jueves, 11 de junio de 2026

12 de junio del 2026: Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús

 

Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús

Celebrada el viernes siguiente al segundo domingo después de Pentecostés, esta solemnidad nos invita a contemplar el amor de Cristo, manso y humilde de corazón. En su Corazón traspasado se revela la misericordia infinita de Dios, que elige, perdona, consuela y salva. Hoy la Iglesia nos llama a acercarnos con confianza a Jesús, especialmente cuando estamos cansados y agobiados, para encontrar en Él descanso, sanación y esperanza.

 


Las cualidades más preciosas

(Mateo 11,25-30) «Háganse discípulos míos, porque soy manso y humilde de corazón».

 La mansedumbre y la humildad son ciertamente cualidades hermosas, pero quizá no las primeras que esperaríamos del Señor. ¿Por qué no se nos presentó como fuerte, sólido o protector? Sin duda porque la mansedumbre y la humildad son signos de una fragilidad que hay que acoger para recibir el más grande de los tesoros: el amor de Dios manifestado en Jesucristo.

Bertrand Lesoing, prêtre de la communauté Saint-Martin

 


Primera lectura

Dt 7, 6-11
El Señor se enamoró de ustedes y los eligió

Lectura del libro del Deuteronomio.

MOISÉS habló al pueblo diciendo:
«Tú eres un pueblo santo para el Señor, tu Dios; el Señor, tu Dios, te eligió para que seas, entre todos los pueblos de la tierra, el pueblo de su propiedad.
Si el Señor se enamoró de ustedes y los eligió, no fue por ser ustedes más numerosos que los demás, pues son el pueblo más pequeño, sino que, por puro amor a ustedes y por mantener el juramento que había hecho a sus padres, los sacó el Señor de Egipto con mano fuerte y los rescató de la casa de esclavitud, del poder del faraón, rey de Egipto.
Reconoce, pues, que el Señor, tu Dios, es Dios; él es el Dios fiel que mantiene su alianza y su favor con los que lo aman y observan sus preceptos, por mil generaciones.
Pero castiga en su propia persona a quien lo odia, acabando con él. No se hace esperar; a quien lo odia, lo castiga en su propia persona.
Observa, pues, el precepto, los mandatos y decretos que te mando hoy que cumplas».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 102, 1bc-2. 3-4. 6-7. 8 y 10 (R.: cf. 17)

R. La misericordia del Señor dura por siempre
para aquellos que le temen.


V. Bendice, alma mía, al Señor,
y todo mi ser a su santo nombre.
Bendice, alma mía, al Señor,
y no olvides sus beneficios. 
R.

V. Él perdona todas tus culpas
y cura todas tus enfermedades;
él rescata tu vida de la fosa,
y te colma de gracia y de ternura.
 R.

V. El Señor hace justicia
y defiende a todos los oprimidos;
enseñó sus caminos a Moisés
y sus hazañas a los hijos de Israel. 
R.

V. El Señor es compasivo y misericordioso,
lento a la ira y rico en clemencia.
No nos trata como merecen nuestros pecados
ni nos paga según nuestras culpas. 
R.

 

Segunda lectura

1 Jn 4, 7-16

Dios nos amó

Lectura de la primera carta del apóstol san Juan.

QUERIDOS hermanos, amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor.
En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Unigénito, para que vivamos por medio de él.
En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados.
Queridos hermanos, si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros.
A Dios nadie lo ha visto nunca. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud.
En esto conocemos que permanecemos en él, y él en nosotros: en que nos ha dado de su Espíritu. Y nosotros hemos visto y damos testimonio de que el Padre envió a su Hijo para ser Salvador del mundo.
Quien confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él, y él en Dios.
Y nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él. Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él.

Palabra de Dios.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Tomen mi yugo sobre ustedes —dice el Señor—, y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón. R.

 

Evangelio

Mt 11, 25-30

Soy manso y humilde de corazón

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, tomó la palabra Jesús y dijo:
«Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, así te ha parecido bien.
Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.
Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo los aliviaré. Tomen mi yugo sobre ustedes y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontrarán descanso para sus almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera».

Palabra del Señor.

 

 

1

 

Queridos hermanos:

Celebramos hoy la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, una fiesta que nos lleva al centro mismo de nuestra fe: Dios tiene corazón, Dios ama, Dios se compadece, Dios se inclina hacia nosotros con ternura.

La Palabra de Dios de este día nos ayuda a comprender que el amor de Dios no es una idea bonita ni un sentimiento pasajero. Es una elección, una alianza, una fidelidad y una entrega.

En la primera lectura, tomada del libro del Deuteronomio, Moisés le recuerda al pueblo de Israel algo fundamental: Dios no lo eligió porque fuera el más grande, el más fuerte o el más importante entre todos los pueblos. Al contrario, era un pueblo pequeño. Dios lo eligió simplemente porque lo amó. Esa es la lógica de Dios: no ama porque seamos perfectos; nos ama porque Él es amor. No nos escoge por nuestros méritos, sino por su misericordia.

Y esto es profundamente consolador. A veces creemos que para acercarnos a Dios tenemos que llegar impecables, fuertes, resueltos, sin heridas y sin cansancios. Pero el Corazón de Jesús nos dice otra cosa: ven tal como estás, con tu historia, tus luchas, tus caídas, tus dolores, tus búsquedas y tus heridas.

El salmo responsorial lo proclama con una belleza inmensa: “El Señor es compasivo y misericordioso”. Él perdona, cura, rescata, corona de amor y ternura. El salmo no nos habla de un Dios distante, frío o indiferente, sino de un Dios que se conmueve ante nuestra miseria. Su amor no aplasta, levanta; no humilla, dignifica; no condena al que se acerca arrepentido, sino que lo abraza.

Por eso, la segunda lectura de la primera carta de san Juan nos ofrece una de las afirmaciones más bellas de toda la Sagrada Escritura: “Dios es amor”. No dice solamente que Dios ama, sino que Dios es amor. Su identidad más profunda es amar. Todo lo que hace Dios nace de su amor. La creación, la alianza, el perdón, la encarnación, la cruz, la Eucaristía, todo brota del amor de Dios.

Y ese amor se ha manifestado plenamente en Jesucristo. En Él vemos el rostro humano del amor divino. En Él vemos el Corazón de Dios latiendo en medio de la historia. Un Corazón que se acercó a los enfermos, a los pecadores, a los excluidos, a los cansados, a los tristes, a los que no contaban. Un Corazón que lloró, que se estremeció, que tuvo compasión, que perdonó, que se entregó hasta el extremo.

En el Evangelio, Jesús nos hace una invitación que hoy debemos escuchar con el alma abierta: “Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo los aliviaré”.

Qué palabra tan necesaria para nuestro tiempo. Hay cansancios del cuerpo, pero también hay cansancios del alma. Hay personas que cargan enfermedades, dolores físicos, limitaciones, tratamientos, soledad. Y hay también quienes llevan heridas invisibles: tristeza, ansiedad, miedo, culpa, depresión, duelos, preocupaciones, decepciones, angustias que no siempre se ven, pero pesan mucho.

Hoy oramos de manera especial por todos los que sufren en el alma y en el cuerpo. Los ponemos en el Corazón de Jesús. Allí donde el dolor humano encuentra consuelo. Allí donde la herida no es despreciada, sino tocada con misericordia. Allí donde el cansancio no es motivo de vergüenza, sino ocasión para dejarse cargar por el Señor.

Jesús no dice: “Vengan a mí solamente los fuertes”. No dice: “Vengan a mí los que ya no tienen problemas”. No dice: “Vengan a mí los que nunca han fallado”. Dice: “Vengan a mí todos los cansados y agobiados”.

Y luego añade: “Aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón”. Quizá, como decía alguien, la mansedumbre y la humildad no son las primeras cualidades que esperaríamos de Dios. Tal vez quisiéramos que Dios se manifestara ante todo como poderoso, imponente, invencible, protector en el sentido humano de la palabra. Pero Jesús revela la fuerza más grande de Dios en un Corazón manso y humilde.

La mansedumbre no es debilidad. Es la fuerza del amor que no destruye. La humildad no es pequeñez inútil. Es la grandeza de quien se abaja para salvar. El Corazón de Jesús es manso porque no nos obliga a amar; nos atrae. Es humilde porque no se impone con violencia; se ofrece. Es fuerte porque sabe cargar con nuestro pecado, nuestro dolor y nuestra fragilidad.

Contemplar el Sagrado Corazón de Jesús es contemplar un amor herido, pero no vencido. Un amor abierto por la lanza, pero lleno de vida. Un amor rechazado muchas veces, pero siempre fiel. Un amor que no se cansa de amar.

Hoy esta solemnidad nos invita a tres actitudes.

Primero, dejarnos amar por Dios. Parece sencillo, pero no siempre lo es. A veces aceptamos que Dios ame a los demás, pero nos cuesta creer que nos ame a nosotros con nuestras pobrezas. El Corazón de Jesús nos recuerda que somos amados personalmente, no en masa, no de manera anónima. Cada uno puede decir: Cristo me ama, Cristo me busca, Cristo me carga, Cristo me espera.

Segundo, descansar en Cristo. No todo lo podemos resolver con nuestras fuerzas. Hay cargas que necesitamos poner en sus manos. Descansar en Cristo no significa evadir la vida, sino vivirla sostenidos por Él. Quien se apoya en el Corazón de Jesús encuentra paz aun en medio de la prueba.

Y tercero, aprender a tener un corazón semejante al suyo. Si Dios nos ama así, también nosotros estamos llamados a amar con misericordia. Un corazón unido al de Cristo no puede ser duro, indiferente, orgulloso o cruel. El cristiano debe ser alguien que alivie, que consuele, que escuche, que perdone, que acompañe. En un mundo donde tantos sufren silenciosamente, hace falta gente con corazón: corazón manso, humilde, compasivo, parecido al de Jesús.

Pidamos hoy al Señor que sane nuestros corazones. Que toque a quienes sufren en el cuerpo con enfermedad o dolor. Que consuele a quienes sufren en el alma con tristeza, soledad o angustia. Que fortalezca a las familias que cargan preocupaciones. Que dé esperanza a quienes se sienten cansados de luchar.

Y que todos nosotros podamos escuchar, como dirigida personalmente a cada uno, la voz dulce del Señor:

“Ven a mí. Descansa en mí. Aprende de mi Corazón. Yo te aliviaré”.

Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío. Amén.

 

2

 

Queridos hermanos:

Hoy celebramos una de las fiestas más entrañables de nuestra fe: la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús. No celebramos simplemente una devoción piadosa, ni una imagen bonita, ni una tradición antigua. Celebramos el misterio profundo del amor de Dios revelado en Cristo. Celebramos que Dios tiene un Corazón abierto para nosotros; un Corazón manso, humilde, misericordioso y fiel.

El Evangelio de hoy nos regala unas palabras que parecen escritas para todo ser humano cansado, herido o agobiado: “Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo los aliviaré”. Son palabras suaves, pero no débiles; tiernas, pero llenas de poder; sencillas, pero capaces de levantar una vida entera.

Normalmente no unimos fácilmente estas dos palabras: mansedumbre y poder. Pensamos que el fuerte es el que se impone, el que domina, el que controla, el que no muestra fragilidad. Pero en el Corazón de Jesús descubrimos otro tipo de fuerza: la fuerza del amor que no aplasta, sino que carga; no humilla, sino que levanta; no grita, sino que llama; no obliga, sino que atrae.

En el ciclo litúrgico B, la solemnidad del Sagrado Corazón nos presenta el costado abierto de Cristo, cuando el soldado traspasa su Corazón y de él brotan sangre y agua. Allí contemplamos el Corazón abierto por la lanza. Hoy, en cambio, en el Evangelio de san Mateo, Jesús nos abre su Corazón con sus propias palabras: “Vengan a mí”. Es como si el Señor nos dijera: entren en mi amor, descansen en mi misericordia, dejen que yo cargue con ustedes.

La primera lectura, tomada del Deuteronomio, nos recuerda que Dios eligió a Israel no porque fuera el pueblo más grande ni el más fuerte, sino porque lo amó. Esa es la lógica de Dios. Él no ama porque seamos perfectos; nos ama porque Él es fiel. No nos escoge por nuestros méritos, sino por su misericordia. El amor de Dios no comienza cuando nosotros somos buenos; más bien, es su amor el que nos hace capaces de responderle.

Esta verdad es muy importante, sobre todo para quienes sufren en el alma y en el cuerpo. Porque cuando una persona está enferma, cansada, triste, deprimida, angustiada o golpeada por la vida, puede llegar a pensar que no vale, que estorba, que Dios se ha olvidado de ella o que su dolor no le importa a nadie. Pero la fiesta del Sagrado Corazón nos dice todo lo contrario: Dios mira con especial ternura a quien está herido. El Corazón de Jesús no rechaza la fragilidad humana; la abraza.

Por eso el salmo nos hace cantar: “El Señor es compasivo y misericordioso”. Él perdona, cura, rescata, corona de amor y ternura. Qué hermosa imagen: Dios no se queda mirando desde lejos nuestra miseria, sino que se acerca para curar. No solo perdona el pecado; también quiere sanar las heridas profundas que el pecado, la enfermedad, la soledad, la tristeza y la vida misma van dejando en nosotros.

Y san Juan, en la segunda lectura, nos lleva al centro de todo cuando afirma: “Dios es amor”. No dice solamente que Dios tiene amor o que Dios siente amor. Dice algo mucho más grande: Dios es amor. Su ser más íntimo es amar. Por eso, quien permanece en el amor permanece en Dios, y Dios permanece en él.

Celebrar el Sagrado Corazón es celebrar precisamente esto: que el amor de Dios se hizo carne en Jesús. El amor invisible del Padre se hizo rostro, manos, mirada, palabra, cercanía, cruz y Eucaristía. En Jesús, Dios no nos amó desde lejos; se acercó a nuestra condición humana. Conoció el cansancio, la incomprensión, la tristeza, la traición, el dolor y la muerte. Por eso puede decirnos con verdad: “Vengan a mí todos los cansados y agobiados”. Él sabe lo que pesa el sufrimiento humano.

Ahora bien, Jesús no promete quitarnos mágicamente todas las cargas. Él dice: “Tomen mi yugo sobre ustedes y aprendan de mí”. El yugo, en el lenguaje del campo, une a dos para caminar juntos y cargar juntos. Cuando Jesús nos invita a tomar su yugo, no nos está diciendo que la vida cristiana no tendrá luchas. Nos está diciendo que ya no tendremos que cargar solos.

Esta es una gran noticia: Cristo no siempre quita inmediatamente el peso, pero se pone debajo del peso con nosotros. No siempre elimina la cruz, pero la transforma con su presencia. No siempre cambia de golpe las circunstancias, pero cambia el corazón con el que las vivimos. Su yugo es suave porque está hecho de amor. Su carga es ligera porque se lleva con la fuerza de la gracia.

Hoy queremos poner en el Corazón de Jesús a todos los que sufren en el alma y en el cuerpo. A los enfermos, a quienes sienten dolor físico, a quienes esperan un diagnóstico, a quienes viven limitaciones, a quienes cuidan enfermos y se sienten agotados. Pero también queremos poner allí a quienes sufren por dentro: los que cargan ansiedad, tristeza, miedo, culpa, duelo, soledad, depresión, heridas familiares, decepciones, cansancio espiritual.

Hay dolores que se ven y otros que se esconden. Hay lágrimas que caen por fuera y otras que se lloran en silencio. Pero ninguna lágrima es desconocida para el Corazón de Cristo. Él conoce lo que no siempre sabemos explicar. Él entiende lo que a veces ni nosotros mismos entendemos. Él abraza lo que otros quizá no alcanzan a ver.

Por eso, la invitación de hoy es profundamente personal: ven a Jesús. No vengas cuando ya tengas todo resuelto. No vengas solo cuando te sientas fuerte. No vengas pensando que debes ocultar tus heridas. Ven con tu cansancio, con tu historia, con tus luchas, con tu enfermedad, con tu pecado, con tu necesidad de consuelo. El Corazón de Jesús es refugio, pero también es fuego: refugio que acoge y fuego que transforma.

Entrar en el Corazón de Jesús significa dejar de vivir como si todo dependiera únicamente de nosotros. Significa soltar la autosuficiencia, entregar la ansiedad, descansar en su providencia. Significa aprender a caminar al ritmo de Cristo, no al ritmo acelerado del mundo. Significa descubrir que el verdadero descanso no siempre consiste en no tener problemas, sino en saber que no estamos solos en medio de ellos.

Pero esta solemnidad también nos compromete. Quien descansa en el Corazón de Jesús debe aprender a tener un corazón semejante al suyo. Si Él es manso y humilde, también nosotros estamos llamados a ser menos duros, menos orgullosos, menos indiferentes. Si Él carga con nosotros, también nosotros debemos ayudar a cargar las penas de los demás. Si Él consuela, también nosotros debemos ser presencia de consuelo. Si Él tiene un Corazón abierto, no podemos vivir con el corazón cerrado.

Cuánto necesita nuestro mundo corazones mansos y humildes. Cuánto necesitan nuestras familias menos orgullo y más ternura. Cuánto necesitan nuestras comunidades menos juicio y más misericordia. Cuánto necesitan los enfermos y los tristes una palabra, una visita, una oración, una escucha sincera, una presencia que no condene ni se canse.

En esta Eucaristía, el Sagrado Corazón de Jesús vuelve a entregarse por nosotros. La Eucaristía es el amor de Cristo hecho alimento. Allí se nos da el mismo Jesús que nos dice: “Vengan a mí”. Cada comunión es una invitación a descansar en Él, a dejarnos amar por Él y a vivir unidos a Él.

Pidámosle hoy al Señor que transforme esta solemnidad en algo más que una devoción. Que sea una forma de vida. Que podamos vivir dentro del Corazón de Jesús y dejar que Jesús viva en nuestro corazón. Que en Él encuentren descanso los cansados, consuelo los tristes, fortaleza los enfermos, esperanza los que sufren y misericordia todos los pecadores.

Y que nunca olvidemos esta palabra dirigida a cada uno de nosotros:

“Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo los aliviaré”.

Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío.
Amén.

miércoles, 10 de junio de 2026

11 de junio del 2026: San Bernabé, Apóstol, fiesta


Santo del día:

San Bernabé

Siglo I.

Al igual que san Pablo, a quien acompañó en sus primeras misiones entre los paganos, san Bernabé es honrado como apóstol, aunque no formaba parte del grupo de los Doce. Según la tradición, habría muerto mártir en Chipre, su isla natal.

 

 

Sobriedad y adaptación

(Mateo 10, 7-13) Dirigiéndose a sus Apóstoles, el Señor les da una lista de instrucciones, por lo menos paradójica: la hace muy precisa, para terminar diciéndoles que no deben preocuparse de nada. ¿Demasiado fácil? Al contrario, el llamado es exigente: se trata, al mismo tiempo, de despojarse de lo superfluo y de adaptarse a los acontecimientos que vayan surgiendo. Así se dibuja un camino de libertad que permite acoger, anunciar y manifestar la venida del Reino.

Bertrand Lesoing, prêtre de la communauté Saint-Martin

 


 

Primera lectura

Hch 11, 21b-26; 13, 1-3
Era un hombre bueno, lleno de Espíritu Santo y de fe

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.

EN aquellos días, gran número creyó y se convirtió al Señor.
Llegó la noticia a oídos de la Iglesia de Jerusalén, y enviaron a Bernabé a Antioquía; al llegar y ver la acción de la gracia de Dios, se alegró y exhortaba a todos a seguir unidos al Señor con todo empeño, porque era un hombre bueno, lleno de Espíritu Santo y de fe. Y una multitud considerable se adhirió al Señor.
Bernabé salió para Tarso en busca de Saulo; cuando lo encontró, se lo llevó a Antioquía. Durante todo un año estuvieron juntos en aquella Iglesia e instruyeron a muchos. Fue en Antioquía donde por primera vez los discípulos fueron llamados cristianos.
En la Iglesia que estaba en Antioquía había profetas y maestros: Bernabé, Simeón, llamado Níger; Lucio, el de Cirene; Manahén, hermano de leche del tetrarca Herodes, y Saulo.
Un día que estaban celebrando el culto al Señor y ayunaban, dijo el Espíritu Santo:
«Apártenme a Bernabé y a Saulo para la obra a que los he llamado».
Entonces, después de ayunar y orar, les impusieron las manos y los enviaron.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 97, 1bcde. 2-3ab. 3cd-4. 5-6 (R.: 2b)

R. El Señor revela a las naciones su justicia.

V. Canten al Señor un cántico nuevo,
porque ha hecho maravillas.
Su diestra le ha dado la victoria,
su santo brazo.
R.

V. El Señor da a conocer su salvación,
revela a las naciones su justicia.
Se acordó de su misericordia y su fidelidad
en favor de la casa de Israel.
R.

V. Los confines de la tierra han contemplado
la salvación de nuestro Dios.
Aclama al Señor, tierra entera;
griten, vitoreen, toquen.
R.

V. Tañan la cítara para el Señor,
suenen los instrumentos:
con clarines y al son de trompetas,
aclamen al Rey y Señor.
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Vayan y hagan discípulos a todos los pueblos —dice el Señor—;
yo estoy con ustedes todos los días, hasta el final de los tiempos.
R.

 

Evangelio

Mt 10, 7-13

Gratis han recibido, den gratis

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.


EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles:
«Vayan y proclamen que ha llegado el reino de los cielos. Curen enfermos, resuciten muertos, limpien leprosos, arrojen demonios.
Gratis han recibido, den gratis.
No se procuren en la faja oro, plata ni cobre; ni tampoco alforja para el camino, ni dos túnicas, ni sandalias, ni bastón; bien merece el obrero su sustento. Cuando entren en una ciudad o aldea, averigüen quién hay allí de confianza y quédense en su casa hasta que se vayan. Al entrar en una casa, salúdenla con la paz; si la casa se lo merece, su paz vendrá a ella. Si no se lo merece, la paz volverá a ustedes».

Palabra del Señor.

 

 

1

 

Queridos hermanos:

Celebramos hoy la memoria de San Bernabé, apóstol. Aunque no pertenece al grupo de los Doce, la Iglesia lo venera como apóstol porque fue un verdadero enviado, un hombre del Evangelio, un colaborador generoso en la misión naciente de la Iglesia. Su nombre significa “hijo de la consolación”, y eso fue precisamente para la comunidad cristiana: un hombre capaz de animar, de integrar, de acompañar y de abrir caminos nuevos para la fe.

La primera lectura nos presenta a Bernabé llegando a Antioquía. Allí descubre que la gracia de Dios está actuando también fuera de los esquemas acostumbrados. Ve que muchos se convierten al Señor, se alegra, anima a todos a permanecer fieles y luego va en busca de Saulo para incorporarlo a la misión. ¡Qué detalle tan hermoso! Bernabé no se pone en el centro; sabe reconocer los dones de los demás. No compite, no excluye, no controla. Al contrario, ayuda a que otros puedan servir.

Ahí tenemos una gran enseñanza para la Iglesia de todos los tiempos: la evangelización no es obra de protagonistas solitarios, sino de comunidades disponibles al Espíritu Santo. Bernabé entendió que el Reino de Dios se anuncia mejor cuando cada uno pone sus dones al servicio de los demás. Por eso, en Antioquía, los discípulos recibieron por primera vez el nombre de cristianos. No porque llevaran una etiqueta externa, sino porque su vida comenzaba a transparentar a Cristo.

El salmo nos invita a cantar al Señor un cántico nuevo, porque ha revelado su salvación a todos los pueblos. Esa es la alegría de la misión: Dios no quiere salvar solo a unos pocos; su amor se abre a todas las naciones, a todas las culturas, a todos los corazones. La Iglesia evangeliza no para imponerse, sino para anunciar que el Señor ha mostrado su misericordia y su fidelidad.

Y en el Evangelio, Jesús envía a sus discípulos con una consigna clara: “Vayan proclamando que el Reino de los cielos está cerca”. Pero junto con el anuncio, les pide un estilo de vida: curar, consolar, liberar, dar gratis lo que gratis han recibido. El Evangelio no se anuncia solo con palabras bonitas; se anuncia con signos de cercanía, de servicio, de compasión y de confianza en Dios.

Jesús también pide sobriedad: no llevar oro, ni plata, ni alforja, ni túnica de repuesto. No se trata simplemente de pobreza material, sino de libertad interior. El discípulo no puede ir cargado de seguridades, de intereses, de vanidades o de deseos de dominio. Quien anuncia el Reino debe aprender a caminar ligero, confiando más en la fuerza de Dios que en sus propios recursos.

Esta sobriedad no es desprecio de los medios, sino purificación del corazón. La Iglesia necesita medios para evangelizar, sí; pero sobre todo necesita testigos libres, humildes y apasionados. Necesita hombres y mujeres que no anuncien a Cristo desde la autosuficiencia, sino desde la confianza. Necesita comunidades que no se queden encerradas en sus comodidades, sino que salgan al encuentro de quienes esperan una palabra de esperanza.

San Bernabé nos enseña también la adaptación evangélica. Él supo leer los signos de Dios en Antioquía. No se escandalizó porque el Espíritu actuara de manera nueva. No apagó la gracia. La reconoció, la acompañó y la puso en comunión con la Iglesia. Evangelizar exige fidelidad, pero también apertura; exige claridad, pero también sensibilidad; exige anunciar siempre a Cristo, pero sabiendo hablar al corazón concreto de cada persona.

Hoy oramos especialmente por la obra evangelizadora de la Iglesia y por las vocaciones. Que el Señor suscite nuevos Bernabé: sacerdotes, religiosos, religiosas, misioneros, catequistas, matrimonios, jóvenes y laicos capaces de consolar, acompañar y anunciar el Reino con alegría. Que no falten corazones generosos que escuchen la voz del Espíritu y digan: “Aquí estoy, Señor, envíame”.

Pidamos también que cada uno de nosotros descubra su parte en la misión. No todos iremos a tierras lejanas, pero todos estamos llamados a ser testigos. En la familia, en la parroquia, en el trabajo, en las redes sociales, en la enfermedad, en la vida cotidiana, podemos anunciar que el Reino está cerca cuando vivimos con fe, esperanza y caridad.

Que San Bernabé interceda por nosotros. Que nos alcance un corazón sencillo, libre de lo superfluo, atento a la acción del Espíritu y disponible para servir. Y que la Iglesia, sostenida por la gracia de Dios, siga cantando con el salmo: “El Señor revela a las naciones su salvación”. Amén.

Bertrand Lesoing, prêtre de la communauté Saint-Martin

 

 2


San Bernabé, Apóstol — Testigo de la Providencia y la Misión


Queridos hermanos en Cristo:

En el Evangelio de hoy, escuchamos cómo Jesús envía a sus discípulos a misionar. Les da instrucciones muy concretas: “No lleven oro, ni plata, ni monedas en el cinturón, ni alforja para el camino, ni dos túnicas, ni sandalias, ni bastón” (Mt 10,9-10). Es un envío que exige confianza total en la Providencia de Dios.

San Bernabé, cuya fiesta hoy celebramos, es uno de los grandes ejemplos de este espíritu apostólico. Cuando la comunidad de Antioquía comenzó a crecer rápidamente, Bernabé fue enviado para acompañar y consolidar la fe de los nuevos creyentes. Pero pronto comprendió que necesitaba ayuda. Fue entonces cuando buscó a Pablo en Tarso y lo trajo a Antioquía. Allí, durante un año entero, ambos formaron a la comunidad que, por primera vez, sería llamada "cristiana".

Este gesto humilde y generoso de Bernabé es profundamente evangélico. No buscó protagonismo, no tuvo miedo de compartir su misión, incluso sabiendo que Pablo, con el tiempo, tendría un papel cada vez más relevante. Como nos decía el comentario inicial: “¿Sintió alguna amargura por ello? Probablemente no. Siempre hay alegría en suscitar nuevos talentos y nuevas vocaciones.”

La misión de Bernabé y la de los Doce es también la nuestra.

Jesús nos envía a todos los bautizados a ser testigos de su Reino. Somos enviados:

1.    A dar testimonio con la vida.
No se trata solo de enseñar doctrinas o repetir fórmulas; estamos llamados a compartir nuestra experiencia personal de Dios, a ser “sal de la tierra y luz del mundo” (cf. Mt 5,13-14). Con nuestra transparencia, caridad, misericordia y alegría mostramos que el Reino de Dios ya está cerca.

2.    A confiar en la Providencia.
Jesús pide a sus discípulos no llevar nada para el camino. En un mundo donde la seguridad parece depender de lo que acumulamos, esta enseñanza sigue siendo un desafío actual: vivir desprendidos, con el corazón libre, poniendo nuestra confianza en el Padre que siempre provee.

3.    A liberar de las ataduras modernas.
Hoy existen muchos “demonios” que oprimen al hombre: las adicciones, el consumismo, el materialismo, las dependencias afectivas tóxicas, la pornografía, la ambición desmedida. Solo con la fuerza de Cristo podremos liberar y acompañar a quienes están atrapados en esas esclavitudes.

El salmo de hoy canta con júbilo: “El Señor ha dado a conocer su victoria... todos los confines de la tierra han contemplado la salvación de nuestro Dios” (Sal 98,2-3). Esa victoria es Cristo mismo, y nosotros, como Bernabé, estamos llamados a ser sus testigos fieles.


Conclusión:

Hoy, pidamos la intercesión de San Bernabé para que seamos:

·        Generosos en suscitar nuevas vocaciones.

·        Desprendidos y confiados en la Providencia.

·        Testigos valientes del amor de Cristo.

·        Instrumentos de liberación para tantos hermanos esclavizados.

Que este día, se fortalezca también en nosotros el espíritu misionero de San Bernabé.

Amén.




11 de junio: San Bernabé Apóstol — Memoria


Primera parte del siglo I – c. 61
Patrono de Chipre, Antioquía y de las misiones de mantenimiento de la paz
Invocado contra las tormentas de granizo



Cita:
«Llegó la noticia de esto a la Iglesia de Jerusalén, y enviaron a Bernabé a Antioquía. Cuando llegó y vio la gracia de Dios, se alegró y exhortó a todos a mantenerse fieles al Señor con firmeza de corazón, pues era un hombre bueno, lleno del Espíritu Santo y de fe. Y una gran multitud se agregó al Señor. Entonces partió hacia Tarso para buscar a Saulo, y cuando lo encontró, lo llevó a Antioquía. Durante todo un año se reunieron con la Iglesia y enseñaron a mucha gente. Fue en Antioquía donde por primera vez se les llamó cristianos a los discípulos.»

(Hechos 11,22-26)

Reflexión:
San Bernabé, cuyo nombre original era José, nació en la isla de Chipre y era judío de la tribu de Leví (cf. Hechos 4,36). No se sabe nada más sobre su vida temprana. Durante el ministerio público de Jesús, José se convirtió en su ferviente seguidor y es posible que haya sido uno de los setenta y dos discípulos enviados por Jesús en misión (cf. Lucas 10,1-24). Después de Pentecostés, cuando la Iglesia de Jerusalén comenzó a crecer, los Apóstoles cambiaron el nombre de José por el de Bernabé, que significa «hijo de la consolación» o «hijo del consuelo». Este cambio de nombre pudo haberse dado porque Bernabé apoyó a la Iglesia cuando «vendió un campo de su propiedad, llevó el dinero y lo puso a los pies de los apóstoles» (Hechos 4,37). Esta es la primera mención de Bernabé en el Nuevo Testamento.

Tres años después, tras la conversión de San Pablo a la fe cristiana y después de haber pasado tres años en ayuno y oración en Arabia, Pablo viajó a Jerusalén para consultar con los Apóstoles. Al principio, tanto los Apóstoles como la comunidad cristiana dudaban en recibirlo, pues conocían las persecuciones que él había promovido contra la Iglesia. Sin embargo, Bernabé «lo llevó ante los apóstoles y les contó cómo en el camino había visto al Señor, quien le había hablado, y cómo en Damasco había predicado valientemente en el nombre de Jesús» (Hechos 9,27). Después de un corto tiempo en Jerusalén, San Pablo regresó a su ciudad natal de Tarso para evitar nuevas persecuciones. Permaneció allí durante varios años.

Mientras tanto, algunos de los cristianos que habían huido de Jerusalén tras el martirio de San Esteban, viajaron hacia el norte, a Antioquía de Siria, donde vivían muchos gentiles griegos. En Antioquía, los cristianos de habla griega comenzaron a predicar la Palabra de Dios a los gentiles. Como resultado, muchos de estos gentiles se convirtieron y aceptaron la fe. Al enterarse de esto, los Apóstoles de Jerusalén enviaron a Bernabé para atender a estos nuevos conversos. Bernabé quedó tan impresionado que fue a buscar a San Pablo en Tarso y lo llevó de regreso a Antioquía para ayudarle en la predicación de la Buena Nueva. Fue allí, en Antioquía, donde por primera vez se utilizó la palabra «cristiano», quizá porque estos nuevos convertidos no pasaban primero por el judaísmo, sino que se convertían directamente a Cristo.

Después de un año en Antioquía, Pablo y Bernabé regresaron a Jerusalén en una misión de socorro para asistir a quienes sufrían a causa de una hambruna. Llevaron consigo el dinero recaudado por los cristianos de Antioquía. Después de su retorno a Antioquía, el Espíritu Santo reveló a la comunidad cristiana que Pablo y Bernabé debían ser «apartados» para una misión especial. Entonces fueron ordenados obispos y enviados a la misión, llevándose consigo al pariente de Bernabé, Juan Marcos, autor del Evangelio. Durante el siguiente año, viajaron a Seleucia, Chipre, Salamina, Pafos, Perge de Panfilia, Antioquía de Pisidia, Listra, Derbe, Iconio y de regreso a Antioquía de Siria. Durante este viaje ganaron muchos conversos; algunos griegos incluso intentaron adorarlos como dioses. También enfrentaron oposición, incluyendo un intento fallido de matar a Pablo mediante lapidación. Más tarde regresaron a Jerusalén para ayudar a resolver disputas sobre los conversos gentiles, antes de ser enviados nuevamente en otra misión.

Antes del segundo viaje, Bernabé y Pablo tuvieron un desacuerdo sobre la participación de Juan Marcos en la misión, ya que Juan Marcos los había abandonado anteriormente sin razón conocida mientras estaban en Panfilia. El desacuerdo fue tan grave que Pablo y Bernabé se separaron. Bernabé llevó a Juan Marcos consigo a Chipre, mientras que Pablo se llevó a Silas hacia Siria y Cilicia.

No se sabe con certeza nada más sobre la actividad misionera de Bernabé con Juan Marcos en Chipre. Según la primera carta de Pablo a los Corintios y su carta a los Colosenses, el desacuerdo que tuvieron sobre Juan Marcos no afectó su amistad de manera duradera. Incluso Juan Marcos es mencionado más tarde con afecto por Pablo.

La única fuente que detalla el martirio de Bernabé proviene del siglo V, por lo que su historicidad es incierta. Según esa tradición, Bernabé estaba predicando el Evangelio hacia el año 61 cuando fue arrestado, arrastrado fuera de la ciudad y ejecutado, ya sea quemado vivo o lapidado. Una tradición indica que Juan Marcos encontró sus restos y los sepultó.

Otra leyenda sostiene que en el año 478, San Bernabé se apareció al arzobispo de Chipre y le reveló el lugar de su sepultura. El arzobispo Anthemios halló el cuerpo incorrupto de San Bernabé, sosteniendo el Evangelio de Mateo. El emperador romano ordenó entonces la construcción de una iglesia en el lugar y allí fue sepultado San Bernabé. Aunque la iglesia fue posteriormente perdida en la historia, excavaciones en el lugar hallaron una tumba que se cree es la de San Bernabé. San Bernabé es el patrón de Chipre porque fue el primer obispo misionero de aquella isla.

Al honrar a este gran obispo apostólico, reflexionemos sobre el impacto que su ministerio ha tenido a lo largo del tiempo. Aunque el número de conversiones durante su vida pudo haber sido solo de cientos o miles, el efecto de esos conversos en las generaciones posteriores se multiplicó una y otra vez. San Bernabé viajó, predicó, bautizó, celebró los sacramentos y fundó muchas comunidades cristianas. Soportó el rechazo, las dificultades, la violencia y el martirio, pero perseveró. Su fervor brotaba de conocer al Señor, no solo por haber sido testigo directo del ministerio de Jesús, sino también por su vida de oración y por la recepción del Espíritu Santo.

Procura ver su misión como similar a la tuya. Tú también estás llamado a predicar el Evangelio con celo a los demás. No dudes en hacerlo, sin importar el costo. Ruega para que Dios te utilice según su voluntad y ofrécete a su servicio a imitación de este santo Apóstol.

Oración:
San Bernabé, tú escuchaste el Evangelio de la misma boca de Cristo, fuiste testigo de sus milagros y permitiste que su mensaje de salvación transformara tu vida. Como resultado, dedicaste el resto de tu vida a predicar la Buena Nueva y a salvar muchas almas. Por favor, intercede por mí, para que siga tu ejemplo y dedique mi vida a la misión a la que he sido llamado.
San Bernabé, ruega por mí.
Jesús, en Ti confío.

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