miércoles, 1 de julio de 2026

2 de julio del 2026: jueves de la decimotercera semana del tiempo ordinario-II

 

La fe de los camilleros

(Mateo 9,1-8) Gracias a la fe de los camilleros, Jesús salva al hombre paralítico perdonándole sus pecados. Para Él, lo urgente es restablecer al enfermo en una relación justa con Dios. Frente a las murmuraciones de los escribas, Jesús muestra que su perdón levanta al hombre entero.

«Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa»: esta palabra devuelve al paralítico su libertad. Llevado por la fe de otros, ahora puede caminar. Así, el Evangelio nos recuerda que a veces necesitamos ser sostenidos por la fe de los demás, y que también nosotros estamos llamados a llevar a nuestros hermanos hasta Cristo.

G.Q

 


Primera lectura

Am 7, 10-17

Ve, profetiza a mi pueblo

Lectura de la profecía de Amós.

EN aquellos días, Amasías, sacerdote de Betel, envió un mensaje a Jeroboán, rey de Israel:
«Amós está conspirando contra ti en medio de Israel. El país no puede ya soportar sus palabras. Esto es lo que dice Amós: Jeroboán morirá a espada, e Israel será deportado de su tierra».
Y Amasías dijo a Amós:
«Vidente: vete, huye al territorio de Judá. Allí podrás ganarte el pan, y allí profetizarás. Pero en Betel no vuelvas a profetizar, porque es el santuario del rey y la casa del reino».
Pero Amós respondió a Amasías:
«Yo no soy profeta ni hijo de profeta. Yo era un pastor y un cultivador de sicómoros. Pero el Señor me arrancó de mi rebaño y me dijo: “Ve, profetiza a mi pueblo Israel”.
Pues bien, escucha la palabra del Señor: Tú me dices: “No profetices sobre Israel y no vaticines contra la casa de Isaac”.
Por eso, esto dice el Señor:
“Tu mujer deberá prostituirse en la ciudad,
tus hijos y tus hijas caerán por la espada,
tu tierra será repartida a cordel,
tu morirás en un país impuro
e Israel será deportado de su tierra”».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 18, 8. 9. 10. 11 (R.: 10cd)

R. Los mandamientos del Señor son verdaderos
y enteramente justos.


V. La ley del Señor es perfecta
y es descanso del alma;
el precepto del Señor es fiel
e instruye a los ignorantes. 
R.

V. Los mandatos del Señor son rectos
y alegran el corazón;
la norma del Señor es límpida
y da luz a los ojos. 
R.

V. El temor del Señor es puro
y eternamente estable;
los mandamientos del Señor son verdaderos
y enteramente justos. 
R.

V. Más preciosos que el oro,
más que el oro fino;
más dulces que la miel
de un panal que destila. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo,
y ha puesto en nosotros el mensaje de la reconciliación.
 R.

 

Evangelio

Mt 9, 1-8

La gente alababa a Dios, que da a los hombres tal potestad

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, subió Jesús a una barca, cruzó a la otra orilla y fue a su ciudad. En esto le presentaron un paralítico, acostado en una camilla. Viendo la fe que tenían, dijo al paralítico:
«¡Ánimo, hijo!, tus pecados te son perdonados».
Algunos de los escribas se dijeron:
«Este blasfema».
Jesús, sabiendo lo que pensaban, les dijo:
«¿Por qué piensan mal en sus corazones? ¿Qué es más fácil, decir: “Tus pecados te son perdonados”, o decir: “Levántate y echa a andar”? Pues, para que vean que el Hijo del hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados —entonces dice al paralítico—: “Ponte en pie, coge tu camilla y vete a tu casa”».
Se puso en pie y se fue a su casa.
Al ver esto, la gente quedó sobrecogida y alababa a Dios, que da a los hombres tal potestad.

Palabra del Señor.

 

1

 

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de hoy nos habla de una misión que no siempre es fácil: anunciar la verdad de Dios, llevar a otros hasta Cristo y dejarnos levantar por su perdón.

En la primera lectura, el profeta Amós es rechazado por Amasías, sacerdote de Betel. Le dicen que se vaya, que no profetice allí. Pero Amós responde con sencillez y firmeza: él no eligió ser profeta por profesión o conveniencia; fue Dios quien lo llamó. “El Señor me sacó de junto al rebaño y me dijo: Ve y profetiza a mi pueblo”. La verdadera vocación nace de una llamada de Dios, no de un capricho humano.

El salmo nos recuerda que “los mandamientos del Señor son verdaderos y enteramente justos”. La Palabra de Dios no siempre acomoda nuestro pensamiento, pero sí ilumina, corrige, purifica y da vida. Por eso, quien evangeliza no anuncia sus propias ideas, sino la verdad del Señor, una verdad que salva.

En el Evangelio, unos camilleros llevan a un paralítico hasta Jesús. Ellos no pronuncian ningún discurso, pero su fe habla por sus gestos. Jesús, al ver la fe de ellos, dice al paralítico: “Ánimo, hijo, tus pecados están perdonados”. Antes de levantarlo físicamente, Jesús lo restaura por dentro. Porque la primera y más profunda parálisis del ser humano es la que produce el pecado, el miedo, la culpa, la desesperanza o la distancia de Dios.

Luego Jesús le dice: “Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa”. El que antes era llevado por otros, ahora camina. El que estaba postrado, ahora se pone de pie. El perdón de Cristo no humilla, sino que levanta; no encierra, sino que libera; no aplasta, sino que devuelve dignidad.

Hoy, al orar por la obra evangelizadora de la Iglesia y por las vocaciones, pidamos al Señor tres gracias. Primero, la valentía de Amós, para anunciar la verdad, aunque no siempre sea bien recibida. Segundo, la fe de los camilleros, para llevar hasta Cristo a quienes están cansados, heridos o paralizados por la vida. Y tercero, un corazón abierto al perdón, para dejarnos levantar por Jesús y caminar como discípulos suyos.

Que el Señor suscite en su Iglesia vocaciones santas: sacerdotes, religiosos, religiosas, misioneros, catequistas, matrimonios y laicos comprometidos que, con su vida, ayuden a muchos a levantarse y volver a Dios.

Amén.

 

2

 

Fuera de lo ordinario

Queridos hermanos:

El Evangelio de hoy nos dice que Jesús subió a la barca, atravesó el lago y llegó a su ciudad. Probablemente se trata de Cafarnaúm, aquella pequeña población de pescadores que llegó a ser como el centro de su ministerio en Galilea. Allí, en medio de la vida sencilla y cotidiana, unas personas le llevaron un paralítico tendido en una camilla.

A simple vista, todo parecía ordinario: una ciudad pequeña, unas calles comunes, unos hombres cargando a un enfermo, una multitud reunida alrededor de Jesús. Pero en medio de esa escena común irrumpe la gracia extraordinaria de Dios. Jesús, viendo la fe de quienes traían al paralítico, le dice: “Ánimo, hijo, tus pecados están perdonados”.

Jesús no comienza por lo exterior, sino por lo más profundo. Antes de levantar el cuerpo del paralítico, sana su corazón. Antes de hacerlo caminar, lo reconcilia con Dios. Para Jesús, la verdadera salvación no consiste solamente en resolver una necesidad visible, sino en restaurar al ser humano entero: alma, cuerpo, dignidad, esperanza y relación con el Padre.

Esta escena nos recuerda que Dios actúa muchas veces en lo ordinario. Cafarnaúm puede representar nuestras casas, nuestras parroquias, nuestras familias, nuestros trabajos, nuestros barrios y comunidades. Allí donde parece que nada extraordinario sucede, Cristo está presente. Él se acerca a nuestras rutinas, a nuestras heridas, a nuestras parálisis interiores, y nos ofrece su perdón y su gracia.

La primera lectura nos presenta al profeta Amós. Amasías, sacerdote de Betel, quiere hacerlo callar y lo invita a irse a otra parte. Pero Amós responde con claridad: él no se hizo profeta por gusto propio ni por interés personal. Fue Dios quien lo llamó: “El Señor me sacó de junto al rebaño y me dijo: Ve y profetiza a mi pueblo Israel”.

Aquí aparece una enseñanza muy importante para la obra evangelizadora de la Iglesia y para las vocaciones. La misión no nace simplemente de una iniciativa humana. La verdadera vocación nace de una llamada de Dios. Amós era un hombre sencillo, dedicado a tareas ordinarias; sin embargo, Dios lo tomó de su vida cotidiana y lo envió a anunciar su Palabra.

También los camilleros del Evangelio realizan una misión humilde y hermosa. No predican con grandes discursos, pero evangelizan con sus manos, con su esfuerzo, con su fe. Ellos llevan al paralítico hasta Jesús. Esa es también la misión de la Iglesia: cargar con amor a los heridos, acercar a Cristo a quienes no pueden avanzar solos, abrir caminos para que muchos reciban perdón, consuelo y vida nueva.

El salmo nos recuerda: “Los mandamientos del Señor son verdaderos y enteramente justos”. La Palabra de Dios es más preciosa que el oro y más dulce que la miel. Esa Palabra ilumina, corrige, alegra el corazón y da sabiduría a los sencillos. Por eso, quien evangeliza no anuncia sus propias opiniones, sino la Palabra viva del Señor, capaz de levantar al ser humano.

Hoy pidamos por la obra evangelizadora de la Iglesia. Que nuestras comunidades sean como aquellos camilleros: comunidades que no se cansan de llevar a otros hasta Jesús. Pidamos también por las vocaciones: que el Señor siga llamando sacerdotes, religiosos, religiosas, misioneros, catequistas, matrimonios santos y laicos comprometidos, capaces de descubrir a Cristo en lo ordinario y de servirlo con generosidad.

Jesús sigue pasando por nuestras Cafarnaúm de cada día. Está presente en una conversación, en una visita a un enfermo, en una palabra de perdón, en una tarea sencilla, en una familia que lucha, en una comunidad que ora. Con ojos de fe, podemos reconocerlo.

Que el Señor nos conceda descubrir su presencia humilde en la vida ordinaria, dejarnos sanar por su perdón y ayudar a otros a levantarse. Porque cuando Cristo entra en lo ordinario, todo puede convertirse en camino extraordinario de gracia.

Amén.

 

Primero de julio del 2026: miércoles de la decimotercera semana del tiempo ordinario-II

 

Sin sentido

Dios amonesta a los suyos. Ya no soporta el abismo que existe entre las prácticas religiosas escrupulosamente observadas y la ausencia de justicia que reina en medio del pueblo elegido. Los sacrificios, las fiestas, las oraciones y los ritos no pueden agradar a Dios cuando no van acompañados de un corazón recto, de una vida convertida y de un compromiso concreto en favor de los pobres, de los pequeños y de los oprimidos. Porque el verdadero culto rendido al Señor no se mide solamente por la fidelidad a los gestos religiosos, sino por la justicia, la misericordia y la verdad vividas en lo cotidiano.

G.Q




****************

 

Primera lectura

Am 5, 14-15. 21-24

Aparta de mí el estrépito de tus canciones, y fluya la justicia como arroyo perenne

Lectura de la profecía de Amós.

BUSQUEN el bien, no el mal, y vivirán,
y así el Señor, Dios del universo,
estará con ustedes, como pretenden.
Odien el mal y amen el bien,
instauren el derecho en el tribunal.
Tal vez el Señor, Dios del universo,
tenga piedad del Resto de José.
«Aborrezco y rechazo las fiestas de ustedes —dice el Señor—,
no acepto sus asambleas.
Aunque me presenten holocaustos y ofrendas,
no me complaceré en ellos,
ni miraré las ofrendas pacíficas
con novillos cebados.
Aparta de mí el estrépito de tus canciones;
no quiero escuchar la melodía de tus cítaras.
Que fluya como agua el derecho
y la justicia como arroyo perenne».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 49, 7. 8-9. 10-11. 12-13. 16bc-17 (R.: 23cd)

R. Al que sigue buen camino
le haré ver la salvación de Dios.


V. Escucha, pueblo mío, voy a hablarte;
Israel, voy a dar testimonio contra ti;
—yo soy Dios, tu Dios—. 
R.

V. No te reprocho tus sacrificios,
pues siempre están tus holocaustos ante mí.
Pero no aceptaré un becerro de tu casa,
ni un cabrito de tus rebaños.
 R.

V. Pues las fieras de la selva son mías,
y hay miles de bestias en mis montes;
conozco todos los pájaros del cielo,
tengo a mano cuanto se agita en los campos. 
R.

V. Si tuviera hambre, no te lo diría;
pues el orbe y cuanto lo llena es mío.
¿Comeré yo carne de toros,
beberé sangre de cabritos? 
R.

V. ¿Por qué recitas mis preceptos
y tienes siempre en la boca mi alianza,
tú que detestas mi enseñanza
y te echas a la espalda mis mandatos? 
R.


 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Por propia iniciativa el Padre nos engendró con la palabra de la verdad, para que seamos como una primicia de sus criaturas. R.

 

Evangelio

Mt 8, 28-34

¿Has venido aquí a atormentar a los demonios antes de tiempo?

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, llegó Jesús a la otra orilla, a la región de los gadarenos.
Desde los sepulcros dos endemoniados salieron a su encuentro; eran tan furiosos que nadie se atrevía a transitar por aquel camino.
Y le dijeron a gritos:
«¿Qué tenemos que ver nosotros contigo, Hijo de Dios? ¿Has venido aquí a atormentarnos antes de tiempo?».
A cierta distancia, una gran piara de cerdos estaba hozando. Los demonios le rogaron:
«Si nos echas, mándanos a la piara».
Jesús les dijo:
«Vayan».
Salieron y se metieron en los cerdos. Y la piara entera se abalanzó acantilado abajo al mar y murieron en las aguas.
Los porquerizos huyeron al pueblo y lo contaron todo, incluyendo lo de los endemoniados.
Entonces el pueblo entero salió a donde estaba Jesús y, al verlo, le rogaron que se marchara de su país.

Palabra del Señor.

 

*****************

 

1

 

Hermanos y hermanas:

La Palabra de Dios de este día nos pone frente a una verdad exigente: Dios no se deja engañar por una religión de apariencias. El profeta Amós habla con fuerza en nombre del Señor: “Busquen el bien y no el mal, y vivirán”. El pueblo cumplía ritos, ofrecía sacrificios, celebraba fiestas religiosas, pero al mismo tiempo permitía la injusticia, el abuso y la indiferencia frente al dolor de los demás.

Por eso Dios dice por medio del profeta: “Detesto y rehúso sus fiestas… Que fluya como agua el derecho, y la justicia como arroyo perenne”. No se trata de rechazar el culto, la oración o los sacrificios; se trata de recordar que todo culto verdadero debe brotar de un corazón convertido. La liturgia que no transforma la vida corre el riesgo de quedarse vacía. La oración que no nos hace más justos, más misericordiosos y más atentos al sufrimiento del hermano, necesita ser purificada.

El salmo insiste en esta misma enseñanza. Dios no necesita nuestros bienes, ni nuestros animales, ni nuestras ofrendas como si Él dependiera de nosotros. Lo que el Señor desea es un corazón sincero, agradecido y obediente. La verdadera alabanza a Dios se manifiesta en una vida recta: “Al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios”.

En el Evangelio, Jesús llega a la región de los gadarenos y se encuentra con dos hombres atormentados por el mal. Son personas heridas, aisladas, temidas por los demás. Nadie se acerca a ellos; todos los evitan. Pero Jesús no huye. Él entra en ese territorio de dolor, de miedo y de esclavitud para liberar.

Aquí aparece una gran lección: donde muchos ven solo peligro, Jesús ve personas necesitadas de salvación. Donde otros prefieren alejarse, Jesús se acerca. Donde la comunidad ha puesto distancia, Cristo lleva liberación. Sin embargo, sorprende la reacción de la gente: en vez de alegrarse por la liberación de aquellos hombres, le piden a Jesús que se vaya. Prefieren conservar su tranquilidad antes que dejarse incomodar por la presencia salvadora del Señor.

También nosotros podemos caer en esa tentación: querer una religión tranquila, sin exigencias, sin conversión, sin compromiso con los que sufren. Pero la Palabra de hoy nos recuerda que la fe verdadera no separa el altar de la vida, la oración de la justicia, la Eucaristía del amor concreto.

Hoy, de manera especial, oramos por nuestros enfermos. Ellos nos recuerdan que la fe no puede ser indiferente ante el sufrimiento humano. Cada enfermo es un llamado de Dios a vivir la compasión, la cercanía, la solidaridad y la oración. No basta decir que creemos; debemos hacer visible la ternura de Cristo con quienes padecen en el cuerpo, en el alma o en el espíritu.

Pidamos al Señor que purifique nuestro corazón. Que nuestra oración no sea solo palabra, sino vida entregada. Que nuestra Eucaristía nos haga más justos, más fraternos y más compasivos. Y que, como Jesús, sepamos acercarnos a quienes sufren, para que también ellos experimenten la fuerza liberadora del amor de Dios.

Amén.

 

2

 

¡Ser liberados por Cristo!

 

Cuando Jesús llegó a la región de los gadarenos, dos endemoniados salieron de entre los sepulcros y fueron a su encuentro. Eran tan violentos que nadie podía pasar por aquel camino. Entonces gritaron: “¿Qué tenemos que ver contigo, Hijo de Dios? ¿Has venido aquí a atormentarnos antes de tiempo?”
Mateo 8,28-29

Después de proclamar el Sermón de la Montaña y de realizar muchos milagros en medio de su pueblo, Jesús cruza intencionalmente el mar de Galilea y llega a territorio pagano, a la región de los gadarenos, cercana a Gadara, una ciudad vinculada a la Decápolis. Este desplazamiento no es casual: Jesús manifiesta que su misión salvadora no se limita a Israel, sino que alcanza también a los pueblos considerados lejanos, impuros o excluidos.

El lugar al que llega Jesús es profundamente significativo. Se trata de una zona desolada, marcada por los sepulcros, signos de muerte, impureza y abandono espiritual. Según la Ley judía, el contacto con los sepulcros hacía impura a una persona. Pero, más allá de la norma ritual, esos sepulcros representan de manera viva el aislamiento, el vacío y la muerte interior que el pecado y el mal producen en el corazón humano.

El Evangelio nos dice que aquellos hombres eran tan violentos que nadie podía pasar por aquel camino. Esta imagen revela los efectos destructivos del mal cuando se apodera de la vida humana: rompe la comunión, destruye relaciones, siembra miedo, impide el encuentro y hace imposible la convivencia pacífica. El mal nunca conduce a la paz; siempre lleva al caos, al aislamiento, a la agresividad y a la pérdida de la dignidad.

Pero Jesús entra precisamente allí. No evita el territorio oscuro. No se aleja de la miseria humana. El Señor se acerca a esos hombres cuando están en su peor condición, esclavizados, temidos y marginados. Así revela que su misericordia no retrocede ante ninguna forma de oscuridad. Cristo viene a buscarnos allí donde el pecado, la desesperanza, la tristeza, la culpa o el miedo nos han dejado como encerrados entre sepulcros.

Cuando los endemoniados ven a Jesús, los demonios reconocen inmediatamente su identidad: “Hijo de Dios”. Saben que Él tiene autoridad sobre ellos. Esta escena nos plantea una pregunta espiritual importante: ¿reconozco yo la presencia de Cristo en mi vida? ¿Creo de verdad que Él tiene poder sobre mi pecado, mis esclavitudes, mis heridas, mis temores y mis pensamientos de desesperanza?

Los demonios preguntan: “¿Has venido aquí a atormentarnos antes de tiempo?”. Con ello revelan que conocen su destino final. Saben que el mal no tiene la última palabra. Saben que el poder de Dios terminará venciendo toda mentira, toda opresión y toda fuerza de muerte. Precisamente por eso buscan arrastrar al ser humano a la desesperación: quieren convencernos de que no podemos cambiar, de que no hay salida, de que nuestros pecados son más fuertes que la gracia, de que la tristeza y el miedo son definitivos.

Pero solo Cristo puede romper esas mentiras. Solo Él puede destruir las cadenas del pecado, de la desesperanza, del aislamiento y de la opresión interior. Al liberar a aquellos dos hombres, Jesús muestra lo que desea hacer también con nosotros: devolvernos la libertad de los hijos de Dios, restaurar nuestra dignidad y abrir de nuevo el camino que el mal había cerrado.

Esta escena evangélica se ilumina de modo especial con la palabra fuerte del profeta Amós. En la primera lectura, Dios dice a su pueblo: “Busquen el bien y no el mal, y vivirán”. El Señor no soporta una religión hecha solo de ritos, cantos, fiestas y sacrificios, mientras en la vida cotidiana reinan la injusticia, la mentira y la indiferencia. Por eso proclama: “Detesto y rehúso sus fiestas… Que fluya como agua el derecho y la justicia como arroyo perenne”.

Amós denuncia una fe separada de la vida. El pueblo cumplía prácticas religiosas, pero no se convertía de corazón. Honraba a Dios con sacrificios, pero olvidaba al pobre, al débil y al oprimido. También esa incoherencia es una forma de esclavitud espiritual. También allí el mal se instala: cuando el culto se vuelve apariencia, cuando la oración no toca la conducta, cuando la fe no produce justicia ni misericordia.

Por eso, la liberación que Cristo realiza en el Evangelio no se reduce a expulsar demonios exteriores. Él quiere liberar también nuestro corazón de toda doblez, de toda religiosidad vacía, de toda dureza ante el sufrimiento ajeno. Quiere arrancarnos de los sepulcros de la apariencia, del egoísmo y de la injusticia, para hacernos vivir en la verdad.

El salmo 50 refuerza esta misma enseñanza. Dios no necesita nuestros sacrificios como si dependiera de nosotros. Él es dueño de todo. Lo que pide es un corazón obediente, agradecido y convertido. El Señor reprende a quien recita sus mandamientos, pero rechaza la corrección y desprecia su palabra. El culto que agrada a Dios no es el que se queda en los labios, sino el que transforma la vida: “Al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios”.

Así, las tres lecturas de hoy nos conducen a una misma verdad: Dios quiere liberarnos para que vivamos en la justicia, en la misericordia y en la comunión. Jesús no viene a atormentar al ser humano; viene a atormentar al mal que lo esclaviza. No viene a condenarnos, sino a rescatarnos. No viene a destruir nuestra vida, sino a devolvernos la vida verdadera.

Hoy podemos preguntarnos: ¿qué hay en mí que necesita ser liberado? ¿Qué pensamientos me roban la paz? ¿Qué pecados me aíslan de Dios y de mis hermanos? ¿Qué incoherencias hacen que mi oración no se traduzca en justicia, caridad y servicio? ¿Qué caminos han quedado cerrados porque el miedo, el resentimiento o la desesperanza se han instalado en mi corazón?

Jesús cruza también hoy hacia nuestra orilla. Entra en nuestras zonas heridas. Se acerca a nuestros sepulcros interiores. Nos mira no como casos perdidos, sino como hijos llamados a la libertad. Reconozcamos su presencia, confesemos su autoridad, confiemos en su misericordia y dejemos que Él nos libere.

Señor Jesús, Tú tienes autoridad sobre todo mal. En mi debilidad clamo a Ti y suplico tu misericordia. Libérame, Señor, de todo lo que me aparta de Ti. Rompe las cadenas del pecado, del miedo, de la desesperanza y de la incoherencia. Haz que mi oración sea sincera, que mi culto sea agradable a Ti y que mi vida haga brotar la justicia como un río y la caridad como un arroyo inagotable. Jesús, en Ti confío.


lunes, 29 de junio de 2026

30 de junio del 2026: martes de la decimotercera semana del tiempo ordinario-II- Protomártires de Roma-memoria opcional

 

Primeros mártires de la Iglesia de Roma

Siglo I. Acusados falsamente por Nerón de ser responsables del incendio que había devastado Roma en el año 64, un gran número de cristianos fueron ejecutados en los jardines imperiales.

 


En el corazón de la tempestad

(Mateo 8, 23-27) Se levanta un viento de desgracia; estamos sumergidos por olas de miedo que nos hacen gritar a Dios: “¡Señor, sálvanos! ¡Estamos perdidos!”. ¿Qué pedimos: ser preservados de las calamidades o recibir la gracia de vivir las pruebas arraigados en la presencia amorosa del Padre? Esta es la fe que Jesús espera de sus discípulos. Esta fe viva lo condujo desde la Pasión hasta la gloria de la Resurrección. Avancemos tras sus huellas.

Bénédicte de la Croix, cistercienne

 

 

Primera lectura

Am 3, 1-8; 4, 11-12
El Señor Dios ha hablado, ¿quién no profetizará?

Lectura de la profecía de Amós.

ESCUCHEN la palabra que el Señor ha pronunciado contra ustedes, hijos de Israel, contra toda tribu que saqué de Egipto:
«Solo a ustedes he escogido
de entre todas las tribus de la tierra.
Por eso les pediré cuentas
de todas sus transgresiones».
¿Acaso dos caminan juntos
sin haberse puesto de acuerdo?
¿Acaso ruge el león en la foresta
si no tiene una presa?
¿Deja el cachorro oír su voz desde la guarida
si no ha apresado nada?
¿Acaso cae el pájaro en la red,
a tierra, si no hay un lazo?
¿Salta la trampa del suelo
si no tiene una presa?
¿Se toca el cuerno en una ciudad
sin que se estremezca la gente?
¿Sucede una desgracia en una ciudad
sin que el Señor la haya causado?
Ciertamente, nada hace el Señor Dios
sin haber revelado su designio
a sus servidores los profetas.
Ha rugido el león,
¿quién no temerá?
El Señor Dios ha hablado,
¿quién no profetizará?
Los trastorné
como Dios trastornó a Sodoma y Gomorra,
y quedaron como tizón sacado del incendio.
Pero no se convirtieron a mí —oráculo del Señor—.
Por eso, así voy a tratarte, Israel.
Sí, así voy a tratarte:
prepárate al encuentro con tu Dios.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 5, 5-6ª. 6b-7. 8 (R.: 9ª)

R. Señor, guíame con tu justicia.

V. Tú no eres un Dios que ame la maldad,
ni el malvado es tu huésped,
ni el arrogante se mantiene en tu presencia. 
R.

V. Detestas a los malhechores,
destruyes a los mentirosos;
al hombre sanguinario y traicionero
lo aborrece el Señor. 
R.

V. Pero yo, por tu gran bondad,
entraré en tu casa,
me postraré ante tu templo santo
en tu temor. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Espero en el Señor, espero en su palabra. R.

 

Evangelio

Mt 8, 23-27

Se puso en pie, increpó a los vientos y al mar y vino una gran calma

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, subió Jesús a la barca, y sus discípulos lo siguieron.
En esto se produjo una tempestad tan fuerte, que la barca desaparecía entre las olas; él dormía. Se acercaron y lo despertaron gritándole:
«¡Señor, sálvanos, que perecemos!».
Él les dice:
«¿Por qué tienen miedo, hombres de poca fe?».
Se puso en pie, increpó a los vientos y al mar y vino una gran calma. Los hombres se decían asombrados:
«¿Quién es este, que hasta el viento y el mar lo obedecen?».

Palabra del Señor.

 

1

 

Hermanos y hermanas:

La Palabra de Dios de este día nos sitúa ante una experiencia que todos conocemos de una u otra manera: la tempestad. Hay tempestades en la naturaleza, pero también en el corazón, en la familia, en la Iglesia, en la sociedad, en la salud, en la economía, en la conciencia. Hay momentos en que parece levantarse “un viento de desgracia” y sentimos que las olas del miedo nos cubren. Entonces brota de lo más profundo la oración de los discípulos: “¡Señor, sálvanos, que perecemos!”

El Evangelio nos presenta a Jesús subiendo a la barca, y los discípulos lo siguen. No están lejos del Señor. No están huyendo de Él. Están con Él, en la misma barca. Y, sin embargo, llega la tormenta. Esto es muy importante: seguir a Cristo no significa estar libres de pruebas. La fe no nos coloca fuera del mar agitado de la vida; más bien nos permite descubrir que, aun en medio de la tempestad, Jesús está presente.

Los discípulos tienen miedo porque ven las olas, sienten el viento, experimentan el peligro. Y Jesús parece dormir. ¡Cuántas veces también nosotros hemos sentido algo parecido! En momentos de dolor o incertidumbre, podemos preguntarnos: “Señor, ¿dónde estás? ¿Por qué callas? ¿Por qué parece que duermes mientras nosotros nos hundimos?”

Este evangelio nos ayuda a ir más hondo: cuando gritamos “Señor, sálvanos”, ¿qué estamos pidiendo realmente? ¿Que Dios nos evite toda calamidad, todo sufrimiento, toda dificultad? ¿O pedimos la gracia de vivir las pruebas sostenidos por su presencia amorosa?

Jesús no reprende a los discípulos por despertarlo. Ellos hacen bien en acudir a Él. Lo que Jesús corrige es el miedo que paraliza, la fe pequeña, la falta de confianza. Les dice: “¿Por qué tienen miedo, hombres de poca fe?” Después se levanta, increpa a los vientos y al mar, y sobreviene una gran calma.

Aquí está el centro del mensaje: la verdadera fe no consiste en no tener tempestades, sino en saber quién va con nosotros en la barca. La fe no niega el peligro, pero afirma una presencia más grande que el peligro. La fe no elimina automáticamente las olas, pero nos arraiga en Dios, que es más fuerte que todo viento contrario.

La primera lectura del profeta Amós también nos despierta. Dios habla a su pueblo, le recuerda su elección y su responsabilidad. Israel ha sido amado, llamado, acompañado; por eso no puede vivir de espaldas a Dios. Amós anuncia que el Señor no habla en vano: cuando el león ruge, ¿quién no teme? Cuando el Señor habla, ¿quién no profetiza?

Es una Palabra fuerte. Nos recuerda que las tempestades exteriores no son las únicas peligrosas. También hay tempestades interiores: la indiferencia, la injusticia, la autosuficiencia, el olvido de Dios, la dureza del corazón. Por eso el profeta termina con una frase solemne: “Prepárate a encontrarte con tu Dios.” No es solo una amenaza; es también una llamada a volver al Señor, a revisar la vida, a reconocer que sin Él nos perdemos.

El Salmo nos hace responder desde la oración humilde: “Señor, guíame con tu justicia.” Es la oración de quien sabe que no puede conducirse solo. Pedimos al Señor que nos guíe, que enderece nuestro camino, que nos libre de la mentira, del orgullo, de la violencia y del pecado. Entramos en su casa confiados no en nuestros méritos, sino en su misericordia.

Hoy la Iglesia recuerda además a los santos protomártires de Roma, aquellos primeros cristianos que dieron testimonio de Cristo con su sangre en tiempos de persecución. Ellos también vivieron una gran tempestad. Para ellos, seguir a Jesús no fue una idea bonita ni una devoción superficial; fue una entrega radical. En medio del miedo, la violencia y la amenaza, permanecieron firmes en la fe.

Ellos nos enseñan que la calma más profunda no siempre consiste en que desaparezca la persecución, sino en que el corazón permanezca unido a Cristo. Como Jesús, pasaron por la pasión hacia la gloria. Como los discípulos, estuvieron en una barca sacudida por la violencia del mundo; pero no abandonaron al Señor.

En este día oramos también por nuestros benefactores. Ellos, de muchas maneras, ayudan a sostener la barca de la Iglesia: con su generosidad, su servicio, su oración, su cercanía, su apoyo silencioso. Que el Señor les recompense abundantemente. Que en sus propias tempestades sientan también la presencia de Cristo. Que nunca les falte la paz de saberse acompañados por Dios.

Hermanos, todos tenemos alguna barca que cuidar: la familia, la comunidad, la vocación, la parroquia, la misión, la propia vida espiritual. Y todos enfrentamos vientos contrarios. Pero el Evangelio nos recuerda hoy una certeza: Jesús está en la barca. Puede parecer dormido, puede parecer silencioso, pero está. Y donde está Cristo, la tempestad no tiene la última palabra.

Pidamos entonces una fe más grande. No una fe que solo busque escapar de las pruebas, sino una fe capaz de atravesarlas con Cristo. No una fe de pánico, sino de confianza. No una fe que se rinda ante las olas, sino una fe que se aferre al Señor y diga: “Señor, sálvanos; contigo no estamos perdidos.”

Que María, Madre de la Iglesia, los santos protomártires de Roma y todos los testigos fieles del Evangelio intercedan por nosotros, para que en medio de toda tempestad sepamos avanzar tras las huellas de Cristo, desde la cruz hacia la vida, desde el miedo hacia la confianza, desde la noche hacia la paz. Amén.

 

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Hermanos y hermanas:

El Evangelio de hoy nos presenta una escena breve, pero muy profunda: Jesús sube a la barca, sus discípulos lo siguen, se desata una gran tempestad en el lago, las olas cubren la barca, y Jesús duerme. Los discípulos, llenos de miedo, lo despiertan gritando: “¡Señor, sálvanos, que perecemos!”

Esta escena habla de las tormentas de la vida. Hay tempestades que vienen de fuera: una enfermedad, una crisis económica, una persecución, una pérdida, una noticia inesperada, un conflicto familiar o comunitario. Ante esas situaciones, es comprensible sentir miedo. Los discípulos también lo sintieron. Pero el Evangelio nos enseña que la fe no consiste en no tener miedo nunca, sino en saber a quién acudir cuando el miedo nos invade.

Sin embargo, en este evangelio se nos invita a mirar otra clase de tempestad: la que se forma dentro del corazón. San Agustín, comentando este pasaje, decía que una ofensa recibida es como el viento, y la ira que se levanta dentro de nosotros es como la ola. Primero llega una palabra hiriente, un desprecio, una injusticia, un gesto ofensivo. Eso es el viento. Pero si dejamos que esa ofensa entre hasta el fondo del alma, puede levantarse una ola peligrosa: la rabia, el resentimiento, el juicio, la condena y el deseo de venganza.

Y entonces la barca empieza a hundirse. No siempre por lo que el otro nos hizo, sino por lo que nosotros permitimos dejar crecer dentro del corazón.

Todos sabemos lo que esto significa. A veces alguien nos hiere con una palabra, una actitud o una falta de consideración. Al principio sentimos dolor. Pero si no llevamos ese dolor al Señor, puede convertirse en enojo. Y si alimentamos el enojo, puede convertirse en venganza: una respuesta dura, una palabra calculada para herir, una discusión amarga, una condena interior, una indiferencia fría, un silencio usado como castigo.

Y creemos que hemos ganado porque “pusimos al otro en su lugar”. Pero San Agustín advierte algo muy serio: cuando nos alegramos del daño del otro, aunque parezca que vencimos, en realidad hemos naufragado interiormente. La venganza no calma la tormenta: la agranda. La ira no salva la barca: la hunde.

Por eso la oración de los discípulos es tan necesaria: “¡Señor, sálvanos, que perecemos!” Es una oración que también nosotros necesitamos repetir cuando sentimos que el corazón se nos agita. “Señor, sálvame de mi rabia. Sálvame de mi resentimiento. Sálvame de mis deseos de desquitarme. Sálvame de responder mal. Sálvame de dejar que una ofensa me robe la paz.”

Jesús, al despertar, dice: “¿Por qué tienen miedo, hombres de poca fe?” No les dice esto para humillarlos, sino para llevarlos a una confianza más profunda. Aplicado a nuestra vida interior, es como si el Señor nos dijera: “¿Por qué dejaste que esa ofensa mandara sobre tu corazón? ¿Por qué permitiste que la ira creciera hasta convertirse en tormenta? ¿Por qué olvidaste que yo estaba contigo en la barca?”

La primera lectura del profeta Amós también nos ayuda a comprender la gravedad de esta llamada. Dios habla a su pueblo con fuerza. Le recuerda que ha sido elegido, amado y acompañado, pero también le advierte que esa elección implica responsabilidad. No se puede caminar con Dios y vivir de espaldas a su voluntad. No se puede escuchar su Palabra y endurecer el corazón.

Amós usa imágenes fuertes: el león ruge, la trompeta suena, la ciudad tiembla. Es una llamada a despertar. Dios no habla para destruir, sino para convertir. Por eso la lectura termina con una frase solemne: “Prepárate a encontrarte con tu Dios.”

También nosotros necesitamos prepararnos para encontrarnos con Dios, no solo al final de la vida, sino cada día: en la oración, en la Eucaristía, en el hermano, en la corrección fraterna, en la reconciliación, en la decisión de perdonar. Prepararnos para encontrarnos con Dios significa dejar que Él revise nuestras tempestades interiores y nos pregunte: “¿Qué estás guardando en tu corazón? ¿Qué resentimiento no me has entregado? ¿A quién necesitas perdonar? ¿De qué venganza debes renunciar?”

El Salmo nos pone en la actitud justa: “Señor, guíame con tu justicia.” No decimos: “Señor, ayúdame a tener siempre la razón.” No decimos: “Señor, castiga al que me ofendió.” Decimos: “Guíame.” Porque cuando estamos heridos, fácilmente perdemos el camino. Cuando estamos enojados, confundimos justicia con venganza. Cuando estamos resentidos, creemos que defendernos es destruir al otro.

Por eso pedimos: “Señor, guíame con tu justicia.” La justicia de Dios no es odio. La justicia de Dios no es deseo de daño. La justicia de Dios siempre busca la verdad, la conversión, la reparación y la salvación. Dios no quiere que se hunda la barca del otro ni la nuestra. Dios quiere calmar la tempestad.

Hoy, al orar por nuestros benefactores, damos gracias por tantas personas que hacen el bien silenciosamente. Los benefactores son signos de esa misericordia concreta que sostiene la misión de la Iglesia. Con su generosidad, su ayuda, su oración, su servicio y su cercanía, colaboran para que muchas barcas no se hundan: la barca de una familia necesitada, la barca de una comunidad, la barca de una obra evangelizadora, la barca de quienes buscan consuelo y esperanza.

Pidamos por ellos. Que el Señor bendiga sus vidas, sus hogares, sus trabajos y sus intenciones. Que también ellos, cuando atraviesen tempestades, sientan la presencia de Cristo. Que su generosidad sea recompensada con paz, fortaleza y abundancia espiritual.

Hermanos, el Evangelio termina diciendo que, cuando Jesús increpó a los vientos y al mar, “vino una gran calma.” Esa calma es la que necesitamos. No solo calma en los problemas externos, sino calma en el corazón. Calma frente a la ofensa. Calma frente al insulto. Calma frente al rechazo. Calma frente a la tentación de vengarnos.

Pidamos hoy la gracia de detener la tormenta desde el primer viento. Si llega una ofensa, respondamos con oración. Si nace la ira, entreguémosla pronto al Señor. Si ya hay tormenta dentro de nosotros, gritemos con fe: “¡Señor, sálvame, que perezco!” Él no está ausente. Él no abandona la barca. Aunque parezca dormido, está allí, esperando que lo invoquemos.

Que el Señor Jesús calme nuestras tempestades, nos libre de la venganza, nos enseñe a perdonar y haga de nuestro corazón una barca habitada por su paz. Amén.

 

2 de julio del 2026: jueves de la decimotercera semana del tiempo ordinario-II

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