lunes, 22 de junio de 2026

22 de junio del 2026: lunes de la decimosegunda semana del tiempo ordinario-II

 

Santo del día:

Santos John Fisher y Tomás Moro

Muertos en 1535. Respectivamente obispo de Rochester y canciller de Inglaterra, se negaron, por fidelidad a Roma, a prestar el juramento de supremacía del rey Enrique VIII, y murieron decapitados. Ambos fueron canonizados en 1935.

 


La buena medida

2 Reyes 17, 5-8.13-15a.18; Mateo 7, 1-5

La ley de la reciprocidad está inscrita en la vocación moral que Dios nos da: seremos tratados según la “medida” con la que tratemos a los demás. Así, Dios, abandonado por las tribus del Norte, termina dejando a su pueblo a merced de gente que no tiene ninguna preocupación por la moral. Dar una “buena medida” a nuestros hermanos pasa, como mínimo, por la humildad de no erigirnos en jueces de sus acciones.

Jean-Marc Liautaud, Fondacio

 


Primera lectura

2 Re 17, 5-8. 13-15a. 18
El Señor apartó a Israel de su presencia y solo quedó la tribu de Judá

Lectura del segundo libro de los Reyes.

EN aquellos días, avanzó Salmanasar, rey de Asiria, contra todo el país, comenzando por Samaría, a la que puso sitio durante tres años, hasta que, el año noveno de Oseas, el rey de Asiria la conquistó. Deportó a Israel a Asiria y lo estableció en Jalaj, en el Jabor, río de Gozán, así como en las ciudades de los medos.
Esto sucedió porque los hijos de Israel habían pecado contra el Señor, su Dios, que los había sacado de la tierra de Egipto, sustrayéndolos a la mano del faraón, rey de Egipto; porque dieron culto a otros dioses y siguieron las costumbres de aquellas naciones que el Señor había expulsado ante ellos.
Pues el Señor había advertido a Israel y a Judá, por boca de todos los profetas y videntes:
«Conviértanse de sus malos caminos y guarden mis mandamientos y decretos, conforme a la ley que prescribí a sus padres y que les transmití por mano de mis siervos los profetas».
Pero no hicieron caso, manteniendo dura la cerviz como habían hecho sus padres, que no confiaron en el Señor, su Dios.
Despreciaron así sus leyes y la alianza que estableció con sus padres, tanto como las exigencias que les impuso.
Y se encolerizó el Señor sobremanera contra Israel, apartándolos de su presencia.
Solo quedó la tribu de Judá.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 59, 3. 4-5. 12-14 (R.: 7b)

R. Que tu mano salvadora, Señor, nos responda.

V. Oh, Dios, nos rechazaste y rompiste nuestras filas;
estabas airado, pero restáuranos. 
R.

V. Has sacudido y agrietado el país:
repara sus grietas, que se desmorona.
Hiciste sufrir un desastre a tu pueblo,
dándole a beber un vino de vértigo.
 R.

V. Oh, Dios, nos has rechazado
y no sales ya con nuestras tropas.
Auxílianos contra el enemigo,
que la ayuda del hombre es inútil.
Con Dios haremos proezas,
él pisoteará a nuestros enemigos. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. La palabra de Dios es viva y eficaz; juzga los deseos e intenciones del corazón. R.

 

Evangelio

Mt 7, 1-5

Sácate primero la viga del ojo

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«No juzguen, para que no sean juzgados. Porque serán juzgados como juzguen ustedes, y la medida que usen, la usarán con ustedes.
¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo?
¿Cómo puedes decirle a tu hermano: “Déjame que te saque la mota del ojo”, teniendo una viga en el tuyo? Hipócrita: sácate primero la viga del ojo; entonces verás claro y podrás sacar la mota del ojo de tu hermano».

Palabra del Señor.

 

 

1

 

Hermanos y hermanas:

La Palabra de Dios de este lunes nos pone delante una advertencia muy seria, pero también muy necesaria: la vida espiritual se pierde cuando dejamos de escuchar a Dios y cuando empezamos a mirar a los demás desde la superioridad, el juicio y la dureza del corazón.

La primera lectura, tomada del segundo libro de los Reyes, nos presenta uno de los momentos más dolorosos de la historia del pueblo de Israel: la caída de Samaría y la deportación del reino del Norte. El texto dice que esto sucedió porque los hijos de Israel pecaron contra el Señor, su Dios; porque siguieron las costumbres de otros pueblos; porque rechazaron las advertencias de los profetas; porque endurecieron la cerviz y no quisieron escuchar.

No se trata de imaginar a un Dios vengativo que se complace castigando. Se trata más bien de reconocer que cuando un pueblo abandona a Dios, termina quedando a merced de sus propios ídolos, de sus propias confusiones, de sus propias esclavitudes. Israel se apartó del Señor, y al apartarse de Él perdió también el camino de la justicia, de la fidelidad y de la verdadera libertad.

Eso también puede sucedernos a nosotros. Cuando dejamos de escuchar la voz de Dios, otras voces ocupan su lugar. Cuando dejamos de buscar su voluntad, terminamos justificando cualquier cosa. Cuando olvidamos que todo viene de Él, el corazón se vuelve autosuficiente, ingrato y duro.

Por eso el salmo de hoy tiene tono de súplica. El pueblo reconoce su fragilidad y clama: “Auxílianos contra el enemigo, que la ayuda del hombre es inútil”. Es una oración humilde. Es la oración de quien sabe que no puede salvarse solo. Es la oración de quien descubre que, sin Dios, nuestras fuerzas no bastan.

Y en el Evangelio, Jesús nos lleva al corazón de la vida fraterna: “No juzguen, para no ser juzgados”. Esta frase es muy conocida, pero no siempre es bien entendida. Jesús no nos está diciendo que renunciemos al discernimiento, ni que llamemos bien al mal, ni que dejemos de corregir cuando sea necesario. Lo que Jesús condena es esa actitud interior de quien se coloca por encima del hermano, como si fuera dueño de la verdad, juez de las conciencias y medida de todos.

El Señor nos recuerda una ley espiritual profunda: “La medida que usen, la usarán con ustedes”. Es decir, el modo como tratamos a los demás revela el modo como entendemos la misericordia de Dios. Si somos duros, implacables y condenatorios, quizá todavía no hemos comprendido cuánto nos ha perdonado el Señor. Si somos misericordiosos, pacientes y humildes, entonces estamos dejando que la gracia de Dios transforme nuestra mirada.

Jesús usa una imagen fuerte: vemos la paja en el ojo del hermano, pero no vemos la viga en el nuestro. Qué fácil es descubrir los defectos ajenos. Qué fácil es señalar, comentar, sospechar, condenar. Qué fácil es mirar la vida de los demás desde fuera, sin conocer sus luchas, sus heridas, sus lágrimas, sus historias y sus cargas.

Pero el Evangelio nos invita a comenzar por dentro. Antes de querer corregir a los demás, debemos dejarnos corregir por Dios. Antes de hablar de la paja del hermano, debemos pedir luz para reconocer nuestras vigas: nuestro orgullo, nuestra falta de caridad, nuestras palabras hirientes, nuestras omisiones, nuestras incoherencias, nuestros pecados escondidos.

Esta enseñanza se une profundamente con la primera lectura. Israel cayó porque dejó de escuchar a Dios y se cerró a sus profetas. Nosotros también podemos caer cuando dejamos de escuchar al Señor y, en lugar de convertirnos, preferimos juzgar a los demás. El que no se examina a sí mismo termina examinando sin misericordia la vida ajena. El que no se reconoce pecador termina mirando al hermano como culpable. El que olvida que necesita perdón se vuelve incapaz de perdonar.

Hoy, además, oramos por nuestros fieles difuntos. Esta intención nos ayuda a mirar la vida con más humildad. Ante la muerte, se apagan muchas pretensiones. Ante la eternidad, comprendemos que todos somos pobres delante de Dios. Ninguno de nosotros puede presentarse ante el Señor apoyado solamente en sus méritos. Todos necesitamos misericordia.

Orar por los difuntos es un acto de amor y de fe. Es confiar en que Dios, que conoce el corazón de cada persona, mira con ternura la historia de sus hijos. Nosotros no juzgamos su destino eterno; los entregamos a la misericordia del Padre. Pedimos que el Señor purifique lo que haya que purificar, sane lo que haya que sanar y conceda a nuestros hermanos difuntos participar de la luz y de la paz de su Reino.

Y al orar por ellos, también aprendemos algo para nuestra vida: un día nosotros estaremos delante de Dios. Ese día no contará tanto cuántas veces juzgamos, criticamos o condenamos, sino cuánto amamos, cuánto perdonamos, cuánto servimos, cuánto dejamos que Dios cambiara nuestro corazón.

Por eso, pidamos hoy tres gracias.

Primero, la gracia de escuchar a Dios. Que no nos pase como al pueblo que endureció su corazón. Que cada llamada del Señor nos encuentre disponibles para la conversión.

Segundo, la gracia de mirarnos con verdad. Que antes de señalar la paja del hermano, tengamos la humildad de reconocer nuestras propias vigas.

Y tercero, la gracia de mirar a los demás con misericordia. No con ingenuidad, pero sí con caridad. No justificando el mal, pero tampoco condenando sin amor. No cerrando los ojos ante la verdad, pero siempre recordando que solo Dios conoce plenamente el corazón humano.

Que esta Eucaristía nos enseñe la “buena medida” del Evangelio: una medida generosa, humilde, compasiva y fraterna. Porque la medida de Dios para nosotros ha sido siempre la misericordia. Y quien ha sido mirado con misericordia, debe aprender también a mirar con misericordia.

Encomendemos hoy a nuestros difuntos al amor del Padre. Que descansen en la paz de Cristo. Y que nosotros, mientras caminamos en esta vida, aprendamos a vivir sin juzgar con dureza, sin condenar con soberbia, y con un corazón cada vez más parecido al corazón misericordioso de Jesús.

Amén.

 

2

 

Hermanos y hermanas:

La Palabra de Dios de este lunes nos invita a mirar hacia dentro. No para encerrarnos en nosotros mismos, sino para dejarnos iluminar por Dios. Porque muchas veces el ser humano cae en una gran tentación: ver con facilidad el pecado, el error y la fragilidad de los demás, pero resistirse a reconocer su propia necesidad de conversión.

En el Evangelio, Jesús nos dice con palabras muy claras: “No juzguen, para no ser juzgados”. Y luego añade esa imagen tan fuerte y tan conocida: “¿Por qué te fijas en la paja que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo?”. Esta enseñanza de Jesús no es una invitación a vivir sin discernimiento, como si todo diera igual. Tampoco significa que debamos renunciar a corregir fraternalmente cuando sea necesario. Lo que Jesús denuncia es el corazón que se cree superior, el corazón que condena, el corazón que encuentra una satisfacción desordenada en señalar el pecado ajeno.

Y esta es una verdad incómoda: a veces juzgar produce una especie de falsa satisfacción. Criticar, sospechar, hablar mal, comentar los defectos del otro, puede hacernos sentir momentáneamente mejores, más justos, más lúcidos o más santos. Pero esa satisfacción es engañosa. Es una satisfacción desordenada. No viene de Dios. Puede alimentar el orgullo, endurecer el corazón y alejarnos de la verdadera misericordia.

El Catecismo de la Iglesia Católica nos advierte contra el juicio temerario, la maledicencia y la calumnia. Se cae en juicio temerario cuando, sin fundamento suficiente, damos por cierta la culpa moral del prójimo. La maledicencia consiste en revelar sin necesidad los defectos reales de otra persona. Y la calumnia añade algo todavía más grave: decir falsedades que dañan la fama del hermano. En todos estos casos, se hiere la verdad, se hiere la caridad y se hiere la comunión.

Jesús sabe que este pecado puede parecer, a veces, muy justificado. La persona que juzga puede pensar: “Yo solo estoy diciendo la verdad”, “yo solo estoy defendiendo lo correcto”, “yo sí veo lo que otros no quieren ver”. Pero el Señor va más profundo. Él no mira solamente lo que decimos; mira desde dónde lo decimos. No mira solo la corrección exterior; mira si el corazón está movido por el amor o por el orgullo, por la misericordia o por el resentimiento, por el deseo de salvar al hermano o por la necesidad de condenarlo.

Esto fue, precisamente, lo que muchas veces ocurrió con los escribas y fariseos. Conocían la Ley, la citaban, la defendían; pero no siempre la vivían desde el corazón de Dios. Podían juzgar a los demás con dureza, mientras olvidaban la humildad, la compasión y la conversión personal. Se sentían guardianes de la justicia, pero muchas veces estaban cegados por la soberbia.

Por eso Jesús dice: “Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo; entonces verás claro para sacar la paja del ojo de tu hermano”. El Señor no dice que la paja no exista. No niega que el hermano pueda tener algo que corregir. Pero nos recuerda que solo puede ayudar de verdad quien primero ha dejado que Dios lo purifique. Solo puede corregir evangélicamente quien se reconoce también pecador. Solo puede ayudar a otro a salir de su error quien no lo mira desde arriba, sino desde la humildad de quien también ha sido salvado por misericordia.

La primera lectura del segundo libro de los Reyes ilumina este Evangelio. Allí se nos presenta la caída del reino del Norte, la deportación de Israel y el doloroso resultado de haber abandonado al Señor. El texto dice que los hijos de Israel pecaron contra Dios, siguieron otros caminos, no escucharon a los profetas y despreciaron sus mandamientos. En el fondo, el pueblo se alejó de Dios porque dejó de escucharlo.

Ese es también el peligro del corazón que juzga: deja de escuchar a Dios y comienza a escuchar solo su propio orgullo. Israel fue advertido muchas veces por los profetas, pero endureció el corazón. Nosotros también podemos ser advertidos por la Palabra, por la conciencia, por la Iglesia, por personas que nos aman; pero si no somos humildes, podemos preferir ver el pecado de los otros antes que reconocer el nuestro.

El salmo de hoy es una oración nacida de esa experiencia de fragilidad: “Auxílianos contra el enemigo, que la ayuda del hombre es inútil”. Es una súplica que reconoce que solos no podemos. Necesitamos la ayuda de Dios para vencer nuestros enemigos exteriores, pero también nuestros enemigos interiores: el orgullo, la crítica amarga, el resentimiento, la dureza, la envidia, el deseo de quedar por encima de los demás.

La verdadera medicina para el corazón que juzga es la misericordia. Pero no una misericordia superficial, sentimental o permisiva. La misericordia cristiana no niega la verdad; la mira con los ojos de Dios. La misericordia no llama bien al mal; pero tampoco reduce a la persona a su pecado. La misericordia no destruye al pecador; lo busca, lo levanta y lo acompaña hacia la libertad.

Para crecer en misericordia necesitamos educar la mente, la voluntad y también los sentimientos. Con la mente, debemos aprender a mirar como Cristo mira. Con la voluntad, debemos elegir perdonar, aunque no siempre tengamos ganas. Y con el corazón, debemos pedirle a Dios que transforme nuestras heridas, para que no se conviertan en resentimiento ni en juicio permanente contra los demás.

Porque muchas veces juzgamos más duramente a quienes nos han herido, decepcionado o contradicho. Cuando alguien nos ofende, la primera reacción puede ser defendernos, condenar, exagerar sus defectos, contar a otros lo sucedido o alimentar interiormente la queja. Pero Jesús nos invita a comenzar por otro camino: “Saca primero la viga de tu ojo”. Es decir: revisa primero tu corazón; mira qué hay en ti de orgullo, de rabia, de vanidad herida, de falta de perdón, de deseo de venganza.

Este camino duele, porque reconocer la propia viga siempre duele. Es más fácil hablar de la paja ajena que admitir nuestras propias incoherencias. Pero ese dolor es saludable. Es el dolor de la conversión. Es el dolor que purifica. Es el dolor que nos libera de la falsa satisfacción de juzgar y nos abre a la alegría verdadera de la misericordia.

Una comunidad cristiana no se construye con chismes, sospechas y condenas. Se construye con verdad, sí, pero también con caridad. Se construye con corrección fraterna, pero hecha desde la humildad. Se construye cuando cada uno se pregunta primero: “Señor, ¿qué quieres cambiar en mí?”. Una parroquia, una familia, un grupo apostólico, una comunidad religiosa o una amistad se enferman cuando la crítica reemplaza al diálogo, cuando el comentario reemplaza a la oración, cuando el juicio reemplaza a la misericordia.

Hoy el Señor nos invita a hacer un examen sincero. ¿Tengo un corazón que juzga fácilmente? ¿Me siento secretamente satisfecho cuando descubro o comento el defecto de otra persona? ¿Me cuesta alegrarme por el bien de los demás? ¿Presumo malas intenciones sin conocer toda la historia? ¿He dañado la fama de alguien con mis palabras? ¿He confundido la defensa de la verdad con la falta de caridad?

Estas preguntas no son para condenarnos, sino para abrirnos a la gracia. Jesús no nos muestra la viga para humillarnos, sino para sanarnos. No nos invita a reconocer nuestro pecado para aplastarnos, sino para liberarnos. La misericordia de Dios no es una teoría bonita; es una fuerza que puede cambiar nuestro modo de mirar, hablar, pensar y actuar.

Pidamos hoy al Señor que nos dé un corazón humilde. Que antes de juzgar, sepamos orar. Que antes de condenar, sepamos comprender. Que antes de hablar del hermano, sepamos examinarnos delante de Dios. Que antes de corregir, sepamos amar.

Y si algún día tenemos que ayudar a alguien a ver su error, que lo hagamos como Jesús: no desde la superioridad, sino desde la misericordia; no desde la condena, sino desde el deseo sincero de salvación; no para sentirnos mejores, sino para que todos caminemos hacia la libertad de los hijos de Dios.

Que el Señor nos libre de la satisfacción desordenada de juzgar. Que saque de nuestros ojos la viga del orgullo. Y que nos conceda la buena medida del Evangelio: la medida de la misericordia, de la verdad y del amor.

Amén.

 

sábado, 20 de junio de 2026

21 de junio del 2026: decimosegundo domingo del tiempo ordinario-Ciclo A

 

 Declaraciones

En este discurso en el que envía a sus discípulos en misión, Jesús no hace promesas vacías: la tarea de sus amigos será difícil. Como Él, deberán enfrentar una oposición violenta. Jesús es lúcido y desea que nosotros también lo seamos: seguirlo y hablar en su nombre puede llevarnos por caminos peligrosos.

Denunciar las injusticias, rechazar toda violencia, tomar las armas de la compasión, de la vulnerabilidad y de la paz, todo eso puede ponernos en riesgo. La vida de Jesús es una perfecta ilustración de ello. Sin embargo, al concluir estas advertencias que anuncian días difíciles para los discípulos, Jesús repite varias veces: “No tengan miedo”.

Porque, aunque envía a sus discípulos al encuentro de probables dificultades, Jesús promete una vida que supera la vida del cuerpo y les asegura su apoyo inquebrantable. Les dice que Él se “declarará” a favor de ellos. Por eso, no debemos entender las palabras que concluyen este pasaje como la formulación de una condición al estilo de un intercambio: “yo te doy si tú me das”. Dios no es un padrino de mafia que concede protección a cambio de nuestra sumisión.

Debemos escuchar estas palabras como una buena noticia: en Dios se encuentran nuestra fuerza y nuestra vida. Esa vida ya nos ha sido ofrecida, pero Dios, que respeta infinitamente la libertad de cada persona, espera de nosotros el consentimiento para recibir su apoyo; es decir, espera que también nosotros nos “declaremos” por Él.

¿Cómo resuenan en mí las palabras de Jesús que me aseguran que todo lo que soy cuenta para Dios, hasta el más pequeño de mis cabellos?

¿Qué miedos puedo confiar a Dios para pedirle que me libere de ellos?

Marie-Caroline Bustarret, théologienne, enseignante aux facultés Loyola Paris

 


Primera lectura

Jer 20, 10-13
Libera la vida del pobre de las manos de gente perversa

Lectura del libro de Jeremías.

DIJO Jeremías:
«Oía la acusación de la gente:
“Pavor-en-torno,
Delátenlo, vamos a delatarlo”.
Mis amigos acechaban mi traspié:
“A ver si, engañado, lo sometemos
y podemos vengarnos de él”.
Pero el Señor es mi fuerte defensor:
me persiguen, pero tropiezan impotentes.
Acabarán avergonzados de su fracaso,
con sonrojo eterno que no se olvidará.
Señor del universo, que examinas al honrado
y sondeas las entrañas y el corazón,
¡que yo vea tu venganza sobre ellos,
pues te he encomendado mi causa!
Canten al Señor, alaben al Señor,
que libera la vida del pobre
de las manos de gente perversa».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 68, 8-10. 14 y 17. 33-35 (R.: 14c)

R. Señor, que me escuche tu gran bondad.

V. Por ti he aguantado afrentas,
la vergüenza cubrió mi rostro.
Soy un extraño para mis hermanos,
un extranjero para los hijos de mi madre.
Porque me devora el celo de tu templo,
y las afrentas con que te afrentan caen sobre mí. 
R.

V. Pero mi oración se dirige a ti,
Señor, el día de tu favor;
que me escuche tu gran bondad,
que tu fidelidad me ayude.
Respóndeme, Señor, con la bondad de tu gracia;
por tu gran compasión, vuélvete hacia mí.
 R.

V. Mírenlo, los humildes, y alégrense;
busquen al Señor, y revivirá su corazón.
Que el Señor escucha a sus pobres,
no desprecia a sus cautivos.
Alábenlo el cielo y la tierra,
las aguas y cuanto bulle en ellas. 
R.

 

Segunda lectura

Rom 5, 12-15

No hay proporción entre el delito y el don

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos.

HERMANOS:
Lo mismo que por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así la muerte se propagó a todos los hombres, porque todos pecaron…
Pues, hasta que llegó la ley había pecado en el mundo, pero el pecado no se imputaba porque no había ley. Pese a todo, la muerte reinó desde Adán hasta Moisés, incluso sobre los que no habían pecado con una transgresión como la de Adán, que era figura del que tenía que venir.
Sin embargo, no hay proporción entre el delito y el don: si por el delito de uno solo murieron todos, con mayor razón la gracia de Dios y el don otorgado en virtud de un hombre, Jesucristo, se han desbordado sobre todos.

Palabra de Dios.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. El Espíritu de la verdad dará testimonio de mí —dice el Señor—; y ustedes darán testimonio. R.

 

Evangelio

Mt 10, 26-33

No tengan miedo a los que matan el cuerpo

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«No tengan miedo a los hombres, porque nada hay encubierto, que no llegue a descubrirse; ni nada hay escondido, que no llegue a saberse.
Lo que les digo en la oscuridad, díganlo a la luz, y lo que les digo al oído, pregónenlo desde la azotea.
No tengan miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No; teman al que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la “gehenna”. ¿No se venden un par de gorriones por un céntimo? Y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga su Padre. Pues ustedes hasta los cabellos de la cabeza tienen contados. Por eso, no tengan miedo: valen más ustedes que muchos gorriones.
A quien se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre que está en los cielos».

Palabra del Señor.

 

1

 

Queridos hermanos y hermanas:

La Palabra de Dios de este domingo nos pone frente a una realidad muy humana: el miedo. Todos conocemos el miedo. Miedo al rechazo, miedo a la crítica, miedo a la enfermedad, miedo al fracaso, miedo a la soledad, miedo a perder lo que amamos, miedo al futuro, miedo a que nuestra fe sea incomprendida.

Y Jesús, en el Evangelio, no niega que el miedo exista. No les dice a sus discípulos: “Nada les va a pasar”. Tampoco les promete una misión fácil, cómoda o aplaudida. Al contrario, los envía como testigos en medio de un mundo que muchas veces se resiste a la verdad del Evangelio. Pero en ese contexto les repite tres veces una palabra fundamental: “No tengan miedo”.

Esta frase no es una orden fría. Es una promesa. Jesús no dice: “No tengan miedo porque ustedes son fuertes”. Dice más bien: “No tengan miedo porque ustedes no están solos”. La valentía cristiana no nace de creernos invencibles, sino de saber que Dios camina con nosotros.

La primera lectura nos presenta al profeta Jeremías en un momento doloroso. Él ha sido llamado por Dios para anunciar su Palabra, pero esa misión le trae persecución, burlas y amenazas. Jeremías escucha a sus enemigos decir: “Denunciémoslo”. Incluso quienes parecían estar cerca de él esperan verlo caer.

Qué experiencia tan amarga: hacer el bien y ser incomprendido; decir la verdad y ser rechazado; servir a Dios y recibir sospechas. Jeremías no es un hombre de piedra. Sufre, se queja, se siente rodeado. Pero en medio de esa prueba hace una confesión luminosa: “El Señor está conmigo como fuerte soldado”.

Ahí está la clave. Jeremías no vence porque no tenga miedo. Vence porque, aun con miedo, se apoya en Dios. No calla la verdad, no vende su conciencia, no abandona su misión. Descubre que su seguridad no está en la aprobación de los demás, sino en la fidelidad del Señor.

El salmo prolonga esta misma experiencia. El orante dice: “Por ti he sufrido insultos”. Se siente despreciado por causa de Dios. Pero, en medio de su aflicción, no se encierra en la amargura; eleva su súplica: “Que me escuche tu gran bondad, Señor”. El salmista nos enseña que la fe no elimina necesariamente el sufrimiento, pero nos da un lugar donde depositarlo: el corazón de Dios.

Y entonces llegamos al Evangelio. Jesús dice: “No tengan miedo a los hombres”. No se trata de despreciar a nadie, ni de vivir de manera agresiva o desafiante. Se trata de no entregar la conciencia al miedo. El discípulo de Cristo no puede vivir esclavo del “qué dirán”. No puede ocultar la luz recibida. No puede avergonzarse del Evangelio.

Jesús afirma: “Lo que les digo en la oscuridad, díganlo a la luz; lo que escuchan al oído, proclámenlo desde las azoteas”. La fe no es un secreto para esconder. La fe es una luz para compartir. El cristiano no está llamado a imponer, pero sí a testimoniar. No está llamado a gritar más que los demás, pero sí a hablar con verdad, con humildad y con coherencia.

En nuestros días también hay muchas formas de miedo que pueden silenciar la fe. A veces callamos para no incomodar. A veces preferimos no defender la justicia para evitar problemas. A veces dejamos de hablar de Dios porque pensamos que ya no interesa. A veces suavizamos el Evangelio para que no nos cuestione ni cuestione a nadie.

Pero Jesús nos recuerda que el discípulo no puede vivir escondido. La misión cristiana implica anunciar la verdad, defender la vida, denunciar la injusticia, rechazar la violencia, practicar la compasión, optar por la paz, perdonar, servir y amar incluso cuando eso no sea popular.

En este evangelio Jesús no hace falsas promesas. Él sabe que seguirlo puede conducir por caminos difíciles. Su propia vida lo demuestra. Él fue rechazado, perseguido, condenado y crucificado. Pero justamente por eso su palabra tiene autoridad. Cuando Jesús dice “no teman”, no habla desde la comodidad, sino desde la cruz y desde la resurrección.

Ahora bien, hay una frase del Evangelio que puede llenar de consuelo nuestro corazón: “Hasta los cabellos de la cabeza tienen contados. Por eso, no tengan miedo: ustedes valen más que muchos pajarillos”.

Qué imagen tan sencilla y tan profunda. Para Dios nada de nuestra vida es insignificante. No somos un número perdido en la multitud. No somos una historia anónima. No somos una preocupación secundaria. Dios conoce nuestra vida entera, incluso aquello que nosotros mismos no alcanzamos a comprender. Si hasta nuestros cabellos están contados, entonces también están contadas nuestras lágrimas, nuestras luchas, nuestras heridas, nuestros esfuerzos, nuestras noches de angustia y nuestros pequeños actos de amor.

Esta es una gran noticia para quien se siente olvidado. Para quien cree que nadie ve su sacrificio. Para quien carga una cruz en silencio. Para quien teme no tener fuerzas. Dios ve. Dios conoce. Dios sostiene. Dios no abandona.

San Pablo, en la carta a los Romanos, nos da otra clave. Nos recuerda que por el pecado entró la muerte en el mundo, pero que la gracia de Dios en Jesucristo es mucho más grande que el pecado. Pablo no niega la gravedad del mal. El pecado hiere, divide, destruye y trae muerte. Pero la gracia de Cristo es más fuerte.

Esto es importante: el miedo muchas veces nace cuando sentimos que el mal tiene la última palabra. Miramos la violencia, la injusticia, la enfermedad, la corrupción, la indiferencia, y podemos pensar: “¿Qué sentido tiene seguir creyendo? ¿Qué puede cambiar mi pequeño testimonio?”. San Pablo responde: la gracia de Cristo sobreabunda. El mal existe, pero no es Dios. El pecado hiere, pero no salva. La muerte golpea, pero no vence. La última palabra la tiene Cristo.

Por eso Jesús dice: “Al que se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre del cielo”. Esta frase no debe entenderse como una amenaza comercial, como si Dios dijera: “Si tú haces esto, yo te pago con aquello”. No. Es una invitación de amor. Dios respeta nuestra libertad. Él nos ofrece su vida, su gracia, su apoyo, su amistad. Pero espera que nosotros abramos la puerta. Declararnos por Cristo es consentir su amor, aceptar su Evangelio, confiar en su fuerza y vivir como discípulos suyos.

Declararse por Cristo no es solo decir con los labios: “Creo en Dios”. Es mucho más. Es vivir de tal manera que nuestra vida hable de Él. Es elegir la verdad cuando la mentira parece más útil. Es elegir el perdón cuando el resentimiento parece más fácil. Es elegir la justicia cuando la indiferencia parece más cómoda. Es elegir la paz cuando la violencia parece más rápida. Es elegir la compasión cuando el egoísmo parece más rentable.

También esta Palabra ilumina de manera especial el momento que vive nuestro país. Colombia se prepara para ejercer nuevamente el derecho y el deber democrático del voto. Y un cristiano no puede acercarse a las urnas movido por el odio, por el miedo, por la manipulación, por la presión de otros, por la desinformación o por el fanatismo. El discípulo de Jesús está llamado a actuar con conciencia clara, con libertad interior, con responsabilidad ciudadana y con amor sincero por el bien común.

El Evangelio de hoy nos dice: “No tengan miedo”. También podríamos escucharlo así: no tengan miedo de pensar, de discernir, de orar, de preguntar, de informarse bien, de votar en conciencia. No tengamos miedo de buscar lo que más favorezca la dignidad humana, la vida, la justicia, la paz, la reconciliación, la defensa de los más pobres, la libertad religiosa, la honestidad pública y el respeto por las instituciones democráticas.

El voto no debe ser un acto de rabia, de venganza ni de ciega adhesión a una persona. Debe ser un acto moral, ciudadano y responsable. Por eso, antes de votar, conviene pedir la luz del Espíritu Santo: “Señor, ilumina mi conciencia; líbrame del odio, del engaño y del miedo; ayúdame a elegir pensando no solo en mis intereses, sino en el bien de Colombia”.

Como cristianos, estamos llamados a declararnos por Cristo también en la vida pública. Y declararnos por Cristo significa rechazar la violencia, respetar a quien piensa distinto, cuidar la verdad, no difundir calumnias, no convertir la política en idolatría y no olvidar que ningún candidato, ningún partido y ningún proyecto humano ocupa el lugar de Dios.

Que este ejercicio democrático sea vivido con serenidad, respeto y esperanza. Que cada ciudadano vote libremente, en conciencia, y que después de las elecciones sigamos reconociéndonos como hermanos, hijos de una misma patria y llamados a construir juntos la paz.

Hoy podríamos preguntarnos: ¿de qué miedos necesito ser liberado? ¿Qué me impide vivir mi fe con más alegría y valentía? ¿El miedo a ser criticado? ¿El miedo a perder prestigio? ¿El miedo a no ser comprendido? ¿El miedo a cambiar? ¿El miedo a entregarme más a Dios?

No se trata de negar esos miedos. Se trata de entregarlos al Señor. La oración verdadera no consiste en aparentar fortaleza, sino en decirle a Dios con sinceridad: “Señor, tengo miedo, pero confío en ti. Me siento débil, pero sé que tu gracia es más grande. No quiero esconderme. Ayúdame a declararme por ti con mi vida”.

Queridos hermanos, este domingo el Señor nos invita a una fe valiente, pero también humilde. No somos héroes solitarios. Somos discípulos sostenidos por la gracia. Como Jeremías, podemos sentir oposición; como el salmista, podemos experimentar insultos o incomprensiones; como san Pablo, reconocemos que el pecado ha herido la historia; pero como discípulos de Jesús, sabemos que la gracia es más fuerte, que Dios nos conoce, que nuestra vida vale ante sus ojos y que Cristo se declara por quienes confían en Él.

Que esta Eucaristía renueve en nosotros la confianza. Que el Señor nos libre del miedo que paraliza, del silencio cobarde, de la fe escondida y del corazón resignado. Y que podamos salir de aquí con la certeza de Jesús: “No tengan miedo”.

Porque Dios nos conoce.
Porque Dios nos sostiene.
Porque Dios nos ama.
Porque en Cristo la gracia es más fuerte que el pecado.
Y porque quien se declara por Cristo nunca queda abandonado.

Oremos hoy también por Colombia. Pidamos al Espíritu Santo que ilumine la conciencia de todos los ciudadanos, que nos conceda serenidad para votar, sabiduría para elegir, respeto por quienes piensan distinto y compromiso para construir una patria reconciliada, justa, libre y en paz. Que María Santísima acompañe a nuestro pueblo y nos ayude a buscar siempre el bien común. Amén.

Amén.

 

2

 

Queridos hermanos y hermanas:

La Palabra de Dios de este domingo nos coloca frente a una experiencia profundamente humana: el miedo. Miedo a ser rechazados, miedo a decir la verdad, miedo a perder la aprobación de los demás, miedo al futuro, miedo a que nuestra fe sea malinterpretada, miedo a hablar cuando sería más cómodo callar.

Y, sin embargo, en el Evangelio de hoy Jesús repite con fuerza: “No tengan miedo”.

No lo dice porque la misión del discípulo sea fácil. No lo dice porque no vayan a existir dificultades. No lo dice porque el cristiano vaya a vivir siempre rodeado de aplausos. Jesús es muy realista. Él sabe que quien vive de acuerdo con el Evangelio encontrará oposición. Sabe que quien defiende la verdad, la justicia, la vida, la paz y la dignidad humana puede incomodar. Sabe que quien se declara por Él no siempre será comprendido.

Por eso sus palabras tienen tanto peso: “No tengan miedo a los hombres”. Es decir: no permitan que el miedo les robe la conciencia, la verdad, la fe y la libertad interior.

La primera lectura nos presenta al profeta Jeremías, un hombre llamado por Dios para anunciar su Palabra en medio de un pueblo difícil. Jeremías escucha murmuraciones, amenazas y traiciones. Sus adversarios dicen: “Denunciémoslo”. Incluso sus amigos esperan verlo caer. El profeta experimenta la soledad de quien ha sido fiel a Dios y, precisamente por eso, se vuelve incómodo para los demás.

Pero Jeremías no se derrumba. En medio de la persecución proclama: “El Señor está conmigo como fuerte soldado”. Esta frase revela el secreto de su fortaleza. Jeremías no es fuerte porque no sufra; es fuerte porque confía. No es valiente porque no tenga miedo; es valiente porque sabe que Dios está con él.

También nosotros necesitamos esta certeza. La fe no nos evita todas las pruebas, pero nos da un apoyo que el mundo no puede dar. Cuando somos incomprendidos por hacer el bien, cuando se burlan de nuestra fe, cuando la verdad parece perder fuerza, cuando el mal parece avanzar, podemos decir con Jeremías: “El Señor está conmigo”.

El salmo de hoy continúa esta experiencia de sufrimiento por causa de Dios. El salmista dice: “Por ti he sufrido insultos”. Es la oración de alguien que ama al Señor y, por ese amor, ha conocido la burla, la incomprensión y la humillación. Pero no se queda encerrado en la tristeza. Clama: “Que me escuche tu gran bondad, Señor”.

Esta es una enseñanza preciosa: el creyente no niega su dolor, pero lo pone delante de Dios. No convierte la herida en odio. No transforma la persecución en venganza. Ora. Confía. Espera. Sabe que Dios escucha al pobre, al afligido, al que lucha por permanecer fiel.

En la segunda lectura, san Pablo nos recuerda una verdad decisiva: por el pecado entró la muerte en el mundo, pero por Jesucristo ha llegado una gracia mucho más grande. El mal existe, el pecado hiere, la muerte golpea, la historia humana carga heridas profundas; pero la gracia de Cristo sobreabunda.

Esta es la esperanza cristiana: el pecado no tiene la última palabra. El miedo no tiene la última palabra. La muerte no tiene la última palabra. La última palabra la tiene Jesucristo, que nos ha traído vida, perdón y salvación.

Por eso el Evangelio de hoy nos llama a vivir una fe pública, humilde y valiente. Jesús dice: “Lo que les digo en la oscuridad, díganlo a la luz; lo que escuchan al oído, proclámenlo desde las azoteas”.

Esta frase nos recuerda que Dios muchas veces no nos habla con truenos, ni con visiones extraordinarias, ni con voces audibles. Dios habla de manera silenciosa, discreta y profunda. Habla en la oración. Habla en la conciencia. Habla en una palabra que escuchamos y nos toca el corazón. Habla en una homilía, en un consejo, en una lectura espiritual, en una situación de la vida, en una moción interior que nos dice: “Haz esto”, “evita aquello”, “pide perdón”, “sé fiel”, “no tengas miedo”, “confía en mí”.

La conciencia es ese santuario íntimo donde la persona está a solas con Dios y donde resuena su voz. Por eso formar la conciencia es una tarea seria. No basta con decir: “Yo hago lo que siento”. Tampoco basta con repetir lo que otros dicen. La conciencia cristiana necesita ser iluminada por la Palabra de Dios, por la oración, por la enseñanza de la Iglesia, por la verdad, por la caridad y por el deseo sincero de hacer el bien.

Jesús nos dice que aquello que Dios susurra en la conciencia no puede quedarse escondido. La fe es personal, pero no privada en el sentido de quedar encerrada. La fe debe hacerse vida, testimonio, palabra, servicio, coherencia, compromiso.

Y aquí la Palabra de Dios ilumina también el momento que vive nuestro país. Colombia se dispone a participar en una segunda vuelta presidencial. Ante una decisión de esta importancia, el cristiano no puede actuar movido por el odio, la rabia, la manipulación, la desinformación, el fanatismo o el miedo. El discípulo de Jesús está llamado a votar con conciencia clara, con libertad interior, con responsabilidad ciudadana y con amor por el bien común.

El Evangelio dice: “No tengan miedo”. También hoy podemos escucharlo así: no tengan miedo de pensar, de discernir, de orar, de informarse bien, de examinar las propuestas, de mirar la realidad del país, de preguntarse qué opción favorece más la dignidad humana, la vida, la justicia, la paz, la reconciliación, la libertad religiosa, la defensa de los pobres, la honestidad pública y el respeto por las instituciones democráticas.

El voto no debe ser un acto de venganza ni de idolatría política. Ningún candidato es mesías. Ningún partido salva. Ningún proyecto humano ocupa el lugar de Dios. El cristiano participa en la vida democrática, pero no absolutiza la política. Vota en conciencia, pero sabe que su esperanza definitiva está en Cristo.

Por eso, antes de votar, conviene invocar al Espíritu Santo: “Señor, ilumina mi conciencia. Líbrame del odio, de la mentira y del miedo. Ayúdame a elegir pensando no solo en mis intereses, sino en el bien de Colombia. Dame sabiduría para discernir, serenidad para decidir y caridad para respetar a quienes piensan distinto”.

Declararse por Cristo también tiene consecuencias en la vida pública. Significa rechazar la violencia verbal y física. Significa no difundir calumnias ni noticias falsas. Significa no convertir las redes sociales en campos de batalla. Significa defender la verdad con caridad. Significa comprender que, después de las elecciones, seguimos siendo hermanos, vecinos, compatriotas e hijos de Dios.

Jesús nos dice, además: “No teman a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma”. Esta frase es fuerte. Nos recuerda que hay algo más grave que perder prestigio, aprobación o comodidad: perder el alma, perder la verdad, perder la fidelidad a Dios, perder la conciencia.

El santo temor de Dios no es pánico ante un Dios castigador. Es reverencia profunda ante su verdad y su justicia. Es el temor de fallarle al Amor. Es el deseo de no traicionar la voz de Dios que habla en lo profundo de la conciencia. Ese santo temor nos ayuda a ser libres frente a los miedos humanos.

Cuando el miedo humano domina, callamos la verdad. Cuando el temor de Dios ilumina, hablamos con caridad. Cuando el miedo humano domina, buscamos quedar bien con todos. Cuando el temor de Dios ilumina, buscamos agradar a Dios. Cuando el miedo humano domina, la conciencia se acomoda. Cuando el temor de Dios ilumina, la conciencia despierta.

Pero Jesús no solo nos exige valentía. También nos consuela. Dice: “Hasta los cabellos de la cabeza tienen contados. Por eso, no tengan miedo: ustedes valen más que muchos pajarillos”.

Qué palabra tan hermosa. Dios nos conoce profundamente. Nada de nuestra vida le es indiferente. Conoce nuestras luchas, nuestros temores, nuestras decisiones, nuestras lágrimas, nuestros esfuerzos ocultos, nuestras preguntas más íntimas. Si hasta los cabellos de nuestra cabeza están contados, entonces también están contadas nuestras angustias, nuestras heridas y nuestras esperanzas.

Esta certeza nos permite vivir sin miedo. No porque todo sea fácil, sino porque Dios nos sostiene. No porque todos nos comprendan, sino porque Dios nos conoce. No porque nunca vayamos a sufrir, sino porque la gracia de Cristo es más fuerte que el pecado y que la muerte.

Queridos hermanos, la Palabra de hoy nos invita a escuchar la voz de Dios en la conciencia y a proclamarla con la vida. Nos invita a vencer el miedo con la confianza, la cobardía con la fe, el silencio cómodo con el testimonio humilde y valiente.

Preguntémonos hoy: ¿qué me está susurrando Dios en lo profundo de mi conciencia? ¿Qué verdad debo acoger? ¿Qué miedo debo entregar? ¿Qué paso de fe debo dar? ¿Dónde me está pidiendo el Señor que hable con más claridad, que viva con más coherencia, que vote con más responsabilidad, que ame con más libertad?

Que esta Eucaristía nos conceda una conciencia bien formada, un corazón libre de odios, una palabra limpia, una fe sin miedo y una esperanza firme.

Oremos por Colombia. Pidamos al Espíritu Santo que ilumine a todos los ciudadanos, que nos ayude a ejercer el voto con responsabilidad y serenidad, que aleje de nosotros la violencia, la mentira y la división, y que nos conceda construir juntos una patria reconciliada, justa, libre y en paz.

Y que María Santísima, Madre de la Iglesia y Madre de nuestra nación, nos acompañe en este momento y nos enseñe a escuchar la voz de Dios, a guardar su Palabra en el corazón y a vivirla con valentía.

Amén.

 

3


Queridos hermanos y hermanas:

El Evangelio de este domingo nos deja una frase exigente y consoladora: “Al que se declare por mí delante de los hombres, yo también me declararé por él delante de mi Padre que está en los cielos”.

Declararse por Cristo. Confesarlo. No avergonzarse de Él. Vivir como discípulos suyos en la familia, en el trabajo, en la sociedad, en la vida pública. Todo esto exige fe, coherencia y también coraje.

No siempre es fácil declararse cristiano. A veces la fe es ridiculizada. A veces se mira con desprecio a quien ora, a quien va a misa, a quien intenta vivir según el Evangelio, a quien defiende la vida, la justicia, la verdad y la dignidad humana. Muchos creyentes, incluso dentro de sus propias familias, experimentan incomprensión. Personas que aman la Eucaristía, que rezan, que ayudan, que procuran vivir en paz con Dios, son cuestionadas o burladas por los suyos.

A ellos, y a todos nosotros, Jesús nos dice hoy: “No tengan miedo”.

Pero Jesús no dice esto porque la misión sea fácil. No promete aplausos ni comodidad. Él mismo fue rechazado, incomprendido, acusado injustamente y llevado a la cruz. Jesús pudo haber dicho lo que sus adversarios querían escuchar. Pudo haber callado para evitar problemas. Pudo haber suavizado la verdad. Pero no lo hizo. Permaneció fiel al Padre, fiel al Reino, fiel a los pobres, fiel a la verdad y fiel hasta la cruz.

Por eso Jesús es el mayor ejemplo de coraje. Su valentía no fue violencia ni agresividad. Fue fidelidad. Fue amor firme. Fue libertad interior. Cuando Él nos dice: “No tengan miedo”, habla desde su propia vida entregada.

La primera lectura nos presenta al profeta Jeremías. Él también conoció el precio de la fidelidad. Fue perseguido, acusado, amenazado. Sus enemigos decían: “Denunciémoslo”. Incluso personas cercanas esperaban verlo caer. Jeremías representa a todos aquellos que, por querer ser fieles a Dios, se vuelven incómodos para los demás.

Sin embargo, en medio del sufrimiento, Jeremías proclama: “El Señor está conmigo como fuerte soldado”. Esa es la raíz del verdadero coraje creyente. Jeremías no es valiente porque no tenga miedo. Es valiente porque sabe que Dios está con él.

El coraje cristiano no consiste en no sentir miedo. Consiste en hacer lo que es justo aun cuando sentimos miedo. Una señal de peligro no significa necesariamente: “Detente y renuncia”. Significa: “Avanza con prudencia”. Así también la fe: el cristiano no es imprudente ni agresivo, pero tampoco se deja paralizar. Ora, discierne, actúa, habla cuando debe hablar y permanece fiel cuando sería más cómodo callar.

El salmo de hoy expresa la misma experiencia: “Por ti he sufrido insultos”. El creyente puede sufrir por causa de Dios. Puede ser malinterpretado, rechazado o ridiculizado. Pero el salmista no responde con odio ni con venganza. Responde con oración: “Que me escuche tu gran bondad, Señor”.

Esta es una gran enseñanza. La fidelidad a Dios puede traernos incomprensión, pero nunca debe convertirnos en personas amargadas. El discípulo de Cristo no responde al rechazo con violencia, sino con firmeza, paciencia, oración y caridad.

San Pablo, en la carta a los Romanos, nos recuerda que por el pecado entró la muerte en el mundo, pero por Jesucristo ha llegado una gracia mucho más grande. El mal existe. El pecado hiere. La injusticia destruye. La mentira divide. El miedo paraliza. Pero la gracia de Cristo es más fuerte.

Esa es nuestra esperanza. Si pensamos que el mal tiene la última palabra, nos rendimos. Si creemos que la mentira siempre gana, nos callamos. Si pensamos que la violencia es más poderosa que la verdad, terminamos adaptándonos. Pero la fe nos anuncia algo distinto: en Cristo, la gracia sobreabunda. En Cristo, la vida vence. En Cristo, la verdad no queda sepultada para siempre.

Por eso Jesús dice: “Lo que les digo en la oscuridad, díganlo a la luz; lo que escuchan al oído, proclámenlo desde las azoteas”.

Dios habla en lo profundo. Habla en la oración, en la conciencia, en la Palabra, en una homilía, en un consejo oportuno, en una situación de la vida. Habla cuando sentimos interiormente que debemos perdonar, corregir, servir, cambiar, denunciar una injusticia o defender a alguien.

La conciencia es ese santuario íntimo donde estamos a solas con Dios y donde resuena su voz. Pero la conciencia necesita ser formada. No basta con decir: “Yo hago lo que siento”. La conciencia cristiana debe dejarse iluminar por la Palabra de Dios, por la oración, por la enseñanza de la Iglesia, por la verdad, por la caridad y por el bien común.

Y aquí la Palabra de Dios ilumina también el momento que vive nuestro país. Colombia está llamada a ejercer nuevamente el derecho y el deber democrático del voto. Y un cristiano no puede acercarse a las urnas movido por el odio, la venganza, la manipulación, la desinformación, el fanatismo o el miedo.

Votar también exige coraje. No el coraje de gritar más fuerte ni de despreciar al que piensa distinto. Exige el coraje de discernir, de informarse, de orar, de mirar más allá de los intereses personales y de pensar en el bien común. Exige preguntarse qué favorece más la dignidad humana, la vida, la justicia, la paz, la reconciliación, la libertad, la defensa de los pobres, la honestidad pública, el respeto por las instituciones y el futuro de las nuevas generaciones.

El cristiano no vota por miedo. Tampoco vota por idolatría política. Ningún candidato es mesías. Ningún partido salva. Ningún proyecto humano ocupa el lugar de Dios. Nuestra esperanza definitiva está en Cristo. Pero precisamente porque creemos en Cristo, no somos indiferentes ante la historia. La fe no nos saca del mundo; nos compromete más con él.

Por eso, antes de votar, conviene pedir la luz del Espíritu Santo:

“Señor, ilumina mi conciencia. Líbrame del odio, de la mentira y del miedo. Ayúdame a elegir pensando en el bien común. Dame sabiduría para discernir, serenidad para decidir y caridad para respetar a quien piensa distinto”.

Declararse por Cristo también significa cuidar la palabra. No difundir calumnias. No compartir noticias falsas. No convertir las redes sociales en trincheras de insultos. No romper amistades ni familias por diferencias políticas. Después de las elecciones, seguiremos siendo hermanos, vecinos, compatriotas e hijos de Dios. Colombia seguirá necesitando reconciliación, justicia, honestidad, trabajo y paz.

Jesús añade en el Evangelio: “No teman a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma”. Es una frase fuerte. Nos recuerda que hay algo más grave que perder popularidad, comodidad o aprobación: perder el alma, perder la verdad, perder la conciencia, perder la fidelidad a Dios.

Por eso necesitamos el santo temor de Dios. No es miedo servil a un Dios castigador. Es reverencia ante su verdad. Es respeto profundo por su justicia. Es el deseo de no traicionar su amor. Es la fuerza interior que nos ayuda a decir: primero Dios, primero la verdad, primero la conciencia, primero el Evangelio.

El miedo humano nos hace callar. El santo temor de Dios nos hace fieles.
El miedo humano nos hace buscar aplausos. El santo temor de Dios nos hace buscar la verdad.
El miedo humano nos esclaviza. El santo temor de Dios nos libera.

Pero Jesús no solo nos exige valentía; también nos consuela: “Hasta los cabellos de la cabeza tienen contados. Por eso, no tengan miedo”.

Dios conoce nuestras luchas. Conoce nuestras lágrimas. Conoce nuestros esfuerzos por ser fieles. Conoce a la madre que ora por sus hijos, al joven que intenta vivir su fe en medio de burlas, al trabajador que no quiere entrar en corrupción, al ciudadano que quiere votar en conciencia, al creyente que desea ser coherente aunque le cueste.

Nada de eso es invisible para Dios. Todo cuenta ante Él.

Queridos hermanos, hoy el Señor nos llama al coraje cristiano. Y el coraje es como un músculo: crece cuando se ejercita. Se fortalece cuando decimos la verdad con amor, cuando perdonamos, cuando defendemos al débil, cuando vivimos nuestra fe sin esconderla, cuando votamos en conciencia y cuando nos declaramos por Cristo no solo en el templo, sino también en la vida diaria.

Que esta Eucaristía nos ayude a vencer el miedo. Que el Señor forme nuestra conciencia. Que nos dé una fe clara, una palabra caritativa, una esperanza firme y un corazón libre de odios.

Oremos hoy por Colombia. Pidamos al Espíritu Santo que ilumine a todos los ciudadanos, que nos conceda sabiduría para elegir, serenidad para votar, respeto por quienes piensan distinto y compromiso para construir una patria reconciliada, justa, libre y en paz.

Y que María Santísima, Madre de la Iglesia y Madre de nuestra nación, nos enseñe a guardar la Palabra en el corazón y a declararnos por Cristo con humildad, valentía y amor.

Amén.

 


22 de junio del 2026: lunes de la decimosegunda semana del tiempo ordinario-II

  Santo del día: Santos John Fisher y Tomás Moro Muertos en 1535. Respectivamente obispo de Rochester y canciller de Inglaterra, se nega...