Declaraciones
En este discurso en el que envía a sus discípulos
en misión, Jesús no hace promesas vacías: la tarea de sus amigos será difícil.
Como Él, deberán enfrentar una oposición violenta. Jesús es lúcido y desea que
nosotros también lo seamos: seguirlo y hablar en su nombre puede llevarnos por
caminos peligrosos.
Denunciar las injusticias, rechazar toda violencia,
tomar las armas de la compasión, de la vulnerabilidad y de la paz, todo eso
puede ponernos en riesgo. La vida de Jesús es una perfecta ilustración de ello.
Sin embargo, al concluir estas advertencias que anuncian días difíciles para
los discípulos, Jesús repite varias veces: “No tengan miedo”.
Porque, aunque envía a sus discípulos al encuentro
de probables dificultades, Jesús promete una vida que supera la vida del cuerpo
y les asegura su apoyo inquebrantable. Les dice que Él se “declarará” a favor
de ellos. Por eso, no debemos entender las palabras que concluyen este pasaje
como la formulación de una condición al estilo de un intercambio: “yo te doy si
tú me das”. Dios no es un padrino de mafia que concede protección a cambio de
nuestra sumisión.
Debemos escuchar estas palabras como una buena
noticia: en Dios se encuentran nuestra fuerza y nuestra vida. Esa vida ya nos
ha sido ofrecida, pero Dios, que respeta infinitamente la libertad de cada
persona, espera de nosotros el consentimiento para recibir su apoyo; es decir,
espera que también nosotros nos “declaremos” por Él.
¿Cómo resuenan en mí las palabras de Jesús que me
aseguran que todo lo que soy cuenta para Dios, hasta el más pequeño de mis
cabellos?
¿Qué miedos puedo confiar a Dios para pedirle que
me libere de ellos?
Marie-Caroline Bustarret,
théologienne, enseignante aux facultés Loyola Paris
Primera lectura
Libera la
vida del pobre de las manos de gente perversa
Lectura del libro de Jeremías.
DIJO Jeremías:
«Oía la acusación de la gente:
“Pavor-en-torno,
Delátenlo, vamos a delatarlo”.
Mis amigos acechaban mi traspié:
“A ver si, engañado, lo sometemos
y podemos vengarnos de él”.
Pero el Señor es mi fuerte defensor:
me persiguen, pero tropiezan impotentes.
Acabarán avergonzados de su fracaso,
con sonrojo eterno que no se olvidará.
Señor del universo, que examinas al honrado
y sondeas las entrañas y el corazón,
¡que yo vea tu venganza sobre ellos,
pues te he encomendado mi causa!
Canten al Señor, alaben al Señor,
que libera la vida del pobre
de las manos de gente perversa».
Palabra de Dios.
Salmo
R. Señor,
que me escuche tu gran bondad.
V. Por
ti he aguantado afrentas,
la vergüenza cubrió mi rostro.
Soy un extraño para mis hermanos,
un extranjero para los hijos de mi madre.
Porque me devora el celo de tu templo,
y las afrentas con que te afrentan caen sobre mí. R.
V. Pero mi
oración se dirige a ti,
Señor, el día de tu favor;
que me escuche tu gran bondad,
que tu fidelidad me ayude.
Respóndeme, Señor, con la bondad de tu gracia;
por tu gran compasión, vuélvete hacia mí. R.
V. Mírenlo,
los humildes, y alégrense;
busquen al Señor, y revivirá su corazón.
Que el Señor escucha a sus pobres,
no desprecia a sus cautivos.
Alábenlo el cielo y la tierra,
las aguas y cuanto bulle en ellas. R.
Segunda
lectura
No hay
proporción entre el delito y el don
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos.
HERMANOS:
Lo mismo que por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la
muerte, y así la muerte se propagó a todos los hombres, porque todos pecaron…
Pues, hasta que llegó la ley había pecado en el mundo, pero el pecado no se
imputaba porque no había ley. Pese a todo, la muerte reinó desde Adán hasta
Moisés, incluso sobre los que no habían pecado con una transgresión como la de
Adán, que era figura del que tenía que venir.
Sin embargo, no hay proporción entre el delito y el don: si por el delito de
uno solo murieron todos, con mayor razón la gracia de Dios y el don otorgado en
virtud de un hombre, Jesucristo, se han desbordado sobre todos.
Palabra de Dios.
Aclamación
V. El Espíritu
de la verdad dará testimonio de mí —dice el Señor—; y ustedes darán testimonio. R.
Evangelio
No tengan miedo a los que matan el cuerpo
Lectura del santo Evangelio según san Mateo.
EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«No tengan miedo a los hombres, porque nada hay encubierto, que no llegue a
descubrirse; ni nada hay escondido, que no llegue a saberse.
Lo que les digo en la oscuridad, díganlo a la luz, y lo que les digo al oído,
pregónenlo desde la azotea.
No tengan miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No;
teman al que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la “gehenna”. ¿No se
venden un par de gorriones por un céntimo? Y, sin embargo, ni uno solo cae al
suelo sin que lo disponga su Padre. Pues ustedes hasta los cabellos de la
cabeza tienen contados. Por eso, no tengan miedo: valen más ustedes que muchos
gorriones.
A quien se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante
mi Padre que está en los cielos. Y si uno me niega ante los hombres, yo también
lo negaré ante mi Padre que está en los cielos».
Palabra del Señor.
1
Queridos hermanos y hermanas:
La Palabra de Dios de este domingo nos pone frente
a una realidad muy humana: el miedo. Todos conocemos el miedo. Miedo al rechazo,
miedo a la crítica, miedo a la enfermedad, miedo al fracaso, miedo a la
soledad, miedo a perder lo que amamos, miedo al futuro, miedo a que nuestra fe
sea incomprendida.
Y Jesús, en el Evangelio, no niega que el miedo
exista. No les dice a sus discípulos: “Nada les va a pasar”. Tampoco les
promete una misión fácil, cómoda o aplaudida. Al contrario, los envía como
testigos en medio de un mundo que muchas veces se resiste a la verdad del
Evangelio. Pero en ese contexto les repite tres veces una palabra fundamental: “No
tengan miedo”.
Esta frase no es una orden fría. Es una promesa.
Jesús no dice: “No tengan miedo porque ustedes son fuertes”. Dice más bien: “No
tengan miedo porque ustedes no están solos”. La valentía cristiana no nace de
creernos invencibles, sino de saber que Dios camina con nosotros.
La primera lectura nos presenta al profeta Jeremías
en un momento doloroso. Él ha sido llamado por Dios para anunciar su Palabra,
pero esa misión le trae persecución, burlas y amenazas. Jeremías escucha a sus
enemigos decir: “Denunciémoslo”. Incluso quienes parecían estar cerca de él
esperan verlo caer.
Qué experiencia tan amarga: hacer el bien y ser
incomprendido; decir la verdad y ser rechazado; servir a Dios y recibir
sospechas. Jeremías no es un hombre de piedra. Sufre, se queja, se siente
rodeado. Pero en medio de esa prueba hace una confesión luminosa: “El Señor
está conmigo como fuerte soldado”.
Ahí está la clave. Jeremías no vence porque no
tenga miedo. Vence porque, aun con miedo, se apoya en Dios. No calla la verdad,
no vende su conciencia, no abandona su misión. Descubre que su seguridad no
está en la aprobación de los demás, sino en la fidelidad del Señor.
El salmo prolonga esta misma experiencia. El orante
dice: “Por ti he sufrido insultos”. Se siente despreciado por causa de Dios.
Pero, en medio de su aflicción, no se encierra en la amargura; eleva su
súplica: “Que me escuche tu gran bondad, Señor”. El salmista nos enseña que la
fe no elimina necesariamente el sufrimiento, pero nos da un lugar donde
depositarlo: el corazón de Dios.
Y entonces llegamos al Evangelio. Jesús dice: “No
tengan miedo a los hombres”. No se trata de despreciar a nadie, ni de vivir
de manera agresiva o desafiante. Se trata de no entregar la conciencia al
miedo. El discípulo de Cristo no puede vivir esclavo del “qué dirán”. No puede
ocultar la luz recibida. No puede avergonzarse del Evangelio.
Jesús afirma: “Lo que les digo en la oscuridad,
díganlo a la luz; lo que escuchan al oído, proclámenlo desde las azoteas”. La
fe no es un secreto para esconder. La fe es una luz para compartir. El
cristiano no está llamado a imponer, pero sí a testimoniar. No está llamado a
gritar más que los demás, pero sí a hablar con verdad, con humildad y con
coherencia.
En nuestros días también hay muchas formas de miedo
que pueden silenciar la fe. A veces callamos para no incomodar. A veces
preferimos no defender la justicia para evitar problemas. A veces dejamos de
hablar de Dios porque pensamos que ya no interesa. A veces suavizamos el
Evangelio para que no nos cuestione ni cuestione a nadie.
Pero Jesús nos recuerda que el discípulo no puede
vivir escondido. La misión cristiana implica anunciar la verdad, defender la
vida, denunciar la injusticia, rechazar la violencia, practicar la compasión,
optar por la paz, perdonar, servir y amar incluso cuando eso no sea popular.
En este evangelio Jesús no hace falsas promesas. Él
sabe que seguirlo puede conducir por caminos difíciles. Su propia vida lo
demuestra. Él fue rechazado, perseguido, condenado y crucificado. Pero
justamente por eso su palabra tiene autoridad. Cuando Jesús dice “no teman”, no
habla desde la comodidad, sino desde la cruz y desde la resurrección.
Ahora bien, hay una frase del Evangelio que puede
llenar de consuelo nuestro corazón: “Hasta los cabellos de la cabeza tienen
contados. Por eso, no tengan miedo: ustedes valen más que muchos pajarillos”.
Qué imagen tan sencilla y tan profunda. Para Dios
nada de nuestra vida es insignificante. No somos un número perdido en la
multitud. No somos una historia anónima. No somos una preocupación secundaria.
Dios conoce nuestra vida entera, incluso aquello que nosotros mismos no
alcanzamos a comprender. Si hasta nuestros cabellos están contados, entonces
también están contadas nuestras lágrimas, nuestras luchas, nuestras heridas,
nuestros esfuerzos, nuestras noches de angustia y nuestros pequeños actos de
amor.
Esta es una gran noticia para quien se siente
olvidado. Para quien cree que nadie ve su sacrificio. Para quien carga una cruz
en silencio. Para quien teme no tener fuerzas. Dios ve. Dios conoce. Dios
sostiene. Dios no abandona.
San Pablo, en la carta a los Romanos, nos da otra
clave. Nos recuerda que por el pecado entró la muerte en el mundo, pero que la
gracia de Dios en Jesucristo es mucho más grande que el pecado. Pablo no niega
la gravedad del mal. El pecado hiere, divide, destruye y trae muerte. Pero la
gracia de Cristo es más fuerte.
Esto es importante: el miedo muchas veces nace cuando
sentimos que el mal tiene la última palabra. Miramos la violencia, la
injusticia, la enfermedad, la corrupción, la indiferencia, y podemos pensar:
“¿Qué sentido tiene seguir creyendo? ¿Qué puede cambiar mi pequeño
testimonio?”. San Pablo responde: la gracia de Cristo sobreabunda. El mal
existe, pero no es Dios. El pecado hiere, pero no salva. La muerte golpea, pero
no vence. La última palabra la tiene Cristo.
Por eso Jesús dice: “Al que se declare por mí ante
los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre del cielo”. Esta
frase no debe entenderse como una amenaza comercial, como si Dios dijera: “Si
tú haces esto, yo te pago con aquello”. No. Es una invitación de amor. Dios
respeta nuestra libertad. Él nos ofrece su vida, su gracia, su apoyo, su
amistad. Pero espera que nosotros abramos la puerta. Declararnos por Cristo es
consentir su amor, aceptar su Evangelio, confiar en su fuerza y vivir como
discípulos suyos.
Declararse por Cristo no es solo decir con los
labios: “Creo en Dios”. Es mucho más. Es vivir de tal manera que nuestra vida
hable de Él. Es elegir la verdad cuando la mentira parece más útil. Es elegir
el perdón cuando el resentimiento parece más fácil. Es elegir la justicia
cuando la indiferencia parece más cómoda. Es elegir la paz cuando la violencia
parece más rápida. Es elegir la compasión cuando el egoísmo parece más
rentable.
También
esta Palabra ilumina de manera especial el momento que vive nuestro país.
Colombia se prepara para ejercer nuevamente el derecho y el deber democrático
del voto. Y un cristiano no puede acercarse a las urnas movido por el odio, por
el miedo, por la manipulación, por la presión de otros, por la desinformación o
por el fanatismo. El discípulo de Jesús está llamado a actuar con conciencia
clara, con libertad interior, con responsabilidad ciudadana y con amor sincero
por el bien común.
El
Evangelio de hoy nos dice: “No tengan miedo”. También podríamos escucharlo así:
no tengan miedo de pensar, de discernir, de orar, de preguntar, de informarse
bien, de votar en conciencia. No tengamos miedo de buscar lo que más favorezca
la dignidad humana, la vida, la justicia, la paz, la reconciliación, la defensa
de los más pobres, la libertad religiosa, la honestidad pública y el respeto
por las instituciones democráticas.
El
voto no debe ser un acto de rabia, de venganza ni de ciega adhesión a una
persona. Debe ser un acto moral, ciudadano y responsable. Por eso, antes de
votar, conviene pedir la luz del Espíritu Santo: “Señor, ilumina mi conciencia;
líbrame del odio, del engaño y del miedo; ayúdame a elegir pensando no solo en
mis intereses, sino en el bien de Colombia”.
Como
cristianos, estamos llamados a declararnos por Cristo también en la vida
pública. Y declararnos por Cristo significa rechazar la violencia, respetar a
quien piensa distinto, cuidar la verdad, no difundir calumnias, no convertir la
política en idolatría y no olvidar que ningún candidato, ningún partido y
ningún proyecto humano ocupa el lugar de Dios.
Que
este ejercicio democrático sea vivido con serenidad, respeto y esperanza. Que
cada ciudadano vote libremente, en conciencia, y que después de las elecciones
sigamos reconociéndonos como hermanos, hijos de una misma patria y llamados a
construir juntos la paz.
Hoy podríamos preguntarnos: ¿de qué miedos necesito
ser liberado? ¿Qué me impide vivir mi fe con más alegría y valentía? ¿El miedo
a ser criticado? ¿El miedo a perder prestigio? ¿El miedo a no ser comprendido?
¿El miedo a cambiar? ¿El miedo a entregarme más a Dios?
No se trata de negar esos miedos. Se trata de
entregarlos al Señor. La oración verdadera no consiste en aparentar fortaleza,
sino en decirle a Dios con sinceridad: “Señor, tengo miedo, pero confío en ti.
Me siento débil, pero sé que tu gracia es más grande. No quiero esconderme.
Ayúdame a declararme por ti con mi vida”.
Queridos hermanos, este domingo el Señor nos invita
a una fe valiente, pero también humilde. No somos héroes solitarios. Somos
discípulos sostenidos por la gracia. Como Jeremías, podemos sentir oposición;
como el salmista, podemos experimentar insultos o incomprensiones; como san
Pablo, reconocemos que el pecado ha herido la historia; pero como discípulos de
Jesús, sabemos que la gracia es más fuerte, que Dios nos conoce, que nuestra
vida vale ante sus ojos y que Cristo se declara por quienes confían en Él.
Que esta Eucaristía renueve en nosotros la
confianza. Que el Señor nos libre del miedo que paraliza, del silencio cobarde,
de la fe escondida y del corazón resignado. Y que podamos salir de aquí con la
certeza de Jesús: “No tengan miedo”.
Porque Dios nos conoce.
Porque Dios nos sostiene.
Porque Dios nos ama.
Porque en Cristo la gracia es más fuerte que el pecado.
Y porque quien se declara por Cristo nunca queda abandonado.
Oremos
hoy también por Colombia. Pidamos al Espíritu Santo que ilumine la conciencia
de todos los ciudadanos, que nos conceda serenidad para votar, sabiduría para
elegir, respeto por quienes piensan distinto y compromiso para construir una
patria reconciliada, justa, libre y en paz. Que María Santísima acompañe a
nuestro pueblo y nos ayude a buscar siempre el bien común. Amén.
Amén.
2
Queridos
hermanos y hermanas:
La
Palabra de Dios de este domingo nos coloca frente a una experiencia
profundamente humana: el miedo. Miedo a ser rechazados, miedo a decir la
verdad, miedo a perder la aprobación de los demás, miedo al futuro, miedo a que
nuestra fe sea malinterpretada, miedo a hablar cuando sería más cómodo callar.
Y,
sin embargo, en el Evangelio de hoy Jesús repite con fuerza: “No tengan miedo”.
No
lo dice porque la misión del discípulo sea fácil. No lo dice porque no vayan a
existir dificultades. No lo dice porque el cristiano vaya a vivir siempre
rodeado de aplausos. Jesús es muy realista. Él sabe que quien vive de acuerdo
con el Evangelio encontrará oposición. Sabe que quien defiende la verdad, la
justicia, la vida, la paz y la dignidad humana puede incomodar. Sabe que quien
se declara por Él no siempre será comprendido.
Por
eso sus palabras tienen tanto peso: “No
tengan miedo a los hombres”. Es decir: no permitan que el miedo
les robe la conciencia, la verdad, la fe y la libertad interior.
La
primera lectura nos presenta al profeta Jeremías, un hombre llamado por Dios
para anunciar su Palabra en medio de un pueblo difícil. Jeremías escucha
murmuraciones, amenazas y traiciones. Sus adversarios dicen: “Denunciémoslo”. Incluso
sus amigos esperan verlo caer. El profeta experimenta la soledad de quien ha
sido fiel a Dios y, precisamente por eso, se vuelve incómodo para los demás.
Pero
Jeremías no se derrumba. En medio de la persecución proclama: “El Señor está conmigo como fuerte
soldado”. Esta frase revela el secreto de su fortaleza.
Jeremías no es fuerte porque no sufra; es fuerte porque confía. No es valiente
porque no tenga miedo; es valiente porque sabe que Dios está con él.
También
nosotros necesitamos esta certeza. La fe no nos evita todas las pruebas, pero
nos da un apoyo que el mundo no puede dar. Cuando somos incomprendidos por
hacer el bien, cuando se burlan de nuestra fe, cuando la verdad parece perder
fuerza, cuando el mal parece avanzar, podemos decir con Jeremías: “El Señor
está conmigo”.
El
salmo de hoy continúa esta experiencia de sufrimiento por causa de Dios. El
salmista dice: “Por ti he sufrido insultos”. Es la oración de alguien que ama
al Señor y, por ese amor, ha conocido la burla, la incomprensión y la
humillación. Pero no se queda encerrado en la tristeza. Clama: “Que me escuche
tu gran bondad, Señor”.
Esta
es una enseñanza preciosa: el creyente no niega su dolor, pero lo pone delante
de Dios. No convierte la herida en odio. No transforma la persecución en
venganza. Ora. Confía. Espera. Sabe que Dios escucha al pobre, al afligido, al
que lucha por permanecer fiel.
En
la segunda lectura, san Pablo nos recuerda una verdad decisiva: por el pecado
entró la muerte en el mundo, pero por Jesucristo ha llegado una gracia mucho
más grande. El mal existe, el pecado hiere, la muerte golpea, la historia
humana carga heridas profundas; pero la gracia de Cristo sobreabunda.
Esta
es la esperanza cristiana: el pecado no tiene la última palabra. El miedo no
tiene la última palabra. La muerte no tiene la última palabra. La última
palabra la tiene Jesucristo, que nos ha traído vida, perdón y salvación.
Por
eso el Evangelio de hoy nos llama a vivir una fe pública, humilde y valiente.
Jesús dice: “Lo que les
digo en la oscuridad, díganlo a la luz; lo que escuchan al oído, proclámenlo
desde las azoteas”.
Esta
frase nos recuerda que Dios muchas veces no nos habla con truenos, ni con
visiones extraordinarias, ni con voces audibles. Dios habla de manera silenciosa,
discreta y profunda. Habla en la oración. Habla en la conciencia. Habla en una
palabra que escuchamos y nos toca el corazón. Habla en una homilía, en un
consejo, en una lectura espiritual, en una situación de la vida, en una moción
interior que nos dice: “Haz esto”, “evita aquello”, “pide perdón”, “sé fiel”,
“no tengas miedo”, “confía en mí”.
La
conciencia es ese santuario íntimo donde la persona está a solas con Dios y
donde resuena su voz. Por eso formar la conciencia es una tarea seria. No basta
con decir: “Yo hago lo que siento”. Tampoco basta con repetir lo que otros
dicen. La conciencia cristiana necesita ser iluminada por la Palabra de Dios,
por la oración, por la enseñanza de la Iglesia, por la verdad, por la caridad y
por el deseo sincero de hacer el bien.
Jesús
nos dice que aquello que Dios susurra en la conciencia no puede quedarse
escondido. La fe es personal, pero no privada en el sentido de quedar
encerrada. La fe debe hacerse vida, testimonio, palabra, servicio, coherencia,
compromiso.
Y
aquí la Palabra de Dios ilumina también el momento que vive nuestro país.
Colombia se dispone a participar en una segunda vuelta presidencial. Ante una
decisión de esta importancia, el cristiano no puede actuar movido por el odio,
la rabia, la manipulación, la desinformación, el fanatismo o el miedo. El
discípulo de Jesús está llamado a votar con conciencia clara, con libertad
interior, con responsabilidad ciudadana y con amor por el bien común.
El
Evangelio dice: “No tengan miedo”. También hoy podemos escucharlo así: no
tengan miedo de pensar, de discernir, de orar, de informarse bien, de examinar
las propuestas, de mirar la realidad del país, de preguntarse qué opción
favorece más la dignidad humana, la vida, la justicia, la paz, la
reconciliación, la libertad religiosa, la defensa de los pobres, la honestidad
pública y el respeto por las instituciones democráticas.
El
voto no debe ser un acto de venganza ni de idolatría política. Ningún candidato
es mesías. Ningún partido salva. Ningún proyecto humano ocupa el lugar de Dios.
El cristiano participa en la vida democrática, pero no absolutiza la política.
Vota en conciencia, pero sabe que su esperanza definitiva está en Cristo.
Por
eso, antes de votar, conviene invocar al Espíritu Santo: “Señor, ilumina mi conciencia.
Líbrame del odio, de la mentira y del miedo. Ayúdame a elegir pensando no solo
en mis intereses, sino en el bien de Colombia. Dame sabiduría para discernir,
serenidad para decidir y caridad para respetar a quienes piensan distinto”.
Declararse
por Cristo también tiene consecuencias en la vida pública. Significa rechazar
la violencia verbal y física. Significa no difundir calumnias ni noticias
falsas. Significa no convertir las redes sociales en campos de batalla.
Significa defender la verdad con caridad. Significa comprender que, después de
las elecciones, seguimos siendo hermanos, vecinos, compatriotas e hijos de
Dios.
Jesús
nos dice, además: “No
teman a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma”.
Esta frase es fuerte. Nos recuerda que hay algo más grave que perder prestigio,
aprobación o comodidad: perder el alma, perder la verdad, perder la fidelidad a
Dios, perder la conciencia.
El
santo temor de Dios no es pánico ante un Dios castigador. Es reverencia
profunda ante su verdad y su justicia. Es el temor de fallarle al Amor. Es el
deseo de no traicionar la voz de Dios que habla en lo profundo de la
conciencia. Ese santo temor nos ayuda a ser libres frente a los miedos humanos.
Cuando
el miedo humano domina, callamos la verdad. Cuando el temor de Dios ilumina,
hablamos con caridad. Cuando el miedo humano domina, buscamos quedar bien con
todos. Cuando el temor de Dios ilumina, buscamos agradar a Dios. Cuando el
miedo humano domina, la conciencia se acomoda. Cuando el temor de Dios ilumina,
la conciencia despierta.
Pero
Jesús no solo nos exige valentía. También nos consuela. Dice: “Hasta los cabellos de la cabeza tienen
contados. Por eso, no tengan miedo: ustedes valen más que muchos pajarillos”.
Qué
palabra tan hermosa. Dios nos conoce profundamente. Nada de nuestra vida le es
indiferente. Conoce nuestras luchas, nuestros temores, nuestras decisiones,
nuestras lágrimas, nuestros esfuerzos ocultos, nuestras preguntas más íntimas.
Si hasta los cabellos de nuestra cabeza están contados, entonces también están
contadas nuestras angustias, nuestras heridas y nuestras esperanzas.
Esta
certeza nos permite vivir sin miedo. No porque todo sea fácil, sino porque Dios
nos sostiene. No porque todos nos comprendan, sino porque Dios nos conoce. No
porque nunca vayamos a sufrir, sino porque la gracia de Cristo es más fuerte
que el pecado y que la muerte.
Queridos
hermanos, la Palabra de hoy nos invita a escuchar la voz de Dios en la
conciencia y a proclamarla con la vida. Nos invita a vencer el miedo con la confianza,
la cobardía con la fe, el silencio cómodo con el testimonio humilde y valiente.
Preguntémonos
hoy: ¿qué me está susurrando Dios en lo profundo de mi conciencia? ¿Qué verdad
debo acoger? ¿Qué miedo debo entregar? ¿Qué paso de fe debo dar? ¿Dónde me está
pidiendo el Señor que hable con más claridad, que viva con más coherencia, que
vote con más responsabilidad, que ame con más libertad?
Que
esta Eucaristía nos conceda una conciencia bien formada, un corazón libre de
odios, una palabra limpia, una fe sin miedo y una esperanza firme.
Oremos
por Colombia. Pidamos al Espíritu Santo que ilumine a todos los ciudadanos, que
nos ayude a ejercer el voto con responsabilidad y serenidad, que aleje de
nosotros la violencia, la mentira y la división, y que nos conceda construir
juntos una patria reconciliada, justa, libre y en paz.
Y
que María Santísima, Madre de la Iglesia y Madre de nuestra nación, nos
acompañe en este momento y nos enseñe a escuchar la voz de Dios, a guardar su
Palabra en el corazón y a vivirla con valentía.
Amén.

