martes, 17 de febrero de 2026

18 de febrero del 2026: Miércoles de Ceniza

 

El regreso a Dios


(Mateo 6, 1-6.16-18) El camino de la Cuaresma no se centra ante todo en unas prácticas, sino en el regreso a Dios. Eso supone desprenderse de aquello que contamina nuestra relación con Él, con los demás y con nosotros mismos: es decir, esa necesidad de reconocimiento y de aprobación que nos mantiene prisioneros de la mirada de los otros, de los prejuicios de nuestro ambiente… Esto nos invita a prestar atención a nuestras motivaciones, no para condenarnos, sino para abrirnos a la transformación del Espíritu que hace nuevas todas las cosas (cf. Ap 21).

Emmanuelle Billoteau, ermita

 


 

Primera lectura

Jl 2, 12-18

Rasguen sus corazones, no sus vestidos

Lectura de la profecía de Joel.

AHORA —oráculo del Señor—,
conviértanse a mí de todo corazón,
con ayunos, llantos y lamentos;
rasguen sus corazones, no sus vestidos,
y conviértanse al Señor su Dios,
un Dios compasivo y misericordioso,
lento a la cólera y rico en amor,
que se arrepiente del castigo.
¡Quién sabe si cambiará y se arrepentirá
dejando tras de sí la bendición,
ofrenda y libación
para el Señor, su Dios!
Toquen la trompeta en Sion,
proclamen un ayuno santo,
convoquen a la asamblea,
reúnan a la gente,
santifiquen a la comunidad,
llamen a los ancianos;
congreguen a los muchachos
y a los niños de pecho;
salga el esposo de la alcoba
y la esposa del tálamo.
Entre el atrio y el altar
lloren los sacerdotes,
servidores del Señor,
y digan:
«Ten compasión de tu pueblo, Señor;
no entregues tu heredad al oprobio
ni a las burlas de los pueblos».
¿Por qué van a decir las gentes:
«Dónde está su Dios»?
Entonces se encendió
el celo de Dios por su tierra
y perdonó a su pueblo.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 50, 3-4. 5-6ab. 12-13. 14 y 17 (R.: cf. 3a)

R. Misericordia, Señor, hemos pecado.

V. Misericordia, Dios mío, por tu bondad,
por tu inmensa compasión borra mi culpa;
lava del todo mi delito,
limpia mi pecado. 
R.

V. Pues yo reconozco mi culpa,
tengo siempre presente mi pecado.
Contra ti, contra ti solo pequé,
cometí la maldad en tu presencia. 
R.

V. Oh, Dios, crea en mí un corazón puro,
renuévame por dentro con espíritu firme.
No me arrojes lejos de tu rostro,
no me quites tu santo espíritu. 
R.

V. Devuélveme la alegría de tu salvación,
afiánzame con espíritu generoso.
Señor, me abrirás los labios,
y mi boca proclamará tu alabanza. 
R.

 

Segunda lectura

2 Cor 5, 20 — 6, 2

Reconcíliense con Dios: ahora es tiempo favorable

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Corintios.

HERMANOS:
Actuamos como enviados de Cristo, y es como si Dios mismo exhortara por medio de nosotros. En nombre de Cristo les pedimos que se reconcilien con Dios.
Al que no conocía el pecado, lo hizo pecado en favor nuestro, para que nosotros llegáramos a ser justicia de Dios en él.
Y como cooperadores suyos, los exhortamos a no echar en saco roto la gracia de Dios. Pues dice:
«En el tiempo favorable te escuché,
en el día de la salvación te ayudé».
Pues miren: ahora es el tiempo favorable, ahora es el día de la salvación.

Palabra de Dios.

 

Aclamación

V. No endurezcan hoy su corazón; escuchen la voz del Señor.

 

Evangelio

Mt 6, 1-6. 16-18

Tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Cuiden de no practicar su justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tendrán recompensa de su Padre celestial.
Por tanto, cuando hagas limosna, no mandes tocar la trompeta ante ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles para ser honrados por la gente; en verdad les digo que ya han recibido su recompensa.
Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.
Cuando oren, no sean como los hipócritas, a quienes les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para que los vean los hombres. En verdad les digo que ya han recibido su recompensa.
Tú, en cambio, cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo recompensará.
Cuando ayunen, no pongan cara triste, como los hipócritas que desfiguran sus rostros para hacer ver a los hombres que ayunan. En verdad les digo que ya han recibido su paga.
Tú, en cambio, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que tu ayuno lo note, no los hombres, sino tu Padre, que está en lo escondido; y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará».

Palabra del Señor.

 

1

 

Queridos hermanos:

Hoy, con la ceniza sobre la frente, comenzamos un tiempo santo que muchos identifican enseguida con tres palabras: oración, ayuno y limosna. Y está bien. Pero la Palabra de Dios de este Miércoles de Ceniza nos obliga a ir más al fondo: la Cuaresma es, ante todo, un regreso a Dios.

Lo dice el profeta Joel con una fuerza que atraviesa los siglos:

“Vuelvan a mí de todo corazón” (Jl 2,12).

No dice: “vuelvan a una costumbre”. No dice: “cumplan un rito”. Dice: vuelvan a mí. La Cuaresma no empieza con tareas; empieza con una relación que necesita ser sanada.


1) “Rasguen el corazón, no los vestidos” (Jl 2,13)

Joel describe los signos penitenciales del pueblo: ayuno, llanto, luto, asamblea, trompeta… Todo eso existe. Pero el centro es otro:

“Rasguen su corazón y no sus vestidos” (Jl 2,13).

Es una frase tremenda: no basta el gesto exterior. El corazón puede “vestirse” de penitencia y por dentro seguir igual: orgulloso, resentido, duro, distraído, superficial.

Por eso la ceniza no es un talismán ni un simple recuerdo piadoso: es una sacudida. Nos recuerda quiénes somos: frágiles, necesitados, pecadores… pero también convocados por un Dios que “es compasivo y misericordioso” (cf. Jl 2,13).

Y fíjense que Joel no pinta un Dios con ganas de castigar, sino un Dios que espera, que se deja conmover, que busca restaurar la alianza:

“Quizá se arrepienta… ¿Quién sabe?” (Jl 2,14).

Ese “quién sabe” no es duda sobre la bondad de Dios; es una invitación a no dar por perdido el futuro: si volvemos, hay gracia; si regresamos, hay vida.


2) El Salmo 51: la Cuaresma como cirugía del corazón

Hoy respondemos con el Salmo 51, el gran salmo penitencial:

“Misericordia, Dios mío, por tu bondad” (Sal 51).

Aquí se entiende bien el espíritu cuaresmal: no venimos a exhibir méritos; venimos a pedir misericordia. Y el salmo nos enseña lo que Dios desea:

“Mi sacrificio es un espíritu quebrantado; un corazón contrito y humillado tú no lo desprecias” (Sal 51,19/17).

Dios no desprecia nuestra pobreza cuando es verdadera. Lo que Él no soporta es la máscara. Y por eso este salmo pide lo que más necesitamos:

“Crea en mí, oh Dios, un corazón puro” (Sal 51,12).

Cuaresma es eso: permitir que Dios cree de nuevo en nosotros. No es maquillaje: es creación nueva.


3) “Déjense reconciliar con Dios… ahora” (2Co 5,20–6,2)

San Pablo hoy no habla con tono diplomático. Habla como quien suplica:

“En nombre de Cristo les pedimos: déjense reconciliar con Dios” (2Co 5,20).

Noten el verbo: déjense. A veces pensamos que convertirnos es solo “hacer más”. Pablo dice algo más profundo: convertirnos es dejar que Dios nos reconcilie, permitir que su gracia nos alcance.

Y remata con una frase que debería quedarse pegada al alma durante toda la Cuaresma:

“Ahora es el tiempo favorable, ahora es el día de la salvación” (2Co 6,2).

No cuando se calme todo. No cuando termine el problema. No cuando haya más tiempo. Ahora.

La Cuaresma es un “ahora” de Dios. Un kairós. Una puerta abierta.


4) El Evangelio: volver a Dios purificando las motivaciones (Mt 6,1-6.16-18)

Y llegamos al Evangelio. Jesús no prohíbe la limosna, la oración y el ayuno. De hecho, lo da por sentado: “cuando des… cuando ores… cuando ayunes…”.

Lo que Jesús combate es otra cosa: la necesidad de reconocimiento, esa sed de aprobación que nos vuelve esclavos de la mirada ajena. Como decía alguien: hay algo que “contamina” nuestra relación con Dios, con los demás y con nosotros mismos: vivir prisioneros del qué dirán, de los prejuicios del ambiente, del aplauso.

Por eso Jesús repite como un estribillo:

“Tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará”.

El secreto no es esconderse por miedo; es actuar desde la verdad. Es hacer el bien por amor, no por imagen.

  • Limosna: no para ser visto, sino para amar y liberar el corazón de la avaricia y del egoísmo.
  • Oración: no para impresionar, sino para entrar al “cuarto interior”, donde se recuerda quién soy: hijo amado, no actor religioso.
  • Ayuno: no para aparentar santidad, sino para ordenar los deseos y aprender que Dios es mi verdadera hambre.

La Cuaresma entonces no es primero una lista de prácticas, sino una purificación de intención: ¿por qué hago lo que hago? ¿para quién? ¿desde dónde?


5) Evocación de la ceniza: polvo que humilla, polvo que despierta

La ceniza en la frente es pequeña, pero habla fuerte. Nos predica sin palabras:

  • “No eres Dios”: baja del pedestal.
  • “No eres eterno aquí”: vive lo esencial.
  • “Necesitas salvación”: abre espacio a la gracia.
  • “Puedes empezar de nuevo”: hoy es tiempo favorable.

Y aquí se une todo: Joel nos llama a volver; el salmo nos pone de rodillas sin destruirnos; Pablo nos urge a reconciliarnos hoy; Jesús nos enseña a caminar en verdad, lejos del show religioso.


Para aterrizar la Cuaresma en decisiones concretas

Te propongo tres preguntas sencillas para estos días:

1.    ¿Qué necesito soltar para volver a Dios “de todo corazón”? (Jl 2,12)

2.    ¿Qué motivación debo purificar: quiero ser visto o quiero amar? (Mt 6)

3.    ¿Qué paso de reconciliación debo dar ya: con Dios, con alguien, conmigo mismo? (2Co 6,2)

Y tres compromisos discretos:

  • una limosna real (que me cueste)
  • una oración diaria en secreto (aunque sea breve, fiel)
  • un ayuno concreto (que ordene mi corazón, no solo el estómago)

Oración final

Señor, hoy regreso a Ti.
Rasga mi corazón donde está endurecido,
purifica mis motivaciones,
líbrame de la esclavitud del aplauso
y hazme vivir en tu mirada que sana.

Crea en mí un corazón puro.
Reconcíliame contigo.
Y que esta Cuaresma sea un verdadero comienzo.

Amén.

 

 

2

 

Queridos hermanos:

Hoy comenzamos el santo tiempo de la Cuaresma. La ceniza que se impondrá sobre nuestra frente no es un gesto folclórico ni una costumbre antigua sin contenido. Es una llamada urgente. El profeta Joel lo grita con fuerza:

“Conviértanse a mí de todo corazón” (Jl 2,12).

No dice: “hagan algunos cambios externos”. Dice: de todo corazón.

San Pablo lo reafirma con tono apasionado:

“En nombre de Cristo les suplicamos: déjense reconciliar con Dios… ahora es el tiempo favorable” (2Co 5,20; 6,2).

No mañana. No cuando pase la Semana Santa. Ahora.

Y el Evangelio nos ofrece el camino concreto: limosna, oración y ayuno.


1. Tres tentaciones, tres remedios

Los Padres de la Iglesia enseñaban que estas tres prácticas cuaresmales no son simples obras piadosas. Son armas espirituales. Son el modo concreto de combatir las mismas tentaciones que Jesús venció en el desierto.

a) La gula – y el ayuno como medicina

El maligno tentó a Jesús: “Convierte estas piedras en pan”.
Después de cuarenta días de ayuno, era una tentación muy real.

No era sólo hambre física. Era la invitación a usar el poder para satisfacer un deseo inmediato.

¿Cuántas veces nosotros también buscamos saciar vacíos interiores con comida, consumo, entretenimiento, redes sociales, compras compulsivas? La gula no es solo comer demasiado; es vivir dominados por el apetito.

El ayuno es la respuesta.
No para castigar el cuerpo.
No para aparentar santidad.
Sino para educar el corazón.

Cuando ayunamos, recordamos que no todo deseo debe ser satisfecho inmediatamente. Aprendemos libertad interior. Descubrimos que Dios basta.

Por eso Jesús dice:

“Cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lávate la cara”.

No es teatro. Es discreción. Es amor secreto.


b) La vanagloria – y la oración como purificación

La segunda tentación fue la del espectáculo:
“Lánzate del templo para que todos vean quién eres”.

La necesidad de ser admirado, reconocido, aplaudido.
La obsesión por la imagen.
El deseo de aprobación constante.

Hoy vivimos en una cultura donde la identidad parece depender de los “me gusta”. Pero Jesús nos lleva al lugar contrario:

“Cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta…”

La oración en lo secreto es el antídoto contra la vanagloria.
Allí no hay público.
Allí no hay aplausos.
Allí sólo está el Padre.

Y cuando uno se sabe amado por el Padre, ya no necesita demostrar nada a nadie. La oración sana la inseguridad, la comparación, la competencia. Nos devuelve nuestra verdadera dignidad: ser hijos.


c) La avaricia – y la limosna como liberación

La tercera tentación fue el poder y la posesión:
“Te daré todos los reinos del mundo si me adoras”.

La avaricia no es solo amar el dinero; es confiar en él más que en Dios. Es pensar que la seguridad viene de acumular.

La limosna rompe ese apego.
Cuando damos, declaramos: mi seguridad no está en lo que poseo, sino en Aquel que me sostiene.

Jesús dice:

“Que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha”.

La verdadera generosidad no busca publicidad.
Busca libertad.

Cuando compartimos, vencemos el egoísmo.
Cuando ayudamos, nos parecemos a Dios.


2. El combate espiritual comienza dentro

El Salmo 51 nos hace repetir hoy:

“Crea en mí, oh Dios, un corazón puro”.

La Cuaresma no es una dieta religiosa.
Es una cirugía del corazón.

El problema no está solo en nuestras acciones externas, sino en nuestras motivaciones profundas. Jesús lo deja claro: no basta dar limosna; importa cómo y por qué la damos. No basta ayunar; importa desde dónde lo hacemos.

Combatir el pecado con la virtud significa identificar aquello que más nos esclaviza y abrazar conscientemente la virtud contraria.

  • Si lucho con el egoísmo, practico generosidad concreta.
  • Si lucho con el orgullo, busco oración humilde.
  • Si lucho con el desorden en mis apetitos, practico ayuno disciplinado.

La virtud no nace espontáneamente; se cultiva con decisión.


3. Ir al desierto

Cuarenta días.
Como Jesús.
Como el pueblo de Israel.

El desierto no es un lugar cómodo. Es un lugar de verdad. Allí caen las máscaras. Allí se revela lo que realmente hay dentro.

¿Qué te aleja hoy de Dios?
¿Qué tentación se repite más en tu vida?
¿Qué pecado se ha vuelto costumbre?

No tengamos miedo de mirarlo.
El Miércoles de Ceniza no es un día triste; es un día de esperanza.

Porque el mismo Dios que nos muestra la herida es quien ofrece la medicina.


4. La recompensa del Padre

Jesús repite tres veces una promesa:

“Tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará”.

La recompensa no es fama.
No es éxito.
No es prosperidad material.

La recompensa es un corazón libre.
Un corazón reconciliado.
Un corazón que ama más.

Hoy, al recibir la ceniza, escucharemos:
“Conviértete y cree en el Evangelio”
o
“Recuerda que eres polvo y al polvo volverás”.

No es una amenaza.
Es una invitación a vivir lo único que permanece: el amor.


Oración final

Señor liberador,
al comenzar esta Cuaresma, muéstrame con claridad aquello que me esclaviza.
Dame valentía para enfrentar mis tentaciones.
Enséñame a practicar la limosna con generosidad,
la oración con humildad
y el ayuno con alegría.

Crea en mí un corazón nuevo.
Hazme libre para amar más.

Jesús, confío en Ti.

 

3

 

Queridos hermanos:

Cada año, al llegar el Miércoles de Ceniza, muchos experimentamos algo especial. Permítanme comenzar con un recuerdo personal.

Cuando era niño, este día me producía una mezcla de curiosidad y respeto. Íbamos al templo casi “en fila”, acompañados por nuestros profesores y con el consentimiento alegre de nuestros padres. El sacerdote marcaba una pequeña cruz de ceniza sobre nuestra frente. Yo me preguntaba: ¿para qué sirve esto? ¿Qué significa dejarse trazar una cruz hecha con polvo oscuro, que —nos decían— provenía de los ramos bendecidos el Domingo de Ramos del año anterior?

Aquella crucecita la llevábamos con orgullo casi sagrado. Hacíamos lo posible por no borrarla en todo el día. Pero bastaba el sudor, el juego o un descuido al rascarnos la frente para que se desdibujara. Y cuando eso ocurría, sentíamos una especie de sobresalto interior, como si hubiéramos atentado contra algo muy importante.

Con el paso de los años comprendí mejor. Y también descubrí que todavía hoy muchos participan del rito sin entender del todo su profundidad.


1. La ceniza: un signo antiguo y profundamente bíblico

La imposición de la ceniza no es un invento reciente. La Iglesia lo recibe de la tradición bíblica.

En Israel, cuando el pueblo atravesaba tiempos de sufrimiento, de prueba o de pecado, se proclamaban ayunos públicos. Las personas se vestían con sayal, se cubrían de ceniza y expresaban exteriormente su dolor y su arrepentimiento. Era un gesto fuerte: reconocer la fragilidad humana ante Dios.

El profeta Joel, en la primera lectura, nos transmite hoy esa misma voz divina:

“Conviértanse a mí de todo corazón… rasguen su corazón y no sus vestidos” (Jl 2,12-13).

Aquí está el centro: no basta el gesto externo. Dios quiere el corazón.

La ceniza es un sacramental —no un sacramento—, es decir, un signo que dispone el alma. No actúa mágicamente. No es un amuleto. Es una llamada.


2. “Recuerda que eres polvo”

Cuando escuchamos:
“Recuerda que eres polvo y al polvo volverás”,
no es una amenaza, es una verdad liberadora.

Nos recuerda que no somos autosuficientes. Que no somos eternos en esta tierra. Que no somos dioses.

En una cultura que exalta la juventud, el éxito, la apariencia y la productividad, la ceniza nos devuelve a la realidad: somos criaturas, somos dependientes, somos frágiles… y somos amados por Dios.

La ceniza nos habla de pecado y de muerte, sí. Pero también nos habla de misericordia y de esperanza. Porque reconocer nuestra condición es el primer paso para dejarnos salvar.


3. Lo esencial no es el gesto, sino la conversión

En el Evangelio, Jesús no elimina las prácticas penitenciales. No dice que el ayuno, la oración o la limosna sean inútiles. Al contrario, los presupone. Pero hace una precisión decisiva: no deben hacerse para aparentar.

“Cuando des limosna… cuando ores… cuando ayunes…”

No dice “si”. Dice “cuando”. Es decir, son parte de la vida del creyente.

Pero añade:

“Tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará”.

El peligro no es practicar la religión; el peligro es vaciarla de interioridad. El gesto exterior sin conversión interior se vuelve teatro.

Joel ya lo había dicho:
“Rasguen su corazón”.

La Cuaresma no es cosmética espiritual. No es cumplir por tradición. Es un tiempo de gracia para volver a Dios “de todo corazón”.


4. Cuarenta días para reencontrar lo esencial

La palabra Cuaresma significa “cuarenta”. Cuarenta días como los de Jesús en el desierto. Cuarenta días para ordenar la vida.

Vivimos inmersos en una sociedad de ruido, prisa y superficialidad. Muchas voces compiten por nuestra atención. La Palabra de Dios se diluye entre tantas opiniones. Terminamos dando prioridad a lo urgente y olvidando lo importante.

La ceniza nos obliga a detenernos.
A preguntarnos:
¿Qué sentido tiene mi trabajo?
¿Qué lugar ocupa Dios en mi agenda?
¿Qué estoy haciendo con mi vida?

San Pablo nos lo dice con fuerza:

“Ahora es el tiempo favorable, ahora es el día de la salvación” (2Co 6,2).

No después. Ahora.


5. Un camino de humildad y esperanza

La ceniza nos recuerda que somos pecadores. Pero no para hundirnos en la culpa, sino para abrirnos a la misericordia.

El Salmo 51 lo expresa con belleza:

“Crea en mí, oh Dios, un corazón puro”.

Ese es el verdadero objetivo de estos cuarenta días: un corazón nuevo. Un corazón más humilde, más justo, más compasivo.

Porque la conversión no consiste solo en dejar un pecado; consiste en amar mejor. En perdonar. En reconciliarnos. En buscar la justicia. En volver a lo esencial.


Queridos hermanos:

Tal vez hoy, como cuando éramos niños, volvamos a sentir una mezcla de respeto y misterio al recibir la ceniza. Pero que no se quede en una emoción pasajera.

Que este signo visible nos lleve a una decisión invisible pero real: volver a Dios.

Que estos cuarenta días no pasen en vano.
Que la cruz de ceniza en la frente se convierta en cruz de amor en el corazón.

Amén.

 

17 de febrero del 2026: martes de la sexta semana del tiempo ordinario-II- Los siete santos Fundadores de la Orden de los Siervos de la Bienaventurada Virgen María- Memoria opcional


Santo del día:

San Alejo (Alexis) Falconieri

1200–1310.

Junto con otros seis jóvenes ricos de Florencia, renunció a sus bienes, eligió la pobreza y fundó la Orden de los Siervos (Servitas), o Siervos de María.

 

 

En auxilio del hombre tentado

(Santiago 1,12-18) Santiago recuerda que la tentación no viene de Dios, sino de nuestras “pasiones”, devolviendo a cada uno su responsabilidad. ¿Acaso Dios no actuó así con Caín, presa de la ira: “El pecado está agazapado a tu puerta […], pero tú debes dominarlo” (Gn 4,7)?

Sabiendo que el Señor viene en auxilio del hombre tentado que le suplica. Esto permite retomar la penúltima petición del Padrenuestro, sin olvidar estar atentos a nosotros mismos para no entrar en la espiral que conduce a la muerte.

Emmanuelle Billoteau, ermite

 


Primera lectura

Sant 1, 12-18

Dios no tienta a nadie

Lectura de la carta del apóstol Santiago.

BIENAVENTURADO el hombre que aguanta la prueba, porque, si sale airoso, recibirá la corona de la vida que el Señor prometió a los que lo aman.
Cuando alguien se vea tentado, que no diga: «Es Dios quien me tienta»; pues Dios no es tentado por el mal y él no tienta a nadie.
A cada uno lo tienta su propio deseo cuando lo arrastra y lo seduce; después el deseo concibe y da a luz al pecado, y entonces el pecado, cuando madura, engendra muerte.
No se engañen, mis queridos hermanos. Todo buen regalo y todo don perfecto viene de arriba, procede del Padre de las luces, en el cual no hay ni alteración ni sombra de mutación.
Por propia iniciativa nos engendró con la palabra de la verdad, para que seamos como una primicia de sus criaturas.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 93, 12-13a. 14-15. 18-19 (R.: 12a)

R. Dichoso el hombre a quien tú educas, Señor.

V. Dichoso el hombre a quien tú educas,
al que enseñas tu ley,
dándole descanso tras los años duros. 
R.

V. Porque el Señor no rechaza a su pueblo,
ni abandona su heredad:
el juicio retornará a la justicia,
y la seguirán todos los rectos de corazón. 
R.

V. Cuando pensaba que iba a tropezar,
tu misericordia, Señor, me sostenía;
cuando se multiplican mis preocupaciones,
tus consuelos son mi delicia. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. El que me ama guardará mi palabra —dice el Señor—, y mi Padre lo amará, y vendremos a él. R.

 

Evangelio

Mc 8, 14-21

Eviten la levadura de los fariseos y de Herodes

Lectura del santo Evangelio según san Marcos.

EN aquel tiempo, a los discípulos se les olvidó tomar pan y no tenían más que un pan en la barca.
Y Jesús les ordenaba diciendo:
«Estén atentos, eviten la levadura de los fariseos y de Herodes».
Y discutían entre ellos sobre el hecho de que no tenían panes.
Dándose cuenta, les dijo Jesús:
«¿Por qué andan discutiendo que no tienen pan? ¿Aún no entienden ni comprenden? ¿Tienen el corazón embotado? ¿Tienen ojos y no ven, tienen oídos y no oyen? ¿No recuerdan cuántos cestos de sobras recogieron cuando repartí cinco panes entre cinco mil?».
Ellos contestaron:
«Doce».
«¿Y cuántas canastas de sobras recogieron cuando repartí siete entre cuatro mil?».
Le respondieron:
«Siete».
Él les dijo:
«¿Y no acaban de comprender?».

Palabra del Señor.

 

 

 

1

 

Hermanos, hoy la Palabra de Dios nos pone delante dos “olvidos” que pueden arruinarnos la vida espiritual: el olvido de cómo actúa la tentación y el olvido de quién es Jesús y de lo que ya ha hecho por nosotros.

1) “Dichoso el que soporta la tentación” (St 1,12-18): la batalla es real… y también la gracia

Santiago es muy claro: Dios no tienta a nadie. Entonces, ¿de dónde sale la tentación? De ese terreno interior que la Biblia llama “pasiones”: impulsos, heridas, deseos desordenados, resentimientos, vanidades, miedos… Todo eso que, si no lo cuidamos, termina dominándonos.

Santiago describe un proceso psicológico y espiritual muy real:

  • la pasión seduce,
  • se concibe el pecado,
  • y el pecado, si se deja crecer, engendra muerte.

Es una espiral. No siempre empieza con algo “grave”. Empieza con una rendija: una frase que me repito, una excusa que me doy, una pequeña mentira, una costumbre que normalizo, una rabia que alimento, una envidia que justifico, un “yo me lo merezco”… Y, sin darnos cuenta, lo que parecía pequeño se vuelve cadena.

Pero el apóstol no nos deja en el miedo: proclama una buena noticia: Dios es Padre bueno, el que da “todo don perfecto”. Cuando pedimos: “No nos dejes caer en la tentación”, no estamos diciendo: “Señor, quítame toda lucha”, sino: “Señor, no me sueltes la mano; no permitas que la prueba me venza; dame salida; dame luz; dame fortaleza”.

Y aquí conviene repetir, como en el comentario: Dios viene al auxilio del tentado que lo implora. A veces la victoria comienza con una oración corta y humilde:
“Jesús, ayúdame”.
“Señor, ten misericordia”.
“María, cúbreme con tu manto”.

2) “¿Aún no entienden?” (Mc 8,14-21): cuando la preocupación nos roba la fe

En el Evangelio los discípulos están inquietos porque se les olvidó llevar pan. Y Jesús, con una mezcla de paciencia y dolor, les habla de la “levadura” de los fariseos y de Herodes: esa levadura es una manera de pensar que contamina: la desconfianza, la dureza de corazón, el cálculo sin fe, el corazón cerrado que exige pruebas pero no se convierte.

Y Jesús les hace preguntas que son como un examen del alma:

  • “¿Por qué discuten que no tienen pan?”
  • “¿Todavía no comprenden?”
  • “¿No recuerdan… cuando multipliqué los panes?”

El problema no es el pan. El problema es la memoria del corazón. Cuando uno vive dominado por la ansiedad, se le encoge el alma: olvida los milagros de ayer y se imagina que mañana Dios no estará.

¿Cuántas veces nos pasa?
Dios nos ha sacado adelante en momentos durísimos… pero hoy aparece otro problema y sentimos que todo se acaba. Y entonces Jesús pregunta: “¿Aún no entiendes?” Es decir: “¿Todavía no has captado que yo soy tu Pan? ¿Que conmigo no te falta lo esencial? ¿Que la providencia no se agota?”

3) Dos “levaduras” que hoy fermentan: la del orgullo y la del miedo

Hay una tentación muy común: el orgullo religioso (levadura farisaica): creer que por saber cosas de Dios ya estamos convertidos; juzgar a todos; vivir de apariencias; endurecer el corazón.

Y hay otra: el miedo pragmático (levadura de Herodes): pensar que todo depende de mi control, de mis recursos, de mi estrategia; vivir calculando; terminar esclavo de la preocupación.

Jesús nos propone otra levadura: la del Reino, la de la confianza. No la ingenuidad, sino la fe madura que recuerda: “El Padre da dones buenos. Cristo ya multiplicó los panes. El Señor no abandona”.

4) Hoy oramos por los benefactores: gracias que son “pan multiplicado”

La intención de hoy nos invita a mirar a nuestros benefactores como una señal de la providencia: personas que, con su generosidad, se convierten en pan compartido para que la Iglesia evangelice, para que los pobres sean atendidos, para que una obra pastoral siga adelante, para que un enfermo reciba ayuda, para que una misión no se apague.

A veces el enemigo siembra una idea: “No alcanza… no se puede… no vale la pena…” Y Dios responde de modo humilde: con manos concretas, con corazones generosos. Por eso hoy damos gracias y pedimos:
Señor, bendice a quienes nos han ayudado; multiplica su alegría; sostén sus familias; dales salud y paz; y que nunca les falte el Pan del cielo.

5) Los siete santos Fundadores (memoria opcional): servir a María es servir a Cristo y a los hermanos

Estos santos fundadores de los Siervos de María nos recuerdan un camino precioso para vencer la tentación y la dureza: la vida fraterna, la humildad y el servicio, bajo la mirada de la Virgen. María no nos distrae de Jesús: nos lo entrega. Donde ella está, el corazón aprende a decir: “Hágase”, aprende a confiar, aprende a ponerse en pie.

Para terminar: tres decisiones sencillas para esta semana

1.    Nombrar mi tentación principal (sin excusas, con verdad): “Señor, esto es lo que me seduce y me desordena”.

2.    Cortar la espiral temprano: no dialogar con la seducción; cambiar de ambiente; pedir ayuda; buscar un consejo; volver a la oración.

3.    Hacer memoria agradecida: escribir o recordar dos “panes multiplicados” de mi vida: una vez que Dios me sostuvo, una vez que no me abandonó.

Pidamos al Señor la gracia de un corazón lúcido y confiado: que no culpe a Dios de lo que nace de nuestras pasiones, y que no se deje devorar por la preocupación, porque Jesús está en la barca.

Y que María, Madre y Sierva del Señor, nos cubra con su manto y nos enseñe a creer, a recordar, a agradecer… y a compartir el pan. Amén.

 

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Hermanos, el Evangelio de hoy ocurre en una escena muy humana: los discípulos van en la barca… y se dan cuenta de que se les olvidó el pan. Traen uno solo. Y Jesús, en vez de centrarse en la “logística”, abre una ventana al corazón: “Estén atentos; guárdense de la levadura de los fariseos y de la levadura de Herodes” (Mc 8,15).

Jesús no está hablando de pan. Está hablando de algo más peligroso: influencias invisibles que se meten en el alma y la fermentan por dentro, hasta cambiar el modo de pensar, de sentir y de actuar.

1) La tristeza santa de Jesús: no se trata de orgullo herido, sino de compasión

El contexto es importante: Jesús acaba de encontrarse con fariseos que le exigían “una señal” para ponerlo a prueba. Y el Evangelio anterior nos decía que Jesús suspiró profundamente: un suspiro que nace de la tristeza santa. No es “drama”, no es rabia, no es amor propio lastimado. Es el dolor del Amor cuando ve un corazón endurecido, cerrado a la verdad, incapaz de creer aunque tenga delante los signos.

Esa tristeza santa es la de un médico que ve al paciente negar la enfermedad y rechazar el remedio. Jesús sufre porque sabe que un corazón así se va muriendo por dentro.

2) La levadura: lo pequeño que lo invade todo

La levadura es poca, casi invisible, pero cambia toda la masa. Jesús nos está diciendo: cuidado con lo que dejas entrar a tu interior; cuidado con lo que toleras como “normal”; cuidado con lo que repites hasta que se vuelve hábito.

Por eso, el Señor nombra dos levaduras.

a) La levadura de los fariseos: la religión de la apariencia
Es la tentación de quedar bien por fuera y no dejar que Dios convierta por dentro. Es vivir de lo externo: “yo cumplo”, “yo hago”, “yo parezco”… pero el corazón sigue sin misericordia, sin humildad, sin verdad. Es una levadura que termina endureciendo: vuelve a la persona jueza de los demás y abogada de sí misma.

b) La levadura de Herodes: la mundanidad del poder, del placer y del ego
Herodes representa la mentalidad que mide la vida por lo inmediato: éxito, control, dinero, placer, imagen. Y cuando esa levadura entra, la conciencia se negocia: se calla la verdad, se compra el silencio, se justifica lo injustificable. Ya vimos hasta dónde llegó: prefirió quedar bien en un banquete antes que escuchar la voz de Dios, y terminó manchado con la sangre del Bautista.

3) “¿Aún no comprenden?”: cuando la preocupación nos roba la memoria de Dios

Lo más llamativo es que los discípulos interpretan a Jesús de manera literal: “lo dice porque no tenemos pan”. Y Jesús los sacude con preguntas:
“¿Todavía no entienden? ¿No recuerdan…?” (Mc 8,17-21).

Ahí está el punto: la preocupación estrecha el alma. Cuando uno se obsesiona por lo que falta, se le olvida lo que Dios ya hizo. Y Jesús les recuerda las multiplicaciones: “¿Cuántos canastos recogieron?” Es como si les dijera: “¿De verdad creen que el problema es el pan? ¡Si yo soy el Pan! ¡Si yo soy la Providencia caminando con ustedes!”

4) Santiago nos da el mapa interior de la tentación (St 1,12-18)

La primera lectura aterriza todo esto: Dios no tienta; la tentación nace de nuestras pasiones desordenadas. Y describe la cadena: deseo → seducción → pecado → muerte. Es decir, la levadura entra cuando uno deja que el deseo lo arrastre sin vigilancia.

Pero Santiago no habla para asustarnos; habla para salvarnos:
“Dichoso el que soporta la tentación” (St 1,12).
Dichoso no el que “nunca es tentado”, sino el que lucha, ora, se sostiene en Dios, y no deja que la levadura mala fermente.

Y aquí viene una luz preciosa: si la levadura mala actúa en silencio, la gracia también. Dios siembra dentro de nosotros otra levadura: su Palabra, su Espíritu, sus sacramentos. Esa es la levadura buena que transforma desde dentro.

5) Un examen de conciencia muy actual: ¿qué me está fermentando por dentro?

Jesús hoy nos pregunta a cada uno:

  • ¿Qué contenidos consumo a diario que me van moldeando sin darme cuenta?
  • ¿Qué conversaciones, chismes, resentimientos, ironías, “humores” van volviendo mi corazón duro?
  • ¿Qué miedos me gobiernan?
  • ¿Qué vanidades me mandan?
  • ¿Qué “normalizaciones” me están alejando de la verdad?

La levadura del mundo no siempre entra con violencia; entra con entretenimiento, con costumbre, con ambiente, con “todo el mundo lo hace”.

El remedio no es aislarse del mundo, sino enraizarse en Cristo: oración diaria, examen de conciencia, confesión frecuente, Eucaristía, lectura del Evangelio. Lo que fermenta por dentro depende de lo que alimentas.

6) Intención orante por los benefactores: ustedes son “pan” que Dios multiplica

Hoy damos gracias por nuestros benefactores. Su generosidad es un signo concreto de que Dios sigue multiplicando el pan: sostiene obras de evangelización, ayuda a los pobres, sostiene templos, proyectos, misiones, formación, atención de enfermos… Muchas veces, cuando la comunidad dice “no alcanza”, Dios responde con rostros y manos.

Que el Señor los bendiga: que les devuelva el ciento por uno en paz, salud, alegría, unidad en sus hogares; y que nunca les falte el Pan verdadero, Cristo Jesús.

Conclusión

Hermanos, Jesús nos lo dice con cariño y con firmeza: “¡Ojo! ¡Cuidado!”
No solo con lo que hacemos, sino con lo que dejamos que nos haga por dentro.

Pidámosle al Señor un corazón vigilante y humilde, capaz de recordar sus milagros, de resistir la tentación, y de dejarse fermentar por la levadura buena del Evangelio.

Señor Jesús, danos luz para reconocer las influencias que nos apartan de ti. Que tu Palabra sea nuestra levadura, tu Eucaristía nuestro pan, y tu misericordia nuestra fuerza. Amén.

 

 

17 de febrero:

Los Siete Santos Fundadores de la Orden de los Siervos de María — Memoria opcional
Siglo XIII
Invocados para obtener ayuda en la imitación de la caridad y paciencia de Nuestra Señora de los Dolores.
Canonizados el 15 de enero de 1888 por el Papa León XIII.

 


Cita:


«Los he elegido para que sean mis primeros Siervos, y bajo este nombre deberán cultivar la viña de mi Hijo. Este es también el hábito que deberán vestir; su color oscuro recordará los dolores que sufrí el día en que estuve al pie de la Cruz de mi único Hijo. Reciban también la Regla de san Agustín, y que ustedes, llevando el título de mis Siervos, alcancen la palma de la vida eterna».


~De una visión de la Santísima Virgen María


Reflexión

Bonfilio, Alejo, Maneto, Amadeo, Hugo, Sostene y Buonagiunta eran siete prósperos comerciantes de telas de Florencia, Italia. Como miembros de una asociación laical dedicada a la Santísima Virgen, cada uno vivía con profunda devoción su fe. Su amistad, centrada en la fe, no solo los unía más plenamente a Dios, sino también entre ellos mediante un vínculo y una misión sagrados.

En aquel tiempo, Florencia era una ciudad bulliciosa, marcada por conflictos derivados de la rivalidad entre los gobernantes nobles y los grupos populares que buscaban gobernar según la voluntad del pueblo. La economía también estaba en auge gracias a la nueva clase mercantil, cuya riqueza se medía en monedas y no en tierras o siervos. En este contexto, estos siete santos florentinos anhelaban liberarse de la codicia por el dinero y el poder, así como de los conflictos que crecían constantemente.

Hacia el año 1233, se cuenta que los siete experimentaron individualmente una aparición de la Santísima Virgen María, quien los llamó a apartarse del mundo y a consagrarse totalmente al servicio de Dios. Obedecieron, y el 8 de septiembre, fiesta de la Natividad de la Virgen María, renunciaron a sus negocios y propiedades, y se trasladaron a una casa deteriorada fuera de las murallas de la ciudad. Abrazaron una vida mendicante de pobreza, oración y limosna. Muchos se sintieron atraídos por ellos y reconocieron en ellos hombres de sabiduría y virtud. Por ello recibieron numerosas solicitudes de consejo espiritual y orientación moral. Aunque se sentían inclinados a este ministerio de caridad, pronto descubrieron que su primera vocación era la vida de oración. La cercanía a la ciudad de Florencia dificultaba la soledad a la que estaban llamados, por lo que se trasladaron a una morada a once millas de la ciudad, en el Monte Senario.

Hacia el año 1240, en Monte Senario, los siete recibieron una visión conjunta de la Santísima Virgen María, quien se les apareció rodeada de ángeles. Ella les indicó su misión, los vistió con el hábito, les entregó su regla de vida y fundó personalmente su Orden.

En el centro de su misión estaba difundir la devoción a los Siete Dolores de María y ser sus siervos. En menos de una década, la Orden recibió una aprobación provisional del Papa y comenzó a crecer. Además de nuevas fundaciones en Italia, pronto se extendió a Alemania, Francia y España. A comienzos del siglo XIII recibió la aprobación papal definitiva y se expandió a Hungría, Bohemia, Austria, Polonia y la actual Bélgica. Más tarde se establecieron misiones en Creta, Filipinas e India. Hoy, la Orden de los Siervos de María se ha extendido por toda Europa, África, Australia y América.

Estos santos fueron llamados juntos por nuestra Madre Santísima mientras trabajaban y vivían en una ciudad en crecimiento. Unidos por la fe, fueron apartados y atraídos por Dios a una vida de oración. De esa oración y de su compromiso con la pobreza, la castidad y la obediencia, Dios atrajo a muchos otros a su compañía. Y a través de esos compañeros, misioneros partieron hacia los confines de la tierra.

Al meditar la vida de estos santos, considera especialmente la unidad que compartieron al responder juntos al llamado a orar y servir. Esa unidad brotaba de su amor a Dios y a la Santísima Virgen. También nacía de su obediencia común a la vocación recibida. Unidos como uno solo en Cristo, cada uno fue fortalecido, y la fecundidad de su trabajo creció de manera extraordinaria.

Tú también estás llamado a la santidad, y a una santidad que te une a otros que comparten tu misión. Pide a Dios la gracia de seguir el ejemplo de estos santos, uniéndote a aquellos que Él ha puesto en tu vida para fortalecer tu fe y ampliar la misión que te ha confiado.


Oración

Queridos Fundadores de la Orden de los Siervos de María, fueron llamados y respondieron. Recibieron orientación de Nuestra Señora y obedecieron. De esa obediencia, Dios suscitó un ejército de siervos que durante siglos han compartido su amor y misericordia con el mundo. Rueguen por mí, para que siempre obedezca la voluntad de Dios y busque servirle junto a quienes Él ha puesto en mi camino. Siete Santos Fundadores, rueguen por mí. Jesús, en Ti confío.


18 de febrero del 2026: Miércoles de Ceniza

  El regreso a Dios (Mateo 6, 1-6.16-18) El camino de la Cuaresma no se centra ante todo en unas prácticas, sino en el regreso a Dios. Es...