lunes, 24 de agosto de 2026

25 de agosto del 2026: martes de la vigésima primera semana del tiempo ordinario II-Memoria libre de San Luis, rey de Francia

 

Testigo de la fe:

San Luis, rey de Francia

(1214-1270)

Luis IX organizó dos cruzadas para liberar el sepulcro de Cristo, pero murió en Túnez al comienzo de la segunda. Su profunda piedad y su sentido de la justicia hicieron de él un soberano ejemplar, comprometido con los pobres y con la paz de su reino.

Esposo y padre de once hijos, procuró armonizar sus responsabilidades familiares y políticas con una intensa vida de oración. Promovió la construcción de hospitales, atendió personalmente a los necesitados y favoreció la reconciliación entre los pueblos. Mandó edificar la Sainte-Chapelle de París para custodiar reliquias de la Pasión del Señor.

Su memoria, recuerda que la autoridad adquiere su verdadero sentido cuando se ejerce como servicio y que la santidad también se construye en la familia, la vida pública y el compromiso con el bien común.

 


Que la fe se haga vida

Jesús denuncia una fe de apariencias: palabras correctas, pero una vida que no las acompaña. Decir «Señor» sin perdonar y orar sin amar es pasar de largo ante Dios mismo. La verdadera fe no se limita a los labios ni a las prácticas exteriores: toma cuerpo en nuestras decisiones, se traduce en misericordia, justicia, humildad y servicio.

No basta hablar de Dios; es necesario permitirle transformar el corazón. La oración auténtica nos conduce al hermano, especialmente al herido, al pobre y al que necesita reconciliación. Que hoy nuestra fe se haga carne en un gesto concreto de amor, porque quien acoge y sirve al hermano acoge y sirve al mismo Cristo.

P.E.I

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Primera lectura

2 Tes 2, 1-3a. 14-17
Conserven las tradiciones que han aprendido

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Tesalonicenses.

LES rogamos, hermanos, a propósito de la venida de nuestro Señor Jesucristo y de nuestra reunión con él, que no pierdan fácilmente la cabeza ni se alarmen por alguna revelación, rumor o supuesta carta nuestra, como si el día del Señor estuviera encima. Que nadie en modo alguno los engañe.
Dios los llamó por medio de nuestro Evangelio para que lleguen a adquirir la gloria de nuestro Señor Jesucristo.
Así, pues, hermanos, manténganse firmes y conserven las tradiciones que han aprendido de nosotros, de viva voz o por carta.
Que el mismo Señor nuestro, Jesucristo, y Dios, nuestro Padre, que nos ha amado y nos ha regalado un consuelo eterno y una esperanza dichosa, consuele sus corazones y les dé fuerza para toda clase de palabras y obras buenas.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 95, 10. 11-12a. 12b-13 (R.: 13b)

R. Llega el Señor a regir la tierra.

V. Digan a los pueblos: «El Señor es rey:
él afianzó el orbe, y no se moverá;
él gobierna a los pueblos rectamente». 
R.

V. Alégrese el cielo, goce la tierra,
retumbe el mar y cuanto lo llena;
vitoreen los campos y cuanto hay en ellos. 
R.

V. Aclamen los árboles del bosque,
delante del Señor, que ya llega,
ya llega a regir la tierra:
regirá el orbe con justicia
y los pueblos con fidelidad. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. La palabra de Dios es viva y eficaz;
juzga los deseos e intenciones del corazón. 
R.

 

Evangelio

Mt 23, 23-26

Esto es lo que habría que practicar, aunque sin descuidar aquello

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, Jesús dijo:
«¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas, que pagan el diezmo de la menta, del anís y del comino, y descuidan lo más grave de la ley: la justicia, la misericordia y la fidelidad!
Esto es lo que habría que practicar, aunque sin descuidar aquello.
¡Guías ciegos, que filtran el mosquito y se tragan el camello!
¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas, que limpian por fuera la copa y el plato, mientras por dentro están rebosando de robo y desenfreno! ¡Fariseo ciego!, limpia primero la copa por dentro y así quedará limpia también por fuera».

Palabra del Señor.


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Que la fe se haga vida

 

Queridos hermanos:

Existe una tentación que puede infiltrarse silenciosamente en la vida cristiana: creer que la fe consiste únicamente en cumplir determinados actos religiosos, decir las palabras correctas o conservar una apariencia de piedad, mientras el corazón permanece cerrado al amor, a la justicia y a la misericordia.

Podemos rezar mucho y perdonar poco; participar en las celebraciones y despreciar al hermano; hablar de Dios con facilidad y negarnos a tender la mano a quien sufre.

Frente a esa contradicción, la Palabra de Dios nos invita hoy a preguntarnos: ¿mi fe está transformando realmente mi vida o se ha quedado en una fachada?

En la primera lectura, san Pablo se dirige a una comunidad inquieta y confundida. Algunos creyentes de Tesalónica pensaban que el día del Señor estaba por llegar de manera inmediata y se dejaban arrastrar por rumores, interpretaciones equivocadas o mensajes alarmantes.

El apóstol les pide serenidad:

«No perdáis fácilmente la cabeza ni os alarméis».

Qué necesaria es también hoy esta exhortación. Vivimos rodeados de noticias que generan angustia, cadenas que anuncian desgracias, discursos que manipulan el miedo y mensajes que confunden más de lo que orientan.

A veces, incluso en ambientes religiosos, se presenta a Dios como una amenaza permanente, o se buscan señales extraordinarias mientras se descuidan las responsabilidades ordinarias de la fe.

Pero el cristiano no está llamado a vivir aterrorizado por el futuro. Está llamado a permanecer firme en Jesucristo.

San Pablo lo expresa claramente:

«Manteneos firmes y conservad las tradiciones que habéis aprendido».

No se trata de repetir costumbres vacías ni de defender apariencias religiosas. Se trata de conservar fielmente el Evangelio recibido: la fe que nos une a Cristo, la esperanza que nos sostiene y el amor que se traduce en obras.

Y añade una oración preciosa:

Que Jesucristo y Dios, nuestro Padre, «os consuelen internamente y os den fuerza para toda clase de palabras y obras buenas».

Aquí encontramos una clave decisiva: la fe verdadera une las palabras buenas con las obras buenas. No basta hablar correctamente de Dios; debemos permitir que su gracia transforme nuestra manera de vivir.

El salmo responsorial prolonga este mensaje:

«El Señor llega a regir la tierra».

Pero ¿cómo llega el Señor? El salmista responde que gobernará «el orbe con justicia y los pueblos con fidelidad».

Dios no viene a imponer la arbitrariedad ni a sembrar desesperación. Viene como Rey justo y fiel; viene a poner las cosas en su lugar; viene a defender la verdad y a restablecer la dignidad de quienes han sido olvidados.

Por eso la creación entera se alegra: el cielo, la tierra, el mar, los campos y los árboles del bosque.

Cuando Dios reina verdaderamente, florecen la justicia, la fraternidad y la esperanza.

Y precisamente eso es lo que Jesús reclama en el Evangelio. Dirigiéndose a los escribas y fariseos, les dice:

«Pagáis el diezmo de la menta, del anís y del comino, y descuidáis lo más importante de la ley: la justicia, la misericordia y la fidelidad».

Prestaban atención minuciosa a pequeñas obligaciones religiosas, pero olvidaban aquello que constituye el corazón de la voluntad de Dios.

Jesús no desprecia las prácticas de fe. No dice que la oración, los mandamientos, las celebraciones o las ofrendas carezcan de importancia. Lo dice expresamente:

«Esto es lo que habría que practicar, aunque sin descuidar aquello».

El problema aparece cuando lo secundario ocupa el lugar de lo esencial. Cuando se cuida la ceremonia, pero se abandona al hermano. Cuando se defiende una imagen religiosa impecable, pero se toleran la injusticia, la indiferencia o la falta de perdón.

Y para mostrar esa incoherencia, Jesús utiliza una imagen sorprendente:

«Coláis el mosquito y os tragáis el camello».

Es decir: nos preocupamos exageradamente por detalles pequeños y dejamos pasar faltas enormes contra el amor.

Nos escandalizamos por un error ajeno, pero justificamos nuestra dureza de corazón.

Cuidamos nuestras palabras en el templo, pero herimos a los demás en la casa.

Queremos una celebración bien organizada, pero no nos interesa si una familia vecina está pasando hambre.

Repetimos «Señor, Señor», pero mantenemos resentimientos, alimentamos divisiones o cerramos los ojos ante el sufrimiento.

Entonces la fe corre el riesgo de convertirse en una fachada: palabras correctas, gestos religiosos y apariencias exteriores, mientras por dentro falta lo esencial.

Jesús añade otra comparación:

«Limpiáis por fuera la copa y el plato, mientras por dentro están llenos de robo y desenfreno».

Y concluye:

«Limpia primero la copa por dentro, y así quedará limpia también por fuera».

Aquí el Señor nos conduce al corazón del Evangelio. La conversión auténtica empieza en nuestro interior.

No basta parecer buenos. Necesitamos permitir que Dios purifique nuestras intenciones, sane nuestros egoísmos y transforme nuestra manera de relacionarnos con los demás.

Una persona puede llevar una cruz en el pecho y, al mismo tiempo, convertirse en una cruz insoportable para su familia.

Puede conocer muchas oraciones y no saber pedir perdón.

Puede hablar de caridad y tratar con desprecio a quien considera inferior.

Puede preocuparse por su reputación religiosa y desentenderse del enfermo, del anciano, del necesitado o del hermano que atraviesa una dificultad.

Por eso hoy Jesús nos invita a revisar no solo lo que hacemos, sino también el amor con que lo hacemos.

La fe ha de tomar carne; tiene que hacerse vida.

Se hace vida cuando perdonamos de corazón.

Se hace vida cuando tratamos con justicia a quienes trabajan con nosotros.

Se hace vida cuando compartimos con una familia necesitada.

Se hace vida cuando visitamos a un enfermo, consolamos a quien está de duelo o acompañamos a una persona que se siente sola.

Se hace vida cuando nos solidarizamos con nuestros hermanos que sufren y respondemos a sus necesidades con una ayuda concreta, generosa y perseverante.

El amor cristiano no puede reducirse a expresar preocupación: también necesita manos disponibles, tiempo ofrecido y corazón abierto.

En esta celebración queremos presentar de manera especial ante el Señor a nuestros familiares, amigos y benefactores.

Cuántas personas hacen el bien discretamente, sin esperar reconocimiento.

Personas que ayudan a sostener nuestras comunidades; que aportan para la evangelización; que colaboran con los necesitados; que ofrecen su trabajo, sus recursos, su tiempo y sus oraciones.

Hay benefactores que apoyan económicamente, pero también quienes se convierten en bendición mediante una visita, una palabra oportuna, una escucha paciente o una presencia fiel.

Por todos ellos damos gracias a Dios.

Pedimos que el Señor bendiga sus hogares, proteja a sus familias, les conceda salud, fortaleza y esperanza, y les multiplique abundantemente todo el bien que realizan.

Que nunca les falte el pan, el trabajo, la paz ni la alegría de saberse instrumentos de la providencia divina.

También podemos recordar en este día a san Luis, rey de Francia, quien procuró vivir su fe mediante la justicia, la atención a los pobres y el servicio al bien común. Su testimonio nos recuerda que ninguna responsabilidad nos dispensa del Evangelio; por el contrario, cuanto mayor es la autoridad o la posibilidad de ayudar, mayor debe ser el compromiso con los demás.

Hermanos, preguntémonos sinceramente:

¿Mi oración me está enseñando a amar mejor?

¿Mi participación en la Eucaristía me hace más justo, más misericordioso y más servicial?

¿Me preocupo únicamente por aparentar que soy creyente o permito que Cristo transforme mi corazón?

¿Reconozco y agradezco el bien que otros hacen por mí?

Pidámosle al Señor que nos libre de una religiosidad vacía y nos conceda una fe auténtica, firme y fecunda.

Que nuestras palabras nazcan de un corazón reconciliado.

Que nuestras prácticas religiosas se traduzcan en justicia, misericordia y fidelidad.

Que nuestra oración se convierta en servicio.

Y que nuestra fe, lejos de quedarse en una apariencia, se haga carne en gestos concretos de amor.

Señor Jesús, limpia nuestro corazón y enséñanos a vivir aquello que proclamamos. Bendice a nuestros familiares, amigos y benefactores; recompensa su generosidad y haz que todos seamos, con nuestras palabras y nuestras obras, instrumentos de tu justicia y de tu misericordia. Amén.

 

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25 de agosto:

San Luis, rey — Memoria libre

 

1214-1270

Patrono de los barberos, peluqueros, albañiles, trabajadores de la construcción, fabricantes de botones, destiladores, bordadores, costureros, reyes, escultores, soldados, canteros, novios, la paternidad y maternidad, los padres de familias numerosas, los prisioneros y los enfermos; copatrono de la Tercera Orden de San Francisco.

Invocado contra la muerte de los niños y las dificultades matrimoniales.

Canonizado por el papa Bonifacio VIII en 1297.

 

Cita

Por tanto, querido hijo, lo primero que te aconsejo es que fijes todo tu corazón en Dios y lo ames con todas tus fuerzas, pues sin esto nadie puede salvarse ni tener valor alguno. Debes evitar con todas tus fuerzas todo aquello que consideres desagradable para Él. Y, especialmente, debes estar resuelto a no cometer ningún pecado mortal, pase lo que pase; deberías permitir que te cortaran todos los miembros y sufrir toda clase de tormentos antes que caer conscientemente en pecado mortal.
—Carta de san Luis a su hijo

 

Reflexión

Luis IX, nacido en Poissy, Francia, fue el cuarto hijo del príncipe heredero y la princesa de Francia, Luis VIII y Blanca de Castilla. Cuando Luis nació, su abuelo, Felipe II, llevaba treinta y cuatro años como rey de Francia. Cuando Luis IX tenía nueve años, murió su abuelo y su padre, Luis VIII, se convirtió en rey, aunque solamente reinaría durante tres años. Después de la muerte de su padre, ocurrida en 1226, Luis IX se convirtió en rey de Francia a la edad de doce años. Debido a su corta edad, su madre ejerció como regente hasta que él tuvo la edad suficiente para gobernar por sí mismo, a los diecinueve años.

Como hijo de un príncipe y después como joven rey, Luis IX recibió una excelente formación en latín, oratoria, escritura, artes militares y gobierno. Sus tutores privados fueron cuidadosamente elegidos por su abnegada madre, una católica de profunda fe que se aseguró de que sus hijos recibieran una sólida formación religiosa. Se cuenta que, cierto día, su madre le dijo al joven Luis: «Te amo, querido hijo, tanto como una madre puede amar a su hijo; pero preferiría verte muerto a mis pies antes que verte cometer un pecado mortal». Esta poderosa manifestación del amor de su madre resonó en el corazón de Luis durante toda su vida.

Durante su etapa como reina madre y regente de Francia, Blanca gobernó con virtud. Apoyó monasterios y conventos, practicó fielmente su fe, fue generosa con los pobres y gobernó con justicia. Todo ello produjo un profundo efecto en su hijo, el rey. Cuando Luis tenía dieciocho años, su madre escogió como esposa para él a Margarita de Provenza, hija de trece años de Ramón Berenguer IV, conde de Provenza. Margarita era una esposa ideal para Luis por su piedad y virtud. La pareja se enamoró y tuvo once hijos. Disfrutaban pasando tiempo juntos: leyendo, cabalgando, escuchando música y orando. Con frecuencia se afirma que este estrecho vínculo despertó los celos de la madre de Luis y que la relación entre ella y su nuera fue tensa.

Una vez concluida la regencia, los treinta y seis años posteriores del reinado del rey Luis estuvieron marcados por la justicia, el cuidado de los pobres, el arbitraje, las alianzas estratégicas, las cruzadas y una profunda devoción. En cuanto a su fidelidad a la fe católica, el rey Luis era conocido como un hombre de oración. Como prácticas de devoción interior, rezaba diariamente el Oficio Divino, asistía a Misa dos veces al día y llevaba un cilicio bajo sus vestiduras. Tal vez el legado más inspirador de la fe del rey Luis se encuentre en una carta que escribió a su hijo, en la cual deja ver su corazón de padre y ofrece al futuro rey orientaciones para llegar a ser un hombre y un monarca bueno. La carta está llena de exhortaciones prácticas de fe, mediante las cuales intenta imprimir en la mente y el corazón de su hijo el camino de la santidad.

Estos actos de piedad también dieron lugar a obras exteriores, como realizar penitencias públicas para inspirar a sus súbditos, construir y sostener numerosos monasterios y conventos, y reunir reliquias sagradas que depositó en una capilla cuya construcción encargó, llamada la Sainte-Chapelle, es decir, la «Santa Capilla». Se dice que esta capilla custodia, de manera especial, la Corona de Espinas, la reliquia más sagrada para el rey Luis. Movido por su fe, también promovió las artes sacras en toda Francia y estableció los fundamentos de instituciones académicas de excelencia teológica. Asimismo, estuvo profundamente comprometido con las obras de caridad. Construyó hospitales para los enfermos y casas de rehabilitación para las prostitutas, y atendió personalmente a los pobres.

El rey Luis fue también un hombre de justicia. Era conocido por dedicar largos períodos a escuchar las quejas de su pueblo y dictar resoluciones justas. Reformó el sistema jurídico y prohibió prácticas arcaicas e injustas. Puso fin a las guerras entre los nobles, buscando soluciones razonables para sus disputas en lugar de recurrir a la violencia. Su justicia y su reputación de rectitud moral eran tan conocidas que otros gobernantes acudían a él para que ayudara a resolver graves conflictos en otros reinos, como ocurrió con las disputas entre el rey de Inglaterra y los barones ingleses.

En 1244, la ciudad de Jerusalén fue tomada por los turcos corasmios, en violación del Tratado de Jaffa de 1229. Aunque la guerra nunca debe emprenderse por motivos de agresión o conquista, la defensa propia o la defensa de los demás constituye un deber moral. El rey Luis reconoció ese deber y era consciente de la posición privilegiada que ocupaba para prestar ayuda. En 1248, partió con su ejército de cruzados para combatir a los turcos en lo que se conoce como la Séptima Cruzada. Su objetivo era Egipto, centro del poder musulmán. Aunque inicialmente tuvo éxito al conquistar la ciudad de Damieta, su ejército fue diezmado cuando intentaba avanzar y el rey fue capturado. Después de un breve encarcelamiento, fue liberado mediante el pago de una enorme suma de dinero. A continuación, pasó los cuatro años siguientes en las fortalezas de Tierra Santa controladas por los cruzados, brindándoles apoyo y aliento. Después de seis años, regresó a Francia, donde su madre había gobernado como regente durante su ausencia.

En 1267, el rey Luis volvió a sentir el deber de defender Tierra Santa. Después de tres años de cuidadosa planificación, Túnez fue escogida como objetivo, con la intención de convertir al rey musulmán a la fe católica y con la esperanza de que este ayudara posteriormente a establecer una paz más amplia entre cristianos y musulmanes. Desafortunadamente, al llegar al norte de África, se desató una enfermedad en el campamento de los cruzados. Entre los fallecidos se encontraba el rey Luis IX. Su cuerpo fue enviado de regreso a Francia y su hijo, Felipe III, lo sucedió como rey. En 1297, apenas veintisiete años después de la muerte de Luis, el papa Bonifacio VIII lo canonizó en reconocimiento de su profunda piedad personal, sus esfuerzos por reformar y perfeccionar la administración de justicia y su liderazgo en dos cruzadas.

La vida de un rey en la Plena Edad Media, rodeada de riquezas y de un poder casi sin límites, llevaba consigo numerosas tentaciones. San Luis fue una de esas almas excepcionales que permanecieron sencillas, humildes, piadosas, justas, reflexivas, moralmente íntegras y entregadas a la oración durante todo su reinado. Es el único rey de Francia que ha recibido el título sagrado de «santo».

Al honrar a este gobernante santo y justo, consideremos las tentaciones que debió superar para llegar a ser reconocido universalmente como santo católico. Al hacerlo, reflexionemos también sobre las cualidades que más necesitamos cultivar en nuestra propia vida para vencer las asechanzas de la tentación y cumplir nuestros deberes conforme a la mente y al corazón de Cristo.

Oración

San Luis, conociste a Cristo desde muy joven. Tu madre, mujer de profunda fe, infundió en ti una visión clara de tus deberes y responsabilidades morales delante de Dios. Tú correspondiste a ese don procurando ser un rey según el Corazón de Cristo y buscando la justicia y la paz para todos.

Ruega por mí, para que asuma mis propios deberes en la vida con amor y justicia, sin buscar nunca satisfacer mis deseos egoístas, sino únicamente los deseos del Corazón de Cristo.

San Luis, rey de Francia, ruega por mí. Jesús, confío en ti.

 

 

domingo, 23 de agosto de 2026

24 de agosto del 2026: Fiesta de San Bartolomé, apóstol

 

San Bartolomé, apóstol

Siglo I

Uno de los Doce Apóstoles. La tradición cristiana lo identifica habitualmente con Natanael, presentado a Jesús por su amigo Felipe en el Evangelio según san Juan.

Natanael aparece como un hombre sincero, sin doblez, inicialmente sorprendido cuando Felipe le anuncia que ha encontrado al Mesías en Jesús de Nazaret. Sin embargo, acepta la invitación: «Ven y verás» (Jn 1,46). Al encontrarse con Jesús y sentirse conocido profundamente por Él, confiesa con fe: «Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel» (Jn 1,49).

La fiesta de san Bartolomé, apóstol, nos recuerda que la fe cristiana nace de un encuentro personal con Cristo. Como Felipe llevó a Natanael hasta Jesús, también nosotros estamos llamados a conducir a otros hacia Él, no solamente con palabras, sino con el testimonio sencillo y coherente de nuestra vida.

 



Atreverse

«¿De Nazaret puede salir algo bueno?» Como Natanael, también a nosotros nos sucede que dejamos que nuestros prejuicios oscurezcan la mirada y cierren la puerta a la novedad de Dios.

Pero Felipe no entra en discusión ni intenta convencerlo con largos razonamientos. Simplemente le dice: «Ven y verás». Natanael se atreve a dar ese paso, va al encuentro de Jesús y descubre que aquel a quien miraba con desconfianza ya lo conocía profundamente.

La fe comienza muchas veces con este pequeño acto de valentía: atreverse a salir de nuestras ideas preconcebidas, acercarnos y dejarnos sorprender por Dios. Jesús puede manifestarse precisamente allí donde menos lo esperamos, en personas, situaciones y lugares que nuestros prejuicios habían descartado.

En la fiesta de san Bartolomé, pidamos la gracia de un corazón sincero, «sin doblez», capaz de escuchar la invitación del Evangelio: «Ven y verás». Porque quien se atreve a encontrarse verdaderamente con Cristo puede terminar confesando, como Natanael: «Rabí, tú eres el Hijo de Dios».

P.E.I

 

 

Primera lectura

Ap 21, 9b-14

Sobre los cimientos están los nombres de los doce apóstoles del Cordero

Lectura del libro del Apocalipsis.

EL ángel me habló diciendo:
«Mira, te mostraré la novia, la esposa del Cordero».
Y me llevó en espíritu a un monte grande y elevado, y me mostró la ciudad santa de Jerusalén que descendía del cielo, de parte de Dios, y tenía la gloria de Dios; su resplandor era semejante a una piedra muy preciosa, como piedra de jaspe cristalino.
Tenía una muralla grande y elevada, tenía doce puertas y sobre las puertas doce ángeles y nombres grabados que son las doce tribus de Israel.
Al oriente tres puertas, al norte tres puertas, al sur tres puertas, al poniente tres puertas, y la muralla de la ciudad tenía doce cimientos y sobre ellos los nombres de los doce apóstoles del Cordero.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 144, 10-11. 12-13ab. 17-18 (R.: cf. 12)

R. Tus santos, Señor, proclaman la gloria de tu reinado.

V. Que todas tus criaturas te den gracias, Señor,
que te bendigan tus fieles.
Que proclamen la gloria de tu reinado,
que hablen de tus hazañas. 
R.

V. Explicando tus hazañas a los hombres,
la gloria y majestad de tu reinado.
Tu reinado es un reinado perpetuo,
tu gobierno va de edad en edad. 
R.

V. El Señor es justo en todos sus caminos,
es bondadoso en todas sus acciones.
Cerca está el Señor de los que lo invocan,
de los que lo invocan sinceramente. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel. R.

 

Evangelio

Jn 1, 45-51

Ahí tienen a un israelita de verdad, en quien no hay engaño

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

EN aquel tiempo, Felipe encontró a Natanael y le dijo:
«Aquel de quien escribieron Moisés en la ley y los profetas, lo hemos encontrado: Jesús, hijo de José, de Nazaret».
Natanael le replicó:
«¿De Nazaret puede salir algo bueno?».
Felipe le contestó:
«Ven y verás».
Vio Jesús que se acercaba Natanael y dijo de él:
«Ahí tienen a un israelita de verdad, en quien no hay engaño».
Natanael le contesta:
«¿De qué me conoces?».
Jesús le responde:
«Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi».
Natanael respondió:
«Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel».
Jesús le contestó:
«¿Por haberte dicho que te vi debajo de la higuera, crees? Has de ver cosas mayores».
Y le añadió:
«En verdad, en verdad les digo: verán el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre».

Palabra del Señor.

 

1

 

Hermanos:

La fiesta de san Bartolomé, apóstol, nos pone hoy delante de una palabra sencilla pero exigente: atreverse. Atreverse a dejar los prejuicios, atreverse a acercarse a Jesús, atreverse a permitir que Dios nos sorprenda.

En el Evangelio, Natanael —a quien la tradición identifica con Bartolomé— reacciona con desconfianza cuando Felipe le habla de Jesús: «¿De Nazaret puede salir algo bueno?». Es una frase muy humana. También nosotros podemos juzgar demasiado rápido: una persona por su apariencia, una comunidad por su fama, una situación por nuestras experiencias anteriores. Y, sin darnos cuenta, podemos cerrarle la puerta a Dios.

Felipe no discute con Natanael. No intenta vencerlo con argumentos. Le dice simplemente: «Ven y verás». Natanael se atreve a ir. Y ese pequeño paso cambia su vida. Cuando llega ante Jesús descubre algo sorprendente: antes de que él conociera a Jesús, Jesús ya lo conocía a él. Por eso termina confesando: «Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel».

También a nosotros el Señor nos dice hoy: ven y verás. No te quedes solamente con lo que otros dicen de Dios; acércate. No te quedes encerrado en tus prejuicios; déjate sorprender. No pienses que Dios está lejos: Él ya conoce tu historia, tus luchas, tus heridas y tus esperanzas.

La primera lectura del Apocalipsis nos presenta la Jerusalén celestial, edificada sobre doce cimientos que llevan los nombres de los doce apóstoles del Cordero. Es una imagen preciosa de la Iglesia. Bartolomé no fue solamente un hombre que conoció personalmente a Jesús: se convirtió en piedra viva de la Iglesia, testigo que entregó su vida para anunciar lo que había visto y encontrado.

Esto nos recuerda algo importante: el encuentro con Cristo nunca termina solamente en nosotros. Quien verdaderamente ha encontrado al Señor termina convirtiéndose también en testigo. Felipe llevó a Natanael hasta Jesús; Natanael, después, llevó a otros el anuncio de Cristo. Así se transmite la fe: alguien nos dice “ven y verás”, y luego nosotros ayudamos a otros a encontrarse con el Señor.

El salmo 145 proclama: «Que tus fieles, Señor, proclamen la gloria de tu reinado». Esa fue precisamente la misión de los apóstoles: anunciar que Dios reina, que su amor está cerca, que el Señor «es justo en todos sus caminos» y «está cerca de los que lo invocan sinceramente».

Y hoy esta Palabra adquiere también un tono especial porque, como cada lunes, oramos por nuestros fieles difuntos. La visión de la Jerusalén celestial es para nosotros una palabra de esperanza. Nuestros seres queridos que han partido no han sido creados para la nada, sino para la ciudad de Dios, para esa Jerusalén definitiva donde Cristo es la luz y donde la muerte ya no tiene la última palabra.

Por ellos ofrecemos esta Eucaristía. Pedimos que el Señor purifique sus almas, perdone sus faltas y los introduzca en la alegría de su Reino. Y al recordarlos, también nosotros escuchamos una llamada: vivamos de tal manera que nuestro camino conduzca hacia Dios.

San Bartolomé nos enseña hoy tres cosas muy sencillas: no vivir de prejuicios, atrevernos a encontrarnos con Cristo y convertirnos en testigos de lo que Él hace en nuestra vida.

Que también de nosotros pueda decir Jesús lo que dijo de Natanael: «Ahí tienen a un verdadero israelita, en quien no hay doblez». Que seamos hombres y mujeres de corazón sincero, capaces de reconocer a Cristo incluso allí donde menos esperábamos encontrarlo.

Y que nuestros fieles difuntos, sostenidos por nuestra oración, puedan contemplar un día plenamente aquello que nosotros apenas vislumbramos en la fe: la Jerusalén celestial y el rostro de Cristo, el Cordero que vive por los siglos de los siglos. Amén.

 

2

 

«¡Tú eres el Hijo de Dios!»

 

Hermanos:

El Evangelio de esta fiesta nos presenta uno de esos encuentros en los que una vida cambia casi de repente. Felipe encuentra a Natanael y le dice:

«Hemos encontrado a aquel de quien escribieron Moisés en la Ley y también los profetas: Jesús, hijo de José, de Nazaret».

Pero Natanael responde inmediatamente:

«¿De Nazaret puede salir algo bueno?»

Y Felipe no se pone a discutir con él. No intenta demostrarle nada con largos razonamientos. Simplemente le dice:

«Ven y verás».

El nombre Bartolomé aparece en los Evangelios sinópticos entre los Doce Apóstoles escogidos por Jesús. Su nombre significa «hijo de Tolmai». En el Evangelio de san Juan, la tradición lo identifica con Natanael. Es posible, por tanto, que su nombre completo fuera Natanael, hijo de Tolmai.

San Juan nos cuenta que Andrés y Juan fueron de los primeros en encontrarse con Jesús. Andrés lleva la noticia a Simón Pedro; después Felipe también es llamado por el Señor y, a su vez, busca a Natanael para comunicarle aquello que ha descubierto: «Hemos encontrado».

La fe comienza muchas veces así: alguien que ha encontrado a Cristo va en busca de otro.

Pero Natanael comienza desde la duda: «¿De Nazaret puede salir algo bueno?». Nazaret era entonces un lugar pequeño, aparentemente insignificante. Además, se esperaba que el Mesías procediera de Belén, la ciudad de David. Felipe y Natanael no sabían todavía que Jesús había nacido precisamente en Belén.

Sin embargo, hay algo hermoso en Natanael: a pesar de su prejuicio, acepta ir.

Felipe le dice: «Ven y verás», y él va.

Quizá esa sea una de las primeras enseñanzas para nosotros hoy: nuestras dudas no son necesariamente un obstáculo definitivo para la fe. El verdadero peligro no está en tener preguntas, sino en cerrarnos a buscar la respuesta. Natanael duda, pero se mueve. Tiene prejuicios, pero se deja conducir. No comprende todavía, pero acepta encontrarse personalmente con Jesús.

Y cuando Jesús lo ve acercarse, dice:

«Este es un verdadero israelita, en quien no hay doblez».

Qué hermoso elogio.

Jesús no dice que Natanael lo sabía todo. No dice que nunca hubiera dudado. Al contrario, acababa de expresar una duda bastante fuerte. Pero Jesús reconoce algo mucho más profundo: es un hombre sincero.

No hay doblez en él.

Natanael pregunta entonces:

«¿De dónde me conoces?»

Y Jesús le responde que lo había visto bajo la higuera antes de que Felipe lo llamara.

Algo sucede entonces en el corazón de Natanael. Aquel que hacía apenas unos instantes preguntaba con cierto escepticismo: «¿De Nazaret puede salir algo bueno?», ahora exclama:

«Rabí, tú eres el Hijo de Dios; tú eres el Rey de Israel».

¡Qué transformación!

Del prejuicio a la fe.

De la sospecha a la confesión.

De la duda a una entrega que terminará convirtiéndose en misión.

Y esta transformación nos ayuda a comprender también la primera lectura del Apocalipsis. Allí san Juan contempla la Jerusalén celestial y escucha:

«Ven, te mostraré a la esposa, la esposa del Cordero».

La ciudad santa desciende del cielo resplandeciente con la gloria de Dios. Tiene doce puertas y, sobre sus cimientos, están escritos los nombres de los doce apóstoles del Cordero.

Entre esos nombres está también Bartolomé.

Aquel hombre que un día preguntó: «¿De Nazaret puede salir algo bueno?» termina siendo contado entre los cimientos de la Jerusalén celestial.

Esto nos dice algo profundamente consolador: Dios no llama personas perfectas; Dios llama personas que se dejan transformar.

Bartolomé tuvo sus dudas, sus ideas preconcebidas y sus interrogantes, pero tenía un corazón sincero. Y porque no había doblez en él, cuando encontró la verdad fue capaz de entregarse a ella completamente.

Según una antigua tradición cristiana, después de Pentecostés evangelizó en diversas regiones, relacionadas tradicionalmente con lugares como India, Armenia y Mesopotamia, hasta entregar finalmente su vida como mártir.

¡Qué distancia entre aquel primer «¿de Nazaret puede salir algo bueno?» y la entrega definitiva de la propia vida por Cristo!

Eso hace la gracia cuando encuentra un corazón abierto.

El salmo 145 parece describir precisamente la misión de Bartolomé y de todos los apóstoles:

«Que tus fieles, Señor, proclamen la gloria de tu reinado».

Los apóstoles fueron enviados para eso: para proclamar la gloria del Reino de Dios, para anunciar de generación en generación las maravillas del Señor.

Y el mismo salmo añade:

«El Señor es justo en todos sus caminos, es bondadoso en todas sus acciones; cerca está el Señor de los que lo invocan, de los que lo invocan sinceramente».

Aquí volvemos al corazón de Natanael.

Dios está cerca de quienes lo buscan sinceramente.

No necesariamente de quienes tienen todas las respuestas.

No necesariamente de quienes nunca dudan.

Sino de quienes se presentan delante de Él sin doblez.

Por eso la fiesta de san Bartolomé nos invita hoy a preguntarnos: ¿con qué corazón nos acercamos nosotros a Jesús?

Podemos conocer muchas cosas de Él. Podemos escuchar la Palabra, rezar, participar en la Eucaristía, conocer el testimonio de los santos. Pero siempre queda abierta la invitación:

«Ven y verás».

Ven y mira de nuevo.

Ven y déjate sorprender.

Ven y permite que Cristo entre más profundamente en tu vida.

Quizá también nosotros cargamos prejuicios: sobre Dios, sobre la Iglesia, sobre determinadas personas, sobre ciertas situaciones de nuestra historia. Quizá hemos dicho interiormente alguna vez: «De aquí no puede salir nada bueno».

Y justamente desde allí puede querer sorprendernos Dios.

Hay otra frase especialmente hermosa en este Evangelio. Cuando Natanael llega hasta Jesús descubre que Jesús ya lo había visto antes.

Antes de que Natanael conociera a Jesús, Jesús ya conocía a Natanael.

Y esto también vale para nosotros.

Antes de que lo busquemos, Él ya nos conoce.

Antes de que le contemos nuestras heridas, Él ya las ha visto.

Antes de que le expresemos nuestras dudas, Él ya las conoce.

Antes incluso de que Felipe dijera «ven y verás», Jesús ya había puesto su mirada sobre Natanael.

La fe comienza, entonces, no solamente cuando nosotros miramos a Dios, sino cuando descubrimos que Dios nos ha estado mirando primero.

Por eso podemos acercarnos a Él sin máscaras.

San Bartolomé nos enseña hoy precisamente esta cualidad que Jesús vio en él:

«No hay doblez en él».

Ser sin doblez significa vivir con sinceridad, honestidad y transparencia delante de Dios y delante de los demás. Significa tener una integridad de corazón que busca la verdad y que, cuando la encuentra, está dispuesta a responder plenamente.

Tal vez hoy podríamos preguntarnos: ¿en qué aspectos de nuestra vida todavía dudamos en entregarnos completamente al Señor?

¿Qué nos cuesta confiarle?

¿Qué prejuicio necesitamos superar?

¿Qué paso todavía no queremos dar?

Felipe vuelve a decirnos hoy:

«Ven y verás».

Ven a la oración.

Ven a la Palabra.

Ven a la Eucaristía.

Ven con tus dudas, pero ven.

Ven incluso con tus preguntas, pero no cierres la puerta.

Y cuando el Señor hable a tu corazón, no tengas miedo de responder como Bartolomé:

«Rabí, tú eres el Hijo de Dios; tú eres el Rey de Israel».

Que san Bartolomé nos obtenga la gracia de un corazón abierto, sincero y sin doblez; un corazón que no tenga miedo de dejarse sorprender por Dios.

Y que también nosotros, edificados sobre el testimonio de los apóstoles, podamos vivir como piedras vivas de esa Jerusalén celestial de la que habla hoy el Apocalipsis, proclamando con nuestra vida, como canta el salmo:

«Que tus fieles, Señor, proclamen la gloria de tu reinado».

Amén.

Oración final

Señor mío y humilde, Tú no te presentaste a Natanael como un rey poderoso ni como un gran jefe militar, sino como el humilde habitante de Nazaret. Sin embargo, al encontrarte con corazón abierto, Natanael realizó una profesión de fe que cambió su vida.

Como san Bartolomé, concédeme acercarme siempre a Ti con un corazón abierto y sincero. Líbrame de la doblez, de los prejuicios y de todo aquello que me impida reconocerte.

Cuando vengas a mi encuentro, dame la gracia de exclamar con convicción y amor:

«¡Tú eres el Hijo de Dios!»

Jesús, confío en Ti.


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