martes, 31 de marzo de 2026

Primero de abril del 2026: Miércoles Santo

 

¡Desconcertante!


(Isaías 50, 4-9a; Mateo 26, 14-25
) Como el siervo de Isaías, Jesús avanza sin echarse atrás hacia aquellos que van a maltratarlo. Va y, “a la manera” del Padre, se entrega por completo. Va humilde y decidido, a desarmar la violencia de los violentos. Él invierte la imagen de aquel que se esperaba, e incluso la imagen misma de Dios. Porque, en ese instante, Dios no se esconde: es Él quien permanece allí, con el rostro de todos aquellos y aquellas que todavía hoy sufren la violencia.

Colette Hamza, xavière

 


Primera lectura

Is 50, 4-9a

No escondí el rostro ante ultrajes

Lectura del libro de Isaías.

EL Señor Dios me ha dado una lengua de discípulo;
para saber decir al abatido una palabra de aliento.
Cada mañana me espabila el oído,
para que escuche como los discípulos.
El Señor Dios me abrió el oído;
yo no resistí ni me eché atrás.
Ofrecí la espalda a los que me golpeaban,
las mejillas a los que mesaban mi barba;
no escondí el rostro ante ultrajes y salivazos.
El Señor Dios me ayuda,
por eso no sentía los ultrajes;
por eso endurecí el rostro como pedernal,
sabiendo que no quedaría defraudado.
Mi defensor está cerca,
¿quién pleiteará contra mí?
Comparezcamos juntos,
¿quién me acusará?
Que se acerque.
Miren, el Señor Dios me ayuda,
¿quién me condenará?

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 68, 8-10. 21-22. 31 y 33-34 (R.: 14c y b)

R. Señor, que me escuche tu gran bondad
el día de tu favor.


V. Por ti he aguantado afrentas,
la vergüenza cubrió mi rostro.
Soy un extraño para mis hermanos,
un extranjero para los hijos de mi madre.
Porque me devora el celo de tu templo,
y las afrentas con que te afrentan caen sobre mí.
 R.

V. La afrenta me destroza el corazón, y desfallezco.
Espero compasión, y no la hay;
consoladores, y no los encuentro.
En mi comida me echaron hiel,
para mi sed me dieron vinagre. 
R.

V. Alabaré el nombre de Dios con cantos,
proclamaré su grandeza con acción de gracias.
Mírenlo, los humildes, y alégrense;
busquen al Señor, y revivirá su corazón.
Que el Señor escucha a sus pobres,
no desprecia a sus cautivos. 
R.

 

Aclamación

(opción 1) V. Salve, Rey nuestro, solo tú te has compadecido de nuestros errores.

(opción 2) V. Salve, Rey nuestro, obediente al Padre; fuiste llevado a la crucifixión, como manso cordero a la matanza.

 

Evangelio

Mt 26, 14-25

El Hijo del hombre se va como está escrito; pero, ¡ay de aquel por quien es entregado!

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, uno de los Doce, llamado Judas
Iscariote, fue a los sumos sacerdotes y les propuso:
«¿Qué están dispuestos a darme si se lo entrego a ustedes?».
Ellos se ajustaron con él en treinta monedas de plata. Y desde entonces andaba buscando ocasión propicia para entregarlo.
El primer día de los Ácimos se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron:
«¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?».
Él contestó:
«Vayan a la ciudad, a casa de quien ustedes saben, y díganle: “El Maestro dice: mi hora está cerca; voy a celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos”».
Los discípulos cumplieron las instrucciones de Jesús y prepararon la Pascua.
Al atardecer se puso a la mesa con los Doce. Mientras comían dijo:
«En verdad les digo que uno de ustedes me va a entregar».
Ellos, muy entristecidos, se pusieron a preguntarle uno tras otro:
«¿Soy yo acaso, Señor?».
Él respondió:
«El que ha metido conmigo la mano en la fuente, ese me va a entregar. El Hijo del hombre se va como está escrito de él; pero, ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre es entregado!, ¡más le valdría a ese hombre no haber nacido!».
Entonces preguntó Judas, el que lo iba a entregar:
«¿Soy yo acaso, Maestro?».
Él respondió:
«Tú lo has dicho».

Palabra del Señor.

 

 

1

 

Queridos hermanos:

Al acercarnos cada vez más al misterio de la pasión del Señor, la liturgia de este Miércoles Santo nos pone delante de dos escenas profundamente conmovedoras. Por una parte, el Siervo sufriente del profeta Isaías; por otra, Jesús sentado a la mesa con sus discípulos, mientras ya se mueve en la sombra la traición de Judas.

La primera lectura nos presenta a un hombre fiel, un siervo que escucha a Dios y que no se rebela ni se echa atrás, aun cuando le esperan el sufrimiento, los golpes, los insultos y la humillación. Dice el texto: “Ofrecí la espalda a los que me golpeaban”. No es la actitud de un derrotado, sino la de alguien que ha puesto su confianza en Dios. Sabe sufrir sin perder la dignidad, sabe cargar el dolor sin dejar que el mal le robe el alma.

Ese Siervo encuentra su plenitud en Jesucristo. Jesús no huye. Jesús no se esconde. Jesús no responde al mal con más mal. Él sabe lo que viene; sabe quién lo va a entregar; sabe que el sufrimiento está ya a la puerta. Y, sin embargo, permanece. Permanece en la verdad. Permanece en el amor. Permanece fiel al Padre.

Y aquí aparece algo que desconcierta profundamente: muchas veces nosotros imaginamos a Dios como fuerza aplastante, como poder que elimina al enemigo, como grandeza que se impone. Pero en Jesús contemplamos otra cosa: un Dios que no aplasta, sino que se entrega; un Dios que no grita, sino que ama; un Dios que no destruye al pecador, sino que sufre por salvarlo.

En el Evangelio, la escena de la última cena tiene una tensión muy fuerte. Jesús dice: “Uno de ustedes me va a entregar”. Y aquella mesa, que debería ser sólo lugar de comunión, se convierte también en lugar de examen de conciencia. Todos preguntan: “¿Soy yo acaso, Señor?”. Esa pregunta es muy importante también para nosotros.

Porque antes de señalar a Judas, conviene mirar nuestro propio corazón. También nosotros, a veces, traicionamos al Señor. Lo traicionamos cuando negociamos nuestra fe por comodidad. Lo traicionamos cuando callamos la verdad por miedo. Lo traicionamos cuando el interés, el egoísmo o la ambición pesan más que el amor. Lo traicionamos cuando comulgamos con los labios, pero el corazón anda lejos de Dios o endurecido frente al hermano que sufre.

Judas vendió a Jesús por treinta monedas. Pero el drama no está sólo en la cantidad del dinero; el drama está en que cambió al Maestro por algo que valía menos. Y eso sigue pasando hoy. Cada vez que cambiamos la paz de la conciencia por una ventaja pasajera, cada vez que cambiamos la fidelidad por la conveniencia, cada vez que cambiamos el Evangelio por el aplauso del mundo, estamos repitiendo, de alguna manera, la tragedia de Judas.

Pero la liturgia de hoy no quiere dejarnos en la tristeza. También quiere mostrarnos la firmeza serena de Jesús. Él conoce la traición, pero no deja de amar. Conoce la oscuridad, pero no deja de ser luz. Sabe que lo van a herir, pero sigue entregándose. Ahí está la verdadera victoria: Jesús vence no evitando la cruz, sino transformando el sufrimiento en ofrenda y el odio en redención.

Y esto tiene una resonancia muy especial cuando hoy oramos por nuestros hermanos enfermos. Ellos, de una manera muy particular, llevan en su cuerpo o en su alma algo del misterio del Siervo sufriente. Cuántos enfermos viven en silencio, cuántos soportan dolores físicos, tratamientos largos, noches de insomnio, incertidumbre, dependencia, miedo, angustia. Cuántos sienten también la violencia interior de la soledad, del abandono, de no sentirse comprendidos, de ver que su vida cambió y ya no pueden hacer lo que antes hacían.

A ellos la Palabra de Dios les dice hoy: Cristo no es ajeno a tu dolor. Él no mira el sufrimiento desde lejos. Él lo asumió. Él entró en él. Él conoce por dentro la herida humana. Y por eso, el enfermo no está solo. En su cama, en su tratamiento, en su limitación, en su espera, está acompañado por Aquel que también fue herido, humillado y entregado.

Pero esta palabra no es sólo para los enfermos. También es para nosotros, que estamos llamados a acercarnos a ellos con ternura, paciencia y compasión. Porque a veces una enfermedad no sólo necesita medicina; necesita presencia, escucha, una mano tendida, una visita, una oración, una palabra serena. El rostro del Cristo sufriente sigue apareciendo hoy en tantos hermanos enfermos. Y nuestra fe se vuelve concreta cuando sabemos reconocerlo y servirlo en ellos.

El salmo de hoy nos deja oír el clamor del que sufre: “En mi aflicción, Señor, que tu salvación me levante”. Qué hermosa súplica para tantos enfermos. Tal vez no siempre llegará la curación que nosotros esperamos; pero siempre puede llegar la gracia de Dios, la fortaleza interior, la paz del alma, la certeza de que el Señor no abandona.

En esta Semana Santa, pidámosle al Señor tres gracias.
Primero, la gracia de no traicionarlo por pequeñas o grandes monedas de este mundo.
Segundo, la gracia de permanecer fieles cuando lleguen la prueba, la decepción o el dolor.
Y tercero, la gracia de acercarnos con amor verdadero a nuestros hermanos enfermos, viendo en ellos el rostro mismo de Cristo.

Que María, la Madre fiel, nos enseñe a permanecer junto a Jesús en la hora oscura. Y que el Señor conceda consuelo, fortaleza y esperanza a todos nuestros hermanos enfermos.

Amén.

 

2

Queridos hermanos:

Seguimos avanzando en el clima sagrado, denso y conmovedor de la Semana Santa. La liturgia de hoy nos introduce en una escena íntima y dolorosa: Jesús está sentado a la mesa con los suyos, compartiendo la cena, y en ese ambiente de cercanía, amistad y comunión, pronuncia una frase que cae como un rayo: “En verdad les digo que uno de ustedes me va a entregar”.

Es una palabra que sacude. No se trata de un enemigo lejano. No se trata de alguien ajeno al grupo. La traición viene de dentro, nace en el círculo cercano, en el ámbito de la confianza. Y eso hace más profundo el dolor. No hiere tanto el ataque del desconocido como la infidelidad de quien ha caminado con nosotros, ha compartido el pan y ha escuchado nuestro corazón.

El Evangelio nos deja ver algo muy importante: Jesús no habla con rabia, ni con resentimiento, ni con deseos de venganza. Habla con tristeza, con lucidez, con serenidad. Sabe lo que va a pasar, conoce el corazón humano, conoce la debilidad de Judas, y aun así no deja de amar. Ahí ya hay una lección inmensa para nosotros: Cristo no responde al pecado con odio; responde con un amor que sufre, pero que no deja de amar.

La primera lectura, tomada del profeta Isaías, nos presenta la figura del Siervo del Señor: un hombre dócil a la Palabra, que escucha como discípulo y que no se echa atrás ante el sufrimiento. Dice: “Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, la mejilla a los que me arrancaban la barba; no oculté el rostro a insultos y salivazos”. Son palabras impresionantes. Este Siervo no huye, no se defiende con violencia, no devuelve mal por mal. Permanece firme porque sabe que Dios está con él.

En Jesús, este anuncio alcanza su plenitud. Él es el verdadero Siervo fiel. Va entrando libremente en la Pasión. No porque ame el dolor, sino porque ama hasta el extremo. No se aferra a salvarse a sí mismo; se entrega para salvarnos a nosotros. El Hijo de Dios se abaja, se humilla, se deja herir, para levantar al hombre caído. Y así cambia por completo nuestra imagen de Dios. Muchas veces imaginamos un Dios fuerte según los criterios del mundo: un Dios que aplasta, castiga de inmediato, se impone por la fuerza. Pero en Jesucristo aparece un Dios cuya omnipotencia es el amor humilde; un Dios que vence no destruyendo al enemigo, sino dejándose herir para redimirlo.

En el Evangelio hay un detalle muy fino, pero muy revelador. Cuando Jesús anuncia la traición, los discípulos van preguntando uno tras otro: “¿Soy yo acaso, Señor?”. En cambio Judas dice: “¿Soy yo acaso, Maestro?”. Los otros lo llaman Señor; Judas lo llama Maestro.

No parece una diferencia enorme, pero espiritualmente sí lo es. Llamar a Jesús Maestro es reconocerlo como alguien que enseña, alguien sabio, alguien digno de respeto. Pero llamarlo Señor es mucho más: es reconocer que Él tiene autoridad sobre mi vida, que no es sólo alguien que me instruye, sino Aquel a quien pertenezco; no sólo alguien cuyas palabras admiro, sino el Hijo de Dios a quien adoro, obedezco y amo.

Y aquí la Palabra de Dios nos interpela profundamente, porque también nosotros podemos vivir cerca de Jesús sin reconocerlo de verdad como Señor. Podemos saber muchas cosas de la fe, conocer oraciones, asistir a la misa, escuchar el Evangelio, y sin embargo reservarnos el mando de nuestra vida. Podemos tratar a Jesús como un maestro interesante, pero no como el Señor al que debemos entregarle el corazón.

Ese contraste se vuelve todavía más fuerte cuando pensamos que esta escena ocurre en el contexto de la Última Cena, es decir, en el marco de la institución de la Eucaristía. Allí Jesús comienza a entregarse sacramentalmente. Allí anticipa el don total de su Cuerpo y de su Sangre. En el mismo ambiente en que nace el gran sacramento del amor, aparece también el misterio del rechazo, de la traición, de la frialdad del corazón humano.

Esto nos lleva a preguntarnos: ¿cómo participamos nosotros en la Santa Misa?
¿Venimos a cumplir, a escuchar, a pasar un momento religioso… o venimos realmente a encontrarnos con el Señor?
¿Nos acercamos a la Eucaristía con fe viva, con asombro, con reverencia?
¿O a veces nuestra presencia es más exterior que interior, más costumbre que adoración?

Porque se puede estar muy cerca del altar y, sin embargo, muy lejos del Señor. Se puede recibir el pan consagrado sin dejar que el corazón se consagre. Se puede pronunciar fórmulas hermosas y mantener dentro de sí el egoísmo, la dureza, la indiferencia. Judas compartió la mesa con Jesús, pero no le entregó el alma. Y ese riesgo sigue existiendo para nosotros.

Judas no era un extraño. Había sido llamado. Había caminado con Jesús. Había escuchado sus enseñanzas. Había visto milagros. Quizás incluso sentía admiración por Él. Pero no dejó que esa cercanía se transformara en verdadera rendición interior. Su tragedia no comenzó con las treinta monedas; comenzó antes, cuando su corazón se fue cerrando. Primero entró la codicia, luego la duplicidad, luego la mentira, y finalmente la traición.

Así ocurre también en la vida espiritual. Nadie cae de un momento a otro. Primero dejamos entrar pequeños egoísmos, pequeñas infidelidades, pequeños autoengaños. Y cuando el corazón ya no vigila, cuando ya no ora, cuando ya no adora, cuando ya no se deja corregir por el Señor, termina justificando lo que antes le parecía impensable.

Por eso es tan importante la reacción de los demás discípulos: “¿Soy yo acaso, Señor?”. Esa pregunta no nace de la desconfianza neurótica, sino de la humildad. Ellos no dicen: “Seguro que yo no”. Ellos se examinan. Se ponen delante del Señor y reconocen que el corazón humano es frágil. Esa es la actitud correcta en Semana Santa: no juzgar primero a Judas, sino mirarnos a nosotros mismos. No sólo preguntarnos quién traicionó a Jesús hace dos mil años, sino de qué manera puedo yo traicionarlo hoy.

Lo traicionamos cuando preferimos el interés al Evangelio.
Lo traicionamos cuando vendemos nuestra conciencia por aceptación, por comodidad, por dinero o por placer.
Lo traicionamos cuando en la misa estamos físicamente presentes, pero espiritualmente ausentes.
Lo traicionamos cuando comulgamos sin hambre de Dios, sin arrepentimiento, sin deseo sincero de conversión.
Lo traicionamos cuando lo llamamos “Señor” con los labios, pero dejamos que otros señores ocupen el trono del corazón: el orgullo, la ambición, la vanidad, el resentimiento, la autosuficiencia.

El salmo de hoy nos deja escuchar la voz del justo humillado, del hombre herido, del corazón quebrantado: “Miren al Señor y revivirá su corazón”. Esa es la buena noticia. Aunque hayamos sido débiles, aunque hayamos caído, aunque más de una vez hayamos sido incoherentes, todavía hay esperanza. Mientras podamos mirar al Señor, mientras podamos volver a Él, mientras podamos llorar nuestros pecados y suplicar misericordia, no todo está perdido.

Y eso distingue a Pedro de Judas. Los dos serán débiles. Los dos fallarán. Los dos tocarán el abismo de la miseria humana. Pero Pedro llorará y volverá; Judas se encerrará en su desesperación. Pedro confiará en la misericordia; Judas quedará atrapado en su culpa. Por eso la Semana Santa no es sólo el tiempo de contemplar el pecado del hombre, sino también la inmensidad del amor de Dios que sigue buscando, llamando y ofreciendo perdón.

Queridos hermanos, hoy la Iglesia nos invita a revisar especialmente nuestra relación con la Eucaristía. Cada misa prolonga sacramentalmente aquella Cena del Señor. Cada vez que participamos en la Eucaristía entramos en el cenáculo, nos sentamos a la mesa con Cristo, escuchamos su Palabra y recibimos el don de su entrega. No vengamos entonces con corazón disperso, superficial o frío. Acerquémonos con fe. Acerquémonos con adoración. Acerquémonos diciendo desde lo profundo del alma: “Señor, no soy digno… pero una palabra tuya bastará para sanarme”.

Que en esta Semana Santa aprendamos a pasar de una fe rutinaria a una fe adorante; de una relación exterior con Jesús a una relación rendida y confiada; de llamarlo sólo Maestro a reconocerlo realmente como Señor.

Pidámosle hoy al Señor tres gracias:
la gracia de un corazón sincero, capaz de preguntarse humildemente “¿seré yo, Señor?”;
la gracia de una fe profunda en la Eucaristía;
y la gracia de no vender nunca a Cristo por las pobres monedas de este mundo.

Que María Santísima, fiel junto a su Hijo hasta la cruz, nos enseñe a permanecer con Jesús no sólo en los momentos de consuelo, sino también en la hora oscura. Y que, al participar en estos días santos, podamos renovar nuestra fe y decir con toda el alma:

Señor mío y Dios mío, yo creo, yo adoro, yo espero y yo te amo.

Amén.

 

lunes, 30 de marzo de 2026

31 de marzo del 2026: Martes santo

 

En el corazón de la noche


(Juan 13, 21-33.36-38)
Es de noche afuera y también en Judas, como a veces en nosotros, cuando olvidamos aquel momento en que dijimos con Pedro: “¡Daré mi vida por ti!”. ¿Cómo seguir al Señor si la noche ha podido más que nosotros? Podemos pedirle esa gracia cuando las tinieblas se espesan, la vida se vuelve más pesada, las desgracias nos asaltan, la cólera nos aprieta y nuestra esperanza se debilita. Solo Él puede darnos la fuerza para atravesar la noche.

Colette Hamza, xavière

 


Primera lectura

Is 49, 1-6

Te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra

Lectura del libro de Isaías.

ESCÚCHENME, islas; atiendan, pueblos lejanos:
El Señor me llamó desde el vientre materno,
de las entrañas de mi madre, y pronunció mi nombre.
Hizo de mi boca una espada afilada,
me escondió en la sombra de su mano;
me hizo flecha bruñida, me guardó en su aljaba
y me dijo: «Tú eres mi siervo, Israel,
por medio de ti me glorificaré».
Y yo pensaba: «En vano me he cansado,
en viento y en nada he gastado mis fuerzas».
En realidad el Señor defendía mi causa,
mi recompensa la custodiaba Dios.
Y ahora dice el Señor,
el que me formó desde el vientre como siervo suyo,
para que le devolviese a Jacob,
para que le reuniera a Israel;
he sido glorificado a los ojos de Dios.
Y mi Dios era mi fuerza:
«Es poco que seas mi siervo
para restablecer las tribus de Jacob
y traer de vuelta a los supervivientes de Israel.
Te hago luz de las naciones,
para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 70, 1-2. 3-4a. 5-6ab. 15ab y 17 (R.: cf. 15ab)

R. Mi boca contará tu salvación, Señor.

V. A ti, Señor, me acojo:
no quede yo derrotado para siempre.
Tú que eres justo, líbrame y ponme a salvo,
inclina a mí tu oído y sálvame. R.

V. Sé tú mi roca de refugio,
el alcázar donde me salve,
porque mi peña y mi alcázar eres tú.
Dios mío, líbrame de la mano perversa. R.

V. Porque tú, Señor, fuiste mi esperanza
y mi confianza, Señor, desde mi juventud.
En el vientre materno ya me apoyaba en ti,
en el seno tú me sostenías. R.

V. Mi boca contará tu justicia,
y todo el día tu salvación.
Dios mío, me instruiste desde mi juventud,
y hasta hoy relato tus maravillas. R.


Aclamación

V. Salve, Rey nuestro, obediente al Padre;
fuiste llevado a la crucifixión, como manso cordero a la matanza.

 

Evangelio

Jn 13, 21-33. 36-38

Uno de ustedes me va a entregar… No cantará el gallo antes de que me hayas negado tres veces

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

EN aquel tiempo, estando Jesús a la mesa con sus discípulos, se turbó en su espíritu y dio testimonio diciendo:
«En verdad, en verdad les digo: uno de ustedes me va a entregar».
Los discípulos se miraron unos a otros perplejos, por no saber de quién lo decía.
Uno de ellos, el que Jesús amaba, estaba reclinado a la mesa en el seno de Jesús. Simón Pedro le hizo señas para que averiguase por quién lo decía.
Entonces él, apoyándose en el pecho de Jesús, le preguntó:
«Señor, ¿quién es?».
Le contestó Jesús:
«Aquel a quien yo le dé este trozo de pan untado».
Y, untando el pan, se lo dio a Judas, hijo de Simón el Iscariote.
Detrás del pan, entró en él Satanás. Entonces Jesús le dijo:
«Lo que vas a hacer, hazlo pronto».
Ninguno de los comensales entendió a qué se refería. Como Judas guardaba la bolsa, algunos suponían que Jesús le encargaba comprar lo necesario para la fiesta o dar algo a los pobres.
Judas, después de tomar el pan, salió inmediatamente. Era de noche.
Cuando salió, dijo Jesús:
«Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él. Si Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo: pronto lo glorificará. Hijitos, me queda poco de estar con ustedes. Me buscarán, pero lo que dije a los judíos se lo digo ahora a ustedes:
“Donde yo voy no pueden venir ustedes”».
Simón Pedro le dijo:
«Señor, ¿adónde vas?».
Jesús le respondió:
«Adonde yo voy no me puedes seguir ahora, me seguirás más tarde».
Pedro replicó:
«Señor, ¿por qué no puedo seguirte ahora? Daré mi vida por ti».
Jesús le contestó:
«¿Conque darás tu vida por mí? En verdad, en verdad te digo: no cantará el gallo antes de que me hayas negado tres veces».

Palabra del Señor.

 

 

1

 

Queridos hermanos y hermanas:

Seguimos avanzando en esta Semana Santa, y la liturgia de hoy nos introduce en un clima muy especial: un clima de intimidad, de tristeza, de revelación, de combate interior. El evangelio nos sitúa en la última cena, en ese momento estremecedor en que Jesús, ya sabiendo lo que va a ocurrir, se conmueve profundamente y dice: “Uno de ustedes me va a entregar”.

No es una escena lejana. No es un drama que solo le ocurrió a Jesús hace dos mil años. Es una palabra que toca también nuestra vida. Porque el evangelio de hoy nos habla de la noche: la noche de Judas, la noche de Pedro, y también nuestras propias noches.

San Juan lo expresa con una frase sobria, pero impresionante. Cuando Judas tomó el bocado y salió, el evangelista dice simplemente: “Era de noche”. No era solo una indicación horaria. Era también una descripción espiritual. Era de noche en Jerusalén, sí; pero sobre todo era de noche en el corazón de Judas. Y a veces también es de noche en nosotros.

Hay noches del alma. Noches de confusión. Noches de cansancio. Noches de pecado. Noches de desilusión. Noches en las que uno siente que la fe se le debilita, que la esperanza se le apaga, que el amor se le enfría. Noches en las que uno ya no sabe si podrá seguir adelante.

Y, sin embargo, la liturgia de hoy no está escrita para asustarnos, sino para mostrarnos que Jesús conoce la noche humana desde dentro. Él no se escandaliza de nuestra fragilidad. Él no desconoce nuestras luchas. Él sabe que el corazón humano puede amar y traicionar; puede prometer fidelidad y luego temblar; puede decir como Pedro: “Daré mi vida por ti”, y unas horas después negarlo.

1. Jesús entra en la noche del corazón humano

En el evangelio vemos tres figuras: Jesús, Judas y Pedro.

Judas representa la traición consumada. Es el discípulo que ha convivido con Jesús, ha escuchado su palabra, ha visto sus signos, ha compartido la mesa, y sin embargo deja que la oscuridad se apodere de su interior. La traición de Judas no comenzó de golpe. La noche no cae de un segundo para otro. Primero hay pequeñas concesiones, pequeñas mentiras, pequeños endurecimientos. Poco a poco uno deja de escuchar, deja de amar, deja de confiar. Y finalmente sale de la presencia del Señor.

Pero también está Pedro, y eso nos consuela más, porque Pedro no quiere traicionar. Pedro ama sinceramente a Jesús. Pedro habla desde el afecto: “Señor, daré mi vida por ti”. Pero todavía no se conoce bien a sí mismo. Confía demasiado en sus propias fuerzas. Su amor es real, pero todavía es frágil. Su generosidad es sincera, pero todavía no ha sido purificada por la humildad.

¡Cuántas veces somos más parecidos a Pedro de lo que imaginamos! También nosotros hacemos promesas hermosas al Señor: “Nunca me apartaré de ti”, “seré fiel”, “voy a cambiar”, “voy a perdonar”, “voy a servir mejor”. Y después, cuando llega la prueba, la presión, el dolor, el miedo o la tentación, descubrimos que no somos tan fuertes como pensábamos.

El evangelio de hoy nos enseña una verdad muy profunda: no basta con tener buenas intenciones; necesitamos la gracia. No basta con amar a Jesús de palabra; hay que dejarse sostener por Él en la hora de la prueba.

2. “Era de noche”: una palabra para nuestras crisis

“Era de noche”. Esa frase puede describir muchas situaciones de nuestra vida.

Es de noche cuando una familia vive divisiones, silencios, resentimientos viejos que no se han sanado.
Es de noche cuando una persona se siente sola, incluso rodeada de gente.
Es de noche cuando la enfermedad, la preocupación o el luto vuelven pesada la existencia.
Es de noche cuando uno se decepciona de sí mismo.
Es de noche cuando cuesta seguir creyendo, seguir esperando, seguir rezando.

Y quizá algunos de nosotros hemos venido hoy precisamente así: con una noche por dentro. Tal vez no una noche de maldad, sino una noche de cansancio, de tristeza, de desconcierto. A veces la noche no tiene nombre. Solo se siente.

Pero la gran noticia del evangelio es esta: Jesús no huye de la noche. Él entra en ella. Él atraviesa la traición, el abandono, la negación, la angustia, la cruz. Él no nos salva desde lejos, sino desde dentro de la oscuridad humana. Por eso solo Él puede darnos la fuerza para atravesar la noche sin perdernos en ella.

3. La primera lectura: el Siervo llamado desde el seno materno

La primera lectura, tomada del profeta Isaías, nos presenta al Siervo del Señor que dice:
“El Señor me llamó desde el vientre de mi madre”.
Y también:
“Te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra”.

Esta palabra ilumina profundamente el evangelio. Mientras alrededor parece crecer la oscuridad, Dios sigue sosteniendo su proyecto de salvación. Aunque haya traición, negación, cobardía y cruz, el plan de Dios no fracasa. Jesús es el Siervo fiel, el elegido, el enviado, la luz que no se apaga en la noche.

Qué hermoso es pensar que, aun cuando nosotros atravesamos momentos oscuros, Dios no pierde su designio sobre nuestra vida. Él nos ha llamado. Él nos conoce desde lo profundo. Él no improvisa con nosotros. Incluso cuando nos sentimos inútiles o derrotados, como el Siervo que dice: “En vano me he cansado”, Dios sigue obrando. Lo que a nosotros nos parece fracaso, en sus manos puede convertirse en camino de redención.

Tal vez alguno piense: “Mi esfuerzo ha sido en vano; mi entrega no ha dado fruto; mi familia no cambia; mi sufrimiento no tiene sentido”. Pero la Palabra de hoy responde: nada se pierde en las manos de Dios. Él puede sacar luz de la noche, fidelidad de la fragilidad, resurrección del dolor.

4. El salmo: “Mi boca contará tu salvación”

El salmo responsorial es una oración de inmensa confianza:
“Señor, en ti me refugio”.
“Tú, Dios mío, fuiste mi esperanza”.
“Mi boca contará tu salvación”.

Es como la respuesta creyente a la noche del evangelio. Frente a la traición de Judas, frente a la debilidad de Pedro, frente a nuestras propias oscuridades, la Iglesia pone en nuestros labios una oración confiada. No se trata de negar la noche, sino de atravesarla agarrados de Dios.

El salmista no dice: “Nunca tuve problemas”, sino: “Tú has sido mi apoyo desde el seno materno”. Es la fe de quien ha conocido luchas, peligros, pruebas, y aun así puede decir: “No me sueltes ahora”. Esa debe ser también nuestra oración en estos días santos:
“Señor, cuando arrecie la noche, no me dejes solo.
Cuando mi fe se debilite, sostenme.
Cuando me sienta tentado a huir, afírmame.
Cuando el dolor me cierre el corazón, vuelve a encender en mí la esperanza”.

5. Judas y Pedro: dos modos de vivir la fragilidad

Hay un contraste muy fuerte entre Judas y Pedro. Ambos fallan. Uno entrega, el otro niega. Uno y otro conocen la debilidad. Pero no terminan igual.

¿Por qué? Porque Pedro, aun cayendo, seguirá unido interiormente a Jesús. Llorará, sí. Se quebrará, sí. Pero no romperá del todo el vínculo del corazón. En cambio Judas se encierra en la oscuridad y no se deja rescatar por la misericordia.

Aquí hay una enseñanza inmensa para nosotros: lo decisivo no es no caer nunca; lo decisivo es no cerrarnos a la gracia cuando caemos. El peor pecado no es la fragilidad, sino la desesperación. El peor fracaso no es tropezar, sino convencerse de que ya no hay vuelta atrás.

Pedro caerá, pero volverá. Y volverá porque, más profundo que su pecado, está la mirada de Jesús, la oración de Jesús, el amor de Jesús.

Eso mismo vale para nosotros. No estamos aquí porque seamos perfectos. Estamos aquí porque el Señor nos ama, nos llama, nos corrige, nos levanta. La Semana Santa no es la celebración de nuestra fortaleza, sino de la fidelidad de Cristo.

6. Una palabra para los familiares, amigos y benefactores

Hoy oramos de manera especial por los familiares, amigos y benefactores. Y la Palabra de Dios nos invita a verlos como parte concreta de la providencia del Señor en nuestra vida.

En medio de las noches personales, Dios suele acercarse a nosotros a través de rostros concretos: una madre que anima, un padre que sostiene, un hermano que escucha, un amigo que permanece, un benefactor que ayuda discretamente, una persona buena que aparece en el momento justo. No pocas veces, cuando todo parece oscuro, la luz de Dios nos llega a través de quienes caminan a nuestro lado.

Cuántos familiares sostienen con paciencia.
Cuántos amigos acompañan en silencio.
Cuántos benefactores ayudan sin hacer ruido, sin pedir reconocimiento, con generosidad sencilla.
Cuánta gente buena hace más llevadera la noche de los demás.

Hoy podemos dar gracias por ellos. Y también pedir por ellos, porque ellos también tienen sus luchas, sus heridas, sus noches. Que el Señor los bendiga, los fortalezca y les recompense el bien que hacen.

Y esta intención orante tiene además una consecuencia muy concreta: no solo rezar por nuestros familiares, amigos y benefactores, sino también procurar nosotros mismos ser para otros una pequeña luz en la noche. A veces no podremos resolver los problemas de los demás, pero sí podremos acompañar, escuchar, consolar, orar, tender la mano.

7. Seguir al Señor en la noche

Pedro pregunta: “Señor, ¿a dónde vas?”.
Y Jesús le responde: “Adonde yo voy no me puedes seguir ahora; me seguirás más tarde”.

Qué palabra tan profunda. Hay momentos en los que no entendemos los caminos de Dios. Hay momentos en los que no podemos seguirlo como quisiéramos. Hay procesos que no se maduran de un día para otro. Pedro todavía no está listo para la hora de la cruz. Necesitará pasar por su humillación, por su llanto, por su purificación interior.

También nosotros tenemos procesos. A veces quisiéramos ser ya santos, ya fuertes, ya serenos, ya completamente fieles. Pero el Señor nos va llevando paso a paso. Nos educa incluso a través de nuestras caídas. Nos enseña que el discipulado no se apoya en la autosuficiencia, sino en la confianza.

Seguir a Jesús en la noche significa permanecer, aunque no entendamos todo. Significa no abandonar la oración. Significa no dejar la Eucaristía. Significa no romper con el Señor cuando sentimos que la fe pesa. Significa repetir, aun con voz temblorosa:
“Señor, no te entiendo del todo, pero no quiero irme de tu lado”.
“Señor, soy débil, pero confío en ti”.
“Señor, atraviesa conmigo esta noche”.

8. Mirando ya hacia la Pascua

Martes Santo todavía huele a traición, a incertidumbre, a inminencia de dolor. Pero ya en el fondo late la victoria de Dios. La noche no tendrá la última palabra. La traición no tendrá la última palabra. La negación no tendrá la última palabra. La muerte no tendrá la última palabra.

Cristo es la luz que resplandece en las tinieblas. Y esa luz no es un adorno poético: es una presencia real. Él puede devolvernos la paz. Él puede sanar vínculos rotos. Él puede fortalecer familias cansadas. Él puede bendecir a nuestros amigos y benefactores. Él puede sacar de nuestras noches una historia nueva.

Por eso, hermanos, no tengamos miedo si a veces sentimos oscuridad. Tengamos miedo, más bien, de querer atravesarla sin Él. Porque solo Él puede darnos la fuerza para atravesar la noche.

Conclusión

En esta Eucaristía pidámosle al Señor tres gracias:

La primera, que nos libre de la oscuridad del corazón endurecido, para no parecernos a Judas.
La segunda, que nos conceda la humildad de Pedro, para reconocer nuestra fragilidad y volver siempre a Él.
Y la tercera, que bendiga abundantemente a nuestros familiares, amigos y benefactores, sosteniéndolos en sus luchas y recompensando su bondad.

Que en esta Semana Santa, cuando las tinieblas parezcan espesarse, podamos repetir con fe:

“Señor, en ti me refugio.”
“Tú eres mi esperanza.”
“No me dejes solo en la noche.”

Amén.

 

 

domingo, 29 de marzo de 2026

30 de marzo del 2026: Lunes Santo

 

Buenos olores

(Juan 12:1-1) El gesto de María, lleno de excesos y de transgresión de los códigos establecidos, expresa su amor a Cristo y el valor que da a su relación. Ella anticipa: por una parte, la sepultura – habiendo comprendido que Él no es el Mesías triunfante, sino Aquel que ha querido entregarse por nosotros, porque somos preciosos a sus ojos (cf. Is 43,4) –; y, por otra parte, la Resurrección y el triunfo del buen olor de la vida (cf. 2 Co 2, 15).

¡Una escena para contemplar y desafiarse!

Emmanuelle Billoteau, ermitaña

 

(Salmo 26) Nuestra esperanza está en el Señor. Él es nuestra luz. Todavía tenemos que ser valientes; depende de nosotros ver su bondad en nuestra tierra, aquí y ahora, y mostrársela a los demás para compartir nuestra fe.

 

(Juan 12, 1-11) La Semana Santa nos hará revivir, paso a paso, los últimos momentos de la vida terrena de Jesús. Desde la comida en Betania hasta la última cena, incluida la traición de un apóstol, tocaremos el corazón mismo de la fe: Cristo sufrió, Cristo murió, Cristo resucitó.

 


Primera lectura

Lectura del libro de Isaías (42,1-7):

Así dice el Señor:
«Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, en quien me complazco. He puesto mi espíritu sobre él, manifestará la justicia a las naciones. No gritará, no clamará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará, la mecha vacilante no la apagará. Manifestará la justicia con verdad. No vacilará ni se quebrará, hasta implantar la justicia en el país. En su ley esperan las islas.
Esto dice el Señor, Dios, que crea y despliega los cielos, consolidó la tierra con su vegetación, da el respiro al pueblo que la habita y el aliento a quienes caminan por ella:
«Yo, el Señor, te he llamado en mi justicia, te cogí de la mano, te he formé e hice de ti alianza de un pueblo y luz de las naciones, para que abras los ojos de los ciegos, saques a los cautivos de la cárcel, de la prisión a los que habitan en tinieblas».

Palabra de Dios

 

 

Salmo

Sal 26,1.2.3.13-14

R/.
 El Señor es mi luz y mi salvación

El Señor es la defensa de mí vida,
¿quién me hará temblar? R.

Cuando me asaltan los malvados
para devorar mi carne, ellos, enemigos y adversarios, tropiezan y caen. R.

Si un ejército acampa contra mí,
mi corazón no tiembla;
si me declaran la guerra,
me siento tranquilo. R.

Espero gozar de la dicha del Señor
en el país de la vida.
Espera en el Señor, sé valiente,
ten ánimo, espera en el Señor. R
.

 

 

Lectura del santo evangelio según san Juan (12,1-11):

Seis días antes de la Pascua, fue Jesús a Betania, donde vivía Lázaro, a quien había resucitado de entre los muertos. Allí le ofrecieron una cena; Marta servía, y Lázaro era uno de los que estaban con él a la mesa. María tomó una libra de perfume de nardo, auténtico y costoso, le ungió a Jesús los pies y se los enjugó con su cabellera. Y la casa se llenó de la fragancia del perfume.
Judas Iscariote, uno de sus discípulos, el que lo iba a entregar, dice:
«¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios para dárselos a los pobres?».
Esto lo dijo, no porque le importasen los pobres, sino porque era un ladrón; y como tenía la bolsa, se llevaba de lo que iban echando.
Jesús dijo:
- «Déjala; lo tenía guardado para el día de mi sepultura; porque a los pobres los tenéis siempre con vosotros, pero a mí no siempre me tenéis».
Una muchedumbre de judíos se enteró de que estaba allí y fueron, no sólo por Jesús, sino también para ver a Lázaro, al que había resucitado de entre los muertos.
Los sumos sacerdotes decidieron matar también a Lázaro, porque muchos judíos, por su causa, se les iban y creían en Jesús.

Palabra del Señor

 

Expresando el amor por Dios

 

Judas Iscariote, uno de sus discípulos, el que lo iba a entregar, dice:
«¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios para dárselos a los pobres?».

 Juan 12: 4-5

 

Jesús estaba con sus discípulos en la casa de Lázaro, Marta y María. Pasaba tiempo con regularidad en su casa y estaba cerca de ellos. Esta comida tuvo lugar justo antes de que Jesús entrara en Jerusalén para el primer Domingo de Ramos y Semana Santa. Pasaron seis días antes de que Jesús muriera en la cruz.

 Recuerde que Lázaro había sido resucitado recientemente de entre los muertos por Jesús y también que María, la hermana de Lázaro, estaba profundamente dedicada a Jesús y se guarda memoria de ella como la que se sentó a sus pies, mientras su hermana Marta servía. 

 Durante esta visita, María ofreció otro acto de devoción a Jesús cuando lo ungió con “un litro de aceite perfumado costoso”. Ella le ofreció un acto de amor y devoción. El anterior pasaje de las Escrituras  registra la respuesta de Judas mientras él también estaba en la comida. Jesús reprende a Judas y defiende el acto de devoción de María, y la comida continúa. 

 Una lección clara que esto nos enseña es que nada es demasiado bueno para nuestro Señor. Es cierto que debemos hacer nuestra parte para ayudar a cuidar a los pobres, pero la respuesta de Jesús a Judas es bastante interesante. Él dice: «Déjala; lo tenía guardado para el día de mi sepultura; porque a los pobres los tenéis siempre con vosotros, pero a mí no siempre me tenéis». Jesús no estaba minimizando la importancia de cuidar a los pobres; Estaba enfatizando la importancia de ofrecerle actos de amor y devoción.

 Al entrar en esta la semana más santa del año, se nos da esta imagen de María derramando sobre Jesús este litro de aceite perfumado costoso como una forma de invitarnos a hacer lo mismo. Aunque servimos a Cristo en otros que lo necesitan, también debemos procurar ofrecerle a Él, devoción y amor de manera regular y directa, incluso en formas que otros puedan considerar excesivas. 

 Honrarlo, expresar nuestro amor, dedicar tiempo a diversas devociones, orar por períodos prolongados de tiempo e incluso ofrecerle nuestros recursos económicos son todas formas en las que le damos a Jesús la gloria que le corresponde.

 Reflexione hoy sobre las formas en las que puede imitar este acto de amorosa devoción ofrecida por María a Jesús. ¿De qué manera puede derramar en abundancia su tiempo, dinero, talentos y energía sobre nuestro Señor? ¿Cómo puede expresar mejor su devoción a Él en esta Semana Santa? Busque maneras de hacer esto directamente por la única y sencilla razón de que ama a nuestro Señor y desea expresar ese amor esta semana.

 

Mi glorioso Jesús, eres digno de toda alabanza y honor. Eres digno de nuestra más profunda devoción y amor. Al entrar en esta Semana Santa, oro para que sea un tiempo en el que pueda expresar mi más profundo amor por Ti. Ayúdame a derramar ese amor en abundancia esta semana para mostrarte la gloria y la alabanza que te mereces. Jesús, en Ti confío.

Primero de abril del 2026: Miércoles Santo

  ¡Desconcertante! (Isaías 50, 4-9a; Mateo 26, 14-25 ) Como el siervo de Isaías, Jesús avanza sin echarse atrás hacia aquellos que van a ...