El hambre del Resucitado
(Juan 21, 1-14) Durante la octava pascual, la liturgia nos va haciendo recorrer una a una las apariciones de Jesús a sus discípulos. ¡En tres de ellas se habla de comer! Jesús acaba de vencer la muerte, se revela igual a Dios, Señor de la vida, y hoy lo vemos en una playa compartiendo pan y pescado con los suyos. No hace ningún comentario sobre lo que acaba de atravesar, sino que se preocupa por habitar lo ordinario de los días con una sorprendente sencillez.
Bénédicte de la Croix, cistercienne
Primera lectura
Hch 4, 1-12
No hay salvación en ningún otro
Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.
EN aquellos días, mientras Pedro y Juan hablaban al pueblo, después de que el paralítico fuese sanado, se les presentaron los sacerdotes, el jefe de la guardia del templo y los saduceos, indignados de que enseñaran al pueblo y anunciaran en Jesús la resurrección de los muertos. Los apresaron y los metieron en la cárcel hasta el día siguiente, pues ya era tarde. Muchos de los que habían oído el discurso creyeron; eran unos cinco mil hombres.
Al día siguiente, se reunieron en Jerusalén los jefes del pueblo, los ancianos y los escribas, junto con el sumo sacerdote Anás, y con Caifás y Alejandro, y los demás que
eran familia de sumos sacerdotes. Hicieron comparecer en medio de ellos a Pedro y a Juan y se pusieron a interrogarlos:
«¿Con qué poder o en nombre de quién han hecho eso ustedes?».
Entonces Pedro, lleno de Espíritu Santo, les dijo:
«Jefes del pueblo y ancianos: Porque le hemos hecho un favor a un enfermo, nos interrogan ustedes hoy para averiguar qué poder ha curado a ese hombre; quede bien claro a todos ustedes y a todo Israel que ha sido el Nombre de Jesucristo el Nazareno, a quien ustedes crucificaron y a quien Dios resucitó de entre los muertos; por este Nombre, se presenta este sano ante ustedes. Él es “la piedra que desecharon ustedes, los arquitectos, y que se ha convertido en piedra angular”; no hay salvación en ningún otro, pues bajo el cielo no se ha dado a los hombres otro nombre por el que debamos salvarnos».
Palabra de Dios.
Salmo
Sal 117, 1-2 y 4. 22-24. 25-27a (R,.: 22)
R. La piedra que desecharon los arquitectos
es ahora la piedra angular.
O bien:
R. Aleluya.
V. Den gracias al Señor porque es bueno,
porque es eterna su misericordia.
Diga la casa de Israel:
eterna es su misericordia.
Digan los que temen al Señor:
eterna es su misericordia. R.
V. La piedra que desecharon los arquitectos
es ahora la piedra angular.
Es el Señor quien lo ha hecho,
ha sido un milagro patente.
Este es el día que hizo el Señor:
sea nuestra alegría y nuestro gozo. R.
V. Señor, danos la salvación;
Señor, danos prosperidad.
Bendito el que viene en nombre del Señor,
los bendecimos desde la casa del Señor.
El Señor es Dios, él nos ilumina. R.
Aclamación
R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Este es el día que hizo el Señor; sea nuestra alegría y nuestro gozo. R.
Evangelio
Jn 21, 1-14
Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado
Lectura del santo Evangelio según san Juan.
EN aquel tiempo, Jesús se apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Y se apareció de esta manera:
Estaban juntos Simón Pedro, Tomás, apodado el Mellizo; Natanael, el de Caná de Galilea; los Zebedeos y otros dos discípulos suyos.
Simón Pedro les dice:
«Me voy a pescar».
Ellos contestan:
«Vamos también nosotros contigo».
Salieron y se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada. Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús.
Jesús les dice:
«Muchachos, ¿tienen pescado?».
Ellos contestaron:
«No».
Él les dice:
«Echen la red a la derecha de la barca y encontrarán».
La echaron, y no podían sacarla, por la multitud de peces. Y aquel discípulo a quien Jesús amaba le dice a Pedro:
«Es el Señor».
Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la túnica y se echó al agua. Los demás discípulos se acercaron en la barca, porque no distaban de tierra más que unos doscientos codos, remolcando la red con los peces. Al saltar a tierra, ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan.
Jesús les dice:
«Traigan de los peces que acaban de coger».
Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y aunque eran tantos, no se rompió la red.
Jesús les dice:
«Vamos, almuercen».
Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor.
Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado.
Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos después de resucitar de entre los muertos.
Palabra del Señor.
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Queridos hermanos y hermanas:
seguimos avanzando en esta luminosa Octava de Pascua, como quien contempla un diamante desde diversos ángulos. Cada día la liturgia nos muestra un destello nuevo del Resucitado. Hoy, sin embargo, ese resplandor no aparece primero en lo extraordinario, sino en lo cotidiano. No vemos a Jesús entre relámpagos, ni pronunciando largos discursos, ni rodeado de solemnidad. Lo vemos en la orilla del lago, al amanecer, preparando alimento para los suyos. Lo vemos ocupándose del hambre de sus discípulos. Lo vemos, sencillamente, resucitado y cercano.
Y eso ya es en sí mismo una gran noticia para nosotros.
Porque a veces imaginamos que la Resurrección tendría que alejarnos de la vida concreta, de las preocupaciones humanas, de los cansancios del cuerpo, de las heridas del alma. Pero el Evangelio de hoy nos dice exactamente lo contrario: el Resucitado entra en lo concreto, en lo frágil, en lo humano, en lo cotidiano. Se hace presente allí donde hay fatiga, hambre, frustración, silencio, noche, trabajo sin frutos y corazones confundidos.
1. Una noche estéril
El relato comienza con una escena profundamente humana. Pedro dice: “Voy a pescar”. Los demás responden: “Vamos también nosotros contigo”. Y salieron. Pero aquella noche no pescaron nada.
¡Qué escena tan conocida para nosotros! Cuántas veces también nosotros volvemos a nuestras redes viejas, a nuestras costumbres, a nuestros mecanismos de defensa, a lo conocido, cuando el dolor nos descoloca o cuando no entendemos lo que Dios está haciendo en nuestra vida. Los discípulos han visto señales, han oído noticias, han sido tocados por la novedad pascual, pero todavía están recomponiéndose interiormente. Aún no saben del todo cómo vivir después del Viernes Santo. Aún no saben cómo rearmar la existencia después del trauma de la cruz.
Y entonces hacen lo que muchas veces hacemos nosotros: vuelven a lo de antes.
Pero ni siquiera eso les sale bien. Trabajan toda la noche y no consiguen nada.
Aquí hay una palabra para tantos hombres y mujeres que hoy sufren en el cuerpo y en el alma. Para quienes están agotados de luchar contra una enfermedad, para quienes viven con dolores físicos persistentes, para quienes experimentan la ansiedad, la tristeza, el duelo, la depresión, la soledad, el cansancio interior. Para quienes sienten que han trabajado mucho, han orado mucho, han llorado mucho… y, sin embargo, la red sigue vacía.
El Evangelio no niega esa experiencia. No la disfraza. No dice que todo fue fácil. No dice que la fe evita la noche. Dice que pasaron la noche entera y no pescaron nada.
La Pascua no borra mágicamente nuestras noches. Pero sí nos asegura que ninguna noche es eterna.
2. Jesús está en la orilla, aunque no lo reconozcamos
Dice el Evangelio: “Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús”.
Éste es uno de los grandes dramas y, a la vez, uno de los grandes consuelos de la vida espiritual: Jesús está, aunque nosotros no siempre lo reconozcamos.
Está en la orilla de nuestras derrotas.
Está en la orilla de nuestra enfermedad.
Está en la orilla de nuestros duelos.
Está en la orilla de las lágrimas que nadie ve.
Está en la orilla de las noches en que nos sentimos inútiles, vacíos o abandonados.
Pero no siempre lo reconocemos. Y no lo reconocemos porque el dolor nubla la mirada, porque el miedo vuelve torpe el corazón, porque la tristeza nos encierra, porque la rutina nos impide advertir lo sagrado.
Cuántas personas, especialmente las que sufren en el cuerpo y en el alma, pueden llegar a pensar: “Dios me dejó”, “Dios no escucha”, “Dios no está”. Sin embargo, la Pascua nos dice: aunque no lo reconozcas, Él está en la orilla de tu vida.
No grita. No violenta. No humilla. No reprocha. No les dice: “¿Ven que sin mí no pueden nada?”. Les pregunta con ternura: “Muchachos, ¿tienen pescado?”. Es la delicadeza de Dios. Un Dios que se interesa por nuestra pobreza sin avergonzarnos de ella.
3. La obediencia humilde abre caminos inesperados
Jesús les dice: “Echen la red a la derecha de la barca y encontrarán”. Ellos la echaron y ya no podían arrastrarla por la abundancia de peces.
Qué extraño: aquellos hombres eran pescadores, conocían el lago, sabían su oficio, habían trabajado toda la noche. Sin embargo, el fruto no vino de su experiencia solamente, sino de la obediencia a la palabra del Señor.
También nosotros, en días penitenciales como éste, estamos invitados a revisar una verdad muy sencilla y muy honda: a veces sufrimos más porque insistimos en hacerlo todo solos. Queremos controlar, resolver, entender, dominar. Pensamos que con nuestras propias fuerzas bastará. Y terminamos agotados, vacíos, frustrados.
La penitencia cristiana no es simplemente “aguantar” o “castigarse”. La verdadera penitencia es volver el corazón hacia Dios, reconocer que sin Él nuestras redes quedan vacías, y dejar que su palabra reoriente nuestra vida.
Hay sufrimientos que no desaparecerán de inmediato. Hay enfermedades que exigirán paciencia. Hay heridas del alma cuyo proceso será largo. Pero incluso en medio de todo eso, la obediencia humilde al Señor puede abrir fecundidades inesperadas: una paz nueva, una fortaleza distinta, una reconciliación pendiente, una capacidad de ofrecer el dolor, una luz para seguir caminando, una presencia de Dios que antes no percibíamos.
4. “Es el Señor”
El discípulo amado dice a Pedro: “Es el Señor”.
Ésa es la gran meta de la Pascua: aprender a leer los signos hasta llegar al reconocimiento. No basta ver la red llena; hay que descubrir a Aquel que hace posible la abundancia. No basta constatar que algo cambió; hay que confesar: “Es el Señor”.
Y Pedro, impulsivo y apasionado como siempre, se lanza al agua. El amor auténtico tiene esa prisa. Cuando el corazón reconoce a Jesús, ya no calcula tanto; se lanza.
Qué hermoso sería que también nosotros, en medio de nuestras heridas, pudiéramos hacer este tránsito interior: del lamento a la fe, del vacío al reconocimiento, del cansancio a la confianza, de la oscuridad a la confesión creyente: “Es el Señor”.
Es el Señor quien me sostiene.
Es el Señor quien no me abandona.
Es el Señor quien me busca cuando me encierro.
Es el Señor quien prepara para mí alimento en la orilla.
Es el Señor quien no se escandaliza de mi fragilidad.
5. El Resucitado prepara desayuno
Cuando llegan a tierra, encuentran unas brasas con pescado y pan. Jesús ya lo tenía preparado.
Este detalle es conmovedor. Ellos estuvieron bregando toda la noche; Jesús ya les tenía fuego, pan y pescado. Es decir: la gracia nos precede. Antes de que lleguemos rotos, cansados y con frío, el Señor ya ha preparado consuelo. Antes de que podamos explicarle nuestra angustia, Él ya ha encendido el fuego de su misericordia.
Y aquí aparece lo más hermoso: Jesús resucitado no se dedica a explicar largamente su triunfo sobre la muerte. No hace exhibición de poder. No pronuncia un tratado. Se sienta a comer con los suyos. Habita lo ordinario con sorprendente sencillez.
¡Qué lección para nosotros!
A veces esperamos a Dios sólo en lo extraordinario, pero Él suele visitarnos en lo sencillo: una palabra oportuna, una mano amiga, una Eucaristía celebrada con fe, una visita al enfermo, una llamada inesperada, un poco de pan compartido, un silencio acompañado, una confesión que devuelve la paz, un amanecer después de una noche muy dura.
El Resucitado santifica también los pequeños gestos. La Pascua entra en la cocina de la vida, en el desayuno de los cansados, en la orilla de los derrotados, en la mesa de los frágiles.
6. “No hay salvación en ningún otro”
La primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles, da un paso más. Pedro, lleno del Espíritu Santo, proclama con valentía: “No hay salvación en ningún otro”. El mismo Pedro que había tenido miedo, el mismo Pedro que negó, ahora da testimonio público de Jesucristo.
¿De dónde le viene esa fuerza? Del encuentro con el Resucitado.
La Pascua no sólo consuela; también transforma. No sólo acaricia las heridas; también convierte a los testigos en anunciadores valientes. Pedro ya no habla desde su autosuficiencia. Habla desde la experiencia de haber sido salvado.
Y eso vale también para nosotros. En un mundo lleno de ofertas engañosas de salvación, de fugas, de anestesias, de evasiones, de promesas vacías, la Iglesia sigue proclamando con humildad y con firmeza: la verdadera salvación está en Jesucristo. No en el poder, no en el dinero, no en las apariencias, no en el activismo, no en las compensaciones superficiales. Sólo en Él.
Para quien sufre en el cuerpo y en el alma, esta afirmación no es una consigna fría; es una promesa viva: Cristo no siempre elimina inmediatamente el dolor, pero sí entra en él para llenarlo de presencia, sentido y esperanza.
7. La piedra rechazada
El salmo responde: “La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular”.
Jesús crucificado y resucitado es esa piedra. Rechazado, humillado, herido, condenado… pero elegido por Dios como fundamento de una vida nueva.
Cuántas personas hoy se sienten “desechadas”: enfermos olvidados, ancianos solos, personas deprimidas, familias heridas, jóvenes atrapados en angustias silenciosas, hombres y mujeres que por fuera sonríen pero por dentro se desmoronan. La Pascua les dice: lo que el mundo desecha, Dios puede convertirlo en piedra angular.
Tu herida no es basura para Dios.
Tu cansancio no le da asco.
Tu depresión no lo espanta.
Tu enfermedad no te quita dignidad.
Tu llanto no cae en el vacío.
En Cristo resucitado, incluso lo herido puede ser transfigurado.
8. Un viernes penitencial a la luz de la Pascua
Hoy además es viernes, día penitencial. Y eso da un matiz muy especial a esta celebración. Porque la penitencia en Pascua no es contradicción; es purificación de la alegría. No se trata de una tristeza sin horizonte, sino de una conversión iluminada por la Resurrección.
Podríamos preguntarnos hoy:
¿En qué aspectos sigo pescando toda la noche sin Jesús?
¿Qué redes vacías me están revelando que necesito volver a Él?
¿Qué dolor del cuerpo o del alma necesito poner en sus manos?
¿A quién debo acompañar con más compasión, porque quizá está viviendo una noche silenciosa?
¿Qué autosuficiencia debo dejar para obedecer humildemente la palabra del Señor?
Una penitencia pascual muy concreta podría ser ésta: dejar que el Señor entre en nuestra fragilidad sin esconderle nada. Dejar de fingir fortaleza. Dejar de aparentar que todo está bien. Presentarle con verdad nuestras llagas. Y, además, hacernos más sensibles al dolor ajeno.
Porque quien se encuentra con el Resucitado en la orilla aprende también a convertirse en presencia de consuelo para otros.
9. Una palabra para quienes sufren
Hoy quisiera dirigir una palabra muy especial a quienes sufren en el cuerpo y en el alma.
Hermano, hermana: si estás cansado, si la enfermedad te limita, si llevas una tristeza honda, si hay noches en que no sabes cómo seguir, escucha este Evangelio como dirigido personalmente a ti. El Resucitado no te mira desde lejos. Está en la orilla de tu vida. Te llama. Te espera. Ya ha encendido fuego para ti. Ya ha preparado pan para ti. Ya piensa en tu hambre más profunda.
Quizá no entiendas todavía muchas cosas. Quizá no puedas reconocerlo claramente. Quizá sigas llorando. Pero Él no se ha ido.
Y si hoy no tienes fuerzas para grandes oraciones, basta con una muy sencilla:
“Señor Jesús, si estás en mi orilla, hazme reconocerte.”
10. Hacia la Eucaristía
Este Evangelio tiene también un eco eucarístico muy profundo. Pan compartido, presencia del Señor, comunidad reunida, alimento ofrecido por Cristo mismo. La playa del lago anticipa y evoca la mesa del altar.
Cada Eucaristía es precisamente eso: el Resucitado que sale a nuestro encuentro y nos alimenta. Nosotros llegamos con nuestras noches, con nuestras redes vacías, con nuestros cansancios, con nuestros pecados, con nuestras heridas. Y Él nos dice de nuevo: “Vengan a comer.”
No nos ofrece teorías. Nos ofrece su presencia.
No nos entrega sólo consuelos humanos. Nos entrega su Cuerpo.
No nos promete una vida sin cruz. Nos promete caminar con nosotros hasta que la cruz florezca en Resurrección.
Conclusión
Hermanos, en este Viernes de la Octava de Pascua, el Señor nos regala una imagen entrañable: el Resucitado en la orilla, preparando pan y pescado para sus amigos cansados.
Que esta escena nos acompañe hoy.
Cuando sintamos que la noche ha sido larga, recordemos: Él está en la orilla.
Cuando nuestras redes parezcan vacías, recordemos: su palabra puede llenarlas.
Cuando el cuerpo duela y el alma se agote, recordemos: Él prepara alimento para nosotros.
Cuando no sepamos cómo seguir, repitamos con fe: “Es el Señor”.
Y que, al celebrar esta Pascua en clave penitencial, sepamos ofrecer al Señor nuestros dolores, nuestras llagas y las de tantos hermanos que sufren en el cuerpo y en el alma, para que el Resucitado los visite con su paz, su fuerza y su consuelo.
Amén.
Si deseas, también te la adapto en versión más breve, de 7 a 8 minutos, o te preparo además el mensaje para feligreses y la frase para la gráfica de este viernes.


