sábado, 4 de abril de 2026

5 de abril del 2026: DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURECCIÓN DEL SEÑOR, Solemnidad

 

Un nuevo impulso

¡Es Pascua! Y más que un punto de llegada, esta fiesta debería ser un nuevo comienzo en nuestra vida espiritual. No en vano la primera lectura de la Vigilia Pascual comienza así: «En el principio…». Recuerdo un año en que me impuse una disciplina exigente durante la Cuaresma, especialmente en lo referente al ayuno. Al llegar la Pascua, me comí de golpe la mitad de una torta de chocolate; fue un momento placentero, lo reconozco. Pero pronto me enfrenté a un problema: durante los primeros días del tiempo pascual, ya no sabía cómo disponerme interiormente, ahora que la ascesis había terminado. Incluso estaba un poco triste: tanto esfuerzo para un placer intenso, pero al final con muy poca alegría.

La verdad es que yo no había corrido hacia Dios a lo largo de la Cuaresma; más bien había intentado “rendir” para estar más disponible para Él cuando llegara la Pascua. Pero, al llegar al final de la carrera, ya no sabía cómo caminar humildemente con Cristo. Había confundido el fin con los medios. Había tomado el camino por la meta.

Que hayamos “logrado” o no nuestra Cuaresma este año tiene hoy poca importancia. Porque la Pascua marca el inicio de un nuevo impulso, siempre que nos dejemos alcanzar por la alegría de esta convicción de fe: la muerte ha sido vencida, no tendrá la última palabra. No es demasiado tarde; nunca es demasiado tarde para darle a Dios el lugar central en nuestra vida. Y nada es tan eficaz para lograrlo como dejarnos atravesar por la alegría de ser salvados por Aquel “que va delante de nosotros”.

¿Qué me impide dejarme atravesar por la alegría de la Pascua, si es que algo me lo impide?

¿Qué “nuevo comienzo” deseo emprender en mi vida espiritual?

Jonathan Guilbault, directeur éditorial de Prions en Église Canada

 


Primera lectura

Hch 10, 34a. 37-43
Hemos comido y bebido con él después de su resurrección de entre los muertos

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.

EN aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo:
«Ustedes conocen lo que sucedió en toda Judea, comenzando por Galilea, después del bautismo que predicó Juan. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él.
Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en la tierra de los judíos y en Jerusalén. A este lo mataron, colgándolo de un madero. Pero Dios lo resucitó al tercer día y le concedió la gracia de manifestarse, no a todo el pueblo, sino a los testigos designados por Dios: a nosotros, que hemos comido y bebido con él después de su resurrección de entre los muertos.
Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio de que Dios lo ha constituido juez de vivos y muertos. De él dan testimonio todos los profetas: que todos los que creen en él reciben, por su nombre, el perdón de los pecados».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 117, 1-2. 16-17. 22-23 (R.: 24)

R. Este es el día que hizo el Señor:
sea nuestra alegría y nuestro gozo.

O bien:

R. Aleluya.

V. Den gracias al Señor porque es bueno,
porque es eterna su misericordia.
Diga la casa de Israel:
eterna es su misericordia. 
R.

V. «La diestra del Señor es poderosa,
la diestra del Señor es excelsa».
No he de morir, viviré
para contar las hazañas del Señor. 
R.

V. La piedra que desecharon los arquitectos
es ahora la piedra angular.
Es el Señor quien lo ha hecho,
ha sido un milagro patente. 
R.

 

Segunda lectura

Col 3, 1-4 (Opción 1)

Busquen los bienes de allá arriba, donde está Cristo

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Colosenses.

HERMANOS:
Si han resucitado con Cristo, busquen los bienes de allá arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios; aspiren a los bienes de arriba, no a los de la tierra.
Porque han muerto; y su vida está con Cristo escondida en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida de ustedes, entonces también ustedes aparecerán gloriosos, juntamente con él.

Palabra de Dios.


1 Cor 5, 6b-8 (opción 2)

Barran la levadura vieja para ser una masa nueva

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios.

HERMANOS:
¿No saben que un poco de levadura fermenta toda la masa? Barran la levadura vieja para ser una masa nueva, ya que ustedes son panes ácimos. Porque ha sido inmolada nuestra víctima pascual: Cristo.
Así, pues, celebremos la Pascua, no con levadura vieja (levadura de corrupción y de maldad), sino con los panes ácimos de la sinceridad y la verdad.

Palabra de Dios.



Secuencia

Hoy es obligatorio decir la Secuencia. Los días dentro de la Octava es potestativo.

Ofrezcan los cristianos
ofrendas de alabanza
a gloria de la Víctima
propicia de la Pascua.

Cordero sin pecado
que a las ovejas salva,
a Dios y a los culpables
unió con nueva alianza.

Lucharon vida y muerte
en singular batalla,
y, muerto el que es la Vida,
triunfante se levanta.

«¿Qué has visto de camino,
María, en la mañana?»
«A mi Señor glorioso,
la tumba abandonada,

los ángeles testigos,
sudarios y mortaja.
¡Resucitó de veras
mi amor y mi esperanza!

Vengan a Galilea,
allí el Señor aguarda;
allí verán los suyos
la gloria de la Pascua».

Primicia de los muertos,
sabemos por tu gracia
que estás resucitado;
la muerte en ti no manda.

Rey vencedor, apiádate
de la miseria humana
y da a tus fieles parte
en tu victoria santa.

 

Aclamación

RAleluya, aleluya, aleluya.
V. Ha sido inmolada nuestra víctima pascual: Cristo.
Así, pues, celebremos la Pascua en el Señor.
 R.

 

Evangelio

Jn 20, 1-9

Él había de resucitar de entre los muertos

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

EL primer día de la semana, María la Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro.
Echó a correr y fue donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo:
«Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto».
Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; e, inclinándose, vio los lienzos tendidos; pero no entró.
Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio los lienzos tendidos y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no con los lienzos, sino enrollado en un sitio aparte.
Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó.
Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.

Palabra del Señor.

 

 

1

 

Queridos hermanos y hermanas:

¡Cristo ha resucitado! ¡Aleluya!
Y esta es la noticia que hoy sacude la historia, renueva la Iglesia y quiere transformar también nuestra vida. Pascua no es simplemente el final feliz de la Semana Santa. Pascua no es la clausura solemne de unos días intensos. Pascua es, en realidad, el comienzo de algo nuevo. Es el inicio de una humanidad renovada. Es el amanecer de una esperanza que no engaña. Es el día en que Dios ha dicho definitivamente que el pecado no tendrá la última palabra, que el mal no tendrá la última palabra, que la tumba no tendrá la última palabra.

A veces vivimos la Cuaresma como una meta de esfuerzo: ayunamos, oramos, hacemos sacrificios, tratamos de confesarnos, de mejorar, de corregir lo que está mal. Y todo eso está bien. Pero puede sucedernos que podemos terminar la Cuaresma pensando que todo consistía en “cumplir”, en “rendir”, en “hacer lo correcto”, y cuando llega Pascua no sabemos qué hacer con la libertad, con la alegría, con la gracia. Como si el camino espiritual hubiera sido una carrera de rendimiento y no una historia de amor con Dios.

Y entonces Pascua viene a decirnos algo esencial: no hemos sido salvados por nuestras marcas espirituales; hemos sido salvados por Cristo muerto y resucitado. No es nuestro esfuerzo el que vence a la muerte. No es nuestra disciplina la que abre el sepulcro. No es nuestra perfección la que inaugura la vida nueva. Es Jesús. Solo Jesús. Él, que fue crucificado, ha resucitado. Él, que cargó con nuestros pecados, vive para siempre. Él, que descendió hasta el abismo de nuestra fragilidad, nos abre ahora el camino de la vida.

En el evangelio de san Juan, María Magdalena va al sepulcro de madrugada, cuando todavía estaba oscuro. Qué detalle tan profundo. Todavía estaba oscuro. No solo afuera. También en el corazón. Oscuridad de la pérdida, oscuridad del dolor, oscuridad de la confusión. Cuántas veces nosotros también caminamos así: con el alma todavía a oscuras. Seguimos amando a Jesús, sí, pero con lágrimas. Seguimos buscándolo, sí, pero sin entender del todo. Seguimos siendo creyentes, pero con el corazón herido por las cruces de la vida.

María Magdalena ve la piedra removida y corre a avisar a Pedro y al discípulo amado. También ellos corren. Ese correr de los discípulos es muy hermoso: es el movimiento del corazón que comienza a despertar. La Pascua pone a correr a la Iglesia. La Pascua saca del inmovilismo. La Pascua rompe la resignación. La Pascua nos arranca de la tristeza estéril y nos impulsa a buscar, a anunciar, a creer.

Pero notemos algo: al principio no entienden del todo. Ven signos. Ven el sepulcro vacío. Ven los lienzos. Ven que algo ha sucedido. Y el evangelio concluye diciendo: “todavía no habían comprendido que, según la Escritura, él debía resucitar de entre los muertos”. Es decir, la fe pascual también es un camino. No todo se comprende de golpe. Se entra poco a poco en el misterio. Primero se corre, luego se observa, después se recuerda la Palabra, y finalmente se cree.

Eso nos consuela mucho. Porque también nosotros estamos aprendiendo a creer en la Resurrección no solo con la cabeza, sino con la vida. Decimos “Cristo resucitó”, pero a veces seguimos viviendo como si la piedra siguiera cerrando el sepulcro. Nos domina el miedo, el pesimismo, el rencor, la rutina, la desesperanza. Y hoy el Señor nos dice: “Mira bien: la piedra ya fue removida”. No sigas buscando entre los muertos al que vive. No sigas encerrado en lo que ya pasó. No sigas definiendo tu vida solo por tus heridas. Yo he resucitado. Y si yo he resucitado, también tu historia puede empezar de nuevo.

La primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles, nos presenta a Pedro anunciando con valentía el núcleo de la fe: Jesús pasó haciendo el bien, fue crucificado, pero Dios lo resucitó al tercer día, y nosotros somos testigos. Este es el kerigma, el anuncio fundamental de la Iglesia. La Iglesia existe para decirle al mundo esta verdad: Jesús vive. No anunciamos una idea bella. No defendemos solo una doctrina moral. No conservamos únicamente una memoria religiosa del pasado. Proclamamos un acontecimiento: el Crucificado vive. Y porque vive, se puede recomenzar. Y porque vive, hay perdón. Y porque vive, hay esperanza para el pecador, para el enfermo, para el anciano, para el joven confundido, para la familia herida, para el que llora a sus difuntos, para el que siente que ha fracasado.

El salmo nos hace cantar: “Este es el día que hizo el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo.” No dice: “este fue el día”; dice: este es el día. Pascua no es solo recuerdo, es presencia. Hoy el Resucitado sale a nuestro encuentro. Hoy quiere entrar en nuestras casas. Hoy quiere renovar nuestra oración. Hoy quiere resucitar lo que en nosotros estaba apagado.

San Pablo, en la carta a los Colosenses, nos da una orientación preciosa: “Busquen los bienes de arriba, donde está Cristo.” No significa desentendernos de la tierra, de los problemas concretos, de las responsabilidades humanas. Significa vivir esta tierra con el corazón orientado por Cristo. Quien celebra la Pascua no escapa del mundo, sino que aprende a habitarlo de otra manera: con esperanza, con limpieza interior, con libertad, con caridad, con sentido de eternidad.

Y si tomamos la otra opción, la primera carta a los Corintios, Pablo utiliza la imagen de la levadura: “Tiren la levadura vieja… celebremos la Pascua con los panes ázimos de la sinceridad y la verdad.” Qué actual es esta exhortación. Pascua no es una emoción pasajera. Pascua exige una vida nueva. No basta con cantar aleluya en el templo si seguimos alimentando viejos fermentos: la hipocresía, la doble vida, la amargura, la falta de reconciliación, la mediocridad espiritual. La Resurrección pide sinceridad y verdad. Pide que dejemos que Cristo limpie nuestro interior.

Si se proclama el evangelio de Mateo, como en la Vigilia Pascual, el ángel dice a las mujeres: “No tengan miedo.” Y luego Jesús mismo les sale al encuentro. Ahí está el corazón de la Pascua: primero Dios vence nuestro miedo, y después se hace encontradizo. El Resucitado no espera que nosotros lleguemos solos hasta Él; sale a buscarnos. Va delante de nosotros. Nos precede. Nos espera en Galilea, es decir, en la vida cotidiana, en el lugar de la llamada primera, en el sitio donde comenzó la amistad con Él.

Tal vez hoy cada uno debería preguntarse:

¿qué me impide dejarme atravesar por la alegría de la Pascua?
Puede ser una culpa no entregada.
Puede ser una herida mal cerrada.
Puede ser una imagen falsa de Dios.
Puede ser el cansancio del alma.
Puede ser la costumbre de vivir una fe sin asombro.
Puede ser también una Cuaresma mal entendida, vivida como carga y no como camino hacia el encuentro.

Pero el Señor hoy no viene a reprocharnos nada. Viene a abrir el sepulcro. Viene a despertarnos. Viene a decirnos: “No es tarde. Nunca es tarde. Empieza de nuevo conmigo.”

Y esa es la gran invitación de este Domingo de Pascua: tomar un nuevo impulso espiritual.
No simplemente felicitarse por haber llegado hasta aquí.
No simplemente decir: “ya pasó la Cuaresma”.
No simplemente volver a la normalidad.
No. Pascua nos pide comenzar de nuevo, pero ahora desde la alegría del Resucitado.

Tal vez ese nuevo comienzo, para uno, será volver a la confesión sincera.
Para otro, retomar la oración diaria.
Para otro, reconciliarse con alguien.
Para otro, dejar un pecado que lo tiene atado.
Para otro, volver a la Eucaristía dominical con un corazón nuevo.
Para otro, dejar de vivir la fe como obligación y empezar a vivirla como amistad con Cristo vivo.

Hermanos, la tumba vacía no es un detalle más del relato: es el signo de que Dios ha irrumpido donde parecía que todo estaba terminado. Y eso vale también para nosotros. Hay situaciones humanas que parecen cerradas como sepulcros: una enfermedad prolongada, una pena familiar, una depresión silenciosa, un duelo reciente, una vocación cansada, un matrimonio herido, una comunidad desanimada, un país golpeado por la violencia o por la corrupción. Pero la Pascua nos dice: Dios sabe abrir caminos donde solo veíamos piedras.

Por eso, hoy más que nunca, la Iglesia no grita una consigna vacía. La Iglesia proclama una certeza:
Cristo ha resucitado.
Y porque Cristo ha resucitado, la esperanza es razonable.
Y porque Cristo ha resucitado, amar vale la pena.
Y porque Cristo ha resucitado, la fidelidad tiene sentido.
Y porque Cristo ha resucitado, nuestros difuntos descansan en su misericordia.
Y porque Cristo ha resucitado, nosotros no caminamos hacia la nada, sino hacia la Vida.

Pidámosle al Señor en esta Pascua que no nos quedemos solo con la emoción de la fiesta, sino que entremos de verdad en el dinamismo de la Resurrección. Que no confundamos más el camino con la meta. Que no vivamos una religión de puro rendimiento. Que aprendamos a caminar humildemente con Cristo vivo. Que la alegría pascual atraviese nuestros miedos, sane nuestras tristezas, purifique nuestra fe y encienda en nosotros un nuevo impulso.

Que María, la Mujer fiel al pie de la cruz y la Madre creyente en la aurora de la Resurrección, nos enseñe a acoger este día santo con corazón disponible.

Y que hoy podamos decir con toda el alma, no solo con los labios:

Este es el día que hizo el Señor; sea nuestra alegría y nuestro gozo.
Cristo ha resucitado. Verdaderamente ha resucitado. Aleluya.

 

2

 

Queridos hermanos y hermanas:

¡Cristo ha resucitado! ¡Aleluya!

Hoy la Iglesia entera estalla de gozo. Después del silencio del sepulcro, después del dolor del Viernes Santo, después de la espera densa y creyente del Sábado Santo, hoy amanece la luz nueva de la Pascua. Hoy celebramos que la muerte no venció, que el pecado no triunfó, que la oscuridad no tuvo la última palabra. Jesús vive, y porque Él vive, también nuestra vida puede ser renovada.

El evangelio de san Juan nos sitúa en una escena profundamente humana y profundamente espiritual. María Magdalena va al sepulcro muy temprano, cuando todavía estaba oscuro. Ese detalle no es accidental. No solo estaba oscuro afuera; también estaba oscuro dentro del corazón de los discípulos. Había oscuridad de dolor, de duelo, de desconcierto, de preguntas sin respuesta. María amaba a Jesús, pero todavía no comprendía plenamente lo que Dios estaba realizando.

Y aquí hay una enseñanza muy hermosa para nosotros. María Magdalena ama de verdad. Su amor es sincero, generoso, fiel. Ella no abandona al Señor. Va a buscarlo. Va al sepulcro. Va movida por el amor. Pero al ver la piedra removida, interpreta lo ocurrido desde su dolor y desde su lógica humana: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto.” Ama mucho, sí; pero todavía no entiende.

¿Cuántas veces nos pasa también a nosotros?
Amamos al Señor, rezamos, buscamos hacer el bien, queremos ser fieles, pero no entendemos lo que Él está haciendo en nuestra vida. A veces vemos una piedra removida, un acontecimiento inesperado, una prueba, una ausencia, una ruptura, una cruz, y enseguida sacamos conclusiones precipitadas. Nos dejamos llevar por la emoción, por el miedo, por la tristeza, por la ansiedad. Y no alcanzamos a descubrir que, detrás de todo, Dios puede estar preparando una obra nueva.

María Magdalena representa entonces a tantos creyentes que aman sinceramente, pero cuya fe todavía necesita madurar. Y esto no ofende al Señor. Al contrario: el Resucitado sale al encuentro precisamente de quienes lo buscan, incluso con una fe todavía incompleta. Esa es la gran esperanza de la Pascua: Jesús no espera una fe perfecta para manifestarse; se revela a quienes lo buscan con corazón sincero.

María corre entonces a avisar a Pedro y al discípulo amado. Y también ellos corren hacia el sepulcro. La Pascua pone en movimiento. La Resurrección no deja a nadie quieto. El encuentro con el sepulcro vacío provoca búsqueda, despierta preguntas, sacude la rutina, obliga a mirar más hondo. Pedro entra, observa. El otro discípulo entra también, ve y cree. Pero el evangelista añade algo muy importante: “Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.”

Es decir, la fe pascual no nace de una emoción superficial, sino de un camino: ver, buscar, recordar la Palabra, dejar que Dios ilumine lo que parecía incomprensible. Poco a poco los discípulos entran en la inteligencia del misterio. Primero constatan la ausencia del cuerpo. Luego advierten el orden de los lienzos. Finalmente comienzan a abrirse a la verdad de la Resurrección.

También nosotros estamos llamados a ese camino. Porque una cosa es saber de memoria que Cristo resucitó, y otra muy distinta es dejar que esa verdad transforme nuestra manera de vivir. Muchos cristianos creen en la Resurrección con los labios, pero siguen viviendo como si todo terminara en el sepulcro. Siguen dominados por el miedo, por la desesperanza, por el rencor, por la tristeza sin salida, por la sensación de que nada cambia. Por eso la Pascua no es solo una conmemoración; es una llamada a entrar existencialmente en la vida nueva de Cristo.

La primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles, nos presenta a Pedro anunciando el núcleo de la fe cristiana: Jesús pasó haciendo el bien, fue crucificado, pero Dios lo resucitó al tercer día, y los apóstoles son testigos de ello. La Iglesia nace de este anuncio. Nosotros no estamos aquí simplemente para recordar a un personaje admirable del pasado. Estamos aquí para proclamar que Jesucristo vive. Y si Él vive, entonces la historia humana no está condenada al absurdo. Y si Él vive, entonces el pecado puede ser perdonado. Y si Él vive, entonces el sufrimiento no es estéril. Y si Él vive, entonces nuestros difuntos no están perdidos, sino confiados a la misericordia del Dios de la vida.

El salmo de hoy hace resonar el canto de la Iglesia: “Este es el día que hizo el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo.” No dice: “este fue el día”, como si se tratara solo de un recuerdo lejano. Dice: este es el día. Hoy actúa el Señor. Hoy resucita nuestra esperanza. Hoy la piedra puede ser removida de tantas tumbas interiores. Hoy puede renacer la fe apagada, la oración descuidada, la alegría perdida, la confianza herida.

San Pablo, en la carta a los Colosenses, nos dice: “Busquen los bienes de arriba, donde está Cristo.” No significa desentendernos de la tierra o de las responsabilidades de cada día. Significa vivir de otra manera. El que cree en Cristo resucitado no se arrastra espiritualmente; levanta la mirada. No se deja encerrar solo en lo inmediato; vive orientado hacia lo eterno. No reduce su existencia a comer, producir, sufrir y morir; descubre que su vida está escondida con Cristo en Dios.

Y si se proclama la otra segunda lectura, san Pablo usa la imagen de la levadura vieja: hay que limpiarla, hay que dejar atrás lo corrompido, para vivir la Pascua con el pan nuevo de la sinceridad y la verdad. La Resurrección no es una emoción bonita de un solo día. Es un llamado a una vida nueva. Pascua nos invita a dejar atrás la vieja levadura del pecado, de la doblez, de la mediocridad, del resentimiento, de la tibieza espiritual.

Volvamos a María Magdalena. Ella corre movida por el amor, pero todavía no entiende. Y esto nos enseña que el amor necesita ser purificado por la fe. A veces queremos mucho al Señor, pero mezclamos ese amor con nuestras confusiones, con nuestras expectativas, con nuestros miedos, con nuestra necesidad de controlar lo que ocurre. Entonces Jesús resucitado se nos acerca para educar nuestro corazón. Nos toma de la mano y nos lleva de una fe emotiva a una fe más profunda; de una búsqueda angustiada a una confianza serena; de un amor herido a un amor maduro.

Cuántas veces nosotros también miramos la realidad solo con ojos humanos. Vemos problemas en la familia y pensamos que todo está perdido. Vemos crisis en la Iglesia y creemos que ya no hay esperanza. Vemos enfermedad, pobreza, violencia, divisiones, y sentimos que el mal está ganando. Pero la Pascua nos obliga a mirar más allá. Lo que parecía derrota era, en realidad, el umbral de la victoria de Dios. Lo que parecía final era el comienzo. Lo que parecía ausencia era presencia nueva. Lo que parecía tumba cerrada era puerta abierta a la vida eterna.

Por eso, hermanos, hoy la pregunta no es solo si creemos que Jesús resucitó hace dos mil años. La pregunta es: ¿estamos dejando que la Resurrección entre hoy en nuestra vida?
¿Dejamos que Cristo resucitado ilumine nuestras noches?
¿Permitimos que quite las piedras de nuestro corazón?
¿Aceptamos que purifique nuestro amor y fortalezca nuestra fe?
¿Vivimos como hombres y mujeres pascuales, o seguimos instalados en el Viernes Santo de la tristeza y del miedo?

Hoy el Señor nos llama a pasar del sepulcro a la vida, de la oscuridad a la luz, de la confusión a la fe, del duelo a la esperanza. No se trata de negar el dolor. María Magdalena fue al sepulcro llorando. Los discípulos corrían todavía con el corazón turbado. La Pascua no borra mágicamente nuestras heridas. Pero sí les da un horizonte nuevo. Nos dice que el dolor no es el último capítulo. Nos dice que Dios puede escribir vida donde parecía haberse cerrado todo.

Tal vez alguno hoy llega a esta Pascua con mucha fe y mucha alegría. Bendito sea Dios. Pero tal vez otro llega cansado, confundido, con heridas recientes, con preguntas sin respuesta, con duelos todavía abiertos, con temores hondos. También para él es esta fiesta. Porque Cristo resucitado sale al encuentro de quienes lo buscan incluso entre lágrimas. Y a todos nos repite hoy: No tengas miedo. Estoy vivo. Camina conmigo.

Pidamos, entonces, en esta Eucaristía, la gracia de una fe más profunda. No una fe superficial ni solo emotiva, sino una fe que sepa leer los signos de Dios. Pidamos un amor semejante al de María Magdalena: un amor fervoroso, fiel, que corre hacia el Señor. Pero pidamos también que ese amor sea purificado, iluminado, madurado por la gracia, para que podamos reconocer de verdad al Resucitado.

Que esta Pascua no sea solo una celebración externa, sino un verdadero comienzo.
Que resucite nuestra esperanza.
Que resucite nuestra oración.
Que resucite nuestra confianza.
Que resucite nuestra caridad.
Que resucite nuestra alegría de ser discípulos.

Y que al salir de esta celebración podamos proclamar no solo con los labios, sino con la vida entera:

¡Cristo ha resucitado!
¡Verdaderamente ha resucitado! Aleluya.

 

viernes, 3 de abril de 2026

4 de abril del 2026: Vigilia Pascual

 

La fe pascual: anunciar al Resucitado

Decir que Jesús murió y luego resucitó, es decir, que está vivo, se apoya en el testimonio apostólico y en la fe, transmitida por los Evangelios y por la tradición, que afirman la realidad de la cruz vacía y la presencia real de Cristo. Transmitir este acontecimiento inaudito se funda en la experiencia espiritual, en los sacramentos —especialmente la Eucaristía— y en el testimonio de vida de los creyentes.


Describir lo inaudito

¿Cómo decir que Jesús estaba muerto y que ya no lo está? Más aún, ¿cómo hacer comprender esto a las generaciones que sucederán a los primeros testigos del acontecimiento? Probablemente esta fue una de las preguntas que se planteó cada uno de los evangelistas al escribir su relato de la Resurrección.

En Evangelio según san Mateo aparece ese gran estruendo que acompaña la venida del ángel y que no se encuentra en los otros evangelistas. El anuncio de la Resurrección está precedido por manifestaciones extraordinarias, hasta dejar a los guardias del sepulcro “como muertos”. Luego, cuando el ángel se dirige a María y a María Magdalena que han venido al sepulcro, se apresura a tranquilizarlas: «No teman», antes de comunicarles la increíble noticia de la Resurrección. «Temor y alegría» son los sentimientos mezclados que experimentan estas mujeres, nos dice el texto, y quizás sean esos mismos sentimientos los que Mateo intenta hacernos revivir en su narración: el estruendo, antes de la palabra apaciguadora del ángel y el anuncio deslumbrante de la Resurrección.

Al final del relato, Jesús se presenta a sus amigas, como un añadido, simplemente por el gozo del reencuentro. No tenía nada que demostrarles, pues ellas ya se habían dejado conquistar por la alegría: habían creído.

Quizás también nosotros podamos dejar descender a lo profundo de nuestro ser, siguiendo a estas mujeres, esa tensión entre el temor ante este acontecimiento inaudito y la alegría ante lo que Dios es capaz de realizar.

¿Qué sentimientos suscita en mí la Resurrección de Jesús?


Si yo tuviera que narrar hoy esta Resurrección a mis contemporáneos, ¿qué quisiera transmitirles?

 Marie Leduc-Larivé, théologienne


Primera lectura

LECTURAS ANTIGUO TESTAMENTO.

Primera Lectura.

Gn 1,1. 26-31a (forma breve)

Vio Dios todo lo que había hecho, y era muy bueno

Lectura del libro del Génesis

AL principio creó Dios el cielo y la tierra.
Dijo Dios:
«Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza; que domine los peces del mar, las aves del cielo, los ganados y los reptiles de la tierra».
Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó, varón y mujer los creó.
Dios los bendijo; y les dijo Dios:
«Sean fecundos y multiplíquense, llenen la tierra y sométanla; dominen los peces del mar, las aves del cielo y todos los animales que se mueven sobre la tierra».
Y dijo Dios:
«Miren, les entrego todas las hierbas que engendran semilla sobre la superficie de la tierra y todos los árboles frutales que engendran semilla: les servirán de alimento.
Y la hierba verde servirá de alimento a todas las fieras de la tierra, a todas las aves del cielo, a todos los reptiles de la tierra y a todo ser que respira»,
Y así fue.
Vio Dios todo lo que había hecho, y era muy bueno.

Palabra de Dios



Segunda Lectura .
Gn 22, 1-2.9a.10-13.15-18 (forma breve)

El sacrificio de nuestro Patriarca Abrahán

Lectura del libro del Génesis

EN aquellos días, Dios puso a prueba a Abrahán. Le dijo:
«¡Abrahán!»
El respondió:
«Aquí estoy»
Dios dijo:
«Toma a tu hijo único, al que amas, a Isaac, y vete a la tierra de Moria y ofrécemelo allí en holocausto en uno de los montes que yo te indicaré»
Cuando llegaron al sitio que le había dicho Dios, Abrahán levantó allí el altar y apiló la leña. Entonces Abrahán alargó la mano y tomó el cuchillo para degollar a su hijo.
Pero el ángel del Señor le gritó desde el cielo:
«¡Abrahán, Abrahán!».
Él contestó:
«Aquí estoy»
El ángel le ordenó:
«No alargues la mano contra el muchacho ni le hagas nada. Ahora he comprobado que temes a Dios, porque no te has reservado a tu hijo, a tu único hijo»
Abrahán levantó los ojos y vio un carnero enredado por los cuernos en la maleza. Se acercó, tomó el carnero y lo ofreció en holocausto en lugar de su hijo.
El ángel del Señor llamó a Abrahán por segunda vez desde el cielo y le dijo:
«Juro por mí mismo, oráculo del Señor: por haber hecho esto, por no haberte reservado tu hijo, tu hijo único, te colmaré de bendiciones y multiplicaré a tus descendientes como las estrellas del cielo y como la arena de la playa. Tus descendientes conquistarán las puertas de sus enemigos. Todas las naciones de la tierra se bendecirán con tu descendencia, porque has escuchado mi voz».

Palabra de Dios



Tercera lectura.
Éx 14,15 - 15,1 (nunca se puede omitir)

Los hijos de Israel entraron en medio del mar, en lo seco

Lectura del libro del Éxodo

EN aquellos días, el Señor dijo a Moisés
«¿Por qué sigues clamando a mí? Di a los hijos de Israel que se pongan en marcha. Y tú, alza tu cayado, extiende tu mano sobre el mar y divídelo, para que los hijos de Israel pasen por medio del mar, por lo seco. Yo haré que los egipcios se obstinen y entren detrás de ustedes, y me cubriré de gloria a costa del faraón y de todo su ejército, de sus carros y de sus jinetes. Así sabrán los egipcios que yo soy el Señor
cuando me haya cubierto de gloria a costa del faraón, de sus carros y de sus jinetes»,
Se puso en marcha el ángel del Señor, que iba al frente del ejército de Israel, y pasó a retaguardia. También la columna de nube, que iba delante de ellos, se desplazó y se colocó detrás, poniéndose entre el campamento de los egipcios y el campamento de Israel. La nube era tenebrosa y transcurrió toda la noche sin que los ejércitos pudieran aproximarse el uno al otro. Moisés extendió su mano sobre el mar y el Señor hizo retirarse el mar con un fuerte viento del este que sopló toda la noche; el mar se secó y se dividieron las aguas. Los hijos de Israel entraron en medio del mar, en lo seco, y las aguas les hacían de muralla a derecha e izquierda. Los egipcios los persiguieron
y entraron tras ellos, en medio del mar: todos los caballos del faraón, sus carros y sus jinetes.
Era ya la vigilia matutina cuando el Señor miró desde la columna de fuego y humo hacia el ejército de los egipcios y sembró el pánico en el ejército egipcio. Trabó las ruedas de sus carros, haciéndolos avanzar pesadamente.
Los egipcios dijeron:
«Huyamos ante Israel, porque el Señor lucha por él contra Egipto».
Luego dijo el Señor a Moisés:
«Extiende tu mano sobre el mar, y vuelvan las aguas sobre los egipcios, sus carros y sus jinetes»
Moisés extendió su mano sobre el mar, y al despuntar el día el mar recobró su estado natural, de modo que los egipcios, en su huida, toparon con las aguas. Así precipitó el Señor a los egipcios en medio del mar.
Las aguas volvieron y cubrieron los carros, los jinetes y todo el ejército del faraón, que había entrado en el mar Ni uno solo se salvó.
Mas los hijos de Israel pasaron en seco por medio del mar, mientras las aguas hacían de muralla a derecha e izquierda.
Aquel día salvó el Señor a Israel del poder de Egipto, e Israel vio a los egipcios muertos, en la orilla del mar. Vio, pues, Israel la mano potente que el Señor había desplegado contra los egipcios, y temió el pueblo al Señor, y creyó en el Señor y en Moisés, su siervo.
Entonces Moisés y los hijos de Israel entonaron este canto al Señor.

NO SE DICE Palabra de Dios.



Cuarta lectura.
Is 54,5-14

Con amor eterno te quiere el Señor, tu libertador

Lectura del libro de Isaías.

QUIEN te desposa es tu Hacedor:
su nombre es Señor todopoderoso.
Tu libertador es el Santo de Israel:
se llama «Dios de toda la tierra».
Como a mujer abandonada y abatida
te llama el Señor;
como a esposa de juventud, repudiada
-dice tu Dios-
Por un instante te abandoné,
pero con gran cariño te reuniré.
En un arrebato de ira,
por un instante te escondí mi rostro,
pero con amor eterno te quiero
-dice el Señor, tu libertador-
Me sucede como en los días de Noé:
juré que las aguas de Noé
no volverían a cubrir la tierra;
así juro no irritarme contra ti
ni amenazarte.
Aunque los montes cambiasen
y vacilaran las colinas,
no cambiaría mi amor
ni vacilaría mi alianza de paz
- dice el Señor que te quiere-.
¡Ciudad afligida, azotada por el viento,
a quien nadie consuela!
Mira, yo mismo asiento tus piedras sobre azabaches,
tus cimientos sobre zafiros
haré tus almenas de rubí,
tus puertas de esmeralda,
y de piedras preciosas tus bastiones.
Tus hijos serán discípulos del Señor,
gozarán de gran prosperidad tus constructores.
Tendrás tu fundamento en la justicia:
lejos de la opresión, no tendrás que temer;
lejos del terror, que no se acercará.

Palabra de Dios.



Quinta lectura.
Is 55,1-11

Vengan a mi y vivirán. Sellaré con ustedes una alianza perpetua

Lectura del libro de Isaías

ESTO dice el Señor:
«Sedientos todos, acudan por agua;
vengan, también los que no tienen dinero:
compren trigo y coman, vengan y compren,
sin dinero y de balde, vino y leche.
¿Por qué gastar dinero en lo que no alimenta
y el salario en lo que no da hartura?
Escúchenme atentos y comerán bien,
saborearán platos sustanciosos.
Inclinen su oído, vengan a mí:
escúchenme y vivirán.
Sellaré con ustedes una alianza perpetua,
las misericordias firmes hechas a David:
lo hice mi testigo para los pueblos,
guía y soberano de naciones.
Tú llamarás a un pueblo desconocido
un pueblo que no te conocía correrá hacia ti;
porque el Señor tu Dios,
el Santo de Israel te glorifica.
Busquen al Señor mientras se deja encontrar,
invóquenlo mientras está cerca.
Que el malvado abandone su camino,
y el malhechor sus planes;
que se convierta al Señor, y él tendrá piedad,
a nuestro Dios, que es rico en perdón.
Porque mis planes no son sus planes,
los caminos de ustedes no son mis caminos
-oráculo del Señor-.
Cuanto dista el cielo de la tierra,
así distan mis caminos de los de ustedes,
y mis planes de sus planes.
Como bajan la lluvia y la nieve desde el cielo,
y no vuelven allá sino después de empapar la tierra,
de fecundarla y hacerla germinar,
para que dé semilla al sembrador
y pan al que come,
así será mi palabra que sale de mi boca:
no volverá a mí vacía,
sino que cumplirá mi deseo
y llevará a cabo mi encargo».

Palabra de Dios



Sexta lectura.
Ba 3,9-15.32 - 4,4

Camina al resplandor de su luz

Lectura del libro de Baruc.

ESCUCHA, Israel, mandatos de vida;
presta oído y aprende prudencia
¿Cuál es la razón, Israel,
de que sigas en país enemigo
envejeciendo en tierra extranjera;
de que te crean un ser contaminado,
un muerto habitante del Abismo?
¡Abandonaste la fuente de la sabiduría!
Si hubieras seguido el camino de Dios,
habitarías en paz para siempre.
Aprende dónde está la prudencia,
dónde el valor y la inteligencia,
dónde una larga vida,
la luz de los ojos y la paz.
¿Quién encontró su lugar
o tuvo acceso a sus tesoros?
El que todo lo sabe la conoce
la ha examinado y la penetra;
el que creó la tierra para siempre
y la llenó de animales cuadrúpedos
el que envía la luz y le obedece,
la llama y acude temblorosa;
a los astros que velan gozosos
arriba en sus puestos de guardia,
los llama, y responden: «Presentes»
y brillan gozosos para su Creador.
Este es nuestro Dios
y no hay quien se le pueda comparar;
rastreó el camino de la inteligencia
y se lo enseñó a su hijo, Jacob,
se lo mostró a su amado, Israel.
Después apareció en el mundo
y vivió en medio de los hombres
Es el libro de los mandatos de Dios
la ley de validez eterna:
los que la guarden vivirán;
los que la abandonen morirán.
Vuélvete, Jacob, a recibirla,
camina al resplandor de su luz;
no entregues a otros tu gloria
ni tu dignidad a un pueblo extranjero.
¡Dichosos nosotros, Israel,
que conocemos lo que agrada al Señor!

Palabra de Dios.



Séptima lectura.
Ez 36,16-17a.18-28

Derramaré sobre ustedes un agua pura. y les daré un corazón nuevo

Lectura de la profecía de Ezequiel.

ME vino esta palabra del Señor
«Hijo de hombre, la casa de Israel profanó
con su conducta y sus acciones
la tierra en que habitaba.
Me enfurecí contra ellos,
por la sangre que habían derramado en el país,
y por haberlo profanado con sus ídolos.
Los dispersé por las naciones,
y anduvieron dispersos por diversos países.
Los he juzgado según su conducta y sus acciones
Al llegar a las diversas naciones,
profanaron mi santo nombre,
ya que de ellos se decía:
´´Estos son el pueblo del Señor
y han debido abandonar su tierra´´.
Así que tuve que defender mi santo nombre,
profanado por la casa de Israel
entre las naciones adonde había ido.
Por eso, di a la casa de Israel:
´´Esto dice el Señor Dios:
No hago esto por ustedes, casa de Israel,
sino por mi santo nombre, profanado por ustedes
en las naciones a las que fueron.
Manifestaré la santidad de mi gran nombre,
profanado entre los gentiles,
porque ustedes lo han profanado en medio de ellos.
Reconocerán las naciones que yo soy el Señor
-oráculo del Señor Dios-,
cuando por medio de ustedes les haga ver mi santidad.
Los recogeré de entre las naciones,
los reuniré de todos los países
y los llevaré a su tierra.
Derramaré sobre ustedes un agua pura
que los purificará:
de todas sus inmundicias e idolatrías
los he de purificar
y les daré un corazón nuevo,
y les infundiré un espíritu nuevo;
arrancaré de su carne el corazón de piedra,
y les daré un corazón de carne.
Les infundiré mi espíritu,
y haré que caminen según mis preceptos, y que guarden y cumplan mis mandatos. Y habitarán en la tierra que di a sus padres. Ustedes serán mi pueblo, y yo seré su Dios´´».

Palabra de Dios.



LECTURA NUEVO TESTAMENTO.

Epístola.
Rm 6,3-11 .

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos.

HERMANOS:
Cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús fuimos bautizados en su muerte.
Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que, lo mismo que Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva.
Pues si hemos sido incorporados a él en una muerte como la suya, lo seremos también en una resurrección como la suya; sabiendo que nuestro hombre viejo fue crucificado con Cristo, para que fuera destruido el cuerpo de pecado, y, de este modo, nosotros dejáramos de servir al pecado
porque quien muere ha quedado libre del pecado.

Si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él; pues sabemos que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre él. Porque quien ha muerto, ha muerto al pecado de una vez para siempre; y quien vive, vive para Dios
Lo mismo ustedes, considérense muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Salmo responsorial a la primera lectura.
Sal 104(103), 1-2a.5-6.10 y 12.13-14ab.24 y 35c (R. cf. 30)

R. Envía tu espíritu, Señor
y repuebla la faz de la tierra.


V. Bendice, alma mía, al Señor:
¡Dios mío, qué grande eres!
Te vistes de belleza y majestad,
la luz te envuelve como un manto. 
R.

V. Asentaste la tierra sobre sus cimientos,
y no vacilará jamás;
la cubriste con el manto del océano,
y las aguas se posaron sobre las montañas. 
R.

V. De los manantiales sacas los ríos,
para que fluyan entre los montes;
junto a ellos habitan las aves del cielo,
y entre las frondas se oye su canto. 
R.

V. Desde tu morada riegas los montes,
y la tierra se sacia de tu acción fecunda;
haces brotar hierba para los ganados,
y forraje para los que sirven al hombre.
Él saca pan de los campos. 
R.

V. Cuántas son tus obras, Señor,
y todas las hiciste con sabiduría;
la tierra está llena de tus criaturas.
¡Bendice, alma mía, al Señor! 
R.

Salmo responsorial a la segunda lectura.
Sal 16(15), 5+8.9-10.11 (R. 1)

R. Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti.

V. El Señor es el lote de mi heredad y mi copa,
mi suerte está en tu mano.
Tengo siempre presente al Señor,
con él a mi derecha no vacilaré. 
R.

V.  Por eso se me alegra el corazón,
se gozan mis entrañas,
y mi carne descansa esperanzada.
Porque no me abandonarás en la región de los muertos ni dejarás a tu fiel ver la corrupción. R.

V. Me enseñarás el sendero de la vida,
me saciarás de gozo en tu presencia,
de alegría perpetua a tu derecha. 
R.

Salmo responsorial a la tercera lectura.
Sal Éx 15,1-2ab.2cd.3-4. 5-6.17-18 (R. 1a)

R. Cantaré al Señor, gloriosa es su victoria.

V. Cantaré al Señor, gloriosa es su victoria,
caballos y carros ha arrojado en el mar.
Mi fuerza y mi poder es el Señor,
Él fue mi salvación.
Él es mi Dios: yo lo alabaré;
el Dios de mis padres: yo lo ensalzaré. 
R.

V. El Señor es un guerrero,
su nombre es ´´El Señor´´.
Los carros del faraón los lanzó al mar,
ahogó en el mar Rojo a sus mejores capitanes. 
R.

V. Las olas los cubrieron,
bajaron hasta el fondo como piedras.
Tu diestra, Señor, es magnífica en poder,
tu diestra, Señor, tritura al enemigo. 
R.

V. Lo introduces y lo plantas en el monte de tu heredad,
lugar del que hiciste tu trono, Señor;
santuario, Señor, que fundaron tus manos.
El Señor reina por siempre jamás. 
R.

Salmo responsorial a la cuarta lectura .
Sal 30(29),3-4.5-6.12ac-13 (R. 2a)

R. Te ensalzaré, Señor, porque me has librado.

V. Te ensalzaré, Señor, porque me has librado
y no has dejado que mis enemigos se rían de mí.
Señor, sacaste mi vida del abismo,
me hiciste revivir cuando bajaba a la fosa. 
R.

V. Tañan para el Señor, fieles suyos,
celebren el recuerdo de su nombre santo;
su cólera dura un instante;
su bondad, de por vida;
al atardecer nos visita el llanto;
por la mañana, el júbilo. 
R.

V.  Escucha, Señor, y ten piedad de mí;
Señor, socórreme.
Cambiaste mi luto en danzas.
Señor, Dios mío, te daré gracias por siempre. 
R.

Salmo responsorial a la quinta lectura.
Sal Is 12,2-3.4bcd.5-6 (R. 3)

R. Sacarán aguas con gozo de las fuentes de la salvación.

V. «Él es mi Dios y Salvador:
confiaré y no temeré,
porque mi fuerza y mi poder es el Señor,
él fue mi salvación»,
Y sacarán aguas con gozo
de las fuentes de la salvación. 
R.

V. «Den gracias al Señor,
invoquen su nombre,
cuenten a los pueblos sus hazañas,
proclamen que su nombre es excelso». 
R.

V. Tañan para el Señor, que hizo proezas
anúncienlas a toda la tierra;
griten jubilosos, habitantes de Sion
porque es grande en medio de ti el Santo de Israel. 
R.

Salmo responsorial a la sexta lectura.
Sal 19(18),8. 9.10.11 (R. Jn 6,68c)

R. Señor, tú tienes palabras de vida eterna.

V. La ley del Señor es perfecta
y es descanso del alma;
el precepto del Señor es fiel
e instruye a los ignorantes. 
R.

V. Los mandatos del Señor son rectos
y alegran el corazón;
la norma del Señor es límpida
y da luz a los ojos. 
R.

V. El temor del Señor es puro
y eternamente estable
los mandamientos del Señor son verdaderos
y enteramente justos. 
R.

V. Más preciosos que el oro,
más que el oro fino;
más dulces que la miel
de un panal que destila. 
R.

Salmo responsorial a la séptima lectura.
Sal 42(41),3. 5bcd; 43(42),3.4

R. Como busca la cierva corrientes de agua,
así mi alma te busca a ti, Dios mío.


V. Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo:
¿cuándo entraré a ver el rostro de Dios? 
R.

V. Cómo entraba en el recinto santo,
cómo avanzaba hacia la casa de Dios
entre cantos de júbilo y alabanza,
en el bullicio de la fiesta.
 R.

V. Envía tu luz y tu verdad:
que ellas me guíen
y me conduzcan hasta tu monte santo,
hasta tu morada. 
R.

V. Me acercaré al altar de Dios,
al Dios de mi alegría,
y te daré gracias al son de la cítara,
Dios, Dios mío. 
R.

Salmo responsorial a la séptima lectura
(cuando se celebra el Bautismo, opción 1)
.
Is 12, 2-3. 4bcde. 5-6 (R:3)

R. Sacarán aguas con gozo de las fuentes de la salvación.

V. «El es mi Dios y Salvador:
confiaré y no temeré,
porque mi fuerza y mi poder es el Señor
él fue mi salvación»
Y sacarán aguas con gozo
de las fuentes de la salvación.
 R.

V. «Den gracias al Señor,
invoquen su nombre,
cuenten a los pueblos sus hazañas,
proclamen que su nombre es excelso». 
R.

V. Tañan para el Señor, que hizo proezas,
anúncienlas a toda la tierra;
griten jubilosos, habitantes de Sion,
porque es grande en medio de ti el Santo de Israel.
 R.

Salmo responsorial a la epístola.
Sal 118 (117),1-2.15c+16a+17.22-23

R. Aleluya, aleluya, aleluya.

V. Den gracias al Señor porque es bueno,
porque es eterna su misericordia.
Diga la casa de Israel:
eterna es su misericordia.
 R.

V. «La diestra del Señor es poderosa,
la diestra del Señor es excelsa»,
No he de morir, viviré
para contar las hazañas del Señor. 
R.

V. La piedra que desecharon los arquitectos
es ahora la piedra angular.
Es el Señor quien lo ha hecho,
ha sido un milagro patente. 
R.

 

Evangelio

Mt 28, 1-10

Ha resucitado y va por delante de ustedes a Galilea

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

PASADO el sábado, al alborear el primer día de la semana, fueron María la Magdalena y la otra María a ver el sepulcro. Y de pronto tembló fuertemente la tierra, pues un ángel del Señor, bajando del cielo y acercándose, corrió la piedra y se sentó encima. Su aspecto era de relámpago y su vestido blanco como la nieve; los centinelas temblaron de miedo y quedaron como muertos. El ángel habló a las mujeres:
«Ustedes no teman, ya sé que buscan a Jesús el crucificado. No está aquí: ¡ha resucitado!, como había dicho. Vengan a ver el sitio donde yacía y vayan aprisa a decir a sus discípulos: “Ha resucitado de entre los muertos y va por delante de ustedes a Galilea. Allí lo verán”. Miren, se lo he anunciado».
Ellas se marcharon a toda prisa del sepulcro; llenas de miedo y de alegría corrieron a anunciarlo a los discípulos.
De pronto, Jesús les salió al encuentro y les dijo:
«Alégrense».
Ellas se acercaron, le abrazaron los pies y se postraron ante él.
Jesús les dijo:
«No teman: vayan a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán».

Palabra del Señor.

 

 ******************


Queridos hermanos y hermanas:

Esta es la noche más santa de todas las noches. La Iglesia entera se reúne en torno al fuego nuevo, al cirio pascual, a la Palabra proclamada con solemnidad, al canto jubiloso del Gloria, al anuncio de la Resurrección y, si es posible, a los sacramentos que renuevan y fecundan la vida cristiana. Esta noche no es una noche más: es la Madre de todas las Vigilias, porque en ella celebramos que Cristo, muerto por nosotros, ha vencido para siempre el pecado, el mal y la muerte.

Venimos de un largo recorrido de escucha. Las primeras siete lecturas del Antiguo Testamento, tomadas en su conjunto, no son una simple acumulación de textos hermosos. Son el gran relato del amor fiel de Dios. Son como un río inmenso que desemboca en Cristo resucitado. Lo que hemos escuchado esta noche nos dice una verdad fundamental: Dios nunca ha abandonado a su pueblo, y todo lo que ha ido realizando en la historia preparaba esta victoria definitiva de la Pascua.

La primera lectura, la creación, nos recuerda que desde el comienzo Dios quiso la vida, la luz, la belleza, el orden, la armonía. El mundo no nació del absurdo ni del caos definitivo, sino del amor creador de Dios. Y si esta noche celebramos la Resurrección, es porque el Dios que creó la vida al principio es el mismo que ahora, en Cristo, realiza una nueva creación. La Pascua no es un remiendo sobre un mundo roto; es el comienzo de un mundo nuevo. En Cristo resucitado, Dios rehace la humanidad.

La lectura del sacrificio de Isaac nos introduce en el drama de la fe. Abraham confía cuando humanamente todo parece oscuro. Y ahí aparece una figura que prepara el misterio pascual: el hijo amado ofrecido. Pero, a diferencia de Isaac, Jesús sí llevará hasta el extremo la entrega. El Padre no ahorrará a su propio Hijo, sino que lo entregará por amor a nosotros. Lo que en Abraham era figura y obediencia, en Cristo se vuelve plenitud y salvación. En la Pascua comprendemos que Dios no juega con el dolor humano: lo asume, lo atraviesa y lo redime.

La lectura del paso del Mar Rojo es quizá la gran imagen de esta noche. Israel, perseguido, sin salida, con el enemigo detrás y el mar delante, experimenta que cuando todo parece perdido, Dios abre un camino. Y ese camino pasa por las aguas. La Iglesia siempre ha visto allí la figura del Bautismo: el pueblo antiguo pasa de la esclavitud a la libertad; el pueblo nuevo pasa del pecado a la gracia, de la muerte a la vida. La Resurrección de Cristo no es una idea piadosa; es un verdadero éxodo. Jesús nos saca de nuestras esclavitudes, de nuestros miedos, de nuestras culpas, de nuestras tumbas interiores.

Las lecturas de los profetas nos han mostrado después el corazón de Dios. Hemos escuchado cómo el Señor ama con amor eterno, cómo convoca de nuevo a su pueblo disperso, cómo ofrece una alianza de paz, cómo invita gratuitamente al agua viva, cómo su Palabra es eficaz, cómo la sabiduría divina orienta el camino del hombre y cómo promete un corazón nuevo. Todo eso encuentra hoy su cumplimiento. Lo que los profetas anunciaron en esperanza, esta noche se realiza en Cristo.

Podríamos decir que toda la primera parte de la Vigilia nos ha repetido, de distintos modos, una misma certeza: Dios es fiel. Fiel cuando crea. Fiel cuando llama. Fiel cuando libera. Fiel cuando el pueblo se extravía. Fiel cuando corrige. Fiel cuando promete. Fiel incluso cuando el hombre traiciona. Y esa fidelidad alcanza su cumbre cuando Cristo, muerto en la cruz, resucita glorioso del sepulcro. La Pascua es la victoria de la fidelidad de Dios sobre todas nuestras infidelidades.

Luego, al llegar a la epístola, san Pablo nos ha dicho algo decisivo: por el Bautismo hemos sido incorporados a la muerte de Cristo para caminar en una vida nueva. No celebramos solamente algo que le sucedió a Jesús hace siglos. Celebramos algo que nos involucra personalmente. La Pascua no es solo memoria; es acontecimiento presente. Si Cristo ha resucitado, entonces nuestra vida puede cambiar. Si Cristo ha resucitado, entonces el pecado no tiene la última palabra. Si Cristo ha resucitado, entonces también nosotros estamos llamados a resucitar: resucitar del odio a la reconciliación, de la tibieza al fervor, de la desesperanza a la confianza, de la mediocridad a la santidad.

El salmo responsorial y todo el clima litúrgico de esta noche nos hacen pasar del lamento al júbilo, del silencio al canto, de las tinieblas a la luz. Y finalmente llegamos al Evangelio. Las mujeres van al sepulcro. Van con amor, con dolor, con desconcierto. Van buscando un cadáver, y se encuentran con el anuncio más grande de la historia: no está aquí; ha resucitado. El cristianismo se sostiene sobre esta noticia inaudita. Como decía el comentario que hemos traducido, afirmar que Jesús murió y resucitó se apoya en el testimonio apostólico y en la fe transmitida por los Evangelios y la tradición. No seguimos una leyenda hermosa ni un símbolo vacío. Seguimos a Cristo vivo.

Sin embargo, conviene detenernos un poco aquí. Nadie vio el instante exacto de la Resurrección. Lo que la Iglesia recibió fue el testimonio de quienes encontraron el sepulcro vacío, de quienes escucharon el anuncio, de quienes se encontraron con el Resucitado y fueron transformados por Él. Por eso la Pascua pide fe. No una fe ingenua, sino una fe fundada en el testimonio. La Iglesia cree porque los apóstoles vieron, escucharon, tocaron, comieron con el Resucitado; y porque esa experiencia fue transmitida fielmente en la comunidad creyente.

Pero la Pascua no se transmite solamente con palabras. También aquí el comentario que se nos ha dado es muy iluminador: este acontecimiento inaudito se comunica por la experiencia espiritual, por los sacramentos —especialmente la Eucaristía— y por el testimonio de vida de los creyentes. Es decir, Cristo resucitado sigue haciéndose presente en su Iglesia. Lo encontramos en la Palabra proclamada, en el Bautismo que nos regenera, en la Eucaristía que nos alimenta, en la comunidad reunida, en la caridad vivida, en la esperanza que no se deja derrotar.

Hermanos, una de las preguntas más importantes de esta noche es esta: ¿dónde se ve hoy la Resurrección? Se ve cuando un pecador vuelve a Dios. Se ve cuando una familia rota decide reconciliarse. Se ve cuando un enfermo mantiene la paz en medio de su sufrimiento. Se ve cuando una persona que ha llorado mucho no se deja vencer por la amargura. Se ve cuando alguien, en lugar de devolver odio, responde con bondad. Se ve cuando la Iglesia, a pesar de sus heridas, sigue anunciando el Evangelio. Se ve cuando participamos de la Eucaristía no como una costumbre vacía, sino como encuentro real con Cristo vivo.

También Santa María ocupa un lugar muy especial en esta noche. Ayer la contemplábamos en la soledad y el silencio. Hoy la intuimos como mujer de fe que esperó contra toda esperanza. Aunque los Evangelios no narran un encuentro explícito entre Jesús resucitado y su Madre, la tradición cristiana ha visto siempre en María a la creyente perfecta, la mujer que no dejó apagarse la lámpara de la esperanza. Ella permaneció firme en la noche del Sábado Santo. Ella nos enseña a esperar cuando todavía no vemos. Y por eso también ella es madre de la esperanza pascual.

La Vigilia Pascual nos invita, entonces, a tres actitudes concretas.

La primera: hacer memoria agradecida de la historia de la salvación. No somos huérfanos ni caminamos a oscuras. Dios ha guiado la historia desde la creación hasta la Pascua de Cristo, y sigue guiando nuestra historia personal. Cada uno podría preguntarse esta noche: ¿cuántas veces Dios ha abierto mares en mi vida? ¿Cuántas veces me ha sostenido, me ha perdonado, me ha levantado?

La segunda: renovar nuestra fe bautismal. Renunciar al pecado, al mal, a Satanás y a todas sus seducciones no es una fórmula vacía. Es tomar partido por Cristo. Es decidirnos de nuevo por la luz. Es dejar que la Pascua toque las zonas muertas de nuestra existencia. Tal vez algunos llevamos por dentro cansancios, heridas, culpas antiguas, rutinas espirituales, tristezas profundas. Esta noche el Señor nos dice: “Yo puedo sacar vida de todo eso”.

La tercera: volvernos testigos. Las mujeres del Evangelio no se quedaron inmóviles en el sepulcro; fueron enviadas. También nosotros somos enviados. Un cristiano pascual no puede vivir instalado en la queja permanente, en el pesimismo crónico o en una fe triste. El Resucitado nos llama a ser portadores de esperanza. En un mundo herido por la violencia, la incertidumbre, la mentira y la desconfianza, los cristianos estamos llamados a anunciar con la vida que Cristo vive.

Queridos hermanos y hermanas, esta noche santa nos invita a proclamar con todo el corazón: Cristo ha resucitado verdaderamente. Y si Él ha resucitado, entonces la muerte no vence, el pecado no manda, la noche no dura para siempre, la piedra no permanece cerrada eternamente. La última palabra no la tiene el sepulcro, sino la vida; no la tiene el odio, sino el amor; no la tiene la derrota, sino la gloria de Dios.

Celebremos, pues, esta Pascua con un corazón renovado. Acerquémonos a la Eucaristía como al banquete del Resucitado. Renovemos nuestras promesas bautismales con fe viva. Dejemos que esta noche encienda de nuevo nuestra esperanza. Y salgamos de aquí con una certeza que nada ni nadie nos pueda quitar: Cristo vive, camina con nosotros y hace nuevas todas las cosas.

Amén.

 

5 de abril del 2026: DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURECCIÓN DEL SEÑOR, Solemnidad

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