Testigo de la fe:
San Pedro Claver
(1580-1654)
Nació en Verdú, Cataluña, cerca de Barcelona. Ingresó en la Compañía de Jesús y
partió como misionero hacia América. Ordenado sacerdote en Cartagena de Indias,
Colombia, consagró cerca de cuarenta años de su vida al servicio de los
africanos esclavizados y deportados hacia el Nuevo Mundo.
Salía a su encuentro
tan pronto llegaban los barcos negreros; entraba en las bodegas insalubres,
curaba a los enfermos, alimentaba a los hambrientos, consolaba a los moribundos
y anunciaba a todos la dignidad que les otorgaba el amor de Dios. Con la ayuda
de intérpretes, los instruía en la fe y les administraba los sacramentos.
También defendía sus derechos y recordaba a las autoridades y a los
propietarios que eran seres humanos creados a imagen de Dios.
Firmaba sus cartas con
estas palabras: «Petrus Claver, Aethiopum servus in perpetuum»,
es decir: «Pedro
Claver, esclavo de los africanos para siempre». Agotado por su
inmensa labor apostólica, murió en Cartagena en 1654. Fue canonizado en 1888
por el papa León XIII y es venerado como patrono de las misiones entre los
pueblos africanos, de la justicia interracial y de Colombia.
San
Pedro Claver nos recuerda que no podemos decir que amamos a Cristo si
permanecemos indiferentes ante quienes son humillados, discriminados o tratados
como mercancía. En el rostro herido de cada persona excluida continúa
esperándonos el mismo Jesús.
En el banquillo
«Dichosos ustedes cuando los hombres los odien y
los excluyan». ¿Estamos
llamados, entonces, a desempeñar siempre el papel de incomprendidos? El sentido
del Evangelio es, sin duda, más profundo. Quizás se refiere a todas aquellas
situaciones en las que la fidelidad a Cristo nos pone a contracorriente y nos
deja, por decirlo así, en el banquillo.
Jesús no declara bienaventurada la exclusión en sí
misma. Tampoco nos invita a buscar el rechazo ni a encerrarnos en una actitud
de víctimas. Más bien, nos recuerda que la aprobación de los demás no es la
medida definitiva de nuestra vida. Quien elige la verdad, la justicia, el
perdón y el servicio a los más pobres puede ser, algunas veces, incomprendido,
ridiculizado o marginado.
La bienaventuranza comienza cuando, en medio de esa
prueba, permanecemos unidos a Cristo sin dejarnos dominar por la amargura. Ser
discípulos supone, en ocasiones, aceptar que no ocuparemos el primer lugar, que
no siempre recibiremos aplausos y que incluso podremos perder algunas ventajas.
Pero en el Reino de Dios nadie permanece relegado al banquillo: precisamente
aquellos a quienes el mundo excluye son los que Jesús mira con amor, levanta y
llama bienaventurados.
Primera lectura
¿Estás unido
a una mujer? No busques la separación. ¿Estás libre de mujer? No busques mujer
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios.
HERMANOS:
Acerca de los célibes no tengo precepto del Señor, pero doy mi parecer como
alguien que, por la misericordia del Señor, es fiel.
Considero que, por la angustia que apremia, es bueno para un hombre quedarse
así.
¿Estás unido a una mujer? No busques la separación.
¿Estás libre de mujer? No busques mujer; pero, si te casas, no pecas; y, si una
soltera se casa, tampoco peca. Aunque estos tales sufrirán la tribulación de la
carne; y yo quiero ahorrársela.
Digo esto, hermanos, que el momento es apremiante. Queda como solución que los
que tienen mujer vivan como si no la tuvieran; los que lloran, como si no
lloraran; los que están alegres, como si no se alegraran; los que compran, como
si no poseyeran; los que negocian en el mundo, como si no disfrutaran de él:
porque la representación de este mundo se termina.
Palabra de Dios.
Salmo
R. Escucha,
hija, mira: inclina el oído.
V. Escucha,
hija, mira: inclina el oído,
olvida tu pueblo y la casa paterna;
prendado está el rey de tu belleza:
póstrate ante él, que él es tu señor. R.
V. Ya entra la
princesa, bellísima,
vestida de perlas y brocado;
la llevan ante el rey, con séquito de vírgenes,
la siguen sus compañeras. R.
V. Las
traen entre alegría y algazara,
van entrando en el palacio real.
«A cambio de tus padres tendrás hijos,
que nombrarás príncipes por toda la tierra». R.
Aclamación
V. Alégrense
y salten de gozo —dice el Señor—,
porque su recompensa será grande en el cielo. R.
Evangelio
Bienaventurados
los pobres. Ay de ustedes, los ricos
Lectura del santo Evangelio según san Lucas.
EN aquel tiempo, Jesús, levantando los ojos hacia sus discípulos, les decía:
«Bienaventurados los pobres, porque de ustedes es el reino de Dios.
Bienaventurados los que ahora tienen hambre, porque quedarán saciados.
Bienaventurados los que ahora lloran, porque reirán.
Bienaventurados ustedes cuando los odien los hombres, y los excluyan, y los
insulten y proscriban su nombre como infame, por causa del Hijo del hombre.
Alégrense ese día y salten de gozo, porque su recompensa será grande en el
cielo. Eso es lo que hacían sus padres con los profetas.
Pero ¡ay de ustedes, los ricos, porque ya han recibido su consuelo!
¡Ay de ustedes, los que están saciados, porque tendrán hambre!
¡Ay de los que ahora ríen, porque harán duelo y llorarán!
¡Ay si todo el mundo habla bien de ustedes! Eso es lo que sus padres hacían con
los falsos profetas».
Palabra del Señor.
«En el Reino de Dios nadie queda en el
banquillo»
Queridos
hermanos:
San
Pablo nos dice hoy una frase que puede inquietarnos, pero que también nos ayuda
a ordenar la vida: «La
representación de este mundo se termina». No afirma que la vida
presente carezca de valor ni desprecia el matrimonio, la familia, el trabajo o
los bienes materiales. Nos recuerda que ninguna realidad temporal es definitiva
y que no debemos aferrarnos a las cosas como si fueran eternas.
Todo
pasa: la juventud, la salud, el dinero, los cargos, los aplausos y hasta
nuestras seguridades. Solo Dios permanece. Por eso, san Pablo nos invita a
vivir en el mundo sin convertirnos en sus esclavos; a utilizar las cosas sin
permitir que las cosas se adueñen de nosotros; a amar a las personas sin
pretender poseerlas y a realizar nuestras responsabilidades sin olvidar que
caminamos hacia la eternidad.
Esta
llamada al desprendimiento se prolonga en el salmo: «Escucha, hija, mira: inclina el oído».
Son tres verbos importantes para nuestra vida espiritual: escuchar, mirar e
inclinarse ante Dios.
Escuchar
significa hacer silencio para descubrir lo que el Señor quiere de nosotros.
Mirar significa aprender a contemplar la realidad con los ojos de Dios.
Inclinar el oído supone humildad, disponibilidad y obediencia. Muchas veces
escuchamos únicamente aquello que confirma nuestras opiniones; miramos solo lo
que nos interesa y pretendemos que sea Dios quien se adapte a nuestros
proyectos. El salmo nos invita a dejar nuestras seguridades para entrar en una
relación más profunda con el Señor.
En
el Evangelio, Jesús dirige su mirada hacia sus discípulos y proclama las
bienaventuranzas: «Bienaventurados
los pobres; bienaventurados los que tienen hambre; bienaventurados los que
lloran; bienaventurados ustedes cuando los odien, los excluyan y los insulten
por causa del Hijo del hombre».
Jesús
no está diciendo que la pobreza, el hambre, el dolor o la exclusión sean buenos
en sí mismos. Dios no quiere el sufrimiento de sus hijos. Tampoco nos invita a
buscar el rechazo o a presentarnos siempre como víctimas incomprendidas. Jesús
anuncia que Dios se coloca de manera especial al lado de quienes el mundo
margina, olvida o deja, por decirlo así, en
el banquillo.
Las
bienaventuranzas cambian la manera humana de medir la felicidad. El mundo llama
dichoso al rico, al poderoso, al que siempre triunfa, al que recibe aplausos y
tiene muchos seguidores. Jesús, en cambio, llama dichosos a quienes, aun en
medio de la pobreza, el dolor o el rechazo, ponen su confianza en Dios y
permanecen fieles al Evangelio.
Los
«ayes» dirigidos a los ricos y satisfechos no constituyen una condena
automática de quien posee bienes. Son una advertencia contra la indiferencia,
la autosuficiencia y el corazón satisfecho que ya no necesita a Dios ni se
conmueve ante el sufrimiento ajeno. El peligro está en vivir tan cómodamente
que dejemos de escuchar el llanto de los demás.
La
vida de san Pedro Claver
constituye una encarnación luminosa de estas palabras. En Cartagena de Indias
contempló a miles de africanos arrancados de su tierra, vendidos como mercancía
y transportados en condiciones inhumanas. Eran los pobres, hambrientos,
enfermos, humillados y excluidos de su tiempo.
Pedro
Claver no se limitó a sentir compasión desde lejos. Cuando llegaban los barcos
negreros, entraba en sus bodegas pestilentes, llevaba alimentos, medicinas,
agua y ropa; curaba las heridas, consolaba a los moribundos y les anunciaba
que, aunque los hombres les hubieran arrebatado su libertad, nadie podía
quitarles su dignidad de hijos de Dios. Se llamó a sí mismo «esclavo de los africanos para siempre».
Su
comportamiento resultaba incómodo para una sociedad que se enriquecía mediante
la esclavitud. Al defender la dignidad de aquellos hermanos, Pedro Claver
también conoció la incomprensión y el rechazo. Pero no buscó el aplauso de los
poderosos; eligió permanecer junto a quienes habían sido relegados al banquillo
de la historia. En ellos encontró a Jesucristo.
La
memoria de san Pedro Claver sigue cuestionándonos. Todavía existen personas
excluidas por su pobreza, el color de su piel, su enfermedad, su edad, su
procedencia o su situación social. También podemos acostumbrarnos al
sufrimiento ajeno, pasar de largo o pensar que los problemas de los demás no
nos corresponden.
Hoy
oramos especialmente por nuestros
hermanos enfermos. Algunos padecen dolores físicos; otros
llevan enfermedades prolongadas, tratamientos difíciles o diagnósticos que les
producen miedo. También hay quienes sufren depresión, ansiedad, soledad o
profundas heridas del alma.
A
ellos les decimos: ustedes no están olvidados ni relegados por Dios. La
enfermedad puede obligarlos a permanecer apartados de muchas actividades, pero
nunca los deja fuera del amor del Señor ni de la comunión de la Iglesia. Sus
lágrimas son conocidas por Cristo; su oración tiene un valor inmenso y su vida
conserva toda su dignidad.
Pero
nuestra oración debe convertirse también en cercanía concreta. No basta con
pedir por los enfermos si no los visitamos, llamamos, escuchamos y acompañamos.
Siguiendo el ejemplo de san Pedro Claver, hemos de llevarles el alivio de
nuestra presencia, la ternura de una palabra, la ayuda material que necesiten
y, cuando sea posible, el consuelo de los sacramentos. Recordemos también a sus
familiares, médicos, enfermeros y cuidadores, que muchas veces cargan en
silencio con el cansancio y la preocupación.
Pidamos
al Señor que nos conceda un corazón libre, capaz de utilizar los bienes sin
quedar aprisionado por ellos; un oído atento para escuchar su Palabra y el
clamor del que sufre; y unas manos disponibles para levantar a quienes la
sociedad deja a un lado.
Que
san Pedro Claver interceda por Colombia, por nuestros enfermos y por todos los
pueblos que aún padecen discriminación, explotación y esclavitudes. Y que
nosotros comprendamos que en
el Reino de Dios nadie es descartado, nadie es invisible y nadie queda en el
banquillo. Amén.
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9 de septiembre:
San Pedro Claver, presbítero —
Memoria en EE. UU.
1581–1654
Patrono de: las misiones africanas, los afroamericanos, las misiones entre
personas negras, los pueblos negros, las misiones extranjeras, la justicia
interracial, los esclavos y de Colombia.
Invocado contra: la esclavitud.
Canonizado por: el papa León XIII el 15 de enero de 1888.
📜 Cita
“Ayer, 30 de mayo de 1627, en la fiesta
de la Santísima Trinidad, desembarcaron de un gran navío numerosos negros
traídos de los ríos de África. Llevando dos canastas de naranjas, limones,
dulces, bizcochos y no sé qué más, nos apresuramos hacia ellos. Al acercarnos a
sus alojamientos, pensamos que entrábamos en otra Guinea. Tuvimos que abrirnos
paso a la fuerza entre la multitud hasta llegar a los enfermos. Un gran número
de ellos yacían en el suelo húmedo o más bien en charcos de barro. Para evitar
la humedad excesiva, alguien había pensado en amontonar una mezcla de tejas y
pedazos de ladrillo roto. Ese, entonces, era su lecho, muy incómodo no solo por
esa razón, sino sobre todo porque estaban desnudos, sin ninguna ropa que los
protegiera…”
~ Carta de San Pedro Claver
✝️ Reflexión
San Pedro Claver nació en 1581 en
Verdú, Cataluña, España, en el seno de una familia devota y de clase acomodada.
Poco se conoce de sus primeros años. A los veinte ingresó en el noviciado
jesuita y fue enviado a estudiar al colegio de Montesión, en Mallorca. Allí
conoció al hermano Alfonso Rodríguez, portero del colegio durante
cuarenta y seis años, hombre de humildad, piedad y discernimiento espiritual.
Pedro buscó su consejo y nació entre ambos una amistad que lo marcaría. Animado
por Rodríguez, decidió ser misionero en las colonias españolas de América. En
1610 partió hacia Cartagena de Indias, en la actual Colombia.
La ciudad portuaria de Cartagena,
fundada en 1533, era en el siglo XVII un centro estratégico del comercio
trasatlántico de esclavos. Para cuando Pedro Claver fue ordenado sacerdote, se
calcula que unos 10.000 esclavos eran transportados anualmente en barcos
españoles hasta Cartagena, donde luego eran vendidos.
Las condiciones en los barcos eran
inhumanas: cadenas, hacinamiento, hambre, enfermedades. Se estima que un tercio
de los esclavos moría durante la travesía. Los colonizadores recurrieron a los
africanos porque la población indígena había sido diezmada por enfermedades
europeas. Pese a protestas de algunos sectores de la Iglesia, incluida la voz
de papas, el tráfico y los abusos continuaron.
En Cartagena, tras completar estudios
en Tunja y Bogotá, Pedro fue ordenado sacerdote. Mientras la mayoría de los
clérigos atendía a los colonizadores, él decidió que su “parroquia” serían los
esclavos. En su profesión perpetua escribió de su puño y letra: “Pedro
Claver, esclavo de los esclavos para siempre.”
Durante 38 años de ministerio en
Cartagena, se calcula que catequizó y bautizó a más de 300.000 esclavos.
Su práctica era esperar en el puerto la llegada de cada barco, a menudo cargado
con 500 personas encadenadas, maltratadas y famélicas tras meses de travesía.
Con un grupo de intérpretes y colaboradores, entraba en las bodegas
pestilentes, donde hallaba muertos y enfermos. Los atendía con alimentos,
medicinas improvisadas, y hasta con gestos de ternura inauditos: besaba
sus llagas, chupaba el pus de sus heridas, lavaba sus cuerpos con sus pañuelos.
Alimentaba a los hambrientos, bautizaba a los niños, consolaba con palabras de
fe y esperanza.
Su enfoque era único: más que agitar
rebeliones, buscaba la salvación de las almas. Anunciaba a Cristo
crucificado, levantaba el crucifijo mostrando al Dios que había sufrido por
ellos y les ofrecía la libertad interior que ningún amo podía quitarles. La
dignidad que les devolvía no dependía de condiciones externas, sino de la fe y
el bautismo que los hacía hijos de Dios.
Cuando no había barcos, recorría las
plantaciones visitando a los esclavos ya bautizados. Dormía en sus barracones,
compartía su comida y les enseñaba la fe. Si caían en pecados, los corregía con
firmeza y cariño, restaurando su dignidad cristiana.
Después de más de 40 años de
ministerio, Pedro cayó enfermo y pasó sus últimos días soportando malos tratos
de un esclavo encargado de cuidarlo. Lejos de quejarse, ofreció ese sufrimiento
como penitencia, uniéndolo a la cruz de Cristo y a la suerte de aquellos a
quienes había servido toda su vida.
La Escritura dice: “Nadie tiene
amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15,13). San
Pedro Claver, “esclavo de los esclavos”, gastó su vida en el servicio más
radical y generoso, ofreciendo esperanza y salvación a quienes vivían en
condiciones inhumanas.
Su ejemplo nos interpela hoy: luchar
contra la injusticia es esencial, pero trabajar por la salvación de las almas
es la obra de misericordia más grande. Él nos recuerda que, incluso en medio de
sufrimientos y opresiones, nadie puede arrebatarnos la dignidad y la alegría si
vivimos en Cristo y dejamos que su misericordia nos transforme.
🙏 Oración
San Pedro Claver, emprendiste un camino hacia el
infierno de la esclavitud y la deshumanización, causado por la avaricia y la
falta de respeto por la dignidad humana. Allí llevaste la luz de Cristo y la
gracia de los sacramentos, ofreciendo esperanza a los más necesitados.
Ruega por mí, para que yo sea un faro de esperanza en medio de las tinieblas,
que predique siempre a Cristo crucificado y ponga la salvación de las almas
—comenzando por la mía— como la primera prioridad de mi vida.
San Pedro Claver, ruega por nosotros.
Jesús, en Ti confío.
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