San Juan Bosco
1815-1888.
«La oración es compañera
inseparable de la vida cristiana», afirmó el fundador de los
Salesianos y las Hijas de María Auxiliadora, quien dedicó su vida a los niños
desocupados de las ciudades. Educador excepcional, concibió una pedagogía
innovadora basada en el trabajo, la oración y la alegría. Canonizado en 1934.
A bordo con Jesús
(Marcos 4, 35-41) Los
discípulos llevan al Señor en su barca. Lo “embarcan” en el sentido literal del
término. Jesús no retrocede ante la incomodidad de la embarcación ni ante los
riesgos propios de toda travesía por el mar.
¿Tenemos nosotros la misma sencillez que los apóstoles para llevar a Jesús
con nosotros?
¿O preferimos relegarlo a algunos aspectos accesorios y secundarios de nuestra
vida?
Bertrand Lesoing, prêtre de la communauté Saint-Martin
Primera
lectura
He pecado
contra el Señor
Lectura del segundo libro de Samuel.
EN aquellos días, el Señor envió a Natán a ver a David y, llegado a su
presencia, le dijo:
«Había dos hombres en una ciudad, uno rico y el otro pobre. El rico tenía
muchas ovejas y vacas. El pobre, en cambio, no tenía más que una cordera
pequeña que había comprado. La alimentaba y la criaba con él y con sus hijos.
Ella comía de su pan, bebía de su copa y reposaba en su regazo; era para él
como una hija.
Llegó un peregrino a casa del rico, y no quiso coger una de sus ovejas o de sus
vacas y preparar el banquete para el hombre que había llegado a su casa, sino
que cogió la cordera del pobre y la aderezó para el hombre que había llegado a
su casa».
La cólera de David se encendió contra aquel hombre y replicó a Natán:
«Vive el Señor que el hombre que ha hecho tal cosa es reo de muerte. Resarcirá
cuatro veces la cordera, por haber obrado así y por no haber tenido compasión».
Entonces Natán dijo a David:
«Tú eres ese hombre. Pues bien, la espada no se apartará de tu casa jamás, por
haberme despreciado y haber tomado como esposa a la mujer de Urías, el hitita”.
Así dice el Señor:
“Yo voy a traer la desgracia sobre ti, desde tu propia casa. Cogeré a tus
mujeres ante tus ojos y las entregaré a otro, que se acostará con ellas a la
luz misma del sol. Tú has obrado a escondidas. Yo, en cambio, haré esto a la
vista de todo Israel y a la luz del sol”».
David respondió a Natán:
«He pecado contra el Señor».
Y Natán le dijo:
«También el Señor ha perdonado tu pecado. No morirás. Ahora bien, por haber
despreciado al Señor con esa acción, el hijo que te va a nacer morirá sin
remedio».
Natán se fue a su casa.
El Señor hirió al niño que la mujer de Urías había dado a David y cayó enfermo.
David oró con insistencia a Dios por el niño. Ayunaba y pasaba las noches
acostado en tierra.
Los ancianos de su casa se acercaron a él e intentaban obligarlo a que se
levantara del suelo, pero no accedió, ni quiso tomar con ellos alimento alguno.
Palabra de Dios.
Salmo
R. Oh, Dios,
crea en mí un corazón puro.
V. Oh, Dios,
crea en mí un corazón puro,
renuévame por dentro con espíritu firme.
No me arrojes lejos de tu rostro,
no me quites tu santo espíritu. R.
V. Devuélveme
la alegría de tu salvación,
afiánzame con espíritu generoso.
Enseñaré a los malvados tus caminos,
los pecadores volverán a ti. R.
V. Líbrame
de la sangre, oh, Dios,
Dios, Salvador mío,
y cantará mi lengua tu justicia.
Señor, me abrirás los labios,
y mi boca proclamará tu alabanza. R.
Aclamación
V. Tanto amó
Dios al mundo, que entregó a su Unigénito; todo el que cree en él tiene vida
eterna. R.
Evangelio
¿Quién es
este? ¡Hasta el viento y el mar lo obedecen!
Lectura del santo Evangelio según san Marcos.
AQUEL día, al atardecer, dice Jesús a sus discípulos:
«Vamos a la otra orilla».
Dejando a la gente, se lo llevaron en barca, como estaba; otras barcas lo
acompañaban. Se levantó una fuerte tempestad y las olas rompían contra la barca
hasta casi llenarla de agua. Él estaba en la popa, dormido sobre un cabezal.
Lo despertaron, diciéndole:
«Maestro, ¿no te importa que perezcamos?».
Se puso en pie, increpó al viento y dijo al mar:
«¡Silencio, enmudece!».
El viento cesó y vino una gran calma.
Él les dijo:
«¿Por qué tienen miedo? ¿Aún no tienen fe?».
Se llenaron de miedo y se decían unos a otros:
«¿Pero quién es este? ¡Hasta el viento y el mar lo obedecen!».
Palabra del Señor.
1
1) “Tú eres ese hombre”: cuando
Dios nos devuelve el nombre
La Palabra de hoy tiene un filo que corta, pero no
para humillar: corta para sanar. La escena es fuerte: el profeta Natán le
cuenta una historia a David… y David, indignado, condena al culpable. Entonces
cae la frase como relámpago: “Tú eres ese hombre”.
Muchas veces nos pasa igual: somos muy lúcidos para
juzgar lo ajeno, pero torpes para mirar nuestra propia casa. Es como si la
conciencia tuviera “puntos ciegos”: justificamos lo que nos conviene,
minimizamos lo que nos deja mal, maquillamos lo que nos da vergüenza. Y Dios,
que no quiere nuestra destrucción sino nuestra verdad, nos habla con
misericordia… pero con claridad.
No es una acusación para aplastarnos; es una
llamada para despertarnos. En el fondo, Dios le está diciendo a David: “Vuelve
a ser tú. No te pierdas. No te acostumbres al pecado. No te anestesies”.
2) El Salmo 51: el
arrepentimiento que no es culpa tóxica, sino camino
El Salmo 51 es el corazón penitencial de la Biblia.
Y hoy conviene distinguir dos cosas:
- Culpa
tóxica: te
encierra, te etiqueta (“soy un desastre”), te hace creer que ya no hay
salida, te quita la esperanza.
- Contrición
verdadera: te
abre, te vuelve humilde, te hace pedir ayuda, te devuelve la confianza:
“Crea en mí, oh Dios, un corazón puro”.
Por eso el salmista no pide primero castigo, sino un
corazón nuevo, un espíritu firme, la alegría de la salvación. El
arrepentimiento cristiano no es una cárcel: es una puerta.
Y en la Primera Lectura vemos que David no se
defiende con discursos. Reconoce, se duele, suplica, ayuna, intercede.
Su pecado fue real, pero también es real su deseo de volver. La gracia comienza
cuando dejamos de actuar como abogados de nosotros mismos y nos atrevemos a
ser, por fin, sinceros ante Dios.
3) La tormenta en el lago: el
miedo que grita “¡No te importa!”
En el Evangelio, los discípulos están en una barca
y se desata la tempestad. Ellos no dicen: “Señor, ayúdanos”, sino algo más
doloroso: “¿No te importa que perezcamos?”
Esa pregunta es muy humana. Cuando uno está
cansado, herido, con culpa encima o con problemas que no ceden, aparece la
tentación de pensar: “Dios no se da cuenta… Dios no me ve… Dios se quedó
dormido”. Y justamente el texto dice que Jesús dormía.
Pero ese “sueño” de Jesús no es indiferencia: es
una invitación a la fe madura. Porque la fe infantil exige señales
inmediatas; en cambio la fe adulta aprende a confiar incluso cuando no
entiende. Jesús se levanta, increpa al mar, trae calma… y luego hace una
pregunta que atraviesa: “¿Por qué tienen miedo? ¿Aún no tienen fe?”
Ojo: Jesús no ridiculiza el miedo. El miedo es
normal. Lo que Él cuestiona es el miedo que se vuelve dueño, que destrona la
confianza, que nos hace interpretar todo como abandono.
4) Uniendo las lecturas: dos
tormentas, un mismo Dios
Hoy vemos dos tormentas:
1. La tormenta interior de David: el desorden del
pecado, la culpa, las consecuencias, el dolor.
2. La tormenta exterior de los discípulos: el mar
embravecido, la amenaza real, la sensación de perder el control.
Y en ambas, Dios actúa de forma parecida:
- primero
ilumina la verdad (Natán desenmascara)
- luego
ofrece un camino (el
Salmo enseña a pedir un corazón nuevo)
- y
finalmente devuelve la paz (Jesús calma el mar y reconstruye la
confianza).
Dios no nos salva negando el problema, sino entrando
en él.
5) San Juan Bosco: la pedagogía
de la esperanza
Qué providencial celebrar hoy a Don Bosco. Él
trabajó con muchachos difíciles, pobres, heridos, impulsivos… jóvenes que eran,
en cierto sentido, “tormentas caminando”. ¿Y qué hizo?
- No
los definió por su caída, sino por su futuro.
- No
educó con miedo, sino con cercanía.
- No
corrigió humillando, sino formando el corazón.
Don Bosco nos enseña que la santidad también es
pedagogía: acompañar procesos, creer en la gracia, crear ambientes donde
sea más fácil hacer el bien.
Y aquí la Palabra nos deja una tarea pastoral:
- cuando
alguien cae, no lo condenes para siempre; ayúdalo a levantarse.
- cuando
alguien tiene miedo, no lo ridiculices; acompáñalo a confiar.
- cuando
un joven se equivoca, no lo descartes; muéstrale camino.
6) Memoria de María en sábado: la
Madre en la barca
En este sábado, miramos a María como presencia
silenciosa y firme. Ella conoce tormentas: la huida, la pobreza, el exilio, la
cruz, la incertidumbre. Y, sin embargo, guarda, confía, permanece.
Pídele hoy a la Virgen una gracia sencilla y
enorme: no desesperar. Que tu corazón no se vuelva duro ni cínico. Que
no pierdas la esperanza ni cuando te veas frágil como David, ni cuando sientas
el viento en contra como los discípulos.
7) Aplicaciones concretas para la
vida
Te propongo tres decisiones para esta semana:
1. Nombrar la verdad: “Señor, esto es lo que hay en
mí”. Sin excusas, sin teatro.
2. Rezar el Salmo 51 despacio: no como fórmula, sino como
medicina.
3. Una obra de reparación: pide perdón a alguien, devuelve
lo que no es tuyo, corta una relación dañina, retoma una disciplina espiritual,
busca acompañamiento… algo concreto.
Porque la conversión real siempre toca la vida
real.
Oración final
Señor
Jesús, que duermes en la barca y, sin embargo, eres el Señor del mar:
cuando se levanten tormentas en mi conciencia, dame humildad para reconocer;
cuando se levanten tormentas en mi historia, dame fe para no desconfiar;
y cuando yo pregunte “¿No te importa?”, recuérdame que tu cruz es la prueba de
tu amor.
Por
intercesión de San Juan Bosco, haznos pastores y educadores de esperanza;
y por la ternura de María, Madre fiel, llévanos a la paz que solo Tú puedes
dar. Amén.
2
1. “Lo embarcaron tal como
estaba”
El Evangelio comienza con un detalle aparentemente
insignificante, pero profundamente revelador: “Se llevaron a Jesús en la
barca, tal como estaba”.
No lo acondicionaron, no lo acomodaron, no esperaron mejores condiciones. Lo
embarcaron así, con todo lo que implicaba.
Eso nos interpela directamente:
¿Llevamos a Jesús con nosotros, dentro de la barca real de nuestra
vida, con sus incomodidades, límites y riesgos?
¿O lo dejamos en la orilla, reducido a momentos puntuales, a lo “religioso”, a
lo que no compromete demasiado?
Los discípulos no invitan a Jesús a una barca
cómoda y segura; lo suben a una barca frágil, expuesta al viento y al oleaje. Seguir
a Jesús nunca ha sido garantía de comodidad, pero sí de sentido.
2. La barca de David: pecado,
verdad y conversión
La primera lectura nos presenta otra “barca
sacudida por la tormenta”: la vida de David. Su pecado lo ha llevado a un
profundo desorden interior. Y Dios, que no abandona, envía a Natán para
ayudarlo a reconocer la verdad.
El pecado no es solo una falta moral; es una
ruptura de la confianza, una grieta que deja entrar el caos. David podría
haberse justificado, defendido, excusado… pero no lo hace. Acepta la palabra
que lo confronta.
Aquí se une la Palabra:
- en
la barca del lago, los discípulos enfrentan el miedo;
- en
la barca de su conciencia, David enfrenta la verdad.
En ambos casos, la salvación comienza cuando se
deja actuar a Dios.
3. El Salmo 51: Dios no rechaza
un corazón herido
El Salmo no es una oración de miedo, sino de
esperanza. David no pide ser destruido, pide ser recreado:
“Crea en mí, oh Dios, un corazón puro”.
Dios no se escandaliza de nuestra fragilidad. Lo
que Él no soporta es la mentira y la cerrazón. Un corazón herido,
humillado, abierto, es terreno fértil para la gracia.
4. “¿No te importa que
perezcamos?”
En el Evangelio, la tormenta estalla y Jesús
duerme. Los discípulos no le dicen: “Señor, tenemos miedo”, sino algo más duro:
“¿No te importa?”
Es la pregunta que nace cuando el dolor se
prolonga, cuando la culpa pesa, cuando la solución no llega. Es la pregunta de
quien cree, pero está agotado.
Y Jesús calma el mar… pero antes calma algo más
profundo: la falsa imagen de un Dios indiferente.
Luego pregunta: “¿Por qué tienen miedo? ¿Aún no tienen fe?”
No es un reproche cruel, sino una invitación:
confía incluso cuando no entiendes, incluso cuando parece que Dios duerme.
5. San Juan Bosco: subir a Jesús
a la barca de los jóvenes
Hoy la Iglesia nos propone a San Juan Bosco, que
supo embarcar a Jesús en una barca compleja: la de los jóvenes pobres, heridos,
sin oportunidades.
Don Bosco no esperó jóvenes “perfectos” para
evangelizar. Subió a Jesús a la barca de la calle, del ruido, de la fragilidad.
Y enseñó algo esencial:
educar es creer que la gracia puede más que la tormenta.
Su pedagogía fue clara: cercanía, alegría,
paciencia, confianza. Donde otros veían riesgo, él vio misión.
6. María en sábado: la mujer que
confía en medio del mar
En este sábado miramos a María, la mujer que
también atravesó mares agitados: la huida a Egipto, la pobreza, la cruz. Ella
no entendió todo, pero nunca dejó a Dios en la orilla.
María nos enseña a llevar a Jesús “tal como está”,
incluso cuando no comprendemos el rumbo, incluso cuando el viento arrecia.
7. Para la vida
La Palabra de hoy nos deja una pregunta sencilla y
exigente:
¿En qué barcas de mi vida todavía no he subido a Jesús?
- Tal
vez en una relación rota
- en
una culpa no sanada
- en
una decisión pendiente
- en
un miedo antiguo
- o en
un proyecto que quiero controlar solo
Hoy el Señor no pide una barca perfecta, solo un
lugar.
Oración final
Señor
Jesús,
no siempre entendemos tus silencios
ni sabemos confiar cuando el mar se agita.
Enséñanos a llevarte con nosotros,
no solo en los momentos tranquilos,
sino también en las noches de tormenta.
Por
intercesión de San Juan Bosco,
haznos sembradores de esperanza,
y de la mano de María,
llévanos a la orilla de la paz.
Amén.
3
1. “Pasemos a la otra orilla”:
una invitación que incomoda
Jesús no solo habla con parábolas; actúa
proféticamente. Después de un día agotador, cuando lo lógico sería
“quedarse” y descansar, el Señor propone: “Pasemos a la otra orilla”.
Esa frase es un programa espiritual: Dios no
siempre nos llama cuando estamos con fuerzas; a veces nos llama cuando estamos
cansados. No porque sea cruel, sino porque quiere enseñarnos que el Evangelio
no se sostiene solo en nuestra energía, sino en su gracia.
Y esa “otra orilla” no era neutra: era tierra
distinta, ambiente incómodo, cultura diferente. También hoy el Señor nos saca
de nuestros círculos fáciles y nos empuja a una fe que se arriesga: la fe que
dialoga, que sirve, que evangeliza donde no es habitual, que se acerca a quien
nos cuesta.
2. “Se llevaron a Jesús en la
barca, tal como estaba”: ¿lo embarcamos de verdad?
Los discípulos embarcan a Jesús tal como estaba.
No lo reducen a un adorno espiritual. No lo dejan en la orilla de lo “religioso”.
Lo llevan con ellos en el centro de la travesía.
Y entonces la pregunta se vuelve personal:
- ¿En
qué áreas de mi vida todavía no he embarcado a Jesús?
- ¿Qué
rincones sigo administrando “a solas”: dinero, afectos, decisiones,
hábitos, heridas, resentimientos?
- ¿Lo
llevo conmigo solo cuando el mar está tranquilo, o también cuando se
oscurece el cielo?
Embarcar a Jesús es decidir que Él no sea “un
accesorio”, sino el Señor de la barca.
3. David: la otra tormenta, la
del corazón
La primera lectura nos muestra otro tipo de
tormenta: la de un corazón dividido. Natán enfrenta a David con la verdad: “Tú
eres ese hombre”.
El pecado de David no es solo una caída; es una
cadena de consecuencias que hiere a otros y lo desordena por dentro. Pero aquí
aparece la misericordia: Dios no manda a Natán para destruir a David, sino para
rescatarlo de la mentira.
Y David, en vez de justificarse, se abre a la
conversión. Por eso el Salmo 51 no es un grito de desesperación, sino una
súplica luminosa:
“Crea en mí, oh Dios, un corazón puro.”
No me maquilles, Señor: recréame.
4. Jesús “dormido”: cuando Dios
parece lejano, pero está
En la barca del Evangelio, la tormenta es real. Y
Jesús duerme: ese sueño no es indiferencia; es una lección. Dios puede
parecer dormido en nuestros momentos de necesidad… pero está ahí, esperando que
lo busquemos, que lo llamemos, que recemos con fe.
Los discípulos, aunque expertos pescadores, se
asustan. Y esto también es importante: la experiencia no inmuniza contra el
miedo. Puedes tener “oficio”, años de caminar, incluso vida de Iglesia… y aun
así hay olas que nos superan.
Entonces Jesús se levanta y ordena: “¡Silencio!
¡Cállate!”
Esa palabra no solo se dirige al mar, sino al caos interior: al pánico, a la
ansiedad, a la desesperanza.
Y luego pregunta: “¿Aún no tienen fe?”
Es decir: ¿todavía piensas que el mal tiene la última palabra? ¿Todavía
dudas de que estoy contigo?
5. San Juan Bosco: cruzar a “la
otra orilla” de los jóvenes
La memoria de Don Bosco encaja como anillo al dedo.
Él cruzó a “otra orilla”: la de los jóvenes pobres, la calle, la exclusión, la
cultura difícil. No evangelizó desde la distancia, sino desde la cercanía.
Su método fue el del corazón: razón, religión y amor (la famosa amabilidad
pastoral).
Don Bosco nos grita hoy:
- No
te quedes en la orilla cómoda.
- Cruza
hacia donde duele.
- Lleva
allí a Jesús “tal como está”.
- Y no
temas: la gracia es más fuerte que la tormenta.
6. María en sábado: la fe que no
abandona la barca
En este sábado, miramos a María como Madre que
acompaña. Ella también conoció travesías: incertidumbre, exilio, cruz. Y nunca
dejó de creer que Dios conduce la historia, incluso cuando no se entiende el
rumbo.
Con María aprendemos a decir:
“Señor, no entiendo el mar… pero confío en tu palabra.”
7. Aplicaciones concretas
Tres pasos simples para esta semana:
1. Identifica “la otra orilla” que Dios te está pidiendo: una
conversación pendiente, un servicio, una reconciliación, una misión, una
decisión valiente.
2. Reza el Salmo 51 como examen del corazón: “Señor,
crea en mí un corazón puro”.
3. Pronuncia en oración la palabra
de Jesús:
“¡Silencio! ¡Cállate!” sobre tu miedo dominante (y repítela hasta que el corazón
se serene).
Oración final
Señor
Jesús,
cuando me llames a cruzar hacia lo desconocido, dame valentía;
cuando parezcas dormido en mi noche, dame fe;
cuando mi barca se llene de agua, enséñame a clamar sin desesperar.
Por
intercesión de San Juan Bosco,
haznos pastores y sembradores de esperanza, especialmente con los jóvenes.
Y de la mano de María, Madre fiel,
llévanos seguros a la otra orilla. Amén.
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31 de enero:
San Juan Bosco, presbítero — Memoria
1815–1888
Santo patrono de aprendices, muchachos, editores, trabajadores, magos,
estudiantes
Canonizado por el Papa Pío XI el 1 de abril de 1934.
Cita:
“Hijos míos, en mi larga experiencia, muy a menudo tuve que convencerme de esta
gran verdad: es más fácil enojarse que dominarse, y es más fácil amenazar a un
muchacho que persuadirlo. Sí, en efecto, conviene más ser constantes en
castigar nuestra propia impaciencia y orgullo que en corregir a los muchachos.
Debemos ser firmes pero amables, y tener paciencia con ellos. Procuren que
nadie los encuentre movidos por la impetuosidad o la terquedad.”
~Carta de San Juan Bosco
Reflexión:
El menor de tres hijos varones, Juan Bosco nació en una familia pobre del
noroeste de Italia, en el caserío rural de Becchi. Su padre, jornalero en una
granja de una familia vecina, murió cuando Juan tenía apenas dos años. Su madre
continuó criando a sus hijos con mucho amor y afecto.
Hasta
los doce años, Juan pasó la mayor parte del tiempo procurando sostener a la
familia, trabajando como pastor y jornalero, como su padre. La pobreza familiar
le dificultó obtener una buena educación. Su aprendizaje provenía de su
experiencia de vida, de lo que vivía en casa y de los sermones de la iglesia,
que escuchaba con atención.
A
los nueve años, Juan tuvo el primero de muchos sueños que lo influirían
profundamente. En su sueño, se encontró con un grupo de muchachos rudos que
hablaban diciendo groserías y blasfemias. Juan se enojó con ellos y levantó los
puños para amenazarlos por sus palabras. De repente, apareció en el sueño un
hombre radiante como el sol. El hombre le dijo a Juan: “Gana los corazones de
estos, tus amigos, no con violencia sino con caridad. Comienza de inmediato.
Enséñales lo malo del vicio y la excelencia de la virtud.” Cuando Juan preguntó
quién era, el hombre respondió: “Yo soy el Hijo de la Señora que te enviaré
para que sea tu maestra.” Entonces la Santísima Virgen apareció en el sueño y
comenzó a enseñarle a Juan acerca de su futura misión de cuidar a los muchachos
con bondad.
Juan
comenzó su “ministerio” cuando tenía apenas diez años. Asistía a los
espectáculos de artistas que hacían malabares, trucos de magia y acrobacias.
Juan observaba sus presentaciones y luego intentaba imitarlas para otros niños,
incluyendo siempre oraciones dentro del espectáculo y enseñanzas tomadas de los
sermones dominicales.
Como
era común entre muchos muchachos, Juan y su hermano se peleaban con frecuencia.
Esta fue una de las razones por las que Juan decidió dejar su casa a los doce
años para buscar trabajo. Unos años más tarde, Juan llamó la atención de un
sacerdote recién ordenado y futuro santo, el padre José Cafasso, quien
reconoció sus dones intelectuales y lo ayudó con su educación. Cuando Juan
tenía veinte años, el padre Cafasso, con la ayuda de algo de dinero aportado
por la madre de Juan, le ayudó a ingresar al seminario. Después de seis años de
estudio, a los veintiséis años, Juan fue ordenado sacerdote.
Tras
su ordenación, el padre Juan se unió a su mentor, el padre Cafasso, en Turín
para continuar sus estudios en el Instituto de San Francisco, donde el padre
Cafasso estaba a cargo. Ambos también se dedicaron al ministerio con los pobres
y los encarcelados, cuidaron de niñas en un internado y ayudaron en parroquias
rurales. Fue en las prisiones donde el padre Juan tomó conciencia del número de
muchachos que necesitaban ayuda. Sobre esta experiencia, más tarde escribió en
sus Memorias: “Vi un gran número de jóvenes de 12 a 18 años, muchachos sanos y
fuertes, despiertos de mente; pero verlos allí ociosos, llenos de piojos, sin
alimento para el cuerpo ni para el alma, me horrorizó. La deshonra pública, el
deshonor familiar y la vergüenza personal estaban personificados en esos
desdichados.” Y pensó para sí: “¿Quién sabe?… Si estos muchachos tuvieran un
amigo fuera que se ocupara de ellos, los ayudara, les enseñara religión…
podrían apartarse de la ruina…” Muchos eran reincidentes, y el corazón del
padre Juan se inclinó a ayudarlos. El sueño que tuvo a los nueve años comenzó a
hacerse realidad, mientras buscaba enseñarles, animarles, escucharles y hacerse
su amigo, como mentor y padre espiritual.
El
plan del padre Juan era fundar un oratorio que diera estructura y propósito a
esos muchachos. Les ayudó a conseguir trabajo enseñándoles oficios. Al mismo
tiempo, les brindó alimento y alojamiento, les enseñó catecismo y les dio
orientación moral y esperanza. En diez años, el padre Juan ayudaba ya a unos
800 muchachos necesitados.
Menos
de una década después, en 1861, algunos de los muchachos a quienes el padre
Juan acompañaba quisieron seguir sus pasos y ayudar a otros jóvenes. Por ello,
el padre Juan fundó, junto con un sacerdote, seminaristas y un estudiante de
secundaria, la Sociedad de San Francisco de Sales. La Orden Salesiana fue
aprobada formalmente por el Vaticano en 1869. En 1871, el padre Juan amplió su
misión fundando una congregación religiosa salesiana femenina llamada Hijas de
María Auxiliadora para atender a las niñas. Finalmente, en 1874 fundó los
Cooperadores Salesianos, una organización laical que trabajaba junto con las
órdenes salesianas masculina y femenina.
San
Juan Bosco vio una necesidad al encontrarse con muchachos problemáticos,
encarcelados, pobres, huérfanos, pero de buen corazón. Siguió la inspiración de
no ser duro con ellos, sino ofrecerles una disciplina amorosa, amistad,
educación, habilidades para sostenerse por sí mismos y una familia dentro de su
oratorio. Esta preocupación amorosa por aquellos jóvenes desbordó hacia el
corazón de muchos otros, y Dios se valió de este hombre santo para salvar las
almas de muchos, suscitando un ejército de trabajadores que cuidaran de ellos.
Piensa
en las personas de tu vida que están atribuladas, abandonadas, deshonradas o
luchando de otros modos. Esfuérzate por imitar a San Juan Bosco viendo el bien
en ellas y ayudando a sacar ese bien a la luz, para que encuentren esperanza en
medio de su lucha contra la desesperación.
Oración:
San Juan, tu corazón fue misericordioso y quedó conmovido por la situación
de tantos muchachos que sufrían en la pobreza y el encarcelamiento. Los amaste
con el corazón de Cristo y les llevaste esperanza. Te ruego que intercedas por
mí para que pueda ver a Cristo en todas las personas, sin condenar ni juzgar,
sino trabajando para edificarlas como ministro amoroso del corazón compasivo de
Dios. San Juan Bosco, ruega por mí. Jesús, en ti confío.



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