La amistad desmedida
(Juan 15, 12-17) En las redes sociales coleccionamos amigos. La amistad
se ha convertido en un dato medible, a fuerza de “likes” y emoticones.
“Ya no los llamo siervos, los llamo amigos”. Jesús ofrece su amistad a todos,
sin medida, de una manera única con cada uno. Él no quiere una obediencia
servil ni el miedo a un juicio, sino que se da a conocer a quien quiera entrar,
como amigo, en esta complicidad divina.
Colette Hamza, xavière
Primera lectura
Hch
15, 22-31
Hemos
decidido, el Espíritu Santo y nosotros, no imponerles más cargas que las
indispensables
Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.
EN aquellos días, los apóstoles y los presbíteros con toda la Iglesia acordaron
elegir a algunos de ellos para mandarlos a Antioquía con Pablo y Bernabé.
Eligieron a Judas, llamado Barsabás, y a Silas, miembros eminentes entre los
hermanos, y enviaron por medio de ellos esta carta:
«Los apóstoles y los presbíteros hermanos saludan a los hermanos de Antioquía,
Siria y Cilicia provenientes de la gentilidad. Habiéndonos enterado de que
algunos de aquí, sin encargo nuestro, los han alborotado con sus palabras,
desconcertando sus ánimos, hemos decidido, por unanimidad, elegir a algunos y
enviárselos con nuestros queridos Bernabé y Pablo, hombres que han entregado su
vida al nombre de nuestro Señor Jesucristo. Les mandamos, pues, a Silas y a
Judas, que les referirán de palabra lo que sigue: Hemos decidido, el Espíritu
Santo y nosotros, no imponerles más cargas que las indispensables: que se
abstengan de carne sacrificada a los ídolos, de sangre, de animales
estrangulados y de uniones ilegítimas. Harán bien en apartarse de todo esto.
Saludos».
Los despidieron, y ellos bajaron a Antioquía, donde reunieron a la comunidad y
entregaron la carta. Al leerla, se alegraron mucho por aquellas palabras
alentadoras.
Palabra de Dios.
Salmo
Sal
56, 8-9. 10-12 (R. : 10 a)
R. Te daré gracias ante
los pueblos, Señor.
O
bien:
R. Aleluya.
V. Mi corazón está
firme, Dios mío,
mi corazón está firme.
Voy a cantar y a tocar:
despierta, gloria mía;
despierten, cítara y arpa;
despertaré a la aurora. R.
V. Te daré gracias ante
los pueblos, Señor;
tocaré para ti ante las naciones:
por tu bondad, que es más grande que los cielos;
por tu fidelidad, que alcanza las nubes.
Elévate sobre el cielo, Dios mío,
y llene la tierra tu gloria. R.
Aclamación
R. Aleluya,
aleluya, aleluya.
V. A ustedes los
llamo amigos —dice el Señor—, porque todo lo que he oído a mi Padre se lo
he dado a conocer. R.
Evangelio
Jn
15, 12-17
Esto
les mando: que se amen unos a otros
Lectura del santo Evangelio según san Juan.
EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Este es mi mandamiento: que se amen unos a otros como yo los he amado.
Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos.
Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando.
Ya no los llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a
ustedes los llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre se lo he dado a
conocer.
No son ustedes los que me han elegido, soy yo quien los he elegido y los he
destinado para que vayan y den fruto, y su fruto permanezca.
De modo que lo que pidan al Padre en mi nombre se lo dé. Esto les mando: que se
amen unos a otros».
Palabra del Señor.
1
Queridos hermanos:
El Evangelio de hoy nos regala una de las palabras
más hermosas que Jesús haya dirigido a sus discípulos:
“Ya no los llamo siervos… a ustedes los llamo
amigos”.
No es una frase decorativa. No es una expresión
sentimental. Es una revelación profunda del corazón de Cristo. Jesús nos está
diciendo cuál es el tipo de relación que quiere tener con nosotros. No quiere
tratarnos como esclavos que obedecen por miedo. No quiere que vivamos la fe
como una carga pesada, como una obligación fría, como una religión del temor.
Jesús quiere introducirnos en su intimidad. Quiere hacernos partícipes de su
confianza. Quiere que entremos en la comunión de amor que Él vive con el Padre.
Hoy, en tiempos de redes sociales, la palabra
“amigo” se ha vuelto muy fácil de decir y muy difícil de vivir. Podemos tener
cientos o miles de contactos, recibir muchos “me gusta”, intercambiar
emoticones, saludos rápidos, mensajes breves… y, sin embargo, sentirnos
profundamente solos. Hay amistades que se miden por números, por reacciones,
por apariencias. Pero Jesús nos habla de otra amistad: una amistad que no se
mide por cantidad, sino por entrega; no por popularidad, sino por fidelidad; no
por palabras bonitas, sino por amor concreto.
Por eso dice:
“Este es mi mandamiento: que se amen unos a otros
como yo los he amado”.
La medida del amor cristiano no es nuestro gusto,
ni nuestra simpatía, ni nuestra conveniencia. La medida es Cristo: “como yo
los he amado”. Y ¿cómo nos amó Jesús? Nos amó perdonando, sirviendo,
acercándose a los heridos, tocando a los excluidos, levantando a los caídos,
dando la vida en la cruz. Por eso añade:
“Nadie tiene amor más grande que el que da la vida
por sus amigos”.
Dar la vida no significa solamente morir
físicamente por alguien. También damos la vida cuando dedicamos tiempo, cuando
escuchamos con paciencia, cuando perdonamos de corazón, cuando acompañamos al
enfermo, cuando no abandonamos al que está triste, cuando ayudamos a quien
sufre en el cuerpo o en el alma. Damos la vida cuando dejamos de vivir
encerrados en nuestro egoísmo y comenzamos a vivir como hermanos.
La primera lectura, tomada de los Hechos de los
Apóstoles, nos muestra a la Iglesia naciente viviendo esta amistad de Cristo de
manera concreta. Había tensiones, dudas, discusiones. Algunos querían imponer
cargas pesadas a los nuevos creyentes. Pero los apóstoles y los presbíteros,
guiados por el Espíritu Santo, toman una decisión sabia, fraterna y
misericordiosa. Envían una carta para consolar y confirmar a los hermanos. No
quieren aplastar la fe de los demás con exigencias innecesarias. Quieren cuidar
la comunión.
Hay una frase preciosa en esa lectura:
“Hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros…”
La Iglesia no camina sola. La comunidad cristiana
no decide simplemente por estrategia humana. Discierne, escucha, ora, dialoga y
se deja conducir por el Espíritu Santo. Y cuando la Iglesia se deja guiar por
el Espíritu, no se vuelve una institución que oprime, sino una madre que
acompaña; no impone cargas inútiles, sino que ayuda a caminar; no hiere más a
los heridos, sino que consuela.
Qué importante es esto para nuestra vida cristiana.
A veces, sin darnos cuenta, podemos convertir la fe en un peso para los demás.
Podemos juzgar demasiado rápido. Podemos mirar con dureza al que cae. Podemos
señalar al enfermo, al pecador, al confundido, al que sufre interiormente. Pero
Jesús no nos llamó para ser jueces fríos de nuestros hermanos. Nos llamó
amigos. Y si somos amigos de Jesús, tenemos que aprender a mirar a los demás
con los ojos de Jesús.
Por eso nuestra intención orante de hoy es
penitencial. Pedimos perdón al Señor por nuestras faltas de amor. Perdón por
las veces en que hemos vivido la fe como apariencia y no como entrega. Perdón
por las veces en que hemos multiplicado palabras religiosas, pero nos ha
faltado misericordia. Perdón por nuestras indiferencias, por nuestras amistades
interesadas, por nuestros silencios ante el dolor ajeno, por nuestras durezas
familiares y comunitarias.
También oramos hoy por quienes sufren en el alma y
en el cuerpo. Hay sufrimientos visibles: enfermedades, dolores físicos,
cansancios, tratamientos, limitaciones. Pero hay también sufrimientos
escondidos: angustias, depresiones, duelos, soledades, heridas del pasado,
culpas, miedos, crisis de fe, vacíos interiores. Muchas personas sonríen por
fuera, pero por dentro están librando grandes batallas. A ellas también Jesús
les dice: “Ustedes son mis amigos”.
Cristo no abandona al que sufre. Cristo no
desprecia al débil. Cristo no se cansa del herido. Su amistad es desmedida. Él
no ama a medias. Él no ama solo cuando somos fuertes. Él no ama solo cuando
todo está bien. Él nos ama precisamente allí donde más necesitamos ser amados.
El salmo de hoy dice:
“Mi corazón está firme, Dios mío, mi corazón está
firme”.
Esa firmeza no nace de no tener problemas. Nace de
saber que Dios está cerca. Nace de confiar en que su misericordia es más grande
que nuestra fragilidad. Nace de descubrir que somos amados no como empleados de
Dios, sino como amigos de Cristo.
Queridos hermanos, hoy Jesús nos invita a revisar
nuestra relación con Él. ¿Lo vemos como un patrón exigente o como un amigo
fiel? ¿Vivimos la fe por miedo o por amor? ¿Nos acercamos a Dios solo cuando
necesitamos algo o cultivamos una verdadera amistad con Él en la oración, en la
Eucaristía, en la escucha de su Palabra?
Y también nos invita a revisar nuestras relaciones
con los demás. ¿Somos amigos al estilo de Jesús? ¿Sabemos acompañar sin juzgar?
¿Sabemos corregir sin humillar? ¿Sabemos estar cerca del que sufre? ¿Somos
capaces de dar algo de nuestra vida por los demás?
La Pascua nos recuerda que Cristo resucitado sigue
vivo en medio de nosotros. Y el Resucitado nos llama amigos. No somos extraños
para Dios. No somos números en una multitud. No somos seguidores anónimos en
una red social divina. Somos conocidos, amados, elegidos y enviados.
Porque Jesús también dice:
“No son ustedes los que me han elegido, soy yo
quien los he elegido”.
Esta palabra debe llenarnos de consuelo. Antes de
que nosotros buscáramos a Dios, Dios ya nos estaba buscando. Antes de que
nosotros lo amáramos, Él ya nos amaba. Antes de que nosotros le abriéramos la
puerta, Él ya estaba llamando.
Pidámosle hoy al Señor que sane nuestra manera de
amar. Que purifique nuestras amistades. Que nos libre de la superficialidad.
Que haga de nuestras comunidades lugares de acogida, consuelo y misericordia.
Que quienes sufren en el cuerpo encuentren fortaleza, y quienes sufren en el
alma encuentren paz. Que nadie se sienta excluido de la amistad de Cristo.
Y que al acercarnos a esta Eucaristía podamos
escuchar en lo profundo del corazón la voz del Señor que nos dice:
“No tengas miedo. Ya no te llamo siervo. Te llamo
amigo. Permanece en mi amor”.
Amén.
2
Queridos
hermanos:
El
Evangelio de hoy nos lleva al corazón mismo de la vida cristiana: “Este es mi mandamiento: que se amen
unos a otros como yo los he amado”. Jesús no nos pide
simplemente amar “como podamos”, “como nos nazca” o “cuando nos convenga”. Nos
da una medida mucho más alta: amar
como Él nos ha amado.
Y
enseguida nos muestra cuál es esa medida: “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus
amigos”. Amar cristianamente no es solo sentir cariño, simpatía
o afecto. Amar como Cristo es entregar la vida. A veces esa entrega será
heroica y visible; pero muchas veces será silenciosa, cotidiana, escondida:
escuchar al que sufre, perdonar al que nos hirió, servir sin esperar aplausos,
renunciar al egoísmo, estar cerca de quien nos necesita, buscar el bien del
otro antes que nuestra comodidad.
Alguien
comenta que la gracia de Dios es como un océano infinito. Jesús no nos da
apenas un vaso de gracia, ni unas cuantas gotas de amor. Él nos ofrece el
océano entero de la vida de Dios. Pero nuestro corazón, muchas veces, es
pequeño; está estrechado por el miedo, por el egoísmo, por el pecado, por el
orgullo, por la costumbre de pensar primero en nosotros mismos.
Por
eso la vida cristiana consiste en ensanchar el corazón. Cada acto de amor
verdadero aumenta nuestra capacidad de recibir a Dios. Cada vez que perdonamos,
el corazón se agranda. Cada vez que servimos, el alma respira mejor. Cada vez
que nos desprendemos de nosotros mismos para amar a otro, nos volvemos más
capaces de Dios.
Los
santos entendieron esto. Santa Teresa de Ávila hablaba del camino interior
hacia la unión con Dios. San Juan de la Cruz enseñaba que el alma necesita
purificarse y desprenderse para llenarse de Dios. Santo Tomás de Aquino decía
que la caridad ensancha el alma para recibir el amor divino. En palabras más
sencillas: cuanto más
amamos, más capacidad tenemos de recibir el amor de Dios.
Pero
Jesús añade algo sorprendente: “Ya
no los llamo siervos… a ustedes los llamo amigos”. Esto cambia
nuestra manera de relacionarnos con Dios. No somos esclavos movidos por el
miedo. No somos empleados religiosos que cumplen órdenes para evitar castigos.
Somos amigos de Cristo. Él nos abre su corazón. Nos comunica lo que ha oído del
Padre. Nos invita a entrar en su intimidad.
Sin
embargo, esta amistad tiene una señal concreta: “Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando”.
La obediencia cristiana no es servilismo; es respuesta de amor. Quien ama de
verdad escucha. Quien ama de verdad confía. Quien ama de verdad procura vivir
según el corazón del amado. Obedecer a Cristo no disminuye nuestra libertad; al
contrario, nos libera del egoísmo que nos encierra y nos hace capaces de amar
más.
La
primera lectura de los Hechos de los Apóstoles nos muestra a la Iglesia
primitiva viviendo esta caridad. Había tensiones y discusiones sobre qué exigir
a los nuevos creyentes. Pero los apóstoles, guiados por el Espíritu Santo, no
quisieron imponer cargas innecesarias. Buscaron la comunión, el discernimiento
y la paz. Por eso la comunidad se llenó de alegría al recibir aquella carta.
Donde hay caridad, la fe no se convierte en peso insoportable, sino en camino de
vida.
También
nosotros necesitamos aprender eso. A veces hacemos pesada la vida de los demás
con juicios, exigencias, palabras duras o actitudes frías. Jesús, en cambio,
nos invita a amar de tal manera que los otros se sientan levantados, no
aplastados; acompañados, no condenados; reconciliados, no excluidos.
El
salmo de hoy canta: “Mi
corazón está firme, Dios mío”. Un corazón firme no es un
corazón duro. Es un corazón anclado en el amor de Dios. Firme para no dejarse
vencer por el egoísmo. Firme para seguir amando aunque cueste. Firme para dar
la vida poco a poco, día a día, como Cristo.
Queridos
hermanos, preguntémonos hoy: ¿qué tan grande es mi capacidad de amar? ¿Mi
corazón se está ensanchando o se está cerrando? ¿Me conformo con recibir apenas
unas gotas de gracia, o deseo sumergirme más profundamente en el océano del
amor de Dios?
Jesús
nos llama amigos. Nos ofrece su vida. Nos confía el amor del Padre. Y nos deja
un mandamiento que resume toda la existencia cristiana:
“Ámense unos a otros como yo los he amado”.
Que
esta Eucaristía ensanche nuestro corazón, nos libere del egoísmo y nos haga
amigos verdaderos de Cristo, capaces de dar la vida por amor.
Amén.


