lunes, 19 de enero de 2026

19 de enero del 2026: lunes de la segunda semana del tiempo ordinario-II

 

El sentido del ayuno

(1 Samuel 15, 16-23; Marcos 2, 18-22) Jesús nos recuerda que el ayuno no es ni una práctica legalista ni un sacrificio ofrecido a Dios.

El profeta Samuel se lo repite a Saúl: el sacrificio que agrada a Dios es la obediencia a su Palabra, una Palabra siempre nueva.

El ayuno solo tiene sentido si nos abre a Dios y a los demás, si expresa el deseo de la alianza con Dios, con la certeza de sabernos siempre invitados al banquete de bodas con Cristo.

Colette Hamza, xavière

 


Primera lectura

1 Sam 15, 16-23

La obediencia vale más que el sacrificio. El Señor te ha rechazado como rey

Lectura del primer libro de Samuel.

EN aquellos días, Samuel dijo a Saúl:
«Voy a comunicarte lo que me ha manifestado el Señor esta noche».
Saúl contestó:
«Habla».
Samuel siguió diciendo:
«¿No es cierto que siendo pequeño a tus ojos eres el jefe de las doce tribus de Israel? El Señor te ha ungido como rey de Israel. El Señor te envió con esta orden: “Ve y entrega al anatema a esos malvados amalecitas y combátelos hasta aniquilarlos”. ¿Por qué no has escuchado la orden del Señor, lanzándote sobre el botín, y has obrado mal a sus ojos?».
Saúl replicó:
«Yo he cumplido la orden del Señor y he hecho la campaña a la que me envió. Traje a Agag, rey de Amalec, y entregué al anatema a Amalec. El pueblo tomó del botín ovejas y vacas, lo más selecto del anatema, para ofrecérselo en sacrificio al Señor, tu Dios, en Guilgal».
Samuel exclamó:
«¿Le complacen al Señor los sacrificios y holocaustos
tanto como obedecer su voz?
La obediencia vale más que el sacrificio,
y la docilidad, más que la grasa de carneros.
Pues pecado de adivinación es la rebeldía
y la obstinación, mentira de los terafim.
Por haber rechazado la palabra del Señor,
te ha rechazado como rey».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 49, 8-9. 16bc-17. 21 y 23 (R.: 23cd)

R. Al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios.

V. No te reprocho tus sacrificios,
pues siempre están tus holocaustos ante mí.
Pero no aceptaré un becerro de tu casa,
ni un cabrito de tus rebaños. 
R.

V. ¿Por qué recitas mis preceptos
y tienes siempre en la boca mi alianza,
tú que detestas mi enseñanza
y te echas a la espalda mis mandatos? 
R.

V. Esto haces, ¿y me voy a callar?
¿Crees que soy como tú?
Te acusaré, te lo echaré en cara.
El que me ofrece acción de gracias,
ese me honra;
al que sigue buen camino
le haré ver la salvación de Dios. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. La palabra de Dios es viva y eficaz; juzga los deseos e intenciones del corazón. R.

 

Evangelio

Mc 2, 18-22

El esposo está con ellos

Lectura del santo Evangelio según san Marcos.

EN aquel tiempo, como los discípulos de Juan y los fariseos estaban ayunando, vinieron unos y le preguntaron a Jesús:
«Los discípulos de Juan y los discípulos de los fariseos ayunan. ¿Por qué los tuyos no?».
Jesús les contesta:
«¿Es que pueden ayunar los amigos del esposo, mientras el esposo está con ellos? Mientras el esposo está con ellos, no pueden ayunar.
Llegarán días en que les arrebatarán al esposo, y entonces ayunarán en aquel día.
Nadie echa un remiendo de paño sin remojar a un manto pasado; porque la pieza tira del manto —lo nuevo de lo viejo— y deja un roto peor.
Tampoco se echa vino nuevo en odres viejos; porque el vino revienta los odres, y se pierden el vino y los odres; a vino nuevo, odres nuevos».

Palabra del Señor.

 

 

1

 

Hermanos, en la vida espiritual existe una tentación muy antigua: creer que con “cumplir” basta. Cumplir con una práctica, cumplir con una norma, cumplir con un rito. Y, sin darnos cuenta, el corazón se puede quedar por fuera. Hoy la Palabra de Dios nos rescata de ese engaño y nos devuelve a lo esencial: Dios no se deja comprar; Dios se deja amar. Y el lenguaje del amor se llama obediencia, escucha, conversión.

1) “Obedecer vale más que sacrificar”

La primera lectura es durísima y medicinal. Samuel enfrenta al rey Saúl: ha hecho algo “religioso” por fuera, pero su interior se ha torcido. Saúl guarda lo mejor del ganado “para ofrecerlo en sacrificio”, como si pudiera presentar ante Dios un culto brillante para compensar una desobediencia escondida. Y Samuel le responde con una frase que atraviesa los siglos:
“¿Acaso quiere el Señor holocaustos y sacrificios…? Lo que el Señor quiere es la obediencia.”

Este es un golpe al corazón de toda religión superficial: cuando la fe se reduce a “darle algo a Dios” para tranquilizar la conciencia, se pierde el Evangelio. Dios no quiere sobras envueltas en devoción. Dios quiere un corazón que se deje conducir.

Y por eso el Salmo 50 nos aterriza: “No te reprocho tus sacrificios… pero tú detestas mi enseñanza.” Es decir: “me traes ofrendas, pero no me escuchas; me cantas, pero no me obedeces; me rezas, pero no te conviertes”. Y termina con la clave: “El que procede rectamente, me verá salvarlo.” La salvación no es un trámite; es un camino.

2) El ayuno según Jesús: no legalismo, sino deseo

En el Evangelio, la gente pregunta por qué los discípulos de Jesús no ayunan como los demás. Y Jesús responde con una imagen nupcial preciosa: cuando está el esposo, el corazón está de fiesta. Hay un tiempo para el ayuno, sí; pero el ayuno cristiano nace del amor, no de la comparación, ni del orgullo, ni de la presión social.

Y aquí viene el “vino nuevo en odres nuevos”. Jesús no está diciendo que todo lo antiguo sea malo; está diciendo algo más profundo: si el corazón no se renueva, incluso lo santo se vuelve rígido. Una práctica buena, como el ayuno, puede convertirse en un traje que aprieta, en una ley sin alma, en una apariencia de santidad.

Alguien  lo decía con precisión: la Palabra de Dios es siempre nueva, y obedecerla es el sacrificio que le agrada. En otras palabras: el ayuno auténtico no es dejar comida para sentirse superior; es dejar algo para abrir espacio: espacio para Dios, para el otro, para la misericordia, para la alianza.

Ayunar, entonces, no es “castigarse”; es educar el deseo. Es decirle al corazón: “No todo lo que quiero me conviene; no todo lo inmediato me llena; mi hambre más profunda es Dios”.

3) ¿Cuál es el ayuno que Dios quiere hoy?

Aterricemos esto, porque si no, queda bonito y no cambia nada.

  • A veces el ayuno que Dios espera es ayunar de la lengua que hiere: menos juicio, menos chisme, menos ironía que humilla.
  • O ayunar del orgullo religioso: esa necesidad de tener la razón, de “ser más” que otros, de medir la fe ajena.
  • O ayunar del control: esa manía de organizarle a Dios la vida, y luego ofrecerle un “sacrificio” para que firme nuestra voluntad.
  • O ayunar de la indiferencia: para volver a ver al hermano, al pobre, al que sufre, al que está solo.

Ese es el “odre nuevo”: un corazón disponible, dócil, humilde. Porque la obediencia a la Palabra es el culto más puro.

4) Intención por los fieles difuntos: “siempre invitados al banquete”

Y ahora, hermanos, llevemos esta luz a nuestra intención de hoy: orar por los fieles difuntos.

Cuando Jesús habla del esposo y del banquete, está abriendo una puerta de esperanza inmensa: nuestra historia no termina en la tumba; estamos llamados a las bodas eternas. Por eso, cuando un ser querido muere, el corazón ayuna… ayuna de su voz, de su presencia, de sus gestos. Hay un ayuno que no elegimos: el de la ausencia. Y sin embargo, la fe nos sostiene: el Esposo no abandona a los suyos.

Orar por nuestros difuntos es un acto de amor y de comunión. Es decir: “Señor, tú que conoces el corazón, completa lo que faltó, purifica lo que estuvo herido, sana lo que quedó incompleto, y llévalos a tu luz”. Porque Dios no mira solo el “sacrificio exterior”; Dios mira el camino interior: sus luchas, su arrepentimiento, su deseo de bien, su fe a veces frágil pero verdadera.

Y aquí conviene una palabra muy consoladora: si el sacrificio que agrada a Dios es la obediencia, ¡cuántas obediencias escondidas vivieron nuestros difuntos!
Obediencias silenciosas: trabajar por la familia, aguantar con paciencia, perdonar cuando costaba, sostener la fe en medio de dolores, servir sin aplausos. Dios lo vio. Dios lo recoge. Dios lo corona con misericordia.

5) Conclusión: vino nuevo para nuestra esperanza

Pidámosle hoy al Señor “odres nuevos” para vivir esta esperanza de manera cristiana:

  • un corazón que escucha más que presume;
  • una fe que obedece más que aparenta;
  • una religiosidad que abre a Dios y al prójimo, no que encierra en reglas sin amor.

Y, al final, pongamos en el altar a nuestros fieles difuntos. Que el Señor, Esposo de la Iglesia, los reciba en su banquete. Y que a nosotros nos conceda caminar rectamente, para un día encontrarnos con ellos en la fiesta sin ocaso.

Oración final (breve):

Señor Jesús, Esposo de la Iglesia,
renueva nuestro corazón para que tu vino nuevo no se derrame.
Haznos obedientes a tu Palabra, humildes y misericordiosos.
Y te encomendamos con amor a nuestros fieles difuntos:
dales el descanso eterno y brille para ellos la luz perpetua. Amén.

 

2


Hermanos, hoy la Palabra de Dios nos propone una verdad tan sencilla como exigente: Dios no se conforma con gestos religiosos; Dios quiere un corazón que le obedezca y se deje renovar. Y desde esa verdad ilumina también el sentido del ayuno cristiano: no como exhibición, no como legalismo, sino como un acto de amor que nos prepara para el encuentro con el Esposo.

1) El culto que agrada a Dios: obediencia, no “apariencia”

La primera lectura es un espejo que desenmascara. Saúl ha desobedecido al Señor y, para maquillarlo, pretende compensar con “sacrificios”. Samuel lo enfrenta con una frase que debería estar escrita en la puerta del alma:
“La obediencia vale más que el sacrificio” (cf. 1S 15,22).

¡Cuántas veces podemos caer en lo mismo! Cumplimos una práctica, decimos una oración, hacemos un gesto devoto… pero por dentro nos reservamos “lo nuestro”: un rencor que no soltamos, una mentira sostenida, una soberbia alimentada, una justicia a medias. La Palabra de hoy nos sacude: Dios no quiere sobornos espirituales; quiere verdad.

El salmo lo repite con fuerza: “No te reprocho tus sacrificios… pero tú detestas mi enseñanza.” Y concluye con una promesa luminosa:
“El que procede rectamente me verá salvarlo.”
No se trata de acumular ritos, sino de caminar en rectitud: escuchar, obedecer, convertir la vida.

2) El ayuno según Jesús: cuando está el Esposo, hay fiesta; cuando falta, crece el deseo

En el Evangelio, preguntan a Jesús por qué sus discípulos no ayunan como los discípulos de Juan o como los fariseos. Y Jesús responde con una imagen preciosa: las bodas.
“¿Pueden ayunar los invitados a la boda mientras el esposo está con ellos?” (Mc 2,19).

Aquí hay una revelación enorme: Jesús se presenta como el Esposo del Pueblo de Dios. Los profetas ya habían hablado de la alianza como una boda; ahora Jesús dice, en pocas palabras: “Esa boda ha comenzado conmigo”.

Pero añade algo más: “Vendrán días en que les será arrebatado el esposo, y entonces ayunarán.” Es una profecía de su Pasión, su muerte, su ascensión… y también una enseñanza para la Iglesia: hoy vivimos entre la presencia real del Señor y el anhelo de su manifestación plena. Por eso el ayuno cristiano tiene sabor de esperanza: no es tristeza estéril, es deseo purificado.

Y enseguida vienen las dos comparaciones: el remiendo nuevo en vestido viejo y el vino nuevo en odres viejos. Es decir: lo nuevo del Evangelio no cabe en un corazón rígido, cerrado, presumido. Para recibir a Cristo, hace falta un “odre nuevo”: humildad, docilidad, conversión.

3) ¿Qué vale el ayuno si no cambia el corazón?

Hermanos, recordemos que en tiempos bíblicos el ayuno expresaba penitencia, duelo, preparación. Y Jesús lo purifica: el ayuno no puede ser teatro de piedad. Los fariseos —en no pocos casos— ayunaban para ser vistos, para sentirse superiores. Un ayuno así, aunque quite pan, no quita el pecado; más bien lo disfraza.

El ayuno cristiano verdadero tiene tres frutos concretos:

1.    Nos une a Cristo sufriente: el corazón aprende a amar también desde la cruz.

2.    Ordena nuestros deseos: no todo lo que apetezco me conviene; no todo lo inmediato me salva.

3.    Nos abre a Dios y al prójimo: el ayuno que agrada a Dios termina en caridad, en misericordia, en mayor disponibilidad para servir.

Por eso podríamos decir: “Ayunar es quitarle fuerza a lo que me domina para dársela a lo que me salva.”

4) Un puente hacia nuestra intención: ayuno, duelo y esperanza por los difuntos

Hoy oramos por nuestros fieles difuntos. Y aquí el Evangelio toca una fibra muy humana: hay ayunos que no elegimos. Cuando alguien amado muere, el alma ayuna de su voz, de sus pasos, de su abrazo. Es un ayuno de ausencia, un duelo que duele. Pero Jesús nos ayuda a vivirlo con esperanza: la muerte no es la última palabra, porque el Esposo ha sellado la nueva alianza con su sangre.

Orar por nuestros difuntos es creer que el amor no se rompe; se transforma. Es ponerlos en las manos del Señor que mira el corazón —no la fachada— y pedir:
“Señor, purifica lo que faltó, sana lo que quedó herido, completa lo que quedó incompleto; llévalos a tu banquete.”

Y también es una llamada para nosotros: vivir hoy con “odres nuevos”, para que cuando llegue nuestra hora estemos listos para el banquete eterno. El ayuno, vivido con fe, nos educa para ese encuentro: nos desprende de lo que pasa, nos centra en lo que permanece.

5) Aplicación pastoral: ¿De qué ayunar esta semana?

Sin complicarnos, podríamos elegir un ayuno concreto, unido a la oración por nuestros difuntos:

  • Ayunar de una queja recurrente y ofrecerla por un ser querido fallecido.
  • Ayunar de una crítica o juicio y cambiarlo por una obra de misericordia.
  • Ayunar de un “capricho” y destinarlo a alguien necesitado, en memoria de nuestros difuntos.
  • Ayunar de redes/ruido un rato al día para rezar un Padrenuestro o un salmo por ellos.

Así el ayuno se convierte en amor, y el amor se vuelve intercesión.

Conclusión

Hermanos, Dios no necesita nuestros sacrificios para ser Dios. Nos los pide para que seamos libres. Libertad de lo que esclaviza, libertad para obedecer, libertad para amar. Pidamos hoy la gracia de un corazón nuevo, de un ayuno verdadero —no de fachada— y pongamos en el altar a nuestros fieles difuntos, con la certeza de que el Señor los llama a la fiesta que no termina.

Oración final
Señor Jesús, Esposo de la Iglesia,
renueva nuestro corazón para que tu vino nuevo encuentre odres nuevos.
Enséñanos a obedecer tu Palabra con verdad.
Y hoy te encomendamos a nuestros fieles difuntos:
concédeles el descanso eterno y brille para ellos la luz perpetua.
Que un día, contigo, nos encontremos en el banquete del Reino. Amén.

 


sábado, 17 de enero de 2026

18 de enero del 2026: segundo domingo del tiempo ordinario- Ciclo A

 

« He aquí el Cordero de Dios »

Juan Bautista ve llegar a Jesús. Ya no se trata de anunciar su venida, sino de reconocerlo como el enviado de Dios. Su profecía sorprende:
« He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo ».

El cordero es un animal dócil. No ladra ante el desconocido. No muerde al agresor. Es manso y frágil. Y, sin embargo, es él quien cargará con el pecado de los hombres y que, en su amor, lo vencerá en la Cruz. Sin este amor, no hay ninguna posibilidad de vencer el mal o el pecado.

Juan dice lo esencial de la misión de Jesús. El pecado es un muro que nos separa de Dios y nos impide ver el cielo. Jesús viene a destruirlo. El pecado es una cadena invisible que nos impide caminar a su lado. Y Él viene a nuestro encuentro.

El amor de Jesús no es una idea, sino una experiencia de liberación y de alegría. El Cordero de Dios no elimina el pecado a golpes de varita mágica. Lo asume decididamente sobre sí y se convierte para cada uno en la promesa de una vida nueva.

Acostumbrados a juzgar al otro, progresamos cuando dejamos de señalar con el dedo a nuestros contemporáneos. Pero el Evangelio nos abre otra perspectiva, luminosa y más exigente: para liberar al hombre, tomemos también sobre nosotros su pecado, aun a riesgo de sufrir con él y por él.

Solo Jesús puede realizar la obra de la salvación. Pero nosotros podemos participar en ella adoptando su manera de mirar y experimentando su amor.

¿Cuáles son los momentos en los que puedo reconocer a Jesús y encontrarme personalmente con Él?


¿Voy a privilegiar su amor más que la fuerza, elegir el servicio y su humildad más que el prestigio y el orgullo?

Vincent Leclercq, prêtre assomptionniste



Primera lectura

Is 49, 3. 5-6

Te hago luz de las naciones, para que seas mi salvación

Lectura del libro de Isaías.

ME dijo el Señor:
«Tú eres mi siervo, Israel,
por medio de ti me glorificaré».
Y ahora dice el Señor,
el que me formó desde el vientre como siervo suyo,
para que le devolviese a Jacob,
para que le reuniera a Israel;
he sido glorificado a los ojos de Dios.
Y mi Dios era mi fuerza:
«Es poco que seas mi siervo
para restablecer las tribus de Jacob
y traer de vuelta a los supervivientes de Israel.
Te hago luz de las naciones,
para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 39, 2 y 4ab. 7-8a. 8b-9. 10 (R.: cf. 8a y 9a)

R. Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.

V. Yo esperaba con ansia al Señor;
él se inclinó y escuchó mi grito.
Me puso en la boca un cántico nuevo,
un himno a nuestro Dios. 
R.

V. Tú no quieres sacrificios ni ofrendas,
y, en cambio, me abriste el oído;
no pides holocaustos ni sacrificios expiatorios;
entonces yo digo: «Aquí estoy». 
R.

V. «—Como está escrito en mi libro—
para hacer tu voluntad.
Dios mío, lo quiero, y llevo tu ley en las entrañas». 
R.

V. He proclamado tu justicia
ante la gran asamblea;
no he cerrado los labios, Señor, tú lo sabes. 
R.

 

Segunda lectura

1 Cor 1, 1-3

A ustedes, gracia y paz de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo

Comienzo de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios.

PABLO, llamado a ser apóstol de Jesucristo por voluntad de Dios, y Sóstenes, nuestro hermano, a la Iglesia de Dios que está en Corinto, a los santificados por Jesucristo, llamados santos con todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Señor de ellos y nuestro: a ustedes, gracia y paz de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo.

Palabra de Dios.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya , aleluya.
V. El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros; a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios. R.

 

Evangelio

Jn 1, 29-34

Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

EN aquel tiempo, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó:
«Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quien yo dije: “Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo”. Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel».
Y Juan dio testimonio diciendo:
«He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él.
Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo:
“Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ese es el que bautiza con Espíritu Santo”.
Y yo lo he visto y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios».

Palabra del Señor.

 

1

 

Hermanos y hermanas:

El Evangelio de este domingo nos sitúa ante una escena decisiva: Juan Bautista ve a Jesús que viene hacia él y pronuncia una frase que resume todo el misterio cristiano:
«Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo».

Ya no se trata de anunciar a alguien que vendrá, sino de reconocer a Aquel que está presente. La fe madura no vive solo de promesas futuras, sino de la capacidad de descubrir a Cristo actuando hoy, en medio de la vida.

1. El Cordero de Dios: una fuerza distinta

Juan no presenta a Jesús como un conquistador ni como un líder poderoso según los criterios humanos, sino como un cordero: manso, frágil, dócil.: el cordero no ataca, no responde con violencia, no se impone por la fuerza.

Y, sin embargo, es precisamente ese Cordero el que carga con el pecado del mundo y lo vence en la Cruz. Aquí se revela el corazón del Evangelio:
el mal no se vence con más mal, sino con amor.
Sin amor verdadero, no hay posibilidad real de superar el pecado ni de transformar la vida.

2. El pecado: muro que separa, cadena que aprisiona

El pecado no es solo una falta moral; es una realidad que rompe la comunión. Esto se puede expresar con dos imágenes muy claras:
el pecado es un muro que nos separa de Dios
y una cadena invisible que nos impide caminar a su lado.

Jesús no viene a ignorar ese muro ni a disimular esas cadenas. Viene a destruirlas, asumiéndolas sobre sí. No actúa con “magia”, sino con una entrega total que llega hasta la Cruz. Su amor no es una teoría, es una experiencia de liberación y de alegría para quien se deja alcanzar por Él.

3. La misión del Siervo: luz para todos

La primera lectura de Isaías amplía el horizonte: Dios no llama a su Siervo solo para un grupo reducido, sino para ser luz de las naciones, para que su salvación llegue hasta los confines de la tierra.

Esta misión no es solo de Jesús; también alcanza a la Iglesia. Pero no podemos ser luz si antes no nos dejamos iluminar. No podemos anunciar la salvación si no hemos experimentado primero la fuerza liberadora del amor de Cristo en nuestra propia vida.

4. Reconocer a Jesús hoy

Juan Bautista dice con sencillez: «Yo lo he visto y doy testimonio». La fe no se sostiene solo en lo que otros nos han contado; crece cuando podemos decir: “yo lo he encontrado”.

Ese encuentro se da de muchas maneras: en la Palabra escuchada con fe, en la oración sincera, en la Eucaristía celebrada con el corazón abierto, en el servicio humilde a los hermanos. Allí el Cordero de Dios sigue haciéndose presente, quitando el pecado, devolviendo esperanza y ofreciendo vida nueva.

5. Una mirada evangélica más exigente

La Palabra de Dios hoy nos invita a dar un paso más profundo, estamos habituados a juzgar, a señalar con el dedo, a identificar rápidamente el pecado del otro. El Evangelio, en cambio, nos propone una mirada distinta y más exigente:
participar en la obra de la salvación adoptando la manera de ver de Jesús.

Solo Él salva. Pero nosotros colaboramos cuando elegimos el amor antes que la fuerza, el servicio antes que el prestigio, la humildad antes que el orgullo. Incluso cuando eso implica cargar con las fragilidades del otro y sufrir con él y por él.

6. Gracia y paz

San Pablo abre su carta deseando gracia y paz. No son palabras de cortesía; son dones fundamentales. Sin la gracia de Dios, nuestros esfuerzos se agotan. Sin su paz, el corazón se divide y la vida se desordena.

El Cordero de Dios es la fuente de esa gracia y de esa paz. Acercarnos a Él es permitirle rehacer lo que el pecado ha roto.

Conclusión

Hermanos y hermanas:

Hoy, como entonces, el Cordero de Dios pasa delante de nosotros. No viene a condenar, sino a cargar con nuestro pecado para abrirnos un camino nuevo. La pregunta es sencilla y decisiva:

¿Lo reconocemos cuando viene a nuestro encuentro?


¿Elegimos su amor antes que la fuerza, su servicio antes que el prestigio?

Pidámosle al Señor la gracia de un corazón abierto, capaz de reconocerlo, de dejarnos amar por Él y de vivir como testigos de su amor que libera y salva.

Amén.

 

2

 

Hermanos y hermanas:

Desde el lunes pasado hemos iniciado  el Tiempo Ordinario, un tiempo que puede parecer “normal”, pero que en realidad es extraordinario, porque nos introduce de lleno en la vida pública de Jesús. Después del misterio de la Navidad —Dios hecho carne—, la liturgia nos invita ahora a contemplar qué hace ese Dios hecho hombre, cómo salva, de qué manera transforma la historia y el corazón humano.

El Evangelio de hoy comienza con una proclamación solemne, densa, cargada de historia, fe y esperanza:
«Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo».

Vamos a recorrer el texto y su trasfondo paso a paso, para dejarnos introducir en la profundidad del misterio pascual que ya se anuncia desde el inicio del ministerio de Jesús.

 

1. “Juan vio a Jesús que venía hacia él” (Jn 1,29)

El Evangelio comienza con una escena sencilla y, al mismo tiempo, decisiva: Jesús viene hacia Juan. Antes de cualquier palabra, está el movimiento de Dios hacia el ser humano. No somos nosotros los que, por nuestras fuerzas, alcanzamos a Dios; es Dios quien sale a nuestro encuentro.

Este detalle ilumina toda la vida cristiana: la fe no empieza con una exigencia, sino con una visita. Jesús se acerca. La iniciativa es suya. El cristianismo no nace del miedo ni de la obligación, sino de un Dios que camina hacia nosotros para salvarnos.


2. “He aquí el Cordero de Dios” (Jn 1,29)

La expresión que usa Juan Bautista no es casual ni poética: está cargada de memoria bíblica.

Para el pueblo judío, la imagen del cordero evocaba inmediatamente la Pascua. En la primera Pascua, el pueblo fue liberado de la esclavitud sacrificando un cordero sin mancha, marcando con su sangre los dinteles de las puertas y comiéndolo de pie, listos para partir. Aquella sangre no fue un simple rito: fue signo de salvación, protección frente a la muerte, inicio de una vida nueva.

Desde entonces, la Pascua se convirtió en el gran memorial del amor fiel de Dios. Cada año recordaban que no se habían salvado solos, sino porque Dios había intervenido con poder y misericordia.

Cuando Juan señala a Jesús como el Cordero, está diciendo algo inmenso:
Jesús es la nueva Pascua, la liberación definitiva, el cordero sin mancha que no solo marca una puerta, sino que entrega su propia vida para abrirnos el camino a la libertad verdadera.


3. “Que quita el pecado del mundo” (Jn 1,29)

Juan no dice que Jesús quita algunos pecados, ni solo pecados individuales. Dice: “el pecado del mundo”. Con esta expresión, el Evangelio nos invita a mirar más allá de la culpa personal y a reconocer una realidad más profunda: el pecado como fuerza que esclaviza, como estructura interior y social que rompe la relación con Dios, con los demás y con uno mismo.

Jesús no viene a ignorar esa realidad ni a relativizarla. Tampoco la elimina con gestos espectaculares: no hay varita mágica. El Cordero quita el pecado cargándolo, asumiéndolo, llevándolo hasta la Cruz.

Aquí se revela la lógica del amor cristiano:
el mal no se vence desde fuera, sino desde dentro;
no se derrota con violencia, sino con entrega;
no se anula huyendo, sino atravesándolo con amor.


4. “Un hombre viene después de mí, pero está por delante de mí” (Jn 1,30)

Juan reconoce su lugar. Jesús comienza su misión después, pero es primero. Aquí aparece el misterio profundo de Cristo: su preexistencia. No es un profeta más, no es solo un enviado entre otros. Él existía antes, porque viene de Dios.

Este reconocimiento no es solo teológico; es profundamente espiritual. Juan nos enseña una actitud clave del creyente: descentrarse para que Cristo sea el centro. Juan no se aferra a su prestigio, ni a sus seguidores, ni a su éxito. Señala a Otro.

En la vida cristiana, el orden interior se restablece cuando Cristo ocupa el primer lugar. Cuando Él está “por delante”, lo demás encuentra su justa medida.


5. El trasfondo del Siervo sufriente

El anuncio de Juan también evoca la figura del Siervo sufriente, descrito como cordero llevado al matadero, que carga con el pecado de muchos. No se defiende, no responde con violencia, no impone su fuerza.

Jesús no salva desde el poder que aplasta, sino desde la obediencia confiada. Su autoridad nace del amor que se entrega. En Él, el sacrificio deja de ser solo un rito externo y se convierte en don total de sí mismo.

Por eso, cuando Jesús inicia su ministerio público, lo hace ya bajo el signo de la Cruz. Toda su vida estará orientada a esa entrega pascual que culminará en la resurrección.


6. Una palabra que debe resonar hoy

Hoy queridos hermanos, se nos invita a ponernos en el lugar de los discípulos de Juan: hombres y mujeres llenos de expectativa, que aguardaban al Mesías con esperanza, preguntas y deseo de renovación.

Esa misma actitud se nos propone hoy. El inicio del Tiempo Ordinario no es un descenso espiritual después de las fiestas; es una nueva oportunidad para acoger la obra de Cristo como algo extraordinario en nuestra vida.

La pregunta no es solo quién es Jesús, sino:
¿Qué lugar ocupa hoy su Pascua en mi existencia?


¿Lo dejo realmente quitar mi pecado, o me resisto a soltar mis cadenas?


7. “Aquí estoy, Señor” (Salmo 40)

El Salmo pone en nuestros labios la respuesta adecuada: disponibilidad. No se trata solo de admirar al Cordero, sino de seguirlo. La Pascua no es un espectáculo; es un camino.

Seguir al Cordero implica adoptar su estilo:

  • elegir el amor antes que la fuerza,
  • el servicio antes que el prestigio,
  • la humildad antes que el orgullo.

No es un camino fácil, pero es el único que conduce a la libertad verdadera.


8. “Gracia y paz” (1 Co 1,1-3)

San Pablo resume los frutos de la Pascua en dos palabras esenciales: gracia y paz.
La gracia es el don que nos precede y nos transforma.
La paz es el fruto de una vida reconciliada con Dios.

El Cordero de Dios no solo quita el pecado; recrea al ser humano desde dentro, inaugurando una vida nueva.


Conclusión

Hermanos y hermanas:

Hoy la Iglesia nos señala a Jesús y nos dice, con la misma fuerza de Juan Bautista:
“Míralo: es el Cordero de Dios”.

Al comenzar este Tiempo Ordinario, estamos llamados a empezar de nuevo, a seguir a Cristo sin reservas, a dejar que su Pascua actúe en nosotros con poder.

Que el Cordero de Dios quite nuestro pecado, renueve nuestro corazón y nos conduzca a la libertad ganada por su sacrificio pascual.

Y que, como Juan, podamos decir con la vida:
“Yo lo he visto… y doy testimonio”.

Conclusión mariana

Hermanos y hermanas:

Después de haber contemplado a Cristo, Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo y nos introduce en la Pascua nueva, no queremos terminar esta reflexión solos. Como Iglesia, aprendemos a mirar a Jesús con los ojos de María, la primera creyente, la mujer que supo reconocer la presencia de Dios en lo sencillo y seguirlo con un corazón totalmente disponible.

Por eso hoy nos confiamos a la Nuestra Señora del Carmen, Madre y protectora, Estrella del mar y guía segura en el camino de la fe. Ella acompañó en silencio la misión de su Hijo, guardó sus palabras en el corazón y permaneció firme al pie de la Cruz, cuando el Cordero de Dios entregaba su vida por la salvación del mundo.

María del Carmen nos enseña a no huir del sacrificio, a confiar cuando el camino se vuelve oscuro, y a seguir a Cristo sin reservas, aun cuando no lo entendemos todo. Bajo su manto, aprendemos a elegir el amor antes que la fuerza, el servicio antes que el prestigio, la humildad antes que el orgullo.

Que Ella, Madre del Carmelo, nos ayude a acoger con fe la obra del Cordero, a dejarnos purificar por su gracia y a caminar cada día como discípulos fieles de su Hijo.
Que nos cubra con su escapulario como signo de protección, compromiso y esperanza, y nos conduzca siempre a Jesús, nuestra Pascua y nuestra paz.

Amén.

 

 

19 de enero del 2026: lunes de la segunda semana del tiempo ordinario-II

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