Santo del día:
San Lorenzo de Brindis, Obispo y Doctor de la
Iglesia
1559-1619
Monje capuchino, Doctor de la Iglesia, originario de Brindisi, en el sur de Italia. Potente predicador, difundió las enseñanzas del Concilio de Trento y trabajó por la renovación de la Iglesia.
Gracias a su talento como políglota, este religioso
capuchino fue llamado a predicar por toda Europa, especialmente en Alemania. En
1959, el papa san Juan XXIII lo proclamó doctor de la Iglesia.
Dios único
(Miqueas 7,14-15.18-20) La oración del profeta da
testimonio del Dios en quien Israel ha puesto su fe: un Dios que conduce a su
pueblo como un pastor, que se complace en manifestar su bondad y en ejercer la
misericordia. No conserva para siempre su ira, sino que perdona las culpas,
olvida las ofensas y arroja nuestros pecados al fondo del mar. Único es este
Dios, fiel a su Alianza, que levanta a su pueblo y le abre siempre un camino de
esperanza.
Primera lectura
Arrojará
nuestros pecados a lo hondo del mar
Lectura de la profecía de Miqueas.
PASTOREA a tu pueblo, Señor, con tu cayado,
al rebaño de tu heredad,
que anda solo en la espesura,
en medio del bosque;
que se apaciente como antes
en Basán y Galaad.
Como cuando saliste de Egipto,
les haré ver prodigios.
¿Qué Dios hay como tú,
capaz de perdonar el pecado,
de pasar por alto la falta
del resto de tu heredad?
No conserva para siempre su cólera,
pues le gusta la misericordia.
Volverá a compadecerse de nosotros,
destrozará nuestras culpas,
arrojará nuestros pecados
a lo hondo del mar.
Concederás a Jacob tu fidelidad
y a Abrahán tu bondad,
como antaño prometiste a nuestros padres.
Palabra de Dios.
Salmo
R. Muéstranos,
Señor, tu misericordia.
V. Señor, has
sido bueno con tu tierra,
has restaurado la suerte de Jacob,
has perdonado la culpa de tu pueblo,
has sepultado todos sus pecados,
has reprimido tu cólera,
has frenado el incendio de tu ira. R.
V. Restáuranos,
Dios Salvador nuestro;
cesa en tu rencor contra nosotros.
¿Vas a estar siempre enojado,
o a prolongar tu ira de edad en edad? R.
V. ¿No vas a
devolvernos la vida,
para que tu pueblo se alegre contigo?
Muéstranos, Señor, tu misericordia
y danos tu salvación. R.
Aclamación
V. El
que me ama guardará mi palabra —dice el Señor—,
y mi Padre lo amará, y vendremos a él. R.
Evangelio
Extendiendo
su mano hacia sus discípulos, dijo: «Estos son mi madre y mis hermanos»
Lectura del santo Evangelio según san Mateo.
EN aquel tiempo, estaba Jesús hablando a la gente, cuando su madre y sus
hermanos se presentaron fuera, tratando de hablar con él.
Uno se lo avisó:
«Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren hablar contigo».
Pero él contestó al que le avisaba:
«¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?».
Y, extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo:
«Estos son mi madre y mis hermanos. El que haga la voluntad de mi Padre que
está en los cielos, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre».
Palabra del Señor.
1
Queridos hermanos:
La Palabra de Dios nos
invita hoy a contemplar tres grandes dones: la misericordia de Dios, la
pertenencia a su familia y la gratitud hacia quienes nos hacen el bien.
En la primera lectura,
el profeta Miqueas eleva una hermosa oración: «Pastorea a tu pueblo con tu
cayado». Israel reconoce que necesita ser conducido, protegido y alimentado por
Dios. Es la súplica de un pueblo consciente de sus debilidades, pero también
confiado en la bondad del Señor.
Luego, el profeta
formula una pregunta llena de admiración: «¿Qué Dios hay como tú, que perdonas
el pecado y absuelves la culpa?». No se trata simplemente de afirmar que Dios
existe, sino de proclamar que ningún otro es como Él. Nuestro Dios no se
complace en condenar ni conserva eternamente su enojo; se complace en la
misericordia. Él vuelve a compadecerse de nosotros, pisa nuestras culpas y
arroja nuestros pecados al fondo del mar.
Esta imagen es muy
consoladora. Cuando Dios perdona, no guarda nuestros pecados para echárnoslos
en cara más adelante. Los arroja a lo profundo del mar. Somos nosotros quienes,
a veces, seguimos buceando para recuperarlos: recordamos continuamente nuestros
errores, alimentamos sentimientos de culpa o mantenemos vivas las ofensas de
los demás. Dios nos invita a recibir su perdón y también a perdonarnos, a
reconciliarnos con nuestra historia y a ofrecer a los demás la misericordia que
hemos recibido.
El salmo prolonga esta
súplica: «Muéstranos, Señor, tu misericordia». El pueblo atraviesa una
situación difícil y pide a Dios que lo restaure, que deponga su indignación y
le devuelva la vida y la alegría. También nosotros necesitamos formular esta
oración. Cuando una familia se encuentra dividida, cuando una comunidad pierde
el entusiasmo, cuando el pecado enfría nuestra relación con Dios, debemos
pedir: «Señor, restáuranos; danos nuevamente tu salvación».
Pero la misericordia de
Dios no solamente perdona nuestro pasado; también crea una nueva familia. En el
Evangelio, mientras Jesús habla a la multitud, le avisan: «Tu madre y tus
hermanos están fuera y quieren hablar contigo». Jesús responde señalando a sus
discípulos: «Estos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de mi
Padre celestial, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre».
Con estas palabras,
Jesús no rechaza ni menosprecia a María. Al contrario, revela la razón más
profunda de su grandeza. María pertenece plenamente a la familia de Jesús
porque escuchó la Palabra y cumplió la voluntad de Dios: «Hágase en mí según tu
palabra». Antes de llevar a Cristo en su seno, lo acogió por la fe en su
corazón.
Jesús amplía así los
vínculos familiares. En la Iglesia no somos extraños que ocasionalmente
coinciden en un templo: por el bautismo y por la obediencia a la voluntad del
Padre, llegamos a ser hermanos y hermanas de Cristo. La comunidad cristiana
está llamada a convertirse en una verdadera familia, especialmente para quienes
están solos, enfermos, desplazados, afligidos o se sienten olvidados.
Cumplir la voluntad del
Padre no consiste únicamente en realizar prácticas religiosas. Significa amar,
perdonar, servir, buscar la justicia, acompañar al que sufre y reconocer el
bien que otros hacen por nosotros. Hoy oramos especialmente por nuestros
familiares, amigos y benefactores: por quienes nos han brindado su ayuda, su
afecto, su oración, sus consejos o sus recursos; por quienes sostienen
silenciosamente nuestras comunidades y colaboran con la misión evangelizadora
de la Iglesia.
A veces disfrutamos de
muchos bienes sin recordar las manos generosas que hicieron posible que
llegaran hasta nosotros. La gratitud cristiana no debe quedarse en palabras.
Agradecer también significa orar por nuestros benefactores, tratarlos con
afecto, cuidar lo recibido y convertirnos nosotros mismos en benefactores de
los demás. El bien recibido está llamado a producir nuevo bien.
Celebramos, además, la
memoria de san
Lorenzo de Brindis, presbítero y doctor de la Iglesia. Fue un
religioso capuchino profundamente enamorado de la Sagrada Escritura, un gran
predicador y un incansable servidor de la unidad y de la paz. Su inteligencia y
su conocimiento de las lenguas estuvieron siempre al servicio del Evangelio.
Nos recuerda que estudiar la Palabra de Dios no debe llevarnos al orgullo, sino
a conocer mejor a Cristo, cumplir la voluntad del Padre y servir con mayor
generosidad a nuestros hermanos.
Pidamos en esta
Eucaristía que el Señor nos pastoree con su misericordia; que arroje nuestros
pecados al fondo del mar; que nos enseñe a cumplir la voluntad del Padre y a
vivir como una auténtica familia. Confiémosle de manera especial a nuestros
benefactores: que recompense abundantemente el bien que nos han hecho, bendiga
sus hogares, atienda sus necesidades y les conceda la alegría de saberse amados
por Él.
Señor, Dios
misericordioso, bendice a nuestros familiares, amigos y benefactores.
Recompensa su generosidad y haz que, siguiendo el ejemplo de san Lorenzo de
Brindis, escuchemos tu Palabra, cumplamos tu voluntad y pongamos nuestros dones
al servicio de los demás. Amén.
2
La familia de Jesús en el Reino de Dios
Queridos
hermanos:
En
el Evangelio de hoy le anuncian a Jesús: «Tu madre y tus hermanos están fuera y
quieren hablar contigo». Entonces Él pregunta: «¿Quién es mi madre y quiénes
son mis hermanos?». Y, señalando a sus discípulos, responde: «Estos son mi
madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de mi Padre celestial, ese es
mi hermano, mi hermana y mi madre».
A
primera vista, alguien podría interpretar estas palabras como un desprecio
hacia la Santísima Virgen María o como si Jesús estuviera disminuyendo el lugar
singular de su Madre. Sin embargo, ocurre exactamente lo contrario. Jesús no
rechaza a María, sino que nos muestra la razón más profunda de su grandeza:
ella no fue solamente su Madre según la carne; fue también la discípula que
escuchó y cumplió perfectamente la voluntad del Padre.
Jesús
quiere enseñarnos que en el Reino de Dios existe un parentesco nuevo y más
profundo. Los vínculos familiares y los afectos humanos conservan su dignidad y
su importancia, pero la comunión que permanece para la eternidad nace de
compartir la misma fe y de cumplir la voluntad del Padre.
Por
el Bautismo hemos llegado a ser hijos e hijas de Dios y miembros del Cuerpo de
Cristo. Ya no estamos unidos únicamente por vínculos de sangre, sino también
por la gracia, la fe y la presencia del Espíritu Santo. La Iglesia es, por eso,
la familia de Dios en la tierra y una anticipación de la comunión eterna que
esperamos vivir en el cielo.
Esta
verdad aparece cada vez que rezamos el Padrenuestro. Jesús no nos enseñó a
decir solamente «Padre mío», sino «Padre nuestro». Ese «nuestro» abarca a todos
los que, unidos a Cristo, procuran vivir como hijos de Dios. Cuando cumplimos
la voluntad del Padre, nos acercamos a Jesús, nos reconocemos como hermanos y
comenzamos a construir una comunidad donde nadie debería sentirse extraño,
rechazado o abandonado.
Pero
¿qué significa cumplir la voluntad de Dios? No consiste en una obediencia
ciega, triste o cargada de temor. Cumplir la voluntad del Padre significa
confiar en su amor y orientar nuestra vida según su Palabra. Es aprender a
amar, perdonar, servir, practicar la justicia y permanecer fieles aun cuando el
camino resulte difícil.
La
primera lectura, tomada del profeta Miqueas, nos revela precisamente el rostro
de ese Padre cuya voluntad estamos llamados a cumplir. El profeta comienza
pidiendo: «Pastorea a tu pueblo con tu cayado». Dios aparece como el pastor que
guía, alimenta, protege y busca a su pueblo. No somos una multitud abandonada:
pertenecemos a un Dios que nos acompaña y conduce.
Miqueas,
maravillado, pregunta: «¿Qué Dios hay como tú, que perdonas el pecado y
absuelves la culpa?». Nuestro Dios no conserva para siempre su enojo, sino que
se complace en la misericordia. Él vuelve a compadecerse de nosotros, pisa
nuestras culpas y arroja al fondo del mar todos nuestros pecados.
¡Qué
imagen tan hermosa! Dios no guarda nuestras faltas para reprochárnoslas más
tarde. Cuando nos arrepentimos sinceramente, Él nos perdona y nos ofrece un
nuevo comienzo. A veces somos nosotros quienes continuamos buscando en el fondo
del mar las culpas que Dios ya perdonó. Nos quedamos encadenados a errores
pasados o no permitimos que los demás cambien. Sin embargo, pertenecer a la
familia de Dios significa aprender a tratar a los otros con la misma
misericordia con la que el Padre nos trata.
El
salmo prolonga esta confianza cuando suplicamos: «Muéstranos, Señor, tu
misericordia y danos tu salvación». Es la oración de quien reconoce que
necesita ser restaurado. Todos necesitamos que Dios sane nuestras heridas,
renueve nuestra esperanza y devuelva la alegría a nuestro corazón.
Esa
misericordia no es únicamente un sentimiento de compasión. Es una fuerza capaz
de reconstruir la vida y restaurar las relaciones. Cuando una familia está
dividida, cuando una comunidad pierde la fraternidad o cuando nuestro corazón
se aparta de Dios, podemos suplicar con el salmista: «Restáuranos, Dios
salvador nuestro». El Señor puede hacer renacer lo que parecía perdido, siempre
que nos abramos a su gracia.
Entre
todos aquellos que acogieron la voluntad de Dios, nadie lo hizo con tanta
plenitud como la Santísima Virgen María. Desde la Anunciación respondió con
total disponibilidad: «Hágase en mí según tu palabra». María llevó a Jesús en
su seno porque primero había acogido la Palabra en su corazón. Su maternidad
corporal es única, pero su fe obediente la convierte también en la primera y
más perfecta discípula.
Por
eso, cuando Jesús afirma que quien cumple la voluntad del Padre es para Él
«hermano, hermana y madre», esas palabras se realizan de manera eminente en
María. Lejos de disminuir su dignidad, revelan la profundidad de su santidad.
Ella perteneció completamente a Dios y permitió que toda su existencia fuera
modelada por su voluntad.
También
nosotros tenemos un profundo deseo de pertenecer. Buscamos sentirnos acogidos
por nuestra familia, nuestros amigos y nuestra comunidad. Pero este anhelo
solamente alcanza su plenitud cuando descubrimos que pertenecemos a Dios. En
Cristo llegamos a formar parte de una familia que abarca a la Virgen María, a
los ángeles, a los santos y a todos los hijos de Dios.
Celebramos
hoy la memoria de san
Lorenzo de Brindis, presbítero y doctor de la Iglesia.
Religioso capuchino, destacó por su profundo conocimiento de la Sagrada
Escritura, su predicación y su servicio incansable a la Iglesia. Conocía varias
lenguas y poseía una gran formación intelectual, pero no utilizó sus dones para
buscar prestigio personal. Los puso al servicio de la evangelización, la
reconciliación y la defensa de la fe.
San
Lorenzo comprendió que conocer la Palabra de Dios no es solamente acumular
conocimientos: es permitir que esa Palabra transforme la vida. Su ejemplo nos
enseña que la verdadera sabiduría conduce a la obediencia, al servicio y a la
comunión con Dios.
Preguntémonos
hoy: ¿me siento verdaderamente miembro de la familia de Dios? ¿Busco
sinceramente la voluntad del Padre o solamente le pido que bendiga mis propios
planes? ¿Ayudo a que mi comunidad sea una familia acogedora, misericordiosa y
fraterna?
Cumplir
la voluntad de Dios no es una carga que nos quite la libertad. Es el camino que
nos permite llegar a ser aquello para lo cual fuimos creados. Su fruto es la paz
profunda de sabernos amados, perdonados y acogidos en la familia eterna de
Dios.
Pidamos
al Señor que nos pastoree con su amor, nos muestre su misericordia y nos enseñe
a escuchar su Palabra. Que, siguiendo el ejemplo de la Virgen María y de san
Lorenzo de Brindis, encontremos nuestra alegría en cumplir la voluntad del
Padre y hagamos de nuestras comunidades una verdadera familia de hermanos.
Padre celestial, tú no solamente nos llamas a seguirte,
sino también a pertenecerte. Haz que tu voluntad sea nuestra alegría. Fórmanos
a imagen de tu Hijo y enséñanos a vivir en la comunión de amor que une a todos
tus hijos. Por la intercesión de la Santísima Virgen María y de san Lorenzo de
Brindis, haznos miembros fieles, misericordiosos y serviciales de tu familia.
Amén.
Memorial del 21 de julio
San Lorenzo de Brindis, sacerdote y médico
1559–1619
Patrono de Brindisi, Italia
Un Doctor de la Iglesia poco conocido lo hizo todo y todo lo hizo bien
Julio César Russo nació en una familia religiosa, pero desde muy joven se sintió atraído por unirse a otra familia religiosa: la de San Francisco de Asís. Después de la temprana muerte de su padre, el pequeño Julio fue puesto por su madre al cuidado de los Frailes Menores. Sin embargo, al mudarse a Venecia, conoció a los capuchinos, otra expresión del franciscanismo, y se unió a su orden cuando era adolescente. Tomó el nombre religioso de Lorenzo, fue ordenado sacerdote en 1582, y desde ese momento se abrió camino en la vida como un tren de alta velocidad. El padre Lorenzo viajó de norte a sur, de este a oeste, deteniéndose en Italia, Alemania, Austria, Hungría, Francia, Bohemia, España y Portugal. Este ejército de un solo hombre parecía estar en todas partes, haciéndolo todo y, sin embargo, siempre hizo de la salvación de su propia alma su máxima prioridad.
El padre Lorenzo era inteligente. Muy inteligente. Sus dotes intelectuales se desplegaron plenamente al servicio del Señor para dominar cualquier disciplina que estudiara. Aprendió los idiomas bíblicos de griego, hebreo, latín y siríaco. Además de su italiano nativo, también hablaba español y alemán, que utilizó ampliamente en su ministerio en Europa Central. Su conocimiento de las Escrituras era tan amplio y profundo que parecía haber memorizado toda la Biblia. Incluso se ganó la estima de los eruditos judíos por su profundo conocimiento de los textos rabínicos. Lorenzo también cultivó un amor ardiente por Jesucristo, la Virgen María y la Sagrada Eucaristía en largas horas de oración. A veces le tomaba horas decir misa. Parecía dejarse llevar por el éxtasis y tenía el don de las lágrimas. Este nivel de fervor, educación, pobreza, inteligencia, y la devoción a la Iglesia hizo de San Lorenzo de Brindis el sacerdote ideal para su tiempo y lugar. Fue muchas cosas, pero entre ellas fue el último guerrero de la Contrarreforma.
San Lorenzo explicó con gran fuerza y lucidez las verdades de la fe católica a los que habían caído en la trampa del protestantismo. Serenamente elaboró tratados sobre los fundamentos bíblicos y patrísticos del papado, los obispos, María y los sacramentos. Lorenzo fue el anti-Lutero y el epítome de los grandes capuchinos que vigorizaron el franciscanismo en el siglo XVI y más allá. En medio de todas sus labores como predicador y maestro, Lorenzo también llevó a cabo un conjunto paralelo de deberes exigentes en la administración de la Orden de los Capuchinos. Fue maestro de novicios, provincial y ministro general o jefe de la Orden. El padre Lorenzo completó montañas de trabajo día tras día durante muchos años, un impulso sostenido y una competencia que inevitablemente lo llevaron a cargar con responsabilidades aún más importantes.
Como franciscano dedicado a preservar y restaurar la paz, tanto el Santo Padre como los príncipes seculares le encargaron a Lorenzo varias misiones diplomáticas orientadas a resolver controversias entre estados cristianos y entre estos estados y el creciente Imperio Otomano. Sin embargo, el deseo de paz de Lorenzo no estaba divorciado de la verdad, el derecho a la autodefensa o el amor por la Europa cristiana. Era el capellán de un ejército cristiano que se reunió en Alemania contra los turcos ante la insistencia de Lorenzo.
Lorenzo luego dirigió personalmente a las tropas a la batalla con su crucifijo en alto. La victoria del ejército alemán se atribuyó a la intercesión y ejemplo inspirador de nuestro santo. San Lorenzo murió el día de su cumpleaños, el 22 de julio, a los sesenta años, mientras se encontraba en una misión diplomática en Lisboa, Portugal. Está enterrado en un monasterio en el norte de España y fue canonizado en 1881. En 1959 el Papa San Juan XXIII proclamó a San Lorenzo de Brindisi Doctor Apostólico de la Iglesia por sus escritos creativos pero ortodoxos sobre la Virgen María y por su imponente erudición y presentación armoniosa de las Escrituras, la patrística y la teología fundamental. Es el tercer Doctor Franciscano de la Iglesia, junto con los Santos Buenaventura y Antonio, y, por desgracia, uno de los menos conocidos.
San Lorenzo, respondiste idealmente y acorde a las necesidades de tu época y conmoviste a todos los que conociste a través de tu ejemplo virtuoso, vasto conocimiento y vida de oración. Por tu intercesión, ayuda a todos los sacerdotes, especialmente a los franciscanos, a no escatimar en sí mismos sino a emular tu celo.


