Testigo de la fe:
San Pío X
Papa (1835-1914)
Nacido como Giuseppe Melchiorre Sarto en Riese,
en el norte de Italia, el 2 de junio de 1835, provenía de una familia humilde y
profundamente cristiana. Ordenado sacerdote en 1858, ejerció su ministerio con
gran sencillez y cercanía al pueblo. Fue obispo de Mantua, patriarca de Venecia
y, finalmente, elegido papa en 1903, tomando el nombre de Pío X.
Escogió como lema de su pontificado: «Instaurare
omnia in Christo» —«Restaurar todas las cosas en Cristo»—, expresión que
resume bien su deseo de renovar la vida de la Iglesia desde una adhesión más
profunda a Jesucristo.
San Pío X tuvo una especial preocupación por la vida
eucarística de los fieles. Animó vivamente a recibir la Comunión
frecuente e incluso diaria, siempre con las debidas disposiciones, y
favoreció que los niños pudieran acercarse por primera vez a la Eucaristía
desde el momento en que fueran capaces de distinguir el Pan eucarístico del
alimento ordinario, aproximadamente hacia los siete años. Por esta razón
es recordado de manera especial como el Papa de la Eucaristía y de la
Primera Comunión.
También impulsó la renovación de la liturgia y
del canto gregoriano, promovió la formación catequética —su nombre está
ligado al conocido Catecismo de San Pío X—, reorganizó diversos aspectos
de la administración de la Iglesia y defendió con firmeza la integridad de la
fe frente a las corrientes modernistas de su tiempo.
A pesar de la dignidad pontificia, conservó siempre
un estilo de vida sencillo. Se le atribuye una profunda sensibilidad pastoral
hacia los pobres, los sacerdotes y las familias. Los dramáticos acontecimientos
que condujeron al comienzo de la Primera Guerra Mundial le causaron gran
sufrimiento. Murió en Roma el 20 de agosto de 1914.
Fue canonizado por el papa Pío XII en 1954.
La Iglesia celebra su memoria litúrgica el 21 de agosto.
Su vida nos recuerda que toda auténtica renovación
de la Iglesia comienza por volver a Cristo: conocerlo, amarlo, recibirlo en
la Eucaristía y permitir que Él transforme nuestra vida.
Primera lectura
Huesos secos,
escuchen la palabra del Señor. Los sacaré de sus sepulcros, casa de Israel
Lectura de la profecía de Ezequiel.
EN aquellos días, la mano del Señor se posó sobre mí.
El Señor me sacó en espíritu y me colocó en medio de un valle todo lleno de
huesos. Me hizo dar vueltas y vueltas en torno a ellos: eran muchísimos en el
valle y estaban completamente secos.
Me preguntó:
«Hijo de hombre: ¿podrán revivir estos huesos?».
Yo respondí:
«Señor, Dios mío, tú lo sabes».
Él me dijo:
«Pronuncia un oráculo sobre estos huesos y diles: “¡Huesos secos, escuchen la
palabra del Señor! Esto dice el Señor Dios a estos huesos: Yo mismo infundiré
espíritu sobre ustedes y vivirán. Pondré sobre ustedes los tendones, haré
crecer la carne, extenderé sobre ella la piel, les infundiré espíritu y
vivirán. Y comprenderán que yo soy el Señor”».
Yo profeticé como me había ordenado, y mientras hablaba se oyó un estruendo y
los huesos se unieron entre sí. Vi sobre ellos los tendones, la carne había
crecido y la piel la recubría; pero no tenían espíritu.
Entonces me dijo:
«Conjura al espíritu, conjúralo, hijo de hombre, y di al espíritu: “Esto dice
el Señor Dios: ven de los cuatro vientos, espíritu, y sopla sobre estos muertos
para que vivan”».
Yo profeticé como me había ordenado; vino sobre ellos el espíritu y revivieron
y se pusieron en pie. Era una multitud innumerable.
Y me dijo:
«Hijo de hombre, estos huesos son la entera casa de Israel, que dice: “Se han
secado nuestros huesos, se ha desvanecido nuestra esperanza, ha perecido,
estamos perdidos”. Por eso profetiza y diles: “Esto dice el Señor Dios: Yo
mismo abriré sus sepulcros, y los sacaré de ellos, pueblo mío, y los llevaré a
la tierra de Israel. Y cuando abra sus sepulcros y los saque de ellos, pueblo
mío, comprenderán que soy el Señor. Pondré mi espíritu en ustedes y vivirán;
los estableceré en su tierra y comprenderán que yo, el Señor, lo digo y lo
hago” —oráculo del Señor—».
Palabra de Dios.
Salmo
R. Den gracias
al Señor,
porque es eterna su misericordia.
O bien:
R. Aleluya.
V. Que
lo confiesen los redimidos por el Señor,
los que él rescató de la mano del enemigo,
los que reunió de todos los países:
oriente y occidente, norte y sur. R.
V. Erraban por
un desierto solitario,
no encontraban el camino de ciudad habitada;
pasaban hambre y sed,
se les iba agotando la vida. R.
V. Pero
gritaron al Señor en su angustia,
y los arrancó de la tribulación.
Los guió por un camino derecho,
para que llegaran a una ciudad habitada. R.
V. Den gracias
al Señor por su misericordia,
por las maravillas que hace con los hombres.
Calmó el ansia de los sedientos,
y a los hambrientos los colmó de bienes. R.
Aclamación
V. Dios
mío, instrúyeme en tus sendas,
haz que camine con lealtad. R.
Evangelio
Amarás al
Señor tu Dios, y a tu prójimo como a ti mismo
Lectura del santo Evangelio según san Mateo.
EN aquel tiempo, los fariseos, al oír que Jesús había hecho callar a los
saduceos, se reunieron en un lugar y uno de ellos, un doctor de la ley, le
preguntó para ponerlo a prueba:
«Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la ley?».
Él le dijo:
«“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu
mente”.
Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él:
“Amarás a tu prójimo como a ti mismo”.
En estos dos mandamientos se sostienen toda la Ley y los Profetas».
Palabra del Señor.
*************
Un amor libre y activo
Jesús vuelve a centrar la cuestión en el doble
mandamiento del amor, que resume toda la enseñanza de la Ley y de los
Profetas: amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con toda la
mente, y amar al prójimo como a uno mismo.
Jesús es libre frente a las situaciones concretas y
frente a las innumerables discusiones sobre preceptos y obligaciones. No
desprecia la Ley; al contrario, revela su corazón y la lleva a su plenitud.
Todo mandamiento encuentra su verdadero sentido cuando conduce al amor. Pero no
se trata de un amor meramente sentimental: es un amor libre, concreto y
actuante, capaz de convertirse en decisiones, gestos, servicio, perdón y
entrega.
El escriba pregunta cuál es el mandamiento más
importante, quizá esperando que Jesús elija uno entre los muchos preceptos de
la Ley. Jesús, sin embargo, une inseparablemente dos: el amor a Dios y el
amor al prójimo. No podemos pretender amar verdaderamente a Dios mientras
permanecemos indiferentes ante el hermano; y tampoco el amor cristiano al
prójimo se reduce a simple filantropía, porque nace de haber descubierto que
cada persona es amada por Dios.
La primera lectura de este día nos ofrece una
imagen extraordinaria de lo que puede hacer ese amor divino: el profeta
Ezequiel contempla un valle lleno de huesos secos y escucha la promesa
de Dios: «Infundiré mi espíritu en ustedes y vivirán» (cf. Ez 37,1-14).
Allí donde nosotros vemos esterilidad, fracaso o muerte, Dios puede hacer
renacer la vida. El amor de Dios no se limita a contemplar nuestra pobreza: actúa,
reconstruye, reúne y vivifica.
También el salmo invita a reconocer esa acción
salvadora: quienes estaban perdidos, hambrientos y sin rumbo clamaron al Señor,
y Él los condujo por un camino seguro. Por eso repetimos agradecidos: «Den
gracias al Señor por su misericordia, por las maravillas que hace con los
hombres» (cf. Sal 106/107). Quien se sabe rescatado y amado gratuitamente
aprende también a amar gratuitamente.
En la memoria de san Pío X, este Evangelio
adquiere además una resonancia especial. Su lema, «Restaurar todas las cosas
en Cristo», nos recuerda que la verdadera renovación cristiana comienza
permitiendo que Cristo vuelva a ocupar el centro de nuestra vida. Su empeño por
acercar a los fieles a la Eucaristía buscaba precisamente eso: que el amor
recibido de Cristo se transformara en amor vivido y entregado.
El Evangelio nos deja, entonces, una pregunta
sencilla pero exigente: ¿mi amor a Dios se reconoce en la manera como trato
a las personas que Él pone hoy en mi camino?
Porque para Jesús amar nunca significa solamente
sentir. Amar es elegir el bien del otro, acercarse, perdonar, servir y dejar
que Dios haga pasar nuestra vida —y la de nuestros hermanos— de los “huesos
secos” a una existencia nueva en el Espíritu.
2
La única ley de la caridad
«Cuando los fariseos se enteraron de que
Jesús había hecho callar a los saduceos, se reunieron, y uno de ellos, doctor
de la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba: “Maestro, ¿cuál es el mandamiento
más importante de la Ley?”»
Mateo 22,34-36
El
Evangelio de hoy tiene lugar durante la última
semana del ministerio público de Jesús, poco después de su
entrada triunfal en Jerusalén, cuando las multitudes lo habían aclamado como
Mesías, Hijo de David. A medida que avanza la semana, Jesús afronta una
sucesión de confrontaciones con diversas autoridades religiosas: los sumos
sacerdotes y los ancianos, los fariseos y herodianos, los saduceos y, en el
pasaje de hoy, un doctor de la Ley.
Es
significativo que estos grupos estuvieran con frecuencia enfrentados entre sí y
profundamente divididos en cuestiones de Escritura y doctrina, especialmente
los fariseos y los saduceos. Sin embargo, a pesar de sus disputas teológicas,
encontraron un terreno común en su oposición a Jesús, uniéndose en sus esfuerzos
por desacreditarlo y debilitar su autoridad.
El
doctor de la Ley que plantea la pregunta a Jesús era probablemente un escriba, un experto en
la Ley de Moisés y en su interpretación dentro de la tradición judía. Los
escribas eran considerados maestros e intérpretes autorizados de la Ley y eran
consultados con frecuencia sobre asuntos religiosos y jurídicos. Aunque entre
sus tareas estaba también la elaboración de documentos legales, su principal
función religiosa consistía en estudiar,
enseñar y aplicar la Ley de Moisés.
Este
escriba en particular se acerca a Jesús no para aprender, sino para ponerlo a prueba,
intentando demostrar que carecía de suficiente autoridad teológica. Quizás lo
movía el orgullo, creyéndose mucho más instruido en la Ley que Jesús. Sin
embargo, como sucedió con los demás intentos de tenderle una trampa durante
aquella última semana, Jesús responde no solamente con sabiduría divina, sino
con una claridad y una autoridad que silencian a sus adversarios y revelan el verdadero corazón de la Ley.
«Amarás…»
Jesús
responde a la pregunta —«Maestro, ¿cuál es el mandamiento más importante de
la Ley?»— con una respuesta aparentemente doble:
«Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón,
con toda tu alma y con toda tu mente».
Y
añade:
«El segundo es semejante a este: amarás a tu
prójimo como a ti mismo».
Aunque
a Jesús solamente le preguntaron cuál era el mandamiento más grande, parece que Él
revelara dos mandamientos en lugar de uno. Pero, ¿realmente son dos?
Teológicamente
hablando, Jesús no solamente respondió plenamente la pregunta, sino que mostró
que el amor a Dios, el
amor rectamente entendido a nosotros mismos y el amor al prójimo están tan
profundamente unidos que no pueden separarse ni clasificarse en categorías de
mayor o menor importancia.
Si
amas a Dios verdaderamente, ese amor ordena también el amor a ti mismo y, de
manera natural, te conduce al amor hacia los demás. Por eso, esta respuesta
aparentemente doble nos presenta en realidad la unidad de la caridad, de la cual
dependen «toda la Ley y los Profetas».
No
cualquier amor
Hoy
utilizamos la palabra amor
de muchas y variadas maneras. Algunas formas de amor están arraigadas en las
emociones o en la pasión; otras nacen de los vínculos naturales de la amistad o
de la familia y están configuradas por el deber y el afecto.
Pero
el amor al que Jesús se refiere trasciende
las categorías humanas. Es un amor divino: ágape, es decir, caridad. Un amor que no
solamente supera las formas naturales del amor humano, sino que también las
eleva y transforma.
Cuando
el amor humano se une a la caridad divina, es purificado, profundizado y
correctamente ordenado hacia Dios. Desde Dios, ese amor vuelve hacia nosotros
y, pasando a través de nosotros, llega a los demás.
Así,
nuestro amor por los amigos, la familia e incluso por nuestros enemigos llega a
ser participación en el
amor perfecto y entregado de Dios.
Por
eso, amar a Dios con caridad hace surgir la caridad en cada una de nuestras
relaciones, introduciéndolas en la vida de la gracia. Este acto único de vivir
la caridad —teniendo a Dios como origen y fuente, y al prójimo como
destinatario necesario de ese amor divino— cumple perfectamente la Ley y revela
la santidad a la que hemos sido llamados.
«Huesos secos, escuchen la Palabra del Señor»
La
primera lectura, tomada de Ezequiel
37,1-14, ilumina maravillosamente este Evangelio. El profeta es
conducido por el Espíritu hasta un valle lleno de huesos completamente secos.
Humanamente, allí ya no hay esperanza. Todo parece terminado. Sin embargo, Dios
pregunta:
«Hijo de hombre, ¿podrán revivir estos huesos?»
Y
entonces sucede lo inesperado: la Palabra es proclamada, el Espíritu es
infundido y aquello que estaba muerto vuelve
a la vida. Las lecturas propias del viernes 21 de agosto de
2026 unen precisamente Ez 37,1-14 con Mt 22,34-40.
Aquí
podemos comprender algo más profundo sobre la caridad: el amor de Dios da vida.
Donde nuestra esperanza encuentra solamente huesos secos, Dios todavía puede
ver un pueblo vivo. Donde nosotros vemos un corazón destruido, una familia
herida, una persona enferma, una existencia desgastada o un alma que parece
haber perdido toda esperanza, Dios sigue diciendo:
«Infundiré mi Espíritu en ustedes y vivirán».
Qué
hermosa Palabra para nuestra intención orante de este viernes, cuando queremos
encomendar especialmente a quienes
sufren en el cuerpo y en el alma. Hay sufrimientos que se ven y
otros que nadie alcanza a contemplar: enfermedades, dolores físicos, cansancio,
soledad, depresión, heridas interiores, duelos, angustias, incertidumbres,
familias rotas, personas que se sienten como aquellos huesos secos del valle.
Hoy
pedimos al Señor: pasa
nuevamente con tu Espíritu por esos valles de dolor; pronuncia tu Palabra y
devuelve esperanza, fortaleza y vida.
«Den gracias al Señor por su misericordia»
Y
el Salmo 106/107
prolonga esta esperanza. Habla de hombres que vagaban por el desierto,
hambrientos y sedientos, hasta que clamaron
al Señor en su angustia y Él los libró de sus aflicciones y los condujo por
camino recto. Por eso la asamblea responde agradecida:
«Den gracias al Señor por su misericordia, por las
maravillas que hace con los hombres».
El
salmo parece decirnos: cuando ya no sabes hacia dónde caminar, clama al Señor. Cuando
tu corazón tenga sed, clama al Señor. Cuando el dolor te haga sentir perdido,
clama al Señor. El amor de Dios no es indiferente a nuestro sufrimiento:
escucha, rescata, alimenta y conduce.
Y
quien ha experimentado esa misericordia está llamado después a convertirse en instrumento de misericordia para los
demás.
San
Pío X: restaurar todo en Cristo
Celebramos
además la memoria de san
Pío X, papa, cuyo pontificado estuvo marcado por aquel gran
ideal: «Restaurar todas
las cosas en Cristo».
Comprendió
profundamente que la renovación de la Iglesia no podía hacerse lejos de
Jesucristo. Por eso promovió la participación más frecuente en la Eucaristía,
favoreció la Primera Comunión de los niños y dio un gran impulso a la formación
catequética.
San
Pío X nos recuerda hoy que no
basta enseñar verdades acerca de Cristo: es necesario conducir a las personas
al encuentro con Cristo.
La
doctrina cristiana no es simplemente un conjunto de conceptos que aprendemos de
memoria. Toda la enseñanza de la Iglesia tiene finalmente un centro: amar a Dios y aprender de Él a amar al
prójimo.
Gracias,
queridos catequistas
Por
ello resulta especialmente significativo que en esta memoria de san Pío X
celebremos también el Día
del Catequista. En Colombia y en otros países latinoamericanos,
el 21 de agosto está particularmente vinculado al reconocimiento de quienes
dedican su vida y su tiempo a transmitir la fe; la Iglesia colombiana ha
destacado esta celebración precisamente en conexión con san Pío X y su impulso
a la catequesis.
Hoy
queremos decir a nuestros catequistas: ¡gracias!
Gracias
por las horas de preparación que muchas veces nadie ve. Gracias por la
paciencia con nuestros niños, adolescentes, jóvenes y familias. Gracias por
perseverar incluso cuando algunos no responden. Gracias por enseñar las
oraciones, los sacramentos, los mandamientos y la Palabra de Dios.
Pero
el Evangelio de hoy les recuerda algo todavía más importante: el mejor catequista no es solamente
quien sabe explicar bien la fe, sino quien deja transparentar con su vida el
amor de Dios.
Podemos
enseñar los diez mandamientos, explicar los sacramentos, hablar del Credo y
utilizar los mejores métodos pedagógicos; pero si nuestros niños no descubren,
a través de nosotros, que Dios
los ama, nuestra catequesis quedará incompleta.
Catequista:
Dios te ha confiado una misión hermosa. Algunas veces podrás sentir que estás
hablando ante «huesos secos», que tus palabras no producen fruto o que aquellos
que acompañas no escuchan. Recuerda entonces a Ezequiel: tú proclama la Palabra; el Espíritu se
encargará de dar la vida.
Una
pregunta para nuestra vida
Reflexiona
hoy sobre la calidad y la
fuente de tu amor.
¿Está
tu amor hacia los demás arraigado en tu amor a Dios?
¿Nace
tu amor del tiempo dedicado a la oración, de un corazón purificado por la
gracia y del deseo de glorificar a Dios por encima de todas las cosas?
¿Mi
manera de tratar a mi familia, a mis amigos, a mis hermanos de comunidad e
incluso a quien me resulta difícil amar demuestra que realmente amo a Dios?
No
busques amar simplemente por emoción o por obligación, sino con la caridad divina.
Cuando lo hagas, tus relaciones no solamente serán transformadas, sino que se
convertirán en instrumentos por medio de los cuales Dios toca al mundo.
Y
hoy añadamos una última pregunta: ¿a
quién puedo acercarme para que no tenga que sufrir solo?
Quizás
el cumplimiento del mandamiento del amor hoy tenga un nombre concreto: visitar
a un enfermo, escuchar a quien está triste, acompañar a quien atraviesa una
crisis, llamar a quien está solo, perdonar, llevar alimento, ayudar
económicamente, ofrecer nuestro tiempo o simplemente permanecer junto a alguien
que está sufriendo.
Porque
el mandamiento más grande no se queda en palabras:
el amor a Dios se hace visible cuando se convierte en amor
concreto al hermano.
Oración
Señor mío y fuente de toda caridad, atráeme hacia un amor
profundo y purificador por Ti, una caridad que abarque todo mi corazón, toda mi
alma y toda mi mente.
Desde ese amor divino, derrama por medio de mí tu caridad
sobre los demás, para que todo lo que soy y todo lo que hago sea cumplimiento
del único y glorioso mandamiento al que me has llamado.
Infunde hoy tu Espíritu sobre nuestros “huesos secos”.
Devuelve vida y esperanza a quienes sufren en el cuerpo y en el alma; fortalece
a nuestros enfermos, consuela a los tristes, acompaña a quienes se sienten
solos y levanta a quienes han perdido la esperanza.
Bendice especialmente a nuestros catequistas. Que, por
intercesión de san Pío X, sean discípulos enamorados de Ti, testigos alegres
del Evangelio y sembradores incansables de tu Palabra.
Jesús, en Ti confío. Amén.
***************
21 de agosto:
San Pío X, Papa — Memoria
1835–1914
Patrono de los niños de Primera Comunión y de los peregrinos
Canonizado por el Papa Pío XII el 29 de mayo de 1954
Cita
Después de una cuidadosa deliberación sobre todos estos puntos, esta Sagrada Congregación de la Disciplina de los Sacramentos, en reunión general celebrada el 15 de julio de 1910, con el fin de eliminar los abusos antes mencionados y lograr que los niños, incluso desde sus tiernos años, puedan unirse a Jesucristo, vivir su vida y obtener protección contra todo peligro de corrupción, ha considerado necesario prescribir las siguientes normas que deben observarse en todas partes para la Primera Comunión de los niños:
1. La edad de discreción, tanto para la Confesión como para la Sagrada Comunión, es el momento en que el niño comienza a razonar, es decir, alrededor de los siete años, más o menos. A partir de ese momento comienza la obligación de cumplir el precepto tanto de la Confesión como de la Comunión…
~Quam Singulari, decisión de San Pío X, 1910
Reflexión
Giuseppe Melchiorre Sarto nació en Riese, Reino de Lombardía-Venecia, hoy Italia. Nació en una familia pobre, siendo el segundo de diez hijos. Su padre era cartero y su madre costurera. Su familia era muy devota, y Giuseppe aprendió la fe católica tanto con la palabra como con el ejemplo. De niño fue educado en casa y por el párroco local, el padre Tito Fusaroni, quien quedó muy impresionado por la piedad y la inteligencia de Giuseppe. Como resultado, cuando Giuseppe tuvo la edad suficiente, el padre Fusaroni pagó su educación en el gimnasio de Castelfranco Véneto, a solo unos kilómetros de su casa, adonde iba caminando cada día. Por ser pobre, a menudo fue objeto de burlas por parte de otros estudiantes, pero esto solo fortaleció su carácter. El gimnasio, como se le llamaba, era una escuela orientada a la excelencia académica y a preparar a los estudiantes para estudios posteriores. Alrededor de los quince años, el padre Fusaroni consiguió una beca para Giuseppe, quien fue enviado al Seminario de Padua, a poco más de veinte millas al sur de su hogar, donde estudió clásicos, filosofía y teología. Avanzó hasta ser el primero de su clase, pero permaneció orante, generoso, bondadoso y humilde, manifestando siempre una fe inquebrantable. Al concluir sus estudios, fue ordenado sacerdote el 18 de septiembre de 1858, a los veintitrés años.
Después de la ordenación, el padre Sarto se convirtió en vicario parroquial en Tombolo, donde pasó los siguientes ocho años. El párroco, el padre Constantini, era mayor y con frecuencia enfermizo, lo que significaba que el padre Sarto pronto se convirtió en el párroco de hecho, cumpliendo la mayoría de las funciones sacerdotales. Tenía un gran respeto por su párroco y buscaba a menudo su consejo. El padre Constantini, a su vez, creció en admiración hacia el padre Sarto. Más tarde dijo de él: “Es tan celoso, tan lleno de buen sentido y de otros dones preciosos, que soy yo quien puede aprender mucho de él. Algún día llevará la mitra, de eso estoy seguro. Después de eso… ¿quién sabe?”. En Tombolo, el padre Sarto fue especialmente atento a las necesidades de los pobres —pues él mismo se había criado en la pobreza—, enseñaba clases de educación de adultos, dirigía el coro parroquial en canto gregoriano, preparaba cuidadosamente sus homilías, pedía consejo y mostraba una genuina preocupación por el bien de sus feligreses. En su tiempo libre continuaba sus estudios por cuenta propia, profundizando en la teología de Santo Tomás de Aquino y en el derecho canónico.
En 1867, debido a su excelente labor en Tombolo, el padre Sarto fue nombrado arcipreste de Salzano. Como arcipreste, tuvo responsabilidades administrativas y pastorales sobre todo el territorio, con la ayuda de sacerdotes bajo su cargo. Continuó con las prácticas pastorales a las que estaba acostumbrado, además de restaurar la iglesia en ruinas, ampliar el hospital católico y cuidar de los enfermos durante un brote de cólera.
A los cuarenta años, el padre Sarto fue elevado a las importantes responsabilidades de canónigo de la catedral de Treviso, canciller y vicario general. También se convirtió en director espiritual del seminario diocesano, donde se dedicó profundamente a la formación de nuevos sacerdotes. Estas responsabilidades importantes, sin embargo, no lo alejaron del pueblo sencillo. Se mantuvo fiel a la enseñanza del catecismo a niños y adultos, y siempre tendía la mano a los pobres y necesitados.
En 1884, el Papa León XIII nombró al canónigo Sarto obispo de Mantua, en el norte de Italia. Aunque al principio se resistió, el Papa insistió. En ese tiempo, la diócesis de Mantua estaba en desorden. Apenas catorce años antes, la Iglesia había perdido el poder temporal sobre los Estados Pontificios por la creación del Reino de Italia. La Iglesia y el Estado a menudo estaban enfrentados. La Iglesia había perdido gran parte de su influencia, propiedades y control interno en esos territorios, incluida Mantua. Como resultado, el obispo Sarto encontró una gran indiferencia y un secularismo rampante. Se puso manos a la obra: revitalizó la educación de los laicos, se dedicó personalmente a la enseñanza en el seminario, reintrodujo la teología escolástica de Santo Tomás de Aquino y el canto gregoriano, y dio nueva vida a sus seminaristas, presbiterio y diócesis. Debido a su buen trabajo, en 1893 el Papa León XIII lo nombró patriarca de Venecia y cardenal.
En Venecia, el cardenal Sarto continuó haciendo lo que siempre había hecho. Se dedicó al seminario, donde estableció la enseñanza de Santo Tomás de Aquino, el uso del canto gregoriano e introdujo una facultad de derecho canónico. Siguió catequizando a jóvenes y adultos, se comprometió en obras sociales, evitó la política y nunca perdió su afecto por los pobres, atendiéndolos siempre que podía. En 1903, después de nueve años en Venecia, murió el Papa León XIII y los cardenales se reunieron para elegir a su sucesor. La elección de un papa en aquel entonces estaba regida por las normas establecidas en 1588 por el Papa Sixto V. Esas normas permitían la influencia externa, como los vetos, ejercidos por algunas autoridades civiles. En el cónclave de 1903, el emperador de Austria vetó al cardenal Mariano Rampolla del Tindaro, secretario de Estado de León XIII, quien había sido elegido en primera instancia. Este veto fue transmitido por el príncipe-obispo de Cracovia. Pocas votaciones después, el cardenal Sarto recibió un consentimiento casi unánime y fue elegido papa a los 68 años, eligiendo el nombre de Pío X. Posteriormente cambió las normas de los cónclaves, eliminando toda influencia externa como el veto.
Como papa, Pío X tomó como lema: “Restaurar todas las cosas en Cristo” (cf. Ef 1,10). Permaneció como había sido cuando era párroco, director espiritual y obispo: humilde, sencillo, amante de la enseñanza a los niños y atento a los pobres. Introdujo un catecismo universal, reformó la curia, renovó la formación en los seminarios, revisó el Código de Derecho Canónico, revitalizó la liturgia, promovió el canto gregoriano y enfatizó la enseñanza de Santo Tomás de Aquino. En el fondo, era un pastor, no un diplomático ni un político. Sin ambiciones, nunca buscó las elevaciones que recibió, sino que aceptó todo en Cristo, con humildad y entrega.
De manera especial, su amor por los niños y su larga historia de catequizarlos lo llevaron a bajar la edad de la Primera Comunión de los doce a los siete años, animando a la comunión frecuente de los niños y de todo el pueblo. Muy devoto de la Santísima Virgen María, hablaba de Ella con frecuencia y la honraba con ternura. Aunque nunca recibió un doctorado, fue altamente inteligente y se opuso firmemente al modernismo dentro de la Iglesia católica, al que consideraba una “síntesis de todas las herejías”, donde las doctrinas se presentaban de forma fragmentaria, creando dudas. En respuesta, predicó que la fe católica era profundamente razonable, sistemática y clara, de ahí su amor por Santo Tomás de Aquino y el derecho canónico.
Después de la muerte de Pío X, se convirtió en el primer papa canonizado desde San Pío V, fallecido en 1572. Su muerte llegó apenas unas semanas después del inicio de la Primera Guerra Mundial. Al ver las crecientes tensiones en el mundo, su corazón pastoral se angustiaba profundamente, y el dolor que veía desarrollarse ante él pudo haber contribuido a su fallecimiento.
Al honrar al primer papa santo del siglo pasado, contemplemos su lenta ascensión desde un simple vicario parroquial hasta pastor del mundo. Esto se realizó por mano de Dios. Todo lo que hizo San Pío X fue amar, enseñar, cuidar a los pobres, orar y ser fiel a las enseñanzas de Cristo. Dios hizo el resto. De nuestra parte, nuestro deber es hacer bien cada cosa pequeña, amando a Dios y al prójimo en cada momento de nuestra vida. Si lo hacemos bien y repetidamente, Dios podrá usarnos de maneras inimaginables.
Oración
San Pío X, en tu esencia fuiste un pastor y un guía de almas que amó a los pobres y deseó que todos llegaran a conocer a Cristo. Ruega por mí, para que Dios pueda servirse de mí para grandes cosas, haciendo cada cosa pequeña con gran amor. Ruega por nuestro Santo Padre, la Curia Romana, todos los clérigos y religiosos, y por toda la Iglesia. Ruega también por los pobres y abandonados, los que no tienen fe y los recién convertidos. Que tus oraciones ganen muchas almas para Dios, como lo hicieron tus acciones mientras le servías en la tierra.
San Pío X, ruega por mí.
Jesús, en Ti confío.




