viernes, 19 de junio de 2026

19 de junio del 2026: viernes de la undécima semana del tiempo ordinario-II

 

Caza del tesoro

(Mateo 6, 19-23) Más que saber cuál es el tesoro, se trata de conocer el lugar donde está escondido y de elegir entre la tierra o el cielo. Poner nuestro corazón del lado del verdadero tesoro, no del tesoro de la tierra que consumen las polillas o roban los ladrones, sino del tesoro del cielo.

¿Dónde está mi tesoro? ¿Del lado de la cartera, del poder o de Dios? La diferencia de lugar revela la manera de administrar el tesoro: ¿acumular o compartir?

Colette Hamza, xavière

 


Primera lectura

2 Re 11, 1-4. 9-18. 20
Ungieron a Joás y gritaron: «¡Viva el rey!»

Lectura del segundo libro de los Reyes.

EN aquellos días, cuando la madre del rey Ocozías, Atalía, vio que su hijo había muerto, se dispuso a eliminar a toda la estirpe real. Pero Josebá, hija del rey Jorán y hermana de Ocozías, tomó a Joás, hijo de Ocozías, de entre los hijos del rey que estaban siendo asesinados, lo escondió y lo instaló, a él y a su nodriza, en su dormitorio, manteniéndolo oculto a la vista de Atalía y así no lo mataron. Estuvo seis años con ella, escondido en el templo del Señor, mientras Atalía reinaba en el país.
El séptimo año, el sacerdote Yehoyadá mandó buscar a los centuriones de los carios y de los guardias y los condujo junto a sí al templo del Señor para establecer un pacto con ellos y hacerles prestar juramento. Luego les presentó al hijo del rey.
Los centuriones cumplieron cuanto Yehoyadá les ordenó. Cada uno tomó sus hombres, los que entraban y los que salían de servicio el sábado, y se presentaron ante el sacerdote. Yehoyadá entregó a los centuriones las lanzas y escudos del rey David que había depositados en el templo del Señor.
Los guardias se apostaron, arma en mano, desde el extremo sur hasta el extremo norte del templo, ante el altar y el templo, en torno al rey, por un lado y por otro.
El sacerdote hizo salir al hijo del monarca y le impuso la diadema y las insignias reales. Luego lo proclamaron rey y lo ungieron. Aplaudieron y gritaron:
«¡Viva el rey!».
Cuando Atalía oyó el griterío de los guardias y del pueblo, se fue hacia la muchedumbre que se hallaba en el templo del Señor. Miró y vio al rey de pie junto a la columna, según la costumbre: los jefes con sus trompetas con él, y a todo el pueblo de la tierra en júbilo, tocando sus instrumentos.
Atalía rasgó entonces sus vestiduras y gritó:
«¡Traición!, ¡traición!».
Entonces el sacerdote Yehoyadá dio orden a los jefes de las tropas:
«Háganla salir de entre las filas. Quien la siga será pasado a espada» (pues el sacerdote pensaba: «No debe ser ejecutada en el templo del Señor»).
Le abrieron paso y, cuando entró en el palacio real por la puerta de los Caballos, fue ejecutada.
Luego Yehoyadá hizo una alianza entre el Señor, el rey y el pueblo, por la que el pueblo se convertía en pueblo del Señor; hizo también una alianza entre el rey y el pueblo.
Y todo el pueblo de la tierra acudió al templo de Baal para derribarlo. Hicieron pedazos sus altares e imágenes, y ejecutaron a Matán, sacerdote de Baal, frente a los altares.
El sacerdote puso entonces centinelas en el templo del Señor.
Todo el pueblo de la tierra exultaba de júbilo y la ciudad quedó tranquila: Atalía ya había muerto a espada en palacio.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 131, 11. 12. 13-14. 17-18 (R.: cf. 13)

R. El Señor ha elegido Sion
para vivir en ella.

V. El Señor ha jurado a David
una promesa que no retractará:
«A uno de tu linaje
pondré sobre tu trono». 
R.

V. «Si tus hijos guardan mi alianza
y los mandatos que les enseño,
también sus hijos, por siempre,
se sentarán sobre tu trono». 
R.

V. Porque el Señor ha elegido a Sion,
ha deseado vivir en ella:
«Esta es mi mansión por siempre,
aquí viviré, porque la deseo».
 R.

V. «Haré germinar el vigor de David,
enciendo una lámpara para mi Ungido.
A sus enemigos los vestiré de ignominia,
sobre él brillará mi diadema».
 R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. R.

 

Evangelio

Mt 6, 19-23

Donde está tu tesoro, allí estará tu corazón

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«No atesoren para ustedes tesoros en la tierra, donde la polilla y la carcoma los roen y donde los ladrones abren boquetes y los roban. Háganse tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni carcoma que los roen, ni ladrones que abren boquetes y roban. Porque donde está tu tesoro, allí estará tu corazón.
La lámpara del cuerpo es el ojo. Si tu ojo está sano, tu cuerpo entero tendrá luz; pero si tu ojo está enfermo, tu cuerpo entero estará a oscuras. Si, pues, la luz que hay en ti está oscura, ¡cuánta será la oscuridad!».

Palabra del Señor.

 

1

 

Hermanos y hermanas:

El Evangelio de hoy nos pone ante una pregunta sencilla, pero decisiva: ¿dónde está nuestro tesoro? Jesús dice: “No acumulen tesoros en la tierra, donde la polilla y la herrumbre los destruyen, y donde los ladrones perforan muros y roban. Acumulen más bien tesoros en el cielo”. Y concluye con una frase que toca el centro de nuestra vida espiritual: “Donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón”.

Todos tenemos un tesoro. A veces es el dinero, la seguridad, el reconocimiento, el poder, la imagen, la salud, la familia, los proyectos, los afectos. El problema no está en amar lo bueno, ni en cuidar responsablemente lo que Dios nos ha dado. El problema aparece cuando algo creado ocupa el lugar que sólo le pertenece a Dios. Entonces el corazón se vuelve esclavo. Y cuando el corazón se vuelve esclavo, también la mirada se oscurece.

Por eso Jesús añade: “La lámpara del cuerpo es el ojo”. Es decir, según lo que miremos, según lo que deseemos, según lo que valoremos, así se ilumina o se oscurece nuestra vida. Un corazón centrado en Dios mira distinto. Un corazón dominado por la ambición, por el resentimiento, por el egoísmo o por el miedo, termina viendo todo con sombras.

La primera lectura del segundo libro de los Reyes nos muestra una escena dramática. Atalía, movida por la ambición de poder, pretende destruir la descendencia real. Quiere asegurar su trono eliminando todo lo que pueda amenazarla. Su tesoro era el poder, y por conservarlo fue capaz de sembrar muerte. Pero Dios no abandona su promesa. Joás, el pequeño heredero, es protegido en el templo, y más tarde será proclamado rey. La fidelidad de Dios vence las intrigas humanas. La alianza es renovada, el pueblo vuelve al Señor, y la paz llega a la ciudad.

Aquí aparece una enseñanza muy clara: cuando el poder se convierte en tesoro absoluto, destruye; cuando Dios vuelve a ocupar el centro, la vida se ordena. Atalía representa el corazón oscurecido por la ambición. El pueblo que renueva la alianza representa el corazón que regresa a Dios. Y el templo, donde se protege la vida amenazada, nos recuerda que Dios sigue siendo refugio para los pequeños, los débiles y los vulnerables.

El salmo confirma esta esperanza: “El Señor ha elegido a Sión, ha deseado vivir en ella”. Dios quiere habitar en medio de su pueblo. Dios no es un tesoro lejano ni frío. Él quiere poner su morada entre nosotros. Él quiere ser luz en nuestras oscuridades, descanso en nuestras fatigas, consuelo en nuestras heridas.

Por eso hoy oramos de manera especial por quienes sufren en el alma y en el cuerpo. Hay sufrimientos visibles: la enfermedad, el dolor físico, la limitación, el cansancio, la pobreza, la soledad. Pero también hay sufrimientos escondidos: la tristeza, la ansiedad, el duelo, la culpa, la depresión, las heridas familiares, el miedo al futuro, el vacío interior. Muchas personas parecen estar bien por fuera, pero por dentro llevan una batalla silenciosa.

A todos ellos, el Evangelio les anuncia una buena noticia: nuestro verdadero tesoro no puede ser destruido por la enfermedad, ni robado por la muerte, ni consumido por el paso del tiempo. Nuestro verdadero tesoro es Dios mismo: su amor, su misericordia, su promesa, su Reino. Cuando una persona descubre que Dios es su tesoro, no desaparecen automáticamente todos los dolores, pero aparece una luz nueva para atravesarlos.

Jesús no nos invita a despreciar la tierra, sino a vivirla con el corazón puesto en el cielo. No nos invita a abandonar nuestras responsabilidades, sino a administrarlas desde el amor. No nos invita a vivir sin bienes, sino a no convertir los bienes en ídolos. Por eso este evangelio hoy nos deja una pregunta muy concreta: ¿mi tesoro me lleva a acumular o me lleva a compartir?

Esa es una buena manera de examinar el corazón. Si mi tesoro me encierra, me endurece, me hace indiferente al dolor ajeno, probablemente no viene de Dios. Pero si mi tesoro me abre a los demás, me hace generoso, me vuelve compasivo, me impulsa a servir, entonces estoy acumulando tesoros en el cielo.

En este viernes, día en que recordamos de modo especial el amor entregado de Cristo, miremos nuestro corazón con sinceridad. Preguntémonos: ¿qué ocupa mi mente? ¿Qué me quita la paz? ¿Qué defiendo con más fuerza? ¿Qué temo perder? ¿Dónde busco seguridad? ¿En la cartera, en el poder, en la aprobación de los demás, o en Dios?

Pidamos al Señor una mirada limpia. Que nuestros ojos no se oscurezcan por la codicia, la tristeza o la desesperanza. Que sepamos ver a Cristo en el hermano enfermo, en el que sufre en silencio, en quien necesita una palabra de consuelo, una visita, una ayuda, una oración.

Y que la Eucaristía, tesoro escondido y ofrecido, nos enseñe a vivir con el corazón en el cielo y los pies comprometidos en la tierra. Porque donde está Cristo, allí está nuestro verdadero tesoro. Y donde está nuestro tesoro, allí debe descansar también nuestro corazón.

Amén.

 

2

 

Hermanos y hermanas:

El Evangelio de hoy nos coloca ante una de las preguntas más importantes de la vida cristiana: ¿dónde está nuestro tesoro? Jesús nos dice: “No acumulen tesoros en la tierra, donde la polilla y la herrumbre los destruyen, y donde los ladrones perforan muros y roban. Acumulen más bien tesoros en el cielo”. Y luego añade una frase que deberíamos guardar en la memoria y en el corazón: “Donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón”.

Todos tenemos un tesoro. Nadie vive sin aferrarse a algo. Para unos, el tesoro puede ser el dinero; para otros, la salud, el prestigio, la seguridad, el poder, la imagen, el éxito, los afectos, los proyectos personales. Muchas de esas realidades no son malas en sí mismas. El problema comienza cuando ocupan el lugar de Dios; cuando de medios se convierten en fines; cuando dejamos de poseerlas y empezamos a ser poseídos por ellas.

Jesús no está condenando simplemente los bienes materiales. Él nos está advirtiendo sobre el peligro de poner en ellos nuestra seguridad más profunda. Los bienes de la tierra pasan. La riqueza puede perderse, la fama se desvanece, la salud puede quebrarse, los aplausos se apagan, los cargos terminan, las posesiones se deterioran. Pero los tesoros del cielo permanecen: la fe, la caridad, la misericordia, la humildad, el servicio, el perdón, la santidad, las obras hechas por amor.

Hermanos muchas veces intentamos suavizar el evangelio al decir: “Quiero tener mucho, pero también ayudaré a los pobres”. Y ciertamente, quien tiene bienes está llamado a administrarlos con responsabilidad y generosidad. Pero el Evangelio va más hondo. No pregunta sólo cuánto tenemos, sino qué lugar ocupa eso en nuestro corazón. Se puede tener poco y vivir esclavizado por el deseo de tener más. Y se puede tener bienes y vivir desprendido, usando todo para servir a Dios y al prójimo. La cuestión central es la libertad interior.

Por eso Jesús habla también del ojo: “La lámpara del cuerpo es el ojo”. La mirada revela el corazón. Cuando el corazón está sano, la mirada es limpia. Cuando el corazón está atado al egoísmo, al dinero, al resentimiento o a la ambición, la mirada se oscurece. Entonces dejamos de ver al hermano y sólo vemos intereses; dejamos de ver la vida como don y la vemos como conquista; dejamos de ver a Dios como Padre y comenzamos a vivir como huérfanos que tienen que asegurarlo todo por sus propias fuerzas.

La primera lectura nos ofrece un ejemplo dramático de lo que ocurre cuando el poder se convierte en tesoro absoluto. Atalía, movida por la ambición, pretende destruir la descendencia real para asegurarse el trono. Su tesoro es el poder, y por conservarlo es capaz de sembrar muerte. Pero Dios no abandona su promesa. El pequeño Joás es protegido en el templo y, en el momento oportuno, es proclamado rey. Después, el pueblo renueva la alianza con el Señor y destruye los signos de idolatría.

Esta lectura nos muestra dos caminos. El camino de Atalía es el de quien acumula tesoros en la tierra: poder, control, dominio, seguridad humana. Pero ese camino termina en violencia, miedo y destrucción. El camino de la alianza, en cambio, es el de quien vuelve a poner a Dios en el centro. Cuando Dios ocupa su lugar, el pueblo recupera la paz. Por eso la lectura termina diciendo que la ciudad quedó tranquila.

El salmo responde a esta historia con una promesa: “El Señor ha elegido a Sión, ha deseado vivir en ella”. Dios quiere habitar en medio de su pueblo. Él es el verdadero tesoro de Israel. No lo es el trono, ni el templo entendido sólo como edificio, ni la fuerza militar, ni la riqueza del reino. El verdadero tesoro es la presencia fiel de Dios, que sostiene su promesa y no abandona a los suyos.

Esta Palabra ilumina también nuestra intención orante de hoy: oramos por quienes sufren en el alma y en el cuerpo. Hay personas que sufren por una enfermedad física, por el cansancio, por los tratamientos, por el dolor crónico, por la fragilidad de los años. Pero también hay muchos que sufren en el alma: por la depresión, la ansiedad, el duelo, la soledad, el abandono, la culpa, las heridas familiares, la angustia económica, el vacío interior. A veces esos sufrimientos no se ven, pero pesan profundamente.

A quienes sufren, el Evangelio no les ofrece una frase superficial. Les ofrece una verdad firme: hay un tesoro que nadie puede robar. La enfermedad puede tocar el cuerpo, pero no puede destruir la dignidad de un hijo de Dios. La tristeza puede oscurecer un tiempo del camino, pero no puede apagar definitivamente la luz de Cristo. La muerte puede arrebatarnos muchas cosas, pero no puede quitarnos la esperanza de la vida eterna.

Por eso necesitamos ordenar el corazón. Cuando nuestro único tesoro está en la tierra, cualquier pérdida nos destruye. Pero cuando nuestro tesoro está en Dios, incluso en medio de las pérdidas seguimos teniendo una roca donde apoyarnos. No significa que no lloremos. No significa que no nos duela. No significa que todo sea fácil. Significa que nuestra vida no queda reducida a lo que tenemos, a lo que perdemos, a lo que nos falta o a lo que otros piensan de nosotros. Nuestra vida está escondida en Dios.

Jesús nos invita hoy a una vida de sencillez y desprendimiento. No una pobreza amargada, ni una irresponsabilidad disfrazada de espiritualidad, sino una libertad profunda. Usar las cosas sin adorarlas. Trabajar sin convertir el éxito en ídolo. Cuidar la salud sin hacer de ella un absoluto. Amar a la familia sin olvidar que Dios es el primero. Tener bienes, si los tenemos, para compartir y servir. Y si tenemos poco, no dejar que el deseo de tener más nos robe la paz.

Acumular tesoros en el cielo es vivir cada día con amor. Es perdonar cuando cuesta. Es visitar al enfermo. Es consolar al triste. Es compartir con el necesitado. Es orar por quien sufre. Es servir sin buscar aplausos. Es hacer el bien aunque nadie lo vea. Es confiar en Dios cuando las seguridades humanas se tambalean.

Hoy podemos preguntarnos con sinceridad: ¿dónde está mi tesoro? ¿Qué ocupa más mi mente y mi corazón? ¿Qué me quita la paz? ¿Qué temo perder? ¿Qué estoy acumulando: cosas que pasan o bienes que permanecen? ¿Mi vida está orientada hacia Dios o hacia una seguridad que tarde o temprano se acaba?

Que el Señor purifique nuestra mirada. Que no vivamos con el ojo enfermo de la codicia, del miedo o de la ambición. Que tengamos ojos limpios para reconocer a Dios como nuestro verdadero tesoro y para mirar con compasión a quienes sufren en el alma y en el cuerpo.

Y que esta Eucaristía nos recuerde que el tesoro más grande no se compra ni se acumula: se recibe. Cristo mismo se nos da como Pan de Vida. Él es la riqueza de los pobres, la fortaleza de los débiles, el consuelo de los afligidos, la luz de los que caminan en la oscuridad.

Pidamos hoy: Señor, libera nuestro corazón de los apegos desordenados. Enséñanos a vivir con sencillez, a compartir con generosidad y a buscar primero tu Reino. Que donde esté nuestro tesoro, allí esté también nuestro corazón; y que nuestro corazón descanse siempre en Ti.

Amén.

jueves, 18 de junio de 2026

18 de junio del 2026: jueves de la undécima semana del tiempo ordinario-II

 

La oración que nos vincula

Eclesiástico 48, 1-14; Mateo 6, 7-15

La oración no es palabrería ni fórmula mágica que concede nuestros deseos. Es presencia, encuentro, escucha, diálogo. Si bien es personal, no es individualista, porque el “Padre nuestro” nos une a Dios y a los demás. Toma en serio la vida de otros que esperan pan y perdón. Nos saca de la autosuficiencia y nos introduce en la intimidad del Totalmente Otro, y en la necesidad de todos los demás.

Colette Hamza, xavière

 


Primera lectura

Eclo 48, 1-14
Elías fue arrebatado en el torbellino, y Eliseo se llenó de su espíritu

Lectura del libro del Eclesiástico.

SURGIÓ el profeta Elías como un fuego,
su palabra quemaba como antorcha.
Él hizo venir sobre ellos el hambre,
y con su celo los diezmó.
Por la palabra del Señor cerró los cielos
y también hizo caer fuego tres veces.
¡Qué glorioso fuiste, Elías, con tus portentos!
¿Quién puede gloriarse de ser como tú?
Tú despertaste a un cadáver de la muerte
y del abismo, por la palabra del Altísimo;
tú precipitaste reyes a la ruina
y arrebataste del lecho a hombres insignes;
en el Sinaí escuchaste palabras de reproche
y en el Horeb sentencias de castigo;
tú ungiste reyes vengadores
y profetas para que te sucedieran;
fuiste arrebatado en un torbellino ardiente,
en un carro de caballos de fuego;
tú fuiste designado para reprochar los tiempos futuros,
para aplacar la ira antes de que estallara,
para reconciliar a los padres con los hijos
y restablecer las tribus de Jacob.
Dichosos los que te vieron
y se durmieron en el amor,
porque también nosotros viviremos.
Cuando Elías fue arrebatado en el torbellino,
Eliseo se llenó de su espíritu.
Durante su vida ningún príncipe lo hizo temblar,
nadie pudo dominarlo.
Nada era imposible para él,
incluso muerto, su cuerpo profetizó.
Durante su vida realizó prodigios,
y después de muerto fueron admirables sus obras.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 96, 1-2. 3-4. 5-6. 7 (R.: 12a)

R. Alégrense, justos, con el Señor.

V. El Señor reina, la tierra goza,
se alegran las islas innumerables.
Tiniebla y nube lo rodean,
justicia y derecho sostienen su trono.
 R.

V. Delante de él avanza el fuego,
abrasando en torno a los enemigos;
sus relámpagos deslumbran el orbe,
y, viéndolos, la tierra se estremece. 
R.

V. Los montes se derriten como cera ante el Señor,
ante el Señor de toda la tierra;
los cielos pregonan su justicia,
y todos los pueblos contemplan su gloria.
 R.

V. Los que adoran estatuas se sonrojan,
los que ponen su orgullo en los ídolos.
Adórenlo todos sus ángeles. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Han recibido un Espíritu de hijos de adopción, en el que clamamos: «¡“Abba”, Padre!». R.

 

Evangelio

Mt 6, 7-15

Ustedes oren así

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Cuando recen, no usen muchas palabras, como los gentiles, que se imaginan que por hablar mucho les harán caso. No sean como ellos, pues su Padre sabe lo que les hace falta antes de que lo pidan. Ustedes oren así:
“Padre nuestro que estás en el cielo,
santificado sea tu nombre,
venga a nosotros tu reino,
hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo,
danos hoy nuestro pan de cada día,
perdona nuestras ofensas,
como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden,
no nos dejes caer en la tentación,
y líbranos del mal”.
Porque si perdonan a los hombres sus ofensas, también a ustedes los perdonará su Padre celestial, pero si no perdonan a los hombres, tampoco su Padre perdonará sus ofensas».

Palabra del Señor.

 

 

Queridos hermanos:

El Evangelio de hoy nos lleva al corazón mismo de la vida cristiana: la oración. Jesús dice a sus discípulos: “Cuando oren, no hablen mucho, como los paganos, que se imaginan que por hablar mucho les harán caso”. Y enseguida les entrega la oración más bella, más sencilla y más profunda: el Padre nuestro.

Jesús no condena la oración larga cuando nace del amor; lo que corrige es la oración vacía, repetida sin corazón, como si Dios fuera un juez distraído al que hay que convencer con muchas palabras, o como si la oración fuera una fórmula mágica para obtener lo que queremos. La oración cristiana no es palabrería. No es comercio con Dios. No es manipulación de lo sagrado. La oración es encuentro, presencia, escucha, confianza, diálogo filial.

Por eso Jesús comienza diciendo: “Padre nuestro”. No dice simplemente “Padre mío”, aunque cada uno pueda dirigirse a Dios con intimidad personal. Dice “nuestro”, porque la oración nunca nos encierra en nosotros mismos. La oración verdadera nos abre a Dios y nos une a los hermanos. Nadie reza de verdad si se olvida del hambre, del dolor, de la necesidad y del perdón que otros esperan.

Cuando decimos “danos hoy nuestro pan de cada día”, no pedimos solamente mi pan, mi seguridad, mi tranquilidad. Pedimos el pan de todos: el pan del pobre, del enfermo, del migrante, del anciano abandonado, del niño que no tiene lo necesario, de la familia que vive con angustia, del joven que busca sentido. Y cuando decimos “perdona nuestras ofensas”, reconocemos que todos necesitamos misericordia, que nadie se salva solo, que todos somos deudores ante Dios.

El comentario que inspira esta reflexión lo dice muy bien: la oración es personal, pero no individualista. El “Padre nuestro” nos vincula. Nos saca de la autosuficiencia y nos introduce en la intimidad de Dios y en la necesidad de los demás. Rezar es aprender a vivir como hijos y como hermanos.

La primera lectura nos presenta la grandeza del profeta Elías. El libro del Eclesiástico lo describe con imágenes fuertes: “surgió como un fuego”, “su palabra quemaba como antorcha”. Elías fue un hombre de Dios, un profeta lleno de celo, un servidor apasionado de la verdad. Su fuerza no venía de sí mismo, sino de su comunión con el Señor. Era un hombre de oración, y por eso pudo ser también un hombre de misión.

Aquí encontramos una enseñanza preciosa para la obra evangelizadora de la Iglesia. La evangelización no nace primero de estrategias, reuniones, estructuras o planes pastorales, aunque todo eso sea necesario. La evangelización nace de un corazón que ha estado con Dios. La Iglesia anuncia mejor cuando primero escucha. Predica con más fuerza cuando primero se arrodilla. Sirve con más alegría cuando primero se deja amar por el Padre.

Elías fue fuego porque estaba encendido por Dios. También la Iglesia necesita ese fuego: no el fuego del fanatismo, no el fuego de la imposición, no el fuego de la soberbia religiosa, sino el fuego del Espíritu Santo, que purifica, ilumina, consuela y envía. Una comunidad que ora de verdad se vuelve misionera. Una parroquia que dice sinceramente “Padre nuestro” aprende a salir de sí misma para anunciar el Evangelio, acompañar a los heridos, buscar a los alejados y sembrar esperanza.

El salmo de hoy proclama: “El Señor reina, la tierra goza”. Es una invitación a reconocer que Dios es el centro, que el mundo no está abandonado al azar, que la historia no está fuera de sus manos. Si el Señor reina, entonces la Iglesia no evangeliza desde el miedo, sino desde la confianza. Si el Señor reina, las vocaciones no nacen de la presión humana, sino de la llamada amorosa de Dios. Si el Señor reina, podemos pedir con esperanza que siga enviando obreros a su mies.

Hoy oramos de manera especial por la obra evangelizadora de la Iglesia y por las vocaciones. Pedimos por los sacerdotes, diáconos, religiosos, religiosas, misioneros, catequistas, familias cristianas y laicos comprometidos. Pedimos también por los jóvenes que sienten una inquietud en el corazón, por aquellos a quienes Dios llama al sacerdocio, a la vida consagrada, al matrimonio santo, al servicio generoso en la Iglesia y en el mundo.

Pero pedir vocaciones no significa solamente decirle a Dios: “manda a otros”. También significa preguntarnos: “Señor, ¿qué quieres de mí?”. Toda vocación comienza cuando dejamos de poner el yo en el centro y aprendemos a decir: “hágase tu voluntad”. Por eso el Padre nuestro es una oración vocacional. En ella decimos: “Venga tu Reino”, “hágase tu voluntad”. Quien reza así se pone disponible. Quien reza así deja que Dios oriente su vida.

También Jesús añade una palabra exigente al final del Evangelio: si perdonamos, seremos perdonados. La oración no puede separarse de la vida. No puedo llamar Padre a Dios y negarme a reconocer al otro como hermano. No puedo pedir misericordia y vivir alimentando rencores. No puedo pedir el Reino y vivir cerrado en mis intereses. La oración auténtica transforma el corazón.

Queridos hermanos, pidamos hoy la gracia de orar como Jesús nos enseñó: con pocas palabras, pero con mucho corazón; con confianza de hijos, pero también con responsabilidad de hermanos. Que nuestra oración no sea evasión, sino compromiso; no sea rutina vacía, sino encuentro vivo; no sea refugio egoísta, sino escuela de fraternidad y misión.

Que el Señor encienda en su Iglesia el fuego de Elías, el fuego del Espíritu, para que sigamos anunciando el Evangelio con valentía y humildad. Que suscite vocaciones santas, alegres y generosas. Y que cada vez que digamos “Padre nuestro”, recordemos que pertenecemos a Dios y que también pertenecemos, por amor, a nuestros hermanos.

Amén.

 

miércoles, 17 de junio de 2026

17 de junio del 2026: miércoles de la undécima semana del tiempo ordinario-II

 

El secreto de Jesús


(Mateo 6,1-6.16-18) El Evangelio nos invita al secreto. 

En nuestras vidas hay secretos que destruyen, y hay otros que construyen, humanizan y nos mantienen en Dios. Aquí Jesús nos revela el secreto de la relación con Dios y con los demás: una relación de intimidad, de corazón a corazón, de entrega, sin ostentación ni búsqueda de gloria para uno mismo. Dios actúa lejos del ruido y del espectáculo del mundo, en “aquellos que encuentran en Él un refugio”.

Colette Hamza, xavière

 



Primera lectura

2 Re 2, 1. 6-14

De pronto, un carro de fuego los separó, y subió Elías al cielo

Lectura del segundo libro de los Reyes.


CUANDO el Señor iba a arrebatar a Elías al cielo en la tempestad, Elías y Eliseo partieron de Guilgal.
Llegaron a Jericó, y Elías dijo a Eliseo:
«Quédate aquí, porque el Señor me envía al Jordán».
Eliseo volvió a responder:
«¡Vive Dios! ¡Por tu vida, no te dejaré!»; y los dos continuaron el camino.
Cincuenta hombres de la comunidad de los profetas iban también de camino y se pararon frente al río Jordán, a cierta distancia de Elías y Eliseo, los cuales se detuvieron a la vera del Jordán. Elías se quitó el manto, lo enrolló y golpeó con él las aguas. Se separaron estas a un lado y a otro, y pasaron ambos sobre terreno seco.
Mientras cruzaban, dijo Elías a Eliseo:
«Pídeme lo que quieras que haga por ti antes de que sea arrebatado de tu lado».
Eliseo respondió:
«Por favor, que yo reciba dos partes de tu espíritu».
Respondió Elías:
«Pides algo difícil, pero si alcanzas a verme cuando sea arrebatado de tu lado, pasarán a ti; si no, no pasarán».
Mientras ellos iban conversando por el camino, de pronto, un carro de fuego con caballos de fuego los separó a uno del otro. Subió Elías al cielo en la tempestad.
Eliseo lo veía y clamaba:
«¡Padre mío, padre mío! ¡Carros y caballería de Israel!».
Al dejar de verlo, agarró sus vestidos y los desgarró en dos. Recogió el manto que había caído de los hombros de Elías, volvió al Jordán y se detuvo a la orilla. Tomó el manto que había caído de los hombros de Elías y golpeó con él las aguas, pero no se separaron.
Dijo entonces:
«¿Dónde está el Señor, el Dios de Elías?».
Golpeó otra vez las aguas, que se separaron a un lado y a otro, y pasó Eliseo sobre terreno seco.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 30, 20. 21. 24 (R.: 25)

R. Sean valientes de corazón
los que esperan en el Señor.


V. Qué bondad tan grande, Señor,
reservas para los que te temen,
y concedes a los que a ti se acogen
a la vista de todos. 
R.

V. En el asilo de tu presencia los escondes
de las conjuras humanas;
los ocultas en tu tabernáculo,
frente a las lenguas pendencieras. 
R.

V. Amen al Señor, fieles suyos;
el Señor guarda a sus leales,
y a los soberbios los paga con creces. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. El que me ama guardará mi palabra —dice el Señor—,
y mi Padre lo amará, y vendremos a él. 
R.

 

Evangelio

Mt 6, 1-6. 16-18

Tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Cuiden de no practicar su justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tendrán recompensa de su Padre celestial. Por tanto, cuando hagas limosna, no mandes tocar la trompeta ante ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles para ser honrados por la gente; en verdad les digo que ya han recibido su recompensa.
Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.
Cuando oren, no sean como los hipócritas, a quienes les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para que los vean los hombres. En verdad les digo que ya han recibido su recompensa.
Tú, en cambio, cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo recompensará.
Cuando ayunen, no pongan cara triste, como los hipócritas que desfiguran sus rostros para hacer ver a los hombres que ayunan. En verdad les digo que ya han recibido su paga.
Tú, en cambio, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que tu ayuno lo note, no los hombres, sino tu Padre, que está en lo escondido; y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará».

Palabra del Señor.

 

 

1

 

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de este día nos introduce en una dimensión muy profunda de la vida espiritual: la relación verdadera con Dios no se alimenta del ruido, de la apariencia ni del deseo de ser vistos, sino del silencio, de la fidelidad y de la confianza.

En el Evangelio, Jesús nos advierte con claridad: “Cuídense de practicar su justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos”. Y luego habla de tres prácticas fundamentales para el creyente: la limosna, la oración y el ayuno. Pero no se queda en la acción exterior; va al corazón. No basta dar limosna, rezar o ayunar. Hay que preguntarse: ¿para quién lo hago?, ¿qué busco?, ¿a quién quiero agradar?

Jesús no condena las obras buenas. Al contrario, las purifica. Nos enseña que la verdadera caridad no necesita aplausos; que la verdadera oración no necesita espectáculo; que el verdadero sacrificio no necesita publicidad. El Padre, dice Jesús, “ve en lo secreto”. Esta frase es una de las más consoladoras del Evangelio. Dios ve lo que nadie ve. Dios conoce las lágrimas que se derraman a escondidas, las luchas silenciosas, las renuncias que nadie aplaude, las fidelidades humildes que sostienen una vida.

Por eso, como alguien comenta este evangelio, se puede hablar del “secreto de Jesús”. Hay secretos que destruyen: los que se esconden por miedo, por pecado, por doble vida, por vergüenza o por daño. Pero hay otros secretos que construyen: el secreto de la oración sincera, el secreto de la caridad discreta, el secreto de quien sufre y sigue confiando, el secreto de quien sirve sin esperar recompensa. Ese secreto nos mantiene en Dios.

La primera lectura nos presenta otro momento cargado de profundidad espiritual: la partida de Elías y el gesto de Eliseo que recoge su manto. Elías no desaparece simplemente; deja una herencia espiritual. Eliseo, al tomar el manto, recibe una misión. El manto no es solo una prenda; es signo de continuidad, de vocación, de responsabilidad. Eliseo no se queda mirando al cielo con nostalgia. Toma el manto, vuelve al Jordán y golpea las aguas. Es decir, continúa el camino.

También nosotros, en la vida cristiana, recibimos un manto: el manto de la fe, el manto del Bautismo, el manto de la misión, el manto de la oración. Muchos nos han transmitido la fe en silencio: padres, abuelos, catequistas, sacerdotes, religiosas, personas sencillas que tal vez nunca hicieron ruido, pero vivieron cerca de Dios. Ellos nos dejaron un testimonio, y ahora nos corresponde a nosotros continuar el camino.

El salmo nos invita a confiar: “Sean fuertes y valientes de corazón, los que esperan en el Señor”. Esta palabra llega hoy de manera especial a nuestros enfermos. La enfermedad muchas veces se vive en secreto: dolores que otros no comprenden, noches largas, incertidumbre, cansancio, miedo, dependencia, tratamientos, soledad. Hay enfermos que sonríen por fuera, pero por dentro cargan una cruz pesada. Hay familias que cuidan con amor, pero también con agotamiento. Hay corazones que se preguntan en silencio: “Señor, ¿hasta cuándo?”.

Y precisamente ahí resuena el Evangelio: “Tu Padre ve en lo secreto”. El enfermo que ofrece su dolor, el anciano que reza desde su cama, la persona que soporta un tratamiento con paciencia, el familiar que cuida sin recibir aplausos, la enfermera, el médico, el vecino que acompaña, todos ellos viven una forma profunda de Evangelio. Tal vez el mundo no los vea, pero Dios sí los ve. Tal vez nadie les dé una medalla, pero el Padre conoce su entrega.

Jesús nos enseña que lo más importante no siempre ocurre en la plaza pública. Muchas veces lo más santo sucede en una habitación, en una cama de hospital, en una silla de ruedas, en una oración hecha entre lágrimas, en una visita sencilla, en un vaso de agua ofrecido con amor. Allí, lejos del espectáculo, Dios está actuando.

Hoy podríamos preguntarnos: ¿busco hacer el bien para ser reconocido, o lo hago porque amo a Dios y a mis hermanos? ¿Mi oración es encuentro íntimo con el Padre o solo una costumbre exterior? ¿Sé valorar los pequeños actos de fe que nadie ve? ¿Acompaño con delicadeza a quienes sufren?

La Palabra nos invita a vivir una espiritualidad más honda y menos aparente. Una fe que no necesite exhibirse para ser verdadera. Una caridad que no haga ruido, pero que sane. Una oración que no busque impresionar, sino encontrarse con el Padre. Un ayuno que no sea fachada, sino conversión del corazón.

Pidamos hoy por todos los enfermos. Que el Señor sea su refugio. Que sientan que no están solos. Que, en medio de su fragilidad, descubran la fuerza secreta de Dios. Y pidamos también por quienes los cuidan, para que no se cansen de amar.

Que como Eliseo sepamos recoger el manto de la fe y continuar el camino. Que como el salmista esperemos en el Señor con corazón fuerte. Y que como discípulos de Jesús aprendamos a vivir ante la mirada del Padre, que ve en lo secreto y recompensa con su amor.

Amén.

 

2

 

Queridos hermanos:

El Evangelio de hoy nos lleva al corazón mismo de la vida cristiana: la oración. Jesús dice a sus discípulos: “Cuando oren, no hablen mucho, como los paganos, que se imaginan que por hablar mucho les harán caso”. Y enseguida nos entrega la oración más hermosa, más completa y más profunda: el Padre Nuestro.

Jesús no condena la oración larga cuando nace del amor; no critica la perseverancia cuando brota de la fe. Lo que Él corrige es la palabrería vacía, la oración que pretende manipular a Dios, como si el Señor se dejara convencer por la cantidad de palabras, por la insistencia exterior o por fórmulas repetidas sin corazón. La oración cristiana no consiste en torcerle el brazo a Dios, sino en abrirle el corazón. No rezamos para cambiar a Dios; rezamos para que Dios nos cambie a nosotros.

Por eso Jesús nos dice: “El Padre sabe lo que ustedes necesitan antes de que se lo pidan”. Esta frase no busca desanimarnos de la oración, sino purificarla. Si Dios ya sabe lo que necesitamos, entonces rezar no es informar a Dios, sino confiar en Él. Rezar es ponernos como hijos ante el Padre. Es reconocer que dependemos de Él, que su voluntad es más sabia que la nuestra y que su amor llega más lejos que nuestros cálculos.

Al comentar este evangelio, también alguien recuerda una enseñanza de santo Tomás de Aquino: en la oración no debemos pedir cualquier cosa, sino aquello que debemos desear rectamente. Y el Padre Nuestro nos enseña precisamente eso: a ordenar nuestros deseos. Muchas veces rezamos empezando por nuestras urgencias: el pan, el problema, la deuda, la salud, el trabajo, la dificultad familiar, la necesidad inmediata. Todo eso tiene lugar en la oración. Pero Jesús nos enseña que lo primero no somos nosotros. Lo primero es Dios.

Por eso el Padre Nuestro comienza diciendo: “Santificado sea tu nombre, venga tu Reino, hágase tu voluntad”. Antes de pedir el pan, el perdón y la liberación del mal, pedimos que Dios sea reconocido como santo, que su Reino crezca entre nosotros y que su voluntad se cumpla en la tierra como en el cielo.

Este orden es fundamental. Cuando ponemos a Dios en primer lugar, todo lo demás encuentra su sitio. Cuando buscamos primero su Reino, nuestras necesidades no desaparecen, pero dejan de ser ídolos. Cuando decimos “hágase tu voluntad”, no renunciamos a luchar ni a pedir, sino que aprendemos a confiar incluso cuando no entendemos.

La primera lectura nos presenta un momento muy significativo: Elías es arrebatado al cielo y Eliseo queda como heredero de su espíritu profético. Antes de separarse, Eliseo pide recibir una doble porción del espíritu de Elías. No pide riquezas, poder, prestigio ni seguridad. Pide el espíritu necesario para continuar la misión. Esta petición se parece mucho a la oración bien hecha: pedir no simplemente lo que agrada a nuestro ego, sino lo que nos ayuda a cumplir la voluntad de Dios.

Eliseo recoge el manto de Elías, vuelve al Jordán y golpea las aguas. Ese manto no es un adorno; es una responsabilidad. Es signo de una misión recibida. También nosotros, cuando rezamos el Padre Nuestro, no pronunciamos una fórmula decorativa. Recibimos un estilo de vida. Decir “Padre nuestro” nos compromete a vivir como hijos y como hermanos. Decir “venga tu Reino” nos compromete a trabajar por la justicia, la paz, la verdad y la misericordia. Decir “danos hoy nuestro pan” nos compromete a compartir el pan con quienes no lo tienen. Decir “perdona nuestras ofensas” nos compromete a perdonar.

Por eso la oración no puede separarse de la vida. Hay personas que rezan mucho, pero no perdonan. Hay quienes dicen “Padre nuestro”, pero viven como si los demás no fueran hermanos. Hay quienes piden el pan de cada día, pero cierran el corazón ante el hambre ajena. Hay quienes suplican ser librados del mal, pero siguen alimentando pequeñas maldades en el corazón. Jesús nos enseña una oración que no solo se recita con los labios, sino que transforma la mente, la voluntad y los afectos.

El salmo de hoy nos invita a confiar: “Sean fuertes y valientes de corazón, los que esperan en el Señor”. La verdadera oración fortalece el corazón. No siempre cambia inmediatamente las circunstancias, pero cambia la manera como las vivimos. No siempre nos quita la cruz, pero nos ayuda a cargarla con fe. No siempre nos da la respuesta que esperábamos, pero nos da la certeza de que no estamos solos.

Cuando rezamos bien, aprendemos a desear bien. Al principio tal vez decimos “hágase tu voluntad” con miedo, con resistencia o solo por costumbre. Pero poco a poco la gracia va educando el corazón. Llegamos a descubrir que la voluntad de Dios no es una amenaza, sino un camino de vida. Al principio perdonar puede parecernos imposible, pero la oración va ablandando la dureza del alma. Al principio pedimos solo el pan material, pero con el tiempo empezamos a tener hambre de Cristo, Pan de Vida, alimento verdadero de nuestra existencia.

El Padre Nuestro es una escuela. Cada frase nos forma. Cada petición nos purifica. Cada palabra nos coloca en el lugar correcto: Dios como Padre, nosotros como hijos, los demás como hermanos, el pan como don, el perdón como camino, la tentación como combate y la liberación del mal como esperanza definitiva.

Hoy el Señor nos invita a revisar nuestra manera de orar. ¿Rezo solo para pedir cosas o para encontrarme con el Padre? ¿Busco que Dios haga mi voluntad o deseo sinceramente cumplir la suya? ¿Pronuncio el Padre Nuestro de memoria o dejo que transforme mi vida? ¿Pido perdón con la misma disponibilidad con que estoy dispuesto a perdonar?

Pidamos al Señor la gracia de aprender a orar como Jesús nos enseñó. Que nuestra oración no sea palabrería vacía, sino confianza filial. Que no sea intento de manipular a Dios, sino abandono amoroso en sus manos. Que, como Eliseo, sepamos pedir el espíritu necesario para continuar la misión. Y que, sostenidos por el salmo, seamos fuertes y valientes de corazón, porque esperamos en el Señor.

Que cada vez que recemos el Padre Nuestro lo hagamos despacio, con fe, dejando que sus palabras entren en la mente, bajen al corazón y se conviertan en vida.

Amén.

 

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