Ni una iota
Mateo 5,17-19
La lectura del Nuevo Testamento nos hace repasar el
alfabeto griego. En el Apocalipsis, el Señor Dios es designado como el Alfa y
la Omega. En el evangelio de hoy se habla de otra letra, más discreta, un poco
perdida en medio del alfabeto: la iota. “Ni una sola iota desaparecerá de la
Ley”. Es una invitación a redescubrir la presencia de Dios en todas las cosas.
Lo que parece insignificante a los ojos humanos tiene gran valor a los ojos de
Dios.
Bertrand Lesoing, prêtre de la
communauté Saint-Martin
Primera lectura
Que este
pueblo sepa que tú eres Dios y que has convertido sus corazones
Lectura del primer libro de los Reyes.
EN aquellos días, el rey Ajab dio una orden entre todos los hijos de Israel y
reunió a los profetas de Baal en el monte Carmelo.
Elías se acercó a todo el pueblo y dijo:
«¿Hasta cuándo van a estar cojeando sobre dos muletas? Si el Señor es Dios,
síganlo; si lo es Baal, sigan a Baal».
El pueblo no respondió palabra. Elías continuó:
«Quedo yo solo como profeta del Señor, mientras que son cuatrocientos cincuenta
los profetas de Baal. Que nos den dos novillos; que ellos elijan uno, lo
descuarticen y lo coloquen sobre la leña, pero sin encender el fuego. Yo
prepararé el otro novillo y lo pondré sobre la leña, también sin encender el
fuego. Ustedes clamarán invocando el nombre de su dios y yo clamaré invocando
el nombre del Señor. Y su dios que responda por el fuego, ese es Dios».
Todo el pueblo acató:
«¡Está bien lo que propones!».
Elías se dirigió a los profetas de Baal:
«Elijan un novillo y prepárenlo ustedes primero, pues son más numerosos. Clamen
invocando el nombre de su dios, pero no pongan fuego».
Tomaron el novillo que les dieron, lo prepararon y estuvieron invocando el
nombre de Baal desde la mañana hasta el mediodía, diciendo:
«¡Baal, respóndenos!».
Mas no hubo voz ni respuesta. Brincaban en torno al altar que habían hecho.
A mediodía, Elías se puso a burlarse de ellos:
«¡Griten con voz más fuerte, porque él es dios, pero tendrá algún negocio, le
habrá ocurrido algo, estará de camino; tal vez esté dormido y despertará!».
Entonces gritaron con voz más fuerte, haciéndose incisiones con cuchillos y
lancetas hasta chorrear sangre por sus cuerpos según su costumbre.
Pasado el mediodía, entraron en trance hasta la hora de presentar las ofrendas,
pero no hubo voz, no hubo quien escuchara ni quien respondiese.
Elías dijo a todo el pueblo:
«Acérquense a mí», y todo el pueblo se acercó a él. Entonces se puso a
restaurar el altar del Señor, que había sido demolido. Tomó Elías doce piedras
según el número de tribus de los hijos de Jacob, al que se había dirigido esta
palabra del Señor:
«Tu nombre será Israel».
Erigió con las piedras un altar al nombre del Señor e hizo alrededor una zanja
de una capacidad de un par de arrobas de semilla. Luego dispuso leña,
descuartizó el novillo y lo colocó encima.
«Llenen de agua cuatro tinajas y derrámenla sobre el holocausto
y sobre la leña», ordenó y así lo hicieron.
Pidió:
«Háganlo por segunda vez»; y por segunda vez lo hicieron.
«Háganlo por tercera vez» y una tercera vez lo hicieron.
Corrió el agua alrededor del altar, e incluso la zanja se llenó a rebosar.
A la hora de la ofrenda, el profeta Elías se acercó y comenzó a decir:
«Señor, Dios de Abrahán, de Isaac y de Israel, que se reconozca hoy que tú eres
Dios en Israel, que yo soy tu servidor y que por orden tuya he obrado todas
estas cosas. Respóndeme, Señor, respóndeme, para que este pueblo sepa que tú,
Señor, eres Dios y que has convertido sus corazones».
Cayó el fuego del Señor que devoró el holocausto y la leña, lamiendo el agua de
las zanjas.
Todo el pueblo lo vio y cayeron rostro en tierra, exclamando:
«¡El Señor es Dios. El Señor es Dios!».
Palabra de Dios.
Salmo
R. Protégeme,
Dios mío, que me refugio en ti.
V. Protégeme,
Dios mío, que me refugio en ti.
Yo digo al Señor: «Tú eres mi Dios». R.
V. Se
multiplican las desgracias
de quienes van tras dioses extraños;
yo no derramaré sus libaciones con mis manos,
ni tomaré sus nombres en mis labios. R.
V. El
Señor es el lote de mi heredad y mi copa,
mi suerte está en tu mano.
Tengo siempre presente al Señor,
con él a mi derecha no vacilaré. R.
V. Me
enseñarás el sendero de la vida,
me saciarás de gozo en tu presencia,
de alegría perpetua a tu derecha. R.
Aclamación
V. Dios mío,
instrúyeme en tus sendas, haz que camine con lealtad. R.
Evangelio
No he venido
a abolir, sino a dar plenitud
Lectura del santo Evangelio según san Mateo.
EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«No crean que he venido a abolir la Ley y los Profetas: no he venido a abolir,
sino a dar plenitud.
En verdad les digo que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse
hasta la última letra o tilde de la ley.
El que se salte uno solo de los preceptos menos importantes y se lo enseñe así
a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos.
Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el reino de los cielos».
Palabra del Señor.
1
Queridos
hermanos:
La
Palabra de Dios de hoy nos invita a volver al centro, a no vivir la fe a
medias, a no tener el corazón dividido.
En
la primera lectura, el profeta Elías se enfrenta a una situación muy dolorosa:
el pueblo de Israel quiere servir a Dios, pero también quiere servir a los
ídolos. Por eso Elías les lanza una pregunta fuerte: “¿Hasta cuándo van a andar
cojeando con los dos pies?” Es decir: ¿hasta cuándo vivirán indecisos,
queriendo agradar a Dios y al mismo tiempo dejando que otros dioses ocupen su
corazón?
El
monte Carmelo se convierte en el lugar de una gran prueba. Los profetas de Baal
invocan a su dios, gritan, se agitan, pero no hay respuesta. En cambio, Elías
ora con confianza al Dios de Abraham, de Isaac y de Israel. No hace
espectáculo, no manipula, no presume. Simplemente clama al Señor, y Dios
responde con fuego. Entonces el pueblo reconoce: “¡El Señor es el Dios
verdadero!”
Esta
lectura nos recuerda que la fe no puede ser una decoración de la vida. Dios no
quiere ocupar un rincón pequeño de nuestra existencia; Él quiere ser el centro.
Cuando Dios está en el centro, todo encuentra su lugar: nuestras alegrías,
nuestras luchas, nuestras enfermedades, nuestras familias, nuestros trabajos,
nuestras decisiones.
El
salmo lo expresa con palabras muy bellas: “Protégeme, Dios mío, que me refugio
en ti”. Esa es la oración de quien ha descubierto que fuera de Dios no hay bien
verdadero. El salmista no pone su seguridad en los ídolos, ni en falsas
promesas, ni en poderes humanos. Dice: “El Señor es el lote de mi heredad y mi
copa”. Dicho de otra manera: Señor, Tú eres mi riqueza, mi descanso, mi apoyo,
mi camino.
Y
en el Evangelio, Jesús nos dice: “No crean que he venido a abolir la Ley o los
Profetas; no he venido a abolir, sino a dar plenitud”. Jesús no viene a borrar
lo que Dios había sembrado en la historia de su pueblo. Viene a llevarlo a su
cumplimiento. Él nos enseña que la voluntad de Dios no es una carga fría, sino
un camino de vida.
Por
eso añade que no desaparecerá de la Ley ni una iota, ni el signo más pequeño.
La iota era una letra pequeñísima del alfabeto griego. Jesús quiere decirnos
que para Dios nada es insignificante. Ningún gesto de amor es pequeño. Ninguna
oración sincera se pierde. Ninguna lágrima ofrecida con fe queda olvidada.
Ningún enfermo es invisible a los ojos del Padre.
Y
esto nos ilumina mucho en la intención de hoy, cuando oramos por nuestros
enfermos. A veces la enfermedad hace sentir a la persona débil, limitada,
dependiente, como si ya no pudiera aportar mucho. Pero el Evangelio nos
recuerda lo contrario: ante Dios, lo pequeño tiene valor; lo frágil tiene
dignidad; lo escondido puede ser profundamente fecundo.
Un
enfermo que ofrece su dolor, que reza desde su cama, que conserva la esperanza,
que une su sufrimiento al de Cristo, está participando misteriosamente en la
obra de la salvación. Quizás el mundo no lo vea, pero Dios sí lo ve. Quizás
parezca una “iota”, algo pequeño, silencioso, humilde; pero a los ojos de Dios
tiene un valor inmenso.
También
nosotros podemos preguntarnos: ¿cuáles son los ídolos que a veces quieren
ocupar el lugar de Dios en mi vida? ¿La comodidad? ¿El orgullo? ¿El dinero? ¿La
fama? ¿La autosuficiencia? ¿El miedo? Como Elías al pueblo, la Palabra nos
invita a decidirnos: si el Señor es Dios, sigámoslo.
Y
seguirlo no es solo hacer cosas grandes. Es también cuidar los pequeños
detalles: una palabra amable, una visita a un enfermo, una llamada a quien está
solo, una oración hecha con fe, una corrección hecha con amor, una fidelidad
silenciosa en medio de las pruebas.
Pidamos
hoy al Señor que purifique nuestro corazón de todo ídolo, que nos enseñe a
vivir su voluntad con amor y que fortalezca a todos nuestros enfermos. Que
ellos sientan que no están solos, que su vida sigue siendo preciosa, que su
dolor unido a Cristo tiene sentido, y que Dios no olvida ni siquiera la más
pequeña “iota” de amor ofrecida en silencio.
Amén.
2
Queridos
hermanos:
La
Palabra de Dios de este miércoles nos pone delante de una pregunta decisiva:
¿quién ocupa realmente el centro de nuestra vida?
En
la primera lectura, el profeta Elías se dirige al pueblo de Israel con una
frase fuerte: “¿Hasta cuándo van a estar cojeando con los dos pies?” El pueblo
quería servir al Señor, pero al mismo tiempo se dejaba seducir por Baal.
Querían tener a Dios, pero también querían tener otros apoyos, otros dioses,
otras seguridades.
Esa
escena del monte Carmelo no es solo un episodio antiguo. También habla de
nosotros. Muchas veces decimos creer en Dios, pero en la práctica ponemos
nuestra confianza en otros “baales”: el dinero, el prestigio, la comodidad, la
autosuficiencia, el poder, la imagen, la opinión de los demás. Y entonces el corazón
queda dividido. Creemos, pero no del todo; confiamos, pero con reservas;
rezamos, pero seguimos buscando salvaciones falsas.
Elías
no vence con espectáculo humano. Los profetas de Baal gritan, se agitan, hacen
ruido, pero no hay respuesta. Elías, en cambio, ora con fe sencilla. Y Dios
responde. El fuego del Señor baja sobre el sacrificio, y el pueblo reconoce:
“¡El Señor es el Dios verdadero!”
Ese
fuego de Dios no viene para destruirnos, sino para purificar nuestro corazón,
para quemar nuestros ídolos, para devolvernos a la verdad. La fe no consiste en
añadir a Dios como un adorno más de la vida. La fe es dejar que Dios sea Dios
en nosotros.
Por
eso el salmo nos ofrece una oración preciosa: “Protégeme, Dios mío, que me
refugio en ti”. Es la oración de quien ha aprendido que solo en Dios hay
descanso verdadero. “El Señor es el lote de mi heredad y mi copa”, dice el
salmista. Es decir: Señor, Tú eres mi riqueza, mi seguridad, mi camino y mi
alegría.
Y
en el Evangelio, Jesús nos dice: “No crean que he venido a abolir la Ley o los
Profetas; no he venido a abolir, sino a dar plenitud”. Jesús no viene a borrar
la historia de la salvación, sino a llevarla a su cumplimiento. Todo lo que
Dios había prometido, preparado y anunciado encuentra en Cristo su sentido
definitivo.
La
Ley y los Profetas apuntaban hacia Él. Las promesas hechas a Abraham, las
palabras de los profetas, el cordero pascual, el templo, los sacrificios, la
alianza, todo encuentra su plenitud en Jesús. Él es el verdadero Cordero de
Dios. Él es el nuevo y eterno Sacerdote. Él es el sacrificio perfecto ofrecido
en la cruz y actualizado sacramentalmente en cada Eucaristía.
Por
eso, cuando venimos a la Misa, no asistimos simplemente a una ceremonia
religiosa. Entramos en el corazón mismo de la historia de la salvación. Aquí se
hace presente el sacrificio de Cristo. Aquí las promesas de Dios se vuelven
alimento, gracia y vida para nosotros. Aquí comprendemos que la Ley nueva no
está escrita solo en tablas de piedra, sino en el corazón transformado por el
amor.
Jesús
lleva la Ley a su plenitud porque no se conforma con una obediencia exterior.
Él quiere llegar al corazón. No basta con “no matar”; hay que vencer el odio,
la rabia, el resentimiento. No basta con cumplir por fuera; hay que amar de
verdad. No basta con parecer buenos; hay que dejar que la gracia nos haga
nuevos por dentro.
Y
aquí podemos unir la intención de hoy por nuestros enfermos. La enfermedad
muchas veces nos hace tocar nuestra fragilidad. Cuando llega el dolor, cuando
el cuerpo se debilita, cuando aparecen el miedo, la incertidumbre o la soledad,
caen muchas falsas seguridades. En esos momentos se revela dónde está realmente
nuestro refugio.
Por
eso hoy oramos por nuestros enfermos, para que puedan decir con el salmista:
“Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti”. Que el Señor sea su fortaleza en
la debilidad, su paz en la angustia, su compañía en la soledad y su esperanza
en medio de la prueba.
Y
también oramos para que, unidos a Cristo, descubran que su sufrimiento no es
inútil. En la cruz de Jesús, todo dolor ofrecido con fe puede convertirse en
oración, en purificación, en intercesión, en amor. El enfermo que une su vida a
Cristo participa misteriosamente de esa ofrenda redentora que se hace presente
en la Eucaristía.
Hoy
la Palabra nos invita a decidirnos por Dios sin medias tintas. Como en el monte
Carmelo, también nosotros debemos responder: si el Señor es Dios, sigámoslo.
Sigámoslo no solo con palabras, sino con el corazón. No solo con ritos, sino
con una vida transformada. No solo en los momentos fáciles, sino también en la
enfermedad, en la cruz, en la espera y en la noche.
Pidamos
al Señor que purifique nuestros corazones de todo ídolo, que nos enseñe a vivir
la plenitud del amor, y que en cada Eucaristía encontremos a Cristo,
cumplimiento de toda promesa, refugio de los débiles, salud de los enfermos y
alimento de vida eterna.
Amén.


