sábado, 24 de enero de 2026

25 de enero del 2026: tercer domingo del tiempo ordinario- Ciclo A

 

«¡Ven!»


«Conviértanse, porque el Reino de los Cielos está cerca». ¿Estamos seguros de escuchar este llamado a la conversión tal como está formulado? ¿No tendemos a percibirlo como la enunciación de una condición: “Conviértanse para que llegue el Reino” o “Conviértanse para ser dignos del Reino”? Sin embargo, el texto es muy claro: no se pone ninguna condición para la venida del Reino; ya está aquí.

La historia que inaugura esta frase de Cristo comienza, entonces, con una afirmación inaudita: el Reino es dado incluso antes de que hayamos hecho algo para merecerlo. Dicho de otro modo: el amor nos precede.

Entonces, ¿en qué consiste el llamado a convertirse si no hay nada que hacer? Convertirse no es “hacer lo que toca”, “encajar en la norma” para merecer el amor; es simplemente asentir a lo que se nos ofrece. No hay nada que hacer; hay más bien que dejarnos hacer o, al menos, afinar un poco el oído para permitir que el llamado de Cristo haga luz dentro de nosotros.

Como con los discípulos, es en el corazón de nuestra vida cotidiana, allí donde estamos ocupados viviendo nuestras vidas, donde Jesús nos alcanza. No nos dice: “sé perfecto”; dice solamente: “ven”. He aquí el giro (es decir, la conversión) al que somos invitados: continuar haciendo lo que hacemos, pero dejando que Cristo participe de nuestras acciones, para que, a su vez, contribuyan a hacer que el Reino esté muy cerca para otros.

¿Cómo resuena en mí la palabra del profeta Isaías que anuncia una luz y la salida de la tiniebla?


¿Dónde descubrir las huellas del Reino en mi vida tal como es: en mis tareas diarias, en mi trabajo y en mis relaciones?

Marie-Caroline Bustarret, théologienne, enseignante aux facultés Loyola Paris

 


Primera lectura

Is 8, 23b — 9, 3

En Galilea de los gentiles el pueblo vio una luz grande

Lectura del libro de Isaías.

EN otro tiempo, humilló el Señor la tierra de Zabulón y la tierra de Neftalí, pero luego ha llenado de gloria el camino del mar, el otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles.
El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande;
habitaba en tierra y sombras de muerte, y una luz les brilló.
Acreciste la alegría, aumentaste el gozo;
se gozan en tu presencia, como gozan al segar,
como se alegran al repartirse el botín.
Porque la vara del opresor, el yugo de su carga,
el bastón de su hombro, los quebrantaste como el día de Madián.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 26, 1bcde. 4. 13-14 (R.: 1b)

R. El Señor es mi luz y mi salvación.

V. El Señor es mi luz y mi salvación,
¿a quién temeré?
El Señor es la defensa de mi vida,
¿quién me hará temblar? 
R.

V. Una cosa pido al Señor,
eso buscaré:
habitar en la casa del Señor
por los días de mi vida;
gozar de la dulzura del Señor,
contemplando su templo. 
R.

V. Espero gozar de la dicha del Señor
en el país de la vida.
Espera en el Señor, sé valiente,
ten ánimo, espera en el Señor. 
R.

 

Segunda lectura

1 Cor 1, 10-13. 17

Digan todos lo mismo y que no haya divisiones entre ustedes

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios.

LES ruego, hermanos, en nombre de nuestro Señor Jesucristo, que digan todos lo mismo y que no haya divisiones entre ustedes. Estén bien unidos con un mismo pensar y un mismo sentir.
Pues, hermanos, me he enterado por los de Cloe de que hay discordias entre ustedes. Y les digo esto porque cada cual anda diciendo: «Yo soy de Pablo, yo soy de Apolo, yo soy de Cefas, yo soy de Cristo».
¿Está dividido Cristo? ¿Fue crucificado Pablo por ustedes? ¿Fueron bautizados en nombre de Pablo?
Pues no me envió Cristo a bautizar, sino a anunciar el Evangelio, y no con sabiduría de palabras, para no hacer ineficaz la cruz de Cristo.

Palabra de Dios.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Jesús proclamaba el evangelio del reino, y curaba toda dolencia del pueblo. R.

 

Evangelio

Mt 4, 12-23 (forma larga)

Se estableció en Cafarnaún, para que se cumpliera lo dicho por Isaías

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

AL enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan se retiró a Galilea. Dejando Nazaret se estableció en Cafarnaún, junto al mar, en el territorio de Zabulón y Neftalí, para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías:
«Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí,
camino del mar, al otro lado del Jordán,
Galilea de los gentiles.
El pueblo que habitaba en tinieblas
vio una luz grande;
a los que habitaban en tierra y sombras de muerte,
una luz les brilló».
Desde entonces comenzó Jesús a predicar diciendo:
«Conviértanse, porque está cerca el reino de los cielos».
Paseando junto al mar de Galilea vio a dos hermanos, a Simón, llamado Pedro, y a Andrés, que estaban echando la red en el mar, pues eran pescadores.
Les dijo:
«Vengan en pos de mí y los haré pescadores de hombres».
Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron.
Y pasando adelante vio a otros dos hermanos, a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan, su hermano, que estaban en la barca restaurando las redes con Zebedeo, su padre, y los llamó.
Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron.
Jesús recorría toda Galilea enseñando en sus sinagogas, proclamando el evangelio del reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo.

Palabra del Señor.

Mt 4,12-17 (forma breve)

Se estableció en Cafarnaún, para que se cumpliera lo dicho por Isaías

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

AL enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan se retiró a Galilea. Dejando Nazaret se estableció en Cafarnaún, junto al mar, en el territorio de Zabulón y Neftalí, para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías:
«Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí,
camino del mar, al otro lado del Jordán,
Galilea de los gentiles.
El pueblo que habitaba en tinieblas
vio una luz grande;
a los que habitaban en tierra y sombras de muerte,
una luz les brilló».
Desde entonces comenzó Jesús a predicar diciendo:
«Conviértanse, porque está cerca el reino de los cielos».

Palabra del Señor.

 

1

 

A guisa de introducción

Compartir la luz

¿Quién valora la luz cuando está siempre disponible? Hoy encendemos un interruptor y listo. Pero muchos recordamos (o hemos escuchado) que hubo tiempos en que la noche se vencía con una vela de cera o una lámpara de petróleo: entonces se comprendía mejor lo que significa una luz estable, segura, capaz de reunir a una familia alrededor de una mesa.

Como cristianos, no somos “dueños” de la luz: somos portadores. Y la luz que llevamos no es una idea, ni una moral, ni una tradición: es Cristo. La luz de Cristo no se desgasta al compartirse; al contrario, se multiplica. Ilumina sin humillar, revela sin herir, guía sin encadenar. En un mundo que a veces disimula su oscuridad con luces artificiales —pantallas, apariencias, ruido—, el Evangelio nos propone otra claridad: la que nace de la verdad y del amor.

Por eso hoy el Señor nos invita a la conversión: despojarnos del yo encerrado, abrirnos a Dios y al prójimo, y ponernos en camino. La invitación que Jesús dirigió a los primeros discípulos llega hasta aquí, hasta nosotros: “Síganme… y los haré…”.


d)   La luz que brilla en las tinieblas

El profeta Isaías habla de una región marcada por la mezcla, el paso, la frontera: Zabulón y Neftalí, “Galilea de los gentiles”. Tenía mala fama: influencias paganas, tensiones culturales, heridas históricas. Y sin embargo —¡qué escándalo de misericordia!— allí anuncia Dios una promesa:
“El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande.”

Y el Evangelio nos muestra que Jesús cumple esa promesa no desde el centro prestigioso, sino desde la periferia: deja Nazaret y se instala en Cafarnaúm. Es como si dijera: “Mi luz no teme tus sombras; mi Reino no evita los lugares difíciles”.

A veces nosotros hacemos lo contrario: pensamos que Dios solo actúa donde todo está “en orden”, donde la gente “es buena”, donde la fe “ya está”. Pero Jesús inaugura su misión justamente donde la vida está mezclada, agitada, vulnerable. Ese es un mensaje directo para la Iglesia de hoy: no estamos llamados a custodiar vitrinas, sino a encender caminos.


2) Aproximación psicológica al Evangelio

“¡Yo me mudo!”

El Evangelio sugiere un movimiento interior decisivo: Jesús se desplaza. Sale del marco conocido. Cambia de lugar. Toma una decisión que no es solo geográfica: es espiritual, vocacional, existencial.

En la vida humana hay un momento en que lo familiar ya no basta para contener lo que uno lleva dentro. Uno siente que, si no da un paso, se asfixia. Ese paso da miedo: porque mudarse es perder seguridades… pero también es abrir futuro.

Jesús, al ir a Cafarnaúm, acepta un desafío real: empieza prácticamente “sin garantías”. No se apoya en prestigios; no busca una plataforma segura. Se fía del Padre. Y esa confianza es profundamente terapéutica para nosotros: porque muchas veces el miedo nos paraliza con preguntas: “¿Y si fracaso? ¿Y si no soy capaz? ¿Y si me equivoco?”.
El Evangelio de hoy responde con una pedagogía muy humana: Dios guía a quienes caminan, no a quienes se quedan inmóviles esperando tener todo claro.


3) “Síganme… y los haré pescadores de hombres”

Aquí está una frase clave: “Yo los haré”. No dice: “Vengan, que ustedes ya están listos”. Dice: “Vengan… y yo los iré formando”.

Eso cambia todo. Porque la vocación cristiana —sea en el matrimonio, en la vida consagrada, en el sacerdocio, en el servicio laical— no es un “paquete cerrado” que cae del cielo. Es un proceso: una búsqueda, un discernimiento, una transformación.

Y por eso el llamado incluye un verbo que cuesta: dejar.
Dejar redes, rutinas, excusas, resentimientos, doble vida, comodidad espiritual. No se trata de “renunciar por renunciar”; se trata de dejar algo porque hemos encontrado a Alguien.

Y entonces “pescadores de hombres” no significa hacer proselitismo agresivo. Significa aprender a orientar el corazón hacia las personas, no hacia las cosas; a servir la vida, no solo “ganarse” la vida; a acercar a los demás una buena noticia: tu vida tiene sentido, Dios te mira, Dios no ha terminado contigo.


4) Pablo y el gran apagón de la comunión

La segunda lectura es un golpe de realidad: en Corinto hay bandos, etiquetas, rivalidades: “yo soy de Pablo… yo de Apolo… yo de Cefas… yo de Cristo”. Y Pablo pregunta, casi indignado:
“¿Está dividido Cristo?”

Cada división apaga la luz. Porque la luz del Evangelio no es solo doctrina: es comunión. Una Iglesia dividida puede tener muchas actividades, muchos discursos, muchas “luces” externas… pero pierde el resplandor de Cristo, que es humildad, fraternidad, unidad en la diversidad.

Este llamado nos aterriza: la misión no se sostiene con egos, ni con competencias, ni con “mi grupo contra el tuyo”. Se sostiene con el único Señor. Cuando la comunidad se une, la luz se ve. Cuando la comunidad se rompe, la luz se confunde.


5) Aplicación para nuestra vida hoy

a) Conversión real, no decorativa
Jesús comienza con un mensaje directo: “Conviértanse, porque el Reino de los cielos está cerca.” La conversión no es maquillaje religioso. Es cambiar la dirección del corazón. Sin conversión, la fe se vuelve folclor, costumbre o ideología.

b) Ir a “nuestras Galileas”
Hay “Galileas” en cada ciudad, en cada familia, incluso dentro de nosotros: zonas heridas, mezclas, fronteras, periferias. Jesús no las evita. Entra allí con su luz. Y nos envía a hacer lo mismo: acercarnos al que se alejó, al que se cansó, al que se siente indigno, al que no pisa la Iglesia hace años.

c) Ser luz sin quemar a nadie
Ser luz no es señalar con superioridad. Es alumbrar con misericordia. Cristo no vino a exhibir la vergüenza del mundo, sino a salvarlo. El discípulo aprende esa mirada: firme con el pecado, tierna con el pecador; clara con la verdad, paciente con los procesos.

d) Unidad que evangeliza
En tiempos de tanta polarización —social, política, familiar, e incluso eclesial—, la unidad es un testimonio profético. No uniformidad, sino comunión. No silencio cómplice, sino diálogo en caridad. La luz de Cristo se reconoce donde hay amor que construye.


Conclusión

Hermanos, hoy el Señor nos dice: “Vengan”. No nos pide estar perfectos; nos pide estar disponibles.
Nos dice: “Síganme”. No nos promete un camino sin noches; nos promete que su luz no se apaga.
Y nos dice: “Yo los haré”. No nos exige resultados inmediatos; nos ofrece un proceso de transformación.

Al acercarnos a la Eucaristía, bebamos de la fuente. Pidámosle a Jesús que vuelva luminosas nuestras oscuridades, que sane nuestras divisiones y que encienda en nosotros la pasión misionera: la alegría de llevar a otros la esperanza.

Oración final

Señor Jesús, Luz del mundo,
entra en nuestras sombras y no te vayas.
Ilumina lo que escondemos,
cura lo que duele,
desata lo que nos encadena.

Haznos discípulos de tu mirada:
para ver con misericordia,
para amar con verdad,
para servir con alegría.

Y envíanos a nuestras Galileas:
a los alejados, a los cansados, a los heridos,
para que también ellos vean una luz grande.

María, Madre de la Luz,
enséñanos a decir “sí” como tú
y a llevar a Cristo al corazón del mundo.

Amén.

 

2

 

“Domingo de la Palabra de Dios”

Hermanos, hoy la Iglesia nos reúne en un domingo muy hermoso: el Domingo de la Palabra de Dios. No es un “día de la Biblia” como quien celebra un libro en una vitrina, sino una fiesta de una Voz viva que sigue pronunciando nuestro nombre. La Palabra no es un adorno piadoso: es una lámpara que enciende el camino, una semilla que cambia la tierra, una espada que corta mentiras, una música que reordena el corazón.

Y esa Palabra hoy tiene un acento claro, directo, sin rodeos: “Conviértanse… Síganme… Vengan”.

1. La gran noticia antes de cualquier esfuerzo: “El Reino ya está cerca”

En el Evangelio, Jesús comienza su predicación con una frase que muchos hemos escuchado mil veces:
“Conviértanse, porque el Reino de los Cielos está cerca.”

Pero atención: hoy se nos invita a escucharla de una manera más fiel, más evangélica, más liberadora. Porque a veces la oímos como si dijera: “Conviértanse para que llegue el Reino” o “Conviértanse para ser dignos del Reino”. Y sin darnos cuenta, convertimos el Evangelio en una especie de “contrato”: si yo cumplo, entonces Dios me da.

Pero Jesús no está negociando. Jesús está anunciando. El texto es claro: el Reino no viene porque lo merecimos. El Reino está ya cerca porque Dios ha decidido acercarse. Dicho en una sola frase: el amor nos precede.

Eso es lo que hace tan cristiana nuestra fe: que todo empieza por la gracia, no por la hazaña. No por el mérito, sino por el don. No por lo que yo logro, sino por lo que Dios ofrece.

2. Entonces… ¿qué es la conversión?

Si el Reino es don, ¿para qué convertirse? Aquí está el corazón de la homilía:

Convertirse no es “ponerse perfecto”, no es “encajar en el molde”, no es “ganarse” el amor de Dios. Convertirse es darle el sí a un amor que ya está actuando, es dejarse encontrar, es afinar el oído para que la Palabra haga luz dentro de nosotros.

En otras palabras: la conversión no es primero una lista de cosas “por hacer”, sino una decisión de quién va a acompañar mi vida. Jesús no nos dice: “cuando seas impecable, vienes”. Jesús dice: “Ven.”

¡Qué descanso para el alma! ¡Qué alivio para quienes se sienten indignos, cansados, en deuda, rotos! El Evangelio no empieza humillándonos; empieza levantándonos.

3. “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande”

La primera lectura de Isaías no es un poema bonito: es una radiografía. Hay tinieblas. Hay sombras. Hay territorios con mala reputación, como Zabulón y Neftalí, “Galilea de los gentiles”, tierra mezclada, frontera, paso, periferia.

Y justamente allí —no en el centro prestigioso— brilla la luz. Y justamente allí —no en Jerusalén, no en los salones del poder— Jesús decide comenzar.

Esto nos revela el estilo de Dios: Dios no espera que el mundo “se arregle” para entrar. Dios entra para arreglar desde dentro. Dios no teme las periferias: las elige.

Por eso, si hoy alguno vive su propio “territorio oscuro” —una culpa que pesa, una adicción, una tristeza que no cede, un resentimiento antiguo, un duelo, una crisis familiar, una herida afectiva—, el Evangelio no le dice: “Sal primero de la oscuridad y luego vienes”. Le dice: “Déjate alcanzar por la luz.”

4. Jesús llama en lo cotidiano: redes, trabajo, rutina

Mateo es precioso en un detalle: Jesús llama a los discípulos mientras trabajan. No los llama en un retiro perfecto, ni después de un curso, ni cuando hayan resuelto todos sus líos interiores. Los llama en medio de redes, barcas, jornadas, sudor, el Señor nos alcanza en el corazón de lo ordinario. En la cocina, en el aula, en la oficina, en el bus, en el consultorio, en el taller, en el mercado, en el cuidado de un enfermo, en la crianza, en la vida religiosa o sacerdotal en su ritmo diario.

Y la conversión que propone no es abandonar el mundo para huir; es seguir en el mundo, pero con una presencia nueva: “Continúa haciendo lo que haces, pero deja que Cristo participe.”
Eso es convertirse: permitir que Cristo se meta en mis decisiones, en mi carácter, en mis palabras, en mi manera de tratar, en mi modo de trabajar; para que lo que hago no sea solo “mi esfuerzo”, sino también Reino que se acerca para otros.

5. “Yo los haré pescadores de hombres”: la vocación es proceso

Jesús dice: “Los haré”. No dice: “ustedes ya son”. No exige resultados instantáneos. Propone un camino.

La vocación cristiana no es una orden mecánica ni un telegrama caído del cielo. Es un proceso: escuchar, caminar, equivocarse, volver, madurar, aprender. Jesús confía en gente sencilla. Y aquí viene una frase que conviene grabar:
El Señor no llama a los más capaces; Él capacita a los que llama.

6. La Palabra que une: “Que no haya divisiones entre ustedes”

Y Pablo, en la segunda lectura, baja el Evangelio a la vida comunitaria: las divisiones. Etiquetas. Bandos. “Yo soy de este”, “yo soy del otro”.

Pablo pregunta: “¿Está dividido Cristo?”
En un Domingo de la Palabra de Dios, esta pregunta es crucial: la Palabra verdadera no alimenta egos, no crea sectas, no fomenta rivalidades; la Palabra de Cristo construye comunión.

Y hoy necesitamos ese milagro. Porque también en nuestras comunidades —y en nuestras familias— la división apaga la luz. Podremos tener actividades, cantos, reuniones… pero si no hay caridad, paciencia, reconciliación y verdad, el testimonio se vuelve opaco.

7. Dos preguntas para llevar al corazón

Antes de terminar, les dejo dos preguntas perfectas para orar en la semana:

  • ¿Cómo resuena en mí la palabra de Isaías: “una luz grande” sobre mis tinieblas?

 

  • ¿Dónde descubro huellas del Reino en mi vida tal como es: en mis tareas diarias, mi trabajo, mis relaciones?

Porque el Reino no es solo “para después”; es presencia de Dios ahora, si lo dejamos entrar.


Conclusión y oración

Hermanos, hoy Jesús no nos grita desde lejos, no nos pone una condición imposible, no nos humilla con un examen. Hoy Jesús se acerca y dice: “Ven.”
Y ese “ven” es Palabra que ilumina, que llama, que cura, que orienta.

Pidámosle al Señor la gracia de una conversión sencilla y verdadera: no la del perfeccionismo ansioso, sino la del corazón que asiente a la gracia; la del discípulo que sigue trabajando, pero ya no solo: con Cristo dentro.

Oración:
Señor Jesús, Luz del mundo,
haz brillar tu Palabra en nuestras sombras.
Que tu Reino, ya presente,
nos encuentre con el oído atento y el corazón disponible.

No nos dejes caer en la división ni en el orgullo.
Haznos una sola familia en tu amor,
y conviértenos —día a día— en servidores de la vida,
para que otros, al mirarnos, descubran que tu Reino está cerca.

Amén.

 

3

 

1) A guisa de introducción

La Palabra que no se encarcela

Hermanos, hoy celebramos el Domingo de la Palabra de Dios. Y qué providencial que el Evangelio comience con una noticia dura: “Cuando Jesús oyó que Juan había sido arrestado…” (Mt 4,12). La Palabra de Dios se proclama en un contexto de persecución, de injusticia, de violencia política. Es decir: la Palabra de Dios no nace en laboratorios, nace en la historia real, en medio de conflictos y heridas.

Juan Bautista, el profeta valiente, termina en prisión. Jesús, al enterarse, no se paraliza ni se esconde en la queja: se retira a Galilea y comienza a predicar. En otras palabras: cuando una puerta se cierra con cadenas humanas, Dios abre una puerta de salvación. Y hoy la Iglesia nos reúne para escuchar esa Palabra que sigue diciendo: “Conviértanse, porque el Reino de los cielos está cerca.”


2) Iluminación bíblica y contexto del Evangelio

Juan arrestado, Herodes al mando, y Dios que no abandona

El arresto de Juan no fue un accidente. Fue consecuencia de un sistema de poder corrupto, encarnado en Herodes Antipas, un gobernante hábil políticamente, pero pobre moralmente. Juan no fue encarcelado por un crimen, sino por decir la verdad. Denunció la hipocresía religiosa y el pecado instalado en la cúpula del poder. Y por eso lo silenciaron.

Aquí aparece una pregunta inevitable: si Juan era tan grande y tan fiel, ¿por qué Dios no lo liberó milagrosamente? Jesús mismo dirá que entre los nacidos de mujer no hay uno mayor que Juan (Mt 11,11). ¿Por qué entonces la prisión? ¿Por qué el martirio?

La fe cristiana no niega el dolor ni maquilla el mal. Lo que afirma es que Dios, aun sin querer el mal, puede permitirlo y convertirlo en camino de un bien mayor. No porque el mal sea bueno, sino porque Dios es tan Padre que no deja que ni siquiera el mal tenga la última palabra.

Juan había cumplido su misión: preparar el camino, señalar al Cordero de Dios. Y al final, su testimonio no termina con un sermón… termina con su propia vida ofrecida. La sangre del mártir se vuelve “palabra”: una palabra sin micrófono, pero con una fuerza irresistible.


3) Clave teológica

La voluntad permisiva de Dios y la providencia que conduce

Aquí conviene precisar bien algo para no confundirnos:

·        Dios no quiere la injusticia.

·        Dios no ama el abuso.

·        Dios no se complace en el sufrimiento de sus hijos.

Pero Dios puede permitir que ciertas pruebas existan, porque respeta la libertad humana y, sobre todo, porque puede sacar de ahí un bien mayor, aunque nosotros no lo veamos en el momento.

Eso es providencia: no es fatalismo (“pasó porque tocaba”), ni resignación pasiva (“pues ni modo”), sino confianza activa: “Señor, no entiendo, pero no estoy solo; tú puedes abrir camino incluso aquí”.

El Evangelio de hoy lo muestra con claridad: el arresto de Juan podría parecer una derrota, pero se convierte en un “cambio de escena” dentro del plan de salvación. Jesús inicia públicamente su predicación:
“Conviértanse, porque el Reino está cerca.”
El Reino no se detiene por la cárcel de un profeta. La Palabra no se ata con cadenas.


4) La luz en Galilea

Donde parecía sombra, Dios enciende el amanecer

La primera lectura de Isaías nos da la imagen central del domingo:
“El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande.” (Is 9,1)

¿Y dónde empieza esa luz? En Galilea, una región desprestigiada, mezclada, fronteriza: “Galilea de los gentiles”. Jesús va justamente allí. ¿Por qué? Porque Dios no elige solo lo “puro”, lo “correcto”, lo “religiosamente presentable”. Dios elige lo real.

Esto es un mensaje directo para nosotros: Cristo quiere entrar en nuestras “Galileas” personales:

·        esas zonas de culpa que preferimos ocultar,

·        heridas afectivas que no sanan,

·        cansancio espiritual,

·        miedos, resentimientos, ansiedad, soledad,

·        pecados repetidos y vergüenzas antiguas.

Jesús no empieza la misión diciendo: “Primero arreglen todo y luego vengo”. Empieza diciendo: “Vengo donde están.” Allí brilla la luz. Allí comienza la conversión.


5) “Síganme… y los haré”

Vocación como proceso: del miedo a la misión

Luego viene la llamada a los primeros discípulos. Jesús no los llama en el templo, los llama en el trabajo, junto a las redes. Eso también es Palabra de Dios: Dios nos habla en lo ordinario, en lo cotidiano, en la rutina.

Y dice una frase decisiva: “Yo los haré pescadores de hombres.”
No dice: “ya lo son”. Dice: “yo los haré”. La vocación cristiana es camino, proceso, maduración. Jesús no exige perfección instantánea, ofrece compañía transformadora.

Aquí se conecta con el arresto de Juan: los discípulos de Juan seguramente sintieron miedo y duelo. También a nosotros, cuando algo nos golpea, se nos mueve el piso: “¿y ahora qué?”. Y el Evangelio responde: cuando el miedo te encierre, vuelve a la Palabra; cuando la incertidumbre te sacuda, sigue a Cristo.


6) Pablo: la luz se apaga con la división

La segunda lectura es una llamada fuerte: “Que no haya divisiones entre ustedes.” (1Co 1,10).
Porque el demonio no solo persigue con cárceles; también destruye con rivalidades, bandos, chismes, etiquetas: “yo soy de este”, “yo del otro”. Y Pablo pregunta:
“¿Está dividido Cristo?”

En el Domingo de la Palabra, este punto es clave: una comunidad que escucha la Palabra, pero vive dividida, contradice lo que proclama. La Palabra de Dios construye comunión. La división, en cambio, oscurece el testimonio.


7) Aplicación pastoral

Tres llamadas concretas para hoy

1. Convertirse es acoger un don, no ganarse un premio
“Conviértanse, porque el Reino está cerca”: el Reino no es salario por portarnos bien; es regalo que nos visita. Convertirse es decir: “Señor, entra en mi vida tal como es, y transfórmala contigo dentro”.

2. Abrazar la providencia, aun cuando duele
Si estás viviendo una injusticia, una pérdida, una persecución, una prueba: no estás abandonado. Dios puede hacer brotar bien incluso allí. La pregunta no es “¿por qué a mí?”, sino “Señor, ¿cómo me uno a ti aquí?”.

3. Ser luz sin romper la comunión
En la familia, en la parroquia, en el trabajo: menos bandos, más Evangelio. Menos “mi grupo”, más Cristo. La luz se ve cuando hay caridad, perdón, humildad y unidad.


8) Conclusión

Hermanos, Juan en la cárcel nos recuerda que la fidelidad cuesta. Pero también nos recuerda que la última palabra no la tiene Herodes, la tiene Dios. Jesús comienza su misión donde hay sombras, y allí enciende el amanecer. Nos llama en lo cotidiano y nos promete: “Yo los haré”.

En este Domingo de la Palabra de Dios, pidamos la gracia de escuchar a Cristo que nos dice:
“Ven… Sígueme… Conviértete…”
No como amenaza, sino como invitación a dejar que el Reino —ya presente— se haga visible en nuestra vida.


Oración final

Dios providente y amoroso,
tú permites que el mal toque la vida de tus hijos fieles,
sabiendo que tu Sabiduría puede hacer nacer un bien mayor.

Dame un corazón valiente y confiado
cuando enfrente injusticias o pruebas.
Enséñame a unir mis dolores a los tuyos,
a ejemplo de San Juan Bautista
y de tu Pasión redentora.

Jesús, en Ti confío.
Amén.

 

viernes, 23 de enero de 2026

24 de enero del 2026: sábado de la segunda semana del tiempo ordinario-II- San Francisco de Sales, Obispo y Doctor de la Iglesia, memoria obligatoria


Santo del día:

San Francisco de Sales

1567-1622.

“La humildad nos perfecciona hacia Dios y la gentileza hacia nuestro prójimo”, escribió este noble Saboya, obispo de Ginebra-Annecy, cofundador de la Orden de la Visitación con Santa Juana-Françoise de Chantal. Doctor de la Iglesia desde 1877.

 


La multitud y el pan

(Marcos 3, 20-21) Jesús es nuevamente asediado por la multitud, encerrado, sin poder ni siquiera comer. Hay motivo para inquietarse y pensar que ha perdido la cabeza por dejarse hacer así. Pero ¿quién ha perdido la cabeza? ¿Quién tiene hambre? ¿Jesús o la multitud? ¿Quién ha perdido el sentido de lo que está pasando? El hambre, solo Él puede colmarla, Él que es el pan, que no se deja encerrar, sino que se parte, se multiplica, se comparte, sin dejarse apresar.

Colette Hamza, xavière

 


Primera lectura

2 Sam 1, 1-4. 11-12. 19. 23-27

¡Cómo han caído los héroes en medio del combate!

Comienzo del segundo libro de Samuel.

EN aquellos días, David regresó tras derrotar a Amalec y se detuvo dos días en Sicelag.
Al tercer día vino un hombre del campamento de Saúl con las vestiduras rasgadas y tierra en la cabeza. Al llegar a la presencia de David, cayó a tierra y se postró.
David le preguntó:
«¿De dónde vienes?».
Respondió:
«He huido del campamento de Israel».
David le preguntó de nuevo:
«¿Qué ha sucedido? Cuéntamelo».
Respondió:
«La tropa ha huido de la batalla y muchos del pueblo han caído y han muerto, entre ellos Saúl y su hijo Jonatán».
Entonces David, echando mano a sus vestidos, los rasgó, lo mismo que sus acompañantes. Hicieron duelo, lloraron y ayunaron hasta la tarde por Saúl, por su hijo Jonatán, por el pueblo del Señor y por la casa de Israel, caídos a espada.
Y dijo David:
«La flor de Israel herida en tus alturas.
Cómo han caído los héroes.
Saúl y Jonatán,
amables y gratos en su vida,
inseparables en su muerte,
más veloces que águilas,
más valientes que leones.
Hijas de Israel, lloren por Saúl,
que las cubría de púrpura y adornos,
que adornaba con alhajas de oro sus vestidos.
Cómo han caído los héroes
en medio del combate.
Jonatán, herido en tus alturas.
Estoy apenado por ti, Jonatán, hermano mío.
Me eras gratísimo,
tu amistad me resultaba más dulce
que el amor de mujeres.
Cómo han caído los héroes.
Han perecido las armas de combate».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 79, 2-3. 5-7 (R.: 4b)

R. Que brille tu rostro, Señor, y nos salve.

V. Pastor de Israel, escucha,
tú que guías a José como a un rebaño;
tú que te sientas sobre querubines, resplandece
ante Efraín, Benjamín y Manasés;
despierta tu poder y ven a salvarnos. 
R.

V. Señor, Dios del universo,
¿hasta cuándo estarás airado
mientras tu pueblo te suplica?
Les diste a comer llanto,
a beber lágrimas a tragos;
nos entregaste a las contiendas de nuestros vecinos,
nuestros enemigos se burlan de nosotros. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Abre, Señor, nuestro corazón, para que aceptemos las palabras de tu Hijo. R.

 

Evangelio

Mc 3, 20-21

Su familia decía que estaba fuera de sí

Lectura del santo Evangelio según san Marcos.

EN aquel tiempo, Jesús llegó a casa con sus discípulos y de nuevo se juntó tanta gente que no los dejaban ni comer.
Al enterarse su familia, vinieron a llevárselo, porque se decía que estaba fuera de sí.

Palabra del Señor.

 

 

1

 

Hermanos y hermanas,

Las lecturas de hoy nos colocan frente a un drama profundo: el del hambre del corazón humano y la dificultad para reconocer dónde está su verdadero alimento.

En el evangelio, Jesús vuelve a estar rodeado por la multitud. Hay tanta gente, tanta demanda, tanta urgencia, que “no podían ni comer”. La situación es tan extrema que sus propios familiares piensan que ha perdido la cabeza. Desde fuera, su modo de vivir parece desordenado, excesivo, incluso irresponsable. Pero el evangelio nos obliga a hacernos una pregunta clave:

¿quién está realmente descentrado? ¿Jesús… o la multitud?

La gente tiene hambre. No solo hambre de pan, sino hambre de sentido, de palabra, de esperanza, de salvación. Y esa hambre es tan grande que no deja espacio, no da respiro, no permite ni siquiera sentarse a la mesa. Jesús, en cambio, no huye de esa necesidad; no se protege; no se reserva. Él no se deja encerrar, pero sí se deja partir. No se guarda, se entrega. No se defiende, se ofrece como pan.

Aquí resuena profundamente la reflexión que hemos escuchado:
¿Quién tiene hambre?
No es Jesús el hambriento; es la multitud. Y sin embargo, es Jesús quien se “consume” para saciarla.

Esta lógica atraviesa también la primera lectura. David llora la muerte de Saúl y de Jonatán. No canta una victoria, sino una pérdida. El lamento revela un corazón que ama, que reconoce la grandeza incluso en quien fue adversario. David tiene hambre de fidelidad, de comunión, de una humanidad reconciliada. Y su canto nos recuerda que el dolor compartido también es una forma de alimento que humaniza.

El salmo lo expresa con una súplica insistente:
“Oh Dios, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve.”
Es el grito de un pueblo hambriento, desorientado, que ha perdido el rumbo y necesita volver a mirar el rostro de Dios para reencontrarse a sí mismo.

En este contexto celebramos hoy la memoria de san Francisco de Sales, maestro de la mansedumbre y de la paciencia. Él comprendió que el corazón humano no se conquista por la fuerza, sino por el amor; no se sacia con imposiciones, sino con un pan ofrecido con delicadeza. Su vida fue un reflejo de este Cristo que no aplasta, que no se impone, sino que se da.

Y en este sábado, miramos también a María, mujer del silencio y de la escucha. Ella no aparece rodeada de multitudes, pero guarda y medita el misterio. Nos enseña que solo quien sabe recibir puede luego ofrecer; solo quien se deja alimentar por Dios puede convertirse en pan para los demás.

Hermanos, el evangelio nos interpela hoy con fuerza:
¿De qué tenemos hambre?
¿Buscamos a Jesús solo para que nos resuelva urgencias, o estamos dispuestos a dejarnos transformar por Él?
¿Lo queremos como un pan que se consume rápidamente, o aceptamos convertirnos nosotros mismos en pan partido para otros?

Jesús no ha perdido la cabeza.
Ha entregado el corazón.
Y solo ese amor, que se rompe y se comparte, puede saciar el hambre más profunda del mundo.

Amén.

 

2

 

 

Hermanos y hermanas,

El evangelio de hoy es breve, casi desconcertante, pero de una densidad espiritual enorme. Jesús entra en una casa con sus discípulos, buscando un mínimo descanso, y nuevamente la multitud irrumpe con tal fuerza que “no podían ni comer”. Y lo más llamativo no es solo la presión de la gente, sino la reacción de los suyos: sus familiares piensan que ha perdido la cabeza.

Este pasaje nos introduce en una experiencia muy humana: seguir fielmente el camino de Dios puede provocar incomprensión, incluso entre los más cercanos.

La multitud representa el hambre profunda del corazón humano. No se trata solo de curiosidad ni de espectáculo; hay una urgencia real, una sed de sentido, de sanación, de palabra viva. Jesús no se queja de esa multitud, no la rechaza, no la vive como un estorbo. Al contrario, su corazón —como dirá Mateo— está lleno de compasión por ellos, porque están “como ovejas sin pastor”. Jesús acepta el desgaste, el cansancio, incluso la falta de lo más básico, porque la necesidad del otro se convierte en su prioridad.

Pero mientras la multitud busca, la familia se inquieta. Ellos conocieron a Jesús durante años en la vida ordinaria de Nazaret. No habían visto milagros, ni predicaciones públicas, ni conflictos con autoridades religiosas. De pronto, este Jesús provoca aglomeraciones, tensiones, sospechas. Y el cambio desconcierta. No logran comprender lo que Dios está haciendo en Él.

Aquí se revela una verdad muy actual: cuando Dios actúa con fuerza en una vida, no todos lo entienden. La fidelidad al llamado de Dios puede generar distancia, preguntas, incluso rechazo. No porque falte amor, sino porque el misterio de Dios siempre desborda nuestras categorías humanas.

La primera lectura, el lamento de David por Saúl y Jonatán, nos muestra otro rostro de esta tensión. David no canta el triunfo del enemigo vencido; llora la pérdida, honra el vínculo, reconoce el bien incluso en medio del conflicto. Su canto nace de un corazón maduro, capaz de amar más allá de la lógica del poder o del éxito. También aquí hay incomprensión, dolor y fidelidad entrelazados.

El salmo nos pone en labios una súplica que resume toda la jornada:
“Oh Dios, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve.”
Es el clamor de quien se siente desorientado, presionado, incomprendido, pero no deja de confiar. Solo el rostro de Dios puede devolvernos el sentido.

En este contexto celebramos a san Francisco de Sales, maestro de la caridad paciente y de la firmeza interior. Él supo vivir la verdad del Evangelio sin violencia, sin dureza, convencido de que la santidad auténtica no aplasta ni se impone, sino que atrae. En medio de oposiciones y malentendidos, respondió con dulzura evangélica, enseñándonos que la fidelidad a Dios debe ir siempre unida a la mansedumbre del corazón.

Y como cada sábado, miramos a María. Ella también conoció la incomprensión: guardó en su corazón palabras y acontecimientos que no siempre entendía del todo. No necesitó explicarlo todo ni defenderse; confió. María nos enseña a permanecer fieles cuando el camino se vuelve oscuro y cuando incluso los vínculos más cercanos se tensan por causa del Evangelio.

Hermanos, este evangelio nos invita a mirarnos por dentro:
– ¿Somos como la multitud, buscando a Jesús con urgencia y necesidad real?
– ¿Nos sentimos a veces desbordados, como los discípulos, por las exigencias del seguimiento?
– ¿O estamos del lado de los familiares, desconcertados ante una fe que se vuelve demasiado radical?
– ¿O quizá vivimos, como Jesús, la experiencia de ser incomprendidos por permanecer fieles a la voluntad del Padre?

Pidamos hoy la gracia de perseverar con amor, sin endurecer el corazón ni claudicar en la fidelidad. Que sepamos buscar a Cristo con todo el deseo del alma, seguirlo incluso cuando no nos entienden, y dar testimonio —con mansedumbre y firmeza— de la alegría profunda que nace de vivir para Dios.

Amén.

**********

 

24 de enero:

San Francisco de Sales, obispo y doctor de la Iglesia — Memoria
1567–1622
Santo patrono de autores, periodistas, escritores, personas sordas, educadores
Canonizado el 8 de abril de 1665 por el papa Alejandro VII
Declarado Doctor de la Iglesia en 1877 por el papa Pío IX

 


Cita:


Finalmente, hijo mío muy amado, te ruego por todo lo que es sagrado en el cielo y en la tierra, por tu propio Bautismo, por el pecho del que Jesús se alimentó, por el tierno Corazón con el que Él te ama, y por las entrañas de misericordia en las que tú esperas: permanece firme y persevera en esta empresa tan bendita de vivir una vida devota…


~ «Introducción a la vida devota», san Francisco de Sales



Reflexión

San Francisco de Sales nació cincuenta años después de que un sacerdote agustino llamado Martín Lutero encendiera la Reforma protestante, y apenas veinticinco años después de que las enseñanzas anticatólicas de Juan Calvino se difundieran en Ginebra, Suiza. Francisco nació en una familia noble del Ducado de Saboya, en la actual Francia, no lejos de Ginebra. Debido a su linaje noble y a la influencia de su padre, Francisco recibió una educación excelente, llegando a obtener doctorados en derecho civil y en teología. Su padre había elegido para él una noble dama con quien casarse y también había planeado que su talentoso hijo se dedicara a la política, pero Francisco fue conducido por un camino distinto.

En 1586, a la edad de diecinueve años, Francisco asistió a una conferencia calvinista sobre la predestinación, lo que lo llevó a creer que estaba destinado al infierno. Esto lo afectó profundamente y luchó con esa idea durante meses. Finalmente, por intercesión de la Santísima Virgen y mediante la oración del Acuérdate, Francisco fue liberado de este error y orientó su vida hacia el amor puro de Dios. Tras experimentar en carne propia los efectos que una teología errónea puede tener en una persona, Francisco se consagró a una vida de celibato y comenzó a seguir el deseo que Dios había puesto en su corazón de ser sacerdote. Aunque al principio su padre se mostró reticente, finalmente aceptó la ordenación de su hijo y luego ayudó a que fuera nombrado para un cargo importante en la diócesis de Ginebra.

Debido a que Ginebra estaba bajo el control de los calvinistas, el padre de Sales predicaba y residía en una catedral situada a unos treinta kilómetros al sur de la ciudad. Como sacerdote recién ordenado, comenzó a darse a conocer. Sus sermones estaban marcados por un estilo caballeroso, mostrando gran respeto hacia quienes no estaban de acuerdo con él. Nunca rehuyó las verdades teológicas que estaban siendo atacadas por los errores de la Reforma. Evitaba la controversia y la crítica, concentrándose más bien en las virtudes, la oración, la santidad y la superación del pecado. A pesar de su carácter amable y de su enfoque caritativo, fue tratado con dureza por muchos anticatólicos de la región, algunos de los cuales incluso atentaron contra su vida.

En 1602, a los treinta y cinco años, el padre de Sales fue ordenado obispo de Ginebra, y su celo evangelizador avanzó a toda marcha. Su intención era reconquistar para la Iglesia católica a los ciudadanos de Ginebra. Muchos se habían apartado siguiendo las enseñanzas de Calvino. Durante los primeros años, el obispo de Sales tuvo poco éxito en ganar conversos. Pero poco a poco, alma por alma, comenzó a dar fruto. Su éxito se debió especialmente a la difusión de explicaciones escritas de la fe que dejaba bajo las puertas de las casas, invitando a las personas a regresar a la Iglesia católica. Su predicación era clara, respetuosa, verdadera y caritativa. Su lema era: «Quien predica con amor, predica eficazmente».

El obispo de Sales fue un hombre muy práctico, especialmente en lo que respecta a su teología. Creía que la santidad no estaba reservada solo para quienes vivían en monasterios o conventos. Estaba convencido de que todos, en cualquier estado de vida y en cualquier ocupación, estaban llamados a la santidad. Esta convicción se manifiesta con mayor claridad en su libro más famoso, Introducción a la vida devota. Esta obra es una recopilación de cartas que había enviado a lo largo de los años a las personas a las que dirigía espiritualmente. Comienza ofreciendo consejos claros y prácticos sobre la importancia de purificarse del pecado y de los apegos a hábitos pecaminosos. Luego enseña cómo crecer en las virtudes, especialmente en la humildad; cómo afrontar las tentaciones; y cómo superar la ansiedad y la tristeza. También propone ejercicios para renovar la vida de devoción, que no es otra cosa que amar y agradar a Dios con la propia vida. Este libro, junto con otros escritos, condujo a muchos a la fe. En 1610, ayudó a una de sus dirigidas espirituales, la futura santa Juana Francisca de Chantal, a fundar la Orden de la Visitación de Santa María. Sus cartas inspiradoras a ella se convirtieron en una fuente de formación espiritual para las mujeres de la nueva congregación.

Tras rechazar ascensos dentro de la Iglesia, el obispo de Sales prefirió dedicar su tiempo y sus energías a la salvación de las almas en su diócesis. Se dice que logró que hasta 40.000 católicos que se habían hecho calvinistas regresaran a la Iglesia. Después de nueve años como sacerdote y veinte años como obispo, el obispo de Sales sufrió un derrame cerebral y murió poco después. Se cree que una de las últimas cosas que escribió fueron las palabras: «Humildad, humildad, humildad», su exhortación final a su grey.

Al honrar hoy a este santo obispo, intenta imaginar cómo habría sido tenerlo como pastor. Se habría tomado en serio tu llamado a la santidad. Te habría exhortado a vencer el pecado mediante una confesión sincera en el Sacramento, y luego a crecer en la virtud, especialmente en la humildad. Te habría ayudado a conocer y creer todas las verdades reveladas por Dios a través de su Iglesia católica, y a buscar todos los medios prácticos posibles —mediante la oración y la meditación diarias— para llegar a ser santo. Te habría recordado con frecuencia que la santidad no está reservada solo al monje. Tú también, en el contexto de tu propio estado de vida, estás llamado. Responde como uno de su rebaño y decide firmemente seguir el camino que Dios ha preparado para ti, buscando amarlo y glorificarlo con tu vida.


Oración

San Francisco de Sales, fuiste un verdadero pastor de tu rebaño, predicándoles incansablemente la fe, llamándolos a la conversión, exhortándolos a abrazar una vida de oración y de virtud, y ayudándolos a amar más plenamente a Dios cumpliendo su voluntad en sus vidas. Ruega por mí, para que también yo responda a tu predicación y busque llegar a ser santo en el contexto de la vocación que me ha sido confiada.
San Francisco, ruega por mí.
Jesús, en Ti confío.

 

25 de enero del 2026: tercer domingo del tiempo ordinario- Ciclo A

  «¡Ven!» «Conviértanse, porque el Reino de los Cielos está cerca». ¿Estamos seguros de escuchar este llamado a la conversión tal como e...