martes, 6 de octubre de 2026

7 de octubre del 2026: miércoles de la vigésima séptima semana del tiempo ordinario II- Memoria de la Bienaventurada Virgen María del Rosario

 

Bienaventurada Virgen María del Rosario

Nuestra Señora del Rosario es una de las numerosas advocaciones de la Virgen María. Según una tradición piadosa, se habría aparecido a santo Domingo, en el siglo XIII, para animarlo a difundir la oración del rosario. La Orden dominicana ha favorecido su difusión, invitando a los fieles a contemplar, con María, los misterios de la vida de Cristo.

Celebrada el 7 de octubre, esta memoria nos recuerda que el rosario es una oración profundamente evangélica. Al hilo de las avemarías, aprendemos a acoger la Palabra de Dios y a guardar en nuestro corazón los acontecimientos de la vida de Jesús.

María nos conduce a su Hijo. Con ella, confiamos al Señor las alegrías y las pruebas de nuestras familias, los sufrimientos de los enfermos y nuestro deseo de paz. En su escuela, descubrimos que una oración humilde y perseverante alimenta la fe, sostiene la esperanza y hace crecer la caridad.

Nuestra Señora del Rosario, enséñanos a contemplar a Jesús con tu mirada y a amarlo con tu corazón. Amén.

 

 

De la mano de Nuestra Señora del Rosario

En este miércoles de la vigesimoséptima semana del Tiempo Ordinario, celebramos la memoria obligatoria de la Bienaventurada Virgen María del Rosario, quien nos enseña a contemplar a Jesús y a guardar su Palabra en el corazón.

La liturgia de hoy nos invita a vivir con coherencia el Evangelio, a proclamar entre todos los pueblos el amor fiel del Señor y a acercarnos a Dios con confianza de hijos. Como los discípulos, también nosotros le decimos a Jesús: «Señor, enséñanos a orar».

De la mano de María, presentemos al Padre nuestra vida y las necesidades de nuestros hermanos, especialmente de los enfermos y de quienes los cuidan. Que esta Eucaristía fortalezca nuestra fe y nos ayude a vivir como una verdadera familia en Cristo.

 


 

Primera lectura

Gál 2, 1-2. 7-14

Reconocieron la gracia que me ha sido otorgada

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Gálatas.

HERMANOS:
Transcurridos catorce años, subí otra vez a Jerusalén con Bernabé, llevando también a Tito.
Subí por una revelación. Y les expuse el Evangelio que predico entre los gentiles, aunque en privado, a los más cualificados, no fuera que caminara o hubiera caminado en vano.
Todo lo contrario, vieron que se me ha encomendado anunciar el Evangelio a los incircuncisos, lo mismo que a Pedro a los circuncisos, pues el mismo que capacita a Pedro para su misión entre los judíos, me capacita a mí para la mía entre los gentiles; además, reconociendo la gracia que me ha sido otorgada, Santiago, Cefas y Juan, considerados como columnas, nos dieron la mano en señal de comunión a Bernabé y a mí, de modo que nosotros nos dirigiéramos a los gentiles y ellos a los circuncisos.
Solo nos pidieron que nos acordáramos de los pobres, lo cual he procurado cumplir.
Ahora bien, cuando llegó Cefas a Antioquía, tuve que encararme con él, porque era reprensible.
En efecto, antes de que llegaran algunos de parte de Santiago, comía con los gentiles; pero cuando llegaron aquellos, se fue retirando y apartando por miedo a los de la circuncisión.
Los demás judíos comenzaron a simular con él, hasta el punto de que incluso Bernabé se vio arrastrado a su simulación.
Pero cuando vi que no se comportaban correctamente, según la verdad del Evangelio, le dije a Pedro delante de todos:
«Si tú, siendo judío, vives como los gentiles y no como los judíos, ¿cómo fuerzas a los gentiles a judaizar?».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 116, 1. 2 (R.: Mc 16, 15)

R. Vayan al mundo entero
y proclamen el Evangelio.


O bien:

R. Aleluya.

V. Alaben al Señor todas las naciones,
aclámenlo todos los pueblos.
R.

V. Firme es su misericordia con nosotros,
su fidelidad dura por siempre.
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Han recibido un Espíritu de hijos de adopción,
en el que clamamos: «¡“Abba”, Padre!».
R.

 

Evangelio

Lc 11, 1-4

Señor, enséñanos a orar

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

UNA vez que estaba Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo:
«Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos».
Él les dijo:
«Cuando oren, digan: “Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino, danos cada día nuestro pan cotidiano, perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe, y no nos dejes caer en tentación”».

Palabra del Señor.


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«Señor, enséñanos a orar»: con María, junto a nuestros enfermos


Hermanos, hay momentos en los que las palabras no nos alcanzan para rezar. Frente a una enfermedad, mientras esperamos el resultado de un examen o acompañamos a una persona que sufre, podemos sentir que no sabemos qué decirle a Dios. Tenemos fe, pero también miedo. Queremos confiar, pero nos asaltan las preguntas. En esos momentos, la petición del discípulo en el Evangelio de hoy puede hacerse nuestra: «Señor, enséñanos a orar».

Esta súplica nos reúne hoy, cuando celebramos la memoria de la Bienaventurada Virgen María del Rosario y presentamos al Señor, de manera especial, a nuestros hermanos enfermos. Le pedimos a María que nos acompañe para aprender a orar, a confiar y a permanecer cerca de quienes sufren.

El Evangelio nos cuenta que Jesús estaba orando. El discípulo lo contempla y, cuando termina, le pide que les enseñe. Antes de escuchar una enseñanza sobre la oración, ha visto a Jesús orar. Ha descubierto que su Maestro busca al Padre, que vive en comunión con él.

También nosotros necesitamos detenernos. A veces vivimos tan ocupados, incluso haciendo cosas buenas, que dejamos la oración para cuando sobre tiempo. Pero el encuentro con Dios sostiene nuestra vida y nuestro servicio. Necesitamos hablarle de lo que llevamos dentro y escuchar su Palabra.

Jesús responde con una palabra que abre todo un camino: «Padre».

Podríamos detenernos hoy solamente en ella. Antes de presentar nuestras necesidades, Jesús nos invita a reconocer a quién nos dirigimos. Hablamos con el Padre que nos conoce y nos ama. Podemos acercarnos con nuestra historia real, con nuestras heridas y hasta con nuestra dificultad para creer.

Hermano enfermo, hermana enferma: quizá hoy tu oración sea muy sencilla. Tal vez no tengas fuerzas para rezar un rosario completo, para leer una página del Evangelio o para mantener la atención. Puedes decir: «Padre, aquí estoy. Tengo miedo. Me duele. Acompáñame». Esa oración breve puede expresar una confianza profunda. No necesitas ocultarle a Dios tu cansancio.

Jesús nos enseña después a pedir que el nombre del Padre sea santificado y que venga su Reino. También desde una habitación de hospital podemos hacer esa petición. Allí deseamos que se haga presente el amor de Dios: en una atención digna, en una palabra respetuosa, en el cuidado oportuno, en una mano que acompaña.

Y nosotros podemos colaborar con ese Reino. Cada vez que tratamos al enfermo con paciencia y reconocemos su dignidad, damos testimonio del Padre al que rezamos.

«Danos cada día nuestro pan cotidiano».

Qué cercana resulta esta petición cuando la enfermedad cambia la vida de una familia. El pan cotidiano incluye el alimento necesario, y junto a él presentamos otras necesidades concretas: los medicamentos, una cita médica, el transporte, la posibilidad de continuar un tratamiento, el descanso de quien cuida.

Jesús nos enseña a pedir el pan de cada día. Hay sufrimientos que se vuelven más pesados cuando intentamos cargar, de una sola vez, con todos los temores del futuro. La oración nos permite decir: «Señor, dame la fuerza para este día. Ayúdame a dar el paso que hoy me corresponde».

Y fijémonos en algo: pedimos nuestro pan. Al orar, llevamos también la necesidad del hermano. Si pido por un enfermo, puedo preguntarme qué está a mi alcance para ayudarlo. Quizá una visita prudente, una llamada, llevarle comida, acompañarlo a una consulta o relevar por un rato a su cuidador. La oración va educando nuestras manos para servir.

Esto nos acerca a la primera lectura. San Pablo recuerda su encuentro con los apóstoles y la comunión en la misión de anunciar el Evangelio. En medio de ese relato aparece una recomendación muy concreta: acordarse de los pobres. Pablo afirma que ha procurado hacerlo con empeño.

Esa palabra nos toca hoy. La enfermedad puede traer nuevas formas de pobreza: perder ingresos, depender de otras personas, quedarse solo, sentir que ya no se cuenta para nadie. Una comunidad cristiana necesita recordar a quienes ya no pueden salir de casa o venir a la Eucaristía. Su ausencia no puede convertirse en olvido.

En la misma lectura, Pablo relata que tuvo que corregir a Pedro porque su comportamiento no correspondía a la verdad del Evangelio. Es una escena exigente: también los creyentes podemos actuar por miedo a la opinión ajena y terminar levantando barreras entre hermanos.

La Palabra nos invita a revisar nuestra coherencia. Cuando llamamos Padre a Dios, estamos reconociendo que los demás son nuestros hermanos. Esa fraternidad debe notarse en el modo de acogerlos, especialmente cuando están débiles o necesitan ayuda. La fe que profesamos pide hacerse visible en nuestras relaciones.

El salmo nos ofrece el fundamento de esta confianza: el amor del Señor hacia nosotros es grande y su fidelidad permanece.

Escuchar esto junto a nuestros enfermos requiere delicadeza. Hay personas que llevan mucho tiempo pidiendo una mejoría y siguen sufriendo. Puede surgir una pregunta dolorosa: «Si Dios me ama, ¿por qué continúo así?».

No tenemos una explicación que resuelva cada sufrimiento. Podemos, sin embargo, mirar a Jesús, que conoció el dolor y la muerte, y confiar en que también nos acompaña en esa oscuridad. La enfermedad no demuestra falta de fe ni abandono de Dios. Pedimos con esperanza la salud y, al mismo tiempo, pedimos fortaleza para atravesar lo que todavía no comprendemos. Cuidarnos y recibir atención médica también forma parte de esa responsabilidad por la vida.

Hoy María del Rosario nos acompaña en este camino. Ella recibió con alegría el anuncio del ángel, hizo sus preguntas y ofreció su disponibilidad: «Hágase en mí según tu palabra». Su confianza fue creciendo a lo largo de una vida que también conoció la incertidumbre y el sufrimiento.

Al rezar el rosario, recorremos con ella la vida de Jesús. Hay misterios de alegría, de luz, de dolor y de gloria. También nuestra vida tiene momentos distintos, y todos pueden entrar en la oración. Podemos agradecer un nacimiento, pedir orientación para una decisión, llorar una pérdida y sostener la esperanza de la resurrección.

María permaneció junto a la cruz. De ella aprendemos algo muy valioso para acompañar a los enfermos: permanecer. No siempre tendremos una respuesta ni una frase que alivie. Podemos ofrecer presencia, escuchar sin prisa y respetar incluso el silencio del otro. Cuánto consuela saber que alguien está dispuesto a quedarse cerca.

En el Evangelio, Jesús también nos enseña a pedir perdón y a perdonar. A veces, junto al dolor del cuerpo, llevamos heridas en el corazón. Podemos pedir al Señor que nos ayude a dar un paso hacia la reconciliación, con paciencia y sin forzar procesos. Una llamada, una palabra sincera o la disposición a escuchar pueden abrir un camino de paz.

Y terminamos suplicando que no nos deje caer en la tentación. En medio de la prueba necesitamos ayuda para no encerrarnos, para aceptar el cuidado de otros, para seguir buscando el bien. También quienes acompañan a los enfermos necesitan esta fuerza: se cansan, se preocupan y pueden sentirse solos.

Hermanos, hoy pongamos nombres y rostros en nuestra oración. Recordemos a los hospitalizados, a quienes viven con dolor crónico, a quienes sufren en su salud mental, a los que esperan un diagnóstico y a quienes atraviesan sus últimos días. Oremos por sus familias, por sus cuidadores y por el personal sanitario.

Y llevemos una pregunta a nuestra vida: ¿qué persona enferma necesita esta semana que mi oración se convierta también en cercanía?

Señor Jesús, enséñanos a orar. Cuando nos falten palabras, ayúdanos a decir «Padre» con confianza. Mira a nuestros enfermos; concédeles alivio y salud, sostén su esperanza y hazles sentir nuestro cariño. Da sabiduría a quienes los atienden y descanso a quienes los cuidan.

Bienaventurada Virgen María del Rosario, acompáñanos en los días luminosos y en las horas difíciles. Enséñanos a contemplar a tu Hijo y a permanecer junto a nuestros hermanos que sufren. Ruega por nosotros y por todos nuestros enfermos. Amén.

 

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7 de octubre: Nuestra Señora del Rosario — Memoria

 


Citas:

“Un día, por medio del Rosario y del Escapulario, Nuestra Señora salvará al mundo.”
~San Domingo de Guzmán

“Jamás se perderá quien rece su Rosario todos los días. Es una afirmación que gustosamente firmaría con mi propia sangre.”
~San Luis María Grignion de Montfort

“De todas las oraciones, el Rosario es la más hermosa y la más rica en gracias... ama el Rosario y recítalo cada día con devoción.”
~San Pío X

“El Rosario es mi oración predilecta. ¡Una oración maravillosa! Maravillosa por su sencillez y su profundidad.”
~San Juan Pablo II

“El Rosario es un tesoro de valor incalculable inspirado por Dios.”
~San Luis María Grignion de Montfort

“El Rosario es la forma de oración más excelente y el medio más eficaz para alcanzar la vida eterna. Es el remedio para todos nuestros males, la raíz de todas nuestras bendiciones. No hay modo de orar más perfecto.”
~Papa León XIII


Reflexión:

En los siglos XII y XIII floreció en el sur de Francia la herejía albigense. Los albigenses eran cristianos dualistas que creían que el Dios del Antiguo Testamento era el origen del mundo material —considerado malo—, mientras que el Dios del Nuevo Testamento era el origen del mundo espiritual —considerado bueno—. Rechazaban los sacramentos y promovían un ascetismo extremo como forma de negar la materia.

En el año 1203, Santo Domingo de Guzmán viajaba por el sur de Francia en una misión diplomática cuando se encontró con esta grave herejía. Durante las dos décadas siguientes se dedicó plenamente a combatirla mediante la predicación y el debate. Cuenta la tradición que, en un momento de profunda dificultad, se retiró durante algunos días para orar y ayunar, pidiendo a la Virgen María su guía.

La Virgen se le apareció, entregándole el Rosario, revelándole los misterios que debían meditarse durante los quince decenarios, y exhortándole a predicar y rezar esas oraciones como arma espiritual. La palabra “Rosario” proviene del latín rosarium, que significa “jardín de rosas”. Cada Avemaría es una rosa espiritual, y juntas forman un jardín de amor ofrecido a Dios. Santo Domingo obedeció a la Virgen y tuvo gran éxito en la conversión de los herejes.

La fiesta que hoy celebramos, Nuestra Señora del Rosario, tiene su origen en la antigua fiesta de Nuestra Señora de la Victoria. A fines del siglo XVI, los musulmanes del Imperio Otomano estaban expandiéndose hacia el sudeste de Europa y el Mediterráneo. En 1571, el Papa San Pío V, dominico, formó una alianza entre los Estados Pontificios, España, Venecia y otros pequeños reinos cristianos, llamada la Santa Liga, para detener el avance otomano.

El 7 de octubre de ese año, la flota cristiana se enfrentó a la armada otomana en el Mediterráneo, y el Papa pidió a toda Europa que rezara el Rosario pidiendo la victoria. La victoria llegó. En gratitud, el Papa instituyó la Fiesta de Nuestra Señora de la Victoria, a celebrarse el primer domingo de octubre de cada año. Dos años después, el Papa Gregorio XIII cambió su nombre por el de Fiesta del Santo Rosario.

En 1671 la fiesta fue extendida a toda España, y en 1716, tras otra victoria importante sobre los musulmanes, se extendió a toda la Iglesia. En 1913, el Papa San Pío X trasladó la fecha del primer domingo de octubre al 7 de octubre, para preservar las celebraciones dominicales. Hoy, esta fiesta se celebra en el calendario romano con el título de Nuestra Señora del Rosario, como memoria obligatoria.


El Rosario, arma espiritual y escuela de esperanza

Aunque la guerra es siempre una tragedia y debe evitarse en lo posible, defender la vida, la familia y la nación es un deber moral cuando un agresor injusto ataca. En ese contexto, la oración se convierte en el arma más poderosa, y después de la Eucaristía, el Rosario es la oración más eficaz que puede elevarse.

Más allá de los conflictos armados, el Rosario es también una de las mayores armas espirituales contra todo tipo de mal. Aun en tiempos de paz exterior, el mundo vive guerras interiores: el pecado, la corrupción, el odio, la violencia, la indiferencia. Hoy, con las comunicaciones globales, somos testigos de los males espirituales que hieren a la humanidad: guerras, inmoralidad, abusos, crímenes, pobreza, descomposición moral.

No basta con condenar o lamentarse ante el mal. Rezar el Rosario es combatirlo desde su raíz, con la fuerza del amor y la intercesión. Cada Avemaría es una súplica de conversión; cada misterio contemplado, una semilla de luz sembrada en la oscuridad del mundo.

En este día, dedicado al Santo Rosario y a Nuestra Señora, somos llamados a renovar nuestra confianza en su intercesión y a usar con fidelidad esta poderosa arma espiritual. Cada crimen, abuso o pecado es, antes que nada, un defecto del alma, una herida espiritual. Y el mejor remedio para el pecado es la conversión del corazón.

La forma más eficaz de ganar corazones para Dios es la oración, y entre todas las oraciones, el Rosario ocupa un lugar privilegiado. A lo largo de los siglos, los Papas, obispos y santos han promovido esta devoción. Innumerables santos lo rezaron cada día, ofreciendo a la Virgen un ramo espiritual de rosas, que Ella derrama luego sobre el mundo en forma de gracia.


Oración

Nuestra Señora del Rosario,
Tú confiaste esta santa oración a Santo Domingo,
y a través de él la diste al mundo.
Siempre estás atenta a quienes rezan tu Rosario,
y nunca dejas de derramar las gracias de Dios en respuesta.

Ruega por mí,
para que comprenda más profundamente
el poder del Santo Rosario
y nunca falte a mi deber de rezarlo cada día.

Nuestra Señora del Rosario, ruega por mí.

Jesús, en Ti confío.

lunes, 5 de octubre de 2026

6 de octubre del 2026: martes de la vigésima séptima semana del tiempo ordinario II

Equilibristas

(Lucas 10, 38-42) Marta y María: ¿dos dimensiones de nuestra vida bautismal?

Las llamadas a la misión repetidas por la Iglesia nos empujan a asumir cada vez más responsabilidades.

Al mismo tiempo, en un mundo desorientado y ruidoso, experimentamos una creciente necesidad de silencio, de tiempo para dar un paso atrás, propicio al discernimiento.

Que el Espíritu Santo nos permita encontrar el equilibrio sobre este camino hacia la cima donde la insatisfacción agudiza nuestro deseo.

Benedicta de la Cruz, cisterciense


( Lucas 10, 38-42)  La mejor parte se nos ofrece gratuitamente, por amor. Como María, puedo, en el momento de un encuentro íntimo, dar todo el espacio a Cristo, dejando de lado mis obligaciones actuales , y acogerlo y abrirle mi corazón.

 


Primera lectura

Lectura de la carta del apóstol Pablo a los Gálatas (1,13-24):

Habéis oído hablar de mi conducta pasada en el judaísmo: con qué saña perseguía a la Iglesia de Dios y la asolaba, y me señalaba en el judaísmo más que muchos de mi edad y de mi raza, como partidario fanático de las tradiciones de mis antepasados. Pero, cuando aquel que me escogió desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia se dignó revelar a su Hijo en mí, para que yo lo anunciara a los gentiles, en seguida, sin consultar con hombres, sin subir a Jerusalén a ver a los apóstoles anteriores a mí, me fui a Arabia, y después volví a Damasco. Más tarde, pasados tres años, subí a Jerusalén para conocer a Pedro, y me quedé quince días con él. Pero no vi a ningún otro apóstol, excepto a Santiago, el pariente del Señor. Dios es testigo de que no miento en lo que os escribo. Fui después a Siria y a Cilicia. Las Iglesias cristianas de Judea no me conocían personalmente; sólo habían oído decir que el antiguo perseguidor predicaba ahora la fe que antes intentaba destruir, y alababan a Dios por causa mía.

Palabra de Dios

 

 

Salmo

Sal 138

R/. Guíame, Señor, por el camino eterno

Señor, tú me sondeas y me conoces;
me conoces cuando me siento o me levanto,
de lejos penetras mis pensamientos;
distingues mi camino y mi descanso,
todas mis sendas te son familiares. R/.

Tú has creado mis entrañas,
me has tejido en el seno materno.
Te doy gracias,
porque me has escogido portentosamente,
porque son admirables tus obras. R/.

Conocías hasta el fondo de mi alma,
no desconocías mis huesos.
Cuando, en lo oculto, me iba formando,
y entretejiendo en lo profundo de la tierra. R/.

 

 

Lectura del santo evangelio según san Lucas (10, 38-42):

En aquel tiempo, entró Jesús en una aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa. Ésta tenía una hermana llamada María, que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra. Y Marta se multiplicaba para dar abasto con el servicio; hasta que se paró y dijo: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola con el servicio? Dile que me eche una mano.»
Pero el Señor le contestó: «Marta, Marta, andas inquieta y nerviosa con tantas cosas; sólo una es necesaria. María ha escogido la parte mejor, y no se la quitarán.»

Palabra del Señor

 

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Y Marta se multiplicaba para dar abasto con el servicio; hasta que se paró y dijo: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola con el servicio? Dile que me eche una mano.»
Pero el Señor le contestó: «Marta, Marta, andas inquieta y nerviosa con tantas cosas; sólo una es necesaria. María ha escogido la parte mejor, y no se la quitarán.»

Lucas 10:40-42

Al principio esto parece injusto. Marta está trabajando duro en la preparación de la comida, mientras que María está simplemente sentada a los pies de Jesús. Entonces, Marta se queja con Jesús. Pero, curiosamente, Jesús humilla un poco a Marta en lugar de a María. Por supuesto, Él lo hace de una manera amable y gentil.

La verdad es que tanto Marta como María estaban cumpliendo sus roles únicos en ese momento. Marta le estaba haciendo un gran servicio a Jesús al servirle a través de la preparación de su comida. Esto es lo que ella fue llamada a hacer y el servicio habría sido un acto de amor. María, en cambio, estaba cumpliendo su papel. Ella fue llamada, en ese momento, a simplemente sentarse a los pies de Jesús y estar presente para Él.  

Estas dos mujeres han representado tradicionalmente dos vocaciones en la Iglesia, así como dos llamamientos que todos estamos llamados a tener. Marta representa la vida activa y María representa la vida contemplativa. La vida activa es aquella vida que la mayoría vive a diario, ya sea a través del servicio de la familia o de los demás en el mundo. La vida contemplativa es una vocación a la que algunos son llamados a través de la vida de clausura, en la que dejan el mundo ajetreado y dedican la mayor parte de su día a la oración y a la soledad.

A decir verdad, estamos llamado a ambas vocaciones. Incluso si nuestra vida está llena de trabajo, todavía se nos llama regularmente para elegir "la mejor parte". A veces, Jesús nos llama a imitar a María en el sentido de que quiere que dejemos cada día nuestro trabajo y dediquemos un tiempo a Él y sólo a Él. 

No todos pueden pasar tiempo ante el Santísimo Sacramento todos los días en oración silenciosa, pero algunos sí. Sin embargo, debemos tratar de encontrar al menos un tiempo de silencio y soledad todos los días para sentarnos a los pies de Jesús en oración.

Reflexiona, hoy, sobre tu propio llamado a la oración. ¿Rezas? ¿Rezas todos los días? Si esto falta, entonces reflexiona sobre la imagen de María que está allí a los pies de Jesús y debes saber que Jesús quiere lo mismo de ti.

Mi Señor que me invita, ayúdame a escucharte llamándome a dejar lo que estoy haciendo y simplemente descansar en tu divina presencia. Que encuentre esos momentos todos los días en los que pueda refrescarme en Tu presencia. Jesús, en Ti confío.

domingo, 4 de octubre de 2026

5 de octubre del 2026: lunes de la vigésima séptima semana del tiempo ordinario II- Memoria de Santa Faustina Kowalska, apóstol de la Misericordia

 

Testigo de la fe:

Santa María Faustina Kowalska

 

1905-1938. 

Mensajera de la misericordia divina, esta monja polaca escribió: “Nos parecemos más a Dios cuando perdonamos al prójimo”. 

Elena Kowalska, nació en Glogowiec en 1905, cerca de Cracovia, en Polonia. Unas pocas semanas antes de su vigésimo cumpleaños, entró a la Congregación de las Hermanas de Nuestra Señora de Misericordia, adoptando el nombre María Faustina. En 1928 tomó los votos definitivos como monja.

A partir de 1931, Faustina, tuvo una serie de revelaciones de Jesús. Todas ellas las escribió en su diario de más de 600 páginas.

Sor Faustina murió de tuberculosis, el 5 de octubre de 1938, en Cracovia. Sus restos mortales yacen en la capilla del convento bajo la milagrosa imagen de la Divina Misericordia, Considerada la "apóstol de la divina misericordia", fue beatificada el 18 de abril de 1993 y canonizada el 30 de abril del 2000 por S. S. Juan Pablo II.


No solamente los cercanos

¿Qué hacer para nuestra salvación? ¿Sería el resultado de lo que hacemos? La Escritura lo dice: «Amarás al Señor […] a tu prójimo…». Pero ¿qué significa «el prójimo»? Jesús responde con la parábola del buen samaritano. Un hombre yace herido al borde del camino. Algunos lo ven y siguen de largo; un samaritano, en cambio, se conmueve, se acerca y lo cuida. Su misericordia se convierte en gestos concretos: vendar las heridas, ofrecer su cabalgadura, procurar alojamiento y asumir los gastos.

El prójimo no se limita a nuestros familiares, amigos o personas que comparten nuestras ideas y nuestra fe. También es aquel desconocido cuyo sufrimiento reclama nuestra atención. Jesús nos invita a preguntarnos: ¿de quién estoy dispuesto a hacerme prójimo? La cercanía nace cuando dejamos que el dolor del otro interrumpa nuestros planes.

La salvación es un don de Dios que acogemos con fe y cuya gracia nos mueve a amar. Nuestras obras de misericordia son una respuesta a ese amor recibido. Quien se deja alcanzar por la compasión de Dios aprende a ofrecerla también a los demás.

«Ve y haz tú lo mismo»: la invitación de Jesús llega hasta nosotros. Hoy podemos detenernos, escuchar, acompañar y compartir. Quizá no podamos resolver todas las dificultades de una persona, pero sí dar el primer paso para que no tenga que afrontarlas sola.

Señor, abre nuestros ojos ante quienes sufren y ensancha nuestro corazón para amar más allá del círculo de los nuestros. Amén.



Primera lectura

Gál 1, 6-12

No he recibido ni aprendido de ningún hombre el Evangelio, sino por revelación de Jesucristo 

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Gálatas.

HERMANOS:
Me maravilla que hayan abandonado tan pronto al
que los llamó por la gracia de Cristo, y se hayan pasado a
otro evangelio. No es que haya otro evangelio; lo que pasa
es que algunos los están turbando y quieren deformar el
Evangelio de Cristo. Pues bien, aunque nosotros mismos o
un ángel del cielo les predicara un evangelio distinto del
que les hemos predicado, ¡sea anatema! Lo he dicho y lo repito:
Si alguien les anuncia un evangelio diferente del que
recibieron, ¡sea anatema! Cuando digo esto, ¿busco la aprobación
de los hombres, o la de Dios?, ¿o trato de agradar a
los hombres? Si siguiera todavía agradando a los hombres,
no sería siervo de Cristo.
Les hago saber, hermanos, que el Evangelio anunciado por mí
no es de origen humano; pues yo no lo he recibido ni aprendido
de ningún hombre, sino por revelación de Jesucristo.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 110, 1b-2. 7-8. 9 y 10c (R.: cf. 5b)

R. El Señor recuerda siempre su alianza.

O bien:

R. Aleluya.

V. Doy gracias al Señor de todo corazón,
en compañía de los rectos, en la asamblea.
Grandes son las obras del Señor,
dignas de estudio para los que las aman.
R.

V. Justicia y verdad son las obras de sus manos,
todos sus preceptos merecen confianza:
son estables para siempre jamás,
se han de cumplir con verdad y rectitud.
R.

V. Envió la redención a su pueblo,
ratificó para siempre su alianza.
Su nombre es sagrado y temible.
La alabanza del Señor dura por siempre.
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Les doy un mandamiento nuevo —dice el Señor—:
que se amen unos a otros, como yo los he amado.
R.

 

Evangelio

Lc 10, 25-37

¿Quién es mi prójimo?

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

EN aquel tiempo, se levantó un maestro de la ley y preguntó a Jesús para ponerlo a prueba:
«Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?».
Él le dijo:
«¿Qué está escrito en la ley? ¿Qué lees en ella?».
Él respondió:
«“Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu fuerza” y con toda tu mente. Y “a tu prójimo como a ti mismo”».
Él le dijo:
«Has respondido correctamente. Haz esto y tendrás la vida».
Pero el maestro de la ley, queriendo justificarse, dijo a Jesús:
«¿Y quién es mi prójimo?».
Respondió Jesús diciendo:
«Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto. Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. Y lo mismo hizo un levita que llegó a aquel sitio: al verlo dio un rodeo y pasó de largo.
Pero un samaritano que iba de viaje llegó adonde estaba él y, al verlo, se compadeció, y acercándose, le vendó las heridas, echándoles aceite y vino, y, montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó. Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y le dijo:
“Cuida de él, y lo que gastes de más yo te lo pagaré cuando vuelva”.
¿Cuál de estos tres te parece que ha sido prójimo del que cayó en manos de los bandidos?».
Él dijo:
«El que practicó la misericordia con él».
Jesús le dijo:
«Anda y haz tú lo mismo».

Palabra del Señor.

 

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La misericordia nos hace prójimos

 

Hermanos queridos:

Cuando alguien cercano sufre, sentimos que su dolor nos toca: nos preocupa la enfermedad de un familiar, la tristeza de un amigo, la necesidad de alguien a quien queremos. Pero hoy Jesús nos invita a ensanchar el corazón. Hay personas que no pertenecen a nuestra familia y, sin embargo, necesitan nuestra cercanía. Hay heridas que desconocemos y sufrimientos que podemos descubrir si aprendemos a mirar.

En esta Eucaristía, al recordar a santa Faustina, apóstol de la Divina Misericordia, pedimos esa mirada compasiva. Y ponemos también ante el Señor a nuestros difuntos, cuyos nombres conservamos en el corazón.

El Evangelio comienza con la pregunta de un maestro de la Ley acerca de la vida eterna. Es una inquietud que también nos acompaña: ¿cómo orientar nuestra vida hacia Dios?, ¿cómo vivir para alcanzar la salvación?

La primera lectura nos ayuda a situar bien esta pregunta. San Pablo expresa su preocupación porque los gálatas se están apartando de quien los llamó por la gracia de Cristo. Les recuerda que el Evangelio que anuncia procede de Jesucristo.

En el comienzo de nuestra salvación está Dios, que nos ama, nos llama y nos ofrece su gracia. Nuestra respuesta consiste en acoger ese amor, dejarnos transformar por él y colaborar libremente con lo que hace en nosotros.

Por eso, las obras de misericordia tienen tanto valor: en ellas toma cuerpo nuestra respuesta al Señor. La fe va alcanzando nuestras manos, nuestras decisiones, nuestra manera de tratar a los demás.

La firmeza de Pablo también nos hace una pregunta: ¿estamos acogiendo el Evangelio entero? Podemos sentirnos cómodos con algunas enseñanzas de Jesús y resistirnos a otras, especialmente cuando nos piden perdonar, compartir o acercarnos a una persona difícil. Hoy pedimos la gracia de permitir que su Palabra corrija nuestras preferencias.

El salmo nos invita a contemplar las obras del Señor, la rectitud de sus mandatos y la permanencia de su alianza. Dios merece nuestra confianza. Su fidelidad sostiene nuestra vida, incluso cuando atravesamos circunstancias que no comprendemos.

Esta certeza nos acompaña especialmente al recordar a quienes han muerto. Nosotros sentimos el vacío de su ausencia; ante Dios ponemos su historia entera. El Señor conoce el bien que hicieron, sus luchas, sus fragilidades y aquello que nosotros nunca alcanzamos a comprender. A su fidelidad y a su misericordia los confiamos.

En el Evangelio, el maestro de la Ley plantea otra pregunta: «¿Y quién es mi prójimo?»

Jesús responde contando la historia de un hombre asaltado y abandonado al borde del camino. Un sacerdote y un levita pasan junto a él y continúan su marcha. Un samaritano se detiene, se compadece y lo atiende.

Detengámonos nosotros también ante esta escena. Aquel hombre herido necesita que alguien se acerque. El samaritano permite que esa necesidad cambie sus planes. Dedica tiempo, emplea sus recursos y se compromete con su recuperación.

Podemos preguntarnos: ¿qué sucede en mí cuando el sufrimiento ajeno interrumpe mis ocupaciones? ¿Qué lugar tiene en mi agenda la necesidad de otra persona?

En nuestros caminos, nuestras veredas y nuestras familias también encontramos personas heridas. Algunas llevan heridas visibles; otras cargan soledad, humillaciones, miedo o un duelo que todavía duele. A veces, la primera ayuda consiste en sentarse a escuchar. Otras veces hará falta compartir alimentos, facilitar un traslado, visitar a un enfermo o acompañar a alguien para que reciba la atención que necesita.

Nos hacemos prójimos cuando damos un paso hacia quien necesita ayuda.

Santa Faustina vivió profundamente esta unión entre la confianza en Dios y la caridad hacia los demás. Su espiritualidad estuvo marcada por la contemplación de la misericordia divina, el amor a la Eucaristía y la entrega en las tareas sencillas de su comunidad. La invocación «Jesús, en ti confío» expresa el corazón de ese camino.

Podemos hacer nuestra esa oración al reconocer nuestras faltas y acudir a la confesión; al atravesar una enfermedad; al preocuparnos por nuestra familia. Y también podemos pronunciarla mientras pedimos fuerza para perdonar y servir.

Señor, confío en tu misericordia; hazme capaz de ofrecer misericordia. Acoge mi pobreza y enséñame a acoger la del hermano.

Hoy, lunes, nuestra oración se dirige especialmente hacia los difuntos. Seguimos amándolos y expresamos ese amor en la intercesión. La Iglesia ofrece por ellos sus plegarias y, de manera particular, el sacrificio eucarístico, pidiendo que, purificados, alcancen la plenitud de la comunión con Dios.

Traigamos al corazón sus nombres. Recordemos a nuestros padres, hermanos, esposos, hijos, amigos y benefactores que han partido. Agradezcamos el bien que recibimos a través de ellos y confiemos al Señor cuanto necesite su perdón.

Y ensanchemos también aquí nuestra oración. Oremos por quienes murieron solos, por las víctimas de la violencia, por los fallecidos cuyo nombre desconocemos y por aquellos a quienes ya casi nadie recuerda. La caridad cristiana nos invita a tenerlos presentes.

Junto a ellos, recordemos a quienes están viviendo un duelo. Después del funeral, cuando las visitas disminuyen y la casa queda silenciosa, sigue haciendo falta compañía. Una llamada, una visita o una ayuda concreta pueden aliviar mucho esa soledad.

Al acercarnos hoy a la mesa eucarística, recibimos a Cristo, que entrega su vida por nosotros. Pidámosle que esa comunión nos transforme y nos disponga a cumplir su invitación: «Anda y haz tú lo mismo».

Llevemos una pregunta para este día: ¿hacia quién puedo dar hoy un paso de misericordia, y a qué difunto voy a recordar especialmente en mi oración?

Señor Jesús, tú conoces nuestras heridas y las de nuestros hermanos. Danos ojos atentos, un corazón compasivo y manos dispuestas a servir. Enséñanos a amar más allá del círculo de los nuestros.

Te confiamos a nuestros difuntos. Perdona sus pecados, purifícalos con tu amor y concédeles participar de la alegría de tu Reino. Sostén a quienes lloran su ausencia y fortalece en nosotros la esperanza de la resurrección.

Santa Faustina, ruega por nosotros y ayúdanos a vivir lo que creemos.

Virgen María, Madre de Misericordia, acompáñanos en el camino y enséñanos a permanecer junto a quienes sufren.

Jesús, en ti confío. En tus manos ponemos nuestra vida y a quienes han partido.

Amén.


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Santa Faustina Kowalska, Virgen
1905–1938


Patrona de la Misericordia

Su humilde vela atrapó un poderoso viento teológico

 


El mártir San Faustino fue asesinado en la segunda década del siglo II en el norte de Italia bajo el emperador Adriano. No se sabe nada más de él. La santa de hoy fue bautizada como Elena y, por razones desconocidas, se le dio el nombre del mártir cuando hizo sus primeros votos religiosos. San Faustino debe sentirse honrado y agradecido de compartir su nombre con una monja tan santa y consecuente como Santa María Faustina Kowalska, quien fue canonizada en 2000 y cuyo memorial opcional se agregó al calendario universal de la Iglesia en 2020.

Santa Faustina fue una campesina en el mejor sentido de la palabra. Sabía leer y escribir, pero por lo demás solo asistió a la escuela durante unos pocos años en su pueblo rural en el centro de Polonia. Su numerosa y piadosa familia necesitaba su mano en el arado, financieramente hablando; y así, a la edad de dieciséis años, la joven Helena Kowalska consiguió trabajo como ama de llaves en pueblos cercanos. Era experta en las artes domésticas de coser, limpiar, cocinar y las habilidades relacionadas que convierten una casa en un hogar. Estas habilidades le sirvieron bien, pero no por mucho tiempo, en los conventos donde residió durante su corta vida.

Si bien se sintió llamada a ser una hermana religiosa cuando era niña, los padres de Helen se mostraron reacios a dejarla ingresar a un convento a una edad demasiado tierna. Pero luego, al final de su adolescencia, Cristo se le apareció y le habló a Helen en encuentros misteriosos y profundamente personales, exigiéndole que no lo hiciera esperar mucho más. Estas visiones impulsaron a la piadosa adolescente a buscar aceptación en un convento de la gran ciudad. Se mudó a Varsovia a los diecinueve años, recibió el consejo de un sacerdote comprensivo y tocó las puertas de varios conventos con la esperanza de que uno solo la aceptara. Uno finalmente lo hizo. Después de probarse a sí misma en su noviciado, hizo votos solemnes y pasó el resto de su vida como una monja fiel haciendo tareas humildes junto a sus hermanas religiosas en conventos en Polonia y la actual Lituania.

Como tantos santos, las vigilias, oraciones, mortificaciones, ayunos y sufrimientos invisibles eran la vida real de Faustina, mientras que las realidades visibles vistas por sus compañeras religiosas y el visitante ocasional eran de menor importancia. ¡Y lo que pasó desapercibido en la vida de Santa Faustina fue asombroso! Esta humilde monja experimentó visiones tridimensionales de Jesucristo notablemente vívidas, de alto octanaje y en tecnicolor en la capilla, detrás de la puerta, en su celda y en cada esquina durante muchos años. La fuerte voz de Jesús le habló de manera directa e inequívocamente clara acerca de sus deseos para su vida. Él le ordenó, repetidamente, que difundiera el mensaje de la Divina Misericordia. En consecuencia, Faustina hizo que un artista pintara una famosa imagen de Cristo con dos rayos que emanaban de su pecho, promoviendo una fiesta litúrgica en honor a la Divina Misericordia el domingo después de Pascua,

El mensaje de Santa Faustina no es realmente el mensaje de Santa Faustina. Es el mensaje de Dios. Dios quiere que la humanidad conozca y sienta la Divina Misericordia que brota del corazón de Cristo. Esta misericordia, a diferencia de la misericordia humana o judicial, puede lavar incluso los pecados más miserables. 

La misericordia de Dios no está en competencia con Su justicia sino que es una sobreabundancia de justicia. Dios sabe todas las cosas y perdona todas las cosas cuando se pide gratuitamente su misericordia. 

El mundo occidental moderno está muy enfocado en cuestiones de justicia: justicia racial, justicia económica, justicia ambiental, etc. Pero, al mismo tiempo, se opone a juzgar. Esta dicotomía de favorecer la justicia pero aborrecer el juzgar es incongruente. El Occidente moderno sufre tensiones similares con respecto a la virtud de la misericordia.

Un cardenal estadounidense señaló hace años que la cultura secular moderna permite, incluso promueve, prácticamente todo. Parece que no hay aberración moral, pecado o comportamiento disfuncional que no se sonría como expresión legítima de la libertad personal. Y sin embargo... la cultura secular moderna no perdona casi nada. "¡Solo hazlo!" Pero tenga cuidado: cuando lo haga, es posible que nunca se le perdone por haberlo hecho. 

El mensaje de la Divina Misericordia es que debido a que todo puede ser perdonado, todas las relaciones pueden ser restauradas. Las relaciones preceden a nuestros derechos e incluso a nuestras elecciones. ¡Somos más que nuestras elecciones! ¡Somos más que nuestros derechos! Y cuando recibimos misericordia, o extendemos misericordia a otros, se restauran nuestras relaciones con nosotros mismos, amigos, familia, naturaleza y Dios.

Cada expresión o recepción de la misericordia es como un mini Año Jubilar. Cada viajero regresa a casa, cada campo queda en barbecho y cada deuda es perdonada. 

Misericordia es el nombre del padre que espera a lo lejos. Ve la figura harapienta en el horizonte volviendo a casa cojeando a la luz del atardecer. La petición de misericordia. La concesión de la misericordia. El fuerte abrazo. La relación restaurada. El anillo en su dedo. La túnica en su espalda. El novillo gordo en el asador. Comienza la fiesta. La Divina Misericordia lo vence todo.


Santa Faustina, tu humilde y generoso servicio a la Iglesia incluyó compartir tus visiones y el mensaje de la Divina Misericordia. Ayuda a todos los que buscan tu intercesión a ser bendecidos con tu misma virtud y docilidad a la voluntad de Dios.

sábado, 3 de octubre de 2026

4 de octubre del 2026: vigésimo séptimo domingo del tiempo ordinario-ciclo A

 

¡Da fruto, y del bueno!

¡El libro de Isaías nos dice, en un magnífico poema, con cuánto esmero cuida Dios de su pueblo! Todo está dicho acerca del trabajo de la tierra, del amor a la tierra. En cada gesto del viñador se descubre la ternura de Dios. Prepara cuidadosamente el terreno y planta en él una esperanza. Así nos ha amado: dedicándonos tiempo, acompañando nuestro crecimiento y confiándonos los dones que pueden hacer fecunda nuestra vida.

Pero llega la cosecha y aparecen frutos amargos. Isaías les pone nombre: injusticia, violencia y sufrimiento de los oprimidos. La pregunta alcanza también nuestro corazón: ¿qué hacemos con tanto amor recibido? ¿Qué encuentran los demás cuando se acercan a nosotros?

En el Evangelio, los viñadores olvidan que la viña les ha sido confiada y quieren adueñarse de ella. Esa tentación sigue presente cuando utilizamos nuestras responsabilidades para imponernos o guardamos para nosotros lo que podría ayudar a otros. Dios nos invita a cuidar su obra con un corazón agradecido y generoso.

San Pablo nos muestra un camino concreto: presentar nuestras preocupaciones al Señor, reconocer cuanto hay de verdadero y justo, y llevar a la práctica el bien aprendido. Los buenos frutos maduran en esa relación entre oración y vida. Pueden tomar la forma de una palabra respetuosa, una reconciliación o una ayuda ofrecida discretamente.

Podemos hacer nuestra la súplica del salmo: «Señor, ven a visitar tu viña». Necesitamos que su gracia renueve nuestra tierra cansada. Cristo, el Hijo rechazado y convertido en piedra angular, sostiene nuestra esperanza y nos permite comenzar de nuevo.

Señor, gracias por cuanto has sembrado en nosotros. Enséñanos a cuidar tus dones y a compartir sus frutos. Que alguien pueda reconocer hoy tu bondad en nuestra manera de tratarlo. Amén.

 


 

Primera lectura

Is 5, 1-7

La viña del Señor del universo es la casa de Israel

Lectura del libro de Isaías.

VOY a cantar a mi amigo
el canto de mi amado por su viña.
Mi amigo tenía una viña en un fértil collado.
La entrecavó, quitó las piedras y plantó buenas cepas;
construyó en medio una torre y cavó un lagar.
Esperaba que diese uvas, pero dio agrazones.
Ahora, habitantes de Jerusalén, hombres de Judá,
por favor, sean jueces entre mí y mi viña.
¿Qué más podía hacer yo por mi viña que no hubiera hecho?
¿Por qué, cuando yo esperaba que diera uvas, dio agrazones?
Pues les hago saber lo que haré con mi viña:
quitar su valla y que sirva de leña,
derruir su tapia y que sea pisoteada.
La convertiré en un erial: no la podarán ni la escardarán,
allí crecerán zarzas y cardos,
prohibiré a las nubes que lluevan sobre ella.
La viña del Señor del universo es la casa de Israel
y los hombres de Judá su plantel preferido.
Esperaba de ellos derecho, y ahí tienen: sangre derramada;
esperaba justicia, y ahí tienen: lamentos.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 79, 9 y 12. 13-14. 15-16. 19-20 (R.: Is 5, 7a)

R. La viña del Señor es la casa de Israel.

V. Sacaste una vid de Egipto,
expulsaste a los gentiles, y la trasplantaste.
Extendió sus sarmientos hasta el mar,
y sus brotes hasta el Gran Río.
R.

V. ¿Por qué has derribado su cerca
para que la saqueen los viandantes,
la pisoteen los jabalíes
y se la coman las alimañas?
R.

V. Dios del universo, vuélvete:
mira desde el cielo, fíjate,
ven a visitar tu viña.
Cuida la cepa que tu diestra plantó
y al hijo del hombre que tú has fortalecido.
R.

V. No nos alejaremos de ti:
danos vida, para que invoquemos tu nombre.
Señor, Dios del universo, restáuranos,
que brille tu rostro y nos salve.
R.

 

Segunda lectura

Flp 4, 6-9

Pónganlo por obra, y el Dios de la paz estará con ustedes

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses.

HERMANOS:
Nada les preocupe; sino que, en toda ocasión, en la oración y en la súplica, con acción de gracias, sus peticiones sean presentadas a Dios.
Y la paz de Dios, que supera todo juicio, custodiará sus corazones y sus pensamientos en Cristo Jesús.
Finalmente, hermanos, todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable, laudable, todo lo que es virtud o mérito, ténganlo en cuenta.
Lo que aprendieron, recibieron, oyeron, vieron en mí, pónganlo por obra.
Y el Dios de la paz estará con ustedes.

Palabra de Dios.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Yo los he elegido del mundo —dice el Señor—, para que vayan y den fruto, y su fruto permanezca. R.

 

Evangelio

Mt 21, 33-43

Arrendará la viña a otros labradores

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo:
«Escuchen otra parábola: “Había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, construyó una torre, la arrendó a unos labradores y se marchó lejos.
Llegado el tiempo de los frutos, envió sus criados a los labradores para percibir los frutos que le correspondían. Pero los labradores, agarrando a los criados, apalearon a uno, mataron a otro y a otro lo apedrearon.
Envió de nuevo otros criados, más que la primera vez, e hicieron con ellos lo mismo. Por último, les mandó a su hijo diciéndose: ‘Tendrán respeto a mi hijo’.
Pero los labradores, al ver al hijo se dijeron: ‘Este es el heredero: vengan, lo matamos y nos quedamos con su herencia’.
Y agarrándolo, lo sacaron de la viña y lo mataron. Cuando vuelva el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?».
Le contestan:
«Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros labradores que le entreguen los frutos a su tiempo».
Y Jesús les dice:
«¿No han leído nunca en la Escritura:
“La piedra que desecharon los arquitectos
es ahora la piedra angular.
Es el Señor quien lo ha hecho,
ha sido un milagro patente”?
Por eso les digo que se les quitará a ustedes el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos».

Palabra del Señor.

 

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Queridos hermanos:

Quienes conocen el trabajo del campo saben cuánto cuidado necesita una cosecha. Hay que preparar la tierra, sembrar, limpiar y esperar. En cada cultivo hay jornadas de esfuerzo y una esperanza que se renueva. Por eso duele cuando, después de tantos cuidados, llega el momento de recoger y los frutos no son los esperados.

Desde esa experiencia nos habla hoy la Palabra de Dios. El Señor ha cuidado de nosotros, nos ha confiado su viña y espera frutos. Al escucharlo, podemos hacernos dos preguntas muy sencillas: ¿cómo estoy tratando a Dios y cómo estoy tratando a las personas que ha puesto a mi lado?

Isaías comienza con un canto de amor. Un hombre escoge una tierra buena, retira las piedras, planta cepas excelentes y protege su viña. Cada detalle revela dedicación. Así ha sido Dios con su pueblo. Así podemos reconocerlo también en nuestra historia: en la vida recibida, en la fe que alguien nos transmitió, en el perdón que nos levantó y en las personas que nos han acompañado.

Antes de pedirnos una respuesta, Dios nos ha amado. Conviene recordarlo, porque la vida cristiana comienza acogiendo ese amor. De esa gratitud nace el deseo de corresponderle.

Pero la viña produce frutos amargos. El profeta explica qué significa esa amargura: Dios esperaba justicia y encuentra atropellos; esperaba rectitud y escucha el clamor de los maltratados. Aquí la Palabra toca nuestra vida. Una fe que madura se reconoce en el trato digno a los demás, en la honestidad y en la atención al que necesita ayuda. Quien ora está llamado a escuchar también el dolor de su hermano.

Por eso podemos preguntarnos: ¿qué sabor deja mi presencia en mi casa? ¿Mis palabras animan o humillan? ¿Cumplo mis compromisos? ¿Sé agradecer? A veces cuidamos mucho nuestra imagen ante los demás y descuidamos precisamente a quienes viven con nosotros.

Ante esta realidad, el salmo nos enseña a rezar: «Señor, ven a visitar tu viña». El pueblo recuerda que Dios lo sacó de Egipto y lo plantó en una tierra donde pudo crecer. Ahora, al verse herido y amenazado, vuelve a pedir su ayuda. Esa súplica puede brotar hoy de nuestra comunidad y de cada familia.

Señor, visita nuestra casa, donde a veces nos hablamos con dureza. Visita a quienes han perdido la confianza después de una traición. Visita nuestra comunidad y enséñanos a trabajar unidos. Danos vida para volver a invocar tu nombre. Necesitamos tu gracia para reconocer el mal que hemos hecho y comenzar a repararlo.

En el Evangelio, Jesús retoma la imagen de la viña y nos presenta un problema distinto: los trabajadores quieren quedarse con aquello que les fue confiado. Rechazan a los enviados del propietario y finalmente matan a su hijo. El deseo de adueñarse de todo termina convirtiéndose en violencia.

Jesús dirige esta parábola a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo. Hoy la escuchamos nosotros, y debemos dejar que examine nuestra manera de vivir la fe. También podemos apropiarnos de lo que hemos recibido para servir. Sucede cuando alguien utiliza una responsabilidad para imponerse, cuando un grupo se cierra sobre sí mismo o cuando pensamos que todo en la comunidad tiene que hacerse según nuestros gustos.

Esta palabra nos interpela especialmente a quienes tenemos una responsabilidad pastoral. La comunidad pertenece al Señor. Él nos pide cuidarla, escuchar a las personas y ayudarlas a encontrarse con Cristo. Podemos preguntarnos con humildad si nuestro modo de actuar facilita ese encuentro o lo hace más difícil.

Cada bautizado tiene también una parte de esa viña a su cuidado. Pensemos en la familia. Los hijos necesitan orientación y límites, junto con la certeza de que son amados. Corregirlos exige paciencia y respeto. Entre esposos, la confianza se cultiva con la verdad y con la disposición a escucharse. En una casa donde alguien puede reconocer su error sin ser humillado, se abren caminos para cambiar.

Pensemos además en nuestro trabajo, en los bienes que administramos y en la tierra que habitamos. Lo que hemos recibido nos permite hacer bien a otros. Pagar justamente, cuidar el agua, compartir con una familia necesitada o dedicar tiempo a una persona sola son frutos concretos. El amor se vuelve visible en decisiones como estas.

El Señor nos pedirá cuentas de esa responsabilidad. Su paciencia nos ofrece tiempo para convertirnos, y conviene aprovecharlo. Podemos empezar hoy por una reconciliación pendiente, por devolver lo que debemos o por escuchar una corrección que llevamos tiempo rechazando.

San Pablo nos muestra en la segunda lectura cómo sostener este camino. Nos invita a presentar a Dios nuestras necesidades mediante la oración, acompañada de acción de gracias. Podemos llevarle lo que nos preocupa: la salud, los hijos, el trabajo y las dificultades de la comunidad. Su paz custodia el corazón y nos ayuda a obrar con confianza en medio de esas preocupaciones.

El apóstol nos pide también cuidar aquello que alimenta nuestro pensamiento: buscar lo verdadero, lo justo, lo limpio y lo digno de aprecio, y llevarlo a la práctica. Pensemos cuánto tiempo damos a rumores, sospechas y discusiones. Aprender a reconocer el bien que hacen los demás dispone el corazón para colaborar con ellos. Una comunidad crece cuando agradece, reconoce y anima el servicio de sus miembros.

Hay, además, una esperanza decisiva en el Evangelio. El hijo es rechazado y asesinado, pero Jesús anuncia que la piedra descartada llegará a ser la piedra angular. En estas palabras reconocemos su muerte y su resurrección. El Padre hace de Cristo resucitado el fundamento de nuestra salvación. Podemos confiarle incluso los lugares de nuestra vida donde el pecado ha causado más daño y recibir de Él la fuerza para reconstruir.

Esta Eucaristía nos reúne alrededor de ese mismo Señor. Él nos habla y se nos entrega como alimento. Al presentar el pan y el vino, ofrecemos también el trabajo, las preocupaciones y los esfuerzos de nuestra semana. Al recibir su amor, pedimos que nuestra vida produzca frutos que puedan disfrutar los demás. La comunión con Cristo nos compromete con la vida de nuestros hermanos.

Llevemos hoy una pregunta al corazón: ¿qué fruto concreto de amor y de justicia espera Dios de mí esta semana? Dejemos que tenga un nombre, un rostro y una acción posible.

Señor, ven a visitar tu viña. Gracias por cuidarnos y por seguir llamándonos a trabajar contigo. Perdona nuestras resistencias y enséñanos a responder con generosidad. Haz fecunda nuestra fe en el servicio cotidiano.

Santa María, que acogiste la Palabra y entregaste tu vida al querer de Dios, acompaña a nuestras familias y a nuestra comunidad. Ayúdanos a escuchar a tu Hijo y a vivir lo que hoy hemos celebrado. Amén.

 

 

2

 

La nueva viña de la gracia

 

La parábola de los viñadores malvados es rica en imágenes del Antiguo Testamento. La imagen de la viña procede del profeta Isaías (Isaías 5,1-7) y representa al pueblo de Israel. El propietario es Dios, quien, desde el tiempo de Abraham, ha cultivado a su pueblo con amor y de manera deliberada. La cerca, la torre y el lagar simbolizan, respectivamente, el cuidado providencial de Dios, su protección y la estructura que estableció para el crecimiento espiritual de su pueblo.

La primera lectura nos permite percibir el dolor de ese amor: el Señor ha cuidado su viña y encuentra injusticia y gritos de sufrimiento donde esperaba una vida recta (Is 5,1-7). Ante esta palabra podemos preguntarnos qué frutos produce nuestra fe en el trato a los demás. La respuesta se hace concreta cuando obramos con honradez y cuidamos la dignidad de quienes nos rodean.

Los viñadores son la élite religiosa de Israel, a la que se había confiado la tarea de guiar al pueblo en la santidad. Los servidores enviados por el propietario son los profetas: mensajeros fieles, constantemente rechazados y maltratados. Finalmente, el hijo es el mismo Jesús, enviado por el Padre como culminación de su acercamiento divino.

La parábola termina en tragedia con el asesinato del hijo. Sin embargo, de esa tragedia surge un nuevo comienzo: «El Reino de Dios les será quitado y será dado a un pueblo que produzca sus frutos» (Mateo 21,43). Aunque Jesús se dirigía a los líderes religiosos de su tiempo —los escribas, los fariseos, los sumos sacerdotes, los saduceos y los ancianos—, su promesa perdurable de un nuevo comienzo nos habla hoy.

Estamos invitados a formar parte del pueblo al que Dios confía ahora su viña, la Iglesia. Hoy, la cerca, el lagar y la torre representan los sacramentos, el magisterio de la Iglesia, la Sagrada Escritura y la comunión de los fieles. Dios sigue cultivando su viña con gran cuidado, esperando que dé fruto a través de nuestras vidas de santidad, fidelidad, caridad y verdad. Cada uno de nosotros, como miembro del Cuerpo de Cristo, está llamado a acoger esta confianza con gratitud y a trabajar diligentemente por el Reino, sin olvidar nunca el precio pagado por el Hijo que fue expulsado y asesinado por nuestra redención.

A veces, cuando hablamos de «la Iglesia», lo hacemos como si se tratara de alguna institución distante. Nuestra mente puede dirigirse inmediatamente al Vaticano, al papa o al obispo local. Si bien estos pastores desempeñan funciones cruciales y fundamentales dentro de la viña, necesitamos comprender la Iglesia de una manera más amplia.

Para utilizar la imagen de la parábola de hoy, la viña y el fruto que está destinada a producir no se identifican exclusivamente con los viñadores, los servidores, el hijo, ni siquiera con el propietario. La viña misma representa a todo el pueblo de Dios. El fruto que produce es el testimonio, lleno de gracia, de unas vidas transformadas por la fe. Esto nos incluye a todos: clérigos, religiosos y laicos por igual. Cada miembro de la Iglesia es un trabajador en la viña, llamado a trabajar junto con los demás, bajo la guía de Cristo, el verdadero Hijo, y a ofrecer al Padre una abundante cosecha de justicia, misericordia y verdad.

El salmo recuerda la vid que Dios sacó de Egipto y hace brotar esta súplica: «Ven a visitar tu viña» (Sal 80 [79]). Es también nuestra oración cuando reconocemos la fragilidad de la Iglesia y nuestras propias infidelidades. Pedimos al Señor que nos dé vida, nos vuelva hacia Él y nos sostenga en la tarea que nos confía. Su gracia hace posible nuestra respuesta.

La segunda lectura nos ayuda a cultivar esa fecundidad (Flp 4,6-9). San Pablo nos invita a presentar nuestras necesidades a Dios con oración y acción de gracias, confiando en su paz. Nos pide alimentar el pensamiento con cuanto es verdadero, noble, justo, puro y digno de aprecio, y poner en práctica lo aprendido. Esta semana podemos hacerlo al rechazar un rumor, reconocer el bien de otra persona o responder con serenidad en una conversación difícil. Así se prepara el corazón para trabajar en la viña del Señor.

Reflexiona hoy sobre cómo hacer de esta parábola tu llamado personal. El Reino de Dios te ha sido confiado en parte, para que seas uno de los que trabajarán por la salvación de las almas: «un pueblo que produzca sus frutos». La obra de la evangelización es una misión continua y urgente. ¿De qué maneras te llama Dios a trabajar en su divina viña? ¿Es mediante la oración fiel, por la que se podan y nutren las vides de la gracia? ¿Es mediante el trabajo de la cosecha, en el que atraes a otros a Cristo con tus palabras, tu testimonio y tus obras de amor? ¿Es a través de la perseverancia silenciosa en el sufrimiento, ofrecido en unión con el Crucificado? Sea cual sea la manera en que Dios te llame, no te demores. Acoge su confianza con humildad y trabaja con alegría. La viña es suya, pero el fruto depende, en parte, de ti.

Mi glorioso Rey, nos has llamado a ti y nos has hecho miembros de tu Reino. También nos has enviado a trabajar en la viña de tu Iglesia y a ayudar a atraer muchas almas a tu Sagrado Corazón. Te ruego que me reveles la función y la misión que me has confiado. Que escuche atentamente tus suaves mandatos y responda con un corazón lleno de generosidad y fe. Que tu Iglesia, de la que soy miembro vivo, siga dando fruto abundante por la gracia que derramas. Jesús, en ti confío.


7 de octubre del 2026: miércoles de la vigésima séptima semana del tiempo ordinario II- Memoria de la Bienaventurada Virgen María del Rosario

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