martes, 9 de junio de 2026

10 de junio del 2026: miércoles de la décima semana del tiempo ordinario-II

Ni una iota
Mateo 5,17-19

La lectura del Nuevo Testamento nos hace repasar el alfabeto griego. En el Apocalipsis, el Señor Dios es designado como el Alfa y la Omega. En el evangelio de hoy se habla de otra letra, más discreta, un poco perdida en medio del alfabeto: la iota. “Ni una sola iota desaparecerá de la Ley”. Es una invitación a redescubrir la presencia de Dios en todas las cosas. Lo que parece insignificante a los ojos humanos tiene gran valor a los ojos de Dios.

Bertrand Lesoing, prêtre de la communauté Saint-Martin

 


Primera lectura

1 Re 18, 20-39
Que este pueblo sepa que tú eres Dios y que has convertido sus corazones

Lectura del primer libro de los Reyes.

EN aquellos días, el rey Ajab dio una orden entre todos los hijos de Israel y reunió a los profetas de Baal en el monte Carmelo.
Elías se acercó a todo el pueblo y dijo:
«¿Hasta cuándo van a estar cojeando sobre dos muletas? Si el Señor es Dios, síganlo; si lo es Baal, sigan a Baal».
El pueblo no respondió palabra. Elías continuó:
«Quedo yo solo como profeta del Señor, mientras que son cuatrocientos cincuenta los profetas de Baal. Que nos den dos novillos; que ellos elijan uno, lo descuarticen y lo coloquen sobre la leña, pero sin encender el fuego. Yo prepararé el otro novillo y lo pondré sobre la leña, también sin encender el fuego. Ustedes clamarán invocando el nombre de su dios y yo clamaré invocando el nombre del Señor. Y su dios que responda por el fuego, ese es Dios».
Todo el pueblo acató:
«¡Está bien lo que propones!».
Elías se dirigió a los profetas de Baal:
«Elijan un novillo y prepárenlo ustedes primero, pues son más numerosos. Clamen invocando el nombre de su dios, pero no pongan fuego».
Tomaron el novillo que les dieron, lo prepararon y estuvieron invocando el nombre de Baal desde la mañana hasta el mediodía, diciendo:
«¡Baal, respóndenos!».
Mas no hubo voz ni respuesta. Brincaban en torno al altar que habían hecho.
A mediodía, Elías se puso a burlarse de ellos:
«¡Griten con voz más fuerte, porque él es dios, pero tendrá algún negocio, le habrá ocurrido algo, estará de camino; tal vez esté dormido y despertará!».
Entonces gritaron con voz más fuerte, haciéndose incisiones con cuchillos y lancetas hasta chorrear sangre por sus cuerpos según su costumbre.
Pasado el mediodía, entraron en trance hasta la hora de presentar las ofrendas, pero no hubo voz, no hubo quien escuchara ni quien respondiese.
Elías dijo a todo el pueblo:
«Acérquense a mí», y todo el pueblo se acercó a él. Entonces se puso a restaurar el altar del Señor, que había sido demolido. Tomó Elías doce piedras según el número de tribus de los hijos de Jacob, al que se había dirigido esta palabra del Señor:
«Tu nombre será Israel».
Erigió con las piedras un altar al nombre del Señor e hizo alrededor una zanja de una capacidad de un par de arrobas de semilla. Luego dispuso leña, descuartizó el novillo y lo colocó encima.
«Llenen de agua cuatro tinajas y derrámenla sobre el holocausto
y sobre la leña», ordenó y así lo hicieron.
Pidió:
«Háganlo por segunda vez»; y por segunda vez lo hicieron.
«Háganlo por tercera vez» y una tercera vez lo hicieron.
Corrió el agua alrededor del altar, e incluso la zanja se llenó a rebosar.
A la hora de la ofrenda, el profeta Elías se acercó y comenzó a decir:
«Señor, Dios de Abrahán, de Isaac y de Israel, que se reconozca hoy que tú eres Dios en Israel, que yo soy tu servidor y que por orden tuya he obrado todas estas cosas. Respóndeme, Señor, respóndeme, para que este pueblo sepa que tú, Señor, eres Dios y que has convertido sus corazones».
Cayó el fuego del Señor que devoró el holocausto y la leña, lamiendo el agua de las zanjas.
Todo el pueblo lo vio y cayeron rostro en tierra, exclamando:
«¡El Señor es Dios. El Señor es Dios!».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 15, 1b-2a. 4. 5 y 8. 11 (R.: 1b)

R. Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti.

V. Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti.
Yo digo al Señor: «Tú eres mi Dios». 
R.

V. Se multiplican las desgracias
de quienes van tras dioses extraños;
yo no derramaré sus libaciones con mis manos,
ni tomaré sus nombres en mis labios.
 R.

V. El Señor es el lote de mi heredad y mi copa,
mi suerte está en tu mano.
Tengo siempre presente al Señor,
con él a mi derecha no vacilaré. 
R.

V. Me enseñarás el sendero de la vida,
me saciarás de gozo en tu presencia,
de alegría perpetua a tu derecha. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Dios mío, instrúyeme en tus sendas, haz que camine con lealtad. R.

 

Evangelio

Mt 5, 17-19

No he venido a abolir, sino a dar plenitud

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«No crean que he venido a abolir la Ley y los Profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud.
En verdad les digo que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley.
El que se salte uno solo de los preceptos menos importantes y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos.
Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el reino de los cielos».

Palabra del Señor.

 

1

 

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de hoy nos invita a volver al centro, a no vivir la fe a medias, a no tener el corazón dividido.

En la primera lectura, el profeta Elías se enfrenta a una situación muy dolorosa: el pueblo de Israel quiere servir a Dios, pero también quiere servir a los ídolos. Por eso Elías les lanza una pregunta fuerte: “¿Hasta cuándo van a andar cojeando con los dos pies?” Es decir: ¿hasta cuándo vivirán indecisos, queriendo agradar a Dios y al mismo tiempo dejando que otros dioses ocupen su corazón?

El monte Carmelo se convierte en el lugar de una gran prueba. Los profetas de Baal invocan a su dios, gritan, se agitan, pero no hay respuesta. En cambio, Elías ora con confianza al Dios de Abraham, de Isaac y de Israel. No hace espectáculo, no manipula, no presume. Simplemente clama al Señor, y Dios responde con fuego. Entonces el pueblo reconoce: “¡El Señor es el Dios verdadero!”

Esta lectura nos recuerda que la fe no puede ser una decoración de la vida. Dios no quiere ocupar un rincón pequeño de nuestra existencia; Él quiere ser el centro. Cuando Dios está en el centro, todo encuentra su lugar: nuestras alegrías, nuestras luchas, nuestras enfermedades, nuestras familias, nuestros trabajos, nuestras decisiones.

El salmo lo expresa con palabras muy bellas: “Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti”. Esa es la oración de quien ha descubierto que fuera de Dios no hay bien verdadero. El salmista no pone su seguridad en los ídolos, ni en falsas promesas, ni en poderes humanos. Dice: “El Señor es el lote de mi heredad y mi copa”. Dicho de otra manera: Señor, Tú eres mi riqueza, mi descanso, mi apoyo, mi camino.

Y en el Evangelio, Jesús nos dice: “No crean que he venido a abolir la Ley o los Profetas; no he venido a abolir, sino a dar plenitud”. Jesús no viene a borrar lo que Dios había sembrado en la historia de su pueblo. Viene a llevarlo a su cumplimiento. Él nos enseña que la voluntad de Dios no es una carga fría, sino un camino de vida.

Por eso añade que no desaparecerá de la Ley ni una iota, ni el signo más pequeño. La iota era una letra pequeñísima del alfabeto griego. Jesús quiere decirnos que para Dios nada es insignificante. Ningún gesto de amor es pequeño. Ninguna oración sincera se pierde. Ninguna lágrima ofrecida con fe queda olvidada. Ningún enfermo es invisible a los ojos del Padre.

Y esto nos ilumina mucho en la intención de hoy, cuando oramos por nuestros enfermos. A veces la enfermedad hace sentir a la persona débil, limitada, dependiente, como si ya no pudiera aportar mucho. Pero el Evangelio nos recuerda lo contrario: ante Dios, lo pequeño tiene valor; lo frágil tiene dignidad; lo escondido puede ser profundamente fecundo.

Un enfermo que ofrece su dolor, que reza desde su cama, que conserva la esperanza, que une su sufrimiento al de Cristo, está participando misteriosamente en la obra de la salvación. Quizás el mundo no lo vea, pero Dios sí lo ve. Quizás parezca una “iota”, algo pequeño, silencioso, humilde; pero a los ojos de Dios tiene un valor inmenso.

También nosotros podemos preguntarnos: ¿cuáles son los ídolos que a veces quieren ocupar el lugar de Dios en mi vida? ¿La comodidad? ¿El orgullo? ¿El dinero? ¿La fama? ¿La autosuficiencia? ¿El miedo? Como Elías al pueblo, la Palabra nos invita a decidirnos: si el Señor es Dios, sigámoslo.

Y seguirlo no es solo hacer cosas grandes. Es también cuidar los pequeños detalles: una palabra amable, una visita a un enfermo, una llamada a quien está solo, una oración hecha con fe, una corrección hecha con amor, una fidelidad silenciosa en medio de las pruebas.

Pidamos hoy al Señor que purifique nuestro corazón de todo ídolo, que nos enseñe a vivir su voluntad con amor y que fortalezca a todos nuestros enfermos. Que ellos sientan que no están solos, que su vida sigue siendo preciosa, que su dolor unido a Cristo tiene sentido, y que Dios no olvida ni siquiera la más pequeña “iota” de amor ofrecida en silencio.

Amén.

 

2

 

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de este miércoles nos pone delante de una pregunta decisiva: ¿quién ocupa realmente el centro de nuestra vida?

En la primera lectura, el profeta Elías se dirige al pueblo de Israel con una frase fuerte: “¿Hasta cuándo van a estar cojeando con los dos pies?” El pueblo quería servir al Señor, pero al mismo tiempo se dejaba seducir por Baal. Querían tener a Dios, pero también querían tener otros apoyos, otros dioses, otras seguridades.

Esa escena del monte Carmelo no es solo un episodio antiguo. También habla de nosotros. Muchas veces decimos creer en Dios, pero en la práctica ponemos nuestra confianza en otros “baales”: el dinero, el prestigio, la comodidad, la autosuficiencia, el poder, la imagen, la opinión de los demás. Y entonces el corazón queda dividido. Creemos, pero no del todo; confiamos, pero con reservas; rezamos, pero seguimos buscando salvaciones falsas.

Elías no vence con espectáculo humano. Los profetas de Baal gritan, se agitan, hacen ruido, pero no hay respuesta. Elías, en cambio, ora con fe sencilla. Y Dios responde. El fuego del Señor baja sobre el sacrificio, y el pueblo reconoce: “¡El Señor es el Dios verdadero!”

Ese fuego de Dios no viene para destruirnos, sino para purificar nuestro corazón, para quemar nuestros ídolos, para devolvernos a la verdad. La fe no consiste en añadir a Dios como un adorno más de la vida. La fe es dejar que Dios sea Dios en nosotros.

Por eso el salmo nos ofrece una oración preciosa: “Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti”. Es la oración de quien ha aprendido que solo en Dios hay descanso verdadero. “El Señor es el lote de mi heredad y mi copa”, dice el salmista. Es decir: Señor, Tú eres mi riqueza, mi seguridad, mi camino y mi alegría.

Y en el Evangelio, Jesús nos dice: “No crean que he venido a abolir la Ley o los Profetas; no he venido a abolir, sino a dar plenitud”. Jesús no viene a borrar la historia de la salvación, sino a llevarla a su cumplimiento. Todo lo que Dios había prometido, preparado y anunciado encuentra en Cristo su sentido definitivo.

La Ley y los Profetas apuntaban hacia Él. Las promesas hechas a Abraham, las palabras de los profetas, el cordero pascual, el templo, los sacrificios, la alianza, todo encuentra su plenitud en Jesús. Él es el verdadero Cordero de Dios. Él es el nuevo y eterno Sacerdote. Él es el sacrificio perfecto ofrecido en la cruz y actualizado sacramentalmente en cada Eucaristía.

Por eso, cuando venimos a la Misa, no asistimos simplemente a una ceremonia religiosa. Entramos en el corazón mismo de la historia de la salvación. Aquí se hace presente el sacrificio de Cristo. Aquí las promesas de Dios se vuelven alimento, gracia y vida para nosotros. Aquí comprendemos que la Ley nueva no está escrita solo en tablas de piedra, sino en el corazón transformado por el amor.

Jesús lleva la Ley a su plenitud porque no se conforma con una obediencia exterior. Él quiere llegar al corazón. No basta con “no matar”; hay que vencer el odio, la rabia, el resentimiento. No basta con cumplir por fuera; hay que amar de verdad. No basta con parecer buenos; hay que dejar que la gracia nos haga nuevos por dentro.

Y aquí podemos unir la intención de hoy por nuestros enfermos. La enfermedad muchas veces nos hace tocar nuestra fragilidad. Cuando llega el dolor, cuando el cuerpo se debilita, cuando aparecen el miedo, la incertidumbre o la soledad, caen muchas falsas seguridades. En esos momentos se revela dónde está realmente nuestro refugio.

Por eso hoy oramos por nuestros enfermos, para que puedan decir con el salmista: “Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti”. Que el Señor sea su fortaleza en la debilidad, su paz en la angustia, su compañía en la soledad y su esperanza en medio de la prueba.

Y también oramos para que, unidos a Cristo, descubran que su sufrimiento no es inútil. En la cruz de Jesús, todo dolor ofrecido con fe puede convertirse en oración, en purificación, en intercesión, en amor. El enfermo que une su vida a Cristo participa misteriosamente de esa ofrenda redentora que se hace presente en la Eucaristía.

Hoy la Palabra nos invita a decidirnos por Dios sin medias tintas. Como en el monte Carmelo, también nosotros debemos responder: si el Señor es Dios, sigámoslo. Sigámoslo no solo con palabras, sino con el corazón. No solo con ritos, sino con una vida transformada. No solo en los momentos fáciles, sino también en la enfermedad, en la cruz, en la espera y en la noche.

Pidamos al Señor que purifique nuestros corazones de todo ídolo, que nos enseñe a vivir la plenitud del amor, y que en cada Eucaristía encontremos a Cristo, cumplimiento de toda promesa, refugio de los débiles, salud de los enfermos y alimento de vida eterna.

Amén.

 


lunes, 8 de junio de 2026

9 de junio del 2026: martes de la décima semana del Tiempo Ordinario-II

 

Aunque vacilante, nuestra luz brilla

(Mateo 5, 13-16) La luz que llevamos —la luz de la fe— a menudo tiene muchas dificultades para iluminar nuestras propias existencias y nuestros caminos de vida. ¿Cómo podría entonces llegar a ser “luz del mundo” y “brillar delante de los hombres”? El Señor, por su parte, no se detiene en nuestras prevenciones cuando nos llama al testimonio: esta luz que nos ha sido confiada no es solamente para nosotros. Aunque sea frágil, puede ser compartida y comunicada.

Bertrand Lesoing, prêtre de la communauté Saint-Martin

 


Primera lectura

1 Re 17, 7-16
La orza de harina no se vació, según la palabra que había pronunciado el Señor por boca de Elías

Lectura del primer libro de los Reyes.


EN aquellos días, se secó el torrente donde estaba escondido Elías, pues no hubo lluvia sobre el país.
La palabra del Señor llegó entonces a Elías diciendo:
«Levántate, vete a Sarepta de Sidón y establécete, pues he ordenado a una mujer viuda de allí que te suministre alimento». Se alzó y fue a Sarepta. Traspasaba la puerta de la ciudad en el momento en el que una mujer viuda recogía por allí leña.
Elías la llamó y le dijo:
«Tráeme un poco de agua en el jarro, por favor, y beberé».
Cuando ella fue a traérsela, él volvió a gritarle:
«Tráeme, por favor, en tu mano un trozo de pan».
Ella respondió:
«Vive el Señor, tu Dios, que no me queda pan cocido; solo un puñado de harina en la orza y un poco de aceite en la alcuza. Estoy recogiendo un par de palos, entraré y prepararé el pan para mí y mi hijo, lo comeremos y luego moriremos».
Pero Elías le dijo:
«No temas. Entra y haz como has dicho, pero antes prepárame con la harina una pequeña torta y tráemela. Para ti y tu hijo la harás después. Porque así dice el Señor, Dios de Israel:
“La orza de harina no se vaciará
la alcuza de aceite no se agotará
hasta el día en que el Señor conceda
lluvias sobre la tierra”».
Ella se fue y obró según la palabra de Elías, y comieron él, ella y su familia.
Por mucho tiempo la orza de harina no se vació ni la alcuza de aceite se agotó, según la palabra que había pronunciado el Señor por boca de Elías.

Palabra de Dios.


Salmo

Sal 4, 2-3. 4-5. 7-8 (R.: cf. 7b)

R. Haz brillar sobre nosotros, Señor,
la luz de tu rostro.


V. Escúchame cuando te invoco, Dios de mi justicia;
tú que en el aprieto me diste anchura,
ten piedad de mí y escucha mi oración.
Y ustedes, ¿hasta cuándo ultrajarán mi honor,
amarán la falsedad y buscarán el engaño?
 R.

V. Sépanlo: el Señor hizo milagros en mi favor,
y el Señor me escuchará cuando lo invoque.
Tiemblen y no pequen,
reflexionen en el silencio de su lecho.
 R.

V. Hay muchos que dicen: «¿Quién nos hará ver la dicha,
si la luz de tu rostro ha huido de nosotros?».
Pero tú, Señor, has puesto en mi corazón más alegría
que si abundara en su trigo y en su vino. 
R.


Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Brille así su luz ante los hombres, para que vean sus buenas obras y den gloria a su Padre. R.


Evangelio

Mt 5, 13-16

Ustedes son la luz del mundo

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán?
No sirve más que para tirarla y que la pise la gente.
Ustedes son la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte.
Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa.
Brille así su luz ante los hombres, para que vean sus buenas obras y den gloria a su Padre que está en los cielos».

Palabra del Señor.

 

1

 

Queridos hermanos y hermanas:

La Palabra de Dios de este martes nos pone delante tres imágenes muy sencillas, pero profundamente iluminadoras: un poco de harina y aceite en manos de una viuda pobre; una luz que no debe esconderse; y un salmo que, en medio de la angustia, proclama: “Tú, Señor, has puesto en mi corazón más alegría que si abundara en trigo y en vino”.

La primera lectura nos presenta al profeta Elías en un momento de sequía, de hambre, de escasez. Dios lo envía a Sarepta, a territorio extranjero, y allí lo espera una viuda. Pero no una viuda rica, no una mujer con la despensa llena, no alguien que pueda ayudar cómodamente desde lo que le sobra. Es una mujer pobre, casi al límite de la desesperanza. Ella misma le dice al profeta que apenas tiene un puñado de harina y un poco de aceite para preparar la última comida para ella y su hijo, antes de esperar la muerte.

Y, sin embargo, allí, en esa pobreza extrema, Dios hace brotar el milagro.

Elías le pide algo humanamente difícil: “No temas. Prepárame primero a mí un panecillo”. A simple vista, parece una petición exigente, casi desproporcionada. Pero en realidad es una invitación a confiar. La viuda se atreve a creer. Se atreve a compartir. Se atreve a poner en manos de Dios lo poco que tiene. Y entonces sucede lo que solo Dios sabe hacer: “La orza de harina no se vació, la alcuza de aceite no se agotó”.

Dios no multiplica desde la abundancia egoísta, sino desde la pobreza ofrecida. Dios no necesita grandes riquezas para realizar grandes milagros. Le basta un corazón disponible, una mano abierta, una fe que se atreva a compartir aun cuando no lo tiene todo asegurado.

Esta mujer de Sarepta puede ayudarnos hoy a pensar en nuestros benefactores. Muchas veces, cuando hablamos de benefactores, imaginamos solamente personas que ayudan porque les sobra. Pero no siempre es así. Hay benefactores que dan desde su pobreza, desde su salario modesto, desde su tiempo escaso, desde sus cansancios, desde su silencio, desde su oración escondida. Hay benefactores que no aparecen en fotos, que no reciben aplausos, que no hacen ruido, pero sostienen la obra de Dios con fidelidad.

Hay quienes ayudan económicamente; otros ofrecen alimentos, servicios, transporte, trabajo, consejos, compañía, oración. Hay quienes benefician a la Iglesia con una limosna, y hay quienes la benefician con una palabra de ánimo. Hay quienes sostienen una comunidad no solo con dinero, sino con presencia, con paciencia y con amor.

Por eso hoy oramos por ellos. Por los que ayudan mucho y por los que ayudan poco, pero ayudan con corazón sincero. Por los que dan desde la abundancia y por los que, como la viuda de Sarepta, comparten incluso cuando también ellos tienen necesidades. Que el Señor no deje vaciar su harina ni agotarse su aceite. Que nunca les falte el pan de cada día, la salud necesaria, la paz del corazón y la alegría de saberse colaboradores de Dios.

El Evangelio continúa esta misma enseñanza, pero con otras imágenes: la sal y la luz. Jesús dice a sus discípulos: “Ustedes son la sal de la tierra… Ustedes son la luz del mundo”. No dice: “algún día serán sal”, o “cuando sean perfectos serán luz”. Lo dice en presente: “Ustedes son”.

…Nuestra luz, la luz de la fe, muchas veces es vacilante. A veces apenas logra iluminar nuestro propio camino. A veces creemos poco, oramos con dificultad, nos cansamos, nos desanimamos, sentimos que nuestra fe es pequeña, que nuestra esperanza parpadea como una vela en medio del viento.

Pero el Señor no espera que nuestra luz sea perfecta para pedirnos que iluminemos. No espera que estemos libres de heridas para convertirnos en testigos. No espera que tengamos todas las respuestas para enviarnos a servir. La luz que hemos recibido no es solo para nosotros. Aunque sea frágil, aunque tiemble, aunque parezca pequeña, puede iluminar a otros.

Una vela pequeña puede romper una gran oscuridad. Una palabra sencilla puede levantar un corazón caído. Un gesto generoso puede devolver esperanza. Una visita, una llamada, una ayuda oportuna, una oración hecha con amor, pueden convertirse en luz de Dios para alguien que está atravesando la noche.

Eso hacen los benefactores: muchas veces no predican con discursos, pero predican con obras. No siempre hablan de Dios con palabras, pero muestran a Dios con su generosidad. Son sal cuando dan sabor a la vida de los demás. Son luz cuando ayudan a que una obra buena continúe. Son reflejo del Evangelio cuando no esconden el bien, sino que lo ponen al servicio de la comunidad.

Jesús advierte que la luz no se enciende para esconderla debajo de una mesa, sino para ponerla en alto. Esto no significa buscar protagonismo ni vanagloria. De hecho, Jesús dice claramente que nuestras buenas obras deben llevar a los demás a glorificar al Padre, no a glorificarnos a nosotros. La caridad cristiana no busca aplausos; busca que Dios sea amado. No pretende que digan “qué bueno soy”, sino que otros puedan decir: “qué bueno es Dios”.

Ahí está la diferencia entre la generosidad mundana y la generosidad evangélica. La primera busca reconocimiento. La segunda busca servir. La primera se exhibe. La segunda ilumina. La primera puede alimentar el ego. La segunda glorifica al Padre.

El salmo de hoy nos ayuda a completar esta reflexión. El salmista clama: “Escúchame cuando te invoco, Dios de mi justicia”. Es la oración de quien sabe que necesita a Dios. Pero también es la oración de quien descubre una alegría más profunda que la abundancia material: “Tú has puesto en mi corazón más alegría que si abundara en trigo y en vino”.

Es una frase preciosa para este día en que oramos por los benefactores. Porque quien da con amor descubre una alegría que no depende de acumular. Hay una alegría que no nace de tener más, sino de compartir mejor. Hay una alegría que no se compra, sino que brota cuando uno sabe que su vida ha servido para bendecir a alguien.

Quizá por eso la viuda de Sarepta no perdió al compartir; al contrario, encontró vida. Quizá por eso el que ayuda de corazón no queda más pobre, sino más lleno de Dios. La lógica del Evangelio no siempre coincide con la lógica del mundo. El mundo dice: “Guarda para que no te falte”. Dios dice: “Comparte y descubrirás que mi providencia no se agota”.

Esto no significa actuar con irresponsabilidad, sino vivir con confianza. No se trata de dar por presión, sino por amor. No se trata de ayudar para quedar bien, sino porque hemos entendido que todo lo que somos y tenemos viene de Dios y está llamado a convertirse en bendición para otros.

Queridos hermanos, hoy la Palabra nos invita a revisar nuestra propia luz. Tal vez nos sentimos pequeños, cansados, limitados. Tal vez nuestra fe no siempre brilla con fuerza. Pero no escondamos la luz que Dios nos ha dado. No digamos: “yo no puedo ayudar”, “yo no tengo nada que ofrecer”, “mi aporte no vale”. En el Reino de Dios, un puñado de harina puede alimentar la esperanza; un poco de aceite puede sostener la vida; una pequeña luz puede romper la oscuridad.

Pidamos hoy por todos nuestros benefactores. Que el Señor les recompense su generosidad. Que bendiga sus familias, sus trabajos, sus proyectos, sus luchas y sus necesidades. Que cada gesto de bien que han sembrado vuelva a ellos convertido en paz, consuelo y gracia.

Y pidamos también que nosotros aprendamos a ser benefactores unos de otros. Que seamos sal que conserva el sabor del Evangelio en un mundo a veces insípido de amor. Que seamos luz que no humilla, sino que orienta; luz que no encandila, sino que acompaña; luz que no se presume, sino que sirve.

Aunque nuestra luz sea vacilante, puede brillar. Aunque nuestra fe sea pequeña, puede sostener a otros. Aunque tengamos poco, si lo ponemos en manos de Dios, puede alcanzar para mucho.

Que María, mujer humilde y luminosa, nos enseñe a dar sin ruido, a servir sin vanidad y a confiar siempre en la providencia del Señor. Amén.

 

2

 

Queridos hermanos y hermanas:

En el Evangelio de hoy, Jesús nos dice una palabra muy grande y, al mismo tiempo, muy exigente: “Ustedes son la luz del mundo”. No dice simplemente: “procuren ser luz”, sino “ustedes son”. Es decir, quien ha recibido la fe, quien ha sido tocado por Cristo, lleva dentro una luz que no puede quedar escondida.

Pero esa luz no nace de nosotros. Jesús es la verdadera Luz del mundo. Nosotros brillamos en la medida en que dejamos que Él ilumine nuestra vida. Por eso, ser luz no significa aparentar perfección, ni creernos mejores que los demás. Ser luz significa permitir que la presencia de Dios se transparente en nuestras palabras, en nuestras obras, en nuestra manera de tratar a los demás, en nuestra capacidad de servir, perdonar, consolar y levantar al caído.

La primera lectura nos muestra esta luz en un gesto sencillo y humilde. La viuda de Sarepta no tenía casi nada: apenas un poco de harina y un poco de aceite. Sin embargo, se fía de la palabra del profeta Elías y comparte lo poco que tiene. En medio de la escasez, ella deja brillar la luz de la confianza. Y Dios responde con abundancia: la harina no se acaba y el aceite no se agota.

Aquí descubrimos algo importante: no se necesita tener mucho para iluminar. A veces basta un gesto pequeño hecho con fe. Una palabra de aliento, una ayuda discreta, una visita, una oración, una sonrisa, una mano tendida, pueden convertirse en luz para alguien que vive en oscuridad.

El salmo también nos habla de esa confianza profunda: “Haz brillar sobre nosotros, Señor, la luz de tu rostro”. Esa es la verdadera luz que necesitamos: no la luz de la fama, ni del orgullo, ni del aplauso humano, sino la luz del rostro de Dios. Cuando esa luz entra en el corazón, vence nuestros miedos, disipa nuestras sombras y nos da una alegría más grande que cualquier abundancia material.

Jesús nos pide que nuestra luz brille “para que vean nuestras buenas obras y den gloria al Padre”. Esa es la clave: el discípulo no brilla para atraer miradas hacia sí mismo, sino para conducir las miradas hacia Dios. Nuestras buenas obras no deben alimentar la vanidad, sino despertar la fe. No deben decir: “miren qué bueno soy”, sino: “miren qué bueno es Dios”.

Hoy pidamos al Señor que ilumine nuestras oscuridades interiores: nuestros egoísmos, cansancios, miedos y desánimos. Y pidámosle también que nos convierta en lámparas humildes de su amor. Que, como la viuda de Sarepta, sepamos compartir aun lo poco. Que, como el salmista, busquemos la luz del rostro de Dios. Y que, como discípulos de Jesús, no escondamos la fe, sino que la hagamos visible en obras concretas de amor.

Porque una vida iluminada por Cristo siempre termina iluminando a los demás. Amén.

 

8 de junio del 2026: lunes de la décima semana del tiempo ordinario-II

 

El arte y la manera

(Mateo 5, 1-12) Una página magnífica del Evangelio. Pero precisamente por eso… ¿no será un poco demasiado hermosa para ser verdadera? ¿Una especie de dulce sueño, condenado tarde o temprano a chocar con la dura realidad?

La expresión “por causa de mí” quizá nos ofrece una clave de lectura. La felicidad no viene, ante todo, de lo que vivimos y hacemos, sino de la manera como lo vivimos y lo hacemos: “por causa de Él”, el Señor Jesús; es decir, para Él, con Él y en Él.

Bertrand Lesoing, prêtre de la communauté Saint-Martin

 


Primera lectura

1 Re 17, 1-6
Elías sirve al Señor, Dios de Israel

Lectura del primer libro de los Reyes.

EN aquellos días, Elías, el tesbita, de Tisbé de Galaad, dijo a Ajab:
«Vive el Señor, Dios de Israel, ante quien sirvo, que no habrá en estos años rocío ni lluvia si no es por la palabra de mi boca».
La palabra del Señor llegó a Elías diciendo:
«Sal de aquí, dirígete hacia oriente y escóndete en el torrente de Querit, frente al Jordán. Habrás de beber sus aguas y he ordenado a los cuervos que allí te suministren alimento».
Fue a establecerse en el torrente de Querit, frente al Jordán, procediendo según la palabra del Señor.
Los cuervos le llevaban pan y carne por la mañana y lo mismo al atardecer; y bebía del torrente.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 120, 1bc-2. 3-4. 5-6. 7-8 (R.: cf. 2)

R. Nuestro auxilio es el nombre del Señor,
que hizo el cielo y la tierra.


V. Levanto mis ojos a los montes:
¿de dónde me vendrá el auxilio?
El auxilio me viene del Señor,
que hizo el cielo y la tierra.
 R.

V. No permitirá que resbale tu pie,
tu guardián no duerme;
no duerme ni reposa
el guardián de Israel. 
R.

V. El Señor te guarda a su sombra,
está a tu derecha;
de día el sol no te hará daño,
ni la luna de noche. 
R.

V. El Señor te guarda de todo mal,
él guarda tu alma;
el Señor guarda tus entradas y salidas,
ahora y por siempre. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Alégrense y regocíjense, porque su recompensa será grande en el cielo. R.

 

Evangelio

Mt 5, 1-12

Bienaventurados los pobres en el espíritu

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos; y, abriendo su boca, les enseñaba diciendo:
«Bienaventurados los pobres en el espíritu,
porque de ellos es el reino de los cielos.
Bienaventurados los mansos,
porque ellos heredarán la tierra.
Bienaventurados los que lloran,
porque ellos serán consolados.
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia,
porque ellos quedarán saciados.
Bienaventurados los misericordiosos,
porque ellos alcanzarán misericordia.
Bienaventurados los limpios de corazón,
porque ellos verán a Dios.
Bienaventurados los que trabajan por la paz,
porque ellos serán llamados hijos de Dios.
Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia,
porque de ellos es el reino de los cielos.
Bienaventurados ustedes cuando los insulten y los persigan y los calumnien de cualquier modo por mi causa. Alégrense y regocíjense, porque su recompensa será grande en el cielo, que de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a ustedes».

Palabra del Señor.

 

 

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Queridos hermanos:

Hoy la Palabra de Dios nos pone ante dos escenas muy distintas, pero profundamente unidas por un mismo mensaje: Dios no abandona a quienes ponen su confianza en Él.

En la primera lectura, del primer libro de los Reyes, aparece el profeta Elías en un momento difícil. El país vive una crisis, una sequía, una situación de hambre y amenaza. Elías no tiene seguridades humanas. No tiene despensa llena, no tiene un plan cómodo, no tiene garantías visibles. Pero tiene una palabra de Dios: “Vete de aquí… escóndete junto al torrente… beberás del torrente y he mandado a los cuervos que te lleven alimento”.

Es una imagen fuerte y bella: Dios sostiene a su profeta en medio de la precariedad. No lo libra mágicamente de toda dificultad, pero le da lo necesario para seguir viviendo. Le da agua, pan, carne, refugio. Le da, sobre todo, la certeza de que no está solo.

Y el salmo responde con una profesión de confianza:
“El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra”.

Cuántas veces también nosotros levantamos los ojos a los montes y nos preguntamos: ¿de dónde vendrá mi ayuda? ¿De dónde vendrá la fuerza para soportar esta enfermedad, esta pérdida, esta tristeza, esta soledad, esta preocupación familiar, esta incertidumbre? Y la fe nos responde: el auxilio viene del Señor. Él no duerme. Él no se desentiende. Él guarda nuestra entrada y nuestra salida. Él cuida nuestra vida.

Esta certeza ilumina de manera especial la intención de hoy: oramos por nuestros difuntos. Al recordarlos, quizás sentimos nostalgia, vacío, lágrimas. Pero no los recordamos como quienes han desaparecido en la nada. Los confiamos al Dios que guarda la vida. Los ponemos en manos del Señor que no abandona a sus hijos ni siquiera cuando atraviesan el umbral de la muerte.

Para la mirada cristiana, la muerte no tiene la última palabra. La última palabra la tiene Dios. La última palabra la tiene Cristo resucitado. Por eso, al orar por nuestros difuntos, decimos con fe: “Señor, si en esta vida ellos confiaron en Ti, si lucharon, si amaron, si sufrieron, si también tuvieron fragilidades y pecados, recíbelos ahora en tu misericordia”.

El Evangelio nos presenta hoy las Bienaventuranzas. Y el comentario que hemos escuchado nos ayuda a entrar en ellas con una pregunta muy humana: ¿no serán demasiado bellas para ser verdaderas? “Felices los pobres de espíritu… felices los que lloran… felices los mansos… felices los que tienen hambre y sed de justicia… felices los misericordiosos… felices los limpios de corazón… felices los que trabajan por la paz… felices los perseguidos por causa de la justicia”.

A primera vista, pareciera que Jesús está hablando de un mundo ideal, muy lejano de nuestra realidad. Porque nosotros vemos que los pobres sufren, que los que lloran no siempre son consolados pronto, que los mansos a veces son pisoteados, que los justos son perseguidos, que los misericordiosos pueden ser tratados como ingenuos, que los limpios de corazón pueden parecer débiles en un mundo astuto y calculador.

Pero Jesús no está pronunciando frases bonitas para decorar una pared. Jesús está revelando el corazón del Reino de Dios. Nos está diciendo dónde se encuentra la verdadera felicidad. Y esa felicidad no depende primero de tenerlo todo resuelto, ni de vivir sin lágrimas, ni de no tener problemas. Depende de vivirlo todo con Él, por Él y en Él.

Ahí está la clave: “por mi causa”. Jesús no bendice el sufrimiento por el sufrimiento. No dice que llorar sea agradable, ni que pasar hambre sea bueno, ni que ser perseguido sea deseable. Lo que Jesús proclama es que, cuando una persona vive unida a Dios, incluso las situaciones más difíciles pueden convertirse en camino de salvación, de purificación, de esperanza y de vida eterna.

Elías, junto al torrente, no era feliz porque estuviera escondido, amenazado y en tiempos de hambre. Era sostenido porque estaba obedeciendo a Dios. Los pobres de espíritu no son felices porque carezcan de seguridades, sino porque han puesto su riqueza en Dios. Los que lloran no son felices porque lloren, sino porque Dios promete consolarlos. Los perseguidos no son felices porque los maltraten, sino porque su fidelidad a Cristo tiene un valor eterno.

Aquí hay una enseñanza muy importante para nuestra vida: la felicidad cristiana no consiste en que todo nos salga bien, sino en que todo lo vivamos unidos al Señor.

Hay personas que tienen mucho y viven vacías. Hay personas que poseen comodidades y no tienen paz. Hay personas que aparentemente triunfan y, sin embargo, llevan el alma seca. Y también hay personas sencillas, enfermas, pobres, ancianas, viudas, campesinas, madres sacrificadas, trabajadores humildes, servidores silenciosos, que poseen una luz especial porque viven mirando a Dios. No se explican por lo que tienen. Se explican por Aquel en quien confían.

Las Bienaventuranzas nos enseñan el arte y la manera de vivir. No basta vivir; hay que saber para quién vivimos. No basta sufrir; hay que saber con quién cargamos la cruz. No basta hacer cosas buenas; hay que hacerlas con un corazón unido a Cristo. No basta ser religiosos por costumbre; hay que dejar que el Evangelio transforme nuestra manera de mirar, de actuar, de sufrir, de amar y de esperar.

Y esto tiene mucho que decirnos cuando oramos por los difuntos. Porque al final de la vida no nos llevamos cargos, títulos, casas, dinero, prestigio ni aplausos. Al final de la vida nos llevamos el amor que dimos, la fe que guardamos, el perdón que ofrecimos, la misericordia que practicamos, las lágrimas que pusimos en manos de Dios, las cruces que cargamos con esperanza.

Quizás muchos de nuestros difuntos no fueron famosos, no aparecieron en grandes noticias, no tuvieron reconocimientos públicos. Pero pudieron haber vivido las bienaventuranzas en lo escondido: una madre que lloró y siguió amando; un padre que trabajó con sacrificio; un abuelo que rezaba en silencio; una hermana que perdonó; un amigo que ayudó sin hacer ruido; un enfermo que ofreció su dolor; un pobre que compartió lo poco que tenía.

Para el mundo, esas vidas pueden pasar desapercibidas. Para Dios, no. Dios conoce cada lágrima. Dios recuerda cada gesto de amor. Dios no olvida la fidelidad humilde de sus hijos.

Por eso hoy pedimos: Señor, mira a nuestros difuntos con misericordia. Si tuvieron hambre y sed de justicia, sacia ahora su corazón. Si lloraron, consuélalos definitivamente. Si fueron misericordiosos, recíbelos en tu misericordia. Si buscaron la paz, introdúcelos en la paz eterna. Si fueron pobres de espíritu, dales el Reino de los cielos.

Y para nosotros, que todavía caminamos, la Palabra nos deja una invitación clara: vivamos de tal manera que nuestra vida sea bienaventurada, no según los criterios del mundo, sino según el corazón de Cristo.

Cuando tengamos que atravesar sequías interiores, recordemos a Elías: Dios puede alimentar nuestra esperanza aun en el desierto.

Cuando sintamos miedo, repitamos el salmo: “El auxilio me viene del Señor”.

Cuando lloremos a nuestros seres queridos, miremos a Cristo resucitado y digamos: ellos están en tus manos, Señor.

Cuando nos preguntemos dónde está la verdadera felicidad, volvamos al monte de las Bienaventuranzas y escuchemos a Jesús: felices los que viven para Dios, felices los que no pierden la esperanza, felices los que aman sin cálculo, felices los que hacen de su vida una ofrenda.

Hermanos, que esta Eucaristía nos ayude a vivir así: para Cristo, con Cristo y en Cristo. Y que nuestros difuntos, por la misericordia del Señor, participen ya de la bienaventuranza eterna, donde no habrá más llanto, ni dolor, ni muerte, sino la alegría plena de ver a Dios cara a cara.

Amén.

 

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