viernes, 23 de enero de 2026

24 de enero del 2026: sábado de la segunda semana del tiempo ordinario-II- San Francisco de Sales, Obispo y Doctor de la Iglesia, memoria obligatoria

 

San Francisco de Sales

1567-1622.

“La humildad nos perfecciona hacia Dios y la gentileza hacia nuestro prójimo”, escribió este noble Saboya, obispo de Ginebra-Annecy, cofundador de la Orden de la Visitación con Santa Juana-Françoise de Chantal. Doctor de la Iglesia desde 1877.

 


La multitud y el pan

(Marcos 3, 20-21) Jesús es nuevamente asediado por la multitud, encerrado, sin poder ni siquiera comer. Hay motivo para inquietarse y pensar que ha perdido la cabeza por dejarse hacer así. Pero ¿quién ha perdido la cabeza? ¿Quién tiene hambre? ¿Jesús o la multitud? ¿Quién ha perdido el sentido de lo que está pasando? El hambre, solo Él puede colmarla, Él que es el pan, que no se deja encerrar, sino que se parte, se multiplica, se comparte, sin dejarse apresar.

Colette Hamza, xavière

 


Primera lectura

2 Sam 1, 1-4. 11-12. 19. 23-27

¡Cómo han caído los héroes en medio del combate!

Comienzo del segundo libro de Samuel.

EN aquellos días, David regresó tras derrotar a Amalec y se detuvo dos días en Sicelag.
Al tercer día vino un hombre del campamento de Saúl con las vestiduras rasgadas y tierra en la cabeza. Al llegar a la presencia de David, cayó a tierra y se postró.
David le preguntó:
«¿De dónde vienes?».
Respondió:
«He huido del campamento de Israel».
David le preguntó de nuevo:
«¿Qué ha sucedido? Cuéntamelo».
Respondió:
«La tropa ha huido de la batalla y muchos del pueblo han caído y han muerto, entre ellos Saúl y su hijo Jonatán».
Entonces David, echando mano a sus vestidos, los rasgó, lo mismo que sus acompañantes. Hicieron duelo, lloraron y ayunaron hasta la tarde por Saúl, por su hijo Jonatán, por el pueblo del Señor y por la casa de Israel, caídos a espada.
Y dijo David:
«La flor de Israel herida en tus alturas.
Cómo han caído los héroes.
Saúl y Jonatán,
amables y gratos en su vida,
inseparables en su muerte,
más veloces que águilas,
más valientes que leones.
Hijas de Israel, lloren por Saúl,
que las cubría de púrpura y adornos,
que adornaba con alhajas de oro sus vestidos.
Cómo han caído los héroes
en medio del combate.
Jonatán, herido en tus alturas.
Estoy apenado por ti, Jonatán, hermano mío.
Me eras gratísimo,
tu amistad me resultaba más dulce
que el amor de mujeres.
Cómo han caído los héroes.
Han perecido las armas de combate».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 79, 2-3. 5-7 (R.: 4b)

R. Que brille tu rostro, Señor, y nos salve.

V. Pastor de Israel, escucha,
tú que guías a José como a un rebaño;
tú que te sientas sobre querubines, resplandece
ante Efraín, Benjamín y Manasés;
despierta tu poder y ven a salvarnos. 
R.

V. Señor, Dios del universo,
¿hasta cuándo estarás airado
mientras tu pueblo te suplica?
Les diste a comer llanto,
a beber lágrimas a tragos;
nos entregaste a las contiendas de nuestros vecinos,
nuestros enemigos se burlan de nosotros. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Abre, Señor, nuestro corazón, para que aceptemos las palabras de tu Hijo. R.

 

Evangelio

Mc 3, 20-21

Su familia decía que estaba fuera de sí

Lectura del santo Evangelio según san Marcos.

EN aquel tiempo, Jesús llegó a casa con sus discípulos y de nuevo se juntó tanta gente que no los dejaban ni comer.
Al enterarse su familia, vinieron a llevárselo, porque se decía que estaba fuera de sí.

Palabra del Señor.

 

 

1

 

Hermanos y hermanas,

Las lecturas de hoy nos colocan frente a un drama profundo: el del hambre del corazón humano y la dificultad para reconocer dónde está su verdadero alimento.

En el evangelio, Jesús vuelve a estar rodeado por la multitud. Hay tanta gente, tanta demanda, tanta urgencia, que “no podían ni comer”. La situación es tan extrema que sus propios familiares piensan que ha perdido la cabeza. Desde fuera, su modo de vivir parece desordenado, excesivo, incluso irresponsable. Pero el evangelio nos obliga a hacernos una pregunta clave:

¿quién está realmente descentrado? ¿Jesús… o la multitud?

La gente tiene hambre. No solo hambre de pan, sino hambre de sentido, de palabra, de esperanza, de salvación. Y esa hambre es tan grande que no deja espacio, no da respiro, no permite ni siquiera sentarse a la mesa. Jesús, en cambio, no huye de esa necesidad; no se protege; no se reserva. Él no se deja encerrar, pero sí se deja partir. No se guarda, se entrega. No se defiende, se ofrece como pan.

Aquí resuena profundamente la reflexión que hemos escuchado:
¿Quién tiene hambre?
No es Jesús el hambriento; es la multitud. Y sin embargo, es Jesús quien se “consume” para saciarla.

Esta lógica atraviesa también la primera lectura. David llora la muerte de Saúl y de Jonatán. No canta una victoria, sino una pérdida. El lamento revela un corazón que ama, que reconoce la grandeza incluso en quien fue adversario. David tiene hambre de fidelidad, de comunión, de una humanidad reconciliada. Y su canto nos recuerda que el dolor compartido también es una forma de alimento que humaniza.

El salmo lo expresa con una súplica insistente:
“Oh Dios, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve.”
Es el grito de un pueblo hambriento, desorientado, que ha perdido el rumbo y necesita volver a mirar el rostro de Dios para reencontrarse a sí mismo.

En este contexto celebramos hoy la memoria de san Francisco de Sales, maestro de la mansedumbre y de la paciencia. Él comprendió que el corazón humano no se conquista por la fuerza, sino por el amor; no se sacia con imposiciones, sino con un pan ofrecido con delicadeza. Su vida fue un reflejo de este Cristo que no aplasta, que no se impone, sino que se da.

Y en este sábado, miramos también a María, mujer del silencio y de la escucha. Ella no aparece rodeada de multitudes, pero guarda y medita el misterio. Nos enseña que solo quien sabe recibir puede luego ofrecer; solo quien se deja alimentar por Dios puede convertirse en pan para los demás.

Hermanos, el evangelio nos interpela hoy con fuerza:
¿De qué tenemos hambre?
¿Buscamos a Jesús solo para que nos resuelva urgencias, o estamos dispuestos a dejarnos transformar por Él?
¿Lo queremos como un pan que se consume rápidamente, o aceptamos convertirnos nosotros mismos en pan partido para otros?

Jesús no ha perdido la cabeza.
Ha entregado el corazón.
Y solo ese amor, que se rompe y se comparte, puede saciar el hambre más profunda del mundo.

Amén.

 

2

 

 

Hermanos y hermanas,

El evangelio de hoy es breve, casi desconcertante, pero de una densidad espiritual enorme. Jesús entra en una casa con sus discípulos, buscando un mínimo descanso, y nuevamente la multitud irrumpe con tal fuerza que “no podían ni comer”. Y lo más llamativo no es solo la presión de la gente, sino la reacción de los suyos: sus familiares piensan que ha perdido la cabeza.

Este pasaje nos introduce en una experiencia muy humana: seguir fielmente el camino de Dios puede provocar incomprensión, incluso entre los más cercanos.

La multitud representa el hambre profunda del corazón humano. No se trata solo de curiosidad ni de espectáculo; hay una urgencia real, una sed de sentido, de sanación, de palabra viva. Jesús no se queja de esa multitud, no la rechaza, no la vive como un estorbo. Al contrario, su corazón —como dirá Mateo— está lleno de compasión por ellos, porque están “como ovejas sin pastor”. Jesús acepta el desgaste, el cansancio, incluso la falta de lo más básico, porque la necesidad del otro se convierte en su prioridad.

Pero mientras la multitud busca, la familia se inquieta. Ellos conocieron a Jesús durante años en la vida ordinaria de Nazaret. No habían visto milagros, ni predicaciones públicas, ni conflictos con autoridades religiosas. De pronto, este Jesús provoca aglomeraciones, tensiones, sospechas. Y el cambio desconcierta. No logran comprender lo que Dios está haciendo en Él.

Aquí se revela una verdad muy actual: cuando Dios actúa con fuerza en una vida, no todos lo entienden. La fidelidad al llamado de Dios puede generar distancia, preguntas, incluso rechazo. No porque falte amor, sino porque el misterio de Dios siempre desborda nuestras categorías humanas.

La primera lectura, el lamento de David por Saúl y Jonatán, nos muestra otro rostro de esta tensión. David no canta el triunfo del enemigo vencido; llora la pérdida, honra el vínculo, reconoce el bien incluso en medio del conflicto. Su canto nace de un corazón maduro, capaz de amar más allá de la lógica del poder o del éxito. También aquí hay incomprensión, dolor y fidelidad entrelazados.

El salmo nos pone en labios una súplica que resume toda la jornada:
“Oh Dios, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve.”
Es el clamor de quien se siente desorientado, presionado, incomprendido, pero no deja de confiar. Solo el rostro de Dios puede devolvernos el sentido.

En este contexto celebramos a san Francisco de Sales, maestro de la caridad paciente y de la firmeza interior. Él supo vivir la verdad del Evangelio sin violencia, sin dureza, convencido de que la santidad auténtica no aplasta ni se impone, sino que atrae. En medio de oposiciones y malentendidos, respondió con dulzura evangélica, enseñándonos que la fidelidad a Dios debe ir siempre unida a la mansedumbre del corazón.

Y como cada sábado, miramos a María. Ella también conoció la incomprensión: guardó en su corazón palabras y acontecimientos que no siempre entendía del todo. No necesitó explicarlo todo ni defenderse; confió. María nos enseña a permanecer fieles cuando el camino se vuelve oscuro y cuando incluso los vínculos más cercanos se tensan por causa del Evangelio.

Hermanos, este evangelio nos invita a mirarnos por dentro:
– ¿Somos como la multitud, buscando a Jesús con urgencia y necesidad real?
– ¿Nos sentimos a veces desbordados, como los discípulos, por las exigencias del seguimiento?
– ¿O estamos del lado de los familiares, desconcertados ante una fe que se vuelve demasiado radical?
– ¿O quizá vivimos, como Jesús, la experiencia de ser incomprendidos por permanecer fieles a la voluntad del Padre?

Pidamos hoy la gracia de perseverar con amor, sin endurecer el corazón ni claudicar en la fidelidad. Que sepamos buscar a Cristo con todo el deseo del alma, seguirlo incluso cuando no nos entienden, y dar testimonio —con mansedumbre y firmeza— de la alegría profunda que nace de vivir para Dios.

Amén.

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24 de enero:

San Francisco de Sales, obispo y doctor de la Iglesia — Memoria
1567–1622
Santo patrono de autores, periodistas, escritores, personas sordas, educadores
Canonizado el 8 de abril de 1665 por el papa Alejandro VII
Declarado Doctor de la Iglesia en 1877 por el papa Pío IX

 


Cita:


Finalmente, hijo mío muy amado, te ruego por todo lo que es sagrado en el cielo y en la tierra, por tu propio Bautismo, por el pecho del que Jesús se alimentó, por el tierno Corazón con el que Él te ama, y por las entrañas de misericordia en las que tú esperas: permanece firme y persevera en esta empresa tan bendita de vivir una vida devota…


~ «Introducción a la vida devota», san Francisco de Sales



Reflexión

San Francisco de Sales nació cincuenta años después de que un sacerdote agustino llamado Martín Lutero encendiera la Reforma protestante, y apenas veinticinco años después de que las enseñanzas anticatólicas de Juan Calvino se difundieran en Ginebra, Suiza. Francisco nació en una familia noble del Ducado de Saboya, en la actual Francia, no lejos de Ginebra. Debido a su linaje noble y a la influencia de su padre, Francisco recibió una educación excelente, llegando a obtener doctorados en derecho civil y en teología. Su padre había elegido para él una noble dama con quien casarse y también había planeado que su talentoso hijo se dedicara a la política, pero Francisco fue conducido por un camino distinto.

En 1586, a la edad de diecinueve años, Francisco asistió a una conferencia calvinista sobre la predestinación, lo que lo llevó a creer que estaba destinado al infierno. Esto lo afectó profundamente y luchó con esa idea durante meses. Finalmente, por intercesión de la Santísima Virgen y mediante la oración del Acuérdate, Francisco fue liberado de este error y orientó su vida hacia el amor puro de Dios. Tras experimentar en carne propia los efectos que una teología errónea puede tener en una persona, Francisco se consagró a una vida de celibato y comenzó a seguir el deseo que Dios había puesto en su corazón de ser sacerdote. Aunque al principio su padre se mostró reticente, finalmente aceptó la ordenación de su hijo y luego ayudó a que fuera nombrado para un cargo importante en la diócesis de Ginebra.

Debido a que Ginebra estaba bajo el control de los calvinistas, el padre de Sales predicaba y residía en una catedral situada a unos treinta kilómetros al sur de la ciudad. Como sacerdote recién ordenado, comenzó a darse a conocer. Sus sermones estaban marcados por un estilo caballeroso, mostrando gran respeto hacia quienes no estaban de acuerdo con él. Nunca rehuyó las verdades teológicas que estaban siendo atacadas por los errores de la Reforma. Evitaba la controversia y la crítica, concentrándose más bien en las virtudes, la oración, la santidad y la superación del pecado. A pesar de su carácter amable y de su enfoque caritativo, fue tratado con dureza por muchos anticatólicos de la región, algunos de los cuales incluso atentaron contra su vida.

En 1602, a los treinta y cinco años, el padre de Sales fue ordenado obispo de Ginebra, y su celo evangelizador avanzó a toda marcha. Su intención era reconquistar para la Iglesia católica a los ciudadanos de Ginebra. Muchos se habían apartado siguiendo las enseñanzas de Calvino. Durante los primeros años, el obispo de Sales tuvo poco éxito en ganar conversos. Pero poco a poco, alma por alma, comenzó a dar fruto. Su éxito se debió especialmente a la difusión de explicaciones escritas de la fe que dejaba bajo las puertas de las casas, invitando a las personas a regresar a la Iglesia católica. Su predicación era clara, respetuosa, verdadera y caritativa. Su lema era: «Quien predica con amor, predica eficazmente».

El obispo de Sales fue un hombre muy práctico, especialmente en lo que respecta a su teología. Creía que la santidad no estaba reservada solo para quienes vivían en monasterios o conventos. Estaba convencido de que todos, en cualquier estado de vida y en cualquier ocupación, estaban llamados a la santidad. Esta convicción se manifiesta con mayor claridad en su libro más famoso, Introducción a la vida devota. Esta obra es una recopilación de cartas que había enviado a lo largo de los años a las personas a las que dirigía espiritualmente. Comienza ofreciendo consejos claros y prácticos sobre la importancia de purificarse del pecado y de los apegos a hábitos pecaminosos. Luego enseña cómo crecer en las virtudes, especialmente en la humildad; cómo afrontar las tentaciones; y cómo superar la ansiedad y la tristeza. También propone ejercicios para renovar la vida de devoción, que no es otra cosa que amar y agradar a Dios con la propia vida. Este libro, junto con otros escritos, condujo a muchos a la fe. En 1610, ayudó a una de sus dirigidas espirituales, la futura santa Juana Francisca de Chantal, a fundar la Orden de la Visitación de Santa María. Sus cartas inspiradoras a ella se convirtieron en una fuente de formación espiritual para las mujeres de la nueva congregación.

Tras rechazar ascensos dentro de la Iglesia, el obispo de Sales prefirió dedicar su tiempo y sus energías a la salvación de las almas en su diócesis. Se dice que logró que hasta 40.000 católicos que se habían hecho calvinistas regresaran a la Iglesia. Después de nueve años como sacerdote y veinte años como obispo, el obispo de Sales sufrió un derrame cerebral y murió poco después. Se cree que una de las últimas cosas que escribió fueron las palabras: «Humildad, humildad, humildad», su exhortación final a su grey.

Al honrar hoy a este santo obispo, intenta imaginar cómo habría sido tenerlo como pastor. Se habría tomado en serio tu llamado a la santidad. Te habría exhortado a vencer el pecado mediante una confesión sincera en el Sacramento, y luego a crecer en la virtud, especialmente en la humildad. Te habría ayudado a conocer y creer todas las verdades reveladas por Dios a través de su Iglesia católica, y a buscar todos los medios prácticos posibles —mediante la oración y la meditación diarias— para llegar a ser santo. Te habría recordado con frecuencia que la santidad no está reservada solo al monje. Tú también, en el contexto de tu propio estado de vida, estás llamado. Responde como uno de su rebaño y decide firmemente seguir el camino que Dios ha preparado para ti, buscando amarlo y glorificarlo con tu vida.


Oración

San Francisco de Sales, fuiste un verdadero pastor de tu rebaño, predicándoles incansablemente la fe, llamándolos a la conversión, exhortándolos a abrazar una vida de oración y de virtud, y ayudándolos a amar más plenamente a Dios cumpliendo su voluntad en sus vidas. Ruega por mí, para que también yo responda a tu predicación y busque llegar a ser santo en el contexto de la vocación que me ha sido confiada.
San Francisco, ruega por mí.
Jesús, en Ti confío.

 

jueves, 22 de enero de 2026

23 de enero del 2026: viernes de la segunda semana del tiempo ordinario-II

 

La llamada de Cristo

(Marcos 3,13-19)

Jesús llama a doce hombres, “a los que Él quiso”, para una misión: estar con Él.

En sus Ejercicios espirituales, san Ignacio propone una meditación, la llamada del Reino: la llamada de Cristo a estar “con Él”.

Ser discípulo es decidir querer con Cristo, es consentir fatigarse con Él, hasta dejar que la propia vida se identifique con la suya en todas las elecciones cotidianas, para que advenga su Reino.

Colette Hamza, xavière

 


Primera lectura

1 Sam 24, 3-21

No alargaré la mano contra él, pues es el ungido del Señor

Lectura del primer libro de Samuel.

EN aquellos días, Saúl tomó tres mil hombres escogidos de todo Israel y marchó en busca de David y su gente frente a Sure Hayelín.
Llegó a un corral de ovejas, junto al camino, donde había una cueva. Saúl entró a hacer sus necesidades, mientras David y sus hombres se encontraban al fondo de la cueva.
Los hombres de David le dijeron:
«Este es el día del que te dijo el Señor: “Yo entregaré a tus enemigos en tu mano”. Haz con él lo que te parezca mejor».
David se levantó y cortó, sin ser visto, la orla del manto de Saúl. Después de ello, sintió pesar por haber cortado la orla del manto de Saúl. Y dijo a sus hombres:
«El Señor me libre de obrar así contra mi amo, el ungido del Señor, alargando mi mano contra él; pues es el ungido del Señor».
David disuadió a sus hombres con esas palabras y no les dejó alzarse contra Saúl. Este salió de la cueva y siguió su camino.
A continuación, David se levantó, salió de la cueva y gritó detrás de Saúl:
«¡Oh, rey, mi señor!».
Saúl miró hacia atrás. David se inclinó rostro a tierra y se postró.
Y dijo a Saúl:
«¿Por qué haces caso a las palabras que dice la gente: “David busca tu desgracia”? Tus ojos han visto hoy mismo en la cueva que el Señor te ha entregado en mi mano. Han hablado de matarte, pero te he perdonado, diciéndome: “No alargaré mi mano contra mi amo, pues es el ungido del Señor”. Padre mío, mira por un momento, la orla de tu manto en mi mano. Si la he cortado y no te he matado, comprenderás bien que no hay en mí ni maldad ni culpa y que no te he ofendido. Tú, en cambio, estás buscando mi vida para arrebatármela. Que el Señor juzgue entre los dos y me haga justicia. Pero mi mano no estará contra ti. Como dice el antiguo proverbio: “De los malos sale maldad”. Pero en mí no hay maldad. ¿A quién ha salido a buscar el rey de Israel? ¿A quién persigues? A un perro muerto, a una simple pulga. El Señor sea juez y juzgue entre nosotros. Juzgará, defenderá mi causa y me hará justicia, librándome de tu mano».
Cuando David acabó de dirigir estas palabras a Saúl, este dijo:
«¿Es esta tu voz, David, hijo mío?».
Saúl levantó la voz llorando. Y siguió diciendo:
«Eres mejor que yo, pues tú me tratas bien, mientras que yo te trato mal. Hoy has puesto de manifiesto tu bondad para conmigo, pues el Señor me había puesto en tus manos y tú no me has matado. ¿Si uno encuentra a su enemigo, le deja seguir por las buenas el camino? Que el Señor te recompense el favor que hoy me has hecho. Ahora sé que has de reinar y que en tu mano se consolidará la realeza de Israel».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 56, 2. 3-4. 6 y 11 (R.: 2a)

R. Misericordia, Dios mío, misericordia.

V. Misericordia, Dios mío, misericordia,
que mi alma se refugia en ti;
me refugio a la sombra de tus alas
mientras pasa la calamidad. 
R.

V. Invoco al Dios altísimo,
al Dios que hace tanto por mí.
Desde el cielo me enviará la salvación,
confundirá a los que ansían matarme;
enviará Dios su gracia y su lealtad.
 R.

V. Elévate sobre el cielo, Dios mío,
y llene la tierra tu gloria.
Por tu bondad, que es más grande que los cielos;
por tu fidelidad, que alcanza las nubes. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo, y ha puesto en nosotros el mensaje de la reconciliación. R.

 

Evangelio

Mc 3, 13-19

Llamó a los que quiso para que estuvieran con él

Lectura del santo Evangelio según san Marcos.

EN aquel tiempo, Jesús subió al monte, llamó a los que quiso y se fueron con él.
E instituyó doce para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar, y que tuvieran autoridad para expulsar a los demonios:
Simón, a quien puso el nombre de Pedro, Santiago el de Zebedeo, y Juan, el hermano de Santiago, a quienes puso el nombre de Boanerges, es decir, los hijos del trueno, Andrés, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Santiago el de Alfeo, Tadeo, Simón el de Caná y Judas Iscariote, el que lo entregó.

Palabra del Señor.

 

 

1

 

1) “Subió al monte… y llamó a los que Él quiso” (Mc 3,13)

El Evangelio de hoy nos lleva a un momento decisivo: Jesús “sube al monte” y allí llama. El monte, en la Biblia, es lugar de intimidad con Dios, de alianzas, de decisiones grandes. No es casual: antes de enviar, Jesús convoca; antes de dar una tarea, da su presencia.

Y san Marcos lo dice con una claridad preciosa: Jesús llamó a los Doce “para que estuvieran con Él”. La primera vocación no es “hacer cosas”, sino estar con una Persona. La raíz del discipulado es una amistad que transforma.

Aquí hay una medicina para nuestra vida espiritual: muchas veces vivimos agotados, con agenda, con mil deberes, y hasta hacemos cosas “buenas” … pero podemos estar perdiendo lo esencial: la cercanía real con el Señor. Sin ese “estar con Él”, el apostolado se vuelve activismo; y la fe, rutina; y el corazón, un desierto.

2) “Estar con Él” también significa aprender su modo de amar

Los Doce son elegidos para dos cosas: estar con Jesús y ser enviados a predicar, con autoridad para enfrentar el mal. Primero comunión, luego misión.

Y ahí entra la primera lectura, que es una escuela impresionante de corazón: David tiene en sus manos a Saúl, su perseguidor. Humanamente, “era el momento”. La lógica del mundo diría: “¡Acaba con el problema!”. Pero David se detiene. No responde al mal con mal. Renuncia a la venganza. Domina la reacción inmediata. Y el resultado es conmovedor: Saúl termina reconociendo la justicia de David.

David nos enseña que el verdadero poder no es aplastar al otro, sino dominar el propio impulso. Eso es penitencia de la buena: no solo “dejar cosas”, sino dejar el veneno que el rencor va fabricando por dentro.

Hoy, en clave penitencial, el Señor nos pregunta:

  • ¿A quién estoy tratando como enemigo?
  • ¿Qué resentimiento sigo alimentando con recuerdos repetidos?
  • ¿Qué frase, qué herida, qué traición, sigue gobernando mis decisiones?

Porque el rencor tiene un efecto muy concreto: nos roba la paz y empieza a enfermarnos por dentro. A veces la persona que me hirió ya siguió su vida, pero yo sigo viviendo atado a ese momento. La penitencia cristiana es permitir que Cristo rompa esa cadena.

3) “Ten piedad de mí, Dios mío… en ti me refugio” (Sal 57)

El salmo es la oración del que está perseguido, herido, cansado… pero no desesperado: “Me refugio a la sombra de tus alas”. Qué imagen tan maternal: Dios no es un juez frío; es refugio, alas, amparo.

Y aquí conectamos con la intención de hoy: por quienes sufren en el cuerpo y en el alma. Hay dolores visibles (un diagnóstico, una operación, una limitación física) y dolores invisibles (ansiedad, depresión, duelo, culpa, cansancio emocional, soledad). A veces el sufrimiento del alma es más silencioso y más pesado, porque no se ve.

El Evangelio de los Doce no es solo para “los apóstoles” de ayer: es para todos los que hoy sienten que no pueden más. Jesús también te llama a ti —en tu fragilidad— a estar con Él. No te promete una vida sin cruz; te promete su compañía en la cruz.

Y eso cambia todo: cuando uno sufre solo, el dolor aplasta; cuando uno sufre acompañado por Cristo, el dolor no desaparece de inmediato, pero se vuelve camino, y puede convertirse en ofrenda, en oración, en maduración, en misericordia.

4) San Ignacio lo diría así: “querer con Cristo”

Alguien lo expresa con sabor ignaciano: ser discípulo es querer con Cristo, aceptar incluso “peinarse” la vida con Él, dejar que sus opciones se vuelvan las nuestras. ¿Cuáles son esas opciones?

  • Elegir la misericordia por encima de la revancha (David).
  • Elegir la verdad por encima de la apariencia (ser discípulo de corazón, no de fachada).
  • Elegir la oración por encima de la autosuficiencia (“estar con Él”).
  • Elegir el bien cuando el mal me seduce con atajos.

Y todo esto tiene una consecuencia pastoral preciosa: la comunidad cristiana no es un “club de perfectos”, sino una familia de llamados. En la lista de los Doce hay diversidad, límites, historias complejas… incluso uno que lo traicionará. Eso no excusa el pecado, pero sí nos revela algo: Jesús no elige porque seamos impecables, sino para hacernos nuevos, para convertirnos, para enseñarnos a amar.

5) Llamado final y oración penitencial

Hermanos, hoy el Señor nos invita a una penitencia muy concreta: volver a la fuente. Antes de correr, sentarnos con Él. Antes de reaccionar, orar. Antes de condenar, mirar nuestra propia necesidad de misericordia.

Pidámosle a Jesús:

  • por quienes sufren en el cuerpo: que les conceda alivio, buenos tratamientos, médicos sabios, y una esperanza que no se rompa;
  • por quienes sufren en el alma: que les regale compañía, luz, descanso interior, y la valentía de pedir ayuda cuando sea necesario;
  • por nosotros: que nos conceda un corazón como el de David, capaz de frenar la venganza, y un corazón como el de los discípulos, capaz de decir: “Señor, aquí estoy… quiero estar contigo”.

Señor Jesús,
hoy subes al monte y nos llamas.
Perdona nuestras reacciones violentas,
nuestras palabras que hieren,
nuestros resentimientos guardados como tesoros oscuros.
Lávanos por dentro.

A la sombra de tus alas ponemos a los enfermos,
a los que están cansados por dentro,
a los que lloran en silencio,
a los que cargan culpas y miedos.

Haznos discípulos de tu corazón:
que sepamos estar contigo,
querer contigo,
y servir contigo,
para que venga tu Reino.
Amén.

 

2

 

1) “Designó a Doce… y entre ellos estaba el que lo entregó” (Mc 3,16-19)

San Marcos nos presenta la lista de los Doce como quien lee un acta fundacional: Jesús establece una nueva familia, un nuevo Israel. Son doce, como las doce tribus, para indicar que Dios está recomenzando la historia desde dentro, no con un decreto, sino con personas.

Y, sin embargo, la lista trae una punzada final: “Judas Iscariote, el que lo entregó.” El Evangelio no suaviza el dato. La Iglesia nace con un misterio doloroso: en el círculo más íntimo puede aparecer la traición.

Y surge una pregunta inevitable: ¿Jesús se equivocó al elegir a Judas? No. El Señor no improvisa ni “se le escapa” la realidad. Él conoce el corazón humano mejor que nadie. Pero aquí aparece un punto esencial de fe: Dios lo sabe todo… y aun así respeta nuestra libertad. Su conocimiento no nos convierte en marionetas. Dios no fuerza el mal; lo permite, porque sin libertad no hay amor verdadero.

2) La primera lectura: David, Saúl y la tentación de “hacer justicia” a mi manera (1S 24)

La escena entre David y Saúl ilumina el Evangelio desde otra esquina del alma. David tiene a Saúl a su alcance. Sus hombres le dicen: “Es tu oportunidad”. Pero David se detiene. Renuncia a la revancha. No se toma la justicia por su mano.

David nos enseña algo muy penitencial: el mayor combate no es contra el otro, sino contra la reacción que se enciende dentro. Hay momentos en los que podríamos “cobrar” una herida, devolver el golpe, exponer al que nos humilló… y sentimos incluso que sería “justo”. Pero el corazón del discípulo aprende a actuar de otra manera: no por miedo, sino por obediencia a Dios; no por debilidad, sino por dominio interior.

Aquí se cruza con Judas: el mal que otro hace —o el mal que yo hago— no anula la soberanía de Dios. Dios no aprueba el pecado, pero no queda derrotado por él. Incluso cuando el mundo se ensucia con la traición, Dios sigue escribiendo historia de salvación.

3) “Ten piedad de mí, Dios mío… en ti me refugio” (Sal 57)

El salmo es la respiración del perseguido, del herido, del cansado: “A la sombra de tus alas me refugio”. Es un salmo para quienes sufren en el cuerpo y en el alma, porque cuando uno está dolido —físicamente o por dentro— lo que más necesita es un lugar seguro.

Y el Señor se ofrece como ese lugar. No siempre nos libra “rápido”, pero sí nos libra “hondo”: nos da sentido, nos sostiene, nos acompaña, nos evita el naufragio interior.

4) Dios puede sacar bien del mal: lección dura, pero liberadora

El evangelio subraya una verdad teológica muy luminosa: Dios puede sacar bien incluso del mal, no porque el mal sea bueno, sino porque Dios es todopoderoso y su amor no se rinde.

En Judas, el pecado fue real, grave, libre. Pero Dios utilizó ese pecado —sin ser su autor— para que se cumpliera el misterio de nuestra redención. Lo mismo puede pasar en nuestra vida:

  • cuando sufrimos una traición, una injusticia, una calumnia;
  • cuando un familiar nos hiere;
  • cuando un amigo nos decepciona;
  • cuando, incluso, nosotros mismos fallamos y cargamos culpa.

Dios no nos pide negar el dolor ni justificar lo injustificable. Nos pide algo más hondo: no convertir el dolor en veneno, no dejar que el sufrimiento nos robe la esperanza. San Pablo lo expresa con una frase que no es poesía barata, sino roca: “Todo coopera para el bien de los que aman a Dios” (Rm 8,28). Aun lo que nos rompe puede, en manos de Dios, volverse camino de gracia: más humildad, más compasión, más perdón, más verdad, más cercanía con Cristo.

5) Aplicación penitencial: dos preguntas para hoy

En este viernes, con intención penitencial, el Evangelio nos pone un espejo:

1.    Si he sido traicionado:

o   ¿Estoy dejando que la herida gobierne mi vida?

o   ¿Estoy alimentando el juicio, la amargura, la condena?
Jesús, traicionado por un íntimo, me invita a unir mi dolor al suyo, para que el mal no tenga la última palabra.

2.    Si he traicionado yo (con actos, palabras, omisiones):

o   ¿Estoy dispuesto a arrepentirme y pedir perdón?

o   ¿O me estoy encerrando en la excusa?
Aquí está la gran diferencia: Judas cayó… y se cerró; Pedro cayó… y lloró; y el llanto de Pedro fue puerta de regreso. La Iglesia no se edifica con perfectos, sino con pecadores que se dejan perdonar.

6) Oración final (penitencial y por los que sufren)

Señor Jesús,
Tú que elegiste a los Doce y conocías el corazón de cada uno,
ten misericordia de nosotros.

Perdona nuestras traiciones pequeñas y grandes:
las palabras que rompieron, las promesas incumplidas,
las omisiones por comodidad,
los silencios cobardes ante el bien.

Te presentamos a quienes sufren en el cuerpo:
dales alivio, fortaleza, buenos tratamientos,
y una esperanza que no se apague.

Te presentamos a quienes sufren en el alma:
a los que viven ansiedad, tristeza, miedo, soledad, culpa;
pon en su camino personas que acompañen,
y dales la gracia de refugiarse bajo tus alas.

Y cuando seamos heridos por el pecado ajeno,
danos la fe para creer que Tú puedes transformar la noche en aurora.
Cuando seamos nosotros quienes hieren,
danos el valor de arrepentirnos y volver.

Jesús, en Ti confiamos. Amén.

24 de enero del 2026: sábado de la segunda semana del tiempo ordinario-II- San Francisco de Sales, Obispo y Doctor de la Iglesia, memoria obligatoria

  San Francisco de Sales 1567-1622. “La humildad nos perfecciona hacia Dios y la gentileza hacia nuestro prójimo” , escribió este noble...