domingo, 22 de marzo de 2026

23 de marzo del 2026: lunes de la quinta semana de Cuaresma

 

Liberaciones

A pesar de sus semejanzas, los dos relatos de este día son muy diferentes. Daniel ayuda a Dios a sacar a una inocente (Susana) de las garras de notables pervertidos que abusan de su poder. Jesús, por su parte, se niega a condenar a la mujer adúltera, devolviendo a los acusadores a sus propias faltas y transformando la justicia en misericordia.


Primera lectura

Lectura del libro de Daniel (13,1-9.15-17.19-30.33-62):

EN aquellos días, vivía en Babilonia un hombre llamado Joaquín, casado con Susana, hija de Jelcías, mujer muy bella y temerosa del Señor.
Sus padres eran justos y habían educado a su hija según la ley de Moisés. Joaquín era muy rico y tenía un jardín junto a su casa; y como era el más respetado de todos, los judíos solían reunirse allí.
Aquel año fueron designados jueces dos ancianos del pueblo, de esos que el Señor denuncia diciendo:
«En Babilonia la maldad ha brotado de los viejos jueces, que pasan por guías del pueblo».
Solían ir a casa de Joaquín, y los que tenían pleitos que resolver acudían a ellos.
A mediodía, cuando la gente se marchaba, Susana salía a pasear por el jardín de su marido. Los dos ancianos la veían a diario, cuando salía a pasear, y sintieron deseos de ella.
Pervirtieron sus pensamientos y desviaron los ojos para no mirar al cielo, ni acordarse de sus justas leyes.
Sucedió que, mientras aguardaban ellos el día conveniente, salió ella como los tres días anteriores sola con dos criadas, y tuvo ganas de bañarse en el jardín, porque hacía mucho calor. No había allí nadie, excepto los dos ancianos escondidos y acechándola.
Susana dijo a las criadas:
«Traedme el perfume y las cremas y cerrad la puerta del jardín mientras me baño».
Apenas salieron las criadas, se levantaron los dos ancianos, corrieron hacia ella y le dijeron:
«Las puertas del jardín están cerradas, nadie nos ve, y nosotros sentimos deseos de ti; así que consiente y acuéstate con nosotros. Si no, daremos testimonio contra ti diciendo que un joven estaba contigo y que por eso habías despachado a las criadas».
Susana lanzó un gemido y dijo:
«No tengo salida: si hago eso, mereceré la muerte; si no lo hago, no escaparé de vuestras manos. Pero prefiero no hacerlo y caer en vuestras manos antes que pecar delante del Señor».
Susana se puso a gritar, y los dos ancianos, por su parte, se pusieron también a gritar contra ella. Uno de ellos fue corriendo y abrió la puerta del jardín.
Al oír los gritos en el jardín, la servidumbre vino corriendo por la puerta lateral a ver qué le había pasado. Cuando los ancianos contaron su historia, los criados quedaron abochornados, porque Susana nunca había dado que hablar.
Al día siguiente, cuando la gente vino a casa de Joaquín, su marido, vinieron también los dos ancianos con el propósito criminal de hacer morir a Susana. En presencia del pueblo ordenaron:
«Id a buscar a Susana, hija de Jelcías, mujer de Joaquín».
Fueron a buscarla, y vino ella con sus padres, hijos y parientes.
Toda su familia y cuantos la veían lloraban.
Entonces los dos ancianos se levantaron en medio de la asamblea y pusieron las manos sobre la cabeza de Susana.
Ella, llorando, levantó la vista al cielo, porque su corazón confiaba en el Señor.
Los ancianos declararon:
«Mientras paseábamos nosotros solos por el jardín, salió esta con dos criadas, cerró la puerta del jardín y despidió a las criadas. Entonces se le acercó un joven que estaba escondido y se acostó con ella.
Nosotros estábamos en un rincón del jardín y, al ver aquella maldad, corrimos hacia ellos. Los vimos abrazados, pero no pudimos sujetar al joven, porque era más fuerte que nosotros, y, abriendo la puerta, salió corriendo.
En cambio, a esta le echamos mano y le preguntamos quién era el joven, pero no quiso decírnoslo. Damos testimonio de ello».
Como eran ancianos del pueblo y jueces, la asamblea los creyó y la condenó a muerte.
Susana dijo gritando:
«Dios eterno, que ves lo escondido, que lo sabes todo antes de que suceda, tú sabes que han dado falso testimonio contra mí, y ahora tengo que morir, siendo inocente de lo que su maldad ha inventado contra mí».
Y el Señor escuchó su voz.
Mientras la llevaban para ejecutarla, Dios suscitó el espíritu santo en un muchacho llamado Daniel; y este dio una gran voz:
«Yo soy inocente de la sangre de esta».
Toda la gente se volvió a mirarlo, y le preguntaron:
«Qué es lo que estás diciendo?».
Él, plantado en medio de ellos, les contestó:
«Pero ¿estáis locos, hijos de Israel? ¿Conque, sin discutir la causa ni conocer la verdad condenáis a una hija de Israel? Volved al tribunal, porque esos han dado falso testimonio contra ella».
La gente volvió a toda prisa, y los ancianos le dijeron:
«Ven, siéntate con nosotros e infórmanos, porque Dios mismo te ha dado la ancianidad».
Daniel les dijo:
«Separadlos lejos uno del otro, que los voy a interrogar».
Cuando estuvieron separados el uno del otro, él llamó a uno de ellos y le dijo:
«¡Envejecido en días y en crímenes! Ahora vuelven tus pecados pasados, cuando dabas sentencias injustas condenando inocentes y absolviendo culpables, contra el mandato del Señor: “No matarás al inocente ni al justo”. Ahora, puesto que tú la viste, dime debajo de qué árbol los viste abrazados».
Él contestó:
«Debajo de una acacia».
Respondió Daniel:
«Tu calumnia se vuelve contra ti. Un ángel de Dios ha recibido ya la sentencia divina y te va a partir por medio».
Lo apartó, mandó traer al otro y le dijo:
«Hijo de Canaán, y no de Judá! La belleza te sedujo y la pasión pervirtió tu corazón. Lo mismo hacíais con las mujeres israelitas, y ellas por miedo se acostaban con vosotros; pero una mujer judía no ha tolerado vuestra maldad. Ahora dime: ¿bajo qué árbol los sorprendiste abrazados?».
Él contestó:
«Debajo de una encina».
Replicó Daniel:
«Tu calumnia también se vuelve contra ti. el ángel de Dios aguarda con la espada para dividirte por medio. Y así acabará con vosotros».
Entonces toda la asamblea se puso a gritar bendiciendo a Dios, que salva a los que esperan en él. Se alzaron contra los dos ancianos, a quienes Daniel había dejado convictos de falso testimonio por su propia confesión, e hicieron con ellos lo mismo que ellos habían tramado contra el prójimo. Les aplicaron la ley de Moisés y los ajusticiaron.
Aquel día se salvó una vida inocente.

Palabra de Dios

 

 

Salmo

Sal 22,1-3a.3b-4.5.6



R/.
 Aunque camine por cañadas oscuras,
nada temo, porque tú vas conmigo


V/. El Señor es mi pastor, nada me falta:
en verdes praderas me hace recostar;
me conduce hacia fuentes tranquilas
y repara mis fuerzas. R/.

V/. Me guía por el sendero justo,
por el honor de su nombre.
Aunque camine por cañadas oscuras,
nada temo, porque tú vas conmigo:
tu vara y tu cayado me sosiegan. R/.

V/. Preparas una mesa ante mí,
enfrente de mis enemigos;
me unges la cabeza con perfume,
y mí copa rebosa. R/.

V/. Tu bondad y tu misericordia me acompañan
todos los días de mi vida,
y habitaré en la casa del Señor
por años sin término. R/.

 

Evangelio

Jn 8,12-20

Yo soy la luz del mundo

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

EN aquel tiempo, Jesús habló a los fariseos, diciendo:
«Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida».
Le dijeron los fariseos: «Tú das testimonio de ti mismo; tu testimonio no es verdadero».
Jesús les contestó: «Aunque yo doy testimonio de mí mismo, mi testimonio es verdadero, porque sé de dónde he venido y adónde voy;
en cambio, ustedes no saben de dónde vengo ni adónde voy. Ustedes juzgan según la carne; yo no juzgo a nadie; y, si juzgo yo, mi juicio es legítimo, porque no estoy yo solo, sino yo y el que me ha enviado, el Padre; y en la ley de ustedes está escrito que el testimonio de dos hombres es verdadero. Yo doy testimonio de mí mismo, y además da testimonio de mí el que me ha enviado, el Padre».
Ellos le preguntaban: «¿Dónde está tu Padre?».
Jesús contestó: «Ni me conocen a mí ni a mi Padre; si me conocieran a mí, conocerían también a mi Padre».
Jesús tuvo esta conversación junto al arca de las ofrendas cuando enseñaba en el templo. Y nadie le echó mano, porque todavía no había llegado su hora.

Palabra del Señor.

 

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Queridos hermanos y hermanas:

Seguimos avanzando en este santo tiempo de Cuaresma, y la Palabra de Dios de hoy nos pone ante una verdad profundamente humana y profundamente espiritual: todos necesitamos ser liberados.
Liberados del pecado, liberados de la mentira, liberados de la injusticia, liberados de la dureza del corazón, liberados de esa tendencia tan humana a juzgar a los demás con severidad mientras somos indulgentes con nosotros mismos.

La primera lectura y el evangelio nos hablan de liberaciones. Y en efecto, tanto la historia de Susana en el libro de Daniel como el episodio de la mujer sorprendida en adulterio en el Evangelio de san Juan son relatos de liberación. Pero son liberaciones distintas y complementarias.

En el caso de Susana, Dios libera a una mujer inocente de una condena injusta.
En el caso de la mujer adúltera, Jesús libera a una mujer culpable de una condena despiadada.
Una era inocente, la otra era pecadora; pero ambas necesitaban salvación. Y en ambos casos, Dios se revela como Aquel que no abandona a la persona humana cuando parece acorralada por el mal, la violencia o la vergüenza.

1. Susana: Dios defiende al inocente

La primera lectura es fuerte y actual. Nos presenta a una mujer justa, honesta, temerosa de Dios, víctima de la maldad de dos ancianos que, en lugar de ser modelos de rectitud, habían corrompido su corazón. Abusan de su autoridad, manipulan la verdad, intentan doblegar la dignidad de Susana y, al no conseguirlo, la acusan falsamente.

¡Qué actual es esta escena!
Cuántas veces en la historia —y también en nuestro tiempo— personas con poder han querido aplastar al débil, al indefenso, al limpio de corazón. Cuántas veces la mentira parece más fuerte que la verdad. Cuántas veces la reputación de un inocente queda herida por chismes, intrigas, calumnias o juicios precipitados.

Susana, sin embargo, nos conmueve porque no negocia con el mal. Prefiere ponerse en manos de Dios antes que traicionar su conciencia. Ella queda humanamente desarmada, pero interiormente permanece libre. Y eso ya es una victoria.

Cuando todo parece perdido, Dios suscita al joven Daniel para desenmascarar la mentira. Así el Señor muestra que Él escucha el clamor del inocente.
Tal vez no siempre actúa con la rapidez que nosotros quisiéramos, pero jamás es indiferente. Dios no bendice la injusticia. Dios no avala la perversión del poder. Dios no se desentiende del sufrimiento del justo.

Aquí hay un consuelo grande también para nosotros cuando oramos por nuestros difuntos. Muchos de ellos llevaron en vida cruces silenciosas: incomprensiones, humillaciones, falsos juicios, dolores que quizá nunca pudieron explicar del todo. Pero hoy la Palabra nos recuerda que ante Dios nada queda oculto. Él conoce la verdad de cada vida. Él ve las lágrimas secretas. Él hace justicia con una justicia que no destruye sino que restablece.

2. La mujer adúltera: Dios no aprueba el pecado, pero salva al pecador

El Evangelio nos presenta otra escena dramática. Esta vez no estamos ante una inocente calumniada, sino ante una mujer sorprendida en pecado. Los escribas y fariseos la arrastran hasta Jesús. La colocan en medio. La exponen. La convierten en espectáculo. Más que buscar la verdad o la conversión de aquella mujer, quieren usarla como instrumento para tenderle una trampa a Jesús.

Es terrible cuando el pecador deja de ser persona y se convierte en objeto de condena, de morbo o de manipulación.
Y eso pasa también hoy. Cuántas veces la sociedad, las redes, los ambientes humanos, se comportan como aquella multitud: señalan, aplastan, exhiben, condenan, cancelan. Hay una especie de placer oscuro en ver caer a alguien.

Pero Jesús no entra en la lógica de la violencia. Se inclina y escribe en el suelo. Ese gesto tiene algo de serenidad divina. Como si dijera: “Antes de condenar, deténganse. Antes de apedrear, mírense por dentro. Antes de hablar del pecado ajeno, enfrenten el propio”.

Y luego pronuncia esa frase inmortal:
“El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra.”

No está negando el pecado. No está diciendo que el adulterio sea bueno. No está relativizando el mal. Está haciendo algo más profundo: está desenmascarando la hipocresía.
Porque una cosa es amar la verdad, y otra muy distinta es usar la verdad como piedra para destruir al otro.

Uno por uno se marchan. Comenzando por los más viejos. Quizá porque la vida, cuando se ha vivido con sinceridad, enseña que nadie puede presentarse impecable ante Dios.

Jesús queda solo con la mujer. Y ahí sucede el milagro mayor: no sólo la salva de la muerte física, sino que le devuelve su dignidad espiritual.
“Tampoco yo te condeno. Vete y en adelante no peques más.”

Qué equilibrio tan perfecto entre misericordia y verdad.
Jesús no condena, pero tampoco banaliza.
No humilla, pero tampoco engaña.
No aplasta, pero tampoco aprueba el pecado.
Ofrece perdón, y al mismo tiempo llama a una vida nueva.

3. Entre Susana y la adúltera estamos nosotros

En el fondo, hermanos, entre estos dos relatos estamos nosotros.

A veces somos como Susana: víctimas de juicios injustos, de incomprensiones, de palabras duras, de falsas interpretaciones. Hay momentos en que hacemos el bien y aun así somos criticados; obramos con rectitud y aun así nos malinterpretan.

Pero otras veces nos parecemos más a la mujer adúltera: frágiles, pecadores, sorprendidos en nuestras incoherencias, necesitados de perdón, avergonzados por nuestras caídas.

Y, seamos sinceros, a veces también nos parecemos a los acusadores: rápidos para señalar, lentos para comprender; severos con la debilidad ajena, pacientes con la propia.

Por eso esta Palabra no es para mirar desde fuera; es para dejarnos tocar por dentro.

La Cuaresma no es sólo un tiempo para denunciar el mal del mundo. Es un tiempo para dejarnos mirar por Cristo.
¿Dónde necesito hoy ser liberado?
¿De qué piedra tengo que vaciar mis manos?
¿A quién he juzgado con dureza?
¿Qué pecado mío sigo justificando?
¿Dónde necesito escuchar de nuevo: “Tampoco yo te condeno”?
¿Dónde necesito decidirme, por fin, a “no pecar más”?

4. El Salmo: el Señor es nuestro pastor, también en el valle oscuro

Y en medio de estas historias intensas, resuena hoy el Salmo 23:
“Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo.”

Qué bello puente entre las lecturas y nuestra intención orante por los difuntos.

Susana caminó por una cañada oscura.
La mujer del Evangelio caminó por una cañada oscura.
Nosotros también pasamos por cañadas oscuras: el pecado, la culpa, la pérdida, el duelo, la enfermedad, la muerte de los seres queridos.

Y precisamente hoy la Iglesia nos invita a orar por los difuntos. Muchos de nosotros llevamos nombres, rostros, recuerdos, vacíos. Personas a quienes amamos, que formaron parte de nuestra vida y que ya han partido a la Casa del Padre. Algunos murieron en paz; otros quizá después de mucho sufrimiento; otros de manera inesperada; otros con situaciones que quedaron pendientes; otros tal vez después de una vida compleja, con luces y sombras.

La Palabra de hoy nos da esperanza para todos ellos.

Primero, porque Dios defiende al inocente, como a Susana.
Segundo, porque Dios ofrece misericordia al pecador arrepentido, como a la mujer del Evangelio.
Y tercero, porque Dios es pastor que no abandona a sus ovejas ni siquiera en el valle de sombra.

Qué consuelo pensar que nuestros difuntos no están perdidos en la nada, ni disueltos en un recuerdo, ni abandonados al silencio. Están confiados al amor del Buen Pastor. Ese Pastor que guía, que restaura, que unge, que prepara mesa, que acompaña hasta la casa definitiva del Padre.

Cuando oramos por ellos, no hacemos un simple acto de nostalgia. Hacemos un acto de fe. Decimos con el corazón:
“Señor, tú conoces su verdad más profunda. Tú conoces sus luchas, sus heridas, sus pecados, sus bondades ocultas, sus lágrimas secretas, sus actos de amor. Tú, que eres justo y misericordioso, llévalos a la plenitud de tu paz.”

5. Una Iglesia llamada a parecerse a Jesús

Además, estas lecturas nos lanzan una tarea pastoral muy concreta: como Iglesia, estamos llamados a parecernos más a Jesús y menos a los acusadores.

Necesitamos comunidades donde haya verdad, sí, pero una verdad dicha con caridad.
Comunidades donde se acompañe al pecador sin justificar el pecado.
Comunidades donde se defienda al inocente.
Comunidades donde no se abuse del poder.
Comunidades donde no se lapide con chismes, desprecios o exclusiones.
Comunidades donde la corrección fraterna no sea una humillación pública, sino un acto de amor.

La gente ya carga demasiadas piedras en la vida: duelos, fracasos, heridas familiares, soledad, culpas antiguas, temores. La Iglesia no puede convertirse en cantera de más piedras; debe ser casa de misericordia, verdad y esperanza.

6. Para concluir

Hermanos, hoy el Señor nos deja tres imágenes preciosas:

La primera: Susana, la inocente que no fue abandonada por Dios.
La segunda: la mujer adúltera, la pecadora a quien Cristo no aplastó, sino que levantó.
La tercera: el Buen Pastor, que acompaña incluso en el valle oscuro y nos conduce a la vida.

En esta Eucaristía pidamos al Señor:

que defienda a los inocentes;
que convierta a los pecadores;
que nos libre de juzgar con dureza;
que nos conceda un corazón misericordioso;
y que reciba en su paz a nuestros difuntos.

Que por ellos y por nosotros se cumpla la promesa del salmo:
“Habitaré en la casa del Señor por años sin término.”

Amén.

 

sábado, 21 de marzo de 2026

22 de marzo del 2026: quinto domingo de Cuaresma- Ciclo A

 

Cuando la fe despierta la vida


Lázaro y sus hermanas, Marta y María, amigos íntimos de Jesús, están sumergidos en el dolor del duelo. La muerte parece haber apagado toda esperanza, y el corazón humano se enfrenta al silencio, a la ausencia y a la aparente derrota definitiva.

Sin embargo, en medio de esa oscuridad, brilla una luz: la fe firme e inquebrantable de Marta. Ella no niega el dolor, no es indiferente al sufrimiento, pero cree. Cree incluso cuando todo parece perdido. Su confesión —“Yo creo que tú eres la resurrección y la vida”— abre un horizonte nuevo donde la muerte ya no tiene la última palabra.

Entonces Jesús, profundamente conmovido, se acerca al sepulcro. No es un Dios lejano, sino un Señor que llora con los que lloran, que se deja tocar por el sufrimiento humano. Y allí, frente a la tumba sellada, pronuncia una palabra que atraviesa la muerte: “¡Lázaro, sal fuera!”

Este signo extraordinario no es solo la vuelta a la vida de un amigo; es un anuncio poderoso: Jesús tiene autoridad sobre la muerte. Es la anticipación de su propia resurrección, la promesa de que todo el que cree en Él, aunque muera, vivirá.

También nosotros, en nuestros duelos, en nuestras pérdidas, en nuestras “tumbas” interiores —de pecado, de tristeza, de desesperanza— estamos llamados a escuchar esa voz del Señor que nos llama por nuestro nombre y nos invita a salir, a levantarnos, a volver a la vida.

La fe no elimina el dolor, pero lo transforma. Nos permite esperar contra toda esperanza. Nos enseña que, incluso cuando todo parece terminado, Dios está obrando en silencio, preparando una vida nueva.

Hoy, el Señor nos pregunta como a Marta: “¿Crees esto?”
Y nuestra respuesta puede abrir, también para nosotros, el camino de la resurrección.

G.Q

 



Primera lectura

Ez 37, 12-14

Pondré mi espíritu en ustedes y vivirán

Lectura de la profecía de Ezequiel.

ESTO dice el Señor Dios:
«Yo mismo abriré sus sepulcros,
y los sacaré de ellos, pueblo mío,
y los llevaré a la tierra de Israel.
Y cuando abra sus sepulcros
y los saque de ellos, pueblo mío,
comprenderán que soy el Señor.
Pondré mi espíritu en ustedes y vivirán;
los estableceré en su tierra
y comprenderán que yo, el Señor,
lo digo y lo hago” —oráculo del Señor—».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 129, 1b-2. 3-4. 5-7ab. 7cd-8 (R.: 7cd)

R. Del Señor viene la misericordia,
la redención copiosa.


V. Desde lo hondo a ti grito, Señor;
Señor, escucha mi voz;
estén tus oídos atentos
a la voz de mi súplica. 
R.

V. Si llevas cuenta de los delitos, Señor,
¿quién podrá resistir?
Pero de ti procede el perdón,
y así infundes temor. 
R.

V. Mi alma espera en el Señor,
espera en su palabra;
mi alma aguarda al Señor,
más que el centinela la aurora.
Aguarde Israel al Señor,
como el centinela la aurora. 
R.

V. Porque del Señor viene la misericordia,
la redención copiosa;
y él redimirá a Israel
de todos sus delitos.
 R.

 

Segunda lectura

Rom 8, 8-11

El Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en ustedes

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos.

HERMANOS:
Los que están en la carne no pueden agradar a Dios. Pero ustedes no están en la carne, sino en el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios habita en ustedes; en cambio, si alguien no posee el Espíritu de Cristo no es de Cristo.
Pero si Cristo está en ustedes, el cuerpo está muerto por el pecado, pero el espíritu vive por la justicia. Y si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en ustedes, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús también dará vida a sus cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en ustedes.

Palabra de Dios.



Aclamación

V. Yo soy la resurrección y la vida —dice el Señor—; el que cree en mí no morirá para siempre.

 

Evangelio

Jn 11, 1-45 (forma larga)

Yo soy la resurrección y la vida

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

EN aquel tiempo, había caído enfermo un cierto Lázaro, de Betania, la aldea de María y de Marta, su hermana. María era la que ungió al Señor con perfume y le enjugó los pies con su cabellera; el enfermo era su hermano Lázaro.
Las hermanas le mandaron recado a Jesús diciendo:
«Señor, el que tú amas está enfermo».
Jesús, al oírlo, dijo:
«Esta enfermedad no es para la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella».
Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo se quedó todavía dos días donde estaba.
Solo entonces dijo a sus discípulos:
«Vamos otra vez a Judea».
Los discípulos le replicaron:
«Maestro, hace poco intentaban apedrearte los judíos, ¿y vas a volver de nuevo allí?».
Jesús contestó:
«¿No tiene el día doce horas? Si uno camina de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo; pero si camina de noche tropieza, porque la luz no está en él».
Dicho esto, añadió:
«Lázaro, nuestro amigo, está dormido; voy a despertarlo».
Entonces le dijeron sus discípulos:
«Señor, si duerme, se salvará».
Jesús se refería a su muerte; en cambio, ellos creyeron que hablaba del sueño natural.
Entonces Jesús les replicó claramente:
«Lázaro ha muerto, y me alegro por ustedes de que no hayamos estado allí, para que crean. Y ahora vamos a su encuentro».
Entonces Tomás, apodado el Mellizo, dijo a los demás discípulos:
«Vamos también nosotros y muramos con él».
Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Betania distaba poco de Jerusalén: unos quince estadios; y muchos judíos habían ido a ver a Marta y a María para darles el pésame por su hermano.
Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedó en casa. Y dijo Marta a Jesús:
«Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá».
Jesús le dijo:
«Tu hermano resucitará».
Marta respondió:
«Sé que resucitará en la resurrección en el último día».
Jesús le dijo:
«Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?».
Ella le contestó:
«Sí, Señor: yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo».
Y dicho esto, fue a llamar a su hermana María, diciéndole en voz baja:
«El Maestro está ahí y te llama».
Apenas lo oyó se levantó y salió adonde estaba él, porque Jesús no había entrado todavía en la aldea, sino que estaba aún donde Marta lo había encontrado. Los judíos que estaban con ella en casa consolándola, al ver que María se levantaba y salía deprisa, la siguieron, pensando que iba al sepulcro a llorar allí. Cuando llegó María adonde estaba Jesús, al verlo se echó a sus pies diciéndole:
«Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano».
Jesús, viéndola llorar a ella y viendo llorar a los judíos que la acompañaban, se conmovió en su espíritu, se estremeció y preguntó:
«¿Dónde lo han enterrado?».
Le contestaron:
«Señor, ven a verlo».
Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban:
«¡Cómo lo quería!».
Pero algunos dijeron:
«Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que este muriera?».
Jesús, conmovido de nuevo en su interior, llegó a la tumba. Era una cavidad cubierta con una losa. Dijo Jesús:
«Quiten la losa».
Marta, la hermana del muerto, le dijo:
«Señor, ya huele mal porque lleva cuatro días».
Jesús le replicó:
«¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?».
Entonces quitaron la losa.
Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo:
«Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado».
Y dicho esto, gritó con voz potente:
«Lázaro, sal afuera».
El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo:
«Desátenlo y déjenlo andar».
Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.

Palabra del Señor.


Jn 11, 3-7. 17. 20-27. 33b-45 (forma breve)

Yo soy la resurrección y la vida

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

EN aquel tiempo, las hermanas de Lázaro le mandaron recado a Jesús diciendo:
«Señor, el que tú amas está enfermo».
Jesús, al oírlo, dijo:
«Esta enfermedad no es para la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella».
Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo se quedó todavía dos días donde estaba.
Solo entonces dijo a sus discípulos:
«Vamos otra vez a Judea».
Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado.
Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedó en casa. Y dijo Marta a Jesús:
«Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá».
Jesús le dijo:
«Tu hermano resucitará».
Marta respondió:
«Sé que resucitará en la resurrección en el último día».
Jesús le dijo:
«Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?».
Ella le contestó:
«Sí, Señor: yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo».
Jesús se conmovió en su espíritu, se estremeció y preguntó:
«¿Dónde lo han enterrado?».
Le contestaron:
«Señor, ven a verlo».
Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban:
«¡Cómo lo quería!».
Pero algunos dijeron:
«Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que este muriera?».
Jesús, conmovido de nuevo en su interior, llegó a la tumba. Era una cavidad cubierta con una losa. Dijo Jesús:
«Quiten la losa».
Marta, la hermana del muerto, le dijo:
«Señor, ya huele mal porque lleva cuatro días».
Jesús le replicó:
«¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?».
Entonces quitaron la losa.
Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo:
«Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado».
Y dicho esto, gritó con voz potente:
«Lázaro, sal afuera».
El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo:
«Desátenlo y déjenlo andar».
Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.

Palabra del Señor.

 

1

 

“Yo soy la resurrección y la vida”

 

Queridos hermanos y hermanas:

A medida que avanzamos en este camino cuaresmal, la liturgia nos conduce hoy a uno de los evangelios más conmovedores, más profundos y más esperanzadores de todo el Evangelio de san Juan: la resurrección de Lázaro. Ya no estamos simplemente ante una enseñanza moral o una invitación genérica a la conversión. Hoy se nos revela el corazón mismo de Cristo frente al drama humano del sufrimiento, del duelo y de la muerte.

La Iglesia, sabia madre y maestra, nos ofrece en este quinto domingo de Cuaresma unas lecturas que convergen en una gran proclamación: Dios no nos quiere encerrados en nuestros sepulcros; Dios quiere la vida. Dios es capaz de sacar vida de donde nosotros solo vemos muerte.

1. “Abriré sus sepulcros”: Dios no se resigna a nuestra muerte

La primera lectura, del profeta Ezequiel, es de una fuerza impresionante. El pueblo de Israel estaba en el exilio, humillado, derrotado, sin horizonte. Se sentían como un pueblo muerto. Y entonces Dios pronuncia esta promesa:

“Yo mismo abriré sus sepulcros, los sacaré de ellos, pueblo mío”.

Qué imagen tan poderosa. El Señor no dice simplemente: “los consolaré” o “los acompañaré”. Dice algo más fuerte: abriré sus sepulcros. Es decir, entraré hasta el lugar mismo donde ustedes se sienten acabados, vencidos, sin aliento, sin futuro. Allí, precisamente allí, actuaré yo.

También nosotros tenemos sepulcros. No solo los cementerios donde descansan nuestros seres queridos. También existen sepulcros interiores:
el de una fe debilitada,
el de una herida no sanada,
el de un pecado repetido,
el de una tristeza antigua,
el de una relación rota,
el de una culpa que no hemos podido superar,
el de una esperanza que se ha ido apagando.

Cuántas veces seguimos caminando por fuera, pero por dentro ya nos sentimos enterrados. Hay personas que respiran, trabajan, sonríen, hablan… pero en el alma llevan una tumba cerrada.

Y hoy la Palabra de Dios nos dice: no te acostumbres a vivir muerto por dentro. No te resignes. No declares definitivo lo que Dios todavía puede transformar. El Señor puede abrir lo que nosotros ya hemos cerrado. Él puede resucitar lo que nosotros ya habíamos dado por perdido.

2. “Desde lo hondo a ti grito, Señor”

El salmo responsorial recoge muy bien el clamor del corazón humano:

“Desde lo hondo a ti grito, Señor”.

Ese “hondo” puede ser muchas cosas: el dolor, el pecado, la angustia, el miedo, el cansancio, el duelo, la soledad. Es la oración del que ya no tiene máscaras. La oración del que ya no presume fuerzas. La oración de quien sabe que solo Dios puede salvar.

Y qué hermosa es la respuesta del salmo:
“Del Señor viene la misericordia, la redención copiosa”.

No una redención pequeña, no un alivio pasajero, no un consuelo superficial: redención copiosa, abundante, desbordante. Dios no salva a medias. Dios no ama a medias. Dios no perdona a medias. Cuando entra en la historia de una persona, lo hace con toda la fuerza de su misericordia.

La Cuaresma, entonces, no es tiempo para hundirnos en la culpa, sino para volver a la fuente de la misericordia. No es una temporada para repetir: “ya no hay nada que hacer conmigo”. Es tiempo para decir: “Señor, desde lo hondo te invoco, porque sé que tu amor es más grande que mi abismo”.

3. “El Espíritu dará vida a sus cuerpos mortales”

San Pablo, en la segunda lectura de la carta a los Romanos, lleva esta esperanza a una profundidad aún mayor. Nos recuerda que no estamos dominados por la carne, sino llamados a vivir según el Espíritu. Y dice algo extraordinario:

“Y si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en ustedes, ese mismo Espíritu dará vida también a sus cuerpos mortales”.

Es decir: la fuerza de la resurrección no es solo una promesa para el final de los tiempos. Ya ha comenzado a actuar en nosotros por el bautismo. El cristiano no es alguien que simplemente admira a Jesús o recuerda su mensaje. El cristiano es alguien en quien habita el Espíritu del Resucitado.

Esto cambia totalmente la perspectiva. Porque entonces la vida cristiana no consiste solo en “portarse bien”, ni en cumplir unas normas externas. Se trata de dejar que el Espíritu Santo vaya resucitando lo que en nosotros está muerto:
la capacidad de amar,
la paciencia,
la pureza del corazón,
la confianza,
la verdad interior,
la alegría de creer,
la valentía para recomenzar.

San Pablo nos recuerda que la resurrección empieza ya. Cada vez que uno se levanta de una caída, cada vez que perdona, cada vez que vuelve a orar después de mucho tiempo, cada vez que se confiesa sinceramente, cada vez que recupera la esperanza, allí está actuando el Espíritu de la vida.

4. Jesús ante la tumba: un Dios que llora con nosotros

Y llegamos al Evangelio. El relato de Lázaro no es solo una historia de milagro; es una revelación del rostro de Jesús.

Primero vemos que Jesús no es indiferente al sufrimiento humano. Cuando llega a Betania y encuentra el ambiente de duelo, de lágrimas y de desconsuelo, el Evangelio dice que se conmovió profundamente, se estremeció y lloró.

Qué consuelo tan grande saber que nuestro Dios no es un espectador frío. Jesús llora. Llora por su amigo. Llora con Marta y María. Llora ante la tragedia de la muerte. Llora porque el mundo creado para la vida ha sido herido por el pecado y el sufrimiento.

A veces la gente, con buena intención, dice frases demasiado rápidas ante el dolor ajeno: “no llores”, “sé fuerte”, “todo pasa”. Jesús no actúa así. Antes de realizar el milagro, acompaña el dolor. Se deja tocar por él. Comparte el llanto.

Esto es muy importante para nosotros. Porque la fe no nos prohíbe llorar. Ser creyente no significa volverse de piedra. Marta y María lloran. Jesús llora. El duelo, vivido con fe, no deja de ser duelo. La esperanza cristiana no elimina el dolor de la separación, pero le impide convertirse en desesperación.

5. Marta: la fe en medio de la noche

En medio de este relato aparece una de las mujeres más admirables del Evangelio: Marta. A veces se la recuerda solo como la mujer ocupada en el servicio. Pero aquí aparece como una mujer de fe madura, sólida, luminosa.

Ella sale al encuentro del Señor y le dice:
“Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano”.

Hay en esa frase dolor, pero también confianza. No es una protesta vacía. Es una lamentación creyente. Y luego da un paso más:
“Pero aún ahora sé que cuanto pidas a Dios, Dios te lo concederá”.

Y entonces Jesús le revela una de las afirmaciones más grandes de todo el Evangelio:
“Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá”.

No le dice solo: “yo puedo dar la resurrección”, sino: “Yo soy”. La resurrección no es simplemente un evento futuro; tiene un rostro, una voz, un nombre: Jesús.

Después viene la pregunta decisiva:
“¿Crees esto?”

Esa pregunta no es solo para Marta. Es para cada uno de nosotros.
¿Crees esto cuando la enfermedad golpea?
¿Crees esto cuando muere un ser querido?
¿Crees esto cuando se derrumba un proyecto?
¿Crees esto cuando llevas años cargando una herida?
¿Crees esto cuando te parece que ya no puedes cambiar?

La fe verdadera se vuelve más pura precisamente cuando todo parece contradecirla. Marta cree delante del sepulcro. Cree antes del milagro. Cree en medio del olor de muerte. Y por eso su fe se convierte en puerta para la manifestación de la gloria de Dios.

6. “Lázaro, sal fuera”

Llegamos al momento culminante. Jesús se pone frente al sepulcro y grita con voz poderosa:
“¡Lázaro, sal fuera!”

Y el muerto salió.

Qué escena tan impresionante. La voz de Cristo penetra el silencio de la tumba. Allí donde el hombre ya no puede hacer nada, donde la ciencia no puede hacer nada, donde el afecto humano no puede hacer nada, allí entra la palabra soberana del Hijo de Dios.

Esa voz sigue resonando hoy. Jesús sigue llamando:
“Sal fuera” de tu desánimo.
“Sal fuera” de tu incredulidad.
“Sal fuera” de la costumbre del pecado.
“Sal fuera” de la tibieza espiritual.
“Sal fuera” de tu rencor.
“Sal fuera” de la desesperanza.
“Sal fuera” de la mediocridad.
“Sal fuera” de esa imagen oscura que tienes de ti mismo.

Muchas veces estamos vivos biológicamente, pero atados espiritualmente. Por eso, cuando Lázaro sale, Jesús añade:
“Desátenlo y déjenlo andar”.

No basta con salir del sepulcro; hay que ser desatado. Y aquí aparece también la misión de la Iglesia. Cristo resucita, pero quiere que la comunidad ayude a quitar las vendas. Cuántas personas necesitan hoy una comunidad que no las condene, sino que las ayude a caminar; que no las encierre en su pasado, sino que crea en la gracia que las está levantando.

7. Una palabra para nuestros duelos y pérdidas

Este evangelio tiene un consuelo inmenso para quienes viven la experiencia del duelo. Ante la muerte de un ser querido, todos experimentamos algo de Marta y María: tristeza, preguntas, silencios, lágrimas, incluso la impresión de que Dios llegó tarde.

Pero el Señor nunca llega tarde. Puede parecer tardanza desde nuestro reloj humano, pero en el plan de Dios siempre hay una hora de gracia. A veces no interviene como nosotros esperábamos, pero siempre actúa para una vida más profunda, más plena, más definitiva.

La resurrección de Lázaro no fue simplemente devolverlo a esta vida temporal. Fue sobre todo un signo para revelar que Cristo ha venido a destruir el poder de la muerte. Y eso se cumplirá plenamente en su Pascua. Lázaro volverá a morir un día. Pero Cristo resucitado ya no muere más. En Él, la muerte no tiene la última palabra.

Por eso, cuando un cristiano se encuentra ante la tumba de un ser querido, llora, sí; pero llora con esperanza. Reza, espera, ofrece, confía. Sabe que la historia no termina en un cementerio. Sabe que estamos hechos para la comunión eterna con Dios.

8. Cuaresma: dejar que Cristo visite nuestras tumbas

Ya cerca de la Semana Santa, esta liturgia nos invita a preguntarnos:
¿Cuál es el sepulcro que Cristo quiere abrir en mí?
¿Qué parte de mi vida necesita escuchar hoy la voz de Jesús?
¿Qué piedra debo dejar remover?
¿Qué vendas necesito que el Señor me quite?

Quizá llevamos demasiado tiempo acostumbrados a convivir con algo muerto en nosotros:
una oración sin alma,
una fe rutinaria,
un cansancio moral,
una tristeza sin nombre,
una reconciliación pendiente,
una herida familiar que no hemos querido entregar a Dios.

Hoy Jesús no se queda lejos. Se acerca a nuestra Betania. Entra en nuestro duelo. Mira nuestra tumba. Llora con nosotros. Y después nos llama a la vida.

Conclusión

Queridos hermanos, el mensaje de este domingo es luminoso:
nuestro Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos;
no es un Dios del encierro, sino de la salida;
no es un Dios del final, sino del comienzo nuevo.

Ezequiel nos dice: “Abriré sus sepulcros”.
El salmo nos hace clamar: “Desde lo hondo a ti grito, Señor”.
San Pablo nos promete: “El Espíritu dará vida a sus cuerpos mortales”.
Y Jesús nos declara: “Yo soy la resurrección y la vida”.

Que en esta Eucaristía le presentemos al Señor nuestras tumbas interiores, nuestros duelos, nuestros miedos y nuestras pérdidas. Y que, como Marta, podamos decirle con fe:
“Sí, Señor, yo creo”.

Que Él nos conceda escuchar, en lo más profundo del alma, esa palabra poderosa que cambia la historia:
“Sal fuera”.

Amén.

 

2

 

“Jesús llora con nosotros y nos llama a la vida”

 

Queridos hermanos y hermanas:

En este quinto domingo de Cuaresma, cuando ya nos acercamos al umbral de la Semana Santa, la Palabra de Dios nos introduce en uno de los pasajes más conmovedores, más tiernos y al mismo tiempo más poderosos de todo el Evangelio: la resurrección de Lázaro.

No estamos hoy ante un simple milagro espectacular. Estamos ante una revelación del corazón de Cristo. Un corazón verdaderamente humano, capaz de conmoverse, de estremecerse, de llorar. Pero también un corazón divino, capaz de enfrentarse a la muerte y vencerla con su palabra soberana.

Hoy contemplamos a Jesús en Betania, junto a Marta y María, ante la tumba de su amigo Lázaro. Y allí descubrimos tres grandes verdades para nuestra vida:
Jesús comparte nuestro dolor, Jesús entra en nuestros sepulcros, y Jesús nos llama a la vida.

1. Jesús comparte nuestro dolor

El evangelio nos presenta una escena profundamente humana. María cae a los pies de Jesús y le dice:
“Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano.”

Es una frase cargada de amor, de fe, pero también de dolor. Es la frase de quien cree, pero sufre. La frase de quien ama al Señor, pero no entiende del todo sus tiempos. La frase de tantos creyentes que, en los momentos duros de la vida, también le han dicho a Dios:
“Señor, ¿por qué no llegaste antes?”
“Señor, ¿por qué permitiste esto?”
“Señor, ¿dónde estabas cuando más te necesitábamos?”

Y Jesús no responde con un discurso frío. No corrige inmediatamente. No regaña. No se distancia. El Evangelio dice que al ver llorar a María y a los que la acompañaban, se estremeció profundamente y se conmovió.

Ese estremecimiento de Jesús no es superficial. Es una sacudida interior. Es el estremecimiento del Hijo de Dios hecho hombre ante el sufrimiento humano. Es como si toda la tragedia de la muerte, del dolor, del pecado y de la ruptura de la creación buena del Padre golpeara su alma santísima.

Y luego viene una de las frases más cortas de toda la Escritura, pero también una de las más conmovedoras:
“Jesús lloró.”

Qué consuelo tan grande para nosotros. Nuestro Dios no es indiferente. Nuestro Dios no es una idea abstracta. Nuestro Dios no es un juez impasible encerrado en su gloria. Nuestro Dios, en Jesucristo, llora con nosotros.

Jesús llora ante la tumba del amigo. Llora viendo el dolor de las hermanas. Llora contemplando lo que el pecado ha hecho en la historia humana. Llora porque la muerte no formaba parte del proyecto original del Padre. Llora porque ama.

Y aquí hay una primera enseñanza para nosotros: la fe no elimina los sentimientos humanos; los redime.
Ser creyente no significa no llorar. No significa endurecerse. No significa aparentar fortaleza cuando por dentro uno está roto. Marta llora. María llora. Los judíos lloran. Y Jesús llora.

Por eso, si alguno de nosotros hoy viene a esta Eucaristía con un duelo reciente, con una herida abierta, con una tristeza honda, con el corazón apretado por una pérdida, que sepa esto: Jesús no se escandaliza de tus lágrimas. Jesús entra en tu dolor. Jesús lo conoce por dentro.

2. Cristo se enfrenta a la muerte

Sin embargo, Jesús no solo llora. También se enfrenta. Su conmoción no es solo ternura; también hay en ella una santa indignación. Como si en lo profundo de su ser se levantara un rechazo total ante el poder de la muerte.

Y esto es importante entenderlo. Jesús no se resigna a la muerte. No la normaliza. No la banaliza. No dice: “así es la vida” y ya. Él sabe que la muerte, el sufrimiento, la ruina interior del hombre, están ligados al drama del pecado. No eran el sueño original del Creador. Por eso, el corazón de Cristo se rebela, en el sentido más santo del término, contra aquello que destruye la vida de sus hijos.

A la luz de esto comprendemos mejor la primera lectura del profeta Ezequiel. El Señor dice a su pueblo:

“Yo mismo abriré sus sepulcros, los sacaré de sus tumbas, pueblo mío.”

Qué hermosa y qué potente es esta promesa. Dios no se limita a observar nuestra muerte desde lejos. Él mismo interviene. Él mismo entra. Él mismo abre. Él mismo rescata.

Israel se sentía como un pueblo enterrado, derrotado, exiliado, sin futuro. Y Dios les promete: “no se quedarán en la tumba.” Esa palabra se cumple anticipadamente en Lázaro, y alcanza su plenitud en Cristo resucitado.

Pero también se refiere a nosotros. Porque hay muchas formas de estar sepultados sin haber muerto físicamente. Hay tumbas interiores:
la tumba de un pecado que se volvió costumbre,
la tumba de una tristeza que ya no deja respirar,
la tumba de un resentimiento antiguo,
la tumba de una fe apagada,
la tumba de una culpa no entregada a Dios,
la tumba de una adicción,
la tumba de una relación destruida,
la tumba del cansancio espiritual.

Cuántas veces seguimos funcionando por fuera, pero por dentro estamos encerrados. Cuántas veces sonreímos, trabajamos, hablamos, celebramos incluso, pero en el alma cargamos una piedra pesada, una tumba cerrada, una zona muerta.

Y hoy el Señor nos dice con fuerza:
“Yo abriré tus sepulcros.”
No dice: “arréglatelas solo.”
No dice: “a ver si puedes salir.”
Dice: “Yo abriré.”

3. Desde lo hondo clamamos al Señor

El salmo de hoy parece brotar precisamente desde el corazón de Marta, de María y de todo ser humano herido:

“Desde lo hondo a ti grito, Señor.”

Ese “hondo” es el lugar de nuestra pobreza verdadera. Allí donde ya no podemos fingir. Allí donde ya no alcanzan las fórmulas. Allí donde se rompen nuestras seguridades. Desde lo hondo grita el enfermo. Desde lo hondo grita el pecador arrepentido. Desde lo hondo grita el que ha perdido un ser querido. Desde lo hondo grita el que se siente frágil, cansado, derrotado.

Y justamente desde allí comienza la salvación.

Porque el peligro más grande no es tocar fondo. El peligro más grande es cerrarse a Dios en el fondo. El salmista, en cambio, nos enseña el camino correcto: desde lo hondo clamar. No desesperar, sino invocar. No encerrarse, sino elevar la súplica.

Y añade una de las frases más hermosas de toda la Escritura:
“Del Señor viene la misericordia, la redención copiosa.”

Redención copiosa: abundante, desbordante, más grande que nuestro pecado, más grande que nuestro fracaso, más grande incluso que la muerte.

La Cuaresma es precisamente este tiempo para volver a creer que la misericordia de Dios es mayor que la piedra del sepulcro. A veces nosotros medimos nuestros problemas y nuestros pecados con la lógica humana: “esto ya no tiene arreglo”, “ya no puedo cambiar”, “esto ya está muerto”. Pero Dios no mira como nosotros. Donde nosotros vemos final, Él ve posibilidad. Donde nosotros vemos piedra, Él ve una puerta que puede abrir.

4. El Espíritu da vida

San Pablo, en la carta a los Romanos, nos lleva todavía más lejos. Nos recuerda que no estamos llamados a vivir según la carne, es decir, encerrados en una existencia dominada por la debilidad, el egoísmo y la muerte, sino según el Espíritu.

Y dice algo maravilloso:
“Si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en ustedes, el que resucitó a Cristo Jesús de entre los muertos dará vida también a sus cuerpos mortales.”

Esta es nuestra esperanza cristiana. No se trata solo de admirar a Jesús desde lejos. No se trata solo de recordar un acontecimiento pasado. Se trata de que el mismo Espíritu de la resurrección habita en nosotros por el bautismo.

El cristiano no es alguien resignado a morir por dentro. El cristiano es alguien habitado por el Espíritu de la vida.

Eso significa que la resurrección no es solo una promesa para el último día; comienza ya. Cada vez que un pecador se convierte, algo resucita. Cada vez que alguien perdona de corazón, algo resucita. Cada vez que un hombre o una mujer vuelven a la oración después de años de sequedad, algo resucita. Cada vez que uno sale del egoísmo y comienza a amar de verdad, algo resucita.

Hay personas que creen que la santidad consiste en no caer nunca. No. La santidad consiste, sobre todo, en dejar que el Espíritu de Cristo nos levante una y otra vez. En consentir que Dios ponga vida donde nosotros habíamos firmado la derrota.

5. “Lázaro, sal afuera”

Llegamos al culmen del evangelio. Jesús se hace llevar al sepulcro. Manda quitar la piedra. Y luego grita con voz fuerte:
“¡Lázaro, sal afuera!”

Es una orden breve, pero llena de autoridad, de ternura y de poder. La voz que un día llamó el universo a la existencia, ahora llama a un muerto a la vida. Y Lázaro sale.

Este signo anuncia algo mucho más grande: anuncia la Pascua de Cristo. Anuncia que Jesús no solo tiene compasión del hombre, sino poder sobre la muerte. Anuncia que la tumba no tendrá la última palabra. Anuncia que el amor de Dios es más fuerte que la corrupción del sepulcro.

Pero también es una palabra para cada uno de nosotros hoy. Porque Cristo sigue gritando:
“Sal afuera” de tu miedo.
“Sal afuera” de tu rencor.
“Sal afuera” de tu mediocridad espiritual.
“Sal afuera” de tu incredulidad.
“Sal afuera” de ese pecado al que te has acostumbrado.
“Sal afuera” de tu desesperanza.
“Sal afuera” de la imagen triste y derrotada que tienes de ti mismo.

A veces nosotros pensamos que Dios solo nos consuela. Y sí, nos consuela. Pero también nos llama. Nos saca. Nos levanta. No quiere que nos instalemos en la tumba.

Quizá alguno lleva mucho tiempo atrapado en una tristeza profunda. Quizá otro carga una herida familiar que no ha podido sanar. Quizá otro viene luchando hace años con la misma debilidad moral. Quizá alguno ha perdido el gusto por la oración, la esperanza, la fe. Hoy Jesús no solo llora contigo: hoy te llama fuera.

6. “Desátenlo y déjenlo caminar”

Lázaro sale, pero todavía viene atado con vendas. Entonces Jesús dice:
“Desátenlo y déjenlo caminar.”

Qué detalle tan hermoso. Cristo da la vida, pero también quiere contar con la comunidad para ayudar a quitar las ataduras. Aquí aparece la misión de la Iglesia.

Porque muchos salen del sepulcro, pero todavía necesitan ser desatados: del pasado, de la culpa, del miedo, de la vergüenza, de las heridas, de ciertas cadenas. Y Dios quiere servirse de nosotros para eso.

Una comunidad cristiana de verdad no es una comunidad que juzga al que estaba muerto. Es una comunidad que ayuda a desatarlo. No es una comunidad que le recuerda todo el tiempo su sepulcro. Es una comunidad que lo acompaña en su nueva vida.

Cuántas veces nuestras familias, nuestras parroquias, nuestros grupos apostólicos están llamados a ser espacios donde el que estaba caído pueda levantarse, donde el que estaba herido pueda sanar, donde el que vuelve a Dios no sea humillado sino acogido.

7. Una palabra para nuestros duelos

Este evangelio tiene una resonancia especial para quienes han vivido o están viviendo un duelo. Jesús no elimina el dolor de Marta y María, pero entra en él. No evita pasar por la tumba, pero transforma la tumba en lugar de revelación.

Así también ocurre con nosotros. El Señor no siempre evita la pérdida que tememos. No siempre responde como quisiéramos. Pero nunca abandona. Nunca llega tarde desde la perspectiva de la salvación. Nunca deja de actuar.

Cuando muere un ser querido, pareciera que todo se rompe. Pero la fe cristiana nos recuerda que la muerte no es el final. Lázaro resucitado es un signo; Cristo resucitado es la victoria definitiva. En Él, toda lágrima puede encontrar sentido. En Él, todo sepulcro queda provisional. En Él, la esperanza se vuelve más fuerte que la ausencia.

Conclusión

Queridos hermanos, en este quinto domingo de Cuaresma contemplamos a un Jesús verdaderamente cercano:
un Jesús que se conmueve,
un Jesús que llora,
un Jesús que se enfrenta a la muerte,
un Jesús que llama a la vida.

Ezequiel nos dice: “Abriré sus sepulcros.”
El salmo nos hace clamar: “Desde lo hondo a ti grito, Señor.”
San Pablo proclama: “El Espíritu dará vida a sus cuerpos mortales.”
Y el evangelio culmina con esa voz poderosa: “Lázaro, sal afuera.”

Pidámosle hoy al Señor que visite nuestras tumbas interiores. Que ponga su mano allí donde nos sentimos muertos. Que quite la piedra que nosotros no hemos podido mover. Que nos dé la gracia de creer como Marta, de esperar como María y de dejarnos resucitar por su palabra.

Y si hoy venimos con lágrimas, no tengamos vergüenza: Jesús también lloró.
Y si hoy venimos con algo muerto por dentro, no desesperemos: Jesús sigue llamando a la vida.
Y si hoy nos sentimos débiles, no olvidemos: el Espíritu del Resucitado habita en nosotros.

Que esta Eucaristía nos haga escuchar en lo más profundo del alma esa voz del Señor que nos dice:
“Sal afuera.”

Amén.

Si deseas, te la adapto ahora en versión breve de 7 a 9 minutos para predicar, o también te preparo un mensaje corto para feligreses y seguidores a partir de esta homilía.

 

23 de marzo del 2026: lunes de la quinta semana de Cuaresma

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