San José Allamano
1851-1926.
«Las buenas obras deben hacerse bien y en silencio», repetía este antiguo alumno de Don Bosco, rector del santuario de la Consolata de Turín y fundador de dos institutos misioneros. Canonizado en 2024.
Una fe a toda prueba
En su conjunto, la carta de Santiago insiste en la necesidad de encarnar la fe en lo concreto de la vida. Aquí nos invita a pedir la sabiduría en el contexto de la prueba, que pone en desafío nuestra confianza. La sabiduría, recordémoslo, es ese don de Dios que nos permite orientarnos con rectitud en la existencia, considerar los acontecimientos a la luz de la Escritura más allá de las simples apariencias, atravesar la prueba sin ceder a la desesperación y ejercer nuestros talentos con alegría.
Emmanuelle Billoteau, ermite
Primera lectura
La autenticidad de su fe produce paciencia, para que sean perfectos e íntegros
Comienzo de la carta del apóstol Santiago.
SANTIAGO, siervo de Dios y del Señor Jesucristo, a las doce tribus en la diáspora: saludos.
Consideren, hermanos míos, un gran gozo cuando se vean rodeados de toda clase de pruebas, sabiendo que la autenticidad de su fe produce paciencia. Pero que la paciencia lleve consigo una obra perfecta, para que sean perfectos e íntegros, sin ninguna deficiencia.
Y si alguno de ustedes carece de sabiduría, pídasela a Dios, que da a todos generosamente y sin reproche alguno, y él se la concederá.
Pero que pida con fe, sin titubear nada, pues el que titubea se parece a una ola del mar agitada y sacudida por el viento. No se crea un individuo así que va a recibir algo del Señor; es un hombre inconstante, indeciso en todos sus caminos.
Que el hermano de condición humilde se sienta orgulloso de su alta dignidad, y el rico de su pequeñez, porque pasará como flor de hierba. Pues sale el sol con su ardor y seca la hierba, se cae la flor y se pierde la belleza de su aspecto; así también se marchitará el rico en sus empresas.
Palabra de Dios.
Salmo
R. Cuando me alcance tu compasión, Señor, viviré.
V. Antes de sufrir, yo andaba extraviado,
pero ahora me ajusto a tu promesa. R.
V. Tú eres bueno y haces el bien;
instrúyeme en tus decretos. R.
V. Me estuvo bien el sufrir,
así aprendí tus decretos. R.
V. Más estimo yo la ley de tu boca
que miles de monedas de oro y plata. R.
V. Reconozco, Señor, que tus mandamientos son justos,
que con razón me hiciste sufrir. R.
V. Que tu bondad me consuele,
según la promesa hecha a tu siervo. R.
Aclamación
V. Yo soy el camino y la verdad y la vida —dice el Señor—; nadie va al Padre sino por mí. R.
Evangelio
¿Por qué esta generación reclama un signo?
Lectura del santo Evangelio según san Marcos.
EN aquel tiempo, se presentaron los fariseos y se pusieron a discutir con Jesús; para ponerlo a prueba, le pidieron un signo del cielo.
Jesús dio un profundo suspiro y dijo:
«¿Por qué esta generación reclama un signo? En verdad les digo que no se le dará un signo a esta generación».
Los dejó, se embarcó de nuevo y se fue a la otra orilla.
Palabra del Señor.
1
1. Una fe que se encarna en la prueba
Queridos hermanos:
La carta de Santiago es directa, concreta, casi incómoda. No se conforma con una fe teórica. Nos dice: si tu fe no atraviesa la prueba, si no ilumina tu sufrimiento, si no transforma tu manera de vivir las dificultades, entonces todavía no ha madurado.
Hoy Santiago nos invita a pedir sabiduría. Y no cualquier sabiduría: la que se necesita cuando la vida aprieta, cuando el dolor llega, cuando la pérdida nos visita.
Y pensemos: ¿cuántas pruebas atraviesan nuestras familias? Enfermedades, problemas económicos, duelos recientes, preocupaciones por los hijos… En nuestra región caribeña sabemos bien lo que es luchar contra el invierno, contra la incertidumbre, contra las limitaciones. La fe no nos evita esas realidades, pero sí nos da una manera distinta de vivirlas.
La sabiduría es mirar la prueba con los ojos de Dios.
2. La tentación de exigir signos
En el Evangelio (Mc 8,11-13), los fariseos piden un signo del cielo. Jesús suspira profundamente. Ese suspiro es casi un lamento: “¿Por qué esta generación pide un signo?”
Es interesante: Jesús ya había multiplicado panes, sanado enfermos, expulsado demonios. Pero para quien no quiere creer, ningún signo es suficiente.
Aquí hay una enseñanza psicológica profunda: cuando el corazón está cerrado, ni el milagro más grande convence. Cuando el corazón está abierto, incluso el silencio de Dios se convierte en mensaje.
Los fariseos querían pruebas espectaculares. Santiago nos invita a pedir sabiduría. ¡Qué diferencia!
Uno pide espectáculo.
El otro pide profundidad.
3. Sabiduría para atravesar el duelo
Hoy nuestra intención orante es por los difuntos. Y el duelo es una de las pruebas más duras de la vida. No hay teoría que lo alivie. No hay frase hecha que lo cure.
Cuando despedimos a un ser querido, la fe se vuelve concreta o se tambalea.
Santiago nos diría: pide sabiduría.
El salmo responde: “Señor, que tu misericordia me consuele”.
La sabiduría cristiana no elimina el dolor, pero le da horizonte. Nos recuerda que la muerte no tiene la última palabra. Nos enseña a llorar con esperanza. Nos ayuda a transformar la nostalgia en oración.
¿Cuántas veces, al orar por nuestros difuntos, sentimos que el Señor nos regala paz interior? Esa es la sabiduría actuando.
4. Riqueza verdadera y pobreza auténtica
Santiago habla también del rico y del pobre. La riqueza pasa, la flor se marchita. La vida es frágil.
El Evangelio de hoy también nos advierte: no todo se resuelve con señales visibles. Lo esencial es invisible, decía alguien con razón.
La verdadera riqueza es una fe probada.
La verdadera pobreza es un corazón que necesita signos para creer.
En el fondo, Jesús nos pregunta:
¿Crees solo cuando todo sale bien?
¿O sigues confiando cuando no ves señales?
5. La sabiduría misionera
Hoy podemos recordar la memoria opcional de San José de Allamano, fundador de los Misioneros y Misioneras de la Consolata. Él entendió que la fe se encarna en la misión, en el servicio, en el salir de uno mismo.
No buscó signos extraordinarios. Pidió sabiduría para servir. Y esa sabiduría lo llevó a enviar misioneros a África y a otras tierras.
La fe madura no exige pruebas; se convierte en entrega.
6. Aplicación concreta para nuestra vida
Hoy el Señor nos invita a tres actitudes muy claras:
1. Pedir sabiduría cuando estemos en prueba.
No solo soluciones rápidas, sino mirada profunda.
2. No exigirle a Dios espectáculos.
Él ya nos ha dado el mayor signo: su Hijo entregado.
3. Vivir el duelo con esperanza.
Orar por nuestros difuntos no es rutina; es acto de amor y fe.
7. Una pregunta para el corazón
¿Qué hago cuando no veo signos claros de Dios en mi vida?
¿Me desespero, me quejo, o pido sabiduría?
El suspiro de Jesús en el Evangelio es un llamado a la madurez espiritual.
Conclusión
Hermanos, la fe verdadera no se demuestra cuando todo va bien. Se purifica en la prueba.
Pidamos hoy la sabiduría que Santiago nos propone:
la que ilumina el dolor,
la que fortalece la confianza,
la que convierte el duelo en esperanza.
Y en esta Eucaristía, pongamos en el altar los nombres de nuestros difuntos. Que el Señor les conceda el descanso eterno y a nosotros nos regale la sabiduría para caminar, aún en medio de las pruebas, sin pedir signos, pero llenos de confianza.
Amén.
2
Hermanos, en el Evangelio de hoy hay un detalle que, si lo dejamos entrar al corazón, cambia la manera de mirar nuestra fe y también la manera de mirar a los demás: Jesús “suspira desde lo más hondo de su espíritu”. No es un gesto teatral. Es un dolor real. Es lo que podríamos llamar una “tristeza santa”, un duelo santo, misericordioso, lleno de amor.
1) Cuando el corazón se cierra, ningún signo basta
Los fariseos se acercan a discutir y, para poner a prueba a Jesús, le piden “un signo del cielo”. No es una búsqueda humilde. Es un desafío. Y ahí está la tragedia: ya tenían suficientes signos. Habían visto curaciones, liberaciones, palabras con autoridad, compasión por los pobres, pan multiplicado. Pero cuando el corazón se endurece, siempre encuentra una excusa: “sí, pero…”. La obstinación es así: ciega. No por falta de luz, sino por exceso de orgullo.
Aquí el texto de Santiago encaja perfecto: habla de la fe probada, del camino en medio de la prueba, y de la tentación de medirlo todo con categorías de poder, éxito o seguridad. Santiago sabe que la fe verdadera no vive de “efectos especiales”; vive de confianza.
2) El suspiro de Jesús: misericordia que duele
¿Por qué suspira Jesús? No suspira de rabia. Suspira como suspira una madre cuando ve a un hijo encerrado en sí mismo; como suspira un padre cuando sabe que su hijo se está perdiendo… y aun así lo ama. Ese suspiro es misericordia en forma de dolor.
Hay un tipo de dolor que enferma: el resentimiento, el orgullo herido, la amargura. Pero hay un dolor que salva: la tristeza santa. La tristeza santa no destruye; intercede. No humilla; compadece. No condena; invita.
Y esto tiene un valor pastoral enorme: cuando encontramos personas cerradas, obstinadas, agresivas, ¿qué hacemos? A veces respondemos con dureza, lo tomamos personal, entramos en pelea. Jesús nos enseña otro camino: dolerse por la persona, no pelear contra ella. Sentir el peso de su ceguera con empatía. Eso es amor.
3) “Ningún signo se le dará”: una medicina fuerte
Jesús dice: “no se le dará ningún signo”. No es capricho. Es medicina. Los fariseos pedían signos como quien exige a Dios que se someta a sus reglas. Pero Dios no es un objeto de laboratorio. Y además, repetir signos a quien no quiere creer no convierte a nadie; solo alimenta la soberbia.
El signo definitivo ya estaba allí: Jesús mismo. Su presencia, su palabra, su modo de amar. La fe nace cuando el corazón se vuelve receptivo. Por eso, la misericordia a veces es tierna, y otras veces es firme: Dios también ama poniendo límites.
4) “Los dejó y se embarcó”: una ausencia que despierta
El Evangelio termina con una frase fuerte: “los dejó”. También eso es misericordia. A veces, Dios “se retira” para que la persona sienta el vacío de su propia dureza y se pregunte: “¿qué estoy haciendo?”. No porque Dios deje de amar, sino porque respeta la libertad y espera un despertar interior.
Esto ilumina nuestra vida: ¿cuántas veces hemos sentido sequedad, silencio, ausencia? No siempre es castigo. A veces es una llamada: “deja de pedirme pruebas; vuelve a la confianza; regresa al amor primero”.
5) Santiago: la prueba, la pobreza y la verdadera riqueza
Santiago también habla del pobre y del rico. Y nos recuerda lo frágil: la riqueza pasa, la flor se marchita. Es una manera bíblica de decirnos: no te apoyes en lo que no sostiene. La prueba revela dónde está tu fundamento.
Y aquí el salmo nos presta la voz:
“Antes de sufrir, yo me descarriaba; pero ahora guardo tu palabra…”
¡Qué frase para una homilía de lunes! Es decir: a veces la vida nos corrige donde la comodidad nos engañaba. La prueba, vivida con Dios, puede convertirse en escuela de sabiduría.
6) Intención por los difuntos: la tristeza santa también se vuelve oración
Hoy rezamos por nuestros difuntos. Y el tema de la “tristeza santa” cae como bálsamo. Porque el duelo cristiano no es negar la tristeza; es vivirla con esperanza. Hay lágrimas que son oración. Hay silencios que son ofrenda. Hay recuerdos que se vuelven altar.
Jesús suspira ante la dureza del corazón; nosotros suspiramos ante el misterio de la muerte. Y en ambos casos, lo que salva es la misericordia:
· Misericordia para quienes se endurecen y se pierden.
· Misericordia para quienes lloran y necesitan consuelo.
· Misericordia para nuestros difuntos, confiados al Amor de Dios.
Y aquí cabe una enseñanza muy humana: no toda tristeza es falta de fe. Al contrario: cuando está atravesada por el amor, la tristeza puede ser un acto de fe. Porque el que ama, duele. Y el que duele con esperanza, ya está orando.
7) Tres llamadas concretas para esta semana
1. Pide sabiduría en la prueba (Santiago lo repite con fuerza). No pidas solo que pase; pide que te transforme.
2. Renuncia al “chantaje de los signos”: “Señor, si haces esto, creeré…”. Mejor di: “Señor, aunque no vea, confío”.
3. Aprende la tristeza santa: por tu pecado, sin desesperarte; por el pecado del mundo, sin amargarte; por tus difuntos, sin perder la esperanza.
Conclusión y oración
Hermanos, el corazón de Jesús es misericordioso incluso cuando duele. Su suspiro es una homilía silenciosa: Dios se entristece por lo que nos destruye, pero no se cansa de llamarnos.
Pidámosle hoy:
Señor Jesús,
danos un corazón humilde, capaz de creer sin exigir pruebas,
capaz de llorar sin desesperar,
capaz de corregir sin herir,
capaz de sentir “tristeza santa” por el pecado y por el dolor del mundo.
Y recibe en tu paz a nuestros fieles difuntos:
que tu misericordia los abrace,
y que tu consuelo sostenga a quienes los lloramos.
Jesús, en Ti confiamos. Amén.
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San José de Allamano (1851–1926)
Presbítero diocesano – Fundador de los Misioneros y Misioneras de la Consolata
Canonización: 20 de octubre de 2024 (Papa Francisco)
1) Orígenes y llamada: un corazón “mariano” desde la infancia
José (Giuseppe) Allamano nació el 21 de enero de 1851 en Castelnuovo d’Asti (hoy Castelnuovo Don Bosco), en el Piamonte italiano. Creció en un ambiente cristiano fuerte y austero. Quedó huérfano de padre siendo muy pequeño, y la figura de su madre marcó su sensibilidad espiritual y su temple interior.
Su familia estaba vinculada a grandes santos del “Piamonte de la santidad”: era sobrino de San José Cafasso, formador de sacerdotes y figura clave del clero turinés. En el clima eclesial de Turín, marcado por la caridad concreta y la educación popular, Allamano aprendió que la santidad no es un adorno sino un servicio.
2) Sacerdote diocesano: formador, guía y pastor
Fue ordenado sacerdote el 20 de septiembre de 1873 para la diócesis de Turín. Muy pronto se distinguió por su vida de oración, prudencia y capacidad de acompañar almas. Con apenas 25 años, ya estaba al servicio del seminario como formador espiritual, tarea que realizaría con una profunda convicción: no basta “tener buenos sacerdotes”; hay que formar santos sacerdotes, capaces de ser pastores según el corazón de Cristo.
Una de sus responsabilidades más significativas fue su largo servicio vinculado al Santuario de la Consolata en Turín, un verdadero corazón mariano de la ciudad. Allí impulsó la renovación del santuario y lo convirtió en un foco de espiritualidad, confesión, dirección espiritual y dinamismo apostólico.
Su sacerdocio fue marcadamente contemplativo y práctico: oración intensa, austeridad, fidelidad diaria… pero siempre volcado a las necesidades reales del pueblo, en una Turín que vivía profundos cambios culturales y sociales. En ese contexto apoyó obras e iniciativas eclesiales orientadas al mundo del trabajo y a las nuevas pobrezas, con un estilo discreto, firme y evangélico.
3) Un sueño misionero que se hizo instituto
Allamano sintió desde joven una fuerte atracción por la misión, pero su salud y circunstancias no le permitieron ir él mismo “ad gentes”. Sin embargo, Dios transformó ese límite en fecundidad: sería misionero formando misioneros.
En 1901 fundó en Turín el Instituto de los Misioneros de la Consolata, y más tarde impulsó también el surgimiento de las Hermanas Misioneras de la Consolata. Su carisma nació bajo el amparo de María, “Consolata”, y con un marcado sello eclesial: misión en comunión, obediencia, fraternidad y una espiritualidad profundamente encarnada.
La misión para él no era propaganda religiosa: era llevar a Cristo con respeto, cercanía, paciencia, alegría y constancia, empezando por la santidad cotidiana. Por eso insistía en un ideal exigente pero humano: “primero santos, luego misioneros” (formulación ampliamente atribuida en su tradición espiritual y coherente con su magisterio práctico, recogido en perfiles biográficos institucionales).
4) Rasgos espirituales: sabiduría en la prueba, esperanza sin teatralidad
San José Allamano fue un hombre de sabiduría (en el sentido bíblico): mirar los acontecimientos con los ojos de Dios, sin quedarse en la apariencia, y atravesar las pruebas sin desesperar. Esa sabiduría se apoyaba en tres pilares:
- Eucaristía y oración: raíz interior de su fecundidad pastoral y misionera.
- Devoción mariana sólida: María Consolata como “forma” de su espiritualidad: consuelo que no anestesia, sino que sostiene y envía.
- Caridad concreta: una santidad sin ruido, hecha de servicio diario, paciencia y misericordia.
Su estilo evitaba lo espectacular: no buscaba “signos” grandilocuentes, sino frutos duraderos. Su obra misionera nació de lo pequeño y perseverante: acompañar, formar, sostener, enviar.
5) Pascua y glorificación: del beato al santo
Murió el 16 de febrero de 1926 en Turín. Fue beatificado por San Juan Pablo II en 1990.
El paso definitivo hacia la canonización se dio cuando el Papa Francisco autorizó decretos que reconocían, entre otros, un milagro atribuido a su intercesión, abriendo así el camino a su canonización. (Posteriormente, se fijó la fecha y se celebró la canonización el 20 de octubre de 2024, en el contexto de la Jornada Mundial de las Misiones (DOMUND), subrayando providencialmente el carácter misionero de su santidad.
6) Actualidad pastoral: ¿qué nos dice hoy San José Allamano?
San José de Allamano habla con fuerza a la Iglesia de hoy:
- A los sacerdotes: que la fecundidad nace de la vida interior, no del activismo.
- A los laicos: que la misión empieza en lo cotidiano: hogar, barrio, trabajo.
- A los misioneros: que evangelizar es consolar y anunciar, con paciencia, respeto y alegría.
- A quienes viven pruebas y duelos: que la sabiduría cristiana es atravesar la oscuridad sin perder la esperanza, apoyados en Cristo y de la mano de María.
Oración breve (para tu intención por los difuntos)
Señor Jesucristo, Pastor eterno,
por intercesión de San José Allamano,
concede a nuestros fieles difuntos el descanso en tu paz
y haz de nosotros hombres y mujeres
capaces de encarnar la fe en la vida diaria
y de consolar a los que sufren.
Amén.


