sábado, 12 de septiembre de 2026

13 de septiembre del 2026: vigésimocuarto domingo del tiempo ordinario-ciclo A

 

La gracia del perdón y el esfuerzo por la justicia

La llamada apremiante a la indulgencia y la exigencia expresa de justicia parecen contradictorias. Por una parte, las lecturas nos invitan a un perdón sin límites del que, sin embargo, solo Dios es plenamente capaz. Por otra, nos recuerdan que nuestros actos tienen consecuencias y que debemos responder por el mal cometido. ¿Cómo acoger ambas exigencias?

El perdón no suprime la verdad ni la responsabilidad. No le exige a la víctima negar su herida, guardar silencio o seguir expuesta a la violencia. Abre un camino para que el mal sufrido no se convierta en un odio que gobierne toda su existencia. La justicia, por su parte, protege a las personas, reconoce el daño y exige reparación; pierde su sentido cuando se convierte en venganza.

En la parábola, el servidor recibe el perdón de una deuda inmensa, pero niega a su compañero la compasión que acaba de recibir. La gracia recibida no ha transformado su mirada. Jesús nos pregunta así: ¿qué hacemos con la misericordia de Dios? ¿Dejamos que moldee nuestras relaciones?

Perdonar puede requerir tiempo, acompañamiento y nuevos comienzos. La reconciliación supone también que el otro reconozca el mal y se comprometa a cambiar. Pero ya podemos pedirle al Señor que nos libere del deseo de venganza y nos enseñe a buscar una justicia que proteja y ayude a levantarse.

En la Eucaristía acogemos a Cristo, que nos perdona y nos llama a la conversión. Que su gracia nos dé la fuerza para mantener unidas la verdad, la justicia y la misericordia.

 


Primera lectura

Eclo 27, 30 — 28, 7

Perdona la ofensa a tu prójimo y, cuando reces, tus pecados te serán perdonados

Lectura del libro del Eclesiástico.

RENCOR e ira también son detestables,
el pecador los posee.
El vengativo sufrirá la venganza del Señor,
que llevará cuenta exacta de sus pecados.
Perdona la ofensa a tu prójimo
y, cuando reces, tus pecados te serán perdonados.
Si un ser humano alimenta la ira contra otro,
¿cómo puede esperar la curación del Señor?
Si no se compadece de su semejante,
¿cómo pide perdón por sus propios pecados?
Si él, simple mortal, guarda rencor,
¿quién perdonará sus pecados?
Piensa en tu final y deja de odiar,
acuérdate de la corrupción y de la muerte
y sé fiel a los mandamientos.
Acuérdate de los mandamientos
y no guardes rencor a tu prójimo;
acuérdate de la alianza del Altísimo
y pasa por alto la ofensa.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 102, 1bc-2. 3-4. 9-10. 11-12 (R.: 8)

R. El Señor es compasivo y misericordioso,
lento a la ira y rico en clemencia.


V. Bendice, alma mía, al Señor,
y todo mi ser a su santo nombre.
Bendice, alma mía, al Señor,
y no olvides sus beneficios. 
R.

V. Él perdona todas tus culpas
y cura todas tus enfermedades;
él rescata tu vida de la fosa,
y te colma de gracia y de ternura. 
R.

V. No está siempre acusando
ni guarda rencor perpetuo;
no nos trata como merecen nuestros pecados
ni nos paga según nuestras culpas. 
R.

V. Como se levanta el cielo sobre la tierra,
se levanta su bondad sobre los que le temen;
como dista el oriente del ocaso,
así aleja de nosotros nuestros delitos. 
R.

 

Segunda lectura

Rom 14, 7-9

Ya vivamos, ya muramos, somos del Señor

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos.

HERMANOS:
Ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo.
Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; así que, ya vivamos ya muramos, somos del Señor.
Pues para esto murió y resucitó Cristo: para ser Señor de muertos y vivos.

Palabra de Dios.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Les doy un mandamiento nuevo —dice el Señor—:
que se amen unos a otros, como yo los he amado. 
R.

 

Evangelio

Mt 18, 21-35

No te digo que perdones hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, acercándose Pedro a Jesús le preguntó:
«Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?».
Jesús le contesta:
«No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.
Por esto, se parece el reino de los cielos a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus criados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así.
El criado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo:
“Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo”.
Se compadeció el señor de aquel criado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda. Pero al salir, el criado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba diciendo:
“Págame lo que me debes”.
El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba diciendo:
“Ten paciencia conmigo y te lo pagaré”.
Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía.
Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo:
“¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo rogaste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?”.
Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda.
Lo mismo hará con ustedes mi Padre celestial, si cada cual no perdona de corazón a su hermano».

Palabra del Señor.

 

 

1

 

Perdonar: dejar que la misericordia nos cambie la vida

 

Queridos hermanos:

Hay una contabilidad que casi todos sabemos llevar, aunque nunca hayamos estudiado matemáticas: la cuenta de las ofensas. Recordamos quién no nos saludó, quién habló mal de nosotros, quién nos quedó debiendo, quién estuvo ausente cuando más lo necesitábamos. A veces olvidamos dónde dejamos las llaves, pero conservamos intacta una frase que nos hirió hace veinte años.

Y cuando discutimos, abrimos el archivo: «Porque usted aquella vez…». «Porque su familia siempre…». «Porque yo todavía me acuerdo…».

Con ese corazón tan humano se acerca Pedro a Jesús: «Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?». Pedro quiere ser generoso, pero también quiere saber dónde está el límite. Hasta dónde tiene que llegar y a partir de qué momento puede decir: «¡Se acabó!».

Jesús responde: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete».

No le está poniendo una tarea de multiplicación. Le está proponiendo otra manera de vivir. Mientras sigamos contando los perdones para saber cuándo podemos empezar a odiar, todavía no hemos comprendido el corazón de Dios.

Esto no significa que perdonar sea fácil. Hay heridas que no se curan con una frase bonita ni con un consejo apresurado. Jesús conoce el dolor humano. Por eso, antes de pedirnos misericordia, nos cuenta una historia sobre la misericordia que hemos recibido.

Un servidor tiene una deuda inmensa, imposible de pagar. Suplica una prórroga, pero recibe algo mucho mayor: su señor le perdona la deuda entera. Podemos imaginar el alivio: recuperar el futuro, respirar otra vez, volver a casa sin aquella condena sobre los hombros.

Sin embargo, al salir encuentra a un compañero que le debe una cantidad mucho menor. Lo agarra por el cuello y exige que le pague. El compañero le suplica con palabras semejantes a las que él acaba de pronunciar. Pero no quiere escucharlo.

¡Qué escena tan dolorosa! Acaba de recibir una misericordia inmensa y no encuentra en sí mismo un poco de compasión.

Le perdonaron la deuda, pero él siguió viviendo como si la misericordia no hubiera ocurrido.

Aquí está una pregunta central para nosotros: ¿hemos permitido que el amor de Dios nos cambie? Porque podemos escuchar que Dios nos ama, confesarnos, comulgar y dar gracias con los labios, mientras seguimos tratando a los demás con la misma dureza.

Podemos pedirle al Señor que comprenda nuestras debilidades y negarnos a comprender las ajenas. Para nosotros solicitamos paciencia; para el otro exigimos castigo inmediato. Nuestra equivocación tiene explicaciones; la del vecino, según nosotros, demuestra que es una mala persona.

La parábola nos invita a reconocernos en ese servidor, sin escondernos detrás de los defectos de nadie.

El salmo de hoy nos ayuda a mirar de nuevo a Dios: su misericordia levanta al caído, sana y abre un porvenir. Su relación con nosotros no consiste en mantener un expediente de acusaciones siempre abierto.

¡Cuánto bien nos haría llevar esa experiencia a nuestras relaciones! Hay hogares donde una persona nunca consigue dejar atrás su error porque alguien se lo recuerda todos los días. Hay matrimonios donde cada discusión vuelve a poner sobre la mesa las heridas de muchos años. Hay comunidades donde a alguien se le sigue llamando por su peor caída, aunque esté haciendo un esfuerzo sincero por cambiar.

Dios nos conoce enteramente y sigue llamándonos a una vida nueva. ¿Por qué nos cuesta tanto permitir que el hermano también tenga un futuro?

Los comentarios que inspiran esta reflexión relacionan el perdón con la alegría. Es una intuición hermosa, siempre que la entendamos bien: quien nos salva es Cristo, y la alegría de sabernos amados puede abrirnos a una vida más misericordiosa.

No se trata de estar sonriendo todo el tiempo. Una persona que atraviesa un duelo, una depresión o una gran preocupación puede vivir muy cerca de Dios. La tristeza no es una falta de fe. Tampoco el perdón depende de sentir de inmediato una emoción agradable.

Se trata de algo más profundo: descubrir que nuestra vida no está definitivamente encerrada en nuestros pecados ni en las heridas recibidas. Dios todavía puede hacer algo nuevo en nosotros.

El servidor de la parábola recibió una nueva oportunidad, pero no permitió que esa gracia transformara su manera de mirar al compañero. La gratitud no llegó a convertirse en compasión.

Y a nosotros también nos puede pasar.

La primera lectura, tomada del Eclesiástico, nos pone ante una contradicción: pedir a Dios sanación mientras alimentamos deliberadamente el resentimiento contra otra persona. Además, nos recuerda que somos mortales.

No para asustarnos, sino para despertarnos.

La vida es demasiado breve para gastarla preparando respuestas hirientes, sosteniendo enemistades y esperando que al otro le vaya mal. A veces, frente a un ataúd, aparecen palabras que debieron decirse mucho antes: «Perdóname». «Gracias». «Te quiero». «Hablemos».

No dejemos siempre para mañana el bien que hoy podemos comenzar.

En nuestra Colombia conocemos las consecuencias de la venganza. Una agresión provoca otra; una familia transmite a sus hijos una enemistad; una comunidad termina acostumbrándose a pensar que la paz llegará cuando desaparezca el contrario.

Esa lógica también entra en la vida cotidiana: en una discusión por un lindero, en el reparto de una herencia, en las diferencias políticas, en un grupo de WhatsApp donde alguien humilla y los demás aplauden.

Ante la ofensa podemos responder agravando el daño: «Me hizo sufrir; ahora sufrirá más». Podemos quedarnos en devolver exactamente lo recibido. O podemos comenzar el camino que Jesús propone: impedir que el mal siga multiplicándose a través de nosotros.

Perdonar es renunciar a convertir mi herida en un arma contra los demás.

Pero conviene decirlo con claridad: perdonar no significa llamar bueno a lo malo, ocultar un delito o permanecer en una situación de maltrato. Se puede perdonar y denunciar; perdonar y exigir reparación; perdonar y establecer una distancia necesaria para proteger la vida.

La reconciliación requiere verdad, disposición de ambas partes y cambios reales. La confianza necesita tiempo y hechos. A quien ha sufrido gravemente no podemos imponerle una reconciliación inmediata ni reprocharle que todavía le duela.

La misericordia cristiana acompaña a la víctima y llama al responsable a convertirse. No le ofrece una excusa para seguir haciendo daño.

San Pablo nos recuerda hoy que nuestra existencia pertenece al Señor. Esto toca también nuestra manera de afrontar los conflictos. Si Cristo orienta mi vida, mi orgullo no puede decidirlo todo. Mi rabia necesita ser escuchada y encauzada, pero no tiene por qué dirigir mis pasos.

Quizá esta semana podamos comenzar con algo concreto: dejar de difundir una historia que desacredita a alguien; reconocer nuestra parte en una discusión; pedir perdón sin añadir enseguida un «pero usted también»; buscar acompañamiento para una herida que solos no sabemos afrontar.

Y si todavía no podemos dar un paso mayor, podemos empezar rezando con sinceridad: «Señor, tú sabes cuánto me duele. No quiero que este dolor se convierta en odio. Ayúdame».

Esa oración ya abre una puerta.

Al acercarnos hoy a la Eucaristía, recordemos que venimos necesitados de misericordia. Recibimos a Jesús, que en la cruz pidió perdón para sus verdugos y que resucitado ofrece paz a sus discípulos.

Que su amor no se quede a la entrada de nuestro corazón. Que llegue hasta nuestras conversaciones, nuestras familias y nuestras decisiones.

Haber sido perdonados puede convertirse en la alegría de ofrecer a otro una nueva oportunidad.

Señor Jesús,
gracias por la paciencia con que acompañas nuestra vida.
Perdona nuestra dureza
y sana las heridas que todavía nos duelen.

Danos valor para reconocer el mal,
humildad para pedir perdón
y libertad para renunciar a la venganza.

Acompaña a quienes han sido heridos,
mueve a los responsables a reparar el daño
y enséñanos a construir una paz verdadera.

Que la misericordia que recibimos en esta Eucaristía
se convierta en misericordia compartida.

Amén.

 

2

 

El perdón y la justicia en la vida Cristiana

 

Queridos hermanos:

A veces, cuando escuchamos hablar del perdón, surge una pregunta muy comprensible: «Padre, ¿entonces hay que dejar que la gente haga lo que quiera? ¿Perdonar significa que nadie responda por el daño que ha causado?». Y, desde el otro lado, alguien pregunta: «Si busco justicia, ¿será que todavía no he perdonado?».

La Palabra de este domingo nos ayuda a caminar entre esas dos inquietudes. El Señor nos llama a perdonar de corazón y, al mismo tiempo, toma muy en serio el sufrimiento de quienes han sido heridos. Su misericordia nos mueve a reconocer el mal, reparar sus consecuencias y abrir caminos de conversión.

Pedro se acerca a Jesús con una pregunta que también podría ser nuestra: «¿Cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano? ¿Hasta siete veces?». Quiere ser generoso, pero necesita saber hasta dónde. Jesús le responde: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete». No propone llevar una cuenta más larga. Nos invita a dejar de calcular cuándo tendremos derecho a vengarnos.

Para explicarlo, cuenta la historia de un servidor que debe una suma imposible de pagar. Aquel hombre pide tiempo; su señor le concede mucho más: le perdona toda la deuda. Cuando parecía no haber salida, recibe una oportunidad inmensa de comenzar de nuevo.

Sin embargo, apenas sale, encuentra a un compañero que le debe mucho menos, lo agarra por el cuello y exige el pago. Escucha una súplica semejante a la suya, pero no se conmueve. Acaba de recibir compasión y responde con crueldad. Le han cambiado el futuro, pero él no ha permitido que la misericordia le cambie el corazón.

Aquí podemos reconocernos. Le pedimos a Dios paciencia con nuestras caídas, mientras exigimos perfección a los demás. Esperamos que comprenda nuestras circunstancias, pero juzgamos al vecino por una sola equivocación. En la confesión agradecemos una nueva oportunidad; en casa seguimos recordándole al otro lo que hizo hace años. ¿Qué estamos haciendo con el perdón que recibimos?

El salmo 102 nos presenta el corazón del Padre: «El Señor es compasivo y misericordioso». Su ternura nos sostiene; su perdón nos levanta. Dios no disfruta humillándonos ni nos mantiene atados para siempre a nuestros errores. ¡Qué descanso saber que podemos volver a él! Esa confianza puede convertirse en gratitud y en una alegría serena: todavía somos amados, todavía podemos cambiar.

La alegría cristiana nace de esa gracia. No exige sonreír cuando nos duele el alma. Podemos llorar y seguir confiando en Dios. Pero quien se descubre sostenido por su misericordia empieza a comprender que también el hermano necesita una mano para levantarse. El perdón recibido está llamado a convertirse en perdón compartido.

La primera lectura, del Eclesiástico, nos confronta con una contradicción: pedir al Señor que nos cure mientras alimentamos el rencor contra otro. Además, nos recuerda que nuestra vida tiene un final. No busca asustarnos; quiere despertarnos. ¿Vale la pena gastar los años sosteniendo una enemistad? Hay familias donde una herencia divide más de lo que ayuda, hermanos que dejaron de hablarse y heridas que pasan de padres a hijos. La vida es demasiado valiosa para entregársela entera al resentimiento.

Ahora bien, hermanos, el perdón necesita ser comprendido con delicadeza, especialmente cuando hablamos de heridas graves. Perdonar no significa negar lo ocurrido, guardar silencio ante un delito ni permanecer expuesto al maltrato. Se puede perdonar y denunciar; perdonar y pedir reparación; perdonar y establecer una distancia para protegerse.

La justicia debe defender a la víctima y exigir responsabilidad a quien hizo daño. La misericordia llama al culpable a reconocer la verdad y cambiar de vida. Una petición de perdón sincera lleva consigo el propósito de reparar, en la medida de lo posible. No basta decir «perdón» para seguir haciendo exactamente lo mismo.

También conviene distinguir el perdón de la reconciliación. Podemos comenzar a renunciar a la venganza aunque el otro todavía no quiera cambiar. Pero reconstruir una relación requiere la disposición de ambas partes. La confianza vuelve con hechos y puede necesitar mucho tiempo. A quien ha sufrido no le ayudamos apresurándolo ni haciéndolo sentir culpable porque la herida todavía duele.

En Colombia conocemos el daño que deja la lógica de la revancha: «Como me hicieron sufrir, ahora tienen que sufrir ellos». Así el mal encuentra nuevos caminos para continuar. Lo vemos en la violencia, pero también en una pelea por un lindero, en las humillaciones dentro del hogar y en mensajes de redes sociales que convierten al que piensa distinto en un enemigo.

El Evangelio nos llama a interrumpir esa cadena. Buscar la paz exige proteger la vida, escuchar a las víctimas y trabajar por una justicia que no sea venganza disfrazada. Y todos podemos aportar algo: negarnos a difundir una calumnia, evitar un insulto, corregir sin humillar y no alegrarnos de la desgracia ajena. El perdón comienza a hacerse concreto en esas decisiones.

San Pablo nos ofrece en la segunda lectura el fundamento de esta manera de vivir: «Ya vivamos, ya muramos, somos del Señor». Nuestra existencia le pertenece a Cristo, muerto y resucitado por nosotros. Por eso, el orgullo no puede ser nuestro único consejero, ni la rabia nuestra dueña. Podemos preguntarnos: «Señor, si soy tuyo, ¿cómo quieres que responda a esta herida? ¿Qué paso puedo dar hoy?».

Quizá sea pedir perdón sin añadir enseguida: «Pero usted también». Tal vez sea reconocer una injusticia y devolver lo que no nos pertenece. O buscar acompañamiento para un dolor que solos no sabemos afrontar. Para alguien, el primer paso será una oración muy sencilla: «Señor, todavía me cuesta perdonar. No quiero vivir deseando el mal. Ayúdame». Dios puede trabajar con esa pequeña apertura.

El final de la parábola es severo. Nos advierte que la misericordia no es un asunto secundario. No podemos acoger sinceramente el amor del Padre y cerrar deliberadamente el corazón al hermano. Jesús nos pide un perdón que alcance nuestras decisiones, más allá de las palabras. No compramos la gracia con nuestras buenas obras; dejamos que la gracia recibida produzca frutos.

Dentro de unos momentos rezaremos el padrenuestro y nos acercaremos a la mesa de la Eucaristía. Venimos como hermanos necesitados de perdón. Recibimos a Cristo, que entregó su vida por nosotros y abrió, con su resurrección, un futuro de esperanza. Pidámosle que su amor llegue hasta nuestras heridas y transforme nuestra manera de tratar a los demás.

Señor Jesús, danos humildad para reconocer nuestras faltas y valor para reparar el daño. Acompaña a quienes sufren y libéranos del deseo de venganza. Que tu misericordia nos enseñe a perdonar, a buscar una justicia que proteja la vida y a construir paz desde nuestra propia casa. Amén.

viernes, 11 de septiembre de 2026

12 de septiembre del 2026: sábado de la vigésima tercera semana del tiempo ordinario II- El Santísimo Nombre de María-Memoria opcional

 

Memoria de hoy:

El Santísimo Nombre de María

El nombre de María nos recuerda una presencia maternal que acompaña nuestra fe y nos conduce a Jesús. Al celebrar hoy su santísimo nombre, contemplamos a la mujer que acogió la Palabra y la hizo vida. Con ella, dispongamos el corazón para esta Eucaristía: que nuestra alabanza se vuelva gratitud, nuestra escucha dé frutos de amor y nuestra confianza permanezca firme en el Señor.

 

 

Poner en práctica la Palabra

¿Qué es un cristiano practicante? Alguien que va a misa los domingos, nos sentimos tentados a responder espontáneamente. Es verdad, pero eso no es exactamente todo lo que nos dice Jesús en el Evangelio. Para él, escuchar su Palabra y llamarlo «Señor» exige un paso más: llevar a la vida lo que hemos escuchado y profesado. La fe arraiga en nosotros cuando se convierte en decisiones, gestos y actitudes.

Participar en la Eucaristía es esencial: allí Cristo nos reúne, nos alimenta y nos envía. Pero la celebración debe prolongarse en nuestra manera de tratar a los demás, de trabajar, de afrontar los conflictos y de atender a quienes sufren. No tendría sentido recibir al Señor y cerrar después el corazón al hermano.

Jesús compara a quien escucha y practica su Palabra con un hombre que construye su casa sobre roca. Esa solidez no lo libra de las crecidas del río, pero le permite resistir. También el creyente atraviesa pérdidas, dudas y dificultades; su apoyo es la relación con Cristo, cultivada en la oración y vivida en el amor.

Ser cristiano practicante es dejar que la Palabra se vuelva vida. No significa ser perfecto, sino aceptar que el Señor nos transforme, reconocer nuestras incoherencias y volver a empezar. El fruto revela la calidad del árbol; nuestras obras muestran hasta dónde ha penetrado el Evangelio en nuestro corazón.

¿Qué palabra de Jesús puedo poner en práctica hoy? Tal vez una reconciliación pendiente, una ayuda concreta o una conversación en la que necesite escuchar con más paciencia.

Señor Jesús, que no me conforme con escucharte y llamarte Señor. Dame un corazón dócil para cumplir tu Palabra y construir sobre ti mi vida. Que lo que celebro en la Eucaristía se haga visible en el amor de cada día. Amén.

 


Primera lectura

1 Cor 10, 14-22

Nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo, pues todos comemos del mismo pan

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios.

QUERIDOS hermanos, huyan de la idolatría. Les hablo como a personas sensatas; juzguen ustedes lo que digo.
El cáliz de la bendición que bendecimos, ¿no es comunión de la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión
del cuerpo de Cristo?
Porque el pan es uno, nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo, pues todos comemos del mismo pan. Consideren al Israel según la carne: ¿los que comen de las víctimas no se unen al altar?
¿Qué quiero decir? ¿Que las víctimas sacrificadas a los ídolos son algo o que los ídolos son algo? No, sino que los gentiles ofrecen sus sacrificios a los demonios, no a Dios; y no quiero que se unan a los demonios. No pueden beber del cáliz del Señor y del cáliz de los demonios. No pueden participar de la mesa del Señor y de la mesa de los demonios. ¿O vamos a provocar los celos del Señor? ¿Acaso somos más fuertes que él?

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 115, 12-13. 17-18 (R.: 17a)

R. Te ofreceré, Señor, un sacrificio de alabanza.

V. ¿Cómo pagaré al Señor
todo el bien que me ha hecho?
Alzaré la copa de la salvación,
invocando el nombre del Señor. 
R.

V. Te ofreceré un sacrificio de alabanza,
invocando el nombre del Señor.
Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo.
 R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. El que me ama guardará mi palabra —dice el Señor—,
y mi Padre lo amará, y vendremos a él. 
R.

 

Evangelio

Lc 6, 43-49

¿Por qué me llaman «Señor, Señor», y no hacen lo que digo?

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

EN aquel tiempo, decía Jesús a sus discípulos:
«No hay árbol bueno que dé fruto malo, ni árbol malo que dé fruto bueno; por ello, cada árbol se conoce por su fruto; porque no se recogen higos de las zarzas, ni se vendimian racimos de los espinos.
El hombre bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien, y el que es malo, de la maldad saca el mal; porque de lo que rebosa el corazón habla la boca.
¿Por qué me llaman “Señor, Señor”, y no hacen lo que digo?
Todo el que viene a mí, escucha mis palabras y las pone en práctica, les voy a decir a quién se parece: se parece a uno que edificó una casa: cavó, ahondó y puso los cimientos sobre roca; vino una crecida, arremetió el río contra aquella casa, y no pudo derribarla, porque estaba sólidamente construida.
El que escucha y no pone en práctica se parece a uno que edificó una casa sobre tierra, sin cimiento; arremetió contra ella el río, y enseguida se derrumbó desplomándose, y fue grande la ruina de aquella casa».

Palabra del Señor.

 

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Con María, escuchar la Palabra y hacerla vida

 

Queridos hermanos:

Si nos preguntaran qué significa ser un cristiano practicante, probablemente responderíamos: alguien que va a misa, recibe los sacramentos y reza. Y estaríamos diciendo algo verdadero y muy valioso. Sin embargo, el Evangelio de hoy nos invita a profundizar: ¿qué sucede con nuestra fe cuando salimos del templo? ¿Cómo se refleja lo que celebramos en nuestras conversaciones, en nuestras decisiones y en la manera de tratar a quienes viven con nosotros?

Jesús quiere que la Palabra escuchada llegue hasta las manos, hasta los labios, hasta nuestras relaciones. La fe que celebramos está llamada a convertirse en la vida que compartimos.

Hoy contemplamos esta unidad entre escuchar y vivir en la Virgen María, cuyo santísimo nombre recordamos con cariño y gratitud. En ella encontramos un corazón que acogió la Palabra y una existencia enteramente disponible para cumplirla.

San Pablo, en la primera lectura, comienza con una exhortación fuerte: apartarse de la idolatría. Sus palabras se dirigen a una comunidad que debía comprender las consecuencias de pertenecer a Cristo. Participar de su mesa implica una comunión verdadera con él y con los hermanos.

Un ídolo puede ser aquello a lo que terminamos entregándole la conciencia: el dinero cuando justifica una injusticia, el poder cuando nos lleva a humillar, el orgullo cuando nos impide pedir perdón, o el resentimiento cuando dirige nuestras decisiones. También el placer puede convertirse en un ídolo cuando, por satisfacerlo, justificamos lo inmoral y dejamos de respetar nuestra dignidad y la de los demás. Así sucede cuando alimentamos el deseo sexual desordenado con la pornografía, reducimos a una persona a un objeto de consumo o buscamos nuestra satisfacción a costa de la fidelidad y del amor verdadero. La sexualidad es un don de Dios que estamos llamados a integrar en un amor responsable y respetuoso. Por eso, el Señor nos invita a revisar lo que miramos, lo que deseamos y lo que alimentamos en secreto. Su misericordia nos ofrece la posibilidad de recuperar la libertad, pedir ayuda cuando la necesitamos y aprender a amar con un corazón limpio.

Podemos pronunciar el nombre de Dios y, sin darnos cuenta, dejar que otras cosas gobiernen el corazón. Por eso, la advertencia de san Pablo nos invita a revisar nuestras lealtades: ¿a quién escuchamos cuando debemos decidir entre lo conveniente y lo justo?

El apóstol vincula esta llamada a la fidelidad con la Eucaristía. Compartir el único pan nos compromete a vivir como un solo cuerpo. ¡Qué exigencia tan hermosa para nuestras comunidades! Ante el altar llegamos con historias, temperamentos y situaciones diferentes, pero Cristo nos reúne y nos hace hermanos.

Comulgar con Cristo nos compromete con las heridas de su cuerpo, que también están presentes en nuestros hermanos. Pensemos en el enfermo que espera una visita, en el anciano que necesita ser escuchado, en la familia que atraviesa una dificultad, en aquella persona con quien hemos dejado de hablar. La comunión recibida nos da fuerza para acercarnos.

El salmo nos ayuda a responder desde la gratitud: ¿cómo corresponder a todo el bien recibido del Señor? El salmista alza la copa de la salvación, invoca a Dios y expresa su voluntad de cumplir sus promesas ante la comunidad.

También nosotros tenemos mucho que agradecer, aun cuando atravesamos momentos difíciles. Hemos recibido la vida, la fe, la ayuda de tantas personas y oportunidades para comenzar de nuevo. A veces una preocupación ocupa tanto espacio que nos impide reconocer los dones que siguen sosteniéndonos.

La gratitud abre los ojos y transforma la conducta. Quien reconoce cuánto ha recibido aprende a compartir; quien recuerda que ha sido perdonado encuentra motivos para perdonar. Nuestra alabanza se hace concreta cuando ofrecemos al Señor un trabajo honrado, una palabra paciente, un servicio discreto y una reconciliación sincera.

En el Evangelio, Jesús nos lleva precisamente a esa concreción. Habla del árbol y sus frutos. No basta con la apariencia de unas ramas hermosas: el fruto manifiesta lo que el árbol está produciendo. Así sucede con nuestra vida espiritual.

¿Qué frutos está dando nuestra oración? ¿Nos ayuda a escuchar mejor? ¿Nos vuelve más compasivos? ¿Nos hace más responsables y honestos? No se trata de exigirnos una perfección inmediata, sino de reconocer si estamos permitiendo que la gracia nos transforme.

Jesús también relaciona nuestras palabras con lo que guardamos dentro. Vale la pena examinar cómo hablamos en casa, cómo nos referimos a quien piensa diferente y qué compartimos en las redes sociales. Una lengua acostumbrada a herir necesita algo más que silencio: necesita un corazón sanado por Dios.

Pidamos al Señor que entre en nuestras heridas, que nos ayude a comprender nuestros resentimientos y que purifique nuestra mirada. Cuando el corazón recibe misericordia y aprende a ofrecerla, también cambia nuestra manera de hablar.

Finalmente, Jesús presenta la imagen de una casa bien cimentada. El constructor cava hondo hasta encontrar la roca. Ese esfuerzo permanece oculto, pero sostiene toda la vivienda.

También hay un trabajo interior que nadie aplaude: reconocer un error, perseverar en la oración, renunciar a una venganza, cumplir una responsabilidad cuando estamos cansados, buscar ayuda para cambiar una conducta que hace daño. Allí vamos cimentando nuestra vida sobre Cristo.

La casa firme también recibe el golpe del río. La fe no nos evita todas las enfermedades, los duelos ni las preocupaciones. Pero nos permite atravesarlos sostenidos por el Señor y acompañados por la comunidad. Y cuando sentimos que nuestras fuerzas no alcanzan, podemos dejarnos sostener por la oración y la caridad de otros.

Hoy miramos a María. Su nombre nos recuerda a una persona concreta que confió en Dios, se puso en camino para servir y permaneció fiel junto a la cruz. Ella conoció la incertidumbre y el sufrimiento. Su confianza creció en medio de una vida real, con tareas, preguntas y decisiones.

Honrar su santo nombre es acudir con confianza a su intercesión y aprender de su manera de seguir a Jesús. Cada avemaría puede ayudarnos a renovar nuestra disponibilidad: «Señor, aquí estoy; enséñame a vivir tu voluntad».

Hermanos, llevemos hoy una decisión concreta a nuestra vida: una llamada que hemos aplazado, una disculpa necesaria, una visita, una ayuda o un compromiso que debemos cumplir. Que la Palabra encuentre en nosotros un lugar donde dar fruto.

María, mujer de la escucha y de la fidelidad, acompáñanos. Enséñanos a agradecer los dones de Dios, a vivir la comunión que celebramos y a construir nuestra vida sobre tu Hijo. Que al pronunciar tu dulce nombre recordemos tu amor de madre y aprendamos a responder, como tú, con una vida disponible para el Señor. Amén.

 

jueves, 10 de septiembre de 2026

11 de septiembre del 2026: viernes de la vigésima tercera semana del tiempo ordinario II

 

El Evangelio corrosivo

«¡Hipócrita!», exclama hoy Jesús, aparentemente poco preocupado por suavizar sus palabras. El Evangelio no actúa siempre como un bálsamo que alivia; con frecuencia se presenta como una sustancia corrosiva. Frente a nuestra facilidad para descubrir los defectos ajenos y justificar los propios, Jesús nos invita a mirar con sinceridad nuestro corazón. ¿Cómo pretendemos sacar la mota del ojo del hermano si una viga oscurece nuestra mirada? Antes de corregir a los demás, necesitamos dejarnos corregir por la Palabra.

La fuerza de este Evangelio busca desprender de nosotros las capas de orgullo, apariencia y autosuficiencia que impiden amar. Como un producto que elimina el óxido para recuperar lo que hay debajo, la palabra de Jesús pone al descubierto aquello que desfigura nuestra condición de hermanos. A veces escuece, porque toca precisamente lo que preferimos mantener oculto.

Jesús no prohíbe la corrección fraterna: nos enseña a ejercerla desde la humildad. Quien reconoce sus propias heridas puede acercarse con mayor delicadeza a las del prójimo. Quien se sabe necesitado de misericordia aprende a corregir sin humillar y a orientar sin creerse superior.

Hoy, antes de señalar una falta ajena, pidamos al Señor que ilumine nuestra propia mirada. La conversión comienza cuando dejamos de utilizar el Evangelio para juzgar a otros y permitimos que cuestione nuestra vida.

Señor Jesús, limpia nuestros ojos de orgullo y nuestro corazón de hipocresía. Danos humildad para reconocer nuestros errores y caridad para ayudar a nuestros hermanos. Amén.

 


Primera lectura

1 Cor 9, 16-19. 22b-27

Me he hecho todo para todos, para ganar a algunos

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios.

HERMANOS:
El hecho de predicar no es para mí motivo de orgullo.
No tengo más remedio y, ¡ay de mí si no anuncio el Evangelio!
Si yo lo hiciera por mi propio gusto, eso mismo sería mi paga.
Pero, si lo hago a pesar mío, es que me han encargado este oficio.
Entonces, ¿cuál es la paga? Precisamente dar a conocer el Evangelio, anunciándolo de balde, sin usar el derecho que me da la predicación del Evangelio.
Porque, siendo libre como soy, me he hecho esclavo de todos para ganar a los más posibles.
Me he hecho todo para todos, para ganar, sea como sea, a algunos.
Y todo lo hago por causa del Evangelio, para participar yo también de sus bienes.
¿No saben que en el estadio todos los corredores cubren la carrera, aunque uno solo se lleva el premio? Pues corran así: para ganar.
Pero un atleta se impone toda clase de privaciones; ellos para ganar una corona que se marchita; nosotros, en cambio, una que no se marchita.
Por eso corro yo, pero no al azar; lucho, pero no contra el aire; sino que golpeo mi cuerpo y lo someto, no sea que, habiendo predicado a otros, quede yo descalificado.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 83, 3. 4. 5-6. 12 (R.: 2)

R. ¡Qué deseables son tus moradas,
Señor del universo!


V. Mi alma se consume y anhela
los atrios del Señor,
mi corazón y mi carne
se alegran por el Dios vivo.
R.

V. Hasta el gorrión ha encontrado una casa;
la golondrina, un nido
donde colocar sus polluelos:
tus altares, Señor del universo,
Rey mío y Dios mío.
R.

V. Dichosos los que viven en tu casa,
alabándote siempre.
Dichoso el que encuentra en ti su fuerza
y tiene tus caminos en su corazón.
R.

V. Porque el Señor Dios es sol y escudo,
el Señor da la gracia y la gloria;
y no niega sus bienes
a los de conducta intachable.
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Tu palabra, Señor, es verdad; santifícanos en la verdad. R.

 

Evangelio

Lc 6, 39-42

¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego?

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a los discípulos una parábola:
«¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo?
No está el discípulo sobre su maestro, si bien, cuando termine su aprendizaje, será como su maestro.
¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: “Hermano, déjame que te saque la mota del ojo”, sin fijarte en la viga que llevas en el tuyo? ¡Hipócrita! Sácate primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la mota del ojo de tu hermano».

Palabra del Señor.


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Dejarnos corregir para aprender a amar



Hermanos y hermanas:

Hay palabras de Jesús que nos consuelan apenas las escuchamos. Otras nos incomodan, porque descubren algo que preferiríamos no reconocer. Hoy el Señor pronuncia una palabra fuerte: «¡Hipócrita!». Conviene escucharla sin pensar inmediatamente en quién más debería oírla. Esta palabra está dirigida a los discípulos; por tanto, también a nosotros.

En ocasiones esperamos que el Evangelio sea únicamente un bálsamo para nuestras heridas. Pero la Palabra también limpia, remueve y cuestiona. Podemos compararla con una sustancia que desprende el óxido: su fuerza permite recuperar lo que estaba deteriorado. Así actúa Jesús cuando pone al descubierto nuestras contradicciones. Nos ama demasiado como para dejarnos encerrados en ellas.

La imagen de la viga y la mota nos invita a revisar nuestra manera de mirar. ¡Cuánto nos cuesta reconocer en nosotros lo que descubrimos fácilmente en los demás! Si otra persona responde mal, decimos que es insoportable; si respondemos mal nosotros, explicamos que estamos cansados. Para nuestras equivocaciones encontramos motivos; para las ajenas, muchas veces solo tenemos sentencias.

Esto sucede en el hogar, en el trabajo, en nuestras comunidades y también entre quienes servimos a la Iglesia. Podemos hablar de fraternidad y alimentar comentarios que dividen; pedir comprensión y escuchar poco; anunciar la misericordia y tratar con dureza a quien se equivoca.

Por eso, antes de preguntarnos a quién debemos corregir, hoy podemos preguntarnos: ¿qué necesita corregir el Señor en mí? Quizá una palabra hiriente, un resentimiento cultivado, la costumbre de sospechar, la necesidad de tener siempre la razón o la indiferencia ante el dolor de alguien cercano.

San Pablo, en la primera lectura, nos ofrece un ejemplo de esta revisión interior. Ha entregado su vida al anuncio del Evangelio, pero sabe que también él necesita disciplina y conversión. Utiliza la imagen del atleta que se prepara y persevera. Le preocupa que su propia vida desmienta lo que anuncia.

Es una llamada especialmente exigente para quienes predicamos, educamos, orientamos o tenemos personas a nuestro cuidado. La misión no nos coloca por encima del Evangelio. Somos los primeros que necesitamos escucharlo y dejarnos transformar por él. Un padre de familia enseña a pedir perdón cuando reconoce su falta; un catequista anuncia la paciencia cuando escucha; un sacerdote predica la misericordia también con la manera como recibe a las personas.

Este viernes, nuestra intención penitencial empieza precisamente ahí: en presentarnos ante Dios sin excusas. Pedir perdón supone poner nombre al mal que hemos hecho y al bien que hemos dejado de hacer. Nos invita a acercarnos al sacramento de la Reconciliación y a reparar, en cuanto sea posible, aquello que nuestras acciones hayan dañado.

La penitencia puede tomar hoy una forma muy concreta: frenar un comentario que perjudica, reconocer una injusticia, pedir perdón sin añadir una justificación o dedicar tiempo a alguien que hemos descuidado. También el ayuno cobra sentido cuando educa nuestro corazón para compartir y amar mejor.

El salmo 83 nos ayuda a vivir esta conversión con confianza. Nos presenta el deseo de habitar junto al Señor y la imagen de las aves que encuentran allí un lugar para su nido. Podemos contemplar en esa imagen nuestra propia necesidad de acogida: también nosotros llegamos cansados, frágiles, buscando dónde descansar el corazón.

Dios nos ofrece esa cercanía. Ante él podemos reconocer nuestra pobreza sin desesperarnos. Su presencia nos sostiene para comenzar de nuevo. La oración nos permite abandonar las apariencias y decir sencillamente: «Señor, aquí estoy; necesito tu perdón, necesito tu fuerza».

Desde esa confianza, hoy presentamos especialmente a quienes sufren en el alma y en el cuerpo. Pensamos en los enfermos, en quienes soportan dolores persistentes, en quienes esperan un diagnóstico y en quienes acompañan día y noche a un ser querido. Recordamos también a quienes viven un duelo, sienten soledad, padecen angustia o llevan una tristeza que los demás apenas perciben.

El Evangelio nos pide revisar cómo los miramos. A veces juzgamos una reacción sin conocer el sufrimiento que hay detrás. Alguien que parece distante puede estar agotado; alguien que guarda silencio quizá no encuentra cómo expresar su dolor. No conocemos por completo la carga de nuestros hermanos.

Por eso necesitamos una mirada humilde, capaz de preguntar y escuchar. Evitemos añadir al sufrimiento el peso de nuestros juicios. Una visita, una llamada, una ayuda concreta o una presencia silenciosa pueden hacer sentir a una persona que sigue siendo amada y que su vida importa.

Jesús nos enseña a corregir desde esa misma caridad. Reconocer nuestras faltas nos prepara para ayudar al hermano con delicadeza. El ojo es una parte sensible del cuerpo: acercarse a él exige cuidado. ¡Cuánto más cuidado necesitamos para acercarnos a la conciencia y a las heridas de una persona!

Al celebrar esta Eucaristía, dejemos que la Palabra examine nuestra vida. Pidamos la gracia de salir de aquí con menos dureza para juzgar, mayor sinceridad para arrepentirnos y más disponibilidad para acompañar.

Señor Jesús, perdona nuestros pecados y las veces que hemos herido con nuestras palabras, acciones y omisiones. Libera nuestra mirada del orgullo. Danos valor para reconocer nuestras faltas y reparar el daño causado.

Mira con ternura a quienes sufren en el alma y en el cuerpo. Concédeles alivio, fortaleza y compañía; sostén también a quienes los cuidan. Haz de nuestra comunidad un hogar donde encuentren escucha, consuelo y esperanza.

Amén.

 

miércoles, 9 de septiembre de 2026

10 de septiembre del 2026: jueves de la vigésima tercera semana del tiempo ordinario II

 

Hacer el bien hace bien

Jesús nos invita a hacer el bien incluso cuando no recibimos agradecimiento, cuando nos sentimos incomprendidos o cuando alguien nos ha herido. Amar a quienes nos aman resulta más fácil; amar sin esperar recompensa nos introduce en la manera de amar de Dios.

No se trata de justificar la injusticia ni de permitir que nos maltraten, sino de impedir que el mal gobierne nuestro corazón. Podemos defender la verdad, establecer límites y, al mismo tiempo, renunciar a la venganza y orar por quien nos ha hecho daño.

Si hoy parece que nada puede cambiar, comienza por un gesto sencillo: escucha con paciencia, ayuda a quien lo necesita, ofrece una palabra de ánimo. No todo se resolverá de inmediato, pero estarás abriendo un espacio a la misericordia del Padre.

Hacer el bien hace bien: alivia la vida del prójimo y transforma nuestro propio corazón.

Señor, enséñanos a amar con tu libertad y a ser misericordiosos como nuestro Padre es misericordioso.



Primera lectura

1 Cor 8, 1b-7. 11-13

Turbando la conciencia insegura de los hermanos, pecan contra Cristo

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios.

HERMANOS:
El conocimiento engríe, mientras que el amor edifica.
Si alguno cree conocer algo, eso significa que aún no conoce como es debido. Si alguno ama a Dios, ese tal es conocido por él.
Sobre el hecho de comer lo sacrificado a los ídolos, sabemos que en el mundo un ídolo no es nada y que no hay más Dios que uno; pues aunque están los que son dioses en el cielo y en la tierra, de manera que resultan numerosos los dioses y numerosos los señores, para nosotros no hay más que un Dios, el Padre, de quien procede todo y para el cual somos nosotros, y un solo Señor, Jesucristo, por quien existe todo y nosotros por medio de él.
Sin embargo, no todos tienen este conocimiento: algunos, acostumbrados a la idolatría hasta hace poco, comen pensando que la carne está consagrada al ídolo, y como su conciencia está insegura, se mancha.
Así por tu conocimiento se pierde el inseguro, un hermano por quien Cristo murió. Al pecar de esa manera contra los hermanos, turbando su conciencia insegura, pecan contra Cristo. Por eso, si por una cuestión de alimentos peligra un hermano mío, nunca volveré a comer carne, para no ponerlo en peligro.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 138, 1b-3. 13-14ab. 23-24 (R.: 24b)

R. Guíame, Señor, por el camino eterno.

V. Señor, tú me sondeas y me conoces.
Me conoces cuando me siento o me levanto,
de lejos penetras mis pensamientos;
distingues mi camino y mi descanso,
todas mis sendas te son familiares. 
R.

V. Tú has creado mis entrañas,
me has tejido en el seno materno.
Te doy gracias porque me has plasmado portentosamente,
porque son admirables tus obras. 
R.

V. Sondéame, oh, Dios, y conoce mi corazón,
ponme a prueba y conoce mis sentimientos,
mira si mi camino se desvía,
guíame por el camino eterno. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros
y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud.
 R.

 

Evangelio

Lc 6, 27-38

Sean misericordiosos como su Padre es misericordioso

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«A ustedes los que me escuchan les digo: amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian, bendigan a los que los maldicen, oren por los que los calumnian.
Al que te pegue en una mejilla, preséntale la otra; al que te quite la capa, no le impidas que tome también la túnica. A quien te pide, dale; al que se lleve lo tuyo, no se lo reclames.
Traten a los demás como quieren que ellos los traten. Pues, si aman a los que los aman, ¿qué mérito tienen? También los pecadores aman a los que los aman. Y si hacen bien solo a los que les hacen bien, ¿qué mérito tienen? También los pecadores hacen lo mismo.
Y si prestan a aquellos de los que esperan cobrar, ¿qué mérito tienen? También los pecadores prestan a otros pecadores, con intención de cobrárselo.
Por el contrario, amen a sus enemigos, hagan el bien y presten sin esperar nada; será grande su recompensa y serán hijos del Altísimo, porque él es bueno con los malvados y desagradecidos.
Sean misericordiosos como su Padre es misericordioso; no juzguen, y no serán juzgados; no condenen, y no serán condenados; perdonen, y serán perdonados; den, y se les dará: les verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante, pues con la medida con que midieran se les medirá a ustedes».

Palabra del Señor.

 

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Hacer el bien, también cuando cuesta

 

Queridos hermanos:

Hay momentos en los que nos cansamos de hacer el bien. Ayudamos y no recibimos agradecimiento; procuramos acercarnos a alguien y encontramos indiferencia; ofrecemos amistad y recibimos una herida. Entonces aparece una tentación muy humana: «¿Para qué seguir? Que cada uno se las arregle como pueda».

Precisamente allí nos alcanza el Evangelio de hoy. Jesús nos invita a no dejar que la conducta de los demás determine la calidad de nuestro amor. Podemos estar heridos sin convertirnos en personas que hieren. Podemos sentir decepción sin renunciar a la bondad. Con la gracia de Dios, siempre es posible dar un paso que interrumpa la cadena del resentimiento.

Hacer el bien hace bien, aunque no siempre produzca satisfacción inmediata ni resuelva todos los problemas. Hace bien porque abre espacio a Dios en nuestra vida y evita que el rencor se adueñe de ella.

La primera lectura nos ayuda a entender cómo se concreta ese amor. En Corinto había una discusión sobre los alimentos que habían sido ofrecidos a los ídolos. Algunos cristianos tenían muy claras sus convicciones, pero no todos comprendían las cosas del mismo modo. Pablo les pide que tengan en cuenta la conciencia del hermano y las consecuencias de su comportamiento.

Esta enseñanza sigue siendo muy actual. Podemos conocer mucho de religión y tener poca delicadeza con las personas. Podemos defender una idea correcta con palabras que humillan. Incluso podemos ganar una discusión y dejar al otro más lejos de la comunidad.

Por eso, antes de hablar o actuar, conviene preguntarnos: ¿Esto que voy a decir ayuda a crecer? ¿Mi manera de corregir permite que el otro se levante? ¿Estoy cuidando a la persona que Dios ha puesto a mi lado?

También nosotros, quienes tenemos responsabilidades pastorales, necesitamos hacernos estas preguntas. El conocimiento y la formación son necesarios; precisamente por eso deben ponerse al servicio de una fe que acompaña, comprende y ayuda a madurar.

El salmo nos lleva entonces a la oración. Ante el Señor, que conoce nuestra intimidad y nos ha formado desde el seno materno, podemos dejar de justificarnos. Él ve las heridas que cargamos, pero también las excusas con las que a veces evitamos cambiar.

Podemos decirle: «Señor, entra en esos rincones de mi corazón donde todavía guardo resentimiento. Ayúdame a reconocer si estoy tratando con dureza a alguien. Muéstrame el camino por el que debo andar».

¡Cuánto necesitamos esta oración! Resulta fácil examinar la conducta ajena y mucho más difícil permitir que Dios examine la nuestra. La conversión comienza cuando dejamos de señalar únicamente hacia afuera y nos atrevemos a poner nuestra propia vida bajo su mirada.

Desde esa confianza podemos escuchar la exigencia del Evangelio: amar también a quien nos resulta difícil, responder con bondad y aprender a perdonar. Jesús nos conduce hacia un amor cuya fuente es la misericordia del Padre.

Esto no significa justificar la violencia, callar ante una injusticia o permanecer expuestos al maltrato. Buscar protección, establecer límites y exigir justicia puede ser necesario. Pero incluso entonces estamos llamados a no alimentar el odio ni desear la destrucción del otro. Podemos rechazar con firmeza sus acciones y pedir a Dios que transforme su corazón.

Quizá hoy todavía no podamos acercarnos a quien nos ha herido. Podemos comenzar por una oración sincera, aunque sea breve: «Señor, tú conoces lo sucedido. Sana mi dolor y conduce a esa persona hacia el bien». A veces ese es el primer paso posible, y Dios sabe cuánto cuesta.

Hoy oramos especialmente por la obra evangelizadora de la Iglesia y por las vocaciones. Esta intención está profundamente unida a las lecturas. ¿Cómo anunciaremos al Dios de la misericordia si nuestras comunidades están dominadas por la rivalidad, los comentarios hirientes o la indiferencia?

La evangelización necesita nuestra palabra, nuestra preparación y nuestros medios de comunicación. Y necesita que quien se acerque encuentre personas capaces de escuchar, acoger y servir. Un catequista paciente, un sacerdote disponible, una religiosa cercana, un joven que acompaña a otro pueden ayudar a descubrir la presencia de Cristo.

Pidamos por los misioneros que trabajan lejos de su tierra; por quienes anuncian el Evangelio en lugares difíciles; por los catequistas y agentes de pastoral que sirven sin reconocimiento; por quienes evangelizan mediante la radio y las redes sociales. Que el cansancio no les quite la alegría y que las dificultades no endurezcan su corazón.

Oremos también para que surjan vocaciones al sacerdocio, a la vida consagrada y a la misión. Que nuestros jóvenes encuentren libertad y acompañamiento para preguntarse: «Señor, ¿qué quieres de mi vida? ¿Dónde me llamas a amar y a servir?».

Y recordemos que las vocaciones necesitan comunidades que las cuiden. Nuestro modo de vivir la fe puede ayudar a alguien a escuchar la llamada de Dios. Una comunidad fraterna, que ora y sirve con alegría, ofrece un terreno donde esa respuesta puede crecer.

Al acercarnos a la Eucaristía, recibimos a Jesús, que se entrega por nosotros. No venimos solamente a escuchar una enseñanza exigente; venimos a recibir la fuerza para vivirla. Él conoce nuestra pobreza y puede ensanchar nuestra capacidad de amar.

Llevémonos hoy un propósito concreto: hacer un bien que venimos aplazando. Escuchar a alguien, ofrecer una ayuda, detener un comentario hiriente o rezar por una persona con la que tenemos dificultades. Un gesto pequeño puede ser el comienzo de una reconciliación.

Señor Jesús, forma en nosotros un corazón misericordioso. Sostén la obra evangelizadora de tu Iglesia y fortalece a quienes han consagrado su vida al anuncio de tu Palabra. Llama a muchos jóvenes a seguirte y danos comunidades capaces de acompañarlos. Que, aun cuando estemos cansados o heridos, no dejemos de sembrar el bien. Amén.

 

 

13 de septiembre del 2026: vigésimocuarto domingo del tiempo ordinario-ciclo A

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