¡Da fruto, y del bueno!
¡El
libro de Isaías nos dice, en un magnífico poema, con cuánto esmero cuida Dios
de su pueblo! Todo está dicho acerca del trabajo de la tierra, del amor a la
tierra. En cada gesto del viñador se descubre la ternura de Dios. Prepara
cuidadosamente el terreno y planta en él una esperanza. Así nos ha amado:
dedicándonos tiempo, acompañando nuestro crecimiento y confiándonos los dones
que pueden hacer fecunda nuestra vida.
Pero
llega la cosecha y aparecen frutos amargos. Isaías les pone nombre: injusticia,
violencia y sufrimiento de los oprimidos. La pregunta alcanza también nuestro
corazón: ¿qué hacemos con tanto amor recibido? ¿Qué encuentran los demás cuando
se acercan a nosotros?
En
el Evangelio, los viñadores olvidan que la viña les ha sido confiada y quieren
adueñarse de ella. Esa tentación sigue presente cuando utilizamos nuestras
responsabilidades para imponernos o guardamos para nosotros lo que podría
ayudar a otros. Dios nos invita a cuidar su obra con un corazón agradecido y
generoso.
San
Pablo nos muestra un camino concreto: presentar nuestras preocupaciones al
Señor, reconocer cuanto hay de verdadero y justo, y llevar a la práctica el
bien aprendido. Los buenos frutos maduran en esa relación entre oración y vida.
Pueden tomar la forma de una palabra respetuosa, una reconciliación o una ayuda
ofrecida discretamente.
Podemos
hacer nuestra la súplica del salmo: «Señor, ven a visitar tu viña». Necesitamos
que su gracia renueve nuestra tierra cansada. Cristo, el Hijo rechazado y
convertido en piedra angular, sostiene nuestra esperanza y nos permite comenzar
de nuevo.
Señor, gracias por cuanto has sembrado en nosotros.
Enséñanos a cuidar tus dones y a compartir sus frutos. Que alguien pueda
reconocer hoy tu bondad en nuestra manera de tratarlo. Amén.
Primera lectura
Is
5, 1-7
La
viña del Señor del universo es la casa de Israel
Lectura del libro de Isaías.
VOY a cantar a mi amigo
el canto de mi amado por su viña.
Mi amigo tenía una viña en un fértil collado.
La entrecavó, quitó las piedras y plantó buenas cepas;
construyó en medio una torre y cavó un lagar.
Esperaba que diese uvas, pero dio agrazones.
Ahora, habitantes de Jerusalén, hombres de Judá,
por favor, sean jueces entre mí y mi viña.
¿Qué más podía hacer yo por mi viña que no hubiera hecho?
¿Por qué, cuando yo esperaba que diera uvas, dio agrazones?
Pues les hago saber lo que haré con mi viña:
quitar su valla y que sirva de leña,
derruir su tapia y que sea pisoteada.
La convertiré en un erial: no la podarán ni la escardarán,
allí crecerán zarzas y cardos,
prohibiré a las nubes que lluevan sobre ella.
La viña del Señor del universo es la casa de Israel
y los hombres de Judá su plantel preferido.
Esperaba de ellos derecho, y ahí tienen: sangre derramada;
esperaba justicia, y ahí tienen: lamentos.
Palabra de Dios.
Salmo
Sal
79, 9 y 12. 13-14. 15-16. 19-20 (R.: Is 5, 7a)
R. La viña del Señor
es la casa de Israel.
V.
Sacaste una vid de Egipto,
expulsaste a los gentiles, y la trasplantaste.
Extendió sus sarmientos hasta el mar,
y sus brotes hasta el Gran Río. R.
V.
¿Por qué has derribado su cerca
para que la saqueen los viandantes,
la pisoteen los jabalíes
y se la coman las alimañas? R.
V. Dios del universo,
vuélvete:
mira desde el cielo, fíjate,
ven a visitar tu viña.
Cuida la cepa que tu diestra plantó
y al hijo del hombre que tú has fortalecido. R.
V. No nos alejaremos de
ti:
danos vida, para que invoquemos tu nombre.
Señor, Dios del universo, restáuranos,
que brille tu rostro y nos salve. R.
Segunda lectura
Flp
4, 6-9
Pónganlo
por obra, y el Dios de la paz estará con ustedes
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses.
HERMANOS:
Nada les preocupe; sino que, en toda ocasión, en la oración y en la súplica,
con acción de gracias, sus peticiones sean presentadas a Dios.
Y la paz de Dios, que supera todo juicio, custodiará sus corazones y sus
pensamientos en Cristo Jesús.
Finalmente, hermanos, todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable,
laudable, todo lo que es virtud o mérito, ténganlo en cuenta.
Lo que aprendieron, recibieron, oyeron, vieron en mí, pónganlo por obra.
Y el Dios de la paz estará con ustedes.
Palabra de Dios.
Aclamación
R.
Aleluya, aleluya, aleluya.
V.
Yo los he elegido del mundo —dice el Señor—, para que vayan y den fruto,
y su fruto permanezca. R.
Evangelio
Mt
21, 33-43
Arrendará
la viña a otros labradores
Lectura del santo Evangelio según san Mateo.
EN aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo:
«Escuchen otra parábola: “Había un propietario que plantó una viña, la rodeó
con una cerca, cavó en ella un lagar, construyó una torre, la arrendó a unos
labradores y se marchó lejos.
Llegado el tiempo de los frutos, envió sus criados a los labradores para
percibir los frutos que le correspondían. Pero los labradores, agarrando a los
criados, apalearon a uno, mataron a otro y a otro lo apedrearon.
Envió de nuevo otros criados, más que la primera vez, e hicieron con ellos lo
mismo. Por último, les mandó a su hijo diciéndose: ‘Tendrán respeto a mi hijo’.
Pero los labradores, al ver al hijo se dijeron: ‘Este es el heredero: vengan,
lo matamos y nos quedamos con su herencia’.
Y agarrándolo, lo sacaron de la viña y lo mataron. Cuando vuelva el dueño de la
viña, ¿qué hará con aquellos labradores?».
Le contestan:
«Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros
labradores que le entreguen los frutos a su tiempo».
Y Jesús les dice:
«¿No han leído nunca en la Escritura:
“La piedra que desecharon los arquitectos
es ahora la piedra angular.
Es el Señor quien lo ha hecho,
ha sido un milagro patente”?
Por eso les digo que se les quitará a ustedes el reino de Dios y se dará a un
pueblo que produzca sus frutos».
Palabra del Señor.
**************
Queridos
hermanos:
Quienes
conocen el trabajo del campo saben cuánto cuidado necesita una cosecha. Hay que
preparar la tierra, sembrar, limpiar y esperar. En cada cultivo hay jornadas de
esfuerzo y una esperanza que se renueva. Por eso duele cuando, después de
tantos cuidados, llega el momento de recoger y los frutos no son los esperados.
Desde
esa experiencia nos habla hoy la Palabra de Dios. El Señor ha cuidado de
nosotros, nos ha confiado su viña y espera frutos. Al escucharlo, podemos
hacernos dos preguntas muy sencillas: ¿cómo
estoy tratando a Dios y cómo estoy tratando a las personas que ha puesto a mi
lado?
Isaías
comienza con un canto de amor. Un hombre escoge una tierra buena, retira las
piedras, planta cepas excelentes y protege su viña. Cada detalle revela
dedicación. Así ha sido Dios con su pueblo. Así podemos reconocerlo también en
nuestra historia: en la vida recibida, en la fe que alguien nos transmitió, en
el perdón que nos levantó y en las personas que nos han acompañado.
Antes
de pedirnos una respuesta, Dios nos ha amado. Conviene recordarlo, porque la
vida cristiana comienza acogiendo ese amor. De esa gratitud nace el deseo de
corresponderle.
Pero
la viña produce frutos amargos. El profeta explica qué significa esa amargura:
Dios esperaba justicia y encuentra atropellos; esperaba rectitud y escucha el
clamor de los maltratados. Aquí la Palabra toca nuestra vida. Una fe que madura
se reconoce en el trato digno a los demás, en la honestidad y en la atención al
que necesita ayuda. Quien ora está llamado a escuchar también el dolor de su
hermano.
Por
eso podemos preguntarnos: ¿qué sabor deja mi presencia en mi casa? ¿Mis
palabras animan o humillan? ¿Cumplo mis compromisos? ¿Sé agradecer? A veces
cuidamos mucho nuestra imagen ante los demás y descuidamos precisamente a
quienes viven con nosotros.
Ante
esta realidad, el salmo nos enseña a rezar: «Señor, ven a visitar tu viña». El pueblo
recuerda que Dios lo sacó de Egipto y lo plantó en una tierra donde pudo
crecer. Ahora, al verse herido y amenazado, vuelve a pedir su ayuda. Esa
súplica puede brotar hoy de nuestra comunidad y de cada familia.
Señor,
visita nuestra casa, donde a veces nos hablamos con dureza. Visita a quienes
han perdido la confianza después de una traición. Visita nuestra comunidad y
enséñanos a trabajar unidos. Danos vida para volver a invocar tu nombre.
Necesitamos tu gracia para reconocer el mal que hemos hecho y comenzar a
repararlo.
En
el Evangelio, Jesús retoma la imagen de la viña y nos presenta un problema
distinto: los trabajadores quieren quedarse con aquello que les fue confiado.
Rechazan a los enviados del propietario y finalmente matan a su hijo. El deseo
de adueñarse de todo termina convirtiéndose en violencia.
Jesús
dirige esta parábola a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo. Hoy la
escuchamos nosotros, y debemos dejar que examine nuestra manera de vivir la fe.
También podemos apropiarnos de lo que hemos recibido para servir. Sucede cuando
alguien utiliza una responsabilidad para imponerse, cuando un grupo se cierra
sobre sí mismo o cuando pensamos que todo en la comunidad tiene que hacerse
según nuestros gustos.
Esta
palabra nos interpela especialmente a quienes tenemos una responsabilidad
pastoral. La comunidad pertenece al Señor. Él nos pide cuidarla, escuchar a las
personas y ayudarlas a encontrarse con Cristo. Podemos preguntarnos con
humildad si nuestro modo de actuar facilita ese encuentro o lo hace más
difícil.
Cada
bautizado tiene también una parte de esa viña a su cuidado. Pensemos en la
familia. Los hijos necesitan orientación y límites, junto con la certeza de que
son amados. Corregirlos exige paciencia y respeto. Entre esposos, la confianza
se cultiva con la verdad y con la disposición a escucharse. En una casa donde
alguien puede reconocer su error sin ser humillado, se abren caminos para
cambiar.
Pensemos
además en nuestro trabajo, en los bienes que administramos y en la tierra que
habitamos. Lo que hemos recibido nos permite hacer bien a otros. Pagar
justamente, cuidar el agua, compartir con una familia necesitada o dedicar
tiempo a una persona sola son frutos concretos. El amor se vuelve visible en
decisiones como estas.
El
Señor nos pedirá cuentas de esa responsabilidad. Su paciencia nos ofrece tiempo
para convertirnos, y conviene aprovecharlo. Podemos empezar hoy por una
reconciliación pendiente, por devolver lo que debemos o por escuchar una
corrección que llevamos tiempo rechazando.
San
Pablo nos muestra en la segunda lectura cómo sostener este camino. Nos invita a
presentar a Dios nuestras necesidades mediante la oración, acompañada de acción
de gracias. Podemos llevarle lo que nos preocupa: la salud, los hijos, el
trabajo y las dificultades de la comunidad. Su paz custodia el corazón y nos
ayuda a obrar con confianza en medio de esas preocupaciones.
El
apóstol nos pide también cuidar aquello que alimenta nuestro pensamiento:
buscar lo verdadero, lo justo, lo limpio y lo digno de aprecio, y llevarlo a la
práctica. Pensemos cuánto tiempo damos a rumores, sospechas y discusiones.
Aprender a reconocer el bien que hacen los demás dispone el corazón para
colaborar con ellos. Una comunidad crece cuando agradece, reconoce y anima el
servicio de sus miembros.
Hay,
además, una esperanza decisiva en el Evangelio. El hijo es rechazado y
asesinado, pero Jesús anuncia que la piedra descartada llegará a ser la piedra
angular. En estas palabras reconocemos su muerte y su resurrección. El Padre
hace de Cristo resucitado el fundamento de nuestra salvación. Podemos confiarle
incluso los lugares de nuestra vida donde el pecado ha causado más daño y
recibir de Él la fuerza para reconstruir.
Esta
Eucaristía nos reúne alrededor de ese mismo Señor. Él nos habla y se nos
entrega como alimento. Al presentar el pan y el vino, ofrecemos también el
trabajo, las preocupaciones y los esfuerzos de nuestra semana. Al recibir su
amor, pedimos que nuestra vida produzca frutos que puedan disfrutar los demás.
La comunión con Cristo nos compromete con la vida de nuestros hermanos.
Llevemos
hoy una pregunta al corazón: ¿qué
fruto concreto de amor y de justicia espera Dios de mí esta semana?
Dejemos que tenga un nombre, un rostro y una acción posible.
Señor, ven a visitar tu viña. Gracias por cuidarnos y por
seguir llamándonos a trabajar contigo. Perdona nuestras resistencias y
enséñanos a responder con generosidad. Haz fecunda nuestra fe en el servicio
cotidiano.
Santa María, que acogiste la Palabra y entregaste tu vida
al querer de Dios, acompaña a nuestras familias y a nuestra comunidad. Ayúdanos
a escuchar a tu Hijo y a vivir lo que hoy hemos celebrado. Amén.
2
La nueva viña de la gracia
La
parábola de los viñadores malvados es rica en imágenes del Antiguo Testamento.
La imagen de la viña procede del profeta Isaías (Isaías 5,1-7) y representa al
pueblo de Israel. El propietario es Dios, quien, desde el tiempo de Abraham, ha
cultivado a su pueblo con amor y de manera deliberada. La cerca, la torre y el
lagar simbolizan, respectivamente, el cuidado providencial de Dios, su
protección y la estructura que estableció para el crecimiento espiritual de su
pueblo.
La primera lectura nos permite percibir el dolor de ese
amor: el Señor ha cuidado su viña y encuentra injusticia y gritos de
sufrimiento donde esperaba una vida recta (Is 5,1-7). Ante esta palabra podemos
preguntarnos qué frutos produce nuestra fe en el trato a los demás. La
respuesta se hace concreta cuando obramos con honradez y cuidamos la dignidad
de quienes nos rodean.
Los
viñadores son la élite religiosa de Israel, a la que se había confiado la tarea
de guiar al pueblo en la santidad. Los servidores enviados por el propietario
son los profetas: mensajeros fieles, constantemente rechazados y maltratados.
Finalmente, el hijo es el mismo Jesús, enviado por el Padre como culminación de
su acercamiento divino.
La
parábola termina en tragedia con el asesinato del hijo. Sin embargo, de esa
tragedia surge un nuevo comienzo: «El Reino de Dios les será quitado y será
dado a un pueblo que produzca sus frutos» (Mateo 21,43). Aunque Jesús se
dirigía a los líderes religiosos de su tiempo —los escribas, los fariseos, los
sumos sacerdotes, los saduceos y los ancianos—, su promesa perdurable de un
nuevo comienzo nos habla hoy.
Estamos
invitados a formar parte del pueblo al que Dios confía ahora su viña, la
Iglesia. Hoy, la cerca, el lagar y la torre representan los sacramentos, el
magisterio de la Iglesia, la Sagrada Escritura y la comunión de los fieles.
Dios sigue cultivando su viña con gran cuidado, esperando que dé fruto a través
de nuestras vidas de santidad, fidelidad, caridad y verdad. Cada uno de
nosotros, como miembro del Cuerpo de Cristo, está llamado a acoger esta
confianza con gratitud y a trabajar diligentemente por el Reino, sin olvidar
nunca el precio pagado por el Hijo que fue expulsado y asesinado por nuestra
redención.
A
veces, cuando hablamos de «la Iglesia», lo hacemos como si se tratara de alguna
institución distante. Nuestra mente puede dirigirse inmediatamente al Vaticano,
al papa o al obispo local. Si bien estos pastores desempeñan funciones
cruciales y fundamentales dentro de la viña, necesitamos comprender la Iglesia
de una manera más amplia.
Para
utilizar la imagen de la parábola de hoy, la viña y el fruto que está destinada
a producir no se identifican exclusivamente con los viñadores, los servidores,
el hijo, ni siquiera con el propietario. La viña misma representa a todo el
pueblo de Dios. El fruto que produce es el testimonio, lleno de gracia, de unas
vidas transformadas por la fe. Esto nos incluye a todos: clérigos, religiosos y
laicos por igual. Cada miembro de la Iglesia es un trabajador en la viña,
llamado a trabajar junto con los demás, bajo la guía de Cristo, el verdadero
Hijo, y a ofrecer al Padre una abundante cosecha de justicia, misericordia y
verdad.
El salmo recuerda la vid que Dios sacó de Egipto y hace
brotar esta súplica: «Ven a visitar tu viña» (Sal 80 [79]). Es también nuestra
oración cuando reconocemos la fragilidad de la Iglesia y nuestras propias
infidelidades. Pedimos al Señor que nos dé vida, nos vuelva hacia Él y nos
sostenga en la tarea que nos confía. Su gracia hace posible nuestra respuesta.
La segunda lectura nos ayuda a cultivar esa fecundidad (Flp
4,6-9). San Pablo nos invita a presentar nuestras necesidades a Dios con
oración y acción de gracias, confiando en su paz. Nos pide alimentar el
pensamiento con cuanto es verdadero, noble, justo, puro y digno de aprecio, y
poner en práctica lo aprendido. Esta semana podemos hacerlo al rechazar un
rumor, reconocer el bien de otra persona o responder con serenidad en una
conversación difícil. Así se prepara el corazón para trabajar en la viña del
Señor.
Reflexiona
hoy sobre cómo hacer de esta parábola tu llamado personal. El Reino de Dios te
ha sido confiado en parte, para que seas uno de los que trabajarán por la
salvación de las almas: «un pueblo que produzca sus frutos». La obra de la
evangelización es una misión continua y urgente. ¿De qué maneras te llama Dios
a trabajar en su divina viña? ¿Es mediante la oración fiel, por la que se podan
y nutren las vides de la gracia? ¿Es mediante el trabajo de la cosecha, en el
que atraes a otros a Cristo con tus palabras, tu testimonio y tus obras de
amor? ¿Es a través de la perseverancia silenciosa en el sufrimiento, ofrecido
en unión con el Crucificado? Sea cual sea la manera en que Dios te llame, no te
demores. Acoge su confianza con humildad y trabaja con alegría. La viña es
suya, pero el fruto depende, en parte, de ti.
Mi glorioso Rey, nos has llamado a ti y nos has hecho
miembros de tu Reino. También nos has enviado a trabajar en la viña de tu
Iglesia y a ayudar a atraer muchas almas a tu Sagrado Corazón. Te ruego que me
reveles la función y la misión que me has confiado. Que escuche atentamente tus
suaves mandatos y responda con un corazón lleno de generosidad y fe. Que tu
Iglesia, de la que soy miembro vivo, siga dando fruto abundante por la gracia
que derramas. Jesús, en ti
confío.

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