viernes, 8 de mayo de 2026

8 de mayo del 2026: viernes de la quinta semana de Pascua


La amistad desmedida


(Juan 15, 12-17) En las redes sociales coleccionamos amigos. La amistad se ha convertido en un dato medible, a fuerza de “likes” y emoticones.
“Ya no los llamo siervos, los llamo amigos”. Jesús ofrece su amistad a todos, sin medida, de una manera única con cada uno. Él no quiere una obediencia servil ni el miedo a un juicio, sino que se da a conocer a quien quiera entrar, como amigo, en esta complicidad divina.

Colette Hamza, xavière

 


Primera lectura

Hch 15, 22-31

Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros, no imponerles más cargas que las indispensables

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.

EN aquellos días, los apóstoles y los presbíteros con toda la Iglesia acordaron elegir a algunos de ellos para mandarlos a Antioquía con Pablo y Bernabé. Eligieron a Judas, llamado Barsabás, y a Silas, miembros eminentes entre los hermanos, y enviaron por medio de ellos esta carta:
«Los apóstoles y los presbíteros hermanos saludan a los hermanos de Antioquía, Siria y Cilicia provenientes de la gentilidad. Habiéndonos enterado de que algunos de aquí, sin encargo nuestro, los han alborotado con sus palabras, desconcertando sus ánimos, hemos decidido, por unanimidad, elegir a algunos y enviárselos con nuestros queridos Bernabé y Pablo, hombres que han entregado su vida al nombre de nuestro Señor Jesucristo. Les mandamos, pues, a Silas y a Judas, que les referirán de palabra lo que sigue: Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros, no imponerles más cargas que las indispensables: que se abstengan de carne sacrificada a los ídolos, de sangre, de animales estrangulados y de uniones ilegítimas. Harán bien en apartarse de todo esto. Saludos».
Los despidieron, y ellos bajaron a Antioquía, donde reunieron a la comunidad y entregaron la carta. Al leerla, se alegraron mucho por aquellas palabras alentadoras.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 56, 8-9. 10-12 (R. : 10 a)

R. Te daré gracias ante los pueblos, Señor.

O bien:

R. Aleluya.

V. Mi corazón está firme, Dios mío,
mi corazón está firme.
Voy a cantar y a tocar:
despierta, gloria mía;
despierten, cítara y arpa;
despertaré a la aurora. 
R.

V. Te daré gracias ante los pueblos, Señor;
tocaré para ti ante las naciones:
por tu bondad, que es más grande que los cielos;
por tu fidelidad, que alcanza las nubes.
Elévate sobre el cielo, Dios mío,
y llene la tierra tu gloria.
 R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. A ustedes los llamo amigos —dice el Señor—, porque todo lo que he oído a mi Padre se lo he dado a conocer. R.

 

Evangelio

Jn 15, 12-17

Esto les mando: que se amen unos a otros

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Este es mi mandamiento: que se amen unos a otros como yo los he amado.
Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos.
Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando.
Ya no los llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a ustedes los llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre se lo he dado a conocer.
No son ustedes los que me han elegido, soy yo quien los he elegido y los he destinado para que vayan y den fruto, y su fruto permanezca.
De modo que lo que pidan al Padre en mi nombre se lo dé. Esto les mando: que se amen unos a otros».

Palabra del Señor.

 

 

1

 

Queridos hermanos:

El Evangelio de hoy nos regala una de las palabras más hermosas que Jesús haya dirigido a sus discípulos:

“Ya no los llamo siervos… a ustedes los llamo amigos”.

No es una frase decorativa. No es una expresión sentimental. Es una revelación profunda del corazón de Cristo. Jesús nos está diciendo cuál es el tipo de relación que quiere tener con nosotros. No quiere tratarnos como esclavos que obedecen por miedo. No quiere que vivamos la fe como una carga pesada, como una obligación fría, como una religión del temor. Jesús quiere introducirnos en su intimidad. Quiere hacernos partícipes de su confianza. Quiere que entremos en la comunión de amor que Él vive con el Padre.

Hoy, en tiempos de redes sociales, la palabra “amigo” se ha vuelto muy fácil de decir y muy difícil de vivir. Podemos tener cientos o miles de contactos, recibir muchos “me gusta”, intercambiar emoticones, saludos rápidos, mensajes breves… y, sin embargo, sentirnos profundamente solos. Hay amistades que se miden por números, por reacciones, por apariencias. Pero Jesús nos habla de otra amistad: una amistad que no se mide por cantidad, sino por entrega; no por popularidad, sino por fidelidad; no por palabras bonitas, sino por amor concreto.

Por eso dice:

“Este es mi mandamiento: que se amen unos a otros como yo los he amado”.

La medida del amor cristiano no es nuestro gusto, ni nuestra simpatía, ni nuestra conveniencia. La medida es Cristo: “como yo los he amado”. Y ¿cómo nos amó Jesús? Nos amó perdonando, sirviendo, acercándose a los heridos, tocando a los excluidos, levantando a los caídos, dando la vida en la cruz. Por eso añade:

“Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos”.

Dar la vida no significa solamente morir físicamente por alguien. También damos la vida cuando dedicamos tiempo, cuando escuchamos con paciencia, cuando perdonamos de corazón, cuando acompañamos al enfermo, cuando no abandonamos al que está triste, cuando ayudamos a quien sufre en el cuerpo o en el alma. Damos la vida cuando dejamos de vivir encerrados en nuestro egoísmo y comenzamos a vivir como hermanos.

La primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles, nos muestra a la Iglesia naciente viviendo esta amistad de Cristo de manera concreta. Había tensiones, dudas, discusiones. Algunos querían imponer cargas pesadas a los nuevos creyentes. Pero los apóstoles y los presbíteros, guiados por el Espíritu Santo, toman una decisión sabia, fraterna y misericordiosa. Envían una carta para consolar y confirmar a los hermanos. No quieren aplastar la fe de los demás con exigencias innecesarias. Quieren cuidar la comunión.

Hay una frase preciosa en esa lectura:

“Hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros…”

La Iglesia no camina sola. La comunidad cristiana no decide simplemente por estrategia humana. Discierne, escucha, ora, dialoga y se deja conducir por el Espíritu Santo. Y cuando la Iglesia se deja guiar por el Espíritu, no se vuelve una institución que oprime, sino una madre que acompaña; no impone cargas inútiles, sino que ayuda a caminar; no hiere más a los heridos, sino que consuela.

Qué importante es esto para nuestra vida cristiana. A veces, sin darnos cuenta, podemos convertir la fe en un peso para los demás. Podemos juzgar demasiado rápido. Podemos mirar con dureza al que cae. Podemos señalar al enfermo, al pecador, al confundido, al que sufre interiormente. Pero Jesús no nos llamó para ser jueces fríos de nuestros hermanos. Nos llamó amigos. Y si somos amigos de Jesús, tenemos que aprender a mirar a los demás con los ojos de Jesús.

Por eso nuestra intención orante de hoy es penitencial. Pedimos perdón al Señor por nuestras faltas de amor. Perdón por las veces en que hemos vivido la fe como apariencia y no como entrega. Perdón por las veces en que hemos multiplicado palabras religiosas, pero nos ha faltado misericordia. Perdón por nuestras indiferencias, por nuestras amistades interesadas, por nuestros silencios ante el dolor ajeno, por nuestras durezas familiares y comunitarias.

También oramos hoy por quienes sufren en el alma y en el cuerpo. Hay sufrimientos visibles: enfermedades, dolores físicos, cansancios, tratamientos, limitaciones. Pero hay también sufrimientos escondidos: angustias, depresiones, duelos, soledades, heridas del pasado, culpas, miedos, crisis de fe, vacíos interiores. Muchas personas sonríen por fuera, pero por dentro están librando grandes batallas. A ellas también Jesús les dice: “Ustedes son mis amigos”.

Cristo no abandona al que sufre. Cristo no desprecia al débil. Cristo no se cansa del herido. Su amistad es desmedida. Él no ama a medias. Él no ama solo cuando somos fuertes. Él no ama solo cuando todo está bien. Él nos ama precisamente allí donde más necesitamos ser amados.

El salmo de hoy dice:

“Mi corazón está firme, Dios mío, mi corazón está firme”.

Esa firmeza no nace de no tener problemas. Nace de saber que Dios está cerca. Nace de confiar en que su misericordia es más grande que nuestra fragilidad. Nace de descubrir que somos amados no como empleados de Dios, sino como amigos de Cristo.

Queridos hermanos, hoy Jesús nos invita a revisar nuestra relación con Él. ¿Lo vemos como un patrón exigente o como un amigo fiel? ¿Vivimos la fe por miedo o por amor? ¿Nos acercamos a Dios solo cuando necesitamos algo o cultivamos una verdadera amistad con Él en la oración, en la Eucaristía, en la escucha de su Palabra?

Y también nos invita a revisar nuestras relaciones con los demás. ¿Somos amigos al estilo de Jesús? ¿Sabemos acompañar sin juzgar? ¿Sabemos corregir sin humillar? ¿Sabemos estar cerca del que sufre? ¿Somos capaces de dar algo de nuestra vida por los demás?

La Pascua nos recuerda que Cristo resucitado sigue vivo en medio de nosotros. Y el Resucitado nos llama amigos. No somos extraños para Dios. No somos números en una multitud. No somos seguidores anónimos en una red social divina. Somos conocidos, amados, elegidos y enviados.

Porque Jesús también dice:

“No son ustedes los que me han elegido, soy yo quien los he elegido”.

Esta palabra debe llenarnos de consuelo. Antes de que nosotros buscáramos a Dios, Dios ya nos estaba buscando. Antes de que nosotros lo amáramos, Él ya nos amaba. Antes de que nosotros le abriéramos la puerta, Él ya estaba llamando.

Pidámosle hoy al Señor que sane nuestra manera de amar. Que purifique nuestras amistades. Que nos libre de la superficialidad. Que haga de nuestras comunidades lugares de acogida, consuelo y misericordia. Que quienes sufren en el cuerpo encuentren fortaleza, y quienes sufren en el alma encuentren paz. Que nadie se sienta excluido de la amistad de Cristo.

Y que al acercarnos a esta Eucaristía podamos escuchar en lo profundo del corazón la voz del Señor que nos dice:

“No tengas miedo. Ya no te llamo siervo. Te llamo amigo. Permanece en mi amor”.

Amén.

 

2


 

Queridos hermanos:

El Evangelio de hoy nos lleva al corazón mismo de la vida cristiana: “Este es mi mandamiento: que se amen unos a otros como yo los he amado”. Jesús no nos pide simplemente amar “como podamos”, “como nos nazca” o “cuando nos convenga”. Nos da una medida mucho más alta: amar como Él nos ha amado.

Y enseguida nos muestra cuál es esa medida: “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos”. Amar cristianamente no es solo sentir cariño, simpatía o afecto. Amar como Cristo es entregar la vida. A veces esa entrega será heroica y visible; pero muchas veces será silenciosa, cotidiana, escondida: escuchar al que sufre, perdonar al que nos hirió, servir sin esperar aplausos, renunciar al egoísmo, estar cerca de quien nos necesita, buscar el bien del otro antes que nuestra comodidad.

Alguien comenta que la gracia de Dios es como un océano infinito. Jesús no nos da apenas un vaso de gracia, ni unas cuantas gotas de amor. Él nos ofrece el océano entero de la vida de Dios. Pero nuestro corazón, muchas veces, es pequeño; está estrechado por el miedo, por el egoísmo, por el pecado, por el orgullo, por la costumbre de pensar primero en nosotros mismos.

Por eso la vida cristiana consiste en ensanchar el corazón. Cada acto de amor verdadero aumenta nuestra capacidad de recibir a Dios. Cada vez que perdonamos, el corazón se agranda. Cada vez que servimos, el alma respira mejor. Cada vez que nos desprendemos de nosotros mismos para amar a otro, nos volvemos más capaces de Dios.

Los santos entendieron esto. Santa Teresa de Ávila hablaba del camino interior hacia la unión con Dios. San Juan de la Cruz enseñaba que el alma necesita purificarse y desprenderse para llenarse de Dios. Santo Tomás de Aquino decía que la caridad ensancha el alma para recibir el amor divino. En palabras más sencillas: cuanto más amamos, más capacidad tenemos de recibir el amor de Dios.

Pero Jesús añade algo sorprendente: “Ya no los llamo siervos… a ustedes los llamo amigos”. Esto cambia nuestra manera de relacionarnos con Dios. No somos esclavos movidos por el miedo. No somos empleados religiosos que cumplen órdenes para evitar castigos. Somos amigos de Cristo. Él nos abre su corazón. Nos comunica lo que ha oído del Padre. Nos invita a entrar en su intimidad.

Sin embargo, esta amistad tiene una señal concreta: “Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando”. La obediencia cristiana no es servilismo; es respuesta de amor. Quien ama de verdad escucha. Quien ama de verdad confía. Quien ama de verdad procura vivir según el corazón del amado. Obedecer a Cristo no disminuye nuestra libertad; al contrario, nos libera del egoísmo que nos encierra y nos hace capaces de amar más.

La primera lectura de los Hechos de los Apóstoles nos muestra a la Iglesia primitiva viviendo esta caridad. Había tensiones y discusiones sobre qué exigir a los nuevos creyentes. Pero los apóstoles, guiados por el Espíritu Santo, no quisieron imponer cargas innecesarias. Buscaron la comunión, el discernimiento y la paz. Por eso la comunidad se llenó de alegría al recibir aquella carta. Donde hay caridad, la fe no se convierte en peso insoportable, sino en camino de vida.

También nosotros necesitamos aprender eso. A veces hacemos pesada la vida de los demás con juicios, exigencias, palabras duras o actitudes frías. Jesús, en cambio, nos invita a amar de tal manera que los otros se sientan levantados, no aplastados; acompañados, no condenados; reconciliados, no excluidos.

El salmo de hoy canta: “Mi corazón está firme, Dios mío”. Un corazón firme no es un corazón duro. Es un corazón anclado en el amor de Dios. Firme para no dejarse vencer por el egoísmo. Firme para seguir amando aunque cueste. Firme para dar la vida poco a poco, día a día, como Cristo.

Queridos hermanos, preguntémonos hoy: ¿qué tan grande es mi capacidad de amar? ¿Mi corazón se está ensanchando o se está cerrando? ¿Me conformo con recibir apenas unas gotas de gracia, o deseo sumergirme más profundamente en el océano del amor de Dios?

Jesús nos llama amigos. Nos ofrece su vida. Nos confía el amor del Padre. Y nos deja un mandamiento que resume toda la existencia cristiana:

“Ámense unos a otros como yo los he amado”.

Que esta Eucaristía ensanche nuestro corazón, nos libere del egoísmo y nos haga amigos verdaderos de Cristo, capaces de dar la vida por amor.

Amén.

 


jueves, 7 de mayo de 2026

Almudena Grandes: la nostalgia de Dios en una escritora laica: En el aniversario 66 de su nacimiento, 7 de mayo

  



Cada 7 de mayo, la literatura española recuerda el nacimiento de Almudena Grandes, nacida en Madrid en 1960 y fallecida también en Madrid el 27 de noviembre de 2021. Escritora, columnista, narradora apasionada de la memoria, de los derrotados y de las heridas de España, fue una de las voces más potentes de la narrativa contemporánea en lengua castellana. El Instituto Cervantes la presenta como escritora y columnista española, formada en Geografía e Historia, colaboradora habitual de prensa y autora de una obra ampliamente reconocida, coronada en 2018 con el Premio Nacional de Narrativa. (Instituto Cervantes)

Pero junto a su figura literaria surge una pregunta delicada, especialmente para quienes leemos la cultura desde la fe: ¿creía Almudena Grandes en Dios? ¿Qué lugar ocupaban en ella la fe, la Iglesia y la espiritualidad?

No parece prudente responder con una frase tajante. No he encontrado una confesión directa y definitiva de ella diciendo “soy atea” o “soy creyente”. Lo que sí aparece con claridad es una postura laica, crítica frente a la Iglesia institucional y muy marcada por la memoria del nacionalcatolicismo español. En una entrevista sobre educación, defendía la escuela pública “mixta, laica, gratuita e integradora”, y afirmaba: “A la escuela debe irse a aprender, no a creer”. Para ella, la religión debía quedar reservada al ámbito privado. (laicismo.org)

Esa frase no es simplemente una opinión educativa. Revela una manera de mirar la fe: no como respiración comunitaria de una cultura, ni como horizonte último de sentido, sino como una convicción íntima que no debería ocupar el espacio público. Allí se percibe una distancia profunda entre Almudena Grandes y la tradición católica como institución social.

Ahora bien, conviene preguntarse: ¿qué Dios rechazaba Almudena Grandes?

Porque muchas veces una persona no rechaza al Dios vivo de la Biblia, sino una imagen histórica, cultural o deformada de Dios. En el caso de Grandes, su crítica se dirigía con frecuencia a una Iglesia asociada al franquismo, al control moral, a los privilegios fiscales y al peso del nacionalcatolicismo. En una de sus columnas, comentada por la prensa, afirmaba que los privilegios de la Iglesia en España eran una “herencia directa de la dictadura” y un “vestigio del nacionalcatolicismo”. (ElHuffPost)

Ahí hay una clave de lectura. Para muchos españoles nacidos en la posguerra o educados bajo sus restos culturales, la Iglesia no fue percibida ante todo como casa de misericordia, comunidad de discípulos, mesa de los pobres o sacramento de salvación. Fue vista, muchas veces, como poder, vigilancia, culpa, represión y alianza con los vencedores.

Y cuando Dios queda demasiado identificado con el poder, los sensibles al dolor de las víctimas terminan sospechando de Él.

En La madre de Frankenstein, novela ambientada en la España de los años cincuenta, Almudena Grandes exploró precisamente esa atmósfera opresiva. Al presentar la obra, dijo que en aquella época el nacionalcatolicismo del Estado pasó a “ejercer el terror de otra manera” y que el Estado y la Iglesia entraron en la intimidad de la gente, creando una “atmósfera irrespirable”. (La Vanguardia)

Estas palabras son duras, pero también son reveladoras. Almudena no discute tanto con el misterio de Dios cuanto con una experiencia histórica concreta: la de una religión convertida en dispositivo de control. Desde ahí se entiende su vacío religioso, su distancia eclesial, su dificultad para mirar la Iglesia como espacio de libertad.

Sin embargo, y aquí está lo más interesante, su literatura no está vacía de espiritualidad. No es una espiritualidad confesional, sacramental o bíblica en sentido estricto. Es una espiritualidad de la memoria, de la dignidad herida, de la compasión por los vencidos, de la fidelidad a los muertos, de la resistencia frente al olvido.

Almudena Grandes no escribió desde la fe de la Iglesia, pero muchas veces escribió desde heridas que la fe cristiana no puede ignorar.

Sus Episodios de una guerra interminable giran alrededor de una gran pregunta moral: ¿qué hacer con los vencidos? ¿Cómo nombrar a quienes fueron borrados de la historia? ¿Cómo devolverles rostro, voz, pan, casa, amor, sepultura? Estas preguntas, aunque ella las formulara desde una sensibilidad laica y republicana, rozan profundamente el corazón del Evangelio.

Porque el Dios bíblico también es el Dios de la memoria:
el Dios que escucha el clamor de los esclavos en Egipto,
el Dios que no olvida la sangre de Abel,
el Dios que levanta del polvo al desvalido,
el Dios que en Jesús se inclina ante los descartados.

Quizás Almudena Grandes no creyó en ese Dios con lenguaje de catecismo. Pero su literatura parece perseguir, una y otra vez, algo que se parece mucho a una sed bíblica: la sed de justicia.

En algunos fragmentos de su obra aparece Dios, pero casi siempre como un nombre problemático, irónico, herido por la historia. En Inés y la alegría, según recogen lectores y reseñas, aparece una frase brevísima y tremenda: “Dios existía, pero nunca iba a cambiar de bando”. (elblogdelafabula.blogspot.com)

La frase es literariamente poderosa. Sugiere una experiencia amarga: si Dios existe, parece estar del lado equivocado, o al menos parece no intervenir como esperan los derrotados. Es la vieja pregunta de Job, de los salmos de lamentación, de las víctimas de toda guerra: ¿dónde estaba Dios cuando triunfaba la injusticia?

También se menciona en comentarios sobre Los pacientes del doctor García otra sentencia de sabor popular y sombrío: “Dios aprieta y también ahoga”. (El Club del Libro)

La expresión subvierte el refrán tradicional —“Dios aprieta, pero no ahoga”— y revela un universo narrativo donde la providencia no aparece como consuelo fácil. Para Almudena, la historia no está ordenada por una justicia visible. La historia pesa, aplasta, abandona, castiga de forma desigual. Sus personajes no viven bajo una providencia luminosa, sino bajo una intemperie moral donde la salvación, si llega, suele venir por la solidaridad humana.

Hay otro dato muy sugerente: en Estaciones de paso incluyó un relato titulado “Demostración de la existencia de Dios”, donde un joven pide cuentas a Dios por la muerte de su hermano en medio de un partido del Atlético de Madrid. Una entrevista literaria resume ese cuento como “hermoso y muy triste”, pero también con un final algo esperanzador: el protagonista logra decir que seguirá adelante a pesar del sufrimiento. (Líbero)

Ese detalle me parece precioso. Incluso cuando Almudena Grandes pone a un personaje a discutir con Dios, lo hace desde el dolor, no desde la indiferencia. Y discutir con Dios también es una forma de no haberlo expulsado del todo. En la Biblia, muchos creyentes no hablan de Dios con serenidad: le reclaman, le preguntan, le gritan. Job, Jeremías, algunos salmos, incluso Jesús en la cruz —“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”— nos muestran que la fe verdadera no siempre es paz inmediata; a veces es combate.

Tal vez Almudena no tuvo fe eclesial, pero sí tuvo una profunda conciencia de la ausencia. Y la ausencia de Dios, cuando duele, también habla de Él.

Desde una mirada cristiana, no se trata de bautizar artificialmente a una escritora que no quiso presentarse como creyente. Sería injusto con ella y poco honesto intelectualmente. Pero tampoco debemos reducirla a “atea”, “anticlerical” o “enemiga de la Iglesia”. Sería una lectura pobre. Su obra es más compleja: está atravesada por la memoria, la culpa histórica, la compasión, la rebeldía, la fidelidad, el amor a los humillados.

En términos pastorales, Almudena Grandes nos obliga a una pregunta incómoda: ¿qué rostro de Dios hemos mostrado?

Si muchos hombres y mujeres de cultura han sentido que para defender la libertad debían alejarse de la Iglesia, algo tenemos que revisar. Si muchos han asociado a Dios con censura, miedo, culpa o poder, algo del Evangelio quedó oscurecido. Si algunos han encontrado más misericordia en la literatura que en la predicación, más memoria en la novela que en la liturgia, más defensa de las víctimas en la cultura laica que en la comunidad creyente, entonces no basta con juzgarlos: hay que escucharlos.

Almudena Grandes puede ser leída, desde la fe, como una autora que no encontró en la institución católica el hogar espiritual de sus grandes preocupaciones. Pero esas preocupaciones —la justicia, la memoria, la dignidad de los vencidos, la denuncia de la hipocresía, la ternura hacia los heridos— no son extrañas al cristianismo. Al contrario: pertenecen al núcleo profético del Evangelio.

Quizás su distancia de la Iglesia fue también una denuncia.
Quizás su laicismo fue una defensa de la conciencia.
Quizás su crítica fue una herida.
Quizás su literatura fue una búsqueda de redención sin altar.

Y quizás ahí haya una lección para nosotros, creyentes: no basta con tener doctrina verdadera; hay que transparentar el rostro verdadero de Dios. No basta con proclamar la fe; hay que hacerla amable, compasiva, libre, humilde, samaritana. No basta con defender la Iglesia; hay que purificarla de todo aquello que impide reconocer en ella a la esposa pobre y servidora de Cristo.

En este 7 de mayo, recordar a Almudena Grandes puede ser más que un homenaje literario. Puede ser también un examen de conciencia. Ella escribió desde el lado de los que perdieron, de los que fueron silenciados, de los que no tuvieron relato oficial. Y el cristiano sabe que Dios también suele escribir la historia desde abajo: desde un pesebre, desde una cruz, desde una tumba vacía, desde los pobres de la tierra.

Almudena Grandes tal vez no creyó en el Dios bíblico como creemos nosotros. Pero su obra nos recuerda que hay preguntas humanas que siguen esperando una respuesta de Dios. Y esa respuesta no puede ser solo argumental o doctrinal. Tiene que ser una vida: una Iglesia más parecida a Jesús, más cercana a las víctimas, más humilde ante la historia, más libre frente al poder y más apasionada por la verdad.

Tal vez entonces, los alejados no vean en Dios al cómplice de los vencedores, sino al Padre de los heridos.

Y tal vez descubran que el Evangelio, cuando se vive de verdad, no apaga la memoria ni la libertad: las redime.

 

miércoles, 6 de mayo de 2026

7 de mayo del 2026: jueves de la 5a semana de Pascua

 

El nuevo decálogo

(Juan 15, 9-11) Jesús continúa desplegando su nuevo decálogo: permanecer en el amor, guardar sus mandamientos.

Es una llamada a habitar el lugar originario donde Dios quiso establecer a la humanidad desde el comienzo y custodiarlo.

Permanecer, mantenerse firmes, enraizados en el amor de Dios. Guardar en el corazón y recoger por la noche el maná del día vivido, para que, olvidando las murmuraciones, podamos establecernos en la alegría de Cristo.

Permanezcan y guarden.

Colette Hamza, xavière

 


Primera lectura

Hch 15, 7-21
A mi parecer, no hay que molestar a los gentiles que se convierten a Dios

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.

EN aquellos días, después de una larga discusión, se levantó Pedro y dijo a los apóstoles y a los presbíteros:
«Hermanos, ustedes saben que, desde los primeros días, Dios me escogió entre ustedes para que los gentiles oyeran de mi boca la palabra del Evangelio, y creyeran. Y Dios, que penetra los corazones, ha dado testimonio a favor de ellos dándoles el Espíritu Santo igual que a nosotros. No hizo distinción entre ellos y nosotros, pues ha purificado sus corazones con la fe. ¿Por qué, pues, ahora intentan tentar a Dios, queriendo poner sobre el cuello de esos discípulos un yugo que ni nosotros ni nuestros padres hemos podido soportar? No; creemos que lo mismo ellos que nosotros nos salvamos por la gracia del Señor Jesús».
Toda la asamblea hizo silencio para escuchar a Bernabé y Pablo, que les contaron los signos y prodigios que Dios había hecho por medio de ellos entre los gentiles. Cuando terminaron de hablar, Santiago tomó la palabra y dijo:
«Escúchenme, hermanos: Simón ha contado cómo Dios por primera vez se ha dignado escoger para su nombre un pueblo de entre los gentiles. Con esto concuerdan las palabras de los profetas, como está escrito:
“Después de esto volveré
y levantaré de nuevo la choza caída de David;
levantaré sus ruinas y la pondré en pie,
para que los demás hombres busquen al Señor,
y todos los gentiles sobre los que ha sido invocado
mi nombre:
lo dice el Señor, el que hace que esto sea conocido desde
antiguo”.
Por eso, a mi parecer, no hay que molestar a los gentiles que se convierten a Dios; basta escribirles que se abstengan de la contaminación de los ídolos, de las uniones ilegítimas, de animales estrangulados y de la sangre. Porque desde tiempos antiguos Moisés tiene en cada ciudad quienes lo predican, ya que es leído cada sábado en las sinagogas».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 95, 1-2a. 2b-3. 10 (R.: cf. 3)

R. Cuenten las maravillas del Señor a todas las naciones.

O bien:

R. Aleluya.

V. Canten al Señor un cántico nuevo,
canten al Señor, toda la tierra;
canten al Señor, bendigan su nombre. 
R.

V. Proclamen día tras día su victoria.
Cuenten a los pueblos su gloria,
sus maravillas a todas las naciones.
 R.

V. Digan a los pueblos: «El Señor es rey:
él afianzó el orbe, y no se moverá;
él gobierna a los pueblos rectamente». 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Mis ovejas escuchan mi voz —dice el Señor—, y yo las conozco, y ellas me siguen. R.

 

Evangelio

Jn 15, 9-11

Permanezcan en mi amor para que su alegría llegue a plenitud

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Como el Padre me ha amado, así los he amado yo; permanezcan en mi amor.
Si guardan mis mandamientos, permanecerán en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.
Les he hablado de esto para que mi alegría esté en ustedes, y su alegría llegue a plenitud».

Palabra del Señor.

 

1

 

Queridos hermanos:

El Evangelio de hoy es breve, pero tiene una profundidad inmensa. Jesús dice a sus discípulos: “Como el Padre me ha amado, así los he amado yo; permanezcan en mi amor”. No les dice simplemente: “acuérdense de mí”, “hablen de mí” o “trabajen por mí”. Les dice algo más hondo: permanezcan.

Permanecer es una palabra muy pascual. Después de la Resurrección, los discípulos tuvieron que aprender a vivir de una presencia que ya no se podía poseer como antes, pero que tampoco había desaparecido. Cristo resucitado sigue presente, pero hay que aprender a habitar en Él. Permanecer en su amor es hacer de Cristo nuestra casa, nuestra raíz, nuestro centro, nuestro aire interior.

Al comentar este evangelio, alguien habla de un “nuevo decálogo”. No se trata de una lista fría de normas, sino de una ley nueva escrita en el corazón. Jesús resume el camino del discípulo en dos verbos: permanecer y guardar. Permanecer en el amor y guardar sus mandamientos.

Pero aquí hay algo muy importante: Jesús no empieza exigiendo, sino revelando un amor. Primero dice: “Como el Padre me ha amado, así los he amado yo”. Antes del mandamiento está el don. Antes de la misión está el amor. Antes de la vocación está una mirada de predilección. Nadie puede evangelizar de verdad si no se sabe amado. Nadie puede responder a una vocación si no ha descubierto que Dios lo llama por amor y no por simple utilidad.

Por eso, cuando hoy oramos por la obra evangelizadora de la Iglesia y por las vocaciones, no estamos pidiendo simplemente más trabajadores, más agentes pastorales, más sacerdotes, más religiosas, más misioneros. Estamos pidiendo hombres y mujeres que hayan experimentado el amor de Cristo y quieran permanecer en Él. Porque la Iglesia no evangeliza desde la estrategia solamente; evangeliza desde la comunión. No convence solo con discursos; atrae cuando transparenta la alegría de Cristo.

Jesús lo dice claramente: “Les he dicho esto para que mi alegría esté en ustedes y su alegría llegue a plenitud”. El fruto de permanecer en el amor no es una vida triste, pesada o reprimida. El fruto es la alegría. No una alegría superficial, de momento, de ruido o apariencia, sino la alegría profunda de saberse en Dios, sostenido por Dios y enviado por Dios.

En la primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles, vemos a la Iglesia en un momento decisivo. Hay discusión, discernimiento, tensión. Se debate si los paganos que abrazan la fe deben cargar con todas las exigencias de la ley judía. Pedro interviene recordando que Dios no hizo distinción, que purificó sus corazones por la fe y que la salvación viene por la gracia del Señor Jesús.

Es una escena muy actual. La Iglesia, desde sus comienzos, tuvo que aprender a discernir qué es esencial y qué puede convertirse en carga innecesaria. Tuvo que aprender a evangelizar sin poner obstáculos al Evangelio. Ese sigue siendo un desafío para nosotros: anunciar a Cristo sin reducir la fe a normas exteriores, sin hacer de la religión una carga insoportable, pero también sin vaciar el Evangelio de su exigencia de amor.

La decisión de los apóstoles no fue rebajar la fe, sino volver al centro: Cristo, la gracia, el amor, la comunión. Cuando la Iglesia evangeliza, no anuncia primero un peso, sino una vida nueva. No impone primero un reglamento, sino que invita a permanecer en el amor de Cristo. Y desde ese amor, entonces sí, nacen los mandamientos, la conversión, la fidelidad, la misión.

El Salmo 96 nos ayuda a entender el horizonte misionero de este día: “Cuenten a los pueblos la gloria del Señor”. La alegría de Cristo no es para guardarla en privado. El amor recibido se vuelve anuncio. El discípulo que permanece en Cristo se convierte en testigo. La comunidad que vive en el amor se vuelve evangelizadora.

Aquí se unen Evangelio y vocación. Toda vocación nace de un encuentro con el amor de Dios y se convierte en servicio. El sacerdote, la religiosa, el misionero, el catequista, el matrimonio cristiano, el joven que se pregunta por el sentido de su vida, todos están llamados a escuchar esa palabra: permanece en mi amor. Porque sin permanencia, la vocación se vuelve activismo; sin amor, la misión se vuelve cansancio; sin alegría, el testimonio pierde fuerza.

Hoy podríamos preguntarnos: ¿permanezco de verdad en el amor de Cristo o solo lo visito de vez en cuando? ¿Guardo sus mandamientos como respuesta agradecida o los vivo como carga? ¿Mi manera de vivir la fe ayuda a otros a acercarse a Dios o les pongo obstáculos? ¿La alegría de Cristo se nota en mi forma de servir, de hablar, de tratar a los demás?

Pidamos hoy por la obra evangelizadora de la Iglesia. Que no evangelicemos desde la queja, la nostalgia o el miedo, sino desde la alegría pascual. Que nuestras comunidades sean lugares donde muchos puedan sentirse acogidos, escuchados y llamados. Que sepamos distinguir lo esencial de lo secundario, para no cargar sobre los demás pesos que ni siquiera nosotros sabemos llevar.

Y pidamos especialmente por las vocaciones. Que muchos niños, adolescentes, jóvenes y adultos escuchen en el fondo de su corazón la voz de Cristo que les dice: “Permanece en mi amor”. Que no tengan miedo de consagrar su vida, de servir, de anunciar, de partir hacia donde Dios los envíe. Que descubran que la vocación no es perder la vida, sino encontrar la alegría plena.

Que María, mujer fiel, que guardaba todas las cosas en su corazón, nos enseñe a permanecer y a guardar. Permanecer en el amor de Cristo y guardar su Palabra, para que la Iglesia siga cantando entre los pueblos la gloria del Señor.

Amén.

 

2

 

Queridos hermanos:

El Evangelio de hoy es una de esas páginas breves que parecen decir poco, pero lo contienen casi todo. Jesús nos abre el corazón de su relación con el Padre y nos dice: “Como el Padre me ha amado, así los he amado yo; permanezcan en mi amor”.

No dice simplemente: “Dios los quiere”, ni tampoco: “Traten de ser buenos”. Dice algo mucho más profundo: “Como el Padre me ha amado, así los he amado yo”. Es decir, el amor con que Cristo nos ama no es pequeño, no es ocasional, no depende de nuestros estados de ánimo ni de nuestros méritos. Es un amor que nace del mismo corazón de la Trinidad. El Hijo nos ama con la fuerza, la pureza y la eternidad del amor que recibe del Padre.

Esto debería estremecernos. Muchas veces vivimos buscando amor, aprobación, reconocimiento. Queremos ser aceptados, valorados, tenidos en cuenta. Y cuando no lo recibimos, nos sentimos vacíos, heridos o frustrados. Pero Jesús nos recuerda hoy que hay un amor primero, más profundo que todos los demás: el amor de Dios. Antes de que alguien nos apruebe o nos rechace, antes de nuestros éxitos o fracasos, antes de nuestras virtudes o debilidades, Cristo ya nos ha amado.

Pero Jesús añade una palabra decisiva: “Permanezcan en mi amor”. El amor de Dios es gratuito, sí; pero no se vive de cualquier manera. Hay que permanecer en él. Permanecer significa habitar, echar raíces, no vivir una fe de momentos, de emociones pasajeras o de conveniencia. Permanecer en el amor de Cristo es hacer de Él nuestra casa interior.

Y Jesús nos muestra el camino: “Si guardan mis mandamientos, permanecerán en mi amor”. A veces, cuando escuchamos la palabra “mandamientos”, pensamos en peso, prohibición, obligación. Pero en labios de Jesús, los mandamientos no son una cadena; son el cauce por donde corre el amor. El mandamiento de Cristo no aplasta la vida: la ordena, la purifica, la hace fecunda.

Los mandamientos de Jesús son expresiones concretas del amor. Amar, perdonar, servir, ser fieles, vivir en la verdad, cuidar al hermano, no encerrarnos en el egoísmo: todo eso no es una carga impuesta desde fuera, sino el modo concreto de permanecer en el amor. Porque un amor que no se traduce en vida se vuelve palabra vacía. Y una fe que no se encarna en obras termina secándose.

En la primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles, vemos a la Iglesia enfrentando una cuestión delicada. Los primeros cristianos discuten si los paganos convertidos deben cumplir todas las prácticas de la ley judía. Hay tensión, hay diálogo, hay discernimiento. Pedro recuerda que Dios no hizo distinción y que la salvación viene por la gracia del Señor Jesús. Santiago, por su parte, busca un camino de comunión, evitando imponer cargas innecesarias.

Esta escena nos muestra una Iglesia viva. No una Iglesia sin problemas, sino una Iglesia que discierne, escucha y busca ser fiel al Espíritu Santo. Y nos enseña algo muy importante: el centro de la fe no es imponer pesos, sino comunicar la vida de Cristo. La Iglesia no existe para complicar el camino hacia Dios, sino para anunciar que en Cristo todos somos llamados a la salvación.

Claro está, esto no significa rebajar el Evangelio ni vivir sin exigencias. Significa comprender que la verdadera exigencia cristiana nace del amor. Cuando uno se sabe amado por Cristo, entonces puede cambiar, puede renunciar al pecado, puede servir, puede perdonar, puede entregarse. No por miedo, sino por amor.

El Salmo nos invita a cantar: “Cuenten a los pueblos la gloria del Señor”. Quien permanece en el amor de Cristo no puede guardarse esa alegría solo para sí. El amor recibido se vuelve anuncio. La experiencia de Dios se convierte en testimonio. La alegría pascual se vuelve misión.

Por eso Jesús concluye diciendo: “Les he dicho esto para que mi alegría esté en ustedes y su alegría llegue a plenitud”. La vida cristiana no es una tristeza disfrazada de virtud. No es una moral pesada sin horizonte. La vida cristiana es participación en la alegría de Cristo. Una alegría que no depende de que todo salga bien, sino de sabernos amados, sostenidos y habitados por Dios.

La alegría de Cristo no es superficial. No es simple entusiasmo. Es la paz profunda de quien sabe que su vida está en manos del Padre. Es la alegría del que ama aunque le cueste. Es la alegría del que sirve sin buscar aplausos. Es la alegría del que guarda los mandamientos no como esclavo, sino como hijo.

Hoy podríamos preguntarnos: ¿dónde estoy permaneciendo realmente? ¿En el amor de Cristo o en mis miedos? ¿En la confianza o en la queja? ¿En la comunión o en la división? ¿En el servicio o en el egoísmo? Porque uno termina pareciéndose al lugar donde permanece. Si permanecemos en el resentimiento, nos volvemos amargos. Si permanecemos en la superficialidad, nos volvemos vacíos. Pero si permanecemos en Cristo, poco a poco nos volvemos más libres, más fraternos, más luminosos.

Pidamos al Señor la gracia de no vivir una fe de paso, sino una fe arraigada. Que sepamos permanecer en su amor cuando todo va bien y también cuando llegan las pruebas. Que sus mandamientos no nos parezcan una carga, sino un camino de libertad. Que la Iglesia, como en los Hechos de los Apóstoles, sepa discernir siempre desde la gracia, la comunión y la fidelidad al Evangelio.

Y que María, mujer que permaneció en el amor de Dios incluso al pie de la cruz, nos enseñe a guardar la Palabra, a vivirla con sencillez y a encontrar en Cristo la alegría plena que el mundo no puede dar ni quitar.

Amén.

 

 

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