miércoles, 6 de mayo de 2026

6 de mayo del 2026: miércoles de la quinta semana de Pascua


Unidos a la Vid verdadera

(Jn 15,1-8) En el evangelio de hoy, Jesús se presenta como la vid verdadera y nos recuerda que solo permaneciendo en Él podemos dar fruto.

La vida cristiana no nace del activismo ni de la autosuficiencia, sino de una comunión profunda con el Señor. Él poda, purifica y fortalece nuestra existencia para que produzcamos frutos de amor, fidelidad y servicio.

Escuchemos esta Palabra con corazón abierto, dejando que Cristo nos enseñe a permanecer en su amor.

G.Q                                                                             

 


Primera lectura

Hch 15, 1-6

Se decidió que subieran a Jerusalén a consultar a los apóstoles y presbíteros sobre esta controversia

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.

EN aquellos días, unos que bajaron de Judea se pusieron a enseñar a los hermanos que, si no se circuncidaban conforme al uso de Moisés, no podían salvarse. Esto provocó un altercado y una violenta discusión con Pablo y Bernabé; y se decidió que Pablo, Bernabé y algunos más de entre ellos subieran a Jerusalén a consultar a los apóstoles y presbíteros sobre esta controversia. Ellos, pues, enviados por la Iglesia
provistos de lo necesario, atravesaron Fenicia y Samaría, contando cómo se convertían los gentiles, con lo que causaron gran alegría a todos los hermanos. Al llegar a Jerusalén, fueron acogidos por la Iglesia, los apóstoles y los presbíteros; ellos contaron lo que Dios había hecho con ellos.
Pero algunos de la secta de los fariseos, que habían abrazado la fe, se levantaron, diciendo:
«Es necesario circuncidarlos y ordenarles que guarden la ley de Moisés».
Los apóstoles y los presbíteros se reunieron a examinar el asunto.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 121, 1bc-2. 3-4b. 4c-5 (R.: cf. 1bc)

R. Vamos alegres a la casa del Señor.

O bien:

R. Aleluya.

V. ¡Qué alegría cuando me dijeron:
«Vamos a la casa del Señor»!
Ya están pisando nuestros pies
tus umbrales, Jerusalén. 
R.

V. Jerusalén está fundada
como ciudad bien compacta.
Allá suben las tribus,
las tribus del Señor. 
R.

V. Según la costumbre de Israel,
a celebrar el nombre del Señor;
en ella están los tribunales de justicia,
en el palacio de David. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Permanezcan en mí, y yo en ustedes —dice el Señor—; el que permanece en mí da fruto abundante. R.

 

Evangelio

Jn 15, 1-8

El que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento que no da fruto en mí lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto.
Ustedes ya están limpios por la palabra que les he hablado; permanezcan en mí, y yo en ustedes.
Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco ustedes, si no permanecen en mí.
Yo soy la vid, ustedes los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante; porque sin mí no pueden hacer nada. Al que no permanece en mí lo tiran fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen y los echan al fuego, y arden.
Si permanecen en mí y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que desean, y se realizará.
Con esto recibe gloria mi Padre, con que den fruto abundante; así serán discípulos míos».

Palabra del Señor.

 

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Permanecer en Cristo para dar fruto

Queridos hermanos y hermanas:

La Palabra de Dios de este miércoles de la quinta semana de Pascua nos lleva al corazón mismo de la vida cristiana: permanecer unidos a Cristo. Jesús nos dice en el Evangelio: “Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el viñador”. Y más adelante añade: “El que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante; porque sin mí no pueden hacer nada”.

Esta imagen de la vid y los sarmientos es profundamente sencilla, pero también muy exigente. Un sarmiento separado de la vid se seca. Puede conservar por un tiempo la apariencia de vida, pero ya no tiene savia, ya no tiene fuerza interior, ya no puede producir fruto. Así también nosotros: podemos tener actividades, responsabilidades, palabras, proyectos, incluso prácticas religiosas externas; pero si no permanecemos unidos a Cristo, nuestra vida espiritual se debilita, se enfría, se vuelve estéril.

Jesús no nos invita simplemente a “hacer cosas por Él”, sino ante todo a vivir en Él. La fe cristiana no es primero una organización, una costumbre o una obligación moral; es una comunión viva con una Persona: Jesucristo resucitado. Él es la vid verdadera. De Él viene la savia de la gracia, de Él viene la fuerza para amar, perdonar, servir, resistir en la prueba y levantarnos después de cada caída.

La primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles, nos muestra a la Iglesia primitiva enfrentando una dificultad concreta. Algunos discutían sobre qué exigencias debían imponerse a los nuevos creyentes venidos del mundo pagano. La comunidad vive una tensión, un desacuerdo, una pregunta pastoral importante. ¿Qué hacen entonces Pablo, Bernabé y los demás? No rompen la comunión. No actúan por cuenta propia. Suben a Jerusalén para dialogar con los apóstoles y los presbíteros.

Aquí encontramos una enseñanza muy actual: cuando permanecemos en Cristo, también buscamos permanecer en comunión con la Iglesia. La vid no tiene sarmientos aislados, separados unos de otros. Todos reciben la vida del mismo tronco. La Iglesia crece cuando sabe dialogar, escuchar, discernir y buscar la voluntad de Dios, no desde el orgullo ni desde la imposición, sino desde la fe y la comunión.

Por eso el salmo nos hace cantar: “Qué alegría cuando me dijeron: vamos a la casa del Señor”. Jerusalén aparece como lugar de encuentro, de unidad, de oración, de pertenencia. Para nosotros, esa alegría se renueva cada vez que venimos a la Eucaristía. Aquí venimos como sarmientos necesitados de la Vid. Aquí reconocemos que solos no podemos. Aquí Cristo nos alimenta con su Palabra y con su Cuerpo, para que no se seque en nosotros la esperanza.

Pero Jesús también habla de la poda: “Todo sarmiento que da fruto, el Padre lo poda, para que dé más fruto”. Podar no es destruir; es quitar lo que impide crecer mejor. En la vida espiritual, Dios poda nuestros egoísmos, orgullos, apegos, superficialidades, heridas mal llevadas, resentimientos y miedos. A veces esa poda duele. A veces llega en forma de crisis, enfermedad, cansancio, contradicción, pérdida o silencio interior. Pero cuando la vivimos unidos a Cristo, esa poda puede convertirse en purificación y crecimiento.

Hoy nuestra intención orante es especialmente por los enfermos. Ellos conocen de cerca la fragilidad del cuerpo, la incertidumbre, la espera, la dependencia, el dolor y muchas veces la soledad. A la luz del Evangelio de hoy, queremos recordarles y recordarnos que la enfermedad no separa de Cristo. Al contrario, puede convertirse en un lugar misterioso de unión con Él, si el corazón se abre a su presencia.

Un enfermo unido a Cristo no es un sarmiento inútil. Muchas veces, en silencio, desde una cama, desde una silla, desde una habitación, desde un hospital, desde la limitación física, los enfermos dan frutos preciosos: paciencia, ofrecimiento, humildad, oración, reconciliación, ternura, testimonio de fe. Hay personas que quizá ya no pueden caminar mucho, trabajar como antes o participar activamente en tantas cosas, pero pueden seguir dando fruto abundante si permanecen unidas al Señor.

Y nosotros, como comunidad, también estamos llamados a ser sarmientos vivos para ellos: visitarlos, escucharlos, llevarles consuelo, no olvidarlos, orar por ellos, hacerles sentir que siguen perteneciendo a la familia de Dios. Una comunidad cristiana que cuida a sus enfermos demuestra que la savia de Cristo circula en ella.

Hermanos, Jesús nos dice con claridad: “Sin mí no pueden hacer nada”. No lo dice para humillarnos, sino para salvarnos de la autosuficiencia. Cuántas veces creemos que podemos solos, que nuestra inteligencia basta, que nuestra experiencia basta, que nuestra fuerza basta. Pero tarde o temprano descubrimos que necesitamos raíces más profundas. Necesitamos permanecer en Cristo.

Permanecer en Él significa orar, escuchar su Palabra, alimentarnos de la Eucaristía, vivir en gracia, buscar la reconciliación, amar a los hermanos, confiar en medio de las pruebas y dejar que el Padre pode en nosotros lo que no da vida. Permanecer en Cristo no es un sentimiento pasajero; es una decisión diaria.

Pidamos hoy al Señor que no se seque nuestra fe. Que no vivamos separados de la Vid verdadera. Que nuestras familias, nuestras comunidades y nuestra Iglesia den frutos de unidad, misericordia y esperanza. Y pidamos especialmente por todos los enfermos: que Cristo, vid verdadera, les comunique su fuerza; que el Padre viñador los sostenga en su dolor; y que el Espíritu Santo haga florecer en ellos frutos de paz, confianza y amor.

Que María, Madre de la esperanza, acompañe a quienes sufren en el cuerpo y en el alma, y nos enseñe a permanecer siempre unidos a Jesús, para que nuestra vida dé fruto abundante. Amén.


lunes, 4 de mayo de 2026

5 de mayo del 2026: martes de la quinta semana de Pascua

La paz eterna


(Juan 14, 27-31a) ¿Cuál es esa paz que Jesús nos deja, esa paz que no es como la del mundo? Él la entrega antes de la Cruz, sin escapatoria ni contraprestación. Una paz incondicional, pero exigente. Ella nos espera en los lugares de nuestros miedos y de nuestras resistencias, a pesar de todas las razones que podríamos tener para no creer en ella. La paz de Cristo ha sido dada de una vez para siempre, dispuesta a infiltrarse por la más estrecha de nuestras grietas.

Colette Hamza, xavière

 


Primera lectura

Hch 14, 19-28

Contaron a la Iglesia lo que Dios había hecho por medio de ellos

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.

EN aquellos días, llegaron unos judíos de Antioquía y de Iconio y se ganaron a la gente; apedrearon a Pablo y lo arrastraron fuera de la ciudad, dándole ya por muerto. Entonces lo rodearon los discípulos; él se levantó y volvió a la ciudad.
Al día siguiente, salió con Bernabé para Derbe. Después de predicar el Evangelio en aquella ciudad y de ganar bastantes discípulos, volvieron a Listra, a Iconio y a Antioquía, animando a los discípulos y exhortándolos a perseverar en la fe, diciéndoles que hay que pasar por muchas tribulaciones para entrar en el reino de Dios.
En cada Iglesia designaban presbíteros, oraban, ayunaban y los encomendaban al Señor, en quien habían creído. Atravesaron Pisidia y llegaron a Panfilia. Y después de predicar la Palabra en Perge, bajaron a Atalía y allí se embarcaron para Antioquía, de donde los habían encomendado a la gracia de Dios para la misión que acababan de cumplir. Al llegar, reunieron a la Iglesia, les contaron lo que Dios había hecho por medio de ellos y cómo había abierto a los gentiles la puerta de la fe. Se quedaron allí bastante tiempo con los discípulos.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 144, 10-11. 12-13ab. 21 (R.: cf. 12)

R. Tus amigos, Señor, proclaman la gloria de tu reinado.

O bien:

R. Aleluya.

V. Que todas tus criaturas te den gracias, Señor,
que te bendigan tus fieles.
Que proclamen la gloria de tu reinado,
que hablen de tus hazañas. 
R.

V. Explicando tus hazañas a los hombres,
la gloria y majestad de tu reinado.
Tu reinado es un reinado perpetuo,
tu gobierno va de edad en edad.
 R.

V. Pronuncie mi boca la alabanza del Señor,
todo viviente bendiga su santo nombre
por siempre jamás. 
R

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Era necesario que el Mesías padeciera y resucitara de entre los muertos; y entrara así en su gloria. R.

 

Evangelio

Jn 14, 27-31a

Mi paz les doy

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«La paz les dejo, mi paz les doy; no se la doy yo como la da el mundo. Que no se turbe su corazón ni se acobarde. Me han oído decir: “Me voy y vuelvo al lado de ustedes”. Si me amaran, se alegrarían de que vaya al Padre, porque el Padre es mayor que yo. Se lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda crean.
Ya no hablaré mucho con ustedes, pues se acerca el príncipe de este mundo; no es que él tenga poder sobre mí, pero es necesario que el mundo comprenda que yo amo al Padre, y que, como el Padre me ha ordenado, así actúo».

Palabra del Señor.

 

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                                                            1          

 

Queridos hermanos:

En el Evangelio de hoy Jesús nos deja una de las palabras más consoladoras y más profundas de todo el discurso de despedida:

“La paz les dejo, mi paz les doy; no se la doy como la da el mundo.”

Jesús pronuncia estas palabras en un momento cargado de tensión. No las dice después de la Resurrección, cuando todo parece ya victorioso. Las dice antes de la Pasión, cuando se acerca la noche, cuando Judas ya ha salido, cuando el corazón de los discípulos comienza a llenarse de miedo, confusión e incertidumbre.

Por eso, la paz de Jesús no es una paz ingenua. No es la paz de quien no tiene problemas. No es la tranquilidad superficial de quien logra escapar del sufrimiento. Es una paz que nace en medio de la cruz, que se mantiene firme en medio de la prueba y que no depende de que todo salga como nosotros quisiéramos.

El mundo suele llamar paz a la ausencia de conflictos, a la comodidad, al éxito, al control de las circunstancias. Pero Jesús nos ofrece otra paz: la paz de sabernos amados por el Padre, sostenidos por su gracia y acompañados por Él aun cuando el camino se vuelve difícil.

Por eso dice: “Que no tiemble su corazón ni se acobarde.” Jesús no promete que nunca habrá motivos para temblar. No dice que la vida estará libre de golpes, heridas o incertidumbres. Lo que promete es que, aun en medio de todo eso, su paz puede entrar en el corazón.

Alguien que comentaba este texto, lo ha expresado de manera muy bella: la paz de Cristo está dispuesta a infiltrarse “por la más estrecha de nuestras grietas”. Es decir, por esas heridas que muchas veces escondemos, por esos miedos que nos cuestan reconocer, por esas resistencias interiores que nos impiden confiar plenamente en Dios.

Y esto se ilumina muy bien con la primera lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles. Pablo acaba de ser apedreado. Sus enemigos lo dieron por muerto y lo arrastraron fuera de la ciudad. Humanamente hablando, cualquiera habría dicho: “Hasta aquí llegó la misión. Es mejor retirarse. Es demasiado peligroso seguir anunciando el Evangelio.”

Pero Pablo se levanta. Entra de nuevo en la ciudad. Luego continúa su camino con Bernabé, animando a los discípulos y diciéndoles una frase muy realista: “Hay que pasar mucho para entrar en el Reino de Dios.”

Qué frase tan fuerte. Qué frase tan pascual. El Reino de Dios no se alcanza por caminos cómodos. La misión no se construye sin heridas. La Iglesia no avanza sin pruebas. La fe no madura sin noches. Y, sin embargo, Pablo no aparece como un hombre derrotado, sino como un hombre sostenido por la paz de Cristo.

No tiene la paz del mundo. Si tuviera la paz del mundo, habría buscado seguridad, protección, aplausos y comodidad. Pero tiene la paz de Jesús: esa que permite levantarse después de haber caído, seguir amando después de haber sido herido, continuar sembrando después de haber llorado.

Por eso el salmo nos invita a bendecir al Señor y a proclamar su gloria. Aunque la respuesta tomada del salmo 126 nos recuerda: “Los que sembraban con lágrimas cosechan entre cantares.” Esta frase recoge muy bien el espíritu de la liturgia de hoy. Pablo siembra con lágrimas, con golpes, con persecución; pero la Iglesia cosecha comunidades fortalecidas, discípulos confirmados en la fe y puertas abiertas para los paganos.

También nosotros, en nuestra vida cristiana, conocemos esa experiencia. Hay lágrimas que se convierten en semilla. Hay sacrificios que no se ven, pero que dan fruto. Hay gestos silenciosos que sostienen la vida de otros. Hay personas que quizás no ocupan grandes escenarios, pero ayudan a que la misión de la Iglesia continúe.

Por eso hoy oramos especialmente por nuestros benefactores.

Los benefactores son esas personas que, de muchas maneras, ayudan a sostener la obra de Dios. Algunos lo hacen con una ayuda económica. Otros con su tiempo. Otros con su oración. Otros con un consejo oportuno, con una palabra de ánimo, con una presencia fiel, con una colaboración humilde y constante.

A veces los benefactores son como esas manos discretas que sostienen la misión sin hacer ruido. Gracias a ellos muchas obras evangelizadoras pueden continuar. Gracias a ellos se puede atender a los pobres, acompañar comunidades, formar niños y jóvenes, celebrar la fe, sostener proyectos pastorales, anunciar el Evangelio en lugares donde no siempre hay suficientes recursos.

Pero hoy la Palabra nos ayuda a mirar a los benefactores no solamente como quienes “dan algo”, sino como quienes participan de la misión. En la primera lectura, Pablo y Bernabé regresan a las comunidades, cuentan lo que Dios ha hecho y reconocen que el Señor ha abierto la puerta de la fe. La misión no es obra de una sola persona. La misión es una red de gracia. Unos predican, otros acogen, otros oran, otros sostienen, otros acompañan, otros animan.

Y todos, si lo hacen con amor, participan del mismo anuncio del Reino.

Por eso, cuando oramos por nuestros benefactores, pedimos que el Señor les conceda esa paz que el mundo no puede dar. Porque también ellos tienen luchas, preocupaciones, cansancios y cruces. Muchas veces quien ayuda también necesita ser ayudado. Quien sostiene también necesita ser sostenido. Quien da ánimo también necesita recibir consuelo.

Pidamos hoy que la paz de Cristo entre en sus hogares, en sus familias, en sus trabajos, en sus decisiones, en sus dificultades. Que el Señor recompense todo bien que han sembrado, incluso aquel que nadie ha visto. Que cada gesto de generosidad se convierta en una semilla de esperanza.

Queridos hermanos, la paz de Jesús no nos hace evadir la realidad; nos da fuerza para habitarla con fe. No nos quita automáticamente las cruces; nos ayuda a cargarlas con amor. No elimina todas las lágrimas; pero las convierte en semilla de vida nueva.

Tal vez hoy alguno de nosotros viene con el corazón inquieto. Tal vez hay cansancio, preocupaciones, heridas, miedos o incertidumbre. Tal vez sentimos que la paz se nos escapa. Entonces escuchemos otra vez a Jesús:

“La paz les dejo, mi paz les doy.”

No dice: “la paz se la presto”. No dice: “la paz se la doy solo si todo va bien”. No dice: “la paz se la doy cuando ya no tengan problemas”. Dice: “Mi paz les doy.”

Esa paz ya nos ha sido entregada. Está ahí, como una gracia pascual, buscando entrar incluso por nuestras grietas más pequeñas.

Que en esta Eucaristía el Señor nos conceda su paz. Que fortalezca a quienes anuncian el Evangelio en medio de pruebas. Que bendiga a nuestros benefactores y les devuelva en gracia, alegría y esperanza todo el bien que han sembrado. Y que también nosotros seamos instrumentos de esa paz: en la familia, en la comunidad, en la Iglesia y en el mundo.

Amén.               

 

2

 

Queridos hermanos:

En el Evangelio de hoy Jesús pronuncia una de esas frases que parecen escritas directamente para los momentos difíciles de la vida:

“La paz les dejo, mi paz les doy; no se la doy como la da el mundo. Que no tiemble su corazón ni se acobarde.”

Estas palabras no fueron dichas en un ambiente tranquilo, sin problemas, sin amenazas. Jesús las dice en la Última Cena, cuando se acerca la hora de la cruz. Judas ya ha entrado en la noche de la traición. Los discípulos están confundidos. Pedro pronto negará al Maestro. Jesús sabe que viene el sufrimiento, la pasión, el aparente fracaso.

Y precisamente ahí habla de paz.

Esto nos ayuda a entender que la paz de Cristo no es simplemente la ausencia de problemas. No es la tranquilidad de quien tiene todo resuelto. No es la comodidad de quien vive sin conflictos. La paz de Jesús es más profunda: es la certeza interior de estar en manos del Padre, aun cuando por fuera todo parezca tambalear.

El mundo también busca la paz, y eso es bueno. Necesitamos paz social, paz en las familias, paz entre los pueblos, paz en las comunidades. Necesitamos justicia, seguridad, salud, pan, trabajo, respeto, reconciliación. Esa paz humana es necesaria y debemos trabajar por ella.

Pero Jesús nos habla de otra paz: una paz que no depende totalmente de las circunstancias externas. Una paz que puede permanecer incluso en medio de la enfermedad, la pobreza, el duelo, la persecución, la incomprensión o la soledad. Una paz que no nace de tener todo bajo control, sino de confiar en Dios cuando ya no podemos controlar todo.

Por eso dice: “No se la doy como la da el mundo.”

El mundo muchas veces nos ofrece una paz frágil: si tienes dinero, si tienes salud, si nadie te contradice, si todo sale como quieres, si nadie te molesta, entonces tendrás paz. Pero basta una mala noticia, una pérdida, una enfermedad, una traición, una crisis familiar o económica, y esa paz se rompe.

La paz de Cristo, en cambio, puede sostenernos incluso cuando la vida se vuelve difícil.

Y esto lo vemos claramente en la primera lectura de los Hechos de los Apóstoles. Pablo ha sido perseguido, rechazado y apedreado. Lo dieron por muerto y lo arrastraron fuera de la ciudad. Humanamente hablando, ese habría sido el momento perfecto para decir: “Hasta aquí llegué. Ya hice suficiente. Mejor me retiro.”

Pero Pablo se levanta.

No se levanta porque no le duelan las heridas. No se levanta porque la persecución sea poca cosa. Se levanta porque dentro de él habita una fuerza que no viene del mundo. La paz de Cristo no lo hace insensible, pero sí lo hace perseverante. No le evita las piedras, pero le permite no quedarse tirado bajo ellas.

Y después de todo eso, Pablo y Bernabé siguen anunciando el Evangelio, fortaleciendo a los discípulos y diciéndoles: “Hay que pasar mucho para entrar en el Reino de Dios.”

Qué frase tan realista y tan cristiana. La fe no nos promete una vida sin pruebas. El Evangelio no nos dice que el creyente nunca llorará, nunca sufrirá, nunca caerá, nunca será herido. Lo que nos promete es que ninguna cruz, vivida con Cristo, tendrá la última palabra.

Pablo no predica una fe cómoda. Predica una fe pascual. Una fe que pasa por la cruz, pero camina hacia la vida. Una fe que conoce las lágrimas, pero espera la cosecha.

Por eso el salmo responde con una frase hermosísima: “Los que sembraban con lágrimas cosechan entre cantares.”

Esta respuesta ilumina toda la liturgia de hoy. Pablo sembró con lágrimas. Jesús sembró con sangre en la cruz. Los apóstoles sembraron entre persecuciones. La Iglesia, a lo largo de la historia, ha sembrado muchas veces en medio de incomprensiones, martirios, pobrezas y dificultades.

Pero Dios sabe transformar las lágrimas en semilla.

A veces también nosotros sembramos llorando. Una madre que ora por un hijo perdido. Un enfermo que ofrece su dolor. Una familia que sigue unida a pesar de las pruebas. Una comunidad que persevera aunque haya cansancio. Una persona que sigue haciendo el bien aunque no reciba reconocimiento. Un creyente que lucha por mantenerse fiel en medio de tentaciones y oscuridades.

El mundo podría decir: “Eso es fracaso.” Pero Dios dice: “Eso es semilla.”

La paz de Cristo no consiste en negar las lágrimas. Consiste en descubrir que también las lágrimas, puestas en manos de Dios, pueden fecundar la vida.

Queridos hermanos, una de las grandes enfermedades espirituales de nuestro tiempo es vivir con el corazón turbado. Hay mucha gente exteriormente ocupada, conectada, informada, entretenida, pero interiormente intranquila. Hay corazones llenos de miedo: miedo al futuro, miedo a enfermar, miedo a perder, miedo a quedarse solos, miedo a no ser amados, miedo a fracasar, miedo a no tener suficiente.

Y Jesús no nos regaña por tener miedo. Nos ofrece su paz.

Nos dice: “Que no tiemble su corazón ni se acobarde.”

Es como si nos dijera: “Yo sé que el mundo puede sacudirlos. Yo sé que habrá noches, cruces, heridas y preguntas. Pero no permitan que el miedo sea el dueño de su corazón. Déjenme entrar. Déjenme habitar en ustedes. Déjenme darles una paz que nadie les puede quitar.”

Los mártires son el ejemplo más claro de esta paz. Exteriormente podían estar perseguidos, encarcelados, amenazados, llevados a la muerte; pero interiormente estaban firmes en Cristo. No porque fueran de piedra, sino porque estaban llenos del Espíritu. La paz de Jesús había vencido dentro de ellos el poder del miedo.

Y esa paz se nos comunica especialmente en la Eucaristía.

Cada vez que celebramos la Santa Misa, antes de comulgar, escuchamos una oración preciosa: “Señor Jesucristo, que dijiste a tus apóstoles: la paz les dejo, mi paz les doy…” La Iglesia repite hoy esas mismas palabras porque sabe que necesitamos recibir esa paz una y otra vez.

No venimos a la Eucaristía porque seamos fuertes. Venimos porque necesitamos ser sostenidos. No venimos porque tengamos una paz perfecta. Venimos porque muchas veces llegamos cansados, inquietos, preocupados, heridos, y necesitamos que Cristo vuelva a decirnos: “Mi paz te doy.”

La paz de Cristo no es anestesia. No nos desconecta de la realidad. Al contrario, nos permite enfrentar la realidad sin desesperarnos. Nos ayuda a seguir amando cuando hay razones para cerrar el corazón. Nos ayuda a perdonar cuando sería más fácil guardar rencor. Nos ayuda a levantarnos cuando las piedras de la vida nos han derribado. Nos ayuda a servir cuando estamos cansados. Nos ayuda a esperar cuando todo parece oscuro.

Por eso, hoy podríamos preguntarnos: ¿qué me está robando la paz? ¿Qué miedo está turbando mi corazón? ¿Qué herida no he dejado que Cristo toque? ¿Qué situación estoy tratando de controlar sin entregársela a Dios?

La Palabra de hoy nos invita a hacer un acto de confianza. No una confianza ingenua, sino pascual. La confianza de quien sabe que la cruz existe, pero también sabe que Cristo ha resucitado. La confianza de quien reconoce que el mal hace ruido, pero no tiene la última palabra. La confianza de quien, aun entre lágrimas, sigue sembrando.

Pidámosle al Señor en esta Eucaristía que nos conceda su paz. No solamente una paz exterior, sino esa paz profunda que nace de sabernos amados, perdonados, acompañados y enviados.

Que, como Pablo, sepamos levantarnos después de cada caída. Que, como los discípulos, aprendamos a no dejarnos paralizar por el miedo. Que, como la Iglesia naciente, sigamos anunciando el Reino aun en medio de las pruebas. Y que nuestra vida, tocada por la paz de Cristo, pueda convertirse también en instrumento de paz para los demás.

Porque donde entra la paz de Jesús, el miedo pierde fuerza.
Donde entra la paz de Jesús, las lágrimas se vuelven semilla.
Donde entra la paz de Jesús, el corazón deja de acobardarse.
Y donde entra la paz de Jesús, aun en medio de la cruz, comienza ya la Pascua.

Amén.

 


domingo, 3 de mayo de 2026

4 de mayo del 2026: Santos Felipe y Santiago, apóstoles-Fiesta

 

Testigos de la fe:

Santos Santiago y Felipe Apóstoles del Señor

Felipe, un hombre de contacto, presenta Natanael a Jesús y sirve como portavoz de los griegos que desean conocer al Maestro. No sabemos nada de Santiago, hijo de Alfeo, excepto que formaba parte del grupo de los Doce.

Como hizo con sus apóstoles Felipe y Santiago,

que el Señor Resucitado abra nuestros ojos a su luz.

Que Santiago y San Felipe, apóstoles y miembros privilegiados del grupo de los 12, intercedan por nosotros, que su testimonio nos ilumine para que seamos hoy testigos efectivos y afectivos del Señor Resucitado.


El mismo rostro de Dios

(Jn 14, 6-14) En el Evangelio de hoy, Jesús responde al deseo profundo de Felipe: “Señor, muéstranos al Padre”. Y su respuesta nos lleva al corazón de nuestra fe: quien ve a Jesús, ve al Padre. Él no es solo un maestro que indica una dirección; Él mismo es el Camino, la Verdad y la Vida.

Escuchemos esta Palabra con corazón abierto. En Jesús descubrimos el rostro cercano, misericordioso y fiel de Dios. Y al mismo tiempo, recibimos una invitación: creer en Él, permanecer unidos a Él y dejar que nuestras obras sean reflejo vivo de su amor.

Roger Fournier

 


 

Primera lectura

1 Cor 15, 1-8


El Señor se apareció a Santiago, más tarde a todos los apóstoles


Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios.

LES recuerdo, hermanos, el Evangelio que les anuncié y que ustedes aceptaron, en el que además están fundados, y que los está salvando, si se mantienen en la palabra que les anunciamos; de lo contrario, creyeron en vano.
Porque yo les transmití en primer lugar, lo que también yo recibí: que Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras; y que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; y que se apareció a Cefas y más tarde a los Doce; después se apareció a más de quinientos hermanos juntos, la mayoría de los cuales vive todavía, otros han muerto; después se apareció a Santiago, más tarde a todos los apóstoles; por último, como a un aborto, se me apareció también a mí.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 18, 2-3. 4-5b (R.: 5a)

 

R. A toda la tierra alcanza su pregón.

O bien:

R. Aleluya.

V. El cielo proclama la gloria de Dios,
el firmamento pregona la obra de sus manos:
el día al día le pasa el mensaje,
la noche a la noche se lo susurra. 
R.

V. Sin que hablen, sin que pronuncien,
sin que resuene su voz,
a toda la tierra alcanza su pregón
y hasta los límites del orbe su lenguaje. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Yo soy el camino y la verdad y la vida —dice el Señor—; Felipe, quien me ha visto a mí ha visto al Padre. R.

 

Evangelio

Jn 14, 6-14


Hace tanto que estoy con ustedes, ¿y no me conoces?

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a Tomás:
«Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí».
«Si me conocieran a mí, conocerían también a mi Padre. Ahora ya lo conocen y lo han visto».
Felipe le dice:
«Señor, muéstranos al Padre y nos basta».
Jesús le replica:
«Hace tanto que estoy con ustedes, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre”? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Lo que yo les digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace las obras. Créanme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí. Si no, crean a las obras.
En verdad, en verdad les digo: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aun mayores, porque yo me voy al Padre. Y lo que pidan en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si me piden algo en mi nombre, yo lo haré».

Palabra del Señor.

 

 

1

 

Hermanos y hermanas:

Hoy celebramos la fiesta de los santos apóstoles Felipe y Santiago, dos discípulos que pertenecen al fundamento vivo de la Iglesia. La Iglesia no nació de una idea, ni de una teoría, ni de una organización humana, sino del encuentro con Cristo muerto y resucitado, anunciado por aquellos que lo vieron, lo escucharon, lo siguieron y dieron testimonio de Él hasta entregar la vida.

La primera lectura, tomada de la carta de san Pablo a los Corintios, nos lleva al corazón de nuestra fe: “Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; fue sepultado y resucitó al tercer día.” San Pablo está transmitiendo lo que él mismo recibió. Esa es la misión apostólica: recibir la fe, custodiarla, vivirla y transmitirla.

Felipe y Santiago fueron parte de esa cadena santa de testigos. Ellos no anunciaron simplemente una doctrina bonita, sino una Persona viva: Jesucristo, el Señor. Por eso el salmo dice: “A toda la tierra alcanza su pregón.” La voz de los apóstoles se extendió por el mundo entero. Gracias a ellos, y a tantos hombres y mujeres que después de ellos anunciaron el Evangelio, nosotros hoy podemos decir: creemos en Cristo, creemos en su muerte y resurrección, creemos en la vida eterna.

Y esta fe ilumina de manera especial nuestra intención orante por los difuntos. Si Cristo ha resucitado, entonces la muerte no es la última palabra. Si Cristo venció el pecado y la muerte, entonces nuestros seres queridos difuntos no están perdidos en la nada, sino confiados al amor misericordioso del Padre. Orar por ellos es un acto de fe, de amor y de esperanza. Es poner sus vidas en las manos de Aquel que dijo: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida.”

En el Evangelio, Jesús pronuncia precisamente esas palabras ante la inquietud de sus discípulos. Tomás no comprende el camino, y Felipe le dice: “Señor, muéstranos al Padre y nos basta.” Esta petición de Felipe es profundamente humana. También nosotros, en medio de las dudas, del dolor, de la muerte y de la ausencia de quienes amamos, quisiéramos decir: “Señor, muéstranos al Padre; danos una señal; ayúdanos a entender.”

Jesús responde: “Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre.” Es decir, Dios ya no es un misterio lejano e inaccesible. Dios se ha mostrado en el rostro de Jesús: en su compasión por los enfermos, en su cercanía a los pecadores, en su ternura con los pequeños, en su perdón desde la cruz, en su victoria pascual sobre la muerte.

Por eso, cuando oramos por los difuntos, no lo hacemos desde el miedo, sino desde la confianza. Los confiamos a un Dios que tiene rostro de Padre, corazón de misericordia y manos abiertas para acoger. La muerte nos hiere, nos duele, nos deja preguntas; pero la fe nos recuerda que Cristo ha abierto un camino donde parecía no haber camino. Él mismo es el Camino hacia la casa del Padre.

La fiesta de Felipe y Santiago también nos recuerda que la grandeza cristiana no está en buscar honores, sino en servir. Los apóstoles tuvieron que aprender, poco a poco, que seguir a Jesús no era ocupar puestos importantes, sino entregar la vida por el Evangelio. El verdadero apóstol no se anuncia a sí mismo; anuncia a Cristo. No busca ser el centro; conduce a los demás hacia Dios. No vive para dominar; vive para servir.

Y aquí podemos pensar también en nuestros difuntos. Al final de la vida, lo que permanece no son los títulos, los bienes, los cargos o los aplausos. Lo que permanece es el amor entregado, el bien realizado, la fe sembrada, el perdón ofrecido, el servicio humilde y silencioso. Muchos de nuestros seres queridos quizá no hicieron cosas extraordinarias a los ojos del mundo, pero fueron grandes porque amaron, trabajaron, acompañaron, sostuvieron una familia, dieron ejemplo, rezaron, sirvieron y dejaron huellas de bondad.

Hoy damos gracias por todo lo bueno que Dios sembró en ellos. Y al mismo tiempo pedimos, con humildad, que el Señor purifique aquello que en su vida necesitó misericordia. La oración por los difuntos no es un simple recuerdo sentimental; es comunión espiritual. Es seguir amándolos en Dios. Es pedir que el Señor complete en ellos la obra de su gracia y los lleve a la plenitud de la vida eterna.

Hermanos, Jesús dice también: “El que cree en mí hará las obras que yo hago.” Creer en Cristo no es solo repetir palabras religiosas. Creer en Él es dejarnos transformar por su modo de vivir. Es convertirnos, como Felipe y Santiago, en testigos. Es mostrar con nuestras obras que Cristo está vivo. Es consolar al triste, acompañar al que sufre, servir al necesitado, reconciliarnos con quien estamos distanciados, sembrar esperanza donde hay dolor.

En esta Eucaristía, Cristo vuelve a ponerse en medio de nosotros como Camino, Verdad y Vida. Camino para los que se sienten perdidos. Verdad para los que buscan sentido. Vida para quienes lloran la muerte de sus seres queridos. Y en el altar, unidos a los santos apóstoles Felipe y Santiago, presentamos también a nuestros difuntos, confiándolos al amor eterno del Padre.

Que el Señor les conceda el descanso eterno. Que brille para ellos la luz perpetua. Y que a nosotros nos conceda vivir como verdaderos discípulos: creyendo con firmeza, sirviendo con humildad y caminando con esperanza hacia la casa del Padre.

Amén.

 

2

Hermanos y hermanas:

Celebramos hoy la fiesta de los santos apóstoles Felipe y Santiago, dos testigos de la fe que recibieron de Cristo una misión: anunciar al mundo que Jesús ha muerto y ha resucitado, y que en Él se nos abre el camino hacia el Padre.

La primera lectura, tomada de la carta de san Pablo a los Corintios, nos presenta el corazón mismo del Evangelio: “Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; fue sepultado y resucitó al tercer día.” San Pablo no está transmitiendo una simple opinión religiosa. Está entregando lo que él mismo recibió: la fe de la Iglesia, la fe de los apóstoles, la fe que ha sostenido a los cristianos a lo largo de los siglos.

Y esta fe es la que ilumina nuestra oración por los difuntos. Cuando rezamos por quienes han partido de este mundo, no lo hacemos desde la desesperanza, sino desde la certeza pascual: Cristo ha resucitado. Si Él venció la muerte, entonces la muerte ya no tiene la última palabra. Nuestros difuntos no quedan abandonados en la oscuridad de la nada; los confiamos al amor misericordioso de Dios, al Dios que en Jesucristo nos ha mostrado su rostro de Padre.

El salmo nos dice: “A toda la tierra alcanza su pregón.” Esa frase nos recuerda la misión de los apóstoles. Felipe y Santiago hicieron parte de esa voz que salió al mundo entero para proclamar a Cristo. Ellos no anunciaron teorías complicadas, sino una verdad viva: Jesús es el Señor. Y ese anuncio llegó hasta nosotros porque, de generación en generación, otros creyentes recibieron la fe, la vivieron y la transmitieron.

Tal vez entre nuestros difuntos hubo personas que también fueron para nosotros pequeños apóstoles: una madre, un padre, un abuelo, una abuela, un catequista, un amigo, alguien que nos enseñó a rezar, alguien que nos habló de Dios, alguien que nos dio ejemplo de fe, paciencia, servicio y esperanza. Hoy los recordamos con gratitud, y los ponemos en las manos del Señor.

En el Evangelio, Jesús dice: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí.” Esta frase es profundamente consoladora, especialmente cuando oramos por los difuntos. Jesús no dice simplemente: “Yo enseño un camino”; dice: “Yo soy el Camino.” No dice solo: “Yo digo verdades”; dice: “Yo soy la Verdad.” No dice únicamente: “Yo prometo vida”; dice: “Yo soy la Vida.”

Por eso, cuando un creyente muere, no lo despedimos como quien se pierde para siempre, sino como quien es confiado a Cristo, Camino hacia el Padre, Verdad que no engaña, Vida que no termina. La fe no elimina el dolor de la ausencia, pero sí le da una luz. La fe no borra las lágrimas, pero les da esperanza. La fe no nos hace olvidar a los difuntos, sino que nos enseña a seguir amándolos en Dios.

Felipe, en el Evangelio, le dice a Jesús: “Señor, muéstranos al Padre y nos basta.” Es una petición muy humana. También nosotros, ante la muerte, ante el sufrimiento, ante las preguntas que no tienen respuesta fácil, podríamos decir: “Señor, muéstranos al Padre; danos una señal; ayúdanos a comprender.” Y Jesús responde: “Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre.”

Dios no es un desconocido para nosotros. Dios se ha dejado ver en Jesús: en su misericordia, en su cercanía, en su entrega, en su cruz y en su resurrección. Quien mira a Cristo descubre que Dios no es indiferente al dolor humano. Dios no mira la muerte desde lejos; entró en ella por medio de su Hijo para vencerla desde dentro. Por eso, nuestra oración por los difuntos descansa en esta certeza: ellos están en manos de un Padre que ama, perdona, purifica y salva.

El amor es algo así como obediencia. Jesús dice en otro momento del Evangelio de Juan: “El que me ama guardará mis mandamientos.” A primera vista, puede parecernos extraño unir amor y obediencia. Muchas veces pensamos que amar es solo sentir bonito, experimentar ternura o emoción. Pero Jesús nos enseña que el amor verdadero va más allá del sentimiento: amar es buscar el bien, amar es ser fiel, amar es hacer la voluntad de Dios, incluso cuando cuesta.

Los apóstoles Felipe y Santiago aprendieron esto. Amar a Cristo no fue solo emocionarse al escucharlo, sino seguirlo, obedecerlo, anunciarlo y entregar la vida por Él. El verdadero amor cristiano se convierte en servicio, en fidelidad, en entrega concreta. Y esta enseñanza también nos interpela a nosotros. ¿Cómo amamos a Dios? ¿Solo cuando sentimos consuelo? ¿Solo cuando todo va bien? ¿O también cuando la vida nos exige fe, paciencia, obediencia, perdón y esperanza?

La oración por los difuntos nos recuerda que al final de la vida lo que permanece es el amor vivido de verdad. No nos llevamos los títulos, las posesiones, los reconocimientos ni las apariencias. Nos llevamos el bien que hicimos, el perdón que ofrecimos, la fe que conservamos, el servicio que prestamos, la caridad con que tratamos a los demás.

Por eso, mientras pedimos por nuestros difuntos, también pidamos por nosotros. Que no esperemos el final de la vida para descubrir lo esencial. Que aprendamos desde ahora a amar como Cristo nos ama: con un amor obediente al Padre, generoso con los hermanos y libre de egoísmos. Que no veamos los mandamientos de Dios como una carga, sino como un camino de libertad. Porque Dios no nos manda amar para quitarnos la alegría, sino para llevarnos a la plenitud de la vida.

En esta Eucaristía, Cristo vuelve a entregarse por nosotros. Él es el Evangelio anunciado por Pablo. Él es la voz que alcanza toda la tierra. Él es el Camino que conduce al Padre. Él es la Verdad que sostiene nuestra fe. Él es la Vida que vence la muerte.

Confiemos hoy a nuestros difuntos a su misericordia. Pidamos que el Señor purifique sus faltas, les conceda el descanso eterno y los haga participar de la luz de su resurrección. Y pidamos también para nosotros la gracia de vivir como verdaderos discípulos: creyendo con firmeza, amando con obras, obedeciendo con confianza y caminando con esperanza hacia la casa del Padre.

Que los santos Felipe y Santiago intercedan por nosotros y por nuestros difuntos.

Amén.

 

6 de mayo del 2026: miércoles de la quinta semana de Pascua

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