sábado, 2 de mayo de 2026

3 de mayo del 2026: Quinto domingo de Pascua-Ciclo A


 ¡Algo nunca visto!

¿Ustedes han visto alguna vez piedras vivas? Yo no. ¿O una casa que tenga alma? No he visto el alma, pero sí conozco lugares que tienen alma: una casa, un bello monumento o una iglesia. En ellos se descubre ese “no sé qué” que deja respirar belleza, paz, presencia. Seguramente ustedes conocen lugares así, cerca de donde viven.

“La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular”. Cristo, rechazado por los hombres, se ha convertido en la piedra angular de la Iglesia; no del edificio material, sino de la comunidad de los cristianos. Y yo puedo ser una de esas piedras vivas de la comunidad que se reúne como Iglesia para celebrar al Resucitado.

También nosotros somos preciosos. Nosotros sostenemos, nos sostenemos unos a otros, servimos como los diáconos, en nuestras misiones cercanas a los pobres. Ellos también son piedras vivas de la Iglesia.

Gracias a ellos, gracias a nosotros, la Palabra de Dios se multiplica con fuerza. Y en la casa del Padre hay muchas moradas. Nos corresponde desear ocupar nuestro lugar allí. Ese lugar ha sido preparado por Jesús mismo. Nos corresponde querer estar allí con Jesús para vivir una gran comunión.

El camino hacia la casa del Padre es más sencillo de lo que imaginamos. Tener la mirada fija en Él nos hace avanzar, como por atracción. En ese camino no estamos solos para conocer y vivir las obras del Señor. La comunidad de la Iglesia es el lugar del compartir y de la alegría. ¡Aleluya!

Cuando miro la comunidad de los cristianos, ¿me siento una piedra viva o una piedra inerte?


¿Miro el mundo desde la Iglesia en la que soy activo, o miro la Iglesia desde fuera?

Tommy Scholtes, prêtre jésuite, Prions en Église Belgique

 

 


 

Primera lectura

 

Hch 6, 1-7

 

Eligieron a siete hombres llenos del Espíritu Santo

 

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.

 

EN aquellos días, al crecer el número de los discípulos, los de lengua griega se quejaron contra los de lengua hebrea, porque en el servicio diario no se atendía a sus viudas. Los Doce, convocando a la asamblea de los discípulos, dijeron:

«No nos parece bien descuidar la palabra de Dios para ocuparnos del servicio de las mesas. Por tanto, hermanos, escojan a siete de ustedes, hombres de buena fama, llenos de espíritu y de sabiduría, y los encargaremos de esta tarea; nosotros nos dedicaremos a la oración y al servicio de la palabra».

La propuesta les pareció bien a todos y eligieron a Esteban, hombre lleno de fe y de Espíritu Santo; a Felipe, Prócoro, Nicanor, Timón, Parmenas y Nicolás, prosélito de Antioquía. Se los presentaron a los apóstoles y ellos les impusieron las manos orando.

 

La palabra de Dios iba creciendo y en Jerusalén se multiplicaba el número de discípulos; incluso muchos sacerdotes aceptaban la fe.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 32, 1-2. 4-5. 18-19 (R.: 22)

 

R. Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros,

 

como lo esperamos de ti.

 

O bien:

 

R. Aleluya.

 

V. Aclamen, justos, al Señor,

que merece la alabanza de los buenos.

Den gracias al Señor con la cítara,

toquen en su honor el arpa de diez cuerdas. R.

 

V. La palabra del Señor es sincera,

y todas sus acciones son leales;

él ama la justicia y el derecho,

y su misericordia llena la tierra. R.

V. Los ojos del Señor están puestos en quien le teme,

en los que esperan su misericordia,

para librar sus vidas de la muerte

y reanimarlos en tiempo de hambre. R.

 

 

Segunda lectura

 

1 Pe 2, 4-9

Ustedes, en cambio, son un linaje elegido, un sacerdocio real

 

Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro.

 

QUERIDOS hermanos:

 

Acercándose al Señor, piedra viva rechazada por los hombres, pero elegida y preciosa para Dios, también ustedes, como piedras vivas, entran en la construcción de una casa espiritual para un sacerdocio santo, a fin de ofrecer sacrificios espirituales agradables a Dios por medio de Jesucristo.

Por eso se dice en la Escritura:

«Mira, pongo en Sion una piedra angular,

elegida y preciosa;

quien cree en ella no queda defraudado».

Para ustedes, pues, los creyentes, ella es el honor, pero para los incrédulos «la piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular», y también «piedra de choque y roca de estrellarse»; y ellos chocan al despreciar la palabra. A eso precisamente estaban expuestos.

Ustedes, en cambio, son un linaje elegido, un sacerdocio real, una nación santa, un pueblo adquirido por Dios para que anuncien las proezas del que los llamó de las tinieblas a su luz maravillosa.

Palabra de Dios.

 

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.

 

V. Yo soy el camino y la verdad y la vida —dice el Señor—; nadie va al Padre sino por mí. R.

 

Evangelio

 

Jn 14, 1-12

 

Yo soy el camino y la verdad y la vida

 

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

 

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «No se turbe su corazón, crean en Dios y crean también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no, se lo habría dicho, porque me voy a prepararles un lugar. Cuando vaya y les prepare un lugar, volveré y los llevaré conmigo, para que donde estoy yo estén también ustedes. Y adonde yo voy, ya saben el camino». Tomás le dice:«Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?». Jesús le responde: «Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conociéran a mí, conocerían también a mi Padre. Ahora ya lo conocen y lo han visto». Felipe le dice: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta». Jesús le replica: «Hace tanto que estoy con ustedes, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre”? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Lo que yo les digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace las obras. Créanme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí. Si no, crean a las obras. En verdad, en verdad les digo: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aun mayores, porque yo me voy al Padre».

Palabra del Señor.


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1

 

Queridos hermanos y hermanas:

En este V Domingo de Pascua, la Palabra de Dios nos pone delante tres imágenes muy hermosas y profundas: la comunidad que sirve, las piedras vivas y la casa del Padre.

Tres imágenes que nos ayudan a responder una pregunta esencial: ¿qué significa ser Iglesia después de la Pascua? Porque la Pascua no es solamente decir: “Cristo ha resucitado”. La Pascua es dejar que Cristo resucitado transforme nuestra manera de vivir, de mirar, de servir, de pertenecer y de caminar.

Podemos afirmar que en la Pascua sucede “¡Algo nunca visto!” Y claro, porque la Pascua inaugura algo nuevo. Después de la resurrección de Cristo ya no miramos la vida igual, ya no miramos la muerte igual, ya no miramos la comunidad igual, ya no miramos a los pobres igual, ya no miramos la Iglesia igual.

1. Una comunidad donde nadie debe quedar olvidado

La primera lectura, tomada del libro de los Hechos de los Apóstoles, nos presenta una escena muy realista de la primera comunidad cristiana. No todo era perfecto. Había crecimiento, sí; la Palabra de Dios se difundía, sí; muchos abrazaban la fe, sí. Pero también aparecieron tensiones, quejas y necesidades concretas.

Las viudas de lengua griega estaban siendo descuidadas en la distribución diaria. Es decir, dentro de la comunidad había personas vulnerables que corrían el riesgo de quedar marginadas. Y la Iglesia naciente tuvo que aprender algo fundamental: una comunidad pascual no puede celebrar al Resucitado y al mismo tiempo ignorar al hermano necesitado.

Por eso nacen los siete servidores, tradicionalmente vistos como el origen del ministerio diaconal. Los apóstoles no dicen: “Ese problema no nos importa”. Tampoco dicen: “Lo espiritual es una cosa y la caridad es otra”. Al contrario, organizan la comunidad para que la oración, la Palabra y el servicio caminen juntos.

Aquí aparece una primera enseñanza para nosotros: la Iglesia no es un club de espectadores, sino una comunidad de servidores. Cada bautizado tiene una responsabilidad. Cada cristiano tiene una misión. Cada uno, desde su lugar, debe preguntarse: ¿a quién estoy sirviendo?, ¿a quién estoy sosteniendo?, ¿qué necesidad concreta de mi comunidad me está pidiendo una respuesta?

A veces pensamos que servir es hacer cosas extraordinarias. Pero no. Servir puede ser visitar a un enfermo, escuchar a alguien triste, colaborar en la parroquia, animar la fe de la familia, compartir el pan, acercarse a un vecino solo, apoyar una obra evangelizadora, orar por quien sufre, reconciliar una relación rota.

La primera comunidad crece porque se organiza para servir. Y cuando la Iglesia sirve, la Palabra de Dios no se queda encerrada: se multiplica.

2. Cristo, piedra angular; nosotros, piedras vivas

La segunda lectura, de la primera carta de San Pedro, nos regala una imagen bellísima: “También ustedes, como piedras vivas, entran en la construcción de un templo espiritual”.

Es una expresión sorprendente. Normalmente pensamos en piedras como algo duro, frío, inmóvil. Una piedra no respira, no siente, no camina. Pero San Pedro dice que los cristianos somos piedras vivas.

¿Por qué vivas? Porque estamos unidos a Cristo, que es la piedra viva por excelencia. Él fue rechazado por los hombres, pero elegido y precioso ante Dios. Él es la piedra angular. La piedra angular era la que daba solidez, dirección y unidad a todo el edificio. Sin ella, la construcción se debilitaba.

Esto quiere decir que la Iglesia no se sostiene primero por nuestras cualidades humanas, por nuestros planes, por nuestras estructuras, por nuestros gustos o protagonismos. La Iglesia se sostiene sobre Cristo. Él es el centro. Él es el fundamento. Él es la piedra que da sentido a todas las demás piedras.

Y aquí viene una pregunta muy importante: ¿soy una piedra viva o una piedra inerte?

Una piedra viva es un cristiano que ora, ama, sirve, perdona, participa, construye comunidad. Una piedra viva no se limita a criticar desde lejos. No vive la fe como simple costumbre. No mira la Iglesia como si fuera algo ajeno. Dice: “Esta es mi casa, esta es mi comunidad, esta es mi misión; aquí debo aportar”.

Una piedra inerte, en cambio, está ahí, pero no sostiene. Está presente, pero no se compromete. Opina mucho, pero sirve poco. Mira desde fuera, pero no se deja involucrar. Se queja de la Iglesia, pero no ayuda a edificarla.

Y todos podemos tener un poco de ambas cosas. Hay momentos en que somos piedras vivas, generosas, disponibles. Y hay momentos en que nos volvemos piedras frías, cansadas, indiferentes, encerradas en nosotros mismos. Por eso esta Palabra nos despierta y nos dice: vuelve a ocupar tu lugar en la construcción espiritual de Dios.

La Iglesia no es solamente el templo material. La Iglesia somos nosotros cuando nos reunimos, celebramos, compartimos la fe y salimos a servir. Es verdad que hay templos hermosos, lugares que tienen alma, espacios donde uno siente paz y presencia de Dios. Pero el templo más bello que Dios quiere edificar es una comunidad viva, fraterna, misericordiosa, donde cada persona se sabe amada, necesaria y enviada.

3. “No se turbe su corazón”

En el Evangelio, Jesús pronuncia unas palabras profundamente consoladoras: “No se turbe su corazón. Crean en Dios y crean también en mí”.

Jesús dice esto en un momento difícil. Está hablando de su partida, de su Pascua, de su entrega. Los discípulos están confundidos, tristes, inquietos. No entienden del todo lo que está ocurriendo. Y entonces Jesús les abre una esperanza: “En la casa de mi Padre hay muchas moradas”.

Esta frase ha consolado durante siglos a innumerables creyentes. La escuchamos muchas veces en funerales, novenarios, momentos de duelo y despedida. Y con razón. Jesús nos asegura que nuestra vida no termina en el vacío. Vamos hacia la casa del Padre. Hay un lugar preparado por Él. No caminamos hacia la nada, sino hacia una comunión plena.

Pero esta promesa no es solamente para después de la muerte. También ilumina nuestra vida presente. Jesús nos recuerda que somos peregrinos, que nuestra existencia tiene destino, que no estamos abandonados. En medio de las turbaciones, de las crisis, de las enfermedades, de las incertidumbres, de las preguntas familiares, sociales y personales, Él nos dice: “No se turbe su corazón”.

No dice: “No tendrán problemas”. No dice: “Todo será fácil”. Dice algo más profundo: “No permitan que el miedo les robe la fe. No permitan que la confusión les apague la esperanza. No permitan que el dolor les haga olvidar que hay una casa, un Padre, un camino y una promesa”.

4. “Yo soy el camino, la verdad y la vida”

Tomás, con su sinceridad habitual, le dice a Jesús: “Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?”

Y Jesús responde con una de las frases más grandes del Evangelio: “Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí”.

Jesús no dice simplemente: “Yo les enseño un camino”. Dice: “Yo soy el camino”. No dice: “Yo les comunico algunas verdades”. Dice: “Yo soy la verdad”. No dice: “Yo les doy algunos consejos para vivir mejor”. Dice: “Yo soy la vida”.

El cristianismo no es, ante todo, una teoría, una moral, una costumbre social o una tradición familiar. El cristianismo es una relación viva con Jesucristo. Él es el camino que se recorre caminando con Él. Él es la verdad que se descubre amándolo. Él es la vida que se recibe permaneciendo unido a Él.

Por eso el camino hacia la casa del Padre es más sencillo de lo que imaginamos. No porque sea superficial o fácil, sino porque tiene un centro claro: mirar a Jesús y seguirlo. Cuando uno fija la mirada en Cristo, poco a poco empieza a caminar en la dirección correcta.

Mirar a Jesús nos enseña a servir como Él.
Mirar a Jesús nos enseña a perdonar como Él.
Mirar a Jesús nos enseña a amar como Él.
Mirar a Jesús nos enseña a confiar como Él.
Mirar a Jesús nos enseña a construir Iglesia como Él.

5. Una Iglesia que mira desde dentro

Podemos finalizar haciéndonos dos preguntas muy oportunas:

Cuando miro la comunidad cristiana, ¿me siento una piedra viva o una piedra inerte?


¿Miro el mundo desde la Iglesia en la que soy activo, o miro la Iglesia desde fuera?

Son preguntas exigentes. Porque hoy muchas personas miran la Iglesia desde la distancia: opinan, juzgan, critican, se decepcionan, se alejan. Y es verdad que la Iglesia, formada por seres humanos, tiene fragilidades, heridas, pecados y limitaciones. Pero también es verdad que la Iglesia es nuestra casa espiritual, el pueblo de Dios, el lugar donde Cristo sigue llamando, alimentando, perdonando y enviando.

No se trata de negar las sombras. Se trata de no abandonar la construcción. Si una casa tiene grietas, no se arregla insultándola desde la calle. Se arregla entrando, trabajando, reparando, sosteniendo, poniendo el hombro. Así también la Iglesia necesita cristianos que no solo reclamen, sino que amen; no solo critiquen, sino que sirvan; no solo observen, sino que participen.

La Pascua nos invita a ser comunidad viva. Una comunidad donde los pobres no sean olvidados. Una comunidad donde la Palabra crezca. Una comunidad donde cada bautizado encuentre su lugar. Una comunidad donde Cristo sea realmente la piedra angular.

Conclusión

Hermanos y hermanas, en este V Domingo de Pascua, el Señor nos dice tres cosas muy concretas:

Primero: sirvan, porque una Iglesia que no sirve se vuelve estéril.

Segundo: construyan, porque ustedes son piedras vivas del templo espiritual de Dios.

Tercero: confíen, porque en la casa del Padre hay muchas moradas y Cristo mismo nos prepara un lugar.

Que no se turbe nuestro corazón. Que no nos gane el miedo. Que no nos paralice la indiferencia. Que no nos quedemos como piedras frías al borde del camino.

Cristo resucitado, piedra angular, camino, verdad y vida, nos llama hoy a ocupar nuestro lugar en su Iglesia.

Que cada uno pueda decir:
“Señor, quiero ser piedra viva.
Quiero servir en tu casa.
Quiero caminar contigo.
Quiero ayudar a que tu Palabra se multiplique.
Quiero vivir desde ahora como hijo amado en la casa del Padre”.

Amén.

 

2

 

Queridos hermanos y hermanas:

En este quinto domingo de Pascua, la Palabra de Dios nos pone delante una de las frases más luminosas y consoladoras de todo el Evangelio: “Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí”.

Jesús pronuncia estas palabras en un momento muy delicado. Estamos en el contexto de la Última Cena. Los discípulos presienten que algo grave se acerca. Jesús les ha hablado de su partida, de la traición, de la cruz, de un camino que ellos todavía no comprenden. Sus corazones están inquietos. Por eso el Evangelio comienza con una frase que es casi una caricia para el alma: “No se turbe su corazón. Crean en Dios y crean también en mí”.

Cuántas veces también nosotros necesitamos escuchar esas palabras: “No se turbe tu corazón”. Cuando no entendemos lo que pasa. Cuando una enfermedad nos golpea. Cuando una oración parece no recibir respuesta. Cuando vemos sufrir a una persona inocente. Cuando la familia atraviesa dificultades. Cuando alguien que amamos se aleja de la fe. Cuando nos preguntamos: “Señor, ¿por dónde sigo?, ¿qué quieres de mí?, ¿cuál es el camino?”.

Los discípulos escuchaban a Jesús, pero muchas veces no entendían de inmediato. Jesús les hablaba de misterios profundos: su regreso al Padre, la morada preparada para ellos, la comunión con Dios. Pero ellos, aunque lo amaban, todavía no podían comprenderlo todo.

Y eso debe consolarnos. La fe no significa entenderlo todo desde el primer momento. La fe significa confiar en Aquel que sí conoce el camino.

1. Tomás y Felipe: la sinceridad de quien no entiende

En el Evangelio aparecen dos discípulos que se atreven a preguntar: Tomás y Felipe.

Tomás dice: “Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?”. Esta pregunta es muy humana. Tomás no finge entender. No se queda callado aparentando seguridad. Él reconoce su confusión.

Y Jesús le responde no con un mapa, no con una explicación larga, no con una teoría, sino con una persona: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”.

Esto es fundamental. Jesús no dice solamente: “Yo les enseño el camino”. Dice: “Yo soy el camino”. No dice únicamente: “Yo les digo algunas verdades”. Dice: “Yo soy la verdad”. No dice: “Yo les ofrezco una vida un poco mejor”. Dice: “Yo soy la vida”.

El cristianismo no es, ante todo, una doctrina fría, una lista de normas o una costumbre religiosa. El cristianismo es una relación viva con Jesucristo. Seguir a Cristo no es caminar detrás de una idea, sino detrás de una Persona. Creer en Cristo no es repetir fórmulas, sino dejarse conducir por Él.

Después habla Felipe: “Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta”. También es una petición hermosa. Felipe quiere ver a Dios. Quiere una certeza. Quiere una experiencia definitiva. Y Jesús le responde: “Felipe, tanto tiempo hace que estoy con ustedes, ¿y todavía no me conoces? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre”.

Aquí Jesús nos revela el corazón de nuestra fe: en Él vemos el rostro del Padre. Si queremos saber cómo es Dios, miremos a Jesús. Si queremos saber cómo ama Dios, miremos a Jesús tocando al leproso, perdonando a la pecadora, llorando ante la tumba de Lázaro, lavando los pies de sus discípulos, entregándose en la cruz. Si queremos saber qué piensa Dios del ser humano, miremos a Cristo dando la vida por nosotros.

2. No todo se comprende de golpe

Podemos afirmar que las palabras de Jesús tienen muchas capas de profundidad. No se pueden digerir como quien lee rápidamente una novela o una noticia. El Evangelio necesita oración, silencio, escucha, paciencia.

Esto nos hace mucho bien recordarlo. Vivimos en una cultura que quiere respuestas inmediatas. Todo rápido, todo explicado, todo resuelto. Pero los misterios de Dios no funcionan así. Dios no siempre responde de manera directa o instantánea. A veces nos da una pequeña luz y nos invita a caminar con ella. A veces nos permite comprender poco a poco. A veces la respuesta no llega como explicación, sino como fuerza interior para seguir.

Muchas preguntas humanas no tienen una respuesta fácil: ¿por qué sufre el inocente?, ¿por qué muere alguien joven?, ¿por qué Dios no actúa como nosotros esperamos?, ¿por qué un hijo se aleja de la fe?, ¿por qué mi vida tomó este rumbo?

Jesús no desprecia nuestras preguntas. Tomás preguntó. Felipe preguntó. Nosotros también podemos preguntar. Pero Jesús nos enseña que la respuesta más profunda está en permanecer unidos a Él. Hay cosas que solo se entienden de rodillas. Hay caminos que solo se descubren orando. Hay verdades que solo se comprenden cuando el corazón se va pareciendo al corazón de Cristo.

Por eso, cuando Jesús dice: “Yo soy el camino”, nos invita a caminar con Él incluso cuando no vemos todo el trayecto. Cuando dice: “Yo soy la verdad”, nos invita a confiar en su Palabra incluso cuando nuestras ideas se quedan cortas. Cuando dice: “Yo soy la vida”, nos invita a recibir de Él una vida que no termina, una vida que ya comienza aquí y se plenifica en la casa del Padre.

3. La casa del Padre: una esperanza para el corazón

Jesús dice también: “En la casa de mi Padre hay muchas moradas”.

Esta frase ha consolado a generaciones de creyentes. La proclamamos con frecuencia en funerales, exequias y novenarios porque expresa una esperanza inmensa: no caminamos hacia el vacío. Nuestra vida no termina en la oscuridad. Jesús nos prepara un lugar.

Pero esta esperanza no es una evasión del mundo. No se trata de decir: “Como un día iremos a la casa del Padre, entonces no importa lo que hagamos aquí”. Al contrario. Precisamente porque sabemos hacia dónde vamos, debemos vivir de otra manera.

Quien sabe que va hacia la casa del Padre aprende a vivir como hijo. Quien sabe que Cristo le prepara una morada aprende a preparar también aquí espacios de fraternidad, servicio, justicia y misericordia. La esperanza del cielo no nos aleja de la tierra; nos compromete más con ella.

Y aquí se conecta muy bien la primera lectura.

4. Una Iglesia que sirve y no deja a nadie olvidado

En los Hechos de los Apóstoles aparece una dificultad concreta dentro de la primera comunidad cristiana. Las viudas de lengua griega estaban siendo descuidadas en la distribución diaria. Es decir, había un grupo vulnerable que no estaba siendo atendido suficientemente.

La comunidad pudo haber ignorado el problema. Pudo haber dicho: “Eso no es tan importante”. Pero no. Los apóstoles escuchan, disciernen y organizan mejor el servicio. Así nacen los siete varones elegidos para atender esta necesidad; entre ellos, Esteban.

Esto nos muestra que la Iglesia pascual no es una comunidad de discursos bonitos, sino de servicio concreto. No basta anunciar que Cristo es el camino, la verdad y la vida si después no abrimos caminos para los pobres, si no vivimos en la verdad de la caridad, si no defendemos la vida de quienes están más abandonados.

El Evangelio se vuelve creíble cuando la comunidad sirve. Por eso la lectura termina diciendo que la Palabra de Dios iba creciendo y se multiplicaba el número de los discípulos. La Palabra crece cuando hay oración, pero también cuando hay caridad organizada. La Palabra se multiplica cuando la Iglesia no se encierra en sí misma, sino que cuida a los débiles.

Una comunidad que celebra la Pascua debe preguntarse siempre: ¿quiénes son hoy nuestras viudas olvidadas?, ¿quiénes están quedando por fuera?, ¿quién necesita ser escuchado?, ¿qué dolor cercano estamos pasando por alto?

5. Piedras vivas de un templo espiritual

La segunda lectura, de la primera carta de San Pedro, nos ofrece otra imagen preciosa: “También ustedes, como piedras vivas, entran en la construcción de un templo espiritual”.

Cristo es la piedra viva, rechazada por los hombres, pero escogida y preciosa ante Dios. Él es la piedra angular. Y nosotros, unidos a Él por el bautismo, somos piedras vivas.

Esto significa que cada cristiano tiene un lugar en la construcción de la Iglesia. Nadie sobra. Nadie es inútil. Nadie está llamado a ser simple espectador.

Una piedra viva es alguien que sostiene, que participa, que ora, que sirve, que perdona, que edifica comunidad. Una piedra viva no se limita a mirar la Iglesia desde fuera, como si no fuera asunto suyo. Una piedra viva dice: “Esta es mi casa, esta es mi familia de fe, esta es mi misión”.

Pero también podemos convertirnos en piedras inertes: cuando criticamos sin ayudar, cuando asistimos sin comprometernos, cuando vivimos la fe solo por costumbre, cuando nos quedamos cómodos, cuando dejamos que otros hagan todo.

Este domingo el Señor nos pregunta: ¿eres piedra viva o piedra dormida? ¿Estás ayudando a construir o solamente estás mirando desde lejos?

La Iglesia no es solamente el templo material. La Iglesia es el pueblo que camina hacia la casa del Padre, unido a Cristo, sirviendo a los hermanos, alimentado por la Palabra y la Eucaristía.

6. El salmo: confiar en la misericordia del Señor

El Salmo nos ayuda a poner todo esto en actitud de confianza: “Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti”.

Esa es la oración de quien no entiende todo, pero confía. Esa es la oración de Tomás, de Felipe, de la primera comunidad, de cada uno de nosotros.

Señor, no siempre comprendo tus caminos, pero espero en tu misericordia.
Señor, no siempre veo claro, pero confío en tu Palabra.
Señor, no siempre tengo fuerzas, pero sé que Tú eres mi camino.
Señor, no siempre sé qué hacer, pero quiero permanecer unido a Ti.

Conclusión

Hermanos y hermanas, este V Domingo de Pascua nos deja una certeza luminosa: no estamos perdidos. Tenemos camino. Tenemos verdad. Tenemos vida. Tenemos una casa hacia la cual caminar. Tenemos un Padre que nos espera. Tenemos a Cristo que nos conduce.

Cuando la vida se vuelva confusa, escuchemos a Jesús: “No se turbe su corazón”.

Cuando no sepamos por dónde seguir, respondamos con fe: “Señor, Tú eres el camino”.

Cuando nos sintamos confundidos por tantas voces, digamos: “Señor, Tú eres la verdad”.

Cuando el cansancio, el dolor o la muerte quieran imponerse, proclamemos: “Señor, Tú eres la vida”.

Y mientras caminamos hacia la casa del Padre, no caminemos solos ni indiferentes. Seamos piedras vivas. Seamos Iglesia que sirve. Seamos comunidad que no olvida a los pobres. Seamos discípulos que oran, escuchan, aman y construyen.

Que Cristo resucitado, camino, verdad y vida, nos conduzca siempre al Padre.
Y que, unidos a Él, aprendamos a vivir ya desde ahora como hijos de la casa de Dios.

Amén.

 


viernes, 1 de mayo de 2026

2 de mayo del 2026: sábado de la cuarta semana de Pascua- San Atanasio, obispo y Doctor, memoria

 

San Atanasio

Siglo IV. “El Verbo de Dios se hizo hombre para hacernos Dios”, escribía este obispo de Alejandría, que fue desterrado cinco veces por haber defendido con valentía la divinidad de Cristo. Doctor de la Iglesia.

 

 

Altibajos

Juan 14, 7-14

«Hace tanto tiempo que estoy con ustedes, ¿y todavía no me conoces, Felipe?». En las palabras de Jesús hay como una nota de tristeza. Es que las relaciones entre Él y sus discípulos son como todas las relaciones: están marcadas por altibajos, por momentos de gran comunión y por momentos de incomprensión mutua. Así sucede también en nuestra relación personal con Cristo.

Bertrand Lesoing, prêtre de la communauté Saint-Martin

 


Primera lectura

Hch 13, 44-52
Sepan que nos dedicamos a los gentiles

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.

EL sábado siguiente, casi toda la ciudad acudió a oír la palabra del Señor. Al ver el gentío, los judíos se llenaron de envidia y respondían con blasfemias a las palabras de Pablo.
Entonces Pablo y Bernabé dijeron con toda valentía:
«Teníamos que anunciarles primero a ustedes la palabra de Dios; pero como la rechazan y no se consideran dignos de la vida eterna, sepan que nos dedicamos a los gentiles. Así nos lo ha mandado el Señor: “Yo te he puesto como luz de los gentiles, para que lleves la salvación hasta el confín de la tierra”».
Cuando los gentiles oyeron esto, se alegraron y alababan la palabra del Señor; y creyeron los que estaban destinados a la vida eterna.
La palabra del Señor se iba difundiendo por toda la región. Pero los judíos incitaron a las señoras distinguidas, adoradoras de Dios, y a los principales de la ciudad, provocaron una persecución contra Pablo y Bernabé y los expulsaron de su territorio.
Estos sacudieron el polvo de los pies contra ellos y se fueron a Iconio. Los discípulos, por su parte, quedaban llenos de alegría y de Espíritu Santo.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 97, 1bcde. 2-3ab. 3cd-4 (R.: 3cd)

R. Los confines de la tierra han contemplado
la salvación de nuestro Dios.


O bien:

R. Aleluya.

V. Canten al Señor un cántico nuevo,
porque ha hecho maravillas.
Su diestra le ha dado la victoria,
su santo brazo. R.

V. El Señor da a conocer su salvación,
revela a las naciones su justicia.
Se acordó de su misericordia y su fidelidad
en favor de la casa de Israel. R.

V. Los confines de la tierra han contemplado
la salvación de nuestro Dios.
Aclama al Señor, tierra entera;
griten, vitoreen, toquen. R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Si permanecen en mi palabra —dice el Señor—, serán de verdad discípulos míos, y conocerán la verdad. R.

 

Evangelio

Jn 14, 7-14

Quien me ha visto a mí ha visto al Padre

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Si me conocieran a mí, conocerían también a mi Padre. Ahora ya lo conocen y lo han visto».
Felipe le dice:
«Señor, muéstranos al Padre y nos basta».
Jesús le replica:
«Hace tanto que estoy con ustedes, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre”? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Lo que yo les digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace las obras. Créanme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí. Si no, crean a las obras.
En verdad, en verdad les digo: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aun mayores, porque yo me voy al Padre. Y lo que pidan en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si me piden algo en mi nombre, yo lo haré».

Palabra del Señor.

 

 

Queridos hermanos:

El Evangelio de hoy nos deja escuchar una frase de Jesús que toca el corazón:
“Hace tanto tiempo que estoy con ustedes, ¿y todavía no me conoces, Felipe?”

No es una frase dura solamente. Es también una frase triste, tierna, profundamente humana y divina. Jesús lleva tiempo caminando con sus discípulos. Ha compartido con ellos el pan, los caminos, las noches de oración, las multitudes, los milagros, las parábolas, los cansancios, las lágrimas y las esperanzas. Y, sin embargo, Felipe todavía le dice: “Señor, muéstranos al Padre y nos basta.”

Es como si Jesús respondiera: “Felipe, ¿no te das cuenta? Todo este tiempo has estado viendo al Padre en mí. Cada palabra mía, cada gesto de misericordia, cada sanación, cada perdón, cada mirada compasiva, cada cercanía con los pobres y pecadores, todo eso era el rostro del Padre manifestándose ante ustedes.”

Hermanos: también nuestra relación con Cristo tiene altibajos. Hay momentos en que sentimos a Jesús cercano, claro, luminoso. Hay días en que rezamos y sentimos paz. Hay celebraciones en que la Palabra parece hablarnos directamente. Hay circunstancias en que decimos: “El Señor está conmigo.”

Pero también hay momentos de oscuridad, de cansancio, de dudas, de tibieza, de rutina espiritual. Momentos en que Cristo parece distante, no porque Él se haya alejado, sino porque nuestro corazón está distraído, herido o encerrado. Como Felipe, podemos llevar años escuchando el Evangelio, participando en la Eucaristía, rezando, sirviendo, y aun así Jesús podría preguntarnos: “¿Tanto tiempo conmigo y todavía no me conoces?”

Esta pregunta no busca humillarnos. Busca despertarnos.

Porque conocer a Jesús no es solamente saber cosas de Él. No basta conocer doctrinas, oraciones, ritos o costumbres religiosas. Todo eso es importante, pero el centro es otro: conocer a Jesús es entrar en comunión con Él, dejar que su manera de amar transforme nuestra manera de vivir.

Por eso Jesús dice:
“El que me ha visto a mí, ha visto al Padre.”

Aquí está una de las grandes revelaciones de nuestra fe: Dios no es una idea lejana, fría, inalcanzable. Dios tiene rostro. Y ese rostro es Cristo. Si queremos saber cómo es Dios, miremos a Jesús. Si queremos saber cómo mira Dios al pecador, miremos a Jesús con Zaqueo, con la samaritana, con Pedro después de la negación. Si queremos saber cómo ama Dios a los enfermos, miremos a Jesús tocando al leproso, levantando al paralítico, devolviendo la vista al ciego. Si queremos saber cómo se acerca Dios a los pobres, miremos a Jesús multiplicando el pan, defendiendo a los pequeños, lavando los pies de sus discípulos.

Y si queremos saber hasta dónde llega el amor de Dios, miremos la cruz.

La primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles, nos presenta otro momento de altibajos. Pablo y Bernabé anuncian la Palabra. La gente se reúne en gran número para escuchar el mensaje del Señor. Hay entusiasmo, alegría, apertura. Pero también aparece la oposición, los celos, el rechazo y la persecución.

Así es la vida de la Iglesia. Así es también la vida del creyente. A veces el Evangelio es acogido con alegría; otras veces encuentra resistencia. A veces la Palabra abre corazones; otras veces incomoda. A veces quienes deberían alegrarse por la obra de Dios se llenan de envidia porque Dios actúa de formas que no esperaban.

Pablo y Bernabé, sin embargo, no se quedan paralizados ante el rechazo. No responden con odio. No abandonan la misión. El texto dice que, ante la oposición, ellos sacuden el polvo de sus pies y siguen adelante. Y añade algo hermoso:
“Los discípulos quedaron llenos de alegría y del Espíritu Santo.”

Qué enseñanza tan grande: la alegría cristiana no depende de que todo salga bien. No depende de aplausos, éxitos o reconocimientos. La alegría cristiana nace de saber que el Evangelio sigue avanzando, incluso en medio de las dificultades.

Por eso el salmo canta:
“Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios.”

El salmo nos invita a mirar más allá de nuestros pequeños fracasos, de nuestras incomprensiones, de nuestras crisis personales o comunitarias. Dios sigue obrando. Su salvación no queda encerrada en un grupo, en una cultura, en una época o en una institución humana. La salvación se abre camino hasta los confines de la tierra.

Y en este contexto celebramos la memoria de San Atanasio, gran defensor de la fe en Cristo verdadero Dios y verdadero hombre. Atanasio vivió tiempos difíciles. Fue perseguido, desterrado varias veces, incomprendido, atacado. Pero permaneció firme. ¿Por qué? Porque sabía que si Cristo no es verdaderamente Dios, entonces no nos revela plenamente al Padre. Y si no nos revela al Padre, nuestra fe queda vacía.

San Atanasio defendió precisamente lo que hoy Jesús dice en el Evangelio:
“El que me ha visto a mí, ha visto al Padre.”

Cristo no es simplemente un profeta admirable, un maestro espiritual o un hombre bueno. Cristo es el Hijo eterno del Padre, la Palabra hecha carne, el rostro visible del Dios invisible. En Él Dios se ha acercado definitivamente a nosotros.

Y como hoy también hacemos memoria de María en sábado, podemos mirar a la Virgen como la mujer que sí supo contemplar el rostro de Dios en Jesús. María no entendió todo desde el comienzo. También ella vivió preguntas, silencios, dolores y pruebas. Pero guardaba todo en su corazón. No pretendía dominar el misterio; lo acogía. No exigía explicaciones inmediatas; confiaba.

María nos enseña a permanecer con Jesús incluso cuando no entendemos todo. Nos enseña a no abandonar la fe cuando aparecen los altibajos. Nos enseña a mirar a Cristo y descubrir en Él el rostro amoroso del Padre.

Queridos hermanos, quizás hoy el Señor nos hace una pregunta personal:

“Hace tanto tiempo que estoy contigo… ¿y todavía no me conoces?”

Hace tanto tiempo que te hablo en la Palabra.
Hace tanto tiempo que me recibes en la Eucaristía.
Hace tanto tiempo que te he sostenido en tus caídas.
Hace tanto tiempo que he perdonado tus pecados.
Hace tanto tiempo que he caminado contigo en tus luchas.
¿Todavía no reconoces mi presencia?

Pero no escuchemos esta pregunta como reproche amargo. Escuchémosla como una invitación amorosa a volver al centro: Cristo. A conocerlo más. A tratarlo más. A confiar más. A no reducir la fe a costumbre. A no vivir una relación superficial con el Señor.

El Evangelio termina con una promesa audaz:
“El que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aun mayores.”

Jesús no dice esto porque nosotros seamos más grandes que Él, sino porque Él actúa en nosotros por medio de su Espíritu. Cuando creemos de verdad, nuestras manos pueden consolar, nuestra palabra puede levantar, nuestra presencia puede reconciliar, nuestra oración puede sostener, nuestro testimonio puede abrir caminos de esperanza.

En este tiempo pascual, pidamos la gracia de conocer más profundamente a Jesús. Que no pasemos años junto a Él sin dejarnos transformar por Él. Que no seamos discípulos distraídos, sino amigos atentos. Que en medio de los altibajos de la vida, de la fe y de la misión, permanezcamos firmes como San Atanasio, alegres como Pablo y Bernabé, y confiados como María.

Y que al mirar a Cristo podamos decir con fe renovada:

Señor Jesús, en ti vemos al Padre.
En tu misericordia vemos su corazón.
En tu cruz vemos su amor.
En tu resurrección vemos nuestra esperanza.
Quédate con nosotros, para que después de tanto caminar contigo, podamos conocerte mejor, amarte más y anunciarte con alegría.

Amén.

 

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2 de mayo: San Atanasio, Obispo y Doctor—Memoria


C. 296–373 Patrono de los teólogos 

 Proclamado Doctor de la Iglesia por el Papa San Pío V en 1568 

Ahora bien, cuando Arrio y sus compañeros hicieron estas afirmaciones y las confesaron descaradamente, reunidos con los obispos de Egipto y Libia, casi cien en número, los anatematizamos a ellos y a sus seguidores. Pero Eusebio y sus compañeros los admitieron a la comunión, deseosos de mezclar la falsedad con la verdad, y la impiedad con la piedad. Pero no podrán hacerlo, porque la verdad debe prevalecer; ni hay comunión de la luz con las tinieblas, ni concordia de Cristo con Belial.

 


¿Puede algo ser 100% negro y 100% blanco al mismo tiempo? Ciertamente no. Fue una lógica similar a esta la que creó una feroz controversia conocida como arrianismo en la Iglesia del siglo cuarto. Entre los mayores opositores al arrianismo se encontraba San Atanasio, a quien hoy honramos.

Arrio era un sacerdote de Alejandría, el actual Egipto. La creencia de que Jesús era 100% humano y 100% divino le parecía lógicamente incompatible. Como resultado, Arrio enseñó que el Padre creó al Hijo, haciendo al Hijo subordinado al Padre y ni coeterno ni coigualcon Él. 

El debate finalmente se resolvería en un concilio de la Iglesia en Nicea, convocado por el emperador romano Constantino el Grande. La respuesta vino a través de la formulación del Credo de Nicea, que seguimos profesando hoy como Iglesia. El Credo de Nicea lo hizo bien, y el santo de hoy se aseguró de ello. 

Poco se sabe sobre la vida temprana de San Atanasio, pero se sabe mucho sobre su liderazgo inquebrantable, coraje y profundidad de fe, debido a los voluminosos escritos que dejó. Una historia relata que cuando Atanasio era solo un niño, él y dos amigos estaban jugando en la playa cuando el obispo de Alejandría los notó. El obispo observó que el joven Atanasio fingía bautizar a los otros niños, a imitación del propio obispo. Después de examinar la fe y la comprensión del sacramento de Atanasio, el obispo declaró que los bautismos de los otros niños por parte de Atanasio eran verdaderamente válidos. El obispo entonces tomó a Atanasio bajo su protección y se encargó de que recibiera la mejor educación que la floreciente ciudad cristiana de Alejandría podía ofrecerle. Llegó a ser un excelente estudiante y se sumergió especialmente en las Sagradas Escrituras.

En ese momento, Alejandría era un importante centro comercial, con una mezcla de cultura griega y romana. La fe era fuerte y las escuelas de la ciudad eran renombradas. Lo que salió de Alejandría afectó a toda la Iglesia. En 311, el obispo de Alejandría fue martirizado en una de las últimas persecuciones romanas de la fe. 

En 313, el emperador Constantino emitió el Edicto de Milán, legalizando la práctica de la fe cristiana. Al completar su educación, Atanasio fue ordenado diácono en Alejandría. Como diácono, su conocimiento de la Escritura se daría a conocer especialmente a través de su primera gran obra, Sobre la Encarnación del Verbo, en la que articula poderosamente que Jesús es la Palabra divina y eterna del Padre. 

Con la legalización del cristianismo y el fin de las persecuciones externas a la Iglesia, comenzó un nuevo ataque a la Iglesia, esta vez desde adentro. Hacia el año 318, Arrio, sacerdote de una rica parroquia de Alejandría, pronunció desde el púlpito que su obispo era hereje. Promovió su creencia de que el Hijo de Dios estaba subordinado al Padre, no participaba de Su divinidad y, por lo tanto, no era ni eterno ni coeterno. 

El obispo de Alejandría trabajó duro para reconciliar a Arrio, pero fue en vano. En 321 se celebró en Alejandría un sínodo de casi 100 obispos, y rechazaron las enseñanzas de Arrio. Posteriormente, Arrio rechazó a los obispos y huyó a Palestina, donde continuó difundiendo sus errores. Con el cristianismo legal en todo el imperio, Arrio emprendió una campaña de prédicación…,

En 325, Constantino convocó el primer concilio ecuménico de la Iglesia en la ciudad de Nicea, cerca de Constantinopla, con la cooperación del Papa Silvestre. 

A medida que los obispos se reunían de todo el imperio, muchos de ellos mostraban las marcas físicas de la persecución por parte de los emperadores romanos que habían soportado durante toda su vida. Ahora, se enfrentaron a un nuevo enemigo, uno que buscaba negar la divinidad de Cristo. En el consejo, a Arrio se le dio la libertad de presentar su caso ante la audiencia de todos. El obispo de Alejandría también expuso su caso. Testimonios posteriores también afirman que el diácono Atanasio fue una de las voces más claras y convincentes en apoyo de la divinidad de Cristo, basando sus argumentos en su obra Sobre la Encarnación del Verbo de Dios…De los más de 300 obispos presentes, solo dos se negaron a apoyar la posición articulada por el obispo de Alejandría y el diácono Atanasio. Se formuló un credo para articular clara y concisamente la fe pura de la Iglesia: el Credo de Nicea. Esos dos obispos que se negaron a aceptarlo, junto con Arrio, fueron exiliados. Poco después del concilio, murió el obispo de Alejandría y Atanasio, de treinta años, fue elegido su sucesor, para deleite de todo el pueblo.

Uno podría pensar que el Concilio de Nicea, con la emisión del Credo de Nicea, habría puesto fin a los problemas, pero no fue así. Poco después, los obispos exiliados que apoyaban a Arrio ganaron el apoyo del emperador Constantino y lo convencieron de exiliar al obispo Atanasio de Alejandría. Este fue el primero de cinco exilios que el obispo Atanasio soportaría de cuatro emperadores romanos diferentes. De hecho, diecisiete de sus cuarenta y ocho años como obispo de Alejandría los pasó en el exilio.

Romanos 8:28 dice: “Sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados”. Esta Escritura ciertamente se cumplió en la vida de San Atanasio. Durante sus cinco exilios, escribió más de cincuenta cartas que se han conservado, numerosas obras sobre la fe y la primera biografía detallada de un santo, San Antonio del Desierto. Su libro sobre San Antonio se basó en su conocimiento de primera mano de la vida de este monje del desierto. Se cree que Atanasio pasó al menos un año con Antonio antes de la muerte de este, y luego pasó cinco o seis años más con la comunidad de monjes del desierto que Antonio había ayudado a formar. 

El conocimiento de Atanasio de esta vocación única, así como su participación en ella, proporcionó a la Iglesia primitiva un poderoso testimonio de la vocación a la soledad y la oración. 

Su libro se convirtió en uno de los libros más copiados de esa época y sigue siendo muy popular en la actualidad. No hay duda de que ese trabajo contribuyó en gran medida a la comprensión de la vida contemplativa no solo de los monjes del desierto, sino también de los religiosos, el clero y los laicos. Además, las otras obras de Atanasio no solo condujeron finalmente al repudio total de la herejía arriana, sino que también han brindado a los teólogos desde entonces valiosos conocimientos sobre la fe, especialmente sobre la Encarnación y la divinidad de Cristo.

Mientras honramos a este gran Doctor de la Iglesia, reflexionemos especialmente sobre su inquebrantable devoción a la verdad, a pesar de soportar una persecución de por vida por ella. Hubiera sido más fácil para él permanecer en silencio, pero no lo hizo. Si a veces te encuentras comprometiendo tu fe, inspírate en San Atanasio y busca su intercesión hoy.

 

San Atanasio, tu fe, conocimiento de la verdad y compromiso inquebrantable con la proclamación de la verdad resultaron en mucho sufrimiento en tu vida. Sin embargo, Dios usó ese sufrimiento y tu coraje para purificar a la Iglesia y ponerla en un camino glorioso. Ora por mí, para que imite tu fe y valor en mi propia vida para que Dios pueda usarme para dejar un legado duradero para aquellos a quienes estoy llamado a amar y servir. San Atanasio, ruega por mí. Jesús, en Ti confío.


3 de mayo del 2026: Quinto domingo de Pascua-Ciclo A

  ¡Algo nunca visto! ¿Ustedes han visto alguna vez piedras vivas? Yo no. ¿O una casa que tenga alma? No he visto el alma, pero sí conozco ...