miércoles, 17 de junio de 2026

17 de junio del 2026: miércoles de la undécima semana del tiempo ordinario-II

 

El secreto de Jesús


(Mateo 6,1-6.16-18) El Evangelio nos invita al secreto. 

En nuestras vidas hay secretos que destruyen, y hay otros que construyen, humanizan y nos mantienen en Dios. Aquí Jesús nos revela el secreto de la relación con Dios y con los demás: una relación de intimidad, de corazón a corazón, de entrega, sin ostentación ni búsqueda de gloria para uno mismo. Dios actúa lejos del ruido y del espectáculo del mundo, en “aquellos que encuentran en Él un refugio”.

Colette Hamza, xavière

 


 

Primera lectura

2 Re 2, 1. 6-14

De pronto, un carro de fuego los separó, y subió Elías al cielo

Lectura del segundo libro de los Reyes.


CUANDO el Señor iba a arrebatar a Elías al cielo en la tempestad, Elías y Eliseo partieron de Guilgal.
Llegaron a Jericó, y Elías dijo a Eliseo:
«Quédate aquí, porque el Señor me envía al Jordán».
Eliseo volvió a responder:
«¡Vive Dios! ¡Por tu vida, no te dejaré!»; y los dos continuaron el camino.
Cincuenta hombres de la comunidad de los profetas iban también de camino y se pararon frente al río Jordán, a cierta distancia de Elías y Eliseo, los cuales se detuvieron a la vera del Jordán. Elías se quitó el manto, lo enrolló y golpeó con él las aguas. Se separaron estas a un lado y a otro, y pasaron ambos sobre terreno seco.
Mientras cruzaban, dijo Elías a Eliseo:
«Pídeme lo que quieras que haga por ti antes de que sea arrebatado de tu lado».
Eliseo respondió:
«Por favor, que yo reciba dos partes de tu espíritu».
Respondió Elías:
«Pides algo difícil, pero si alcanzas a verme cuando sea arrebatado de tu lado, pasarán a ti; si no, no pasarán».
Mientras ellos iban conversando por el camino, de pronto, un carro de fuego con caballos de fuego los separó a uno del otro. Subió Elías al cielo en la tempestad.
Eliseo lo veía y clamaba:
«¡Padre mío, padre mío! ¡Carros y caballería de Israel!».
Al dejar de verlo, agarró sus vestidos y los desgarró en dos. Recogió el manto que había caído de los hombros de Elías, volvió al Jordán y se detuvo a la orilla. Tomó el manto que había caído de los hombros de Elías y golpeó con él las aguas, pero no se separaron.
Dijo entonces:
«¿Dónde está el Señor, el Dios de Elías?».
Golpeó otra vez las aguas, que se separaron a un lado y a otro, y pasó Eliseo sobre terreno seco.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 30, 20. 21. 24 (R.: 25)

R. Sean valientes de corazón
los que esperan en el Señor.


V. Qué bondad tan grande, Señor,
reservas para los que te temen,
y concedes a los que a ti se acogen
a la vista de todos. 
R.

V. En el asilo de tu presencia los escondes
de las conjuras humanas;
los ocultas en tu tabernáculo,
frente a las lenguas pendencieras. 
R.

V. Amen al Señor, fieles suyos;
el Señor guarda a sus leales,
y a los soberbios los paga con creces. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. El que me ama guardará mi palabra —dice el Señor—,
y mi Padre lo amará, y vendremos a él. 
R.

 

Evangelio

Mt 6, 1-6. 16-18

Tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Cuiden de no practicar su justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tendrán recompensa de su Padre celestial. Por tanto, cuando hagas limosna, no mandes tocar la trompeta ante ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles para ser honrados por la gente; en verdad les digo que ya han recibido su recompensa.
Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.
Cuando oren, no sean como los hipócritas, a quienes les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para que los vean los hombres. En verdad les digo que ya han recibido su recompensa.
Tú, en cambio, cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo recompensará.
Cuando ayunen, no pongan cara triste, como los hipócritas que desfiguran sus rostros para hacer ver a los hombres que ayunan. En verdad les digo que ya han recibido su paga.
Tú, en cambio, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que tu ayuno lo note, no los hombres, sino tu Padre, que está en lo escondido; y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará».

Palabra del Señor.

 

 

1

 

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de este día nos introduce en una dimensión muy profunda de la vida espiritual: la relación verdadera con Dios no se alimenta del ruido, de la apariencia ni del deseo de ser vistos, sino del silencio, de la fidelidad y de la confianza.

En el Evangelio, Jesús nos advierte con claridad: “Cuídense de practicar su justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos”. Y luego habla de tres prácticas fundamentales para el creyente: la limosna, la oración y el ayuno. Pero no se queda en la acción exterior; va al corazón. No basta dar limosna, rezar o ayunar. Hay que preguntarse: ¿para quién lo hago?, ¿qué busco?, ¿a quién quiero agradar?

Jesús no condena las obras buenas. Al contrario, las purifica. Nos enseña que la verdadera caridad no necesita aplausos; que la verdadera oración no necesita espectáculo; que el verdadero sacrificio no necesita publicidad. El Padre, dice Jesús, “ve en lo secreto”. Esta frase es una de las más consoladoras del Evangelio. Dios ve lo que nadie ve. Dios conoce las lágrimas que se derraman a escondidas, las luchas silenciosas, las renuncias que nadie aplaude, las fidelidades humildes que sostienen una vida.

Por eso, como alguien comenta este evangelio, se puede hablar del “secreto de Jesús”. Hay secretos que destruyen: los que se esconden por miedo, por pecado, por doble vida, por vergüenza o por daño. Pero hay otros secretos que construyen: el secreto de la oración sincera, el secreto de la caridad discreta, el secreto de quien sufre y sigue confiando, el secreto de quien sirve sin esperar recompensa. Ese secreto nos mantiene en Dios.

La primera lectura nos presenta otro momento cargado de profundidad espiritual: la partida de Elías y el gesto de Eliseo que recoge su manto. Elías no desaparece simplemente; deja una herencia espiritual. Eliseo, al tomar el manto, recibe una misión. El manto no es solo una prenda; es signo de continuidad, de vocación, de responsabilidad. Eliseo no se queda mirando al cielo con nostalgia. Toma el manto, vuelve al Jordán y golpea las aguas. Es decir, continúa el camino.

También nosotros, en la vida cristiana, recibimos un manto: el manto de la fe, el manto del Bautismo, el manto de la misión, el manto de la oración. Muchos nos han transmitido la fe en silencio: padres, abuelos, catequistas, sacerdotes, religiosas, personas sencillas que tal vez nunca hicieron ruido, pero vivieron cerca de Dios. Ellos nos dejaron un testimonio, y ahora nos corresponde a nosotros continuar el camino.

El salmo nos invita a confiar: “Sean fuertes y valientes de corazón, los que esperan en el Señor”. Esta palabra llega hoy de manera especial a nuestros enfermos. La enfermedad muchas veces se vive en secreto: dolores que otros no comprenden, noches largas, incertidumbre, cansancio, miedo, dependencia, tratamientos, soledad. Hay enfermos que sonríen por fuera, pero por dentro cargan una cruz pesada. Hay familias que cuidan con amor, pero también con agotamiento. Hay corazones que se preguntan en silencio: “Señor, ¿hasta cuándo?”.

Y precisamente ahí resuena el Evangelio: “Tu Padre ve en lo secreto”. El enfermo que ofrece su dolor, el anciano que reza desde su cama, la persona que soporta un tratamiento con paciencia, el familiar que cuida sin recibir aplausos, la enfermera, el médico, el vecino que acompaña, todos ellos viven una forma profunda de Evangelio. Tal vez el mundo no los vea, pero Dios sí los ve. Tal vez nadie les dé una medalla, pero el Padre conoce su entrega.

Jesús nos enseña que lo más importante no siempre ocurre en la plaza pública. Muchas veces lo más santo sucede en una habitación, en una cama de hospital, en una silla de ruedas, en una oración hecha entre lágrimas, en una visita sencilla, en un vaso de agua ofrecido con amor. Allí, lejos del espectáculo, Dios está actuando.

Hoy podríamos preguntarnos: ¿busco hacer el bien para ser reconocido, o lo hago porque amo a Dios y a mis hermanos? ¿Mi oración es encuentro íntimo con el Padre o solo una costumbre exterior? ¿Sé valorar los pequeños actos de fe que nadie ve? ¿Acompaño con delicadeza a quienes sufren?

La Palabra nos invita a vivir una espiritualidad más honda y menos aparente. Una fe que no necesite exhibirse para ser verdadera. Una caridad que no haga ruido, pero que sane. Una oración que no busque impresionar, sino encontrarse con el Padre. Un ayuno que no sea fachada, sino conversión del corazón.

Pidamos hoy por todos los enfermos. Que el Señor sea su refugio. Que sientan que no están solos. Que, en medio de su fragilidad, descubran la fuerza secreta de Dios. Y pidamos también por quienes los cuidan, para que no se cansen de amar.

Que como Eliseo sepamos recoger el manto de la fe y continuar el camino. Que como el salmista esperemos en el Señor con corazón fuerte. Y que como discípulos de Jesús aprendamos a vivir ante la mirada del Padre, que ve en lo secreto y recompensa con su amor.

Amén.

 

2

 

Queridos hermanos:

El Evangelio de hoy nos lleva al corazón mismo de la vida cristiana: la oración. Jesús dice a sus discípulos: “Cuando oren, no hablen mucho, como los paganos, que se imaginan que por hablar mucho les harán caso”. Y enseguida nos entrega la oración más hermosa, más completa y más profunda: el Padre Nuestro.

Jesús no condena la oración larga cuando nace del amor; no critica la perseverancia cuando brota de la fe. Lo que Él corrige es la palabrería vacía, la oración que pretende manipular a Dios, como si el Señor se dejara convencer por la cantidad de palabras, por la insistencia exterior o por fórmulas repetidas sin corazón. La oración cristiana no consiste en torcerle el brazo a Dios, sino en abrirle el corazón. No rezamos para cambiar a Dios; rezamos para que Dios nos cambie a nosotros.

Por eso Jesús nos dice: “El Padre sabe lo que ustedes necesitan antes de que se lo pidan”. Esta frase no busca desanimarnos de la oración, sino purificarla. Si Dios ya sabe lo que necesitamos, entonces rezar no es informar a Dios, sino confiar en Él. Rezar es ponernos como hijos ante el Padre. Es reconocer que dependemos de Él, que su voluntad es más sabia que la nuestra y que su amor llega más lejos que nuestros cálculos.

Al comentar este evangelio, también alguien recuerda una enseñanza de santo Tomás de Aquino: en la oración no debemos pedir cualquier cosa, sino aquello que debemos desear rectamente. Y el Padre Nuestro nos enseña precisamente eso: a ordenar nuestros deseos. Muchas veces rezamos empezando por nuestras urgencias: el pan, el problema, la deuda, la salud, el trabajo, la dificultad familiar, la necesidad inmediata. Todo eso tiene lugar en la oración. Pero Jesús nos enseña que lo primero no somos nosotros. Lo primero es Dios.

Por eso el Padre Nuestro comienza diciendo: “Santificado sea tu nombre, venga tu Reino, hágase tu voluntad”. Antes de pedir el pan, el perdón y la liberación del mal, pedimos que Dios sea reconocido como santo, que su Reino crezca entre nosotros y que su voluntad se cumpla en la tierra como en el cielo.

Este orden es fundamental. Cuando ponemos a Dios en primer lugar, todo lo demás encuentra su sitio. Cuando buscamos primero su Reino, nuestras necesidades no desaparecen, pero dejan de ser ídolos. Cuando decimos “hágase tu voluntad”, no renunciamos a luchar ni a pedir, sino que aprendemos a confiar incluso cuando no entendemos.

La primera lectura nos presenta un momento muy significativo: Elías es arrebatado al cielo y Eliseo queda como heredero de su espíritu profético. Antes de separarse, Eliseo pide recibir una doble porción del espíritu de Elías. No pide riquezas, poder, prestigio ni seguridad. Pide el espíritu necesario para continuar la misión. Esta petición se parece mucho a la oración bien hecha: pedir no simplemente lo que agrada a nuestro ego, sino lo que nos ayuda a cumplir la voluntad de Dios.

Eliseo recoge el manto de Elías, vuelve al Jordán y golpea las aguas. Ese manto no es un adorno; es una responsabilidad. Es signo de una misión recibida. También nosotros, cuando rezamos el Padre Nuestro, no pronunciamos una fórmula decorativa. Recibimos un estilo de vida. Decir “Padre nuestro” nos compromete a vivir como hijos y como hermanos. Decir “venga tu Reino” nos compromete a trabajar por la justicia, la paz, la verdad y la misericordia. Decir “danos hoy nuestro pan” nos compromete a compartir el pan con quienes no lo tienen. Decir “perdona nuestras ofensas” nos compromete a perdonar.

Por eso la oración no puede separarse de la vida. Hay personas que rezan mucho, pero no perdonan. Hay quienes dicen “Padre nuestro”, pero viven como si los demás no fueran hermanos. Hay quienes piden el pan de cada día, pero cierran el corazón ante el hambre ajena. Hay quienes suplican ser librados del mal, pero siguen alimentando pequeñas maldades en el corazón. Jesús nos enseña una oración que no solo se recita con los labios, sino que transforma la mente, la voluntad y los afectos.

El salmo de hoy nos invita a confiar: “Sean fuertes y valientes de corazón, los que esperan en el Señor”. La verdadera oración fortalece el corazón. No siempre cambia inmediatamente las circunstancias, pero cambia la manera como las vivimos. No siempre nos quita la cruz, pero nos ayuda a cargarla con fe. No siempre nos da la respuesta que esperábamos, pero nos da la certeza de que no estamos solos.

Cuando rezamos bien, aprendemos a desear bien. Al principio tal vez decimos “hágase tu voluntad” con miedo, con resistencia o solo por costumbre. Pero poco a poco la gracia va educando el corazón. Llegamos a descubrir que la voluntad de Dios no es una amenaza, sino un camino de vida. Al principio perdonar puede parecernos imposible, pero la oración va ablandando la dureza del alma. Al principio pedimos solo el pan material, pero con el tiempo empezamos a tener hambre de Cristo, Pan de Vida, alimento verdadero de nuestra existencia.

El Padre Nuestro es una escuela. Cada frase nos forma. Cada petición nos purifica. Cada palabra nos coloca en el lugar correcto: Dios como Padre, nosotros como hijos, los demás como hermanos, el pan como don, el perdón como camino, la tentación como combate y la liberación del mal como esperanza definitiva.

Hoy el Señor nos invita a revisar nuestra manera de orar. ¿Rezo solo para pedir cosas o para encontrarme con el Padre? ¿Busco que Dios haga mi voluntad o deseo sinceramente cumplir la suya? ¿Pronuncio el Padre Nuestro de memoria o dejo que transforme mi vida? ¿Pido perdón con la misma disponibilidad con que estoy dispuesto a perdonar?

Pidamos al Señor la gracia de aprender a orar como Jesús nos enseñó. Que nuestra oración no sea palabrería vacía, sino confianza filial. Que no sea intento de manipular a Dios, sino abandono amoroso en sus manos. Que, como Eliseo, sepamos pedir el espíritu necesario para continuar la misión. Y que, sostenidos por el salmo, seamos fuertes y valientes de corazón, porque esperamos en el Señor.

Que cada vez que recemos el Padre Nuestro lo hagamos despacio, con fe, dejando que sus palabras entren en la mente, bajen al corazón y se conviertan en vida.

Amén.

 

martes, 16 de junio de 2026

16 de junio del 2026: martes de la undécima semana del tiempo ordinario-II

 

 Desarmante

(Mateo 5,43-48) Amar a los enemigos: violentos, tiranos, abusadores, perseguidores… ¡imposible! Jesús no dice que haya que aceptarlo todo ni bendecirlo todo. Pero sí nos pide bendecir al otro, sin reducirlo a lo que ha hecho; mirarlo a la altura del rostro, devolverle una dignidad que quizá él mismo no sabe reconocer. No convertirlo en enemigo ni convertirme yo mismo en enemigo. Señor, desármalo a él, pero desármame también a mí, para invertir la espiral del odio y de la violencia.

Colette Hamza, xavière

 


Primera lectura

1 Re 21, 17-29
Has hecho pecar a Israel

Lectura del primer libro de los Reyes.

DESPUÉS que hubo muerto Nabot, la palabra del Señor llegó a Elías tesbita para decirle:
«Levántate, baja al encuentro de Ajab, rey de Israel, que está en Samaría. Ahora se encuentra en la viña de Nabot, adonde ha bajado para tomar posesión de ella. Le hablarás diciendo: “Así habla el Señor: ‘¿Has asesinado y pretendes tomar posesión?’ Por esto, así habla el Señor: ‘En el mismo lugar donde los perros han lamido la sangre de Nabot, lamerán los perros también tu propia sangre’”».
Entonces Ajab se dirigió a Elías diciendo:
«Así que has dado conmigo, enemigo mío».
Respondió Elías:
«He dado contigo. Así, por haberte vendido, haciendo el mal a los ojos del Señor, yo mismo voy a traer sobre ti el desastre. Barreré tu descendencia y exterminaré en Israel a todos los varones de la familia de Ajab, del primero al último. Dispondré de tu casa como de la de Jeroboán, hijo de Nebat, y de la de Baasá, hijo de Ajías, por la irritación que me has producido y por haber hecho pecar a Israel. También contra Jezabel ha hablado el Señor diciendo: “Los perros devorarán a Jezabel en el campo de Yezrael”, y los perros devorarán a los de Ajab que mueran en la ciudad y las aves del cielo a los que mueran en el campo».
No hubo otro como Ajab que, instigado por su mujer Jezabel, se vendiera para hacer el mal a los ojos del Señor. Actuó del modo más abominable, yendo tras los ídolos,
procediendo en todo como los amorreos a quienes el Señor había expulsado frente a los hijos de Israel.
Ajab, al oír estas palabras, rasgó sus vestiduras, se echó un sayal sobre el cuerpo y ayunó. Con el sayal puesto se acostaba y andaba pesadamente.
Llegó a Elías tesbita la palabra del Señor:
«¿Has visto cómo se ha humillado Ajab ante mí? No traeré el mal en los días de su vida, por haberse humillado ante mí, sino en vida de su hijo».

Palabra de Dios

 

Salmo

Sal 50, 3-4. 5-6b. 11 y 16 (R.: cf. 3a)

R. Misericordia, Señor, hemos pecado.

V. Misericordia, Dios mío, por tu bondad,
por tu inmensa compasión borra mi culpa;
lava del todo mi delito,
limpia mi pecado.
 R.

V. Pues yo reconozco mi culpa,
tengo siempre presente mi pecado.
Contra ti, contra ti solo pequé,
cometí la maldad en tu presencia. 
R.

V. Aparta de mi pecado tu vista,
borra en mí toda culpa.
Líbrame de la sangre, oh, Dios,
Dios, Salvador mío,
y cantará mi lengua tu justicia.
 R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Les doy un mandamiento nuevo —dice el Señor—: que se amen unos a otros, como yo los he amado. R.

 

Evangelio

Mt 5, 43-48

Amen a sus enemigos

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Han oído que se dijo: “‘Amarás a tu prójimo’ y aborrecerás a tu enemigo”. Pero yo les digo: amen a sus enemigos y recen por los que los persiguen, para que sean hijos de su Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos.
Porque, si aman a los que los aman, ¿qué premio tendrán? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y, si saludan solo a sus hermanos, ¿qué hacen de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles? Por tanto, sean perfectos, como su Padre celestial es perfecto».

Palabra del Señor.

 

 

1

 

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de este martes nos pone ante una de las exigencias más altas y más desconcertantes del Evangelio: “Amen a sus enemigos y oren por los que los persiguen”. No se trata de una frase bonita ni de un ideal ingenuo. Jesús sabe muy bien que amar al enemigo parece imposible. Amar a quien nos ha herido, a quien ha sido injusto, a quien ha sembrado violencia o dolor, no nace espontáneamente del corazón humano.

Pero Jesús no nos pide aprobar el mal. No nos dice que llamemos bueno a lo que es malo, ni que bendigamos la injusticia, ni que nos dejemos destruir por quienes abusan o persiguen. Lo que Jesús nos pide es algo más profundo: no dejar que el mal del otro destruya también nuestro corazón. No permitir que el odio del otro nos convierta a nosotros en personas dominadas por el odio.

La primera lectura nos ayuda a comprender esto. Después del pecado de Ajab y Jezabel contra Nabot, Dios envía al profeta Elías para denunciar la injusticia. Dios no es indiferente ante el abuso, el despojo, la mentira y la muerte del inocente. La fe no consiste en cerrar los ojos ante el mal. El Señor ve, escucha y juzga. Pero cuando Ajab se humilla, Dios también muestra misericordia. Aquí aparece el rostro de un Dios justo, pero también capaz de abrir caminos de conversión.

El salmo nos hace rezar desde esa misma conciencia: “Misericordia, Señor, hemos pecado”. Antes de mirar solamente el pecado ajeno, la Palabra nos invita a mirar también nuestro propio corazón. Porque muchas veces queremos que Dios sea misericordioso con nosotros, pero implacable con los demás. Queremos perdón para nuestras heridas, pero castigo para quienes nos han herido.

El Evangelio va más lejos: “Sean perfectos como su Padre celestial es perfecto”. Esa perfección no significa no equivocarse nunca. Significa amar con un corazón parecido al de Dios. Dios hace salir el sol sobre buenos y malos, y manda la lluvia sobre justos e injustos. Su amor no se reduce a simpatías, méritos o conveniencias. Dios ama porque Él es amor.

Por eso, amar al enemigo es una gracia que debemos pedir. No siempre podremos sentir afecto. No siempre podremos acercarnos. A veces será necesario poner límites, tomar distancia, protegernos y buscar justicia. Pero aun así, el cristiano está llamado a no desear la destrucción del otro, a no alimentar la venganza, a no convertir su corazón en un campo de batalla.

Podemos decirle hoy al Señor: “Señor, desarma al violento, desarma al injusto, desarma al que hace daño; pero desármame también a mí. Desarma mi orgullo, mi resentimiento, mis deseos de venganza. Rompe en mí la espiral del odio y enséñame a vencer el mal con el bien”.

Hoy oramos de manera especial por nuestros benefactores, familiares y amigos. Ellos son signos concretos de la bondad de Dios en nuestro camino. Que el Señor los bendiga, los proteja y recompense todo el bien que han sembrado. Y que también nosotros aprendamos a ser bendición para otros: no solo para quienes nos aman, sino incluso para aquellos con quienes nos cuesta vivir la caridad.

Que esta Eucaristía nos conceda un corazón más libre, más humilde y más parecido al corazón del Padre. Amén.



2

 

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de este día nos sitúa ante dos realidades profundas del corazón humano: por una parte, la fuerza destructiva del pecado; por otra, la fuerza transformadora de la misericordia y del amor sin límites.

En la primera lectura, después del crimen cometido contra Nabot, Dios envía al profeta Elías a denunciar al rey Ajab. El pecado no queda oculto ante los ojos de Dios. La ambición, el abuso de poder, la injusticia y la muerte del inocente claman al cielo. Ajab ha permitido que la codicia destruya la vida de un hombre justo. Y Dios, que es justo, no permanece indiferente.

Pero la lectura también nos sorprende: cuando Ajab escucha la palabra de Dios, se humilla, hace penitencia y reconoce su pecado. Entonces el Señor muestra misericordia. Esto no borra la gravedad de lo ocurrido, pero revela algo esencial: Dios no desea la muerte del pecador, sino que se convierta y viva. Su justicia nunca está separada de su deseo de salvar.

Por eso el salmo 50 pone en nuestros labios una oración humilde: “Misericordia, Señor, hemos pecado”. Es el grito del corazón que reconoce su culpa y se abre al perdón. Antes de mirar el pecado de los demás, la Palabra nos invita a mirar nuestro propio corazón. Todos necesitamos ser purificados de la soberbia, del resentimiento, de la dureza y de la violencia interior.

Y en el Evangelio, Jesús nos lleva todavía más lejos: “Amen a sus enemigos y oren por los que los persiguen”. Esta es una de las enseñanzas más exigentes del cristianismo. Amar al enemigo no significa aprobar el mal, justificar la injusticia o permitir el abuso. Jesús no nos pide llamar bueno a lo que es malo. Lo que nos pide es no responder al odio con más odio, no dejar que la violencia del otro engendre violencia en nosotros.

El amor cristiano no tiene límites porque nace del corazón de Dios. El Padre hace salir el sol sobre buenos y malos, y manda la lluvia sobre justos e injustos. Así ama Dios: no de manera selectiva, no solo a quienes lo merecen, no solo a quienes responden bien. Dios ama porque Él es amor.

Por eso Jesús nos dice: “Sean perfectos como su Padre celestial es perfecto”. Esta perfección no consiste en no equivocarse nunca, sino en aprender a amar con un corazón cada vez más parecido al de Dios. Es la perfección de la misericordia, de la paciencia, del perdón y de la oración por todos, incluso por quienes nos han herido.

Jesús mismo vivió este amor en la cruz, cuando oró por sus perseguidores: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Allí nos enseñó que el amor verdadero no es solo sentimiento; es decisión, gracia, entrega y victoria sobre el mal.

Hoy podemos preguntarnos: ¿a quién me cuesta amar? ¿Por quién me cuesta orar? ¿Qué resentimiento necesito entregar al Señor? Tal vez no podamos cambiar inmediatamente nuestros sentimientos, pero sí podemos comenzar por pedir a Dios que purifique nuestro corazón.

En esta Eucaristía, pidamos la gracia de amar más allá de nuestras simpatías, de nuestras heridas y de nuestros límites humanos. Que el Señor nos libre de toda amargura, nos conceda un corazón reconciliado y nos enseñe a vencer el mal con el bien.

Y oremos también hoy por nuestros benefactores, familiares y amigos. Que Dios recompense su generosidad, bendiga sus vidas, sostenga sus hogares y les conceda experimentar siempre la luz de su amor. Que nosotros, agradecidos por tanto bien recibido, aprendamos también a ser instrumentos de misericordia, perdón y paz. Amén.

 

 

 

domingo, 14 de junio de 2026

15 de junio del 2026: lunes de la undécima semana del tiempo ordinario-II

 

La otra actitud

(Mt 5,38-42) Ante la violencia, ¿debemos quedarnos en el “ojo por ojo”? Jesús nos enseña otra cosa. No se trata de dejarnos maltratar ni de “poner” la mejilla para que nos golpeen, sino de proponer otra manera, otra actitud frente a la bofetada. Durante su pasión, Jesús no presenta simplemente la mejilla al soldado que lo golpea, sino que ofrece la palabra; lo devuelve a la palabra y, por tanto, a su humanidad. Una gracia que debemos pedir.

Colette Hamza, xavière

 


Primera lectura

1 Re 21, 1-16
Nabot ha sido lapidado y está muerto

Lectura del primer libro de los Reyes.

POR aquel tiempo, Nabot de Yezrael tenía una viña junto al palacio de Ajab, rey de Samaría.
Ajab habló a Nabot diciendo:
«Dame tu viña para que pueda tener un huerto ajardinado, pues está pegando a mi casa; yo te daré a cambio una viña mejor, o, si te parece bien, te pagaré su precio en plata».
Nabot respondió a Ajab:
«Dios me libre de cederte la herencia de mis padres».
Se fue Ajab a su casa abatido y enfadado por la respuesta que le había dado Nabot de Yezrael:
«No te cederé la heredad de mis padres».
Se postró en su lecho de cara a la pared y se negó a comer.
Jezabel, su mujer, se le acercó y le dijo:
«¿Qué te pasa que estás entristecido y no comes alimento alguno?».
Él le respondió:
«Hablé con Nabot de Yezrael y le propuse: “Véndeme tu viña por su valor en plata, o, si lo prefieres, te daré otra viña a cambio”; pero él me contestó: “No te cederé mi viña”».
Jezabel, su mujer, le replicó:
«¡Ya es hora de que ejerzas el poder regio en Israel! Levántate, come y se te alegrará el ánimo. Yo misma me encargo de darte la viña de Nabot de Yezrael». Escribió cartas con el nombre de Ajab y las selló con el sello de él, enviándolas a los ancianos y notables que vivían junto a Nabot.
En las cartas escribió lo siguiente:
«Proclamen un ayuno y sienten a Nabot al frente de la asamblea. Frente a él sienten a dos hombres hijos de Belial que testifiquen en su contra diciendo: “Tú has maldecido a Dios y al rey”. Entonces lo sacarán y lo lapidarán hasta que muera».
Los hombres de la ciudad, los ancianos y notables que vivían junto a Nabot en su ciudad, hicieron tal como Jezabel les ordenó según lo escrito en las cartas remitidas a ellos. Así proclamaron un ayuno y sentaron a Nabot al frente de la asamblea.
Llegaron los dos hombres hijos de Belial, se sentaron frente a él y testificaron contra él diciendo:
«Nabot ha maldecido a Dios y al rey».
Lo sacaron de la ciudad y lo lapidaron hasta que murió.
Enviaron a decir a Jezabel:
«Nabot ha sido lapidado y está muerto».
En cuanto Jezabel oyó que Nabot había muerto lapidado, dijo a Ajab:
«Levántate y toma posesión de la viña de Nabot, el de Yezrael, el que se negó a vendértela por su valor en plata, pues Nabot ya no está vivo, ha muerto».
Apenas oyó Ajab que Nabot había muerto, se levantó y bajó a la viña de Nabot, el de Yezrael, para tomar posesión de ella.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 5, 2-3ab. 5-6a. 6b-7 (R.: 2b)

R. Atiende a mis gemidos, Señor.

V. Señor, escucha mis palabras,
atiende a mis gemidos,
haz caso de mis gritos de auxilio,
Rey mío y Dios mío. 
R.

V. Tú no eres un Dios que ame la maldad,
ni el malvado es tu huésped,
ni el arrogante se mantiene en tu presencia.
 R.

V. Detestas a los malhechores,
destruyes a los mentirosos;
al hombre sanguinario y traicionero
lo aborrece el Señor. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi sendero. R.

 

Evangelio

Mt 5, 38-42

Yo les digo que no hagan frente al que los agravia

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Han oído que se dijo: “Ojo por ojo, diente por diente”. Pero yo les digo: no hagan frente al que los agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también el manto; a quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos; a quien te pide, dale, y al que te pide prestado, no lo rehúyas».

Palabra del Señor.

 

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Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de este lunes nos pone frente a una realidad dolorosa y muy humana: la violencia, la injusticia, el abuso del poder y la tentación de responder al mal con más mal.

En la primera lectura escuchamos una de las páginas más dramáticas del Antiguo Testamento: la historia de Nabot, el hombre justo que tenía una viña heredada de sus padres. El rey Ajab la quiere para sí. Nabot se niega, no por capricho, sino porque aquella viña representa la herencia recibida, la memoria de sus mayores, la fidelidad a Dios y a su familia. Pero cuando el poder se vuelve egoísta, ya no respeta ni la dignidad de la persona ni la justicia ni la vida. Jezabel organiza una mentira, manipula la ley, compra testigos falsos y consigue la muerte de Nabot. Después de eso, Ajab baja tranquilamente a tomar posesión de la viña.

Esta lectura nos muestra hasta dónde puede llegar el corazón humano cuando se deja dominar por la codicia. Primero se desea lo que no es propio; luego se manipula la verdad; después se destruye al inocente; finalmente se pretende disfrutar como si nada hubiera pasado. Pero Dios ve. Dios escucha. Dios no es indiferente ante la sangre del justo ni ante las lágrimas de los pequeños.

Por eso el salmo pone en nuestros labios una oración muy profunda: “Señor, escucha mis palabras”. Es la súplica de quien sabe que Dios no aprueba la maldad, que el malvado no puede hospedarse junto a Él, que la mentira, la violencia y la injusticia no tienen la última palabra. Hoy, al orar por nuestros difuntos, esta súplica se hace también confiada: Señor, escucha nuestra oración por quienes han partido de este mundo. Acoge sus vidas, purifica sus faltas, perdona sus pecados y condúcelos a tu luz.

El Evangelio nos lleva todavía más lejos. Jesús dice: “Han oído que se dijo: ojo por ojo y diente por diente. Pero yo les digo: no hagan frente al que les agravia”. Estas palabras no pueden entenderse como una invitación a la pasividad, a aceptar abusos o a callar ante la injusticia. Jesús no nos pide ser cómplices del mal ni renunciar a la dignidad. Lo que nos enseña es otra actitud: no responder a la violencia con violencia, no dejar que el agresor nos convierta también en agresores, no permitir que el odio del otro entre en nuestro corazón y lo gobierne.

Recordemos que Jesús, durante su pasión, cuando es golpeado, no responde con otro golpe, pero tampoco se queda simplemente en silencio como si el mal estuviera bien. En el Evangelio de Juan, cuando un guardia le da una bofetada, Jesús responde: “Si he hablado mal, muestra en qué; pero si he hablado bien, ¿por qué me pegas?”. Jesús ofrece la palabra. Devuelve al agresor a la razón, a la conciencia, a su humanidad. No se rebaja al nivel de la violencia, pero tampoco renuncia a la verdad.

Esta es la gran enseñanza para nosotros: el cristiano no está llamado a vengarse, sino a transformar. No está llamado a humillar al enemigo, sino a desarmar el mal con la fuerza de la verdad, de la paciencia, de la mansedumbre y del amor. No se trata de debilidad. Se trata de una fortaleza más grande: la fortaleza de quien no permite que el odio tenga la última palabra.

Nabot, en la primera lectura, aparece como víctima de la injusticia. Jesús, en el Evangelio, nos enseña cómo no convertirnos en servidores de esa misma injusticia. Porque muchas veces la violencia empieza fuera de nosotros, pero puede terminar instalándose dentro de nosotros. Puede entrar en forma de resentimiento, deseo de venganza, palabras duras, juicios implacables, memoria herida. Por eso necesitamos pedir una gracia: la gracia de responder de otra manera.

Hoy, al celebrar esta Eucaristía por nuestros difuntos, también podemos pensar en tantas historias familiares marcadas por heridas, conflictos, deudas de amor, palabras que no se dijeron o palabras que hirieron. La muerte nos recuerda que la vida es breve y que no vale la pena vivir esclavos del rencor. Orar por los difuntos es también dejar que Dios sane nuestra memoria. Es decirle: Señor, recibe a quienes ya partieron; perdona lo que haya que perdonar; sana lo que quedó roto; danos paz a quienes seguimos caminando.

Cada Eucaristía nos pone ante Cristo, el justo condenado injustamente, el inocente entregado, el Cordero que no devuelve mal por mal. En la cruz, Jesús no pide venganza; pide perdón: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Esa es la otra actitud. Esa es la novedad del Evangelio. Esa es la fuerza que puede cambiar el corazón humano.

Pidamos hoy al Señor que nos libre de la codicia de Ajab, de la manipulación de Jezabel, de la mentira de los falsos testigos y de la tentación de la venganza. Pidámosle un corazón libre, justo, misericordioso y valiente. Que sepamos defender la verdad sin odio, denunciar el mal sin perder la caridad, y responder a la violencia no con cobardía, sino con la fuerza humilde del Evangelio.

Y por nuestros difuntos, elevemos una oración confiada: que el Señor, justo y misericordioso, los reciba en su Reino; que purifique sus vidas con su amor; que les conceda la paz eterna; y que a nosotros nos enseñe a vivir de tal manera que, cuando llegue nuestra hora, podamos presentarnos ante Él con un corazón reconciliado.

Amén.

 

17 de junio del 2026: miércoles de la undécima semana del tiempo ordinario-II

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