viernes, 14 de agosto de 2026

15 de agosto del 2026: La Asunción de la Bienaventurada Virgen María-Solemnidad

 

María, esperanza de la Iglesia

La Asunción de la Virgen María nos permite contemplar el destino que Dios prepara para quienes permanecen fieles a su amor. La mujer revestida de sol, anunciada en el Apocalipsis, participa plenamente de la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte. María es imagen de la Iglesia peregrina y señal luminosa de esperanza para toda la humanidad.

En el Magníficat, la humilde sierva reconoce las maravillas realizadas por Dios: Él derriba a los poderosos, enaltece a los humildes y permanece fiel a sus promesas. Elevada al cielo en cuerpo y alma, María nos precede; no nos aleja de la tierra, sino que nos enseña a caminar por ella con la mirada puesta en Dios y el corazón dispuesto a servir.

G.Q

 


Primera lectura

Ap 11, 19a; 12, 1-6a. 10ab
Una mujer vestida del sol, y la luna bajo sus pies

Lectura del libro del Apocalipsis.

SE abrió en el cielo el santuario de Dios, y apareció en su santuario el arca de su alianza.
Un gran signo apareció en el cielo: una mujer vestida del sol, y la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza; y está encinta, y grita con dolores de parto y con el tormento de dar a luz.
Y apareció otro signo en el cielo: un gran dragón rojo que tiene siete cabezas y diez cuernos, y sobre sus cabezas siete diademas, y su cola arrastra la tercera parte de las estrellas del cielo y las arrojó sobre la tierra.
Y el dragón se puso en pie ante la mujer que iba a dar a luz, para devorar a su hijo cuando lo diera a luz.
Y dio a luz un hijo varón, el que ha de pastorear a todas las naciones con vara de hierro, y fue arrebatado su hijo junto a Dios y junto a su trono; y la mujer huyó al desierto, donde tiene un lugar preparado por Dios.
Y oí una gran voz en el cielo que decía:
«Ahora se ha establecido la salvación y el poder y el reinado de nuestro Dios, y la potestad de su Cristo».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 44, 10. 11. 12. 16 (R.: 10b)

R. De pie a tu derecha está la reina,
enjoyada con oro de Ofir.


V. Hijas de reyes salen a tu encuentro,
de pie a tu derecha está la reina,
enjoyada con oro de Ofir. 
R.

V. Escucha, hija, mira: inclina el oído,
olvida tu pueblo y la casa paterna. 
R.

V. Prendado está el rey de tu belleza:
póstrate ante él, que él es tu señor. 
R.

V. Las traen entre alegría y algazara,
van entrando en el palacio real. 
R.

 

Segunda lectura

1 Cor 15, 20-27a

Primero Cristo, como primicia; después todos los que son de Cristo

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios.

HERMANOS:
Cristo ha resucitado de entre los muertos y es primicia de los que han muerto.
Si por un hombre vino la muerte, por un hombre vino la resurrección. Pues lo mismo que en Adán mueren todos, así en Cristo todos serán vivificados.
Pero cada uno en su puesto: primero Cristo, como primicia; después todos los que son de Cristo, en su venida; después el final, cuando Cristo entregue el reino a Dios Padre, cuando haya aniquilado todo principado, poder y fuerza.
Pues Cristo tiene que reinar hasta que ponga a todos sus enemigos bajo sus pies. El último enemigo en ser destruido será la muerte, porque lo ha sometido todo bajo sus pies.

Palabra de Dios.


Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. María ha sido asunta al cielo,
se alegra el ejército de los ángeles. 
R.

 

Evangelio

Lc 1, 39-56

El Poderoso ha hecho obras grandes en mí: enaltece a los humildes

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

EN aquellos días, María se levantó y se puso en camino de prisa hacia la montaña, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel.
Aconteció que, en cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel de Espíritu Santo y, levantando la voz, exclamó:
«¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre!
¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? Pues, en cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Bienaventurada la que ha creído, porque lo que le ha dicho el Señor se cumplirá».
María dijo:
«Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humildad de su esclava.
Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles de generación en
generación.
Él hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.
Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia
—como lo había prometido a nuestros padres—
en favor de Abrahán y su descendencia por siempre».
María se quedó con Isabel unos tres meses y volvió a su casa.

Palabra del Señor.

 

*************

 

Hermanos y hermanas:

Celebramos hoy a María elevada al cielo en cuerpo y alma. Pero esta solemnidad no nos invita a escapar de la tierra ni a permanecer indiferentes ante sus sufrimientos. Al contrario: cuanto más contemplamos a María en la gloria, más comprendemos el valor de cada vida humana y nuestra responsabilidad frente al dolor de los hermanos.

Esta fiesta llega cuando Colombia todavía contempla con dolor las consecuencias del fuerte terremoto del pasado 10 de agosto: familias en duelo, personas heridas y desaparecidas, viviendas destruidas, templos afectados y comunidades enteras que necesitan nuestra cercanía.

En este contexto escuchamos la primera lectura del Apocalipsis: aparece «una mujer vestida de sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas». Es una mujer gloriosa, pero también una mujer que grita por los dolores del parto. Frente a ella está el dragón, signo del mal que amenaza la vida.

Esta imagen representa a María, pero también a la Iglesia y a toda la humanidad. Nuestra patria también parece vivir dolores de parto: el dolor de quienes han perdido a sus familiares bajo los escombros; el miedo de quienes temen nuevas réplicas; la angustia de quienes quedaron sin casa; pero también los dolores prolongados de la violencia, el desplazamiento, la pobreza, la corrupción y la división política.

Sin embargo, el mensaje del Apocalipsis no es de derrota. El dragón no tiene la última palabra. La última palabra pertenece a Dios: «Ahora se estableció la salvación y el poder de nuestro Dios». El mal puede amenazar, destruir y sembrar miedo, pero no puede vencer definitivamente a quienes se refugian en el Señor.

El salmo nos presenta a la reina de pie a la derecha del rey. María ha sido glorificada no porque tuviera riquezas o poder humano, sino porque fue humilde, obediente y totalmente disponible para Dios. En un mundo donde muchos quieren sobresalir, imponerse o acumular, María nos muestra otra grandeza: la grandeza de quien sirve, escucha y permanece fiel.

San Pablo nos recuerda la razón profunda de nuestra esperanza: «Cristo resucitó de entre los muertos como primicia de los que han muerto». La Asunción de María es fruto de la Resurrección de Cristo. En ella contemplamos anticipadamente lo que Dios desea realizar en nosotros. La muerte no es el destino definitivo del ser humano; nuestro destino es la vida plena en Dios.

Esta palabra resulta especialmente consoladora para las familias que hoy lloran a sus seres queridos. La fe no elimina las lágrimas ni ofrece explicaciones fáciles ante una tragedia. Jesús también lloró frente a la tumba de su amigo Lázaro. Pero la fe nos permite llorar con esperanza: nuestros hermanos fallecidos no han desaparecido; están en las manos misericordiosas de Dios y esperan la resurrección.

El Evangelio nos muestra a María caminando de prisa hacia la casa de Isabel. Acaba de recibir el anuncio de que será la Madre del Salvador, pero no se encierra en sí misma. No se queda contemplando el privilegio recibido. Se pone en camino para acompañar y servir.

Esa es la actitud que necesita Colombia: ponernos en camino. Ante el sufrimiento de nuestros hermanos no basta con decir: «Qué tristeza» o «vamos a orar». La oración verdadera nos mueve a actuar. María oró, pero también caminó; creyó, pero también sirvió; alabó a Dios, pero también permaneció junto a Isabel.

Hoy la Iglesia debe correr hacia las familias damnificadas. Cada parroquia, comunidad, institución y creyente debe preguntarse: ¿qué puedo compartir?, ¿a quién puedo acompañar?, ¿cómo puedo colaborar? Tal vez podamos ofrecer alimentos, medicamentos, ropa, dinero o alojamiento. Quizás podamos apoyar las campañas organizadas por las autoridades y las instituciones eclesiales. También podemos escuchar, consolar y sostener espiritualmente. Cuando llegamos al encuentro del necesitado, llevamos a Cristo, como María lo llevó en su seno hasta la casa de Isabel.

María proclama después el Magníficat: Dios «derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes; a los hambrientos los colma de bienes». Este cántico no es una oración pasiva: es el anuncio de un mundo nuevo, conforme al corazón de Dios. Nos recuerda que la reconstrucción de Colombia no puede consistir solamente en levantar nuevamente edificios. Tenemos que reconstruir también la confianza, la fraternidad, la honestidad y el respeto por la vida.

Pedimos a quienes gobiernan nuestra nación que busquen sinceramente el bien común; que la atención a las víctimas esté por encima de los intereses políticos; que la ayuda llegue con transparencia, especialmente a los más pobres y olvidados. Y pedimos también que nosotros no utilicemos la tragedia para acusarnos o dividirnos, sino para reconocernos nuevamente como hermanos.

La Asunción nos dice que el cielo no nos aleja de la tierra: nos compromete más profundamente con ella. María está en el cielo, pero continúa cerca de sus hijos. Ella es señal de esperanza para Colombia. Nos recuerda que, aunque la tierra se estremezca, el amor de Dios permanece firme; aunque caigan nuestros edificios, la esperanza puede mantenerse en pie; aunque la muerte nos visite, Cristo resucitado tiene la última palabra.

Que María, Nuestra Señora de la Asunción, consuele a quienes lloran, proteja a los heridos, sostenga a los rescatistas, acompañe a quienes han perdido su hogar e inspire en todos nosotros una solidaridad generosa. Y que, como ella, sepamos caminar de prisa para llevar a Cristo allí donde hoy existen dolor, miedo y necesidad.

Amén.


jueves, 13 de agosto de 2026

14 de agosto del 2026: viernes de la decimonovena semana del tiempo ordinario II- San Maximiliano María Kolbe, presbítro y mártir-Memoria obligatoria

 

Testigo de la fe:

San Maximiliano María Kolbe

1894-1941

En Auschwitz, este franciscano polaco ofreció voluntariamente su vida para salvar la de otro prisionero, Francisco Gajowniczek, padre de familia, condenado a morir de hambre.

Gran apóstol de la Inmaculada y evangelizador a través de la prensa, afrontó la muerte con serenidad, sosteniendo espiritualmente a sus compañeros.

Murió el 14 de agosto de 1941.

San Juan Pablo II lo canonizó en 1982, proclamándolo «mártir de la caridad». Su vida nos recuerda que «nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos» (Jn 15,13).

 


Con igual dignidad


(Mt 19,3-12) La reacción de los discípulos dice mucho de su mentalidad machista: ¡parecería preferible el celibato a una vida matrimonial en la que la mujer no pudiera ser tratada como un objeto desechable! Jesús corrige esta manera de pensar: el matrimonio no es dominio ni posesión, sino alianza de amor entre un hombre y una mujer con igual dignidad, llamados a la fidelidad y a la entrega recíproca. Asimismo, el celibato por el Reino no es una huida del compromiso, sino un don y una vocación que solo pueden comprenderse y vivirse con la gracia de Dios.

P.E.I


 

Primera lectura

Ez 16, 1-15. 60. 63

Eras perfecta con los atavíos que yo había puesto sobre ti; y te prostituiste

Lectura de la profecía de Ezequiel.

ME fue dirigida esta palabra del Señor:
«Hijo de hombre, hazle conocer sus acciones detestables a Jerusalén.
Di: “Esto dice el Señor Dios, a Jerusalén. Por tu origen y tu nacimiento eres cananea: tu padre era amorreo y tu madre hitita. Así fue tu nacimiento: El día en que naciste, no te cortaron el cordón, no te lavaron con agua para purificarte, ni te friccionaron con sal, ni te envolvieron en pañales. Nadie se apiadó de ti ni hizo por compasión nada de todo esto, sino que por aversión te arrojaron a campo abierto el día que naciste.
Yo pasaba junto a ti y te vi revolviéndote en tu sangre, y te dije: Sigue viviendo, tú que yaces en tu sangre, sigue viviendo.
Te hice crecer como un brote del campo. Tú creciste, te hiciste grande, llegaste a la edad del matrimonio. Tus senos se afirmaron y te brotó el vello, pero continuabas completamente desnuda.
Pasé otra vez a tu lado, te vi en la edad del amor; extendí mi manto sobre ti para cubrir tu desnudez. Con juramento hice alianza contigo —oráculo del Señor Dios— y fuiste mía.
Te lavé con agua, te limpié la sangre que te cubría y te ungí con aceite. Te puse vestiduras bordadas, te calcé zapatos de cuero fino, te ceñí de lino, te revestí de seda.
Te engalané con joyas: te puse pulseras en los brazos y un collar en tu cuello. Te puse un anillo en la nariz, pendientes en tus orejas y una magnífica diadema en tu cabeza.
Lucías joyas de oro y plata, vestidos de lino, seda y bordado; comías flor de harina, miel y aceite; estabas cada vez más bella y llegaste a ser como una reina.
Se difundió entre las naciones paganas la fama de tu belleza, perfecta con los atavíos que yo había puesto sobre ti —oráculo del Señor Dios—. Pero tú, confiada en tu belleza, te prostituiste; valiéndote de tu fama, prodigaste tus favores y te entregaste a todo el que pasaba.
Con todo, yo me acordaré de mi alianza contigo en los días de tu juventud, y estableceré contigo una alianza eterna, para que te acuerdes y te avergüences y no te atrevas nunca más a abrir la boca por tu oprobio, cuando yo te perdone todo lo que hiciste —oráculo del Señor Dios—».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Is 12, 2-3. 4bcde. 5-6 (R.: 1d)

R. Ha cesado tu ira y me has consolado.

V. «Él es mi Dios y Salvador:
confiaré y no temeré,
porque mi fuerza y mi poder es el Señor,
él fue mi salvación».
Y sacarán aguas con gozo
de las fuentes de la salvación. 
R.

V. «Den gracias al Señor,
invoquen su nombre,
cuenten a los pueblos sus hazañas,
proclamen que su nombre es excelso». 
R.

V. Tañan para el Señor, que hizo proezas,
anúncienlas a toda la tierra;
griten jubilosos, habitantes de Sion,
porque es grande en medio de ti el Santo de Israel. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Acojan la palabra de Dios, no como palabra humana,
sino, cual es en verdad, como palabra de Dios. 
R.

 

Evangelio

Mt 19, 3-12

Por la dureza de corazón permitió Moisés repudiar a las mujeres; pero, al principio, no era así

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos fariseos y le preguntaron, para ponerlo a prueba:
«¿Es lícito a un hombre repudiar a su mujer por cualquier motivo?».
Él les respondió:
«¿No han leído que el Creador, en el principio, los creó hombre y mujer, y dijo: “Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne”? De modo que ya no son dos, sino una sola carne.
Pues lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre».
Ellos insistieron:
«¿Y por qué mandó Moisés darle acta de divorcio y repudiarla?».
Él les contestó:
«Por la dureza de su corazón les permitió Moisés repudiar a sus mujeres; pero, al principio, no era así. Pero yo les digo que, si uno repudia a su mujer —no hablo de unión ilegítima— y se casa con otra, comete adulterio».
Los discípulos le replicaron:
«Si esa es la situación del hombre con la mujer, no trae cuenta casarse».
Pero él les dijo:
«No todos entienden esto, solo los que han recibido ese don. Hay eunucos que salieron así del vientre de su madre, a otros los hicieron los hombres, y hay quienes se hacen eunucos ellos mismos por el reino de los cielos. El que pueda entender, entienda».

Palabra del Señor.

 

 

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«El amor permanece cuando todo se derrumba»

Hermanos, durante estos días hemos comprobado cuán frágil puede ser nuestra vida. En pocos segundos, el terremoto del pasado 10 de agosto dejó muerte, dolor, personas heridas, familias sin hogar y comunidades enteras llenas de incertidumbre. El Servicio Geológico Colombiano informó que el sismo tuvo magnitud 7,4 y su epicentro estuvo en San José del Palmar, Chocó. Ante semejante sufrimiento, no es momento de buscar culpables ni de interpretar la tragedia como un castigo de Dios: es la hora de acompañar, orar, compartir y reconstruir juntos.

La primera lectura, tomada del profeta Ezequiel, describe la historia de Jerusalén mediante la imagen de una mujer abandonada a quien Dios encuentra, cuida, embellece y toma como esposa. Pero ella olvida quién la levantó y termina traicionando la alianza.

También nosotros podemos olvidar que todo lo hemos recibido de Dios: la vida, la familia, la salud, la fe, el hogar y las personas que nos acompañan. A veces necesitamos que la realidad nos sacuda para reconocer que no somos dueños absolutos de nada y que nuestra seguridad no puede descansar solamente en lo material.

Sin embargo, Dios afirma por medio del profeta: «Yo me acordaré de mi alianza contigo». Incluso cuando nuestra fidelidad se derrumba, la fidelidad de Dios permanece. Él no abandona a su pueblo entre las ruinas; se acerca, consuela, perdona y ayuda a comenzar de nuevo. Por eso respondemos con el cántico de Isaías: «Ha cesado tu ira y me has consolado». Nuestro Dios no contempla desde lejos el sufrimiento humano: permanece junto al herido, llora con quien ha perdido a un ser querido y sostiene a quienes sienten que ya no pueden continuar.

En el Evangelio, algunos fariseos preguntan a Jesús si el hombre puede despedir a su mujer por cualquier motivo. La pregunta refleja una mentalidad en la que la mujer podía ser tratada como una posesión o un objeto desechable. Jesús devuelve el matrimonio al proyecto original de Dios: «Ya no son dos, sino una sola carne». El matrimonio no es dominio ni posesión, sino una alianza entre un hombre y una mujer con la misma dignidad, llamados a cuidarse y entregarse mutuamente.

La reacción de los discípulos revela también su mentalidad: si el hombre no puede abandonar fácilmente a su esposa, parecería mejor no casarse. Jesús corrige esa manera de pensar. Ni el matrimonio permite poseer al otro, ni el celibato por el Reino es una huida de las responsabilidades. Ambas vocaciones exigen fidelidad, libertad interior y capacidad de entrega.

Esta enseñanza no obliga a tolerar la violencia, el abuso o aquello que destruye la dignidad humana. El amor cristiano nunca es complicidad con el mal. Amar es cuidar, proteger, respetar y buscar sinceramente el bien del otro.

San Maximiliano María Kolbe vivió este amor hasta sus últimas consecuencias. En Auschwitz, cuando otro prisionero, padre de familia, fue condenado a morir de hambre, el sacerdote franciscano se ofreció para ocupar su lugar. Allí donde el odio pretendía convertir a las personas en objetos desechables, Kolbe proclamó con su vida que cada ser humano posee una dignidad sagrada. Por eso san Juan Pablo II lo llamó «mártir de la caridad».

Su testimonio ilumina también la situación que atraviesa Colombia. Tal vez nosotros no podamos reconstruir personalmente todos los hogares destruidos, pero sí podemos preguntarnos: ¿qué lugar puedo ocupar para aliviar el dolor de otro?, ¿qué puedo compartir?, ¿a quién puedo consolar?, ¿cómo puedo apoyar a las familias damnificadas?

La oración es indispensable, pero la oración auténtica abre las manos. No podemos decirle al hermano: «Dios te ayude», si nosotros podemos convertirnos en una parte de esa ayuda. La Conferencia Episcopal y Pastoral Social–Cáritas Colombiana han convocado la campaña «Con Colombia, hasta el último rincón», así como una Jornada Nacional de Oración para acompañar y socorrer a las comunidades afectadas.

Respondamos con generosidad mediante los canales oficiales: con alimentos, elementos necesarios, aportes económicos, trabajo voluntario y acompañamiento espiritual. La caridad debe ser generosa, pero también responsable y organizada.

En esta jornada penitencial reconozcamos las veces en que hemos vivido encerrados en nuestros propios intereses; las ocasiones en que hemos sido indiferentes ante el dolor ajeno o hemos utilizado, despreciado y abandonado a los demás. La penitencia cristiana no consiste solamente en privarnos de algo, sino en aprender a compartirlo.

Oremos por quienes sufren en el alma y en el cuerpo; por quienes han perdido familiares, vivienda o sustento; por los heridos, desaparecidos y damnificados; por quienes sienten miedo ante las réplicas; por los socorristas, médicos, voluntarios y autoridades; y por quienes necesitan fuerzas para comenzar de nuevo.

Que san Maximiliano Kolbe nos enseñe que, cuando todo parece derrumbarse, el amor permanece. Que María Inmaculada proteja a Colombia y que el Señor nos conceda un corazón capaz de orar, unas manos dispuestas a compartir y una voluntad decidida a reconstruir la esperanza. Amén.


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14 de agosto

San Maximiliano María Kolbe, presbítero y mártir — Memoria
1894–1941
Patrono de los toxicómanos, las familias, los periodistas, los prisioneros y el movimiento provida
Canonizado por el Papa San Juan Pablo II el 10 de octubre de 1982

 


Cita:


Acuérdate de que perteneces exclusiva, incondicional, absoluta e irrevocablemente a la Inmaculada: quienquiera que seas, lo que tengas o puedas, todo lo que hagas (pensamientos, palabras, acciones) y padezcas (cosas agradables, desagradables o indiferentes) pertenece a la Inmaculada. En consecuencia, que Ella disponga de todo según su voluntad (y no la tuya). Del mismo modo, a Ella pertenecen todas tus intenciones; por tanto, que Ella las transforme, añada otras o las quite, como quiera (de hecho, Ella no ofende la justicia).


~San Maximiliano Kolbe

 

Reflexión:


San Maximiliano María Kolbe, nacido como Raimundo, era oriundo de Zduńska Wola, en la actual Polonia. En el momento de su nacimiento, su ciudad natal estaba bajo control del Imperio ruso desde 1795. A pesar de su pobreza material, su familia era espiritualmente rica, en gran parte gracias a su madre, María, que inculcó en sus hijos una profunda devoción a la Madre de Dios. Rezaban diariamente el Ángelus, las Letanías de Loreto y el Rosario. Raimundo tenía dos hermanos sobrevivientes: un mayor, Francisco, y un menor, José. Otros dos hermanos, Walenty y Antoni, murieron a temprana edad.

De niño, Raimundo era conocido tanto por su piedad como por sus travesuras. Siempre que cometía alguna falta, se ofrecía inmediatamente a recibir castigo corporal, algo común en aquella época. Después de una de esas travesuras, su madre exclamó: “¡Qué será de ti!”. Esta pregunta marcó profundamente al joven Raimundo, que luego oró a la Santísima Virgen sobre su futuro. Tenía solo doce años. Su madre notó un cambio notable en su comportamiento tras ese episodio. Raimundo creó un altar para la Virgen en su habitación y pasaba largos ratos en oración, a menudo hasta las lágrimas. Cuando le preguntaron por su cambio, contó que, después de la reprimenda de su madre, había buscado orientación de la Virgen María, quien se le apareció en la iglesia ofreciéndole dos coronas: una blanca, símbolo de pureza, y otra roja, símbolo de martirio. Al preguntarle cuál elegía, respondió: “¡Las dos!”. Este encuentro profundizó aún más su devoción a la Virgen y a San José.

Debido a las limitaciones económicas de la familia, Raimundo recibió la mayor parte de su educación inicial de su madre y del párroco. Reconociendo su inteligencia, un farmacéutico local se ofreció a darle clases. A los trece años, Raimundo y su hermano Francisco asistieron a un retiro organizado por los franciscanos conventuales. Fueron invitados a unirse al recién establecido seminario en Leópolis (Lwów), hoy Ucrania, entonces parte del Imperio austrohúngaro. Para ello, tuvieron que cruzar la frontera sin pasaporte, con ayuda de su padre. En 1907, Raimundo y Francisco ingresaron al seminario menor.

En 1910, Raimundo y Francisco consideraron dejar a los franciscanos para unirse al ejército. Antes de decidirse, su madre llegó para informarles que su hermano menor también ingresaba a los franciscanos, y así decidieron quedarse. Además, les contó que su padre se trasladaba a Cracovia para vivir con los franciscanos y que ella misma se instalaría en Leópolis con las Hermanas Felicianas para estar cerca de sus hijos. Raimundo recibió el nombre de Maximiliano al entrar en el noviciado e hizo su primera profesión en 1911. Emitió los votos perpetuos en 1914, añadiendo el nombre de María, y pasó a llamarse hermano Maximiliano María Kolbe. Fue enviado a Roma para completar sus estudios, obteniendo doctorados en filosofía y teología.

Durante la Primera Guerra Mundial, en 1914, su padre se unió a las Legiones Polacas que luchaban por la independencia. Fue arrestado y ejecutado por los rusos. Su madre se trasladó a Cracovia, ingresó en las Hermanas Felicianas y tomó el nombre de sor María Felicita. Su hermano Francisco dejó el seminario para servir en el ejército, se casó y tuvo un hijo. Murió en un campo de concentración en 1943.

En 1917, rezando en la capilla del seminario, el hermano Maximiliano sintió la inspiración de fundar la Militia Immaculatae (Milicia de la Inmaculada), como respuesta a las manifestaciones anticatólicas presenciadas durante la guerra. Su objetivo era la conversión de pecadores, herejes y cismáticos —en especial masones— y la santificación de todos bajo la guía de la Virgen María. Tras su ordenación sacerdotal, el padre Kolbe fue destinado a Cracovia, donde enseñó historia de la Iglesia y expandió la Milicia de la Inmaculada.

En 1922 comenzó a publicar una revista mensual titulada El Caballero de la Inmaculada. En 1927 fundó un nuevo convento franciscano cerca de Varsovia, llamado Niepokalanów, “Ciudad de la Inmaculada Madre de Dios”. En 1930 estableció una casa religiosa cerca de Nagasaki, Japón, donde los frailes publicaban la revista en japonés, alcanzando 50.000 ejemplares mensuales. Regresó a Niepokalanów en 1936. Para 1939, el convento se había convertido en una de las casas religiosas más grandes del mundo y centro de la Milicia de la Inmaculada, imprimiendo publicaciones que llegaban a más de un millón de hogares al mes. Su hermano menor, ahora padre Alfonso, le ayudaba en la misión.

En 1939, al estallar la Segunda Guerra Mundial con la invasión alemana a Polonia, el padre Kolbe y sus frailes ayudaron cuanto pudieron a los perseguidos. Inicialmente fueron expulsados del convento, pero luego se les permitió regresar. Desde allí continuaron su labor, publicando materiales que inspiraban esperanza. Aunque eran prudentes con lo que escribían, las autoridades alemanas los catalogaron como enemigos. Además, los frailes dieron refugio a miles de polacos, incluidos 2.000 judíos, salvándolos de la deportación.

El 17 de febrero de 1941, la Gestapo llegó a Niepokalanów. El padre Kolbe los recibió cordialmente, pero al final de la visita fue arrestado junto con cuatro frailes y enviado a la prisión de Pawiak. Allí, en condiciones duras, siguió infundiendo fe y esperanza a los demás prisioneros, escuchando confesiones y rezando con ellos.

El 28 de mayo fue trasladado a Auschwitz como prisionero #16670, donde continuó su ministerio a pesar del trato inhumano. Un médico del campo testificaría después: “En mis cuatro años en Auschwitz, nunca vi un ejemplo tan sublime del amor de Dios al prójimo”.

En julio, tras la fuga de un prisionero, las autoridades seleccionaron a diez hombres para morir de hambre como castigo ejemplar. Uno de ellos, Franciszek Gajowniczek, clamó: “¡Mi pobre esposa, mis pobres hijos!”. Conmovido, el padre Kolbe pidió ocupar su lugar, explicando que él no tenía esposa ni hijos. Su petición fue aceptada. Sobrevivió dos semanas sin comida ni agua, hasta que, por la necesidad de liberar el búnker, recibió una inyección letal. Ofreció su brazo sin miedo, muriendo en paz. Su acto de caridad heroica se difundió por todo Auschwitz, fortaleciendo la fe de muchos.

San Maximiliano María Kolbe recibió así las dos coronas que la Virgen le había mostrado: la de la pureza y la del martirio. Su labor evangelizadora, especialmente a través de la Milicia de la Inmaculada, tuvo un profundo impacto en su tiempo. Su amor —dar la vida por un desconocido— vivirá hasta el fin de los tiempos. Reflexionemos sobre la profundidad de amor necesaria para un acto así y pidamos que este mismo amor impregne nuestra vida, imitando a este santo de Dios.

Oración:


San Maximiliano María Kolbe, viviste una vida santa, anunciando el Evangelio con los medios modernos de tu tiempo. Coronaste tu servicio a Dios entregando tu vida por un desconocido. Ruega por mí, para que yo tenga la misma profundidad de amor que tú tuviste, y para que Dios tome el don de mi vida y lo use para su gloria.
San Maximiliano María Kolbe, ruega por mí.
Jesús, en Ti confío.

 

 

miércoles, 12 de agosto de 2026

13 de agosto del 2026: jueves de la decimonovena semana del tiempo ordinario- Memoria opcional de Santos Ponciano, papa e Hipólito, presbítero, mártires


Testigos de la fe:

Santos Ponciano e Hipólito, mártires

Siglo III. Ponciano, elegido papa en el año 230, e Hipólito, sacerdote y destacado teólogo romano que había llegado a enfrentarse a la autoridad pontificia y es considerado tradicionalmente el primer antipapa, terminaron compartiendo un mismo destino.

Durante la persecución del emperador Maximino el Tracio, hacia el año 235, ambos fueron deportados a las durísimas minas de Cerdeña. Allí, en medio del sufrimiento, Hipólito se reconcilió con la Iglesia y con el papa Ponciano, poniendo fin a años de división.

Ponciano renunció al pontificado para que la Iglesia de Roma pudiera elegir un nuevo pastor mientras él permanecía desterrado. Poco después, tanto él como Hipólito murieron a consecuencia de los malos tratos y del agotamiento, y la Iglesia los veneró como mártires.

Hay algo profundamente evangélico en que la Iglesia los recuerde juntos el 13 de agosto: quienes habían estado enfrentados terminaron unidos por la misma fe, el mismo sufrimiento y el mismo testimonio de Cristo.

Su memoria nos recuerda que ninguna división tiene que ser definitiva: la reconciliación puede convertir incluso una historia de enfrentamientos en una historia de santidad.

P.E.I

 


«Sordo a la verdad»

(Mt 18,21–19,1«El servidor perdonado no perdona a su deudor: ¿por qué? Sin duda, porque no ha escuchado realmente que ha sido liberado de su propia deuda. ¿Y por qué sucede esto? Porque no logra escuchar, en lo profundo de sí mismo, la verdad de la misericordia que acaba de recibir.»

El problema de aquel servidor no es simplemente que sea cruel: es que no ha comprendido verdaderamente el perdón recibido. Ha oído las palabras del rey, ha visto cancelada una deuda inmensa, pero esa gracia no ha llegado hasta su corazón.

Por eso, cuando encuentra a un compañero que le debe muchísimo menos, actúa como si él mismo nunca hubiera necesitado misericordia. Es sordo a la verdad de su propia historia: olvida de dónde lo sacaron, cuánto se le perdonó y cuánto dependía él también de la compasión de otro.

Aquí está una de las grandes enseñanzas del Evangelio: quien se sabe perdonado aprende a perdonar. No porque el daño sufrido deje de doler ni porque perdonar signifique justificar la injusticia, sino porque el cristiano reconoce que vive primero de una misericordia que no ha merecido.

Podríamos resumirlo así:

El perdón que no llega al corazón se convierte en una gracia olvidada; el perdón verdaderamente recibido termina transformándose en misericordia para los demás.

Y ahí cobra toda su fuerza la respuesta de Jesús a Pedro: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete». No se trata de llevar una contabilidad del perdón, sino de vivir desde la conciencia de que Dios ha dejado de llevar la cuenta de nuestras propias deudas.

 

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Primera lectura

Ez 12, 1-12

Emigra en pleno día, a la vista de todos

Lectura de la profecía de Ezequiel.

ME fue dirigida esta palabra del Señor:
«Hijo de hombre, vives en medio de un pueblo rebelde: tienen ojos para ver, y no ven; tienen oídos para oír, y no oyen, porque son un pueblo rebelde.
Así pues, tú, hijo de hombre, prepara tu equipaje para el destierro, y emigra en pleno día, a la vista de todos; a la vista de todos emigra a otro sitio. Tal vez así comprendan que son un pueblo rebelde.
Sacarás tu equipaje de deportado en pleno día, a la vista de todos; partirás al atardecer, a la vista de todos, como quien va al destierro.
A la vista de todos abre una brecha en el muro y saca por allí tu equipaje.
Cárgalo al hombro a la vista de todos, sácalo en la oscuridad. Cúbrete la cara para no ver la tierra, porque hago de ti un signo para la casa de Israel».
Yo hice todo lo que me había ordenado. Saqué mi equipaje como quien va al destierro, en pleno día; al atardecer abrí una brecha en el muro con las manos, lo saqué en la oscuridad y me lo cargué al hombro, a la vista de todos.
A la mañana siguiente me fue dirigida esta palabra del Señor:
«Hijo de hombre, ¿no te ha preguntado la casa de Israel, la casa rebelde, qué es lo que hacías?
Pues respóndeles:
“Esto dice el Señor Dios: Este oráculo toca al príncipe en Jerusalén y a toda la casa de Israel que vive allí”.
Di: “Yo soy un signo para ustedes: como yo he hecho, así harán con ellos. Serán deportados, irán al destierro.
El príncipe que vive entre ellos se cargará al hombro el equipaje, en la oscuridad saldrá por una brecha que abrirán en el muro para sacarlo, se cubrirá la cara para no ver su tierra con sus propios ojos”».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 77, 56-57. 58-59. 61-62 (R.: cf. 7b)

R. ¡No olviden las acciones del Señor!

V. Ellos tentaron al Dios altísimo y se rebelaron,
negándose a guardar sus preceptos;
desertaron y traicionaron como sus padres,
fallaron como un arco engañoso. 
R.

V. Con sus altozanos lo irritaban,
con sus ídolos provocaban sus celos.
Dios lo oyó y se indignó
y rechazó totalmente a Israel.
 R.

V. Abandonó sus valientes al cautiverio,
su orgullo a las manos enemigas;
entregó su pueblo a la espada,
encolerizado contra su heredad. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Haz brillar tu rostro sobre tu siervo,
enséñame tus decretos. 
R.

 

Evangelio

Mt 18, 21 — 19, 1

No te digo que perdones hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, acercándose Pedro a Jesús le preguntó:
«Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?».
Jesús le contesta:
«No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.
Por esto, se parece el reino de los cielos a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus criados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así.
El criado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo:
“Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo”.
Se compadeció el señor de aquel criado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda. Pero al salir, el criado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba diciendo:
“Págame lo que me debes”.
El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba diciendo:
“Ten paciencia conmigo y te lo pagaré”.
Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía.
Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo:
“¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo rogaste. ¿No debías tú también tener compasión
de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?”.
Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda.
Lo mismo hará con ustedes mi Padre celestial, si cada cual no perdona de corazón a su hermano».
Cuando acabó Jesús estos discursos, partió de Galilea y vino a la región de Judea, al otro lado del Jordán.

Palabra del Señor.

 

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Hermanos:

Hay una frase que puede ayudarnos a entrar en toda la Palabra de hoy: «Sordo a la verdad».

Y curiosamente, la primera lectura comienza precisamente hablando de una sordera espiritual. Dios dice al profeta Ezequiel que vive en medio de un pueblo que «tiene ojos para ver y no ve, oídos para oír y no oye». No se trata de una incapacidad física; se trata de algo mucho más peligroso: podemos escuchar a Dios y, sin embargo, vivir como si no hubiéramos escuchado nada.

Por eso Dios convierte al mismo Ezequiel en un signo viviente. Le manda preparar su equipaje, cargarlo sobre sus hombros, abrir un boquete en el muro y salir como quien marcha al destierro. Quizá, viendo aquel gesto, el pueblo comprenda finalmente aquello que no quiere escuchar con palabras.

También la Iglesia está llamada a ser así: una Palabra que se hace visible. Evangelizar no consiste solamente en hablar de Cristo; consiste en vivir de tal manera que nuestra vida haga visible el Evangelio.

El salmo nos da entonces una clave preciosa: «No olviden las acciones del Señor». El drama de Israel fue precisamente olvidar lo que Dios había hecho por él. Y el drama del servidor del Evangelio será exactamente el mismo: olvidar la misericordia que acaba de recibir.

Pedro pregunta:

«Señor, si mi hermano peca contra mí, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo?»

Y Jesús responde llevando el perdón más allá de toda contabilidad: no siete veces, sino setenta veces siete —o, según la traducción, setenta y siete veces—.

Entonces cuenta la parábola.

Un hombre debe una cantidad inmensa, imposible de pagar. Suplica misericordia y el señor, movido a compasión, le perdona toda la deuda. Pero apenas sale, encuentra a otro que le debe mucho menos. Lo agarra, lo aprieta y le exige: «Págame lo que me debes».

¿Qué le pasó?

Aquí aparece aquella expresión: se volvió sordo a la verdad.

Había escuchado: «Estás perdonado», pero todavía no había comprendido lo que significaba estar perdonado.

Había recibido misericordia, pero la misericordia no había llegado hasta su corazón.

Y quizás aquí está una de las preguntas más fuertes que hoy nos hace Jesús: ¿soy consciente de cuánto me ha perdonado Dios?

Porque muchas veces tenemos una memoria extraordinaria para recordar lo que otros nos hicieron, pero una memoria muy corta para recordar lo que Dios nos ha perdonado.

Recordamos una palabra que nos dijeron hace diez años.
Recordamos aquella traición.
Recordamos aquella humillación.
Recordamos quién no nos llamó, quién no nos agradeció, quién nos decepcionó.

Pero el salmo nos dice:

«No olviden las acciones del Señor».

No olvides las veces que Dios te levantó.
No olvides las veces que volvió a confiar en ti.
No olvides las absoluciones recibidas.
No olvides las oportunidades que te concedió.
No olvides cuánto has vivido también tú de misericordia.

Porque cuando uno recuerda cuánto ha sido perdonado, comienza a mirar de otra manera las deudas de los demás.

Eso no significa justificar el mal, negar las heridas o permitir abusos. Perdonar no es decir que nada ocurrió. Perdonar significa no permitir que el mal recibido tenga la última palabra sobre nuestro corazón.

Y hoy, cuando oramos especialmente por la obra evangelizadora de la Iglesia y por las vocaciones, esta Palabra adquiere una fuerza particular.

El mundo necesita evangelizadores que no solamente anuncien misericordia, sino que sean misericordiosos.

Necesitamos sacerdotes, religiosos, religiosas, misioneros, catequistas y laicos que sean como Ezequiel: signos vivos de Dios en medio del pueblo. Hombres y mujeres cuya vida haga creíble aquello que anuncian.

¿Qué hermoso sería que algún joven sintiera la llamada de Dios porque encontró una comunidad capaz de perdonar!

¿Qué hermoso que alguien descubriera su vocación porque conoció un sacerdote, una religiosa, un catequista o una familia en quienes pudo decir: «Ahí se nota que Dios existe; ahí se nota que el Evangelio es verdad».

Pidamos entonces hoy:

Señor, líbranos de tener ojos y no ver,
oídos y no escuchar.
No permitas que olvidemos tu misericordia.
Haz de tu Iglesia un signo vivo de reconciliación.
Suscita jóvenes capaces de entregar su vida al Evangelio,
sacerdotes santos, religiosos y religiosas generosos,
familias misioneras y laicos comprometidos.
Y que quienes hemos sido perdonados por Ti
aprendamos también a perdonar de corazón. Amén.

Una frase para llevarnos hoy:
«Quien recuerda cuánto ha sido perdonado por Dios, aprende a mirar con misericordia las deudas de los demás».

 

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13 de agosto:
Santos Ponciano, Papa, e Hipólito, Presbítero, Mártires — Memoria opcional
Desconocida – c. 235
San Hipólito — Patrono de los caballos
San Ponciano — Patrono de Carbonia y Montaldo Scarampi, Italia

 


Cita:


“Pero que cada uno de los fieles sea celoso, antes de comer cualquier otra cosa, de recibir la Eucaristía; porque si alguien la recibe con fe, después de tal recepción no podrá ser dañado, incluso si se le diera un veneno mortal. Pero que cada uno se cuide de que ningún incrédulo pruebe la Eucaristía, ni un ratón ni ningún otro animal, y que nada de ella caiga o se pierda; porque el Cuerpo de Cristo ha de ser comido por los creyentes y no debe ser despreciado. La copa, cuando hayas dado gracias en el nombre del Señor, la has aceptado como imagen de la sangre de Cristo. Por lo tanto, que nada de ella se derrame, para que ningún espíritu extraño la lama, como si la despreciaras; serás culpable de la sangre, como si despreciaras el precio con el que has sido comprado.”


~De la Tradición Apostólica, por San Hipólito

 

Reflexión:


Después de que Jesús encomendó a los Apóstoles difundir el Evangelio hasta los confines de la tierra, se cree que San Juan Evangelista convirtió a muchos, entre ellos a San Policarpo, a quien ordenó obispo de Esmirna, en la actual Turquía. San Ireneo se convirtió en discípulo de San Policarpo, y fue ordenado primero presbítero y luego obispo en lo que hoy es Lyon, Francia. Se cree que uno de los santos que hoy celebramos, Hipólito, fue influenciado por San Ireneo, e incluso quizá fue su discípulo.

San Ireneo fue un fuerte opositor de las herejías emergentes de su tiempo. Su famosa obra Contra las Herejías describe los muchos errores de las primeras herejías, especialmente el gnosticismo. Ireneo murió aproximadamente treinta y tres años antes que Hipólito, pero es muy probable que sus caminos se cruzaran. Ambos compartieron la misión de erradicar la herejía, y es probable que Hipólito fuera influenciado por el obispo Ireneo. Una de las obras más conocidas de Hipólito se titula Philosophumena o Refutación de todas las Herejías. En esta obra, al igual que Ireneo, refuta sistemáticamente las herejías de su tiempo, particularmente el gnosticismo.

Impulsado por un exceso de celo, Hipólito entró en conflicto con el papa San Ceferino y otros presbíteros en Roma, a quienes consideraba demasiado indulgentes con ciertas herejías que afectaban a la Iglesia, especialmente el modalismo, herejía que niega las distintas personas de la Trinidad. Cuando el papa Ceferino murió y San Calixto fue elegido en 217, Hipólito lo consideró demasiado tolerante y no estuvo de acuerdo con su enfoque doctrinal para reconciliar a adúlteros y asesinos, que incluía legitimar lo que Hipólito veía como matrimonios inválidos. También acusó al papa Calixto, como antes a Ceferino, de modalismo. Esto llevó a Hipólito a separarse de la Iglesia Católica y a declararse antipapa. El antipapa Hipólito continuó su cisma durante los pontificados de los dos sucesores de Calixto: el papa Urbano (c. 223–230) y el papa Ponciano (230–235).

El pontificado de Ponciano estuvo marcado por su lucha constante contra las herejías que azotaban la Iglesia. Luchó especialmente contra las herejías relacionadas con la naturaleza de la Santísima Trinidad. Ponciano es también conocido por su condena de las enseñanzas del renombrado teólogo Orígenes. Entre las doctrinas condenadas de Orígenes estaban la creencia en la preexistencia de las almas y la salvación final de todos. Aunque Orígenes fue un importante teólogo de la Iglesia primitiva, esta condena impidió que se le concediera formalmente el título de “santo”. El papa Ponciano también tuvo que enfrentar el cisma en curso liderado por el antipapa Hipólito durante todo su pontificado.

En el año 235, Maximino el Tracio tomó el poder con el apoyo de su ejército y se convirtió en emperador romano. El emperador Maximino ordenó inmediatamente el arresto y encarcelamiento de los líderes cristianos. Entre los primeros arrestados estuvieron el papa Ponciano y el antipapa Hipólito, quienes fueron enviados a trabajar en las duras condiciones de las minas en la isla de Cerdeña.

Aunque su arresto pudiera parecer trágico, dio frutos. En prisión, Hipólito se reconcilió con el papa Ponciano, poniendo fin a una división que había durado unos dieciocho años. Incapaz de gobernar la Iglesia desde la cárcel, Ponciano renunció a su cargo, convirtiéndose en el primer papa en hacerlo. Las condiciones eran tan severas que ambos murieron a causa de ellas, convirtiéndose así en mártires. El papa Antero sucedió a Ponciano, pero murió en pocos meses. Después fue elegido el papa Fabián, quien gobernó la Iglesia durante los siguientes catorce años.

Los cuerpos de Hipólito y Ponciano fueron devueltos a Roma dentro del año siguiente a sus muertes por el papa Fabián. San Ponciano fue sepultado en la cripta papal de las Catacumbas de Calixto, y San Hipólito en un cementerio en la Vía Tiburtina. Con el tiempo, se erigió una basílica sobre la tumba de San Hipólito, lo que indica la gran veneración que el pueblo de Roma le tenía y la alegría por su reconciliación con la Iglesia.

Los santos Ponciano e Hipólito vivieron en una época difícil para la Iglesia. Ambos fueron fervientes defensores de la verdadera naturaleza de la Santísima Trinidad y murieron por su fe. Además de su Philosophumena, San Hipólito nos dejó su Tradición Apostólica, que ofrece una detallada descripción de los primeros ritos de ordenación, la recepción de catecúmenos en la Iglesia y la celebración de la Eucaristía. También escribió un comentario sobre el profeta Daniel y el Cantar de los Cantares, un tratado sobre Cristo y el Anticristo basado en los libros de Daniel y Apocalipsis, y varios sermones. Aunque San Ponciano no dejó escritos conocidos, nos dejó el testimonio de su vida y muerte, su disposición a reconciliarse con su rival y su valiente defensa de las verdaderas doctrinas de la Iglesia.

Al honrar hoy a estos dos santos antiguos, recordemos que sus luchas no son tan diferentes de las nuestras. Aunque las herejías y desafíos cambian con los siglos, también se repiten. Inspírate en el valor y el celo de estos dos hombres, y pide la gracia de ser tan fiel al Evangelio hoy como ellos lo fueron en su tiempo.

Oración:


Santos Ponciano e Hipólito, ambos sirvieron a la Iglesia en un tiempo difícil, cuando la naturaleza de la Santísima Trinidad fue puesta en duda. Defendieron la verdad y la enseñaron incansablemente. Por su fidelidad, murieron por la fe, reconciliados con Dios y entre ustedes. Les ruego que oren por mí, para que siempre busque la reconciliación, especialmente con otros cristianos, y permanezca fiel a la única fe verdadera. Santos Ponciano e Hipólito, rueguen por mí. Jesús, en Ti confío.

 

 

15 de agosto del 2026: La Asunción de la Bienaventurada Virgen María-Solemnidad

  María, esperanza de la Iglesia La Asunción de la Virgen María nos permite contemplar el destino que Dios prepara para quienes permanecen...