Santo del día:
San Raimundo de Peñafort
Jurista brillante y fraile humilde, San Raimundo de Peñafort puso su inteligencia al servicio del Evangelio y de la misericordia. Maestro en derecho civil y canónico, supo recordar a la Iglesia que la ley existe para salvar, no para aplastar. Dominico ferviente, fue confesor, predicador y misionero incansable, especialmente atento a quienes buscaban a Dios desde otras culturas y religiones.
Hombre de profunda vida interior, unió rigor y compasión, verdad y caridad. Acompañó conciencias, formó pastores y ayudó a la Iglesia a ordenar su vida jurídica para que fuera más evangélica. Su larga vida, fecunda hasta el final, es testimonio de una fe que no se endurece, sino que se deja modelar por el amor.
La vida eterna está dentro de nosotros
(1 Juan 4, 11-18) Permanecer
en Dios como Dios permanece en nosotros: éste es el horizonte de toda vida
cristiana.
Una invitación a la
interioridad para descubrir a Dios “más íntimo de nosotros mismos que nosotros
mismos” (San Agustín), o “como una fuente que brota” en nuestro interior “hacia
la vida eterna” (M. Zundel).
¿No será esta experiencia,
aunque sea pasajera, la que nos permitirá acceder “al amor que destierra el
miedo”? Así que tomemos el tiempo para exponernos a la Palabra y regresar a
Cristo mientras vivimos.
Emmanuelle Billoteau, ermitaña
Primera lectura
1
Jn 4, 11-18
Si
nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros
Lectura de la primera carta del apóstol san Juan.
QUERIDOS hermanos, si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos
amarnos unos a otros.
A Dios nadie lo ha visto nunca. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en
nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud.
En esto conocemos que permanecemos en él, y él en nosotros: en que nos ha dado
de su Espíritu. Y nosotros hemos visto y damos testimonio de que el Padre envió
a su Hijo para ser Salvador del mundo.
Quien confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él, y él en
Dios.
Y nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él.
Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él.
En esto ha llegado el amor a su plenitud con nosotros: en que tengamos
confianza en el día del juicio, pues como él es, así somos nosotros en este
mundo.
No hay temor en el amor, sino que el amor perfecto expulsa el temor, porque el
temor tiene que ver con el castigo; quien teme no ha llegado a la plenitud en
el amor.
Palabra de Dios.
Salmo
Sal
71, 1-2. 10-11. 12-13 (R.: cf. 11)
R. Se postrarán ante ti,
Señor, todos los pueblos de la tierra.
V. Dios mío, confía tu
juicio al rey,
tu justicia al hijo de reyes,
para que rija a tu pueblo con justicia,
a tus humildes con rectitud. R.
V. Los reyes de Tarsis y
de las islas
le paguen tributo.
Los reyes de Saba y de Arabia
le ofrezcan sus dones;
póstrense ante él todos los reyes,
y sírvanle todos los pueblos. R.
V. Él librará al pobre
que clamaba,
al afligido que no tenía protector;
él se apiadará del pobre y del indigente,
y salvará la vida de los pobres. R.
Aclamación
R. Aleluya,
aleluya, aleluya.
V. Gloria a ti, Cristo,
proclamado en las naciones; gloria a ti, Cristo, creído en el mundo. R.
Evangelio
Mc
6, 45-52
Lo
vieron andar sobre el mar
Lectura del santo Evangelio según san Marcos.
DESPUÉS de haberse saciado los cinco mil hombres, Jesús enseguida apremió a los
discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran hacia la orilla de
Betsaida, mientras él despedía a la gente. Y después de despedirse de ellos, se
retiró al monte a orar.
Llegada la noche, la barca estaba en mitad del mar y Jesús, solo, en tierra.
Viéndolos fatigados de remar, porque tenían viento contrario, a eso de la
cuarta vigilia de la madrugada, fue hacia ellos andando sobre el mar, e hizo
ademán de pasar de largo.
Ellos, viéndolo andar sobre el mar, pensaron que era un fantasma y dieron un
grito, porque todos lo vieron y se asustaron.
Pero él habló enseguida con ellos y les dijo:
«Ánimo, soy yo, no tengan miedo».
Entró en la barca con ellos y amainó el viento.
Ellos estaban en el colmo del estupor, pues no habían comprendido lo de los
panes, porque tenían la mente embotada.
Palabra del Señor.
1
1)
“Permanecer” no es una idea: es una morada
La
Primera Carta de Juan nos regala una de las frases más luminosas de toda la
Escritura: “Dios es amor…
y quien permanece en el amor permanece en Dios, y Dios en él”
(cf. 1 Jn 4,16). Permanecer no es “pensar en Dios de vez en cuando”, ni
“cumplir con un rito” como quien paga una cuota espiritual. Permanecer es habitar: dejar que Dios
tenga casa en nosotros y que nuestro corazón se vuelva casa para Dios.
Y
por eso, como dice alguien comentando este evangelio, con acierto: la vida eterna está dentro de nosotros,
no como una fantasía, sino como una
semilla viva: cuando Dios ama en nosotros, cuando su Espíritu
nos sostiene, cuando su paz se abre paso en medio de la tormenta.
San
Agustín lo dijo con una frase que todavía nos desnuda: Dios es “más íntimo a mí que yo mismo”.
Y eso cambia todo: no estamos solos por dentro. Aunque haya cansancio,
enfermedad, fragilidad, dudas… Dios
no se va.
2)
El salmo: la Epifanía del Reino es justicia que levanta al pobre
El
Salmo 72(71)
pinta el rostro del rey ideal, del Mesías:
·
hace justicia,
·
defiende al pobre,
·
socorre al desvalido,
·
libra al oprimido,
·
y
su reinado se extiende hasta los confines.
Y
el estribillo lo resume: “Lo
adorarán todos los reyes, le servirán todas las naciones” (cf.
v.11). Epifanía significa manifestación: el Rey se manifiesta… no por lujo, sino por
misericordia; no por imponerse, sino por rescatar.
Esto
es importantísimo para nuestra intención orante de hoy: cuando oramos por los enfermos,
no pedimos un “milagro de espectáculo”, sino la visita del Rey verdadero: el que se inclina, el
que sostiene, el que dignifica, el que acompaña, el que salva por dentro y, si
es su voluntad, también por fuera.
3)
El Evangelio: la tormenta revela lo que hay en el corazón
En
Marcos 6,45-52
ocurre algo muy humano: los discípulos están en la barca, de noche, con viento
contrario. Reman, se esfuerzan… y no avanzan. A veces así es la vida: mucho remar y poco progreso.
Y entonces Jesús viene hacia ellos caminando sobre el agua.
Pero
hay un detalle decisivo: no
lo reconocen; piensan que es un fantasma, se asustan. Jesús les
dice:
“¡Ánimo! Soy yo. No
teman.”
Aquí
se unen de manera preciosa el Evangelio y la carta de Juan: “El amor perfecto expulsa el miedo”
(1 Jn 4,18). No es que el cristiano no sienta miedo. Es que el miedo ya no
manda. Cuando Jesús se hace presente, el miedo deja de ser rey.
Y
Marcos añade una frase que es casi una radiografía: “No habían entendido lo de los panes; su
corazón estaba endurecido.” Es decir: el problema no era la
tormenta; el problema era la
lectura interior. El cansancio, la presión, la oscuridad…
pueden endurecer el corazón hasta volverlo desconfiado, cerrado, incapaz de
reconocer a Jesús incluso cuando viene a salvar.
4)
Una clave psicológica y espiritual: el miedo achica la realidad
El
miedo tiene una estrategia: te
encierra. Te hace mirar solo el viento, solo el dolor, solo el
diagnóstico, solo la incertidumbre. El miedo “achica” el horizonte: ya no se ve
la Providencia, ni los signos de amor, ni las personas que ayudan, ni las
pequeñas luces.
Por
eso la invitación hoy es tan pastoral: volver
a la interioridad, exponernos a la Palabra, regresar a Cristo
mientras vivimos. Porque la Palabra no es información: es presencia. Y cuando uno
se deja alcanzar por esa presencia, aparece una certeza serena: “No estoy a merced del viento: estoy en
manos de Dios.”
5)
Para los enfermos: Jesús no solo calma el mar, también habita el dolor
Hoy
oramos por los enfermos. Y conviene decirlo con ternura y verdad: a veces Jesús
calma la tormenta;
otras veces no la quita de inmediato, pero hace algo igual o más profundo: se sube a la barca.
Entra en la noche. Se hace compañero.
Hay
enfermos que nos enseñan una santidad silenciosa: no porque no sufran, sino
porque, aun sufriendo, se agarran a esa frase: “Soy yo. No temas.” Y entonces pasa lo que
dice san Juan: el amor de Dios no
elimina todo, pero expulsa
el terror, la desesperación, la soledad sin sentido.
Y
ahí sí entendemos la frase: la
vida eterna está dentro de nosotros… porque la vida eterna es Jesús viviendo en el
alma, aun cuando el cuerpo esté débil.
6)
Llamado concreto para hoy
1.
Haz un acto de permanencia: hoy, aunque sea breve,
dile al Señor: “Quédate en mí;
habita mi corazón.”
2.
Nombra tu miedo delante de Cristo: no lo maquilles.
Díselo en oración: “Señor, me
asusta esto…”
3.
Visita o acompaña a un enfermo (si puedes): una llamada, un
mensaje, una oración. Serás epifanía del Rey del Salmo: el que socorre al
débil.
4.
Repite durante el día como jaculatoria: “Jesús, Tú estás aquí. No temeré.”
7)
Oración final (por los enfermos)
Señor
Jesús,
Tú que viniste a los tuyos en la noche,
cuando el viento era contrario y el corazón estaba cansado,
ven también hoy a la barca de nuestros enfermos.
Entra en
sus habitaciones,
siéntate junto a su cama,
toma su mano cuando la soledad apriete,
y susúrrales al oído: “Soy
yo. No temas.”
Rey justo y
misericordioso,
defensor del pobre y del que sufre,
derrama tu paz sobre sus cuerpos
y, sobre todo, sobre su interior:
que tu amor expulse el miedo
y encienda dentro de ellos la vida eterna que no se apaga.
Amén.
2
1) Puerta de
entrada: una frase que sostiene la vida
Hay
palabras que no solo se escuchan: se
abrazan. En medio del oleaje, Jesús lanza a los suyos una frase
que debería quedar escrita en la cabecera del alma:
“¡Ánimo! Soy yo. No tengan
miedo.”
No
es una consigna de optimismo barato. Es una presencia. Jesús no grita desde la
orilla; se acerca,
camina sobre aquello que nos amenaza y, finalmente, sube a la barca. A
veces, lo más milagroso no es que el viento se calme, sino que Dios se meta en la tormenta con nosotros.
Hoy,
de manera especial, esta palabra es pan para los enfermos: para quienes sienten
miedo ante un diagnóstico, una recaída, un tratamiento largo o una soledad que
pesa. Jesús no viene a regañar el temor; viene a destronarlo con su cercanía.
2)
Mirada bíblica: del mar oscuro al corazón endurecido
El
Evangelio es muy realista: los discípulos ven a Jesús caminar sobre el mar y se
llenan de miedo. Y Marcos añade un detalle que duele y cura:
“No habían entendido lo de
los panes… al contrario, su corazón estaba endurecido.”
Esto
nos revela algo decisivo: el problema no era solo el viento, sino la comprensión interior de Dios.
Uno puede haber visto milagros, haber escuchado homilías, haber servido en la
misión… y aun así conservar un corazón endurecido si Dios no ha pasado de la
cabeza al corazón.
Por
eso la Primera Carta de Juan hoy nos da la clave: “El amor perfecto expulsa el miedo”
(1 Jn 4,18). No dice: “el conocimiento perfecto expulsa el miedo”, ni “la
fuerza de voluntad perfecta…”. Dice: el
amor. Cuando el amor de Dios entra a fondo, el miedo pierde su
imperio.
3)
¿Qué significa “Soy yo”? El Nombre que se hace cercano
Cuando
Jesús dice: “Soy yo”,
no está diciendo simplemente “tranquilos, soy Jesús”. Está revelando algo más
hondo: Dios está aquí.
El “Yo Soy” del Dios vivo, el Dios que no se ausenta, el Dios que no abandona,
el Dios que se hace presente en la noche.
Y
aquí se juega el endurecimiento del corazón: un corazón endurecido tiende a
creer que Dios está lejos, que llega tarde, que no entiende, que no ve, que no
le importa. En cambio, la fe cristiana se atreve a decir, incluso con lágrimas:
“Aunque sea de noche, Él
viene; aunque haya viento contrario, Él se acerca.”
4)
Clave pastoral y psicológica: del miedo que encierra al coraje que libera
…Muchas
cosas pueden llevarnos al miedo, la preocupación obsesiva, la tristeza profunda
e incluso la desesperanza. Y es verdad: el miedo nos encierra, nos hace
rumiar, anticipar tragedias, perder el sueño, desconfiar de todos… hasta
desconfiar de Dios.
El
Evangelio propone un camino simple y exigente: escuchar a Jesús mirándonos a los ojos. El
coraje cristiano no consiste en “no sentir”, sino en no entregarle el timón al miedo.
El coraje nace cuando la presencia de Cristo pesa más que la tormenta.
Aquí
es donde 1 Juan vuelve a iluminar: si “Dios permanece en nosotros”, entonces
nuestra vida interior no es un cuarto vacío. Y cuando el interior deja de estar
vacío, la ansiedad ya no manda como antes. No desaparece todo de golpe, pero se
desinfla el pánico. Se abre espacio para respirar.
5)
El símbolo: mar, viento y barca… y la Iglesia como hogar en el caos
El
pasaje está cargado de símbolos:
·
el mar: el mundo con sus incertidumbres;
·
el viento y las olas: el caos, lo
imprevisto, la prueba;
·
la barca: la comunidad, la Iglesia, nuestra
historia compartida;
·
la noche: esos momentos en que no vemos, no
entendemos, no sentimos.
Jesús
camina sobre el agua: domina
aquello que nos domina. Y sube a la barca: no abandona a los suyos.
El Señor no promete una vida sin olas; promete su presencia y su paz. La paz
cristiana no siempre es silencio afuera; muchas veces es calma adentro.
6)
Aplicación directa: una palabra para los enfermos y quienes los cuidan
Hoy
oramos por los enfermos: por los que están en casa, en hospital, en
tratamientos; por los que viven dolores visibles y también los invisibles:
ansiedad, depresión, agotamiento, duelo.
A
ellos el Señor les dice:
“¡Ánimo! Soy yo. No tengas
miedo.”
Y
a quienes cuidan —familiares, médicos, enfermeras, amigos— el Señor les
recuerda: sean barca, sean hombro, sean oración. A veces la caridad es el modo
concreto en que Jesús sube
a la barca.
Porque
el Salmo 72(71) nos revela el estilo del Rey-Mesías: defiende al pobre, salva al necesitado,
se inclina ante el débil. Ese es el “reinado” que celebramos:
el reinado de la compasión.
7)
Compromisos concretos para hoy
1.
Repite durante el día, con calma: “Jesús, Tú estás aquí. Soy tuyo. No
temeré.”
2.
Nombra tu tormenta en oración: no la ocultes. Dile: “Señor, mi viento contrario es…”
3.
Haz un gesto por un enfermo: una visita, un audio,
una oración en familia, una ayuda práctica.
4.
Abre el corazón: pide al Señor que
ablande lo endurecido: resentimientos, desconfianzas, cansancios viejos.
8) Oración
final
Señor
Jesús,
cuando el mar se agita y mi corazón se asusta,
haz que escuche tu voz por encima del viento:
“Soy yo. No tengas miedo.”
Tú eres el
Dios vivo, el “Yo Soy”,
capaz de calmar toda tormenta,
sanar toda herida,
y sostener toda debilidad.
Te
encomiendo a nuestros enfermos:
dales alivio, paciencia, esperanza y paz;
fortalece a quienes los cuidan;
y que tu amor, que permanece en nosotros,
expulse el miedo y haga renacer la confianza.
Jesús, en Ti confío.
Amén.
7 de enero
San Raimundo de Peñafort,
presbítero—Memoria libre
En Canadá se celebra como memoria libre el 8 de enero.
1175–1275
Santo patrono
de los abogados, canonistas y bibliotecarios de historias clínicas
Canonizado
por el papa Clemente VIII el 29 de abril de 1601
Reflexión
Tenía
cien años cuando murió, y su legado e influencia han perdurado durante muchos
siglos más. San Raimundo fue evangelizador de corazón, pero por oficio fue
educador, jurista, canonista, organizador, predicador y penitente. Sirvió a la
Iglesia de numerosas maneras a lo largo de sus cien años de vida.
Raimundo
nació en el seno de una familia noble, en un pequeño pueblo cerca de Barcelona,
España. Recibió una excelente educación y comenzó a enseñar filosofía a los
veinte años. Ya en la treintena obtuvo el doctorado tanto en derecho civil como
en derecho canónico, convirtiéndose durante varios años en un profesor
admirado. Sus dones no tardaron en ser reconocidos por muchos, santos y
pecadores por igual. Entre los pecadores estaba el rey de Aragón; entre los
santos, el obispo de Barcelona e incluso el mismo papa.
Cuando
Raimundo todavía era seglar, el obispo de Barcelona se enteró de su brillantez
y de su excelente reputación como profesor en Bolonia, Italia. El obispo lo
llamó de regreso a España para que fuera arcediano, vicario general y oficial
en su diócesis de origen. Poco después, ya en la cuarentena, Raimundo ingresó
en la Orden Dominicana y comenzó su vida como fraile. Como dominico, adquirió
fama de humilde, obediente y fervoroso en su devoción y servicio a los demás,
especialmente a los pobres. Cuando pidió a sus superiores que le impusieran
alguna penitencia para poder imitar más plenamente a su Señor —humilde y
obediente hasta la muerte—, los superiores le dieron la penitencia de redactar
un manual para sacerdotes que les ayudara a ser mejores confesores. El padre
Raimundo compuso así un magnífico manual de teología moral para confesores, uno
de los primeros de su tipo. Además de escribir sobre la Confesión, el P.
Raimundo llegó a ser conocido como un gran confesor.
Entre
sus penitentes se encontraba el rey de Aragón. Cuenta la leyenda que, en cierta
ocasión, el rey llevó al P. Raimundo en un viaje a la isla de Mallorca. Aunque
el rey era un buen hombre, sufría de la debilidad de pecar con mujeres. El
padre Raimundo lo enfrentó después de que el rey se negara a abandonar ese
pecado. Entonces el padre Raimundo pidió permiso para regresar a Barcelona. El
rey se lo negó. Ante eso, se dice que el santo extendió su capa sobre el mar,
subió a su “nave” y navegó rápidamente sobre el agua hasta la España
continental con velocidad fulgurante.
En
la cincuentena, el P. Raimundo fue llamado a Roma por el papa Gregorio IX y recibió
la monumental tarea de organizar los numerosos decretos legales de la Iglesia
en una sola colección, algo que no se había hecho en ochenta años. Tres años y
cinco volúmenes después, las Decretales quedaron terminadas y fueron publicadas
por el papa. Se convirtieron en la base del derecho canónico de la Iglesia
durante los siglos venideros.
El
papa quedó tan complacido con el P. Raimundo que lo nombró arzobispo de
Tarragona, en España. El padre Raimundo, cuyo único deseo era ser un fraile
humilde, suplicó al papa que lo dispensara de ese nombramiento. Por divina
providencia, el P. Raimundo enfermó gravemente antes de ser ordenado obispo, lo
cual ayudó a convencer al papa para permitirle seguir siendo un fraile humilde
y regresar a su hogar.
Tres
años más tarde, ya en los primeros años de su sesentena, el P. Raimundo fue
elegido tercer Maestro General de la Orden Dominicana. Ocupó el cargo solo
durante dos años, antes de retirarse y volver a la vida de fraile humilde.
Por
fin el padre Raimundo pudo hacer lo que amaba. Predicaba, evangelizaba,
catequizaba y escuchaba confesiones. Se sentía especialmente llamado a predicar
a judíos y musulmanes, y ayudó a establecer escuelas donde sus hermanos frailes
pudieran aprender hebreo y árabe para evangelizar mejor a estos no cristianos.
Para apoyar esta labor, animó a otro futuro santo, santo Tomás de Aquino, a
escribir una de sus obras mayores, Contra
los gentiles, para ofrecer un fundamento teológico a esa
evangelización. Cuando el P. Raimundo estaba en los primeros años de su
ochentena, escribió una carta a su Maestro General afirmando que 10.000
musulmanes habían sido convertidos y bautizados gracias a sus esfuerzos
evangelizadores.
En
su lecho de muerte fue visitado por príncipes, princesas, dos reyes y una reina.
Oraba y ayunaba continuamente, e incluso se atribuyeron milagros a su
intercesión. Ahora descansa en el Cielo, mientras su cuerpo permanece en la
Catedral de Barcelona, España.
Oración
San
Raimundo, tus numerosos dones fueron reconocidos por muchos, pero por encima de
todo no buscaste reconocimiento, sino la humildad y la salvación de las almas.
Te ruego que intercedas por mí, para que siempre ponga mis dones al servicio de
Dios y obedezca sus santos mandatos con perfección y amor.
San Raimundo de Peñafort, ruega por mí.
Jesús, en Ti confío.


