viernes, 30 de enero de 2026

31 de enero del 2026: sábado de la tercera semana del tiempo ordinario-II- San Juan Bosco, presbítero- memoria obligatoria

 

San Juan Bosco

1815-1888.

«La oración es compañera inseparable de la vida cristiana», afirmó el fundador de los Salesianos y las Hijas de María Auxiliadora, quien dedicó su vida a los niños desocupados de las ciudades. Educador excepcional, concibió una pedagogía innovadora basada en el trabajo, la oración y la alegría. Canonizado en 1934.

 

 

A bordo con Jesús

(Marcos 4, 35-41) Los discípulos llevan al Señor en su barca. Lo “embarcan” en el sentido literal del término. Jesús no retrocede ante la incomodidad de la embarcación ni ante los riesgos propios de toda travesía por el mar.
¿Tenemos nosotros la misma sencillez que los apóstoles para llevar a Jesús con nosotros?
¿O preferimos relegarlo a algunos aspectos accesorios y secundarios de nuestra vida?

Bertrand Lesoing, prêtre de la communauté Saint-Martin

 


Primera lectura

2 Sam 12, 1-7a. 10-17

He pecado contra el Señor

Lectura del segundo libro de Samuel.

EN aquellos días, el Señor envió a Natán a ver a David y, llegado a su presencia, le dijo:
«Había dos hombres en una ciudad, uno rico y el otro pobre. El rico tenía muchas ovejas y vacas. El pobre, en cambio, no tenía más que una cordera pequeña que había comprado. La alimentaba y la criaba con él y con sus hijos. Ella comía de su pan, bebía de su copa y reposaba en su regazo; era para él como una hija.
Llegó un peregrino a casa del rico, y no quiso coger una de sus ovejas o de sus vacas y preparar el banquete para el hombre que había llegado a su casa, sino que cogió la cordera del pobre y la aderezó para el hombre que había llegado a su casa».
La cólera de David se encendió contra aquel hombre y replicó a Natán:
«Vive el Señor que el hombre que ha hecho tal cosa es reo de muerte. Resarcirá cuatro veces la cordera, por haber obrado así y por no haber tenido compasión».
Entonces Natán dijo a David:
«Tú eres ese hombre. Pues bien, la espada no se apartará de tu casa jamás, por haberme despreciado y haber tomado como esposa a la mujer de Urías, el hitita”. Así dice el Señor:
“Yo voy a traer la desgracia sobre ti, desde tu propia casa. Cogeré a tus mujeres ante tus ojos y las entregaré a otro, que se acostará con ellas a la luz misma del sol. Tú has obrado a escondidas. Yo, en cambio, haré esto a la vista de todo Israel y a la luz del sol”».
David respondió a Natán:
«He pecado contra el Señor».
Y Natán le dijo:
«También el Señor ha perdonado tu pecado. No morirás. Ahora bien, por haber despreciado al Señor con esa acción, el hijo que te va a nacer morirá sin remedio».
Natán se fue a su casa.
El Señor hirió al niño que la mujer de Urías había dado a David y cayó enfermo.
David oró con insistencia a Dios por el niño. Ayunaba y pasaba las noches acostado en tierra.
Los ancianos de su casa se acercaron a él e intentaban obligarlo a que se levantara del suelo, pero no accedió, ni quiso tomar con ellos alimento alguno.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 50, 12-13. 14-15. 16-17 (R.: 12a)

R. Oh, Dios, crea en mí un corazón puro.

V. Oh, Dios, crea en mí un corazón puro,
renuévame por dentro con espíritu firme.
No me arrojes lejos de tu rostro,
no me quites tu santo espíritu. 
R.

V. Devuélveme la alegría de tu salvación,
afiánzame con espíritu generoso.
Enseñaré a los malvados tus caminos,
los pecadores volverán a ti. 
R.

V. Líbrame de la sangre, oh, Dios,
Dios, Salvador mío,
y cantará mi lengua tu justicia.
Señor, me abrirás los labios,
y mi boca proclamará tu alabanza. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito; todo el que cree en él tiene vida eterna. R.

 

Evangelio

Mc 4, 35-41

¿Quién es este? ¡Hasta el viento y el mar lo obedecen!

Lectura del santo Evangelio según san Marcos.

AQUEL día, al atardecer, dice Jesús a sus discípulos:
«Vamos a la otra orilla».
Dejando a la gente, se lo llevaron en barca, como estaba; otras barcas lo acompañaban. Se levantó una fuerte tempestad y las olas rompían contra la barca hasta casi llenarla de agua. Él estaba en la popa, dormido sobre un cabezal.
Lo despertaron, diciéndole:
«Maestro, ¿no te importa que perezcamos?».
Se puso en pie, increpó al viento y dijo al mar:
«¡Silencio, enmudece!».
El viento cesó y vino una gran calma.
Él les dijo:
«¿Por qué tienen miedo? ¿Aún no tienen fe?».
Se llenaron de miedo y se decían unos a otros:
«¿Pero quién es este? ¡Hasta el viento y el mar lo obedecen!».

Palabra del Señor.

 

 

1

 

1) “Tú eres ese hombre”: cuando Dios nos devuelve el nombre

La Palabra de hoy tiene un filo que corta, pero no para humillar: corta para sanar. La escena es fuerte: el profeta Natán le cuenta una historia a David… y David, indignado, condena al culpable. Entonces cae la frase como relámpago: “Tú eres ese hombre”.

Muchas veces nos pasa igual: somos muy lúcidos para juzgar lo ajeno, pero torpes para mirar nuestra propia casa. Es como si la conciencia tuviera “puntos ciegos”: justificamos lo que nos conviene, minimizamos lo que nos deja mal, maquillamos lo que nos da vergüenza. Y Dios, que no quiere nuestra destrucción sino nuestra verdad, nos habla con misericordia… pero con claridad.

No es una acusación para aplastarnos; es una llamada para despertarnos. En el fondo, Dios le está diciendo a David: “Vuelve a ser tú. No te pierdas. No te acostumbres al pecado. No te anestesies”.

2) El Salmo 51: el arrepentimiento que no es culpa tóxica, sino camino

El Salmo 51 es el corazón penitencial de la Biblia. Y hoy conviene distinguir dos cosas:

  • Culpa tóxica: te encierra, te etiqueta (“soy un desastre”), te hace creer que ya no hay salida, te quita la esperanza.
  • Contrición verdadera: te abre, te vuelve humilde, te hace pedir ayuda, te devuelve la confianza: “Crea en mí, oh Dios, un corazón puro”.

Por eso el salmista no pide primero castigo, sino un corazón nuevo, un espíritu firme, la alegría de la salvación. El arrepentimiento cristiano no es una cárcel: es una puerta.

Y en la Primera Lectura vemos que David no se defiende con discursos. Reconoce, se duele, suplica, ayuna, intercede. Su pecado fue real, pero también es real su deseo de volver. La gracia comienza cuando dejamos de actuar como abogados de nosotros mismos y nos atrevemos a ser, por fin, sinceros ante Dios.

3) La tormenta en el lago: el miedo que grita “¡No te importa!”

En el Evangelio, los discípulos están en una barca y se desata la tempestad. Ellos no dicen: “Señor, ayúdanos”, sino algo más doloroso: “¿No te importa que perezcamos?”

Esa pregunta es muy humana. Cuando uno está cansado, herido, con culpa encima o con problemas que no ceden, aparece la tentación de pensar: “Dios no se da cuenta… Dios no me ve… Dios se quedó dormido”. Y justamente el texto dice que Jesús dormía.

Pero ese “sueño” de Jesús no es indiferencia: es una invitación a la fe madura. Porque la fe infantil exige señales inmediatas; en cambio la fe adulta aprende a confiar incluso cuando no entiende. Jesús se levanta, increpa al mar, trae calma… y luego hace una pregunta que atraviesa: “¿Por qué tienen miedo? ¿Aún no tienen fe?”

Ojo: Jesús no ridiculiza el miedo. El miedo es normal. Lo que Él cuestiona es el miedo que se vuelve dueño, que destrona la confianza, que nos hace interpretar todo como abandono.

4) Uniendo las lecturas: dos tormentas, un mismo Dios

Hoy vemos dos tormentas:

1.    La tormenta interior de David: el desorden del pecado, la culpa, las consecuencias, el dolor.

2.    La tormenta exterior de los discípulos: el mar embravecido, la amenaza real, la sensación de perder el control.

Y en ambas, Dios actúa de forma parecida:

  • primero ilumina la verdad (Natán desenmascara)
  • luego ofrece un camino (el Salmo enseña a pedir un corazón nuevo)
  • y finalmente devuelve la paz (Jesús calma el mar y reconstruye la confianza).

Dios no nos salva negando el problema, sino entrando en él.

5) San Juan Bosco: la pedagogía de la esperanza

Qué providencial celebrar hoy a Don Bosco. Él trabajó con muchachos difíciles, pobres, heridos, impulsivos… jóvenes que eran, en cierto sentido, “tormentas caminando”. ¿Y qué hizo?

  • No los definió por su caída, sino por su futuro.
  • No educó con miedo, sino con cercanía.
  • No corrigió humillando, sino formando el corazón.

Don Bosco nos enseña que la santidad también es pedagogía: acompañar procesos, creer en la gracia, crear ambientes donde sea más fácil hacer el bien.

Y aquí la Palabra nos deja una tarea pastoral:

  • cuando alguien cae, no lo condenes para siempre; ayúdalo a levantarse.
  • cuando alguien tiene miedo, no lo ridiculices; acompáñalo a confiar.
  • cuando un joven se equivoca, no lo descartes; muéstrale camino.

6) Memoria de María en sábado: la Madre en la barca

En este sábado, miramos a María como presencia silenciosa y firme. Ella conoce tormentas: la huida, la pobreza, el exilio, la cruz, la incertidumbre. Y, sin embargo, guarda, confía, permanece.

Pídele hoy a la Virgen una gracia sencilla y enorme: no desesperar. Que tu corazón no se vuelva duro ni cínico. Que no pierdas la esperanza ni cuando te veas frágil como David, ni cuando sientas el viento en contra como los discípulos.

7) Aplicaciones concretas para la vida

Te propongo tres decisiones para esta semana:

1.    Nombrar la verdad: “Señor, esto es lo que hay en mí”. Sin excusas, sin teatro.

2.    Rezar el Salmo 51 despacio: no como fórmula, sino como medicina.

3.    Una obra de reparación: pide perdón a alguien, devuelve lo que no es tuyo, corta una relación dañina, retoma una disciplina espiritual, busca acompañamiento… algo concreto.

Porque la conversión real siempre toca la vida real.


Oración final

Señor Jesús, que duermes en la barca y, sin embargo, eres el Señor del mar:
cuando se levanten tormentas en mi conciencia, dame humildad para reconocer;
cuando se levanten tormentas en mi historia, dame fe para no desconfiar;
y cuando yo pregunte “¿No te importa?”, recuérdame que tu cruz es la prueba de tu amor.

Por intercesión de San Juan Bosco, haznos pastores y educadores de esperanza;
y por la ternura de María, Madre fiel, llévanos a la paz que solo Tú puedes dar. Amén.

 

2

 


1. “Lo embarcaron tal como estaba”

El Evangelio comienza con un detalle aparentemente insignificante, pero profundamente revelador: “Se llevaron a Jesús en la barca, tal como estaba”.
No lo acondicionaron, no lo acomodaron, no esperaron mejores condiciones. Lo embarcaron así, con todo lo que implicaba.

Eso nos interpela directamente:
¿Llevamos a Jesús con nosotros, dentro de la barca real de nuestra vida, con sus incomodidades, límites y riesgos?
¿O lo dejamos en la orilla, reducido a momentos puntuales, a lo “religioso”, a lo que no compromete demasiado?

Los discípulos no invitan a Jesús a una barca cómoda y segura; lo suben a una barca frágil, expuesta al viento y al oleaje. Seguir a Jesús nunca ha sido garantía de comodidad, pero sí de sentido.

2. La barca de David: pecado, verdad y conversión

La primera lectura nos presenta otra “barca sacudida por la tormenta”: la vida de David. Su pecado lo ha llevado a un profundo desorden interior. Y Dios, que no abandona, envía a Natán para ayudarlo a reconocer la verdad.

El pecado no es solo una falta moral; es una ruptura de la confianza, una grieta que deja entrar el caos. David podría haberse justificado, defendido, excusado… pero no lo hace. Acepta la palabra que lo confronta.

Aquí se une la Palabra:

  • en la barca del lago, los discípulos enfrentan el miedo;
  • en la barca de su conciencia, David enfrenta la verdad.

En ambos casos, la salvación comienza cuando se deja actuar a Dios.

3. El Salmo 51: Dios no rechaza un corazón herido

El Salmo no es una oración de miedo, sino de esperanza. David no pide ser destruido, pide ser recreado:
“Crea en mí, oh Dios, un corazón puro”.

Dios no se escandaliza de nuestra fragilidad. Lo que Él no soporta es la mentira y la cerrazón. Un corazón herido, humillado, abierto, es terreno fértil para la gracia.

4. “¿No te importa que perezcamos?”

En el Evangelio, la tormenta estalla y Jesús duerme. Los discípulos no le dicen: “Señor, tenemos miedo”, sino algo más duro:
“¿No te importa?”

Es la pregunta que nace cuando el dolor se prolonga, cuando la culpa pesa, cuando la solución no llega. Es la pregunta de quien cree, pero está agotado.

Y Jesús calma el mar… pero antes calma algo más profundo: la falsa imagen de un Dios indiferente.
Luego pregunta: “¿Por qué tienen miedo? ¿Aún no tienen fe?”

No es un reproche cruel, sino una invitación:
confía incluso cuando no entiendes, incluso cuando parece que Dios duerme.

5. San Juan Bosco: subir a Jesús a la barca de los jóvenes

Hoy la Iglesia nos propone a San Juan Bosco, que supo embarcar a Jesús en una barca compleja: la de los jóvenes pobres, heridos, sin oportunidades.

Don Bosco no esperó jóvenes “perfectos” para evangelizar. Subió a Jesús a la barca de la calle, del ruido, de la fragilidad. Y enseñó algo esencial:
educar es creer que la gracia puede más que la tormenta.

Su pedagogía fue clara: cercanía, alegría, paciencia, confianza. Donde otros veían riesgo, él vio misión.

6. María en sábado: la mujer que confía en medio del mar

En este sábado miramos a María, la mujer que también atravesó mares agitados: la huida a Egipto, la pobreza, la cruz. Ella no entendió todo, pero nunca dejó a Dios en la orilla.

María nos enseña a llevar a Jesús “tal como está”, incluso cuando no comprendemos el rumbo, incluso cuando el viento arrecia.

7. Para la vida

La Palabra de hoy nos deja una pregunta sencilla y exigente:
¿En qué barcas de mi vida todavía no he subido a Jesús?

  • Tal vez en una relación rota
  • en una culpa no sanada
  • en una decisión pendiente
  • en un miedo antiguo
  • o en un proyecto que quiero controlar solo

Hoy el Señor no pide una barca perfecta, solo un lugar.


Oración final

Señor Jesús,
no siempre entendemos tus silencios
ni sabemos confiar cuando el mar se agita.
Enséñanos a llevarte con nosotros,
no solo en los momentos tranquilos,
sino también en las noches de tormenta.

Por intercesión de San Juan Bosco,
haznos sembradores de esperanza,
y de la mano de María,
llévanos a la orilla de la paz.
Amén.

 

3

 

1. “Pasemos a la otra orilla”: una invitación que incomoda

Jesús no solo habla con parábolas; actúa proféticamente. Después de un día agotador, cuando lo lógico sería “quedarse” y descansar, el Señor propone: “Pasemos a la otra orilla”.

Esa frase es un programa espiritual: Dios no siempre nos llama cuando estamos con fuerzas; a veces nos llama cuando estamos cansados. No porque sea cruel, sino porque quiere enseñarnos que el Evangelio no se sostiene solo en nuestra energía, sino en su gracia.

Y esa “otra orilla” no era neutra: era tierra distinta, ambiente incómodo, cultura diferente. También hoy el Señor nos saca de nuestros círculos fáciles y nos empuja a una fe que se arriesga: la fe que dialoga, que sirve, que evangeliza donde no es habitual, que se acerca a quien nos cuesta.

2. “Se llevaron a Jesús en la barca, tal como estaba”: ¿lo embarcamos de verdad?

Los discípulos embarcan a Jesús tal como estaba. No lo reducen a un adorno espiritual. No lo dejan en la orilla de lo “religioso”. Lo llevan con ellos en el centro de la travesía.

Y entonces la pregunta se vuelve personal:

  • ¿En qué áreas de mi vida todavía no he embarcado a Jesús?
  • ¿Qué rincones sigo administrando “a solas”: dinero, afectos, decisiones, hábitos, heridas, resentimientos?
  • ¿Lo llevo conmigo solo cuando el mar está tranquilo, o también cuando se oscurece el cielo?

Embarcar a Jesús es decidir que Él no sea “un accesorio”, sino el Señor de la barca.

3. David: la otra tormenta, la del corazón

La primera lectura nos muestra otro tipo de tormenta: la de un corazón dividido. Natán enfrenta a David con la verdad: “Tú eres ese hombre”.

El pecado de David no es solo una caída; es una cadena de consecuencias que hiere a otros y lo desordena por dentro. Pero aquí aparece la misericordia: Dios no manda a Natán para destruir a David, sino para rescatarlo de la mentira.

Y David, en vez de justificarse, se abre a la conversión. Por eso el Salmo 51 no es un grito de desesperación, sino una súplica luminosa:
“Crea en mí, oh Dios, un corazón puro.”
No me maquilles, Señor: recréame.

4. Jesús “dormido”: cuando Dios parece lejano, pero está

En la barca del Evangelio, la tormenta es real. Y Jesús duerme: ese sueño no es indiferencia; es una lección. Dios puede parecer dormido en nuestros momentos de necesidad… pero está ahí, esperando que lo busquemos, que lo llamemos, que recemos con fe.

Los discípulos, aunque expertos pescadores, se asustan. Y esto también es importante: la experiencia no inmuniza contra el miedo. Puedes tener “oficio”, años de caminar, incluso vida de Iglesia… y aun así hay olas que nos superan.

Entonces Jesús se levanta y ordena: “¡Silencio! ¡Cállate!”
Esa palabra no solo se dirige al mar, sino al caos interior: al pánico, a la ansiedad, a la desesperanza.

Y luego pregunta: “¿Aún no tienen fe?”
Es decir: ¿todavía piensas que el mal tiene la última palabra? ¿Todavía dudas de que estoy contigo?

5. San Juan Bosco: cruzar a “la otra orilla” de los jóvenes

La memoria de Don Bosco encaja como anillo al dedo. Él cruzó a “otra orilla”: la de los jóvenes pobres, la calle, la exclusión, la cultura difícil. No evangelizó desde la distancia, sino desde la cercanía. Su método fue el del corazón: razón, religión y amor (la famosa amabilidad pastoral).

Don Bosco nos grita hoy:

  • No te quedes en la orilla cómoda.
  • Cruza hacia donde duele.
  • Lleva allí a Jesús “tal como está”.
  • Y no temas: la gracia es más fuerte que la tormenta.

6. María en sábado: la fe que no abandona la barca

En este sábado, miramos a María como Madre que acompaña. Ella también conoció travesías: incertidumbre, exilio, cruz. Y nunca dejó de creer que Dios conduce la historia, incluso cuando no se entiende el rumbo.

Con María aprendemos a decir:
“Señor, no entiendo el mar… pero confío en tu palabra.”

7. Aplicaciones concretas

Tres pasos simples para esta semana:

1.    Identifica “la otra orilla” que Dios te está pidiendo: una conversación pendiente, un servicio, una reconciliación, una misión, una decisión valiente.

2.    Reza el Salmo 51 como examen del corazón: “Señor, crea en mí un corazón puro”.

3.    Pronuncia en oración la palabra de Jesús: “¡Silencio! ¡Cállate!” sobre tu miedo dominante (y repítela hasta que el corazón se serene).

Oración final

Señor Jesús,
cuando me llames a cruzar hacia lo desconocido, dame valentía;
cuando parezcas dormido en mi noche, dame fe;
cuando mi barca se llene de agua, enséñame a clamar sin desesperar.

Por intercesión de San Juan Bosco,
haznos pastores y sembradores de esperanza, especialmente con los jóvenes.
Y de la mano de María, Madre fiel,
llévanos seguros a la otra orilla.
Amén.

 

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31 de enero:

San Juan Bosco, presbítero — Memoria

1815–1888
Santo patrono de aprendices, muchachos, editores, trabajadores, magos, estudiantes
Canonizado por el Papa Pío XI el 1 de abril de 1934.

 


Cita:


“Hijos míos, en mi larga experiencia, muy a menudo tuve que convencerme de esta gran verdad: es más fácil enojarse que dominarse, y es más fácil amenazar a un muchacho que persuadirlo. Sí, en efecto, conviene más ser constantes en castigar nuestra propia impaciencia y orgullo que en corregir a los muchachos. Debemos ser firmes pero amables, y tener paciencia con ellos. Procuren que nadie los encuentre movidos por la impetuosidad o la terquedad.”


~Carta de San Juan Bosco

 

Reflexión:


El menor de tres hijos varones, Juan Bosco nació en una familia pobre del noroeste de Italia, en el caserío rural de Becchi. Su padre, jornalero en una granja de una familia vecina, murió cuando Juan tenía apenas dos años. Su madre continuó criando a sus hijos con mucho amor y afecto.

Hasta los doce años, Juan pasó la mayor parte del tiempo procurando sostener a la familia, trabajando como pastor y jornalero, como su padre. La pobreza familiar le dificultó obtener una buena educación. Su aprendizaje provenía de su experiencia de vida, de lo que vivía en casa y de los sermones de la iglesia, que escuchaba con atención.

A los nueve años, Juan tuvo el primero de muchos sueños que lo influirían profundamente. En su sueño, se encontró con un grupo de muchachos rudos que hablaban diciendo groserías y blasfemias. Juan se enojó con ellos y levantó los puños para amenazarlos por sus palabras. De repente, apareció en el sueño un hombre radiante como el sol. El hombre le dijo a Juan: “Gana los corazones de estos, tus amigos, no con violencia sino con caridad. Comienza de inmediato. Enséñales lo malo del vicio y la excelencia de la virtud.” Cuando Juan preguntó quién era, el hombre respondió: “Yo soy el Hijo de la Señora que te enviaré para que sea tu maestra.” Entonces la Santísima Virgen apareció en el sueño y comenzó a enseñarle a Juan acerca de su futura misión de cuidar a los muchachos con bondad.

Juan comenzó su “ministerio” cuando tenía apenas diez años. Asistía a los espectáculos de artistas que hacían malabares, trucos de magia y acrobacias. Juan observaba sus presentaciones y luego intentaba imitarlas para otros niños, incluyendo siempre oraciones dentro del espectáculo y enseñanzas tomadas de los sermones dominicales.

Como era común entre muchos muchachos, Juan y su hermano se peleaban con frecuencia. Esta fue una de las razones por las que Juan decidió dejar su casa a los doce años para buscar trabajo. Unos años más tarde, Juan llamó la atención de un sacerdote recién ordenado y futuro santo, el padre José Cafasso, quien reconoció sus dones intelectuales y lo ayudó con su educación. Cuando Juan tenía veinte años, el padre Cafasso, con la ayuda de algo de dinero aportado por la madre de Juan, le ayudó a ingresar al seminario. Después de seis años de estudio, a los veintiséis años, Juan fue ordenado sacerdote.

Tras su ordenación, el padre Juan se unió a su mentor, el padre Cafasso, en Turín para continuar sus estudios en el Instituto de San Francisco, donde el padre Cafasso estaba a cargo. Ambos también se dedicaron al ministerio con los pobres y los encarcelados, cuidaron de niñas en un internado y ayudaron en parroquias rurales. Fue en las prisiones donde el padre Juan tomó conciencia del número de muchachos que necesitaban ayuda. Sobre esta experiencia, más tarde escribió en sus Memorias: “Vi un gran número de jóvenes de 12 a 18 años, muchachos sanos y fuertes, despiertos de mente; pero verlos allí ociosos, llenos de piojos, sin alimento para el cuerpo ni para el alma, me horrorizó. La deshonra pública, el deshonor familiar y la vergüenza personal estaban personificados en esos desdichados.” Y pensó para sí: “¿Quién sabe?… Si estos muchachos tuvieran un amigo fuera que se ocupara de ellos, los ayudara, les enseñara religión… podrían apartarse de la ruina…” Muchos eran reincidentes, y el corazón del padre Juan se inclinó a ayudarlos. El sueño que tuvo a los nueve años comenzó a hacerse realidad, mientras buscaba enseñarles, animarles, escucharles y hacerse su amigo, como mentor y padre espiritual.

El plan del padre Juan era fundar un oratorio que diera estructura y propósito a esos muchachos. Les ayudó a conseguir trabajo enseñándoles oficios. Al mismo tiempo, les brindó alimento y alojamiento, les enseñó catecismo y les dio orientación moral y esperanza. En diez años, el padre Juan ayudaba ya a unos 800 muchachos necesitados.

Menos de una década después, en 1861, algunos de los muchachos a quienes el padre Juan acompañaba quisieron seguir sus pasos y ayudar a otros jóvenes. Por ello, el padre Juan fundó, junto con un sacerdote, seminaristas y un estudiante de secundaria, la Sociedad de San Francisco de Sales. La Orden Salesiana fue aprobada formalmente por el Vaticano en 1869. En 1871, el padre Juan amplió su misión fundando una congregación religiosa salesiana femenina llamada Hijas de María Auxiliadora para atender a las niñas. Finalmente, en 1874 fundó los Cooperadores Salesianos, una organización laical que trabajaba junto con las órdenes salesianas masculina y femenina.

San Juan Bosco vio una necesidad al encontrarse con muchachos problemáticos, encarcelados, pobres, huérfanos, pero de buen corazón. Siguió la inspiración de no ser duro con ellos, sino ofrecerles una disciplina amorosa, amistad, educación, habilidades para sostenerse por sí mismos y una familia dentro de su oratorio. Esta preocupación amorosa por aquellos jóvenes desbordó hacia el corazón de muchos otros, y Dios se valió de este hombre santo para salvar las almas de muchos, suscitando un ejército de trabajadores que cuidaran de ellos.

Piensa en las personas de tu vida que están atribuladas, abandonadas, deshonradas o luchando de otros modos. Esfuérzate por imitar a San Juan Bosco viendo el bien en ellas y ayudando a sacar ese bien a la luz, para que encuentren esperanza en medio de su lucha contra la desesperación.

Oración:


San Juan, tu corazón fue misericordioso y quedó conmovido por la situación de tantos muchachos que sufrían en la pobreza y el encarcelamiento. Los amaste con el corazón de Cristo y les llevaste esperanza. Te ruego que intercedas por mí para que pueda ver a Cristo en todas las personas, sin condenar ni juzgar, sino trabajando para edificarlas como ministro amoroso del corazón compasivo de Dios. San Juan Bosco, ruega por mí. Jesús, en ti confío.

 

 

30 de enero del 2026: viernes de la tercera semana del tiempo ordinario-II

 

La Palabra por las parábolas

(Mc 4, 26-34) «Con numerosas parábolas Jesús les anunciaba la Palabra». Parábolas y Palabra: dos términos muy cercanos, que se parecen y se unen sin confundirse del todo. Todo el desafío consiste en pasar de uno a otro: del signo que Dios nos envía de manera a menudo velada —la parábola— a la realidad, es decir, a la Palabra de vida que toca el corazón y nos pone en movimiento. Ese paso puede ser delicado. ¡No es extraño, entonces, que el sentido de la Palabra de Dios no se nos muestre inmediatamente con toda su claridad!

Bertrand Lesoing, prêtre de la communauté Saint-Martin

 


 

Primera lectura

2 Sam 11, 1-4a. 4c -10a. 13-17

Me despreciaste y tomaste como esposa a la mujer de Urías

Lectura del segundo libro de Samuel.

A la vuelta de un año, en la época en que los reyes suelen ir a la guerra, David envió a Joab con sus servidores y todo Israel. Masacraron a los amonitas y sitiaron Rabá, mientras David se quedó en Jerusalén.
Una tarde David se levantó de la cama y se puso a pasear por la terraza del palacio. Desde allí divisó a una mujer que se estaba bañando, de aspecto muy hermoso.
David mandó averiguar quién era aquella mujer.
Y le informaron:
«Es Betsabé, hija de Elián, esposa de Urías, el hitita».
David envió mensajeros para que la trajeran.
Ella volvió a su casa.
Quedó encinta y mandó este aviso a David:
«Estoy encinta».
David, entonces, envió a decir a Joab:
«Mándame a Urías, el hitita».
Joab se lo mandó.
Cuando llegó Urías, David le preguntó cómo se encontraban Joab y la tropa y cómo iba la guerra.
Luego le dijo:
«Baja a tu casa a lavarte los pies».
Urías salió del palacio y tras él un regalo del rey. Pero Urías se acostó a la puerta del palacio con todos los servidores de su señor, y no bajó a su casa.
Informaron a David:
«Urías no ha bajado a su casa».
David le invitó a comer con él y le hizo beber hasta ponerle ebrio.
Urías salió por la tarde a acostarse en su lecho con los servidores de su señor, pero no bajó a su casa.
A la mañana siguiente David escribió una carta a Joab, que le mandó por Urías.
En la carta había escrito:
«Pongan a Urías en primera línea, donde la batalla sea más encarnizada. Luego retírense de su lado, para que lo hieran y muera».
Joab observó la ciudad y situó a Urías en el lugar en el que sabía que estaban los hombres más aguerridos.
Las gentes de la ciudad hicieron una salida. Trabaron combate con Joab y hubo bajas en la tropa, entre los servidores de David. Murió también Urías, el hitita.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 50, 3-4. 5-6b. 6c-7. 10-11 (R.: cf. 3a)

R. Misericordia, Señor, hemos pecado.

V. Misericordia, Dios mío, por tu bondad,
por tu inmensa compasión borra mi culpa;
lava del todo mi delito,
limpia mi pecado. 
R.

V. Pues yo reconozco mi culpa,
tengo siempre presente mi pecado.
Contra ti, contra ti solo pequé,
cometí la maldad en tu presencia. 
R.

V. En la sentencia tendrás razón,
en el juicio resultarás inocente.
Mira, en la culpa nací,
pecador me concibió mi madre. 
R.

V. Hazme oír el gozo y la alegría,
que se alegren los huesos quebrantados.
Aparta de mi pecado tu vista,
borra en mí toda culpa. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Bendito seas, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has revelado los misterios del reino a los pequeños. R.

 

Evangelio

Mc 4, 26-34

Un hombre echa semilla y duerme, y la semilla va creciendo sin que él sepa cómo

Lectura del santo Evangelio según san Marcos.

EN aquel tiempo, Jesús decía al gentío:
«El reino de Dios se parece a un hombre que echa semilla en la tierra. Él duerme de noche y se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. La tierra va produciendo fruto sola: primero los tallos, luego la espiga, después el grano. Cuando el grano está a punto, se mete la hoz, porque ha llegado la siega».
Dijo también:
«¿Con qué podemos comparar el reino de Dios? ¿Qué parábola usaremos? Con un grano de mostaza: al sembrarlo en la tierra es la semilla más pequeña, pero después de sembrada crece, se hace más alta que las demás hortalizas y echa ramas tan grandes que los pájaros del cielo pueden anidar a su sombra».
Con muchas parábolas parecidas les exponía la palabra, acomodándose a su entender. Todo se lo exponía con parábolas, pero a sus discípulos se lo explicaba todo en privado.

Palabra del Señor.

 

 

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Hermanos, hoy la liturgia nos pone frente a dos movimientos muy humanos y muy espirituales: el descenso del corazón cuando se deja seducir (David), y el crecimiento silencioso del Reino (la semilla). Entre ambos, un puente: el Salmo 51, el gran “Miserere”, donde el pecador deja de justificarse y se atreve a decir: “Misericordia, Señor”.

1) David: cuando el deseo manda y la conciencia se calla

La primera lectura es durísima, porque no habla de un enemigo externo, sino de una grieta dentro del corazón. David —un hombre con historia de fe, con promesas, con misión— se queda ocioso “cuando los reyes salen a la guerra”, mira donde no debía, desea lo que no era suyo, y el pecado comienza a crecer como una bola de nieve: mirada → deseo → acto → ocultamiento → manipulación → muerte.

Aquí hay una enseñanza psicológica y pastoral muy realista: el mal rara vez aparece de golpe; suele entrar por rendijas. A veces no es “maldad”, sino descuido, soledad mal llevada, vacío, ansiedad, necesidad de control, hambre de afecto, o ese cansancio interior que vuelve la voluntad más frágil.

Y cuando el corazón se enreda, surge un autoengaño típico: “yo manejo la situación”. David intenta “arreglar” lo que hizo, y termina rompiendo más. El pecado promete solución, pero fabrica esclavitud.

2) El Salmo 51: la puerta de salida es la verdad

La salida no empieza con promesas grandilocuentes, sino con una frase humilde: “Reconozco mi culpa”. El Salmo 51 es medicina para el alma porque nos enseña el primer paso de toda sanación: nombrar la herida sin maquillaje.

Muchos de los que sufren “en el alma y en el cuerpo” cargan además un peso oculto: culpas, duelos no resueltos, vergüenzas, resentimientos, o simplemente una tristeza persistente que ya no saben explicar. Este salmo nos pone delante a un Dios que no humilla, sino que rehace: “Crea en mí, Dios mío, un corazón puro”. No dice: “párchame un poco”, sino: “hazme nuevo”.

Y aquí conviene decirlo con claridad: pedir misericordia no es excusar el pecado; es dejar de huir para comenzar a vivir en la luz.

3) El Evangelio: el Reino crece “sin que él sepa cómo”

En el Evangelio, Jesús habla de una semilla que crece mientras el sembrador duerme y se levanta. Es decir: hay crecimientos que no controlamos, procesos que maduran en silencio. Y luego la parábola del grano de mostaza: lo pequeño se vuelve grande, lo insignificante se vuelve refugio.

Esta palabra hoy es un bálsamo para muchos:

  • para quien está en terapia y piensa: “no avanzo”;
  • para quien reza y siente sequedad;
  • para quien lucha con una enfermedad y vive días buenos y malos;
  • para quien intenta salir de una adicción, o de una relación destructiva;
  • para quien carga una depresión o una ansiedad que nadie ve.

Jesús parece decirte: no te desesperes si no ves resultados inmediatos. Si hay una semilla de bien —una decisión, una confesión sincera, una conversación honesta, un “hoy vuelvo a empezar”, una visita al médico, un pedir ayuda, un retomar la oración—, esa semilla está trabajando aunque tú no lo percibas.

A veces Dios nos habla “velado”, como en signos, porque el corazón necesita tiempo para pasar del signo a la realidad. La Palabra no siempre ilumina como relámpago; muchas veces alumbra como amanecer.

4) Dos aplicaciones concretas para hoy

Primera: vigila “la puerta de entrada”.
David cayó por una mezcla peligrosa: ocio, mirada sin custodia, deseo sin freno, y mentira como estrategia. Hoy, cada uno puede preguntarse:

  • ¿qué “miradas” estoy alimentando?
  • ¿qué conversaciones o hábitos me están enfriando el alma?
  • ¿qué justificación repito para no cambiar?

Segunda: si estás sufriendo, no sufras solo.
Hay dolores del cuerpo que piden medicina; hay dolores del alma que piden escucha, oración, sacramentos, acompañamiento, y a veces atención profesional. Dios no se ofende si pides ayuda: al contrario, la gracia suele llegar también por mediaciones humanas.

Oración final (unida a la intención del día)

Señor Jesús, Sembrador paciente: entra en nuestras zonas oscuras con tu luz mansa.
Por los que sufren en el alma: dales consuelo, personas buenas a su lado, y la valentía de pedir ayuda.
Por los que sufren en el cuerpo: dales alivio, fortaleza, y esperanza en medio del tratamiento.
Y para todos, danos la gracia del Salmo 51: reconocer la verdad sin miedo, para que tu misericordia haga crecer en nosotros el Reino, en silencio y con poder, hasta dar fruto abundante.
Amén.

 

2

 

Hermanos, hoy la liturgia nos pone delante dos “siembras” muy distintas:

  • en la primera lectura, una siembra oscura: el pecado que entra por una rendija y termina en muerte;
  • en el Evangelio, la siembra luminosa: el Reino que crece silencioso por la gracia;
    y entre las dos, el Salmo 51, que es el grito de un corazón que quiere volver a nacer.

1) Primera lectura: cuando el corazón siembra mentira, cosecha tragedia

El relato de David (2S 11) es de una crudeza tremenda, porque muestra cómo el mal avanza por etapas:
una mirada no custodiada, un deseo que se impone, un acto que desordena todo y, luego, el intento de “arreglar” las cosas con estrategia humana: David manda traer a Urías, lo quiere hacer volver a su casa para encubrir el embarazo de Betsabé… pero Urías, con una rectitud que contrasta dolorosamente con el rey, se niega a descansar mientras sus compañeros están en campaña.

Entonces David baja un escalón más: lo emborracha para lograr lo que no consiguió con palabras. Y al final, como no le funciona, llega la peor semilla: la manipulación y la muerte, enviándolo al frente para que caiga. El pecado no solo rompe la relación con Dios: rompe vidas, familias, conciencias.

Aquí hay una luz pastoral fuerte: el problema no empieza “cuando ya es tarde”; empieza cuando uno deja que el corazón se acostumbre a lo indebido y luego pretende manejarlo en secreto. El pecado siempre promete control, pero termina imponiendo esclavitud.

2) Salmo 51: la misericordia es la tierra nueva donde Dios vuelve a sembrar

Y entonces la Iglesia nos pone en los labios el Salmo 51: “Misericordia, Señor: hemos pecado”. Es como si dijera: “Sí, hemos visto hasta dónde puede llegar el corazón… ahora veamos hasta dónde llega la misericordia”.

Este salmo no es una fórmula para sentir alivio barato: es el paso decisivo de la sanación espiritual: dejar de justificarse y decir la verdad ante Dios.

  • “Contra ti, contra ti solo pequé”: reconocer que el pecado no es solo “un error humano”, sino una herida en el amor.
  • “Lávame, purifícame”: pedir no solo perdón, sino transformación.
  • “Crea en mí un corazón puro”: no un maquillaje, sino una creación nueva.

Y esto conecta directamente con nuestra intención orante: quienes sufren en el alma y en el cuerpo necesitan, además de alivio, una esperanza que no engañe. El salmo nos enseña que la esperanza no se funda en “yo puedo solo”, sino en “Dios puede rehacerme”.

3) Evangelio: el Reino crece “sin que él sepa cómo”

Pasamos al Evangelio. Jesús compara el Reino con una semilla que crece mientras el sembrador duerme y se levanta. Es decir: hay una obra de Dios que madura en silencio, sin que podamos medirla ni acelerarla. Luego, con el grano de mostaza, afirma que lo pequeño se vuelve grande y llega a ser cobijo.

“Con muchas parábolas les anunciaba la Palabra… y a sus discípulos se lo explicaba todo en privado” (Mc 4,33-34). La multitud oye; el discípulo se deja instruir por dentro. La parábola es la puerta; la “explicación en privado” es la intimidad: Dios te habla personalmente.

4) La Palabra viva: no solo se entiende, se recibe

El corazón humano puede escuchar el Evangelio como quien oye una enseñanza bonita. Pero Jesús quiere más: quiere que su Palabra sea viva, que haga algo en nosotros.

Por eso las parábolas no se “consumen” como historias; se rumian en oración. Y en esa oración el Espíritu Santo regala luz, consejo, entendimiento, fortaleza. La Palabra se vuelve encuentro: Dios no solo habla “a la gente”; habla a tu historia, a tu herida concreta, a tu decisión pendiente, a tu noche interior.

5) Aplicación pastoral: una palabra para los que sufren

Hoy, para quienes sufren en el alma y en el cuerpo, la liturgia trae tres consuelos muy concretos:

  • No todo crecimiento se ve: como la semilla bajo tierra, tu proceso puede ir lento, pero no va vacío.
  • Dios no te humilla, te recrea: el Salmo 51 nos lo graba: Dios no se cansa de comenzar de nuevo con nosotros.
  • El mal también “crece” si lo alimento: la historia de David advierte que el pecado no se detiene solo; hay que cortarlo en su inicio, pedir ayuda, volver a la luz.

Y para quien esté cargando culpas, tristezas, ansiedad o un dolor físico persistente: el Señor hoy no te pide heroísmos inmediatos; te pide un acto de fe pequeño, como mostaza: “Señor, aquí estoy; explícamelo en privado; siembra en mí lo que yo ya no sé sembrar”.

6) Invitación concreta: tres pasos simples (semilla diaria)

Para pasar de la multitud al discípulo:

1.    Un versículo al día del Evangelio (1–2 minutos).

2.    Una frase del Salmo 51 como jaculatoria: “Misericordia, Señor”.

3.    Un acto de luz: confesar, hablar, pedir perdón, pedir ayuda, retomar el médico, acompañamiento, dirección espiritual… lo que toque.

Semillas pequeñas, Reino grande.

Oración final

Señor Jesús, Palabra viva del Padre:
cuando mi corazón se desordena como el de David, rescátame antes de que el mal crezca.
Dame la humildad del Salmo: “Misericordia, Señor”.
Crea en mí un corazón nuevo y siembra tu Reino en mis zonas oscuras.

Te pedimos hoy por quienes sufren en el alma y en el cuerpo:
dales alivio, compañía, fortaleza y esperanza;
y haz que, aun en la noche, tu semilla crezca “sin que sepamos cómo”,
hasta dar fruto de paz.

Jesús, en Ti confío. Amén.

 

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