Santo del día:
San Fabián, Papa y mártir
Siglo III. Laico
que se convirtió en Papa en el año 236, reinó catorce años antes de sufrir el
martirio. Un «hombre incomparable» de bondad y pureza, según su amigo, san
Cipriano.
San Sebastián, mártir
San Sebastián vivió en el siglo III y es
recordado como un brillante oficial del ejército romano que, en el
corazón mismo del poder, sostuvo con valentía a los cristianos perseguidos
durante el reinado del emperador Diocleciano.
El derecho de arrancar espigas
(Mc 2,23-28) Pasar
a través de los campos y arrancar espigas: eso basta para disgustar a los
campesinos del lugar. La Ley de Moisés permite el espigueo, ¡pero no en día de
sábado! Entonces Jesús, evocando a David, recuerda el sentido de la Ley, al
servicio de la vida, y el sentido del sábado, memoria de la bondad de Dios.
Invita a vivir como un ser libre este “sábado del corazón”, que sabe ver lo
bueno en todo lo que se nos da.
Colette Hamza, xavière
Primera lectura
1
Sam 16, 1-13
Samuel
ungió a David en medio de sus hermanos y el espíritu del Señor vino sobre él
Lectura del primer libro de Samuel.
EN aquellos días, el Señor dijo a Samuel:
«¿Hasta cuándo vas a estar sufriendo por Saúl, cuando soy yo el que lo he
rechazado como rey sobre Israel? Llena tu cuerno de aceite y ponte en camino.
Te envío a casa de Jesé, el de Belén, porque he visto entre sus hijos un rey
para mí».
Samuel respondió:
«¿Cómo voy a ir? Si lo oye Saúl, me mata».
El Señor respondió:
«Llevas de la mano una novilla y dices que has venido a ofrecer un sacrificio
al Señor. Invitarás a Jesé al sacrificio y yo te indicaré lo que has de hacer.
Me ungirás al que te señale».
Samuel hizo lo que le había ordenado el Señor.
Una vez llegado a Belén, los ancianos de la ciudad salieron temblorosos a su
encuentro.
Preguntaron:
«¿Es de paz tu venida?».
Respondió:
«Sí. He venido para ofrecer un sacrificio al Señor. Purifíquense y vengan
conmigo al sacrificio».
Purificó a Jesé y a sus hijos, y los invitó al sacrificio.
Cuando estos llegaron, vio a Eliab y se dijo:
«Seguro que está su ungido ante el Señor».
Pero el Señor dijo a Samuel:
«No te fijes en su apariencia ni en lo elevado de su estatura, porque lo he
descartado. No se trata de lo que vea el hombre. Pues el hombre mira a los
ojos, mas el Señor mira el corazón».
Jesé llamó a Abinadab y lo presentó a Samuel, pero le dijo:
«Tampoco a este lo ha elegido el Señor».
Jesé presentó a Samá. Y Samuel dijo:
«El Señor tampoco ha elegido a este».
Jesé presentó a sus siete hijos ante Samuel. Pero Samuel dijo a Jesé:
«El Señor no ha elegido a estos».
Entonces Samuel preguntó a Jesé:
«¿No hay más muchachos?».
Y le respondió:
«Todavía queda el menor, que está pastoreando el rebaño».
Samuel le dijo:
«Manda a buscarlo, porque no nos sentaremos a la mesa, mientras no venga».
Jesé mandó por él y lo hizo venir. Era rubio, de hermosos ojos y buena
presencia. El Señor dijo a Samuel:
«Levántate y úngelo de parte del Señor, pues es este».
Samuel cogió el cuerno de aceite y lo ungió en medio de sus hermanos. Y el
espíritu del Señor vino sobre David desde aquel día en adelante.
Samuel emprendió luego el camino de Ramá.
Palabra de Dios.
Salmo
Sal
88, 20. 21-22. 27-28 (R.: 21a)
R. Encontré a
David, mi siervo.
V. Un día hablaste en
visión a tus santos:
«He ceñido la corona a un héroe,
he levantado a un soldado de entre el pueblo». R.
V. «Encontré a
David, mi siervo,
y lo he ungido con óleo sagrado;
para que mi mano esté siempre con él
y mi brazo lo haga valeroso». R.
V. «Él me invocará: “Tú
eres mi padre,
mi Dios, mi Roca salvadora”;
y lo nombraré mi primogénito,
excelso entre los reyes de la tierra». R.
Aclamación
R. Aleluya,
aleluya, aleluya.
V. El Padre de nuestro
Señor Jesucristo ilumine los ojos de nuestro corazón, para que comprendamos
cuál es la esperanza a la que nos llama. R.
Evangelio
Mc
2, 23-28
El
sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado
Lectura del santo Evangelio según san Marcos.
SUCEDIÓ que un sábado Jesús atravesaba un sembrado, y sus discípulos,
mientras caminaban, iban arrancando espigas.
Los fariseos le preguntan:
«Mira, ¿por qué hacen en sábado lo que no está permitido?».
Él les responde:
«¿No han leído nunca lo que hizo David, cuando él y sus hombres se vieron
faltos y con hambre, cómo entró en la casa de Dios, en tiempo del sumo
sacerdote Abiatar, comió de los panes de la proposición, que solo está
permitido comer a los sacerdotes, y se los dio también a quienes estaban con
él?».
Y les decía:
«El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado; así que el
Hijo del hombre es señor también del sábado».
Palabra del Señor.
1
1)
“El Señor no mira lo que mira el hombre”
La Palabra de
hoy nos pone delante dos miradas: la mirada humana, que se queda en la
apariencia, y la mirada de Dios, que atraviesa lo superficial y llega al
corazón.
En la primera
lectura, Samuel va a ungir al nuevo rey. Y, como suele pasar, lo primero que
impresiona es lo visible: estatura, presencia, fuerza, porte. Pero Dios le
corta el paso a esa lógica: “El
hombre mira las apariencias, pero el Señor mira el corazón.” Y
el elegido resulta ser David, el menor, el que ni siquiera estaba en la fila
“de los importantes”: estaba cuidando el rebaño.
Aquí hay una
buena noticia para nuestras familias y para quienes caminan con nosotros como
amigos y benefactores: Dios no se relaciona con nosotros según etiquetas (“el
exitoso”, “el fracasado”, “el que siempre falla”, “el que siempre puede”). Dios
se relaciona con nosotros por dentro: por la verdad de lo que somos y por lo
que Él mismo está haciendo silenciosamente en nosotros.
2)
El sábado: no una jaula, sino una memoria de la bondad de Dios
En el
Evangelio, los discípulos arrancan espigas en sábado. No están robando; era un
gesto permitido como ayuda al caminante. El problema, dicen algunos, es “el
día”. Entonces Jesús responde con una escena bíblica: David, hambriento, comió
de los panes ofrecidos. ¿Por qué? Porque cuando
la vida está en juego, la Ley se entiende desde su corazón, no
desde una lectura fría.
Y Jesús remata
con dos frases que son el eje del pasaje:
·
“El sábado se hizo para el hombre, y no el
hombre para el sábado.”
·
“El Hijo del Hombre es Señor también del
sábado.”
En otras
palabras: Dios no nos dio mandamientos para aplastarnos, sino para cuidarnos. La fe no es
una trampa, ni una cadena, ni un examen permanente; es un camino hacia la
libertad verdadera.
Y aquí encaja
precioso lo que alguien dice: Jesús nos invita a vivir un “sábado del corazón”,
una libertad interior que sabe reconocer lo bueno que Dios regala, y que pone
la norma al servicio de la vida.
3)
Una clave humana (y muy cotidiana): el “perfeccionismo religioso”
A veces, sin
darnos cuenta, convertimos lo sagrado en control. En la vida familiar se nota
mucho: cuando la regla importa más que la persona; cuando “tener la razón” vale
más que cuidar el vínculo; cuando el reclamo pesa más que la compasión.
El
perfeccionismo —también el “perfeccionismo espiritual”— puede terminar
produciendo dos cosas:
·
culpa crónica (nunca es suficiente,
nunca hago bien, siempre estoy en deuda),
·
o
dureza
(mido a los demás con la vara con que me mido a mí… o peor: con una vara sin
misericordia).
Jesús hoy nos
sana de esa rigidez: la
Ley tiene corazón. El sábado tiene alma: recordarnos que Dios
es bueno, que Dios libera, que Dios sostiene. Si una práctica religiosa me
vuelve más impaciente, más agresivo, más hiriente, quizá no estoy guardando el
sábado: lo estoy usando como arma.
4)
“He encontrado a David”: un salmo para cantar la fidelidad
El salmo
responsorial pone en nuestros labios una promesa: Dios sostiene a su ungido, lo
toma de la mano, lo fortalece, lo hace hijo, lo acompaña con amor fiel. Eso es
lo que Dios quiere hacer también hoy en tu casa, en tu comunidad, en tu
historia: no solo
corregirte, sino sostenerte.
Por eso,
cuando oramos por la
familia, los amigos y los benefactores, no pedimos simplemente
“que no falte nada”, sino algo más hondo:
·
un
corazón que no se endurezca,
·
una
fe que no se vuelva costumbre sin alma,
·
una
libertad interior capaz de agradecer,
·
una
convivencia donde la norma mayor sea el amor.
5)
Aplicación concreta para hoy
Te propongo
tres “gestos de sábado” (muy sencillos) para vivir este Evangelio:
1.
Descansar sin culpa: un descanso ofrecido
a Dios, no como evasión, sino como confianza.
2.
Dejar de “cobrar” una deuda emocional: soltar un reproche
repetido, una cuenta antigua, una frase que hiere.
3.
Agradecer un bien pequeño: como quien “arranca
espigas” en el camino: reconocer lo que Dios ya está dando.
6)
Oración final (por la familia, amigos y benefactores)
Señor Jesús,
Tú que eres Señor del sábado,
libera nuestro corazón de la dureza y del miedo.
Bendice a
nuestras familias:
que en ellas la fe no sea una carga,
sino hogar;
no sea control, sino ternura;
no sea juicio, sino misericordia.
Bendice a
nuestros amigos:
que sean compañía que levanta,
palabra oportuna,
presencia que consuela.
Y bendice,
Señor, a nuestros benefactores:
a quienes ayudan en silencio,
a quienes sostienen la misión con su trabajo, su tiempo o sus bienes.
Devuélveles en alegría lo que entregan en amor,
y haz que nunca les falte tu paz.
Amén.
2
1) Puerta de entrada: cuando la
fe se vuelve “peso”
El Evangelio de hoy es un bálsamo para quienes, con
la mejor intención, viven la fe como si fuera una lista infinita de requisitos,
un examen permanente o una carrera de perfección exterior. A muchos cristianos
sinceros les pasa: aman a Dios, quieren ser fieles, pero terminan atrapados en
una mentalidad legalista o escrupulosa, donde lo decisivo es “cumplir” y
no tanto amar.
Jesús viene a liberarnos de esa trampa con una
frase luminosa:
“El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado.”
Y añade: “El Hijo del Hombre es Señor también del sábado.”
2) Situemos la escena: espigas,
hambre y vigilancia
El pasaje ocurre al inicio del ministerio público.
Jesús camina con sus discípulos, y en sábado atraviesan unos sembrados. Ellos
tienen hambre y arrancan espigas para comer. No se trata de robo: era una
práctica permitida para el caminante. Pero los fariseos, atentos a toda
“falta”, aprovechan el momento para acusarlos:
“¿Por qué hacen en sábado lo que no es lícito?”
Aquí aparece el corazón del conflicto: hay personas
que convierten la ley en un fin, olvidando para qué existe. Para ellas, el
sábado no es un regalo de Dios, sino un pretexto para señalar, condenar y
controlar.
3) Jesús interpreta la Ley desde
la vida (David como clave)
Jesús no responde con una pelea fría. Cita la
Escritura y recuerda el caso de David: cuando tuvo necesidad, comió los panes
ofrecidos. ¿Qué está diciendo Jesús? Que Dios nunca quiso una ley contra el
hombre, ni un mandamiento que aplaste la vida.
La Ley, entendida en su raíz, es camino de comunión
y de bien; cuando deja de servir a la vida, se vuelve caricatura. En el fondo,
Jesús nos enseña que la fidelidad verdadera no es rigidez; es discernimiento
iluminado por el amor.
4) Un principio para ordenar el
corazón: la Ley eterna, natural y divina
Sin entrar en tecnicismos, hay una verdad hermosa:
Dios ha escrito su voluntad de dos maneras que no se contradicen:
- En
la creación y en la conciencia (lo que llamamos ley natural): la razón sana
reconoce que mentir, robar, destruir, humillar… deshumaniza.
- En
la revelación
(ley divina): la Escritura confirma, purifica y eleva, mostrando el rostro
del Padre y el camino pleno del amor en Cristo.
Y lo liberador es esto: la ley natural y la ley
divina armonizan, porque vienen del mismo Dios. El problema es cuando uno
reduce la Ley a “formas externas” y pierde la melodía interior: la
misericordia, la verdad, el bien de la persona, el amor que salva.
En el Evangelio, el hambre del discípulo y la
misión de Jesús no contradicen la santidad del sábado: la revelan. Porque el
sábado no es una jaula, sino un día para descansar, adorar, recomponer el
alma y confiar.
5) Iluminación desde la primera
lectura: Dios mira el corazón
La primera lectura nos da el mismo mensaje, con
otra imagen. Samuel busca un rey y, espontáneamente, mira lo que impresiona.
Pero Dios le dice: “El Señor mira el corazón.” Y elige a David, el
pequeño, el aparentemente secundario.
Así también, en la vida espiritual: podemos equivocarnos
creyendo que Dios se complace sobre todo en “lo visible” (la exactitud externa,
el detalle, la apariencia impecable), cuando Dios está buscando verdad
interior, humildad, compasión, confianza.
Quien vive escrupuloso suele ser muy exigente
consigo y, sin darse cuenta, termina siendo duro con los demás. Dios, en
cambio, unge a David: elige lo pequeño, lo sincero, lo disponible. La santidad
no es espectáculo; es docilidad.
6) Aplicación pastoral: dos
peligros y un camino de libertad
Jesús hoy nos libra de dos extremos:
- La
laxitud:
vivir como si nada importara, como si la voluntad de Dios fuera opcional.
- La
escrupulosidad:
vivir como si Dios fuera un inspector implacable, y la fe un campo minado.
El camino cristiano es otro: obediencia con amor.
Es decir:
- obedecer,
sí, pero no por miedo sino por comunión;
- cuidar
los mandamientos, sí, pero desde el corazón del Padre;
- santificar
el día del Señor, sí, pero recordando que es don, no carga.
Y aquí aterriza en nuestras relaciones: en la
familia, con los amigos, con quienes nos ayudan. A veces, lo que más hiere no
es una falta grande, sino la mentalidad farisea cotidiana: el juicio rápido, la
frase tajante, la norma usada como martillo, el “yo tengo la razón” por encima
de la persona. El “sábado del corazón” consiste en aprender a ver el bien
posible y a elegir lo que construye.
7) Tres gestos concretos para
vivir “el sábado para el hombre”
1. Descanso agradecido: hoy haré un acto de confianza:
descansar un poco sin culpa, ofreciéndolo a Dios.
2. Una misericordia práctica: dejaré pasar una pequeña falta
en casa; corregiré sin herir.
3. Un acto de gratitud: agradeceré explícitamente a un
familiar, amigo o benefactor por algo concreto.
8) Oración final (con la intención del día)
Señor
Jesús, Señor del sábado,
enséñanos a vivir tu Ley como camino de libertad y alegría.
Líbranos de la laxitud que enfría el alma,
y líbranos de la escrupulosidad que roba la paz y endurece el corazón.
Bendice a
nuestras familias:
que en ellas haya descanso, perdón, ternura y respeto.
Bendice a nuestros amigos:
que sean presencia de apoyo y luz en el camino.
Bendice a nuestros benefactores:
recompénsales con tu paz, con salud, con trabajo digno,
y con la alegría de saberse instrumentos de tu Providencia.
Que tu
Ley, Señor, no sea para nosotros un peso,
sino un abrazo: la verdad que ordena, el amor que salva,
la misericordia que renueva.
Jesús, en
Ti confiamos. Amén.
********************
20 de enero:
San Sebastián, mártir — Memoria opcional
c. 255 – c. 288
Santo patrono de los arqueros,
fabricantes de alfileres, atletas; contra las epidemias y por una santa muerte.
Cita:
«El Señor Jesús, a quien sirvo, me ha resucitado, por así decirlo, de entre
los muertos, precisamente para esto: para poder encontrarme de nuevo con
ustedes y protestar, en presencia de todo el pueblo aquí reunido, que son
culpables de la más cruel injusticia cuando persiguen a sus servidores, a
quienes saben inocentes. Arrepiéntanse, pues, de sus crímenes antes de que sea
demasiado tarde».
~ Las Actas de los Primeros
Mártires, Fastré S.J.
Reflexión
La
gloriosa corona del martirio fue colocada sobre la cabeza de san Sebastián no
una, sino dos veces. Nació en Narbona, en la Galia (actual Francia), pero fue
criado en Milán, Italia. Durante su infancia, la persecución de los cristianos
se encontraba temporalmente suspendida, hasta que se reanudó cuando Sebastián
llegó a la adolescencia. Sebastián era un cristiano firme que deseaba ayudar a
quienes eran perseguidos por la fe. Este santo deseo lo llevó a alistarse en el
ejército romano bajo el emperador Carino, en el año 283, donde mantuvo en
secreto su fe cristiana para poder tener acceso a los cristianos encarcelados.
En
el año 284, Diocleciano se convirtió en emperador y nombró a Sebastián uno de
sus guardias personales y oficiales de inteligencia, sin saber que era
cristiano. Poco después de este ascenso, Sebastián descubrió que Marcos y
Marceliano, hermanos gemelos encarcelados por su fe, estaban siendo presionados
por su familia y amigos paganos para salvar sus vidas negando a Cristo. Sus
propios padres, aún paganos, suplicaban entre lágrimas a sus hijos que
renegaran de su fe.
Sebastián
sabía que era arriesgado, pero reveló abiertamente a todos en la cárcel que era
cristiano. Exhortó a los hermanos encarcelados a permanecer firmes en la fe,
incluso si ello significaba la muerte. Predicó con tal fuerza y convicción que,
finalmente, los padres de los hermanos, el carcelero, dieciséis prisioneros más
y más de sesenta familiares y amigos se convirtieron y fueron bautizados. Dos
de ellos recibieron curaciones milagrosas en ese mismo momento.
Cuando
el gobernador enfermo de Roma, Cromacio, oyó hablar de estas curaciones, mandó
llamar a Sebastián. Sebastián curó entonces al gobernador y posteriormente lo
instruyó en la fe. Después de que Cromacio y su hijo fueran bautizados por el
sacerdote Policarpo —futuro santo y mártir—, Cromacio abandonó su cargo y ayudó
a la conversión de muchos otros a la fe cristiana.
Sebastián
y Policarpo decidieron que uno de ellos debía acompañar a Cromacio y a muchos
de los nuevos convertidos al campo para mayor seguridad, mientras que el otro
permanecería en Roma para ayudar a los cristianos perseguidos. Tras consultar
al Papa, se decidió que Sebastián se quedara en Roma como el “Defensor de la
Iglesia”, ya que gozaba del favor del emperador. Durante los dos años
siguientes, a pesar de su alto rango y de su acceso al emperador, varios de los
convertidos por Sebastián fueron martirizados, incluidos los hermanos gemelos
Marcos y Marceliano.
En
el año 286, el emperador Diocleciano descubrió que Sebastián era cristiano.
Sintiendo que había sido traicionado, ordenó su muerte. La ejecución debía ser
pública y brutal, con el fin de intimidar a otros cristianos. Sebastián fue
arrestado, atado a un poste y vendado de los ojos. Los arqueros tensaron sus
arcos y recibieron la orden de llenarlo de flechas «como un erizo está lleno de
púas» (La Leyenda Dorada,
vol. II). Tras atravesar su torso y sus miembros con flechas, lo desataron y
dejaron su cuerpo perforado por muerto. ¡Pero Sebastián no murió! Una mujer
santa llamada Irene fue a recoger su cuerpo para enterrarlo y lo encontró aún
con vida. Irene era esposa de san Cástulo, un oficial de la casa de Diocleciano
que había sido martirizado a comienzos de ese mismo año. Irene retiró
cuidadosamente las flechas del cuerpo de Sebastián, lo llevó a su casa y lo
cuidó hasta devolverle la salud. La propia santa Irene moriría mártir dos años
después.
Una
vez recuperado, muchos exhortaron a Sebastián a huir para salvar su vida. Sin
embargo, se presentó ante el emperador y lo increpó con firmeza por su crueldad
contra los cristianos. Un biógrafo del siglo XIX puso estas palabras en labios
de Sebastián cuando se enfrentó al hombre más poderoso del mundo:
«Escúchame, oh Príncipe. Los sacerdotes de tus templos te engañan con sus
perversas falsedades contra los cristianos. Te dicen que somos enemigos del
Imperio; sin embargo, es por nuestras oraciones que el Imperio prospera. Cesa
tus injustas persecuciones contra nosotros y recuerda que el día del ajuste de
cuentas está cercano, cuando tú también serás juzgado por un Juez que todo lo
sabe» (Las Actas de los
Primeros Mártires, Fastré S.J.).
El
emperador, enfurecido por las palabras de Sebastián y sorprendido de que aún
estuviera vivo, ordenó que fuera ejecutado nuevamente. Esta vez, Sebastián fue
golpeado hasta la muerte con garrotes y arrojado a una cloaca.
Después
de su muerte, Sebastián se apareció en una visión a una mujer santa llamada
Lucina y le pidió que sacara sus restos de la cloaca y los enterrara en las
catacumbas de Calixto. Ella lo hizo esa misma noche. Más tarde se construyó
allí una basílica en su memoria. Esta iglesia y cementerio siguen siendo hoy un
importante lugar de peregrinación. En los siglos posteriores a su martirio, san
Sebastián se hizo célebre por su poder de intercesión, especialmente para
combatir la peste bubónica en el siglo XIV. Más recientemente, también ha sido
honrado como patrono de los atletas, por su perseverancia tenaz.
Oración
San Sebastián, recibiste dos veces la gloriosa corona del
martirio. Tu valentía y fidelidad a Cristo frente a la persecución fueron
inquebrantables. Tu aliento a los perseguidos fue heroico. Te ruego que
intercedas por mí, para que tenga tu misma valentía firme y así cumpla la
voluntad de Dios, sin importar cuán alto sea el precio.
San Sebastián, ruega por mí.
Jesús, en Ti confío.


