viernes, 2 de enero de 2026

3 de enero del 2025: sábado antes de la Epifanía- El Santo Nombre de Jesús, memoria libre

 

Santo del día:

Santo Nombre de Jesús

El nombre “Jesús” significa “Salvador”. Porque Dios hizo de Jesús el Mesías y Señor, el nombre de Jesús se convirtió en “el nombre que es sobre todo nombre”. Como cristianos bautizados, estamos llamados a dedicar nuestra vida al nombre de Jesús, nuestro Señor.

 

 

“Lo reconoció “

(Jn 1,29-34) Al ver a Jesús, Juan el Bautista deja al descubierto su corazón. En la persona de su primo, ha reconocido al Cordero de Dios anunciado por el profeta Isaías. Ha visto el aliento de Dios descender sobre Él en forma de paloma y ha escuchado una voz revelarle que Jesús “bautiza en el Espíritu Santo”.

Juan es verdaderamente el heredero del profeta Elías, sensible al “susurro de una brisa suave”. Introduce a sus discípulos en la intimidad del Dios Trinidad.

Bénédicte de la Croix, cistercienne

 


Primera lectura

1Jn 2,29 - 3,6
​Todo el que permanece en él no peca

Lectura de la primera carta del apóstol san Juan.

QUERIDOS hermanos:
Si saben que él es justo, reconozcan que todo el que obra la justicia ha nacido de él.
Miren qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!
El mundo no nos conoce porque no lo conoció a él.
Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es.
Todo el que tiene esta esperanza en él se purifica a sí mismo, como él es puro.
Todo el que comete pecado quebranta también la ley, pues el pecado es quebrantamiento de la ley.
Y saben que él se manifestó para quitar los pecados, y en él no hay pecado.
Todo el que permanece en él no peca. Todo el que peca no lo ha visto ni conocido.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 98(97),1.3cd-4. 5-6 (R. cf. 3c)

​R​.​ Los confines de la tierra han contemplado
la salvación de nuestro Dios.


V. Canten al Señor un cántico nuevo,
porque ha hecho maravillas.
Su diestra le ha dado la victoria,
su santo brazo. 
R.

V. Los confines de la tierra han contemplado
la salvación de nuestro Dios.
Aclama al Señor, tierra entera;
griten, vitoreen, toquen. 
R.

V. Tañan la cítara para el Señor,
suenen los instrumentos:
con clarines y al son de trompetas,
aclamen al Rey y Señor. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. ​El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros; a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios. R.

 

Evangelio

Jn 1,29-34.

​Este es el Cordero de Dios

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

​A​L día siguiente, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó:
«Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quien yo dije: “Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo”. Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel».
Y Juan dio testimonio diciendo:
«He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: “Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ese es el que bautiza con Espíritu Santo”. Y yo lo he visto y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios».

Palabra del Señor.

 

 

1

 

Tema: Reconocer al Cordero, vivir como hijos, dejarnos bautizar en el Espíritu.

 

Hermanos, la palabra que atraviesa este día es sencilla y exigente: “lo reconoció”. Juan Bautista reconoce a Jesús. Y cuando lo reconoce, no se queda en una emoción privada: lo señala, lo anuncia, lo entrega a la mirada de los demás:
“Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”.

1) Reconocer a Jesús: cuando el corazón se abre

Alguien comentando este texto, lo expresa bellamente: “A la vista de Jesús, Juan el Bautista revela su corazón”. Reconocer a Cristo no es solo identificar a alguien; es dejar que el corazón hable, dejar que la fe salga de la garganta, como un testimonio: “¡Es Él!”

¿Cuántas veces podemos estar cerca de Jesús —por costumbre, por tradición, por cultura religiosa— y sin embargo, aún no reconocerlo de verdad? Juan necesitó un signo:
“Vi al Espíritu bajar del cielo como paloma y posarse sobre Él”.
La fe madura cuando pasa de “me hablaron de Jesús” a “yo lo he visto actuar; yo lo he encontrado; yo sé en quién he puesto mi confianza”.

Y aquí aparece una clave pastoral y también psicológica: no basta con que la mente asienta; hace falta que el corazón se rinda a la evidencia del amor. Mucha gente no se entrega a Dios no por falta de argumentos, sino por heridas, por miedo, por culpa, por desconfianza. Hoy el Bautista nos enseña un camino: mira a Jesús; míralo de frente; no te distraigas con lo secundario.

2) “El Cordero de Dios”: la fuerza de la mansedumbre

Juan reconoce en su primo al Cordero anunciado: el inocente, el ofrecido, el que salva cargando. El mundo suele reconocer al fuerte, al exitoso, al ruidoso. Dios, en cambio, se revela como Cordero: fuerza sin violencia, autoridad sin humillación, victoria sin soberbia.

Por eso el salmo estalla en canto:
“Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios” (Sal 98).
La victoria de Dios no es aplastar a nadie; es salvar, reconciliar, recrear. Es la victoria de la misericordia.

3) “Quita el pecado del mundo”: no solo perdona, transforma

Juan no dice: “quita problemas”, “quita tristezas”, “quita enfermedades”. Dice: quita el pecado. Porque el pecado es la raíz de tantas cadenas: orgullo, resentimiento, mentira, doble vida, indiferencia. Jesús no viene a maquillarnos; viene a liberarnos.

Y la primera lectura lo explica con una frase que debería quedarse grabada:
“Miren qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!” (1Jn 3,1).
El Cordero quita el pecado para que el hijo vuelva a casa. El perdón no es solo “borrón y cuenta nueva”; es nacimiento: “todo el que practica la justicia ha nacido de Él” (1Jn 2,29).

San Juan es exigente:
“El que permanece en Él no peca” (1Jn 3,6).
No significa que el cristiano no tropiece; significa que quien se une a Cristo no puede instalarse en el pecado como si fuera su hogar. Cuando pecamos, nos duele; cuando caemos, regresamos. Porque el corazón ya ha conocido otra luz.

4) “Bautiza en el Espíritu Santo”: la fe es vida nueva, no solo norma

Juan oyó que Jesús “bautiza en el Espíritu Santo”. Esto no es un detalle decorativo: es el centro.

Juan bautiza con agua; Jesús bautiza con el Espíritu, es decir, con la vida misma de Dios. El cristianismo no se reduce a ser “buena persona” o “cumplir”. Es ser habitado: recibir un corazón nuevo, una libertad nueva, un deseo nuevo.

Si hoy alguien dice: “Padre, yo intento, pero no puedo…”, el evangelio responde: no se trata solo de tu esfuerzo; se trata del Espíritu que permanece sobre Cristo y que Cristo comparte contigo. La vida cristiana no es solo voluntad: es gracia.

5) Juan, heredero de Elías: el Dios del susurro

Se compara a Juan con Elías, sensible al “susurro de una brisa suave”. Qué actual: vivimos rodeados de ruido —pantallas, discusiones, urgencias— y el riesgo es no escuchar a Dios.

A veces Dios no grita. Susurra.
Una palabra del evangelio que te toca.
Un remordimiento santo.
Una paz inesperada.
Una llamada a perdonar.
Un deseo de confesarte.
Un impulso a servir.

Juan introduce a sus discípulos —dice el texto— en la intimidad del Dios Trinidad. Porque cuando reconoces a Jesús, entras en el misterio del Padre que lo envía y del Espíritu que lo consagra. La fe auténtica no es solo moral: es relación, comunión, vida trinitaria.

6) María en sábado: la mujer que reconoció antes que nadie

Hoy miramos también a María. Ella reconoció al Cordero en el silencio de Nazaret, en la pobreza de Belén, en el misterio de la cruz. María nos enseña a reconocer a Jesús cuando no hay aplausos, cuando la fe no se siente “emocionante”, cuando solo queda la fidelidad.

En sábado, la Iglesia nos pone a María como madre y maestra:

·        maestra de escucha,

·        maestra de humildad,

·        maestra de perseverancia,

·        maestra de esperanza.

Pidámosle la gracia de un corazón fino, capaz de “oír el susurro”.

7) El Santo Nombre de Jesús: la palabra que sostiene

Y la memoria del Santo Nombre de Jesús nos deja un regalo pastoral para el día a día: invocar su Nombre. No como fórmula mágica, sino como acto de fe sencillo y potente.

En la tentación: “Jesús, sálvame.”
En la tristeza: “Jesús, consuélame.”
En la enfermedad: “Jesús, acompáñame.”
En la lucha interior: “Jesús, ten misericordia de mí.”


Cierre

Hermanos, hoy el Bautista nos presta su dedo y su voz:
“He aquí el Cordero de Dios.”
Y la carta de Juan nos recuerda nuestra dignidad: somos hijos.
Y María nos enseña a guardar y seguir.

Pidamos esta gracia concreta: reconocerlo hoy, no mañana; reconocerlo en la Palabra, en la Eucaristía, en el hermano, en el silencio, en el susurro del Espíritu.
Que el Nombre de Jesús sea nuestra luz y que el Cordero de Dios nos regale una vida nueva. Amén.

 

 

2

 

“He aquí el Cordero de Dios… y nosotros, hijos en el Hijo”

 

Hermanos, en estos días luminosos que prolongan el gozo de la Navidad, la liturgia nos ofrece una escena decisiva: Juan Bautista señala a Jesús. No lo explica con teorías; lo muestra. No dice: “Este es un gran maestro”, ni “este es un hombre admirable”. Dice algo infinitamente más hondo:
“Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Jn 1,29).

Y con esas palabras, Juan abre una puerta para nosotros: la puerta del misterio. Porque cuando escuchamos “Cordero”, no estamos ante un simple símbolo piadoso. Estamos ante la identidad de Jesús y ante el modo como Dios salva: no por la fuerza, sino por el amor que se ofrece; no por la venganza, sino por el perdón; no por dominar, sino por cargar con nosotros y por nosotros.

1) “Cordero de Dios”: Dios elige el camino de la mansedumbre

En la Biblia, el cordero remite al sacrificio pascual, a la liberación de Egipto, al inocente que sufre por los demás. En Jesús se cumple todo: Él es el inocente que no responde al mal con mal, sino que lo desarma desde dentro con una misericordia más fuerte que el pecado.

Pero el evangelio añade un detalle precioso: Juan Bautista confiesa que no lo conocía plenamente. Lo conocía “por fuera”, quizá por historia, por parentesco, por fama… pero dice: “Yo no lo conocía… pero el que me envió a bautizar me dijo…” (Jn 1,31-33).
Esto es muy actual: también nosotros podemos “conocer” a Jesús de oídas, por cultura, por costumbre… y sin embargo, todavía no haberlo reconocido como el Cordero que carga mi pecado, mi cansancio, mi historia.

La fe cristiana no es solo saber cosas de Jesús: es dejarse salvar por Él.

2) “Quita el pecado del mundo”: no maquilla la herida, la cura

Juan no dice: “viene a quitarnos problemas”, o “viene a dejarnos la vida fácil”. Dice: quita el pecado. Y aquí conviene entender: el pecado no es solo una lista de faltas; es una fuerza que desordena el corazón, enfría el amor, rompe vínculos, roba la paz, apaga la verdad.

Por eso la primera lectura es tan clara:
“Todo el que practica la justicia ha nacido de Él… Miren qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!” (1Jn 2,29; 3,1).

La Navidad nos puede tentar a quedarnos en lo tierno: el Niño, el pesebre, la emoción. Pero la Iglesia nos conduce más hondo: ese Niño viene para hacer de nosotros hijos; viene a arrancarnos del pecado y a introducirnos en la vida nueva. Y San Juan lo dice con un realismo exigente:
“El que permanece en Él no peca” (1Jn 3,6).
No significa que el cristiano sea impecable como si nunca cayera; significa que quien se une a Cristo no puede convivir en paz con el pecado. Si caemos, nos duele; si fallamos, volvemos; si nos extraviamos, pedimos perdón; porque la vida de hijo no se negocia con la oscuridad.

3) El Salmo 98: la alegría de una salvación que se ve

El salmo de hoy es un estallido de esperanza:
“El Señor da a conocer su victoria… los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios” (Sal 98).

La salvación no es una idea invisible: se ve cuando una persona se reconcilia, cuando una familia vuelve a hablarse, cuando un enfermo encuentra sentido en medio del dolor, cuando alguien deja una esclavitud, cuando un corazón aprende a perdonar.

Y aquí aparece algo hermoso: el salmo invita a cantar con instrumentos, con fuerza, con alegría. Porque cuando Cristo entra, la fe no se vuelve gris; se vuelve luz. Si estamos tristes, cansados o desanimados, no es para que nos culpemos: es para que volvamos a escuchar: “He aquí el Cordero de Dios”. Él no viene a aplastarte; viene a levantarte.

4) El Espíritu “permanece”: la fe se sostiene por una Presencia

Juan Bautista da el signo definitivo:
“Vi al Espíritu bajar del cielo como paloma y posarse sobre Él” (Jn 1,32).

La palabra clave es “posarse / permanecer”. El Espíritu no toca a Jesús y se va. Permanece.
Y esa es la promesa para la Iglesia y para cada uno: la vida cristiana no se sostiene por “ganas”, ni solo por disciplina, sino por una Presencia que permanece cuando nosotros somos frágiles.

Si hoy alguien siente que su fe está débil, que su oración es seca, que su lucha interior es fuerte… el evangelio no te acusa: te señala a Cristo y te dice: en Él permanece el Espíritu. Acércate a Él: en la Eucaristía, en la Palabra, en la confesión, en el silencio, en el servicio al hermano. Allí el Espíritu vuelve a ordenar el corazón.

5) Memoria de María en sábado: la mujer que señala al Cordero

Hoy, además, miramos a María. En sábado, la Iglesia la contempla como la creyente perfecta, la mujer que recibió al Cordero primero en su seno y después en su corazón. Ella no se queda con el protagonismo. Su vida entera dice: “Hagan lo que Él les diga”.

María es escuela de fe para este tiempo “antes de la Epifanía”: nos enseña a reconocer al Señor aunque venga en humildad, a guardarlo en el corazón, a confiar cuando no entendemos todo.

Y aquí un gesto pastoral sencillo: pidámosle a la Virgen que nos regale una gracia muy concreta: no acostumbrarnos a Jesús. Que no lo tratemos como “algo de siempre”, sino como el Salvador vivo, el Cordero que quita el pecado del mundo, el Hijo en quien nosotros somos hijos.

6) El Santo Nombre de Jesús: decir su Nombre con fe

La memoria libre del Santo Nombre de Jesús nos regala un remate precioso: el Nombre no es magia, pero sí es refugio. Decir “Jesús” con fe es abrir la puerta al que salva.
En momentos de tentación, de angustia, de confusión, de enfermedad, de soledad… una oración breve puede sostenernos:
“Jesús, en Ti confío”; “Jesús, ten misericordia”; “Jesús, hazme tuyo”.


Conclusión

Hermanos, hoy la Iglesia nos deja una frase para llevar a casa:
“He aquí el Cordero de Dios”.

Míralo. Reconócelo. Permanece en Él. Y recuerda lo esencial de la primera lectura:
“¡Lo somos! Somos hijos de Dios.”

Que María, Madre del Redentor, nos enseñe a vivir como hijos: con confianza, con pureza de corazón, con alegría. Y que el Santo Nombre de Jesús sea en nuestros labios una luz y en nuestra vida una esperanza. Amén.

 

jueves, 1 de enero de 2026

2 de enero del 2026: viernes antes de la Epifanía- Santos Basilio Magno y Gregorio Nacianceno, obispos y doctores de la Iglesia, memoria obligatoria

 

Santo del día:

San Basilio y San Gregorio

Siglo IV. Estos dos amigos fueron, respectivamente, obispo de Cesarea y patriarca de Constantinopla. En sus obras, Basilio defendió al Espíritu Santo y Gregorio la Trinidad. Doctores de la Iglesia.

 

 

Bajo el signo de la alabanza

(Salmo 97 [98])

Apenas hemos cruzado el umbral del año nuevo, la liturgia ya nos convoca a la alabanza: «Canten al Señor un canto nuevo, porque ha hecho maravillas». Es una invitación a renovar nuestro acto de fe en Aquel que sostiene el mundo en su mano. Sí: en la resurrección de Cristo, «toda la tierra ha contemplado la victoria de nuestro Dios». Tal es la esperanza con la que somos investidos por Aquel que hace nuevas todas las cosas.

Bénédicte de la Croix, cistercienne

 


Primera lectura

1Jn 2,22-28

Lo que han oído desde el principio permanezca en ustedes

Lectura de la primera carta del apóstol san Juan.

QUERIDOS hermanos:
¿Quién es el mentiroso sino el que niega que Jesús es el Cristo? Ese es el anticristo, el que niega al Padre y al Hijo. Todo el que niega al Hijo tampoco posee al Padre. Quien confiesa al Hijo posee también al Padre.
En cuanto a ustedes, lo que han oído desde el principio permanezca en ustedes. Si permanece en ustedes lo que han oído desde el principio, también ustedes permanecerán en el Hijo y en el Padre; y esta es la promesa que él mismo nos hizo: la vida eterna.
Les he escrito esto respecto a los que tratan de engañarlos. Y en cuanto a ustedes, la unción que de él han recibido permanece en ustedes, y no necesitan que nadie les enseñe. Pero como su unción les enseña acerca de todas las cosas —y es verdadera y no mentirosa—, según les enseñó, permanezcan en él.
Y ahora, hijos, permanezcan en él para que, cuando se manifieste, tengamos plena confianza y no quedemos avergonzados lejos de él en su venida.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 98(97),1.2-3ab.3cd-4 (R. cf. 3c)

R. Los confines de la tierra han contemplado
la salvación de nuestro Dios.


V. Canten al Señor un cántico nuevo,
porque ha hecho maravillas.
Su diestra le ha dado la victoria,
su santo brazo. 
R.

V. El Señor da a conocer su salvación,
revela a las naciones su justicia.
Se acordó de su misericordia y su fidelidad
en favor de la casa de Israel.
 R.

V. Los confines de la tierra han contemplado
la salvación de nuestro Dios.
Aclama al Señor, tierra entera;
griten, vitoreen, toquen. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya
V. En muchas ocasiones habló Dios antiguamente a los padres por los profetas. En esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo. R.

 

Evangelio

Jn 1,19-28

El que viene detrás de mí

Lectura del santo Evangelio según san Juan

ESTE es el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron desde Jerusalén sacerdotes y levitas a que le preguntaran:
«¿Tú quién eres?».
Él confesó y no negó; confesó:
«Yo no soy el Mesías».
Le preguntaron:
«¿Entonces, qué? ¿Eres tú Elías?».
Él dijo:
«No lo soy».
«¿Eres tú el Profeta?».
Respondió: «No».
Y le dijeron:
«¿Quién eres, para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado? ¿Qué dices de ti mismo?».
Él contestó:
«Yo soy la voz que grita en el desierto: “Allanen el camino del Señor”, como dijo el profeta Isaías».
Entre los enviados había fariseos y le preguntaron:
«Entonces, ¿por qué bautizas si tú no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta?».
Juan les respondió:
«Yo bautizo con agua; en medio de ustedes hay uno que no conocen, el que viene detrás de mí, y al que no soy digno de desatar la correa de la sandalia».
Esto pasaba en Betania, en la otra orilla del Jordán, donde Juan estaba bautizando.

Palabra del Señor.

 

1

 

1.    Bajo el signo de la alabanza… y de la verdad

Apenas comenzamos el año y la liturgia nos pone una palabra en los labios: “Canten al Señor un canto nuevo, porque ha hecho maravillas”. No es una frase decorativa. Es una medicina del alma. Porque, cuando uno sufre —en el cuerpo o por dentro, donde nadie ve— la vida se llena de ruidos: preocupaciones, diagnósticos, culpas, duelos, cansancios, ansiedad… Y en medio de esos ruidos, Dios nos regala una brújula: la alabanza.

Pero ojo: la alabanza cristiana no es negar el dolor ni maquillarlo. Es dejar que la verdad de Dios sea más grande que el miedo. Por eso, curiosamente, el Evangelio de hoy no nos presenta un milagro espectacular, sino un testigo: Juan el Bautista.

“Yo no soy el Mesías”: la humildad que cura

En el Evangelio (Jn 1,19-28), le preguntan a Juan: “¿Tú quién eres?” Y él responde con una claridad impresionante:

  • “Yo no soy el Mesías.”
  • “No soy Elías.”
  • “No soy el Profeta.”
    Y termina diciendo: “Yo soy una voz… en el desierto”.

Qué importante es esto al comenzar el año: reconocer quiénes no somos para poder vivir en paz. Mucha gente sufre porque carga una identidad que no le corresponde: “tengo que poder con todo”, “no puedo fallar”, “debo resolverle la vida a todos”, “si me quiebro, no valgo”. Juan nos enseña lo contrario: la humildad es libertad. No se infla, no compite, no se vende. Simplemente señala: “En medio de ustedes hay Uno a quien ustedes no conocen.”

Y aquí aparece el gran drama: Dios está “en medio” y, sin embargo, puede pasar desapercibido. ¿Por qué? Porque a veces buscamos a Dios donde no está: en lo espectacular, en lo inmediato, en lo que nos da control… y Él se manifiesta en lo pequeño, en lo sencillo, en lo que pide conversión.

La primera carta de Juan: la fe verdadera y el corazón protegido

La primera lectura (1Jn 2,22-28) es directa: habla del engaño y del anticristo (es decir, de todo lo que niega o reemplaza a Cristo). San Juan no escribe para asustar, sino para proteger la fe de su comunidad. Y el criterio es claro:

  • el que niega al Hijo, se queda sin el Padre;
  • el que permanece en lo que ha recibido desde el principio, permanece en Dios.

Traducido a nuestra vida: cuando Cristo se borra del centro, el alma se desordena. Se cuela cualquier “mesías” de repuesto: la ansiedad, el dinero, la imagen, el resentimiento, el placer vacío, el “yo puedo solo”, o incluso una fe reducida a costumbre sin encuentro vivo.

Por eso el apóstol insiste: “Permanezcan en Él.” Permanecer no es un sentimiento pasajero; es una decisión diaria: volver al Señor, volver a su Palabra, volver a la Eucaristía, volver a la oración simple, volver a la verdad.

Alabanza: el “canto nuevo” de quien sufre

El Salmo 98 dice: “El Señor dio a conocer su salvación.”
Esto no significa que ya no haya enfermedad ni lágrimas, sino que el sufrimiento no tiene la última palabra. El cristiano alaba no porque todo esté fácil, sino porque Cristo resucitado ya abrió un futuro.

Y aquí conectamos con nuestra intención orante: por quienes sufren en el alma y en el cuerpo.

  • A ti que sufres en el cuerpo: quizá no puedas hacer “grandes cosas” hoy. Pero puedes hacer una inmensa: dejarte amar. Ofrecer, respirar, confiar, pedir ayuda, no aislarte. La alabanza, a veces, no es cantar fuerte: es susurrar: “Señor, aquí estoy.”
  • A ti que sufres en el alma: hay dolores invisibles que cansan más que una fiebre: la tristeza profunda, la culpa, el miedo, la soledad, la depresión, el duelo, el trauma, la desesperanza. Hoy el Señor te dice: “Yo estoy en medio de ustedes.” No estás solo. Y como Juan, quizá hoy no puedas explicar mucho, pero sí puedes dar un paso: no absolutizar el desierto. El desierto no es tu identidad; es un lugar de paso donde Dios habla.

Tres llamadas concretas para comenzar el año

1.    Haz espacio para el Cristo verdadero. Pregúntate con sinceridad: ¿qué “mesías” falso estoy siguiendo? ¿qué me domina? ¿qué me roba la paz?

2.    Aprende de Juan: sé “voz”, no “dueño”. Señala a Cristo con tu vida, con tu paciencia, con tu forma de tratar, con tu honestidad, con tu caridad.

3.    Practica la alabanza como terapia espiritual. Cada día, aunque sea breve: “Señor, gracias por…; Señor, confío en Ti; Señor, haz nuevas todas las cosas.” Ese es el “canto nuevo”.

Oración final

Señor Jesús,
Tú estás en medio de nosotros, incluso cuando no te reconocemos.
Sana a los que sufren en el cuerpo: dales alivio, fortaleza, buenos cuidadores y esperanza.
Sana a los que sufren en el alma: rompe la oscuridad, devuelve el gusto por la vida, regala consuelo y compañía.
Haznos humildes como Juan, para no ocupar tu lugar,
y fieles como tus hijos, para permanecer en Ti.
Que, en este comienzo de año, bajo el signo de la alabanza,
toda nuestra vida cante tu victoria.
Amén.

 

2

 

1) Puerta de entrada: cuando el alma se “encoge” y Dios la vuelve a ensanchar

Apenas iniciamos el año, la liturgia nos pone frente a una escena aparentemente sencilla: un hombre a la orilla del Jordán, Juan el Bautista, rodeado de preguntas, sospechas, etiquetas y “comisiones” que quieren clasificarlo. Y él, con una humildad desarmante, no se deja atrapar por el foco. No se pone a defender su imagen ni a construir un “personaje”. Simplemente señala: “En medio de ustedes hay uno a quien no conocen.”

Ahí comienza la conversión: no es primero “cambiar de cosas”, sino reconocer una Presencia. Muchas tristezas del alma nacen de esto: de vivir como si Jesús no estuviera “en medio”, como si todo dependiera de nuestras fuerzas, de nuestra reputación, de nuestros logros, o de nuestros miedos.

Y hoy queremos orar por quienes sufren: por el cuerpo que duele y por el corazón que se fatiga. Porque cuando el dolor llega, también llegan preguntas: “¿Dónde está Dios? ¿Por qué a mí? ¿Qué hice mal?”. Y el Evangelio no responde con teorías; responde con una Persona: Él está en medio.


2) Juan y la humildad que prepara el camino

Los sacerdotes y levitas preguntan: “¿Quién eres?”. Y Juan responde con una triple negación que es toda una escuela espiritual: “Yo no soy…”

·        No soy el Mesías.

·        No soy Elías.

·        No soy el Profeta.

¡Qué liberación! Juan no se apropia de un lugar que no le pertenece. No se infla. No se miente a sí mismo. Y por eso puede decir con verdad: “Yo bautizo con agua, pero viene uno… de quien no soy digno de desatar la correa de la sandalia.”

En su cultura, desatar la sandalia era tarea del siervo más humilde. Juan está diciendo: “Ante Él, yo no soy el centro. Yo soy solo una voz”. Y esa humildad no lo empequeñece; lo vuelve transparente, lo hace grande de la única grandeza que vale: la de quien permite que Dios se vea.

Aquí hay un punto psicológico y pastoral muy fino:

·        La falsa humildad se desprecia para llamar la atención: “yo no valgo”, esperando aplausos.

·        La verdadera humildad, como la de Juan, no se mira a sí misma: mira a Cristo.


3) “Anticristos” y una medicina para el alma: permanecer

La primera lectura (1Jn 2,22-28) pone el dedo en una herida: la mentira espiritual. Juan lo expresa con una palabra fuerte: anticristo. No se trata solo de un personaje futurista; es una actitud: negar a Cristo, deformarlo, reducirlo, inventar un “jesús a mi medida” que no incomode.

Y el apóstol ofrece una medicina concreta: “Permanezcan en Él.”
El cristiano no se salva por un impulso momentáneo, sino por una fidelidad cotidiana: permanecer cuando hay consuelo y también cuando hay noche; permanecer cuando la salud acompaña y cuando el cuerpo no da más; permanecer cuando el ánimo está en alto y cuando el alma está en “modo supervivencia”.

Eso es esperanza real, no romántica: permanecer.


4) Un “Dios en medio” para quien sufre en el cuerpo y en el alma

Hoy, a quienes están enfermos o heridos por dentro, el Evangelio les dice algo inmenso:

·        Jesús no está lejos.

·        Jesús no llega tarde.

·        Jesús no se confunde contigo, pero sí se mezcla con tu historia, “en medio de ustedes”.

Y aquí aparece la paradoja más bella:
Si nosotros no somos dignos ni de desatar su sandalia, Él se arrodilla para lavarnos los pies.
Si nosotros no podemos salvarnos, Él carga nuestros pecados.
Si nosotros tenemos miedo a la muerte, Él entra en la muerte para abrirnos la vida.

La humildad verdadera no termina en “no soy digno”; termina en gratitud: “¡Qué amor tan grande, que aun así me busca!”


5) Tres llamadas concretas para este comienzo de año

1.    Deja de vivir como “mesías de tu propia casa”.
Muchos sufrimientos vienen de cargar lo que no somos capaces de cargar: resolverlo todo, sostenerlo todo, salvarlo todo. Juan nos libera: “Yo no soy”. Tú tampoco. Cristo sí.

2.    Señala a Jesús con tu vida, incluso si no puedes con palabras.
Hay personas enfermas que evangelizan más que mil discursos, porque su paciencia, su fe sencilla o su “seguir confiando” se vuelve una señal: “Él está en medio”.

3.    Permanece. Un día a la vez.
Para quien sufre ansiedad, depresión, duelo o dolor físico: el gran acto de fe quizá no es “sentir bonito”, sino permanecer hoy, con una oración breve, con un salmo, con un “Jesús, confío en ti”.


6) Oración final (integrada a la homilía)

Señor Jesús, en medio de nuestras preguntas y de nuestras heridas, Tú estás.
Danos la humildad de Juan para no robarnos el lugar que solo a Ti te pertenece.
Arranca de nosotros la mentira que niega tu rostro y tu amor.
Haznos permanecer en Ti cuando el cuerpo duele, cuando el alma se agota, cuando la esperanza se nos vuelve pequeña.

Hoy te presentamos a los enfermos, a los que sufren por dentro, a quienes están cansados de luchar, a los que lloran en silencio.
Tú, Mesías verdadero, ven a ser fuerza en su debilidad, luz en su oscuridad, paz en su tormenta.

Y enséñanos a decir con verdad, sin desesperación y sin máscaras:
“Señor, no soy digno… pero te doy gracias, porque Tú te hiciste cercano, y no te cansas de salvarme.”

Amén.

 

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2 de enero —

Santos Basilio Magno y Gregorio Nacianceno, obispos y doctores — Memoria

San Basilio: 329–379
Santo patrono de los monjes, administradores de hospitales, reformadores y de Rusia

San Gregorio: c. 329–389
Santo patrono de las cosechas y de los poetas




Citas

“Mucho tiempo pasé en la vanidad, y desperdicié casi toda mi juventud en el trabajo vano al que me sometí para adquirir una sabiduría que Dios ha declarado necia. Pero un día, como un hombre despertado de un sueño profundo, volví mis ojos hacia la luz maravillosa de la verdad del Evangelio, y comprendí la inutilidad de la ‘sabiduría de los príncipes de este mundo, que perece’ (1 Co 2,6). Lloré muchas lágrimas por mi vida miserable y recé para que se me concediera la guía necesaria para ser admitido en las doctrinas de la verdadera religión.”
Carta de san Basilio, n.º 223

“Nada me parecía tan deseable como cerrar las puertas de mis sentidos y, escapando de la carne y del mundo, recogerme dentro de mí mismo… para vivir por encima de las cosas visibles, conservando en mí las impresiones divinas puras e incontaminadas por los signos errantes de este mundo inferior…”
Oraciones de san Gregorio, 2:7


Reflexión

Santos Basilio Magno y Gregorio de Nacianzo se cuentan entre los más entregados defensores de la fe en el siglo IV. Ambos fueron obispos y hoy son santos y doctores de la Iglesia. Estos dos hombres se conocieron mientras estudiaban en Cesarea de Capadocia y fortalecieron su estrecha amistad en Atenas. Tras la muerte de Basilio, Gregorio escribió sobre su vínculo: “Parecíamos tener una sola alma que habitaba en dos cuerpos” (Oraciones de san Gregorio, 43:20).

Ambos santos provenían de familias de santos. La abuela materna de Basilio fue mártir; su abuela paterna, sus padres y tres de sus hermanos también son santos. El padre de Gregorio se convirtió al catolicismo por influencia de su esposa. Después de su conversión, fue ordenado sacerdote y luego consagrado obispo de Nacianzo. Sirvió como obispo durante unos cuarenta y cinco años y vivió hasta más de noventa. Estos padres santos tuvieron tres hijos, y los tres llegaron a ser santos.

En la época en que vivieron los santos Gregorio y Basilio, la Iglesia —el Cuerpo de Cristo— sufría la “pandemia” del arrianismo, una herejía que negaba la divinidad de Cristo. Esta herejía era como una enfermedad que infectaba a la Iglesia. El arrianismo entró en el torrente sanguíneo del Cuerpo de Cristo y debilitó cada miembro y músculo, provocando convulsiones, estallidos violentos y profundas divisiones tanto entre los obispos como entre los fieles. La enseñanza clara y el valiente liderazgo episcopal de los santos Basilio y Gregorio ayudaron a la Iglesia a sanar, a erradicar esta herejía y a restaurar la unidad de la fe en Oriente. Pero no todos acogieron con agrado sus esfuerzos. Ambos sufrieron mucho. Del emperador, de muchos obispos y de otros clérigos y laicos recibieron abusos, calumnias, ataques físicos y amenazas. A pesar de todo, permanecieron fieles a su predicación y serenos y firmes en su determinación, restaurando una unidad más profunda y más antigua entre los fieles de Cristo. Hoy, sus abundantes escritos se cuentan entre las enseñanzas más inspiradoras, lúcidas y convincentes de la Iglesia primitiva, especialmente en lo que se refiere a la divinidad de Cristo y al misterio de la Santísima Trinidad.

Estos dos hombres no llegaron a ser santos simplemente porque fueran inteligentes. También fueron santos. Y su santidad brotó de una vida de profunda oración. Después de recibir una excelente formación en las mejores universidades, ambos buscaron vivir como ermitaños, con Basilio a la cabeza, dando forma a lo que se convertiría en el modelo del monacato en Oriente. Los dos pasaron años en soledad y oración en distintas etapas de sus vidas. Su comunión interior con Dios mediante la oración, más que cualquier otra cosa, los preparó para su misión común.

Considera seguir el ejemplo de estos dos grandes santos volviéndote a Dios en la oración. Aunque quizá no estés llamado a ser ermitaño, ciertamente puedes apartar cada día un tiempo para profundizar en la vida de oración. Al hacerlo, descubrirás a Dios llamándote a acercarte más a Él y, luego, confiándote alguna misión mayor que cumplir para su gloria.


Oración

Santos Gregorio y Basilio, fuisteis llamados por Dios a ser luz en medio de la oscuridad durante un tiempo de gran turbulencia en la Iglesia. Os ruego que intercedáis por mí, para que nunca viva envuelto en las tinieblas de este mundo, sino que lleve siempre la luz de Cristo para dispersar la falsedad y el pecado, a fin de que Dios sea glorificado y las almas sean salvadas.
Santos Basilio y Gregorio, rogad por mí.
Jesús, en Ti confío.

 

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