sábado, 23 de mayo de 2026

24 de mayo del 2026: Solemnidad de Pentecostés-Ciclo A

 

La modernidad de Pentecostés

Hay en la fiesta de Pentecostés algo decididamente moderno, casi conmovedor: la certeza de que una comunidad puede renacer, transformarse y unificarse. No por estrategias humanas, sino por un Soplo venido de otra parte. Un Soplo que abre las puertas, libera la palabra y devuelve a mujeres y hombres la gracia de comprenderse.

En los Hechos de los Apóstoles, el Espíritu irrumpe como una explosión de luz. Los discípulos, todavía temerosos y encerrados, son lanzados de repente al corazón del mundo. Como una ráfaga, como fuego y, sobre todo, como una voz que se vuelve plural, el Soplo de Dios se hace oír en todas las lenguas.

Primera sorpresa: el Espíritu no uniforma, sino que reúne preservando la riqueza de las diferencias. Pablo dice esta misma verdad cuando habla de un solo Espíritu como origen de múltiples dones. Esta es la segunda lección de Pentecostés: la unidad cristiana no es un bloque compacto y liso; respira a través de sus diversidades, vive de la complementariedad de talentos, historias y sensibilidades.

En el Evangelio, Jesús sopla sobre sus discípulos como Dios, al comienzo, había soplado sobre Adán. Ese gesto íntimo, casi frágil, recrea sin embargo la misión con toda su fuerza: ser testigos, llevar la paz y la reconciliación. Porque, desde entonces, estamos atravesados por esa respiración divina que nos supera.

¿Un tercer aprendizaje del Espíritu? La fe nunca es una clausura. Es un impulso.

Cuando oro con la Secuencia de Pentecostés, ¿qué cualidad del Espíritu Santo me habla más hoy?

¿Qué viene a renovar en mi vida el soplo de Jesús resucitado?

Karem Bustica, rédactrice en chef de Prions en Église

 


Primera lectura

Hch 2, 1-11

Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.

AL cumplirse el día de Pentecostés, estaban todos juntos en el mismo lugar. De repente, se produjo desde el cielo un estruendo, como de viento que soplaba fuertemente, y llenó toda la casa donde se encontraban sentados. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se dividían, posándose encima de cada uno de ellos. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía manifestarse.
Residían entonces en Jerusalén judíos devotos venidos de todos los pueblos que hay bajo el cielo. Al oírse este ruido, acudió la multitud y quedaron desconcertados, porque cada uno los oía hablar en su propia lengua. Estaban todos estupefactos y admirados, diciendo:
«¿No son galileos todos esos que están hablando? Entonces, ¿cómo es que cada uno de nosotros los oímos hablar en nuestra lengua nativa?
Entre nosotros hay partos, medos, elamitas y habitantes de Mesopotamia, de Judea y Capadocia, del Ponto y Asia, de Frigia y Panfilia, de Egipto y de la zona de Libia que limita con Cirene; hay ciudadanos romanos forasteros, tanto judíos como prosélitos; también hay cretenses y árabes; y cada uno los oímos hablar de las grandezas de Dios en nuestra propia lengua».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 103, 1ab y 24ac. 29bc-30. 31 y 34 (R.: cf. 30)

R. Envía tu Espíritu, Señor,
y repuebla la faz de la tierra.

O bien:

R. Aleluya.

V. Bendice, alma mía, al Señor:
¡Dios mío, qué grande eres!
Cuántas son tus obras, Señor;
la tierra está llena de tus criaturas.
 R.

V. Les retiras el aliento, y expiran
y vuelven a ser polvo;
envías tu espíritu, y los creas,
y repueblas la faz de la tierra. 
R.

V. Gloria a Dios para siempre,
goce el Señor con sus obras;
que le sea agradable mi poema,
y yo me alegraré con el Señor. 
R.

 

Segunda lectura

1 Cor 12, 3b-7. 12-13

Hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios.

HERMANOS:
Nadie puede decir: «Jesús es Señor», sino por el Espíritu Santo.
Y hay diversidad de carismas, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de actuaciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos. Pero a cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para el bien común.
Pues, lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo.
Pues todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu.

Palabra de Dios.

Secuencia

Ven, Espíritu divino,
manda tu luz desde el cielo.
Padre amoroso del pobre;
don, en tus dones espléndido;
luz que penetra las almas;
fuente del mayor consuelo.

Ven, dulce huésped del alma,
descanso de nuestro esfuerzo,
tregua en el duro trabajo,
brisa en las horas de fuego,
gozo que enjuga las lágrimas
y reconforta en los duelos.

Entra hasta el fondo del alma,
divina luz, y enriquécenos.
Mira el vacío del hombre,
si tú le faltas por dentro;
mira el poder del pecado,
cuando no envías tu aliento.

Riega la tierra en sequía,
sana el corazón enfermo,
lava las manchas, infunde
calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito,
guía al que tuerce el sendero.

Reparte tus siete dones,
según la fe de tus siervos;
por tu bondad y tu gracia,
dale al esfuerzo su mérito;
salva al que busca salvarse
y danos tu gozo eterno.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya
V. Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos la llama de tu amor. R.

 

Evangelio

Jn 20,19-23

Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo; reciban el Espíritu Santo

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

AL anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
«Paz a ustedes».
Y, diciendo esto, les enseño las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:
«Paz a ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo».
Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:
«Reciban el Espíritu Santo; a quienes les perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos».

Palabra del Señor.


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1

 

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy celebramos Pentecostés, la fiesta del Espíritu Santo, la fiesta del nacimiento misionero de la Iglesia, la fiesta del fuego que no destruye sino que purifica, ilumina y enciende; la fiesta del viento que no arrasa sino que empuja, abre puertas y pone de nuevo en camino. Pentecostés es una de esas solemnidades que no podemos reducir a un recuerdo bonito del pasado. No celebramos simplemente “lo que ocurrió” hace muchos siglos en Jerusalén. Celebramos lo que Dios quiere seguir haciendo hoy en su Iglesia, en nuestras comunidades, en nuestras familias, en nuestra vida personal.

Alguien comentando las lecturas de esta solemnidad habla de “la modernidad de Pentecostés”.

Y es verdad. Pentecostés tiene algo profundamente actual, casi urgente para nuestro tiempo. Vivimos en un mundo hiperconectado, pero muchas veces incomunicado. Tenemos más medios para hablar, pero no siempre más capacidad de escucharnos. Podemos enviar mensajes en segundos, pero nos cuesta comprender el corazón del otro. Hay redes sociales, grupos, plataformas y canales, pero también hay soledad, polarización, agresividad, sospecha, cansancio espiritual y miedo al futuro.

Por eso Pentecostés es tan actual. Porque Pentecostés nos dice que una comunidad puede renacer. Que una Iglesia cansada puede volver a levantarse. Que una familia dividida puede volver a dialogar. Que un corazón encerrado puede volver a respirar. Que la misión no nace solamente de planes, estrategias, reuniones o discursos, sino de un Soplo que viene de Dios. Un Soplo que abre puertas, libera la palabra y nos devuelve la gracia de entendernos.

La primera lectura de los Hechos de los Apóstoles nos presenta una escena llena de fuerza simbólica. Los discípulos están reunidos. Todavía pesan sobre ellos el miedo, la incertidumbre, las heridas de la Pasión, la experiencia de haber fallado, de haber huido, de no haber entendido del todo el camino de Jesús. Y de repente, dice el texto, vino del cielo un ruido como de viento impetuoso, aparecieron unas lenguas como de fuego y todos quedaron llenos del Espíritu Santo.

El Espíritu no llega como una idea abstracta. Llega como viento y como fuego. El viento se siente, aunque no se ve. Mueve, sacude, refresca, empuja. El fuego ilumina, calienta, purifica, transforma. Así obra Dios en el alma: a veces no lo podemos explicar del todo, pero sabemos que algo se mueve; sabemos que una palabra nos toca, que una herida empieza a sanar, que una decisión se aclara, que un miedo pierde fuerza, que un entusiasmo nuevo comienza a nacer.

Pero lo más sorprendente del relato no es solamente el viento ni el fuego. Lo más sorprendente es que los discípulos comienzan a hablar y todos los oyen en su propia lengua. Había gente de muchos pueblos, culturas y regiones, y cada uno escuchaba las maravillas de Dios en su idioma. Aquí aparece una primera gran enseñanza: el Espíritu Santo no elimina las diferencias; las convierte en lugar de comunión.

A veces pensamos que la unidad consiste en que todos piensen igual, hablen igual, sientan igual, actúen igual. Pero Pentecostés nos muestra otra cosa. El Espíritu no hace una masa uniforme. El Espíritu no aplasta la identidad de nadie. El Espíritu no borra la historia, la sensibilidad, el temperamento, la cultura o los dones de cada persona. Al contrario: los asume, los purifica y los pone al servicio de la comunión.

Pentecostés es lo contrario de Babel. En Babel, los hombres querían construir una torre para alcanzar el cielo por sus propias fuerzas, y terminaron confundidos, dispersos, incapaces de entenderse. En Pentecostés, Dios desciende, no para confundir, sino para reunir; no para destruir la diversidad, sino para hacer posible una comunión más profunda. Babel es el orgullo que divide. Pentecostés es la gracia que reúne.

Esta palabra es muy necesaria en la Iglesia y en la sociedad. Cuántas veces nuestras comunidades sufren no porque falten dones, sino porque no sabemos integrarlos. Hay personas con talento para servir, otras para enseñar, otras para cantar, otras para organizar, otras para consolar, otras para acompañar a los enfermos, otras para trabajar en silencio, otras para animar la oración, otras para llevar una palabra al que está triste. El problema no es la diversidad. El problema aparece cuando la diversidad se convierte en competencia, en comparación, en celos, en protagonismo, en rivalidad.

Por eso san Pablo, en la segunda lectura, nos ofrece una enseñanza luminosa: “Hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu”. Y más adelante utiliza la imagen del cuerpo: aunque somos muchos miembros, formamos un solo cuerpo en Cristo. El ojo no puede decirle a la mano: “No te necesito”. La cabeza no puede decirle a los pies: “No me hacen falta”. Cada miembro tiene su lugar, su dignidad y su misión.

Pentecostés nos invita a pasar de la comparación a la comunión. A dejar de preguntarnos quién vale más, quién aparece más, quién manda más, quién tiene más reconocimiento, y empezar a preguntarnos: ¿qué don me ha dado Dios para servir? ¿Qué puedo aportar a mi comunidad? ¿A quién puedo ayudar? ¿Cómo puedo colaborar para que el Cuerpo de Cristo esté más vivo, más unido, más disponible para la misión?

La Iglesia no se construye con espectadores. Se construye con discípulos. Y el Espíritu Santo no reparte dones para alimentar vanidades, sino para edificar la comunidad. Todo don que no se convierte en servicio se marchita. Todo carisma que no construye comunión se deforma. Toda cualidad que no pasa por el amor termina convirtiéndose en ruido. Por eso Pablo nos recuerda que nadie puede decir “Jesús es Señor” si no es bajo la acción del Espíritu Santo. La fe auténtica no es solo repetir palabras religiosas; es dejar que Jesús sea realmente Señor de nuestra vida, de nuestras decisiones, de nuestras relaciones, de nuestro modo de hablar, de servir, de perdonar y de amar.

El Salmo 104 nos ayuda a contemplar al Espíritu desde otra perspectiva: como el aliento creador de Dios. “Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra”. Es una frase preciosa. El Espíritu no solo actúa dentro del templo. El Espíritu renueva la creación entera. Donde el Espíritu llega, la vida vuelve a brotar. Donde parecía haber muerte, surge esperanza. Donde parecía haber sequedad, aparece una fuente. Donde había cansancio, nace fuerza. Donde había oscuridad, se enciende una luz.

Cuántas personas necesitan hoy esta renovación. Hay vidas agotadas, corazones endurecidos, matrimonios heridos, jóvenes desorientados, ancianos solos, comunidades cansadas, países golpeados por la violencia, familias heridas por la incomunicación, personas que llevan dentro culpas antiguas o dolores que nunca han podido nombrar. Y la Iglesia hoy vuelve a orar: “Envía tu Espíritu, Señor”. No decimos simplemente: “Señor, mejora un poco las cosas”. Decimos: “Renueva la faz de la tierra”. Renueva mi casa. Renueva mi parroquia. Renueva mi vocación. Renueva mi esperanza. Renueva mi manera de mirar. Renueva mi forma de hablar. Renueva mi capacidad de perdonar.

La Secuencia de Pentecostés, que hoy la liturgia nos manda proclamar, es una joya espiritual. En ella la Iglesia invoca al Espíritu con nombres llenos de ternura y de profundidad: padre de los pobres, luz de los corazones, dulce huésped del alma, descanso en el trabajo, brisa en las horas de fuego, consuelo en el llanto. Es una oración que parece conocer perfectamente nuestra fragilidad humana. No habla de un Espíritu lejano, sino de un Espíritu íntimo, cercano, consolador, sanador.

La Secuencia reconoce algo muy real: sin el Espíritu, nuestra vida se seca; sin el Espíritu, el esfuerzo se vuelve puro desgaste; sin el Espíritu, la religión puede convertirse en rutina; sin el Espíritu, la comunidad puede llenarse de estructuras pero quedarse sin alma; sin el Espíritu, incluso nuestras buenas obras pueden perder frescura, alegría y humildad. Por eso la Iglesia suplica: ven, llena, lava, riega, sana, doblega, calienta, guía. Son verbos que tocan la vida concreta.

“Lava lo que está manchado”: ¿qué manchas necesitamos poner hoy ante Dios? Tal vez rencores, orgullos, mentiras, infidelidades, indiferencias, pecados que hemos normalizado, heridas que hemos escondido.
“Riega lo que está seco”: ¿qué se ha secado en nosotros? Tal vez la oración, la alegría, la confianza, el amor primero, el entusiasmo pastoral, la paciencia con los demás.
“Sana lo que está enfermo”: ¿qué zonas de nuestra vida necesitan sanación? Tal vez la memoria, la afectividad, la relación con Dios, la relación con la familia, la relación con nosotros mismos.
“Doblega lo que está rígido”: ¿en qué nos hemos vuelto duros? Tal vez en nuestros juicios, en nuestra manera de tratar a los demás, en nuestra resistencia a cambiar, en nuestra incapacidad de pedir perdón.
“Calienta lo que está frío”: ¿dónde se nos enfrió el corazón? Tal vez en la fe, en la caridad, en la compasión, en la sensibilidad ante el dolor ajeno.

Pentecostés no es solo una fiesta de entusiasmo exterior. Es una fiesta de transformación interior. El Espíritu no viene únicamente a emocionarnos; viene a convertirnos. No viene solo a hacernos cantar más fuerte; viene a hacernos amar mejor. No viene solo a darnos palabras bonitas; viene a hacernos testigos creíbles del Resucitado.

Y aquí llegamos al Evangelio de san Juan. La escena es distinta a la de los Hechos, pero profundamente complementaria. Los discípulos están encerrados por miedo. Las puertas están cerradas. Jesús resucitado se presenta en medio de ellos y les dice: “La paz esté con ustedes”. Luego les muestra las manos y el costado. Es decir, el Resucitado no oculta sus heridas. La paz que Jesús ofrece no es una paz barata, superficial, sin memoria. Es la paz del Crucificado que ha vencido la muerte. Es la paz que nace del amor entregado hasta el extremo.

Después Jesús repite: “La paz esté con ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo”. Y sopla sobre ellos diciendo: “Reciban el Espíritu Santo”. Este gesto es bellísimo. Jesús sopla sobre sus discípulos como Dios sopló aliento de vida sobre el primer ser humano en el Génesis. Es una nueva creación. El Resucitado está haciendo nacer una humanidad nueva. Aquellos hombres encerrados por miedo son recreados por el aliento de Cristo.

El miedo cierra puertas. El Espíritu las abre. El miedo paraliza. El Espíritu envía. El miedo nos hace defendernos. El Espíritu nos hace testigos. El miedo nos encierra en nuestras heridas. El Espíritu nos lanza a sanar heridas. El miedo nos hace callar. El Espíritu libera la palabra. El miedo nos hace mirar al otro como amenaza. El Espíritu nos enseña a reconocerlo como hermano.

Y Jesús vincula el don del Espíritu con la misión del perdón: “A quienes les perdonen los pecados, les quedan perdonados”. Pentecostés no termina en una experiencia íntima, sino en una misión reconciliadora. La Iglesia recibe el Espíritu para ser instrumento de paz y perdón. Por eso, una comunidad verdaderamente llena del Espíritu no puede vivir alimentando odios, murmuraciones, resentimientos o divisiones. Una comunidad llena del Espíritu debe ser casa de reconciliación.

Esto no significa negar la verdad ni maquillar el pecado. El perdón cristiano no es complicidad con el mal. Pero sí significa que el Espíritu nos saca de la lógica de la venganza, del juicio implacable, de la condena permanente. El Espíritu nos enseña que siempre puede haber un nuevo comienzo. Que nadie está definitivamente perdido si se abre a la gracia. Que las heridas pueden convertirse en fuentes de misericordia. Que la Iglesia existe para anunciar que Dios perdona, levanta y devuelve dignidad.

Queridos hermanos, Pentecostés nos hace una pregunta muy concreta: ¿qué puertas están cerradas en mi vida? Tal vez la puerta de la confianza, porque he sido herido. Tal vez la puerta de la oración, porque me he enfriado. Tal vez la puerta del perdón, porque todavía me duele demasiado. Tal vez la puerta de la misión, porque tengo miedo, vergüenza o comodidad. Tal vez la puerta de la esperanza, porque me he acostumbrado a pensar que nada puede cambiar.

Jesús resucitado entra hoy en medio de nuestras puertas cerradas. No viene a reprocharnos primero. Viene a decirnos: “La paz esté con ustedes”. Viene a mostrarnos sus heridas gloriosas para recordarnos que también nuestras heridas pueden ser tocadas por la Pascua. Viene a soplar sobre nosotros su Espíritu para que no vivamos como cristianos asfixiados, sino como hijos de Dios que respiran su gracia.

Pentecostés nos recuerda que la fe nunca es una clausura. La fe no es encierro, no es miedo al mundo, no es nostalgia de un pasado idealizado, no es refugio cómodo para no comprometernos. La fe es impulso. Es salida. Es misión. Es palabra que se vuelve anuncio. Es comunión que se vuelve servicio. Es oración que se vuelve caridad. Es fuego interior que se convierte en luz para otros.

Hoy necesitamos pedir un nuevo Pentecostés para la Iglesia. Un Pentecostés que nos libere de la rutina, del clericalismo, de la indiferencia, del cansancio pastoral, de las divisiones internas. Un Pentecostés que despierte vocaciones, que renueve los ministerios, que fortalezca a los matrimonios, que dé esperanza a los jóvenes, que consuele a los enfermos, que acompañe a los pobres, que sane a quienes sufren en el cuerpo y en el alma. Un Pentecostés que nos ayude a hablar lenguas nuevas: la lengua de la compasión, la lengua de la escucha, la lengua de la ternura, la lengua de la verdad dicha con amor, la lengua de la misericordia.

También necesitamos pedir un Pentecostés para nuestro país, para nuestras comunidades, para nuestras islas, pueblos y ciudades. Que el Espíritu nos enseñe a comprendernos en medio de las diferencias. Que nos libre de la violencia verbal y física. Que sane las heridas sociales. Que nos haga constructores de paz. Que nos recuerde que ninguna comunidad se edifica desde el desprecio, sino desde el reconocimiento de la dignidad del otro.

Y necesitamos pedir un Pentecostés personal. Porque a veces hablamos mucho de renovar la Iglesia, la sociedad o la familia, pero se nos olvida decir: “Señor, empieza por mí”. Renueva mi corazón. Renueva mi fe. Renueva mi sacerdocio, mi consagración, mi matrimonio, mi servicio, mi manera de vivir. Hazme menos duro, menos orgulloso, menos frío, menos temeroso. Hazme más dócil, más humilde, más alegre, más disponible, más misericordioso.

Hoy, al acercarnos a la Eucaristía, pidamos al Espíritu Santo que haga en nosotros lo que hizo en el Cenáculo. Que convierta nuestros miedos en misión, nuestras diferencias en comunión, nuestras heridas en testimonio, nuestras palabras en anuncio, nuestra vida en alabanza.

Que la Virgen María, presente en oración con los apóstoles, nos enseñe a esperar el Espíritu con humildad y perseverancia. Ella, llena del Espíritu Santo desde la Anunciación, sabe que cuando Dios sopla sobre una vida disponible, todo puede comenzar de nuevo.

Ven, Espíritu Santo.
Abre nuestras puertas cerradas.
Enciende nuestros corazones apagados.
Reúne lo que está disperso.
Sana lo que está herido.
Perdona lo que está manchado.
Renueva la faz de la tierra.
Y haz de nosotros una Iglesia viva, reconciliada y misionera.

Amén.

 

 2


Queridos hermanos y hermanas:

Hoy celebramos Pentecostés, la gran fiesta del Espíritu Santo, la fiesta del nacimiento misionero de la Iglesia. Cincuenta días después de la Resurrección, aquellos discípulos que habían conocido a Jesús, que lo habían escuchado, que habían visto sus milagros y que también habían experimentado el miedo y la fragilidad, reciben una fuerza nueva. Ya no se trata solamente de recordar lo que Jesús hizo; ahora se trata de continuar su misión con la fuerza del Espíritu.

El Evangelio nos sitúa en la tarde del día de la Resurrección. Los discípulos están encerrados por miedo. Las puertas están cerradas. No solo están cerradas las puertas de la casa; también están cerradas, de alguna manera, las puertas del corazón. Hay miedo, tristeza, culpa, desconcierto. Y en medio de ese encierro aparece Jesús resucitado y les dice: “La paz esté con ustedes”.

Qué hermosa es esta primera palabra del Resucitado. Jesús no llega reprochando, no llega humillando a los que lo abandonaron, no llega recordándoles su cobardía. Llega regalando paz. La paz de Cristo no es simple tranquilidad exterior. Es la paz que nace de saberse perdonado, amado y enviado de nuevo. Es la paz que devuelve la dignidad al discípulo caído. Es la paz que reconstruye por dentro.

Luego Jesús les dice: “Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo”. La paz no es para encerrarse cómodamente. La paz es para salir. El encuentro con Cristo resucitado no termina en una emoción privada, sino en una misión. El discípulo que recibe la paz de Jesús es enviado a llevar paz. El que ha sido perdonado es enviado a anunciar el perdón. El que ha sido levantado es enviado a levantar a otros.

Después, Jesús realiza un gesto profundo: sopló sobre ellos y les dijo: “Reciban el Espíritu Santo”. Este gesto nos recuerda el relato de la creación, cuando Dios sopló aliento de vida sobre el primer ser humano. Ahora Cristo, el nuevo Adán, sopla sobre sus discípulos y realiza una nueva creación. Aquellos hombres temerosos comienzan a ser transformados en testigos. El Espíritu Santo es el aliento de Dios que devuelve vida donde había miedo, fuerza donde había debilidad, esperanza donde había fracaso.

En la primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles, vemos la manifestación plena de ese don. El Espíritu viene como viento impetuoso y como lenguas de fuego. Dos imágenes poderosas.

El viento no se ve, pero se siente. No lo podemos encerrar ni dominar, pero vemos sus efectos. Así es el Espíritu Santo. No siempre lo vemos con los ojos, pero reconocemos su presencia cuando un corazón cambia, cuando una persona perdona, cuando alguien vence el miedo, cuando una comunidad se une, cuando la Palabra de Dios despierta vida, cuando la Iglesia sale de sí misma para anunciar el Evangelio.

El fuego, por su parte, ilumina, calienta y purifica. El Espíritu viene como fuego porque quiere quemar en nosotros lo que nos aparta de Dios: el pecado, la indiferencia, la tibieza, el egoísmo, la división, la dureza del corazón. Pero también viene a encendernos. Un cristiano lleno del Espíritu no puede vivir apagado, resignado, frío, indiferente. El Espíritu enciende el amor, el entusiasmo, la valentía, la alegría de servir y de anunciar a Cristo.

Antes de Pentecostés, los discípulos estaban encerrados. Después de Pentecostés, salen a la plaza. Antes tenían miedo. Después hablan con valentía. Antes eran un pequeño grupo escondido. Después se convierten en una Iglesia misionera. ¿Qué cambió? No cambiaron sus capacidades humanas. No se volvieron expertos de repente. Lo que cambió fue que se dejaron llenar por el Espíritu Santo.

Eso mismo necesitamos nosotros. Muchas veces también vivimos encerrados: encerrados en nuestros temores, en nuestras heridas, en nuestras comodidades, en nuestros rencores, en nuestras excusas. A veces tenemos fe, pero una fe tímida; amor, pero un amor cansado; esperanza, pero una esperanza debilitada. Por eso hoy necesitamos decir con fuerza: Ven, Espíritu Santo.

San Pablo, en la segunda lectura, nos recuerda que hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu. Pentecostés no borra las diferencias; las pone al servicio de la comunión. En la Iglesia no todos tenemos la misma misión, ni los mismos talentos, ni la misma sensibilidad. Pero todos somos necesarios. Somos muchos miembros, pero un solo cuerpo. El Espíritu no viene a uniformarnos, sino a unirnos. No viene a crear rivalidades, sino comunión. No reparte dones para alimentar vanidades, sino para servir.

Por eso debemos preguntarnos: ¿qué don me ha dado Dios? ¿Lo estoy poniendo al servicio de los demás? ¿Mi presencia en la comunidad construye unidad o alimenta división? ¿Soy instrumento de paz o de conflicto? ¿De perdón o de juicio? ¿De esperanza o de desaliento?

El Evangelio une el don del Espíritu con el perdón de los pecados. Jesús dice: “A quienes les perdonen los pecados, les quedan perdonados”. El Espíritu Santo hace de la Iglesia una casa de misericordia. La Iglesia no recibe el Espíritu para condenar al mundo, sino para anunciar que en Cristo hay perdón, reconciliación y vida nueva. Pentecostés es también la fiesta del Sacramento de la Reconciliación, porque allí el Espíritu sigue soplando sobre nuestras heridas y nos devuelve la paz.

Queridos hermanos, en esta solemnidad pidamos que el Espíritu Santo renueve nuestra vida. Que sea viento que abra nuestras puertas cerradas. Que sea fuego que purifique nuestro corazón. Que sea luz en nuestras decisiones. Que sea consuelo en nuestras tristezas. Que sea fuerza en nuestras debilidades. Que sea unidad en nuestras familias y comunidades. Que sea valentía para anunciar el Evangelio.

Hoy la Iglesia entera canta con el Salmo: “Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra”. Pero esa renovación comienza en cada uno de nosotros. La faz de la tierra se renueva cuando se renueva un corazón. La Iglesia se renueva cuando un cristiano deja de vivir apagado y permite que Dios lo encienda de nuevo.

Que María, la mujer llena del Espíritu Santo, que oraba con los apóstoles en el Cenáculo, nos enseñe a esperar, recibir y obedecer al Espíritu. Y que en esta Eucaristía podamos decir con fe:

Ven, Espíritu Santo.
Llena los corazones de tus fieles.
Enciende en nosotros el fuego de tu amor.
Haznos testigos valientes de Cristo resucitado.
Renueva nuestra vida, nuestra Iglesia y la faz de la tierra.

Amén.


3

Hermanos y hermanas:

Hoy celebramos Pentecostés, la fiesta del Espíritu Santo, el día en que la Pascua llega a su plenitud. Como recuerda el texto base, Pentecostés significa “quincuagésimo”, el día cincuenta después de la Pascua, y para nosotros los cristianos es el gran día en que el Espíritu transforma a los discípulos encerrados por miedo en testigos valientes de Cristo resucitado.

El Evangelio nos muestra a los apóstoles con las puertas cerradas. Estaban encerrados no solo en una casa, sino también en sus temores, culpas, dudas y heridas. Y Jesús resucitado entra, se pone en medio y les dice: “La paz esté con ustedes”. No llega con reproches: “¿Dónde estaban cuando me crucificaban?” No les dice: “Me fallaron”. Jesús llega con paz. Y luego sopla sobre ellos y les dice: “Reciban el Espíritu Santo”.

Ese soplo nos recuerda el Génesis: Dios sopló sobre el barro y el ser humano comenzó a vivir. Ahora Cristo sopla sobre una comunidad herida y nace la Iglesia. Pentecostés es eso: cuando Dios vuelve a soplar sobre lo que parecía apagado, cansado, encerrado o muerto.

Hay una anécdota muy bonita: un joven pobre usaba para pedir limosna un viejo tazón que había heredado de su padre. Un día, un comerciante descubrió que aquel tazón no era de bronce, sino de oro puro. El muchacho había vivido como mendigo llevando en sus manos una riqueza inmensa sin saberlo. A veces nosotros somos así: vivimos pidiendo fuerza, paz, alegría, esperanza, sin darnos cuenta de que ya llevamos dentro el don más grande: el Espíritu Santo recibido en el Bautismo y fortalecido en la Confirmación.

El problema es que muchas veces tenemos al Espíritu Santo “guardado”, como quien tiene una vela pero no la enciende, como quien tiene una guitarra pero no la toca, como quien tiene internet pero no se conecta. Y entonces decimos: “Padre, yo no puedo cambiar”, “yo soy así”, “mi familia no tiene arreglo”, “mi comunidad no avanza”, “el mundo está perdido”. Pentecostés nos dice: no estamos solos, el Espíritu de Dios puede renovar lo que nosotros ya dimos por perdido.

En la primera lectura, el Espíritu llega como viento y fuego. El viento mueve, empuja, limpia el ambiente. El fuego ilumina, calienta, purifica. Por eso el Espíritu Santo no viene para dejarnos igual. Viene a sacudirnos. Viene a quemar nuestras indiferencias. Viene a descongelar nuestra fe.

Alguien decía con humor que algunas iglesias parecen buses de turismo: tienen capacidad para muchos, pero a veces “duermen” casi todos. Y no se trata solo de dormir físicamente en misa, aunque alguno de pronto se sienta aludido. Se trata de una fe dormida: rezamos, pero sin ardor; comulgamos, pero sin compromiso; escuchamos la Palabra, pero no dejamos que nos cambie; pedimos el Espíritu, pero no queremos que nos mueva demasiado.

Pentecostés nos recuerda que la Iglesia no nació en una oficina, ni en una estrategia pastoral, ni en una campaña publicitaria. Nació del fuego del Espíritu. Y cuando la Iglesia se deja llenar por el Espíritu, deja de ser un grupo encerrado y se convierte en comunidad misionera.

San Pablo nos dice en la segunda lectura que hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu. Esto es muy actual. Vivimos en un mundo lleno de divisiones: familias divididas, comunidades divididas, países divididos, redes sociales donde parece que todos hablan, pero pocos escuchan. En Babel, la humanidad se dispersó porque cada uno quería hacerse grande sin Dios. En Pentecostés, en cambio, todos escuchan el mismo mensaje en su propia lengua. El Espíritu no uniforma, pero sí une. No nos hace fotocopias, pero sí hermanos.

Por eso, una comunidad llena del Espíritu Santo no es aquella donde todos piensan exactamente igual, sino donde todos aprenden a escucharse, perdonarse y caminar juntos. El Espíritu Santo se nota cuando alguien baja el tono de la discusión, cuando una familia vuelve a hablarse, cuando un cristiano deja de vivir criticando y empieza a servir, cuando una comunidad pasa del chisme a la oración, de la queja al compromiso, de la frialdad a la misericordia.

Y el Evangelio une el don del Espíritu con el perdón: “A quienes les perdonen los pecados, les quedan perdonados”. Donde está el Espíritu, hay reconciliación. Donde está el Espíritu, no se alimenta el rencor. Donde está el Espíritu, no se vive archivando ofensas como facturas vencidas. El Espíritu nos hace capaces de decir: “me equivoqué”, “perdóname”, “empecemos de nuevo”.

Hoy necesitamos pedirle al Espíritu tres gracias muy concretas.

Primero, que nos quite el miedo. Miedo al futuro, miedo a comprometernos, miedo a evangelizar, miedo a decir que somos creyentes.

Segundo, que nos devuelva la alegría. Hay cristianos que parecen más de Viernes Santo que de Pascua. El Espíritu no elimina los problemas, pero nos da una alegría más profunda que las circunstancias.

Tercero, que nos haga testigos. No basta decir “Ven, Espíritu Santo” dentro del templo si después salimos igual de impacientes, fríos o indiferentes. El Espíritu se nota en la casa, en el trabajo, en la parroquia, en el trato con los pobres, en la forma como hablamos, publicamos, corregimos, perdonamos y servimos.

Hermanos, Pentecostés no es solamente un recuerdo del pasado. Es una posibilidad para hoy. El mismo Espíritu que transformó a Pedro, que fortaleció a María, que animó a los mártires y sostuvo a los santos, quiere renovar nuestra vida.

Pidámosle entonces con fe:

Ven, Espíritu Santo.
Entra en nuestras puertas cerradas.
Sopla sobre nuestros cansancios.
Enciende nuestra fe dormida.
Haznos una Iglesia viva, alegre, misionera y misericordiosa.
Y renueva, Señor, la faz de la tierra, empezando por nuestro propio corazón. Amén.


Atahualpa Yupanqui: el cantor que vino de lejos para decir algo



Cada 23 de mayo se recuerda la partida de Atahualpa Yupanqui, uno de los nombres mayores de la música popular latinoamericana. En 2026 se cumplen 34 años de su muerte, ocurrida en Nîmes, Francia, el 23 de mayo de 1992.

Había nacido el 31 de enero de 1908, como Héctor Roberto Chavero Aramburu, en Campo de la Cruz, cerca de Juan A. de la Peña, en el partido de Pergamino, provincia de Buenos Aires, Argentina.

(Argentina)


Atahualpa Yupanqui fue mucho más que un cantor folklórico. Fue poeta, guitarrista, compositor, caminante, narrador de la tierra, intérprete del alma campesina y una de las voces más hondas de América Latina. Su canto no nació de los salones, sino de los caminos; no se alimentó del artificio, sino del paisaje, del silencio, del sufrimiento del pueblo y de esa sabiduría antigua que muchas veces sobrevive en los humildes.

Su seudónimo, elegido desde joven, tiene resonancia indígena y destino literario. “Atahualpa” evoca al último soberano inca; “Yupanqui” remite al universo quechua. La Secretaría de Cultura de Argentina recoge una explicación tradicional del nombre artístico: “el que vino de lejanas tierras a contar”. Esa frase parece una definición perfecta de su misión: venir desde la tierra profunda para contar lo que otros no querían escuchar. (Argentina)

La infancia, la tierra y la guitarra

Hijo de José Demetrio Chavero, empleado ferroviario de ascendencia criolla e indígena, y de Higinia Carmen Haran, de raíces vascas, Atahualpa creció entre estaciones, campos, pueblos y caminos. A los seis años comenzó a estudiar violín con el sacerdote del pueblo, pero muy pronto encontró en la guitarra su instrumento definitivo. Más tarde estudió con el maestro Bautista Almirón en Junín, quien lo puso en contacto con la tradición de la guitarra clásica y con autores como Sor, Albéniz, Granados y Tárrega. (Argentina)

En 1917 su familia llegó a Tucumán, y allí se abrió para él un mundo decisivo. Los paisajes del noroeste argentino, las zambas, las vidalas, las chacareras, los cerros, los valles, los silencios de la noche y la memoria indígena marcaron para siempre su sensibilidad. A los 19 años compuso “Camino del indio”, una de sus obras tempranas más conocidas. (Argentina)

A diferencia de otros autores populares que cantaron principalmente al suburbio, al arrabal o al desarraigo urbano, Yupanqui cantó al hombre de la tierra: el arriero, el minero, el hachero, el campesino, el gaucho, el indio, el jornalero. Su universo no es la ciudad ruidosa, sino el camino largo; no es el bullicio, sino la soledad del que anda con su guitarra y escucha lo que la tierra murmura.

Un poeta de los humildes

Atahualpa Yupanqui dio voz a quienes pocas veces la tenían. En sus canciones aparecen los pobres, los trabajadores rurales, los mineros, los hombres sencillos que soportan la dureza de la vida sin perder la dignidad. “Las penas son de nosotros…” —dice una de sus frases más recordadas— y en esa expresión se condensa buena parte de su mirada social.

Pero sería injusto reducirlo a un simple cantor de protesta. Yupanqui fue más que un militante con guitarra. Fue un poeta. Y en él la protesta no cancela la belleza. Su denuncia no empobrece la canción; la vuelve más humana. Su música no es panfleto, sino memoria herida, ternura austera, contemplación del paisaje y compasión por el hombre concreto.

Por eso sus canciones fueron interpretadas por artistas de generaciones y estilos muy distintos: Los Chalchaleros, Mercedes Sosa, Jorge Cafrune, Chavela Vargas, Facundo Cabral, Alberto Cortez, Lucho Gatica, Mocedades y tantos otros. Entre sus títulos más célebres están “Luna tucumana”, “Los ejes de mi carreta”, “El arriero”, “Camino del indio”, “Piedra y camino”, “El alazán”, “Chacarera de las piedras”, “Preguntitas sobre Dios” y “Los hermanos”.

Nenette, Pablo del Cerro y la obra compartida

Una de las correcciones necesarias al hablar de Yupanqui es reconocer mejor el papel de Antonietta Paule Pepin Fitzpatrick, conocida como Nenette. Ella nació en Saint Pierre et Miquelon, territorio francés de ultramar cercano a Canadá, y llegó a la Argentina en 1928. Pianista, compositora y compañera de vida de Yupanqui, firmó muchas obras bajo el seudónimo masculino de Pablo del Cerro. (Fundación Atahualpa Yupanqui)

Durante mucho tiempo su aporte quedó oculto detrás de ese nombre. Hoy se reconoce con más claridad que Nenette fue coautora de canciones fundamentales del repertorio yupanquiano. La Secretaría de Cultura de Argentina señala que participó en 65 canciones de enorme éxito, entre ellas “El arriero” y “Luna tucumana”. (Argentina)

Este dato no disminuye a Yupanqui; al contrario, humaniza y enriquece su legado. Nos recuerda que muchas grandes obras nacen también del diálogo, del amor, de la escucha mutua y de colaboraciones que la historia tardó demasiado en reconocer.

Exilio, censura y consagración

Yupanqui vivió tiempos difíciles. Su vinculación con el Partido Comunista le trajo censura, persecución y cárcel durante el primer peronismo. Posteriormente se distanció del comunismo, pero nunca abandonó su sensibilidad social ni su preocupación por los pobres. Es importante decirlo con equilibrio: su obra puede dialogar con la canción social latinoamericana, pero no debe encerrarse únicamente en una lectura ideológica.

En 1949 salió hacia Europa y en 1950 se presentó en París. Allí fue apoyado por figuras como Édith Piaf, y su nombre comenzó a adquirir proyección internacional. Con el tiempo, se consolidó como uno de los grandes embajadores de la música argentina en el mundo. Francia lo condecoró, y su obra cruzó fronteras sin perder nunca el acento de la tierra. (Atacris)

Según datos recientes de la Secretaría de Cultura argentina, a lo largo de su carrera grabó más de 1200 canciones y registró cerca de 300 como propias. También publicó libros como Piedra sola y la novela Cerro Bayo, que inspiró la película Horizontes de piedra. (Argentina)

La religiosidad de un “dudante”

Uno de los aspectos más interesantes de Atahualpa Yupanqui es su relación con Dios. No fue un hombre religioso en el sentido convencional. Él mismo dijo alguna vez que no sabía si era creyente y recordaba que su padre, en tono de broma, se definía como “dudante”. Esa palabra le queda bien a Yupanqui: no fue un ateo agresivo ni un creyente devocional; fue un hombre atravesado por preguntas.

Su canción “Preguntitas sobre Dios” no es una negación superficial de la fe. Es más bien una pregunta dolorosa nacida del sufrimiento de los pobres. Allí no se burla de Dios; interroga la imagen de un Dios usado para justificar la injusticia. Lo que le duele no es Dios en sí mismo, sino que Dios parezca ausente de la mesa del pobre y demasiado presente en el discurso del poderoso.

Desde una mirada cristiana, esta inquietud no debería escandalizarnos demasiado. La Biblia está llena de preguntas parecidas: “¿Hasta cuándo, Señor?”, “¿Por qué prosperan los malvados?”, “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. Los profetas también denunciaron una religión que se olvida del huérfano, de la viuda, del extranjero y del pobre.

Quizá Yupanqui no encontró una respuesta teológica clara, pero dejó una pregunta honesta. Y muchas veces una pregunta honesta vale más que una respuesta repetida sin alma. Su duda no era indiferencia; era una sed herida de justicia.

Actualidad de Yupanqui

Hoy Atahualpa Yupanqui sigue vigente porque cantó realidades que no han desaparecido: la desigualdad, el desarraigo, el abuso contra los humildes, la dignidad del trabajador, la soledad del caminante, el vínculo espiritual con la tierra y la pregunta por Dios en medio del dolor.

También sigue vigente porque su arte no envejeció como envejecen las modas. Hay canciones que pertenecen a una temporada; las de Yupanqui pertenecen a la memoria de un pueblo. Su figura continúa siendo objeto de homenajes, investigaciones y producciones culturales. En 2024, por ejemplo, se estrenó el documental Atahualpa Yupanqui, un trashumante, presentado por la Fundación Atahualpa Yupanqui como una mirada sobre su vida de viajes, exilios, búsquedas y encuentros con las culturas americanas. (Fundación Atahualpa Yupanqui)

Conviene, sin embargo, leerlo sin ingenuidad. La canción social latinoamericana tuvo grandezas y también riesgos: a veces pudo caer en simplificaciones políticas o en mitologías revolucionarias discutibles. Pero en Yupanqui hay una hondura que supera el panfleto. Su canto no invita a odiar; invita a mirar. No llama a destruir; llama a reconocer la dignidad de los olvidados.

El regreso al silencio

Atahualpa Yupanqui murió en Francia, pero quiso volver simbólicamente a su tierra. Sus cenizas descansan en los jardines de su Casa Museo de Cerro Colorado, Córdoba, bajo la sombra de un roble, junto a la memoria de Nenette y al paisaje que tanto amó. (Argentina)

Allí parece cumplirse el destino de su nombre: vino de lejos para contar algo, y después volvió al silencio de la tierra. Pero su voz no se apagó. Sigue sonando en guitarras, emisoras, escuelas, caminos y memorias familiares. Sigue recordándonos que un pueblo sin canto se queda sin alma, y que el arte verdadero no solo entretiene: también consuela, denuncia, dignifica y acompaña.

Atahualpa Yupanqui fue un “dudante”, sí, pero también un buscador. Dudó de las respuestas fáciles, de los poderosos, de las palabras religiosas usadas sin justicia. Tal vez por eso su canto sigue tocando el corazón de creyentes y no creyentes. Porque, en el fondo, sus preguntas nacen de un lugar profundamente humano: el deseo de que nadie tenga que sufrir para que otro viva mejor.

Y esa pregunta, aunque venga de un cantor que no se decía religioso, está muy cerca del Evangelio.

 

viernes, 22 de mayo de 2026

23 de mayo del 2026: sábado de la séptima semana de Pascua

El desafío de la unidad

(Juan 21,20-25) Pedro y el discípulo a quien Jesús amaba ilustran la diversidad de los miembros del cuerpo de Cristo. Una diversidad que cada uno está llamado a acoger. Esto supone liberarse de la comparación y vivir plenamente lo que se nos ha dado y lo que se nos pide ser. Pentecostés, que celebraremos mañana, no nos enseña otra cosa que la unidad en la diversidad. Un desafío que debemos asumir y que implica estar enraizados en Cristo y disponibles al Espíritu.

Emmanuelle Billoteau, ermite

 


Primera lectura

Hch 28, 16-20. 30-31
Permaneció en Roma, predicando el reino de Dios

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.

CUANDO llegamos a Roma, le permitieron a Pablo vivir por su cuenta en una casa, con el soldado que lo vigilaba.
Tres días después, convocó a los judíos principales y, cuando se reunieron, les dijo:
«Yo, hermanos, sin haber hecho nada contra el pueblo ni contra las tradiciones de nuestros padres, fui entregado en Jerusalén como prisionero en manos de los romanos. Me interrogaron y querían ponerme en libertad, porque no encontraban nada que mereciera la muerte; pero, como los judíos se oponían, me vi obligado a apelar al César; aunque no es que tenga intención de acusar a mi pueblo. Por este motivo, pues, los he llamado para verlos y hablar con ustedes; pues por causa de la esperanza de Israel llevo encima estas cadenas».
Permaneció allí un bienio completo en una casa alquilada, recibiendo a todos los que acudían a verlo, predicándoles el reino de Dios y enseñando lo que se refiere al Señor Jesucristo con toda libertad, sin estorbos.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 10, 4. 5 y 7 (R.: cf. 7b)

R. Los buenos verán tu rostro, Señor.

O bien:

R. Aleluya.

V. El Señor está en su templo santo,
el Señor tiene su trono en el cielo;
sus ojos están observando,
sus pupilas examinan a los hombres. 
R.

V. El Señor examina a inocentes y culpables,
y al que ama la violencia él lo odia.
Porque el Señor es justo y ama la justicia:
los buenos verán su rostro. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Les enviaré el Espíritu de la verdad —dice el Señor—; él los guiará hasta la verdad plena. R. 

 

Evangelio

Jn 21, 20-25

Este es el discípulo que ha escrito esto, y su testimonio es verdadero

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

EN aquel tiempo, Pedro, volviéndose, vio que los seguía el discípulo a quien Jesús amaba, el mismo que en la cena se había apoyado en su pecho y le había preguntado: «Señor, ¿quién es el que te va a entregar?».
Al verlo, Pedro dice a Jesús:
«Señor, y este, ¿qué?».
Jesús le contesta:
«Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿a ti qué? Tú sígueme».
Entonces se empezó a correr entre los hermanos el rumor de que ese discípulo no moriría. Pero no le dijo Jesús que no moriría, sino: «Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿a ti qué?».
Este es el discípulo que da testimonio de todo esto y lo ha escrito; y nosotros sabemos que su testimonio es verdadero.
Muchas otras cosas hizo Jesús. Si se escribieran una por una, pienso que ni el mundo entero podría contener los libros que habría que escribir.

Palabra del Señor.

 

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Queridos hermanos:

Estamos en la víspera de Pentecostés. La Pascua llega a su plenitud y la Iglesia se prepara para recibir nuevamente el don del Espíritu Santo. Y la Palabra de Dios de este sábado nos coloca ante una verdad muy necesaria para la vida cristiana: seguir a Cristo no significa vivir comparándonos con los demás, sino descubrir con humildad la propia misión dentro del cuerpo de la Iglesia.

En el Evangelio, Pedro acaba de recibir de Jesús una misión muy grande: “Apacienta mis ovejas”. También ha escuchado que su seguimiento lo llevará por caminos de entrega, incluso de cruz. Pero inmediatamente mira hacia atrás y ve al discípulo amado. Entonces pregunta: “Señor, ¿y éste qué?”

Esa pregunta de Pedro es muy humana. También nosotros la hacemos muchas veces: “¿Y él por qué tiene ese camino? ¿Y ella por qué recibe ese don? ¿Y aquel por qué tiene más reconocimiento? ¿Y yo por qué tengo que cargar con esto?” La comparación es una de las tentaciones más frecuentes del corazón humano. Nos roba la paz, nos distrae de la misión y nos hace olvidar que Dios no trabaja en serie, sino que llama a cada uno por su nombre.

Jesús responde con firmeza y ternura: “Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿a ti qué? Tú sígueme.” Es decir: Pedro, no vivas mirando el camino del otro. No midas tu vocación con la vocación ajena. No conviertas la vida espiritual en competencia. Tu tarea es seguirme.

Aquí aparece el gran desafío de la unidad. La unidad cristiana no es uniformidad. Pedro no es Juan, y Juan no es Pedro. Pedro representa el pastoreo, la responsabilidad visible, la roca, la misión de confirmar a los hermanos. Juan representa la intimidad, la contemplación, la memoria amorosa del Evangelio, el testimonio del discípulo que se sabe amado. Ambos son necesarios. Ambos pertenecen a Cristo. Ambos edifican la Iglesia.

También en nuestras comunidades pasa lo mismo. Hay quienes sirven desde la palabra, otros desde el silencio; unos desde el liderazgo, otros desde la oración escondida; unos desde la enseñanza, otros desde la caridad; unos desde la administración, otros desde el canto, la visita al enfermo, la limpieza del templo, la catequesis, la escucha humilde. El problema comienza cuando dejamos de agradecer el don propio y empezamos a envidiar el don ajeno.

La primera lectura nos presenta a san Pablo en Roma. Está limitado, vigilado, condicionado por las circunstancias, pero no está apagado. Vive en una casa alquilada, recibe a quienes van a verlo y anuncia el Reino de Dios “con toda valentía y sin obstáculo”. Pablo podría haberse lamentado: “¿Por qué otros predican libres y yo estoy preso? ¿Por qué otros viajan y yo estoy detenido?” Pero no se deja paralizar por la comparación. Desde el lugar donde está, con lo que tiene, hace lo que Dios le pide.

Ese es un gran mensaje para nosotros: la misión no comienza cuando todo es perfecto; la misión comienza cuando, incluso en medio de límites, decimos: Señor, aquí estoy. Pablo evangeliza desde su encierro. Pedro seguirá a Cristo hasta dar la vida. Juan testimoniará el amor del Señor. María permanecerá fiel, orante y disponible.

Por eso la memoria de María en sábado ilumina bellamente esta Palabra. María no compite, no reclama protagonismo, no pregunta por qué otros ocupan ciertos lugares. Ella guarda, acompaña, intercede, permanece. En el Cenáculo, junto a los discípulos, espera el Espíritu Santo. María es madre de la unidad porque no uniforma a los hijos, sino que los reúne en torno a Cristo. Ella sabe que cada discípulo tiene un camino, pero todos necesitan el mismo Espíritu.

El salmo nos recuerda que “el Señor ama la justicia” y que “los buenos verán su rostro”. Esa es la meta: no sobresalir sobre los demás, sino ver el rostro de Dios. No ganar una comparación, sino vivir en fidelidad. No preguntarnos obsesivamente qué pasa con el otro, sino escuchar cada día la voz del Señor que nos dice: “Tú sígueme.”

Mañana celebraremos Pentecostés. El Espíritu Santo no elimina las diferencias: las purifica, las armoniza y las pone al servicio del bien común. En Pentecostés todos entienden el mensaje, aunque vienen de pueblos distintos y lenguas distintas. La Iglesia nace como una comunidad plural, pero unida por el mismo fuego, por el mismo Señor, por la misma misión.

Pidamos hoy la gracia de liberarnos del veneno de la comparación. Que no miremos al hermano como rival, sino como regalo. Que no despreciemos nuestro propio camino por admirar o envidiar el de otro. Que aprendamos a decir: Señor, no quiero vivir preguntando “¿y éste qué?”; quiero responder con amor a tu llamado: “Tú sígueme.”

Y que María, Madre de la Iglesia, nos enseñe a esperar el Espíritu Santo con corazón humilde, disponible y fraterno. Que ella nos ayude a ser comunidades donde la diversidad no divida, sino que embellezca; donde cada carisma encuentre su lugar; donde cada persona se sienta llamada, amada y enviada.

Amén.

 


24 de mayo del 2026: Solemnidad de Pentecostés-Ciclo A

  La modernidad de Pentecostés Hay en la fiesta de Pentecostés algo decididamente moderno, casi conmovedor: la certeza de que una comuni...