Vivir de Dios
Cristo nos juzgará según el amor vivido. Lo que
hacemos a los más pequeños, a Él se lo hacemos. Acoger, visitar, cuidar,
alimentar: ahí es donde nuestra fe se vuelve viva a través de nuestros gestos.
Vivir de Dios es aprender a amar como Él, a ver en cada rostro un hermano, una
hermana. Y nosotros, cuando Cristo pasa por nuestro camino, ¿lo reconocemos en
aquel que necesita de nosotros?
Jean-Paul Musangania, prêtre assomptionniste
Primera
lectura
Juzga con
justicia a tu prójimo
Lectura del libro del Levítico.
EL Señor habló así a Moisés:
«Di a la comunidad de los hijos de Israel:
“Sean santos, porque yo, el Señor, su Dios, soy santo.
No robarán ni defraudarán ni se engañarán unos a otros.
No jurarán en falso por mi nombre, profanando el nombre de tu Dios. Yo soy el
Señor.
No explotarás a tu prójimo ni le robarás. No dormirá contigo hasta la mañana
siguiente el jornal del obrero.
No maldecirás al sordo ni pondrás tropiezo al ciego. Teme a tu Dios. Yo soy el
Señor.
No darán sentencias injustas. No serás parcial ni por favorecer al pobre ni por
honrar al rico. Juzga con justicia a tu prójimo.
No andarás difamando a tu gente, ni declararás en falso contra la vida de tu
prójimo. Yo soy el Señor.
No odiarás de corazón a tu hermano, pero reprenderás a tu prójimo, para que no
cargues tú con su pecado.
No te vengarás de los hijos de tu pueblo ni les guardarás rencor, sino que
amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo soy el Señor”».
Palabra de Dios.
Salmo
R. Tus
palabras, Señor, son espíritu y vida.
V. La
ley del Señor es perfecta
y es descanso del alma;
el precepto del Señor es fiel
e instruye a los ignorantes. R.
V. Los
mandatos del Señor son rectos
y alegran el corazón;
la norma del Señor es límpida
y da luz a los ojos. R.
V. El temor
del Señor es puro
y eternamente estable;
los mandamientos del Señor son verdaderos
y enteramente justos. R.
V. Que
te agraden las palabras de mi boca,
y llegue a tu presencia el meditar de mi corazón,
Señor, Roca mía, Redentor mío. R.
Aclamación
ahora es el día de la salvación.
Evangelio
Cada vez que
lo hicieron con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicieron
Lectura del santo Evangelio según san Mateo.
EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Cuando venga en su gloria el Hijo del hombre, y todos los ángeles con él, se
sentará en el trono de su gloria y serán reunidas ante él todas las naciones.
Él separará a unos de otros, como un pastor separa las ovejas de las cabras.
Y pondrá las ovejas a su derecha y las cabras a su izquierda.
Entonces dirá el rey a los de su derecha:
“Vengan ustedes, benditos de mi Padre; hereden el reino preparado para ustedes
desde la creación del mundo.
Porque tuve hambre y me dieron de comer, tuve sed y me dieron de beber, fui
forastero y me hospedaron, estuve desnudo y me vistieron, enfermo y me
visitaron, en la cárcel y vinieron a verme”.
Entonces los justos le contestarán:
“Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de
beber?; ¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos?;
¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?”.
Y el rey les dirá:
“En verdad les digo que cada vez que lo hicieron con uno de estos, mis hermanos
más pequeños, conmigo lo hicieron”.
Entonces dirá a los de su izquierda:
“Apártense de mí, malditos, vayan al fuego eterno preparado para el diablo y
sus ángeles. Porque tuve hambre y no me dieron de comer, tuve sed y no me
dieron de beber, fui forastero y no me hospedaron, estuve desnudo y no me
vistieron, enfermo y en la cárcel y no me visitaron”.
Entonces también estos contestarán:
“Señor, ¿cuándo te vimos con hambre o con sed, o forastero o desnudo, o enfermo
o en la cárcel, y no te asistimos?”.
Él les replicará:
“En verdad les digo: lo que no hicieron con uno de estos, los más pequeños,
tampoco lo hicieron conmigo”.
Y estos irán al castigo eterno y los justos a la vida eterna».
Palabra del Señor.
1
Hermanos, la Cuaresma nos pone de frente una verdad
sencilla y exigente: la santidad no es una idea, es una manera de tratar al
otro. La primera lectura lo dice con fuerza: “Sean santos, porque yo, el
Señor, soy santo” (Lv 19,2). Y de inmediato Dios traduce esa santidad en
cosas muy concretas: no robar, no mentir, no explotar, no humillar, no guardar
rencor… y culmina con una frase que nos persigue toda la vida: “Amarás a tu
prójimo como a ti mismo” (Lv 19,18).
Pero el Evangelio de hoy va aún más lejos: Jesús
nos describe el juicio final (Mt 25,31-46) y nos revela el criterio decisivo: no
será un examen de teoría religiosa, sino de amor encarnado. “Tuve hambre…
tuve sed… fui forastero… estuve desnudo… enfermo… preso…” Y el Rey responde: “Cada
vez que lo hicieron con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo
hicieron”.
1. La fe se vuelve “viva” cuando
se vuelve gesto
Alguien comentando este evangelio, lo resume
bellamente: acoger, visitar, cuidar, alimentar. Ahí la fe se hace real.
Porque hay una tentación cuaresmal muy común: creer que todo se resuelve con
“cosas religiosas” —algunas prácticas, unos rezos, algún sacrificio—, pero sin
tocar el corazón. Y Jesús nos corrige: la oración verdadera desemboca en
misericordia, y la penitencia auténtica nos vuelve más humanos, más
atentos, más compasivos.
Por eso el salmo canta que la ley del Señor “reconforta
el alma” y “da luz a los ojos” (Sal 19). ¿Y qué es “dar luz a los
ojos”? Es aprender a mirar como mira Dios: no por encima del hombro, no con
prejuicio, no con indiferencia, sino reconociendo un rostro, una historia,
una necesidad.
2. “¿Lo reconocemos cuando pasa
por nuestro camino?”
Podemos hacer una pregunta tremenda: cuando Cristo
pasa, ¿lo reconozco? Porque Cristo no siempre pasa como yo lo imagino. A veces
pasa con la cara del migrante, del enfermo, del anciano solo, del vecino con
depresión, de la madre agotada, del joven confundido, del preso, del que pide
una oportunidad.
Y aquí conviene una luz psicológica y espiritual:
muchas veces no es mala voluntad; es ceguera por costumbre. Nos
acostumbramos al dolor ajeno, normalizamos la miseria, aprendemos a “pasar de
largo” para no sentir. El corazón se defiende: “no mires, no te involucres, no
te desgastes”. Pero Jesús nos propone otra defensa: la compasión, que no
destruye, sino que humaniza. La compasión no siempre resuelve todo, pero sí
cambia el mundo de alguien… y también cambia el nuestro.
3. “Sean santos” significa: no
guardar rencor, no vengarse, no odiar
Levítico hoy aterriza la santidad en el terreno más
difícil: las relaciones. “No odiarás… no te vengarás… no guardarás
rencor” (Lv 19,17-18). ¡Qué fuerte para Cuaresma! A veces pensamos que amar al
pobre es solo dar algo; pero hay otro “pobre” muy cercano: el que vive
conmigo, el que me hirió, el que me irrita, el que me decepcionó. La
caridad comienza por la casa, por la comunidad, por el barrio, por la
parroquia: con palabras limpias, con justicia, con reconciliación, con
respeto.
Y entonces entendemos el Evangelio: Cristo está en
“los pequeños”. Y “pequeño” no es solo el que carece de pan; también el que
carece de paz, de compañía, de escucha, de dignidad.
4. Una Cuaresma con obras
concretas (no solo propósitos)
Para no quedarnos en lo bonito, hagamos una
propuesta sencilla para esta semana:
- Un
gesto de alimento: apoyar a alguien con mercado, un almuerzo, o sumarse a una obra
de caridad de la comunidad.
- Un
gesto de visita:
llamar o visitar a un enfermo, a un anciano, a alguien que está solo.
- Un
gesto de acogida:
tratar con respeto a quien normalmente ignoramos; saludar, mirar a los
ojos, ofrecer ayuda real.
- Un
gesto de reconciliación: soltar un rencor, pedir perdón, o dar el
primer paso.
- Un
gesto de fe:
unirlo a la oración: “Señor, que hoy te reconozca donde tú eliges estar”.
Porque al final, el juicio de Mt 25 no nos asusta
para paralizarnos; nos despierta para vivir: Cristo no viene a
complicarnos la vida, viene a enseñarnos dónde está la vida.
5. Intención por nuestros
hermanos difuntos
Y hoy oramos por nuestros difuntos. ¿Qué tiene que
ver con este Evangelio? Muchísimo. Porque el amor no se pierde: lo que se
hizo por amor queda en Dios. Nuestros seres queridos han pasado al umbral
definitivo; nosotros los encomendamos a la misericordia del Padre, y al mismo
tiempo pedimos la gracia de vivir de tal modo que, cuando llegue nuestra hora,
podamos escuchar esas palabras: “Vengan, benditos de mi Padre”.
Oración final (breve)
Señor
Jesús,
abre nuestros ojos para reconocerte en los pequeños,
abre nuestras manos para servirte en los necesitados,
y ablanda nuestro corazón para amar sin rencor.
Acuérdate hoy de nuestros hermanos difuntos:
purifícalos en tu misericordia y llévalos a la paz eterna.
Amén.
2
Hermanos, el Evangelio de hoy nos sitúa ante una
escena solemne: Cristo viene en su gloria, se sienta en su trono y todas las
naciones son reunidas delante de Él (Mt 25,31-32). Y como un pastor separa
ovejas de cabritos, así el Señor separará lo verdadero de lo aparente. Pero el
criterio no será un examen de ideas: será la caridad vivida.
1) Un solo Rey, una sola santidad
concreta
La primera lectura lo deja claro desde el inicio: “Sean
santos, porque Yo, el Señor, su Dios, soy santo” (Lv 19,2). Y enseguida
Dios traduce esa santidad en acciones muy concretas:
- no
robar, no mentir, no engañar,
- no
explotar al trabajador,
- no
maldecir ni poner tropiezos,
- no
juzgar injustamente,
- no
sembrar odio ni guardar rencor,
- y
culmina con la síntesis: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Lv
19,18).
Esto es importantísimo: la santidad bíblica no es
una “aureola” en la cabeza; es un estilo de vida en la verdad, la
justicia y la misericordia. Por eso el Evangelio encaja perfecto: cuando Cristo
nos juzga, nos pregunta justamente por eso… por lo que hicimos en lo
cotidiano, con los más frágiles.
2) La Palabra que ilumina y
despierta
El salmo de hoy nos ofrece una clave preciosa: “La
ley del Señor es perfecta y reconforta el alma… los preceptos del Señor son
rectos y alegran el corazón… el mandato del Señor es claro y da luz a los ojos”
(Sal 19).
¡Qué expresión tan fuerte!: “da luz a los ojos”.
Eso significa que la Palabra de Dios no solo informa; transforma la mirada.
Nos enseña a ver como Dios ve: a notar al que sufre, a percibir al que nadie
mira, a reconocer el valor del pequeño. Por eso la antífona que se propone hoy
(cf. Jn 6,63) lo resume: la Palabra es espíritu y vida. Cuando uno
escucha de verdad, se despierta por dentro.
3) La tentación: vivir como si
esto fuera lo único
A veces terminamos viviendo como si esta vida fuera
el final. Entonces nos dominan las luchas por poder, el enojo, la frustración,
el afán de acumular, la comparación constante.
Y aquí Cuaresma nos rescata: nos enseña a vivir con
vigilancia y esperanza. Vigilancia para no dejarnos adormecer por
lo superficial. Esperanza para no absolutizar lo pasajero. Lo político, lo
económico, lo material importan, sí, pero no son el último horizonte. El
horizonte final es Cristo Rey.
4) Ovejas y cabritos: una
decisión interior que se ve en obras
Jesús toma una imagen conocida: durante el día
ovejas y cabritos pueden mezclarse; al final se separan. Eso significa que en
la historia conviven el bien y el mal, lo generoso y lo egoísta. Pero también
significa algo más cercano: la separación comienza dentro del corazón.
- Oveja:
la docilidad a Dios, la humildad, la obediencia del amor.
- Cabrito:
la terquedad del ego, la autosuficiencia, la vida centrada en mí.
¿Y cómo se nota de verdad? En lo que Jesús enumera:
dar de comer, dar de beber, acoger, vestir, visitar, cuidar (Mt
25,35-36). Ahí se vuelve concreta la santidad de Levítico: no dañar, no
mentir, no explotar, no vengarse, no guardar rencor… y sí amar.
5) Misericordia y justicia: la
conversión como abrazo
Dios es perfectamente misericordioso y
perfectamente justo. Pero la misericordia hay que acogerla. Y la forma de
acogerla se llama conversión: reconocer el pecado, pedir perdón, cambiar
de rumbo, reparar en lo posible.
En Cuaresma, esto es muy práctico:
- ¿a
quién le miento?
- ¿a
quién estoy explotando o usando?
- ¿a
quién no saludo?
- ¿a
quién tengo en la lista negra del corazón?
Levítico hoy es un espejo. Y el salmo nos dice que esa Palabra, aunque duela, reconforta el alma y alegra el corazón porque nos vuelve libres.
6) Oración por nuestros hermanos
difuntos
Hoy rezamos por nuestros difuntos. Ellos ya han
sido llamados a la presencia del Rey. Los confiamos a su misericordia, y
pedimos que el Señor les conceda descanso y paz.
Y al orar por ellos, aprendemos a vivir con
perspectiva eterna: lo único que se lleva uno no es lo que acumuló, sino lo
que amó. Por eso, la caridad no es un “adorno” del cristiano: es lo que
permanece.
Tres gestos cuaresmales para
vivir esta Palabra
1. Un gesto de misericordia
corporal: ayudar a
alguien con comida/medicina/visita concreta.
2. Un gesto de misericordia
interior: soltar
un rencor o dar el primer paso hacia la reconciliación.
3. Un gesto de escucha de la
Palabra: leer Mt
25,31-46 despacio y preguntarle al Señor: “¿Dónde estabas hoy esperándome?”
Oración final
Señor
Jesús, Rey eterno,
tu Palabra ilumina nuestros ojos y despierta el corazón.
Haznos santos con la santidad concreta del amor:
verdaderos, justos, misericordiosos.
Que te reconozcamos en los pequeños
y vivamos vigilantes y llenos de esperanza.
Recibe en tu paz a nuestros hermanos difuntos
y concédenos caminar hacia Ti con obras de caridad.
Amén.


