Testigo de la fe:
Santa María Faustina Kowalska
1905-1938.
Mensajera de la misericordia divina, esta monja polaca escribió: “Nos parecemos más a Dios cuando perdonamos al prójimo”.
Elena Kowalska, nació en Glogowiec en 1905, cerca de Cracovia, en Polonia. Unas pocas semanas antes de su vigésimo cumpleaños, entró a la Congregación de las Hermanas de Nuestra Señora de Misericordia, adoptando el nombre María Faustina. En 1928 tomó los votos definitivos como monja.
A partir de 1931, Faustina, tuvo una serie de revelaciones de Jesús. Todas ellas las escribió en su diario de más de 600 páginas.
Sor Faustina murió de tuberculosis, el 5 de octubre de 1938, en Cracovia. Sus restos mortales yacen en la capilla del convento bajo la milagrosa imagen de la Divina Misericordia, Considerada la "apóstol de la divina misericordia", fue beatificada el 18 de abril de 1993 y canonizada el 30 de abril del 2000 por S. S. Juan Pablo II.
No
solamente los cercanos
¿Qué hacer para nuestra salvación? ¿Sería el resultado de
lo que hacemos?
La Escritura lo dice: «Amarás al Señor […] a tu prójimo…». Pero ¿qué
significa «el prójimo»? Jesús responde con la parábola del buen samaritano.
Un hombre yace herido al borde del camino. Algunos lo ven y siguen de largo; un
samaritano, en cambio, se conmueve, se acerca y lo cuida. Su misericordia se
convierte en gestos concretos: vendar las heridas, ofrecer su cabalgadura,
procurar alojamiento y asumir los gastos.
El
prójimo no se limita a nuestros familiares, amigos o personas que comparten
nuestras ideas y nuestra fe. También es aquel desconocido cuyo sufrimiento
reclama nuestra atención. Jesús nos invita a preguntarnos: ¿de quién estoy
dispuesto a hacerme prójimo? La cercanía nace cuando dejamos que el dolor
del otro interrumpa nuestros planes.
La
salvación es un don de Dios que acogemos con fe y cuya gracia nos mueve a amar.
Nuestras obras de misericordia son una respuesta a ese amor recibido. Quien se
deja alcanzar por la compasión de Dios aprende a ofrecerla también a los demás.
«Ve y haz tú lo mismo»: la invitación de Jesús llega hasta
nosotros. Hoy podemos detenernos, escuchar, acompañar y compartir. Quizá no
podamos resolver todas las dificultades de una persona, pero sí dar el primer
paso para que no tenga que afrontarlas sola.
Señor, abre nuestros ojos ante quienes sufren y ensancha
nuestro corazón para amar más allá del círculo de los nuestros. Amén.
Primera lectura
Gál
1, 6-12
No
he recibido ni aprendido de ningún hombre el Evangelio, sino por revelación de
Jesucristo
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Gálatas.
HERMANOS:
Me maravilla que hayan abandonado tan pronto al
que los llamó por la gracia de Cristo, y se hayan pasado a
otro evangelio. No es que haya otro evangelio; lo que pasa
es que algunos los están turbando y quieren deformar el
Evangelio de Cristo. Pues bien, aunque nosotros mismos o
un ángel del cielo les predicara un evangelio distinto del
que les hemos predicado, ¡sea anatema! Lo he dicho y lo repito:
Si alguien les anuncia un evangelio diferente del que
recibieron, ¡sea anatema! Cuando digo esto, ¿busco la aprobación
de los hombres, o la de Dios?, ¿o trato de agradar a
los hombres? Si siguiera todavía agradando a los hombres,
no sería siervo de Cristo.
Les hago saber, hermanos, que el Evangelio anunciado por mí
no es de origen humano; pues yo no lo he recibido ni aprendido
de ningún hombre, sino por revelación de Jesucristo.
Palabra de Dios.
Salmo
Sal
110, 1b-2. 7-8. 9 y 10c (R.: cf. 5b)
R. El Señor recuerda
siempre su alianza.
O
bien:
R.
Aleluya.
V. Doy gracias al Señor
de todo corazón,
en compañía de los rectos, en la asamblea.
Grandes son las obras del Señor,
dignas de estudio para los que las aman. R.
V.
Justicia y verdad son las obras de sus manos,
todos sus preceptos merecen confianza:
son estables para siempre jamás,
se han de cumplir con verdad y rectitud. R.
V.
Envió la redención a su pueblo,
ratificó para siempre su alianza.
Su nombre es sagrado y temible.
La alabanza del Señor dura por siempre. R.
Aclamación
R. Aleluya, aleluya,
aleluya.
V.
Les doy un mandamiento nuevo —dice el Señor—:
que se amen unos a otros, como yo los he amado. R.
Evangelio
Lc
10, 25-37
¿Quién
es mi prójimo?
Lectura del santo Evangelio según san Lucas.
EN aquel tiempo, se levantó un maestro de la ley y preguntó a Jesús para
ponerlo a prueba:
«Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?».
Él le dijo:
«¿Qué está escrito en la ley? ¿Qué lees en ella?».
Él respondió:
«“Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda
tu fuerza” y con toda tu mente. Y “a tu prójimo como a ti mismo”».
Él le dijo:
«Has respondido correctamente. Haz esto y tendrás la vida».
Pero el maestro de la ley, queriendo justificarse, dijo a Jesús:
«¿Y quién es mi prójimo?».
Respondió Jesús diciendo:
«Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos, que lo
desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto. Por
casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo, dio un rodeo y
pasó de largo. Y lo mismo hizo un levita que llegó a aquel sitio: al verlo dio
un rodeo y pasó de largo.
Pero un samaritano que iba de viaje llegó adonde estaba él y, al verlo, se
compadeció, y acercándose, le vendó las heridas, echándoles aceite y vino, y,
montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó. Al día
siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y le dijo:
“Cuida de él, y lo que gastes de más yo te lo pagaré cuando vuelva”.
¿Cuál de estos tres te parece que ha sido prójimo del que cayó en manos de los
bandidos?».
Él dijo:
«El que practicó la misericordia con él».
Jesús le dijo:
«Anda y haz tú lo mismo».
Palabra del Señor.
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La misericordia nos hace prójimos
Hermanos
queridos:
Cuando
alguien cercano sufre, sentimos que su dolor nos toca: nos preocupa la
enfermedad de un familiar, la tristeza de un amigo, la necesidad de alguien a
quien queremos. Pero hoy Jesús nos invita a ensanchar el corazón. Hay personas
que no pertenecen a nuestra familia y, sin embargo, necesitan nuestra cercanía.
Hay heridas que desconocemos y sufrimientos que podemos descubrir si aprendemos
a mirar.
En
esta Eucaristía, al recordar a santa Faustina, apóstol de la Divina
Misericordia, pedimos esa mirada compasiva. Y ponemos también ante el Señor a
nuestros difuntos, cuyos nombres conservamos en el corazón.
El
Evangelio comienza con la pregunta de un maestro de la Ley acerca de la vida
eterna. Es una inquietud que también nos acompaña: ¿cómo orientar nuestra vida
hacia Dios?, ¿cómo vivir para alcanzar la salvación?
La
primera lectura nos ayuda a situar bien esta pregunta. San Pablo expresa su
preocupación porque los gálatas se están apartando de quien los llamó por la
gracia de Cristo. Les recuerda que el Evangelio que anuncia procede de
Jesucristo.
En el comienzo de nuestra salvación está Dios, que nos ama,
nos llama y nos ofrece su gracia. Nuestra respuesta consiste en acoger ese amor,
dejarnos transformar por él y colaborar libremente con lo que hace en nosotros.
Por
eso, las obras de misericordia tienen tanto valor: en ellas toma cuerpo nuestra
respuesta al Señor. La fe va alcanzando nuestras manos, nuestras decisiones,
nuestra manera de tratar a los demás.
La
firmeza de Pablo también nos hace una pregunta: ¿estamos acogiendo el Evangelio
entero? Podemos sentirnos cómodos con algunas enseñanzas de Jesús y resistirnos
a otras, especialmente cuando nos piden perdonar, compartir o acercarnos a una
persona difícil. Hoy pedimos la gracia de permitir que su Palabra corrija
nuestras preferencias.
El
salmo nos invita a contemplar las obras del Señor, la rectitud de sus mandatos
y la permanencia de su alianza. Dios merece nuestra confianza. Su fidelidad
sostiene nuestra vida, incluso cuando atravesamos circunstancias que no
comprendemos.
Esta
certeza nos acompaña especialmente al recordar a quienes han muerto. Nosotros
sentimos el vacío de su ausencia; ante Dios ponemos su historia entera. El
Señor conoce el bien que hicieron, sus luchas, sus fragilidades y aquello que
nosotros nunca alcanzamos a comprender. A su fidelidad y a su misericordia los
confiamos.
En
el Evangelio, el maestro de la Ley plantea otra pregunta: «¿Y quién es mi prójimo?»
Jesús
responde contando la historia de un hombre asaltado y abandonado al borde del
camino. Un sacerdote y un levita pasan junto a él y continúan su marcha. Un
samaritano se detiene, se compadece y lo atiende.
Detengámonos
nosotros también ante esta escena. Aquel hombre herido necesita que alguien se
acerque. El samaritano permite que esa necesidad cambie sus planes. Dedica
tiempo, emplea sus recursos y se compromete con su recuperación.
Podemos
preguntarnos: ¿qué sucede en mí cuando el sufrimiento ajeno interrumpe mis
ocupaciones? ¿Qué lugar tiene en mi agenda la necesidad de otra persona?
En
nuestros caminos, nuestras veredas y nuestras familias también encontramos
personas heridas. Algunas llevan heridas visibles; otras cargan soledad,
humillaciones, miedo o un duelo que todavía duele. A veces, la primera ayuda
consiste en sentarse a escuchar. Otras veces hará falta compartir alimentos,
facilitar un traslado, visitar a un enfermo o acompañar a alguien para que
reciba la atención que necesita.
Nos hacemos prójimos cuando damos un paso hacia quien
necesita ayuda.
Santa
Faustina vivió profundamente esta unión entre la confianza en Dios y la caridad
hacia los demás. Su espiritualidad estuvo marcada por la contemplación de la
misericordia divina, el amor a la Eucaristía y la entrega en las tareas
sencillas de su comunidad. La invocación «Jesús, en ti confío» expresa el
corazón de ese camino.
Podemos
hacer nuestra esa oración al reconocer nuestras faltas y acudir a la confesión;
al atravesar una enfermedad; al preocuparnos por nuestra familia. Y también
podemos pronunciarla mientras pedimos fuerza para perdonar y servir.
Señor,
confío en tu misericordia; hazme capaz de ofrecer misericordia. Acoge mi
pobreza y enséñame a acoger la del hermano.
Hoy,
lunes, nuestra oración se dirige especialmente hacia los difuntos. Seguimos
amándolos y expresamos ese amor en la intercesión. La Iglesia ofrece por ellos
sus plegarias y, de manera particular, el sacrificio eucarístico, pidiendo que,
purificados, alcancen la plenitud de la comunión con Dios.
Traigamos
al corazón sus nombres. Recordemos a nuestros padres, hermanos, esposos, hijos,
amigos y benefactores que han partido. Agradezcamos el bien que recibimos a
través de ellos y confiemos al Señor cuanto necesite su perdón.
Y
ensanchemos también aquí nuestra oración. Oremos por quienes murieron solos,
por las víctimas de la violencia, por los fallecidos cuyo nombre desconocemos y
por aquellos a quienes ya casi nadie recuerda. La caridad cristiana nos invita
a tenerlos presentes.
Junto
a ellos, recordemos a quienes están viviendo un duelo. Después del funeral,
cuando las visitas disminuyen y la casa queda silenciosa, sigue haciendo falta
compañía. Una llamada, una visita o una ayuda concreta pueden aliviar mucho esa
soledad.
Al
acercarnos hoy a la mesa eucarística, recibimos a Cristo, que entrega su vida
por nosotros. Pidámosle que esa comunión nos transforme y nos disponga a
cumplir su invitación: «Anda
y haz tú lo mismo».
Llevemos
una pregunta para este día: ¿hacia
quién puedo dar hoy un paso de misericordia, y a qué difunto voy a recordar
especialmente en mi oración?
Señor Jesús, tú conoces nuestras heridas y las de nuestros
hermanos. Danos ojos atentos, un corazón compasivo y manos dispuestas a servir.
Enséñanos a amar más allá del círculo de los nuestros.
Te confiamos a nuestros difuntos. Perdona sus pecados,
purifícalos con tu amor y concédeles participar de la alegría de tu Reino.
Sostén a quienes lloran su ausencia y fortalece en nosotros la esperanza de la
resurrección.
Santa Faustina, ruega por nosotros y ayúdanos a vivir lo
que creemos.
Virgen María, Madre de Misericordia, acompáñanos en el
camino y enséñanos a permanecer junto a quienes sufren.
Jesús, en ti confío. En tus manos ponemos nuestra vida y a
quienes han partido.
Amén.
Santa Faustina Kowalska, Virgen
1905–1938
Patrona de la Misericordia
Su humilde vela atrapó un poderoso viento teológico
El mártir San Faustino fue asesinado en la segunda década del siglo II en el norte de Italia bajo el emperador Adriano. No se sabe nada más de él. La santa de hoy fue bautizada como Elena y, por razones desconocidas, se le dio el nombre del mártir cuando hizo sus primeros votos religiosos. San Faustino debe sentirse honrado y agradecido de compartir su nombre con una monja tan santa y consecuente como Santa María Faustina Kowalska, quien fue canonizada en 2000 y cuyo memorial opcional se agregó al calendario universal de la Iglesia en 2020.
Santa Faustina fue una campesina en el mejor sentido de la palabra. Sabía leer y escribir, pero por lo demás solo asistió a la escuela durante unos pocos años en su pueblo rural en el centro de Polonia. Su numerosa y piadosa familia necesitaba su mano en el arado, financieramente hablando; y así, a la edad de dieciséis años, la joven Helena Kowalska consiguió trabajo como ama de llaves en pueblos cercanos. Era experta en las artes domésticas de coser, limpiar, cocinar y las habilidades relacionadas que convierten una casa en un hogar. Estas habilidades le sirvieron bien, pero no por mucho tiempo, en los conventos donde residió durante su corta vida.
Si bien se sintió llamada a ser una hermana religiosa cuando era niña, los padres de Helen se mostraron reacios a dejarla ingresar a un convento a una edad demasiado tierna. Pero luego, al final de su adolescencia, Cristo se le apareció y le habló a Helen en encuentros misteriosos y profundamente personales, exigiéndole que no lo hiciera esperar mucho más. Estas visiones impulsaron a la piadosa adolescente a buscar aceptación en un convento de la gran ciudad. Se mudó a Varsovia a los diecinueve años, recibió el consejo de un sacerdote comprensivo y tocó las puertas de varios conventos con la esperanza de que uno solo la aceptara. Uno finalmente lo hizo. Después de probarse a sí misma en su noviciado, hizo votos solemnes y pasó el resto de su vida como una monja fiel haciendo tareas humildes junto a sus hermanas religiosas en conventos en Polonia y la actual Lituania.
Como tantos santos, las vigilias, oraciones, mortificaciones, ayunos y sufrimientos invisibles eran la vida real de Faustina, mientras que las realidades visibles vistas por sus compañeras religiosas y el visitante ocasional eran de menor importancia. ¡Y lo que pasó desapercibido en la vida de Santa Faustina fue asombroso! Esta humilde monja experimentó visiones tridimensionales de Jesucristo notablemente vívidas, de alto octanaje y en tecnicolor en la capilla, detrás de la puerta, en su celda y en cada esquina durante muchos años. La fuerte voz de Jesús le habló de manera directa e inequívocamente clara acerca de sus deseos para su vida. Él le ordenó, repetidamente, que difundiera el mensaje de la Divina Misericordia. En consecuencia, Faustina hizo que un artista pintara una famosa imagen de Cristo con dos rayos que emanaban de su pecho, promoviendo una fiesta litúrgica en honor a la Divina Misericordia el domingo después de Pascua,
El mensaje de Santa Faustina no es realmente el mensaje de Santa Faustina. Es el mensaje de Dios. Dios quiere que la humanidad conozca y sienta la Divina Misericordia que brota del corazón de Cristo. Esta misericordia, a diferencia de la misericordia humana o judicial, puede lavar incluso los pecados más miserables.
La misericordia de Dios no está en competencia con Su justicia sino que es una sobreabundancia de justicia. Dios sabe todas las cosas y perdona todas las cosas cuando se pide gratuitamente su misericordia.
El mundo occidental moderno está muy enfocado en cuestiones de justicia: justicia racial, justicia económica, justicia ambiental, etc. Pero, al mismo tiempo, se opone a juzgar. Esta dicotomía de favorecer la justicia pero aborrecer el juzgar es incongruente. El Occidente moderno sufre tensiones similares con respecto a la virtud de la misericordia.
Un cardenal estadounidense señaló hace años que la cultura secular moderna permite, incluso promueve, prácticamente todo. Parece que no hay aberración moral, pecado o comportamiento disfuncional que no se sonría como expresión legítima de la libertad personal. Y sin embargo... la cultura secular moderna no perdona casi nada. "¡Solo hazlo!" Pero tenga cuidado: cuando lo haga, es posible que nunca se le perdone por haberlo hecho.
El mensaje de la Divina Misericordia es que debido a que todo puede ser perdonado, todas las relaciones pueden ser restauradas. Las relaciones preceden a nuestros derechos e incluso a nuestras elecciones. ¡Somos más que nuestras elecciones! ¡Somos más que nuestros derechos! Y cuando recibimos misericordia, o extendemos misericordia a otros, se restauran nuestras relaciones con nosotros mismos, amigos, familia, naturaleza y Dios.
Cada expresión o recepción de la misericordia es como un mini Año Jubilar. Cada viajero regresa a casa, cada campo queda en barbecho y cada deuda es perdonada.
Misericordia es el nombre del padre que espera a lo lejos. Ve la figura harapienta en el horizonte volviendo a casa cojeando a la luz del atardecer. La petición de misericordia. La concesión de la misericordia. El fuerte abrazo. La relación restaurada. El anillo en su dedo. La túnica en su espalda. El novillo gordo en el asador. Comienza la fiesta. La Divina Misericordia lo vence todo.
Santa Faustina, tu humilde y generoso servicio a la Iglesia incluyó compartir tus visiones y el mensaje de la Divina Misericordia. Ayuda a todos los que buscan tu intercesión a ser bendecidos con tu misma virtud y docilidad a la voluntad de Dios.



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