Testigo de la fe:
Santa
Mónica
332-387
Madre de san Agustín.
Durante
largos años oró con lágrimas, paciencia y confianza para que su hijo se
convirtiera al cristianismo. Su perseverancia fue finalmente escuchada: Agustín
recibió el bautismo y llegó a ser obispo, santo y uno de los grandes doctores
de la Iglesia.
Santa Mónica es ejemplo
de esposa y madre cristiana, de fe firme y esperanza inquebrantable. Enseña a
las familias a no dar nunca por perdido a nadie y a confiar en el poder
transformador de la gracia de Dios. Es patrona de las madres, especialmente de
aquellas que oran por sus hijos alejados de la fe.
Santa Mónica, intercede
por nuestras familias y enséñanos a orar, esperar y amar sin desfallecer.
En
cada instante
El
Señor confía en nosotros y nos invita a permanecer vigilantes. Su venida se
hace presente en nuestra vida cotidiana: en el trabajo, en los encuentros y en cada
llamada a amar. Vigilar significa vivir con el corazón despierto, reconocer su
presencia en los acontecimientos y cumplir fielmente la misión que nos ha
confiado.
No
se trata de esperar con temor el futuro, sino de acoger a Cristo en cada
instante, sirviendo con responsabilidad, generosidad y perseverancia. Dichoso aquel servidor a quien el Señor,
cuando llegue, encuentre trabajando por su Reino.
***********
Primera lectura
En él han
sido enriquecidos en todo
Comienzo de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios.
PABLO, llamado a ser Apóstol de Jesucristo por voluntad de Dios, y Sóstenes
nuestro hermano, a la Iglesia de Dios que está en Corinto, a los santificados
por Jesucristo, llamados santos con todos los que en cualquier lugar invocan el
nombre de nuestro Señor Jesucristo, Señor de ellos y nuestro: a ustedes, gracia
y paz de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo.
Doy gracias a mi Dios continuamente por ustedes, por la gracia de Dios que se
les ha dado en Cristo Jesús; pues en él han sido enriquecidos en todo: en toda
palabra y en toda ciencia; porque en ustedes se ha probado el testimonio de
Cristo, de modo que no carecen de ningún don gratuito, mientras aguardan la
manifestación de nuestro Señor Jesucristo.
Él los mantendrá firmes hasta el final, para que sean irreprensibles el día de
nuestro Señor Jesucristo.
Fiel es Dios, el cual los llamó a la comunión con su Hijo, Jesucristo nuestro
Señor.
Palabra de Dios.
Salmo
R. Bendeciré
tu nombre por siempre, Señor.
V. Día
tras día, te bendeciré
y alabaré tu nombre por siempre jamás.
Grande es el Señor, merece toda alabanza,
es incalculable su grandeza. R.
V. Una
generación pondera tus obras a la otra,
y le cuenta tus hazañas.
Alaban ellos la gloria de tu majestad,
y yo repito tus maravillas. R.
V. Encarecen
ellos tus temibles proezas,
y yo narro tus grandes acciones;
difunden la memoria de tu inmensa bondad,
y aclaman tu justicia. R.
Aclamación
V. Estén en
vela y preparados, porque a la hora que menos piensen viene el Hijo del hombre. R.
Evangelio
Estén
preparados
Lectura del santo Evangelio según san Mateo.
EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Estén en vela, porque no saben qué día vendrá su Señor.
Comprendan que si supiera el dueño de casa a qué hora de la noche viene el
ladrón, estaría en vela y no dejaría que abrieran un boquete en su casa.
Por eso, estén también ustedes preparados, porque a la hora que menos piensen
viene el Hijo del hombre.
¿Quién es el criado fiel y prudente, a quien el señor encarga de dar a la
servidumbre la comida a sus horas?
Bienaventurado ese criado, si el señor, al llegar, lo encuentra portándose así.
En verdad les digo que le confiará la administración de todos sus bienes.
Pero si dijere aquel mal siervo para sus adentros: “Mi señor tarda en llegar”,
y empieza a pegar a sus compañeros, y a comer y a beber con los borrachos, el
día y la hora que menos se lo espera, llegará el amo y lo castigará con rigor y
le hará compartir la suerte de los hipócritas.
Allí será el llanto y el rechinar de dientes».
Palabra del Señor.
*********
«Fiel es Dios, que nos llamó a
vivir unidos a su Hijo»
Queridos hermanos:
Desde hoy, y durante casi tres semanas, la liturgia
nos permitirá escuchar de manera continuada algunos pasajes de la Primera Carta
de san Pablo a los Corintios. Podríamos preguntarnos: ¿por qué volver sobre una
carta escrita hace tantos siglos a una comunidad tan distante de nosotros?
La respuesta es sencilla: porque muchas de las
dificultades de aquella comunidad siguen siendo las nuestras. Corinto era una
ciudad cosmopolita, próspera y llena de contrastes. Allí convivían culturas,
religiones, intereses económicos y diversas maneras de entender la vida.
También era una ciudad marcada por la idolatría, los excesos, la inmoralidad,
las rivalidades y las divisiones.
En medio de ese ambiente había nacido una comunidad
cristiana. Aquellos hombres y mujeres, sacudidos por el encuentro con
Jesucristo, comprendieron que seguirlo no consistía solamente en aceptar unas
ideas nuevas, sino en transformar profundamente la vida. El Evangelio los
invitaba a revisar sus costumbres, sus relaciones, el uso de sus bienes, su sexualidad,
el matrimonio, la vida comunitaria, la manera de afrontar la muerte y la
esperanza en la resurrección.
La fe necesitaba convertirse en una forma nueva de
vivir.
San Pablo conocía bien aquella comunidad porque él
mismo la había fundado. Sabía de su entusiasmo y fervor, pero también de sus
fragilidades. Los corintios poseían muchos dones, pero les costaba vivir en
unidad. Había rivalidades, divisiones y competencias entre ellos. Por eso Pablo
procurará orientar su energía sin apagarla y corregir sus errores sin destruir
su esperanza. Así escribirá algunas de las páginas más hermosas del Nuevo
Testamento sobre la Iglesia como Cuerpo de Cristo, la diversidad de carismas,
la primacía de la caridad y la resurrección de los muertos.
Sin embargo, al comenzar su carta, Pablo no se
detiene primeramente en los pecados de la comunidad. Empieza reconociendo la
obra de Dios en ellos:
«Doy gracias continuamente a mi Dios por ustedes,
por la gracia de Dios que se les ha dado en Cristo Jesús».
¡Qué importante es esta mirada pastoral! Pablo no
niega los problemas, pero tampoco reduce a las personas a sus defectos. Antes
de corregir, reconoce la gracia. Antes de señalar las debilidades, descubre los
dones que Dios ha sembrado.
También nosotros debemos aprender a mirar así a
nuestras comunidades, familias y hermanos. Ninguna comunidad es perfecta. Todos
tenemos dones, talentos y virtudes, pero también defectos, heridas y
limitaciones. La Iglesia no es una reunión de personas impecables, sino un
pueblo de pecadores llamados, perdonados y sostenidos por la gracia.
Pablo afirma que Dios mismo nos mantendrá firmes
hasta el final, porque:
«Fiel es Dios, que los llamó a vivir en comunión
con su Hijo Jesucristo».
Nuestra esperanza no se apoya solamente en nuestra
capacidad de perseverar, sino en la fidelidad de Dios. Somos débiles, pero Dios
es fiel. Podemos desanimarnos, pero Él no abandona la obra que ha comenzado en
nosotros. Podemos caer, pero su misericordia vuelve a levantarnos.
El salmo de hoy responde a esta certeza invitándonos
a la alabanza:
«Bendeciré tu nombre por siempre, Dios mío, mi
rey».
El salmista contempla la grandeza y la bondad de
Dios y proclama: «Cada día te bendeciré». No se trata de bendecir al Señor
únicamente cuando las cosas marchan bien, sino cada día: en la alegría y en la
enfermedad, en la tranquilidad y en la prueba, cuando comprendemos sus caminos
y cuando debemos caminar confiando sin comprenderlo todo.
Además, el salmo nos recuerda que una generación
anuncia a otra las obras del Señor. Allí encontramos una hermosa imagen de la
evangelización: la fe recibida debe ser transmitida. Alguien nos habló de Dios,
nos enseñó a orar, nos acercó a los sacramentos y nos mostró con su vida que
vale la pena confiar en Jesucristo. Ahora nos corresponde comunicar esa misma
fe a las nuevas generaciones.
El Evangelio nos presenta la exhortación de Jesús:
«Estén en vela, porque no saben qué día vendrá su
Señor».
Jesús no pretende llenarnos de miedo ni alimentar
cálculos sobre el fin del mundo. Las señales, dificultades y catástrofes no nos
permiten conocer la fecha exacta del regreso del Hijo del Hombre. Pretender
adivinarla es inútil. Lo verdaderamente importante no es saber cuándo vendrá el
Señor, sino preguntarnos cómo nos encontrará.
La vigilancia cristiana no consiste en permanecer
inmóviles mirando al cielo. Significa vivir responsablemente, cumplir la misión
recibida y trabajar con fidelidad en la construcción del Reino. Por eso Jesús
declara:
«Bienaventurado aquel siervo a quien su señor, al
llegar, encuentre trabajando».
El Señor quiere encontrarnos trabajando: sirviendo,
perdonando, anunciando el Evangelio, cuidando a los débiles, visitando a los
enfermos, educando a los hijos, acompañando a quien sufre y perseverando en la
oración. La verdadera preparación para el encuentro con Cristo es la fidelidad
cotidiana.
Hoy contemplamos esta fidelidad en Santa Mónica.
Durante años oró, lloró y esperó por la conversión de su hijo Agustín. No
abandonó su responsabilidad como madre ni perdió la confianza en Dios. Su vigilancia
fue una oración perseverante; su trabajo por el Reino fue amar, aconsejar y
esperar sin rendirse.
Santa Mónica nos enseña que no debemos dar por
perdida a ninguna persona. Hay conversiones que requieren años de oración,
paciencia y lágrimas. Quizá muchos padres y madres experimentan hoy el dolor de
ver a sus hijos alejados de Dios, de la Iglesia o de los valores recibidos.
Santa Mónica les dice: no dejen de amar, no dejen de orar, no permitan que la
tristeza se convierta en desesperanza. Dios trabaja también en el silencio.
En este jueves sacerdotal, oremos de manera
especial por la obra evangelizadora de la Iglesia y por las vocaciones
sacerdotales, religiosas, misioneras y laicales. Necesitamos servidores fieles,
hombres y mujeres dispuestos a gastar la vida anunciando el Evangelio. Pidamos
también por la perseverancia y santidad de los sacerdotes, para que el Señor
nos encuentre trabajando, sirviendo a su pueblo con humildad, caridad y
entrega.
Que Santa Mónica interceda por las madres que
sufren y oran por sus hijos; por quienes esperan la conversión de un familiar;
por los evangelizadores que no ven inmediatamente los frutos de su trabajo, y
por los jóvenes a quienes el Señor está llamando a consagrar su vida.
No sabemos cuándo vendrá el Señor, pero sí sabemos
cómo queremos que nos encuentre: con la lámpara de la fe encendida, las manos
ocupadas en el servicio, el corazón perseverante en la oración y la vida
entregada a la misión.
Señor, que cuando vengas nos encuentres trabajando
por tu Reino. Que, como Santa Mónica, sepamos orar sin cansarnos, esperar sin
desesperarnos y amar sin poner condiciones. Amén.
2
En cada instante
Hermanos:
El
Señor confía en nosotros y hoy nos invita: «Estén en vela, porque no saben qué día vendrá su Señor».
Estas palabras no buscan producir miedo ni llevarnos a calcular fechas sobre el
final de los tiempos. Jesús quiere despertar nuestra responsabilidad: su venida
se hace presente en cada jornada, en el trabajo, en los encuentros y en las
llamadas concretas a amar.
Vigilar
es vivir con el corazón despierto. Es reconocer a Cristo en quien necesita
nuestra escucha, en el enfermo que espera una visita, en la familia que
atraviesa una dificultad y en la comunidad que necesita nuestro servicio. Por
eso, Jesús proclama: «Dichoso
aquel servidor a quien su señor, al llegar, encuentre trabajando».
La mejor preparación para el encuentro definitivo con Dios consiste en cumplir
con amor la misión que hoy nos confía.
En
la primera lectura, san Pablo da gracias por la comunidad de Corinto. Aunque
conoce sus divisiones y debilidades, comienza reconociendo la gracia que Dios
ha derramado sobre ella: «En
Cristo han sido enriquecidos en todo». También nosotros somos
una comunidad imperfecta, pero amada, llamada y enriquecida por el Señor. No
debemos apoyarnos únicamente en nuestras capacidades, porque Pablo nos asegura:
«Dios es fiel».
Él nos sostendrá hasta el final si permanecemos unidos a Jesucristo.
El
salmo convierte esta certeza en alabanza: «Bendeciré tu nombre por siempre, Dios mío, mi rey».
El creyente vigilante aprende a bendecir a Dios cada día y a contar sus
maravillas de generación en generación. No podemos guardar la fe solo para
nosotros: estamos llamados a transmitirla y a convertir nuestra vida en anuncio
del Evangelio.
Esta
misión resplandece hoy en Santa
Mónica. Durante años permaneció vigilante en la oración,
esperando la conversión de su hijo Agustín. No se dejó vencer por el cansancio,
las lágrimas ni la aparente ausencia de resultados. Su oración perseverante
preparó silenciosamente el camino para que la gracia de Dios transformara el
corazón de quien llegaría a ser san Agustín.
Santa
Mónica enseña a los padres a no dar por perdido a ningún hijo; a los
evangelizadores, a no desanimarse cuando no ven frutos inmediatos; y a todos
nosotros, a confiar en que Dios sigue obrando aun cuando no podamos verlo.
En
este jueves sacerdotal,
oremos especialmente por la obra evangelizadora de la Iglesia y por las
vocaciones sacerdotales, religiosas, misioneras y laicales. Pidamos al Dueño de
la mies que continúe llamando servidores fieles y generosos. Oremos también por
la santidad y perseverancia de nuestros sacerdotes, para que el Señor, cuando
llegue, nos encuentre trabajando con humildad y alegría por su Reino.
Que,
por intercesión de Santa Mónica, aprendamos a orar sin cansarnos, esperar sin desesperarnos y amar en
cada instante. Amén.
***********
27 de agosto:
Santa Mónica — Memoria
c. 332-387
Patrona de las amas de casa, las mujeres
casadas, las madres, las víctimas de abuso, los alcohólicos y las viudas.
Invocada ante los matrimonios difíciles y por los hijos problemáticos.
Cita
«Hijo, por lo que a mí respecta, ya nada me
deleita en esta vida. No sé qué hago todavía aquí ni por qué permanezco, ahora
que mis esperanzas en este mundo se han cumplido. Había una sola cosa por la
cual deseaba permanecer un poco más en esta vida: poder verte como cristiano
católico antes de morir. Mi Dios me lo ha concedido con mayor abundancia, pues
ahora te veo despreciar la felicidad terrena y convertirte en servidor suyo».
—Palabras de santa Mónica, tomadas de las Confesiones de san Agustín.
Reflexión
Santa
Mónica, a quien honramos hoy, fue la madre de uno de los santos más grandes de
la historia de la Iglesia: san Agustín. Probablemente nació en Tagaste, la
actual Souk Ahras, Argelia, en el norte de África, y perteneció al pueblo
bereber, un diverso conjunto de pueblos originarios de aquella región antes de
la llegada de los árabes.
Tagaste
formaba entonces parte del Imperio romano, que había legalizado el cristianismo
apenas veinte años antes del nacimiento de Mónica. Fue educada en un hogar
cristiano y llegó a ser una mujer profundamente piadosa. Puesto que el
cristianismo todavía era relativamente nuevo dentro del Imperio romano, es
probable que los cristianos constituyeran una minoría en aquel tiempo.
Mónica
contrajo matrimonio con un hombre llamado Patricio, que era pagano y de quien
se dice que tenía un temperamento violento y llevaba una vida inmoral. La madre
de Patricio vivía con ellos y, según se cuenta, poseía el mismo carácter
violento de su hijo. Mónica y Patricio tuvieron tres hijos: Agustín, Navigio y
una hija cuyo nombre se desconoce.
La
vida matrimonial y familiar de Mónica fue difícil, pero ella era una mujer de
fe profunda y de oración. En su juventud había tenido problemas con el alcohol,
pero logró superarlos. Una vez casada, su esposo se opuso a su fe cristiana y a
su vida de oración; sin embargo, también descubrió en ella algo que lo llevó a
respetarla.
Mónica
quería bautizar a sus hijos al nacer, pero Patricio se negó a concederle el
permiso. Esta negativa le rompió el corazón y la impulsó a orar incansablemente
por su familia. Cuando Agustín enfermó siendo niño, Patricio aceptó
inicialmente que fuera bautizado; pero, cuando el muchacho recuperó la salud,
volvió a impedirlo.
El
único recurso de Mónica era la oración. Oró fervientemente por la conversión de
su familia, y sus plegarias comenzaron a dar fruto. Patricio admiraba sus
virtudes y se sentía profundamente conmovido por el amor que ella le profesaba.
Todo esto, unido a sus oraciones, condujo a la conversión y al bautismo de
Patricio hacia el año 370. Murió un año después. También la madre de Patricio
se convirtió.
Agustín,
el hijo mayor, tenía alrededor de dieciséis años cuando murió su padre. Durante
su juventud había recibido una buena educación en una escuela situada
aproximadamente a treinta kilómetros al sur de su ciudad natal. Cuando tenía
diecisiete años fue enviado a Cartago, en la actual Túnez, para estudiar
retórica.
Aunque
en aquel tiempo formaba parte del Imperio romano, Cartago tenía raíces en la
cultura griega y contaba con algunas de las mejores escuelas, en las que se
educaban muchas figuras destacadas de la sociedad. En Cartago, Agustín buscaba
la verdad. Después de leer el diálogo Hortensio,
de Cicerón, su sed de verdad se hizo más intensa. Por aquel tiempo conoció a
una mujer con quien convivió y tuvo un hijo, a pesar de las fuertes
advertencias de su madre contra la fornicación.
En
Cartago, Agustín conoció las enseñanzas de Mani, un hombre que afirmaba ser el
último profeta de una serie que incluía a Buda, Zoroastro y Jesús. Mani
enseñaba que existía un conflicto fundamental entre dos principios opuestos y
coeternos: la luz y las tinieblas. La luz era buena y las tinieblas eran malas.
Enseñaba
también que el mundo material era una unión de luz y oscuridad, de bien y mal,
y que el objetivo de la vida humana consistía en liberar la luz atrapada dentro
de las tinieblas del mundo material. Agustín abrazó esta religión y se hizo
maniqueo. Pero había algo que tendría que afrontar: la fe y las oraciones de su
madre eran poderosas.
Cuando
Agustín regresó de sus estudios en Cartago, comenzó a enseñar en su ciudad
natal. Fue entonces cuando anunció que se había convertido al maniqueísmo. Como
consecuencia, Mónica lo expulsó de su casa como un acto del más profundo amor.
Después, Dios le habló mediante una visión que le devolvió la esperanza
respecto a su hijo, y ella se reconcilió con él.
Agustín
decidió abrir una escuela de retórica y pensó que no había mejor lugar para
hacerlo que Roma. Hacia los treinta y un años comunicó a su madre que viajaría
allí. Debido a su preocupación maternal por él, y puesto que ya había visto
convertirse y bautizarse a sus otros dos hijos, Mónica le anunció que lo
acompañaría.
Sin
embargo, antes de que ella pudiera darse cuenta, Agustín se marchó a escondidas
y viajó a Roma sin ella. Mónica no se dio por vencida y lo siguió. Cuando llegó
a Roma, Agustín ya había partido para ocupar un prestigioso puesto como
profesor en Milán. Ella volvió a seguirlo hasta allí.
Durante
los cuatro años siguientes en Milán, Mónica jamás se rindió y continuó orando
por su hijo entre lágrimas. Como Agustín se sentía atraído por los intelectuales,
comenzó a interesarse por el obispo católico de Milán, el futuro san Ambrosio.
El obispo Ambrosio fue la respuesta a las oraciones de aquella madre. Hacia el
año 387, a los treinta y tres años, Agustín se convirtió al cristianismo y fue
bautizado por el obispo Ambrosio.
Después
de su conversión, Agustín y su madre decidieron regresar a su hogar en Tagaste,
pero Mónica nunca completaría el viaje. Enfermó y murió en Ostia, una ciudad
situada a las afueras de Roma.
Agustín
llegaría a convertirse en uno de los teólogos más influyentes de la historia de
la Iglesia. En su libro Confesiones,
san Agustín relata la hermosa historia de su madre y presenta cuanto conocemos
acerca de ella. Habla de su temprana lucha contra el alcohol. Cuando Agustín se
extravió en Cartago, recuerda que su madre lloraba por él más de lo que muchas
madres llorarían la muerte de un hijo.
Agustín
cuenta con cuánto fervor oraba su madre mientras se encontraban en Milán y cómo
buscó el consejo del obispo Ambrosio. La descripción más tierna que hace de
ella se refiere a la relación que tuvieron después de su conversión, a sus
conversaciones y a la muerte de Mónica. Ella ejerció una influencia profunda
sobre él y Agustín, a su vez, ha ejercido una influencia inmensa sobre toda la
Iglesia.
Santa
Mónica soportó una vida difícil, pero perseveró, superó sus propias
dificultades y se consagró a la oración y a una vida virtuosa. Sus oraciones y
virtudes conquistaron primero el corazón de su esposo y de su suegra, y después
el de sus tres hijos. Aunque san Agustín sea el más conocido, aquella madre,
nuera y esposa marcó profundamente la vida de toda su familia.
Muchos
consideran a santa Mónica un modelo de esperanza para quienes tienen familiares
que se han apartado del buen camino. Al honrarla hoy, meditemos en el poder de
su oración. Recordemos también que nuestras plegarias por nuestros familiares
son poderosas.
Si
tenemos en nuestra familia a alguien que se ha alejado de Dios, permitamos que
santa Mónica nos inspire. Dediquémonos a orar por esa persona, para que un día
todos los miembros de nuestra familia puedan compartir con nosotros la gloria
del cielo.
Oración
Santa Mónica, aunque tuviste una vida difícil,
pusiste continuamente tus sufrimientos en las manos de Dios. Perseveraste en la
oración, creciste en virtud y ejerciste una profunda influencia sobre toda tu
familia.
Ruega por mí, para que nunca pierda la
esperanza respecto a quienes se han apartado del buen camino, sino que
permanezca fiel en la oración por ellos, confiando en la misericordia divina.
Santa Mónica, ruega por mí. Jesús, confío en
ti.
Amén.

.webp)



