lunes, 3 de agosto de 2026

4 de agosto del 2026: martes de la decimoctava semana del tiempo ordinario II-San Juan María Vianney-memoria obligatoria


Testigo de la fe:

San Juan María Vianney


1786-1859

«Vengan a comulgar, vengan a Jesús, vengan a vivir de Él para poder vivir para Él», recomendaba el célebre Cura de Ars, pequeño pueblo francés donde ejerció su ministerio con admirable entrega.

Canonizado en 1925, fue proclamado en 1929 patrono de todos los párrocos del mundo.

Su vida continúa recordándonos que la fecundidad del sacerdote nace de la Eucaristía, la oración, la confesión y el servicio humilde al pueblo de Dios.

 


Guía para cada día

¿Dónde está lo puro y dónde lo impuro? Jesús nos invita a abrir los ojos y a no caminar como ciegos ante la Ley. Nos llama a distinguir entre lo exterior y lo que realmente nace del corazón. No basta cuidar las apariencias, repetir normas o realizar prácticas religiosas si por dentro alimentamos el orgullo, la dureza o la falta de caridad.

También hoy podemos preocuparnos demasiado por “lo que dirán” y olvidar lo esencial. Jesús no desprecia la Ley ni las buenas costumbres; nos enseña a vivirlas con discernimiento, sin convertirlas en cargas ni sustituir con ellas la voluntad de Dios. La verdadera pureza comienza en un corazón que escucha al Señor, busca la verdad y se deja transformar por su gracia.

Pidámosle que cure nuestra ceguera espiritual, para no dejarnos guiar por prejuicios ni apariencias, sino para reconocer cada día lo que conduce al amor, a la misericordia y a la vida.

G.Q

 

 

Primera lectura

Jer 30, 1-2. 12b-15. 18-22

Por todos tus numerosos pecados te he tratado de ese modo. Cambiaré la suerte de las tiendas de Jacob

Lectura del libro de Jeremías.

PALABRA que recibió Jeremías de parte del Señor:
«Esto dice el Señor, Dios de Israel:
“Escribe en un libro todas las palabras que he dicho:
Tu fractura es incurable,
tu herida está infectada;
tu llaga no tiene remedio,
no hay medicina que la cierre.
Tus amantes te han olvidado,
ya no preguntan por ti,
pues te herí como un enemigo,
te di un escarmiento cruel.
Y todo por tus muchos crímenes,
por la gran cantidad de tus pecados.
¿Por qué gritas por tu herida?
Tu llaga es incurable.
Por tantos y tantos crímenes,
por todos tus numerosos pecados
te he tratado de ese modo”.
Pero esto dice el Señor:
“Cambiaré la suerte de las tiendas de Jacob,
voy a compadecerme de sus moradas;
reconstruirán la ciudad sobre sus ruinas,
su palacio se asentará en su puesto.
De allí saldrán alabanzas,
voces con aire de fiesta.
Haré que crezcan y no mengüen,
que sea reconocida su importancia,
que no sean despreciados.
Serán sus hijos como antaño,
su asamblea, estable en mi presencia;
yo castigaré a sus opresores.
De entre ellos surgirá un príncipe,
su gobernante saldrá de entre ellos;
lo acercaré y estará junto a mí,
pues ¿quién arriesgaría su vida
por ponerse cerca de mí?
—oráculo del Señor—.
Y ustedes serán mi pueblo
y yo seré su Dios”».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 101, 16-18. 19-21. 29 y 22-23 (R.: cf. 17)

R. El Señor reconstruyó Sion,
y apareció en su gloria.


V. Los gentiles temerán tu nombre;
los reyes del mundo, tu gloria.
Cuando el Señor reconstruya Sion,
y aparezca en su gloria,
y se vuelva a las súplicas de los indefensos,
y no desprecie sus peticiones. 
R.

V. Quede esto escrito para la generación futura,
y el pueblo que será creado alabará al Señor.
Que el Señor ha mirado desde su excelso santuario,
desde el cielo se ha fijado en la tierra,
para escuchar los gemidos de los cautivos
y librar a los condenados a muerte. 
R.

V. Los hijos de tus siervos vivirán seguros,
su linaje durará en tu presencia.
Para anunciar en Sion el nombre del Señor,
y su alabanza en Jerusalén,
cuando se reúnan unánimes los pueblos
y los reyes para dar culto al Señor.
 R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel. R.

 

Evangelio

Mt 15, 1-2. 10-14

La planta que no haya plantado mi Padre celestial, será arrancada de raíz

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos fariseos y escribas de Jerusalén y le preguntaron:
«¿Por qué tus discípulos quebrantan la tradición de nuestros mayores y no se lavan las manos antes de comer?».
Y, llamando a la gente, les dijo:
«Escuchen y entiendan: no mancha al hombre lo que entra por la boca, sino lo que sale de la boca, eso es lo que mancha al hombre».
Se acercaron los discípulos y le dijeron:
«¿Sabes que los fariseos se han escandalizado al oírte?».
Respondió él:
«La planta que no haya plantado mi Padre celestial, será arrancada de raíz. Déjenlos, son ciegos, guías de ciegos. Y si un ciego guía a otro ciego, los dos caerán en el hoyo».

Palabra del Señor.

 

1

 

un corazón limpio y sanado por Dios

 

Queridos hermanos:

Hoy la Palabra de Dios nos invita a mirar el corazón. Jesús cuestiona a quienes se preocupan demasiado por el cumplimiento exterior de las normas, pero descuidan lo esencial: la conversión interior, la misericordia y la verdad. Por eso advierte: «Si un ciego guía a otro ciego, los dos caerán en el hoyo».

También nosotros podemos dejarnos guiar por cegueras: las apariencias, los prejuicios, el miedo al qué dirán o una religiosidad reducida a costumbres. Podemos tener las manos aparentemente limpias y, sin embargo, conservar un corazón herido por el resentimiento, la envidia o la falta de caridad. Jesús no desprecia las prácticas religiosas ni las buenas tradiciones; nos enseña a no convertirlas en sustitutos del amor ni en cargas para los demás.

En la primera lectura, el profeta Jeremías habla con palabras muy fuertes: «Tu herida es incurable, tu llaga no tiene remedio». El pueblo experimenta las consecuencias dolorosas de haberse alejado de Dios. Su herida es demasiado profunda para ser curada únicamente por fuerzas humanas.

Pero Dios no abandona a su pueblo. Después de mostrarle la verdad de su pecado, le anuncia la restauración: reconstruirá las tiendas de Jacob, se compadecerá de sus moradas y volverá a establecer con él una alianza: «Ustedes serán mi pueblo y yo seré su Dios». El Señor descubre nuestra herida no para humillarnos, sino para sanarnos. Nos muestra lo que hay dentro del corazón para comenzar allí su obra de misericordia.

Por eso proclamamos con esperanza en el salmo: «El Señor reconstruyó Sion y apareció en su gloria». Él escucha la oración del indefenso y no desprecia su súplica. Aunque nuestras familias, comunidades o vidas personales atraviesen heridas que parecen no tener remedio, para Dios nunca está dicha la última palabra. Él puede reconstruir lo que el pecado, los conflictos y los años han deteriorado.

Esta Palabra resplandece de manera especial en san Juan María Vianney, el santo Cura de Ars. Fue un sacerdote humilde que no se dejó guiar por las apariencias. Comprendió que el verdadero mal no era la pobreza exterior, sino el alejamiento de Dios, y que la mayor medicina para el corazón era la gracia. Pasaba largas horas en el confesionario porque sabía que allí Cristo limpiaba, perdonaba y reconstruía vidas. Desde la Eucaristía invitaba: «Vengan a Jesús, vengan a vivir de Él, para vivir para Él».

San Juan María Vianney nos enseña que nadie puede conducir a otros hacia Dios si antes no se deja iluminar por Él. Esto vale para los sacerdotes, para los padres de familia, para los catequistas y para todos los creyentes. No basta señalar el camino: debemos caminarlo. No basta hablar de Dios: necesitamos vivir de Él.

Pidamos hoy un corazón limpio, unos ojos capaces de discernir y una fe que no se quede en las apariencias. Presentemos especialmente a nuestras familias, amigos y benefactores. Que el Señor recompense su cercanía, su generosidad y el bien que nos han hecho; sane sus heridas, bendiga sus hogares y los conserve unidos en el amor.

San Juan María Vianney, patrono de los párrocos y modelo de pastores, ruega por nosotros y por todos los sacerdotes, para que no seamos guías ciegos, sino servidores humildes que conduzcan a las personas hacia Jesús. Amén.

 

2

 

Reavivar nuestras prácticas religiosas

 

Jesús convocó a la gente y les dijo: «Escuchen y entiendan. No es lo que entra por la boca lo que hace impura a la persona, sino lo que sale de la boca». Entonces se acercaron los discípulos y le dijeron: «¿Sabes que los fariseos se han escandalizado al oírte?».

Las palabras de Jesús debieron sorprender profundamente a sus oyentes judíos, porque cuestionaban creencias muy arraigadas sobre la pureza y la impureza. Jesús no estaba negando el valor de las prácticas externas cuando se comprenden correctamente y están ordenadas hacia Dios. Más bien, estaba llevando la discusión hacia la vida interior, hacia el corazón, verdadera fuente de la pureza moral o de la corrupción.

Esta enseñanza surge como respuesta a la pregunta de los fariseos y escribas: «¿Por qué tus discípulos quebrantan la tradición de los mayores? Porque no se lavan las manos antes de comer». La llamada “tradición de los mayores” era un conjunto de interpretaciones y aplicaciones orales de la Ley de Moisés, desarrolladas a lo largo de varias generaciones. Aunque tenían la intención de proteger la Ley, con el paso del tiempo algunas terminaron oscureciendo el corazón de los mandamientos de Dios, al conceder una importancia excesiva a las observancias exteriores.

Jesús, entonces, dirige la mirada hacia el interior. Lo que mancha a la persona no es el incumplimiento ritual de una costumbre externa, sino los deseos desordenados, los pensamientos y las palabras que proceden de un corazón corrompido. El pecado se arraiga en una manera equivocada de pensar y en un desorden interior, no simplemente en la falta de conformidad con determinadas prácticas rituales.

Esta verdad ilumina la primera lectura del profeta Jeremías. Dios le dice a su pueblo: «Tu herida es incurable, tu llaga no tiene remedio». La verdadera enfermedad de Israel no estaba en su apariencia exterior, sino en lo profundo de su relación con Dios. Había abandonado al Señor y ahora experimentaba las consecuencias de su infidelidad. Ninguna solución superficial podía sanar aquella herida.

Sin embargo, Dios no muestra la llaga para condenar definitivamente a su pueblo, sino para curarlo y restaurarlo. Por eso promete reconstruir las tiendas de Jacob, compadecerse de sus moradas y renovar su alianza: «Ustedes serán mi pueblo y yo seré su Dios». El Señor toca la raíz del mal, pero también llega hasta lo más profundo para sanar. Lo que humanamente parece incurable puede ser restaurado por su misericordia.

Por eso respondemos con el salmo: «El Señor reconstruyó Sion y apareció en su gloria». Él escucha la oración de los indefensos y no desprecia sus súplicas. Dios no se deja impresionar solamente por palabras bonitas o gestos exteriores; escucha la oración que brota de un corazón humilde, herido y sincero.

Los discípulos manifestaron su preocupación porque las palabras de Jesús habían ofendido a los fariseos. Pero el Señor permaneció firme y dijo de ellos: «Son ciegos que guían a otros ciegos». Su liderazgo se había separado del corazón de la verdad divina y de la voluntad del Padre. Por eso Jesús añade: «Toda planta que no haya plantado mi Padre celestial será arrancada». Las tradiciones y prácticas que no están arraigadas en la voluntad de Dios no pueden perdurar.

En este caso, lavarse ritualmente las manos antes de comer no era algo bueno ni malo en sí mismo. La limpieza, por supuesto, es una buena costumbre. Sin embargo, cuando se trata un gesto simbólico como si por sí solo pudiera comunicar la gracia o conceder la pureza, independientemente de la disposición interior, termina convirtiéndose en obstáculo. El acto exterior, separado de la fe y de una intención sincera, pierde su finalidad original.

Aunque hoy ya no practiquemos las mismas costumbres del judaísmo del siglo primero, este principio continúa siendo actual. Pensemos, por ejemplo, en la costumbre de bendecir los alimentos. Es una práctica hermosa y recomendable, pero solamente cuando es una verdadera oración. Repetir palabras sin atención, sin gratitud y sin dirigir el corazón a Dios no lo glorifica ni nos dispone para recibir plenamente la bendición que pedimos. La oración debe nacer siempre de un corazón sincero y devoto.

Podemos preguntarnos: ¿a qué nos aferramos más, a nuestras costumbres, tradiciones y hábitos, o al corazón mismo de la voluntad de Dios? En muchas ocasiones, seguir fielmente al Señor exige que examinemos, reordenemos y fortalezcamos algunas prácticas habituales, incluso aquellas que son buenas.

Esto se aplica especialmente a nuestras prácticas religiosas: hacer la señal de la cruz, rezar el avemaría o el padrenuestro, colaborar con los necesitados y participar en la Misa dominical. Todas estas acciones poseen un gran valor espiritual, pero deben estar unidas a una fe consciente y al amor. La Eucaristía es verdaderamente fuente y cumbre de la vida cristiana; sin embargo, si solo estamos presentes exteriormente, mientras nuestro corazón permanece alejado del misterio sagrado que celebramos, no recibiremos con toda la fecundidad los frutos de gracia que Dios desea concedernos.

Hoy, en la memoria de san Juan María Vianney, contemplamos a un sacerdote que vivió profundamente esta unidad entre el corazón y las prácticas de la fe. El santo Cura de Ars celebraba la Eucaristía, confesaba, predicaba y oraba no como quien cumple mecánicamente una obligación, sino como quien está enamorado de Jesucristo y desea conducir a los demás hacia Él. Pasaba largas horas en el confesionario porque sabía que solamente la gracia de Dios puede sanar esas heridas interiores que parecen incurables.

San Juan María Vianney solía invitar: «Vengan a comulgar, vengan a Jesús, vengan a vivir de Él, para poder vivir para Él». Su vida nos recuerda que las prácticas religiosas recuperan toda su fuerza cuando nacen de un encuentro vivo con Cristo. También nos enseña que un pastor no puede ser un guía ciego: necesita dejarse iluminar, sanar y conducir cada día por el Señor.

Examinemos, pues, nuestras prácticas religiosas. ¿Son solamente costumbres externas o expresan una fe viva? Busquemos reunir nuevamente el corazón y el hábito, para que cada oración, cada gesto, cada obra de caridad y cada acto de culto broten de un alma sinceramente unida a la voluntad de Dios.

Pidamos hoy, por intercesión de san Juan María Vianney, por la santificación de los sacerdotes y por nuestras familias, amigos y benefactores. Que el Señor escuche sus súplicas, sane sus heridas, bendiga su generosidad y haga de sus hogares verdaderas comunidades de fe y de amor.

Oración

Sacratísimo Corazón de Jesús, todo lo que hiciste brotó de la perfección del amor que inundaba tu Corazón. Nunca actuaste por simple rutina o costumbre, sino de manera consciente y sincera, realizando cada obra con el amor que glorificaba a tu Padre celestial.

Haz mi corazón semejante al tuyo, para que mis palabras no hieran, mis prácticas religiosas no sean vacías y todo cuanto haga produzca frutos de gracia y te dé gloria eternamente. Sana mis heridas interiores y enséñame a vivir de ti para vivir enteramente para ti.

Jesús, confío en ti. Amén.


************


4 de agosto:

San Juan María Vianney (el Cura de Ars), Presbítero — Memoria
1786–1859
Patrono de los párrocos, de todos los sacerdotes y de los confesores
Canonizado por el Papa Pío XI en 1925

 


Cita:


…Creo, hermanos, que ustedes querrían saber cuál es el estado del alma tibia. Pues bien, este es. Un alma tibia no está del todo muerta a los ojos de Dios porque la fe, la esperanza y la caridad que son su vida espiritual no están completamente extinguidas. Pero es una fe sin celo, una esperanza sin resolución, una caridad sin ardor. Nada conmueve a esta alma: escucha la Palabra de Dios, sí, es verdad; pero a menudo le aburre… ¿Quién puede atreverse a asegurarse a sí mismo que no es ni un gran pecador ni un alma tibia, sino que es uno de los elegidos? ¡Ay, hermanos míos!, cuántos parecen ser buenos cristianos a los ojos del mundo, pero en realidad son almas tibias a los ojos de Dios, que conoce lo más íntimo de nuestros corazones. Pidamos a Dios con todo nuestro corazón, si estamos en este estado, que nos dé la gracia de salir de él, para que podamos tomar el camino que todos los santos han recorrido y llegar a la felicidad que ellos están disfrutando. Eso es lo que deseo para ustedes.


~Homilía, San Juan María Vianney

 

Reflexión:

Juan María Bautista Vianney fue el cuarto de seis hijos nacidos de padres católicos devotos en Dardilly, un pueblo rural situado cerca de Lyon, en el este de Francia. Juan nació apenas tres años antes del inicio de la Revolución Francesa, durante la cual la Iglesia Católica fue ferozmente atacada. El culto público fue suprimido, las iglesias fueron cerradas o reconvertidas, y muchos sacerdotes, bajo coacción, juraron lealtad al nuevo Estado, se ocultaron o fueron asesinados. Durante el Reinado del Terror, de 1793 a 1794, miles de clérigos en Francia fueron ejecutados en la guillotina. Fue un tiempo caótico en Francia y aún más caótico para ser sacerdote.

Durante este tiempo, la familia Vianney a menudo escondía sacerdotes y asistía a sus misas clandestinas en granjas cercanas. El testimonio de aquellos sacerdotes que arriesgaban su vida para ofrecer los sacramentos fue una fuente poderosa de inspiración para el joven Juan, motivándolo más tarde a convertirse en sacerdote. Dadas las circunstancias, Juan pasó la mayor parte de su infancia ayudando en la granja familiar y cuidando los rebaños, más que asistiendo a la escuela. Recibió una educación sencilla de su madre, pero era prácticamente analfabeto durante su adolescencia. Recibió instrucción catequética en secreto de dos religiosas para prepararse para su Primera Comunión, que recibió a los trece años en la casa de un vecino.

En 1799, Napoleón tomó el poder en Francia y, en 1801, él y el Papa Pío VII firmaron un acuerdo llamado el Concordato. Este acuerdo no restauró por completo los derechos anteriores de la Iglesia Católica, pero sí reconoció el catolicismo como la fe de la mayoría de los ciudadanos franceses y permitió el culto público, aunque regulado por el Estado. En 1806, el párroco de la aldea vecina de Écully, el Padre Balley, abrió una escuela para aspirantes al seminario. A los veinte años, Juan comenzó allí su formación formal. Aunque tuvo grandes dificultades, especialmente con el latín, su fe era evidente y su humildad profunda.

En 1809, su formación fue interrumpida cuando fue reclutado para el ejército de Napoleón para combatir a los españoles durante la Guerra de la Quinta Coalición. Antes, los seminaristas estaban exentos del servicio militar, pero Napoleón, ante las fuertes bajas, abolió la exención. Tras unirse a su regimiento, Juan cayó enfermo, fue hospitalizado y quedó rezagado. Luego fue asignado a otro regimiento, pero, absorto en la oración en una iglesia cercana, perdió la partida de sus compañeros. Fue enviado a alcanzarlos, pero no logró encontrarlos y, en cambio, fue mal dirigido a la aldea de Noes, donde se escondían varios desertores. Lo convencieron de quedarse, cambiar de nombre, ocultarse y enseñar en la escuela. Permaneció allí más de un año. Finalmente, obtuvo amnistía y pudo regresar a Écully para continuar su formación con el Padre Balley.

Aunque siguió teniendo dificultades en los estudios, el Padre Balley lo apoyó, viendo en él una verdadera vocación, un profundo amor a la Virgen María y una intensa vida de oración. Tras completar sus estudios en Écully, el Padre Balley convenció al Vicario General de la diócesis de admitirlo en el seminario diocesano. Juan perseveró. Cuando llegó el momento de su ordenación, algunos dudaban de su idoneidad. El obispo preguntó por su piedad y le respondieron que rezaba el rosario como un ángel. Eso bastó al obispo. Juan fue ordenado sacerdote el 12 de agosto de 1815 y enviado como vicario a Écully, donde sirvió dos años hasta la muerte del Padre Balley.

En 1817, el Padre Vianney fue enviado como capellán a la iglesia de San Sixto, en Ars, una comunidad agrícola de poco más de 200 habitantes. Permanecería allí los siguientes cuarenta y un años. Se cuenta que, en el camino, se encontró con un niño que cuidaba ovejas. Le preguntó cuánto faltaba para llegar a Ars y el niño lo guió. Al ver el campanario, el Padre Vianney se arrodilló, oró largamente y luego continuó. Al llegar, le dijo al niño: “Tú me has mostrado el camino a Ars, yo te mostraré el camino al Cielo.”

Ars era conocida por sus bailes, borracheras y blasfemias. La iglesia estaba deteriorada, la moral baja y la asistencia a misa escasa. El Padre Vianney se puso a trabajar de inmediato. Los vecinos ni siquiera sabían que recibirían un capellán, así que nadie asistió a sus primeras misas. Pero, al verlo orar ante el Santísimo, la curiosidad creció y la gente empezó a asistir. Sus homilías eran sencillas y directas: evitar el pecado, vivir en gracia, orar, recibir los sacramentos —especialmente la confesión y la Eucaristía— y vivir la caridad y la virtud.

En tres años, Ars comenzó a transformarse. El Padre Vianney oraba largas horas, hacía severas penitencias y ayunos (alimentándose casi solo de patatas hervidas), restauró la iglesia, visitó casas y aldeas cercanas. En 1823, el obispo elevó la iglesia a parroquia, nombrándolo párroco. En 1827, podía decir: “Ars ya no es Ars.” La gente acudía en masa a misa y a confesarse. Pronto, su fama atrajo a miles cada año; algunos días pasaba hasta dieciséis horas en el confesionario. En la década de 1850, decenas o cientos de miles de peregrinos llegaban a Ars. Se construyó una iglesia más grande y hasta un ferrocarril para facilitar el acceso.

Su método sacerdotal era sencillo: dejar que Dios actuara a través de él. El diablo, dicen, lo atormentó muchas veces, admitiendo en una ocasión: “Si hubiera tres como tú en Francia, no podría poner un pie aquí.”

Al honrar a este santo sacerdote, pensemos en la importancia del sacerdocio. San Juan Vianney decía: “Si me encontrara con un sacerdote y un ángel, saludaría primero al sacerdote… Si no hubiera sacerdote, la Pasión y muerte de Jesús no servirían de nada. ¿De qué sirve un cofre lleno de oro si no hay quien lo abra? El sacerdote tiene la llave de los tesoros del Cielo.” Aunque pocos sacerdotes alcanzan plenamente la dignidad y responsabilidad de su ministerio, todos llevan en sí el poder sagrado de dispensar la misericordia de Dios, absolver los pecados y hacer presente la Pasión de Cristo en la Eucaristía.

Oración:

San Juan María Vianney, amaste a Dios con todo tu corazón y lo diste a conocer a tu pueblo. Por ti, Ars y gran parte de Francia se convirtieron. Ruega por mí, para que esté abierto al ministerio de los sacerdotes, recibiendo por ellos la Palabra y la gracia de Dios, y ofreciéndoles el amor, apoyo y respeto que merecen. Rezo especialmente por los sacerdotes que forman parte de mi vida, para que sean pastores santos a imitación de Cristo. San Juan Vianney, ruega por mí. Jesús, en Ti confío.

 

domingo, 2 de agosto de 2026

3 de agosto del 2026: lunes de la decimoctava semana del tiempo ordinario-II

 

Por encima de la borda

Jesús está solo, pero en oración. Los discípulos también están solos, en medio de la tempestad. Es de noche, una larga noche de angustia. Entonces Jesús se levanta como la aurora y va hacia ellos caminando sobre el mar. Precisamente cuando creen que todo está perdido, el Señor se hace presente y les dice: «¡Ánimo, soy yo, no tengan miedo!».

Pedro se atreve a abandonar la seguridad de la barca. Mientras mantiene los ojos puestos en Jesús, camina sobre las aguas; pero cuando se fija más en la violencia del viento que en la presencia del Señor, comienza a hundirse. Su oración es breve y desesperada: «¡Señor, sálvame!». Jesús extiende inmediatamente la mano y lo sostiene. No le evita la prueba, pero tampoco permite que las aguas lo devoren.

También nosotros atravesamos noches, vientos contrarios y momentos en los que parece que Dios está lejos. Podemos incluso comenzar el camino con entusiasmo y, después, hundirnos bajo el peso del miedo, las dudas o los problemas. La fe no consiste en negar la tormenta, sino en reconocer que Cristo es más fuerte que ella. Cuando todo se tambalea, basta una oración sincera: «¡Señor, sálvame!».

La primera lectura nos presenta otra clase de tormenta: la confusión provocada por las falsas palabras del profeta Jananías. Él anuncia una paz fácil e inmediata, mientras Jeremías permanece fiel a la palabra exigente y verdadera de Dios. No toda voz tranquilizadora viene del Señor. A veces preferimos escuchar promesas agradables antes que una verdad que nos llama a la conversión, a la paciencia y a la fidelidad. Jeremías nos enseña que el verdadero profeta no acomoda la Palabra a los deseos de la gente, sino que permanece fiel, aunque tenga que sufrir incomprensión.

Por eso, con el salmista, pedimos: «Señor, enséñame tus leyes». Necesitamos aprender a distinguir su voz entre tantas voces, a no desviarnos por caminos falsos y a guardar su Palabra en el corazón.

Quizá hoy el Señor nos invite a arrojar por la borda nuestros miedos, falsas seguridades y engaños; a salir de la barca y confiar nuevamente en Él. Si comenzamos a hundirnos, no tengamos vergüenza de gritar. La mano de Jesús permanece extendida. Y cuando Él sube a nuestra barca, el viento se calma y renace la confesión de fe: «Verdaderamente, tú eres el Hijo de Dios».

G.Q

 


Primera lectura

Jer 28, 1-17
Jananías, el Señor no te ha enviado, y tú has inducido al pueblo a una falsa confianza

Lectura del libro de Jeremías.


EL mismo año, el año cuarto de Sedecías, rey de Judá, el quinto mes, Jananías, hijo de Azur, profeta de Gabaón, me dijo en el templo, en presencia de los sacerdotes y de todo el pueblo:
«Esto dice el Señor del universo, Dios de Israel: “He roto el yugo del rey de Babilonia. Antes de dos años devolveré a este lugar el ajuar del templo, que Nabucodonosor, rey de Babilonia, tomó de este lugar para llevárselo a Babilonia. A Jeconías, hijo de Joaquim, rey de Judá, y a todos los desterrados de Judá que marcharon a Babilonia, yo mismo los haré volver a este lugar —oráculo del Señor— cuando rompa el yugo del rey de Babilonia”».
El profeta Jeremías respondió al profeta Jananías delante de los sacerdotes y de toda la gente que estaba en el templo.
Le dijo así el profeta Jeremías:
«¡Así sea; así lo haga el Señor! Que el Señor confirme la palabra que has profetizado y devuelva de Babilonia a este lugar el ajuar del templo y a todos los que están allí desterrados. Pero escucha la palabra que voy a pronunciar en tu presencia y ante toda la gente aquí reunida: Los profetas que nos precedieron a ti y a mí, desde tiempos antiguos, profetizaron a países numerosos y a reyes poderosos guerras, calamidades y pestes. Si un profeta profetizaba prosperidad, solo era reconocido como profeta auténtico enviado por el Señor cuando se cumplía su palabra».
Entonces Jananías arrancó el yugo del cuello del profeta Jeremías y lo rompió.
Después dijo Jananías a todos los presentes:
«Esto dice el Señor: “De este modo romperé del cuello de todas las naciones el yugo de Nabucodonosor, rey de Babilonia, antes de dos años”».
El profeta Jeremías se marchó.
Vino la palabra del Señor a Jeremías después de que Jananías hubo roto el yugo del cuello del profeta Jeremías.
El Señor le dijo:
«Ve y dile a Jananías: “Esto dice el Señor: Tú has roto un yugo de madera, pero yo haré un yugo de hierro. Porque esto dice el Señor del universo, Dios de Israel: Pondré un yugo de hierro al cuello de todas estas naciones para que sirvan a Nabucodonosor, rey de Babilonia, y se le sometan. Le entregaré hasta los animales salvajes”».
El profeta Jeremías dijo al profeta Jananías:
«Escúchame, Jananías: El Señor no te ha enviado, y tú has inducido a este pueblo a una falsa confianza. Por tanto, esto dice el Señor: “Voy a hacerte desaparecer de la tierra; este año morirás porque has predicado rebelión contra el Señor”».
Y el profeta Jananías murió aquel mismo año, el séptimo mes.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 118, 29. 43. 79. 80. 95. 102 (R.: 68b)

R. Instrúyeme, Señor, en tus decretos.

V. Apártame del camino falso,
y dame la gracia de tu ley. 
R.

V. No quites de mi boca las palabras sinceras,
porque yo espero en tus mandamientos. 
R.

V. Vuelvan a mí los que te temen
y hacen caso de tus preceptos. 
R.

V. Sea mi corazón perfecto en tus decretos,
así no quedaré avergonzado. 
R.

V. Los malvados me esperaban para perderme,
pero yo meditaba tus preceptos. 
R.

V. No me aparto de tus mandamientos,
porque tú me has instruido. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. No solo de pan vive el hombre,
sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.
 R.

 

Evangelio

Mt 14, 22-36
Mándame ir a ti sobre el agua

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

DESPUÉS que la gente se hubo saciado, Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente.
Y después de despedir a la gente subió al monte a solas para orar. Llegada la noche estaba allí solo.
Mientras tanto la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario. A la cuarta vela de la noche se les acercó Jesús andando sobre el mar. Los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, diciendo que era un fantasma.
Jesús les dijo enseguida:
«¡Ánimo, soy yo, no tengan miedo!».
Pedro le contestó:
«Señor, si eres tú, mándame ir a ti sobre el agua».
Él le dijo:
«Ven».
Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua acercándose a Jesús; pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó:
«Señor, sálvame».
Enseguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo:
«¡Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado?».
En cuanto subieron a la barca amainó el viento.
Los de la barca se postraron ante él diciendo:
«Realmente eres Hijo de Dios».
Terminada la travesía, llegaron a tierra en Genesaret. Y los hombres de aquel lugar apenas lo reconocieron, pregonaron la noticia por toda aquella comarca y le trajeron a todos los enfermos.
Le pedían tocar siquiera la orla de su manto. Y cuantos la tocaban quedaban curados.

Palabra del Señor.

 

1

 

Queridos hermanos:

El Evangelio de hoy nos sitúa en medio de una noche oscura. Jesús está solo en la montaña, orando; los discípulos se encuentran en la barca, sacudidos por las olas, porque el viento les era contrario. Es una imagen muy cercana a nuestra propia vida: también nosotros atravesamos noches de preocupación, momentos de incertidumbre y tormentas que ponen a prueba nuestra fe.

Los discípulos se sienten solos, pero en realidad Jesús no los ha abandonado. Mientras ellos luchan contra el viento, Él está orando. Y cuando la noche parece más oscura, Jesús se acerca caminando sobre las aguas. Sin embargo, ellos no logran reconocerlo y gritan de miedo, creyendo que es un fantasma.

Algo semejante puede ocurrirnos. En los momentos difíciles, el miedo puede impedirnos reconocer la presencia del Señor. Pensamos que Dios se ha alejado, cuando precisamente viene caminando hacia nosotros. Entonces escuchamos sus palabras: «¡Ánimo, soy yo, no tengan miedo!». Jesús no promete que nunca habrá tormentas, pero nos asegura que no tendremos que atravesarlas solos.

Pedro, impulsado por la fe, le dice: «Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti sobre las aguas». Jesús le responde: «Ven». Mientras Pedro mantiene su mirada en el Señor, consigue caminar; pero cuando comienza a fijarse más en la violencia del viento que en Jesús, siente miedo y empieza a hundirse.

Esta es también nuestra experiencia. Mientras permanecemos unidos al Señor, podemos afrontar situaciones que parecían imposibles. Pero cuando miramos solamente los problemas, nuestras limitaciones, las noticias negativas o las amenazas que nos rodean, comenzamos a hundirnos en la desesperanza.

Pedro nos deja entonces una de las oraciones más breves y sinceras de toda la Sagrada Escritura: «¡Señor, sálvame!». No pronuncia muchas palabras ni ofrece largas explicaciones. Solamente grita desde su necesidad. Y el Evangelio dice que Jesús, inmediatamente, extendió la mano y lo sostuvo. La mano del Señor no tarda en llegar cuando el corazón lo invoca con humildad.

En la primera lectura también encontramos una tormenta, pero esta vez se trata de una tormenta de confusión. Jananías anuncia que muy pronto terminará el dominio de Babilonia y que los objetos del templo y los desterrados regresarán a Jerusalén. Era un mensaje agradable, lo que todos querían escuchar. Jeremías, en cambio, debe anunciar una verdad más dolorosa: aquella promesa no venía de Dios.

La Palabra nos advierte que no todas las voces que nos tranquilizan proceden del Señor. A veces preferimos palabras fáciles que confirmen nuestros deseos, pero el auténtico profeta no acomoda el mensaje de Dios para agradar a los demás. Jeremías permanece fiel, aunque la verdad le traiga incomprensión y sufrimiento.

Por eso hoy repetimos con el salmista: «Señor, enséñame tus leyes». Necesitamos que Dios nos enseñe a distinguir su voz entre tantas voces; que nos conceda sabiduría para no confundir la fe con nuestros deseos ni la esperanza cristiana con promesas engañosas. La verdadera esperanza no consiste en creer que nada malo puede sucedernos, sino en confiar en que Dios permanecerá con nosotros pase lo que pase.

Esta Palabra ilumina también nuestra oración por los fieles difuntos. La muerte constituye para nosotros una de las noches más dolorosas. Cuando fallece alguien a quien amamos, parece que la barca queda vacía y que el viento de la tristeza amenaza con hundirnos. Surgen preguntas, recuerdos y lágrimas. Pero en medio de esa noche, Cristo resucitado viene a nuestro encuentro y nos dice: «¡Ánimo, soy yo, no tengan miedo!».

Nuestros difuntos atravesaron ya las aguas de la muerte. Los confiamos a Jesús, que venció el pecado, abrió los sepulcros y nos prometió la vida eterna. Orar por ellos es tender un puente de amor y esperanza; es pedir que el Señor purifique sus almas, perdone sus faltas y los reciba en la paz de su Reino.

Hoy podemos colocar sus nombres y sus rostros en las manos de Cristo. La mano que sostuvo a Pedro es la misma que sostiene a quienes parten de este mundo y la que también nos sostiene a nosotros en el duelo. La muerte no tiene la última palabra: la última palabra pertenece al Señor de la vida.

Pidámosle, entonces, que arroje por encima de la borda nuestros miedos, nuestras falsas seguridades y nuestra falta de confianza. Y si alguna vez sentimos que nos hundimos, repitamos la oración de Pedro: «¡Señor, sálvame!». Él extenderá su mano, subirá a nuestra barca y conducirá a nuestros fieles difuntos y a cada uno de nosotros hasta la orilla de la vida eterna.

Amén.

 

2

 

Las tormentas de la vida

 

«Jesús mandó a sus discípulos que subieran a la barca y se adelantaran a la otra orilla, mientras Él despedía a la multitud. Después de despedirla, subió al monte a solas para orar. Llegada la noche, estaba allí solo. Mientras tanto, la barca se hallaba ya a varios kilómetros de la costa y era sacudida por las olas, porque el viento era contrario. A la cuarta vigilia de la noche, Jesús fue hacia ellos caminando sobre el mar» (Mateo 14,22-25).

 

Hermanos:

Solamente Dios, en su sabiduría perfecta, podía transmitir un significado espiritual tan profundo por medio de las acciones humanas de Jesús. Sus milagros revelan su divinidad y sus enseñanzas expresan los misterios divinos; pero también cada uno de sus gestos, incluso el más discreto, forma parte del anuncio profético de la plenitud del Evangelio. Desde sus primeros siglos, la Iglesia ha reconocido y contemplado estas dimensiones más profundas mediante lo que conocemos como el sentido alegórico y espiritual de la Sagrada Escritura.

A primera vista, el Evangelio de hoy revela la divinidad de Jesús sencillamente por el hecho de caminar sobre las aguas. Sin embargo, bajo la superficie se manifiestan otros misterios. La montaña, la soledad, la oración, la tormenta, la barca, el miedo y las palabras de Jesús nos comunican algo acerca de la misión salvadora de Cristo y de nuestro camino por la vida junto a Él.

Jesús sube solo a la montaña para orar. En la Sagrada Escritura, las montañas son lugares de encuentro con Dios: Moisés y Elías se encontraron con el Señor en el monte Sinaí, y Jesús se transfiguró delante de sus discípulos en el monte Tabor. En el Evangelio de hoy, la montaña representa la comunión de Jesús con el Padre y su intercesión celestial. Sube solo, dejando atrás a sus discípulos, del mismo modo que, después de la Resurrección, ascendería al Padre. Él permanece espiritualmente con nosotros mientras la Iglesia continúa su peregrinación en medio de las tormentas de este mundo.

Mientras Jesús ora, los discípulos luchan en la barca, sacudidos por las olas y con el viento en contra. La barca representa a la Iglesia en medio de las agitaciones del mundo. Las olas simbolizan las pruebas, las tentaciones y los temores que aparecen inesperadamente. Aunque Jesús parece encontrarse físicamente lejos, nunca está desatento. Precisamente en la hora de mayor angustia es cuando se acerca.

También nosotros conocemos los vientos contrarios: enfermedades, dificultades familiares, incertidumbre económica, crisis de fe, soledad, duelos y sufrimientos que parecen superar nuestras fuerzas. En esos momentos podemos pensar que el Señor se ha alejado o que nuestra oración no es escuchada. Sin embargo, mientras los discípulos luchan contra las olas, Jesús está orando. Aunque ellos no lo ven, no han dejado de estar presentes en su corazón.

Jesús va hacia ellos durante la cuarta vigilia de la noche, en el último y más oscuro momento antes del amanecer. Es la hora de la desolación más profunda del alma, cuando la persona se siente más abandonada, vulnerable e indefensa. Pero es también el momento preciso en el que llega la ayuda divina.

Jesús camina hacia ellos sobre el mar, convirtiendo las mismas olas que amenazaban con destruirlos en el camino por el que se acerca. La tormenta no lo detiene; Él camina por encima de ella, manifestando su autoridad sobre el caos y su poder para transformar incluso las pruebas más intensas en medios de su presencia. Aquello que para nosotros parece un obstáculo insuperable puede convertirse, por la gracia de Dios, en el lugar donde Cristo se nos manifieste con mayor claridad.

Sin embargo, los discípulos no lo reconocen. Gritan llenos de miedo porque creen que es un fantasma. Esto revela una profunda verdad espiritual: en nuestros momentos de temor y confusión podemos interpretar equivocadamente incluso la presencia de Cristo. Cuando el corazón está inquieto y la fe se debilita, podemos dejar de ver con claridad a Aquel que viene a salvarnos.

Esta dificultad para reconocer la voz de Dios aparece también en la primera lectura. El profeta Jananías pronuncia un mensaje agradable: anuncia que muy pronto se romperá el dominio de Babilonia, regresarán los desterrados y serán devueltos los objetos del templo. Era exactamente lo que el pueblo deseaba escuchar. Sin embargo, aquel mensaje no provenía del Señor.

Jeremías, en cambio, debe proclamar una palabra más exigente y dolorosa. No habla para complacer al pueblo, sino para permanecer fiel a Dios. Así nos enseña que no toda voz tranquilizadora procede del Señor ni toda palabra difícil debe ser rechazada. A veces las falsas promesas producen una calma momentánea, mientras que la verdad de Dios puede incomodarnos, corregirnos y pedirnos paciencia y conversión.

Por eso hacemos nuestra la súplica del salmo: «Apártame del camino falso y dame la gracia de tu voluntad». Y también pedimos: «No quites de mi boca las palabras sinceras». Necesitamos que el Señor nos enseñe sus mandamientos para distinguir su voz entre tantas voces, reconocer la verdad y no dejarnos conducir únicamente por aquello que resulta agradable.

En medio de la tormenta, los discípulos necesitaban reconocer la voz auténtica del Señor. Entonces Jesús pronuncia unas palabras que siguen resonando a través de los siglos: «¡Ánimo, soy yo, no tengan miedo!».

En griego, la expresión «soy yo» —egō eimi— evoca el nombre divino revelado a Moisés: «Yo soy». No se trata solamente de unas palabras de consuelo; es una revelación de la identidad divina de Jesús. Él no dice simplemente: «No tengan miedo porque pronto pasará la tormenta», sino: «No tengan miedo porque Yo estoy aquí».

Con esta declaración, Jesús hace mucho más que calmar el mar: calma el corazón. Invita a los discípulos a poner su confianza no solamente en aquello que Él puede hacer, sino en quien Él es. Nuestra seguridad más profunda no consiste en que nunca tendremos problemas, sino en saber que el Hijo de Dios permanece con nosotros y tiene poder sobre todo aquello que amenaza con hundirnos.

Pensemos hoy en alguna tormenta de nuestra vida en la que sintamos que Dios está ausente y que las olas nos desbordan. Imaginemos a Jesús caminando hacia nosotros sobre esas mismas olas. Aunque al principio no podamos reconocer claramente su presencia, miremos con los ojos de la fe y escuchemos su voz: «¡Ánimo, soy yo, no tengan miedo!».

Pidámosle también la gracia de no confundir su voz con las falsas promesas que nos ofrecen soluciones fáciles y seguridades engañosas. Que, como Jeremías, permanezcamos fieles a la verdad; y que, como el salmista, permitamos que la Palabra de Dios ilumine nuestros pasos.

Acojamos a Jesús en la barca de nuestra vida y confiemos en que su gracia es suficiente para afrontar cada prueba y tribulación que Dios permita. La tormenta puede continuar durante algún tiempo, pero ya no estaremos solos. Cristo está presente, ora por nosotros, camina hacia nosotros y convierte las aguas amenazantes en el camino de su llegada.

Señor misericordioso y poderoso, Tú me hablas de día y de noche por medio de las Escrituras, las inspiraciones, los acontecimientos y los signos sagrados. Sin embargo, muchas veces no logro percibir tu presencia, especialmente en medio de las tormentas de la vida.

Abre mis ojos para reconocerte, incluso cuando vengas de maneras inesperadas. Concédeme sabiduría para distinguir tu voz de las palabras falsas y engañosas. Ayúdame a recibirte con fe y alegría en la barca de mi alma, para que pongas orden en el caos que atravieso y me llenes de tu paz permanente.

Jesús, confío en ti. Amén.

 

4 de agosto del 2026: martes de la decimoctava semana del tiempo ordinario II-San Juan María Vianney-memoria obligatoria

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