martes, 8 de septiembre de 2026

9 de septiembre del 2026: miércoles de la vigésima tercera semana del tiempo ordinario II- Memoria de San Pedro Claver, presbítero

 

Testigo de la fe:

San Pedro Claver

(1580-1654)


Nació en Verdú, Cataluña, cerca de Barcelona. Ingresó en la Compañía de Jesús y partió como misionero hacia América. Ordenado sacerdote en Cartagena de Indias, Colombia, consagró cerca de cuarenta años de su vida al servicio de los africanos esclavizados y deportados hacia el Nuevo Mundo.

Salía a su encuentro tan pronto llegaban los barcos negreros; entraba en las bodegas insalubres, curaba a los enfermos, alimentaba a los hambrientos, consolaba a los moribundos y anunciaba a todos la dignidad que les otorgaba el amor de Dios. Con la ayuda de intérpretes, los instruía en la fe y les administraba los sacramentos. También defendía sus derechos y recordaba a las autoridades y a los propietarios que eran seres humanos creados a imagen de Dios.

Firmaba sus cartas con estas palabras: «Petrus Claver, Aethiopum servus in perpetuum», es decir: «Pedro Claver, esclavo de los africanos para siempre». Agotado por su inmensa labor apostólica, murió en Cartagena en 1654. Fue canonizado en 1888 por el papa León XIII y es venerado como patrono de las misiones entre los pueblos africanos, de la justicia interracial y de Colombia.

San Pedro Claver nos recuerda que no podemos decir que amamos a Cristo si permanecemos indiferentes ante quienes son humillados, discriminados o tratados como mercancía. En el rostro herido de cada persona excluida continúa esperándonos el mismo Jesús.

 


En el banquillo

«Dichosos ustedes cuando los hombres los odien y los excluyan». ¿Estamos llamados, entonces, a desempeñar siempre el papel de incomprendidos? El sentido del Evangelio es, sin duda, más profundo. Quizás se refiere a todas aquellas situaciones en las que la fidelidad a Cristo nos pone a contracorriente y nos deja, por decirlo así, en el banquillo.

Jesús no declara bienaventurada la exclusión en sí misma. Tampoco nos invita a buscar el rechazo ni a encerrarnos en una actitud de víctimas. Más bien, nos recuerda que la aprobación de los demás no es la medida definitiva de nuestra vida. Quien elige la verdad, la justicia, el perdón y el servicio a los más pobres puede ser, algunas veces, incomprendido, ridiculizado o marginado.

La bienaventuranza comienza cuando, en medio de esa prueba, permanecemos unidos a Cristo sin dejarnos dominar por la amargura. Ser discípulos supone, en ocasiones, aceptar que no ocuparemos el primer lugar, que no siempre recibiremos aplausos y que incluso podremos perder algunas ventajas. Pero en el Reino de Dios nadie permanece relegado al banquillo: precisamente aquellos a quienes el mundo excluye son los que Jesús mira con amor, levanta y llama bienaventurados.

 


Primera lectura

1 Cor 7, 25-31
¿Estás unido a una mujer? No busques la separación. ¿Estás libre de mujer? No busques mujer

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios.

HERMANOS:
Acerca de los célibes no tengo precepto del Señor, pero doy mi parecer como alguien que, por la misericordia del Señor, es fiel.
Considero que, por la angustia que apremia, es bueno para un hombre quedarse así.
¿Estás unido a una mujer? No busques la separación.
¿Estás libre de mujer? No busques mujer; pero, si te casas, no pecas; y, si una soltera se casa, tampoco peca. Aunque estos tales sufrirán la tribulación de la carne; y yo quiero ahorrársela.
Digo esto, hermanos, que el momento es apremiante. Queda como solución que los que tienen mujer vivan como si no la tuvieran; los que lloran, como si no lloraran; los que están alegres, como si no se alegraran; los que compran, como si no poseyeran; los que negocian en el mundo, como si no disfrutaran de él: porque la representación de este mundo se termina.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 44, 11-12. 14-15. 16-17 (R.: 11a)

R. Escucha, hija, mira: inclina el oído.

V. Escucha, hija, mira: inclina el oído,
olvida tu pueblo y la casa paterna;
prendado está el rey de tu belleza:
póstrate ante él, que él es tu señor. 
R.

V. Ya entra la princesa, bellísima,
vestida de perlas y brocado;
la llevan ante el rey, con séquito de vírgenes,
la siguen sus compañeras. 
R.

V. Las traen entre alegría y algazara,
van entrando en el palacio real.
«A cambio de tus padres tendrás hijos,
que nombrarás príncipes por toda la tierra». 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Alégrense y salten de gozo —dice el Señor—,
porque su recompensa será grande en el cielo. 
R.

 

Evangelio

Lc 6, 20-26

Bienaventurados los pobres. Ay de ustedes, los ricos

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

EN aquel tiempo, Jesús, levantando los ojos hacia sus discípulos, les decía:
«Bienaventurados los pobres, porque de ustedes es el reino de Dios.
Bienaventurados los que ahora tienen hambre, porque quedarán saciados.
Bienaventurados los que ahora lloran, porque reirán.
Bienaventurados ustedes cuando los odien los hombres, y los excluyan, y los insulten y proscriban su nombre como infame, por causa del Hijo del hombre. Alégrense ese día y salten de gozo, porque su recompensa será grande en el cielo. Eso es lo que hacían sus padres con los profetas.
Pero ¡ay de ustedes, los ricos, porque ya han recibido su consuelo!
¡Ay de ustedes, los que están saciados, porque tendrán hambre!
¡Ay de los que ahora ríen, porque harán duelo y llorarán!
¡Ay si todo el mundo habla bien de ustedes! Eso es lo que sus padres hacían con los falsos profetas».

Palabra del Señor.

 

 

 

«En el Reino de Dios nadie queda en el banquillo»

 

Queridos hermanos:

San Pablo nos dice hoy una frase que puede inquietarnos, pero que también nos ayuda a ordenar la vida: «La representación de este mundo se termina». No afirma que la vida presente carezca de valor ni desprecia el matrimonio, la familia, el trabajo o los bienes materiales. Nos recuerda que ninguna realidad temporal es definitiva y que no debemos aferrarnos a las cosas como si fueran eternas.

Todo pasa: la juventud, la salud, el dinero, los cargos, los aplausos y hasta nuestras seguridades. Solo Dios permanece. Por eso, san Pablo nos invita a vivir en el mundo sin convertirnos en sus esclavos; a utilizar las cosas sin permitir que las cosas se adueñen de nosotros; a amar a las personas sin pretender poseerlas y a realizar nuestras responsabilidades sin olvidar que caminamos hacia la eternidad.

Esta llamada al desprendimiento se prolonga en el salmo: «Escucha, hija, mira: inclina el oído». Son tres verbos importantes para nuestra vida espiritual: escuchar, mirar e inclinarse ante Dios.

Escuchar significa hacer silencio para descubrir lo que el Señor quiere de nosotros. Mirar significa aprender a contemplar la realidad con los ojos de Dios. Inclinar el oído supone humildad, disponibilidad y obediencia. Muchas veces escuchamos únicamente aquello que confirma nuestras opiniones; miramos solo lo que nos interesa y pretendemos que sea Dios quien se adapte a nuestros proyectos. El salmo nos invita a dejar nuestras seguridades para entrar en una relación más profunda con el Señor.

En el Evangelio, Jesús dirige su mirada hacia sus discípulos y proclama las bienaventuranzas: «Bienaventurados los pobres; bienaventurados los que tienen hambre; bienaventurados los que lloran; bienaventurados ustedes cuando los odien, los excluyan y los insulten por causa del Hijo del hombre».

Jesús no está diciendo que la pobreza, el hambre, el dolor o la exclusión sean buenos en sí mismos. Dios no quiere el sufrimiento de sus hijos. Tampoco nos invita a buscar el rechazo o a presentarnos siempre como víctimas incomprendidas. Jesús anuncia que Dios se coloca de manera especial al lado de quienes el mundo margina, olvida o deja, por decirlo así, en el banquillo.

Las bienaventuranzas cambian la manera humana de medir la felicidad. El mundo llama dichoso al rico, al poderoso, al que siempre triunfa, al que recibe aplausos y tiene muchos seguidores. Jesús, en cambio, llama dichosos a quienes, aun en medio de la pobreza, el dolor o el rechazo, ponen su confianza en Dios y permanecen fieles al Evangelio.

Los «ayes» dirigidos a los ricos y satisfechos no constituyen una condena automática de quien posee bienes. Son una advertencia contra la indiferencia, la autosuficiencia y el corazón satisfecho que ya no necesita a Dios ni se conmueve ante el sufrimiento ajeno. El peligro está en vivir tan cómodamente que dejemos de escuchar el llanto de los demás.

La vida de san Pedro Claver constituye una encarnación luminosa de estas palabras. En Cartagena de Indias contempló a miles de africanos arrancados de su tierra, vendidos como mercancía y transportados en condiciones inhumanas. Eran los pobres, hambrientos, enfermos, humillados y excluidos de su tiempo.

Pedro Claver no se limitó a sentir compasión desde lejos. Cuando llegaban los barcos negreros, entraba en sus bodegas pestilentes, llevaba alimentos, medicinas, agua y ropa; curaba las heridas, consolaba a los moribundos y les anunciaba que, aunque los hombres les hubieran arrebatado su libertad, nadie podía quitarles su dignidad de hijos de Dios. Se llamó a sí mismo «esclavo de los africanos para siempre».

Su comportamiento resultaba incómodo para una sociedad que se enriquecía mediante la esclavitud. Al defender la dignidad de aquellos hermanos, Pedro Claver también conoció la incomprensión y el rechazo. Pero no buscó el aplauso de los poderosos; eligió permanecer junto a quienes habían sido relegados al banquillo de la historia. En ellos encontró a Jesucristo.

La memoria de san Pedro Claver sigue cuestionándonos. Todavía existen personas excluidas por su pobreza, el color de su piel, su enfermedad, su edad, su procedencia o su situación social. También podemos acostumbrarnos al sufrimiento ajeno, pasar de largo o pensar que los problemas de los demás no nos corresponden.

Hoy oramos especialmente por nuestros hermanos enfermos. Algunos padecen dolores físicos; otros llevan enfermedades prolongadas, tratamientos difíciles o diagnósticos que les producen miedo. También hay quienes sufren depresión, ansiedad, soledad o profundas heridas del alma.

A ellos les decimos: ustedes no están olvidados ni relegados por Dios. La enfermedad puede obligarlos a permanecer apartados de muchas actividades, pero nunca los deja fuera del amor del Señor ni de la comunión de la Iglesia. Sus lágrimas son conocidas por Cristo; su oración tiene un valor inmenso y su vida conserva toda su dignidad.

Pero nuestra oración debe convertirse también en cercanía concreta. No basta con pedir por los enfermos si no los visitamos, llamamos, escuchamos y acompañamos. Siguiendo el ejemplo de san Pedro Claver, hemos de llevarles el alivio de nuestra presencia, la ternura de una palabra, la ayuda material que necesiten y, cuando sea posible, el consuelo de los sacramentos. Recordemos también a sus familiares, médicos, enfermeros y cuidadores, que muchas veces cargan en silencio con el cansancio y la preocupación.

Pidamos al Señor que nos conceda un corazón libre, capaz de utilizar los bienes sin quedar aprisionado por ellos; un oído atento para escuchar su Palabra y el clamor del que sufre; y unas manos disponibles para levantar a quienes la sociedad deja a un lado.

Que san Pedro Claver interceda por Colombia, por nuestros enfermos y por todos los pueblos que aún padecen discriminación, explotación y esclavitudes. Y que nosotros comprendamos que en el Reino de Dios nadie es descartado, nadie es invisible y nadie queda en el banquillo. Amén.

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9 de septiembre:

San Pedro Claver, presbítero —

Memoria en EE. UU.
1581–1654
Patrono de: las misiones africanas, los afroamericanos, las misiones entre personas negras, los pueblos negros, las misiones extranjeras, la justicia interracial, los esclavos y de Colombia.
Invocado contra: la esclavitud.
Canonizado por: el papa León XIII el 15 de enero de 1888.



📜 Cita

“Ayer, 30 de mayo de 1627, en la fiesta de la Santísima Trinidad, desembarcaron de un gran navío numerosos negros traídos de los ríos de África. Llevando dos canastas de naranjas, limones, dulces, bizcochos y no sé qué más, nos apresuramos hacia ellos. Al acercarnos a sus alojamientos, pensamos que entrábamos en otra Guinea. Tuvimos que abrirnos paso a la fuerza entre la multitud hasta llegar a los enfermos. Un gran número de ellos yacían en el suelo húmedo o más bien en charcos de barro. Para evitar la humedad excesiva, alguien había pensado en amontonar una mezcla de tejas y pedazos de ladrillo roto. Ese, entonces, era su lecho, muy incómodo no solo por esa razón, sino sobre todo porque estaban desnudos, sin ninguna ropa que los protegiera…”


~ Carta de San Pedro Claver


✝️ Reflexión

San Pedro Claver nació en 1581 en Verdú, Cataluña, España, en el seno de una familia devota y de clase acomodada. Poco se conoce de sus primeros años. A los veinte ingresó en el noviciado jesuita y fue enviado a estudiar al colegio de Montesión, en Mallorca. Allí conoció al hermano Alfonso Rodríguez, portero del colegio durante cuarenta y seis años, hombre de humildad, piedad y discernimiento espiritual. Pedro buscó su consejo y nació entre ambos una amistad que lo marcaría. Animado por Rodríguez, decidió ser misionero en las colonias españolas de América. En 1610 partió hacia Cartagena de Indias, en la actual Colombia.

La ciudad portuaria de Cartagena, fundada en 1533, era en el siglo XVII un centro estratégico del comercio trasatlántico de esclavos. Para cuando Pedro Claver fue ordenado sacerdote, se calcula que unos 10.000 esclavos eran transportados anualmente en barcos españoles hasta Cartagena, donde luego eran vendidos.

Las condiciones en los barcos eran inhumanas: cadenas, hacinamiento, hambre, enfermedades. Se estima que un tercio de los esclavos moría durante la travesía. Los colonizadores recurrieron a los africanos porque la población indígena había sido diezmada por enfermedades europeas. Pese a protestas de algunos sectores de la Iglesia, incluida la voz de papas, el tráfico y los abusos continuaron.

En Cartagena, tras completar estudios en Tunja y Bogotá, Pedro fue ordenado sacerdote. Mientras la mayoría de los clérigos atendía a los colonizadores, él decidió que su “parroquia” serían los esclavos. En su profesión perpetua escribió de su puño y letra: “Pedro Claver, esclavo de los esclavos para siempre.”

Durante 38 años de ministerio en Cartagena, se calcula que catequizó y bautizó a más de 300.000 esclavos. Su práctica era esperar en el puerto la llegada de cada barco, a menudo cargado con 500 personas encadenadas, maltratadas y famélicas tras meses de travesía. Con un grupo de intérpretes y colaboradores, entraba en las bodegas pestilentes, donde hallaba muertos y enfermos. Los atendía con alimentos, medicinas improvisadas, y hasta con gestos de ternura inauditos: besaba sus llagas, chupaba el pus de sus heridas, lavaba sus cuerpos con sus pañuelos. Alimentaba a los hambrientos, bautizaba a los niños, consolaba con palabras de fe y esperanza.

Su enfoque era único: más que agitar rebeliones, buscaba la salvación de las almas. Anunciaba a Cristo crucificado, levantaba el crucifijo mostrando al Dios que había sufrido por ellos y les ofrecía la libertad interior que ningún amo podía quitarles. La dignidad que les devolvía no dependía de condiciones externas, sino de la fe y el bautismo que los hacía hijos de Dios.

Cuando no había barcos, recorría las plantaciones visitando a los esclavos ya bautizados. Dormía en sus barracones, compartía su comida y les enseñaba la fe. Si caían en pecados, los corregía con firmeza y cariño, restaurando su dignidad cristiana.

Después de más de 40 años de ministerio, Pedro cayó enfermo y pasó sus últimos días soportando malos tratos de un esclavo encargado de cuidarlo. Lejos de quejarse, ofreció ese sufrimiento como penitencia, uniéndolo a la cruz de Cristo y a la suerte de aquellos a quienes había servido toda su vida.

La Escritura dice: “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15,13). San Pedro Claver, “esclavo de los esclavos”, gastó su vida en el servicio más radical y generoso, ofreciendo esperanza y salvación a quienes vivían en condiciones inhumanas.

Su ejemplo nos interpela hoy: luchar contra la injusticia es esencial, pero trabajar por la salvación de las almas es la obra de misericordia más grande. Él nos recuerda que, incluso en medio de sufrimientos y opresiones, nadie puede arrebatarnos la dignidad y la alegría si vivimos en Cristo y dejamos que su misericordia nos transforme.


🙏 Oración

San Pedro Claver, emprendiste un camino hacia el infierno de la esclavitud y la deshumanización, causado por la avaricia y la falta de respeto por la dignidad humana. Allí llevaste la luz de Cristo y la gracia de los sacramentos, ofreciendo esperanza a los más necesitados.
Ruega por mí, para que yo sea un faro de esperanza en medio de las tinieblas, que predique siempre a Cristo crucificado y ponga la salvación de las almas —comenzando por la mía— como la primera prioridad de mi vida.
San Pedro Claver, ruega por nosotros.
Jesús, en Ti confío.

 

8 de septiembre: Natividad de la Bienaventurada Virgen María, Fiesta

 

Testigo de la Fe:

Natividad de la Virgen María

Antes incluso del nacimiento de Juan el Precursor, el nacimiento de María en el hogar de Ana y Joaquín anuncia ya la Natividad de Jesús y constituye como el preludio de la Buena Noticia. Con ella comienza a despuntar la aurora de la salvación: Dios prepara silenciosamente la morada en la cual su Hijo se hará carne.

La Sagrada Escritura no relata el nacimiento de María y los Evangelios tampoco mencionan los nombres de sus padres. Es la antigua tradición cristiana la que los llama Ana y Joaquín. Al celebrar hoy el nacimiento de la Virgen, la Iglesia contempla con alegría el comienzo del cumplimiento de las promesas de Dios. María viene al mundo para convertirse en la Madre del Salvador, la humilde servidora del Señor y la primera discípula de su Hijo.

Su nacimiento nos recuerda que Dios realiza frecuentemente sus obras más grandes en el silencio y la sencillez. En María, una pequeña niña todavía desconocida para el mundo, comienza a aparecer la luz que resplandecerá plenamente en Cristo. Por eso esta fiesta, es una invitación a la esperanza y a la confianza: aun cuando no podamos percibirlo, Dios ya está preparando los caminos de nuestra salvación.

Hoy la Iglesia se alegra porque ha nacido aquella de quien nacerá Cristo, nuestro Dios y Salvador. María es la aurora que anuncia la llegada del Sol que nace de lo alto. Su vida entera será disponibilidad, escucha y obediencia a la voluntad divina. Al celebrar su nacimiento, pidámosle que nos enseñe a recibir con humildad los proyectos de Dios y a llevar a Jesús a los demás mediante una vida sencilla, generosa y fiel.

¡Feliz cumpleaños, Madre María! Haz que también en nosotros nazca cada día una fe más firme, una esperanza más luminosa y un amor más generoso.

 


Primera lectura

Miq 5, 1-4a (opción 1)
Dé a luz la que debe dar a luz

Lectura de la profecía de Miqueas.

ESTO dice el Señor:
«Y tú, Belén Efratá,
pequeña entre los clanes de Judá,
de ti voy a sacar
al que ha de gobernar Israel;
sus orígenes son de antaño,
de tiempos inmemoriales.
Por eso, los entregará
hasta que dé a luz la que debe dar a luz,
el resto de sus hermanos volverá
junto con los hijos de Israel.
Se mantendrá firme, pastoreará
con la fuerza del Señor,
con el dominio del nombre del Señor, su Dios;
se instalarán, ya que el Señor
se hará grande hasta el confín de la tierra.
Él mismo será la paz».

Palabra de Dios.



Rom 8, 28-30 (opción 2)

Dios predestinó a los que había conocido de antemano

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos.

HERMANOS:
Sabemos que a los que aman a Dios todo les sirve para el bien; a los cuales ha llamado conforme a su designio.
Porque a los que había conocido de antemano los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que él fuera el primogénito entre muchos hermanos.
Y a los que predestinó, los llamó; a los que llamó, los justificó; a los que justificó, los glorificó.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 12, 6ab. 6c (R.: Is 61, 10a)

R. Desbordo de gozo con el Señor.

V. Porque yo confío en tu misericordia:
mi alma gozará con tu salvación. 
R.

V. Y cantaré al Señor por el bien que me ha hecho. R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Dichosa eres, santa Virgen María, y muy digna de toda alabanza: porque de ti salió el sol de justicia,
Cristo, nuestro Dios. 
R.

 

Evangelio

Mt 1, 1-16. 18-23

La criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

LIBRO del origen de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abrahán.
Abrahán engendró a Isaac, Isaac engendró a Jacob, Jacob engendró a Judá y a sus hermanos. Judá engendró, de Tamar, a Fares y a Zará, Fares engendró a Esrón, Esrón engendró a Arán, Arán engendró a Aminadab, Aminadab engendró a Naasón, Naasón engendró a Salmón, Salmón engendró, de Rajab, a Booz; Booz engendró, de Rut, a Obed; Obed engendró a Jesé, Jesé engendró a David, el rey.
David, de la mujer de Urías, engendró a Salomón, Salomón engendró a Roboán, Roboán engendró a Abías, Abías engendró a Asaf, Asaf engendró a Josafat, Josafat engendró a Jorán, Jorán engendró a Ozías, Ozías engendró a Joatán, Joatán engendró a Acaz, Acaz engendró a Ezequías, Ezequías engendró a Manasés, Manasés engendró a Amós, Amós engendró a Josías; Josías engendró a Jeconías y a sus hermanos, cuando el destierro de Babilonia.
Después del destierro de Babilonia, Jeconías engendró a Salatiel, Salatiel engendró a Zorobabel, Zorobabel engendró a Abiud, Abiud engendró a Eliaquín, Eliaquín engendró a Azor, Azor engendró a Sadoc, Sadoc engendró a Aquín, Aquín engendró a Eliud, Eliud engendró a Eleazar, Eleazar engendró a Matán, Matán engendró a Jacob; y Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo.
La generación de Jesucristo fue de esta manera:
María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo.
José, su esposo, como era justo y no quería denunciarla, decidió repudiarla en privado. Pero, apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo:
«José, hijo de David, no temas acoger a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados».
Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que había dicho el Señor por medio del profeta:
«Miren: la virgen concebirá y dará a luz un hijo
y le pondrán por nombre Enmanuel,
que significa “Dios-con-nosotros”».

Palabra del Señor.

 

 

Natividad de la Virgen María: Dios hace nacer la esperanza

 

Queridos hermanos:

Hoy celebramos el nacimiento de la Virgen María. Es una fiesta de alegría y de esperanza: antes del nacimiento del Salvador, nace aquella que lo llevará en su seno. Como la aurora anuncia que pronto aparecerá el sol, el nacimiento de María anuncia la cercanía de Jesucristo, luz de nuestra vida.

Los Evangelios no describen aquel nacimiento. La tradición cristiana nos ha transmitido los nombres de sus padres, Ana y Joaquín. Pero lo más importante de esta celebración no es reconstruir los detalles de una escena familiar, sino reconocer lo que Dios estaba preparando: en la pequeñez de una niña comenzaba a abrirse un camino para la llegada de su Hijo. Dios ya estaba obrando, aunque el mundo todavía no lo supiera.

La primera lectura, del profeta Miqueas, nos ayuda a comprender esta manera de actuar del Señor. La promesa del Salvador se dirige a Belén, una población pequeña, sin el prestigio de las grandes ciudades. De allí surgirá quien pastoreará al pueblo y será su paz.

¡Cuánto necesitamos escuchar esto! A veces pensamos que para hacer el bien debemos tener abundantes recursos, ocupar un cargo importante o realizar algo extraordinario. Sin embargo, Dios puede hacer fecunda una vida sencilla, una comunidad pequeña, una ayuda discreta. Lo decisivo no es cuánto podemos exhibir, sino cuánto estamos dispuestos a entregar.

María nos enseña precisamente eso: la grandeza de una vida no está en llamar la atención, sino en dejar espacio a Dios. No debemos despreciar los comienzos pequeños ni el bien que parece insignificante. Una palabra oportuna puede devolver la esperanza; una visita puede aliviar una soledad; una colaboración puede permitir que una comunidad siga reuniéndose y celebrando su fe.

El salmo nos invita a responder: «Me llenaré de alegría en el Señor». Es una alegría apoyada en su misericordia, en la certeza de que no nos abandona. No significa que desaparezcan las dificultades, sino que podemos atravesarlas sostenidos por su amor.

Además, el salmista canta agradecido por el bien recibido. Hoy podemos hacer nuestra esa actitud y preguntarnos: ¿reconocemos los regalos de Dios? ¿Recordamos a las personas por medio de las cuales nos ha cuidado? Es fácil acostumbrarnos a recibir y olvidarnos de agradecer.

Por eso, en esta Eucaristía oramos especialmente por nuestros benefactores. Recordamos a quienes sostienen nuestras comunidades y capillas, colaboran con la evangelización y ayudan a nuestros hermanos necesitados. Pensamos también en quienes ofrecen su tiempo, su trabajo, sus conocimientos, su escucha y su oración. Hay generosidades que no aparecen en ninguna lista, pero que sostienen silenciosamente la vida de muchos.

No pedimos por ellos como si la ayuda fuera una compra de favores de Dios. Oramos porque somos una familia agradecida. Le confiamos al Señor sus hogares, sus trabajos, sus preocupaciones y sus necesidades. Quienes ayudan también necesitan ser acompañados; quienes consuelan también necesitan consuelo.

El Evangelio, por su parte, nos lleva al centro de esta fiesta: Jesús. Celebramos el nacimiento de María porque de ella nació el Salvador. La auténtica devoción mariana no se detiene en María: de su mano aprendemos a conocer, amar y seguir a su Hijo.

Mateo nos presenta a José ante una situación que no comprende. Dios lo invita a superar el miedo y a recibir a María. También nosotros necesitamos aprender a acoger los caminos del Señor cuando no coinciden con nuestros planes. Creer no consiste en tenerlo todo explicado, sino en dar el siguiente paso con confianza y fidelidad.

Y el niño que María lleva en su seno es el Emmanuel, Dios con nosotros. Esta es nuestra esperanza: el Señor no contempla nuestras luchas desde lejos. Ha entrado en nuestra historia para salvarnos. Por eso, aun en una familia preocupada, en una comunidad con necesidades o en un corazón cansado, puede comenzar algo nuevo.

Hermanos, celebremos esta fiesta con tres actitudes: confianza para no despreciar los pequeños comienzos; gratitud para reconocer el bien recibido; y generosidad para convertirnos también nosotros en ayuda para los demás.

Dentro de unos momentos recibiremos en la Eucaristía al mismo Jesús que María llevó en su seno. Pidámosle que nuestra comunión se traduzca en servicio, cercanía y amor concreto.

Virgen María, en la fiesta de tu nacimiento, enséñanos a descubrir lo que Dios hace crecer silenciosamente entre nosotros. Intercede por nuestros benefactores: que el Señor fortalezca su fe, acompañe sus familias y los sostenga en sus dificultades. Y haz que todos aprendamos de ti a recibir a Jesús y a llevarlo a nuestros hermanos.

Amén.

 

lunes, 7 de septiembre de 2026

7 de septiembre del 2026: lunes de la vigésima tercera semana del tiempo ordinario II

 

El don de la mirada

La mirada es uno de los dones más hermosos que el Señor nos ha concedido. Pero ¡qué fácil resulta desviarla y corromperla! Como los escribas y fariseos, podemos mirar a los demás no para comprenderlos y amarlos, sino para juzgarlos, descubrir sus errores o encontrar motivos para condenarlos.

Jesús, en cambio, posee una mirada que ilumina, libera y devuelve la dignidad. Ante el hombre de la mano paralizada, no ve un caso que discutir ni una norma que defender, sino una persona que sufre y necesita ser sanada. Su mirada alcanza el corazón y conduce siempre hacia la vida.

Pidamos al Señor que purifique nuestros ojos y nos enseñe a mirar como Él: con compasión, benevolencia y misericordia. Que sepamos descubrir en cada rostro a un hermano, en cada sufrimiento una llamada y en cada persona una historia sagrada que merece respeto y amor.

 


Primera lectura

1 Cor 5, 1-8
Barran la levadura vieja; porque ha sido inmolada nuestra víctima pascual: Cristo

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios.

HERMANOS:
Se oye decir en todas partes que hay entre ustedes un
caso de inmoralidad; y una inmoralidad tal que no se da ni
entre los gentiles: uno convive con la mujer de su padre.
¿Y ustedes siguen tan ufanos?
Estaría mejor ponerse de luto y expulsar de entre ustedes al
que ha hecho eso.
Pues lo que es yo, ausente en el cuerpo, pero presente en
espíritu, ya he tomado una decisión como si estuviera
presente: reunidos ustedes en el nombre de nuestro Señor
Jesús, y yo presente en espíritu, con el poder de nuestro
Señor Jesús entregar al que ha hecho eso en manos de
Satanás; para destrucción de la carne, a fin de que el espíritu
se salve en el día del Señor.
Ese orgullo de ustedes no tiene razón de ser.
¿No saben que un poco de levadura fermenta toda la masa?
Barran la levadura vieja para ser una masa nueva, ya que
ustedes son panes ácimos.
Porque ha sido inmolada nuestra víctima pascual: Cristo.
Así, pues, celebremos la Pascua, no con levadura vieja
(levadura de corrupción y de maldad), sino con los panes
ácimos de la sinceridad y la verdad.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 5, 5-6a. 6b-7. 12 (R.: 9a)

R. Señor, guíame con tu justicia.

V. Tú no eres un Dios que ame la maldad,
ni el malvado es tu huésped,
ni el arrogante se mantiene en tu presencia. 
R.

V. Detestas a los malhechores,
destruyes a los mentirosos;
al hombre sanguinario y traicionero
lo aborrece el Señor. 
R.

V. Que se alegren los que se acogen a ti,
con júbilo eterno;
protégelos, para que se llenen de gozo
los que aman tu nombre.
 R.


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Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Mis ovejas escuchan mi voz —dice el Señor—,
y yo las conozco, y ellas me siguen. 
R.

 

Evangelio

Lc 6, 6-11

Estaban al acecho para ver si curaba en sábado

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

UN sábado, entró Jesús en la sinagoga y se puso a enseñar.
Había allí un hombre que tenía la mano derecha paralizada.
Los escribas y los fariseos estaban al acecho para ver si curaba en sábado, y encontrar de qué acusarlo.
Pero él conocía sus pensamientos y dijo al hombre de la mano atrofiada:
«Levántate y ponte en medio».
Y, levantándose, se quedó en pie.
Jesús les dijo:
«Les voy a hacer una pregunta: ¿Qué está permitido en sábado?, ¿hacer el bien o el mal, salvar una vida o destruirla?».
Y, echando en torno una mirada a todos, le dijo:
«Extiende tu mano».
Él lo hizo y su mano quedó restablecida.
Pero ellos, ciegos por la cólera, discutían qué había que hacer con Jesús.

Palabra del Señor.

 

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Queridos hermanos:

La Palabra de Dios nos invita hoy a revisar nuestra manera de mirar. Los ojos son uno de los dones más hermosos que hemos recibido; pero la mirada puede convertirse en instrumento de amor o de condenación, de cercanía o de desprecio. Podemos mirar para comprender y ayudar, o mirar para descubrir los defectos del otro y acusarlo. Precisamente eso sucede en el Evangelio: todos observan, pero no todos ven de la misma manera.

En la sinagoga había un hombre que tenía paralizada la mano derecha. Los escribas y fariseos contemplaban la escena, pero aquel hombre no parecía importarles. Su atención estaba puesta en Jesús: querían comprobar si lo curaría en sábado para encontrar una acusación contra Él. Su mirada no nacía de la compasión, sino de la sospecha. No buscaban el bien, sino una falta; no esperaban un milagro, sino un motivo para condenar.

Jesús también mira, pero lo hace de otra manera. Donde ellos ven un problema legal, Él contempla a una persona que sufre. Donde ellos buscan una infracción, Jesús descubre una oportunidad para sanar. Por eso llama al hombre y le dice: «Levántate y ponte ahí en medio». Lo coloca en el centro porque, para Dios, la persona humana y su dignidad no pueden quedar relegadas. El dolor del hermano debe ocupar un lugar central en la comunidad creyente.

Luego Jesús pregunta: «¿Qué está permitido en sábado: hacer el bien o hacer el mal, salvar una vida o destruirla?». Con esta pregunta nos recuerda que ninguna práctica religiosa puede separarnos de la misericordia. El verdadero culto a Dios no consiste únicamente en cumplir normas externas, sino en reconocer el sufrimiento y actuar en favor de la vida. La ley de Dios alcanza su plenitud cuando nos enseña a amar.

Aquel hombre tenía paralizada la mano. La mano simboliza nuestra capacidad para trabajar, servir, acariciar, compartir y ayudar. También nosotros podemos tener “paralizadas” las manos cuando sabemos que alguien necesita ayuda y permanecemos indiferentes; cuando retenemos el perdón, cerramos el corazón o dejamos para mañana el bien que podríamos realizar hoy. Jesús nos dirige también su palabra: «Extiende tu mano». Es una invitación a salir de la pasividad, recuperar la capacidad de servir y tender la mano al hermano.

En la primera lectura, san Pablo corrige con firmeza una grave situación dentro de la comunidad de Corinto. No lo hace por desprecio hacia el pecador, sino porque el mal tolerado termina dañando a toda la comunidad. Utiliza la imagen de la levadura: «Un poco de levadura fermenta toda la masa». Hay actitudes que, si no son reconocidas y corregidas, van contaminando lentamente nuestra vida personal, familiar y comunitaria.

San Pablo nos invita a retirar la “levadura vieja” de la corrupción y la mentira para convertirnos en una masa nueva, marcada por «la sinceridad y la verdad». La misericordia cristiana no consiste en llamar bueno a lo que hace daño. Jesús acoge al pecador, pero también lo llama a levantarse y comenzar una vida nueva. La corrección, cuando nace del amor y busca la salvación del hermano, también es una obra de misericordia.

El salmo nos hace pedir: «Señor, guíame con tu justicia». Necesitamos que Dios guíe nuestra mirada, nuestras palabras y nuestras decisiones, porque fácilmente confundimos la justicia con la condena. Podemos ser exigentes con los demás e indulgentes con nosotros mismos. Podemos escandalizarnos por los pecados ajenos mientras toleramos en nuestro interior la envidia, la hipocresía, el resentimiento o la falta de caridad. La justicia de Dios, en cambio, desenmascara el mal, pero nunca deja de buscar la salvación de la persona.

Hoy ofrecemos esta Eucaristía por nuestros fieles difuntos. Al recordarlos, nuestra mirada se dirige más allá de la muerte. No los contemplamos solamente desde la tristeza de la ausencia, sino desde la esperanza en Cristo resucitado. Los confiamos a la mirada misericordiosa de Dios, que conoce toda su historia, sus luchas, sus heridas, sus obras buenas y también sus fragilidades.

Orar por los difuntos es una hermosa obra de caridad. Quizá ya no podamos estrechar sus manos ni escuchar su voz, pero todavía podemos ofrecer por ellos nuestra oración, la Santa Misa y nuestras obras de amor. Pedimos al Señor que los purifique de toda “levadura vieja”, perdone sus pecados y los reciba en la alegría de su Reino. Que brille para ellos la luz perpetua y descansen en paz.

Pidamos finalmente la gracia de recibir una mirada nueva: que no busque defectos para condenar, sino heridas para sanar; que no ignore el sufrimiento, sino que se acerque con misericordia; que sepa corregir con verdad, pero también acompañar con amor. Y que nuestras manos, liberadas de toda parálisis espiritual, estén siempre dispuestas para hacer el bien, consolar al afligido y sostener a quien nos necesita.

Señor Jesús, purifica nuestra mirada, sana nuestras manos y guíanos por el camino de tu justicia. Acoge en tu misericordia a nuestros hermanos difuntos y concédeles participar para siempre de la luz y la alegría de tu presencia. Amén.

 

 

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