Por encima de la borda
Jesús está solo, pero en oración. Los discípulos
también están solos, en medio de la tempestad. Es de noche, una larga noche de
angustia. Entonces Jesús se levanta como la aurora y va hacia ellos caminando
sobre el mar. Precisamente cuando creen que todo está perdido, el Señor se hace
presente y les dice: «¡Ánimo, soy yo, no tengan miedo!».
Pedro se atreve a abandonar la seguridad de la
barca. Mientras mantiene los ojos puestos en Jesús, camina sobre las aguas;
pero cuando se fija más en la violencia del viento que en la presencia del
Señor, comienza a hundirse. Su oración es breve y desesperada: «¡Señor,
sálvame!». Jesús extiende inmediatamente la mano y lo sostiene. No le evita
la prueba, pero tampoco permite que las aguas lo devoren.
También nosotros atravesamos noches, vientos
contrarios y momentos en los que parece que Dios está lejos. Podemos incluso
comenzar el camino con entusiasmo y, después, hundirnos bajo el peso del miedo,
las dudas o los problemas. La fe no consiste en negar la tormenta, sino en reconocer
que Cristo es más fuerte que ella. Cuando todo se tambalea, basta una oración
sincera: «¡Señor, sálvame!».
La primera lectura nos presenta otra clase de
tormenta: la confusión provocada por las falsas palabras del profeta Jananías.
Él anuncia una paz fácil e inmediata, mientras Jeremías permanece fiel a la
palabra exigente y verdadera de Dios. No toda voz tranquilizadora viene del
Señor. A veces preferimos escuchar promesas agradables antes que una verdad que
nos llama a la conversión, a la paciencia y a la fidelidad. Jeremías nos enseña
que el verdadero profeta no acomoda la Palabra a los deseos de la gente, sino
que permanece fiel, aunque tenga que sufrir incomprensión.
Por eso, con el salmista, pedimos: «Señor,
enséñame tus leyes». Necesitamos aprender a distinguir su voz entre tantas
voces, a no desviarnos por caminos falsos y a guardar su Palabra en el corazón.
Quizá hoy el Señor nos invite a arrojar por la
borda nuestros miedos, falsas seguridades y engaños; a salir de la barca y
confiar nuevamente en Él. Si comenzamos a hundirnos, no tengamos vergüenza de
gritar. La mano de Jesús permanece extendida. Y cuando Él sube a nuestra barca,
el viento se calma y renace la confesión de fe: «Verdaderamente, tú eres el
Hijo de Dios».
G.Q
Primera lectura
Jananías, el
Señor no te ha enviado, y tú has inducido al pueblo a una falsa confianza
Lectura del libro de Jeremías.
EL mismo año, el año cuarto de Sedecías, rey de Judá, el quinto mes, Jananías,
hijo de Azur, profeta de Gabaón, me dijo en el templo, en presencia de los
sacerdotes y de todo el pueblo:
«Esto dice el Señor del universo, Dios de Israel: “He roto el yugo del rey de
Babilonia. Antes de dos años devolveré a este lugar el ajuar del templo, que
Nabucodonosor, rey de Babilonia, tomó de este lugar para llevárselo a
Babilonia. A Jeconías, hijo de Joaquim, rey de Judá, y a todos los desterrados
de Judá que marcharon a Babilonia, yo mismo los haré volver a este lugar
—oráculo del Señor— cuando rompa el yugo del rey de Babilonia”».
El profeta Jeremías respondió al profeta Jananías delante de los sacerdotes y
de toda la gente que estaba en el templo.
Le dijo así el profeta Jeremías:
«¡Así sea; así lo haga el Señor! Que el Señor confirme la palabra que has
profetizado y devuelva de Babilonia a este lugar el ajuar del templo y a todos
los que están allí desterrados. Pero escucha la palabra que voy a pronunciar en
tu presencia y ante toda la gente aquí reunida: Los profetas que nos
precedieron a ti y a mí, desde tiempos antiguos, profetizaron a países
numerosos y a reyes poderosos guerras, calamidades y pestes. Si un profeta
profetizaba prosperidad, solo era reconocido como profeta auténtico enviado por
el Señor cuando se cumplía su palabra».
Entonces Jananías arrancó el yugo del cuello del profeta Jeremías y lo rompió.
Después dijo Jananías a todos los presentes:
«Esto dice el Señor: “De este modo romperé del cuello de todas las naciones el
yugo de Nabucodonosor, rey de Babilonia, antes de dos años”».
El profeta Jeremías se marchó.
Vino la palabra del Señor a Jeremías después de que Jananías hubo roto el yugo
del cuello del profeta Jeremías.
El Señor le dijo:
«Ve y dile a Jananías: “Esto dice el Señor: Tú has roto un yugo de madera, pero
yo haré un yugo de hierro. Porque esto dice el Señor del universo, Dios de
Israel: Pondré un yugo de hierro al cuello de todas estas naciones para que
sirvan a Nabucodonosor, rey de Babilonia, y se le sometan. Le entregaré hasta
los animales salvajes”».
El profeta Jeremías dijo al profeta Jananías:
«Escúchame, Jananías: El Señor no te ha enviado, y tú has inducido a este
pueblo a una falsa confianza. Por tanto, esto dice el Señor: “Voy a hacerte
desaparecer de la tierra; este año morirás porque has predicado rebelión contra
el Señor”».
Y el profeta Jananías murió aquel mismo año, el séptimo mes.
Palabra de Dios.
Salmo
R. Instrúyeme, Señor, en tus decretos.
V. Apártame
del camino falso,
y dame la gracia de tu ley. R.
V. No quites
de mi boca las palabras sinceras,
porque yo espero en tus mandamientos. R.
V. Vuelvan a
mí los que te temen
y hacen caso de tus preceptos. R.
V. Sea
mi corazón perfecto en tus decretos,
así no quedaré avergonzado. R.
V. Los
malvados me esperaban para perderme,
pero yo meditaba tus preceptos. R.
V. No me
aparto de tus mandamientos,
porque tú me has instruido. R.
Aclamación
V. No solo de
pan vive el hombre,
sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. R.
Evangelio
Mándame ir a
ti sobre el agua
Lectura del santo Evangelio según san Mateo.
DESPUÉS que la gente se hubo saciado, Jesús apremió a sus discípulos a que
subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía
a la gente.
Y después de despedir a la gente subió al monte a solas para orar. Llegada la
noche estaba allí solo.
Mientras tanto la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas,
porque el viento era contrario. A la cuarta vela de la noche se les acercó
Jesús andando sobre el mar. Los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se
asustaron y gritaron de miedo, diciendo que era un fantasma.
Jesús les dijo enseguida:
«¡Ánimo, soy yo, no tengan miedo!».
Pedro le contestó:
«Señor, si eres tú, mándame ir a ti sobre el agua».
Él le dijo:
«Ven».
Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua acercándose a Jesús; pero,
al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó:
«Señor, sálvame».
Enseguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo:
«¡Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado?».
En cuanto subieron a la barca amainó el viento.
Los de la barca se postraron ante él diciendo:
«Realmente eres Hijo de Dios».
Terminada la travesía, llegaron a tierra en Genesaret. Y los hombres de aquel
lugar apenas lo reconocieron, pregonaron la noticia por toda aquella comarca y
le trajeron a todos los enfermos.
Le pedían tocar siquiera la orla de su manto. Y cuantos la tocaban quedaban
curados.
Palabra del Señor.
1
Queridos
hermanos:
El
Evangelio de hoy nos sitúa en medio de una noche oscura. Jesús está solo en la
montaña, orando; los discípulos se encuentran en la barca, sacudidos por las
olas, porque el viento les era contrario. Es una imagen muy cercana a nuestra
propia vida: también nosotros atravesamos noches de preocupación, momentos de
incertidumbre y tormentas que ponen a prueba nuestra fe.
Los
discípulos se sienten solos, pero en realidad Jesús no los ha abandonado.
Mientras ellos luchan contra el viento, Él está orando. Y cuando la noche
parece más oscura, Jesús se acerca caminando sobre las aguas. Sin embargo,
ellos no logran reconocerlo y gritan de miedo, creyendo que es un fantasma.
Algo
semejante puede ocurrirnos. En los momentos difíciles, el miedo puede
impedirnos reconocer la presencia del Señor. Pensamos que Dios se ha alejado,
cuando precisamente viene caminando hacia nosotros. Entonces escuchamos sus
palabras: «¡Ánimo, soy yo, no tengan miedo!». Jesús no promete que nunca
habrá tormentas, pero nos asegura que no tendremos que atravesarlas solos.
Pedro,
impulsado por la fe, le dice: «Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti sobre
las aguas». Jesús le responde: «Ven». Mientras Pedro mantiene su
mirada en el Señor, consigue caminar; pero cuando comienza a fijarse más en la
violencia del viento que en Jesús, siente miedo y empieza a hundirse.
Esta
es también nuestra experiencia. Mientras permanecemos unidos al Señor, podemos
afrontar situaciones que parecían imposibles. Pero cuando miramos solamente los
problemas, nuestras limitaciones, las noticias negativas o las amenazas que nos
rodean, comenzamos a hundirnos en la desesperanza.
Pedro
nos deja entonces una de las oraciones más breves y sinceras de toda la Sagrada
Escritura: «¡Señor, sálvame!». No pronuncia muchas palabras ni ofrece
largas explicaciones. Solamente grita desde su necesidad. Y el Evangelio dice
que Jesús, inmediatamente, extendió la mano y lo sostuvo. La mano del Señor no
tarda en llegar cuando el corazón lo invoca con humildad.
En
la primera lectura también encontramos una tormenta, pero esta vez se trata de
una tormenta de confusión. Jananías anuncia que muy pronto terminará el dominio
de Babilonia y que los objetos del templo y los desterrados regresarán a
Jerusalén. Era un mensaje agradable, lo que todos querían escuchar. Jeremías,
en cambio, debe anunciar una verdad más dolorosa: aquella promesa no venía de
Dios.
La
Palabra nos advierte que no todas las voces que nos tranquilizan proceden del
Señor. A veces preferimos palabras fáciles que confirmen nuestros deseos, pero
el auténtico profeta no acomoda el mensaje de Dios para agradar a los demás.
Jeremías permanece fiel, aunque la verdad le traiga incomprensión y
sufrimiento.
Por
eso hoy repetimos con el salmista: «Señor, enséñame tus leyes».
Necesitamos que Dios nos enseñe a distinguir su voz entre tantas voces; que nos
conceda sabiduría para no confundir la fe con nuestros deseos ni la esperanza
cristiana con promesas engañosas. La verdadera esperanza no consiste en creer
que nada malo puede sucedernos, sino en confiar en que Dios permanecerá con
nosotros pase lo que pase.
Esta
Palabra ilumina también nuestra oración por los fieles difuntos. La muerte
constituye para nosotros una de las noches más dolorosas. Cuando fallece alguien
a quien amamos, parece que la barca queda vacía y que el viento de la tristeza
amenaza con hundirnos. Surgen preguntas, recuerdos y lágrimas. Pero en medio de
esa noche, Cristo resucitado viene a nuestro encuentro y nos dice: «¡Ánimo,
soy yo, no tengan miedo!».
Nuestros
difuntos atravesaron ya las aguas de la muerte. Los confiamos a Jesús, que
venció el pecado, abrió los sepulcros y nos prometió la vida eterna. Orar por
ellos es tender un puente de amor y esperanza; es pedir que el Señor purifique
sus almas, perdone sus faltas y los reciba en la paz de su Reino.
Hoy
podemos colocar sus nombres y sus rostros en las manos de Cristo. La mano que
sostuvo a Pedro es la misma que sostiene a quienes parten de este mundo y la
que también nos sostiene a nosotros en el duelo. La muerte no tiene la última
palabra: la última palabra pertenece al Señor de la vida.
Pidámosle,
entonces, que arroje por encima de la borda nuestros miedos, nuestras falsas
seguridades y nuestra falta de confianza. Y si alguna vez sentimos que nos
hundimos, repitamos la oración de Pedro: «¡Señor, sálvame!». Él
extenderá su mano, subirá a nuestra barca y conducirá a nuestros fieles
difuntos y a cada uno de nosotros hasta la orilla de la vida eterna.
Amén.
2
Las tormentas de la vida
«Jesús mandó a sus discípulos que subieran a la
barca y se adelantaran a la otra orilla, mientras Él despedía a la multitud.
Después de despedirla, subió al monte a solas para orar. Llegada la noche,
estaba allí solo. Mientras tanto, la barca se hallaba ya a varios kilómetros de
la costa y era sacudida por las olas, porque el viento era contrario. A la
cuarta vigilia de la noche, Jesús fue hacia ellos caminando sobre el mar» (Mateo 14,22-25).
Hermanos:
Solamente
Dios, en su sabiduría perfecta, podía transmitir un significado espiritual tan
profundo por medio de las acciones humanas de Jesús. Sus milagros revelan su
divinidad y sus enseñanzas expresan los misterios divinos; pero también cada
uno de sus gestos, incluso el más discreto, forma parte del anuncio profético
de la plenitud del Evangelio. Desde sus primeros siglos, la Iglesia ha
reconocido y contemplado estas dimensiones más profundas mediante lo que
conocemos como el sentido alegórico y espiritual de la Sagrada Escritura.
A
primera vista, el Evangelio de hoy revela la divinidad de Jesús sencillamente
por el hecho de caminar sobre las aguas. Sin embargo, bajo la superficie se
manifiestan otros misterios. La montaña, la soledad, la oración, la tormenta,
la barca, el miedo y las palabras de Jesús nos comunican algo acerca de la
misión salvadora de Cristo y de nuestro camino por la vida junto a Él.
Jesús
sube solo a la montaña para orar. En la Sagrada Escritura, las montañas son
lugares de encuentro con Dios: Moisés y Elías se encontraron con el Señor en el
monte Sinaí, y Jesús se transfiguró delante de sus discípulos en el monte
Tabor. En el Evangelio de hoy, la montaña representa la comunión de Jesús con
el Padre y su intercesión celestial. Sube solo, dejando atrás a sus discípulos,
del mismo modo que, después de la Resurrección, ascendería al Padre. Él
permanece espiritualmente con nosotros mientras la Iglesia continúa su
peregrinación en medio de las tormentas de este mundo.
Mientras
Jesús ora, los discípulos luchan en la barca, sacudidos por las olas y con el
viento en contra. La barca representa a la Iglesia en medio de las agitaciones
del mundo. Las olas simbolizan las pruebas, las tentaciones y los temores que
aparecen inesperadamente. Aunque Jesús parece encontrarse físicamente lejos,
nunca está desatento. Precisamente en la hora de mayor angustia es cuando se
acerca.
También
nosotros conocemos los vientos contrarios: enfermedades, dificultades
familiares, incertidumbre económica, crisis de fe, soledad, duelos y
sufrimientos que parecen superar nuestras fuerzas. En esos momentos podemos
pensar que el Señor se ha alejado o que nuestra oración no es escuchada. Sin
embargo, mientras los discípulos luchan contra las olas, Jesús está orando.
Aunque ellos no lo ven, no han dejado de estar presentes en su corazón.
Jesús
va hacia ellos durante la cuarta vigilia de la noche, en el último y más oscuro
momento antes del amanecer. Es la hora de la desolación más profunda del alma,
cuando la persona se siente más abandonada, vulnerable e indefensa. Pero es
también el momento preciso en el que llega la ayuda divina.
Jesús
camina hacia ellos sobre el mar, convirtiendo las mismas olas que amenazaban
con destruirlos en el camino por el que se acerca. La tormenta no lo detiene;
Él camina por encima de ella, manifestando su autoridad sobre el caos y su
poder para transformar incluso las pruebas más intensas en medios de su
presencia. Aquello que para nosotros parece un obstáculo insuperable puede
convertirse, por la gracia de Dios, en el lugar donde Cristo se nos manifieste
con mayor claridad.
Sin
embargo, los discípulos no lo reconocen. Gritan llenos de miedo porque creen
que es un fantasma. Esto revela una profunda verdad espiritual: en nuestros
momentos de temor y confusión podemos interpretar equivocadamente incluso la
presencia de Cristo. Cuando el corazón está inquieto y la fe se debilita,
podemos dejar de ver con claridad a Aquel que viene a salvarnos.
Esta
dificultad para reconocer la voz de Dios aparece también en la primera lectura.
El profeta Jananías pronuncia un mensaje agradable: anuncia que muy pronto se
romperá el dominio de Babilonia, regresarán los desterrados y serán devueltos
los objetos del templo. Era exactamente lo que el pueblo deseaba escuchar. Sin
embargo, aquel mensaje no provenía del Señor.
Jeremías,
en cambio, debe proclamar una palabra más exigente y dolorosa. No habla para
complacer al pueblo, sino para permanecer fiel a Dios. Así nos enseña que no
toda voz tranquilizadora procede del Señor ni toda palabra difícil debe ser
rechazada. A veces las falsas promesas producen una calma momentánea, mientras
que la verdad de Dios puede incomodarnos, corregirnos y pedirnos paciencia y
conversión.
Por
eso hacemos nuestra la súplica del salmo: «Apártame del camino falso y dame la
gracia de tu voluntad». Y también pedimos: «No quites de mi boca las palabras
sinceras». Necesitamos que el Señor nos enseñe sus mandamientos para distinguir
su voz entre tantas voces, reconocer la verdad y no dejarnos conducir
únicamente por aquello que resulta agradable.
En
medio de la tormenta, los discípulos necesitaban reconocer la voz auténtica del
Señor. Entonces Jesús pronuncia unas palabras que siguen resonando a través de
los siglos: «¡Ánimo, soy yo, no tengan miedo!».
En
griego, la expresión «soy yo» —egō
eimi— evoca el nombre divino revelado a Moisés: «Yo soy». No se
trata solamente de unas palabras de consuelo; es una revelación de la identidad
divina de Jesús. Él no dice simplemente: «No tengan miedo porque pronto pasará
la tormenta», sino: «No tengan miedo porque Yo estoy aquí».
Con
esta declaración, Jesús hace mucho más que calmar el mar: calma el corazón.
Invita a los discípulos a poner su confianza no solamente en aquello que Él
puede hacer, sino en quien Él es. Nuestra seguridad más profunda no consiste en
que nunca tendremos problemas, sino en saber que el Hijo de Dios permanece con
nosotros y tiene poder sobre todo aquello que amenaza con hundirnos.
Pensemos
hoy en alguna tormenta de nuestra vida en la que sintamos que Dios está ausente
y que las olas nos desbordan. Imaginemos a Jesús caminando hacia nosotros sobre
esas mismas olas. Aunque al principio no podamos reconocer claramente su
presencia, miremos con los ojos de la fe y escuchemos su voz: «¡Ánimo, soy yo,
no tengan miedo!».
Pidámosle
también la gracia de no confundir su voz con las falsas promesas que nos
ofrecen soluciones fáciles y seguridades engañosas. Que, como Jeremías,
permanezcamos fieles a la verdad; y que, como el salmista, permitamos que la
Palabra de Dios ilumine nuestros pasos.
Acojamos
a Jesús en la barca de nuestra vida y confiemos en que su gracia es suficiente
para afrontar cada prueba y tribulación que Dios permita. La tormenta puede
continuar durante algún tiempo, pero ya no estaremos solos. Cristo está
presente, ora por nosotros, camina hacia nosotros y convierte las aguas
amenazantes en el camino de su llegada.
Señor
misericordioso y poderoso, Tú me hablas de día y de noche por medio de las
Escrituras, las inspiraciones, los acontecimientos y los signos sagrados. Sin
embargo, muchas veces no logro percibir tu presencia, especialmente en medio de
las tormentas de la vida.
Abre mis ojos para reconocerte, incluso cuando vengas de
maneras inesperadas. Concédeme sabiduría para distinguir tu voz de las palabras
falsas y engañosas. Ayúdame a recibirte con fe y alegría en la barca de mi
alma, para que pongas orden en el caos que atravieso y me llenes de tu paz
permanente.
Jesús, confío en ti. Amén.

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