sábado, 4 de julio de 2026

5 de julio del 2026: decimocuarto domingo del tiempo ordinario- Ciclo A

 

Compañero de los pequeños

En el “himno de júbilo”, Jesús cambia nuestras lógicas humanas. No se dirige primero a los sabios seguros de sí mismos, sino a los pequeños: aquellos que no pretenden dominar el misterio de Dios, sino acogerlo con humildad.

Jesús no desprecia la inteligencia; lo que cuestiona es la autosuficiencia. Hay un saber que ilumina, pero también un orgullo disfrazado de saber que cierra el corazón a la gracia.

Los pequeños, en cambio, no poseen a Dios: se dejan encontrar por Él. No quieren controlarlo todo; saben confiar. Por eso descubren lo que permanece oculto para los corazones cerrados.

Luego Jesús pronuncia una de sus palabras más consoladoras: “Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo los aliviaré”. No dice: vengan cuando estén fuertes o perfectos. Dice: vengan cansados, heridos, frágiles, con sus cargas y preocupaciones.

Su descanso no elimina mágicamente los problemas, pero nos enseña a cargarlos con Él. Su yugo es suave porque está hecho de amor. Y lo que se lleva con amor cambia de peso.

“Aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón”. En un mundo duro, competitivo y orgulloso, Jesús nos ofrece otro camino: la mansedumbre, la humildad y la confianza.

Cristo sigue siendo compañero de los pequeños. Se acerca a quienes ya no pueden fingir fortaleza, levanta a los cansados y nos recuerda que el verdadero descanso no consiste en vivir sin cargas, sino en dejarnos acompañar por Él.

¿Qué cargas necesito entregar hoy al Señor?

¿En qué momentos mi orgullo o autosuficiencia me impiden acoger la gracia de Dios?

¿Soy descanso para los demás, o aumento el peso que otros ya llevan?

G.Q


Primera lectura

Zac 9, 9-10

Mira a tu rey que viene a ti pobre

Lectura de la profecía de Zacarías.

ESTO dice el Señor:
«¡Salta de gozo, Sion;
alégrate, Jerusalén!
Mira que viene tu rey,
justo y triunfador,
pobre y montado en un borrico,
en un pollino de asna.
Suprimirá los carros de Efraín
y los caballos de Jerusalén;
romperá el arco guerrero
y proclamará la paz a los pueblos.
Su dominio irá de mar a mar,
desde el Río hasta los extremos del país».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 144, 1bc-2. 8-9. 10-11. 13cd-14 (R.: cf. 1bc)

R. Bendeciré tu nombre por siempre, Dios mío, mi rey.

O bien:

R. Aleluya.

V. Te ensalzaré, Dios mío, mi rey;
bendeciré tu nombre por siempre jamás.
Día tras día, te bendeciré
y alabaré tu nombre por siempre jamás. 
R.

V. El Señor es clemente y misericordioso,
lento a la cólera y rico en piedad;
el Señor es bueno con todos,
es cariñoso con todas sus criaturas.
 R.

V. Que todas tus criaturas te den gracias, Señor,
que te bendigan tus fieles.
Que proclamen la gloria de tu reinado,
que hablen de tus hazañas. 
R.

V. El Señor es fiel a sus palabras,
bondadoso en todas sus acciones.
El Señor sostiene a los que van a caer,
endereza a los que ya se doblan.
 R.

 

Segunda lectura

Rom 8, 9. 11-13

Si con el Espíritu dan muerte a las obras del cuerpo, vivirán

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos.

HERMANOS:
Ustedes no están en la carne, sino en el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios habita en ustedes; en cambio, si alguien no posee el Espíritu de Cristo no es de Cristo.
Y si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en ustedes, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús también dará vida a sus cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en ustedes. Así pues, hermanos, somos deudores, pero no de la carne para vivir según la carne. Pues si viven según la carne, morirán; pero si con el Espíritu dan muerte a las obras del cuerpo, vivirán.

Palabra de Dios.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Bendito seas, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has revelado los misterios del reino a los pequeños. R.

 

Evangelio

Mt 11, 25-30

Soy manso y humilde de corazón

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, tomó la palabra Jesús y dijo:
«Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, así te ha parecido bien.
Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.
Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo los aliviaré. Tomen mi yugo sobre ustedes y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontrarán descanso para sus almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera».

Palabra del Señor.

 

*************

 

A guisa de introducción

En los Estados Unidos, durante las celebraciones del Día de la Independencia, suele recordarse un conocido poema de Emma Lazarus, inscrito en la base de la Estatua de la Libertad: “Denme a sus cansados, a sus pobres, a esas multitudes hacinadas que anhelan respirar en libertad… Envíenme a los sin hogar, sacudidos por la tempestad: yo levanto mi lámpara junto a la puerta dorada”.

Estas palabras, aunque nacidas en otro contexto, hablan de una humanidad cansada, desplazada, herida y necesitada de acogida. Y no son ajenas a nuestra realidad colombiana. También en nuestro país hay multitudes fatigadas: familias desplazadas por la violencia, campesinos que cargan el peso de la pobreza, jóvenes sin oportunidades, migrantes que buscan un nuevo comienzo, enfermos, ancianos solos, madres cabeza de hogar, comunidades rurales olvidadas y tantos hermanos que viven bajo el peso de la incertidumbre.

Pero las lecturas de este domingo, especialmente el Evangelio, nos ofrecen un mensaje todavía más profundo y esperanzador. Jesús no solo abre una puerta de acogida; Él mismo se convierte en descanso para el alma. Su invitación es clara y consoladora: “Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo los aliviaré… Carguen con mi yugo y encontrarán descanso”.

Resumen de las lecturas

En la primera lectura, el profeta Zacarías consuela al pueblo judío que vivía bajo dominación extranjera. Les anuncia la llegada de un Rey distinto a los reyes poderosos de este mundo: un Rey humilde, justo y pacífico, que entra montado en un asno. No viene con violencia ni con arrogancia, sino con mansedumbre. Este Rey mesiánico traerá paz, descanso y libertad.

Esta imagen ilumina también nuestra realidad colombiana. En un país tantas veces marcado por la confrontación, la polarización, la desigualdad y la violencia, la Palabra nos recuerda que la verdadera esperanza no nace de la imposición ni del odio, sino de la humildad, la justicia y la paz. Cristo no viene a aplastar al cansado, sino a levantarlo.

El salmo responsorial, tomado del Salmo 145, es una alabanza al Dios compasivo y misericordioso, al Dios que sostiene a los que caen y levanta a los agobiados. Es el Dios que no permanece indiferente ante quienes llevan cargas demasiado pesadas. Él mira al pobre, al humilde, al enfermo, al desplazado, al pecador arrepentido y al que ya no puede más.

En la segunda lectura, san Pablo habla a la comunidad cristiana de Roma sobre dos maneras de vivir: según la carne o según el Espíritu. La “carne” no se refiere simplemente al cuerpo, sino a una vida encerrada en el egoísmo, el pecado, la violencia, la ambición y la autosuficiencia. El “Espíritu”, en cambio, es la vida nueva que viene de Cristo resucitado.

También nosotros, como sociedad y como Iglesia en Colombia, estamos llamados a elegir. Podemos seguir bajo el yugo pesado del rencor, la corrupción, la indiferencia, la venganza y el individualismo; o podemos dejarnos conducir por el Espíritu de Jesús, que nos hace libres para amar, servir, perdonar y construir fraternidad.

En el Evangelio, Jesús dirige una de las invitaciones más hermosas de toda la Escritura: “Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo los aliviaré”. Él no se dirige a los autosuficientes, sino a los que reconocen que necesitan ayuda. No llama primero a los fuertes, sino a los cansados. No desprecia al que cae; lo invita a descansar en Él.

Cuando Jesús dice: “Mi yugo es llevadero y mi carga ligera”, no está diciendo que la vida cristiana no tenga exigencias. Seguir a Cristo implica cargar la cruz, perdonar, servir, renunciar al egoísmo y amar incluso cuando cuesta. Pero el yugo de Jesús es distinto: no esclaviza, no aplasta, no roba la alegría. Es un yugo llevado con Él, sostenido por Él y transformado por el amor.

La carga no siempre desaparece, pero cambia cuando se lleva con Cristo. Una enfermedad, una pérdida, una dificultad familiar, una preocupación económica o una herida interior pueden parecer insoportables cuando se cargan en soledad. Pero cuando las ponemos en manos del Señor, descubrimos que Él no nos abandona, que camina con nosotros y que su amor hace más ligera incluso la carga más pesada.

Mensajes para la vida

Primero, necesitamos descargar nuestras cargas en el Señor. Muchas veces pretendemos cargar solos lo que nos supera: preocupaciones, culpas, miedos, tristezas, fracasos, cansancios familiares, heridas del pasado y angustias por el futuro. Jesús hoy nos dice: “Vengan a mí”. No dice: “Resuelvan todo primero y luego vengan”. No dice: “Vengan cuando sean perfectos”. Dice: “Vengan cansados, vengan agobiados, vengan como están”.

Por eso la oración personal y familiar es tan necesaria. Al final del día, cuando nos ponemos delante de Dios, podemos entregarle lo que nos pesa, pedir perdón por nuestras faltas, agradecer sus bendiciones y descansar en su misericordia. La oración no es una fuga de la realidad; es el lugar donde el corazón recupera fuerza para seguir caminando.

También la Eucaristía es el lugar privilegiado donde descargamos nuestras cargas. En cada Santa Misa ponemos sobre el altar nuestra vida: nuestras alegrías y tristezas, nuestras fatigas y esperanzas, nuestros pecados y deseos de conversión. Allí Jesús toma nuestra vida herida y la une a su propia entrega. En el altar, Él enfría los “radiadores recalentados” de nuestras vidas agitadas, nos devuelve la paz y nos alimenta con su Cuerpo y su Sangre.

Segundo, necesitamos ser liberados de cargas innecesarias. No toda carga viene de Dios. Hay pesos que nosotros mismos nos imponemos o que la sociedad nos impone: la obsesión por aparentar, el deseo de tener siempre la razón, la comparación con los demás, el resentimiento, la ambición desmedida, la dependencia de la aprobación ajena, la esclavitud del dinero, la violencia verbal, la falta de perdón y la vida sin Dios.

Jesús quiere quitar de nuestra espalda esas cargas que nos roban la vida. Él no quiere vernos aplastados por el pecado, el miedo o la desesperanza. Por eso nos ofrece su propio yugo: el mandamiento del amor. Amar a Dios y al prójimo no siempre es fácil, pero es el único camino que nos hace verdaderamente libres.

El yugo de Jesús es ligero porque lo cargamos con Él. Él nos da la fuerza del Espíritu Santo para vivir como hijos de Dios. Nos ayuda a perdonar cuando solos no podemos, a servir cuando estamos cansados, a esperar cuando todo parece oscuro, a levantarnos cuando hemos caído y a seguir creyendo cuando la vida se vuelve difícil.

Finalmente, no estamos llamados solo a encontrar descanso para nosotros mismos. También estamos llamados a ser descanso para otros. Una palabra amable, una visita, una escucha paciente, una ayuda concreta, una oración sincera, una actitud reconciliadora pueden convertirse en alivio para alguien que ya no puede más.

En una Colombia necesitada de paz, reconciliación y esperanza, los discípulos de Jesús debemos ser hombres y mujeres que no aumentan las cargas de los demás, sino que ayudan a llevarlas. Que nuestras familias, parroquias y comunidades sean lugares donde los cansados encuentren acogida, donde los heridos encuentren consuelo, donde los pobres encuentren cercanía y donde todos puedan descubrir que Cristo sigue diciendo: “Vengan a mí… y yo los aliviaré”.

Que el Señor nos conceda la gracia de descansar en Él, de cargar con su yugo de amor y de convertirnos también nosotros en alivio, paz y esperanza para nuestros hermanos. Amén.


 

Aproximación psicológico-social a los textos:

 

Vengan a mí: una palabra para los cansados

El Evangelio de este domingo toca una de las fibras más hondas del ser humano: el cansancio. No solo el cansancio del cuerpo después de una larga jornada, sino ese cansancio más silencioso que se instala en el alma cuando la vida pesa demasiado.

Jesús dice: “Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo los aliviaré”. No habla a los perfectos, ni a los fuertes, ni a los que tienen todas las respuestas. Habla a los que ya no pueden más, a los que cargan preocupaciones, culpas, duelos, enfermedades, conflictos familiares, angustias económicas, soledades y heridas que no siempre se ven.

En Colombia entendemos bien esta palabra. Somos un pueblo alegre, creyente y resistente, pero también un pueblo cansado. Cansado de la violencia que vuelve con distintos rostros, de la pobreza que golpea a tantas familias, de la corrupción que roba confianza, de la polarización que rompe la conversación, de la inseguridad que roba la paz, del abandono que sufren muchas comunidades rurales. Hay cansancios personales, pero también cansancios sociales. Hay heridas íntimas, pero también heridas colectivas.

Jesús no niega ese peso. No lo minimiza. No dice: “No se quejen”. Tampoco ofrece una solución superficial. Su primera respuesta es una invitación: “Vengan a mí”. En términos humanos, podríamos decir que Jesús se ofrece como un lugar seguro: alguien ante quien podemos dejar de fingir, dejar de defendernos, dejar de aparentar fortaleza. Él no aplasta al cansado; lo recibe. No humilla al herido; lo levanta.

Pero hay algo sorprendente. Jesús no dice: “Vengan y no tendrán que cargar nada”. Dice: “Carguen con mi yugo”. El problema, entonces, no está simplemente en tener cargas, sino en qué clase de cargas llevamos y con quién las llevamos. Hay yugos que destruyen: el resentimiento, la culpa mal vivida, la ambición, el miedo, la obsesión por tener razón, la necesidad de aparentar, el odio, la indiferencia y el pecado. Esos pesos van enfermando el corazón y deteriorando la convivencia.

El yugo de Jesús, en cambio, no esclaviza. Es el yugo del amor. Y lo que se carga con amor cambia de peso. No siempre desaparece la dificultad, pero aparece un sentido. No siempre se elimina la cruz, pero ya no se carga en soledad. Jesús no promete una vida sin problemas; promete caminar con nosotros en medio de ellos.

Por eso dice: “Aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón”. Esta frase tiene una enorme fuerza social. En un ambiente donde muchos gritan, Jesús propone mansedumbre. En una cultura donde tantos quieren imponerse, Jesús propone humildad. En un país herido por la confrontación, Él nos recuerda que la paz no nace de la prepotencia, sino de corazones capaces de escuchar, perdonar y servir.

La primera lectura presenta al Mesías como un rey humilde que entra montado en un asno, no en un caballo de guerra. Es la imagen de un Dios que no salva aplastando, sino levantando; no venciendo por la fuerza, sino sembrando paz desde dentro. Y san Pablo nos recuerda que no estamos llamados a vivir según la carne —es decir, según el egoísmo y la violencia interior—, sino según el Espíritu, que nos hace libres para amar.

El descanso que Jesús ofrece no es simple reposo emocional. Es una restauración del corazón. Es volver a encontrar el centro. Es recordar que no somos máquinas de producir, ni fracasos acumulados, ni heridas sin remedio. Somos hijos amados de Dios. Descansar en Cristo es permitirle ordenar nuestros afectos, sanar nuestras memorias y devolvernos la capacidad de amar.

En la Eucaristía vivimos esta experiencia. Llegamos con nuestras cargas y las ponemos sobre el altar: la familia, la enfermedad, los duelos, el cansancio, las culpas, el país, la comunidad, la propia historia. Cristo no siempre quita mágicamente el peso, pero nos da su presencia. Y cuando Él está, la carga ya no se lleva igual.

Tal vez la pregunta de este domingo sea muy sencilla: ¿qué carga necesito entregarle hoy al Señor? Pero hay otra pregunta igualmente importante: ¿soy yo descanso para los demás o soy una carga más sobre sus hombros?

Porque quien descansa en Cristo aprende también a aliviar. Una palabra amable, una escucha paciente, una visita, una oración, un gesto de reconciliación pueden ser descanso para alguien que ya no puede más.

Hoy Jesús nos dice: “Ven a mí con tu cansancio. Ven con tu historia. Ven con tus heridas. Ven como estás”. Y nosotros podemos responderle: Señor, aquí está mi carga. Enséñame a llevarla contigo. Dame tu mansedumbre, tu humildad y tu Espíritu. Y haz de mí un pequeño descanso para mis hermanos. Amén.

 

Reflexión central

1

 

La sabiduría de los pequeños y el descanso de Cristo

El Evangelio de este domingo nos presenta dos palabras de Jesús que, a primera vista, parecen sencillas, pero que contienen una profunda sabiduría espiritual. Primero, Jesús bendice al Padre porque ha escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las ha revelado a los pequeños. Luego, invita a los cansados y agobiados a venir a Él para encontrar descanso.

Estas dos partes están íntimamente unidas. Jesús nos enseña que solo el corazón humilde puede comprender el misterio de Dios, y solo quien reconoce su cansancio puede dejarse aliviar por Él.

Cuando Jesús habla de los “sabios y entendidos”, no está despreciando la inteligencia, la ciencia o el estudio. La fe cristiana nunca ha sido enemiga de la razón. Lo que Jesús cuestiona es la autosuficiencia: esa actitud de quien cree que puede vivir sin Dios, decidir sin Dios, juzgar sin Dios y construir su vida como si Dios no existiera.

Esta fue, en el fondo, la tentación antigua del ser humano desde el jardín del Edén. Adán y Eva quisieron alcanzar por sí mismos el conocimiento del bien y del mal. No aceptaron depender de Dios. Buscaron una autonomía absoluta, y allí estuvo su caída. Porque la verdadera sabiduría no nace de apartarse de Dios, sino de someterse humildemente a Él.

También hoy, en nuestra realidad colombiana, necesitamos escuchar esta Palabra. Vivimos en un país lleno de talentos, inteligencia, creatividad y capacidad de lucha. Pero también sufrimos cuando esa inteligencia se separa de la ética, cuando la astucia se vuelve corrupción, cuando la viveza reemplaza la honestidad, cuando la política se llena de arrogancia, cuando la economía olvida al pobre, cuando la violencia pretende imponerse como camino y cuando cada uno quiere tener la razón sin escuchar al otro.

El Evangelio nos recuerda que no basta ser hábiles, informados o poderosos. Podemos saber mucho y, sin embargo, estar espiritualmente ciegos. Podemos tener muchos títulos, dinero, influencia o experiencia, y no saber amar, perdonar, servir ni reconocer a Dios. La verdadera sabiduría comienza cuando aceptamos que somos pequeños delante del Señor.

San Pablo, en la segunda lectura, lo expresa de otra manera: hay una vida según la carne y una vida según el Espíritu. Vivir según la carne es vivir encerrados en el egoísmo, la autosuficiencia, la ambición y el pecado. Vivir según el Espíritu es dejarnos conducir por Dios, reconocer que no nos salvamos solos y permitir que la gracia transforme nuestra vida desde dentro.

Muchas veces estamos tan ocupados en el mundo visible —lo que se ve, se mide, se compra, se publica, se comenta— que olvidamos el mundo interior, el mundo del Espíritu. Y cuando el alma pierde silencio, pierde también la capacidad de ver a Dios. Por eso necesitamos recuperar la oración, la escucha, la humildad y el asombro. Dios no se revela al corazón lleno de orgullo, sino al corazón disponible.

La segunda parte del Evangelio nos lleva a otra paradoja. Jesús dice: “Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo los aliviaré”. Pero enseguida añade: “Carguen con mi yugo”. Humanamente, esto parece extraño. Si alguien está cansado, esperaríamos que Jesús le dijera: “Quítate todo y descansa”. Pero Jesús no nos ofrece una vida sin yugo; nos ofrece su yugo.

El yugo era instrumento de trabajo. En la tradición judía, también podía representar la Ley. Muchos vivían la religión como un peso insoportable, cargado de normas, miedos y exigencias. Jesús no viene a aplastar con más cargas. Él ofrece el yugo de la gracia: no depender solamente de nuestras fuerzas, sino caminar unidos a Él.

También nosotros tenemos nuestros propios yugos. No siempre son los de la antigua Ley, pero sí otros muy pesados: el yugo del rendimiento, de tener que demostrar siempre algo, de cumplir expectativas ajenas, de aparentar, de competir, de producir, de ser exitosos, de no fallar. Muchos padres se sienten culpables porque sus hijos no resultan como esperaban. Muchos trabajadores viven agotados porque temen decir “no”. Muchos jóvenes cargan la presión de las redes, la comparación y la aprobación. Muchas familias cargan deudas, enfermedades, duelos, conflictos y cansancios acumulados.

Y a nivel social, Colombia carga yugos pesados: violencia, pobreza, inseguridad, corrupción, polarización, abandono de muchas comunidades y falta de confianza. A veces queremos cargar todo esto solo con nuestras fuerzas, con rabia, con discursos, con ideologías o con soluciones rápidas. Pero terminamos más cansados.

Jesús no nos invita a huir de la realidad. Nos invita a cargarla con Él. Su yugo es suave no porque la vida cristiana sea fácil, sino porque Él carga con nosotros. Cuando estamos unidos a Cristo, Él lleva el mayor peso. Él camina a nuestro ritmo, nos sostiene, nos corrige, nos levanta y nos enseña a vivir desde la gracia y no desde la pura exigencia.

El yugo de Cristo no siempre es cómodo, pero nunca destruye. No siempre evita la cruz, pero le da sentido. No siempre elimina la fatiga, pero nos impide caer en la desesperanza. Bajo el yugo de la gracia podemos aceptar nuestra fragilidad, nuestras limitaciones y nuestras luchas, sabiendo que no caminamos solos.

Por eso, el discípulo cristiano aprende dos cosas esenciales: a ser pequeño ante Dios y a descansar en Cristo. Ser pequeño no es ser débil o ignorante; es vivir con humildad. Descansar en Cristo no es dejar de trabajar o de luchar; es dejar de cargar la vida como si todo dependiera solamente de nosotros.

Y aquí aparece para nosotros la Virgen María como modelo luminoso de esta Palabra. María fue la pequeña del Señor, la humilde sierva que no pretendió dominar el misterio, sino acogerlo: “Hágase en mí según tu palabra”. Ella no lo entendió todo desde el principio, pero confió. Guardó la Palabra en su corazón, caminó en la fe y se dejó conducir por el Espíritu.

María también cargó su yugo: el de la maternidad, el de la incertidumbre, el de la pobreza de Belén, el del exilio, el de la espada que atravesó su alma al pie de la cruz. Pero nunca cargó sola. Su fuerza estuvo en permanecer unida a Dios.

Que la Virgen María, Madre humilde y fiel, nos enseñe a ser pequeños ante el Señor, a no vivir desde la soberbia sino desde la confianza; a no dejarnos aplastar por los yugos de este mundo, sino a tomar el yugo suave de Cristo. Que Ella acompañe a Colombia, a nuestras familias, a nuestras comunidades y a todos los cansados y agobiados. Y que, como Madre, nos lleve siempre hacia Jesús, único descanso verdadero del corazón. Amén.

 

2

 

La oración al Padre en el Hijo

 

Hermanos y hermanas:

La Palabra de Dios de este domingo nos invita a contemplar una de las escenas más hermosas y profundas del Evangelio: Jesús orando al Padre. No se trata simplemente de una frase piadosa ni de una oración improvisada. Es como si, por un momento, el Evangelio nos permitiera asomarnos al corazón mismo de Jesús, a su intimidad con el Padre.

Jesús exclama: “Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla”. En esta oración, Jesús reconoce públicamente la grandeza del Padre. Lo llama “Señor del cielo y de la tierra”, es decir, dueño de todo, origen de todo, meta de todo. Jesús, siendo el Hijo eterno, no vive de espaldas al Padre, sino en una relación continua de amor, obediencia, confianza y alabanza.

Y aquí encontramos una primera enseñanza para nuestra vida cristiana: la fe comienza cuando aprendemos a mirar la vida desde Dios y hacia Dios. Muchas veces oramos solo para pedir, reclamar, resolver urgencias o descargar angustias. Todo eso también puede entrar en la oración. Pero Jesús nos enseña que la oración comienza con la alabanza: “Te doy gracias, Padre”. Antes de pedir, Jesús reconoce. Antes de hablar de sus cargas, bendice. Antes de mirar el cansancio humano, contempla la voluntad amorosa del Padre.

Esta actitud de Jesús ilumina también la primera lectura del profeta Zacarías: “Mira a tu rey que viene a ti justo y victorioso; humilde, cabalgando en un asno”. El rey prometido no viene con arrogancia, violencia ni dominio aplastante. Viene humilde. Viene manso. Viene desarmado. Viene a traer la paz. Este anuncio se cumple plenamente en Cristo. Él es el Rey humilde que no conquista por la fuerza, sino por el amor; no domina imponiendo miedo, sino atrayendo con misericordia.

Qué distinto es este Rey de los poderes de este mundo. En nuestra sociedad, muchas veces se admira al que grita más fuerte, al que se impone, al que humilla, al que aparenta saberlo todo. Pero el Evangelio nos muestra otro camino: el camino de los pequeños, de los mansos, de los humildes, de quienes no se creen autosuficientes. Por eso Jesús dice que el Padre ha revelado sus secretos no a los “sabios y entendidos”, sino a los pequeños.

No se trata de despreciar la inteligencia, el estudio o la formación. La Iglesia siempre ha amado la sabiduría verdadera. Lo que Jesús denuncia es la soberbia del corazón cerrado, la autosuficiencia de quien cree que no necesita de Dios, la inteligencia que se vuelve orgullo, la religión que se vuelve apariencia, el conocimiento que no se convierte en amor.

Los pequeños, en cambio, son los que se dejan enseñar. Son los que saben decir: “Señor, no lo entiendo todo, pero confío en Ti”. Son los que se saben necesitados. Son los que no viven de máscaras. Son los que llegan ante Dios con el corazón abierto, sin pretender comprar su amor ni merecerlo todo por sus propias fuerzas.

El salmo de este domingo nos ayuda a reconocer ese rostro de Dios: “El Señor es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad; el Señor es bueno con todos”. Este es el Padre que Jesús revela. No un Dios distante, frío o vengativo, sino un Padre compasivo, cercano, paciente, que sostiene a los que van a caer y endereza a los que ya se doblan bajo el peso de la vida.

Y por eso el Evangelio culmina con una invitación profundamente consoladora: “Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo los aliviaré”. Qué palabras tan necesarias. Jesús no dice: “Vengan a mí solo los fuertes, los perfectos, los que nunca se equivocan”. Dice: “Vengan los cansados, los agobiados, los que llevan peso, los que ya no pueden más”.

Todos cargamos algo. Unos cargan enfermedades. Otros cargan duelos. Otros cargan culpas. Otros cargan problemas familiares, dificultades económicas, soledad, ansiedad, heridas antiguas, cansancio espiritual. A veces cargamos incluso una imagen equivocada de Dios, como si Él fuera solamente un juez implacable y no el Padre misericordioso que Jesús nos revela.

Pero Cristo nos dice hoy: “Vengan a mí”. No dice: “Resuelvan primero su vida y después vengan”. No dice: “Hagan méritos y después los recibiré”. Dice: “Vengan”. Vengan con su pobreza, con su cansancio, con sus lágrimas, con sus luchas, con sus pecados arrepentidos, con sus preguntas. Vengan, porque yo los aliviaré.

Ahora bien, Jesús no promete una vida sin cruz. Él dice: “Carguen con mi yugo y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón”. El yugo de Cristo no es una esclavitud. Es una comunión. Antiguamente el yugo unía a dos animales para caminar juntos y llevar la carga. Jesús nos está diciendo: “No lleves la vida solo. Camina conmigo. Une tu carga a la mía. Aprende mi mansedumbre. Aprende mi humildad. Aprende mi confianza en el Padre”.

Aquí entra con fuerza la segunda lectura, tomada de la carta de san Pablo a los Romanos. San Pablo nos recuerda que no estamos llamados a vivir según la carne, sino según el Espíritu. Vivir según la carne no significa simplemente tener cuerpo; significa vivir encerrados en el egoísmo, en el orgullo, en los impulsos desordenados, en la autosuficiencia, en todo aquello que nos aleja de Dios. Vivir según el Espíritu es dejar que el mismo Espíritu que resucitó a Jesús habite en nosotros y vaya transformando nuestro corazón.

El descanso que Jesús promete no es una anestesia superficial. Es el descanso profundo de quien vive reconciliado con Dios. Es el descanso de quien ya no necesita aparentar. Es el descanso de quien se sabe amado. Es el descanso de quien aprende a decir con Cristo: “Padre, hágase tu voluntad”. Es el descanso que nace cuando dejamos de vivir esclavos del orgullo y comenzamos a vivir conducidos por el Espíritu.

Por eso, la oración de Jesús en el Evangelio está muy unida al Padrenuestro. Jesús alaba al Padre, reconoce su señorío, acepta su voluntad y nos introduce en esa misma relación filial. El cristiano no ora desde fuera de Cristo, sino dentro de Cristo. Oramos al Padre por Cristo, con Cristo y en Cristo. Nuestra voz se une a la voz del Hijo. Nuestro corazón cansado se une al corazón manso y humilde de Jesús.

Hermanos, este domingo la Palabra nos pregunta: ¿desde dónde estoy viviendo mi fe? ¿Desde la soberbia de quien cree saberlo todo o desde la sencillez de quien se deja enseñar? ¿Desde la carne que me encierra en mí mismo o desde el Espíritu que me abre a Dios? ¿Desde el peso insoportable de querer controlarlo todo o desde la confianza de quien se abandona en las manos del Padre?

Hoy Cristo, Rey humilde anunciado por Zacarías, nos invita a acercarnos. El Señor compasivo que canta el salmo quiere levantarnos. El Espíritu del Resucitado, del que habla san Pablo, quiere habitar en nosotros. Y Jesús, el Hijo amado, quiere introducirnos en su propia oración al Padre.

Vayamos entonces a Él. No escondamos nuestras cargas. No endurezcamos el corazón. No tengamos miedo de ser pequeños ante Dios. Porque los pequeños entienden lo que los soberbios no alcanzan a comprender: que Dios no se conquista por orgullo, sino que se recibe con humildad; que la fe no es una carga pesada, sino un yugo compartido con Cristo; que el verdadero descanso no está en huir de Dios, sino en descansar en su corazón.

Que María Santísima, la humilde esclava del Señor, la pequeña de Nazaret en quien Dios hizo maravillas, nos enseñe a orar con sencillez, a confiar como hijos y a cargar con Cristo el yugo suave del amor.

Amén.

 

viernes, 3 de julio de 2026

4 de julio del 2026: sábado de la decimotercera semana del tiempo ordinario-II

 

Los felices invitados a la boda

(Mt 9,14-17) En el Evangelio de hoy, Jesús se presenta como el Esposo que trae la alegría de Dios a su pueblo. Por eso, sus discípulos no pueden vivir la fe como una simple repetición de prácticas externas, sino como una relación viva con Él.

El ayuno tiene sentido cuando nace del amor, de la conversión y del deseo de Dios. Pero cuando el Esposo está presente, la respuesta primera es la alegría. Con las imágenes del vestido nuevo y del vino nuevo, Jesús nos recuerda que su Evangelio no viene solo a remendar nuestra vida, sino a renovarla desde dentro.

Pidamos, entonces, un corazón nuevo, capaz de acoger la novedad de Cristo y de vivir nuestra fe con alegría, humildad y conversión verdadera.

G.Q

 


Primera lectura

Am 9, 11-15

Repatriaré a los desterrados de mi pueblo y los plantaré en su tierra

Lectura de la profecía de Amós.

ESTO dice el Señor:
«Aquel día levantaré la cabaña caída de David,
repararé sus brechas, restauraré sus ruinas
y la reconstruiré como antaño,
para que posean el resto de Edón
y todas las naciones sobre las cuales
fue invocado mi nombre
—oráculo del Señor que hace todo esto—.
Vienen días —oráculo del Señor—
cuando se encontrarán el que ara con el que siega,
y el que pisa la uva con quien esparce la semilla;
las montañas destilarán mosto
y las colinas se derretirán.
Repatriaré a los desterrados de mi pueblo Israel;
ellos reconstruirán ciudades derruidas y las habitarán,
plantarán viñas y beberán su vino,
cultivaran huertos y comerán sus frutos.
Yo los plantaré en su tierra,
que yo les había dado,
y ya no serán arrancados de ella
—dice el Señor, tu Dios—».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 84, 9. 11-12. 13-14 (R.: 9bc)

R. Dios anuncia la paz a su pueblo.

V. Voy a escuchar lo que dice el Señor:
«Dios anuncia la paz
a su pueblo y a sus amigos
y a los que se convierten de corazón». 
R.

V. La misericordia y la fidelidad se encuentran,
la justicia y la paz se besan;
la fidelidad brota de la tierra,
y la justicia mira desde el cielo. 
R.

V. El Señor nos dará la lluvia,
y nuestra tierra dará su fruto.
La justicia marchará ante él,
y sus pasos señalarán el camino. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Mis ovejas escuchan mi voz —dice el Señor—,
y yo las conozco, y ellas me siguen. 
R.

 

Evangelio

Mt 9, 14-17

¿Es que pueden guardar luto mientras el esposo está con ellos?

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, los discípulos de Juan se acercan a Jesús, preguntándole:
«¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos a menudo
y, en cambio, tus discípulos no ayunan?».
Jesús les dijo:
«¿Es que pueden guardar luto los amigos del esposo, mientras el esposo está con ellos?
Llegarán días en que les arrebatarán al esposo, y entonces ayunarán.
Nadie echa un remiendo de paño sin remojar a un manto pasado; porque la pieza tira del manto y deja un roto peor.
Tampoco se echa vino nuevo en odres viejos; porque revientan los odres: se derrama el vino y los odres se estropean; el vino nuevo se echa en odres nuevos y así las dos cosas se conservan».

Palabra del Señor.

 

1

 

Hermanos, la Palabra de Dios de este sábado nos pone ante una verdad hermosa y exigente: Dios no viene simplemente a remendar nuestra vida; viene a renovarla desde dentro. No viene solo a tapar grietas, sino a levantar lo caído, restaurar lo perdido y hacer brotar una alegría nueva.

En la primera lectura, el profeta Amós anuncia una promesa de restauración: “Aquel día levantaré la choza caída de David, repararé sus brechas, levantaré sus ruinas”. Después de denunciar injusticias, infidelidades y pecados del pueblo, Dios no termina con una palabra de destrucción, sino con una palabra de esperanza. El Señor promete reconstruir, plantar, devolver fecundidad a la tierra y reunir a su pueblo.

Esta imagen es muy profunda. Dios mira nuestras ruinas, pero no para humillarnos, sino para levantarnos. Mira nuestras brechas, nuestras heridas, nuestras incoherencias, nuestros cansancios, y nos dice: “Yo puedo reconstruir”. La fe verdadera comienza cuando dejamos de ocultarle a Dios nuestras ruinas y permitimos que Él entre en ellas con su misericordia.

El salmo responde a esta promesa con una súplica llena de confianza: “Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación”. Y luego nos regala una de las frases más bellas de la Escritura: “La misericordia y la fidelidad se encuentran, la justicia y la paz se besan”. Allí donde Dios actúa, no hay solo reparación exterior: hay reconciliación profunda. Dios une lo que el pecado separa, sana lo que la dureza rompe y hace florecer la paz donde antes había miedo o esterilidad.

A esta luz entendemos mejor el Evangelio. Los discípulos de Juan se acercan a Jesús y le preguntan por qué sus discípulos no ayunan. La pregunta no es mala. El ayuno era una práctica religiosa importante: expresaba penitencia, espera, deseo de conversión. Pero Jesús responde con una imagen sorprendente: “¿Acaso pueden estar de luto los amigos del esposo mientras el esposo está con ellos?”.

Jesús se presenta como el Esposo. Él es aquel que viene a sellar una alianza nueva con su pueblo. Con Él ha llegado el tiempo de la boda, el tiempo de la alegría mesiánica, el tiempo en que Dios visita a su pueblo no como un amo lejano, sino como el Esposo que ama, busca, perdona y une su vida a la nuestra.

Por eso, Jesús no desprecia el ayuno, pero lo coloca en su verdadero lugar. No se trata de practicar la religión como una carga fría o como una costumbre vacía. El ayuno, la oración, la penitencia y toda práctica espiritual deben nacer del amor y llevarnos al encuentro con Cristo. Cuando el Esposo está presente, la primera respuesta del corazón es la alegría. Y cuando el Esposo sea arrebatado —dice Jesús, anunciando ya su Pasión— entonces sus discípulos ayunarán. Pero será un ayuno distinto: no de tristeza sin esperanza, sino de amor que espera, de conversión que acompaña a Cristo en su misterio pascual.

Luego Jesús añade dos imágenes: nadie pone un remiendo de paño nuevo en un vestido viejo, ni se echa vino nuevo en odres viejos. Con esto nos dice que el Evangelio no es un simple arreglo superficial. Cristo no viene a poner un parche sobre una vida cerrada, envejecida por la rutina, endurecida por el pecado o acomodada en prácticas sin corazón. Él trae vino nuevo, vida nueva, Espíritu nuevo. Pero ese vino nuevo necesita odres nuevos: corazones humildes, disponibles, capaces de convertirse y de dejarse transformar.

Aquí se unen maravillosamente las lecturas. Amós habla de levantar ruinas; el salmo habla de misericordia, justicia y paz; Jesús habla de vino nuevo y odres nuevos. Todo nos conduce a la misma verdad: Dios quiere restaurarnos, pero no sin nuestra apertura. Quiere reconstruir, pero necesita que le entreguemos nuestras ruinas. Quiere derramar vino nuevo, pero nos pide un corazón nuevo.

También hoy, como comunidad cristiana, podríamos preguntarnos: ¿vivimos nuestra fe como invitados felices a la boda del Señor, o como personas que solo cumplen por obligación? ¿Nuestras prácticas religiosas nos hacen más humildes, más misericordiosos, más fraternos, más libres? ¿O nos hemos acostumbrado a una fe de “remiendos”, donde cambiamos algo por fuera, pero no dejamos que Cristo toque el fondo del corazón?

En este sábado, la memoria de la Virgen María nos ayuda a responder. Ella fue el odre nuevo, el corazón plenamente disponible para recibir el vino nuevo de Dios. María no puso resistencia a la novedad del Señor. Ante el anuncio del ángel, no se aferró a sus planes, sino que dijo: “Hágase en mí según tu palabra”. En ella, Dios encontró una tierra humilde donde pudo florecer la salvación.

María también supo vivir la alegría de la presencia del Esposo. En Caná de Galilea, precisamente en una boda, ella señaló a Jesús y dijo: “Hagan lo que Él les diga”. Allí comenzó a manifestarse el vino nuevo del Reino. María no se puso en el centro; condujo a todos hacia Cristo. Y esa sigue siendo su misión: enseñarnos a abrir el corazón para que Jesús transforme nuestra agua pobre en vino abundante, nuestra rutina en gracia, nuestras ruinas en esperanza.

Pidamos hoy al Señor que no nos conformemos con una fe de apariencias, de remiendos o de costumbres vacías. Que nos conceda un corazón nuevo para acoger el vino nuevo del Evangelio. Que restaure nuestras ruinas, sane nuestras heridas, purifique nuestras prácticas religiosas y nos devuelva la alegría de sabernos invitados a la boda del Reino.

Y que María Santísima, Madre de la alegría y modelo de disponibilidad, nos enseñe a decir cada día: “Hágase en mí según tu palabra”, para que Cristo, el Esposo, renueve nuestra vida, nuestra comunidad y nuestra Iglesia. Amén.

 

2

 

Hermanos, la Palabra de Dios de este día nos habla de restauración, de alegría y de esperanza. Pero no de una esperanza superficial, sino de aquella que nace cuando Dios entra en nuestras ruinas, levanta lo caído y prepara nuestro corazón para la comunión definitiva con Él.

En la primera lectura, el profeta Amós anuncia una promesa bellísima: “Aquel día levantaré la choza caída de David, repararé sus brechas, levantaré sus ruinas y la reconstruiré como en los días antiguos”. Después de denunciar el pecado, la injusticia y la infidelidad del pueblo, Dios no pronuncia una última palabra de condenación, sino de reconstrucción. El Señor promete levantar lo que está caído, reparar lo que está roto y devolver fecundidad a la tierra.

Esta promesa toca también nuestra vida. Todos tenemos brechas interiores, cansancios, heridas, pecados, momentos en los que sentimos que algo se ha derrumbado. Pero Dios no mira nuestras ruinas para abandonarnos, sino para restaurarnos. Él no se complace en la destrucción de sus hijos; quiere reconstruir la vida, renovar la esperanza y hacer brotar frutos donde parecía que solo había esterilidad.

Por eso el salmo responde con una certeza llena de consuelo: “Dios anuncia la paz a su pueblo y a sus amigos”. Y añade: “La misericordia y la fidelidad se encuentran, la justicia y la paz se besan”. Allí donde Dios actúa, se encuentran lo que el pecado había separado. La misericordia no destruye la justicia, sino que la plenifica. La paz no es ausencia de problemas, sino presencia de Dios que ordena, sana y reconcilia.

Desde esta perspectiva comprendemos mejor el Evangelio. Los discípulos de Juan se acercan a Jesús y le preguntan: “¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos mucho, y en cambio tus discípulos no ayunan?”. La pregunta es seria. El ayuno era una práctica religiosa muy importante, signo de penitencia, de espera y de conversión. Pero Jesús responde con una imagen cargada de belleza: “¿Es que pueden guardar luto los amigos del esposo mientras el esposo está con ellos?”.

Con estas palabras, Jesús se presenta como el Esposo. En el Antiguo Testamento, Dios había sido anunciado como el Esposo de su pueblo. Israel era la esposa amada, muchas veces infiel, pero siempre buscada de nuevo por el amor misericordioso de Dios. Al llamarse Esposo, Jesús nos revela su identidad divina y nos muestra que ha venido a establecer una alianza nueva, una relación de amor, intimidad, fidelidad y alegría entre Dios y la humanidad.

La vida cristiana, entonces, no comienza por una carga, sino por una boda. No empieza por el miedo, sino por el encuentro con Cristo. Somos invitados a la alegría del Reino, al banquete de la gracia, a la comunión con el Esposo. La fe no es simplemente cumplir normas, repetir prácticas o conservar costumbres; la fe es entrar en una relación viva con Cristo, dejarnos amar por Él y responderle con amor.

Pero Jesús añade una frase profundamente seria: “Llegará un día en que se lleven al esposo, y entonces ayunarán”. Aquí aparece ya el anuncio de la Pasión. El Esposo será arrebatado. Cristo será entregado, sufrirá, morirá en la cruz. Y sus discípulos participarán también, de algún modo, en ese misterio de ausencia, sacrificio y purificación.

Por eso el ayuno cristiano no desaparece. Jesús no lo elimina, sino que lo transforma. Ya no será solo una práctica externa de penitencia, sino una manera de participar interiormente en la Pasión del Señor. Ayunar es aprender a buscar a Cristo no solo cuando sentimos consuelo, sino también cuando experimentamos sequedad, prueba, silencio o pérdida.

A veces en la vida espiritual sentimos que Dios está cerca: la oración nos consuela, la fe nos ilumina, la Eucaristía nos llena de paz, la comunidad nos sostiene. Esos momentos son gracia. Son como la alegría de la boda. Pero también llegan días en que parece que el Esposo se oculta: la oración se vuelve difícil, el corazón se siente seco, las pruebas golpean, la enfermedad pesa, la soledad hiere, la fe parece caminar sin emoción sensible.

En esos momentos, Cristo no nos abandona. Nos purifica. Nos enseña a amarlo no solo por los consuelos que nos da, sino por Él mismo. Si solo amáramos a Dios cuando nos sentimos bien, nuestro amor todavía estaría mezclado con interés. Pero cuando lo buscamos en la aridez, cuando seguimos orando aunque no sintamos nada, cuando seguimos confiando aunque no veamos claro, entonces nuestro amor madura y se hace más puro.

Ese es el sentido profundo del ayuno espiritual. No es tristeza vacía, ni castigo, ni desprecio del cuerpo. Es entrenamiento del corazón. Es aprender a decirle al Señor: “Te busco a Ti, no solo tus consuelos. Te amo a Ti, no solo tus regalos. Confío en Ti, aunque no siempre sienta tu cercanía”.

Por eso Jesús habla también del vestido nuevo y del vino nuevo. “Nadie pone un remiendo de paño nuevo en un vestido viejo... ni se echa vino nuevo en odres viejos”. El Evangelio no es un simple remiendo sobre una vida vieja. Cristo no viene únicamente a mejorar un poco nuestras costumbres o a decorar exteriormente nuestra religiosidad. Él viene a hacer una creación nueva.

El vino nuevo es la vida del Espíritu, la gracia de la nueva alianza, la alegría del Reino. Pero ese vino nuevo necesita odres nuevos: corazones convertidos, humildes, disponibles, capaces de dejarse transformar. No podemos recibir la novedad de Cristo con un corazón cerrado, rígido, autosuficiente o aferrado a viejas seguridades.

Aquí se unen maravillosamente las tres lecturas. Amós anuncia que Dios levantará las ruinas. El salmo proclama que Dios trae paz, misericordia y salvación. El Evangelio nos revela que esa restauración llega plenamente en Cristo, el Esposo, que nos invita a la alegría de su presencia, nos purifica en la prueba y nos prepara para el banquete definitivo del Reino.

La pregunta para nosotros hoy es muy concreta: ¿cómo reacciono cuando Dios parece distante? ¿Me alejo, me enfrío, abandono la oración, me dejo vencer por la tristeza? ¿O aprovecho esos momentos para buscarlo con más pureza, más confianza y más perseverancia?

También podemos preguntarnos: ¿mi fe es un odre nuevo o un odre viejo? ¿Estoy dispuesto a que Cristo transforme mi manera de pensar, de amar, de rezar, de perdonar y de servir? ¿O quiero meter el vino nuevo del Evangelio en estructuras viejas de egoísmo, rutina, comodidad o apariencias?

Dios quiere restaurarnos. Quiere levantar nuestra choza caída. Quiere hacer florecer en nosotros la justicia, la paz y la misericordia. Pero esa restauración pasa por una alianza de amor con Cristo, por la alegría de su presencia y también por la purificación de la cruz.

Pidamos al Señor que nos conceda un corazón nuevo. Que sepamos gozar cuando el Esposo está presente y ayunar con esperanza cuando sentimos su ausencia. Que nuestras prácticas religiosas no sean costumbres vacías, sino caminos de amor. Que aprendamos a buscar a Cristo por Él mismo, con fidelidad, en la luz y en la oscuridad, en la consolación y en la prueba.

Y que así, purificados por su gracia, caminemos hacia la gran boda eterna, hacia el banquete del Reino, donde Cristo, el Esposo de la Iglesia, restaurará definitivamente todo lo caído y hará nuevas todas las cosas. Amén.

 

jueves, 2 de julio de 2026

3 de julio del 2026: Fiesta de Santo Tomás, apóstol

 

Santo del día: 

Santo Tomás, apóstol


Siglo I.

Fue uno de los doce apóstoles elegidos por Jesús. Ha quedado especialmente recordado por su incredulidad inicial: quiso tocar las llagas de Cristo para creer en la noticia de su resurrección.

Sin embargo, Tomás no es sólo el apóstol que dudó; es también el discípulo que, al encontrarse con el Resucitado, proclamó una de las confesiones de fe más profundas del Evangelio: «¡Señor mío y Dios mío!». Su camino nos recuerda que Jesús no rechaza nuestras dudas sinceras, sino que sale a nuestro encuentro para conducirnos a una fe más madura, humilde y confiada.

La tradición cristiana lo venera como apóstol y misionero, asociado especialmente al anuncio del Evangelio en Oriente. Su fiesta nos invita a pedir una fe viva, capaz de reconocer a Cristo resucitado incluso en medio de las heridas y pruebas de la vida.

 

 

¿Se atrevió?

(Jn 20, 24-29) «Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente». ¿Tomás dio ese paso? El texto guarda silencio. Tal vez ya no necesitó tocar: la presencia del Resucitado le bastaba.

Ante Jesús vivo, su duda se convierte en fe y su miedo se transforma en confesión: «¡Señor mío y Dios mío!». Cristo no rechaza a Tomás; sale al encuentro de su necesidad de signos para abrirlo a una fe más grande.

También nosotros, a veces, queremos ver para creer. Pero Jesús viene al corazón de nuestras dudas y nos invita a confiar en Él. Dichosos nosotros si sin haber visto, podemos decir con Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!».

G.Q

 


Primera lectura

Ef 2, 19-22

Están edificados sobre el cimiento de los apóstoles

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios.

HERMANOS:
Ustedes ya no son extranjeros ni forasteros, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios.
Están edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo Jesús es la piedra angular. Por él todo el edificio queda ensamblado, y se va levantando hasta formar un templo consagrado al Señor. Por él también ustedes entran con ellos en la construcción, para ser morada de Dios, por el Espíritu.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 116, 1. 2 (R.: Mc 16, 15)

R. Vayan al mundo entero y proclamen el Evangelio.

O bien:

R. Aleluya.

V. Alaben al Señor todas las naciones,
aclámenlo todos los pueblos.
R.

V. Firme es su misericordia con nosotros,
su fidelidad dura por siempre.
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Porque me has visto, Tomás, has creído —dice el Señor—; bienaventurados los que crean sin haber visto. R.

 

Evangelio

Jn 20, 24-29

¡Señor mío y Dios mío!

Lectura del santo Evangelio según san Juan.


TOMÁS, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían:
«Hemos visto al Señor».
Pero él les contestó:
«Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo».
A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo:
«Paz a ustedes».
Luego dijo a Tomás:
«Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente».
Contestó Tomás:
«¡Señor mío y Dios mío!».
Jesús le dijo:
«¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto».

Palabra del Señor.

 


1

 

Celebramos hoy la fiesta de Santo Tomás, apóstol, uno de los discípulos más cercanos de Jesús y, al mismo tiempo, uno de los más humanos. Tomás no aparece en el Evangelio como un héroe perfecto, sino como un hombre que duda, que necesita señales, que no se conforma con lo que otros le cuentan. Por eso, quizá, nos sentimos tan cercanos a él.

El Evangelio nos presenta a Tomás ausente cuando Jesús resucitado se aparece a los demás discípulos. Ellos le dicen: “Hemos visto al Señor”. Pero él responde con una frase fuerte: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no lo creeré”.

Tomás quiere tocar para creer. Quiere comprobar. Quiere una fe que pase por sus heridas, por sus preguntas, por su necesidad de certeza. Y Jesús, lejos de rechazarlo, vuelve ocho días después. Entra nuevamente donde están los discípulos y se dirige directamente a Tomás: “Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente”.

El Evangelio no nos dice si Tomás tocó realmente las heridas de Jesús. Guarda silencio. Tal vez porque, en aquel momento, Tomás ya no necesitó tocar. La presencia viva del Resucitado le bastó. Sus dudas se derrumbaron ante una presencia. Su incredulidad se convirtió en adoración. Y de sus labios salió una de las confesiones de fe más hermosas de todo el Evangelio: “¡Señor mío y Dios mío!”.

Esta es la gran enseñanza de Tomás: la duda no tiene por qué alejarnos de Dios, si la vivimos con sinceridad y la dejamos encontrar por Cristo. Tomás no abandona la comunidad; permanece con los discípulos. Y allí, en medio de la comunidad, se encuentra con el Señor resucitado. Su camino nos recuerda que la fe no siempre nace de respuestas fáciles, sino del encuentro con Jesús vivo.

La primera lectura, de la carta a los Efesios, nos dice que ya no somos extranjeros ni forasteros, sino conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios. Y añade algo muy bello: estamos edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, y la piedra angular es Cristo Jesús.

Tomás, con su fe probada, también forma parte de ese fundamento apostólico. La Iglesia no está construida sobre personas perfectas, sino sobre hombres y mujeres encontrados, llamados, perdonados y transformados por Cristo. Tomás dudó, sí; pero su duda fue vencida por el amor paciente del Señor. Y desde entonces, su testimonio sostiene también nuestra fe.

El salmo responsorial nos invita: “Vayan al mundo entero y proclamen el Evangelio”. Esa es la misión de los apóstoles y también la nuestra. Pero nadie puede anunciar de verdad a Cristo si antes no se ha dejado encontrar por Él. Tomás pasa de la duda al anuncio, del encierro a la misión, del “si no veo, no creo” al “Señor mío y Dios mío”.

Hoy, al celebrar esta fiesta, oramos de manera especial por quienes sufren en el alma y en el cuerpo. Cuántas personas, en medio de la enfermedad, la tristeza, la soledad, el duelo, la ansiedad o el cansancio espiritual, sienten también la tentación de decir: “Si no veo, no creo”. Cuántos quisieran tocar una señal de Dios, sentir una respuesta clara, encontrar alivio inmediato.

El Evangelio de hoy nos recuerda que Jesús no se escandaliza de nuestras heridas ni de nuestras preguntas. Él entra en nuestras habitaciones cerradas. Entra donde hay miedo, dolor, incredulidad y silencio. Y no viene a condenar, sino a mostrar sus propias heridas glorificadas. Las llagas de Cristo nos dicen que Dios no es ajeno al sufrimiento humano. Él ha pasado por la cruz y, desde la cruz, ha abierto un camino de vida.

Por eso, a quienes sufren en el cuerpo, pidamos hoy la fortaleza, la salud, la paciencia y la cercanía de Cristo médico y salvador. A quienes sufren en el alma, pidamos la paz profunda que sólo el Resucitado puede dar. Y a todos nosotros, pidamos una fe más humilde, capaz de repetir en medio de la prueba: “Señor mío y Dios mío”.

Que Santo Tomás interceda por nosotros. Que nos enseñe a no huir de nuestras dudas, sino a llevarlas ante Jesús. Que nos ayude a permanecer en la comunidad, aun cuando la fe parezca débil. Y que, tocados por la presencia del Resucitado, podamos convertir nuestras heridas en lugar de encuentro, nuestra fragilidad en confianza y nuestra vida en anuncio del Evangelio.

Amén.

 

2

 

Queridos hermanos:

La fiesta de Santo Tomás, apóstol, nos pone delante de una experiencia profundamente humana: la dificultad para creer cuando el corazón está herido, confundido o ausente. Tomás no estaba con los demás discípulos cuando Jesús resucitado se apareció en medio de ellos. Y cuando los otros le dijeron: «Hemos visto al Señor», él respondió con sinceridad, pero también con dureza: «Si no veo la señal de los clavos en sus manos, si no meto mi dedo en el lugar de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré».

Tomás quería pruebas. Quería tocar. Quería asegurarse de que no se trataba de una ilusión ni de un consuelo inventado por sus compañeros. En el fondo, Tomás representa a tantos hombres y mujeres que desean creer, pero que cargan heridas, dudas, decepciones o cansancios. Representa también a quienes, al alejarse de la oración, de la comunidad, de la Eucaristía o de la vida sacramental, comienzan a sentir que la fe se enfría y que la duda crece.

Pero lo más hermoso del Evangelio no es la duda de Tomás, sino la manera como Jesús responde a esa duda. Ocho días después, Jesús vuelve a entrar en la casa, estando las puertas cerradas. Se pone en medio de ellos y dice: «La paz esté con ustedes». Luego se dirige a Tomás personalmente: «Trae tu dedo aquí y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente».

Jesús no humilla a Tomás. No lo regaña con dureza. No lo excluye del grupo de los apóstoles por haber dudado. Al contrario, se acerca a él, le habla en su propio lenguaje, responde a su necesidad y le muestra sus heridas. Esas heridas ya no son signo de derrota, sino de victoria; ya no son memoria de fracaso, sino prueba del amor que ha vencido la muerte.

Y entonces Tomás pronuncia una de las confesiones de fe más bellas de todo el Evangelio: «¡Señor mío y Dios mío!». El discípulo que había dicho «no creeré» termina proclamando con fuerza la divinidad de Cristo. La duda, tocada por la misericordia, se convierte en fe. La ausencia se transforma en encuentro. El miedo da paso a la adoración.

La primera lectura, tomada de la carta a los Efesios, ilumina muy bien esta fiesta. San Pablo nos dice: «Ya no son extranjeros ni forasteros, sino conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios». Nuestra fe no es un camino solitario. Somos parte de una familia, de una casa espiritual, de una Iglesia edificada «sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo Jesús es la piedra angular».

Tomás pertenece a ese cimiento apostólico. Y esto es muy consolador: la Iglesia no está edificada sobre hombres perfectos, sino sobre hombres llamados, corregidos, perdonados y transformados por Cristo. Pedro negó, Pablo persiguió, Tomás dudó; pero todos fueron alcanzados por la misericordia de Dios. El Señor no construye su Iglesia con piedras impecables, sino con piedras vivas, muchas veces heridas, pero sostenidas por Cristo, la piedra angular.

El salmo de hoy es breve, pero universal: «Alaben al Señor todas las naciones, aclámenlo todos los pueblos». Y el estribillo, tomado del mandato misionero, nos recuerda: «Vayan al mundo entero y proclamen el Evangelio». Tomás, después de su encuentro con el Resucitado, no se quedó encerrado en su duda. La tradición lo recuerda como apóstol misionero, llevando la fe más allá de las fronteras conocidas. El que necesitó ver las llagas de Cristo se convirtió luego en testigo de Cristo para otros.

También nosotros somos enviados. Pero nadie puede anunciar de verdad al Señor si antes no se deja encontrar por Él. No podemos proclamar un Evangelio vivo si nuestra fe se ha quedado sólo en costumbre, en tradición o en ideas. Necesitamos, como Tomás, pasar de la fe heredada a la fe confesada; de hablar de Dios a decirle personalmente: «Señor mío y Dios mío».

Hoy, en esta Eucaristía, ponemos de manera especial nuestra intención orante por quienes sufren en el alma y en el cuerpo. Pensemos en los enfermos, en quienes cargan dolores físicos, tratamientos, diagnósticos difíciles o limitaciones. Pensemos también en quienes sufren por dentro: los que viven tristeza, ansiedad, soledad, depresión, duelo, culpa, miedo o cansancio espiritual. Muchos de ellos quisieran también una señal, una respuesta, una certeza. Muchos, como Tomás, quisieran tocar algo que les devuelva la esperanza.

A todos ellos, el Evangelio de hoy les anuncia una buena noticia: Cristo resucitado no se aparta de las heridas humanas. Él mismo conserva sus llagas gloriosas. Por eso comprende nuestras heridas. Él entra incluso cuando las puertas están cerradas. Entra en la habitación del miedo, en la casa del dolor, en el corazón que duda, y repite: «La paz esté con ustedes».

Pidamos hoy a Santo Tomás que interceda por nosotros. Que nos enseñe a no quedarnos encerrados en nuestras dudas, sino a llevarlas ante Jesús. Que nos ayude a permanecer en la comunidad, porque allí, reunidos con los hermanos, el Resucitado se hace presente. Que quienes sufren en el cuerpo reciban fortaleza, alivio y esperanza. Que quienes sufren en el alma sientan la paz profunda de Cristo.

Y que todos nosotros, al acercarnos al altar, podamos hacer nuestra la oración de Tomás. En la Eucaristía no tocamos las llagas visibles de Jesús, pero recibimos su Cuerpo entregado y su Sangre derramada. Ante este misterio, digamos con fe humilde y ardiente:

«¡Señor mío y Dios mío!».

Amén.

 

****************


3 de julio: Santo Tomás Apóstol — Fiesta

Murió hacia el año 72
Patrono de los que dudan, arquitectos, personas ciegas, constructores, geómetras, albañiles, agrimensores y teólogos

 


Cita:

Tomás, llamado el Mellizo, uno de los Doce, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Entonces los otros discípulos le dijeron: «Hemos visto al Señor». Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el lugar de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré».
Ocho días después, los discípulos estaban otra vez dentro, y Tomás con ellos. Jesús vino, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: «La paz esté con ustedes». Luego dijo a Tomás: «Pon tu dedo aquí y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo, sino creyente».
Tomás respondió y le dijo: «¡Señor mío y Dios mío!». Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que no han visto y han creído».

(Juan 20, 24–29)


Reflexión:

Santo Tomás Apóstol es más conocido por haber dudado de la Resurrección de Jesús, cuando dijo: «Si no veo la marca de los clavos en sus manos y no meto mi dedo en el lugar de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré» (Jn 20,25).

Antes de este episodio, los Evangelios mencionan a Tomás varias veces. Los Evangelios de Mateo, Marcos y Lucas lo incluyen entre los apóstoles, pero no ofrecen detalles sobre su llamado. Uno de los pocos detalles personales que se da sobre Tomás aparece en el Evangelio de Juan, donde se le llama “Dídimo”, que significa “Mellizo”. Es razonable, entonces, suponer que tenía un hermano gemelo.

La primera mención detallada de Santo Tomás ocurre justo antes del séptimo y último “signo” realizado por Jesús en el Evangelio de Juan. Estos signos eran milagros realizados para que la gente «crea que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y que creyendo, tengan vida en su nombre» (Jn 20,31). El séptimo signo fue la resurrección de Lázaro. Antes de este milagro, el Sanedrín ya se encontraba cada vez más agitado y hostil hacia Jesús. Los discípulos lo sabían y entendían que si Jesús realizaba más milagros, habría represalias.

Cuando Jesús se enteró de que su amigo Lázaro había muerto, les dijo a sus discípulos que iría a devolverle la vida. Los discípulos lo cuestionaron por temor a la persecución: «Rabí, hace poco los judíos intentaban apedrearte, ¿y tú quieres volver allá?» (Jn 11,8). Entonces Tomás dijo con valentía a los otros discípulos: «Vayamos también nosotros para morir con él» (Jn 11,16).

La segunda vez que Tomás aparece en el Evangelio de Juan es al inicio del discurso de la Última Cena. Jesús les dijo a los apóstoles que volvería al Padre a prepararles un lugar, y que luego regresaría para llevarlos consigo. Tomás objetó diciendo: «Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podremos saber el camino?». A lo que Jesús respondió con su famosa frase: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí» (Jn 14,5–6).

La tercera, y más conocida aparición de Tomás, es cuando está ausente tras la Resurrección de Jesús, y éste se aparece a los otros diez apóstoles. Al enterarse después, Tomás expresa abiertamente su duda. Sin embargo, una semana después, esa duda se transforma en fe cuando exclama: «¡Señor mío y Dios mío!». Tradicionalmente, los fieles repiten esta frase durante la Misa, después de la Consagración, como expresión de fe en la Presencia Real de Jesús en la Eucaristía. Fue Tomás quien nos dejó estas poderosas palabras de fe.

El libro de los Hechos de los Apóstoles menciona a Tomás en la lista de los apóstoles reunidos en el cenáculo después de la Ascensión del Señor. Fuera de esto, ya no se le menciona por su nombre, sino en referencia general junto con los demás apóstoles, como en Pentecostés. Sin embargo, diversas tradiciones antiguas sostienen ampliamente que Tomás tomó muy en serio las últimas palabras de Jesús: «Serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra» (Hch 1,8).

Sobre su viaje a los “confines de la tierra”, el Papa Benedicto XVI dijo en una audiencia general:

«Recordemos que una antigua tradición sostiene que Tomás evangelizó primero Siria y Persia (mencionado por Orígenes, según Eusebio de Cesarea, Historia Eclesiástica 3,1), y que luego fue a la India occidental (cf. Hechos de Tomás 1–2 y siguientes), desde donde llegó finalmente al sur de la India» (27 de septiembre de 2006).

Si bien no puede afirmarse con certeza absoluta, hay evidencia significativa que lo respalda. Además de Orígenes y Eusebio, otros Padres de la Iglesia hablaron de sus misiones en la India. En el siglo IV, San Efrén el Sirio compuso un himno que menciona a Tomás predicando en la India, y también lo hizo San Gregorio Nacianceno. Más tarde, San Ambrosio de Milán habló de su labor misionera en India, y hacia finales del siglo VI, San Gregorio, obispo de Tours, escribió que el apóstol fue martirizado en India y que sus restos fueron llevados a Edesa, Siria (hoy Turquía), lugar que la tradición afirma que también visitó y donde predicó camino a India.

Según las tradiciones más confiables, Tomás llegó a la India alrededor del año 52. Predicó en la costa de Malabar, al suroeste del país, así como más al norte en la meseta del Decán. Un texto antiguo llamado Hechos de Tomás narra muchas conversiones y milagros que realizó. Hacia el año 68, se cree que Tomás y sus compañeros viajaron al este de India, en lo que hoy es Chennai, donde predicó el Evangelio, atendió a los pobres y enfermos y construyó iglesias. La tradición afirma que trabajó para convertir a reyes y a sus familias como forma de obtener su apoyo para evangelizar al pueblo.

En Chennai hay una colina llamada “Monte Santo Tomás”, considerada como el lugar de su martirio. Hacia el año 72, la leyenda cuenta que, mientras oraba en esa colina, Tomás fue atravesado por una lanza en la espalda por orden del rey, tras haber convertido a su esposa y a varios miembros de la familia real al cristianismo.


Al honrar a este gran apóstol del Señor, meditemos en el celo misionero que tuvo, al dejar su tierra, su familia y su comunidad para ir hasta los rincones más remotos de la India, donde pasó el resto de su vida predicando el Evangelio, bautizando y estableciendo la Iglesia. Murió como mártir, algo muy propio de un hombre tan valiente. Aunque al principio luchó con la duda, su fe fue transformada por Cristo. Lleno del Espíritu Santo en Pentecostés, Tomás nunca volvió la vista atrás.

Al reflexionar sobre su vida, pregúntate en qué aspectos puedes aprender e imitarlo. Si tú también luchas con dudas, ten la certeza de que el Espíritu Santo puede transformarlas y llenarte con el mismo fervor y compromiso que tuvo Santo Tomás.


Oración:

Santo Tomás Apóstol,
tú llegaste a ser un fiel seguidor de Jesús.
Aunque tuviste un momento de duda, esa lucha te transformó en un hombre nuevo.
Te ruego que intercedas por mí,
para que cada lucha y debilidad que tengo
sea eliminada y transformada,
y así Dios pueda servirse de mí para cumplir su santa y perfecta voluntad.

Santo Tomás Apóstol, ruega por mí.
Jesús, en Ti confío.

 

 

5 de julio del 2026: decimocuarto domingo del tiempo ordinario- Ciclo A

  Compañero de los pequeños En el “himno de júbilo”, Jesús cambia nuestras lógicas humanas. No se dirige primero a los sabios seguros de s...