El secreto de Jesús
(Mateo 6,1-6.16-18) El Evangelio nos invita al secreto.
En nuestras vidas hay secretos que destruyen, y hay otros que construyen, humanizan y nos mantienen en Dios. Aquí Jesús nos revela el secreto de la relación con Dios y con los demás: una
relación de intimidad, de corazón a corazón, de entrega, sin ostentación ni
búsqueda de gloria para uno mismo. Dios actúa lejos del ruido y del espectáculo
del mundo, en “aquellos que encuentran en Él un refugio”.
Colette Hamza, xavière
Primera lectura
De pronto, un
carro de fuego los separó, y subió Elías al cielo
Lectura del segundo libro de los Reyes.
CUANDO el Señor iba a arrebatar a Elías al cielo en la tempestad, Elías y
Eliseo partieron de Guilgal.
Llegaron a Jericó, y Elías dijo a Eliseo:
«Quédate aquí, porque el Señor me envía al Jordán».
Eliseo volvió a responder:
«¡Vive Dios! ¡Por tu vida, no te dejaré!»; y los dos continuaron el camino.
Cincuenta hombres de la comunidad de los profetas iban también de camino y se
pararon frente al río Jordán, a cierta distancia de Elías y Eliseo, los cuales
se detuvieron a la vera del Jordán. Elías se quitó el manto, lo enrolló y
golpeó con él las aguas. Se separaron estas a un lado y a otro, y pasaron ambos
sobre terreno seco.
Mientras cruzaban, dijo Elías a Eliseo:
«Pídeme lo que quieras que haga por ti antes de que sea arrebatado de tu lado».
Eliseo respondió:
«Por favor, que yo reciba dos partes de tu espíritu».
Respondió Elías:
«Pides algo difícil, pero si alcanzas a verme cuando sea arrebatado de tu lado,
pasarán a ti; si no, no pasarán».
Mientras ellos iban conversando por el camino, de pronto, un carro de fuego con
caballos de fuego los separó a uno del otro. Subió Elías al cielo en la
tempestad.
Eliseo lo veía y clamaba:
«¡Padre mío, padre mío! ¡Carros y caballería de Israel!».
Al dejar de verlo, agarró sus vestidos y los desgarró en dos. Recogió el manto que
había caído de los hombros de Elías, volvió al Jordán y se detuvo a la orilla.
Tomó el manto que había caído de los hombros de Elías y golpeó con él las
aguas, pero no se separaron.
Dijo entonces:
«¿Dónde está el Señor, el Dios de Elías?».
Golpeó otra vez las aguas, que se separaron a un lado y a otro, y pasó Eliseo
sobre terreno seco.
Palabra de Dios.
Salmo
R. Sean
valientes de corazón
los que esperan en el Señor.
V. Qué
bondad tan grande, Señor,
reservas para los que te temen,
y concedes a los que a ti se acogen
a la vista de todos. R.
V. En el asilo
de tu presencia los escondes
de las conjuras humanas;
los ocultas en tu tabernáculo,
frente a las lenguas pendencieras. R.
V. Amen
al Señor, fieles suyos;
el Señor guarda a sus leales,
y a los soberbios los paga con creces. R.
Aclamación
V. El que me
ama guardará mi palabra —dice el Señor—,
y mi Padre lo amará, y vendremos a él. R.
Evangelio
Tu Padre, que
ve en lo escondido, te recompensará
Lectura del santo Evangelio según san Mateo.
EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Cuiden de no practicar su justicia delante de los hombres para ser vistos por
ellos; de lo contrario no tendrán recompensa de su Padre celestial. Por tanto,
cuando hagas limosna, no mandes tocar la trompeta ante ti, como hacen los
hipócritas en las sinagogas y por las calles para ser honrados por la gente; en
verdad les digo que ya han recibido su recompensa.
Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace
tu derecha; así tu limosna quedará en secreto y tu Padre, que ve en lo secreto,
te recompensará.
Cuando oren, no sean como los hipócritas, a quienes les gusta orar de pie en
las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para que los vean los hombres.
En verdad les digo que ya han recibido su recompensa.
Tú, en cambio, cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu
Padre, que está en lo secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo
recompensará.
Cuando ayunen, no pongan cara triste, como los hipócritas que desfiguran sus
rostros para hacer ver a los hombres que ayunan. En verdad les digo que ya han
recibido su paga.
Tú, en cambio, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que tu
ayuno lo note, no los hombres, sino tu Padre, que está en lo escondido; y tu
Padre, que ve en lo escondido, te recompensará».
Palabra del Señor.
1
Queridos hermanos:
La Palabra de Dios de este día nos introduce en una
dimensión muy profunda de la vida espiritual: la relación verdadera con Dios no
se alimenta del ruido, de la apariencia ni del deseo de ser vistos, sino del
silencio, de la fidelidad y de la confianza.
En el Evangelio, Jesús nos advierte con claridad:
“Cuídense de practicar su justicia delante de los hombres para ser vistos por
ellos”. Y luego habla de tres prácticas fundamentales para el creyente: la
limosna, la oración y el ayuno. Pero no se queda en la acción exterior; va al
corazón. No basta dar limosna, rezar o ayunar. Hay que preguntarse: ¿para quién
lo hago?, ¿qué busco?, ¿a quién quiero agradar?
Jesús no condena las obras buenas. Al contrario,
las purifica. Nos enseña que la verdadera caridad no necesita aplausos; que la
verdadera oración no necesita espectáculo; que el verdadero sacrificio no
necesita publicidad. El Padre, dice Jesús, “ve en lo secreto”. Esta frase es
una de las más consoladoras del Evangelio. Dios ve lo que nadie ve. Dios conoce
las lágrimas que se derraman a escondidas, las luchas silenciosas, las
renuncias que nadie aplaude, las fidelidades humildes que sostienen una vida.
Por eso, como alguien comenta este evangelio, se
puede hablar del “secreto de Jesús”. Hay secretos que destruyen: los que se
esconden por miedo, por pecado, por doble vida, por vergüenza o por daño. Pero
hay otros secretos que construyen: el secreto de la oración sincera, el secreto
de la caridad discreta, el secreto de quien sufre y sigue confiando, el secreto
de quien sirve sin esperar recompensa. Ese secreto nos mantiene en Dios.
La primera lectura nos presenta otro momento
cargado de profundidad espiritual: la partida de Elías y el gesto de Eliseo que
recoge su manto. Elías no desaparece simplemente; deja una herencia espiritual.
Eliseo, al tomar el manto, recibe una misión. El manto no es solo una prenda;
es signo de continuidad, de vocación, de responsabilidad. Eliseo no se queda
mirando al cielo con nostalgia. Toma el manto, vuelve al Jordán y golpea las
aguas. Es decir, continúa el camino.
También nosotros, en la vida cristiana, recibimos
un manto: el manto de la fe, el manto del Bautismo, el manto de la misión, el
manto de la oración. Muchos nos han transmitido la fe en silencio: padres,
abuelos, catequistas, sacerdotes, religiosas, personas sencillas que tal vez
nunca hicieron ruido, pero vivieron cerca de Dios. Ellos nos dejaron un
testimonio, y ahora nos corresponde a nosotros continuar el camino.
El salmo nos invita a confiar: “Sean fuertes y
valientes de corazón, los que esperan en el Señor”. Esta palabra llega hoy de
manera especial a nuestros enfermos. La enfermedad muchas veces se vive en
secreto: dolores que otros no comprenden, noches largas, incertidumbre,
cansancio, miedo, dependencia, tratamientos, soledad. Hay enfermos que sonríen
por fuera, pero por dentro cargan una cruz pesada. Hay familias que cuidan con
amor, pero también con agotamiento. Hay corazones que se preguntan en silencio:
“Señor, ¿hasta cuándo?”.
Y precisamente ahí resuena el Evangelio: “Tu Padre
ve en lo secreto”. El enfermo que ofrece su dolor, el anciano que reza desde su
cama, la persona que soporta un tratamiento con paciencia, el familiar que
cuida sin recibir aplausos, la enfermera, el médico, el vecino que acompaña,
todos ellos viven una forma profunda de Evangelio. Tal vez el mundo no los vea,
pero Dios sí los ve. Tal vez nadie les dé una medalla, pero el Padre conoce su
entrega.
Jesús nos enseña que lo más importante no siempre
ocurre en la plaza pública. Muchas veces lo más santo sucede en una habitación,
en una cama de hospital, en una silla de ruedas, en una oración hecha entre
lágrimas, en una visita sencilla, en un vaso de agua ofrecido con amor. Allí,
lejos del espectáculo, Dios está actuando.
Hoy podríamos preguntarnos: ¿busco hacer el bien
para ser reconocido, o lo hago porque amo a Dios y a mis hermanos? ¿Mi oración
es encuentro íntimo con el Padre o solo una costumbre exterior? ¿Sé valorar los
pequeños actos de fe que nadie ve? ¿Acompaño con delicadeza a quienes sufren?
La Palabra nos invita a vivir una espiritualidad
más honda y menos aparente. Una fe que no necesite exhibirse para ser
verdadera. Una caridad que no haga ruido, pero que sane. Una oración que no
busque impresionar, sino encontrarse con el Padre. Un ayuno que no sea fachada,
sino conversión del corazón.
Pidamos hoy por todos los enfermos. Que el Señor
sea su refugio. Que sientan que no están solos. Que, en medio de su fragilidad,
descubran la fuerza secreta de Dios. Y pidamos también por quienes los cuidan,
para que no se cansen de amar.
Que como Eliseo sepamos recoger el manto de la fe y
continuar el camino. Que como el salmista esperemos en el Señor con corazón
fuerte. Y que como discípulos de Jesús aprendamos a vivir ante la mirada del
Padre, que ve en lo secreto y recompensa con su amor.
Amén.
2
Queridos
hermanos:
El
Evangelio de hoy nos lleva al corazón mismo de la vida cristiana: la oración.
Jesús dice a sus discípulos: “Cuando oren, no hablen mucho, como los paganos,
que se imaginan que por hablar mucho les harán caso”. Y enseguida nos entrega
la oración más hermosa, más completa y más profunda: el Padre Nuestro.
Jesús
no condena la oración larga cuando nace del amor; no critica la perseverancia
cuando brota de la fe. Lo que Él corrige es la palabrería vacía, la oración que
pretende manipular a Dios, como si el Señor se dejara convencer por la cantidad
de palabras, por la insistencia exterior o por fórmulas repetidas sin corazón.
La oración cristiana no consiste en torcerle el brazo a Dios, sino en abrirle
el corazón. No rezamos para cambiar a Dios; rezamos para que Dios nos cambie a
nosotros.
Por
eso Jesús nos dice: “El Padre sabe lo que ustedes necesitan antes de que se lo
pidan”. Esta frase no busca desanimarnos de la oración, sino purificarla. Si
Dios ya sabe lo que necesitamos, entonces rezar no es informar a Dios, sino
confiar en Él. Rezar es ponernos como hijos ante el Padre. Es reconocer que
dependemos de Él, que su voluntad es más sabia que la nuestra y que su amor
llega más lejos que nuestros cálculos.
Al
comentar este evangelio, también alguien recuerda una enseñanza de santo Tomás
de Aquino: en la oración no debemos pedir cualquier cosa, sino aquello que
debemos desear rectamente. Y el Padre Nuestro nos enseña precisamente eso: a
ordenar nuestros deseos. Muchas veces rezamos empezando por nuestras urgencias:
el pan, el problema, la deuda, la salud, el trabajo, la dificultad familiar, la
necesidad inmediata. Todo eso tiene lugar en la oración. Pero Jesús nos enseña
que lo primero no somos nosotros. Lo primero es Dios.
Por
eso el Padre Nuestro comienza diciendo: “Santificado sea tu nombre, venga tu
Reino, hágase tu voluntad”. Antes de pedir el pan, el perdón y la liberación
del mal, pedimos que Dios sea reconocido como santo, que su Reino crezca entre
nosotros y que su voluntad se cumpla en la tierra como en el cielo.
Este
orden es fundamental. Cuando ponemos a Dios en primer lugar, todo lo demás
encuentra su sitio. Cuando buscamos primero su Reino, nuestras necesidades no
desaparecen, pero dejan de ser ídolos. Cuando decimos “hágase tu voluntad”, no
renunciamos a luchar ni a pedir, sino que aprendemos a confiar incluso cuando
no entendemos.
La
primera lectura nos presenta un momento muy significativo: Elías es arrebatado
al cielo y Eliseo queda como heredero de su espíritu profético. Antes de
separarse, Eliseo pide recibir una doble porción del espíritu de Elías. No pide
riquezas, poder, prestigio ni seguridad. Pide el espíritu necesario para
continuar la misión. Esta petición se parece mucho a la oración bien hecha:
pedir no simplemente lo que agrada a nuestro ego, sino lo que nos ayuda a
cumplir la voluntad de Dios.
Eliseo
recoge el manto de Elías, vuelve al Jordán y golpea las aguas. Ese manto no es
un adorno; es una responsabilidad. Es signo de una misión recibida. También
nosotros, cuando rezamos el Padre Nuestro, no pronunciamos una fórmula
decorativa. Recibimos un estilo de vida. Decir “Padre nuestro” nos compromete a
vivir como hijos y como hermanos. Decir “venga tu Reino” nos compromete a
trabajar por la justicia, la paz, la verdad y la misericordia. Decir “danos hoy
nuestro pan” nos compromete a compartir el pan con quienes no lo tienen. Decir
“perdona nuestras ofensas” nos compromete a perdonar.
Por
eso la oración no puede separarse de la vida. Hay personas que rezan mucho,
pero no perdonan. Hay quienes dicen “Padre nuestro”, pero viven como si los
demás no fueran hermanos. Hay quienes piden el pan de cada día, pero cierran el
corazón ante el hambre ajena. Hay quienes suplican ser librados del mal, pero
siguen alimentando pequeñas maldades en el corazón. Jesús nos enseña una
oración que no solo se recita con los labios, sino que transforma la mente, la
voluntad y los afectos.
El
salmo de hoy nos invita a confiar: “Sean fuertes y valientes de corazón, los
que esperan en el Señor”. La verdadera oración fortalece el corazón. No siempre
cambia inmediatamente las circunstancias, pero cambia la manera como las
vivimos. No siempre nos quita la cruz, pero nos ayuda a cargarla con fe. No
siempre nos da la respuesta que esperábamos, pero nos da la certeza de que no
estamos solos.
Cuando
rezamos bien, aprendemos a desear bien. Al principio tal vez decimos “hágase tu
voluntad” con miedo, con resistencia o solo por costumbre. Pero poco a poco la
gracia va educando el corazón. Llegamos a descubrir que la voluntad de Dios no
es una amenaza, sino un camino de vida. Al principio perdonar puede parecernos
imposible, pero la oración va ablandando la dureza del alma. Al principio
pedimos solo el pan material, pero con el tiempo empezamos a tener hambre de
Cristo, Pan de Vida, alimento verdadero de nuestra existencia.
El
Padre Nuestro es una escuela. Cada frase nos forma. Cada petición nos purifica.
Cada palabra nos coloca en el lugar correcto: Dios como Padre, nosotros como
hijos, los demás como hermanos, el pan como don, el perdón como camino, la
tentación como combate y la liberación del mal como esperanza definitiva.
Hoy
el Señor nos invita a revisar nuestra manera de orar. ¿Rezo solo para pedir
cosas o para encontrarme con el Padre? ¿Busco que Dios haga mi voluntad o deseo
sinceramente cumplir la suya? ¿Pronuncio el Padre Nuestro de memoria o dejo que
transforme mi vida? ¿Pido perdón con la misma disponibilidad con que estoy
dispuesto a perdonar?
Pidamos
al Señor la gracia de aprender a orar como Jesús nos enseñó. Que nuestra
oración no sea palabrería vacía, sino confianza filial. Que no sea intento de
manipular a Dios, sino abandono amoroso en sus manos. Que, como Eliseo, sepamos
pedir el espíritu necesario para continuar la misión. Y que, sostenidos por el
salmo, seamos fuertes y valientes de corazón, porque esperamos en el Señor.
Que
cada vez que recemos el Padre Nuestro lo hagamos despacio, con fe, dejando que
sus palabras entren en la mente, bajen al corazón y se conviertan en vida.
Amén.


