lunes, 11 de mayo de 2026

11 de mayo del 2026: Lunes de la sexta semana de Pascua

 

Misión con riesgo

Hechos 16, 11-15; Juan 15, 26–16, 4a

En el corazón de su discurso de despedida, Jesús anuncia a los suyos que un soplo venido del Padre los asistirá en su testimonio a favor de Él. No les oculta que a veces se verán enfrentados al peligro de la muerte, como Él, porque ya están maduros para anticipar los riesgos de su misión. Sin embargo, esta misión también puede encontrar personas que abren generosamente su corazón y su casa, como Lidia.

Jean-Marc Liautaud, Fondacio

 


 

Primera lectura

Hch 16, 11-15

El Señor le abrió el corazón para que aceptara lo que decía Pablo

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.

NOS hicimos a la mar en Tróade y pusimos rumbo hacia Samotracia; al día siguiente salimos para Neápolis y de allí para Filipos, primera ciudad del distrito de Macedonia y colonia romana. Allí nos detuvimos unos días.
El sábado salimos de la ciudad y fuimos a un sitio junto al río, donde pensábamos que había un lugar de oración; nos sentamos y trabamos conversación con las mujeres que habían acudido. Una de ellas, que se llamaba Lidia, natural de Tiatira, vendedora de púrpura, que adoraba al verdadero Dios, estaba escuchando; y el Señor le abrió el corazón para que aceptara lo que decía Pablo.
Se bautizó con toda su familia y nos invitó:
«Si están convencidos de que creo en el Señor, vengan a hospedarse en mi casa».
Y nos obligó a aceptar.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 149, 1bc-2. 3-4. 5-6a y 9b (R.: 4a)

R. El Señor ama a su pueblo.

O bien:

R. Aleluya.

V. Canten al Señor un cántico nuevo,
resuene su alabanza en la asamblea de los fieles;
que se alegre Israel por su Creador,
los hijos de Sion por su Rey. 
R.

V. Alaben su nombre con danzas,
cántenle con tambores y cítaras;
porque el Señor ama a su pueblo
y adorna con la victoria a los humildes. 
R.

V. Que los fieles festejen su gloria
y canten jubilosos en filas:
con vítores a Dios en la boca.
Es un honor para todos sus fieles 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. El Espíritu de la verdad dará testimonio de mí —dice el Señor—;
y ustedes darán testimonio. 
R.

 

Evangelio

Jn 15, 26 — 16, 4a

El Espíritu de la verdad dará testimonio de mí

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Cuando venga el Paráclito, que les enviaré desde el Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí; y también ustedes darán testimonio, porque desde el principio están conmigo.
Les he hablado de esto, para que no se escandalicen. Los excomulgarán de la sinagoga; más aún, llegará incluso una hora
cuando el que les dé muerte pensará que da culto a Dios. Y esto lo harán porque no han conocido ni al Padre ni a mí.
Les he hablado de esto para que, cuando llegue la hora, se acuerden de que yo se lo había dicho».

Palabra del Señor.

 

1

 

Queridos hermanos y hermanas:

En este lunes de la sexta semana de Pascua, la Palabra de Dios nos coloca ante una realidad muy profunda: seguir a Cristo Resucitado es una alegría, pero no una alegría cómoda; es una misión, pero no una misión sin riesgos; es una esperanza, pero no una esperanza ingenua.

Jesús, en el Evangelio, está hablando con sus discípulos en el contexto de la Última Cena. Son palabras de despedida. Jesús sabe que se acerca la hora de la cruz. Sabe que sus discípulos quedarán confundidos, asustados, perseguidos. Por eso les habla con claridad, sin engañarlos: “Los expulsarán de las sinagogas; más aún, llegará la hora en que todo el que los mate pensará que da culto a Dios”.

Son palabras fuertes. Jesús no promete a sus discípulos aplausos, seguridad humana ni caminos fáciles. Les anuncia que dar testimonio de Él puede traer incomprensión, rechazo e incluso persecución. Pero junto a esa advertencia, les deja una promesa luminosa: “Cuando venga el Paráclito, que yo les enviaré desde el Padre, el Espíritu de la verdad, Él dará testimonio de mí; y también ustedes darán testimonio”.

Aquí está el corazón del mensaje de hoy: el cristiano no da testimonio solo. El discípulo no camina únicamente con sus fuerzas. La Iglesia no evangeliza por estrategia humana, sino por la fuerza del Espíritu Santo. El mismo Espíritu que sostuvo a Jesús en su misión, el mismo Espíritu que lo resucitó de entre los muertos, es quien acompaña ahora a los discípulos.

Y eso es Pascua: no solo celebrar que Cristo vive, sino descubrir que su Espíritu sigue actuando en nosotros.

La primera lectura nos muestra esta acción del Espíritu en la misión de Pablo. Pablo llega a Filipos, una ciudad importante de Macedonia. Allí, junto al río, encuentra un grupo de mujeres reunidas para la oración. Entre ellas está Lidia, una mujer comerciante, vendedora de púrpura, una mujer trabajadora, abierta a Dios, sensible a la Palabra.

El texto dice algo bellísimo: “El Señor le abrió el corazón para que aceptara lo que decía Pablo”.

No dice simplemente que Pablo habló muy bien. No dice que la predicación fue convincente por la elocuencia del apóstol. Dice que el Señor le abrió el corazón. Esa frase es fundamental. Porque la evangelización verdadera ocurre cuando la Palabra proclamada se encuentra con un corazón abierto por Dios.

Pablo predica, pero Dios toca el corazón. Pablo anuncia, pero Dios convierte. Pablo siembra, pero Dios hace germinar.

Y Lidia no solo escucha. Ella responde. Se bautiza con toda su familia y luego abre su casa a los misioneros. Su corazón abierto se convierte en casa abierta. Su fe se convierte en hospitalidad. Su encuentro con Cristo se transforma en servicio.

Esto nos enseña algo muy bello: cuando Dios abre el corazón de una persona, también se abren sus manos, su casa, su tiempo, su generosidad. La fe verdadera nunca se queda encerrada. La fe pascual siempre se vuelve acogida, servicio y comunión.

Por eso podemos afirmar que la misión es una “misión con riesgo”. Hay riesgo porque anunciar a Cristo puede traer rechazo. Hay riesgo porque decir la verdad puede incomodar. Hay riesgo porque vivir el Evangelio puede hacernos distintos ante el mundo. Pero también hay consuelo, porque en el camino aparecen personas como Lidia: almas disponibles, corazones generosos, hogares abiertos, personas que se convierten en apoyo para la misión.

En toda comunidad cristiana hay persecuciones y también hay Lidias. Hay dificultades y también hay manos amigas. Hay puertas cerradas y también hay corazones abiertos.

Jesús no nos quiere ingenuos, pero tampoco nos quiere cobardes. Nos prepara para la dificultad, pero también nos promete el Espíritu. Nos advierte sobre el rechazo, pero nos asegura que no estaremos solos.

Y esto toca profundamente nuestra intención orante de hoy: oramos por nuestros difuntos.

Cuando pensamos en quienes han muerto, especialmente en aquellos que amamos, también sentimos que la vida cristiana es una misión atravesada por la fragilidad. Todos somos peregrinos. Todos caminamos entre alegrías y dolores. Todos sabemos que la muerte forma parte de esta existencia terrena.

Pero nuestra fe pascual nos impide mirar la muerte como fracaso definitivo. Cristo ha resucitado. Cristo ha vencido la muerte. Y por eso, cuando oramos por los difuntos, no lo hacemos desde la desesperación, sino desde la esperanza. Los confiamos al amor misericordioso de Dios. Pedimos que el Espíritu Santo, que es Señor y dador de vida, los purifique, los ilumine y los conduzca a la plenitud del Reino.

Nuestros difuntos también fueron misioneros a su manera. Algunos anunciaron la fe con palabras; otros, con su trabajo humilde; otros, con su sufrimiento ofrecido; otros, con su cariño silencioso; otros, con su esfuerzo por sacar adelante una familia. Tal vez muchos no hicieron grandes discursos, pero dejaron huellas. Y una huella de amor también es una forma de testimonio.

Hoy podemos preguntarnos: ¿qué testimonio estoy dejando yo? ¿Mi vida abre caminos a otros hacia Dios? ¿Mi casa, como la de Lidia, está abierta a la fe, a la caridad, al servicio? ¿Mi corazón está disponible para que el Señor lo toque?

Porque hay corazones cerrados por el orgullo, por el resentimiento, por la indiferencia, por el miedo. Y hay corazones que, como el de Lidia, se dejan abrir por Dios.

El Evangelio nos recuerda que el Espíritu Santo es llamado “Espíritu de la verdad”. Él nos ayuda a reconocer a Jesús. Él nos da valentía para no escondernos. Él nos fortalece cuando la fe cuesta. Él nos consuela cuando lloramos a nuestros muertos. Él nos recuerda que la última palabra no la tiene la tumba, sino la vida eterna.

Por eso, en esta Eucaristía, pidamos tres gracias.

Primero, que el Señor abra nuestro corazón, como abrió el corazón de Lidia. Que no escuchemos la Palabra como una costumbre más, sino como una llamada viva.

Segundo, que el Espíritu Santo nos haga testigos valientes de Cristo. No fanáticos, no agresivos, no arrogantes, sino testigos humildes, firmes, alegres y coherentes.

Y tercero, que nuestros difuntos descansen en la paz del Señor. Que aquellos que amamos y ya han partido sean recibidos en la casa del Padre, allí donde no hay llanto, ni dolor, ni muerte, sino vida plena en Dios.

Hermanos, la misión cristiana tiene riesgos, pero también tiene promesas. Tiene cruces, pero también tiene Pascua. Tiene despedidas, pero también tiene esperanza. Tiene lágrimas por los que se han ido, pero también tiene la certeza de que en Cristo la vida no termina, se transforma.

Que el Espíritu Santo nos sostenga. Que el Señor abra nuestro corazón. Y que nuestros difuntos, por la misericordia de Dios, descansen en paz.

Amén.

 

Camilo José Cela: la literatura como descenso a la intemperie del ser humano

 

Cada 11 de mayo la literatura española recuerda el nacimiento de Camilo José Cela, nacido en Iria Flavia, en Padrón, provincia de A Coruña, el 11 de mayo de 1916. Murió en Madrid el 17 de enero de 2002. Fue novelista, poeta, ensayista, periodista, académico de la Real Academia Española y Premio Nobel de Literatura en 1989. 

(Instituto Cervantes)


Confieso desde el principio algo que quizá no debería decir un amante de la literatura, pero que prefiero expresar con honestidad: aún no he leído ninguna obra completa de Camilo José Cela. Lo conozco por referencias, por fragmentos, por comentarios, por su fama literaria, por su presencia en la cultura española y por el eco de algunos títulos que uno sabe que tarde o temprano deberá enfrentar como lector. Y quizá esta confesión sea un buen punto de partida, porque hay autores a los que uno llega por amor, otros por curiosidad, otros por deber cultural, y otros porque la vida, silenciosamente, nos va diciendo: “Aquí hay una voz que no puedes seguir aplazando”.

Cela pertenece, para mí, a esta última categoría. Sé que es un autor de obligatoria lectura no solo por su popularidad, ni solo por el Premio Nobel, ni solo porque su nombre figure en las historias de la literatura, sino porque su obra parece tocar una zona incómoda y necesaria de la condición humana: la violencia, la miseria, la soledad, el absurdo, la compasión reprimida, la España herida de la posguerra y ese fondo oscuro del hombre que la literatura seria no maquilla.

La Fundación Camilo José Cela recuerda que su carrera literaria comenzó en 1942 con La familia de Pascual Duarte, y que después siguieron otras trece novelas hasta Madera de boj, publicada en 1999. También destaca La colmena, editada en Buenos Aires en 1951 por sus problemas con la censura. (Fundación Cela)

Un escritor incómodo, pero necesario

Camilo José Cela no fue un escritor dulce. No parece haber querido serlo. Su literatura no busca acariciar al lector ni ofrecerle consuelos rápidos. Más bien lo obliga a mirar aquello que muchas veces preferimos no ver: la brutalidad que puede habitar en el ser humano, la pobreza moral de ciertas sociedades, el dolor acumulado en las familias, el peso de la ignorancia, el destino de quienes nacen en ambientes donde la violencia parece transmitirse como una herencia maldita.

El Nobel reconoció en Cela una “prosa rica e intensa” capaz de ofrecer una visión provocadora del desamparo humano. (NobelPrize.org) Esa expresión me parece clave: el desamparo del ser humano. Tal vez ahí se encuentre la puerta de entrada espiritual a Cela. No necesariamente en una literatura piadosa, ni en personajes ejemplares, ni en discursos religiosos, sino en la representación descarnada de una humanidad que necesita salvación, aunque no siempre sepa pedirla.

Hay autores que nos acercan a Dios por la belleza. Otros nos acercan a Dios por la herida. Cela, al menos por lo que se percibe de su obra y de su visión del mundo, parece pertenecer a esta segunda familia: la de los escritores que muestran al hombre cuando ha perdido sus adornos, cuando se queda solo ante su sombra, cuando la vida parece una lucha torpe entre la culpa, el instinto y la necesidad de sobrevivir.

La familia de Pascual Duarte: cuando la violencia parece destino

La familia de Pascual Duarte, publicada en 1942, es su primera gran obra. El Instituto Cervantes señala que, a pesar de su éxito, tuvo problemas con la Iglesia, hasta el punto de que la segunda edición fue prohibida y acabó publicándose en Buenos Aires. (Instituto Cervantes)

Esta novela suele considerarse el inicio del llamado tremendismo, una corriente marcada por la crudeza, la violencia, la dureza ambiental y una mirada extrema sobre la realidad. Pascual Duarte, su protagonista, no es un héroe. Es un hombre marcado por un entorno familiar y social áspero, por la ignorancia, por la fatalidad y por una violencia que brota casi como única respuesta ante la vida.

Desde una mirada cristiana, esta novela plantea una pregunta difícil: ¿hasta dónde llega la responsabilidad personal cuando una vida ha sido deformada desde la raíz? No para justificar el mal, porque el mal nunca debe ser banalizado, sino para comprender que detrás de muchas conductas violentas hay historias de abandono, pobreza, falta de educación, heridas familiares, humillaciones y una ausencia casi total de ternura.

Pascual Duarte no es simplemente un criminal literario. Es también un espejo terrible. En él se percibe una humanidad rota. Y cuando la literatura nos muestra una humanidad rota, inevitablemente nos lleva a preguntarnos por la gracia, por la redención, por la posibilidad de que el hombre no esté condenado a repetir eternamente el mal recibido.

Quizá por eso Cela puede interesar también a un lector creyente. No porque su literatura sea edificante en el sentido tradicional, sino porque nos recuerda que la redención cristiana no parte de seres humanos ideales, sino de hombres y mujeres concretos, heridos, contradictorios, pecadores, necesitados de misericordia.

¿Fue católico Camilo José Cela?

La pregunta por la fe de Camilo José Cela no se responde de forma simple. Su horizonte cultural fue claramente el de la España católica. Estudió en colegios religiosos —Escolapios y Maristas—, y su vida mantuvo vínculos con ritos y referencias del catolicismo. (Instituto Cervantes)

Pero Cela no parece haber sido un católico convencional, devocional o fácilmente clasificable. Su relación con Dios fue más compleja, socarrona, personal, quizá atravesada por la duda y por una forma muy suya de resistencia a las definiciones cerradas. En una entrevista recogida por Alfonso Aguiló, cuando le preguntaron si era creyente, Cela respondió con humor que la pregunta era “inconstitucional”; luego añadió que si él creía o no en Dios era algo que solo Dios sabía. (Interrogantes)

Esa respuesta es profundamente celiana: irónica, esquiva, provocadora, pero no vacía. No dice simplemente: “No creo”. Tampoco responde con una profesión de fe catequética. Se sitúa en una zona ambigua, donde Dios aparece como misterio más grande que las fórmulas humanas.

En esa misma conversación reconocía haber practicado el catolicismo y, hablando de la nulidad eclesiástica de su primer matrimonio y de su boda religiosa con Marina Castaño, afirmó que ante Dios también convenía tener “los papeles en regla”. (Interrogantes)

¿Qué podemos decir, entonces? Que Cela perteneció al universo cultural católico español, que no consta como adscrito a otra confesión religiosa, que tuvo gestos sacramentales dentro de la Iglesia católica, pero que su visión de Dios no fue la de un creyente sencillo o dócil a fórmulas convencionales. Su espiritualidad, si usamos esa palabra, fue áspera, interrogativa, poco sentimental, quizá más marcada por la conciencia de la muerte y del absurdo que por la serenidad devocional.

Una espiritualidad de la intemperie

Me parece que la espiritualidad de Cela, más que buscarla en declaraciones formales, habría que rastrearla en su obsesión por el ser humano desamparado. Rafael Narbona, en un artículo publicado en Alfa y Omega, sostiene que la obra de Cela puede leerse como una búsqueda de sentido y trascendencia en una época de crisis e incertidumbre. (Alfa y Omega)

Esa idea me interesa mucho. Porque quizá Cela no sea un escritor religioso en el sentido habitual, pero sí un escritor que se mueve en territorios donde la pregunta religiosa se vuelve inevitable. Cuando la literatura desciende a la violencia, a la culpa, a la miseria, al miedo y a la muerte, tarde o temprano aparece una pregunta de fondo: ¿hay salvación para el ser humano?

No sé si Cela respondía a esa pregunta como respondería un teólogo. Probablemente no. Pero su literatura parece mostrar qué ocurre cuando la vida humana queda expuesta a la intemperie, sin ternura suficiente, sin esperanza clara, sin una comunidad que sane, sin una palabra que redima. En ese sentido, incluso sus páginas más duras pueden ser leídas como una advertencia espiritual: cuando el hombre pierde el horizonte de la compasión, se vuelve capaz de cualquier cosa.

La muerte y los últimos días de Cela

Los últimos días de Camilo José Cela estuvieron marcados por la enfermedad. Murió el 17 de enero de 2002, a los 85 años, en la clínica Cemtro de Madrid, a causa de una insuficiencia cardiaca provocada por una patología cardiorrespiratoria crónica en fase terminal. Había ingresado pocos días antes, y en sus últimas horas estuvo acompañado por su esposa Marina Castaño y por personas cercanas. (El País)

Según informó entonces El País, sus últimas palabras fueron un “viva a Iria Flavia” y un “te quiero” dirigido a su esposa. (El País) Hay algo profundamente humano en esas dos expresiones finales: la tierra natal y el amor cercano. Iria Flavia, el origen; Marina, la compañía última. Como si al final quedaran dos pertenencias esenciales: el lugar de donde venimos y la persona que nos sostiene la mano cuando la vida se apaga.

Fue enterrado en su tierra natal, bajo un olivo, como era su deseo. (El País) Esa imagen tiene una fuerza casi bíblica. El olivo habla de raíz, de memoria, de paz, de tierra trabajada, de permanencia. Y aunque Cela no pueda ser convertido artificialmente en un escritor piadoso, ese gesto final deja una imagen serena: el Nobel áspero, el provocador, el hombre de palabras duras y genio literario, descansando bajo un árbol humilde en la tierra que lo vio nacer.

Cela ante un lector creyente

Como sacerdote y lector que todavía tiene pendiente acercarse directamente a su obra, me interesa Camilo José Cela no porque espere encontrar en él respuestas fáciles, sino precisamente porque sospecho que encontraré preguntas difíciles.

Tal vez La familia de Pascual Duarte me obligue a mirar la violencia no como un espectáculo, sino como una herida humana. Tal vez La colmena me muestre la vida social como un enjambre de soledades. Tal vez sus páginas me incomoden, me repelan en algunos momentos, me hagan discutir con él, pero también me ayuden a comprender mejor al ser humano que Cristo vino a redimir.

Porque la fe cristiana no puede quedarse únicamente en los ambientes luminosos. También debe descender a las zonas oscuras de la existencia. Jesús no vino a salvar una humanidad ideal, sino esta humanidad concreta: herida, contradictoria, torpe, capaz de amar y de destruir, necesitada de perdón.

Desde ahí, Cela puede convertirse en un interlocutor incómodo pero necesario. Su literatura no nos invita a mirar santos de vitral, sino seres humanos de barro. Y el barro, en la Biblia, no es despreciable: es la materia con la que Dios modela al hombre.

Una lectura pendiente

Por eso, al recordar este 11 de mayo el nacimiento de Camilo José Cela, quiero asumir públicamente una deuda lectora. No he leído aún sus obras, pero sé que debo hacerlo. No por simple prestigio cultural, sino porque hay escritores que nos ayudan a mirar regiones del alma que la predicación, la pastoral y la vida creyente no deberían ignorar.

Cela me atrae y me previene. Me llama y me incomoda. Me parece un autor áspero, polémico, difícil, quizá excesivo en su personaje público, pero también imprescindible para entender una parte de la literatura española del siglo XX y una parte del corazón humano cuando se siente abandonado a su suerte.

No sé si Camilo José Cela creyó en Dios como cree un cristiano sencillo. Él mismo prefirió dejar esa respuesta en manos de Dios. Pero quizá ahí hay una humildad involuntaria: al final, solo Dios conoce del todo el misterio de cada conciencia.

Nosotros, como lectores, podemos acercarnos a su obra sin canonizarlo ni condenarlo. Podemos leerlo como se lee a los grandes escritores: con gratitud, con sentido crítico y con el corazón despierto. Porque incluso en la literatura más dura puede esconderse una pregunta por la misericordia. Incluso en la violencia narrada puede aparecer la nostalgia de una paz perdida. Incluso en un personaje roto puede resonar, silenciosamente, la necesidad de redención.

Cada 11 de mayo, al recordar a Camilo José Cela, no celebramos simplemente a un Nobel español. Recordamos a un escritor que se atrevió a mirar al ser humano en su intemperie. Y para un creyente, esa intemperie no es ajena al Evangelio: es precisamente el lugar donde Cristo sigue buscando al hombre, aun cuando el hombre ya no sepa cómo buscar a Dios.

domingo, 10 de mayo de 2026

Benito Pérez Galdós: el novelista que buscó a Dios entre los pobres y las contradicciones de España

 

Cada 10 de mayo la literatura hispana recuerda el nacimiento de Benito Pérez Galdós, venido al mundo en Las Palmas de Gran Canaria el 10 de mayo de 1843. No es una fecha cualquiera: ese día nació uno de los grandes narradores de la lengua española, representante mayor de la novela realista del siglo XIX, académico de la Real Academia Española desde 1897 y nominado al Premio Nobel de Literatura en 1912. Murió en Madrid el 4 de enero de 1920. 

(Instituto Cervantes)


Hablar de Galdós en esta efeméride de su nacimiento no es simplemente recordar a un clásico de la literatura. Es volver a preguntarnos por España, por la pobreza, por la justicia, por la religión, por la belleza escondida en los pequeños, y también por Dios. Porque la obra galdosiana no solo retrata costumbres, familias, ciudades y conflictos políticos; retrata almas. Y cuando un escritor se atreve a mirar el alma humana, tarde o temprano se encuentra con la pregunta religiosa.

La primera vez que Benito Pérez Galdós entró de verdad en mi vida no fue por una clase solemne de literatura, ni por una referencia académica, sino por una novela que en mi adolescencia me dejó una huella profunda: Marianela —que en la memoria afectiva, con los años, uno a veces recuerda con la sonoridad de Marinella. Aquella historia de una muchacha pobre, frágil, poco agraciada a los ojos del mundo, pero llena de una belleza interior conmovedora, me impactó hondamente. Me habló de algo que la literatura verdadera siempre revela: que los ojos pueden ver mucho y, sin embargo, no ver lo esencial.

Después de leerla, vi por televisión una telenovela basada en esa historia, titulada El juramento. En mi recuerdo aparece asociada a Armando Gutiérrez y Natalia Giraldo —aunque la memoria televisiva, con el paso del tiempo, puede confundir nombres, rostros y créditos—, y sobre todo a aquella bellísima canción del puertorriqueño José Feliciano: “No hay sombra que me cubra”. Esa melodía quedó para siempre unida en mi sensibilidad juvenil a la historia de Nela, de Pablo, de la ceguera, del amor idealizado y del doloroso descubrimiento de que no siempre sabemos amar lo que de verdad vale.

Desde entonces, Galdós quedó unido en mi memoria a tres realidades: la fragilidad humana, la belleza escondida y la pregunta por Dios.

Un escritor para mirar la realidad sin maquillarla

Benito Pérez Galdós fue un observador extraordinario. Supo mirar la vida española con una mezcla admirable de realismo, compasión, ironía y profundidad moral. Su obra es inmensa. Baste recordar los Episodios nacionales, iniciados en 1873 con Trafalgar, una monumental reconstrucción novelada de la historia de España desde la vida cotidiana de sus personajes. (Instituto Cervantes)

Pero también están sus novelas contemporáneas: Doña PerfectaGloriaLa familia de León RochTormentoLa de BringasMiauTristanaNazarínHalmaMisericordiaEl abuelo y, por supuesto, Fortunata y Jacinta, quizá su novela más ambiciosa y una de las cumbres de la narrativa española.

Si Cervantes había dado a España el gran espejo de la condición humana con Don Quijote de la Mancha, Galdós ofreció otro espejo: el de la España moderna, contradictoria, apasionada, religiosa y anticlerical, pobre y orgullosa, llena de santos anónimos y de hipócritas solemnes. Galdós no escribió desde una torre de marfil. Escribió desde la calle, desde el oído atento, desde la conversación popular, desde las heridas de su tiempo.

En sus novelas, los grandes conflictos nacionales no aparecen como abstracciones. Se encarnan en familias, amores, deudas, matrimonios, herencias, beatas, curas, médicos, comerciantes, mendigos, jóvenes idealistas, mujeres humilladas y personajes que parecen arrancados directamente de la vida. Por eso Galdós sigue vivo: porque no escribió solo sobre su siglo, sino sobre las pasiones, cegueras y esperanzas de todos los siglos.

Marianela: la belleza que el mundo no sabe ver

Entre todas sus obras, Marianela ocupa para mí un lugar entrañable. Publicada en 1878, forma parte de sus llamadas novelas de tesis. La protagonista, Nela, es una muchacha huérfana, excluida, tratada casi como un ser inferior por quienes la rodean. Vive cerca de Pablo Penáguilas, un joven ciego que no la juzga por su apariencia y con quien establece una relación íntima y profundamente idealizada. (Wikipedia)

La llegada del médico Teodoro Golfín abre la posibilidad de que Pablo recupere la vista. Pero esa curación, que debería ser una bendición, se convierte para Marianela en una tragedia. Cuando Pablo ve, descubre el mundo exterior y queda seducido por la belleza visible de Florentina. La pobre Nela, que había sido amada en la oscuridad, queda desamparada ante la luz. (Wikipedia)

La novela es mucho más que una historia sentimental. Es una parábola sobre la mirada. ¿Qué vemos cuando vemos? ¿Qué ama realmente el corazón humano? ¿Amamos el alma o la apariencia? ¿Somos capaces de descubrir la belleza escondida en quienes no responden a los criterios exteriores de la sociedad?

Desde una sensibilidad cristiana, Marianela se lee casi como una meditación sobre aquella verdad bíblica según la cual el ser humano mira las apariencias, pero Dios mira el corazón. Galdós no predica como predica un sacerdote; pero muchas veces desenmascara como un profeta. Nos obliga a reconocer que hay personas a quienes el mundo no mira, no escucha, no valora, no celebra; y, sin embargo, son precisamente esas criaturas pequeñas las que revelan una verdad más honda sobre la dignidad humana.

Marianela es una pobre entre los pobres. No tiene hermosura física, no tiene posición social, no tiene protección verdadera. Pero tiene una interioridad luminosa. Su tragedia no consiste solo en no ser correspondida; consiste en que el mundo no supo verla. Y esa es una pregunta profundamente espiritual: ¿cuántas Marianelas siguen pasando junto a nosotros sin que las reconozcamos?

¿Fue católico Benito Pérez Galdós?

Esta pregunta no se responde con facilidad. Galdós nació en una España oficialmente católica y fue formado en un ambiente donde la religión tenía una presencia social evidente. Pero el Galdós adulto fue un hombre liberal, crítico del clericalismo, de la intolerancia religiosa, del fanatismo y de la excesiva influencia de ciertos sectores eclesiásticos en la vida pública, la educación y la moral social.

Ahora bien, sería injusto reducirlo a la etiqueta simple de “anticlerical”. Algunos estudiosos han insistido en que Galdós no fue enemigo de la religión como tal, sino muy crítico con determinadas formas históricas del catolicismo español. Vida Nueva recoge el juicio del crítico Germán Gullón, quien afirma que Galdós fue “creyente en los valores del cristianismo evangélico”; también se señala que su crítica iba dirigida más contra ciertas estructuras y actitudes eclesiásticas que contra la religión misma. (Vida Nueva)

Aquí está la clave: Galdós no parece un hombre indiferente ante Dios. Más bien fue un escritor incómodo ante una religión convertida en poder, fachada o costumbre social. Le molestaba la fe usada como instrumento de dominio. Le inquietaba la piedad sin caridad. Le repugnaba la moral religiosa cuando servía para aplastar conciencias en lugar de liberarlas.

Pero al mismo tiempo, su obra está llena de preguntas religiosas. En sus novelas aparecen creyentes auténticos y creyentes deformados; sacerdotes nobles y sacerdotes mediocres; mujeres de caridad admirable y beatas de apariencia rígida; almas libres y conciencias dominadas por el miedo. Galdós no destruye la pregunta religiosa: la purifica narrativamente.

Una espiritualidad evangélica, incómoda y humana

Hay un momento muy significativo en la evolución literaria de Galdós: su llamado ciclo espiritualista. En la década de 1890, la religión aparece con fuerza en obras como NazarínHalma y Misericordia. Un análisis publicado en El Ciervo recuerda que estas novelas conectan con la búsqueda de un cristianismo más fiel al Evangelio y menos aliado con el poder. (El Ciervo)

Nazarín es especialmente reveladora. Su protagonista es un sacerdote pobre, libre, extraño, casi quijotesco, que intenta vivir el Evangelio con radicalidad. No es un funcionario de lo sagrado, ni un clérigo de comodidades, ni un predicador de fórmulas. Es un hombre que quiere parecerse a Cristo hasta las últimas consecuencias. Comparte lo poco que tiene, se desprende de los bienes, soporta incomprensiones, y parece loco precisamente porque toma en serio aquello que muchos cristianos han domesticado.

Desde mi condición sacerdotal, me parece imposible leer Nazarín sin sentir cierta incomodidad. Porque Galdós, con toda su mirada crítica, nos recuerda que el cristianismo no nació para ser una institución de prestigio, sino una forma de vida siguiendo al Crucificado. Nos recuerda que un sacerdote puede perder credibilidad no solo por sus pecados, sino también por su comodidad. Y nos recuerda que el Evangelio, cuando se vive de verdad, siempre tiene algo de escándalo.

Misericordia, por su parte, es quizá una de las novelas más cristianas de Galdós, aunque no lo sea en sentido devocional o catequético. Allí aparece Benina, una mujer pobre, mendiga, servicial, capaz de sostener a otros desde una bondad humilde y silenciosa. Benina no necesita discursos religiosos para parecer evangélica. Su vida misma es una parábola de la compasión.

En estos personajes se percibe una espiritualidad profunda: no necesariamente una ortodoxia doctrinal expresada de manera explícita, sino una búsqueda de autenticidad, de misericordia, de libertad interior y de verdad moral. Galdós parece decirnos que una religión sin humanidad se convierte en caricatura, mientras que una humanidad vivida con misericordia puede transparentar a Dios incluso cuando no lo nombra.

Galdós ante la Iglesia: crítica, no simple rechazo

Galdós fue crítico frente a la Iglesia católica de su tiempo, especialmente cuando la veía demasiado vinculada al poder, al control social o a la intolerancia. Pero su crítica no debe confundirse con desprecio superficial hacia la fe. Más bien parece una crítica nacida del deseo de una religión más limpia, más libre y más evangélica.

En sus novelas, la religión puede aparecer como fuerza de opresión cuando se vuelve fanatismo, pero también como camino de redención cuando se convierte en caridad. Galdós desconfía del dogmatismo cerrado, pero admira la autenticidad. Cuestiona la apariencia piadosa, pero se inclina ante la bondad verdadera. Rechaza la religión como máscara social, pero se conmueve ante la fe que se hace servicio.

Como creyente, esto me resulta particularmente interpelante. Porque a veces los escritores críticos ayudan a la Iglesia más de lo que pensamos. No porque tengan siempre razón en todo, sino porque nos obligan a preguntarnos si estamos transparentando el rostro de Cristo o simplemente defendiendo estructuras, costumbres y seguridades.

Galdós nos pone delante de una pregunta incómoda: ¿qué queda del cristianismo cuando se le quita el poder? Si queda misericordia, verdad, libertad, pobreza evangélica y amor por los pequeños, entonces queda el Evangelio. Si no queda nada, tal vez lo que había no era Evangelio, sino decoración religiosa.

Su muerte: ceguera, pobreza y reconocimiento popular

Los últimos años de Benito Pérez Galdós fueron difíciles. La enfermedad, la pérdida progresiva de la vista, los problemas económicos y el cansancio físico fueron apagando al gran observador de España. Desde 1913 estaba ciego, y su salud se agravó en los meses finales. Murió en la madrugada del 4 de enero de 1920, aproximadamente a las tres y media, en la casa de su sobrino José Hurtado de Mendoza, en la calle Hilarión Eslava de Madrid. Su enfermedad se había complicado por uremia e insuficiencia cardíaca. (BienMeSabe)

Hay algo profundamente simbólico en esa muerte: el hombre que había visto como pocos las contradicciones de España terminó sus días ciego. El novelista que había sabido mirar la pobreza, la hipocresía, la ternura, la ambición, la fe y la desesperanza, perdió la luz física, pero no la luz literaria. Su cuerpo fue velado con honores, y la noticia de su muerte conmovió tanto a Madrid como a su tierra natal canaria. (BienMeSabe)

No me atrevería a inventar una escena piadosa sobre su final. No sé, con certeza suficiente, cómo fue su último diálogo interior con Dios. Pero sí sabemos que murió como mueren los grandes hombres: dejando una obra que sigue interrogando. Y en su caso, interrogando también a los creyentes.

La pregunta por Dios en un escritor incómodo

¿Creía Galdós en Dios? Quizá habría que responder con prudencia. No fue un católico convencional, ni un escritor sometido dócilmente a la sensibilidad eclesiástica de su época. Fue liberal, crítico, incómodo, a veces durísimo con los ambientes clericales. Pero su obra no respira ateísmo vulgar ni indiferencia espiritual. Respira búsqueda. Respira hambre de verdad. Respira una profunda preocupación por el bien, por la justicia y por la misericordia.

Tal vez Galdós creyó más en el Dios del Evangelio que en el Dios de ciertas instituciones de su tiempo. Tal vez no pudo reconciliarse plenamente con la Iglesia visible que conoció, pero sí supo reconocer la grandeza moral del cristianismo cuando se hacía caridad, pobreza, perdón y servicio. Tal vez su espiritualidad fue la de un hombre que desconfiaba de las palabras religiosas cuando no estaban respaldadas por obras.

Por eso, leído desde la fe, Galdós no es un enemigo. Es un interlocutor. Un escritor que nos incomoda sanamente. Un novelista que nos pregunta si nuestra religión mira a Marianela o la ignora; si nuestros ojos son capaces de ver a los pobres; si nuestra fe es misericordia o simple apariencia; si hablamos mucho de Dios pero reconocemos poco su presencia en los humillados.

Galdós y mi memoria de lector creyente

Vuelvo entonces a mi adolescencia. Vuelvo a Marianela. Vuelvo a aquella telenovela El juramento. Vuelvo a José Feliciano cantando “No hay sombra que me cubra”. Vuelvo a esa mezcla de literatura, televisión, música y sensibilidad juvenil que nos marca para siempre.

Quizá en aquel tiempo yo no tenía las palabras para formularlo, pero hoy entiendo mejor por qué esa historia me conmovió tanto. Porque Nela representaba a todos los seres humanos que no son mirados con amor. Porque Pablo representaba la ambigüedad de nuestros afectos: a veces amamos una imagen, no una persona. Porque la luz física, paradójicamente, puede revelar también una ceguera más profunda. Y porque Galdós, sin escribir una novela piadosa, me estaba acercando a una pregunta profundamente cristiana: ¿sabemos mirar como mira Dios?

Eso es lo que los grandes escritores hacen con nosotros. Nos acompañan durante años. Nos dejan heridas, símbolos, escenas, melodías. Y un día, mucho tiempo después, descubrimos que aquello que nos emocionó en la juventud tenía un sentido más hondo.

Benito Pérez Galdós no fue un santo de estampita. Fue un escritor complejo, liberal, crítico, apasionado por la verdad humana, incómodo para los conservadores de su tiempo y también difícil de encasillar para los lectores religiosos. Pero precisamente por eso sigue siendo necesario. Porque nos recuerda que la fe no puede separarse de la vida, que la religión no debe convertirse en máscara, y que Dios puede estar más cerca de una pobre muchacha despreciada que de una sociedad orgullosa de sus apariencias.

Cada 10 de mayo, al recordar su nacimiento, no solo celebramos a un gigante de la literatura española. Celebramos a un hombre que supo mirar las sombras de su tiempo y buscar, entre ellas, alguna luz. Y quizá esa luz, aunque él no siempre la nombrara con lenguaje devoto, era la misma que sigue brillando en el corazón del Evangelio: la dignidad de los pobres, la misericordia de los humildes y la belleza escondida de quienes solo Dios sabe mirar plenamente.

 

sábado, 9 de mayo de 2026

10 de mayo del 2026: sexto domingo de Pascua-Ciclo A

 

La alegría como testamento

En este tiempo pascual, abramos el oído a las palabras de Jesús dirigidas a sus discípulos en el camino que lo conducía a entregar su vida por amor. Para los discípulos, probados por la separación de su Señor, estas palabras son preciosas, como las de un testamento espiritual. Resuenan como memorial de lo que vivieron durante la última cena, recibiendo la llamada a la felicidad: felices aquellos y aquellas que, en lo ordinario de los días, actúan a la manera de Cristo.

El relato de los Hechos de los Apóstoles da testimonio, en efecto, de la manera de vivir de Felipe y sus compañeros, recibida del mismo Jesús. Sí, Jesús ha honrado su promesa de volver hacia ellos, Él que se manifestó como el Resucitado durante los cincuenta días del tiempo pascual.

La promesa de Jesús a los discípulos de rogar al Padre para que enviara sobre ellos el Espíritu de la verdad, el Defensor que estaría siempre con ellos, se hace efectiva. Felipe da testimonio de ello: en nombre de Cristo Jesús libera a los poseídos, cura a los paralíticos y a los lisiados. Una gran alegría es el signo de la presencia del Espíritu de Cristo que actúa por medio de los discípulos.

Esta promesa también se nos hace a nosotros, que vivimos en amistad con Él. El Evangelio de Juan dirige nuestra mirada hacia la Trinidad. Nos introduce en las relaciones trinitarias: que podamos reconocer que Jesús está en el Padre, que nosotros estamos en el Hijo por el Espíritu, y que Él está en nosotros.

¿Cuál será, en este tiempo pascual, la manera de poner al Resucitado en el corazón de mi vida? ¿Acaso acojo la alegría que se nos da cuando el Espíritu de Cristo Resucitado se manifiesta en un encuentro?

Anne Da, xavière

 

 


Primera lectura


Hch 8, 5-8. 14-17


Les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.

EN aquellos días, Felipe bajó a la ciudad de Samaría y les predicaba a Cristo. El gentío unánimemente escuchaba con atención lo que decía Felipe, porque habían oído hablar de los signos que hacía, y los estaban viendo: de muchos poseídos salían los espíritus inmundos lanzando gritos, y muchos paralíticos y lisiados se curaban. La ciudad se llenó de alegría.
Cuando los apóstoles, que estaban en Jerusalén, se enteraron de que Samaría había recibido la palabra de Dios, enviaron
a Pedro y a Juan; ellos bajaron hasta allí y oraron por ellos, para que recibieran el Espíritu Santo; pues aún no había bajado sobre ninguno; estaban solo bautizados en el nombre del Señor Jesús. Entonces les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 65, 1b-3a. 4-5. 6-7a. 16 y 20 (R.: 1b)

R. Aclama al Señor, tierra entera.

O bien:

R. Aleluya.

V. Aclama al Señor, tierra entera;
toquen en honor de su nombre,
canten himnos a su gloria.
Digan a Dios: «¡Qué temibles son tus obras!». 
R.

V. Que se postre ante ti la tierra entera,
que toquen en tu honor,
que toquen para tu nombre.
Vengan a ver las obras de Dios,
sus temibles proezas en favor de los hombres. 
R.

V. Transformó el mar en tierra firme,
a pie atravesaron el río.
Alegrémonos en él.
Con su poder gobierna eternamente. 
R.

V. Los que temen a Dios, vengan a escuchar,
les contaré lo que ha hecho conmigo.
Bendito sea Dios, que no rechazó mi súplica
ni me retiró su favor. 
R.

 

Segunda lectura

1 Pe 3, 15-18

Muerto en la carne pero vivificado en el Espíritu

Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro.

QUERIDOS hermanos:
Glorifiquen a Cristo el Señor en sus corazones, dispuestos siempre para dar explicación a todo el que les pida una razón de su esperanza, pero con delicadeza y con respeto, teniendo buena conciencia, para que, cuando los calumnien, queden en ridículo los que atentan contra su buena conducta en Cristo.
Pues es mejor sufrir haciendo el bien, si así lo quiere Dios, que sufrir haciendo el mal.
Porque también Cristo sufrió su pasión, de una vez para siempre, por los pecados, el justo por los injustos, para conducirlos a Dios. Muerto en la carne pero vivificado en el Espíritu.

Palabra de Dios.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. El que me ama guardará mi palabra —dice el Señor—, y mi Padre lo amará, y vendremos a él. R.

 

Evangelio

Jn 14, 15-21

Le pediré al Padre que les dé otro Paráclito

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Si me aman, guardarán mis mandamientos. Y yo le pediré al Padre que les dé otro Paráclito, que esté siempre con ustedes, el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; ustedes, en cambio, lo conocen, porque mora con ustedes y está en ustedes.
No los dejaré huérfanos, volveré a ustedes. Dentro de poco el mundo no me verá, pero ustedes me verán y vivirán, porque yo sigo viviendo. Entonces sabrán que yo estoy en mi Padre, y ustedes en mí y yo en ustedes. El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo también lo amaré y me manifestaré a él».

Palabra del Señor.

 

1

 “No los dejaré huérfanos”

 

Queridos hermanos:

A medida que avanza el tiempo pascual, la liturgia nos va preparando para dos grandes celebraciones: la Ascensión del Señor y Pentecostés. Hemos celebrado que Cristo ha resucitado, que la muerte ha sido vencida, que la piedra del sepulcro ha sido removida. Pero ahora surge una pregunta muy humana, muy nuestra: ¿y cómo seguir viviendo cuando Jesús ya no se deja ver como antes? ¿Cómo caminar cuando no lo tenemos físicamente delante de nosotros? ¿Cómo creer, amar y esperar cuando la vida parece ponernos a prueba?

La respuesta de Jesús en el Evangelio de hoy es profundamente consoladora: “No los dejaré huérfanos; volveré a ustedes”.

Esa frase vale por una promesa, pero también por un testamento. Jesús está hablando en el contexto de la última cena, cuando sabe que se acerca la hora de su pasión. Sus discípulos presienten que algo doloroso va a suceder. Hay miedo, incertidumbre, tristeza. Y Jesús, en lugar de darles una explicación larga sobre el sufrimiento, les deja una certeza: no estarán solos. No quedarán abandonados. No serán huérfanos espirituales. El Padre les dará otro Defensor, el Espíritu de la verdad, para que esté siempre con ellos.

Aquí está el corazón de este domingo: la Pascua no es solamente la noticia de que Jesús resucitó; es también la certeza de que el Resucitado sigue vivo y actuante en medio de nosotros por el Espíritu Santo.

La primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles, nos muestra precisamente eso. Felipe baja a la ciudad de Samaría y comienza a anunciar a Cristo. Y sucede algo maravilloso: los enfermos son sanados, los espíritus impuros son expulsados, los paralíticos y lisiados recobran la salud. Pero el signo más hermoso aparece al final del pasaje: “la ciudad se llenó de alegría”.

La alegría es el gran signo de la presencia del Espíritu. No una alegría superficial, no una euforia pasajera, no una diversión que dura mientras todo va bien. Es una alegría pascual, nacida de la experiencia de saber que Cristo vive, que Cristo sana, que Cristo libera, que Cristo no abandona.

Y llama la atención que esa alegría llegue a Samaría. Para muchos judíos de aquel tiempo, Samaría era tierra sospechosa, tierra de enemistades antiguas, tierra marcada por heridas religiosas y culturales. Pero el Evangelio no se queda encerrado en Jerusalén. El Espíritu empuja a la Iglesia a cruzar fronteras, a sanar divisiones, a entrar donde hay dolor, rechazo, enfermedad y miedo.

Esto nos dice mucho hoy. También nuestras comunidades, nuestras familias, nuestros pueblos y nuestra patria tienen “Samarías”: lugares de heridas, de conflictos, de resentimientos, de personas excluidas, de historias no reconciliadas. Y allí quiere llegar el Evangelio. Allí quiere actuar el Espíritu. Allí quiere nacer la alegría verdadera.

Pero el Evangelio de Juan nos recuerda algo fundamental: la alegría cristiana no se improvisa. Nace de una relación de amor con Jesús. Por eso el Señor dice: “Si me aman, guardarán mis mandamientos”.

A veces escuchamos la palabra “mandamientos” y pensamos inmediatamente en normas, obligaciones, prohibiciones. Pero Jesús no está hablando aquí como un juez frío que impone cargas. Habla como el Amado que nos muestra el camino para permanecer en comunión con Él. Guardar sus mandamientos no es vivir oprimidos por una ley, sino aprender a amar como Él ama.

El mandamiento de Jesús es el amor: amar al Padre, amar al prójimo, perdonar, servir, buscar la verdad, defender la vida, acompañar al que sufre, no devolver mal por mal, construir comunión, vivir con limpieza de corazón. Quien ama a Jesús no se conforma con admirarlo de lejos; quiere parecerse a Él en la vida diaria.

Y aquí aparece una pregunta seria para nosotros: ¿se nota en nuestra manera de vivir que amamos a Jesús? ¿Se nota en nuestras palabras, en nuestro trato, en nuestra paciencia, en nuestra capacidad de perdonar, en nuestra forma de trabajar, de educar, de servir, de hablar de los demás?

Jesús no dice: “Si me aman, tendrán sentimientos bonitos”. Dice: “Si me aman, guardarán mis mandamientos”. El amor verdadero se verifica en la vida concreta.

San Pedro, en la segunda lectura, nos da otra clave preciosa: “Estén siempre dispuestos a dar razón de su esperanza”. No dice simplemente “den razón de sus ideas” o “defiendan sus opiniones”. Dice: den razón de su esperanza. El cristiano está llamado a ser una persona capaz de explicar, con su vida y con su palabra, por qué sigue esperando, por qué no se rinde, por qué continúa creyendo en medio de las dificultades.

Pero Pedro añade algo muy importante: hay que hacerlo con mansedumbre y respeto. Esto es profundamente actual. Vivimos tiempos de discusiones agresivas, de insultos fáciles, de polarizaciones, de redes sociales donde muchos creen que tener razón les da derecho a humillar. El cristiano no anuncia a Cristo desde la arrogancia, sino desde la humildad. No defiende la fe con violencia verbal, sino con mansedumbre. No impone la esperanza, la propone.

Dar razón de nuestra esperanza no significa tener respuesta para todo. Significa mostrar que nuestra vida está sostenida por Alguien. Significa que, aun en medio del dolor, no caminamos como huérfanos. Significa que, aunque haya lágrimas, no vivimos derrotados. Significa que Cristo sigue siendo el centro.

Por eso el Evangelio de hoy es tan consolador: “Yo le pediré al Padre que les dé otro Defensor, que esté siempre con ustedes”. Jesús llama al Espíritu Santo el Defensor, el Paráclito. Es decir, aquel que acompaña, consuela, fortalece, ilumina, sostiene y defiende interiormente.

Cuántas veces necesitamos ese Defensor. Lo necesitamos cuando sentimos soledad. Lo necesitamos cuando no sabemos qué decisión tomar. Lo necesitamos cuando la fe se enfría. Lo necesitamos cuando nos cansamos de luchar. Lo necesitamos cuando la tristeza quiere instalarse en el alma. Lo necesitamos cuando debemos perdonar y no encontramos fuerzas. Lo necesitamos cuando tenemos que empezar de nuevo.

El Espíritu Santo no viene a evitarnos toda dificultad, pero sí viene a recordarnos que no estamos solos dentro de la dificultad. No elimina mágicamente la cruz, pero nos da la fuerza para cargarla con Cristo. No nos saca del mundo, pero nos enseña a vivir en el mundo con el corazón puesto en Dios.

Jesús dice: “Dentro de poco el mundo no me verá, pero ustedes me verán, porque yo vivo y ustedes también vivirán”. Hay una manera de ver a Jesús que no depende de los ojos del cuerpo, sino de los ojos de la fe. Lo vemos en la Eucaristía. Lo vemos en la Palabra. Lo vemos en la comunidad reunida. Lo vemos en el pobre que espera ayuda. Lo vemos en el enfermo que necesita consuelo. Lo vemos en el hermano que nos perdona. Lo vemos en los pequeños signos de amor que el Espíritu va sembrando en lo ordinario de cada día.

Tal vez una de las enfermedades espirituales de nuestro tiempo es la incapacidad de reconocer la presencia de Dios en lo pequeño. Esperamos manifestaciones extraordinarias, pero el Resucitado muchas veces llega en una conversación sencilla, en una reconciliación, en una visita, en una oración hecha con lágrimas, en una palabra de aliento, en una comunidad que se reúne a celebrar la fe.

Podemos afirmar que Jesús nos deja la alegría como testamento. Es una expresión hermosa. Jesús, antes de partir, no deja a sus discípulos una fortuna, ni un poder humano, ni una estrategia política. Les deja su paz, su amor, su mandamiento y la promesa del Espíritu. Les deja una alegría que nadie les podrá quitar.

Esa alegría no consiste en negar los problemas. Los discípulos también conocieron persecuciones, incomprensiones, cansancios y martirio. Pero tenían dentro una certeza más fuerte que el miedo: Cristo vive. Y si Cristo vive, la vida tiene sentido. Si Cristo vive, el pecado no tiene la última palabra. Si Cristo vive, la muerte no es el final. Si Cristo vive, la Iglesia puede seguir anunciando, sanando y consolando.

Hermanos, este VI Domingo de Pascua nos invita a revisar tres cosas.

Primero: nuestra relación con Jesús. No basta saber cosas de Él. Hay que amarlo. Y amarlo significa dejar que su Evangelio ordene nuestra vida.

Segundo: nuestra apertura al Espíritu Santo. No podemos vivir la fe solo con fuerzas humanas. Necesitamos pedir cada día: “Ven, Espíritu Santo. Ilumina mi mente, fortalece mi corazón, sana mis heridas, enséñame a amar”.

Tercero: nuestro testimonio de esperanza. En un mundo cansado, herido y a veces desesperanzado, el cristiano está llamado a ser presencia humilde de alegría pascual. No una alegría ruidosa y vacía, sino una alegría serena, profunda, contagiosa; la alegría de quien sabe que no está huérfano.

Que esta Eucaristía nos ayude a poner al Resucitado en el centro de nuestra vida. Que el Espíritu Santo nos haga testigos valientes y mansos. Que nuestras familias, comunidades y pueblos puedan experimentar lo que vivió Samaría cuando recibió el Evangelio: una gran alegría.

Y que María, Madre de la Iglesia, mujer dócil al Espíritu, nos enseñe a guardar la Palabra, a permanecer fieles en la esperanza y a reconocer la presencia viva de su Hijo resucitado en el camino de cada día.

Amén.

 

2

 

“No los dejaré huérfanos”

 

Queridos hermanos:

En este sexto domingo de Pascua, cuando ya nos acercamos a la solemnidad de la Ascensión y a Pentecostés, la Palabra de Dios nos regala una frase profundamente consoladora de Jesús: “No los dejaré huérfanos; volveré a ustedes”.

Hay palabras que uno escucha y pasan. Pero hay otras que se quedan dentro del alma, sobre todo cuando tocan una herida humana muy profunda. Y una de esas heridas es la soledad, el abandono, la sensación de no pertenecer a nadie, de no tener un lugar, de no tener casa, de no tener familia, de no tener a quién acudir.

Jesús conoce el corazón humano. Sabe que sus discípulos van a experimentar un gran vacío cuando Él ya no esté físicamente con ellos. Han caminado juntos, han comido juntos, han escuchado su voz, han visto sus gestos, han sentido su mirada, han sido corregidos y consolados por Él. Jesús ha sido para ellos maestro, amigo, pastor, hermano, Señor. Y ahora les habla de una despedida. Por eso, antes de la pasión, les deja esta promesa: “No los dejaré huérfanos”.

No les dice: “No sufrirán”. No les dice: “No tendrán problemas”. No les dice: “Todo será fácil”. Les dice algo más profundo: no estarán solos. Podrán venir persecuciones, dudas, cansancios, conflictos, incomprensiones; pero no quedarán abandonados. El Resucitado seguirá presente en medio de ellos por el don del Espíritu Santo.

Esta palabra nos toca también a nosotros. Porque, aunque tengamos familia, amigos, comunidad, conocidos, hay momentos en la vida en que podemos sentirnos espiritualmente huérfanos. Hay momentos en que uno se pregunta: ¿quién me sostiene? ¿Quién me entiende? ¿Quién camina conmigo? ¿Dónde está Dios en esta situación? ¿A quién pertenezco realmente?

La respuesta del Evangelio de hoy es clara: pertenecemos a Dios. Somos miembros de su familia. No somos huérfanos, porque tenemos Padre. No somos extraños, porque Cristo nos ha hecho hermanos. No somos abandonados, porque el Espíritu Santo habita en nosotros.

La familia humana es un regalo inmenso. Quien ha tenido un hogar lleno de amor sabe cuánto sostiene la vida sentirse acogido, amado, acompañado. Y quien ha sufrido la ausencia de un padre, de una madre, de un hogar estable, sabe también cuánto duele esa falta. Pero incluso la mejor familia de la tierra apunta hacia una verdad más grande: nuestro corazón fue creado para pertenecer definitivamente a Dios.

San Agustín lo decía con una frase famosa: “Nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti”. Esa inquietud del corazón, ese deseo de ser amados, de tener casa, de tener familia, de tener sentido, encuentra su plenitud en Dios.

Por eso Jesús dice: “Yo le pediré al Padre que les dé otro Defensor, que esté siempre con ustedes: el Espíritu de la verdad”. Aquí aparece la hermosa dimensión trinitaria de nuestra fe. Jesús ora al Padre. El Padre envía el Espíritu. Y el Espíritu nos introduce en la comunión con Cristo. La vida cristiana no es solamente cumplir unas normas religiosas. Es entrar en la familia divina. Es vivir en relación con el Padre, por Cristo, en el Espíritu Santo.

Jesús no nos deja una doctrina fría, sino una comunión viva. No nos deja simplemente un recuerdo bonito, sino su presencia real. No nos deja huérfanos, sino habitados por el Espíritu.

Y esa presencia del Espíritu se nota. Lo vemos en la primera lectura de los Hechos de los Apóstoles. Felipe baja a Samaría y predica a Cristo. Y allí suceden signos de liberación y sanación: los espíritus impuros salen, los paralíticos y lisiados quedan curados, y la ciudad se llena de alegría.

Es muy significativo que esto suceda en Samaría. Samaría era una tierra herida por antiguas divisiones religiosas y culturales. Judíos y samaritanos no se trataban bien. Había desconfianza, prejuicios, distancias históricas. Sin embargo, el Evangelio llega precisamente allí. El Espíritu empuja a la Iglesia hacia las periferias, hacia los lugares difíciles, hacia las tierras divididas, hacia las personas heridas.

Y cuando Cristo llega, algo cambia: hay alegría. Dice el texto: “La ciudad se llenó de alegría”.

La alegría es uno de los signos más bellos de la presencia del Espíritu Santo. No se trata de una alegría superficial, pasajera o ruidosa. Es la alegría profunda de saber que Dios nos ama, que Cristo vive, que la muerte no tiene la última palabra, que el pecado puede ser perdonado, que las heridas pueden ser sanadas y que nadie está definitivamente perdido para Dios.

Una comunidad donde actúa el Espíritu no es necesariamente una comunidad sin problemas. Pero sí es una comunidad donde se puede respirar esperanza. Una familia donde actúa el Espíritu no es una familia perfecta. Pero sí es una familia donde se busca el perdón, donde se vuelve a empezar, donde se ora, donde se intenta amar mejor. Una persona habitada por el Espíritu no es una persona sin luchas. Pero sí es alguien que no vive como huérfano, porque sabe que Dios camina con ella.

Por eso el salmo de hoy nos invita: “Aclama al Señor, tierra entera”. Toda la creación está llamada a alabar a Dios, porque Dios no abandona la obra de sus manos. El salmista recuerda las maravillas del Señor y termina bendiciendo a Dios porque no rechazó su oración ni le retiró su misericordia. Esa es la experiencia del creyente: Dios escucha, Dios acompaña, Dios sostiene.

Pero el Evangelio también nos recuerda una condición fundamental: “Si me aman, guardarán mis mandamientos”.

A veces nos gustaría separar el amor a Jesús de la obediencia a su Palabra. Nos gustaría decir: “Yo amo a Dios a mi manera”, pero sin dejar que su Evangelio transforme nuestras decisiones. Jesús, en cambio, une amor y mandamientos. No como imposición fría, sino como camino de comunión.

Amar a Jesús no es solo emocionarse en una oración, cantar con fervor o decir palabras bonitas. Amar a Jesús es permitir que su voluntad ilumine nuestra vida concreta. Es perdonar cuando cuesta. Es servir sin buscar aplausos. Es vivir en la verdad. Es cuidar al pobre. Es respetar la dignidad del otro. Es no responder al mal con más mal. Es buscar la reconciliación. Es construir comunidad. Es dejar que el Evangelio entre en la casa, en el trabajo, en la familia, en las relaciones, en las redes sociales, en la manera como hablamos y juzgamos.

No somos hijos de Dios solamente cuando estamos dentro del templo. Somos hijos de Dios en la vida diaria. Y la señal de que pertenecemos a su familia es que intentamos vivir con el estilo de Jesús.

San Pedro, en la segunda lectura, nos ofrece otra enseñanza muy actual: “Estén siempre dispuestos a dar razón de su esperanza”. Esta frase debería quedarse grabada en nuestro corazón. El cristiano no está llamado a vivir una fe escondida, apagada o avergonzada. Está llamado a dar razón de su esperanza.

Pero Pedro añade algo muy importante: hacerlo con mansedumbre y respeto. Esto es decisivo. No se trata de defender la fe con agresividad, ni de imponer nuestras convicciones con dureza, ni de convertir el Evangelio en arma para humillar a otros. La esperanza cristiana se anuncia con firmeza, sí, pero también con humildad. Se propone con claridad, pero también con respeto. Se testimonia más con la vida que con discursos.

Hoy hay muchas personas heridas, confundidas, cansadas, alejadas de la Iglesia, decepcionadas de la vida, escépticas frente a Dios. A ellas no se les llega con arrogancia, sino con cercanía. No se les llega con condenas fáciles, sino con una presencia misericordiosa. No se les llega desde la superioridad, sino desde el testimonio humilde de quien también ha sido salvado por gracia.

Dar razón de nuestra esperanza es poder decir, con palabras y obras: “Creo en Cristo porque Él me sostiene. Espero porque no estoy solo. Amo porque primero he sido amado. Persevero porque el Espíritu Santo me da fuerza”.

Queridos hermanos, Jesús dice: “El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; ustedes, en cambio, lo conocen, porque vive con ustedes y está en ustedes”. El Espíritu Santo no es una idea. No es una fuerza anónima. Es la presencia viva de Dios en el corazón del creyente y en la Iglesia.

Por eso necesitamos invocarlo. Necesitamos pedirle que venga a nuestras vidas. Que venga a nuestras familias. Que venga a nuestras comunidades. Que venga a nuestra Iglesia. Que venga a sanar lo que está herido, a iluminar lo que está oscuro, a fortalecer lo que está débil, a unir lo que está dividido, a devolvernos la alegría cuando la tristeza nos domina.

Cuántas veces vivimos como si fuéramos huérfanos, aun siendo hijos de Dios. Nos angustiamos como si todo dependiera solo de nuestras fuerzas. Nos encerramos en nuestros miedos. Nos dejamos vencer por el pesimismo. Olvidamos que Cristo prometió estar con nosotros. Olvidamos que el Espíritu Santo es nuestro Defensor. Olvidamos que pertenecemos a una familia más grande que nuestra propia historia personal: la familia de Dios, que es la Iglesia.

La Iglesia, con todas sus fragilidades humanas, es el hogar donde Dios nos reúne. Allí nacemos a la fe por el bautismo. Allí somos alimentados por la Eucaristía. Allí recibimos el perdón. Allí escuchamos la Palabra. Allí aprendemos a llamar a Dios “Padre”. Allí descubrimos que los demás no son extraños, sino hermanos.

Es verdad: la Iglesia está formada por personas frágiles. A veces nos herimos, nos dividimos, nos fallamos. Pero la Iglesia no se sostiene solamente por nuestra perfección. Se sostiene por Cristo, que está vivo, y por el Espíritu Santo, que sigue actuando.

Por eso, este domingo, la Palabra nos invita a renovar tres certezas.

La primera: no somos huérfanos. Aunque pasemos por soledades, duelos, rupturas, cansancios o incertidumbres, Cristo no nos abandona. Él vive, y porque Él vive, también nosotros viviremos.

La segunda: somos familia de Dios. Nuestra identidad más profunda no depende de lo que tenemos, de lo que hemos logrado, de lo que otros piensen de nosotros. Nuestra identidad más profunda es esta: somos hijos amados del Padre, hermanos de Cristo, templos del Espíritu Santo.

La tercera: estamos llamados a dar testimonio de esperanza. El mundo necesita cristianos que no vivan quejándose de todo, sino sembrando alegría; que no alimenten divisiones, sino comunión; que no vivan como huérfanos espirituales, sino como hijos confiados.

Hoy podríamos preguntarnos: ¿vivo mi fe como pertenencia a una familia? ¿Me siento realmente hijo de Dios? ¿Trato a los demás como hermanos? ¿Doy razón de mi esperanza con mansedumbre y respeto? ¿Estoy dejando que el Espíritu Santo actúe en mí?

Que esta Eucaristía nos ayude a escuchar de nuevo la promesa de Jesús: “No los dejaré huérfanos”. Que el Espíritu Santo renueve en nosotros la alegría de pertenecer a Dios. Que, como en Samaría, también nuestras comunidades se llenen de alegría porque Cristo es anunciado, acogido y amado.

Y que María, Madre de la Iglesia, nos enseñe a vivir como verdaderos hijos: confiados en el Padre, unidos a Cristo y dóciles al Espíritu Santo.

Amén.

11 de mayo del 2026: Lunes de la sexta semana de Pascua

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