miércoles, 20 de mayo de 2026

21 de mayo del 2026: jueves de la séptima semana de Pascua

 

La unidad no es uniformidad

(Juan 17,20-26) La unidad a la que Cristo nos llama tiene como modelo la que Él vive con su Padre. Es una unidad de naturaleza —la naturaleza divina— y una unidad de voluntades, pero que no suprime las diferencias. El Padre no es el Hijo y el Hijo no es el Padre. Cada uno tiene una identidad propia y un papel diferenciado en la historia de la salvación.

Ser uno con el Padre y el Hijo, ser uno entre nosotros: he aquí algo más complejo, porque siempre estamos tentados a confundir unidad con uniformidad, debido al desafío que representa la alteridad, es decir, la presencia del otro, distinto de mí.

Emmanuelle Billoteau, ermite

 


Primera lectura

Hch 22, 30; 23, 6-11

Tienes que dar testimonio en Roma

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.

EN aquellos días, queriendo el tribuno conocer con certeza los motivos por los que los judíos acusaban a Pablo, mandó desatarlo, ordenó que se reunieran los sumos sacerdotes y el Sanedrín en pleno y, bajando a Pablo, lo presentó ante ellos.
Pablo sabía que una parte eran fariseos y otra saduceos y gritó en el Sanedrín:
«Hermanos, yo soy fariseo, hijo de fariseo, se me está juzgando por la esperanza en la resurrección de los muertos».
Apenas dijo esto, se produjo un altercado entre fariseos y saduceos, y la asamblea quedó dividida. (Los saduceos sostienen que no hay resurrección ni ángeles ni espíritus, mientras que los fariseos admiten ambas cosas). Se armó un gran griterío, y algunos escribas del partido fariseo se pusieron en pie, porfiando:
«No encontramos nada malo en este hombre; ¿y si le ha hablado un espíritu o un ángel?».
El altercado arreciaba, y el tribuno, temiendo que hicieran pedazos a Pablo, mandó bajar a la guarnición para sacarlo de allí y llevárselo al cuartel.
La noche siguiente, el Señor se le presentó y le dijo:
«¡Ánimo! Lo mismo que has dado testimonio en Jerusalén de lo que a mí se refiere, tienes que darlo en Roma».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 15, 1b-2a y 5. 7-8. 9-10. 11 (R.: 1b)

R. Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti.

O bien:

R. Aleluya.

V. Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti.
Yo digo al Señor: «Tú eres mi Dios».
El Señor es el lote de mi heredad y mi copa,
mi suerte está en tu mano. R.

V. Bendeciré al Señor que me aconseja,
hasta de noche me instruye internamente.
Tengo siempre presente al Señor,
con él a mi derecha no vacilaré. R.

V. Por eso se me alegra el corazón,
se gozan mis entrañas,
y mi carne descansa esperanzada.
Porque no me abandonarás en la región de los muertos
ni dejarás a tu fiel ver la corrupción. R.

V. Me enseñarás el sendero de la vida,
me saciarás de gozo en tu presencia,
de alegría perpetua a tu derecha. R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Que todos sean uno —dice el Señor—,
como tú, Padre, en mí, y yo en ti,
para que el mundo crea que tú me has enviado. R.

 

Evangelio

Jn 17, 20-26

¡Que sean completamente uno!

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

EN aquel tiempo, Jesús, levantando los ojos al cielo, oró diciendo:
«No solo por ellos ruego, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado.
Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno, como nosotros somos uno; yo en ellos, y tú en mí, para que sean completamente uno, de modo que el mundo sepa que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí.
Padre, este es mi deseo: que los que me has dado estén conmigo donde yo estoy y contemplen mi gloria, la que me diste, porque me amabas, antes de la fundación del mundo.
Padre justo, si el mundo no te ha conocido, yo te he conocido, y estos han conocido que tú me enviaste. Les he dado a conocer y les daré a conocer tu nombre, para que el amor que me tenías esté en ellos, y yo en ellos».

Palabra del Señor.

 

1

 

Hermanos y hermanas:

En estos días finales del tiempo pascual, la Iglesia nos hace escuchar con insistencia la oración de Jesús antes de su pasión. No son palabras cualesquiera. Son palabras pronunciadas desde lo más hondo de su corazón, cuando se acerca la hora de entregar la vida. Jesús no está haciendo un discurso para quedar bien. Está orando. Está abriendo su intimidad ante el Padre. Y en esa oración aparecemos nosotros.

El Evangelio de hoy nos deja una frase que debería estremecernos:
“No ruego solo por ellos, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos.”

Jesús ora por los apóstoles, sí; pero también ora por todos los que, a lo largo de la historia, creerán gracias al testimonio de la Iglesia. Allí estamos nosotros. Allí están nuestras comunidades. Allí están los catequistas, los misioneros, los sacerdotes, los diáconos, los religiosos, las religiosas, los laicos comprometidos, las familias que transmiten la fe, los jóvenes llamados por Dios, los enfermos que evangelizan desde su cama, los ancianos que sostienen la Iglesia con su oración silenciosa.

Jesús ora por todos nosotros y pide una gracia fundamental:
“Que todos sean uno.”

Pero es importante entender bien esta unidad. La unidad que Jesús pide no significa que todos pensemos exactamente igual en todo, que tengamos el mismo temperamento, la misma sensibilidad, la misma manera de expresarnos o los mismos gustos pastorales. Jesús no pide una Iglesia de copias. No pide uniformidad. Pide comunión.

Alguien lo ha expresado muy bien: la unidad no es unicidad, no es borrar las diferencias. El modelo de nuestra unidad es la unidad entre el Padre y el Hijo. El Padre no es el Hijo, y el Hijo no es el Padre. Hay distinción, hay relación, hay identidad propia, pero hay amor perfecto, voluntad unida, entrega mutua.

Así debería ser también la Iglesia: diversa en carismas, ministerios, culturas, sensibilidades y vocaciones; pero una sola en la fe, en el amor, en la misión y en la fidelidad a Cristo.

A veces, en nuestras comunidades, confundimos unidad con que todos hagan lo que yo quiero. Decimos que queremos comunión, pero en el fondo queremos que los demás se parezcan a nosotros. Nos cuesta aceptar al que piensa distinto, al que trabaja de otra manera, al que tiene otro ritmo, otra historia, otro modo de servir.

Pero la unidad cristiana no nace de imponer una personalidad dominante. Nace de mirar juntos a Cristo. Una parroquia no está unida porque todos sean iguales, sino porque todos ponen a Jesús en el centro. Una comunidad no está unida porque no haya tensiones, sino porque sabe resolverlas desde la caridad. Una Iglesia no está unida porque no existan diferencias, sino porque el amor de Cristo es más grande que nuestras diferencias.

En la primera lectura vemos a san Pablo en medio del conflicto. Está ante el Sanedrín, entre fariseos y saduceos. El ambiente es tenso. Hay división, acusaciones, confusión. Pablo, sin embargo, permanece firme en lo esencial: su esperanza está puesta en la resurrección. Él no predica una idea personal ni defiende un interés propio. Da testimonio de Cristo vivo.

Y en medio de esa noche difícil, el Señor se le aparece y le dice:
“¡Ánimo! Lo mismo que has dado testimonio de mí en Jerusalén, tienes que darlo también en Roma.”

Qué palabra tan hermosa para quienes evangelizan: “¡Ánimo!”

La obra evangelizadora de la Iglesia no se realiza siempre en condiciones ideales. A veces se evangeliza en medio de incomprensiones, cansancios, críticas, divisiones, limitaciones humanas, escasez de recursos o falta de vocaciones. A veces quien anuncia el Evangelio siente que siembra mucho y recoge poco. A veces el sacerdote, el catequista, el misionero, el agente de pastoral o la familia cristiana pueden sentirse solos.

Pero el Señor sigue diciendo: “¡Ánimo!”

Ánimo, porque la misión no es nuestra: es de Cristo.
Ánimo, porque la Iglesia no camina sostenida solo por estrategias humanas, sino por la fuerza del Espíritu.
Ánimo, porque aun en medio de las crisis, Dios sigue llamando.
Ánimo, porque donde parece haber noche, también puede comenzar una misión nueva.

La oración de Jesús por la unidad tiene una finalidad misionera muy clara:
“Para que el mundo crea que tú me has enviado.”

Esto significa que la unidad de los cristianos evangeliza. Una comunidad reconciliada evangeliza. Una parroquia donde se respira fraternidad evangeliza. Un presbiterio unido evangeliza. Una familia que, aun con dificultades, permanece en el amor evangeliza. Un grupo apostólico que no compite sino que sirve evangeliza.

Por el contrario, nuestras divisiones oscurecen el Evangelio. Cuando la Iglesia se convierte en lugar de rivalidades, celos, murmuraciones o luchas de poder, se debilita el testimonio. La gente no solo escucha lo que decimos de Jesús; también mira cómo nos tratamos entre nosotros.

Por eso, pedir vocaciones no es solamente pedir que haya más sacerdotes, religiosas o misioneros. Es pedir también que existan comunidades capaces de acoger, acompañar y sostener esas vocaciones. Una vocación nace muchas veces en un ambiente donde se respira fe, alegría, servicio y fraternidad. Cuando un joven ve una comunidad viva, puede preguntarse: “¿Y si Dios me está llamando también a mí?” Pero cuando ve una comunidad dividida, herida por chismes o indiferencias, puede cerrarse al llamado.

Hoy oremos por la obra evangelizadora de la Iglesia y por las vocaciones. Oremos para que el Señor siga llamando obreros a su mies. Oremos por los jóvenes que sienten inquietud vocacional, para que no tengan miedo. Oremos por los sacerdotes, para que vivan unidos a Cristo y sirvan con alegría. Oremos por los religiosos y religiosas, para que sean signo del Reino. Oremos por los laicos comprometidos, para que descubran que también su vida familiar, profesional y social es lugar de misión.

Pero pidamos también algo muy concreto: que nuestras comunidades sean terreno bueno para las vocaciones. Que no espantemos los llamados de Dios con nuestras divisiones. Que no apaguemos el entusiasmo de los jóvenes con nuestra frialdad. Que no reduzcamos la evangelización a eventos, sino que la vivamos como testimonio de comunión.

El salmo de hoy nos pone en los labios una súplica sencilla y profunda:
“Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti.”

Necesitamos refugiarnos en Dios para vivir la unidad. Porque solos no podemos. La unidad no se fabrica con decretos ni con buenas intenciones superficiales. La unidad se recibe como gracia y se trabaja como tarea. Hay que pedirla y construirla. Hay que orarla y practicarla. Hay que defenderla en lo pequeño: evitando una palabra que hiere, frenando una murmuración, pidiendo perdón, escuchando al otro, reconociendo el valor del servicio ajeno.

Jesús termina el Evangelio expresando su deseo más profundo:
“Padre, quiero que los que me diste estén conmigo donde yo estoy.”

Ese es el destino final de la evangelización: llevar a los hijos de Dios a la comunión plena con Cristo. No evangelizamos para aumentar números, ni para ganar prestigio, ni para llenar estadísticas. Evangelizamos para que todos conozcan el amor del Padre revelado en Jesús. Evangelizamos para que nadie se sienta huérfano de Dios. Evangelizamos para que el mundo crea que Cristo vive.

Hermanos y hermanas, que esta Eucaristía nos ayude a comprender que la unidad no borra la diversidad, sino que la purifica y la pone al servicio del Reino. Que cada uno, desde su vocación, pueda decir: “Señor, aquí estoy; hazme instrumento de comunión y de misión.”

Y que Jesús, que oró por nosotros antes de entregar su vida, siga intercediendo por su Iglesia, para que seamos uno, para que el mundo crea, y para que nunca falten corazones generosos dispuestos a anunciar el Evangelio.

Amén.

 

2

 

Hermanos y hermanas:

En el Evangelio de hoy escuchamos una de las expresiones más hermosas de la oración sacerdotal de Jesús:
“Padre, este es mi deseo: que los que me confiaste estén conmigo donde yo estoy y contemplen mi gloria.”

Jesús está orando al Padre antes de su pasión. Sabe que se acerca la cruz, sabe que sus discípulos serán probados, sabe que la Iglesia nacerá en medio de fragilidades, persecuciones y divisiones. Pero en ese momento decisivo, Jesús no piensa solo en el sufrimiento que le espera; piensa en nosotros. Ora por los que creen y por los que creerán. Ora por la Iglesia. Ora por cada uno de nosotros.

Y hay una frase que puede iluminar profundamente nuestra vida espiritual: nosotros somos un regalo del Padre para Jesús. No somos un accidente, no somos un número más, no somos simples espectadores dentro de la historia de la salvación. Somos amados, llamados, entregados por el Padre al Hijo. Cada creyente, cada bautizado, cada vocación, cada vida entregada al Evangelio es un don precioso en el corazón de Cristo.

Qué importante es recordar esto en un mundo donde tantas personas se sienten inútiles, descartadas, solas o sin valor. El Evangelio nos dice hoy: tú eres un regalo para Dios. Tu vida tiene una dignidad inmensa. Tu existencia está envuelta en el amor eterno del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Jesús no nos mira como extraños. Nos mira como aquellos que el Padre le ha confiado. Nos mira con amor, con ternura, con esperanza. Por eso pide que estemos con Él, que contemplemos su gloria, que participemos de su vida. La meta de la fe no es simplemente cumplir normas, sino vivir unidos a Cristo, entrar en comunión con la Trinidad, dejarnos transformar por ese amor divino.

La primera lectura nos presenta a Pablo en medio de una situación difícil. Está siendo juzgado, cuestionado, rodeado de tensiones. Sin embargo, permanece firme en su testimonio. Pablo no se predica a sí mismo; anuncia a Cristo resucitado. Su fuerza no viene de la comodidad ni del reconocimiento humano, sino de saberse enviado por Dios.

Y en medio de la noche, el Señor se le aparece y le dice:
“¡Ánimo! Lo mismo que has dado testimonio de mí en Jerusalén, tienes que darlo también en Roma.”

Esta palabra es también para nosotros: ¡ánimo!
Ánimo para la Iglesia que evangeliza en medio de dificultades.
Ánimo para los sacerdotes, diáconos, religiosos, religiosas y laicos comprometidos.
Ánimo para quienes anuncian el Evangelio aunque no siempre vean frutos inmediatos.
Ánimo para los jóvenes que sienten una inquietud vocacional y tienen miedo de responder.
Ánimo para las familias que quieren transmitir la fe a sus hijos en un ambiente muchas veces indiferente o contrario a Dios.

La obra evangelizadora de la Iglesia nace precisamente de esta certeza: somos amados por Dios y enviados a compartir ese amor. Nadie puede evangelizar de verdad si antes no se ha sentido amado, elegido y sostenido por el Señor. La misión no comienza con técnicas ni estrategias, sino con una experiencia profunda: Cristo me ama, Cristo me llama, Cristo me envía.

Por eso, pedir vocaciones no es solo pedir que haya más sacerdotes o religiosas. Es pedir que haya corazones capaces de descubrir que su vida puede ser un don. Una vocación nace cuando alguien comprende: “Mi vida no es solo para mí; mi vida puede ser entregada por amor.” Así nace la vocación sacerdotal, religiosa, misionera, matrimonial, laical y evangelizadora.

Toda vocación auténtica es una respuesta al amor recibido. Dios nos regala a Cristo y Cristo nos devuelve al Padre como una ofrenda viva. El Espíritu Santo habita en nosotros para que nuestra vida sea cada vez más bella, más generosa, más fecunda, más disponible.

El salmo de hoy nos ayuda a poner esta confianza en oración:
“Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti.”

Quien se sabe regalo de Dios no vive desde el miedo, sino desde la confianza. No significa que no haya pruebas, como las tuvo Pablo. No significa que no haya cansancio, incomprensiones o dificultades. Significa que, aun en medio de todo, sabemos en quién hemos puesto nuestra esperanza.

La Iglesia necesita evangelizadores que vivan desde esta certeza. No personas perfectas, sino personas habitadas por el amor de Dios. No servidores que busquen protagonismo, sino discípulos que se sepan don recibido y don entregado. No comunidades encerradas en sí mismas, sino comunidades que comuniquen la alegría de pertenecer a Cristo.

Jesús pide al Padre que el amor con que Él lo amó esté también en nosotros. Esa es la raíz de toda evangelización: dejar que el amor de Dios habite en nosotros para que otros puedan descubrirlo.

Hermanos y hermanas, hoy demos gracias porque somos regalo de Dios. Y pidamos la gracia de vivir como tal. Que nuestra vida no sea una carga para los demás, sino una bendición. Que nuestras palabras no dividan, sino que animen. Que nuestro servicio no busque aplausos, sino que revele a Cristo. Que nuestras comunidades sean lugares donde puedan nacer y crecer nuevas vocaciones.

Oremos hoy por la obra evangelizadora de la Iglesia y por las vocaciones. Que el Señor llame muchos corazones generosos. Que los llamados respondan sin miedo. Que los evangelizadores no se cansen. Que la Iglesia siga anunciando con alegría que cada vida, cuando se deja tocar por Dios, puede convertirse en un regalo de amor para el mundo.

Amén.

 

Honoré de Balzac: el novelista que convirtió la sociedad en espejo del alma

 


Este 20 de mayo, se recuerda el nacimiento de Honoré de Balzac, uno de esos nombres que muchos oímos primero en las aulas, quizá antes de haberlo leído de verdad. En mi caso, su nombre llegó en aquellas clases de español y literatura de la infancia y la adolescencia, cuando los profesores mencionaban a los grandes autores europeos como si fueran montañas lejanas: Víctor Hugo, Flaubert, Zola, Dickens, Dostoievski… y, por supuesto, Balzac.

Pero Balzac no se quedó solamente en una referencia escolar. En mi memoria de niño hay una huella más viva: la adaptación televisiva de Piel de zapa, emitida por PUNCH en la televisión colombiana. Aquella historia del hombre que, al poseer un talismán mágico, veía cómo cada deseo cumplido le acortaba la vida, me impresionó profundamente. Tal vez uno no entendía entonces toda la profundidad filosófica de la obra, pero sí percibía algo inquietante: que desear sin medida puede devorar el alma; que no todo lo que se quiere conviene; que la vida se achica cuando el corazón se entrega a la ambición, al placer o al poder sin freno. La telenovela colombiana de Piel de zapa, producida por PUNCH en 1979 y basada en la obra de Balzac, forma parte de esa época en que la televisión nacional se atrevía a acercar grandes obras literarias al público masivo. 

(Wikipedia)


Honoré de Balzac nació en Tours, Francia, el 20 de mayo de 1799, y murió en París el 18 de agosto de 1850. Su gran proyecto literario fue La comedia humana, un inmenso conjunto de novelas y relatos con el que quiso retratar la sociedad francesa posterior a la Revolución y al Imperio napoleónico. Britannica lo presenta como uno de los grandes artífices de la forma moderna de la novela, y como uno de los novelistas más importantes de todos los tiempos. (Encyclopedia Britannica)

Balzac fue un trabajador desmesurado, casi volcánico. Vivió entre deudas, proyectos editoriales fallidos, sueños de grandeza, amores difíciles y una disciplina feroz de escritura. Antes de alcanzar la gloria literaria, intentó abrirse camino como impresor, editor y hombre de negocios, pero esos intentos lo dejaron cargado de deudas. De esa experiencia nació, en parte, su conocimiento del dinero, de los acreedores, de las apariencias sociales, de la ambición y de la fragilidad humana. Balzac no escribía desde una torre de marfil: escribía desde la batalla.

Su obra no es solamente literatura: es un gran mapa moral y social. En La comedia humana quiso hacerle, como se ha dicho muchas veces, “la competencia al registro civil”: crear una humanidad paralela, con personajes que aparecen, desaparecen y vuelven a surgir en distintas novelas, como sucede en la vida real. Se habla de alrededor de noventa obras y de más de dos mil personajes. Allí están los pobres, los banqueros, los artistas, los arribistas, los sacerdotes, las mujeres sacrificadas, los políticos, los provincianos que sueñan con París, los padres destruidos por el amor a sus hijos, los jóvenes devorados por el deseo de ascender. (EBSCO)

Entre sus obras más recordadas están Eugenia Grandet, Papá Goriot, Las ilusiones perdidas, Esplendores y miserias de las cortesanas, La prima Bette, El lirio en el valle y, por supuesto, La piel de zapa. En todas ellas aparece una mirada implacable, pero no superficial. Balzac observa la ropa, los muebles, las calles, los gestos, las habitaciones, las deudas y los silencios porque sabe que la vida moral también se esconde en los objetos. Una casa, un vestido, una mesa pobre, una pensión oscura o un salón elegante pueden revelar el alma de sus habitantes.

Por eso Balzac es considerado uno de los padres del realismo literario. Pero su realismo no es una simple fotografía de la realidad. Es una radiografía. Balzac no se conforma con contar qué pasa: quiere mostrar por qué pasa, qué fuerzas invisibles mueven a los hombres, cómo el dinero puede deformar los afectos, cómo la ambición puede disfrazarse de virtud, cómo la sociedad premia a veces al astuto y humilla al justo. La Biblioteca Nacional de Francia destaca precisamente esa ambición de mirar “científicamente” a los hombres para describir los engranajes de la sociedad. (Essentiels)

Y aquí aparece una pregunta importante: ¿qué lugar ocupaba Dios en la vida y en la obra de Balzac?

Balzac no fue un santo de vitral ni un escritor piadoso en el sentido convencional. Su vida personal fue compleja, apasionada, contradictoria, marcada por relaciones sentimentales, excesos, deudas y una búsqueda casi febril de reconocimiento. Pero tampoco fue un materialista plano ni un enemigo de la religión. Fue, más bien, un hombre fascinado por el misterio, por el alma, por la lucha entre lo visible y lo invisible.

En el prólogo de La comedia humana, Balzac afirma que escribe bajo la luz de dos verdades que él considera fundamentales: la Religión y la Monarquía. Esta afirmación revela su visión conservadora de la sociedad, pero también su convicción de que el ser humano no puede entenderse sin una referencia moral y espiritual superior. (Balzac Analyse)

¿Era católico Balzac? En el contexto francés de su tiempo, puede decirse que Balzac estaba profundamente marcado por el catolicismo cultural y por una visión cristiana del orden moral. Defendía la religión como fundamento social, veía en la Iglesia una fuerza de cohesión y reconocía que sin trascendencia el hombre quedaba expuesto al dominio del dinero, del orgullo y del deseo. Pero su espiritualidad no fue sencilla ni estrictamente doctrinal. También se interesó por corrientes místicas, por Swedenborg, por el ocultismo y por especulaciones espirituales propias del siglo XIX. En Séraphîta, por ejemplo, se adentra en un mundo místico, simbólico y casi angelical, inspirado en ideas de Swedenborg sobre la elevación espiritual del ser humano. (Balzac Analyse)

En su obra, Dios no siempre aparece nombrado directamente, pero sí aparece la pregunta por el juicio moral. Balzac nos muestra un mundo donde cada deseo tiene consecuencias, donde la codicia destruye, donde el egoísmo seca el corazón, donde el dinero puede convertirse en falso dios. En La piel de zapa, el talismán que se encoge con cada deseo es una parábola estremecedora: el hombre que quiere poseerlo todo termina perdiéndose a sí mismo. Leída desde una sensibilidad cristiana, la novela recuerda aquella pregunta evangélica: “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?”

Balzac comprendió como pocos que el pecado no siempre se presenta con rostro monstruoso. Muchas veces llega vestido de éxito, de ascenso social, de refinamiento, de deseo legítimo llevado al exceso. Sus personajes no son caricaturas: son seres humanos ambiguos, capaces de ternura y de ruindad, de sacrificio y de egoísmo, de grandeza y de caída. Por eso siguen siendo actuales. Porque seguimos viviendo en una sociedad donde el dinero, la fama, el prestigio, la apariencia y el consumo pueden devorar la interioridad.

Sus últimos años fueron duros. Después de una larga relación epistolar y sentimental con la condesa polaca Ewelina Hańska, Balzac logró casarse con ella en 1850, pocos meses antes de morir. Llegó a París ya enfermo, debilitado por años de trabajo excesivo, mala salud y una vida llevada al límite. Estudios médicos modernos han señalado que murió a los 51 años por una gangrena asociada a insuficiencia cardíaca congestiva. (Encyclopedia Britannica)

La muerte de Balzac tuvo algo de escena literaria. Victor Hugo lo visitó en sus últimos momentos y luego pronunció palabras memorables en su funeral. Balzac fue sepultado en el cementerio Père-Lachaise de París. Moría el hombre, pero quedaba en pie una de las arquitecturas narrativas más impresionantes de la literatura universal.

Hoy, más de dos siglos después de su nacimiento, Balzac sigue hablándonos. Su influencia llega a Flaubert, Zola, Proust, Dickens, Dostoievski, Henry James y a tantos narradores modernos que han entendido la novela como un gran laboratorio del alma humana. La crítica literaria sigue reconociendo su lugar central en la tradición de la novela europea y su condición de maestro del realismo. (Cambridge University Press & Assessment)

Pero quizá su actualidad no está solo en la técnica narrativa. Está en su diagnóstico espiritual. Balzac vio venir un mundo donde el dinero iba a organizar los deseos, las relaciones, los matrimonios, las vocaciones y hasta la conciencia. Vio que la sociedad moderna podía producir hombres brillantes y vacíos, triunfadores y derrotados al mismo tiempo. Vio que la ambición podía comerse la vida como aquella piel mágica que se encogía con cada deseo.

Por eso, recordar a Balzac no es solamente rendir homenaje a un clásico. Es mirarnos en un espejo incómodo. Es preguntarnos qué deseos están achicando nuestra alma. Es reconocer que la literatura, cuando es grande, no envejece: cambia de lectores, cambia de época, cambia de pantalla, pero sigue interrogando el corazón humano.

Y para quienes, como yo, lo conocimos primero por una mención escolar y luego por una telenovela que dejó huella en la imaginación infantil, Balzac representa también algo entrañable: el poder de la cultura para sembrar preguntas que solo los años nos ayudan a comprender. Aquella Piel de zapa que impresionó mi mente de niño era mucho más que una historia fantástica. Era una advertencia. Era una parábola moderna. Era, sin que yo lo supiera entonces, una puerta hacia uno de los grandes exploradores del alma humana.

Honoré de Balzac nos recuerda que la vida no se mide por la cantidad de deseos cumplidos, sino por la profundidad con que aprendemos a vivir, amar, renunciar y buscar aquello que no se encoge: la verdad, el bien, la belleza y, en último término, Dios.

 

martes, 19 de mayo de 2026

20 de mayo del 2026: miércoles de la séptima semana de Pascua- San Bernardino de Siena, presbítero-Memoria libre

 

Santo del día:

San Bernardino de Siena

1381-1444.

Con sus sermones, este gran predicador franciscano contribuyó a la conversión de muchos de sus oyentes y propagó la devoción al santo Nombre de Jesús, simbolizado por las tres letras “IHS”: Jesús, Salvador de los hombres.

 

 

En realidad

(Juan 17, 11b-19) El Jesús del Evangelio de Juan no tiene nada de un dulce soñador desconectado de la realidad. Él sabe, como el Jesús de los Evangelios sinópticos, que será causa de división —cf. Mt 10,34—, porque revela una verdad que incomoda, que obliga a salir de las seguridades aparentes, a tomar decisiones que no siempre van en la dirección del “espíritu del mundo”. De ahí surge lo que otros llamarán el combate espiritual: la lucha para no ceder a las sirenas de la facilidad, del bienestar egoísta, del encerrarse en uno mismo… Todas estas cosas son obstáculo para la alegría que Cristo quiere darnos.

Emmanuelle Billoteau, ermite

 


Primera lectura

Hch 20, 28-38
Los encomiendo a Dios, que tiene poder para construirlos y hacerlos partícipes de la herencia

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.

EN aquellos días, dijo Pablo a los presbíteros de la Iglesia de Éfeso:
«Tengan cuidado de ustedes y de todo el rebaño sobre el que el Espíritu Santo los ha puesto como guardianes para pastorear la Iglesia de Dios, que él se adquirió con la sangre de su propio Hijo.
Yo sé que, cuando los deje, se meterán entre ustedes lobos feroces, que no tendrán piedad del rebaño. Incluso de entre ustedes mismos surgirán algunos que hablarán cosas perversas para arrastrar a los discípulos en pos de sí. Por eso, estén alerta: acuérdense de que durante tres años, de día y de noche, no he cesado de aconsejar con lágrimas en los ojos a cada uno en particular.
Ahora los encomiendo a Dios y a la palabra de su gracia, que tiene poder para construirlos y hacerlos partícipes de la herencia con todos los santificados. De ninguno he codiciado dinero, oro ni ropa. Bien saben que estas manos han bastado para cubrir mis necesidades y las de los que están conmigo. Siempre les he enseñado que es trabajando como se debe socorrer a los necesitados, recordando las palabras del Señor Jesús, que dijo: “Hay más dicha en dar que en recibir”».
Cuando terminó de hablar, se puso de rodillas y oró con todos ellos. Entonces todos comenzaron a llorar y, echándose al cuello de Pablo, lo besaban; lo que más pena les daba de lo que había dicho era que no volverían a ver su rostro. Y lo acompañaron hasta la nave.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 67, 29-30. 33-35a. 35bc y 36d (R.: 33a)

R. Reyes de la tierra, canten a Dios.

O bien:

R. Aleluya.

V. Oh, Dios, despliega tu poder,
tu poder, oh, Dios, que actúa en favor nuestro.
A tu templo de Jerusalén
traigan los reyes su tributo. 
R.

V. Reyes de la tierra, canten a Dios,
toquen para el Señor, toquen para Dios,
que avanza por los cielos, los cielos antiquísimos;
que lanza su voz, su voz poderosa.
«Reconozcan el poder de Dios». 
R.

V. Sobre Israel resplandece su majestad,
y su poder sobre las nubes.
¡Dios sea bendito! 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Tu palabra, Señor, es verdad; santifícanos en la verdad. R.

 

Evangelio

Jn 17, 11b-19

Que sean uno, como nosotros

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

EN aquel tiempo, levantando los ojos al cielo, oró Jesús diciendo:
«Padre santo, guárdalos en tu nombre, a los que me has dado, para que sean uno, como nosotros. Cuando estaba con ellos, yo guardaba en tu nombre a los que me diste, y los custodiaba, y ninguno se perdió, sino el hijo de la perdición, para que se cumpliera la Escritura. Ahora voy a ti, y digo esto en el mundo para que tengan en sí mismos mi alegría cumplida.
Yo les he dado tu palabra, y el mundo los ha odiado porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. No ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del maligno. No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo.
Santifícalos en la verdad: tu palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo, así yo los envío también al mundo. Y por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad».

Palabra del Señor.

 

1

 

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de este miércoles de la séptima semana de Pascua nos pone ante un tema muy profundo: la Iglesia vive en medio del mundo, pero no pertenece al espíritu del mundo. Jesús no quiere discípulos escapistas, personas que huyan de la realidad, encerradas en una espiritualidad cómoda. Jesús ora al Padre no para que nos saque del mundo, sino para que nos guarde del Maligno: “No te ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del maligno”.

Esto es muy importante. A veces uno quisiera que la fe fuera una especie de refugio donde nada duele, donde no hay problemas, donde no existen conflictos, enfermedades, cansancios ni luchas. Pero Jesús nunca prometió una vida sin pruebas. Lo que Él prometió fue su presencia, su verdad, su alegría y su protección en medio de las pruebas.

En el Evangelio, Jesús está despidiéndose de sus discípulos. Sabe que ellos quedarán expuestos a muchas dificultades. Sabe que el mundo no siempre recibirá con agrado la verdad del Evangelio. La verdad de Cristo incomoda porque nos saca de la mediocridad, nos pide amar cuando preferiríamos encerrarnos, perdonar cuando quisiéramos vengarnos, servir cuando quisiéramos ser servidos, confiar cuando todo parece oscuro.

Por eso Jesús dice: “Santifícalos en la verdad: tu palabra es verdad”. La santidad cristiana no consiste en vivir fuera de la realidad, sino en vivir la realidad desde Dios. El cristiano no niega el dolor, no niega la enfermedad, no niega la fragilidad humana. Pero tampoco se deja vencer por ellas. La fe nos enseña a mirar la vida con los ojos de Cristo.

También san Pablo, en la primera lectura, se despide de los presbíteros de Éfeso. Sus palabras tienen tono de testamento espiritual. Les dice: “Tengan cuidado de ustedes y de todo el rebaño”. Pablo sabe que vendrán dificultades, que aparecerán lobos rapaces, que habrá peligros externos e internos. Pero no deja a la comunidad abandonada al miedo. La encomienda a Dios y a la palabra de su gracia.

Qué hermoso mensaje para nosotros: la Iglesia no se sostiene por nuestras fuerzas humanas, sino por la gracia de Dios. Los pastores, las comunidades, las familias, los enfermos, los ancianos, los que sufren en silencio, todos estamos sostenidos por esa gracia que no abandona.

Hoy queremos orar especialmente por nuestros hermanos enfermos. La enfermedad es una de esas realidades donde se vive un verdadero combate espiritual. El cuerpo duele, el ánimo se debilita, la paciencia se agota, la esperanza puede tambalear. Pero precisamente allí, en la fragilidad, Cristo ora por nosotros. Jesús no mira al enfermo desde lejos: lo acompaña, lo sostiene, lo santifica en la verdad de su amor.

El Salmo nos recuerda que Dios es fuerza para su pueblo. Él da vigor al cansado, levanta al caído, acompaña al que se siente solo. Por eso, cuando oramos por los enfermos, no pedimos solamente salud física, aunque también la pedimos con fe. Pedimos además fortaleza interior, paz del alma, paciencia, compañía, consuelo y esperanza.

Pidamos hoy al Señor que nos libre del espíritu del mundo: de la indiferencia, del egoísmo, de la comodidad que nos vuelve insensibles. Y pidámosle que nos dé un corazón semejante al suyo, capaz de cuidar, acompañar y sostener a quienes sufren.

Que María, Madre de la Iglesia y salud de los enfermos, acompañe a nuestros hermanos que padecen en el cuerpo y en el alma. Y que Jesús, que oró por sus discípulos en la hora difícil, siga orando por nosotros ante el Padre.

Amén.

 

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Queridos hermanos:

Estamos en los últimos días del tiempo pascual, acercándonos a Pentecostés. La Iglesia nos invita a contemplar a Jesús que ora por sus discípulos antes de su pasión. No ora solamente por los apóstoles de aquel tiempo; ora también por nosotros, por la Iglesia de hoy, por nuestras comunidades, por nuestras familias, por quienes anuncian el Evangelio, por quienes sufren, por quienes sienten el peso de la soledad o de la prueba.

En el Evangelio escuchamos una petición hermosa y profunda: “Padre santo, guárdalos en tu nombre, a los que me has dado, para que sean uno, como nosotros”.

Jesús pide al Padre que nos guarde “en su nombre”. En la Biblia, el nombre no es solamente una palabra para identificar a alguien. El nombre expresa la identidad, la presencia, la autoridad y la misión de una persona. Cuando Dios revela su nombre a Moisés en la zarza ardiente, dice: “Yo soy el que soy”. Es decir, Dios es el que existe desde siempre, el que sostiene la historia, el que acompaña a su pueblo, el que no abandona.

Y en el Evangelio de Juan, Jesús se presenta muchas veces con esa expresión divina: “Yo soy”. “Yo soy el pan de vida”, “Yo soy la luz del mundo”, “Yo soy el buen pastor”, “Yo soy el camino, la verdad y la vida”, “Antes de que Abrahán existiera, Yo soy”. Jesús no es simplemente un maestro sabio ni un líder religioso admirable. Jesús es el Hijo eterno del Padre, Dios hecho hombre, el rostro visible del Dios invisible.

Por eso, cuando Jesús ora para que seamos guardados en el nombre del Padre, está pidiendo que nuestra vida quede sostenida por Dios, protegida por su amor, iluminada por su verdad y orientada hacia la unidad. Nuestra verdadera identidad no está en el prestigio, en el dinero, en los cargos, en los títulos, en la fama ni en las apariencias. Nuestra identidad más profunda está en Dios: somos hijos en el Hijo, llamados a vivir en comunión con Él.

Pero Jesús no pide que seamos sacados del mundo. Dice claramente: “No ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del maligno”. El cristiano no es alguien que huye de la realidad. El cristiano vive en medio del mundo, con sus conflictos, tentaciones, heridas y desafíos, pero no se deja dominar por el espíritu del mundo. No se deja gobernar por el egoísmo, la mentira, la división, la ambición o la indiferencia.

Aquí se entiende también la primera lectura. San Pablo se despide de los presbíteros de Éfeso con palabras llenas de afecto y responsabilidad: “Tengan cuidado de ustedes y de todo el rebaño”. Pablo sabe que la comunidad cristiana va a enfrentar peligros. Habla incluso de “lobos feroces” que pueden dispersar el rebaño. Por eso recomienda vigilancia, fidelidad y entrega.

Estas palabras son muy actuales. También hoy la Iglesia necesita pastores vigilantes, comunidades maduras, cristianos firmes en la fe y humildes en el servicio. No podemos cuidar a los demás si no cuidamos primero nuestra propia unión con Cristo. No podemos anunciar el Evangelio si dejamos que nuestro corazón se enfríe. No podemos construir unidad si vivimos alimentando divisiones, críticas destructivas o rivalidades.

San Pablo nos deja además una frase preciosa de Jesús: “Hay más dicha en dar que en recibir”. Esa frase resume el corazón del Evangelio. La verdadera alegría no nace de poseer más, sino de amar más. No nace de encerrarnos en nosotros mismos, sino de entregarnos. No nace de defender nuestro pequeño mundo personal, sino de abrir la vida a Dios y a los hermanos.

Hoy celebramos también la memoria libre de San Bernardino de Siena, gran predicador franciscano del siglo XV. Él fue un apasionado del santo Nombre de Jesús. Propagó la devoción al monograma IHS, signo del Nombre de Jesús, Salvador de los hombres. Su predicación buscaba renovar la vida cristiana, llamar a la conversión, sanar divisiones y llevar a todos a poner a Cristo en el centro.

Qué providencial resulta esta memoria en el día en que el Evangelio nos habla del nombre de Dios. San Bernardino entendió que el Nombre de Jesús no es un adorno piadoso ni una simple fórmula religiosa. El Nombre de Jesús es salvación, consuelo, fuerza, esperanza. Invocar el Nombre de Jesús es poner nuestra vida bajo su señorío; es reconocer que no nos pertenecemos a nosotros mismos, sino que somos de Cristo.

Por eso, en medio de nuestras luchas, podemos decir con fe: Jesús, guárdame en tu nombre. Jesús, santifícame en la verdad. Jesús, hazme instrumento de unidad. Jesús, no permitas que el mal venza en mi corazón.

El Salmo nos recuerda que Dios da fuerza y poder a su pueblo. Esta es una palabra de ánimo para todos, especialmente para quienes se sienten cansados, enfermos, débiles o probados. La oración de Jesús sigue viva. Cristo sigue intercediendo por nosotros ante el Padre. No caminamos solos. La Iglesia no camina sola. Nuestras comunidades no caminan solas. La gracia de Dios nos sostiene.

Pidamos hoy al Señor tres gracias.

Primero, vivir nuestra identidad en Dios. Que no olvidemos que somos hijos amados, consagrados por la verdad y llamados a la santidad.

Segundo, permanecer unidos. Jesús pidió que fuéramos uno. La división es una herida en el Cuerpo de Cristo. La unidad no significa pensar todos exactamente igual, sino vivir todos desde el mismo amor, la misma fe y la misma misión.

Tercero, actuar en el Nombre de Jesús. Que nuestras palabras, decisiones, trabajos, sufrimientos y servicios lleven la marca de Cristo. Que no anunciemos nuestro ego, sino su Evangelio. Que no busquemos nuestra gloria, sino la gloria de Dios.

Que San Bernardino de Siena nos ayude a amar, invocar y honrar el santo Nombre de Jesús. Y que María, Madre de la Iglesia, nos enseñe a permanecer unidos a Cristo, para vivir en el mundo sin pertenecer al espíritu del mundo.

Que así sea.

 

Max Scheler: el filósofo del amor, los valores y el corazón humano

 


Cada 19 de mayo se recuerda la muerte de Max Scheler, uno de esos pensadores que hoy parecen un poco olvidados, pero que en su tiempo fue considerado por muchos como una de las mentes más brillantes de la filosofía europea del siglo XX. Max Ferdinand Scheler nació en Múnich, Alemania, el 22 de agosto de 1874, y murió en Fráncfort del Meno el 19 de mayo de 1928, con apenas 53 años. Fue filósofo, fenomenólogo, pensador de los valores, de la persona, de la simpatía, del amor, del resentimiento, de la religión y de la antropología filosófica.

(Encyclopedia Britannica)

 

Scheler pertenece a esa familia de autores difíciles de encasillar. Fue cercano al catolicismo, escribió páginas de enorme hondura religiosa, pensó con seriedad la experiencia de Dios y de lo sagrado, pero también vivió una relación conflictiva con la Iglesia institucional y terminó distanciándose de ella. Por eso no conviene reducirlo ni a “filósofo católico” en sentido simple, ni a pensador ateo. Fue, más bien, un espíritu inquieto, apasionado, contradictorio y genial, que buscó comprender al ser humano desde su capacidad de amar, valorar y abrirse al misterio.

Un pensador para tiempos de confusión

Scheler resulta sorprendentemente actual. Vivimos en una época saturada de opiniones, discursos, ideologías, polarizaciones, resentimientos y debates interminables. Muchas veces se habla mucho y se piensa poco; se argumenta con dureza, pero se ama con dificultad. En ese contexto, Scheler vuelve a decirnos algo necesario: el ser humano no se entiende solamente desde la razón fría, desde la utilidad, desde la economía, desde la política o desde el poder. El ser humano se comprende, sobre todo, desde su capacidad de amar y de reconocer valores.

Tradicionalmente se ha dicho que el hombre es un “animal racional”. Descartes lo describió como una “cosa que piensa”. Scheler, sin negar la importancia de la inteligencia, se atreve a mirar más hondo: el hombre no es solamente un ser que piensa; es también, y quizá ante todo, un ser que ama. Para él, la persona no se revela plenamente en el cálculo, sino en el amor; no se descubre solamente en el razonamiento, sino en la apertura humilde a lo verdadero, a lo bueno, a lo bello y a lo santo.

Aquí se entiende su cercanía con aquella famosa intuición de Pascal: “El corazón tiene razones que la razón no conoce”. Scheler no propone un sentimentalismo superficial, sino una verdadera “lógica del corazón”. El corazón, para él, no es mero capricho emocional; es una vía profunda de conocimiento. Hay realidades que solo se comprenden cuando se aman. Hay personas que solo se conocen verdaderamente cuando se las mira con amor. Hay valores que permanecen invisibles para una inteligencia cerrada, orgullosa o utilitarista.

La fenomenología y el regreso a las cosas mismas

Scheler fue uno de los grandes representantes de la fenomenología, corriente filosófica asociada al nombre de Edmund Husserl. La fenomenología quiere volver a “las cosas mismas”, es decir, describir la experiencia tal como se da a la conciencia, antes de encerrarla en teorías abstractas. Scheler conoció a Husserl en 1901, leyó sus Investigaciones lógicas y quedó marcado por ese nuevo modo de filosofar. Sin embargo, no fue un simple repetidor de Husserl. Tomó la fenomenología y la abrió hacia campos que Husserl no había desarrollado con igual intensidad: la vida emocional, la simpatía, el amor, el odio, la vergüenza, el arrepentimiento, los valores, la religión y la persona. (Enciclopedia de Filosofía de Stanford)

Para Scheler, la fenomenología no era únicamente un método frío de análisis, sino una actitud espiritual: mirar con respeto, dejar que la realidad se manifieste, no violentarla con prejuicios, no reducirla a utilidad. En este punto su pensamiento toca algo profundamente cristiano: la realidad debe ser recibida antes que dominada; el otro debe ser amado antes que usado; la verdad debe ser acogida antes que manipulada.

El amor como camino de conocimiento

Una de las intuiciones más bellas de Scheler es que el amor abre el conocimiento. No conocemos primero para después amar; muchas veces amamos y, precisamente por eso, empezamos a conocer de verdad. El amor ensancha la mirada. El odio, por el contrario, empobrece la realidad, la deforma, la rebaja. Quien odia no ve al otro en su dignidad, sino en su caricatura. Quien ama descubre posibilidades, valores y caminos que antes estaban ocultos.

La Stanford Encyclopedia of Philosophy resume esta idea diciendo que, para Scheler, el amor abre al ser humano al mundo y a lo otro; el conocimiento supone una disposición amorosa de apertura y humildad. (Enciclopedia de Filosofía de Stanford)

Desde esta perspectiva, amar no es simplemente sentir bonito. Amar es permitir que el otro aparezca en su verdad más alta. Amar es descubrir en una persona no solo lo que ya es, sino lo que está llamada a ser. Por eso el amor, en Scheler, tiene algo de “partero espiritual”: ayuda a dar a luz el valor escondido en las personas y en las cosas.

Esto tiene una enorme fuerza pastoral. Cuántas veces una persona cambia no porque alguien la humilló, la condenó o la redujo a su pecado, sino porque alguien la miró con amor y le hizo descubrir que todavía podía ser mejor. El amor verdadero no niega la verdad, pero la revela sin destruir. No justifica el mal, pero rescata la dignidad del que puede levantarse.

La jerarquía de los valores

Scheler es especialmente conocido por su teoría de los valores. Para él, los valores no son simples gustos subjetivos. No todo vale igual. Hay una jerarquía objetiva de valores: unos son más bajos, otros más altos; unos son más superficiales, otros más profundos.

En términos generales, Scheler distingue valores ligados al placer y a lo agradable, valores vitales como la salud o la fuerza, valores espirituales como la verdad, la belleza y la justicia, y finalmente los valores de lo santo, que ocupan el lugar más alto. (Enciclopedia de Filosofía de Stanford)

Esta jerarquía resulta muy iluminadora para nuestro tiempo. Una sociedad se enferma cuando pone arriba lo que debería estar abajo: el placer sobre la verdad, el éxito sobre la justicia, la utilidad sobre la persona, el poder sobre la dignidad, el consumo sobre lo santo. Cuando se invierte la escala de valores, el ser humano se desordena por dentro y la comunidad se rompe por fuera.

Scheler nos recuerda que no basta con tener valores; hay que ordenarlos. No basta con desear cosas buenas; hay que preferir lo mejor. No basta con vivir; hay que vivir orientados hacia lo más alto.

Catolicismo, crisis y búsqueda de Dios

La relación de Scheler con la fe católica fue intensa, fecunda y compleja. Provenía de un ambiente familiar judío. En su trayectoria intelectual se acercó al catolicismo y llegó a ser visto como un pensador católico de gran relieve, especialmente durante su etapa de Colonia. Su obra De lo eterno en el hombre, publicada en 1921, contiene páginas decisivas sobre la experiencia religiosa y la apertura del hombre a lo sagrado. (Enciclopedia de Filosofía de Stanford)

Sin embargo, su vida personal y sus tensiones intelectuales lo llevaron a distanciarse progresivamente de la Iglesia institucional. Después de conflictos matrimoniales y de su crítica a ciertas posiciones eclesiales, Scheler procuró presentar su obra más como filosofía que como pensamiento religioso confesional. En sus últimos años se orientó hacia una metafísica más especulativa, con rasgos panteístas y evolucionistas, alejándose de la idea judeocristiana clásica de Dios creador. (Enciclopedia de Filosofía de Stanford)

Con todo, sería injusto despacharlo como un simple desertor de la fe. Scheler siguió siendo un pensador atravesado por la pregunta religiosa. Se alejó de la Iglesia, sí, pero no se volvió indiferente al misterio. Su filosofía conserva una sed de absoluto, una preocupación por lo santo y una convicción profunda: el ser humano solo se entiende plenamente cuando se abre a valores que lo superan.

Vida académica y últimos años

Scheler estudió en Múnich, Berlín y Jena. En Jena obtuvo su doctorado en 1897 y su habilitación en 1899. Fue influido por pensadores como Nietzsche, Dilthey, Eucken, Bergson, Pascal, san Agustín y Husserl. Enseñó en Jena, Múnich y Colonia, y en 1928 aceptó una cátedra en Fráncfort, aunque murió antes de asumir plenamente ese nuevo cargo. (cfs.ku.dk)

Su vida fue agitada. Fue un hombre brillante, apasionado, desordenado en algunos aspectos, de pensamiento abundante y a veces contradictorio. Sus escritos pueden parecer densos, excesivos, incluso difíciles de organizar. Él mismo habría reconocido, con ironía, algo así como: “Tengo la palabra, pero no la frase”. Es decir, poseía una intuición poderosa, pero no siempre la forma más sistemática para expresarla.

Murió en Fráncfort el 19 de mayo de 1928, después de una serie de problemas cardíacos. Tenía solo 53 años. Según la Stanford Encyclopedia of Philosophy, en sus últimos meses su salud se deterioró gravemente y murió por complicaciones derivadas de un fuerte ataque al corazón. (Enciclopedia de Filosofía de Stanford)

Ortega y Gasset, Heidegger y Wojtyła ante Scheler

Después de su muerte, José Ortega y Gasset le rindió un homenaje memorable. Lo llamó, con admiración, “el Adán de un nuevo paraíso”, aludiendo a la capacidad que Scheler tenía para mirar las cosas como si aparecieran por primera vez. Ortega también percibió en él una mezcla singular de claridad y desorden: un pensamiento luminoso, pero no siempre perfectamente sistemático. (Mondo Domani)

También Martin Heidegger reconoció la fuerza filosófica de Scheler y lo consideró una de las presencias intelectuales más potentes de su tiempo. No es exagerado decir que Scheler fue uno de esos pensadores cuya influencia fue más grande de lo que hoy suele recordarse.

En el ámbito católico, su huella llegó hasta Karol Wojtyła, el futuro san Juan Pablo II. Conviene precisar un dato: Wojtyła no hizo su tesis doctoral sobre Scheler; su doctorado fue sobre la fe en san Juan de la Cruz. Pero sí dedicó a Scheler su tesis de habilitación, en la que estudió si era posible construir una ética cristiana a partir del sistema scheleriano. Su conclusión fue crítica: valoró la importancia de Scheler, pero consideró que su ética no bastaba para expresar plenamente la moral cristiana, porque daba demasiado peso a la experiencia emocional de los valores y no integraba suficientemente la voluntad, la conciencia, el deber y la acción moral concreta. (Christendom Media)

Un pensador contra el resentimiento

Uno de los temas más actuales de Scheler es el resentimiento. En diálogo crítico con Nietzsche, Scheler analiza cómo el resentimiento puede deformar la mirada moral. El resentido no solo sufre por una herida; termina construyendo una visión del mundo desde esa herida. Ya no juzga con libertad, sino desde la amargura. Ya no busca la verdad, sino la revancha. Ya no ama el bien, sino que necesita rebajar aquello que no puede alcanzar.

Este análisis resulta muy actual en tiempos de redes sociales, polarización política, fanatismos ideológicos y odios colectivos. El resentimiento se disfraza muchas veces de justicia, pero no sana; solo contagia amargura. La verdadera justicia no nace del odio, sino del reconocimiento de la dignidad. La denuncia profética no necesita resentimiento; necesita verdad, amor y valentía.

¿Por qué leer hoy a Max Scheler?

Leer a Scheler no es fácil, pero vale la pena. Nos ayuda a recordar que el ser humano no puede ser reducido a máquina, consumidor, votante, productor, paciente, cliente o usuario. El ser humano es persona: alguien capaz de amar, conocer, preferir valores, abrirse a lo santo, arrepentirse, esperar, entregarse y trascender.

En una época que muchas veces confunde amor con emoción pasajera, Scheler recuerda que el amor es apertura al valor del otro. En una cultura que absolutiza el placer, recuerda que existen valores más altos. En un mundo tentado por el resentimiento, recuerda que el odio deforma la realidad. En sociedades donde Dios parece ausente o instrumentalizado, recuerda que la experiencia de lo santo sigue siendo una dimensión decisiva de la existencia humana.

Scheler no fue un santo ni un pensador sin contradicciones. Fue un hombre genial, frágil, apasionado, muchas veces desconcertante. Pero quizá por eso mismo resulta cercano. Su vida muestra que se puede buscar la verdad en medio de tensiones; que se puede pensar a Dios incluso desde la crisis; que se puede hablar del amor sin ingenuidad; y que se puede mirar al ser humano no desde lo más bajo, sino desde su vocación más alta.

Max Scheler murió el 19 de mayo de 1928. Pero su pregunta sigue viva: ¿qué es el hombre? Y su respuesta, aunque incompleta, conserva una fuerza luminosa: el hombre es el ser que ama, que descubre valores y que solo se comprende plenamente cuando se abre a lo verdadero, a lo bueno, a lo bello y a lo santo.

 

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