miércoles, 9 de septiembre de 2026

10 de septiembre del 2026: jueves de la vigésima tercera semana del tiempo ordinario II

 

Hacer el bien hace bien

Jesús nos invita a hacer el bien incluso cuando no recibimos agradecimiento, cuando nos sentimos incomprendidos o cuando alguien nos ha herido. Amar a quienes nos aman resulta más fácil; amar sin esperar recompensa nos introduce en la manera de amar de Dios.

No se trata de justificar la injusticia ni de permitir que nos maltraten, sino de impedir que el mal gobierne nuestro corazón. Podemos defender la verdad, establecer límites y, al mismo tiempo, renunciar a la venganza y orar por quien nos ha hecho daño.

Si hoy parece que nada puede cambiar, comienza por un gesto sencillo: escucha con paciencia, ayuda a quien lo necesita, ofrece una palabra de ánimo. No todo se resolverá de inmediato, pero estarás abriendo un espacio a la misericordia del Padre.

Hacer el bien hace bien: alivia la vida del prójimo y transforma nuestro propio corazón.

Señor, enséñanos a amar con tu libertad y a ser misericordiosos como nuestro Padre es misericordioso.

 

 

Primera lectura

1 Cor 8, 1b-7. 11-13

Turbando la conciencia insegura de los hermanos, pecan contra Cristo

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios.

HERMANOS:
El conocimiento engríe, mientras que el amor edifica.
Si alguno cree conocer algo, eso significa que aún no conoce como es debido. Si alguno ama a Dios, ese tal es conocido por él.
Sobre el hecho de comer lo sacrificado a los ídolos, sabemos que en el mundo un ídolo no es nada y que no hay más Dios que uno; pues aunque están los que son dioses en el cielo y en la tierra, de manera que resultan numerosos los dioses y numerosos los señores, para nosotros no hay más que un Dios, el Padre, de quien procede todo y para el cual somos nosotros, y un solo Señor, Jesucristo, por quien existe todo y nosotros por medio de él.
Sin embargo, no todos tienen este conocimiento: algunos, acostumbrados a la idolatría hasta hace poco, comen pensando que la carne está consagrada al ídolo, y como su conciencia está insegura, se mancha.
Así por tu conocimiento se pierde el inseguro, un hermano por quien Cristo murió. Al pecar de esa manera contra los hermanos, turbando su conciencia insegura, pecan contra Cristo. Por eso, si por una cuestión de alimentos peligra un hermano mío, nunca volveré a comer carne, para no ponerlo en peligro.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 138, 1b-3. 13-14ab. 23-24 (R.: 24b)

R. Guíame, Señor, por el camino eterno.

V. Señor, tú me sondeas y me conoces.
Me conoces cuando me siento o me levanto,
de lejos penetras mis pensamientos;
distingues mi camino y mi descanso,
todas mis sendas te son familiares. 
R.

V. Tú has creado mis entrañas,
me has tejido en el seno materno.
Te doy gracias porque me has plasmado portentosamente,
porque son admirables tus obras. 
R.

V. Sondéame, oh, Dios, y conoce mi corazón,
ponme a prueba y conoce mis sentimientos,
mira si mi camino se desvía,
guíame por el camino eterno. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros
y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud.
 R.

 

Evangelio

Lc 6, 27-38

Sean misericordiosos como su Padre es misericordioso

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«A ustedes los que me escuchan les digo: amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian, bendigan a los que los maldicen, oren por los que los calumnian.
Al que te pegue en una mejilla, preséntale la otra; al que te quite la capa, no le impidas que tome también la túnica. A quien te pide, dale; al que se lleve lo tuyo, no se lo reclames.
Traten a los demás como quieren que ellos los traten. Pues, si aman a los que los aman, ¿qué mérito tienen? También los pecadores aman a los que los aman. Y si hacen bien solo a los que les hacen bien, ¿qué mérito tienen? También los pecadores hacen lo mismo.
Y si prestan a aquellos de los que esperan cobrar, ¿qué mérito tienen? También los pecadores prestan a otros pecadores, con intención de cobrárselo.
Por el contrario, amen a sus enemigos, hagan el bien y presten sin esperar nada; será grande su recompensa y serán hijos del Altísimo, porque él es bueno con los malvados y desagradecidos.
Sean misericordiosos como su Padre es misericordioso; no juzguen, y no serán juzgados; no condenen, y no serán condenados; perdonen, y serán perdonados; den, y se les dará: les verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante, pues con la medida con que midieran se les medirá a ustedes».

Palabra del Señor.

 

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Hacer el bien, también cuando cuesta

 

Queridos hermanos:

Hay momentos en los que nos cansamos de hacer el bien. Ayudamos y no recibimos agradecimiento; procuramos acercarnos a alguien y encontramos indiferencia; ofrecemos amistad y recibimos una herida. Entonces aparece una tentación muy humana: «¿Para qué seguir? Que cada uno se las arregle como pueda».

Precisamente allí nos alcanza el Evangelio de hoy. Jesús nos invita a no dejar que la conducta de los demás determine la calidad de nuestro amor. Podemos estar heridos sin convertirnos en personas que hieren. Podemos sentir decepción sin renunciar a la bondad. Con la gracia de Dios, siempre es posible dar un paso que interrumpa la cadena del resentimiento.

Hacer el bien hace bien, aunque no siempre produzca satisfacción inmediata ni resuelva todos los problemas. Hace bien porque abre espacio a Dios en nuestra vida y evita que el rencor se adueñe de ella.

La primera lectura nos ayuda a entender cómo se concreta ese amor. En Corinto había una discusión sobre los alimentos que habían sido ofrecidos a los ídolos. Algunos cristianos tenían muy claras sus convicciones, pero no todos comprendían las cosas del mismo modo. Pablo les pide que tengan en cuenta la conciencia del hermano y las consecuencias de su comportamiento.

Esta enseñanza sigue siendo muy actual. Podemos conocer mucho de religión y tener poca delicadeza con las personas. Podemos defender una idea correcta con palabras que humillan. Incluso podemos ganar una discusión y dejar al otro más lejos de la comunidad.

Por eso, antes de hablar o actuar, conviene preguntarnos: ¿Esto que voy a decir ayuda a crecer? ¿Mi manera de corregir permite que el otro se levante? ¿Estoy cuidando a la persona que Dios ha puesto a mi lado?

También nosotros, quienes tenemos responsabilidades pastorales, necesitamos hacernos estas preguntas. El conocimiento y la formación son necesarios; precisamente por eso deben ponerse al servicio de una fe que acompaña, comprende y ayuda a madurar.

El salmo nos lleva entonces a la oración. Ante el Señor, que conoce nuestra intimidad y nos ha formado desde el seno materno, podemos dejar de justificarnos. Él ve las heridas que cargamos, pero también las excusas con las que a veces evitamos cambiar.

Podemos decirle: «Señor, entra en esos rincones de mi corazón donde todavía guardo resentimiento. Ayúdame a reconocer si estoy tratando con dureza a alguien. Muéstrame el camino por el que debo andar».

¡Cuánto necesitamos esta oración! Resulta fácil examinar la conducta ajena y mucho más difícil permitir que Dios examine la nuestra. La conversión comienza cuando dejamos de señalar únicamente hacia afuera y nos atrevemos a poner nuestra propia vida bajo su mirada.

Desde esa confianza podemos escuchar la exigencia del Evangelio: amar también a quien nos resulta difícil, responder con bondad y aprender a perdonar. Jesús nos conduce hacia un amor cuya fuente es la misericordia del Padre.

Esto no significa justificar la violencia, callar ante una injusticia o permanecer expuestos al maltrato. Buscar protección, establecer límites y exigir justicia puede ser necesario. Pero incluso entonces estamos llamados a no alimentar el odio ni desear la destrucción del otro. Podemos rechazar con firmeza sus acciones y pedir a Dios que transforme su corazón.

Quizá hoy todavía no podamos acercarnos a quien nos ha herido. Podemos comenzar por una oración sincera, aunque sea breve: «Señor, tú conoces lo sucedido. Sana mi dolor y conduce a esa persona hacia el bien». A veces ese es el primer paso posible, y Dios sabe cuánto cuesta.

Hoy oramos especialmente por la obra evangelizadora de la Iglesia y por las vocaciones. Esta intención está profundamente unida a las lecturas. ¿Cómo anunciaremos al Dios de la misericordia si nuestras comunidades están dominadas por la rivalidad, los comentarios hirientes o la indiferencia?

La evangelización necesita nuestra palabra, nuestra preparación y nuestros medios de comunicación. Y necesita que quien se acerque encuentre personas capaces de escuchar, acoger y servir. Un catequista paciente, un sacerdote disponible, una religiosa cercana, un joven que acompaña a otro pueden ayudar a descubrir la presencia de Cristo.

Pidamos por los misioneros que trabajan lejos de su tierra; por quienes anuncian el Evangelio en lugares difíciles; por los catequistas y agentes de pastoral que sirven sin reconocimiento; por quienes evangelizan mediante la radio y las redes sociales. Que el cansancio no les quite la alegría y que las dificultades no endurezcan su corazón.

Oremos también para que surjan vocaciones al sacerdocio, a la vida consagrada y a la misión. Que nuestros jóvenes encuentren libertad y acompañamiento para preguntarse: «Señor, ¿qué quieres de mi vida? ¿Dónde me llamas a amar y a servir?».

Y recordemos que las vocaciones necesitan comunidades que las cuiden. Nuestro modo de vivir la fe puede ayudar a alguien a escuchar la llamada de Dios. Una comunidad fraterna, que ora y sirve con alegría, ofrece un terreno donde esa respuesta puede crecer.

Al acercarnos a la Eucaristía, recibimos a Jesús, que se entrega por nosotros. No venimos solamente a escuchar una enseñanza exigente; venimos a recibir la fuerza para vivirla. Él conoce nuestra pobreza y puede ensanchar nuestra capacidad de amar.

Llevémonos hoy un propósito concreto: hacer un bien que venimos aplazando. Escuchar a alguien, ofrecer una ayuda, detener un comentario hiriente o rezar por una persona con la que tenemos dificultades. Un gesto pequeño puede ser el comienzo de una reconciliación.

Señor Jesús, forma en nosotros un corazón misericordioso. Sostén la obra evangelizadora de tu Iglesia y fortalece a quienes han consagrado su vida al anuncio de tu Palabra. Llama a muchos jóvenes a seguirte y danos comunidades capaces de acompañarlos. Que, aun cuando estemos cansados o heridos, no dejemos de sembrar el bien. Amén.

 

 

martes, 8 de septiembre de 2026

9 de septiembre del 2026: miércoles de la vigésima tercera semana del tiempo ordinario II- Memoria de San Pedro Claver, presbítero

 

Testigo de la fe:

San Pedro Claver

(1580-1654)


Nació en Verdú, Cataluña, cerca de Barcelona. Ingresó en la Compañía de Jesús y partió como misionero hacia América. Ordenado sacerdote en Cartagena de Indias, Colombia, consagró cerca de cuarenta años de su vida al servicio de los africanos esclavizados y deportados hacia el Nuevo Mundo.

Salía a su encuentro tan pronto llegaban los barcos negreros; entraba en las bodegas insalubres, curaba a los enfermos, alimentaba a los hambrientos, consolaba a los moribundos y anunciaba a todos la dignidad que les otorgaba el amor de Dios. Con la ayuda de intérpretes, los instruía en la fe y les administraba los sacramentos. También defendía sus derechos y recordaba a las autoridades y a los propietarios que eran seres humanos creados a imagen de Dios.

Firmaba sus cartas con estas palabras: «Petrus Claver, Aethiopum servus in perpetuum», es decir: «Pedro Claver, esclavo de los africanos para siempre». Agotado por su inmensa labor apostólica, murió en Cartagena en 1654. Fue canonizado en 1888 por el papa León XIII y es venerado como patrono de las misiones entre los pueblos africanos, de la justicia interracial y de Colombia.

San Pedro Claver nos recuerda que no podemos decir que amamos a Cristo si permanecemos indiferentes ante quienes son humillados, discriminados o tratados como mercancía. En el rostro herido de cada persona excluida continúa esperándonos el mismo Jesús.

 


En el banquillo

«Dichosos ustedes cuando los hombres los odien y los excluyan». ¿Estamos llamados, entonces, a desempeñar siempre el papel de incomprendidos? El sentido del Evangelio es, sin duda, más profundo. Quizás se refiere a todas aquellas situaciones en las que la fidelidad a Cristo nos pone a contracorriente y nos deja, por decirlo así, en el banquillo.

Jesús no declara bienaventurada la exclusión en sí misma. Tampoco nos invita a buscar el rechazo ni a encerrarnos en una actitud de víctimas. Más bien, nos recuerda que la aprobación de los demás no es la medida definitiva de nuestra vida. Quien elige la verdad, la justicia, el perdón y el servicio a los más pobres puede ser, algunas veces, incomprendido, ridiculizado o marginado.

La bienaventuranza comienza cuando, en medio de esa prueba, permanecemos unidos a Cristo sin dejarnos dominar por la amargura. Ser discípulos supone, en ocasiones, aceptar que no ocuparemos el primer lugar, que no siempre recibiremos aplausos y que incluso podremos perder algunas ventajas. Pero en el Reino de Dios nadie permanece relegado al banquillo: precisamente aquellos a quienes el mundo excluye son los que Jesús mira con amor, levanta y llama bienaventurados.

 


Primera lectura

1 Cor 7, 25-31
¿Estás unido a una mujer? No busques la separación. ¿Estás libre de mujer? No busques mujer

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios.

HERMANOS:
Acerca de los célibes no tengo precepto del Señor, pero doy mi parecer como alguien que, por la misericordia del Señor, es fiel.
Considero que, por la angustia que apremia, es bueno para un hombre quedarse así.
¿Estás unido a una mujer? No busques la separación.
¿Estás libre de mujer? No busques mujer; pero, si te casas, no pecas; y, si una soltera se casa, tampoco peca. Aunque estos tales sufrirán la tribulación de la carne; y yo quiero ahorrársela.
Digo esto, hermanos, que el momento es apremiante. Queda como solución que los que tienen mujer vivan como si no la tuvieran; los que lloran, como si no lloraran; los que están alegres, como si no se alegraran; los que compran, como si no poseyeran; los que negocian en el mundo, como si no disfrutaran de él: porque la representación de este mundo se termina.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 44, 11-12. 14-15. 16-17 (R.: 11a)

R. Escucha, hija, mira: inclina el oído.

V. Escucha, hija, mira: inclina el oído,
olvida tu pueblo y la casa paterna;
prendado está el rey de tu belleza:
póstrate ante él, que él es tu señor. 
R.

V. Ya entra la princesa, bellísima,
vestida de perlas y brocado;
la llevan ante el rey, con séquito de vírgenes,
la siguen sus compañeras. 
R.

V. Las traen entre alegría y algazara,
van entrando en el palacio real.
«A cambio de tus padres tendrás hijos,
que nombrarás príncipes por toda la tierra». 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Alégrense y salten de gozo —dice el Señor—,
porque su recompensa será grande en el cielo. 
R.

 

Evangelio

Lc 6, 20-26

Bienaventurados los pobres. Ay de ustedes, los ricos

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

EN aquel tiempo, Jesús, levantando los ojos hacia sus discípulos, les decía:
«Bienaventurados los pobres, porque de ustedes es el reino de Dios.
Bienaventurados los que ahora tienen hambre, porque quedarán saciados.
Bienaventurados los que ahora lloran, porque reirán.
Bienaventurados ustedes cuando los odien los hombres, y los excluyan, y los insulten y proscriban su nombre como infame, por causa del Hijo del hombre. Alégrense ese día y salten de gozo, porque su recompensa será grande en el cielo. Eso es lo que hacían sus padres con los profetas.
Pero ¡ay de ustedes, los ricos, porque ya han recibido su consuelo!
¡Ay de ustedes, los que están saciados, porque tendrán hambre!
¡Ay de los que ahora ríen, porque harán duelo y llorarán!
¡Ay si todo el mundo habla bien de ustedes! Eso es lo que sus padres hacían con los falsos profetas».

Palabra del Señor.

 

 

 

«En el Reino de Dios nadie queda en el banquillo»

 

Queridos hermanos:

San Pablo nos dice hoy una frase que puede inquietarnos, pero que también nos ayuda a ordenar la vida: «La representación de este mundo se termina». No afirma que la vida presente carezca de valor ni desprecia el matrimonio, la familia, el trabajo o los bienes materiales. Nos recuerda que ninguna realidad temporal es definitiva y que no debemos aferrarnos a las cosas como si fueran eternas.

Todo pasa: la juventud, la salud, el dinero, los cargos, los aplausos y hasta nuestras seguridades. Solo Dios permanece. Por eso, san Pablo nos invita a vivir en el mundo sin convertirnos en sus esclavos; a utilizar las cosas sin permitir que las cosas se adueñen de nosotros; a amar a las personas sin pretender poseerlas y a realizar nuestras responsabilidades sin olvidar que caminamos hacia la eternidad.

Esta llamada al desprendimiento se prolonga en el salmo: «Escucha, hija, mira: inclina el oído». Son tres verbos importantes para nuestra vida espiritual: escuchar, mirar e inclinarse ante Dios.

Escuchar significa hacer silencio para descubrir lo que el Señor quiere de nosotros. Mirar significa aprender a contemplar la realidad con los ojos de Dios. Inclinar el oído supone humildad, disponibilidad y obediencia. Muchas veces escuchamos únicamente aquello que confirma nuestras opiniones; miramos solo lo que nos interesa y pretendemos que sea Dios quien se adapte a nuestros proyectos. El salmo nos invita a dejar nuestras seguridades para entrar en una relación más profunda con el Señor.

En el Evangelio, Jesús dirige su mirada hacia sus discípulos y proclama las bienaventuranzas: «Bienaventurados los pobres; bienaventurados los que tienen hambre; bienaventurados los que lloran; bienaventurados ustedes cuando los odien, los excluyan y los insulten por causa del Hijo del hombre».

Jesús no está diciendo que la pobreza, el hambre, el dolor o la exclusión sean buenos en sí mismos. Dios no quiere el sufrimiento de sus hijos. Tampoco nos invita a buscar el rechazo o a presentarnos siempre como víctimas incomprendidas. Jesús anuncia que Dios se coloca de manera especial al lado de quienes el mundo margina, olvida o deja, por decirlo así, en el banquillo.

Las bienaventuranzas cambian la manera humana de medir la felicidad. El mundo llama dichoso al rico, al poderoso, al que siempre triunfa, al que recibe aplausos y tiene muchos seguidores. Jesús, en cambio, llama dichosos a quienes, aun en medio de la pobreza, el dolor o el rechazo, ponen su confianza en Dios y permanecen fieles al Evangelio.

Los «ayes» dirigidos a los ricos y satisfechos no constituyen una condena automática de quien posee bienes. Son una advertencia contra la indiferencia, la autosuficiencia y el corazón satisfecho que ya no necesita a Dios ni se conmueve ante el sufrimiento ajeno. El peligro está en vivir tan cómodamente que dejemos de escuchar el llanto de los demás.

La vida de san Pedro Claver constituye una encarnación luminosa de estas palabras. En Cartagena de Indias contempló a miles de africanos arrancados de su tierra, vendidos como mercancía y transportados en condiciones inhumanas. Eran los pobres, hambrientos, enfermos, humillados y excluidos de su tiempo.

Pedro Claver no se limitó a sentir compasión desde lejos. Cuando llegaban los barcos negreros, entraba en sus bodegas pestilentes, llevaba alimentos, medicinas, agua y ropa; curaba las heridas, consolaba a los moribundos y les anunciaba que, aunque los hombres les hubieran arrebatado su libertad, nadie podía quitarles su dignidad de hijos de Dios. Se llamó a sí mismo «esclavo de los africanos para siempre».

Su comportamiento resultaba incómodo para una sociedad que se enriquecía mediante la esclavitud. Al defender la dignidad de aquellos hermanos, Pedro Claver también conoció la incomprensión y el rechazo. Pero no buscó el aplauso de los poderosos; eligió permanecer junto a quienes habían sido relegados al banquillo de la historia. En ellos encontró a Jesucristo.

La memoria de san Pedro Claver sigue cuestionándonos. Todavía existen personas excluidas por su pobreza, el color de su piel, su enfermedad, su edad, su procedencia o su situación social. También podemos acostumbrarnos al sufrimiento ajeno, pasar de largo o pensar que los problemas de los demás no nos corresponden.

Hoy oramos especialmente por nuestros hermanos enfermos. Algunos padecen dolores físicos; otros llevan enfermedades prolongadas, tratamientos difíciles o diagnósticos que les producen miedo. También hay quienes sufren depresión, ansiedad, soledad o profundas heridas del alma.

A ellos les decimos: ustedes no están olvidados ni relegados por Dios. La enfermedad puede obligarlos a permanecer apartados de muchas actividades, pero nunca los deja fuera del amor del Señor ni de la comunión de la Iglesia. Sus lágrimas son conocidas por Cristo; su oración tiene un valor inmenso y su vida conserva toda su dignidad.

Pero nuestra oración debe convertirse también en cercanía concreta. No basta con pedir por los enfermos si no los visitamos, llamamos, escuchamos y acompañamos. Siguiendo el ejemplo de san Pedro Claver, hemos de llevarles el alivio de nuestra presencia, la ternura de una palabra, la ayuda material que necesiten y, cuando sea posible, el consuelo de los sacramentos. Recordemos también a sus familiares, médicos, enfermeros y cuidadores, que muchas veces cargan en silencio con el cansancio y la preocupación.

Pidamos al Señor que nos conceda un corazón libre, capaz de utilizar los bienes sin quedar aprisionado por ellos; un oído atento para escuchar su Palabra y el clamor del que sufre; y unas manos disponibles para levantar a quienes la sociedad deja a un lado.

Que san Pedro Claver interceda por Colombia, por nuestros enfermos y por todos los pueblos que aún padecen discriminación, explotación y esclavitudes. Y que nosotros comprendamos que en el Reino de Dios nadie es descartado, nadie es invisible y nadie queda en el banquillo. Amén.

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9 de septiembre:

San Pedro Claver, presbítero —

Memoria en EE. UU.
1581–1654
Patrono de: las misiones africanas, los afroamericanos, las misiones entre personas negras, los pueblos negros, las misiones extranjeras, la justicia interracial, los esclavos y de Colombia.
Invocado contra: la esclavitud.
Canonizado por: el papa León XIII el 15 de enero de 1888.



📜 Cita

“Ayer, 30 de mayo de 1627, en la fiesta de la Santísima Trinidad, desembarcaron de un gran navío numerosos negros traídos de los ríos de África. Llevando dos canastas de naranjas, limones, dulces, bizcochos y no sé qué más, nos apresuramos hacia ellos. Al acercarnos a sus alojamientos, pensamos que entrábamos en otra Guinea. Tuvimos que abrirnos paso a la fuerza entre la multitud hasta llegar a los enfermos. Un gran número de ellos yacían en el suelo húmedo o más bien en charcos de barro. Para evitar la humedad excesiva, alguien había pensado en amontonar una mezcla de tejas y pedazos de ladrillo roto. Ese, entonces, era su lecho, muy incómodo no solo por esa razón, sino sobre todo porque estaban desnudos, sin ninguna ropa que los protegiera…”


~ Carta de San Pedro Claver


✝️ Reflexión

San Pedro Claver nació en 1581 en Verdú, Cataluña, España, en el seno de una familia devota y de clase acomodada. Poco se conoce de sus primeros años. A los veinte ingresó en el noviciado jesuita y fue enviado a estudiar al colegio de Montesión, en Mallorca. Allí conoció al hermano Alfonso Rodríguez, portero del colegio durante cuarenta y seis años, hombre de humildad, piedad y discernimiento espiritual. Pedro buscó su consejo y nació entre ambos una amistad que lo marcaría. Animado por Rodríguez, decidió ser misionero en las colonias españolas de América. En 1610 partió hacia Cartagena de Indias, en la actual Colombia.

La ciudad portuaria de Cartagena, fundada en 1533, era en el siglo XVII un centro estratégico del comercio trasatlántico de esclavos. Para cuando Pedro Claver fue ordenado sacerdote, se calcula que unos 10.000 esclavos eran transportados anualmente en barcos españoles hasta Cartagena, donde luego eran vendidos.

Las condiciones en los barcos eran inhumanas: cadenas, hacinamiento, hambre, enfermedades. Se estima que un tercio de los esclavos moría durante la travesía. Los colonizadores recurrieron a los africanos porque la población indígena había sido diezmada por enfermedades europeas. Pese a protestas de algunos sectores de la Iglesia, incluida la voz de papas, el tráfico y los abusos continuaron.

En Cartagena, tras completar estudios en Tunja y Bogotá, Pedro fue ordenado sacerdote. Mientras la mayoría de los clérigos atendía a los colonizadores, él decidió que su “parroquia” serían los esclavos. En su profesión perpetua escribió de su puño y letra: “Pedro Claver, esclavo de los esclavos para siempre.”

Durante 38 años de ministerio en Cartagena, se calcula que catequizó y bautizó a más de 300.000 esclavos. Su práctica era esperar en el puerto la llegada de cada barco, a menudo cargado con 500 personas encadenadas, maltratadas y famélicas tras meses de travesía. Con un grupo de intérpretes y colaboradores, entraba en las bodegas pestilentes, donde hallaba muertos y enfermos. Los atendía con alimentos, medicinas improvisadas, y hasta con gestos de ternura inauditos: besaba sus llagas, chupaba el pus de sus heridas, lavaba sus cuerpos con sus pañuelos. Alimentaba a los hambrientos, bautizaba a los niños, consolaba con palabras de fe y esperanza.

Su enfoque era único: más que agitar rebeliones, buscaba la salvación de las almas. Anunciaba a Cristo crucificado, levantaba el crucifijo mostrando al Dios que había sufrido por ellos y les ofrecía la libertad interior que ningún amo podía quitarles. La dignidad que les devolvía no dependía de condiciones externas, sino de la fe y el bautismo que los hacía hijos de Dios.

Cuando no había barcos, recorría las plantaciones visitando a los esclavos ya bautizados. Dormía en sus barracones, compartía su comida y les enseñaba la fe. Si caían en pecados, los corregía con firmeza y cariño, restaurando su dignidad cristiana.

Después de más de 40 años de ministerio, Pedro cayó enfermo y pasó sus últimos días soportando malos tratos de un esclavo encargado de cuidarlo. Lejos de quejarse, ofreció ese sufrimiento como penitencia, uniéndolo a la cruz de Cristo y a la suerte de aquellos a quienes había servido toda su vida.

La Escritura dice: “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15,13). San Pedro Claver, “esclavo de los esclavos”, gastó su vida en el servicio más radical y generoso, ofreciendo esperanza y salvación a quienes vivían en condiciones inhumanas.

Su ejemplo nos interpela hoy: luchar contra la injusticia es esencial, pero trabajar por la salvación de las almas es la obra de misericordia más grande. Él nos recuerda que, incluso en medio de sufrimientos y opresiones, nadie puede arrebatarnos la dignidad y la alegría si vivimos en Cristo y dejamos que su misericordia nos transforme.


🙏 Oración

San Pedro Claver, emprendiste un camino hacia el infierno de la esclavitud y la deshumanización, causado por la avaricia y la falta de respeto por la dignidad humana. Allí llevaste la luz de Cristo y la gracia de los sacramentos, ofreciendo esperanza a los más necesitados.
Ruega por mí, para que yo sea un faro de esperanza en medio de las tinieblas, que predique siempre a Cristo crucificado y ponga la salvación de las almas —comenzando por la mía— como la primera prioridad de mi vida.
San Pedro Claver, ruega por nosotros.
Jesús, en Ti confío.

 

8 de septiembre: Natividad de la Bienaventurada Virgen María, Fiesta

 

Testigo de la Fe:

Natividad de la Virgen María

Antes incluso del nacimiento de Juan el Precursor, el nacimiento de María en el hogar de Ana y Joaquín anuncia ya la Natividad de Jesús y constituye como el preludio de la Buena Noticia. Con ella comienza a despuntar la aurora de la salvación: Dios prepara silenciosamente la morada en la cual su Hijo se hará carne.

La Sagrada Escritura no relata el nacimiento de María y los Evangelios tampoco mencionan los nombres de sus padres. Es la antigua tradición cristiana la que los llama Ana y Joaquín. Al celebrar hoy el nacimiento de la Virgen, la Iglesia contempla con alegría el comienzo del cumplimiento de las promesas de Dios. María viene al mundo para convertirse en la Madre del Salvador, la humilde servidora del Señor y la primera discípula de su Hijo.

Su nacimiento nos recuerda que Dios realiza frecuentemente sus obras más grandes en el silencio y la sencillez. En María, una pequeña niña todavía desconocida para el mundo, comienza a aparecer la luz que resplandecerá plenamente en Cristo. Por eso esta fiesta, es una invitación a la esperanza y a la confianza: aun cuando no podamos percibirlo, Dios ya está preparando los caminos de nuestra salvación.

Hoy la Iglesia se alegra porque ha nacido aquella de quien nacerá Cristo, nuestro Dios y Salvador. María es la aurora que anuncia la llegada del Sol que nace de lo alto. Su vida entera será disponibilidad, escucha y obediencia a la voluntad divina. Al celebrar su nacimiento, pidámosle que nos enseñe a recibir con humildad los proyectos de Dios y a llevar a Jesús a los demás mediante una vida sencilla, generosa y fiel.

¡Feliz cumpleaños, Madre María! Haz que también en nosotros nazca cada día una fe más firme, una esperanza más luminosa y un amor más generoso.

 


Primera lectura

Miq 5, 1-4a (opción 1)
Dé a luz la que debe dar a luz

Lectura de la profecía de Miqueas.

ESTO dice el Señor:
«Y tú, Belén Efratá,
pequeña entre los clanes de Judá,
de ti voy a sacar
al que ha de gobernar Israel;
sus orígenes son de antaño,
de tiempos inmemoriales.
Por eso, los entregará
hasta que dé a luz la que debe dar a luz,
el resto de sus hermanos volverá
junto con los hijos de Israel.
Se mantendrá firme, pastoreará
con la fuerza del Señor,
con el dominio del nombre del Señor, su Dios;
se instalarán, ya que el Señor
se hará grande hasta el confín de la tierra.
Él mismo será la paz».

Palabra de Dios.



Rom 8, 28-30 (opción 2)

Dios predestinó a los que había conocido de antemano

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos.

HERMANOS:
Sabemos que a los que aman a Dios todo les sirve para el bien; a los cuales ha llamado conforme a su designio.
Porque a los que había conocido de antemano los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que él fuera el primogénito entre muchos hermanos.
Y a los que predestinó, los llamó; a los que llamó, los justificó; a los que justificó, los glorificó.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 12, 6ab. 6c (R.: Is 61, 10a)

R. Desbordo de gozo con el Señor.

V. Porque yo confío en tu misericordia:
mi alma gozará con tu salvación. 
R.

V. Y cantaré al Señor por el bien que me ha hecho. R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Dichosa eres, santa Virgen María, y muy digna de toda alabanza: porque de ti salió el sol de justicia,
Cristo, nuestro Dios. 
R.

 

Evangelio

Mt 1, 1-16. 18-23

La criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

LIBRO del origen de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abrahán.
Abrahán engendró a Isaac, Isaac engendró a Jacob, Jacob engendró a Judá y a sus hermanos. Judá engendró, de Tamar, a Fares y a Zará, Fares engendró a Esrón, Esrón engendró a Arán, Arán engendró a Aminadab, Aminadab engendró a Naasón, Naasón engendró a Salmón, Salmón engendró, de Rajab, a Booz; Booz engendró, de Rut, a Obed; Obed engendró a Jesé, Jesé engendró a David, el rey.
David, de la mujer de Urías, engendró a Salomón, Salomón engendró a Roboán, Roboán engendró a Abías, Abías engendró a Asaf, Asaf engendró a Josafat, Josafat engendró a Jorán, Jorán engendró a Ozías, Ozías engendró a Joatán, Joatán engendró a Acaz, Acaz engendró a Ezequías, Ezequías engendró a Manasés, Manasés engendró a Amós, Amós engendró a Josías; Josías engendró a Jeconías y a sus hermanos, cuando el destierro de Babilonia.
Después del destierro de Babilonia, Jeconías engendró a Salatiel, Salatiel engendró a Zorobabel, Zorobabel engendró a Abiud, Abiud engendró a Eliaquín, Eliaquín engendró a Azor, Azor engendró a Sadoc, Sadoc engendró a Aquín, Aquín engendró a Eliud, Eliud engendró a Eleazar, Eleazar engendró a Matán, Matán engendró a Jacob; y Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo.
La generación de Jesucristo fue de esta manera:
María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo.
José, su esposo, como era justo y no quería denunciarla, decidió repudiarla en privado. Pero, apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo:
«José, hijo de David, no temas acoger a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados».
Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que había dicho el Señor por medio del profeta:
«Miren: la virgen concebirá y dará a luz un hijo
y le pondrán por nombre Enmanuel,
que significa “Dios-con-nosotros”».

Palabra del Señor.

 

 

Natividad de la Virgen María: Dios hace nacer la esperanza

 

Queridos hermanos:

Hoy celebramos el nacimiento de la Virgen María. Es una fiesta de alegría y de esperanza: antes del nacimiento del Salvador, nace aquella que lo llevará en su seno. Como la aurora anuncia que pronto aparecerá el sol, el nacimiento de María anuncia la cercanía de Jesucristo, luz de nuestra vida.

Los Evangelios no describen aquel nacimiento. La tradición cristiana nos ha transmitido los nombres de sus padres, Ana y Joaquín. Pero lo más importante de esta celebración no es reconstruir los detalles de una escena familiar, sino reconocer lo que Dios estaba preparando: en la pequeñez de una niña comenzaba a abrirse un camino para la llegada de su Hijo. Dios ya estaba obrando, aunque el mundo todavía no lo supiera.

La primera lectura, del profeta Miqueas, nos ayuda a comprender esta manera de actuar del Señor. La promesa del Salvador se dirige a Belén, una población pequeña, sin el prestigio de las grandes ciudades. De allí surgirá quien pastoreará al pueblo y será su paz.

¡Cuánto necesitamos escuchar esto! A veces pensamos que para hacer el bien debemos tener abundantes recursos, ocupar un cargo importante o realizar algo extraordinario. Sin embargo, Dios puede hacer fecunda una vida sencilla, una comunidad pequeña, una ayuda discreta. Lo decisivo no es cuánto podemos exhibir, sino cuánto estamos dispuestos a entregar.

María nos enseña precisamente eso: la grandeza de una vida no está en llamar la atención, sino en dejar espacio a Dios. No debemos despreciar los comienzos pequeños ni el bien que parece insignificante. Una palabra oportuna puede devolver la esperanza; una visita puede aliviar una soledad; una colaboración puede permitir que una comunidad siga reuniéndose y celebrando su fe.

El salmo nos invita a responder: «Me llenaré de alegría en el Señor». Es una alegría apoyada en su misericordia, en la certeza de que no nos abandona. No significa que desaparezcan las dificultades, sino que podemos atravesarlas sostenidos por su amor.

Además, el salmista canta agradecido por el bien recibido. Hoy podemos hacer nuestra esa actitud y preguntarnos: ¿reconocemos los regalos de Dios? ¿Recordamos a las personas por medio de las cuales nos ha cuidado? Es fácil acostumbrarnos a recibir y olvidarnos de agradecer.

Por eso, en esta Eucaristía oramos especialmente por nuestros benefactores. Recordamos a quienes sostienen nuestras comunidades y capillas, colaboran con la evangelización y ayudan a nuestros hermanos necesitados. Pensamos también en quienes ofrecen su tiempo, su trabajo, sus conocimientos, su escucha y su oración. Hay generosidades que no aparecen en ninguna lista, pero que sostienen silenciosamente la vida de muchos.

No pedimos por ellos como si la ayuda fuera una compra de favores de Dios. Oramos porque somos una familia agradecida. Le confiamos al Señor sus hogares, sus trabajos, sus preocupaciones y sus necesidades. Quienes ayudan también necesitan ser acompañados; quienes consuelan también necesitan consuelo.

El Evangelio, por su parte, nos lleva al centro de esta fiesta: Jesús. Celebramos el nacimiento de María porque de ella nació el Salvador. La auténtica devoción mariana no se detiene en María: de su mano aprendemos a conocer, amar y seguir a su Hijo.

Mateo nos presenta a José ante una situación que no comprende. Dios lo invita a superar el miedo y a recibir a María. También nosotros necesitamos aprender a acoger los caminos del Señor cuando no coinciden con nuestros planes. Creer no consiste en tenerlo todo explicado, sino en dar el siguiente paso con confianza y fidelidad.

Y el niño que María lleva en su seno es el Emmanuel, Dios con nosotros. Esta es nuestra esperanza: el Señor no contempla nuestras luchas desde lejos. Ha entrado en nuestra historia para salvarnos. Por eso, aun en una familia preocupada, en una comunidad con necesidades o en un corazón cansado, puede comenzar algo nuevo.

Hermanos, celebremos esta fiesta con tres actitudes: confianza para no despreciar los pequeños comienzos; gratitud para reconocer el bien recibido; y generosidad para convertirnos también nosotros en ayuda para los demás.

Dentro de unos momentos recibiremos en la Eucaristía al mismo Jesús que María llevó en su seno. Pidámosle que nuestra comunión se traduzca en servicio, cercanía y amor concreto.

Virgen María, en la fiesta de tu nacimiento, enséñanos a descubrir lo que Dios hace crecer silenciosamente entre nosotros. Intercede por nuestros benefactores: que el Señor fortalezca su fe, acompañe sus familias y los sostenga en sus dificultades. Y haz que todos aprendamos de ti a recibir a Jesús y a llevarlo a nuestros hermanos.

Amén.

 

10 de septiembre del 2026: jueves de la vigésima tercera semana del tiempo ordinario II

  Hacer el bien hace bien Jesús nos invita a hacer el bien incluso cuando no recibimos agradecimiento, cuando nos sentimos incomprendidos ...