Santo del día:
San Blas
Siglos III y IV. Este médico
recibía a los enfermos en una cueva donde se había retirado. Obispo de
Sebaste (Armenia), fue decapitado por un gobernador pagano. Es uno de los
catorce santos auxiliadores.
Confiar cuando todo parece perdido
(Mc 5,21-43) Jesús aparece
rodeado de urgencias humanas: una mujer enferma desde hace años y un
padre desesperado por la vida de su hija. Ambos se atreven a creer cuando ya no
hay razones humanas para hacerlo. Jesús no se deja llevar por la prisa ni por
el miedo; se detiene, escucha, toca, levanta. Y allí donde todos dicen “ya no
hay nada que hacer”, Él pronuncia una palabra decisiva: “No
temas; basta que creas”.
G.Q
Primera lectura
2
Sam 18, 9-10. 14b. 24-25a. 31 — 19, 3
¡Hijo
mío, Absalón! ¡Quién me diera haber muerto en tu lugar!
Lectura del segundo libro de Samuel.
EN aquellos días, Absalón se encontró frente a los hombres de David.
Montaba un mulo y, al pasar el mulo bajo el ramaje de una gran encina, la
cabeza se enganchó en la encina y quedó colgado entre el cielo y la tierra,
mientras el mulo que montaba siguió adelante.
Alguien lo vio y avisó a Joab:
«He visto a Absalón colgado de una encina».
Cogiendo Joab tres venablos en la mano, los clavó en el corazón de Absalón.
David estaba sentado entre las dos puertas.
El vigía subió a la terraza del portón, sobre la muralla. Alzó los ojos y vio
que un hombre venía corriendo en solitario.
El vigía gritó para anunciárselo al rey.
El rey dijo:
«Si es uno solo, trae buenas noticias en su boca».
Cuando llegó el cusita, dijo:
«Reciba una buena noticia el rey, mi señor: el Señor te ha hecho justicia hoy,
librándote de la mano de todos los que se levantaron contra ti».
El rey preguntó:
«¿Se encuentra bien el muchacho Absalón?».
El cusita respondió:
«Que a los enemigos de mi señor, el rey, y a todos los que se han levantado
contra ti para hacerte mal les ocurra como al muchacho».
Entonces el rey se estremeció. Subió a la habitación superior del portón y se
puso a llorar. Decía al subir:
«¡Hijo mío, Absalón, hijo mío! ¡Hijo mío, Absalón! ¡Quién me diera haber muerto
en tu lugar! ¡Absalón, hijo mío, hijo mío!».
Avisaron a Joab:
«El rey llora y hace duelo por Absalón».
Así, la victoria de aquel día se convirtió en duelo para todo el pueblo, al oír
decir que el rey estaba apenado por su hijo.
Palabra de Dios.
Salmo
Sal
85, 1b-2. 3-4. 5-6 (R.: 1b)
R. Inclina tu
oído, Señor, escúchame.
V. Inclina tu oído,
Señor, escúchame,
que soy un pobre desamparado;
protege mi vida, que soy un fiel tuyo;
salva, Dios mío, a tu siervo, que confía en ti. R.
V. Piedad de mí, Señor,
que a ti te estoy llamando todo el día;
alegra el alma de tu siervo,
pues levanto mi alma hacia ti, Señor. R.
V. Porque tú, Señor,
eres bueno y clemente,
rico en misericordia con los que te invocan.
Señor, escucha mi oración,
atiende a la voz de mi súplica. R.
Aclamación
R. Aleluya, aleluya,
aleluya.
V. Cristo tomó nuestras
dolencias y cargó con nuestras enfermedades. R.
Evangelio
Mc
5, 21-43
Contigo
hablo, niña, levántate
Lectura del santo Evangelio según san Marcos.
EN aquel tiempo, Jesús atravesó de nuevo en barca a la otra orilla, se le
reunió mucha gente a su alrededor y se quedó junto al mar.
Se acercó un jefe de la sinagoga, que se llamaba Jairo, y, al verlo, se echó a
sus pies, rogándole con insistencia:
«Mi niña está en las últimas; ven, impón las manos sobre ella, para que se cure
y viva».
Se fue con él y lo seguía mucha gente que lo apretujaba.
Había una mujer que padecía flujos de sangre desde hacía doce años. Había
sufrido mucho a manos de los médicos y se había gastado en eso toda su fortuna;
pero, en vez de mejorar, se había puesto peor. Oyó hablar de Jesús y,
acercándose por detrás, entre la gente, le tocó el manto, pensando:
«Con solo tocarle el manto curaré».
Inmediatamente se secó la fuente de sus hemorragias y notó que su cuerpo estaba
curado. Jesús, notando que había salido fuerza de él, se volvió enseguida, en
medio de la gente y preguntaba:
«¿Quién me ha tocado el manto?».
Los discípulos le contestaban:
«Ves cómo te apretuja la gente y preguntas: “¿Quién me ha tocado?”».
Él seguía mirando alrededor, para ver a la que había hecho esto. La mujer se
acercó asustada y temblorosa, al comprender lo que le había ocurrido, se le
echó a los pies y le confesó toda la verdad.
Él le dice:
«Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz y queda curada de tu enfermedad».
Todavía estaba hablando, cuando llegaron de casa del jefe de la sinagoga para
decirle:
«Tu hija se ha muerto. ¿Para qué molestar más al maestro?».
Jesús alcanzó a oír lo que hablaban y le dijo al jefe de la sinagoga:
«No temas; basta que tengas fe».
No permitió que lo acompañara nadie, más que Pedro, Santiago y Juan, el hermano
de Santiago. Llegan a casa del jefe de la sinagoga y encuentra el alboroto de
los que lloraban y se lamentaban a gritos y después de entrar les dijo:
«¿Qué estrépito y qué lloros son estos? La niña no está muerta; está dormida».
Se reían de él. Pero él los echó a todos y, con el padre y la madre de la niña
y sus acompañantes, entró donde estaba la niña, la cogió de la mano y le dijo:
«Talitha qumi» (que significa: «Contigo hablo, niña, levántate»).
La niña se levantó inmediatamente y echó a andar; tenía doce años. Y quedaron
fuera de sí llenos de estupor.
Les insistió en que nadie se enterase; y les dijo que dieran de comer a la
niña.
Palabra del Señor.
1
“No temas;
basta que creas”
Hermanos y hermanas, hoy la Palabra nos coloca en
un cruce de caminos muy real: cuando el corazón está herido y cuando la
fe debe decidir si se rinde o si confía. Las lecturas parecen una sola
historia contada con distintos rostros: el rostro del padre que llora, el del
pobre que suplica, el de una mujer que se atreve a tocar el manto de Jesús, y
el de un padre que corre desesperado por su hija. Y, atravesándolo todo, una
frase que es como una luz en la oscuridad: “No temas; basta que creas”.
1) David: cuando hasta el rey se
quiebra
La primera lectura nos muestra a David en su
momento más vulnerable. No lo vemos triunfante ni estratega. Lo vemos padre,
y un padre roto. Absalón ha muerto, y el corazón de David se desborda: el dolor
le gana a la razón, le gana al protocolo, le gana incluso al rol de rey.
Esto es muy importante: la Biblia no disfraza el
sufrimiento. No nos dice: “el creyente no llora”, ni “el santo no se derrumba”.
Nos muestra que hay dolores que no se pueden explicar, solo se pueden orar.
Hay pérdidas que no se resuelven con frases bonitas; se atraviesan con
lágrimas, con silencio, con la presencia de Dios.
A veces también nosotros cargamos “muertes” en el
alma: una ruptura, un fracaso, un hijo lejos, una enfermedad, una traición, una
culpa antigua. Quizás no lloramos como David por fuera, pero por dentro… el
corazón grita. Y hoy Dios nos dice: no te avergüences de tu herida; tráela a
mí. Dios no se escandaliza de nuestra fragilidad. Dios se acerca.
2) El salmo: la oración del que
ya no puede más
Por eso el salmo pone en nuestros labios una
oración que es medicina:
“Inclina tu oído, Señor, escúchame”.
Es una oración humilde, sin adornos, como cuando uno
ya no sabe qué decir y solo pide: “Señor, mírame… ayúdame… no me sueltes”. El
salmo nos enseña algo profundo: orar no es estar fuerte; orar es no rendirse.
Orar es decir: “aunque no entienda, yo me quedo contigo”.
Y aquí viene el punto: muchos pierden la paz no por
lo que viven, sino por vivirlo solos. El salmo nos devuelve al camino: cuando
no puedas con la vida, al menos no dejes la oración. La oración es el hilo
que nos ata a Dios cuando todo parece desatarse.
3) El Evangelio: dos historias,
una misma fe
En el Evangelio de hoy, San Marcos entrelaza dos
milagros. Como si quisiera decirnos: la gracia de Dios no llega en serie,
llega a personas concretas, a historias concretas, a heridas concretas.
a) La mujer que toca el manto
Hay una mujer enferma desde hace doce años. Doce
años de cansancio, de gastar recursos, de intentos fallidos, de cargar una
vergüenza social. Lo que más duele no es solo la enfermedad; es el aislamiento
y la sensación de que “ya probé todo”.
Y sin embargo, esta mujer tiene un acto de fe
sencillo y audaz:
“Si logro tocar aunque sea su ropa, me curaré.”
No pide audiencia. No exige explicaciones. No arma
discursos. Solo se acerca. Su fe no es teórica; es movimiento. Da
pasos, rompe miedos, atraviesa la multitud. Y toca.
Aquí hay una enseñanza preciosa: a veces creemos
que para acercarnos a Dios debemos estar “perfectos”. Y es al revés: uno se
acerca a Dios precisamente porque no está bien. Esta mujer llega como está,
con su historia, con su vergüenza, con su necesidad. Y Jesús no la humilla; la
levanta:
“Hija, tu fe te ha salvado.”
¡Qué palabra! “Hija”. Jesús le devuelve identidad,
dignidad, hogar. Hay personas que necesitan más que un milagro físico:
necesitan que Dios les diga otra vez: “tú eres mi hijo… tú eres mi hija”.
b) Jairo y la niña
La otra historia es la de Jairo, un padre
que corre porque su hija se muere. Lo hermoso es que Jairo, siendo un hombre
importante, se pone de rodillas. La desesperación lo vuelve humilde; el amor lo
vuelve creyente. En la puerta del abismo, lo único que le queda es Jesús.
Pero cuando van de camino llega la noticia brutal:
“Tu hija ha muerto. ¿Para qué molestar ya al Maestro?”
Esa frase es tremenda. Porque no solo describe la
muerte física; describe las veces que nos dicen:
- “Ya
no hay nada que hacer.”
- “Eso
no cambia.”
- “Eso
no tiene arreglo.”
- “Esa
persona no vuelve.”
- “Ese
matrimonio ya murió.”
- “Esa
fe ya se apagó.”
- “Tu
proyecto ya se acabó.”
Y entonces Jesús responde con una frase que hoy es
para nosotros:
“No temas; basta que creas.”
No dice: “no llores”.
No dice: “no sientas”.
Dice: “no temas”. Es decir: no dejes que el miedo sea el que decida por ti.
Porque el miedo siempre dicta sentencias antes de tiempo. La fe, en cambio,
abre caminos.
Jesús entra, toma a la niña de la mano y pronuncia
esas palabras arameas tan concretas y tan tiernas:
“Talitá kum” — “Niña, yo te lo mando, levántate.”
A Jesús le basta una mano tomada, una palabra
dicha, una presencia fiel… para levantar lo que todos dieron por perdido.
4) ¿Qué nos está diciendo Dios
hoy?
Esta liturgia nos deja tres llamadas muy concretas:
1. No escondas tu dolor como si
fuera pecado.
David llora. Jesús también lloró ante la tumba de su amigo. La fe no es
anestesia. La fe es compañía.
2. No dejes que la multitud te distraiga
de Jesús.
Hay “multitudes” que nos apagan: el ruido, el estrés, el resentimiento, el “qué
dirán”, la resignación. Esta mujer atravesó la multitud. Jairo ignoró las voces
que lo hundían. La fe a veces es eso: seguir caminando hacia Jesús aunque te
digan que ya no vale la pena.
3. Deja que Jesús te tome de la
mano.
A veces queremos que Dios actúe, pero sin tocarnos el orgullo, sin tocar
nuestras costumbres, sin tocar lo que nos ata. Y Jesús hoy toca y se deja
tocar. Porque el encuentro con Cristo siempre es un “contacto” que cura: en la
conciencia, en la memoria, en el corazón.
5) Intención orante por los
benefactores
Y en este día, como comunidad, queremos elevar una
oración especial por nuestros benefactores: por quienes sostienen con su
generosidad la misión, la caridad, la evangelización, la catequesis, la música,
la comunicación, los proyectos de fe.
Porque a veces un benefactor es como esa mujer que
toca el manto de Jesús: con un gesto sencillo, silencioso, hace el bien. Y a
veces un benefactor es como Jairo: ama, se preocupa, busca soluciones, no se
rinde.
Pidámosle al Señor que los bendiga:
- que
cuide su salud y su hogar,
- que
sostenga su trabajo,
- que
les multiplique la alegría,
- que
les conceda paz en el corazón,
- y
que nunca les falte la certeza de que Dios no se deja ganar en
generosidad.
6) Cierre
Hermanos, quizá hoy alguien vino con el corazón
como David: llorando por dentro.
Quizá alguien se siente como la mujer: cansado de
luchar y de intentar.
Quizá alguien está como Jairo: suplicando por alguien amado.
Sea cual
sea tu historia, Jesús te dice lo mismo:
“No temas; basta que creas.”
Y como a
la niña, Cristo también te susurra hoy:
“Levántate.”
Levántate de la tristeza que te encierra,
del miedo que te paraliza,
del pecado que te humilla,
de la resignación que te apaga.
Porque
cuando Jesús toma la mano, la vida vuelve. Amén.
2
Esperanza en medio del
sufrimiento
(Mc 5,25–34, en diálogo con la Primera Lectura y el
Salmo responsorial)
1) Puerta de entrada: cuando el
dolor se vuelve oración
La Palabra de Dios de hoy nos coloca ante una
experiencia universal: el sufrimiento humano y la pregunta que brota
desde él. No solo el Evangelio nos habla de una mujer herida en su cuerpo y en
su dignidad; también la primera lectura y el salmo nos introducen en ese
clamor que atraviesa toda la Escritura: el grito del hombre frágil que
busca a Dios, y la respuesta de un Dios que no abandona.
La Biblia no es ingenua: no oculta el dolor, pero
tampoco lo deja sin sentido.
2) Primera lectura: Dios ve lo
que otros no ven
En la primera lectura, encontramos a un ser
humano confrontado con su realidad más profunda: fragilidad, pecado, límite, o
sufrimiento que no puede ocultarse ante Dios. Allí se nos recuerda una verdad
decisiva: nada de lo humano le es indiferente al Señor.
Dios no se queda en la superficie; mira el corazón, desenmascara, pero no para
humillar, sino para sanar y restaurar.
Esto ilumina directamente el Evangelio:
- La
mujer enferma era invisible para la sociedad.
- Pero
no era invisible para Dios.
Así como en la primera lectura Dios sale al
encuentro del ser humano en su verdad —aunque duela—, en el Evangelio Jesús se
detiene, pregunta, busca a quien lo tocó. Dios no sana “a distancia”; quiere
encuentro, quiere verdad, quiere relación.
3) El Salmo: el grito del que
espera contra toda esperanza
El salmo responsorial pone palabras al alma
herida. Es el grito del que sufre, pero no desespera; del que llora, pero sigue
confiando.
El salmista no niega su miseria, pero proclama algo fundamental:
👉 Dios escucha el clamor del pobre,
👉 Dios no desprecia un corazón humillado.
La mujer del Evangelio podría haber rezado
perfectamente ese salmo.
Doce años sangrando… doce años clamando quizá sin palabras… doce años esperando
que alguien la escuchara.
Y cuando finalmente toca a Jesús, el salmo se hace carne: el clamor llega al
corazón de Dios y no queda sin respuesta.
4) Evangelio: tocar a Cristo
cuando todo parece perdido
El Evangelio nos presenta el punto culminante:
- una
mujer agotada,
- empobrecida,
- excluida,
- marcada
por la ley y por la opinión de los demás.
Pero ella hace algo audaz: convierte su
sufrimiento en acto de fe.
No discute, no se justifica, no se defiende. Toca. Confía. Espera.
Aquí se unen las tres lecturas:
- La primera
lectura nos muestra que Dios conoce la verdad del corazón.
- El salmo
nos enseña a gritar con esperanza.
- El Evangelio
nos revela que ese grito encuentra respuesta en Cristo.
5) Clave espiritual: del
aislamiento a la comunión
La enfermedad de la mujer simboliza también el
pecado y toda herida interior que nos separa:
- nos
aísla,
- nos
hace sentir indignos,
- nos
convence de que no pertenecemos.
Pero Jesús rompe ese círculo.
No solo la cura: la reintegra.
No solo seca la herida: le devuelve la paz.
No solo la sana: la llama “hija”.
Aquí el salmo vuelve a resonar: “Devuélveme la
alegría de tu salvación”.
Eso es exactamente lo que Jesús hace.
6) Sufrimiento permitido, no como
castigo sino como camino
Las lecturas de hoy nos ayudan a comprender algo
esencial:
👉 Dios no siempre quita el sufrimiento de inmediato,
👉 pero nunca lo deja sin fecundidad.
La primera lectura muestra que Dios puede servirse
incluso de situaciones dolorosas para revelar su verdad.
El salmo enseña que el sufrimiento puede convertirse en oración confiada.
El Evangelio revela que la fe y la esperanza transforman la herida en lugar
de encuentro con Dios.
Doce años no fueron inútiles: fueron el camino
hacia una fe madura, humilde y valiente.
7) Aplicación pastoral: hoy
también podemos tocar su manto
Hoy muchos llegan a la Eucaristía como esa mujer:
- con
heridas que no se ven,
- con
cansancios que no se cuentan,
- con
culpas que pesan,
- con
dolores que aíslan.
La liturgia nos dice:
👉 toca a Cristo.
En la Palabra que ilumina.
En el Salmo que consuela.
En la Eucaristía que sana.
En la Reconciliación que restaura.
Y como comunidad, estamos llamados a no ser
“multitud que aprieta”, sino Iglesia que deja espacio para que el herido
llegue a Jesús.
8) Conclusión orante
Hoy el Señor nos dice, como a la mujer:
“Tu fe te ha salvado. Vete en paz.”
Que la primera lectura nos ayude a vivir en la
verdad ante Dios.
Que el salmo nos enseñe a clamar sin perder la esperanza.
Y que el Evangelio nos dé el valor de acercarnos a Cristo, incluso cuando todo
parece perdido.
Porque quien se atreve a tocar al Señor con fe, nunca
se va igual.
3
1) Puerta de entrada: un
Evangelio que toca la herida
Hay páginas del Evangelio que no se entienden desde
la teoría, sino desde la vida. Hoy escuchamos la historia de una mujer que
lleva doce años sangrando. Doce años de dolor físico, de cansancio, de
dinero gastado, de puertas cerradas… Doce años de lucha silenciosa. Y, como si
no bastara, la Ley la consideraba “impura”, lo cual significaba quedar
al margen: del templo, de la comunidad, del abrazo social. En un solo cuerpo,
esta mujer llevaba dos sufrimientos: uno visible y otro invisible: la
enfermedad y la soledad.
Y, sin embargo, esta historia no está escrita para
humillarla, sino para revelarnos cómo Dios actúa cuando ya no queda nada…
excepto la esperanza.
2) Mirada bíblica: de la impureza
al encuentro
El texto dice algo estremecedor: “había sufrido
mucho con muchos médicos… y se había puesto peor”. Es el retrato de tantas
personas que hoy podrían decir: “he probado de todo, y sigo igual”.
Pero ella “oyó hablar de Jesús” y ese “oír” le enciende una luz
interior. No tiene un tratado de teología, no tiene garantías, no tiene
privilegios. Tiene algo que parece pequeño, pero es inmenso: la fe humilde.
Su frase es brevísima y decisiva: “Si logro
tocar siquiera su manto, quedaré sana”. No pide un discurso; pide un
contacto. No reclama un lugar delante; se cuela por detrás. No exige; se
arriesga. Y allí ocurre el milagro: “al instante se secó la fuente de sangre”.
Pero Jesús no se conforma con una sanación
“anónima”. Se detiene. Pregunta. Busca. Porque no solo quiere curar su cuerpo:
quiere devolverle el rostro, el nombre, la dignidad. Y cuando ella se
presenta temblando, Jesús no la reprende: la llama con una palabra que cura el
corazón: “Hija”.
Es decir: “Tú no eres un problema; eres familia. Tú no eres impura; eres
amada”.
3) Clave espiritual: la herida
como símbolo del pecado y de la fractura interior
La enfermedad de esta mujer también nos habla de
otra hemorragia: la del alma, cuando el pecado, la culpa, el
resentimiento, el miedo o la doble vida nos van “desangrando” por dentro.
El pecado no solo rompe una norma: rompe comunión. Nos aisla: de Dios, de los
demás y de nosotros mismos. Uno termina sintiéndose “no digno”, “no merecedor”,
“marcado”. Y esa es una de las trampas más crueles: creer que por estar heridos
ya no podemos acercarnos.
El Evangelio de hoy dice lo contrario: precisamente
porque estás herido, acércate.
Esta mujer “toca” a Jesús… y descubre que el corazón de Jesús no se contamina
con nuestra miseria: nuestra miseria se transforma con su misericordia.
4) El misterio del dolor:
permitido, no para castigar, sino para salvar
Aquí hay una verdad difícil, pero profundamente
cristiana: Dios no es autor del mal, pero puede sacar bien del mal. Hay
sufrimientos que no son castigo. Hay pruebas que no son rechazo. Hay noches
que, misteriosamente, preparan una aurora.
Doce años parecen demasiado. A veces nosotros
también decimos:
—“Señor, ¿hasta cuándo?”
Y el Evangelio no responde con una explicación fría. Responde con una
presencia: Jesús pasa, Jesús está, Jesús se deja tocar.
Y cuando por fin ella lo toca, su historia queda reinterpretada: aquellos doce
años no fueron “tiempo perdido”: fueron el camino doloroso que la llevó al
punto donde su fe iba a brillar y su vida iba a recomenzar.
5) Fe y esperanza: dos virtudes
para no rendirse
Esta mujer es maestra de dos virtudes:
- Fe: creer que Jesús puede,
incluso cuando ya no hay razones humanas para creer.
- Esperanza: sostener el corazón en
pie, incluso cuando el cuerpo se cae.
La esperanza cristiana no es optimismo ingenuo ni
frase bonita. Es un don de Dios que nos mantiene vivos por dentro cuando la
fuerza humana se agota. Es esa certeza silenciosa que dice:
“No entiendo lo que pasa, pero sé en manos de quién estoy.”
Y la mujer demuestra algo precioso: la esperanza
verdadera se mueve. No se queda mirando. Da un paso. Ella camina entre
la multitud, supera el miedo, se abre paso, estira la mano… y toca.
6) Aplicación pastoral: ¿qué
“manto” toca hoy el creyente?
El Evangelio nos pregunta: ¿qué hemorragia
arrastras tú?
Puede ser:
- una
enfermedad que te cansa,
- una
tristeza que te aplasta,
- un
duelo que no termina,
- un
conflicto familiar,
- una
herida afectiva,
- un
pecado repetido,
- una
sensación de soledad “religiosa”: estar cerca del templo, pero lejos del
consuelo.
Y también pregunta: ¿dónde estás buscando
alivio?
Porque a veces gastamos “todo lo que tenemos” en remedios equivocados:
distracciones, rabias, evasiones, relaciones tóxicas, pantallas, vicios, o esa
autosuficiencia orgullosa que dice: “yo puedo solo”.
Hoy el Señor nos muestra un camino sencillo y real:
tocar a Cristo.
¿Y cómo lo tocamos?
- En
la oración: cuando le dices la verdad sin maquillaje.
- En
la Reconciliación: donde su misericordia corta la hemorragia de la
culpa.
- En
la Eucaristía: donde lo recibimos no como idea, sino como Pan vivo.
- En
la Iglesia-comunidad: cuando volvemos a sentirnos “hijos” y no
“excluidos”.
Y atención: Jesús no solo sana, también reintegra.
A esta mujer la devuelve a la vida social y religiosa. Hay gente que, además de
sanar, necesita volver a sentirse aceptada, escuchada, mirada con
respeto. Ese también es un milagro que la comunidad cristiana está llamada a
ofrecer.
7) Llamado final: deja de tocar
el miedo y toca a Jesús
Quizá lo más fuerte de este Evangelio es que Jesús
no dice: “Tu mérito te salvó”. Dice:
“Tu fe te ha salvado. Vete en paz.”
No es magia. Es encuentro. No es superstición. Es confianza. No es un “toque”
cualquiera: es tocar a Cristo con el corazón rendido.
Hoy, si estás sufriendo, no te pido que finjas
fuerza. Te pido una cosa: no te encierres. Haz lo que hizo ella:
acércate como puedas. Aunque sea “por detrás”. Aunque sea temblando. Aunque sea
con una oración mínima:
“Señor, si te toco, me basta.”
Y si en tu vida hay alguien que sufre, no lo
juzgues, no lo etiquetes, no lo excluyas. Sé parte del milagro: deja que esa
persona sienta que en la Iglesia todavía se escucha la palabra más hermosa de
Jesús: “Hija… Hijo.”
Oración final
Señor
Jesús,
muchas veces he cargado dolores que no entiendo,
heridas del cuerpo y del alma, cansancios y culpas que me aíslan.
Hoy me acerco a Ti como aquella mujer: con temor, pero con fe.
Dame la
gracia de tocarte en la oración,
de dejarme curar en la Reconciliación,
de encontrarte vivo en la Eucaristía,
y de volver a la paz de sentirme tu hijo.
Convierte
mis pruebas en camino de comunión,
y mis noches en ocasión de tu gloria.
Jesús, en Ti confío. Amén.
3 de febrero:
San Blas, obispo y mártir — Memoria opcional
† ca. 316
Santo patrono de las enfermedades de la garganta y
de otras enfermedades, de los trabajadores de la lana, de los animales, de los
albañiles, de los panaderos y de los trabajadores del campo.
Cita:
Por la intercesión de San Blas, obispo y mártir, que Dios te libre de toda
enfermedad de la garganta y de cualquier otro mal. En el nombre del Padre, y
del Hijo, y del Espíritu Santo.
— Bendición de las gargantas
Reflexión
Entre los años 1346 y 1353, una peste bubónica
conocida comúnmente como la “Peste Negra” asoló Europa, Asia y el norte de
África. Fue la pandemia más mortífera de la historia de la humanidad, con
estimaciones conservadoras que sitúan su saldo mortal por encima de los 25
millones de personas. Casi la mitad de la población de Europa murió a causa de
esta pandemia. Durante aquella peste, muchos católicos oraron con gran fervor.
De ese caos surgió una nueva devoción a los llamados “Catorce Santos
Auxiliadores”. Estos santos eran catorce intercesores a quienes se atribuía un
poder especial, sobre todo para curar enfermedades. Entre esos catorce se
encuentra el santo que hoy celebramos.
Se sabe muy poco sobre la vida de San Blas. La
mención más antigua de su vida no se escribió sino hasta unos 200 años después
de su muerte, por el médico Aecio de Amida, quien hablaba del poder intercesor
de San Blas para ayudar a desatascar objetos atascados en la garganta. Los Hechos
de San Blas, algo más detallados, se escribieron aproximadamente 400 años
después de su muerte. Sean o no verdaderas las historias que se narran sobre
él, lo cierto es que los fieles han buscado devotamente su intercesión durante
siglos, y esa práctica continúa hoy en la forma de la bendición de las
gargantas en el día de su fiesta.
Cuenta la leyenda que Blas fue un excelente médico
en su ciudad natal de Sebaste, en Armenia, la actual Silvas, en Turquía. En su
juventud estudió a muchos de los grandes filósofos. Cuando murió el obispo de
Sebaste, Blas fue elegido como nuevo obispo por la aclamación popular “de todo
el pueblo”. Se decía que era un hombre de gran fe y virtud, que cuidaba de su
pueblo tanto en el cuerpo como en el alma. Muchos acudían a él en busca de
sanación física como médico y recibían también numerosos milagros. Otros tantos
acudían a él en busca de sanación espiritual, que él comunicaba gracias a su
profunda fe. Según la misma leyenda, incluso los animales lo escuchaban y
obedecían sus órdenes, y él los sanaba de sus enfermedades.
En el año 313, los emperadores romanos
co-gobernantes, Constantino I y Licinio, promulgaron conjuntamente el Edicto de
Milán, que estableció la tolerancia religiosa en todo el Imperio romano. Sin
embargo, los Hechos de San Blas afirman que en el año 316 el gobernador
de Capadocia, actuando por orden de Licinio, comenzó a arrestar y matar
cristianos. Se dice que el obispo Blas estuvo entre los arrestados.
Mientras llevaban a Blas a la cárcel, continúa la
leyenda, un niño se estaba ahogando con una espina de pescado, y la madre del
niño lo envió a Blas para que rezara por él. El obispo Blas lo curó
milagrosamente en ese mismo momento. Otra historia relata que, en ese camino
hacia la prisión, una mujer le suplicó que salvara a su cerdo, que había sido
capturado por un lobo. El obispo Blas ordenó al lobo que soltara al cerdo, y el
lobo obedeció. En agradecimiento, la mujer llevó a Blas dos velas de cera para
dar luz a su celda en la prisión.
A pesar de estos milagros, el gobernador insistió
en que el obispo Blas renunciara a su fe cristiana, a lo cual Blas se negó. Por
ello, por orden del gobernador, Blas fue despedazado con peines de metal usados
para cardar la lana y luego decapitado.
Hoy, San Blas es el santo patrono de los cardadores
de lana a causa de la leyenda de su tortura y muerte con peines de metal. Es
patrono de los animales debido a la autoridad que, según se dice, ejercía sobre
ellos. Es patrono de las enfermedades de la garganta y de otras dolencias por
la historia según la cual curó al niño con la espina de pescado atascada en la
garganta, por haber sido médico y por haber sanado milagrosamente a muchos
otros de sus enfermedades. Dos velas de cera se utilizan hoy para bendecir las
gargantas debido a la leyenda de las velas que la mujer agradecida le llevó a
la cárcel.
Al reflexionar sobre estas historias transmitidas a
lo largo de los años, quizá el relato más importante en el que debemos
detenernos sea el de la fe que tantas personas han tenido durante siglos en la
intercesión de San Blas. Desde quienes pudieron haber buscado sus oraciones en
el tiempo de su ministerio, pasando por quienes acudieron a su intercesión
durante la Peste Negra siglos después, hasta las bendiciones sacerdotales
actuales en la Misa, usando velas para bendecir las gargantas, Dios ha
utilizado a San Blas de maneras que él nunca habría podido prever. Esto debería
tranquilizarnos y confirmarnos que Dios desea que acudamos a la intercesión de
los santos en nuestros momentos de necesidad. Aunque Dios es plenamente capaz
de responder directamente a nuestras oraciones, a menudo elige valerse de la
mediación de otros para comunicar su gracia. Reflexiona sobre tu propia
devoción a San Blas y a todos los santos. Busca a tu patrono especial. Confíale
tus oraciones y sabe que, al hacerlo, tu patrono presenta ante Dios tanto tu
persona como tus necesidades.
Oración
San Blas,
tú aceptaste la voluntad de Dios tal como se manifestó en la aclamación del
pueblo al elegirte como su pastor. Difundiste con amor la fe, sanaste a los
enfermos y entregaste tu vida como mártir. Te ruego que intercedas por mí y por
mi familia para que seamos preservados de toda enfermedad, especialmente de las
enfermedades de la garganta, y para que yo tenga el mismo valor que tú tuviste
para ser testigo de Cristo, incluso hasta el punto de dar la vida.
San Blas, ruega por mí.
Jesús, en Ti confío.

