lunes, 20 de julio de 2026

20 de julio del 2026: lunes de la decimosexta semana del tiempo ordinario II


No es imposible


(Mi 6,1-4.6-8 / Sal 50(49),5-6.8-9.16bc-17.21+23 (R. 23b) /

Mt 12,38-42) Dios entra en juicio con su pueblo, un género literario clásico entre los profetas. Se trata de llevar a los creyentes a interrogarse sobre su relación con Dios: aquí, desde la perspectiva de la fidelidad y la conversión del corazón.

En el Evangelio, los escribas y fariseos le piden a Jesús un signo extraordinario, aunque sus palabras y sus obras ya manifiestan la presencia de Dios. Jesús los remite al signo de Jonás: así como el profeta fue liberado de las profundidades, el Hijo del hombre atravesará la muerte y resucitará. Creer, por tanto, no es imposible, pero exige un corazón disponible, capaz de reconocer los signos ya ofrecidos y dejarse transformar. Dios no nos pide prodigios ni sacrificios desmesurados, sino practicar la justicia, amar la misericordia y caminar humildemente con Él.

G.Q

 


Primera lectura

Miq 6, 1-4. 6-8

Hombre, se te ha hecho saber lo que el Señor quiere de ti

Lectura de la profecía de Miqueas.

ESCUCHEN lo que dice el Señor,
el pleito del Señor con su pueblo.
«En pie, pleitea con las montañas,
que escuchen tu voz las colinas».
Escuchen, montañas, el pleito del Señor,
ustedes, inalterables cimientos de la tierra:
el Señor pleitea con su pueblo,
con Israel se querella.
«Pueblo mío, ¿qué te he hecho?,
¿en qué te he molestado?
¡Respóndeme!
Yo te saqué de Egipto
y te libré de la servidumbre.
Yo te envié a Moisés,
Aarón y María».
¿Con qué me presentaré al Señor
y me inclinaré ante el Dios excelso?
¿Me presentaré con holocaustos,
con terneros de un año?
¿Le agradarán al Señor mil bueyes,
miríadas de ríos de aceite?
¿Le ofreceré mi primogénito por mi falta,
el fruto de mis entrañas por mi pecado?.
Hombre, se te ha hecho saber lo que es bueno,
lo que el Señor quiere de ti:
tan solo practicar el derecho,
amar la bondad,
y caminar humildemente con tu Dios.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 49, 5-6. 8-9. 16bc-17. 21 y 23 (R.: 23cd)

R. Al que sigue buen camino
le haré ver la salvación de Dios.


V. «Congréguenme a mis fieles,
que sellaron mi pacto con un sacrificio».
Proclame el cielo su justicia;
Dios en persona va a juzgar. 
R.

V. «No te reprocho tus sacrificios,
pues siempre están tus holocaustos ante mí.
Pero no aceptaré un becerro de tu casa,
ni un cabrito de tus rebaños». 
R.

V. «¿Por qué recitas mis preceptos
y tienes siempre en la boca mi alianza,
tú que detestas mi enseñanza
y te echas a la espalda mis mandatos?» 
R.

V. «Esto haces, ¿y me voy a callar?
¿Crees que soy como tú?
Te acusaré, te lo echaré en cara.
El que me ofrece acción de gracias,
ese me honra;
al que sigue buen camino
le haré ver la salvación de Dios». 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. No endurezcan hoy su corazón; escuchen la voz del Señor. R.

 

Evangelio

Mt 12, 38-42

Cuando juzguen a esta generación, la reina del Sur se levantará

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, algunos escribas y fariseos dijeron a Jesús:
«Maestro, queremos ver un milagro tuyo».
Él les contestó:
«Esta generación perversa y adúltera exige una señal; pues no se le dará más signo que el del profeta Jonás. Tres días y tres noches estuvo Jonás en el vientre del cetáceo: pues tres días y tres noches estará el Hijo del hombre en el seno de la tierra.
Los hombres de Nínive se alzarán en el juicio contra esta generación y harán que la condenen; porque ellos se convirtieron con la proclamación de Jonás, y aquí hay uno que es más que Jonás.
Cuando juzguen a esta generación, la reina del Sur se levantará y hará que la condenen, porque ella vino desde los confines de la tierra, para escuchar la sabiduría de Salomón, y aquí hay uno que es más que Salomón».

Palabra del Señor.

 

***********

 

1

 

Aprender a reconocer los signos de Dios

 

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de este día nos invita a revisar con sinceridad nuestra relación con el Señor. Con frecuencia deseamos que Dios nos dé señales extraordinarias, respuestas inmediatas o demostraciones indiscutibles de su existencia y de su amor. Sin embargo, el Señor nos recuerda hoy que el verdadero problema no es la falta de signos, sino la falta de disposición para reconocerlos.

En la primera lectura, tomada del profeta Miqueas, Dios entra en una especie de juicio con su pueblo. Convoca como testigos a los montes y a las colinas y pregunta: «Pueblo mío, ¿qué te he hecho?, ¿en qué te he molestado?». No se trata de un Dios enojado que quiera destruir a su pueblo, sino de un Padre herido por la ingratitud de sus hijos. Él les recuerda todo lo que ha hecho: los liberó de Egipto, los sacó de la esclavitud y puso delante de ellos personas que los guiaran.

Ante este reclamo, el pueblo se pregunta qué debe ofrecer a Dios: ¿holocaustos?, ¿miles de carneros?, ¿ríos de aceite?, ¿sacrificios cada vez mayores? La respuesta del profeta es sencilla y exigente:

«Se te ha hecho saber lo que es bueno, lo que el Señor quiere de ti: practicar la justicia, amar la misericordia y caminar humildemente con tu Dios».

Dios no puede ser comprado con ofrendas. No busca ceremonias vacías ni sacrificios que no estén acompañados por una vida recta. Podemos rezar mucho, participar en celebraciones y realizar actos religiosos; pero si tratamos injustamente a los demás, guardamos resentimiento, despreciamos al necesitado o nos negamos a perdonar, todavía no hemos comprendido lo que Dios quiere de nosotros.

El salmo 50 continúa esta misma enseñanza. Dios dice: «No te reprocho tus sacrificios, pues siempre están tus holocaustos ante mí». El problema no consiste en ofrecer sacrificios, sino en pensar que estos pueden reemplazar la obediencia, la justicia y la conversión. Por eso también advierte: «¿Por qué recitas mis preceptos y tienes siempre en la boca mi alianza, tú que detestas mi enseñanza y te echas a la espalda mis mandatos?».

Es una palabra fuerte que nos invita a preguntarnos: ¿existe coherencia entre lo que decimos creer y la manera como vivimos? ¿Nuestra oración nos vuelve más misericordiosos? ¿La Eucaristía nos conduce a compartir el pan, perdonar las ofensas y servir al hermano? ¿O pronunciamos palabras religiosas mientras le damos la espalda a lo que Dios nos enseña?

El salmo nos entrega también una promesa consoladora: «Al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios». El Señor no nos pide una vida llena de cosas extraordinarias; nos pide avanzar por el buen camino, con fidelidad, humildad y perseverancia. La santidad se construye muchas veces mediante pequeños actos de amor realizados cada día.

En el Evangelio, algunos escribas y fariseos se acercan a Jesús y le dicen: «Maestro, queremos ver un signo tuyo». La petición podría parecer razonable, pero Jesús descubre la falta de sinceridad que se esconde detrás de ella. Ellos ya habían escuchado sus enseñanzas, contemplado sus curaciones y presenciado la liberación de personas oprimidas. Los signos estaban delante de sus ojos, pero no querían comprometerse.

A veces nosotros podemos caer en una actitud semejante: «Señor, si me concedes esto, creeré en ti»; «si solucionas inmediatamente este problema, confiaré en ti»; «si realizas el milagro que espero, cambiaré de vida». Convertimos la fe en una negociación y le exigimos a Dios que se someta a nuestras condiciones.

Jesús responde que no se les dará otro signo sino el signo del profeta Jonás. Jonás permaneció tres días en el vientre del gran pez y después fue enviado a predicar la conversión a Nínive. De manera semejante, Jesús permanecerá en el seno de la tierra y al tercer día resucitará. El signo definitivo de Dios no será un espectáculo, sino la Pascua de Cristo: su muerte y su resurrección.

En Jesús crucificado y resucitado, Dios nos ha dado la señal más grande de su amor. La cruz nos revela hasta dónde llega su entrega; la resurrección nos anuncia que el pecado y la muerte no tienen la última palabra. Por eso, creer no es imposible. Pero exige abrir el corazón, renunciar a nuestra dureza y aceptar que Dios actúe de una manera diferente a la que nosotros imaginamos.

Hoy también elevamos nuestra oración por nuestros fieles difuntos. Al recordarlos, el signo de Jonás adquiere para nosotros una fuerza especial. Así como Jonás salió de las profundidades y Cristo salió victorioso del sepulcro, confiamos en que quienes han muerto unidos al Señor están llamados a participar de su resurrección.

Orar por nuestros difuntos es un acto de amor, de gratitud y de esperanza. No los recordamos solamente con tristeza. Los ponemos en las manos misericordiosas del Padre y pedimos que perdone sus pecados, purifique sus vidas y los reciba en la plenitud de su Reino. La muerte no destruye los vínculos tejidos por el amor. En Cristo resucitado, la comunión continúa y la esperanza permanece.

Quizá desearíamos recibir una señal de que nuestros seres queridos están bien. Sin embargo, el Señor nos invita a mirar el gran signo que ya nos ha concedido: el sepulcro vacío de Cristo. Nuestra esperanza no descansa en sentimientos pasajeros ni en señales extraordinarias, sino en la promesa de Jesús: quien cree en Él, aunque haya muerto, vivirá.

Pidamos al Señor que nos conceda un corazón capaz de reconocer su presencia en los signos sencillos de cada día: en la Palabra proclamada, en la Eucaristía, en el perdón recibido, en el pobre que necesita nuestra ayuda, en la familia que nos acompaña y en cada oportunidad de practicar la justicia y la misericordia.

Que nuestra fe no se limite a pedir prodigios. Que se manifieste en una vida coherente, en el amor a los hermanos y en la humildad de caminar cada día con Dios. Y que nuestros fieles difuntos, por la misericordia del Señor, descansen en paz y contemplen para siempre la salvación prometida.

Que brille para ellos la luz perpetua. Amén.

 


2

 

La certeza de una fe que transforma

 

Queridos hermanos:

En el Evangelio, algunos escribas y fariseos se acercan a Jesús y le dicen: «Maestro, queremos ver un signo tuyo». Él les responde: «Esta generación perversa y adúltera exige una señal; pero no se le dará más signo que el del profeta Jonás».

Podríamos preguntarnos por qué Jesús se niega a realizar el prodigio solicitado. Él había curado enfermos, expulsado demonios, calmado tempestades y devuelto la vida. ¿Por qué no hacer ahora otro milagro para convencerlos?

Imaginemos que Jesús hubiera respondido: «Está bien, haré lo que ustedes me pidan». Supongamos que le hubieran pedido abrir las aguas del lago de Galilea, como Moisés abrió el mar Rojo, y que Jesús lo hubiera hecho delante de ellos. ¿Habrían creído verdaderamente? Probablemente no. Se habrían sorprendido, pero su corazón habría permanecido cerrado.

El problema no era la falta de milagros, sino la dureza de su corazón.

Dios no se compra con sacrificios

Esta misma dureza aparece denunciada en la primera lectura, tomada del profeta Miqueas. Dios entra en una especie de juicio con su pueblo y pregunta:

«Pueblo mío, ¿qué te he hecho?, ¿en qué te he molestado? Respóndeme».

El Señor recuerda todo lo que hizo por Israel: lo liberó de la esclavitud de Egipto, lo condujo por el desierto y le dio servidores que lo orientaran. Pero el pueblo se había olvidado de su amor y había reducido la religión al cumplimiento exterior.

Por eso se pregunta: «¿Con qué me presentaré ante el Señor? ¿Con holocaustos? ¿Con miles de carneros? ¿Con ríos de aceite?». Creían que podían contentar a Dios mediante sacrificios cada vez más grandes.

El profeta ofrece entonces una de las enseñanzas más hermosas del Antiguo Testamento:

«Se te ha hecho saber lo que es bueno y lo que el Señor quiere de ti: practicar la justicia, amar la misericordia y caminar humildemente con tu Dios».

Dios no desprecia la oración ni las ofrendas realizadas con sinceridad. Lo que rechaza es una religiosidad externa que no transforma la vida. No podemos intentar agradar a Dios mediante actos religiosos mientras somos injustos, despreciamos al necesitado, cultivamos resentimientos o nos negamos a perdonar.

También nosotros podemos caer en la tentación de querer negociar con Dios: «Señor, si me concedes este favor, te prometo tal cosa»; «si curas mi enfermedad, cambiaré»; «si solucionas este problema, entonces creeré». Dios no busca negociaciones interesadas, sino hijos que confíen en Él, practiquen la justicia, amen la misericordia y caminen humildemente en su presencia.

Una fe que no se queda en las palabras

El salmo 50 continúa esta misma llamada a la coherencia. Dios dice: «No te reprocho tus sacrificios, pues siempre están tus holocaustos ante mí». El problema no estaba en las ofrendas, sino en la contradicción entre el culto y la vida.

Por eso añade:

«¿Por qué recitas mis preceptos y tienes siempre en la boca mi alianza, tú que detestas mi enseñanza y te echas a la espalda mis mandatos?».

Son palabras fuertes, pero necesarias. También nosotros debemos preguntarnos si existe coherencia entre nuestras oraciones y nuestra conducta. Podemos conocer los mandamientos, recitar muchas plegarias y participar en la Eucaristía; pero ¿la Palabra de Dios influye realmente en nuestras decisiones? ¿La comunión con Cristo nos hace más compasivos? ¿Nuestra fe se refleja en la familia, en el trabajo y en la manera como tratamos a los más sencillos?

El salmo concluye con una promesa: «Al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios». El Señor no nos exige realizar cosas espectaculares. Nos pide seguir el buen camino con fidelidad: hacer el bien, corregir nuestros errores, perdonar, servir y perseverar en la esperanza.

El espectáculo no produce necesariamente la fe

Los escribas y fariseos buscaban un espectáculo religioso, pero Jesús quería ofrecerles algo mucho más profundo: el don de la fe.

Imaginemos que alguien apareciera en una plaza afirmando ser el Hijo de Dios y, para demostrarlo, comenzara a elevarse por los aires y a mover los vehículos con una palabra. Seguramente provocaría asombro, curiosidad y temor. Sin embargo, semejante espectáculo no produciría necesariamente una verdadera conversión. Incluso podríamos sospechar que se trata de un engaño, una ilusión o algo contrario a Dios.

Ahora pensemos en una situación diferente y más cercana. Una persona entra en silencio a una iglesia. Se arrodilla ante el Señor y le abre sinceramente su corazón. En medio de la oración reconoce sus pecados, comprende algo de la voluntad de Dios y siente la fuerza necesaria para perdonar o tomar una decisión correcta. Sale de la iglesia con una paz que antes no tenía, con mayor claridad y con el deseo de comenzar una vida nueva.

No hubo luces, voces ni acontecimientos espectaculares. Sin embargo, ocurrió algo mucho más importante: Dios tocó el corazón y la persona respondió entregándose a Él.

La fe auténtica no consiste simplemente en ver algo extraordinario. Es acoger la revelación de Dios, confiar en su Palabra y permitir que su gracia transforme nuestra existencia. Es una certeza que no siempre elimina las preguntas, pero nos sostiene aun en la oscuridad.

Por esa fe, incontables santos perseveraron en medio de persecuciones, enfermedades y sufrimientos. Muchos entregaron incluso su propia vida. No lo hicieron porque estuvieran recibiendo continuamente señales extraordinarias, sino porque habían encontrado a Cristo y sabían en quién habían puesto su confianza.

El signo de Jonás

Jesús afirma que solamente se dará «el signo de Jonás». Así como Jonás permaneció tres días en el vientre del gran pez y después salió con vida para cumplir su misión, Jesús permanecerá en el seno de la tierra y resucitará al tercer día.

El signo definitivo de Dios es, por tanto, el misterio pascual: la muerte y la resurrección de Cristo. La cruz no es un espectáculo deslumbrante según los criterios del mundo. En ella vemos a un hombre humillado, herido y aparentemente vencido. Sin embargo, precisamente allí se manifiesta la grandeza del amor de Dios. Y en la resurrección contemplamos la victoria de ese amor sobre el pecado y la muerte.

La reina del Sur reconoció la sabiduría de Salomón y los habitantes de Nínive se convirtieron al escuchar la predicación de Jonás. Jesús les recuerda que ellos respondieron a signos mucho menores. Ahora está presente alguien más grande que Jonás y más grande que Salomón: el mismo Hijo de Dios. No obstante, algunos se niegan a reconocerlo.

Dios ya nos ha dado en Cristo el signo más grande. No necesitamos obligarlo continuamente a demostrar que nos ama. La cruz nos dice cuánto nos ama y la resurrección nos asegura que su amor es más fuerte que la muerte.

¿Por qué creemos?

Hoy conviene preguntarnos: ¿por qué creo en Dios? ¿Por qué reconozco a Jesús como mi Señor y Salvador? ¿Creo solamente cuando las cosas salen como deseo? ¿Mi fe depende de recibir favores y soluciones inmediatas? ¿O he aprendido a confiar también en los momentos de silencio, enfermedad, incertidumbre y dolor?

Tal vez alguno diga: «Si Dios me escucha, creeré». Pero la fe auténtica nos enseña a decir: «Señor, aunque todavía no comprenda, confío en ti». No es una confianza ciega ni irracional, sino una respuesta a Dios, que se nos ha revelado en Cristo y continúa hablándonos mediante su Palabra, los sacramentos, la Iglesia y los acontecimientos de nuestra vida.

En este lunes, cuando oramos especialmente por nuestros fieles difuntos, el signo de Jonás fortalece nuestra esperanza. Cristo entró en el sepulcro, pero la muerte no pudo retenerlo. Por eso confiamos en que quienes han muerto unidos a Él también participarán de su resurrección. No necesitamos buscar señales extrañas de nuestros seres queridos. Nos basta la promesa de Cristo resucitado: «Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá».

Pidamos por nuestros difuntos, para que el Señor perdone sus pecados, los purifique con su misericordia y los reciba en la alegría de su Reino. Que brille para ellos la luz perpetua y descansen en paz.

Pidamos también que nuestra fe eche raíces cada vez más profundas. Que no necesitemos prodigios para permanecer junto al Señor. Que su gracia nos transforme interiormente y nos ayude a practicar la justicia, amar la misericordia y caminar humildemente con nuestro Dios.

Señor Jesús, fortalece nuestra fe. Háblanos en lo profundo del alma, transforma nuestra vida y sostennos en las dificultades. Tú eres el signo definitivo del amor del Padre. Jesús, confiamos en ti. Amén.

 


sábado, 18 de julio de 2026

19 de julio del 2026: decimosexto domingo del tiempo ordinario-Ciclo A

 

El Reino en el horizonte

Sb 12,13.16-19 / Sal 86(85),5-6.9-10.15-16a (R. 5a) / Rm 8,26-27 /
Mt 13,24-43 (forma larga) o Mt 13,24-30 (forma breve).

La misericordia de Dios significa paciencia y esperanza. El libro de la Sabiduría nos revela a un Dios poderoso, pero indulgente, que concede a cada persona el tiempo necesario para convertirse. Con el salmista proclamamos que Él es bueno, lleno de amor y de fidelidad. Y cuando nuestra debilidad nos impide orar como conviene, san Pablo nos recuerda que el Espíritu viene en nuestra ayuda e intercede por nosotros.

En medio del trigo y la cizaña, Dios nos invita a renunciar a los juicios apresurados y a confiar en su acción. Su Reino crece discretamente, como el grano de mostaza y la levadura en la masa. Acojamos su Palabra con paciencia y convirtámonos, mediante nuestros gestos sencillos, en sembradores de bondad, fraternidad y esperanza.

  Sé tener con los demás la misma paciencia y misericordia que Dios tiene conmigo, o acostumbro juzgar y condenar apresuradamente?

  ¿Qué pequeña semilla de bondad, reconciliación o servicio puedo sembrar esta semana para que el Reino de Dios siga creciendo?

  Cuando no encuentro palabras para orar, ¿confío en que el Espíritu Santo viene en ayuda de mi debilidad e intercede por mí?

G.Q


Primera lectura

Sab 12, 13. 16-19

Concedes el arrepentimiento a los pecadores

Lectura del libro de la Sabiduría.

FUERA de ti no hay otro Dios que cuide de todo,
a quien tengas que demostrar que no juzgas injustamente.
Porque tu fuerza es el principio de la justicia
y tu señorío sobre todo te hace ser indulgente con todos.
Despliegas tu fuerza ante el que no cree en tu poder perfecto
y confundes la osadía de los que lo conocen.
Pero tú, dueño del poder, juzgas con moderación
y nos gobiernas con mucha indulgencia,
porque haces uso de tu poder cuando quieres.
Actuando así, enseñaste a tu pueblo
que el justo debe ser humano
y diste a tus hijos una buena esperanza,
pues concedes el arrepentimiento a los pecadores.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 85, 5-6. 9-10. 15-16a (R.: 5a)

R. Tú, Señor, eres bueno y clemente.

V. Porque tú, Señor, eres bueno y clemente,
rico en misericordia con los que te invocan.
Señor, escucha mi oración,
atiende a la voz de mi súplica. 
R.

V. Todos los pueblos vendrán
a postrarse en tu presencia, Señor;
bendecirán tu nombre:
«Grande eres tú, y haces maravillas;
tú eres el único Dios». 
R.

V. Pero tú, Señor,
Dios clemente y misericordioso,
lento a la cólera, rico en piedad y leal,
mírame, ten compasión de mí.
 R.

 

Segunda lectura

Rom 8, 26-27

El Espíritu intercede por nosotros con gemidos inefables

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos.

HERMANOS:
El Espíritu acude en ayuda de nuestra debilidad, pues nosotros no sabemos pedir como conviene; pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables.
Y el que escruta los corazones sabe cuál es el deseo del Espíritu, y que su intercesión por los santos es según Dios.

Palabra de Dios.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Bendito seas, Padre, Señor del cielo y de la tierra,
porque has revelado los misterios del reino a los pequeños. 
R.

 

Evangelio

Mt 13, 24-43 (forma larga)

Déjenlos crecer juntos hasta la siega

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, Jesús propuso otra parábola a la gente diciendo:
«El reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero, mientras los hombres dormían, un enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo y se marchó. Cuando empezaba a verdear y se formaba la espiga apareció también la cizaña. Entonces fueron los criados a decirle al amo:
“Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña?”.
Él les dijo:
“Un enemigo lo ha hecho”.
Los criados le preguntan:
“¿Quieres que vayamos a arrancarla?”.
Pero él les respondió:
“No, que al recoger la cizaña pueden arrancar también el trigo. Déjenlos crecer juntos hasta la siega y cuando llegue la siega diré a los segadores: arranquen primero la cizaña y átenla en gavillas para quemarla, y el trigo almacénenlo en mi granero”».
Les propuso otra parábola:
«El reino de los cielos se parece a un grano de mostaza que uno toma y siembra en su campo; aunque es la más pequeña de las semillas, cuando crece es más alta que las hortalizas; se hace un árbol hasta el punto de que vienen los pájaros del cielo a anidar en sus ramas».
Les dijo otra parábola:
«El reino de los cielos se parece a la levadura; una mujer la amasa con tres medidas de harina, hasta que todo fermenta».
Jesús dijo todo esto a la gente en parábolas y sin parábolas no les hablaba nada, para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta:
«Abriré mi boca diciendo parábolas;
anunciaré lo secreto desde la fundación del mundo».
Luego dejó a la gente y se fue a casa. Los discípulos se le acercaron a decirle:
«Explícanos la parábola de la cizaña en el campo».
Él les contestó:
«El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los ciudadanos del reino; la cizaña son los partidarios del Maligno; el enemigo que la siembra es el diablo; la cosecha es el final de los tiempos y los segadores los ángeles. Lo mismo que se arranca la cizaña y se echa al fuego, así será al final de los tiempos: el Hijo del hombre enviará a sus ángeles y arrancarán de su reino todos los escándalos y a todos los que obran iniquidad, y los arrojarán al horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el reino de su Padre. El que tenga oídos, que oiga».

Palabra del Señor.



Mt 13, 24-30 (forma breve)

Déjenlos crecer juntos hasta la siega

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, Jesús propuso otra parábola a la gente diciendo:
«El reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero, mientras los hombres dormían, un enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo y se marchó. Cuando empezaba a verdear y se formaba la espiga apareció también la cizaña. Entonces fueron los criados a decirle al amo:
“Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña?”.
Él les dijo:
“Un enemigo lo ha hecho”.
Los criados le preguntan:
“¿Quieres que vayamos a arrancarla?”.
Pero él les respondió:
“No, que al recoger la cizaña pueden arrancar también el trigo. Déjenlos crecer juntos hasta la siega y cuando llegue la siega diré a los segadores: arranquen primero la cizaña y átenla en gavillas para quemarla, y el trigo almacénenlo en mi granero”».

Palabra del Señor.


1

 

El Reino en el horizonte

 

Queridos hermanos y hermanas:

Las lecturas de este domingo nos permiten contemplar el Reino de Dios en el horizonte. Es un Reino que ya está actuando entre nosotros, aunque muchas veces crezca de manera silenciosa. Para reconocerlo necesitamos paciencia, esperanza y una mirada misericordiosa.

La primera lectura, del libro de la Sabiduría, nos presenta a un Dios fuerte, pero indulgente. Su poder no consiste en aplastar al pecador, sino en ofrecerle la posibilidad de convertirse:

«Diste a tus hijos la dulce esperanza de que, en el pecado, das lugar al arrepentimiento».

Dios no se precipita a condenar. Conoce nuestra fragilidad, espera nuestro regreso y nos ofrece nuevas oportunidades. Su paciencia no significa que apruebe el mal, sino que desea salvar al pecador. Por eso, la lectura nos deja una enseñanza fundamental: «El justo debe ser humano».

No podemos afirmar que creemos en el Dios misericordioso mientras juzgamos sin compasión, cerramos la puerta al arrepentimiento o reducimos a una persona a sus equivocaciones. Si Dios tiene paciencia conmigo, también yo debo aprender a tenerla con los demás.

Por eso proclamamos en el salmo:

«Tú, Señor, eres bueno y clemente».

Esta es nuestra confianza: Dios conoce nuestras faltas, pero también nuestros esfuerzos; ve nuestras caídas, pero no deja de contemplar las posibilidades de bien que ha sembrado en nosotros.

El trigo y la cizaña

En el Evangelio, Jesús presenta la parábola del trigo y la cizaña. Un hombre sembró buena semilla en su campo, pero, mientras todos dormían, llegó el enemigo y sembró cizaña.

La buena semilla viene de Dios. Él siembra la vida, la verdad, la justicia, la fraternidad y la paz. Sin embargo, en el campo del mundo también aparece la cizaña: el egoísmo, la mentira, la violencia, la corrupción, la envidia y la discordia.

La cizaña aparece también en nuestras familias y comunidades. Surge cuando permitimos que los comentarios malintencionados destruyan la confianza; cuando una diferencia de opinión se convierte en enemistad; cuando dejamos crecer el resentimiento; cuando nos negamos a perdonar o pensamos que nuestra manera de actuar es la única correcta.

Pero no debemos buscar la cizaña solamente en los demás. El trigo y la mala hierba también crecen dentro de nuestro propio corazón. En nosotros hay generosidad, pero también egoísmo; deseos de servir, pero también necesidad de reconocimiento; capacidad de perdonar, pero también resentimientos.

Por eso, antes de preguntarnos quiénes son la cizaña, conviene preguntarnos: ¿qué necesita ser transformado en mi propia vida?

Los servidores quieren arrancar inmediatamente la mala hierba, pero el dueño les dice: «No, porque al arrancar la cizaña podrían arrancar también el trigo».

Jesús no nos invita a ser indiferentes frente al mal. Debemos defender la verdad, corregir con caridad y proteger a quienes sufren. Sin embargo, nos pide que no emitamos juicios definitivos sobre las personas. Podemos reconocer que una acción es mala, pero solamente Dios conoce completamente el corazón humano.

¡Cuánto daño causan los juicios precipitados! A veces conocemos un error de una persona y creemos conocer toda su vida. Escuchamos un comentario y lo repetimos sin verificarlo. Cerramos al hermano la posibilidad de cambiar, mientras nosotros continuamos pidiéndole a Dios que tenga paciencia con nuestras propias debilidades.

La pregunta para nuestra reflexión es muy concreta: ¿sé tener con los demás la misma paciencia y misericordia que Dios tiene conmigo?

La fuerza de lo pequeño

Jesús compara también el Reino de los cielos con un grano de mostaza. Es una semilla muy pequeña, pero crece hasta convertirse en un arbusto capaz de acoger a las aves.

Después habla de la levadura que una mujer mezcla con la harina hasta que toda la masa queda fermentada. La levadura trabaja desde dentro, silenciosamente, sin llamar la atención.

Estas parábolas nos recuerdan que Dios no actúa siempre mediante acontecimientos espectaculares. Su Reino crece a través de pequeños gestos: una palabra de consuelo, una visita a un enfermo, una ayuda ofrecida discretamente, una reconciliación familiar, una oración perseverante o un vaso de agua entregado con amor.

Muchas veces nos desanimamos porque no vemos resultados inmediatos. Los padres pueden preguntarse si todo lo que enseñaron a sus hijos dará fruto. Los catequistas pueden creer que sus esfuerzos son inútiles. Quienes trabajan por una comunidad más unida pueden cansarse al encontrar divisiones y resistencias.

El Evangelio nos pide confiar. La semilla puede parecer pequeña y la levadura permanece escondida, pero ambas contienen una fuerza que no depende solamente de nosotros. Dios continúa trabajando en los corazones, incluso cuando no podemos verlo.

Por eso surge otra pregunta: ¿qué pequeña semilla de bondad, reconciliación o servicio puedo sembrar durante esta semana?

Quizá no podamos cambiar toda nuestra sociedad, pero sí podemos comenzar por nuestro hogar. Tal vez no podamos solucionar todos los problemas de nuestra comunidad, pero podemos negarnos a difundir un chisme, acompañar a quien está solo, perdonar una ofensa o ayudar a una familia necesitada. Ningún gesto realizado por amor es insignificante ante Dios.

El Espíritu viene en nuestra ayuda

San Pablo nos dice en la segunda lectura:

«El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad, porque nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene».

Hay momentos en los que no sabemos cómo orar. Puede suceder ante una enfermedad, una pérdida, un conflicto familiar o una situación que parece no tener salida. Tal vez solo podemos permanecer en silencio o derramar lágrimas delante de Dios.

San Pablo nos asegura que, en esos momentos, no estamos solos. El Espíritu Santo intercede por nosotros «con gemidos inefables». Él transforma nuestra pobreza, nuestro silencio y nuestro dolor en oración.

No necesitamos palabras perfectas para acercarnos a Dios. Podemos decirle sencillamente: “Señor, tú sabes lo que llevo en mi corazón. Ven en ayuda de mi debilidad”.

Esto nos lleva a la tercera pregunta: cuando no encuentro palabras para orar, ¿confío en que el Espíritu Santo intercede por mí?

La oración no siempre cambia inmediatamente las circunstancias, pero permite que Dios transforme nuestro corazón. Nos da luz para discernir, fuerza para perseverar y paciencia para esperar.

Queridos hermanos: el Reino de Dios está ya presente en medio de nosotros. Crece como el trigo, como el grano de mostaza y como la levadura. No debemos desanimarnos por la cizaña ni convertirnos en jueces implacables. Nuestra misión es permanecer vigilantes, cuidar la buena semilla y seguir sembrando el bien.

En esta Eucaristía pidamos al Señor un corazón semejante al suyo: paciente sin ser indiferente, firme frente al mal y misericordioso con las personas. Que el Espíritu venga en ayuda de nuestra debilidad y nos convierta en sembradores de bondad, fraternidad y esperanza.

Y al regresar a nuestros hogares, llevemos estas tres preguntas en el corazón:

¿Tengo con los demás la paciencia que Dios tiene conmigo?
¿Qué pequeña semilla de bondad puedo sembrar esta semana?
¿Confío en el Espíritu Santo cuando no sé cómo orar?

Que María, mujer paciente y disponible a la acción de Dios, nos enseñe a confiar en el crecimiento silencioso del Reino y a conservar siempre la esperanza. Amén.

 

2

 

La paciencia de Dios y la fuerza escondida del Reino

 

Queridos hermanos y hermanas:

Las lecturas de este domingo nos ayudan a descubrir cómo actúa Dios frente al mal y cómo va creciendo su Reino en medio de nuestra historia. Jesús nos presenta tres parábolas: el trigo y la cizaña, el grano de mostaza y la levadura. Las tres contienen un mensaje de esperanza, pero también una invitación a la paciencia, al discernimiento y a la confianza.

Vivimos en una época impaciente. Queremos respuestas inmediatas, cambios rápidos y resultados visibles. Nos cuesta aceptar los procesos lentos. También quisiéramos que Dios interviniera de una vez para eliminar la injusticia, castigar a quienes hacen el mal y resolver todos nuestros problemas. Sin embargo, la Palabra de hoy nos enseña que Dios tiene sus tiempos y que su paciencia no es indiferencia ni debilidad: es una nueva oportunidad ofrecida al pecador para que pueda convertirse.

1. Un Dios poderoso porque es misericordioso

La primera lectura, tomada del libro de la Sabiduría, nos presenta el verdadero rostro de Dios:

«Tu poder es el principio de la justicia, y tu soberanía universal te hace perdonar a todos».

Dios no necesita demostrar su poder destruyendo a quienes se equivocan. Precisamente porque es fuerte, puede ser paciente; porque es Señor de todos, puede tratar a todos con misericordia. Los seres humanos, cuando nos sentimos débiles o inseguros, a veces reaccionamos con violencia, intolerancia y deseo de venganza. Dios, en cambio, manifiesta su grandeza perdonando, corrigiendo con moderación y ofreciendo tiempo para la conversión.

La lectura concluye con una enseñanza preciosa: actuando de este modo, Dios enseñó a su pueblo que «el justo debe ser humano» y dio a sus hijos «la esperanza de que, después del pecado, concede el arrepentimiento».

¡Qué mensaje tan necesario para nuestras familias y comunidades! El justo debe ser humano. Una persona creyente no puede complacerse en condenar, humillar o destruir la reputación de los demás. Tampoco puede encerrar definitivamente a una persona dentro de su pasado, como si nadie tuviera derecho a cambiar. Creer en Dios significa creer también en la posibilidad de la conversión.

Por eso respondemos en el salmo:

«Tú, Señor, eres bueno y clemente».

El salmista no niega la existencia del mal, pero se apoya en la bondad de Dios. En medio de las dificultades, reconoce que el Señor es lento a la cólera, rico en misericordia y fiel con quienes lo invocan.

2. El trigo y la cizaña crecen juntos

Esta misma enseñanza aparece en la parábola principal del Evangelio. Un hombre sembró buena semilla en su campo; pero, mientras todos dormían, llegó el enemigo, sembró cizaña en medio del trigo y se marchó.

La buena semilla viene de Dios. Desde el relato de la creación, la Biblia nos recuerda que todo lo creado por Dios es bueno. Dios siembra vida, verdad, fraternidad, justicia y esperanza. Él no es el autor del mal. El enemigo es quien introduce la mentira, la división y la muerte.

Jesús dice que el enemigo actuó «mientras todos dormían». Este sueño puede representar nuestra falta de vigilancia espiritual. Nos dormimos cuando abandonamos la oración; cuando dejamos de escuchar la Palabra; cuando nos acostumbramos a pequeñas faltas que poco a poco endurecen el corazón; cuando permitimos que un comentario malintencionado se convierta en chisme; cuando la indiferencia entra en nuestras familias; cuando dejamos que el resentimiento crezca silenciosamente.

La cizaña muchas veces no aparece de forma escandalosa. Se parece inicialmente al trigo. El mal suele presentarse bajo la apariencia de algo conveniente, moderno, inofensivo o incluso justo. Una crítica puede disfrazarse de defensa de la verdad; la envidia puede presentarse como preocupación por la comunidad; la venganza puede hacerse pasar por justicia; y el orgullo puede ocultarse detrás de una supuesta fidelidad religiosa.

Por eso necesitamos discernimiento y vigilancia. Pero Jesús introduce una advertencia muy importante. Cuando los servidores preguntan si deben arrancar la cizaña, el dueño responde:

«No, porque al arrancar la cizaña podrían arrancar también el trigo. Déjenlos crecer juntos hasta la cosecha».

Esto no significa que debamos permanecer indiferentes ante el mal. El cristiano debe denunciar la injusticia, proteger a los débiles, corregir fraternalmente y defender la verdad. Lo que Jesús prohíbe es que nos convirtamos en jueces definitivos de las personas.

Podemos juzgar las acciones, pero no conocemos totalmente el corazón de quien las realiza. Podemos y debemos llamar mal a lo que es malo, pero no tenemos autoridad para declarar que una persona está definitivamente perdida. Solo Dios conoce la historia completa de cada ser humano, sus heridas, sus luchas y las posibilidades de conversión que todavía guarda en su interior.

Además, el trigo y la cizaña no crecen solamente en el mundo o en otras personas. También crecen dentro de nosotros. En nuestro corazón hay generosidad, pero también egoísmo; deseos de servir, pero también búsqueda de reconocimiento; momentos de fe y momentos de duda; capacidad de perdonar y resistencias al perdón.

Antes de señalar la cizaña en el terreno ajeno, tendríamos que mirar nuestro propio corazón. Quizá aquello que queremos arrancar violentamente del otro también está presente, de otra manera, dentro de nosotros.

La paciencia de Dios no significa que el mal tendrá la última palabra. Habrá una cosecha y un juicio. Dios distinguirá definitivamente el trigo de la cizaña. Pero ese juicio le corresponde a Él. Nosotros no somos los dueños del campo ni los señores de la cosecha. Nuestra tarea es cuidar el trigo, sembrar el bien, corregir con caridad y dejar abierta la puerta de la conversión.

3. La fuerza de lo pequeño

Las otras dos parábolas completan el mensaje. Jesús compara el Reino con un grano de mostaza. Es una semilla pequeña, casi insignificante, pero crece hasta convertirse en un arbusto capaz de ofrecer refugio a las aves.

Nosotros solemos medir el valor de las cosas por su tamaño, su publicidad o sus resultados inmediatos. Dios, en cambio, comienza con lo pequeño: una semilla, un pesebre, un grupo reducido de discípulos, una palabra pronunciada con amor, un vaso de agua, un gesto de perdón.

No debemos despreciar los pequeños actos de bien. Tal vez una palabra de consuelo no resuelva todos los problemas de una persona, pero puede impedir que se sienta sola. Una visita a un enfermo no elimina su enfermedad, pero le comunica la cercanía de Dios. Una catequesis sencilla puede sembrar una fe que dará fruto muchos años después. Una reconciliación familiar puede cortar una cadena de resentimientos transmitida de generación en generación.

Lo mismo enseña la parábola de la levadura. Una pequeña cantidad queda escondida en la masa, pero termina fermentándola toda. La levadura trabaja desde dentro y en silencio. Así actúa el Reino de Dios.

No todo lo que transforma la historia aparece en las noticias. El Reino crece silenciosamente en la madre que educa a sus hijos en la fe, en el campesino que trabaja honradamente, en quien cuida con paciencia a un adulto mayor, en el joven que rechaza una propuesta deshonesta, en quien perdona sin recibir disculpas, en las comunidades que se reúnen para celebrar la Eucaristía y ayudarse fraternalmente.

A veces pensamos que nada está cambiando porque no vemos resultados espectaculares. Pero la levadura está trabajando. La gracia de Dios obra incluso cuando no podemos percibirla.

4. El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad

San Pablo, en la segunda lectura, reconoce una realidad que todos experimentamos:

«El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad, porque nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene».

Hay situaciones en las que no sabemos qué decirle a Dios. Nos sentimos confundidos ante una enfermedad, una pérdida, un conflicto familiar o la persistencia del mal. Incluso podemos cansarnos de esperar.

En esos momentos, el Espíritu Santo ora en nosotros «con gemidos inefables». Nuestra oración no depende únicamente de nuestra capacidad para encontrar palabras hermosas. A veces basta permanecer ante Dios, presentarle nuestro cansancio y decirle: “Señor, tú conoces mi corazón”. El Espíritu transforma ese silencio, esas lágrimas y esa pobreza en oración.

Él nos da también la paciencia necesaria para respetar los procesos de Dios. Nos ayuda a no confundir paciencia con pasividad ni firmeza con violencia. Nos enseña a trabajar por el bien sin desesperarnos cuando los frutos tardan en aparecer.

5. ¿Qué nos pide hoy el Señor?

La Palabra nos deja tres compromisos concretos.

Primero, permanecer vigilantes. No podemos dormirnos espiritualmente. Necesitamos cuidar la oración, la Eucaristía, la Palabra de Dios y nuestras relaciones familiares y comunitarias. El enemigo aprovecha cualquier descuido para sembrar discordia.

Segundo, practicar la paciencia misericordiosa. No apresurarnos a condenar, no alimentar chismes ni cerrar a nadie la posibilidad de cambiar. La corrección cristiana siempre debe buscar la salvación del hermano, no su humillación.

Tercero, confiar en la fuerza de lo pequeño. No pensemos que nuestros gestos de bondad son inútiles. Cada palabra de consuelo, cada acto de servicio, cada oración y cada esfuerzo por construir comunión son semillas del Reino.

Queridos hermanos: el campo pertenece a Dios y la buena semilla sigue creciendo. Puede haber mucha cizaña en el mundo, en la Iglesia, en nuestras comunidades y en nosotros mismos, pero el mal no tendrá la última palabra. El Señor de la cosecha permanece vigilante.

Pidámosle en esta Eucaristía que nos libre de la impaciencia y del deseo de juzgar; que nos dé un corazón firme frente al mal, pero misericordioso con las personas; y que nos enseñe a confiar en la fuerza escondida de su Reino.

Señor, tú que eres bueno y clemente, danos tu paciencia. Haznos vigilantes para proteger la buena semilla, humildes para reconocer nuestra propia cizaña y perseverantes para sembrar el bien. Que tu Espíritu venga en ayuda de nuestra debilidad y convierta nuestra vida en levadura de fraternidad, misericordia y esperanza. Amén.

 

viernes, 17 de julio de 2026

18 de julio del 2026: sábado de la decimoquinta semana del tiempo ordinario-II-Memoria de la Bienaventurada Virgen María en sábado

 

Por la vida

(Mateo 12,14-21) Cuando se entera de que los fariseos quieren acabar con él, Jesús se retira. No busca la muerte, sino la vida. Quienes lo siguen lo experimentan: él los cura a todos. Siervo manso y humilde, no aplasta a quien es frágil ni desalienta a quien vacila en la fe. En él pueden poner su esperanza todas las naciones.

 


Primera lectura

Miq 2, 1-5
Desean los campos y se apoderan de las casas

Lectura de la profecía de Miqueas.

¡AY de los que traman el crimen
y planean pérfidas acciones en sus camas!
En cuanto apunta el día las ejecutan,
porque tienen poder.
Desean campos y los roban,
casas, y se apoderan de ellas;
oprimen al cabeza de familia
y a los suyos,
explotan al ciudadano y sus bienes.
Por tanto, esto dice el Señor:
«Yo también tramo
contra estas gentes un mal
del que no podrán apartar el cuello
y no andarán con la cabeza alta,
pues serán malos tiempos aquellos.
Aquel día les dedicarán una sátira,
se cantará una elegía que diga:
“Estamos totalmente perdidos,
pues se reparte el lote de mi pueblo;
¿cómo se volverá hacia mí
para restituir nuestros campos
que ahora está repartiendo?”.
Por ello, no tendrás quien te eche a suertes
un lote en la asamblea del Señor».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 9, 22-23. 24-25. 28-29. 35 (R.: 33b)

R. No te olvides de los humildes, Señor.

V. ¿Por qué te quedas lejos, Señor,
y te escondes en el momento del aprieto?
En su soberbia el impío oprime al infeliz
y lo enreda en las intrigas que ha tramado.
 R.

V. El malvado se gloría de su ambición,
el codicioso blasfema y desprecia al Señor.
El malvado dice con insolencia:
«No hay Dios que me pida cuentas». 
R.

V. Su boca está llena de maldiciones,
de engaños y de fraudes;
su lengua encubre maldad y opresión;
en el zaguán se sienta al acecho,
para matar a escondidas al inocente. 
R.

V. Pero tú ves las penas y los trabajos,
tú miras y los tomas en tus manos.
A ti se encomienda el pobre,
tú socorres al huérfano. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo,
y ha puesto en nosotros el mensaje de la reconciliación. 
R.

 

Evangelio

Mt 12, 14-21

Les mandó que no lo descubrieran. Así se cumplió lo dicho por el profeta

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, al salir de la sinagoga, los fariseos planearon el modo de acabar con Jesús.
Pero Jesús se enteró, se marchó de allí y muchos lo siguieron.
Él los curó a todos, mandándoles que no lo descubrieran.
Así se cumplió lo dicho por medio del profeta Isaías:
«Miren a mi siervo, mi elegido,
mi amado, en quien me complazco.
Sobre él pondré mi espíritu
para que anuncie el derecho a las naciones.
No porfiará, no gritará, nadie escuchará su voz
por las calles.
La caña cascada no la quebrará,
la mecha vacilante no la apagará,
hasta llevar el derecho a la victoria;
en su nombre esperarán las naciones».

Palabra del Señor.

 

1

 

Dios no olvida el clamor de los humildes

 

Queridos hermanos:

Las lecturas de hoy nos presentan dos maneras opuestas de ejercer el poder. Por una parte, aparece el poder de quienes abusan, despojan y oprimen; por otra, el poder de Dios manifestado en Jesús: un poder que sana, protege, sirve y devuelve la esperanza. En este sábado, memoria de la Virgen María, contemplamos también a aquella humilde mujer que acogió la acción de Dios y se puso al servicio de su proyecto de salvación.

El profeta Miqueas pronuncia una denuncia muy fuerte: «¡Ay de los que meditan maldades y traman iniquidades en sus camas!». Se refiere a personas poderosas que pasan la noche imaginando cómo aumentar sus propiedades y, al amanecer, realizan sus planes porque tienen los medios para hacerlo. Codician los campos y se apoderan de ellos; desean las casas y las roban. Despojan al hombre de su hogar y de la herencia recibida de sus antepasados.

No se trata solamente de un pecado personal. Es una injusticia planificada y convertida en sistema. Los poderosos utilizan su posición para quedarse con lo que pertenece a los pobres. Mientras unos acumulan tierras, casas y riquezas, otros pierden el hogar, la dignidad y hasta la posibilidad de construir un futuro.

Esta palabra sigue siendo actual. También hoy existen personas que se aprovechan de la necesidad ajena, que cobran de manera injusta, que engañan al campesino, que se apropian de terrenos, que desplazan familias o que emplean su autoridad para enriquecerse. Incluso en nuestras relaciones cotidianas podemos caer en una forma más discreta de abuso cuando imponemos siempre nuestra voluntad, utilizamos al otro para nuestros intereses o permanecemos indiferentes ante su sufrimiento.

Dios, por medio de Miqueas, nos recuerda que la tierra, los bienes y la autoridad no nos fueron dados para despojar a los demás, sino para servir y construir una convivencia fraterna. Ninguna riqueza adquirida con el sufrimiento del pobre puede recibir la bendición del Señor.

Frente a esta realidad, el salmista pregunta por qué parece que Dios permanece lejos mientras el malvado persigue al humilde. El arrogante llega a decir: «Dios no lo ve; el Dios de Jacob no se entera». Es la tentación de creer que la injusticia quedará impune y que el dolor de los pequeños pasa inadvertido.

Pero el salmo responde con una certeza: Dios ve la pena y el sufrimiento. El pobre se abandona en sus manos; él es el defensor del huérfano. Por eso repetimos: «No olvides, Señor, a los humildes». Esta súplica no significa que Dios pueda olvidarlos. Es, más bien, el clamor confiado de un pueblo que sabe que el Señor escucha a quienes no tienen voz y sostiene a quienes han sido abandonados.

El Evangelio nos muestra cómo actúa concretamente este Dios defensor de los humildes. Los fariseos se ponen de acuerdo para acabar con Jesús. Ante esta amenaza, él se retira. No lo hace por cobardía ni porque renuncie a su misión. Jesús sabe que todavía no ha llegado su hora. No busca la muerte por la muerte; busca defender la vida y continuar anunciando el Reino.

Muchos lo siguen, y él cura a todos. Mientras sus adversarios traman cómo destruirlo, Jesús continúa sanando. Mientras unos utilizan su poder para quitar la vida, él emplea el suyo para restaurarla. Mientras algunos excluyen y condenan, Jesús acoge y cura.

San Mateo reconoce en él al servidor anunciado por el profeta Isaías: «No disputará ni gritará; nadie oirá su voz en las plazas. La caña cascada no la quebrará y la mecha vacilante no la apagará».

¡Qué hermosa imagen de la misericordia de Jesús! Una caña cascada es algo débil, herido, a punto de romperse. Una mecha vacilante es una pequeña llama que amenaza con apagarse. Así podemos sentirnos también nosotros: heridos por las dificultades, cansados por las luchas, debilitados por el pecado, enfermos en el cuerpo o abatidos en el alma.

Jesús no termina de quebrar lo que ya está herido. No apaga la poca luz que todavía permanece encendida. Se acerca con delicadeza, sostiene, cura y reaviva la esperanza. El Señor no humilla al pecador arrepentido ni rechaza a quien se aproxima con una fe débil. Él toma nuestra fragilidad en sus manos y, con paciencia, comienza a restaurarnos.

Esta manera de actuar debe convertirse también en el estilo de la Iglesia y de nuestras comunidades. A veces nuestras palabras pueden quebrar todavía más a quien está herido. Podemos juzgar con dureza, apagar la ilusión de alguien o condenarlo únicamente por sus errores. Sin embargo, el discípulo de Jesús está llamado a cuidar la caña cascada y a proteger la mecha vacilante.

Quizá en nuestra familia haya alguien que necesita comprensión; en la comunidad, una persona que está atravesando una crisis; entre nuestros vecinos, alguien que se siente solo o despreciado. No siempre podremos resolver todos sus problemas, pero sí podemos evitar herirlo más. Podemos escucharlo, acompañarlo, ofrecerle una palabra de aliento y hacerle sentir que su vida sigue teniendo valor.

En este sábado contemplamos a la Virgen María. Ella fue una mujer humilde que confió enteramente en Dios. En el Magníficat proclamó que el Señor derriba del trono a los poderosos, enaltece a los humildes, colma de bienes a los hambrientos y despide vacíos a los ricos. María comprendió que el Reino de Dios transforma las relaciones humanas y se pone del lado de los pequeños.

También ella supo cuidar la vida frágil. Acogió al Hijo de Dios en su seno; lo protegió siendo niño; acompañó a los esposos de Caná cuando faltó el vino; permaneció junto a Jesús al pie de la cruz y estuvo con los discípulos cuando estos se encontraban temerosos. María no quebró la caña herida ni apagó la llama vacilante: fue presencia silenciosa, materna y esperanzadora.

Pidámosle que nos enseñe a vivir con su misma delicadeza. Que nos ayude a no utilizar nuestras capacidades, bienes o autoridad para dominar, sino para servir. Que sepamos reconocer a Cristo en quienes han sido despojados, heridos o abandonados. Y cuando nosotros mismos seamos esa caña cascada o esa llama a punto de apagarse, recordemos que Jesús no viene a condenarnos, sino a levantarnos.

Que hoy podamos decir con confianza: Señor, tú ves nuestras penas y sufrimientos; no olvidas a los humildes. Sana nuestras heridas, reaviva nuestra fe y haz de nosotros instrumentos de tu ternura y defensores de la vida. Santa María, Madre de la esperanza y consuelo de los afligidos, ruega por nosotros. Amén.

 

2

 

La serena fortaleza de la mansedumbre

 

Queridos hermanos:

Las lecturas de hoy nos muestran dos formas completamente diferentes de comprender y ejercer el poder. Está el poder que domina, despoja y destruye; y está el poder de Dios, manifestado en Jesucristo, que sirve, sana y protege la vida frágil. Frente a la violencia de los poderosos, Jesús responde con la serena fortaleza de la mansedumbre.

La primera lectura contiene una denuncia vigorosa del profeta Miqueas: «¡Ay de los que meditan maldades y traman iniquidades en sus camas!». Se trata de personas que durante la noche planean cómo apoderarse de los campos y las casas de los demás, y que al amanecer ejecutan sus proyectos porque tienen el poder para hacerlo.

Aquí el pecado no es fruto de un arrebato momentáneo. Es una injusticia pensada, calculada y organizada. Estos hombres codician las propiedades ajenas, despojan a las familias de sus hogares y les arrebatan la herencia recibida de sus antepasados. Emplean el poder no para servir, sino para enriquecerse a costa de los más débiles.

La palabra de Miqueas conserva toda su actualidad. También hoy existen quienes se aprovechan de la pobreza, de la ignorancia o de la necesidad de los demás. Hay personas y grupos que se apoderan de las tierras, desplazan comunidades, pagan salarios injustos, engañan al campesino o manipulan las leyes en beneficio propio. Pero también nosotros podemos ejercer pequeños poderes de manera equivocada cuando imponemos siempre nuestra voluntad, humillamos al que depende de nosotros o utilizamos a las personas para satisfacer nuestros intereses.

Dios no permanece indiferente ante estas situaciones. Miqueas anuncia que quienes han despojado a los demás terminarán perdiendo aquello que creían poseer para siempre. La justicia de Dios nos recuerda que ninguna riqueza adquirida mediante el sufrimiento del pobre puede considerarse una verdadera bendición.

El salmo recoge el clamor de las víctimas. El salmista pregunta: «¿Por qué, Señor, te quedas lejos y te escondes en los momentos de angustia?». El malvado se siente seguro, desprecia a Dios y llega a pensar: «Dios no se entera; nunca lo verá».

Ese es uno de los mayores peligros del poder: creer que nadie ve y que nunca habrá que responder por nuestras acciones. Sin embargo, el salmo proclama una certeza: Dios contempla las penas y los trabajos; el pobre se abandona en sus manos y él es el defensor del huérfano. Por eso suplicamos: «No olvides, Señor, a los humildes».

Dios no olvida el llanto del campesino despojado, de la familia desplazada, del enfermo abandonado, del anciano despreciado ni de quien sufre silenciosamente una injusticia. Tal vez su respuesta no llegue con la rapidez que quisiéramos, pero ninguna lágrima queda fuera de su mirada.

En el Evangelio encontramos otra conspiración. Así como los poderosos denunciados por Miqueas preparaban durante la noche sus planes contra los pobres, los fariseos se reúnen para decidir cómo acabar con Jesús. ¿Qué ha hecho Jesús para provocar semejante reacción? Ha curado en sábado a un hombre que tenía una mano paralizada.

La ley del sábado debía recordar el descanso de Dios después de la creación y ofrecer al pueblo un espacio para contemplar su bondad. Pero los fariseos habían transformado ese don en una obligación pesada y escrupulosa. Se preocupaban más por el cumplimiento exterior de la norma que por el sufrimiento concreto de una persona.

Jesús, Señor del sábado, enseña que ninguna ley querida por Dios puede utilizarse para impedir el bien. La norma religiosa que no conduce al amor pierde su verdadero sentido. Nunca está prohibido sanar, levantar, consolar y devolverle dignidad a quien sufre.

Cuando Jesús descubre que quieren matarlo, se retira. No lo hace por miedo ni por cobardía. Su retirada es una manifestación de mansedumbre y discernimiento. La mansedumbre bíblica no es debilidad, pasividad ni falta de carácter; es fuerza gobernada por la sabiduría y el amor.

Jesús posee todo poder, pero no lo utiliza para destruir a sus enemigos. Podría enfrentarlos, imponerse o hacerlos desaparecer; sin embargo, se retira porque todavía no ha llegado su hora. No abandona su misión: cambia de lugar para continuarla. Muchos lo siguen y él los cura a todos.

Mientras los fariseos planean la muerte, Jesús sigue sirviendo a la vida. Mientras unos usan su autoridad para destruir, él emplea la suya para sanar. No entra en una discusión estéril ni responde a la violencia con más violencia. Continúa sembrando silenciosamente el Reino de Dios.

El evangelista ve cumplida en él la profecía de Isaías: «No disputará ni gritará; nadie oirá su voz en las plazas. La caña cascada no la quebrará y la mecha vacilante no la apagará».

La caña cascada representa a la persona herida, doblada por los golpes de la vida, aparentemente inútil y a punto de romperse. La mecha vacilante simboliza esa pequeña llama que apenas permanece encendida. Tal vez así nos sentimos algunas veces: golpeados por las dificultades, debilitados por el pecado, cansados por la enfermedad o desanimados porque nuestras oraciones parecen no ser escuchadas.

Jesús no termina de romper lo que ya está herido. No apaga la poca fe que todavía queda. Se acerca con delicadeza, sostiene nuestra fragilidad, cura nuestras heridas y vuelve a encender la esperanza. El Señor no desprecia una fe pequeña y vacilante; la protege para que pueda crecer.

Esta actitud debe orientar también nuestras relaciones. Hay personas que llegan hasta nosotros convertidas en cañas cascadas: un familiar desanimado, un joven confundido, un enfermo agotado, alguien que ha cometido errores o una persona cuya fe se está apagando. Podemos terminar de quebrarlas con nuestros juicios y palabras duras, o podemos tratarlas como Jesús: con paciencia, verdad, respeto y misericordia.

También debemos aprender que no todas las batallas deben librarse inmediatamente. Hay momentos en los que la caridad exige hablar con claridad y defender la verdad; pero existen otros en los que la sabiduría aconseja guardar silencio, retirarse de una discusión inútil y continuar haciendo el bien. Callar por prudencia no siempre es cobardía; puede ser una expresión de dominio propio y de verdadera fortaleza.

Jesús llegará a la cruz cuando llegue su hora. Entonces no huirá, sino que entregará libremente su vida. Pero en este momento se retira porque todavía debe curar, enseñar y anunciar el Reino. Necesitamos discernimiento para saber cuándo debemos mantenernos firmes y cuándo debemos apartarnos de una confrontación que no producirá ningún fruto.

En este sábado dirigimos nuestra mirada a la Virgen María. Ella es la mujer de la fortaleza serena. No necesitó imponerse ni levantar la voz para permanecer fiel. En Nazaret acogió silenciosamente la voluntad de Dios; en Caná estuvo atenta a la necesidad de los esposos; al pie de la cruz permaneció firme cuando muchos habían huido; y en el cenáculo sostuvo con su oración a la Iglesia naciente.

María conoció el poder de Dios que enaltece a los humildes y derriba del trono a los poderosos. En el Magníficat proclamó que el Señor colma de bienes a los hambrientos y dispersa a los soberbios de corazón. Su mansedumbre no fue debilidad: fue una fe firme, una esperanza perseverante y un amor dispuesto a servir.

Pidamos hoy al Señor un corazón manso y humilde. Que no utilicemos nuestras capacidades, bienes o autoridad para dominar a los demás. Que sepamos defender al pobre, escuchar su clamor y cuidar a quienes están heridos. Que aprendamos a distinguir entre el momento de hablar y el momento de callar; entre la hora de permanecer y la hora de retirarnos para seguir sirviendo.

Y cuando nosotros mismos seamos la caña cascada o la mecha que apenas humea, confiemos en Jesús. Él no viene a destruirnos, sino a restaurarnos; no viene a apagar nuestra débil esperanza, sino a encenderla nuevamente.

Que Santa María, Madre de los humildes y consuelo de los afligidos, nos enseñe la serena fortaleza de la mansedumbre y nos acompañe para que, aun en medio de la oposición, sigamos construyendo silenciosamente el Reino de la vida, la justicia y la paz. Amén.


20 de julio del 2026: lunes de la decimosexta semana del tiempo ordinario II

No es imposible (Mi 6,1-4.6-8 / Sal 50(49),5-6.8-9.16bc-17.21+23 (R. 23b) / Mt 12,38-42) Dios entra en juicio con su pueblo, un género lite...