Testigo de la fe:
San Luis Bertrán, sacerdote
1526-1581
Dominico
nacido en Valencia, Luis Bertrán bebió en la oración la fuerza para anunciar el
Evangelio. Su ardor misionero lo llevó a tierras de la actual Colombia, donde
evangelizó durante siete años y defendió a los indígenas frente a los abusos de
los encomenderos. De regreso a España, se dedicó a formar religiosos, uniendo
austeridad de vida y ternura de corazón. Venerado como patrono de Colombia, nos
recuerda que la Palabra anunciada debe hacerse caridad y respeto por la
dignidad de cada persona.
. San Dionisio y
compañeros mártires
✝ 258. Tras venir a
evangelizar la Galia, se convirtió en el primer obispo de París. Junto con el
sacerdote Eleuterio y el diácono Rustique, murió decapitado en el «monte de los
mártires», hoy Montmartre.
✝️ San Juan Leonardi (1541-1609)
Presbítero y fundador
Nacido en Diecimo, Italia, San Juan
Leonardi sintió desde joven la llamada a servir a Cristo con un corazón
indiviso. Fundó la Congregación de los Clérigos Regulares de la Madre de Dios,
con el propósito de renovar la Iglesia desde la santidad personal y el celo
apostólico.
Ha llegado hasta nosotros
Esto
resulta difícil de comprender: Jesús es acusado de ser un demonio. Imaginar a
Dios severo, duro, al acecho de nuestros pasos en falso, hecho, en definitiva,
a nuestra imagen, es algo que a veces nos sucede. Pero reconocer su presencia
en la bondad de Jesús, en su poder que libera y levanta, eso sí que sacude
nuestras ideas sobre él.
Jesús
no viene a encerrarnos en el miedo: viene a arrancarnos de cuanto nos impide
amar. Si expulsa los demonios por el dedo de Dios, entonces el Reino de Dios ha
llegado hasta nosotros. Está ahí, en medio de nuestras luchas, y es más fuerte
que el mal que nos pone a prueba.
Hace
falta, sin embargo, abrirle nuestra vida. No basta una casa barrida y bien
ordenada: está hecha para ser habitada. Dejemos que Cristo permanezca en
nosotros, que su Palabra ilumine nuestras decisiones y que su Espíritu inspire
nuestros gestos. Con él, nuestro corazón se convierte en un lugar de paz y
acogida.
*************
Primera lectura
Gál
3, 7-14
Los
que viven de la fe son bendecidos con Abrahán, el fiel
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Gálatas.
HERMANOS:
Reconozcan que hijos de Abrahán son los de la fe.
En efecto, la Escritura, previendo que Dios justificaría a los gentiles por la
fe, le adelantó a Abrahán la buena noticia de que “por ti serán benditas todas
las naciones”.
Así pues, los que viven de la fe son bendecidos con Abrahán el fiel.
En cambio, cuantos viven de las obras de la ley están bajo maldición, porque
está escrito:
“Maldito quien no se mantenga en todo lo escrito en el libro de la ley,
cumpliéndolo”.
Que en el ámbito de la ley nadie es justificado resulta evidente, pues “el
justo por la fe vivirá”; en cambio, la ley no procede de la fe, sino que “quien
los cumpla vivirá por ellos”.
Cristo nos rescató de la maldición de la ley, haciéndose por nosotros
maldición, porque está escrito:
“Maldito todo el que cuelga de un madero”; y esto, para que la bendición de
Abrahán alcanzase a los gentiles en Cristo Jesús, y para que recibiéramos por
la fe la promesa del Espíritu.
Palabra de Dios.
Salmo
Sal
110, 1b-2. 3-4. 5-6 (R.: cf. 5b)
R.
El Señor recuerda siempre su alianza.
O
bien:
R.
Aleluya.
V. Doy gracias al Señor
de todo corazón,
en compañía de los rectos, en la asamblea.
Grandes son las obras del Señor,
dignas de estudio para los que las aman. R.
V. Esplendor y belleza
son su obra,
su justicia dura por siempre.
Ha hecho maravillas memorables,
el Señor es piadoso y clemente. R.
V. Él da alimento a los
que le temen
recordando siempre su alianza.
Mostró a su pueblo la fuerza de su obrar,
dándoles la heredad de los gentiles. R.
Aclamación
R. Aleluya, aleluya,
aleluya.
V.
Ahora el príncipe de este mundo va a ser echado fuera —dice el Señor—. Y
cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí. R.
Evangelio
Lc
11, 15-26
Si
yo echo los demonios con el dedo de Dios, es que el reino de Dios ha llegado a
ustedes
Lectura del santo Evangelio según san Lucas.
En aquel tiempo, habiendo expulsado Jesús a un demonio, algunos de entre la
multitud dijeron:
«Por arte de Belzebú, el príncipe de los demonios, echa a los demonios».
Otros, para ponerlo a prueba, le pedían un signo del cielo. Él, conociendo sus
pensamientos, les dijo:
«Todo reino dividido contra sí mismo va a la ruina y cae casa sobre casa. Si,
pues, también Satanás se ha dividido contra sí mismo, ¿cómo se mantendrá su
reino? Pues ustedes dicen que yo echo los demonios con el poder de Belzebú.
Pero, si yo echo los demonios con el poder de Belzebú, los hijos de ustedes,
¿por arte de quién los echan? Por eso, ellos mismos serán sus jueces. Pero, si
yo echo los demonios con el dedo de Dios, entonces es que el reino de Dios ha
llegado a ustedes.
Cuando un hombre fuerte y bien armado guarda su palacio, sus bienes están
seguros, pero, cuando otro más fuerte lo asalta y lo vence, le quita las armas
de que se fiaba y reparte su botín.
El que no está conmigo está contra mí; el que no recoge conmigo desparrama.
Cuando el espíritu inmundo sale de un hombre, da vueltas por lugares áridos,
buscando un sitio para descansar, y, al no encontrarlo, dice:
“Volveré a mi casa de donde salí”.
Al volver se la encuentra barrida y arreglada.
Entonces va y toma otros siete espíritus peores que él, y se mete a vivir allí.
Y el final de aquel hombre resulta peor que el principio».
Palabra del Señor.
**********
Que nuestra casa esté habitada por Cristo
Hermanos,
a veces nos cuesta reconocer la bondad, incluso cuando la tenemos delante. Un
prejuicio, una herida o la desconfianza pueden llevarnos a interpretar mal
hasta el gesto más generoso. Algo así sucede en el Evangelio: Jesús libera a
una persona del mal, pero algunos, en lugar de alegrarse por esa vida
recuperada, lo acusan de actuar con el poder del príncipe de los demonios.
¡Qué
doloroso! Allí donde Jesús devuelve la libertad, ellos ven una amenaza. Allí
donde se manifiesta la misericordia de Dios, ellos sospechan una intención
oscura.
También
nosotros necesitamos preguntarnos: ¿qué
imagen de Dios llevamos en el corazón? ¿La de un Padre que
quiere levantarnos, o la de alguien severo que está esperando nuestra caída
para castigarnos? Porque, si imaginamos a Dios siempre al acecho de nuestros
errores, podemos terminar escondiéndonos de aquel que precisamente viene a
buscarnos para salvarnos.
En
este viernes penitencial, la Palabra nos invita a reconocer nuestros pecados,
sí, pero con confianza. El arrepentimiento cristiano nace de descubrir que
hemos herido un amor que sigue ofreciéndose.
En
la primera lectura, san Pablo nos presenta a Abrahán como el hombre que creyó
en Dios. Su grandeza estuvo en fiarse de la promesa, en ponerse en camino
sostenido por una palabra que todavía no veía plenamente realizada. Por eso,
quienes viven de la fe son hijos de Abrahán: participan de esa confianza que permite
a Dios conducir la vida.
Pablo
está recordando a los gálatas algo esencial: la salvación es un don de Dios que recibimos por la fe, no
un premio que podemos exigir por nuestros méritos. Esto no
significa que nuestras obras carezcan de importancia. Significa que la fuente
de nuestra vida nueva es la gracia: Dios nos ama primero, nos sostiene y nos
capacita para responder con obras de amor.
Podemos
cumplir muchas prácticas religiosas y, sin embargo, vivir como si todo
dependiera de nosotros. Incluso podemos llegar a pensar: «Como he rezado, como
me he portado bien, Dios tiene que concederme lo que le pido». Pero la fe no es
una negociación. Es una relación de confianza, también cuando llega la
enfermedad, cuando una respuesta tarda o cuando no comprendemos el camino.
San
Pablo anuncia, además, que Cristo nos ha rescatado de la maldición de la Ley
haciéndose por nosotros maldición. Es una expresión fuerte. No significa que
Jesús haya cometido pecado, sino que asumió la muerte de cruz, considerada
maldita, para liberarnos y abrirnos a la bendición de Dios. El Señor ha entrado hasta el fondo de
nuestra miseria para que podamos recibir la promesa del Espíritu.
Por
eso hoy podemos acercarle nuestras culpas sin desesperar y nuestras heridas sin
avergonzarnos. Su cruz nos dice cuánto nos ama.
El
salmo responde a este anuncio con unas palabras que conviene guardar en el
corazón: «El Señor
recuerda siempre su alianza».
Nosotros
olvidamos; él permanece fiel. Nosotros atravesamos temporadas de tibieza; él
sigue llamando. Nosotros podemos sentirnos solos en una habitación de hospital,
en una casa silenciosa o en una noche de angustia; su alianza no desaparece.
El
salmo proclama también que el Señor es clemente y misericordioso. Esta es la
luz con la que debemos mirar nuestra vida. La misericordia de Dios no vuelve
insignificante el pecado; nos da el valor de reconocerlo y abandonarlo.
Sabernos amados nos permite decir con sinceridad: «Señor, he fallado. Necesito
cambiar. Ayúdame a comenzar de nuevo».
En
el Evangelio, Jesús declara: «Si yo expulso los demonios con el dedo de Dios,
entonces es que el Reino de Dios ha llegado a ustedes». El Reino se hace
presente en su acción liberadora. Dios ha venido hasta nosotros. No contempla
desde lejos nuestras luchas: se acerca y actúa.
Jesús
habla de un hombre fuerte que guarda su palacio, pero también de otro más
fuerte que lo vence. Nuestra
esperanza está en Cristo, el más fuerte. El mal es real y hace
daño, pero no tiene la última palabra sobre quien se entrega al Señor.
Ahora
bien, el Evangelio termina con una advertencia que puede desconcertarnos. El
espíritu impuro regresa y encuentra la casa barrida y arreglada. Entonces
vuelve con otros espíritus, y la situación de aquella persona empeora.
Esta
imagen nos invita a comprender que la conversión necesita continuidad. No basta
con una limpieza ocasional del corazón. No basta con decir: «Ya dejé aquello»,
si después no alimentamos una vida nueva. Nuestro corazón está hecho para ser habitado por Dios.
Si
queremos dejar el rencor, necesitamos aprender a perdonar. Si queremos vencer
la indiferencia, necesitamos ejercitarnos en el servicio. Si queremos alejarnos
de la mentira, debemos acostumbrarnos a la verdad. Si hemos recibido el perdón
en la confesión, necesitamos cuidar esa gracia con la oración, la Eucaristía y
decisiones concretas.
Preguntémonos,
entonces: ¿con qué estoy llenando mi casa interior? ¿Qué alimento cada día con
mis conversaciones, mis pensamientos y lo que veo o comparto? ¿Estoy dejando
espacio para la Palabra de Dios, para el silencio, para escuchar a quienes
viven conmigo?
San
Luis Bertrán, cuya memoria celebramos, nos ofrece un testimonio luminoso. Este
sacerdote dominico encontró en la oración la fuerza para anunciar el Evangelio
en tierras de nuestra Colombia. Su misión lo llevó a encontrarse con las
comunidades indígenas y a enfrentar los abusos que herían su dignidad. Su
predicación se apoyaba en una vida entregada a Dios.
En
él podemos reconocer la unión entre contemplación y servicio: dejar que el
Señor habite el corazón para llevar después su luz a los demás. También
nosotros evangelizamos cuando nuestra presencia ayuda a alguien a recuperar la
esperanza, cuando defendemos al débil y cuando nuestras palabras dejan de herir
y comienzan a consolar.
Hoy
oramos especialmente por nuestros hermanos que sufren en el alma y en el
cuerpo. Por quienes viven con dolor, por quienes esperan un diagnóstico, por
quienes atraviesan una depresión, por quienes lloran una pérdida y por quienes
llevan heridas que nadie alcanza a ver.
Al
escuchar este Evangelio, tengamos algo muy claro: no debemos identificar la enfermedad
física o mental con una posesión, ni considerar el sufrimiento una prueba de
falta de fe. Nuestros hermanos necesitan cercanía, escucha,
atención adecuada y una comunidad que los sostenga. Nuestra oración debe
hacerse también llamada, visita, ayuda concreta y compañía perseverante.
Y
pidamos perdón por las veces en que hemos aumentado el sufrimiento de otros:
por una palabra dura, un juicio apresurado, una ausencia, una burla o una
indiferencia. Puede ser este nuestro gesto penitencial de hoy: acercarnos a
alguien a quien hemos descuidado, pedir perdón o dedicar tiempo a una persona
que necesita ser escuchada.
Antes
de acercarnos a la mesa del Señor, dejemos que esta pregunta nos acompañe: ¿qué lugar de mi vida necesita hoy la
presencia de Cristo y qué gesto de amor puedo ofrecer a alguien que sufre?
Señor Jesús, tú has venido hasta nosotros y conoces
nuestras luchas. Perdona nuestros pecados, libera nuestro corazón del miedo y
enséñanos a confiar en tu misericordia. Habita nuestra casa interior; que tu
Palabra ilumine nuestras decisiones y tu Espíritu sostenga nuestra conversión.
Mira con ternura a quienes sufren en el alma y en el
cuerpo. Concédeles alivio, fortaleza y personas que sepan acompañarlos. Haznos
atentos a su dolor y generosos en el servicio.
Santa María, Madre de misericordia, acompáñanos en el
camino de la fe. San Luis Bertrán, intercede por nuestra patria y por todos los
que anuncian el Evangelio. Amén.
**************
9 de octubre: memoria
🕊️ San Luis Bertrán
(1526-1581)
Presbítero dominico, misionero,
reformador y amigo del Espíritu Santo
Patrono de Colombia y protector de los misioneros
1. Infancia y vocación temprana
Luis Bertrán nació en Valencia,
España, el 1 de enero de 1526, en una familia profundamente
cristiana. Desde niño mostró una inclinación natural hacia la oración, la
austeridad y la caridad con los pobres. Era sobrino del célebre pintor Juan de
Juanes, pero su vocación no fue hacia el arte sino hacia la santidad.
En 1544, a los 18 años, ingresó a la Orden de Predicadores (Dominicos)
en el convento de Santo Domingo de Valencia. Desde el inicio fue ejemplo de
disciplina, humildad y celo apostólico. Fue ordenado sacerdote en 1547, con
apenas 21 años, y pronto se convirtió en maestro de novicios, guiando a
muchos jóvenes en el camino de la perfección cristiana.
2. Maestro de almas y reformador
silencioso
Como formador, San Luis Bertrán se
distinguió por su sabiduría equilibrada: firme en la doctrina, pero paternal y
lleno de mansedumbre. Su lema espiritual podría resumirse en la frase:
“La oración es la raíz de toda
predicación verdadera.”
Vivía con extrema sencillez, evitando
el lujo, el poder y las discusiones estériles. Durante años ejerció su
ministerio en Valencia y otros conventos de su provincia, insistiendo en la
necesidad de la renovación interior del clero y de la vida religiosa, en
consonancia con el espíritu del Concilio de Trento.
Sus contemporáneos lo consideraban un “nuevo Domingo de Guzmán”: lúcido en la
fe, prudente en el gobierno y siempre sereno incluso en medio de las tensiones
internas que vivía la Orden.
3. El llamado misionero: del
Mediterráneo al Nuevo Mundo
En 1562, movido por un ardor misionero
que no conocía límites, San Luis Bertrán fue enviado como misionero a las Indias
Occidentales, específicamente al Virreinato de la Nueva Granada,
actual Colombia. Llegó a Cartagena de Indias en 1562, y desde allí emprendió
un apostolado heroico entre indígenas, esclavos africanos y colonos españoles.
Predicó en Turbaco, Cartagena, y el
Valle del Cauca, aprendiendo las lenguas nativas con paciencia y
dedicación. Su palabra era sencilla pero llena de fuego; su presencia, austera
pero luminosa. Se le atribuyen numerosos milagros, entre ellos el don de
las lenguas, gracias al cual podía hacerse entender por los pueblos
indígenas sin intérprete.
San Luis vivió su misión en una época
difícil, marcada por los abusos de algunos encomenderos y el choque cultural
entre europeos y pueblos originarios. Sin embargo, él se distinguió por su trato
respetuoso y compasivo hacia los indígenas, defendiendo su dignidad y su
derecho a recibir el Evangelio sin violencia. En su predicación, unía la doctrina
firme con la ternura del corazón.
Una de sus frases más recordadas fue:
“El amor de Dios no se impone: se
propone con mansedumbre y se demuestra con obras.”
4. Milagros y persecuciones
Durante su estancia en América, San
Luis Bertrán enfrentó incomprensiones, calumnias y peligros constantes. Fue
envenenado en una ocasión, pero sobrevivió milagrosamente. También tuvo
visiones místicas, entre ellas una sobre el Juicio Final, que lo llevó a
intensificar su vida de penitencia y de oración intercesora por los pecadores.
Su poder de intercesión y sus
curaciones prodigiosas lo convirtieron en una figura de santidad viva. Sin
embargo, nunca buscó la fama: se consideraba un “instrumento indigno del
Espíritu Santo”.
En 1569, enfermo y agotado, fue llamado de nuevo a España, donde continuó su
ministerio como guía espiritual y formador de predicadores.
5. Últimos años y muerte en paz
Los últimos doce años de su vida los
pasó en su convento de Valencia, dedicado a la dirección espiritual, la
confesión y la oración. Murió el 9 de octubre de 1581, con fama de
santidad y rodeado del cariño de sus hermanos dominicos. Sus últimas palabras
fueron una síntesis de su vida entera:
“En tus manos, Señor, encomiendo mi
espíritu… Tú solo eres mi paz.”
Fue beatificado en 1608 por el Papa
Pablo V y canonizado por Clemente X en 1671. Su cuerpo se conserva
incorrupto en Valencia, como signo de la pureza de su alma y de su fidelidad a
Dios.
6. Espiritualidad y legado
San Luis Bertrán encarna la síntesis
perfecta entre vida contemplativa y acción misionera. Su espiritualidad
dominicana se fundamenta en tres pilares:
- La
oración perseverante: como fuente de toda conversión.
- La
mansedumbre en la predicación: como medio para llegar al corazón del otro.
- La
pureza interior y el desapego: como condición para que el Espíritu Santo
obre libremente.
En el contexto del Año Jubilar
“Peregrinos de la Esperanza”, su vida nos recuerda que la verdadera
evangelización nace de un corazón que ha orado largamente y que vive desapegado
de sí mismo.
7. Iconografía y patronazgo
Se le representa como un fraile
dominico de rostro sereno, sosteniendo un crucifijo y un lirio, símbolos de su
pureza y de su predicación.
Es patrono de Colombia, de Valencia y de los novicios
dominicos.
Su intercesión se invoca especialmente por los misioneros, catequistas y
formadores, y por quienes desean perseverar en su vocación.
Oración a San Luis Bertrán
Oh Dios, que encendiste en tu siervo San Luis Bertrán el fuego del celo
apostólico y la dulzura del Espíritu,
concédenos anunciar tu Evangelio con palabras llenas de amor y obras de
misericordia.
Que su intercesión proteja a nuestros misioneros,
inspire nuevas vocaciones y renueve nuestras comunidades en la fidelidad al
Evangelio.
Por Jesucristo, tu Hijo, nuestro Señor.
Amén.




