sábado, 13 de junio de 2026

14 de junio del 2026: undécimo domingo del tiempo ordinario-Ciclo A

 

Desde el corazón compasivo de Cristo

Jesús llama a sus discípulos, los envía, les da poder y les detalla sus indicaciones. La misión que les confía nace de su corazón compasivo. En efecto, el Evangelio se abre con una mirada de Jesús sobre las multitudes “desconcertadas y abatidas”. Así, antes incluso de enviar a los discípulos hacia esas multitudes, Jesús ve; antes de dar instrucciones, ama; y antes de confiar la misión, se compadece.

Para los discípulos, la misión comienza con la oración. Nadie se envía a sí mismo: uno es enviado. La iniciativa pertenece al Dueño de la mies. El poder que reciben no es suyo: les es dado. Los discípulos no hablan en nombre propio, sino que proclaman lo mismo que Jesús proclama: “El Reino de los Cielos está cerca”. No actúan con autoridad propia, sino que ejercen la autoridad recibida de Cristo.

La enumeración de sus nombres nos hace pensar que la misión es confiada a hombres concretos, diversos y frágiles. El contenido y el marco de la misión son claros: ir hacia “las ovejas perdidas de la casa de Israel”, proclamar la cercanía del Reino, curar enfermos, resucitar muertos, purificar leprosos y expulsar demonios. La misión es palabra y acción. Anuncia y restaura. Proclama un Reino que se acerca y, al mismo tiempo, ofrece ya sus signos.

Finalmente, lo que los discípulos han recibido gratuitamente, deben darlo gratuitamente. Ahí está todo. El discípulo no es dueño de la gracia: es su servidor. Lo que ha recibido sin mérito, debe transmitirlo sin cálculo. La gratuidad es la marca del Reino.

¿Qué lugar doy a la compasión en mi vida?

¿Qué he recibido gratuitamente en mi vida y estoy dispuesto a dar gratuitamente a los demás?

Jean-Paul Sagadou, prêtre assomptionniste, rédacteur en chef de Prions en Église Afrique



Primera lectura

Éx 19, 2-6a

Serán para mí un reino de sacerdotes y una nación santa

Lectura del libro del Éxodo.

EN aquellos días, llegaron los hijos de Israel al desierto del Sinaí y acamparon allí, frente a la montaña.
Moisés subió hacia Dios. El Señor lo llamó desde la montaña diciendo:
«Así dirás a la casa de Jacob y esto anunciarás a los hijos de Israel: “Han visto lo que he hecho con los egipcios y cómo a ustedes los he llevado sobre alas de águila y los he traído a mí. Ahora, pues, si de veras me obedecen y guardan mi alianza, serán mi propiedad personal entre todos los pueblos, porque mía es toda la tierra. Serán para mí un reino de sacerdotes y una nación santa”».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 99, 1b-2. 3. 5 (R.: 3c)

R. Nosotros somos su pueblo y ovejas de su rebaño.

V. Aclama al Señor, tierra entera,
sirvan al Señor con alegría,
entren en su presencia con vítores. 
R.

V. Sepan que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.
 R.

V. El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades. 
R.

 

Segunda lectura

Rom 5, 6-11

Si fuimos reconciliados por la muerte del Hijo, ¡con cuánta más razón seremos salvados por su vida!

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos.

HERMANOS:
Cuando nosotros estábamos aún sin fuerza, en el tiempo señalado, Cristo murió por los impíos; ciertamente, apenas habrá quien muera por un justo; por una persona buena tal vez se atrevería alguien a morir; pues bien: Dios nos demostró su amor en que, siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros.
¡Con cuánta más razón, pues, justificados ahora por su sangre, seremos por él salvados del castigo!
Si, cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, ¡con cuánta más razón, estando ya reconciliados, seremos salvados por su vida!
Y no solo eso, sino que también nos gloriamos en Dios, por nuestro Señor Jesucristo, por quien hemos obtenido ahora la reconciliación.

Palabra de Dios.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Está cerca el reino de Dios; conviértanse y crean en el Evangelio. R.

 

Evangelio

Mt 9, 36 — 10, 8

Llamó a sus doce discípulos y los envió

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, al ver Jesús a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, «como ovejas que no tienen pastor». Entonces dice a sus discípulos:
«La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rueguen, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies».
Llamó a sus doce discípulos y les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y toda dolencia.
Estos son los nombres de los doce apóstoles: el primero, Simón, llamado Pedro, y Andrés, su hermano; Santiago, el de Zebedeo, y Juan, su hermano; Felipe y Bartolomé, Tomás y Mateo el publicano; Santiago el de Alfeo, y Tadeo; Simón el de Caná, y Judas Iscariote, el que lo entregó.
A estos doce los envió Jesús con estas instrucciones:
«No vayan a tierra de paganos ni entren en las ciudades de Samaría, sino vayan a las ovejas descarriadas de Israel.
Vayan y proclamen que ha llegado el reino de los cielos. Curen enfermos, resuciten muertos, limpien leprosos, arrojen demonios. Gratis han recibido, den gratis».

Palabra del Señor.

 

 

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Desde el corazón compasivo de Cristo: elegidos, reconciliados y enviados


Queridos hermanos y hermanas:

La Palabra de Dios que escuchamos hoy nos sitúa ante una verdad profunda y hermosa: Dios no mira a su pueblo con indiferencia. Dios ve, Dios escucha, Dios se conmueve, Dios llama, Dios salva y Dios envía. La historia de la salvación no nace de una idea fría ni de una orden lejana, sino del corazón de un Dios que ama, que se acerca y que hace alianza con su pueblo.

El Evangelio nos presenta a Jesús mirando a la multitud. No es una mirada superficial, no es la mirada rápida de quien ve gente pasando por el camino. Jesús mira de verdad. Mira el cansancio, la confusión, la soledad, las heridas, la desorientación espiritual de la gente. El texto dice que al ver a las multitudes, se compadeció de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor.

Esta imagen es muy fuerte. Las ovejas sin pastor están expuestas al peligro, no saben hacia dónde ir, no encuentran alimento seguro, se dispersan fácilmente. Así ve Jesús a la humanidad: no con desprecio, no con juicio duro, no con impaciencia, sino con compasión. El corazón de Cristo no se acostumbra al dolor humano. Jesús no se queda indiferente ante la gente cansada de luchar, ante los enfermos, ante los pobres, ante los pecadores, ante los que han perdido el rumbo, ante los que buscan una palabra de esperanza.

Y aquí encontramos la raíz de toda misión cristiana: la compasión. Antes de enviar a los discípulos, Jesús contempla. Antes de darles autoridad, ama. Antes de pedirles que salgan, les muestra con su propio corazón cómo se debe mirar al mundo. Porque una misión sin compasión se vuelve oficio, rutina, propaganda o poder. Pero una misión que nace del corazón de Cristo se vuelve servicio, cercanía, misericordia y anuncio gozoso del Reino.

La primera lectura, tomada del libro del Éxodo, nos recuerda que Dios ya había actuado así con Israel. El pueblo llega al Sinaí después de haber sido liberado de Egipto. Había vivido la esclavitud, la humillación, el trabajo duro, el miedo y la opresión. Pero Dios no se olvidó de su pueblo. Él mismo les dice: “Ustedes han visto lo que hice con los egipcios, y cómo los he llevado sobre alas de águila y los he traído a mí”.

Qué expresión tan bella: “sobre alas de águila”. Dios no dice simplemente: “Los saqué de Egipto”. Dice: “Los llevé sobre alas de águila”. Es decir, los cargué, los sostuve, los protegí, los conduje. Cuando ustedes no podían salvarse por sí mismos, yo los llevé. Cuando estaban indefensos, yo los levanté. Cuando no tenían camino, yo abrí el camino.

Así es Dios. Él no comienza pidiéndole al pueblo que sea perfecto. Comienza recordándole su amor. Antes del mandamiento está la gracia. Antes de la respuesta humana está la iniciativa divina. Antes de la fidelidad de Israel está la fidelidad de Dios. Por eso el Señor dice: “Si escuchan mi voz y guardan mi alianza, serán mi especial tesoro entre todos los pueblos… serán para mí un reino de sacerdotes y una nación santa”.

Aquí aparece una clave muy importante: Dios libera para hacer alianza, y hace alianza para confiar una misión. Israel no es elegido para encerrarse en sí mismo ni para sentirse superior a los demás pueblos. Es elegido para pertenecer a Dios y para ser signo de su presencia en medio del mundo. Ser “reino de sacerdotes” significa ser un pueblo llamado a ofrecer a Dios la vida, la historia, el trabajo, el sufrimiento y la esperanza de la humanidad. Ser “nación santa” no significa vivir apartados de todos con orgullo, sino vivir unidos a Dios para transparentar su santidad, su justicia y su misericordia.

Lo mismo ocurre con nosotros. Dios nos ha elegido en Cristo. Nos ha llamado por el Bautismo. Nos ha hecho su pueblo. Nos alimenta con su Palabra y con la Eucaristía. Pero no nos llama para que vivamos una fe cómoda, encerrada en el templo o reducida a devociones privadas. Nos llama para ser signos vivos de su Reino. Nos llama para que nuestra vida diga algo de Dios. Nos llama para que otros puedan experimentar, a través de nosotros, que Dios no abandona, que Dios perdona, que Dios consuela, que Dios salva.

Por eso el salmo nos invita a aclamar al Señor con alegría: “Reconozcan que el Señor es Dios, que él nos hizo y somos suyos, su pueblo y ovejas de su rebaño”. Esta frase ilumina de manera preciosa el Evangelio. Jesús ve a las multitudes como ovejas sin pastor. El salmo, en cambio, proclama la verdad de la fe: somos su pueblo y ovejas de su rebaño. Es decir, no estamos destinados a vivir perdidos, abandonados o dispersos. Tenemos Pastor. Tenemos Dueño amoroso. Tenemos un Dios que nos conoce, nos llama por nuestro nombre y nos reúne.

Pero muchas veces el ser humano vive como si no tuviera pastor. A veces se deja guiar por voces que prometen felicidad y terminan dejando vacío. A veces se deja conducir por el orgullo, el dinero, la fama, el placer, la violencia, la desesperanza. A veces las familias se sienten como ovejas sin pastor: cansadas, divididas, heridas. A veces los jóvenes buscan rumbo entre tantas voces contradictorias. A veces los enfermos se sienten solos. A veces los ancianos se sienten olvidados. A veces los pobres sienten que nadie los mira. A veces incluso dentro de la Iglesia podemos sentir cansancio, desánimo o pérdida de entusiasmo.

Por eso necesitamos volver siempre al corazón de Cristo. Él es el Pastor que no abandona. Él es quien mira con compasión. Él es quien reúne lo disperso. Él es quien levanta al caído. Él es quien cura, perdona, restaura y envía.

San Pablo, en la segunda lectura de la carta a los Romanos, nos lleva todavía más hondo: “Cuando todavía estábamos sin fuerzas, Cristo murió por los impíos”. Y añade: “La prueba de que Dios nos ama es que Cristo murió por nosotros cuando todavía éramos pecadores”.

Esta palabra es fundamental. Cristo no murió por nosotros porque ya éramos buenos. No nos amó porque lo mereciéramos. No esperó a que fuéramos perfectos para entregarse. Nos amó cuando éramos débiles, pecadores, enemigos, necesitados de reconciliación. Ahí está la gratuidad del amor de Dios. Ahí está la fuente de la misión. Ahí está la razón de nuestra esperanza.

A veces nosotros amamos con medida. Amamos a quien nos ama. Ayudamos a quien nos cae bien. Perdonamos cuando el otro ya ha pagado bastante. Damos cuando nos sobra. Servimos si nos reconocen. Pero Dios no actúa así. Dios nos amó primero. Dios tomó la iniciativa. Dios no calculó. En Cristo, Dios nos lo dio todo.

Por eso la misión cristiana no puede vivirse desde el mérito, sino desde la gratitud. El discípulo no anuncia porque se crea superior. No sirve porque sea dueño de la gracia. No predica porque sea perfecto. No acompaña porque tenga todas las respuestas. El discípulo anuncia porque ha sido amado. Sirve porque ha sido servido por Cristo. Perdona porque ha sido perdonado. Consuela porque ha sido consolado. Da gratuitamente porque gratuitamente lo recibió todo.

En el Evangelio, Jesús llama a los Doce por su nombre. Esta lista de nombres podría pasar desapercibida, pero es muy importante. Allí están Pedro y Andrés, Santiago y Juan, Felipe y Bartolomé, Tomás, Mateo, Santiago, Tadeo, Simón y Judas. Son hombres concretos, con historias distintas, temperamentos diversos, límites, fragilidades y hasta contradicciones. Pedro negará a Jesús. Tomás dudará. Mateo fue publicano. Judas lo traicionará. Y, sin embargo, Jesús los llama.

Esto nos consuela y nos compromete. Nos consuela porque Dios no llama solo a los perfectos. Si esperara perfección absoluta, no llamaría a nadie. Dios llama a personas reales. Llama con nuestra historia, con nuestras heridas, con nuestro carácter, con nuestras luchas. Llama a matrimonios concretos, jóvenes concretos, sacerdotes concretos, religiosas concretas, catequistas concretos, servidores concretos, comunidades concretas.

Pero también nos compromete, porque ser frágiles no es excusa para no responder. Jesús llama a los discípulos y los envía. No los deja contemplando la necesidad del mundo desde lejos. Los involucra. Les dice: “La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rueguen, pues, al dueño de la mies que mande trabajadores a su mies”.

Lo primero que Jesús pide no es activismo, sino oración. La misión comienza de rodillas. La Iglesia no se envía a sí misma. El sacerdote no se envía a sí mismo. El catequista no se envía a sí mismo. El evangelizador no se envía a sí mismo. Todo verdadero envío nace de Dios. Por eso hay que pedir trabajadores. Hay que orar por las vocaciones. Hay que suplicar al Señor que despierte corazones generosos. Hay que pedir que nuestras comunidades no sean espectadoras pasivas de la evangelización, sino tierra fecunda donde broten servidores del Reino.

Pero notemos algo hermoso: Jesús manda orar por trabajadores, y enseguida llama a los Doce y los envía. Es como si les dijera: “Oren para que haya trabajadores… y estén dispuestos ustedes mismos a ser respuesta a esa oración”. Muchas veces pedimos que Dios envíe personas buenas, catequistas, sacerdotes, misioneros, servidores, líderes, voluntarios. Pero quizá el Señor nos responde: “Empieza tú. Da tú el primer paso. Sé tú una señal de mi compasión”.

El envío de Jesús tiene una misión concreta: proclamar que el Reino de los Cielos está cerca, curar enfermos, resucitar muertos, purificar leprosos, expulsar demonios. Es decir, la misión no se reduce a palabras, pero tampoco puede quedarse sin palabras. La misión anuncia y sana. Proclama y restaura. Predica y toca la vida concreta de la gente.

La Iglesia debe anunciar claramente que el Reino está cerca. Debe hablar de Dios, de conversión, de salvación, de esperanza, de vida eterna. Pero ese anuncio debe ir acompañado por signos concretos: cercanía a los enfermos, consuelo a los tristes, acogida a los descartados, perdón a los pecadores arrepentidos, defensa de la dignidad humana, lucha contra todo lo que desfigura la vida.

Curar enfermos hoy significa también acompañar a quienes sufren en el cuerpo y en el alma. Resucitar muertos significa anunciar la vida donde parece que todo está perdido: en una familia rota, en un joven sin esperanza, en una persona hundida por la culpa, en una comunidad cansada. Purificar leprosos significa acercarse a los excluidos, a los que la sociedad prefiere no mirar. Expulsar demonios significa combatir el mal que esclaviza: el odio, la mentira, la corrupción, la violencia, las adicciones, la indiferencia, la desesperanza.

Y al final Jesús dice una frase que resume todo: “Gratis lo recibieron, denlo gratis”. Esta es una de las frases más evangélicas y más exigentes. Nos recuerda que la gracia no se vende, no se manipula, no se usa para dominar, no se convierte en negocio ni en prestigio personal. La gracia se recibe con humildad y se comparte con generosidad.

¿Qué hemos recibido gratuitamente? La vida. La fe. El perdón. La Palabra de Dios. La Eucaristía. El amor de nuestras familias. La paciencia de quienes nos han soportado. La enseñanza de quienes nos formaron. La oración de quienes intercedieron por nosotros. La misericordia de Dios en momentos en que no la merecíamos. Todo eso lo hemos recibido como don. Y si todo es don, entonces nuestra vida debe convertirse también en don.

Hoy podríamos preguntarnos sinceramente: ¿qué lugar ocupa la compasión en mi vida? ¿Miro a los demás como Jesús los mira? ¿O los miro con juicio, fastidio, indiferencia o superioridad? ¿Soy capaz de detenerme ante el sufrimiento ajeno? ¿Me duele el dolor del otro? ¿Me conmueve la soledad del hermano? ¿Me importa la suerte de los pobres, de los enfermos, de los alejados, de los que viven sin pastor?

Y también: ¿qué he recibido gratuitamente que puedo dar gratuitamente? Tal vez puedo dar tiempo, escucha, perdón, consejo, oración, servicio, compañía, una palabra de ánimo, un gesto de reconciliación. Tal vez puedo poner mis dones al servicio de la comunidad. Tal vez puedo visitar a un enfermo, acompañar a un anciano, enseñar la fe a un niño, apoyar una obra evangelizadora, orar por las vocaciones, servir sin buscar aplausos.

Hermanos, la Eucaristía que celebramos es el signo supremo de la gratuidad de Dios. Aquí Cristo se nos da sin medida. Aquí el Pastor alimenta a sus ovejas. Aquí el Señor nos recuerda que somos su pueblo y ovejas de su rebaño. Aquí se renueva la alianza. Aquí se nos entrega el amor de Cristo, que murió por nosotros cuando todavía éramos pecadores. Aquí el corazón compasivo de Jesús nos mira, nos sana, nos reconcilia y nos envía.

Que al acercarnos a esta mesa no vengamos solo a recibir consuelo, sino también a dejarnos transformar en instrumentos de compasión. Que la Iglesia, nuestras familias y nuestra comunidad sean reflejo del corazón de Cristo. Que no seamos discípulos encerrados, sino enviados. Que no seamos dueños de la gracia, sino servidores humildes. Que no demos con cálculo lo que recibimos sin mérito. Y que nuestra vida entera proclame, con palabras y obras, que el Reino de Dios está cerca.

Amén.

 

 

 

 

 

 

viernes, 12 de junio de 2026

13 de junio del 2026: El Inmaculado Corazón de Santa María Virgen-Memoria obligatoria

 

Guardar la Palabra en el corazón

(Lucas 2,41-51) En esta memoria del Inmaculado Corazón de María, el Evangelio nos lleva a Jerusalén, donde María y José buscan con angustia a Jesús y lo encuentran en el templo, en medio de los maestros. María no comprende del todo las palabras de su Hijo, pero no se cierra al misterio: “conservaba todo esto en su corazón”.

El corazón de María es un corazón que ama, busca, sufre, escucha y guarda. Ella nos enseña que la fe no siempre consiste en entenderlo todo de inmediato, sino en permanecer confiados ante Dios, dejando que su Palabra ilumine poco a poco nuestro camino. En su Corazón Inmaculado aprendemos a contemplar a Jesús y a seguirlo con fidelidad.

 


Primera lectura

Is 61, 9-11
Desbordo de gozo en el Señor

Lectura del libro de Isaías.

LA estirpe de mi pueblo será célebre entre las naciones,
y sus vástagos entre los pueblos.
Los que los vean reconocerán
que son la estirpe que bendijo el Señor.
Desbordo de gozo en el Señor,
y me alegro con mi Dios:
porque me ha puesto un traje de salvación,
y me ha envuelto con un manto de justicia,
como novio que se pone la corona,
o novia que se adorna con sus joyas.
Como el suelo echa sus brotes,
como un jardín hace brotar sus semillas,
así el Señor hará brotar la justicia
y los himnos ante todos los pueblos.

Palabra de Dios.

 

Salmo

1 Sam 2, 1. 4-5. 6-7. 8abcd (R.: cf. 1a)

R. Mi corazón se regocija en el Señor, mi Salvador.

V. Mi corazón se regocija en el Señor,
mi poder se exalta por Dios.
Mi boca se ríe de mis enemigos,
porque gozo con tu salvación. 
R.

V. Se rompen los arcos de los valientes,
mientras los cobardes se ciñen de valor.
Los hartos se contratan por el pan,
mientras los hambrientos engordan;
la mujer estéril da a luz siete hijos,
mientras la madre de muchos queda baldía. 
R.

V. El Señor da la muerte y la vida,
hunde en el abismo y levanta;
da la pobreza y la riqueza,
humilla y enaltece. 
R.

V. Él levanta del polvo al desvalido,
alza de la basura al pobre,
para hacer que se siente entre príncipes
y que herede un trono de gloria. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Bienaventurada Virgen María, que conservaba la palabra de Dios,
meditándola en su corazón. 
R.

 

Evangelio

Lc 2, 41-51

Conservaba todo esto en su corazón

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

LOS padres de Jesús solían ir cada año a Jerusalén por la fiesta de la Pascua.
Cuando cumplió doce años, subieron a la fiesta según la costumbre y, cuando terminó, se volvieron; pero el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin que lo supieran sus padres.
Estos, creyendo que estaba en la caravana, anduvieron el camino de un día y se pusieron a buscarlo entre los parientes y conocidos; al no encontrarlo, se volvieron a Jerusalén buscándolo.
Y sucedió que, a los tres días, lo encontraron en el templo, sentado en medio de los maestros, escuchándolos y haciéndoles preguntas. Todos los que le oían quedaban asombrados de su talento y de las respuestas que daba.
Al verlo, se quedaron atónitos, y le dijo su madre:
«Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Tu padre y yo te buscábamos angustiados».
Él les contestó:
«¿Por qué me buscaban? ¿No sabían que yo debía estar en las cosas de mi Padre?».
Pero ellos no comprendieron lo que les dijo.
Él bajó con ellos y fue a Nazaret y estaba sujeto a ellos.
Su madre conservaba todo esto en su corazón.

Palabra del Señor.

 

 

1

 

María guardaba todo en su corazón

Celebramos hoy la memoria obligatoria del Inmaculado Corazón de María, y la Palabra nos invita a mirar no solamente a María como Madre de Jesús, sino a contemplar su interior: su manera de creer, de amar, de sufrir, de esperar y de guardar la voluntad de Dios.

El Evangelio de san Lucas nos presenta una escena muy humana y muy profunda: Jesús, a los doce años, se queda en Jerusalén sin que María y José se den cuenta. Ellos lo buscan angustiados durante tres días. Al encontrarlo en el templo, María le dice con dolor de madre: “Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Tu padre y yo te buscábamos angustiados”. Y Jesús responde con palabras misteriosas: “¿No sabían que yo debía estar en las cosas de mi Padre?”

María no entiende del todo. Pero el Evangelio nos dice algo precioso: “Su madre conservaba todo esto en su corazón”. Ahí está la clave de esta memoria. El Corazón de María no es un corazón sin preguntas, sin lágrimas o sin sufrimiento. Es un corazón creyente. Un corazón que no rechaza el misterio de Dios cuando no lo comprende. Un corazón que guarda, medita, espera y confía.

La primera lectura del profeta Isaías nos habla de alegría y de salvación: “Desbordo de gozo con el Señor, y me alegro con mi Dios, porque me ha vestido con un traje de salvación”. Estas palabras parecen brotar también del corazón de María. Ella es la mujer revestida de gracia, la humilde servidora en quien Dios hizo maravillas. En su Corazón Inmaculado resplandece la alegría de quien se sabe amada por Dios y llamada a colaborar en su obra de salvación.

El salmo, tomado del cántico de Ana, también nos ayuda a comprender a María: “Mi corazón se regocija en el Señor”. Ana canta porque Dios levanta al pobre, fortalece al débil y da vida donde parecía no haber esperanza. María cantará algo semejante en el Magníficat: Dios mira la pequeñez de su servidora, derriba a los poderosos y enaltece a los humildes. El corazón de María está hecho de esta confianza: Dios actúa, aunque sus caminos no siempre sean evidentes.

Por eso, celebrar el Inmaculado Corazón de María es pedir la gracia de tener un corazón semejante al suyo: limpio para amar, humilde para obedecer, fuerte para sufrir, atento para escuchar y fiel para seguir a Jesús.

En nuestra vida también hay momentos en que buscamos a Jesús con angustia. A veces parece que se nos pierde entre las preocupaciones, las pruebas, las enfermedades, los silencios de Dios, los problemas familiares o las heridas del alma. María nos enseña qué hacer: no dejar de buscarlo, volver al templo, volver a la oración, volver a la Palabra, volver a la casa del Padre.

Y cuando no entendamos todo, cuando la respuesta de Dios nos parezca difícil, hagamos como María: guardemos la Palabra en el corazón. No para quedarnos pasivos, sino para dejar que Dios nos vaya educando por dentro.

Que el Inmaculado Corazón de María nos enseñe a vivir con fe serena, con amor limpio y con esperanza firme. Que ella nos ayude a buscar siempre a Jesús, a encontrarlo en la casa del Padre y a conservar su Palabra en el corazón, hasta que nuestra vida entera sea también un canto de alegría en el Señor. Amén.


2

 

El corazón que guarda, ama y contempla

Celebramos hoy la memoria obligatoria del Inmaculado Corazón de María, al día siguiente de haber contemplado el Sagrado Corazón de Jesús. No es casualidad. La Iglesia nos invita a mirar estos dos corazones unidos: el Corazón del Hijo, fuente de misericordia, y el Corazón de la Madre, santuario limpio donde esa misericordia fue acogida, guardada y meditada.

El Evangelio de san Lucas nos presenta a María y José buscando a Jesús con angustia. Han subido a Jerusalén para la fiesta de la Pascua y, al regresar, descubren que el Niño no va con ellos. Después de tres días lo encuentran en el templo, sentado entre los maestros, escuchándolos y haciéndoles preguntas. María, como verdadera madre, le dice: “Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Tu padre y yo te buscábamos angustiados”. Jesús responde con palabras misteriosas: “¿No sabían que yo debía estar en las cosas de mi Padre?”.

María no comprende del todo. Pero san Lucas nos dice una frase decisiva: “Su madre conservaba todo esto en su corazón”. Ahí está el secreto de María. Su corazón no es un corazón que lo entiende todo de inmediato, sino un corazón que cree, que ama, que busca, que sufre y que guarda la Palabra hasta que Dios mismo la vaya iluminando.

Esta misma actitud ya aparece en otro momento del Evangelio de Lucas: cuando los pastores, después de escuchar el anuncio de los ángeles, corren a Belén y encuentran a María, a José y al Niño acostado en el pesebre. Ellos cuentan lo que se les ha dicho acerca de aquel Niño, y todos se admiran. Pero María hace algo más profundo: guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón. María no se queda solo en la emoción del momento. Ella contempla. Ella deja que el misterio entre en su interior.

Por eso, cuando hoy hablamos del Inmaculado Corazón de María, no hablamos simplemente de un símbolo piadoso. Hablamos de toda la persona de María: su fe, su amor, su pureza, su obediencia, su silencio, su dolor, su esperanza y su total disponibilidad a Dios. María, preservada del pecado desde su concepción por una gracia singular de Dios, fue preparada para ser Madre del Salvador. Pero esa gracia no la hizo pasiva; al contrario, María cooperó libremente con Dios durante toda su vida.

La primera lectura del profeta Isaías parece cantar desde el alma de María: “Desbordo de gozo en el Señor y me alegro con mi Dios, porque me ha vestido con vestiduras de salvación”. María es la mujer revestida de gracia, la humilde esclava del Señor en quien Dios hizo maravillas. En ella vemos lo que Dios puede hacer cuando encuentra un corazón limpio, disponible y fiel.

Isaías habla también de una descendencia bendecida por el Señor. Y en María esa promesa alcanza una belleza particular: por medio de ella viene al mundo Jesucristo, el Bendito por excelencia, el Salvador. María no se guarda a Jesús para sí. Lo ofrece al mundo. Su corazón materno se abre a todos los hijos que Jesús le confiará desde la cruz.

El salmo, tomado del cántico de Ana, nos ayuda a comprender todavía más el corazón de María: “Mi corazón se regocija en el Señor”. Ana canta porque Dios levanta al débil, sostiene al pobre, da vida, enaltece al humilde. Ese canto anticipa el Magníficat de María. El corazón de María es un corazón que sabe que Dios actúa en la pequeñez, que no abandona a los pobres, que derriba las falsas seguridades y levanta a los humildes.

Pero el corazón de María no solo conoció el gozo. También conoció la espada del dolor. Lo vemos en la búsqueda angustiosa del Niño en Jerusalén. Lo veremos más tarde al pie de la cruz. Allí, María contempla a su Hijo entregando la vida por la salvación del mundo. Allí, Jesús le dice al discípulo amado: “Ahí tienes a tu madre”. Y en Juan está representada toda la Iglesia. Desde entonces, María es Madre de los creyentes.

Por eso, el Inmaculado Corazón de María no es un corazón lejano. Es un corazón materno que sigue amando a los hijos de Dios. Ella no reemplaza a Cristo; nos conduce a Él. No ocupa el lugar del Salvador; nos enseña a recibirlo. No distrae nuestra fe; la purifica y la orienta hacia Jesús.

Hoy podemos preguntarnos: ¿qué guardamos nosotros en el corazón? A veces guardamos heridas, resentimientos, tristezas, miedos, preocupaciones o recuerdos que nos pesan. María nos enseña a guardar de otra manera: no guardarlo todo como quien acumula dolor, sino como quien pone la vida delante de Dios y deja que su gracia la transforme.

También nosotros, como María y José, muchas veces buscamos a Jesús con angustia. Lo buscamos en medio de pruebas, enfermedades, fracasos, silencios, dudas, cansancios y oscuridades. El Evangelio nos recuerda que Jesús está en las cosas del Padre. Para encontrarlo hay que volver al templo, volver a la oración, volver a la Palabra, volver a la Eucaristía, volver al corazón de Dios.

Celebrar el Inmaculado Corazón de María es pedir un corazón más parecido al suyo: limpio para amar, humilde para obedecer, fuerte para sufrir, atento para escuchar, generoso para servir y fiel para seguir a Cristo hasta el final.

Que María nos ayude a no vivir superficialmente la fe. Que nos enseñe a meditar la Palabra, a conservarla en el corazón y a descubrir la presencia de Dios incluso cuando no comprendemos todo. Que su Corazón Inmaculado interceda por nosotros, por la Iglesia y por el mundo entero, para que el amor misericordioso de Cristo llegue a todos.

Inmaculado Corazón de María, ruega por nosotros. Amén.

 

jueves, 11 de junio de 2026

12 de junio del 2026: Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús

 

Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús

Celebrada el viernes siguiente al segundo domingo después de Pentecostés, esta solemnidad nos invita a contemplar el amor de Cristo, manso y humilde de corazón. En su Corazón traspasado se revela la misericordia infinita de Dios, que elige, perdona, consuela y salva. Hoy la Iglesia nos llama a acercarnos con confianza a Jesús, especialmente cuando estamos cansados y agobiados, para encontrar en Él descanso, sanación y esperanza.

 


Las cualidades más preciosas

(Mateo 11,25-30) «Háganse discípulos míos, porque soy manso y humilde de corazón».

 La mansedumbre y la humildad son ciertamente cualidades hermosas, pero quizá no las primeras que esperaríamos del Señor. ¿Por qué no se nos presentó como fuerte, sólido o protector? Sin duda porque la mansedumbre y la humildad son signos de una fragilidad que hay que acoger para recibir el más grande de los tesoros: el amor de Dios manifestado en Jesucristo.

Bertrand Lesoing, prêtre de la communauté Saint-Martin

 


Primera lectura

Dt 7, 6-11
El Señor se enamoró de ustedes y los eligió

Lectura del libro del Deuteronomio.

MOISÉS habló al pueblo diciendo:
«Tú eres un pueblo santo para el Señor, tu Dios; el Señor, tu Dios, te eligió para que seas, entre todos los pueblos de la tierra, el pueblo de su propiedad.
Si el Señor se enamoró de ustedes y los eligió, no fue por ser ustedes más numerosos que los demás, pues son el pueblo más pequeño, sino que, por puro amor a ustedes y por mantener el juramento que había hecho a sus padres, los sacó el Señor de Egipto con mano fuerte y los rescató de la casa de esclavitud, del poder del faraón, rey de Egipto.
Reconoce, pues, que el Señor, tu Dios, es Dios; él es el Dios fiel que mantiene su alianza y su favor con los que lo aman y observan sus preceptos, por mil generaciones.
Pero castiga en su propia persona a quien lo odia, acabando con él. No se hace esperar; a quien lo odia, lo castiga en su propia persona.
Observa, pues, el precepto, los mandatos y decretos que te mando hoy que cumplas».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 102, 1bc-2. 3-4. 6-7. 8 y 10 (R.: cf. 17)

R. La misericordia del Señor dura por siempre
para aquellos que le temen.


V. Bendice, alma mía, al Señor,
y todo mi ser a su santo nombre.
Bendice, alma mía, al Señor,
y no olvides sus beneficios. 
R.

V. Él perdona todas tus culpas
y cura todas tus enfermedades;
él rescata tu vida de la fosa,
y te colma de gracia y de ternura.
 R.

V. El Señor hace justicia
y defiende a todos los oprimidos;
enseñó sus caminos a Moisés
y sus hazañas a los hijos de Israel. 
R.

V. El Señor es compasivo y misericordioso,
lento a la ira y rico en clemencia.
No nos trata como merecen nuestros pecados
ni nos paga según nuestras culpas. 
R.

 

Segunda lectura

1 Jn 4, 7-16

Dios nos amó

Lectura de la primera carta del apóstol san Juan.

QUERIDOS hermanos, amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor.
En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Unigénito, para que vivamos por medio de él.
En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados.
Queridos hermanos, si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros.
A Dios nadie lo ha visto nunca. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud.
En esto conocemos que permanecemos en él, y él en nosotros: en que nos ha dado de su Espíritu. Y nosotros hemos visto y damos testimonio de que el Padre envió a su Hijo para ser Salvador del mundo.
Quien confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él, y él en Dios.
Y nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él. Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él.

Palabra de Dios.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Tomen mi yugo sobre ustedes —dice el Señor—, y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón. R.

 

Evangelio

Mt 11, 25-30

Soy manso y humilde de corazón

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, tomó la palabra Jesús y dijo:
«Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, así te ha parecido bien.
Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.
Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo los aliviaré. Tomen mi yugo sobre ustedes y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontrarán descanso para sus almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera».

Palabra del Señor.

 

 

1

 

Queridos hermanos:

Celebramos hoy la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, una fiesta que nos lleva al centro mismo de nuestra fe: Dios tiene corazón, Dios ama, Dios se compadece, Dios se inclina hacia nosotros con ternura.

La Palabra de Dios de este día nos ayuda a comprender que el amor de Dios no es una idea bonita ni un sentimiento pasajero. Es una elección, una alianza, una fidelidad y una entrega.

En la primera lectura, tomada del libro del Deuteronomio, Moisés le recuerda al pueblo de Israel algo fundamental: Dios no lo eligió porque fuera el más grande, el más fuerte o el más importante entre todos los pueblos. Al contrario, era un pueblo pequeño. Dios lo eligió simplemente porque lo amó. Esa es la lógica de Dios: no ama porque seamos perfectos; nos ama porque Él es amor. No nos escoge por nuestros méritos, sino por su misericordia.

Y esto es profundamente consolador. A veces creemos que para acercarnos a Dios tenemos que llegar impecables, fuertes, resueltos, sin heridas y sin cansancios. Pero el Corazón de Jesús nos dice otra cosa: ven tal como estás, con tu historia, tus luchas, tus caídas, tus dolores, tus búsquedas y tus heridas.

El salmo responsorial lo proclama con una belleza inmensa: “El Señor es compasivo y misericordioso”. Él perdona, cura, rescata, corona de amor y ternura. El salmo no nos habla de un Dios distante, frío o indiferente, sino de un Dios que se conmueve ante nuestra miseria. Su amor no aplasta, levanta; no humilla, dignifica; no condena al que se acerca arrepentido, sino que lo abraza.

Por eso, la segunda lectura de la primera carta de san Juan nos ofrece una de las afirmaciones más bellas de toda la Sagrada Escritura: “Dios es amor”. No dice solamente que Dios ama, sino que Dios es amor. Su identidad más profunda es amar. Todo lo que hace Dios nace de su amor. La creación, la alianza, el perdón, la encarnación, la cruz, la Eucaristía, todo brota del amor de Dios.

Y ese amor se ha manifestado plenamente en Jesucristo. En Él vemos el rostro humano del amor divino. En Él vemos el Corazón de Dios latiendo en medio de la historia. Un Corazón que se acercó a los enfermos, a los pecadores, a los excluidos, a los cansados, a los tristes, a los que no contaban. Un Corazón que lloró, que se estremeció, que tuvo compasión, que perdonó, que se entregó hasta el extremo.

En el Evangelio, Jesús nos hace una invitación que hoy debemos escuchar con el alma abierta: “Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo los aliviaré”.

Qué palabra tan necesaria para nuestro tiempo. Hay cansancios del cuerpo, pero también hay cansancios del alma. Hay personas que cargan enfermedades, dolores físicos, limitaciones, tratamientos, soledad. Y hay también quienes llevan heridas invisibles: tristeza, ansiedad, miedo, culpa, depresión, duelos, preocupaciones, decepciones, angustias que no siempre se ven, pero pesan mucho.

Hoy oramos de manera especial por todos los que sufren en el alma y en el cuerpo. Los ponemos en el Corazón de Jesús. Allí donde el dolor humano encuentra consuelo. Allí donde la herida no es despreciada, sino tocada con misericordia. Allí donde el cansancio no es motivo de vergüenza, sino ocasión para dejarse cargar por el Señor.

Jesús no dice: “Vengan a mí solamente los fuertes”. No dice: “Vengan a mí los que ya no tienen problemas”. No dice: “Vengan a mí los que nunca han fallado”. Dice: “Vengan a mí todos los cansados y agobiados”.

Y luego añade: “Aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón”. Quizá, como decía alguien, la mansedumbre y la humildad no son las primeras cualidades que esperaríamos de Dios. Tal vez quisiéramos que Dios se manifestara ante todo como poderoso, imponente, invencible, protector en el sentido humano de la palabra. Pero Jesús revela la fuerza más grande de Dios en un Corazón manso y humilde.

La mansedumbre no es debilidad. Es la fuerza del amor que no destruye. La humildad no es pequeñez inútil. Es la grandeza de quien se abaja para salvar. El Corazón de Jesús es manso porque no nos obliga a amar; nos atrae. Es humilde porque no se impone con violencia; se ofrece. Es fuerte porque sabe cargar con nuestro pecado, nuestro dolor y nuestra fragilidad.

Contemplar el Sagrado Corazón de Jesús es contemplar un amor herido, pero no vencido. Un amor abierto por la lanza, pero lleno de vida. Un amor rechazado muchas veces, pero siempre fiel. Un amor que no se cansa de amar.

Hoy esta solemnidad nos invita a tres actitudes.

Primero, dejarnos amar por Dios. Parece sencillo, pero no siempre lo es. A veces aceptamos que Dios ame a los demás, pero nos cuesta creer que nos ame a nosotros con nuestras pobrezas. El Corazón de Jesús nos recuerda que somos amados personalmente, no en masa, no de manera anónima. Cada uno puede decir: Cristo me ama, Cristo me busca, Cristo me carga, Cristo me espera.

Segundo, descansar en Cristo. No todo lo podemos resolver con nuestras fuerzas. Hay cargas que necesitamos poner en sus manos. Descansar en Cristo no significa evadir la vida, sino vivirla sostenidos por Él. Quien se apoya en el Corazón de Jesús encuentra paz aun en medio de la prueba.

Y tercero, aprender a tener un corazón semejante al suyo. Si Dios nos ama así, también nosotros estamos llamados a amar con misericordia. Un corazón unido al de Cristo no puede ser duro, indiferente, orgulloso o cruel. El cristiano debe ser alguien que alivie, que consuele, que escuche, que perdone, que acompañe. En un mundo donde tantos sufren silenciosamente, hace falta gente con corazón: corazón manso, humilde, compasivo, parecido al de Jesús.

Pidamos hoy al Señor que sane nuestros corazones. Que toque a quienes sufren en el cuerpo con enfermedad o dolor. Que consuele a quienes sufren en el alma con tristeza, soledad o angustia. Que fortalezca a las familias que cargan preocupaciones. Que dé esperanza a quienes se sienten cansados de luchar.

Y que todos nosotros podamos escuchar, como dirigida personalmente a cada uno, la voz dulce del Señor:

“Ven a mí. Descansa en mí. Aprende de mi Corazón. Yo te aliviaré”.

Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío. Amén.

 

2

 

Queridos hermanos:

Hoy celebramos una de las fiestas más entrañables de nuestra fe: la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús. No celebramos simplemente una devoción piadosa, ni una imagen bonita, ni una tradición antigua. Celebramos el misterio profundo del amor de Dios revelado en Cristo. Celebramos que Dios tiene un Corazón abierto para nosotros; un Corazón manso, humilde, misericordioso y fiel.

El Evangelio de hoy nos regala unas palabras que parecen escritas para todo ser humano cansado, herido o agobiado: “Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo los aliviaré”. Son palabras suaves, pero no débiles; tiernas, pero llenas de poder; sencillas, pero capaces de levantar una vida entera.

Normalmente no unimos fácilmente estas dos palabras: mansedumbre y poder. Pensamos que el fuerte es el que se impone, el que domina, el que controla, el que no muestra fragilidad. Pero en el Corazón de Jesús descubrimos otro tipo de fuerza: la fuerza del amor que no aplasta, sino que carga; no humilla, sino que levanta; no grita, sino que llama; no obliga, sino que atrae.

En el ciclo litúrgico B, la solemnidad del Sagrado Corazón nos presenta el costado abierto de Cristo, cuando el soldado traspasa su Corazón y de él brotan sangre y agua. Allí contemplamos el Corazón abierto por la lanza. Hoy, en cambio, en el Evangelio de san Mateo, Jesús nos abre su Corazón con sus propias palabras: “Vengan a mí”. Es como si el Señor nos dijera: entren en mi amor, descansen en mi misericordia, dejen que yo cargue con ustedes.

La primera lectura, tomada del Deuteronomio, nos recuerda que Dios eligió a Israel no porque fuera el pueblo más grande ni el más fuerte, sino porque lo amó. Esa es la lógica de Dios. Él no ama porque seamos perfectos; nos ama porque Él es fiel. No nos escoge por nuestros méritos, sino por su misericordia. El amor de Dios no comienza cuando nosotros somos buenos; más bien, es su amor el que nos hace capaces de responderle.

Esta verdad es muy importante, sobre todo para quienes sufren en el alma y en el cuerpo. Porque cuando una persona está enferma, cansada, triste, deprimida, angustiada o golpeada por la vida, puede llegar a pensar que no vale, que estorba, que Dios se ha olvidado de ella o que su dolor no le importa a nadie. Pero la fiesta del Sagrado Corazón nos dice todo lo contrario: Dios mira con especial ternura a quien está herido. El Corazón de Jesús no rechaza la fragilidad humana; la abraza.

Por eso el salmo nos hace cantar: “El Señor es compasivo y misericordioso”. Él perdona, cura, rescata, corona de amor y ternura. Qué hermosa imagen: Dios no se queda mirando desde lejos nuestra miseria, sino que se acerca para curar. No solo perdona el pecado; también quiere sanar las heridas profundas que el pecado, la enfermedad, la soledad, la tristeza y la vida misma van dejando en nosotros.

Y san Juan, en la segunda lectura, nos lleva al centro de todo cuando afirma: “Dios es amor”. No dice solamente que Dios tiene amor o que Dios siente amor. Dice algo mucho más grande: Dios es amor. Su ser más íntimo es amar. Por eso, quien permanece en el amor permanece en Dios, y Dios permanece en él.

Celebrar el Sagrado Corazón es celebrar precisamente esto: que el amor de Dios se hizo carne en Jesús. El amor invisible del Padre se hizo rostro, manos, mirada, palabra, cercanía, cruz y Eucaristía. En Jesús, Dios no nos amó desde lejos; se acercó a nuestra condición humana. Conoció el cansancio, la incomprensión, la tristeza, la traición, el dolor y la muerte. Por eso puede decirnos con verdad: “Vengan a mí todos los cansados y agobiados”. Él sabe lo que pesa el sufrimiento humano.

Ahora bien, Jesús no promete quitarnos mágicamente todas las cargas. Él dice: “Tomen mi yugo sobre ustedes y aprendan de mí”. El yugo, en el lenguaje del campo, une a dos para caminar juntos y cargar juntos. Cuando Jesús nos invita a tomar su yugo, no nos está diciendo que la vida cristiana no tendrá luchas. Nos está diciendo que ya no tendremos que cargar solos.

Esta es una gran noticia: Cristo no siempre quita inmediatamente el peso, pero se pone debajo del peso con nosotros. No siempre elimina la cruz, pero la transforma con su presencia. No siempre cambia de golpe las circunstancias, pero cambia el corazón con el que las vivimos. Su yugo es suave porque está hecho de amor. Su carga es ligera porque se lleva con la fuerza de la gracia.

Hoy queremos poner en el Corazón de Jesús a todos los que sufren en el alma y en el cuerpo. A los enfermos, a quienes sienten dolor físico, a quienes esperan un diagnóstico, a quienes viven limitaciones, a quienes cuidan enfermos y se sienten agotados. Pero también queremos poner allí a quienes sufren por dentro: los que cargan ansiedad, tristeza, miedo, culpa, duelo, soledad, depresión, heridas familiares, decepciones, cansancio espiritual.

Hay dolores que se ven y otros que se esconden. Hay lágrimas que caen por fuera y otras que se lloran en silencio. Pero ninguna lágrima es desconocida para el Corazón de Cristo. Él conoce lo que no siempre sabemos explicar. Él entiende lo que a veces ni nosotros mismos entendemos. Él abraza lo que otros quizá no alcanzan a ver.

Por eso, la invitación de hoy es profundamente personal: ven a Jesús. No vengas cuando ya tengas todo resuelto. No vengas solo cuando te sientas fuerte. No vengas pensando que debes ocultar tus heridas. Ven con tu cansancio, con tu historia, con tus luchas, con tu enfermedad, con tu pecado, con tu necesidad de consuelo. El Corazón de Jesús es refugio, pero también es fuego: refugio que acoge y fuego que transforma.

Entrar en el Corazón de Jesús significa dejar de vivir como si todo dependiera únicamente de nosotros. Significa soltar la autosuficiencia, entregar la ansiedad, descansar en su providencia. Significa aprender a caminar al ritmo de Cristo, no al ritmo acelerado del mundo. Significa descubrir que el verdadero descanso no siempre consiste en no tener problemas, sino en saber que no estamos solos en medio de ellos.

Pero esta solemnidad también nos compromete. Quien descansa en el Corazón de Jesús debe aprender a tener un corazón semejante al suyo. Si Él es manso y humilde, también nosotros estamos llamados a ser menos duros, menos orgullosos, menos indiferentes. Si Él carga con nosotros, también nosotros debemos ayudar a cargar las penas de los demás. Si Él consuela, también nosotros debemos ser presencia de consuelo. Si Él tiene un Corazón abierto, no podemos vivir con el corazón cerrado.

Cuánto necesita nuestro mundo corazones mansos y humildes. Cuánto necesitan nuestras familias menos orgullo y más ternura. Cuánto necesitan nuestras comunidades menos juicio y más misericordia. Cuánto necesitan los enfermos y los tristes una palabra, una visita, una oración, una escucha sincera, una presencia que no condene ni se canse.

En esta Eucaristía, el Sagrado Corazón de Jesús vuelve a entregarse por nosotros. La Eucaristía es el amor de Cristo hecho alimento. Allí se nos da el mismo Jesús que nos dice: “Vengan a mí”. Cada comunión es una invitación a descansar en Él, a dejarnos amar por Él y a vivir unidos a Él.

Pidámosle hoy al Señor que transforme esta solemnidad en algo más que una devoción. Que sea una forma de vida. Que podamos vivir dentro del Corazón de Jesús y dejar que Jesús viva en nuestro corazón. Que en Él encuentren descanso los cansados, consuelo los tristes, fortaleza los enfermos, esperanza los que sufren y misericordia todos los pecadores.

Y que nunca olvidemos esta palabra dirigida a cada uno de nosotros:

“Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo los aliviaré”.

Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío.
Amén.

14 de junio del 2026: undécimo domingo del tiempo ordinario-Ciclo A

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