lunes, 27 de julio de 2026

28 de julio del 2026: martes de la decimoséptima semana del tiempo ordinario II

 

El buen grano desde hoy


Jr 14,17-22 / Sal 79(78),8.9.11+13 (R. 9bc) /

Mt 13,36-43) En el campo del mundo, de la Iglesia o de nuestra propia vida, la cizaña ha crecido junto al buen grano. ¿Estamos, entonces, condenados a esperar hasta el fin de los tiempos para ver triunfar el bien? No. Aunque el juicio definitivo pertenece a Dios, a nosotros nos corresponde permitir, desde hoy, que Cristo siembre en nuestro corazón el buen grano del Reino.

El profeta Jeremías contempla con dolor las heridas de su pueblo: la guerra, el hambre, la desorientación de sus dirigentes y las consecuencias del pecado. Sin embargo, no se encierra en la desesperanza. Reconoce humildemente la culpa del pueblo y se vuelve hacia Dios: «En ti esperamos». En medio de un campo devastado por la cizaña, la confianza permanece como una semilla preciosa.

El salmo prolonga esta súplica: «Por el honor de tu nombre, Señor, líbranos». Nos enseña a no ocultar nuestras faltas, sino a depositarlas ante la misericordia divina. Dios todavía puede hacer germinar la gratitud y la alabanza allí donde nosotros solo vemos debilidad, sufrimiento y esterilidad.

En el Evangelio, Jesús explica que el buen grano representa a los hijos del Reino. Por tanto, no nos pide únicamente identificar la cizaña presente en los demás, sino convertirnos nosotros mismos en buena semilla: mediante una palabra que consuela, un perdón ofrecido, el rechazo de una injusticia, un servicio realizado con amor o una oración perseverante. No podemos arrancar todo el mal del mundo, pero sí podemos impedir que eche raíces en nuestro corazón.

La cosecha llegará y la justicia de Dios se manifestará plenamente. Mientras tanto, el Señor nos confía el presente. Que nuestra vida, fecundada por su Palabra, haga crecer desde hoy el buen grano de la fe, la misericordia y la esperanza. Así, aunque la cizaña permanezca, algo del Reino comenzará a resplandecer en nosotros y a nuestro alrededor.

G.Q

 


Primera lectura

Jer 14, 17-22

Recuerda, Señor, y no rompas tu alianza con nosotros

Lectura del libro de Jeremías.

MIS ojos se deshacen en lágrimas,
de día y de noche no cesan:
por la terrible desgracia que padece
la doncella, hija de mi pueblo,
una herida de fuertes dolores.
Salgo al campo: muertos a espada;
entro en la ciudad: desfallecidos de hambre;
tanto el profeta como el sacerdote
vagan sin sentido por el país.
¿Por qué has rechazado del todo a Judá?
¿Tiene asco tu garganta de Sion?
¿Por qué nos has herido sin remedio?
Se espera la paz, y no hay bienestar,
al tiempo de la cura sucede la turbación.
Reconocemos, Señor, nuestra impiedad,
la culpa de nuestros padres,
porque pecamos contra ti.
No nos rechaces, por tu nombre,
no desprestigies tu trono glorioso;
recuerda y no rompas tu alianza con nosotros.
¿Tienen los gentiles ídolos de la lluvia?
¿Dan los cielos de por sí los aguaceros?
¿No eres tú, Señor, Dios nuestro;
tú, que eres nuestra esperanza,
porque tú lo hiciste todo?

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 78, 8. 9. 11 y 13 (R.: 9b)

R. Por el honor de tu nombre líbranos, Señor.

V. No recuerdes contra nosotros las culpas
de nuestros padres;
que tu compasión nos alcance pronto,
pues estamos agotados. 
R.

V. Socórrenos, Dios, Salvador nuestro,
por el honor de tu nombre;
líbranos y perdona nuestros pecados
a causa de tu nombre.
 R.

V. Llegue a tu presencia el gemido del cautivo:
con tu brazo poderoso, salva a los condenados a muerte.
Nosotros, pueblo tuyo, ovejas de tu rebaño,
te daremos gracias siempre,
cantaremos tus alabanzas de generación en generación. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. La semilla es la palabra de Dios, y el sembrador es Cristo;
todo el que lo encuentra vive para siempre. 
R.

 

Evangelio

Mt 13, 36-43

Lo mismo que se arranca la cizaña y se echa al fuego, así será al final de los tiempos

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, Jesús dejó a la gente y se fue a casa.
Los discípulos se le acercaron a decirle:
«Explícanos la parábola de la cizaña en el campo».
Él les contestó:
«El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los ciudadanos del reino; la cizaña son los partidarios del Maligno; el enemigo que la siembra es el diablo; la cosecha es el final de los tiempos y los segadores los ángeles.
Lo mismo que se arranca la cizaña y se echa al fuego, así será al final de los tiempos: el Hijo del hombre enviará a sus ángeles y arrancarán de su reino todos los escándalos y a todos los que obran iniquidad, y los arrojarán al horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el reino de su Padre. El que tenga oídos, que oiga».

Palabra del Señor.

 

1

 

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios nos presenta hoy una realidad que todos conocemos: en la vida se mezclan el bien y el mal, la esperanza y el sufrimiento, la fidelidad y el pecado. En el campo del mundo, de la Iglesia, de nuestras familias y de nuestro propio corazón crecen juntos el trigo y la cizaña.

A veces quisiéramos que Dios actuara inmediatamente y eliminara todo aquello que nos hace sufrir. Nos preguntamos por qué permite la injusticia, la violencia, la enfermedad, las divisiones familiares o la ingratitud. También podemos sentirnos desanimados cuando, después de haber procurado sembrar el bien, no vemos los frutos esperados.

La primera lectura expresa precisamente este dolor. El profeta Jeremías contempla a su pueblo herido: en el campo encuentra las víctimas de la espada y en la ciudad a quienes desfallecen de hambre. Incluso los profetas y los sacerdotes caminan desconcertados, sin comprender lo que sucede. Jeremías llora por su pueblo, pero no se limita a lamentarse. Reconoce la culpa y clama: «Señor, hemos pecado contra ti. No rompas tu alianza con nosotros».

Esta oración nos enseña algo muy importante: cuando descubrimos la cizaña no debemos caer en la desesperación, sino volvernos hacia Dios. El dolor puede convertirse en oración; el reconocimiento del pecado, en camino de conversión; y una situación que parece estéril puede transformarse en terreno donde vuelva a germinar la esperanza.

El salmo recoge esa súplica: «Por el honor de tu nombre, Señor, líbranos». El pueblo no pretende justificarse ni esconder sus faltas. Se presenta ante Dios pobre, cansado y necesitado de misericordia. También nosotros podemos decirle: “Señor, no mires solamente nuestros pecados; recuerda que somos tu pueblo, el rebaño que tú conduces. Ven pronto a socorrernos”.

El Evangelio nos ofrece la explicación de la parábola del trigo y la cizaña. Jesús afirma que quien siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo y el buen grano son los hijos del Reino. La cizaña representa todo aquello que se opone al proyecto de Dios.

Pero tengamos cuidado: esta parábola no fue pronunciada para que nos dediquemos a señalar quiénes son trigo y quiénes son cizaña. Fácilmente podemos creer que nosotros somos siempre el buen grano y que la cizaña está únicamente en los demás. Sin embargo, el campo también es nuestro corazón. En cada uno de nosotros existen semillas de generosidad, fe y amor, pero también aparecen el egoísmo, la impaciencia, el orgullo, la crítica destructiva o el resentimiento.

Por eso, la primera tarea no consiste en juzgar a los demás, sino en permitir que Cristo purifique y cultive nuestro interior. Debemos preguntarnos: ¿qué estoy sembrando en mi familia y en mi comunidad? ¿Mis palabras siembran paz o discordia? ¿Mi presencia produce confianza o temor? ¿Sé agradecer el bien que otros realizan? ¿Estoy alimentando un resentimiento que puede convertirse en cizaña?

Aunque la separación definitiva entre el bien y el mal ocurrirá al final de los tiempos, el buen grano debe comenzar a crecer desde hoy. Somos buen grano cuando ofrecemos una palabra de aliento, visitamos al enfermo, perdonamos una ofensa, ayudamos al necesitado, defendemos al que es tratado injustamente y oramos por quienes nos han hecho algún bien.

Hoy queremos orar especialmente por nuestras familias, nuestros amigos y nuestros benefactores. Ellos han sido muchas veces buena semilla sembrada por Dios en nuestra vida. Por medio de su compañía, sus consejos, su generosidad, su oración o su ayuda silenciosa, el Señor nos ha sostenido. Tal vez algunos nos ayudaron en momentos difíciles y nunca pudieron recibir de nosotros un agradecimiento suficiente.

Pidamos que Dios bendiga a nuestros familiares, conserve la unidad y el amor en nuestros hogares, acompañe a nuestros amigos y recompense abundantemente a nuestros benefactores. Roguemos también por quienes atraviesan enfermedades, dificultades económicas, conflictos o momentos de soledad. Y recordemos con gratitud a aquellos que ya han partido de este mundo, para que el Señor les conceda participar de la cosecha eterna de su Reino.

No podemos arrancar toda la cizaña que existe en el mundo, pero sí podemos impedir que se apodere de nuestro corazón. Tampoco podemos resolver todos los problemas de quienes amamos, pero podemos acompañarlos, escucharlos y encomendarlos al Señor.

Que la Eucaristía alimente en nosotros el buen grano sembrado por Cristo. Que no nos cansemos de hacer el bien, aunque los frutos tarden en aparecer. Y que, al final de nuestra vida, el Señor pueda reconocernos como buena semilla que produjo frutos de fe, misericordia, gratitud y amor. Amén.

 

2

 

Entrar y convertirnos en la Casa de Dios

 

«Jesús despidió a la multitud y entró en la casa. Se le acercaron sus discípulos y le dijeron: “Explícanos la parábola de la cizaña sembrada en el campo”» (Mt 13,36).

 

Queridos hermanos:

El Evangelio de hoy comienza con un detalle sutil, pero muy significativo: «Jesús despidió a la multitud y entró en la casa». Este paso del espacio público al ámbito privado refleja un modo de actuar que se repite en los Evangelios: nuestro Señor enseña a la multitud por medio de parábolas, dejando velados los misterios del Reino, mientras reserva una explicación más completa para los discípulos, en la tranquila intimidad de la casa.

En este contexto, la casa se convierte en un símbolo de la Iglesia: el santuario interior donde Cristo revela sus secretos a quienes lo siguen, no solo exteriormente, sino con fe humilde y hambre espiritual. Los discípulos no se conforman con haber escuchado la parábola; se acercan a Jesús y le dicen: «Explícanos». Esta es la actitud propia del verdadero discípulo: acercarse al Señor, reconocer que no lo comprende todo y dejarse instruir por Él.

Sin embargo, la primera lectura nos muestra una realidad dolorosa. El profeta Jeremías contempla a su pueblo gravemente herido. Sus ojos derraman lágrimas día y noche porque, tanto en el campo como en la ciudad, encuentra sufrimiento, hambre y muerte. Incluso el profeta y el sacerdote recorren el país sin comprender lo que sucede. El pueblo se ha apartado de Dios y ahora experimenta las consecuencias de su infidelidad.

En medio de esa desgracia, Jeremías reconoce humildemente: «Señor, reconocemos nuestra impiedad y la culpa de nuestros padres; hemos pecado contra ti». Pero su confesión no termina en la desesperanza. El profeta se atreve a suplicar: «Recuerda, Señor, y no rompas tu alianza con nosotros». De alguna manera, Jeremías llama nuevamente al pueblo a entrar en la casa de Dios, a regresar al lugar de la alianza, la misericordia y la comunión con el Señor.

El salmo prolonga esta misma súplica: «Por el honor de tu nombre, Señor, líbranos». El pueblo se reconoce sin fuerzas y pide que la compasión divina llegue pronto. No apela a sus propios méritos, sino al nombre y a la fidelidad de Dios. Sabe que, aunque el pecado haya herido la relación con el Señor, su misericordia puede restaurarla. La casa de Dios sigue teniendo sus puertas abiertas para quien reconoce su pobreza y vuelve a Él con un corazón arrepentido.

Los discípulos —probablemente los Doce Apóstoles— tuvieron el privilegio único de compartir aquel momento con Jesús, en el que Él explicó detalladamente la parábola de la cizaña en medio del trigo. Sin embargo, este espacio sagrado no está cerrado para nosotros. Cada uno está invitado a entrar en esa “casa” por medio de la vida de la Iglesia.

Aunque los Apóstoles eran débiles y pecadores como nosotros, fueron escogidos para convertirse en los primeros obispos: pastores visibles que continuarían la misión de Cristo después de su Ascensión. Gracias a su fidelidad, la Palabra de Dios llegó hasta los confines de la tierra, en una proclamación que continúa hoy por medio de sus sucesores.

Si bien cada bautizado está llamado a anunciar el Evangelio de acuerdo con su vocación y misión, los obispos —y sus colaboradores, los sacerdotes— forman de manera particular la familia espiritual por medio de la cual Cristo continúa hablando con claridad. A través de su predicación, gobierno pastoral y ministerio sacramental, los misterios ocultos de las enseñanzas de Cristo siguen siendo dados a conocer.

Esto no se debe a sus méritos personales, sino al ministerio sagrado que Cristo les ha confiado mediante la sucesión apostólica. Los Apóstoles se convirtieron en fundamento de la Iglesia, la Casa espiritual de Dios en la cual Jesús continúa ejerciendo su ministerio.

Situémonos ahora dentro de la escena del Evangelio. También nosotros estamos llamados a acercarnos a Cristo, a entrar con Él en la casa y a buscar la comprensión con corazón de discípulos. En la Iglesia, esta familia de la fe, el Maestro continúa enseñando, explicando y revelando los misterios del Reino a quienes desean escucharlo.

Contemplemos esta escena en la oración y unámosla a nuestra experiencia de la iglesia parroquial y de los demás lugares sagrados donde Dios nos ha hablado, alimentado y transformado. Cuando el Evangelio cambia nuestra vida, los sacramentos nos alimentan y la Iglesia nos guía, es siempre Cristo quien enseña, alimenta y conduce.

Por eso debemos aprender a mirar más allá del ministro y del edificio, reconociendo la presencia de Cristo, que nos habla y nos santifica por medio de su Iglesia. Al mismo tiempo, debemos recordar que dentro de esa Iglesia crecen juntos el trigo y la cizaña. Sus miembros, incluidos sus ministros, son débiles y pecadores. Pero Cristo permanece fiel y continúa obrando a través de la Palabra, los sacramentos y el ministerio que Él mismo instituyó.

La Iglesia, presencia visible del Reino de Dios en la tierra, es el lugar privilegiado donde encontramos a Cristo. Sin embargo, cada uno de nosotros, de una manera única, también está llamado a ser “casa” para los demás. Porque Dios habita en nosotros, su Reino está presente en nuestra alma.

Por tanto, esta escena evangélica no habla solamente de entrar en la casa; también contiene una invitación a convertirnos en esa casa: una morada donde otras personas puedan encontrar a Cristo, escuchar su Palabra, recibir su misericordia y sentirse atraídas hacia su amor mediante el testimonio de nuestra caridad.

Preguntémonos: cuando alguien se acerca a nosotros, ¿encuentra una puerta abierta o un corazón cerrado? ¿Encuentra acogida, comprensión y misericordia? ¿Nuestras palabras le ayudan a escuchar la voz de Cristo? ¿Nuestra vida lo acerca a la Iglesia o lo aleja de ella?

Reflexionemos hoy sobre esta casa. Primero, contemplemos la Iglesia como el hogar donde Cristo nos habla con mayor claridad. Demos gracias por las muchas maneras en que nuestro Señor nos ha hablado y alimentado en esta sagrada Casa de Dios. Volvamos a ella con humildad, como Jeremías y el salmista, reconociendo nuestros pecados y confiando en la alianza y la misericordia del Señor.

Contemplemos también nuestra propia alma como morada de Dios. Creamos que Cristo desea servirse de nosotros para conducir a otros hacia su presencia, que habita en nuestro interior. Demos gracias por este don y pidamos la gracia de ser discípulos fieles dentro de la casa y, al mismo tiempo, casas luminosas de gracia, donde otros puedan entrar y encontrarse con Cristo nuestro Señor.

Señor de la más profunda intimidad, tú deseas revelarme, a mí y a todos tus hijos, los profundos misterios de tu Reino de gracia. Atráeme hacia ti, hacia tu Casa de gracia y misericordia, que permanece en tu santa Iglesia. Enséñame, santifícame y fórmame según tu santa voluntad. Ya que haces tu morada en mí, convierte mi alma en un lugar donde los demás puedan encontrarte, escuchar tu Palabra y recibir tu gracia. Jesús, confío en ti. Amén.


domingo, 26 de julio de 2026

27 de julio del 2026: lunes de la decimoséptima semana del tiempo ordinario-II

 

Al contacto con el mundo

(Jr 13, 1-11 / Sal Dt 32, 18-19.20.21 (R. 18a) /
Mt 13, 31-35)
Un hombre y una mujer se desprendieron de algo que les pertenecía. El primero tomó un grano de mostaza para sembrarlo en la tierra; la segunda, una porción de levadura para mezclarla con tres medidas de harina. La semilla desaparece bajo el suelo y la levadura se confunde con la masa. Ambas parecen perderse, pero precisamente al entrar en contacto con la tierra y con la harina despliegan toda la fuerza que llevan dentro.

Así es el Reino de los cielos. No se impone con estrépito ni se contempla desde lejos; actúa discretamente desde el interior. Comienza en lo pequeño: una palabra sembrada con fe, un gesto de misericordia, un servicio humilde, una oración perseverante. Cuando el Evangelio entra verdaderamente en la vida, la transforma y la hace fecunda.

Sin embargo, la primera lectura nos advierte que no basta estar externamente cerca de Dios. El cinturón de lino que Jeremías lleva ceñido al cuerpo simboliza a Israel, llamado a permanecer unido al Señor para convertirse en su pueblo, su gloria y su alabanza. Pero, al alejarse de Dios y seguir otros ídolos, el pueblo termina corrompiéndose y pierde su razón de ser. También nosotros podemos llevar signos religiosos y escuchar con frecuencia la Palabra, pero, si nuestro corazón no permanece unido al Señor, la fe puede volverse estéril.

Por eso el cántico del Deuteronomio denuncia con dolor: «Despreciaste a la Roca que te engendró y olvidaste al Dios que te dio a luz». Olvidar a Dios significa perder el fundamento de nuestra existencia. Por el contrario, permanecer unidos a Él permite que la pequeña semilla crezca y que la levadura fermente toda la masa.

Jesús nos invita hoy a confiar en la fuerza escondida de su Reino. Aunque nuestros esfuerzos parezcan pequeños y sus frutos tarden en aparecer, Dios continúa trabajando. Dejemos que su Palabra se mezcle con nuestra vida cotidiana, penetre nuestros pensamientos, nuestras relaciones y decisiones. El cristiano no debe apartarse del mundo, sino entrar en contacto con él como la levadura con la masa: sin perder su identidad, pero comunicando silenciosamente la fuerza transformadora del Evangelio.

G.Q

 


Primera lectura

Jer 13, 1-11
El pueblo será como ese cinturón que ya no sirve para nada

Lectura del libro de Jeremías.

ESTO me dijo el Señor:
«Ve, cómprate un cinturón de lino y rodéate con él la cintura; pero no lo metas en agua».
Me compré el cinturón, según me lo mandó el Señor, y me lo ceñí.
El Señor me dirigió la palabra por segunda vez:
«Toma el cinturón que has comprado y que llevas ceñido; ponte en marcha hacia el río Éufrates y lo escondes allí, entre las hendiduras de las piedras».
Fui y lo escondí en el Éufrates, según me había mandado el Señor.
Tiempo después me dijo el Señor:
«Vete al río Éufrates y recoge el cinturón que te mandé esconder allí».
Fui al Éufrates, cavé y recogí el cinturón del sitio donde lo había escondido: estaba estropeado, no servía para nada.
Entonces el Señor me habló así:
«Esto dice el Señor: Del mismo modo consumiré la soberbia de Judá, la gran soberbia de Jerusalén. Este pueblo malvado que se niega a escuchar mis palabras, que se comporta con corazón obstinado y sigue a dioses extranjeros, para rendirles culto y adorarlos, será como ese cinturón
que ya no sirve para nada.
Porque del mismo modo que se ajusta el cinturón a la cintura del hombre, así hice yo que se ajustaran a mí la casa de Judá y la casa de Israel —oráculo del Señor— para que fueran mi pueblo, mi fama, mi alabanza y mi honor. Pero no me escucharon».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Dt 32, 18-19. 20. 21 (R.: cf. 18a)

R. Despreciaste al Dios que te engendró.

V. Despreciaste a la Roca que te engendró,
y olvidaste al Dios que te dio a luz.
Lo vio el Señor, e irritado
rechazó a sus hijos e hijas. 
R.

V. Y dijo: «Les ocultaré mi rostro,
y veré cuál es su suerte,
porque son una generación pervertida,
unos hijos desleales».
 R.

V. «Me han dado celos con un dios que no es dios,
me han irritado con sus ídolos vacíos;
pues yo les daré celos con un pueblo que no es pueblo,
con una nación insensata los irritaré». 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Por propia iniciativa el Padre nos engendró con la palabra de la verdad,
para que seamos como una primicia de sus criaturas. 
R.

 

Evangelio

Mt 13, 31-35

El grano de mostaza se hace un árbol hasta el punto de que los pájaros del cielo anidan en
sus ramas

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, Jesús propuso otra parábola al gentío:
«El reino de los cielos se parece a un grano de mostaza que uno toma y siembra en su campo; aunque es la más pequeña de las semillas, cuando crece es más alta que las hortalizas; se hace un árbol hasta el punto de que vienen los pájaros del cielo a anidar en sus ramas».
Les dijo otra parábola:
«El reino de los cielos se parece a la levadura; una mujer la amasa con tres medidas de harina, hasta que todo fermenta».
Jesús dijo todo esto a la gente en parábolas y sin parábolas no les hablaba nada, para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta:
«Abriré mi boca diciendo parábolas;
anunciaré lo secreto desde la fundación del mundo».

Palabra del Señor.

 

1

 

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios nos presenta hoy dos imágenes sencillas y llenas de esperanza: un pequeño grano de mostaza sembrado en la tierra y un poco de levadura mezclado con la harina. Ambos parecen desaparecer: la semilla queda oculta bajo la tierra y la levadura se confunde con la masa. Sin embargo, en ese silencio comienza una transformación. La semilla se convierte en un árbol donde anidan los pájaros, y la levadura hace fermentar toda la masa.

Así actúa el Reino de Dios. No siempre llega acompañado de acontecimientos extraordinarios. Muchas veces comienza con algo pequeño: una palabra de consuelo, un gesto de perdón, una visita al enfermo, una ayuda discreta, una oración hecha con fe o un servicio que nadie reconoce. A los ojos del mundo puede parecer insignificante, pero, cuando está inspirado por el amor de Dios, lleva dentro una fuerza capaz de transformar la realidad.

El grano de mostaza nos enseña a no despreciar los pequeños comienzos. Quizá pensamos que nuestra fe es débil, que nuestra oración sirve de poco o que nuestros esfuerzos no producen resultados. Jesús nos invita a confiar: aquello que sembramos con amor puede crecer más de lo que imaginamos. Nosotros sembramos; Dios concede el crecimiento.

La levadura nos recuerda, además, que el cristiano no está llamado a vivir aislado del mundo. Así como la levadura entra en contacto con toda la masa, el discípulo de Cristo debe estar presente en la familia, en la comunidad, en el trabajo y en la sociedad, comunicando silenciosamente la fuerza del Evangelio. No necesitamos hacer ruido para ser testigos de Jesús; basta permitir que su amor transforme nuestras palabras, decisiones y relaciones.

Pero la primera lectura nos dirige una seria advertencia. Mediante el signo del cinturón de lino, el profeta Jeremías recuerda que el pueblo había sido elegido para permanecer estrechamente unido al Señor. Dios quería que Israel fuera su pueblo, su renombre, su alabanza y su gloria. Sin embargo, por su orgullo y por seguir a otros dioses, terminó alejándose y perdiendo su verdadera vocación.

También nosotros podemos estar externamente cerca de las cosas de Dios y, sin embargo, tener el corazón distante. Podemos participar en celebraciones, llevar signos religiosos y conocer muchas oraciones, pero, si no escuchamos al Señor ni permitimos que su Palabra cambie nuestra vida, la fe corre el riesgo de convertirse en algo meramente exterior.

Por eso el cántico del Deuteronomio dice con dolor: «Despreciaste a la Roca que te engendró y olvidaste al Dios que te dio a luz». Cuando olvidamos a Dios, perdemos la raíz que sostiene nuestra existencia. Pero cuando permanecemos unidos a Él, incluso nuestra pequeñez puede convertirse en instrumento de su Reino.

En esta Eucaristía oramos especialmente por nuestros difuntos. Sus cuerpos fueron depositados en la tierra como una pequeña semilla. A nuestros ojos, la muerte parece ocultarlos definitivamente; pero, iluminados por la fe, creemos que la vida entregada a Dios no se pierde. Jesús mismo comparó su muerte con el grano de trigo que cae en tierra para dar mucho fruto. Cristo murió y resucitó, y en Él esperamos también la resurrección de quienes nos han precedido.

Recordemos con gratitud las pequeñas semillas de amor que nuestros difuntos sembraron durante su vida: sus sacrificios, enseñanzas, consejos, oraciones y gestos de cariño. Tal vez muchos de ellos pasaron inadvertidos, pero Dios conoce todo el bien que realizaron. Nada hecho por amor se pierde ante sus ojos.

Pidamos al Señor que perdone sus faltas, purifique sus vidas y los reciba en el árbol frondoso de su Reino, donde puedan descansar para siempre. Y que nosotros sepamos continuar sembrando el bien que ellos nos enseñaron.

Que esta Eucaristía nos ayude a permanecer unidos a Dios, nuestra Roca; a confiar en la fuerza de las cosas pequeñas y a ser levadura de fe, esperanza y caridad en medio del mundo. Aunque hoy no veamos todos los frutos, sigamos sembrando: Dios trabaja silenciosamente y puede hacer de nuestra pequeña entrega una bendición para muchos.

Amén.

 

2

 

Desde los comienzos humildes

 

Queridos hermanos:

El Evangelio de hoy nos presenta dos parábolas breves, pero extraordinariamente ricas: la parábola del grano de mostaza y la parábola de la levadura. Por medio de estas imágenes sencillas, Jesús nos revela dos características del Reino de los cielos: comienza de manera humilde y casi imperceptible, pero lleva dentro una fuerza capaz de crecer y transformarlo todo.

Jesús dice: «El Reino de los cielos se parece a un grano de mostaza que uno sembró en su campo; aunque es la más pequeña de las semillas, cuando crece es más grande que las hortalizas y se convierte en un árbol, de modo que los pájaros vienen a anidar en sus ramas».

Los Santos Padres descubrieron varios sentidos espirituales en esta parábola. En primer lugar, el grano de mostaza puede representar al mismo Cristo. A los ojos del mundo, su vida comenzó desde la pequeñez y el anonimato: nació pobremente en Belén, tuvo que huir con María y José hacia Egipto y creció en la humilde aldea de Nazaret. Su divinidad —la del Verbo eterno por quien fueron creadas todas las cosas— permanecía oculta bajo la sencillez de su humanidad.

También cuando Jesús fue clavado en la cruz, su majestad divina permaneció escondida ante los ojos del mundo. Allí parecía derrotado, abandonado e insignificante. Pero de aquella semilla de amor entregado, sepultada en la tierra, brotó la victoria de la Resurrección. Cristo venció el pecado y la muerte y se convirtió en aquel gran árbol en cuyas ramas vienen a refugiarse los pájaros del cielo.

Ese árbol representa también a la Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo, llamada a extender sus ramas para que todos los pueblos encuentren en ella acogida, alimento, consuelo y esperanza eterna. La Iglesia no existe para encerrarse sobre sí misma, sino para convertirse en hogar, refugio y comunidad para quienes buscan a Dios, especialmente para los pequeños, los pobres, los heridos y los que se sienten solos.

Sin embargo, la primera lectura del profeta Jeremías nos advierte que esta fecundidad solamente es posible cuando permanecemos estrechamente unidos al Señor. Dios manda al profeta comprar un cinturón de lino y colocárselo alrededor de la cintura. Aquel cinturón simbolizaba al pueblo de Israel, al que Dios había unido íntimamente a sí. El Señor quería que Israel fuera su pueblo, su renombre, su alabanza y su gloria.

Pero el cinturón termina estropeándose y queda inservible. Es la imagen de lo que sucede cuando el pueblo se llena de orgullo, deja de escuchar la Palabra de Dios y corre detrás de otros dioses. Había sido elegido para vivir unido al Señor, pero, al separarse de Él, perdió su belleza, su fuerza y su misión.

Esta palabra también nos interpela. Podemos estar externamente cerca de las cosas sagradas, conocer oraciones, participar en celebraciones y llevar signos religiosos; pero, si nuestro corazón se aleja de Dios, podemos terminar como aquel cinturón deteriorado: sin capacidad para cumplir la misión que el Señor nos ha confiado. La fe no es solamente algo que llevamos por fuera; debe unirnos interiormente a Dios y transformar nuestra manera de pensar, hablar y actuar.

Por eso el cántico del Deuteronomio expresa el dolor de Dios ante la infidelidad de sus hijos: «Despreciaste a la Roca que te engendró y olvidaste al Dios que te dio a luz». El pecado consiste, en gran medida, en olvidar de dónde venimos y quién sostiene nuestra existencia. Cuando abandonamos a Dios, nuestra Roca, buscamos apoyo en ídolos que prometen mucho, pero no pueden salvarnos: el dinero, el poder, la apariencia, el placer, el orgullo o la autosuficiencia.

El grano de mostaza representa igualmente a Cristo sembrado en cada alma. Por medio de la fe, la oración, la escucha de la Palabra y los sacramentos, Jesús es depositado en la tierra de nuestro corazón. Al comienzo, su presencia puede parecernos pequeña y casi imperceptible, pero, si la cuidamos, comienza a echar raíces y a transformar nuestra vida desde dentro.

Quizá no percibamos inmediatamente sus frutos. Muchas veces queremos cambios rápidos, respuestas evidentes y resultados extraordinarios. Pero Dios suele trabajar silenciosamente. Una breve oración diaria, una confesión sincera, una comunión recibida con fe, un pequeño gesto de perdón o una decisión humilde de servir pueden convertirse en la semilla de una profunda transformación.

La segunda parábola expresa una verdad semejante. Una mujer toma un poco de levadura y la mezcla con tres medidas de harina hasta que toda la masa queda fermentada. La levadura puede representar a Cristo y a su gracia, que trabajan de manera escondida, paciente y eficaz. Cristo no quiere permanecer únicamente a nuestro lado; desea habitar dentro de nosotros y santificar todas las dimensiones de nuestra existencia: nuestros pensamientos, afectos, palabras, relaciones, proyectos y decisiones.

No basta, entonces, con reservarle a Dios unos cuantos momentos aislados. La levadura debe alcanzar toda la masa. La fe debe penetrar nuestra vida familiar, nuestro trabajo, el uso del dinero, el trato con los demás y nuestra forma de responder ante las dificultades. Si alguna parte de nuestra vida permanece cerrada al Evangelio, todavía necesitamos permitir que la gracia de Cristo llegue hasta allí.

El evangelista concluye recordando las palabras del salmo: «Abriré mi boca diciendo parábolas; anunciaré lo secreto desde la fundación del mundo». Las parábolas parecen sencillas, pero contienen profundos misterios. Estos permanecen ocultos para quienes se acercan con indiferencia o soberbia; en cambio, el Espíritu Santo revela su sentido a quienes las reciben con fe y las meditan con un corazón humilde.

Las parábolas son, por tanto, una escuela de sabiduría divina. Nos enseñan a ir más allá de las apariencias. Lo pequeño puede contener una fuerza inmensa; lo escondido puede estar transformando el mundo; aquello que parece una derrota puede convertirse, en las manos de Dios, en el comienzo de la resurrección.

Preguntémonos hoy: ¿estamos atentos a las formas silenciosas mediante las cuales Cristo actúa en nuestra vida? ¿Alimentamos la semilla de su presencia por medio de la oración y los sacramentos? ¿Permanecemos unidos al Señor o estamos permitiendo que otros intereses ocupen su lugar? ¿Nuestra fe está fermentando toda nuestra existencia o permanece limitada a algunos momentos?

No despreciemos los comienzos humildes. Sigamos sembrando una palabra de esperanza, un gesto de reconciliación, una obra de misericordia y una oración confiada. Aunque ahora no veamos los resultados, Dios está construyendo su Reino en nosotros, por medio de nosotros y para su mayor gloria.

Podemos concluir haciendo nuestra esta oración:

Señor Jesús, Rey glorioso, Tú deseas que tu Reino nazca en nuestra vida por la gracia que brota de tu pasión, muerte y resurrección. Planta profundamente en nuestra alma la semilla de tu gracia. Permite que eche raíces, crezca y nos transforme conforme a tu voluntad. No dejes que olvidemos al Dios que nos dio la vida ni que nos separemos de Ti, nuestra Roca. Haznos levadura del Evangelio y extiende por medio de nosotros tu Reino sobre la tierra, hasta el día en que contemplemos su plenitud en la gloria eterna.

Jesús, confío en Ti. Amén.

 

sábado, 25 de julio de 2026

26 de julio del 2026: decimoséptimo domingo del tiempo ordinario-ciclo A (Memoria de San Joaquín y Santa Ana)

 

Testigos de la fe:

Santos Ana y Joaquín

Siglo I antes de Jesucristo. Según una antigua tradición cristiana, Ana y Joaquín eran unos judíos piadosos, profundamente unidos a Dios. Durante mucho tiempo no pudieron tener hijos, pero perseveraron en la oración y en la confianza. Después de muchos años de espera, Dios escuchó su anhelo y les concedió una hija destinada a una misión excepcional: María, quien llegaría a ser la Madre de Jesús.

Aunque los Evangelios no mencionan sus nombres, la tradición de la Iglesia los reconoce como padres de la Virgen María y, por tanto, como abuelos de Jesús. Su historia testimonia la fecundidad de la oración perseverante, la confianza en los designios de Dios y la importancia de la familia en la transmisión de la fe. Santa Ana y san Joaquín son invocados especialmente como patronos de los abuelos y de las personas mayores.

Su memoria nos recuerda que la historia de la salvación también se construye en la sencillez del hogar, mediante la oración, la paciencia, el amor familiar y la educación de las nuevas generaciones en la fe.

 

 

Apostarlo todo por el Reino

En el capítulo 13 del Evangelio según san Mateo, las parábolas nos permiten vislumbrar los contornos del Reino de los cielos, sin llegar a agotar su misterio. Jesús propone a quienes lo escuchan imágenes sencillas, tomadas de la vida cotidiana, para ayudarles a descubrir una realidad que supera cuanto el ser humano puede imaginar.

El Reino se parece a un tesoro escondido en un campo o a una perla de gran valor. Quien los descubre comprende inmediatamente que nada de cuanto posee puede compararse con ellos. Entonces vende todos sus bienes, no con tristeza ni por obligación, sino con alegría, porque sabe que ha encontrado aquello que puede dar un sentido nuevo a toda su existencia.

Lo mismo sucede en la vida cristiana. Encontrar a Cristo y acoger su Evangelio nos llevan a reorganizar nuestras prioridades, liberarnos de ciertos apegos y escoger aquello que permanece. No se trata de despreciar las realidades terrenas, sino de reconocer que ellas no pueden llenar completamente nuestro corazón. El verdadero discípulo es quien descubre en Dios su bien más precioso y decide apostarlo todo por su Reino.

Para reconocer este tesoro necesitamos la sabiduría que pidió Salomón: un corazón atento, capaz de distinguir el bien del mal y elegir aquello que agrada a Dios. Entonces, como proclama el salmista, la Palabra del Señor llega a ser más preciosa que el oro y la plata. Y, aun en medio de las pruebas, podemos creer con san Pablo que Dios hace que todo contribuya al bien de quienes lo aman.

Apostarlo todo por el Reino no significa huir del mundo, sino habitarlo de una manera diferente: con un corazón libre, una fe profunda y una caridad activa. Es elegir a Cristo como nuestro verdadero tesoro y permitir que su presencia transforme nuestras decisiones, relaciones y proyectos. El Reino ya nos ha sido ofrecido; a nosotros nos corresponde acogerlo con la alegría y la decisión de quien finalmente ha encontrado la perla que buscaba.

1.    ¿Cuál es el verdadero tesoro que ocupa el primer lugar en mi corazón y orienta mis decisiones?

2.    ¿Qué apegos, hábitos o actitudes necesito dejar para acoger plenamente el Reino de Dios?

3.    ¿Qué decisión concreta tomaré para demostrar que Jesucristo es mi tesoro y mi mayor alegría?

G.Q

 


Primera lectura

1 Re 3, 5. 7-12

Pediste para ti inteligencia

Lectura del primer libro de los Reyes.

EN aquellos días, el Señor se apareció de noche en sueños a Salomón y le dijo:
«Pídeme lo que deseas que te dé».
Salomón respondió:
«Señor mi Dios: Tú has hecho rey a tu siervo en lugar de David mi padre, pero yo soy un muchacho joven y no sé por dónde empezar o terminar. Tu siervo está en medio de tu pueblo, el que tú te elegiste, un pueblo tan numeroso que no se puede contar ni calcular. Concede, pues, a tu siervo, un corazón atento para juzgar a tu pueblo y discernir entre el bien y el mal. Pues, cierto, ¿quién podrá hacer justicia a este pueblo tuyo tan inmenso?».
Agradó al Señor esta súplica de Salomón.
Entonces le dijo Dios:
«Por haberme pedido esto y no una vida larga o riquezas para ti, por no haberme pedido la vida de tus enemigos sino inteligencia para atender a la justicia, yo obraré según tu palabra: te concedo, pues, un corazón sabio e inteligente, como no ha habido antes de ti ni surgirá otro igual después de ti».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 118, 57 y 72. 76-77. 127-128. 129-130 (R.: 97a)

R. ¡Cuánto amo tu ley, Señor!

V. Mi porción es el Señor;
he resuelto guardar tus palabras.
Más estimo yo la ley de tu boca
que miles de monedas de oro y plata. 
R.

V. Que tu bondad me consuele,
según la promesa hecha a tu siervo;
cuando me alcance tu compasión, viviré,
y tu ley será mi delicia. 
R.

V. Yo amo tus mandatos
más que el oro purísimo;
por eso aprecio tus decretos
y detesto el camino de la mentira. 
R.

V. Tus preceptos son admirables,
por eso los guarda mi alma;
la explicación de tus palabras ilumina,
da inteligencia a los ignorantes. 
R.

 

Segunda lectura

Rom 8, 28-30

Nos predestinó a reproducir la imagen de su Hijo

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos.

HERMANOS:
Sabemos que a los que aman a Dios todo les sirve para el bien; a los cuales ha llamado conforme a su designio.
Porque a los que había conocido de antemano los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que él fuera el primogénito entre muchos hermanos.
Y a los que predestinó, los llamó; a los que llamó, los justificó; a los que justificó, los glorificó.

Palabra de Dios.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Bendito seas, Padre, Señor del cielo y de la tierra,
porque has revelado los misterios del reino a los pequeños.
 R.

 

Evangelio

Mt 13, 44-52 (forma larga)

Vende todo lo que tiene y compra el campo

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.


EN aquel tiempo, dijo Jesús a la gente:
«El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra, lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo.
El reino de los cielos se parece también a un comerciante de perlas finas, que al encontrar una de gran valor se va a vender todo lo que tiene y la compra.
El reino de los cielos se parece también a la red que echan en el mar y recoge toda clase de peces: cuando está llena, la arrastran a la orilla, se sientan y reúnen los buenos en cestos y los malos los tiran.
Lo mismo sucederá al final de los tiempos: saldrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los echarán al horno de fuego. Allí será el llanto y el rechinar de dientes.
¿Han entendido todo esto?».
Ellos le responden:
«Sí».
Él les dijo:
«Pues bien, un escriba que se ha hecho discípulo del reino de los cielos es como un padre de familia que va sacando de su tesoro lo nuevo y lo antiguo».

Palabra del Señor.


Mt 13, 44-46  (forma breve)

Vende todo lo que tiene y compra el campo

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a la gente:
«El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra, lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo.
El reino de los cielos se parece también a un comerciante de perlas finas, que al encontrar una de gran valor se va a vender todo lo que tiene y la compra».

Palabra del Señor.

 

1

Apostarlo todo por el Reino

 

Las lecturas de este domingo nos invitan a preguntarnos: ¿cuál es el verdadero tesoro de nuestra vida?

En la primera lectura, Dios le dice al joven Salomón: «Pídeme lo que quieras». Él podría haber pedido riquezas, larga vida o la derrota de sus enemigos; sin embargo, pidió un corazón atento, capaz de discernir el bien y gobernar con justicia. Salomón comprendió que la sabiduría vale más que el poder y el dinero. También nosotros necesitamos pedir al Señor un corazón sabio para reconocer qué merece realmente el primer lugar.

El salmista lo expresa con claridad: «Más estimo yo la ley de tu boca que miles de monedas de oro y plata». La Palabra de Dios es un tesoro porque ilumina nuestras decisiones, corrige nuestros caminos y nos enseña a vivir de acuerdo con su voluntad.

En el Evangelio, Jesús compara el Reino de los cielos con un tesoro escondido y con una perla de gran valor. Quienes los encuentran venden todo para adquirirlos. Lo hacen no con tristeza, sino con alegría, porque han descubierto algo incomparablemente mejor.

Así sucede con la fe. Cuando una persona encuentra verdaderamente a Cristo, empieza a reorganizar su vida. Cambian sus prioridades, sus relaciones y su manera de utilizar el tiempo y los bienes. No renuncia para comprar el amor de Dios, sino porque ya se ha descubierto amada y ha encontrado en Él una alegría mayor.

Por eso debemos preguntarnos: ¿cuál es el verdadero tesoro que ocupa el primer lugar en mi corazón? Podemos decir que creemos en Dios y, sin embargo, vivir pendientes únicamente del dinero, del reconocimiento, del poder o de la comodidad.

También conviene preguntarnos: ¿qué apegos, hábitos o actitudes necesito dejar para acoger plenamente el Reino? Tal vez sea un resentimiento, una ambición desordenada, una relación que nos aleja de Dios o una costumbre que nos quita la libertad. Encontrar el tesoro implica tomar decisiones.

San Pablo nos anima recordándonos que «a los que aman a Dios todo les sirve para el bien». Quien ha elegido a Cristo sabe que incluso las dificultades pueden convertirse, en las manos de Dios, en caminos de crecimiento y salvación.

Finalmente, preguntémonos: ¿qué decisión concreta tomaré para demostrar que Jesucristo es mi verdadero tesoro y mi mayor alegría? Puede ser dedicar más tiempo a la oración, reconciliarme con alguien, acercarme a la Eucaristía, acompañar a una persona mayor o compartir generosamente con quien lo necesita.

Hermanos, el Reino de Dios no es una carga que empobrece nuestra existencia. Es el tesoro que le devuelve su verdadero valor. Pidamos hoy la sabiduría de Salomón para reconocerlo, la libertad necesaria para elegirlo y la alegría de apostarlo todo por Jesucristo. Amén.

 

2

 

Homilía: ¿Cuál es nuestro verdadero tesoro?

Hace ya varios años, cuando era seminarista, propuse a un grupo juvenil de Medellín una pregunta sencilla: ¿qué es un tesoro?

Uno de los jóvenes respondió: «Es algo que vuelve rica a una persona». Otro añadió: «Es algo que se busca y que, cuando se encuentra, produce una gran alegría». Un tercero dijo: «Es algo muy precioso y valioso, generalmente escondido; quien logra encontrarlo se considera afortunado y feliz».

Todas aquellas respuestas tenían algo de verdad. Un tesoro es algo de extraordinario valor, capaz de despertar una búsqueda apasionada y de llenar de alegría a quien lo encuentra.

Muchos de nosotros conocimos primero los tesoros por las historias de aventuras. Recordemos La isla del tesoro, la célebre novela publicada por Robert Louis Stevenson en 1883. En ella aparecen mapas secretos, piratas, barcos, engaños, peligros y cofres llenos de monedas. Todos están dispuestos a arriesgar la vida por alcanzar aquella riqueza antes que los demás.

Sin embargo, las lecturas de este domingo nos hablan de otra clase de tesoro: uno que no se corrompe, que ningún ladrón puede arrebatarnos y que no pierde su valor con el paso del tiempo. Es el tesoro que da sentido a toda la vida: el Reino de Dios.

Un corazón capaz de discernir

En la primera lectura, Dios se aparece en sueños al joven rey Salomón y le dice:

«Pídeme lo que quieras».

¡Qué oportunidad! Salomón podía haber pedido una larga vida, abundantes riquezas, poder o la derrota de sus enemigos. Pero reconoce su pequeñez y pide algo mucho más importante:

«Concede a tu siervo un corazón dócil para gobernar a tu pueblo y discernir entre el bien y el mal».

Salomón comprende que el mayor tesoro no consiste en poseer muchas cosas, sino en tener un corazón sabio, capaz de escuchar a Dios, reconocer el bien y tomar decisiones justas.

También nosotros recibimos cada día muchas ofertas: dinero, prestigio, comodidad, éxito, reconocimiento y poder. Algunas pueden ser legítimas, pero ninguna garantiza por sí misma una vida plena. Podemos tener muchas cosas y, sin embargo, estar vacíos; podemos acumular bienes y haber perdido la paz, la familia, la fe o la capacidad de amar.

Por eso necesitamos pedir con Salomón: «Señor, dame un corazón que escuche y sepa elegir». La verdadera sabiduría consiste en descubrir qué merece ocupar el primer lugar.

La Palabra vale más que el oro

El salmo prolonga esta enseñanza:

«Más estimo yo la ley de tu boca que miles de monedas de oro y plata».

El salmista ha comprendido que la Palabra de Dios es más preciosa que cualquier riqueza porque orienta sus pasos, ilumina sus decisiones y lo sostiene en la dificultad. El dinero puede ayudarnos a resolver muchos problemas, pero no puede decirnos para qué vivimos, cómo debemos amar, a quién debemos perdonar ni cuál es el camino que conduce a la vida eterna.

La Palabra de Dios no nos empobrece ni limita nuestra libertad. Al contrario, nos libra de gastar la existencia persiguiendo falsos tesoros.

Una alegría que cambia las prioridades

En el Evangelio, Jesús compara el Reino de los cielos con un tesoro escondido en un campo. El hombre que lo encuentra vuelve a ocultarlo y, lleno de alegría, vende todo lo que tiene para comprar aquel campo. También lo compara con un comerciante que busca perlas finas y, al encontrar una de gran valor, vende cuanto posee para adquirirla.

En ambas parábolas hay una renuncia radical: los dos lo venden todo. Pero el sentimiento dominante no es la tristeza, sino la alegría. No se desprenden de sus bienes porque alguien los obligue, sino porque han descubierto algo incomparablemente mejor.

Aquí encontramos una clave muy importante para comprender la conversión cristiana: primero se descubre el tesoro y después viene la renuncia. No abandonamos ciertos hábitos, pecados o apegos para comprar el amor de Dios. Nos decidimos a cambiar porque hemos descubierto que Dios ya nos ama, que Cristo ha entregado su vida por nosotros y que su Reino es el bien más grande que podemos recibir.

La conversión no es pagar un precio para conseguir a Dios. Es reorganizar nuestra vida porque hemos descubierto que Dios es el verdadero tesoro.

Cuando una persona encuentra sinceramente a Cristo, comienza a revisar su propio “portafolio” de valores. Se pregunta: ¿qué ocupa mi tiempo?, ¿en qué gasto mis fuerzas?, ¿qué domina mis pensamientos?, ¿qué estoy defendiendo como si fuera imprescindible?, ¿qué lugar tienen Dios, la familia, los pobres y la comunidad en mis decisiones?

Entonces comprende que hay posesiones, resentimientos, costumbres, relaciones y proyectos que no se dejan transformar fácilmente. Desprendernos de ellos puede producir miedo y dolor. Sin embargo, la alegría del tesoro encontrado da fuerzas para realizar esas rupturas.

El Evangelio no nos propone una vida triste ni una cadena de privaciones. Nos invita a dejar lo pequeño para abrazar lo verdaderamente grande; a soltar aquello que esclaviza para recibir lo que libera; a renunciar a una felicidad superficial para alcanzar la vida plena que Dios ofrece.

Dios conduce nuestra historia

San Pablo nos recuerda en la segunda lectura:

«Sabemos que a los que aman a Dios todo les sirve para el bien».

Esto no significa que todo cuanto ocurre sea bueno. Existen el dolor, la enfermedad, la injusticia, el fracaso y la muerte. Pero significa que Dios puede actuar incluso en medio de esas realidades y conducir nuestra historia hacia su plenitud.

El tesoro del Reino no nos evita todas las dificultades. Quien encuentra el campo todavía debe vender, comprar, cavar y cuidar lo recibido. Pero sabe que su vida ya tiene una dirección. No camina al azar: ha sido llamado a reproducir en sí mismo la imagen de Cristo.

Por eso el cristiano puede vivir con esperanza. Dios toma incluso nuestras heridas, errores y luchas, y puede hacer que cooperen para nuestro crecimiento y nuestra salvación cuando nos abandonamos en sus manos.

La red y la elección definitiva

Finalmente, Jesús compara el Reino con una red que recoge peces de toda clase. Al llegar a la orilla, los pescadores separan los buenos de los que no sirven. Esta parábola nos recuerda que nuestras decisiones tienen consecuencias. Dios es paciente y misericordioso, pero nuestra vida se dirige hacia un encuentro definitivo con Él.

No basta con saber que el tesoro existe. Es necesario escogerlo. No basta con admirar la perla preciosa. Hay que reorganizar la vida para recibirla.

Hoy podríamos preguntarnos:

  • ¿Cuál es el tesoro por el que realmente estoy viviendo?
  • ¿Qué le pediría a Dios si me dijera: «Pídeme lo que quieras»?
  • ¿Qué actitud, apego o pecado necesito dejar para vivir con mayor libertad el Evangelio?
  • ¿He descubierto la fe como una obligación pesada o como un tesoro que llena de alegría?

Hermanos, el verdadero tesoro no es solamente una doctrina ni una recompensa futura. Nuestro tesoro es Jesucristo mismo, presente en su Palabra, en la Eucaristía, en la comunidad y en los hermanos que sufren. Encontrarlo significa descubrir que somos amados, perdonados y llamados a una vida nueva.

Pidamos hoy la sabiduría de Salomón, el amor del salmista por la Palabra y la decisión de los hombres de las parábolas. Que el Señor nos conceda un corazón capaz de reconocer el tesoro, la valentía para elegirlo y la alegría de entregar por Él toda nuestra vida.

Señor Jesús, tú eres nuestra perla preciosa y nuestro tesoro escondido. Enséñanos a buscarte, a reconocerte y a preferirte por encima de todo. Amén.

 

3

 

El tesoro que nuestros mayores nos ayudan a descubrir

 

En el Evangelio, Jesús nos presenta dos imágenes sencillas y profundas:

«El Reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en un campo»; y también «a un comerciante que busca perlas finas».

En la primera parábola, el hombre encuentra el tesoro de manera inesperada. Podemos imaginar que caminaba por aquel campo sin sospechar lo que se escondía bajo sus pies. De pronto lo descubre y comprende que ha encontrado algo de valor incalculable. Entonces, lleno de alegría, vende cuanto posee y compra aquel terreno.

En la segunda parábola sucede algo diferente. El comerciante sí estaba buscando. Conocía las perlas, sabía distinguirlas y había dedicado tiempo y esfuerzo a encontrar una verdaderamente preciosa. Finalmente descubre una cuyo valor supera al de todas las demás y vende cuanto tiene para adquirirla.

Uno encuentra sin estar buscando; el otro encuentra después de una búsqueda perseverante. Pero la reacción de ambos es la misma: lo dejan todo para alcanzar aquello que han descubierto. Y no lo hacen con amargura, sino con alegría, porque ante semejante tesoro todo lo demás les parece secundario.

Así puede suceder también en nuestra vida espiritual. Algunos encuentran a Dios de forma inesperada: durante una Eucaristía, en una experiencia de oración, a través de una obra de caridad, en el testimonio de alguien o incluso en medio de una enfermedad o un sufrimiento. No estaban buscando conscientemente aquel tesoro, pero la gracia de Dios salió a su encuentro y les permitió descubrir que nada puede compararse con su amor.

Otros se parecen al comerciante. Han pasado años buscando la verdad, la belleza y el bien. Han estudiado, preguntado, orado, luchado y esperado. Hasta que finalmente descubren la perla preciosa: Jesucristo. Entonces el Evangelio cobra sentido, la fe deja de ser una tradición superficial y se convierte en una relación viva con el Señor.

En ambos casos, el tesoro es el mismo: Cristo y su Reino. Él es la perla preciosa por la que vale la pena reorganizar toda la existencia.

La primera lectura nos ayuda a comprender qué necesitamos para reconocer ese tesoro. Dios le dice a Salomón: «Pídeme lo que quieras». El joven rey podía haber pedido una larga vida, riquezas, poder o la derrota de sus enemigos. Sin embargo, pidió un corazón dócil y comprensivo para gobernar al pueblo y discernir entre el bien y el mal.

Salomón comprendió que la sabiduría vale más que el oro. Por eso su petición agradó al Señor. También nosotros necesitamos un corazón sabio para no confundir lo urgente con lo importante, lo llamativo con lo verdadero y lo costoso con lo verdaderamente valioso.

El mundo nos ofrece muchos falsos tesoros: dinero, poder, comodidad, reconocimiento y placer sin límites. Incluso el pecado puede presentarse como algo deseable, aunque al final deje vacío el corazón. Por eso necesitamos pedir: «Señor, dame un corazón que escuche, que discierna y que sepa elegirte».

El salmista expresa esa misma convicción cuando proclama:

«Más estimo yo la ley de tu boca que miles de monedas de oro y plata».

Quien descubre el valor de la Palabra de Dios comprende que ella orienta sus pasos, fortalece su esperanza y le enseña a vivir. El dinero puede comprar muchas cosas, pero no puede comprar la paz interior, el perdón, una familia unida, una conciencia tranquila ni la vida eterna. La Palabra del Señor, en cambio, nos muestra el camino hacia esos bienes que no se deterioran.

San Pablo, en la segunda lectura, añade una certeza consoladora:

«Sabemos que a los que aman a Dios todo les sirve para el bien».

El Apóstol no afirma que todo cuanto nos sucede sea bueno. La enfermedad, la soledad, la injusticia y la muerte siguen siendo dolorosas. Lo que nos asegura es que Dios puede actuar en medio de todo ello y conducir nuestra historia hacia el bien y la salvación. Quien ha descubierto a Cristo como su tesoro puede atravesar las dificultades con esperanza, porque sabe que su vida está en manos de un Padre que no lo abandona.

Esta Palabra adquiere hoy un significado especial al celebrar la Jornada Mundial de los Abuelos y de los Mayores. Ellos son un verdadero tesoro para nuestras familias, para la Iglesia y para la sociedad. En sus rostros contemplamos una historia construida con trabajo, sacrificios, alegrías, pérdidas, fe y perseverancia.

Muchos de nosotros conocimos las primeras oraciones en labios de nuestros abuelos. Ellos nos enseñaron a hacer la señal de la cruz, a bendecir los alimentos, a rezar el rosario, a confiar en Dios durante las dificultades y a respetar a los demás. Tal vez no utilizaron grandes discursos, pero transmitieron la fe mediante su ejemplo, su paciencia y su manera de afrontar la vida.

Los abuelos y los mayores se parecen al escriba del que habla Jesús al final del Evangelio: aquel que sabe sacar de su tesoro «cosas nuevas y antiguas». Ellos conservan la memoria de la familia y de la comunidad, pero también pueden ayudarnos a afrontar el presente con sabiduría. Su experiencia no es un objeto viejo que deba guardarse en un rincón: es una riqueza que necesita ser escuchada, valorada y transmitida.

Sin embargo, también debemos reconocer con dolor que muchos mayores viven solos, enfermos o abandonados. Algunos sienten que ya no son útiles porque no pueden producir al mismo ritmo que antes. La lógica del Evangelio nos enseña algo diferente: el valor de una persona no depende de su productividad, de su juventud ni de su salud. Cada vida humana posee una dignidad sagrada y continúa siendo un don para los demás.

Celebrar esta jornada no puede limitarse a dedicarles unas palabras bonitas. Debe llevarnos a visitarlos, escucharlos, acompañarlos, atender sus necesidades y hacerlos partícipes de la vida familiar y comunitaria. Una llamada, una visita, un medicamento llevado a tiempo, una conversación sin prisa o una oración compartida pueden convertirse en signos concretos del Reino de Dios.

También hoy queremos decirles a nuestros abuelos y mayores: ustedes siguen teniendo una misión. La Iglesia necesita su oración, su testimonio y su sabiduría. Necesitamos que nos cuenten cómo Dios los sostuvo en los momentos difíciles; que oren por las nuevas generaciones y que nos ayuden a conservar la memoria agradecida de nuestra fe.

El Evangelio nos deja tres preguntas esenciales:

¿Cuál es el verdadero tesoro que ocupa el primer lugar en mi corazón y orienta mis decisiones?

¿Qué apegos, hábitos o actitudes necesito dejar para acoger más plenamente el Reino de Dios?

¿Qué decisión concreta tomaré para demostrar que Jesucristo es mi tesoro y mi mayor alegría?

Quizás una de esas decisiones pueda ser, precisamente, acercarnos a un abuelo o a una persona mayor que necesita compañía. En ellos también podemos descubrir la presencia de Cristo y un tesoro que muchas veces permanece escondido ante nuestros ojos.

Hermanos, no nos conformemos con haber oído hablar del tesoro. Busquémoslo. Si todavía no hemos descubierto personalmente la alegría de conocer, amar y servir a Dios, sigamos caminando: el Reino está cerca. Y si ya hemos encontrado a Cristo, permitamos que ese encuentro transforme nuestras prioridades, nuestros apegos, nuestras familias y nuestra forma de tratar a los demás.

Que el Señor nos conceda la sabiduría de Salomón para reconocer lo verdaderamente valioso; el amor del salmista por su Palabra; la confianza de san Pablo para creer que Dios puede conducir todo hacia el bien, y la alegría de los hombres del Evangelio, capaces de apostarlo todo por el Reino.

Y que santa Ana y san Joaquín, abuelos de Jesús, intercedan por nuestros abuelos y personas mayores, especialmente por quienes se encuentran enfermos, solos o abandonados.

Oración final

Señor Jesús, con frecuencia buscamos los tesoros pasajeros de este mundo y nos dejamos engañar por las falsas promesas del pecado. Abre nuestros ojos para que podamos reconocerte como la perla preciosa y descubrir el valor incomparable de tu Reino.

Concédenos la sabiduría y la valentía necesarias para entregarte cuanto nos impide recibir plenamente tu gracia. Bendice a nuestros abuelos y a todas las personas mayores; recompénsalos por el bien que han sembrado, consuélalos en sus sufrimientos y haz que nunca les falten nuestro cariño, nuestra gratitud y nuestra compañía.

Que tu Reino habite plenamente en nuestros corazones. Jesús, confiamos en ti. Amén.

28 de julio del 2026: martes de la decimoséptima semana del tiempo ordinario II

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