lunes, 8 de junio de 2026

9 de junio del 2026: martes de la décima semana del Tiempo Ordinario-II

 

Aunque vacilante, nuestra luz brilla

(Mateo 5, 13-16) La luz que llevamos —la luz de la fe— a menudo tiene muchas dificultades para iluminar nuestras propias existencias y nuestros caminos de vida. ¿Cómo podría entonces llegar a ser “luz del mundo” y “brillar delante de los hombres”? El Señor, por su parte, no se detiene en nuestras prevenciones cuando nos llama al testimonio: esta luz que nos ha sido confiada no es solamente para nosotros. Aunque sea frágil, puede ser compartida y comunicada.

Bertrand Lesoing, prêtre de la communauté Saint-Martin

 


Primera lectura

1 Re 17, 7-16
La orza de harina no se vació, según la palabra que había pronunciado el Señor por boca de Elías

Lectura del primer libro de los Reyes.


EN aquellos días, se secó el torrente donde estaba escondido Elías, pues no hubo lluvia sobre el país.
La palabra del Señor llegó entonces a Elías diciendo:
«Levántate, vete a Sarepta de Sidón y establécete, pues he ordenado a una mujer viuda de allí que te suministre alimento». Se alzó y fue a Sarepta. Traspasaba la puerta de la ciudad en el momento en el que una mujer viuda recogía por allí leña.
Elías la llamó y le dijo:
«Tráeme un poco de agua en el jarro, por favor, y beberé».
Cuando ella fue a traérsela, él volvió a gritarle:
«Tráeme, por favor, en tu mano un trozo de pan».
Ella respondió:
«Vive el Señor, tu Dios, que no me queda pan cocido; solo un puñado de harina en la orza y un poco de aceite en la alcuza. Estoy recogiendo un par de palos, entraré y prepararé el pan para mí y mi hijo, lo comeremos y luego moriremos».
Pero Elías le dijo:
«No temas. Entra y haz como has dicho, pero antes prepárame con la harina una pequeña torta y tráemela. Para ti y tu hijo la harás después. Porque así dice el Señor, Dios de Israel:
“La orza de harina no se vaciará
la alcuza de aceite no se agotará
hasta el día en que el Señor conceda
lluvias sobre la tierra”».
Ella se fue y obró según la palabra de Elías, y comieron él, ella y su familia.
Por mucho tiempo la orza de harina no se vació ni la alcuza de aceite se agotó, según la palabra que había pronunciado el Señor por boca de Elías.

Palabra de Dios.


Salmo

Sal 4, 2-3. 4-5. 7-8 (R.: cf. 7b)

R. Haz brillar sobre nosotros, Señor,
la luz de tu rostro.


V. Escúchame cuando te invoco, Dios de mi justicia;
tú que en el aprieto me diste anchura,
ten piedad de mí y escucha mi oración.
Y ustedes, ¿hasta cuándo ultrajarán mi honor,
amarán la falsedad y buscarán el engaño?
 R.

V. Sépanlo: el Señor hizo milagros en mi favor,
y el Señor me escuchará cuando lo invoque.
Tiemblen y no pequen,
reflexionen en el silencio de su lecho.
 R.

V. Hay muchos que dicen: «¿Quién nos hará ver la dicha,
si la luz de tu rostro ha huido de nosotros?».
Pero tú, Señor, has puesto en mi corazón más alegría
que si abundara en su trigo y en su vino. 
R.


Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Brille así su luz ante los hombres, para que vean sus buenas obras y den gloria a su Padre. R.


Evangelio

Mt 5, 13-16

Ustedes son la luz del mundo

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán?
No sirve más que para tirarla y que la pise la gente.
Ustedes son la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte.
Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa.
Brille así su luz ante los hombres, para que vean sus buenas obras y den gloria a su Padre que está en los cielos».

Palabra del Señor.

 

1

 

Queridos hermanos y hermanas:

La Palabra de Dios de este martes nos pone delante tres imágenes muy sencillas, pero profundamente iluminadoras: un poco de harina y aceite en manos de una viuda pobre; una luz que no debe esconderse; y un salmo que, en medio de la angustia, proclama: “Tú, Señor, has puesto en mi corazón más alegría que si abundara en trigo y en vino”.

La primera lectura nos presenta al profeta Elías en un momento de sequía, de hambre, de escasez. Dios lo envía a Sarepta, a territorio extranjero, y allí lo espera una viuda. Pero no una viuda rica, no una mujer con la despensa llena, no alguien que pueda ayudar cómodamente desde lo que le sobra. Es una mujer pobre, casi al límite de la desesperanza. Ella misma le dice al profeta que apenas tiene un puñado de harina y un poco de aceite para preparar la última comida para ella y su hijo, antes de esperar la muerte.

Y, sin embargo, allí, en esa pobreza extrema, Dios hace brotar el milagro.

Elías le pide algo humanamente difícil: “No temas. Prepárame primero a mí un panecillo”. A simple vista, parece una petición exigente, casi desproporcionada. Pero en realidad es una invitación a confiar. La viuda se atreve a creer. Se atreve a compartir. Se atreve a poner en manos de Dios lo poco que tiene. Y entonces sucede lo que solo Dios sabe hacer: “La orza de harina no se vació, la alcuza de aceite no se agotó”.

Dios no multiplica desde la abundancia egoísta, sino desde la pobreza ofrecida. Dios no necesita grandes riquezas para realizar grandes milagros. Le basta un corazón disponible, una mano abierta, una fe que se atreva a compartir aun cuando no lo tiene todo asegurado.

Esta mujer de Sarepta puede ayudarnos hoy a pensar en nuestros benefactores. Muchas veces, cuando hablamos de benefactores, imaginamos solamente personas que ayudan porque les sobra. Pero no siempre es así. Hay benefactores que dan desde su pobreza, desde su salario modesto, desde su tiempo escaso, desde sus cansancios, desde su silencio, desde su oración escondida. Hay benefactores que no aparecen en fotos, que no reciben aplausos, que no hacen ruido, pero sostienen la obra de Dios con fidelidad.

Hay quienes ayudan económicamente; otros ofrecen alimentos, servicios, transporte, trabajo, consejos, compañía, oración. Hay quienes benefician a la Iglesia con una limosna, y hay quienes la benefician con una palabra de ánimo. Hay quienes sostienen una comunidad no solo con dinero, sino con presencia, con paciencia y con amor.

Por eso hoy oramos por ellos. Por los que ayudan mucho y por los que ayudan poco, pero ayudan con corazón sincero. Por los que dan desde la abundancia y por los que, como la viuda de Sarepta, comparten incluso cuando también ellos tienen necesidades. Que el Señor no deje vaciar su harina ni agotarse su aceite. Que nunca les falte el pan de cada día, la salud necesaria, la paz del corazón y la alegría de saberse colaboradores de Dios.

El Evangelio continúa esta misma enseñanza, pero con otras imágenes: la sal y la luz. Jesús dice a sus discípulos: “Ustedes son la sal de la tierra… Ustedes son la luz del mundo”. No dice: “algún día serán sal”, o “cuando sean perfectos serán luz”. Lo dice en presente: “Ustedes son”.

…Nuestra luz, la luz de la fe, muchas veces es vacilante. A veces apenas logra iluminar nuestro propio camino. A veces creemos poco, oramos con dificultad, nos cansamos, nos desanimamos, sentimos que nuestra fe es pequeña, que nuestra esperanza parpadea como una vela en medio del viento.

Pero el Señor no espera que nuestra luz sea perfecta para pedirnos que iluminemos. No espera que estemos libres de heridas para convertirnos en testigos. No espera que tengamos todas las respuestas para enviarnos a servir. La luz que hemos recibido no es solo para nosotros. Aunque sea frágil, aunque tiemble, aunque parezca pequeña, puede iluminar a otros.

Una vela pequeña puede romper una gran oscuridad. Una palabra sencilla puede levantar un corazón caído. Un gesto generoso puede devolver esperanza. Una visita, una llamada, una ayuda oportuna, una oración hecha con amor, pueden convertirse en luz de Dios para alguien que está atravesando la noche.

Eso hacen los benefactores: muchas veces no predican con discursos, pero predican con obras. No siempre hablan de Dios con palabras, pero muestran a Dios con su generosidad. Son sal cuando dan sabor a la vida de los demás. Son luz cuando ayudan a que una obra buena continúe. Son reflejo del Evangelio cuando no esconden el bien, sino que lo ponen al servicio de la comunidad.

Jesús advierte que la luz no se enciende para esconderla debajo de una mesa, sino para ponerla en alto. Esto no significa buscar protagonismo ni vanagloria. De hecho, Jesús dice claramente que nuestras buenas obras deben llevar a los demás a glorificar al Padre, no a glorificarnos a nosotros. La caridad cristiana no busca aplausos; busca que Dios sea amado. No pretende que digan “qué bueno soy”, sino que otros puedan decir: “qué bueno es Dios”.

Ahí está la diferencia entre la generosidad mundana y la generosidad evangélica. La primera busca reconocimiento. La segunda busca servir. La primera se exhibe. La segunda ilumina. La primera puede alimentar el ego. La segunda glorifica al Padre.

El salmo de hoy nos ayuda a completar esta reflexión. El salmista clama: “Escúchame cuando te invoco, Dios de mi justicia”. Es la oración de quien sabe que necesita a Dios. Pero también es la oración de quien descubre una alegría más profunda que la abundancia material: “Tú has puesto en mi corazón más alegría que si abundara en trigo y en vino”.

Es una frase preciosa para este día en que oramos por los benefactores. Porque quien da con amor descubre una alegría que no depende de acumular. Hay una alegría que no nace de tener más, sino de compartir mejor. Hay una alegría que no se compra, sino que brota cuando uno sabe que su vida ha servido para bendecir a alguien.

Quizá por eso la viuda de Sarepta no perdió al compartir; al contrario, encontró vida. Quizá por eso el que ayuda de corazón no queda más pobre, sino más lleno de Dios. La lógica del Evangelio no siempre coincide con la lógica del mundo. El mundo dice: “Guarda para que no te falte”. Dios dice: “Comparte y descubrirás que mi providencia no se agota”.

Esto no significa actuar con irresponsabilidad, sino vivir con confianza. No se trata de dar por presión, sino por amor. No se trata de ayudar para quedar bien, sino porque hemos entendido que todo lo que somos y tenemos viene de Dios y está llamado a convertirse en bendición para otros.

Queridos hermanos, hoy la Palabra nos invita a revisar nuestra propia luz. Tal vez nos sentimos pequeños, cansados, limitados. Tal vez nuestra fe no siempre brilla con fuerza. Pero no escondamos la luz que Dios nos ha dado. No digamos: “yo no puedo ayudar”, “yo no tengo nada que ofrecer”, “mi aporte no vale”. En el Reino de Dios, un puñado de harina puede alimentar la esperanza; un poco de aceite puede sostener la vida; una pequeña luz puede romper la oscuridad.

Pidamos hoy por todos nuestros benefactores. Que el Señor les recompense su generosidad. Que bendiga sus familias, sus trabajos, sus proyectos, sus luchas y sus necesidades. Que cada gesto de bien que han sembrado vuelva a ellos convertido en paz, consuelo y gracia.

Y pidamos también que nosotros aprendamos a ser benefactores unos de otros. Que seamos sal que conserva el sabor del Evangelio en un mundo a veces insípido de amor. Que seamos luz que no humilla, sino que orienta; luz que no encandila, sino que acompaña; luz que no se presume, sino que sirve.

Aunque nuestra luz sea vacilante, puede brillar. Aunque nuestra fe sea pequeña, puede sostener a otros. Aunque tengamos poco, si lo ponemos en manos de Dios, puede alcanzar para mucho.

Que María, mujer humilde y luminosa, nos enseñe a dar sin ruido, a servir sin vanidad y a confiar siempre en la providencia del Señor. Amén.

 

2

 

Queridos hermanos y hermanas:

En el Evangelio de hoy, Jesús nos dice una palabra muy grande y, al mismo tiempo, muy exigente: “Ustedes son la luz del mundo”. No dice simplemente: “procuren ser luz”, sino “ustedes son”. Es decir, quien ha recibido la fe, quien ha sido tocado por Cristo, lleva dentro una luz que no puede quedar escondida.

Pero esa luz no nace de nosotros. Jesús es la verdadera Luz del mundo. Nosotros brillamos en la medida en que dejamos que Él ilumine nuestra vida. Por eso, ser luz no significa aparentar perfección, ni creernos mejores que los demás. Ser luz significa permitir que la presencia de Dios se transparente en nuestras palabras, en nuestras obras, en nuestra manera de tratar a los demás, en nuestra capacidad de servir, perdonar, consolar y levantar al caído.

La primera lectura nos muestra esta luz en un gesto sencillo y humilde. La viuda de Sarepta no tenía casi nada: apenas un poco de harina y un poco de aceite. Sin embargo, se fía de la palabra del profeta Elías y comparte lo poco que tiene. En medio de la escasez, ella deja brillar la luz de la confianza. Y Dios responde con abundancia: la harina no se acaba y el aceite no se agota.

Aquí descubrimos algo importante: no se necesita tener mucho para iluminar. A veces basta un gesto pequeño hecho con fe. Una palabra de aliento, una ayuda discreta, una visita, una oración, una sonrisa, una mano tendida, pueden convertirse en luz para alguien que vive en oscuridad.

El salmo también nos habla de esa confianza profunda: “Haz brillar sobre nosotros, Señor, la luz de tu rostro”. Esa es la verdadera luz que necesitamos: no la luz de la fama, ni del orgullo, ni del aplauso humano, sino la luz del rostro de Dios. Cuando esa luz entra en el corazón, vence nuestros miedos, disipa nuestras sombras y nos da una alegría más grande que cualquier abundancia material.

Jesús nos pide que nuestra luz brille “para que vean nuestras buenas obras y den gloria al Padre”. Esa es la clave: el discípulo no brilla para atraer miradas hacia sí mismo, sino para conducir las miradas hacia Dios. Nuestras buenas obras no deben alimentar la vanidad, sino despertar la fe. No deben decir: “miren qué bueno soy”, sino: “miren qué bueno es Dios”.

Hoy pidamos al Señor que ilumine nuestras oscuridades interiores: nuestros egoísmos, cansancios, miedos y desánimos. Y pidámosle también que nos convierta en lámparas humildes de su amor. Que, como la viuda de Sarepta, sepamos compartir aun lo poco. Que, como el salmista, busquemos la luz del rostro de Dios. Y que, como discípulos de Jesús, no escondamos la fe, sino que la hagamos visible en obras concretas de amor.

Porque una vida iluminada por Cristo siempre termina iluminando a los demás. Amén.

 

8 de junio del 2026: lunes de la décima semana del tiempo ordinario-II

 

El arte y la manera

(Mateo 5, 1-12) Una página magnífica del Evangelio. Pero precisamente por eso… ¿no será un poco demasiado hermosa para ser verdadera? ¿Una especie de dulce sueño, condenado tarde o temprano a chocar con la dura realidad?

La expresión “por causa de mí” quizá nos ofrece una clave de lectura. La felicidad no viene, ante todo, de lo que vivimos y hacemos, sino de la manera como lo vivimos y lo hacemos: “por causa de Él”, el Señor Jesús; es decir, para Él, con Él y en Él.

Bertrand Lesoing, prêtre de la communauté Saint-Martin

 


Primera lectura

1 Re 17, 1-6
Elías sirve al Señor, Dios de Israel

Lectura del primer libro de los Reyes.

EN aquellos días, Elías, el tesbita, de Tisbé de Galaad, dijo a Ajab:
«Vive el Señor, Dios de Israel, ante quien sirvo, que no habrá en estos años rocío ni lluvia si no es por la palabra de mi boca».
La palabra del Señor llegó a Elías diciendo:
«Sal de aquí, dirígete hacia oriente y escóndete en el torrente de Querit, frente al Jordán. Habrás de beber sus aguas y he ordenado a los cuervos que allí te suministren alimento».
Fue a establecerse en el torrente de Querit, frente al Jordán, procediendo según la palabra del Señor.
Los cuervos le llevaban pan y carne por la mañana y lo mismo al atardecer; y bebía del torrente.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 120, 1bc-2. 3-4. 5-6. 7-8 (R.: cf. 2)

R. Nuestro auxilio es el nombre del Señor,
que hizo el cielo y la tierra.


V. Levanto mis ojos a los montes:
¿de dónde me vendrá el auxilio?
El auxilio me viene del Señor,
que hizo el cielo y la tierra.
 R.

V. No permitirá que resbale tu pie,
tu guardián no duerme;
no duerme ni reposa
el guardián de Israel. 
R.

V. El Señor te guarda a su sombra,
está a tu derecha;
de día el sol no te hará daño,
ni la luna de noche. 
R.

V. El Señor te guarda de todo mal,
él guarda tu alma;
el Señor guarda tus entradas y salidas,
ahora y por siempre. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Alégrense y regocíjense, porque su recompensa será grande en el cielo. R.

 

Evangelio

Mt 5, 1-12

Bienaventurados los pobres en el espíritu

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos; y, abriendo su boca, les enseñaba diciendo:
«Bienaventurados los pobres en el espíritu,
porque de ellos es el reino de los cielos.
Bienaventurados los mansos,
porque ellos heredarán la tierra.
Bienaventurados los que lloran,
porque ellos serán consolados.
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia,
porque ellos quedarán saciados.
Bienaventurados los misericordiosos,
porque ellos alcanzarán misericordia.
Bienaventurados los limpios de corazón,
porque ellos verán a Dios.
Bienaventurados los que trabajan por la paz,
porque ellos serán llamados hijos de Dios.
Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia,
porque de ellos es el reino de los cielos.
Bienaventurados ustedes cuando los insulten y los persigan y los calumnien de cualquier modo por mi causa. Alégrense y regocíjense, porque su recompensa será grande en el cielo, que de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a ustedes».

Palabra del Señor.

 

 

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Queridos hermanos:

Hoy la Palabra de Dios nos pone ante dos escenas muy distintas, pero profundamente unidas por un mismo mensaje: Dios no abandona a quienes ponen su confianza en Él.

En la primera lectura, del primer libro de los Reyes, aparece el profeta Elías en un momento difícil. El país vive una crisis, una sequía, una situación de hambre y amenaza. Elías no tiene seguridades humanas. No tiene despensa llena, no tiene un plan cómodo, no tiene garantías visibles. Pero tiene una palabra de Dios: “Vete de aquí… escóndete junto al torrente… beberás del torrente y he mandado a los cuervos que te lleven alimento”.

Es una imagen fuerte y bella: Dios sostiene a su profeta en medio de la precariedad. No lo libra mágicamente de toda dificultad, pero le da lo necesario para seguir viviendo. Le da agua, pan, carne, refugio. Le da, sobre todo, la certeza de que no está solo.

Y el salmo responde con una profesión de confianza:
“El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra”.

Cuántas veces también nosotros levantamos los ojos a los montes y nos preguntamos: ¿de dónde vendrá mi ayuda? ¿De dónde vendrá la fuerza para soportar esta enfermedad, esta pérdida, esta tristeza, esta soledad, esta preocupación familiar, esta incertidumbre? Y la fe nos responde: el auxilio viene del Señor. Él no duerme. Él no se desentiende. Él guarda nuestra entrada y nuestra salida. Él cuida nuestra vida.

Esta certeza ilumina de manera especial la intención de hoy: oramos por nuestros difuntos. Al recordarlos, quizás sentimos nostalgia, vacío, lágrimas. Pero no los recordamos como quienes han desaparecido en la nada. Los confiamos al Dios que guarda la vida. Los ponemos en manos del Señor que no abandona a sus hijos ni siquiera cuando atraviesan el umbral de la muerte.

Para la mirada cristiana, la muerte no tiene la última palabra. La última palabra la tiene Dios. La última palabra la tiene Cristo resucitado. Por eso, al orar por nuestros difuntos, decimos con fe: “Señor, si en esta vida ellos confiaron en Ti, si lucharon, si amaron, si sufrieron, si también tuvieron fragilidades y pecados, recíbelos ahora en tu misericordia”.

El Evangelio nos presenta hoy las Bienaventuranzas. Y el comentario que hemos escuchado nos ayuda a entrar en ellas con una pregunta muy humana: ¿no serán demasiado bellas para ser verdaderas? “Felices los pobres de espíritu… felices los que lloran… felices los mansos… felices los que tienen hambre y sed de justicia… felices los misericordiosos… felices los limpios de corazón… felices los que trabajan por la paz… felices los perseguidos por causa de la justicia”.

A primera vista, pareciera que Jesús está hablando de un mundo ideal, muy lejano de nuestra realidad. Porque nosotros vemos que los pobres sufren, que los que lloran no siempre son consolados pronto, que los mansos a veces son pisoteados, que los justos son perseguidos, que los misericordiosos pueden ser tratados como ingenuos, que los limpios de corazón pueden parecer débiles en un mundo astuto y calculador.

Pero Jesús no está pronunciando frases bonitas para decorar una pared. Jesús está revelando el corazón del Reino de Dios. Nos está diciendo dónde se encuentra la verdadera felicidad. Y esa felicidad no depende primero de tenerlo todo resuelto, ni de vivir sin lágrimas, ni de no tener problemas. Depende de vivirlo todo con Él, por Él y en Él.

Ahí está la clave: “por mi causa”. Jesús no bendice el sufrimiento por el sufrimiento. No dice que llorar sea agradable, ni que pasar hambre sea bueno, ni que ser perseguido sea deseable. Lo que Jesús proclama es que, cuando una persona vive unida a Dios, incluso las situaciones más difíciles pueden convertirse en camino de salvación, de purificación, de esperanza y de vida eterna.

Elías, junto al torrente, no era feliz porque estuviera escondido, amenazado y en tiempos de hambre. Era sostenido porque estaba obedeciendo a Dios. Los pobres de espíritu no son felices porque carezcan de seguridades, sino porque han puesto su riqueza en Dios. Los que lloran no son felices porque lloren, sino porque Dios promete consolarlos. Los perseguidos no son felices porque los maltraten, sino porque su fidelidad a Cristo tiene un valor eterno.

Aquí hay una enseñanza muy importante para nuestra vida: la felicidad cristiana no consiste en que todo nos salga bien, sino en que todo lo vivamos unidos al Señor.

Hay personas que tienen mucho y viven vacías. Hay personas que poseen comodidades y no tienen paz. Hay personas que aparentemente triunfan y, sin embargo, llevan el alma seca. Y también hay personas sencillas, enfermas, pobres, ancianas, viudas, campesinas, madres sacrificadas, trabajadores humildes, servidores silenciosos, que poseen una luz especial porque viven mirando a Dios. No se explican por lo que tienen. Se explican por Aquel en quien confían.

Las Bienaventuranzas nos enseñan el arte y la manera de vivir. No basta vivir; hay que saber para quién vivimos. No basta sufrir; hay que saber con quién cargamos la cruz. No basta hacer cosas buenas; hay que hacerlas con un corazón unido a Cristo. No basta ser religiosos por costumbre; hay que dejar que el Evangelio transforme nuestra manera de mirar, de actuar, de sufrir, de amar y de esperar.

Y esto tiene mucho que decirnos cuando oramos por los difuntos. Porque al final de la vida no nos llevamos cargos, títulos, casas, dinero, prestigio ni aplausos. Al final de la vida nos llevamos el amor que dimos, la fe que guardamos, el perdón que ofrecimos, la misericordia que practicamos, las lágrimas que pusimos en manos de Dios, las cruces que cargamos con esperanza.

Quizás muchos de nuestros difuntos no fueron famosos, no aparecieron en grandes noticias, no tuvieron reconocimientos públicos. Pero pudieron haber vivido las bienaventuranzas en lo escondido: una madre que lloró y siguió amando; un padre que trabajó con sacrificio; un abuelo que rezaba en silencio; una hermana que perdonó; un amigo que ayudó sin hacer ruido; un enfermo que ofreció su dolor; un pobre que compartió lo poco que tenía.

Para el mundo, esas vidas pueden pasar desapercibidas. Para Dios, no. Dios conoce cada lágrima. Dios recuerda cada gesto de amor. Dios no olvida la fidelidad humilde de sus hijos.

Por eso hoy pedimos: Señor, mira a nuestros difuntos con misericordia. Si tuvieron hambre y sed de justicia, sacia ahora su corazón. Si lloraron, consuélalos definitivamente. Si fueron misericordiosos, recíbelos en tu misericordia. Si buscaron la paz, introdúcelos en la paz eterna. Si fueron pobres de espíritu, dales el Reino de los cielos.

Y para nosotros, que todavía caminamos, la Palabra nos deja una invitación clara: vivamos de tal manera que nuestra vida sea bienaventurada, no según los criterios del mundo, sino según el corazón de Cristo.

Cuando tengamos que atravesar sequías interiores, recordemos a Elías: Dios puede alimentar nuestra esperanza aun en el desierto.

Cuando sintamos miedo, repitamos el salmo: “El auxilio me viene del Señor”.

Cuando lloremos a nuestros seres queridos, miremos a Cristo resucitado y digamos: ellos están en tus manos, Señor.

Cuando nos preguntemos dónde está la verdadera felicidad, volvamos al monte de las Bienaventuranzas y escuchemos a Jesús: felices los que viven para Dios, felices los que no pierden la esperanza, felices los que aman sin cálculo, felices los que hacen de su vida una ofrenda.

Hermanos, que esta Eucaristía nos ayude a vivir así: para Cristo, con Cristo y en Cristo. Y que nuestros difuntos, por la misericordia del Señor, participen ya de la bienaventuranza eterna, donde no habrá más llanto, ni dolor, ni muerte, sino la alegría plena de ver a Dios cara a cara.

Amén.

 

sábado, 6 de junio de 2026

7 de junio del 2026: Solemnidad del Cuerpo y la Sangre Santísimos de Cristo

 

“En nosotros”

«¿Cómo puede este darnos a comer su carne?» La pregunta, planteada por los judíos y retomada por Juan, ¿acaso no ha habitado en cada una y cada uno de nosotros en algún momento de nuestra vida de creyentes?

Al hablar de un pan que baja del cielo, el auditorio de Jesús tiene necesariamente presente el maná caído del cielo en el libro del Éxodo, sin el cual el pueblo hebreo habría muerto de hambre. Pero aquí la promesa es distinta, y eso es lo que Jesús quiere subrayar. Esta vez, el pan que Él ofrece por medio de su carne da la vida eterna.

Tal vez sea precisamente sobre esta eternidad donde debemos fijar nuestra atención. Más que ser un futuro hipotético, el don de Jesús nos hace participar, desde aquí y ahora, de esa vida abundante que no termina. En esta comunión, donde Dios viene a habitar en nosotros, el tejido de nuestra existencia se abre a otra manera de ser, orientada hacia esa promesa de eternidad y hacia lo que ella implica para nuestras vidas, si la tomamos en serio.

Este Dios que viene a habitar en nosotros es lo que nos impide reducir nuestra fe a una simple ética. Pero también es el aguijón del amor que nos impulsa a vivir la comunión tal como Cristo la enseñó. Y si necesariamente hay algo que nos supera en este medio que es la hostia, su humildad corresponde muy bien a la sencillez evangélica. En un pedazo de pan puede estar contenida una fuerza de salvación.

¿Cómo puede la promesa de la vida eterna dar una dimensión nueva a mi vida cotidiana?

¿Me permito, como los judíos que interrogan a Jesús, asombrarme ante esta sorprendente manifestación de Dios que es el Santísimo Sacramento?

Marie Leduc-Larivé, théologienne

 


Primera lectura

Dt 8, 2-3. 14b-16a

Te alimentó con el maná, que tú no conocías ni conocieron tus padres

Lectura del libro del Deuteronomio.

MOISÉS habló al pueblo diciendo:
«Recuerda todo el camino que el Señor, tu Dios, te ha hecho recorrer estos cuarenta años por el desierto, para afligirte, para probarte y conocer lo que hay en tu corazón: si observas sus preceptos o no.
Él te afligió, haciéndote pasar hambre, y después te alimentó con el maná, que tú no conocías ni conocieron tus padres, para hacerte reconocer que no solo de pan vive el hombre, sino que vive de todo cuanto sale de la boca de Dios.
No olvides al Señor, tu Dios, que te sacó de la tierra de Egipto, de la casa de esclavitud, que te hizo recorrer aquel desierto inmenso y terrible, con serpientes abrasadoras y alacranes, un sequedal sin una gota de agua, que sacó agua para ti de una roca de pedernal; que te alimentó en el desierto con un maná que no conocían tus padres».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 147, 12-13. 14-15. 19-20 (R.: 12a)

R. Glorifica al Señor, Jerusalén.

O bien:

R. Aleluya.

V. Glorifica al Señor, Jerusalén;
alaba a tu Dios, Sion.
Que ha reforzado los cerrojos de tus puertas,
y ha bendecido a tus hijos dentro de ti. 
R.

V. Ha puesto paz en tus fronteras,
te sacia con flor de harina.
Él envía su mensaje a la tierra,
y su palabra corre veloz. 
R.

V. Anuncia su palabra a Jacob,
sus decretos y mandatos a Israel;
con ninguna nación obró así,
ni les dio a conocer sus mandatos. 
R.

 

Segunda lectura

1 Cor 10, 16-17

El pan es uno; nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Corintios.

HERMANOS:
El cáliz de la bendición que bendecimos, ¿no es comunión de la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión del cuerpo de Cristo?
Porque el pan es uno, nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo, pues todos comemos del mismo pan.

Palabra de Dios.



Hoy puede decirse la secuencia 
Lauda, Sion, Salvatorem.

Secuencia (forma breve)

He aquí el pan de los ángeles,
hecho viático nuestro;
verdadero pan de los hijos,
no lo echemos a los perros.

Figuras lo representaron:
Isaac fue sacrificado;
el cordero pascual, inmolado;
el maná nutrió a nuestros padres.

Buen Pastor, Pan verdadero,
¡oh, Jesús!, ten piedad.
Apaciéntanos y protégenos;
haz que veamos los bienes
en la tierra de los vivientes.

Tú, que todo lo sabes y puedes,
que nos apacientas aquí siendo aún mortales,
haznos allí tus comensales,
coherederos y compañeros
de los santos ciudadanos.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya
V. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo - dice el Señor-; el que coma de este pan vivirá para siempre. R.

 

Evangelio

Jn 6, 51-58

Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos:
«Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo».
Disputaban los judíos entre sí:
«¿Cómo puede este darnos a comer su carne?».
Entonces Jesús les dijo:
«En verdad, en verdad les digo: si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tienen vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.
Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida.
El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él.
Como el Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre, así, del mismo modo, el que me come vivirá por mí.
Este es el pan que ha bajado del cielo: no como el de sus padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre».

Palabra del Señor.

 

1

 

Queridos hermanos:

Hoy la Iglesia nos invita a contemplar uno de los misterios más grandes, más humildes y más cercanos de nuestra fe: el misterio de la Eucaristía. Celebramos la solemnidad del Cuerpo y la Sangre Santísimos de Cristo. Celebramos que Dios no quiso quedarse lejos, no quiso hablarnos solamente desde las alturas, no quiso ser únicamente una idea, una doctrina o un recuerdo. Dios quiso hacerse carne, quiso hacerse pan, quiso hacerse alimento, quiso quedarse con nosotros y, más todavía, quiso quedarse en nosotros.

El Evangelio de san Juan nos presenta una afirmación de Jesús que escandalizó a muchos de sus oyentes:
“Yo soy el pan vivo bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.”

No es extraño que algunos se preguntaran: “¿Cómo puede este darnos a comer su carne?” Aquella pregunta no fue solamente de ellos. También puede ser nuestra. A veces nos hemos acostumbrado tanto a comulgar, a ver la hostia, a celebrar la misa, que olvidamos el asombro. Pero, si lo pensamos bien, lo que creemos es inmenso: en un pequeño pedazo de pan consagrado está realmente Cristo, vivo y verdadero; está su Cuerpo entregado, su Sangre derramada, su vida ofrecida por la salvación del mundo.

La primera lectura, tomada del Deuteronomio, nos recuerda la experiencia del pueblo de Israel en el desierto. Dios permitió que su pueblo sintiera hambre, no para destruirlo, sino para educarlo. Lo alimentó con el maná, aquel pan misterioso venido del cielo, para enseñarle una verdad profunda:
“No solo de pan vive el hombre, sino de todo cuanto sale de la boca de Dios.”

Israel descubrió en el desierto que la vida no se sostiene solamente con alimentos materiales. El ser humano necesita pan, sí; necesita trabajo, casa, salud, afecto, seguridad. Pero necesita también sentido, esperanza, perdón, amor, Palabra de Dios. Hay hambres que no se calman con dinero. Hay vacíos que no se llenan con entretenimiento. Hay cansancios del alma que no se curan con descanso físico. Hay heridas que solo Dios puede tocar.

Por eso la Eucaristía es el alimento del peregrino. Así como Israel caminó por el desierto sostenido por el maná, nosotros caminamos por los desiertos de la vida sostenidos por Cristo. Cada Eucaristía nos recuerda que no vamos solos. Dios alimenta a su pueblo. Dios acompaña a su Iglesia. Dios se hace pan para que no desfallezcamos en el camino.

Pero Jesús, en el Evangelio, va más allá del maná. El maná alimentó al pueblo en el desierto, pero quienes lo comieron murieron. En cambio, el pan que Cristo da comunica vida eterna. Y aquí conviene entender bien esta expresión. La vida eterna no es únicamente algo que esperamos después de la muerte. Es también una vida nueva que comienza ya, aquí y ahora, cuando Cristo habita en nosotros.

Cuando comulgamos con fe, no recibimos simplemente “algo sagrado”. Recibimos a Alguien. Recibimos al Señor. Y Él viene a transformar nuestra existencia desde dentro. La comunión no es un premio para los perfectos; es alimento para los débiles, medicina para los heridos, fuerza para los que caminan, luz para los que buscan, consuelo para los que lloran, esperanza para los que no quieren rendirse.

Por eso Jesús dice:
“El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él.”

Esta es una de las frases más hermosas del Evangelio. Comulgar es entrar en una relación de permanencia. No se trata solo de visitar a Dios por un momento. Se trata de dejar que Dios haga morada en nosotros. La Eucaristía es Cristo en nosotros, y nosotros en Cristo. Es intimidad, alianza, amistad, vida compartida.

Ahora bien, esta presencia de Cristo en nosotros no puede quedarse encerrada en una devoción privada. San Pablo, en la segunda lectura, nos lo dice con claridad:
“El cáliz de la bendición que bendecimos, ¿no es comunión con la Sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión con el Cuerpo de Cristo? Porque el pan es uno, nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo.”

La Eucaristía nos une a Cristo, pero también nos une entre nosotros. No puedo comulgar con Cristo y vivir indiferente ante mi hermano. No puedo recibir el Cuerpo de Cristo y despreciar el cuerpo sufriente de los pobres, de los enfermos, de los ancianos, de los migrantes, de los que están solos, de los que cargan heridas en silencio. No puedo decir “Amén” al Cuerpo de Cristo en el altar y luego decir “no me importa” al Cristo que sufre en la calle, en la familia, en la comunidad, en la historia.

La comunión eucarística nos exige comunión fraterna. Nos convierte en Iglesia. Nos saca del individualismo. Nos recuerda que nadie se salva solo, que nadie cree solo, que nadie camina solo. El mismo pan nos hace un solo cuerpo.

Qué hermoso sería que cada vez que nos acercamos a comulgar nos preguntáramos: ¿a quién debo perdonar?, ¿con quién debo reconciliarme?, ¿qué hambre puedo ayudar a saciar?, ¿a quién puedo consolar?, ¿qué gesto concreto de amor me está pidiendo Cristo?

Porque la Eucaristía no termina cuando salimos del templo. La misa continúa en la vida. Continúa cuando compartimos el pan, cuando somos pacientes en casa, cuando servimos sin buscar aplausos, cuando visitamos al enfermo, cuando escuchamos al triste, cuando perdonamos una ofensa, cuando defendemos la dignidad de alguien, cuando ponemos amor donde hay frialdad.

Alguien, hoy comentando este evangelio dice algo muy bello: la humildad de la hostia corresponde a la sencillez del Evangelio. Dios se manifiesta en un pedazo de pan. ¡Qué misterio tan grande! El Dios inmenso se hace pequeño. El Todopoderoso se hace alimento. El Señor del universo se deja tomar en nuestras manos. El Santo se acerca a nuestra pobreza.

Y ahí hay una lección espiritual muy profunda. Dios no siempre viene de manera espectacular. Muchas veces viene en lo humilde, en lo sencillo, en lo cotidiano. Viene en una palabra de consuelo, en un gesto de ternura, en una visita inesperada, en el silencio de la oración, en el pan compartido, en la misa sencilla de cada día. Quien no aprende a reconocer a Dios en lo pequeño, difícilmente lo reconocerá en lo grande.

Hoy, solemnidad del Corpus Christi, pidámosle al Señor que nos devuelva el asombro eucarístico. Que no comulguemos por rutina. Que no asistamos a misa como quien cumple una costumbre vacía. Que cada Eucaristía vuelva a estremecernos el alma. Que al mirar la hostia consagrada podamos decir con fe: “Señor mío y Dios mío. Tú estás aquí. Tú vienes a mí. Tú quieres vivir en mí.”

Y pidámosle también que la Eucaristía nos haga más humanos, más fraternos, más compasivos, más generosos. Porque una comunidad eucarística debe ser una comunidad donde hay pan para el hambriento, palabra para el desanimado, perdón para el caído, acogida para el excluido y esperanza para el que sufre.

Hermanos, Cristo es el pan vivo bajado del cielo. No nos da solamente ideas. No nos da solamente mandamientos. No nos da solamente recuerdos. Se nos da Él mismo. Se parte, se reparte y se queda. Se hace alimento para que tengamos vida. Se hace comunión para que seamos hermanos. Se hace pan humilde para enseñarnos el camino del amor.

Que al celebrar hoy el Cuerpo y la Sangre de Cristo podamos renovar nuestra fe y decirle:

Señor Jesús, Pan vivo bajado del cielo,
aliméntanos en nuestros cansancios,
fortalécenos en nuestras luchas,
sana nuestras heridas,
une nuestras familias,
haznos un solo cuerpo en tu amor,
y enséñanos a vivir desde ahora
la vida eterna que Tú nos prometes.

Amén.

 

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Queridos hermanos:

Celebramos hoy una de las solemnidades más entrañables y profundas de nuestra fe: el Cuerpo y la Sangre Santísimos de Cristo. Hoy la Iglesia se detiene ante el misterio de la Eucaristía, no como quien explica completamente un misterio, sino como quien se arrodilla ante él, lo adora, lo contempla y se deja alimentar por él.

El Evangelio nos pone delante unas palabras de Jesús que, desde el primer momento, provocaron asombro, desconcierto y hasta rechazo:

“Yo soy el pan vivo bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.”

Aquellos que escuchaban a Jesús comenzaron a discutir:
“¿Cómo puede este darnos a comer su carne?”

La pregunta es comprensible. Humanamente hablando, lo que Jesús dice parece demasiado fuerte. Él no habla solo de creer en Él, de escuchar sus enseñanzas o de imitar sus ejemplos. Habla de comer su carne y beber su sangre. Y cuando sus oyentes se escandalizan, Jesús no suaviza sus palabras. No dice: “No me entendieron, era solo una metáfora”. Al contrario, insiste con más fuerza:

“Si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tienen vida en ustedes.”

Aquí está el corazón del misterio eucarístico. La Eucaristía no es solamente un símbolo bonito. No es solamente un recuerdo de la Última Cena. No es solamente una reunión comunitaria. Es Cristo mismo que se nos da como alimento. Es su Cuerpo entregado y su Sangre derramada. Es su presencia real, viva y salvadora en medio de nosotros.

Por eso hoy necesitamos pedir una gracia muy concreta: recuperar el asombro. Tal vez muchos de nosotros hemos asistido a tantas misas, hemos visto tantas veces la hostia consagrada, hemos comulgado tantas veces, que corremos el peligro de acostumbrarnos. Y cuando uno se acostumbra demasiado a lo sagrado, puede dejar de estremecerse ante el amor de Dios.

San Juan María Vianney decía: “Si comprendiéramos bien la Misa, moriríamos de alegría.” Y también afirmaba: “No hay nada tan grande como la Eucaristía. Si Dios tuviera algo más precioso, nos lo habría dado.”

Qué palabras tan fuertes. Si comprendiéramos la Misa, moriríamos de alegría. Quizá no morimos de alegría porque todavía no comprendemos del todo lo que sucede en cada Eucaristía. Venimos a misa, escuchamos la Palabra, presentamos el pan y el vino, el sacerdote pronuncia las palabras de la consagración, y ante nuestros ojos sencillos sucede el mayor milagro de la tierra: Cristo se hace presente. El pan ya no es solo pan. El vino ya no es solo vino. Es el Señor. Está ahí como está en el cielo, aunque escondido bajo la humildad de las especies sacramentales.

La primera lectura, tomada del Deuteronomio, nos ayuda a entender este misterio desde la experiencia del pueblo de Israel. Moisés recuerda al pueblo su camino por el desierto. Les dice que Dios los condujo, los probó, los hizo experimentar el hambre y luego los alimentó con el maná. El desierto fue una escuela. Allí Israel aprendió que la vida no depende solamente del pan material, sino de Dios:

“No solo de pan vive el hombre, sino de todo cuanto sale de la boca de Dios.”

El maná fue alimento para el camino. Sin él, el pueblo habría desfallecido. Pero Jesús, en el Evangelio, nos dice que ahora hay un pan superior al maná. Quienes comieron el maná en el desierto murieron. Pero quien come el pan que Cristo da tiene vida eterna.

Y aquí conviene detenernos. La vida eterna no es solamente algo que comienza después de la muerte. La vida eterna comienza ya cuando Cristo habita en nosotros. La comunión no es un gesto vacío. Cuando recibimos el Cuerpo de Cristo, Él entra en nuestra historia, en nuestras heridas, en nuestros cansancios, en nuestras luchas, en nuestras alegrías, en nuestras decisiones. Él viene a darnos una vida distinta, una vida con sabor de eternidad.

Por eso Jesús dice:

“El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él.”

La palabra clave es “permanecer”. Comulgar es permitir que Cristo permanezca en nosotros y nosotros en Él. No venimos a recibir una cosa. Venimos a recibir a una Persona. No recibimos una simple bendición. Recibimos al Señor mismo. No nos acercamos a una idea religiosa, sino al Pan vivo bajado del cielo.

Pero este misterio exige una respuesta. En el mismo capítulo sexto de san Juan, muchos discípulos dijeron: “Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?” Y se fueron. Jesús no salió corriendo detrás de ellos para rebajar sus palabras. Miró a los Doce y les preguntó: “¿También ustedes quieren marcharse?”

Entonces Pedro respondió con una de las frases más bellas del Evangelio:

“Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna.”

Esa debe ser también nuestra respuesta ante la Eucaristía. Hay misterios que nos superan. Hay verdades que no caben del todo en nuestra inteligencia. Hay realidades divinas que no se pueden medir solo con los sentidos. Pero la fe nos permite decir: “Señor, no lo entiendo todo, pero creo en Ti. No puedo explicar completamente este misterio, pero confío en tu Palabra. Si Tú dices que este pan es tu Cuerpo y este cáliz es tu Sangre, yo creo, adoro y me postro.”

La secuencia de esta solemnidad, atribuida a Santo Tomás de Aquino, canta con belleza este misterio: “Alaba, alma mía, a tu Salvador.” Y el mismo Santo Tomás compuso el hermoso himno Pange Lingua, del cual nace el conocido Tantum Ergo, que tantas veces cantamos ante el Santísimo Sacramento. Allí la Iglesia nos enseña que, cuando los sentidos no alcanzan, la fe viene en nuestra ayuda.

Eso sucede en la Eucaristía. Los ojos ven pan. La lengua saborea pan. Las manos tocan pan. Pero la fe dice: es Cristo. Los sentidos se quedan cortos, pero la fe se arrodilla y adora.

Ahora bien, la Eucaristía no solo nos une a Cristo; también nos une entre nosotros. San Pablo lo dice en la segunda lectura:

“El cáliz de bendición que bendecimos, ¿no es comunión con la Sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión con el Cuerpo de Cristo? Porque el pan es uno, nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo.”

Aquí aparece una consecuencia esencial de la comunión. Si todos comemos del mismo Pan, entonces todos estamos llamados a vivir como hermanos. La Eucaristía no puede convivir con el egoísmo, la indiferencia, la división, el desprecio o la falta de perdón. Comulgar con Cristo implica aprender a comulgar con el hermano.

No puedo decir “Amén” al Cuerpo de Cristo en la misa y luego cerrar el corazón ante el Cristo que sufre en los pobres, en los enfermos, en los ancianos, en los migrantes, en los solos, en los que lloran, en los que tienen hambre de pan, de justicia, de ternura y de esperanza.

Cada comunión debería hacernos más parecidos a Jesús. Si comulgamos y seguimos igual de duros, igual de indiferentes, igual de orgullosos, igual de rencorosos, algo nos falta por abrir al Señor. Porque la Eucaristía no es magia automática. Es gracia ofrecida, pero necesita un corazón disponible.

Cristo se nos da para que nosotros aprendamos también a darnos. Él se parte para enseñarnos a partir nuestra vida por amor. Él se reparte para enseñarnos a compartir. Él se hace pan humilde para enseñarnos que la verdadera grandeza está en servir.

Por eso, Corpus Christi no es solo una fiesta para adorar la hostia consagrada. Es también una fiesta para revisar nuestra vida eucarística. ¿Cómo participo en la misa? ¿Vengo por rutina o con fe viva? ¿Me preparo para comulgar? ¿Hago silencio interior? ¿Dejo que la Palabra me cuestione? ¿Recibo al Señor con gratitud? ¿Salgo de la misa dispuesto a amar más, perdonar más y servir mejor?

Hoy Jesús nos vuelve a decir:
“Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida.”

Y el mundo, aunque no siempre lo sepa, tiene hambre de este Pan. Tiene hambre de Dios. Hambre de sentido. Hambre de verdad. Hambre de amor limpio. Hambre de esperanza. Hambre de una vida que no termine en la muerte. Y la Iglesia existe para llevar este Pan al mundo. Una Iglesia eucarística no puede encerrarse en sí misma. Debe convertirse en pan partido para la humanidad.

Que nuestras comunidades sean más eucarísticas. Que en ellas nadie se sienta extraño. Que haya lugar para el pobre, para el herido, para el que vuelve después de mucho tiempo, para el que busca a Dios entre dudas, para el que necesita misericordia. Que cada misa nos enseñe a ser menos espectadores y más discípulos. Menos consumidores religiosos y más testigos del Evangelio.

Hermanos, hoy adoremos con humildad. Hoy comulguemos con fe. Hoy pidamos al Señor que nos libre de la rutina. Que nos dé hambre de su Cuerpo y sed de su Sangre. Que nos haga comprender que en la Eucaristía está el tesoro más grande de la Iglesia.

Y cuando nos acerquemos a comulgar, digámosle interiormente:

Señor Jesús, Pan vivo bajado del cielo,
yo creo que estás realmente presente en la Eucaristía.
Creo que eres mi alimento, mi fuerza y mi vida.
No permitas que me acostumbre a tu presencia.
Dame un corazón agradecido, humilde y adorador.
Hazme vivir en comunión contigo
y enséñame a vivir en comunión con mis hermanos.

Porque, Señor, ¿a quién iremos?
Solo Tú tienes palabras de vida eterna.

Amén.

 


9 de junio del 2026: martes de la décima semana del Tiempo Ordinario-II

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