miércoles, 6 de mayo de 2026

7 de mayo del 2026: jueves de la 5a semana de Pascua

 

El nuevo decálogo

(Juan 15, 9-11) Jesús continúa desplegando su nuevo decálogo: permanecer en el amor, guardar sus mandamientos.

Es una llamada a habitar el lugar originario donde Dios quiso establecer a la humanidad desde el comienzo y custodiarlo.

Permanecer, mantenerse firmes, enraizados en el amor de Dios. Guardar en el corazón y recoger por la noche el maná del día vivido, para que, olvidando las murmuraciones, podamos establecernos en la alegría de Cristo.

Permanezcan y guarden.

Colette Hamza, xavière

 


Primera lectura

Hch 15, 7-21
A mi parecer, no hay que molestar a los gentiles que se convierten a Dios

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.

EN aquellos días, después de una larga discusión, se levantó Pedro y dijo a los apóstoles y a los presbíteros:
«Hermanos, ustedes saben que, desde los primeros días, Dios me escogió entre ustedes para que los gentiles oyeran de mi boca la palabra del Evangelio, y creyeran. Y Dios, que penetra los corazones, ha dado testimonio a favor de ellos dándoles el Espíritu Santo igual que a nosotros. No hizo distinción entre ellos y nosotros, pues ha purificado sus corazones con la fe. ¿Por qué, pues, ahora intentan tentar a Dios, queriendo poner sobre el cuello de esos discípulos un yugo que ni nosotros ni nuestros padres hemos podido soportar? No; creemos que lo mismo ellos que nosotros nos salvamos por la gracia del Señor Jesús».
Toda la asamblea hizo silencio para escuchar a Bernabé y Pablo, que les contaron los signos y prodigios que Dios había hecho por medio de ellos entre los gentiles. Cuando terminaron de hablar, Santiago tomó la palabra y dijo:
«Escúchenme, hermanos: Simón ha contado cómo Dios por primera vez se ha dignado escoger para su nombre un pueblo de entre los gentiles. Con esto concuerdan las palabras de los profetas, como está escrito:
“Después de esto volveré
y levantaré de nuevo la choza caída de David;
levantaré sus ruinas y la pondré en pie,
para que los demás hombres busquen al Señor,
y todos los gentiles sobre los que ha sido invocado
mi nombre:
lo dice el Señor, el que hace que esto sea conocido desde
antiguo”.
Por eso, a mi parecer, no hay que molestar a los gentiles que se convierten a Dios; basta escribirles que se abstengan de la contaminación de los ídolos, de las uniones ilegítimas, de animales estrangulados y de la sangre. Porque desde tiempos antiguos Moisés tiene en cada ciudad quienes lo predican, ya que es leído cada sábado en las sinagogas».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 95, 1-2a. 2b-3. 10 (R.: cf. 3)

R. Cuenten las maravillas del Señor a todas las naciones.

O bien:

R. Aleluya.

V. Canten al Señor un cántico nuevo,
canten al Señor, toda la tierra;
canten al Señor, bendigan su nombre. 
R.

V. Proclamen día tras día su victoria.
Cuenten a los pueblos su gloria,
sus maravillas a todas las naciones.
 R.

V. Digan a los pueblos: «El Señor es rey:
él afianzó el orbe, y no se moverá;
él gobierna a los pueblos rectamente». 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Mis ovejas escuchan mi voz —dice el Señor—, y yo las conozco, y ellas me siguen. R.

 

Evangelio

Jn 15, 9-11

Permanezcan en mi amor para que su alegría llegue a plenitud

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Como el Padre me ha amado, así los he amado yo; permanezcan en mi amor.
Si guardan mis mandamientos, permanecerán en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.
Les he hablado de esto para que mi alegría esté en ustedes, y su alegría llegue a plenitud».

Palabra del Señor.

 

1

 

Queridos hermanos:

El Evangelio de hoy es breve, pero tiene una profundidad inmensa. Jesús dice a sus discípulos: “Como el Padre me ha amado, así los he amado yo; permanezcan en mi amor”. No les dice simplemente: “acuérdense de mí”, “hablen de mí” o “trabajen por mí”. Les dice algo más hondo: permanezcan.

Permanecer es una palabra muy pascual. Después de la Resurrección, los discípulos tuvieron que aprender a vivir de una presencia que ya no se podía poseer como antes, pero que tampoco había desaparecido. Cristo resucitado sigue presente, pero hay que aprender a habitar en Él. Permanecer en su amor es hacer de Cristo nuestra casa, nuestra raíz, nuestro centro, nuestro aire interior.

Al comentar este evangelio, alguien habla de un “nuevo decálogo”. No se trata de una lista fría de normas, sino de una ley nueva escrita en el corazón. Jesús resume el camino del discípulo en dos verbos: permanecer y guardar. Permanecer en el amor y guardar sus mandamientos.

Pero aquí hay algo muy importante: Jesús no empieza exigiendo, sino revelando un amor. Primero dice: “Como el Padre me ha amado, así los he amado yo”. Antes del mandamiento está el don. Antes de la misión está el amor. Antes de la vocación está una mirada de predilección. Nadie puede evangelizar de verdad si no se sabe amado. Nadie puede responder a una vocación si no ha descubierto que Dios lo llama por amor y no por simple utilidad.

Por eso, cuando hoy oramos por la obra evangelizadora de la Iglesia y por las vocaciones, no estamos pidiendo simplemente más trabajadores, más agentes pastorales, más sacerdotes, más religiosas, más misioneros. Estamos pidiendo hombres y mujeres que hayan experimentado el amor de Cristo y quieran permanecer en Él. Porque la Iglesia no evangeliza desde la estrategia solamente; evangeliza desde la comunión. No convence solo con discursos; atrae cuando transparenta la alegría de Cristo.

Jesús lo dice claramente: “Les he dicho esto para que mi alegría esté en ustedes y su alegría llegue a plenitud”. El fruto de permanecer en el amor no es una vida triste, pesada o reprimida. El fruto es la alegría. No una alegría superficial, de momento, de ruido o apariencia, sino la alegría profunda de saberse en Dios, sostenido por Dios y enviado por Dios.

En la primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles, vemos a la Iglesia en un momento decisivo. Hay discusión, discernimiento, tensión. Se debate si los paganos que abrazan la fe deben cargar con todas las exigencias de la ley judía. Pedro interviene recordando que Dios no hizo distinción, que purificó sus corazones por la fe y que la salvación viene por la gracia del Señor Jesús.

Es una escena muy actual. La Iglesia, desde sus comienzos, tuvo que aprender a discernir qué es esencial y qué puede convertirse en carga innecesaria. Tuvo que aprender a evangelizar sin poner obstáculos al Evangelio. Ese sigue siendo un desafío para nosotros: anunciar a Cristo sin reducir la fe a normas exteriores, sin hacer de la religión una carga insoportable, pero también sin vaciar el Evangelio de su exigencia de amor.

La decisión de los apóstoles no fue rebajar la fe, sino volver al centro: Cristo, la gracia, el amor, la comunión. Cuando la Iglesia evangeliza, no anuncia primero un peso, sino una vida nueva. No impone primero un reglamento, sino que invita a permanecer en el amor de Cristo. Y desde ese amor, entonces sí, nacen los mandamientos, la conversión, la fidelidad, la misión.

El Salmo 96 nos ayuda a entender el horizonte misionero de este día: “Cuenten a los pueblos la gloria del Señor”. La alegría de Cristo no es para guardarla en privado. El amor recibido se vuelve anuncio. El discípulo que permanece en Cristo se convierte en testigo. La comunidad que vive en el amor se vuelve evangelizadora.

Aquí se unen Evangelio y vocación. Toda vocación nace de un encuentro con el amor de Dios y se convierte en servicio. El sacerdote, la religiosa, el misionero, el catequista, el matrimonio cristiano, el joven que se pregunta por el sentido de su vida, todos están llamados a escuchar esa palabra: permanece en mi amor. Porque sin permanencia, la vocación se vuelve activismo; sin amor, la misión se vuelve cansancio; sin alegría, el testimonio pierde fuerza.

Hoy podríamos preguntarnos: ¿permanezco de verdad en el amor de Cristo o solo lo visito de vez en cuando? ¿Guardo sus mandamientos como respuesta agradecida o los vivo como carga? ¿Mi manera de vivir la fe ayuda a otros a acercarse a Dios o les pongo obstáculos? ¿La alegría de Cristo se nota en mi forma de servir, de hablar, de tratar a los demás?

Pidamos hoy por la obra evangelizadora de la Iglesia. Que no evangelicemos desde la queja, la nostalgia o el miedo, sino desde la alegría pascual. Que nuestras comunidades sean lugares donde muchos puedan sentirse acogidos, escuchados y llamados. Que sepamos distinguir lo esencial de lo secundario, para no cargar sobre los demás pesos que ni siquiera nosotros sabemos llevar.

Y pidamos especialmente por las vocaciones. Que muchos niños, adolescentes, jóvenes y adultos escuchen en el fondo de su corazón la voz de Cristo que les dice: “Permanece en mi amor”. Que no tengan miedo de consagrar su vida, de servir, de anunciar, de partir hacia donde Dios los envíe. Que descubran que la vocación no es perder la vida, sino encontrar la alegría plena.

Que María, mujer fiel, que guardaba todas las cosas en su corazón, nos enseñe a permanecer y a guardar. Permanecer en el amor de Cristo y guardar su Palabra, para que la Iglesia siga cantando entre los pueblos la gloria del Señor.

Amén.

 

2

 

Queridos hermanos:

El Evangelio de hoy es una de esas páginas breves que parecen decir poco, pero lo contienen casi todo. Jesús nos abre el corazón de su relación con el Padre y nos dice: “Como el Padre me ha amado, así los he amado yo; permanezcan en mi amor”.

No dice simplemente: “Dios los quiere”, ni tampoco: “Traten de ser buenos”. Dice algo mucho más profundo: “Como el Padre me ha amado, así los he amado yo”. Es decir, el amor con que Cristo nos ama no es pequeño, no es ocasional, no depende de nuestros estados de ánimo ni de nuestros méritos. Es un amor que nace del mismo corazón de la Trinidad. El Hijo nos ama con la fuerza, la pureza y la eternidad del amor que recibe del Padre.

Esto debería estremecernos. Muchas veces vivimos buscando amor, aprobación, reconocimiento. Queremos ser aceptados, valorados, tenidos en cuenta. Y cuando no lo recibimos, nos sentimos vacíos, heridos o frustrados. Pero Jesús nos recuerda hoy que hay un amor primero, más profundo que todos los demás: el amor de Dios. Antes de que alguien nos apruebe o nos rechace, antes de nuestros éxitos o fracasos, antes de nuestras virtudes o debilidades, Cristo ya nos ha amado.

Pero Jesús añade una palabra decisiva: “Permanezcan en mi amor”. El amor de Dios es gratuito, sí; pero no se vive de cualquier manera. Hay que permanecer en él. Permanecer significa habitar, echar raíces, no vivir una fe de momentos, de emociones pasajeras o de conveniencia. Permanecer en el amor de Cristo es hacer de Él nuestra casa interior.

Y Jesús nos muestra el camino: “Si guardan mis mandamientos, permanecerán en mi amor”. A veces, cuando escuchamos la palabra “mandamientos”, pensamos en peso, prohibición, obligación. Pero en labios de Jesús, los mandamientos no son una cadena; son el cauce por donde corre el amor. El mandamiento de Cristo no aplasta la vida: la ordena, la purifica, la hace fecunda.

Los mandamientos de Jesús son expresiones concretas del amor. Amar, perdonar, servir, ser fieles, vivir en la verdad, cuidar al hermano, no encerrarnos en el egoísmo: todo eso no es una carga impuesta desde fuera, sino el modo concreto de permanecer en el amor. Porque un amor que no se traduce en vida se vuelve palabra vacía. Y una fe que no se encarna en obras termina secándose.

En la primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles, vemos a la Iglesia enfrentando una cuestión delicada. Los primeros cristianos discuten si los paganos convertidos deben cumplir todas las prácticas de la ley judía. Hay tensión, hay diálogo, hay discernimiento. Pedro recuerda que Dios no hizo distinción y que la salvación viene por la gracia del Señor Jesús. Santiago, por su parte, busca un camino de comunión, evitando imponer cargas innecesarias.

Esta escena nos muestra una Iglesia viva. No una Iglesia sin problemas, sino una Iglesia que discierne, escucha y busca ser fiel al Espíritu Santo. Y nos enseña algo muy importante: el centro de la fe no es imponer pesos, sino comunicar la vida de Cristo. La Iglesia no existe para complicar el camino hacia Dios, sino para anunciar que en Cristo todos somos llamados a la salvación.

Claro está, esto no significa rebajar el Evangelio ni vivir sin exigencias. Significa comprender que la verdadera exigencia cristiana nace del amor. Cuando uno se sabe amado por Cristo, entonces puede cambiar, puede renunciar al pecado, puede servir, puede perdonar, puede entregarse. No por miedo, sino por amor.

El Salmo nos invita a cantar: “Cuenten a los pueblos la gloria del Señor”. Quien permanece en el amor de Cristo no puede guardarse esa alegría solo para sí. El amor recibido se vuelve anuncio. La experiencia de Dios se convierte en testimonio. La alegría pascual se vuelve misión.

Por eso Jesús concluye diciendo: “Les he dicho esto para que mi alegría esté en ustedes y su alegría llegue a plenitud”. La vida cristiana no es una tristeza disfrazada de virtud. No es una moral pesada sin horizonte. La vida cristiana es participación en la alegría de Cristo. Una alegría que no depende de que todo salga bien, sino de sabernos amados, sostenidos y habitados por Dios.

La alegría de Cristo no es superficial. No es simple entusiasmo. Es la paz profunda de quien sabe que su vida está en manos del Padre. Es la alegría del que ama aunque le cueste. Es la alegría del que sirve sin buscar aplausos. Es la alegría del que guarda los mandamientos no como esclavo, sino como hijo.

Hoy podríamos preguntarnos: ¿dónde estoy permaneciendo realmente? ¿En el amor de Cristo o en mis miedos? ¿En la confianza o en la queja? ¿En la comunión o en la división? ¿En el servicio o en el egoísmo? Porque uno termina pareciéndose al lugar donde permanece. Si permanecemos en el resentimiento, nos volvemos amargos. Si permanecemos en la superficialidad, nos volvemos vacíos. Pero si permanecemos en Cristo, poco a poco nos volvemos más libres, más fraternos, más luminosos.

Pidamos al Señor la gracia de no vivir una fe de paso, sino una fe arraigada. Que sepamos permanecer en su amor cuando todo va bien y también cuando llegan las pruebas. Que sus mandamientos no nos parezcan una carga, sino un camino de libertad. Que la Iglesia, como en los Hechos de los Apóstoles, sepa discernir siempre desde la gracia, la comunión y la fidelidad al Evangelio.

Y que María, mujer que permaneció en el amor de Dios incluso al pie de la cruz, nos enseñe a guardar la Palabra, a vivirla con sencillez y a encontrar en Cristo la alegría plena que el mundo no puede dar ni quitar.

Amén.

 

 

6 de mayo del 2026: miércoles de la quinta semana de Pascua


Unidos a la Vid verdadera

(Jn 15,1-8) En el evangelio de hoy, Jesús se presenta como la vid verdadera y nos recuerda que solo permaneciendo en Él podemos dar fruto.

La vida cristiana no nace del activismo ni de la autosuficiencia, sino de una comunión profunda con el Señor. Él poda, purifica y fortalece nuestra existencia para que produzcamos frutos de amor, fidelidad y servicio.

Escuchemos esta Palabra con corazón abierto, dejando que Cristo nos enseñe a permanecer en su amor.

G.Q                                                                             

 


Primera lectura

Hch 15, 1-6

Se decidió que subieran a Jerusalén a consultar a los apóstoles y presbíteros sobre esta controversia

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.

EN aquellos días, unos que bajaron de Judea se pusieron a enseñar a los hermanos que, si no se circuncidaban conforme al uso de Moisés, no podían salvarse. Esto provocó un altercado y una violenta discusión con Pablo y Bernabé; y se decidió que Pablo, Bernabé y algunos más de entre ellos subieran a Jerusalén a consultar a los apóstoles y presbíteros sobre esta controversia. Ellos, pues, enviados por la Iglesia
provistos de lo necesario, atravesaron Fenicia y Samaría, contando cómo se convertían los gentiles, con lo que causaron gran alegría a todos los hermanos. Al llegar a Jerusalén, fueron acogidos por la Iglesia, los apóstoles y los presbíteros; ellos contaron lo que Dios había hecho con ellos.
Pero algunos de la secta de los fariseos, que habían abrazado la fe, se levantaron, diciendo:
«Es necesario circuncidarlos y ordenarles que guarden la ley de Moisés».
Los apóstoles y los presbíteros se reunieron a examinar el asunto.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 121, 1bc-2. 3-4b. 4c-5 (R.: cf. 1bc)

R. Vamos alegres a la casa del Señor.

O bien:

R. Aleluya.

V. ¡Qué alegría cuando me dijeron:
«Vamos a la casa del Señor»!
Ya están pisando nuestros pies
tus umbrales, Jerusalén. 
R.

V. Jerusalén está fundada
como ciudad bien compacta.
Allá suben las tribus,
las tribus del Señor. 
R.

V. Según la costumbre de Israel,
a celebrar el nombre del Señor;
en ella están los tribunales de justicia,
en el palacio de David. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Permanezcan en mí, y yo en ustedes —dice el Señor—; el que permanece en mí da fruto abundante. R.

 

Evangelio

Jn 15, 1-8

El que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento que no da fruto en mí lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto.
Ustedes ya están limpios por la palabra que les he hablado; permanezcan en mí, y yo en ustedes.
Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco ustedes, si no permanecen en mí.
Yo soy la vid, ustedes los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante; porque sin mí no pueden hacer nada. Al que no permanece en mí lo tiran fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen y los echan al fuego, y arden.
Si permanecen en mí y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que desean, y se realizará.
Con esto recibe gloria mi Padre, con que den fruto abundante; así serán discípulos míos».

Palabra del Señor.

 

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Permanecer en Cristo para dar fruto

Queridos hermanos y hermanas:

La Palabra de Dios de este miércoles de la quinta semana de Pascua nos lleva al corazón mismo de la vida cristiana: permanecer unidos a Cristo. Jesús nos dice en el Evangelio: “Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el viñador”. Y más adelante añade: “El que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante; porque sin mí no pueden hacer nada”.

Esta imagen de la vid y los sarmientos es profundamente sencilla, pero también muy exigente. Un sarmiento separado de la vid se seca. Puede conservar por un tiempo la apariencia de vida, pero ya no tiene savia, ya no tiene fuerza interior, ya no puede producir fruto. Así también nosotros: podemos tener actividades, responsabilidades, palabras, proyectos, incluso prácticas religiosas externas; pero si no permanecemos unidos a Cristo, nuestra vida espiritual se debilita, se enfría, se vuelve estéril.

Jesús no nos invita simplemente a “hacer cosas por Él”, sino ante todo a vivir en Él. La fe cristiana no es primero una organización, una costumbre o una obligación moral; es una comunión viva con una Persona: Jesucristo resucitado. Él es la vid verdadera. De Él viene la savia de la gracia, de Él viene la fuerza para amar, perdonar, servir, resistir en la prueba y levantarnos después de cada caída.

La primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles, nos muestra a la Iglesia primitiva enfrentando una dificultad concreta. Algunos discutían sobre qué exigencias debían imponerse a los nuevos creyentes venidos del mundo pagano. La comunidad vive una tensión, un desacuerdo, una pregunta pastoral importante. ¿Qué hacen entonces Pablo, Bernabé y los demás? No rompen la comunión. No actúan por cuenta propia. Suben a Jerusalén para dialogar con los apóstoles y los presbíteros.

Aquí encontramos una enseñanza muy actual: cuando permanecemos en Cristo, también buscamos permanecer en comunión con la Iglesia. La vid no tiene sarmientos aislados, separados unos de otros. Todos reciben la vida del mismo tronco. La Iglesia crece cuando sabe dialogar, escuchar, discernir y buscar la voluntad de Dios, no desde el orgullo ni desde la imposición, sino desde la fe y la comunión.

Por eso el salmo nos hace cantar: “Qué alegría cuando me dijeron: vamos a la casa del Señor”. Jerusalén aparece como lugar de encuentro, de unidad, de oración, de pertenencia. Para nosotros, esa alegría se renueva cada vez que venimos a la Eucaristía. Aquí venimos como sarmientos necesitados de la Vid. Aquí reconocemos que solos no podemos. Aquí Cristo nos alimenta con su Palabra y con su Cuerpo, para que no se seque en nosotros la esperanza.

Pero Jesús también habla de la poda: “Todo sarmiento que da fruto, el Padre lo poda, para que dé más fruto”. Podar no es destruir; es quitar lo que impide crecer mejor. En la vida espiritual, Dios poda nuestros egoísmos, orgullos, apegos, superficialidades, heridas mal llevadas, resentimientos y miedos. A veces esa poda duele. A veces llega en forma de crisis, enfermedad, cansancio, contradicción, pérdida o silencio interior. Pero cuando la vivimos unidos a Cristo, esa poda puede convertirse en purificación y crecimiento.

Hoy nuestra intención orante es especialmente por los enfermos. Ellos conocen de cerca la fragilidad del cuerpo, la incertidumbre, la espera, la dependencia, el dolor y muchas veces la soledad. A la luz del Evangelio de hoy, queremos recordarles y recordarnos que la enfermedad no separa de Cristo. Al contrario, puede convertirse en un lugar misterioso de unión con Él, si el corazón se abre a su presencia.

Un enfermo unido a Cristo no es un sarmiento inútil. Muchas veces, en silencio, desde una cama, desde una silla, desde una habitación, desde un hospital, desde la limitación física, los enfermos dan frutos preciosos: paciencia, ofrecimiento, humildad, oración, reconciliación, ternura, testimonio de fe. Hay personas que quizá ya no pueden caminar mucho, trabajar como antes o participar activamente en tantas cosas, pero pueden seguir dando fruto abundante si permanecen unidas al Señor.

Y nosotros, como comunidad, también estamos llamados a ser sarmientos vivos para ellos: visitarlos, escucharlos, llevarles consuelo, no olvidarlos, orar por ellos, hacerles sentir que siguen perteneciendo a la familia de Dios. Una comunidad cristiana que cuida a sus enfermos demuestra que la savia de Cristo circula en ella.

Hermanos, Jesús nos dice con claridad: “Sin mí no pueden hacer nada”. No lo dice para humillarnos, sino para salvarnos de la autosuficiencia. Cuántas veces creemos que podemos solos, que nuestra inteligencia basta, que nuestra experiencia basta, que nuestra fuerza basta. Pero tarde o temprano descubrimos que necesitamos raíces más profundas. Necesitamos permanecer en Cristo.

Permanecer en Él significa orar, escuchar su Palabra, alimentarnos de la Eucaristía, vivir en gracia, buscar la reconciliación, amar a los hermanos, confiar en medio de las pruebas y dejar que el Padre pode en nosotros lo que no da vida. Permanecer en Cristo no es un sentimiento pasajero; es una decisión diaria.

Pidamos hoy al Señor que no se seque nuestra fe. Que no vivamos separados de la Vid verdadera. Que nuestras familias, nuestras comunidades y nuestra Iglesia den frutos de unidad, misericordia y esperanza. Y pidamos especialmente por todos los enfermos: que Cristo, vid verdadera, les comunique su fuerza; que el Padre viñador los sostenga en su dolor; y que el Espíritu Santo haga florecer en ellos frutos de paz, confianza y amor.

Que María, Madre de la esperanza, acompañe a quienes sufren en el cuerpo y en el alma, y nos enseñe a permanecer siempre unidos a Jesús, para que nuestra vida dé fruto abundante. Amén.


lunes, 4 de mayo de 2026

5 de mayo del 2026: martes de la quinta semana de Pascua

La paz eterna


(Juan 14, 27-31a) ¿Cuál es esa paz que Jesús nos deja, esa paz que no es como la del mundo? Él la entrega antes de la Cruz, sin escapatoria ni contraprestación. Una paz incondicional, pero exigente. Ella nos espera en los lugares de nuestros miedos y de nuestras resistencias, a pesar de todas las razones que podríamos tener para no creer en ella. La paz de Cristo ha sido dada de una vez para siempre, dispuesta a infiltrarse por la más estrecha de nuestras grietas.

Colette Hamza, xavière

 


Primera lectura

Hch 14, 19-28

Contaron a la Iglesia lo que Dios había hecho por medio de ellos

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.

EN aquellos días, llegaron unos judíos de Antioquía y de Iconio y se ganaron a la gente; apedrearon a Pablo y lo arrastraron fuera de la ciudad, dándole ya por muerto. Entonces lo rodearon los discípulos; él se levantó y volvió a la ciudad.
Al día siguiente, salió con Bernabé para Derbe. Después de predicar el Evangelio en aquella ciudad y de ganar bastantes discípulos, volvieron a Listra, a Iconio y a Antioquía, animando a los discípulos y exhortándolos a perseverar en la fe, diciéndoles que hay que pasar por muchas tribulaciones para entrar en el reino de Dios.
En cada Iglesia designaban presbíteros, oraban, ayunaban y los encomendaban al Señor, en quien habían creído. Atravesaron Pisidia y llegaron a Panfilia. Y después de predicar la Palabra en Perge, bajaron a Atalía y allí se embarcaron para Antioquía, de donde los habían encomendado a la gracia de Dios para la misión que acababan de cumplir. Al llegar, reunieron a la Iglesia, les contaron lo que Dios había hecho por medio de ellos y cómo había abierto a los gentiles la puerta de la fe. Se quedaron allí bastante tiempo con los discípulos.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 144, 10-11. 12-13ab. 21 (R.: cf. 12)

R. Tus amigos, Señor, proclaman la gloria de tu reinado.

O bien:

R. Aleluya.

V. Que todas tus criaturas te den gracias, Señor,
que te bendigan tus fieles.
Que proclamen la gloria de tu reinado,
que hablen de tus hazañas. 
R.

V. Explicando tus hazañas a los hombres,
la gloria y majestad de tu reinado.
Tu reinado es un reinado perpetuo,
tu gobierno va de edad en edad.
 R.

V. Pronuncie mi boca la alabanza del Señor,
todo viviente bendiga su santo nombre
por siempre jamás. 
R

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Era necesario que el Mesías padeciera y resucitara de entre los muertos; y entrara así en su gloria. R.

 

Evangelio

Jn 14, 27-31a

Mi paz les doy

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«La paz les dejo, mi paz les doy; no se la doy yo como la da el mundo. Que no se turbe su corazón ni se acobarde. Me han oído decir: “Me voy y vuelvo al lado de ustedes”. Si me amaran, se alegrarían de que vaya al Padre, porque el Padre es mayor que yo. Se lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda crean.
Ya no hablaré mucho con ustedes, pues se acerca el príncipe de este mundo; no es que él tenga poder sobre mí, pero es necesario que el mundo comprenda que yo amo al Padre, y que, como el Padre me ha ordenado, así actúo».

Palabra del Señor.

 

*************

 

                                                            1          

 

Queridos hermanos:

En el Evangelio de hoy Jesús nos deja una de las palabras más consoladoras y más profundas de todo el discurso de despedida:

“La paz les dejo, mi paz les doy; no se la doy como la da el mundo.”

Jesús pronuncia estas palabras en un momento cargado de tensión. No las dice después de la Resurrección, cuando todo parece ya victorioso. Las dice antes de la Pasión, cuando se acerca la noche, cuando Judas ya ha salido, cuando el corazón de los discípulos comienza a llenarse de miedo, confusión e incertidumbre.

Por eso, la paz de Jesús no es una paz ingenua. No es la paz de quien no tiene problemas. No es la tranquilidad superficial de quien logra escapar del sufrimiento. Es una paz que nace en medio de la cruz, que se mantiene firme en medio de la prueba y que no depende de que todo salga como nosotros quisiéramos.

El mundo suele llamar paz a la ausencia de conflictos, a la comodidad, al éxito, al control de las circunstancias. Pero Jesús nos ofrece otra paz: la paz de sabernos amados por el Padre, sostenidos por su gracia y acompañados por Él aun cuando el camino se vuelve difícil.

Por eso dice: “Que no tiemble su corazón ni se acobarde.” Jesús no promete que nunca habrá motivos para temblar. No dice que la vida estará libre de golpes, heridas o incertidumbres. Lo que promete es que, aun en medio de todo eso, su paz puede entrar en el corazón.

Alguien que comentaba este texto, lo ha expresado de manera muy bella: la paz de Cristo está dispuesta a infiltrarse “por la más estrecha de nuestras grietas”. Es decir, por esas heridas que muchas veces escondemos, por esos miedos que nos cuestan reconocer, por esas resistencias interiores que nos impiden confiar plenamente en Dios.

Y esto se ilumina muy bien con la primera lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles. Pablo acaba de ser apedreado. Sus enemigos lo dieron por muerto y lo arrastraron fuera de la ciudad. Humanamente hablando, cualquiera habría dicho: “Hasta aquí llegó la misión. Es mejor retirarse. Es demasiado peligroso seguir anunciando el Evangelio.”

Pero Pablo se levanta. Entra de nuevo en la ciudad. Luego continúa su camino con Bernabé, animando a los discípulos y diciéndoles una frase muy realista: “Hay que pasar mucho para entrar en el Reino de Dios.”

Qué frase tan fuerte. Qué frase tan pascual. El Reino de Dios no se alcanza por caminos cómodos. La misión no se construye sin heridas. La Iglesia no avanza sin pruebas. La fe no madura sin noches. Y, sin embargo, Pablo no aparece como un hombre derrotado, sino como un hombre sostenido por la paz de Cristo.

No tiene la paz del mundo. Si tuviera la paz del mundo, habría buscado seguridad, protección, aplausos y comodidad. Pero tiene la paz de Jesús: esa que permite levantarse después de haber caído, seguir amando después de haber sido herido, continuar sembrando después de haber llorado.

Por eso el salmo nos invita a bendecir al Señor y a proclamar su gloria. Aunque la respuesta tomada del salmo 126 nos recuerda: “Los que sembraban con lágrimas cosechan entre cantares.” Esta frase recoge muy bien el espíritu de la liturgia de hoy. Pablo siembra con lágrimas, con golpes, con persecución; pero la Iglesia cosecha comunidades fortalecidas, discípulos confirmados en la fe y puertas abiertas para los paganos.

También nosotros, en nuestra vida cristiana, conocemos esa experiencia. Hay lágrimas que se convierten en semilla. Hay sacrificios que no se ven, pero que dan fruto. Hay gestos silenciosos que sostienen la vida de otros. Hay personas que quizás no ocupan grandes escenarios, pero ayudan a que la misión de la Iglesia continúe.

Por eso hoy oramos especialmente por nuestros benefactores.

Los benefactores son esas personas que, de muchas maneras, ayudan a sostener la obra de Dios. Algunos lo hacen con una ayuda económica. Otros con su tiempo. Otros con su oración. Otros con un consejo oportuno, con una palabra de ánimo, con una presencia fiel, con una colaboración humilde y constante.

A veces los benefactores son como esas manos discretas que sostienen la misión sin hacer ruido. Gracias a ellos muchas obras evangelizadoras pueden continuar. Gracias a ellos se puede atender a los pobres, acompañar comunidades, formar niños y jóvenes, celebrar la fe, sostener proyectos pastorales, anunciar el Evangelio en lugares donde no siempre hay suficientes recursos.

Pero hoy la Palabra nos ayuda a mirar a los benefactores no solamente como quienes “dan algo”, sino como quienes participan de la misión. En la primera lectura, Pablo y Bernabé regresan a las comunidades, cuentan lo que Dios ha hecho y reconocen que el Señor ha abierto la puerta de la fe. La misión no es obra de una sola persona. La misión es una red de gracia. Unos predican, otros acogen, otros oran, otros sostienen, otros acompañan, otros animan.

Y todos, si lo hacen con amor, participan del mismo anuncio del Reino.

Por eso, cuando oramos por nuestros benefactores, pedimos que el Señor les conceda esa paz que el mundo no puede dar. Porque también ellos tienen luchas, preocupaciones, cansancios y cruces. Muchas veces quien ayuda también necesita ser ayudado. Quien sostiene también necesita ser sostenido. Quien da ánimo también necesita recibir consuelo.

Pidamos hoy que la paz de Cristo entre en sus hogares, en sus familias, en sus trabajos, en sus decisiones, en sus dificultades. Que el Señor recompense todo bien que han sembrado, incluso aquel que nadie ha visto. Que cada gesto de generosidad se convierta en una semilla de esperanza.

Queridos hermanos, la paz de Jesús no nos hace evadir la realidad; nos da fuerza para habitarla con fe. No nos quita automáticamente las cruces; nos ayuda a cargarlas con amor. No elimina todas las lágrimas; pero las convierte en semilla de vida nueva.

Tal vez hoy alguno de nosotros viene con el corazón inquieto. Tal vez hay cansancio, preocupaciones, heridas, miedos o incertidumbre. Tal vez sentimos que la paz se nos escapa. Entonces escuchemos otra vez a Jesús:

“La paz les dejo, mi paz les doy.”

No dice: “la paz se la presto”. No dice: “la paz se la doy solo si todo va bien”. No dice: “la paz se la doy cuando ya no tengan problemas”. Dice: “Mi paz les doy.”

Esa paz ya nos ha sido entregada. Está ahí, como una gracia pascual, buscando entrar incluso por nuestras grietas más pequeñas.

Que en esta Eucaristía el Señor nos conceda su paz. Que fortalezca a quienes anuncian el Evangelio en medio de pruebas. Que bendiga a nuestros benefactores y les devuelva en gracia, alegría y esperanza todo el bien que han sembrado. Y que también nosotros seamos instrumentos de esa paz: en la familia, en la comunidad, en la Iglesia y en el mundo.

Amén.               

 

2

 

Queridos hermanos:

En el Evangelio de hoy Jesús pronuncia una de esas frases que parecen escritas directamente para los momentos difíciles de la vida:

“La paz les dejo, mi paz les doy; no se la doy como la da el mundo. Que no tiemble su corazón ni se acobarde.”

Estas palabras no fueron dichas en un ambiente tranquilo, sin problemas, sin amenazas. Jesús las dice en la Última Cena, cuando se acerca la hora de la cruz. Judas ya ha entrado en la noche de la traición. Los discípulos están confundidos. Pedro pronto negará al Maestro. Jesús sabe que viene el sufrimiento, la pasión, el aparente fracaso.

Y precisamente ahí habla de paz.

Esto nos ayuda a entender que la paz de Cristo no es simplemente la ausencia de problemas. No es la tranquilidad de quien tiene todo resuelto. No es la comodidad de quien vive sin conflictos. La paz de Jesús es más profunda: es la certeza interior de estar en manos del Padre, aun cuando por fuera todo parezca tambalear.

El mundo también busca la paz, y eso es bueno. Necesitamos paz social, paz en las familias, paz entre los pueblos, paz en las comunidades. Necesitamos justicia, seguridad, salud, pan, trabajo, respeto, reconciliación. Esa paz humana es necesaria y debemos trabajar por ella.

Pero Jesús nos habla de otra paz: una paz que no depende totalmente de las circunstancias externas. Una paz que puede permanecer incluso en medio de la enfermedad, la pobreza, el duelo, la persecución, la incomprensión o la soledad. Una paz que no nace de tener todo bajo control, sino de confiar en Dios cuando ya no podemos controlar todo.

Por eso dice: “No se la doy como la da el mundo.”

El mundo muchas veces nos ofrece una paz frágil: si tienes dinero, si tienes salud, si nadie te contradice, si todo sale como quieres, si nadie te molesta, entonces tendrás paz. Pero basta una mala noticia, una pérdida, una enfermedad, una traición, una crisis familiar o económica, y esa paz se rompe.

La paz de Cristo, en cambio, puede sostenernos incluso cuando la vida se vuelve difícil.

Y esto lo vemos claramente en la primera lectura de los Hechos de los Apóstoles. Pablo ha sido perseguido, rechazado y apedreado. Lo dieron por muerto y lo arrastraron fuera de la ciudad. Humanamente hablando, ese habría sido el momento perfecto para decir: “Hasta aquí llegué. Ya hice suficiente. Mejor me retiro.”

Pero Pablo se levanta.

No se levanta porque no le duelan las heridas. No se levanta porque la persecución sea poca cosa. Se levanta porque dentro de él habita una fuerza que no viene del mundo. La paz de Cristo no lo hace insensible, pero sí lo hace perseverante. No le evita las piedras, pero le permite no quedarse tirado bajo ellas.

Y después de todo eso, Pablo y Bernabé siguen anunciando el Evangelio, fortaleciendo a los discípulos y diciéndoles: “Hay que pasar mucho para entrar en el Reino de Dios.”

Qué frase tan realista y tan cristiana. La fe no nos promete una vida sin pruebas. El Evangelio no nos dice que el creyente nunca llorará, nunca sufrirá, nunca caerá, nunca será herido. Lo que nos promete es que ninguna cruz, vivida con Cristo, tendrá la última palabra.

Pablo no predica una fe cómoda. Predica una fe pascual. Una fe que pasa por la cruz, pero camina hacia la vida. Una fe que conoce las lágrimas, pero espera la cosecha.

Por eso el salmo responde con una frase hermosísima: “Los que sembraban con lágrimas cosechan entre cantares.”

Esta respuesta ilumina toda la liturgia de hoy. Pablo sembró con lágrimas. Jesús sembró con sangre en la cruz. Los apóstoles sembraron entre persecuciones. La Iglesia, a lo largo de la historia, ha sembrado muchas veces en medio de incomprensiones, martirios, pobrezas y dificultades.

Pero Dios sabe transformar las lágrimas en semilla.

A veces también nosotros sembramos llorando. Una madre que ora por un hijo perdido. Un enfermo que ofrece su dolor. Una familia que sigue unida a pesar de las pruebas. Una comunidad que persevera aunque haya cansancio. Una persona que sigue haciendo el bien aunque no reciba reconocimiento. Un creyente que lucha por mantenerse fiel en medio de tentaciones y oscuridades.

El mundo podría decir: “Eso es fracaso.” Pero Dios dice: “Eso es semilla.”

La paz de Cristo no consiste en negar las lágrimas. Consiste en descubrir que también las lágrimas, puestas en manos de Dios, pueden fecundar la vida.

Queridos hermanos, una de las grandes enfermedades espirituales de nuestro tiempo es vivir con el corazón turbado. Hay mucha gente exteriormente ocupada, conectada, informada, entretenida, pero interiormente intranquila. Hay corazones llenos de miedo: miedo al futuro, miedo a enfermar, miedo a perder, miedo a quedarse solos, miedo a no ser amados, miedo a fracasar, miedo a no tener suficiente.

Y Jesús no nos regaña por tener miedo. Nos ofrece su paz.

Nos dice: “Que no tiemble su corazón ni se acobarde.”

Es como si nos dijera: “Yo sé que el mundo puede sacudirlos. Yo sé que habrá noches, cruces, heridas y preguntas. Pero no permitan que el miedo sea el dueño de su corazón. Déjenme entrar. Déjenme habitar en ustedes. Déjenme darles una paz que nadie les puede quitar.”

Los mártires son el ejemplo más claro de esta paz. Exteriormente podían estar perseguidos, encarcelados, amenazados, llevados a la muerte; pero interiormente estaban firmes en Cristo. No porque fueran de piedra, sino porque estaban llenos del Espíritu. La paz de Jesús había vencido dentro de ellos el poder del miedo.

Y esa paz se nos comunica especialmente en la Eucaristía.

Cada vez que celebramos la Santa Misa, antes de comulgar, escuchamos una oración preciosa: “Señor Jesucristo, que dijiste a tus apóstoles: la paz les dejo, mi paz les doy…” La Iglesia repite hoy esas mismas palabras porque sabe que necesitamos recibir esa paz una y otra vez.

No venimos a la Eucaristía porque seamos fuertes. Venimos porque necesitamos ser sostenidos. No venimos porque tengamos una paz perfecta. Venimos porque muchas veces llegamos cansados, inquietos, preocupados, heridos, y necesitamos que Cristo vuelva a decirnos: “Mi paz te doy.”

La paz de Cristo no es anestesia. No nos desconecta de la realidad. Al contrario, nos permite enfrentar la realidad sin desesperarnos. Nos ayuda a seguir amando cuando hay razones para cerrar el corazón. Nos ayuda a perdonar cuando sería más fácil guardar rencor. Nos ayuda a levantarnos cuando las piedras de la vida nos han derribado. Nos ayuda a servir cuando estamos cansados. Nos ayuda a esperar cuando todo parece oscuro.

Por eso, hoy podríamos preguntarnos: ¿qué me está robando la paz? ¿Qué miedo está turbando mi corazón? ¿Qué herida no he dejado que Cristo toque? ¿Qué situación estoy tratando de controlar sin entregársela a Dios?

La Palabra de hoy nos invita a hacer un acto de confianza. No una confianza ingenua, sino pascual. La confianza de quien sabe que la cruz existe, pero también sabe que Cristo ha resucitado. La confianza de quien reconoce que el mal hace ruido, pero no tiene la última palabra. La confianza de quien, aun entre lágrimas, sigue sembrando.

Pidámosle al Señor en esta Eucaristía que nos conceda su paz. No solamente una paz exterior, sino esa paz profunda que nace de sabernos amados, perdonados, acompañados y enviados.

Que, como Pablo, sepamos levantarnos después de cada caída. Que, como los discípulos, aprendamos a no dejarnos paralizar por el miedo. Que, como la Iglesia naciente, sigamos anunciando el Reino aun en medio de las pruebas. Y que nuestra vida, tocada por la paz de Cristo, pueda convertirse también en instrumento de paz para los demás.

Porque donde entra la paz de Jesús, el miedo pierde fuerza.
Donde entra la paz de Jesús, las lágrimas se vuelven semilla.
Donde entra la paz de Jesús, el corazón deja de acobardarse.
Y donde entra la paz de Jesús, aun en medio de la cruz, comienza ya la Pascua.

Amén.

 


7 de mayo del 2026: jueves de la 5a semana de Pascua

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