martes, 15 de septiembre de 2026

16 de septiembre del 2026: miércoles de la vigésima cuarta semana del tiempo ordinario II-Santos Cornelio, papa y Cipriano, obispo-Memoria obligatoria

Testigos de la fe:

Santos Cornelio, papa, y Cipriano, obispo, mártires —

«Siglo III. Cornelio, papa de 251 a 253, y su amigo Cipriano, obispo de Cartago y gran escritor eclesiástico, favorecieron el perdón de los cristianos apóstatas que habían renegado de su fe…».

En tiempos de persecución, algunos bautizados habían cedido al miedo y abandonado públicamente la fe. Cuando deseaban regresar a la comunidad, surgía una dolorosa controversia: ¿podían ser acogidos nuevamente? Cornelio y Cipriano defendieron la posibilidad de reconciliación, vinculada al arrepentimiento y a un camino de penitencia. Su actitud les acarreó la oposición de quienes consideraban inadmisible esa acogida.

Ambos conocieron también el sufrimiento por permanecer fieles a Cristo. Cornelio murió en el destierro, en Civitavecchia, en el año 253. Cipriano entregó su vida mediante el martirio por decapitación en Cartago, en el año 258. La Iglesia los recuerda unidos como pastores y testigos de la fe.

Su memoria nos invita a vivir con firmeza nuestra fe y con misericordia nuestra relación con quienes han caído. Una comunidad cristiana está llamada a acompañar la conversión, ayudar a reconstruir lo que el pecado ha herido y abrir caminos de regreso a Dios. También nosotros necesitamos esa paciencia: reconocer nuestra fragilidad nos enseña a acoger con humildad la fragilidad ajena.

La fidelidad a Cristo se manifiesta también en la mano que tendemos al hermano para ayudarlo a levantarse.

 


El corazón de Dios

Pablo reorienta a los corintios, que se dejan seducir fácilmente por lo «extraordinario», recordándoles lo esencial: el amor que se vive discretamente y de manera concreta en las relaciones cotidianas. Porque lo que manifiesta la presencia de Dios es, ante todo, la caridad que transforma nuestra manera de tratar a los demás. Podemos pronunciar palabras admirables, poseer grandes conocimientos o realizar obras que despierten aplausos; pero, si falta el amor, todo queda vacío.

El corazón de Dios se revela en ese bien que hacemos sin ruido: escuchar con paciencia, cuidar a un enfermo, renunciar a una palabra hiriente, alegrarnos por el bien ajeno y acompañar a quien atraviesa un momento difícil. Allí, en lo pequeño y cotidiano, la fe adquiere un rostro cercano.

Este amor también nos dispone a dejarnos interpelar por el Señor. En el Evangelio, Jesús cuestiona a quienes siempre encuentran un motivo para rechazar la invitación de Dios: les incomoda tanto la austeridad de Juan como la cercanía del Hijo del hombre. Cuando el corazón se cierra, cualquier excusa parece suficiente para evitar la conversión.

Hoy podemos preguntarnos: ¿busco experiencias extraordinarias mientras descuido el amor que alguien necesita de mí? ¿Reconozco a Dios cuando me visita en la sencillez de cada día?

Señor, forma nuestro corazón según el tuyo. Enséñanos a amar con paciencia, humildad y obras concretas, incluso cuando nadie nos vea ni nos agradezca. Amén.

 

 

Primera lectura

1 Cor 12, 31 — 13, 13

Quedan la fe, la esperanza y el amor. La más grande es el amor

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios.

HERMANOS:
Ambicionen los carismas mayores. Y aún les voy a mostrar un camino más excelente.
Si hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, pero no tengo amor, no sería más que un metal que resuena o un címbalo que aturde.
Si tuviera el don de profecía y conociera todos los secretos y todo el saber; si tuviera fe como para mover montañas, pero no tengo amor, no sería nada.
Si repartiera todos mis bienes entre los necesitados; si entregara mi cuerpo a las llamas, pero no tengo amor, de nada me serviría.
El amor es paciente, es benigno; el amor no tiene envidia, no presume, no se engríe; no es indecoroso ni egoísta; no se irrita; no lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia,
sino que goza con la verdad.
Todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.
El amor no pasa nunca.
Las profecías, por el contrario, se acabarán; las lenguas cesarán; el conocimiento se acabará.
Porque conocemos imperfectamente e imperfectamente profetizamos; mas, cuando venga lo perfecto, lo imperfecto se acabará.
Cuando yo era niño, hablaba como un niño, sentía como un niño, razonaba como un niño. Cuando me hice un hombre, acabé con las cosas de niño.
Ahora vemos como en un espejo, confusamente; entonces veremos cara a cara. Mi conocer es ahora limitado; entonces conoceré como he sido conocido por Dios.
En una palabra, quedan estas tres: la fe, la esperanza y el amor. La más grande es el amor.

Palabra de Dios.


Salmo

Sal 32, 2-3. 4-5. 12 y 22 (R.: cf. 12)

R. Dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad.

V. Den gracias al Señor con la cítara,
toquen en su honor el arpa de diez cuerdas;
cántenle un cántico nuevo,
acompañando los vítores con bordones. 
R.

V. La palabra del Señor es sincera,
y todas sus acciones son leales;
él ama la justicia y el derecho,
y su misericordia llena la tierra. 
R.

V. Dichosa la nación cuyo Dios es el Señor,
el pueblo que él se escogió como heredad.
Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros,
como lo esperamos de ti. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Tus palabras, Señor, son espíritu y vida;
tú tienes palabras de vida eterna. 
R.

 

Evangelio

Lc 7, 31-35

Hemos tocado y no han bailado, hemos entonado lamentaciones, y no han llorado

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

EN aquel tiempo, dijo el Señor:
«¿A quién, pues, compararé los hombres de esta generación? ¿A quién son semejantes?
Se asemejan a unos niños, sentados en la plaza, que gritan a otros aquello de:
“Hemos tocado la flauta
y no han bailado,
hemos entonado lamentaciones,
y no han llorado”.
Porque vino Juan el Bautista, que ni come pan ni bebe vino, y dicen: “Tiene un demonio”; vino el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen: “Miren qué hombre más comilón y borracho, amigo de publicanos y pecadores”.
Sin embargo, todos los hijos de la sabiduría le han dado la razón».

Palabra del Señor.

 

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El corazón de Dios late en el amor cotidiano

 

Hermanos y hermanas:

Hay gestos que nunca serán noticia, pero que sostienen la vida de muchas personas. Alguien se levanta de madrugada para acompañar a un familiar al médico. Una esposa vuelve a acomodar la almohada de su esposo enfermo. Un vecino prepara un almuerzo para quien está solo. Una hija escucha por quinta vez la misma preocupación de su madre y procura responderle con ternura.

En esos gestos discretos podemos reconocer algo del corazón de Dios. Y hoy, cuando ofrecemos especialmente nuestra Eucaristía por los enfermos, la Palabra nos invita a descubrir ese amor que se hace concreto, que permanece cerca y que muchas veces actúa sin hacer ruido.

San Pablo, en la primera lectura, tiene que reorientar a la comunidad de Corinto. Algunos estaban fascinados por los dones más llamativos: hablar en lenguas, comunicar conocimientos extraordinarios, realizar cosas admirables. Existía el peligro de convertir la vida cristiana en una competencia para ver quién sobresalía más.

Pablo les muestra el criterio decisivo: «Si no tengo amor, nada soy».

Esta palabra también nos examina a nosotros. Podemos conocer muchas oraciones, participar en actividades parroquiales, hablar con facilidad de asuntos religiosos y compartir mensajes hermosos por las redes sociales. Pero ¿cómo tratamos a quienes viven con nosotros? ¿Qué ocurre cuando alguien interrumpe nuestros planes? ¿Qué tono usamos con la persona que depende de nuestra ayuda?

La autenticidad de nuestra fe se juega también ahí, cuando se acaba la celebración y comienza la convivencia.

Pablo describe un amor paciente, servicial, libre de envidia y de orgullo. Y esto se vuelve especialmente concreto junto a una persona enferma. La enfermedad puede alterar el sueño, el ánimo y el ritmo de toda una familia. A veces, quien sufre repite sus preguntas, se impacienta o tiene dificultad para expresar lo que necesita. Amar exige aprender a escuchar también el miedo que hay detrás de sus palabras.

Por eso hoy pedimos por los enfermos y también por quienes los cuidan. Hay cuidadores agotados, personas que llevan meses durmiendo poco y familiares que necesitan ayuda para seguir adelante. Como comunidad podemos preguntarnos: ¿a quién podríamos ofrecerle unas horas de descanso? ¿A quién acompañar a una consulta? ¿Quién necesita apoyo para un traslado o, sencillamente, alguien con quien hablar?

Nuestra oración puede prolongarse en una visita, una llamada y una ayuda concreta.

El salmo de hoy nos recuerda la fidelidad del Señor, su amor a la justicia y la bondad con la que sostiene la tierra. Y termina poniendo nuestra esperanza en su misericordia.

¡Cuánto necesitamos esa confianza cuando llega la enfermedad! Hay momentos en los que cuesta rezar, cuando un diagnóstico desconcierta o un tratamiento se hace largo. En esas circunstancias podemos acercarnos al Señor con nuestra preocupación tal como está. No hace falta disimular el miedo para presentarnos ante él.

Confiar en Dios nos permite decirle: «Señor, esto me duele; tengo preguntas; necesito que me sostengas». La fe también se expresa en esa oración frágil. Y cuando al enfermo le faltan fuerzas para orar, la comunidad puede sostenerlo con su propia plegaria.

En el Evangelio, Jesús señala otra dificultad del corazón humano: la resistencia a acoger lo que Dios propone. A algunos les molesta la austeridad de Juan Bautista y también les incomoda la cercanía de Jesús con los pecadores. Siempre encuentran una objeción para mantenerse donde están.

También nosotros podemos acostumbrarnos a juzgarlo todo sin dejarnos transformar por nada. Si alguien nos invita a cambiar, nos parece demasiado exigente; si nos habla de misericordia, pensamos que es demasiado comprensivo. Mientras discutimos cómo deberían actuar los demás, dejamos pendiente nuestra propia conversión.

Hoy el Señor nos invita a abrir el corazón. Tal vez nos esté hablando a través de una persona que necesita reconciliarse con nosotros. Tal vez nos esté esperando en ese enfermo al que hemos prometido visitar tantas veces. Tal vez nos esté pidiendo que dejemos de aplazar una ayuda que está a nuestro alcance.

Los santos Cornelio y Cipriano, cuya memoria celebramos, nos ayudan a comprender esta unión entre fidelidad y misericordia. En medio de las persecuciones, defendieron la posibilidad de que los cristianos que habían renegado de la fe pudieran reconciliarse con la Iglesia mediante el arrepentimiento y la penitencia. Supieron acompañar a quienes deseaban regresar. Ambos dieron testimonio de Cristo hasta el sufrimiento y la muerte.

Su ejemplo nos invita a mirar a las personas con esperanza. Quien ha caído necesita encontrar una mano que lo ayude a levantarse. Quien está enfermo necesita sentirse reconocido en toda su dignidad: sigue siendo alguien con una historia, una voz, unos afectos y mucho que aportar.

A ustedes, hermanos que atraviesan la enfermedad, queremos decirles hoy: su vida es preciosa y ustedes pertenecen al corazón de esta comunidad. Pueden expresar su cansancio, pedir ayuda y dejarse acompañar. El amor de Dios permanece con ustedes también en los días difíciles.

Dentro de unos momentos nos acercaremos al altar. En la Eucaristía recibimos a Cristo, que entrega su vida por nosotros. Pidámosle que esa comunión transforme nuestra manera de amar, que nos haga más atentos al dolor ajeno y más disponibles para servir.

Presentemos ahora, en silencio, el nombre y el rostro de los enfermos por quienes deseamos orar.

Señor Jesús, mira con ternura a nuestros hermanos enfermos. Concédeles alivio y recuperación; sostén su esperanza durante los tratamientos y las esperas. Ilumina al personal de salud, fortalece a sus familias y renueva las fuerzas de quienes los cuidan. Por intercesión de los santos Cornelio y Cipriano, haz de nuestra comunidad un hogar donde cada persona encuentre compañía, misericordia y amor. Amén.

 

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16 de septiembre:

San Cornelio, Papa, y San Cipriano, Obispo, Mártires — Memoria

San Cornelio: †253
Patrono del ganado y de los animales domésticos
Invocado contra los dolores de oído, la epilepsia, las fiebres y los espasmos

San Cipriano: c. 200–258
Patrono de Argelia y del norte de África



Cita:

Galerio Máximo: «¿Eres Tascio Cipriano?»
Cipriano: «Lo soy».
Galerio: «Los sacratísimos emperadores te han ordenado conformarte a los ritos romanos».
Cipriano: «Me niego».
Galerio: «Considera tu elección y sus consecuencias».
Cipriano: «Haz lo que quieras; en un caso tan claro acepto las consecuencias».
Galerio: «Has vivido mucho tiempo una vida irreligiosa, has reunido a un número de hombres unidos por una asociación ilícita y te has declarado enemigo abierto de los dioses y de la religión de Roma… serás hecho un ejemplo para aquellos con quienes perversamente te has asociado; la autoridad de la ley será confirmada en tu sangre… Es sentencia de este tribunal que Tascio Cipriano sea ejecutado con la espada».
Cipriano: «Demos gracias a Dios».
~Juicio de San Cipriano





Reflexión:

Hoy honramos a San Cornelio y a San Cipriano. Nada se sabe sobre la infancia y la juventud de Cornelio. En el año 251 fue elegido como el vigésimo primer papa, cargo que ejerció hasta su muerte dos años más tarde.

Cipriano, nacido Tascio Cecilio Cipriano, fue hijo de ricos padres paganos en el norte de África. Bien educado en la literatura grecorromana y en la retórica, tuvo una carrera exitosa como abogado y maestro. Alrededor de los cuarenta y seis años, se convirtió al cristianismo y entregó gran parte de su fortuna, dedicándose a la oración y a la vida ascética. En el lapso de tres años fue ordenado diácono, sacerdote y, finalmente, obispo de Cartago (en la actual Túnez, norte de África), hacia el año 249.

En el año 250, el emperador romano Decio implementó la primera persecución sistemática contra los cristianos en todo el Imperio. Exigió que todos los ciudadanos ofrecieran sacrificios a los dioses romanos en presencia de los magistrados. Quienes lo hacían recibían un certificado oficial de sacrificio que confirmaba su cumplimiento. Quienes se negaban enfrentaban la confiscación de bienes, la tortura, la prisión e incluso la muerte. Decio murió en batalla al año siguiente, lo que puso fin de manera abrupta, aunque temporal, a la persecución.

Durante esas persecuciones, el papa Fabián se negó a sacrificar a los dioses romanos y fue martirizado. Después, la persecución fue tan dura que resultó imposible elegir un sucesor en la Sede de San Pedro. Durante ese tiempo, varios sacerdotes, entre ellos un tal Novaciano, ayudaron a gobernar la Iglesia. Tras catorce meses, muerto ya Decio y terminadas las persecuciones, un grupo de obispos se reunió en Roma y eligió a Cornelio como papa. Novaciano, descontento con esta decisión, se hizo ordenar como obispo de Roma, convirtiéndose así en el primer antipapa.

En el 251, la Iglesia se dividió por la cuestión de qué hacer con los que habían accedido a sacrificar a los dioses. Estos eran llamados lapsi, por haber “caído” en la fe. Algunos obispos apoyaban su reconciliación; otros no. Entre los defensores de la misericordia se encontraban el papa Cornelio y el obispo Cipriano.

El antipapa Novaciano sostenía que la Iglesia no tenía autoridad para perdonar a quienes habían ofrecido sacrificios sacrílegos. Por tanto, los lapsi no podían volver a la plena comunión ni recibir los sacramentos. Cornelio, en cambio, afirmaba con firmeza que, tras el arrepentimiento y un tiempo de penitencia pública, podían ser recibidos de nuevo en la comunión de la Iglesia.

Tras la autoproclamación de Novaciano, Cornelio convocó un sínodo con sesenta obispos en Roma que lo apoyaron y excomulgaron conjuntamente a Novaciano. Desde allí, los obispos del Imperio fueron invitados a manifestar su apoyo al papa legítimo y a la postura pastoral de reconciliar a los lapsi. Uno de los más firmes defensores de Cornelio fue Cipriano, que participó en el sínodo y luego escribió extensamente para atraer más apoyos.

Después de la muerte de Decio, el emperador Galo subió al poder. Aunque no persiguió de forma general a los cristianos, sí favoreció la restauración de las prácticas religiosas paganas. Al poco tiempo, exilió a Cornelio a Centumcellae (actual Civitavecchia), cerca de Roma, en la costa mediterránea. Un año más tarde, debido a las duras condiciones, Cornelio murió en el destierro y es venerado como mártir.

En el 253 murió en batalla Galo y lo sucedió Valeriano. Al principio mostró cierta indiferencia hacia los cristianos, pero en el 257 inició una nueva persecución en todo el Imperio. Primero decretó que el clero debía participar en los ritos paganos. Al año siguiente, ordenó la ejecución de obispos, sacerdotes y diáconos que se negaran a renegar de la fe. A los laicos se les despojaba de sus títulos y bienes. Entre los arrestados estuvo Cipriano en 257. En el 258 fue juzgado en Cartago y, al negarse a renegar de su fe, fue decapitado. Cuando escuchó la sentencia, exclamó: «Demos gracias a Dios». En gratitud, incluso entregó una moneda de oro a su verdugo.

Hombre de gran cultura, Cipriano dejó abundantes escritos. Sus numerosas cartas ofrecen un retrato claro de la situación de la Iglesia y del Imperio en esa época. Defendió a la Iglesia frente a la herejía de los lapsi, trabajó por acabar con el cisma de Novaciano y escribió obras sobre la unidad de la Iglesia, el Padrenuestro, la muerte cristiana, la limosna y los sacramentos.

San Cornelio y San Cipriano vivieron y sirvieron a Cristo y a su Iglesia en tiempos convulsos. Sufrieron duras persecuciones y guiaron al pueblo de Dios con la palabra y el ejemplo. Defendieron la unidad, fueron misericordiosos con los pecadores y actuaron como verdaderos pastores de su grey.

Hoy que los honramos, reflexionemos sobre el impacto que tuvieron en la Iglesia primitiva. Su testimonio marcó a los cristianos de su tiempo y sigue influyendo en generaciones posteriores. Honremos a estos santos imitándolos en su valentía y en su misericordia, para que Dios también nos use a nosotros como instrumentos de su gracia, no solo para quienes nos rodean, sino también para quienes vendrán después, en formas que solo Él conoce.


Oración:
San Cornelio y San Cipriano, ustedes amaron a Dios y permanecieron firmes en la fe, aun frente a la persecución y la muerte. Su testimonio valiente estuvo unido a un testimonio pastoral de misericordia. Intercedan por mí, para que imite su valentía y sus corazones misericordiosos, manteniéndome siempre fuerte en la fe y ofreciendo perdón a todo pecador.
San Cornelio y San Cipriano, rueguen por mí.
Jesús, en Ti confío.


15 de septiembre del 2026: Bienaventurada Virgen María de los Dolores-memoria obligatoria

 

Testigo de la fe:

Bienaventurada Virgen María de los Dolores

«María participó íntimamente en la pasión de su Hijo. Por eso, fue asociada de una manera única a la gloria de su resurrección…”

Al recordar los dolores de María, contemplamos su amor fiel y su esperanza en medio de la prueba. Al pie de la cruz, permanece junto a Jesús y recibe como hijo al discípulo amado. Su maternidad se abre así a todos los que seguimos a Cristo.

La espada anunciada por Simeón atraviesa su alma, pero no destruye su confianza en Dios. María nos enseña que la fe puede convivir con las lágrimas y que acompañar a quien sufre es una hermosa expresión del amor.

Hoy le confiamos nuestras heridas y las de tantas familias. Que su presencia maternal nos sostenga y nos ayude a permanecer cerca de quienes llevan una cruz pesada, con la esperanza puesta en Cristo resucitado.

 


Primera lectura

Heb 5, 7-9

Aprendió a obedecer, y se convirtió en autor de salvación eterna

Lectura de la carta a los Hebreos.

CRISTO, en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte, siendo escuchado por su piedad filial.
Y, aun siendo Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer. Y, llevado a la consumación, se convirtió, para todos los que lo obedecen, en autor de salvación eterna.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 30, 2-3a. 3bc-4. 5-6. 15-16. 20 (R.: 17b)

R. Sálvame, Señor, por tu misericordia.

V. A ti, Señor, me acojo:
no quede yo nunca defraudado;
tú, que eres justo, ponme a salvo,
inclina tu oído hacia mí. 
R

V. Sé la roca de mi refugio,
un baluarte donde me salve,
tú que eres mi roca y mi baluarte;
por tu nombre dirígeme y guíame. 
R.

V. Sácame de la red que me han tendido,
porque tú eres mi amparo.
A tus manos encomiendo mi espíritu:
tú, el Dios leal, me librarás. 
R.

V. Pero yo confío en ti, Señor;
te digo: «Tú eres mi Dios».
En tus manos están mis azares:
líbrame de mis enemigos que me persiguen. 
R.

V. Qué bondad tan grande, Señor,
reservas para los que te temen,
y concedes a los que a ti se acogen
a la vista de todos. 
R.



Secuencia

La Madre piadosa estaba
junto a la cruz y lloraba
mientras el Hijo pendía;
cuya alma, triste y llorosa,
traspasada y dolorosa,
fiero cuchillo tenía.

¡Oh cuán triste y cuán aflicta
se vio la Madre bendita,
de tantos tormentos llena!
Cuando triste contemplaba
y dolorosa miraba
del Hijo amado la pena.

Y ¿cuál hombre no llorara,
si a la Madre contemplara
de Cristo, en tanto dolor?
¿Y quién no se entristeciera,
Madre piadosa, si os viera
sujeta a tanto rigor?

Por los pecados del mundo,
vio a Jesús en tan profundo
tormento la dulce Madre.
Vio morir al Hijo amado,
que rindió desamparado
el espíritu a su Padre.

¡Oh dulce fuente de amor!,
hazme sentir tu dolor
para que llore contigo.
Y que, por mi Cristo amado,
mi corazón abrasado
más viva en él que conmigo.

Y, porque a amarle me anime,
en mi corazón imprime
las llagas que tuvo en sí.
Y de tu Hijo, Señora,
divide conmigo ahora
las que padeció por mí.

Hazme contigo llorar
y de veras lastimar
de sus penas mientras vivo;
porque acompañar deseo
en la cruz, donde le veo,
tu corazón compasivo.

¡Virgen de vírgenes santas!,
llore ya con ansias tantas,
que el llanto dulce me sea;
porque su pasión y muerte
tenga en mi alma, de suerte
que siempre sus penas vea.

Haz que su cruz me enamore
y que en ella viva y more
de mi fe y amor indicio;
porque me inflame y encienda,
y contigo me defienda
en el día del juicio.

Haz que me ampare la muerte
de Cristo, cuando en tan fuerte
trance vida y alma estén;
porque, cuando quede en calma
el cuerpo, vaya mi alma
a su eterna gloria.
Amén.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Dichosa es la bienaventurada Virgen María,
que, sin morir, mereció la palma del martirio
junto a la cruz del Señor. 
R

 

Evangelio

 Jn 19, 25-27 (opción 1)

Triste contemplaba y dolorosa miraba del Hijo amado la pena (Stabat Mater)

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

JUNTO a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, la de Cleofás, y María, la Magdalena. Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo al que amaba, dijo a su madre:
«Mujer, ahí tienes a tu hijo».
Luego, dijo al discípulo:
«Ahí tienes a tu madre».
Y desde aquella hora, el discípulo la recibió como algo propio.

Palabra del Señor.


Lc 2, 33-35 (opción 2)

A ti misma una espada te traspasará el alma

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

EN aquel tiempo, el padre y la madre de Jesús estaban admirados por lo que se decía del niño.
Simeón los bendijo y dijo a María, su madre:
«Este ha sido puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; y será como un signo de contradicción —y a ti misma una espada te traspasará el alma—, para que se pongan de manifiesto los pensamientos de muchos corazones».

Palabra del Señor.

 

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Hoy es la fiesta de mi Patrona: Nuestra Señora de los Dolores. Desde muy niño, en mi parroquia de Marquetalia, aprendí a apreciar esta advocación de la Madre Dolorosa, que acompaña y se solidariza con su Hijo en el dolor de la cruz. Con el paso de los años, uno va comprendiendo que aquella imagen venerada desde la infancia tiene mucho que decirle a nuestra propia vida. Porque también nosotros hemos llorado, hemos despedido seres queridos y hemos sentido la impotencia de querer aliviar un sufrimiento que no está en nuestras manos evitar.

María nos enseña a permanecer junto a quien sufre. En el Evangelio de san Juan la encontramos de pie junto a la cruz de Jesús. ¡Cuánto amor hay en esa presencia! No puede arrancar los clavos ni detener la crueldad de quienes lo han condenado. Pero está allí. Su Hijo no está solo: su Madre lo acompaña hasta el final.

Hay momentos en los que amar consiste precisamente en eso: quedarse. Quedarse junto a la cama de un enfermo, escuchar a quien necesita desahogarse, acompañar a una familia después del entierro, cuando ya todos han regresado a sus ocupaciones y el silencio de la casa pesa más que nunca. María nos enseña que, aun cuando nos falten las palabras, podemos ofrecer nuestra presencia.

La carta a los Hebreos nos presenta hoy a Jesús ofreciendo oraciones y súplicas «con gritos y lágrimas». Qué consolador resulta saber que el Hijo de Dios también lloró y suplicó. A veces pensamos que tener fe significa mostrarnos siempre fuertes, sin preguntas, sin angustias. Sin embargo, Jesús mismo atravesó el sufrimiento con toda la hondura de su humanidad. Llorar no es dejar de creer; también podemos orar con nuestras lágrimas.

La lectura añade que, siendo Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer. Esto no significa que antes fuera desobediente, sino que vivió hasta sus últimas consecuencias lo que implica confiar en el Padre y permanecer fiel al amor en medio de la prueba. Su oración fue escuchada: el Padre lo sostuvo y lo condujo, a través de la muerte, a la victoria de la resurrección.

También María recorrió ese camino de confianza. La profecía de Simeón —«a ti misma una espada te traspasará el alma»— encuentra al pie de la cruz toda su profundidad. Aquel niño que había sostenido entre sus brazos está ahora crucificado. Y ella sigue creyendo, aunque no pueda comprenderlo todo.

El salmo de hoy nos presta palabras para esas horas: «Tú eres mi roca y mi fortaleza»; «a tus manos encomiendo mi espíritu». Podemos imaginar cuánto resuenan estas palabras en el corazón de María. Su firmeza nace de su confianza en Dios. También nosotros podemos decirle al Señor: “No entiendo lo que estoy viviendo; me duele y me cuesta. Pero pongo mi vida en tus manos. Sálvame por tu misericordia”.

Y precisamente allí, en medio del dolor, Jesús abre un camino de comunión: «Mujer, ahí tienes a tu hijo»; «Ahí tienes a tu madre». A María le confía el discípulo amado, y al discípulo le confía su Madre. La Iglesia reconoce en este encuentro un regalo que alcanza nuestra propia vida: también nosotros podemos recibir a María en nuestra casa, en nuestra historia, en nuestras heridas.

Acogerla significa aprender de ella a cuidar. La devoción a Nuestra Señora de los Dolores nos lleva a reconocer el sufrimiento de tantos hermanos: las madres que lloran a sus hijos, las familias golpeadas por la violencia, quienes acompañan una enfermedad larga, los ancianos solos y quienes llevan por dentro una tristeza que casi nadie conoce. Nuestra Madre nos invita a acercarnos a ellos con delicadeza y ayuda concreta.

La secuencia de esta celebración expresa el deseo de acompañar a María junto a la cruz y de participar en su dolor. Es una petición para que nuestro corazón se haga sensible al amor de Cristo y al sufrimiento de nuestros hermanos. Que ninguna herida ajena nos resulte indiferente.

Hoy doy gracias por aquella devoción que comenzó en mi infancia, en Marquetalia, y que sigue acompañando mi camino. A nuestra Madre Dolorosa le confío a quienes llevo en el corazón y a cuantos necesitan consuelo.

Madre de los Dolores, enséñanos a permanecer junto a la cruz sin perder la esperanza en la resurrección. Cuando nos falten las fuerzas, acompáñanos; cuando otro hermano sufra, ayúdanos a estar presentes. Y condúcenos siempre a Jesús, tu Hijo, que ha entregado su vida por amor y vive para siempre. Amén.

 

domingo, 13 de septiembre de 2026

14 de septiembre del 2026: lunes de la vigésima cuarta semana del tiempo ordinario II- Señor de los Milagros de Buga, memoria o fiesta opcional

 

Señor de los Milagros: ¡una Palabra tuya basta!

Celebramos con fe y gratitud la fiesta del Señor de los Milagros de Buga. Al contemplar a Jesús crucificado, reconocemos el amor de Dios que abraza nuestras heridas y sostiene nuestra esperanza. El Evangelio nos invita a acercarnos a él con la humildad y la confianza del centurión: «Señor, una palabra tuya basta para sanar». Presentemos al Señor nuestras familias, a quienes sufren y, especialmente, a nuestros fieles difuntos.

Que esta Eucaristía fortalezca nuestra fe y nos enseñe a cuidar de los demás.

 


Primera lectura

1 Cor 11, 17-26. 33

Si hay divisiones entre ustedes, eso no es comer la Cena del Señor

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios.

HERMANOS:
Al prescribirles esto, no puedo alabarlos, porque sus
reuniones causan más daño que provecho.
En primer lugar, he oído que cuando se reúne su asamblea
hay divisiones entre ustedes; y en parte lo creo; realmente
tiene que haber escisiones entre ustedes para que se
vea quiénes resisten a la prueba.
Así, cuando se reúnen en comunidad, eso no es comer la
Cena del Señor, pues cada uno se adelanta a comer su
propia cena, y mientras uno pasa hambre, el otro está
borracho.
¿No tienen casas donde comer y beber? ¿O tienen en tan
poco a la Iglesia de Dios que humillan a los que no tienen?
¿Qué quieren que les diga? ¿Que los alabe?
En esto no los alabo.
Porque yo he recibido una tradición, que procede del Señor
y que a mi vez les he transmitido: que el Señor Jesús, en
la noche en que iba a ser entregado, tomó pan y, pronunciando
la Acción de Gracias, lo partió y dijo:
«Esto es mi cuerpo, que se entrega por ustedes. Hagan
esto en memoria mía».
Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo:
«Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre; hagan esto
cada vez que lo beban, en memoria mía».
Por eso, cada vez que comen de este pan y beben del cáliz, proclaman la muerte del Señor, hasta que vuelva.
Por ello, hermanos míos, cuando se reúnen para comer espérense unos a otros.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 39, 7-8a. 8b-9. 10. 17 (R.: 1 Cor 11, 26b)

R. Proclamen la muerte del Señor, hasta que vuelva.

V. Tú no quieres sacrificios ni ofrendas,
y, en cambio, me abriste el oído;
no pides holocaustos ni sacrificios expiatorios;
entonces yo digo: «Aquí estoy». 
R.

V. «—Como está escrito en mi libro—
para hacer tu voluntad.
Dios mío, lo quiero, y llevo tu ley en las entrañas». 
R.

V. He proclamado tu justicia
ante la gran asamblea;
no he cerrado los labios, Señor, tú lo sabes. 
R.

V. Alégrense y gocen contigo
todos los que te buscan;
digan siempre: «Grande es el Señor»,
los que desean tu salvación. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito;
todo el que cree en él tiene vida eterna. 
R.

 

Evangelio

Lc 7, 1-10

Ni en Israel he encontrado tanta fe

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

EN aquel tiempo, cuando Jesús terminó de exponer todas sus enseñanzas al pueblo, entró en Cafarnaún.
Un centurión tenía enfermo, a punto de morir, a un criado a quien estimaba mucho. Al oír hablar de Jesús, el centurión le envió unos ancianos de los judíos, rogándole que viniese a curar a su criado. Ellos, presentándose a Jesús, le rogaban encarecidamente:
«Merece que se lo concedas, porque tiene afecto a nuestra gente y nos ha construido la sinagoga».
Jesús se puso en camino con ellos. No estaba lejos de la casa, cuando el centurión le envió unos amigos a decirle:
«Señor, no te molestes, porque no soy digno de que entres bajo mi techo; por eso tampoco me creí digno de venir a ti personalmente. Dilo de palabra y mi criado quedará sano. Porque también yo soy un hombre sometido a una autoridad y con soldados a mis órdenes; y le digo a uno: “Ve”, y va; al otro: “Ven”, y viene; y a mi criado: “Haz esto”, y lo hace».
Al oír esto, Jesús se admiró de él y, volviéndose a la gente que lo seguía, dijo:
«Les digo que ni en Israel he encontrado tanta fe».
Y al volver a casa, los enviados encontraron al siervo sano.

Palabra del Señor.

 

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Una palabra tuya basta para sostener nuestra esperanza

 

Hermanos y hermanas:

Hay momentos en los que las palabras se nos acaban. Sucede junto a la cama de un enfermo, cuando recibimos una noticia dolorosa o cuando regresamos a casa después de sepultar a un ser querido. Quisiéramos encontrar una explicación, tener una respuesta, hacer algo para cambiar lo sucedido. Pero descubrimos nuestra fragilidad.

En esos momentos puede brotar una oración muy sencilla: «Señor, yo no puedo con todo esto; me pongo en tus manos». Esa es la confianza que encontramos en el Evangelio. Y con esa confianza celebramos hoy la Eucaristía, encomendando especialmente a nuestros hermanos difuntos.

San Lucas nos presenta a un centurión, un hombre acostumbrado a dar órdenes y a ser obedecido. Sin embargo, tiene en casa un criado gravemente enfermo y ninguna orden suya puede devolverle la salud. Su autoridad tiene un límite. Su poder no alcanza para salvar a alguien a quien estima mucho.

Hay un detalle hermoso: aquel hombre se preocupa por su criado. No lo considera una herramienta que se reemplaza cuando deja de servir. Le importa su vida, le duele su sufrimiento y busca ayuda para él. Su fe se expresa primero como preocupación por otra persona.

También nosotros hemos vivido algo semejante. Cuando alguien de nuestra familia estuvo enfermo, buscamos médicos, conseguimos medicamentos, pasamos noches en vela y elevamos muchas oraciones. Quizás hoy recordamos esos días con gratitud; quizás todavía nos duelen. El Evangelio nos permite reconocer que ese cuidado, aun cuando no logró evitar la muerte, fue una expresión verdadera de amor. No fue inútil acompañar, acariciar, escuchar, permanecer.

El centurión manda pedir ayuda a Jesús. Los intermediarios dicen: «Merece que se lo concedas». Presentan sus buenas obras, como quien lleva una carta de recomendación. Él, en cambio, envía un mensaje distinto: «No soy yo quién para que entres bajo mi techo». No exige un favor como recompensa. Se abandona a la bondad del Señor.

Así oramos también por nuestros difuntos. Recordamos agradecidos lo bueno que hicieron, lo que trabajaron, el cariño que nos dieron y los sacrificios que quizá nunca llegamos a conocer. Pero no presentamos sus méritos como una cuenta que Dios deba pagar. Los confiamos a su misericordia: «Señor, tú conoces su historia entera; perdona sus pecados, purifica cuanto necesite tu gracia y recíbelos en tu paz».

Nuestra esperanza descansa en Jesucristo, muerto y resucitado, que conoce y ama a quienes nosotros seguimos amando.

La primera lectura nos lleva precisamente al corazón de esta esperanza: la Eucaristía. San Pablo recuerda las palabras de Jesús: «Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros». Y añade que, cada vez que comemos de este pan y bebemos del cáliz, proclamamos la muerte del Señor hasta que vuelva.

Por eso tiene tanto sentido celebrar la Misa por nuestros difuntos. Ponemos sus nombres y sus historias ante el Señor que entregó su vida por nosotros y venció la muerte. En la Eucaristía se hace sacramentalmente presente su única entrega salvadora; a ella unimos nuestra oración, nuestra gratitud y nuestras lágrimas.

Cuando alguien muere, sentimos dolorosamente que ya no podemos hacer muchas cosas por él: prepararle un alimento, llamarlo por teléfono, visitarlo. Pero podemos seguir amándolo mediante la oración. Encomendarlo a Dios es una manera de expresar: «No te olvido; te confío al amor que puede llevarte a la plenitud».

Ahora bien, san Pablo recuerda la institución de la Eucaristía en medio de una fuerte corrección a la comunidad. En Corinto había divisiones. Unos comían abundantemente mientras otros pasaban hambre. Se reunían para celebrar al Señor, pero humillaban a los pobres.

La pregunta de Pablo sigue interpelándonos: ¿cómo recibir el Cuerpo de Cristo y permanecer indiferentes ante el hermano? La presencia real del Señor en la Eucaristía nos llama a reconocer y cuidar a quienes forman su Cuerpo, la Iglesia.

Esto toca también nuestra oración por los difuntos. Honrar su memoria nos compromete con los vivos: acompañar a quien quedó solo, visitar a la madre que sigue llorando, escuchar al hijo que no sabe expresar su tristeza, ayudar a la familia que enfrenta dificultades después de una pérdida.

A veces acompañamos mucho durante la velación y el entierro, pero después llega el silencio. Pasan las semanas y la persona en duelo siente que todos continuaron su vida, mientras ella todavía está tratando de levantarse. La caridad cristiana necesita aprender a permanecer.

Y hay otra pregunta que conviene hacernos: ¿existe alguna reconciliación pendiente en nuestra familia? En ocasiones, después de una muerte aparecen disputas por una casa, un terreno o una herencia; otras veces resurgen heridas antiguas. La Eucaristía nos invita a buscar caminos de verdad, justicia y perdón. Recordar a quienes partieron puede ayudarnos a comprender que el tiempo para amarnos no es ilimitado.

El salmo nos ofrece las palabras para responder: «Aquí estoy… para hacer tu voluntad».

Decir «aquí estoy» no significa esconder la tristeza ni fingir que todo está bien. Jesús mismo lloró ante la muerte de su amigo Lázaro. Podemos llorar y creer; sentir la ausencia y mantener la esperanza.

Decir «aquí estoy» significa ofrecerle al Señor nuestra vida tal como está: «Aquí estoy, con mi dolor y mis preguntas. Abre mi oído para escucharte. Enséñame a seguir viviendo y a cuidar a quienes todavía caminan conmigo».

Al contemplar al Señor de los Milagros de Buga, vemos a Cristo crucificado, con los brazos abiertos. Su cruz nos recuerda hasta dónde llega su amor. El Señor conoce el sufrimiento desde dentro; ha atravesado la muerte y, resucitado, nos abre el camino de la vida eterna.

Quizás alguien se pregunta: «Si Jesús curó al criado del centurión, ¿por qué no se curó mi familiar, por quien rezamos tanto?». No tenemos una explicación particular para cada pérdida. Pero sí podemos afirmar algo: la muerte de un ser querido no demuestra que nos haya faltado fe ni que Dios haya dejado de amarlo. La curación del criado es un signo del poder salvador de Jesús; la plenitud de su promesa es la resurrección y la vida junto a él.

Dentro de unos momentos diremos antes de comulgar: «Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme». Hagámoslo con la humildad y la confianza del centurión. Dejemos que esa oración abrace también nuestras heridas, nuestras familias y el recuerdo de nuestros difuntos.

Señor Jesús, te confiamos a quienes han partido de este mundo. Perdona sus faltas y concédeles participar de tu vida eterna. Consuela a quienes lloran su ausencia. Sana nuestras divisiones y haznos atentos al dolor de los demás.

Que esta Eucaristía nos enseñe a vivir unidos, a servir con generosidad y a esperar en ti. Y que un día, por tu misericordia, podamos reunirnos con nuestros hermanos difuntos en la alegría de tu Reino.

Amén.

 

 

 

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Señor de los Milagros: una palabra tuya basta para sanar

Hermanos y hermanas:

Hoy venimos al encuentro del Señor con nuestra vida real. Algunos llegan agradecidos; otros, preocupados por un diagnóstico, esperando un examen médico o pidiendo fuerzas para continuar un tratamiento. Hay quienes llevan un dolor que se nota y quienes cargan una herida que nadie ve: una tristeza profunda, una dificultad familiar, un sentimiento de culpa o la ausencia de alguien querido.

En esta Eucaristía, al contemplar al Señor de los Milagros de Buga, presentamos todo eso ante Jesús. Pedimos por nuestros enfermos, por la sanación de quienes estamos aquí y por el descanso eterno de nuestros fieles difuntos. Nos reúne la confianza de que el Señor conoce nuestra historia y escucha nuestra oración.

El Evangelio nos presenta a un centurión que tiene enfermo, a punto de morir, a un criado a quien estima mucho. Es un hombre acostumbrado a mandar. Basta una orden suya para que sus soldados obedezcan. Pero ahora se encuentra ante una realidad que no puede controlar: la enfermedad de alguien querido.

También a nosotros nos sucede. Organizamos la vida, hacemos planes y creemos tener muchas cosas aseguradas, hasta que llega una enfermedad y descubrimos nuestra fragilidad. Entonces comprendemos cuánto necesitamos de los demás y cuánto necesitamos de Dios.

Sin embargo, hay algo hermoso en aquel centurión: su preocupación por la vida de su criado. En una sociedad que establecía tantas diferencias entre las personas, él reconoce el valor de quien está a su servicio. Le importa su sufrimiento y se moviliza para buscar ayuda.

Ese es ya un llamado para nosotros. Pedir sanación implica también comprometernos con el cuidado. Nuestra oración por los enfermos se hace concreta cuando acompañamos a una consulta, ayudamos a conseguir un medicamento, escuchamos sin afán o permitimos descansar a quien lleva semanas cuidando a un familiar.

Hay personas que, junto con el dolor de la enfermedad, sufren la soledad. Necesitan tratamiento y también compañía; necesitan que alguien les diga con sus gestos: «Tu vida me importa».

El centurión manda buscar a Jesús. Los ancianos que hablan en su nombre presentan sus méritos: «Merece que se lo concedas». Pero él mismo envía después un mensaje lleno de humildad: «Señor, no te molestes; no soy yo quién para que entres bajo mi techo». Y añade: «Dilo de palabra, y mi criado quedará sano».

No viene a exigir; viene a confiar. Reconoce que necesita una ayuda que supera sus propias fuerzas.

Así queremos acercarnos hoy al Señor. Podemos pedirle con toda confianza la curación del cuerpo. Podemos decirle: «Señor, alivia este dolor; ayuda a que este tratamiento dé fruto; devuelve la salud a mi familiar». La fe nos permite expresar nuestros deseos más profundos. Y esa misma fe nos enseña a poner nuestra vida en sus manos, incluso cuando su respuesta no coincide con lo que esperamos.

Jesús se admira de la confianza de aquel hombre. Una confianza que no necesita controlar cada paso ni imponer condiciones: le basta la palabra del Señor.

Dentro de unos momentos, antes de comulgar, nosotros pronunciaremos unas palabras inspiradas en esa fe: «Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme».

Las decimos tantas veces que podríamos pronunciarlas sin advertir su profundidad. Hoy hagámoslas nuestras. Que cada uno piense en aquello que necesita presentar a Jesús: una enfermedad, un miedo, una herida, una relación rota, una lucha que lleva en silencio.

Y aquí conviene recordar algo esencial: toda Eucaristía nos pone en contacto con el amor salvador y sanador de Jesucristo. Hoy hacemos una petición especial por los enfermos, pero en cada Misa es el mismo Señor quien nos reúne, nos habla y se nos da como alimento.

La Eucaristía no es un procedimiento automático para eliminar enfermedades. Es el encuentro sacramental con Cristo muerto y resucitado, que nos comunica su vida. Su gracia alimenta nuestra fe, fortalece la caridad, perdona los pecados veniales y nos ayuda a resistir el mal. Cuando necesitamos reconciliarnos con Dios por un pecado grave, él nos ofrece también el sacramento de la confesión.

El Señor puede conceder la curación física, y por eso se la pedimos. Pero su acción sanadora alcanza también lo más profundo de nuestra persona. Puede sostenernos en medio del dolor, ayudarnos a salir del aislamiento, darnos fuerzas para pedir ayuda, abrir un camino de perdón o renovar una esperanza que creíamos perdida.

Que una enfermedad continúe no significa que haya faltado fe ni que Dios haya abandonado al enfermo. Hay personas de una fe inmensa que siguen viviendo con una enfermedad. En ellas también actúa la gracia de Cristo, dándoles fortaleza y permitiéndoles recibir y ofrecer amor en medio de su fragilidad.

Por eso, la oración camina junto con los tratamientos, los medicamentos y el cuidado profesional. Damos gracias por los médicos, las enfermeras, los terapeutas y todos los que trabajan por aliviar el sufrimiento. Pedimos que puedan realizar su servicio con sabiduría y humanidad.

La primera lectura amplía todavía más nuestra mirada. San Pablo encuentra una comunidad enferma de divisiones. Los cristianos de Corinto se reúnen, pero unos comen abundantemente mientras otros pasan hambre. Celebran juntos, pero no se cuidan mutuamente.

Pablo les recuerda entonces las palabras de Jesús: «Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros».

Es como si les dijera: «Miren al Señor que están celebrando. Él se entrega por todos. ¿Cómo pueden ustedes despreciarse o dejar a algunos al margen?».

También nuestras comunidades y nuestras familias necesitan sanación. Hay palabras que han herido durante años, silencios que se han convertido en distancias y resentimientos que van endureciendo el corazón. A veces pedimos que el Señor sane nuestro cuerpo, pero nos cuesta dejar que toque nuestra manera de tratar a los demás.

La Eucaristía nos invita a abrirle también esas puertas. Recibir al Señor nos compromete a buscar la reconciliación, a actuar con justicia y a cuidar a los más vulnerables. El perdón puede exigir tiempo y acompañamiento, pero podemos empezar pidiendo la gracia de no alimentar el odio.

San Pablo concluye con una invitación sencilla: «Esperaos unos a otros». ¡Cuánto necesitamos aprender esto! Tener paciencia con quien está débil, respetar el ritmo de quien atraviesa un duelo, acompañar a quien todavía no consigue levantarse. Una comunidad eucarística procura que nadie tenga que sufrir en completo abandono.

El salmo nos ayuda a responder: «Aquí estoy… para hacer tu voluntad».

Hoy podemos decirlo desde nuestra situación concreta: «Aquí estoy, Señor, con mi enfermedad; aquí estoy, con mis preguntas; aquí estoy, con mis fuerzas y mis límites. Abre mi oído para escucharte y enséñame a amar en medio de lo que estoy viviendo».

Esta disponibilidad no nos obliga a esconder las lágrimas. Podemos llorar y confiar. Podemos sentir miedo y seguir rezando. La fe nos permite llevar todo eso ante Dios.

También ponemos hoy en sus manos a nuestros fieles difuntos. Quizás al hablar de sanación alguien recuerda las muchas oraciones que hizo por un ser querido que finalmente murió. Y puede surgir una pregunta dolorosa: «¿Por qué no se curó?».

No tenemos una explicación particular para cada pérdida. Pero la muerte de esa persona no demuestra que nuestras oraciones fueran inútiles. La acompañamos con amor y ahora seguimos amándola al encomendarla a Dios. Nuestra esperanza cristiana alcanza más allá de la salud que podemos recuperar en este mundo: esperamos la resurrección y la vida eterna.

Por eso san Pablo nos recuerda que, al celebrar la Eucaristía, proclamamos la muerte del Señor «hasta que vuelva». Celebramos su entrega salvadora con la mirada puesta en el cumplimiento de su promesa. Le pedimos que perdone y purifique a nuestros difuntos, y los reciba en la plenitud de su paz.

Ante el Señor de los Milagros de Buga, contemplemos los brazos abiertos de Jesús. En ellos podemos confiar nuestra fragilidad. Sus heridas nos recuerdan que conoce el sufrimiento; su resurrección nos asegura que la muerte no tiene la última palabra.

Acerquémonos, entonces, con la confianza del centurión. Pidamos la salud que necesitamos y la gracia de acoger la acción de Dios en nuestra vida. Permitamos que esta Eucaristía nos transforme también en personas capaces de acompañar y cuidar.

Señor Jesús, una palabra tuya basta para sanarnos.

Mira con misericordia a nuestros enfermos. Alivia sus dolores, bendice sus tratamientos y fortalece a quienes los cuidan. Sana nuestras heridas interiores y nuestras relaciones. Ayúdanos a vivir reconciliados contigo y atentos a nuestros hermanos.

Recibe a nuestros fieles difuntos en tu paz y consuela a quienes lloran su ausencia.

Señor de los Milagros, alimenta nuestra fe en esta Eucaristía. Que tu amor nos sostenga en la enfermedad, nos haga generosos en el servicio y nos conduzca a la alegría de la vida eterna.

Amén.

 

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