viernes, 10 de abril de 2026

10 de abril del 2026: Viernes de la Octava de Pascua


El hambre del Resucitado

(Juan 21, 1-14) Durante la octava pascual, la liturgia nos va haciendo recorrer una a una las apariciones de Jesús a sus discípulos. ¡En tres de ellas se habla de comer! Jesús acaba de vencer la muerte, se revela igual a Dios, Señor de la vida, y hoy lo vemos en una playa compartiendo pan y pescado con los suyos. No hace ningún comentario sobre lo que acaba de atravesar, sino que se preocupa por habitar lo ordinario de los días con una sorprendente sencillez.

Bénédicte de la Croix, cistercienne

 


Primera lectura

Hch 4, 1-12

No hay salvación en ningún otro

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.

EN aquellos días, mientras Pedro y Juan hablaban al pueblo, después de que el paralítico fuese sanado, se les presentaron los sacerdotes, el jefe de la guardia del templo y los saduceos, indignados de que enseñaran al pueblo y anunciaran en Jesús la resurrección de los muertos. Los apresaron y los metieron en la cárcel hasta el día siguiente, pues ya era tarde. Muchos de los que habían oído el discurso creyeron; eran unos cinco mil hombres.
Al día siguiente, se reunieron en Jerusalén los jefes del pueblo, los ancianos y los escribas, junto con el sumo sacerdote Anás, y con Caifás y Alejandro, y los demás que
eran familia de sumos sacerdotes. Hicieron comparecer en medio de ellos a Pedro y a Juan y se pusieron a interrogarlos:
«¿Con qué poder o en nombre de quién han hecho eso ustedes?».
Entonces Pedro, lleno de Espíritu Santo, les dijo:
«Jefes del pueblo y ancianos: Porque le hemos hecho un favor a un enfermo, nos interrogan ustedes hoy para averiguar qué poder ha curado a ese hombre; quede bien claro a todos ustedes y a todo Israel que ha sido el Nombre de Jesucristo el Nazareno, a quien ustedes crucificaron y a quien Dios resucitó de entre los muertos; por este Nombre, se presenta este sano ante ustedes. Él es “la piedra que desecharon ustedes, los arquitectos, y que se ha convertido en piedra angular”; no hay salvación en ningún otro, pues bajo el cielo no se ha dado a los hombres otro nombre por el que debamos salvarnos».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 117, 1-2 y 4. 22-24. 25-27a (R,.: 22)

R. La piedra que desecharon los arquitectos
es ahora la piedra angular.

O bien:

R. Aleluya.

V. Den gracias al Señor porque es bueno,
porque es eterna su misericordia.
Diga la casa de Israel:
eterna es su misericordia.
Digan los que temen al Señor:
eterna es su misericordia. 
R.

V. La piedra que desecharon los arquitectos
es ahora la piedra angular.
Es el Señor quien lo ha hecho,
ha sido un milagro patente.
Este es el día que hizo el Señor:
sea nuestra alegría y nuestro gozo.
 R.

V. Señor, danos la salvación;
Señor, danos prosperidad.
Bendito el que viene en nombre del Señor,
los bendecimos desde la casa del Señor.
El Señor es Dios, él nos ilumina. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Este es el día que hizo el Señor; sea nuestra alegría y nuestro gozo. R.

 

Evangelio

Jn 21, 1-14

Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

EN aquel tiempo, Jesús se apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Y se apareció de esta manera:
Estaban juntos Simón Pedro, Tomás, apodado el Mellizo; Natanael, el de Caná de Galilea; los Zebedeos y otros dos discípulos suyos.
Simón Pedro les dice:
«Me voy a pescar».
Ellos contestan:
«Vamos también nosotros contigo».
Salieron y se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada. Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús.
Jesús les dice:
«Muchachos, ¿tienen pescado?».
Ellos contestaron:
«No».
Él les dice:
«Echen la red a la derecha de la barca y encontrarán».
La echaron, y no podían sacarla, por la multitud de peces. Y aquel discípulo a quien Jesús amaba le dice a Pedro:
«Es el Señor».
Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la túnica y se echó al agua. Los demás discípulos se acercaron en la barca, porque no distaban de tierra más que unos doscientos codos, remolcando la red con los peces. Al saltar a tierra, ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan.
Jesús les dice:
«Traigan de los peces que acaban de coger».
Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y aunque eran tantos, no se rompió la red.
Jesús les dice:
«Vamos, almuercen».
Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor.
Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado.
Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos después de resucitar de entre los muertos.

Palabra del Señor.

 

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Queridos hermanos y hermanas:

seguimos avanzando en esta luminosa Octava de Pascua, como quien contempla un diamante desde diversos ángulos. Cada día la liturgia nos muestra un destello nuevo del Resucitado. Hoy, sin embargo, ese resplandor no aparece primero en lo extraordinario, sino en lo cotidiano. No vemos a Jesús entre relámpagos, ni pronunciando largos discursos, ni rodeado de solemnidad. Lo vemos en la orilla del lago, al amanecer, preparando alimento para los suyos. Lo vemos ocupándose del hambre de sus discípulos. Lo vemos, sencillamente, resucitado y cercano.

Y eso ya es en sí mismo una gran noticia para nosotros.

Porque a veces imaginamos que la Resurrección tendría que alejarnos de la vida concreta, de las preocupaciones humanas, de los cansancios del cuerpo, de las heridas del alma. Pero el Evangelio de hoy nos dice exactamente lo contrario: el Resucitado entra en lo concreto, en lo frágil, en lo humano, en lo cotidiano. Se hace presente allí donde hay fatiga, hambre, frustración, silencio, noche, trabajo sin frutos y corazones confundidos.

1. Una noche estéril

El relato comienza con una escena profundamente humana. Pedro dice: “Voy a pescar”. Los demás responden: “Vamos también nosotros contigo”. Y salieron. Pero aquella noche no pescaron nada.

¡Qué escena tan conocida para nosotros! Cuántas veces también nosotros volvemos a nuestras redes viejas, a nuestras costumbres, a nuestros mecanismos de defensa, a lo conocido, cuando el dolor nos descoloca o cuando no entendemos lo que Dios está haciendo en nuestra vida. Los discípulos han visto señales, han oído noticias, han sido tocados por la novedad pascual, pero todavía están recomponiéndose interiormente. Aún no saben del todo cómo vivir después del Viernes Santo. Aún no saben cómo rearmar la existencia después del trauma de la cruz.

Y entonces hacen lo que muchas veces hacemos nosotros: vuelven a lo de antes.

Pero ni siquiera eso les sale bien. Trabajan toda la noche y no consiguen nada.

Aquí hay una palabra para tantos hombres y mujeres que hoy sufren en el cuerpo y en el alma. Para quienes están agotados de luchar contra una enfermedad, para quienes viven con dolores físicos persistentes, para quienes experimentan la ansiedad, la tristeza, el duelo, la depresión, la soledad, el cansancio interior. Para quienes sienten que han trabajado mucho, han orado mucho, han llorado mucho… y, sin embargo, la red sigue vacía.

El Evangelio no niega esa experiencia. No la disfraza. No dice que todo fue fácil. No dice que la fe evita la noche. Dice que pasaron la noche entera y no pescaron nada.

La Pascua no borra mágicamente nuestras noches. Pero sí nos asegura que ninguna noche es eterna.

2. Jesús está en la orilla, aunque no lo reconozcamos

Dice el Evangelio: “Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús”.

Éste es uno de los grandes dramas y, a la vez, uno de los grandes consuelos de la vida espiritual: Jesús está, aunque nosotros no siempre lo reconozcamos.

Está en la orilla de nuestras derrotas.
Está en la orilla de nuestra enfermedad.
Está en la orilla de nuestros duelos.
Está en la orilla de las lágrimas que nadie ve.
Está en la orilla de las noches en que nos sentimos inútiles, vacíos o abandonados.

Pero no siempre lo reconocemos. Y no lo reconocemos porque el dolor nubla la mirada, porque el miedo vuelve torpe el corazón, porque la tristeza nos encierra, porque la rutina nos impide advertir lo sagrado.

Cuántas personas, especialmente las que sufren en el cuerpo y en el alma, pueden llegar a pensar: “Dios me dejó”, “Dios no escucha”, “Dios no está”. Sin embargo, la Pascua nos dice: aunque no lo reconozcas, Él está en la orilla de tu vida.

No grita. No violenta. No humilla. No reprocha. No les dice: “¿Ven que sin mí no pueden nada?”. Les pregunta con ternura: “Muchachos, ¿tienen pescado?”. Es la delicadeza de Dios. Un Dios que se interesa por nuestra pobreza sin avergonzarnos de ella.

3. La obediencia humilde abre caminos inesperados

Jesús les dice: “Echen la red a la derecha de la barca y encontrarán”. Ellos la echaron y ya no podían arrastrarla por la abundancia de peces.

Qué extraño: aquellos hombres eran pescadores, conocían el lago, sabían su oficio, habían trabajado toda la noche. Sin embargo, el fruto no vino de su experiencia solamente, sino de la obediencia a la palabra del Señor.

También nosotros, en días penitenciales como éste, estamos invitados a revisar una verdad muy sencilla y muy honda: a veces sufrimos más porque insistimos en hacerlo todo solos. Queremos controlar, resolver, entender, dominar. Pensamos que con nuestras propias fuerzas bastará. Y terminamos agotados, vacíos, frustrados.

La penitencia cristiana no es simplemente “aguantar” o “castigarse”. La verdadera penitencia es volver el corazón hacia Dios, reconocer que sin Él nuestras redes quedan vacías, y dejar que su palabra reoriente nuestra vida.

Hay sufrimientos que no desaparecerán de inmediato. Hay enfermedades que exigirán paciencia. Hay heridas del alma cuyo proceso será largo. Pero incluso en medio de todo eso, la obediencia humilde al Señor puede abrir fecundidades inesperadas: una paz nueva, una fortaleza distinta, una reconciliación pendiente, una capacidad de ofrecer el dolor, una luz para seguir caminando, una presencia de Dios que antes no percibíamos.

4. “Es el Señor”

El discípulo amado dice a Pedro: “Es el Señor”.

Ésa es la gran meta de la Pascua: aprender a leer los signos hasta llegar al reconocimiento. No basta ver la red llena; hay que descubrir a Aquel que hace posible la abundancia. No basta constatar que algo cambió; hay que confesar: “Es el Señor”.

Y Pedro, impulsivo y apasionado como siempre, se lanza al agua. El amor auténtico tiene esa prisa. Cuando el corazón reconoce a Jesús, ya no calcula tanto; se lanza.

Qué hermoso sería que también nosotros, en medio de nuestras heridas, pudiéramos hacer este tránsito interior: del lamento a la fe, del vacío al reconocimiento, del cansancio a la confianza, de la oscuridad a la confesión creyente: “Es el Señor”.

Es el Señor quien me sostiene.
Es el Señor quien no me abandona.
Es el Señor quien me busca cuando me encierro.
Es el Señor quien prepara para mí alimento en la orilla.
Es el Señor quien no se escandaliza de mi fragilidad.

5. El Resucitado prepara desayuno

Cuando llegan a tierra, encuentran unas brasas con pescado y pan. Jesús ya lo tenía preparado.

Este detalle es conmovedor. Ellos estuvieron bregando toda la noche; Jesús ya les tenía fuego, pan y pescado. Es decir: la gracia nos precede. Antes de que lleguemos rotos, cansados y con frío, el Señor ya ha preparado consuelo. Antes de que podamos explicarle nuestra angustia, Él ya ha encendido el fuego de su misericordia.

Y aquí aparece lo más hermoso: Jesús resucitado no se dedica a explicar largamente su triunfo sobre la muerte. No hace exhibición de poder. No pronuncia un tratado. Se sienta a comer con los suyos. Habita lo ordinario con sorprendente sencillez.

¡Qué lección para nosotros!

A veces esperamos a Dios sólo en lo extraordinario, pero Él suele visitarnos en lo sencillo: una palabra oportuna, una mano amiga, una Eucaristía celebrada con fe, una visita al enfermo, una llamada inesperada, un poco de pan compartido, un silencio acompañado, una confesión que devuelve la paz, un amanecer después de una noche muy dura.

El Resucitado santifica también los pequeños gestos. La Pascua entra en la cocina de la vida, en el desayuno de los cansados, en la orilla de los derrotados, en la mesa de los frágiles.

6. “No hay salvación en ningún otro”

La primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles, da un paso más. Pedro, lleno del Espíritu Santo, proclama con valentía: “No hay salvación en ningún otro”. El mismo Pedro que había tenido miedo, el mismo Pedro que negó, ahora da testimonio público de Jesucristo.

¿De dónde le viene esa fuerza? Del encuentro con el Resucitado.

La Pascua no sólo consuela; también transforma. No sólo acaricia las heridas; también convierte a los testigos en anunciadores valientes. Pedro ya no habla desde su autosuficiencia. Habla desde la experiencia de haber sido salvado.

Y eso vale también para nosotros. En un mundo lleno de ofertas engañosas de salvación, de fugas, de anestesias, de evasiones, de promesas vacías, la Iglesia sigue proclamando con humildad y con firmeza: la verdadera salvación está en Jesucristo. No en el poder, no en el dinero, no en las apariencias, no en el activismo, no en las compensaciones superficiales. Sólo en Él.

Para quien sufre en el cuerpo y en el alma, esta afirmación no es una consigna fría; es una promesa viva: Cristo no siempre elimina inmediatamente el dolor, pero sí entra en él para llenarlo de presencia, sentido y esperanza.

7. La piedra rechazada

El salmo responde: “La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular”.

Jesús crucificado y resucitado es esa piedra. Rechazado, humillado, herido, condenado… pero elegido por Dios como fundamento de una vida nueva.

Cuántas personas hoy se sienten “desechadas”: enfermos olvidados, ancianos solos, personas deprimidas, familias heridas, jóvenes atrapados en angustias silenciosas, hombres y mujeres que por fuera sonríen pero por dentro se desmoronan. La Pascua les dice: lo que el mundo desecha, Dios puede convertirlo en piedra angular.

Tu herida no es basura para Dios.
Tu cansancio no le da asco.
Tu depresión no lo espanta.
Tu enfermedad no te quita dignidad.
Tu llanto no cae en el vacío.

En Cristo resucitado, incluso lo herido puede ser transfigurado.

8. Un viernes penitencial a la luz de la Pascua

Hoy además es viernes, día penitencial. Y eso da un matiz muy especial a esta celebración. Porque la penitencia en Pascua no es contradicción; es purificación de la alegría. No se trata de una tristeza sin horizonte, sino de una conversión iluminada por la Resurrección.

Podríamos preguntarnos hoy:

¿En qué aspectos sigo pescando toda la noche sin Jesús?
¿Qué redes vacías me están revelando que necesito volver a Él?
¿Qué dolor del cuerpo o del alma necesito poner en sus manos?
¿A quién debo acompañar con más compasión, porque quizá está viviendo una noche silenciosa?
¿Qué autosuficiencia debo dejar para obedecer humildemente la palabra del Señor?

Una penitencia pascual muy concreta podría ser ésta: dejar que el Señor entre en nuestra fragilidad sin esconderle nada. Dejar de fingir fortaleza. Dejar de aparentar que todo está bien. Presentarle con verdad nuestras llagas. Y, además, hacernos más sensibles al dolor ajeno.

Porque quien se encuentra con el Resucitado en la orilla aprende también a convertirse en presencia de consuelo para otros.

9. Una palabra para quienes sufren

Hoy quisiera dirigir una palabra muy especial a quienes sufren en el cuerpo y en el alma.

Hermano, hermana: si estás cansado, si la enfermedad te limita, si llevas una tristeza honda, si hay noches en que no sabes cómo seguir, escucha este Evangelio como dirigido personalmente a ti. El Resucitado no te mira desde lejos. Está en la orilla de tu vida. Te llama. Te espera. Ya ha encendido fuego para ti. Ya ha preparado pan para ti. Ya piensa en tu hambre más profunda.

Quizá no entiendas todavía muchas cosas. Quizá no puedas reconocerlo claramente. Quizá sigas llorando. Pero Él no se ha ido.

Y si hoy no tienes fuerzas para grandes oraciones, basta con una muy sencilla:
“Señor Jesús, si estás en mi orilla, hazme reconocerte.”

10. Hacia la Eucaristía

Este Evangelio tiene también un eco eucarístico muy profundo. Pan compartido, presencia del Señor, comunidad reunida, alimento ofrecido por Cristo mismo. La playa del lago anticipa y evoca la mesa del altar.

Cada Eucaristía es precisamente eso: el Resucitado que sale a nuestro encuentro y nos alimenta. Nosotros llegamos con nuestras noches, con nuestras redes vacías, con nuestros cansancios, con nuestros pecados, con nuestras heridas. Y Él nos dice de nuevo: “Vengan a comer.”

No nos ofrece teorías. Nos ofrece su presencia.
No nos entrega sólo consuelos humanos. Nos entrega su Cuerpo.
No nos promete una vida sin cruz. Nos promete caminar con nosotros hasta que la cruz florezca en Resurrección.


Conclusión

Hermanos, en este Viernes de la Octava de Pascua, el Señor nos regala una imagen entrañable: el Resucitado en la orilla, preparando pan y pescado para sus amigos cansados.

Que esta escena nos acompañe hoy.

Cuando sintamos que la noche ha sido larga, recordemos: Él está en la orilla.
Cuando nuestras redes parezcan vacías, recordemos: su palabra puede llenarlas.
Cuando el cuerpo duela y el alma se agote, recordemos: Él prepara alimento para nosotros.
Cuando no sepamos cómo seguir, repitamos con fe: “Es el Señor”.

Y que, al celebrar esta Pascua en clave penitencial, sepamos ofrecer al Señor nuestros dolores, nuestras llagas y las de tantos hermanos que sufren en el cuerpo y en el alma, para que el Resucitado los visite con su paz, su fuerza y su consuelo.

Amén.

Si deseas, también te la adapto en versión más breve, de 7 a 8 minutos, o te preparo además el mensaje para feligreses y la frase para la gráfica de este viernes.

 

miércoles, 8 de abril de 2026

9 de abril del 2026: jueves de la Octava de Pascua

 

Verdadero Dios, verdadero hombre

(Lucas 24, 35-48) A sus discípulos, “sobrecogidos de miedo”, Jesús les hace constatar las llagas causadas por la crucifixión y les pide de comer. ¡Realismo de la encarnación! Después, solamente después, “les abrió la inteligencia para comprender las Escrituras”. Tras haber vencido la muerte, Jesús revela una humanidad atravesada por la vida que brota de la Resurrección. Desde ahora, los suyos serán los testigos privilegiados de su identidad pascual: verdadero Dios y verdaderamente hombre.

Bénédicte de la Croix, cistercienne

 


Primera lectura

Hch 3, 11-26

Mataron al autor de la vida, pero Dios lo resucitó de entre los muertos

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.

EN aquellos días, mientras el paralítico curado seguía aún con Pedro y Juan, todo el pueblo, asombrado, acudió corriendo al pórtico llamado de Salomón, donde estaban ellos. Al verlo, Pedro dirigió la palabra a la gente:
«Israelitas, ¿por qué se admiran de esto? ¿Por qué nos miran como si hubiéramos hecho andar a este con nuestro propio poder o virtud? El Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros padres, ha glorificado a su siervo Jesús, al que ustedes entregaron y de quien renegaron ante Pilato, cuando había decidido soltarlo.
Ustedes renegaron del Santo y del Justo, y pidieron el indulto de un asesino; mataron al autor de la vida, pero Dios lo resucitó de entre los muertos, y nosotros somos testigos de ello.
Por la fe en su nombre, este, que ven aquí y que conocen, ha recobrado el vigor por medio de su nombre; la fe que viene por medio de él le ha restituido completamente la salud, a la vista de todos ustedes.
Ahora bien, hermanos, sé que lo hicieron por ignorancia, al igual que sus autoridades; pero Dios cumplió de esta manera lo que había predicho por los profetas, que su Mesías tenía que padecer.
Por tanto, arrepiéntanse y conviértanse, para que se borren sus pecados; para que vengan tiempos de consuelo de parte de Dios, y envíe a Jesús, el Mesías que les estaba destinado, al que debe recibir el cielo hasta el tiempo de la restauración universal, de la que Dios habló desde antiguo
por boca de sus santos profetas.
Moisés dijo: “El Señor Dios de ustedes hará surgir de entre sus hermanos un profeta como yo: escuchen todo lo que les diga; y quien no escuche a ese profeta será excluido del pueblo”. Y, desde Samuel en adelante, todos los profetas que hablaron anunciaron también estos días.
Ustedes son los hijos de los profetas, los hijos de la alianza que hizo Dios con sus padres, cuando le dijo a Abrahán: “En tu descendencia serán bendecidas todas las familias de la tierra”. Dios resucitó a su Siervo y se lo envía en primer lugar a ustedes para que les traiga la bendición, apartando a cada uno de sus maldades».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 8, 2a y 5. 6-7. 8-9 (R.: 2ab)

R. ¡Señor, Dios nuestro,
qué admirable es tu nombre en toda la tierra!


O bien:

R. Aleluya.

V. Señor, Dios nuestro,
¿qué es el hombre para que te acuerdes de él,
el ser humano, para mirar por él? R.

V. Lo hiciste poco inferior a los ángeles,
lo coronaste de gloria y dignidad;
le diste el mando sobre las obras de tus manos.
Todo lo sometiste bajo sus pies. R.

V. Rebaños de ovejas y toros,
y hasta las bestias del campo,
las aves del cielo, los peces del mar
que trazan sendas por el mar. R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Este es el día que hizo el Señor; sea nuestra alegría y nuestro gozo. R.

 

Evangelio

Lc 24, 35-48

Así está escrito: el Mesías padecerá y resucitará de entre los muertos al tercer día

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

EN aquel tiempo, los discípulos de Jesús contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.
Estaban hablando de estas cosas, cuando él se presentó en medio de ellos y les dice:
«Paz a ustedes».
Pero ellos, aterrorizados y llenos de miedo, creían ver un espíritu.
Y él les dijo:
«¿Por qué se alarman?, ¿por qué surgen dudas en su corazón? Miren mis manos y mis pies: soy yo en persona. Pálpenme y dense cuenta de que un espíritu no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo».
Dicho esto, les mostró las manos y los pies. Pero como no acababan de creer por la alegría, y seguían atónitos, les dijo:
«¿Tienen ahí algo de comer?».
Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado. Él lo tomó y comió delante de ellos.
Y les dijo:
«Esto es lo que les dije mientras estaba con ustedes: que era necesario que se cumpliera todo lo escrito en la Ley de Moisés y en los Profetas y Salmos acerca de mí».
Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras.
Y les dijo:
«Así está escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se proclamará la conversión para el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Ustedes son testigos de esto».

Palabra del Señor

 

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Queridos hermanos:

en este jueves de la Octava de Pascua la Palabra de Dios nos coloca ante un misterio central de nuestra fe: el Resucitado es el mismo Crucificado. No es un recuerdo, no es un fantasma, no es una emoción pasajera de la comunidad. Es Jesús vivo, con su cuerpo glorificado, con las huellas de su pasión, con una presencia real que llena de paz, vence el miedo y abre la inteligencia para comprender el sentido de toda la historia de la salvación.

El comentario que has compartido lo expresa con una gran profundidad: “verdadero Dios y verdadero hombre”. Ahí está condensada toda la belleza del Evangelio de hoy. Jesús se presenta en medio de los discípulos y les dice: “Paz a ustedes”; pero ellos, lejos de tranquilizarse de inmediato, se llenan de temor y creen ver un espíritu. Entonces el Señor hace algo conmovedor: les muestra sus manos y sus pies, los invita a tocarlo y hasta les pide algo de comer. Lucas subraya así el realismo de la encarnación: el que resucita no es una apariencia celestial desligada de la historia, sino el Hijo de Dios que verdaderamente asumió nuestra carne, sufrió nuestra muerte y ahora vive glorioso.

Esto es muy importante para nuestra vida cristiana. Nosotros no creemos en un Dios lejano, incapaz de comprender el dolor humano. Creemos en Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre. Verdadero Dios, porque vence la muerte, trae la paz y abre el sentido de las Escrituras. Verdadero hombre, porque conserva las llagas, come delante de los discípulos y se deja reconocer en la corporeidad de una presencia concreta. El Resucitado no borra la cruz; la transfigura. No elimina las heridas; las glorifica. No niega el sufrimiento vivido; lo convierte en fuente de vida nueva.

Cuántas veces nosotros quisiéramos un Cristo más cómodo: un Cristo sin llagas, sin cruz, sin exigencia, sin realismo. Pero el Evangelio nos muestra que la Pascua no consiste en maquillar el dolor, sino en anunciar que el amor de Dios ha sido más fuerte que el pecado y que la muerte. El cuerpo herido de Jesús, ahora glorioso, nos dice que nada de lo humano le es ajeno. Allí están nuestras heridas, nuestros fracasos, nuestras culpas, nuestros duelos, nuestras luchas apostólicas, todo lo que parece derrotado; y, sin embargo, todo eso puede ser atravesado por la vida que brota de la Resurrección.

Hay un detalle muy hermoso: solo después de mostrar sus llagas y de comer ante ellos, Jesús les abre la inteligencia para comprender las Escrituras. No hace primero una clase abstracta. Primero se deja ver, tocar, reconocer. Primero los saca del miedo. Primero les devuelve la certeza de su presencia. Y luego sí ilumina la mente y el corazón. Así actúa también con nosotros. La fe cristiana no nace de una idea suelta, sino de un encuentro. La Iglesia no evangeliza teorías; anuncia a una Persona viva.

Por eso la intención orante de hoy, la obra evangelizadora de la Iglesia, encuentra aquí una luz inmensa. La Iglesia evangeliza porque ha visto al Resucitado, porque ha sido alcanzada por Él, porque escucha de sus labios el mandato de anunciar la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos. Al final del Evangelio, Jesús dice: “Ustedes son testigos de esto”. Esa frase no es solo para los Once; es también para la Iglesia de todos los tiempos.

Evangelizar no consiste simplemente en organizar actividades, llenar calendarios o repetir fórmulas. Evangelizar es dar testimonio de que Cristo vive. Es anunciar que el crucificado ha resucitado. Es proclamar que el perdón es posible, que la esperanza no ha muerto, que la vida nueva ya ha comenzado. Y para poder hacer eso, la Iglesia necesita dejarse tocar una y otra vez por la paz del Resucitado.

La primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles, nos muestra precisamente a Pedro convertido en testigo. Aquel hombre que antes tembló en el patio del sumo sacerdote, ahora habla con valentía ante el pueblo. No se atribuye nada a sí mismo. No busca protagonismo. Señala a Jesús: al Siervo de Dios, al Santo y Justo, al Autor de la vida, a quien Dios resucitó de entre los muertos. Pedro predica la conversión para que lleguen tiempos de consuelo. Esa es la Iglesia evangelizadora: una Iglesia que no se anuncia a sí misma, sino a Cristo; una Iglesia que no busca su gloria, sino que remite al Señor vivo.

Qué bien nos hace escuchar esto hoy. Porque también la obra evangelizadora puede enfermarse cuando se vuelve autorreferencial, cuando descansa demasiado en métodos, cuando pone más confianza en estrategias que en la fuerza del Espíritu, cuando pierde el temblor sagrado ante la presencia del Resucitado. La Pascua nos recuerda que la misión nace de un encuentro y de una gracia. La Iglesia no convierte a nadie por sí sola; es Cristo quien toca los corazones. Nosotros somos testigos, instrumentos, servidores.

El salmo responsorial canta: “¡Señor, Dios nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra!”. Ese asombro es esencial para evangelizar. Solo quien se maravilla puede anunciar con alegría. Solo quien ha quedado herido de amor por Cristo puede hablar de Él con convicción. Solo quien contempla al verdadero Dios y verdadero hombre puede sostener la esperanza en medio de un mundo tantas veces cansado, escéptico o herido.

Y aquí conviene hacer un pequeño examen de conciencia pastoral.
¿Mi anuncio nace de un verdadero encuentro con Cristo resucitado?
¿Predico a Jesús vivo o solo transmito costumbres religiosas?
¿Mi servicio en la Iglesia brota de la paz del Señor o de la ansiedad por hacer cosas?
¿Reconozco que también yo necesito que Él abra mi inteligencia para comprender las Escrituras?
¿Dejo que sus llagas iluminen mis propias heridas?

La evangelización de la Iglesia necesita hombres y mujeres pascuales: personas que no nieguen la cruz, pero que tampoco se queden encerradas en el Viernes Santo; personas capaces de mostrar las heridas sin desesperación, porque saben que por ellas pasa ya la luz de la Resurrección; personas que no hablen de Jesús como de un personaje del pasado, sino como del Viviente que camina con su pueblo.

Hoy podemos pedir de manera especial por toda la obra evangelizadora de la Iglesia: por el Papa, por los obispos, sacerdotes, diáconos, religiosos, catequistas, misioneros, comunicadores, evangelizadores digitales, servidores de pequeñas comunidades, animadores de grupos, padres y madres que transmiten la fe en casa. Pidamos que ninguno anuncie un Cristo reducido a idea o ideología, sino al Señor verdadero Dios y verdadero hombre, muerto y resucitado por nosotros. Pidamos la gracia de una evangelización ardiente, humilde, fiel a la Palabra, centrada en la Eucaristía y sostenida por la fuerza del Espíritu.

Queridos hermanos, el mundo necesita testigos, no solo discursos. Necesita ver comunidades donde la paz de Cristo sea real. Necesita encontrar creyentes que no oculten sus llagas, pero que las vivan transfiguradas por la esperanza. Necesita una Iglesia que sepa decir, con la vida y con la palabra: lo hemos visto, lo hemos tocado, Él vive y nos envía.

Que María, Madre del Resucitado y estrella de la evangelización, acompañe a la Iglesia en su misión. Y que Cristo Señor nos conceda reconocerlo vivo en medio de nosotros, dejarnos instruir por su Palabra y salir al mundo como testigos alegres de su Pascua.

Amén.

 

martes, 7 de abril de 2026

8 de abril del 2026: Miércoles de la Octava de Pascua

 

Cuando Jesús parte el pan

(Lucas 24, 13-35) Un gesto reconocible entre mil revela la presencia de Jesús, el hombre que camina hacia Emaús. A los ojos de los discípulos, este peregrino tiene una manera tan singular de partir el pan, que sus ojos se abren y reconocen en Él a su Maestro y Señor. 

Cuando Jesús comparte el pan, entrega verdaderamente todo su ser a los suyos, sin reserva. Un cuerpo quebrantado por el sufrimiento y la muerte, pero resucitado en la fuerza del Espíritu.

Bénédicte de la Croix, cistercienne

 


Primera lectura

Hch 3, 1-10
Te doy lo que tengo: en nombre de Jesús, levántate y anda

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.


EN aquellos días, Pedro y Juan subían al templo, a la oración de la hora de nona, cuando vieron traer a cuestas a un lisiado de nacimiento. Solían colocarlo todos los días en la puerta del templo llamada «Hermosa», para que pidiera limosna a los que entraban. Al ver entrar en el templo a Pedro y a Juan, les pidió limosna. Pedro, con Juan a su lado, se quedó mirándolo y le dijo:
«Míranos».
Clavó los ojos en ellos, esperando que le darían algo. Pero Pedro le dijo:
«No tengo plata ni oro, pero te doy lo que tengo: en nombre de Jesucristo Nazareno, levántate y anda».
Y agarrándolo de la mano derecha lo incorporó. Al instante se le fortalecieron los pies y los tobillos, se puso en pie de un salto, echó a andar y entró con ellos en el templo por su pie, dando brincos y alabando a Dios. Todo el pueblo lo vio andando y alabando a Dios, y, al caer en la cuenta de que era el mismo que pedía limosna sentado en la puerta Hermosa del templo, quedaron estupefactos y desconcertados ante lo que le había sucedido.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 104, 1-2. 3-4. 6-7. 8-9 (R.: 3b)

R. Que se alegren los que buscan al Señor.

O bien:

R. Aleluya.

V. Den gracias al Señor, invoquen su nombre,
den a conocer sus hazañas a los pueblos.
Cántenle al son de instrumentos,
hablen de sus maravillas.
 R.

V. Gloríense de su nombre santo,
que se alegren los que buscan al Señor.
Recurran al Señor y a su poder,
busquen continuamente su rostro. 
R.

V. ¡Estirpe de Abrahán, su siervo;
hijos de Jacob, su elegido!
El Señor es nuestro Dios,
él gobierna toda la tierra. 
R.

V. Se acuerda de su alianza eternamente,
de la palabra dada, por mil generaciones;
de la alianza sellada con Abrahán,
del juramento hecho a Isaac. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Este es el día que hizo el Señor; sea nuestra alegría y nuestro gozo. R.

 

Evangelio

Lc 24, 13-35

Lo reconocieron al partir el pan

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

AQUEL mismo día, el primero de la semana, dos de los discípulos de Jesús iban caminando a una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén unos sesenta estadios; iban conversando entre ellos de todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo.
Él les dijo:
«¿Qué conversación es esa que traen mientras van de camino?».
Ellos se detuvieron con aire entristecido. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió:
«¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabes lo que ha pasado allí estos días?».
Él les dijo:
«¿Qué?».
Ellos le contestaron:
«Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado, pues habiendo ido muy de mañana al sepulcro, y no habiendo encontrado su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles, que dicen que está vivo. Algunos de los nuestros fueron
también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron».
Entonces él les dijo:
«¡Qué necios y torpes son para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?».
Y, comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras.
Llegaron cerca de la aldea adonde iban y él simuló que iba a seguir caminando; pero ellos lo apremiaron, diciendo:
«Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída».
Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció de su vista.
Y se dijeron el uno al otro:
«¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?».
Y, levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo:
«Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón».
Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

Palabra del Señor.

 

 

1

 

Queridos hermanos:

La liturgia de hoy nos regala una palabra profundamente consoladora. En el Evangelio, los discípulos de Emaús van caminando tristes, desanimados, heridos por la decepción. Habían puesto su esperanza en Jesús, pero la cruz les había oscurecido el corazón. Caminan, hablan, recuerdan, pero no comprenden. Y precisamente allí, en medio de su tristeza, Jesús se hace compañero de camino.

Qué hermoso mensaje para nosotros, y de manera especial para nuestros enfermos. Muchas veces también nosotros recorremos caminos de Emaús: caminos de dolor, de incertidumbre, de cansancio interior, de preguntas sin respuesta. A veces el sufrimiento del cuerpo o las penas del alma nos hacen sentir que Dios está lejos. Pero el Evangelio de hoy nos recuerda que Cristo resucitado nunca abandona al que sufre. Aunque no siempre lo reconozcamos de inmediato, Él camina a nuestro lado.

Los discípulos lo reconocen al partir el pan. Ese gesto les abre los ojos. En ese pan partido descubren que el Crucificado está vivo, que el amor no ha sido vencido, que la muerte no tuvo la última palabra. Jesús resucitado sigue partiéndose por nosotros, sigue entregándose, sigue haciéndose alimento, fuerza y consuelo para su pueblo.

La primera lectura nos muestra a Pedro levantando al paralítico en el nombre de Jesús: “No tengo plata ni oro; pero lo que tengo te lo doy: en nombre de Jesucristo Nazareno, levántate y anda”. Es la fuerza del Resucitado la que sana, la que levanta, la que devuelve dignidad y esperanza. La Pascua no es sólo un recuerdo bonito: es una fuerza viva que sigue actuando hoy.

Por eso, al orar por los enfermos, no lo hacemos desde una fe vacía, sino desde la certeza de que Jesús resucitado se acerca a sus camas, a sus hospitales, a sus hogares, a sus noches largas y silenciosas. Él no siempre suprime de inmediato el dolor, pero sí lo llena de su presencia. Él sostiene, fortalece, acompaña y transforma el sufrimiento en camino de gracia.

Pidámosle al Señor que también a nosotros nos abra los ojos para reconocerlo en la Palabra, en la Eucaristía, en la comunidad y en cada hermano que sufre. Y que, como los discípulos de Emaús, después de haberlo encontrado, volvamos con el corazón ardiente a anunciar que Cristo vive.

Amén.

 

 

2

 

Queridos hermanos:

El Evangelio de hoy nos presenta una de las escenas más bellas y profundas de todo el tiempo pascual: los discípulos de Emaús. Es un relato que toca la vida real. No comienza con cantos de victoria, sino con dos hombres que caminan tristes, confundidos, heridos por la decepción. Habían esperado mucho de Jesús. Lo habían seguido, habían creído en Él, habían soñado con un futuro distinto. Pero la cruz les había destrozado los planes. Por eso se alejan de Jerusalén, el lugar de la comunidad, el lugar de la esperanza, y se van hablando de su fracaso.

Qué actual es este Evangelio. También nosotros muchas veces caminamos así: cansados, desilusionados, sin comprender lo que Dios permite, con preguntas en el corazón. Y eso se vuelve todavía más fuerte cuando aparecen la enfermedad, el sufrimiento, el dolor del cuerpo o el cansancio del alma. Cuántas personas hoy, especialmente nuestros enfermos, podrían decir con sinceridad: “Señor, yo esperaba otra cosa… yo pensaba que Tú ibas a actuar de otra manera… yo no entiendo este dolor, esta limitación, esta prueba”.

Y, sin embargo, el Evangelio nos revela algo maravilloso: Jesús resucitado se acerca precisamente a esos discípulos heridos. No espera a que estén fuertes, ni alegres, ni llenos de fe. Los alcanza en su confusión. Camina con ellos. Los escucha. Los deja hablar. Los deja vaciar su tristeza. Esa es la primera buena noticia de hoy: el Resucitado no se aparta del que sufre; al contrario, se hace compañero de camino.

Pero hay un detalle que sorprende: ellos no lo reconocen. Jesús está allí, a su lado, y no saben quién es. ¿Por qué? Porque la fe pascual no nace sólo de ver con los ojos del cuerpo. Nace cuando el corazón es iluminado por la Palabra de Dios. Antes de revelarse en el pan partido, Jesús primero les explica las Escrituras. Les enseña a leer su dolor, su cruz, su aparente fracaso, a la luz del plan de Dios. Les muestra que el Mesías tenía que padecer para entrar en su gloria.

También nosotros necesitamos esa pedagogía del Señor. Muchas veces quisiéramos reconocer a Dios únicamente en el milagro visible, en la solución inmediata, en la curación instantánea. Pero con frecuencia Jesús primero se nos revela en la Palabra, en esa luz interior que nos ayuda a comprender que incluso en medio del sufrimiento Dios sigue obrando, sigue amando, sigue salvando. La fe se enciende cuando dejamos que la Palabra nos interprete la vida.

Por eso los discípulos dirán después: “¿No ardía acaso nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?”. El corazón empieza a arder antes de que los ojos se abran. Primero la Palabra enciende. Luego el pan partido revela. Así sucede también en cada Eucaristía: primero escuchamos la Palabra; luego reconocemos al Señor en la fracción del pan.

Y aquí aparece una enseñanza central para nosotros. El relato de Emaús es también una catequesis sobre la Santa Misa. En la Misa, Jesús resucitado sigue haciendo lo mismo: camina con su pueblo, nos habla en las Escrituras, enciende el corazón con su Palabra, y después se nos entrega en el Pan de Vida. No venimos a la Eucaristía sólo a cumplir una costumbre piadosa; venimos a encontrarnos verdaderamente con Cristo vivo. Él se hace presente en la asamblea, en la Palabra proclamada, en el sacerdote que preside en su nombre y, de manera plena y real, en la Eucaristía.

Cuando Jesús tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio, entonces sus ojos se abrieron. Lo reconocieron. Y en ese mismo momento desapareció de su vista. No porque se hubiera alejado, sino porque ahora estaría presente de un modo nuevo: dentro de ellos, en la fe renovada, en la comunión recibida, en el corazón transformado. Ya no necesitaban retenerlo externamente; lo llevaban dentro.

Eso mismo sucede con nosotros. Cada Comunión bien vivida hace de nuestra alma un santuario. Cristo resucitado no sólo pasa junto a nosotros: quiere habitar en nosotros. Quiere entrar en nuestras heridas, en nuestros cansancios, en nuestros temores, en nuestras enfermedades, en nuestras noches interiores. Quiere quedarse.

La primera lectura ilumina maravillosamente esta verdad. Pedro y Juan suben al templo y encuentran a un hombre paralítico de nacimiento. Ese hombre no puede caminar por sí mismo; depende de los demás; vive en situación de limitación permanente. Y Pedro le dice: “No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te lo doy: en nombre de Jesucristo Nazareno, levántate y camina”. Y aquel hombre se levanta, entra caminando, saltando y alabando a Dios.

Qué hermosa conexión con el Evangelio. El Resucitado no sólo enciende el corazón de los discípulos de Emaús; también levanta al paralítico por medio de sus apóstoles. Pascua significa precisamente eso: Cristo vivo continúa actuando, sanando, levantando, devolviendo esperanza. A veces obra una curación física; otras veces, concede una fortaleza interior inmensa; otras, regala paz, paciencia, serenidad y una misteriosa fecundidad espiritual en medio del dolor. Pero siempre actúa. Siempre levanta de alguna manera al que se deja tomar de la mano.

Hoy, entonces, nuestra oración se dirige de manera especial a los enfermos. Pensamos en quienes padecen enfermedades largas, en quienes esperan un diagnóstico, en quienes sufren dolores físicos, en quienes viven abatidos por la depresión, la angustia o la soledad, en quienes están hospitalizados, en quienes ya casi no pueden salir de casa, en los ancianos, en quienes sienten que su cuerpo ya no responde como antes. Para todos ellos resuena hoy esta buena noticia: Jesús camina contigo, aunque no siempre lo reconozcas; Jesús te habla, aunque a veces el dolor haga ruido; Jesús parte para ti el pan de la vida; Jesús tiene poder para levantarte.

Y a nosotros, que quizás acompañamos a un enfermo o convivimos con nuestras propias limitaciones, el Evangelio nos hace una invitación concreta: no huir de Jerusalén para encerrarnos en la tristeza; dejar que Cristo nos alcance en el camino; escuchar su Palabra; volver a la Eucaristía con más fe; y descubrir que el Resucitado sigue presente en la comunidad, en el sacramento y también en el hermano que sufre.

Hay, además, un detalle final muy significativo. Después de reconocer a Jesús, los discípulos no se quedan instalados en una emoción religiosa. Regresan inmediatamente a Jerusalén. Vuelven a la comunidad. Vuelven al anuncio. Vuelven a la misión. El encuentro auténtico con el Resucitado no nos encierra, nos envía. El que ha reconocido al Señor en la Palabra y en el Pan, no puede seguir viviendo igual.

Pidámosle hoy al Señor que haga arder también nuestro corazón. Que al escuchar su Palabra se disipen nuestras cegueras y se fortalezcan nuestras esperanzas. Que al recibirlo en la Eucaristía lo reconozcamos vivo y presente. Y que, de manera especial, visite con su consuelo y su fuerza a todos nuestros enfermos.

Que María, salud de los enfermos y madre de la esperanza, acompañe a quienes hoy cargan la cruz del dolor, y nos enseñe a descubrir a Jesús vivo en cada Misa, en cada prueba y en cada paso del camino.

Amén.

10 de abril del 2026: Viernes de la Octava de Pascua

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