lunes, 13 de julio de 2026

14 de julio del 2026: martes de la decimocuarta semana del tiempo ordinario-II

 

De ciudad en ciudad

(Mateo 11,20-24) Corozaín, Betsaida y Cafarnaúm, ciudades vecinas situadas a orillas del lago de Galilea, estuvieron entre las primeras a las que Jesús anunció la cercanía del Reino de Dios. Escucharon su palabra, contemplaron sus gestos de sanación y se beneficiaron de su presencia. Sin embargo, su corazón no cambió verdaderamente.

Los reproches de Jesús pueden parecernos severos. No obstante, son la expresión de un amor herido. El Señor no condena por placer; llama a la conversión a quienes han recibido mucho, pero permanecen indiferentes. Los signos realizados nunca nos dispensan de ofrecer una respuesta personal.

También nosotros podemos acostumbrarnos al Evangelio, a los sacramentos y a las llamadas de Dios, sin permitirles transformar nuestra manera de vivir. La fe no consiste únicamente en ver, escuchar o admirar. Exige volver a Dios, reconocer nuestras resistencias y dejar que su Palabra produzca fruto.

Hoy Cristo continúa pasando de ciudad en ciudad, de casa en casa y de corazón en corazón. Dichosos nosotros, si sabemos reconocer el tiempo de su visita y le abrimos, finalmente, nuestra vida.

G.Q

 


Primera lectura

Is 7, 1-9

Si no creen no subsistirán

Lectura del libro de Isaías.

CUANDO reinaba en Judá Ajaz, hijo de Jotán, hijo de Ozías, subieron a atacar Jerusalén Rasín, rey de Siria, y Pécaj, hijo de Romelías, rey de Israel, pero no lograron conquistarla.
Se lo comunicaron a la casa de David:
«Los arameos han acampado en Efraín», y se agitó su corazón y el corazón del pueblo como se agitan los árboles del bosque con el viento.
Entonces el Señor dijo a Isaías:
«Ve al encuentro de Ajaz, con tu hijo Sear Yasub, hacia el extremo del canal de la alberca de arriba, junto a la calzada del campo del batanero y dile: “Conserva la calma, no temas y que tu corazón no desfallezca ante esos dos restos de tizones humeantes: la ira ardiente de Rasín y Siria, y del hijo de Romelías. Porque, aunque Siria y Efraín y el hijo de Romelías tramen tu ruina, diciendo: ‘Marchemos contra Judá, aterroricémosla, entremos en ella y pongamos como rey al hijo de Tabeel’, así ha dicho el Señor:
‘Ni ocurrirá ni se cumplirá:
Damasco es capital de Siria, y a la cabeza de Damasco está Rasín. (Dentro de sesenta y cinco años, Efraín, destruido, dejará de ser un pueblo). Samaría es capital de Efraín, y a la cabeza de Samaría está el hijo de Romelías. Si no creen no subsistirán’”».}

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 47, 2. 3-4. 5-6. 7-8 (R.: cf. 9d)

R. Dios ha fundado su ciudad para siempre.

V. Grande es el Señor
y muy digno de alabanza
en la ciudad de nuestro Dios,
su monte santo, altura hermosa,
alegría de toda la tierra. 
R.

V. El monte Sion, confín del cielo,
ciudad del gran rey;
entre sus palacios,
Dios descuella como un alcázar. 
R.

V. Miren: los reyes se aliaron
para atacarla juntos;
pero, al verla, quedaron aterrados
y huyeron despavoridos. 
R.

V. Allí los agarró un temblor
y dolores como de parto;
como un viento del desierto,
que destroza las naves de Tarsis. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. No endurezcan hoy su corazón; escuchen la voz del Señor. R.

 

Evangelio

Mt 11, 20-24

El día del juicio les será más llevadero a Tiro, a Sidón y a Sodoma que a ustedes

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, se puso Jesús a recriminar a las ciudades donde había hecho la mayor parte de sus milagros, porque no se habían convertido:
«¡Ay de ti, Corozaín, ay de ti, Betsaida! Si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que en ustedes, hace tiempo que se habrían convertido, cubiertas de sayal y ceniza.
Pues les digo que el día del juicio les será más llevadero a Tiro y a Sidón que a ustedes.
Y tú, Cafarnaún, ¿piensas escalar el cielo? Bajarás al abismo.
Porque si en Sodoma se hubieran hecho los milagros que en ti, habría durado hasta hoy.
Pues les digo que el día del juicio le será más llevadero a Sodoma que a ti».

Palabra del Señor.

 

 

1

 

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de este martes nos coloca ante una pregunta seria: ¿qué hacemos con las gracias, las señales y las oportunidades que Dios nos concede?

El Evangelio nos presenta unas palabras fuertes de Jesús contra Corozaín, Betsaida y Cafarnaún. Estas ciudades habían sido testigos privilegiados de su ministerio. Allí Jesús había predicado, sanado enfermos, consolado a los afligidos y manifestado la cercanía del Reino de Dios.

Sin embargo, aquellas ciudades no se convirtieron.

No se dice que hubieran rechazado abiertamente a Jesús. Quizá lo escuchaban con curiosidad. Tal vez admiraban sus milagros y hablaban de ellos. Pero la admiración no llegó a transformar sus vidas.

Y este es el gran peligro que denuncia el Evangelio: acostumbrarnos a Dios sin convertirnos a Dios.

Podemos escuchar muchas veces la Palabra, participar en la Eucaristía, conocer oraciones, recibir bendiciones y haber experimentado la ayuda del Señor. Pero todo eso puede quedarse en la superficie si nuestro corazón continúa cerrado, endurecido o indiferente.

Jesús pronuncia palabras severas, pero no nacen del desprecio. Nacen del dolor de quien ama y no encuentra respuesta. Son palabras semejantes a las de un padre que advierte a su hijo porque ve el peligro hacia el cual se dirige.

El Señor podría preguntarnos hoy: “¿Qué más podía hacer por ti que no haya hecho? ¿Cuántas veces te he hablado? ¿Cuántas veces te he sostenido, perdonado, consolado y dado una nueva oportunidad?”.

La primera lectura, tomada del profeta Isaías, nos presenta al rey Ajaz en un momento de gran temor. Los ejércitos de Siria y de Israel se habían aliado contra Jerusalén. El texto afirma que el corazón del rey y el corazón del pueblo se agitaban “como se agitan los árboles del bosque con el viento”.

Es una imagen muy humana. Cuando llegan las amenazas, las dificultades económicas, la enfermedad, los conflictos familiares o la incertidumbre, nuestro corazón también comienza a temblar.

Ajaz estaba tentado a buscar soluciones solamente humanas, alianzas políticas y apoyos militares. Pero Dios le envía al profeta Isaías con un mensaje claro: “Conserva la calma, no temas, no pierdas el valor”.

Dios le asegura que los planes de sus enemigos no prevalecerán. Y concluye con una frase decisiva: “Si no creen, no subsistirán”.

No significa que la fe nos evite todos los problemas. Significa que sin confianza en Dios nos derrumbamos interiormente. Podemos tener recursos, aliados, conocimientos y seguridades materiales; pero, cuando falta la fe, cualquier viento puede desestabilizarnos.

La fe nos permite permanecer firmes aun cuando todavía no vemos la solución. Creer es apoyarnos en la fidelidad de Dios y no únicamente en nuestras propias fuerzas.

Esto mismo aparece en el Evangelio. Corazín, Betsaida y Cafarnaún habían visto los signos, pero no dieron el paso hacia la fe verdadera. Habían contemplado las obras de Jesús, pero no permitieron que estas obras provocaran arrepentimiento y conversión.

Porque también es posible recibir signos y seguir viviendo como si Dios no existiera.

El salmo proclama la grandeza de Jerusalén, la ciudad del gran Rey: “Grande es el Señor y muy digno de alabanza en la ciudad de nuestro Dios”. Los reyes enemigos contemplaron la ciudad, quedaron desconcertados, temblaron y huyeron aterrorizados.

Jerusalén no era invencible por la fuerza de sus murallas, sino porque Dios habitaba en medio de ella.

También nosotros somos fuertes no porque carezcamos de debilidades, sino porque el Señor permanece a nuestro lado. Nuestra verdadera seguridad no está en tener todo bajo control, sino en saber en manos de quién está nuestra vida.

Hoy la Palabra nos invita a pasar del miedo a la confianza, de la indiferencia a la conversión y de la admiración superficial a una fe comprometida.

Convertirse no significa únicamente sentir remordimiento. Significa cambiar de dirección. Significa preguntarnos qué debe cambiar en nuestra manera de pensar, de hablar, de tratar a los demás y de administrar los dones recibidos.

Quizá hoy debamos convertirnos de la queja a la gratitud; del egoísmo a la solidaridad; de la dureza al perdón; de la ansiedad a la confianza; de la indiferencia ante el sufrimiento ajeno a una caridad concreta.

En esta Eucaristía oramos especialmente por nuestros benefactores, por quienes de una u otra manera sostienen la misión de la Iglesia y nuestras obras pastorales.

Un benefactor no es solamente quien entrega dinero. Es también quien ofrece tiempo, capacidades, oración, consejo, trabajo, acompañamiento o una palabra de ánimo. Muchas de las obras de evangelización pueden continuar gracias a personas generosas que saben compartir lo que han recibido.

Demos gracias a Dios por ellas.

Pero pidamos también que la ayuda material vaya siempre acompañada por una verdadera conversión del corazón. La generosidad cristiana no consiste únicamente en dar algo, sino en reconocernos administradores de los bienes de Dios.

Quien ayuda a la comunidad, al pobre, al enfermo o a la obra evangelizadora no pierde lo que ofrece. Lo pone en las manos del Señor, quien sabe multiplicarlo y convertirlo en gracia para muchos.

Pidamos por nuestros benefactores vivos y difuntos. Que el Señor recompense su generosidad, bendiga sus hogares, fortalezca su fe y les conceda aquello que más necesitan.

Y pidamos para nosotros un corazón agradecido. Que nunca nos acostumbremos a recibir sin agradecer, ni a disfrutar los dones sin compartirlos.

Que las palabras dirigidas a Corazín, Betsaida y Cafarnaún despierten hoy nuestra conciencia. Hemos recibido mucho; por tanto, estamos llamados a responder con mayor fidelidad.

Que no pase el Señor por nuestra vida sin que lo reconozcamos. Que no escuchemos su Palabra sin permitirle transformarnos. Que no contemplemos sus obras permaneciendo indiferentes.

Y cuando el miedo sacuda nuestro corazón como el viento sacude los árboles del bosque, recordemos la promesa de Dios: “Conserva la calma, no temas”.

Porque quien confía en Dios podrá atravesar las dificultades sin perder la esperanza. Pero quien se cierra a la fe termina apoyándose únicamente en sus propias fuerzas.

“Si no creen, no subsistirán”.

Que esta Eucaristía renueve nuestra fe, nos conduzca a la conversión y nos haga generosos con los dones que hemos recibido.

Amén.

 

2

 

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de este martes nos habla de dos actitudes que necesitamos cultivar profundamente en nuestra vida cristiana: la confianza en Dios y la apertura a su llamado a la conversión. Ambas nacen de una misma certeza: Dios nos ama, pero su amor no siempre se manifiesta de la manera que nosotros esperamos.

A veces Dios nos consuela; otras veces nos corrige. A veces nos concede aquello que pedimos; otras veces permite que atravesemos una prueba. En algunas ocasiones nos habla con dulzura; en otras, su Palabra nos sacude, nos incomoda y nos obliga a revisar la vida.

Pero tanto la caricia como la corrección pueden ser expresiones del mismo amor.

En el Evangelio, Jesús dirige palabras muy fuertes a Corazín, Betsaida y Cafarnaún:

«¡Ay de ti, Corazín! ¡Ay de ti, Betsaida!».

Estas expresiones pueden parecernos palabras de condenación o de ira. Sin embargo, Jesús no habla movido por un orgullo herido. No se siente ofendido porque no le hayan prestado suficiente atención, ni busca vengarse de quienes no han acogido su mensaje.

Jesús habla así porque ama.

Aquellas ciudades habían recibido mucho. Habían escuchado su predicación, habían contemplado sus milagros, habían sido testigos de curaciones y signos extraordinarios. Cafarnaún incluso se había convertido en uno de los principales lugares desde donde Jesús desarrollaba su ministerio.

Pero, a pesar de haber recibido tantos dones, no se convirtieron.

El problema de aquellas ciudades no era que desconocieran a Jesús. Lo conocían. Habían oído hablar de Él y habían contemplado sus obras. El problema era que se habían acostumbrado a su presencia.

Y ese puede ser también nuestro peligro: acostumbrarnos a Dios sin dejarnos transformar por Dios.

Podemos acostumbrarnos a escuchar el Evangelio, a participar en la Eucaristía, a repetir oraciones, a recibir bendiciones y a contemplar signos de la misericordia divina, pero continuar viviendo exactamente de la misma manera.

Podemos admirar a Jesús sin seguirlo.

Podemos emocionarnos con sus palabras sin permitirle cambiar nuestras decisiones.

Podemos hablar mucho de fe sin llegar a una conversión verdadera.

Por eso Jesús pronuncia aquellas palabras tan fuertes. Son palabras de amor que buscan despertar a quienes están espiritualmente dormidos. Es como la voz de una madre que grita al hijo que se acerca a un peligro, o como la advertencia de un médico que habla con firmeza porque sabe que la vida del paciente está en riesgo.

El amor verdadero no siempre dice lo que el otro desea escuchar. Dice aquello que necesita escuchar para encontrar el bien.

En nuestros tiempos se confunde con frecuencia el amor con la complacencia. Pensamos que amar significa aprobar todo, evitar cualquier corrección y no incomodar nunca a nadie.

Pero el amor de Cristo no es indiferente ante el pecado, la injusticia o la destrucción de la persona. Jesús consuela al pecador, pero también le dice: «Vete y no peques más». Acoge con misericordia, pero llama a cambiar de vida. Perdona, pero no convierte el mal en algo bueno.

Cristo ama a cada persona de una manera sabia y concreta. A algunos les ofrece consuelo; a otros, una pregunta; a otros, una advertencia; a otros, el silencio. A Pedro lo corrige con firmeza; a la mujer pecadora la trata con ternura; a Zaqueo le ofrece su amistad; a los fariseos les dirige palabras fuertes; a los discípulos desanimados les explica pacientemente las Escrituras.

El amor es siempre el mismo, pero su expresión cambia según lo que cada persona necesita.

También nosotros debemos aprender a amar así.

No basta con decir: «Yo soy así y esta es mi manera de querer». El verdadero amor no parte únicamente de lo que yo deseo dar, sino de lo que el otro realmente necesita.

Hay personas que necesitan una palabra de ánimo. Otras necesitan que alguien las escuche. Algunas necesitan una corrección prudente. Otras necesitan compañía, paciencia o silencio. A veces amar consiste en ayudar materialmente; otras veces consiste en poner un límite, decir una verdad o evitar que alguien continúe por un camino equivocado.

Por eso necesitamos pedir al Espíritu Santo el don del discernimiento. Porque incluso una verdad puede convertirse en violencia cuando se dice sin caridad; y una aparente amabilidad puede convertirse en complicidad cuando guarda silencio ante el mal.

La primera lectura, tomada del profeta Isaías, nos presenta una situación de temor. El rey Ajaz recibe la noticia de que los reyes de Siria y de Israel se han aliado contra Jerusalén. El texto dice que el corazón del rey y el corazón de su pueblo se agitaron «como se agitan los árboles del bosque con el viento».

¡Qué imagen tan expresiva!

Así puede quedar también nuestro corazón cuando recibimos una mala noticia, cuando surgen amenazas, cuando aparece una enfermedad, cuando se presenta una dificultad económica o cuando no sabemos qué va a suceder.

El miedo nos sacude como el viento a los árboles.

Dios envía entonces al profeta Isaías con un mensaje:

«Conserva la calma, no temas y no pierdas el valor».

Dios no niega el peligro. No le dice a Ajaz que todo es imaginación suya. Existen enemigos, existe una amenaza y existen razones humanas para sentir preocupación.

Pero Dios le recuerda que la amenaza no tiene la última palabra.

Los hombres hacen sus planes, pero Dios sigue siendo Señor de la historia.

Por eso la lectura concluye con una frase decisiva:

«Si no creen, no subsistirán».

Podemos tener muchos recursos, conocimientos, amistades, seguridades económicas y estrategias humanas, pero, si perdemos la fe, terminamos derrumbándonos interiormente.

Creer no significa cerrar los ojos ante los problemas. Significa atravesarlos sabiendo que no estamos solos.

Creer es permanecer firmes cuando todo parece tambalearse.

Creer es no entregar el corazón al miedo.

Ajaz debía confiar en Dios. Corazín, Betsaida y Cafarnaún debían convertirse. En ambas situaciones existe una misma dificultad: la resistencia a recibir el amor de Dios tal como Él lo ofrece.

Ajaz quería buscar seguridades humanas, pero Dios le pedía fe.

Las ciudades querían admirar los milagros, pero Jesús les pedía conversión.

Nosotros también podemos pedir consuelo cuando Dios quiere corregirnos, o buscar soluciones inmediatas cuando Dios quiere enseñarnos paciencia y confianza.

La pregunta es: ¿cómo está amándome Dios hoy?

Quizá mediante una consolación.

Quizá mediante una dificultad que está purificando mi fe.

Quizá mediante una persona que me dice una verdad que no deseo escuchar.

Quizá mediante una llamada a abandonar una actitud, reconciliarme con alguien o cambiar una costumbre.

Quizá Dios me está diciendo hoy: «No tengas miedo».

O quizá me está diciendo: «No continúes viviendo de esa manera».

Ambas palabras pueden provenir de su amor.

El salmo proclama:

«Grande es el Señor y muy digno de alabanza en la ciudad de nuestro Dios».

Jerusalén aparece como una ciudad firme, no simplemente por sus murallas, sino porque Dios habita en ella. Los enemigos la contemplan y huyen llenos de temor.

Esta es también nuestra verdadera fortaleza: saber que Dios habita en medio de su pueblo.

La Iglesia no permanece en pie únicamente por sus estructuras, sus recursos o sus capacidades humanas. Permanece porque el Señor no la abandona.

Nuestras familias no superan sus dificultades solo porque sean perfectas, sino porque Dios puede sostenerlas cuando se abren a su gracia.

Nuestra vida no se mantiene firme porque nunca sintamos miedo, sino porque, incluso temblando, continuamos confiando.

En este martes queremos presentar especialmente al Señor a nuestros familiares, amigos y benefactores.

Damos gracias por quienes han sido instrumentos concretos del amor de Dios en nuestra vida y en nuestras comunidades. Benefactor es quien hace el bien: quien ofrece su tiempo, su oración, su trabajo, sus capacidades, su apoyo material o una palabra de ánimo.

Muchas obras evangelizadoras, celebraciones, proyectos comunitarios y gestos de caridad son posibles gracias a personas generosas que saben compartir lo que han recibido.

Pidamos que Dios recompense a nuestros benefactores, vivos y difuntos. Que bendiga sus hogares, sus trabajos y sus necesidades. Que aquello que han dado con generosidad se convierta en gracia abundante para ellos y para sus familias.

Pero pidamos también que nosotros sepamos ser benefactores para los demás.

No es necesario poseer grandes riquezas para hacer el bien. Podemos ofrecer una visita, una escucha paciente, una oración, un consejo prudente, una ayuda sencilla o un poco de nuestro tiempo.

La caridad no consiste en dar lo que nos sobra, sino en aprender a descubrir lo que el otro necesita.

Pidamos hoy al Señor que nos libre de la indiferencia de Corazín, Betsaida y Cafarnaún. Que no recibamos tantas gracias inútilmente. Que cada Eucaristía, cada palabra del Evangelio y cada signo de su amor nos conduzcan a una vida nueva.

Pidámosle también que, cuando nuestro corazón se agite como los árboles del bosque, podamos escuchar su voz:

«Conserva la calma, no temas».

Y que, al amar a los demás, no les ofrezcamos solamente lo que nos resulta cómodo, sino aquello que de verdad pueda acercarlos al bien, a la esperanza y a la misericordia de Dios.

Señor Jesús, enséñanos a recibir tu amor cuando nos consuela y cuando nos corrige. Danos humildad para convertirnos, fortaleza para confiar y sabiduría para amar a cada persona como necesita ser amada.

Amén.


La corrupción como pecado social: cuando la política deja de buscar el bien común

 


“La política es una de las formas más altas de la caridad, porque busca el bien común”


(santo papa Pablo VI -1963-1978)

Quienes conocen este espacio saben que, a lo largo de los años, he procurado mantenerme al margen de las discusiones partidistas y de las confrontaciones políticas. Nunca he querido que este lugar se convierta en una tribuna de opiniones ideológicas o en un escenario para defender o atacar personas, movimientos o partidos.

Mi vocación sacerdotal me ha llevado a anunciar el Evangelio, acompañar comunidades, compartir reflexiones sobre la fe, la cultura, la historia, la música, el cine y tantos temas que ayudan a mirar la vida con esperanza.

Sin embargo, hay realidades humanas de las que no podemos escapar. Y una de ellas es la política.

Porque la política no es solamente lo que ocurre en los congresos, en las campañas electorales o en los palacios de gobierno. La política, en su sentido más noble, tiene que ver con la manera como los seres humanos organizamos nuestra convivencia, administramos los bienes comunes y buscamos responder a las necesidades de una sociedad.

Por eso, incluso quienes somos sacerdotes no podemos ser indiferentes ante la realidad política. No para convertirnos en militantes de una causa partidista, sino para iluminar desde el Evangelio aquellas situaciones que afectan la dignidad humana, la justicia y la paz social.

En estos días Colombia vuelve a vivir un momento de tensión alrededor del proceso de transición entre el gobierno saliente del presidente Gustavo Petro y el gobierno entrante de Abelardo de la Espriella. Las acusaciones mutuas de corrupción, las sospechas, los cuestionamientos y las respuestas defensivas han llenado nuevamente el ambiente nacional de incertidumbre y polarización.

No pretendo aquí hacer un juicio sobre personas concretas. No corresponde a un espacio como este reemplazar a los jueces ni convertir las opiniones en sentencias. La justicia necesita pruebas, investigaciones serias y respeto por el debido proceso.

Pero sí considero oportuno reflexionar sobre un problema más profundo: la corrupción como una enfermedad moral y social que afecta a los pueblos cuando el poder deja de entenderse como servicio y comienza a verse como privilegio.

La corrupción: más que un delito, una herida al bien común

Cuando hablamos de corrupción pensamos inmediatamente en dinero público perdido, contratos irregulares o enriquecimiento ilícito. Y ciertamente esos hechos son graves.

Pero la corrupción tiene raíces más profundas. Es una deformación del corazón humano. Es colocar el interés personal por encima del bien común. Es utilizar una responsabilidad confiada por la sociedad para beneficio propio o de un grupo determinado.

La corrupción no aparece únicamente en grandes escándalos. También nace en pequeñas actitudes cotidianas: cuando alguien busca ventaja injusta, cuando se acepta un privilegio indebido, cuando se guarda silencio ante una injusticia porque beneficia personalmente.

Por eso la Doctrina Social de la Iglesia habla del pecado social: aquellas estructuras, ambientes y comportamientos colectivos que terminan dañando la vida de muchas personas.

San Juan Pablo II decía que algunas estructuras pueden convertirse en “estructuras de pecado” cuando son fruto de acumulación de decisiones egoístas y terminan generando sufrimiento para los más débiles.

La lucha contra la corrupción no puede convertirse en venganza

Una sociedad madura necesita combatir la corrupción venga de donde venga. La corrupción no tiene color político, ideología ni partido.

Sería una grave equivocación denunciar la corrupción solamente cuando la comete el adversario y justificarla cuando afecta a los propios.

La justicia pierde credibilidad cuando se convierte en un arma de persecución política. Pero también pierde credibilidad una sociedad que, por simpatías o afinidades, decide mirar hacia otro lado frente a hechos cuestionables.

La verdadera lucha contra la corrupción exige una actitud difícil pero necesaria: la coherencia.

Exigir transparencia al otro implica también estar dispuesto a exigirla a quienes pensamos que representan nuestras ideas.

El poder como servicio

Jesús nos dejó una enseñanza revolucionaria sobre el poder:
“El que quiera ser grande entre ustedes, que sea su servidor” (Mt 20,26).

El poder, desde la perspectiva cristiana, no es una oportunidad para dominar, vengarse o imponerse. Es una responsabilidad para servir.

La política necesita líderes con vocación de servicio, pero también ciudadanos capaces de ejercer una crítica responsable, sin fanatismos ni odios.

Una democracia sana no se construye con enemigos permanentes. Se construye con adversarios que pueden pensar distinto, pero que reconocen una misma patria y una misma dignidad humana.

Una oración por Colombia

Más allá de las disputas políticas del momento, los colombianos necesitamos recuperar algo esencial: la confianza.

Necesitamos instituciones fuertes, justicia independiente, gobernantes humildes y ciudadanos comprometidos.

Necesitamos dejar de pensar que la política es solamente una lucha entre buenos y malos. La historia demuestra que todos los seres humanos tenemos fragilidades y que ningún proyecto político está libre de errores.

Por eso, más que alimentar la división, necesitamos pedir sabiduría para quienes gobiernan, fortaleza para quienes vigilan, honestidad para quienes administran y serenidad para quienes opinamos.

Como creyentes, no estamos llamados a construir una sociedad perfecta —porque está formada por seres humanos imperfectos—, pero sí una sociedad más justa, más transparente y más cercana al proyecto de Dios.

Porque al final, la pregunta más importante no será solamente: ¿quién ganó una elección?

La pregunta será:

¿Qué hicimos para que nuestra sociedad fuera más humana, más justa y más cercana al bien común?

Y allí también se juega nuestra responsabilidad como ciudadanos y como discípulos de Cristo.

(Artículo redactado con ayuda de la IA)

13 de julio del 2026: lunes de la decimoquinta semana del tiempo ordinario-II


La ofrenda de una atención recta y bondadosa

(Isaías 1,10-17) El profeta Isaías denuncia un culto vacío: no basta ofrecer sacrificios, incienso y oraciones cuando las manos están manchadas por la injusticia. Dios no rechaza la oración, sino una religiosidad separada de la vida.

La verdadera ofrenda agradable al Señor nace de un corazón convertido y se expresa en obras concretas: dejar de hacer el mal, aprender a hacer el bien, defender al débil y buscar la justicia.

Esta Palabra nos invita hoy a unir fe y vida. Nuestra oración será auténtica si nos hace más atentos, compasivos y comprometidos con quienes sufren.

 G.Q


Primera lectura

Is 1, 10-17
Lávense, aparten de mi vista sus malas acciones

Lectura del libro de Isaías.

OIGAN la palabra del Señor,
príncipes de Sodoma,
escucha la enseñanza de nuestro Dios,
pueblo de Gomorra.
«¿Qué me importa la abundancia de sus sacrificios?
—dice el Señor—.
Estoy harto de holocaustos de carneros,
de grasa de cebones;
la sangre de toros, de corderos y chivos
no me agrada.
Cuando vienen a visitarme,
¿quién pide algo de sus manos
para que vengan a pisar mis atrios?
No me traigan más inútiles ofrendas,
son para mí como incienso detestable.
Novilunios, sábados y reuniones sagradas:
no soporto iniquidad y solemne asamblea.
Sus novilunios y solemnidades
los detesto;
se me han vuelto una carga
que no soporto más.
Cuando extienden las manos
me cubro los ojos;
aunque multipliquen las plegarias,
no los escucharé.
Sus manos están llenas de sangre.
Lávense, purifíquense, aparten de mi vista
sus malas acciones.
Dejen de hacer el mal,
aprendan a hacer el bien.
Busquen la justicia,
socorran al oprimido,
protejan el derecho del huérfano,
defiendan a la viuda».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 49, 8-9. 16bc-17. 21 y 23 (R.: 23cd)

R. Al que sigue buen camino
le haré ver la salvación de Dios.


V. No te reprocho tus sacrificios,
pues siempre están tus holocaustos ante mí.
Pero no aceptaré un becerro de tu casa,
ni un cabrito de tus rebaños. 
R.

V. ¿Por qué recitas mis preceptos
y tienes siempre en la boca mi alianza,
tú que detestas mi enseñanza
y te echas a la espalda mis mandatos?
 R.

V. Esto haces, ¿y me voy a callar?
¿Crees que soy como tú?
Te acusaré, te lo echaré en cara.
El que me ofrece acción de gracias,
ese me honra;
al que sigue buen camino
le haré ver la salvación de Dios. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia,
porque de ellos es el reino de los cielos. 
R.

 

Evangelio

Mt 10, 34 — 11, 1

No he venido a sembrar paz, sino espada

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles:
«No piensen que he venido a la tierra a sembrar paz: no he venido a sembrar paz, sino espada. He venido a enemistar al hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra; los enemigos de cada uno serán los de su propia casa.
El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí. El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará.
El que los recibe a ustedes, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado; el que recibe a un profeta porque es profeta, tendrá recompensa de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo, tendrá recompensa de justo.
El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños, solo porque es mi discípulo, en verdad les digo que no perderá su recompensa».
Cuando Jesús acabó de dar instrucciones a sus doce discípulos, partió de allí para enseñar y predicar en sus ciudades.

Palabra del Señor.

 

 

1

 

Una fe que se vuelve vida

 

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de este lunes nos pone delante una verdad exigente: no basta decir que creemos en Dios; es necesario que nuestra fe se haga visible en nuestra manera de vivir, de tratar a los demás y de asumir las decisiones difíciles que el Evangelio nos presenta.

En la primera lectura, el profeta Isaías denuncia con firmeza un culto vacío. El pueblo ofrece sacrificios, incienso, plegarias y celebraciones, pero al mismo tiempo conserva las manos manchadas por la injusticia. Por eso Dios les dice: «Lávense, purifíquense; aparten de mi vista sus malas acciones. Dejen de hacer el mal, aprendan a hacer el bien».

No significa que Dios rechace la oración, los sacrificios o las celebraciones religiosas. Lo que rechaza es la separación entre el culto y la vida. No podemos levantar las manos hacia el cielo mientras permanecemos indiferentes ante el sufrimiento de nuestros hermanos. No podemos participar en la Eucaristía y luego alimentar el rencor, la mentira, la opresión o la falta de compasión.

El verdadero culto comienza ante el altar, pero debe prolongarse en la vida cotidiana: en la familia, en el trabajo, en la comunidad, en la manera de hablar, de escuchar, de servir y de defender al más débil.

Isaías insiste: «Busquen el derecho, protejan al oprimido, hagan justicia al huérfano, defiendan a la viuda». Para la mentalidad bíblica, el huérfano y la viuda representan a todos aquellos que no tienen quién los defienda. Dios nos pide que no pasemos de largo ante la fragilidad humana. Una fe auténtica abre los ojos, ablanda el corazón y mueve las manos para ayudar.

El salmo de hoy continúa la misma enseñanza. Dios dice: «No te reprocho tus sacrificios», pero también pregunta: «¿Por qué recitas mis preceptos y tienes siempre en la boca mi alianza, tú que detestas mi enseñanza y te echas a la espalda mis mandatos?».

Es una pregunta que también debemos escuchar nosotros. Podemos conocer muchas oraciones, participar frecuentemente en la liturgia, hablar de Dios y hasta enseñar su Palabra; pero todo ello pierde fuerza cuando nuestra conducta contradice lo que proclamamos.

El salmista nos recuerda cuál es la ofrenda que verdaderamente glorifica a Dios: «El que me ofrece acción de gracias, ese me honra; al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios».

Seguir el buen camino no significa no equivocarse nunca. Significa reconocer nuestras faltas, dejarnos corregir, volver a Dios y comenzar de nuevo. El Señor no busca personas perfectas, sino corazones sinceros, dispuestos a la conversión.

En el Evangelio escuchamos unas palabras de Jesús que pueden parecernos duras: «No piensen que he venido a traer paz a la tierra; no he venido a traer paz, sino espada».

Jesús no está promoviendo la violencia. Él mismo es el Príncipe de la paz. La espada de la que habla es la decisión que provoca su Palabra. El Evangelio no deja indiferente. Cuando una persona decide seguir verdaderamente a Cristo, necesariamente tendrá que tomar posición frente al bien y al mal, frente a la verdad y la mentira, frente a la justicia y la comodidad.

Esa decisión puede producir incomprensiones, incluso dentro de la propia familia. No porque Jesús quiera dividir los hogares, sino porque algunas veces la fidelidad al Evangelio entra en conflicto con intereses, costumbres o comportamientos que se consideran normales, pero que no corresponden a la voluntad de Dios.

Seguir a Cristo exige libertad interior. Por eso Jesús afirma: «El que ama a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí». No nos pide amar menos a la familia. Nos enseña que Dios debe ocupar el primer lugar, porque solo cuando amamos a Dios sobre todas las cosas aprendemos a amar verdaderamente a los demás, sin posesión, sin egoísmo y sin convertir a las personas en ídolos.

Después añade: «El que no toma su cruz y me sigue no es digno de mí». La cruz no significa buscar sufrimientos innecesarios ni resignarse pasivamente ante la injusticia. Tomar la cruz es aceptar el costo de amar, de perdonar, de servir y de permanecer fieles cuando sería más fácil abandonar.

Cada persona tiene alguna cruz: una enfermedad, una pérdida, una preocupación familiar, una soledad, un fracaso, una responsabilidad difícil. Jesús no promete quitarnos inmediatamente todas las cruces. Promete caminar con nosotros y darles un sentido nuevo cuando las unimos a su amor.

Hoy oramos especialmente por nuestros difuntos. También ellos conocieron las luchas, los sacrificios y las cruces de esta vida. Algunos nos enseñaron a amar, a trabajar, a orar y a mantenernos firmes. Otros partieron con fragilidades, errores y asuntos humanos que solamente Dios conoce plenamente.

Al recordarlos, los encomendamos a la infinita misericordia del Señor. No nos corresponde juzgar su historia, sino confiar en aquel que conoce lo más profundo del corazón. Pedimos que Dios purifique lo que deba ser purificado y los reciba en la paz de su Reino.

Orar por nuestros difuntos también debe llevarnos a revisar nuestra propia vida. La muerte nos recuerda que un día quedarán atrás nuestros bienes, nuestros títulos y nuestras preocupaciones. Solo permanecerá el amor que hayamos dado, el bien que hayamos realizado y la fe con la que hayamos respondido a Dios.

El Evangelio concluye con una promesa llena de ternura: «El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños, no perderá su recompensa».

A veces creemos que servir a Dios exige realizar obras extraordinarias. Jesús nos muestra que un pequeño gesto, hecho con amor, tiene valor eterno: escuchar a alguien, visitar a un enfermo, consolar al que está triste, reconciliarnos con un familiar, compartir el pan, acompañar a quien vive un duelo o rezar sinceramente por un difunto.

Que el Señor nos libre de una fe puramente exterior. Que nuestras celebraciones se conviertan en justicia, nuestra oración en misericordia y nuestra comunión con Cristo en servicio a los hermanos.

Y que esta Eucaristía sea para nosotros una escuela de fidelidad. Al presentar el pan y el vino, presentemos también nuestra vida, nuestras decisiones, nuestras cruces y el recuerdo agradecido de nuestros difuntos.

Pidamos que ellos descansen en la paz del Señor y que nosotros aprendamos a vivir de tal manera que, cuando llegue nuestra hora, podamos escuchar estas palabras: «Al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios».

Amén.

 

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Una paz que exige decisiones

 

Hermanos:

El Evangelio de hoy puede desconcertarnos. Jesús, a quien llamamos Príncipe de la Paz, dice: «No he venido a traer paz, sino espada». ¿Cómo entender estas palabras?

Jesús no está promoviendo la violencia ni la división. Él vino a reconciliarnos con Dios y entre nosotros. Pero su Evangelio no es una palabra indiferente: cuando entra verdaderamente en la vida, exige tomar decisiones. La “espada” de la que habla Jesús es la fuerza de la verdad que separa la luz de las tinieblas, la justicia de la injusticia, el amor auténtico del egoísmo.

La paz que ofrece Cristo no consiste en evitar todos los conflictos ni en guardar silencio para no incomodar. Hay una falsa paz que se construye sobre la mentira, el miedo, la injusticia o la indiferencia. Jesús nos da una paz más profunda: la paz de una conciencia fiel a Dios, aunque esa fidelidad provoque incomprensiones.

Por eso habla también del conflicto familiar: «Los enemigos de cada uno serán los de su propia casa». La familia es un don sagrado y debe ser amada, cuidada y defendida. Pero incluso dentro de ella pueden surgir tensiones cuando alguien decide vivir seriamente el Evangelio. Puede suceder que una persona sea criticada por perdonar, por renunciar a una conducta deshonesta, por defender al débil, por consagrarse al Señor o por vivir su fe con coherencia.

Jesús no nos pide despreciar a nuestros padres, hijos o hermanos. Al contrario, nos enseña a amarlos mejor. Sin embargo, nos recuerda que ningún amor humano puede ocupar el lugar de Dios: «El que quiere a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí».

Dios debe ser amado sobre todas las cosas, no porque compita con nuestros afectos, sino porque es la fuente que los purifica y los ordena. Cuando amamos a Dios primero, aprendemos a amar a los demás sin posesión, sin manipulación y sin egoísmo. Quien pone a Cristo en el centro no ama menos a su familia; la ama con un corazón más libre, paciente y misericordioso.

Después, Jesús habla de la cruz: «El que no carga con su cruz y me sigue no es digno de mí». La cruz representa aquello que debemos asumir por fidelidad al bien: enfermedades, responsabilidades, renuncias, incomprensiones, luchas interiores y sacrificios cotidianos.

Cargar la cruz no es buscar el sufrimiento ni resignarse pasivamente ante la injusticia. Es permanecer fieles, aun cuando hacer el bien cueste. La cruz puede ser cuidar a un enfermo, sostener una familia en medio de dificultades, perdonar una ofensa, combatir una adicción, perseverar en una vocación o servir sin recibir reconocimiento.

Jesús añade una paradoja: «El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará». Quien vive solamente para protegerse, acumular, sobresalir o buscar comodidad termina encerrándose y perdiendo el sentido de la existencia. En cambio, quien se entrega, sirve, comparte y se sacrifica por amor descubre la verdadera vida.

El Señor habla también de acoger al profeta. Jesús es el Profeta por excelencia: Él revela el rostro del Padre, denuncia el pecado y anuncia la misericordia. También nosotros, por el bautismo, estamos llamados a participar de su misión profética. Ser profetas no significa predecir el futuro, sino anunciar con la palabra y con la vida lo que Dios desea para sus hijos.

Es profeta quien defiende la dignidad humana, quien consuela al afligido, quien corrige con caridad, quien no se acostumbra a la corrupción y quien mantiene encendida la esperanza. Pero el profeta, como Jesús, debe estar dispuesto a ser cuestionado, rechazado o incomprendido.

Finalmente, el Evangelio concluye con una imagen sencilla y hermosa: «El que dé a beber un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños, no perderá su recompensa».

Dios valora los grandes sacrificios, pero también contempla los pequeños gestos de compasión. Un vaso de agua puede parecer poca cosa, pero puede expresar acogida, ternura, respeto y solidaridad. No todos podemos realizar obras extraordinarias, pero todos podemos ofrecer algo: una llamada, una visita, un alimento, una palabra amable, una escucha paciente o una oración sincera.

Después de estas enseñanzas, Jesús continúa su camino para enseñar y anunciar el Reino. El seguimiento cristiano nunca termina en una reflexión teórica. Jesús forma a sus discípulos y luego los envía. También nosotros escuchamos la Palabra para salir en misión.

Que el Señor nos conceda una paz fundada en la verdad, un amor familiar ordenado desde Dios, fortaleza para cargar la cruz, generosidad para entregar la vida, valentía profética y un corazón compasivo, capaz de ofrecer incluso el sencillo vaso de agua que puede devolverle la esperanza a un hermano.

Amén.

14 de julio del 2026: martes de la decimocuarta semana del tiempo ordinario-II

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