lunes, 28 de septiembre de 2026

29 de septiembre del 2026: Fiesta de los Santos Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael


San Miguel, san Gabriel y san Rafael, arcángeles

Los nombres de estos tres arcángeles, mensajeros de Dios, significan en hebreo «¿Quién como Dios?» (Miguel), «Dios muestra su fuerza» (Gabriel) y «Dios sana» (Rafael).

La Sagrada Escritura nos presenta a Miguel como defensor del pueblo de Dios y combatiente contra el mal; a Gabriel como el mensajero que anuncia a María que será la Madre del Salvador; y a Rafael como instrumento de la acción sanadora de Dios en el libro de Tobías. Sus misiones nos hablan de un Dios que protege, comunica su amor y cura las heridas de sus hijos.

Celebrar a los santos arcángeles es renovar nuestra confianza en la presencia y el cuidado del Señor. Con Miguel, aprendemos a permanecer firmes en la fe; con Gabriel, a escuchar la Palabra y responder generosamente; con Rafael, a acompañar con ternura a quienes necesitan consuelo y sanación. También nosotros estamos llamados a llevar una buena noticia, tender una mano y ayudar a otros a descubrir la cercanía de Dios.

Santos Miguel, Gabriel y Rafael, intercedan por nosotros: ayúdennos a resistir el mal, a acoger la voluntad de Dios y a caminar en su amor. Amén.

 

Como una escalera hacia el cielo

Durante su diálogo con Natanael, Jesús anuncia la apertura del cielo y los ángeles que suben y bajan. Es el sueño de Jacob (cf. Gn 28,12) que se convierte en promesa y se cumple en Jesucristo.

Podemos contemplar a Jesús como esa escalera viva que une la tierra con el cielo: en él, Dios viene a nuestro encuentro y nosotros encontramos el camino hacia el Padre. La imagen de los ángeles que suben y bajan sobre el Hijo del hombre dirige nuestra mirada hacia Cristo, centro de la comunión entre Dios y la humanidad.

La fiesta de los santos arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael nos invita a reconocer con gratitud el cuidado de Dios. En medio de nuestras luchas, preguntas y heridas, el Señor sigue haciéndose cercano. Sus mensajeros nos recuerdan que nuestra existencia está abierta a una esperanza que supera lo que alcanzamos a ver.

También nosotros podemos hacer visible esa cercanía: una palabra que alienta, una visita que rompe la soledad, una mano que sostiene. La oración nos vuelve hacia Dios y la caridad nos acerca al hermano. Ambas nos ayudan a descubrir que el encuentro con el cielo comienza a transformar nuestra vida aquí, en la tierra.

¿A quién puedo ayudar hoy a descubrir que Dios está cerca?



Primera lectura

Dan 7, 9-10. 13-14 (opción 1)

Miles y miles lo servían

Lectura de la profecía de Daniel.

MIRÉ y vi que colocaban unos tronos. Un anciano se sentó.
Su vestido era blanco como nieve,
su cabellera como lana limpísima;
su trono, llamas de fuego; sus ruedas, llamaradas;
un río impetuoso de fuego brotaba y corría ante él.
Miles y miles lo servían, millones estaban a sus órdenes.
Comenzó la sesión y se abrieron los libros.
Seguí mirando. Y en mi visión nocturna
vi venir una especie de hijo de hombre entre las nubes del cielo.
Avanzó hacia el anciano y llegó hasta su presencia.
A él se le dio poder, honor y reino.
Y todos los pueblos, naciones y lenguas lo sirvieron.
Su poder es un poder eterno, no cesará.
Su reino no acabará.

Palabra de Dios.



Ap 12, 7-12a (opción 2)

Miguel y sus ángeles combatieron contra el dragón

Lectura del libro del Apocalipsis.

HUBO un combate en el cielo: Miguel y sus ángeles combatieron contra el dragón, y el dragón combatió, él y sus ángeles. Y no prevaleció y no quedó lugar para ellos en el cielo.
Y fue precipitado el gran dragón, la serpiente antigua, el llamado Diablo y Satanás, el que engaña al mundo entero; fue precipitado a la tierra y sus ángeles fueron precipitados con él.
Y oí una gran voz en el cielo que decía:
«Ahora se ha establecido la salvación y el poder y el reinado de nuestro Dios, y la potestad de su Cristo; porque fue precipitado el acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba ante nuestro Dios día y noche.
Ellos lo vencieron en virtud de la sangre del Cordero y de la palabra del testimonio que habían dado, y no amaron tanto su vida que temieran la muerte.
Por eso, estén alegres, cielos, y ustedes, que habitan en ellos».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 137, 1bcd-2a. 2bcd-3. 4-5 (R.: 1d)

R. Delante de los ángeles tañeré para ti, Señor.

V. Te doy gracias, Señor, de todo corazón,
porque escuchaste las palabras de mi boca;
delante de los ángeles tañeré para ti;
me postraré hacia tu santuario.
R.

V. Daré gracias a tu nombre:
por tu misericordia y tu lealtad,
porque tu promesa supera tu fama.
Cuando te invoqué, me escuchaste,
acreciste el valor en mi alma.
R.

V. Que te den gracias, Señor, los reyes de la tierra,
al escuchar el oráculo de tu boca;
canten los caminos del Señor,
porque la gloria del Señor es grande.
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Bendigan al Señor, ejércitos suyos,
servidores que cumplen sus deseos.
R.

 

Evangelio

Jn 1, 47-51

Verán a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

EN aquel tiempo, vio Jesús que se acercaba Natanael y dijo de él:
«Ahí tienen a un israelita de verdad, en quien no hay engaño».
Natanael le contesta:
«¿De qué me conoces?».
Jesús le responde:
«Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi».
Natanael respondió:
«Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel».
Jesús le contestó:
«¿Por haberte dicho que te vi debajo de la higuera, crees? Has de ver cosas mayores».
Y le añadió:
«En verdad, en verdad les digo: verán el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre».

Palabra del Señor.

 

 

1

 

Cristo nos abre el cielo

 

Queridos hermanos:

Cuando queremos mucho a alguien, deseamos acompañarlo siempre, evitarle sufrimientos y ayudarlo a encontrar el camino. Sin embargo, experimentamos nuestros límites: hay familiares que viven lejos, amigos que atraviesan dificultades que apenas conocemos y personas generosas a quienes nunca podremos agradecer suficientemente cuanto han hecho por nosotros.

Hoy ponemos sus nombres y sus vidas delante del Señor. La fiesta de los santos arcángeles nos invita a hacerlo con confianza: el amor de Dios alcanza también aquellos lugares a los que nosotros no podemos llegar.

La primera lectura, tomada del profeta Daniel, nos presenta una visión impresionante: Dios en su trono, rodeado de innumerables servidores, y alguien semejante a un hijo de hombre que recibe un reino destinado a permanecer para siempre. En esta figura reconocemos el anuncio de Jesucristo y de su señorío definitivo.

Esta visión ensancha nuestra mirada. A veces vivimos tan pendientes de las dificultades que terminamos creyendo que ellas tienen la última palabra. Daniel nos invita a contemplar la historia desde la fidelidad de Dios. Nuestros problemas son reales; también es real el amor del Señor, que sostiene nuestra esperanza y nos llama a perseverar en el bien.

Los ángeles que lo sirven nos enseñan, precisamente, a orientar la vida hacia él. En nuestras decisiones, en nuestra familia y en nuestras relaciones, podemos preguntarnos: ¿qué lugar ocupa Dios? ¿Le permitimos iluminar lo que pensamos, lo que decimos y lo que hacemos?

El salmo nos ayuda a responder con una oración de gratitud: «Delante de los ángeles tañeré para ti, Señor». Y añade una expresión muy consoladora: «Cuando te invoqué, me escuchaste, acreciste el valor en mi alma».

Qué importante es esto: reconocer que Dios puede responder a nuestra oración fortaleciéndonos por dentro. A veces la dificultad continúa, pero encontramos ánimo para afrontarla, paciencia para acompañar a alguien o humildad para pedir ayuda. También ahí está actuando su gracia.

Hoy podemos rezar este salmo pensando en nuestros familiares, amigos y benefactores. Recordemos a quienes nos enseñaron a creer, a quienes estuvieron cerca durante una enfermedad, a quienes compartieron su pan, su tiempo o una palabra oportuna. Hay personas cuya bondad forma parte de nuestra historia y que quizá nunca han sabido cuánto bien nos hicieron.

Señor, gracias por cada una de ellas. Bendice su generosidad y danos un corazón capaz de agradecer.

En el Evangelio, Jesús mira a Natanael y le hace descubrir que ya lo conoce. Ese encuentro despierta su fe. Luego le anuncia algo todavía mayor: «Verán el cielo abierto». La promesa incluye a los ángeles que suben y bajan sobre el Hijo del hombre.

Es la imagen que nos recuerda el sueño de Jacob: una escalera apoyada en la tierra cuya cima llega al cielo. A la luz de este pasaje, podemos contemplar a Cristo como esa escalera viva: en él, Dios viene a nuestro encuentro y nosotros tenemos acceso al Padre.

Por eso, al celebrar a los arcángeles, nuestra mirada se dirige hacia Jesús. Todo su servicio está al servicio de la obra de Dios. Su presencia nos invita a confiar más profundamente en el Señor y a responder a su amor.

Miguel, cuyo nombre significa «¿Quién como Dios?», nos recuerda la grandeza del Señor y nos anima a permanecer firmes frente al mal. Su nombre puede convertirse en una pregunta que ordene nuestro corazón: ¿hay algo que esté ocupando el lugar de Dios? Confiemos a su intercesión nuestras familias, especialmente allí donde el orgullo, la mentira o el resentimiento están debilitando la unidad.

Gabriel, mensajero de la anunciación, nos enseña a escuchar a Dios y a comunicar su esperanza. Pensemos en nuestras palabras dentro de casa y entre amigos. Una palabra puede humillar; también puede levantar a quien está desanimado. Pidamos la gracia de hablar con verdad y caridad, de escuchar con atención y de llevar a otros la alegría del Evangelio.

Rafael, cuyo nombre significa «Dios sana», nos recuerda el cuidado del Señor manifestado en el libro de Tobías. Su misión nos invita a acompañar con ternura las fragilidades humanas. Encomendemos a su intercesión a nuestros seres queridos enfermos, a quienes recorren caminos difíciles y a las familias que necesitan recuperar la confianza y la paz.

Estas tres misiones también nos comprometen. Podemos defender a una persona injustamente señalada, comunicar una noticia que devuelva esperanza y acompañar a alguien que sufre. Así nuestra vida se convierte en un testimonio concreto del cuidado de Dios.

Orar por nuestros familiares, amigos y benefactores nos dispone a amarlos mejor. Quizá hoy esa oración deba continuar con una llamada, una visita, un agradecimiento pendiente o un primer paso hacia la reconciliación.

Dentro de unos momentos, en la Eucaristía, uniremos nuestra alabanza a la de los ángeles al cantar el Santo. Traigamos entonces al altar los nombres que llevamos en el corazón. Cristo nos reúne, nos alimenta y nos envía a compartir su amor.

Dejemos que una pregunta acompañe nuestra jornada: ¿Qué persona necesita hoy que yo le haga sentir, con un gesto concreto, la cercanía de Dios?

Señor Jesús, tú nos abres el camino hacia el Padre. Recibe nuestra oración por nuestros familiares, amigos y benefactores. Sostén a quienes están cansados, consuela a quienes sufren y fortalece los vínculos que nos unen.

Por intercesión de san Miguel, danos firmeza para elegir el bien; por intercesión de san Gabriel, enséñanos a escuchar tu Palabra y comunicarla con alegría; por intercesión de san Rafael, acompaña a quienes necesitan salud, consuelo y orientación.

María, Reina de los Ángeles, ayúdanos a responder al Señor con tu misma confianza y a llevar su amor a quienes encontramos cada día.

Amén.


2


El ministerio de los arcángeles


Queridos hermanos:

Hoy celebramos a los tres santos arcángeles que la Sagrada Escritura nos da a conocer por su nombre: Miguel, Gabriel y Rafael. En el cielo, los ángeles son espíritus puros, cada uno con una identidad única que permanece para siempre. Son criaturas personales e inmortales, creadas por Dios. Los nombres que reciben en la Escritura revelan sus misiones particulares en favor de la humanidad. Estos tres arcángeles manifiestan el poder, la presencia y la misericordia de Dios mediante sus misiones celestiales, realizadas en perfecta obediencia a su voluntad para el bien de las almas.

La primera lectura nos introduce en ese misterio. Daniel contempla a Dios rodeado de innumerables servidores y ve acercarse a alguien semejante a un hijo de hombre, que recibe autoridad, gloria y un reino que nunca será destruido. Esta visión nos permite comprender que toda la actividad de los ángeles está orientada hacia Dios y al cumplimiento de sus designios. La mirada creyente reconoce en el Hijo del hombre el anuncio de Jesucristo, cuyo señorío permanece para siempre.

Hermanos, también nuestra vida encuentra su orientación cuando ponemos a Dios en el centro. Los ángeles nos enseñan la disponibilidad, la obediencia y la alegría de servir. Contemplarlos nos invita a preguntarnos si nuestras decisiones y nuestros proyectos están abiertos a la voluntad del Señor.

Miguel significa «¿Quién como Dios?». Su nombre es una pregunta retórica que refleja su misión como gran defensor de la gloria de Dios frente al orgullo del diablo. Arrojó a Lucifer del cielo y continúa defendiendo hoy a la Iglesia.

Su nombre nos recuerda que toda criatura encuentra su verdad reconociendo al Creador. Cuando el orgullo nos encierra en nosotros mismos, la pregunta de Miguel nos devuelve a lo esencial: ¿quién como Dios? Invoquemos su ayuda para permanecer firmes en la fe y resistir las tentaciones que debilitan nuestro amor.

Gabriel significa «Dios es mi fuerza». Es el heraldo de los misterios divinos, enviado de manera particular a la Santísima Virgen María para anunciar la encarnación del Hijo de Dios. Fortalece a quienes son llamados a cumplir el plan divino, como lo hizo con María y Zacarías.

Su misión nos invita a escuchar la Palabra y a confiar en la fuerza que Dios concede para responder a su llamado. Podemos presentarle nuestras dudas y nuestra pequeñez, pidiendo un corazón disponible para aquello que el Señor nos encomienda.

Rafael significa «Dios sana». Es el guía y sanador en el libro de Tobías, enviado para traer restauración física y espiritual. Su misión revela el deseo de Dios de acompañarnos en nuestro camino, llevando sanación al cuerpo y al alma.

Cuánto necesitamos experimentar esa compañía cuando atravesamos una enfermedad, una incertidumbre o una herida interior. La misión de Rafael nos anima a poner nuestra fragilidad en manos del Señor y a acompañar con ternura la fragilidad de nuestros hermanos.

Ante este cuidado de Dios, el salmo nos invita a responder: «Delante de los ángeles tañeré para ti, Señor». Nuestra oración se une a la alabanza del cielo. Y el salmista reconoce: «Cuando te invoqué, me escuchaste, acreciste el valor en mi alma».

Esta es una experiencia que también nosotros podemos pedir: que el Señor fortalezca nuestro interior. En medio de las pruebas, necesitamos valor para perseverar, humildad para dejarnos ayudar y confianza para seguir caminando. Al participar en la Eucaristía, unimos nuestra acción de gracias a la de los ángeles y reconocemos cuánto hemos recibido de Dios.

Hoy lo hacemos especialmente por nuestros familiares, amigos y benefactores. Agradecemos su presencia, su generosidad y el bien que han sembrado en nuestra vida. Encomendamos al Señor sus necesidades, sus enfermedades, sus preocupaciones y sus esperanzas. Que quienes nos han sostenido encuentren también fortaleza y consuelo.

El Evangelio de hoy nos ofrece una comprensión profunda del papel de los ángeles en nuestra vida y en la vida de la Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo. El pasaje relata la llamada de Natanael, a quien la tradición identifica con Bartolomé, mencionado en los evangelios sinópticos. Cuando Natanael se acerca a Jesús por invitación de Felipe, Jesús pronuncia inmediatamente una verdad profética: «Aquí tienen a un verdadero hijo de Israel».

En una lectura espiritual más profunda, el verdadero Hijo de Israel es Cristo mismo: el Hijo del hombre, nacido del linaje de David y descendiente del patriarca Jacob, a quien Dios dio el nombre de Israel. Al llamar a Natanael verdadero hijo de Israel, Jesús revela tanto su disposición presente —un corazón abierto y sincero— como aquello que llegaría a ser.

Con el tiempo, a través del testimonio de la pasión, la resurrección y la ascensión de Cristo, de la efusión del Espíritu Santo en Pentecostés y de su misión apostólica, Natanael llegó a estar verdaderamente unido a Cristo: transformado en alguien en quien Cristo vivía y actuaba.

Esta es también nuestra vocación, hermanos: permitir que Cristo viva y actúe en nosotros, que su amor transforme nuestras relaciones y que su verdad ilumine nuestras decisiones.

Jesús continúa: «¿Crees porque te dije que te vi debajo de la higuera? Verás cosas mayores que estas… verán el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre» (Jn 1,50-51).

Estas palabras aluden al sueño de Jacob, en el libro del Génesis, cuando vio una escalera que se extendía desde la tierra hasta el cielo, con ángeles que subían y bajaban por ella (cf. Gn 28,12).

Aquella visión profética encontró su cumplimiento en Cristo. La escalera es Cristo mismo, el único Mediador entre el cielo y la tierra. El anuncio de la encarnación por parte de Gabriel señala el comienzo de este cumplimiento, y el ministerio de los ángeles continúa a lo largo de la vida terrena de Jesús. Se menciona expresamente después de sus tentaciones en el desierto y nuevamente durante su agonía en el huerto.

Pero el ministerio angélico se extiende más allá de la vida terrena de Cristo y continúa en la Iglesia, que es su Cuerpo. Natanael y cada miembro de la Iglesia participan de esta comunión mística. Con el lenguaje de aquella visión, podemos decir que los ángeles suben con nuestras oraciones y descienden con la ayuda de Dios, mientras nosotros continuamos la misión salvadora que Cristo nos ha confiado.

Reflexionemos hoy sobre este misterio celestial: por medio de Cristo, el cielo está abierto, y los ángeles de Dios continúan su ministerio entre nosotros, obedeciendo sus mandatos. Como Natanael y todos los santos que nos han precedido, estamos invitados a confiar en el servicio de los ángeles como miembros del Cuerpo de Cristo.

Invoquemos a san Miguel, san Gabriel y san Rafael para que nos guíen, nos defiendan y nos ayuden a recibir la sanación de Dios mientras recorremos este camino de santidad unidos a Cristo.

Y preguntémonos: ¿permito que el Señor transforme mi vida, de modo que también yo pueda llevar su ayuda, su consuelo y su esperanza a los demás?

Santos Miguel, Gabriel y Rafael, defiéndannos, fortalézcannos y sánennos mientras continuamos nuestra peregrinación hacia el cielo. Que, junto con Natanael y todos los santos, lleguemos a ser verdaderos hijos de la Promesa, miembros vivos del Cuerpo de Cristo.

Presenten también al Señor a nuestros familiares, amigos y benefactores. Acompáñenlos en sus caminos y ayúdenlos a permanecer en el amor de Dios.

Suban continuamente al cielo llevando nuestras oraciones y vuelvan a nosotros con la ayuda de Dios, para que un día podamos participar plenamente de la vida del cielo.

Jesús, en ti confío. Amén.


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29 de septiembre:


Santos Miguel, Gabriel y Rafael, Arcángeles — Fiesta

Patronazgos

  • San Miguel: soldados, policías, paramédicos, enfermos y moribundos.
  • San Gabriel: mensajeros, carteros, locutores y madres gestantes.
  • San Rafael: viajeros, ciegos, trabajadores de la salud y casamenteros.


Cita

La existencia de los seres espirituales, no corporales, que la Sagrada Escritura suele llamar “ángeles”, es una verdad de fe. El testimonio de la Escritura es tan claro como la unanimidad de la Tradición.
¿Quiénes son ellos? San Agustín dice: “‘Ángel’ es el nombre de su oficio, no de su naturaleza. Si buscas el nombre de su naturaleza, es ‘espíritu’; si buscas el nombre de su oficio, es ‘ángel’: por lo que son, ‘espíritu’; por lo que hacen, ‘ángel’” (San Agustín, Enarrationes in Psalmos 103, 1, 15: PL 37, 1348).

Con todo su ser, los ángeles son servidores y mensajeros de Dios. Porque “ven continuamente el rostro de mi Padre que está en los cielos” son los “poderosos ejecutores de sus órdenes, atentos a la voz de su palabra” (Mt 18,10; Sal 103,20). Como criaturas puramente espirituales, los ángeles poseen inteligencia y voluntad: son criaturas personales e inmortales, que superan en perfección a todas las criaturas visibles, como lo atestigua el esplendor de su gloria.


~Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 328–330


Reflexión

En los siglos V o VI, un importante teólogo de la Iglesia, conocido como Pseudo-Dionisio Areopagita, utilizó las muchas referencias de la Sagrada Escritura para articular claramente lo que se convirtió en la comprensión tradicional de la jerarquía de los ángeles. En el siglo XIII, Santo Tomás de Aquino profundizó esa enseñanza. Ambos sostuvieron que hay nueve coros angélicos, divididos en tres tríadas:

  • Primera tríada: serafines, querubines y tronos, dedicados exclusivamente al servicio de Dios, adorándolo sin cesar.
  • Segunda tríada: dominaciones, virtudes y potestades, encargados del gobierno del mundo creado y del universo entero.
  • Tercera tríada: principados, arcángeles y ángeles, los más cercanos a la humanidad, actuando como mediadores entre Dios y los hombres.

Son los arcángeles a quienes hoy honramos.

A lo largo del Antiguo y Nuevo Testamento abundan las menciones a los espíritus celestiales. En el Antiguo Testamento, custodiaron la entrada del Paraíso, guiaron a Abraham, detuvieron su mano en el sacrificio de Isaac, destruyeron Sodoma y protegieron a Lot, hablaron y lucharon con Jacob, precedieron a Moisés y a Israel, e intervinieron en la vida de los reyes y profetas. En el Nuevo Testamento, el arcángel Gabriel anunció los nacimientos de Juan el Bautista y de Jesús. Jesús habló frecuentemente de los ángeles en su predicación. Lo asistieron en Getsemaní, estuvieron en la Resurrección y liberaron a Pedro de la cárcel. San Pablo también habló varias veces de la jerarquía angélica.

Santo Tomás de Aquino enseñó que cada ser humano tiene un ángel custodio. Los arcángeles, siguientes en la jerarquía, sirven directamente a la humanidad en las tareas más importantes. Los tres arcángeles que hoy honramos son los únicos mencionados por nombre en la Biblia. No obstante, las tradiciones judías antiguas hablaban de siete arcángeles, y se especula que existe una multitud de ellos a los que Dios encomienda aspectos clave de nuestra vida. El mismo Rafael se presenta como uno de los siete que están delante de Dios.


San Miguel

Su nombre significa “¿Quién como Dios?”. Se lo menciona varias veces en la Biblia:

  • En Daniel como príncipe protector de Israel (Dn 10,13; 10,21; 12,1).
  • En la Carta de Judas luchando contra Satanás por el cuerpo de Moisés (Jud 1,9).
  • En el Apocalipsis, combatiendo y expulsando al dragón del cielo (Ap 12,7–8).

Por estos textos, Miguel es visto como defensor contra Satanás, protector de la Iglesia y Príncipe de los ángeles. Aunque Santo Tomás lo ubica en uno de los coros inferiores, otros Padres (Basilio, Roberto Belarmino, Buenaventura) especularon que dirige a todos los ángeles, ocupando el lugar que dejó Lucifer. La famosa oración a San Miguel fue compuesta por el Papa León XIII y rezada después de cada misa hasta el Concilio Vaticano II; hoy sigue siendo usada en muchas comunidades.


San Gabriel

Su nombre significa “Dios es mi fuerza” o “Hombre fuerte de Dios”.

  • En Daniel interpreta visiones (Dn 8,15–27; 9,20–27).
  • En el Nuevo Testamento anuncia a Zacarías el nacimiento de Juan (Lc 1,5–20) y a María la Encarnación (Lc 1,26–38).
  • Posiblemente también habló en sueños a José (Mt 1,18–25).

Por ello suele representarse con trompeta, signo de quien comunica mensajes divinos y participa en momentos decisivos de la historia.


San Rafael

Su nombre significa “Dios ha sanado”. Solo aparece en el libro de Tobías:

  • Acompaña a Tobías en su viaje disfrazado de Azarías.
  • Lo protege del demonio que atormentaba a Sara y lo une en matrimonio con ella.
  • Sana la ceguera de Tobit.
  • Finalmente se revela: “Yo soy Rafael, uno de los siete ángeles que están delante de la Gloria del Señor” (Tb 12,15).

Se lo identifica también con los siete ángeles de Ap 8,2 que reciben las trompetas.


Conclusión espiritual

Aunque permanece un gran misterio sobre la naturaleza y funciones de estos espíritus gloriosos, lo cierto es que Dios los ha usado en la historia de la salvación. Hoy podemos afirmar con confianza que Dios sigue derramando su gracia a través de ellos, especialmente por medio de Miguel, Gabriel y Rafael. Sus nombres nos fueron revelados para que invoquemos su mediación. No solo interceden: ejecutan la voluntad de Dios en favor nuestro.

  • A través de Miguel, busquemos la protección de Dios.
  • A través de Gabriel, acojamos su revelación.
  • A través de Rafael, pidamos su sanación.

Oración

Gloriosos arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael, me encomiendo a su mediación angélica. Pongan en marcha el plan de Dios en mi vida, protéjanme del maligno, tráiganme la Palabra santa de Dios y sanen mis heridas. Les agradezco las gloriosas tareas que cumplen en la misión divina y confío en ustedes.
Santos Miguel, Gabriel y Rafael, rueguen por mí e intercedan la gracia de Dios para mi vida. Jesús, en Ti confío.

 

domingo, 27 de septiembre de 2026

28 de septiembre del 2026: lunes de la vigésima sexta semana del tiempo ordinario-II

 

Testigos de la fe:

San Lorenzo Ruiz y sus compañeros, mártires

Siglo XVII. Estos dieciséis mártires de Nagasaki —entre ellos el laico filipino Lorenzo Ruiz y el dominico francés Guillermo Courtet— dieron su vida por el Evangelio en Japón, entre 1633 y 1637.

De diferentes nacionalidades y estados de vida, unidos a la familia dominicana, permanecieron fieles a Cristo en medio de la persecución. Su testimonio nos recuerda que la santidad está al alcance de todos y que el amor a Jesús puede sostenernos incluso en las pruebas más difíciles. Al celebrar su memoria, pidamos fortaleza para vivir nuestra fe con coherencia y oremos por los cristianos que hoy sufren persecución.

 

Pequeño o grande

A la pregunta «¿quién es el más grande?», que preocupa y divide a los discípulos, Jesús responde con un gesto que invierte los valores, un gesto de hospitalidad. Esta acogida que lo transforma todo va hasta el corazón de nuestra relación con Dios.

Al colocar a un niño a su lado, Jesús nos enseña que la grandeza se descubre acogiendo al pequeño, al frágil, a quien necesita atención y cuidado. Quien recibe a ese niño en su nombre recibe al mismo Jesús y, con él, a aquel que lo ha enviado. Un gesto sencillo de acogida puede convertirse en un verdadero encuentro con Dios.

Esta enseñanza también ilumina la reacción de los discípulos ante alguien que expulsa demonios en nombre de Jesús sin pertenecer a su grupo. El Maestro los invita a ensanchar la mirada y a reconocer el bien que acontece más allá de su círculo. Seguirlo exige aprender a alegrarse por ese bien, venga de donde venga.

Nuestra grandeza crece cuando hacemos sitio a los demás. En la familia, en la comunidad y en la Iglesia, el Evangelio nos invita a escuchar, acompañar y servir. Allí donde alguien se siente recibido y valorado, comienza a hacerse visible el rostro de Cristo.

¿A quién puedo hacerle hoy un lugar en mi tiempo y en mi corazón?

 


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Primera lectura

Job 1, 6-22

El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó; bendito sea el nombre del Señor

Lectura del libro de Job.

UN día los hijos de Dios se presentaron ante el Señor;
entre ellos apareció también Satán.
El Señor preguntó a Satán:
«¿De dónde vienes?».
Satán respondió al Señor:
«De dar vueltas por la tierra; de andar por ella».
El Señor añadió:
«¿Te has fijado en mi siervo Job? En la tierra no hay otro
como él: es un hombre justo y honrado, que teme a Dios
y vive apartado del mal».
Satán contestó al Señor:
«¿Y crees que Job teme a Dios de balde? ¿No has levantado
tú mismo una valla en torno a él, su hogar y todo
lo suyo? Has bendecido sus trabajos, y sus rebaños se extienden
por el país. Extiende tu mano y daña sus bienes y
¡ya verás cómo te maldice en la cara!».
El Señor respondió a Satán:
«Haz lo que quieras con sus cosas, pero a él ni lo toques».
Satán abandonó la presencia del Señor.
Un día que sus hijos e hijas comían y bebían en casa del
hermano mayor, llegó un mensajero a casa de Job con
esta noticia:
«Estaban los bueyes arando y las burras pastando a su
lado, cuando cayeron sobre ellos unos sabeos, apuñalaron a los mozos y se llevaron el ganado. Solo yo pude escapar para contártelo».
No había acabado este de hablar, cuando llegó otro con esta noticia:
«Ha caído un rayo del cielo que ha quemado y consumido a las ovejas y a los pastores. Solo yo pude escapar para contártelo».
No había acabado este de hablar, cuando llegó otro con esta noticia:
«Una banda de caldeos, divididos en tres grupos, se ha echado sobre los camellos y se los ha llevado, después de apuñalar a los mozos. Solo yo pude escapar para contártelo».
No había acabado este de hablar, cuando llegó otro con esta noticia:
«Estaban tus hijos y tus hijas comiendo y bebiendo en casa del hermano mayor, cuando un huracán cruzó el desierto y embistió por los cuatro costados la casa, que se derrumbó sobre los jóvenes y los mató. Solo yo pude escapar para contártelo».
Entonces Job se levantó, se rasgó el manto, se rapó la cabeza, se echó por tierra y dijo:
«Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo volveré a él. El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó; bendito sea el nombre del Señor».
A pesar de todo esto, Job no pecó ni protestó contra Dios.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 16, 1bcde. 2-3. 6-7 (R.: 6b)

R. Inclina el oído y escucha mis palabras.

V. Señor, escucha mi apelación,
atiende a mis clamores,
presta oído a mi súplica,
que en mis labios no hay engaño.
R.

V. Emane de ti la sentencia,
miren tus ojos la rectitud.
Aunque sondees mi corazón, visitándolo de noche;
aunque me pruebes al fuego,
no encontrarás malicia en mí.
R.

V. Yo te invoco porque tú me respondes, Dios mío;
inclina el oído y escucha mis palabras.
Muestra las maravillas de tu misericordia,
tú que salvas de los adversarios
a quien se refugia a tu derecha.
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. El Hijo del hombre ha venido a servir
y dar su vida en rescate por muchos.
R.

 

Evangelio

Lc 9, 46-50

El más pequeño de ustedes es el más importante

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

EN aquel tiempo, se suscitó entre los discípulos una discusión sobre quién sería el más importante.
Entonces Jesús, conociendo los pensamientos de sus corazones, tomó de la mano a un niño, lo puso a su lado y les dijo:
«El que acoge a este niño en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí, acoge al que me ha enviado. Pues el más pequeño de ustedes es el más importante».
Entonces Juan tomó la palabra y dijo:
«Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre y se lo hemos prohibido, porque no anda con nosotros».
Jesús le respondió:
«No se lo impidan: el que no está contra ustedes, está a favor de ustedes».

Palabra del Señor.

 

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LA GRANDEZA DE UN CORAZÓN QUE ACOGE

 

Hermanos queridos:

Todos necesitamos sentirnos queridos, escuchados y valorados. Sin embargo, ese deseo puede convertirse en una competencia: quién tiene más autoridad, quién recibe más reconocimiento, quién ocupa el primer lugar. También a los discípulos les sucede. Caminan con Jesús, escuchan sus enseñanzas, pero todavía discuten sobre quién de ellos es el más importante.

Jesús responde con un gesto: toma a un niño y lo coloca a su lado. En medio de aquellos hombres preocupados por su importancia, hace sitio a alguien pequeño, dependiente, necesitado de cuidado. Y declara: «El que acoge a este niño en mi nombre, me acoge a mí».

Ahí está la grandeza que Jesús nos propone: tener un corazón donde los demás encuentren lugar. Hacer espacio en nuestra agenda, escuchar con paciencia, acercarnos a quien necesita compañía. El Señor se deja encontrar en esas personas a las que fácilmente podemos pasar por alto.

La primera lectura nos presenta otra experiencia de pequeñez: la de quien descubre su fragilidad en medio del sufrimiento.

Job recibe una noticia dolorosa tras otra. Pierde sus bienes, sus servidores y, finalmente, sus hijos. Aquel hombre que tenía tantas seguridades queda profundamente herido. La Escritura cuenta que se rasga el manto y se postra en tierra. Su cuerpo entero expresa el dolor.

Desde esa herida pronuncia unas palabras difíciles: «El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó; bendito sea el nombre del Señor».

Debemos escuchar esta confesión con mucha delicadeza. Es la oración de un hombre que intenta permanecer unido a Dios cuando su vida parece derrumbarse. La fe puede convivir con las lágrimas, con las preguntas y con el desconcierto. El mismo libro de Job dará espacio a su angustia y a sus interrogantes.

Quien atraviesa un duelo necesita tiempo, respeto y compañía. A veces, nuestra mejor manera de anunciarle el amor de Dios será sentarnos a su lado, escuchar su tristeza y ayudarle a sobrellevar las tareas de cada día.

Hoy, lunes, cuando ofrecemos nuestra oración por los fieles difuntos, esta lectura nos toca especialmente. Cada uno lleva en el corazón nombres y rostros: nuestros padres, hermanos, esposos, hijos, familiares, amigos y benefactores. Hay ausencias antiguas que todavía duelen y otras tan recientes que apenas encontramos palabras para hablar de ellas.

El salmo nos presta esas palabras: «Inclina el oído y escucha mis palabras».

¡Qué hermosa petición! Le pedimos a Dios que se acerque, que escuche lo que quizá nosotros mismos apenas sabemos expresar. Ante él podemos presentar la gratitud por lo vivido, el dolor de la separación, las conversaciones pendientes y ese deseo de volver a abrazar a quienes amamos.

El salmista añade: «Muestra las maravillas de tu misericordia». Esa es también nuestra súplica por los difuntos. Los confiamos al Señor con toda su historia, con el bien que hicieron y con las fragilidades que marcaron sus vidas. Pedimos que los perdone, los purifique y los reciba en la plenitud de su paz.

Nuestra esperanza tiene un fundamento: Jesucristo murió y resucitó. Él conoció el sufrimiento y entró en la muerte; su resurrección nos abre el camino de la vida eterna. Por eso ofrecemos esta Eucaristía por nuestros hermanos difuntos, confiando en la misericordia de quien entregó su vida por nosotros.

El Evangelio nos invita también a ensanchar el corazón. Juan quiere impedir que alguien haga el bien en nombre de Jesús porque no pertenece al grupo de los discípulos. El Maestro le enseña a reconocer la obra de Dios más allá de su propio círculo.

También nuestra oración puede crecer de esa manera. Recordemos a los difuntos por quienes nadie reza, a quienes murieron solos, a las víctimas de la violencia y a aquellos con quienes tuvimos dificultades. Presentemos al Señor incluso esas historias que quedaron heridas y pidámosle que su misericordia alcance lo que nosotros no supimos reconciliar.

San Lorenzo Ruiz y sus compañeros mártires, a quienes recordamos hoy, nos animan con su fidelidad a Cristo. Su testimonio nos invita a confiar y a perseverar también en las pruebas de nuestra vida.

Hermanos, al acercarnos al altar, pidamos un corazón acogedor. Pensemos en alguien que esté atravesando un duelo: quizá una llamada, una visita o una oración compartida puedan ayudarle a sentirse acompañado.

¿A quién puedo hacerle hoy un lugar en mi tiempo y en mi corazón?

Señor Jesús, enséñanos a reconocer tu presencia en los pequeños y en quienes sufren. Escucha nuestra oración por los fieles difuntos y recíbelos en tu paz. Sostén a las familias que lloran su ausencia y haznos instrumentos de tu consuelo.

Virgen María, Madre de la esperanza, acompáñanos en nuestras pérdidas y ayúdanos a permanecer unidos a tu Hijo.

Dales, Señor, el descanso eterno, y brille para ellos la luz perpetua. Que descansen en paz. Amén.

 

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ACOGER A LOS MÁS PEQUEÑOS Y HACERNOS PEQUEÑOS

 

Hermanos queridos:

Los doce apóstoles lo habían dejado todo para seguir a Jesús. Sus vidas habían sido transformadas radicalmente. Mientras lo acompañaban en su misión, escuchaban la voz misma de Dios predicar y enseñar. Fueron testigos de su poder divino cuando realizaba milagros y expulsaba demonios. Y, sin embargo, el Evangelio de hoy revela que todavía luchaban contra una debilidad común de la naturaleza humana caída: la ambición. Discutían entre ellos sobre quién era el más grande.

Jesús, aunque seguramente entristecido por aquella insensata disputa, respondió con una enseñanza misericordiosa en lugar de una reprimenda. Atendió a la intención de sus corazones ofreciéndoles una lección impactante: puso a un niño a su lado. Aquel niño se convirtió en una parábola viviente, en un modelo de la verdadera grandeza a los ojos de Dios.

En muchas culturas actuales, los niños son queridos, protegidos y reconocidos como personas que poseen una gran dignidad. Los padres se esfuerzan para que sus hijos conozcan su propio valor. Pero, en el Israel del siglo primero, la percepción de los niños era muy diferente. Aunque sus familias los amaban, los niños carecían de importancia social. Su elevada mortalidad y su incapacidad para contribuir al sustento del hogar hacían que a menudo fueran pasados por alto o relegados. Que Jesús colocara a un niño en el centro de su enseñanza y equiparara acoger a ese niño con acogerlo a él habría resultado sorprendente y contrario a los criterios de su tiempo.

Con este gesto, Jesús arranca de raíz los criterios mundanos de grandeza. En su Reino, la verdadera grandeza no se encuentra en la posición social, en el éxito o en el reconocimiento. Se encuentra en la humildad, en la sencillez y en la apertura del corazón. Acoger en nombre de Jesús a los pequeños, a quienes pasan inadvertidos y a los vulnerables es acoger al mismo Jesús. Y acoger a Jesús es acoger al Padre que lo ha enviado.

Pensemos a quiénes acogemos y abrazamos con mayor facilidad. Los adolescentes sueñan a menudo con conocer a los ricos y famosos. Los adultos pueden esforzarse por alcanzar una posición social o recibir reconocimiento. En realidad, no somos tan diferentes de los apóstoles, que deseaban ser estimados entre sus compañeros y ser elegidos mientras otros quedaban a un lado.

Por medio de esta parábola viviente, Jesús nos ofrece dos enseñanzas esenciales.

En primer lugar, como nuestro Señor, debemos amar y acoger a los pequeños y a los débiles. A Jesús no lo atraía la posición de los fariseos ni la de las élites sociales. Encontraba alegría en acoger al niño, al pecador, al recaudador de impuestos, al leproso, al lisiado, al ciego y al pobre. Estas personas, precisamente por su condición humilde, eran con frecuencia más sencillas y receptivas. Si queremos parecernos a nuestro Señor, debemos buscar a los humildes y a los pequeños, porque hacia esas almas se inclinaba su corazón.

Esta enseñanza nos invita a revisar nuestras relaciones. En nuestra familia, en nuestra comunidad y en nuestra parroquia hay personas que necesitan ser escuchadas y tenidas en cuenta. Acercarnos a ellas, aprender sus nombres, interesarnos por sus dificultades y ofrecerles nuestro tiempo es una manera concreta de acoger a Cristo.

En segundo lugar, no solo estamos llamados a acoger a los pequeños: estamos llamados a hacernos pequeños. Debemos volvernos como niños: dependientes, vulnerables, humildes y fácilmente ignorados a los ojos del mundo. ¿Por qué? Porque esas son precisamente las personas a las que Jesús acogía. Y, si deseamos descansar en sus brazos, debemos ocupar el último lugar, confiando en que allí se encuentra la verdadera grandeza.

La primera lectura nos permite contemplar esta fragilidad en la experiencia de Job. En medio de pérdidas terribles, incluida la muerte de sus hijos, queda despojado de las seguridades que sostenían su vida. Se rasga el manto, se postra en tierra y, desde su dolor, consigue decir: «Bendito sea el nombre del Señor».

Escuchemos estas palabras con respeto por quienes sufren. La confianza de Job convive con un dolor inmenso. Su experiencia nos invita a poner ante Dios nuestra vida entera, también cuando nos sentimos desvalidos y no comprendemos lo que sucede. Podemos acercarnos al Señor con lágrimas, preguntas y silencios, reconociendo cuánto necesitamos que nos sostenga.

El salmo convierte esa necesidad en oración: «Inclina el oído y escucha mis palabras». Así reza quien reconoce su pequeñez y confía en ser escuchado. El salmista se atreve también a pedir: «Muestra las maravillas de tu misericordia». Esta súplica nos ayuda a vivir el Evangelio: quien aprende a dejarse sostener por la misericordia de Dios puede hacerse más atento y compasivo con la fragilidad de sus hermanos.

Hoy presentamos de manera especial a nuestros fieles difuntos. Los confiamos al Señor con gratitud por sus vidas y con esperanza en la resurrección de Cristo. Pedimos que perdone sus pecados, los purifique y los reciba en su paz. Y pedimos también un corazón sensible para acompañar a quienes lloran su ausencia: nuestra cercanía puede ayudarles a experimentar que Dios sigue cuidando de ellos.

Hermanos, reflexionemos hoy sobre esta enseñanza de Jesús, tan contraria a los criterios del mundo, y apliquémosla a nuestra propia vida. Volvamos los ojos hacia los más débiles, los más humildes y los más vulnerables. Dejemos que la gracia nos acerque a esas almas sencillas. Vayamos al encuentro del pecador y del excluido.

Y no nos detengamos allí. Esforcémonos también por vivir con esa misma humildad y dependencia. Apartémonos de las concepciones mundanas de grandeza y acojamos la mirada de Jesús. Hagámonos como niños, acojamos a los más débiles entre nosotros y nuestro Señor nos acogerá.

Oremos:

Señor amantísimo, aunque amaste a todas las personas con la perfección de la caridad, tu misericordia y tu compasión se derramaron especialmente sobre los más débiles, los más humildes y los más pequeños. Llena, por favor, mi corazón con ese mismo amor del que diste un ejemplo tan perfecto. Ayúdame también a escuchar tu advertencia: debo hacerme humilde y pequeño como un niño para recibir la grandeza de tu abrazo eterno. Jesús, en ti confío.

Amén.

 

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