lunes, 19 de enero de 2026

20 de enero del 2026: martes de la segunda semana del tiempo ordinario-II- San Fabián , papa y San Sebastián mártir, memoria opcional


Santo del día:

San Fabián, Papa y mártir

Siglo III. Laico que se convirtió en Papa en el año 236, reinó catorce años antes de sufrir el martirio. Un «hombre incomparable» de bondad y pureza, según su amigo, san Cipriano.


San Sebastián, mártir

San Sebastián vivió en el siglo III y es recordado como un brillante oficial del ejército romano que, en el corazón mismo del poder, sostuvo con valentía a los cristianos perseguidos durante el reinado del emperador Diocleciano.


El derecho de arrancar espigas

(Mc 2,23-28) Pasar a través de los campos y arrancar espigas: eso basta para disgustar a los campesinos del lugar. La Ley de Moisés permite el espigueo, ¡pero no en día de sábado! Entonces Jesús, evocando a David, recuerda el sentido de la Ley, al servicio de la vida, y el sentido del sábado, memoria de la bondad de Dios. Invita a vivir como un ser libre este “sábado del corazón”, que sabe ver lo bueno en todo lo que se nos da.

Colette Hamza, xavière

 


Primera lectura

1 Sam 16, 1-13

Samuel ungió a David en medio de sus hermanos y el espíritu del Señor vino sobre él

Lectura del primer libro de Samuel.

EN aquellos días, el Señor dijo a Samuel:
«¿Hasta cuándo vas a estar sufriendo por Saúl, cuando soy yo el que lo he rechazado como rey sobre Israel? Llena tu cuerno de aceite y ponte en camino. Te envío a casa de Jesé, el de Belén, porque he visto entre sus hijos un rey para mí».
Samuel respondió:
«¿Cómo voy a ir? Si lo oye Saúl, me mata».
El Señor respondió:
«Llevas de la mano una novilla y dices que has venido a ofrecer un sacrificio al Señor. Invitarás a Jesé al sacrificio y yo te indicaré lo que has de hacer. Me ungirás al que te señale».
Samuel hizo lo que le había ordenado el Señor.
Una vez llegado a Belén, los ancianos de la ciudad salieron temblorosos a su encuentro.
Preguntaron:
«¿Es de paz tu venida?».
Respondió:
«Sí. He venido para ofrecer un sacrificio al Señor. Purifíquense y vengan conmigo al sacrificio».
Purificó a Jesé y a sus hijos, y los invitó al sacrificio.
Cuando estos llegaron, vio a Eliab y se dijo:
«Seguro que está su ungido ante el Señor».
Pero el Señor dijo a Samuel:
«No te fijes en su apariencia ni en lo elevado de su estatura, porque lo he descartado. No se trata de lo que vea el hombre. Pues el hombre mira a los ojos, mas el Señor mira el corazón».
Jesé llamó a Abinadab y lo presentó a Samuel, pero le dijo:
«Tampoco a este lo ha elegido el Señor».
Jesé presentó a Samá. Y Samuel dijo:
«El Señor tampoco ha elegido a este».
Jesé presentó a sus siete hijos ante Samuel. Pero Samuel dijo a Jesé:
«El Señor no ha elegido a estos».
Entonces Samuel preguntó a Jesé:
«¿No hay más muchachos?».
Y le respondió:
«Todavía queda el menor, que está pastoreando el rebaño».
Samuel le dijo:
«Manda a buscarlo, porque no nos sentaremos a la mesa, mientras no venga».
Jesé mandó por él y lo hizo venir. Era rubio, de hermosos ojos y buena presencia. El Señor dijo a Samuel:
«Levántate y úngelo de parte del Señor, pues es este».
Samuel cogió el cuerno de aceite y lo ungió en medio de sus hermanos. Y el espíritu del Señor vino sobre David desde aquel día en adelante.
Samuel emprendió luego el camino de Ramá.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 88, 20. 21-22. 27-28 (R.: 21a)

R. Encontré a David, mi siervo.

V. Un día hablaste en visión a tus santos:
«He ceñido la corona a un héroe,
he levantado a un soldado de entre el pueblo». 
R.

V. «Encontré a David, mi siervo,
y lo he ungido con óleo sagrado;
para que mi mano esté siempre con él
y mi brazo lo haga valeroso». 
R.

V. «Él me invocará: “Tú eres mi padre,
mi Dios, mi Roca salvadora”;
y lo nombraré mi primogénito,
excelso entre los reyes de la tierra».
 R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. El Padre de nuestro Señor Jesucristo ilumine los ojos de nuestro corazón, para que comprendamos cuál es la esperanza a la que nos llama. R.

 

Evangelio

Mc 2, 23-28

El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado

Lectura del santo Evangelio según san Marcos.

SUCEDIÓ que un sábado Jesús atravesaba un sembrado, y sus discípulos, mientras caminaban, iban arrancando espigas.
Los fariseos le preguntan:
«Mira, ¿por qué hacen en sábado lo que no está permitido?».
Él les responde:
«¿No han leído nunca lo que hizo David, cuando él y sus hombres se vieron faltos y con hambre, cómo entró en la casa de Dios, en tiempo del sumo sacerdote Abiatar, comió de los panes de la proposición, que solo está permitido comer a los sacerdotes, y se los dio también a quienes estaban con él?».
Y les decía:
«El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado; así que el Hijo del hombre es señor también del sábado».

Palabra del Señor.

 

 

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1) “El Señor no mira lo que mira el hombre”

La Palabra de hoy nos pone delante dos miradas: la mirada humana, que se queda en la apariencia, y la mirada de Dios, que atraviesa lo superficial y llega al corazón.

En la primera lectura, Samuel va a ungir al nuevo rey. Y, como suele pasar, lo primero que impresiona es lo visible: estatura, presencia, fuerza, porte. Pero Dios le corta el paso a esa lógica: “El hombre mira las apariencias, pero el Señor mira el corazón.” Y el elegido resulta ser David, el menor, el que ni siquiera estaba en la fila “de los importantes”: estaba cuidando el rebaño.

Aquí hay una buena noticia para nuestras familias y para quienes caminan con nosotros como amigos y benefactores: Dios no se relaciona con nosotros según etiquetas (“el exitoso”, “el fracasado”, “el que siempre falla”, “el que siempre puede”). Dios se relaciona con nosotros por dentro: por la verdad de lo que somos y por lo que Él mismo está haciendo silenciosamente en nosotros.

2) El sábado: no una jaula, sino una memoria de la bondad de Dios

En el Evangelio, los discípulos arrancan espigas en sábado. No están robando; era un gesto permitido como ayuda al caminante. El problema, dicen algunos, es “el día”. Entonces Jesús responde con una escena bíblica: David, hambriento, comió de los panes ofrecidos. ¿Por qué? Porque cuando la vida está en juego, la Ley se entiende desde su corazón, no desde una lectura fría.

Y Jesús remata con dos frases que son el eje del pasaje:

·        “El sábado se hizo para el hombre, y no el hombre para el sábado.”

·        “El Hijo del Hombre es Señor también del sábado.”

En otras palabras: Dios no nos dio mandamientos para aplastarnos, sino para cuidarnos. La fe no es una trampa, ni una cadena, ni un examen permanente; es un camino hacia la libertad verdadera.

Y aquí encaja precioso lo que alguien dice: Jesús nos invita a vivir un “sábado del corazón”, una libertad interior que sabe reconocer lo bueno que Dios regala, y que pone la norma al servicio de la vida.

3) Una clave humana (y muy cotidiana): el “perfeccionismo religioso”

A veces, sin darnos cuenta, convertimos lo sagrado en control. En la vida familiar se nota mucho: cuando la regla importa más que la persona; cuando “tener la razón” vale más que cuidar el vínculo; cuando el reclamo pesa más que la compasión.

El perfeccionismo —también el “perfeccionismo espiritual”— puede terminar produciendo dos cosas:

·        culpa crónica (nunca es suficiente, nunca hago bien, siempre estoy en deuda),

·        o dureza (mido a los demás con la vara con que me mido a mí… o peor: con una vara sin misericordia).

Jesús hoy nos sana de esa rigidez: la Ley tiene corazón. El sábado tiene alma: recordarnos que Dios es bueno, que Dios libera, que Dios sostiene. Si una práctica religiosa me vuelve más impaciente, más agresivo, más hiriente, quizá no estoy guardando el sábado: lo estoy usando como arma.

4) “He encontrado a David”: un salmo para cantar la fidelidad

El salmo responsorial pone en nuestros labios una promesa: Dios sostiene a su ungido, lo toma de la mano, lo fortalece, lo hace hijo, lo acompaña con amor fiel. Eso es lo que Dios quiere hacer también hoy en tu casa, en tu comunidad, en tu historia: no solo corregirte, sino sostenerte.

Por eso, cuando oramos por la familia, los amigos y los benefactores, no pedimos simplemente “que no falte nada”, sino algo más hondo:

·        un corazón que no se endurezca,

·        una fe que no se vuelva costumbre sin alma,

·        una libertad interior capaz de agradecer,

·        una convivencia donde la norma mayor sea el amor.

5) Aplicación concreta para hoy

Te propongo tres “gestos de sábado” (muy sencillos) para vivir este Evangelio:

1.    Descansar sin culpa: un descanso ofrecido a Dios, no como evasión, sino como confianza.

2.    Dejar de “cobrar” una deuda emocional: soltar un reproche repetido, una cuenta antigua, una frase que hiere.

3.    Agradecer un bien pequeño: como quien “arranca espigas” en el camino: reconocer lo que Dios ya está dando.

6) Oración final (por la familia, amigos y benefactores)

Señor Jesús,
Tú que eres Señor del sábado,
libera nuestro corazón de la dureza y del miedo.

Bendice a nuestras familias:
que en ellas la fe no sea una carga,
sino hogar;
no sea control, sino ternura;
no sea juicio, sino misericordia.

Bendice a nuestros amigos:
que sean compañía que levanta,
palabra oportuna,
presencia que consuela.

Y bendice, Señor, a nuestros benefactores:
a quienes ayudan en silencio,
a quienes sostienen la misión con su trabajo, su tiempo o sus bienes.
Devuélveles en alegría lo que entregan en amor,
y haz que nunca les falte tu paz.

Amén.

 

2

 

1) Puerta de entrada: cuando la fe se vuelve “peso”

El Evangelio de hoy es un bálsamo para quienes, con la mejor intención, viven la fe como si fuera una lista infinita de requisitos, un examen permanente o una carrera de perfección exterior. A muchos cristianos sinceros les pasa: aman a Dios, quieren ser fieles, pero terminan atrapados en una mentalidad legalista o escrupulosa, donde lo decisivo es “cumplir” y no tanto amar.

Jesús viene a liberarnos de esa trampa con una frase luminosa:
“El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado.”
Y añade: “El Hijo del Hombre es Señor también del sábado.”

2) Situemos la escena: espigas, hambre y vigilancia

El pasaje ocurre al inicio del ministerio público. Jesús camina con sus discípulos, y en sábado atraviesan unos sembrados. Ellos tienen hambre y arrancan espigas para comer. No se trata de robo: era una práctica permitida para el caminante. Pero los fariseos, atentos a toda “falta”, aprovechan el momento para acusarlos:
“¿Por qué hacen en sábado lo que no es lícito?”

Aquí aparece el corazón del conflicto: hay personas que convierten la ley en un fin, olvidando para qué existe. Para ellas, el sábado no es un regalo de Dios, sino un pretexto para señalar, condenar y controlar.

3) Jesús interpreta la Ley desde la vida (David como clave)

Jesús no responde con una pelea fría. Cita la Escritura y recuerda el caso de David: cuando tuvo necesidad, comió los panes ofrecidos. ¿Qué está diciendo Jesús? Que Dios nunca quiso una ley contra el hombre, ni un mandamiento que aplaste la vida.

La Ley, entendida en su raíz, es camino de comunión y de bien; cuando deja de servir a la vida, se vuelve caricatura. En el fondo, Jesús nos enseña que la fidelidad verdadera no es rigidez; es discernimiento iluminado por el amor.

4) Un principio para ordenar el corazón: la Ley eterna, natural y divina

Sin entrar en tecnicismos, hay una verdad hermosa: Dios ha escrito su voluntad de dos maneras que no se contradicen:

  • En la creación y en la conciencia (lo que llamamos ley natural): la razón sana reconoce que mentir, robar, destruir, humillar… deshumaniza.
  • En la revelación (ley divina): la Escritura confirma, purifica y eleva, mostrando el rostro del Padre y el camino pleno del amor en Cristo.

Y lo liberador es esto: la ley natural y la ley divina armonizan, porque vienen del mismo Dios. El problema es cuando uno reduce la Ley a “formas externas” y pierde la melodía interior: la misericordia, la verdad, el bien de la persona, el amor que salva.

En el Evangelio, el hambre del discípulo y la misión de Jesús no contradicen la santidad del sábado: la revelan. Porque el sábado no es una jaula, sino un día para descansar, adorar, recomponer el alma y confiar.

5) Iluminación desde la primera lectura: Dios mira el corazón

La primera lectura nos da el mismo mensaje, con otra imagen. Samuel busca un rey y, espontáneamente, mira lo que impresiona. Pero Dios le dice: “El Señor mira el corazón.” Y elige a David, el pequeño, el aparentemente secundario.

Así también, en la vida espiritual: podemos equivocarnos creyendo que Dios se complace sobre todo en “lo visible” (la exactitud externa, el detalle, la apariencia impecable), cuando Dios está buscando verdad interior, humildad, compasión, confianza.

Quien vive escrupuloso suele ser muy exigente consigo y, sin darse cuenta, termina siendo duro con los demás. Dios, en cambio, unge a David: elige lo pequeño, lo sincero, lo disponible. La santidad no es espectáculo; es docilidad.

6) Aplicación pastoral: dos peligros y un camino de libertad

Jesús hoy nos libra de dos extremos:

  • La laxitud: vivir como si nada importara, como si la voluntad de Dios fuera opcional.
  • La escrupulosidad: vivir como si Dios fuera un inspector implacable, y la fe un campo minado.

El camino cristiano es otro: obediencia con amor. Es decir:

  • obedecer, sí, pero no por miedo sino por comunión;
  • cuidar los mandamientos, sí, pero desde el corazón del Padre;
  • santificar el día del Señor, sí, pero recordando que es don, no carga.

Y aquí aterriza en nuestras relaciones: en la familia, con los amigos, con quienes nos ayudan. A veces, lo que más hiere no es una falta grande, sino la mentalidad farisea cotidiana: el juicio rápido, la frase tajante, la norma usada como martillo, el “yo tengo la razón” por encima de la persona. El “sábado del corazón” consiste en aprender a ver el bien posible y a elegir lo que construye.

7) Tres gestos concretos para vivir “el sábado para el hombre”

1.    Descanso agradecido: hoy haré un acto de confianza: descansar un poco sin culpa, ofreciéndolo a Dios.

2.    Una misericordia práctica: dejaré pasar una pequeña falta en casa; corregiré sin herir.

3.    Un acto de gratitud: agradeceré explícitamente a un familiar, amigo o benefactor por algo concreto.

8) Oración final (con la intención del día)

Señor Jesús, Señor del sábado,
enséñanos a vivir tu Ley como camino de libertad y alegría.
Líbranos de la laxitud que enfría el alma,
y líbranos de la escrupulosidad que roba la paz y endurece el corazón.

Bendice a nuestras familias:
que en ellas haya descanso, perdón, ternura y respeto.
Bendice a nuestros amigos:
que sean presencia de apoyo y luz en el camino.
Bendice a nuestros benefactores:
recompénsales con tu paz, con salud, con trabajo digno,
y con la alegría de saberse instrumentos de tu Providencia.

Que tu Ley, Señor, no sea para nosotros un peso,
sino un abrazo: la verdad que ordena, el amor que salva,
la misericordia que renueva.

Jesús, en Ti confiamos. Amén.


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20 de enero:

San Sebastián, mártir — Memoria opcional
c. 255 – c. 288

Santo patrono de los arqueros, fabricantes de alfileres, atletas; contra las epidemias y por una santa muerte.

 


Cita:


«El Señor Jesús, a quien sirvo, me ha resucitado, por así decirlo, de entre los muertos, precisamente para esto: para poder encontrarme de nuevo con ustedes y protestar, en presencia de todo el pueblo aquí reunido, que son culpables de la más cruel injusticia cuando persiguen a sus servidores, a quienes saben inocentes. Arrepiéntanse, pues, de sus crímenes antes de que sea demasiado tarde».
~ Las Actas de los Primeros Mártires, Fastré S.J.


Reflexión

La gloriosa corona del martirio fue colocada sobre la cabeza de san Sebastián no una, sino dos veces. Nació en Narbona, en la Galia (actual Francia), pero fue criado en Milán, Italia. Durante su infancia, la persecución de los cristianos se encontraba temporalmente suspendida, hasta que se reanudó cuando Sebastián llegó a la adolescencia. Sebastián era un cristiano firme que deseaba ayudar a quienes eran perseguidos por la fe. Este santo deseo lo llevó a alistarse en el ejército romano bajo el emperador Carino, en el año 283, donde mantuvo en secreto su fe cristiana para poder tener acceso a los cristianos encarcelados.

En el año 284, Diocleciano se convirtió en emperador y nombró a Sebastián uno de sus guardias personales y oficiales de inteligencia, sin saber que era cristiano. Poco después de este ascenso, Sebastián descubrió que Marcos y Marceliano, hermanos gemelos encarcelados por su fe, estaban siendo presionados por su familia y amigos paganos para salvar sus vidas negando a Cristo. Sus propios padres, aún paganos, suplicaban entre lágrimas a sus hijos que renegaran de su fe.

Sebastián sabía que era arriesgado, pero reveló abiertamente a todos en la cárcel que era cristiano. Exhortó a los hermanos encarcelados a permanecer firmes en la fe, incluso si ello significaba la muerte. Predicó con tal fuerza y convicción que, finalmente, los padres de los hermanos, el carcelero, dieciséis prisioneros más y más de sesenta familiares y amigos se convirtieron y fueron bautizados. Dos de ellos recibieron curaciones milagrosas en ese mismo momento.

Cuando el gobernador enfermo de Roma, Cromacio, oyó hablar de estas curaciones, mandó llamar a Sebastián. Sebastián curó entonces al gobernador y posteriormente lo instruyó en la fe. Después de que Cromacio y su hijo fueran bautizados por el sacerdote Policarpo —futuro santo y mártir—, Cromacio abandonó su cargo y ayudó a la conversión de muchos otros a la fe cristiana.

Sebastián y Policarpo decidieron que uno de ellos debía acompañar a Cromacio y a muchos de los nuevos convertidos al campo para mayor seguridad, mientras que el otro permanecería en Roma para ayudar a los cristianos perseguidos. Tras consultar al Papa, se decidió que Sebastián se quedara en Roma como el “Defensor de la Iglesia”, ya que gozaba del favor del emperador. Durante los dos años siguientes, a pesar de su alto rango y de su acceso al emperador, varios de los convertidos por Sebastián fueron martirizados, incluidos los hermanos gemelos Marcos y Marceliano.

En el año 286, el emperador Diocleciano descubrió que Sebastián era cristiano. Sintiendo que había sido traicionado, ordenó su muerte. La ejecución debía ser pública y brutal, con el fin de intimidar a otros cristianos. Sebastián fue arrestado, atado a un poste y vendado de los ojos. Los arqueros tensaron sus arcos y recibieron la orden de llenarlo de flechas «como un erizo está lleno de púas» (La Leyenda Dorada, vol. II). Tras atravesar su torso y sus miembros con flechas, lo desataron y dejaron su cuerpo perforado por muerto. ¡Pero Sebastián no murió! Una mujer santa llamada Irene fue a recoger su cuerpo para enterrarlo y lo encontró aún con vida. Irene era esposa de san Cástulo, un oficial de la casa de Diocleciano que había sido martirizado a comienzos de ese mismo año. Irene retiró cuidadosamente las flechas del cuerpo de Sebastián, lo llevó a su casa y lo cuidó hasta devolverle la salud. La propia santa Irene moriría mártir dos años después.

Una vez recuperado, muchos exhortaron a Sebastián a huir para salvar su vida. Sin embargo, se presentó ante el emperador y lo increpó con firmeza por su crueldad contra los cristianos. Un biógrafo del siglo XIX puso estas palabras en labios de Sebastián cuando se enfrentó al hombre más poderoso del mundo:
«Escúchame, oh Príncipe. Los sacerdotes de tus templos te engañan con sus perversas falsedades contra los cristianos. Te dicen que somos enemigos del Imperio; sin embargo, es por nuestras oraciones que el Imperio prospera. Cesa tus injustas persecuciones contra nosotros y recuerda que el día del ajuste de cuentas está cercano, cuando tú también serás juzgado por un Juez que todo lo sabe» (Las Actas de los Primeros Mártires, Fastré S.J.).

El emperador, enfurecido por las palabras de Sebastián y sorprendido de que aún estuviera vivo, ordenó que fuera ejecutado nuevamente. Esta vez, Sebastián fue golpeado hasta la muerte con garrotes y arrojado a una cloaca.

Después de su muerte, Sebastián se apareció en una visión a una mujer santa llamada Lucina y le pidió que sacara sus restos de la cloaca y los enterrara en las catacumbas de Calixto. Ella lo hizo esa misma noche. Más tarde se construyó allí una basílica en su memoria. Esta iglesia y cementerio siguen siendo hoy un importante lugar de peregrinación. En los siglos posteriores a su martirio, san Sebastián se hizo célebre por su poder de intercesión, especialmente para combatir la peste bubónica en el siglo XIV. Más recientemente, también ha sido honrado como patrono de los atletas, por su perseverancia tenaz.


Oración

San Sebastián, recibiste dos veces la gloriosa corona del martirio. Tu valentía y fidelidad a Cristo frente a la persecución fueron inquebrantables. Tu aliento a los perseguidos fue heroico. Te ruego que intercedas por mí, para que tenga tu misma valentía firme y así cumpla la voluntad de Dios, sin importar cuán alto sea el precio.
San Sebastián, ruega por mí.
Jesús, en Ti confío.

19 de enero del 2026: lunes de la segunda semana del tiempo ordinario-II

 

El sentido del ayuno

(1 Samuel 15, 16-23; Marcos 2, 18-22) Jesús nos recuerda que el ayuno no es ni una práctica legalista ni un sacrificio ofrecido a Dios.

El profeta Samuel se lo repite a Saúl: el sacrificio que agrada a Dios es la obediencia a su Palabra, una Palabra siempre nueva.

El ayuno solo tiene sentido si nos abre a Dios y a los demás, si expresa el deseo de la alianza con Dios, con la certeza de sabernos siempre invitados al banquete de bodas con Cristo.

Colette Hamza, xavière

 


Primera lectura

1 Sam 15, 16-23

La obediencia vale más que el sacrificio. El Señor te ha rechazado como rey

Lectura del primer libro de Samuel.

EN aquellos días, Samuel dijo a Saúl:
«Voy a comunicarte lo que me ha manifestado el Señor esta noche».
Saúl contestó:
«Habla».
Samuel siguió diciendo:
«¿No es cierto que siendo pequeño a tus ojos eres el jefe de las doce tribus de Israel? El Señor te ha ungido como rey de Israel. El Señor te envió con esta orden: “Ve y entrega al anatema a esos malvados amalecitas y combátelos hasta aniquilarlos”. ¿Por qué no has escuchado la orden del Señor, lanzándote sobre el botín, y has obrado mal a sus ojos?».
Saúl replicó:
«Yo he cumplido la orden del Señor y he hecho la campaña a la que me envió. Traje a Agag, rey de Amalec, y entregué al anatema a Amalec. El pueblo tomó del botín ovejas y vacas, lo más selecto del anatema, para ofrecérselo en sacrificio al Señor, tu Dios, en Guilgal».
Samuel exclamó:
«¿Le complacen al Señor los sacrificios y holocaustos
tanto como obedecer su voz?
La obediencia vale más que el sacrificio,
y la docilidad, más que la grasa de carneros.
Pues pecado de adivinación es la rebeldía
y la obstinación, mentira de los terafim.
Por haber rechazado la palabra del Señor,
te ha rechazado como rey».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 49, 8-9. 16bc-17. 21 y 23 (R.: 23cd)

R. Al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios.

V. No te reprocho tus sacrificios,
pues siempre están tus holocaustos ante mí.
Pero no aceptaré un becerro de tu casa,
ni un cabrito de tus rebaños. 
R.

V. ¿Por qué recitas mis preceptos
y tienes siempre en la boca mi alianza,
tú que detestas mi enseñanza
y te echas a la espalda mis mandatos? 
R.

V. Esto haces, ¿y me voy a callar?
¿Crees que soy como tú?
Te acusaré, te lo echaré en cara.
El que me ofrece acción de gracias,
ese me honra;
al que sigue buen camino
le haré ver la salvación de Dios. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. La palabra de Dios es viva y eficaz; juzga los deseos e intenciones del corazón. R.

 

Evangelio

Mc 2, 18-22

El esposo está con ellos

Lectura del santo Evangelio según san Marcos.

EN aquel tiempo, como los discípulos de Juan y los fariseos estaban ayunando, vinieron unos y le preguntaron a Jesús:
«Los discípulos de Juan y los discípulos de los fariseos ayunan. ¿Por qué los tuyos no?».
Jesús les contesta:
«¿Es que pueden ayunar los amigos del esposo, mientras el esposo está con ellos? Mientras el esposo está con ellos, no pueden ayunar.
Llegarán días en que les arrebatarán al esposo, y entonces ayunarán en aquel día.
Nadie echa un remiendo de paño sin remojar a un manto pasado; porque la pieza tira del manto —lo nuevo de lo viejo— y deja un roto peor.
Tampoco se echa vino nuevo en odres viejos; porque el vino revienta los odres, y se pierden el vino y los odres; a vino nuevo, odres nuevos».

Palabra del Señor.

 

 

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Hermanos, en la vida espiritual existe una tentación muy antigua: creer que con “cumplir” basta. Cumplir con una práctica, cumplir con una norma, cumplir con un rito. Y, sin darnos cuenta, el corazón se puede quedar por fuera. Hoy la Palabra de Dios nos rescata de ese engaño y nos devuelve a lo esencial: Dios no se deja comprar; Dios se deja amar. Y el lenguaje del amor se llama obediencia, escucha, conversión.

1) “Obedecer vale más que sacrificar”

La primera lectura es durísima y medicinal. Samuel enfrenta al rey Saúl: ha hecho algo “religioso” por fuera, pero su interior se ha torcido. Saúl guarda lo mejor del ganado “para ofrecerlo en sacrificio”, como si pudiera presentar ante Dios un culto brillante para compensar una desobediencia escondida. Y Samuel le responde con una frase que atraviesa los siglos:
“¿Acaso quiere el Señor holocaustos y sacrificios…? Lo que el Señor quiere es la obediencia.”

Este es un golpe al corazón de toda religión superficial: cuando la fe se reduce a “darle algo a Dios” para tranquilizar la conciencia, se pierde el Evangelio. Dios no quiere sobras envueltas en devoción. Dios quiere un corazón que se deje conducir.

Y por eso el Salmo 50 nos aterriza: “No te reprocho tus sacrificios… pero tú detestas mi enseñanza.” Es decir: “me traes ofrendas, pero no me escuchas; me cantas, pero no me obedeces; me rezas, pero no te conviertes”. Y termina con la clave: “El que procede rectamente, me verá salvarlo.” La salvación no es un trámite; es un camino.

2) El ayuno según Jesús: no legalismo, sino deseo

En el Evangelio, la gente pregunta por qué los discípulos de Jesús no ayunan como los demás. Y Jesús responde con una imagen nupcial preciosa: cuando está el esposo, el corazón está de fiesta. Hay un tiempo para el ayuno, sí; pero el ayuno cristiano nace del amor, no de la comparación, ni del orgullo, ni de la presión social.

Y aquí viene el “vino nuevo en odres nuevos”. Jesús no está diciendo que todo lo antiguo sea malo; está diciendo algo más profundo: si el corazón no se renueva, incluso lo santo se vuelve rígido. Una práctica buena, como el ayuno, puede convertirse en un traje que aprieta, en una ley sin alma, en una apariencia de santidad.

Alguien  lo decía con precisión: la Palabra de Dios es siempre nueva, y obedecerla es el sacrificio que le agrada. En otras palabras: el ayuno auténtico no es dejar comida para sentirse superior; es dejar algo para abrir espacio: espacio para Dios, para el otro, para la misericordia, para la alianza.

Ayunar, entonces, no es “castigarse”; es educar el deseo. Es decirle al corazón: “No todo lo que quiero me conviene; no todo lo inmediato me llena; mi hambre más profunda es Dios”.

3) ¿Cuál es el ayuno que Dios quiere hoy?

Aterricemos esto, porque si no, queda bonito y no cambia nada.

  • A veces el ayuno que Dios espera es ayunar de la lengua que hiere: menos juicio, menos chisme, menos ironía que humilla.
  • O ayunar del orgullo religioso: esa necesidad de tener la razón, de “ser más” que otros, de medir la fe ajena.
  • O ayunar del control: esa manía de organizarle a Dios la vida, y luego ofrecerle un “sacrificio” para que firme nuestra voluntad.
  • O ayunar de la indiferencia: para volver a ver al hermano, al pobre, al que sufre, al que está solo.

Ese es el “odre nuevo”: un corazón disponible, dócil, humilde. Porque la obediencia a la Palabra es el culto más puro.

4) Intención por los fieles difuntos: “siempre invitados al banquete”

Y ahora, hermanos, llevemos esta luz a nuestra intención de hoy: orar por los fieles difuntos.

Cuando Jesús habla del esposo y del banquete, está abriendo una puerta de esperanza inmensa: nuestra historia no termina en la tumba; estamos llamados a las bodas eternas. Por eso, cuando un ser querido muere, el corazón ayuna… ayuna de su voz, de su presencia, de sus gestos. Hay un ayuno que no elegimos: el de la ausencia. Y sin embargo, la fe nos sostiene: el Esposo no abandona a los suyos.

Orar por nuestros difuntos es un acto de amor y de comunión. Es decir: “Señor, tú que conoces el corazón, completa lo que faltó, purifica lo que estuvo herido, sana lo que quedó incompleto, y llévalos a tu luz”. Porque Dios no mira solo el “sacrificio exterior”; Dios mira el camino interior: sus luchas, su arrepentimiento, su deseo de bien, su fe a veces frágil pero verdadera.

Y aquí conviene una palabra muy consoladora: si el sacrificio que agrada a Dios es la obediencia, ¡cuántas obediencias escondidas vivieron nuestros difuntos!
Obediencias silenciosas: trabajar por la familia, aguantar con paciencia, perdonar cuando costaba, sostener la fe en medio de dolores, servir sin aplausos. Dios lo vio. Dios lo recoge. Dios lo corona con misericordia.

5) Conclusión: vino nuevo para nuestra esperanza

Pidámosle hoy al Señor “odres nuevos” para vivir esta esperanza de manera cristiana:

  • un corazón que escucha más que presume;
  • una fe que obedece más que aparenta;
  • una religiosidad que abre a Dios y al prójimo, no que encierra en reglas sin amor.

Y, al final, pongamos en el altar a nuestros fieles difuntos. Que el Señor, Esposo de la Iglesia, los reciba en su banquete. Y que a nosotros nos conceda caminar rectamente, para un día encontrarnos con ellos en la fiesta sin ocaso.

Oración final (breve):

Señor Jesús, Esposo de la Iglesia,
renueva nuestro corazón para que tu vino nuevo no se derrame.
Haznos obedientes a tu Palabra, humildes y misericordiosos.
Y te encomendamos con amor a nuestros fieles difuntos:
dales el descanso eterno y brille para ellos la luz perpetua. Amén.

 

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Hermanos, hoy la Palabra de Dios nos propone una verdad tan sencilla como exigente: Dios no se conforma con gestos religiosos; Dios quiere un corazón que le obedezca y se deje renovar. Y desde esa verdad ilumina también el sentido del ayuno cristiano: no como exhibición, no como legalismo, sino como un acto de amor que nos prepara para el encuentro con el Esposo.

1) El culto que agrada a Dios: obediencia, no “apariencia”

La primera lectura es un espejo que desenmascara. Saúl ha desobedecido al Señor y, para maquillarlo, pretende compensar con “sacrificios”. Samuel lo enfrenta con una frase que debería estar escrita en la puerta del alma:
“La obediencia vale más que el sacrificio” (cf. 1S 15,22).

¡Cuántas veces podemos caer en lo mismo! Cumplimos una práctica, decimos una oración, hacemos un gesto devoto… pero por dentro nos reservamos “lo nuestro”: un rencor que no soltamos, una mentira sostenida, una soberbia alimentada, una justicia a medias. La Palabra de hoy nos sacude: Dios no quiere sobornos espirituales; quiere verdad.

El salmo lo repite con fuerza: “No te reprocho tus sacrificios… pero tú detestas mi enseñanza.” Y concluye con una promesa luminosa:
“El que procede rectamente me verá salvarlo.”
No se trata de acumular ritos, sino de caminar en rectitud: escuchar, obedecer, convertir la vida.

2) El ayuno según Jesús: cuando está el Esposo, hay fiesta; cuando falta, crece el deseo

En el Evangelio, preguntan a Jesús por qué sus discípulos no ayunan como los discípulos de Juan o como los fariseos. Y Jesús responde con una imagen preciosa: las bodas.
“¿Pueden ayunar los invitados a la boda mientras el esposo está con ellos?” (Mc 2,19).

Aquí hay una revelación enorme: Jesús se presenta como el Esposo del Pueblo de Dios. Los profetas ya habían hablado de la alianza como una boda; ahora Jesús dice, en pocas palabras: “Esa boda ha comenzado conmigo”.

Pero añade algo más: “Vendrán días en que les será arrebatado el esposo, y entonces ayunarán.” Es una profecía de su Pasión, su muerte, su ascensión… y también una enseñanza para la Iglesia: hoy vivimos entre la presencia real del Señor y el anhelo de su manifestación plena. Por eso el ayuno cristiano tiene sabor de esperanza: no es tristeza estéril, es deseo purificado.

Y enseguida vienen las dos comparaciones: el remiendo nuevo en vestido viejo y el vino nuevo en odres viejos. Es decir: lo nuevo del Evangelio no cabe en un corazón rígido, cerrado, presumido. Para recibir a Cristo, hace falta un “odre nuevo”: humildad, docilidad, conversión.

3) ¿Qué vale el ayuno si no cambia el corazón?

Hermanos, recordemos que en tiempos bíblicos el ayuno expresaba penitencia, duelo, preparación. Y Jesús lo purifica: el ayuno no puede ser teatro de piedad. Los fariseos —en no pocos casos— ayunaban para ser vistos, para sentirse superiores. Un ayuno así, aunque quite pan, no quita el pecado; más bien lo disfraza.

El ayuno cristiano verdadero tiene tres frutos concretos:

1.    Nos une a Cristo sufriente: el corazón aprende a amar también desde la cruz.

2.    Ordena nuestros deseos: no todo lo que apetezco me conviene; no todo lo inmediato me salva.

3.    Nos abre a Dios y al prójimo: el ayuno que agrada a Dios termina en caridad, en misericordia, en mayor disponibilidad para servir.

Por eso podríamos decir: “Ayunar es quitarle fuerza a lo que me domina para dársela a lo que me salva.”

4) Un puente hacia nuestra intención: ayuno, duelo y esperanza por los difuntos

Hoy oramos por nuestros fieles difuntos. Y aquí el Evangelio toca una fibra muy humana: hay ayunos que no elegimos. Cuando alguien amado muere, el alma ayuna de su voz, de sus pasos, de su abrazo. Es un ayuno de ausencia, un duelo que duele. Pero Jesús nos ayuda a vivirlo con esperanza: la muerte no es la última palabra, porque el Esposo ha sellado la nueva alianza con su sangre.

Orar por nuestros difuntos es creer que el amor no se rompe; se transforma. Es ponerlos en las manos del Señor que mira el corazón —no la fachada— y pedir:
“Señor, purifica lo que faltó, sana lo que quedó herido, completa lo que quedó incompleto; llévalos a tu banquete.”

Y también es una llamada para nosotros: vivir hoy con “odres nuevos”, para que cuando llegue nuestra hora estemos listos para el banquete eterno. El ayuno, vivido con fe, nos educa para ese encuentro: nos desprende de lo que pasa, nos centra en lo que permanece.

5) Aplicación pastoral: ¿De qué ayunar esta semana?

Sin complicarnos, podríamos elegir un ayuno concreto, unido a la oración por nuestros difuntos:

  • Ayunar de una queja recurrente y ofrecerla por un ser querido fallecido.
  • Ayunar de una crítica o juicio y cambiarlo por una obra de misericordia.
  • Ayunar de un “capricho” y destinarlo a alguien necesitado, en memoria de nuestros difuntos.
  • Ayunar de redes/ruido un rato al día para rezar un Padrenuestro o un salmo por ellos.

Así el ayuno se convierte en amor, y el amor se vuelve intercesión.

Conclusión

Hermanos, Dios no necesita nuestros sacrificios para ser Dios. Nos los pide para que seamos libres. Libertad de lo que esclaviza, libertad para obedecer, libertad para amar. Pidamos hoy la gracia de un corazón nuevo, de un ayuno verdadero —no de fachada— y pongamos en el altar a nuestros fieles difuntos, con la certeza de que el Señor los llama a la fiesta que no termina.

Oración final
Señor Jesús, Esposo de la Iglesia,
renueva nuestro corazón para que tu vino nuevo encuentre odres nuevos.
Enséñanos a obedecer tu Palabra con verdad.
Y hoy te encomendamos a nuestros fieles difuntos:
concédeles el descanso eterno y brille para ellos la luz perpetua.
Que un día, contigo, nos encontremos en el banquete del Reino. Amén.

 


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