martes, 21 de julio de 2026

22 de julio del 2026: Fiesta de santa María Magdalena

 

Testigo de la fe:

Santa María Magdalena

Siglo I.

Nacida en Magdala, junto al lago de Tiberíades, permaneció al pie de la cruz durante la muerte de Jesús. Al tercer día encontró el sepulcro vacío y permaneció allí, llorando, buscando a aquel a quien amaba su corazón. El Resucitado se le manifestó llamándola por su nombre: «¡María!». Entonces su tristeza se transformó en alegría y su búsqueda se convirtió en misión. Enviada a los discípulos para anunciarles: «He visto al Señor», María Magdalena llegó a ser la apóstol de los Apóstoles, testigo de la victoria de la vida sobre la muerte.

En esta fiesta, pidamos la gracia de buscar a Cristo con perseverancia, reconocer su voz cuando nos llama personalmente y convertirnos también nosotros en mensajeros gozosos de su resurrección.

 

 

Paso a paso

(Juan 20,1-2.11-18) La aparición del Resucitado a María está centrada en un proceso de reconocimiento que se realiza por etapas. Se necesita tiempo para reconocer a Cristo presente y actuando en nuestra vida. María ve primero el sepulcro vacío, luego a los ángeles y, finalmente, al mismo Jesús, pero lo confunde con el jardinero. Solo cuando Él la llama por su nombre —«¡María!»— se abren sus ojos y su corazón.

La fe pascual nace muchas veces de esta manera: en medio de las lágrimas, las dudas y la búsqueda. Jesús sale a nuestro encuentro con paciencia, nos llama personalmente y transforma nuestra tristeza en misión. Como María Magdalena, somos enviados a anunciar con alegría: «He visto al Señor».

 G.Q


Primera lectura

Cant 3, 1-4b (opción 1)

Encontré al amor de mi alma

Lectura del libro del Cantar de los Cantares.


ESTO dice la esposa:
«En mi lecho, por la noche,
buscaba al amor de mi alma;
lo buscaba, y no lo encontraba.
“Me levantaré y rondaré por la ciudad,
por las calles y las plazas,
buscaré al amor de mi alma”.
Lo busqué y no lo encontré.
Me encontraron los centinelas
que hacen la ronda por la ciudad.
“¿Han visto al amor de mi alma?”.
En cuanto los hube pasado,
encontré al amor de mi alma».

Palabra de Dios.



2 Cor 5, 14-17 (opción 2)

Ahora ya no conocemos a Cristo según la carne

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Corintios.

HERMANOS:
Nos apremia el amor de Cristo al considerar que, si uno murió por todos, todos murieron.
Y Cristo murió por todos, para que los que viven ya no vivan para sí, sino para el que murió y resucitó por ellos.
De modo que nosotros desde ahora no conocemos a nadie según la carne; si alguna vez conocimos a Cristo según la carne, ahora ya no lo conocemos así.
Por tanto, si alguno está en Cristo es una criatura nueva. Lo viejo ha pasado, ha comenzado lo nuevo.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 62, 2. 3-4. 5-6. 8-9 (R.: cf. 2b)

R. Mi alma está sedienta de ti, Dios mío.

V. Oh, Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo,
mi alma está sedienta de ti;
mi carne tiene ansia de ti,
como tierra reseca, agostada, sin agua.
 R.

V. ¡Cómo te contemplaba en el santuario
viendo tu fuerza y tu gloria!
Tu gracia vale más que la vida,
te alabarán mis labios. 
R.

V. Toda mi vida te bendeciré
y alzaré las manos invocándote.
Me saciaré de manjares exquisitos,
y mis labios te alabarán jubilosos. 
R.

V. Porque fuiste mi auxilio,
y a la sombra de tus alas canto con júbilo.
Mi alma está unida a ti,
y tu diestra me sostiene. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. «¿Qué has visto de camino, María, en la mañana?» «A mi Señor glorioso, la tumba abandonada». R.

 

Evangelio

Jn 20, 1-2. 11-18

Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quién buscas?

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

EL primer día de la semana, María la Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro.
Echó a correr y fue donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo:
«Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto».
Estaba María fuera, junto al sepulcro, llorando. Mientras lloraba, se asomó al sepulcro y vio dos ángeles vestidos de blanco, sentados, uno a la cabecera y otro a los pies, donde había estado el cuerpo de Jesús.
Ellos le preguntan:
«Mujer, ¿por qué lloras?».
Ella les contesta:
«Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto».
Dicho esto, se vuelve y ve a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús.
Jesús le dice:
«Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quién buscas?».
Ella, tomándolo por el hortelano, le contesta:
«Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré».
Jesús le dice:
«¡María!».
Ella se vuelve y le dice:
«¡Rabbuní!», que significa: «¡Maestro!».
Jesús le dice:
«No me retengas, que todavía no he subido al Padre. Pero, anda, ve a mis hermanos y diles: “Subo al Padre mío y Padre de ustedes, al Dios mío y Dios de ustedes”».
María la Magdalena fue y anunció a los discípulos:
«He visto al Señor y ha dicho esto».

Palabra del Señor.

 

1

 

«He visto al Señor»

 

Queridos hermanos:

La fiesta de santa María Magdalena nos presenta a una mujer que busca, llora, persevera y, finalmente, reconoce al Señor resucitado. Su camino de fe no ocurre de manera inmediata, sino paso a paso. María llega al sepulcro, descubre que la piedra ha sido removida, permanece allí llorando, ve a los ángeles y, después, contempla al mismo Jesús, aunque al comienzo lo confunde con el jardinero.

Solo cuando Jesús la llama por su nombre —«¡María!»— se abren sus ojos y su corazón. Aquel que parecía ausente estaba muy cerca de ella. Aquel a quien buscaba entre los muertos estaba vivo y venía a su encuentro.

También nosotros atravesamos momentos en los que nos cuesta reconocer la presencia de Dios. El dolor, la enfermedad, la soledad, la pérdida de un ser querido, las preocupaciones y las heridas interiores pueden nublar nuestra mirada. Podemos sentir que Dios está lejos o que no escucha nuestra oración. Sin embargo, el Evangelio nos recuerda que Cristo resucitado se acerca incluso cuando no somos capaces de reconocerlo. Él permanece junto a nuestras lágrimas y nos llama personalmente por nuestro nombre.

La primera lectura del Cantar de los Cantares expresa el deseo profundo del corazón creyente: «En mi lecho, por la noche, buscaba al amor de mi alma». María Magdalena es precisamente esa mujer que busca al amado de su alma. Lo busca en la oscuridad, lo busca entre lágrimas y no se resigna a su ausencia. Su perseverancia es premiada con el encuentro.

Esta lectura nos enseña que la fe también es deseo y búsqueda. No siempre sentimos inmediatamente el consuelo de Dios, pero estamos llamados a seguir buscándolo, a no abandonar la oración y a no permitir que la oscuridad apague nuestra esperanza. Quien busca sinceramente al Señor termina descubriendo que Él ya estaba buscándolo primero.

La otra opción de la primera lectura, tomada de la segunda carta a los Corintios, nos dice: «El amor de Cristo nos apremia». Ese amor fue el que sostuvo a María Magdalena al pie de la cruz y la llevó de madrugada hasta el sepulcro. No fue la curiosidad, sino el amor. Y cuando se encuentra con Cristo resucitado, ese mismo amor la convierte en misionera.

San Pablo afirma también que quien está en Cristo es una criatura nueva. María Magdalena experimenta esta transformación: llega al sepulcro como una mujer que llora y sale de allí como testigo de la Resurrección. Llega buscando un cuerpo muerto y regresa proclamando: «He visto al Señor».

El encuentro con Cristo no elimina mágicamente todos los problemas, pero cambia nuestra manera de vivirlos. El dolor no tiene ya la última palabra. La enfermedad no puede destruir nuestra dignidad. Las lágrimas no son inútiles. La muerte no es el final. En Cristo resucitado comienza una creación nueva.

El salmo expresa la sed más profunda del ser humano: «Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío». Hay una sed del cuerpo que se calma con agua, pero existe también una sed del alma: sed de consuelo, de paz, de sentido, de perdón, de compañía y de esperanza.

Muchos hermanos nuestros viven hoy con esa sed. Algunos sufren en el cuerpo por la enfermedad, el cansancio, el dolor crónico o las limitaciones de la edad. Otros sufren en el alma por la tristeza, la angustia, la depresión, el duelo, el abandono o los conflictos familiares. Quizá algunos sonríen exteriormente, pero por dentro llevan una herida profunda.

Hoy queremos ponerlos a todos en la presencia del Señor. Pedimos por quienes sufren en el cuerpo, para que reciban alivio, atención médica, paciencia y la cercanía de sus familias. Oramos también por quienes sufren en el alma, para que encuentren personas capaces de escucharlos, acompañarlos y ayudarles a recuperar la esperanza.

El Resucitado no se muestra indiferente ante las lágrimas de María. Le pregunta: «Mujer, ¿por qué lloras?». Esta pregunta no es un reproche. Es la expresión de la ternura de Dios. Jesús conoce nuestras lágrimas, pero quiere que abramos ante Él nuestro corazón. Nos invita a decirle dónde nos duele, qué hemos perdido, qué nos preocupa y qué estamos buscando.

Después del encuentro, Jesús dice a María: «Ve a mis hermanos». La experiencia de la fe no puede quedar encerrada en nosotros mismos. Quien ha sido consolado está llamado a consolar. Quien ha recibido esperanza debe llevar esperanza. Quien ha encontrado al Señor debe anunciarlo.

Santa María Magdalena se convierte así en la apóstol de los apóstoles. No pronuncia un discurso complicado. Simplemente comparte su experiencia: «He visto al Señor». La evangelización comienza muchas veces de este modo: contando con sencillez lo que Dios ha hecho en nuestra vida.

Pidamos hoy la intercesión de santa María Magdalena. Que ella nos enseñe a buscar al Señor con perseverancia, incluso en medio de la oscuridad. Que nos ayude a reconocer su voz cuando nos llama por nuestro nombre. Que sostenga a quienes sufren en el cuerpo y en el alma, y que haga de cada uno de nosotros mensajeros de consuelo, esperanza y resurrección.

Que al acercarnos hoy a la Eucaristía podamos reconocer a Cristo vivo, presente y cercano, y salgamos también nosotros a proclamar con alegría:

«He visto al Señor».

Amén.

 

 

2

 

Un corazón que busca al Amado

 

Queridos hermanos:

La fiesta de santa María Magdalena nos permite contemplar una de las historias más hermosas de transformación, gratitud y amor en todo el Evangelio. Ella pasó de una vida profundamente herida a convertirse en discípula fiel, testigo de la cruz y primera mensajera de la Resurrección.

El Evangelio nos dice que María Magdalena había sido liberada por Jesús de siete demonios. Algunos Padres de la Iglesia interpretaron ese número como signo de una opresión profunda y completa. Sin embargo, debemos evitar identificarla sin fundamento con la mujer pecadora o con la adúltera, pues los Evangelios no lo afirman expresamente. Lo que sí sabemos es que Jesús la había liberado de una situación dolorosa y oscura, y que aquella experiencia de misericordia despertó en ella un amor inmenso hacia el Señor.

María sabía de dónde la había sacado Jesús. Conocía la oscuridad de la que había sido rescatada, y por eso valoraba la luz recibida. La persona que ha experimentado verdaderamente la misericordia de Dios no puede permanecer indiferente. Cuando descubrimos que hemos sido perdonados, levantados y restaurados, comienza a brotar dentro de nosotros una gratitud nueva.

De esa gratitud nació la fidelidad de María Magdalena.

Ella permaneció cerca de Jesús durante su pasión. Estuvo al pie de la cruz, acompañando a la Virgen María, al discípulo amado y a las otras mujeres. No huyó cuando las cosas se hicieron difíciles. No abandonó al Maestro cuando fue despreciado, condenado y crucificado.

Quizá aquella valentía provenía de una certeza muy íntima: aquel hombre que ahora sufría en la cruz era quien le había devuelto la vida. ¿Cómo abandonarlo precisamente en la hora del dolor? El amor agradecido sabe permanecer. No ama solamente cuando todo sale bien, sino también cuando llega la cruz, cuando desaparecen las seguridades y cuando parece que la esperanza se apaga.

El Evangelio comienza diciendo que María fue al sepulcro temprano, cuando todavía estaba oscuro. Esa oscuridad no era solo exterior. También había oscuridad en su corazón. Jesús había muerto. El Maestro había sido sepultado. Todo parecía terminado.

Pero María no se queda inmóvil. El amor la pone en camino.

La primera lectura, tomada del Cantar de los Cantares, expresa admirablemente lo que sucede en su interior: «En mi lecho, por las noches, buscaba al amor de mi alma; lo busqué y no lo encontré». La esposa del Cantar se levanta, recorre la ciudad, atraviesa calles y plazas preguntando: «¿Han visto al amor de mi alma?».

María Magdalena es, en esta fiesta, imagen de esa alma enamorada que busca a su Señor. No se resigna a la ausencia. No acepta fácilmente la idea de haberlo perdido. Su corazón tiene una sola preocupación: encontrarlo.

El Cantar continúa diciendo: «Apenas los había pasado, encontré al amor de mi alma». También María llegará a ese encuentro, pero no de manera inmediata. Su camino será gradual. Primero ve la piedra removida. Luego avisa a Pedro y al discípulo amado. Después regresa al sepulcro y permanece allí llorando. Más tarde contempla a los ángeles y finalmente ve a Jesús, aunque no lo reconoce.

La fe pasa muchas veces por ese mismo proceso. Buscamos, preguntamos, lloramos, esperamos. Dios está cerca, pero no siempre lo reconocemos enseguida. Su presencia puede estar velada por nuestras lágrimas, nuestros temores o nuestras ideas preconcebidas.

María piensa que Jesús es el jardinero. Él le pregunta: «Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?». Esta pregunta llega también hoy hasta nosotros: ¿a quién buscamos realmente? ¿Qué desea nuestro corazón? ¿Buscamos a Dios mismo o solo los beneficios que podemos recibir de Él?

El salmo responde con una confesión profundamente espiritual: «Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo; mi alma está sedienta de ti». María madruga porque tiene sed de Cristo. Su cuerpo se dirige al sepulcro porque toda su alma busca al Señor.

«Mi alma está sedienta de ti; mi carne tiene ansia de ti, como tierra reseca, agostada, sin agua». Esta imagen expresa el deseo de un corazón que ha descubierto que nada puede sustituir a Dios. Podemos llenar nuestra vida de ocupaciones, bienes, reconocimientos y entretenimientos, pero la sed más profunda del alma solo puede ser calmada por el Señor.

El salmista añade: «Tu gracia vale más que la vida». María Magdalena había comprendido esta verdad. Haber conocido a Jesús, haber sido sanada y haber recibido su misericordia valía más que cualquier otra cosa. Por eso lo busca con tanta intensidad.

Los apóstoles regresaron a casa después de ver el sepulcro vacío. María, en cambio, permaneció. Ese pequeño detalle es muy importante. Ella se quedó llorando, amando y esperando. Su perseverancia preparó el encuentro.

En ocasiones abandonamos demasiado pronto. Dejamos la oración porque no sentimos nada. Nos desanimamos porque no recibimos una respuesta inmediata. Pensamos que Dios no nos escucha porque no actúa como esperábamos. María Magdalena nos enseña a permanecer.

Ella permanece incluso delante del vacío. Permanece, aunque no comprenda. Permanece porque ama.

Cuando los ángeles le preguntan por qué llora, su respuesta revela todo su corazón: «Se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto». No dice simplemente «se han llevado el cuerpo». Dice: «Se han llevado a mi Señor». Hay en estas palabras una relación personal y profunda.

La fe cristiana no consiste solamente en aceptar unas verdades o cumplir unas normas. Es una relación viva con Jesucristo. Él no es únicamente el Señor, sino «mi Señor»: aquel que me conoce, me llama, me perdona y me acompaña.

Incluso cuando Jesús aparece delante de ella, María todavía no lo reconoce. Sus ojos están llenos de lágrimas y su pensamiento sigue centrado en encontrar un cadáver. Ella busca a Jesús, pero lo busca todavía entre los muertos.

Entonces ocurre el momento decisivo. Jesús pronuncia una sola palabra: «¡María!».

No necesita explicar nada. No necesita demostrar nada. Basta la manera personal y amorosa con la que pronuncia su nombre. Aquella voz atraviesa la tristeza, rompe la confusión y despierta la fe.

María responde: «¡Rabbuní!», que significa «Maestro mío».

El Resucitado llama a cada persona por su nombre. Para Él no somos un número, una multitud anónima o un caso más. Él conoce nuestra historia, nuestras heridas, nuestras luchas y nuestros anhelos. Nos llama personalmente para abrir nuestros ojos y hacernos descubrir que está vivo y presente.

María quiere aferrarse a Jesús, pero el Señor la envía: «Ve a mis hermanos y diles…». El amor verdadero no encierra a Cristo para sí mismo. Quien ha encontrado al Señor es enviado a anunciarlo.

Así, aquella mujer que había sufrido una profunda esclavitud se convierte en apóstol de los apóstoles. Llega llorando al sepulcro y sale proclamando: «He visto al Señor». La gracia no solo la sana, sino que la convierte en testigo.

Esta es la obra de Dios. Él puede tomar una vida herida y convertirla en anuncio de esperanza. Puede transformar las lágrimas en misión, la esclavitud en libertad y la oscuridad en testimonio de resurrección.

Hoy podemos preguntarnos: ¿conservo la gratitud por todo lo que el Señor ha hecho en mi vida? ¿Lo busco con el deseo de María Magdalena? ¿Permanezco fiel cuando parece que no encuentro respuestas? ¿Reconozco su voz cuando me llama por mi nombre?

Santa María Magdalena nos invita a no vivir una fe fría, rutinaria o distante. Nos enseña a tener un corazón enamorado de Cristo, un corazón que madruga para buscarlo, que permanece junto a Él en la cruz y que no se resigna ante el sepulcro vacío.

Pidamos al Señor que despierte en nosotros la misma sed expresada por el salmo: «Mi alma está sedienta de ti». Que podamos buscarlo como la esposa del Cantar: «Busqué al amor de mi alma». Y que, al escuchar nuestra propia llamada, podamos responder como María Magdalena:

«¡Rabbuní! ¡Maestro mío!».

Señor Jesús, gracias por la libertad que nos has concedido, por el perdón de nuestros pecados y por la gracia que restaura nuestra vida. Haz que todo nuestro ser sea atraído por tu amor. Danos un corazón que te busque con perseverancia y que permanezca fiel aun en medio de la oscuridad. Pronuncia nuestro nombre, abre nuestros ojos y permítenos reconocerte vivo y presente. Y, como santa María Magdalena, haznos mensajeros de tu Resurrección.

Amén.

 ************


22 de julio: Santa María Magdalena — Fiesta


Siglo I


Patrona de: farmacéuticos, contemplativos, conversos, guanteros, peluqueros, pecadores penitentes, personas ridiculizadas por su piedad, perfumeros, prostitutas reformadas, curtidores, mujeres.
Invocada contra: tentaciones sexuales





📖 Cita:

Jesús le dijo:
—«Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?»
Ella, pensando que era el jardinero, le dijo:
—«Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo me lo llevaré.»
Jesús le dijo:
—«¡María!»
Ella se volvió y le dijo en hebreo:
—«¡Rabbuní!», que significa
Maestro.
Jesús le dijo:
—«No me retengas, porque todavía no he subido al Padre. Pero ve a mis hermanos y diles: “Subo a mi Padre y Padre vuestro, a mi Dios y Dios vuestro.”»
Entonces María de Magdala fue y anunció a los discípulos:
—«¡He visto al Señor!» y contó lo que Él le había dicho.
~ Juan 20,11–18


💭 Reflexión:

Santa María Magdalena, también conocida como la Magdalena o María de Magdala, probablemente lleva su nombre del bullicioso pueblo pesquero de Magdala, situado en la costa occidental del Mar de Galilea. Toda la información sobre María proviene de los Evangelios. En Lucas 8,1–3 se la presenta como una de las muchas mujeres que acompañaban a Jesús y a los Doce, proveyéndoles con sus propios recursos. Se dice que estas mujeres fueron “curadas de espíritus malignos y enfermedades”, y específicamente se indica que María fue liberada de “siete demonios”.

Ser liberada de siete demonios tiene implicaciones significativas. Podría significar que María fue realmente poseída, obsesionada u oprimida por siete demonios distintos. El número siete también simboliza la plenitud o totalidad, lo que implica que pudo haber estado completamente poseída o que su liberación fue una liberación perfecta. Es decir, que nunca regresó a los pecados de los que Jesús la rescató. Algunos sugieren que los siete demonios representan los siete pecados capitales, lo cual implicaría que María había cometido graves transgresiones en cada uno de ellos y fue liberada de todos esos hábitos pecaminosos.

En el capítulo anterior del Evangelio de Lucas, Lucas 7,36–50, se narra la historia de una mujer pecadora anónima que interrumpe una cena a la que asistía Jesús en casa de Simón el fariseo. No se nombra el pecado de esta mujer, pero su arrepentimiento es claro. Trae consigo un “frasco de alabastro con perfume”, se coloca detrás de Jesús, llora, lava sus pies con lágrimas, los seca con su cabello y los unge con el perfume. Después de una conversación con Simón, que juzgaba tanto a la mujer como a Jesús en su interior, el Señor dice:
“Se le han perdonado muchos pecados, porque ha mostrado mucho amor.”
Y luego le dice a ella: “Tus pecados están perdonados... Vete en paz.”

A lo largo de los siglos, muchos han presumido que esta mujer pecadora era María Magdalena. Aunque es posible, y algunos lo consideran probable, no hay manera definitiva de saberlo. Esta mujer pecadora podría haber sido María de Betania, la hermana de Lázaro y Marta. Podría haber sido otra mujer no mencionada en otros pasajes bíblicos, o una de las muchas mujeres que acompañaban a Jesús.

La segunda vez que se menciona explícitamente a María Magdalena en la Biblia es en la crucifixión de Jesús. Mateo, Marcos y Lucas afirman que ella y otras mujeres estaban presentes, observando desde cierta distancia. El Evangelio de Juan, sin embargo, dice que estaba junto a la cruz, cerca de la madre de Jesús y de su tía:
“Estaban junto a la cruz de Jesús su madre, la hermana de su madre, María, esposa de Cleofás, y María de Magdala” (Jn 19,25).

La tercera vez que aparece es después de la Resurrección. Mateo, Marcos y Lucas indican que fue al sepulcro temprano el domingo para ungir el cuerpo de Jesús, acompañada por otras mujeres. El Evangelio de Juan, sin embargo, dice que fue sola, encontró la piedra removida y el cuerpo de Jesús ausente. Corrió entonces a avisar a Pedro y a Juan, quienes encontraron el sepulcro tal como ella lo describió. Ellos se marcharon, pero María permaneció llorando junto al sepulcro.

Dos ángeles se le aparecen dentro del sepulcro. Luego se da la vuelta y ve a alguien que confunde con el jardinero. Le pregunta si él ha tomado el cuerpo de Jesús. En ese momento, Jesús le dice su nombre: “¡María!”, y ella lo reconoce. Jesús le dice:
“No me retengas, porque aún no he subido al Padre. Pero ve a mis hermanos y diles: ‘Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios’” (Jn 20,17).
Entonces, María va rápidamente y anuncia a los discípulos que ha visto al Señor.

Debido a que fue María quien fue enviada primero a anunciar la Resurrección de Cristo, Santo Tomás de Aquino la llamó “Apóstol de los Apóstoles”. Aunque se puede inferir de la Escritura que María Magdalena fue la primera en ver al Señor resucitado, algunos sostienen que Jesús apareció primero a su propia Madre, la Virgen María, aunque los Evangelios no lo mencionan explícitamente. El Papa San Juan Pablo II se refirió a esto, diciendo:

“Es legítimo pensar que la Madre fue probablemente la primera persona a quien se apareció Jesús resucitado. ¿No podría su ausencia en el grupo de mujeres que fue al sepulcro indicar que ya se había encontrado con Él?” (Audiencia general, 3 de abril de 1996).

Nada más se sabe con certeza sobre María Magdalena después de estos relatos bíblicos. Una antigua tradición sostiene que acompañó a Juan y a la Virgen María a Éfeso, donde pasó el resto de sus días.


🌟 Celebramos hoy la misericordia sin límites de Dios.

El encuentro con Jesús cambió la vida de María para siempre. Jesús no dudó en asociarse con esta mujer liberada de siete demonios. De la misma manera, Jesús nunca duda en unirse a quienes se arrepienten sinceramente de sus pecados, sin importar su pasado.

La vida de María nos dice que hay esperanza para todos. Antes de su transformación, muchos probablemente la consideraban sin remedio. Pero Jesús no la descartó, y tampoco descarta a nadie.

En el año 2016, el Papa Francisco elevó la memoria de Santa María Magdalena al rango de fiesta en el calendario litúrgico. Lo hizo durante el Jubileo Extraordinario de la Misericordia, para resaltar la importancia del papel de Santa María Magdalena en los Evangelios, la profundidad de su amor por Cristo, y destacar la Divina Misericordia de Dios.


🙏 Oración

Santa María Magdalena,
tú viviste una vida de pecado,
pero al encontrarte con Jesús,
te arrepentiste y lo seguiste.

Fuiste fiel a Él durante todo su ministerio
y fuiste testigo de su muerte y resurrección.
Ruega por mí,
para que siempre tenga el valor de arrepentirme de mis pecados
y permanecer contigo al pie de la cruz,
para que también pueda ser testigo de los efectos transformadores
de la Resurrección.

Santa María Magdalena, ruega por mí.
Jesús, en Ti confío.

lunes, 20 de julio de 2026

21 de julio del 2026: martes de la decimosexta semana del tiempo ordinario II- San Lorenzo de Brindis, Obispo y Doctor de la Iglesia

 

Santo del día:

San Lorenzo de Brindis, Obispo y Doctor de la Iglesia


1559-1619

Monje capuchino, Doctor de la Iglesia, originario de Brindisi, en el sur de Italia. Potente predicador, difundió las enseñanzas del Concilio de Trento y trabajó por la renovación de la Iglesia. 

Gracias a su talento como políglota, este religioso capuchino fue llamado a predicar por toda Europa, especialmente en Alemania. En 1959, el papa san Juan XXIII lo proclamó doctor de la Iglesia.



Dios único

(Miqueas 7,14-15.18-20) La oración del profeta da testimonio del Dios en quien Israel ha puesto su fe: un Dios que conduce a su pueblo como un pastor, que se complace en manifestar su bondad y en ejercer la misericordia. No conserva para siempre su ira, sino que perdona las culpas, olvida las ofensas y arroja nuestros pecados al fondo del mar. Único es este Dios, fiel a su Alianza, que levanta a su pueblo y le abre siempre un camino de esperanza.

 


Primera lectura

Miq 7, 14-15. 18-20
Arrojará nuestros pecados a lo hondo del mar

Lectura de la profecía de Miqueas.

PASTOREA a tu pueblo, Señor, con tu cayado,
al rebaño de tu heredad,
que anda solo en la espesura,
en medio del bosque;
que se apaciente como antes
en Basán y Galaad.
Como cuando saliste de Egipto,
les haré ver prodigios.
¿Qué Dios hay como tú,
capaz de perdonar el pecado,
de pasar por alto la falta
del resto de tu heredad?
No conserva para siempre su cólera,
pues le gusta la misericordia.
Volverá a compadecerse de nosotros,
destrozará nuestras culpas,
arrojará nuestros pecados
a lo hondo del mar.
Concederás a Jacob tu fidelidad
y a Abrahán tu bondad,
como antaño prometiste a nuestros padres.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 84, 2-4. 5-6. 7-8 (R.: 8a)

R. Muéstranos, Señor, tu misericordia.

V. Señor, has sido bueno con tu tierra,
has restaurado la suerte de Jacob,
has perdonado la culpa de tu pueblo,
has sepultado todos sus pecados,
has reprimido tu cólera,
has frenado el incendio de tu ira.
 R.

V. Restáuranos, Dios Salvador nuestro;
cesa en tu rencor contra nosotros.
¿Vas a estar siempre enojado,
o a prolongar tu ira de edad en edad?
 R.

V. ¿No vas a devolvernos la vida,
para que tu pueblo se alegre contigo?
Muéstranos, Señor, tu misericordia
y danos tu salvación. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. El que me ama guardará mi palabra —dice el Señor—,
y mi Padre lo amará, y vendremos a él. 
R.

 

Evangelio

Mt 12, 46-50

Extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: «Estos son mi madre y mis hermanos»

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, estaba Jesús hablando a la gente, cuando su madre y sus hermanos se presentaron fuera, tratando de hablar con él.
Uno se lo avisó:
«Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren hablar contigo».
Pero él contestó al que le avisaba:
«¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?».
Y, extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo:
«Estos son mi madre y mis hermanos. El que haga la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre».

Palabra del Señor.

 

 

 

1

 

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios nos invita hoy a contemplar tres grandes dones: la misericordia de Dios, la pertenencia a su familia y la gratitud hacia quienes nos hacen el bien.

En la primera lectura, el profeta Miqueas eleva una hermosa oración: «Pastorea a tu pueblo con tu cayado». Israel reconoce que necesita ser conducido, protegido y alimentado por Dios. Es la súplica de un pueblo consciente de sus debilidades, pero también confiado en la bondad del Señor.

Luego, el profeta formula una pregunta llena de admiración: «¿Qué Dios hay como tú, que perdonas el pecado y absuelves la culpa?». No se trata simplemente de afirmar que Dios existe, sino de proclamar que ningún otro es como Él. Nuestro Dios no se complace en condenar ni conserva eternamente su enojo; se complace en la misericordia. Él vuelve a compadecerse de nosotros, pisa nuestras culpas y arroja nuestros pecados al fondo del mar.

Esta imagen es muy consoladora. Cuando Dios perdona, no guarda nuestros pecados para echárnoslos en cara más adelante. Los arroja a lo profundo del mar. Somos nosotros quienes, a veces, seguimos buceando para recuperarlos: recordamos continuamente nuestros errores, alimentamos sentimientos de culpa o mantenemos vivas las ofensas de los demás. Dios nos invita a recibir su perdón y también a perdonarnos, a reconciliarnos con nuestra historia y a ofrecer a los demás la misericordia que hemos recibido.

El salmo prolonga esta súplica: «Muéstranos, Señor, tu misericordia». El pueblo atraviesa una situación difícil y pide a Dios que lo restaure, que deponga su indignación y le devuelva la vida y la alegría. También nosotros necesitamos formular esta oración. Cuando una familia se encuentra dividida, cuando una comunidad pierde el entusiasmo, cuando el pecado enfría nuestra relación con Dios, debemos pedir: «Señor, restáuranos; danos nuevamente tu salvación».

Pero la misericordia de Dios no solamente perdona nuestro pasado; también crea una nueva familia. En el Evangelio, mientras Jesús habla a la multitud, le avisan: «Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren hablar contigo». Jesús responde señalando a sus discípulos: «Estos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de mi Padre celestial, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre».

Con estas palabras, Jesús no rechaza ni menosprecia a María. Al contrario, revela la razón más profunda de su grandeza. María pertenece plenamente a la familia de Jesús porque escuchó la Palabra y cumplió la voluntad de Dios: «Hágase en mí según tu palabra». Antes de llevar a Cristo en su seno, lo acogió por la fe en su corazón.

Jesús amplía así los vínculos familiares. En la Iglesia no somos extraños que ocasionalmente coinciden en un templo: por el bautismo y por la obediencia a la voluntad del Padre, llegamos a ser hermanos y hermanas de Cristo. La comunidad cristiana está llamada a convertirse en una verdadera familia, especialmente para quienes están solos, enfermos, desplazados, afligidos o se sienten olvidados.

Cumplir la voluntad del Padre no consiste únicamente en realizar prácticas religiosas. Significa amar, perdonar, servir, buscar la justicia, acompañar al que sufre y reconocer el bien que otros hacen por nosotros. Hoy oramos especialmente por nuestros familiares, amigos y benefactores: por quienes nos han brindado su ayuda, su afecto, su oración, sus consejos o sus recursos; por quienes sostienen silenciosamente nuestras comunidades y colaboran con la misión evangelizadora de la Iglesia.

A veces disfrutamos de muchos bienes sin recordar las manos generosas que hicieron posible que llegaran hasta nosotros. La gratitud cristiana no debe quedarse en palabras. Agradecer también significa orar por nuestros benefactores, tratarlos con afecto, cuidar lo recibido y convertirnos nosotros mismos en benefactores de los demás. El bien recibido está llamado a producir nuevo bien.

Celebramos, además, la memoria de san Lorenzo de Brindis, presbítero y doctor de la Iglesia. Fue un religioso capuchino profundamente enamorado de la Sagrada Escritura, un gran predicador y un incansable servidor de la unidad y de la paz. Su inteligencia y su conocimiento de las lenguas estuvieron siempre al servicio del Evangelio. Nos recuerda que estudiar la Palabra de Dios no debe llevarnos al orgullo, sino a conocer mejor a Cristo, cumplir la voluntad del Padre y servir con mayor generosidad a nuestros hermanos.

Pidamos en esta Eucaristía que el Señor nos pastoree con su misericordia; que arroje nuestros pecados al fondo del mar; que nos enseñe a cumplir la voluntad del Padre y a vivir como una auténtica familia. Confiémosle de manera especial a nuestros benefactores: que recompense abundantemente el bien que nos han hecho, bendiga sus hogares, atienda sus necesidades y les conceda la alegría de saberse amados por Él.

Señor, Dios misericordioso, bendice a nuestros familiares, amigos y benefactores. Recompensa su generosidad y haz que, siguiendo el ejemplo de san Lorenzo de Brindis, escuchemos tu Palabra, cumplamos tu voluntad y pongamos nuestros dones al servicio de los demás. Amén.

 

2

 

La familia de Jesús en el Reino de Dios

 

Queridos hermanos:

En el Evangelio de hoy le anuncian a Jesús: «Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren hablar contigo». Entonces Él pregunta: «¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?». Y, señalando a sus discípulos, responde: «Estos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de mi Padre celestial, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre».

A primera vista, alguien podría interpretar estas palabras como un desprecio hacia la Santísima Virgen María o como si Jesús estuviera disminuyendo el lugar singular de su Madre. Sin embargo, ocurre exactamente lo contrario. Jesús no rechaza a María, sino que nos muestra la razón más profunda de su grandeza: ella no fue solamente su Madre según la carne; fue también la discípula que escuchó y cumplió perfectamente la voluntad del Padre.

Jesús quiere enseñarnos que en el Reino de Dios existe un parentesco nuevo y más profundo. Los vínculos familiares y los afectos humanos conservan su dignidad y su importancia, pero la comunión que permanece para la eternidad nace de compartir la misma fe y de cumplir la voluntad del Padre.

Por el Bautismo hemos llegado a ser hijos e hijas de Dios y miembros del Cuerpo de Cristo. Ya no estamos unidos únicamente por vínculos de sangre, sino también por la gracia, la fe y la presencia del Espíritu Santo. La Iglesia es, por eso, la familia de Dios en la tierra y una anticipación de la comunión eterna que esperamos vivir en el cielo.

Esta verdad aparece cada vez que rezamos el Padrenuestro. Jesús no nos enseñó a decir solamente «Padre mío», sino «Padre nuestro». Ese «nuestro» abarca a todos los que, unidos a Cristo, procuran vivir como hijos de Dios. Cuando cumplimos la voluntad del Padre, nos acercamos a Jesús, nos reconocemos como hermanos y comenzamos a construir una comunidad donde nadie debería sentirse extraño, rechazado o abandonado.

Pero ¿qué significa cumplir la voluntad de Dios? No consiste en una obediencia ciega, triste o cargada de temor. Cumplir la voluntad del Padre significa confiar en su amor y orientar nuestra vida según su Palabra. Es aprender a amar, perdonar, servir, practicar la justicia y permanecer fieles aun cuando el camino resulte difícil.

La primera lectura, tomada del profeta Miqueas, nos revela precisamente el rostro de ese Padre cuya voluntad estamos llamados a cumplir. El profeta comienza pidiendo: «Pastorea a tu pueblo con tu cayado». Dios aparece como el pastor que guía, alimenta, protege y busca a su pueblo. No somos una multitud abandonada: pertenecemos a un Dios que nos acompaña y conduce.

Miqueas, maravillado, pregunta: «¿Qué Dios hay como tú, que perdonas el pecado y absuelves la culpa?». Nuestro Dios no conserva para siempre su enojo, sino que se complace en la misericordia. Él vuelve a compadecerse de nosotros, pisa nuestras culpas y arroja al fondo del mar todos nuestros pecados.

¡Qué imagen tan hermosa! Dios no guarda nuestras faltas para reprochárnoslas más tarde. Cuando nos arrepentimos sinceramente, Él nos perdona y nos ofrece un nuevo comienzo. A veces somos nosotros quienes continuamos buscando en el fondo del mar las culpas que Dios ya perdonó. Nos quedamos encadenados a errores pasados o no permitimos que los demás cambien. Sin embargo, pertenecer a la familia de Dios significa aprender a tratar a los otros con la misma misericordia con la que el Padre nos trata.

El salmo prolonga esta confianza cuando suplicamos: «Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación». Es la oración de quien reconoce que necesita ser restaurado. Todos necesitamos que Dios sane nuestras heridas, renueve nuestra esperanza y devuelva la alegría a nuestro corazón.

Esa misericordia no es únicamente un sentimiento de compasión. Es una fuerza capaz de reconstruir la vida y restaurar las relaciones. Cuando una familia está dividida, cuando una comunidad pierde la fraternidad o cuando nuestro corazón se aparta de Dios, podemos suplicar con el salmista: «Restáuranos, Dios salvador nuestro». El Señor puede hacer renacer lo que parecía perdido, siempre que nos abramos a su gracia.

Entre todos aquellos que acogieron la voluntad de Dios, nadie lo hizo con tanta plenitud como la Santísima Virgen María. Desde la Anunciación respondió con total disponibilidad: «Hágase en mí según tu palabra». María llevó a Jesús en su seno porque primero había acogido la Palabra en su corazón. Su maternidad corporal es única, pero su fe obediente la convierte también en la primera y más perfecta discípula.

Por eso, cuando Jesús afirma que quien cumple la voluntad del Padre es para Él «hermano, hermana y madre», esas palabras se realizan de manera eminente en María. Lejos de disminuir su dignidad, revelan la profundidad de su santidad. Ella perteneció completamente a Dios y permitió que toda su existencia fuera modelada por su voluntad.

También nosotros tenemos un profundo deseo de pertenecer. Buscamos sentirnos acogidos por nuestra familia, nuestros amigos y nuestra comunidad. Pero este anhelo solamente alcanza su plenitud cuando descubrimos que pertenecemos a Dios. En Cristo llegamos a formar parte de una familia que abarca a la Virgen María, a los ángeles, a los santos y a todos los hijos de Dios.

Celebramos hoy la memoria de san Lorenzo de Brindis, presbítero y doctor de la Iglesia. Religioso capuchino, destacó por su profundo conocimiento de la Sagrada Escritura, su predicación y su servicio incansable a la Iglesia. Conocía varias lenguas y poseía una gran formación intelectual, pero no utilizó sus dones para buscar prestigio personal. Los puso al servicio de la evangelización, la reconciliación y la defensa de la fe.

San Lorenzo comprendió que conocer la Palabra de Dios no es solamente acumular conocimientos: es permitir que esa Palabra transforme la vida. Su ejemplo nos enseña que la verdadera sabiduría conduce a la obediencia, al servicio y a la comunión con Dios.

Preguntémonos hoy: ¿me siento verdaderamente miembro de la familia de Dios? ¿Busco sinceramente la voluntad del Padre o solamente le pido que bendiga mis propios planes? ¿Ayudo a que mi comunidad sea una familia acogedora, misericordiosa y fraterna?

Cumplir la voluntad de Dios no es una carga que nos quite la libertad. Es el camino que nos permite llegar a ser aquello para lo cual fuimos creados. Su fruto es la paz profunda de sabernos amados, perdonados y acogidos en la familia eterna de Dios.

Pidamos al Señor que nos pastoree con su amor, nos muestre su misericordia y nos enseñe a escuchar su Palabra. Que, siguiendo el ejemplo de la Virgen María y de san Lorenzo de Brindis, encontremos nuestra alegría en cumplir la voluntad del Padre y hagamos de nuestras comunidades una verdadera familia de hermanos.

Padre celestial, tú no solamente nos llamas a seguirte, sino también a pertenecerte. Haz que tu voluntad sea nuestra alegría. Fórmanos a imagen de tu Hijo y enséñanos a vivir en la comunión de amor que une a todos tus hijos. Por la intercesión de la Santísima Virgen María y de san Lorenzo de Brindis, haznos miembros fieles, misericordiosos y serviciales de tu familia. Amén.

 

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Memorial del 21 de julio

San Lorenzo de Brindis, sacerdote y médico
1559–1619


Patrono de Brindisi, Italia

Un Doctor de la Iglesia poco conocido lo hizo todo y todo lo hizo bien

 


Julio César Russo nació en una familia religiosa, pero desde muy joven se sintió atraído por unirse a otra familia religiosa: la de San Francisco de Asís. Después de la temprana muerte de su padre, el pequeño Julio fue puesto por su madre al cuidado de los Frailes Menores. Sin embargo, al mudarse a Venecia, conoció a los capuchinos, otra expresión del franciscanismo, y se unió a su orden cuando era adolescente. Tomó el nombre religioso de Lorenzo, fue ordenado sacerdote en 1582, y desde ese momento se abrió camino en la vida como un tren de alta velocidad. El padre Lorenzo viajó de norte a sur, de este a oeste, deteniéndose en Italia, Alemania, Austria, Hungría, Francia, Bohemia, España y Portugal. Este ejército de un solo hombre parecía estar en todas partes, haciéndolo todo y, sin embargo, siempre hizo de la salvación de su propia alma su máxima prioridad. 

El padre Lorenzo era inteligente. Muy inteligente. Sus dotes intelectuales se desplegaron plenamente al servicio del Señor para dominar cualquier disciplina que estudiara. Aprendió los idiomas bíblicos de griego, hebreo, latín y siríaco. Además de su italiano nativo, también hablaba español y alemán, que utilizó ampliamente en su ministerio en Europa Central. Su conocimiento de las Escrituras era tan amplio y profundo que parecía haber memorizado toda la Biblia. Incluso se ganó la estima de los eruditos judíos por su profundo conocimiento de los textos rabínicos. Lorenzo también cultivó un amor ardiente por Jesucristo, la Virgen María y la Sagrada Eucaristía en largas horas de oración. A veces le tomaba horas decir misa. Parecía dejarse llevar por el éxtasis y tenía el don de las lágrimas. Este nivel de fervor, educación, pobreza, inteligencia, y la devoción a la Iglesia hizo de San Lorenzo de Brindis el sacerdote ideal para su tiempo y lugar. Fue muchas cosas, pero entre ellas fue el último guerrero de la Contrarreforma.

San Lorenzo explicó con gran fuerza y ​​lucidez las verdades de la fe católica a los que habían caído en la trampa del protestantismo. Serenamente elaboró ​​tratados sobre los fundamentos bíblicos y patrísticos del papado, los obispos, María y los sacramentos. Lorenzo fue el anti-Lutero y el epítome de los grandes capuchinos que vigorizaron el franciscanismo en el siglo XVI y más allá. En medio de todas sus labores como predicador y maestro, Lorenzo también llevó a cabo un conjunto paralelo de deberes exigentes en la administración de la Orden de los Capuchinos. Fue maestro de novicios, provincial y ministro general o jefe de la Orden. El padre Lorenzo completó montañas de trabajo día tras día durante muchos años, un impulso sostenido y una competencia que inevitablemente lo llevaron a cargar con responsabilidades aún más importantes. 

Como franciscano dedicado a preservar y restaurar la paz, tanto el Santo Padre como los príncipes seculares le encargaron a Lorenzo varias misiones diplomáticas orientadas a resolver controversias entre estados cristianos y entre estos estados y el creciente Imperio Otomano. Sin embargo, el deseo de paz de Lorenzo no estaba divorciado de la verdad, el derecho a la autodefensa o el amor por la Europa cristiana. Era el capellán de un ejército cristiano que se reunió en Alemania contra los turcos ante la insistencia de Lorenzo. 

Lorenzo luego dirigió personalmente a las tropas a la batalla con su crucifijo en alto. La victoria del ejército alemán se atribuyó a la intercesión y ejemplo inspirador de nuestro santo. San Lorenzo murió el día de su cumpleaños, el 22 de julio, a los sesenta años, mientras se encontraba en una misión diplomática en Lisboa, Portugal. Está enterrado en un monasterio en el norte de España y fue canonizado en 1881. En 1959 el Papa San Juan XXIII proclamó a San Lorenzo de Brindisi Doctor Apostólico de la Iglesia por sus escritos creativos pero ortodoxos sobre la Virgen María y por su imponente erudición y presentación armoniosa de las Escrituras, la patrística y la teología fundamental. Es el tercer Doctor Franciscano de la Iglesia, junto con los Santos Buenaventura y Antonio, y, por desgracia, uno de los menos conocidos.

 

San Lorenzo, respondiste idealmente y acorde a las necesidades de tu época y conmoviste a todos los que conociste a través de tu ejemplo virtuoso, vasto conocimiento y vida de oración. Por tu intercesión, ayuda a todos los sacerdotes, especialmente a los franciscanos, a no escatimar en sí mismos sino a emular tu celo.


20 de julio del 2026: lunes de la decimosexta semana del tiempo ordinario II


No es imposible


(Mi 6,1-4.6-8 / Sal 50(49),5-6.8-9.16bc-17.21+23 (R. 23b) /

Mt 12,38-42) Dios entra en juicio con su pueblo, un género literario clásico entre los profetas. Se trata de llevar a los creyentes a interrogarse sobre su relación con Dios: aquí, desde la perspectiva de la fidelidad y la conversión del corazón.

En el Evangelio, los escribas y fariseos le piden a Jesús un signo extraordinario, aunque sus palabras y sus obras ya manifiestan la presencia de Dios. Jesús los remite al signo de Jonás: así como el profeta fue liberado de las profundidades, el Hijo del hombre atravesará la muerte y resucitará. Creer, por tanto, no es imposible, pero exige un corazón disponible, capaz de reconocer los signos ya ofrecidos y dejarse transformar. Dios no nos pide prodigios ni sacrificios desmesurados, sino practicar la justicia, amar la misericordia y caminar humildemente con Él.

G.Q

 


Primera lectura

Miq 6, 1-4. 6-8

Hombre, se te ha hecho saber lo que el Señor quiere de ti

Lectura de la profecía de Miqueas.

ESCUCHEN lo que dice el Señor,
el pleito del Señor con su pueblo.
«En pie, pleitea con las montañas,
que escuchen tu voz las colinas».
Escuchen, montañas, el pleito del Señor,
ustedes, inalterables cimientos de la tierra:
el Señor pleitea con su pueblo,
con Israel se querella.
«Pueblo mío, ¿qué te he hecho?,
¿en qué te he molestado?
¡Respóndeme!
Yo te saqué de Egipto
y te libré de la servidumbre.
Yo te envié a Moisés,
Aarón y María».
¿Con qué me presentaré al Señor
y me inclinaré ante el Dios excelso?
¿Me presentaré con holocaustos,
con terneros de un año?
¿Le agradarán al Señor mil bueyes,
miríadas de ríos de aceite?
¿Le ofreceré mi primogénito por mi falta,
el fruto de mis entrañas por mi pecado?.
Hombre, se te ha hecho saber lo que es bueno,
lo que el Señor quiere de ti:
tan solo practicar el derecho,
amar la bondad,
y caminar humildemente con tu Dios.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 49, 5-6. 8-9. 16bc-17. 21 y 23 (R.: 23cd)

R. Al que sigue buen camino
le haré ver la salvación de Dios.


V. «Congréguenme a mis fieles,
que sellaron mi pacto con un sacrificio».
Proclame el cielo su justicia;
Dios en persona va a juzgar. 
R.

V. «No te reprocho tus sacrificios,
pues siempre están tus holocaustos ante mí.
Pero no aceptaré un becerro de tu casa,
ni un cabrito de tus rebaños». 
R.

V. «¿Por qué recitas mis preceptos
y tienes siempre en la boca mi alianza,
tú que detestas mi enseñanza
y te echas a la espalda mis mandatos?» 
R.

V. «Esto haces, ¿y me voy a callar?
¿Crees que soy como tú?
Te acusaré, te lo echaré en cara.
El que me ofrece acción de gracias,
ese me honra;
al que sigue buen camino
le haré ver la salvación de Dios». 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. No endurezcan hoy su corazón; escuchen la voz del Señor. R.

 

Evangelio

Mt 12, 38-42

Cuando juzguen a esta generación, la reina del Sur se levantará

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, algunos escribas y fariseos dijeron a Jesús:
«Maestro, queremos ver un milagro tuyo».
Él les contestó:
«Esta generación perversa y adúltera exige una señal; pues no se le dará más signo que el del profeta Jonás. Tres días y tres noches estuvo Jonás en el vientre del cetáceo: pues tres días y tres noches estará el Hijo del hombre en el seno de la tierra.
Los hombres de Nínive se alzarán en el juicio contra esta generación y harán que la condenen; porque ellos se convirtieron con la proclamación de Jonás, y aquí hay uno que es más que Jonás.
Cuando juzguen a esta generación, la reina del Sur se levantará y hará que la condenen, porque ella vino desde los confines de la tierra, para escuchar la sabiduría de Salomón, y aquí hay uno que es más que Salomón».

Palabra del Señor.

 

***********

 

1

 

Aprender a reconocer los signos de Dios

 

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de este día nos invita a revisar con sinceridad nuestra relación con el Señor. Con frecuencia deseamos que Dios nos dé señales extraordinarias, respuestas inmediatas o demostraciones indiscutibles de su existencia y de su amor. Sin embargo, el Señor nos recuerda hoy que el verdadero problema no es la falta de signos, sino la falta de disposición para reconocerlos.

En la primera lectura, tomada del profeta Miqueas, Dios entra en una especie de juicio con su pueblo. Convoca como testigos a los montes y a las colinas y pregunta: «Pueblo mío, ¿qué te he hecho?, ¿en qué te he molestado?». No se trata de un Dios enojado que quiera destruir a su pueblo, sino de un Padre herido por la ingratitud de sus hijos. Él les recuerda todo lo que ha hecho: los liberó de Egipto, los sacó de la esclavitud y puso delante de ellos personas que los guiaran.

Ante este reclamo, el pueblo se pregunta qué debe ofrecer a Dios: ¿holocaustos?, ¿miles de carneros?, ¿ríos de aceite?, ¿sacrificios cada vez mayores? La respuesta del profeta es sencilla y exigente:

«Se te ha hecho saber lo que es bueno, lo que el Señor quiere de ti: practicar la justicia, amar la misericordia y caminar humildemente con tu Dios».

Dios no puede ser comprado con ofrendas. No busca ceremonias vacías ni sacrificios que no estén acompañados por una vida recta. Podemos rezar mucho, participar en celebraciones y realizar actos religiosos; pero si tratamos injustamente a los demás, guardamos resentimiento, despreciamos al necesitado o nos negamos a perdonar, todavía no hemos comprendido lo que Dios quiere de nosotros.

El salmo 50 continúa esta misma enseñanza. Dios dice: «No te reprocho tus sacrificios, pues siempre están tus holocaustos ante mí». El problema no consiste en ofrecer sacrificios, sino en pensar que estos pueden reemplazar la obediencia, la justicia y la conversión. Por eso también advierte: «¿Por qué recitas mis preceptos y tienes siempre en la boca mi alianza, tú que detestas mi enseñanza y te echas a la espalda mis mandatos?».

Es una palabra fuerte que nos invita a preguntarnos: ¿existe coherencia entre lo que decimos creer y la manera como vivimos? ¿Nuestra oración nos vuelve más misericordiosos? ¿La Eucaristía nos conduce a compartir el pan, perdonar las ofensas y servir al hermano? ¿O pronunciamos palabras religiosas mientras le damos la espalda a lo que Dios nos enseña?

El salmo nos entrega también una promesa consoladora: «Al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios». El Señor no nos pide una vida llena de cosas extraordinarias; nos pide avanzar por el buen camino, con fidelidad, humildad y perseverancia. La santidad se construye muchas veces mediante pequeños actos de amor realizados cada día.

En el Evangelio, algunos escribas y fariseos se acercan a Jesús y le dicen: «Maestro, queremos ver un signo tuyo». La petición podría parecer razonable, pero Jesús descubre la falta de sinceridad que se esconde detrás de ella. Ellos ya habían escuchado sus enseñanzas, contemplado sus curaciones y presenciado la liberación de personas oprimidas. Los signos estaban delante de sus ojos, pero no querían comprometerse.

A veces nosotros podemos caer en una actitud semejante: «Señor, si me concedes esto, creeré en ti»; «si solucionas inmediatamente este problema, confiaré en ti»; «si realizas el milagro que espero, cambiaré de vida». Convertimos la fe en una negociación y le exigimos a Dios que se someta a nuestras condiciones.

Jesús responde que no se les dará otro signo sino el signo del profeta Jonás. Jonás permaneció tres días en el vientre del gran pez y después fue enviado a predicar la conversión a Nínive. De manera semejante, Jesús permanecerá en el seno de la tierra y al tercer día resucitará. El signo definitivo de Dios no será un espectáculo, sino la Pascua de Cristo: su muerte y su resurrección.

En Jesús crucificado y resucitado, Dios nos ha dado la señal más grande de su amor. La cruz nos revela hasta dónde llega su entrega; la resurrección nos anuncia que el pecado y la muerte no tienen la última palabra. Por eso, creer no es imposible. Pero exige abrir el corazón, renunciar a nuestra dureza y aceptar que Dios actúe de una manera diferente a la que nosotros imaginamos.

Hoy también elevamos nuestra oración por nuestros fieles difuntos. Al recordarlos, el signo de Jonás adquiere para nosotros una fuerza especial. Así como Jonás salió de las profundidades y Cristo salió victorioso del sepulcro, confiamos en que quienes han muerto unidos al Señor están llamados a participar de su resurrección.

Orar por nuestros difuntos es un acto de amor, de gratitud y de esperanza. No los recordamos solamente con tristeza. Los ponemos en las manos misericordiosas del Padre y pedimos que perdone sus pecados, purifique sus vidas y los reciba en la plenitud de su Reino. La muerte no destruye los vínculos tejidos por el amor. En Cristo resucitado, la comunión continúa y la esperanza permanece.

Quizá desearíamos recibir una señal de que nuestros seres queridos están bien. Sin embargo, el Señor nos invita a mirar el gran signo que ya nos ha concedido: el sepulcro vacío de Cristo. Nuestra esperanza no descansa en sentimientos pasajeros ni en señales extraordinarias, sino en la promesa de Jesús: quien cree en Él, aunque haya muerto, vivirá.

Pidamos al Señor que nos conceda un corazón capaz de reconocer su presencia en los signos sencillos de cada día: en la Palabra proclamada, en la Eucaristía, en el perdón recibido, en el pobre que necesita nuestra ayuda, en la familia que nos acompaña y en cada oportunidad de practicar la justicia y la misericordia.

Que nuestra fe no se limite a pedir prodigios. Que se manifieste en una vida coherente, en el amor a los hermanos y en la humildad de caminar cada día con Dios. Y que nuestros fieles difuntos, por la misericordia del Señor, descansen en paz y contemplen para siempre la salvación prometida.

Que brille para ellos la luz perpetua. Amén.

 


2

 

La certeza de una fe que transforma

 

Queridos hermanos:

En el Evangelio, algunos escribas y fariseos se acercan a Jesús y le dicen: «Maestro, queremos ver un signo tuyo». Él les responde: «Esta generación perversa y adúltera exige una señal; pero no se le dará más signo que el del profeta Jonás».

Podríamos preguntarnos por qué Jesús se niega a realizar el prodigio solicitado. Él había curado enfermos, expulsado demonios, calmado tempestades y devuelto la vida. ¿Por qué no hacer ahora otro milagro para convencerlos?

Imaginemos que Jesús hubiera respondido: «Está bien, haré lo que ustedes me pidan». Supongamos que le hubieran pedido abrir las aguas del lago de Galilea, como Moisés abrió el mar Rojo, y que Jesús lo hubiera hecho delante de ellos. ¿Habrían creído verdaderamente? Probablemente no. Se habrían sorprendido, pero su corazón habría permanecido cerrado.

El problema no era la falta de milagros, sino la dureza de su corazón.

Dios no se compra con sacrificios

Esta misma dureza aparece denunciada en la primera lectura, tomada del profeta Miqueas. Dios entra en una especie de juicio con su pueblo y pregunta:

«Pueblo mío, ¿qué te he hecho?, ¿en qué te he molestado? Respóndeme».

El Señor recuerda todo lo que hizo por Israel: lo liberó de la esclavitud de Egipto, lo condujo por el desierto y le dio servidores que lo orientaran. Pero el pueblo se había olvidado de su amor y había reducido la religión al cumplimiento exterior.

Por eso se pregunta: «¿Con qué me presentaré ante el Señor? ¿Con holocaustos? ¿Con miles de carneros? ¿Con ríos de aceite?». Creían que podían contentar a Dios mediante sacrificios cada vez más grandes.

El profeta ofrece entonces una de las enseñanzas más hermosas del Antiguo Testamento:

«Se te ha hecho saber lo que es bueno y lo que el Señor quiere de ti: practicar la justicia, amar la misericordia y caminar humildemente con tu Dios».

Dios no desprecia la oración ni las ofrendas realizadas con sinceridad. Lo que rechaza es una religiosidad externa que no transforma la vida. No podemos intentar agradar a Dios mediante actos religiosos mientras somos injustos, despreciamos al necesitado, cultivamos resentimientos o nos negamos a perdonar.

También nosotros podemos caer en la tentación de querer negociar con Dios: «Señor, si me concedes este favor, te prometo tal cosa»; «si curas mi enfermedad, cambiaré»; «si solucionas este problema, entonces creeré». Dios no busca negociaciones interesadas, sino hijos que confíen en Él, practiquen la justicia, amen la misericordia y caminen humildemente en su presencia.

Una fe que no se queda en las palabras

El salmo 50 continúa esta misma llamada a la coherencia. Dios dice: «No te reprocho tus sacrificios, pues siempre están tus holocaustos ante mí». El problema no estaba en las ofrendas, sino en la contradicción entre el culto y la vida.

Por eso añade:

«¿Por qué recitas mis preceptos y tienes siempre en la boca mi alianza, tú que detestas mi enseñanza y te echas a la espalda mis mandatos?».

Son palabras fuertes, pero necesarias. También nosotros debemos preguntarnos si existe coherencia entre nuestras oraciones y nuestra conducta. Podemos conocer los mandamientos, recitar muchas plegarias y participar en la Eucaristía; pero ¿la Palabra de Dios influye realmente en nuestras decisiones? ¿La comunión con Cristo nos hace más compasivos? ¿Nuestra fe se refleja en la familia, en el trabajo y en la manera como tratamos a los más sencillos?

El salmo concluye con una promesa: «Al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios». El Señor no nos exige realizar cosas espectaculares. Nos pide seguir el buen camino con fidelidad: hacer el bien, corregir nuestros errores, perdonar, servir y perseverar en la esperanza.

El espectáculo no produce necesariamente la fe

Los escribas y fariseos buscaban un espectáculo religioso, pero Jesús quería ofrecerles algo mucho más profundo: el don de la fe.

Imaginemos que alguien apareciera en una plaza afirmando ser el Hijo de Dios y, para demostrarlo, comenzara a elevarse por los aires y a mover los vehículos con una palabra. Seguramente provocaría asombro, curiosidad y temor. Sin embargo, semejante espectáculo no produciría necesariamente una verdadera conversión. Incluso podríamos sospechar que se trata de un engaño, una ilusión o algo contrario a Dios.

Ahora pensemos en una situación diferente y más cercana. Una persona entra en silencio a una iglesia. Se arrodilla ante el Señor y le abre sinceramente su corazón. En medio de la oración reconoce sus pecados, comprende algo de la voluntad de Dios y siente la fuerza necesaria para perdonar o tomar una decisión correcta. Sale de la iglesia con una paz que antes no tenía, con mayor claridad y con el deseo de comenzar una vida nueva.

No hubo luces, voces ni acontecimientos espectaculares. Sin embargo, ocurrió algo mucho más importante: Dios tocó el corazón y la persona respondió entregándose a Él.

La fe auténtica no consiste simplemente en ver algo extraordinario. Es acoger la revelación de Dios, confiar en su Palabra y permitir que su gracia transforme nuestra existencia. Es una certeza que no siempre elimina las preguntas, pero nos sostiene aun en la oscuridad.

Por esa fe, incontables santos perseveraron en medio de persecuciones, enfermedades y sufrimientos. Muchos entregaron incluso su propia vida. No lo hicieron porque estuvieran recibiendo continuamente señales extraordinarias, sino porque habían encontrado a Cristo y sabían en quién habían puesto su confianza.

El signo de Jonás

Jesús afirma que solamente se dará «el signo de Jonás». Así como Jonás permaneció tres días en el vientre del gran pez y después salió con vida para cumplir su misión, Jesús permanecerá en el seno de la tierra y resucitará al tercer día.

El signo definitivo de Dios es, por tanto, el misterio pascual: la muerte y la resurrección de Cristo. La cruz no es un espectáculo deslumbrante según los criterios del mundo. En ella vemos a un hombre humillado, herido y aparentemente vencido. Sin embargo, precisamente allí se manifiesta la grandeza del amor de Dios. Y en la resurrección contemplamos la victoria de ese amor sobre el pecado y la muerte.

La reina del Sur reconoció la sabiduría de Salomón y los habitantes de Nínive se convirtieron al escuchar la predicación de Jonás. Jesús les recuerda que ellos respondieron a signos mucho menores. Ahora está presente alguien más grande que Jonás y más grande que Salomón: el mismo Hijo de Dios. No obstante, algunos se niegan a reconocerlo.

Dios ya nos ha dado en Cristo el signo más grande. No necesitamos obligarlo continuamente a demostrar que nos ama. La cruz nos dice cuánto nos ama y la resurrección nos asegura que su amor es más fuerte que la muerte.

¿Por qué creemos?

Hoy conviene preguntarnos: ¿por qué creo en Dios? ¿Por qué reconozco a Jesús como mi Señor y Salvador? ¿Creo solamente cuando las cosas salen como deseo? ¿Mi fe depende de recibir favores y soluciones inmediatas? ¿O he aprendido a confiar también en los momentos de silencio, enfermedad, incertidumbre y dolor?

Tal vez alguno diga: «Si Dios me escucha, creeré». Pero la fe auténtica nos enseña a decir: «Señor, aunque todavía no comprenda, confío en ti». No es una confianza ciega ni irracional, sino una respuesta a Dios, que se nos ha revelado en Cristo y continúa hablándonos mediante su Palabra, los sacramentos, la Iglesia y los acontecimientos de nuestra vida.

En este lunes, cuando oramos especialmente por nuestros fieles difuntos, el signo de Jonás fortalece nuestra esperanza. Cristo entró en el sepulcro, pero la muerte no pudo retenerlo. Por eso confiamos en que quienes han muerto unidos a Él también participarán de su resurrección. No necesitamos buscar señales extrañas de nuestros seres queridos. Nos basta la promesa de Cristo resucitado: «Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá».

Pidamos por nuestros difuntos, para que el Señor perdone sus pecados, los purifique con su misericordia y los reciba en la alegría de su Reino. Que brille para ellos la luz perpetua y descansen en paz.

Pidamos también que nuestra fe eche raíces cada vez más profundas. Que no necesitemos prodigios para permanecer junto al Señor. Que su gracia nos transforme interiormente y nos ayude a practicar la justicia, amar la misericordia y caminar humildemente con nuestro Dios.

Señor Jesús, fortalece nuestra fe. Háblanos en lo profundo del alma, transforma nuestra vida y sostennos en las dificultades. Tú eres el signo definitivo del amor del Padre. Jesús, confiamos en ti. Amén.

 


22 de julio del 2026: Fiesta de santa María Magdalena

  Testigo de la fe: Santa María Magdalena Siglo I. Nacida en Magdala, junto al lago de Tiberíades, permaneció al pie de la cruz duran...