sábado, 1 de agosto de 2026

2 de agosto del 2026: decimoctavo domingo del tiempo ordinario-Ciclo A

 

«Denles ustedes de comer».

(Is 55,1-3 / Sal 145(144),8-9.15-16.17-18 (R. cf. 16) / Rm 8,35.37-39 /
Mt 14,13-21)
El Evangelio nos presenta a Jesús conmovido ante una multitud hambrienta y necesitada. Con cinco panes y dos peces, el Señor alimenta a todos, pero quiere contar con la colaboración de sus discípulos: «Denles ustedes de comer». También hoy nos invita a poner en sus manos lo poco que tenemos, porque cuando se comparte con fe y amor, Él puede convertirlo en bendición abundante para muchos.


Primera lectura

Is 55, 1-3
Vengan y coman

Lectura del libro de Isaías.

ESTO dice el Señor:
«Oigan, sedientos todos, acudan por agua;
vengan, también los que no tienen dinero:
compren trigo y coman, vengan y compren,
sin dinero y de balde, vino y leche.
¿Por qué gastar dinero en lo que no alimenta
y el salario en lo que no da hartura?
Escúchenme atentos y comerán bien,
saborearán platos sustanciosos.
Inclinen su oído, vengan a mí:
escúchenme y vivirán.
Sellaré con ustedes una alianza perpetua,
las misericordias firmes hechas a David».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 144, 8-9. 15-16. 17-18 (R.: cf. 16)

R. Abres tú la mano, Señor, y nos sacias.

V. El Señor es clemente y misericordioso,
lento a la cólera y rico en piedad;
el Señor es bueno con todos,
es cariñoso con todas sus criaturas.
 R.

V. Los ojos de todos te están aguardando,
tú les das la comida a su tiempo;
abres tú la mano,
y sacias de favores a todo viviente. 
R.

V. El Señor es justo en todos sus caminos,
es bondadoso en todas sus acciones.
Cerca está el Señor de los que lo invocan,
de los que lo invocan sinceramente.
 R.

 

Segunda lectura

Rom 8, 35. 37-39

Ninguna criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos.

HERMANOS:
¿Quién nos separará del amor de Cristo?, ¿la tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada?
Pero en todo esto vencemos de sobra gracias a aquel que nos ha amado. Pues estoy convencido de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni ninguna otra criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor.

Palabra de Dios.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. No solo de pan vive el hombre,
sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. 
R.

 

Evangelio

Mt 14, 13-21

Comieron todos y se saciaron

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, al enterarse Jesús de la muerte de Juan Bautista se marchó de allí en barca, a solas, a un lugar desierto. Cuando la gente lo supo, lo siguió por tierra desde los poblados.
Al desembarcar vio Jesús una multitud, se compadeció de ella y curó a los enfermos. Como se hizo tarde, se acercaron los discípulos a decirle:
«Estamos en despoblado y es muy tarde, despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren comida».
Jesús les replicó:
«No hace falta que vayan, denles ustedes de comer».
Ellos le replicaron:
«Si aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces».
Les dijo:
«Tráiganmelos».
Mandó a la gente que se recostara en la hierba y tomando los cinco panes y los dos peces, alzando la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos se los dieron a la gente. Comieron todos y se saciaron y recogieron doce cestos llenos de sobras. Comieron unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños.

Palabra del Señor.

 

*************

 

¿Pero dónde están los peces?

En la multiplicación de los panes narrada por san Mateo, los dos peces parecen desaparecer del relato. Jesús toma los cinco panes y los dos peces, levanta los ojos al cielo, pronuncia la bendición, parte los panes y los entrega a los discípulos. Mateo concentra la atención en el pan bendecido, partido y compartido, anticipando así el misterio de la Eucaristía.

Todo comienza con la compasión de Jesús. Al ver a la multitud cansada y necesitada, cura a los enfermos y se preocupa por su alimento. Cuando los discípulos sugieren despedir a la gente, Jesús les responde: “No hace falta que vayan; denles ustedes de comer”. Esta palabra sigue interpelando a la Iglesia. No podemos permanecer indiferentes ante quienes padecen hambre de alimento, afecto, compañía, esperanza o fe.

Los discípulos reconocen su pobreza: “No tenemos aquí más que cinco panes y dos peces”. También nosotros solemos pensar que tenemos muy poco para ofrecer: escasos recursos, poco tiempo, capacidades limitadas. Pero Jesús no nos pide lo que no tenemos; nos invita a entregarle lo que somos y poseemos: “Tráiganmelos”. En sus manos, lo pequeño se convierte en abundancia.

La primera lectura contiene una invitación semejante: “Todos los sedientos, vengan por agua; los que no tienen dinero, vengan, compren y coman”. Dios ofrece gratuitamente aquello que verdaderamente alimenta. Nos pregunta por qué gastamos la vida buscando cosas que no pueden saciarnos, mientras descuidamos su Palabra, su gracia y su amistad.

Por eso proclamamos con el salmo: “Abres tú la mano, Señor, y sacias de favores a todo viviente”. Dios abre su mano, mientras nosotros muchas veces cerramos las nuestras por temor a que no alcance. El milagro comienza cuando dejamos de retener y aprendemos a compartir. Jesús bendice y multiplica, pero confía a sus discípulos la distribución. La abundancia de Dios quiere pasar también por nuestras manos.

¿Dónde quedaron, entonces, los peces? Quedaron incluidos en la ofrenda. Una vez entregados a Jesús, dejaron de pertenecer a unos pocos y se convirtieron en alimento para todos. Lo importante no es saber exactamente cómo fueron repartidos, sino comprender que nada ofrecido con amor se pierde en las manos de Cristo.

San Pablo nos revela la fuente de esta confianza: nada podrá separarnos del amor de Cristo. Ni la dificultad, ni la angustia, ni el hambre, ni el peligro pueden vencer el amor con que Dios nos sostiene. Quien se sabe amado por Cristo puede vencer el miedo, abrir las manos y compartir.

La Eucaristía actualiza este misterio. Jesús recibe nuestra vida pobre y limitada, la une a su entrega y nos alimenta con el Pan de vida. Pero quien participa de la mesa del Señor no puede desentenderse de la mesa vacía del hermano. Comulgar con Cristo significa convertirnos también nosotros en pan compartido.

Hoy Jesús nos pregunta: “¿Qué tienen?”. Tal vez solo podamos presentarle cinco panes y dos peces: un poco de tiempo, una ayuda sencilla, una palabra de consuelo, una visita, una oración o un gesto de perdón. Puede parecernos insuficiente, pero, si lo ponemos en sus manos, Él sabrá multiplicarlo. Nada entregado por amor es demasiado pequeño para Dios.

Para la reflexión

1.    ¿En qué cosas estoy buscando saciar mi corazón, aunque sé que no pueden darme vida verdadera?

2.    ¿Cuáles son los “cinco panes y dos peces” que puedo poner hoy en las manos de Jesús?

3.    ¿Ante las necesidades de los demás, tiendo a despedirlos o escucho la invitación de Cristo: “Denles ustedes de comer”?

 

 

El cuidado providente de Dios

 

«Aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces». Él les dijo: «Tráiganmelos». Luego mandó que la gente se sentara sobre la hierba. Tomó los cinco panes y los dos peces y, levantando los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos, a su vez, se los dieron a la multitud. Todos comieron y quedaron satisfechos, y recogieron los pedazos que sobraron: doce canastos llenos (Mateo 14,17-20).

En los evangelios de Mateo y Marcos encontramos dos multiplicaciones milagrosas de alimentos. El Evangelio de hoy narra la primera, realizada principalmente para una multitud judía cerca del lago de Galilea. Cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños, fueron alimentados con cinco panes y dos peces, y sobraron doce canastos. Esta multiplicación es, significativamente, el único milagro de Jesús narrado por los cuatro evangelistas, lo que pone de relieve su importancia.

Mateo y Marcos relatan también una segunda multiplicación: cuatro mil personas fueron alimentadas en la región pagana de la Decápolis con siete panes y algunos peces, y sobraron siete canastos. En el primer relato, los doce canastos evocan a las doce tribus de Israel y a los doce apóstoles; en el segundo, el número siete sugiere la plenitud y la universalidad. Cristo es el Pan ofrecido a Israel y a todos los pueblos.

El primer milagro tiene lugar en un momento de profundo dolor para Jesús, pues acaba de recibir la noticia de la muerte de su primo Juan el Bautista. Jesús sabía que la muerte de Juan había ocurrido dentro de la voluntad permisiva del Padre y que, misteriosamente, serviría para su gloria. Sin embargo, esta mirada divina no eliminó su dolor humano. El dolor santo es una profunda expresión del amor ante el sufrimiento.

Precisamente porque el amor de Jesús era perfecto, su tristeza fue auténtica y profunda. Por eso decidió retirarse en una barca hacia un lugar solitario. Es hermoso comprobar que su divinidad no oscurece ni disminuye su humanidad. Con amor divino acepta la muerte de Juan y, con un corazón verdaderamente humano, guarda luto por él. En Jesús, humanidad y divinidad se unen perfectamente.

Pero, al desembarcar, encuentra una gran multitud que lo ha seguido a pie, deseosa de escuchar sus enseñanzas y recibir sus milagros. Jesús tenía motivos para aislarse; sin embargo, no se encierra en su propio dolor. Al contemplar el cansancio, la enfermedad y las heridas de aquella gente, «se compadeció de ellos y curó a sus enfermos». La compasión de Jesús no es un sentimiento superficial: nace de lo más profundo de su ser y se convierte en una acción concreta. Jesús no se limita a lamentar el sufrimiento; se acerca, cura, alimenta y devuelve la esperanza.

Al caer la tarde, los discípulos quieren despedir a la gente para que busque alimento. Jesús les responde: «No hace falta que vayan; denles ustedes de comer». Ellos reconocen su pobreza: «Aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces». Pero Jesús no les reprocha la escasez; sencillamente les dice: «Tráiganmelos». Esta es también su invitación para nosotros: llevarle lo que tenemos, aunque parezca poco e insuficiente.

La primera lectura ilumina esta escena con la invitación del profeta Isaías: «Todos los sedientos, vengan por agua; los que no tienen dinero, vengan, compren y coman». Dios ofrece gratuitamente el alimento que da vida. Nos pregunta: «¿Por qué gastar dinero en lo que no alimenta y el salario en lo que no da hartura?». Con frecuencia buscamos saciar el corazón con cosas que no pueden llenarlo. El Señor, en cambio, nos llama a acercarnos, escucharlo y recibir gratuitamente su gracia.

El salmo proclama esta misma confianza: «Abres tú la mano, Señor, y sacias de favores a todo viviente». El milagro recuerda el cuidado providente de Dios durante los cuarenta años de peregrinación de Israel por el desierto, cuando cada mañana aparecía el maná necesario para la jornada. Tanto aquel acontecimiento como el Evangelio de hoy nos enseñan una verdad constante: Dios no abandona a quienes lo buscan con fe.

Esto no significa que Dios siempre responderá según nuestros planes, sino que su presencia y su amor nunca nos faltarán. Así lo afirma san Pablo en la segunda lectura: «¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo?». Ni la tribulación, ni la angustia, ni la persecución, ni el hambre, ni la desnudez, ni el peligro podrán separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús. La providencia divina no consiste en vivir sin dificultades, sino en saber que, aun dentro de ellas, permanecemos sostenidos por un amor invencible.

La multiplicación de los panes y los peces anuncia también la Eucaristía. Jesús toma el pan, levanta los ojos al cielo, pronuncia la bendición, lo parte y lo entrega. Son los mismos gestos que realizará en la Última Cena. En la Eucaristía, Dios provee abundantemente nuestro alimento espiritual. Recibido con fe, el Cuerpo y la Sangre de Cristo fortalecen las virtudes, sanan nuestras heridas y nos preparan para la vida eterna, cuando participaremos plenamente del banquete del Reino, donde ya no habrá pecado, enfermedad, hambre ni sufrimiento.

Contemplemos hoy el cuidado entrañable de Jesús. Él mira nuestras necesidades con la misma compasión con que contempló a la multitud. Desea alimentarnos con el verdadero Pan bajado del cielo. Presentémosle lo que tenemos, aunque parezca pequeño: nuestras luchas, cansancios, oraciones, esperanzas y capacidades. En sus manos, todo puede ser bendecido y multiplicado para nuestro bien y para el bien de los demás.

El Señor no nos pide lo que no tenemos; nos pide que no guardemos egoístamente lo que sí poseemos. Los cinco panes y los dos peces parecían insuficientes, pero entregados a Cristo alimentaron a una multitud. Que este milagro despierte en nosotros una confianza más profunda en la providencia divina, un deseo más ferviente de la Eucaristía y una mayor disposición para compartir. Cristo es nuestro alimento, nuestra sanación y el anticipo de la alegría eterna.

Señor mío, presente en la Eucaristía, este don supera cuanto puedo comprender. Así como la multitud quedó admirada ante la multiplicación de los panes y los peces, concédeme descubrir con asombro el misterio de tu presencia y de tu cuidado providente. Recibe lo poco que soy y tengo, multiplícalo según tu voluntad y llena mi corazón de confianza, generosidad y gratitud. Jesús, confío en ti.

 

viernes, 31 de julio de 2026

1 de agosto del 2026: sábado de la decimoséptima semana del tiempo ordinario-II-Memoria obligatoria de San Alfonso María de Ligorio, Obispo y Doctor de la Iglesia


Testigo de la fe:

San Alfonso María de Ligorio

1696-1787.

«Toda la santidad consiste en amar a Dios, y todo el amor a Dios consiste en hacer su voluntad», escribía el fundador de la Congregación de los Redentoristas. Proclamado doctor de la Iglesia, fue un gran teólogo moral, un predicador incansable y un pastor cercano a los pobres y a las personas más abandonadas. Obispo solícito y hombre de oración, enseñó una moral cristiana fundada no en el miedo, sino en la misericordia, la rectitud de conciencia y la confianza en Dios. Sus escritos, especialmente sobre la oración, el amor a Cristo y la Virgen María, continúan iluminando la vida espiritual de numerosos creyentes.

 


Una muerte injusta

(Jr 26,11-16.24 / Sal 69(68),15-16.30-31.33-34 (R. cf. 14) /
Mt 14,1-12)
Juan el Bautista, el más grande de los profetas, muere miserablemente en el fondo de una prisión, víctima de una sórdida historia de juramentos, venganza y cobardía. Herodes sabe que Juan es un hombre justo, pero prefiere salvar su imagen ante los invitados antes que salvar la vida de un inocente. Así, el miedo al juicio de los demás termina siendo más fuerte que la voz de la conciencia.

La primera lectura nos presenta también al profeta Jeremías amenazado de muerte por haber anunciado fielmente la Palabra de Dios. Pero Jeremías no se acobarda: recuerda al pueblo y a sus dirigentes que deben corregir su conducta y escuchar al Señor. Su fidelidad valiente termina conmoviendo a las autoridades, que reconocen que no merece la muerte. También Juan el Bautista se había atrevido a decirle la verdad al rey: «No te es lícito tener a la mujer de tu hermano». La verdad incomoda, sobre todo cuando denuncia el pecado y llama a la conversión.

El salmo se convierte entonces en la oración de todos aquellos que sufren injustamente: «Por tu gran amor, respóndeme, Señor». El justo puede ser humillado, perseguido o abandonado, pero nunca queda olvidado ante los ojos de Dios. El Señor escucha el clamor de los pobres y no abandona a quienes permanecen fieles.

Esta Palabra nos interroga: ¿sabemos escuchar la verdad cuando incomoda nuestras costumbres? ¿Tenemos el valor de defender lo que es justo, incluso cuando esto tiene un precio? Pidamos al Señor la fortaleza de Jeremías y de Juan el Bautista: una fe libre, una palabra sincera y una conciencia que nunca se deje comprar por el miedo, el interés o la opinión de los demás.

G.Q

 

1

 

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de hoy nos pone ante una realidad dolorosa: muchas veces, quien dice la verdad termina incomodando, siendo rechazado e incluso perseguido. Jeremías, en la primera lectura, es acusado y amenazado de muerte por haber anunciado con fidelidad la palabra del Señor. Juan el Bautista, en el Evangelio, muere injustamente por haber denunciado el pecado de Herodes. Ambos son profetas que no acomodan el mensaje de Dios a los intereses de los poderosos.

Jeremías no se defiende con violencia ni intenta suavizar lo que ha dicho. Simplemente afirma: «El Señor me envió a profetizar». Su conciencia está tranquila porque no habló por capricho, sino por obediencia a Dios. Y añade una invitación a la conversión: «Mejoren su conducta y sus obras; escuchen la voz del Señor». El verdadero profeta no busca condenar, sino abrir caminos de regreso. La palabra puede ser dura, pero su finalidad es salvar.

Juan el Bautista también tuvo el valor de decirle a Herodes: «No te es lícito tener a la mujer de tu hermano». Esa verdad le costó la cárcel y finalmente la vida. Herodes sabía que Juan era justo, pero fue débil. Prefirió conservar su prestigio ante los invitados antes que escuchar la voz de su conciencia. Un juramento imprudente, el miedo al qué dirán y la manipulación de Herodías condujeron a la muerte de un inocente.

Aquí aparece una advertencia muy actual: cuando una persona vive pendiente de la aprobación de los demás, puede terminar traicionando sus convicciones. Herodes no fue capaz de reconocer su error. Por orgullo, convirtió una promesa equivocada en una injusticia mayor. También nosotros debemos aprender que nunca estamos obligados a cumplir una palabra cuando su cumplimiento implica hacer el mal. La fidelidad a Dios y al bien está por encima del orgullo personal.

El salmo recoge el clamor de quienes sufren injustamente: «En tu gran amor, respóndeme, Señor». El justo puede ser humillado, perseguido o rechazado, pero no está abandonado. Dios escucha el grito del pobre y sostiene a quienes permanecen fieles. Jeremías fue salvado de la muerte; Juan Bautista perdió la vida terrena, pero su testimonio quedó para siempre como luz para la Iglesia. Ante Dios, ninguna fidelidad es inútil y ningún sacrificio hecho por la verdad queda olvidado.

En este contexto celebramos la memoria de san Alfonso María de Ligorio, obispo, doctor de la Iglesia y fundador de los Redentoristas. Él escribió: «Toda la santidad consiste en amar a Dios, y todo el amor de Dios consiste en hacer su voluntad». Esta frase resume muy bien el mensaje de hoy. Jeremías hizo la voluntad de Dios aunque fuera amenazado. Juan Bautista hizo la voluntad de Dios aunque le costara la vida. San Alfonso dedicó su existencia a anunciar la misericordia, a formar las conciencias y a acercar el Evangelio a los pobres y abandonados.

San Alfonso comprendió que la moral cristiana no puede reducirse al miedo, al castigo o a una colección de prohibiciones. Debe conducir a una conciencia recta, iluminada por la verdad y sostenida por la misericordia. Una conciencia bien formada no se vende, no se acomoda al poder y no actúa únicamente para quedar bien ante los demás. Es capaz de reconocer el pecado, pedir perdón y volver a comenzar.

Al hacer también memoria de la Virgen María en sábado, encontramos en ella el modelo perfecto de quien escucha y cumple la voluntad de Dios. María no hizo ruido, no buscó reconocimiento ni poder. Su respuesta fue sencilla y total: «Hágase en mí según tu palabra». Allí donde Herodes se dejó dominar por la opinión de los demás, María se dejó conducir por la voz de Dios. Allí donde unos reaccionaron con violencia frente a la verdad, ella acogió la Palabra, la guardó en su corazón y permaneció fiel incluso al pie de la cruz.

Pidamos hoy tres gracias. Primero, una conciencia recta, capaz de distinguir el bien del mal sin dejarnos manipular por la presión social. Segundo, valentía para decir y vivir la verdad con caridad, sin agresividad, pero también sin cobardía. Y tercero, humildad para reconocer nuestros errores antes de que el orgullo nos lleve a cometer injusticias mayores.

Que san Alfonso María de Ligorio nos enseñe a amar la voluntad de Dios y a confiar siempre en su misericordia. Que san Juan Bautista nos conceda valentía profética. Que el profeta Jeremías nos ayude a permanecer firmes en medio de las dificultades. Y que la Virgen María forme en nosotros un corazón disponible, obediente y fiel, capaz de responder cada día: «Hágase en mí según tu palabra». Amén.

 

2

 

Una caridad fiel hasta la muerte

 

«Herodes había mandado prender a Juan, lo había encadenado y lo había metido en la cárcel por causa de Herodías, la mujer de su hermano Filipo, porque Juan le decía: “No te es lícito tenerla”. Aunque quería matarlo, temía a la gente, porque tenían a Juan por profeta» (Mt 14,3-5).


San Juan Bautista fue firme y valiente en su predicación, humilde ante Dios y fiel a la verdad que proclamaba. Sin embargo, estas virtudes no lo libraron de caer en manos de Herodes, un hombre moralmente débil, políticamente temeroso e incapaz de arrepentirse. Al final, Herodes no solo encarceló a Juan, sino que, manipulado por Herodías y por su hija, terminó ordenando su muerte.

La primera lectura nos presenta una situación semejante. El profeta Jeremías también es perseguido y amenazado de muerte por anunciar la palabra del Señor. Los sacerdotes y los falsos profetas dicen: «Este hombre es reo de muerte». Pero Jeremías no retrocede ni acomoda su mensaje para salvarse. Con serenidad responde: «El Señor me envió a profetizar todas estas palabras». Y vuelve a llamar a todos a la conversión: «Mejoren su conducta y sus obras, escuchen la voz del Señor».

Jeremías y Juan Bautista tienen algo esencial en común: no hablan movidos por el odio, la ambición o el deseo de condenar. Hablan porque aman a Dios y porque aman también a aquellos a quienes corrigen. La verdadera caridad no consiste siempre en callar para evitar problemas. A veces amar significa advertir, denunciar el pecado y llamar a la conversión, aunque esa palabra incomode o tenga un precio.

¿Quién fue entonces el vencedor en el Evangelio? Desde una mirada puramente humana, parecería que Herodes triunfó: conservó el poder, silenció al profeta y mandó cortar su cabeza. Juan, en cambio, fue encarcelado, humillado y martirizado. Pero la verdadera victoria perteneció a Juan. Su triunfo no consistió en escapar del sufrimiento, sino en permanecer fiel a la verdad, a la voluntad de Dios y al deseo de salvación para el mismo Herodes.

Juan no corrigió al rey para humillarlo, sino porque quería salvar su alma. Su valentía nació de la caridad. Sabía que el pecado de Herodes lo alejaba de Dios y, por eso, se atrevió a decirle: «No te es lícito». Esa caridad sacrificial lo llevó a hablar con firmeza, incluso a costa de su propia vida.

También Jeremías está dispuesto a entregar su vida. Dice a sus acusadores: «Yo estoy en sus manos; hagan conmigo lo que les parezca bueno y justo». Pero les advierte que, si lo matan, derramarán sangre inocente. El profeta no se aferra desesperadamente a su existencia; se confía al Señor y permanece fiel a la misión recibida.

El salmo recoge la oración de quien sufre por causa de la verdad: «Que me escuche tu gran bondad, Señor». El justo se siente hundido en el fango, agotado de gritar y perseguido sin motivo. Sin embargo, no pierde la confianza. Sabe que Dios escucha a los pobres, no desprecia a sus cautivos y no abandona a quienes sufren por permanecer fieles.

A la muerte de Juan Bautista, Jesús sintió un dolor profundo. La pérdida fue verdadera y dolorosa, aunque no fue un dolor desesperado. Los discípulos de Juan también recogieron su cuerpo, lo sepultaron y fueron a comunicarle la noticia a Jesús. Lo lloraron porque lo amaban. Juan había transformado muchas vidas y había preparado el camino para el ministerio del Mesías. De él dijo Jesús: «No ha nacido de mujer uno más grande que Juan el Bautista».

Después de tantos siglos, quizá nos cueste percibir la profundidad de aquel dolor. Pero la herida fue grande porque también había sido grande el amor. Las personas arrogantes y egoístas suelen desaparecer rápidamente de la memoria. En cambio, cuando una vida irradia santidad, inspira por su sencillez y transforma los corazones por medio de la verdad, su ausencia se siente profundamente.

El mayor dolor humano fue el sufrimiento compartido por el Sagrado Corazón de Jesús y el Corazón Inmaculado de María. Su amor era perfecto y, por eso, también fue inmensa su capacidad de sufrir. Sus corazones fueron atravesados no solamente por un dolor personal, sino también por el peso del pecado de toda la humanidad.

Por eso, la muerte de Juan no fue absurda. Fue dolorosa e injusta, pero estuvo llena de sentido. Murió por la verdad, por la caridad y por el Mesías. Murió como un hombre profundamente amado, cuya vida había tocado a muchos. No murió dominado por el resentimiento ni por la confusión, sino con valentía, compasión y fidelidad. Su ministerio había sido fecundo, pero el testimonio de su martirio, sostenido por la gracia, resultó aún más poderoso.

En este día celebramos también la memoria de san Alfonso María de Ligorio, quien escribió: «Toda la santidad consiste en amar a Dios, y todo el amor de Dios consiste en hacer su voluntad». Esta afirmación ilumina perfectamente la vida de Jeremías y de Juan Bautista. Ambos amaron a Dios haciendo su voluntad, no solo cuando era consoladora, sino también cuando implicaba rechazo, persecución y sufrimiento.

San Alfonso dedicó su vida a anunciar la misericordia de Dios y a formar las conciencias. Nos recuerda que la verdad cristiana nunca debe separarse de la caridad. La verdad sin amor puede convertirse en dureza; pero una falsa caridad que calla ante el mal termina convirtiéndose en complicidad. Juan Bautista une ambas cosas: dice la verdad con valentía porque ama.

Y al hacer memoria de María en sábado, contemplamos a la Virgen como modelo de fidelidad silenciosa. María también permaneció junto a la cruz cuando todo parecía perdido. No huyó ante el sufrimiento ni dejó de confiar. Su corazón, lleno de amor, aceptó el dolor sin desesperación y permaneció unido a la voluntad de Dios.

Cada uno de nosotros está llamado a imitar, a su manera, a san Juan Bautista: con valentía, humildad y fidelidad. Estamos llamados a vivir una caridad que se hace sacrificio, una caridad que a veces cuesta, que exige renuncias y que no se deja vencer por el miedo.

Al examinar nuestra vida, podemos preguntarnos: ¿vivimos con valentía y confianza en la verdad, o cedemos fácilmente ante el temor, la confusión y la indiferencia? ¿Nuestra caridad es suficientemente firme para soportar incomprensiones, críticas o incluso persecuciones injustas por la gloria de Dios y la salvación de las almas? ¿Somos capaces de corregir con amor, de escuchar cuando somos corregidos y de reconocer nuestros errores antes de que el orgullo nos lleve a cometer injusticias mayores?

Contemplemos hoy la fuerza de la caridad de Juan Bautista. El sacrificio duele. Le dolió a Juan, a sus discípulos y también a Jesús. Pero aquel dolor no fue inútil. Cuando se vive en fidelidad a Dios, el sufrimiento puede convertirse en testimonio, fecundidad y camino de salvación.

Pidamos la intercesión de san Juan Bautista, para que nuestra caridad toque muchas vidas y deje una huella duradera. Que san Alfonso María de Ligorio nos enseñe a amar a Dios cumpliendo su voluntad. Que Jeremías nos conceda fortaleza para anunciar la verdad. Y que la Virgen María nos ayude a permanecer fieles junto a la cruz, confiando siempre en la victoria de Dios.

Señor Jesús, tu corazón humano sintió profundamente el sufrimiento y la muerte de Juan Bautista, cuya misión fue preparar el camino para tu ministerio. Tu dolor no nació de la desesperación, sino del amor y de la gratitud por su vida y por su testimonio generoso. Concédeme la valentía y la caridad que ardían en su corazón, para que mi vida pueda tocar a los demás, darte gloria y santificar mi alma. Jesús, confío en ti. Amén.

 

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📅 1 de agosto: 

San Alfonso María de Ligorio, obispo y doctor de la Iglesia — Memoria


1696–1787


Patrono de los confesores y teólogos moralistas
Invocado contra los escrúpulos, la artritis y para alcanzar la perseverancia final
Canonizado por el Papa Gregorio XVI en 1839
Proclamado Doctor de la Iglesia por el Papa Pío IX en 1871




📜 Cita:

"Al comienzo de la conversión del alma, Dios suele darle un torrente de consuelos. Como consecuencia de esto, el alma se va desprendiendo poco a poco del apego a las criaturas y se entrega a Dios; pero aún no de manera perfecta, pues actúa más por los consuelos de Dios que por el Dios de los consuelos, como dice tan bellamente san Francisco de Sales. Es un defecto común de nuestra naturaleza caída que en todo lo que hacemos busquemos nuestra propia gratificación. El amor de Dios y la perfección cristiana no consisten en sentimientos dulces y consuelos sensibles, sino en vencer el amor propio y cumplir la voluntad de Dios. En las vidas de los grandes siervos y santos de Dios, vemos cómo la leche de los consuelos da lugar al alimento más sustancioso de las aflicciones; y es esto lo que les permite llevar la cruz en su camino hacia el Calvario."
San Alfonso, “La escuela de la perfección”, capítulo doce


Reflexión:

Alfonso María nació en el seno de la noble familia Ligorio, en Marinella, en el Reino de Nápoles, actual Italia. Fue el mayor de siete hijos y creció en un hogar católico devoto. De niño dominó el arpa y disfrutaba de la esgrima, la equitación y los juegos de cartas. También mostraba una voluntad fuerte y un carácter moral firme. Su padre era oficial naval y alcanzó el alto rango de Capitán de las Galeras Reales. Sin embargo, debido a su mala visión y asma, Alfonso no pudo seguir los pasos militares de su padre. No obstante, su extraordinaria inteligencia llevó a su padre a enviarlo a la Universidad de Nápoles, donde obtuvo un título en derecho civil y canónico a los dieciséis años, tres años antes de lo habitual.

Durante los ocho años siguientes, Alfonso ganó caso tras caso como abogado en Nápoles, pero su éxito mundano no lo satisfacía. De hecho, podría no haber perdido nunca un juicio hasta el último, que cambiaría su vida. Un día, en lugar de refutar su brillante argumento, el abogado defensor le preguntó si veía algún error en su razonamiento. Alfonso identificó una pequeña falla en su propio caso y habló abiertamente de ella. Perdió el juicio, pero fue elogiado por su honestidad. Después declaró:

“Falso mundo, ya te conozco. Tribunales, no me verán más.”

Renunció a su profesión, dejando atrás la riqueza y el prestigio.

Después de esta experiencia, Alfonso hizo un retiro de tres días guiado por un sacerdote oratoriano. Habiendo descubierto que el éxito mundano no lo satisfacía, resolvió servir solo a Dios, eligiendo iniciar estudios teológicos, crecer en virtud y convertirse en sacerdote. Su padre se opuso a que ingresara en los oratorianos, por lo que Alfonso accedió a vivir en casa mientras terminaba sus estudios. Con la bendición del Cardenal Arzobispo de Nápoles, fue ordenado sacerdote en 1726 a los treinta años.

Durante los tres años siguientes, el Padre Alfonso vivió en casa de su familia y se dedicó a atender a los pobres y a los pecadores en Nápoles. Los reunía en las calles, hablándoles con amor y convicción, ganando a muchos para Cristo. El arzobispo le pidió que realizara sus servicios en las iglesias locales, que llegaron a conocerse como “Capillas Vespertinas”. Estas reuniones incluían catequesis y oración, especialmente para los jóvenes y los pobres, y eran frecuentemente dirigidas por los propios jóvenes, tras recibir la debida formación del Padre Alfonso. También se convirtió en un confesor muy querido. La gente lo consideraba un hombre de gran compasión, atención y preocupación. Trataba a cada penitente con misericordia y siempre ofrecía la absolución, sin dudar de la sinceridad del arrepentimiento del pecador. Desde el púlpito, predicaba de manera que todos lo entendían, incluso los más pobres e ignorantes, tanto santos como pecadores. En poco tiempo, su ministerio tuvo tal efecto en las zonas moralmente decadentes de Nápoles, que los pecados más graves prácticamente desaparecieron.

En 1729, para profundizar su vida de oración y compromiso ministerial, se trasladó a una nueva escuela para misiones en China, pero continuó su ministerio con los pobres y los pecadores. Amplió su apostolado más allá de Nápoles, hacia zonas rurales aún más pobres y decadentes. Al ver la necesidad de consolidar su labor, obtuvo el apoyo del obispo vecino de Scala para formar una nueva congregación. En 1732, el Padre Alfonso fue acompañado por trece compañeros (diez sacerdotes, dos seminaristas y un hermano laico), y así nació la Congregación del Santísimo Redentor.

La nueva congregación comenzó con buen pie. Sus miembros llevaban vidas de profunda oración, severa penitencia y radical pobreza. Salían en misiones como predicadores itinerantes, dedicándose a anunciar el arrepentimiento y la misericordia en las zonas rurales. Sin embargo, pronto surgieron disensiones sobre su misión y estilo de vida. Las propuestas del Padre Alfonso fueron rechazadas por todos, salvo por un hermano laico y un seminarista. Los demás se separaron y fundaron otra congregación. Alfonso fue ridiculizado en Nápoles, y hasta el obispo que lo apoyaba fue criticado. No obstante, ambos perseveraron, y con el tiempo nuevos compañeros se unieron y su ministerio floreció.

Durante los siguientes treinta años, el Padre Alfonso trabajó incansablemente para consolidar su congregación y servir al Pueblo de Dios con compasión. Una de las herejías emergentes de su tiempo fue el jansenismo, que negaba la universalidad del libre albedrío y afirmaba que la gracia y la misericordia de Dios no eran para todos. Los jansenistas veían la naturaleza humana tan corrompida que solo Dios podía salvar a algunos, de manera selectiva. Alfonso predicó fervorosamente que la gracia y la misericordia están disponibles para todos.

Además de predicar, fue un escritor extremadamente prolífico. Durante su vida escribió unos 100 libros y 400 folletos y panfletos para evangelizar al pueblo con un lenguaje claro, fiel a la doctrina. Dominó la teología moral y la hizo accesible a quienes necesitaban alejarse del pecado. Escribió hermosamente sobre la Virgen María, el Vía Crucis y la Persona de Jesucristo.

En 1762, fue nombrado Obispo de Sant’Agata dei Goti, diócesis al noreste de Nápoles. Como obispo buscó reformar el clero y organizar un plan de evangelización. Aunque su enfoque riguroso encontró resistencia, perseveró. En 1775 su salud se deterioró al punto de quedar parcialmente paralizado y encorvado, como suele representárselo en el arte. Renunció, y el Papa aceptó su dimisión con pesar.

Pasó sus últimos doce años en una casa religiosa de su congregación, escribiendo, orando y sufriendo. Finalmente quedó ciego y sordo, pero nunca dejó de amar a Dios ni de cumplir su voluntad. En sus últimos años, vio cómo su congregación sufría divisiones, y él mismo fue tentado por graves escrúpulos, ataques demoníacos y oscuridad espiritual. Todo esto aumentó su santidad.

A veces creemos que la santidad asegura una vida fácil. Por el contrario, el Padre permite grandes sufrimientos a quienes más ama, para que imiten a su Hijo. San Alfonso sufrió mucho en muchas formas, pero permaneció fiel a su misión de salvar almas. Creía en la misericordia de Dios, la llevó a los mayores pecadores y se aseguró de que su obra perdurara en el tiempo, fundando una congregación y dejando una abundante obra escrita accesible a todos.

Al honrar a este santo, medita en su mensaje central: Dios es misericordioso y acoge incluso al mayor de los pecadores. Mírate como ese pecador que necesita la misericordia de Dios, y no dudes en correr al Corazón del Santísimo Redentor para hallar descanso y paz.


🙏 Oración:

San Alfonso, aunque detestabas el pecado, amabas al pecador y trabajaste incansablemente para reconciliarlo con Dios. Lo hiciste con compasión y misericordia, a imitación de Jesús. Ruega por mí, para que comparta tus convicciones y tu misión, y busque amar a toda persona que se haya alejado de Dios.
San Alfonso María de Ligorio, ruega por mí.
Jesús, en Ti confío.


31 de julio del 2026: viernes de la decimoséptima semana del tiempo ordinario II-Memoria de San Ignacio de Loyola


Santo del día

San Ignacio de Loyola

1491-1556. «Señor […] dame tu amor y tu gracia, me basta». Así oró, en sus Ejercicios Espirituales, el hombre que fundó oficialmente, en 1540 en Roma, la Compañía de Jesús (Jesuitas).

 


(Salmo 68) ¿Quién, como el salmista, alguna vez no se ha encontrado en la situación, con la impresión de estar dentro del agua hasta el cuello? Un duelo, una pérdida de empleo, una relación de amor o amistad rota… Pero Dios nos tiende la mano en su Hijo que ha resucitado después de haber atravesado las aguas de la muerte. ¿Sabremos nosotros dejar que Él nos tome, nos abrace, para que así nos comunique su esperanza?





Primera lectura

Lectura de la profecía de Jeremías (26,1-9):

Al comienzo del reinado de Joaquín, hijo de Josías, rey de Judá, vino esta palabra del Señor a Jeremías: «Así dice el Señor: Ponte en el atrio del templo y di a todos los ciudadanos de Judá que entran en el templo para adorar, las palabras que yo te mande decirles; no dejes ni una sola. A ver si escuchan y se convierte cada cual de su mala conducta, y me arrepiento del mal que medito hacerles a causa de sus malas acciones. Les dirás: Así dice el Señor: Si no me obedecéis, cumpliendo la ley que os di en vuestra presencia, y escuchando las palabras de mis siervos, los profetas, que os enviaba sin cesar (y vosotros no escuchabais), entonces trataré a este templo como al de Silo, a esta ciudad la haré fórmula de maldición para todos los pueblos de la tierra.»
Los profetas, los sacerdotes y el pueblo oyeron a Jeremías decir estas palabras, en el templo del Señor. Y, cuando terminó Jeremías de decir cuanto el Señor le había mandado decir al pueblo, lo agarraron los sacerdotes y los profetas y el pueblo, diciendo: «Eres reo de muerte. ¿Por qué profetizas en nombre del Señor que este templo será como el de Silo, y esta ciudad quedará en ruinas, deshabitada?»
Y el pueblo se juntó contra Jeremías en el templo del Señor.

Palabra de Dios



Salmo

Sal 68

R/.
Que me escuche tu gran bondad, Señor.

Más que los pelos de mi cabeza
son los que me odian sin razón;
más duros que mis huesos,
los que me atacan injustamente.
¿Es que voy a devolver lo que no he robado? R/.

Por ti he aguantado afrentas,
la vergüenza cubrió mi rostro.
Soy un extraño para mis hermanos,
un extranjero para los hijos de mi madre;
porque me devora el celo de tu templo,
y las afrentas con que te afrentan caen sobre mí. R/.

Pero mi oración se dirige a ti,
Dios mío, el día de tu favor;
que me escuche tu gran bondad,
que tu fidelidad me ayude
. R/.



Lectura del santo evangelio según san Mateo (13,54-58):

En aquel tiempo fue Jesús a su ciudad y se puso a enseñar en la sinagoga. La gente decía admirada: «¿De dónde saca éste esa sabiduría y esos milagros? ¿No es el hijo del carpintero? ¿No es su madre María, y sus hermanos, Santiago, José, Simón y Judas? ¿No viven aquí todas sus hermanas? Entonces, ¿de dónde saca todo eso?» Y aquello les resultaba escandaloso.
Jesús les dijo: «Sólo en su tierra y en su casa desprecian a un profeta.» Y no hizo allí muchos milagros, porque les faltaba fe.

Palabra del Señor

*********

No cerremos el corazón a la voz de Dios

La primera lectura, tomada del profeta Jeremías, nos introduce hoy —y continuará haciéndolo mañana— en uno de los momentos más difíciles de la misión del profeta. Jeremías recibe del Señor el encargo de colocarse en el atrio del templo y anunciar, sin quitar una sola palabra, aquello que Dios quiere comunicar a su pueblo.

El mensaje contiene una advertencia severa, pero también una posibilidad de salvación: «Quizá escuchen y se convierta cada cual de su mala conducta». Dios no amenaza por el gusto de castigar. Dios advierte porque ama; corrige porque desea salvar; llama a la conversión porque todavía confía en que el corazón humano puede cambiar.

Sin embargo, los sacerdotes, los falsos profetas y algunos dirigentes religiosos se sienten cuestionados. Están tan seguros de sus privilegios, de sus instituciones y de su manera de interpretar la voluntad de Dios, que ya no son capaces de escuchar una palabra diferente. En lugar de examinar su vida, atacan al mensajero. En vez de convertirse, exclaman contra Jeremías: «¡Eres reo de muerte!».

Esta escena nos descubre una tentación que también puede aparecer en nuestra vida religiosa: creer que, por estar cerca del templo, por conocer las oraciones o por participar en las celebraciones, ya no necesitamos convertirnos. Podemos estar físicamente cerca de las cosas de Dios y, sin embargo, mantener el corazón lejos de Él.

Jeremías no habla para destruir el templo ni para acabar con la fe del pueblo. Habla para purificarla. Sus advertencias no cierran el futuro; por el contrario, abren la posibilidad de un futuro nuevo. Mientras Dios envíe profetas, mientras su Palabra nos cuestione y mientras sintamos la llamada a cambiar, significa que el Señor no se ha cansado de nosotros.

Por eso, el salmo responsorial expresa la experiencia dolorosa del justo perseguido: «Que me escuche tu gran bondad, Señor». El salmista se siente extranjero entre los suyos, incomprendido incluso por sus hermanos y convertido en objeto de burlas por causa de su fidelidad a Dios.

Jeremías vivió esa incomprensión. Jesús la experimentó de manera todavía más profunda. Y también nosotros podemos sentirla cuando procuramos vivir el Evangelio con coherencia. No siempre la fidelidad será comprendida; no siempre hacer el bien recibirá aplausos; no siempre decir la verdad será bien recibido. Pero el salmo nos recuerda que, en medio de la incomprensión humana, permanece la bondad de Dios. Cuando los hombres cierran sus oídos, el Señor escucha; cuando otros nos rechazan, Él nos sostiene.

El Evangelio nos presenta a Jesús regresando a su tierra. Enseña en la sinagoga y quienes lo escuchan quedan admirados por su sabiduría y por sus obras. Pero la admiración pronto se transforma en rechazo: «¿No es este el hijo del carpintero? ¿No se llama María su madre?».

Sus paisanos creen conocerlo perfectamente. Conocen su familia, su oficio, su procedencia y sus parientes. Precisamente por eso piensan que Jesús no puede traerles nada nuevo. Lo han encerrado en una definición: para ellos es solamente el hijo del carpintero.

El Evangelio quiere prevenirnos contra el peligro de etiquetar o catalogar a las personas. Existe en nosotros una tentación continua de definir a los demás por su pasado, por su familia, por sus errores, por su oficio, por sus limitaciones o por lo que alguna vez escuchamos decir acerca de ellos.

Decimos: «Este siempre ha sido así», «aquella persona nunca cambiará», «de esa familia no puede salir nada bueno», «ya sabemos cómo piensa». Estas etiquetas nos producen una falsa seguridad, porque creemos que, al definir a alguien, ya lo conocemos completamente.

Pero ninguna persona puede ser encerrada en una sola definición. Cada ser humano es complejo, es una historia sagrada, es un misterio conocido plenamente solo por Dios. Todos somos mucho más de lo que los ojos pueden percibir. Somos más que nuestros errores, más que nuestros fracasos, más que nuestro pasado y más que las opiniones que otros se hayan formado sobre nosotros.

Y si esto es verdad para toda persona, lo es todavía más cuando se trata de Jesucristo. Sus paisanos conocían muchos datos sobre Él, pero no reconocieron su misterio. Sabían de dónde venía humanamente, pero no comprendieron quién lo enviaba. Conocían a María y a José, pero no descubrieron que, en aquel hombre sencillo, Dios mismo estaba visitando a su pueblo.

Por eso, Jesús concluye: «Un profeta solo es despreciado en su pueblo y en su casa». A Jeremías lo rechazaron quienes debían escuchar la Palabra de Dios. A Jesús lo rechazaron aquellos que creían conocerlo. En ambos casos, la familiaridad se convirtió en obstáculo para la fe.

También nosotros podemos acostumbrarnos tanto a Jesús que dejemos de sorprendernos ante Él. Podemos escuchar muchas veces el Evangelio, contemplar la cruz, participar en la Eucaristía y pronunciar el nombre de Dios, pero sin permitir que su Palabra transforme verdaderamente nuestra vida.

La incredulidad de Nazaret no consistió solamente en negar la existencia de Dios. Consistió en negarse a reconocer que Dios podía manifestarse en lo sencillo, en lo cotidiano y en alguien que ellos creían conocer.

Hoy celebramos la memoria de san Ignacio de Loyola. También él tuvo que permitir que Dios rompiera las etiquetas con las que había definido su propia vida. Soñaba con honores, hazañas militares y gloria humana. Pero, durante su convalecencia, descubrió que existía una gloria más grande: la gloria de Dios.

San Ignacio comprendió que el ser humano no está terminado, que puede dejarse transformar por la gracia y que toda la vida puede orientarse a «amar y servir» al Señor. Su existencia quedó resumida en una expresión que sigue inspirando a la Iglesia: hacerlo todo para la mayor gloria de Dios.

Pidamos hoy tres gracias.

Primero, la gracia de escuchar a los profetas que Dios pone en nuestro camino, incluso cuando su palabra nos incomoda.

Segundo, la gracia de no encerrar a nadie en una etiqueta, sino mirar a cada persona con esperanza, reconociendo que Dios puede obrar en ella.

Y tercero, la gracia de reconocer a Jesús en lo sencillo: en su Palabra, en la Eucaristía, en los pobres, en la comunidad y en aquellos que quizá conocemos demasiado humanamente, pero no hemos aprendido a contemplar con los ojos de la fe.

Que, como san Ignacio de Loyola, busquemos en todo la mayor gloria de Dios; que combatamos el buen combate de la fe bajo la protección del Señor; y que, siguiendo el ejemplo de los santos, lleguemos un día a compartir con ellos la gloria del cielo.

Amén.

 


31 de julio: San Ignacio de Loyola, presbítero — Memoria

1491–1556
Patrono de la Compañía de Jesús (Jesuitas), los Ejercicios Espirituales, los soldados y los retiros espirituales
Canonizado por el Papa Gregorio XV el 12 de marzo de 1622

 


Cita:

"El hombre ha sido creado para alabar, reverenciar y servir a Dios nuestro Señor, y mediante esto salvar su alma. Y las demás cosas sobre la faz de la tierra han sido creadas para el hombre, para que le ayuden a alcanzar el fin para el cual ha sido creado. De esto se sigue que el hombre debe usarlas en la medida en que le ayudan a alcanzar su fin, y debe apartarse de ellas en la medida en que se lo impiden. Para ello es necesario hacerse indiferente ante todas las cosas creadas, en lo que se permite a la elección de nuestro libre albedrío y no se le prohíbe; de modo que, por nuestra parte, no queramos salud más que enfermedad, riqueza más que pobreza, honor más que deshonor, vida larga más que corta, y así en todo lo demás; deseando y eligiendo solamente lo que más nos conduzca al fin para el cual hemos sido creados."


~ Principio y Fundamento de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio


Reflexión:

Íñigo López de Oñaz y Loyola (Ignacio en latín) nació en el castillo de Loyola, en el municipio de Azpeitia, actual provincia de Guipúzcoa, España. Fue el menor de trece hermanos. Poco después de su nacimiento, su madre falleció, y fue cuidado por una mujer local llamada María. A los siete años, murió también su padre, y fue enviado a vivir con una familia noble donde sirvió como paje, lo cual lo introdujo en el ideal de la caballería y el servicio militar.

Como consecuencia, Ignacio se convirtió en un joven entusiasta que soñaba con ser un gran militar. Cautivado por los ideales del honor y la gloria mundanos, se hizo soldado alrededor de los diecisiete años. Durante los siguientes doce años participó en numerosas batallas y ascendió en el rango militar. En 1521, a los treinta años, fue herido en combate y pasó meses postrado en cama mientras se curaba su pierna.

Durante su convalecencia, pidió libros para entretenerse. Esperaba recibir novelas de caballería, pero en la casa donde se recuperaba no había tales libros. En su lugar, le ofrecieron La vida de Cristo, del cartujo Ludolfo de Sajonia, y Flores de los santos. Al leer y releer estos textos, comenzó a sentirse inspirado e imaginó su propia vida como la de un santo.

Ignacio también dedicaba mucho tiempo a imaginar romances y hazañas caballerescas. Sin embargo, notó una diferencia importante: aunque ambos tipos de pensamientos le generaban entusiasmo momentáneo, los mundanos lo dejaban luego seco y triste, mientras que los pensamientos sobre Cristo y los santos lo llenaban de un gozo que perduraba. Esta fue la primera gran clave de su conversión, una intuición que más tarde se convertiría en la base de su sabiduría espiritual y guía para la Iglesia.

Después de sanar, Ignacio decidió peregrinar a Tierra Santa. Antes de hacerlo, pasó por el santuario de Montserrat. Allí, dos experiencias marcaron profundamente su camino: sus penitencias y su confesión general. Como penitencia, vestía ropas ásperas e incómodas, ataba una cuerda bajo su rodilla y solo usaba un zapato. Oraba largamente de rodillas y de pie ante el Señor y la Virgen María.

En Montserrat, se preparó durante tres días para realizar una confesión general de todos los pecados de su vida. Durante esta confesión, por primera vez reveló su intención de dedicar toda su vida al servicio de Dios. Al terminar, se consagró al Señor y a la Virgen, y pasó la noche entera en oración. Así comenzó un camino radical hacia la santidad.

Luego, viajó a la ciudad de Manresa, donde permaneció desde el 25 de marzo de 1522 hasta mediados de febrero de 1523. Ese tiempo en Manresa fue de profunda conversión interior. Pasaba largas horas en oración, asistía a misa diariamente, realizaba duras penitencias, buscaba dirección espiritual y estudiaba los evangelios. Solía orar en silencio en una cueva cercana, despreocupado de su apariencia externa, centrado en embellecer su alma.

Durante este periodo, Ignacio comenzó a experimentar profundas consolaciones espirituales. Pero poco después también sufrió fuertes pruebas interiores, sintiendo que el maligno lo tentaba diciéndole que no podría mantener su vida de penitencia y fervor. Incluso fue atacado por pensamientos de desesperanza y escrúpulos, creyendo que no había confesado adecuadamente todos sus pecados. Esta lucha fue tan intensa que, por un breve momento, pensó en quitarse la vida. Sin embargo, logró discernir que tales pensamientos no venían de Dios. Una vez comprendido esto, rechazó los escrúpulos y fue liberado de esa carga.

En Manresa, continuó con ayunos extremos (llegando a no comer ni beber durante siete días), se flagelaba tres veces al día y dedicaba siete horas diarias a la oración. La Virgen y Jesús se le manifestaban en lo profundo de su alma, comunicándole grandes verdades espirituales. Fue allí donde comenzó a escribir uno de los mayores clásicos espirituales de la Iglesia: los Ejercicios Espirituales.

Los Ejercicios no son tanto un libro como una guía estructurada para un retiro de treinta días, preferiblemente en silencio, bajo la dirección de un guía espiritual entrenado. El texto ofrece instrucciones diarias para el orante y directrices para que el director espiritual lo guíe en el discernimiento de la voluntad de Dios.

Tras este período de formación espiritual, Ignacio estudió en Barcelona, Alcalá y Salamanca. Allí comenzó a difundir sus ideas, pero sus escritos fueron examinados por la Inquisición española, y fue brevemente encarcelado varias veces antes de ser absuelto de toda acusación de herejía.

Más tarde se trasladó a París, donde obtuvo el grado de maestro en teología. Allí conoció a Francisco Javier y Pedro Fabro, quienes más tarde serían también santos. En 1537, Ignacio y sus compañeros fueron ordenados sacerdotes en Venecia. En 1540, fundaron la Compañía de Jesús (Jesuitas), y en 1541 Ignacio fue elegido como su primer superior, cargo que ocuparía hasta su muerte.

En los siguientes veinte años, los Jesuitas crecieron hasta contar con unos mil miembros, fundaron más de treinta escuelas y emprendieron misiones en territorios no cristianos. En el siglo siguiente, los Jesuitas jugarían un papel clave en la Contrarreforma católica, destacándose como defensores del Papa y de la ortodoxia de la fe.

San Ignacio de Loyola es una de las figuras más inspiradoras de la historia de la Iglesia. Dejó un legado espiritual invaluable en sus Ejercicios Espirituales, fundó una de las órdenes religiosas más influyentes, y escribió unas 7.000 cartas llenas de sabiduría.

Al conmemorar a San Ignacio, recordemos su primera conversión, aquella que dio fruto a tantos bienes. Él descubrió que la voluntad de Dios produce un gozo duradero y una paz profunda, a diferencia de las emociones del mundo que son efímeras y dejan vacío. Esa intuición ha ayudado a miles a discernir la voluntad divina para sus vidas mediante el método ignaciano.

Medita hoy sobre la voluntad de Dios para ti. Aprende de San Ignacio y busca siempre el camino que te conduzca a la alegría profunda, la paz del alma y la consolación espiritual que no pasa.


🙏 Oración:

San Ignacio de Loyola, tu pierna herida fue la ocasión para que Dios te hablara mientras sufrías y te recuperabas. Supiste escuchar y discernir el llamado a una vida de servicio desinteresado.
Te ruego que intercedas por mí, para que esté siempre atento a la voz de Dios y sepa discernir su voluntad.

Como tú, deseo entregarme por completo al servicio de Dios, para su gloria y la salvación de las almas.

San Ignacio de Loyola, ruega por mí.
Jesús, en Ti confío.

2 de agosto del 2026: decimoctavo domingo del tiempo ordinario-Ciclo A

  «Denles ustedes de comer». (Is 55,1-3 / Sal 145(144),8-9.15-16.17-18 (R. cf. 16) / Rm 8,35.37-39 / Mt 14,13-21) El Evangelio nos prese...