viernes, 7 de agosto de 2026

8 de agosto del 2026: sábado de la decimoctava semana del tiempo ordinario II- Memoria de Santo Domingo de Guzmán, presbítero


Santo del día:

Santo Domingo de Guzmán

1170-1221

Del fundador de la Orden de Predicadores —los dominicos—, el beato Jordán de Sajonia decía: «Acogía a todos los hombres en la inmensidad de su caridad y, porque amaba a todos, todos lo amaban».

Santo Domingo comprendió que el anuncio del Evangelio debía brotar de una vida profundamente contemplativa, pobre y fraterna. Por eso quiso que sus religiosos fueran hombres de oración, estudio y predicación. Se cuenta que durante el día hablaba de Dios a los hombres y, durante la noche, hablaba de los hombres a Dios.

Su vida puede resumirse en el lema dominicano: «Contemplar y dar a los demás lo contemplado». Su testimonio nos invita a unir la oración y la misión, la verdad y la caridad, para anunciar a Cristo no solo con palabras, sino también con una vida coherente y compasiva.

Santo Domingo de Guzmán, ruega por nosotros y enséñanos a predicar la verdad con inteligencia, humildad y amor.

 



Pero ¿por qué?

(Mt 17, 14-20) ¿Acaso la pregunta de los discípulos no es también la nuestra cada día ante el sufrimiento y nuestra impotencia, cuando le pedimos cuentas a Dios: «¿Por qué no actúas? ¿Por qué no respondes como esperamos?».

Jesús no condena nuestra pregunta, pero nos invita a pasar del reclamo a la confianza. No siempre elimina inmediatamente el mal ni resuelve las dificultades a nuestro modo; en cambio, fortalece nuestra fe, nos enseña a orar y nos compromete a trabajar con Él. A veces Dios parece callar, pero nunca está ausente.

La fe, aunque sea pequeña como un grano de mostaza, no consiste en dominar a Dios, sino en dejarnos transformar por Él. Entonces comprendemos que su poder actúa también en nuestra fragilidad y que, unidos a Cristo, ningún dolor tiene la última palabra.

P.E.I

 


Primera lectura

Hab 1, 12 — 2, 4
El justo por su fe vivirá

Lectura de la profecía de Habacuc.

SEÑOR, ¿no eres, desde siempre, mi Dios?
¡Oh, Santo, que no muramos!
Señor, lo pusiste para sentenciar;
¡oh, Roca!, lo estableciste para juzgar.
Tus ojos, puros para contemplar el mal,
no soportan ver la opresión.
¿Por qué, pues, ves a los traidores y callas,
cuando el malvado se traga al justo?
Tratas a los hombres como a peces del mar,
como a reptiles sin dueño.
Los atrapa a todos con su anzuelo,
los arrastra con su red;
los amontona en su barca
contento y alegre.
Por eso ofrecen sacrificios a su red
e incienso a su barca,
pues en ellos tienen su sustento,
su ración y comida abundante.
¿Seguirá vaciando su red,
asesinando pueblos sin compasión?
Aguantaré de pie en mi guardia,
me mantendré erguido en la muralla
y observaré a ver qué me responde,
cómo replica a mi demanda.
Me respondió el Señor:
«Escribe la visión y grábala
en tablillas, que se lea de corrido;
pues la visión tiene un plazo,
pero llegará a su término sin defraudar.
Si se atrasa, espera en ella,
pues llegará y no tardará.
Mira, el altanero no triunfará;
pero el justo por su fe vivirá».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 9, 8-9. 10-11. 12-13 (R.: 11b)

R. No abandonas a los que te buscan, Señor.

V. Dios está sentado por siempre
en el trono que ha colocado para juzgar.
Él juzgará el orbe con justicia
y regirá las naciones con rectitud. R.

V. Él será refugio del oprimido,
su refugio en los momentos de peligro.
Confiarán en ti los que conocen tu nombre,
porque no abandonas a los que te buscan. R.

V. Tañan en honor del Señor, que reside en Sion;
narren sus hazañas a los pueblos;
él venga la sangre,
él recuerda
y no olvida los gritos de los humildes. R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Nuestro Salvador, Cristo Jesús, destruyó la muerte,
e hizo brillar la vida por medio del Evangelio. R.

 

Evangelio

Mt 17, 14-20

Si tuvieran fe, nada les sería imposible

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, se acercó a Jesús un hombre que, de rodillas, le dijo:
«Señor, ten compasión de mi hijo que es lunático y sufre mucho: muchas veces se cae en el fuego o en el agua. Se lo he traído a tus discípulos y no han sido capaces de curarlo».
Jesús tomó la palabra y dijo:
«¡Generación incrédula y perversa! ¿Hasta cuándo estaré con ustedes, hasta cuándo tendré que soportarlos? Tráiganmelo».
Jesús increpó al demonio y salió; en aquel momento se curó el niño.
Los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron aparte:
«¿Y por qué no pudimos echarlo nosotros?».
Les contestó:
«Por su poca fe. En verdad les digo que, si tuvieran fe como un grano de mostaza, le dirían a aquel monte: “Trasládate desde ahí hasta aquí”, y se trasladaría. Nada les sería imposible».

Palabra del Señor.

 

1

 

«¿Por qué no actúas, Señor?»

 

Hermanos:

La Palabra de Dios de hoy está atravesada por una pregunta que también nosotros hemos pronunciado alguna vez: «¿Por qué?» ¿Por qué permite Dios el sufrimiento? ¿Por qué parece guardar silencio ante la injusticia? ¿Por qué no actúa cuando más lo necesitamos?

El profeta Habacuc se atreve a llevarle esta pregunta a Dios. Contempla la violencia, el triunfo de los malvados y el sufrimiento de los inocentes, y exclama: «¿Por qué contemplas en silencio a los traidores?». Habacuc no ha perdido la fe; precisamente porque cree, se atreve a interrogar a Dios. Su oración nace de un corazón desconcertado, pero todavía confiado.

También nosotros le pedimos cuentas al Señor: «¿Por qué no sanas a esta persona? ¿Por qué no resuelves este problema? ¿Por qué permites esta prueba?». Dios no se escandaliza ante nuestras preguntas sinceras. Él escucha incluso nuestro reclamo, pero nos invita a no convertir la pregunta en desesperación. Por eso responde al profeta: «Escribe la visión… aunque tarde, espérala». Y concluye con una expresión fundamental: «El justo vivirá por su fe».

Vivir por la fe no significa comprenderlo todo, sino seguir confiando cuando todavía no comprendemos. Dios puede parecer silencioso, pero nunca está ausente. Su respuesta no siempre llega en el momento ni de la manera que esperamos; sin embargo, su promesa permanece.

El salmo confirma esta esperanza: «No abandonas, Señor, a los que te buscan». Dios es refugio para el oprimido, escucha el clamor de los pobres y no olvida a quienes sufren. Cuando sentimos que el Señor no hace nada, la Palabra nos recuerda que Él sigue obrando, muchas veces discretamente, en el corazón de las personas y a través de quienes se comprometen con el dolor de los demás.

En el Evangelio, los discípulos también preguntan: «¿Por qué nosotros no pudimos expulsar aquel demonio?». Se sienten impotentes ante el sufrimiento de un muchacho. Jesús les responde: «Por su poca fe». No les reprocha que tengan una fe pequeña, sino que todavía confíen demasiado en sus propias fuerzas. Una fe tan pequeña como un grano de mostaza puede mover montañas, siempre que sea una fe puesta verdaderamente en Dios.

Mover montañas no significa conseguir de Dios todo lo que deseamos. Significa permitirle transformar nuestro miedo, nuestra impotencia y nuestro desánimo. La fe no pretende dominar a Dios, sino dejarnos conducir por Él. A veces no cambia inmediatamente las circunstancias, pero cambia nuestro modo de atravesarlas y nos convierte en instrumentos de consuelo y liberación.

Hoy celebramos a santo Domingo de Guzmán, fundador de la Orden de Predicadores. Fue un hombre que contempló el sufrimiento de su tiempo y no permaneció indiferente. Se decía de él que acogía a todos en la amplitud de su caridad; hablaba de Dios a los hombres durante el día y, durante la noche, hablaba de los hombres a Dios. Su predicación nacía de la oración, del estudio de la verdad y de la compasión por las personas.

Santo Domingo nos enseña que la respuesta cristiana ante el sufrimiento no consiste solamente en preguntar: «Señor, ¿por qué no actúas?», sino también en escuchar que Dios nos pregunta: «Y tú, ¿qué estás dispuesto a hacer conmigo?». Quizá no podamos eliminar todo el dolor del mundo, pero sí podemos aliviar el dolor de alguien; no podemos resolver todas las injusticias, pero podemos defender la verdad; no podemos mover todas las montañas, pero podemos sembrar una pequeña semilla de fe, esperanza y caridad.

En este sábado hacemos también memoria de la Bienaventurada Virgen María, mujer de una fe pequeña en apariencia, pero inmensa en confianza. María también conoció preguntas, silencios y sufrimientos que no podía comprender. En Nazaret preguntó: «¿Cómo será esto?», pero terminó respondiendo: «Hágase en mí según tu palabra». Al pie de la cruz no recibió explicaciones; permaneció de pie, confiando. Y en el silencio del Sábado Santo conservó encendida la esperanza de la Iglesia. Ella nos enseña que creer no es tener todas las respuestas, sino permanecer junto a Dios incluso cuando no entendemos sus caminos.

Pidamos, entonces, una fe como el grano de mostaza: una fe que, como la de Habacuc, pregunte sin dejar de confiar; que, como proclama el salmo, encuentre refugio en Dios; que, como la de santo Domingo, se convierta en oración, compasión y anuncio; y que, como la de María, sepa permanecer fiel aun en medio del silencio y de la cruz.

Santo Domingo de Guzmán, ruega por nosotros. Santa María, Virgen fiel y Madre de la esperanza, acompáñanos siempre. Amén.

 

 

2

 

La fe que mueve montañas

 

Hermanos:

Un hombre se acercó a Jesús, se arrodilló ante Él y le dijo: «Señor, ten compasión de mi hijo, que es lunático y sufre terriblemente; muchas veces cae en el fuego y otras muchas en el agua. Se lo traje a tus discípulos, pero no pudieron curarlo». Jesús respondió: «¡Generación incrédula y perversa! ¿Hasta cuándo estaré con ustedes? ¿Hasta cuándo tendré que soportarlos? Tráiganme aquí al muchacho».

Antes de este encuentro, Jesús había enviado a sus discípulos a predicar, sanar y expulsar demonios en su nombre, preparando el camino para su propia llegada. Ellos habían contemplado admirados cómo el poder de Dios actuaba por medio de sus vidas: predicaban con autoridad, dominaban a los espíritus malignos y curaban a los enfermos.

Sin embargo, en el Evangelio de hoy, un hombre les presenta a su hijo atormentado y, esta vez, son incapaces de sanarlo. Jesús había subido a la montaña con Pedro, Santiago y Juan, quienes fueron testigos de su Transfiguración, mientras los otros nueve discípulos permanecían abajo.

Cuando Jesús regresa, se acerca este padre desesperado, se arrodilla con reverencia y suplica misericordia. El muchacho es descrito en griego con la palabra selēniazetai, que significa literalmente «afectado por la luna» y suele traducirse como «lunático», aunque alude más exactamente a ataques semejantes a la epilepsia. El término refleja la antigua creencia de que la luna podía influir en el comportamiento de las personas. Sin embargo, en este caso, el Evangelio deja claro que la causa es demoníaca. La violencia de los síntomas —caer en el fuego y en el agua— manifiesta el propósito destructor del maligno: herir y destruir aquello que Dios ha creado bueno.

La respuesta de Jesús resulta sorprendente: «¡Generación incrédula y perversa! ¿Hasta cuándo estaré con ustedes?». Es un lamento divino. Su dolor no se dirige únicamente a los discípulos, sino a la ceguera espiritual de todo el pueblo. Aunque los discípulos anteriormente habían expulsado demonios, esta vez algo había fallado. Las palabras de Jesús revelan su falta de profundidad espiritual y de una fe perseverante. Su desilusión nace del amor y del deseo de que su pueblo crezca hasta alcanzar la fe que está llamado a vivir.

También el profeta Habacuc, en la primera lectura, contempla una realidad dominada por la violencia, la injusticia y el sufrimiento. Desconcertado, se atreve a preguntarle a Dios: «¿Por qué contemplas en silencio a los traidores?». El profeta no comprende cómo Dios puede permitir que el mal parezca triunfar. Pero su pregunta no nace de la incredulidad, sino de una fe que busca comprender y que, aun en medio de la oscuridad, permanece esperando una respuesta.

Dios le pide que escriba la visión y que sepa esperarla: «Aunque tarde, espérala, pues llegará sin retrasarse». Finalmente, le revela el camino: «El justo vivirá por su fe». La fe auténtica no consiste en comprender inmediatamente todos los caminos de Dios, sino en seguir confiando cuando todavía no vemos la respuesta.

A pesar de la poca fe de los discípulos, Jesús no retiene su poder. Ordena: «Tráiganme aquí al muchacho». Con una sola palabra reprende al demonio y el niño queda curado instantáneamente. Aquello que los discípulos no pudieron hacer con sus propias fuerzas, Jesús lo realiza con facilidad. Solo Él puede liberarnos plenamente del mal y lo hace movido por su compasión divina.

Más tarde, cuando los discípulos le preguntan por qué fracasaron, Jesús les responde: «Por su poca fe», es decir, por su falta de verdadera confianza en Dios, que era quien debía actuar a través de ellos. Entonces les comunica una verdad poderosa: «Si tuvieran fe como un grano de mostaza, le dirían a esta montaña: “Trasládate de aquí allá”, y se trasladaría. Nada les sería imposible».

¿Deseamos expulsar demonios o sanar enfermos? Tales carismas no se conceden a todos; sin embargo, todo discípulo está llamado a mover montañas mediante la fe. No se trata de un poder mágico con el cual podamos imponer nuestra voluntad. Mover montañas significa cooperar con la voluntad de Dios para que su proyecto se realice en la tierra como en el cielo.

Hay montañas de resentimiento, miedo, adicciones, divisiones familiares, injusticias y desesperanza que parecen imposibles de superar. No se mueven únicamente con nuestras fuerzas, estrategias o capacidades. Por eso debemos llevarlas ante Jesús y escuchar su mandato: «Tráiganmelo». Llevémosle a la persona que sufre, la situación que no podemos resolver, la herida que no conseguimos sanar y aquello que supera nuestras posibilidades.

El salmo nos asegura que no acudimos en vano: «No abandonas, Señor, a los que te buscan». Dios es refugio para el oprimido, escucha el clamor de los humildes y no olvida el grito de quienes sufren. Quizá su respuesta no llegue en el momento ni de la manera que esperamos, pero Él nunca permanece indiferente ante nuestro dolor.

Dios siempre quiere el bien y lo realiza por medio de quienes poseen una fe suficientemente firme para unir su corazón al suyo. La clave está en desprendernos de nuestra propia voluntad, confiar inquebrantablemente en Él y buscar solamente su gloria.

En este sábado hacemos también memoria de la Bienaventurada Virgen María, la mujer de la fe humilde, confiada y desinteresada. María no pretendió imponerle a Dios sus propios planes. Ante el anuncio del ángel preguntó: «¿Cómo será esto?», pero luego se abandonó a la voluntad divina: «Hágase en mí según tu palabra». En Caná señaló el camino de la fe: «Hagan lo que Él les diga». Y al pie de la cruz, cuando parecía que la montaña del dolor y de la muerte era invencible, permaneció de pie, creyendo y esperando.

María nos enseña que la fe no es controlar a Dios, sino permitirle actuar en nosotros. Es confiar cuando no comprendemos, obedecer cuando el camino parece difícil y permanecer junto a Cristo cuando todo parece perdido.

Reflexionemos hoy sobre la calidad y profundidad de nuestra fe. ¿Confiamos más en el poder de Dios que en nuestros propios esfuerzos? ¿Estamos dispuestos a renunciar a nuestros deseos para que su voluntad pueda cumplirse por medio de nosotros?

Incluso un grano de fe humilde, confiada y desinteresada puede realizar lo que parece imposible cuando permanece unido al Dios para quien nada es imposible. Él desea hacer grandes cosas a través de cada uno de nosotros, si se lo permitimos. Pidámosle la fe que mueve montañas, porque cuando veamos actuar a Dios por medio de nuestra pobreza, quedaremos maravillados y humildes ante su grandeza.

Oración

Dios todopoderoso, Tú deseas realizar grandes cosas por medio de nosotros: mover montañas y retirar todo obstáculo a la gracia, para que se cumpla tu voluntad gloriosa y perfecta. Te pido una fe profunda, humilde y perseverante, para que, a través de mí, puedas tocar muchas vidas y conducirme a tu Reino glorioso y eterno.

Bienaventurada Virgen María, Madre creyente y fiel, enséñame a confiar, a obedecer y a decir siempre: «Hágase en mí según tu palabra».

Jesús, confío en Ti. Amén.

 

                                                                       

                                        8 de agosto:

Santo Domingo, presbítero — Memoria

1170–1221
Patrono de los astrónomos, científicos y de los falsamente acusados
Canonizado por el Papa Gregorio IX en 1234



Cita:

El mismo día y a la misma hora en que el maestro Domingo murió, el hermano Guala, prior de Brescia y posteriormente obispo de esa ciudad, estaba descansando en el campanario de su convento. Justo cuando estaba por dormirse, vio lo que parecía una abertura en los cielos por la cual descendían dos escaleras brillantes. Cristo estaba de pie sobre una y Su Madre sobre la otra. Se veían ángeles subir y bajar. En la parte inferior, entre las dos escaleras, había un asiento en el que estaba sentado alguien que parecía uno de los frailes, pues su rostro estaba cubierto con una capucha, tal como hacemos en los entierros. Nuestro Señor y Su Madre iban elevando lentamente la escalera hasta que la persona en el asiento los alcanzó. Entonces fue recibido en el cielo con gran esplendor, en medio de un coro de ángeles. Luego, la brillante abertura en los cielos se cerró repentinamente y no se vio más. Entonces el fraile que tuvo esta visión recuperó la salud, pues antes estaba enfermo y débil, y partió rápidamente hacia Bolonia, donde descubrió que su visión —la cual nos relató— había ocurrido exactamente en el momento en que el siervo de Cristo, Domingo, había muerto.
~Primer biógrafo de Santo Domingo, Beato Jordán.


Reflexión:

Domingo nació en Caleruega, en el Reino de Castilla, actual España, de padres nobles. Probablemente recibió el nombre de San Domingo de Silos, un santo local del siglo anterior. Un antiguo biógrafo relata que su madre, con dificultades para concebir, peregrinó al monasterio donde San Domingo de Silos había sido abad. Por aquel tiempo, soñó con un perro que salía de su vientre, portando una antorcha que encendía el mundo entero. El nombre “Domingo” puede traducirse como “El perro del Señor”.

El santo de hoy provino de una familia santa. Su madre fue posteriormente beatificada, al igual que uno de sus hermanos que siguió a Domingo en la Orden de Predicadores. Otro hermano fue sacerdote diocesano, vivió en pobreza y se dedicó al cuidado de los pobres y los que sufrían. Desde los siete hasta los catorce años, Domingo fue educado por el tío sacerdote de su madre. De los catorce a los veinticuatro, estudió en la Universidad de Palencia, donde se destacó. Durante esos diez años, también fue muy devoto de los pobres. En una ocasión, vendió todo lo que tenía, incluyendo libros que él mismo había copiado a mano, para ayudar a los afectados por la peste. En dos ocasiones intentó venderse como esclavo para liberar a cristianos cautivos por musulmanes.

A los veinticuatro años, el obispo Diego de Acebo de Osma lo ordenó canónigo regular agustino de la catedral, con la esperanza de que ayudara a reformar a los demás canónigos. Durante nueve años, el padre Domingo llevó una vida de intensa oración, fue nombrado subprior y luego prior, y dio gran testimonio a otros con su vida santa.

En 1203, el rey de Castilla envió al obispo Diego en una misión diplomática, y éste pidió al padre Domingo que lo acompañara. Durante el viaje, descubrieron dos grandes necesidades de la Iglesia: la evangelización de pueblos del norte de Europa que no conocían el Evangelio, y la herejía de los cátaros (albigenses) en el sur de Francia. Tras cumplir la misión, pasaron por Roma para consultar al Papa, quien los envió de vuelta al sur de Francia para colaborar en la conversión de los herejes.

Los cátaros seguían la herejía albigense, según la cual existen dos dioses: uno bueno (asociado al Nuevo Testamento y al mundo espiritual) y otro malo (asociado al Antiguo Testamento y al mundo material). Según ellos, el objetivo de la vida era escapar del mundo material mediante una vida rigurosamente ascética.

Anteriormente, el Papa había enviado monjes cistercienses a convertirlos, pero los cátaros, al ver que ellos no vivían en austeridad, los rechazaban. Domingo comprendió entonces que la mejor forma de combatir la herejía era fundar una orden que viviera una austeridad auténtica sin renunciar a la fe de la Iglesia.

En el sur de Francia, el padre Domingo y el obispo Diego trabajaron incansablemente para rescatar almas. Debatían públicamente y dialogaban en privado con los cátaros, buscando convencerlos con razón y caridad. Vivían en pobreza, como predicadores itinerantes, poseyendo solo el Evangelio. Tras la muerte del obispo Diego, Domingo fundó en 1206 un convento en Prouille, dedicado a Santa María Magdalena, con doble propósito: salvar almas por la oración, y dar refugio a mujeres y religiosas convertidas del albigensianismo. El convento también ofrecía educación a niñas, brindando una alternativa a los conventos heréticos.

En los años siguientes, Dios obró numerosos milagros por medio del padre Domingo. Algunos de ellos llevaron a conversiones y al aumento de seguidores. Con el tiempo, empezó a redactar una regla de vida para su comunidad. En 1215, con permiso del obispo de Toulouse, fundó una nueva orden de hombres, dedicada a la evangelización mediante la oración, el estudio y la pobreza.

Al igual que los franciscanos, buscaban un nuevo modo de vida consagrada: ni monjes, ni canónigos, ni sacerdotes diocesanos. Vivían en comunidad, oraban juntos, abrazaban la pobreza, la obediencia y la castidad, estudiaban la fe, y salían a predicar y evangelizar, regresando después a su casa común para renovarse. En 1216, el Papa Honorio III aprobó formalmente la orden: así nació la Orden de Predicadores, conocidos como Dominicos.

La orden creció rápidamente gracias a la humildad, paciencia y entrega de Domingo y sus frailes. También los milagros ayudaron. Una leyenda cuenta que, en un debate público con un monje albigense, decidieron echar sus respectivos libros al fuego para ver cuál se salvaba. El libro del hereje fue consumido; el de Domingo, lanzado tres veces al fuego, saltó de nuevo a sus manos intacto. La noticia se propagó, y muchas almas se convirtieron.

En 1217, el Papa, impresionado por la nueva orden, entregó a Domingo la iglesia de Santa Sabina en Roma como segunda casa de la orden. También lo nombró Maestro del Palacio Sagrado, es decir, teólogo del Papa. Pese a este éxito, Domingo permaneció humilde y penitente: dormía en el suelo, usaba cilicio y solía andar descalzo.

Hasta su muerte en 1221, fundó casas en París, Madrid y Bolonia. La orden continuó creciendo tras su muerte, y para mediados del siglo XIII, ya había cientos de conventos dominicos en Europa y otras partes del mundo.


Reflexión final:

Al honrar hoy a Santo Domingo y a su Orden de Predicadores, contemplemos su paciencia, humildad y entrega. Frente a los herejes albigenses, no fue duro ni condenador: se sumergió en la oración, el estudio y el diálogo, salvando muchas almas con su ejemplo y su sabiduría.

Dios también te llama a ti a una vocación semejante: buscar la salvación de las almas por encima de todo. Cuando ese deseo arde en ti, dedicarás todo lo que eres y tienes a esa misión. No hay tarea más gloriosa que rescatar un alma del pecado y del infierno, como lo hizo Santo Domingo.


Oración:

Santo Domingo, tu corazón se conmovía ante el sufrimiento.
Al encontrar a quienes estaban extraviados por la herejía, anhelabas su libertad,
y dedicaste tu vida a su salvación.
Ruega por mí, para que sepa reconocer a quienes me rodean y necesitan ser liberados del error y del pecado,
y para que, con oración, esté disponible a ser instrumento de Dios.
Santo Domingo, ruega por mí.
Jesús, en Ti confío.

 

 

jueves, 6 de agosto de 2026

7 de agosto del 2026: viernes de la decimoctava semana del tiempo ordinario II-Memoria de San Cayetano, presbítero

 

Ser plenamente uno mismo

Las palabras de Jesús pueden resultar difíciles de escuchar cuando se interpretan como una invitación a una renuncia sacrificada de tal manera que terminemos negando la persona que Dios nos ha dado ser. Renunciar a uno mismo y tomar la cruz no significa destruir nuestra identidad, despreciarnos ni apagar los dones que hemos recibido.

Al contrario, seguir a Cristo significa desprendernos de aquello que falsea nuestro verdadero ser: el egoísmo, la vanidad, el afán de imponernos, los miedos que nos paralizan y las falsas seguridades a las que nos aferramos.

Jesús no nos pide que dejemos de ser nosotros mismos; nos invita a llegar a ser plenamente aquello que Dios soñó para nosotros. La cruz no anula nuestra personalidad: la purifica. El Evangelio no empobrece nuestra humanidad: la lleva a su plenitud.

Por eso, perder la vida por Cristo no significa dejar de vivir, sino aprender a vivir de otra manera: amando, sirviendo, entregándonos y confiando. Paradójicamente, cuando dejamos de vivir encerrados en nosotros mismos, comenzamos a descubrir nuestra identidad más profunda.

Quien sigue a Cristo no pierde su verdadero rostro; lo encuentra.

 


Primera lectura

Nah 2, 1. 3; 3, 1-3. 6-7
Ay de la ciudad sanguinaria

Lectura de la profecía de Nahún.

HE aquí sobre los montes
los pies del mensajero
que proclama la paz.
Celebra tus fiestas, Judá,
cumple tus votos,
que no pasará más por ti el perverso;
se acabó la destrucción.
Pues restaura el Señor
la dignidad de Jacob y de Israel:
los desoladores los habían asolado
habían destrozado sus sarmientos.
¡Ay de la ciudad sanguinaria,
toda ella mentira,
llena de rapiña,
insaciable de botín!
Ruido de látigo,
estrépito de ruedas,
galope de caballos,
brincos de carros,
asalto de caballería,
brillo de espadas,
fulgor de lanzas,
heridos sin cuento,
montones de muertos,
cadáveres sin fin,
tropiezan en cadáveres.
Echaré sobre ti inmundicias,
te deshonraré públicamente.
Todo el que te vea
huirá de ti diciendo:
«¡Nínive está devastada!
¿Quién se compadecerá?
¿Dónde encontraré quien te consuele?».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Dt 32, 35cd-36ab. 39abcd. 41 (R.: 39c)

R. Yo doy la muerte y la vida.

V. El día de su ruina se acerca,
y se precipita su destino.
El Señor hará justicia a su pueblo,
y tendrá piedad de sus siervos. 
R.

V. Pero ahora miren: soy yo, solo yo,
y no hay dios fuera de mí.
Yo doy la muerte y la vida,
yo hiero y yo curo. 
R.

V. Cuando afile el rayo de mi espada,
y empuñe en mi mano el juicio,
tomaré venganza de mis enemigos
y daré su paga a los que me aborrecen. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia,
porque de ellos es el reino de los cielos. 
R.

 

Evangelio

Mt 16, 24-28

¿Qué podrá dar un hombre para recobrar su alma?

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga.
Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará.
¿Pues de qué le servirá a un hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma? ¿O qué podrá dar para recobrarla?
Porque el Hijo del hombre vendrá, con la gloria de su Padre, entre sus ángeles, y entonces pagará a cada uno según su conducta.
En verdad les digo que algunos de los aquí presentes no gustarán la muerte hasta que vean al Hijo del hombre en su reino».

Palabra del Señor.

 

 

1


«Perder la vida para encontrarla»

 

Hay una frase de Jesús que puede inquietarnos: «El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que tome su cruz y me siga».

A primera vista podría parecer que ser cristiano consiste en anularnos, en despreciarnos, en renunciar a nuestros sueños, a nuestra personalidad, incluso a nuestra alegría. Pero Jesús no quiere personas anuladas. Dios no nos creó para que después tengamos que destruir aquello que Él mismo puso en nosotros.

Renunciar a uno mismo no significa dejar de ser uno mismo. Significa renunciar a todo aquello que nos impide llegar a ser verdaderamente nosotros mismos.

Renunciar al orgullo que nos vuelve incapaces de pedir perdón.
Renunciar al resentimiento que cargamos durante años.
Renunciar a la mentira con la que justificamos nuestros errores.
Renunciar a esa necesidad de tener siempre la razón.
Renunciar al egoísmo que hace que todo tenga que girar alrededor de nosotros.

Ahí comienza la verdadera cruz.

La primera lectura del profeta Nahúm presenta una palabra fuerte contra Nínive, ciudad poderosa, violenta y orgullosa. Parecía invencible, pero su grandeza estaba construida sobre la injusticia, la mentira y la violencia. Y todo aquello termina cayendo. Al mismo tiempo, el profeta anuncia para el pueblo una buena noticia de paz y restauración.

También nosotros podemos construir pequeñas «Nínives» en nuestro interior: seguridades falsas, ambiciones, resentimientos, pecados ocultos, maneras de tratar a los demás que sabemos que no son buenas. Y quizá el Señor hoy nos dice: eso tiene que caer para que algo nuevo pueda nacer en ti.

Por eso este viernes tiene también para nosotros un sentido penitencial. No hacemos penitencia porque Dios disfrute viéndonos sufrir. La penitencia cristiana consiste en permitir que Dios quite de nosotros lo que nos esclaviza.

A veces pensamos que perder algo es necesariamente una desgracia. Pero Jesús introduce una paradoja maravillosa: «El que pierda su vida por mí, la encontrará».

Hay cosas que tenemos que perder para poder encontrarnos.

Perder el orgullo para encontrar la paz.
Perder el rencor para recuperar la libertad.
Perder algunas seguridades para aprender a confiar.
Perder el egoísmo para descubrir la alegría de amar.
Perder nuestro pecado para reencontrarnos con el rostro que Dios puso en nosotros.

Y entonces comprendemos el estribillo del cántico de hoy: Dios es quien da la vida, quien hiere y también cura. La última palabra no pertenece a nuestras heridas, sino al Dios que puede sanarlas.

Esto adquiere una profundidad especial cuando pensamos hoy en quienes sufren en el cuerpo y en el alma.

Hay cruces que nadie elige: una enfermedad, un diagnóstico inesperado, el dolor físico, la depresión, la soledad, una pérdida, una preocupación familiar, una herida afectiva que parece no cerrar.

A quien está sufriendo no debemos decirle simplemente: «Esa es tu cruz, aguántala». Jesús tampoco glorifica el sufrimiento por el sufrimiento. Cristo entra en nuestro dolor para caminar con nosotros y transformarlo desde dentro.

Por eso hoy queremos traer ante el altar a tantos hermanos nuestros que quizá sonríen por fuera mientras llevan una batalla enorme por dentro.

Y celebramos también la memoria de San Cayetano, sacerdote profundamente confiado en la Providencia de Dios. Su vida nos recuerda que cuando nuestras seguridades humanas se tambalean todavía podemos apoyarnos en una seguridad más profunda: Dios no abandona a sus hijos.

Quizá por eso la pregunta de Jesús hoy resulta tan actual:

«¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero si pierde su vida?»

Podríamos traducirla para nosotros:

¿De qué sirve tener éxito si perdemos la paz?
¿De qué sirve ganar una discusión si perdemos a una persona?
¿De qué sirve acumular cosas si nuestro corazón está vacío?
¿De qué sirve que todos crean que estamos bien si por dentro estamos destruidos?

El Evangelio nos devuelve a lo esencial.

Cristo no vino para quitarnos la vida.
Vino para enseñarnos dónde encontrarla.

Y quizá hoy nuestra oración pueda ser muy sencilla:

Señor, ayúdame a perder aquello que me está haciendo perderme.
Dame valor para cargar las cruces que no puedo evitar,
sabiduría para abandonar las que yo mismo me he fabricado,
y un corazón dispuesto a seguirte.

Y de manera especial te pedimos hoy por quienes sufren en el cuerpo y en el alma: por los enfermos, por quienes viven momentos de angustia, por quienes están cansados de luchar, por quienes sienten que ya no pueden más.

Que descubran, incluso en medio de la noche, que no caminan solos.

Porque cuando caminamos detrás de Cristo, incluso la cruz puede convertirse en camino.

Y cuando entregamos nuestra vida en sus manos, paradójicamente comenzamos a encontrarla de verdad.

Amén.

 

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Tres exigencias para seguir a Jesús

 

«El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará».

El Evangelio de hoy comienza con tres exigencias que constituyen el fundamento de una auténtica vida cristiana: renunciar a nosotros mismos, tomar nuestra cruz y seguir a Jesús.

No son tres consejos reservados para algunos cristianos especialmente generosos. Jesús dice que quien quiera seguirlo debe hacerlo.

La palabra griega empleada por el Evangelio expresa precisamente necesidad, obligación, algo que forma parte del proyecto de Dios. Es significativo que, inmediatamente antes de estas palabras, Jesús haya dicho que el Hijo del hombre debía padecer mucho. Jesús nunca nos pide recorrer un camino que Él no haya recorrido primero.

Cristo cargó la cruz antes de pedirnos que cargáramos la nuestra.

Por eso el discipulado cristiano no consiste solamente en admirar a Jesús, escuchar sus enseñanzas o considerarnos personas religiosas. Seguirlo significa entrar en su misma lógica de vida: entrega, fidelidad, sacrificio y amor.

1. «Renuncie a sí mismo»

Quizá esta primera exigencia sea frecuentemente mal entendida.

Renunciar a nosotros mismos no significa despreciarnos, negar nuestra personalidad o pensar que no valemos nada. Dios nos ha creado, nos ama y nos ha dado capacidades, sueños y una identidad concreta.

Lo que Jesús nos pide es renunciar al ego que quiere ocupar el lugar de Dios.

Debemos hacernos a un lado para que Cristo reine en nosotros.

Renunciar a sí mismo significa colocar la voluntad de Dios por encima de nuestras preferencias, ambiciones y deseos. Significa reconocer que no todo lo que quiero necesariamente me hace bien y que no todo lo que me gusta coincide con el proyecto de Dios.

Por eso esta renuncia tiene nombres muy concretos:

renunciar al orgullo cuando debo pedir perdón;

renunciar al resentimiento cuando debo reconciliarme;

renunciar a mi comodidad cuando alguien necesita de mí;

renunciar a tener siempre la razón;

renunciar al pecado que quizá justifico desde hace años.

Esta renuncia no es un fin en sí misma. Es como limpiar el corazón para dejar espacio a Dios.

Durante nuestra peregrinación por este mundo tendremos que librar continuamente esa batalla interior: dejar aquello que no viene de Dios para permitir que Cristo crezca dentro de nosotros.

2. «Tome su cruz»

Hoy nosotros veneramos la cruz. La colocamos en nuestros templos, la llevamos sobre el pecho, la besamos el Viernes Santo.

Pero cuando Jesús pronunció estas palabras nadie veía la cruz como un símbolo religioso.

La cruz era un instrumento brutal de ejecución romana, signo de sufrimiento, vergüenza y humillación.

Por eso aquellas palabras debieron estremecer a los discípulos.

«Tome su cruz».

Tomar la cruz significa aceptar aquello que espontáneamente quisiéramos evitar; aquello que nos produce miedo y exige de nosotros coraje, sacrificio y entrega.

Pero aquí debemos hacer una precisión importante: el cristiano no busca el sufrimiento por el sufrimiento.

La fe cristiana no dice que sufrir sea bueno en sí mismo.

Lo que creemos es que, cuando aparece una cruz que no podemos evitar, Dios puede entrar en ella y transformarla.

Una enfermedad.

Una pérdida.

Una incomprensión.

Una dificultad familiar.

Una preocupación que no sabemos cómo resolver.

Una limitación que debemos aceptar.

Una etapa de soledad.

Incluso la muerte.

Solo desde una confianza sobrenatural podemos decir: «Señor, yo no entiendo esto, no lo habría escogido, pero si esta realidad ha llegado a mi vida, ayúdame a atravesarla contigo».

Y cuando la cruz se une a la Cruz de Cristo, deja de ser simplemente sufrimiento absurdo y puede convertirse misteriosamente en camino de redención.

3. «Sígame»

De las tres exigencias, quizá esta parezca la más sencilla.

Podríamos imaginar que seguir a Jesús consiste en caminar detrás de Él, tratar de ser buenas personas y vivir una vida tranquila.

Pero seguir a Cristo significa mucho más.

Significa vivir en Él.

Permitir que nuestra manera de pensar, hablar, amar, perdonar y servir vaya configurándose con la suya.

Seguir a Jesús es un camino que dura toda la vida.

Es participar de su vida, de su entrega, de su muerte y de su resurrección.

Por eso cada mañana el cristiano tiene que volver a decidir:

Hoy quiero seguirte, Señor.

Hoy quiero caminar por el sendero de la fidelidad.

Hoy quiero escoger la humildad antes que el orgullo.

Hoy quiero amar aunque me cueste.

Hoy quiero permanecer contigo.

Nínive: ganar el mundo y terminar perdiéndolo todo

Y aquí la primera lectura del profeta Nahúm ilumina maravillosamente el Evangelio.

Aparece Nínive, la poderosa capital del imperio asirio.

Una ciudad fuerte, rica, aparentemente invencible. Pero su grandeza estaba edificada sobre la violencia, el saqueo, la mentira y la sangre.

Nahúm la llama una ciudad sanguinaria.

Había ganado poder.

Había conquistado pueblos.

Había acumulado riquezas.

Había impuesto miedo.

Parecía haberlo ganado todo.

Y sin embargo terminó perdiéndolo todo.

¿No parece resonar aquí la pregunta de Jesús?

«¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida?»

Ese es quizá uno de los grandes interrogantes que el Evangelio deja hoy delante de nosotros.

Podemos ganar muchas cosas y terminar perdiendo lo esencial.

Podemos ganar dinero y perder la familia.

Podemos ganar prestigio y perder la paz.

Podemos ganar una discusión y perder un amigo.

Podemos ganar poder y perder la conciencia.

Podemos ganar reconocimiento y terminar perdiéndonos a nosotros mismos.

Nínive es la imagen dramática de una humanidad que creyó que su seguridad estaba en el poder.

Pero todo aquello cayó.

En cambio, el mismo profeta anuncia para Judá una palabra diferente: sobre los montes viene el mensajero que anuncia la paz.

Dios puede reconstruir lo que ha sido devastado.

«Yo doy la muerte y la vida»

Y el cántico de Deuteronomio que proclamamos como salmo responsorial nos lleva todavía más lejos:

«Yo doy la muerte y la vida».

Es una afirmación de soberanía y confianza.

Nuestra existencia no está finalmente en manos del dinero, del poder, del éxito ni siquiera de nuestras propias fuerzas.

Está en manos de Dios.

Y el mismo cántico añade una expresión profundamente consoladora: Dios hiere y Él mismo sana.

Hay heridas que nosotros no sabemos curar.

Heridas de infancia.

Heridas familiares.

Fracasos.

Culpas.

Decepciones.

Ausencias.

Enfermedades.

Y la Palabra nos recuerda hoy que hay un Dios capaz de entrar también allí.

A veces precisamente aquello que nosotros considerábamos una pérdida puede convertirse, en manos de Dios, en el comienzo de una vida nueva.

Y entonces llegamos a la gran paradoja del Evangelio:

«El que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí la encontrará».

Aquí está el secreto.

Jesús no viene a quitarnos la vida.

Viene a enseñarnos cómo no desperdiciarla.

Hay que perder algo para encontrar lo verdadero.

Perder egoísmo para encontrar amor.

Perder orgullo para encontrar paz.

Perder resentimiento para encontrar libertad.

Perder falsas seguridades para encontrar confianza.

Perder incluso nuestros planes cuando Dios nos conduce por otro camino.

Por eso hoy podríamos escuchar a Jesús dirigiéndose personalmente a cada uno:

«Si quieres venir conmigo, renuncia a ti mismo, toma tu cruz y sígueme».

No tengas miedo.

Yo hice primero ese camino.

Yo conozco el peso de la cruz.

Yo conozco el sufrimiento.

Yo conozco la entrega.

Pero también conozco la mañana de Pascua.

Porque el camino cristiano no termina en el Calvario.

Termina en la Resurrección.

Y quizá nuestra oración hoy pueda ser muy sencilla:

Señor Jesús, Tú no solamente nos mandaste renunciar a nosotros mismos y cargar nuestras cruces: Tú recorriste primero ese camino para que pudiéramos seguirte.

Líbrame del miedo a la cruz.

Ayúdame a mirar más allá de las dificultades del momento y descubrir la gloria que has prometido a quienes permanecen contigo.

Dame valentía para renunciar a aquello que me aleja de Ti, fortaleza para abrazar las cruces inevitables de mi vida y fidelidad para seguirte cada día.

Porque quiero aprender esa hermosa paradoja del Evangelio:

perder mi vida contigo para encontrarla plenamente en Ti.

Amén.

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