sábado, 8 de agosto de 2026

9 de agosto del 2026: decimonoveno domingo del tiempo ordinario-Ciclo A

 

Lo imposible se hace posible


(1R 19,9a.11-13a / Sal 85(84),9ab+10.11-12.13-14 (R. 8) / Rm 9,1-5 /

Mt 14,22-33) Elías no reconoce la presencia de Dios en el huracán, ni en el terremoto, ni en el fuego, sino en el murmullo de una brisa suave, en ese silencio delicado que exige atención y un corazón disponible. Dios no siempre se manifiesta de manera espectacular; muchas veces se hace presente discretamente, en la oración, en la paz interior, en una palabra sencilla o en la cercanía misericordiosa de alguien.

Por eso el salmo proclama: «La misericordia y la fidelidad se encuentran, la justicia y la paz se besan». Allí donde acogemos al Señor y aprendemos a escuchar su voz, comienza a brotar la paz y lo que parecía imposible empieza a hacerse posible.

San Pablo, en la segunda lectura, lleva en el corazón una gran tristeza por sus hermanos israelitas, que no han reconocido a Cristo. Su dolor no lo conduce al rechazo, sino a un amor todavía más profundo. También nosotros estamos llamados a llevar ante Dios a quienes se han alejado de la fe, sin condenarlos ni perder la esperanza. Para el Señor, ninguna conversión es imposible.

En el Evangelio, los discípulos se encuentran en medio de la tormenta. Cuando ven a Jesús caminando sobre el mar, sienten miedo y creen que es un fantasma. Pero Él les dice: «¡Ánimo, soy yo, no tengan miedo!» Pedro, sostenido por la palabra del Maestro, se atreve a caminar sobre las aguas: mientras mantiene la mirada fija en Jesús, lo imposible se hace posible; cuando mira el viento y se deja dominar por el temor, comienza a hundirse.

También nosotros podemos atravesar las tempestades si no apartamos los ojos de Cristo. Y cuando nuestra fe vacile, nos queda la breve oración de Pedro: «¡Señor, sálvame!» Jesús no lo abandona, sino que inmediatamente le tiende la mano.

La fe no significa que nunca habrá vientos contrarios, sino que Cristo viene a nuestro encuentro en medio de ellos. Escuchemos su voz en el silencio, confiemos en su misericordia y dejémonos sostener por su mano. Entonces podremos proclamar con los discípulos: «Verdaderamente, tú eres el Hijo de Dios».

  • ¿Sé reconocer la presencia de Dios en el silencio y en los pequeños signos de cada día, o solamente la busco en acontecimientos extraordinarios?
  • Cuando llegan las tormentas, ¿mantengo la mirada fija en Jesús o permito que el miedo y las preocupaciones me hagan hundir?
  • ¿Llevo con amor y esperanza ante Dios a quienes se han alejado de la fe, como san Pablo llevaba en su corazón a sus hermanos?


 

Primera lectura

1 Re 19, 9a. 11-13a
Permanece de pie en el monte ante el Señor

Lectura del primer libro de los Reyes.

EN aquellos días, cuando Elías llegó hasta el Horeb, el monte de Dios, se introdujo en la cueva y pasó la noche. Le llegó la palabra del Señor, que le dijo:
«Sal y permanece de pie en el monte ante el Señor».
Entonces pasó el Señor y hubo un huracán tan violento que hendía las montañas y quebraba las rocas ante el Señor, aunque en el huracán no estaba el Señor. Después del huracán, un terremoto, pero en el terremoto no estaba el Señor. Después del terremoto fuego, pero en el fuego tampoco estaba el Señor.
Después del fuego, el susurro de una brisa suave. Al oírlo Elías, cubrió su rostro con el manto, salió y se mantuvo en pie a la entrada de la cueva.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 84, 9abc y 10. 11-12. 13-14 (R.: 8)

R. Muéstranos, Señor, tu misericordia
y danos tu salvación.


V. Voy a escuchar lo que dice el Señor:
«Dios anuncia la paz
a su pueblo y a sus amigos».
La salvación está cerca de los que le temen,
y la gloria habitará en nuestra tierra. 
R.

V. La misericordia y la fidelidad se encuentran,
la justicia y la paz se besan;
la fidelidad brota de la tierra,
y la justicia mira desde el cielo. 
R.

V. El Señor nos dará la lluvia,
y nuestra tierra dará su fruto.
La justicia marchará ante él,
y sus pasos señalarán el camino. 
R.

 

Segunda lectura

Rom 9, 1-5

Desearía ser un proscrito por el bien de mis hermanos

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos.

HERMANOS:
Digo la verdad en Cristo, no miento —mi conciencia me atestigua que es así, en el Espíritu Santo—: siento una gran tristeza y un dolor incesante en mi corazón; pues desearía ser yo mismo un proscrito, alejado de Cristo, por el bien de mis hermanos, los de mi raza según la carne: ellos son israelitas y a ellos pertenecen el don de la filiación adoptiva, la gloria, las alianzas, el don de la ley, el culto y las promesas; suyos son los patriarcas y de ellos procede el Cristo, según la carne; el cual está por encima de todo, Dios bendito por los siglos. Amén.

Palabra de Dios.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Espero en el Señor, espero en su palabra. R.

 

Evangelio

Mt 14, 22-33

Mándame ir a ti sobre el agua

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

DESPUÉS de que la gente se hubo saciado, Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente.
Y después de despedir a la gente subió al monte a solas para orar. Llegada la noche estaba allí solo.
Mientras tanto la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario. A la cuarta vela de la noche se les acercó Jesús andando sobre el mar. Los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, diciendo que era un fantasma.
Jesús les dijo enseguida:
«¡Ánimo, soy yo, no tengan miedo!».
Pedro le contestó:
«Señor, si eres tú, mándame ir a ti sobre el agua».
Él le dijo:
«Ven».
Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua acercándose a Jesús; pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó:
«Señor, sálvame».
Enseguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo:
«¡Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado?».
En cuanto subieron a la barca amainó el viento.
Los de la barca se postraron ante él diciendo:
«Realmente eres Hijo de Dios».

Palabra del Señor.

 

1

 

Descubrir al verdadero Dios

 

Las lecturas de este domingo nos invitan a purificar la imagen que tenemos de Dios. A veces esperamos un Dios espectacular, que se manifieste con señales extraordinarias y solucione inmediatamente nuestros problemas. Otras veces lo imaginamos como un juez severo, dispuesto a castigarnos; o como un Dios lejano, que permanece indiferente ante nuestras tempestades. Sin embargo, la Palabra nos revela su verdadero rostro: el de un Dios cercano, misericordioso y fiel, que se hace presente en el silencio y viene a nuestro encuentro cuando el viento es contrario.

En la primera lectura encontramos al profeta Elías en el monte Horeb. Ha defendido con valentía la fe de Israel, pero ahora se siente perseguido, cansado y solo. Su celo por Dios también necesita ser purificado: debe aprender que el Señor no se impone mediante la violencia ni actúa siempre de la manera que nosotros esperamos.

Elías contempla un viento huracanado que parte las montañas, pero el Señor no estaba en el viento. Después llega un terremoto, pero Dios tampoco estaba allí. Luego aparece el fuego, y el Señor no estaba en el fuego. Finalmente, se escucha el susurro de una brisa suave. Elías se cubre el rostro, porque reconoce que Dios está pasando.

¡Qué enseñanza tan necesaria para nosotros! Vivimos rodeados de ruido, noticias, pantallas, discusiones y preocupaciones. Incluso nuestra oración puede llenarse de palabras sin dejar espacio para escuchar. Dios puede manifestarse en acontecimientos extraordinarios, pero muchas veces se acerca discretamente: en el silencio de una capilla, en la Palabra meditada, en una conciencia que nos llama a cambiar, en el abrazo de alguien que consuela o en la paz que llega cuando todo parecía perdido.

El salmo nos invita precisamente a adoptar la actitud de Elías: «Voy a escuchar lo que dice el Señor». Antes de pedirle que hable más fuerte, deberíamos preguntarnos si nosotros hacemos silencio para escucharlo. El salmista proclama además: «La misericordia y la fidelidad se encuentran, la justicia y la paz se besan». Este es el verdadero rostro de Dios: misericordia, fidelidad, justicia y paz. Por eso suplicamos: «Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación».

En la segunda lectura, san Pablo nos abre su corazón. Siente una gran tristeza por sus hermanos israelitas, de quienes proceden las alianzas, la Ley, el culto, las promesas y los patriarcas; y de quienes, según la carne, nació Cristo. Muchos no han reconocido en Jesús al Mesías esperado, y Pablo vive esta situación con profundo dolor.

Pero no los desprecia ni los condena. Al contrario, lleva su sufrimiento ante Dios. Pablo nos enseña cómo debemos relacionarnos con quienes se han alejado de la fe o todavía no han encontrado a Cristo. No desde la superioridad, la crítica o el rechazo, sino desde el amor, la oración y la esperanza. Tal vez también nosotros llevamos en el corazón a un hijo, un familiar o un amigo que ha abandonado la Iglesia. No perdamos la esperanza: para Dios ninguna conversión es imposible. Amemos, oremos y demos testimonio sin imponer.

El Evangelio nos conduce después al mar de Galilea. Jesús acaba de multiplicar los panes. La multitud está entusiasmada y podría convertirlo en el líder político que esperaba. Pero Jesús no ha venido a construir un reino basado en el poder humano. Por eso envía a los discípulos a la otra orilla, despide a la gente y sube solo a la montaña para orar.

Jesús nos enseña que, antes de afrontar las tormentas, necesitamos encontrarnos con el Padre. La oración no es una manera de huir de la realidad; es el lugar donde aprendemos a contemplarla con los ojos de Dios. En el silencio, nuestros deseos se purifican, nuestros temores encuentran consuelo y nuestra vida se ajusta al proyecto divino.

Mientras Jesús ora, los discípulos atraviesan el mar. La noche es oscura, el viento es contrario y las olas golpean la barca. Aquella barca representa nuestra propia vida, nuestras familias y también a la Iglesia. Todos conocemos los vientos contrarios: la enfermedad, el duelo, los conflictos familiares, las dificultades económicas, la soledad, las dudas de fe, la angustia por el futuro o el peso de nuestros pecados. También la Iglesia ha atravesado persecuciones, divisiones, escándalos y crisis. Sin embargo, la barca continúa navegando porque Cristo no la abandona.

De madrugada, Jesús se acerca caminando sobre las aguas. Los discípulos no lo reconocen; piensan que es un fantasma y gritan de miedo. También nosotros podemos confundir la presencia del Señor con una amenaza. Hay situaciones que al principio nos asustan y que, vividas desde la fe, pueden convertirse en ocasiones de crecimiento, conversión y encuentro con Dios.

Entonces Jesús les dice: «¡Ánimo, soy yo, no tengan miedo!» No les promete que nunca habrá tormentas; les asegura que no estarán solos en ellas. Tal vez el viento no se calme inmediatamente, pero Él está presente. Cuando creemos que Dios nos ha abandonado, puede estar acercándose de una manera que todavía no sabemos reconocer.

Pedro le pide caminar sobre el agua. Mientras mantiene la mirada fija en Jesús, logra avanzar; lo imposible se hace posible. Pero cuando deja de mirar al Señor y se concentra en la fuerza del viento, comienza a hundirse. Así nos sucede: cuando solo miramos los problemas, estos parecen más grandes que Dios; cuando miramos a Cristo, descubrimos que su gracia es más grande que nuestros miedos.

Pedro pronuncia entonces una oración breve y sincera: «¡Señor, sálvame!» Jesús no le da primero una explicación ni espera a que recupere por sí mismo la confianza. Inmediatamente le tiende la mano. Esta oración puede acompañarnos cuando no encontramos palabras: “Señor, sálvame; Señor, ayúdame; Señor, no me sueltes”.

La fe no consiste en caminar siempre con seguridad, sino en saber a quién acudir cuando comenzamos a hundirnos. No es la ausencia de miedo, sino la decisión de confiar en medio del miedo. Lo que salva a Pedro y sostiene la barca no es la fuerza de sus ocupantes, sino la presencia de Jesús.

Cada domingo, Cristo viene a nuestro encuentro en la Eucaristía. Se acerca a nuestra barca, nos habla en su Palabra, nos alimenta con su Cuerpo y su Sangre y nos repite: «¡Ánimo, soy yo, no tengan miedo!» Dejémoslo subir a nuestra vida y entreguémosle nuestras tempestades. Entonces podremos postrarnos ante Él y proclamar con los discípulos: «Verdaderamente, tú eres el Hijo de Dios».

 

2

 

Descubrir al verdadero Dios

Las lecturas de este XIX domingo del Tiempo Ordinario nos invitan a purificar la imagen que tenemos de Dios. A veces lo imaginamos lejano, imponente, severo; otras veces esperamos que actúe siempre de forma espectacular, resolviendo de inmediato nuestras dificultades. Pero la Palabra de hoy nos revela un Dios distinto: cercano, misericordioso, fiel y presente aun en medio de la tormenta.

Elías atraviesa un momento de profundo cansancio y desánimo. Después de haber defendido con ardor la fe de Israel, se siente solo, perseguido y derrotado. Sube al Horeb, la montaña santa, esperando quizá encontrar a Dios en lo grandioso: en el huracán, en el terremoto, en el fuego. Sin embargo, el Señor no estaba allí. Dios se manifiesta en “el susurro de una brisa suave”, en el silencio que toca el corazón.

Elías descubre que Dios no necesita imponerse por la fuerza ni defenderse mediante la violencia. El verdadero Dios es amor, paciencia y misericordia. No grita para dominar; habla suavemente para despertar, sanar y enviar de nuevo a la misión. También nosotros necesitamos aprender a reconocerlo: no solo en lo extraordinario, sino en una oración silenciosa, en una palabra oportuna, en la cercanía de alguien que consuela, en la paz que llega cuando todo parecía perdido.

San Pablo, en la segunda lectura, abre su corazón y comparte su dolor por sus hermanos de Israel, que no han reconocido a Jesús como el Mesías. No los condena ni los desprecia; los ama profundamente y recuerda con gratitud todos los dones que Dios les ha concedido: la alianza, la Ley, el culto, las promesas, los patriarcas. De ellos nació Cristo según la carne.

Esta palabra nos enseña a vivir la fe sin orgullo ni exclusiones. El plan de Dios es más grande que nuestros límites: su salvación quiere alcanzar a todos. Cristo entregó su vida por la humanidad entera; nadie queda fuera de su amor, de su misericordia y de su llamado.

En el Evangelio, Jesús acaba de multiplicar los panes. La multitud está entusiasmada y muchos pueden imaginar que han encontrado al líder político que esperaban. Pero Jesús no ha venido a fundar un reino de poder humano ni a alimentar falsas expectativas. Por eso envía a los discípulos a la otra orilla y se retira a la montaña para orar.

Qué enseñanza tan necesaria: antes de actuar, Jesús ora; antes de afrontar la noche, entra en comunión con el Padre. También nosotros necesitamos subir a esa montaña interior, apartarnos un poco del ruido, de la prisa y de tantas voces que confunden el alma. Solo en la oración podemos comprender el proyecto de Dios y ajustar nuestra vida a su voluntad.

Mientras Jesús ora, los discípulos navegan en medio de la noche. El viento es contrario, las olas golpean la barca y el miedo se apodera de ellos. Esa barca representa también nuestra vida, nuestras familias y la misma Iglesia. A lo largo de los siglos, la Iglesia ha atravesado persecuciones, crisis, divisiones y tempestades; cada uno de nosotros conoce también noches de incertidumbre, enfermedad, duelo, problemas económicos o preocupaciones por quienes amamos.

Pero precisamente allí, en la madrugada, Jesús se acerca caminando sobre el mar. El mar agitado, símbolo del caos y de las fuerzas del mal, no puede detenerlo. Cristo es Señor aun sobre aquello que nos amenaza. Y cuando los discípulos lo confunden con un fantasma, Él les dice: “¡Ánimo! Soy yo, no tengan miedo”.

Esta es una de las palabras más hermosas del Evangelio. Jesús no promete que nunca habrá tormentas; promete estar presente en ellas. No siempre quita de inmediato el viento contrario, pero se acerca, sostiene y salva. Cuando parece que Dios calla, no significa que nos haya abandonado. Tal vez viene hacia nosotros de una manera que aún no sabemos reconocer.

Pedro se atreve a salir de la barca. Mientras mira a Jesús, camina; cuando fija la mirada en el viento y las olas, comienza a hundirse. Cuántas veces nos sucede lo mismo: avanzamos mientras confiamos en el Señor, pero nos hundimos cuando dejamos que el miedo, la ansiedad o las malas noticias ocupen el centro de nuestro corazón. Sin embargo, Pedro nos deja una oración sencilla y poderosa: “Señor, sálvame”. Y Jesús, sin reproches, le tiende la mano.

Hoy pidámosle al Señor una fe más humilde y confiada. Que sepamos descubrirlo en la brisa suave de la oración, servirlo en los hermanos y reconocerlo presente en la barca de la Iglesia. Cada domingo, en la Eucaristía, Él vuelve a acercarse: nos alimenta con su Cuerpo y su Sangre, fortalece nuestra esperanza y nos envía a dar testimonio.

Que, aun en medio de nuestras tempestades, podamos repetir con toda la Iglesia: “Verdaderamente, tú eres el Hijo de Dios”.

 


Para complementar la predicación del domingo…




Tormenta en una parroquia: la historia del padre Andrew Greeley : 

Érase una vez un sacerdote parroquial maltrecho que se acercó a su obispo."Quiero jubilarme",dijo.

"No es usted lo suficientemente mayor para jubilarse". 

"Sí, pero estoy agotado. Mis feligreses se pelean entre sí, mis jóvenes no vienen a la iglesia. Mi consejo parroquial no tiene agallas. Mis adolescentes beben demasiado. Los miembros de mi personal están en constante conflicto. Un par de mujeres intentan apoderarse de la parroquia. Los hombres no soportan la tensión. Mis colectas han disminuido. Espías me denuncian a usted todas las semanas. Niños de la escuela secundaria rompen ventanas y hacen grafitis. Recibo correo de odio anónimo todos los días".

El obispo suspiró ruidosamente, ese suspiro del oeste de Irlanda que sugiere el inicio de un grave ataque de asma."Déjeme contarle mis problemas".

Los dos hombres se sentaron en silencio durante unos minutos después de haber intercambiado sus penas.—Bueno—dijo el obispo—,enhorabuena por tener una parroquia tan dinámica. Sigue viva y activa, y Jesús está presente en su barca parroquial, calmando el mar.

Así pues, el párroco regresó a su parroquia decidido a navegar por el tempestuoso mar parroquial con Jesús. No renunció.



viernes, 7 de agosto de 2026

8 de agosto del 2026: sábado de la decimoctava semana del tiempo ordinario II- Memoria de Santo Domingo de Guzmán, presbítero


Santo del día:

Santo Domingo de Guzmán

1170-1221

Del fundador de la Orden de Predicadores —los dominicos—, el beato Jordán de Sajonia decía: «Acogía a todos los hombres en la inmensidad de su caridad y, porque amaba a todos, todos lo amaban».

Santo Domingo comprendió que el anuncio del Evangelio debía brotar de una vida profundamente contemplativa, pobre y fraterna. Por eso quiso que sus religiosos fueran hombres de oración, estudio y predicación. Se cuenta que durante el día hablaba de Dios a los hombres y, durante la noche, hablaba de los hombres a Dios.

Su vida puede resumirse en el lema dominicano: «Contemplar y dar a los demás lo contemplado». Su testimonio nos invita a unir la oración y la misión, la verdad y la caridad, para anunciar a Cristo no solo con palabras, sino también con una vida coherente y compasiva.

Santo Domingo de Guzmán, ruega por nosotros y enséñanos a predicar la verdad con inteligencia, humildad y amor.

 



Pero ¿por qué?

(Mt 17, 14-20) ¿Acaso la pregunta de los discípulos no es también la nuestra cada día ante el sufrimiento y nuestra impotencia, cuando le pedimos cuentas a Dios: «¿Por qué no actúas? ¿Por qué no respondes como esperamos?».

Jesús no condena nuestra pregunta, pero nos invita a pasar del reclamo a la confianza. No siempre elimina inmediatamente el mal ni resuelve las dificultades a nuestro modo; en cambio, fortalece nuestra fe, nos enseña a orar y nos compromete a trabajar con Él. A veces Dios parece callar, pero nunca está ausente.

La fe, aunque sea pequeña como un grano de mostaza, no consiste en dominar a Dios, sino en dejarnos transformar por Él. Entonces comprendemos que su poder actúa también en nuestra fragilidad y que, unidos a Cristo, ningún dolor tiene la última palabra.

P.E.I

 


Primera lectura

Hab 1, 12 — 2, 4
El justo por su fe vivirá

Lectura de la profecía de Habacuc.

SEÑOR, ¿no eres, desde siempre, mi Dios?
¡Oh, Santo, que no muramos!
Señor, lo pusiste para sentenciar;
¡oh, Roca!, lo estableciste para juzgar.
Tus ojos, puros para contemplar el mal,
no soportan ver la opresión.
¿Por qué, pues, ves a los traidores y callas,
cuando el malvado se traga al justo?
Tratas a los hombres como a peces del mar,
como a reptiles sin dueño.
Los atrapa a todos con su anzuelo,
los arrastra con su red;
los amontona en su barca
contento y alegre.
Por eso ofrecen sacrificios a su red
e incienso a su barca,
pues en ellos tienen su sustento,
su ración y comida abundante.
¿Seguirá vaciando su red,
asesinando pueblos sin compasión?
Aguantaré de pie en mi guardia,
me mantendré erguido en la muralla
y observaré a ver qué me responde,
cómo replica a mi demanda.
Me respondió el Señor:
«Escribe la visión y grábala
en tablillas, que se lea de corrido;
pues la visión tiene un plazo,
pero llegará a su término sin defraudar.
Si se atrasa, espera en ella,
pues llegará y no tardará.
Mira, el altanero no triunfará;
pero el justo por su fe vivirá».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 9, 8-9. 10-11. 12-13 (R.: 11b)

R. No abandonas a los que te buscan, Señor.

V. Dios está sentado por siempre
en el trono que ha colocado para juzgar.
Él juzgará el orbe con justicia
y regirá las naciones con rectitud. R.

V. Él será refugio del oprimido,
su refugio en los momentos de peligro.
Confiarán en ti los que conocen tu nombre,
porque no abandonas a los que te buscan. R.

V. Tañan en honor del Señor, que reside en Sion;
narren sus hazañas a los pueblos;
él venga la sangre,
él recuerda
y no olvida los gritos de los humildes. R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Nuestro Salvador, Cristo Jesús, destruyó la muerte,
e hizo brillar la vida por medio del Evangelio. R.

 

Evangelio

Mt 17, 14-20

Si tuvieran fe, nada les sería imposible

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, se acercó a Jesús un hombre que, de rodillas, le dijo:
«Señor, ten compasión de mi hijo que es lunático y sufre mucho: muchas veces se cae en el fuego o en el agua. Se lo he traído a tus discípulos y no han sido capaces de curarlo».
Jesús tomó la palabra y dijo:
«¡Generación incrédula y perversa! ¿Hasta cuándo estaré con ustedes, hasta cuándo tendré que soportarlos? Tráiganmelo».
Jesús increpó al demonio y salió; en aquel momento se curó el niño.
Los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron aparte:
«¿Y por qué no pudimos echarlo nosotros?».
Les contestó:
«Por su poca fe. En verdad les digo que, si tuvieran fe como un grano de mostaza, le dirían a aquel monte: “Trasládate desde ahí hasta aquí”, y se trasladaría. Nada les sería imposible».

Palabra del Señor.

 

1

 

«¿Por qué no actúas, Señor?»

 

Hermanos:

La Palabra de Dios de hoy está atravesada por una pregunta que también nosotros hemos pronunciado alguna vez: «¿Por qué?» ¿Por qué permite Dios el sufrimiento? ¿Por qué parece guardar silencio ante la injusticia? ¿Por qué no actúa cuando más lo necesitamos?

El profeta Habacuc se atreve a llevarle esta pregunta a Dios. Contempla la violencia, el triunfo de los malvados y el sufrimiento de los inocentes, y exclama: «¿Por qué contemplas en silencio a los traidores?». Habacuc no ha perdido la fe; precisamente porque cree, se atreve a interrogar a Dios. Su oración nace de un corazón desconcertado, pero todavía confiado.

También nosotros le pedimos cuentas al Señor: «¿Por qué no sanas a esta persona? ¿Por qué no resuelves este problema? ¿Por qué permites esta prueba?». Dios no se escandaliza ante nuestras preguntas sinceras. Él escucha incluso nuestro reclamo, pero nos invita a no convertir la pregunta en desesperación. Por eso responde al profeta: «Escribe la visión… aunque tarde, espérala». Y concluye con una expresión fundamental: «El justo vivirá por su fe».

Vivir por la fe no significa comprenderlo todo, sino seguir confiando cuando todavía no comprendemos. Dios puede parecer silencioso, pero nunca está ausente. Su respuesta no siempre llega en el momento ni de la manera que esperamos; sin embargo, su promesa permanece.

El salmo confirma esta esperanza: «No abandonas, Señor, a los que te buscan». Dios es refugio para el oprimido, escucha el clamor de los pobres y no olvida a quienes sufren. Cuando sentimos que el Señor no hace nada, la Palabra nos recuerda que Él sigue obrando, muchas veces discretamente, en el corazón de las personas y a través de quienes se comprometen con el dolor de los demás.

En el Evangelio, los discípulos también preguntan: «¿Por qué nosotros no pudimos expulsar aquel demonio?». Se sienten impotentes ante el sufrimiento de un muchacho. Jesús les responde: «Por su poca fe». No les reprocha que tengan una fe pequeña, sino que todavía confíen demasiado en sus propias fuerzas. Una fe tan pequeña como un grano de mostaza puede mover montañas, siempre que sea una fe puesta verdaderamente en Dios.

Mover montañas no significa conseguir de Dios todo lo que deseamos. Significa permitirle transformar nuestro miedo, nuestra impotencia y nuestro desánimo. La fe no pretende dominar a Dios, sino dejarnos conducir por Él. A veces no cambia inmediatamente las circunstancias, pero cambia nuestro modo de atravesarlas y nos convierte en instrumentos de consuelo y liberación.

Hoy celebramos a santo Domingo de Guzmán, fundador de la Orden de Predicadores. Fue un hombre que contempló el sufrimiento de su tiempo y no permaneció indiferente. Se decía de él que acogía a todos en la amplitud de su caridad; hablaba de Dios a los hombres durante el día y, durante la noche, hablaba de los hombres a Dios. Su predicación nacía de la oración, del estudio de la verdad y de la compasión por las personas.

Santo Domingo nos enseña que la respuesta cristiana ante el sufrimiento no consiste solamente en preguntar: «Señor, ¿por qué no actúas?», sino también en escuchar que Dios nos pregunta: «Y tú, ¿qué estás dispuesto a hacer conmigo?». Quizá no podamos eliminar todo el dolor del mundo, pero sí podemos aliviar el dolor de alguien; no podemos resolver todas las injusticias, pero podemos defender la verdad; no podemos mover todas las montañas, pero podemos sembrar una pequeña semilla de fe, esperanza y caridad.

En este sábado hacemos también memoria de la Bienaventurada Virgen María, mujer de una fe pequeña en apariencia, pero inmensa en confianza. María también conoció preguntas, silencios y sufrimientos que no podía comprender. En Nazaret preguntó: «¿Cómo será esto?», pero terminó respondiendo: «Hágase en mí según tu palabra». Al pie de la cruz no recibió explicaciones; permaneció de pie, confiando. Y en el silencio del Sábado Santo conservó encendida la esperanza de la Iglesia. Ella nos enseña que creer no es tener todas las respuestas, sino permanecer junto a Dios incluso cuando no entendemos sus caminos.

Pidamos, entonces, una fe como el grano de mostaza: una fe que, como la de Habacuc, pregunte sin dejar de confiar; que, como proclama el salmo, encuentre refugio en Dios; que, como la de santo Domingo, se convierta en oración, compasión y anuncio; y que, como la de María, sepa permanecer fiel aun en medio del silencio y de la cruz.

Santo Domingo de Guzmán, ruega por nosotros. Santa María, Virgen fiel y Madre de la esperanza, acompáñanos siempre. Amén.

 

 

2

 

La fe que mueve montañas

 

Hermanos:

Un hombre se acercó a Jesús, se arrodilló ante Él y le dijo: «Señor, ten compasión de mi hijo, que es lunático y sufre terriblemente; muchas veces cae en el fuego y otras muchas en el agua. Se lo traje a tus discípulos, pero no pudieron curarlo». Jesús respondió: «¡Generación incrédula y perversa! ¿Hasta cuándo estaré con ustedes? ¿Hasta cuándo tendré que soportarlos? Tráiganme aquí al muchacho».

Antes de este encuentro, Jesús había enviado a sus discípulos a predicar, sanar y expulsar demonios en su nombre, preparando el camino para su propia llegada. Ellos habían contemplado admirados cómo el poder de Dios actuaba por medio de sus vidas: predicaban con autoridad, dominaban a los espíritus malignos y curaban a los enfermos.

Sin embargo, en el Evangelio de hoy, un hombre les presenta a su hijo atormentado y, esta vez, son incapaces de sanarlo. Jesús había subido a la montaña con Pedro, Santiago y Juan, quienes fueron testigos de su Transfiguración, mientras los otros nueve discípulos permanecían abajo.

Cuando Jesús regresa, se acerca este padre desesperado, se arrodilla con reverencia y suplica misericordia. El muchacho es descrito en griego con la palabra selēniazetai, que significa literalmente «afectado por la luna» y suele traducirse como «lunático», aunque alude más exactamente a ataques semejantes a la epilepsia. El término refleja la antigua creencia de que la luna podía influir en el comportamiento de las personas. Sin embargo, en este caso, el Evangelio deja claro que la causa es demoníaca. La violencia de los síntomas —caer en el fuego y en el agua— manifiesta el propósito destructor del maligno: herir y destruir aquello que Dios ha creado bueno.

La respuesta de Jesús resulta sorprendente: «¡Generación incrédula y perversa! ¿Hasta cuándo estaré con ustedes?». Es un lamento divino. Su dolor no se dirige únicamente a los discípulos, sino a la ceguera espiritual de todo el pueblo. Aunque los discípulos anteriormente habían expulsado demonios, esta vez algo había fallado. Las palabras de Jesús revelan su falta de profundidad espiritual y de una fe perseverante. Su desilusión nace del amor y del deseo de que su pueblo crezca hasta alcanzar la fe que está llamado a vivir.

También el profeta Habacuc, en la primera lectura, contempla una realidad dominada por la violencia, la injusticia y el sufrimiento. Desconcertado, se atreve a preguntarle a Dios: «¿Por qué contemplas en silencio a los traidores?». El profeta no comprende cómo Dios puede permitir que el mal parezca triunfar. Pero su pregunta no nace de la incredulidad, sino de una fe que busca comprender y que, aun en medio de la oscuridad, permanece esperando una respuesta.

Dios le pide que escriba la visión y que sepa esperarla: «Aunque tarde, espérala, pues llegará sin retrasarse». Finalmente, le revela el camino: «El justo vivirá por su fe». La fe auténtica no consiste en comprender inmediatamente todos los caminos de Dios, sino en seguir confiando cuando todavía no vemos la respuesta.

A pesar de la poca fe de los discípulos, Jesús no retiene su poder. Ordena: «Tráiganme aquí al muchacho». Con una sola palabra reprende al demonio y el niño queda curado instantáneamente. Aquello que los discípulos no pudieron hacer con sus propias fuerzas, Jesús lo realiza con facilidad. Solo Él puede liberarnos plenamente del mal y lo hace movido por su compasión divina.

Más tarde, cuando los discípulos le preguntan por qué fracasaron, Jesús les responde: «Por su poca fe», es decir, por su falta de verdadera confianza en Dios, que era quien debía actuar a través de ellos. Entonces les comunica una verdad poderosa: «Si tuvieran fe como un grano de mostaza, le dirían a esta montaña: “Trasládate de aquí allá”, y se trasladaría. Nada les sería imposible».

¿Deseamos expulsar demonios o sanar enfermos? Tales carismas no se conceden a todos; sin embargo, todo discípulo está llamado a mover montañas mediante la fe. No se trata de un poder mágico con el cual podamos imponer nuestra voluntad. Mover montañas significa cooperar con la voluntad de Dios para que su proyecto se realice en la tierra como en el cielo.

Hay montañas de resentimiento, miedo, adicciones, divisiones familiares, injusticias y desesperanza que parecen imposibles de superar. No se mueven únicamente con nuestras fuerzas, estrategias o capacidades. Por eso debemos llevarlas ante Jesús y escuchar su mandato: «Tráiganmelo». Llevémosle a la persona que sufre, la situación que no podemos resolver, la herida que no conseguimos sanar y aquello que supera nuestras posibilidades.

El salmo nos asegura que no acudimos en vano: «No abandonas, Señor, a los que te buscan». Dios es refugio para el oprimido, escucha el clamor de los humildes y no olvida el grito de quienes sufren. Quizá su respuesta no llegue en el momento ni de la manera que esperamos, pero Él nunca permanece indiferente ante nuestro dolor.

Dios siempre quiere el bien y lo realiza por medio de quienes poseen una fe suficientemente firme para unir su corazón al suyo. La clave está en desprendernos de nuestra propia voluntad, confiar inquebrantablemente en Él y buscar solamente su gloria.

En este sábado hacemos también memoria de la Bienaventurada Virgen María, la mujer de la fe humilde, confiada y desinteresada. María no pretendió imponerle a Dios sus propios planes. Ante el anuncio del ángel preguntó: «¿Cómo será esto?», pero luego se abandonó a la voluntad divina: «Hágase en mí según tu palabra». En Caná señaló el camino de la fe: «Hagan lo que Él les diga». Y al pie de la cruz, cuando parecía que la montaña del dolor y de la muerte era invencible, permaneció de pie, creyendo y esperando.

María nos enseña que la fe no es controlar a Dios, sino permitirle actuar en nosotros. Es confiar cuando no comprendemos, obedecer cuando el camino parece difícil y permanecer junto a Cristo cuando todo parece perdido.

Reflexionemos hoy sobre la calidad y profundidad de nuestra fe. ¿Confiamos más en el poder de Dios que en nuestros propios esfuerzos? ¿Estamos dispuestos a renunciar a nuestros deseos para que su voluntad pueda cumplirse por medio de nosotros?

Incluso un grano de fe humilde, confiada y desinteresada puede realizar lo que parece imposible cuando permanece unido al Dios para quien nada es imposible. Él desea hacer grandes cosas a través de cada uno de nosotros, si se lo permitimos. Pidámosle la fe que mueve montañas, porque cuando veamos actuar a Dios por medio de nuestra pobreza, quedaremos maravillados y humildes ante su grandeza.

Oración

Dios todopoderoso, Tú deseas realizar grandes cosas por medio de nosotros: mover montañas y retirar todo obstáculo a la gracia, para que se cumpla tu voluntad gloriosa y perfecta. Te pido una fe profunda, humilde y perseverante, para que, a través de mí, puedas tocar muchas vidas y conducirme a tu Reino glorioso y eterno.

Bienaventurada Virgen María, Madre creyente y fiel, enséñame a confiar, a obedecer y a decir siempre: «Hágase en mí según tu palabra».

Jesús, confío en Ti. Amén.

 

                                                                       

                                        8 de agosto:

Santo Domingo, presbítero — Memoria

1170–1221
Patrono de los astrónomos, científicos y de los falsamente acusados
Canonizado por el Papa Gregorio IX en 1234



Cita:

El mismo día y a la misma hora en que el maestro Domingo murió, el hermano Guala, prior de Brescia y posteriormente obispo de esa ciudad, estaba descansando en el campanario de su convento. Justo cuando estaba por dormirse, vio lo que parecía una abertura en los cielos por la cual descendían dos escaleras brillantes. Cristo estaba de pie sobre una y Su Madre sobre la otra. Se veían ángeles subir y bajar. En la parte inferior, entre las dos escaleras, había un asiento en el que estaba sentado alguien que parecía uno de los frailes, pues su rostro estaba cubierto con una capucha, tal como hacemos en los entierros. Nuestro Señor y Su Madre iban elevando lentamente la escalera hasta que la persona en el asiento los alcanzó. Entonces fue recibido en el cielo con gran esplendor, en medio de un coro de ángeles. Luego, la brillante abertura en los cielos se cerró repentinamente y no se vio más. Entonces el fraile que tuvo esta visión recuperó la salud, pues antes estaba enfermo y débil, y partió rápidamente hacia Bolonia, donde descubrió que su visión —la cual nos relató— había ocurrido exactamente en el momento en que el siervo de Cristo, Domingo, había muerto.
~Primer biógrafo de Santo Domingo, Beato Jordán.


Reflexión:

Domingo nació en Caleruega, en el Reino de Castilla, actual España, de padres nobles. Probablemente recibió el nombre de San Domingo de Silos, un santo local del siglo anterior. Un antiguo biógrafo relata que su madre, con dificultades para concebir, peregrinó al monasterio donde San Domingo de Silos había sido abad. Por aquel tiempo, soñó con un perro que salía de su vientre, portando una antorcha que encendía el mundo entero. El nombre “Domingo” puede traducirse como “El perro del Señor”.

El santo de hoy provino de una familia santa. Su madre fue posteriormente beatificada, al igual que uno de sus hermanos que siguió a Domingo en la Orden de Predicadores. Otro hermano fue sacerdote diocesano, vivió en pobreza y se dedicó al cuidado de los pobres y los que sufrían. Desde los siete hasta los catorce años, Domingo fue educado por el tío sacerdote de su madre. De los catorce a los veinticuatro, estudió en la Universidad de Palencia, donde se destacó. Durante esos diez años, también fue muy devoto de los pobres. En una ocasión, vendió todo lo que tenía, incluyendo libros que él mismo había copiado a mano, para ayudar a los afectados por la peste. En dos ocasiones intentó venderse como esclavo para liberar a cristianos cautivos por musulmanes.

A los veinticuatro años, el obispo Diego de Acebo de Osma lo ordenó canónigo regular agustino de la catedral, con la esperanza de que ayudara a reformar a los demás canónigos. Durante nueve años, el padre Domingo llevó una vida de intensa oración, fue nombrado subprior y luego prior, y dio gran testimonio a otros con su vida santa.

En 1203, el rey de Castilla envió al obispo Diego en una misión diplomática, y éste pidió al padre Domingo que lo acompañara. Durante el viaje, descubrieron dos grandes necesidades de la Iglesia: la evangelización de pueblos del norte de Europa que no conocían el Evangelio, y la herejía de los cátaros (albigenses) en el sur de Francia. Tras cumplir la misión, pasaron por Roma para consultar al Papa, quien los envió de vuelta al sur de Francia para colaborar en la conversión de los herejes.

Los cátaros seguían la herejía albigense, según la cual existen dos dioses: uno bueno (asociado al Nuevo Testamento y al mundo espiritual) y otro malo (asociado al Antiguo Testamento y al mundo material). Según ellos, el objetivo de la vida era escapar del mundo material mediante una vida rigurosamente ascética.

Anteriormente, el Papa había enviado monjes cistercienses a convertirlos, pero los cátaros, al ver que ellos no vivían en austeridad, los rechazaban. Domingo comprendió entonces que la mejor forma de combatir la herejía era fundar una orden que viviera una austeridad auténtica sin renunciar a la fe de la Iglesia.

En el sur de Francia, el padre Domingo y el obispo Diego trabajaron incansablemente para rescatar almas. Debatían públicamente y dialogaban en privado con los cátaros, buscando convencerlos con razón y caridad. Vivían en pobreza, como predicadores itinerantes, poseyendo solo el Evangelio. Tras la muerte del obispo Diego, Domingo fundó en 1206 un convento en Prouille, dedicado a Santa María Magdalena, con doble propósito: salvar almas por la oración, y dar refugio a mujeres y religiosas convertidas del albigensianismo. El convento también ofrecía educación a niñas, brindando una alternativa a los conventos heréticos.

En los años siguientes, Dios obró numerosos milagros por medio del padre Domingo. Algunos de ellos llevaron a conversiones y al aumento de seguidores. Con el tiempo, empezó a redactar una regla de vida para su comunidad. En 1215, con permiso del obispo de Toulouse, fundó una nueva orden de hombres, dedicada a la evangelización mediante la oración, el estudio y la pobreza.

Al igual que los franciscanos, buscaban un nuevo modo de vida consagrada: ni monjes, ni canónigos, ni sacerdotes diocesanos. Vivían en comunidad, oraban juntos, abrazaban la pobreza, la obediencia y la castidad, estudiaban la fe, y salían a predicar y evangelizar, regresando después a su casa común para renovarse. En 1216, el Papa Honorio III aprobó formalmente la orden: así nació la Orden de Predicadores, conocidos como Dominicos.

La orden creció rápidamente gracias a la humildad, paciencia y entrega de Domingo y sus frailes. También los milagros ayudaron. Una leyenda cuenta que, en un debate público con un monje albigense, decidieron echar sus respectivos libros al fuego para ver cuál se salvaba. El libro del hereje fue consumido; el de Domingo, lanzado tres veces al fuego, saltó de nuevo a sus manos intacto. La noticia se propagó, y muchas almas se convirtieron.

En 1217, el Papa, impresionado por la nueva orden, entregó a Domingo la iglesia de Santa Sabina en Roma como segunda casa de la orden. También lo nombró Maestro del Palacio Sagrado, es decir, teólogo del Papa. Pese a este éxito, Domingo permaneció humilde y penitente: dormía en el suelo, usaba cilicio y solía andar descalzo.

Hasta su muerte en 1221, fundó casas en París, Madrid y Bolonia. La orden continuó creciendo tras su muerte, y para mediados del siglo XIII, ya había cientos de conventos dominicos en Europa y otras partes del mundo.


Reflexión final:

Al honrar hoy a Santo Domingo y a su Orden de Predicadores, contemplemos su paciencia, humildad y entrega. Frente a los herejes albigenses, no fue duro ni condenador: se sumergió en la oración, el estudio y el diálogo, salvando muchas almas con su ejemplo y su sabiduría.

Dios también te llama a ti a una vocación semejante: buscar la salvación de las almas por encima de todo. Cuando ese deseo arde en ti, dedicarás todo lo que eres y tienes a esa misión. No hay tarea más gloriosa que rescatar un alma del pecado y del infierno, como lo hizo Santo Domingo.


Oración:

Santo Domingo, tu corazón se conmovía ante el sufrimiento.
Al encontrar a quienes estaban extraviados por la herejía, anhelabas su libertad,
y dedicaste tu vida a su salvación.
Ruega por mí, para que sepa reconocer a quienes me rodean y necesitan ser liberados del error y del pecado,
y para que, con oración, esté disponible a ser instrumento de Dios.
Santo Domingo, ruega por mí.
Jesús, en Ti confío.

 

 

9 de agosto del 2026: decimonoveno domingo del tiempo ordinario-Ciclo A

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