sábado, 7 de marzo de 2026

7 de marzo del 2026: sábado de la segunda semana de Cuaresma

 

Volver al abrazo del Padre

En el corazón de la Cuaresma, el Evangelio nos ofrece una de las páginas más bellas de toda la Escritura: la parábola del padre misericordioso. Mientras los fariseos murmuran porque Jesús acoge a los pecadores, el Señor revela el verdadero rostro de Dios: un Padre que espera, que sale al encuentro y que se alegra cuando un hijo vuelve a casa.

El hijo menor representa nuestras propias fugas y extravíos; el hijo mayor, nuestras durezas y resistencias al perdón. Pero en el centro de la escena está el Padre, cuya misericordia es más grande que nuestras faltas.

Este tiempo cuaresmal es precisamente eso: una invitación a regresar. Dios no se cansa de esperarnos. Basta un paso hacia Él para descubrir que su abrazo ya nos estaba aguardando.

G.Q


Primera lectura

Lectura de la profecía de Miqueas (7,14-15.18-20):

 

PASTOREA a tu pueblo, Señor, con tu cayado,

al rebaño de tu heredad,

que anda solo en la espesura,

en medio del bosque;

que se apaciente como antes

en Basán y Galaad.

Como cuando saliste de Egipto,

les haré ver prodigios.

¿Qué Dios hay como tú,

capaz de perdonar el pecado,

de pasar por alto la falta

del resto de tu heredad?

No conserva para siempre su cólera,

pues le gusta la misericordia.

Volverá a compadecerse de nosotros,

destrozará nuestras culpas,

arrojará nuestros pecados

a lo hondo del mar.

Concederás a Jacob tu fidelidad

y a Abrahán tu bondad,

como antaño prometiste a nuestros padres.

 

Palabra de Dios



Salmo

Sal 102,1-2.3-4.9-10.11-12

 

R/. El Señor es compasivo y misericordioso

 

V/. Bendice, alma mía, al Señor,

y todo mi ser a su santo nombre.

Bendice, alma mía, al Señor,

y no olvides sus beneficios. R/.

 

V/. Él perdona todas tus culpas

y cura todas tus enfermedades;

él rescata tu vida de la fosa,

y te colma de gracia y de ternura. R/.

 

V/. No está siempre acusando

ni guarda rencor perpetuo;

no nos trata como merecen nuestros pecados

ni nos paga según nuestras culpas. R/.

 

V/. Como se levanta el cielo sobre la tierra,

se levanta su bondad sobre los que lo temen;

como dista el oriente del ocaso,

así aleja de nosotros nuestros delitos. R/.



Lectura del santo evangelio según san Lucas (15,1-3.11-32):

 

EN aquel tiempo, se acercaron a Jesús todos los publicanos y los pecadores a escucharlo. Y los fariseos y los escribas murmuraban diciendo:

«Ese acoge a los pecadores y come con ellos».

Jesús les dijo esta parábola:

«Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre:

“Padre, dame la parte que me toca de la fortuna”.

El padre les repartió los bienes.

No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, se marchó a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente.

Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad.

Fue entonces y se contrató con uno de los ciudadanos de aquel país que lo mandó a sus campos a apacentar cerdos. Deseaba saciarse de las algarrobas que comían ¡os cerdos, pero nadie le daba nada.

Recapacitando entonces, se dijo:

“Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me levantaré, me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros”.

Se levantó y vino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos.

Su hijo le dijo:

“Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo”.

Pero el padre dijo a sus criados:

“Sacad enseguida la mejor túnica y vestídsela; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y sacrificadlo; comamos y celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”.

Y empezaron a celebrar el banquete.

Su hijo mayor estaba en el campo.

Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y la danza, y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello.

Este le contestó:

“Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha sacrificado e! ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud”.

Él se indignó y no quería entrar, pero su padre salió e intentaba persuadirlo.

Entonces él respondió a su padre:

“Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; en cambio, cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado”.

El padre le dijo:

“Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero era preciso celebrar un banquete y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”».

 

Palabra del Señor

 

**********

 

Volver al abrazo que nunca se cansa

Queridos hermanos y hermanas:

La Palabra de Dios de este día nos regala uno de los textos más conmovedores, más tiernos y más desarmantes de todo el Evangelio: la parábola del hijo pródigo, o mejor todavía, la parábola del Padre misericordioso. Porque, en realidad, el protagonista principal no es el hijo que se fue ni el hijo que se quedó, sino ese padre que ama sin cansarse, espera sin rendirse y perdona sin humillar.

Estamos en Cuaresma, y la Iglesia nos pone hoy frente a un espejo espiritual. En este Evangelio podemos vernos todos. A veces somos el hijo menor, que quiere libertad sin verdad, placer sin responsabilidad, vida sin obediencia, herencia sin comunión. Otras veces somos el hijo mayor, que aparentemente permanece en la casa, pero tiene el corazón endurecido, resentido, incapaz de alegrarse por la misericordia de Dios hacia los demás.

Y en medio de ambos hijos, aparece el rostro más bello de Dios: un Padre que no deja de amar.

1. La libertad: don maravilloso y riesgo tremendo

 El padre de la parábola deja marchar al hijo. No lo amarra. No lo chantajea. No lo amenaza. No lo encierra. Le entrega la parte de la herencia y lo deja ir.

Humanamente, esto parece desconcertante. ¿Qué padre haría algo así? ¿Cómo permitir que un hijo tome un camino de perdición? Y, sin embargo, allí Jesús nos revela algo esencial del corazón de Dios: Dios respeta nuestra libertad.

El Señor no quiere esclavos. Quiere hijos. No quiere obediencias mecánicas. Quiere amor verdadero. Y el amor verdadero solo existe donde hay libertad. Si yo no pudiera decir “no”, entonces mi “sí” no tendría valor. Si yo no pudiera alejarme, entonces mi regreso no sería una decisión de amor.

Ese es uno de los misterios más grandes de la existencia humana: Dios, que podría imponerse, elige proponerse. Dios, que podría forzarnos, elige esperarnos. Dios, que podría aplastarnos con su poder, prefiere conquistarnos con su misericordia.

Pero la libertad también tiene un precio. Cuando se separa de la verdad, se destruye a sí misma. Cuando se usa contra el amor, termina vaciando el alma. El hijo menor confunde libertad con capricho. Cree que ser libre es hacer lo que quiera. Cree que la felicidad está en irse lejos, en romper límites, en gastar sin medida, en vivir sin raíces. Y allí comienza su ruina.

También hoy pasa lo mismo. Cuántas personas confunden libertad con desenfreno. Cuántos creen que vivir es no rendir cuentas a nadie. Cuántos suponen que Dios estorba, que la fe limita, que los mandamientos aprisionan. Y terminan descubriendo, muchas veces tarde, que lejos de Dios no hay verdadera libertad, sino desorientación; no hay plenitud, sino hambre; no hay fiesta duradera, sino vacío interior.

2. El país lejano: geografía del alma

El Evangelio dice que el hijo se fue a “un país lejano”. No es solo una distancia geográfica. Es una distancia interior. El país lejano es ese lugar del alma donde uno empieza a vivir como si Dios no existiera.

Uno puede estar físicamente cerca del templo y espiritualmente muy lejos de Dios. Y también puede suceder lo contrario: una persona herida, caída, confundida, pero con el corazón todavía abierto al retorno.

El país lejano tiene muchos nombres hoy: soberbia, autosuficiencia, placer sin conciencia, relaciones sin amor, dinero sin honestidad, religiosidad sin conversión, activismo sin oración, rutina sin alma. También es país lejano vivir amargado, endurecido, incapaz de pedir perdón o de perdonar.

Y lo más doloroso es que, al principio, ese país parece fascinante. La tentación siempre se presenta hermosa. El pecado nunca se ofrece con rostro feo. Se disfraza de libertad, de alivio, de novedad, de revancha, de autonomía. Pero después llega la verdad: el derroche, la soledad, la humillación, el hambre.

El hijo termina cuidando cerdos y deseando comer su comida. Es la imagen de una degradación profunda. Aquel que quería ser dueño de su vida termina esclavo de su vacío.

No pocas personas hoy están así. Tal vez no externamente, pero sí por dentro. Sonríen, trabajan, publican, aparentan, siguen adelante… pero tienen hambre del alma. Hambre de sentido. Hambre de ternura. Hambre de paz. Hambre de Dios.

3. Bendita crisis que nos hace volver

Hay una frase decisiva en el Evangelio: “entrando en sí mismo”. Ese es el punto de inflexión. El hijo toca fondo, pero justamente allí empieza a reencontrarse.

A veces Dios permite que experimentemos las consecuencias de nuestras decisiones no porque nos abandone, sino porque quiere despertarnos. No siempre el sufrimiento es castigo. Muchas veces es sacudida. Muchas veces es un espejo. Muchas veces es la hora de la verdad.

Hay dolores que destruyen, sí; pero hay dolores que purifican. Hay fracasos que hunden, pero también hay fracasos que despiertan. Hay lágrimas que amargan, pero también hay lágrimas que lavan el corazón.

Cuántas conversiones han comenzado en una cama de hospital, en una traición, en una crisis económica, en una soledad insoportable, en una mala decisión cuyas consecuencias ya no se pueden esconder. Cuántos han dicho: “Me equivoqué… lejos de Dios no puedo más”.

La Cuaresma sirve para eso: para entrar en nosotros mismos. Para dejar de vivir distraídos. Para escuchar el hambre del alma. Para reconocer que necesitamos volver a la casa del Padre.

Y qué hermoso es ver que el hijo no vuelve orgulloso. Vuelve quebrantado. No vuelve exigiendo derechos. Vuelve confesando su pecado: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti”.

Ahí empieza la sanación: cuando dejamos de justificarnos. Cuando dejamos de culpar a todo el mundo. Cuando dejamos de maquillarnos espiritualmente. Cuando llamamos al pecado por su nombre. Cuando reconocemos con humildad: “Señor, me perdí”.

4. El Padre corre: el escándalo de la misericordia

Y entonces viene la escena más conmovedora: cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; corrió, se echó a su cuello y lo cubrió de besos.

Esto es extraordinario. En la cultura de aquel tiempo, un padre de familia no corría. Correr era impropio de un hombre digno. Pero Jesús quiere mostrarnos que el amor de Dios rompe todos nuestros esquemas. Dios no se limita a perdonar desde lejos. Dios sale al encuentro. Dios corre. Dios abraza. Dios restituye la dignidad.

El hijo había preparado un discurso de penitencia. El padre ni siquiera lo deja terminar. No porque el pecado no importe, sino porque la misericordia es más rápida que la acusación. Dios no necesita recrearse en nuestra miseria para amarnos. Él sabe todo, y aun así nos abraza.

Eso sí: el abrazo no niega el pecado; lo supera. La misericordia no dice que todo estuvo bien. Dice algo mucho más grande: “A pesar de todo, sigues siendo mi hijo”.

Qué mensaje tan necesario hoy. Hay personas que llevan años sin confesarse porque creen que ya no tienen arreglo. Hay quienes piensan que han caído demasiado bajo. Hay quienes creen que Dios se cansó de ellos. Hay quienes cargan culpas viejas, pecados repetidos, vergüenzas secretas, historias rotas.

A todos ellos el Evangelio de hoy les dice: todavía puedes volver. Todavía hay casa. Todavía hay Padre. Todavía hay abrazo. Todavía hay fiesta para quien regresa con corazón sincero.

La primera lectura del profeta Miqueas lo proclama con fuerza: “¿Qué Dios hay como tú, que perdonas la culpa y absuelves el pecado?”. Y añade algo bellísimo: “arrojará al fondo del mar todos nuestros pecados”. No los guarda como archivo para humillarnos después. Los sepulta en el océano de su compasión.

Y el salmo responde con ternura: “El Señor es compasivo y misericordioso”. No nos trata como merecen nuestros pecados. Ese es nuestro Dios.

5. El hermano mayor: el pecado de los buenos

Pero la parábola no termina con el regreso del hijo menor. Aparece el hijo mayor, y con él una advertencia muy seria para los que se consideran buenos, correctos, cumplidores, observantes.

Este hijo nunca se fue de casa, pero su corazón también estaba lejos del padre. No derrochó dinero, pero sí derrochó amor. No cayó en una vida escandalosa, pero vivía con amargura, con comparación, con resentimiento. No entendía la lógica de la misericordia.

Ese es el pecado de los fariseos. Y puede ser también nuestro pecado: cumplir externamente, pero sin ternura; estar en la Iglesia, pero sin compasión; rezar, pero juzgando; servir, pero contabilizando méritos; obedecer, pero sin alegría.

El hermano mayor representa a quienes dicen: “Yo sí he sido fiel, yo sí he estado aquí, yo sí he cumplido, ¿y ahora resulta que también reciben al que se fue?”. Le molesta la misericordia porque la siente como una injusticia.

Y, sin embargo, el padre también sale a buscarlo a él. Fijémonos en eso: así como salió corriendo hacia el menor, también sale a suplicar al mayor. Porque Dios ama tanto al pecador escandaloso como al religioso endurecido. Ambos necesitan conversión.

Uno necesita volver del desorden. El otro necesita volver de la soberbia.

En nuestras comunidades, esto es muy actual. A veces somos muy duros con el que cayó, con el que fracasó, con el que tuvo un pasado oscuro, con el que vuelve después de años. Nos cuesta creer que la gracia también pueda rehacer su vida. A veces preferimos una Iglesia de perfectos antes que una Iglesia de perdonados.

Pero Jesús vino precisamente por los que estaban perdidos. Y si no entendemos eso, todavía no hemos entendido el Evangelio.

6. María, Madre del regreso

Hoy además celebramos la memoria de María en sábado, y esto da a nuestra reflexión un matiz bellísimo. Si el Evangelio nos muestra el rostro del Padre, María nos ayuda a recorrer el camino de regreso.

Ella no reemplaza al Padre, pero nos conduce hacia Él. María es la Madre que acompaña silenciosamente el retorno de los hijos. Ella conoce nuestras fugas, nuestras heridas, nuestras contradicciones. Ella no trivializa el pecado, pero tampoco desespera de nosotros.

Cuántas conversiones han comenzado por una oración sencilla a la Virgen. Cuántos han regresado a Dios tomando de nuevo un rosario en sus manos. Cuántos, en medio del pecado y de la confusión, han sentido todavía el recuerdo de una madre que rezaba, de una imagen de María, de una Salve, de una vela encendida, de un santuario visitado alguna vez con fe.

María en sábado es la mujer de la esperanza fiel. Es la Madre que no abandona. Ella estuvo al pie de la cruz cuando todo parecía perdido. Por eso puede enseñar al pecador a no desesperar y al justo a no endurecerse.

Podemos imaginarla hoy susurrando al corazón de muchos hijos extraviados: “Vuelve. No tengas miedo. Tu Padre te espera”.

7. Una palabra muy concreta para nuestra vida

Hoy esta parábola nos deja varias preguntas muy concretas:

¿En qué aspecto de mi vida me he ido a un país lejano?
¿Estoy usando mal la libertad que Dios me dio?
¿Estoy viviendo de apariencias mientras por dentro tengo hambre?
¿Me cuesta reconocer mis pecados con sinceridad?
¿Me siento indigno de volver?
¿O quizá me parezco más al hermano mayor, juzgando a los demás y resistiéndome a la misericordia?

Tal vez hoy el Señor nos invita a dar un paso concreto. A algunos les dirá: regresa al sacramento de la reconciliación. A otros: deja esa relación desordenada. A otros: perdona de verdad. A otros: no sigas jugando con el pecado. A otros: deja de juzgar al hermano que vuelve. A otros: vuelve a rezar.

La Cuaresma no es teatro religioso. No es una costumbre decorativa. Es tiempo real de regreso. Tiempo de verdad. Tiempo de misericordia.

Conclusión

Queridos hermanos, lo más hermoso del Evangelio de hoy es que el hijo pensaba volver a la casa como jornalero, pero el padre lo restituye como hijo. Porque Dios no solo nos recibe: nos devuelve la dignidad.

Eso hace la gracia. Eso hace la confesión bien vivida. Eso hace la misericordia cuando la dejamos entrar. No solo borra el pasado: reabre el futuro.

Pidámosle al Señor que en esta Cuaresma ninguno de nosotros permanezca en el país lejano del pecado, ni tampoco en el patio amargo del hermano mayor. Que todos entremos en la casa, donde hay pan, abrazo, música, fiesta y perdón.

Y de la mano de María, Madre de misericordia, volvamos sin miedo al corazón del Padre.

Amén.

Si deseas, ahora te la adapto en una versión más breve para predicar en 7-8 minutos, o te preparo también el mensaje para feligreses y seguidores a la luz de estas lecturas.


jueves, 5 de marzo de 2026

6 de marzo del 2026: viernes de la segunda semana de Cuaresma

 

Un mensaje peligroso


(Mateo 21, 33-43.45-46)
¿De dónde sacó el Hijo del hombre una lucidez semejante? Ciertamente, del trato asiduo con las Escrituras. La historia de la alianza entre Dios y los hombres está marcada por relatos en los que sus profetas son perseguidos por haber transmitido su mensaje. Como portavoz del Padre, Jesús sabe que no escapará a la violencia de los jefes religiosos: el Verbo debe hacerse carne hasta la muerte y la resurrección, ‘maravilla ante nuestros ojos’.”

Bénédicte de la Croix, cistercienne

 


 

Primera lectura

Lectura del libro del Génesis (37,3-4.12-13a.17b-28):

ISRAEL amaba a José más que a todos los otros hijos, porque le había nacido en la vejez, y le hizo una túnica con mangas. Al ver sus hermanos que su padre lo prefería a los demás, empezaron a odiarlo y le negaban el saludo.
Sus hermanos trashumaron a Siquén con los rebaños de su padre. Israel dijo a José:
«Tus hermanos deben de estar con los rebaños en Siquén; ven, que te voy a mandar donde están ellos».
José fue tras sus hermanos y los encontró en Dotán. Ellos lo vieron desde lejos y, antes de que se acercara, maquinaron su muerte. Se decían unos a otros:
«Ahí viene el soñador. Vamos a matarlo y a echarlo en un aljibe; luego diremos que una fiera lo ha devorado; veremos en qué paran sus sueños».
Oyó esto Rubén, e intentando salvarlo de sus manos, dijo:
«No le quitemos la vida».
Y añadió:
«No derraméis sangre; echadlo en este aljibe, aquí en la estepa; pero no pongáis las manos en él».
Lo decía para librarlo de sus manos y devolverlo a su padre.
Cuando llegó José al lugar donde estaban sus hermanos, lo sujetaron, le quitaron la túnica, la túnica con mangas que llevaba puesta, lo cogieron y lo echaron en un pozo. El pozo estaba vacío, sin agua.
Luego se sentaron a comer y, al levantar la vista, vieron una caravana de ismaelitas que transportaban en camellos goma, bálsamo y resina de Galaad a Egipto. Judá propuso a sus hermanos:
«¿Qué sacaremos con matar a nuestro hermano y con tapar su sangre? Vamos a venderlo a los ismaelitas y no pongamos nuestras manos en él, que al fin es hermano nuestro y carne nuestra».
Los hermanos aceptaron.
Al pasar unos mercaderes madianitas, tiraron de su hermano; y, sacando a José del pozo, lo vendieron a unos ismaelitas por veinte monedas de plata. Estos se llevaron a José a Egipto.

Palabra de Dios

 

 

Salmo

Sal 104,16-17.18-19.20-21

R/.
 Recordad las maravillas que hizo el Señor

V/. Llamó al hambre sobre aquella tierra:
cortando el sustento de pan;
por delante había enviado a un hombre,
a José, vendido como esclavo. R/.

V/. Le trabaron los pies con grillos,
le metieron el cuello en la argolla,
hasta que se cumplió su predicción,
y la palabra del Señor lo acreditó. R/.

V/. El rey lo mandó desatar,
el señor de pueblos le abrió la prisión,
lo nombró administrador de su casa,
señor de todas sus posesiones. R/.

 

 

Lectura del santo evangelio según san Mateo (21,33-43.45-46):

EN aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo:
«Escuchad otra parábola:
“Había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cayó en ella un lagar, construyó una torre, la arrendó a unos labradores y se marchó lejos.
Llegado el tiempo de los frutos, envió sus criados a los labradores para percibir los frutos que le correspondían. Pero los labradores, agarrando a los criados, apalearon a uno, mataron a otro y a otro lo apedrearon.
Envió de nuevo otros criados, más que la primera vez, e hicieron con ellos lo mismo. Por último, les mandó a su hijo diciéndose: ‘Tendrán respeto a mi hijo’.
Pero los labradores, al ver al hijo se dijeron: ‘Este es el heredero: venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia’.
Y agarrándolo, lo sacaron fuera de la viña y lo mataron.
Cuando vuelva el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?”».
Le contestan:
«Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros labradores que le entreguen los frutos a su tiempo».
Y Jesús les dice:
«¿No habéis leído nunca en la Escritura:
“La piedra que desecharon los arquitectos
es ahora la piedra angular.
Es el Señor quien lo ha hecho,
ha sido un milagro patente”?
Por eso os digo que se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos».
Los sumos sacerdotes y los fariseos, al oír sus parábolas, comprendieron que hablaba de ellos.
Y, aunque intentaban echarle mano, temieron a la gente, que lo tenía por profeta.

Palabra del Señor

 

1


Queridos hermanos y hermanas:

La Palabra de Dios de hoy tiene un tono fuerte, serio, casi doloroso. No es una Palabra suave ni decorativa. Es una Palabra que desenmascara el corazón humano cuando se endurece, cuando se deja invadir por la envidia, por el interés, por la violencia, por el rechazo de Dios. Pero, al mismo tiempo, es una Palabra llena de esperanza, porque nos muestra que Dios no abandona su obra, aunque sus enviados sean rechazados; y que incluso del sufrimiento puede sacar salvación. Esa es una buena noticia para todos, y de manera especial para quienes hoy sufren en el cuerpo y en el alma.

La primera lectura nos presenta a José, el hijo amado de Jacob. Sus hermanos lo ven venir y en vez de alegrarse por su presencia, lo miran con odio. La envidia les ha enfermado el alma. No pueden soportar que José sea distinto, que tenga sueños, que reciba predilección de su padre. Y así, antes de tocar su cuerpo, ya habían herido su corazón. La violencia comenzó mucho antes de venderlo: empezó en la mirada torcida, en el resentimiento acumulado, en la palabra negada, en la incapacidad de reconocer al hermano como hermano.

Eso sigue ocurriendo hoy. Muchísimas personas sufren en el cuerpo, sí: enfermedades, cansancios, diagnósticos, cirugías, dolores crónicos, limitaciones, insomnio, ansiedad somatizada. Pero también hay muchísimos que sufren en el alma: por rechazo, por humillaciones, por abandono, por traiciones, por desprecio familiar, por sentirse invisibles, por cargas emocionales que nadie ve. Hay dolores que no sangran por fuera, pero por dentro desgarran profundamente.

Y entonces el Evangelio nos presenta la parábola de los viñadores homicidas. El dueño de la viña la prepara con cuidado, la confía a unos labradores y espera frutos. Cuando envía a sus servidores, los golpean, los maltratan y los matan. Finalmente envía a su propio hijo, pensando: “A mi hijo lo respetarán”. Pero aquellos hombres, cegados por la codicia, dicen: “Éste es el heredero; vamos a matarlo”. Jesús está hablando de sí mismo. Está anunciando que Él, el Hijo, será rechazado. Los sumos sacerdotes y los fariseos entendieron que hablaba de ellos.

Jesús tiene esta lucidez porque vive empapado de la Escritura. Él sabe que la historia de la salvación está marcada por el rechazo a los profetas. Sabe que el amor de Dios muchas veces es recibido como amenaza por corazones cerrados. Sabe que anunciar la verdad tiene un costo. Y sabe que su fidelidad al Padre lo llevará hasta la cruz. No una cruz romántica, sino una cruz real: incomprensión, odio, condena, sufrimiento físico, abandono, muerte. Pero también sabe que la última palabra no será la violencia, sino la resurrección, esa “maravilla ante nuestros ojos” evocada por el salmo y retomada en el Evangelio con la piedra rechazada que llega a ser piedra angular.

Qué consolador es esto para quienes sufren. Porque muchas veces el enfermo, el herido interiormente, el que carga una pena silenciosa, puede pensar: “Dios no me ve”; “Dios me olvidó”; “mi dolor no tiene sentido”; “nadie comprende lo que llevo dentro”. Pero hoy la Palabra nos dice: Cristo sí comprende. Cristo sabe lo que es ser rechazado. Cristo sabe lo que es ser traicionado por los suyos. Cristo sabe lo que es sentir en su cuerpo el peso del sufrimiento. Cristo sabe lo que es cargar en su alma la tristeza, la angustia, la soledad. Y precisamente por eso, quien sufre no está solo: su dolor puede unirse al de Jesús, y en Él puede transformarse en camino de redención.

El salmo responsorial recuerda cómo Dios permitió pruebas, pero después levantó a José para salvar a muchos. No fue un camino fácil. José conoció la fosa, la esclavitud, la humillación. Sin embargo, Dios no dejó de conducir la historia. Eso significa que también en nuestras noches, en nuestras enfermedades, en nuestras crisis afectivas, en nuestros duelos, en nuestras depresiones, en nuestras luchas interiores, Dios sigue trabajando en silencio. A veces no lo vemos. A veces solo sentimos el pozo. Pero el Señor no abandona a sus elegidos.

Hoy, además, esta Palabra nos invita a examinarnos. Porque no basta decir: “pobrecito José”, “pobrecito Jesús”. La pregunta es más incómoda: ¿en qué momentos yo me parezco a los hermanos de José? ¿En qué momentos me parezco a los viñadores homicidas? ¿Cuándo dejo que la envidia me enferme? ¿Cuándo rechazo la verdad porque me incomoda? ¿Cuándo me cierro a la llamada de Dios? ¿Cuándo hiero el alma de otro con mi indiferencia, mis críticas, mi dureza o mis silencios?

Hay personas que están sufriendo hoy por palabras nuestras. Hay personas que cargan heridas del alma por actitudes nuestras. Y quizá sin darnos cuenta nos hemos convertido en causa de dolor para alguien. La Cuaresma es tiempo para reconocerlo, pedir perdón y cambiar de rumbo. Porque el pecado no solo ofende a Dios; muchas veces también enferma al hermano.

Pero hay otra enseñanza hermosísima. A pesar del rechazo, Dios no retira su proyecto. La viña no desaparece. El sueño de José no muere. El Hijo asesinado no queda vencido. Dios escribe recto con líneas torcidas. Dios puede sacar bien incluso del dolor humano. Eso no significa que el mal sea bueno; significa que el amor de Dios es más fuerte que el mal. Y esa es nuestra esperanza cuaresmal.

Por eso hoy quisiera dirigir una palabra especial a quienes sufren en el cuerpo: a los enfermos, a los ancianos, a quienes están en tratamiento, a quienes no pueden dormir del dolor, a quienes viven con cansancio permanente, a quienes sienten que su cuerpo ya no responde como antes. No piensen que su vida vale menos. No crean que son una carga. A los ojos de Dios siguen siendo preciosos. Unidos a Cristo, sus sufrimientos pueden ser oración viva, intercesión fecunda, ofrenda escondida por la Iglesia y por el mundo.

Y una palabra también para quienes sufren en el alma: a quienes lloran en silencio, a quienes cargan ansiedad, tristeza, soledad, culpa, miedo, recuerdos dolorosos, rechazo, traición, heridas familiares. El Señor hoy no los juzga: los abraza. Él conoce los sótanos del corazón humano. Él sabe lo que ustedes no han podido decirle a nadie. Él entra precisamente allí donde parece que ya no hay luz. No tengan miedo de poner su herida en sus manos.

Tal vez esa sea la gracia que debemos pedir hoy:
Señor, sana mi cuerpo si es tu voluntad, pero sobre todo sana mi corazón.
Señor, líbrame de hacer sufrir a otros.
Señor, cuando me toque pasar por la prueba, que no me aparte de ti.
Señor, hazme creer que la piedra rechazada puede llegar a ser piedra angular también en mi propia historia.

Queridos hermanos, en esta Eucaristía presentemos al Señor a todos los que sufren en el cuerpo y en el alma. Presentemos a los enfermos conocidos y desconocidos. Presentemos a quienes se sienten agotados de vivir. Presentemos a quienes sonríen por fuera, pero por dentro están rotos. Presentemos también nuestras propias heridas.

Y pidámosle a Jesús que esta Cuaresma no pase de largo sobre nosotros. Que quite de nosotros la envidia, el resentimiento y la dureza. Que nos haga compasivos con el dolor ajeno. Que nos enseñe a reconocerlo a Él en los rechazados, en los enfermos, en los heridos, en los que parecen haber sido arrojados al pozo de la vida.

Porque el Dios de José y el Padre de Jesucristo sigue actuando. Y aunque el camino pase por la cruz, la última palabra no será el odio, ni la enfermedad, ni la traición, ni la muerte. La última palabra será siempre de Dios. Y esa palabra es vida, misericordia y esperanza.

Amén.

 


2

 

Queridos hermanos y hermanas:

La Palabra de Dios de hoy nos presenta dos historias que, en el fondo, hablan de lo mismo: el drama del corazón humano cuando se deja dominar por el orgullo, la envidia y el rechazo de Dios.

En la primera lectura vemos a José, el hijo amado de Jacob. Sus hermanos no pueden soportar que sea amado por su padre y lo venden como esclavo. La envidia se convierte en violencia. El pecado empieza en el corazón y termina dañando a los demás.

En el Evangelio, Jesús cuenta la parábola de los viñadores homicidas. El dueño de la viña la prepara con cuidado: planta la viña, pone una cerca, cava el lagar, construye una torre. Es decir, no falta nada. Pero cuando envía a sus siervos a recoger los frutos, los viñadores los golpean y los matan. Finalmente envía a su propio hijo… y también lo matan.

Jesús dirige esta parábola a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo. No para humillarlos, sino porque los ama y quiere provocar su conversión. Ellos habían recibido una misión sagrada: cuidar la viña de Dios, es decir, cuidar al pueblo. Pero se habían apropiado de lo que era de Dios. En lugar de servir, querían dominar; en lugar de dar frutos para Dios, buscaban su propio prestigio.

Y aquí aparece una palabra clave para nuestra vida espiritual: el orgullo.

El orgullo es un pecado muy sutil. No siempre aparece de manera evidente. A veces se disfraza de religiosidad, de autoridad, de buenas obras. Pero en el fondo es lo mismo: poner el propio ego en el centro. El orgullo nos hace creer que somos dueños de lo que en realidad solo administramos: nuestros dones, nuestro servicio, incluso nuestras responsabilidades en la Iglesia.

Por eso la Cuaresma es tiempo para preguntarnos con sinceridad:

¿Me cuesta aceptar correcciones?
¿Busco reconocimiento o aplauso?
¿Me duele cuando otros brillan más que yo?
¿He tratado de controlar demasiado a las personas?
¿He sido duro con alguien que estaba herido o débil?

Jesús habla con firmeza porque quiere arrancar esas raíces del corazón. Y a veces la corrección del Señor es una forma profunda de amor.

Pero hay otro aspecto muy hermoso en las lecturas de hoy.

José es rechazado por sus hermanos, pero Dios termina convirtiendo su historia en camino de salvación para muchos. Y en el Evangelio, Jesús cita el Salmo que dice:
“La piedra que desecharon los constructores es ahora la piedra angular.”

Esa piedra rechazada es Cristo. Él fue rechazado, condenado, crucificado… pero Dios lo resucitó y lo convirtió en fundamento de nuestra salvación.

Y esta es una palabra muy consoladora para quienes sufren hoy en el cuerpo y en el alma.

Hay personas que sufren físicamente: enfermedad, cansancio, tratamientos, dolores que nadie ve.
Hay otros que sufren interiormente: tristeza, ansiedad, soledad, heridas familiares, recuerdos dolorosos, sensación de rechazo o inutilidad.

El Evangelio de hoy nos dice algo muy importante: Dios no abandona a los que parecen descartados. Lo que el mundo rechaza, Dios puede transformarlo en algo precioso.

Cristo mismo pasó por el rechazo, la humillación y el sufrimiento. Por eso comprende profundamente a quienes hoy están heridos. Y cuando unimos nuestro dolor al suyo, ese dolor puede transformarse en gracia y en camino de salvación.

Por eso, en esta Eucaristía, queremos presentar al Señor a todos los que sufren en el cuerpo y en el alma: enfermos, personas cansadas de luchar, corazones heridos, vidas que parecen pesadas.

Y al mismo tiempo pidámosle una gracia muy concreta para esta Cuaresma:
Señor, arranca de mi corazón todo orgullo.
Hazme humilde para servir.
Dame un corazón compasivo para quienes sufren.
Y si alguna vez me siento rechazado o herido, recuérdame que en tus manos puedo convertirme también en piedra angular.

Que así sea.
Amén.

 


miércoles, 4 de marzo de 2026

5 de marzo del 2026: jueves de la segunda semana de Cuaresma


El árbol y su savia

(Jeremías 17, 5-10; Salmo 1) El creyente se parece a un árbol. Con la cabeza erguida hacia el cielo, hunde profundamente sus raíces y da fruto en abundancia. Las representaciones de los primeros cristianos los muestran orando de pie, con los brazos levantados hacia el cielo, a imagen del Resucitado. Siguiendo la estela del Hijo levantado de entre los muertos, la Palabra de Dios meditada cada día y la recepción regular de los sacramentos van infundiendo en nuestras venas una savia nueva: la vida eterna.

Bénédicte de la Croix, cistercienne



Primera lectura

Lectura del libro de Jeremías (17,5-10):


ESTO dice el Señor:
«Maldito quien confía en el hombre,
y busca el apoyo de las criaturas,
apartando su corazón del Señor.
Será como cardo en la estepa,
que nunca recibe la lluvia;
habitará en un árido desierto,
tierra salobre e inhóspita.
Bendito quien confía en el Señor
y pone en el Señor su confianza.
Será un árbol plantado junto al agua,
que alarga a la corriente sus raíces;
no teme la llegada del estío,
su follaje siempre está verde;
en año de sequía no se inquieta,
ni dejará por eso de dar fruto.
Nada hay más falso y enfermo
que el corazón: ¿quién lo conoce?
Yo, el Señor, examino el corazón,
sondeo el corazón de los hombres
para pagar a cada cual su conducta
según el fruto de sus acciones».

Palabra de Dios

 

Salmo

Sal 1,1-2.3.4.6

R/.
 Dichoso el hombre
que ha puesto su confianza en el Señor


V/. Dichoso el hombre
que no sigue el consejo de los impíos
ni entra por la senda de los pecadores,
ni se sienta en la reunión de los cínicos;
sino que su gozo es la ley del Señor,
y medita su ley día y noche. R/.

V/. Será como un árbol
plantado al borde de la acequia:
da fruto en su sazón
y no se marchitan sus hojas;
y cuanto emprende tiene buen fin. R/.

V/. No así los impíos, no así;
serán paja que arrebata el viento.
Porque el Señor protege el camino de los justos,
pero el camino de los impíos acaba mal. R/.

 

Lectura del santo evangelio según san Lucas (16,19-31):

EN aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos:
«Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba cada día. Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que caía de la mesa del rico.
Y hasta los perros venían y le lamían las llagas.
Sucedió que murió el mendigo, y fue llevado por los ángeles al seno de Abrahán.
Murió también el rico y fue enterrado. Y, estando en el infierno, en medio de los tormentos, levantó los ojos y vio de lejos a Abrahán, y a Lázaro en su seno, y gritando, dijo:
“Padre Abrahán, ten piedad de mí y manda a Lázaro que moje en agua la punta del dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas”.
Pero Abrahán le dijo:
“Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en tu vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso ahora él es aquí consolado, mientras que tú eres atormentado.
Y, además, entre nosotros y vosotros se abre un abismo inmenso, para que los que quieran cruzar desde aquí hacia vosotros no puedan hacerlo, ni tampoco pasar de ahí hasta nosotros”.
Él dijo:
“Te ruego, entonces, padre, que le mandes a casa de mi padre, pues tengo cinco hermanos: que les dé testimonio de estas cosas, no sea que también ellos vengan a este lugar de tormento”.
Abrahán le dice:
“Tienen a Moisés y a los profetas: que los escuchen”.
Pero él le dijo:
“No, padre Abrahán. Pero si un muerto va a ellos, se arrepentirán”.
Abrahán le dijo:
“Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no se convencerán ni aunque resucite un muerto”».

Palabra del Señor

 


1

 

Hermanos, en Cuaresma Dios no se cansa de repetirnos una verdad sencilla y decisiva: la vida se nos seca o florece según dónde pongamos la confianza. Y hoy la liturgia lo expresa con una imagen bellísima: el creyente es como un árbol.

1) ¿De qué vive el árbol?

Jeremías pone dos caminos delante de nosotros:

·        “Maldito el que confía en el hombre… será como un cardo en la estepa”.

·        “Bendito el que confía en el Señor… será como un árbol plantado junto al agua”.

No es que Dios desprecie lo humano; lo que denuncia el profeta es cuando el corazón se encierra y busca su seguridad última en lo frágil: el poder, el dinero, la imagen, el aplauso, el control… Eso es “confiar en el hombre” como si fuera dios. Y entonces el alma se vuelve como tierra salitrosa: hay movimiento, hay ruido, hay actividad… pero por dentro hay sequía.

El Salmo 1 completa el retrato: “Será como árbol plantado al borde de la acequia: da fruto a su tiempo y no se marchitan sus hojas.” La diferencia no está en que al árbol “bueno” no le llegue el calor o el viento: le llegan. La diferencia es la raíz. Donde hay raíz, hay savia. Donde hay savia, hay fruto.

Aquí encaja perfecto el texto que hemos traducido: la Palabra meditada cada día y los sacramentos recibidos con fidelidad “instilan en nuestras venas una savia nueva”. Esa savia tiene un nombre: vida eterna, vida del Resucitado dentro de nosotros.

2) El Evangelio: cuando el corazón se vuelve desierto

Y ahora miremos el Evangelio. La parábola del rico y Lázaro no es solo una historia sobre “tener o no tener”; es una radiografía del corazón.

El rico no aparece como un criminal; aparece como alguien que vive encerrado en su bienestar, con una vida “a puertas cerradas”. Y en la puerta —¡en la puerta!— está Lázaro, el hermano real, concreto, con nombre. La tragedia no es que el rico tenga bienes; la tragedia es que se le secó la compasión. Es decir, su interior se volvió “estepa”: no circula savia hacia el otro.

Desde una mirada muy humana —y también espiritual—, cuando uno vive centrado en sí mismo, termina pasando algo parecido: se pierde la capacidad de ver. No porque falten ojos, sino porque el corazón se acostumbra a ignorar. El egoísmo crea una especie de “ceguera selectiva”: vemos lo que nos conviene, y dejamos de ver lo que nos compromete.

Cuaresma viene a romper esa ceguera. Dios nos devuelve la mirada limpia: ver al hermano, ver a los pobres, ver al que sufre, ver la necesidad de la Iglesia, ver el llamado de Dios.

3) Evangelización: llevar savia, sembrar raíces

Hoy oramos por la obra evangelizadora de la Iglesia. Evangelizar no es hacer propaganda; evangelizar es llevar vida. Y para llevar vida hay que tenerla dentro.

La Iglesia evangeliza cuando sus hijos están:

·        plantados junto al agua (oración real, no solo palabras),

·        alimentados por la Palabra (no solo frases sueltas, sino escucha obediente),

·        sostenidos por los sacramentos (especialmente Eucaristía y Reconciliación),

·        y abiertos al hermano (caridad concreta, no abstracta).

Si falta esto, podemos tener muchas actividades, pero poca savia. Y cuando falta savia, el anuncio se vuelve cansado, moralista, sin alegría. En cambio, cuando hay savia, el Evangelio se nota: da sombra, da fruto, da esperanza.

4) Vocaciones: fruto de un árbol bien plantado

También hoy oramos por las vocaciones. Y aquí la imagen del árbol es preciosa: la vocación es fruto, pero el fruto no se fabrica; el fruto se recibe cuando el árbol está bien plantado.

Las vocaciones nacen donde hay:

·        familias que oran,

·        comunidades que adoran,

·        jóvenes que escuchan a Dios sin miedo,

·        sacerdotes y consagrados que viven con alegría y coherencia,

·        y un pueblo que acompaña, no que juzga ni presiona.

La vocación madura cuando el corazón deja de decir: “¿Qué gano yo?” y empieza a decir: “Señor, ¿para quién me quieres?” Ahí brota el fruto. Ahí aparece el “sí”.

5) Una invitación concreta para esta Cuaresma

Hoy el Señor nos propone algo muy concreto, casi como un examen del corazón (Jeremías lo decía: “Yo, el Señor, sondeo el corazón”):

1.    Una raíz diaria: 10–15 minutos de Evangelio, en silencio, sin prisa.

2.    Un sacramento que riega: Confesión cuaresmal y Eucaristía vivida con hambre de Dios.

3.    Un Lázaro a tu puerta: una obra concreta de caridad esta semana (persona, familia, enfermo, necesidad real).

4.    Una oración por vocaciones: cada día, aunque sea breve: “Señor, envía obreros a tu mies; y aquí estoy para lo que quieras”.

Conclusión

Hermanos, Dios quiere que su Iglesia sea un bosque de esperanza en medio de un mundo que a veces parece desierto. Pero ese bosque no nace del activismo: nace de la savia del Resucitado.

Pidámosle hoy al Señor que nos plante junto al agua, que nos dé entrañas misericordiosas para reconocer a Lázaro, y que de nuestras comunidades broten vocaciones santas, valientes, alegres, para la evangelización.

Señor, riega tu Iglesia.
Danos tu savia.
Haznos raíces profundas,
para que demos fruto abundante. Amén.

 

 


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