jueves, 26 de febrero de 2026

27 de febrero del 2026: viernes de la primera semana de Cuaresma

 

¿Por dónde empezar?

(Mateo 5,20-26) Enojarse, insultar, guardar rencor debilita nuestras relaciones y nos aleja del Reino. “Quien no peca con palabras es capaz ya de dominar todo su cuerpo”, nos recuerda santa Teresita del Niño Jesús.

La vida auténtica comienza por el perdón y la reconciliación, antes de toda ofrenda.

¿Nos tomamos el tiempo de reparar nuestros vínculos o dejamos que la ira vaya minando nuestra vida?

Jean-Paul Musangania, prêtre assomptionniste

 


Primera lectura

Lectura de la profecía de Ezequiel (18,21-28):

ESTO dice el Señor Dios:
«Si el malvado se convierte de todos los pecados cometidos y observa todos mis preceptos, practica el derecho y la justicia, ciertamente vivirá y no morirá. No se tendrán en cuenta los delitos cometidos; por la justicia que ha practicado, vivirá. ¿Acaso quiero yo la muerte del malvado —oráculo del Señor Dios—, y no que se convierta de su conducta y viva?
Si el inocente se aparta de su inocencia y comete maldades, como las acciones detestables del malvado, ¿acaso podrá vivir? No se tendrán en cuenta sus obras justas. Por el mal que hizo y por el pecado cometido, morirá.
Insistis: No es justo el proceder del Señor. Escuchad, casa de Israel: ¿Es injusto mi proceder? ¿No es más bien vuestro proceder el que es injusto?
Cuando el inocente se aparta de su inocencia, comete la maldad y muere, muere por la maldad que cometió. Y cuando el malvado se convierte de la maldad que hizo y practica el derecho y la justicia, él salva su propia vida. Si recapacita y se convierte de los delitos cometidos, ciertamente vivirá y no morirá».


Palabra de Dios

 

 

Salmo

Sal 129,1-2.3-4.5-7a.7bc-8


R/.
 Si llevas cuenta de los delitos, Señor,
¿quién podrá resistir?



V/. Desde lo hondo a ti grito, Señor;
Señor, escucha mi voz;
estén tus oídos atentos
a la voz de mi súplica. R/.

V/. Si llevas cuenta de los delitos, Señor,
¿quién podrá resistir?
Pero de ti procede el perdón,
y así infundes temor. R/.

V/. Mi alma espera en el Señor,
espera en su palabra;
mi alma aguarda al Señor,
más que el centinela la aurora.
Aguarde Israel al Señor,
como el centinela la aurora. R/.


V/. Porque del Señor viene la misericordia,
la redención copiosa;
y el redimirá a Israel
de todos sus delitos. R/.

 

 

Lectura del santo evangelio según san Mateo (5,20-26):

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos.
Habéis oído que se dijo a los antiguos: “No matarás”, y el que mate será reo de juicio. Pero yo os digo: todo el que se deja llevar de la cólera contra su hermano será procesado. Y si uno llama a su hermano “imbécil” tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama “necio”, merece la condena de la “gehena” del fuego.
Por tanto, si cuando vas a presentar tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda.
Con el que te pone pleito procura arreglarte enseguida, mientras vais todavía de camino, no sea que te entregue al juez y el juez al alguacil, y te metan en la cárcel. En verdad te digo que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último céntimo».

Palabra del Señor

 

1

 

Hermanos y hermanas, en esta Cuaresma el Señor nos hace una pregunta muy concreta: ¿por dónde empezar de verdad? A veces pensamos que empezar es “hacer más cosas”: más sacrificios, más rezos, más promesas. Y todo eso puede ser hermoso. Pero hoy Jesús nos lleva al inicio más decisivo: empezar por sanar el corazón y las relaciones, porque ahí se juega la verdad de nuestra fe.

1) Dios no se complace en la caída: quiere la vida (Ezequiel 18)

En la primera lectura, el profeta Ezequiel nos presenta el rostro verdadero de Dios: un Dios que no se cansa de abrir la puerta del regreso. Si el malvado se convierte, vive; si el justo se tuerce, muere. No es una contabilidad fría: es una llamada seria a la libertad.
Dios no dice: “ya es tarde”; Dios dice: “vuelve”. Y eso es medicina para quien lleva culpas antiguas, para quien está cansado por dentro, para quien siente que no puede cambiar. En Cuaresma, el Señor nos recuerda: tu historia no está cerrada.

2) “Desde lo hondo a ti grito, Señor” (Salmo 130)

El salmo es el grito de los que sufren: “Desde lo profundo…”. Hay profundidades del cuerpo (dolor, enfermedad, cansancio) y hay profundidades del alma (ansiedad, tristeza, soledad, culpa, rencores). Y el salmo no niega esa noche; la ora.
Y añade algo precioso: “si llevas cuenta de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir? Pero de ti procede el perdón”. O sea: el perdón no es un premio para los perfectos; es el clima donde el corazón vuelve a respirar.

3) Jesús va a la raíz: la violencia empieza en el corazón (Mt 5,20-26)

En el Evangelio, Jesús eleva el listón: “si tu justicia no es mayor…”. ¿Mayor que cuál? Mayor que una justicia de apariencia, de cumplimiento externo. Jesús no se queda solo en el “no matarás”; va al origen: la ira que se instala, el insulto que humilla, el rencor que se cocina a fuego lento.
Y aquí viene una frase que golpea con ternura: antes de presentar la ofrenda, reconcíliate. Como si Jesús dijera: “No me traigas flores al altar mientras mantienes espinas en el corazón”. Porque la relación con Dios y la relación con el hermano no se separan: o caminan juntas, o se quiebran las dos.

Santa Teresita lo resumía con sabiduría: quien cuida las palabras, va aprendiendo a cuidar todo su ser. ¿Por qué? Porque la palabra es la punta del iceberg del corazón: cuando el corazón está herido, la boca dispara; cuando el corazón sana, la lengua deja de ser arma y se vuelve bálsamo.

4) Un paso muy humano (y muy cristiano): reparar los vínculos

El comentario preguntaba: “¿Nos tomamos el tiempo de reparar nuestros vínculos o dejamos que la ira mine nuestra vida?”
La ira sostenida mina la vida por dentro: nos roba el sueño, nos endurece el rostro, nos vuelve reactivos; y muchas veces termina enfermando también el cuerpo. Por eso hoy el Evangelio es profundamente realista: la reconciliación no es romanticismo; es higiene del alma.

Reconciliarse no siempre significa que todo se resuelve de inmediato, ni que se vuelve a lo de antes. A veces reconciliarse es:

  • dejar de alimentar el rencor (no repetir la película una y otra vez),
  • dar el primer paso humilde (“perdóname” / “me dolió” / “hablemos”),
  • buscar un puente posible (un mensaje, una conversación serena, un mediador),
  • y, en casos difíciles, también poner límites sanos sin odio.

Pero Jesús es claro: no normalices la ruptura. No te acostumbres a vivir “en guerra fría”. La Cuaresma no es solo dejar carne o dejar dulces: es dejar el veneno.

5) Intención orante: por quienes sufren en el alma y en el cuerpo

Hoy queremos poner ante el Señor a los que cargan dolores visibles e invisibles: los enfermos, los que están en duelo, los que viven con depresión o ansiedad, los que arrastran culpa, los que han sido heridos por palabras, los que no pueden perdonarse, los que viven conflictos familiares, y los que sienten el corazón agotado.
Pidamos la gracia de un corazón nuevo: que el Señor nos saque de “lo hondo” y nos devuelva a la esperanza.

6) Tres decisiones cuaresmales para hoy

1.    Revisar una relación que necesito sanar (aunque sea con un paso pequeño).

2.    Cuidar mis palabras: hoy no insulto, no ironizo para herir, no humillo.

3.    Orar el Salmo 130 cuando me suba la ira: “Señor, en ti espero”.

Que esta Eucaristía sea verdadera: no solo una ofrenda en el altar, sino una ofrenda de vida reconciliada. Y que el Señor, que no quiere la muerte del pecador sino que se convierta y viva, nos regale el milagro más grande de la Cuaresma: volver a amar. Amén.

 

2

 

1) Una anécdota que nos desnuda por dentro

Cuenta el comentario algo simpático: una esposa le pide al esposo “recógeme una libra de papas” y él, literalista, va, las levanta, las vuelve a poner en tierra y regresa sin nada: “¡Usted solo me pidió que las recogiera!”.
Nos reímos… pero la escena retrata una tentación muy humana y muy religiosa: cumplir lo mínimo y creer que ya amamos, ya obedecimos, ya somos justos. Cumplimos la “letra”, pero no el “corazón” del mandamiento.

2) “Si su justicia no es mayor…”: ¿mayor que qué?

Jesús dice: “Si su justicia no supera la de los escribas y fariseos…” (Mt 5,20).
Los fariseos no eran ateos; eran practicantes. El problema es que, muchas veces, convirtieron la Ley en un reglamento, y al corazón en un trámite. Jesús, en cambio, revela el fondo:

  • Dios no quiere solo conductas “correctas”.
  • Dios quiere un corazón “convertido”.
    Y por eso en Cuaresma el Señor nos pregunta: ¿soy creyente de apariencias o discípulo de entrañas?

3) Ezequiel: Dios abre futuro, pero no banaliza el pecado

La primera lectura (Ez 18,21-28) es clarísima: Dios no se complace en la muerte del pecador; quiere que se convierta y viva.
Pero también nos sacude: nadie se salva por “historial”, sino por la decisión real de volver. Un pasado bueno no justifica un presente torcido; y un pasado torcido no impide un presente nuevo.
Esto es esperanza pura para quien sufre por dentro: si hoy vuelvo, hoy vivo. La misericordia de Dios no es una excusa para seguir igual; es una fuerza para cambiar.

4) “Desde lo hondo”: el salmo de los que no pueden más

El Salmo 130 es la oración de quienes están en el fondo: “Desde lo hondo a ti grito, Señor…”
Hay gente que hoy está “en lo hondo” en el cuerpo (dolor, enfermedad, agotamiento) y “en lo hondo” en el alma (duelos, ansiedad, culpa, depresión, resentimiento).
Y el salmo no niega la herida: la presenta. Y añade lo decisivo:
“Pero de ti procede el perdón.”
No es solo que Dios “perdona”; es que su perdón nos devuelve el aire, nos saca del pozo, nos reordena por dentro.

5) Jesús va a la raíz: tres escalones del pecado contra el hermano

El Evangelio (Mt 5,20-26) es una cirugía espiritual. Jesús toma el “no matarás” y muestra su profundidad: antes del golpe, hay una raíz. Y esa raíz suele tener tres escalones:

a) La ira que se cultiva (interior)
Sentir una emoción no siempre es pecado; somos humanos. El problema es darle casa a la ira: rumiar, despreciar, condenar por dentro. Eso endurece el corazón y ya nos pone “en juicio”.

b) La palabra que humilla (exterior)
Cuando la ira sale por la boca, hiere la dignidad del otro. Insultar es decirle al hermano: “no vales”. Y eso es gravísimo, porque el otro tiene el rostro de hijo de Dios.

c) La condena moral (“tú eres así…”)
Lo más serio es cuando no critico un acto sino que sentencio a la persona: “eres un perdido”, “no tienes remedio”, “eres malo”. Eso es invadir el lugar de Dios, porque solo el Señor conoce el corazón y juzga con verdad y misericordia.

El pecado, muchas veces, no empieza con un gran escándalo, sino con un pensamiento de desprecio que se vuelve emoción, luego palabra, luego ruptura.

6) “Primero reconcíliate”: el orden de Dios

Jesús dice algo desconcertante: si vas a ofrecer en el altar y recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja la ofrenda y ve a reconciliarte.
No es que Jesús desprecie el culto; es que ama el culto verdadero. La Eucaristía no es maquillaje espiritual: es comunión. Y la comunión con Dios pide, al menos, el deseo sincero de reparar los vínculos.

Reconciliarse no siempre significa “volver a ser amigos como antes”. A veces significa:

  • reconocer el daño,
  • pedir perdón sin excusas,
  • ofrecer una conversación serena,
  • cortar la cadena del veneno,
  • y, cuando haga falta, poner límites sin odio.

7) Aplicación cuaresmal: ¿dónde está mi raíz?

Cuaresma no es solo “controlar actos”; es desenmascarar raíces.
Si lucho con la ira, preguntémonos con valentía:

  • ¿Qué juicio rápido estoy haciendo?
  • ¿Qué herida no he sanado?
  • ¿Qué miedo o frustración me está volviendo agresivo?
  • ¿A quién estoy castigando con mi silencio o con mis palabras?

Dios no revela la raíz para avergonzarnos, sino para sanarnos.

8) Intención orante: por quienes sufren en el alma y en el cuerpo

Hoy oramos por los enfermos y por los que cargan dolores invisibles:

  • por quienes viven “en lo hondo” de la tristeza,
  • por quienes no logran perdonarse,
  • por quienes han sido heridos por palabras y desprecios,
  • por los que viven conflictos familiares,
  • por quienes están agotados en su cuerpo y en su espíritu.

Que el Señor nos regale lo que el salmo promete: “en el Señor está la misericordia y la redención abundante”.

9) Tres decisiones concretas para hoy

1.    Ayuno de palabras hirientes (hoy no humillo, no etiqueto, no condeno).

2.    Un paso de reconciliación (un mensaje, una llamada, un “perdóname”, un “hablemos”).

3.    Confesar la raíz (en oración y, si hace falta, en el sacramento): no solo “lo que hice”, sino “lo que guardé”.

10) Oración final (en el espíritu del comentario)

Señor Jesús, manso y humilde de corazón:
arranca de mí la raíz del desprecio y del juicio apresurado.
Sana mis heridas, para que no hiera a los demás.
Pon un centinela en mi lengua y misericordia en mi mirada.
Enséñame a reconciliarme antes de ofrecerte mis dones,
para que mi fe no sea solo de letra, sino de vida.

Amén.


miércoles, 25 de febrero de 2026

26 de febrero del 2026: jueves de la primera semana de Cuaresma

 

Perseverancia y tenacidad

(Mateo 7,7-12) ¿Quién no se ha topado alguna vez con una puerta cerrada, con una oración sin respuesta? Jesús, en cambio, nos invita a no quedarnos afuera: pedir, buscar, llamar. Estos verbos nos llaman a actuar, a perseverar, a creer que Dios siempre abre, a veces de un modo distinto al que esperábamos. No se trata de esperar pasivamente, sino de buscar a Dios con fe. En esta Cuaresma, ¿hasta dónde estamos dispuestos a llegar para dejar que Dios nos abra su corazón?

Jean-Paul Musangania, prêtre assomptionniste

 


Primera lectura

Lectura del libro de Ester (14,1.3-5.12-14):

EN aquellos días, la reina Ester, presa de un temor mortal, se refugió en el Señor.
Y se postró en tierra con sus doncellas desde la mañana a la tarde, diciendo:
«¡Bendito seas, Dios de Abrahán, Dios de Isaac y Dios de Jacob! Ven en mi ayuda, que estoy sola y no tengo otro socorro fuera de ti, Señor, porque me acecha un gran peligro.
Yo he escuchado en los libros de mis antepasados, Señor, que tú libras siempre a los que cumplen tu voluntad. Ahora, Señor, Dios mío, ayúdame, que estoy sola y no tengo a nadie fuera de ti. Ahora, ven en mi ayuda, pues estoy huérfana, y pon en mis labios una palabra oportuna delante del león, y hazme grata a sus ojos. Cambia su corazón para que aborrezca al que nos ataca, para su ruina y la de cuantos están de acuerdo con él.
Líbranos de la mano de nuestros enemigos, cambia nuestro luto en gozo y nuestros sufrimientos en salvación».

Palabra de Dios

 

 

Salmo

Sal 137,1-2ª.2bc.3.7c-8

R/.
 Cuando te invoqué, me escuchaste, Señor

V/. Te doy gracias, Señor, de todo corazón,
porque escuchaste las palabras de mi boca;
delante de los ángeles tañeré para ti,
me postraré hacia tu santuario. R/.

V/. Daré gracias a tu nombre:
por tu misericordia y tu lealtad,
porque tu promesa supera tu fama.
Cuando te invoqué, me escuchaste,
acreciste el valor en mi alma. R/.

V/. Tu derecha me salva.
El Señor completará sus favores conmigo.
Señor, tu misericordia es eterna,
no abandones la obra de tus manos. R/.

 

Lectura del santo evangelio según san Mateo (7,7-12):

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá; porque todo el que pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre.
Si a alguno de vosotros le pide su hijo pan, ¿le dará una piedra?; y si le pide pescado, ¿le dará una serpiente? Pues si vosotros, aun siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡Cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que le piden!
Así, pues, todo lo que deseáis que los demás hagan con vosotros, hacedlo vosotros con ellos; pues esta es la Ley y los Profetas».

Palabra del Señor

 

 

1

 

En Cuaresma, el Señor nos educa en una fe realista: una fe que no se desmorona cuando la puerta tarda en abrirse. Porque, seamos sinceros, todos hemos vivido ese momento incómodo: “Estoy orando… y no pasa nada”. Y ahí nace la tentación: resignarnos, enfriarnos, o concluir —por cansancio— que Dios no escucha.

Hoy la Palabra viene a sanarnos justamente en ese punto.

1) Ester: cuando la oración nace desde la fragilidad

La reina Ester aparece en uno de los momentos más dramáticos del pueblo. No reza desde la comodidad, sino desde el riesgo, el miedo, la impotencia. Y precisamente por eso su oración es tan auténtica: no se disfraza. Se presenta “como está”, con el alma en la mano, y se abandona a Dios.

Esto es clave para nuestra vida espiritual: a veces el problema no es que Dios esté lejos, sino que nosotros queremos orar “perfectos”, “bien”, “sin grietas”. Y la Biblia muestra lo contrario: Dios abre su corazón al que ora con verdad. Ester no negocia con Dios; se confía. No presume fuerzas; se apoya en el Señor.

2) “Pidan, busquen, llamen”: tres verbos, una escuela de perseverancia

En el Evangelio, Jesús no ofrece una fórmula mágica; propone un camino.

·        Pedir: es reconocer que necesito. Pedir cura el orgullo espiritual.

·        Buscar: es moverse, ordenar la vida, tomar decisiones, abrir espacio a Dios.

·        Llamar: es insistir con amor. No es “acosar a Dios”; es permanecer en relación.

Aquí hay una verdad fina: Dios siempre responde, pero no siempre del modo que nuestro cálculo esperaba. A veces abre la puerta que pedimos; otras veces abre una puerta mejor; y otras veces, antes de abrir la puerta, nos abre por dentro: cambia la mirada, fortalece la paciencia, limpia la intención, ensancha el corazón.

Hay personas que se desaniman porque creen que la oración es un botón: aprieto y obtengo. Jesús enseña otra cosa: la oración es vínculo, camino, confianza. Por eso la perseverancia no es terquedad vacía: es fidelidad en el amor.

3) El Salmo: Dios no suelta la obra de sus manos

El salmo nos regala una frase para sostener el alma: el Señor “completa” su obra y su misericordia es eterna. Esto es esperanza pura: si Dios empezó algo en usted, no lo abandona. Si Dios sembró una vocación, una gracia, un llamado, no lo olvida. Si Dios puso en la Iglesia el deseo de evangelizar, no la dejará sin luz ni sin obreros.

Pero aquí está el punto: Dios completa su obra con nuestra colaboración. La gracia no anula la responsabilidad; la despierta.

4) La “regla de oro” y la evangelización: cómo se abre una puerta en el mundo

Jesús culmina con algo muy concreto: “Traten a los demás como quieren que ellos los traten”. No es una frase bonita: es una brújula diaria. Y esto toca de lleno la evangelización.

Porque muchas puertas se cierran no por falta de argumentos, sino por falta de caridad, de escucha, de paciencia, de ternura. Evangelizar no es “ganar discusiones”; es abrir caminos para que otros se encuentren con Cristo.

Una comunidad que trata con misericordia, que acoge, que no humilla, que acompaña procesos, que respeta tiempos… se vuelve una “puerta abierta” hacia Dios. Y ahí nacen vocaciones: donde hay fe viva, alegría humilde y amor concreto.


Aplicación cuaresmal: tres decisiones sencillas (para esta semana)

1.    Persevere en una intención concreta: elija una sola petición y sosténgala cada día (sin ansiedad), ofreciendo también un sacrificio pequeño.

2.    Busque a Dios con hechos: haga un gesto de caridad “oculto”, sin aplausos; eso afina el corazón para escuchar.

3.    Llame a la puerta de la vocación: ore por un joven, una familia, un seminarista, una religiosa; y si usted acompaña gente, atrévase a decir una palabra de ánimo: “Dios podría estar llamándolo”.


Intención orante final (por la obra evangelizadora y las vocaciones)

Señor Jesús, que nos mandas pedir, buscar y llamar:
danos un corazón perseverante cuando la puerta parezca cerrada,
una fe humilde que confíe en tus tiempos,
y una caridad concreta que haga creíble el Evangelio.

Sostén la obra evangelizadora de tu Iglesia:
renueva el ardor de los misioneros, fortalece a los catequistas,
alienta a los sacerdotes en su entrega,
y suscita santas vocaciones al sacerdocio, a la vida consagrada y al matrimonio cristiano.

Que en esta Cuaresma no nos quedemos “afuera”,
sino que dejemos que Tú nos abras tu corazón.
Amén.

 

2

 

1) “Recibir cosas buenas”: ¿Dios concede todo lo que pedimos?

Jesús nos dice hoy con una promesa que suena inmensa: “Pidan y se les dará; busquen y encontrarán; llamen y se les abrirá” (Mt 7,7). Y uno podría pensar: “Entonces, si pido con fe, Dios me lo da”. Pero el mismo Señor matiza: el Padre “da cosas buenas a los que se las piden” (cf. Mt 7,11).

Aquí está el corazón del Evangelio de hoy: Dios siempre responde, pero responde como Padre. Y un padre verdadero no da cualquier cosa; da lo que hace bien. A veces nuestra petición es sincera, pero lo que pedimos no necesariamente es “bueno” para nuestra salvación, para nuestra libertad interior, para la paz del corazón.

Por eso, en la oración, la pregunta no es solo: “¿Me lo dará?”, sino: “Señor, enséñame a desear lo que es bueno de verdad.”

2) ¿Qué es “bueno” para Dios?

Nosotros solemos llamar “bueno” a lo que facilita la vida: más comodidad, más reconocimiento, más éxito, más seguridades. Pero Dios mira más lejos: mira el corazón.

A veces un “sí” inmediato nos haría superficiales; un “no” providente nos vuelve humildes; una “espera” nos madura. Dios no juega con nosotros: nos educa.

Hay cosas que pedimos como si fueran indispensables y, sin embargo, el Señor —con delicadeza— nos conduce hacia algo mejor: sencillez, desprendimiento, confianza, paciencia, verdad. Y eso… sí es oro para el alma.

3) El bien más grande: Dios mismo

Alguien comentando este evangelio lo dice con fuerza: el bien supremo que podemos pedir es Dios mismo. Porque Dios no solo da bienes: se da a sí mismo.

Cuando una persona pide: “Señor, dame tu gracia, dame tu Espíritu, cambia mi corazón, muéstrame tu voluntad”, esa oración nunca queda sin respuesta. Y cuando buscamos sinceramente su voluntad, Él abre la puerta que conduce a la misericordia, a la verdad y a la plenitud de su plan.

En Cuaresma, esto es decisivo: no se trata de “conseguir cosas”, sino de convertir el deseo, de reordenar lo que anhelamos.

4) Nuestra lucha: confundir mi voluntad con la de Dios

Uno de los combates más frecuentes de la vida espiritual es este: yo quiero una cosa… pero Dios quiere mi bien, y no siempre coinciden en el corto plazo.

En nuestra condición herida, podemos apegarnos a “bienes” que terminan siendo falsos bienes: la obsesión por tener, por figurar, por controlar, por “ganar”. Y entonces la oración se vuelve una lista de pedidos para sostener esos apegos.

Pero Jesús, al enseñarnos a pedir, buscar y llamar, en realidad nos enseña a depurarnos: a descubrir qué parte de mí pide por amor, y qué parte pide por miedo o por vanidad.

5) El remedio: el desprendimiento que ordena el corazón

La medicina se llama desprendimiento: soltarnos de deseos desordenados para quedar disponibles para Dios.

Desprenderse no es despreciar las cosas; es ponerlas en su lugar. Es dejar de exigirle a la vida (y a Dios) que me cumpla caprichos, para empezar a decir: “Padre, dame lo que me haga santo; lo demás, si me conviene, vendrá”.

Cuaresma es justamente esta escuela: el ayuno, la limosna y la oración no son castigos; son cirugía del corazón. Van cortando lo que me esclaviza para que pueda amar más.

6) Ester: una oración pura que no negocia, se abandona

La primera lectura nos pone delante a Ester: orando en angustia, intercediendo por su pueblo. Ella no se apoya en su poder, sino en Dios. Y esa es una clave preciosa: la oración verdadera nace cuando dejamos de sentirnos autosuficientes.

Ester no controla la situación, pero confía. Y Dios actúa en la historia cuando encuentra un corazón así: humilde, real, entregado.

7) El Salmo: Dios no abandona la obra de sus manos

El salmo responde como un ancla: el Señor sostiene, acompaña, completa su obra. Aunque atravesemos dificultades, “tu diestra me salva… el Señor completará sus favores conmigo” (cf. Sal 137/138).

Esa frase es para quienes evangelizan y a veces se cansan: Dios no abandona. La obra es suya.

8) “Como quieren que los traten”: evangelizar es dar lo bueno

El Evangelio termina con la regla de oro: “Traten a los demás como quieren que ellos los traten” (Mt 7,12). Y aquí aterriza todo: lo “bueno” que Dios nos da, se vuelve misión.

Evangelizar es ofrecer bienes verdaderos: misericordia, escucha, verdad con caridad, paciencia, compañía, esperanza. La Iglesia anuncia a Cristo no solo con palabras, sino con un estilo: el estilo del Padre que da “cosas buenas”.

Y en ese clima nacen vocaciones: donde alguien experimenta que Dios no humilla, sino que levanta; no apaga, sino que enciende; no usa, sino que ama.


Tres llamadas concretas para vivir hoy

1.    Pida con fe, pero pida “lo bueno”: “Señor, dame tu gracia; ordéneme por dentro; muéstrame tu voluntad”.

2.    Busque con decisiones: en algo concreto hoy, elija lo que le hace más libre, no lo que más le seduce.

3.    Llame con perseverancia: no abandone la oración porque “no siente nada”. La fidelidad abre puertas.


Intención orante (Obra evangelizadora y vocaciones)

Padre bueno, que siempre das cosas buenas a tus hijos:
purifica nuestros deseos, para que no te pidamos migajas cuando Tú quieres darnos el Reino.
Renueva en tu Iglesia el ardor por anunciar a Jesucristo con alegría y coherencia.
Suscita vocaciones santas: sacerdotes según tu Corazón, consagrados con fuego misionero, familias firmes en la fe, laicos valientes en medio del mundo.

Señor Jesús, confiamos en Ti. Amén.

 

martes, 24 de febrero de 2026

25 de febrero del 2026: miércoles de la primera semana de Cuaresma

 

Una fe libre

(Lc 11,29-32) Jesús se niega a dar pruebas espectaculares. Él quiere una fe libre, que nace de la escucha. En otro tiempo, unos extranjeros —los ninivitas— acogieron la Palabra y se convirtieron. Hoy, el signo es Él mismo, Jesús vivo en medio de nosotros. Su palabra sacude nuestras certezas y llama a cambiar de vida. ¿Estamos dispuestos a dejarnos tocar o nos quedaremos como simples espectadores de sus maravillas?

Jean-Paul Musangania, prêtre assomptionniste


Primera lectura

Jon 3, 1-10

Los ninivitas habían abandonado el mal camino

Lectura de la profecía de Jonás.

EL Señor dirigió la palabra a Jonás:
«Ponte en marcha y ve a la gran ciudad de Nínive; allí les anunciarás el mensaje que yo te comunicaré».
Jonás se puso en marcha hacia Nínive, siguiendo la orden del Señor. Nínive era una ciudad inmensa; hacían falta tres días para recorrerla. Jonás empezó a recorrer la ciudad el primer día, proclamando:
«Dentro de cuarenta días, Nínive será arrasada».
Los ninivitas creyeron en Dios, proclamaron un ayuno y se vistieron con rudo sayal, desde el más importante al menor.
La noticia llegó a oídos del rey de Nínive, que se levantó de su trono, se despojó del manto real, se cubrió con rudo sayal y se sentó sobre el polvo. Después ordenó proclamar en Nínive este anuncio de parte del rey y de sus ministros:
«Que hombres y animales, ganado mayor y menor no coman nada; que no pasten ni beban agua. Que hombres y animales se cubran con rudo sayal e invoquen a Dios con ardor. Que cada cual se convierta de su mal camino y abandone la violencia. ¡Quién sabe si Dios cambiará y se compadecerá, se arrepentirá de su violenta ira y no nos destruirá!».
Vio Dios su comportamiento, cómo habían abandonado el mal camino, y se arrepintió de la desgracia que había determinado enviarles. Así que no la ejecutó.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 50, 3-4. 12-13. 18-19 (R.: 19cd)

R. Un corazón quebrantado y humillado,
oh, Dios, tú no lo desprecias.

V. Misericordia, Dios mío, por tu bondad,
por tu inmensa compasión borra mi culpa;
lava del todo mi delito,
limpia mi pecado. 
R.

V. Oh, Dios, crea en mí un corazón puro,
renuévame por dentro con espíritu firme.
No me arrojes lejos de tu rostro,
no me quites tu santo espíritu. 
R.

V. Los sacrificios no te satisfacen:
si te ofreciera un holocausto, no lo querrías.
El sacrificio agradable a Dios
es un espíritu quebrantado;
un corazón quebrantado y humillado,
tú, oh, Dios, tú no lo desprecias. 
R.

 

Aclamación

V. Ahora —dice el Señor—, conviértanse a mí de todo corazón,
porque soy compasivo y misericordioso.

 

Evangelio

Lc 11, 29-32

A esta generación no se le dará más signo que el signo de Jonás

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

EN aquel tiempo, la gente se apiñaba alrededor de Jesús, y él se puso a decirles:
«Esta generación es una generación perversa. Pide un signo, pero no se le dará más signo que el signo de Jonás. Pues como Jonás fue un signo para los habitantes de Nínive, lo mismo será el Hijo del hombre para esta generación.
La reina del Sur se levantará en el juicio contra los hombres de esta generación y hará que los condenen, porque ella vino desde los confines de la tierra para escuchar la sabiduría de Salomón, y aquí hay uno que es más que Salomón.
Los hombres de Nínive se alzarán en el juicio contra esta generación y harán que la condenen; porque ellos se convirtieron con la proclamación de Jonás, y aquí hay uno que es más que Jonás».

Palabra del Señor.

 

1

 

Hermanos, en Cuaresma el Señor nos educa en lo esencial: la conversión no nace del espectáculo, sino de la escucha. Hoy la Palabra nos pone frente a una tentación muy actual: querer “pruebas”, “señales”, “garantías” para creer… como si la fe fuera un contrato y no una relación viva.

1) Nínive: cuando el corazón se deja alcanzar (Jon 3,1-10)

El libro de Jonás es desconcertante: el profeta anuncia, la ciudad escucha, y la conversión sucede. ¡Nínive era pagana, extranjera! Y, sin embargo, se abre a Dios.
Esto nos hace una pregunta incómoda y saludable: ¿será que a veces los “de fuera” escuchan mejor que los “de dentro”? No porque sean mejores, sino porque no están tan blindados por la costumbre religiosa. A veces el corazón acostumbrado a lo sagrado corre el riesgo de volverse “inmune”: oye, pero no se deja afectar.

Psicológicamente pasa algo parecido: cuando uno ha visto mucho, cuando cree saberlo todo, se defiende con frases hechas. Y una defensa típica es esta: “Demuéstrame… convénceme… dame una señal”. Pero en el fondo, muchas veces no es búsqueda sincera; es miedo a cambiar.

2) “Esta generación pide un signo” (Lc 11,29-32): la fe no es un show

Jesús no entra en el juego de la fe espectacular. ¿Por qué? Porque Dios no quiere súbditos hipnotizados, sino hijos libres.
La fe que depende de fuegos artificiales dura lo que dura la emoción. En cambio, la fe que nace de la escucha se vuelve convicción, camino, fidelidad… incluso cuando el corazón está cansado o cuando el cuerpo está enfermo.

Jesús dice que el gran signo es “el signo de Jonás”. ¿Y cuál es? Para Nínive, Jonás fue un llamado urgente a cambiar. Para nosotros, el signo es Cristo mismo: su presencia, su Evangelio, su cruz y su resurrección. Él no es un mago: es el Salvador. No vino a impresionar; vino a transformar.

3) El Salmo 51: el milagro que Dios desea (Sal 51[50])

“Un corazón contrito y humillado tú no lo desprecias.”
Este salmo nos enseña el milagro que Dios quiere hacer: no tanto cambiar circunstancias externas, sino rehacer el corazón por dentro:

·        “Crea en mí, oh Dios, un corazón puro…”

·        “Devuélveme la alegría de tu salvación…”

Aquí está el punto: la conversión no es maquillaje moral; es un corazón que se deja tocar. No es teatro penitencial; es verdad. Y esa verdad empieza cuando dejamos de ser espectadores y nos volvemos discípulos: no solo “ver”, sino escuchar y obedecer (en el sentido bíblico: escuchar con el corazón y responder con la vida).

4) Pregunta final: ¿espectadores o tocados?

El comentario lo decía muy bien: Jesús está vivo en medio de nosotros; su Palabra sacude nuestras certezas. Entonces la pregunta es directa:
¿Estoy dispuesto a dejarme tocar… o solo a mirar?
Porque se puede “mirar” misa, “mirar” Biblia, “mirar” devociones, “mirar” milagros… y quedarse igual. Pero cuando uno escucha de verdad, algo se quiebra: el orgullo, la excusa, la comodidad. Y entonces comienza la conversión.

5) Intención orante: por nuestros enfermos

Hoy ponemos en el altar a nuestros enfermos: los del cuerpo y los del alma. Señor Jesús, Tú no eres un espectáculo: eres compañía, eres presencia, eres consuelo.
A veces el enfermo también puede decir: “Señor, si me das esta señal… creeré”. Y el Señor responde con ternura: “Aquí estoy. No te suelto. Escúchame. Confía”.
Pidámosle la gracia de una fe libre y profunda: no la fe que exige, sino la fe que se abandona; no la fe que negocia, sino la fe que ama.


Oración breve para cerrar

Señor Jesús, signo vivo del Padre,
rompe en nosotros la dureza del corazón.
Que no busquemos solo lo extraordinario,
sino que sepamos escucharte en lo cotidiano.
Concede alivio y esperanza a nuestros enfermos,
y danos un corazón contrito,
para volver a Ti con toda el alma.
Amén.

 

2

 

Hermanos, en esta Cuaresma el Señor nos lleva al corazón del Evangelio: no una fe de “pruebas”, sino una fe de conversión. Hoy Jesús pronuncia una frase fuerte: “Esta generación es una generación malvada; pide un signo…” (Lc 11,29). No lo hace para humillar, sino para despertar. Porque hay una manera de pedir signos que, en el fondo, es una excusa para no cambiar.

1) Cuando el corazón se vuelve exigente… para no obedecer

Pensemos en la escena: Jesús ya había predicado, sanado, liberado, consolado, incluso resucitado muertos. Y aun así, algunos piden más señales.
Eso revela una tentación humana muy común: “Señor, si me demuestras… entonces creeré; si me garantizas… entonces cambiaré; si me das una señal indiscutible… entonces obedeceré.”
Pero muchas veces esa condición no es búsqueda sincera: es resistencia disfrazada de prudencia.

En nuestra cultura sucede igual: pedimos evidencias para todo, y está bien ser razonables. Pero cuando esa lógica se mete en la fe, puede convertirse en una trampa: querer controlar a Dios. Exigirle que se ajuste a mi manera, a mis tiempos, a mis gustos. Y si no lo hace, entonces “yo no creo”, “yo no cambio”, “yo sigo igual”.

2) Nínive nos da una lección (Jon 3,1-10)

La primera lectura es un golpe de humildad: Nínive —una ciudad pagana— escucha una predicación breve y dura, y se convierte. Hasta el rey desciende de su trono.
¿Qué significa? Que el milagro más grande no fue el pez, ni el profeta, ni el ayuno colectivo… El milagro fue que un pueblo entero se dejó tocar.

¡Cuánta diferencia con quien ha visto “mil cosas” y ya no se conmueve por nada! A veces el exceso de información, de imágenes, de ruido, nos vuelve espectadores: miramos todo, opinamos de todo… pero cambiamos poco.

3) “El signo de Jonás”: el centro de la fe (Lc 11,29-32)

Jesús es clarísimo: “No se le dará más signo que el signo de Jonás.” Jonás estuvo tres días en el vientre del pez; Jesús estará tres días en el sepulcro.
En otras palabras: el gran signo no es un truco espectacular, sino la Pascua: la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor.

Esto es decisivo:

·        Los milagros físicos ayudan, sí… pero no son la base de la fe.

·        La base es Cristo crucificado y resucitado, el Amor que vence al pecado y a la muerte.

Por eso, si alguien pregunta: “¿Cuál es la prueba definitiva?” El cristiano responde: la Cruz vacía y el sepulcro vacío, y el Espíritu Santo que sigue transformando vidas.

4) El mayor milagro: un corazón nuevo (Sal 51)

El Salmo 51 nos pone el lenguaje de esa transformación:
“Crea en mí, oh Dios, un corazón puro… Un corazón contrito y humillado tú no lo desprecias.”
Aquí está el milagro que Dios quiere obrar en Cuaresma: la conversión.

Porque hay gente que pide un milagro para el cuerpo, pero no quiere el milagro del alma. Y sin embargo, el Señor desea ambos: aliviar, sostener, sanar… pero sobre todo salvar, es decir, devolvernos a la vida verdadera.

5) Oración e intención: por los enfermos

Hoy miramos con especial ternura a quienes están enfermos. Para ellos, el Evangelio es consuelo: Jesús no es indiferente al dolor. Él sanó a muchos, y hoy sigue actuando.
Pero también es luz: aun cuando no llega la curación como la esperamos, el signo mayor permanece: Cristo ha vencido la muerte; nuestra historia no termina en la cama de un hospital ni en una prueba médica. En Él, el sufrimiento no es absurdo: puede convertirse en ofrenda, en unión con la Cruz, en esperanza.

Pidamos, entonces, una fe profunda: no la fe que exige a Dios “a mi manera”, sino la fe que se abandona en sus manos; no la fe del espectáculo, sino la fe de la Pascua.


Conclusión

Hermanos, si de verdad queremos ver un milagro, el Evangelio nos dice hoy dónde mirar: a Cristo muerto y resucitado, y al cambio que su gracia puede hacer en nosotros.
Que esta Cuaresma no sea “otra más”, sino una vuelta real del corazón. Como Nínive: escuchar, humillarnos, y dejar que Dios nos recree por dentro.


Oración final

Señor Jesús, signo verdadero del Padre,
líbranos de la dureza y de la incredulidad que pide pruebas para no convertirse.
Danos la gracia de creer en tu Pascua con todo el corazón.
Crea en nosotros un corazón nuevo.
Y mira con misericordia a nuestros enfermos:
dales consuelo, fortaleza, paz y, si es tu voluntad, salud del cuerpo;
y a todos, la salud del alma y la esperanza que no defrauda.
Jesús, en Ti confiamos.
Amén.


27 de febrero del 2026: viernes de la primera semana de Cuaresma

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