sábado, 21 de marzo de 2026

22 de marzo del 2026: quinto domingo de Cuaresma- Ciclo A

 

Cuando la fe despierta la vida


Lázaro y sus hermanas, Marta y María, amigos íntimos de Jesús, están sumergidos en el dolor del duelo. La muerte parece haber apagado toda esperanza, y el corazón humano se enfrenta al silencio, a la ausencia y a la aparente derrota definitiva.

Sin embargo, en medio de esa oscuridad, brilla una luz: la fe firme e inquebrantable de Marta. Ella no niega el dolor, no es indiferente al sufrimiento, pero cree. Cree incluso cuando todo parece perdido. Su confesión —“Yo creo que tú eres la resurrección y la vida”— abre un horizonte nuevo donde la muerte ya no tiene la última palabra.

Entonces Jesús, profundamente conmovido, se acerca al sepulcro. No es un Dios lejano, sino un Señor que llora con los que lloran, que se deja tocar por el sufrimiento humano. Y allí, frente a la tumba sellada, pronuncia una palabra que atraviesa la muerte: “¡Lázaro, sal fuera!”

Este signo extraordinario no es solo la vuelta a la vida de un amigo; es un anuncio poderoso: Jesús tiene autoridad sobre la muerte. Es la anticipación de su propia resurrección, la promesa de que todo el que cree en Él, aunque muera, vivirá.

También nosotros, en nuestros duelos, en nuestras pérdidas, en nuestras “tumbas” interiores —de pecado, de tristeza, de desesperanza— estamos llamados a escuchar esa voz del Señor que nos llama por nuestro nombre y nos invita a salir, a levantarnos, a volver a la vida.

La fe no elimina el dolor, pero lo transforma. Nos permite esperar contra toda esperanza. Nos enseña que, incluso cuando todo parece terminado, Dios está obrando en silencio, preparando una vida nueva.

Hoy, el Señor nos pregunta como a Marta: “¿Crees esto?”
Y nuestra respuesta puede abrir, también para nosotros, el camino de la resurrección.

G.Q

 



Primera lectura

Ez 37, 12-14

Pondré mi espíritu en ustedes y vivirán

Lectura de la profecía de Ezequiel.

ESTO dice el Señor Dios:
«Yo mismo abriré sus sepulcros,
y los sacaré de ellos, pueblo mío,
y los llevaré a la tierra de Israel.
Y cuando abra sus sepulcros
y los saque de ellos, pueblo mío,
comprenderán que soy el Señor.
Pondré mi espíritu en ustedes y vivirán;
los estableceré en su tierra
y comprenderán que yo, el Señor,
lo digo y lo hago” —oráculo del Señor—».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 129, 1b-2. 3-4. 5-7ab. 7cd-8 (R.: 7cd)

R. Del Señor viene la misericordia,
la redención copiosa.


V. Desde lo hondo a ti grito, Señor;
Señor, escucha mi voz;
estén tus oídos atentos
a la voz de mi súplica. 
R.

V. Si llevas cuenta de los delitos, Señor,
¿quién podrá resistir?
Pero de ti procede el perdón,
y así infundes temor. 
R.

V. Mi alma espera en el Señor,
espera en su palabra;
mi alma aguarda al Señor,
más que el centinela la aurora.
Aguarde Israel al Señor,
como el centinela la aurora. 
R.

V. Porque del Señor viene la misericordia,
la redención copiosa;
y él redimirá a Israel
de todos sus delitos.
 R.

 

Segunda lectura

Rom 8, 8-11

El Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en ustedes

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos.

HERMANOS:
Los que están en la carne no pueden agradar a Dios. Pero ustedes no están en la carne, sino en el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios habita en ustedes; en cambio, si alguien no posee el Espíritu de Cristo no es de Cristo.
Pero si Cristo está en ustedes, el cuerpo está muerto por el pecado, pero el espíritu vive por la justicia. Y si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en ustedes, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús también dará vida a sus cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en ustedes.

Palabra de Dios.



Aclamación

V. Yo soy la resurrección y la vida —dice el Señor—; el que cree en mí no morirá para siempre.

 

Evangelio

Jn 11, 1-45 (forma larga)

Yo soy la resurrección y la vida

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

EN aquel tiempo, había caído enfermo un cierto Lázaro, de Betania, la aldea de María y de Marta, su hermana. María era la que ungió al Señor con perfume y le enjugó los pies con su cabellera; el enfermo era su hermano Lázaro.
Las hermanas le mandaron recado a Jesús diciendo:
«Señor, el que tú amas está enfermo».
Jesús, al oírlo, dijo:
«Esta enfermedad no es para la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella».
Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo se quedó todavía dos días donde estaba.
Solo entonces dijo a sus discípulos:
«Vamos otra vez a Judea».
Los discípulos le replicaron:
«Maestro, hace poco intentaban apedrearte los judíos, ¿y vas a volver de nuevo allí?».
Jesús contestó:
«¿No tiene el día doce horas? Si uno camina de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo; pero si camina de noche tropieza, porque la luz no está en él».
Dicho esto, añadió:
«Lázaro, nuestro amigo, está dormido; voy a despertarlo».
Entonces le dijeron sus discípulos:
«Señor, si duerme, se salvará».
Jesús se refería a su muerte; en cambio, ellos creyeron que hablaba del sueño natural.
Entonces Jesús les replicó claramente:
«Lázaro ha muerto, y me alegro por ustedes de que no hayamos estado allí, para que crean. Y ahora vamos a su encuentro».
Entonces Tomás, apodado el Mellizo, dijo a los demás discípulos:
«Vamos también nosotros y muramos con él».
Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Betania distaba poco de Jerusalén: unos quince estadios; y muchos judíos habían ido a ver a Marta y a María para darles el pésame por su hermano.
Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedó en casa. Y dijo Marta a Jesús:
«Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá».
Jesús le dijo:
«Tu hermano resucitará».
Marta respondió:
«Sé que resucitará en la resurrección en el último día».
Jesús le dijo:
«Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?».
Ella le contestó:
«Sí, Señor: yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo».
Y dicho esto, fue a llamar a su hermana María, diciéndole en voz baja:
«El Maestro está ahí y te llama».
Apenas lo oyó se levantó y salió adonde estaba él, porque Jesús no había entrado todavía en la aldea, sino que estaba aún donde Marta lo había encontrado. Los judíos que estaban con ella en casa consolándola, al ver que María se levantaba y salía deprisa, la siguieron, pensando que iba al sepulcro a llorar allí. Cuando llegó María adonde estaba Jesús, al verlo se echó a sus pies diciéndole:
«Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano».
Jesús, viéndola llorar a ella y viendo llorar a los judíos que la acompañaban, se conmovió en su espíritu, se estremeció y preguntó:
«¿Dónde lo han enterrado?».
Le contestaron:
«Señor, ven a verlo».
Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban:
«¡Cómo lo quería!».
Pero algunos dijeron:
«Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que este muriera?».
Jesús, conmovido de nuevo en su interior, llegó a la tumba. Era una cavidad cubierta con una losa. Dijo Jesús:
«Quiten la losa».
Marta, la hermana del muerto, le dijo:
«Señor, ya huele mal porque lleva cuatro días».
Jesús le replicó:
«¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?».
Entonces quitaron la losa.
Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo:
«Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado».
Y dicho esto, gritó con voz potente:
«Lázaro, sal afuera».
El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo:
«Desátenlo y déjenlo andar».
Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.

Palabra del Señor.


Jn 11, 3-7. 17. 20-27. 33b-45 (forma breve)

Yo soy la resurrección y la vida

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

EN aquel tiempo, las hermanas de Lázaro le mandaron recado a Jesús diciendo:
«Señor, el que tú amas está enfermo».
Jesús, al oírlo, dijo:
«Esta enfermedad no es para la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella».
Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo se quedó todavía dos días donde estaba.
Solo entonces dijo a sus discípulos:
«Vamos otra vez a Judea».
Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado.
Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedó en casa. Y dijo Marta a Jesús:
«Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá».
Jesús le dijo:
«Tu hermano resucitará».
Marta respondió:
«Sé que resucitará en la resurrección en el último día».
Jesús le dijo:
«Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?».
Ella le contestó:
«Sí, Señor: yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo».
Jesús se conmovió en su espíritu, se estremeció y preguntó:
«¿Dónde lo han enterrado?».
Le contestaron:
«Señor, ven a verlo».
Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban:
«¡Cómo lo quería!».
Pero algunos dijeron:
«Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que este muriera?».
Jesús, conmovido de nuevo en su interior, llegó a la tumba. Era una cavidad cubierta con una losa. Dijo Jesús:
«Quiten la losa».
Marta, la hermana del muerto, le dijo:
«Señor, ya huele mal porque lleva cuatro días».
Jesús le replicó:
«¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?».
Entonces quitaron la losa.
Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo:
«Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado».
Y dicho esto, gritó con voz potente:
«Lázaro, sal afuera».
El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo:
«Desátenlo y déjenlo andar».
Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.

Palabra del Señor.

 

1

 

“Yo soy la resurrección y la vida”

 

Queridos hermanos y hermanas:

A medida que avanzamos en este camino cuaresmal, la liturgia nos conduce hoy a uno de los evangelios más conmovedores, más profundos y más esperanzadores de todo el Evangelio de san Juan: la resurrección de Lázaro. Ya no estamos simplemente ante una enseñanza moral o una invitación genérica a la conversión. Hoy se nos revela el corazón mismo de Cristo frente al drama humano del sufrimiento, del duelo y de la muerte.

La Iglesia, sabia madre y maestra, nos ofrece en este quinto domingo de Cuaresma unas lecturas que convergen en una gran proclamación: Dios no nos quiere encerrados en nuestros sepulcros; Dios quiere la vida. Dios es capaz de sacar vida de donde nosotros solo vemos muerte.

1. “Abriré sus sepulcros”: Dios no se resigna a nuestra muerte

La primera lectura, del profeta Ezequiel, es de una fuerza impresionante. El pueblo de Israel estaba en el exilio, humillado, derrotado, sin horizonte. Se sentían como un pueblo muerto. Y entonces Dios pronuncia esta promesa:

“Yo mismo abriré sus sepulcros, los sacaré de ellos, pueblo mío”.

Qué imagen tan poderosa. El Señor no dice simplemente: “los consolaré” o “los acompañaré”. Dice algo más fuerte: abriré sus sepulcros. Es decir, entraré hasta el lugar mismo donde ustedes se sienten acabados, vencidos, sin aliento, sin futuro. Allí, precisamente allí, actuaré yo.

También nosotros tenemos sepulcros. No solo los cementerios donde descansan nuestros seres queridos. También existen sepulcros interiores:
el de una fe debilitada,
el de una herida no sanada,
el de un pecado repetido,
el de una tristeza antigua,
el de una relación rota,
el de una culpa que no hemos podido superar,
el de una esperanza que se ha ido apagando.

Cuántas veces seguimos caminando por fuera, pero por dentro ya nos sentimos enterrados. Hay personas que respiran, trabajan, sonríen, hablan… pero en el alma llevan una tumba cerrada.

Y hoy la Palabra de Dios nos dice: no te acostumbres a vivir muerto por dentro. No te resignes. No declares definitivo lo que Dios todavía puede transformar. El Señor puede abrir lo que nosotros ya hemos cerrado. Él puede resucitar lo que nosotros ya habíamos dado por perdido.

2. “Desde lo hondo a ti grito, Señor”

El salmo responsorial recoge muy bien el clamor del corazón humano:

“Desde lo hondo a ti grito, Señor”.

Ese “hondo” puede ser muchas cosas: el dolor, el pecado, la angustia, el miedo, el cansancio, el duelo, la soledad. Es la oración del que ya no tiene máscaras. La oración del que ya no presume fuerzas. La oración de quien sabe que solo Dios puede salvar.

Y qué hermosa es la respuesta del salmo:
“Del Señor viene la misericordia, la redención copiosa”.

No una redención pequeña, no un alivio pasajero, no un consuelo superficial: redención copiosa, abundante, desbordante. Dios no salva a medias. Dios no ama a medias. Dios no perdona a medias. Cuando entra en la historia de una persona, lo hace con toda la fuerza de su misericordia.

La Cuaresma, entonces, no es tiempo para hundirnos en la culpa, sino para volver a la fuente de la misericordia. No es una temporada para repetir: “ya no hay nada que hacer conmigo”. Es tiempo para decir: “Señor, desde lo hondo te invoco, porque sé que tu amor es más grande que mi abismo”.

3. “El Espíritu dará vida a sus cuerpos mortales”

San Pablo, en la segunda lectura de la carta a los Romanos, lleva esta esperanza a una profundidad aún mayor. Nos recuerda que no estamos dominados por la carne, sino llamados a vivir según el Espíritu. Y dice algo extraordinario:

“Y si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en ustedes, ese mismo Espíritu dará vida también a sus cuerpos mortales”.

Es decir: la fuerza de la resurrección no es solo una promesa para el final de los tiempos. Ya ha comenzado a actuar en nosotros por el bautismo. El cristiano no es alguien que simplemente admira a Jesús o recuerda su mensaje. El cristiano es alguien en quien habita el Espíritu del Resucitado.

Esto cambia totalmente la perspectiva. Porque entonces la vida cristiana no consiste solo en “portarse bien”, ni en cumplir unas normas externas. Se trata de dejar que el Espíritu Santo vaya resucitando lo que en nosotros está muerto:
la capacidad de amar,
la paciencia,
la pureza del corazón,
la confianza,
la verdad interior,
la alegría de creer,
la valentía para recomenzar.

San Pablo nos recuerda que la resurrección empieza ya. Cada vez que uno se levanta de una caída, cada vez que perdona, cada vez que vuelve a orar después de mucho tiempo, cada vez que se confiesa sinceramente, cada vez que recupera la esperanza, allí está actuando el Espíritu de la vida.

4. Jesús ante la tumba: un Dios que llora con nosotros

Y llegamos al Evangelio. El relato de Lázaro no es solo una historia de milagro; es una revelación del rostro de Jesús.

Primero vemos que Jesús no es indiferente al sufrimiento humano. Cuando llega a Betania y encuentra el ambiente de duelo, de lágrimas y de desconsuelo, el Evangelio dice que se conmovió profundamente, se estremeció y lloró.

Qué consuelo tan grande saber que nuestro Dios no es un espectador frío. Jesús llora. Llora por su amigo. Llora con Marta y María. Llora ante la tragedia de la muerte. Llora porque el mundo creado para la vida ha sido herido por el pecado y el sufrimiento.

A veces la gente, con buena intención, dice frases demasiado rápidas ante el dolor ajeno: “no llores”, “sé fuerte”, “todo pasa”. Jesús no actúa así. Antes de realizar el milagro, acompaña el dolor. Se deja tocar por él. Comparte el llanto.

Esto es muy importante para nosotros. Porque la fe no nos prohíbe llorar. Ser creyente no significa volverse de piedra. Marta y María lloran. Jesús llora. El duelo, vivido con fe, no deja de ser duelo. La esperanza cristiana no elimina el dolor de la separación, pero le impide convertirse en desesperación.

5. Marta: la fe en medio de la noche

En medio de este relato aparece una de las mujeres más admirables del Evangelio: Marta. A veces se la recuerda solo como la mujer ocupada en el servicio. Pero aquí aparece como una mujer de fe madura, sólida, luminosa.

Ella sale al encuentro del Señor y le dice:
“Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano”.

Hay en esa frase dolor, pero también confianza. No es una protesta vacía. Es una lamentación creyente. Y luego da un paso más:
“Pero aún ahora sé que cuanto pidas a Dios, Dios te lo concederá”.

Y entonces Jesús le revela una de las afirmaciones más grandes de todo el Evangelio:
“Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá”.

No le dice solo: “yo puedo dar la resurrección”, sino: “Yo soy”. La resurrección no es simplemente un evento futuro; tiene un rostro, una voz, un nombre: Jesús.

Después viene la pregunta decisiva:
“¿Crees esto?”

Esa pregunta no es solo para Marta. Es para cada uno de nosotros.
¿Crees esto cuando la enfermedad golpea?
¿Crees esto cuando muere un ser querido?
¿Crees esto cuando se derrumba un proyecto?
¿Crees esto cuando llevas años cargando una herida?
¿Crees esto cuando te parece que ya no puedes cambiar?

La fe verdadera se vuelve más pura precisamente cuando todo parece contradecirla. Marta cree delante del sepulcro. Cree antes del milagro. Cree en medio del olor de muerte. Y por eso su fe se convierte en puerta para la manifestación de la gloria de Dios.

6. “Lázaro, sal fuera”

Llegamos al momento culminante. Jesús se pone frente al sepulcro y grita con voz poderosa:
“¡Lázaro, sal fuera!”

Y el muerto salió.

Qué escena tan impresionante. La voz de Cristo penetra el silencio de la tumba. Allí donde el hombre ya no puede hacer nada, donde la ciencia no puede hacer nada, donde el afecto humano no puede hacer nada, allí entra la palabra soberana del Hijo de Dios.

Esa voz sigue resonando hoy. Jesús sigue llamando:
“Sal fuera” de tu desánimo.
“Sal fuera” de tu incredulidad.
“Sal fuera” de la costumbre del pecado.
“Sal fuera” de la tibieza espiritual.
“Sal fuera” de tu rencor.
“Sal fuera” de la desesperanza.
“Sal fuera” de la mediocridad.
“Sal fuera” de esa imagen oscura que tienes de ti mismo.

Muchas veces estamos vivos biológicamente, pero atados espiritualmente. Por eso, cuando Lázaro sale, Jesús añade:
“Desátenlo y déjenlo andar”.

No basta con salir del sepulcro; hay que ser desatado. Y aquí aparece también la misión de la Iglesia. Cristo resucita, pero quiere que la comunidad ayude a quitar las vendas. Cuántas personas necesitan hoy una comunidad que no las condene, sino que las ayude a caminar; que no las encierre en su pasado, sino que crea en la gracia que las está levantando.

7. Una palabra para nuestros duelos y pérdidas

Este evangelio tiene un consuelo inmenso para quienes viven la experiencia del duelo. Ante la muerte de un ser querido, todos experimentamos algo de Marta y María: tristeza, preguntas, silencios, lágrimas, incluso la impresión de que Dios llegó tarde.

Pero el Señor nunca llega tarde. Puede parecer tardanza desde nuestro reloj humano, pero en el plan de Dios siempre hay una hora de gracia. A veces no interviene como nosotros esperábamos, pero siempre actúa para una vida más profunda, más plena, más definitiva.

La resurrección de Lázaro no fue simplemente devolverlo a esta vida temporal. Fue sobre todo un signo para revelar que Cristo ha venido a destruir el poder de la muerte. Y eso se cumplirá plenamente en su Pascua. Lázaro volverá a morir un día. Pero Cristo resucitado ya no muere más. En Él, la muerte no tiene la última palabra.

Por eso, cuando un cristiano se encuentra ante la tumba de un ser querido, llora, sí; pero llora con esperanza. Reza, espera, ofrece, confía. Sabe que la historia no termina en un cementerio. Sabe que estamos hechos para la comunión eterna con Dios.

8. Cuaresma: dejar que Cristo visite nuestras tumbas

Ya cerca de la Semana Santa, esta liturgia nos invita a preguntarnos:
¿Cuál es el sepulcro que Cristo quiere abrir en mí?
¿Qué parte de mi vida necesita escuchar hoy la voz de Jesús?
¿Qué piedra debo dejar remover?
¿Qué vendas necesito que el Señor me quite?

Quizá llevamos demasiado tiempo acostumbrados a convivir con algo muerto en nosotros:
una oración sin alma,
una fe rutinaria,
un cansancio moral,
una tristeza sin nombre,
una reconciliación pendiente,
una herida familiar que no hemos querido entregar a Dios.

Hoy Jesús no se queda lejos. Se acerca a nuestra Betania. Entra en nuestro duelo. Mira nuestra tumba. Llora con nosotros. Y después nos llama a la vida.

Conclusión

Queridos hermanos, el mensaje de este domingo es luminoso:
nuestro Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos;
no es un Dios del encierro, sino de la salida;
no es un Dios del final, sino del comienzo nuevo.

Ezequiel nos dice: “Abriré sus sepulcros”.
El salmo nos hace clamar: “Desde lo hondo a ti grito, Señor”.
San Pablo nos promete: “El Espíritu dará vida a sus cuerpos mortales”.
Y Jesús nos declara: “Yo soy la resurrección y la vida”.

Que en esta Eucaristía le presentemos al Señor nuestras tumbas interiores, nuestros duelos, nuestros miedos y nuestras pérdidas. Y que, como Marta, podamos decirle con fe:
“Sí, Señor, yo creo”.

Que Él nos conceda escuchar, en lo más profundo del alma, esa palabra poderosa que cambia la historia:
“Sal fuera”.

Amén.

 

2

 

“Jesús llora con nosotros y nos llama a la vida”

 

Queridos hermanos y hermanas:

En este quinto domingo de Cuaresma, cuando ya nos acercamos al umbral de la Semana Santa, la Palabra de Dios nos introduce en uno de los pasajes más conmovedores, más tiernos y al mismo tiempo más poderosos de todo el Evangelio: la resurrección de Lázaro.

No estamos hoy ante un simple milagro espectacular. Estamos ante una revelación del corazón de Cristo. Un corazón verdaderamente humano, capaz de conmoverse, de estremecerse, de llorar. Pero también un corazón divino, capaz de enfrentarse a la muerte y vencerla con su palabra soberana.

Hoy contemplamos a Jesús en Betania, junto a Marta y María, ante la tumba de su amigo Lázaro. Y allí descubrimos tres grandes verdades para nuestra vida:
Jesús comparte nuestro dolor, Jesús entra en nuestros sepulcros, y Jesús nos llama a la vida.

1. Jesús comparte nuestro dolor

El evangelio nos presenta una escena profundamente humana. María cae a los pies de Jesús y le dice:
“Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano.”

Es una frase cargada de amor, de fe, pero también de dolor. Es la frase de quien cree, pero sufre. La frase de quien ama al Señor, pero no entiende del todo sus tiempos. La frase de tantos creyentes que, en los momentos duros de la vida, también le han dicho a Dios:
“Señor, ¿por qué no llegaste antes?”
“Señor, ¿por qué permitiste esto?”
“Señor, ¿dónde estabas cuando más te necesitábamos?”

Y Jesús no responde con un discurso frío. No corrige inmediatamente. No regaña. No se distancia. El Evangelio dice que al ver llorar a María y a los que la acompañaban, se estremeció profundamente y se conmovió.

Ese estremecimiento de Jesús no es superficial. Es una sacudida interior. Es el estremecimiento del Hijo de Dios hecho hombre ante el sufrimiento humano. Es como si toda la tragedia de la muerte, del dolor, del pecado y de la ruptura de la creación buena del Padre golpeara su alma santísima.

Y luego viene una de las frases más cortas de toda la Escritura, pero también una de las más conmovedoras:
“Jesús lloró.”

Qué consuelo tan grande para nosotros. Nuestro Dios no es indiferente. Nuestro Dios no es una idea abstracta. Nuestro Dios no es un juez impasible encerrado en su gloria. Nuestro Dios, en Jesucristo, llora con nosotros.

Jesús llora ante la tumba del amigo. Llora viendo el dolor de las hermanas. Llora contemplando lo que el pecado ha hecho en la historia humana. Llora porque la muerte no formaba parte del proyecto original del Padre. Llora porque ama.

Y aquí hay una primera enseñanza para nosotros: la fe no elimina los sentimientos humanos; los redime.
Ser creyente no significa no llorar. No significa endurecerse. No significa aparentar fortaleza cuando por dentro uno está roto. Marta llora. María llora. Los judíos lloran. Y Jesús llora.

Por eso, si alguno de nosotros hoy viene a esta Eucaristía con un duelo reciente, con una herida abierta, con una tristeza honda, con el corazón apretado por una pérdida, que sepa esto: Jesús no se escandaliza de tus lágrimas. Jesús entra en tu dolor. Jesús lo conoce por dentro.

2. Cristo se enfrenta a la muerte

Sin embargo, Jesús no solo llora. También se enfrenta. Su conmoción no es solo ternura; también hay en ella una santa indignación. Como si en lo profundo de su ser se levantara un rechazo total ante el poder de la muerte.

Y esto es importante entenderlo. Jesús no se resigna a la muerte. No la normaliza. No la banaliza. No dice: “así es la vida” y ya. Él sabe que la muerte, el sufrimiento, la ruina interior del hombre, están ligados al drama del pecado. No eran el sueño original del Creador. Por eso, el corazón de Cristo se rebela, en el sentido más santo del término, contra aquello que destruye la vida de sus hijos.

A la luz de esto comprendemos mejor la primera lectura del profeta Ezequiel. El Señor dice a su pueblo:

“Yo mismo abriré sus sepulcros, los sacaré de sus tumbas, pueblo mío.”

Qué hermosa y qué potente es esta promesa. Dios no se limita a observar nuestra muerte desde lejos. Él mismo interviene. Él mismo entra. Él mismo abre. Él mismo rescata.

Israel se sentía como un pueblo enterrado, derrotado, exiliado, sin futuro. Y Dios les promete: “no se quedarán en la tumba.” Esa palabra se cumple anticipadamente en Lázaro, y alcanza su plenitud en Cristo resucitado.

Pero también se refiere a nosotros. Porque hay muchas formas de estar sepultados sin haber muerto físicamente. Hay tumbas interiores:
la tumba de un pecado que se volvió costumbre,
la tumba de una tristeza que ya no deja respirar,
la tumba de un resentimiento antiguo,
la tumba de una fe apagada,
la tumba de una culpa no entregada a Dios,
la tumba de una adicción,
la tumba de una relación destruida,
la tumba del cansancio espiritual.

Cuántas veces seguimos funcionando por fuera, pero por dentro estamos encerrados. Cuántas veces sonreímos, trabajamos, hablamos, celebramos incluso, pero en el alma cargamos una piedra pesada, una tumba cerrada, una zona muerta.

Y hoy el Señor nos dice con fuerza:
“Yo abriré tus sepulcros.”
No dice: “arréglatelas solo.”
No dice: “a ver si puedes salir.”
Dice: “Yo abriré.”

3. Desde lo hondo clamamos al Señor

El salmo de hoy parece brotar precisamente desde el corazón de Marta, de María y de todo ser humano herido:

“Desde lo hondo a ti grito, Señor.”

Ese “hondo” es el lugar de nuestra pobreza verdadera. Allí donde ya no podemos fingir. Allí donde ya no alcanzan las fórmulas. Allí donde se rompen nuestras seguridades. Desde lo hondo grita el enfermo. Desde lo hondo grita el pecador arrepentido. Desde lo hondo grita el que ha perdido un ser querido. Desde lo hondo grita el que se siente frágil, cansado, derrotado.

Y justamente desde allí comienza la salvación.

Porque el peligro más grande no es tocar fondo. El peligro más grande es cerrarse a Dios en el fondo. El salmista, en cambio, nos enseña el camino correcto: desde lo hondo clamar. No desesperar, sino invocar. No encerrarse, sino elevar la súplica.

Y añade una de las frases más hermosas de toda la Escritura:
“Del Señor viene la misericordia, la redención copiosa.”

Redención copiosa: abundante, desbordante, más grande que nuestro pecado, más grande que nuestro fracaso, más grande incluso que la muerte.

La Cuaresma es precisamente este tiempo para volver a creer que la misericordia de Dios es mayor que la piedra del sepulcro. A veces nosotros medimos nuestros problemas y nuestros pecados con la lógica humana: “esto ya no tiene arreglo”, “ya no puedo cambiar”, “esto ya está muerto”. Pero Dios no mira como nosotros. Donde nosotros vemos final, Él ve posibilidad. Donde nosotros vemos piedra, Él ve una puerta que puede abrir.

4. El Espíritu da vida

San Pablo, en la carta a los Romanos, nos lleva todavía más lejos. Nos recuerda que no estamos llamados a vivir según la carne, es decir, encerrados en una existencia dominada por la debilidad, el egoísmo y la muerte, sino según el Espíritu.

Y dice algo maravilloso:
“Si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en ustedes, el que resucitó a Cristo Jesús de entre los muertos dará vida también a sus cuerpos mortales.”

Esta es nuestra esperanza cristiana. No se trata solo de admirar a Jesús desde lejos. No se trata solo de recordar un acontecimiento pasado. Se trata de que el mismo Espíritu de la resurrección habita en nosotros por el bautismo.

El cristiano no es alguien resignado a morir por dentro. El cristiano es alguien habitado por el Espíritu de la vida.

Eso significa que la resurrección no es solo una promesa para el último día; comienza ya. Cada vez que un pecador se convierte, algo resucita. Cada vez que alguien perdona de corazón, algo resucita. Cada vez que un hombre o una mujer vuelven a la oración después de años de sequedad, algo resucita. Cada vez que uno sale del egoísmo y comienza a amar de verdad, algo resucita.

Hay personas que creen que la santidad consiste en no caer nunca. No. La santidad consiste, sobre todo, en dejar que el Espíritu de Cristo nos levante una y otra vez. En consentir que Dios ponga vida donde nosotros habíamos firmado la derrota.

5. “Lázaro, sal afuera”

Llegamos al culmen del evangelio. Jesús se hace llevar al sepulcro. Manda quitar la piedra. Y luego grita con voz fuerte:
“¡Lázaro, sal afuera!”

Es una orden breve, pero llena de autoridad, de ternura y de poder. La voz que un día llamó el universo a la existencia, ahora llama a un muerto a la vida. Y Lázaro sale.

Este signo anuncia algo mucho más grande: anuncia la Pascua de Cristo. Anuncia que Jesús no solo tiene compasión del hombre, sino poder sobre la muerte. Anuncia que la tumba no tendrá la última palabra. Anuncia que el amor de Dios es más fuerte que la corrupción del sepulcro.

Pero también es una palabra para cada uno de nosotros hoy. Porque Cristo sigue gritando:
“Sal afuera” de tu miedo.
“Sal afuera” de tu rencor.
“Sal afuera” de tu mediocridad espiritual.
“Sal afuera” de tu incredulidad.
“Sal afuera” de ese pecado al que te has acostumbrado.
“Sal afuera” de tu desesperanza.
“Sal afuera” de la imagen triste y derrotada que tienes de ti mismo.

A veces nosotros pensamos que Dios solo nos consuela. Y sí, nos consuela. Pero también nos llama. Nos saca. Nos levanta. No quiere que nos instalemos en la tumba.

Quizá alguno lleva mucho tiempo atrapado en una tristeza profunda. Quizá otro carga una herida familiar que no ha podido sanar. Quizá otro viene luchando hace años con la misma debilidad moral. Quizá alguno ha perdido el gusto por la oración, la esperanza, la fe. Hoy Jesús no solo llora contigo: hoy te llama fuera.

6. “Desátenlo y déjenlo caminar”

Lázaro sale, pero todavía viene atado con vendas. Entonces Jesús dice:
“Desátenlo y déjenlo caminar.”

Qué detalle tan hermoso. Cristo da la vida, pero también quiere contar con la comunidad para ayudar a quitar las ataduras. Aquí aparece la misión de la Iglesia.

Porque muchos salen del sepulcro, pero todavía necesitan ser desatados: del pasado, de la culpa, del miedo, de la vergüenza, de las heridas, de ciertas cadenas. Y Dios quiere servirse de nosotros para eso.

Una comunidad cristiana de verdad no es una comunidad que juzga al que estaba muerto. Es una comunidad que ayuda a desatarlo. No es una comunidad que le recuerda todo el tiempo su sepulcro. Es una comunidad que lo acompaña en su nueva vida.

Cuántas veces nuestras familias, nuestras parroquias, nuestros grupos apostólicos están llamados a ser espacios donde el que estaba caído pueda levantarse, donde el que estaba herido pueda sanar, donde el que vuelve a Dios no sea humillado sino acogido.

7. Una palabra para nuestros duelos

Este evangelio tiene una resonancia especial para quienes han vivido o están viviendo un duelo. Jesús no elimina el dolor de Marta y María, pero entra en él. No evita pasar por la tumba, pero transforma la tumba en lugar de revelación.

Así también ocurre con nosotros. El Señor no siempre evita la pérdida que tememos. No siempre responde como quisiéramos. Pero nunca abandona. Nunca llega tarde desde la perspectiva de la salvación. Nunca deja de actuar.

Cuando muere un ser querido, pareciera que todo se rompe. Pero la fe cristiana nos recuerda que la muerte no es el final. Lázaro resucitado es un signo; Cristo resucitado es la victoria definitiva. En Él, toda lágrima puede encontrar sentido. En Él, todo sepulcro queda provisional. En Él, la esperanza se vuelve más fuerte que la ausencia.

Conclusión

Queridos hermanos, en este quinto domingo de Cuaresma contemplamos a un Jesús verdaderamente cercano:
un Jesús que se conmueve,
un Jesús que llora,
un Jesús que se enfrenta a la muerte,
un Jesús que llama a la vida.

Ezequiel nos dice: “Abriré sus sepulcros.”
El salmo nos hace clamar: “Desde lo hondo a ti grito, Señor.”
San Pablo proclama: “El Espíritu dará vida a sus cuerpos mortales.”
Y el evangelio culmina con esa voz poderosa: “Lázaro, sal afuera.”

Pidámosle hoy al Señor que visite nuestras tumbas interiores. Que ponga su mano allí donde nos sentimos muertos. Que quite la piedra que nosotros no hemos podido mover. Que nos dé la gracia de creer como Marta, de esperar como María y de dejarnos resucitar por su palabra.

Y si hoy venimos con lágrimas, no tengamos vergüenza: Jesús también lloró.
Y si hoy venimos con algo muerto por dentro, no desesperemos: Jesús sigue llamando a la vida.
Y si hoy nos sentimos débiles, no olvidemos: el Espíritu del Resucitado habita en nosotros.

Que esta Eucaristía nos haga escuchar en lo más profundo del alma esa voz del Señor que nos dice:
“Sal afuera.”

Amén.

Si deseas, te la adapto ahora en versión breve de 7 a 9 minutos para predicar, o también te preparo un mensaje corto para feligreses y seguidores a partir de esta homilía.

 

21 de marzo del 2026: sábado de la cuarta semana de Cuaresma

 ¿A quién seguimos?

(Juan 7:40-53) La multitud está dividida en cuanto a Jesús. Y a nosotros ¿qué divisiones nos asaltan? ¿A qué Mesías estamos siguiendo? «Seguimos a un Mesías sin armas ni armadura […] Seguimos a un Señor vestido de esclavo […] Seguimos a un Mesías loco para los potentes o poderosos […] Su amor obra maravillas por nosotros», canta un himno de Didier Rimaud,

Enviados en este mundo. Que esta canción tome forma en nuestras vidas desarmándonos.

Colette Hamza, Xavière


(Juan 7, 40-53) A semejanza de Nicodemo, si estar inspirado por la Palabra de Dios se percibe como estar alejado, ¡entonces yo quiero alejarme! Alejarme hasta el punto de no obedecer cuando me piden que cometa una injusticia.

 



Primera lectura

Lectura del libro de Jeremías (11,18-20):

EL Señor me instruyó, y comprendí,
me explicó todas sus intrigas.
Yo, como manso cordero,
era llevado al matadero;
desconocía los planes
que estaban urdiendo contra mí:
«Talemos el árbol en su lozanía,
arranquémoslo de la tierra de los vivos,
que jamás se pronuncie su nombre».
Señor del universo,
que juzgas rectamente,
que examinas las entrañas y el corazón,
deja que yo pueda ver
cómo te vengas de ellos,
pues a ti he confiado mi causa.


Palabra de Dios

 

 

Salmo

Sal 7,2-3.9bc-10.11-12

R/.
 Señor, Dios. mío, a ti me acojo

V/. Señor, Dios mío, a ti me acojo,
líbrame de mis perseguidores y sálvame;
que no me atrapen como leones
y me desgarren sin remedio. R/.

V/. Júzgame, Señor, según mi justicia,
según la inocencia que hay en mí.
Cese la maldad de los culpables,
y apoya tú al inocente,
tú que sondeas el corazón y las entrañas,
tú, el Dios justo. R/.

V/. Mi escudo es Dios,
que salva a los rectos de corazón.
Dios es un juez justo,
Dios amenaza cada día. R/.

 

 

Lectura del santo evangelio según san Juan (7,40-53):

EN aquel tiempo, algunos de entre la gente, que habían oído los discursos de Jesús, decían:
«Este es de verdad el profeta».
Otros decían:
«Este es el Mesías».
Pero otros decían:
«¿Es que de Galilea va a venir el Mesías? ¿No dice la Escritura que el Mesías vendrá del linaje de David, y de Belén, el pueblo de David?».
Y así surgió entre la gente una discordia por su causa.
Algunos querían prenderlo, pero nadie le puso la mano encima.
Los guardias del templo acudieron a los sumos sacerdotes y fariseos, y estos les dijeron:
«¿Por qué no lo habéis traído?».
Los guardias respondieron:
«Jamás ha hablado nadie como ese hombre».
Los fariseos les replicaron:
«También vosotros os habéis dejado embaucar? ¿Hay algún jefe o fariseo que haya creído en él? Esa gente que no entiende de la ley son unos malditos».
Nicodemo, el que había ido en otro tiempo a visitarlo y que era fariseo, les dijo:
«¿Acaso nuestra ley permite juzgar a nadie sin escucharlo primero y averiguar lo que ha hecho?».
Ellos le replicaron:
«¿También tú eres galileo? Estudia y verás que de Galilea no salen profetas».
Y se volvieron cada uno a su casa.


Palabra del Señor

 

 1

 

Comentarios a las Lecturas

Primera Lectura: Jeremías 11,18-20

Jeremías, el profeta que fue elegido desde antes de nacer, experimenta en carne propia el rechazo, la traición y el deseo de muerte de parte de quienes debían escuchar la voz de Dios a través de él. No es difícil ver en Jeremías una figura que anticipa a Cristo: inocente, perseguido, dispuesto a confiar en Dios como su juez justo. "Tú, Señor de los ejércitos, juzgas con justicia..." Esta súplica muestra el corazón herido pero firme del profeta que no busca venganza sino verdad.

Salmo 7

El salmo es una plegaria del justo perseguido. Se convierte en un eco natural de Jeremías y de tantos inocentes que confían en que Dios es su defensa. "Tú que salvas a los rectos de corazón..." Es una oración que puede hacer nuestra la Iglesia entera, y especialmente los que viven el sufrimiento en silencio, con fe.

Evangelio: Juan 7,40-53

La figura de Jesús divide a la multitud. Unos lo reconocen como profeta, otros como el Mesías, pero también hay quien lo rechaza por prejuicios (¿acaso de Galilea puede venir algo bueno?). Y los fariseos descalifican incluso a quienes se atreven a dudar. Jesús no habla en este pasaje, pero su silencio resuena. No necesita defenderse: su vida, sus obras, su verdad, hablan por sí mismas. En medio de todo esto, aparece Nicodemo, quien tímidamente defiende el derecho a ser escuchado antes de ser condenado. La luz empieza a abrirse paso, incluso en las tinieblas del Sanedrín.

 

Homilía:

La Inocencia Perseguida y la Fidelidad de María

Queridos hermanos:

Hoy la Palabra nos habla de un drama humano que se repite a lo largo de la historia: la persecución del justo. Jeremías, Jesús, y tantos testigos de la verdad, han sido incomprendidos, rechazados o incluso eliminados. El corazón del hombre, cuando se cierra a Dios, se convierte en tierra árida, incapaz de reconocer la verdad incluso cuando la tiene delante.

El profeta Jeremías representa al hombre de Dios que sufre por hablar con valentía. Como Cristo, no se defiende con violencia, sino que se abandona a la justicia divina. Nos recuerda que seguir a Dios implica incomodidad, cruz, riesgo. Pero también nos recuerda que Dios no abandona al justo.

En el Evangelio, la figura de Jesús se convierte en punto de división. La verdad no deja indiferente. Quien escucha a Jesús con corazón limpio, se deja transformar. Pero quien escucha con prejuicio o soberbia, cierra su alma a la gracia.

Y en medio de esta Palabra, celebramos hoy a María en este sábado. Ella también fue testigo de la injusticia, del rechazo, del dolor de su Hijo. María es la madre del inocente perseguido, la mujer que guardaba todo en su corazón y que, en silencio, permanecía fiel. No interviene con palabras, sino con su presencia: firme, serena, confiada. Su fidelidad callada ilumina nuestro camino cuaresmal.

Ella nos enseña a sufrir con esperanza, a creer sin ver, a esperar la justicia de Dios incluso cuando todo parece oscuro. Que en esta Cuaresma podamos caminar como Jeremías, como Jesús, y como María: con verdad, con humildad y con confianza.

 

Conclusión

Que esta Eucaristía sea para nosotros un momento de purificación del corazón. Que aprendamos a reconocer al Justo que viene a salvarnos, sin prejuicios ni resistencias. Y que como María, permanezcamos de pie, al lado de la cruz, confiando en que Dios escribe recto sobre renglones torcidos.

Amén.


2

Los guardias respondieron:
«Jamás ha hablado nadie como ese hombre».

Juan 7:46

 

 

Los guardias y muchos otros estaban asombrados de Jesús, asombrados por las palabras que habló. Estos guardias fueron enviados a arrestar a Jesús por orden de los principales sacerdotes y fariseos, pero los guardias no se atrevieron a arrestarlo. Quedaron impotentes ante el “factor de asombro” que Jesús irradiaba.  

 

Cuando Jesús enseñó, comunicó algo más allá de sus palabras. Sí, Sus palabras fueron poderosas y transformadoras, pero también fue la forma en que habló. Fue difícil de explicar, pero está claro que, cuando habló, también comunicó un poder, una calma, una convicción y una presencia. Él comunicó Su Divina Presencia y fue inconfundible. La gente simplemente sabía que este hombre Jesús era diferente de todos los demás y se aferraban a cada una de Sus palabras.

 

Dios todavía se comunica con nosotros de esta manera. Jesús todavía nos habla con este “factor de asombro”. Simplemente tenemos que estar atentos a ello. Debemos esforzarnos por estar atentos a las formas en que Dios habla de manera clara y convincente, con autoridad, claridad y convicción. Puede ser algo que alguien dice, o puede ser una acción de otro que nos toca. Puede ser un libro que leemos o un sermón que escuchamos. Cualquiera que sea el caso, debemos buscar este factor de asombro porque es allí donde encontraremos a Jesús mismo.

 

Curiosamente, este factor de asombro también invitó a críticas extremas. Los que tenían una fe sencilla y honesta respondieron bien, pero los que eran egocéntricos y farisaicos respondieron con condenación e ira. Estaban claramente celosos. Incluso criticaron a los guardias y otros que estaban impresionados por Jesús.

 

Reflexione, hoy, sobre las formas en que Dios lo ha dejado asombrado por Su mensaje y Su amor. Busque Su voz de convicción y claridad. Sintonice la forma en que Dios está tratando de comunicarse y no preste atención al ridículo y a la crítica que puede experimentar cuando busca seguir Su Voz. Su Voz debe ganar y atraerle para que pueda saborear todo lo que Él quiere decir.

 

 

Mi imponente Señor, que pueda estar atento a Tu Voz inconfundible y a la autoridad con la que hablas. Que me sorprenda todo lo que quieras decir. Y mientras te escucho, amado Señor, dame el coraje para responder con fe sin importar la reacción de los demás. Te amo, amado Señor, y deseo quedar perplejo con cada una de Tus Palabras, escuchando con asombro y admiración. Jesús, en Ti confío.

viernes, 20 de marzo de 2026

20 de marzo del 2026: viernes de la cuarta semana de Cuaresma

 

Ya casi es la hora

(Juan 7, 2.10.14.25-30) «A mí me conocéis, y conocéis de dónde vengo”.

Dejémonos interpelar por Cristo.

Esta Cuaresma nos es dada para conocerlo mejor, para purificar el conocimiento que tenemos o creemos tener de él, para descubrirlo más grande, más allá.

¡Nadie puede ponerle las manos encima, nuestras palabras, nuestros corazones no pueden detenerlo, contenerlo!

Entremos en la hora de su libertad soberana, amor ofrecido sin exclusividad.

Colette Hamza, Xavière


(Sabiduría 2, 1a.12-22 y Salmo 33) ¿Qué tiene de inquietante buscar —y encontrar— refugio en el Señor? ¿Cómo podría ser indiferente al llanto de sus hijos y no librarlos de todas sus angustias?

Primera lectura

Lectura del libro de la Sabiduría (2,1a.12-22):

SE decían los impíos, razonando equivocadamente:
«Acechemos al justo, que nos resulta fastidioso:
se opone a nuestro modo de actuar,
nos reprocha las faltas contra la ley
y nos reprende contra la educación recibida;
presume de conocer a Dios
y se llama a sí mismo hijo de Dios.
Es un reproche contra nuestros criterios,
su sola presencia nos resulta insoportable.
Lleva una vida distinta de todos los demás
y va por caminos diferentes.
Nos considera moneda falsa
y nos esquiva como a impuros.
Proclama dichoso el destino de los justos,
y presume de tener por padre a Dios.
Veamos si es verdad Jo que dice,
comprobando cómo es su muerte.
Si el justo es hijo de Dios, él lo auxiliará
y lo librará de las manos de sus enemigos.
Lo someteremos a ultrajes y torturas,
para conocer su temple y comprobar su resistencia.
Lo condenaremos a muerte ignominiosa,
pues, según dice, Dios lo salvará».
Así discurren, pero se equivocan,
pues los ciega su maldad.
Desconocen los misterios de Dios,
no esperan el premio de la santidad,
ni creen en la recompensa de una vida intachable.


Palabra de Dios

 

 

Salmo

Sal 33,17-18.19-20,21.23

R/.
 El Señor está cerca de los atribulados

V/. El Señor se enfrenta con los malhechores,
para borrar de la tierra su memoria.
Cuando uno grita, el Señor lo escucha
y lo libra de sus angustias. R/.

V/. El Señor está cerca de los atribulados,
salva a los abatidos.
Aunque el justo sufra muchos males,
de todos lo libra el Señor. R/.

V/. Él cuida de todos sus huesos,
y ni uno solo se quebrará.
El Señor redime a sus siervos,
no será castigado quien se acoge a él.
 R/.

 

 

Lectura del santo evangelio según san Juan (7,1-2.10.25-30):

EN aquel tiempo, recorría Jesús Galilea, pues no quería andar por Judea porque los judíos trataban de matarlo. Se acercaba la fiesta judía de las Tiendas.
Una vez que sus hermanos se hubieron marchado a la fiesta, entonces subió él también, no abiertamente, sino a escondidas.
Entonces algunos que eran de Jerusalén dijeron:
«¿No es este el que intentan matar? Pues mirad cómo habla abiertamente, y no le dicen nada. ¿Será que los jefes se han convencido de que este es el Mesías? Pero este sabemos de dónde viene, mientras que el Mesías, cuando llegue, nadie sabrá de dónde viene».
Entonces Jesús, mientras enseñaba en el templo, gritó:
«A mí me conocéis, y conocéis de dónde vengo. Sin embargo, yo no vengo por mi cuenta, sino que el Verdadero es el que me envía; a ese vosotros no lo conocéis; yo lo conozco, porque procedo de él y él me ha enviado».
Entonces intentaban agarrarlo; pero nadie le pudo echar mano, porque todavía no había llegado su hora.


Palabra del Señor


1

Las lecturas de este viernes de la cuarta semana de Cuaresma nos invitan a reflexionar sobre el sufrimiento del justo y la oposición que enfrenta al vivir según la voluntad de Dios. Además, nos llaman a orar por quienes padecen injusticias y por la conversión de los pecadores.​

Primera Lectura: Sabiduría 2,1a.12-22

El libro de la Sabiduría nos presenta el pensamiento de los impíos, quienes, al sentirse confrontados por la vida recta del justo, deciden perseguirlo y ponerlo a prueba. Ven en su conducta una acusación contra sus propios actos y, por ello, buscan eliminarlo. 

Este pasaje es una prefiguración del sufrimiento de Cristo, el Justo por excelencia, quien fue rechazado y condenado por aquellos a quienes vino a salvar.​

Salmo 34(33),17-18.19-20.21 y 23

El salmista nos recuerda que el Señor está cerca de los que sufren y salva a los abatidos. Aunque el justo enfrente muchas adversidades, Dios lo libra de todas ellas. 

Este salmo es una invitación a confiar en la protección divina y a mantenernos firmes en la fe, incluso en medio de las pruebas.​

Evangelio: Juan 7,1-2.10.25-30

En el evangelio, vemos a Jesús enfrentando la hostilidad de las autoridades judías que buscan matarlo. A pesar del peligro, Jesús continúa enseñando en el templo, revelando su identidad y su misión. Sin embargo, muchos no lo reconocen y cuestionan su origen. 

Jesús les responde que su conocimiento y misión provienen del Padre, pero ellos no comprenden porque no conocen verdaderamente a Dios.​

Reflexión Penitencial

Estas lecturas nos invitan a una profunda introspección durante este tiempo cuaresmal. Nos confrontan con la realidad del sufrimiento del justo y nos llaman a solidarizarnos con quienes padecen injusticias en el mundo. 

Es un momento propicio para examinar nuestras propias acciones y actitudes: ¿Somos causa de sufrimiento para otros? ¿Nos mantenemos indiferentes ante el dolor ajeno?​

La figura de Jesús, que enfrenta la persecución con valentía y fidelidad a su misión, nos inspira a mantenernos firmes en nuestra fe y a actuar con justicia y amor, incluso cuando enfrentamos oposición. Nos recuerda que seguir a Cristo implica cargar nuestra cruz y estar dispuestos a enfrentar dificultades por causa del Evangelio.​

Oración por los que Sufren y por la Conversión de los Pecadores

Señor misericordioso, te presentamos a todos aquellos que sufren injusticias, persecuciones y dolores en el mundo. Sé su refugio y fortaleza, y bríndales consuelo en medio de sus tribulaciones. Te pedimos también por la conversión de los pecadores, incluyendo nosotros mismos, para que, iluminados por tu Espíritu, volvamos nuestro corazón hacia Ti y vivamos según tu voluntad. Amén.

Que este tiempo de Cuaresma nos ayude a renovar nuestro compromiso con Dios, a solidarizarnos con los que sufren y a buscar la conversión sincera de nuestro corazón.

​Para finalizar, volvamos nuestro corazón hacia la Santísima Virgen María, modelo perfecto de fe y obediencia. Confiemos en ella nuestra vida y nuestros anhelos de obrar conforme a la voluntad de Dios. Pidámosle que, con su intercesión, nos inspire y proteja en nuestro caminar diario.​

Te invito a rezar con devoción la oración del "Memorare", una súplica tradicional que nos recuerda la poderosa intercesión de Nuestra Madre celestial:​

"Acordaos, ¡oh piadosísima Virgen María!, que jamás se ha oído decir que ninguno de los que han acudido a vuestra protección, implorando vuestra asistencia y reclamando vuestro socorro, haya sido desamparado. Animado por esta confianza, a Vos también acudo, ¡oh Madre, Virgen de las vírgenes!, y gimiendo bajo el peso de mis pecados me atrevo a comparecer ante vuestra presencia soberana. ¡Oh Madre del Verbo!, no desechéis mis súplicas, antes bien, escuchadlas y acogedlas benignamente. Amén."​

Que María nos guíe siempre hacia su Hijo Jesús y nos ayude a vivir según el Evangelio.


 

2


El Nuevo Moisés


 

EN aquel tiempo, recorría Jesús Galilea, pues no quería andar por Judea porque los judíos trataban de matarlo. Se acercaba la fiesta judía de las Tiendas.
Una vez que sus hermanos se hubieron marchado a la fiesta, entonces subió él también, no abiertamente, sino a escondidas.

 

Juan 7:1–2 ; 10

 

La Fiesta Judía de los Tabernáculos era una de las tres grandes fiestas durante las cuales el pueblo peregrinaba al Templo de Jerusalén para conmemorar la acción salvadora de Dios en sus vidas.

 Esta fiesta en particular era para conmemorar los 40 años que los israelitas viajaron por el desierto y habitaron en tiendas o cabañas, mientras deambulaban y eran guiados por Moisés. Por lo tanto, la fiesta también se conoce como la “Fiesta de las Cabañas”. 

Durante los siete días de esta fiesta, la gente instalaba tiendas (cabañas) alrededor del área del Templo y vivían en ellas para conmemorar el viaje de sus antepasados.

En el pasaje evangélico citado arriba, leemos que Jesús subió a escondidas a la fiesta. San Agustín explica que esto significa que, aunque Jesús estaba presente, la plena revelación de su identidad divina estaba oculta para muchos. Él estaba físicamente allí, pero muchos no sabían quién era.

Ese año en particular, cuando la fiesta estaba a la mitad, Jesús apareció en el área del Templo y comenzó a enseñar. Muchos se asombraron de Sus palabras, y otros pensaron que estaba poseído. Después de enseñarle a la gente, hubo mucho desacuerdo entre ellos acerca de la identidad de nuestro Señor. Jesús les dijo: «A mí me conocéis, y conocéis de dónde vengo. Sin embargo, yo no vengo por mi cuenta, sino que el Verdadero es el que me envía; a ese vosotros no lo conocéis; yo lo conozco, porque procedo de él y él me ha enviado».

En esa declaración, Jesús esencialmente estaba diciendo que entre los que lo escuchaban, algunos habían llegado a creer en Él y habían descubierto Su verdadera identidad como el Mesías, mientras que otros carecían del don de la fe y permanecían ciegos a Él. Para ellos, Su esencia divina permaneció en secreto.

De manera simbólica, la presencia de Jesús en la Fiesta de los Tabernáculos lo revela como el nuevo Moisés. Fue Moisés quien condujo al pueblo a través del desierto durante 40 años hacia la tierra prometida mientras vivían en tiendas. Nuestro Señor ahora asumía ese papel de guiar a las personas que estaban conmemorando este viaje de 40 años apareciendo en el Templo y señalando a las personas el Cielo, la verdadera Tierra Prometida.

Hoy, nuestro Señor sigue guiando a su pueblo por el camino de la vida viniendo a cada uno de nosotros para enseñarnos y revelarnos su presencia divina. Algunos escuchan y creen y continúan el viaje. A ellos se les revelan los secretos de nuestro Señor. Otros no creen y, por su falta de fe, no logran descubrir la presencia escondida de nuestro Señor a su alrededor.

Reflexione hoy sobre la imagen de Jesús viniendo hacia nosotros durante nuestro largo camino por el desierto de esta vida. Él inicialmente viene a nosotros en secreto, velado en Su verdadera esencia. Mientras nos enseña, desea levantar ese velo y revelarnos Su verdadera gloria. Él desea que habitemos con Él a través de la oración y permanezcamos atentos a Su Palabra.

Mientras contempla usted a nuestro Señor, reflexione sobre la cuestión de cuán claramente lo escucha hablar cada día. Él está aquí, con usted siempre. Pero ¿está usted con Él? ¿Lo escucha, cree en Él, lo sigue y lo sirve? ¿Permite usted que Él lo guíe cada día hacia sus promesas de nueva vida? Permita que nuestro Señor plante Su tienda junto a la suya para que esté diariamente atento a Su enseñanza y sea conducido por Él a las glorias del Cielo.


Mi oculto Señor, Tú viniste a revelar a todas las personas Tu amor ardiente e invitación a la vida eterna. Por favor, ven y habita conmigo durante mi viaje por la vida, y abre mi mente y mi corazón a todo lo que Tú deseas revelar. Que pueda conocerte plenamente y seguirte hasta la Tierra Prometida del Cielo. Jesús, en Ti confío.


22 de marzo del 2026: quinto domingo de Cuaresma- Ciclo A

  Cuando la fe despierta la vida Lázaro y sus hermanas, Marta y María, amigos íntimos de Jesús, están sumergidos en el dolor del duelo. La...