Lo
imposible se hace posible
Mt 14,22-33) Elías
no reconoce la presencia de Dios en el huracán, ni en el terremoto, ni en el
fuego, sino en el murmullo
de una brisa suave, en ese silencio delicado que exige atención
y un corazón disponible. Dios no siempre se manifiesta de manera espectacular;
muchas veces se hace presente discretamente, en la oración, en la paz interior,
en una palabra sencilla o en la cercanía misericordiosa de alguien.
Por
eso el salmo proclama: «La
misericordia y la fidelidad se encuentran, la justicia y la paz se besan».
Allí donde acogemos al Señor y aprendemos a escuchar su voz, comienza a brotar
la paz y lo que parecía imposible empieza a hacerse posible.
San
Pablo, en la segunda lectura, lleva en el corazón una gran tristeza por sus
hermanos israelitas, que no han reconocido a Cristo. Su dolor no lo conduce al
rechazo, sino a un amor todavía más profundo. También nosotros estamos llamados
a llevar ante Dios a quienes se han alejado de la fe, sin condenarlos ni perder
la esperanza. Para el Señor, ninguna conversión es imposible.
En
el Evangelio, los discípulos se encuentran en medio de la tormenta. Cuando ven
a Jesús caminando sobre el mar, sienten miedo y creen que es un fantasma. Pero
Él les dice: «¡Ánimo, soy
yo, no tengan miedo!» Pedro, sostenido por la palabra del
Maestro, se atreve a caminar sobre las aguas: mientras mantiene la mirada fija
en Jesús, lo imposible se hace posible; cuando mira el viento y se deja dominar
por el temor, comienza a hundirse.
También
nosotros podemos atravesar las tempestades si no apartamos los ojos de Cristo.
Y cuando nuestra fe vacile, nos queda la breve oración de Pedro: «¡Señor, sálvame!» Jesús
no lo abandona, sino que inmediatamente le tiende la mano.
La
fe no significa que nunca habrá vientos contrarios, sino que Cristo viene a
nuestro encuentro en medio de ellos. Escuchemos su voz en el silencio,
confiemos en su misericordia y dejémonos sostener por su mano. Entonces
podremos proclamar con los discípulos: «Verdaderamente,
tú eres el Hijo de Dios».
- ¿Sé
reconocer la presencia de Dios en el silencio y en los pequeños signos de
cada día, o solamente la busco en acontecimientos extraordinarios?
- Cuando
llegan las tormentas, ¿mantengo la mirada fija en Jesús o permito que el
miedo y las preocupaciones me hagan hundir?
- ¿Llevo
con amor y esperanza ante Dios a quienes se han alejado de la fe, como san
Pablo llevaba en su corazón a sus hermanos?
Primera lectura
Permanece de
pie en el monte ante el Señor
Lectura del primer libro de los Reyes.
EN aquellos días, cuando Elías llegó hasta el Horeb, el monte de Dios, se
introdujo en la cueva y pasó la noche. Le llegó la palabra del Señor, que le
dijo:
«Sal y permanece de pie en el monte ante el Señor».
Entonces pasó el Señor y hubo un huracán tan violento que hendía las montañas y
quebraba las rocas ante el Señor, aunque en el huracán no estaba el Señor.
Después del huracán, un terremoto, pero en el terremoto no estaba el Señor.
Después del terremoto fuego, pero en el fuego tampoco estaba el Señor.
Después del fuego, el susurro de una brisa suave. Al oírlo Elías, cubrió su
rostro con el manto, salió y se mantuvo en pie a la entrada de la cueva.
Palabra de Dios.
Salmo
R. Muéstranos,
Señor, tu misericordia
y danos tu salvación.
V. Voy a
escuchar lo que dice el Señor:
«Dios anuncia la paz
a su pueblo y a sus amigos».
La salvación está cerca de los que le temen,
y la gloria habitará en nuestra tierra. R.
V. La
misericordia y la fidelidad se encuentran,
la justicia y la paz se besan;
la fidelidad brota de la tierra,
y la justicia mira desde el cielo. R.
V. El
Señor nos dará la lluvia,
y nuestra tierra dará su fruto.
La justicia marchará ante él,
y sus pasos señalarán el camino. R.
Segunda
lectura
Desearía ser
un proscrito por el bien de mis hermanos
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos.
HERMANOS:
Digo la verdad en Cristo, no miento —mi conciencia me atestigua que es así, en
el Espíritu Santo—: siento una gran tristeza y un dolor incesante en mi
corazón; pues desearía ser yo mismo un proscrito, alejado de Cristo, por el
bien de mis hermanos, los de mi raza según la carne: ellos son israelitas y a
ellos pertenecen el don de la filiación adoptiva, la gloria, las alianzas, el
don de la ley, el culto y las promesas; suyos son los patriarcas y de ellos
procede el Cristo, según la carne; el cual está por encima de todo, Dios
bendito por los siglos. Amén.
Palabra de Dios.
Aclamación
V. Espero
en el Señor, espero en su palabra. R.
Evangelio
Mándame ir a
ti sobre el agua
Lectura del santo Evangelio según san Mateo.
DESPUÉS de que la gente se hubo saciado, Jesús apremió a sus discípulos a que
subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía
a la gente.
Y después de despedir a la gente subió al monte a solas para orar. Llegada la
noche estaba allí solo.
Mientras tanto la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas,
porque el viento era contrario. A la cuarta vela de la noche se les acercó
Jesús andando sobre el mar. Los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se
asustaron y gritaron de miedo, diciendo que era un fantasma.
Jesús les dijo enseguida:
«¡Ánimo, soy yo, no tengan miedo!».
Pedro le contestó:
«Señor, si eres tú, mándame ir a ti sobre el agua».
Él le dijo:
«Ven».
Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua acercándose a Jesús; pero,
al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó:
«Señor, sálvame».
Enseguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo:
«¡Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado?».
En cuanto subieron a la barca amainó el viento.
Los de la barca se postraron ante él diciendo:
«Realmente eres Hijo de Dios».
Palabra del Señor.
1
Descubrir al verdadero Dios
Las
lecturas de este domingo nos invitan a purificar la imagen que tenemos de Dios.
A veces esperamos un Dios espectacular, que se manifieste con señales
extraordinarias y solucione inmediatamente nuestros problemas. Otras veces lo
imaginamos como un juez severo, dispuesto a castigarnos; o como un Dios lejano,
que permanece indiferente ante nuestras tempestades. Sin embargo, la Palabra
nos revela su verdadero rostro: el de un Dios cercano, misericordioso y fiel,
que se hace presente en el silencio y viene a nuestro encuentro cuando el
viento es contrario.
En
la primera lectura encontramos al profeta Elías en el monte Horeb. Ha defendido
con valentía la fe de Israel, pero ahora se siente perseguido, cansado y solo.
Su celo por Dios también necesita ser purificado: debe aprender que el Señor no
se impone mediante la violencia ni actúa siempre de la manera que nosotros
esperamos.
Elías
contempla un viento huracanado que parte las montañas, pero el Señor no estaba
en el viento. Después llega un terremoto, pero Dios tampoco estaba allí. Luego
aparece el fuego, y el Señor no estaba en el fuego. Finalmente, se escucha el susurro de una brisa suave.
Elías se cubre el rostro, porque reconoce que Dios está pasando.
¡Qué
enseñanza tan necesaria para nosotros! Vivimos rodeados de ruido, noticias,
pantallas, discusiones y preocupaciones. Incluso nuestra oración puede llenarse
de palabras sin dejar espacio para escuchar. Dios puede manifestarse en
acontecimientos extraordinarios, pero muchas veces se acerca discretamente: en
el silencio de una capilla, en la Palabra meditada, en una conciencia que nos
llama a cambiar, en el abrazo de alguien que consuela o en la paz que llega
cuando todo parecía perdido.
El
salmo nos invita precisamente a adoptar la actitud de Elías: «Voy a escuchar lo que dice el Señor».
Antes de pedirle que hable más fuerte, deberíamos preguntarnos si nosotros
hacemos silencio para escucharlo. El salmista proclama además: «La misericordia y la fidelidad se
encuentran, la justicia y la paz se besan». Este es el
verdadero rostro de Dios: misericordia, fidelidad, justicia y paz. Por eso
suplicamos: «Muéstranos,
Señor, tu misericordia y danos tu salvación».
En
la segunda lectura, san Pablo nos abre su corazón. Siente una gran tristeza por
sus hermanos israelitas, de quienes proceden las alianzas, la Ley, el culto,
las promesas y los patriarcas; y de quienes, según la carne, nació Cristo.
Muchos no han reconocido en Jesús al Mesías esperado, y Pablo vive esta
situación con profundo dolor.
Pero
no los desprecia ni los condena. Al contrario, lleva su sufrimiento ante Dios.
Pablo nos enseña cómo debemos relacionarnos con quienes se han alejado de la fe
o todavía no han encontrado a Cristo. No desde la superioridad, la crítica o el
rechazo, sino desde el amor, la oración y la esperanza. Tal vez también
nosotros llevamos en el corazón a un hijo, un familiar o un amigo que ha
abandonado la Iglesia. No perdamos la esperanza: para Dios ninguna conversión
es imposible. Amemos, oremos y demos testimonio sin imponer.
El
Evangelio nos conduce después al mar de Galilea. Jesús acaba de multiplicar los
panes. La multitud está entusiasmada y podría convertirlo en el líder político
que esperaba. Pero Jesús no ha venido a construir un reino basado en el poder
humano. Por eso envía a los discípulos a la otra orilla, despide a la gente y
sube solo a la montaña para orar.
Jesús
nos enseña que, antes de afrontar las tormentas, necesitamos encontrarnos con
el Padre. La oración no es una manera de huir de la realidad; es el lugar donde
aprendemos a contemplarla con los ojos de Dios. En el silencio, nuestros deseos
se purifican, nuestros temores encuentran consuelo y nuestra vida se ajusta al
proyecto divino.
Mientras
Jesús ora, los discípulos atraviesan el mar. La noche es oscura, el viento es
contrario y las olas golpean la barca. Aquella barca representa nuestra propia
vida, nuestras familias y también a la Iglesia. Todos conocemos los vientos
contrarios: la enfermedad, el duelo, los conflictos familiares, las
dificultades económicas, la soledad, las dudas de fe, la angustia por el futuro
o el peso de nuestros pecados. También la Iglesia ha atravesado persecuciones,
divisiones, escándalos y crisis. Sin embargo, la barca continúa navegando
porque Cristo no la abandona.
De
madrugada, Jesús se acerca caminando sobre las aguas. Los discípulos no lo
reconocen; piensan que es un fantasma y gritan de miedo. También nosotros
podemos confundir la presencia del Señor con una amenaza. Hay situaciones que
al principio nos asustan y que, vividas desde la fe, pueden convertirse en
ocasiones de crecimiento, conversión y encuentro con Dios.
Entonces
Jesús les dice: «¡Ánimo,
soy yo, no tengan miedo!» No les promete que nunca habrá
tormentas; les asegura que no estarán solos en ellas. Tal vez el viento no se
calme inmediatamente, pero Él está presente. Cuando creemos que Dios nos ha
abandonado, puede estar acercándose de una manera que todavía no sabemos
reconocer.
Pedro
le pide caminar sobre el agua. Mientras mantiene la mirada fija en Jesús, logra
avanzar; lo imposible se hace posible. Pero cuando deja de mirar al Señor y se
concentra en la fuerza del viento, comienza a hundirse. Así nos sucede: cuando
solo miramos los problemas, estos parecen más grandes que Dios; cuando miramos
a Cristo, descubrimos que su gracia es más grande que nuestros miedos.
Pedro
pronuncia entonces una oración breve y sincera: «¡Señor, sálvame!» Jesús no le da primero
una explicación ni espera a que recupere por sí mismo la confianza.
Inmediatamente le tiende la mano. Esta oración puede acompañarnos cuando no
encontramos palabras: “Señor, sálvame; Señor, ayúdame; Señor, no me sueltes”.
La
fe no consiste en caminar siempre con seguridad, sino en saber a quién acudir
cuando comenzamos a hundirnos. No es la ausencia de miedo, sino la decisión de
confiar en medio del miedo. Lo que salva a Pedro y sostiene la barca no es la
fuerza de sus ocupantes, sino la presencia de Jesús.
Cada
domingo, Cristo viene a nuestro encuentro en la Eucaristía. Se acerca a nuestra
barca, nos habla en su Palabra, nos alimenta con su Cuerpo y su Sangre y nos
repite: «¡Ánimo, soy yo,
no tengan miedo!» Dejémoslo subir a nuestra vida y
entreguémosle nuestras tempestades. Entonces podremos postrarnos ante Él y
proclamar con los discípulos: «Verdaderamente,
tú eres el Hijo de Dios».
2
Descubrir al verdadero Dios
Las lecturas de este XIX domingo del Tiempo
Ordinario nos invitan a purificar la imagen que tenemos de Dios. A veces lo
imaginamos lejano, imponente, severo; otras veces esperamos que actúe siempre
de forma espectacular, resolviendo de inmediato nuestras dificultades. Pero la
Palabra de hoy nos revela un Dios distinto: cercano, misericordioso, fiel y
presente aun en medio de la tormenta.
Elías atraviesa un momento de profundo cansancio y
desánimo. Después de haber defendido con ardor la fe de Israel, se siente solo,
perseguido y derrotado. Sube al Horeb, la montaña santa, esperando quizá
encontrar a Dios en lo grandioso: en el huracán, en el terremoto, en el fuego.
Sin embargo, el Señor no estaba allí. Dios se manifiesta en “el susurro de una
brisa suave”, en el silencio que toca el corazón.
Elías descubre que Dios no necesita imponerse por
la fuerza ni defenderse mediante la violencia. El verdadero Dios es amor,
paciencia y misericordia. No grita para dominar; habla suavemente para
despertar, sanar y enviar de nuevo a la misión. También nosotros necesitamos
aprender a reconocerlo: no solo en lo extraordinario, sino en una oración
silenciosa, en una palabra oportuna, en la cercanía de alguien que consuela, en
la paz que llega cuando todo parecía perdido.
San Pablo, en la segunda lectura, abre su corazón y
comparte su dolor por sus hermanos de Israel, que no han reconocido a Jesús
como el Mesías. No los condena ni los desprecia; los ama profundamente y
recuerda con gratitud todos los dones que Dios les ha concedido: la alianza, la
Ley, el culto, las promesas, los patriarcas. De ellos nació Cristo según la
carne.
Esta palabra nos enseña a vivir la fe sin orgullo
ni exclusiones. El plan de Dios es más grande que nuestros límites: su
salvación quiere alcanzar a todos. Cristo entregó su vida por la humanidad
entera; nadie queda fuera de su amor, de su misericordia y de su llamado.
En el Evangelio, Jesús acaba de multiplicar los
panes. La multitud está entusiasmada y muchos pueden imaginar que han
encontrado al líder político que esperaban. Pero Jesús no ha venido a fundar un
reino de poder humano ni a alimentar falsas expectativas. Por eso envía a los
discípulos a la otra orilla y se retira a la montaña para orar.
Qué enseñanza tan necesaria: antes de actuar, Jesús
ora; antes de afrontar la noche, entra en comunión con el Padre. También
nosotros necesitamos subir a esa montaña interior, apartarnos un poco del
ruido, de la prisa y de tantas voces que confunden el alma. Solo en la oración
podemos comprender el proyecto de Dios y ajustar nuestra vida a su voluntad.
Mientras Jesús ora, los discípulos navegan en medio
de la noche. El viento es contrario, las olas golpean la barca y el miedo se
apodera de ellos. Esa barca representa también nuestra vida, nuestras familias
y la misma Iglesia. A lo largo de los siglos, la Iglesia ha atravesado
persecuciones, crisis, divisiones y tempestades; cada uno de nosotros conoce
también noches de incertidumbre, enfermedad, duelo, problemas económicos o
preocupaciones por quienes amamos.
Pero precisamente allí, en la madrugada, Jesús se
acerca caminando sobre el mar. El mar agitado, símbolo del caos y de las
fuerzas del mal, no puede detenerlo. Cristo es Señor aun sobre aquello que nos
amenaza. Y cuando los discípulos lo confunden con un fantasma, Él les dice:
“¡Ánimo! Soy yo, no tengan miedo”.
Esta es una de las palabras más hermosas del
Evangelio. Jesús no promete que nunca habrá tormentas; promete estar presente
en ellas. No siempre quita de inmediato el viento contrario, pero se acerca, sostiene
y salva. Cuando parece que Dios calla, no significa que nos haya abandonado.
Tal vez viene hacia nosotros de una manera que aún no sabemos reconocer.
Pedro se atreve a salir de la barca. Mientras mira
a Jesús, camina; cuando fija la mirada en el viento y las olas, comienza a
hundirse. Cuántas veces nos sucede lo mismo: avanzamos mientras confiamos en el
Señor, pero nos hundimos cuando dejamos que el miedo, la ansiedad o las malas
noticias ocupen el centro de nuestro corazón. Sin embargo, Pedro nos deja una
oración sencilla y poderosa: “Señor, sálvame”. Y Jesús, sin reproches, le
tiende la mano.
Hoy pidámosle al Señor una fe más humilde y
confiada. Que sepamos descubrirlo en la brisa suave de la oración, servirlo en
los hermanos y reconocerlo presente en la barca de la Iglesia. Cada domingo, en
la Eucaristía, Él vuelve a acercarse: nos alimenta con su Cuerpo y su Sangre,
fortalece nuestra esperanza y nos envía a dar testimonio.
Que, aun en medio de nuestras tempestades, podamos
repetir con toda la Iglesia: “Verdaderamente, tú eres el Hijo de Dios”.
Para complementar la
predicación del domingo…
Tormenta en una parroquia: la historia del
padre Andrew Greeley :
Érase una vez un sacerdote parroquial maltrecho que se acercó a su obispo."Quiero jubilarme",dijo.
"No es usted lo suficientemente mayor para jubilarse".
"Sí, pero estoy agotado. Mis feligreses se pelean entre sí, mis jóvenes no vienen a la iglesia. Mi consejo parroquial no tiene agallas. Mis adolescentes beben demasiado. Los miembros de mi personal están en constante conflicto. Un par de mujeres intentan apoderarse de la parroquia. Los hombres no soportan la tensión. Mis colectas han disminuido. Espías me denuncian a usted todas las semanas. Niños de la escuela secundaria rompen ventanas y hacen grafitis. Recibo correo de odio anónimo todos los días".
El obispo suspiró ruidosamente, ese suspiro del oeste de Irlanda que sugiere el inicio de un grave ataque de asma."Déjeme contarle mis problemas".
Los dos hombres se sentaron en silencio durante unos minutos después de haber intercambiado sus penas.—Bueno—dijo el obispo—,enhorabuena por tener una parroquia tan dinámica. Sigue viva y activa, y Jesús está presente en su barca parroquial, calmando el mar.
Así pues, el párroco regresó a
su parroquia decidido a navegar por el tempestuoso mar parroquial con Jesús. No
renunció.



