Más que un profeta
(Marcos 11, 27-33) La única autoridad que cuenta a los
ojos de los sumos sacerdotes, de los escribas y de los ancianos es la que ellos
ejercen sobre el Templo. Por eso callan la respuesta que habita y esteriliza su
corazón: que el bautismo de Juan Bautista viene de los hombres. Jesús les
habría respondido, sin duda, que su autoridad es semejante a la del Bautista,
reconocida por la multitud. Pero, desde el Jordán hasta el Templo, esa
autoridad señala a alguien que es más que un profeta.
Nicolas Tarralle, prêtre
assomptionniste
Primera lectura
Dios puede
preservarlos de tropiezos y presentarlos intachables ante su gloria
Lectura de la carta del apóstol san Judas.
QUERIDOS hermanos:
Acúerdense de las predicciones de los apóstoles de nuestro Señor Jesucristo.
Basándose en la santísima fe de ustedes y orando movidos por el Espíritu Santo,
manténganse en el amor de Dios, aguardando la misericordia de nuestro Señor
Jesucristo para la vida eterna.
Tengan compasión con los que titubean, a unos sálvenlos arrancándolos del
fuego, a otros muéstrenles compasión, pero con cautela, aborreciendo hasta el
vestido que esté manchado por el vicio.
Al que puede preservarlos de tropiezos y presentarlos intachables y exultantes
ante su gloria, al Dios único, nuestro Salvador, por medio de Jesucristo,
nuestro Señor, sea la gloria y majestad, el poder y la soberanía desde siempre,
ahora y por todos los siglos. Amén.
Palabra de Dios.
Salmo
R. Mi alma
está sedienta de ti, Señor, Dios mío.
V. Oh,
Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo,
mi alma está sedienta de ti;
mi carne tiene ansia de ti,
como tierra reseca, agostada, sin agua. R.
V. ¡Cómo
te contemplaba en el santuario
viendo tu fuerza y tu gloria!
Tu gracia vale más que la vida,
te alabarán mis labios. R.
V. Toda
mi vida te bendeciré
y alzaré las manos invocándote.
Me saciaré de manjares exquisitos,
y mis labios te alabarán jubilosos. R.
Aclamación
V. La Palabra
de Cristo habite entre ustedes en toda su riqueza, dando gracias a Dios Padre
por medio de Cristo. R.
Evangelio
¿Con qué
autoridad haces esto?
Lectura del santo Evangelio según san Marcos.
EN aquel tiempo, Jesús y los discípulos volvieron a Jerusalén y, mientras este
paseaba por el templo, se le acercaron los sumos sacerdotes, los escribas y los
ancianos, y le decían:
«¿Con qué autoridad haces esto? ¿Quién te ha dado semejante autoridad para
hacer esto?».
Jesús les replicó:
«Les voy a hacer una pregunta y, si me contestan, les diré con qué autoridad
hago esto. El bautismo de Juan ¿era del cielo o de los hombres? Contéstenme».
Se pusieron a deliberar:
«Si decimos que es del cielo, dirá: “¿Y por qué no le han creído?”. ¿Pero cómo
vamos a decir que es de los hombres?».
(Temían a la gente, porque todo el mundo estaba convencido de que Juan era un
profeta).
Y respondieron a Jesús:
«No sabemos».
Jesús les replicó:
«Pues tampoco yo les digo con qué autoridad hago esto».
Palabra del Señor.
Queridos
hermanos:
El
Evangelio de hoy nos sitúa en Jerusalén, en el Templo. Jesús acaba de realizar
gestos fuertes: ha expulsado a los vendedores, ha denunciado una religión
convertida en negocio y ha recordado que la casa de Dios debe ser casa de
oración. Entonces se le acercan los sumos sacerdotes, los escribas y los
ancianos, es decir, las autoridades religiosas del momento, y le hacen una
pregunta directa: “¿Con
qué autoridad haces esto? ¿Quién te ha dado semejante autoridad?”
La
pregunta parece legítima, pero en realidad nace de un corazón cerrado. No
buscan la verdad; buscan acorralar a Jesús. No quieren dejarse iluminar;
quieren defender su poder. No preguntan para convertirse, sino para tener de
qué acusarlo.
Y
aquí aparece una gran enseñanza: no
toda pregunta nace de la búsqueda sincera de Dios. Hay
preguntas que son apertura, sed, humildad; y hay preguntas que son excusa,
defensa, orgullo. Una cosa es decir: “Señor, ayúdame a entender”; otra muy
distinta es decir: “Señor, explícate, porque no quiero obedecerte”.
Jesús
responde con otra pregunta: “El
bautismo de Juan, ¿era del cielo o de los hombres?” Con esto
los obliga a mirar dentro de sí mismos. Si dicen que venía del cielo, quedan en
evidencia porque no creyeron. Si dicen que venía de los hombres, temen al
pueblo, porque todos tenían a Juan por profeta. Entonces responden: “No sabemos”.
Pero
no es que no sepan. Es que no quieren comprometerse. Es el “no sabemos” de
quien prefiere quedar bien antes que reconocer la verdad. Es el “no sabemos” de
quien teme perder su puesto, su prestigio, su comodidad. Es el silencio de una
conciencia que ha visto la luz, pero prefiere cerrar los ojos.
La
autoridad de Jesús no nace de un cargo humano, ni de una estrategia, ni de una
institución que lo respalde. Su autoridad nace de su comunión con el Padre, de
su verdad interior, de su coherencia entre palabra y vida. Jesús habla con
autoridad porque vive lo que predica. Sana con autoridad porque ama de verdad.
Perdona con autoridad porque trae la misericordia de Dios. Denuncia con autoridad
porque no busca destruir, sino purificar.
Y
esta es una diferencia importante para nuestra vida: autoridad no es lo mismo que
autoritarismo. El autoritarismo impone, humilla, controla,
domina. La autoridad verdadera, en cambio, hace crecer, libera, acompaña,
corrige con amor y conduce hacia Dios. La autoridad de Jesús no aplasta;
levanta. No manipula; ilumina. No busca privilegios; se entrega hasta la cruz.
La
primera lectura, tomada de la carta de san Judas, nos da una clave muy hermosa
para vivir bajo la autoridad de Cristo. Dice: “Edifíquense sobre el cimiento de su fe santísima, oren
movidos por el Espíritu Santo, manténganse en el amor de Dios, aguardando la
misericordia de nuestro Señor Jesucristo para la vida eterna.”
Allí
está el camino del creyente: edificarse en la fe, orar en el Espíritu,
permanecer en el amor de Dios y esperar su misericordia. Cuando uno vive así,
ya no necesita defender falsas seguridades. Ya no se aferra a pequeños poderes.
Ya no necesita aparentar. Quien se sabe amado por Dios puede vivir en la
verdad.
El
salmo también nos pone en la actitud correcta: “Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío.”
Esa es la actitud que faltaba en los jefes religiosos del Evangelio. Ellos
estaban en el Templo, pero no tenían sed de Dios. Estaban rodeados de ritos,
normas y estructuras, pero su corazón se había secado. Tenían religión, pero
les faltaba humildad. Tenían autoridad externa, pero les faltaba docilidad
interior.
También
a nosotros puede pasarnos. Podemos estar cerca de las cosas de Dios y, sin
embargo, resistirnos a Dios. Podemos participar en la Iglesia, conocer
oraciones, cumplir costumbres, pero no dejar que Cristo toque el centro de
nuestra vida. Podemos preguntarle muchas cosas al Señor, pero sin ganas reales
de cambiar.
Por
eso hoy el Evangelio nos invita a revisar nuestra relación con la autoridad de
Jesús. ¿Dejamos que Él tenga autoridad sobre nuestras decisiones, nuestros
afectos, nuestras palabras, nuestro modo de tratar a los demás? ¿O solo lo
escuchamos cuando confirma lo que ya pensamos? ¿Aceptamos su autoridad cuando
nos consuela, pero la rechazamos cuando nos corrige?
La
autoridad de Cristo se reconoce en la humildad. El que está lleno de orgullo
siempre discutirá con Dios. El humilde, en cambio, no siempre entiende todo,
pero confía. No siempre ve claro el camino, pero se deja conducir.
Y
en este sábado, memoria de Santa María Virgen, miramos a María como la gran
discípula de la autoridad divina. María no le preguntó al ángel: “¿Con qué
autoridad me dices esto?” Ella preguntó: “¿Cómo
será esto?”, que es muy distinto. Su pregunta no nace de la
incredulidad, sino de la disponibilidad. María no entiende todo, pero se abre
al misterio. No controla el plan de Dios, pero se entrega: “Hágase en mí según tu palabra.”
María
nos enseña que la verdadera fe no consiste en tener todas las respuestas, sino
en confiar en Aquel que tiene la última palabra. Ella reconoce la autoridad de
Dios no como peso, sino como gracia; no como imposición, sino como llamada; no
como pérdida, sino como fecundidad.
Pidámosle
hoy al Señor un corazón sincero. Un corazón que no se esconda detrás de
excusas. Un corazón que no diga “no sé” cuando en realidad no quiere
convertirse. Un corazón sediento, como el salmista. Un corazón firme en la fe,
como pide san Judas. Un corazón disponible, como el de María.
Que
Jesús tenga autoridad sobre nosotros. No para quitarnos libertad, sino para
liberarnos de nuestras esclavitudes. No para apagar nuestra vida, sino para
hacerla más verdadera. No para humillarnos, sino para levantarnos y conducirnos
al Padre.
Y
que María, Madre de la fe humilde y obediente, nos enseñe a responder cada día
con confianza:
Señor, no siempre comprendo tus caminos,
pero creo en tu amor.
No siempre entiendo tus
silencios,
pero confío en tu Palabra.
No siempre sé hacia dónde
me llevas,
pero quiero caminar
contigo.
Hágase en mí según tu
voluntad. Amén.
2
Queridos
hermanos:
La
Palabra de Dios de este sábado nos coloca ante una realidad que todos, de una u
otra manera, conocemos: la
hostilidad, la contradicción, la incomprensión y el mal que se disfraza de
pregunta razonable.
En
el Evangelio, Jesús está en Jerusalén. Ya ha entrado en la ciudad, ya ha
purificado el Templo, ya ha denunciado que la casa de oración se estaba
convirtiendo en cueva de intereses. Y entonces se le acercan los sumos
sacerdotes, los escribas y los ancianos para preguntarle:
“¿Con qué autoridad haces esto? ¿Quién te ha dado autoridad
para actuar así?”
A
primera vista parece una pregunta legítima. Pero Jesús sabe leer el corazón. No
es una pregunta nacida de la búsqueda sincera de la verdad. Es una pregunta
cargada de sospecha, de miedo, de deseo de control. No quieren comprender a
Jesús; quieren atraparlo. No quieren convertirse; quieren defender su poder.
Aquí
aparece una primera enseñanza: el
mal muchas veces no se presenta con rostro violento al comienzo, sino con
aparente prudencia, con argumentos calculados, con preguntas que no buscan luz
sino confusión. Hay preguntas que abren el alma a Dios, y hay
preguntas que son escudos para no dejarnos tocar por Dios.
Jesús
no responde con agresividad. No se deja provocar. No devuelve hostilidad con
hostilidad. Él permanece sereno, firme y libre. Les hace una pregunta sobre
Juan el Bautista:
“El bautismo de Juan, ¿era del cielo o de los hombres?”
Con
esta pregunta, Jesús desenmascara la incoherencia de sus adversarios. Ellos no
responden según la verdad, sino según la conveniencia. Si dicen que Juan venía
de Dios, Jesús les preguntará por qué no creyeron. Si dicen que venía de los
hombres, temen al pueblo, porque todos tenían a Juan por profeta. Entonces
responden:
“No sabemos.”
Pero
no es ignorancia humilde; es evasión. No dicen “no sabemos” porque estén buscando
la verdad, sino porque no quieren comprometerse con ella. Es el “no sé” de
quien prefiere quedar bien antes que convertirse. Es el silencio de una
conciencia que no quiere perder sus seguridades.
Frente
a esta hostilidad, Jesús nos enseña algo fundamental: no todo conflicto debe enfrentarse con
gritos; no toda acusación merece una explicación; no toda trampa debe ser
respondida entrando en el juego del adversario. Jesús responde
desde la verdad, con paz interior, con inteligencia espiritual y con autoridad.
La
autoridad de Jesús no viene de un cargo humano. Viene de su comunión con el
Padre. Él tiene autoridad porque vive en la verdad, porque ama sin manipular,
porque corrige sin odiar, porque denuncia sin buscar venganza, porque no se
deja gobernar por el miedo.
Y
esta Palabra nos toca profundamente. Porque también nosotros enfrentamos
hostilidades. A veces en la familia, en la comunidad, en el trabajo, en la
Iglesia, en las redes sociales, incluso dentro de nosotros mismos. Hay momentos
en que sentimos que la incomprensión nos pesa, que la crítica nos hiere, que la
mala intención nos paraliza. Y la tentación puede ser doble: responder con la
misma agresividad o encerrarnos en el miedo.
Pero
Jesús nos muestra otro camino: serenidad,
firmeza y confianza en Dios.
La
primera lectura, de la carta de san Judas, nos da una respuesta espiritual muy
concreta. Dice:
“Edifíquense sobre el cimiento de su fe santísima, oren
movidos por el Espíritu Santo, manténganse en el amor de Dios, aguardando la
misericordia de nuestro Señor Jesucristo.”
Qué
hermoso programa de vida cristiana. Cuando el mal nos rodea, cuando la
hostilidad nos prueba, cuando sentimos que la fe se tambalea, san Judas nos
invita a cuatro actitudes:
Primero,
edificarnos sobre la fe.
No sobre el orgullo, no sobre la opinión de los demás, no sobre el aplauso, no
sobre el resentimiento. El creyente no construye su vida sobre arena movediza,
sino sobre Cristo.
Segundo,
orar en el Espíritu Santo.
Hay situaciones que no se resuelven solo pensando mucho o hablando demasiado.
Necesitamos oración. Necesitamos respirar en Dios. Necesitamos pedir al
Espíritu Santo que no nos deje reaccionar desde la herida, sino desde la
sabiduría.
Tercero,
mantenernos en el amor de
Dios. Esta frase es clave. Porque la hostilidad de los demás
puede robarnos la paz, pero también puede robarnos el amor. Y cuando alguien
logra que dejemos de amar, ya ha vencido algo dentro de nosotros. Mantenerse en
el amor de Dios no significa aprobar el mal; significa no permitir que el mal
nos convierta en personas amargadas.
Cuarto,
esperar la misericordia de
Jesucristo. El cristiano no vive desde la desesperación. Vive
esperando la misericordia. Sabe que Dios tiene la última palabra, aunque por
momentos parezca que la tengan los violentos, los astutos o los poderosos.
El
salmo nos ofrece la actitud interior que necesitamos:
“Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío.”
Esta
sed de Dios es lo que faltaba en los adversarios de Jesús. Ellos estaban en el
Templo, pero no tenían sed de Dios. Tenían cargos religiosos, pero el corazón
seco. Conocían la Ley, pero no reconocían al Señor de la Ley. Estaban cerca de
lo sagrado, pero lejos de la humildad.
Y
aquí debemos examinarnos todos. Porque se puede estar cerca de las cosas de
Dios y, sin embargo, resistirse a Dios. Se puede hablar de religión y no tener
sed de santidad. Se puede defender una institución, una tradición, una
costumbre, pero cerrar el corazón a la conversión que Cristo pide.
Por
eso hoy podríamos preguntarnos:
¿Tengo verdadera sed de Dios o solo deseo tener la razón?
¿Busco la voluntad de Dios o busco defender mi comodidad?
¿Cuando soy corregido, escucho con humildad o reacciono con hostilidad?
¿Cuando me atacan, respondo como Jesús o me dejo dominar por la ira?
La
memoria de la Bienaventurada Virgen María en sábado ilumina de manera especial
esta Palabra. María también conoció la hostilidad. Conoció la sospecha, la
pobreza, el destierro, la espada del dolor, el rechazo contra su Hijo y
finalmente la cruz. Pero María nunca respondió al mal con odio. Ella permaneció
firme, silenciosa, creyente, llena de Dios.
María
no fue una mujer débil; fue una mujer fuerte en la fe. Su fortaleza no estaba
en imponerse, sino en permanecer. No estaba en gritar, sino en confiar. No
estaba en controlar los acontecimientos, sino en sostenerse en la voluntad de
Dios.
Ella
nos enseña a vivir la autoridad de Dios con humildad. Cuando el ángel le
anunció el misterio de la Encarnación, María no respondió desde la
desconfianza, sino desde la disponibilidad: “Hágase en mí según tu palabra.” Esa es la
verdadera actitud del discípulo: no manipular a Dios, no ponerlo a prueba, no
exigirle explicaciones desde el orgullo, sino abrirse a su voluntad.
Queridos
hermanos, pidamos hoy tres gracias.
La
primera: un corazón sereno,
para no responder al mal con mal.
La
segunda: una fe firme,
para no dejarnos intimidar por la hostilidad.
La
tercera: una sed profunda
de Dios, para que nuestra vida no se seque en discusiones,
miedos, apariencias o resentimientos.
Jesús
no se dejó dominar por la agresividad de sus adversarios. Tampoco nosotros
debemos dejar que la hostilidad ajena nos robe la paz, la fe y la capacidad de
amar. Cristo nos quiere libres. Libres para decir la verdad, libres para callar
cuando conviene, libres para no caer en provocaciones, libres para vivir bajo
la autoridad de Dios y no bajo el miedo a los demás.
Que
María, Madre fiel, nos acompañe en los momentos de contradicción. Que nos
enseñe a permanecer junto a Cristo cuando la fe sea probada. Y que, como ella,
podamos responder cada día:
Señor, aunque no entienda todo, confío en Ti.
Aunque encuentre rechazo,
permanezco en tu amor.
Aunque haya oscuridad, mi
alma tiene sed de Ti.
Aunque el mal levante la
voz, yo quiero vivir bajo tu gracia.
Amén.


