jueves, 28 de mayo de 2026

29 de mayo del 2026: viernes de la octava semana del tiempo ordinario-II

 

Las aguas de la reconciliación

(Marcos 11, 11-25) La admiración que nos inspira “una fe capaz de mover montañas” es, paradójicamente, a veces un pretexto para subestimar la nuestra. Como si la fe fuera un potencial de acción que pudiéramos atribuirnos a nosotros mismos. Jesús nos invita, más bien, a hacer de ella una experiencia cotidiana de oración y de perdón. Pidamos humildemente que los resentimientos que se levantan en nuestros corazones se sumerjan en las aguas de la reconciliación.

Nicolas Tarralle, prêtre assomptionniste

 


Primera lectura

1 Pe 4, 7-13
Sean buenos administradores de la multiforme gracia de Dios

Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro.

QUERIDOS hermanos:
El fin de todas las cosas está cercano. Así pues, sean sensatos y sobrios para la oración. Ante todo, mantengan un amor intenso entre ustedes, porque el amor tapa multitud de pecados. Sean hospitalarios unos con otros sin protestar.
Como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios, pongan al servicio de los demás el carisma que cada uno ha recibido. Si uno habla, que sean sus palabras como palabras de Dios; si uno presta servicio, que lo haga con la fuerza que Dios le concede, para que Dios sea glorificado en todo, por medio de Jesucristo, a quien corresponden la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.
Queridos míos, no se extrañen del fuego que ha prendido en ustedes y sirve para probarlos, como si ocurriera algo extraño. Al contrario, estén alegres en la medida que comparten los sufrimientos de Cristo, de modo que, cuando se revele su gloria, gocen de alegría desbordante.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 95, 10. 11-12. 13 (R.: cf. 13b)

R. Llega el Señor a regir la tierra.

V. Digan a los pueblos: «El Señor es rey:
él afianzó el orbe, y no se moverá;
él gobierna a los pueblos rectamente». 
R.

V. Alégrese el cielo, goce la tierra,
retumbe el mar y cuanto lo llena;
vitoreen los campos y cuanto hay en ellos,
aclamen los árboles del bosque. 
R.

V. Delante del Señor, que ya llega,
ya llega a regir la tierra:
regirá el orbe con justicia
y los pueblos con fidelidad. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Yo los he elegido del mundo —dice el Señor—, para que vayan y den fruto, y su fruto permanezca. R.

 

Evangelio

Mc 11, 11-25
Mi casa será casa de oración para todos los pueblos. Tengan fe en Dios

Lectura del santo Evangelio según san Marcos.

DESPUÉS que el gentío lo hubo aclamado, entró Jesús en Jerusalén, en el templo, lo estuvo observando todo y, como era ya tarde, salió hacia Betania con los Doce.
Al día siguiente, cuando salían de Betania, sintió hambre. Vio de lejos una higuera con hojas, y se acercó para ver si encontraba algo; al llegar no encontró más que hojas, porque no era tiempo de higos. Entonces le dijo:
«Nunca jamás coma nadie frutos de ti».
Los discípulos lo oyeron.
Llegaron a Jerusalén y, entrando en el templo, se puso a echar a los que vendían y compraban en el templo, volcando las mesas de los cambistas y los puestos de los que vendían palomas. Y no consentía a nadie transportar objetos por el templo.
Y los instruía diciendo:
«¿No está escrito: “Mi casa será casa de oración para todos los pueblos”? Ustedes en cambio la han convertido en cueva de bandidos».
Se enteraron los sumos sacerdotes y los escribas y, como le tenían miedo, porque todo el mundo admiraba su enseñanza, buscaban una manera de acabar con él.
Cuando atardeció, salieron de la ciudad.
A la mañana siguiente, al pasar, vieron la higuera seca de raíz. Pedro cayó en la cuenta y dijo a Jesús:
«Maestro, mira, la higuera que maldijiste se ha secado».
Jesús contestó:
«Tengan fe en Dios. En verdad les digo que si uno dice a este monte: “Quítate y arrójate al mar”, y no duda en su corazón, sino que cree en que sucederá lo que dice, lo obtendrá.
Por eso les digo: todo cuanto pidan en la oración, crean que se lo han concedido y lo obtendrán.
Y cuando se pongan a orar, perdonen lo que tengan contra otros, para que también su Padre del cielo les perdone a ustedes sus culpas».

Palabra del Señor.

 

***************


 1


Hermanos y hermanas:

La Palabra de Dios de hoy nos coloca ante tres realidades profundamente unidas: la oración, la purificación del corazón y la reconciliación. En el Evangelio vemos a Jesús entrando en el templo, mirando todo a su alrededor, denunciando una religiosidad estéril y llamándonos a una fe viva, capaz de confiar, orar y perdonar.

El pasaje de Marcos es fuerte. Jesús encuentra una higuera llena de hojas, pero sin fruto. Luego entra en el templo y expulsa a los vendedores. A primera vista, parecen dos escenas distintas, pero en realidad hablan de lo mismo: una vida religiosa que aparenta mucho, pero produce poco fruto. La higuera tenía hojas, pero no higos. El templo tenía actividad, comercio, movimiento, ruido, pero había perdido algo esencial: ser casa de oración, lugar de encuentro con Dios, espacio de misericordia y reconciliación.

También nosotros podemos caer en esa tentación. Podemos tener hojas: costumbres religiosas, palabras piadosas, signos externos, prácticas devocionales. Pero el Señor busca frutos: amor, perdón, paciencia, conversión, humildad, caridad concreta. La fe no es solo apariencia; la fe verdadera transforma el corazón.

Por eso Jesús dice: “Tengan fe en Dios”. No dice simplemente: tengan fe en sus fuerzas, en sus planes, en sus métodos o en sus seguridades. Dice: tengan fe en Dios. La fe no es una energía mágica para conseguir lo que queremos. No es una técnica para dominar la realidad. La fe es confianza filial, abandono humilde, apertura a la voluntad de Dios.

Cuando Jesús habla de una fe capaz de mover montañas, no nos está invitando a la arrogancia espiritual, como si el creyente pudiera manipular a Dios. Nos está recordando que hay montañas interiores que solo se mueven con oración: la montaña del orgullo, del resentimiento, de la culpa, del miedo, de la tristeza, de la desesperanza, de la enfermedad vivida en soledad, del pecado que se enquista en el alma.

Y aquí aparece una frase decisiva del Evangelio: “Cuando se pongan de pie para orar, perdonen, si tienen algo contra alguien”. Jesús une la oración con el perdón. No podemos acercarnos sinceramente a Dios llevando en el corazón un deseo obstinado de venganza. No podemos pedir misericordia mientras nos negamos a ofrecer misericordia. No podemos levantar las manos hacia el cielo si al mismo tiempo cerramos el corazón al hermano.

Esto no significa que perdonar sea fácil. A veces hay heridas muy profundas. Hay personas que sufren en el alma por traiciones, humillaciones, duelos, enfermedades, abandono, soledad, depresión, ansiedad, recuerdos dolorosos. También hay quienes sufren en el cuerpo: enfermos, ancianos, personas agotadas por tratamientos médicos, familias cansadas de esperar una mejoría. La Palabra de hoy no viene a imponerles una carga más. Viene a abrir una fuente: las aguas de la reconciliación.

Perdonar no siempre significa olvidar de inmediato. No siempre significa volver ingenuamente a una relación dañina. No siempre significa que el dolor desaparezca de un momento a otro. Perdonar, en sentido cristiano, es comenzar a entregarle a Dios el veneno que nos está destruyendo por dentro. Es decirle al Señor: “Yo no puedo solo con esto. Sana mi memoria. Purifica mi corazón. No permitas que esta herida me robe la paz ni me encierre en la amargura”.

San Pedro, en la primera lectura, nos ofrece una clave preciosa: “Sean moderados y sobrios, para poder orar. Ante todo, mantengan entre ustedes una caridad intensa, porque la caridad cubre multitud de pecados”. La caridad intensa no niega el pecado, pero lo vence con una fuerza mayor. No se trata de justificar el mal, sino de impedir que el mal tenga la última palabra en nosotros.

También San Pedro dice algo que toca muy de cerca nuestra intención de hoy: “Alégrense en la medida en que comparten los sufrimientos de Cristo”. Esto no significa buscar el sufrimiento ni romantizar el dolor. Significa que, cuando el sufrimiento llega, no estamos solos. Cristo ya pasó por ahí. Cristo conoce la angustia, la traición, la injusticia, la cruz. Y desde su Pascua, todo dolor unido a Él puede convertirse en camino de redención.

Por eso hoy oramos con intención penitencial. Reconocemos que muchas veces nuestro corazón se ha parecido a esa higuera: muchas hojas y pocos frutos. Mucha palabra y poca conversión. Mucha actividad y poca oración. Mucha queja y poca confianza. Mucha memoria de las ofensas y poca disponibilidad para reconciliarnos.

Pero también oramos por quienes sufren en el alma y en el cuerpo. Que el Señor visite sus noches interiores. Que toque sus heridas. Que dé fortaleza a los enfermos, consuelo a los tristes, serenidad a los angustiados, esperanza a quienes se sienten vencidos, y paz a quienes cargan resentimientos que pesan como montañas.

El salmo proclama: “El Señor llega para regir la tierra”. Esa venida del Señor no es amenaza para el humilde; es esperanza. El Señor viene a poner orden donde el pecado desordenó. Viene a purificar el templo de nuestro corazón. Viene a hacer fecunda la higuera de nuestra vida. Viene a recordarnos que la verdadera religión no se reduce a ritos externos, sino que florece en oración, perdón y amor.

Pidámosle hoy al Señor tres gracias.

Primero, una fe humilde, que no presuma de sí misma, sino que confíe en Dios cada día.

Segundo, un corazón purificado, para que nuestra vida no tenga solo hojas de apariencia, sino frutos de Evangelio.

Tercero, la gracia de la reconciliación, para que los resentimientos que se levantan dentro de nosotros puedan sumergirse en las aguas sanadoras del amor de Cristo.

Que esta Eucaristía sea para nosotros casa de oración, medicina del alma, fortaleza para el cuerpo cansado y escuela de perdón. Y que, al acercarnos al altar, podamos decirle al Señor:

Señor Jesús, purifica mi corazón.
Mueve las montañas que me impiden amar.
Sana mis heridas.
Perdona mis pecados.
Y enséñame a perdonar como Tú me perdonas. Amén.


2

 

Hermanos y hermanas:

La Palabra de Dios de este viernes nos pone delante de una pregunta muy seria: ¿nuestra vida de fe está dando fruto o solo tiene hojas?

El Evangelio de Marcos nos presenta una escena fuerte, incluso desconcertante. Jesús se acerca a una higuera que tiene muchas hojas, pero no encuentra fruto en ella. Luego entra en el templo de Jerusalén y expulsa a los vendedores y cambistas, denunciando que la casa de oración se ha convertido en cueva de ladrones. Al día siguiente, los discípulos ven que la higuera se ha secado desde la raíz.

A primera vista, podría parecernos una reacción dura de Jesús. Pero no se trata de un capricho. Es un gesto profético. Como tantas veces hicieron los profetas de Israel, Jesús utiliza un signo visible para revelar una verdad espiritual profunda. La higuera con hojas pero sin frutos representa una religiosidad que aparenta vida, pero está vacía por dentro. El templo lleno de movimiento, comercio y ruido representa un culto que ha perdido su centro: Dios, la oración, la misericordia, la justicia y la conversión del corazón.

Y esa Palabra hoy no se dirige solo al Israel de aquel tiempo. Se dirige también a nosotros. Porque también nosotros podemos tener muchas hojas y pocos frutos.

Podemos tener hojas de costumbre religiosa, hojas de lenguaje piadoso, hojas de apariencias, hojas de cumplimiento externo, hojas de una fe que se ve, pero que quizá no siempre transforma. Podemos asistir a celebraciones, rezar algunas oraciones, conocer frases del Evangelio, participar en actividades de Iglesia, pero el Señor nos pregunta: ¿dónde están los frutos?

Frutos de paciencia.
Frutos de perdón.
Frutos de humildad.
Frutos de caridad.
Frutos de conversión.
Frutos de servicio.
Frutos de reconciliación.
Frutos de compasión con quienes sufren en el alma y en el cuerpo.

Jesús no condena la religiosidad verdadera. Al contrario, quiere purificarla. Él no destruye el templo porque sea templo; lo purifica porque ha dejado de ser casa de oración. Él no rechaza la fe externa cuando nace de un corazón sincero; lo que denuncia es la apariencia sin conversión, el culto sin amor, la oración sin perdón, la religión sin justicia.

Por eso, después del signo de la higuera seca, Jesús enseña a sus discípulos tres cosas inseparables: fe, oración y perdón.

Primero dice: “Tengan fe en Dios”. No dice: tengan fe en sus fuerzas, en sus seguridades, en sus méritos o en su imagen ante los demás. Dice: tengan fe en Dios. La fe no es una autosuficiencia espiritual. No es creer que yo puedo mover montañas porque soy fuerte. La fe es reconocer que Dios puede actuar incluso donde yo ya no puedo. Es poner en Él las heridas, las luchas, las culpas, los miedos y las montañas interiores que parecen imposibles de mover.

Porque hay montañas que no se ven, pero pesan mucho: la montaña del pecado repetido, la montaña del resentimiento, la montaña de una culpa no sanada, la montaña de una tristeza antigua, la montaña de la enfermedad, la montaña del cansancio espiritual, la montaña de una relación rota, la montaña de una angustia que nadie conoce.

Jesús nos dice que la fe, vivida en oración, puede mover esas montañas. No siempre las mueve como nosotros imaginamos. No siempre desaparecen de inmediato. Pero Dios comienza a moverlas desde la raíz, como la higuera seca desde la raíz. Él va a lo profundo. Él no se queda en las hojas. Él toca el corazón.

Luego Jesús habla de la oración: “Todo cuanto pidan en la oración, crean que ya lo han recibido y lo obtendrán”. Esta frase no significa que la oración sea una fórmula mágica para conseguir todo lo que queremos. La oración cristiana no manipula a Dios. La oración verdadera nos pone en comunión con su voluntad. Nos enseña a pedir, sí, pero también a confiar; a suplicar, pero también a esperar; a abrir las manos, pero también a entregar el corazón.

Y enseguida Jesús añade algo decisivo: “Cuando se pongan a orar, perdonen si tienen algo contra alguien”. Aquí está una de las claves del Evangelio de hoy. No hay oración auténtica sin deseo de reconciliación. No hay templo purificado si el corazón sigue convertido en mercado de rencores, de odios, de cuentas pendientes, de resentimientos acumulados.

Por eso esta Eucaristía tiene también un tono penitencial. Venimos ante el Señor reconociendo que muchas veces nuestro corazón necesita ser purificado. A veces la casa interior que debía ser casa de oración se llena de ruido, de orgullo, de envidia, de amargura, de falta de perdón. A veces defendemos mucho las hojas, pero descuidamos los frutos. A veces queremos que Dios escuche nuestras súplicas, pero nos cerramos a escuchar el clamor del hermano.

La primera carta de San Pedro nos ayuda a completar este mensaje: “Sean sensatos y sobrios para poder orar. Ante todo, mantengan entre ustedes un amor intenso, porque el amor cubre multitud de pecados”. San Pedro no nos invita a una espiritualidad superficial. Nos invita a una fe vigilante, sobria, concreta, fraterna. Una fe que sabe que el tiempo es breve y que no podemos gastar la vida en rencores estériles.

“Ante todo, mantengan un amor intenso”. Esta expresión es preciosa. El amor cristiano no puede ser tibio, no puede ser decorativo, no puede ser solamente una palabra bonita. Debe ser intenso, perseverante, real. Un amor que acoge, que sirve, que perdona, que sostiene, que acompaña a quien sufre, que no abandona al enfermo, que no juzga con dureza al herido, que no se cansa de empezar de nuevo.

Y Pedro añade: “Alégrense en la medida en que comparten los sufrimientos de Cristo”. Esta frase no significa que el cristiano busque el sufrimiento o que deba resignarse pasivamente ante el dolor. Significa que ningún sufrimiento vivido en Cristo queda perdido. Quienes sufren en el cuerpo, quienes padecen enfermedad, debilidad, limitación o dolor físico, no están solos. Cristo crucificado está con ellos. Quienes sufren en el alma, quienes cargan tristeza, ansiedad, soledad, duelo, depresión, heridas afectivas o cansancio interior, tampoco están solos. Cristo ha entrado en la noche humana para llevar allí su luz.

Hoy oramos especialmente por quienes sufren en el alma y en el cuerpo. Y tal vez algunos de nosotros venimos así: cansados, heridos, preocupados, enfermos, confundidos, culpables, necesitados de paz. La Palabra no nos condena; nos llama a volver a la raíz. La higuera se secó desde la raíz porque estaba vacía de fruto. Pero en nosotros el Señor quiere hacer lo contrario: quiere sanar la raíz para que vuelva el fruto.

Quiere sanar la raíz de nuestra fe.
Quiere sanar la raíz de nuestra oración.
Quiere sanar la raíz de nuestras relaciones.
Quiere sanar la raíz de nuestros recuerdos.
Quiere sanar la raíz de nuestra vida espiritual.

El Salmo nos invita a proclamar: “El Señor llega a regir la tierra”. El Señor viene. Y cuando viene, no viene solo a mirar las hojas. Viene a buscar frutos. Pero también viene como médico, como purificador, como salvador. Viene a limpiar el templo de nuestro corazón para que vuelva a ser casa de oración. Viene a quitar lo que nos roba la paz. Viene a enseñarnos que la verdadera fecundidad no nace de la apariencia, sino de la comunión con Él.

Hermanos, pidamos hoy la gracia de no vivir una espiritualidad estéril. Que no seamos higueras llenas de hojas, pero sin frutos. Que no seamos templos llenos de ruido, pero vacíos de Dios. Que nuestra fe se traduzca en oración sincera, nuestra oración en perdón, nuestro perdón en caridad, y nuestra caridad en frutos concretos para el Reino.

Y al acercarnos al altar, preguntémonos con humildad:

¿Qué tiene que purificar Jesús en mí?
¿Qué resentimiento debo entregar?
¿Qué montaña interior necesito poner en manos de Dios?
¿Qué fruto espera el Señor de mi vida?
¿A quién debo perdonar?
¿A quién debo servir con más amor?
¿A quién debo acompañar en su sufrimiento?

Que esta Eucaristía sea para nosotros casa de oración, fuente de reconciliación y medicina para el alma. Que el Señor sane a quienes sufren, fortalezca a los enfermos, consuele a los tristes, perdone nuestros pecados y nos haga fecundos en el amor.

Pidámosle con confianza:

Señor Jesús,
purifica el templo de mi corazón.
Arranca de raíz lo que me aleja de Ti.
No permitas que mi vida tenga solo hojas de apariencia.
Hazme dar frutos de fe, oración, perdón y caridad.
Sana a quienes sufren en el alma y en el cuerpo.
Y convierte nuestra vida en una ofrenda fecunda para tu Reino.

Amén.


miércoles, 27 de mayo de 2026

28 de mayo del 2026: Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, Fiesta

 

El verdadero sacerdote

En esta fiesta de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, la Iglesia contempla el corazón mismo de nuestra fe: Cristo que se ofrece al Padre por amor y permanece para siempre intercediendo por nosotros. Las lecturas de hoy nos llevan desde la obediencia confiada de Abraham hasta la oración dolorosa de Jesús en Getsemaní, donde el Señor acepta plenamente la voluntad del Padre. Él es el verdadero sacerdote que no ofrece animales ni sacrificios externos, sino su propia vida para la salvación del mundo.

En esta Eucaristía oramos especialmente por la obra evangelizadora de la Iglesia y por las vocaciones sacerdotales, religiosas y misioneras, para que nunca falten corazones generosos dispuestos a decir con Cristo: “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”.

G.Q

 


Primera lectura

Gen 22, 9-18 (opción 1)

El sacrificio de Abrahán, nuestro padre en la fe

Lectura del libro del Génesis.

EN aquellos días, llegaron Abrahán e Isaac al sitio que le había dicho Dios, Abrahán levantó allí el altar y apiló la leña, luego ató a su hijo Isaac y lo puso sobre el altar, encima de la leña. Entonces Abrahán alargó la mano y tomó el cuchillo para degollar a su hijo. Pero el ángel del Señor le gritó desde el cielo:
«¡Abrahán, Abrahán!».
Él contestó:
«Aquí estoy».
El ángel le ordenó:
«No alargues la mano contra el muchacho ni le hagas nada. Ahora he comprobado que temes a Dios, porque no te has reservado a tu hijo, a tu único hijo».
Abrahán levantó los ojos y vio un carnero enredado por los cuernos en la maleza. Se acercó, tomó el carnero y lo ofreció en holocausto en lugar de su hijo.
Abrahán llamó aquel sitio «El Señor ve», por lo que se dice aún hoy «En el monte el Señor es visto».
El ángel del Señor llamó a Abrahán por segunda vez desde el cielo y le dijo:
«Juro por mí mismo, oráculo del Señor: por haber hecho esto, por no haberte reservado tu hijo, tu hijo único, te colmaré de bendiciones y multiplicaré a tus descendientes como las estrellas del cielo y como la arena de la playa. Tus descendientes conquistarán las puertas de sus enemigos. Todas las naciones de la tierra se bendecirán con tu descendencia, porque has escuchado mi voz».

Palabra de Dios.



Heb 10, 4-10 (opción 2)

Así está escrito en el comienzo del libro acerca de mí: para hacer, ¡oh Dios!, tu voluntad

Lectura de la carta a los Hebreos.

HERMANOS:
Es imposible que la sangre de los toros y de los machos cabríos quite los pecados.
Por eso, al entrar Cristo en el mundo dice:
«Tú no quisiste sacrificios ni ofrendas,
pero me formaste un cuerpo;
no aceptaste
holocaustos ni víctimas expiatorias.
Entonces yo dije: He aquí que vengo
—pues así está escrito en el comienzo del libro acerca de mí—
para hacer, ¡oh Dios!, tu voluntad».
Primero dice: «Tú no quisiste sacrificios ni ofrendas, ni holocaustos, ni víctimas expiatorias», que se ofrecen según la ley. Después añade: «He aquí que vengo para hacer tu voluntad».
Niega lo primero, para afirmar lo segundo. Y conforme a esa voluntad todos quedamos santificados por la oblación del cuerpo de Jesucristo, hecha una vez para siempre.

Palabra de Dios.



Salmo





Sal 39, 7-8a. 8b-9. 10-11ab. 17 (R.: cf. 8a. 9a)

R. Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.

V. Tú no quieres sacrificios ni ofrendas,
y, en cambio, me abriste el oído;
no pides holocaustos ni sacrificios expiatorios;
entonces yo digo: «Aquí estoy». R.

V. «—Como está escrito en mi libro—
para hacer tu voluntad.
Dios mío, lo quiero, y llevo tu ley en las entrañas». R.

V. He proclamado tu justicia
ante la gran asamblea;
no he cerrado los labios, Señor, tú lo sabes.
No me he guardado en el pecho tu justicia,
he contado tu fidelidad y tu salvación. R.

V. Alégrense y gocen contigo
todos los que te buscan;
digan siempre: «Grande es el Señor»,
los que desean tu salvación. R.



Acalamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Cristo se ha hecho por nosotros obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo exaltó sobre todo y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre. R.


Evangelio

Mt 26, 36-42

Mi alma está triste hasta la muerte

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

JESÚS fue con sus discípulos a un huerto, llamado Getsemaní, y les dijo:
«Siéntense aquí, mientras voy allá a orar».
Y llevándose a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, empezó a sentir tristeza y angustia.
Entonces les dijo:
«Mi alma está triste hasta la muerte; quédense aquí y velen conmigo».
Y adelantándose un poco cayó rostro en tierra y oraba diciendo:
«Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz. Pero no se haga como yo quiero, sino como quieres tú».
Y volvió a los discípulos y los encontró dormidos.
Dijo a Pedro:
«¿No han podido velar una hora conmigo? Velen y oren para no caer en la tentación, pues el espíritu está pronto, pero la carne es débil».
De nuevo se apartó por segunda vez y oraba diciendo:
«Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad».

Palabra del Señor.

 


“Aquí estoy para hacer tu voluntad”

 

Queridos hermanos:

La fiesta de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, nos invita hoy a mirar profundamente quién es Jesús y cuál es el centro de su misión. Cristo no es simplemente un maestro admirable, un profeta extraordinario o un líder espiritual. Él es el Sacerdote eterno, el mediador perfecto entre Dios y la humanidad.

Y lo más hermoso es que Jesús ejerce su sacerdocio no desde el poder humano, sino desde el amor, la entrega y la obediencia al Padre.

Las lecturas de hoy nos ayudan a comprender ese misterio.

La primera lectura, tomada del Génesis, nos presenta el episodio de Abraham e Isaac. Abraham sube al monte llevando en el corazón una prueba durísima. Humanamente hablando, aquella situación parece incomprensible. Pero el texto revela algo fundamental: Abraham aprende a confiar radicalmente en Dios.

En el fondo, aquella escena prepara otra mucho más grande: el Padre celestial entregando a su propio Hijo por la salvación del mundo.

Isaac carga la leña; Cristo cargará la cruz.
Abraham sube al monte con dolor; el Padre entregará a Jesús por amor.
Pero mientras Isaac es perdonado, Cristo sí se ofrecerá plenamente.

Por eso el salmo responde con esas palabras tan profundas:
“Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.”

Esa es la clave del sacerdocio de Cristo.

La carta a los Hebreos lo explica maravillosamente: Dios no quiere sacrificios vacíos ni ritos externos sin amor. Cristo viene al mundo para ofrecer algo infinitamente más grande: su propia vida.

Jesús no ofrece cosas; se ofrece a sí mismo.

Y esto alcanza su momento más conmovedor en el Evangelio de hoy, en la escena de Getsemaní.

Allí vemos a Jesús profundamente humano. Está triste. Siente angustia. Experimenta el peso del sufrimiento que se acerca. Dice incluso: “Mi alma está triste hasta la muerte”.

¡Qué importante es contemplar esto!

A veces pensamos que la santidad consiste en no sentir miedo, en no sufrir, en no experimentar crisis. Pero Jesús mismo pasó por la oscuridad interior. Lo decisivo no es no sufrir; lo decisivo es no dejar de confiar.

En Getsemaní, Jesús nos enseña cómo orar en los momentos difíciles.

Primero abre el corazón delante del Padre:
“Si es posible, que pase de mí este cáliz”.

Pero luego pronuncia la oración más sacerdotal y más hermosa:
“Pero no se haga mi voluntad, sino la tuya”.

Ahí está el corazón del sacerdocio de Cristo.

Ser sacerdote no significa buscar honores ni privilegios. Significa aprender a entregar la propia vida. Significa vivir para Dios y para los demás. Significa cargar dolores ajenos, escuchar heridas humanas, acompañar lágrimas, sostener la esperanza de un pueblo.

Por eso hoy es también un día muy especial para orar por los sacerdotes y por las vocaciones.

La Iglesia necesita sacerdotes santos.
No perfectos humanamente, sino profundamente enamorados de Cristo.
Sacerdotes capaces de servir.
Capaces de escuchar.
Capaces de llorar con el pueblo.
Capaces de permanecer fieles incluso en Getsemaní.

Y también debemos orar por nuevas vocaciones. Porque muchas veces el mundo ofrece caminos fáciles, éxito rápido, placer inmediato, pero pocos jóvenes escuchan la voz de Dios que sigue diciendo: “Ven y sígueme”.

Sin embargo, Cristo continúa llamando.

Llama en silencio.
Llama en la oración.
Llama a través del sufrimiento del pueblo.
Llama cuando alguien descubre que la vida solo tiene sentido cuando se entrega.

Y aquí todos tenemos una responsabilidad. Las vocaciones nacen en familias creyentes, en comunidades que oran, en parroquias vivas, en sacerdotes felices de su ministerio.

Un joven difícilmente responderá al llamado de Dios si solo escucha críticas, divisiones o desánimo. En cambio, cuando encuentra testigos auténticos, servidores alegres, comunidades que viven el Evangelio, el corazón comienza a abrirse.

También nosotros, aunque no seamos sacerdotes ministeriales, participamos del sacerdocio de Cristo por el Bautismo. Cada cristiano está llamado a ofrecer su vida como ofrenda agradable a Dios.

Una madre que se sacrifica por sus hijos.
Un enfermo que une su dolor a Cristo.
Un catequista que evangeliza con amor.
Un joven que lucha por permanecer fiel.
Un anciano que ora por la Iglesia.
Todo eso también es ofrenda sacerdotal.

La fiesta de hoy nos recuerda que Cristo sigue intercediendo por nosotros. Él no abandona a su Iglesia. Él sigue sosteniendo a sus sacerdotes. Sigue llamando obreros para su mies. Sigue acercándose a nuestras noches de Getsemaní.

Tal vez muchos hoy cargan un cáliz difícil: problemas familiares, enfermedad, soledad, incertidumbre, cansancio espiritual. Miren a Jesús en el huerto. Él comprende nuestras luchas porque quiso pasar por ellas.

Y desde Getsemaní nos enseña el camino: confiar incluso cuando no entendemos todo.

Pidamos hoy:

— por la obra evangelizadora de la Iglesia, para que anuncie el Evangelio con valentía y misericordia;
— por los sacerdotes, para que sean pastores según el corazón de Cristo;
— por las vocaciones sacerdotales, religiosas y misioneras;
— y por todos nosotros, para que aprendamos a decir cada día:

“Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”.

Amén.

 

martes, 26 de mayo de 2026

27 de mayo del 2026: miércoles de la octava semana del Tiempo ordinario-II-San Agustín de Canterbury, obispo-feria o memoria libre

 

Santo del día:

San Agustín de Canterbury

Siglos VI-VII. Elegido por el papa San Gregorio Magno para evangelizar Inglaterra, fue bien recibido por el rey sajón Etelberto, quien se convirtió poco después. San Agustín llegó a ser el primer obispo de Canterbury.


San Agustín de Canterbury nos recuerda que la evangelización nace de la obediencia a la misión y de la confianza en la gracia. No fue a imponer, sino a anunciar; no fue por cuenta propia, sino enviado por la Iglesia. Su vida nos invita a pedir por los misioneros y por todos los que, con paciencia y humildad, siembran el Evangelio en culturas y corazones nuevos.

 

 

Destino final

Marcos 10, 32-45

Algunos destinos hacen temer lo peor. Para Jesús, cuya predicación se ha ganado la hostilidad de los jefes religiosos, Jerusalén es uno de esos destinos. A su círculo más cercano, los Doce, les explica además la suerte que le espera. Ellos, entonces, se preparan para librar el último combate, pero dispersos y cada uno por su lado. La gloria de su Maestro no les cabe en duda, pero la humildad del servicio todavía permanece velada para ellos.

Nicolas Tarralle, prêtre assomptionniste

 


Primera lectura

1 Pe 1, 18-25
Fueron liberados con una sangre preciosa, como la de un cordero sin mancha, Cristo

Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro.

QUERIDOS hermanos:
Ya saben que fueron liberados de su conducta inútil, heredada de sus padres, pero no con algo corruptible, con oro o plata, sino con una sangre preciosa, como la de un cordero sin defecto y sin mancha, Cristo, previsto ya antes de la creación del mundo y manifestado en los últimos tiempos por ustedes, que, por medio de él, creen en Dios, que lo resucitó de entre los muertos y le dio gloria, de manera que la fe y la esperanza de ustedes estén puestas en Dios.
Ya que han purificado sus almas por la obediencia a la verdad hasta amarse unos a otros como hermanos, ámense de corazón unos a otros con una entrega total, pues han sido regenerados, pero no a partir de una semilla corruptible sino de algo incorruptible, mediante la palabra de Dios viva y permanente, porque
«Toda carne es como hierba
y todo su esplendor como flor de hierba:
se agosta la hierba y la flor se cae,
pero la palabra del Señor permanece para siempre».
Pues esa es la palabra del Evangelio que se les anunció.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 147, 12-13. 14-15. 19-20 (R.: 12a)

R. Glorifica al Señor, Jerusalén.

O bien:

R. Aleluya.

V. Glorifica al Señor, Jerusalén;
alaba a tu Dios, Sion.
Que ha reforzado los cerrojos de tus puertas,
y ha bendecido a tus hijos dentro de ti. 
R.

V. Ha puesto paz en tus fronteras,
te sacia con flor de harina.
Él envía su mensaje a la tierra,
y su palabra corre veloz. 
R.

V. Anuncia su palabra a Jacob,
sus decretos y mandatos a Israel;
con ninguna nación obró así,
ni les dio a conocer sus mandatos. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. El Hijo del hombre ha venido a servir y dar su vida en rescate por muchos. R.

 

Evangelio

Mc 10, 32-45
Miren, estamos subiendo a Jerusalén, y el Hijo del hombre va a ser entregado

Lectura del santo Evangelio según san Marcos.


EN aquel tiempo, los discípulos estaban subiendo por el camino hacia Jerusalén y Jesús iba delante de ellos; ellos estaban sorprendidos y los que lo seguían tenían miedo. Él tomó aparte otra vez a los Doce y empezó a decirles lo que le iba a suceder:
«Miren, estamos subiendo a Jerusalén, y el Hijo del hombre va a ser entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas; lo condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles, se burlarán de él, le escupirán, lo azotarán y lo matarán; y a los tres días resucitará».
Se le acercaron los hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, y le dijeron:
«Maestro, queremos que nos hagas lo que te vamos a pedir».
Les preguntó:
«¿Qué quieren que haga por ustedes?».
Contestaron:
«Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda».
Jesús replicó:
«No saben lo que piden, ¿pueden beber el cáliz que yo he de beber, o bautizarse con el bautismo con que yo me voy a bautizar?».
Contestaron:
«Podemos».
Jesús les dijo:
«El cáliz que yo voy a beber lo beberán, y serán bautizados con el bautismo con que yo me voy a bautizar, pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo, sino que es para quienes está reservado».
Los otros diez, al oír aquello, se indignaron contra Santiago y Juan.
Jesús, llamándolos, les dijo:
«Saben que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen. No será así entre ustedes: el que quiera ser grande entre ustedes, que sea su servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos. Porque el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por muchos».

Palabra del Señor.

 

1

 

Hermanos y hermanas:

El Evangelio de hoy nos presenta a Jesús subiendo a Jerusalén. No va de paseo. No va buscando aplausos. No va detrás de una corona de oro. Jesús camina hacia su “destino final”: la entrega total de su vida.

San Marcos nos dice que los discípulos iban asombrados y los que lo seguían tenían miedo. Hay algo solemne, casi dramático, en esta escena. Jesús va delante. Los demás lo siguen, pero no todos entienden hacia dónde va realmente. Él les anuncia con claridad que será entregado, condenado, burlado, escupido, azotado y muerto; pero también les dice que al tercer día resucitará.

Jesús no oculta la cruz. No endulza el camino. No vende una religión fácil. Pero tampoco presenta la cruz como derrota final. Su destino no termina en el sepulcro. Su destino final es la vida, la resurrección, la victoria del amor.

Y ahí aparece el contraste fuerte del Evangelio: mientras Jesús habla de entrega, Santiago y Juan piensan en puestos de honor. Mientras Jesús anuncia su pasión, ellos sueñan con sentarse uno a la derecha y otro a la izquierda en su gloria. No son malos; son humanos. Aman a Jesús, pero todavía entienden la gloria según los criterios del mundo: poder, prestigio, privilegios, reconocimiento.

Jesús les responde con una pregunta profunda: “¿Pueden beber el cáliz que yo voy a beber?”. Es decir: ¿pueden compartir mi camino? ¿Pueden amar como yo amo? ¿Pueden servir sin buscar recompensa? ¿Pueden permanecer fieles cuando llegue la prueba?

Esta pregunta también nos toca a nosotros. Porque muchas veces queremos la gloria de Cristo, pero sin el cáliz de Cristo. Queremos bendiciones, pero no procesos. Queremos consuelos, pero no paciencia. Queremos seguir al Señor, pero a veces nos cuesta aceptar que el camino cristiano pasa por el servicio, la humildad, el perdón y la entrega.

Por eso Jesús corrige a sus discípulos con una enseñanza que es el corazón del Evangelio:
“El que quiera ser grande, sea servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos.”

En el mundo, muchas veces se mide la grandeza por el cargo, el dinero, la fama, el número de seguidores, la influencia o la capacidad de mandar. En el Reino de Dios, la grandeza se mide por la capacidad de servir. Para Jesús, grande no es quien domina, sino quien se inclina. Grande no es quien se impone, sino quien ama. Grande no es quien usa a los demás, sino quien se entrega por ellos.

Y Jesús no solamente enseña esto con palabras. Lo vive en carne propia:
“El Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos.”

Aquí se ilumina bellamente la primera lectura. San Pedro nos recuerda que no fuimos rescatados con oro ni plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, el Cordero sin mancha. Nuestra vida vale mucho. Valemos la sangre de Cristo. Ningún sufrimiento, ninguna herida, ninguna lágrima, ningún fracaso, ninguna enfermedad, ningún pecado arrepentido es más grande que el amor con que Cristo nos ha rescatado.

Por eso hoy oramos especialmente por quienes sufren en el alma y en el cuerpo. Por los enfermos, por los que viven dolores físicos, por los que atraviesan tratamientos difíciles, por quienes están cansados de luchar. Pero también por quienes sufren por dentro: los que cargan tristeza, ansiedad, soledad, duelo, culpa, depresión, miedo, desesperanza o heridas que nadie ve.

A todos ellos el Evangelio les dice: Cristo va delante. No camina lejos del dolor humano. Él conoce el sufrimiento desde dentro. Fue burlado, rechazado, herido, abandonado y crucificado. Pero su dolor no fue estéril. Lo transformó en redención. Lo convirtió en amor entregado. Lo hizo fuente de vida para muchos.

La fe cristiana no nos dice que no vamos a sufrir. Nos dice algo más profundo: que no sufrimos solos. Cristo sube con nosotros a nuestras Jerusalén. Cristo entra con nosotros en nuestras noches. Cristo bebe con nosotros el cáliz amargo. Y allí donde parece que todo termina, Él abre un camino de resurrección.

El salmo nos invita: “Glorifica al Señor, Jerusalén.” ¿Cómo glorificamos al Señor? No solo con cantos y oraciones, sino también cuando servimos al hermano herido; cuando acompañamos al enfermo; cuando escuchamos al triste; cuando no dejamos solo al que llora; cuando usamos nuestras manos para aliviar y no para herir; cuando nuestro corazón se vuelve casa para quien está cansado.

Queridos hermanos, Jesús nos enseña hoy que el verdadero discípulo no pregunta: “¿Qué puesto me toca?”, sino: “¿A quién puedo servir?”. No pregunta: “¿Quién me va a reconocer?”, sino: “¿A quién puedo levantar?”. No busca sentarse en tronos, sino arrodillarse ante el dolor del hermano.

Que esta Eucaristía nos ayude a cambiar nuestra idea de grandeza. Que aprendamos a seguir a Jesús no solo cuando multiplica panes, cura enfermos o entra aclamado en Jerusalén, sino también cuando camina hacia la cruz. Porque ese camino, aunque parezca oscuro, conduce a la vida.

Pidamos hoy al Señor por todos los que sufren en el alma y en el cuerpo. Que sientan la cercanía de Cristo servidor, de Cristo médico, de Cristo redentor. Y que nosotros, como Iglesia, no busquemos honores vacíos, sino la hermosa grandeza de servir.

Amén.

 

2

 

Hermanos y hermanas:

El Evangelio de hoy nos muestra a Jesús subiendo a Jerusalén. San Marcos nos dice que Jesús va delante, decidido, mientras los discípulos lo siguen entre el asombro y el miedo. Hay en esta escena una tensión profunda: Jesús sabe hacia dónde camina; los discípulos todavía no comprenden del todo.

Jesús les habla con claridad: será entregado, condenado, burlado, escupido, azotado y muerto; pero al tercer día resucitará. Es el tercer anuncio de la Pasión. Jesús abre su corazón ante los suyos. Les revela el dolor que se acerca, les comparte el peso de su misión, les anuncia el cáliz que está a punto de beber.

Pero los discípulos no logran entrar en el corazón de Jesús. Santiago y Juan, en lugar de escuchar el sufrimiento del Maestro, piensan en puestos de honor: “Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda”. Mientras Jesús habla de cruz, ellos sueñan con tronos. Mientras Jesús se prepara para entregar la vida, ellos buscan privilegios.

Y aquí aparece una enseñanza muy actual. Cuántas veces también nosotros escuchamos el dolor de los demás, pero no lo acogemos de verdad. Alguien nos comparte su sufrimiento, y nosotros estamos pensando en nuestros asuntos. Alguien necesita una palabra, una presencia, una escucha, y nosotros respondemos distraídos. A veces nos falta esa caridad sencilla y profunda que se llama empatía: la capacidad de entrar con respeto en el dolor del otro, de acompañar sin juzgar, de estar presentes sin querer ocupar el centro.

Jesús, sin embargo, no pierde la paciencia. No rechaza a Santiago y Juan. No humilla a los discípulos. Los corrige y los educa. Les dice: “El que quiera ser grande, sea servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos”. Con esto Jesús cambia por completo la lógica humana. La verdadera grandeza no está en mandar, sobresalir o ser reconocido, sino en servir, acompañar, cargar con los otros, amar hasta el extremo.

La primera lectura nos ayuda a comprender el precio de ese amor. San Pedro nos recuerda que no fuimos rescatados con oro ni plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, el Cordero sin mancha. Nuestra vida vale la sangre de Cristo. Fuimos amados hasta la cruz. Fuimos redimidos por un amor que no se quedó en palabras, sino que se hizo entrega.

Por eso, cuando Jesús dice que el Hijo del hombre no vino a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por muchos, no está pronunciando una frase bonita. Está revelando el sentido de toda su existencia. Jesús no vino a buscar honores, sino a levantar al caído. No vino a ocupar un trono de poder, sino a abrazar la cruz. No vino a dominar, sino a liberar.

Y qué bello es mirar aquí a la Virgen María. Mientras los discípulos no alcanzan a comprender, María sí acompaña. Ella guarda, medita, sufre y permanece. En el Calvario estará de pie, junto a la cruz. No podrá quitarle el dolor a su Hijo, pero estará allí. Y muchas veces eso es lo que más necesita quien sufre: no explicaciones, no discursos, no frases fáciles, sino una presencia fiel.

La empatía cristiana no consiste solamente en sentir lástima. Es mucho más: es mirar al otro con los ojos de Cristo. Es descubrir al Señor en quien está enfermo, solo, triste, cansado, angustiado o herido. Es preguntarnos: ¿a quién estoy dejando solo en su cruz? ¿A quién puedo escuchar mejor? ¿A quién debo servir sin buscar reconocimiento?

El salmo nos invita a glorificar al Señor, a bendecirlo porque Él fortalece las puertas de su pueblo, trae la paz y nos comunica su Palabra. Pero esa Palabra no puede quedarse encerrada en los labios. Debe hacerse vida. Glorificamos al Señor cuando somos instrumentos de paz; cuando servimos con humildad; cuando dejamos de competir por los primeros puestos y comenzamos a inclinarnos ante las necesidades de los hermanos.

Hoy Jesús nos pregunta, como a Santiago y Juan: “¿Pueden beber el cáliz que yo voy a beber?”. No respondamos demasiado rápido. Beber el cáliz de Cristo significa amar cuando cuesta, servir cuando nadie aplaude, permanecer cuando otros se van, acompañar el dolor ajeno sin huir, aceptar que el camino de la gloria pasa por la cruz.

Pidamos en esta Eucaristía un corazón más parecido al de María: atento, compasivo, fiel. Un corazón que no pase de largo ante el sufrimiento. Un corazón que no busque sentarse en los primeros puestos, sino servir desde el amor escondido y generoso.

Que el Señor nos libre de la indiferencia de los discípulos y nos conceda la gracia de una verdadera empatía cristiana. Que podamos reconocer a Cristo en quienes sufren y consolar su Corazón sirviendo a nuestros hermanos.

Porque en el Reino de Dios, el más grande no es el que más manda, sino el que más ama.

Amén.

 

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