miércoles, 10 de junio de 2026

11 de junio del 2026: San Bernabé, Apóstol, fiesta


Santo del día:

San Bernabé

Siglo I.

Al igual que san Pablo, a quien acompañó en sus primeras misiones entre los paganos, san Bernabé es honrado como apóstol, aunque no formaba parte del grupo de los Doce. Según la tradición, habría muerto mártir en Chipre, su isla natal.

 

 

Sobriedad y adaptación

(Mateo 10, 7-13) Dirigiéndose a sus Apóstoles, el Señor les da una lista de instrucciones, por lo menos paradójica: la hace muy precisa, para terminar diciéndoles que no deben preocuparse de nada. ¿Demasiado fácil? Al contrario, el llamado es exigente: se trata, al mismo tiempo, de despojarse de lo superfluo y de adaptarse a los acontecimientos que vayan surgiendo. Así se dibuja un camino de libertad que permite acoger, anunciar y manifestar la venida del Reino.

Bertrand Lesoing, prêtre de la communauté Saint-Martin

 


 

Primera lectura

Hch 11, 21b-26; 13, 1-3
Era un hombre bueno, lleno de Espíritu Santo y de fe

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.

EN aquellos días, gran número creyó y se convirtió al Señor.
Llegó la noticia a oídos de la Iglesia de Jerusalén, y enviaron a Bernabé a Antioquía; al llegar y ver la acción de la gracia de Dios, se alegró y exhortaba a todos a seguir unidos al Señor con todo empeño, porque era un hombre bueno, lleno de Espíritu Santo y de fe. Y una multitud considerable se adhirió al Señor.
Bernabé salió para Tarso en busca de Saulo; cuando lo encontró, se lo llevó a Antioquía. Durante todo un año estuvieron juntos en aquella Iglesia e instruyeron a muchos. Fue en Antioquía donde por primera vez los discípulos fueron llamados cristianos.
En la Iglesia que estaba en Antioquía había profetas y maestros: Bernabé, Simeón, llamado Níger; Lucio, el de Cirene; Manahén, hermano de leche del tetrarca Herodes, y Saulo.
Un día que estaban celebrando el culto al Señor y ayunaban, dijo el Espíritu Santo:
«Apártenme a Bernabé y a Saulo para la obra a que los he llamado».
Entonces, después de ayunar y orar, les impusieron las manos y los enviaron.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 97, 1bcde. 2-3ab. 3cd-4. 5-6 (R.: 2b)

R. El Señor revela a las naciones su justicia.

V. Canten al Señor un cántico nuevo,
porque ha hecho maravillas.
Su diestra le ha dado la victoria,
su santo brazo.
R.

V. El Señor da a conocer su salvación,
revela a las naciones su justicia.
Se acordó de su misericordia y su fidelidad
en favor de la casa de Israel.
R.

V. Los confines de la tierra han contemplado
la salvación de nuestro Dios.
Aclama al Señor, tierra entera;
griten, vitoreen, toquen.
R.

V. Tañan la cítara para el Señor,
suenen los instrumentos:
con clarines y al son de trompetas,
aclamen al Rey y Señor.
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Vayan y hagan discípulos a todos los pueblos —dice el Señor—;
yo estoy con ustedes todos los días, hasta el final de los tiempos.
R.

 

Evangelio

Mt 10, 7-13

Gratis han recibido, den gratis

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.


EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles:
«Vayan y proclamen que ha llegado el reino de los cielos. Curen enfermos, resuciten muertos, limpien leprosos, arrojen demonios.
Gratis han recibido, den gratis.
No se procuren en la faja oro, plata ni cobre; ni tampoco alforja para el camino, ni dos túnicas, ni sandalias, ni bastón; bien merece el obrero su sustento. Cuando entren en una ciudad o aldea, averigüen quién hay allí de confianza y quédense en su casa hasta que se vayan. Al entrar en una casa, salúdenla con la paz; si la casa se lo merece, su paz vendrá a ella. Si no se lo merece, la paz volverá a ustedes».

Palabra del Señor.

 

 

1

 

Queridos hermanos:

Celebramos hoy la memoria de San Bernabé, apóstol. Aunque no pertenece al grupo de los Doce, la Iglesia lo venera como apóstol porque fue un verdadero enviado, un hombre del Evangelio, un colaborador generoso en la misión naciente de la Iglesia. Su nombre significa “hijo de la consolación”, y eso fue precisamente para la comunidad cristiana: un hombre capaz de animar, de integrar, de acompañar y de abrir caminos nuevos para la fe.

La primera lectura nos presenta a Bernabé llegando a Antioquía. Allí descubre que la gracia de Dios está actuando también fuera de los esquemas acostumbrados. Ve que muchos se convierten al Señor, se alegra, anima a todos a permanecer fieles y luego va en busca de Saulo para incorporarlo a la misión. ¡Qué detalle tan hermoso! Bernabé no se pone en el centro; sabe reconocer los dones de los demás. No compite, no excluye, no controla. Al contrario, ayuda a que otros puedan servir.

Ahí tenemos una gran enseñanza para la Iglesia de todos los tiempos: la evangelización no es obra de protagonistas solitarios, sino de comunidades disponibles al Espíritu Santo. Bernabé entendió que el Reino de Dios se anuncia mejor cuando cada uno pone sus dones al servicio de los demás. Por eso, en Antioquía, los discípulos recibieron por primera vez el nombre de cristianos. No porque llevaran una etiqueta externa, sino porque su vida comenzaba a transparentar a Cristo.

El salmo nos invita a cantar al Señor un cántico nuevo, porque ha revelado su salvación a todos los pueblos. Esa es la alegría de la misión: Dios no quiere salvar solo a unos pocos; su amor se abre a todas las naciones, a todas las culturas, a todos los corazones. La Iglesia evangeliza no para imponerse, sino para anunciar que el Señor ha mostrado su misericordia y su fidelidad.

Y en el Evangelio, Jesús envía a sus discípulos con una consigna clara: “Vayan proclamando que el Reino de los cielos está cerca”. Pero junto con el anuncio, les pide un estilo de vida: curar, consolar, liberar, dar gratis lo que gratis han recibido. El Evangelio no se anuncia solo con palabras bonitas; se anuncia con signos de cercanía, de servicio, de compasión y de confianza en Dios.

Jesús también pide sobriedad: no llevar oro, ni plata, ni alforja, ni túnica de repuesto. No se trata simplemente de pobreza material, sino de libertad interior. El discípulo no puede ir cargado de seguridades, de intereses, de vanidades o de deseos de dominio. Quien anuncia el Reino debe aprender a caminar ligero, confiando más en la fuerza de Dios que en sus propios recursos.

Esta sobriedad no es desprecio de los medios, sino purificación del corazón. La Iglesia necesita medios para evangelizar, sí; pero sobre todo necesita testigos libres, humildes y apasionados. Necesita hombres y mujeres que no anuncien a Cristo desde la autosuficiencia, sino desde la confianza. Necesita comunidades que no se queden encerradas en sus comodidades, sino que salgan al encuentro de quienes esperan una palabra de esperanza.

San Bernabé nos enseña también la adaptación evangélica. Él supo leer los signos de Dios en Antioquía. No se escandalizó porque el Espíritu actuara de manera nueva. No apagó la gracia. La reconoció, la acompañó y la puso en comunión con la Iglesia. Evangelizar exige fidelidad, pero también apertura; exige claridad, pero también sensibilidad; exige anunciar siempre a Cristo, pero sabiendo hablar al corazón concreto de cada persona.

Hoy oramos especialmente por la obra evangelizadora de la Iglesia y por las vocaciones. Que el Señor suscite nuevos Bernabé: sacerdotes, religiosos, religiosas, misioneros, catequistas, matrimonios, jóvenes y laicos capaces de consolar, acompañar y anunciar el Reino con alegría. Que no falten corazones generosos que escuchen la voz del Espíritu y digan: “Aquí estoy, Señor, envíame”.

Pidamos también que cada uno de nosotros descubra su parte en la misión. No todos iremos a tierras lejanas, pero todos estamos llamados a ser testigos. En la familia, en la parroquia, en el trabajo, en las redes sociales, en la enfermedad, en la vida cotidiana, podemos anunciar que el Reino está cerca cuando vivimos con fe, esperanza y caridad.

Que San Bernabé interceda por nosotros. Que nos alcance un corazón sencillo, libre de lo superfluo, atento a la acción del Espíritu y disponible para servir. Y que la Iglesia, sostenida por la gracia de Dios, siga cantando con el salmo: “El Señor revela a las naciones su salvación”. Amén.

Bertrand Lesoing, prêtre de la communauté Saint-Martin

 

 2


San Bernabé, Apóstol — Testigo de la Providencia y la Misión


Queridos hermanos en Cristo:

En el Evangelio de hoy, escuchamos cómo Jesús envía a sus discípulos a misionar. Les da instrucciones muy concretas: “No lleven oro, ni plata, ni monedas en el cinturón, ni alforja para el camino, ni dos túnicas, ni sandalias, ni bastón” (Mt 10,9-10). Es un envío que exige confianza total en la Providencia de Dios.

San Bernabé, cuya fiesta hoy celebramos, es uno de los grandes ejemplos de este espíritu apostólico. Cuando la comunidad de Antioquía comenzó a crecer rápidamente, Bernabé fue enviado para acompañar y consolidar la fe de los nuevos creyentes. Pero pronto comprendió que necesitaba ayuda. Fue entonces cuando buscó a Pablo en Tarso y lo trajo a Antioquía. Allí, durante un año entero, ambos formaron a la comunidad que, por primera vez, sería llamada "cristiana".

Este gesto humilde y generoso de Bernabé es profundamente evangélico. No buscó protagonismo, no tuvo miedo de compartir su misión, incluso sabiendo que Pablo, con el tiempo, tendría un papel cada vez más relevante. Como nos decía el comentario inicial: “¿Sintió alguna amargura por ello? Probablemente no. Siempre hay alegría en suscitar nuevos talentos y nuevas vocaciones.”

La misión de Bernabé y la de los Doce es también la nuestra.

Jesús nos envía a todos los bautizados a ser testigos de su Reino. Somos enviados:

1.    A dar testimonio con la vida.
No se trata solo de enseñar doctrinas o repetir fórmulas; estamos llamados a compartir nuestra experiencia personal de Dios, a ser “sal de la tierra y luz del mundo” (cf. Mt 5,13-14). Con nuestra transparencia, caridad, misericordia y alegría mostramos que el Reino de Dios ya está cerca.

2.    A confiar en la Providencia.
Jesús pide a sus discípulos no llevar nada para el camino. En un mundo donde la seguridad parece depender de lo que acumulamos, esta enseñanza sigue siendo un desafío actual: vivir desprendidos, con el corazón libre, poniendo nuestra confianza en el Padre que siempre provee.

3.    A liberar de las ataduras modernas.
Hoy existen muchos “demonios” que oprimen al hombre: las adicciones, el consumismo, el materialismo, las dependencias afectivas tóxicas, la pornografía, la ambición desmedida. Solo con la fuerza de Cristo podremos liberar y acompañar a quienes están atrapados en esas esclavitudes.

El salmo de hoy canta con júbilo: “El Señor ha dado a conocer su victoria... todos los confines de la tierra han contemplado la salvación de nuestro Dios” (Sal 98,2-3). Esa victoria es Cristo mismo, y nosotros, como Bernabé, estamos llamados a ser sus testigos fieles.


Conclusión:

Hoy, pidamos la intercesión de San Bernabé para que seamos:

·        Generosos en suscitar nuevas vocaciones.

·        Desprendidos y confiados en la Providencia.

·        Testigos valientes del amor de Cristo.

·        Instrumentos de liberación para tantos hermanos esclavizados.

Que este día, se fortalezca también en nosotros el espíritu misionero de San Bernabé.

Amén.




11 de junio: San Bernabé Apóstol — Memoria


Primera parte del siglo I – c. 61
Patrono de Chipre, Antioquía y de las misiones de mantenimiento de la paz
Invocado contra las tormentas de granizo



Cita:
«Llegó la noticia de esto a la Iglesia de Jerusalén, y enviaron a Bernabé a Antioquía. Cuando llegó y vio la gracia de Dios, se alegró y exhortó a todos a mantenerse fieles al Señor con firmeza de corazón, pues era un hombre bueno, lleno del Espíritu Santo y de fe. Y una gran multitud se agregó al Señor. Entonces partió hacia Tarso para buscar a Saulo, y cuando lo encontró, lo llevó a Antioquía. Durante todo un año se reunieron con la Iglesia y enseñaron a mucha gente. Fue en Antioquía donde por primera vez se les llamó cristianos a los discípulos.»

(Hechos 11,22-26)

Reflexión:
San Bernabé, cuyo nombre original era José, nació en la isla de Chipre y era judío de la tribu de Leví (cf. Hechos 4,36). No se sabe nada más sobre su vida temprana. Durante el ministerio público de Jesús, José se convirtió en su ferviente seguidor y es posible que haya sido uno de los setenta y dos discípulos enviados por Jesús en misión (cf. Lucas 10,1-24). Después de Pentecostés, cuando la Iglesia de Jerusalén comenzó a crecer, los Apóstoles cambiaron el nombre de José por el de Bernabé, que significa «hijo de la consolación» o «hijo del consuelo». Este cambio de nombre pudo haberse dado porque Bernabé apoyó a la Iglesia cuando «vendió un campo de su propiedad, llevó el dinero y lo puso a los pies de los apóstoles» (Hechos 4,37). Esta es la primera mención de Bernabé en el Nuevo Testamento.

Tres años después, tras la conversión de San Pablo a la fe cristiana y después de haber pasado tres años en ayuno y oración en Arabia, Pablo viajó a Jerusalén para consultar con los Apóstoles. Al principio, tanto los Apóstoles como la comunidad cristiana dudaban en recibirlo, pues conocían las persecuciones que él había promovido contra la Iglesia. Sin embargo, Bernabé «lo llevó ante los apóstoles y les contó cómo en el camino había visto al Señor, quien le había hablado, y cómo en Damasco había predicado valientemente en el nombre de Jesús» (Hechos 9,27). Después de un corto tiempo en Jerusalén, San Pablo regresó a su ciudad natal de Tarso para evitar nuevas persecuciones. Permaneció allí durante varios años.

Mientras tanto, algunos de los cristianos que habían huido de Jerusalén tras el martirio de San Esteban, viajaron hacia el norte, a Antioquía de Siria, donde vivían muchos gentiles griegos. En Antioquía, los cristianos de habla griega comenzaron a predicar la Palabra de Dios a los gentiles. Como resultado, muchos de estos gentiles se convirtieron y aceptaron la fe. Al enterarse de esto, los Apóstoles de Jerusalén enviaron a Bernabé para atender a estos nuevos conversos. Bernabé quedó tan impresionado que fue a buscar a San Pablo en Tarso y lo llevó de regreso a Antioquía para ayudarle en la predicación de la Buena Nueva. Fue allí, en Antioquía, donde por primera vez se utilizó la palabra «cristiano», quizá porque estos nuevos convertidos no pasaban primero por el judaísmo, sino que se convertían directamente a Cristo.

Después de un año en Antioquía, Pablo y Bernabé regresaron a Jerusalén en una misión de socorro para asistir a quienes sufrían a causa de una hambruna. Llevaron consigo el dinero recaudado por los cristianos de Antioquía. Después de su retorno a Antioquía, el Espíritu Santo reveló a la comunidad cristiana que Pablo y Bernabé debían ser «apartados» para una misión especial. Entonces fueron ordenados obispos y enviados a la misión, llevándose consigo al pariente de Bernabé, Juan Marcos, autor del Evangelio. Durante el siguiente año, viajaron a Seleucia, Chipre, Salamina, Pafos, Perge de Panfilia, Antioquía de Pisidia, Listra, Derbe, Iconio y de regreso a Antioquía de Siria. Durante este viaje ganaron muchos conversos; algunos griegos incluso intentaron adorarlos como dioses. También enfrentaron oposición, incluyendo un intento fallido de matar a Pablo mediante lapidación. Más tarde regresaron a Jerusalén para ayudar a resolver disputas sobre los conversos gentiles, antes de ser enviados nuevamente en otra misión.

Antes del segundo viaje, Bernabé y Pablo tuvieron un desacuerdo sobre la participación de Juan Marcos en la misión, ya que Juan Marcos los había abandonado anteriormente sin razón conocida mientras estaban en Panfilia. El desacuerdo fue tan grave que Pablo y Bernabé se separaron. Bernabé llevó a Juan Marcos consigo a Chipre, mientras que Pablo se llevó a Silas hacia Siria y Cilicia.

No se sabe con certeza nada más sobre la actividad misionera de Bernabé con Juan Marcos en Chipre. Según la primera carta de Pablo a los Corintios y su carta a los Colosenses, el desacuerdo que tuvieron sobre Juan Marcos no afectó su amistad de manera duradera. Incluso Juan Marcos es mencionado más tarde con afecto por Pablo.

La única fuente que detalla el martirio de Bernabé proviene del siglo V, por lo que su historicidad es incierta. Según esa tradición, Bernabé estaba predicando el Evangelio hacia el año 61 cuando fue arrestado, arrastrado fuera de la ciudad y ejecutado, ya sea quemado vivo o lapidado. Una tradición indica que Juan Marcos encontró sus restos y los sepultó.

Otra leyenda sostiene que en el año 478, San Bernabé se apareció al arzobispo de Chipre y le reveló el lugar de su sepultura. El arzobispo Anthemios halló el cuerpo incorrupto de San Bernabé, sosteniendo el Evangelio de Mateo. El emperador romano ordenó entonces la construcción de una iglesia en el lugar y allí fue sepultado San Bernabé. Aunque la iglesia fue posteriormente perdida en la historia, excavaciones en el lugar hallaron una tumba que se cree es la de San Bernabé. San Bernabé es el patrón de Chipre porque fue el primer obispo misionero de aquella isla.

Al honrar a este gran obispo apostólico, reflexionemos sobre el impacto que su ministerio ha tenido a lo largo del tiempo. Aunque el número de conversiones durante su vida pudo haber sido solo de cientos o miles, el efecto de esos conversos en las generaciones posteriores se multiplicó una y otra vez. San Bernabé viajó, predicó, bautizó, celebró los sacramentos y fundó muchas comunidades cristianas. Soportó el rechazo, las dificultades, la violencia y el martirio, pero perseveró. Su fervor brotaba de conocer al Señor, no solo por haber sido testigo directo del ministerio de Jesús, sino también por su vida de oración y por la recepción del Espíritu Santo.

Procura ver su misión como similar a la tuya. Tú también estás llamado a predicar el Evangelio con celo a los demás. No dudes en hacerlo, sin importar el costo. Ruega para que Dios te utilice según su voluntad y ofrécete a su servicio a imitación de este santo Apóstol.

Oración:
San Bernabé, tú escuchaste el Evangelio de la misma boca de Cristo, fuiste testigo de sus milagros y permitiste que su mensaje de salvación transformara tu vida. Como resultado, dedicaste el resto de tu vida a predicar la Buena Nueva y a salvar muchas almas. Por favor, intercede por mí, para que siga tu ejemplo y dedique mi vida a la misión a la que he sido llamado.
San Bernabé, ruega por mí.
Jesús, en Ti confío.

martes, 9 de junio de 2026

10 de junio del 2026: miércoles de la décima semana del tiempo ordinario-II

Ni una iota
Mateo 5,17-19

La lectura del Nuevo Testamento nos hace repasar el alfabeto griego. En el Apocalipsis, el Señor Dios es designado como el Alfa y la Omega. En el evangelio de hoy se habla de otra letra, más discreta, un poco perdida en medio del alfabeto: la iota. “Ni una sola iota desaparecerá de la Ley”. Es una invitación a redescubrir la presencia de Dios en todas las cosas. Lo que parece insignificante a los ojos humanos tiene gran valor a los ojos de Dios.

Bertrand Lesoing, prêtre de la communauté Saint-Martin

 


Primera lectura

1 Re 18, 20-39
Que este pueblo sepa que tú eres Dios y que has convertido sus corazones

Lectura del primer libro de los Reyes.

EN aquellos días, el rey Ajab dio una orden entre todos los hijos de Israel y reunió a los profetas de Baal en el monte Carmelo.
Elías se acercó a todo el pueblo y dijo:
«¿Hasta cuándo van a estar cojeando sobre dos muletas? Si el Señor es Dios, síganlo; si lo es Baal, sigan a Baal».
El pueblo no respondió palabra. Elías continuó:
«Quedo yo solo como profeta del Señor, mientras que son cuatrocientos cincuenta los profetas de Baal. Que nos den dos novillos; que ellos elijan uno, lo descuarticen y lo coloquen sobre la leña, pero sin encender el fuego. Yo prepararé el otro novillo y lo pondré sobre la leña, también sin encender el fuego. Ustedes clamarán invocando el nombre de su dios y yo clamaré invocando el nombre del Señor. Y su dios que responda por el fuego, ese es Dios».
Todo el pueblo acató:
«¡Está bien lo que propones!».
Elías se dirigió a los profetas de Baal:
«Elijan un novillo y prepárenlo ustedes primero, pues son más numerosos. Clamen invocando el nombre de su dios, pero no pongan fuego».
Tomaron el novillo que les dieron, lo prepararon y estuvieron invocando el nombre de Baal desde la mañana hasta el mediodía, diciendo:
«¡Baal, respóndenos!».
Mas no hubo voz ni respuesta. Brincaban en torno al altar que habían hecho.
A mediodía, Elías se puso a burlarse de ellos:
«¡Griten con voz más fuerte, porque él es dios, pero tendrá algún negocio, le habrá ocurrido algo, estará de camino; tal vez esté dormido y despertará!».
Entonces gritaron con voz más fuerte, haciéndose incisiones con cuchillos y lancetas hasta chorrear sangre por sus cuerpos según su costumbre.
Pasado el mediodía, entraron en trance hasta la hora de presentar las ofrendas, pero no hubo voz, no hubo quien escuchara ni quien respondiese.
Elías dijo a todo el pueblo:
«Acérquense a mí», y todo el pueblo se acercó a él. Entonces se puso a restaurar el altar del Señor, que había sido demolido. Tomó Elías doce piedras según el número de tribus de los hijos de Jacob, al que se había dirigido esta palabra del Señor:
«Tu nombre será Israel».
Erigió con las piedras un altar al nombre del Señor e hizo alrededor una zanja de una capacidad de un par de arrobas de semilla. Luego dispuso leña, descuartizó el novillo y lo colocó encima.
«Llenen de agua cuatro tinajas y derrámenla sobre el holocausto
y sobre la leña», ordenó y así lo hicieron.
Pidió:
«Háganlo por segunda vez»; y por segunda vez lo hicieron.
«Háganlo por tercera vez» y una tercera vez lo hicieron.
Corrió el agua alrededor del altar, e incluso la zanja se llenó a rebosar.
A la hora de la ofrenda, el profeta Elías se acercó y comenzó a decir:
«Señor, Dios de Abrahán, de Isaac y de Israel, que se reconozca hoy que tú eres Dios en Israel, que yo soy tu servidor y que por orden tuya he obrado todas estas cosas. Respóndeme, Señor, respóndeme, para que este pueblo sepa que tú, Señor, eres Dios y que has convertido sus corazones».
Cayó el fuego del Señor que devoró el holocausto y la leña, lamiendo el agua de las zanjas.
Todo el pueblo lo vio y cayeron rostro en tierra, exclamando:
«¡El Señor es Dios. El Señor es Dios!».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 15, 1b-2a. 4. 5 y 8. 11 (R.: 1b)

R. Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti.

V. Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti.
Yo digo al Señor: «Tú eres mi Dios». 
R.

V. Se multiplican las desgracias
de quienes van tras dioses extraños;
yo no derramaré sus libaciones con mis manos,
ni tomaré sus nombres en mis labios.
 R.

V. El Señor es el lote de mi heredad y mi copa,
mi suerte está en tu mano.
Tengo siempre presente al Señor,
con él a mi derecha no vacilaré. 
R.

V. Me enseñarás el sendero de la vida,
me saciarás de gozo en tu presencia,
de alegría perpetua a tu derecha. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Dios mío, instrúyeme en tus sendas, haz que camine con lealtad. R.

 

Evangelio

Mt 5, 17-19

No he venido a abolir, sino a dar plenitud

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«No crean que he venido a abolir la Ley y los Profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud.
En verdad les digo que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley.
El que se salte uno solo de los preceptos menos importantes y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos.
Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el reino de los cielos».

Palabra del Señor.

 

1

 

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de hoy nos invita a volver al centro, a no vivir la fe a medias, a no tener el corazón dividido.

En la primera lectura, el profeta Elías se enfrenta a una situación muy dolorosa: el pueblo de Israel quiere servir a Dios, pero también quiere servir a los ídolos. Por eso Elías les lanza una pregunta fuerte: “¿Hasta cuándo van a andar cojeando con los dos pies?” Es decir: ¿hasta cuándo vivirán indecisos, queriendo agradar a Dios y al mismo tiempo dejando que otros dioses ocupen su corazón?

El monte Carmelo se convierte en el lugar de una gran prueba. Los profetas de Baal invocan a su dios, gritan, se agitan, pero no hay respuesta. En cambio, Elías ora con confianza al Dios de Abraham, de Isaac y de Israel. No hace espectáculo, no manipula, no presume. Simplemente clama al Señor, y Dios responde con fuego. Entonces el pueblo reconoce: “¡El Señor es el Dios verdadero!”

Esta lectura nos recuerda que la fe no puede ser una decoración de la vida. Dios no quiere ocupar un rincón pequeño de nuestra existencia; Él quiere ser el centro. Cuando Dios está en el centro, todo encuentra su lugar: nuestras alegrías, nuestras luchas, nuestras enfermedades, nuestras familias, nuestros trabajos, nuestras decisiones.

El salmo lo expresa con palabras muy bellas: “Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti”. Esa es la oración de quien ha descubierto que fuera de Dios no hay bien verdadero. El salmista no pone su seguridad en los ídolos, ni en falsas promesas, ni en poderes humanos. Dice: “El Señor es el lote de mi heredad y mi copa”. Dicho de otra manera: Señor, Tú eres mi riqueza, mi descanso, mi apoyo, mi camino.

Y en el Evangelio, Jesús nos dice: “No crean que he venido a abolir la Ley o los Profetas; no he venido a abolir, sino a dar plenitud”. Jesús no viene a borrar lo que Dios había sembrado en la historia de su pueblo. Viene a llevarlo a su cumplimiento. Él nos enseña que la voluntad de Dios no es una carga fría, sino un camino de vida.

Por eso añade que no desaparecerá de la Ley ni una iota, ni el signo más pequeño. La iota era una letra pequeñísima del alfabeto griego. Jesús quiere decirnos que para Dios nada es insignificante. Ningún gesto de amor es pequeño. Ninguna oración sincera se pierde. Ninguna lágrima ofrecida con fe queda olvidada. Ningún enfermo es invisible a los ojos del Padre.

Y esto nos ilumina mucho en la intención de hoy, cuando oramos por nuestros enfermos. A veces la enfermedad hace sentir a la persona débil, limitada, dependiente, como si ya no pudiera aportar mucho. Pero el Evangelio nos recuerda lo contrario: ante Dios, lo pequeño tiene valor; lo frágil tiene dignidad; lo escondido puede ser profundamente fecundo.

Un enfermo que ofrece su dolor, que reza desde su cama, que conserva la esperanza, que une su sufrimiento al de Cristo, está participando misteriosamente en la obra de la salvación. Quizás el mundo no lo vea, pero Dios sí lo ve. Quizás parezca una “iota”, algo pequeño, silencioso, humilde; pero a los ojos de Dios tiene un valor inmenso.

También nosotros podemos preguntarnos: ¿cuáles son los ídolos que a veces quieren ocupar el lugar de Dios en mi vida? ¿La comodidad? ¿El orgullo? ¿El dinero? ¿La fama? ¿La autosuficiencia? ¿El miedo? Como Elías al pueblo, la Palabra nos invita a decidirnos: si el Señor es Dios, sigámoslo.

Y seguirlo no es solo hacer cosas grandes. Es también cuidar los pequeños detalles: una palabra amable, una visita a un enfermo, una llamada a quien está solo, una oración hecha con fe, una corrección hecha con amor, una fidelidad silenciosa en medio de las pruebas.

Pidamos hoy al Señor que purifique nuestro corazón de todo ídolo, que nos enseñe a vivir su voluntad con amor y que fortalezca a todos nuestros enfermos. Que ellos sientan que no están solos, que su vida sigue siendo preciosa, que su dolor unido a Cristo tiene sentido, y que Dios no olvida ni siquiera la más pequeña “iota” de amor ofrecida en silencio.

Amén.

 

2

 

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de este miércoles nos pone delante de una pregunta decisiva: ¿quién ocupa realmente el centro de nuestra vida?

En la primera lectura, el profeta Elías se dirige al pueblo de Israel con una frase fuerte: “¿Hasta cuándo van a estar cojeando con los dos pies?” El pueblo quería servir al Señor, pero al mismo tiempo se dejaba seducir por Baal. Querían tener a Dios, pero también querían tener otros apoyos, otros dioses, otras seguridades.

Esa escena del monte Carmelo no es solo un episodio antiguo. También habla de nosotros. Muchas veces decimos creer en Dios, pero en la práctica ponemos nuestra confianza en otros “baales”: el dinero, el prestigio, la comodidad, la autosuficiencia, el poder, la imagen, la opinión de los demás. Y entonces el corazón queda dividido. Creemos, pero no del todo; confiamos, pero con reservas; rezamos, pero seguimos buscando salvaciones falsas.

Elías no vence con espectáculo humano. Los profetas de Baal gritan, se agitan, hacen ruido, pero no hay respuesta. Elías, en cambio, ora con fe sencilla. Y Dios responde. El fuego del Señor baja sobre el sacrificio, y el pueblo reconoce: “¡El Señor es el Dios verdadero!”

Ese fuego de Dios no viene para destruirnos, sino para purificar nuestro corazón, para quemar nuestros ídolos, para devolvernos a la verdad. La fe no consiste en añadir a Dios como un adorno más de la vida. La fe es dejar que Dios sea Dios en nosotros.

Por eso el salmo nos ofrece una oración preciosa: “Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti”. Es la oración de quien ha aprendido que solo en Dios hay descanso verdadero. “El Señor es el lote de mi heredad y mi copa”, dice el salmista. Es decir: Señor, Tú eres mi riqueza, mi seguridad, mi camino y mi alegría.

Y en el Evangelio, Jesús nos dice: “No crean que he venido a abolir la Ley o los Profetas; no he venido a abolir, sino a dar plenitud”. Jesús no viene a borrar la historia de la salvación, sino a llevarla a su cumplimiento. Todo lo que Dios había prometido, preparado y anunciado encuentra en Cristo su sentido definitivo.

La Ley y los Profetas apuntaban hacia Él. Las promesas hechas a Abraham, las palabras de los profetas, el cordero pascual, el templo, los sacrificios, la alianza, todo encuentra su plenitud en Jesús. Él es el verdadero Cordero de Dios. Él es el nuevo y eterno Sacerdote. Él es el sacrificio perfecto ofrecido en la cruz y actualizado sacramentalmente en cada Eucaristía.

Por eso, cuando venimos a la Misa, no asistimos simplemente a una ceremonia religiosa. Entramos en el corazón mismo de la historia de la salvación. Aquí se hace presente el sacrificio de Cristo. Aquí las promesas de Dios se vuelven alimento, gracia y vida para nosotros. Aquí comprendemos que la Ley nueva no está escrita solo en tablas de piedra, sino en el corazón transformado por el amor.

Jesús lleva la Ley a su plenitud porque no se conforma con una obediencia exterior. Él quiere llegar al corazón. No basta con “no matar”; hay que vencer el odio, la rabia, el resentimiento. No basta con cumplir por fuera; hay que amar de verdad. No basta con parecer buenos; hay que dejar que la gracia nos haga nuevos por dentro.

Y aquí podemos unir la intención de hoy por nuestros enfermos. La enfermedad muchas veces nos hace tocar nuestra fragilidad. Cuando llega el dolor, cuando el cuerpo se debilita, cuando aparecen el miedo, la incertidumbre o la soledad, caen muchas falsas seguridades. En esos momentos se revela dónde está realmente nuestro refugio.

Por eso hoy oramos por nuestros enfermos, para que puedan decir con el salmista: “Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti”. Que el Señor sea su fortaleza en la debilidad, su paz en la angustia, su compañía en la soledad y su esperanza en medio de la prueba.

Y también oramos para que, unidos a Cristo, descubran que su sufrimiento no es inútil. En la cruz de Jesús, todo dolor ofrecido con fe puede convertirse en oración, en purificación, en intercesión, en amor. El enfermo que une su vida a Cristo participa misteriosamente de esa ofrenda redentora que se hace presente en la Eucaristía.

Hoy la Palabra nos invita a decidirnos por Dios sin medias tintas. Como en el monte Carmelo, también nosotros debemos responder: si el Señor es Dios, sigámoslo. Sigámoslo no solo con palabras, sino con el corazón. No solo con ritos, sino con una vida transformada. No solo en los momentos fáciles, sino también en la enfermedad, en la cruz, en la espera y en la noche.

Pidamos al Señor que purifique nuestros corazones de todo ídolo, que nos enseñe a vivir la plenitud del amor, y que en cada Eucaristía encontremos a Cristo, cumplimiento de toda promesa, refugio de los débiles, salud de los enfermos y alimento de vida eterna.

Amén.

 


lunes, 8 de junio de 2026

9 de junio del 2026: martes de la décima semana del Tiempo Ordinario-II

 

Aunque vacilante, nuestra luz brilla

(Mateo 5, 13-16) La luz que llevamos —la luz de la fe— a menudo tiene muchas dificultades para iluminar nuestras propias existencias y nuestros caminos de vida. ¿Cómo podría entonces llegar a ser “luz del mundo” y “brillar delante de los hombres”? El Señor, por su parte, no se detiene en nuestras prevenciones cuando nos llama al testimonio: esta luz que nos ha sido confiada no es solamente para nosotros. Aunque sea frágil, puede ser compartida y comunicada.

Bertrand Lesoing, prêtre de la communauté Saint-Martin

 


Primera lectura

1 Re 17, 7-16
La orza de harina no se vació, según la palabra que había pronunciado el Señor por boca de Elías

Lectura del primer libro de los Reyes.


EN aquellos días, se secó el torrente donde estaba escondido Elías, pues no hubo lluvia sobre el país.
La palabra del Señor llegó entonces a Elías diciendo:
«Levántate, vete a Sarepta de Sidón y establécete, pues he ordenado a una mujer viuda de allí que te suministre alimento». Se alzó y fue a Sarepta. Traspasaba la puerta de la ciudad en el momento en el que una mujer viuda recogía por allí leña.
Elías la llamó y le dijo:
«Tráeme un poco de agua en el jarro, por favor, y beberé».
Cuando ella fue a traérsela, él volvió a gritarle:
«Tráeme, por favor, en tu mano un trozo de pan».
Ella respondió:
«Vive el Señor, tu Dios, que no me queda pan cocido; solo un puñado de harina en la orza y un poco de aceite en la alcuza. Estoy recogiendo un par de palos, entraré y prepararé el pan para mí y mi hijo, lo comeremos y luego moriremos».
Pero Elías le dijo:
«No temas. Entra y haz como has dicho, pero antes prepárame con la harina una pequeña torta y tráemela. Para ti y tu hijo la harás después. Porque así dice el Señor, Dios de Israel:
“La orza de harina no se vaciará
la alcuza de aceite no se agotará
hasta el día en que el Señor conceda
lluvias sobre la tierra”».
Ella se fue y obró según la palabra de Elías, y comieron él, ella y su familia.
Por mucho tiempo la orza de harina no se vació ni la alcuza de aceite se agotó, según la palabra que había pronunciado el Señor por boca de Elías.

Palabra de Dios.


Salmo

Sal 4, 2-3. 4-5. 7-8 (R.: cf. 7b)

R. Haz brillar sobre nosotros, Señor,
la luz de tu rostro.


V. Escúchame cuando te invoco, Dios de mi justicia;
tú que en el aprieto me diste anchura,
ten piedad de mí y escucha mi oración.
Y ustedes, ¿hasta cuándo ultrajarán mi honor,
amarán la falsedad y buscarán el engaño?
 R.

V. Sépanlo: el Señor hizo milagros en mi favor,
y el Señor me escuchará cuando lo invoque.
Tiemblen y no pequen,
reflexionen en el silencio de su lecho.
 R.

V. Hay muchos que dicen: «¿Quién nos hará ver la dicha,
si la luz de tu rostro ha huido de nosotros?».
Pero tú, Señor, has puesto en mi corazón más alegría
que si abundara en su trigo y en su vino. 
R.


Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Brille así su luz ante los hombres, para que vean sus buenas obras y den gloria a su Padre. R.


Evangelio

Mt 5, 13-16

Ustedes son la luz del mundo

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán?
No sirve más que para tirarla y que la pise la gente.
Ustedes son la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte.
Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa.
Brille así su luz ante los hombres, para que vean sus buenas obras y den gloria a su Padre que está en los cielos».

Palabra del Señor.

 

1

 

Queridos hermanos y hermanas:

La Palabra de Dios de este martes nos pone delante tres imágenes muy sencillas, pero profundamente iluminadoras: un poco de harina y aceite en manos de una viuda pobre; una luz que no debe esconderse; y un salmo que, en medio de la angustia, proclama: “Tú, Señor, has puesto en mi corazón más alegría que si abundara en trigo y en vino”.

La primera lectura nos presenta al profeta Elías en un momento de sequía, de hambre, de escasez. Dios lo envía a Sarepta, a territorio extranjero, y allí lo espera una viuda. Pero no una viuda rica, no una mujer con la despensa llena, no alguien que pueda ayudar cómodamente desde lo que le sobra. Es una mujer pobre, casi al límite de la desesperanza. Ella misma le dice al profeta que apenas tiene un puñado de harina y un poco de aceite para preparar la última comida para ella y su hijo, antes de esperar la muerte.

Y, sin embargo, allí, en esa pobreza extrema, Dios hace brotar el milagro.

Elías le pide algo humanamente difícil: “No temas. Prepárame primero a mí un panecillo”. A simple vista, parece una petición exigente, casi desproporcionada. Pero en realidad es una invitación a confiar. La viuda se atreve a creer. Se atreve a compartir. Se atreve a poner en manos de Dios lo poco que tiene. Y entonces sucede lo que solo Dios sabe hacer: “La orza de harina no se vació, la alcuza de aceite no se agotó”.

Dios no multiplica desde la abundancia egoísta, sino desde la pobreza ofrecida. Dios no necesita grandes riquezas para realizar grandes milagros. Le basta un corazón disponible, una mano abierta, una fe que se atreva a compartir aun cuando no lo tiene todo asegurado.

Esta mujer de Sarepta puede ayudarnos hoy a pensar en nuestros benefactores. Muchas veces, cuando hablamos de benefactores, imaginamos solamente personas que ayudan porque les sobra. Pero no siempre es así. Hay benefactores que dan desde su pobreza, desde su salario modesto, desde su tiempo escaso, desde sus cansancios, desde su silencio, desde su oración escondida. Hay benefactores que no aparecen en fotos, que no reciben aplausos, que no hacen ruido, pero sostienen la obra de Dios con fidelidad.

Hay quienes ayudan económicamente; otros ofrecen alimentos, servicios, transporte, trabajo, consejos, compañía, oración. Hay quienes benefician a la Iglesia con una limosna, y hay quienes la benefician con una palabra de ánimo. Hay quienes sostienen una comunidad no solo con dinero, sino con presencia, con paciencia y con amor.

Por eso hoy oramos por ellos. Por los que ayudan mucho y por los que ayudan poco, pero ayudan con corazón sincero. Por los que dan desde la abundancia y por los que, como la viuda de Sarepta, comparten incluso cuando también ellos tienen necesidades. Que el Señor no deje vaciar su harina ni agotarse su aceite. Que nunca les falte el pan de cada día, la salud necesaria, la paz del corazón y la alegría de saberse colaboradores de Dios.

El Evangelio continúa esta misma enseñanza, pero con otras imágenes: la sal y la luz. Jesús dice a sus discípulos: “Ustedes son la sal de la tierra… Ustedes son la luz del mundo”. No dice: “algún día serán sal”, o “cuando sean perfectos serán luz”. Lo dice en presente: “Ustedes son”.

…Nuestra luz, la luz de la fe, muchas veces es vacilante. A veces apenas logra iluminar nuestro propio camino. A veces creemos poco, oramos con dificultad, nos cansamos, nos desanimamos, sentimos que nuestra fe es pequeña, que nuestra esperanza parpadea como una vela en medio del viento.

Pero el Señor no espera que nuestra luz sea perfecta para pedirnos que iluminemos. No espera que estemos libres de heridas para convertirnos en testigos. No espera que tengamos todas las respuestas para enviarnos a servir. La luz que hemos recibido no es solo para nosotros. Aunque sea frágil, aunque tiemble, aunque parezca pequeña, puede iluminar a otros.

Una vela pequeña puede romper una gran oscuridad. Una palabra sencilla puede levantar un corazón caído. Un gesto generoso puede devolver esperanza. Una visita, una llamada, una ayuda oportuna, una oración hecha con amor, pueden convertirse en luz de Dios para alguien que está atravesando la noche.

Eso hacen los benefactores: muchas veces no predican con discursos, pero predican con obras. No siempre hablan de Dios con palabras, pero muestran a Dios con su generosidad. Son sal cuando dan sabor a la vida de los demás. Son luz cuando ayudan a que una obra buena continúe. Son reflejo del Evangelio cuando no esconden el bien, sino que lo ponen al servicio de la comunidad.

Jesús advierte que la luz no se enciende para esconderla debajo de una mesa, sino para ponerla en alto. Esto no significa buscar protagonismo ni vanagloria. De hecho, Jesús dice claramente que nuestras buenas obras deben llevar a los demás a glorificar al Padre, no a glorificarnos a nosotros. La caridad cristiana no busca aplausos; busca que Dios sea amado. No pretende que digan “qué bueno soy”, sino que otros puedan decir: “qué bueno es Dios”.

Ahí está la diferencia entre la generosidad mundana y la generosidad evangélica. La primera busca reconocimiento. La segunda busca servir. La primera se exhibe. La segunda ilumina. La primera puede alimentar el ego. La segunda glorifica al Padre.

El salmo de hoy nos ayuda a completar esta reflexión. El salmista clama: “Escúchame cuando te invoco, Dios de mi justicia”. Es la oración de quien sabe que necesita a Dios. Pero también es la oración de quien descubre una alegría más profunda que la abundancia material: “Tú has puesto en mi corazón más alegría que si abundara en trigo y en vino”.

Es una frase preciosa para este día en que oramos por los benefactores. Porque quien da con amor descubre una alegría que no depende de acumular. Hay una alegría que no nace de tener más, sino de compartir mejor. Hay una alegría que no se compra, sino que brota cuando uno sabe que su vida ha servido para bendecir a alguien.

Quizá por eso la viuda de Sarepta no perdió al compartir; al contrario, encontró vida. Quizá por eso el que ayuda de corazón no queda más pobre, sino más lleno de Dios. La lógica del Evangelio no siempre coincide con la lógica del mundo. El mundo dice: “Guarda para que no te falte”. Dios dice: “Comparte y descubrirás que mi providencia no se agota”.

Esto no significa actuar con irresponsabilidad, sino vivir con confianza. No se trata de dar por presión, sino por amor. No se trata de ayudar para quedar bien, sino porque hemos entendido que todo lo que somos y tenemos viene de Dios y está llamado a convertirse en bendición para otros.

Queridos hermanos, hoy la Palabra nos invita a revisar nuestra propia luz. Tal vez nos sentimos pequeños, cansados, limitados. Tal vez nuestra fe no siempre brilla con fuerza. Pero no escondamos la luz que Dios nos ha dado. No digamos: “yo no puedo ayudar”, “yo no tengo nada que ofrecer”, “mi aporte no vale”. En el Reino de Dios, un puñado de harina puede alimentar la esperanza; un poco de aceite puede sostener la vida; una pequeña luz puede romper la oscuridad.

Pidamos hoy por todos nuestros benefactores. Que el Señor les recompense su generosidad. Que bendiga sus familias, sus trabajos, sus proyectos, sus luchas y sus necesidades. Que cada gesto de bien que han sembrado vuelva a ellos convertido en paz, consuelo y gracia.

Y pidamos también que nosotros aprendamos a ser benefactores unos de otros. Que seamos sal que conserva el sabor del Evangelio en un mundo a veces insípido de amor. Que seamos luz que no humilla, sino que orienta; luz que no encandila, sino que acompaña; luz que no se presume, sino que sirve.

Aunque nuestra luz sea vacilante, puede brillar. Aunque nuestra fe sea pequeña, puede sostener a otros. Aunque tengamos poco, si lo ponemos en manos de Dios, puede alcanzar para mucho.

Que María, mujer humilde y luminosa, nos enseñe a dar sin ruido, a servir sin vanidad y a confiar siempre en la providencia del Señor. Amén.

 

2

 

Queridos hermanos y hermanas:

En el Evangelio de hoy, Jesús nos dice una palabra muy grande y, al mismo tiempo, muy exigente: “Ustedes son la luz del mundo”. No dice simplemente: “procuren ser luz”, sino “ustedes son”. Es decir, quien ha recibido la fe, quien ha sido tocado por Cristo, lleva dentro una luz que no puede quedar escondida.

Pero esa luz no nace de nosotros. Jesús es la verdadera Luz del mundo. Nosotros brillamos en la medida en que dejamos que Él ilumine nuestra vida. Por eso, ser luz no significa aparentar perfección, ni creernos mejores que los demás. Ser luz significa permitir que la presencia de Dios se transparente en nuestras palabras, en nuestras obras, en nuestra manera de tratar a los demás, en nuestra capacidad de servir, perdonar, consolar y levantar al caído.

La primera lectura nos muestra esta luz en un gesto sencillo y humilde. La viuda de Sarepta no tenía casi nada: apenas un poco de harina y un poco de aceite. Sin embargo, se fía de la palabra del profeta Elías y comparte lo poco que tiene. En medio de la escasez, ella deja brillar la luz de la confianza. Y Dios responde con abundancia: la harina no se acaba y el aceite no se agota.

Aquí descubrimos algo importante: no se necesita tener mucho para iluminar. A veces basta un gesto pequeño hecho con fe. Una palabra de aliento, una ayuda discreta, una visita, una oración, una sonrisa, una mano tendida, pueden convertirse en luz para alguien que vive en oscuridad.

El salmo también nos habla de esa confianza profunda: “Haz brillar sobre nosotros, Señor, la luz de tu rostro”. Esa es la verdadera luz que necesitamos: no la luz de la fama, ni del orgullo, ni del aplauso humano, sino la luz del rostro de Dios. Cuando esa luz entra en el corazón, vence nuestros miedos, disipa nuestras sombras y nos da una alegría más grande que cualquier abundancia material.

Jesús nos pide que nuestra luz brille “para que vean nuestras buenas obras y den gloria al Padre”. Esa es la clave: el discípulo no brilla para atraer miradas hacia sí mismo, sino para conducir las miradas hacia Dios. Nuestras buenas obras no deben alimentar la vanidad, sino despertar la fe. No deben decir: “miren qué bueno soy”, sino: “miren qué bueno es Dios”.

Hoy pidamos al Señor que ilumine nuestras oscuridades interiores: nuestros egoísmos, cansancios, miedos y desánimos. Y pidámosle también que nos convierta en lámparas humildes de su amor. Que, como la viuda de Sarepta, sepamos compartir aun lo poco. Que, como el salmista, busquemos la luz del rostro de Dios. Y que, como discípulos de Jesús, no escondamos la fe, sino que la hagamos visible en obras concretas de amor.

Porque una vida iluminada por Cristo siempre termina iluminando a los demás. Amén.

 

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