Testigos de la fe:
Santos Cornelio, papa, y Cipriano, obispo, mártires —
«Siglo III. Cornelio, papa de 251 a 253, y su amigo
Cipriano, obispo de Cartago y gran escritor eclesiástico, favorecieron el
perdón de los cristianos apóstatas que habían renegado de su fe…».
En
tiempos de persecución, algunos bautizados habían cedido al miedo y abandonado
públicamente la fe. Cuando deseaban regresar a la comunidad, surgía una
dolorosa controversia: ¿podían ser acogidos nuevamente? Cornelio y Cipriano
defendieron la posibilidad de reconciliación, vinculada al arrepentimiento y a
un camino de penitencia. Su actitud les acarreó la oposición de quienes consideraban
inadmisible esa acogida.
Ambos
conocieron también el sufrimiento por permanecer fieles a Cristo. Cornelio
murió en el destierro, en Civitavecchia, en el año 253. Cipriano entregó su
vida mediante el martirio por decapitación en Cartago, en el año 258. La
Iglesia los recuerda unidos como pastores y testigos de la fe.
Su
memoria nos invita a vivir
con firmeza nuestra fe y con misericordia nuestra relación con quienes han
caído. Una comunidad cristiana está llamada a acompañar la
conversión, ayudar a reconstruir lo que el pecado ha herido y abrir caminos de
regreso a Dios. También nosotros necesitamos esa paciencia: reconocer nuestra
fragilidad nos enseña a acoger con humildad la fragilidad ajena.
La fidelidad a Cristo se manifiesta también en la mano que
tendemos al hermano para ayudarlo a levantarse.
El corazón de Dios
Pablo
reorienta a los corintios, que se dejan seducir fácilmente por lo
«extraordinario», recordándoles lo esencial: el amor que se vive discretamente
y de manera concreta en las relaciones cotidianas. Porque lo que manifiesta la
presencia de Dios es, ante todo, la caridad que transforma nuestra manera de
tratar a los demás. Podemos pronunciar palabras admirables, poseer grandes
conocimientos o realizar obras que despierten aplausos; pero, si falta el amor,
todo queda vacío.
El
corazón de Dios se revela en ese bien que hacemos sin ruido: escuchar con
paciencia, cuidar a un enfermo, renunciar a una palabra hiriente, alegrarnos
por el bien ajeno y acompañar a quien atraviesa un momento difícil. Allí, en lo
pequeño y cotidiano, la fe adquiere un rostro cercano.
Este
amor también nos dispone a dejarnos interpelar por el Señor. En el Evangelio,
Jesús cuestiona a quienes siempre encuentran un motivo para rechazar la invitación
de Dios: les incomoda tanto la austeridad de Juan como la cercanía del Hijo del
hombre. Cuando el corazón se cierra, cualquier excusa parece suficiente para
evitar la conversión.
Hoy
podemos preguntarnos: ¿busco
experiencias extraordinarias mientras descuido el amor que alguien necesita de
mí? ¿Reconozco a Dios cuando me visita en la sencillez de cada día?
Señor,
forma nuestro corazón según el tuyo. Enséñanos a amar con paciencia, humildad y
obras concretas, incluso cuando nadie nos vea ni nos agradezca. Amén.
Primera lectura
1
Cor 12, 31 — 13, 13
Quedan
la fe, la esperanza y el amor. La más grande es el amor
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios.
HERMANOS:
Ambicionen los carismas mayores. Y aún les voy a mostrar un camino más
excelente.
Si hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, pero no tengo amor, no
sería más que un metal que resuena o un címbalo que aturde.
Si tuviera el don de profecía y conociera todos los secretos y todo el saber;
si tuviera fe como para mover montañas, pero no tengo amor, no sería nada.
Si repartiera todos mis bienes entre los necesitados; si entregara mi cuerpo a
las llamas, pero no tengo amor, de nada me serviría.
El amor es paciente, es benigno; el amor no tiene envidia, no presume, no se
engríe; no es indecoroso ni egoísta; no se irrita; no lleva cuentas del mal; no
se alegra de la injusticia,
sino que goza con la verdad.
Todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.
El amor no pasa nunca.
Las profecías, por el contrario, se acabarán; las lenguas cesarán; el
conocimiento se acabará.
Porque conocemos imperfectamente e imperfectamente profetizamos; mas, cuando
venga lo perfecto, lo imperfecto se acabará.
Cuando yo era niño, hablaba como un niño, sentía como un niño, razonaba como un
niño. Cuando me hice un hombre, acabé con las cosas de niño.
Ahora vemos como en un espejo, confusamente; entonces veremos cara a cara. Mi
conocer es ahora limitado; entonces conoceré como he sido conocido por Dios.
En una palabra, quedan estas tres: la fe, la esperanza y el amor. La más grande
es el amor.
Palabra de Dios.
Salmo
Sal
32, 2-3. 4-5. 12 y 22 (R.: cf. 12)
R. Dichoso el pueblo que
el Señor se escogió como heredad.
V. Den gracias al
Señor con la cítara,
toquen en su honor el arpa de diez cuerdas;
cántenle un cántico nuevo,
acompañando los vítores con bordones. R.
V. La palabra del Señor
es sincera,
y todas sus acciones son leales;
él ama la justicia y el derecho,
y su misericordia llena la tierra. R.
V. Dichosa la nación
cuyo Dios es el Señor,
el pueblo que él se escogió como heredad.
Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros,
como lo esperamos de ti. R.
Aclamación
R. Aleluya, aleluya,
aleluya.
V. Tus palabras,
Señor, son espíritu y vida;
tú tienes palabras de vida eterna. R.
Evangelio
Lc
7, 31-35
Hemos
tocado y no han bailado, hemos entonado lamentaciones, y no han llorado
Lectura del santo Evangelio según san Lucas.
EN aquel tiempo, dijo el Señor:
«¿A quién, pues, compararé los hombres de esta generación? ¿A quién son
semejantes?
Se asemejan a unos niños, sentados en la plaza, que gritan a otros aquello de:
“Hemos tocado la flauta
y no han bailado,
hemos entonado lamentaciones,
y no han llorado”.
Porque vino Juan el Bautista, que ni come pan ni bebe vino, y dicen: “Tiene un
demonio”; vino el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen: “Miren qué hombre
más comilón y borracho, amigo de publicanos y pecadores”.
Sin embargo, todos los hijos de la sabiduría le han dado la razón».
Palabra del Señor.
El corazón de Dios late en el amor cotidiano
Hermanos
y hermanas:
Hay
gestos que nunca serán noticia, pero que sostienen la vida de muchas personas.
Alguien se levanta de madrugada para acompañar a un familiar al médico. Una
esposa vuelve a acomodar la almohada de su esposo enfermo. Un vecino prepara un
almuerzo para quien está solo. Una hija escucha por quinta vez la misma
preocupación de su madre y procura responderle con ternura.
En
esos gestos discretos podemos reconocer algo del corazón de Dios. Y hoy, cuando
ofrecemos especialmente nuestra Eucaristía por los enfermos, la Palabra nos
invita a descubrir ese amor que se hace concreto, que permanece cerca y que
muchas veces actúa sin hacer ruido.
San
Pablo, en la primera lectura, tiene que reorientar a la comunidad de Corinto.
Algunos estaban fascinados por los dones más llamativos: hablar en lenguas,
comunicar conocimientos extraordinarios, realizar cosas admirables. Existía el
peligro de convertir la vida cristiana en una competencia para ver quién
sobresalía más.
Pablo
les muestra el criterio decisivo: «Si
no tengo amor, nada soy».
Esta
palabra también nos examina a nosotros. Podemos conocer muchas oraciones,
participar en actividades parroquiales, hablar con facilidad de asuntos
religiosos y compartir mensajes hermosos por las redes sociales. Pero ¿cómo
tratamos a quienes viven con nosotros? ¿Qué ocurre cuando alguien interrumpe
nuestros planes? ¿Qué tono usamos con la persona que depende de nuestra ayuda?
La
autenticidad de nuestra fe se juega también ahí, cuando se acaba la celebración
y comienza la convivencia.
Pablo
describe un amor paciente, servicial, libre de envidia y de orgullo. Y esto se
vuelve especialmente concreto junto a una persona enferma. La enfermedad puede
alterar el sueño, el ánimo y el ritmo de toda una familia. A veces, quien sufre
repite sus preguntas, se impacienta o tiene dificultad para expresar lo que
necesita. Amar exige aprender a escuchar también el miedo que hay detrás de sus
palabras.
Por
eso hoy pedimos por los enfermos y también por quienes los cuidan. Hay
cuidadores agotados, personas que llevan meses durmiendo poco y familiares que
necesitan ayuda para seguir adelante. Como comunidad podemos preguntarnos: ¿a
quién podríamos ofrecerle unas horas de descanso? ¿A quién acompañar a una
consulta? ¿Quién necesita apoyo para un traslado o, sencillamente, alguien con
quien hablar?
Nuestra oración puede prolongarse en una visita, una
llamada y una ayuda concreta.
El
salmo de hoy nos recuerda la fidelidad del Señor, su amor a la justicia y la
bondad con la que sostiene la tierra. Y termina poniendo nuestra esperanza en
su misericordia.
¡Cuánto
necesitamos esa confianza cuando llega la enfermedad! Hay momentos en los que
cuesta rezar, cuando un diagnóstico desconcierta o un tratamiento se hace
largo. En esas circunstancias podemos acercarnos al Señor con nuestra
preocupación tal como está. No hace falta disimular el miedo para presentarnos
ante él.
Confiar
en Dios nos permite decirle: «Señor, esto me duele; tengo preguntas;
necesito que me sostengas». La fe también se expresa en esa oración frágil.
Y cuando al enfermo le faltan fuerzas para orar, la comunidad puede sostenerlo
con su propia plegaria.
En
el Evangelio, Jesús señala otra dificultad del corazón humano: la resistencia a
acoger lo que Dios propone. A algunos les molesta la austeridad de Juan
Bautista y también les incomoda la cercanía de Jesús con los pecadores. Siempre
encuentran una objeción para mantenerse donde están.
También
nosotros podemos acostumbrarnos a juzgarlo todo sin dejarnos transformar por
nada. Si alguien nos invita a cambiar, nos parece demasiado exigente; si nos
habla de misericordia, pensamos que es demasiado comprensivo. Mientras discutimos
cómo deberían actuar los demás, dejamos pendiente nuestra propia conversión.
Hoy
el Señor nos invita a abrir el corazón. Tal vez nos esté hablando a través de
una persona que necesita reconciliarse con nosotros. Tal vez nos esté esperando
en ese enfermo al que hemos prometido visitar tantas veces. Tal vez nos esté
pidiendo que dejemos de aplazar una ayuda que está a nuestro alcance.
Los
santos Cornelio y Cipriano, cuya memoria celebramos, nos ayudan a comprender
esta unión entre fidelidad y misericordia. En medio de las persecuciones,
defendieron la posibilidad de que los cristianos que habían renegado de la fe
pudieran reconciliarse con la Iglesia mediante el arrepentimiento y la
penitencia. Supieron acompañar a quienes deseaban regresar. Ambos dieron testimonio
de Cristo hasta el sufrimiento y la muerte.
Su
ejemplo nos invita a mirar a las personas con esperanza. Quien ha caído
necesita encontrar una mano que lo ayude a levantarse. Quien está enfermo
necesita sentirse reconocido en toda su dignidad: sigue siendo alguien con una
historia, una voz, unos afectos y mucho que aportar.
A
ustedes, hermanos que atraviesan la enfermedad, queremos decirles hoy: su vida es preciosa y ustedes pertenecen
al corazón de esta comunidad. Pueden expresar su cansancio,
pedir ayuda y dejarse acompañar. El amor de Dios permanece con ustedes también
en los días difíciles.
Dentro
de unos momentos nos acercaremos al altar. En la Eucaristía recibimos a Cristo,
que entrega su vida por nosotros. Pidámosle que esa comunión transforme nuestra
manera de amar, que nos haga más atentos al dolor ajeno y más disponibles para
servir.
Presentemos
ahora, en silencio, el nombre y el rostro de los enfermos por quienes deseamos
orar.
Señor Jesús, mira con ternura a nuestros hermanos enfermos.
Concédeles alivio y recuperación; sostén su esperanza durante los tratamientos
y las esperas. Ilumina al personal de salud, fortalece a sus familias y renueva
las fuerzas de quienes los cuidan. Por intercesión de los santos Cornelio y
Cipriano, haz de nuestra comunidad un hogar donde cada persona encuentre
compañía, misericordia y amor. Amén.
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16 de septiembre:
San Cornelio, Papa, y San Cipriano,
Obispo, Mártires — Memoria
San Cornelio: †253
Patrono del ganado y de los animales domésticos
Invocado contra los dolores de oído, la epilepsia, las fiebres y los espasmos
San Cipriano: c. 200–258
Patrono de Argelia y del norte de África
Cita:
Galerio Máximo: «¿Eres Tascio Cipriano?»
Cipriano: «Lo soy».
Galerio: «Los sacratísimos emperadores te han ordenado conformarte
a los ritos romanos».
Cipriano: «Me niego».
Galerio: «Considera tu elección y sus consecuencias».
Cipriano: «Haz lo que quieras; en un caso tan claro acepto las
consecuencias».
Galerio: «Has vivido mucho tiempo una vida irreligiosa, has reunido
a un número de hombres unidos por una asociación ilícita y te has declarado
enemigo abierto de los dioses y de la religión de Roma… serás hecho un ejemplo
para aquellos con quienes perversamente te has asociado; la autoridad de la ley
será confirmada en tu sangre… Es sentencia de este tribunal que Tascio Cipriano
sea ejecutado con la espada».
Cipriano: «Demos gracias a Dios».
~Juicio de San Cipriano
Reflexión:
Hoy honramos a San Cornelio y a San
Cipriano. Nada se sabe sobre la infancia y la juventud de Cornelio. En el año
251 fue elegido como el vigésimo primer papa, cargo que ejerció hasta su muerte
dos años más tarde.
Cipriano, nacido Tascio Cecilio
Cipriano, fue hijo de ricos padres paganos en el norte de África. Bien educado
en la literatura grecorromana y en la retórica, tuvo una carrera exitosa como
abogado y maestro. Alrededor de los cuarenta y seis años, se convirtió al
cristianismo y entregó gran parte de su fortuna, dedicándose a la oración y a
la vida ascética. En el lapso de tres años fue ordenado diácono, sacerdote y,
finalmente, obispo de Cartago (en la actual Túnez, norte de África), hacia el
año 249.
En el año 250, el emperador romano
Decio implementó la primera persecución sistemática contra los cristianos en
todo el Imperio. Exigió que todos los ciudadanos ofrecieran sacrificios a los
dioses romanos en presencia de los magistrados. Quienes lo hacían recibían un
certificado oficial de sacrificio que confirmaba su cumplimiento. Quienes se
negaban enfrentaban la confiscación de bienes, la tortura, la prisión e incluso
la muerte. Decio murió en batalla al año siguiente, lo que puso fin de manera
abrupta, aunque temporal, a la persecución.
Durante esas persecuciones, el papa
Fabián se negó a sacrificar a los dioses romanos y fue martirizado. Después, la
persecución fue tan dura que resultó imposible elegir un sucesor en la Sede de
San Pedro. Durante ese tiempo, varios sacerdotes, entre ellos un tal Novaciano,
ayudaron a gobernar la Iglesia. Tras catorce meses, muerto ya Decio y
terminadas las persecuciones, un grupo de obispos se reunió en Roma y eligió a
Cornelio como papa. Novaciano, descontento con esta decisión, se hizo ordenar
como obispo de Roma, convirtiéndose así en el primer antipapa.
En el 251, la Iglesia se dividió por la
cuestión de qué hacer con los que habían accedido a sacrificar a los dioses.
Estos eran llamados lapsi, por haber “caído” en la fe. Algunos
obispos apoyaban su reconciliación; otros no. Entre los defensores de la
misericordia se encontraban el papa Cornelio y el obispo Cipriano.
El antipapa Novaciano sostenía que la
Iglesia no tenía autoridad para perdonar a quienes habían ofrecido sacrificios
sacrílegos. Por tanto, los lapsi no podían volver a la plena
comunión ni recibir los sacramentos. Cornelio, en cambio, afirmaba con firmeza
que, tras el arrepentimiento y un tiempo de penitencia pública, podían ser
recibidos de nuevo en la comunión de la Iglesia.
Tras la autoproclamación de Novaciano,
Cornelio convocó un sínodo con sesenta obispos en Roma que lo apoyaron y
excomulgaron conjuntamente a Novaciano. Desde allí, los obispos del Imperio
fueron invitados a manifestar su apoyo al papa legítimo y a la postura pastoral
de reconciliar a los lapsi. Uno de los más firmes defensores de
Cornelio fue Cipriano, que participó en el sínodo y luego escribió extensamente
para atraer más apoyos.
Después de la muerte de Decio, el
emperador Galo subió al poder. Aunque no persiguió de forma general a los
cristianos, sí favoreció la restauración de las prácticas religiosas paganas.
Al poco tiempo, exilió a Cornelio a Centumcellae (actual Civitavecchia), cerca
de Roma, en la costa mediterránea. Un año más tarde, debido a las duras
condiciones, Cornelio murió en el destierro y es venerado como mártir.
En el 253 murió en batalla Galo y lo
sucedió Valeriano. Al principio mostró cierta indiferencia hacia los
cristianos, pero en el 257 inició una nueva persecución en todo el Imperio.
Primero decretó que el clero debía participar en los ritos paganos. Al año
siguiente, ordenó la ejecución de obispos, sacerdotes y diáconos que se negaran
a renegar de la fe. A los laicos se les despojaba de sus títulos y bienes.
Entre los arrestados estuvo Cipriano en 257. En el 258 fue juzgado en Cartago
y, al negarse a renegar de su fe, fue decapitado. Cuando escuchó la sentencia,
exclamó: «Demos gracias a Dios». En gratitud, incluso entregó una
moneda de oro a su verdugo.
Hombre de gran cultura, Cipriano dejó
abundantes escritos. Sus numerosas cartas ofrecen un retrato claro de la
situación de la Iglesia y del Imperio en esa época. Defendió a la Iglesia
frente a la herejía de los lapsi, trabajó por acabar con el cisma
de Novaciano y escribió obras sobre la unidad de la Iglesia, el Padrenuestro,
la muerte cristiana, la limosna y los sacramentos.
San Cornelio y San Cipriano vivieron y
sirvieron a Cristo y a su Iglesia en tiempos convulsos. Sufrieron duras
persecuciones y guiaron al pueblo de Dios con la palabra y el ejemplo.
Defendieron la unidad, fueron misericordiosos con los pecadores y actuaron como
verdaderos pastores de su grey.
Hoy que los honramos, reflexionemos
sobre el impacto que tuvieron en la Iglesia primitiva. Su testimonio marcó a
los cristianos de su tiempo y sigue influyendo en generaciones posteriores.
Honremos a estos santos imitándolos en su valentía y en su misericordia, para
que Dios también nos use a nosotros como instrumentos de su gracia, no solo
para quienes nos rodean, sino también para quienes vendrán después, en formas
que solo Él conoce.
Oración:
San Cornelio y San Cipriano, ustedes amaron a Dios y permanecieron firmes en
la fe, aun frente a la persecución y la muerte. Su testimonio valiente estuvo
unido a un testimonio pastoral de misericordia. Intercedan por mí, para que
imite su valentía y sus corazones misericordiosos, manteniéndome siempre fuerte
en la fe y ofreciendo perdón a todo pecador.
San Cornelio y San Cipriano, rueguen por mí.
Jesús, en Ti confío.



