sábado, 5 de septiembre de 2026

6 de septiembre del 2026: vigésimo tercer domingo del tiempo ordinario-Ciclo A

 

El trabajo de la escucha

Jesús funda una comunidad en el perdón mutuo: «¡Ve a buscar a tu hermano!». La responsabilidad de restablecer el vínculo fraterno recae también sobre la persona ofendida, llamada a atreverse a decir la verdad para restaurar la relación. No se trata de condenar al otro ni de demostrar que tenemos razón, sino de abrir un espacio donde cada uno pueda hablar y escuchar.

La corrección fraterna comienza en un encuentro personal, discreto y respetuoso. Exige valor para hablar, pero también humildad para escuchar lo que el otro tiene que decirnos. Porque el diálogo verdadero puede revelar nuestros propios errores, malentendidos o heridas todavía no sanadas.

«Si te escucha, habrás ganado a tu hermano». Esta es la finalidad: no ganar una discusión, sino recuperar al hermano; no humillarlo, sino reconstruir la comunión. Y cuando nuestros esfuerzos parecen insuficientes, Jesús nos invita a unirnos en la oración, seguros de su promesa: «Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».

Cuando alguien me ofende, ¿busco dialogar directamente con esa persona o prefiero guardar resentimiento y hablar de ella con los demás?

Cuando corrijo a alguien, ¿lo hago para ayudarlo y recuperar la fraternidad, o para demostrar que tengo razón?

¿Tengo la humildad necesaria para escuchar la corrección que otros puedan hacerme y reconocer mis propios errores?

 

 


Primera lectura

Ez 33, 7-9
Si no hablas al malvado, te pediré cuenta de su sangre

Lectura de la profecía de Ezequiel.

ESTO dice el Señor:
«A ti, hijo de hombre, te he puesto de centinela en la
casa de Israel; cuando escuches una palabra de mi boca, les
advertirás de mi parte.
Si yo digo al malvado: “Malvado, eres reo de muerte”, pero
tú no hablas para advertir al malvado que cambie de conducta,
él es un malvado y morirá por su culpa, pero a ti te pediré cuenta de su sangre.
Pero si tú adviertes al malvado que cambie de conducta, y
no lo hace, él morirá por su culpa, pero tú habrás salvado
la vida».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 94, 1-2. 6-7c. 7d-9 (R.: cf. 7d-8a)

R. Ojalá escuchen hoy la voz del Señor:
«No endurezcan su corazón».

V. Vengan, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos. 
R.

V. Entren, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía. 
R.

V. Ojalá escuchen hoy su voz:
«No endurezcan el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando sus padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras». 
R.

 

Segunda lectura

Rom 13, 8-10

La plenitud de la ley es el amor

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos.

HERMANOS:
A nadie le deban nada, más que el amor mutuo; porque el que ama ha cumplido el resto de la ley. De hecho, el «no cometerás adulterio, no matarás, no robarás, no codiciarás», y cualquiera de los otros mandamientos, se resume en esto: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo».
El amor no hace mal a su prójimo; por eso la plenitud de la ley es el amor.

Palabra de Dios.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo,
y ha puesto en nosotros el mensaje de la reconciliación. 
R.

 

Evangelio

Mt 18, 15-20

Si te hace caso, has salvado a tu hermano

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Si tu hermano peca contra ti, repréndelo estando los dos a solas. Si te hace caso, has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un pagano o un publicano.
En verdad les digo que todo lo que aten en la tierra quedará atado en los cielos, y todo lo que desaten en la tierra quedará desatado en los cielos.
Les digo, además, que si dos de ustedes se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre que está en los cielos. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».

Palabra del Señor.

 

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“Si te escucha, habrás ganado a tu hermano”

 

Queridos hermanos:

Las lecturas de este domingo nos colocan ante una verdad exigente: no podemos vivir la fe de manera aislada, como si la vida de los demás no tuviera nada que ver con nosotros. Dios nos ha hecho comunidad y, por eso, somos responsables unos de otros. Sin embargo, esta responsabilidad debe ejercerse desde el amor, la humildad y la misericordia, nunca desde el juicio, la murmuración o el deseo de humillar.

En la primera lectura, Dios le dice al profeta Ezequiel: “A ti, hijo de hombre, te he puesto como centinela de la casa de Israel”. El centinela es quien permanece despierto, descubre el peligro y avisa para proteger la vida del pueblo. Dios no convierte a Ezequiel en espía, acusador o vigilante de la conducta ajena; lo hace responsable de transmitir su Palabra.

La misión del profeta no consiste en condenar al pecador, sino en advertirle para que cambie de camino y viva. Si guarda silencio por comodidad o cobardía, también él tendrá que responder. Pero si habla con fidelidad, habrá cumplido su misión.

También nosotros podemos caer en dos extremos. El primero es la indiferencia: “Ese no es mi problema; que cada cual haga con su vida lo que quiera”. El segundo es la condenación: señalar, divulgar la falta, destruir la reputación y cerrar toda posibilidad de cambio. La Palabra de Dios nos propone otro camino: cuidar al hermano, decirle la verdad con caridad y ayudarlo a regresar.

Pero antes de corregir a alguien debemos dejarnos interpelar por el salmo: “Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: no endurezcáis vuestro corazón”. No podemos corregir el corazón del hermano mientras mantenemos endurecido el nuestro. Antes de pedirle a otro que escuche, debemos preguntarnos si nosotros estamos escuchando al Señor.

Quizá el primer corazón que necesita ser corregido es el mío. Tal vez llevo demasiado tiempo alimentando un resentimiento, justificando una conducta equivocada o negándome a reconocer el daño que he causado. Corregir fraternalmente exige primero ponerse delante de Dios y pedir un corazón dócil, porque quien no escucha al Señor fácilmente confundirá la corrección con el desahogo de su rabia.

San Pablo nos entrega en la segunda lectura el criterio fundamental: “A nadie le debáis nada, más que amor”. Y añade: “El amor no hace mal al prójimo; por eso, la plenitud de la ley es el amor”.

Esta es la pregunta que debe acompañar toda corrección: ¿lo que voy a decir nace verdaderamente del amor? ¿Busco ayudar al hermano o hacerle sentir mi superioridad? ¿Quiero sanar la relación o cobrarle una ofensa? ¿Estoy dispuesto a escucharlo también y reconocer mi parte de responsabilidad?

No toda palabra aparentemente sincera es caritativa. A veces decimos: “Yo digo las cosas de frente”, pero usamos la verdad como una piedra. La verdad cristiana no se arroja contra nadie: se ofrece con respeto, se pronuncia con humildad y se acompaña con misericordia. El amor no permanece indiferente ante el mal, pero tampoco disfruta exponiendo o avergonzando al que se equivocó.

En el Evangelio, Jesús nos presenta un camino concreto y progresivo: “Si tu hermano peca, ve y corrígelo a solas entre los dos”. Jesús dice: “Ve”. No dice que esperemos a que el otro adivine nuestro disgusto; tampoco que publiquemos indirectas, que formemos bandos o que contemos a todos lo ocurrido antes de hablar con la persona implicada.

En nuestro tiempo, esta enseñanza tiene una actualidad enorme. Resulta muy fácil divulgar una acusación por las redes sociales, reenviar un mensaje, compartir una fotografía o comentar los errores ajenos. En pocos minutos podemos destruir una reputación que tardó años en construirse. Con frecuencia hablamos con muchas personas acerca del hermano, pero no somos capaces de hablar con el hermano.

Jesús pide discreción: “A solas entre los dos”. Esa privacidad protege la dignidad de la persona y le permite reconocer su falta sin quedar humillada ante los demás. El propósito no es vencerla en una discusión, sino recuperarla: “Si te escucha, habrás ganado a tu hermano”. Qué expresión tan hermosa: ganar al hermano, no ganar la pelea; salvar la comunión, no demostrar que teníamos razón.

Si ese primer diálogo no da fruto, Jesús propone acudir a una o dos personas prudentes. Y, si tampoco escucha, comunicarlo a la comunidad. No se trata de aumentar progresivamente la presión o la vergüenza, sino de ampliar la ayuda, garantizar la verdad de los hechos y buscar caminos de reconciliación.

Esta enseñanza sobre la discreción nunca debe utilizarse para ocultar delitos, abusos, violencia o situaciones que ponen en peligro a una persona. En esos casos, proteger a la víctima y acudir a las autoridades competentes también forma parte de nuestra responsabilidad cristiana. La misericordia no encubre la injusticia; busca la verdad, la protección de quien sufre y la conversión de quien ha causado el daño.

Jesús añade: “Si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un gentil o un publicano”. No es una autorización para odiarlo o despreciarlo. Recordemos cómo trataba Jesús a los gentiles y publicanos: no justificaba sus pecados, pero nunca dejaba de buscarlos, llamarlos y ofrecerles misericordia. En algunas situaciones será necesario establecer límites claros y reconocer que la comunión está herida, pero nunca podremos cerrar definitivamente la puerta de la oración y de la esperanza.

El Señor confía además a la comunidad la responsabilidad de “atar y desatar”. La Iglesia no es un grupo de personas perfectas, sino una comunidad reconciliada y reconciliadora, llamada a discernir, perdonar, acompañar y restaurar los vínculos rotos.

El Evangelio concluye con una promesa: “Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. Jesús sabe que reconstruir una relación no depende únicamente de nuestras capacidades. Por eso nos invita a orar juntos. Cuando Cristo está realmente en medio, disminuye nuestro orgullo, aprendemos a escuchar, encontramos palabras menos hirientes y descubrimos que el otro sigue siendo nuestro hermano.

En esta Eucaristía ninguno puede presentarse como juez de los demás. Al comienzo de la celebración no dijimos: “Señor, ten piedad de los pecadores que están a mi lado”, sino: “Señor, ten piedad de nosotros”. Todos necesitamos ser corregidos, perdonados y levantados.

Pidámosle hoy al Señor que nos libre de la indiferencia que abandona al hermano, de la murmuración que lo destruye y del orgullo que pretende corregirlo sin amor. Que nos conceda un corazón capaz de escuchar su voz, la valentía para hablar cuando sea necesario, la humildad para aceptar nuestras propias faltas y la caridad para buscar siempre la reconciliación.

Porque corregir cristianamente no es perder a una persona, sino hacer todo lo posible por ganarla nuevamente como hermana. Y donde una comunidad se escucha, se perdona, ora unida y reconstruye la comunión, allí está Cristo vivo en medio de ella. Amén.

 

5 de septiembre del 2026: sábado de la vigésima segunsa semana del tiempo ordinario II-Memoria de Santa Teresa de Calcuta, Virgen

 

Testigo de la fe:

Santa Teresa de Calcuta

1910-1997

«Comiencen el día con la oración y termínenlo con la oración», aconsejaba la célebre fundadora de las Misioneras de la Caridad, quien dedicó cerca de medio siglo al servicio de los más pobres entre los pobres. Convencida de que en cada persona abandonada encontraba al mismo Cristo, acogió a enfermos, moribundos, huérfanos y excluidos, devolviéndoles dignidad mediante la ternura y el cuidado.

Su caridad nacía de una intensa vida de oración y de su encuentro cotidiano con Jesús en la Eucaristía. Incluso durante largos años de oscuridad espiritual, permaneció fiel a su vocación y continuó sirviendo con amor.

Galardonada con el Premio Nobel de la Paz en 1979, murió en Calcuta el 5 de septiembre de 1997.

Fue canonizada por el papa Francisco el 4 de septiembre de 2016.

Santa Teresa nos recuerda que la santidad comienza al reconocer a Jesús en quien sufre y al realizar con un amor extraordinario las cosas pequeñas de cada día.

 

 


El sábado al servicio de la vida


«El Hijo del hombre es señor del sábado».

El sentido del sábado se comprende ahora a partir de la autoridad de Jesús. Él no lo suprime ni le quita importancia, sino que revela su significado más profundo: el sábado fue dado para conducir al ser humano hacia Dios, procurarle descanso y proteger su vida. Cuando la norma se olvida de la persona, traiciona la intención de Aquel que la estableció. Jesús nos enseña así que la fidelidad a Dios nunca puede separarse de la misericordia, del cuidado de los más frágiles y del amor concreto al prójimo.

 

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Primera lectura

1 Cor 4, 6b-15

Pasamos hambre y sed y falta de ropa

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios.

HERMANOS:
Aprendan de Apolo y de mí a jugar limpio y no se engrían el uno contra el otro. A ver, ¿quién te hace tan importante? ¿Tienes algo que no hayas recibido? Y, si lo has recibido, ¿a qué tanto orgullo, como si nadie te lo hubiera dado?
Ya tienen todo lo que ansiaban, ya son ricos, han conseguido un reino sin nosotros. ¿Qué más quisiera yo? Así reinaríamos juntos. Por lo que veo, a nosotros, los apóstoles, Dios nos coloca los últimos; como condenados a muerte, dados en espectáculo público para ángeles y hombres. Nosotros unos locos por Cristo, ustedes, sensatos en Cristo; nosotros débiles, ustedes fuertes; ustedes célebres, nosotros despreciados; hasta ahora pasamos hambre y sed y falta de ropa; recibimos bofetadas, no tenemos domicilio, nos agotamos trabajando con nuestras propias manos; nos insultan y les deseamos bendiciones; nos persiguen y aguantamos; nos calumnian y respondemos con buenos modos; nos tratan como a la basura del mundo, el desecho de la humanidad; y así hasta el día de hoy.
No les escribo esto para avergonzarlos, sino para amonestarlos. Porque los quiero como a hijos; ahora que están en Cristo tendrán mil tutores, pero padres no tienen muchos; por medio del Evangelio soy yo quien los ha engendrado para Cristo Jesús.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 144, 17-18. 19-20. 21 (R.: 18a)

R. Cerca está el Señor de los que lo invocan.

V. El Señor es justo en todos sus caminos,
es bondadoso en todas sus acciones.
Cerca está el Señor de los que lo invocan,
de los que lo invocan sinceramente.
R.

V. Satisface los deseos de los que le temen,
escucha sus gritos, y los salva.
El Señor guarda a los que lo aman,
pero destruye a los malvados.
R.

V. Pronuncie mi boca la alabanza del Señor,
todo viviente bendiga su santo nombre
por siempre jamás.
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Yo soy el camino y la verdad y la vida —dice el Señor—;
nadie va al Padre sino por mí.
R.

 

Evangelio

Lc 6, 1-5

¿Por qué hacen en sábado lo que no está permitido?

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

UN sábado, iba Jesús caminando por medio de un sembrado y sus discípulos arrancaban y comían espigas, frotándolas con las manos.
Unos fariseos dijeron:
«¿Por qué hacen en sábado lo que no está permitido?».
Respondiendo Jesús, les dijo:
«¿No han leído lo que hizo David, cuando él y sus compañeros sintieron hambre?
Entró en la casa de Dios, y tomando los panes de la proposición, que solo está permitido comer a los sacerdotes, comió él y dio a los que estaban con él».
Y les decía:
«El Hijo del hombre es señor del sábado».

Palabra del Señor.


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«¿Qué tienes que no hayas recibido?»

 

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de este sábado nos invita a pasar de una religiosidad centrada únicamente en el cumplimiento exterior a una fe que reconoce los dones recibidos, se compadece del hambre ajena y se convierte en servicio.

San Pablo pregunta en la primera lectura: «¿Qué tienes que no hayas recibido? Y, si lo has recibido, ¿por qué presumes como si no lo hubieras recibido?» Esta pregunta desmonta nuestro orgullo. La vida, la fe, la inteligencia, la salud, las capacidades, la familia, la comunidad y hasta las oportunidades que hemos tenido son dones recibidos. Nada nos autoriza a sentirnos superiores ni a despreciar a los demás.

Los corintios se consideraban ricos, fuertes y sabios; mientras tanto, Pablo describe la condición de los apóstoles: padecen hambre, sed y cansancio; son despreciados, perseguidos y calumniados. Sin embargo, cuando los insultan, bendicen; cuando los persiguen, soportan; cuando los calumnian, responden con bondad. Así se reconoce al verdadero discípulo: no solamente por lo que enseña, sino por la manera cristiana de responder al sufrimiento y a la ofensa.

Pablo tampoco habla para humillar a la comunidad. Les dice que los amonesta como a hijos queridos, porque los ha engendrado en Cristo mediante el Evangelio. El auténtico evangelizador no busca admiradores, privilegios ni reconocimientos: ama con corazón de padre, acompaña, corrige con caridad y está dispuesto a desgastarse por aquellos que Dios le ha confiado.

El salmo nos ofrece una certeza consoladora: «Cerca está el Señor de los que lo invocan». Dios no permanece distante frente al sufrimiento humano. Escucha el grito del pobre, sostiene al que está abatido y protege al que lo ama. Pero debemos preguntarnos: si Dios está cerca de quienes sufren, ¿podemos nosotros permanecer indiferentes? Quien invoca sinceramente al Señor aprende también a acercarse al hambriento, al enfermo, al anciano abandonado, al migrante, al niño desprotegido y a quien sufre en silencio. Las lecturas completas corresponden a 1 Corintios 4,6b-15; Salmo 144 y Lucas 6,1-5.

En el Evangelio, los discípulos tienen hambre y arrancan algunas espigas para comer. Algunos fariseos no ven personas necesitadas, sino infractores de una norma. Jesús no desprecia el sábado ni relativiza la Ley de Dios. Por el contrario, revela su sentido más profundo: el sábado fue entregado para honrar a Dios, devolverle dignidad y descanso al ser humano y proteger la vida.

Por eso Jesús proclama: «El Hijo del hombre es señor del sábado». Él es quien interpreta plenamente la voluntad del Padre. Ninguna práctica religiosa puede utilizarse para ignorar el dolor, condenar al necesitado o cerrar las puertas de la misericordia. La ley sin amor se convierte en carga; la verdad sin compasión puede convertirse en piedra; la religión sin cercanía termina olvidando el corazón de Dios.

En este sábado dirigimos también nuestra mirada hacia la Virgen María. Ella comprendió que todo era gracia. No presumió de sus privilegios, sino que proclamó: «El Poderoso ha hecho obras grandes por mí». Y enseguida se puso en camino para servir a Isabel. María nos muestra que quien reconoce los dones de Dios no los guarda egoístamente: los convierte en disponibilidad, servicio y alabanza.

Recordamos además a santa Teresa de Calcuta, quien comenzó cada jornada en la oración y en la Eucaristía, y desde ese encuentro salió a buscar a Cristo en los más pobres. En los moribundos abandonados, en los enfermos, en los hambrientos y en quienes nadie quería, ella reconoció el rostro del Señor. Su caridad no nació simplemente de la sensibilidad humana, sino de una profunda unión con Jesús. Su vida confirma que la oración verdadera abre los ojos y las manos: nos permite descubrir que el necesitado no es una molestia, sino un hermano; no es un número, sino una persona amada por Dios. La Santa Sede recuerda que las Misioneras de la Caridad fueron establecidas en 1950 para servir a “los más pobres entre los pobres”.

Hoy podríamos preguntarnos:

¿Reconozco agradecidamente que todo lo bueno que poseo lo he recibido de Dios? ¿Mi manera de vivir la fe me vuelve más cercano y misericordioso? ¿Soy capaz de descubrir a Jesús en quien tiene hambre de pan, de compañía, de escucha, de perdón o de esperanza?

Pidamos al Señor que nos libre del orgullo espiritual y de una religiosidad fría. Que, siguiendo el ejemplo de la Virgen María y de santa Teresa de Calcuta, comencemos y terminemos cada jornada en oración, pero que entre una oración y otra transcurra una vida llena de amor, servicio y misericordia.

Santa María, Madre de los pobres, ruega por nosotros.
Santa Teresa de Calcuta, ruega por nosotros. Amén.

 

jueves, 3 de septiembre de 2026

4 de septiembre del 2026: viernes de la vigésima segunda semana del tiempo ordinario II

 

Acoger la alegría del Esposo

«¿Acaso pueden hacer ayunar a los invitados a la boda mientras el Esposo está con ellos?».

La presencia de Jesús, el Esposo, nos llama a vivir de una manera nueva nuestra relación con Dios: una relación fundada no en el miedo ni en el simple cumplimiento exterior, sino en la alegría del encuentro y de la comunión con Él. Sin embargo, acoger el vino nuevo del Evangelio exige odres nuevos: un corazón disponible y capaz de dejarse transformar. También el ayuno adquiere entonces un sentido nuevo: no es una práctica triste, sino la expresión de nuestro deseo de Cristo y de la espera de su presencia plena.

 


Primera lectura

1 Cor 4, 1-5
El Señor pondrá al descubierto los designios del corazón

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios.

HERMANOS:
Que la gente solo vea en nosotros servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios. Ahora, lo que se busca en los administradores es que sean fieles. Para mí lo de menos es que ustedes me pidan cuentas o un tribunal humano; ni siquiera yo me pido cuentas. La conciencia, es verdad, no me remuerde; pero tampoco por eso quedo absuelto: mi juez es el Señor.
Así, pues, no juzguen antes de tiempo, dejen que venga el Señor. Él iluminará lo que esconden las tinieblas y pondrá al descubierto los designios del corazón; entonces cada uno recibirá de Dios lo que merece.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 36, 3-4. 5-6. 27-28. 39-40 (R.: 39a)

R. El Señor es quien salva a los justos.

V. Confía en el Señor y haz el bien:
habitarás tu tierra y reposarás en ella en fidelidad;
sea el Señor tu delicia,
y él te dará lo que pide tu corazón.
R.

V. Encomienda tu camino al Señor,
confía en él, y él actuará:
hará tu justicia como el amanecer,
tu derecho como el mediodía.
R.

V. Apártate del mal y haz el bien,
y siempre tendrás una casa;
porque el Señor ama la justicia
y no abandona a sus fieles.
Los inicuos son exterminados,
la estirpe de los malvados se extinguirá.
R.

V. El Señor es quien salva a los justos,
él es su alcázar en el peligro;
el Señor los protege y los libra,
los libra de los malvados y los salva
porque se acogen a él.
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Yo soy la luz del mundo —dice el Señor—;
el que me sigue tendrá la luz de la vida.
R.

 

Evangelio

Lc 5, 33-39

Les arrebatarán al esposo, entonces ayunarán

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

EN aquel tiempo, los fariseos y los escribas dijeron a Jesús:
«Los discípulos de Juan ayunan a menudo y oran, y los de los fariseos también; en cambio, los tuyos, a comer y a beber».
Jesús les dijo:
«¿Acaso pueden hacer ayunar a los invitados a la boda mientras el esposo está con ellos? Llegarán días en que les arrebatarán al esposo, entonces ayunarán en aquellos días».
Les dijo también una parábola:
«Nadie recorta una pieza de un manto nuevo para ponérsela a un manto viejo; porque, si lo hace, el nuevo se rompe y al viejo no le cuadra la pieza del nuevo.
Nadie echa vino nuevo en odres viejos: porque, si lo hace, el vino nuevo reventará los odres y se derramará, y los odres se estropearán.
A vino nuevo, odres nuevos.
Nadie que cate vino añejo quiere del nuevo, pues dirá: “El añejo es mejor”».

Palabra del Señor.

 

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«A vino nuevo, corazones nuevos»

 

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios nos invita hoy a renovar nuestra vida desde dentro. No basta cambiar algunas costumbres externas o colocar pequeños remiendos sobre aquello que no queremos transformar. Jesús nos ofrece el vino nuevo del Evangelio y, para recibirlo, necesitamos odres nuevos: un corazón humilde, disponible y abierto a la gracia.

San Pablo, en la primera lectura, nos recuerda que somos «servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios». Y lo que se espera de un administrador no es que busque aplausos o reconocimientos, sino que sea fiel. Pablo tampoco se deja esclavizar por los juicios humanos: sabe que solamente el Señor conoce lo que se esconde en lo profundo del corazón y puede manifestar las verdaderas intenciones de cada persona.

Esta enseñanza nos invita a revisar dos actitudes. Primero, nuestra tendencia a juzgar precipitadamente a los demás, sin conocer sus luchas, heridas o sufrimientos interiores. Muchas personas sonríen exteriormente, pero llevan en su alma una tristeza profunda; otras padecen enfermedades que no siempre se notan; algunas luchan silenciosamente contra la soledad, la ansiedad, la culpa o el desaliento. Solo Dios conoce completamente su historia. Antes de juzgar, estamos llamados a acercarnos, escuchar, comprender y acompañar.

En segundo lugar, san Pablo nos invita a reconocer que nuestra vida es un servicio. No somos dueños de los dones recibidos, sino administradores. Nuestra inteligencia, nuestra salud, nuestro tiempo, nuestros bienes y nuestra fe nos han sido confiados para ponerlos al servicio de los demás. La pregunta cristiana no es: «¿Cuánto me reconocen?», sino: «¿Estoy siendo fiel a lo que Dios me ha confiado?».

El salmo nos entrega una orientación muy concreta: «Confía en el Señor y haz el bien». En los momentos de dolor no siempre encontramos explicaciones, pero sí podemos encontrar una presencia. Dios no promete una existencia sin pruebas; promete permanecer junto a quien sufre y salvar a quien se refugia en Él.

Confiar en el Señor no significa permanecer pasivos. El salmo une dos acciones: confiar y hacer el bien. Quien confía en Dios no se encierra en su propio dolor, sino que procura convertirse en consuelo para otros. Tal vez no podamos resolver todos los problemas, pero sí podemos escuchar al que está solo, visitar al enfermo, acompañar al afligido, compartir el pan, ofrecer una oración y pronunciar una palabra que devuelva esperanza.

En el Evangelio, algunos cuestionan a Jesús porque sus discípulos no ayunan como los discípulos de Juan y los fariseos. Jesús responde presentándose como el Esposo. Mientras Él está presente, los invitados a la boda están llamados a celebrar. Con Jesucristo ha llegado el tiempo de la salvación, del encuentro y de la alegría.

Esto no significa que Jesús rechace el ayuno o la penitencia. Él mismo anuncia que llegará el momento en que el Esposo será arrebatado y entonces sus discípulos ayunarán. La penitencia cristiana no nace del desprecio por la vida ni de una tristeza sin esperanza. Nace del amor. Ayunamos porque queremos liberar el corazón de aquello que nos impide amar; hacemos penitencia porque reconocemos nuestros pecados y deseamos volver al Señor; renunciamos a algo para compartir con quien lo necesita y solidarizarnos con quienes sufren.

Una penitencia que no nos hace más humildes, misericordiosos y generosos corre el riesgo de convertirse en un acto vacío. Dios no quiere únicamente privaciones exteriores: desea la conversión del corazón. Quizá el ayuno que necesitamos sea renunciar a una palabra hiriente, al juicio apresurado, al resentimiento, a la indiferencia o a esa costumbre que nos aleja de Él. Tal vez nuestro mejor sacrificio sea reconciliarnos, pedir perdón, visitar a una persona enferma o dedicar tiempo a quien atraviesa una noche oscura.

Jesús concluye diciendo: «A vino nuevo, odres nuevos». No podemos recibir la novedad del Evangelio conservando intactos nuestros viejos odres: el orgullo, la dureza, la indiferencia, la autosuficiencia y la falta de perdón. Cristo no vino simplemente a remendar nuestra vida antigua; vino a darnos un corazón nuevo. La gracia no es un adorno religioso que se añade a nuestra existencia: es una fuerza que transforma nuestra manera de pensar, juzgar, amar y servir.

En esta Eucaristía presentamos nuestra intención penitencial. Reconozcamos con sinceridad nuestros pecados y permitamos que el Señor manifieste y purifique las intenciones escondidas de nuestro corazón. Pidamos perdón por las veces que hemos juzgado, ignorado el dolor ajeno o administrado egoístamente los dones recibidos.

Oremos también por quienes sufren en el alma y en el cuerpo: por los enfermos, quienes padecen dolores prolongados, quienes esperan un diagnóstico o afrontan un tratamiento; por quienes viven deprimidos, angustiados, solos o desanimados; por quienes han perdido el deseo de continuar y por sus familiares y cuidadores. Que encuentren en Cristo, Esposo y Salvador, consuelo, fortaleza y esperanza. Y que nosotros sepamos convertirnos en odres nuevos capaces de llevarles el vino de la misericordia, la cercanía y el amor de Dios.

Que María, Madre compasiva, permanezca junto a todos los que sufren y nos enseñe a conservar un corazón abierto a la novedad del Evangelio. Amén.

 

miércoles, 2 de septiembre de 2026

3 de septiembre del 2026: jueves de la vigésima segunda semana del tiempo ordinario II- San Gregorio Magno, papa y Doctor de la Iglesia

 

Testigo de la fe:

San Gregorio Magno

Hacia 540-604.

«Cuanto más perfecta es un alma, más compasión siente por los sufrimientos de los demás», afirmaba este monje benedictino, elegido papa en el año 590.

Dejó numerosos escritos de carácter pastoral, moral y espiritual.

Fue un gran pastor, reformador y evangelizador, reconocido como uno de los cuatro grandes doctores de la Iglesia de Occidente.

 

 

«Dejándolo todo, lo siguieron»

La palabra de Jesús manifiesta toda su eficacia, pues transforma una situación de fracaso en sobreabundancia. Y esta eficacia abre a los discípulos a una misión que los supera. Por tanto, la misión no se apoya principalmente en sus capacidades, sino en la confianza depositada en aquel que los llama.

Simón acepta echar las redes «por la palabra» de Jesús. Descubre así que la obediencia de la fe hace fecundo aquello que los solos esfuerzos humanos no habían podido realizar. Ante tal abundancia, Pedro reconoce su pequeñez y su condición de pecador. Sin embargo, Jesús no lo rechaza, sino que lo tranquiliza y le confía una misión: «No temas; desde ahora serás pescador de hombres».

Seguir a Cristo supone, entonces, dejar no solamente los bienes materiales, sino también nuestras seguridades, costumbres y pretensiones de controlarlo todo. El Señor no busca discípulos perfectos, sino corazones disponibles. También hoy sube a la barca de nuestros fracasos, nos invita a remar mar adentro y transforma nuestra pobreza en camino de fecundidad y misión.

 


Primera lectura

1 Cor 3, 18-23

Todo es de ustedes, ustedes de Cristo y Cristo de Dios

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios.

HERMANOS:
Que nadie se engañe. Si alguno de ustedes se cree sabio en este mundo, que se haga necio para llegar a ser sabio.
Porque la sabiduría de este mundo es necedad ante Dios, como está escrito: «Él caza a los sabios en su astucia». Y también: «El Señor penetra los pensamientos de los sabios y conoce que son vanos».
Así, pues, que nadie se gloríe en los hombres, pues todo es de ustedes: Pablo, Apolo, Cefas, el mundo, la vida, la muerte, lo presente, lo futuro. Todo es de ustedes, ustedes de Cristo y Cristo de Dios.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 23, 1b-2. 3-4ab. 5-6 (R.: 1b)

R. Del Señor es la tierra y cuanto la llena.

V. Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos. 
R.

V. ¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
El hombre de manos inocentes y puro corazón,
que no confía en los ídolos. 
R.

V. Ese recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
Esta es la generación que busca al Señor,
que busca tu rostro, Dios de Jacob. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Vengan en pos de mí —dice el Señor—,
y los haré pescadores de hombres. 
R.

 

Evangelio

Lc 5, 1-11

Dejándolo todo, lo siguieron

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

EN aquel tiempo, la gente se agolpaba en torno a Jesús para oír la palabra de Dios. Estando él de pie junto al lago de Genesaret, vio dos barcas que estaban en la orilla; los pescadores, que habían desembarcado, estaban lavando las redes.
Subiendo a una de las barcas, que era la de Simón, le pidió que la apartara un poco de tierra. Desde la barca, sentado, enseñaba a la gente.
Cuando acabó de hablar, dijo a Simón:
«Rema mar adentro, y echen sus redes para la pesca».
Respondió Simón y dijo:
«Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos recogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes».
Y, puestos a la obra, hicieron una redada tan grande de peces que las redes comenzaban a reventarse. Entonces hicieron señas a los compañeros, que estaban en la otra barca, para que vinieran a echarles una mano. Vinieron y llenaron las dos barcas, hasta el punto de que casi se hundían. Al ver esto, Simón Pedro se echó a los pies de Jesús diciendo:
«Señor, apártate de mí, que soy un hombre pecador».
Y es que el estupor se había apoderado de él y de los que estaban con él, por la redada de peces que habían recogido; y lo mismo les pasaba a Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón.
Y Jesús dijo a Simón:
«No temas; desde ahora serás pescador de hombres».
Entonces sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron.

Palabra del Señor.

 

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«Por tu palabra echaré las redes»

 

Queridos hermanos:

El Evangelio nos sitúa ante unos pescadores cansados y decepcionados. Han trabajado durante toda la noche, han empleado su experiencia y sus mejores esfuerzos, pero no han conseguido nada. Ahora están en la orilla lavando las redes, quizá resignados a aceptar el fracaso.

También nosotros conocemos noches semejantes. Trabajamos, oramos, aconsejamos, evangelizamos y procuramos hacer el bien, pero no siempre vemos los frutos esperados. Algunas veces sentimos que nuestras palabras no son escuchadas; que los jóvenes se alejan; que disminuyen las vocaciones; que nuestras familias no responden como quisiéramos; o que, a pesar de tanto esfuerzo pastoral, las redes continúan vacías.

Jesús no contempla aquella barca vacía desde lejos. Sube a ella. Entra precisamente en el lugar del cansancio y del fracaso de Simón. Esto es profundamente consolador: el Señor no espera que nuestra barca esté llena para acercarse a nosotros. Él entra cuando está vacía; sube a ella cuando nosotros pensamos que ya no tenemos nada que ofrecer.

Después de enseñar a la multitud, Jesús dice a Simón: «Rema mar adentro y echen las redes para pescar». Humanamente, la orden parece poco razonable. Pedro conoce el lago, domina su oficio y sabe que ya ha pasado el momento más conveniente para la pesca. Sin embargo, responde: «Maestro, hemos trabajado toda la noche y no hemos recogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes».

Estas últimas palabras contienen el secreto de toda fecundidad cristiana: «Por tu palabra». Pedro no vuelve a intentarlo porque confíe más en su experiencia, ni porque haya recuperado súbitamente el entusiasmo. Lo hace porque Jesús se lo ha pedido. La pesca abundante no será solamente fruto del esfuerzo de Pedro, sino de su obediencia confiada.

La primera lectura nos ayuda a comprenderlo. San Pablo advierte a los corintios que no deben apoyarse exclusivamente en la sabiduría de este mundo ni convertir a los dirigentes de la comunidad en ídolos. Algunos decían pertenecer a Pablo, otros a Apolo y otros a Cefas. Pero el Apóstol corrige estas divisiones afirmando: «Todo es de ustedes, ustedes son de Cristo y Cristo es de Dios».

La Iglesia no pertenece a un sacerdote, a un grupo, a un movimiento ni a una determinada figura pastoral. Todos pertenecemos a Cristo. Los evangelizadores somos servidores; la barca es del Señor y la pesca también es suya. Necesitamos capacidades, preparación, organización y buenos medios, pero nada de eso puede reemplazar la escucha de la Palabra, la oración y la confianza en Dios.

El salmo proclama: «Del Señor es la tierra y cuanto la llena». El mundo al que somos enviados ya le pertenece a Dios. Antes de que llegue el misionero, el Señor ya está actuando en el corazón de las personas. Antes de que el catequista pronuncie una palabra, el Espíritu Santo ya ha comenzado silenciosamente su obra. Evangelizar no significa llevar a Dios a un lugar donde Él no está, sino ayudar a las personas a descubrir su presencia y abrirse a su amor.

El salmo también pregunta: «¿Quién puede subir al monte del Señor?». Y responde: «El hombre de manos inocentes y puro corazón». No se trata de exigir una perfección imposible. Pedro acaba de reconocer: «Señor, apártate de mí, que soy un pecador». Jesús no niega su debilidad ni aprueba su pecado, pero tampoco lo rechaza. Le dice: «No temas; desde ahora serás pescador de hombres».

La conciencia de su pecado no incapacita a Pedro para la misión; lo hace humilde y dependiente de la misericordia. Dios no llama únicamente a personas que se sienten fuertes y preparadas. Llama a hombres y mujeres que, reconociendo su fragilidad, se dejan purificar, confían en su gracia y se ponen en camino. La vocación no nace de pensar: «Yo soy capaz», sino de responder: «Señor, si tú me llamas, confiaré en ti».

Hoy recordamos a san Gregorio Magno, monje benedictino llamado a conducir la barca de la Iglesia como papa. En medio de tiempos difíciles, supo unir la contemplación, el cuidado pastoral, la caridad con los necesitados y el impulso evangelizador. Comprendió que la verdadera grandeza del pastor consiste en servir y compadecerse de los sufrimientos ajenos.

Pidamos hoy especialmente por la obra evangelizadora de la Iglesia. Que nuestras parroquias, comunidades, escuelas, familias, medios de comunicación y redes sociales sean barcas desde las cuales Jesús pueda enseñar y acercarse a muchas personas. Que no nos desanimemos cuando parezca que hemos trabajado en vano, sino que volvamos a echar las redes confiados en su Palabra.

Oremos también por las vocaciones sacerdotales, religiosas, misioneras y laicales. Que muchos niños, adolescentes y jóvenes permitan que Jesús suba a la barca de sus vidas; que no tengan miedo de remar mar adentro ni de dejar aquellas seguridades que les impiden seguirlo. Y que nuestras comunidades sepan acompañarlos con la oración, el testimonio y la alegría.

El Señor sigue diciendo: «Rema mar adentro». Aunque estemos cansados, aunque las redes parezcan vacías, aunque nos sintamos pequeños y pecadores, respondamos como Pedro:

«Señor, por tu palabra volveré a intentarlo; por tu palabra echaré las redes; por tu palabra te seguiré». Amén.



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3 de septiembre:

San Gregorio Magno, Papa y Doctor — Memoria

c. 540–604
Patrono de los monaguillos, educadores, albañiles, músicos, papas, estudiantes y cantores.
Invocado contra la gota y la peste.
Canonizado antes del proceso formal de canonización.
Declarado Doctor de la Iglesia por el Papa Bonifacio VIII en 1295.

 


Cita

Nadie presume enseñar un arte antes de haberlo aprendido primero mediante la meditación atenta. ¡Qué temeridad, entonces, que los inexpertos asuman la autoridad pastoral, siendo que el gobierno de las almas es el arte de las artes! … Y, sin embargo, ¡cuántas veces hombres sin conocimiento alguno de los preceptos espirituales se profesan temerariamente médicos del corazón, mientras que aquellos que ignoran el efecto de los medicamentos se sonrojan de presentarse como médicos del cuerpo! Pero, debido a que, por disposición de Dios, todos los de mayor rango de esta época se inclinan a reverenciar la religión, hay algunos que, con la apariencia externa de autoridad en el seno de la santa Iglesia, buscan la gloria de la distinción. Desean aparecer como maestros, codician ser superiores a los demás y, como lo atestigua la Verdad, buscan los primeros saludos en las plazas, los primeros asientos en los banquetes, los primeros puestos en las asambleas (Mt 23,6-7), resultando tanto menos capaces de administrar dignamente el oficio que han asumido de cuidado pastoral, cuanto que han alcanzado el puesto magisterial de la humildad únicamente por vanagloria.
~San Gregorio Magno, Regla Pastoral, Libro I


Reflexión

San Gregorio Magno nació en Roma en el seno de una familia aristocrática cuyos miembros ocuparon cargos políticos y religiosos. Su padre fue senador y más tarde Prefecto de Roma, cargo similar al de un alcalde. Su madre, Silvia, fue una mujer virtuosa que después fue reconocida como santa, al igual que dos de sus tías. Así, la familia influyente, rica y santa de Gregorio le proporcionó una educación brillante y lo formó en la fe católica desde joven.

Durante los primeros catorce años de su vida, Gregorio fue testigo de cómo la guerra y la enfermedad devastaban Roma. Los ostrogodos habían gobernado la ciudad desde 479, pero entre 535 y 554 el emperador romano de Oriente libró una guerra para recuperarla. Ese conflicto causó gran destrucción y muchas muertes. Es posible que la familia de Gregorio incluso tuviera que huir por un tiempo. Tras la paz de 554, cuando Italia quedó bajo control del emperador de Oriente, la gente volvió a Roma para reconstruir la ciudad y restablecer el orden.

Entre 554 y 574, Gregorio siguió los pasos de su padre, asumiendo distintos cargos civiles de liderazgo. Alrededor del año 573 fue elegido Prefecto de Roma, el mismo puesto que había ocupado su padre. Sin embargo, poco después de asumirlo, murió su padre, y este acontecimiento lo llevó a dar un giro decisivo: renunció al cargo, transformó la casa familiar en un monasterio y profesó votos monásticos. Ese tiempo de profunda oración fue invaluable para él y lo preparó para las grandes responsabilidades que Dios más tarde le confiaría.

Como monje, Gregorio pasó cuatro años en oración y estudio silencioso. Aquellos años fueron de los más felices de su vida. En 578, el Papa Pelagio II lo ordenó diácono y, un año después, lo envió a Constantinopla como apocrisiario, es decir, embajador papal. Durante seis años allí, a pesar de los desafíos, mantuvo su vida monástica de oración y estudio mientras cumplía sus deberes en la corte imperial. En ese tiempo comenzó a escribir su célebre comentario al libro de Job, donde abordó la naturaleza de Dios, el problema del mal, la comprensión cristiana del sufrimiento humano y la virtud de la paciencia.

Tras su servicio en Constantinopla, Gregorio regresó a Roma, fue elegido abad de su monasterio y disfrutó algunos años más de paz monástica. En 590, a la muerte del Papa Pelagio II, el pueblo de Roma lo eligió como su sucesor. Gregorio aceptó, aunque con gran reticencia. Fue el primer monje en ser elegido papa.

Durante los siguientes catorce años, a pesar de su constante mala salud, el Papa Gregorio I se convirtió en uno de los pontífices más influyentes de la historia. Entre sus logros destacan importantes reformas en la administración y la liturgia de la Iglesia. En lo administrativo, reformó la gestión de los bienes y finanzas eclesiásticas, estableció directrices estrictas para el uso responsable de los recursos, puso medidas contra abusos como el nepotismo, aumentó la transparencia y expandió notablemente las obras de caridad, hasta vaciar el tesoro pontificio. También forjó alianzas políticas y militares estratégicas que fortalecieron al papado y garantizaron la seguridad y el bienestar de su pueblo. Incluso muchos líderes civiles acudieron a él en busca de orientación.

En lo litúrgico, contribuyó a la estandarización de la liturgia, estableciendo oraciones, el orden de la misa, el calendario litúrgico y desarrollando el canto litúrgico que, con el tiempo, llevaría su nombre: el canto gregoriano.

El Papa Gregorio también mostró un profundo espíritu misionero. En particular, impulsó la misión que inició la conversión de los pueblos anglosajones en Inglaterra. Se cuenta que, al ver en el mercado de Roma a unos niños esclavos de origen anglosajón, preguntó de dónde venían. Al oír que eran “anglos” de Inglaterra, respondió que parecían “ángeles”. Aquel encuentro le inspiró el deseo de evangelizar aquella nación pagana, enviando posteriormente a san Agustín de Canterbury y a cuarenta monjes de su propio monasterio, quienes llevaron adelante con gran éxito esta misión.

Además de sus comentarios bíblicos, Gregorio escribió la Regla Pastoral (Regula Pastoralis), una guía influyente para obispos y líderes de la Iglesia sobre su responsabilidad pastoral y la conducta en su vida personal y pública. Sus Diálogos recogen visiones, milagros y vidas de santos, incluyendo una de las primeras biografías de san Benito. Sus alrededor de 800 cartas ofrecen una rica visión del panorama eclesial, social y político de su tiempo, con consejos pastorales y teológicos de gran vigencia.

Los legados duraderos no se fabrican ni se compran: son fruto de un liderazgo verdadero y de un impacto profundo. El Papa Gregorio I es conocido como San Gregorio Magno. Es “Magno” porque no solo influyó en su época, en lo religioso y lo político, sino porque sus escritos y reformas marcaron el rumbo de la Iglesia por siglos. Sus primeros amores fueron Cristo y la vida monástica. Dios utilizó su humildad como cimiento para seguir edificando la Iglesia.

Al honrar a este gran papa, reflexionemos sobre la importancia de hacer de nuestra vida un fundamento sólido sobre el cual otros puedan crecer y florecer. Solo establecemos un verdadero cimiento para nuestra vida espiritual —y para la de quienes nos rodean— cuando hacemos de la oración y de la unión con Dios nuestra misión principal. San Gregorio lo hizo, y Dios lo usó de manera gloriosa. Que lo mismo pueda decirse de nosotros.


Oración

San Gregorio Magno, tu primer deseo fue amar a Dios, conocerlo en la oración y el estudio, y servirlo con todo tu corazón. Dios tomó lo que le ofreciste y lo convirtió en un sólido fundamento sobre el cual siguió edificando su Iglesia. Te ruego que intercedas por mí, para que mi vida esté siempre cimentada en la fe, de modo que Dios pueda servirse de mí como Él quiera, para su gloria y la salvación de las almas.
San Gregorio Magno, ruega por mí. Jesús, en Ti confío.

 


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