Testigo de la fe:
Santa María Magdalena
Siglo I.
Nacida en Magdala, junto al lago de Tiberíades,
permaneció al pie de la cruz durante la muerte de Jesús. Al tercer día encontró
el sepulcro vacío y permaneció allí, llorando, buscando a aquel a quien amaba
su corazón. El Resucitado se le manifestó llamándola por su nombre: «¡María!».
Entonces su tristeza se transformó en alegría y su búsqueda se convirtió en
misión. Enviada a los discípulos para anunciarles: «He visto al Señor», María
Magdalena llegó a ser la apóstol de los Apóstoles, testigo de la victoria de la
vida sobre la muerte.
En
esta fiesta, pidamos la gracia de buscar a Cristo con perseverancia, reconocer
su voz cuando nos llama personalmente y convertirnos también nosotros en
mensajeros gozosos de su resurrección.
Paso a paso
(Juan 20,1-2.11-18) La aparición del
Resucitado a María está centrada en un proceso de reconocimiento que se realiza
por etapas. Se necesita tiempo para reconocer a Cristo presente y actuando en
nuestra vida. María ve primero el sepulcro vacío, luego a los ángeles y,
finalmente, al mismo Jesús, pero lo confunde con el jardinero. Solo cuando Él
la llama por su nombre —«¡María!»— se abren sus ojos y su corazón.
La
fe pascual nace muchas veces de esta manera: en medio de las lágrimas, las
dudas y la búsqueda. Jesús sale a nuestro encuentro con paciencia, nos llama
personalmente y transforma nuestra tristeza en misión. Como María Magdalena,
somos enviados a anunciar con alegría: «He visto al Señor».
Primera lectura
Cant
3, 1-4b (opción 1)
Encontré
al amor de mi alma
Lectura del libro del Cantar de los Cantares.
ESTO dice la esposa:
«En mi lecho, por la noche,
buscaba al amor de mi alma;
lo buscaba, y no lo encontraba.
“Me levantaré y rondaré por la ciudad,
por las calles y las plazas,
buscaré al amor de mi alma”.
Lo busqué y no lo encontré.
Me encontraron los centinelas
que hacen la ronda por la ciudad.
“¿Han visto al amor de mi alma?”.
En cuanto los hube pasado,
encontré al amor de mi alma».
Palabra de Dios.
2
Cor 5, 14-17 (opción 2)
Ahora
ya no conocemos a Cristo según la carne
Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Corintios.
HERMANOS:
Nos apremia el amor de Cristo al considerar que, si uno murió por todos, todos
murieron.
Y Cristo murió por todos, para que los que viven ya no vivan para sí, sino para
el que murió y resucitó por ellos.
De modo que nosotros desde ahora no conocemos a nadie según la carne; si alguna
vez conocimos a Cristo según la carne, ahora ya no lo conocemos así.
Por tanto, si alguno está en Cristo es una criatura nueva. Lo viejo ha pasado,
ha comenzado lo nuevo.
Palabra de Dios.
Salmo
Sal
62, 2. 3-4. 5-6. 8-9 (R.: cf. 2b)
R. Mi alma está
sedienta de ti, Dios mío.
V. Oh, Dios, tú
eres mi Dios, por ti madrugo,
mi alma está sedienta de ti;
mi carne tiene ansia de ti,
como tierra reseca, agostada, sin agua. R.
V. ¡Cómo te
contemplaba en el santuario
viendo tu fuerza y tu gloria!
Tu gracia vale más que la vida,
te alabarán mis labios. R.
V. Toda mi vida te
bendeciré
y alzaré las manos invocándote.
Me saciaré de manjares exquisitos,
y mis labios te alabarán jubilosos. R.
V. Porque fuiste mi
auxilio,
y a la sombra de tus alas canto con júbilo.
Mi alma está unida a ti,
y tu diestra me sostiene. R.
Aclamación
R. Aleluya, aleluya,
aleluya.
V. «¿Qué has visto
de camino, María, en la mañana?» «A mi Señor glorioso, la tumba
abandonada». R.
Evangelio
Jn
20, 1-2. 11-18
Mujer,
¿por qué lloras?, ¿a quién buscas?
Lectura del santo Evangelio según san Juan.
EL primer día de la semana, María la Magdalena fue al sepulcro al amanecer,
cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro.
Echó a correr y fue donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús
amaba, y les dijo:
«Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto».
Estaba María fuera, junto al sepulcro, llorando. Mientras lloraba, se asomó al
sepulcro y vio dos ángeles vestidos de blanco, sentados, uno a la cabecera y
otro a los pies, donde había estado el cuerpo de Jesús.
Ellos le preguntan:
«Mujer, ¿por qué lloras?».
Ella les contesta:
«Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto».
Dicho esto, se vuelve y ve a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús.
Jesús le dice:
«Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quién buscas?».
Ella, tomándolo por el hortelano, le contesta:
«Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré».
Jesús le dice:
«¡María!».
Ella se vuelve y le dice:
«¡Rabbuní!», que significa: «¡Maestro!».
Jesús le dice:
«No me retengas, que todavía no he subido al Padre. Pero, anda, ve a mis
hermanos y diles: “Subo al Padre mío y Padre de ustedes, al Dios mío y Dios de
ustedes”».
María la Magdalena fue y anunció a los discípulos:
«He visto al Señor y ha dicho esto».
Palabra del Señor.
1
«He visto al Señor»
Queridos hermanos:
La fiesta de santa María Magdalena nos presenta a
una mujer que busca, llora, persevera y, finalmente, reconoce al Señor
resucitado. Su camino de fe no ocurre de manera inmediata, sino paso a paso.
María llega al sepulcro, descubre que la piedra ha sido removida, permanece
allí llorando, ve a los ángeles y, después, contempla al mismo Jesús, aunque al
comienzo lo confunde con el jardinero.
Solo cuando Jesús la llama por su nombre —«¡María!»—
se abren sus ojos y su corazón. Aquel que parecía ausente estaba muy cerca de
ella. Aquel a quien buscaba entre los muertos estaba vivo y venía a su
encuentro.
También nosotros atravesamos momentos en los que
nos cuesta reconocer la presencia de Dios. El dolor, la enfermedad, la soledad,
la pérdida de un ser querido, las preocupaciones y las heridas interiores
pueden nublar nuestra mirada. Podemos sentir que Dios está lejos o que no
escucha nuestra oración. Sin embargo, el Evangelio nos recuerda que Cristo
resucitado se acerca incluso cuando no somos capaces de reconocerlo. Él
permanece junto a nuestras lágrimas y nos llama personalmente por nuestro
nombre.
La primera lectura del Cantar de los Cantares
expresa el deseo profundo del corazón creyente: «En mi lecho, por la noche,
buscaba al amor de mi alma». María Magdalena es precisamente esa mujer que
busca al amado de su alma. Lo busca en la oscuridad, lo busca entre lágrimas y
no se resigna a su ausencia. Su perseverancia es premiada con el encuentro.
Esta lectura nos enseña que la fe también es deseo
y búsqueda. No siempre sentimos inmediatamente el consuelo de Dios, pero estamos
llamados a seguir buscándolo, a no abandonar la oración y a no permitir que la
oscuridad apague nuestra esperanza. Quien busca sinceramente al Señor termina
descubriendo que Él ya estaba buscándolo primero.
La otra opción de la primera lectura, tomada de la
segunda carta a los Corintios, nos dice: «El amor de Cristo nos apremia».
Ese amor fue el que sostuvo a María Magdalena al pie de la cruz y la llevó de
madrugada hasta el sepulcro. No fue la curiosidad, sino el amor. Y cuando se
encuentra con Cristo resucitado, ese mismo amor la convierte en misionera.
San Pablo afirma también que quien está en Cristo
es una criatura nueva. María Magdalena experimenta esta transformación: llega
al sepulcro como una mujer que llora y sale de allí como testigo de la Resurrección.
Llega buscando un cuerpo muerto y regresa proclamando: «He visto al Señor».
El encuentro con Cristo no elimina mágicamente
todos los problemas, pero cambia nuestra manera de vivirlos. El dolor no tiene
ya la última palabra. La enfermedad no puede destruir nuestra dignidad. Las
lágrimas no son inútiles. La muerte no es el final. En Cristo resucitado
comienza una creación nueva.
El salmo expresa la sed más profunda del ser
humano: «Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío». Hay una sed del
cuerpo que se calma con agua, pero existe también una sed del alma: sed de
consuelo, de paz, de sentido, de perdón, de compañía y de esperanza.
Muchos hermanos nuestros viven hoy con esa sed.
Algunos sufren en el cuerpo por la enfermedad, el cansancio, el dolor crónico o
las limitaciones de la edad. Otros sufren en el alma por la tristeza, la
angustia, la depresión, el duelo, el abandono o los conflictos familiares.
Quizá algunos sonríen exteriormente, pero por dentro llevan una herida
profunda.
Hoy queremos ponerlos a todos en la presencia del
Señor. Pedimos por quienes sufren en el cuerpo, para que reciban alivio,
atención médica, paciencia y la cercanía de sus familias. Oramos también por
quienes sufren en el alma, para que encuentren personas capaces de escucharlos,
acompañarlos y ayudarles a recuperar la esperanza.
El Resucitado no se muestra indiferente ante las
lágrimas de María. Le pregunta: «Mujer, ¿por qué lloras?». Esta pregunta
no es un reproche. Es la expresión de la ternura de Dios. Jesús conoce nuestras
lágrimas, pero quiere que abramos ante Él nuestro corazón. Nos invita a decirle
dónde nos duele, qué hemos perdido, qué nos preocupa y qué estamos buscando.
Después del encuentro, Jesús dice a María: «Ve a
mis hermanos». La experiencia de la fe no puede quedar encerrada en
nosotros mismos. Quien ha sido consolado está llamado a consolar. Quien ha
recibido esperanza debe llevar esperanza. Quien ha encontrado al Señor debe
anunciarlo.
Santa María Magdalena se convierte así en la
apóstol de los apóstoles. No pronuncia un discurso complicado. Simplemente
comparte su experiencia: «He visto al Señor». La evangelización comienza
muchas veces de este modo: contando con sencillez lo que Dios ha hecho en
nuestra vida.
Pidamos hoy la intercesión de santa María Magdalena.
Que ella nos enseñe a buscar al Señor con perseverancia, incluso en medio de la
oscuridad. Que nos ayude a reconocer su voz cuando nos llama por nuestro
nombre. Que sostenga a quienes sufren en el cuerpo y en el alma, y que haga de
cada uno de nosotros mensajeros de consuelo, esperanza y resurrección.
Que al acercarnos hoy a la Eucaristía podamos
reconocer a Cristo vivo, presente y cercano, y salgamos también nosotros a
proclamar con alegría:
«He visto al Señor».
Amén.
2
Un corazón que busca al Amado
Queridos
hermanos:
La
fiesta de santa María Magdalena nos permite contemplar una de las historias más
hermosas de transformación, gratitud y amor en todo el Evangelio. Ella pasó de
una vida profundamente herida a convertirse en discípula fiel, testigo de la
cruz y primera mensajera de la Resurrección.
El
Evangelio nos dice que María Magdalena había sido liberada por Jesús de siete
demonios. Algunos Padres de la Iglesia interpretaron ese número como signo de
una opresión profunda y completa. Sin embargo, debemos evitar identificarla sin
fundamento con la mujer pecadora o con la adúltera, pues los Evangelios no lo
afirman expresamente. Lo que sí sabemos es que Jesús la había liberado de una
situación dolorosa y oscura, y que aquella experiencia de misericordia despertó
en ella un amor inmenso hacia el Señor.
María
sabía de dónde la había sacado Jesús. Conocía la oscuridad de la que había sido
rescatada, y por eso valoraba la luz recibida. La persona que ha experimentado
verdaderamente la misericordia de Dios no puede permanecer indiferente. Cuando
descubrimos que hemos sido perdonados, levantados y restaurados, comienza a
brotar dentro de nosotros una gratitud nueva.
De
esa gratitud nació la fidelidad de María Magdalena.
Ella
permaneció cerca de Jesús durante su pasión. Estuvo al pie de la cruz,
acompañando a la Virgen María, al discípulo amado y a las otras mujeres. No
huyó cuando las cosas se hicieron difíciles. No abandonó al Maestro cuando fue
despreciado, condenado y crucificado.
Quizá
aquella valentía provenía de una certeza muy íntima: aquel hombre que ahora
sufría en la cruz era quien le había devuelto la vida. ¿Cómo abandonarlo
precisamente en la hora del dolor? El amor agradecido sabe permanecer. No ama
solamente cuando todo sale bien, sino también cuando llega la cruz, cuando
desaparecen las seguridades y cuando parece que la esperanza se apaga.
El
Evangelio comienza diciendo que María fue al sepulcro temprano, cuando todavía
estaba oscuro. Esa oscuridad no era solo exterior. También había oscuridad en
su corazón. Jesús había muerto. El Maestro había sido sepultado. Todo parecía
terminado.
Pero
María no se queda inmóvil. El amor la pone en camino.
La
primera lectura, tomada del Cantar de los Cantares, expresa admirablemente lo
que sucede en su interior: «En mi lecho, por las noches, buscaba al amor de
mi alma; lo busqué y no lo encontré». La esposa del Cantar se levanta,
recorre la ciudad, atraviesa calles y plazas preguntando: «¿Han visto al
amor de mi alma?».
María
Magdalena es, en esta fiesta, imagen de esa alma enamorada que busca a su
Señor. No se resigna a la ausencia. No acepta fácilmente la idea de haberlo
perdido. Su corazón tiene una sola preocupación: encontrarlo.
El
Cantar continúa diciendo: «Apenas los había pasado, encontré al amor de mi
alma». También María llegará a ese encuentro, pero no de manera inmediata.
Su camino será gradual. Primero ve la piedra removida. Luego avisa a Pedro y al
discípulo amado. Después regresa al sepulcro y permanece allí llorando. Más
tarde contempla a los ángeles y finalmente ve a Jesús, aunque no lo reconoce.
La
fe pasa muchas veces por ese mismo proceso. Buscamos, preguntamos, lloramos,
esperamos. Dios está cerca, pero no siempre lo reconocemos enseguida. Su
presencia puede estar velada por nuestras lágrimas, nuestros temores o nuestras
ideas preconcebidas.
María
piensa que Jesús es el jardinero. Él le pregunta: «Mujer, ¿por qué lloras?
¿A quién buscas?». Esta pregunta llega también hoy hasta nosotros: ¿a quién
buscamos realmente? ¿Qué desea nuestro corazón? ¿Buscamos a Dios mismo o solo
los beneficios que podemos recibir de Él?
El
salmo responde con una confesión profundamente espiritual: «Oh Dios, tú eres
mi Dios, por ti madrugo; mi alma está sedienta de ti». María madruga porque
tiene sed de Cristo. Su cuerpo se dirige al sepulcro porque toda su alma busca
al Señor.
«Mi alma está sedienta de ti; mi carne tiene ansia de ti,
como tierra reseca, agostada, sin agua». Esta imagen expresa el deseo de un corazón que
ha descubierto que nada puede sustituir a Dios. Podemos llenar nuestra vida de
ocupaciones, bienes, reconocimientos y entretenimientos, pero la sed más
profunda del alma solo puede ser calmada por el Señor.
El
salmista añade: «Tu gracia vale más que la vida». María Magdalena había
comprendido esta verdad. Haber conocido a Jesús, haber sido sanada y haber
recibido su misericordia valía más que cualquier otra cosa. Por eso lo busca con
tanta intensidad.
Los
apóstoles regresaron a casa después de ver el sepulcro vacío. María, en cambio,
permaneció. Ese pequeño detalle es muy importante. Ella se quedó llorando,
amando y esperando. Su perseverancia preparó el encuentro.
En
ocasiones abandonamos demasiado pronto. Dejamos la oración porque no sentimos
nada. Nos desanimamos porque no recibimos una respuesta inmediata. Pensamos que
Dios no nos escucha porque no actúa como esperábamos. María Magdalena nos
enseña a permanecer.
Ella
permanece incluso delante del vacío. Permanece, aunque no comprenda. Permanece
porque ama.
Cuando
los ángeles le preguntan por qué llora, su respuesta revela todo su corazón:
«Se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto». No dice
simplemente «se han llevado el cuerpo». Dice: «Se han llevado a mi Señor».
Hay en estas palabras una relación personal y profunda.
La
fe cristiana no consiste solamente en aceptar unas verdades o cumplir unas
normas. Es una relación viva con Jesucristo. Él no es únicamente el Señor, sino
«mi Señor»: aquel que me conoce, me llama, me perdona y me acompaña.
Incluso
cuando Jesús aparece delante de ella, María todavía no lo reconoce. Sus ojos
están llenos de lágrimas y su pensamiento sigue centrado en encontrar un
cadáver. Ella busca a Jesús, pero lo busca todavía entre los muertos.
Entonces
ocurre el momento decisivo. Jesús pronuncia una sola palabra: «¡María!».
No
necesita explicar nada. No necesita demostrar nada. Basta la manera personal y
amorosa con la que pronuncia su nombre. Aquella voz atraviesa la tristeza,
rompe la confusión y despierta la fe.
María
responde: «¡Rabbuní!», que significa «Maestro mío».
El
Resucitado llama a cada persona por su nombre. Para Él no somos un número, una
multitud anónima o un caso más. Él conoce nuestra historia, nuestras heridas,
nuestras luchas y nuestros anhelos. Nos llama personalmente para abrir nuestros
ojos y hacernos descubrir que está vivo y presente.
María
quiere aferrarse a Jesús, pero el Señor la envía: «Ve a mis hermanos y
diles…». El amor verdadero no encierra a Cristo para sí mismo. Quien ha
encontrado al Señor es enviado a anunciarlo.
Así,
aquella mujer que había sufrido una profunda esclavitud se convierte en apóstol
de los apóstoles. Llega llorando al sepulcro y sale proclamando: «He visto
al Señor». La gracia no solo la sana, sino que la convierte en testigo.
Esta
es la obra de Dios. Él puede tomar una vida herida y convertirla en anuncio de
esperanza. Puede transformar las lágrimas en misión, la esclavitud en libertad
y la oscuridad en testimonio de resurrección.
Hoy
podemos preguntarnos: ¿conservo la gratitud por todo lo que el Señor ha hecho
en mi vida? ¿Lo busco con el deseo de María Magdalena? ¿Permanezco fiel cuando
parece que no encuentro respuestas? ¿Reconozco su voz cuando me llama por mi
nombre?
Santa
María Magdalena nos invita a no vivir una fe fría, rutinaria o distante. Nos
enseña a tener un corazón enamorado de Cristo, un corazón que madruga para
buscarlo, que permanece junto a Él en la cruz y que no se resigna ante el
sepulcro vacío.
Pidamos
al Señor que despierte en nosotros la misma sed expresada por el salmo: «Mi
alma está sedienta de ti». Que podamos buscarlo como la esposa del Cantar: «Busqué
al amor de mi alma». Y que, al escuchar nuestra propia llamada, podamos
responder como María Magdalena:
«¡Rabbuní! ¡Maestro mío!».
Señor Jesús, gracias por la libertad que nos has concedido,
por el perdón de nuestros pecados y por la gracia que restaura nuestra vida.
Haz que todo nuestro ser sea atraído por tu amor. Danos un corazón que te
busque con perseverancia y que permanezca fiel aun en medio de la oscuridad.
Pronuncia nuestro nombre, abre nuestros ojos y permítenos reconocerte vivo y
presente. Y, como santa María Magdalena, haznos mensajeros de tu Resurrección.
Amén.
22 de julio: Santa María Magdalena — Fiesta
Siglo I
Patrona de: farmacéuticos, contemplativos, conversos, guanteros, peluqueros, pecadores penitentes, personas ridiculizadas por su piedad, perfumeros, prostitutas reformadas, curtidores, mujeres.
Invocada contra: tentaciones sexuales
📖 Cita:
Jesús le dijo:
—«Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?»
Ella, pensando que era el jardinero, le dijo:
—«Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo me lo llevaré.»
Jesús le dijo:
—«¡María!»
Ella se volvió y le dijo en hebreo:
—«¡Rabbuní!», que significa Maestro.
Jesús le dijo:
—«No me retengas, porque todavía no he subido al Padre. Pero ve a mis hermanos y diles: “Subo a mi Padre y Padre vuestro, a mi Dios y Dios vuestro.”»
Entonces María de Magdala fue y anunció a los discípulos:
—«¡He visto al Señor!» y contó lo que Él le había dicho.
~ Juan 20,11–18
💭 Reflexión:
Santa María Magdalena, también conocida como la Magdalena o María de Magdala, probablemente lleva su nombre del bullicioso pueblo pesquero de Magdala, situado en la costa occidental del Mar de Galilea. Toda la información sobre María proviene de los Evangelios. En Lucas 8,1–3 se la presenta como una de las muchas mujeres que acompañaban a Jesús y a los Doce, proveyéndoles con sus propios recursos. Se dice que estas mujeres fueron “curadas de espíritus malignos y enfermedades”, y específicamente se indica que María fue liberada de “siete demonios”.
Ser liberada de siete demonios tiene implicaciones significativas. Podría significar que María fue realmente poseída, obsesionada u oprimida por siete demonios distintos. El número siete también simboliza la plenitud o totalidad, lo que implica que pudo haber estado completamente poseída o que su liberación fue una liberación perfecta. Es decir, que nunca regresó a los pecados de los que Jesús la rescató. Algunos sugieren que los siete demonios representan los siete pecados capitales, lo cual implicaría que María había cometido graves transgresiones en cada uno de ellos y fue liberada de todos esos hábitos pecaminosos.
En el capítulo anterior del Evangelio de Lucas, Lucas 7,36–50, se narra la historia de una mujer pecadora anónima que interrumpe una cena a la que asistía Jesús en casa de Simón el fariseo. No se nombra el pecado de esta mujer, pero su arrepentimiento es claro. Trae consigo un “frasco de alabastro con perfume”, se coloca detrás de Jesús, llora, lava sus pies con lágrimas, los seca con su cabello y los unge con el perfume. Después de una conversación con Simón, que juzgaba tanto a la mujer como a Jesús en su interior, el Señor dice:
“Se le han perdonado muchos pecados, porque ha mostrado mucho amor.”
Y luego le dice a ella: “Tus pecados están perdonados... Vete en paz.”
A lo largo de los siglos, muchos han presumido que esta mujer pecadora era María Magdalena. Aunque es posible, y algunos lo consideran probable, no hay manera definitiva de saberlo. Esta mujer pecadora podría haber sido María de Betania, la hermana de Lázaro y Marta. Podría haber sido otra mujer no mencionada en otros pasajes bíblicos, o una de las muchas mujeres que acompañaban a Jesús.
La segunda vez que se menciona explícitamente a María Magdalena en la Biblia es en la crucifixión de Jesús. Mateo, Marcos y Lucas afirman que ella y otras mujeres estaban presentes, observando desde cierta distancia. El Evangelio de Juan, sin embargo, dice que estaba junto a la cruz, cerca de la madre de Jesús y de su tía:
“Estaban junto a la cruz de Jesús su madre, la hermana de su madre, María, esposa de Cleofás, y María de Magdala” (Jn 19,25).
La tercera vez que aparece es después de la Resurrección. Mateo, Marcos y Lucas indican que fue al sepulcro temprano el domingo para ungir el cuerpo de Jesús, acompañada por otras mujeres. El Evangelio de Juan, sin embargo, dice que fue sola, encontró la piedra removida y el cuerpo de Jesús ausente. Corrió entonces a avisar a Pedro y a Juan, quienes encontraron el sepulcro tal como ella lo describió. Ellos se marcharon, pero María permaneció llorando junto al sepulcro.
Dos ángeles se le aparecen dentro del sepulcro. Luego se da la vuelta y ve a alguien que confunde con el jardinero. Le pregunta si él ha tomado el cuerpo de Jesús. En ese momento, Jesús le dice su nombre: “¡María!”, y ella lo reconoce. Jesús le dice:
“No me retengas, porque aún no he subido al Padre. Pero ve a mis hermanos y diles: ‘Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios’” (Jn 20,17).
Entonces, María va rápidamente y anuncia a los discípulos que ha visto al Señor.
Debido a que fue María quien fue enviada primero a anunciar la Resurrección de Cristo, Santo Tomás de Aquino la llamó “Apóstol de los Apóstoles”. Aunque se puede inferir de la Escritura que María Magdalena fue la primera en ver al Señor resucitado, algunos sostienen que Jesús apareció primero a su propia Madre, la Virgen María, aunque los Evangelios no lo mencionan explícitamente. El Papa San Juan Pablo II se refirió a esto, diciendo:
“Es legítimo pensar que la Madre fue probablemente la primera persona a quien se apareció Jesús resucitado. ¿No podría su ausencia en el grupo de mujeres que fue al sepulcro indicar que ya se había encontrado con Él?” (Audiencia general, 3 de abril de 1996).
Nada más se sabe con certeza sobre María Magdalena después de estos relatos bíblicos. Una antigua tradición sostiene que acompañó a Juan y a la Virgen María a Éfeso, donde pasó el resto de sus días.
🌟 Celebramos hoy la misericordia sin límites de Dios.
El encuentro con Jesús cambió la vida de María para siempre. Jesús no dudó en asociarse con esta mujer liberada de siete demonios. De la misma manera, Jesús nunca duda en unirse a quienes se arrepienten sinceramente de sus pecados, sin importar su pasado.
La vida de María nos dice que hay esperanza para todos. Antes de su transformación, muchos probablemente la consideraban sin remedio. Pero Jesús no la descartó, y tampoco descarta a nadie.
En el año 2016, el Papa Francisco elevó la memoria de Santa María Magdalena al rango de fiesta en el calendario litúrgico. Lo hizo durante el Jubileo Extraordinario de la Misericordia, para resaltar la importancia del papel de Santa María Magdalena en los Evangelios, la profundidad de su amor por Cristo, y destacar la Divina Misericordia de Dios.
🙏 Oración
Santa María Magdalena,
tú viviste una vida de pecado,
pero al encontrarte con Jesús,
te arrepentiste y lo seguiste.
Fuiste fiel a Él durante todo su ministerio
y fuiste testigo de su muerte y resurrección.
Ruega por mí,
para que siempre tenga el valor de arrepentirme de mis pecados
y permanecer contigo al pie de la cruz,
para que también pueda ser testigo de los efectos transformadores
de la Resurrección.
Santa María Magdalena, ruega por mí.
Jesús, en Ti confío.



