domingo, 4 de octubre de 2026

5 de octubre del 2026: lunes de la vigésima séptima semana del tiempo ordinario II- Memoria de Santa Faustina Kowalska, apóstol de la Misericordia

 

Testigo de la fe:

Santa María Faustina Kowalska

 

1905-1938. 

Mensajera de la misericordia divina, esta monja polaca escribió: “Nos parecemos más a Dios cuando perdonamos al prójimo”. 

Elena Kowalska, nació en Glogowiec en 1905, cerca de Cracovia, en Polonia. Unas pocas semanas antes de su vigésimo cumpleaños, entró a la Congregación de las Hermanas de Nuestra Señora de Misericordia, adoptando el nombre María Faustina. En 1928 tomó los votos definitivos como monja.

A partir de 1931, Faustina, tuvo una serie de revelaciones de Jesús. Todas ellas las escribió en su diario de más de 600 páginas.

Sor Faustina murió de tuberculosis, el 5 de octubre de 1938, en Cracovia. Sus restos mortales yacen en la capilla del convento bajo la milagrosa imagen de la Divina Misericordia, Considerada la "apóstol de la divina misericordia", fue beatificada el 18 de abril de 1993 y canonizada el 30 de abril del 2000 por S. S. Juan Pablo II.


No solamente los cercanos

¿Qué hacer para nuestra salvación? ¿Sería el resultado de lo que hacemos? La Escritura lo dice: «Amarás al Señor […] a tu prójimo…». Pero ¿qué significa «el prójimo»? Jesús responde con la parábola del buen samaritano. Un hombre yace herido al borde del camino. Algunos lo ven y siguen de largo; un samaritano, en cambio, se conmueve, se acerca y lo cuida. Su misericordia se convierte en gestos concretos: vendar las heridas, ofrecer su cabalgadura, procurar alojamiento y asumir los gastos.

El prójimo no se limita a nuestros familiares, amigos o personas que comparten nuestras ideas y nuestra fe. También es aquel desconocido cuyo sufrimiento reclama nuestra atención. Jesús nos invita a preguntarnos: ¿de quién estoy dispuesto a hacerme prójimo? La cercanía nace cuando dejamos que el dolor del otro interrumpa nuestros planes.

La salvación es un don de Dios que acogemos con fe y cuya gracia nos mueve a amar. Nuestras obras de misericordia son una respuesta a ese amor recibido. Quien se deja alcanzar por la compasión de Dios aprende a ofrecerla también a los demás.

«Ve y haz tú lo mismo»: la invitación de Jesús llega hasta nosotros. Hoy podemos detenernos, escuchar, acompañar y compartir. Quizá no podamos resolver todas las dificultades de una persona, pero sí dar el primer paso para que no tenga que afrontarlas sola.

Señor, abre nuestros ojos ante quienes sufren y ensancha nuestro corazón para amar más allá del círculo de los nuestros. Amén.



Primera lectura

Gál 1, 6-12

No he recibido ni aprendido de ningún hombre el Evangelio, sino por revelación de Jesucristo 

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Gálatas.

HERMANOS:
Me maravilla que hayan abandonado tan pronto al
que los llamó por la gracia de Cristo, y se hayan pasado a
otro evangelio. No es que haya otro evangelio; lo que pasa
es que algunos los están turbando y quieren deformar el
Evangelio de Cristo. Pues bien, aunque nosotros mismos o
un ángel del cielo les predicara un evangelio distinto del
que les hemos predicado, ¡sea anatema! Lo he dicho y lo repito:
Si alguien les anuncia un evangelio diferente del que
recibieron, ¡sea anatema! Cuando digo esto, ¿busco la aprobación
de los hombres, o la de Dios?, ¿o trato de agradar a
los hombres? Si siguiera todavía agradando a los hombres,
no sería siervo de Cristo.
Les hago saber, hermanos, que el Evangelio anunciado por mí
no es de origen humano; pues yo no lo he recibido ni aprendido
de ningún hombre, sino por revelación de Jesucristo.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 110, 1b-2. 7-8. 9 y 10c (R.: cf. 5b)

R. El Señor recuerda siempre su alianza.

O bien:

R. Aleluya.

V. Doy gracias al Señor de todo corazón,
en compañía de los rectos, en la asamblea.
Grandes son las obras del Señor,
dignas de estudio para los que las aman.
R.

V. Justicia y verdad son las obras de sus manos,
todos sus preceptos merecen confianza:
son estables para siempre jamás,
se han de cumplir con verdad y rectitud.
R.

V. Envió la redención a su pueblo,
ratificó para siempre su alianza.
Su nombre es sagrado y temible.
La alabanza del Señor dura por siempre.
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Les doy un mandamiento nuevo —dice el Señor—:
que se amen unos a otros, como yo los he amado.
R.

 

Evangelio

Lc 10, 25-37

¿Quién es mi prójimo?

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

EN aquel tiempo, se levantó un maestro de la ley y preguntó a Jesús para ponerlo a prueba:
«Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?».
Él le dijo:
«¿Qué está escrito en la ley? ¿Qué lees en ella?».
Él respondió:
«“Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu fuerza” y con toda tu mente. Y “a tu prójimo como a ti mismo”».
Él le dijo:
«Has respondido correctamente. Haz esto y tendrás la vida».
Pero el maestro de la ley, queriendo justificarse, dijo a Jesús:
«¿Y quién es mi prójimo?».
Respondió Jesús diciendo:
«Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto. Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. Y lo mismo hizo un levita que llegó a aquel sitio: al verlo dio un rodeo y pasó de largo.
Pero un samaritano que iba de viaje llegó adonde estaba él y, al verlo, se compadeció, y acercándose, le vendó las heridas, echándoles aceite y vino, y, montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó. Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y le dijo:
“Cuida de él, y lo que gastes de más yo te lo pagaré cuando vuelva”.
¿Cuál de estos tres te parece que ha sido prójimo del que cayó en manos de los bandidos?».
Él dijo:
«El que practicó la misericordia con él».
Jesús le dijo:
«Anda y haz tú lo mismo».

Palabra del Señor.

 

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La misericordia nos hace prójimos

 

Hermanos queridos:

Cuando alguien cercano sufre, sentimos que su dolor nos toca: nos preocupa la enfermedad de un familiar, la tristeza de un amigo, la necesidad de alguien a quien queremos. Pero hoy Jesús nos invita a ensanchar el corazón. Hay personas que no pertenecen a nuestra familia y, sin embargo, necesitan nuestra cercanía. Hay heridas que desconocemos y sufrimientos que podemos descubrir si aprendemos a mirar.

En esta Eucaristía, al recordar a santa Faustina, apóstol de la Divina Misericordia, pedimos esa mirada compasiva. Y ponemos también ante el Señor a nuestros difuntos, cuyos nombres conservamos en el corazón.

El Evangelio comienza con la pregunta de un maestro de la Ley acerca de la vida eterna. Es una inquietud que también nos acompaña: ¿cómo orientar nuestra vida hacia Dios?, ¿cómo vivir para alcanzar la salvación?

La primera lectura nos ayuda a situar bien esta pregunta. San Pablo expresa su preocupación porque los gálatas se están apartando de quien los llamó por la gracia de Cristo. Les recuerda que el Evangelio que anuncia procede de Jesucristo.

En el comienzo de nuestra salvación está Dios, que nos ama, nos llama y nos ofrece su gracia. Nuestra respuesta consiste en acoger ese amor, dejarnos transformar por él y colaborar libremente con lo que hace en nosotros.

Por eso, las obras de misericordia tienen tanto valor: en ellas toma cuerpo nuestra respuesta al Señor. La fe va alcanzando nuestras manos, nuestras decisiones, nuestra manera de tratar a los demás.

La firmeza de Pablo también nos hace una pregunta: ¿estamos acogiendo el Evangelio entero? Podemos sentirnos cómodos con algunas enseñanzas de Jesús y resistirnos a otras, especialmente cuando nos piden perdonar, compartir o acercarnos a una persona difícil. Hoy pedimos la gracia de permitir que su Palabra corrija nuestras preferencias.

El salmo nos invita a contemplar las obras del Señor, la rectitud de sus mandatos y la permanencia de su alianza. Dios merece nuestra confianza. Su fidelidad sostiene nuestra vida, incluso cuando atravesamos circunstancias que no comprendemos.

Esta certeza nos acompaña especialmente al recordar a quienes han muerto. Nosotros sentimos el vacío de su ausencia; ante Dios ponemos su historia entera. El Señor conoce el bien que hicieron, sus luchas, sus fragilidades y aquello que nosotros nunca alcanzamos a comprender. A su fidelidad y a su misericordia los confiamos.

En el Evangelio, el maestro de la Ley plantea otra pregunta: «¿Y quién es mi prójimo?»

Jesús responde contando la historia de un hombre asaltado y abandonado al borde del camino. Un sacerdote y un levita pasan junto a él y continúan su marcha. Un samaritano se detiene, se compadece y lo atiende.

Detengámonos nosotros también ante esta escena. Aquel hombre herido necesita que alguien se acerque. El samaritano permite que esa necesidad cambie sus planes. Dedica tiempo, emplea sus recursos y se compromete con su recuperación.

Podemos preguntarnos: ¿qué sucede en mí cuando el sufrimiento ajeno interrumpe mis ocupaciones? ¿Qué lugar tiene en mi agenda la necesidad de otra persona?

En nuestros caminos, nuestras veredas y nuestras familias también encontramos personas heridas. Algunas llevan heridas visibles; otras cargan soledad, humillaciones, miedo o un duelo que todavía duele. A veces, la primera ayuda consiste en sentarse a escuchar. Otras veces hará falta compartir alimentos, facilitar un traslado, visitar a un enfermo o acompañar a alguien para que reciba la atención que necesita.

Nos hacemos prójimos cuando damos un paso hacia quien necesita ayuda.

Santa Faustina vivió profundamente esta unión entre la confianza en Dios y la caridad hacia los demás. Su espiritualidad estuvo marcada por la contemplación de la misericordia divina, el amor a la Eucaristía y la entrega en las tareas sencillas de su comunidad. La invocación «Jesús, en ti confío» expresa el corazón de ese camino.

Podemos hacer nuestra esa oración al reconocer nuestras faltas y acudir a la confesión; al atravesar una enfermedad; al preocuparnos por nuestra familia. Y también podemos pronunciarla mientras pedimos fuerza para perdonar y servir.

Señor, confío en tu misericordia; hazme capaz de ofrecer misericordia. Acoge mi pobreza y enséñame a acoger la del hermano.

Hoy, lunes, nuestra oración se dirige especialmente hacia los difuntos. Seguimos amándolos y expresamos ese amor en la intercesión. La Iglesia ofrece por ellos sus plegarias y, de manera particular, el sacrificio eucarístico, pidiendo que, purificados, alcancen la plenitud de la comunión con Dios.

Traigamos al corazón sus nombres. Recordemos a nuestros padres, hermanos, esposos, hijos, amigos y benefactores que han partido. Agradezcamos el bien que recibimos a través de ellos y confiemos al Señor cuanto necesite su perdón.

Y ensanchemos también aquí nuestra oración. Oremos por quienes murieron solos, por las víctimas de la violencia, por los fallecidos cuyo nombre desconocemos y por aquellos a quienes ya casi nadie recuerda. La caridad cristiana nos invita a tenerlos presentes.

Junto a ellos, recordemos a quienes están viviendo un duelo. Después del funeral, cuando las visitas disminuyen y la casa queda silenciosa, sigue haciendo falta compañía. Una llamada, una visita o una ayuda concreta pueden aliviar mucho esa soledad.

Al acercarnos hoy a la mesa eucarística, recibimos a Cristo, que entrega su vida por nosotros. Pidámosle que esa comunión nos transforme y nos disponga a cumplir su invitación: «Anda y haz tú lo mismo».

Llevemos una pregunta para este día: ¿hacia quién puedo dar hoy un paso de misericordia, y a qué difunto voy a recordar especialmente en mi oración?

Señor Jesús, tú conoces nuestras heridas y las de nuestros hermanos. Danos ojos atentos, un corazón compasivo y manos dispuestas a servir. Enséñanos a amar más allá del círculo de los nuestros.

Te confiamos a nuestros difuntos. Perdona sus pecados, purifícalos con tu amor y concédeles participar de la alegría de tu Reino. Sostén a quienes lloran su ausencia y fortalece en nosotros la esperanza de la resurrección.

Santa Faustina, ruega por nosotros y ayúdanos a vivir lo que creemos.

Virgen María, Madre de Misericordia, acompáñanos en el camino y enséñanos a permanecer junto a quienes sufren.

Jesús, en ti confío. En tus manos ponemos nuestra vida y a quienes han partido.

Amén.


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Santa Faustina Kowalska, Virgen
1905–1938


Patrona de la Misericordia

Su humilde vela atrapó un poderoso viento teológico

 


El mártir San Faustino fue asesinado en la segunda década del siglo II en el norte de Italia bajo el emperador Adriano. No se sabe nada más de él. La santa de hoy fue bautizada como Elena y, por razones desconocidas, se le dio el nombre del mártir cuando hizo sus primeros votos religiosos. San Faustino debe sentirse honrado y agradecido de compartir su nombre con una monja tan santa y consecuente como Santa María Faustina Kowalska, quien fue canonizada en 2000 y cuyo memorial opcional se agregó al calendario universal de la Iglesia en 2020.

Santa Faustina fue una campesina en el mejor sentido de la palabra. Sabía leer y escribir, pero por lo demás solo asistió a la escuela durante unos pocos años en su pueblo rural en el centro de Polonia. Su numerosa y piadosa familia necesitaba su mano en el arado, financieramente hablando; y así, a la edad de dieciséis años, la joven Helena Kowalska consiguió trabajo como ama de llaves en pueblos cercanos. Era experta en las artes domésticas de coser, limpiar, cocinar y las habilidades relacionadas que convierten una casa en un hogar. Estas habilidades le sirvieron bien, pero no por mucho tiempo, en los conventos donde residió durante su corta vida.

Si bien se sintió llamada a ser una hermana religiosa cuando era niña, los padres de Helen se mostraron reacios a dejarla ingresar a un convento a una edad demasiado tierna. Pero luego, al final de su adolescencia, Cristo se le apareció y le habló a Helen en encuentros misteriosos y profundamente personales, exigiéndole que no lo hiciera esperar mucho más. Estas visiones impulsaron a la piadosa adolescente a buscar aceptación en un convento de la gran ciudad. Se mudó a Varsovia a los diecinueve años, recibió el consejo de un sacerdote comprensivo y tocó las puertas de varios conventos con la esperanza de que uno solo la aceptara. Uno finalmente lo hizo. Después de probarse a sí misma en su noviciado, hizo votos solemnes y pasó el resto de su vida como una monja fiel haciendo tareas humildes junto a sus hermanas religiosas en conventos en Polonia y la actual Lituania.

Como tantos santos, las vigilias, oraciones, mortificaciones, ayunos y sufrimientos invisibles eran la vida real de Faustina, mientras que las realidades visibles vistas por sus compañeras religiosas y el visitante ocasional eran de menor importancia. ¡Y lo que pasó desapercibido en la vida de Santa Faustina fue asombroso! Esta humilde monja experimentó visiones tridimensionales de Jesucristo notablemente vívidas, de alto octanaje y en tecnicolor en la capilla, detrás de la puerta, en su celda y en cada esquina durante muchos años. La fuerte voz de Jesús le habló de manera directa e inequívocamente clara acerca de sus deseos para su vida. Él le ordenó, repetidamente, que difundiera el mensaje de la Divina Misericordia. En consecuencia, Faustina hizo que un artista pintara una famosa imagen de Cristo con dos rayos que emanaban de su pecho, promoviendo una fiesta litúrgica en honor a la Divina Misericordia el domingo después de Pascua,

El mensaje de Santa Faustina no es realmente el mensaje de Santa Faustina. Es el mensaje de Dios. Dios quiere que la humanidad conozca y sienta la Divina Misericordia que brota del corazón de Cristo. Esta misericordia, a diferencia de la misericordia humana o judicial, puede lavar incluso los pecados más miserables. 

La misericordia de Dios no está en competencia con Su justicia sino que es una sobreabundancia de justicia. Dios sabe todas las cosas y perdona todas las cosas cuando se pide gratuitamente su misericordia. 

El mundo occidental moderno está muy enfocado en cuestiones de justicia: justicia racial, justicia económica, justicia ambiental, etc. Pero, al mismo tiempo, se opone a juzgar. Esta dicotomía de favorecer la justicia pero aborrecer el juzgar es incongruente. El Occidente moderno sufre tensiones similares con respecto a la virtud de la misericordia.

Un cardenal estadounidense señaló hace años que la cultura secular moderna permite, incluso promueve, prácticamente todo. Parece que no hay aberración moral, pecado o comportamiento disfuncional que no se sonría como expresión legítima de la libertad personal. Y sin embargo... la cultura secular moderna no perdona casi nada. "¡Solo hazlo!" Pero tenga cuidado: cuando lo haga, es posible que nunca se le perdone por haberlo hecho. 

El mensaje de la Divina Misericordia es que debido a que todo puede ser perdonado, todas las relaciones pueden ser restauradas. Las relaciones preceden a nuestros derechos e incluso a nuestras elecciones. ¡Somos más que nuestras elecciones! ¡Somos más que nuestros derechos! Y cuando recibimos misericordia, o extendemos misericordia a otros, se restauran nuestras relaciones con nosotros mismos, amigos, familia, naturaleza y Dios.

Cada expresión o recepción de la misericordia es como un mini Año Jubilar. Cada viajero regresa a casa, cada campo queda en barbecho y cada deuda es perdonada. 

Misericordia es el nombre del padre que espera a lo lejos. Ve la figura harapienta en el horizonte volviendo a casa cojeando a la luz del atardecer. La petición de misericordia. La concesión de la misericordia. El fuerte abrazo. La relación restaurada. El anillo en su dedo. La túnica en su espalda. El novillo gordo en el asador. Comienza la fiesta. La Divina Misericordia lo vence todo.


Santa Faustina, tu humilde y generoso servicio a la Iglesia incluyó compartir tus visiones y el mensaje de la Divina Misericordia. Ayuda a todos los que buscan tu intercesión a ser bendecidos con tu misma virtud y docilidad a la voluntad de Dios.

sábado, 3 de octubre de 2026

4 de octubre del 2026: vigésimo séptimo domingo del tiempo ordinario-ciclo A

 

¡Da fruto, y del bueno!

¡El libro de Isaías nos dice, en un magnífico poema, con cuánto esmero cuida Dios de su pueblo! Todo está dicho acerca del trabajo de la tierra, del amor a la tierra. En cada gesto del viñador se descubre la ternura de Dios. Prepara cuidadosamente el terreno y planta en él una esperanza. Así nos ha amado: dedicándonos tiempo, acompañando nuestro crecimiento y confiándonos los dones que pueden hacer fecunda nuestra vida.

Pero llega la cosecha y aparecen frutos amargos. Isaías les pone nombre: injusticia, violencia y sufrimiento de los oprimidos. La pregunta alcanza también nuestro corazón: ¿qué hacemos con tanto amor recibido? ¿Qué encuentran los demás cuando se acercan a nosotros?

En el Evangelio, los viñadores olvidan que la viña les ha sido confiada y quieren adueñarse de ella. Esa tentación sigue presente cuando utilizamos nuestras responsabilidades para imponernos o guardamos para nosotros lo que podría ayudar a otros. Dios nos invita a cuidar su obra con un corazón agradecido y generoso.

San Pablo nos muestra un camino concreto: presentar nuestras preocupaciones al Señor, reconocer cuanto hay de verdadero y justo, y llevar a la práctica el bien aprendido. Los buenos frutos maduran en esa relación entre oración y vida. Pueden tomar la forma de una palabra respetuosa, una reconciliación o una ayuda ofrecida discretamente.

Podemos hacer nuestra la súplica del salmo: «Señor, ven a visitar tu viña». Necesitamos que su gracia renueve nuestra tierra cansada. Cristo, el Hijo rechazado y convertido en piedra angular, sostiene nuestra esperanza y nos permite comenzar de nuevo.

Señor, gracias por cuanto has sembrado en nosotros. Enséñanos a cuidar tus dones y a compartir sus frutos. Que alguien pueda reconocer hoy tu bondad en nuestra manera de tratarlo. Amén.

 


 

Primera lectura

Is 5, 1-7

La viña del Señor del universo es la casa de Israel

Lectura del libro de Isaías.

VOY a cantar a mi amigo
el canto de mi amado por su viña.
Mi amigo tenía una viña en un fértil collado.
La entrecavó, quitó las piedras y plantó buenas cepas;
construyó en medio una torre y cavó un lagar.
Esperaba que diese uvas, pero dio agrazones.
Ahora, habitantes de Jerusalén, hombres de Judá,
por favor, sean jueces entre mí y mi viña.
¿Qué más podía hacer yo por mi viña que no hubiera hecho?
¿Por qué, cuando yo esperaba que diera uvas, dio agrazones?
Pues les hago saber lo que haré con mi viña:
quitar su valla y que sirva de leña,
derruir su tapia y que sea pisoteada.
La convertiré en un erial: no la podarán ni la escardarán,
allí crecerán zarzas y cardos,
prohibiré a las nubes que lluevan sobre ella.
La viña del Señor del universo es la casa de Israel
y los hombres de Judá su plantel preferido.
Esperaba de ellos derecho, y ahí tienen: sangre derramada;
esperaba justicia, y ahí tienen: lamentos.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 79, 9 y 12. 13-14. 15-16. 19-20 (R.: Is 5, 7a)

R. La viña del Señor es la casa de Israel.

V. Sacaste una vid de Egipto,
expulsaste a los gentiles, y la trasplantaste.
Extendió sus sarmientos hasta el mar,
y sus brotes hasta el Gran Río.
R.

V. ¿Por qué has derribado su cerca
para que la saqueen los viandantes,
la pisoteen los jabalíes
y se la coman las alimañas?
R.

V. Dios del universo, vuélvete:
mira desde el cielo, fíjate,
ven a visitar tu viña.
Cuida la cepa que tu diestra plantó
y al hijo del hombre que tú has fortalecido.
R.

V. No nos alejaremos de ti:
danos vida, para que invoquemos tu nombre.
Señor, Dios del universo, restáuranos,
que brille tu rostro y nos salve.
R.

 

Segunda lectura

Flp 4, 6-9

Pónganlo por obra, y el Dios de la paz estará con ustedes

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses.

HERMANOS:
Nada les preocupe; sino que, en toda ocasión, en la oración y en la súplica, con acción de gracias, sus peticiones sean presentadas a Dios.
Y la paz de Dios, que supera todo juicio, custodiará sus corazones y sus pensamientos en Cristo Jesús.
Finalmente, hermanos, todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable, laudable, todo lo que es virtud o mérito, ténganlo en cuenta.
Lo que aprendieron, recibieron, oyeron, vieron en mí, pónganlo por obra.
Y el Dios de la paz estará con ustedes.

Palabra de Dios.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Yo los he elegido del mundo —dice el Señor—, para que vayan y den fruto, y su fruto permanezca. R.

 

Evangelio

Mt 21, 33-43

Arrendará la viña a otros labradores

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo:
«Escuchen otra parábola: “Había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, construyó una torre, la arrendó a unos labradores y se marchó lejos.
Llegado el tiempo de los frutos, envió sus criados a los labradores para percibir los frutos que le correspondían. Pero los labradores, agarrando a los criados, apalearon a uno, mataron a otro y a otro lo apedrearon.
Envió de nuevo otros criados, más que la primera vez, e hicieron con ellos lo mismo. Por último, les mandó a su hijo diciéndose: ‘Tendrán respeto a mi hijo’.
Pero los labradores, al ver al hijo se dijeron: ‘Este es el heredero: vengan, lo matamos y nos quedamos con su herencia’.
Y agarrándolo, lo sacaron de la viña y lo mataron. Cuando vuelva el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?».
Le contestan:
«Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros labradores que le entreguen los frutos a su tiempo».
Y Jesús les dice:
«¿No han leído nunca en la Escritura:
“La piedra que desecharon los arquitectos
es ahora la piedra angular.
Es el Señor quien lo ha hecho,
ha sido un milagro patente”?
Por eso les digo que se les quitará a ustedes el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos».

Palabra del Señor.

 

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Queridos hermanos:

Quienes conocen el trabajo del campo saben cuánto cuidado necesita una cosecha. Hay que preparar la tierra, sembrar, limpiar y esperar. En cada cultivo hay jornadas de esfuerzo y una esperanza que se renueva. Por eso duele cuando, después de tantos cuidados, llega el momento de recoger y los frutos no son los esperados.

Desde esa experiencia nos habla hoy la Palabra de Dios. El Señor ha cuidado de nosotros, nos ha confiado su viña y espera frutos. Al escucharlo, podemos hacernos dos preguntas muy sencillas: ¿cómo estoy tratando a Dios y cómo estoy tratando a las personas que ha puesto a mi lado?

Isaías comienza con un canto de amor. Un hombre escoge una tierra buena, retira las piedras, planta cepas excelentes y protege su viña. Cada detalle revela dedicación. Así ha sido Dios con su pueblo. Así podemos reconocerlo también en nuestra historia: en la vida recibida, en la fe que alguien nos transmitió, en el perdón que nos levantó y en las personas que nos han acompañado.

Antes de pedirnos una respuesta, Dios nos ha amado. Conviene recordarlo, porque la vida cristiana comienza acogiendo ese amor. De esa gratitud nace el deseo de corresponderle.

Pero la viña produce frutos amargos. El profeta explica qué significa esa amargura: Dios esperaba justicia y encuentra atropellos; esperaba rectitud y escucha el clamor de los maltratados. Aquí la Palabra toca nuestra vida. Una fe que madura se reconoce en el trato digno a los demás, en la honestidad y en la atención al que necesita ayuda. Quien ora está llamado a escuchar también el dolor de su hermano.

Por eso podemos preguntarnos: ¿qué sabor deja mi presencia en mi casa? ¿Mis palabras animan o humillan? ¿Cumplo mis compromisos? ¿Sé agradecer? A veces cuidamos mucho nuestra imagen ante los demás y descuidamos precisamente a quienes viven con nosotros.

Ante esta realidad, el salmo nos enseña a rezar: «Señor, ven a visitar tu viña». El pueblo recuerda que Dios lo sacó de Egipto y lo plantó en una tierra donde pudo crecer. Ahora, al verse herido y amenazado, vuelve a pedir su ayuda. Esa súplica puede brotar hoy de nuestra comunidad y de cada familia.

Señor, visita nuestra casa, donde a veces nos hablamos con dureza. Visita a quienes han perdido la confianza después de una traición. Visita nuestra comunidad y enséñanos a trabajar unidos. Danos vida para volver a invocar tu nombre. Necesitamos tu gracia para reconocer el mal que hemos hecho y comenzar a repararlo.

En el Evangelio, Jesús retoma la imagen de la viña y nos presenta un problema distinto: los trabajadores quieren quedarse con aquello que les fue confiado. Rechazan a los enviados del propietario y finalmente matan a su hijo. El deseo de adueñarse de todo termina convirtiéndose en violencia.

Jesús dirige esta parábola a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo. Hoy la escuchamos nosotros, y debemos dejar que examine nuestra manera de vivir la fe. También podemos apropiarnos de lo que hemos recibido para servir. Sucede cuando alguien utiliza una responsabilidad para imponerse, cuando un grupo se cierra sobre sí mismo o cuando pensamos que todo en la comunidad tiene que hacerse según nuestros gustos.

Esta palabra nos interpela especialmente a quienes tenemos una responsabilidad pastoral. La comunidad pertenece al Señor. Él nos pide cuidarla, escuchar a las personas y ayudarlas a encontrarse con Cristo. Podemos preguntarnos con humildad si nuestro modo de actuar facilita ese encuentro o lo hace más difícil.

Cada bautizado tiene también una parte de esa viña a su cuidado. Pensemos en la familia. Los hijos necesitan orientación y límites, junto con la certeza de que son amados. Corregirlos exige paciencia y respeto. Entre esposos, la confianza se cultiva con la verdad y con la disposición a escucharse. En una casa donde alguien puede reconocer su error sin ser humillado, se abren caminos para cambiar.

Pensemos además en nuestro trabajo, en los bienes que administramos y en la tierra que habitamos. Lo que hemos recibido nos permite hacer bien a otros. Pagar justamente, cuidar el agua, compartir con una familia necesitada o dedicar tiempo a una persona sola son frutos concretos. El amor se vuelve visible en decisiones como estas.

El Señor nos pedirá cuentas de esa responsabilidad. Su paciencia nos ofrece tiempo para convertirnos, y conviene aprovecharlo. Podemos empezar hoy por una reconciliación pendiente, por devolver lo que debemos o por escuchar una corrección que llevamos tiempo rechazando.

San Pablo nos muestra en la segunda lectura cómo sostener este camino. Nos invita a presentar a Dios nuestras necesidades mediante la oración, acompañada de acción de gracias. Podemos llevarle lo que nos preocupa: la salud, los hijos, el trabajo y las dificultades de la comunidad. Su paz custodia el corazón y nos ayuda a obrar con confianza en medio de esas preocupaciones.

El apóstol nos pide también cuidar aquello que alimenta nuestro pensamiento: buscar lo verdadero, lo justo, lo limpio y lo digno de aprecio, y llevarlo a la práctica. Pensemos cuánto tiempo damos a rumores, sospechas y discusiones. Aprender a reconocer el bien que hacen los demás dispone el corazón para colaborar con ellos. Una comunidad crece cuando agradece, reconoce y anima el servicio de sus miembros.

Hay, además, una esperanza decisiva en el Evangelio. El hijo es rechazado y asesinado, pero Jesús anuncia que la piedra descartada llegará a ser la piedra angular. En estas palabras reconocemos su muerte y su resurrección. El Padre hace de Cristo resucitado el fundamento de nuestra salvación. Podemos confiarle incluso los lugares de nuestra vida donde el pecado ha causado más daño y recibir de Él la fuerza para reconstruir.

Esta Eucaristía nos reúne alrededor de ese mismo Señor. Él nos habla y se nos entrega como alimento. Al presentar el pan y el vino, ofrecemos también el trabajo, las preocupaciones y los esfuerzos de nuestra semana. Al recibir su amor, pedimos que nuestra vida produzca frutos que puedan disfrutar los demás. La comunión con Cristo nos compromete con la vida de nuestros hermanos.

Llevemos hoy una pregunta al corazón: ¿qué fruto concreto de amor y de justicia espera Dios de mí esta semana? Dejemos que tenga un nombre, un rostro y una acción posible.

Señor, ven a visitar tu viña. Gracias por cuidarnos y por seguir llamándonos a trabajar contigo. Perdona nuestras resistencias y enséñanos a responder con generosidad. Haz fecunda nuestra fe en el servicio cotidiano.

Santa María, que acogiste la Palabra y entregaste tu vida al querer de Dios, acompaña a nuestras familias y a nuestra comunidad. Ayúdanos a escuchar a tu Hijo y a vivir lo que hoy hemos celebrado. Amén.

 

 

2

 

La nueva viña de la gracia

 

La parábola de los viñadores malvados es rica en imágenes del Antiguo Testamento. La imagen de la viña procede del profeta Isaías (Isaías 5,1-7) y representa al pueblo de Israel. El propietario es Dios, quien, desde el tiempo de Abraham, ha cultivado a su pueblo con amor y de manera deliberada. La cerca, la torre y el lagar simbolizan, respectivamente, el cuidado providencial de Dios, su protección y la estructura que estableció para el crecimiento espiritual de su pueblo.

La primera lectura nos permite percibir el dolor de ese amor: el Señor ha cuidado su viña y encuentra injusticia y gritos de sufrimiento donde esperaba una vida recta (Is 5,1-7). Ante esta palabra podemos preguntarnos qué frutos produce nuestra fe en el trato a los demás. La respuesta se hace concreta cuando obramos con honradez y cuidamos la dignidad de quienes nos rodean.

Los viñadores son la élite religiosa de Israel, a la que se había confiado la tarea de guiar al pueblo en la santidad. Los servidores enviados por el propietario son los profetas: mensajeros fieles, constantemente rechazados y maltratados. Finalmente, el hijo es el mismo Jesús, enviado por el Padre como culminación de su acercamiento divino.

La parábola termina en tragedia con el asesinato del hijo. Sin embargo, de esa tragedia surge un nuevo comienzo: «El Reino de Dios les será quitado y será dado a un pueblo que produzca sus frutos» (Mateo 21,43). Aunque Jesús se dirigía a los líderes religiosos de su tiempo —los escribas, los fariseos, los sumos sacerdotes, los saduceos y los ancianos—, su promesa perdurable de un nuevo comienzo nos habla hoy.

Estamos invitados a formar parte del pueblo al que Dios confía ahora su viña, la Iglesia. Hoy, la cerca, el lagar y la torre representan los sacramentos, el magisterio de la Iglesia, la Sagrada Escritura y la comunión de los fieles. Dios sigue cultivando su viña con gran cuidado, esperando que dé fruto a través de nuestras vidas de santidad, fidelidad, caridad y verdad. Cada uno de nosotros, como miembro del Cuerpo de Cristo, está llamado a acoger esta confianza con gratitud y a trabajar diligentemente por el Reino, sin olvidar nunca el precio pagado por el Hijo que fue expulsado y asesinado por nuestra redención.

A veces, cuando hablamos de «la Iglesia», lo hacemos como si se tratara de alguna institución distante. Nuestra mente puede dirigirse inmediatamente al Vaticano, al papa o al obispo local. Si bien estos pastores desempeñan funciones cruciales y fundamentales dentro de la viña, necesitamos comprender la Iglesia de una manera más amplia.

Para utilizar la imagen de la parábola de hoy, la viña y el fruto que está destinada a producir no se identifican exclusivamente con los viñadores, los servidores, el hijo, ni siquiera con el propietario. La viña misma representa a todo el pueblo de Dios. El fruto que produce es el testimonio, lleno de gracia, de unas vidas transformadas por la fe. Esto nos incluye a todos: clérigos, religiosos y laicos por igual. Cada miembro de la Iglesia es un trabajador en la viña, llamado a trabajar junto con los demás, bajo la guía de Cristo, el verdadero Hijo, y a ofrecer al Padre una abundante cosecha de justicia, misericordia y verdad.

El salmo recuerda la vid que Dios sacó de Egipto y hace brotar esta súplica: «Ven a visitar tu viña» (Sal 80 [79]). Es también nuestra oración cuando reconocemos la fragilidad de la Iglesia y nuestras propias infidelidades. Pedimos al Señor que nos dé vida, nos vuelva hacia Él y nos sostenga en la tarea que nos confía. Su gracia hace posible nuestra respuesta.

La segunda lectura nos ayuda a cultivar esa fecundidad (Flp 4,6-9). San Pablo nos invita a presentar nuestras necesidades a Dios con oración y acción de gracias, confiando en su paz. Nos pide alimentar el pensamiento con cuanto es verdadero, noble, justo, puro y digno de aprecio, y poner en práctica lo aprendido. Esta semana podemos hacerlo al rechazar un rumor, reconocer el bien de otra persona o responder con serenidad en una conversación difícil. Así se prepara el corazón para trabajar en la viña del Señor.

Reflexiona hoy sobre cómo hacer de esta parábola tu llamado personal. El Reino de Dios te ha sido confiado en parte, para que seas uno de los que trabajarán por la salvación de las almas: «un pueblo que produzca sus frutos». La obra de la evangelización es una misión continua y urgente. ¿De qué maneras te llama Dios a trabajar en su divina viña? ¿Es mediante la oración fiel, por la que se podan y nutren las vides de la gracia? ¿Es mediante el trabajo de la cosecha, en el que atraes a otros a Cristo con tus palabras, tu testimonio y tus obras de amor? ¿Es a través de la perseverancia silenciosa en el sufrimiento, ofrecido en unión con el Crucificado? Sea cual sea la manera en que Dios te llame, no te demores. Acoge su confianza con humildad y trabaja con alegría. La viña es suya, pero el fruto depende, en parte, de ti.

Mi glorioso Rey, nos has llamado a ti y nos has hecho miembros de tu Reino. También nos has enviado a trabajar en la viña de tu Iglesia y a ayudar a atraer muchas almas a tu Sagrado Corazón. Te ruego que me reveles la función y la misión que me has confiado. Que escuche atentamente tus suaves mandatos y responda con un corazón lleno de generosidad y fe. Que tu Iglesia, de la que soy miembro vivo, siga dando fruto abundante por la gracia que derramas. Jesús, en ti confío.


3 de octubre del 2026: sábado de la vigésima sexta semana del tiempo ordinario II

 

¡Qué alegría!

¡Cuánta alegría hay en este texto! La de los discípulos, orgullosos de haber dominado a los espíritus malignos; la alegría de Jesús, que se estremece de gozo en el Espíritu. Él orienta hacia la verdadera alegría, la de la comunión con Dios, la de sabernos conocidos y amados por el Padre. Jesús invita a sus discípulos a descubrir que sus nombres están inscritos en el cielo. Sus vidas tienen un lugar en el corazón de Dios: ahí encuentran la fuente más profunda de su alegría.

Los frutos de la misión merecen nuestra gratitud, pero nuestra felicidad necesita raíces más hondas que los resultados visibles. También cuando el esfuerzo parece estéril, cuando faltan las fuerzas o nadie reconoce nuestra entrega, podemos descansar en la fidelidad del Señor.

Jesús se llena de alegría porque el Padre revela sus misterios a los pequeños. Un corazón sencillo, que reconoce su pobreza y se deja enseñar, puede descubrir las maravillas que pasan inadvertidas a quienes creen saberlo todo. La humildad nos dispone a recibir la vida como un regalo y a reconocer la presencia de Dios en lo cotidiano.

Pidamos esa alegría que sostiene la esperanza en medio de las dificultades y nos anima a servir con libertad.

Señor Jesús, enséñanos a alegrarnos contigo. Danos un corazón humilde y agradecido, capaz de reconocer el amor del Padre y de compartirlo con nuestros hermanos. Amén.

 


Primera lectura

Job 42, 1-3. 5-6. 12-17

Ahora te han visto mis ojos; por eso, me retracto

Lectura del libro de Job.

JOB respondió al Señor:
«Reconozco que lo puedes todo,
que ningún proyecto te resulta imposible.
Dijiste:
“¿Quién es ese que enturbia mis designios
sin saber siquiera de qué habla?”.
Es cierto, hablé de cosas que ignoraba,
de maravillas que superan mi comprensión.
Te conocía solo de oídas,
pero ahora te han visto mis ojos;
por eso, me retracto y me arrepiento,
echado en el polvo y la ceniza».
El Señor bendijo a Job al final de su vida más aún que al principio. Llegó a poseer catorce mil ovejas, seis mil camellos, mil yuntas de bueyes y mil borricas.
Tuvo siete hijos y tres hijas: la primera se llamaba Paloma; la segunda, Acacia; y la tercera, Azabache. No había en todo el país mujeres más bellas que las hijas de Job. Su padre las hizo herederas, igual que a sus hermanos.
Job vivió otros ciento cuarenta años, y conoció a sus hijos, a sus nietos y a sus biznietos.
Murió anciano tras una larga vida.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 118, 66. 71. 75. 91. 125. 130 (R.: 135a)

R. Haz brillar, Señor, tu rostro sobre tu siervo.

V. Enséñame la bondad, la prudencia y el conocimiento,
porque me fío de tus mandatos. 
R.

V. Me estuvo bien el sufrir,
así aprendí tus decretos. 
R.

V. Reconozco, Señor, que tus mandamientos son justos,
que con razón me hiciste sufrir. 
R.

V. Por tu mandamiento subsisten hasta hoy,
porque todo está a tu servicio. 
R.

V. Yo soy tu siervo: dame inteligencia,
y conoceré tus preceptos. 
R.

V. La explicación de tus palabras ilumina,
da inteligencia a los ignorantes. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Bendito seas, Padre, Señor del cielo y de la tierra,
porque has revelado los misterios del reino a los pequeños. 
R.

 

Evangelio

Lc 10, 17-24

Estén alegres porque sus nombres están inscritos en el cielo

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

EN aquel tiempo, los setenta y dos volvieron con alegría diciendo:
«Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre».
Jesús les dijo:
«Estaba viendo a Satanás caer del cielo como un rayo. Miren: les he dado el poder de pisotear serpientes y escorpiones y todo poder del enemigo, y nada les hará daño alguno.
Sin embargo, no estén alegres porque se les someten los espíritus; estén alegres porque sus nombres están inscritos en el cielo».
En aquella hora, se llenó de alegría en el Espíritu Santo y dijo:
«Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a los pequeños.
Sí, Padre, porque así te ha parecido bien.
Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre; ni quién es el Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar».
Y, volviéndose a sus discípulos, les dijo aparte:
«¡Bienaventurados los ojos que ven lo que ustedes ven! Porque les digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que ustedes ven, y no lo vieron; y oír lo que ustedes oyen, y no lo oyeron».

Palabra del Señor.

 

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La alegría de un corazón que confía

 

Queridos hermanos:

¡Cuánta alegría encontramos en el Evangelio de hoy! Los discípulos regresan entusiasmados de la misión. Han anunciado el Reino y han experimentado la fuerza del nombre de Jesús frente al mal. Podemos imaginarlos contando lo sucedido, deseosos de compartir con el Maestro sus experiencias.

También nosotros conocemos esa alegría: cuando un esfuerzo da fruto, una persona recupera la esperanza, una familia se reconcilia o alguien vuelve a acercarse a Dios. ¡Qué hermoso descubrir que nuestra pequeña colaboración puede hacer bien a otros!

Jesús recibe a sus discípulos y les ayuda a profundizar en el motivo de su felicidad: sus nombres están escritos en el cielo. Los invita a reconocer que, antes de cualquier logro, está el amor de Dios que los ha llamado y los sostiene.

Esta palabra también nos alcanza a nosotros. A veces medimos nuestra vida por los resultados: cuánto conseguimos, cuántas personas nos escuchan, cuántos reconocen nuestro trabajo. Y cuando los frutos tardan, fácilmente nos desanimamos.

Hoy el Señor nos recuerda que nuestra vida tiene valor ante sus ojos. Él conoce nuestras luchas, nuestra fidelidad cotidiana, las oraciones que hacemos en silencio y el bien que nadie aplaude. Podemos servir con alegría porque estamos en sus manos.

Señor Jesús, ayúdanos a recibir con gratitud los frutos de nuestro trabajo y a perseverar cuando todavía no podemos verlos.

La primera lectura nos presenta a Job al final de un camino muy doloroso. Ha sufrido pérdidas, ha expresado su angustia y ha llevado sus preguntas delante de Dios. Ahora reconoce los límites de su comprensión y dice: «Te conocía solo de oídas, pero ahora te han visto mis ojos».

Es una frase que nos invita a revisar nuestra fe. Podemos conocer muchas cosas acerca de Dios y, al mismo tiempo, necesitar un encuentro más profundo con Él. Job descubre una presencia que transforma su manera de mirar la vida.

Su historia nos permite acercarnos al Señor con nuestras preguntas. Podemos decirle que estamos cansados, que nos duele una ausencia, que no entendemos lo que sucede. La oración también puede tener lágrimas. La confianza crece cuando, en medio de todo eso, seguimos abriendo el corazón.

La bendición con la que termina el relato nos habla de esperanza. No es una promesa de que toda persona creyente recuperará sus bienes o verá resueltas aquí todas sus dificultades. Es una invitación a confiar en que Dios puede abrir futuro donde nosotros apenas vemos ruinas.

Y el salmo nos enseña cómo caminar: «Haz brillar, Señor, tu rostro sobre tu siervo».

Qué oración tan sencilla para comenzar cada día. Antes de pedir que cambien las circunstancias, pedimos la luz de su presencia. Necesitamos que el Señor ilumine nuestras decisiones, nuestras palabras y nuestra manera de tratar a los demás.

El salmista reconoce que, incluso en la aflicción, ha aprendido a escuchar a Dios. Conviene recibir esa experiencia con delicadeza: quien sufre necesita nuestra cercanía, nuestra ayuda y nuestro respeto. Desde esa compañía podemos descubrir juntos que la gracia también actúa en medio de la fragilidad.

El salmo añade que la Palabra de Dios ilumina y da entendimiento a los sencillos. Ahí encontramos el vínculo con la alegría de Jesús: Él se llena de gozo en el Espíritu Santo porque el Padre se revela a los pequeños.

Los pequeños son quienes se dejan enseñar, quienes saben pedir ayuda y reconocen que necesitan la misericordia de Dios. Esa sencillez permite que la Palabra encuentre espacio en nosotros.

En este sábado, al hacer memoria de la Santísima Virgen María, contemplamos esa disposición del corazón vivida de manera admirable.

María escucha, pregunta y ofrece su vida al Señor. Guarda la Palabra, la medita y permite que transforme sus pasos. En su canto de alabanza reconoce con alegría lo que Dios ha hecho en ella. Toda su vida nos enseña a recibir el amor del Padre y a responder con confianza.

También María conoció la incertidumbre, la preocupación y el sufrimiento. Buscó a Jesús con angustia y permaneció junto a la cruz. Su fe sostuvo su amor cuando el dolor era inmenso.

Por eso podemos acudir a ella con tanta confianza. Le presentamos a las madres preocupadas por sus hijos, a las familias que atraviesan dificultades, a quienes están solos y a quienes sienten que se les está apagando la esperanza. Pedimos su intercesión para aprender a escuchar a Jesús y permanecer cerca de Él.

Hermanos, en esta Eucaristía venimos con nuestros pequeños logros y con nuestras preocupaciones. Cristo nos recibe y se nos entrega como alimento. Su presencia renueva nuestra alegría y nos da fuerzas para continuar sirviendo.

Al terminar, llevemos una pregunta al corazón: ¿Qué lugar ocupa el amor de Dios entre los motivos de mi alegría?

Que durante este día encontremos un momento para agradecerle su cercanía, escuchar su Palabra y ofrecer un gesto de bondad a alguien que lo necesite.

Santa María, Madre de Jesús y Madre nuestra, enséñanos a confiar. Acompáñanos cuando no comprendemos lo que vivimos y ayúdanos a guardar la Palabra en el corazón. Ruega por nuestras familias y por quienes sufren. Que, unidos a tu Hijo, aprendamos a servir con humildad y a vivir con la alegría de sabernos amados por el Padre. Amén.

 

5 de octubre del 2026: lunes de la vigésima séptima semana del tiempo ordinario II- Memoria de Santa Faustina Kowalska, apóstol de la Misericordia

  Testigo de la fe: Santa María Faustina Kowalska   1905-1938.   Mensajera de la misericordia divina, esta monja polaca escribió: “Nos parec...