Cuando la Palabra toca tierra
Mt 13,1-23 (forma larga) o Mt 13,1-9 (forma breve).
La Palabra brota hoy como agua libre. Rasga las
nubes y busca la tierra con el ardor de quien tiene sed. Nada la detiene. No
busca causar efecto; busca el corazón. No pretende impresionar, sino fecundar.
Como la semilla del sembrador, cae en todas
partes: sobre los caminos endurecidos, en los terrenos pedregosos, en medio de
los espinos, pero también en la tierra buena. Dios no se cansa de sembrar,
incluso allí donde todo parece perdido. Confía en la fuerza escondida de su
Palabra.
La verdadera pregunta no es solamente: «¿Qué
dice Dios hoy?», sino más bien: «¿En qué clase de tierra caerá su
Palabra dentro de mí?». ¿Encontrará un corazón cerrado, superficial, ocupado
por las preocupaciones, o una tierra disponible, profunda y paciente?
La Palabra nunca vuelve sin fruto. Pero para
que produzca treinta, sesenta o ciento por uno, es necesario acogerla, dejarla
descender, permitirle echar raíces y transformar nuestra manera de vivir.
Dichoso
quien escucha la Palabra con un corazón abierto y le permite convertirse en él
en perdón, esperanza, servicio y vida nueva.
G.Q
Primera lectura
La lluvia hace germinar la tierra
Lectura del libro de Isaías.
ESTO dice el Señor:
«Como bajan la lluvia y la nieve desde el cielo,
y no vuelven allá sino después de empapar la tierra,
de fecundarla y hacerla germinar,
para que dé semilla al sembrador
y pan al que come,
así será mi palabra que sale de mi boca:
no volverá a mí vacía,
sino que cumplirá mi deseo
y llevará a cabo mi encargo».
Palabra de Dios..
Salmo
R. La semilla cayó en tierra buena, y dio fruto.
V. Tú cuidas la tierra, la riegas
y la enriqueces sin medida;
la acequia de Dios va llena de agua,
preparas los trigales. R.
V. Así preparas la tierra.
Riegas los surcos,
igualas los terrones,
tu llovizna los deja mullidos,
bendices sus brotes. R.
V. Coronas el año con tus bienes,
tus carriles rezuman abundancia;
rezuman los pastos del páramo,
y las colinas se orlan de alegría. R.
V. Las praderas se cubren de rebaños,
y los valles se visten de mieses,
que aclaman y cantan. R.
Segunda lectura
La creación, expectante, está aguardando la manifestación de los hijos de Dios
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos.
HERMANOS:
Considero que los sufrimientos de ahora no se pueden comparar con la gloria que un día se nos manifestará. Porque la creación, expectante, está aguardando la manifestación de los hijos de Dios; en efecto, la creación fue sometida a la frustración, no por su voluntad, sino por aquel que la sometió, con la esperanza de que la creación misma sería liberada de la esclavitud de la corrupción, para entrar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios.
Porque sabemos que hasta hoy toda la creación está gimiendo y sufre dolores de parto.
Y no solo eso, sino que también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos en nuestro interior, aguardando la adopción filial, la redención de nuestro cuerpo.
Palabra de Dios.
Aclamación
V. La semilla es la palabra de Dios, y el sembrador es Cristo;
todo el que lo encuentra vive para siempre. R.
Evangelio
Salió el sembrador a sembrar
Lectura del santo Evangelio según san Mateo.
AQUEL día, salió Jesús de casa y se sentó junto al mar. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó y toda la gente se quedó de pie en la orilla.
Les habló muchas cosas en parábolas:
«Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, una parte cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se la comieron.
Otra parte cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y como la tierra no era profunda brotó enseguida; pero en cuanto salió el sol, se quemó y por falta de raíz se secó.
Otra cayó entre abrojos, que crecieron y la ahogaron.
Otra cayó en tierra buena y dio fruto: una, ciento; otra, sesenta; otra, treinta.
El que tenga oídos, que oiga».
Se le acercaron los discípulos y le preguntaron:
«¿Por qué les hablas en parábolas?».
Él les contestó:
«A ustedes se les han dado a conocer los secretos del reino de los cielos y a ellos no.
Porque al que tiene se le dará y tendrá de sobra, y al que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene. Por eso les hablo en parábolas, porque miran sin ver y escuchan sin oír ni entender. Así se cumple en ellos la profecía de Isaías:
“Ustedes oirán con los oídos sin entender;
mirarán con los ojos sin ver;
porque está embotado el corazón de este pueblo,
son duros de oído, han cerrado los ojos;
para no ver con los ojos, ni oír con los oídos,
ni entender con el corazón,
ni convertirse para que yo los cure”.
Pero bienaventurados los ojos de ustedes porque ven y los oídos de ustedes porque oyen. En verdad les digo que muchos profetas y justos desearon ver lo que ven y no lo vieron, y oír lo que oyen y no lo oyeron.
Ustedes, pues, oigan lo que significa la parábola del sembrador: si uno escucha la palabra del reino sin entenderla, viene el Maligno y roba lo sembrado en su corazón. Esto significa lo sembrado al borde del camino.
Lo sembrado en terreno pedregoso significa el que escucha la palabra y la acepta enseguida con alegría; pero no tiene raíces, es inconstante, y en cuanto viene una dificultad o persecución por la palabra, enseguida sucumbe.
Lo sembrado entre abrojos significa el que escucha la palabra; pero los afanes de la vida y la seducción de las riquezas ahogan la palabra y se queda estéril. Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la palabra y la entiende; ese da fruto y produce ciento o sesenta o treinta por uno».
Palabra del Señor.
Mt 13, 1-9 (forma breve)
Salió el sembrador a sembrar
Lectura del santo Evangelio según san Mateo.
AQUEL día, salió Jesús de casa y se sentó junto al mar. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó y toda la gente se quedó de pie en la orilla.
Les habló muchas cosas en parábolas:
«Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, una parte cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se la comieron.
Otra parte cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y como la tierra no era profunda brotó enseguida; pero en cuanto salió el sol, se quemó y por falta de raíz se secó.
Otra cayó entre abrojos, que crecieron y la ahogaron.
Otra cayó en tierra buena y dio fruto: una, ciento; otra, sesenta; otra, treinta.
El que tenga oídos, que oiga».
Palabra del Señor.
Aproximación psicológica-social al evangelio
Una Palabra que encuentra nuestras resistencias
La
parábola del sembrador puede leerse también como una descripción del mundo
interior de la persona y de las presiones sociales que influyen en su manera de
vivir la fe.
El
camino endurecido representa una conciencia saturada. Vivimos expuestos a
noticias, opiniones, pantallas, preocupaciones y estímulos permanentes.
Escuchamos muchas cosas, pero nos cuesta detenernos, interiorizar y discernir.
La Palabra llega, pero encuentra una mente dispersa y un corazón protegido por
la indiferencia, el cansancio o las heridas acumuladas.
El
terreno pedregoso refleja una personalidad que se entusiasma fácilmente, pero
que tiene dificultad para perseverar. En una cultura que busca resultados
inmediatos y emociones intensas, también la fe puede convertirse en una
experiencia pasajera. Se recibe con alegría mientras consuela, pero se abandona
cuando exige esfuerzo, paciencia, renuncia o compromiso. Sin raíces interiores,
cualquier dificultad puede provocar frustración y deserción.
Los
espinos representan el corazón dividido. Las preocupaciones económicas, el
miedo al futuro, la necesidad de reconocimiento y la comparación constante con
los demás pueden ocupar todo el espacio interior. La persona desea escuchar a
Dios, pero vive atrapada por la ansiedad, la productividad, el consumo y la
presión social por alcanzar el éxito. La fe no desaparece necesariamente, pero
queda sofocada y pierde capacidad para orientar la vida.
La
tierra buena no es una personalidad sin conflictos ni una existencia libre de
dificultades. Es la persona que reconoce sus resistencias, acepta ser trabajada
interiormente y aprende a integrar la Palabra en sus decisiones, relaciones y
responsabilidades. Es alguien capaz de detenerse, escuchar, elaborar sus
heridas, ordenar sus deseos y abrirse a una vida más libre y fecunda.
Desde
una perspectiva social, la parábola también cuestiona los ambientes que
creamos. Hay familias, instituciones y comunidades que pueden endurecer, llenar
de piedras o sembrar espinos en las personas. Pero también podemos construir
espacios donde la escucha, la confianza, el acompañamiento y la misericordia
permitan que cada ser humano crezca.
Jesús
no clasifica definitivamente a las personas. Nos recuerda que el terreno puede
transformarse. El corazón endurecido puede ablandarse, las piedras pueden
retirarse y los espinos pueden ser arrancados. La gracia de Dios y un
acompañamiento humano cercano pueden abrir nuevamente caminos de esperanza.
La
pregunta no es solamente qué tipo de tierra soy, sino también: ¿qué clase de terreno ayudo a crear para
los demás?
Homilías
1
Cuando la Palabra toca tierra
Queridos
hermanos:
La
liturgia de este domingo nos coloca ante una imagen profundamente sencilla y,
al mismo tiempo, llena de misterio: una
semilla que cae sobre la tierra.
Jesús
sale de casa, se sienta junto al lago, sube a una barca y desde allí comienza a
enseñar. Delante de Él hay una multitud. Son personas distintas, con historias
diferentes, con heridas, esperanzas, búsquedas y también resistencias. Y Jesús
les habla de algo que todos podían comprender: un sembrador salió a sembrar.
La
Palabra de Dios brota hoy como agua libre. Desciende del cielo, busca la tierra
y nada puede detenerla. No viene para producir un efecto pasajero. No busca
simplemente emocionarnos, sorprendernos o dejarnos una bella idea. Busca el
corazón. Quiere entrar, fecundar, echar raíces y transformar nuestra
existencia.
La
pregunta de este domingo no es únicamente: ¿qué nos dice Dios? La pregunta más
profunda es: ¿qué clase de
tierra encontrará su Palabra en nosotros?
1.
La Palabra que desciende como lluvia
La
primera lectura, tomada del profeta Isaías, nos presenta una de las imágenes
más hermosas de toda la Escritura:
«Como
bajan la lluvia y la nieve del cielo y no vuelven allá sino después de empapar
la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, así será mi palabra, que sale de
mi boca: no volverá a mí vacía».
Isaías
habla a un pueblo cansado y desanimado. Israel vive la experiencia del
destierro. Muchos sienten que las promesas de Dios han fracasado, que el futuro
se ha cerrado y que ya no hay razones para esperar.
En
medio de ese desaliento, el profeta anuncia que la Palabra de Dios sigue
actuando.
La
lluvia cae sobre una tierra que puede parecer seca, dura y sin vida. Durante
algún tiempo no se ve nada. Sin embargo, poco a poco, la tierra se humedece, la
semilla se abre, aparecen las raíces y comienza a brotar la vida.
Así
actúa Dios.
Nosotros
queremos resultados rápidos. Queremos que una oración sea respondida de
inmediato. Queremos que una predicación cambie enseguida a quienes la escuchan.
Queremos que nuestros hijos, nuestras familias y nuestras comunidades respondan
inmediatamente.
Pero
la Palabra de Dios trabaja muchas veces en silencio. Puede permanecer escondida
durante años y despertar cuando llega el momento oportuno.
Una
frase escuchada en la infancia puede regresar a la memoria durante una
enfermedad. Un consejo recibido hace mucho tiempo puede orientar una decisión.
Una oración de una madre puede seguir acompañando a un hijo cuando
aparentemente se ha alejado de Dios.
La
Palabra no vuelve vacía.
Tal
vez nosotros no veamos todo el fruto, pero Dios sabe dónde ha caído la semilla
y cuánto tiempo necesita para germinar.
2.
El salmo: Dios visita y fecunda la tierra
El
salmo responsorial prolonga esta imagen de la lluvia y de la fecundidad:
«La
semilla cayó en tierra buena y dio fruto».
El
salmista contempla a Dios visitando la tierra, regándola, enriqueciendo los
surcos y bendiciendo sus brotes.
La
creación aparece como una gran obra de la providencia divina. Dios no abandona
la tierra. La visita, la cuida y la prepara para que produzca alimento.
También
nosotros somos tierra visitada por Dios.
Él
nos visita mediante su Palabra, mediante los sacramentos, las personas que
coloca en nuestro camino, las alegrías y también las dificultades.
A
veces nos visita mediante una consolación. Otras veces nos visita a través de
una llamada a la conversión. En ocasiones su Palabra acaricia; en otras,
remueve la tierra y rompe las durezas.
Porque
una tierra que nunca es removida termina endureciéndose.
También
nuestro corazón puede endurecerse por el orgullo, las decepciones, el
resentimiento, la rutina o el pecado. Por eso necesitamos permitir que Dios
abra surcos nuevos en nosotros.
La
Palabra no siempre viene a decirnos lo que queremos escuchar. Viene a revelarnos
lo que necesitamos cambiar.
3.
El sembrador generoso
En
el Evangelio sorprende la generosidad del sembrador.
No
calcula demasiado. No se limita a sembrar únicamente en el terreno que le
garantiza buenos resultados. Lanza la semilla sobre el camino, entre las
piedras, en medio de los espinos y también sobre la tierra buena.
Podríamos
pensar que actúa con poca prudencia. ¿Por qué desperdiciar la semilla?
Pero
la parábola no trata de un agricultor descuidado. Habla de un Dios generoso.
Dios
no se cansa de sembrar, incluso en quienes parecen poco dispuestos. No deja de
llamar al pecador. No abandona al que se ha endurecido. No dice: «En este
corazón ya no vale la pena sembrar».
Dios
sigue confiando en nosotros.
Sabe
que un camino endurecido puede ser abierto. Sabe que las piedras pueden ser
retiradas. Sabe que los espinos pueden arrancarse. Sabe que una tierra seca
puede volver a florecer.
Por
eso esta parábola es también una parábola de esperanza.
No
debemos mirar a ninguna persona como definitivamente perdida. No debemos perder
la esperanza en nuestros hijos, en nuestras familias, en nuestros jóvenes ni en
nuestras comunidades.
Tal
vez la semilla aún no ha encontrado profundidad. Tal vez está luchando entre
espinos. Tal vez necesita tiempo. Pero Dios continúa sembrando.
4.
Los cuatro terrenos dentro de nosotros
Jesús
describe cuatro terrenos diferentes. No debemos pensar que representan cuatro
grupos separados y permanentes de personas.
En
realidad, todos llevamos dentro algo de cada terreno.
Hay
momentos en los que somos camino endurecido; otros en los que somos terreno
pedregoso; a veces estamos llenos de espinos; y, por la gracia de Dios, también
podemos ser tierra buena.
El camino endurecido
La
semilla cae al borde del camino y los pájaros se la comen.
Representa
a quien escucha la Palabra, pero no permite que entre en su corazón.
Hoy
vivimos rodeados de palabras. Recibimos mensajes, noticias, videos, opiniones y
comentarios a todas horas. Escuchamos mucho, pero interiorizamos poco.
Incluso
podemos venir a la Eucaristía y permanecer distraídos. El cuerpo está presente,
pero la mente está en el trabajo, en el teléfono, en los problemas, en lo que
ocurrió ayer o en lo que haremos después.
La
Palabra pasa, pero no entra.
No
siempre rechazamos a Dios. A veces simplemente no le prestamos atención.
El
primer desafío es recuperar el silencio interior. La Palabra necesita un
espacio donde posarse.
El terreno pedregoso
La
semilla germina con rapidez, pero no tiene profundidad.
Representa
una fe de entusiasmo momentáneo.
Hay
personas que se emocionan con un retiro, una celebración o una predicación.
Prometen cambiar, comienzan con fuerza, pero cuando aparece la dificultad
abandonan.
La
fe no puede sostenerse solamente con emociones.
Necesita
raíces: oración perseverante, sacramentos, formación, comunidad y compromiso.
La
profundidad de nuestra fe no se mide en los momentos fáciles, sino cuando llega
la prueba.
Cuando
enfrentamos una enfermedad, una pérdida, una crítica o una decepción, entonces
se descubre si la Palabra ha echado raíces.
Los espinos
La
semilla cae entre espinos y estos terminan ahogándola.
Jesús
dice que los espinos son las preocupaciones del mundo y la seducción de las
riquezas.
Las
preocupaciones son reales. Debemos trabajar, sostener a nuestras familias,
atender responsabilidades y pensar en el futuro.
El
problema surge cuando esas preocupaciones ocupan todo el corazón.
También
los bienes materiales pueden convertirse en espinos cuando dejamos que definan
nuestro valor, nuestra seguridad y nuestra felicidad.
Podemos
tener muchas cosas y poca paz. Podemos estar permanentemente conectados y
sentirnos profundamente solos. Podemos conocer lo que ocurre en el mundo y
desconocer lo que sucede dentro de nuestra alma.
Los
espinos no destruyen inmediatamente la planta. La ahogan lentamente.
Así
sucede con la fe. No siempre desaparece de golpe. A veces se va debilitando
poco a poco: dejamos de orar, postergamos la Eucaristía, descuidamos la
reconciliación, alimentamos resentimientos y permitimos que otras cosas ocupen
el lugar de Dios.
La tierra buena
La
tierra buena no representa a personas perfectas.
Representa
a quienes están disponibles para dejarse trabajar por Dios.
La
tierra buena también necesita cuidado. Debe ser arada, limpiada, regada y
protegida.
Nuestro
corazón necesita lo mismo.
La
Palabra produce fruto cuando la escuchamos y la llevamos a la vida.
Produce
fruto cuando nos ayuda a perdonar, cuando nos mueve a servir, cuando nos hace
más honestos, más compasivos y más atentos a quienes sufren.
No
basta conocer el Evangelio. No basta repetirlo. No basta llevar una Biblia en
la mano.
La
Palabra debe convertirse en vida.
5.
Una historia para sonreír y reflexionar
Se
cuenta que un hombre compró una finca y decidió sembrar maíz.
Fue
al pueblo y preguntó a un agricultor experimentado:
—¿Cree
usted que esta tierra servirá para producir maíz?
El
agricultor respondió:
—No
lo sé. ¿Ha sembrado usted algo?
—Todavía
no —contestó el hombre—. Me da miedo que los pájaros se coman la semilla.
—Entonces
siembre fríjol —le sugirió el campesino.
—Tampoco
—dijo el dueño—, porque temo que la lluvia sea demasiado fuerte.
—Podría
sembrar papas.
—No,
porque quizá lleguen las plagas.
El
agricultor lo miró y le dijo:
—Entonces
su tierra nunca producirá nada. La única semilla que nunca corre riesgos es la
que permanece guardada en el costal, pero esa tampoco da fruto.
Esta
pequeña historia nos recuerda que no basta desear una cosecha. Hay que sembrar.
A
veces queremos ver cambios en nuestras familias, en nuestra sociedad y en
nuestra Iglesia, pero no queremos correr el riesgo de sembrar una palabra,
ofrecer un consejo, dar testimonio o comenzar una obra.
La
semilla debe salir de nuestras manos.
6.
La creación gime con dolores de parto
San
Pablo, en la segunda lectura, nos dice que toda la creación está gimiendo con
dolores de parto.
Es
una expresión profundamente esperanzadora.
Pablo
no habla de dolores de muerte, sino de dolores de parto. El sufrimiento no
tiene la última palabra. Algo nuevo está naciendo.
La
creación sufre. La humanidad sufre. Hay guerras, pobreza, violencia, enfermedad
y destrucción de la naturaleza.
También
cada uno de nosotros lleva sus propios gemidos: problemas familiares,
incertidumbres, heridas, pérdidas y cansancios.
Pero
el creyente no interpreta el dolor únicamente desde la desesperación.
La
semilla cae en tierra y parece desaparecer. En cierto sentido, muere. Sin
embargo, de esa aparente muerte nace una vida nueva.
Así
también, Dios puede hacer fecundos nuestros sufrimientos.
No
porque el dolor sea bueno en sí mismo, sino porque, unido a Cristo, puede
producir paciencia, compasión, madurez y esperanza.
San
Pablo nos invita a esperar.
Todavía
no vemos plenamente la cosecha. Tenemos las primicias del Espíritu, pero
aguardamos la plenitud.
La
vida cristiana es una esperanza paciente.
7.
También nosotros somos sembradores
La
parábola no solo nos invita a preguntarnos qué clase de tierra somos. También
nos recuerda que todos somos sembradores.
Sembramos
con nuestras palabras, nuestros gestos y nuestras actitudes.
Un
padre siembra en sus hijos. Un maestro siembra en sus alumnos. Un sacerdote
siembra en su comunidad. Un joven siembra entre sus amigos. Un enfermo puede
sembrar con su paciencia. Un anciano puede sembrar con su sabiduría y su
oración.
Cada
día sembramos algo.
Podemos
sembrar esperanza o desaliento.
Podemos
sembrar reconciliación o división.
Podemos
sembrar ternura o dureza.
Podemos
sembrar fe o indiferencia.
Una
palabra sencilla puede cambiar la vida de una persona. Una ayuda discreta puede
devolver la esperanza. Un gesto de perdón puede sanar una familia.
Tal
vez no veremos el fruto. Quizá otros cosecharán lo que nosotros sembramos.
Pero
la Palabra de Dios no vuelve vacía.
Conclusión
Queridos
hermanos:
Hoy
la Palabra desciende nuevamente sobre nosotros como lluvia.
Busca
la tierra de nuestro corazón.
No
viene para producir una emoción pasajera. Viene para fecundar nuestra vida.
Preguntémonos
con sinceridad:
¿Está
mi corazón endurecido?
¿Mi
fe tiene raíces?
¿Hay
espinos que están ahogando la presencia de Dios?
¿Estoy
disponible para convertirme en tierra buena?
Pidamos
al Señor que remueva nuestra tierra, que quite las piedras, arranque los
espinos y abra surcos nuevos.
Pidámosle
que nos dé un corazón capaz de escuchar, conservar y vivir su Palabra.
Y
pidámosle también que nos convierta en sembradores generosos y pacientes.
Porque
aunque no veamos inmediatamente los resultados, la lluvia no cae inútilmente,
la semilla no se pierde y la Palabra de Dios nunca vuelve vacía.
La
cosecha llegará.
Amén.
2
Queridos
hermanos:
El
Evangelio de este domingo comienza con una escena sencilla y profundamente
hermosa: «Salió el
sembrador a sembrar». Jesús se sirve de una imagen tomada de la
vida cotidiana de los campesinos para hablarnos del Reino de Dios, de la fuerza
de su Palabra y de la manera como nosotros la recibimos.
Las
parábolas eran muy conocidas dentro de la tradición bíblica de Israel. En
hebreo se utiliza la palabra mashal,
que puede designar una comparación, un proverbio o un relato simbólico que
lleva al oyente a descubrir una verdad más profunda. La parábola no obliga ni
impone una conclusión; más bien propone, interroga, despierta la conciencia y
compromete la libertad de quien la escucha.
Jesús
no habla mediante ideas complicadas. Habla de semillas, caminos, piedras,
espinos, pájaros, lluvia y cosechas. Parte de aquello que todos podían ver para
conducirlos hacia aquello que solo podía descubrirse con un corazón abierto.
Una parábola nacida en un tiempo difícil
Jesús
cuenta esta parábola en un momento complejo de su ministerio. Su predicación no
está obteniendo la respuesta que muchos esperaban. Los dirigentes religiosos se
oponen cada vez más a Él; algunos han comenzado incluso a pensar en la manera
de eliminarlo. Por otra parte, muchas personas se sienten decepcionadas porque
Jesús no corresponde a la imagen de un Mesías político, triunfador y poderoso.
También
los discípulos podían preguntarse: ¿vale la pena seguir anunciando el Reino
cuando tantos se resisten?, ¿por qué algunos escuchan con entusiasmo y después
se alejan?, ¿por qué la Palabra parece producir tan pocos resultados?
Jesús
responde con esta parábola. Y su primera enseñanza es una invitación a la
confianza: aunque una
parte de la semilla parezca perderse, la cosecha llegará.
La
semilla que cae en tierra buena produce treinta, sesenta y hasta ciento por
uno. Más allá de la exactitud de las cifras, Jesús quiere comunicar la
abundancia sorprendente de la acción de Dios. El Reino puede comenzar de manera
pequeña, silenciosa y aparentemente frágil, pero lleva dentro de sí una fuerza
que supera todos nuestros cálculos.
Por
eso, esta parábola es, ante todo, una
parábola de esperanza.
La Palabra no vuelve vacía
La
primera lectura, tomada del profeta Isaías, nos ayuda a comprender esta
confianza de Jesús:
«Como
bajan la lluvia y la nieve del cielo, y no vuelven allá sino después de empapar
la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, así será mi palabra, que sale de
mi boca: no volverá a mí vacía».
La
Palabra de Dios no es un discurso muerto. Tiene vida, fuerza y capacidad de
transformación. Puede consolar al que está herido, levantar al que ha caído,
iluminar al confundido, corregir al que se ha desviado y devolver la esperanza
a quien cree que todo está perdido.
Nosotros
podemos cansarnos, desanimarnos o pensar que nuestras palabras y esfuerzos
pastorales no producen nada. Puede sucederles a los padres de familia cuando
sienten que sus hijos se alejan de la fe; a los catequistas cuando no ven
resultados inmediatos; a los sacerdotes cuando predican y perciben
indiferencia; a quienes procuran sembrar valores en medio de una sociedad
marcada por la violencia, la corrupción, el egoísmo y la división.
Pero
Dios nos recuerda hoy: mi
Palabra no vuelve vacía.
Quizás
nosotros no veremos inmediatamente los frutos. Una palabra escuchada en la
infancia puede germinar muchos años después. Un consejo dado con amor puede
acompañar silenciosamente a una persona durante toda su vida. Una oración de
una madre o de un padre puede sostener a un hijo aun cuando este parezca estar
lejos de Dios.
Nuestra
tarea es sembrar. El crecimiento y la cosecha pertenecen al Señor.
Todos llevamos dentro los cuatro terrenos
A
veces hemos interpretado la parábola como si la humanidad estuviera dividida en
cuatro grupos: los del camino, los del terreno pedregoso, los de los espinos y
los de la tierra buena. Sin embargo, la realidad es más profunda: cada uno de nosotros puede ser, en
diferentes momentos de su vida, alguno de esos terrenos.
Hay
días en que somos tierra buena y acogemos con alegría la Palabra. Pero también
hay momentos en los que nuestro corazón se endurece, se llena de piedras o
queda invadido por espinos.
La semilla
junto al camino
La
semilla que cae al borde del camino representa la Palabra que no alcanza a
penetrar en el corazón.
Hoy
vivimos rodeados de voces, imágenes, mensajes, redes sociales, noticias, videos
y distracciones. Recibimos continuamente información, pero muchas veces no
tenemos tiempo para interiorizar nada. Podemos escuchar el Evangelio, pero
inmediatamente nuestra atención se dirige hacia otra cosa.
No
siempre rechazamos explícitamente a Dios. A veces, simplemente, lo dejamos para
después. Primero están el trabajo, los compromisos, las reuniones, el
entretenimiento, el teléfono, los viajes, el cansancio y tantas ocupaciones. Y
cuando hemos atendido todo lo demás, ya no queda tiempo ni silencio para el
Señor.
La
Palabra pasa por la superficie, pero no entra.
Necesitamos
preguntarnos: ¿qué lugar
real ocupa Dios en mi jornada?, ¿dispongo de algún momento para escuchar,
meditar y orar su Palabra?
La semilla
en terreno pedregoso
La
semilla que cae entre piedras germina rápidamente, pero no puede echar raíces
profundas. Representa una fe entusiasta, pero superficial.
Hay
personas que se emocionan con una celebración, un retiro, una predicación o una
experiencia espiritual. Hacen promesas y desean cambiarlo todo. Pero cuando
llega la dificultad, la crítica, la enfermedad, el fracaso o la incomprensión,
abandonan rápidamente.
La
fe no puede vivir solamente de emociones. Necesita raíces: oración
perseverante, formación, sacramentos, comunidad, servicio y fidelidad
cotidiana.
No
basta decir: «Yo creo en Dios». Es necesario permitir que esa fe ilumine
nuestras decisiones, transforme nuestras relaciones y sostenga nuestra vida
cuando llegan las pruebas.
Una
fe sin raíces puede brillar por un momento, pero no resiste el calor del día.
La semilla
entre espinos
Jesús
explica que los espinos representan «las preocupaciones del mundo y la
seducción de las riquezas».
Las
preocupaciones forman parte de la vida. Debemos trabajar, sostener nuestras
familias, pagar las obligaciones, cuidar la salud y pensar en el futuro. El
problema comienza cuando esas preocupaciones ocupan todo el corazón y no dejan
espacio para Dios, para los demás ni para la vida interior.
También
las riquezas pueden engañarnos. No porque los bienes materiales sean malos,
sino porque fácilmente llegamos a creer que ellos pueden darnos seguridad,
felicidad y sentido.
Nuestra
sociedad nos repite que valemos por lo que poseemos, compramos, exhibimos o
acumulamos. El consumo puede convertirse en una forma de medir la vida. Sin
darnos cuenta, terminamos teniendo muchas cosas, pero poca paz; numerosos
contactos, pero pocas relaciones profundas; abundante información, pero escasa
sabiduría.
Los
espinos no destruyen inmediatamente la planta. La van ahogando lentamente. Así
también, la fe puede ir desapareciendo sin que lo notemos, sofocada por la
ansiedad, el afán de dinero, la búsqueda de reconocimiento o la obsesión por
las cosas materiales.
Por
eso Jesús nos recuerda: «No
solo de pan vive el hombre».
La semilla
en tierra buena
La
tierra buena no es un corazón perfecto. Es un corazón disponible, humilde y
dispuesto a dejarse trabajar por Dios.
La
buena tierra también necesita ser arada, removida, limpiada, regada y cuidada.
De la misma manera, nuestro corazón necesita conversión permanente.
Ser
buena tierra significa escuchar la Palabra, comprenderla, conservarla y ponerla
en práctica. No se trata solamente de conocer textos bíblicos, sino de permitir
que la Palabra se haga vida:
·
perdonando
cuando cuesta perdonar;
·
ayudando
al necesitado;
·
hablando
con verdad;
·
evitando
la corrupción y la injusticia;
·
acompañando
a quien está solo;
·
defendiendo
la dignidad de toda persona;
·
perseverando
en la oración;
·
construyendo
paz en la familia y en la sociedad.
El
fruto de la Palabra se reconoce en una vida más misericordiosa, más honesta,
más fraterna y más semejante a la de Cristo.
Una creación que espera la cosecha
San
Pablo, en la segunda lectura, amplía todavía más nuestra mirada. Nos dice que
«la creación entera está gimiendo con dolores de parto».
La
creación sufre las consecuencias del pecado humano: la explotación
irresponsable de la naturaleza, la contaminación, la destrucción de los
bosques, el desperdicio del agua y la indiferencia ante quienes padecen los
efectos de los cambios ambientales.
Pero
Pablo no habla de dolores de muerte, sino de dolores de parto. Es decir, en medio del
sufrimiento está naciendo algo nuevo.
También
nosotros gemimos, sufrimos y esperamos. Experimentamos enfermedades, pérdidas,
violencias, divisiones familiares, incertidumbres económicas y crisis sociales.
Sin embargo, el cristiano no interpreta estas realidades desde la
desesperación. Las contempla desde la esperanza de que Dios está conduciendo la
historia hacia su plenitud.
La
semilla parece desaparecer bajo la tierra, pero no ha muerto inútilmente: está
germinando.
Dios siembra con generosidad
Hay
algo sorprendente en la parábola: el sembrador es generoso hasta el exceso. No
siembra únicamente donde tiene asegurado el resultado. Lanza la semilla por
todas partes: junto al camino, entre las piedras, entre espinos y en tierra
buena.
Así
es Dios. No se cansa de sembrar en nosotros, aunque muchas veces hayamos sido
terreno duro. No deja de hablarnos, llamarnos y ofrecernos nuevas
oportunidades.
Dios
no dice: «En este corazón ya no vale la pena sembrar». Él sabe que un terreno
endurecido puede ser removido; que las piedras pueden quitarse; que los espinos
pueden arrancarse; que el desierto puede volver a florecer.
Por
eso, nadie debe considerarse definitivamente perdido. Ningún hijo, ninguna
familia, ninguna comunidad y ninguna sociedad están completamente fuera del
alcance de la gracia.
Tal
vez hoy nuestra realidad parece poco prometedora. Vemos indiferencia religiosa,
debilitamiento de la vida familiar, jóvenes alejados de la Iglesia, violencia,
polarización, pobreza y pérdida de valores. Podemos sentir que la semilla del
Evangelio cae en un mundo que no quiere escuchar.
Pero
Jesús nos dice: no se
desanimen.
No
midamos el Reino únicamente por estadísticas, templos llenos o resultados
visibles. El Evangelio también crece en silencio: en una familia que aprende a
perdonarse, en un joven que descubre su vocación, en una persona que vuelve a
orar, en alguien que renuncia a la venganza, en una comunidad que comparte con
los pobres, en un enfermo que encuentra consuelo y en una persona que decide
comenzar de nuevo.
Sembrar, aunque no veamos inmediatamente la
cosecha
Queridos
hermanos, el Señor nos envía hoy a sembrar.
Sembrar
una palabra de esperanza donde hay desaliento.
Sembrar reconciliación donde existe división.
Sembrar honestidad donde se ha normalizado la corrupción.
Sembrar ternura donde hay dureza.
Sembrar fe donde reina la indiferencia.
Sembrar paz en nuestros hogares y comunidades.
No
siempre veremos inmediatamente el fruto. Algunas semillas germinarán después de
mucho tiempo. Otras serán recogidas por personas que vendrán detrás de
nosotros.
Pero
ninguna semilla sembrada con amor, verdad y fe se pierde delante de Dios.
Pidámosle
al Señor que prepare nuestro corazón. Que remueva nuestra dureza, retire las
piedras, arranque los espinos y nos convierta en tierra buena.
Y
pidámosle también que nos haga sembradores perseverantes, generosos y
esperanzados.
Porque,
aunque el terreno parezca difícil, aunque haya obstáculos, fracasos e
indiferencia, la promesa del Señor permanece:
la Palabra no volverá vacía y la cosecha, por la gracia de
Dios, será abundante.
Amén.
3
La semilla
tiene poder
Queridos
hermanos:
El
Evangelio de este domingo comienza con una escena muy sencilla: «Salió el sembrador a sembrar».
Jesús
no nos presenta a un sembrador calculador, tacaño o temeroso de perder la
semilla. Lo vemos caminar por el campo y lanzar generosamente la semilla en
todas direcciones. Una parte cae junto al camino, otra entre piedras, otra
entre espinos y otra en tierra buena.
A
primera vista, parecería que se desperdicia demasiada semilla. Sin embargo, al
final llega la cosecha: treinta, sesenta y hasta ciento por uno.
La
parábola del sembrador es una llamada a revisar la tierra de nuestro corazón,
pero es también, y ante todo, una gran invitación a la esperanza. Nos recuerda
que la Palabra de Dios tiene dentro de sí una fuerza que no siempre podemos ver
inmediatamente.
El poder escondido de una semilla
Una
pequeña semilla puede parecer algo insignificante. Podemos sostenerla entre los
dedos, perderla fácilmente o pisarla sin darnos cuenta. Pero dentro de ella
existe una fuerza extraordinaria.
Durante
el siglo pasado, algunos científicos desarrollaron nuevas variedades de trigo y
arroz que ayudaron a evitar grandes hambrunas en países muy poblados. Una
semilla aparentemente pequeña llegó a multiplicar las cosechas y a alimentar a
millones de personas.
Si
una semilla natural posee semejante poder, cuánto más la Palabra de Dios.
Por
eso Isaías afirma en la primera lectura:
«Como bajan la lluvia y la nieve del cielo y empapan la
tierra, así será mi palabra: no volverá a mí vacía, sino que cumplirá mi
voluntad».
Dios
no habla inútilmente. Su Palabra siempre lleva una misión y una promesa.
Puede
suceder que nosotros no veamos inmediatamente los resultados. Un padre aconseja
a su hijo y parece que este no escucha. Una madre ora durante años por su
familia y no percibe cambios. Un catequista enseña con paciencia y piensa que
sus palabras se pierden. Un sacerdote predica y a veces siente que el mensaje
no alcanza los corazones.
Sin
embargo, la Palabra puede permanecer allí, escondida, esperando el momento
adecuado para germinar.
Una
enseñanza recibida durante la infancia puede despertar muchos años después. Una
frase del Evangelio escuchada en una celebración puede regresar a la memoria
durante una enfermedad, una crisis familiar o una decisión importante.
La
Palabra de Dios no vuelve vacía.
La historia del bambú
Existe
una variedad de bambú que, después de ser sembrada, pasa varias semanas sin
mostrar crecimiento visible. El agricultor riega la tierra, la cuida y espera,
pero no ve que aparezca ningún tallo.
Podría
pensar que la semilla está muerta o que su esfuerzo fue inútil.
Sin
embargo, durante ese tiempo la planta está desarrollando bajo tierra una
extensa red de raíces. Después comienza a crecer de manera sorprendentemente
rápida.
Algo
semejante ocurre en la vida espiritual.
Nosotros
queremos resultados inmediatos. Queremos que una oración sea respondida
enseguida, que una predicación transforme a todos en el momento, que nuestros
hijos cambien de actitud de un día para otro y que nuestras comunidades
respondan inmediatamente.
Pero
Dios trabaja muchas veces en silencio, bajo la superficie, formando raíces.
No
debemos confundir la falta de resultados visibles con la ausencia de la acción
de Dios.
¿Qué tipo de tierra somos?
Jesús
explica que la semilla es la Palabra y que el terreno representa el corazón de
quienes la escuchan.
No
debemos imaginar que existen cuatro clases permanentes de personas y que cada
uno pertenece para siempre a una de ellas. La verdad es que todos podemos
tener, en distintos momentos, algo de camino endurecido, de terreno pedregoso,
de espinos y también de tierra buena.
El camino
endurecido
La
semilla que cae junto al camino no logra entrar en la tierra.
Representa
a quien escucha la Palabra, pero no permite que penetre en su vida.
Hoy
podemos escuchar el Evangelio mientras nuestra mente está ocupada en muchas
otras cosas: el trabajo, las deudas, las noticias, el teléfono, las redes
sociales o los problemas familiares.
No
rechazamos abiertamente a Dios; simplemente no le prestamos atención.
Podemos
estar físicamente en la iglesia, pero con el corazón muy lejos. La Palabra pasa
cerca de nosotros, pero no encuentra una puerta abierta.
Necesitamos
preguntarnos: ¿escucho realmente a Dios o solamente oigo palabras?
El terreno
pedregoso
La
semilla germina con rapidez, pero no puede echar raíces profundas.
Es
la fe de los entusiasmos pasajeros.
Algunas
personas se emocionan con una predicación, un retiro o una experiencia
espiritual. Dicen que cambiarán su vida, pero cuando aparece la dificultad,
abandonan.
La
fe no puede depender solamente de las emociones. Necesita raíces: oración
constante, formación, sacramentos, comunidad, servicio y perseverancia.
Mientras
todo va bien es fácil decir que creemos. La profundidad de la fe se descubre
cuando llega la enfermedad, la crítica, la decepción o el sufrimiento.
Los espinos
Jesús
dice que los espinos son las preocupaciones del mundo y la seducción de las
riquezas.
Todos
necesitamos trabajar y procurar una vida digna. El problema comienza cuando las
preocupaciones, el dinero, el éxito o el deseo de reconocimiento ocupan todo el
corazón.
Podemos
tener muchas cosas, pero poca paz. Podemos estar rodeados de personas y
sentirnos solos. Podemos conocer muchas noticias y desconocer lo que sucede
dentro de nuestra propia alma.
Los
espinos no destruyen la planta inmediatamente; la van ahogando poco a poco.
De
la misma manera, la fe puede ir debilitándose lentamente cuando dejamos de
orar, dejamos de participar en la Eucaristía, postergamos la reconciliación o
permitimos que el resentimiento y la codicia se instalen en nosotros.
La tierra
buena
La
tierra buena no representa a personas perfectas. Representa a quienes tienen un
corazón disponible y se dejan trabajar por Dios.
La
tierra buena necesita ser arada, limpiada, regada y cuidada. Nuestro corazón
también necesita conversión.
La
Palabra produce fruto cuando nos ayuda a perdonar, a compartir, a servir, a
decir la verdad, a ser honestos, a acompañar al que sufre y a construir la paz.
No
basta escuchar la Palabra. Es necesario permitir que se convierta en obras.
Una historia para sonreír y pensar
Se
cuenta que cuatro hermanos, muy exitosos profesionalmente, querían demostrar
cuánto amaban a su anciana madre.
El
primero le regaló una casa enorme.
El
segundo instaló en la casa un teatro con sonido de última generación.
El
tercero le compró un automóvil costoso.
El
cuarto recordó que su madre amaba la Biblia, pero ya casi no podía leer.
Entonces consiguió un loro que, según le aseguraron, podía recitar cualquier
capítulo y versículo de la Sagrada Escritura.
El
loro había costado una fortuna, porque muchos maestros religiosos lo habían
entrenado durante años.
Días
después, la madre escribió agradeciendo los regalos.
Al
primero le dijo:
«Hijo,
la casa es tan grande que solo utilizo una habitación, pero tengo que limpiarla
toda».
Al
segundo:
«El
teatro es hermoso, pero casi no veo, escucho poco y ya no tengo con quién
llenarlo».
Al
tercero:
«El
automóvil es muy elegante, pero ya no conduzco y casi nunca salgo».
Y
al cuarto le escribió:
«Querido
hijo: tú sí supiste lo que le gusta a tu madre. El pollo que me enviaste estaba
delicioso».
La
historia nos hace sonreír, pero contiene una enseñanza: no basta tener la
Palabra cerca, ni siquiera oírla repetir. Hay que comprenderla, acogerla y
permitir que transforme la vida.
Podemos
tener varias Biblias en casa y no leer ninguna. Podemos escuchar muchas
homilías y no cambiar una sola actitud. Podemos conocer muchas oraciones y
guardar resentimientos.
La
semilla solo produce fruto cuando entra en la tierra.
Los dolores de parto de la creación
San
Pablo nos dice en la segunda lectura que toda la creación está gimiendo con
dolores de parto.
Nuestra
humanidad también gime: por las guerras, la violencia, las divisiones
familiares, la pobreza, la enfermedad, la corrupción y la destrucción de la
naturaleza.
Pero
Pablo no habla de dolores de muerte. Habla de dolores de parto.
Esto
significa que, en medio del sufrimiento, Dios puede estar haciendo nacer algo
nuevo.
La
semilla desaparece bajo la tierra y parece morir. Pero precisamente allí
comienza su transformación.
A
veces los momentos más difíciles de nuestra vida pueden convertirse en la
tierra donde germinan la fe, la paciencia, la compasión y una relación más
profunda con Dios.
Dios no se cansa de sembrar
Algo
hermoso de la parábola es la generosidad del sembrador.
Dios
no siembra solamente en los corazones que parecen estar bien preparados.
También siembra en nosotros cuando estamos distraídos, endurecidos, heridos o
llenos de preocupaciones.
Dios
no dice: «En esta persona ya no vale la pena sembrar».
Él
sigue hablando, llamando, perdonando y ofreciendo nuevas oportunidades.
Un
camino endurecido puede ser removido. Las piedras pueden quitarse. Los espinos
pueden arrancarse. Una tierra seca puede volver a ser fértil.
Por
eso nadie debe considerarse definitivamente perdido.
Ningún
hijo, ninguna familia, ninguna comunidad y ninguna persona están fuera del
alcance de la gracia de Dios.
Estamos llamados a sembrar
No
solo debemos preguntarnos qué tipo de tierra somos. También debemos recordar
que todos somos sembradores.
Sembramos
con nuestras palabras, nuestras actitudes, nuestros ejemplos y nuestras
decisiones.
Podemos
sembrar esperanza o desaliento.
Podemos
sembrar reconciliación o división.
Podemos
sembrar bondad o amargura.
Podemos
sembrar fe o indiferencia.
Una
palabra de ánimo puede cambiar el día de una persona. Un gesto de perdón puede
sanar una familia. Una ayuda sencilla puede devolver la esperanza. Una oración
puede sostener a alguien que está a punto de rendirse.
No
siempre veremos el fruto. Algunas semillas germinarán después de mucho tiempo.
Otras serán cosechadas por personas que vendrán después de nosotros.
Nuestra
misión es sembrar con generosidad. Dios se encargará de hacer crecer la
semilla.
Pidamos
hoy al Señor que prepare la tierra de nuestro corazón.
Que
quite nuestra dureza, retire las piedras de la superficialidad, arranque los
espinos del egoísmo y nos convierta en tierra buena.
Y
pidámosle también que nos haga sembradores pacientes y esperanzados, capaces de
confiar en la fuerza escondida de su Palabra.
Porque
la lluvia no cae inútilmente, la semilla no es insignificante y la Palabra de
Dios nunca vuelve vacía.
La
cosecha llegará.
Amén.
