jueves, 23 de julio de 2026

24 de julio del 2026: viernes de la decimosexta semana del tiempo ordinario-II- San Charbel Makhluf, presbítero-Memoria libre

 

Testigo de la fe:

San Chárbel Makhlouf


1828-1898

Monje, sacerdote y ermitaño libanés, muy querido por los cristianos maronitas. Después de varios años de vida monástica, recibió la ordenación sacerdotal y, más tarde, abrazó la vida eremítica, entregándose por completo a la oración, la penitencia, el silencio y la celebración de la Eucaristía.

Vivió oculto a los ojos del mundo, pero profundamente unido a Dios. Su existencia sencilla nos recuerda que la fecundidad de la Iglesia no depende únicamente de grandes obras visibles, sino también de tantas vidas consagradas que sostienen al mundo mediante la oración y la entrega silenciosa.

Murió el 24 de diciembre de 1898. Su tumba, en el monasterio de San Marón de Annaya, se convirtió en un concurrido lugar de peregrinación, al que acuden cristianos de distintas Iglesias e incluso creyentes de otras religiones para pedir su intercesión.

Fue canonizado por san Pablo VI en 1977.

En este día, san Chárbel nos invita a recuperar el silencio interior, a cultivar una amistad profunda con Cristo y a ofrecer nuestra vida por la Iglesia, por la paz en el Líbano y en todo Oriente Medio, y por la unidad de los cristianos. Su testimonio nos enseña que quien se aparta del ruido para buscar sinceramente a Dios no se aleja de la humanidad, sino que la lleva consigo en el corazón y en la oración.

 

 

Acoger y asumir la Palabra

«Escuchen»: esta invitación resuena a lo largo de toda la Biblia. Si la Palabra de Dios es sembrada con generosidad, corresponde a cada uno no solamente oírla, sino también acogerla, comprenderla y permitir que produzca frutos en su vida.

Jesús nos advierte hoy que diversos obstáculos pueden impedir que la semilla crezca: la superficialidad de un corazón que no comprende, la inconstancia ante las dificultades, las preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas que ahogan la Palabra. La tierra buena, por el contrario, es el corazón disponible que escucha con fe, persevera en medio de las pruebas y traduce el Evangelio en obras concretas de amor, justicia y fidelidad.

El profeta Jeremías anuncia que Dios mismo reúne a su pueblo disperso y lo conduce hacia Sion. Promete pastores según su corazón y una Jerusalén renovada por su presencia. El salmo prolonga esta esperanza: el Señor, como un pastor, reúne a su rebaño, transforma el duelo en alegría y consuela a quienes sufren.

Acoger la Palabra significa, por tanto, permitir que Dios nos reúna, nos guíe y nos transforme. Quien le abre el corazón se convierte en tierra fecunda, capaz de producir fruto: treinta, sesenta o ciento por uno. Pidamos hoy la gracia de no ser solamente oyentes pasajeros, sino discípulos que asumen la Palabra, la conservan y la hacen vivir en medio del mundo.

G.Q 



Primera lectura

Jer 3, 14-17
Les daré pastores, según mi corazón; y todas las naciones se incorporarán a Jerusalén

Lectura del libro de Jeremías.

VUELVAN, hijos apóstatas —oráculo del Señor—, que yo soy su dueño. Los iré reuniendo a uno de cada ciudad, a dos de cada tribu, y los traeré a Sion. Les daré pastores, según mi corazón, que los apacienten con ciencia y experiencia.
Se multiplicarán y crecerán en el país. Y en aquellos días
—oráculo del Señor— ya no se hablará del Arca de la Alianza del Señor: no se recordará ni se mencionará; nadie la echará de menos, ni se volverá a construir otra.
En aquel tiempo llamarán a Jerusalén «Trono del Señor». Todas las naciones se incorporarán a ella en el nombre de «El Señor que está en Jerusalén», y ya no se dejarán guiar por su corazón perverso y obstinado.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Jer 31, 10. 11-12ab. 13 (R.: cf. 10d)

R. El Señor nos guardará como un pastor a su rebaño.

V. Escuchen, pueblos, la palabra del Señor,
anúncienla en las islas remotas:
«El que dispersó a Israel lo reunirá,
lo guardará como un pastor a su rebaño». 
R.

V. «Porque el Señor redimió a Jacob,
lo rescató de una mano más fuerte».
Vendrán con aclamaciones a la altura de Sion,
afluirán hacia los bienes del Señor.
 R.

V. Entonces se alegrará la doncella en la danza,
gozarán los jóvenes y los viejos;
convertiré su tristeza en gozo,
los alegraré y aliviaré sus penas. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios con un corazón noble y generoso,
la guardan y dan fruto con perseverancia. 
R.

 

Evangelio

Mt 13, 18-23

El que escucha la palabra y la entiende, ese da fruto

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Ustedes, pues, oigan lo que significa la parábola del sembrador: si uno escucha la palabra del reino sin entenderla, viene el Maligno y roba lo sembrado en su corazón. Esto significa lo sembrado al borde del camino.
Lo sembrado en terreno pedregoso significa el que escucha la palabra y la acepta enseguida con alegría; pero no tiene raíces, es inconstante, y en cuanto viene una dificultad o persecución por la palabra, enseguida sucumbe.
Lo sembrado entre abrojos significa el que escucha la palabra; pero los afanes de la vida y la seducción de las riquezas ahogan la palabra y se queda estéril. Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la palabra y la entiende; ese da fruto y produce ciento o sesenta o treinta por uno».

Palabra del Señor.

 

1

 

Queridos hermanos:

En el Evangelio de hoy, Jesús mismo nos explica la parábola del sembrador. La semilla es buena, porque es la Palabra de Dios; el sembrador es generoso, porque no se cansa de sembrar. La pregunta decisiva es: ¿qué clase de terreno encuentra esa Palabra en nuestro corazón?

Podemos escuchar la Palabra de Dios muchas veces y, sin embargo, permitir que pase sin dejar huella. Puede quedarse al borde del camino cuando la recibimos distraídamente, sin intentar comprenderla ni relacionarla con nuestra vida. Puede caer en terreno pedregoso cuando nos entusiasmamos por un momento, pero abandonamos el camino al aparecer una dificultad, una crítica o una prueba. También puede quedar entre espinos cuando las preocupaciones, el deseo de poseer, las ambiciones y el ruido cotidiano terminan por ahogarla.

Jesús no cuenta esta parábola para desanimarnos, sino para invitarnos a preparar la tierra. Ninguno de nosotros posee un corazón perfectamente dispuesto. Todos llevamos dentro caminos endurecidos, piedras y espinos. Por eso este viernes asumimos una actitud penitencial: reconocemos humildemente aquello que impide que el Evangelio crezca en nosotros.

Pidamos perdón por las veces que escuchamos la Palabra, pero no la obedecemos; por las ocasiones en que conocemos lo que Dios espera de nosotros, pero preferimos nuestra comodidad; por permitir que el resentimiento, la indiferencia, el egoísmo o las preocupaciones ocupen el espacio que le corresponde al Señor. La conversión comienza cuando dejamos que Dios remueva nuestra tierra y arranque aquello que está ahogando la semilla.

La primera lectura contiene una hermosa invitación: «Vuelvan, hijos apóstatas». Dios no se cansa de llamar a su pueblo. No lo abandona por sus infidelidades, sino que desea reunirlo, sanarlo y conducirlo nuevamente a Jerusalén. Además, promete darle pastores según su corazón, que lo apacienten con sabiduría y prudencia. Nuestro Dios no dispersa ni destruye: reúne, acompaña y restaura.

Esta promesa continúa en el salmo tomado del mismo profeta Jeremías: «El Señor nos guardará como un pastor a su rebaño». Dios rescata, congrega y consuela. Convierte el duelo en alegría y cambia la tristeza en gozo. Esta Palabra ilumina especialmente nuestra oración por quienes sufren en el alma y en el cuerpo.

Hay enfermedades visibles que necesitan atención médica, tratamientos, compañía y cuidado. Pero también existen dolores interiores que muchas veces permanecen ocultos: la tristeza profunda, la angustia, la soledad, el miedo, los recuerdos dolorosos, la pérdida de un ser querido o la sensación de no poder continuar. A todos ellos les anuncia hoy el Señor: «Yo los reuniré, los consolaré y cambiaré su tristeza en alegría».

La enfermedad también puede convertirse en un momento difícil para la semilla. Algunas personas, ante el sufrimiento, sienten que su fe se debilita y que Dios permanece en silencio. No debemos juzgarlas. Necesitan encontrar en nosotros la cercanía del Buen Pastor: una presencia respetuosa, una escucha paciente, una oración sincera y una ayuda concreta. Acompañar a un enfermo es cuidar la tierra donde Dios continúa sembrando esperanza.

La buena tierra no es el corazón que nunca ha sufrido ni ha pecado. Es el corazón humilde que se deja trabajar por Dios; el corazón que, a pesar de sus heridas, recibe la semilla y confía en su fuerza. Incluso una vida marcada por la enfermedad puede producir frutos abundantes mediante la paciencia, la oración y el ofrecimiento de su dolor. Del mismo modo, quienes cuidan a los enfermos producen frutos de ternura, servicio y misericordia.

Pidamos al Señor que haga de nuestro corazón una tierra buena. Que quite las piedras de nuestra dureza, arranque los espinos del egoísmo y abra surcos de esperanza en nuestras heridas. Que perdone nuestros pecados, fortalezca a quienes están enfermos, consuele a quienes sufren en el alma y conceda paciencia y generosidad a sus familiares y cuidadores.

Que su Palabra, acogida con fe, produzca en nosotros frutos de conversión, misericordia y servicio; treinta, sesenta y ciento por uno. Amén.

 

2

 

Un corazón receptivo al Evangelio

 

Queridos hermanos:

Después de proclamar ante la multitud la parábola del sembrador y explicar a sus discípulos por qué les hablaba mediante parábolas, Jesús les ofrece hoy su interpretación. Les habla de manera clara y personal porque ellos están dispuestos a escucharlo y desean comprender la verdad.

La parábola nos presenta cuatro clases de terreno que representan cuatro disposiciones del corazón: el corazón endurecido, el superficial, el distraído y el verdaderamente receptivo. La semilla siempre es buena, pues es la Palabra del Reino, y el Sembrador nunca deja de sembrarla generosamente. Lo que cambia es la tierra donde cae.

La semilla sembrada al borde del camino representa a quienes escuchan la Palabra sin comprenderla ni esforzarse por hacerlo. Sus corazones han sido endurecidos por el pecado, la indiferencia o unos hábitos centrados en sí mismos. La Palabra llega a sus oídos, pero no alcanza a penetrar en su interior. Esto puede sucedernos incluso cuando participamos habitualmente en la Eucaristía: escuchamos las lecturas y la homilía, pero salimos sin permitir que el Evangelio cuestione nuestras decisiones.

El terreno pedregoso representa al corazón superficial. Recibe la Palabra inicialmente con alegría, emoción y entusiasmo, pero carece de raíces profundas. Cuando llegan la dificultad, la crítica o la persecución; cuando seguir a Cristo exige sacrificio, perseverancia y valentía, entonces se desanima y abandona. Le atrae la belleza del Evangelio, pero no está dispuesto a aceptar las exigencias de vivirlo plenamente.

La semilla caída entre espinos representa al corazón distraído. La Palabra logra entrar y comienza a crecer, pero debe competir con las preocupaciones, el afán de poseer, la ambición, la búsqueda de comodidad y el deseo de controlar todas las cosas. Son los corazones que desean vivir para Dios sin renunciar a los criterios del mundo; anhelan el cielo, pero buscan al mismo tiempo seguridad y satisfacción según sus propias condiciones. Poco a poco, los espinos terminan ahogando la Palabra y esta no produce fruto.

Finalmente, la tierra buena representa al corazón verdaderamente receptivo. Es aquel que no solo escucha la Palabra, sino que la comprende, la medita, la conserva y permite que transforme su existencia. No se trata de un corazón perfecto, sino humilde, orante y dispuesto a colaborar con la gracia. En esa tierra, la semilla divina penetra profundamente y produce fruto: treinta, sesenta o ciento por uno. Allí se forman los santos: hombres y mujeres que se dejan santificar día tras día por la verdad y el amor de Dios.

La primera lectura nos ayuda a comprender que Dios no renuncia a trabajar nuestra tierra. Por medio del profeta Jeremías, llama con ternura a su pueblo: «Vuelvan, hijos apóstatas». A pesar de sus infidelidades, el Señor promete reunirlo, conducirlo nuevamente a Sion y darle pastores según su corazón, que lo apacienten con sabiduría y prudencia. Dios no abandona la tierra endurecida: la llama a volver, la reúne y desea hacerla fecunda.

Jeremías anuncia también una Jerusalén renovada, que será llamada «Trono del Señor». Ya no habrá un pueblo obstinado que camine siguiendo la dureza de su corazón, sino una comunidad reunida en torno a la presencia de Dios. Esta es también la obra que la Palabra desea realizar en nosotros: pasar de un corazón endurecido a un corazón donde Dios pueda habitar y reinar.

El salmo, tomado igualmente del profeta Jeremías, prolonga esta promesa: «El Señor nos guardará como un pastor a su rebaño». El Señor reúne a los dispersos, rescata a su pueblo, transforma el duelo en alegría y consuela las tristezas. La Palabra sembrada en nuestro corazón no viene a condenarnos, sino a restaurarnos; no pretende aplastarnos, sino reunir aquello que el pecado, el sufrimiento y las preocupaciones han dispersado dentro de nosotros.

Hoy celebramos también la memoria libre de san Chárbel Makhluf, sacerdote, monje y ermitaño libanés. Su vida fue una magnífica imagen de la tierra buena. En el silencio, la oración, la penitencia y la celebración de la Eucaristía, permitió que la Palabra echara raíces profundas en su corazón. Humanamente llevó una vida escondida; sin embargo, esa semilla silenciosa produjo frutos abundantes que todavía hoy fortalecen la fe de innumerables peregrinos.

San Chárbel comprendió que retirarse del ruido para buscar a Dios no significa desentenderse del mundo. En su soledad llevó ante el Señor las necesidades de la Iglesia y de la humanidad. Su vida nos enseña que la fecundidad espiritual no depende del reconocimiento, de la popularidad ni de grandes obras visibles, sino de permanecer unidos a Cristo y dejarnos transformar por su gracia.

En este viernes, asumimos también una actitud penitencial. Preguntémonos sinceramente: ¿qué terreno encuentra hoy la Palabra en mí? ¿Se ha endurecido mi corazón por el pecado o el resentimiento? ¿Mi fe depende solamente de emociones pasajeras? ¿Las preocupaciones, los bienes materiales o el deseo de comodidad están ahogando mi relación con Dios? ¿Qué piedras debo retirar y qué espinos necesito arrancar?

No basta con identificar nuestro terreno; es necesario dejar que Dios lo trabaje. La tierra no puede ararse a sí misma. Necesitamos la acción de la gracia, la oración perseverante, la escucha atenta de las Escrituras, la reconciliación sacramental y decisiones concretas de conversión. Así, incluso la tierra más endurecida puede convertirse en suelo fecundo.

Pidamos también por quienes sufren en el alma y en el cuerpo. Que la Palabra de Dios sea para nuestros enfermos semilla de fortaleza, consuelo y esperanza. Que el Señor sostenga a quienes padecen dolores físicos, angustia, depresión, soledad o cansancio; que bendiga a sus familias, médicos y cuidadores. Como promete el salmo, que transforme su tristeza en consuelo y les haga experimentar la cercanía del Buen Pastor.

Hoy el Sembrador vuelve a pasar por nuestra vida. No dejemos que su Palabra permanezca en la superficie. Recibámosla con fe, meditémosla con humildad y sostengámosla con perseverancia. Con la intercesión de san Chárbel, pidamos un corazón silencioso, profundo y disponible para Dios, capaz de producir frutos abundantes de conversión, misericordia, servicio y santidad.

Oración final

Divino Sembrador, Tú siembras generosa y abundantemente la semilla de la verdad. Continuamente me hablas, me revelas tu amor y me manifiestas tu voluntad; sin embargo, muchas veces mi corazón permanece endurecido, superficial o distraído.

Remueve la tierra de mi corazón y hazme receptivo a todo lo que quieras revelarme. Arranca las piedras del pecado y los espinos de las preocupaciones y los apegos. Haz que mi vida produzca frutos abundantes para tu Reino.

Por intercesión de san Chárbel Makhluf, fortalece a nuestros enfermos, consuela a quienes sufren en el alma y en el cuerpo, y concédenos un corazón humilde, orante y perseverante.

Jesús, confío en ti. Amén.

 


****************


24 de julio:

San Chárbel (Charbel) Makhlūf, presbítero y ermitaño — Memoria libre


1828-1898
Santo patrono del Líbano
Canonizado por el papa Pablo VI el 9 de octubre de 1977.

 


 

Cita

«Sí, el tipo de santidad practicado por Chárbel Makhlouf tiene un gran valor, no solo para la gloria de Dios, sino también para la vitalidad de la Iglesia… Se necesitan pastores que reúnan al pueblo de Dios… Necesitamos teólogos… evangelizadores y misioneros… catequistas… personas que se dediquen directamente a ayudar a sus hermanos… Pero también necesitamos personas que se ofrezcan como víctimas por la salvación del mundo, mediante una penitencia libremente aceptada, una oración incesante de intercesión… y una búsqueda apasionada del Absoluto, dando testimonio de que Dios merece ser adorado y amado por sí mismo.

El estilo de vida de estos religiosos, de estos monjes y de estos ermitaños no se propone a todos como un carisma que deba ser imitado; pero, en estado puro y de manera radical, ellos encarnan un espíritu del que ningún fiel de Cristo está exento. Ejercen una función de la cual la Iglesia no puede prescindir y nos recuerdan un camino saludable para todos».

—Papa Pablo VI, homilía durante la canonización de san Chárbel


Reflexión

Youssef Antoun Makhlouf nació en la aldea de Bekaa Kafra, al norte del Líbano. Era el menor de cinco hermanos y fue bautizado en el rito maronita de la Iglesia católica. La familia Makhlouf vivía en la aldea situada a mayor altura del Líbano y se dedicaba a la agricultura. Su padre, quien murió cuando Youssef tenía solamente tres años, era arriero. Después de la muerte de su padre, su madre volvió a casarse; posteriormente, su padrastro fue ordenado sacerdote y ejerció su ministerio en la parroquia local. En la Iglesia católica maronita existe la antigua tradición de admitir al sacerdocio a hombres casados.

Desde muy joven, Youssef llevó una vida santa y piadosa. Dos de sus tíos eran ermitaños, y su ejemplo lo inspiró. Durante su juventud cuidaba el ganado y solía pasar largos períodos orando en lugares solitarios mientras los animales pastaban. Sentía una devoción especial por la Santísima Virgen María y levantó un pequeño santuario en su honor dentro de una cueva cercana. Desde temprana edad supo que Dios lo llamaba al sacerdocio y a la vida monástica, especialmente a la vida eremítica.

En 1851, a la edad de veintitrés años, Youssef dejó a su familia para no regresar jamás e ingresó en el monasterio de Nuestra Señora de Mayfouq, perteneciente a la Iglesia católica maronita. Más tarde, su madre le escribió:

«Si no fueras a ser un buen religioso, te diría: “Regresa a casa”. Pero ahora sé que el Señor te quiere a su servicio. Y en medio del dolor que me causa estar separada de ti, le digo resignada: “Que Él te bendiga, hijo mío”».

Al profesar como monje, Youssef adoptó el nombre de Chárbel, en honor de san Chárbel mártir, un oficial militar del siglo II martirizado en Antioquía durante una persecución del emperador romano Marco Aurelio.

Como monje, el hermano Chárbel anhelaba convertirse en ermitaño y presentó esta petición muchas veces a sus superiores. Sin embargo, durante los primeros veinticuatro años de su vida religiosa, sus superiores le exigieron vivir en comunidad con los demás monjes.

Primero fue trasladado al monasterio de San Marón, en Annaya, donde profesó sus votos. Después fue enviado al monasterio de los Santos Cipriano y Justina, donde estudió teología y filosofía. Fue ordenado sacerdote en 1859, a la edad de treinta y un años, y regresó al monasterio de San Marón, donde permaneció durante los dieciséis años siguientes.

Aunque algunos monjes vivían como ermitaños, esta vocación estaba reservada para aquellos que demostraban ser capaces de soportar tal soledad y ascetismo. En 1875, cuando tenía cuarenta y siete años, el padre Chárbel recibió permiso para ingresar en la ermita de los Santos Pedro y Pablo y vivir como ermitaño, después de que tuviera lugar un acontecimiento milagroso.

Algunos de sus hermanos monjes decidieron gastarle una broma y llenaron con agua su lámpara de aceite. Cuando regresó a su celda, tomó la lámpara llena de agua, la encendió y esta ardió. Al enterarse, sus superiores inspeccionaron la lámpara y comprobaron que efectivamente estaba llena de agua. Incapaces de explicar aquel prodigio, lo consideraron un signo de su santidad y accedieron a permitirle convertirse en ermitaño, conforme a su deseo.

Fue enviado a la ermita de los Santos Pedro y Pablo, donde pasó los veintitrés años siguientes en soledad, siguiendo un régimen estricto de oración diaria, trabajo manual y severo ascetismo. En 1898, a los setenta años, el padre Chárbel sufrió un ataque cerebrovascular mientras celebraba la Misa y murió ocho días después, en la víspera de Navidad. Según la costumbre de su orden, fue sepultado directamente en la tierra, sin ataúd.

Aunque san Chárbel llevó una vida de extraordinaria santidad, no fue sino hasta después de su muerte cuando esta comenzó a ser conocida más allá de los muros del monasterio. Después de su entierro, se vio una luz que resplandecía sobre su tumba. Este fenómeno atrajo la atención de muchos habitantes de la región, quienes desafiaron el frío y la nieve para contemplar aquella misteriosa luz.

Cuatro meses después, las autoridades eclesiásticas concedieron permiso para exhumar su cuerpo. Para asombro de todos, lo encontraron completamente incorrupto. Su piel y sus articulaciones estaban como las de una persona dormida: suaves y flexibles. Limpiaron la tierra y el barro que cubrían su cuerpo y lo depositaron en un ataúd dentro de la capilla del monasterio.

Entonces comenzó a suceder algo más: de sus poros parecía brotar sangre y sudor, empapando el hábito. El fenómeno era tan intenso que sus vestiduras tenían que cambiarse dos veces por semana. Finalmente, en 1927, dos médicos de Beirut examinaron cuidadosamente su cuerpo. Después fue colocado en otro ataúd y sellado en una tumba dentro de uno de los muros del monasterio.

Poco más de dos décadas después, se observó un líquido semejante a la sangre que salía por una esquina del muro detrás del cual Chárbel había sido sepultado. Durante la década de 1950, su tumba fue abierta en tres ocasiones. Una de ellas fue transmitida por televisión y contó con la presencia de altos funcionarios del Estado, autoridades religiosas, médicos y científicos.

En 1965, su cuerpo fue hallado nuevamente incorrupto y continuaba exudando el mismo líquido semejante a sangre y sudor. Finalmente, en 1976, un año antes de su canonización, se comprobó que el cuerpo se había descompuesto y que solo quedaban los huesos.

Resulta llamativo que la descomposición del cuerpo de Chárbel coincidiera con los primeros años de la devastadora guerra civil que estalló en el Líbano en 1975. En 1976 tuvo lugar la masacre de Damour. Fuerzas palestinas atacaron esta población cristiana maronita. Muchos de sus habitantes murieron en los enfrentamientos, fueron masacrados o se vieron obligados a huir.

Desde la sepultura de Chárbel, quienes han visitado su tumba le han atribuido numerosos milagros obtenidos por su intercesión. Esto ocurrió especialmente durante la década de 1950, cuando su cuerpo fue encontrado incorrupto después de cincuenta años. En ese momento, los monjes comenzaron a registrar las curaciones milagrosas atribuidas a la intercesión del padre Chárbel. En solo dos años recopilaron una lista de más de doce mil curaciones reportadas.

La devoción hacia él y la noticia de la conservación de su cuerpo se difundieron rápidamente. Esta devoción, acompañada de numerosos testimonios de milagros, impulsó una nueva evangelización en todo el Líbano.

Dios se vale de cada uno de nosotros de distintas maneras. Después de su muerte, san Chárbel fue instrumento para evangelizar el Líbano y otros lugares del mundo. Durante su vida permaneció profundamente unido a Dios. Respondió a su vocación de ermitaño mediante una existencia de penitencia diaria, sacrificio, oración profunda y humilde servicio sacerdotal. Como fruto de esa fidelidad, llegó a convertirse en uno de los santos más influyentes del último siglo.

San Chárbel realizó grandes obras por una razón sencilla: oró y cumplió la voluntad de Dios. Cada uno de nosotros puede hacer lo mismo. Medita hoy acerca de la voluntad de Dios para tu vida y decídete a cumplir esa misión sin vacilar. Así permitirás que nuestro divino Señor realice grandes obras por medio de ti, quizá de maneras que no llegarás a conocer plenamente sino hasta el cielo.

Oración

San Chárbel, fuiste llamado a la vida solitaria como monje y, después, como ermitaño, y respondiste generosamente. Mantuviste tus ojos fijos en Cristo, y Él transformó tu alma humilde en un glorioso faro de luz para el mundo.

Ruega por mí, para que reciba la gracia que necesito a fin de ser fiel a la vocación que Dios me ha concedido y pueda responder con la misma generosidad y entrega que tú manifestaste durante tu vida terrena.

San Chárbel, ruega por mí.
Jesús, confío en ti. Amén.

 


miércoles, 22 de julio de 2026

23 de julio del 2026: jueves de la decimosexta semana del tiempo ordinario II- Santa Brígida de Suecia, religiosa-Memoria opcional

 

Testigo de la fe:

Santa Brígida de Suecia


Hacia 1303-1373.

«Después de la lectura de la Biblia, no tengan nada más querido que la vida de los santos», recomendaba la fundadora de la Orden del Santísimo Salvador. Esposa, madre de ocho hijos y, después de enviudar, religiosa, llevó una vida profundamente marcada por la oración, la caridad y la contemplación de la Pasión de Cristo. En 1999, san Juan Pablo II la proclamó copatrona de Europa por su testimonio de fe y su compromiso en favor de la unidad y la renovación espiritual del continente.

 

 

Fuera de los esquemas

(Jr 2,1-3.7-8.12-13 / Sal 36(35),6-7ab.8-9.10-11 (R. 10a) /
Mt 13,10-17)
Jesús cuestiona las costumbres y las ideas preconcebidas de su época. Se niega a encerrar la Palabra de Dios dentro de los límites de una comprensión superficial. A sus discípulos les revela los misterios del Reino porque han abierto el corazón para escuchar y acoger. Jeremías, por su parte, reprocha al pueblo haber abandonado al Señor, «fuente de agua viva», para construirse cisternas agrietadas. Pidamos hoy unos ojos que sepan ver, unos oídos capaces de escuchar y un corazón dispuesto a regresar a Dios, fuente de toda vida.

G.Q

 


Primera lectura

Jer 2, 1-3. 7-8. 12-13
Me abandonaron a mí, fuente de agua viva, y se cavaron aljibes agrietados

Lectura del libro de Jeremías.

EL Señor me dirigió la palabra:
«Grita y que te oiga todo Jerusalén:
Esto dice el Señor:
Recuerdo tu cariño juvenil,
el amor que me tenías de novia,
cuando ibas tras de mí por el desierto,
por tierra que nadie siembra.
Israel era sagrada para el Señor,
fruto primero de su cosecha:
quien probaba de ella lo pagaba,
la desgracia caía sobre él
—oráculo del Señor—.
Los traje a una tierra de huertos,
para comer sus frutos deliciosos;
pero entraron y profanaron mi tierra,
hicieron abominable mi heredad.
Los sacerdotes no preguntaban:
“¿Dónde está el Señor?”.
Los expertos en leyes no me reconocían;
los pastores se rebelaban contra mí,
los profetas profetizaban por Baal,
fueron tras ídolos que no sirven de nada.
Espántense, cielos, de ello,
horrorícense y tiemblen aterrados
—oráculo del Señor—,
pues una doble maldad
ha cometido mi pueblo:
me abandonaron a mí,
fuente de agua viva,
y se cavaron aljibes,
aljibes agrietados
que no retienen agua».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 35, 6-7ab. 8-9. 10-11 (R.: 10a)

R. En ti, Señor, está la fuente viva.

V. Señor, tu misericordia llega al cielo,
tu fidelidad hasta las nubes;
tu justicia es como las altas cordilleras,
tus juicios son como el océano inmenso. 
R.

V. ¡Qué inapreciable es tu misericordia, oh, Dios!,
los humanos se acogen a la sombra de tus alas;
se nutren de lo sabroso de tu casa,
les das a beber del torrente de tus delicias. 
R.

V. Porque en ti está la fuente viva,
y tu luz nos hace ver la luz.
Prolonga tu misericordia con los que te reconocen,
tu justicia con los rectos de corazón. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Bendito seas, Padre, Señor del cielo y de la tierra,
porque has revelado los misterios del reino a los pequeños. 
R.

 

Evangelio

Mt 13, 10-17

A ustedes se les han dado a conocer los secretos del reino de los cielos y a ellos no

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron:
«¿Por qué les hablas en parábolas?».
Él les contestó:
«A ustedes se les han dado a conocer los secretos del reino de los cielos y a ellos no. Porque al que tiene se le dará y tendrá de sobra, y al que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene. Por eso les hablo en parábolas, porque miran sin ver y escuchan sin oír ni entender. Así se cumple en ellos la profecía de Isaías:
“Oirán con los oídos sin entender;
mirarán con los ojos sin ver;
porque está embotado el corazón de este pueblo,
son duros de oído, han cerrado los ojos;
para no ver con los ojos, ni oír con los oídos,
ni entender con el corazón,
ni convertirse para que yo los cure”.
Pero bienaventurados los ojos de ustedes porque ven y los oídos de ustedes porque oyen.
En verdad les digo que muchos profetas y justos desearon ver lo que ustedes ven y no lo vieron, y oír lo que ustedes oyen y no lo oyeron».

Palabra del Señor.

 

 

1

 

Queridos hermanos:

Hay personas que tienen ojos, pero no alcanzan a ver; tienen oídos, pero no logran escuchar. No se trata de una limitación física, sino de una cerrazón interior. Podemos oír muchas veces la Palabra de Dios y, sin embargo, permitir que pase junto a nosotros sin tocar nuestra vida.

En la primera lectura, el profeta Jeremías recuerda la historia de amor entre Dios y su pueblo. El Señor lo condujo a una tierra fértil, lo cuidó y le entregó sus dones. Pero el pueblo se olvidó de preguntarse: «¿Dónde está el Señor?». Incluso quienes debían orientar a los demás —sacerdotes, maestros y profetas— se alejaron de Él.

Entonces Dios denuncia dos males: «Me abandonaron a mí, fuente de agua viva, y se cavaron cisternas agrietadas que no retienen el agua». Esta imagen describe también una tentación muy actual. El corazón humano tiene sed de amor, de sentido, de paz y de felicidad; pero muchas veces busca saciarla en cisternas rotas: el dinero, el poder, la apariencia, el placer pasajero, la aprobación de los demás o el uso desordenado de las redes sociales. Son realidades que pueden distraernos momentáneamente, pero no llenan el corazón.

Solo Dios es la fuente de agua viva. Como proclama el salmo: «En ti está la fuente de la vida y tu luz nos hace ver la luz». Cuando nos acercamos a Él, no solamente recibimos vida, sino también una luz nueva para comprender quiénes somos y cómo debemos vivir.

En el Evangelio, Jesús explica por qué habla mediante parábolas. Los misterios del Reino no están reservados a una élite intelectual ni dependen únicamente de la inteligencia. Se revelan a quienes se acercan con humildad, interés y disponibilidad. El problema no es que Dios se niegue a hablar, sino que muchas veces nosotros endurecemos el corazón.

Por eso Jesús dice: «Dichosos sus ojos porque ven y sus oídos porque oyen». Los discípulos son bienaventurados no porque lo comprendan todo inmediatamente, sino porque permanecen junto al Maestro, le preguntan y desean aprender. La fe comienza precisamente allí: cuando dejamos de creer que ya lo sabemos todo y permitimos que Jesús nos enseñe.

También nosotros necesitamos salir de nuestros esquemas. Podemos haber reducido la fe a costumbres, normas o celebraciones realizadas por rutina. Podemos escuchar el Evangelio y pensar que siempre se refiere a los demás. Pero la Palabra quiere entrar en nuestra historia concreta, cuestionar nuestras decisiones y transformar nuestra manera de relacionarnos.

Preguntémonos: ¿de qué fuente estoy bebiendo? ¿Busco en Dios la paz y el sentido de mi vida, o intento llenar mi corazón con cisternas agrietadas? ¿Escucho verdaderamente la Palabra o solo la oigo sin dejarme cambiar?

Pidamos al Señor que cure nuestra sordera y nuestra ceguera interiores. Que nos dé ojos para reconocer su presencia, oídos para acoger su Palabra y un corazón humilde para regresar a Él. Solo entonces podremos experimentar la verdad anunciada por el salmista: en Dios está la fuente de la vida y en su luz aprendemos a ver la luz. Amén.

 

2

 

Homilía: Que se descorra el velo del corazón

 

Queridos hermanos:

Los discípulos se acercan hoy a Jesús y le preguntan: «¿Por qué les hablas en parábolas?». El Señor responde que a ellos se les ha concedido conocer los misterios del Reino de los cielos; pero también advierte que algunos «miran sin ver y oyen sin escuchar ni entender».

Podemos tener los ojos abiertos y no descubrir lo verdaderamente importante. Podemos escuchar muchas veces la Palabra de Dios y no permitir que penetre en el corazón. Ver es más que usar los ojos, y escuchar es mucho más que percibir sonidos. Para comprender las cosas de Dios necesitamos un corazón receptivo, humilde y atento a la gracia.

Cuando el corazón se abre a Dios, la mente comienza a contemplar la vida desde su perspectiva. Este es el don de la sabiduría: no consiste simplemente en acumular conocimientos, sino en reconocer la verdad de Dios, descubrir su presencia y orientar toda la existencia hacia Él. Entonces se descorre el velo, los misterios de la fe comienzan a iluminarse y brotan la paz, el asombro y la gratitud.

Las parábolas son como velos sagrados: al mismo tiempo esconden y revelan los misterios divinos. Para quien es humilde, dócil al Espíritu Santo y deseoso de encontrar la verdad, se convierten en ventanas luminosas abiertas hacia el corazón de Dios. Pero para quien permanece indiferente o endurecido, la verdad continúa oculta.

Sin embargo, ese ocultamiento no significa que Jesús rechace a nadie. La parábola es también una invitación a buscar, preguntar y profundizar. Es como un regalo envuelto cuidadosamente: su belleza despierta el deseo de abrirlo y descubrir lo que contiene. Jesús no quiere alejarnos del misterio, sino provocar en nosotros una santa curiosidad y una sed más profunda de Dios.

La primera lectura nos ayuda a comprender qué ocurre cuando se pierde esa sed. Por medio del profeta Jeremías, Dios recuerda con ternura el amor inicial de su pueblo, cuando lo seguía por el desierto. El Señor lo condujo a una tierra fértil y le concedió abundantes frutos; pero el pueblo se olvidó de Él. Incluso quienes tenían la misión de enseñar, orientar y profetizar dejaron de preguntarse: «¿Dónde está el Señor?».

Entonces Dios pronuncia una de las imágenes más conmovedoras de la Escritura: «Me abandonaron a mí, fuente de agua viva, y se cavaron cisternas agrietadas que no retienen el agua».

El drama del pueblo no fue solamente haber incumplido algunas normas, sino abandonar la fuente. Cambió al Dios vivo por realidades incapaces de calmar su sed. También nosotros podemos buscar la felicidad, la seguridad y el sentido de la vida en cisternas rotas: el dinero, la apariencia, el reconocimiento, el poder, el placer pasajero o la aprobación de los demás. Todo eso puede distraernos por un momento, pero no puede saciar definitivamente nuestro corazón.

El salmo nos recuerda dónde se encuentra la verdadera fuente: «En ti está la fuente viva y tu luz nos hace ver la luz». Solo la luz de Dios nos permite ver con claridad. Sin ella podemos confundir lo pasajero con lo eterno, el éxito con la fecundidad, la comodidad con la felicidad y nuestra propia voluntad con la voluntad divina.

Jesús no se resigna ante la dureza del corazón humano. Cuando cita al profeta Isaías y dice que el corazón del pueblo se ha vuelto insensible, no está condenando con desprecio, sino lamentando con amor. Por eso continúa enseñando y sembrando generosamente su Palabra. Aunque encuentre terrenos duros, pedregosos o llenos de espinas, no deja de sembrar. Confía en que incluso el corazón más cerrado puede abrirse a la gracia.

Esta perseverancia de Jesús ilumina la obra evangelizadora de la Iglesia. Evangelizar es continuar sembrando la Palabra, incluso cuando no vemos inmediatamente sus frutos. Es anunciar con paciencia, enseñar con claridad, acompañar con misericordia y confiar en la acción silenciosa del Espíritu Santo. La Iglesia no puede cansarse de ofrecer el agua viva a una humanidad que muchas veces intenta calmar su sed en cisternas agrietadas.

Hoy oramos especialmente por esta misión evangelizadora y por las vocaciones. Necesitamos sacerdotes, diáconos, religiosos, religiosas, misioneros, catequistas, matrimonios y jóvenes dispuestos a escuchar la voz del Señor y a convertirse en sembradores de su Palabra. Toda vocación comienza cuando alguien deja de oír superficialmente y empieza a escuchar con el corazón. Comienza cuando una persona permite que se descorra el velo y pregunta sinceramente: «Señor, ¿qué quieres de mí? ¿Dónde y cómo deseas que te sirva?».

Pidamos también que quienes ya hemos recibido una vocación no nos apartemos de la fuente. Podemos hablar mucho de Dios y, sin embargo, descuidar nuestra relación personal con Él. Podemos servir en la Iglesia y terminar buscando el reconocimiento, la comodidad o nuestros propios intereses. El profeta nos invita a volver siempre a la fuente del agua viva, porque nadie puede llevar a otros hasta Dios si él mismo ha dejado de beber de su gracia.

Examinemos hoy nuestro corazón: ¿estamos verdaderamente abiertos a las verdades profundas de Dios o nos conformamos con escuchar superficialmente? ¿Qué cisternas agrietadas hemos construido? ¿Permitimos que la Palabra nos interrogue, nos convierta y oriente nuestras decisiones? ¿Estamos disponibles para la misión que el Señor quiera confiarnos?

No nos desanimemos si encontramos dureza, distracciones o resistencias en nuestro interior. Cristo sigue sembrando y no se cansa de nosotros. Solo nos pide recibir su Palabra con humildad y permitirle echar raíces.

Señor de la verdad eterna, descorre el velo de nuestros ojos y oídos. Danos ojos para ver, oídos para escuchar y un corazón abierto para comprender. Inunda nuestra vida con la luz de tu verdad. Renueva la obra evangelizadora de tu Iglesia y suscita numerosas y santas vocaciones al sacerdocio, a la vida consagrada, a la familia cristiana y al servicio misionero. Que, unidos a ti, fuente de agua viva, llevemos tu Palabra y tu amor a quienes tienen sed de esperanza. Amén.

martes, 21 de julio de 2026

22 de julio del 2026: Fiesta de santa María Magdalena

 

Testigo de la fe:

Santa María Magdalena

Siglo I.

Nacida en Magdala, junto al lago de Tiberíades, permaneció al pie de la cruz durante la muerte de Jesús. Al tercer día encontró el sepulcro vacío y permaneció allí, llorando, buscando a aquel a quien amaba su corazón. El Resucitado se le manifestó llamándola por su nombre: «¡María!». Entonces su tristeza se transformó en alegría y su búsqueda se convirtió en misión. Enviada a los discípulos para anunciarles: «He visto al Señor», María Magdalena llegó a ser la apóstol de los Apóstoles, testigo de la victoria de la vida sobre la muerte.

En esta fiesta, pidamos la gracia de buscar a Cristo con perseverancia, reconocer su voz cuando nos llama personalmente y convertirnos también nosotros en mensajeros gozosos de su resurrección.

 

 

Paso a paso

(Juan 20,1-2.11-18) La aparición del Resucitado a María está centrada en un proceso de reconocimiento que se realiza por etapas. Se necesita tiempo para reconocer a Cristo presente y actuando en nuestra vida. María ve primero el sepulcro vacío, luego a los ángeles y, finalmente, al mismo Jesús, pero lo confunde con el jardinero. Solo cuando Él la llama por su nombre —«¡María!»— se abren sus ojos y su corazón.

La fe pascual nace muchas veces de esta manera: en medio de las lágrimas, las dudas y la búsqueda. Jesús sale a nuestro encuentro con paciencia, nos llama personalmente y transforma nuestra tristeza en misión. Como María Magdalena, somos enviados a anunciar con alegría: «He visto al Señor».

 G.Q


Primera lectura

Cant 3, 1-4b (opción 1)

Encontré al amor de mi alma

Lectura del libro del Cantar de los Cantares.


ESTO dice la esposa:
«En mi lecho, por la noche,
buscaba al amor de mi alma;
lo buscaba, y no lo encontraba.
“Me levantaré y rondaré por la ciudad,
por las calles y las plazas,
buscaré al amor de mi alma”.
Lo busqué y no lo encontré.
Me encontraron los centinelas
que hacen la ronda por la ciudad.
“¿Han visto al amor de mi alma?”.
En cuanto los hube pasado,
encontré al amor de mi alma».

Palabra de Dios.



2 Cor 5, 14-17 (opción 2)

Ahora ya no conocemos a Cristo según la carne

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Corintios.

HERMANOS:
Nos apremia el amor de Cristo al considerar que, si uno murió por todos, todos murieron.
Y Cristo murió por todos, para que los que viven ya no vivan para sí, sino para el que murió y resucitó por ellos.
De modo que nosotros desde ahora no conocemos a nadie según la carne; si alguna vez conocimos a Cristo según la carne, ahora ya no lo conocemos así.
Por tanto, si alguno está en Cristo es una criatura nueva. Lo viejo ha pasado, ha comenzado lo nuevo.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 62, 2. 3-4. 5-6. 8-9 (R.: cf. 2b)

R. Mi alma está sedienta de ti, Dios mío.

V. Oh, Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo,
mi alma está sedienta de ti;
mi carne tiene ansia de ti,
como tierra reseca, agostada, sin agua.
 R.

V. ¡Cómo te contemplaba en el santuario
viendo tu fuerza y tu gloria!
Tu gracia vale más que la vida,
te alabarán mis labios. 
R.

V. Toda mi vida te bendeciré
y alzaré las manos invocándote.
Me saciaré de manjares exquisitos,
y mis labios te alabarán jubilosos. 
R.

V. Porque fuiste mi auxilio,
y a la sombra de tus alas canto con júbilo.
Mi alma está unida a ti,
y tu diestra me sostiene. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. «¿Qué has visto de camino, María, en la mañana?» «A mi Señor glorioso, la tumba abandonada». R.

 

Evangelio

Jn 20, 1-2. 11-18

Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quién buscas?

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

EL primer día de la semana, María la Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro.
Echó a correr y fue donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo:
«Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto».
Estaba María fuera, junto al sepulcro, llorando. Mientras lloraba, se asomó al sepulcro y vio dos ángeles vestidos de blanco, sentados, uno a la cabecera y otro a los pies, donde había estado el cuerpo de Jesús.
Ellos le preguntan:
«Mujer, ¿por qué lloras?».
Ella les contesta:
«Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto».
Dicho esto, se vuelve y ve a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús.
Jesús le dice:
«Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quién buscas?».
Ella, tomándolo por el hortelano, le contesta:
«Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré».
Jesús le dice:
«¡María!».
Ella se vuelve y le dice:
«¡Rabbuní!», que significa: «¡Maestro!».
Jesús le dice:
«No me retengas, que todavía no he subido al Padre. Pero, anda, ve a mis hermanos y diles: “Subo al Padre mío y Padre de ustedes, al Dios mío y Dios de ustedes”».
María la Magdalena fue y anunció a los discípulos:
«He visto al Señor y ha dicho esto».

Palabra del Señor.

 

1

 

«He visto al Señor»

 

Queridos hermanos:

La fiesta de santa María Magdalena nos presenta a una mujer que busca, llora, persevera y, finalmente, reconoce al Señor resucitado. Su camino de fe no ocurre de manera inmediata, sino paso a paso. María llega al sepulcro, descubre que la piedra ha sido removida, permanece allí llorando, ve a los ángeles y, después, contempla al mismo Jesús, aunque al comienzo lo confunde con el jardinero.

Solo cuando Jesús la llama por su nombre —«¡María!»— se abren sus ojos y su corazón. Aquel que parecía ausente estaba muy cerca de ella. Aquel a quien buscaba entre los muertos estaba vivo y venía a su encuentro.

También nosotros atravesamos momentos en los que nos cuesta reconocer la presencia de Dios. El dolor, la enfermedad, la soledad, la pérdida de un ser querido, las preocupaciones y las heridas interiores pueden nublar nuestra mirada. Podemos sentir que Dios está lejos o que no escucha nuestra oración. Sin embargo, el Evangelio nos recuerda que Cristo resucitado se acerca incluso cuando no somos capaces de reconocerlo. Él permanece junto a nuestras lágrimas y nos llama personalmente por nuestro nombre.

La primera lectura del Cantar de los Cantares expresa el deseo profundo del corazón creyente: «En mi lecho, por la noche, buscaba al amor de mi alma». María Magdalena es precisamente esa mujer que busca al amado de su alma. Lo busca en la oscuridad, lo busca entre lágrimas y no se resigna a su ausencia. Su perseverancia es premiada con el encuentro.

Esta lectura nos enseña que la fe también es deseo y búsqueda. No siempre sentimos inmediatamente el consuelo de Dios, pero estamos llamados a seguir buscándolo, a no abandonar la oración y a no permitir que la oscuridad apague nuestra esperanza. Quien busca sinceramente al Señor termina descubriendo que Él ya estaba buscándolo primero.

La otra opción de la primera lectura, tomada de la segunda carta a los Corintios, nos dice: «El amor de Cristo nos apremia». Ese amor fue el que sostuvo a María Magdalena al pie de la cruz y la llevó de madrugada hasta el sepulcro. No fue la curiosidad, sino el amor. Y cuando se encuentra con Cristo resucitado, ese mismo amor la convierte en misionera.

San Pablo afirma también que quien está en Cristo es una criatura nueva. María Magdalena experimenta esta transformación: llega al sepulcro como una mujer que llora y sale de allí como testigo de la Resurrección. Llega buscando un cuerpo muerto y regresa proclamando: «He visto al Señor».

El encuentro con Cristo no elimina mágicamente todos los problemas, pero cambia nuestra manera de vivirlos. El dolor no tiene ya la última palabra. La enfermedad no puede destruir nuestra dignidad. Las lágrimas no son inútiles. La muerte no es el final. En Cristo resucitado comienza una creación nueva.

El salmo expresa la sed más profunda del ser humano: «Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío». Hay una sed del cuerpo que se calma con agua, pero existe también una sed del alma: sed de consuelo, de paz, de sentido, de perdón, de compañía y de esperanza.

Muchos hermanos nuestros viven hoy con esa sed. Algunos sufren en el cuerpo por la enfermedad, el cansancio, el dolor crónico o las limitaciones de la edad. Otros sufren en el alma por la tristeza, la angustia, la depresión, el duelo, el abandono o los conflictos familiares. Quizá algunos sonríen exteriormente, pero por dentro llevan una herida profunda.

Hoy queremos ponerlos a todos en la presencia del Señor. Pedimos por quienes sufren en el cuerpo, para que reciban alivio, atención médica, paciencia y la cercanía de sus familias. Oramos también por quienes sufren en el alma, para que encuentren personas capaces de escucharlos, acompañarlos y ayudarles a recuperar la esperanza.

El Resucitado no se muestra indiferente ante las lágrimas de María. Le pregunta: «Mujer, ¿por qué lloras?». Esta pregunta no es un reproche. Es la expresión de la ternura de Dios. Jesús conoce nuestras lágrimas, pero quiere que abramos ante Él nuestro corazón. Nos invita a decirle dónde nos duele, qué hemos perdido, qué nos preocupa y qué estamos buscando.

Después del encuentro, Jesús dice a María: «Ve a mis hermanos». La experiencia de la fe no puede quedar encerrada en nosotros mismos. Quien ha sido consolado está llamado a consolar. Quien ha recibido esperanza debe llevar esperanza. Quien ha encontrado al Señor debe anunciarlo.

Santa María Magdalena se convierte así en la apóstol de los apóstoles. No pronuncia un discurso complicado. Simplemente comparte su experiencia: «He visto al Señor». La evangelización comienza muchas veces de este modo: contando con sencillez lo que Dios ha hecho en nuestra vida.

Pidamos hoy la intercesión de santa María Magdalena. Que ella nos enseñe a buscar al Señor con perseverancia, incluso en medio de la oscuridad. Que nos ayude a reconocer su voz cuando nos llama por nuestro nombre. Que sostenga a quienes sufren en el cuerpo y en el alma, y que haga de cada uno de nosotros mensajeros de consuelo, esperanza y resurrección.

Que al acercarnos hoy a la Eucaristía podamos reconocer a Cristo vivo, presente y cercano, y salgamos también nosotros a proclamar con alegría:

«He visto al Señor».

Amén.

 

 

2

 

Un corazón que busca al Amado

 

Queridos hermanos:

La fiesta de santa María Magdalena nos permite contemplar una de las historias más hermosas de transformación, gratitud y amor en todo el Evangelio. Ella pasó de una vida profundamente herida a convertirse en discípula fiel, testigo de la cruz y primera mensajera de la Resurrección.

El Evangelio nos dice que María Magdalena había sido liberada por Jesús de siete demonios. Algunos Padres de la Iglesia interpretaron ese número como signo de una opresión profunda y completa. Sin embargo, debemos evitar identificarla sin fundamento con la mujer pecadora o con la adúltera, pues los Evangelios no lo afirman expresamente. Lo que sí sabemos es que Jesús la había liberado de una situación dolorosa y oscura, y que aquella experiencia de misericordia despertó en ella un amor inmenso hacia el Señor.

María sabía de dónde la había sacado Jesús. Conocía la oscuridad de la que había sido rescatada, y por eso valoraba la luz recibida. La persona que ha experimentado verdaderamente la misericordia de Dios no puede permanecer indiferente. Cuando descubrimos que hemos sido perdonados, levantados y restaurados, comienza a brotar dentro de nosotros una gratitud nueva.

De esa gratitud nació la fidelidad de María Magdalena.

Ella permaneció cerca de Jesús durante su pasión. Estuvo al pie de la cruz, acompañando a la Virgen María, al discípulo amado y a las otras mujeres. No huyó cuando las cosas se hicieron difíciles. No abandonó al Maestro cuando fue despreciado, condenado y crucificado.

Quizá aquella valentía provenía de una certeza muy íntima: aquel hombre que ahora sufría en la cruz era quien le había devuelto la vida. ¿Cómo abandonarlo precisamente en la hora del dolor? El amor agradecido sabe permanecer. No ama solamente cuando todo sale bien, sino también cuando llega la cruz, cuando desaparecen las seguridades y cuando parece que la esperanza se apaga.

El Evangelio comienza diciendo que María fue al sepulcro temprano, cuando todavía estaba oscuro. Esa oscuridad no era solo exterior. También había oscuridad en su corazón. Jesús había muerto. El Maestro había sido sepultado. Todo parecía terminado.

Pero María no se queda inmóvil. El amor la pone en camino.

La primera lectura, tomada del Cantar de los Cantares, expresa admirablemente lo que sucede en su interior: «En mi lecho, por las noches, buscaba al amor de mi alma; lo busqué y no lo encontré». La esposa del Cantar se levanta, recorre la ciudad, atraviesa calles y plazas preguntando: «¿Han visto al amor de mi alma?».

María Magdalena es, en esta fiesta, imagen de esa alma enamorada que busca a su Señor. No se resigna a la ausencia. No acepta fácilmente la idea de haberlo perdido. Su corazón tiene una sola preocupación: encontrarlo.

El Cantar continúa diciendo: «Apenas los había pasado, encontré al amor de mi alma». También María llegará a ese encuentro, pero no de manera inmediata. Su camino será gradual. Primero ve la piedra removida. Luego avisa a Pedro y al discípulo amado. Después regresa al sepulcro y permanece allí llorando. Más tarde contempla a los ángeles y finalmente ve a Jesús, aunque no lo reconoce.

La fe pasa muchas veces por ese mismo proceso. Buscamos, preguntamos, lloramos, esperamos. Dios está cerca, pero no siempre lo reconocemos enseguida. Su presencia puede estar velada por nuestras lágrimas, nuestros temores o nuestras ideas preconcebidas.

María piensa que Jesús es el jardinero. Él le pregunta: «Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?». Esta pregunta llega también hoy hasta nosotros: ¿a quién buscamos realmente? ¿Qué desea nuestro corazón? ¿Buscamos a Dios mismo o solo los beneficios que podemos recibir de Él?

El salmo responde con una confesión profundamente espiritual: «Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo; mi alma está sedienta de ti». María madruga porque tiene sed de Cristo. Su cuerpo se dirige al sepulcro porque toda su alma busca al Señor.

«Mi alma está sedienta de ti; mi carne tiene ansia de ti, como tierra reseca, agostada, sin agua». Esta imagen expresa el deseo de un corazón que ha descubierto que nada puede sustituir a Dios. Podemos llenar nuestra vida de ocupaciones, bienes, reconocimientos y entretenimientos, pero la sed más profunda del alma solo puede ser calmada por el Señor.

El salmista añade: «Tu gracia vale más que la vida». María Magdalena había comprendido esta verdad. Haber conocido a Jesús, haber sido sanada y haber recibido su misericordia valía más que cualquier otra cosa. Por eso lo busca con tanta intensidad.

Los apóstoles regresaron a casa después de ver el sepulcro vacío. María, en cambio, permaneció. Ese pequeño detalle es muy importante. Ella se quedó llorando, amando y esperando. Su perseverancia preparó el encuentro.

En ocasiones abandonamos demasiado pronto. Dejamos la oración porque no sentimos nada. Nos desanimamos porque no recibimos una respuesta inmediata. Pensamos que Dios no nos escucha porque no actúa como esperábamos. María Magdalena nos enseña a permanecer.

Ella permanece incluso delante del vacío. Permanece, aunque no comprenda. Permanece porque ama.

Cuando los ángeles le preguntan por qué llora, su respuesta revela todo su corazón: «Se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto». No dice simplemente «se han llevado el cuerpo». Dice: «Se han llevado a mi Señor». Hay en estas palabras una relación personal y profunda.

La fe cristiana no consiste solamente en aceptar unas verdades o cumplir unas normas. Es una relación viva con Jesucristo. Él no es únicamente el Señor, sino «mi Señor»: aquel que me conoce, me llama, me perdona y me acompaña.

Incluso cuando Jesús aparece delante de ella, María todavía no lo reconoce. Sus ojos están llenos de lágrimas y su pensamiento sigue centrado en encontrar un cadáver. Ella busca a Jesús, pero lo busca todavía entre los muertos.

Entonces ocurre el momento decisivo. Jesús pronuncia una sola palabra: «¡María!».

No necesita explicar nada. No necesita demostrar nada. Basta la manera personal y amorosa con la que pronuncia su nombre. Aquella voz atraviesa la tristeza, rompe la confusión y despierta la fe.

María responde: «¡Rabbuní!», que significa «Maestro mío».

El Resucitado llama a cada persona por su nombre. Para Él no somos un número, una multitud anónima o un caso más. Él conoce nuestra historia, nuestras heridas, nuestras luchas y nuestros anhelos. Nos llama personalmente para abrir nuestros ojos y hacernos descubrir que está vivo y presente.

María quiere aferrarse a Jesús, pero el Señor la envía: «Ve a mis hermanos y diles…». El amor verdadero no encierra a Cristo para sí mismo. Quien ha encontrado al Señor es enviado a anunciarlo.

Así, aquella mujer que había sufrido una profunda esclavitud se convierte en apóstol de los apóstoles. Llega llorando al sepulcro y sale proclamando: «He visto al Señor». La gracia no solo la sana, sino que la convierte en testigo.

Esta es la obra de Dios. Él puede tomar una vida herida y convertirla en anuncio de esperanza. Puede transformar las lágrimas en misión, la esclavitud en libertad y la oscuridad en testimonio de resurrección.

Hoy podemos preguntarnos: ¿conservo la gratitud por todo lo que el Señor ha hecho en mi vida? ¿Lo busco con el deseo de María Magdalena? ¿Permanezco fiel cuando parece que no encuentro respuestas? ¿Reconozco su voz cuando me llama por mi nombre?

Santa María Magdalena nos invita a no vivir una fe fría, rutinaria o distante. Nos enseña a tener un corazón enamorado de Cristo, un corazón que madruga para buscarlo, que permanece junto a Él en la cruz y que no se resigna ante el sepulcro vacío.

Pidamos al Señor que despierte en nosotros la misma sed expresada por el salmo: «Mi alma está sedienta de ti». Que podamos buscarlo como la esposa del Cantar: «Busqué al amor de mi alma». Y que, al escuchar nuestra propia llamada, podamos responder como María Magdalena:

«¡Rabbuní! ¡Maestro mío!».

Señor Jesús, gracias por la libertad que nos has concedido, por el perdón de nuestros pecados y por la gracia que restaura nuestra vida. Haz que todo nuestro ser sea atraído por tu amor. Danos un corazón que te busque con perseverancia y que permanezca fiel aun en medio de la oscuridad. Pronuncia nuestro nombre, abre nuestros ojos y permítenos reconocerte vivo y presente. Y, como santa María Magdalena, haznos mensajeros de tu Resurrección.

Amén.

 ************


22 de julio: Santa María Magdalena — Fiesta


Siglo I


Patrona de: farmacéuticos, contemplativos, conversos, guanteros, peluqueros, pecadores penitentes, personas ridiculizadas por su piedad, perfumeros, prostitutas reformadas, curtidores, mujeres.
Invocada contra: tentaciones sexuales





📖 Cita:

Jesús le dijo:
—«Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?»
Ella, pensando que era el jardinero, le dijo:
—«Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo me lo llevaré.»
Jesús le dijo:
—«¡María!»
Ella se volvió y le dijo en hebreo:
—«¡Rabbuní!», que significa
Maestro.
Jesús le dijo:
—«No me retengas, porque todavía no he subido al Padre. Pero ve a mis hermanos y diles: “Subo a mi Padre y Padre vuestro, a mi Dios y Dios vuestro.”»
Entonces María de Magdala fue y anunció a los discípulos:
—«¡He visto al Señor!» y contó lo que Él le había dicho.
~ Juan 20,11–18


💭 Reflexión:

Santa María Magdalena, también conocida como la Magdalena o María de Magdala, probablemente lleva su nombre del bullicioso pueblo pesquero de Magdala, situado en la costa occidental del Mar de Galilea. Toda la información sobre María proviene de los Evangelios. En Lucas 8,1–3 se la presenta como una de las muchas mujeres que acompañaban a Jesús y a los Doce, proveyéndoles con sus propios recursos. Se dice que estas mujeres fueron “curadas de espíritus malignos y enfermedades”, y específicamente se indica que María fue liberada de “siete demonios”.

Ser liberada de siete demonios tiene implicaciones significativas. Podría significar que María fue realmente poseída, obsesionada u oprimida por siete demonios distintos. El número siete también simboliza la plenitud o totalidad, lo que implica que pudo haber estado completamente poseída o que su liberación fue una liberación perfecta. Es decir, que nunca regresó a los pecados de los que Jesús la rescató. Algunos sugieren que los siete demonios representan los siete pecados capitales, lo cual implicaría que María había cometido graves transgresiones en cada uno de ellos y fue liberada de todos esos hábitos pecaminosos.

En el capítulo anterior del Evangelio de Lucas, Lucas 7,36–50, se narra la historia de una mujer pecadora anónima que interrumpe una cena a la que asistía Jesús en casa de Simón el fariseo. No se nombra el pecado de esta mujer, pero su arrepentimiento es claro. Trae consigo un “frasco de alabastro con perfume”, se coloca detrás de Jesús, llora, lava sus pies con lágrimas, los seca con su cabello y los unge con el perfume. Después de una conversación con Simón, que juzgaba tanto a la mujer como a Jesús en su interior, el Señor dice:
“Se le han perdonado muchos pecados, porque ha mostrado mucho amor.”
Y luego le dice a ella: “Tus pecados están perdonados... Vete en paz.”

A lo largo de los siglos, muchos han presumido que esta mujer pecadora era María Magdalena. Aunque es posible, y algunos lo consideran probable, no hay manera definitiva de saberlo. Esta mujer pecadora podría haber sido María de Betania, la hermana de Lázaro y Marta. Podría haber sido otra mujer no mencionada en otros pasajes bíblicos, o una de las muchas mujeres que acompañaban a Jesús.

La segunda vez que se menciona explícitamente a María Magdalena en la Biblia es en la crucifixión de Jesús. Mateo, Marcos y Lucas afirman que ella y otras mujeres estaban presentes, observando desde cierta distancia. El Evangelio de Juan, sin embargo, dice que estaba junto a la cruz, cerca de la madre de Jesús y de su tía:
“Estaban junto a la cruz de Jesús su madre, la hermana de su madre, María, esposa de Cleofás, y María de Magdala” (Jn 19,25).

La tercera vez que aparece es después de la Resurrección. Mateo, Marcos y Lucas indican que fue al sepulcro temprano el domingo para ungir el cuerpo de Jesús, acompañada por otras mujeres. El Evangelio de Juan, sin embargo, dice que fue sola, encontró la piedra removida y el cuerpo de Jesús ausente. Corrió entonces a avisar a Pedro y a Juan, quienes encontraron el sepulcro tal como ella lo describió. Ellos se marcharon, pero María permaneció llorando junto al sepulcro.

Dos ángeles se le aparecen dentro del sepulcro. Luego se da la vuelta y ve a alguien que confunde con el jardinero. Le pregunta si él ha tomado el cuerpo de Jesús. En ese momento, Jesús le dice su nombre: “¡María!”, y ella lo reconoce. Jesús le dice:
“No me retengas, porque aún no he subido al Padre. Pero ve a mis hermanos y diles: ‘Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios’” (Jn 20,17).
Entonces, María va rápidamente y anuncia a los discípulos que ha visto al Señor.

Debido a que fue María quien fue enviada primero a anunciar la Resurrección de Cristo, Santo Tomás de Aquino la llamó “Apóstol de los Apóstoles”. Aunque se puede inferir de la Escritura que María Magdalena fue la primera en ver al Señor resucitado, algunos sostienen que Jesús apareció primero a su propia Madre, la Virgen María, aunque los Evangelios no lo mencionan explícitamente. El Papa San Juan Pablo II se refirió a esto, diciendo:

“Es legítimo pensar que la Madre fue probablemente la primera persona a quien se apareció Jesús resucitado. ¿No podría su ausencia en el grupo de mujeres que fue al sepulcro indicar que ya se había encontrado con Él?” (Audiencia general, 3 de abril de 1996).

Nada más se sabe con certeza sobre María Magdalena después de estos relatos bíblicos. Una antigua tradición sostiene que acompañó a Juan y a la Virgen María a Éfeso, donde pasó el resto de sus días.


🌟 Celebramos hoy la misericordia sin límites de Dios.

El encuentro con Jesús cambió la vida de María para siempre. Jesús no dudó en asociarse con esta mujer liberada de siete demonios. De la misma manera, Jesús nunca duda en unirse a quienes se arrepienten sinceramente de sus pecados, sin importar su pasado.

La vida de María nos dice que hay esperanza para todos. Antes de su transformación, muchos probablemente la consideraban sin remedio. Pero Jesús no la descartó, y tampoco descarta a nadie.

En el año 2016, el Papa Francisco elevó la memoria de Santa María Magdalena al rango de fiesta en el calendario litúrgico. Lo hizo durante el Jubileo Extraordinario de la Misericordia, para resaltar la importancia del papel de Santa María Magdalena en los Evangelios, la profundidad de su amor por Cristo, y destacar la Divina Misericordia de Dios.


🙏 Oración

Santa María Magdalena,
tú viviste una vida de pecado,
pero al encontrarte con Jesús,
te arrepentiste y lo seguiste.

Fuiste fiel a Él durante todo su ministerio
y fuiste testigo de su muerte y resurrección.
Ruega por mí,
para que siempre tenga el valor de arrepentirme de mis pecados
y permanecer contigo al pie de la cruz,
para que también pueda ser testigo de los efectos transformadores
de la Resurrección.

Santa María Magdalena, ruega por mí.
Jesús, en Ti confío.

24 de julio del 2026: viernes de la decimosexta semana del tiempo ordinario-II- San Charbel Makhluf, presbítero-Memoria libre

  Testigo de la fe: San Chárbel Makhlouf 1828-1898 Monje, sacerdote y ermitaño libanés, muy querido por los cristianos maronitas. Des...