viernes, 31 de julio de 2026

1 de agosto del 2026: sábado de la decimoséptima semana del tiempo ordinario-II-Memoria obligatoria de San Alfonso María de Ligorio, Obispo y Doctor de la Iglesia


Testigo de la fe:

San Alfonso María de Ligorio

1696-1787.

«Toda la santidad consiste en amar a Dios, y todo el amor a Dios consiste en hacer su voluntad», escribía el fundador de la Congregación de los Redentoristas. Proclamado doctor de la Iglesia, fue un gran teólogo moral, un predicador incansable y un pastor cercano a los pobres y a las personas más abandonadas. Obispo solícito y hombre de oración, enseñó una moral cristiana fundada no en el miedo, sino en la misericordia, la rectitud de conciencia y la confianza en Dios. Sus escritos, especialmente sobre la oración, el amor a Cristo y la Virgen María, continúan iluminando la vida espiritual de numerosos creyentes.

 


Una muerte injusta

(Jr 26,11-16.24 / Sal 69(68),15-16.30-31.33-34 (R. cf. 14) /
Mt 14,1-12)
Juan el Bautista, el más grande de los profetas, muere miserablemente en el fondo de una prisión, víctima de una sórdida historia de juramentos, venganza y cobardía. Herodes sabe que Juan es un hombre justo, pero prefiere salvar su imagen ante los invitados antes que salvar la vida de un inocente. Así, el miedo al juicio de los demás termina siendo más fuerte que la voz de la conciencia.

La primera lectura nos presenta también al profeta Jeremías amenazado de muerte por haber anunciado fielmente la Palabra de Dios. Pero Jeremías no se acobarda: recuerda al pueblo y a sus dirigentes que deben corregir su conducta y escuchar al Señor. Su fidelidad valiente termina conmoviendo a las autoridades, que reconocen que no merece la muerte. También Juan el Bautista se había atrevido a decirle la verdad al rey: «No te es lícito tener a la mujer de tu hermano». La verdad incomoda, sobre todo cuando denuncia el pecado y llama a la conversión.

El salmo se convierte entonces en la oración de todos aquellos que sufren injustamente: «Por tu gran amor, respóndeme, Señor». El justo puede ser humillado, perseguido o abandonado, pero nunca queda olvidado ante los ojos de Dios. El Señor escucha el clamor de los pobres y no abandona a quienes permanecen fieles.

Esta Palabra nos interroga: ¿sabemos escuchar la verdad cuando incomoda nuestras costumbres? ¿Tenemos el valor de defender lo que es justo, incluso cuando esto tiene un precio? Pidamos al Señor la fortaleza de Jeremías y de Juan el Bautista: una fe libre, una palabra sincera y una conciencia que nunca se deje comprar por el miedo, el interés o la opinión de los demás.

G.Q

 

1

 

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de hoy nos pone ante una realidad dolorosa: muchas veces, quien dice la verdad termina incomodando, siendo rechazado e incluso perseguido. Jeremías, en la primera lectura, es acusado y amenazado de muerte por haber anunciado con fidelidad la palabra del Señor. Juan el Bautista, en el Evangelio, muere injustamente por haber denunciado el pecado de Herodes. Ambos son profetas que no acomodan el mensaje de Dios a los intereses de los poderosos.

Jeremías no se defiende con violencia ni intenta suavizar lo que ha dicho. Simplemente afirma: «El Señor me envió a profetizar». Su conciencia está tranquila porque no habló por capricho, sino por obediencia a Dios. Y añade una invitación a la conversión: «Mejoren su conducta y sus obras; escuchen la voz del Señor». El verdadero profeta no busca condenar, sino abrir caminos de regreso. La palabra puede ser dura, pero su finalidad es salvar.

Juan el Bautista también tuvo el valor de decirle a Herodes: «No te es lícito tener a la mujer de tu hermano». Esa verdad le costó la cárcel y finalmente la vida. Herodes sabía que Juan era justo, pero fue débil. Prefirió conservar su prestigio ante los invitados antes que escuchar la voz de su conciencia. Un juramento imprudente, el miedo al qué dirán y la manipulación de Herodías condujeron a la muerte de un inocente.

Aquí aparece una advertencia muy actual: cuando una persona vive pendiente de la aprobación de los demás, puede terminar traicionando sus convicciones. Herodes no fue capaz de reconocer su error. Por orgullo, convirtió una promesa equivocada en una injusticia mayor. También nosotros debemos aprender que nunca estamos obligados a cumplir una palabra cuando su cumplimiento implica hacer el mal. La fidelidad a Dios y al bien está por encima del orgullo personal.

El salmo recoge el clamor de quienes sufren injustamente: «En tu gran amor, respóndeme, Señor». El justo puede ser humillado, perseguido o rechazado, pero no está abandonado. Dios escucha el grito del pobre y sostiene a quienes permanecen fieles. Jeremías fue salvado de la muerte; Juan Bautista perdió la vida terrena, pero su testimonio quedó para siempre como luz para la Iglesia. Ante Dios, ninguna fidelidad es inútil y ningún sacrificio hecho por la verdad queda olvidado.

En este contexto celebramos la memoria de san Alfonso María de Ligorio, obispo, doctor de la Iglesia y fundador de los Redentoristas. Él escribió: «Toda la santidad consiste en amar a Dios, y todo el amor de Dios consiste en hacer su voluntad». Esta frase resume muy bien el mensaje de hoy. Jeremías hizo la voluntad de Dios aunque fuera amenazado. Juan Bautista hizo la voluntad de Dios aunque le costara la vida. San Alfonso dedicó su existencia a anunciar la misericordia, a formar las conciencias y a acercar el Evangelio a los pobres y abandonados.

San Alfonso comprendió que la moral cristiana no puede reducirse al miedo, al castigo o a una colección de prohibiciones. Debe conducir a una conciencia recta, iluminada por la verdad y sostenida por la misericordia. Una conciencia bien formada no se vende, no se acomoda al poder y no actúa únicamente para quedar bien ante los demás. Es capaz de reconocer el pecado, pedir perdón y volver a comenzar.

Al hacer también memoria de la Virgen María en sábado, encontramos en ella el modelo perfecto de quien escucha y cumple la voluntad de Dios. María no hizo ruido, no buscó reconocimiento ni poder. Su respuesta fue sencilla y total: «Hágase en mí según tu palabra». Allí donde Herodes se dejó dominar por la opinión de los demás, María se dejó conducir por la voz de Dios. Allí donde unos reaccionaron con violencia frente a la verdad, ella acogió la Palabra, la guardó en su corazón y permaneció fiel incluso al pie de la cruz.

Pidamos hoy tres gracias. Primero, una conciencia recta, capaz de distinguir el bien del mal sin dejarnos manipular por la presión social. Segundo, valentía para decir y vivir la verdad con caridad, sin agresividad, pero también sin cobardía. Y tercero, humildad para reconocer nuestros errores antes de que el orgullo nos lleve a cometer injusticias mayores.

Que san Alfonso María de Ligorio nos enseñe a amar la voluntad de Dios y a confiar siempre en su misericordia. Que san Juan Bautista nos conceda valentía profética. Que el profeta Jeremías nos ayude a permanecer firmes en medio de las dificultades. Y que la Virgen María forme en nosotros un corazón disponible, obediente y fiel, capaz de responder cada día: «Hágase en mí según tu palabra». Amén.

 

2

 

Una caridad fiel hasta la muerte

 

«Herodes había mandado prender a Juan, lo había encadenado y lo había metido en la cárcel por causa de Herodías, la mujer de su hermano Filipo, porque Juan le decía: “No te es lícito tenerla”. Aunque quería matarlo, temía a la gente, porque tenían a Juan por profeta» (Mt 14,3-5).


San Juan Bautista fue firme y valiente en su predicación, humilde ante Dios y fiel a la verdad que proclamaba. Sin embargo, estas virtudes no lo libraron de caer en manos de Herodes, un hombre moralmente débil, políticamente temeroso e incapaz de arrepentirse. Al final, Herodes no solo encarceló a Juan, sino que, manipulado por Herodías y por su hija, terminó ordenando su muerte.

La primera lectura nos presenta una situación semejante. El profeta Jeremías también es perseguido y amenazado de muerte por anunciar la palabra del Señor. Los sacerdotes y los falsos profetas dicen: «Este hombre es reo de muerte». Pero Jeremías no retrocede ni acomoda su mensaje para salvarse. Con serenidad responde: «El Señor me envió a profetizar todas estas palabras». Y vuelve a llamar a todos a la conversión: «Mejoren su conducta y sus obras, escuchen la voz del Señor».

Jeremías y Juan Bautista tienen algo esencial en común: no hablan movidos por el odio, la ambición o el deseo de condenar. Hablan porque aman a Dios y porque aman también a aquellos a quienes corrigen. La verdadera caridad no consiste siempre en callar para evitar problemas. A veces amar significa advertir, denunciar el pecado y llamar a la conversión, aunque esa palabra incomode o tenga un precio.

¿Quién fue entonces el vencedor en el Evangelio? Desde una mirada puramente humana, parecería que Herodes triunfó: conservó el poder, silenció al profeta y mandó cortar su cabeza. Juan, en cambio, fue encarcelado, humillado y martirizado. Pero la verdadera victoria perteneció a Juan. Su triunfo no consistió en escapar del sufrimiento, sino en permanecer fiel a la verdad, a la voluntad de Dios y al deseo de salvación para el mismo Herodes.

Juan no corrigió al rey para humillarlo, sino porque quería salvar su alma. Su valentía nació de la caridad. Sabía que el pecado de Herodes lo alejaba de Dios y, por eso, se atrevió a decirle: «No te es lícito». Esa caridad sacrificial lo llevó a hablar con firmeza, incluso a costa de su propia vida.

También Jeremías está dispuesto a entregar su vida. Dice a sus acusadores: «Yo estoy en sus manos; hagan conmigo lo que les parezca bueno y justo». Pero les advierte que, si lo matan, derramarán sangre inocente. El profeta no se aferra desesperadamente a su existencia; se confía al Señor y permanece fiel a la misión recibida.

El salmo recoge la oración de quien sufre por causa de la verdad: «Que me escuche tu gran bondad, Señor». El justo se siente hundido en el fango, agotado de gritar y perseguido sin motivo. Sin embargo, no pierde la confianza. Sabe que Dios escucha a los pobres, no desprecia a sus cautivos y no abandona a quienes sufren por permanecer fieles.

A la muerte de Juan Bautista, Jesús sintió un dolor profundo. La pérdida fue verdadera y dolorosa, aunque no fue un dolor desesperado. Los discípulos de Juan también recogieron su cuerpo, lo sepultaron y fueron a comunicarle la noticia a Jesús. Lo lloraron porque lo amaban. Juan había transformado muchas vidas y había preparado el camino para el ministerio del Mesías. De él dijo Jesús: «No ha nacido de mujer uno más grande que Juan el Bautista».

Después de tantos siglos, quizá nos cueste percibir la profundidad de aquel dolor. Pero la herida fue grande porque también había sido grande el amor. Las personas arrogantes y egoístas suelen desaparecer rápidamente de la memoria. En cambio, cuando una vida irradia santidad, inspira por su sencillez y transforma los corazones por medio de la verdad, su ausencia se siente profundamente.

El mayor dolor humano fue el sufrimiento compartido por el Sagrado Corazón de Jesús y el Corazón Inmaculado de María. Su amor era perfecto y, por eso, también fue inmensa su capacidad de sufrir. Sus corazones fueron atravesados no solamente por un dolor personal, sino también por el peso del pecado de toda la humanidad.

Por eso, la muerte de Juan no fue absurda. Fue dolorosa e injusta, pero estuvo llena de sentido. Murió por la verdad, por la caridad y por el Mesías. Murió como un hombre profundamente amado, cuya vida había tocado a muchos. No murió dominado por el resentimiento ni por la confusión, sino con valentía, compasión y fidelidad. Su ministerio había sido fecundo, pero el testimonio de su martirio, sostenido por la gracia, resultó aún más poderoso.

En este día celebramos también la memoria de san Alfonso María de Ligorio, quien escribió: «Toda la santidad consiste en amar a Dios, y todo el amor de Dios consiste en hacer su voluntad». Esta afirmación ilumina perfectamente la vida de Jeremías y de Juan Bautista. Ambos amaron a Dios haciendo su voluntad, no solo cuando era consoladora, sino también cuando implicaba rechazo, persecución y sufrimiento.

San Alfonso dedicó su vida a anunciar la misericordia de Dios y a formar las conciencias. Nos recuerda que la verdad cristiana nunca debe separarse de la caridad. La verdad sin amor puede convertirse en dureza; pero una falsa caridad que calla ante el mal termina convirtiéndose en complicidad. Juan Bautista une ambas cosas: dice la verdad con valentía porque ama.

Y al hacer memoria de María en sábado, contemplamos a la Virgen como modelo de fidelidad silenciosa. María también permaneció junto a la cruz cuando todo parecía perdido. No huyó ante el sufrimiento ni dejó de confiar. Su corazón, lleno de amor, aceptó el dolor sin desesperación y permaneció unido a la voluntad de Dios.

Cada uno de nosotros está llamado a imitar, a su manera, a san Juan Bautista: con valentía, humildad y fidelidad. Estamos llamados a vivir una caridad que se hace sacrificio, una caridad que a veces cuesta, que exige renuncias y que no se deja vencer por el miedo.

Al examinar nuestra vida, podemos preguntarnos: ¿vivimos con valentía y confianza en la verdad, o cedemos fácilmente ante el temor, la confusión y la indiferencia? ¿Nuestra caridad es suficientemente firme para soportar incomprensiones, críticas o incluso persecuciones injustas por la gloria de Dios y la salvación de las almas? ¿Somos capaces de corregir con amor, de escuchar cuando somos corregidos y de reconocer nuestros errores antes de que el orgullo nos lleve a cometer injusticias mayores?

Contemplemos hoy la fuerza de la caridad de Juan Bautista. El sacrificio duele. Le dolió a Juan, a sus discípulos y también a Jesús. Pero aquel dolor no fue inútil. Cuando se vive en fidelidad a Dios, el sufrimiento puede convertirse en testimonio, fecundidad y camino de salvación.

Pidamos la intercesión de san Juan Bautista, para que nuestra caridad toque muchas vidas y deje una huella duradera. Que san Alfonso María de Ligorio nos enseñe a amar a Dios cumpliendo su voluntad. Que Jeremías nos conceda fortaleza para anunciar la verdad. Y que la Virgen María nos ayude a permanecer fieles junto a la cruz, confiando siempre en la victoria de Dios.

Señor Jesús, tu corazón humano sintió profundamente el sufrimiento y la muerte de Juan Bautista, cuya misión fue preparar el camino para tu ministerio. Tu dolor no nació de la desesperación, sino del amor y de la gratitud por su vida y por su testimonio generoso. Concédeme la valentía y la caridad que ardían en su corazón, para que mi vida pueda tocar a los demás, darte gloria y santificar mi alma. Jesús, confío en ti. Amén.

 

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📅 1 de agosto: 

San Alfonso María de Ligorio, obispo y doctor de la Iglesia — Memoria


1696–1787


Patrono de los confesores y teólogos moralistas
Invocado contra los escrúpulos, la artritis y para alcanzar la perseverancia final
Canonizado por el Papa Gregorio XVI en 1839
Proclamado Doctor de la Iglesia por el Papa Pío IX en 1871




📜 Cita:

"Al comienzo de la conversión del alma, Dios suele darle un torrente de consuelos. Como consecuencia de esto, el alma se va desprendiendo poco a poco del apego a las criaturas y se entrega a Dios; pero aún no de manera perfecta, pues actúa más por los consuelos de Dios que por el Dios de los consuelos, como dice tan bellamente san Francisco de Sales. Es un defecto común de nuestra naturaleza caída que en todo lo que hacemos busquemos nuestra propia gratificación. El amor de Dios y la perfección cristiana no consisten en sentimientos dulces y consuelos sensibles, sino en vencer el amor propio y cumplir la voluntad de Dios. En las vidas de los grandes siervos y santos de Dios, vemos cómo la leche de los consuelos da lugar al alimento más sustancioso de las aflicciones; y es esto lo que les permite llevar la cruz en su camino hacia el Calvario."
San Alfonso, “La escuela de la perfección”, capítulo doce


Reflexión:

Alfonso María nació en el seno de la noble familia Ligorio, en Marinella, en el Reino de Nápoles, actual Italia. Fue el mayor de siete hijos y creció en un hogar católico devoto. De niño dominó el arpa y disfrutaba de la esgrima, la equitación y los juegos de cartas. También mostraba una voluntad fuerte y un carácter moral firme. Su padre era oficial naval y alcanzó el alto rango de Capitán de las Galeras Reales. Sin embargo, debido a su mala visión y asma, Alfonso no pudo seguir los pasos militares de su padre. No obstante, su extraordinaria inteligencia llevó a su padre a enviarlo a la Universidad de Nápoles, donde obtuvo un título en derecho civil y canónico a los dieciséis años, tres años antes de lo habitual.

Durante los ocho años siguientes, Alfonso ganó caso tras caso como abogado en Nápoles, pero su éxito mundano no lo satisfacía. De hecho, podría no haber perdido nunca un juicio hasta el último, que cambiaría su vida. Un día, en lugar de refutar su brillante argumento, el abogado defensor le preguntó si veía algún error en su razonamiento. Alfonso identificó una pequeña falla en su propio caso y habló abiertamente de ella. Perdió el juicio, pero fue elogiado por su honestidad. Después declaró:

“Falso mundo, ya te conozco. Tribunales, no me verán más.”

Renunció a su profesión, dejando atrás la riqueza y el prestigio.

Después de esta experiencia, Alfonso hizo un retiro de tres días guiado por un sacerdote oratoriano. Habiendo descubierto que el éxito mundano no lo satisfacía, resolvió servir solo a Dios, eligiendo iniciar estudios teológicos, crecer en virtud y convertirse en sacerdote. Su padre se opuso a que ingresara en los oratorianos, por lo que Alfonso accedió a vivir en casa mientras terminaba sus estudios. Con la bendición del Cardenal Arzobispo de Nápoles, fue ordenado sacerdote en 1726 a los treinta años.

Durante los tres años siguientes, el Padre Alfonso vivió en casa de su familia y se dedicó a atender a los pobres y a los pecadores en Nápoles. Los reunía en las calles, hablándoles con amor y convicción, ganando a muchos para Cristo. El arzobispo le pidió que realizara sus servicios en las iglesias locales, que llegaron a conocerse como “Capillas Vespertinas”. Estas reuniones incluían catequesis y oración, especialmente para los jóvenes y los pobres, y eran frecuentemente dirigidas por los propios jóvenes, tras recibir la debida formación del Padre Alfonso. También se convirtió en un confesor muy querido. La gente lo consideraba un hombre de gran compasión, atención y preocupación. Trataba a cada penitente con misericordia y siempre ofrecía la absolución, sin dudar de la sinceridad del arrepentimiento del pecador. Desde el púlpito, predicaba de manera que todos lo entendían, incluso los más pobres e ignorantes, tanto santos como pecadores. En poco tiempo, su ministerio tuvo tal efecto en las zonas moralmente decadentes de Nápoles, que los pecados más graves prácticamente desaparecieron.

En 1729, para profundizar su vida de oración y compromiso ministerial, se trasladó a una nueva escuela para misiones en China, pero continuó su ministerio con los pobres y los pecadores. Amplió su apostolado más allá de Nápoles, hacia zonas rurales aún más pobres y decadentes. Al ver la necesidad de consolidar su labor, obtuvo el apoyo del obispo vecino de Scala para formar una nueva congregación. En 1732, el Padre Alfonso fue acompañado por trece compañeros (diez sacerdotes, dos seminaristas y un hermano laico), y así nació la Congregación del Santísimo Redentor.

La nueva congregación comenzó con buen pie. Sus miembros llevaban vidas de profunda oración, severa penitencia y radical pobreza. Salían en misiones como predicadores itinerantes, dedicándose a anunciar el arrepentimiento y la misericordia en las zonas rurales. Sin embargo, pronto surgieron disensiones sobre su misión y estilo de vida. Las propuestas del Padre Alfonso fueron rechazadas por todos, salvo por un hermano laico y un seminarista. Los demás se separaron y fundaron otra congregación. Alfonso fue ridiculizado en Nápoles, y hasta el obispo que lo apoyaba fue criticado. No obstante, ambos perseveraron, y con el tiempo nuevos compañeros se unieron y su ministerio floreció.

Durante los siguientes treinta años, el Padre Alfonso trabajó incansablemente para consolidar su congregación y servir al Pueblo de Dios con compasión. Una de las herejías emergentes de su tiempo fue el jansenismo, que negaba la universalidad del libre albedrío y afirmaba que la gracia y la misericordia de Dios no eran para todos. Los jansenistas veían la naturaleza humana tan corrompida que solo Dios podía salvar a algunos, de manera selectiva. Alfonso predicó fervorosamente que la gracia y la misericordia están disponibles para todos.

Además de predicar, fue un escritor extremadamente prolífico. Durante su vida escribió unos 100 libros y 400 folletos y panfletos para evangelizar al pueblo con un lenguaje claro, fiel a la doctrina. Dominó la teología moral y la hizo accesible a quienes necesitaban alejarse del pecado. Escribió hermosamente sobre la Virgen María, el Vía Crucis y la Persona de Jesucristo.

En 1762, fue nombrado Obispo de Sant’Agata dei Goti, diócesis al noreste de Nápoles. Como obispo buscó reformar el clero y organizar un plan de evangelización. Aunque su enfoque riguroso encontró resistencia, perseveró. En 1775 su salud se deterioró al punto de quedar parcialmente paralizado y encorvado, como suele representárselo en el arte. Renunció, y el Papa aceptó su dimisión con pesar.

Pasó sus últimos doce años en una casa religiosa de su congregación, escribiendo, orando y sufriendo. Finalmente quedó ciego y sordo, pero nunca dejó de amar a Dios ni de cumplir su voluntad. En sus últimos años, vio cómo su congregación sufría divisiones, y él mismo fue tentado por graves escrúpulos, ataques demoníacos y oscuridad espiritual. Todo esto aumentó su santidad.

A veces creemos que la santidad asegura una vida fácil. Por el contrario, el Padre permite grandes sufrimientos a quienes más ama, para que imiten a su Hijo. San Alfonso sufrió mucho en muchas formas, pero permaneció fiel a su misión de salvar almas. Creía en la misericordia de Dios, la llevó a los mayores pecadores y se aseguró de que su obra perdurara en el tiempo, fundando una congregación y dejando una abundante obra escrita accesible a todos.

Al honrar a este santo, medita en su mensaje central: Dios es misericordioso y acoge incluso al mayor de los pecadores. Mírate como ese pecador que necesita la misericordia de Dios, y no dudes en correr al Corazón del Santísimo Redentor para hallar descanso y paz.


🙏 Oración:

San Alfonso, aunque detestabas el pecado, amabas al pecador y trabajaste incansablemente para reconciliarlo con Dios. Lo hiciste con compasión y misericordia, a imitación de Jesús. Ruega por mí, para que comparta tus convicciones y tu misión, y busque amar a toda persona que se haya alejado de Dios.
San Alfonso María de Ligorio, ruega por mí.
Jesús, en Ti confío.


31 de julio del 2026: viernes de la decimoséptima semana del tiempo ordinario II-Memoria de San Ignacio de Loyola


Santo del día

San Ignacio de Loyola

1491-1556. «Señor […] dame tu amor y tu gracia, me basta». Así oró, en sus Ejercicios Espirituales, el hombre que fundó oficialmente, en 1540 en Roma, la Compañía de Jesús (Jesuitas).

 


(Salmo 68) ¿Quién, como el salmista, alguna vez no se ha encontrado en la situación, con la impresión de estar dentro del agua hasta el cuello? Un duelo, una pérdida de empleo, una relación de amor o amistad rota… Pero Dios nos tiende la mano en su Hijo que ha resucitado después de haber atravesado las aguas de la muerte. ¿Sabremos nosotros dejar que Él nos tome, nos abrace, para que así nos comunique su esperanza?





Primera lectura

Lectura de la profecía de Jeremías (26,1-9):

Al comienzo del reinado de Joaquín, hijo de Josías, rey de Judá, vino esta palabra del Señor a Jeremías: «Así dice el Señor: Ponte en el atrio del templo y di a todos los ciudadanos de Judá que entran en el templo para adorar, las palabras que yo te mande decirles; no dejes ni una sola. A ver si escuchan y se convierte cada cual de su mala conducta, y me arrepiento del mal que medito hacerles a causa de sus malas acciones. Les dirás: Así dice el Señor: Si no me obedecéis, cumpliendo la ley que os di en vuestra presencia, y escuchando las palabras de mis siervos, los profetas, que os enviaba sin cesar (y vosotros no escuchabais), entonces trataré a este templo como al de Silo, a esta ciudad la haré fórmula de maldición para todos los pueblos de la tierra.»
Los profetas, los sacerdotes y el pueblo oyeron a Jeremías decir estas palabras, en el templo del Señor. Y, cuando terminó Jeremías de decir cuanto el Señor le había mandado decir al pueblo, lo agarraron los sacerdotes y los profetas y el pueblo, diciendo: «Eres reo de muerte. ¿Por qué profetizas en nombre del Señor que este templo será como el de Silo, y esta ciudad quedará en ruinas, deshabitada?»
Y el pueblo se juntó contra Jeremías en el templo del Señor.

Palabra de Dios



Salmo

Sal 68

R/.
Que me escuche tu gran bondad, Señor.

Más que los pelos de mi cabeza
son los que me odian sin razón;
más duros que mis huesos,
los que me atacan injustamente.
¿Es que voy a devolver lo que no he robado? R/.

Por ti he aguantado afrentas,
la vergüenza cubrió mi rostro.
Soy un extraño para mis hermanos,
un extranjero para los hijos de mi madre;
porque me devora el celo de tu templo,
y las afrentas con que te afrentan caen sobre mí. R/.

Pero mi oración se dirige a ti,
Dios mío, el día de tu favor;
que me escuche tu gran bondad,
que tu fidelidad me ayude
. R/.



Lectura del santo evangelio según san Mateo (13,54-58):

En aquel tiempo fue Jesús a su ciudad y se puso a enseñar en la sinagoga. La gente decía admirada: «¿De dónde saca éste esa sabiduría y esos milagros? ¿No es el hijo del carpintero? ¿No es su madre María, y sus hermanos, Santiago, José, Simón y Judas? ¿No viven aquí todas sus hermanas? Entonces, ¿de dónde saca todo eso?» Y aquello les resultaba escandaloso.
Jesús les dijo: «Sólo en su tierra y en su casa desprecian a un profeta.» Y no hizo allí muchos milagros, porque les faltaba fe.

Palabra del Señor

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No cerremos el corazón a la voz de Dios

La primera lectura, tomada del profeta Jeremías, nos introduce hoy —y continuará haciéndolo mañana— en uno de los momentos más difíciles de la misión del profeta. Jeremías recibe del Señor el encargo de colocarse en el atrio del templo y anunciar, sin quitar una sola palabra, aquello que Dios quiere comunicar a su pueblo.

El mensaje contiene una advertencia severa, pero también una posibilidad de salvación: «Quizá escuchen y se convierta cada cual de su mala conducta». Dios no amenaza por el gusto de castigar. Dios advierte porque ama; corrige porque desea salvar; llama a la conversión porque todavía confía en que el corazón humano puede cambiar.

Sin embargo, los sacerdotes, los falsos profetas y algunos dirigentes religiosos se sienten cuestionados. Están tan seguros de sus privilegios, de sus instituciones y de su manera de interpretar la voluntad de Dios, que ya no son capaces de escuchar una palabra diferente. En lugar de examinar su vida, atacan al mensajero. En vez de convertirse, exclaman contra Jeremías: «¡Eres reo de muerte!».

Esta escena nos descubre una tentación que también puede aparecer en nuestra vida religiosa: creer que, por estar cerca del templo, por conocer las oraciones o por participar en las celebraciones, ya no necesitamos convertirnos. Podemos estar físicamente cerca de las cosas de Dios y, sin embargo, mantener el corazón lejos de Él.

Jeremías no habla para destruir el templo ni para acabar con la fe del pueblo. Habla para purificarla. Sus advertencias no cierran el futuro; por el contrario, abren la posibilidad de un futuro nuevo. Mientras Dios envíe profetas, mientras su Palabra nos cuestione y mientras sintamos la llamada a cambiar, significa que el Señor no se ha cansado de nosotros.

Por eso, el salmo responsorial expresa la experiencia dolorosa del justo perseguido: «Que me escuche tu gran bondad, Señor». El salmista se siente extranjero entre los suyos, incomprendido incluso por sus hermanos y convertido en objeto de burlas por causa de su fidelidad a Dios.

Jeremías vivió esa incomprensión. Jesús la experimentó de manera todavía más profunda. Y también nosotros podemos sentirla cuando procuramos vivir el Evangelio con coherencia. No siempre la fidelidad será comprendida; no siempre hacer el bien recibirá aplausos; no siempre decir la verdad será bien recibido. Pero el salmo nos recuerda que, en medio de la incomprensión humana, permanece la bondad de Dios. Cuando los hombres cierran sus oídos, el Señor escucha; cuando otros nos rechazan, Él nos sostiene.

El Evangelio nos presenta a Jesús regresando a su tierra. Enseña en la sinagoga y quienes lo escuchan quedan admirados por su sabiduría y por sus obras. Pero la admiración pronto se transforma en rechazo: «¿No es este el hijo del carpintero? ¿No se llama María su madre?».

Sus paisanos creen conocerlo perfectamente. Conocen su familia, su oficio, su procedencia y sus parientes. Precisamente por eso piensan que Jesús no puede traerles nada nuevo. Lo han encerrado en una definición: para ellos es solamente el hijo del carpintero.

El Evangelio quiere prevenirnos contra el peligro de etiquetar o catalogar a las personas. Existe en nosotros una tentación continua de definir a los demás por su pasado, por su familia, por sus errores, por su oficio, por sus limitaciones o por lo que alguna vez escuchamos decir acerca de ellos.

Decimos: «Este siempre ha sido así», «aquella persona nunca cambiará», «de esa familia no puede salir nada bueno», «ya sabemos cómo piensa». Estas etiquetas nos producen una falsa seguridad, porque creemos que, al definir a alguien, ya lo conocemos completamente.

Pero ninguna persona puede ser encerrada en una sola definición. Cada ser humano es complejo, es una historia sagrada, es un misterio conocido plenamente solo por Dios. Todos somos mucho más de lo que los ojos pueden percibir. Somos más que nuestros errores, más que nuestros fracasos, más que nuestro pasado y más que las opiniones que otros se hayan formado sobre nosotros.

Y si esto es verdad para toda persona, lo es todavía más cuando se trata de Jesucristo. Sus paisanos conocían muchos datos sobre Él, pero no reconocieron su misterio. Sabían de dónde venía humanamente, pero no comprendieron quién lo enviaba. Conocían a María y a José, pero no descubrieron que, en aquel hombre sencillo, Dios mismo estaba visitando a su pueblo.

Por eso, Jesús concluye: «Un profeta solo es despreciado en su pueblo y en su casa». A Jeremías lo rechazaron quienes debían escuchar la Palabra de Dios. A Jesús lo rechazaron aquellos que creían conocerlo. En ambos casos, la familiaridad se convirtió en obstáculo para la fe.

También nosotros podemos acostumbrarnos tanto a Jesús que dejemos de sorprendernos ante Él. Podemos escuchar muchas veces el Evangelio, contemplar la cruz, participar en la Eucaristía y pronunciar el nombre de Dios, pero sin permitir que su Palabra transforme verdaderamente nuestra vida.

La incredulidad de Nazaret no consistió solamente en negar la existencia de Dios. Consistió en negarse a reconocer que Dios podía manifestarse en lo sencillo, en lo cotidiano y en alguien que ellos creían conocer.

Hoy celebramos la memoria de san Ignacio de Loyola. También él tuvo que permitir que Dios rompiera las etiquetas con las que había definido su propia vida. Soñaba con honores, hazañas militares y gloria humana. Pero, durante su convalecencia, descubrió que existía una gloria más grande: la gloria de Dios.

San Ignacio comprendió que el ser humano no está terminado, que puede dejarse transformar por la gracia y que toda la vida puede orientarse a «amar y servir» al Señor. Su existencia quedó resumida en una expresión que sigue inspirando a la Iglesia: hacerlo todo para la mayor gloria de Dios.

Pidamos hoy tres gracias.

Primero, la gracia de escuchar a los profetas que Dios pone en nuestro camino, incluso cuando su palabra nos incomoda.

Segundo, la gracia de no encerrar a nadie en una etiqueta, sino mirar a cada persona con esperanza, reconociendo que Dios puede obrar en ella.

Y tercero, la gracia de reconocer a Jesús en lo sencillo: en su Palabra, en la Eucaristía, en los pobres, en la comunidad y en aquellos que quizá conocemos demasiado humanamente, pero no hemos aprendido a contemplar con los ojos de la fe.

Que, como san Ignacio de Loyola, busquemos en todo la mayor gloria de Dios; que combatamos el buen combate de la fe bajo la protección del Señor; y que, siguiendo el ejemplo de los santos, lleguemos un día a compartir con ellos la gloria del cielo.

Amén.

 


31 de julio: San Ignacio de Loyola, presbítero — Memoria

1491–1556
Patrono de la Compañía de Jesús (Jesuitas), los Ejercicios Espirituales, los soldados y los retiros espirituales
Canonizado por el Papa Gregorio XV el 12 de marzo de 1622

 


Cita:

"El hombre ha sido creado para alabar, reverenciar y servir a Dios nuestro Señor, y mediante esto salvar su alma. Y las demás cosas sobre la faz de la tierra han sido creadas para el hombre, para que le ayuden a alcanzar el fin para el cual ha sido creado. De esto se sigue que el hombre debe usarlas en la medida en que le ayudan a alcanzar su fin, y debe apartarse de ellas en la medida en que se lo impiden. Para ello es necesario hacerse indiferente ante todas las cosas creadas, en lo que se permite a la elección de nuestro libre albedrío y no se le prohíbe; de modo que, por nuestra parte, no queramos salud más que enfermedad, riqueza más que pobreza, honor más que deshonor, vida larga más que corta, y así en todo lo demás; deseando y eligiendo solamente lo que más nos conduzca al fin para el cual hemos sido creados."


~ Principio y Fundamento de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio


Reflexión:

Íñigo López de Oñaz y Loyola (Ignacio en latín) nació en el castillo de Loyola, en el municipio de Azpeitia, actual provincia de Guipúzcoa, España. Fue el menor de trece hermanos. Poco después de su nacimiento, su madre falleció, y fue cuidado por una mujer local llamada María. A los siete años, murió también su padre, y fue enviado a vivir con una familia noble donde sirvió como paje, lo cual lo introdujo en el ideal de la caballería y el servicio militar.

Como consecuencia, Ignacio se convirtió en un joven entusiasta que soñaba con ser un gran militar. Cautivado por los ideales del honor y la gloria mundanos, se hizo soldado alrededor de los diecisiete años. Durante los siguientes doce años participó en numerosas batallas y ascendió en el rango militar. En 1521, a los treinta años, fue herido en combate y pasó meses postrado en cama mientras se curaba su pierna.

Durante su convalecencia, pidió libros para entretenerse. Esperaba recibir novelas de caballería, pero en la casa donde se recuperaba no había tales libros. En su lugar, le ofrecieron La vida de Cristo, del cartujo Ludolfo de Sajonia, y Flores de los santos. Al leer y releer estos textos, comenzó a sentirse inspirado e imaginó su propia vida como la de un santo.

Ignacio también dedicaba mucho tiempo a imaginar romances y hazañas caballerescas. Sin embargo, notó una diferencia importante: aunque ambos tipos de pensamientos le generaban entusiasmo momentáneo, los mundanos lo dejaban luego seco y triste, mientras que los pensamientos sobre Cristo y los santos lo llenaban de un gozo que perduraba. Esta fue la primera gran clave de su conversión, una intuición que más tarde se convertiría en la base de su sabiduría espiritual y guía para la Iglesia.

Después de sanar, Ignacio decidió peregrinar a Tierra Santa. Antes de hacerlo, pasó por el santuario de Montserrat. Allí, dos experiencias marcaron profundamente su camino: sus penitencias y su confesión general. Como penitencia, vestía ropas ásperas e incómodas, ataba una cuerda bajo su rodilla y solo usaba un zapato. Oraba largamente de rodillas y de pie ante el Señor y la Virgen María.

En Montserrat, se preparó durante tres días para realizar una confesión general de todos los pecados de su vida. Durante esta confesión, por primera vez reveló su intención de dedicar toda su vida al servicio de Dios. Al terminar, se consagró al Señor y a la Virgen, y pasó la noche entera en oración. Así comenzó un camino radical hacia la santidad.

Luego, viajó a la ciudad de Manresa, donde permaneció desde el 25 de marzo de 1522 hasta mediados de febrero de 1523. Ese tiempo en Manresa fue de profunda conversión interior. Pasaba largas horas en oración, asistía a misa diariamente, realizaba duras penitencias, buscaba dirección espiritual y estudiaba los evangelios. Solía orar en silencio en una cueva cercana, despreocupado de su apariencia externa, centrado en embellecer su alma.

Durante este periodo, Ignacio comenzó a experimentar profundas consolaciones espirituales. Pero poco después también sufrió fuertes pruebas interiores, sintiendo que el maligno lo tentaba diciéndole que no podría mantener su vida de penitencia y fervor. Incluso fue atacado por pensamientos de desesperanza y escrúpulos, creyendo que no había confesado adecuadamente todos sus pecados. Esta lucha fue tan intensa que, por un breve momento, pensó en quitarse la vida. Sin embargo, logró discernir que tales pensamientos no venían de Dios. Una vez comprendido esto, rechazó los escrúpulos y fue liberado de esa carga.

En Manresa, continuó con ayunos extremos (llegando a no comer ni beber durante siete días), se flagelaba tres veces al día y dedicaba siete horas diarias a la oración. La Virgen y Jesús se le manifestaban en lo profundo de su alma, comunicándole grandes verdades espirituales. Fue allí donde comenzó a escribir uno de los mayores clásicos espirituales de la Iglesia: los Ejercicios Espirituales.

Los Ejercicios no son tanto un libro como una guía estructurada para un retiro de treinta días, preferiblemente en silencio, bajo la dirección de un guía espiritual entrenado. El texto ofrece instrucciones diarias para el orante y directrices para que el director espiritual lo guíe en el discernimiento de la voluntad de Dios.

Tras este período de formación espiritual, Ignacio estudió en Barcelona, Alcalá y Salamanca. Allí comenzó a difundir sus ideas, pero sus escritos fueron examinados por la Inquisición española, y fue brevemente encarcelado varias veces antes de ser absuelto de toda acusación de herejía.

Más tarde se trasladó a París, donde obtuvo el grado de maestro en teología. Allí conoció a Francisco Javier y Pedro Fabro, quienes más tarde serían también santos. En 1537, Ignacio y sus compañeros fueron ordenados sacerdotes en Venecia. En 1540, fundaron la Compañía de Jesús (Jesuitas), y en 1541 Ignacio fue elegido como su primer superior, cargo que ocuparía hasta su muerte.

En los siguientes veinte años, los Jesuitas crecieron hasta contar con unos mil miembros, fundaron más de treinta escuelas y emprendieron misiones en territorios no cristianos. En el siglo siguiente, los Jesuitas jugarían un papel clave en la Contrarreforma católica, destacándose como defensores del Papa y de la ortodoxia de la fe.

San Ignacio de Loyola es una de las figuras más inspiradoras de la historia de la Iglesia. Dejó un legado espiritual invaluable en sus Ejercicios Espirituales, fundó una de las órdenes religiosas más influyentes, y escribió unas 7.000 cartas llenas de sabiduría.

Al conmemorar a San Ignacio, recordemos su primera conversión, aquella que dio fruto a tantos bienes. Él descubrió que la voluntad de Dios produce un gozo duradero y una paz profunda, a diferencia de las emociones del mundo que son efímeras y dejan vacío. Esa intuición ha ayudado a miles a discernir la voluntad divina para sus vidas mediante el método ignaciano.

Medita hoy sobre la voluntad de Dios para ti. Aprende de San Ignacio y busca siempre el camino que te conduzca a la alegría profunda, la paz del alma y la consolación espiritual que no pasa.


🙏 Oración:

San Ignacio de Loyola, tu pierna herida fue la ocasión para que Dios te hablara mientras sufrías y te recuperabas. Supiste escuchar y discernir el llamado a una vida de servicio desinteresado.
Te ruego que intercedas por mí, para que esté siempre atento a la voz de Dios y sepa discernir su voluntad.

Como tú, deseo entregarme por completo al servicio de Dios, para su gloria y la salvación de las almas.

San Ignacio de Loyola, ruega por mí.
Jesús, en Ti confío.

miércoles, 29 de julio de 2026

30 de julio del 2026: jueves de la decimoséptima semana del tiempo ordinario-San Pedro Crisólogo, Obispo y Doctor de la Iglesia, memoria opcional

 

Testigo de la fe:

San Pedro Crisólogo


Hacia 380–hacia 451.

«Hombre, ¿por qué buscas saber cómo fuiste hecho y no buscas para qué fuiste hecho?», preguntaba este obispo de Rávena, apodado «Crisólogo», es decir, «Palabra de oro», por la elocuencia y profundidad de su predicación.

La liturgia de este día nos ayuda a responder a esa pregunta. Mediante la imagen del alfarero, el profeta Jeremías nos recuerda que somos como barro en las manos de Dios: incluso cuando nuestra vida parece haber perdido su forma, el Señor no nos rechaza, sino que puede retomarnos, moldearnos y hacer de nosotros una obra nueva. El salmo nos invita, por tanto, a no poner nuestra confianza en los poderosos de este mundo, sino en el Señor, Creador fiel, que permanece como nuestra única esperanza.

En el Evangelio, Jesús compara el Reino de los cielos con una red que recoge toda clase de peces. Llegará un día en que el bien será separado del mal. Esta palabra no pretende asustarnos, sino llamarnos a la conversión: dejémonos modelar hoy por Dios, para que nuestra vida responda a la finalidad para la cual fuimos creados. San Pedro Crisólogo nos recuerda así que el ser humano solo descubre plenamente quién es cuando se vuelve hacia su Creador y acoge su llamada a la santidad.

 


Tomarse el tiempo

(Jr 18,1-6 / Sal 146(145),1b-2.3-4.5-6 (R. 5a) /
Mt 13,47-53)
Después de la pesca, es necesario sacar la red hasta la orilla, sentarse y recoger en canastos los peces buenos. ¿Respetamos cada una de estas etapas o queremos siempre ir demasiado rápido, juzgar demasiado rápido y decidir demasiado rápido?

En la primera lectura, Dios invita a Jeremías a bajar al taller del alfarero. Este trabaja el barro con paciencia y, cuando la vasija se estropea, no la desecha: vuelve a comenzar y le da una forma nueva. Así actúa el Señor con nosotros. Se toma el tiempo de retomarnos, corregirnos y modelarnos según su designio.

El salmo nos recuerda que nuestra confianza no debe apoyarse en los poderosos, sino en Dios, nuestro Creador, que permanece fiel y cuida la vida de sus hijos.

En el Evangelio, Jesús compara el Reino con una red que recoge peces de toda clase. La selección solo se realiza cuando la red ha sido llevada hasta la orilla. Por eso, no estamos llamados a condenar precipitadamente, sino a vivir en la paciencia, la conversión y la fidelidad. Solo Dios conoce plenamente los corazones. Dejémosle tiempo para moldearnos y aprendamos también nosotros a tomarnos el tiempo necesario para discernir, perdonar y hacer crecer el bien.

G.Q

 

 

Primera lectura

Jer 18, 1-6

Lo mismo que está el barro en manos del alfarero, así están ustedes en mi mano

Lectura del libro de Jeremías.

PALABRA que el Señor dirigió a Jeremías:
«Anda, baja al taller del alfarero, que allí te comunicaré mi palabra».
Bajé al taller del alfarero, que en aquel momento estaba trabajando en el torno. Cuando le salía mal una vasija de barro que estaba torneando (como suele ocurrir al alfarero que trabaja con barro), volvía a hacer otra vasija, tal como a él le parecía.
Entonces el Señor me dirigió la palabra en estos términos:
«¿No puedo yo tratarlos como este alfarero, casa de Israel?
—oráculo del Señor—.
Pues lo mismo que está el barro en manos del alfarero, así están ustedes en mi mano, casa de Israel».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 145, 1b-2. 3-4. 5-6ab (R.: 5a)

R. Dichoso a quien auxilia el Dios de Jacob.

O bien:

R. Aleluya.

V. Alaba, alma mía, al Señor:
alabaré al Señor mientras viva,
tañeré para mi Dios mientras exista. 
R.

V. No confíen en los príncipes,
seres de polvo que no pueden salvar;
exhalan el espíritu y vuelven al polvo,
ese día perecen sus planes.
 R.

V. Dichoso a quien auxilia el Dios de Jacob,
el que espera en el Señor, su Dios,
que hizo el cielo y la tierra,
el mar y cuanto hay en él.
 R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Abre, Señor, nuestro corazón,
para que aceptemos las palabras de tu Hijo. 
R.

 

Evangelio

Mt 13, 47-53

Reúnen los buenos en cestos y los malos los tiran

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, dijo Jesús al gentío:
«El reino de los cielos se parece también a la red que echan en el mar y recoge toda clase de peces: cuando está llena, la arrastran a la orilla, se sientan y reúnen los buenos en cestos y los malos los tiran.
Lo mismo sucederá al final de los tiempos: saldrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los echarán al horno de fuego. Allí será el llanto y el rechinar de dientes.
¿Han entendido todo esto?».
Ellos le responden:
«Sí».
Él les dijo:
«Pues bien, un escriba que se ha hecho discípulo del reino de los cielos es como un padre de familia que va sacando de su tesoro lo nuevo y lo antiguo».
Cuando Jesús acabó estas parábolas, partió de allí.

Palabra del Señor.

 

1

 

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de hoy nos invita a aprender a tomarnos el tiempo necesario: tiempo para dejarnos transformar por Dios, tiempo para discernir, tiempo para evangelizar y tiempo para acompañar con paciencia las vocaciones que el Señor sigue sembrando en su Iglesia.

En la primera lectura, el profeta Jeremías baja al taller del alfarero. Allí contempla cómo el artesano trabaja el barro entre sus manos. Cuando la vasija no sale bien, no la arroja ni abandona la obra. Vuelve a comenzar y modela con la misma arcilla un recipiente nuevo.

Esta imagen revela la paciencia y la misericordia de Dios. Nosotros somos el barro y el Señor es el alfarero. A veces nuestra vida se deforma por el pecado, las decisiones equivocadas, el cansancio, las heridas o la falta de fe. Pero Dios no nos desecha. Nos toma nuevamente entre sus manos, nos corrige, nos purifica y puede hacer de nosotros una obra nueva.

También la Iglesia está siempre en las manos de ese divino Alfarero. Ella necesita dejarse renovar constantemente para cumplir su misión. La evangelización no es únicamente fruto de planes, estrategias o capacidades humanas. Es obra de Dios, realizada a través de personas que permiten que el Señor las moldee.

Por eso hoy oramos por la obra evangelizadora de la Iglesia. Pedimos que nuestras comunidades no se cansen de anunciar el Evangelio, de visitar a los enfermos, de acompañar a los jóvenes, de enseñar la fe, de consolar a quienes sufren y de buscar a quienes se han alejado.

El salmo nos recuerda: «Dichoso a quien auxilia el Dios de Jacob, el que espera en el Señor, su Dios». Nuestra esperanza no puede descansar solamente en las fuerzas humanas ni en los poderosos de este mundo. La misión de la Iglesia se sostiene en la fidelidad del Señor, que creó el cielo y la tierra, guarda fidelidad perpetuamente y levanta a los abatidos.

Cuando faltan fuerzas, recursos o personas, podríamos sentirnos desanimados. Sin embargo, la evangelización no depende únicamente de nosotros. Es Dios quien abre caminos, toca los corazones y hace fecunda la semilla de su Palabra.

En el Evangelio, Jesús compara el Reino de los cielos con una red que se echa al mar y recoge peces de todas clases. Después, los pescadores llevan la red a la orilla, se sientan y separan los peces buenos de los que no sirven.

Hay aquí un detalle muy hermoso: los pescadores se sientan. No realizan la selección con precipitación. Se toman el tiempo necesario. Jesús nos recuerda así que el juicio definitivo corresponde a Dios. Nosotros no hemos sido enviados a condenar apresuradamente a las personas, sino a echar la red del Evangelio.

La Iglesia es esa red abierta que debe alcanzar a todos: buenos y pecadores, creyentes y alejados, fuertes y débiles, jóvenes y ancianos. Evangelizar significa salir al mar de la vida y ofrecer a todos la posibilidad de encontrarse con Cristo.

A veces podemos caer en la tentación de seleccionar antes de tiempo, de decidir quién merece acercarse a Dios y quién no. Pero la misión de la Iglesia no consiste en cerrar la red, sino en hacerla cada vez más amplia, acogedora y misionera. Será Dios quien, al final, juzgue con verdad y misericordia.

Hoy celebramos la memoria de san Pedro Crisólogo, obispo y doctor de la Iglesia, conocido como «el hombre de la palabra de oro». Su predicación fue sencilla, profunda y capaz de llevar el Evangelio al corazón de las personas. Él decía: «Hombre, ¿por qué buscas cómo fuiste hecho y no buscas para qué fuiste hecho?».

Esta pregunta tiene un profundo sentido vocacional. No basta con preguntarnos de dónde venimos o qué capacidades poseemos. Debemos preguntarnos: «Señor, ¿para qué me has creado? ¿Qué esperas de mí? ¿Cuál es mi lugar en tu Iglesia?».

Toda vocación comienza cuando una persona se deja tomar y modelar por Dios. El sacerdote, el religioso, la religiosa, el misionero, el catequista, los esposos cristianos y cada bautizado son barro en las manos del Alfarero. Nadie nace terminado. Dios nos forma lentamente mediante la oración, la Palabra, los sacramentos, las pruebas y el servicio cotidiano.

Por eso hoy pedimos especialmente por las vocaciones sacerdotales y religiosas. Rogamos al Señor que llame a muchos jóvenes y que les conceda valentía para responder. Pero también pedimos que nuestras familias y comunidades sepan acompañarlos con paciencia, sin imponer, sin presionar y sin apagar la voz de Dios.

Una vocación necesita tiempo para crecer, como el barro necesita tiempo para adquirir forma y como la red necesita tiempo para llegar a la orilla. Debemos sembrar, acompañar, escuchar y confiar en la obra silenciosa del Señor.

Pidamos en esta Eucaristía que san Pedro Crisólogo interceda por todos los evangelizadores. Que nuestras palabras no sean vacías, sino palabras nacidas de la oración, de la verdad y del amor. Que el Señor haga de nosotros instrumentos dóciles en sus manos.

Dejémonos modelar por Dios. No juzguemos precipitadamente. Echemos con esperanza la red del Evangelio. Y pidamos al dueño de la mies que envíe trabajadores a su mies, para que todos puedan conocer, amar y seguir a Jesucristo. Amén.

 

 

2

 

Vivir en el Reino

Queridos hermanos:

Jesús dijo a sus discípulos: «El Reino de los cielos se parece a una red que se echa al mar y recoge peces de toda clase. Cuando está llena, la arrastran hasta la orilla, se sientan y reúnen los buenos en canastos, mientras que los malos los tiran» (Mt 13,47-48).

El Evangelio de hoy concluye una serie de parábolas sobre el Reino de los cielos y nos ofrece una profunda meditación sobre el juicio final, la llamada al discipulado y la armoniosa relación entre el Antiguo y el Nuevo Testamento para llegar al conocimiento de la Verdad divina.

Después de terminar estas parábolas, Jesús se vuelve hacia sus oyentes y les dirige una pregunta decisiva: «¿Han entendido todo esto?». Ellos le responden: «Sí».

Esa misma pregunta se dirige hoy a cada uno de nosotros: «¿Han entendido todo esto?» ¿Comprendemos realmente el sentido de las parábolas de Jesús? ¿Alcanzamos a descubrir las verdades gloriosas del Reino de los cielos? Y, más importante todavía, ¿permitimos que esas verdades modelen nuestra manera de vivir cada día?

En la vida de la gracia, comprender no se reduce a una captación intelectual. Significa recibir una luz interior, concedida por el Espíritu Santo, que penetra el alma y la capacita para acoger y vivir las verdades reveladas por Dios. No se trata únicamente de aprender algo en un libro o en una clase, sino de dejarnos transformar por aquello que conocemos.

La primera lectura nos presenta precisamente esta acción transformadora de Dios. El profeta Jeremías desciende al taller del alfarero y contempla cómo este trabaja el barro entre sus manos. Cuando la vasija se estropea, el alfarero no arroja la arcilla, sino que vuelve a modelarla y hace con ella otra vasija según le parece mejor.

Así actúa el Señor con nosotros. Somos barro en sus manos. Nuestra vida puede deformarse por el pecado, las malas decisiones, las heridas, el cansancio o la dureza del corazón. Pero Dios no nos abandona. Nos toma de nuevo, nos corrige, nos purifica y nos da una forma nueva.

Comprender el Reino significa, por tanto, dejarnos modelar por Dios. No basta con escuchar su Palabra; es necesario permitir que ella cambie nuestros pensamientos, nuestros deseos, nuestras decisiones y nuestras acciones.

El don espiritual de entendimiento, uno de los siete dones del Espíritu Santo, capacita al alma para percibir el sentido más profundo de las verdades divinas. Es una gracia por la cual Dios mismo se convierte en nuestro Maestro, desvelando misterios ocultos a los sabios de este mundo y revelándolos a los humildes de corazón.

Este don no se nos concede para sentirnos superiores, sino para nuestra santificación: para que aquello que comprendemos interiormente pueda ser vivido exteriormente, transformando toda nuestra existencia conforme a la voluntad de Dios.

El salmo nos recuerda dónde debemos colocar nuestra confianza: «Dichoso a quien auxilia el Dios de Jacob, el que espera en el Señor, su Dios». No debemos apoyar nuestra vida únicamente en la inteligencia humana, en nuestras propias capacidades o en los poderosos de este mundo. Nuestra esperanza está en el Señor, creador del cielo y de la tierra, que mantiene su fidelidad perpetuamente.

Solo cuando confiamos humildemente en Dios comenzamos a entender verdaderamente. La fe no elimina todas las preguntas, pero nos permite contemplar la vida desde una luz nueva. Nos enseña que no estamos abandonados, que nuestra historia está en manos del Alfarero y que incluso nuestras pruebas pueden convertirse en caminos de transformación.

Después de conducir a sus discípulos hacia esta comprensión más profunda, Jesús concluye: «Todo escriba que se ha hecho discípulo del Reino de los cielos se parece al dueño de una casa que saca de su tesoro cosas nuevas y antiguas» (Mt 13,52).

En otras palabras, quienes han sido verdaderamente formados en los misterios del Reino, quienes comprenden no solo con la mente sino también con un corazón conformado a la Verdad divina, se convierten en administradores de la Palabra de Dios y ciudadanos de su Reino.

Son capaces de extraer tesoros nuevos y antiguos: la antigua sabiduría de la Ley y los Profetas, y la vida nueva de la gracia revelada en Cristo. El discípulo cristiano interpreta lo antiguo a la luz de lo nuevo, contempla cómo las promesas de la antigua alianza se cumplen en Jesús y aplica toda la Sagrada Escritura a su vida diaria para alimentar también a los demás.

Ese discípulo se convierte en el dueño de una casa al que se le han confiado riquezas espirituales para compartir. Su propia vida demuestra que la verdadera comprensión siempre produce el fruto de una conducta fiel.

La parábola de la red nos recuerda, además, que el Reino acoge peces de toda clase. La red se lanza al mar y recoge a todos. Sin embargo, llegará el momento del discernimiento definitivo. Al final de los tiempos, Dios separará el bien del mal.

Esta palabra no pretende llenarnos de temor, sino despertarnos a la responsabilidad. Mientras vivimos, todavía estamos en las manos del Alfarero. Todavía podemos dejarnos transformar. Todavía podemos volver al Señor, convertirnos y permitir que su gracia nos haga nuevos.

Comprender el Evangelio significa saber que nuestras decisiones tienen un peso eterno. No podemos declararnos ciudadanos del Reino mientras vivimos voluntariamente alejados de sus valores. El Reino debe hacerse visible en nuestra misericordia, en nuestra justicia, en nuestra fidelidad, en nuestra oración y en nuestra forma de tratar a los demás.

Todo esto puede parecernos complicado, y ciertamente lo será si dependemos únicamente de nuestro propio esfuerzo. Ese camino termina en frustración. Pero cuando nos humillamos y abrimos la mente y el corazón al Espíritu Santo, los misterios de Dios no solo comienzan a tener sentido, sino que se convierten en fuente de alegría, fortaleza y propósito.

Entonces comprendemos que hemos sido creados para algo más grande que nosotros mismos. Hemos sido hechos para conocer a Dios, amarlo, servirlo y vivir eternamente en su Reino.

Hoy Jesús nos dirige nuevamente su sencilla y profunda pregunta: «¿Han entendido todo esto?».

¿Tiene sentido nuestra vida a la luz de la fe? ¿Surgen preguntas o dudas? ¿Las pruebas y las cargas pesan sobre nuestra alma? ¿O hemos permitido que Dios nos hable, nos revele el sentido de nuestra existencia, nos fortalezca en el camino y nos introduzca cada vez más profundamente en el misterio glorioso de su Reino?

Pidamos al Señor que nos conceda todo lo necesario para poder decirle con sinceridad y humildad: «Sí, Señor, comprendo; creo y elijo vivir como Tú me llamas a vivir».

No hay nada más grande en la vida que esto: dejarnos modelar por Dios, comprender su Palabra y vivir como verdaderos ciudadanos de su Reino. Amén.

 

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30 de julio: San Pedro Crisólogo, Obispo y Doctor de la Iglesia — Memoria opcional
c. 380 o 406 – c. 450
Patrono de Imola, Italia
Invocado contra las fiebres y los perros rabiosos
Proclamado Doctor de la Iglesia por el Papa Benedicto XIII en 1729




Cita:

“Te exhortamos en todo, honorable hermano, a obedecer lo que ha sido escrito por el santísimo papa de la ciudad de Roma, porque el bienaventurado Pedro, que vive y preside en su propia sede, proporciona la verdad de la fe a quienes la buscan. Pues nosotros, por amor a la paz y la fe, no podemos juzgar cuestiones de fe sin el consentimiento del obispo de Roma.”
~San Pedro Crisólogo, Carta a Eutiques


Reflexión:

San Pedro Crisólogo nació en Imola, en la actual Italia, durante un período de gran agitación en la Iglesia y en el Imperio Romano. En el año 410, cuando Pedro tenía aproximadamente cuatro años, Roma fue saqueada por los visigodos, lo que dio paso a una época de corrupción política y dificultades económicas. También fue una era marcada por emperadores romanos de breve y débil mandato, lo que agudizó la inestabilidad general.

A nivel eclesial, el arrianismo y otras herejías provocaban divisiones profundas, especialmente entre Oriente y Occidente. Pedro fue testigo del surgimiento de nuevas herejías y se convirtió en un ardiente defensor de la fe de la Iglesia. No existen datos fiables sobre su juventud, ni siquiera sobre su fecha exacta de nacimiento, que varía entre los años 380 y 406.

En Imola, Pedro desarrolló una estrecha relación con el obispo local, Cornelio, quien se cree que lo bautizó, educó y ordenó como archidiácono para la diócesis de Imola. Pedro consideraba a Cornelio como su padre espiritual y elogiaba su virtud manifiesta.

Hacia el año 433, al fallecer el obispo de Rávena, el clero y el pueblo de esa diócesis buscaron un nuevo pastor. Solicitaron al obispo Cornelio que fuera a Roma para obtener el consentimiento del Papa Sixto III sobre el candidato elegido por ellos. Según la tradición, Cornelio llevó consigo al archidiácono Pedro. La noche antes de reunirse con el papa, este tuvo una visión en la que vio a san Pedro Apóstol y a san Apolinar, el primer obispo de Rávena, con el archidiácono Pedro de pie junto a Apolinar. Al día siguiente, al ver a Pedro junto a Cornelio, el papa lo eligió como nuevo obispo de Rávena.

Rávena, en ese entonces capital del Imperio Romano de Occidente, permitió al nuevo obispo entrar en contacto con el emperador. Tras su ordenación episcopal, Pedro fue admirado por su predicación y su estilo de vida santo y penitente. También se ganó el aprecio del emperador cristiano Valentiniano III y de su piadosa madre, Gala Placidia. Es posible que haya sido ella quien le otorgó el sobrenombre “Crisólogo”, que significa “boca de oro”, en referencia a su poderoso estilo de predicación.

Pedro Crisólogo pronunció sermones singulares, de los cuales se conservan aproximadamente 176. Eran breves, con fundamento en las Escrituras, y a menudo centrados en la Persona de Cristo y las consecuencias de su Encarnación. Su enfoque era eminentemente evangélico: buscaba tocar corazones y mover voluntades, más que elaborar tratados teológicos. Gala, activamente comprometida en obras de caridad y en la construcción de iglesias, colaboró con él en la edificación de varios templos en Rávena.

Durante ese período, la Iglesia enfrentaba nuevas controversias sobre la naturaleza de Cristo. Surgió la herejía conocida como monofisismo. Eutiques, un monje de Constantinopla, enseñaba que, tras la Encarnación, la naturaleza humana de Cristo fue absorbida por su naturaleza divina, resultando en una sola naturaleza divina. Aunque distinta del arrianismo —que negaba la divinidad de Cristo—, esta herejía igualmente contradecía la doctrina ortodoxa definida en el Concilio de Nicea (325), que afirmaba las dos naturalezas de Cristo, divina y humana, unidas perfectamente en una sola Persona.

Cuando Eutiques buscó apoyo para su postura herética, Pedro le escribió una carta firme pero compasiva, exhortándolo a someterse a la autoridad del papa. Aunque la carta se ha perdido, parte de su contenido fue conservado en las Actas del Concilio de Calcedonia.

San Pedro Crisólogo comprendía profundamente la importancia de la precisión doctrinal. Reconocía que Jesucristo era el Hijo de Dios, plenamente divino, consustancial con el Padre y el Espíritu Santo. Al mismo tiempo, afirmaba que el Hijo eterno asumió la naturaleza humana, uniendo en sí mismo la divinidad y la humanidad para redimir al hombre. Por tanto, Jesús era verdadero Dios y verdadero hombre, uniendo en su Persona ambas naturalezas para ofrecer la salvación.

Como obispo de Rávena, Pedro defendió con vigor la fe pura contra el monofisismo y presentó a Cristo Salvador a través de sus homilías breves, profundas y bien articuladas. Aunque murió antes de que la Iglesia condenara oficialmente el monofisismo en el Concilio de Calcedonia (451), sus cartas, sermones e influencia prepararon el camino para que otros siguieran la doctrina verdadera.

Durante sus aproximadamente 27 años como obispo, promovió intensamente las prácticas religiosas como la comunión diaria, el ayuno, la limosna, la penitencia cuaresmal y la piedad personal, con un constante enfoque en la salvación de las almas.

No fue sino hasta 1729 cuando el papa Benedicto XIII lo declaró Doctor de la Iglesia. Este reconocimiento subraya el valor duradero de sus enseñanzas. Aunque vivió hace más de 1500 años, su doctrina sobre Cristo sigue siendo relevante, clara y profunda. Sus palabras todavía resuenan en documentos oficiales de la Iglesia, en el Oficio de Lecturas y en la lectura espiritual.

Al honrar hoy a este obispo del siglo V, recordamos que la verdad es eterna. Ya venga del Antiguo Testamento, del Nuevo, de los Padres de la Iglesia o de un obispo del siglo V, cuando se proclama la verdad, es válida para todas las épocas. Reflexionemos sobre la clara comprensión de la naturaleza de Cristo que San Pedro Crisólogo defendió y enseñó con pasión. Demos gracias por los grandes santos que allanaron el camino de la fe, construyendo la base de verdad sobre la cual hoy nosotros caminamos.


Oración:

San Pedro Crisólogo, tú fuiste un firme defensor de la verdadera naturaleza de Cristo, un predicador elocuente y un pastor entregado a la salvación de las almas.
Ruega por mí, para que yo llegue a comprender más profundamente el misterio de Cristo y, con esa comprensión, pueda entregarme más plenamente a su servicio.

San Pedro Crisólogo, ruega por mí.
Jesús, en ti confío.

1 de agosto del 2026: sábado de la decimoséptima semana del tiempo ordinario-II-Memoria obligatoria de San Alfonso María de Ligorio, Obispo y Doctor de la Iglesia

Testigo de la fe: San Alfonso María de Ligorio 1696-1787. «Toda la santidad consiste en amar a Dios, y todo el amor a Dios consiste e...