Transformación
Decir “Padre nuestro” es poner nuestras vidas en sus manos, confiar
como un niño, incluso cuando todo parece complicado. Es confiar nuestros
miedos, nuestros proyectos y a nuestros seres queridos en las manos del Padre.
Esta oración se vuelve verdadera cuando inspira nuestros gestos:
perdonar, ayudar, escuchar, amar de manera concreta.
Si Dios es nuestro Padre, ¿cómo transforma su presencia nuestra
manera de vivir cada día?
Jean-Paul
Musangania, prêtre assomptionniste
Primera
lectura
Mi palabra
cumplirá mi deseo
Lectura del libro de Isaías
ESTO dice el Señor:
«Como bajan la lluvia y la nieve desde el cielo,
y no vuelven allá sino después de empapar la tierra,
de fecundarla y hacerla germinar,
para que dé semilla al sembrador
y pan al que come,
así será mi palabra que sale de mi boca:
no volverá a mí vacía,
sino que cumplirá mi deseo
y llevará a cabo mi encargo».
Palabra de Dios.
Salmo
R. Dios
libra a los justos de sus angustias.
V. Proclamen
conmigo la grandeza del Señor,
ensalcemos juntos su nombre.
Yo consulté al Señor, y me respondió,
me libró de todas mis ansias. R.
V. Contémplenlo,
y quedarán radiantes,
su rostro no se avergonzará.
El afligido invocó al Señor,
él lo escuchó y lo salvó de sus angustias. R.
V. Los ojos
del Señor miran a los justos,
sus oídos escuchan sus gritos;
pero el Señor se enfrenta con los malhechores,
para borrar de la tierra su memoria. R.
V. Cuando uno
grita, el Señor lo escucha
y lo libra de sus angustias;
el Señor está cerca de los atribulados,
salva a los abatidos. R.
Aclamación
sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.
Evangelio
Ustedes oren
así
Lectura del santo Evangelio según san Mateo.
EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Cuando recen, no usen muchas palabras, como los gentiles, que se imaginan que
por hablar mucho les harán caso. No sean como ellos, pues su Padre sabe lo que
les hace falta antes de que lo pidan. Ustedes oren así:
“Padre nuestro que estás en el cielo,
santificado sea tu nombre,
venga a nosotros tu reino,
hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo,
danos hoy nuestro pan de cada día,
perdona nuestras ofensas,
como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden,
no nos dejes caer en la tentación,
y líbranos del mal”.
Porque si perdonan a los hombres sus ofensas, también a ustedes los perdonará
su Padre celestial, pero si no perdonan a los hombres, tampoco su Padre
perdonará sus ofensas».
Palabra del Señor.
1
“Padre nuestro”: una oración que
cambia la vida
En Cuaresma, la Iglesia nos invita a volver a lo
esencial. Y hoy Jesús nos entrega lo más esencial que un discípulo puede
aprender: cómo hablar con Dios. No nos da un discurso complicado; nos
regala una oración sencilla, directa, familiar: “Padre nuestro” (Mt
6,9).
Pero atención: no es solo una fórmula para recitar.
Es una puerta para vivir de otro modo. El Evangelio de hoy nos pregunta, sin
decirlo explícitamente: ¿tu oración te está transformando? Porque, si no
nos cambia por dentro, corremos el riesgo de hacer de la religión un hábito sin
alma.
1. La Palabra no cae en el vacío
La primera lectura, Isaías, nos ofrece una imagen
preciosa: así como la lluvia y la nieve bajan del cielo y no vuelven sin
fecundar la tierra, así es la Palabra de Dios: “no vuelve a mí vacía”
(Is 55,10-11).
En Cuaresma, Dios está “regando” una tierra concreta: tu corazón, tu
historia, tus heridas, tu familia, tus decisiones. Y su Palabra busca fruto:
reconciliación, serenidad, verdad, esperanza.
A veces uno dice: “Padre, yo escucho la Palabra,
pero sigo igual”. Quizás el problema no es la semilla, ni la lluvia: es la
prisa, la superficialidad, el ruido interior. Hoy Jesús comienza por ahí: “cuando
recen, no hablen mucho… no sean palabreros” (Mt 6,7). No es que Dios se
canse; es que nosotros nos dispersamos. Mucha palabra puede ser una manera
elegante de evitar lo profundo.
2. Decir “Padre” es entregar el
control
Decir “Padre” es poner la vida en sus manos
y confiar como un niño incluso cuando todo parece complicado.
Aquí hay una clave psicológica y espiritual: muchas
personas no sufren por falta de fe, sino por exceso de control. Queremos
dominar el futuro, asegurar todo, anticipar todo… y eso nos deja agotados.
Decir “Padre nuestro” es reconocer: “Yo no soy Dios; tú sí. Yo no llevo el
universo sobre mis hombros; lo llevas tú.”
Y además decimos “nuestro”. La fe cristiana
nunca es un “sálvese quien pueda”. Quien reza de verdad, se vuelve más humano,
más fraterno, más comunitario. Si Dios es Padre, nadie puede ser para mí un
estorbo: es un hermano.
3. “Danos… perdona… no nos
dejes…”: el Padrenuestro aterriza
Jesús nos enseña una oración que toca la vida
diaria:
- “Danos
hoy nuestro pan…”: no solo el pan material, también el pan del ánimo, del trabajo
digno, de la paciencia, del diálogo en casa, del consuelo.
- “Perdona
nuestras ofensas…”: aquí está el punto donde la oración se vuelve real o se queda en
teatro.
- “Como
también nosotros perdonamos…” (Mt 6,12): ¡qué frase tan exigente! No porque
Dios sea mezquino, sino porque el corazón rencoroso se vuelve incapaz de
recibir la gracia. El perdón no es aprobar el mal; es romper la cadena que
me ata al daño. Perdonar es decir: “No le daré a esta herida el poder
de gobernar mi vida.”
El salmo de hoy nos acompaña como una escuela de
confianza: “El Señor está cerca de los atribulados” (Sal 34). La oración
cristiana no niega la tristeza; la atraviesa con Dios. Por eso el salmista
puede decir: “Busqué al Señor y me respondió” (Sal 34,4). No siempre responde
como yo quiero, pero responde como Padre: con presencia, con luz, con fuerza
para dar el siguiente paso.
4. La Cuaresma se mide en gestos
concretos
Esta oración se vuelve verdadera cuando inspira
nuestros gestos: perdonar, ayudar, escuchar, amar concretamente.
Entonces, para que la homilía no se quede en ideas
bonitas, propongo tres “pruebas” sencillas para esta semana:
1. Prueba de la confianza: cada día, al levantarte, reza
despacio: “Padre, hoy pongo mi vida en tus manos.” Y nombra una
preocupación concreta.
2. Prueba del perdón: pregunta honesta: ¿a quién
tengo castigado con mi silencio, con mi dureza, con mi resentimiento? Da un
paso, aunque sea pequeño: un mensaje, una llamada, una oración sincera por esa
persona.
3. Prueba de la fraternidad: como decimos “Padre nuestro”,
hoy voy a hacer un gesto concreto por alguien: escuchar sin interrumpir, ayudar
sin humillar, servir sin publicar.
Intención orante
Hoy, Señor, ponemos ante ti a nuestras familias,
amigos y benefactores. Bendice a quienes nos han sostenido con cariño, con
consejo, con ayuda material o espiritual. Sana los hogares heridos, fortalece
los matrimonios, acompaña a los que crían con esfuerzo, consuela a quienes
están solos. Y haz que nosotros también seamos “pan” para los demás: personas
que dan vida, no que la quitan.
Conclusión
Hermanos, si Dios es Padre, la vida cambia:
cambia cómo trabajo, cómo reacciono, cómo trato al otro, cómo perdono, cómo
espero.
Que esta Cuaresma no sea solo “más rezos”, sino más Evangelio vivido. Y
que cada “Padre nuestro” sea una rendición confiada: “Aquí estoy, Señor… haz
fecunda tu Palabra en mí.” Amén.
2
1.
¿Rezar mucho… o rezar de verdad?
Jesús
hoy nos desarma:
“No
hablen mucho como los paganos… su Padre sabe lo que necesitan” (Mt 6,7-8).
En
otras palabras: la oración
no es convencer a Dios, ni torcerle el brazo, ni repetir
fórmulas hasta que “ceda”.
A veces tratamos a Dios como un funcionario que necesita solicitudes bien
redactadas y muchas firmas para aprobar algo. Pero Jesús corrige esa imagen: Dios es Padre. Y un
padre no necesita discursos interminables para saber lo que su hijo necesita.
Aquí
hay una diferencia clave:
·
Decir oraciones no es lo mismo que orar.
·
Repetir
palabras no siempre significa abrir el corazón.
La
oración auténtica no cambia a Dios; nos
cambia a nosotros.
2.
La oración que transforma
La
verdadera oración es pedirle a Dios que nos conforme a su voluntad.
Esto
es profundamente cuaresmal. En Cuaresma no venimos a decirle a Dios lo que debe
hacer; venimos a preguntarle:
“Señor, ¿qué quieres hacer
conmigo?”
La
primera lectura lo confirma con una imagen bellísima:
La
lluvia no vuelve al cielo sin empapar la tierra (Is 55,10-11).
La
Palabra que hoy escuchamos no es teoría; es lluvia. Si dejamos que penetre,
producirá fruto: paciencia, serenidad, perdón, confianza.
Pero
si rezamos sin abrirnos, somos como tierra endurecida.
3.
“Padre nuestro”: sentimientos y contenido de la verdadera oración
Jesús
no solo nos dice cómo no orar; nos enseña cómo hacerlo. Y lo hace regalándonos
el Padrenuestro.
a) Reconocer quién es Dios
“Padre
nuestro que estás en el cielo…”
Dios
es Padre cercano,
pero también Señor
trascendente. No es un colega ni un ídolo moldeado a nuestra
medida. Es santo.
Por eso decimos:
“Santificado
sea tu Nombre.”
Adorar
es reconocer que Dios es Dios… y yo no.
b) No imponer mi voluntad, sino abrazar la suya
“Venga
tu Reino… hágase tu voluntad.”
Este
es el corazón de la oración cristiana.
La oración madura no es: “Señor,
haz lo que yo quiero.”
Es: “Señor, haz en mí lo que
Tú quieres.”
Eso
requiere confianza. Requiere soltar el control. Requiere fe adulta.
c) Confiar en su providencia
“Danos
hoy nuestro pan de cada día.”
Pan
material, sí. Pero también pan espiritual: fortaleza, consuelo, claridad
interior.
Quien
confía solo en el dinero, el prestigio o la seguridad humana puede terminar
espiritualmente vacío. El que confía en Dios descubre que nunca es abandonado.
El
Salmo 34 lo proclama:
“Busqué
al Señor y me respondió… El Señor está cerca de los atribulados.”
d) Pedir y ofrecer perdón
“Perdona
nuestras ofensas como también nosotros perdonamos…”
Aquí
la oración se vuelve exigente. Dios siempre está dispuesto a perdonar, pero el
corazón cerrado al perdón se vuelve incapaz de recibir plenamente la
misericordia.
El
que ha experimentado el perdón verdadero no puede guardarlo para sí. Se
convierte en un canal.
e) Reconocer la batalla espiritual
“No
nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal.”
Jesús
no ignora la existencia del mal. La Cuaresma nos recuerda que hay lucha
interior, tentaciones, fragilidades.
Pero también nos recuerda que no
estamos solos. La gracia de Dios y el auxilio del cielo nos
sostienen.
4.
Examen personal: ¿cómo rezo yo?
Hoy
la pregunta es muy concreta:
·
¿Rezo
mecánicamente o con conciencia?
·
¿Entiendo
lo que digo cuando pronuncio el Padrenuestro?
·
¿Creo
de verdad que Dios es Padre?
·
¿Acepto
su voluntad aunque no coincida con mis planes?
Si
rezamos así, la oración dejará de ser rutina y se convertirá en transformación.
Intención
orante
Señor,
hoy te presentamos a nuestras familias,
amigos y benefactores.
Tú conoces sus necesidades antes de que las nombremos.
Dales el pan material y espiritual.
Sana heridas familiares.
Fortalece vínculos de amistad.
Bendice a quienes nos han ayudado en el camino.
Y haznos también a nosotros generosos instrumentos de tu providencia.
Conclusión
Hermanos,
Jesús no nos enseñó una oración para repetirla sin pensar. Nos enseñó un estilo
de vida.
Si
cada vez que digamos “Padre nuestro” confiamos, adoramos, aceptamos su
voluntad, perdonamos y dependemos de su gracia… entonces estaremos orando como
Él desea.
Que
esta Cuaresma nos enseñe a pasar de muchas palabras…
a un corazón verdaderamente entregado.
Padre nuestro… Amén.

