Santo del día:
Santo Tomás de Aquino
1225–1274.
Llamado el “Doctor Angélico”,
este dominico dejó una obra abundante que dio un nuevo impulso a la filosofía y
a la teología. Discípulo de Alberto Magno, escribió y enseñó a lo largo de toda
su vida. Es considerado el “Doctor de los doctores de la Iglesia”.
Paciencia y perseverancia
(Mc 4,1-20) La
semilla produce su fruto cuando cae en la buena tierra: una tierra arada,
removida, a veces quebrada. Y aun en esa tierra trabajada pacientemente, se
necesita tiempo para que el grano brote y se desarrolle. Así sucede con la obra
de Dios en nosotros. Acoger los altibajos de esta vida, la paciencia y la
perseverancia suelen ser necesarias para ver germinar los primeros frutos de la
gracia.
Bertrand Lesoing, prêtre de la communauté Saint-Martin
Primera lectura
2
Sam 7, 4-17
Suscitaré
descendencia tuya después de ti y afirmaré su reino
Lectura del segundo libro de Samuel.
EN aquellos días, vino esta palabra del Señor a Natán:
«Ve y habla a mi siervo David: “Así dice el Señor: ¿Tú me vas a construir una
casa para morada mía?
Desde el día en que hice subir de Egipto a los hijos de Israel hasta hoy, yo no
he habitado en casa alguna, sino que he estado peregrinando de acá para allá,
bajo una tienda como morada. Durante todo el tiempo que he peregrinado con
todos los hijos de Israel, ¿acaso me dirigí a alguno de los jueces a los que
encargué pastorear a mi pueblo Israel, diciéndoles: ‘Por qué no me construyen
una casa de cedro?’”.
Pues bien, di a mi siervo David: “Así dice el Señor del universo. Yo te tomé
del pastizal, de andar tras el rebaño, para que fueras jefe de mi pueblo
Israel.
He estado a tu lado por donde quiera que has ido, he suprimido a todos tus
enemigos ante ti y te he hecho tan famoso como los grandes de la tierra.
Dispondré un lugar para mi pueblo Israel y lo plantaré para que resida en él
sin que lo inquieten, ni le hagan más daño los malvados, como antaño, cuando
nombraba jueces sobre mi pueblo Israel.
A ti te he dado reposo de todos tus enemigos. Pues bien, el Señor te anuncia
que te va a edificar una casa.
En efecto, cuando se cumplan tus días y reposes con tus padres, yo suscitaré
descendencia tuya después de ti. Al que salga de tus entrañas le afirmaré su
reino.
Será él quien construya una casa a mi nombre y yo consolidaré el trono de su
realeza para siempre.
Yo seré para él un padre y él será para mí un hijo. Si obra mal, yo lo
castigaré con vara y con golpes de hombres. Pero no apartaré de él mi
benevolencia, como la aparté de Saúl, al que alejé de mi presencia. Tu casa y
tu reino se mantendrán siempre firmes ante mí, tu trono durará para siempre”».
Natán trasladó a David estas palabras y la visión.
Palabra de Dios.
Salmo
Sal
88, 4-5. 27-28. 29-30 (R.: 29a)
R. Le mantendré
eternamente mi favor.
V. Sellé una
alianza con mi elegido,
jurando a David, mi siervo:
Te fundaré un linaje perpetuo,
edificaré tu trono para todas las edades. R.
V. Él me invocará: «Tú
eres mi padre,
mi Dios, mi Roca salvadora»;
y lo nombraré mi primogénito,
excelso entre los reyes de la tierra. R.
V. Le mantendré
eternamente mi favor,
y mi alianza con él será estable.
Le daré una posteridad perpetua
y un trono duradero como el cielo. R.
Aclamación
R. Aleluya,
aleluya, aleluya.
V. La semilla es
la palabra de Dios, y el sembrador es Cristo; todo el que lo encuentra vive
para siempre. R.
Evangelio
Mc
4, 1-20
Salió
el sembrador a sembrar
Lectura del santo Evangelio según san Marcos.
EN aquel tiempo, Jesús se puso a enseñar otra vez junto al mar. Acudió un
gentío tan enorme, que tuvo que subirse a una barca y, ya en el mar, se sentó;
y el gentío se quedó en tierra junto al mar.
Les enseñaba muchas cosas con parábolas y les decía instruyéndolos:
«Escuchen: salió el sembrador a sembrar; al sembrar, algo cayó al borde del
camino, vinieron los pájaros y se lo comieron. Otra parte cayó en terreno
pedregoso, donde apenas tenía tierra; como la tierra no era profunda, brotó
enseguida; pero en cuanto salió el sol, se abrasó y, por falta de raíz, se
secó. Otra parte cayó entre abrojos; los abrojos crecieron, la ahogaron y no
dio grano. El resto cayó en tierra buena; nació, creció y dio grano; y la
cosecha fue del treinta o del sesenta o del ciento por uno».
Y añadió:
«El que tenga oídos para oír, que oiga».
Cuando se quedó a solas, los que lo rodeaban y los Doce le preguntaban el
sentido de las parábolas.
Él les dijo:
«A ustedes se les ha dado el misterio del reino de Dios; en cambio a los de
fuera todo se les presenta en parábolas, para que “por más que miren, no vean,
por más que oigan, no entiendan, no sea que se conviertan y sean perdonados”».
Y añadió:
«¿No entienden esta parábola? ¿Pues cómo van a conocer todas las demás? El
sembrador siembra la palabra. Hay unos que están al borde del camino donde se
siembra la palabra; pero en cuanto la escuchan, viene Satanás y se lleva la
palabra sembrada en ellos. Hay otros que reciben la semilla como terreno
pedregoso; son los que al escuchar la palabra enseguida la acogen con alegría,
pero no tienen raíces, son inconstantes, y cuando viene una dificultad o
persecución por la palabra, enseguida sucumben. Hay otros que reciben la
semilla entre abrojos; estos son los que escuchan la palabra, pero los afanes de
la vida, la seducción de las riquezas y el deseo de todo lo demás los invaden,
ahogan la palabra, y se queda estéril. Los otros son los que reciben la semilla
en tierra buena; escuchan la palabra, la aceptan y dan una cosecha del treinta
o del sesenta o del ciento por uno».
Palabra de Dios.
1
“Dios siembra despacio… pero no
siembra en vano”
Hay una tentación muy humana que hoy el Evangelio
desenmascara: querer resultados rápidos en el camino de Dios.
Quisiéramos una fe “instantánea”: orar hoy, ver el milagro mañana; escuchar la
Palabra hoy, cambiar de vida pasado mañana. Pero Jesús, que conoce el corazón,
nos habla con realismo y misericordia: la semilla crece en el tiempo, y
el Reino avanza con una paciencia que no es pasividad, sino perseverancia
amorosa.
Como comenta alguien este evangelio de modo
precioso: la semilla produce fruto cuando cae en tierra buena, pero esa
tierra buena no es “tierra perfecta”, impecable, sin historia. Es tierra arada,
removida, a veces quebrada. Es decir: es un corazón que ha pasado por
procesos, que ha sido trabajado, purificado, sostenido. Y, aun así, necesita
tiempo.
1. La promesa de Dios: una casa
que Él construye (2 Samuel 7,4-17)
En la primera lectura, David quiere construir un
templo para Dios. Su intención es buena: “Yo vivo en una casa de cedro… ¿y
el Arca de Dios en una tienda?” Pero Dios le da la vuelta a la lógica: “No
serás tú el que me construya una casa… soy yo el que te construiré una casa a
ti”.
¡Qué pedagogía tan divina! Cuando uno está
entusiasmado quiere “hacer cosas” para Dios; y Dios, con ternura, nos recuerda
que lo primero no es lo que hacemos, sino lo que Él hace en nosotros. En
otras palabras: antes de edificar, hay que dejarse edificar. Antes de producir
fruto, hay que dejar que la semilla sea sembrada y que eche raíces.
Esta promesa culmina en una descendencia y un reino
que permanecen. Sabemos que, en plenitud, esa promesa se cumple en Cristo, el
Hijo de David. Pero hoy, pastoralmente, también la escuchamos así: Dios está
construyendo una historia en ti, incluso si tú solo ves fragmentos, retrasos,
retrocesos.
Y aquí se nos ilumina la intención por los
enfermos: la enfermedad a veces hace sentir que la vida “se detuvo”, que los
planes se quebraron. Sin embargo, la Palabra nos dice: Dios no detiene su
obra. Puede estar construyendo desde dentro, en silencio, con un ritmo
distinto al nuestro. Dios edifica también en la cama de un enfermo, en la sala
de espera, en la terapia, en la noche larga.
2. “Tu amor no se irá”: fidelidad
y paciencia (Salmo 89)
El salmo responsorial es el eco confiado: “Mantendré
eternamente mi amor” (o “mi fidelidad”), y la respuesta: “Mantendré para
siempre mi amor por él”.
El salmo nos enseña algo esencial: la paciencia
cristiana no es resignación. Es confianza en la fidelidad de Dios.
Porque si Dios fuera voluble, impaciente, caprichoso, entonces sí: habría que
desesperar. Pero si Dios es fiel, entonces podemos perseverar sin rompernos.
Para quien sufre en el cuerpo o en el alma, esta es
una medicina espiritual: no siempre podemos controlar lo que pasa, pero sí
podemos aferrarnos a Quién nos sostiene. Y esa fidelidad de Dios, muchas
veces, se experimenta a través de mediaciones concretas: una comunidad que
visita, un mensaje, una llamada, una oración, un sacerdote que escucha, un
médico que acompaña con humanidad.
3. La parábola del sembrador: no
todo fracaso es fracaso (Mc 4,1-20)
Jesús presenta cuatro terrenos. Y aquí suele pasar
algo: nos concentramos en “las malas tierras” y olvidamos lo más
importante: el sembrador siembra con generosidad. La semilla es buena.
El problema no está en Dios; está en cómo acogemos la Palabra y en lo que
hacemos con ella.
- El
camino: la
Palabra queda en la superficie. Se oye, pero no entra. Hoy podría
traducirse así: vivimos con el corazón tan acelerado y disperso que la
Palabra no encuentra lugar. Y entonces “vienen los pájaros”: ruido,
redes, preocupaciones, ironías, cinismo… y se la llevan.
- El
terreno pedregoso: hay entusiasmo, pero poca raíz. Esto es muy psicológico y muy
humano: emociones fuertes al inicio, pero sin hábitos, sin disciplina
espiritual, sin acompañamiento. Cuando llega la prueba —y siempre llega—
lo que era emoción se evapora.
- Entre
espinos: la
Palabra empieza, pero queda asfixiada por “las preocupaciones del
mundo, la seducción de la riqueza y los deseos de todo lo demás”. Aquí
Jesús toca el corazón: no es que uno niegue a Dios; es que vive apretado,
lleno, sin respiración interior. Y lo que no se cuida, se ahoga.
- La
tierra buena:
acoge, comprende, persevera y da fruto “treinta, sesenta y cien”.
Atención: no dice que dé fruto al día siguiente. Dice que da fruto. Con
tiempo. Con paciencia. Con perseverancia.
Y aquí comprendemos entonces como dice alguien que “la
buena tierra” suele ser tierra trabajada, removida y a veces quebrada.
Dicho de otro modo: muchas veces el sufrimiento, la enfermedad, la crisis, la
pérdida, el cansancio… pueden convertirse —misteriosamente— en el arado que
abre el corazón a Dios, si no nos encerramos en la amargura.
4. Santo Tomás de Aquino: la fe
que piensa y la paciencia de la verdad
Hoy celebramos a Santo Tomás de Aquino,
doctor de la Iglesia. ¿Qué tiene que ver Tomás con el sembrador?
Muchísimo. Porque Tomás representa un modo de ser
“tierra buena”: una inteligencia humilde que se deja sembrar por la Verdad, que
estudia, pregunta, profundiza, ora, y espera. Tomás nos recuerda que la
Palabra no solo se “siente”; también se comprende y se saborea
con la razón iluminada por la fe.
Y esto es clave para perseverar. Cuando vienen
pruebas, tentaciones o confusiones, una fe sin raíces puede quebrarse. En
cambio, una fe que se ha alimentado —con la Escritura, la doctrina, la oración,
los sacramentos— tiene más capacidad de resistir los vientos.
Podríamos decirlo así:
- La
emoción es importante, pero no basta.
- El
conocimiento sin amor se enfría, pero el amor sin verdad se confunde.
Santo Tomás nos enseña el equilibrio: amar a Dios con todo el corazón y con toda la mente.
5. Aplicación pastoral: ¿cómo
volvernos “tierra buena”?
Te propongo tres gestos sencillos, muy concretos,
para esta semana:
1. Arar la tierra: silencio diario
Cinco o diez minutos sin pantalla. Respirar. Poner el Evangelio del día.
Preguntar: “Señor, ¿qué palabra quieres sembrar hoy?” Sin eso, seguimos
siendo camino.
2. Echar raíz: una práctica fija
Una sola práctica sostenida: rosario, lectio divina, adoración semanal,
confesión mensual, un salmo al acostarse… Lo que se repite con amor crea raíz.
3. Desyerbar espinos: una renuncia
concreta
Elige un “espino” y quítalo: una queja constante, una hora menos de redes, una
compra impulsiva, una relación tóxica, un hábito que te roba paz. No se puede
dar fruto con el corazón ahogado.
6. Un guiño a nuestra intención:
por los enfermos
A nuestros hermanos enfermos les digo hoy con
cariño: tal vez ustedes sienten que no “producen” como antes, que no hacen, que
no corren, que no sirven “como antes”. Pero el Reino no se mide solo por
productividad. A veces, el fruto más grande es invisible: confiar, ofrecer,
perdonar, esperar, dejarse amar.
En la enfermedad se aprende una sabiduría rara: la paciencia. Y la paciencia,
en el Evangelio, no es derrota: es la forma cotidiana del amor.
7. Oración final (para concluir
la homilía)
Señor
Jesús, Sembrador paciente,
toma nuestro corazón: a veces duro como camino,
a veces superficial como tierra con piedras,
a veces ahogado por espinos.
Arálo con tu gracia, riega nuestra fe,
danos perseverancia en la prueba
y esperanza en el tiempo lento de Dios.
Te
encomendamos, de manera especial, a nuestros enfermos:
dales consuelo, fortaleza, paz interior,
personas que los cuiden con ternura,
y la certeza de que tu amor los sostiene siempre.
Por intercesión de Santo Tomás de Aquino,
haznos amar la verdad, vivir la fe con raíces
y dar fruto para tu gloria. Amén.
2
0) Clave de entrada
“Dios no se cansa de sembrar… incluso sobre
corazones obstinados.”
La parábola del sembrador no es solo una catequesis sobre “tipos de corazones”;
es una radiografía del misterio del Reino y una revelación del corazón de Dios:
generoso, insistente, paciente. Si hoy escuchamos: “El que tenga
oídos para oír, que oiga”, no es una frase decorativa: es una alarma
amorosa. Jesús nos pide entrar en serio en la escucha, porque de esa escucha
depende la conversión, el perdón y el fruto.
I. Iluminación bíblica
1) Dios construye la casa… antes
de que nosotros le construyamos algo (2S 7,4-17)
David quiere “hacer” algo grande para Dios:
levantarle un templo. Dios le responde con una verdad que atraviesa toda vida
espiritual: primero es la obra de Dios en nosotros, luego nuestras obras
para Dios.
“Yo te daré una casa”, promete el Señor. La iniciativa siempre es de Él.
Esto encaja perfectamente con el sembrador: Dios toma la delantera, siembra
primero, ofrece primero, busca primero.
Para los enfermos, esta lectura es un consuelo:
cuando la vida limita, cuando no se puede “hacer” mucho, Dios recuerda: “Mi
alianza no depende de tu rendimiento; depende de mi fidelidad.” Dios sigue
construyendo, incluso cuando el cuerpo se debilita.
2) La fidelidad del Señor es el
suelo firme (Sal 89)
El salmo canta una certeza que sostiene todo el
Evangelio: Dios es fiel.
La perseverancia no es terquedad humana; es apoyarse en la promesa de Dios.
Cuando el corazón siente que no puede, el salmo nos presta su voz: “Mantendré
para siempre mi amor”. La fe madura no se alimenta solo de emociones, sino
de una convicción: Dios no se retracta de su amor.
3) ¿Por qué Jesús habla en
parábolas? (Mc 4,1-20)
Al reflexionar este evangelio se toca un punto
delicado: Jesús parece decir que algunos “mirarán sin ver” y “oirán sin
entender”. ¿Es que Dios quiere cerrar el acceso? No. Aquí hay que entender
la lógica profética (Isaías) y la pedagogía de Jesús.
- Para
el corazón abierto, la parábola es llave: provoca, despierta, hace pensar, y conduce
a una comprensión más honda.
- Para
el corazón cerrado, la parábola actúa como espejo: deja al descubierto la
resistencia, muestra el vacío, confronta. Y esa confrontación, aunque
duela, puede ser una misericordia: obliga a reconocer que “yo no quiero
escuchar”.
Dios “quiere que todos se salven” (1Tim
2,4), pero respeta la libertad. A veces permite que el obstinado toque fondo,
para que se vea a sí mismo, para que la vida le pregunte: “¿Hasta cuándo vas
a seguir así?” La parábola, entonces, no es para excluir: es para despertar.
II. Mensaje central: el sembrador
y los suelos del corazón
1) Un Dios “superabundantemente”
generoso
El detalle más impactante: el sembrador es
derrochón. Siembra en camino, piedras, espinos… Si fuera “eficiente” no lo haría.
Pero Dios no es contador: es Padre. Dios apuesta por lo imposible. Dios
insiste.
Aquí hay una palabra para quienes evangelizan y se
cansan: Jesús sigue sembrando aun cuando sabe que habrá rechazo. No se retira.
No se amarga. No abandona su misión.
2) Los cuatro suelos: examen de
conciencia sin miedo
Jesús no cuenta esta parábola para etiquetarnos,
sino para invitarnos a la conversión:
- El
camino: la
Palabra queda en la superficie. Se la llevan “los pájaros”: distracción,
orgullo, indiferencia, ruido.
Pregunta: ¿Cuándo fue la última vez que escuché a Dios sin estar mirando el reloj o el celular? - Pedregal: se recibe con alegría,
pero sin raíz. Cuando llega la prueba, se abandona.
Pregunta: ¿Mi fe es emoción o es decisión sostenida por hábitos? - Espinos: preocupaciones, seducción
de riquezas, deseos múltiples. La Palabra se asfixia.
Pregunta: ¿Qué “espino” está ocupando el centro: ansiedad, ambición, resentimiento, consumo, una relación tóxica? - Tierra
buena:
acoge, comprende, persevera y da fruto.
Aquí está la meta: no “ser perfectos”, sino ser receptivos y fieles.
3) “Hasta que…”: la perseverancia
misionera
Isaías preguntó: “¿Hasta cuándo?” Y la
respuesta fue durísima: “Hasta que…”; es decir, no pares por rechazo.
Jesús traduce eso a su modo: sigue hablando, sigue sembrando, sigue llamando.
Esto vale para la misión pastoral, para la vida
comunitaria, para un hijo que se alejó, para un hermano obstinado, para un
enfermo que se siente endurecido por el dolor: no se abandona la siembra.
Dios no renuncia a nadie.
III. Santo Tomás de Aquino: “oír”
también es entender
Hoy la Iglesia nos pone a Santo Tomás como
compañero ideal de esta parábola. Porque la “tierra buena” no solo siente:
también comprende. Tomás nos enseña que la gracia no aplasta la razón:
la eleva. Que la Palabra pide un corazón humilde, sí, pero también una
inteligencia de discípulo.
En tiempos de confusión, Tomás nos recuerda: para
que la semilla eche raíces, hace falta formación, lectura orante,
doctrina sana, acompañamiento. La fe sin raíces se quiebra; la fe pensada,
orada y vivida persevera.
IV. Aplicación concreta para hoy
1) Tres decisiones prácticas para
volvernos “tierra buena”
1. Silencio diario (5–10 minutos): sin pantalla. Evangelio en
mano. “Habla, Señor”.
2. Un hábito estable: Eucaristía, adoración, rosario,
lectio divina, confesión regular. Raíz.
3. Arrancar un espino: una renuncia concreta esta
semana (un exceso, una queja, una hora de redes, un rencor).
2) Intención por los enfermos
Para nuestros enfermos: su vida no es “tierra
estéril”. A veces, el dolor rompe terrones duros y abre espacio para una fe
más pura. Su paciencia puede ser el abono escondido de la comunidad. Cuando no
se puede hacer mucho, se puede hacer lo más grande: unir el sufrimiento a
Cristo, ofrecer, perdonar, bendecir, esperar.
V. Oración final
Señor
Jesús, sembrador incansable,
Tú esparces tu Palabra con generosidad desbordante,
incluso sobre mi corazón cerrado o cansado.
Dame oídos para escuchar de verdad,
un corazón que acoja, comprenda y persevere.
Te
suplico por los enfermos:
dales consuelo, fortaleza, paz y esperanza;
que en su fragilidad descubran tu cercanía,
y que nosotros sepamos acompañarlos con ternura.
Y a mí, Señor,
hazme instrumento de tu gracia:
que no me rinda ante el rechazo,
que siga sembrando tu verdad con paciencia,
hasta el final de mis días.
Jesús, en Ti confío. Amén.
28 de enero: Santo Tomás de Aquino, sacerdote y
doctor de la Iglesia — Memoria
1225–1274
Santo patrono de los estudiantes, escuelas
católicas, apologistas, libreros, la castidad, filósofos, editores, estudiosos
y teólogos.
Invocado contra las tormentas.
Canonizado por el papa Juan XXII el 18 de julio de
1323.
Proclamado Doctor de la Iglesia por el papa Pío V en 1567.
Cita:
«Para que la salvación de los hombres se realizara de un modo más
conveniente y seguro, era necesario que las verdades divinas les fueran
enseñadas por medio de la revelación divina. Por ello fue necesario que, además
de la ciencia filosófica edificada por la razón, existiera una ciencia sagrada
aprendida por revelación».
(Suma Teológica, de Santo Tomás)
Reflexión
Entre los más grandes intelectuales de la historia
de la Iglesia, Santo Tomás se eleva muy por encima de los demás. No solo es
Doctor de la Iglesia, sino que recibe también los títulos de Doctor Angélico,
Doctor Común y Doctor Universal. Es difícil exagerar el impacto
que Santo Tomás ha tenido en la doctrina de la Iglesia y en la comprensión
intelectual de la fe.
Tomás nació en un gran castillo en el centro de
Italia, cerca de la ciudad de Aquino. Su padre era un noble, caballero del
ejército del emperador Federico II. Comenzó sus estudios cuando apenas tenía
cinco años en el famoso monasterio benedictino de Montecassino, donde su tío
era abad. Sus padres esperaban que algún día llegara a ser él mismo abad.
A los catorce años, debido a conflictos militares,
Tomás se trasladó de Montecassino a la recién fundada Universidad de Nápoles
para continuar sus estudios. Allí entró en contacto con los dominicos, quienes
influyeron profundamente en él y comenzaron a hacer planes para que se uniera a
su joven orden. En ese tiempo brilló su intelecto, pues participaba
abiertamente en discusiones, y su reputación de gran talento se difundió
ampliamente.
A los diecinueve años, un año después de la muerte
de su padre, Tomás ingresó en la Orden de Predicadores. Esta decisión enfureció
a su familia, profundamente arraigada en el sistema feudal de la época, que
valoraba la posesión de tierras y el servicio militar. Los benedictinos gozaban
de gran prestigio en ese sistema, no así los dominicos, que eran pobres
predicadores mendicantes. La familia quería que Tomás se convirtiera en abad de
Montecassino, algo más acorde con su linaje noble.
Para impedirlo, su madre hizo que Tomás fuera
secuestrado y encerrado en un castillo familiar, donde permaneció prisionero
cerca de un año. Durante ese tiempo, su madre, sus hermanos y muchos otros
hicieron todo lo posible para convencerlo de hacerse benedictino, pero Tomás se
mantuvo firme. En una ocasión, incluso enviaron a una prostituta a su celda
para tentarlo, pero él la expulsó blandiendo un leño encendido. Finalmente, su
madre le permitió escapar del castillo durante la noche, para evitar que la
familia sufriera mayor deshonra.
Ya con veinte años, Tomás regresó con los dominicos
y fue enviado a París, donde se convirtió en alumno del gran intelectual fray
Alberto, hoy conocido como San Alberto Magno. Tomás se sintió
especialmente atraído por la filosofía de Aristóteles, que se convertiría en la
base de gran parte de sus escritos posteriores, algo inédito hasta entonces en
la historia de la Iglesia. Continuó estudiando con fray Alberto durante varios
años.
A medida que crecía en la virtud de la humildad,
Tomás se volvió cada vez más reservado en clase: hablaba poco, debatía
raramente y ocultaba su brillante inteligencia. Su carácter silencioso llevó a
muchos compañeros a pensar que carecía de talento, y lo apodaron el “Buey
Mudo”. Un día, sin embargo, fray Alberto decidió que era hora de que todos
reconocieran su genialidad: le propuso una cuestión difícil y le pidió que al
día siguiente presentara su respuesta ante la clase. Tras escucharla, los
estudiantes quedaron asombrados, y fray Alberto dijo de él:
«Ustedes lo llaman el Buey Mudo, pero con su enseñanza un día producirá un
mugido que resonará en todo el mundo».
En 1252, a los veintiséis años, fray Tomás recibió
del Papa el título de Maestro en Teología. Durante los siguientes
veintidós años escribió numerosos libros, sermones, comentarios a la Sagrada
Escritura y compuso incluso algunos de los himnos más bellos de la Iglesia,
entre ellos el Pange Lingua. Continuó su labor como maestro, predicador
y teólogo pontificio en París, Nápoles, Orvieto y Roma.
Entre sus muchas obras, Santo Tomás es
especialmente conocido por la Suma Teológica, que nunca llegó a
completar. Según una tradición, mientras celebraba la Misa en 1273 tuvo una
visión. Después de ella dijo a su secretario, fray Reginaldo, que ya no podía
seguir escribiendo. Cuando este le preguntó por qué, respondió:
«Reginaldo, no puedo, porque todo lo que he escrito me parece paja».
Al año siguiente, tras una serie de enfermedades, fray Tomás falleció.
Santo Tomás no fue solo un genio intelectual; fue
también un hombre de profunda fe, amante de Dios, incansable contemplador de
las verdades de la fe, y valiente innovador de nuevos métodos para que Dios
fuera mejor conocido y comprendido. Su vida de oración produjo una fuente
abundante de verdad sobrenatural, que luego fue ordenada por su inteligencia y
expresada de formas nunca vistas hasta entonces.
Su humildad y sinceridad se reflejan en una
anécdota narrada por uno de sus primeros biógrafos. Cuenta que, mientras fray
Tomás oraba una mañana ante el crucifijo, suplicó con ansiedad al Señor que le
confirmara si sus escritos eran correctos. Jesús le habló y le dijo:
«Has escrito bien sobre mí, Tomás. ¿Cuál será tu recompensa?»
Tomás respondió:
«Nada sino Tú, Señor».
Aunque quizá no estés llamado a una vida de gran
brillantez intelectual, recuerda que Dios desea hablar a tu mente, revelarte
muchas verdades ocultas y ayudarte a aplicarlas a tu vida cotidiana. Reflexiona
sobre cómo puedes comprometer más plenamente tu inteligencia con las verdades
de la fe, para que esas verdades se conviertan en el fundamento de tu misión en
la vida.
Oración
Santo
Tomás, Dios se te reveló desde muy temprano a través de tu vida interior de
oración. Supiste escuchar su voz, meditar todo lo que Él te mostraba y utilizar
tus dones naturales para compartir estas verdades con la Iglesia. Ruega por mí,
para que también yo abra mi mente a las muchas verdades que Dios quiere
comunicarme, y para que la Verdad misma se convierta en el centro de mi misión
en la vida.
Santo Tomás, ruega por mí.
Jesús, en Ti confío.



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