martes, 20 de enero de 2026

21 de enero del 2026: miércoles de la segunda semana del tiempo ordinario II- Santa Inés, Virgen y mártir-memoria obligatoria

 

Santo del día:

Santa Inés

Siglo IV. Según San Ambrosio, esta joven cristiana romana tenía tan solo 12 años cuando sufrió el martirio para preservar su virginidad como esposa de Jesucristo. Posteriormente, la leyenda se apoderó de las circunstancias de su muerte.

 

 

Desplazamiento

(Marcos 3, 1-6) Nueva controversia acerca del sábado, y Jesús lo va a desplazar todo. Desplaza la atención de sí mismo hacia el hombre que sufre, colocándolo en el centro. Desplaza la cuestión del sábado desde lo prohibido hacia lo permitido, abriendo posibilidades. No habla de “curar”, sino de salvar. Porque se trata realmente de una elección de vida o muerte y de otro mandamiento: “No matarás”. Jesús aquí pone en obra su Pascua.

Colette Hamza, xavière

 


Primera lectura

1 Sam 17, 32-33. 37. 40-51

Venció David al filisteo con una honda y una piedra

Lectura del primer libro de Samuel.

EN aquellos días, Saúl mandó llamar a David, y este le dijo:
«Que no desmaye el corazón de nadie por causa de ese hombre. Tu siervo irá a luchar contra ese filisteo».
Pero Saúl respondió:
«No puedes ir a luchar con ese filisteo. Tú eres todavía un joven y él es un guerrero desde su mocedad».
David añadió:
«El Señor, que me ha librado de las garras del león y del oso, me librará también de la mano de ese filisteo».
Entonces Saúl le dijo:
«Vete, y que el Señor esté contigo».
Agarró el bastón, se escogió cinco piedras lisas del torrente y las puso en su zurrón de pastor y en el morral, y avanzó hacia el filisteo con la honda en mano. El filisteo se fue acercando a David, precedido de su escudero. Fijó su mirada en David y lo despreció, viendo que era un muchacho,
rubio y de hermoso aspecto.
El filisteo le dijo:
«¿Me has tomado por un perro, para que vengas a mí con palos?».
Y maldijo a David por sus dioses.
El filisteo siguió diciéndole:
«Acércate y echaré tu carne a las aves del cielo y a las bestias del campo».
David le respondió:
«Tú vienes contra mí con espada, lanza y jabalina. En cambio, yo voy contra ti en nombre del Señor del universo, Dios de los escuadrones de Israel al que has insultado. El Señor te va a entregar hoy en mis manos, te mataré, te arrancaré la cabeza y hoy mismo entregaré tu cadáver y los del ejército filisteo a las aves del cielo y a las fieras de la tierra. Y toda la tierra sabrá que hay un Dios de Israel. Todos los aquí reunidos sabrán que el Señor no salva con espada ni lanza, porque la guerra es del Señor y los va a entregar en nuestras manos».
Cuando el filisteo se puso en marcha, avanzando hacia David, este corrió veloz a la línea de combate frente a él. David metió su mano en el zurrón, cogió una piedra, la lanzó con la honda e hirió al filisteo en la frente. La piedra se le clavó en la frente y cayó de bruces en tierra.
Así venció David al filisteo con una honda y una piedra. Lo golpeó y lo mató sin espada en la mano.
David echó a correr y se detuvo junto al filisteo. Cogió su espada, la sacó de la vaina y lo remató con ella, cortándole la cabeza. Los filisteos huyeron, al ver muerto a su campeón.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 143, 1bcd. 2. 9-10 (R.: cf. 1a)

R. ¡Bendito el Señor, mi alcázar!

V. Bendito el Señor, mi Roca,
que adiestra mis manos para el combate,
mis dedos para la pelea. 
R.

V. Mi bienhechor, mi alcázar,
baluarte donde me pongo a salvo,
mi escudo y refugio,
que me somete los pueblos. 
R.

V. Dios mío, te cantaré un cántico nuevo,
tocaré para ti el arpa de diez cuerdas:
para ti que das la victoria a los reyes,
y salvas a David, tu siervo, de la espada maligna. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Jesús proclamaba el evangelio del reino, y curaba toda dolencia del pueblo. R.

 

Evangelio

Mc 3, 1-6

¿Está permitido en sábado salvarle la vida a un hombre o dejarlo morir?

Lectura del santo Evangelio según san Marcos.

EN aquel tiempo, Jesús entró otra vez en la sinagoga y había allí un hombre que tenía una mano paralizada. Lo estaban observando, para ver si lo curaba en sábado y acusarlo.
Entonces le dice al hombre que tenía la mano paralizada:
«Levántate y ponte ahí en medio».
Y a ellos les pregunta:
«¿Qué está permitido en sábado?, ¿hacer lo bueno o lo malo?, ¿salvarle la vida a un hombre o dejarlo morir?».
Ellos callaban. Echando en torno una mirada de ira y dolido por la dureza de su corazón, dice al hombre:
«Extiende la mano».
La extendió y su mano quedó restablecida.
En cuanto salieron, los fariseos se confabularon con los herodianos para acabar con él.

Palabra del Señor.

 

1

 

1) Un Dios que “desplaza” la mirada hacia el que sufre

Hay escenas del Evangelio que parecen sencillas, pero por dentro son un terremoto. Jesús entra a la sinagoga y allí está un hombre con la mano paralizada. Todos lo miran… pero no lo miran a él: miran a Jesús, para ver si “cae” en la trampa. Y Jesús hace lo que hace siempre Dios cuando el corazón se enfría: desplaza el centro.

La discusión no es primero sobre normas. El centro no es el orgullo de los observantes. El centro es un enfermo. Un hombre limitado, expuesto, quizá avergonzado, seguramente acostumbrado a que su necesidad sea un “problema” para los demás. Jesús lo pone en el medio y, con eso, ya está predicando: la persona vale más que la polémica; el dolor humano vale más que el prestigio religioso.

Y hoy, con nuestra intención orante por los enfermos, ese gesto es medicina: Jesús no se acerca a la herida para “hacer quedar bien” a la religión; se acerca para salvar.

2) Del “¿se puede?” al “¿qué elige tu corazón?”

En Mc 3,1-6 Jesús formula una pregunta que desarma:
“¿Está permitido en sábado hacer el bien o hacer el mal? ¿Salvar una vida o destruirla?”

Es brillante: Él cambia el terreno. Los otros quieren una religión reducida al “¿se puede o no se puede?”. Jesús la lleva al corazón del mandamiento: vida o muerte. Jesús no habla de curar, sino de salvar. Porque hay curaciones que son más profundas que lo físico: salvar la dignidad, salvar la esperanza, salvar la confianza, salvar a alguien del abandono.

Aquí vale una luz psicológica y pastoral: cuando uno se acostumbra a vivir desde el miedo (“si hago esto me critican”, “si me salgo del renglón me señalan”), el corazón se rigidiza. Y la rigidez termina siendo una especie de “mano paralizada” interior: incapaz de compasión, incapaz de alegría, incapaz de abrazar. Por eso el texto dice que Jesús se entristece por la dureza de sus corazones.

Y entonces viene el mandato que parece mínimo, pero es inmenso:
“Extiende la mano.”
Eso es evangelio puro: lo que está contraído por el dolor, por la culpa, por el miedo o por la enfermedad… Jesús lo invita a abrirse. Donde la vida se había encogido, Cristo la ensancha.

3) David y Goliat: la fe que no se deja intimidar

La primera lectura (1S 17) también nos habla de un “desplazamiento”. Todos creen que la batalla se gana con armaduras pesadas y con experiencia militar. David, pequeño y joven, se niega a pelear con armas ajenas: no puede caminar con lo que no le pertenece. Toma su honda, sus piedras, y sobre todo toma su fe: no confía en su fuerza sino en el Señor.

¿Qué tiene que ver esto con el Evangelio? Mucho:

  • Goliat no siempre es un gigante externo. A veces el gigante es el desánimo, el diagnóstico que asusta, la soledad, la depresión, el dolor crónico, la sensación de ser una carga.
  • David nos enseña que, aunque uno se sienta pequeño, puede decir: “El Señor me sostiene”.

Y el salmo lo canta:
“Bendito el Señor, mi roca… mi baluarte, mi liberador.”
El creyente no niega la batalla; la enfrenta con Dios.

4) Santa Inés: la valentía de una vida entregada

En la memoria de Santa Inés, virgen y mártir, la Iglesia nos muestra otra manera de vencer al gigante: la fidelidad. Inés no fue grande por “poder”, sino por amor. En un mundo que presiona, seduce o amenaza, ella eligió pertenecer a Cristo. Su pureza no es ingenuidad: es libertad interior.

Para nuestros enfermos, Santa Inés es un signo: cuando el cuerpo se debilita, el amor puede fortalecerse. Y hay martirios silenciosos —en una cama, en una terapia, en una larga recuperación— que Dios ve con ternura y honra con gracia.

5) Para nosotros hoy: tres llamados concretos

1.    Poner al enfermo en el centro. No como “tema”, sino como persona: visita, llamada, presencia, escucha.

2.    Practicar el sábado de Jesús: el día del Señor no es excusa para la indiferencia; es escuela de misericordia.

3.    Extender la mano: reconciliarse, pedir ayuda, volver a orar, retomar un tratamiento, abrir el corazón.

Oración final (por los enfermos)

Señor Jesús, que miraste al hombre de la mano paralizada y lo pusiste en el centro, mira hoy a nuestros enfermos: a los que están en casa, en hospital, en soledad; a quienes sienten miedo, dolor, incertidumbre.
Toca lo que está rígido, devuelve movilidad al cuerpo y paz al alma.
Danos un corazón sensible, que no se esconda detrás de excusas religiosas, sino que elija siempre el bien, la vida y la compasión.

Y al concluir, nos confiamos a la intercesión de la Santísima Virgen María, Salud de los Enfermos:
Madre tierna, acompaña a tus hijos que sufren; sostén a los cuidadores; consuela a los que se sienten frágiles. Llévanos a Jesús, para que, escuchando su voz, también nosotros podamos extender la mano y vivir.
Amén.

 

2

 

1) “¿Está permitido… salvar la vida?”: la pregunta que desnuda el corazón

El Evangelio nos pone en una escena tensa: una sinagoga, un hombre con la mano paralizada y un grupo que observa a Jesús no para aprender, sino para acusarlo. Y entonces el Señor formula una pregunta que parece obvia, pero que revela lo que hay dentro:
“¿Está permitido en sábado hacer el bien o hacer el mal, salvar la vida o destruirla?” (Mc 3,4).

Objetivamente, todos sabemos la respuesta: sí, es lícito hacer el bien. Pero hoy se nos advierte que, subjetivamente, muchas veces respondemos no desde la verdad, sino desde heridas, resentimientos y comparaciones. Por eso el Evangelio dice que ellos callaron. El silencio es terrible: no es prudencia, es cerrazón.

2) La “ira justa” y el “dolor santo” de Jesús

Aquí aparece algo muy humano y muy divino a la vez: Jesús los mira con enojo y con tristeza por la dureza de su corazón. No es rabia caprichosa. Es lo que podemos llamas “ira justa y dolor santo”: una indignación que nace del amor, y un dolor que nace de ver cómo la religión puede volverse máscara para no amar.

Hay emociones que, cuando se desordenan, destruyen por dentro:

·        Ira: cuando se vuelve resentimiento y deseo de herir.

·        Celos: cuando el miedo a perder “mi lugar” me vuelve controlador.

·        Envidia: cuando me entristece el bien del otro y me impide alegrarme.

Los fariseos no logran alegrarse por la sanación del hombre; se quedan atrapados en su propio laberinto interior. Y el Evangelio remata con una frase dura: después de ver el bien, conspiran para hacer el mal (Mc 3,6). Así actúa el pecado: endurece, ciega y termina justificando lo injustificable.

3) “Extiende tu mano”: cuando la gracia rompe la parálisis

Jesús no discute eternamente. Mira al hombre y le dice:
“Extiende la mano.”
Y al extenderla, queda restablecida.

Esta orden es más que un gesto físico: es una palabra para todos los que viven algún tipo de parálisis:

·        la parálisis del miedo,

·        la parálisis del rencor,

·        la parálisis de la tristeza,

·        la parálisis de la enfermedad que agota y desanima.

Y hoy, que oramos por los enfermos, el Señor nos repite: “Extiende…”; es decir: no te encierres, no te resignes, no te quedes solo. Extiende la mano a Dios en la oración, a tu familia, a la comunidad, al médico, al acompañamiento. La fe no niega el dolor, pero no permite que el dolor tenga la última palabra.

4) David contra Goliat: el enfermo también tiene “honda y piedras”

La primera lectura (1S 17) es el gran relato del pequeño David frente al gigante. David rechaza la armadura ajena: no quiere pelear con lo que no le corresponde. Y enfrenta a Goliat con lo que tiene y con lo que cree: “El Señor me ha librado… Él me librará” (cf. 1S 17).

Para un enfermo, Goliat puede tener muchos nombres: diagnóstico, dolor, recaída, soledad, incertidumbre, ansiedad. Pero David nos enseña algo clave: uno puede ser pequeño y temblar… y aun así no rendirse. La victoria no nace del tamaño, nace de la confianza.

Y el salmo lo proclama:
“Bendito el Señor, mi roca… mi baluarte y mi libertador.”
Cuando no puedo con mis fuerzas, Dios se vuelve mi fuerza.

5) Santa Inés: pureza de corazón y valentía para amar hasta el final

En la memoria de Santa Inés, la Iglesia nos presenta a una joven que, en un mundo que presionaba y amenazaba, eligió a Cristo sin negociar. Su testimonio denuncia un mal muy actual: cuando el corazón se corrompe por el deseo de poder, de prestigio o de “tener razón”.

Inés nos dice: el amor a Cristo vuelve libre. Y también enseña a nuestros enfermos —y a quienes los cuidan— que hay una fortaleza más profunda que la del cuerpo: la del espíritu sostenido por Dios.

6) Aplicación concreta: transformar tres venenos en tres virtudes

Esta reflexión nos invita a hacer un examen honesto. Para vivir este Evangelio, el Señor nos invita a convertir:

·        ira → en perdón y mansedumbre (sin negar la injusticia, pero sin dejar que me envenene);

·        celos → en gratitud (agradecer lo que soy y lo que tengo);

·        envidia → en admiración y alegría (bendecir el bien del otro).

Porque hasta la vida espiritual se enferma cuando el corazón se llena de comparaciones. Y la medicina es Cristo: su verdad humilde, su gracia, su misericordia.

7) Oración final por los enfermos

Señor Jesús, Médico del alma y del cuerpo,
tú que miraste con dolor santo la dureza del corazón humano,
arranca de nosotros la ira que hiere, los celos que encadenan y la envidia que entristece.
Danos un corazón nuevo.

Te encomendamos especialmente a los enfermos:
a los que sufren en hospitales o en casa,
a los que viven dolor, angustia o soledad,
a los que esperan un resultado, una cirugía, una recuperación.
Dales paz, fortaleza, paciencia y esperanza;
y a sus familias, ternura y perseverancia.

Por intercesión de Santa Inés, haznos valientes en la fe.
Y por María, Salud de los Enfermos,
llévanos a extender la mano hacia ti, para que tu gracia restaure lo que está paralizado.
Jesús, en Ti confiamos
. Amén.

 

 

21 de enero:

Santa Inés, virgen y mártir — Memoria
c. 291–c. 304

Santa patrona de quienes buscan la castidad y la pureza, de las parejas comprometidas, de las víctimas de violación, de los jardineros, de las niñas y de las Girl Scouts.

 


Cita:


Aquel que me eligió primero para Sí, me recibirá. ¿Por qué te demoras, verdugo?… Ella permanecía de pie, oraba, inclinó su cuello. Se podía ver al verdugo temblar, como si él mismo hubiera sido condenado, su mano derecha estremecerse, su rostro palidecer, pues temía por el peligro de otro, mientras la doncella no temía por el suyo propio.
~ De Virginibus, San Ambrosio

 

Reflexión:


Según una tradición, la hija del emperador Constantino el Grande —el primer emperador que se convirtió al cristianismo y legalizó su práctica— contrajo lepra. Su nombre era Constantina. Buscando una curación, se acercó al sepulcro de la joven virgen y mártir de hoy y, entre lágrimas, imploró su intercesión. La tradición añade que Constantina fue efectivamente curada y que, en agradecimiento, su padre mandó construir una iglesia sobre la tumba de Santa Inés. Hasta el día de hoy, una iglesia adorna ese mismo lugar. Hasta el día de hoy, lleva el nombre de Santa Inés. Y hasta el día de hoy, los fieles imploran la intercesión de Inés del mismo modo que Constantina lo hizo en tiempos antiguos.

Se sabe muy poco sobre Santa Inés, excepto por las breves palabras de San Ambrosio escritas muchas décadas después de su muerte. Sabemos con certeza que fue martirizada a la edad de doce o trece años. Tradiciones posteriores han suplido lo que la historia no puede, incluyendo lo que sigue.

Inés nació en el seno de una noble familia cristiana en Roma. Se decía que era muy hermosa, lo cual, unido a su riqueza y santidad, llevó a muchos jóvenes nobles a buscarla como esposa. Pero los ojos de Inés contemplaron a Uno que era el más bello de todos: su Señor y Salvador, Jesucristo. Después de contemplar su belleza, ya no pudo mirar a nadie más. Se consagró a una vida de virginidad.

Sin embargo, esta entrega de sí misma no fue bien recibida ni comprendida por los jóvenes de su tiempo. Inés fue denunciada ante el prefecto local, Sempronio, por ser cristiana, en un intento de disuadirla de su voto de castidad. El prefecto primero trató de convencerla de que ofreciera sacrificios a los dioses romanos. Ella se negó. Su corazón estaba firme en su devoción a su Amado. Luego el prefecto intentó asustarla mostrándole algunos instrumentos de tortura en manos del cruel verdugo. Inés no mostró miedo alguno y se negó a quemar incienso a los falsos dioses. Enfurecido, el prefecto ordenó que fuera llevada a burdeles para ser ultrajada por hombres inmorales.

Durante estas pruebas, Inés sabía que su Esposo celestial la protegería. Los hombres malvados podían manchar sus espadas con su sangre, pero nunca podrían profanar su cuerpo consagrado a Cristo. En los burdeles, los hombres la miraban con lujuria desde lejos, pero parecían más asustados de ella que ella de ellos. Ninguno se atrevió a acercarse. Ninguno se atrevió a profanarla. Se dice que solo un joven se acercó a ella, y que inmediatamente quedó ciego y cayó al suelo. Sin embargo, por una oración pronunciada por Inés, le fue devuelta la vista.

El prefecto, al no lograr que Inés volviera al paganismo ni que se mancillara su cuerpo, la condenó entonces a morir decapitada. Inés ofreció voluntariamente su cuello al verdugo, quien temblaba de miedo al acercarse, mientras ella estaba tan gozosa como una esposa que espera encontrarse con su Esposo.

Santa Inés, junto con Santa Cecilia, fue una de las primeras mártires cuyo nombre fue honrado al ser incluido en el Canon Romano (Plegaria Eucarística I de la Misa actual). Su nombre en latín significa “cordero”. Por ello, desde el siglo XVI, cada año en el día de su fiesta se llevan dos corderos a la basílica romana construida sobre su tumba. Su lana es esquilada y tejida en diversos palios, vestiduras que cubren los hombros. Estos mismos palios son luego colocados sobre los hombros de los arzobispos por el mismo Papa en la fiesta de los Santos Pedro y Pablo. Junto con el báculo o cayado, el palio simboliza el papel del obispo como pastor.

Santa Inés, a tan temprana edad entregaste tu vida a Cristo, eligiéndolo solo a Él como tu Esposo. Tu fidelidad a Cristo fue inquebrantable, mostrando que preferías la muerte antes que la traición. Ruega por mí, para que yo también elija a Cristo como el Esposo de mi alma y le sea fiel incluso hasta la muerte.
Santa Inés, ruega por mí.
Jesús, en Ti confío.

 

lunes, 19 de enero de 2026

20 de enero del 2026: martes de la segunda semana del tiempo ordinario-II- San Fabián , papa y San Sebastián mártir, memoria opcional


Santo del día:

San Fabián, Papa y mártir

Siglo III. Laico que se convirtió en Papa en el año 236, reinó catorce años antes de sufrir el martirio. Un «hombre incomparable» de bondad y pureza, según su amigo, san Cipriano.


San Sebastián, mártir

San Sebastián vivió en el siglo III y es recordado como un brillante oficial del ejército romano que, en el corazón mismo del poder, sostuvo con valentía a los cristianos perseguidos durante el reinado del emperador Diocleciano.


El derecho de arrancar espigas

(Mc 2,23-28) Pasar a través de los campos y arrancar espigas: eso basta para disgustar a los campesinos del lugar. La Ley de Moisés permite el espigueo, ¡pero no en día de sábado! Entonces Jesús, evocando a David, recuerda el sentido de la Ley, al servicio de la vida, y el sentido del sábado, memoria de la bondad de Dios. Invita a vivir como un ser libre este “sábado del corazón”, que sabe ver lo bueno en todo lo que se nos da.

Colette Hamza, xavière

 


Primera lectura

1 Sam 16, 1-13

Samuel ungió a David en medio de sus hermanos y el espíritu del Señor vino sobre él

Lectura del primer libro de Samuel.

EN aquellos días, el Señor dijo a Samuel:
«¿Hasta cuándo vas a estar sufriendo por Saúl, cuando soy yo el que lo he rechazado como rey sobre Israel? Llena tu cuerno de aceite y ponte en camino. Te envío a casa de Jesé, el de Belén, porque he visto entre sus hijos un rey para mí».
Samuel respondió:
«¿Cómo voy a ir? Si lo oye Saúl, me mata».
El Señor respondió:
«Llevas de la mano una novilla y dices que has venido a ofrecer un sacrificio al Señor. Invitarás a Jesé al sacrificio y yo te indicaré lo que has de hacer. Me ungirás al que te señale».
Samuel hizo lo que le había ordenado el Señor.
Una vez llegado a Belén, los ancianos de la ciudad salieron temblorosos a su encuentro.
Preguntaron:
«¿Es de paz tu venida?».
Respondió:
«Sí. He venido para ofrecer un sacrificio al Señor. Purifíquense y vengan conmigo al sacrificio».
Purificó a Jesé y a sus hijos, y los invitó al sacrificio.
Cuando estos llegaron, vio a Eliab y se dijo:
«Seguro que está su ungido ante el Señor».
Pero el Señor dijo a Samuel:
«No te fijes en su apariencia ni en lo elevado de su estatura, porque lo he descartado. No se trata de lo que vea el hombre. Pues el hombre mira a los ojos, mas el Señor mira el corazón».
Jesé llamó a Abinadab y lo presentó a Samuel, pero le dijo:
«Tampoco a este lo ha elegido el Señor».
Jesé presentó a Samá. Y Samuel dijo:
«El Señor tampoco ha elegido a este».
Jesé presentó a sus siete hijos ante Samuel. Pero Samuel dijo a Jesé:
«El Señor no ha elegido a estos».
Entonces Samuel preguntó a Jesé:
«¿No hay más muchachos?».
Y le respondió:
«Todavía queda el menor, que está pastoreando el rebaño».
Samuel le dijo:
«Manda a buscarlo, porque no nos sentaremos a la mesa, mientras no venga».
Jesé mandó por él y lo hizo venir. Era rubio, de hermosos ojos y buena presencia. El Señor dijo a Samuel:
«Levántate y úngelo de parte del Señor, pues es este».
Samuel cogió el cuerno de aceite y lo ungió en medio de sus hermanos. Y el espíritu del Señor vino sobre David desde aquel día en adelante.
Samuel emprendió luego el camino de Ramá.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 88, 20. 21-22. 27-28 (R.: 21a)

R. Encontré a David, mi siervo.

V. Un día hablaste en visión a tus santos:
«He ceñido la corona a un héroe,
he levantado a un soldado de entre el pueblo». 
R.

V. «Encontré a David, mi siervo,
y lo he ungido con óleo sagrado;
para que mi mano esté siempre con él
y mi brazo lo haga valeroso». 
R.

V. «Él me invocará: “Tú eres mi padre,
mi Dios, mi Roca salvadora”;
y lo nombraré mi primogénito,
excelso entre los reyes de la tierra».
 R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. El Padre de nuestro Señor Jesucristo ilumine los ojos de nuestro corazón, para que comprendamos cuál es la esperanza a la que nos llama. R.

 

Evangelio

Mc 2, 23-28

El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado

Lectura del santo Evangelio según san Marcos.

SUCEDIÓ que un sábado Jesús atravesaba un sembrado, y sus discípulos, mientras caminaban, iban arrancando espigas.
Los fariseos le preguntan:
«Mira, ¿por qué hacen en sábado lo que no está permitido?».
Él les responde:
«¿No han leído nunca lo que hizo David, cuando él y sus hombres se vieron faltos y con hambre, cómo entró en la casa de Dios, en tiempo del sumo sacerdote Abiatar, comió de los panes de la proposición, que solo está permitido comer a los sacerdotes, y se los dio también a quienes estaban con él?».
Y les decía:
«El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado; así que el Hijo del hombre es señor también del sábado».

Palabra del Señor.

 

 

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1) “El Señor no mira lo que mira el hombre”

La Palabra de hoy nos pone delante dos miradas: la mirada humana, que se queda en la apariencia, y la mirada de Dios, que atraviesa lo superficial y llega al corazón.

En la primera lectura, Samuel va a ungir al nuevo rey. Y, como suele pasar, lo primero que impresiona es lo visible: estatura, presencia, fuerza, porte. Pero Dios le corta el paso a esa lógica: “El hombre mira las apariencias, pero el Señor mira el corazón.” Y el elegido resulta ser David, el menor, el que ni siquiera estaba en la fila “de los importantes”: estaba cuidando el rebaño.

Aquí hay una buena noticia para nuestras familias y para quienes caminan con nosotros como amigos y benefactores: Dios no se relaciona con nosotros según etiquetas (“el exitoso”, “el fracasado”, “el que siempre falla”, “el que siempre puede”). Dios se relaciona con nosotros por dentro: por la verdad de lo que somos y por lo que Él mismo está haciendo silenciosamente en nosotros.

2) El sábado: no una jaula, sino una memoria de la bondad de Dios

En el Evangelio, los discípulos arrancan espigas en sábado. No están robando; era un gesto permitido como ayuda al caminante. El problema, dicen algunos, es “el día”. Entonces Jesús responde con una escena bíblica: David, hambriento, comió de los panes ofrecidos. ¿Por qué? Porque cuando la vida está en juego, la Ley se entiende desde su corazón, no desde una lectura fría.

Y Jesús remata con dos frases que son el eje del pasaje:

·        “El sábado se hizo para el hombre, y no el hombre para el sábado.”

·        “El Hijo del Hombre es Señor también del sábado.”

En otras palabras: Dios no nos dio mandamientos para aplastarnos, sino para cuidarnos. La fe no es una trampa, ni una cadena, ni un examen permanente; es un camino hacia la libertad verdadera.

Y aquí encaja precioso lo que alguien dice: Jesús nos invita a vivir un “sábado del corazón”, una libertad interior que sabe reconocer lo bueno que Dios regala, y que pone la norma al servicio de la vida.

3) Una clave humana (y muy cotidiana): el “perfeccionismo religioso”

A veces, sin darnos cuenta, convertimos lo sagrado en control. En la vida familiar se nota mucho: cuando la regla importa más que la persona; cuando “tener la razón” vale más que cuidar el vínculo; cuando el reclamo pesa más que la compasión.

El perfeccionismo —también el “perfeccionismo espiritual”— puede terminar produciendo dos cosas:

·        culpa crónica (nunca es suficiente, nunca hago bien, siempre estoy en deuda),

·        o dureza (mido a los demás con la vara con que me mido a mí… o peor: con una vara sin misericordia).

Jesús hoy nos sana de esa rigidez: la Ley tiene corazón. El sábado tiene alma: recordarnos que Dios es bueno, que Dios libera, que Dios sostiene. Si una práctica religiosa me vuelve más impaciente, más agresivo, más hiriente, quizá no estoy guardando el sábado: lo estoy usando como arma.

4) “He encontrado a David”: un salmo para cantar la fidelidad

El salmo responsorial pone en nuestros labios una promesa: Dios sostiene a su ungido, lo toma de la mano, lo fortalece, lo hace hijo, lo acompaña con amor fiel. Eso es lo que Dios quiere hacer también hoy en tu casa, en tu comunidad, en tu historia: no solo corregirte, sino sostenerte.

Por eso, cuando oramos por la familia, los amigos y los benefactores, no pedimos simplemente “que no falte nada”, sino algo más hondo:

·        un corazón que no se endurezca,

·        una fe que no se vuelva costumbre sin alma,

·        una libertad interior capaz de agradecer,

·        una convivencia donde la norma mayor sea el amor.

5) Aplicación concreta para hoy

Te propongo tres “gestos de sábado” (muy sencillos) para vivir este Evangelio:

1.    Descansar sin culpa: un descanso ofrecido a Dios, no como evasión, sino como confianza.

2.    Dejar de “cobrar” una deuda emocional: soltar un reproche repetido, una cuenta antigua, una frase que hiere.

3.    Agradecer un bien pequeño: como quien “arranca espigas” en el camino: reconocer lo que Dios ya está dando.

6) Oración final (por la familia, amigos y benefactores)

Señor Jesús,
Tú que eres Señor del sábado,
libera nuestro corazón de la dureza y del miedo.

Bendice a nuestras familias:
que en ellas la fe no sea una carga,
sino hogar;
no sea control, sino ternura;
no sea juicio, sino misericordia.

Bendice a nuestros amigos:
que sean compañía que levanta,
palabra oportuna,
presencia que consuela.

Y bendice, Señor, a nuestros benefactores:
a quienes ayudan en silencio,
a quienes sostienen la misión con su trabajo, su tiempo o sus bienes.
Devuélveles en alegría lo que entregan en amor,
y haz que nunca les falte tu paz.

Amén.

 

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1) Puerta de entrada: cuando la fe se vuelve “peso”

El Evangelio de hoy es un bálsamo para quienes, con la mejor intención, viven la fe como si fuera una lista infinita de requisitos, un examen permanente o una carrera de perfección exterior. A muchos cristianos sinceros les pasa: aman a Dios, quieren ser fieles, pero terminan atrapados en una mentalidad legalista o escrupulosa, donde lo decisivo es “cumplir” y no tanto amar.

Jesús viene a liberarnos de esa trampa con una frase luminosa:
“El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado.”
Y añade: “El Hijo del Hombre es Señor también del sábado.”

2) Situemos la escena: espigas, hambre y vigilancia

El pasaje ocurre al inicio del ministerio público. Jesús camina con sus discípulos, y en sábado atraviesan unos sembrados. Ellos tienen hambre y arrancan espigas para comer. No se trata de robo: era una práctica permitida para el caminante. Pero los fariseos, atentos a toda “falta”, aprovechan el momento para acusarlos:
“¿Por qué hacen en sábado lo que no es lícito?”

Aquí aparece el corazón del conflicto: hay personas que convierten la ley en un fin, olvidando para qué existe. Para ellas, el sábado no es un regalo de Dios, sino un pretexto para señalar, condenar y controlar.

3) Jesús interpreta la Ley desde la vida (David como clave)

Jesús no responde con una pelea fría. Cita la Escritura y recuerda el caso de David: cuando tuvo necesidad, comió los panes ofrecidos. ¿Qué está diciendo Jesús? Que Dios nunca quiso una ley contra el hombre, ni un mandamiento que aplaste la vida.

La Ley, entendida en su raíz, es camino de comunión y de bien; cuando deja de servir a la vida, se vuelve caricatura. En el fondo, Jesús nos enseña que la fidelidad verdadera no es rigidez; es discernimiento iluminado por el amor.

4) Un principio para ordenar el corazón: la Ley eterna, natural y divina

Sin entrar en tecnicismos, hay una verdad hermosa: Dios ha escrito su voluntad de dos maneras que no se contradicen:

  • En la creación y en la conciencia (lo que llamamos ley natural): la razón sana reconoce que mentir, robar, destruir, humillar… deshumaniza.
  • En la revelación (ley divina): la Escritura confirma, purifica y eleva, mostrando el rostro del Padre y el camino pleno del amor en Cristo.

Y lo liberador es esto: la ley natural y la ley divina armonizan, porque vienen del mismo Dios. El problema es cuando uno reduce la Ley a “formas externas” y pierde la melodía interior: la misericordia, la verdad, el bien de la persona, el amor que salva.

En el Evangelio, el hambre del discípulo y la misión de Jesús no contradicen la santidad del sábado: la revelan. Porque el sábado no es una jaula, sino un día para descansar, adorar, recomponer el alma y confiar.

5) Iluminación desde la primera lectura: Dios mira el corazón

La primera lectura nos da el mismo mensaje, con otra imagen. Samuel busca un rey y, espontáneamente, mira lo que impresiona. Pero Dios le dice: “El Señor mira el corazón.” Y elige a David, el pequeño, el aparentemente secundario.

Así también, en la vida espiritual: podemos equivocarnos creyendo que Dios se complace sobre todo en “lo visible” (la exactitud externa, el detalle, la apariencia impecable), cuando Dios está buscando verdad interior, humildad, compasión, confianza.

Quien vive escrupuloso suele ser muy exigente consigo y, sin darse cuenta, termina siendo duro con los demás. Dios, en cambio, unge a David: elige lo pequeño, lo sincero, lo disponible. La santidad no es espectáculo; es docilidad.

6) Aplicación pastoral: dos peligros y un camino de libertad

Jesús hoy nos libra de dos extremos:

  • La laxitud: vivir como si nada importara, como si la voluntad de Dios fuera opcional.
  • La escrupulosidad: vivir como si Dios fuera un inspector implacable, y la fe un campo minado.

El camino cristiano es otro: obediencia con amor. Es decir:

  • obedecer, sí, pero no por miedo sino por comunión;
  • cuidar los mandamientos, sí, pero desde el corazón del Padre;
  • santificar el día del Señor, sí, pero recordando que es don, no carga.

Y aquí aterriza en nuestras relaciones: en la familia, con los amigos, con quienes nos ayudan. A veces, lo que más hiere no es una falta grande, sino la mentalidad farisea cotidiana: el juicio rápido, la frase tajante, la norma usada como martillo, el “yo tengo la razón” por encima de la persona. El “sábado del corazón” consiste en aprender a ver el bien posible y a elegir lo que construye.

7) Tres gestos concretos para vivir “el sábado para el hombre”

1.    Descanso agradecido: hoy haré un acto de confianza: descansar un poco sin culpa, ofreciéndolo a Dios.

2.    Una misericordia práctica: dejaré pasar una pequeña falta en casa; corregiré sin herir.

3.    Un acto de gratitud: agradeceré explícitamente a un familiar, amigo o benefactor por algo concreto.

8) Oración final (con la intención del día)

Señor Jesús, Señor del sábado,
enséñanos a vivir tu Ley como camino de libertad y alegría.
Líbranos de la laxitud que enfría el alma,
y líbranos de la escrupulosidad que roba la paz y endurece el corazón.

Bendice a nuestras familias:
que en ellas haya descanso, perdón, ternura y respeto.
Bendice a nuestros amigos:
que sean presencia de apoyo y luz en el camino.
Bendice a nuestros benefactores:
recompénsales con tu paz, con salud, con trabajo digno,
y con la alegría de saberse instrumentos de tu Providencia.

Que tu Ley, Señor, no sea para nosotros un peso,
sino un abrazo: la verdad que ordena, el amor que salva,
la misericordia que renueva.

Jesús, en Ti confiamos. Amén.


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20 de enero:

San Sebastián, mártir — Memoria opcional
c. 255 – c. 288

Santo patrono de los arqueros, fabricantes de alfileres, atletas; contra las epidemias y por una santa muerte.

 


Cita:


«El Señor Jesús, a quien sirvo, me ha resucitado, por así decirlo, de entre los muertos, precisamente para esto: para poder encontrarme de nuevo con ustedes y protestar, en presencia de todo el pueblo aquí reunido, que son culpables de la más cruel injusticia cuando persiguen a sus servidores, a quienes saben inocentes. Arrepiéntanse, pues, de sus crímenes antes de que sea demasiado tarde».
~ Las Actas de los Primeros Mártires, Fastré S.J.


Reflexión

La gloriosa corona del martirio fue colocada sobre la cabeza de san Sebastián no una, sino dos veces. Nació en Narbona, en la Galia (actual Francia), pero fue criado en Milán, Italia. Durante su infancia, la persecución de los cristianos se encontraba temporalmente suspendida, hasta que se reanudó cuando Sebastián llegó a la adolescencia. Sebastián era un cristiano firme que deseaba ayudar a quienes eran perseguidos por la fe. Este santo deseo lo llevó a alistarse en el ejército romano bajo el emperador Carino, en el año 283, donde mantuvo en secreto su fe cristiana para poder tener acceso a los cristianos encarcelados.

En el año 284, Diocleciano se convirtió en emperador y nombró a Sebastián uno de sus guardias personales y oficiales de inteligencia, sin saber que era cristiano. Poco después de este ascenso, Sebastián descubrió que Marcos y Marceliano, hermanos gemelos encarcelados por su fe, estaban siendo presionados por su familia y amigos paganos para salvar sus vidas negando a Cristo. Sus propios padres, aún paganos, suplicaban entre lágrimas a sus hijos que renegaran de su fe.

Sebastián sabía que era arriesgado, pero reveló abiertamente a todos en la cárcel que era cristiano. Exhortó a los hermanos encarcelados a permanecer firmes en la fe, incluso si ello significaba la muerte. Predicó con tal fuerza y convicción que, finalmente, los padres de los hermanos, el carcelero, dieciséis prisioneros más y más de sesenta familiares y amigos se convirtieron y fueron bautizados. Dos de ellos recibieron curaciones milagrosas en ese mismo momento.

Cuando el gobernador enfermo de Roma, Cromacio, oyó hablar de estas curaciones, mandó llamar a Sebastián. Sebastián curó entonces al gobernador y posteriormente lo instruyó en la fe. Después de que Cromacio y su hijo fueran bautizados por el sacerdote Policarpo —futuro santo y mártir—, Cromacio abandonó su cargo y ayudó a la conversión de muchos otros a la fe cristiana.

Sebastián y Policarpo decidieron que uno de ellos debía acompañar a Cromacio y a muchos de los nuevos convertidos al campo para mayor seguridad, mientras que el otro permanecería en Roma para ayudar a los cristianos perseguidos. Tras consultar al Papa, se decidió que Sebastián se quedara en Roma como el “Defensor de la Iglesia”, ya que gozaba del favor del emperador. Durante los dos años siguientes, a pesar de su alto rango y de su acceso al emperador, varios de los convertidos por Sebastián fueron martirizados, incluidos los hermanos gemelos Marcos y Marceliano.

En el año 286, el emperador Diocleciano descubrió que Sebastián era cristiano. Sintiendo que había sido traicionado, ordenó su muerte. La ejecución debía ser pública y brutal, con el fin de intimidar a otros cristianos. Sebastián fue arrestado, atado a un poste y vendado de los ojos. Los arqueros tensaron sus arcos y recibieron la orden de llenarlo de flechas «como un erizo está lleno de púas» (La Leyenda Dorada, vol. II). Tras atravesar su torso y sus miembros con flechas, lo desataron y dejaron su cuerpo perforado por muerto. ¡Pero Sebastián no murió! Una mujer santa llamada Irene fue a recoger su cuerpo para enterrarlo y lo encontró aún con vida. Irene era esposa de san Cástulo, un oficial de la casa de Diocleciano que había sido martirizado a comienzos de ese mismo año. Irene retiró cuidadosamente las flechas del cuerpo de Sebastián, lo llevó a su casa y lo cuidó hasta devolverle la salud. La propia santa Irene moriría mártir dos años después.

Una vez recuperado, muchos exhortaron a Sebastián a huir para salvar su vida. Sin embargo, se presentó ante el emperador y lo increpó con firmeza por su crueldad contra los cristianos. Un biógrafo del siglo XIX puso estas palabras en labios de Sebastián cuando se enfrentó al hombre más poderoso del mundo:
«Escúchame, oh Príncipe. Los sacerdotes de tus templos te engañan con sus perversas falsedades contra los cristianos. Te dicen que somos enemigos del Imperio; sin embargo, es por nuestras oraciones que el Imperio prospera. Cesa tus injustas persecuciones contra nosotros y recuerda que el día del ajuste de cuentas está cercano, cuando tú también serás juzgado por un Juez que todo lo sabe» (Las Actas de los Primeros Mártires, Fastré S.J.).

El emperador, enfurecido por las palabras de Sebastián y sorprendido de que aún estuviera vivo, ordenó que fuera ejecutado nuevamente. Esta vez, Sebastián fue golpeado hasta la muerte con garrotes y arrojado a una cloaca.

Después de su muerte, Sebastián se apareció en una visión a una mujer santa llamada Lucina y le pidió que sacara sus restos de la cloaca y los enterrara en las catacumbas de Calixto. Ella lo hizo esa misma noche. Más tarde se construyó allí una basílica en su memoria. Esta iglesia y cementerio siguen siendo hoy un importante lugar de peregrinación. En los siglos posteriores a su martirio, san Sebastián se hizo célebre por su poder de intercesión, especialmente para combatir la peste bubónica en el siglo XIV. Más recientemente, también ha sido honrado como patrono de los atletas, por su perseverancia tenaz.


Oración

San Sebastián, recibiste dos veces la gloriosa corona del martirio. Tu valentía y fidelidad a Cristo frente a la persecución fueron inquebrantables. Tu aliento a los perseguidos fue heroico. Te ruego que intercedas por mí, para que tenga tu misma valentía firme y así cumpla la voluntad de Dios, sin importar cuán alto sea el precio.
San Sebastián, ruega por mí.
Jesús, en Ti confío.

21 de enero del 2026: miércoles de la segunda semana del tiempo ordinario II- Santa Inés, Virgen y mártir-memoria obligatoria

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