Testigo de la fe:
San Pío de Pietrelcina
1887-1968
“Quédate conmigo, Señor, porque tú eres mi luz y, sin ti,
estoy en las tinieblas”, así rezaba el capuchino de San Giovanni
Rotondo (región de Apulia, Italia), que dedicó su vida a la oración, a
reconciliar a los pecadores con Dios y a aliviar el sufrimiento de quienes
acudían a él. En el altar y en el confesionario, el padre Pío hizo de su
ministerio un testimonio de la misericordia divina. Su caridad se expresó
también en la atención a los enfermos, impulsando la fundación de la Casa
Alivio del Sufrimiento.
Su
memoria nos invita a permanecer cerca de Jesús, especialmente cuando
atravesamos momentos de oscuridad. La fe no nos evita todas las pruebas, pero
nos ayuda a vivirlas sostenidos por el amor de Dios. Con san Pío, también
nosotros podemos pedir: «Quédate
conmigo, Señor», y convertir esa oración en cercanía y consuelo
para quienes sufren.
A la vez rico y pobre
El rico corre el riesgo de encerrarse en
sus posesiones; el pobre, de desesperarse y optar por la violencia. El libro de
los Proverbios elige el camino intermedio: ni lo uno ni lo otro. El sabio pide
a Dios lo necesario para vivir: ni una abundancia que lo lleve a olvidarse de
él, ni una miseria que lo empuje a obrar contra su conciencia. No condena a las
personas por su condición económica; nos invita a reconocer que tanto la
suficiencia como la desesperación pueden apartarnos de la confianza en el
Señor.
Podemos
ser ricos en bienes y pobres en amor; también podemos tener muy poco y poseer
una inmensa capacidad de compartir. Sin embargo, la pobreza material no debe
idealizarse: cuando falta lo indispensable, nuestra respuesta cristiana ha de
ser la solidaridad y el compromiso con la justicia.
Jesús, al enviar a sus
discípulos con un equipaje ligero, les enseña a apoyarse en Dios y a aceptar la
hospitalidad de los demás. La verdadera riqueza del enviado es el Evangelio que
lleva y el bien que puede hacer.
Señor, danos el pan que
necesitamos, un corazón libre del afán de poseer y unas manos abiertas para
compartir. Que la abundancia no nos vuelva indiferentes ni la necesidad nos
robe la esperanza. Amén.
Primera lectura
Prov
30, 5-9
No
me des riqueza ni pobreza, concédeme mi ración de pan
Lectura del libro de los Proverbios.
LAS palabras de Dios son de fiar,
él es escudo para los que esperan en él.
No añadas nada a sus palabras,
te replicará y quedarás por mentiroso.
Dos cosas te he pedido,
no me las niegues antes de morir:
aleja de mí falsedad y mentira;
no me des riqueza ni pobreza,
concédeme mi ración de pan;
no sea que me sacie y reniegue de ti,
diciendo: «Quién es el Señor?»;
no sea que robe por necesidad
y ofenda el nombre de mi Dios.
Palabra de Dios.
Salmo
Sal
118, 29. 72. 89. 101. 104. 163 (R.: 105a)
R.
Lámpara es tu palabra para mis pasos.
V.
Apártame del camino falso,
y dame la gracia de tu ley. R.
V.
Más estimo yo la ley de tu boca
que miles de monedas de oro y plata. R.
V. Tu palabra, Señor, es
eterna,
más estable que el cielo. R.
V. Aparto mi pie de
toda senda mala,
para guardar tu palabra. R.
V.
Considero tus mandatos,
y odio el camino de la mentira. R.
V.
Detesto y aborrezco la mentira,
y amo tu ley. R.
Aclamación
R.
Aleluya, aleluya, aleluya.
V.
Está cerca el reino de Dios; conviértanse y crean en el Evangelio. R.
Evangelio
Lc
9, 1-6
Los
envió a proclamar el reino de Dios y a curar a los enfermos
Lectura del santo Evangelio según san Lucas.
EN aquel tiempo, habiendo convocado Jesús a los Doce, les dio poder y autoridad
sobre toda clase de demonios y para curar enfermedades.
Luego los envió a proclamar el reino de Dios y a curar a los enfermos,
diciéndoles:
«No lleven nada para el camino: ni bastón ni alforja, ni pan ni dinero; tampoco
tengan dos túnicas cada uno.
Quédense en la casa donde entren, hasta que se vayan de aquel sitio.
Y si algunos no los reciben, al salir de aquel pueblo sacúdanse el polvo de sus
pies, como testimonio contra ellos».
Se pusieron en camino y fueron de aldea en aldea, anunciando la Buena Noticia y
curando en todas partes.
Palabra del Señor.
1
SEÑOR, DANOS TU LUZ Y ENSÉÑANOS A CUIDAR
Queridos
hermanos:
Hay
momentos en que nuestras peticiones a Dios se vuelven muy sencillas. Cuando
todo marcha bien, podemos desear muchas cosas: tener más, conseguir algo nuevo,
realizar grandes proyectos. Pero cuando llega la enfermedad, nuestra oración
cambia: «Señor, que pueda descansar esta noche; que el tratamiento funcione;
que mi familia tenga fuerzas; que alguien me acompañe».
La
fragilidad nos ayuda a reconocer lo esencial. Hoy, mientras celebramos la
memoria de san Pío de Pietrelcina y oramos especialmente por los enfermos, la
Palabra nos invita a confiar en Dios y a cuidar unos de otros.
En
la primera lectura, el sabio pide vivir libre de mentira y recibir el alimento
necesario. Conoce su corazón: teme que la abundancia lo haga sentirse
autosuficiente y que la necesidad lo lleve a perder el rumbo.
Esta
oración también puede ser nuestra: «Señor, que lo que tengo no me haga
olvidarte; que lo que me falta no me haga desconfiar de ti».
Porque
podemos tener muchas cosas y vivir encerrados en nosotros mismos. Podemos
contar con dinero, comodidades y seguridades, y carecer de tiempo para
escuchar, de generosidad para compartir o de humildad para reconocer que
necesitamos ayuda.
Pero
tampoco debemos idealizar la pobreza. Hay familias que sufren porque no tienen
para comer, pagar un transporte o acompañar a un enfermo. Ante esa realidad, la
fe nos compromete. Cuando
pedimos a Dios el pan de cada día, también le ofrecemos nuestras manos para que
ese pan llegue a otros.
Hoy
podríamos preguntarnos: ¿hay alguien cerca de mí que esté llevando, además del
peso de su enfermedad, la angustia de no tener lo necesario?
El
salmo nos regala una respuesta para caminar: «Lámpara es tu palabra para mis pasos».
¡Qué
hermosa imagen! Una lámpara permite ver dónde poner el pie. A veces quisiéramos
que Dios nos mostrara de una vez todo el camino: cuánto durará una dificultad,
qué resultado tendrá un examen, cuándo recuperaremos la tranquilidad. Y, sin
embargo, muchas veces recibimos la luz necesaria para dar el paso de hoy.
Para
alguien enfermo, ese paso puede ser aceptar que necesita ayuda. Para un
familiar, puede ser acompañar con paciencia. Para quien está agotado de cuidar,
puede ser reconocer su cansancio y permitir que otro lo releve. Para todos,
puede ser encontrar un momento de silencio y decir: «Señor, tengo miedo, pero
quiero caminar contigo».
La
oración puede brotar entre lágrimas. No necesitamos esconderle a Dios nuestra
preocupación ni fingir una fortaleza que no tenemos. También el corazón cansado
puede creer; también quien siente miedo puede confiar.
En
el Evangelio, Jesús envía a los Doce a anunciar el Reino y a curar a los
enfermos. Une la predicación con el cuidado de las personas. Sus enviados deben
llevar una palabra que abra la esperanza y una presencia que se acerque al
dolor.
Aquí
tenemos una enseñanza para nuestra comunidad: hablar del amor de Dios nos compromete a hacerlo cercano.
Una
visita hecha con delicadeza, una llamada, una comida preparada, la ayuda para
llegar a una consulta, el tiempo dedicado a escuchar: todo eso puede expresar
el Evangelio. A veces no sabemos qué decir ante el sufrimiento. Podemos empezar
por estar presentes y preguntar: «¿En qué puedo ayudarte?».
También
necesitamos aprender a escuchar sin dar explicaciones apresuradas. A quien
sufre no tenemos que decirle que le falta fe ni exigirle que esté siempre
animado. Una enfermedad que continúa no demuestra que Dios haya abandonado a
esa persona. El enfermo merece cariño, atención y respeto, incluso cuando está
triste, irritable o sin fuerzas para hablar.
San
Pío de Pietrelcina vivió profundamente esta unión entre oración y servicio. Su
ministerio estuvo centrado en la Eucaristía, la reconciliación y el
acompañamiento espiritual. Además, impulsó la Casa Alivio del Sufrimiento para
atender a los enfermos. Su amor a Cristo lo llevó a preocuparse por el
sufrimiento concreto de sus hermanos.
Qué
tarea tan hermosa para nosotros: procurar que nuestros hogares y nuestra
comunidad sean lugares donde el sufrimiento encuentre alivio. Que quien esté
enfermo pueda sentirse querido; que quien cuida encuentre apoyo; que nadie
tenga que avergonzarse de pedir ayuda.
En
esta Eucaristía pongamos ante el Señor los nombres y los rostros de nuestros
enfermos: los hospitalizados, quienes esperan un diagnóstico, quienes viven con
dolor persistente, quienes atraviesan dificultades de salud mental y quienes
pasan muchas horas solos. Recordemos también a los médicos, enfermeros,
cuidadores y familiares.
Pidamos
con confianza su recuperación y el alivio de sus dolores. Pidamos también
fortaleza para cada jornada, acceso a los cuidados que necesitan y personas que
los acompañen con amor.
Y
dejemos que esta oración nos mueva a actuar. ¿A qué enfermo puedo llevar hoy un poco de compañía, ayuda
y esperanza?
Señor Jesús, tú conoces a cada persona que hoy encomendamos
a tu amor. Acércate a su fragilidad, alivia sus dolores y sostén su esperanza.
Ilumina a quienes la atienden y fortalece a su familia.
Danos el pan necesario, un corazón agradecido y unas manos
generosas. Que tu Palabra sea nuestra lámpara cuando no sepamos cómo continuar.
María, Salud de los enfermos, acompaña a quienes sufren y
enséñanos a permanecer cerca de ellos.
San Pío de Pietrelcina, intercede por nuestros enfermos y
ayúdanos a unir la oración con la caridad. Amén.
2
CONFIAR EN LA PROVIDENCIA DIVINA
Queridos
hermanos:
«Jesús convocó a los Doce y les dio poder y
autoridad sobre todos los demonios y para curar enfermedades. Y los envió a
proclamar el Reino de Dios y a sanar a los enfermos. Les dijo: “No lleven nada
para el camino: ni bastón, ni alforja, ni pan, ni dinero; ni tengan dos
túnicas”»
(Lc 9, 1-3).
Imaginen
tener el poder de imponer las manos sobre los enfermos y sanarlos. Aunque pueda
parecer algo del mundo de la fantasía o de los superhéroes, se trata, en
verdad, de una participación en la autoridad divina sobre la naturaleza.
Mientras los niños podrían soñar con semejante poder a través de las
historietas o los dibujos animados, el poder concedido a los Apóstoles no solo
era real: les fue dado para un propósito mucho más elevado, conducir a las
almas hacia la salvación eterna.
A
esta altura del Evangelio de Lucas, los Doce ya habían sido elegidos y
constituidos Apóstoles. Podemos sitúar ese período de formación en varias
semanas, quizá meses, aunque el evangelista no precisa su duración. En el
capítulo sexto, Jesús los llamó después de pasar la noche en oración en una
montaña. Desde entonces, se habían formado escuchando sus enseñanzas —como el
sermón de la llanura—, presenciando milagros y exorcismos, viéndolo perdonar
pecados, contemplando asombrados cómo calmaba un mar agitado e incluso siendo
testigos de cómo resucitaba a los muertos.
Después
de este breve e intenso período de formación, Jesús los envió a la misión. Para
realizarla, les concedió su propio poder divino: sanar, expulsar demonios y
proclamar el Reino de Dios.
Al
enviarlos, les dio una instrucción importante: que no llevaran nada para el
camino. ¿Por qué les pediría algo semejante? No era porque se despreocupara de
sus necesidades; les estaba enseñando una lección espiritual fundamental: para ser instrumentos eficaces de su
poder y de su mensaje, debían confiar plenamente en la providencia divina.
La
primera lectura nos ayuda a comprender esta confianza. El sabio del libro de
los Proverbios pide a Dios que lo libre de la falsedad y le conceda el alimento
necesario. Teme que la abundancia lo lleve a olvidarse del Señor y que la
miseria lo empuje a obrar contra su conciencia.
Su
petición nos invita a examinar dónde ponemos nuestra seguridad. Podemos
organizarnos, trabajar y prever lo necesario, pero nuestro corazón necesita
recordar de quién recibe la vida. La confianza en la providencia se expresa
también en el trabajo honrado, en la gratitud y en la disposición a compartir.
Pidámosle
al Señor, que nos enseñe a recibir sin volvernos orgullosos y a pedir sin
sentirnos humillados. Que los bienes que tenemos estén al servicio del amor.
Volvamos
ahora al envío de los Apóstoles. Imaginemos una escena que nos ayude a
meditarlo; no se trata de un episodio concreto narrado por Lucas.
Eres
uno de los Doce. Entras en una aldea desconocida y ves a un hombre que no puede
caminar, mendigando junto a la entrada. De pronto, sientes la inspiración de
imponerle las manos y anunciar su curación. La moción es tan fuerte que actúas.
En cuanto dices: «Queda sano», el hombre se levanta y camina, ante el asombro
de todos. Al terminar el día, llegan hasta ti filas de enfermos, personas
impedidas y endemoniados, y cada uno es sanado o liberado.
Al
día siguiente, una gran multitud se reúne en la plaza del pueblo. Los invitas a
sentarse y comienzas a predicar todo lo que has oído enseñar a Jesús. Mientras
hablas, algunos se conmueven hasta las lágrimas; otros miran al cielo con
alegría. Los corazones son tocados. Las cadenas caen. Las vidas cambian, y todo
sucede sirviéndose de tus palabras y de tu presencia.
Un
momento así podría conducir fácilmente a la tentación del orgullo, al asombro
ante todo lo que tú
has hecho. Pero Jesús conocía ese peligro. Por eso, al terminar el día y
dispersarse la multitud, los Apóstoles tenían que buscar alimento y alojamiento
recurriendo a otras personas.
Ese
gesto sencillo —depender de la bondad de quienes los recibían— era un
recordatorio cotidiano de que el poder que ejercían no les pertenecía. Entraban
en los pueblos con las manos vacías para recordar que era Cristo quien obraba
maravillas, salvaba y hablaba a través de ellos.
Hermanos,
¡cuánto necesitamos aprender esta lección quienes servimos en la Iglesia! El
sacerdote, el catequista, el misionero, quien proclama la Palabra, quien canta
o acompaña a los enfermos: todos necesitamos agradecer el bien que Dios realiza
por medio de nosotros.
Cuando
alguien se acerca a Dios gracias a una palabra nuestra, podemos alegrarnos.
Cuando una tarea pastoral da fruto, podemos celebrarlo. Pero esa alegría
necesita convertirse en acción de gracias, para que el servicio permanezca
libre de vanidad.
El
salmo nos ofrece hoy una orientación preciosa: «Lámpara es tu palabra para mis pasos».
La
luz que guía nuestra misión viene del Señor. Necesitamos escuchar su Palabra
antes de anunciarla, dejarnos corregir por ella antes de orientar a otros,
permitir que ilumine nuestras intenciones antes de emprender nuestros
proyectos.
El
salmista reconoce, además, que la enseñanza de Dios vale más que las riquezas.
Esa es también la riqueza del Apóstol: haber escuchado al Maestro, haber
recibido su amor y llevar una palabra que puede despertar la fe.
Cuando
Dios se sirve de nosotros para sus gloriosos propósitos, también nosotros
seremos tentados por el pecado del orgullo. Podemos admirarnos de nosotros
mismos, buscar el reconocimiento de los demás o esperar que nos traten como si
fuéramos la fuente de la gracia de Dios.
Este
peligro real debe ser tomado en serio por cualquiera que participe en el
apostolado de Cristo. Si Cristo no obra por medio de nosotros, nada podemos
hacer. Somos débiles y pecadores, y todo bien que realizamos tiene su fuente en
su gracia. Nuestra colaboración es verdadera, pero ella misma es sostenida por
Dios. Nunca debemos olvidar esta verdad que nos llama a la humildad,
especialmente cuanto más profundamente nos comprometemos en su servicio.
Hoy
celebramos la memoria de san Pío de Pietrelcina. Su vida nos ayuda a contemplar
esta enseñanza. La Eucaristía, la oración y el sacramento de la reconciliación
ocuparon el centro de su ministerio. Acogió a innumerables personas que
buscaban consejo, perdón y consuelo, y su caridad se expresó también en la
fundación de la Casa Alivio del Sufrimiento para atender a los enfermos.
En
él encontramos una confianza en Dios que se traduce en entrega. Su ejemplo nos
anima a poner nuestros dones al servicio de los demás y a cuidar nuestra
relación con el Señor. Quien acompaña necesita también dejarse acompañar; quien
anuncia el perdón necesita recibirlo; quien sostiene a otros necesita
arrodillarse ante Dios y reconocer su propia fragilidad.
Y
para quienes hoy atraviesan una enfermedad, esta confianza puede tomar la forma
de una oración muy sencilla: «Señor, acompáñame en este día. Dame fuerzas
para recibir los cuidados que necesito y bendice a quienes me ayudan». La
persistencia de la enfermedad no significa falta de fe. También en medio de
ella podemos recibir y comunicar el amor de Dios.
Reflexionemos
hoy sobre la medida en que confiamos en la providencia divina. ¿Hay ocasiones
en las que sentimos la tentación de atribuirnos lo que Dios realiza por medio
de nosotros? ¿Buscamos aprobación y reconocimiento cuando servimos al Señor?
¿Sabemos recibir con gratitud la ayuda de los demás?
Pidamos
a Jesús la gracia de la humildad y del desprendimiento, para que deseemos ser
instrumentos limpios de su misericordia, sin buscar nuestra propia gloria y
orientando siempre hacia él a quienes encontramos.
Señor todopoderoso, tú tienes plena autoridad
sobre la naturaleza y posees el poder de transformar las vidas y conceder la
vida eterna. Sírvete de mí como humilde instrumento de tu misión salvadora.
Protege mi corazón del orgullo y mantenme arraigado en la humildad, siempre
consciente de que toda obra buena procede de ti. Soy tan solo tu servidor; tú
eres la fuente de toda bondad.
Que tu Palabra ilumine mis pasos. Concédeme lo
necesario para vivir y un corazón generoso para compartir. Por intercesión de
san Pío de Pietrelcina, enséñame a unir la oración con el servicio y la
confianza con la entrega.
Jesús, en ti confío. Amén.
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23 de septiembre:
San Pío de Pietrelcina (Padre Pío), presbítero — Memoria
1887–1968
Patrono de los adolescentes y de los voluntarios de la defensa civil.
Invocado por quienes necesitan alivio del estrés, sanación espiritual y contra la melancolía de enero.
Canonizado por san Juan Pablo II el 16 de junio de 2002.
Cita:
Reflexión
San Padre Pío nació como Francesco Forgione en Pietrelcina, Italia, un pueblo rural de unos 4.000 habitantes. De niño lo llamaban Franci (“Frankie”). Sus padres eran campesinos jornaleros, y los hijos ayudaban en las labores del campo. Franci fue el tercero de siete (u ocho) hijos, de los cuales dos (o tres) murieron en la infancia, algo muy común en aquella época. El pueblo giraba en torno a la iglesia local de Santa Ana, con continuas fiestas, misas, procesiones, novenas y celebraciones parroquiales. La fiesta principal cada año era en honor de su patrona, Nuestra Señora de la Liberación, que duraba tres días en agosto. Tras la jornada laboral, la mayoría de las tardes se compartían con los vecinos, comiendo pasta, cantando, contando historias y jugando en los campos.
La familia Forgione era muy devota, y Franci manifestó una piedad extraordinaria desde muy pequeño. La familia tenía gran devoción a los santos y a la Virgen María, amor que Franci conservaría toda su vida. De niño, sufría a menudo pesadillas; más tarde afirmaría que el diablo lo atormentaba ya desde esa edad. Recordaba también que, desde que tenía memoria, podía comunicarse con su ángel custodio y tenía visiones frecuentes de la Virgen y de Jesús. Desde los cinco años se consagró a Dios y a la Virgen. Fue buen estudiante, aunque en su pueblo solo había tres años de escuela pública. También padeció diversas enfermedades durante la infancia.
A los diez años, Franci conoció a un fraile capuchino con barba que recorría los pueblos pidiendo limosna para su comunidad. Quedó tan impresionado que dijo a sus padres: “¡Quiero ser fraile con barba!”. Al principio lo tomaron como una ocurrencia infantil, pero luego lo llevaron al convento capuchino, a unos 20 kilómetros. Los frailes lo aceptaron, pero necesitaría mejor preparación académica. Sus padres no podían pagar un colegio privado ni un tutor, así que su padre emigró a Estados Unidos para trabajar y enviar dinero. Enviaba nueve dólares semanales, con lo cual Franci pudo estudiar. A los quince años entró con los capuchinos y tomó el nombre de Pío, tal vez en honor al papa san Pío I, cuyas reliquias estaban en su iglesia parroquial, o a Pío de Benevento, provincial capuchino.
Cinco días antes de entrar, Franci tuvo dudas sobre dejar la vida conocida y entrar en el convento. Rezando, tuvo una “visión intelectual”: en su mente vio a un “Hombre majestuoso, de rara belleza, resplandeciente como el sol”. Ese Hombre lo tomó de la mano y lo condujo ante un “formidable guerrero” o “criatura misteriosa” con la que debía combatir. Dudó, pero el Hombre lo animó. Peleó y venció; el enemigo huyó. El Hombre entonces colocó sobre su cabeza una corona de indescriptible belleza y le dijo que siempre tendría que luchar, pero que con Su ayuda vencería. Tres días después, al recibir la Eucaristía, comprendió que su vida capuchina sería una batalla constante contra el demonio, pero con Cristo a su lado. Dos días más tarde, la víspera de su ingreso, tuvo otra visión de Jesús y la Virgen que lo consolaron y fortalecieron para su vocación. Estas visiones se cumplieron a lo largo de sus 65 años de vida religiosa.
La vida de novicio estuvo llena de disciplina y austeridad: rezaban siete veces al día, estudiaban largas horas, vivían en celdas pequeñas y sencillas, iban descalzos, ayunaban con frecuencia y trabajaban manualmente. En 1907, con 19 años, hizo la profesión perpetua, y en 1910, con 23 años, fue ordenado sacerdote. Durante los años de preparación siempre estuvo delicado de salud. Sus compañeros atestiguaron que caía en éxtasis en la oración, a veces levitando, otras llorando, siempre tan absorto que perdía la noción del tiempo y del lugar. Tras ordenarse, su salud empeoró tanto que le permitieron volver a casa para recuperarse. Allí estuvo hasta 1916, cuando lo enviaron al convento de Nuestra Señora de las Gracias en San Giovanni Rotondo, donde viviría hasta su muerte (con una breve interrupción durante la Primera Guerra Mundial, cuando fue llamado al servicio militar, pero fue rápidamente licenciado por su mala salud).
En San Giovanni Rotondo, pronto fue conocido como místico. Sus misas eran intensas y prolongadas por los éxtasis. Confesaba sin descanso y daba dirección espiritual. Su consejo más famoso fue: “Reza, espera y no te preocupes”. El 20 de septiembre de 1918, tras la misa, tuvo una visión de un Hombre sangrante de manos, pies y costado; de repente, esas llagas se abrieron en su propio cuerpo: recibía los estigmas. Los llevó por exactamente cincuenta años. Sangraban hasta un cáliz de sangre diario, despedían un aroma celestial y le producían gran dolor, especialmente en el hombro donde Cristo llevó la cruz. Médicos de todo el mundo lo examinaron sin encontrar explicación.
Durante trece años, multitudes acudieron a verlo. Manifestó dones carismáticos: curaciones, bilocación, levitación, profecía, milagros y xenoglosia (visitantes extranjeros lo oían en su propia lengua). Podía leer los corazones, pasaba semanas alimentándose solo de la Eucaristía y dormía muy poco o nada. Muchas conversiones se dieron a través de su ministerio.
Estos hechos maravillaban a los fieles, pero también levantaron sospechas en la Iglesia. En 1922 comenzó una investigación; en 1931 el Vaticano lo suspendió del ministerio público. Dos años después, Pío XI levantó la sanción al reconocer que había sido mal informado. Sin embargo, continuó bajo escrutinio hasta que Pablo VI lo rehabilitó por completo en 1963.
Además de su ministerio de misa y confesión, construyó un hospital para los pobres, con permiso especial de la Santa Sede para administrarlo personalmente.
El 22 de septiembre de 1968 celebró una misa solemne televisada por el cincuentenario de los estigmas. Al día siguiente, sus llagas desaparecieron y falleció. Se calcula que 100.000 personas asistieron a su funeral.
San Pío fue un santo irrepetible. Aunque hubo otros estigmatizados, nadie los llevó tan abiertamente ni tanto tiempo. Vivió en unión continua con Dios, realizó milagros innumerables, provocó conversiones masivas y decía que su verdadera misión empezaría después de su muerte. Y así ha sido: desde 1968 su fama, intercesión y milagros siguen vivos. Sus restos descansan en el Santuario de San Pío en San Giovanni Rotondo, uno de los centros de peregrinación más concurridos del mundo.
Al honrar a este santo, dejémonos inspirar por su vida milagrosa. Pero contemplemos aún más su vida de oración y unión con Dios. Su santidad no se redujo a los prodigios, sino que fue fruto de la oración, la penitencia, la virtud y la obediencia a la voluntad de Dios. Todos estamos llamados a la misma santidad, aunque sin dones extraordinarios. Busquemos la santidad en la oración y la penitencia, y pidamos la intercesión de San Pío para alcanzarla.
Oración
San Padre Pío, que amaste a Dios con todo tu corazón y llevaste en tu cuerpo las llagas de Cristo, por ti muchos corazones se convirtieron, se sanaron y recibieron perdón. Ruega por mí, para que reciba la sanación que necesito y pueda entregarme más plenamente a la voluntad de Dios y servirlo con todas mis fuerzas.
San Pío de Pietrelcina, ruega por mí.
Jesús, en ti confío.




