domingo, 23 de agosto de 2026

24 de agosto del 2026: Fiesta de San Bartolomé, apóstol

 

San Bartolomé, apóstol

Siglo I

Uno de los Doce Apóstoles. La tradición cristiana lo identifica habitualmente con Natanael, presentado a Jesús por su amigo Felipe en el Evangelio según san Juan.

Natanael aparece como un hombre sincero, sin doblez, inicialmente sorprendido cuando Felipe le anuncia que ha encontrado al Mesías en Jesús de Nazaret. Sin embargo, acepta la invitación: «Ven y verás» (Jn 1,46). Al encontrarse con Jesús y sentirse conocido profundamente por Él, confiesa con fe: «Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel» (Jn 1,49).

La fiesta de san Bartolomé, apóstol, nos recuerda que la fe cristiana nace de un encuentro personal con Cristo. Como Felipe llevó a Natanael hasta Jesús, también nosotros estamos llamados a conducir a otros hacia Él, no solamente con palabras, sino con el testimonio sencillo y coherente de nuestra vida.

 



Atreverse

«¿De Nazaret puede salir algo bueno?» Como Natanael, también a nosotros nos sucede que dejamos que nuestros prejuicios oscurezcan la mirada y cierren la puerta a la novedad de Dios.

Pero Felipe no entra en discusión ni intenta convencerlo con largos razonamientos. Simplemente le dice: «Ven y verás». Natanael se atreve a dar ese paso, va al encuentro de Jesús y descubre que aquel a quien miraba con desconfianza ya lo conocía profundamente.

La fe comienza muchas veces con este pequeño acto de valentía: atreverse a salir de nuestras ideas preconcebidas, acercarnos y dejarnos sorprender por Dios. Jesús puede manifestarse precisamente allí donde menos lo esperamos, en personas, situaciones y lugares que nuestros prejuicios habían descartado.

En la fiesta de san Bartolomé, pidamos la gracia de un corazón sincero, «sin doblez», capaz de escuchar la invitación del Evangelio: «Ven y verás». Porque quien se atreve a encontrarse verdaderamente con Cristo puede terminar confesando, como Natanael: «Rabí, tú eres el Hijo de Dios».

P.E.I

 

 

Primera lectura

Ap 21, 9b-14

Sobre los cimientos están los nombres de los doce apóstoles del Cordero

Lectura del libro del Apocalipsis.

EL ángel me habló diciendo:
«Mira, te mostraré la novia, la esposa del Cordero».
Y me llevó en espíritu a un monte grande y elevado, y me mostró la ciudad santa de Jerusalén que descendía del cielo, de parte de Dios, y tenía la gloria de Dios; su resplandor era semejante a una piedra muy preciosa, como piedra de jaspe cristalino.
Tenía una muralla grande y elevada, tenía doce puertas y sobre las puertas doce ángeles y nombres grabados que son las doce tribus de Israel.
Al oriente tres puertas, al norte tres puertas, al sur tres puertas, al poniente tres puertas, y la muralla de la ciudad tenía doce cimientos y sobre ellos los nombres de los doce apóstoles del Cordero.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 144, 10-11. 12-13ab. 17-18 (R.: cf. 12)

R. Tus santos, Señor, proclaman la gloria de tu reinado.

V. Que todas tus criaturas te den gracias, Señor,
que te bendigan tus fieles.
Que proclamen la gloria de tu reinado,
que hablen de tus hazañas. 
R.

V. Explicando tus hazañas a los hombres,
la gloria y majestad de tu reinado.
Tu reinado es un reinado perpetuo,
tu gobierno va de edad en edad. 
R.

V. El Señor es justo en todos sus caminos,
es bondadoso en todas sus acciones.
Cerca está el Señor de los que lo invocan,
de los que lo invocan sinceramente. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel. R.

 

Evangelio

Jn 1, 45-51

Ahí tienen a un israelita de verdad, en quien no hay engaño

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

EN aquel tiempo, Felipe encontró a Natanael y le dijo:
«Aquel de quien escribieron Moisés en la ley y los profetas, lo hemos encontrado: Jesús, hijo de José, de Nazaret».
Natanael le replicó:
«¿De Nazaret puede salir algo bueno?».
Felipe le contestó:
«Ven y verás».
Vio Jesús que se acercaba Natanael y dijo de él:
«Ahí tienen a un israelita de verdad, en quien no hay engaño».
Natanael le contesta:
«¿De qué me conoces?».
Jesús le responde:
«Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi».
Natanael respondió:
«Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel».
Jesús le contestó:
«¿Por haberte dicho que te vi debajo de la higuera, crees? Has de ver cosas mayores».
Y le añadió:
«En verdad, en verdad les digo: verán el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre».

Palabra del Señor.

 

1

 

Hermanos:

La fiesta de san Bartolomé, apóstol, nos pone hoy delante de una palabra sencilla pero exigente: atreverse. Atreverse a dejar los prejuicios, atreverse a acercarse a Jesús, atreverse a permitir que Dios nos sorprenda.

En el Evangelio, Natanael —a quien la tradición identifica con Bartolomé— reacciona con desconfianza cuando Felipe le habla de Jesús: «¿De Nazaret puede salir algo bueno?». Es una frase muy humana. También nosotros podemos juzgar demasiado rápido: una persona por su apariencia, una comunidad por su fama, una situación por nuestras experiencias anteriores. Y, sin darnos cuenta, podemos cerrarle la puerta a Dios.

Felipe no discute con Natanael. No intenta vencerlo con argumentos. Le dice simplemente: «Ven y verás». Natanael se atreve a ir. Y ese pequeño paso cambia su vida. Cuando llega ante Jesús descubre algo sorprendente: antes de que él conociera a Jesús, Jesús ya lo conocía a él. Por eso termina confesando: «Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel».

También a nosotros el Señor nos dice hoy: ven y verás. No te quedes solamente con lo que otros dicen de Dios; acércate. No te quedes encerrado en tus prejuicios; déjate sorprender. No pienses que Dios está lejos: Él ya conoce tu historia, tus luchas, tus heridas y tus esperanzas.

La primera lectura del Apocalipsis nos presenta la Jerusalén celestial, edificada sobre doce cimientos que llevan los nombres de los doce apóstoles del Cordero. Es una imagen preciosa de la Iglesia. Bartolomé no fue solamente un hombre que conoció personalmente a Jesús: se convirtió en piedra viva de la Iglesia, testigo que entregó su vida para anunciar lo que había visto y encontrado.

Esto nos recuerda algo importante: el encuentro con Cristo nunca termina solamente en nosotros. Quien verdaderamente ha encontrado al Señor termina convirtiéndose también en testigo. Felipe llevó a Natanael hasta Jesús; Natanael, después, llevó a otros el anuncio de Cristo. Así se transmite la fe: alguien nos dice “ven y verás”, y luego nosotros ayudamos a otros a encontrarse con el Señor.

El salmo 145 proclama: «Que tus fieles, Señor, proclamen la gloria de tu reinado». Esa fue precisamente la misión de los apóstoles: anunciar que Dios reina, que su amor está cerca, que el Señor «es justo en todos sus caminos» y «está cerca de los que lo invocan sinceramente».

Y hoy esta Palabra adquiere también un tono especial porque, como cada lunes, oramos por nuestros fieles difuntos. La visión de la Jerusalén celestial es para nosotros una palabra de esperanza. Nuestros seres queridos que han partido no han sido creados para la nada, sino para la ciudad de Dios, para esa Jerusalén definitiva donde Cristo es la luz y donde la muerte ya no tiene la última palabra.

Por ellos ofrecemos esta Eucaristía. Pedimos que el Señor purifique sus almas, perdone sus faltas y los introduzca en la alegría de su Reino. Y al recordarlos, también nosotros escuchamos una llamada: vivamos de tal manera que nuestro camino conduzca hacia Dios.

San Bartolomé nos enseña hoy tres cosas muy sencillas: no vivir de prejuicios, atrevernos a encontrarnos con Cristo y convertirnos en testigos de lo que Él hace en nuestra vida.

Que también de nosotros pueda decir Jesús lo que dijo de Natanael: «Ahí tienen a un verdadero israelita, en quien no hay doblez». Que seamos hombres y mujeres de corazón sincero, capaces de reconocer a Cristo incluso allí donde menos esperábamos encontrarlo.

Y que nuestros fieles difuntos, sostenidos por nuestra oración, puedan contemplar un día plenamente aquello que nosotros apenas vislumbramos en la fe: la Jerusalén celestial y el rostro de Cristo, el Cordero que vive por los siglos de los siglos. Amén.

 

2

 

«¡Tú eres el Hijo de Dios!»

 

Hermanos:

El Evangelio de esta fiesta nos presenta uno de esos encuentros en los que una vida cambia casi de repente. Felipe encuentra a Natanael y le dice:

«Hemos encontrado a aquel de quien escribieron Moisés en la Ley y también los profetas: Jesús, hijo de José, de Nazaret».

Pero Natanael responde inmediatamente:

«¿De Nazaret puede salir algo bueno?»

Y Felipe no se pone a discutir con él. No intenta demostrarle nada con largos razonamientos. Simplemente le dice:

«Ven y verás».

El nombre Bartolomé aparece en los Evangelios sinópticos entre los Doce Apóstoles escogidos por Jesús. Su nombre significa «hijo de Tolmai». En el Evangelio de san Juan, la tradición lo identifica con Natanael. Es posible, por tanto, que su nombre completo fuera Natanael, hijo de Tolmai.

San Juan nos cuenta que Andrés y Juan fueron de los primeros en encontrarse con Jesús. Andrés lleva la noticia a Simón Pedro; después Felipe también es llamado por el Señor y, a su vez, busca a Natanael para comunicarle aquello que ha descubierto: «Hemos encontrado».

La fe comienza muchas veces así: alguien que ha encontrado a Cristo va en busca de otro.

Pero Natanael comienza desde la duda: «¿De Nazaret puede salir algo bueno?». Nazaret era entonces un lugar pequeño, aparentemente insignificante. Además, se esperaba que el Mesías procediera de Belén, la ciudad de David. Felipe y Natanael no sabían todavía que Jesús había nacido precisamente en Belén.

Sin embargo, hay algo hermoso en Natanael: a pesar de su prejuicio, acepta ir.

Felipe le dice: «Ven y verás», y él va.

Quizá esa sea una de las primeras enseñanzas para nosotros hoy: nuestras dudas no son necesariamente un obstáculo definitivo para la fe. El verdadero peligro no está en tener preguntas, sino en cerrarnos a buscar la respuesta. Natanael duda, pero se mueve. Tiene prejuicios, pero se deja conducir. No comprende todavía, pero acepta encontrarse personalmente con Jesús.

Y cuando Jesús lo ve acercarse, dice:

«Este es un verdadero israelita, en quien no hay doblez».

Qué hermoso elogio.

Jesús no dice que Natanael lo sabía todo. No dice que nunca hubiera dudado. Al contrario, acababa de expresar una duda bastante fuerte. Pero Jesús reconoce algo mucho más profundo: es un hombre sincero.

No hay doblez en él.

Natanael pregunta entonces:

«¿De dónde me conoces?»

Y Jesús le responde que lo había visto bajo la higuera antes de que Felipe lo llamara.

Algo sucede entonces en el corazón de Natanael. Aquel que hacía apenas unos instantes preguntaba con cierto escepticismo: «¿De Nazaret puede salir algo bueno?», ahora exclama:

«Rabí, tú eres el Hijo de Dios; tú eres el Rey de Israel».

¡Qué transformación!

Del prejuicio a la fe.

De la sospecha a la confesión.

De la duda a una entrega que terminará convirtiéndose en misión.

Y esta transformación nos ayuda a comprender también la primera lectura del Apocalipsis. Allí san Juan contempla la Jerusalén celestial y escucha:

«Ven, te mostraré a la esposa, la esposa del Cordero».

La ciudad santa desciende del cielo resplandeciente con la gloria de Dios. Tiene doce puertas y, sobre sus cimientos, están escritos los nombres de los doce apóstoles del Cordero.

Entre esos nombres está también Bartolomé.

Aquel hombre que un día preguntó: «¿De Nazaret puede salir algo bueno?» termina siendo contado entre los cimientos de la Jerusalén celestial.

Esto nos dice algo profundamente consolador: Dios no llama personas perfectas; Dios llama personas que se dejan transformar.

Bartolomé tuvo sus dudas, sus ideas preconcebidas y sus interrogantes, pero tenía un corazón sincero. Y porque no había doblez en él, cuando encontró la verdad fue capaz de entregarse a ella completamente.

Según una antigua tradición cristiana, después de Pentecostés evangelizó en diversas regiones, relacionadas tradicionalmente con lugares como India, Armenia y Mesopotamia, hasta entregar finalmente su vida como mártir.

¡Qué distancia entre aquel primer «¿de Nazaret puede salir algo bueno?» y la entrega definitiva de la propia vida por Cristo!

Eso hace la gracia cuando encuentra un corazón abierto.

El salmo 145 parece describir precisamente la misión de Bartolomé y de todos los apóstoles:

«Que tus fieles, Señor, proclamen la gloria de tu reinado».

Los apóstoles fueron enviados para eso: para proclamar la gloria del Reino de Dios, para anunciar de generación en generación las maravillas del Señor.

Y el mismo salmo añade:

«El Señor es justo en todos sus caminos, es bondadoso en todas sus acciones; cerca está el Señor de los que lo invocan, de los que lo invocan sinceramente».

Aquí volvemos al corazón de Natanael.

Dios está cerca de quienes lo buscan sinceramente.

No necesariamente de quienes tienen todas las respuestas.

No necesariamente de quienes nunca dudan.

Sino de quienes se presentan delante de Él sin doblez.

Por eso la fiesta de san Bartolomé nos invita hoy a preguntarnos: ¿con qué corazón nos acercamos nosotros a Jesús?

Podemos conocer muchas cosas de Él. Podemos escuchar la Palabra, rezar, participar en la Eucaristía, conocer el testimonio de los santos. Pero siempre queda abierta la invitación:

«Ven y verás».

Ven y mira de nuevo.

Ven y déjate sorprender.

Ven y permite que Cristo entre más profundamente en tu vida.

Quizá también nosotros cargamos prejuicios: sobre Dios, sobre la Iglesia, sobre determinadas personas, sobre ciertas situaciones de nuestra historia. Quizá hemos dicho interiormente alguna vez: «De aquí no puede salir nada bueno».

Y justamente desde allí puede querer sorprendernos Dios.

Hay otra frase especialmente hermosa en este Evangelio. Cuando Natanael llega hasta Jesús descubre que Jesús ya lo había visto antes.

Antes de que Natanael conociera a Jesús, Jesús ya conocía a Natanael.

Y esto también vale para nosotros.

Antes de que lo busquemos, Él ya nos conoce.

Antes de que le contemos nuestras heridas, Él ya las ha visto.

Antes de que le expresemos nuestras dudas, Él ya las conoce.

Antes incluso de que Felipe dijera «ven y verás», Jesús ya había puesto su mirada sobre Natanael.

La fe comienza, entonces, no solamente cuando nosotros miramos a Dios, sino cuando descubrimos que Dios nos ha estado mirando primero.

Por eso podemos acercarnos a Él sin máscaras.

San Bartolomé nos enseña hoy precisamente esta cualidad que Jesús vio en él:

«No hay doblez en él».

Ser sin doblez significa vivir con sinceridad, honestidad y transparencia delante de Dios y delante de los demás. Significa tener una integridad de corazón que busca la verdad y que, cuando la encuentra, está dispuesta a responder plenamente.

Tal vez hoy podríamos preguntarnos: ¿en qué aspectos de nuestra vida todavía dudamos en entregarnos completamente al Señor?

¿Qué nos cuesta confiarle?

¿Qué prejuicio necesitamos superar?

¿Qué paso todavía no queremos dar?

Felipe vuelve a decirnos hoy:

«Ven y verás».

Ven a la oración.

Ven a la Palabra.

Ven a la Eucaristía.

Ven con tus dudas, pero ven.

Ven incluso con tus preguntas, pero no cierres la puerta.

Y cuando el Señor hable a tu corazón, no tengas miedo de responder como Bartolomé:

«Rabí, tú eres el Hijo de Dios; tú eres el Rey de Israel».

Que san Bartolomé nos obtenga la gracia de un corazón abierto, sincero y sin doblez; un corazón que no tenga miedo de dejarse sorprender por Dios.

Y que también nosotros, edificados sobre el testimonio de los apóstoles, podamos vivir como piedras vivas de esa Jerusalén celestial de la que habla hoy el Apocalipsis, proclamando con nuestra vida, como canta el salmo:

«Que tus fieles, Señor, proclamen la gloria de tu reinado».

Amén.

Oración final

Señor mío y humilde, Tú no te presentaste a Natanael como un rey poderoso ni como un gran jefe militar, sino como el humilde habitante de Nazaret. Sin embargo, al encontrarte con corazón abierto, Natanael realizó una profesión de fe que cambió su vida.

Como san Bartolomé, concédeme acercarme siempre a Ti con un corazón abierto y sincero. Líbrame de la doblez, de los prejuicios y de todo aquello que me impida reconocerte.

Cuando vengas a mi encuentro, dame la gracia de exclamar con convicción y amor:

«¡Tú eres el Hijo de Dios!»

Jesús, confío en Ti.


sábado, 22 de agosto de 2026

23 de agosto del 2026: vigésimo primer domingo del tiempo ordinario-Ciclo A

 

La aventura de la fe

Mateo no pierde ocasión de destacar a Pedro. Aquel que conducirá la Iglesia ocupa un lugar eminente en su Evangelio. La primera cualidad de Pedro consiste en haber conocido a Jesús y confesarlo como «el Mesías, el Hijo de Dios vivo». Sin embargo, este conocimiento no nace únicamente de su inteligencia: es un don revelado por el Padre.

Sobre esta fe, Cristo lo constituye piedra de su Iglesia y le confía las llaves del Reino. Pedro, con sus fortalezas y fragilidades, nos recuerda que creer es una aventura de encuentro, confianza y servicio. También hoy Jesús nos pregunta: «Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?». Nuestra respuesta debe expresarse no solo con palabras, sino con una vida fiel y comprometida.

P.E.I

 


Primera lectura

Is 22, 19-23

Pongo sobre sus hombros la llave del palacio de David

Lectura del libro de Isaías.

ESTO dice el Señor a Sobná, mayordomo de palacio:
«Te echaré de tu puesto,
te destituirán de tu cargo.
Aquel día llamaré a mi siervo,
a Eliaquín, hijo de Esquías,
le vestiré tu túnica,
le ceñiré tu banda,
le daré tus poderes;
será padre para los habitantes de Jerusalén
y para el pueblo de Judá.
Pongo sobre sus hombros
la llave del palacio de David:
abrirá y nadie cerrará;
cerrará y nadie abrirá.
Lo clavaré como una estaca en un lugar seguro,
será un trono de gloria para la estirpe de su padre».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 137, 1bcd-2a. 2bcd-3. 6 y 8bc (R.: 8bc)

R. Señor, tu misericordia es eterna,
no abandones la obra de tus manos.


V. Te doy gracias, Señor, de todo corazón,
porque escuchaste las palabras de mi boca;
delante de los ángeles tañeré para ti;
me postraré hacia tu santuario. 
R.

V. Daré gracias a tu nombre:
por tu misericordia y tu lealtad,
porque tu promesa supera tu fama.
Cuando te invoqué, me escuchaste,
acreciste el valor en mi alma. 
R.

V. El Señor es sublime, se fija en el humilde,
y de lejos conoce al soberbio.
Señor, tu misericordia es eterna,
no abandones la obra de tus manos. 
R.

 

Segunda lectura

Rom 11, 33-36

De él, por él y para él existe todo

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos.

¡QUÉ abismo de riqueza, de sabiduría y de conocimiento el de Dios! ¡Qué insondables sus decisiones y qué irrastreables sus caminos!
En efecto, ¿quién conoció la mente del Señor? O ¿quién fue su consejero? O ¿quién le ha dado primero para tener derecho a la recompensa?
Porque de él, por él y para él existe todo. A él la gloria por los siglos. Amén.

Palabra de Dios.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia,
y el poder del infierno no la derrotará. 
R.

 

Evangelio

Mt 16, 13-20

Tú eres Pedro, y te daré las llaves del reino de los cielos

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos:
«¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?».
Ellos contestaron:
«Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas».
Él les preguntó:
«Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?».
Simón Pedro tomó la palabra y dijo:
«Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo».
Jesús le respondió:
«¡Bienaventurado tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos.
Ahora yo te digo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará.
Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos».
Y les mandó a los discípulos que no dijesen a nadie que él era el Mesías.

Palabra del Señor.

 

 

1

 

«Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?»

 

Queridos hermanos:

Hay preguntas que podemos responder repitiendo lo que hemos escuchado. Pero existen otras que comprometen nuestra vida entera. Cuando Jesús pregunta a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?», ellos responden fácilmente: «Unos dicen que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que Jeremías o alguno de los profetas». Saben lo que se comenta, conocen las opiniones que circulan.

Pero Jesús no está haciendo una encuesta. Le interesa algo mucho más profundo. Por eso cambia la pregunta y la hace personal: «Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?» Ya no se puede responder con lo que dicen los demás. Cada discípulo debe comprometer su corazón y su propia vida.

La escena sucede en Cesarea de Filipo, una región marcada por templos paganos, símbolos del poder político y cultos a diferentes dioses. Precisamente allí, rodeado de poderes humanos y falsas divinidades, Jesús pregunta por su identidad. Es como si dijera: entre tantas voces, promesas, autoridades e ídolos, ¿quién soy yo para ustedes?

También nosotros vivimos en una especie de Cesarea de Filipo. Estamos rodeados de voces que nos dicen dónde encontrar la felicidad, a quién seguir y en qué depositar nuestra confianza. Se nos invita a creer en el dinero, el éxito, el poder, la fama, las ideologías o la aprobación de las redes sociales. En medio de todas esas voces, Jesús vuelve a preguntarnos: «Y tú, ¿quién dices que soy yo?»

Una respuesta que compromete la vida

Pedro responde en nombre de los discípulos: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo». Es una respuesta extraordinaria. Pedro no afirma solamente que Jesús es un gran maestro, un profeta admirable o un hombre bueno. Reconoce que es el Mesías esperado, el Hijo de Dios, la presencia salvadora de Dios en medio de su pueblo.

Jesús le aclara que esa respuesta no procede solamente de su inteligencia: «Eso no te lo ha revelado la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos». La fe es un regalo de Dios. Podemos estudiar la Biblia, aprender el catecismo y conocer muchas enseñanzas religiosas, pero reconocer verdaderamente a Jesús como Señor es una gracia que el Padre concede y que nosotros debemos acoger.

Sin embargo, no basta repetir: «Tú eres el Mesías». Esa confesión debe convertirse en vida. Decir que Jesús es el Señor significa permitirle orientar nuestras decisiones, sanar nuestras heridas, corregir nuestros caminos y transformar nuestras relaciones.

¿Quién es Jesús para mí cuando llega la enfermedad? ¿Quién es cuando muere un ser querido? ¿Quién es cuando experimento soledad, incomprensión o fracaso? ¿Quién es cuando debo perdonar, compartir mis bienes o renunciar a mi orgullo? La verdadera respuesta no se da solamente con los labios; se demuestra con nuestra manera de vivir.

Podemos pronunciar correctamente el nombre de Jesús y, sin embargo, vivir como si Él no existiera. Podemos llevar una cruz, participar en la Eucaristía y conocer muchas oraciones, pero mantener cerradas ciertas zonas de nuestra vida. Jesús no quiere ocupar un pequeño rincón de nuestra existencia. Quiere ser el Señor de toda nuestra vida, nuestro amigo, pastor, redentor y salvador.

Una autoridad que Dios confía

La primera lectura nos ayuda a comprender el símbolo de las llaves. El profeta Isaías anuncia que Sebná será destituido de su cargo por no haber ejercido fielmente su responsabilidad. En su lugar, Dios llama a Eliacín, lo reviste con la túnica, le entrega la llave de la casa de David y le dice: «Lo que él abra, nadie lo cerrará; lo que él cierre, nadie lo abrirá».

La llave representa autoridad, pero también responsabilidad. Eliacín no recibe la llave para sentirse superior, enriquecerse o dominar al pueblo. Dios lo coloca como «padre para los habitantes de Jerusalén». La autoridad que procede de Dios tiene como finalidad cuidar, proteger y servir.

Podemos decir que toda autoridad es una llave prestada por Dios. Los gobernantes, los padres de familia, los educadores, los superiores, los ministros de la Iglesia y quienes tienen alguna responsabilidad deben preguntarse: ¿estoy utilizando esta llave para abrir caminos o para cerrar oportunidades? ¿Para servir o para sentirme superior? ¿Para acercar a las personas o para excluirlas?

Dios no sostiene una autoridad corrupta, orgullosa o egoísta. Sebná pierde su cargo porque convirtió el servicio en privilegio personal. Eliacín, en cambio, es llamado a convertirse en apoyo firme para su pueblo. La autoridad vale ante Dios cuando se ejerce con humildad, justicia y espíritu paternal.

Esta enseñanza resulta especialmente necesaria en nuestra sociedad colombiana. Necesitamos autoridades que no se sirvan del pueblo, sino que sirvan al pueblo; personas que no busquen únicamente protagonismo, beneficios o poder, sino que atiendan el sufrimiento de las comunidades, especialmente de los pobres, los desplazados, las víctimas de la violencia y quienes han resultado afectados por las recientes emergencias.

«Tú eres Pedro»

Después de escuchar la profesión de fe de Simón, Jesús le dice: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia». El cambio de nombre expresa una misión nueva. Simón recibe la responsabilidad de ser piedra visible de unidad y de confirmar la fe de sus hermanos.

Jesús añade: «Te daré las llaves del Reino de los cielos». Así como Eliacín recibió la llave de la casa de David, Pedro recibe las llaves del Reino. Cristo le confía una verdadera autoridad para enseñar, gobernar, discernir, atar y desatar. Esta misión continuará en sus sucesores y constituye el fundamento del ministerio del Papa al servicio de la comunión de toda la Iglesia.

Pero debemos observar cuidadosamente las palabras de Jesús: «Edificaré mi Iglesia». La Iglesia pertenece a Cristo. Es Él quien la construye, la sostiene y la santifica. Pedro es piedra por elección y gracia de Cristo, no porque sea humanamente perfecto. De hecho, poco después tendrá dificultades para comprender el camino de la cruz; durante la pasión negará tres veces al Señor. Sin embargo, Jesús no retira su llamada. Lo perdona, lo levanta y vuelve a confiarle su rebaño.

Esto nos llena de esperanza. La Iglesia no se sostiene por la perfección de sus miembros ni por la capacidad humana de sus ministros. Se sostiene porque Cristo permanece fiel. Los miembros de la Iglesia somos frágiles, podemos equivocarnos y necesitamos conversión constante; pero el Señor ha prometido: «El poder del infierno no la derrotará».

Esta promesa no significa que la Iglesia no vivirá crisis, persecuciones, pecados o momentos dolorosos. Significa que el mal nunca tendrá la última palabra. A lo largo de los siglos han caído imperios, ideologías y sistemas poderosos, pero la comunidad fundada por Cristo continúa anunciando el Evangelio, celebrando la Eucaristía, perdonando los pecados y sirviendo a los pobres.

La Iglesia edificada sobre la roca

Ante los templos y viviendas afectados por los desastres, podríamos sentir que todo se derrumba. Las construcciones son importantes: allí nos reunimos, celebramos los sacramentos y conservamos la memoria de nuestras comunidades. Pero la roca más profunda de la Iglesia no es el cemento, la madera o los muros. La roca es Cristo, confesado y anunciado en la fe apostólica.

Un templo puede sufrir daños, pero la Iglesia continúa viva cuando una familia reza, cuando una comunidad comparte sus alimentos, cuando alguien consuela al que ha perdido a un ser querido y cuando abrimos nuestras manos para ayudar al damnificado. Somos las piedras vivas de la casa de Dios.

Por eso, nuestra solidaridad no puede quedarse únicamente en palabras. Si confesamos que Jesús es el Mesías y el Hijo de Dios vivo, debemos reconocerlo también en el hermano que sufre. Las llaves que el Señor ha puesto en nuestras manos —nuestro tiempo, nuestros bienes, nuestras capacidades y nuestros recursos— deben abrir puertas de esperanza. La fe que no abre el corazón y las manos corre el riesgo de convertirse en una fórmula vacía.

«¡Qué abismo de generosidad!»

San Pablo, en la segunda lectura, contempla maravillado el misterio de Dios: «¡Qué abismo de riqueza, de sabiduría y de conocimiento el de Dios!». Pablo reconoce que los caminos del Señor superan nuestros cálculos. No podemos encerrar a Dios dentro de nuestros proyectos ni exigirle que actúe según nuestras expectativas.

A veces quisiéramos comprender inmediatamente todo lo que sucede. Preguntamos por qué Dios permite una enfermedad, una pérdida, una tragedia o una injusticia. No siempre encontraremos una respuesta completa. La fe no elimina todas las preguntas, pero nos permite confiar en que la sabiduría y la misericordia de Dios son más grandes que aquello que ahora podemos comprender.

San Pablo concluye diciendo: «Todo viene de Él, ha sido hecho por Él y todo tiende hacia Él». Esta certeza pone en su lugar nuestras pretensiones. Ninguno de nosotros es dueño absoluto de la vida, de la comunidad o de la Iglesia. Todo viene de Dios y debe orientarse hacia su gloria.

Por eso, el salmo nos invita a rezar: «Señor, tu misericordia es eterna; no abandones la obra de tus manos». Somos obra de sus manos. Nuestras familias, comunidades y parroquias también lo son. Incluso cuando atravesamos momentos de fragilidad, podemos confiar en que Dios no abandona lo que ha comenzado.

Nuestra respuesta

Hoy podemos asumir tres compromisos sencillos. Primero, responder personalmente a la pregunta de Jesús. No basta saber lo que dicen los demás. En la oración debemos decirle: «Señor, tú eres el Mesías; tú eres mi Salvador; en ti pongo mi vida».

Segundo, vivir nuestra fe en comunión con la Iglesia edificada sobre Pedro. Amemos a la Iglesia, oremos por el Papa, por los obispos, sacerdotes y servidores de nuestras comunidades. No ignoremos sus debilidades, pero tampoco olvidemos que Cristo continúa actuando en ella.

Tercero, convirtamos toda autoridad y todo don recibido en servicio. Utilicemos nuestras llaves para abrir, no para encerrar; para reconciliar, no para dividir; para ayudar, no para dominar; para acercar a las personas a Dios, no para buscar reconocimiento.

Dentro de unos momentos profesaremos juntos el Credo. Cuando digamos: «Creo en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor», estaremos respondiendo a la misma pregunta dirigida a Pedro. Y cuando recibamos la comunión y respondamos «Amén», estaremos diciendo nuevamente: «Sí, Señor, creo que eres tú. Creo que vienes a mi encuentro. Quiero que seas el centro de mi vida».

Pidamos la gracia de no responder únicamente con palabras. Que nuestra fe se haga fidelidad, comunión, solidaridad y servicio. Y que, en medio de las dificultades, podamos confesar con Pedro:

«Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo».

Amén.

 

2

 

Vencer las puertas del infierno

 

Queridos hermanos:

El Evangelio de este domingo nos presenta una pregunta decisiva, una profesión de fe extraordinaria y una promesa que continúa sosteniendo la vida de la Iglesia:

«Al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: “¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?”. Ellos contestaron: “Unos dicen que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que Jeremías o alguno de los profetas”. Él les preguntó: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?”. Simón Pedro respondió: “Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo”».

El simbolismo asociado con Cesarea de Filipo es fundamental para comprender este Evangelio. Situada al norte de Cafarnaún, donde Jesús había establecido el centro de buena parte de su ministerio, era una ciudad predominantemente pagana, conocida por sus santuarios dedicados a falsos dioses.

Uno de los más destacados estaba dedicado a Pan, de quien la región había recibido el nombre de Panias, posteriormente Banias. Pan era un dios griego honrado en un santuario cercano a una gran cueva y a un manantial considerados la entrada al Hades, es decir, al reino de los muertos.

Se lo presentaba como el dios de la naturaleza, los pastores, los rebaños, los lugares agrestes, la fertilidad y la música campestre. Frecuentemente era representado como una figura mitad hombre y mitad cabra, con cuernos y pezuñas. Tocaba la flauta de Pan y se asociaba con la lujuria, el desorden y el miedo repentino, de donde procede la palabra «pánico».

Además, en aquella región había un templo dedicado al emperador César Augusto, quien era venerado como una divinidad dentro del mundo romano. Fue precisamente a ese ambiente pagano y espiritualmente oscuro adonde Jesús condujo a sus discípulos, posiblemente después de un viaje de dos días, para plantearles una pregunta monumental.

Jesús sacó a los Doce de la comodidad de su entorno familiar, de sus pueblos de pescadores y de sus vecinos judíos, por una razón muy concreta. Quería que respondieran a su pregunta no en medio de lo conocido y seguro, sino en un lugar marcado por la confusión espiritual y la idolatría.

¿Para qué? Para que la fe pudiera ser proclamada también allí, y para que la gracia divina confrontara las tinieblas que impregnaban aquella región.

Hermanos, también nosotros vivimos en medio de múltiples idolatrías. Quizás ya no levantamos templos a Pan ni adoramos públicamente a los emperadores, pero existen otros dioses ante los cuales muchas personas se inclinan: el dinero, el poder, la apariencia, el placer sin responsabilidad, la violencia, el prestigio o la ambición desmedida.

Frente a esos ídolos, Cristo sigue preguntando a su Iglesia: «Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?».

Al principio, Jesús preguntó qué decía la gente. Los discípulos respondieron: «Unos dicen que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que Jeremías o alguno de los profetas».

Eran respuestas respetuosas, pero insuficientes. Jesús no era simplemente otro profeta, un maestro admirable o una figura religiosa más. Por eso formuló la pregunta que llegaba al corazón de su misión: «Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?».

Fue un momento de prueba espiritual, y Simón respondió con una fe profunda: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo».

Jesús contestó con palabras extraordinarias, cuyas consecuencias permanecen hasta nuestros días:

«Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo te digo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Te daré las llaves del Reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo».

Estas palabras se comprenden mejor a la luz de la primera lectura. El profeta Isaías anuncia que Dios retirará de su cargo a Sebná y confiará la autoridad a Eliacín. El Señor declara:

«Pondré sobre su hombro la llave de la casa de David: lo que él abra, nadie lo cerrará; lo que él cierre, nadie lo abrirá».

Eliacín recibe una responsabilidad que no le pertenece por derecho propio: administrar la casa del rey y actuar como padre para los habitantes de Jerusalén. La llave expresa autoridad, pero una autoridad confiada para servir, proteger y cuidar al pueblo.

Este pasaje anticipa lo que Jesús realiza en el Evangelio. Si Eliacín recibió la llave de la casa de David, Pedro recibe las llaves del Reino de los cielos. Si Eliacín debía velar por el pueblo de Jerusalén, Pedro recibe la misión de cuidar y fortalecer a toda la comunidad de los creyentes.

Pero hay una diferencia decisiva: mientras la autoridad de Eliacín se ejercía dentro de un reino temporal, la misión confiada a Pedro se orienta hacia el Reino de Dios y permanece al servicio de la Iglesia a través de los siglos.

Con estas palabras sagradas, Jesús fundó su Iglesia sobre Pedro, constituyéndolo en el primer Papa. En la tradición bíblica, un cambio de nombre significa una nueva identidad y una nueva misión. Simón, hijo de Jonás, sería llamado desde entonces Pedro: Petros en griego y Cefas en arameo, palabras que significan «piedra» o «roca».

Pedro se convirtió así en el fundamento visible sobre el cual sería edificada la Iglesia de Cristo. Ningún poder pagano, ningún falso dios y ningún gobernante terrenal podría destruir aquello que Cristo estableció con su autoridad divina.

Sin embargo, es necesario subrayar algo importante: la fortaleza de Pedro no procedía de su perfección personal. Sabemos que era impulsivo, que experimentó temor y que incluso negó al Señor durante la pasión. Su firmeza no dependía únicamente de sus capacidades humanas, sino de la elección y de la gracia de Cristo.

Por eso Jesús no dice: «Tú construirás tu Iglesia». Dice: «Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia». La Iglesia es de Cristo. Él la funda, Él la sostiene y Él garantiza que las puertas del infierno no prevalecerán contra ella.

Aquí resuena de manera especial la segunda lectura. San Pablo exclama:

«¡Qué abismo de riqueza, de sabiduría y de conocimiento el de Dios! ¡Qué insondables sus decisiones y qué irrastreables sus caminos!».

La elección de Pedro manifiesta precisamente esa sabiduría divina. Según los criterios humanos, quizás habríamos buscado a alguien más instruido, más influyente o menos propenso a equivocarse. Pero Dios escoge a un pescador, lo transforma mediante su gracia y lo convierte en piedra para sostener la comunión de la Iglesia.

Los caminos de Dios no son nuestros caminos. Su sabiduría supera nuestros cálculos, porque, como proclama san Pablo, «de Él, por Él y para Él existe todo».

También el salmo nos ayuda a comprender este misterio cuando responde:

«Señor, tu misericordia es eterna; no abandones la obra de tus manos».

La Iglesia es obra de las manos del Señor. Aunque sus miembros seamos frágiles, aunque existan pecados, heridas, escándalos o dificultades, Dios no abandona aquello que ha comenzado. La historia de la Iglesia no se explica únicamente por la capacidad de sus pastores o por la fidelidad de sus miembros, sino por la misericordia y la promesa de Cristo.

Por eso debemos reflexionar sobre el significado del ministerio del Papa. También hoy, en el sucesor de san Pedro, continúan resonando por todo el mundo las palabras pronunciadas por Simón: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo».

Esta es la primera y más importante responsabilidad del Papa: dar testimonio de Cristo, el Hijo de Dios. Su misión no consiste en ocupar un lugar de prestigio o ejercer un poder mundano, sino en confirmar a sus hermanos en la fe, custodiar la unidad de la Iglesia y anunciar el Evangelio.

A pesar de las debilidades personales de algunos papas y de la santidad de otros, es Jesús quien estableció a Pedro y a sus sucesores como fundamento visible de la comunión eclesial. Nuestra confianza no descansa en la impecabilidad de las personas, sino en la fidelidad de Cristo.

Por eso debemos orar por el Santo Padre y confiar en el testimonio que el ministerio de Pedro ha ofrecido desde aquel primer momento en Cesarea de Filipo. Se trata de un testimonio sostenido no por la fuerza humana, sino por la promesa del Señor.

Profesar nuestra fe en el ministerio que Cristo confió a Pedro significa, en definitiva, profesar nuestra fe en Aquel que lo instituyó y lo revistió de autoridad para servir a su pueblo.

Ahora bien, estas palabras también nos comprometen personalmente. Jesús no pregunta únicamente qué enseña el Papa, qué predica el sacerdote o qué recuerda el catecismo. Jesús nos mira y nos pregunta a cada uno: «Y tú, ¿quién dices que soy yo?».

¿Es Cristo verdaderamente el centro de nuestra vida? ¿Es nuestro Señor en los momentos de alegría y también cuando atravesamos el dolor? ¿Lo reconocemos cuando debemos perdonar, compartir con el necesitado y acompañar al hermano que sufre?

En medio de las dificultades de nuestras familias, de las heridas de Colombia y del sufrimiento de tantas personas afectadas por la violencia, la pobreza o las emergencias, necesitamos proclamar con renovada convicción que Cristo es el Hijo del Dios vivo.

Y esa proclamación debe traducirse en obras concretas. Quien reconoce a Jesús como Señor no permanece indiferente ante el dolor de sus hermanos. La fe abre puertas, construye comunión, sostiene la esperanza y se convierte en solidaridad.

Pidámosle al Señor que nuestra confianza permanezca firme, incluso cuando parezca que la oscuridad se extiende. Frente a los ídolos de nuestro tiempo, frente al miedo y la desesperanza, Cristo continúa edificando su Iglesia y repitiéndonos que las puertas del infierno no prevalecerán contra ella.

Concluyamos haciendo nuestra esta oración:

Señor mío, tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo. Junto con Simón, profeso esta verdad y pongo mi fe en ti, que estableciste a Simón, hijo de Jonás, como Pedro, la roca y fundamento de tu Iglesia.

Creo y confieso que las puertas del infierno nunca prevalecerán contra la Iglesia, no por la fuerza o la perfección humanas, sino por tu promesa eterna.

Oro por nuestro Santo Padre, el Papa, y por todos sus sucesores. Haz que sean testigos verdaderos y fieles de aquella confesión pronunciada por primera vez por san Pedro.

Jesús, en ti confío. Amén.

 

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