«Diálogo y ayuda mutua»
Es frecuente interpretar el silencio de Jesús ante
la mujer cananea como señal de que no quiere entrar en relación con ella. Los
discípulos parecen entenderlo de ese modo y, además, intervienen molestos por
sus insistentes gritos.
Sin embargo, esa interpretación no parece
corresponder del todo con lo que conocemos de Jesús: Él no es alguien que
rehúya el encuentro o cierre la puerta a quien se acerca buscando ayuda.
Más bien, su silencio puede entenderse como un momento de discernimiento ante
una situación nueva. La súplica de aquella mujer extranjera plantea una
cuestión decisiva: ¿hasta dónde llega su misión?
…Después entra en diálogo con ella. Sus primeras
palabras, que podrían parecernos duras, no terminan la conversación: permiten
que continúe. Y precisamente en ese intercambio la mujer, con su humildad,
inteligencia y extraordinaria confianza, ayuda a que se manifieste algo
fundamental: la misericordia de Dios no puede quedar encerrada dentro de
fronteras religiosas, culturales o nacionales.
Así, el Evangelio no tendría que leerse simplemente
como el enfrentamiento entre un Jesús cerrado y una mujer obstinada,
sino como un verdadero diálogo en el que ambos interlocutores se encuentran y
en el que la palabra perseverante de aquella mujer contribuye al
discernimiento. Finalmente, su fe queda reconocida y su hija recibe la curación
que pedía.
Esto deja dos preguntas muy hermosas para nuestra
oración:
¿Necesito yo también hoy la ayuda de Cristo? ¿Me
atrevo a clamar hacia Él con la confianza y perseverancia de la cananea?
Y todavía una más profunda:
¿Me permito verdaderamente entrar en diálogo con
Cristo, incluso cuando parece guardar silencio?
Marie-Caroline Bustarret
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Primera lectura
A los
extranjeros los traeré a mi monte santo
Lectura del libro de Isaías.
ESTO dice el Señor:
«Observen el derecho, practiquen la justicia,
porque mi salvación está por llegar,
y mi justicia se va a manifestar.
A los extranjeros
que se han unido al Señor para servirlo,
para amar el nombre del Señor
y ser sus servidores,
que observan el sábado sin profanarlo
y mantienen mi alianza,
los traeré a mi monte santo,
los llenaré de júbilo en mi casa de oración;
sus holocaustos y sacrificios
serán aceptables sobre mi altar;
porque mi casa es casa de oración,
y así la llamarán todos los pueblos».
Palabra de Dios.
Salmo
R. Oh, Dios,
que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
V. Que Dios
tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación. R.
V. Que
canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia
y gobiernas las naciones de la tierra. R.
V. Oh,
Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
Que Dios nos bendiga; que le teman
todos los confines de la tierra. R.
Segunda
lectura
Los dones y
la llamada de Dios son irrevocables para Israel
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos.
HERMANOS:
A ustedes, gentiles, les digo: siendo como soy apóstol de los gentiles, haré
honor a mi ministerio, por ver si doy celos a los de mi raza y salvo a algunos
de ellos.
Pues si su rechazo es reconciliación del mundo, ¿qué no será su reintegración
sino volver desde la muerte a la vida?
Pues los dones y la llamada de Dios son irrevocables.
En efecto, así como ustedes, en otro tiempo, desobedecieron a Dios, pero ahora
han obtenido misericordia por la desobediencia de ellos, así también estos han
desobedecido ahora con ocasión de la misericordia que se les ha otorgado a
ustedes, para que también ellos alcancen ahora misericordia.
Pues Dios nos encerró a todos en desobediencia, para tener misericordia de
todos.
Palabra de Dios.
Aclamación
V. Jesús
proclamaba el evangelio del reino,
y curaba toda dolencia en el pueblo. R.
Evangelio
Mujer, qué
grande es tu fe
Lectura del santo Evangelio según san Mateo.
EN aquel tiempo, Jesús salió y se retiró a la región de Tiro y Sidón.
Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a
gritarle:
«Ten compasión de mí, Señor Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo».
Él no le respondió nada. Entonces los discípulos se le acercaron a decirle:
«Atiéndela, que viene detrás gritando».
Él les contestó:
«Solo he sido enviado a las ovejas descarriadas de Israel».
Ella se acercó y se postró ante él diciendo:
«Señor, ayúdame».
Él le contestó:
«No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos».
Pero ella repuso:
«Tienes razón, Señor; pero también los perritos se comen las migajas que caen
de la mesa de los amos».
Jesús le respondió:
«Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas».
En aquel momento quedó curada su hija.
Palabra del Señor.
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«Señor, ayúdame»: una fe que grita, una Iglesia
que escucha y unas manos que ayudan
Queridos
hermanos:
Hay una frase
muy pequeña en el Evangelio de hoy que, después de lo ocurrido en nuestro país,
adquiere una fuerza impresionante. La mujer cananea se acerca a Jesús y termina
gritando:
«¡Señor,
ayúdame!»
Quizá esa
podría ser hoy también la oración de Colombia.
«Señor,
ayúdanos».
Ayuda a las
familias que han perdido a un ser querido.
Ayuda a quienes permanecen heridos.
Ayuda a quienes han perdido su casa.
Ayuda a quienes todavía esperan noticias de un familiar.
Ayuda a los socorristas, médicos, bomberos, voluntarios y autoridades.
Ayúdanos a nosotros para que el dolor de nuestros hermanos no nos deje
indiferentes.
Han pasado
apenas seis días desde el terremoto del 10 de agosto. Las cifras continúan
siendo dolorosas: cerca de trescientas personas fallecidas, numerosos
desaparecidos, miles de heridos y muchas familias desplazadas o con sus
viviendas afectadas.
Y en
situaciones así aparece inevitablemente una pregunta: ¿Dónde está Dios?
1. Cuando
parece que Dios guarda silencio
El Evangelio
resulta sorprendentemente actual.
Una madre
extranjera viene desesperada porque su hija sufre. Grita detrás de Jesús:
«Ten
compasión de mí, Señor».
Y el Evangelio
dice algo desconcertante: al principio, Jesús no le responde.
Ese silencio
nos incomoda.
Porque también
nosotros hemos vivido momentos en los que hemos orado y parece que Dios calla.
Una madre
esperando noticias bajo los escombros.
Una familia frente a una casa destruida.
Una persona que acaba de perder a quien amaba.
«Señor, ¿dónde
estás?»
Sería
irresponsable ofrecer respuestas fáciles.
El
terremoto no es un castigo de Dios. No podemos presentar a Dios como alguien que
derriba casas, mata inocentes o provoca sufrimiento para enseñarnos una
lección.
Jesús nos ha
revelado exactamente lo contrario: Dios
está del lado de quien sufre.
Por eso el
silencio inicial de Jesús ante la cananea no significa indiferencia. El diálogo
continúa. Aquella mujer insiste, confía, persevera. Su fe atraviesa incluso el
silencio.
Hasta que
Jesús reconoce:
«Mujer,
qué grande es tu fe».
A veces la fe
no consiste en comprenderlo todo.
La fe consiste
en seguir diciendo:
«Señor,
aunque no comprenda lo que está pasando, sigo confiando en Ti».
2. «Mi casa
será casa de oración para todos los pueblos»
Y aquí aparece
la hermosa primera lectura del profeta Isaías.
Dios anuncia
que también los extranjeros serán recibidos y concluye diciendo que su casa
será casa de oración para
todos los pueblos.
Es exactamente
lo que sucede en el Evangelio.
La mujer
cananea era extranjera. No pertenecía al pueblo de Israel. Humanamente podía
decirse: «Ella no es de los nuestros».
Pero la misericordia
de Dios rompe las fronteras.
Y quizá una
tragedia nacional nos recuerde también esto.
Ante los
escombros ya no importa si uno es de derecha o de izquierda, rico o pobre,
costeño, paisa, caleño, chocoano, cafetero o bogotano.
Debajo de los
escombros hay simplemente un
hermano.
Cuando alguien
tiene hambre no preguntamos por quién votó.
Cuando una
madre busca a su hijo no preguntamos a qué partido pertenece.
Cuando alguien
perdió su casa no preguntamos cuál es su ideología.
El
dolor nos recuerda que somos una sola familia humana.
Nuestros
obispos precisamente han llamado a vivir esta emergencia desde la solidaridad,
la responsabilidad, la fraternidad y la esperanza; las diócesis de las zonas
afectadas están acompañando y articulando acciones de ayuda.
3. «Oh Dios,
que te alaben los pueblos»
El salmo
insiste:
«Oh
Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben».
No algunos.
Todos.
La fe
cristiana no construye muros; construye puentes.
Y en estos
días hemos visto también rostros hermosos en medio de la tragedia: rescatistas
buscando entre los escombros, personal sanitario trabajando, vecinos ayudando a
vecinos, comunidades abriendo sus puertas, personas compartiendo alimentos y
recursos.
También allí
está Dios.
Quizá alguien
pregunte: «¿Dónde estaba Dios durante el terremoto?»
Y tendremos
que reconocer con humildad que Dios estaba también en las manos que levantaban una piedra
para sacar a alguien, en quien curaba una herida, en quien compartía agua, en
quien abrazaba a alguien que lloraba.
Dios muchas
veces responde al grito de un hermano a través de las manos de otro hermano.
4. «Dios
encerró a todos en desobediencia para tener misericordia de todos»
San Pablo nos
entrega en la segunda lectura otra palabra preciosa:
misericordia.
Nos recuerda
que los dones y la llamada de Dios son irrevocables y que, finalmente, el
proyecto de Dios es hacer llegar su misericordia a todos.
Todos
necesitamos misericordia.
La cananea la
necesitaba.
Israel la
necesitaba.
Pablo la
necesitaba.
Colombia la
necesita.
Y nosotros
también.
Tal vez
nuestro país necesita reconstruir carreteras, hospitales, viviendas y templos
dañados.
Pero
posiblemente tenemos que reconstruir además otras cosas que venían agrietadas
desde antes del terremoto:
la
confianza, la fraternidad, la capacidad de dialogar, la sensibilidad ante el
sufrimiento ajeno y la conciencia de que pertenecemos al mismo país.
Un edificio
agrietado puede ser peligroso.
Pero también
lo es una sociedad cuyo corazón se ha agrietado por el odio, la indiferencia y
la polarización.
5. La oración
tiene que convertirse en solidaridad
Hoy rezamos.
Y debemos
rezar mucho.
La Conferencia
Episcopal de Colombia ha convocado precisamente este domingo 16 de agosto como Jornada Nacional de Oración por Colombia
y por las víctimas del terremoto.
Pero la
oración cristiana nunca puede terminar simplemente diciendo:
«Señor,
ayúdalos».
Porque después
Dios podría preguntarnos:
«¿Y tú
qué puedes hacer para ayudarlos?»
Por eso
nuestra respuesta puede expresarse en tres verbos muy sencillos:
Orar.
Compartir. Acompañar.
Orar por los
fallecidos, los heridos, los desaparecidos y sus familias.
Compartir de
nuestros bienes. Aunque sea poco. La Iglesia colombiana, por medio de Pastoral
Social–Cáritas, ha activado la campaña nacional «Con Colombia, hasta el último rincón» para
canalizar ayuda hacia las comunidades afectadas.
Y acompañar.
Porque cuando pase la atención de los medios de comunicación, cuando las
cámaras se marchen y la noticia deje de ser tendencia, quedarán familias que
tendrán que reconstruir su casa y, sobre todo, reconstruir su vida.
Ahí tendrá que
seguir estando la Iglesia.
Conclusión
Hermanos:
Hoy aquella
mujer cananea podría prestarnos sus palabras.
Ella gritó:
«Señor,
ayúdame».
Y Colombia hoy
puede decir:
«Señor,
ayúdanos».
Ayúdanos a
buscar a quienes todavía faltan.
Ayúdanos a
consolar a quienes lloran.
Ayúdanos a
levantar a quienes han caído.
Ayúdanos a
compartir con quienes lo perdieron todo.
Ayúdanos a
reconstruir no solamente paredes, sino también corazones.
Y que al final
podamos escuchar también nosotros aquellas palabras que Jesús dirigió a aquella
mujer:
«Qué
grande es tu fe».
Que nuestra fe
sea grande porque sabe orar cuando no comprende.
Que nuestra
esperanza sea grande porque no abandona a quien sufre.
Y que nuestra
caridad sea grande porque no se queda solamente en palabras.
Hoy, al
acercarnos a la Eucaristía, pongamos sobre el altar los nombres y los rostros
de tantos hermanos colombianos que sufren.
Y pidámosle al
Señor:
Señor
Jesús, cuando la tierra tiembla, sé Tú nuestra roca.
Cuando nuestro corazón
tiene miedo, sé Tú nuestra fortaleza.
Cuando un hermano clama,
danos oídos para escucharlo.
Y cuando alguien necesite
ayuda, que encuentre también nuestras manos dispuestas a servir.
Amén.



