana?

El pasaje del evangelio que nos ilumina hoy recuerda una enseñanza profunda de san Agustín en La Ciudad de Dios. Él decía que hay dos ciudades nacidas de dos amores: la ciudad terrena, formada por el amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios; y la ciudad celestial, formada por el amor de Dios hasta el olvido de sí mismo. En otras palabras, la vida humana se orienta según aquello que más ama el corazón.

Y eso conecta directamente con el Evangelio de hoy. Jesús dice:

“Busquen primero el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se les dará por añadidura.”

No se trata solamente de una frase bonita para consolar momentos difíciles. Es un criterio para ordenar toda la existencia. Jesús nos está preguntando: ¿qué buscas primero? ¿Qué ocupa el primer lugar en tu corazón? ¿Qué gobierna tus decisiones? ¿Dios o el dinero? ¿El Reino o el egoísmo? ¿La confianza o la ansiedad? ¿La voluntad del Padre o la preocupación por asegurar a toda costa el mañana?

El Evangelio no desprecia las necesidades materiales. Jesús sabe que necesitamos comer, beber, vestirnos, trabajar, cuidar la casa, sostener la familia, atender la salud y vivir dignamente. Por eso dice: “Su Padre celestial sabe que ustedes tienen necesidad de todo eso.” El Señor no nos invita a la irresponsabilidad ni a la pereza. No nos dice que dejemos de trabajar o de prever prudentemente. Lo que Jesús corrige es la angustia que se apodera del corazón cuando vivimos como si Dios no existiera.

Hay una diferencia grande entre la responsabilidad y la ansiedad. La responsabilidad trabaja, organiza, cuida y confía. La ansiedad se desespera, se encierra, se amarga y termina convirtiendo las cosas materiales en un dios. Por eso Jesús nos advierte: “No se preocupen por el día de mañana.” No porque el mañana no importe, sino porque el mañana también está en manos del Padre.

La primera lectura nos muestra el drama de un corazón que cambia de ciudad. Joás había comenzado bien. Había recibido protección, orientación y apoyo del sacerdote Yehoyadá. Pero después de la muerte de Yehoyadá, el rey escucha otros consejos, se deja seducir por los jefes de Judá y abandona la casa del Señor. Se aparta de Dios y permite la idolatría.

Es una escena triste, pero muy actual. Joás representa a quien empieza sirviendo a Dios, pero termina sirviendo al poder, al prestigio, al miedo o a la conveniencia. Cuando el corazón deja de buscar primero el Reino, rápidamente empieza a construir otra ciudad: una ciudad sin Dios, una ciudad donde la conciencia se acomoda, donde la verdad incomoda y donde los profetas estorban.

Por eso aparece Zacarías, lleno del Espíritu de Dios, para llamar al pueblo a la conversión: “¿Por qué quebrantan los mandamientos del Señor? No les irá bien, porque han abandonado al Señor.” Pero el pueblo no escucha. El rey manda apedrear a Zacarías en el atrio del templo. Qué contradicción tan terrible: en el lugar donde debía honrarse a Dios, se derrama sangre inocente.

Cuando el ser humano se aleja de Dios, no queda neutral. Siempre termina sirviendo a otro señor. Y cuando uno sirve al orgullo, al dinero, a la vanidad o al poder, termina rechazando incluso las voces que Dios envía para salvarlo.

El salmo, en cambio, nos recuerda la fidelidad de Dios:
“Le conservaré eternamente mi favor.”

Dios permanece fiel a su alianza. Aunque el pueblo falle, aunque los reyes se desvíen, aunque el pecado oscurezca la historia, Dios no se cansa de llamar. Él corrige, advierte, purifica, pero no retira su misericordia. La fidelidad de Dios es más grande que nuestras infidelidades.

Y aquí comprendemos mejor la invitación del Evangelio: buscar primero el Reino de Dios no es vivir sin problemas, sino vivir con un centro claro. Cuando Dios ocupa el primer lugar, las demás cosas encuentran su sitio. El trabajo ocupa su sitio. El dinero ocupa su sitio. La familia ocupa su sitio. Los proyectos ocupan su sitio. Pero nada de eso se convierte en absoluto, porque solo Dios es absoluto.

San Agustín decía que la ciudad terrena se gloría en sí misma, mientras la Ciudad de Dios se gloría en el Señor. La ciudad terrena busca acumular, dominar, aparentar, controlar. La Ciudad de Dios busca servir, amar, perdonar, confiar y vivir en la verdad. La ciudad terrena vive preocupada por lo que pasa; la Ciudad de Dios vive sostenida por lo eterno.

Por eso la pregunta de hoy es muy concreta: ¿qué ciudad estoy ayudando a construir? En mi familia, ¿construyo la Ciudad de Dios o la ciudad del egoísmo? En mi trabajo, ¿construyo la justicia del Reino o la lógica del interés personal? En mi comunidad, ¿construyo comunión o división? En mi corazón, ¿hay más confianza o más miedo? ¿Más oración o más ansiedad? ¿Más deseo de Dios o más apego a lo pasajero?

Hoy, sábado, miramos de manera especial a la Bienaventurada Virgen María. Ella es la ciudad santa habitada por Dios. En su corazón no hubo división. María no sirvió a dos señores. Su vida entera fue un “sí” al Reino. Ella vivió pobre, sencilla, disponible, confiada. No tuvo asegurado humanamente el camino, pero creyó. No comprendió todo desde el principio, pero guardó la Palabra. No huyó ante la cruz, sino que permaneció de pie.

María nos enseña a buscar primero el Reino. En la Anunciación, no buscó su seguridad, sino la voluntad de Dios. En Belén, no se quejó de la pobreza, sino que contempló el misterio. En Nazaret, no vivió para la apariencia, sino para la fidelidad diaria. En el Calvario, no se dejó vencer por la oscuridad, sino que esperó contra toda esperanza.

Pidamos al Señor que nos ayude a revisar nuestros amores. Porque, como enseñaba san Agustín, según lo que amamos, así vivimos. Si amamos solo lo pasajero, viviremos inquietos. Si amamos a Dios sobre todas las cosas, encontraremos paz incluso en medio de las pruebas.

Que el Señor nos libre de construir una vida centrada en el miedo, en la ansiedad y en la ambición. Que nos conceda buscar primero su Reino y su justicia. Que no nos falte el pan necesario, pero que nunca nos falte el hambre de Dios. Que no nos falte el vestido del cuerpo, pero que nunca perdamos la gracia que reviste el alma. Que no nos falte la prudencia para el mañana, pero que nunca perdamos la confianza en el Padre de hoy.

Y que María, Madre de la confianza y servidora fiel del Reino, nos acompañe para vivir como ciudadanos de la Ciudad de Dios, hasta que un día podamos participar plenamente de la Jerusalén celestial, donde Dios será todo en todos.

Amén.

 

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