viernes, 19 de junio de 2026

20 de junio del 2026: sábado de la undécima semana del tiempo ordinario-II

 

Compromiso imposible


(Mateo 6, 24-34) No hay compromiso posible: hay que elegir entre Dios y el dinero. ¿De quién soy servidor? La elección se funda en la confianza. “No se preocupen”. Fácil decirlo cuando se tiene un techo y algo para comer cada día. El Evangelio no invita ni a la ociosidad, ni a la irresponsabilidad, ni al desprecio de los bienes indispensables. Nos recuerda lo esencial: revisar nuestras decisiones y prioridades a la luz de la justicia.

Colette Hamza, xavière

 


Primera lectura

2 Cro 24, 17-25
Zacarías, a quien mataron entre el santuario y el altar

Lectura del segundo libro de las Crónicas.

DESPUÉS de la muerte de Joadá, los jefes de Judá fueron a rendir homenaje al rey, que les hizo caso. Abandonaron el templo del Señor, Dios de sus padres, y sirvieron a los mojones y a los ídolos. Por este pecado la cólera estalló contra Judá y Jerusalén. Les envió profetas para convertirlos al Señor, pero no hicieron caso de sus amonestaciones.
Entonces el Espíritu de Dios vino sobre Zacarías, hijo del sacerdote Joadá, que, erguido ante el pueblo, les dijo:
«Así dice Dios: “¿Por qué quebrantan los mandamientos del Señor? ¡No tendrán éxito! Por haber abandonado al Señor, él los abandonará”».
Pero conspiraron contra él y, por mandato del rey, lo apedrearon en el atrio del templo del Señor. El rey Joás, olvidándose del amor que le profesaba Joadá, mató al hijo de este, que murió diciendo:
«¡Que lo vea el Señor y lo demande!».
Al cabo de un año, un ejército de Siria se dirigió contra Joás, invadió Judá y Jerusalén, mató a todos los jefes del pueblo y envió todo el botín al rey de Damasco.
Aunque el ejército de Siria contaba con poca gente, el Señor le entregó un ejército enorme, por haber abandonado al Señor, Dios de sus padres. Así se hizo justicia con Joás.
Al marcharse los sirios, dejándolo con múltiples dolencias, sus servidores conspiraron contra él para vengar al hijo del sacerdote Joadá.
Hirieron a Joás en la cama y murió.
Fue sepultado en la Ciudad de David, pero no en el panteón real.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 88, 4-5. 29-30. 31-32. 33-34 (R.: 29a)

R. Le mantendré eternamente mi favor.

V. Sellé una alianza con mi elegido,
jurando a David, mi siervo:
Te fundaré un linaje perpetuo,
edificaré tu trono para todas las edades. 
R.

V. Le mantendré eternamente mi favor,
y mi alianza con él será estable.
Le daré una posteridad perpetua
y un trono duradero como el cielo. 
R.

V. Si sus hijos abandonan mi ley
y no siguen mis mandamientos,
si profanan mis preceptos
y no guardan mis mandatos. 
R.

V. Castigaré con la vara sus pecados
y a latigazos sus culpas.
Pero no les retiraré mi favor
ni desmentiré mi fidelidad. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Jesucristo, siendo rico, se hizo pobre para enriquecerlos con su pobreza. R.

 

Evangelio

Mt 6, 24-34

No se agobien por el mañana

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Nadie puede servir a dos señores. Porque despreciará a uno y amará al otro; o, al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No pueden servir a Dios y al dinero.
Por eso les digo: no estén agobiados por la vida de ustedes pensando qué van a comer, ni por el cuerpo de ustedes pensando con qué se van a vestir. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo que el vestido? Miren los pájaros del cielo: no siembran ni siegan, ni almacenan y, sin embargo, su Padre celestial los alimenta. ¿No valen ustedes más que ellos?
¿Quién de ustedes, a fuerza de agobiarse, podrá añadir una hora al tiempo de su vida?
¿Por qué se agobian por el vestido? Fíjense cómo crecen los lirios del campo: ni trabajan ni hilan. Y les digo que ni Salomón, en todo su esplendor, estaba vestido como uno de ellos. Pues si a la hierba, que hoy está en el campo y mañana se arroja al horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más por ustedes, gente de poca fe? No anden agobiados pensando qué van a comer, o qué van a beber, o con qué se van a vestir. Los paganos se afanan por esas cosas. Ya sabe su Padre celestial que tienen necesidad de todo eso.
Busquen sobre todo el reino de Dios y su justicia; y todo esto se les dará por añadidura. Por tanto, no se agobien por el mañana, porque el mañana traerá su propio agobio. A cada día le basta su desgracia».

Palabra del Señor.

 

 

1

 

Queridos hermanos y hermanas:

La Palabra de Dios de este sábado nos pone frente a una pregunta muy seria: ¿a quién estamos sirviendo realmente? No basta decir que creemos en Dios. No basta tener una tradición religiosa, unas costumbres piadosas, unas devociones aprendidas desde la infancia. La pregunta del Evangelio va más al fondo: ¿quién ocupa el centro de mi corazón? ¿Dios o el dinero? ¿La confianza o la preocupación? ¿La fidelidad o la conveniencia?

Jesús nos dice con claridad:
“Nadie puede servir a dos señores… No pueden servir a Dios y al dinero.”

No dice simplemente que el dinero sea malo. El dinero, los bienes materiales, el trabajo, el alimento, la vivienda, la salud, todo eso es necesario para la vida. El problema aparece cuando esos bienes dejan de ser medios y se convierten en señores; cuando ya no usamos las cosas para vivir, sino que vivimos esclavos de las cosas; cuando el corazón termina arrodillado ante la seguridad material, el poder, la apariencia o la ambición.

Por eso podemos hablar de un “compromiso imposible”. Con Dios no se puede vivir a medias. No podemos entregar a Dios el domingo y al egoísmo el resto de la semana. No podemos rezar el Padrenuestro y al mismo tiempo vivir como si todo dependiera solamente de nuestra fuerza, nuestro dinero o nuestro prestigio. No podemos decir “venga a nosotros tu Reino” y luego buscar únicamente nuestro pequeño reino personal.

La primera lectura del segundo libro de las Crónicas nos ofrece un ejemplo doloroso. Después de la muerte del sacerdote Yehoyadá, los jefes de Judá se apartan del Señor. El rey Joás, que había comenzado bien, termina escuchando malos consejos. Abandona el templo del Señor y permite la idolatría. Dios envía profetas para llamar al pueblo a la conversión, pero ellos no escuchan. Incluso Zacarías, hijo de Yehoyadá, lleno del Espíritu de Dios, denuncia la infidelidad del pueblo y es asesinado por orden del rey.

Qué drama tan fuerte: Joás olvida el bien recibido. Olvida a quien lo protegió. Olvida la fidelidad de Dios. Y cuando la voz profética le recuerda la verdad, prefiere silenciarla. Aquí vemos lo que ocurre cuando el corazón deja de servir a Dios: termina sirviendo al poder, al orgullo, a la conveniencia, al miedo de perder privilegios.

La idolatría no siempre tiene forma de estatua. A veces la idolatría se llama ambición. A veces se llama vanidad. A veces se llama resentimiento. A veces se llama apego desordenado al dinero. A veces se llama deseo de controlarlo todo. Y cuando esos falsos señores se instalan en el corazón, la voz de Dios comienza a incomodar.

Por eso Jesús, en el Evangelio, nos invita a vivir desde la confianza:
“No se preocupen por su vida, pensando qué van a comer o qué van a beber; ni por su cuerpo, pensando con qué se van a vestir.”

Estas palabras pueden sonar difíciles, sobre todo para quien sufre necesidades reales. Como decía alguien, es fácil decir “no se preocupen” cuando uno tiene techo, comida y seguridad. Pero Jesús no está llamando a la irresponsabilidad. No nos invita a cruzarnos de brazos, a no trabajar, a no prever, a no cuidar la familia. Jesús no bendice la pereza ni el descuido.

Lo que Jesús denuncia es la preocupación que se convierte en angustia; la ansiedad que nos roba la paz; el afán que ocupa el lugar de Dios; la obsesión por tener, guardar, acumular y asegurar el mañana como si el Padre celestial no existiera.

Jesús nos dice: miren los pájaros del cielo, miren los lirios del campo. Ellos no viven paralizados por el miedo. La creación entera habla de una Providencia que sostiene la vida. Si Dios cuida de las aves y viste de belleza a las flores, ¿cómo no va a cuidar de sus hijos?

Esto no significa que todo será fácil. La fe no elimina los problemas, pero nos da una manera nueva de enfrentarlos. El cristiano también trabaja, lucha, administra, se esfuerza, se cansa y a veces llora. Pero no vive abandonado al miedo. Sabe que hay un Padre. Sabe que su vida no está en manos del azar. Sabe que el Reino de Dios vale más que todo.

Por eso Jesús concluye con una frase que resume todo:
“Busquen primero el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se les dará por añadidura.”

Buscar primero el Reino de Dios significa ordenar la vida según Dios. Significa preguntarnos: ¿esto que hago me acerca o me aleja del Señor? ¿Esta decisión es justa? ¿Este negocio es honrado? ¿Esta relación me ayuda a amar mejor? ¿Esta preocupación me está robando la confianza? ¿Este dinero me sirve para hacer el bien o me está endureciendo el corazón?

El salmo de hoy nos recuerda la fidelidad de Dios:
“Le conservaré eternamente mi favor.”
Dios mantiene su alianza. Aunque el pueblo falle, Dios no deja de llamar. Aunque haya pecado, Dios ofrece caminos de retorno. Aunque el corazón se desvíe, la misericordia del Señor sigue buscando al ser humano.

En este sábado, la Iglesia nos permite mirar también a la Bienaventurada Virgen María. Ella es la mujer que no sirvió a dos señores. Su corazón fue enteramente de Dios. María no tuvo una vida cómoda ni libre de preocupaciones: conoció la pobreza de Belén, el exilio en Egipto, la incertidumbre de Nazaret, la espada del dolor anunciada por Simeón, la cruz de su Hijo. Pero en medio de todo, vivió confiando.

María nos enseña que confiar no es entenderlo todo. Confiar, es decir: “Hágase en mí según tu palabra.” Confiar es guardar la Palabra en el corazón. Confiar es permanecer de pie junto a la cruz. Confiar es esperar la luz de Dios incluso cuando la noche parece larga.

Pidámosle hoy al Señor que nos libere de los falsos señores. Que el dinero no gobierne nuestra conciencia. Que las preocupaciones no apaguen nuestra fe. Que la ansiedad no nos robe la alegría del Evangelio. Que aprendamos a trabajar con responsabilidad, pero también a descansar en las manos del Padre.

Y que María, Madre de la confianza, nos ayude a buscar primero el Reino de Dios y su justicia, para que todo lo demás encuentre su lugar bajo la mirada amorosa del Padre.

Amén.

 

2

 

Queridos hermanos y hermanas:

La Palabra de Dios de este sábado vuelve a colocarnos ante una decisión fundamental: ¿qué ciudad estamos construyendo con nuestra vida? ¿La Ciudad de Dios, fundada en el amor, la confianza y la justicia? ¿O la ciudad del hombre, levantada sobre el egoísmo, el miedo, la ambición y el deseo de seguridad puramente humana?

El pasaje del evangelio que nos ilumina hoy recuerda una enseñanza profunda de san Agustín en La Ciudad de Dios. Él decía que hay dos ciudades nacidas de dos amores: la ciudad terrena, formada por el amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios; y la ciudad celestial, formada por el amor de Dios hasta el olvido de sí mismo. En otras palabras, la vida humana se orienta según aquello que más ama el corazón.

Y eso conecta directamente con el Evangelio de hoy. Jesús dice:

“Busquen primero el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se les dará por añadidura.”

No se trata solamente de una frase bonita para consolar momentos difíciles. Es un criterio para ordenar toda la existencia. Jesús nos está preguntando: ¿qué buscas primero? ¿Qué ocupa el primer lugar en tu corazón? ¿Qué gobierna tus decisiones? ¿Dios o el dinero? ¿El Reino o el egoísmo? ¿La confianza o la ansiedad? ¿La voluntad del Padre o la preocupación por asegurar a toda costa el mañana?

El Evangelio no desprecia las necesidades materiales. Jesús sabe que necesitamos comer, beber, vestirnos, trabajar, cuidar la casa, sostener la familia, atender la salud y vivir dignamente. Por eso dice: “Su Padre celestial sabe que ustedes tienen necesidad de todo eso.” El Señor no nos invita a la irresponsabilidad ni a la pereza. No nos dice que dejemos de trabajar o de prever prudentemente. Lo que Jesús corrige es la angustia que se apodera del corazón cuando vivimos como si Dios no existiera.

Hay una diferencia grande entre la responsabilidad y la ansiedad. La responsabilidad trabaja, organiza, cuida y confía. La ansiedad se desespera, se encierra, se amarga y termina convirtiendo las cosas materiales en un dios. Por eso Jesús nos advierte: “No se preocupen por el día de mañana.” No porque el mañana no importe, sino porque el mañana también está en manos del Padre.

La primera lectura nos muestra el drama de un corazón que cambia de ciudad. Joás había comenzado bien. Había recibido protección, orientación y apoyo del sacerdote Yehoyadá. Pero después de la muerte de Yehoyadá, el rey escucha otros consejos, se deja seducir por los jefes de Judá y abandona la casa del Señor. Se aparta de Dios y permite la idolatría.

Es una escena triste, pero muy actual. Joás representa a quien empieza sirviendo a Dios, pero termina sirviendo al poder, al prestigio, al miedo o a la conveniencia. Cuando el corazón deja de buscar primero el Reino, rápidamente empieza a construir otra ciudad: una ciudad sin Dios, una ciudad donde la conciencia se acomoda, donde la verdad incomoda y donde los profetas estorban.

Por eso aparece Zacarías, lleno del Espíritu de Dios, para llamar al pueblo a la conversión: “¿Por qué quebrantan los mandamientos del Señor? No les irá bien, porque han abandonado al Señor.” Pero el pueblo no escucha. El rey manda apedrear a Zacarías en el atrio del templo. Qué contradicción tan terrible: en el lugar donde debía honrarse a Dios, se derrama sangre inocente.

Cuando el ser humano se aleja de Dios, no queda neutral. Siempre termina sirviendo a otro señor. Y cuando uno sirve al orgullo, al dinero, a la vanidad o al poder, termina rechazando incluso las voces que Dios envía para salvarlo.

El salmo, en cambio, nos recuerda la fidelidad de Dios:
“Le conservaré eternamente mi favor.”

Dios permanece fiel a su alianza. Aunque el pueblo falle, aunque los reyes se desvíen, aunque el pecado oscurezca la historia, Dios no se cansa de llamar. Él corrige, advierte, purifica, pero no retira su misericordia. La fidelidad de Dios es más grande que nuestras infidelidades.

Y aquí comprendemos mejor la invitación del Evangelio: buscar primero el Reino de Dios no es vivir sin problemas, sino vivir con un centro claro. Cuando Dios ocupa el primer lugar, las demás cosas encuentran su sitio. El trabajo ocupa su sitio. El dinero ocupa su sitio. La familia ocupa su sitio. Los proyectos ocupan su sitio. Pero nada de eso se convierte en absoluto, porque solo Dios es absoluto.

San Agustín decía que la ciudad terrena se gloría en sí misma, mientras la Ciudad de Dios se gloría en el Señor. La ciudad terrena busca acumular, dominar, aparentar, controlar. La Ciudad de Dios busca servir, amar, perdonar, confiar y vivir en la verdad. La ciudad terrena vive preocupada por lo que pasa; la Ciudad de Dios vive sostenida por lo eterno.

Por eso la pregunta de hoy es muy concreta: ¿qué ciudad estoy ayudando a construir? En mi familia, ¿construyo la Ciudad de Dios o la ciudad del egoísmo? En mi trabajo, ¿construyo la justicia del Reino o la lógica del interés personal? En mi comunidad, ¿construyo comunión o división? En mi corazón, ¿hay más confianza o más miedo? ¿Más oración o más ansiedad? ¿Más deseo de Dios o más apego a lo pasajero?

Hoy, sábado, miramos de manera especial a la Bienaventurada Virgen María. Ella es la ciudad santa habitada por Dios. En su corazón no hubo división. María no sirvió a dos señores. Su vida entera fue un “sí” al Reino. Ella vivió pobre, sencilla, disponible, confiada. No tuvo asegurado humanamente el camino, pero creyó. No comprendió todo desde el principio, pero guardó la Palabra. No huyó ante la cruz, sino que permaneció de pie.

María nos enseña a buscar primero el Reino. En la Anunciación, no buscó su seguridad, sino la voluntad de Dios. En Belén, no se quejó de la pobreza, sino que contempló el misterio. En Nazaret, no vivió para la apariencia, sino para la fidelidad diaria. En el Calvario, no se dejó vencer por la oscuridad, sino que esperó contra toda esperanza.

Pidamos al Señor que nos ayude a revisar nuestros amores. Porque, como enseñaba san Agustín, según lo que amamos, así vivimos. Si amamos solo lo pasajero, viviremos inquietos. Si amamos a Dios sobre todas las cosas, encontraremos paz incluso en medio de las pruebas.

Que el Señor nos libre de construir una vida centrada en el miedo, en la ansiedad y en la ambición. Que nos conceda buscar primero su Reino y su justicia. Que no nos falte el pan necesario, pero que nunca nos falte el hambre de Dios. Que no nos falte el vestido del cuerpo, pero que nunca perdamos la gracia que reviste el alma. Que no nos falte la prudencia para el mañana, pero que nunca perdamos la confianza en el Padre de hoy.

Y que María, Madre de la confianza y servidora fiel del Reino, nos acompañe para vivir como ciudadanos de la Ciudad de Dios, hasta que un día podamos participar plenamente de la Jerusalén celestial, donde Dios será todo en todos.

Amén.

 

19 de junio del 2026: viernes de la undécima semana del tiempo ordinario-II

 

Caza del tesoro

(Mateo 6, 19-23) Más que saber cuál es el tesoro, se trata de conocer el lugar donde está escondido y de elegir entre la tierra o el cielo. Poner nuestro corazón del lado del verdadero tesoro, no del tesoro de la tierra que consumen las polillas o roban los ladrones, sino del tesoro del cielo.

¿Dónde está mi tesoro? ¿Del lado de la cartera, del poder o de Dios? La diferencia de lugar revela la manera de administrar el tesoro: ¿acumular o compartir?

Colette Hamza, xavière

 


Primera lectura

2 Re 11, 1-4. 9-18. 20
Ungieron a Joás y gritaron: «¡Viva el rey!»

Lectura del segundo libro de los Reyes.

EN aquellos días, cuando la madre del rey Ocozías, Atalía, vio que su hijo había muerto, se dispuso a eliminar a toda la estirpe real. Pero Josebá, hija del rey Jorán y hermana de Ocozías, tomó a Joás, hijo de Ocozías, de entre los hijos del rey que estaban siendo asesinados, lo escondió y lo instaló, a él y a su nodriza, en su dormitorio, manteniéndolo oculto a la vista de Atalía y así no lo mataron. Estuvo seis años con ella, escondido en el templo del Señor, mientras Atalía reinaba en el país.
El séptimo año, el sacerdote Yehoyadá mandó buscar a los centuriones de los carios y de los guardias y los condujo junto a sí al templo del Señor para establecer un pacto con ellos y hacerles prestar juramento. Luego les presentó al hijo del rey.
Los centuriones cumplieron cuanto Yehoyadá les ordenó. Cada uno tomó sus hombres, los que entraban y los que salían de servicio el sábado, y se presentaron ante el sacerdote. Yehoyadá entregó a los centuriones las lanzas y escudos del rey David que había depositados en el templo del Señor.
Los guardias se apostaron, arma en mano, desde el extremo sur hasta el extremo norte del templo, ante el altar y el templo, en torno al rey, por un lado y por otro.
El sacerdote hizo salir al hijo del monarca y le impuso la diadema y las insignias reales. Luego lo proclamaron rey y lo ungieron. Aplaudieron y gritaron:
«¡Viva el rey!».
Cuando Atalía oyó el griterío de los guardias y del pueblo, se fue hacia la muchedumbre que se hallaba en el templo del Señor. Miró y vio al rey de pie junto a la columna, según la costumbre: los jefes con sus trompetas con él, y a todo el pueblo de la tierra en júbilo, tocando sus instrumentos.
Atalía rasgó entonces sus vestiduras y gritó:
«¡Traición!, ¡traición!».
Entonces el sacerdote Yehoyadá dio orden a los jefes de las tropas:
«Háganla salir de entre las filas. Quien la siga será pasado a espada» (pues el sacerdote pensaba: «No debe ser ejecutada en el templo del Señor»).
Le abrieron paso y, cuando entró en el palacio real por la puerta de los Caballos, fue ejecutada.
Luego Yehoyadá hizo una alianza entre el Señor, el rey y el pueblo, por la que el pueblo se convertía en pueblo del Señor; hizo también una alianza entre el rey y el pueblo.
Y todo el pueblo de la tierra acudió al templo de Baal para derribarlo. Hicieron pedazos sus altares e imágenes, y ejecutaron a Matán, sacerdote de Baal, frente a los altares.
El sacerdote puso entonces centinelas en el templo del Señor.
Todo el pueblo de la tierra exultaba de júbilo y la ciudad quedó tranquila: Atalía ya había muerto a espada en palacio.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 131, 11. 12. 13-14. 17-18 (R.: cf. 13)

R. El Señor ha elegido Sion
para vivir en ella.

V. El Señor ha jurado a David
una promesa que no retractará:
«A uno de tu linaje
pondré sobre tu trono». 
R.

V. «Si tus hijos guardan mi alianza
y los mandatos que les enseño,
también sus hijos, por siempre,
se sentarán sobre tu trono». 
R.

V. Porque el Señor ha elegido a Sion,
ha deseado vivir en ella:
«Esta es mi mansión por siempre,
aquí viviré, porque la deseo».
 R.

V. «Haré germinar el vigor de David,
enciendo una lámpara para mi Ungido.
A sus enemigos los vestiré de ignominia,
sobre él brillará mi diadema».
 R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. R.

 

Evangelio

Mt 6, 19-23

Donde está tu tesoro, allí estará tu corazón

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«No atesoren para ustedes tesoros en la tierra, donde la polilla y la carcoma los roen y donde los ladrones abren boquetes y los roban. Háganse tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni carcoma que los roen, ni ladrones que abren boquetes y roban. Porque donde está tu tesoro, allí estará tu corazón.
La lámpara del cuerpo es el ojo. Si tu ojo está sano, tu cuerpo entero tendrá luz; pero si tu ojo está enfermo, tu cuerpo entero estará a oscuras. Si, pues, la luz que hay en ti está oscura, ¡cuánta será la oscuridad!».

Palabra del Señor.

 

1

 

Hermanos y hermanas:

El Evangelio de hoy nos pone ante una pregunta sencilla, pero decisiva: ¿dónde está nuestro tesoro? Jesús dice: “No acumulen tesoros en la tierra, donde la polilla y la herrumbre los destruyen, y donde los ladrones perforan muros y roban. Acumulen más bien tesoros en el cielo”. Y concluye con una frase que toca el centro de nuestra vida espiritual: “Donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón”.

Todos tenemos un tesoro. A veces es el dinero, la seguridad, el reconocimiento, el poder, la imagen, la salud, la familia, los proyectos, los afectos. El problema no está en amar lo bueno, ni en cuidar responsablemente lo que Dios nos ha dado. El problema aparece cuando algo creado ocupa el lugar que sólo le pertenece a Dios. Entonces el corazón se vuelve esclavo. Y cuando el corazón se vuelve esclavo, también la mirada se oscurece.

Por eso Jesús añade: “La lámpara del cuerpo es el ojo”. Es decir, según lo que miremos, según lo que deseemos, según lo que valoremos, así se ilumina o se oscurece nuestra vida. Un corazón centrado en Dios mira distinto. Un corazón dominado por la ambición, por el resentimiento, por el egoísmo o por el miedo, termina viendo todo con sombras.

La primera lectura del segundo libro de los Reyes nos muestra una escena dramática. Atalía, movida por la ambición de poder, pretende destruir la descendencia real. Quiere asegurar su trono eliminando todo lo que pueda amenazarla. Su tesoro era el poder, y por conservarlo fue capaz de sembrar muerte. Pero Dios no abandona su promesa. Joás, el pequeño heredero, es protegido en el templo, y más tarde será proclamado rey. La fidelidad de Dios vence las intrigas humanas. La alianza es renovada, el pueblo vuelve al Señor, y la paz llega a la ciudad.

Aquí aparece una enseñanza muy clara: cuando el poder se convierte en tesoro absoluto, destruye; cuando Dios vuelve a ocupar el centro, la vida se ordena. Atalía representa el corazón oscurecido por la ambición. El pueblo que renueva la alianza representa el corazón que regresa a Dios. Y el templo, donde se protege la vida amenazada, nos recuerda que Dios sigue siendo refugio para los pequeños, los débiles y los vulnerables.

El salmo confirma esta esperanza: “El Señor ha elegido a Sión, ha deseado vivir en ella”. Dios quiere habitar en medio de su pueblo. Dios no es un tesoro lejano ni frío. Él quiere poner su morada entre nosotros. Él quiere ser luz en nuestras oscuridades, descanso en nuestras fatigas, consuelo en nuestras heridas.

Por eso hoy oramos de manera especial por quienes sufren en el alma y en el cuerpo. Hay sufrimientos visibles: la enfermedad, el dolor físico, la limitación, el cansancio, la pobreza, la soledad. Pero también hay sufrimientos escondidos: la tristeza, la ansiedad, el duelo, la culpa, la depresión, las heridas familiares, el miedo al futuro, el vacío interior. Muchas personas parecen estar bien por fuera, pero por dentro llevan una batalla silenciosa.

A todos ellos, el Evangelio les anuncia una buena noticia: nuestro verdadero tesoro no puede ser destruido por la enfermedad, ni robado por la muerte, ni consumido por el paso del tiempo. Nuestro verdadero tesoro es Dios mismo: su amor, su misericordia, su promesa, su Reino. Cuando una persona descubre que Dios es su tesoro, no desaparecen automáticamente todos los dolores, pero aparece una luz nueva para atravesarlos.

Jesús no nos invita a despreciar la tierra, sino a vivirla con el corazón puesto en el cielo. No nos invita a abandonar nuestras responsabilidades, sino a administrarlas desde el amor. No nos invita a vivir sin bienes, sino a no convertir los bienes en ídolos. Por eso este evangelio hoy nos deja una pregunta muy concreta: ¿mi tesoro me lleva a acumular o me lleva a compartir?

Esa es una buena manera de examinar el corazón. Si mi tesoro me encierra, me endurece, me hace indiferente al dolor ajeno, probablemente no viene de Dios. Pero si mi tesoro me abre a los demás, me hace generoso, me vuelve compasivo, me impulsa a servir, entonces estoy acumulando tesoros en el cielo.

En este viernes, día en que recordamos de modo especial el amor entregado de Cristo, miremos nuestro corazón con sinceridad. Preguntémonos: ¿qué ocupa mi mente? ¿Qué me quita la paz? ¿Qué defiendo con más fuerza? ¿Qué temo perder? ¿Dónde busco seguridad? ¿En la cartera, en el poder, en la aprobación de los demás, o en Dios?

Pidamos al Señor una mirada limpia. Que nuestros ojos no se oscurezcan por la codicia, la tristeza o la desesperanza. Que sepamos ver a Cristo en el hermano enfermo, en el que sufre en silencio, en quien necesita una palabra de consuelo, una visita, una ayuda, una oración.

Y que la Eucaristía, tesoro escondido y ofrecido, nos enseñe a vivir con el corazón en el cielo y los pies comprometidos en la tierra. Porque donde está Cristo, allí está nuestro verdadero tesoro. Y donde está nuestro tesoro, allí debe descansar también nuestro corazón.

Amén.

 

2

 

Hermanos y hermanas:

El Evangelio de hoy nos coloca ante una de las preguntas más importantes de la vida cristiana: ¿dónde está nuestro tesoro? Jesús nos dice: “No acumulen tesoros en la tierra, donde la polilla y la herrumbre los destruyen, y donde los ladrones perforan muros y roban. Acumulen más bien tesoros en el cielo”. Y luego añade una frase que deberíamos guardar en la memoria y en el corazón: “Donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón”.

Todos tenemos un tesoro. Nadie vive sin aferrarse a algo. Para unos, el tesoro puede ser el dinero; para otros, la salud, el prestigio, la seguridad, el poder, la imagen, el éxito, los afectos, los proyectos personales. Muchas de esas realidades no son malas en sí mismas. El problema comienza cuando ocupan el lugar de Dios; cuando de medios se convierten en fines; cuando dejamos de poseerlas y empezamos a ser poseídos por ellas.

Jesús no está condenando simplemente los bienes materiales. Él nos está advirtiendo sobre el peligro de poner en ellos nuestra seguridad más profunda. Los bienes de la tierra pasan. La riqueza puede perderse, la fama se desvanece, la salud puede quebrarse, los aplausos se apagan, los cargos terminan, las posesiones se deterioran. Pero los tesoros del cielo permanecen: la fe, la caridad, la misericordia, la humildad, el servicio, el perdón, la santidad, las obras hechas por amor.

Hermanos muchas veces intentamos suavizar el evangelio al decir: “Quiero tener mucho, pero también ayudaré a los pobres”. Y ciertamente, quien tiene bienes está llamado a administrarlos con responsabilidad y generosidad. Pero el Evangelio va más hondo. No pregunta sólo cuánto tenemos, sino qué lugar ocupa eso en nuestro corazón. Se puede tener poco y vivir esclavizado por el deseo de tener más. Y se puede tener bienes y vivir desprendido, usando todo para servir a Dios y al prójimo. La cuestión central es la libertad interior.

Por eso Jesús habla también del ojo: “La lámpara del cuerpo es el ojo”. La mirada revela el corazón. Cuando el corazón está sano, la mirada es limpia. Cuando el corazón está atado al egoísmo, al dinero, al resentimiento o a la ambición, la mirada se oscurece. Entonces dejamos de ver al hermano y sólo vemos intereses; dejamos de ver la vida como don y la vemos como conquista; dejamos de ver a Dios como Padre y comenzamos a vivir como huérfanos que tienen que asegurarlo todo por sus propias fuerzas.

La primera lectura nos ofrece un ejemplo dramático de lo que ocurre cuando el poder se convierte en tesoro absoluto. Atalía, movida por la ambición, pretende destruir la descendencia real para asegurarse el trono. Su tesoro es el poder, y por conservarlo es capaz de sembrar muerte. Pero Dios no abandona su promesa. El pequeño Joás es protegido en el templo y, en el momento oportuno, es proclamado rey. Después, el pueblo renueva la alianza con el Señor y destruye los signos de idolatría.

Esta lectura nos muestra dos caminos. El camino de Atalía es el de quien acumula tesoros en la tierra: poder, control, dominio, seguridad humana. Pero ese camino termina en violencia, miedo y destrucción. El camino de la alianza, en cambio, es el de quien vuelve a poner a Dios en el centro. Cuando Dios ocupa su lugar, el pueblo recupera la paz. Por eso la lectura termina diciendo que la ciudad quedó tranquila.

El salmo responde a esta historia con una promesa: “El Señor ha elegido a Sión, ha deseado vivir en ella”. Dios quiere habitar en medio de su pueblo. Él es el verdadero tesoro de Israel. No lo es el trono, ni el templo entendido sólo como edificio, ni la fuerza militar, ni la riqueza del reino. El verdadero tesoro es la presencia fiel de Dios, que sostiene su promesa y no abandona a los suyos.

Esta Palabra ilumina también nuestra intención orante de hoy: oramos por quienes sufren en el alma y en el cuerpo. Hay personas que sufren por una enfermedad física, por el cansancio, por los tratamientos, por el dolor crónico, por la fragilidad de los años. Pero también hay muchos que sufren en el alma: por la depresión, la ansiedad, el duelo, la soledad, el abandono, la culpa, las heridas familiares, la angustia económica, el vacío interior. A veces esos sufrimientos no se ven, pero pesan profundamente.

A quienes sufren, el Evangelio no les ofrece una frase superficial. Les ofrece una verdad firme: hay un tesoro que nadie puede robar. La enfermedad puede tocar el cuerpo, pero no puede destruir la dignidad de un hijo de Dios. La tristeza puede oscurecer un tiempo del camino, pero no puede apagar definitivamente la luz de Cristo. La muerte puede arrebatarnos muchas cosas, pero no puede quitarnos la esperanza de la vida eterna.

Por eso necesitamos ordenar el corazón. Cuando nuestro único tesoro está en la tierra, cualquier pérdida nos destruye. Pero cuando nuestro tesoro está en Dios, incluso en medio de las pérdidas seguimos teniendo una roca donde apoyarnos. No significa que no lloremos. No significa que no nos duela. No significa que todo sea fácil. Significa que nuestra vida no queda reducida a lo que tenemos, a lo que perdemos, a lo que nos falta o a lo que otros piensan de nosotros. Nuestra vida está escondida en Dios.

Jesús nos invita hoy a una vida de sencillez y desprendimiento. No una pobreza amargada, ni una irresponsabilidad disfrazada de espiritualidad, sino una libertad profunda. Usar las cosas sin adorarlas. Trabajar sin convertir el éxito en ídolo. Cuidar la salud sin hacer de ella un absoluto. Amar a la familia sin olvidar que Dios es el primero. Tener bienes, si los tenemos, para compartir y servir. Y si tenemos poco, no dejar que el deseo de tener más nos robe la paz.

Acumular tesoros en el cielo es vivir cada día con amor. Es perdonar cuando cuesta. Es visitar al enfermo. Es consolar al triste. Es compartir con el necesitado. Es orar por quien sufre. Es servir sin buscar aplausos. Es hacer el bien aunque nadie lo vea. Es confiar en Dios cuando las seguridades humanas se tambalean.

Hoy podemos preguntarnos con sinceridad: ¿dónde está mi tesoro? ¿Qué ocupa más mi mente y mi corazón? ¿Qué me quita la paz? ¿Qué temo perder? ¿Qué estoy acumulando: cosas que pasan o bienes que permanecen? ¿Mi vida está orientada hacia Dios o hacia una seguridad que tarde o temprano se acaba?

Que el Señor purifique nuestra mirada. Que no vivamos con el ojo enfermo de la codicia, del miedo o de la ambición. Que tengamos ojos limpios para reconocer a Dios como nuestro verdadero tesoro y para mirar con compasión a quienes sufren en el alma y en el cuerpo.

Y que esta Eucaristía nos recuerde que el tesoro más grande no se compra ni se acumula: se recibe. Cristo mismo se nos da como Pan de Vida. Él es la riqueza de los pobres, la fortaleza de los débiles, el consuelo de los afligidos, la luz de los que caminan en la oscuridad.

Pidamos hoy: Señor, libera nuestro corazón de los apegos desordenados. Enséñanos a vivir con sencillez, a compartir con generosidad y a buscar primero tu Reino. Que donde esté nuestro tesoro, allí esté también nuestro corazón; y que nuestro corazón descanse siempre en Ti.

Amén.

jueves, 18 de junio de 2026

18 de junio del 2026: jueves de la undécima semana del tiempo ordinario-II

 

La oración que nos vincula

Eclesiástico 48, 1-14; Mateo 6, 7-15

La oración no es palabrería ni fórmula mágica que concede nuestros deseos. Es presencia, encuentro, escucha, diálogo. Si bien es personal, no es individualista, porque el “Padre nuestro” nos une a Dios y a los demás. Toma en serio la vida de otros que esperan pan y perdón. Nos saca de la autosuficiencia y nos introduce en la intimidad del Totalmente Otro, y en la necesidad de todos los demás.

Colette Hamza, xavière

 


Primera lectura

Eclo 48, 1-14
Elías fue arrebatado en el torbellino, y Eliseo se llenó de su espíritu

Lectura del libro del Eclesiástico.

SURGIÓ el profeta Elías como un fuego,
su palabra quemaba como antorcha.
Él hizo venir sobre ellos el hambre,
y con su celo los diezmó.
Por la palabra del Señor cerró los cielos
y también hizo caer fuego tres veces.
¡Qué glorioso fuiste, Elías, con tus portentos!
¿Quién puede gloriarse de ser como tú?
Tú despertaste a un cadáver de la muerte
y del abismo, por la palabra del Altísimo;
tú precipitaste reyes a la ruina
y arrebataste del lecho a hombres insignes;
en el Sinaí escuchaste palabras de reproche
y en el Horeb sentencias de castigo;
tú ungiste reyes vengadores
y profetas para que te sucedieran;
fuiste arrebatado en un torbellino ardiente,
en un carro de caballos de fuego;
tú fuiste designado para reprochar los tiempos futuros,
para aplacar la ira antes de que estallara,
para reconciliar a los padres con los hijos
y restablecer las tribus de Jacob.
Dichosos los que te vieron
y se durmieron en el amor,
porque también nosotros viviremos.
Cuando Elías fue arrebatado en el torbellino,
Eliseo se llenó de su espíritu.
Durante su vida ningún príncipe lo hizo temblar,
nadie pudo dominarlo.
Nada era imposible para él,
incluso muerto, su cuerpo profetizó.
Durante su vida realizó prodigios,
y después de muerto fueron admirables sus obras.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 96, 1-2. 3-4. 5-6. 7 (R.: 12a)

R. Alégrense, justos, con el Señor.

V. El Señor reina, la tierra goza,
se alegran las islas innumerables.
Tiniebla y nube lo rodean,
justicia y derecho sostienen su trono.
 R.

V. Delante de él avanza el fuego,
abrasando en torno a los enemigos;
sus relámpagos deslumbran el orbe,
y, viéndolos, la tierra se estremece. 
R.

V. Los montes se derriten como cera ante el Señor,
ante el Señor de toda la tierra;
los cielos pregonan su justicia,
y todos los pueblos contemplan su gloria.
 R.

V. Los que adoran estatuas se sonrojan,
los que ponen su orgullo en los ídolos.
Adórenlo todos sus ángeles. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Han recibido un Espíritu de hijos de adopción, en el que clamamos: «¡“Abba”, Padre!». R.

 

Evangelio

Mt 6, 7-15

Ustedes oren así

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Cuando recen, no usen muchas palabras, como los gentiles, que se imaginan que por hablar mucho les harán caso. No sean como ellos, pues su Padre sabe lo que les hace falta antes de que lo pidan. Ustedes oren así:
“Padre nuestro que estás en el cielo,
santificado sea tu nombre,
venga a nosotros tu reino,
hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo,
danos hoy nuestro pan de cada día,
perdona nuestras ofensas,
como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden,
no nos dejes caer en la tentación,
y líbranos del mal”.
Porque si perdonan a los hombres sus ofensas, también a ustedes los perdonará su Padre celestial, pero si no perdonan a los hombres, tampoco su Padre perdonará sus ofensas».

Palabra del Señor.

 

 

Queridos hermanos:

El Evangelio de hoy nos lleva al corazón mismo de la vida cristiana: la oración. Jesús dice a sus discípulos: “Cuando oren, no hablen mucho, como los paganos, que se imaginan que por hablar mucho les harán caso”. Y enseguida les entrega la oración más bella, más sencilla y más profunda: el Padre nuestro.

Jesús no condena la oración larga cuando nace del amor; lo que corrige es la oración vacía, repetida sin corazón, como si Dios fuera un juez distraído al que hay que convencer con muchas palabras, o como si la oración fuera una fórmula mágica para obtener lo que queremos. La oración cristiana no es palabrería. No es comercio con Dios. No es manipulación de lo sagrado. La oración es encuentro, presencia, escucha, confianza, diálogo filial.

Por eso Jesús comienza diciendo: “Padre nuestro”. No dice simplemente “Padre mío”, aunque cada uno pueda dirigirse a Dios con intimidad personal. Dice “nuestro”, porque la oración nunca nos encierra en nosotros mismos. La oración verdadera nos abre a Dios y nos une a los hermanos. Nadie reza de verdad si se olvida del hambre, del dolor, de la necesidad y del perdón que otros esperan.

Cuando decimos “danos hoy nuestro pan de cada día”, no pedimos solamente mi pan, mi seguridad, mi tranquilidad. Pedimos el pan de todos: el pan del pobre, del enfermo, del migrante, del anciano abandonado, del niño que no tiene lo necesario, de la familia que vive con angustia, del joven que busca sentido. Y cuando decimos “perdona nuestras ofensas”, reconocemos que todos necesitamos misericordia, que nadie se salva solo, que todos somos deudores ante Dios.

El comentario que inspira esta reflexión lo dice muy bien: la oración es personal, pero no individualista. El “Padre nuestro” nos vincula. Nos saca de la autosuficiencia y nos introduce en la intimidad de Dios y en la necesidad de los demás. Rezar es aprender a vivir como hijos y como hermanos.

La primera lectura nos presenta la grandeza del profeta Elías. El libro del Eclesiástico lo describe con imágenes fuertes: “surgió como un fuego”, “su palabra quemaba como antorcha”. Elías fue un hombre de Dios, un profeta lleno de celo, un servidor apasionado de la verdad. Su fuerza no venía de sí mismo, sino de su comunión con el Señor. Era un hombre de oración, y por eso pudo ser también un hombre de misión.

Aquí encontramos una enseñanza preciosa para la obra evangelizadora de la Iglesia. La evangelización no nace primero de estrategias, reuniones, estructuras o planes pastorales, aunque todo eso sea necesario. La evangelización nace de un corazón que ha estado con Dios. La Iglesia anuncia mejor cuando primero escucha. Predica con más fuerza cuando primero se arrodilla. Sirve con más alegría cuando primero se deja amar por el Padre.

Elías fue fuego porque estaba encendido por Dios. También la Iglesia necesita ese fuego: no el fuego del fanatismo, no el fuego de la imposición, no el fuego de la soberbia religiosa, sino el fuego del Espíritu Santo, que purifica, ilumina, consuela y envía. Una comunidad que ora de verdad se vuelve misionera. Una parroquia que dice sinceramente “Padre nuestro” aprende a salir de sí misma para anunciar el Evangelio, acompañar a los heridos, buscar a los alejados y sembrar esperanza.

El salmo de hoy proclama: “El Señor reina, la tierra goza”. Es una invitación a reconocer que Dios es el centro, que el mundo no está abandonado al azar, que la historia no está fuera de sus manos. Si el Señor reina, entonces la Iglesia no evangeliza desde el miedo, sino desde la confianza. Si el Señor reina, las vocaciones no nacen de la presión humana, sino de la llamada amorosa de Dios. Si el Señor reina, podemos pedir con esperanza que siga enviando obreros a su mies.

Hoy oramos de manera especial por la obra evangelizadora de la Iglesia y por las vocaciones. Pedimos por los sacerdotes, diáconos, religiosos, religiosas, misioneros, catequistas, familias cristianas y laicos comprometidos. Pedimos también por los jóvenes que sienten una inquietud en el corazón, por aquellos a quienes Dios llama al sacerdocio, a la vida consagrada, al matrimonio santo, al servicio generoso en la Iglesia y en el mundo.

Pero pedir vocaciones no significa solamente decirle a Dios: “manda a otros”. También significa preguntarnos: “Señor, ¿qué quieres de mí?”. Toda vocación comienza cuando dejamos de poner el yo en el centro y aprendemos a decir: “hágase tu voluntad”. Por eso el Padre nuestro es una oración vocacional. En ella decimos: “Venga tu Reino”, “hágase tu voluntad”. Quien reza así se pone disponible. Quien reza así deja que Dios oriente su vida.

También Jesús añade una palabra exigente al final del Evangelio: si perdonamos, seremos perdonados. La oración no puede separarse de la vida. No puedo llamar Padre a Dios y negarme a reconocer al otro como hermano. No puedo pedir misericordia y vivir alimentando rencores. No puedo pedir el Reino y vivir cerrado en mis intereses. La oración auténtica transforma el corazón.

Queridos hermanos, pidamos hoy la gracia de orar como Jesús nos enseñó: con pocas palabras, pero con mucho corazón; con confianza de hijos, pero también con responsabilidad de hermanos. Que nuestra oración no sea evasión, sino compromiso; no sea rutina vacía, sino encuentro vivo; no sea refugio egoísta, sino escuela de fraternidad y misión.

Que el Señor encienda en su Iglesia el fuego de Elías, el fuego del Espíritu, para que sigamos anunciando el Evangelio con valentía y humildad. Que suscite vocaciones santas, alegres y generosas. Y que cada vez que digamos “Padre nuestro”, recordemos que pertenecemos a Dios y que también pertenecemos, por amor, a nuestros hermanos.

Amén.

 

20 de junio del 2026: sábado de la undécima semana del tiempo ordinario-II

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