viernes, 15 de mayo de 2026

Maestro, eres maestro

 



Cada 15 de mayo Colombia celebra el Día del Maestro. No es una fecha cualquiera. Desde 1951, el Decreto 996 declaró oficialmente este día como Día del Educador, en relación con san Juan Bautista de La Salle, reconocido como patrono de los maestros, profesores y educadores de la niñez y la juventud.

 (Función Pública)

Y quizá por eso conviene detenernos un momento y preguntarnos: ¿qué significa ser maestro?


Habría que distinguir, en verdad, entre docentes, profesores y maestros. No lo digo para menospreciar a nadie. Al contrario. Lo digo porque las palabras también tienen alma, peso y vocación. Hay millones de docentes, una gran cantidad de profesores, pero quizá no tantos maestros en el sentido más hondo de la palabra.

El docente transmite contenidos. El profesor orienta una disciplina, enseña una materia, abre caminos en el conocimiento. Pero el maestro va más allá: toca la vida. No solo enseña lo que sabe, sino que comunica lo que es. No solo llena la mente de datos, sino que despierta el corazón, la conciencia, la libertad, el deseo de buscar la verdad y de servir mejor.

Por eso, para quienes creemos en Jesucristo, la palabra Maestro tiene una resonancia sagrada. Maestro, con mayúscula, es uno de los nombres más hermosos de Jesús. Él no enseñaba como quien repite teorías, sino como quien entrega la vida. No hablaba desde la distancia fría de una cátedra, sino desde la cercanía del Buen Pastor, desde la compasión por los cansados, desde la ternura por los pequeños, desde la firmeza ante la injusticia y desde la esperanza ante los pecadores.

El ideal de todo docente, de todo profesor, de todo catequista, de todo padre y madre de familia, debería ser llegar a ser maestro. Maestro en humanidad. Maestro en fe. Maestro en servicio. Maestro en esperanza.

Recuerdo que en mi pueblo tengo un amigo, hoy residente en la capital caldense, que suele llamar “profesores” a todos aquellos que le enseñaron en la escuela y en el poco colegio que pudo cursar. Nunca los llama “maestros”. Y cuando se le pregunta por qué, responde con una sabiduría muy propia de la gente sencilla: “Maestro es un título muy grande; no cualquiera merece cargar con ese nombre”.

Tiene razón. Ser maestro no es cuestión de diploma solamente. Es cuestión de alma.

Yo tenía unos quince años cuando empecé a ver en mi vida la posibilidad de llegar a ser maestro. Me matriculé, con libertad y entusiasmo, en la Normal Nuestra Señora de la Candelaria, en mi querido Marquetalia, Caldas. Allí se obtenía el título de bachiller pedagógico; en tiempos anteriores se hablaba más directamente del título de maestro. Me gradué en 1987 y, al año siguiente, en 1988, entré al Seminario de Misiones.

Muchas veces, siendo seminarista, descubrí cuánto me servía aquella formación pedagógica recibida en la Normal. En las montañas del Azuay, en Ecuador, pude verme como catequista, como orientador, como alguien que intentaba explicar la fe con palabras sencillas y cercanas. También en Medellín, en colegios y parroquias, tuve experiencias temporales como profesor y catequista. No sé si fui maestro en el sentido pleno de la palabra, pero sí puedo decir que desde entonces entendí que enseñar es una de las formas más nobles de amar.

En 1994 tuve uno de los grandes honores de mi vida: regresar como docente a mi amada Normal. Fui profesor de Filosofía e instructor musical, o quizá mejor, introductor a la guitarra. Aquella experiencia quedó grabada en mi memoria como una de las más bellas de mi historia personal. Volver a la Normal no ya como estudiante, sino como servidor de otros jóvenes, fue una manera de agradecer lo recibido y de confirmar que la pedagogía había dejado en mí una huella imborrable.

De 1995 a 1998, como docente nombrado por el Estado, viví 4 de los años más inolvidables de mi vida al ser docente rural en el Colegio El Placer de mi querido pueblo.

Siempre me he considerado amante de la enseñanza. Amo la pedagogía. Me conmueve esa tarea humilde y luminosa de ayudar a otros a ver la luz. Sócrates hablaba de la mayéutica, ese arte de ayudar a “dar a luz” la verdad que ya habita, de alguna manera, en el interior de la persona. El verdadero maestro se parece a una partera del espíritu: no impone la vida, ayuda a nacer.

En el fondo, todos estamos llamados a ser maestros, pastores y guías para nuestros semejantes. No todos desde un aula, no todos con un tablero, no todos con un título académico, pero sí todos desde la vida. La familia, la Iglesia, la escuela, la comunidad y la sociedad necesitan personas capaces de comunicar lo mejor de sí mismas: lo aprendido, lo sufrido, lo amado, lo descubierto, aquello que las ha hecho más humanas y más libres.

Porque a nuestro alrededor hay muchos desalentados. Hay niños y jóvenes heridos por la indiferencia, adultos vencidos por la frustración, personas esclavizadas por dependencias, hombres y mujeres paralizados por el miedo, deprimidos ante el futuro, necesitados de una palabra que levante, de una mirada que reconozca, de una presencia que acompañe. En medio de ese panorama, un maestro no es un lujo: es una bendición.

Y en este 2026, cuando la educación vive nuevos desafíos, la figura del maestro se vuelve todavía más necesaria. Hoy se habla mucho de inteligencia artificial, de plataformas digitales, de pantallas, de algoritmos, de nuevas formas de aprender y enseñar. La UNESCO ha señalado que la inteligencia artificial puede ayudar a innovar las prácticas educativas, pero también advierte que trae riesgos y desafíos que exigen criterios éticos, inclusión, equidad y una mirada centrada en la persona. (UNESCO)

La tecnología puede ofrecer herramientas, pero no puede reemplazar la mirada de un maestro. Puede organizar información, pero no puede amar a un estudiante. Puede generar respuestas, pero no puede formar la conciencia. Puede sugerir contenidos, pero no puede discernir el dolor escondido detrás del silencio de un alumno. Por eso, la pregunta educativa de nuestro tiempo no es si las máquinas podrán enseñar más rápido, sino si los seres humanos sabremos seguir educando con alma.

La misma UNESCO, al reflexionar en 2026 sobre inteligencia artificial, ciencias del aprendizaje y profesión docente, subrayó que el rol del maestro sigue siendo central e irremplazable: diseñador de experiencias de aprendizaje, mediador pedagógico y garante del sentido ético y contextual de la enseñanza. (UNESCO)

Por eso, el maestro verdadero no se define por saberlo todo, sino por vivir aprendiendo. No se engrandece humillando al estudiante, sino ayudándolo a descubrir su dignidad. No obliga a pensar como él, sino que enseña a pensar. No mata la pregunta, la despierta. No se burla del error, lo convierte en camino. No reduce la educación a notas, exámenes y resultados, sino que entiende que cada persona es un misterio en crecimiento.

El maestro contagia su vocación de servicio y su amor por la ciencia, la sabiduría, la lectura, el arte y la vida. Su principal preocupación no es transmitir conocimientos fríos, sino dar testimonio. No enseña solo por un sueldo —aunque todo maestro merece condiciones dignas, respeto social y justa remuneración—, sino porque sabe que su mayor ganancia está en ver crecer a sus alumnos.

El maestro muestra posibilidades. Luego cada estudiante debe escoger su camino. El maestro acompaña sin sustituir la libertad del otro. Corrige sin destruir. Exige sin humillar. Comprende sin alcahuetear. Tolera la diferencia, pero no renuncia a la verdad. Tiene paciencia, pero no indiferencia. Tiene firmeza, pero no dureza de corazón.

El verdadero maestro capta lo esencial, lo urgente y lo necesario en cada momento. Sabe que no todas las clases se dan dentro del aula. Enseña en la casa, en la calle, en el recreo, en la conversación espontánea, en la forma como trata a sus colegas, en su manera de escuchar a los padres de familia, en su actitud ante los conflictos, en su honestidad y en su coherencia.

Al maestro le palpita fuerte el corazón cuando está frente a sus alumnos. Aunque no siempre lo diga, en el fondo de su ser pide al Espíritu Santo, Maestro interior, que inspire su palabra, fecunde su esfuerzo y haga noble su labor. Porque enseñar también es sembrar, y quien siembra sabe que no todo fruto se ve de inmediato.

El maestro inspira el amor a la sabiduría. Despierta las ganas de leer, de preguntar, de descubrir el mundo. En tiempos de superficialidad, enseña profundidad. En tiempos de ruido, enseña silencio interior. En tiempos de fanatismos, enseña discernimiento. En tiempos de polarización política, no adoctrina desde odios o intereses pasajeros, sino que invita a analizar, comparar, pensar y buscar siempre el bien común.

Ante la religión, el maestro auténtico no niega con amargura ni afirma con fanatismo. Respeta la conciencia, abre espacio al misterio, sabe que la fe no se impone, se propone; y que Dios, cuando se anuncia bien, no aplasta la libertad, sino que la ilumina.

Un maestro arrastra más por sus convicciones y por su ejemplo que por sus discursos. Respira justicia, se inclina con compasión ante el sufrimiento humano y no juzga precipitadamente. Sabe que detrás de cada estudiante difícil hay una historia que quizá nadie ha querido escuchar. Sabe que detrás de cada rebeldía puede haber una herida. Sabe que detrás de cada fracaso escolar puede haber hambre, soledad, violencia, abandono o miedo.

El maestro ideal, paradójicamente, no se siente dueño del título. Quizá por humildad preferiría que le dijeran profesor. Sabe que la palabra maestro le queda grande, porque solo Dios es plenamente Maestro. Por eso no presume. Sirve. No se instala en la superioridad. Aprende. No pretende enseñarlo todo. Reconoce que todos aprendemos de todos y que nadie educa sin ser también educado por la vida.

Un maestro es sinónimo de alegría, buen humor, paciencia, creatividad, amor al arte, pasión por la ciencia, respeto por la dignidad humana y capacidad de esperanza. Es discípulo y guía. Es padre o madre espiritual. Es servidor. Es amigo confiable. Es luz y sal. Es alguien capaz de entregar la vida, si es preciso, por lo justo, lo bueno y lo verdadero, dentro y fuera del salón de clase.

Por eso, en este Día del Maestro, mi gratitud va para todos mis maestros de antes y de ahora. Para los que me enseñaron las primeras letras. Para quienes me corrigieron con paciencia. Para los que despertaron en mí el amor por la palabra, por la música, por la filosofía, por la fe y por la vida. Para aquellos que ya partieron a la eternidad y siguen enseñando desde la memoria agradecida. Para los que todavía luchan en las aulas, muchas veces con pocos recursos, pero con inmensa generosidad.

A todos ellos, gracias.

Gracias por no rendirse. Gracias por sembrar. Gracias por corregir. Gracias por creer en quienes a veces ni siquiera creíamos en nosotros mismos. Gracias por mostrarnos que enseñar es una forma de amar y que educar es ayudar a Dios en la obra paciente de formar seres humanos.

Feliz Día del Maestro a todos mis maestros de ayer, de hoy y de siempre.

Que Dios los bendiga, los fortalezca y les conceda la alegría de saber que ninguna semilla sembrada con amor se pierde jamás.

 

jueves, 14 de mayo de 2026

15 de mayo del 2026: viernes de la sexta semana de Pascua

 

La alegría de un nacimiento

Hechos 18,9-18; Juan 16,20-23a

La alegría anunciada por Jesús a los suyos es, ante todo, la alegría futura de su encuentro con el Resucitado, después del drama de la Pasión. Pero la imagen de la mujer que da a luz sugiere también las pruebas que los testigos deberán atravesar para entrar en la fecundidad de su misión. Así Pablo, en Corinto, a pesar de toda clase de dificultades, experimenta la alegría del nacimiento de una hermosa comunidad. Dios ha cumplido su promesa.

Jean-Marc Liautaud,, Fondacio



Primera lectura

Hch 18, 9-18
Tengo un pueblo numeroso en esta ciudad

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.


CUANDO estaba Pablo en Corinto, una noche le dijo el Señor en una visión:
«No temas, sigue hablando y no te calles, pues yo estoy contigo, y nadie te pondrá la mano encima para hacerte daño, porque tengo un pueblo numeroso en esta ciudad».
Se quedó, pues, allí un año y medio, enseñando entre ellos la palabra de Dios.
Pero, siendo Galión procónsul de Acaya, los judíos se abalanzaron de común acuerdo contra Pablo y lo condujeron al tribunal diciendo:
«Este induce a la gente a dar a Dios un culto contrario a la ley».
Iba Pablo a tomar la palabra, cuando Galión dijo a los judíos:
«Judíos, si se tratara de un crimen o de un delito grave, sería razón escucharlos con paciencia; pero, si discuten de palabras, de nombres y de su ley, véanlo ustedes. Yo no quiero ser juez de esos asuntos».
Y les ordenó despejar el tribunal.
Entonces agarraron a Sóstenes, jefe de la sinagoga, y le dieron una paliza delante del tribunal, sin que Galión se preocupara de ello.
Pablo se quedó allí todavía bastantes días; luego se despidió de los hermanos y se embarcó para Siria con Priscila y Áquila. En Cencreas se había hecho rapar la cabeza, porque había hecho un voto.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 46, 2-3. 4-5. 6-7 (R : 8a)

R. Dios es el rey del mundo.

O bien:

R. Aleluya.

V. Pueblos todos, batan palmas,
aclamen a Dios con gritos de júbilo;
porque el Señor altísimo es terrible,
emperador de toda la tierra.
R.

V. Él nos somete los pueblos
y nos sojuzga las naciones;
él nos escogió por heredad suya:
gloria de Jacob, su amado.
R.

V. Dios asciende entre aclamaciones;
el Señor, al son de trompetas:
toquen para Dios, toquen;
toquen para nuestro Rey, toquen.
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Era necesario que el Mesías padeciera y resucitara de entre los muertos;
y entrara así en su gloria.
R.

 

Evangelio

Jn 16, 20-23a

Nadie les quitará su alegría

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«En verdad, en verdad les digo: ustedes llorarán y se lamentarán, mientras el mundo estará alegre; ustedes estarán tristes, pero su tristeza se convertirá en alegría.
La mujer, cuando va a dar a luz, siente tristeza, porque ha llegado su hora; pero, en cuanto da a luz al niño, ni se acuerda del apuro, por la alegría de que al mundo le ha nacido un hombre.
También ustedes ahora sienten tristeza; pero volveré a verlos, y se alegrará su corazón, y nadie les quitará su alegría. Ese día no me preguntarán nada».

Palabra del Señor.

 

1

 

Queridos hermanos:

El Evangelio de hoy nos pone ante una de las imágenes más humanas, más fuertes y más esperanzadoras que Jesús haya utilizado: la imagen de una mujer que va a dar a luz. Jesús dice: “La mujer, cuando va a dar a luz, siente tristeza, porque ha llegado su hora; pero cuando ha dado a luz al niño, ya no se acuerda del apuro, por la alegría de que al mundo le ha nacido un hombre”.

Con esta comparación, Jesús no está negando el dolor. No dice que el dolor no exista. No dice que la tristeza sea una ilusión. Al contrario: reconoce que sus discípulos van a llorar, que van a sufrir, que van a experimentar angustia. Pero también les anuncia algo más grande: ese dolor no será la última palabra. La tristeza será transformada en alegría.

Esta palabra de Jesús ilumina profundamente nuestra intención orante de hoy: oramos por quienes sufren en el cuerpo y en el alma. Hay dolores físicos que desgastan: enfermedades, tratamientos, cansancio, limitaciones, dolores crónicos. Pero también hay dolores del alma: la soledad, la tristeza, la depresión, la ansiedad, el duelo, la culpa, la decepción, la sensación de no tener fuerzas para continuar.

Jesús no mira esos dolores desde lejos. Él mismo pasó por la angustia, por la cruz, por el abandono, por las lágrimas. Pero desde su Pascua nos dice: el sufrimiento vivido en Dios puede convertirse en nacimiento; la cruz puede convertirse en camino de vida; la noche puede abrir paso a una aurora nueva.

En la primera lectura vemos a Pablo en Corinto. No lo tuvo fácil. Anunciar el Evangelio le trajo conflictos, rechazos y amenazas. Sin embargo, el Señor le dice en una visión: “No temas. Sigue hablando y no calles, porque yo estoy contigo”. Qué palabra tan necesaria para nosotros: “Yo estoy contigo”.

Esa es la gran fuerza del creyente. No siempre entendemos lo que nos sucede. No siempre se resuelven rápidamente nuestras pruebas. No siempre desaparece el dolor cuando rezamos. Pero la fe nos asegura algo: no estamos solos. Dios acompaña. Dios sostiene. Dios fecunda incluso nuestras lágrimas.

Pablo permaneció en Corinto y allí nació una comunidad cristiana. En medio de las dificultades, nació algo bello. Así actúa Dios. Muchas veces, en el terreno de nuestras pruebas, Él siembra una gracia nueva. Donde nosotros vemos solo cansancio, Dios puede estar preparando una misión. Donde nosotros vemos pérdida, Dios puede estar gestando una vida más profunda. Donde nosotros vemos fracaso, Dios puede estar abriendo un camino de fecundidad.

El Salmo nos invita a cantar: “Dios es el rey del mundo”. Esta afirmación no significa que todo sea fácil, sino que la historia no está abandonada al absurdo. Dios reina también cuando no entendemos. Dios reina también cuando lloramos. Dios reina también cuando la vida parece pesada. Y porque Dios reina, podemos esperar.

Hoy el Señor nos dice: “Ustedes estarán tristes, pero su tristeza se convertirá en alegría”. No se trata de una alegría superficial, ni de una risa pasajera, ni de un optimismo ingenuo. Es la alegría pascual: la certeza de que Cristo está vivo, de que el dolor no vence para siempre, de que la muerte no tiene la última palabra, de que Dios puede transformar nuestras heridas en lugares de gracia.

Pidamos hoy por todos los que sufren en el cuerpo y en el alma. Que el Señor les conceda fortaleza, consuelo y esperanza. Que quienes están enfermos no se sientan abandonados. Que quienes sufren interiormente encuentren manos amigas, escucha sincera y ayuda oportuna. Que nuestras comunidades cristianas sean lugares donde nadie tenga que cargar solo su dolor.

Y pidamos también por nosotros: para que, como Pablo, no callemos por miedo, no abandonemos la misión por cansancio, no perdamos la esperanza en medio de la prueba. El Señor nos repite hoy: “No temas, yo estoy contigo”.

Que María, Madre de la Pascua, que también conoció la espada del dolor y la alegría de la Resurrección, acompañe a todos los que sufren y nos enseñe a creer que, en Dios, toda cruz puede abrirse a una vida nueva.

Amén.

 

2

 

Queridos hermanos:

El Evangelio de hoy nos presenta una de las imágenes más profundas y humanas que Jesús utiliza para hablar de la Pascua: la imagen de una mujer que está a punto de dar a luz. Dice el Señor: “La mujer, cuando va a dar a luz, siente tristeza, porque ha llegado su hora; pero cuando ha dado a luz al niño, ya no se acuerda del apuro, por la alegría de que al mundo le ha nacido un hombre”.

Jesús habla a sus discípulos en la víspera de su Pasión. Ellos todavía no comprenden del todo lo que está por suceder. Viene la noche de Getsemaní, la traición de Judas, el abandono de los amigos, el juicio injusto, la cruz y el sepulcro. Viene la hora del llanto. Por eso Jesús les dice: “Ustedes ahora están tristes”. Pero enseguida añade la promesa pascual: “Volveré a verlos, y se alegrará su corazón, y nadie les quitará su alegría”.

Aquí está el centro del mensaje de hoy: hay dolores que son pasajeros, pero hay una alegría que es eterna. Hay pruebas que duelen, pero no tienen la última palabra. Hay noches que parecen interminables, pero no pueden apagar la luz de la Resurrección.

Jesús no está glorificando el sufrimiento por el sufrimiento. El dolor no es bueno en sí mismo. Nadie busca el dolor como si fuera un ideal. Pero Jesús nos enseña que, unido a Dios, incluso el dolor puede convertirse en camino de vida. La mujer que da a luz no ama el dolor del parto; ama la vida que nace. Soporta el dolor porque sabe que detrás de esa hora difícil hay una alegría inmensa: un hijo ha venido al mundo.

Así sucede también en la vida cristiana. Muchas veces queremos la alegría sin pasar por la paciencia, la madurez sin pasar por la prueba, la resurrección sin pasar por la cruz. Pero el Evangelio nos recuerda que la vida verdadera no nace de la comodidad, sino de la entrega. Lo eterno no se conquista evitando toda dificultad, sino permaneciendo fieles en medio de ella.

La primera lectura nos ayuda a comprender esto en la experiencia de san Pablo. Él está en Corinto, anunciando el Evangelio. No todo es fácil. Encuentra oposición, rechazo, amenazas y conflictos. Pablo también pudo haber sentido miedo y cansancio. Pero el Señor se le aparece y le dice: “No temas. Sigue hablando y no calles, porque yo estoy contigo”.

Esa frase vale oro para cualquier discípulo: “No temas, yo estoy contigo”.

Dios no le promete a Pablo una misión sin dificultades. No le dice: “Todo será fácil”. No le dice: “Nadie te atacará”. Lo que le promete es algo más profundo: su presencia. Y cuando Dios está con nosotros, la prueba no desaparece mágicamente, pero cambia de sentido. Ya no caminamos solos. Ya no luchamos solos. Ya no cargamos la cruz solos.

Pablo permanece en Corinto y allí nace una comunidad cristiana. De la dificultad brota una Iglesia. De la prueba nace una familia de creyentes. De la perseverancia surge una fecundidad nueva. Lo que parecía obstáculo se convierte en ocasión de gracia.

Ese es también el camino de la Pascua. Cristo entra en la muerte y de allí hace brotar la vida. Entra en la oscuridad y de allí hace surgir la luz. Entra en el aparente fracaso de la cruz y de allí nos regala la victoria definitiva.

Por eso el cristiano está llamado a preguntarse: ¿vivo buscando solo lo pasajero o tengo la mirada puesta en lo eterno? ¿Me dejo vencer por las pruebas de cada día o las uno a Cristo? ¿Huyo siempre de todo lo que exige sacrificio o aprendo a vivirlo con esperanza?

A veces una pequeña contrariedad nos roba la paz. Una crítica, una incomodidad, una espera, una decepción, una enfermedad, una dificultad familiar, un fracaso pastoral o laboral, y sentimos que todo se viene abajo. Pero el Evangelio nos invita a mirar más lejos. No todo dolor es final. No toda lágrima es derrota. No toda cruz es fracaso. Algunas lágrimas son semilla. Algunas cruces son parto. Algunas pruebas son el lugar donde Dios está gestando algo nuevo.

Jesús dice: “Nadie les quitará su alegría”. Esta no es una alegría superficial. No es simplemente estar de buen humor. No es negar los problemas ni fingir que todo está bien. Es una alegría más profunda: la certeza de que Cristo está vivo, de que nos ama, de que camina con nosotros, de que nuestra vida tiene destino eterno.

El mundo puede quitarnos muchas cosas: salud, seguridades, bienes, prestigio, compañía, planes. Pero no puede quitarnos a Cristo. Y si Cristo permanece en nosotros, hay una alegría que nadie puede arrancar del corazón.

El Salmo de hoy proclama: “Dios asciende entre aclamaciones; el Señor, al son de trompetas”. Es un salmo de victoria. Nos recuerda que Dios reina, que la historia no está abandonada al caos, que el Señor conduce a su pueblo. La Pascua es precisamente eso: la victoria de Dios sobre todo lo que parecía invencible.

Hermanos, hoy el Señor nos invita a vivir con mirada pascual. Las pruebas son temporales; la promesa es eterna. La angustia puede ser real, pero la alegría de Cristo es más fuerte. La cruz pesa, pero no pesa más que la gloria que Dios prepara para los que confían en Él.

Pidamos la gracia de no quedarnos atrapados en lo inmediato. Pidamos la sabiduría de mirar cada dificultad desde la fe. Pidamos la fuerza para llevar nuestras cruces unidos a Cristo, sabiendo que Él ya pasó por la pasión y nos abrió el camino de la Resurrección.

Que María, Madre dolorosa y Madre de la alegría pascual, nos enseñe a permanecer firmes en la hora difícil, a confiar cuando no entendemos, y a esperar con fe la alegría que nadie nos podrá quitar.

Amén.

 

Frank Sinatra: la voz que hizo de la nostalgia una forma de eternidad

 


Hoy, 14 de mayo, recordamos una efeméride significativa en la historia de la música, del cine y de la cultura popular: la muerte de Frank Sinatra, ocurrida en 1998 en Los Ángeles, a los 82 años.

Francis Albert Sinatra había nacido el 12 de diciembre de 1915 en Hoboken, Nueva Jersey, y llegó a ser considerado por muchos como una de las voces más grandes de la música popular del siglo XX. 

(Encyclopedia Britannica)

 

Durante mi infancia y juventud recuerdo que oía hablar constantemente de Frank Sinatra. Su nombre era recurrente, sobre todo en la televisión. Uno no siempre sabía medir entonces la verdadera dimensión de esos nombres que aparecían como monumentos ya levantados antes de que nosotros comenzáramos a mirar el mundo con ojos propios. Sinatra era eso: una referencia, una presencia, una voz asociada al glamour de Hollywood, a los grandes escenarios, a los trajes impecables, a las orquestas, a la elegancia de una época que parecía respirar de otro modo.

También recuerdo, como muchos, su actuación memorable en From Here to Eternity, que en español conocemos como De aquí a la eternidad, película de 1953, dirigida por Fred Zinnemann. Allí Sinatra interpretó al soldado Angelo Maggio, papel que marcó su gran regreso artístico y por el cual ganó el Óscar como mejor actor de reparto. (Los Angeles Times) Aquella película no solo le devolvió prestigio: también reveló que detrás del cantante famoso había un actor capaz de expresar fragilidad, rabia, compañerismo y dolor humano.

Frank Sinatra fue una figura compleja. Como suele ocurrir con los grandes ídolos populares, convivieron en él la luz y la sombra: la disciplina artística y el temperamento difícil, la generosidad silenciosa y los excesos, la elegancia pública y las contradicciones privadas. Pero quizás por eso mismo sigue resultando tan humano. No fue un santo de estampita, ni conviene presentarlo como tal. Fue un hombre de talento inmenso, de carácter fuerte, de vida sentimental turbulenta, pero también de gestos nobles y de una sensibilidad profunda para cantar la soledad, el amor, el fracaso, la noche, la esperanza y el paso del tiempo.

Sobre su fe, hay que hablar con matices. Sinatra venía de una familia italiana marcada por el ambiente católico, y al final de su vida recibió un funeral católico en la iglesia del Buen Pastor, en Beverly Hills. En sus exequias se cantó el Ave María, el cardenal Roger Mahony pronunció la homilía, y la celebración tuvo rasgos claramente cristianos y católicos. (Los Angeles Times) Sin embargo, su relación con la religión institucional no fue simple. En alguna entrevista expresó una fe más cercana al respeto por la vida, la naturaleza y el misterio, que a una formulación doctrinal precisa. Podríamos decir que Sinatra no fue un católico ejemplar en sentido estricto, pero tampoco un hombre ajeno del todo a Dios. Su vida parece moverse en esa zona ambigua donde muchos seres humanos cargan nostalgias de fe, heridas con la religión, búsquedas interiores y necesidad de misericordia.

Y ahí, tal vez, aparece una clave espiritual interesante. La canción que muchos asocian con él, My Way, puede leerse superficialmente como una exaltación del “yo hice las cosas a mi manera”. Desde la fe cristiana habría que purificar esa expresión, porque el Evangelio no nos invita a vivir solo “a mi manera”, sino a descubrir el camino de Dios. Sin embargo, también podemos leer en esa canción la confesión de un hombre que, al mirar hacia atrás, reconoce errores, decisiones, heridas y fidelidades. La vida humana, vista desde el final, siempre pide una interpretación. Y solo Dios conoce de verdad el secreto último de cada conciencia.

Sinatra dejó también una obra artística inmensa. No fue simplemente un cantante de voz agradable. Fue un intérprete. Sabía entrar en las palabras, darles respiración, pausa, ironía, melancolía. Canciones como My Way, Strangers in the Night, New York, New York, Fly Me to the Moon, I’ve Got You Under My Skin o One for My Baby no solo pertenecen a una discografía: pertenecen a la memoria sentimental de varias generaciones. Su voz tenía algo de conversación íntima. No parecía cantar desde un pedestal, sino desde una mesa al fondo de un bar, mirando de frente las derrotas y los sueños del corazón humano.

En bien de la humanidad, hay aspectos que merecen ser destacados. La Academia de Hollywood le concedió en 1970 el premio humanitario Jean Hersholt, otorgado a personas de la industria cinematográfica cuyas acciones han promovido el bienestar humano y han ayudado a corregir inequidades. (Oscars) También participó en The House I Live In, un cortometraje de 1945 promovido contra el prejuicio racial y religioso, especialmente contra el antisemitismo, en el que Sinatra intervenía para defender la dignidad de todos. (Fundación Cine) Su propia fundación recuerda que utilizó sus talentos y recursos para apoyar causas educativas, sanitarias y de ayuda a personas necesitadas. (Frank Sinatra)

Sus últimos años estuvieron marcados por problemas de salud. Había dejado de aparecer en público después de sufrir quebrantos cardíacos, y murió en el Centro Médico Cedars-Sinai de Los Ángeles, víctima de un ataque al corazón. Su esposa Barbara estaba junto a él. (Los Angeles Times) En 2026, su hija Nancy Sinatra lo recordó al cumplirse 28 años de su muerte, subrayando que su música sigue siendo descubierta por nuevas generaciones y que su legado continúa vivo en la memoria afectiva de millones de personas. (People.com)

Su funeral fue descrito como un momento de lágrimas y de gratitud. La iglesia estaba llena de flores blancas, especialmente gardenias, sus favoritas. Al final, sonó su propia voz cantando Put Your Dreams Away. Resulta profundamente simbólico: el hombre que había cantado para tantos se despedía cantando también para sí mismo. La voz que acompañó amores, nostalgias, fiestas, despedidas y noches solitarias, entraba en el silencio.

Hoy, al recordar a Frank Sinatra, no se trata solo de rendir homenaje a un ídolo musical. Se trata de mirar a un artista que supo tocar fibras muy humanas. Cantó la alegría, pero también la herida. Cantó la seguridad del hombre elegante, pero también la fragilidad del que sabe que la noche llega para todos. Cantó “a mi manera”, pero al final, como todos, tuvo que entregar su vida en manos de un misterio más grande.

Y quizás ahí está la enseñanza más honda: ninguna fama nos libra de la muerte, ningún aplauso sustituye el amor, ninguna voz humana vence por sí sola el silencio definitivo. Pero cuando una vida ha sembrado belleza, consuelo, memoria y humanidad, algo de ella sigue resonando. Frank Sinatra murió el 14 de mayo de 1998, pero su voz continúa cruzando generaciones. Y para quienes creemos en Dios, queda también la esperanza de que toda voz que buscó belleza, aun entre contradicciones, pueda encontrar finalmente su descanso en la misericordia eterna.

 

miércoles, 13 de mayo de 2026

14 de mayo del 2026: San Matías, apóstol

 

Santo del día:

San Matías

Siglo I. Después de la traición de Judas, Matías fue elegido para ser el duodécimo Apóstol (Hch 1,23-26).

Su nombre es una abreviación de Matatías, que vendría a significar «don de Yahvé». Se puede decir que, por esta vez, el nombre de la persona responde plenamente a su historia personal y social, San Matías es un don del Espíritu a la Iglesia de Jesús para llenar el puesto que había sido dejado vacío por Judas Iscariote (cf. Mt 27, 3-10) en el colegio de los apóstoles de Jesús.

Es el apóstol acogido por la oración de la comunidad y destinado a integrarla de forma viva y activa. Ha de vivir la dinámica del seguimiento de Jesús y ser testigo de su resurrección. 



Colegialidad

(Hechos 1,15-17.20-26) Sin duda no es casualidad que el relato de la elección de Matías dentro del grupo de los Once preceda inmediatamente al relato de Pentecostés. En efecto, ¿cómo consagrar mejor este nombramiento que por la efusión del Espíritu Santo? Además, al comienzo de este episodio se precisa que el número de personas reunidas era de unas ciento veinte, es decir, diez veces doce, cifra altamente simbólica. El autor evoca quizá aquí la idea de una “colegialidad”, una primera forma de universalidad en la Iglesia.

 Frédéric Tremblay



Primera lectura

Hch 1, 15-17. 20-26

Le tocó a Matías, y lo asociaron a los once apóstoles

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.

EN de aquellos días, Pedro se puso en pie en medio de los hermanos (había reunidas unas ciento veinte personas) y dijo:
«Hermanos, tenía que cumplirse lo que el Espíritu Santo, por boca de David, había predicho, en la Escritura, acerca de Judas, el que hizo de guía de los que arrestaron a Jesús, pues era de nuestro grupo y le cupo en suerte compartir este ministerio.
Y es que en el libro de los Salmos está escrito: “Que su morada quede desierta, y que nadie habite en ella”, y también: “Que su cargo lo ocupe otro”.
Es necesario, por tanto, que uno de los que nos acompañaron todo el tiempo en que convivió con nosotros el Señor Jesús, comenzando en el bautismo de Juan hasta el día en que nos fue quitado y llevado al cielo, se asocie a nosotros como testigo de su resurrección».
Propusieron dos: José, llamado Barsabá, de sobrenombre Justo, y Matías. Y rezando, dijeron:
«Señor, tú que penetras el corazón de todos, muéstranos a cuál de los dos has elegido para que ocupe el puesto de este ministerio y apostolado, del que ha prevaricado Judas para marcharse a su propio puesto».
Les repartieron suertes, le tocó a Matías, y lo asociaron a los once apóstoles.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 112, 1b-2. 3-4. 5-6. 7-8 (R.: cf. 8)

R. El Señor lo sentó con los príncipes de su pueblo.

O bien:

R. Aleluya.

V. Alaben, siervos del Señor,
alaben el nombre del Señor.
Bendito sea el nombre del Señor,
ahora y por siempre. 
R.

V. De la salida del sol hasta su ocaso,
alabado sea el nombre del Señor.
El Señor se eleva sobre todos los pueblos,
su gloria sobre los cielos. 
R.

V. ¿Quién como el Señor, Dios nuestro,
que habita en las alturas
y se abaja para mirar
al cielo y a la tierra? 
R.

V. Levanta del polvo al desvalido,
alza de la basura al pobre,
para sentarlo con los príncipes,
los príncipes de su pueblo. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Yo los he elegido del mundo —dice el Señor—, para que vayan y den fruto, y su fruto permanezca. R.

 

Evangelio

Jn 15, 9-17

No son ustedes los que me han elegido, soy yo quien los he elegido

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Como el Padre me ha amado, así los he amado yo; permanezcan en mi amor.
Si guardan mis mandamientos, permanecerán en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.
Les he hablado de esto para que mi alegría esté en ustedes, y su alegría llegue a plenitud.
Este es mi mandamiento: que se amen unos a otros como yo los he amado.
Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos.
Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando.
Ya no los llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a ustedes los llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre se lo he dado a conocer.
No son ustedes los que me han elegido, soy yo quien los he elegido y los he destinado para que vayan y den fruto, y su fruto permanezca.
De modo que lo que pidan al Padre en mi nombre se lo dé. Esto les mando: que se amen unos a otros».

Palabra del Señor.

 

1

 

Queridos hermanos y hermanas:

La Palabra de Dios que escuchamos hoy nos pone delante de una Iglesia naciente, una Iglesia pequeña, frágil, herida, pero profundamente sostenida por el Señor. Estamos en el tiempo de Pascua, caminando hacia Pentecostés, y el libro de los Hechos de los Apóstoles nos muestra a la comunidad reunida, orando, discerniendo y preparándose para recibir la fuerza del Espíritu Santo.

La primera lectura nos habla de la elección de Matías. Judas, uno de los Doce, había abandonado su lugar. Su traición había dejado una herida profunda en el grupo de los apóstoles. No era solo una ausencia numérica; era una ruptura dolorosa en el corazón mismo de la comunidad. Sin embargo, la Iglesia no se queda paralizada por la herida. No se encierra en el lamento. No se dedica únicamente a recordar la infidelidad de Judas. La comunidad ora, discierne y busca restaurar el grupo de los Doce.

Esto ya nos enseña mucho. La Iglesia no es perfecta porque esté formada por personas impecables. La Iglesia es santa porque Cristo la ama, la purifica y la conduce. Desde el comienzo, la Iglesia conoció la fragilidad humana, la traición, la decepción, la necesidad de recomenzar. Pero también desde el comienzo supo que no podía caminar solo con criterios humanos. Por eso, antes de elegir a Matías, los discípulos oran.

No hacen una campaña. No buscan al más popular. No eligen al que más habla, al que más se impone o al que parece más brillante. Presentan dos nombres y dicen: “Tú, Señor, que conoces el corazón de todos, muéstranos a cuál has elegido”. Esta frase es preciosa. La vocación no nace primero del gusto personal, ni de la ambición, ni de una estrategia humana. La vocación nace del corazón de Dios. Él conoce el corazón. Él llama. Él elige. Él envía.

Por eso, al orar hoy por la obra evangelizadora de la Iglesia y por las vocaciones, debemos comenzar por aquí: pedirle al Señor que siga mostrando a su Iglesia a quiénes llama, a quiénes quiere enviar, a quiénes quiere consagrar para el servicio del Evangelio. Pero también pedirle que quienes son llamados tengan la valentía de responder.

En la primera lectura podemos  hablar de “colegialidad”. La elección de Matías no ocurre en solitario. Pedro toma la palabra, pero no actúa como dueño de la comunidad. La comunidad está reunida. Son unos ciento veinte hermanos. Allí hay oración, escucha, memoria de la Escritura y discernimiento. La Iglesia nace así: no como una suma de individualismos, sino como un cuerpo; no como un proyecto personal, sino como una comunidad guiada por el Espíritu.

Y esto es muy actual. Hoy también necesitamos una Iglesia más orante, más comunitaria, más capaz de discernir junta. La evangelización no es tarea de uno solo. No evangeliza únicamente el sacerdote, ni únicamente el catequista, ni únicamente el misionero. Evangeliza toda la Iglesia. Evangeliza una comunidad que vive unida, que ora, que escucha la Palabra, que cuida a sus miembros, que reconoce sus heridas y que se deja renovar por el Espíritu Santo.

El Evangelio de hoy nos lleva al corazón de todo apostolado: “Como el Padre me ha amado, así los he amado yo; permanezcan en mi amor”. Antes de enviarnos, Jesús nos invita a permanecer. Antes de hablar de misión, habla de amor. Antes de pedir frutos, pide comunión. Esto es fundamental: la evangelización cristiana no nace del activismo, sino de permanecer en el amor de Cristo.

Podemos organizar muchas actividades, hacer reuniones, programas, celebraciones, publicaciones, campañas, transmisiones, catequesis, pero si no permanecemos en el amor de Cristo, todo se vuelve ruido. La obra evangelizadora de la Iglesia no consiste solo en multiplicar acciones, sino en transparentar el amor de Jesús. El mundo no necesita una Iglesia simplemente ocupada; necesita una Iglesia enamorada de Cristo. No necesita solo estructuras; necesita testigos. No necesita solo discursos; necesita discípulos que hayan experimentado que Cristo los ama.

Jesús dice también: “No son ustedes los que me han elegido, soy yo quien los he elegido y los he destinado para que vayan y den fruto”. Esta frase ilumina de manera especial nuestra oración por las vocaciones. Toda vocación cristiana comienza con una elección amorosa de Dios. Nadie se llama a sí mismo. Nadie se envía a sí mismo. Es Cristo quien llama.

Y llama de muchas maneras. Llama al sacerdocio, a la vida consagrada, al matrimonio cristiano, a la misión laical, al servicio catequético, a la vida contemplativa, a la entrega silenciosa en la familia, en la escuela, en la comunidad, en el trabajo. Cada vocación auténtica es una forma concreta de amar. Porque la vocación no es primero una función; es una respuesta de amor.

Por eso Jesús une íntimamente la elección y el mandamiento del amor: “Este es mi mandamiento: que se amen unos a otros como yo los he amado”. La medida de la vocación no es el prestigio, sino el amor. La fecundidad de la evangelización no se mide solo por resultados visibles, sino por la capacidad de dar la vida. “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos”.

Matías fue elegido para ocupar un lugar de servicio y de testimonio. La lectura dice que debía ser agregado a los apóstoles como testigo de la resurrección. Esa es la misión esencial de la Iglesia: dar testimonio de Cristo resucitado. No anunciamos una idea bonita, ni una doctrina fría, ni una tradición vacía. Anunciamos que Cristo vive. Anunciamos que el amor venció al pecado. Anunciamos que la muerte no tiene la última palabra. Anunciamos que Dios levanta del polvo al desvalido, como canta el salmo de hoy.

El Salmo 113 proclama: “El Señor levanta del polvo al desvalido, alza de la basura al pobre, para sentarlo con los príncipes de su pueblo”. Esta es también la obra evangelizadora de la Iglesia: levantar, dignificar, consolar, reconciliar, devolver esperanza. La Iglesia evangeliza cuando anuncia la Palabra, pero también cuando se acerca al pobre, al enfermo, al joven sin rumbo, al anciano olvidado, a la familia herida, al pecador que quiere volver a empezar.

La elección de Matías nos recuerda además que nadie es indispensable, pero todos somos necesarios. Judas dejó un vacío, pero Dios no dejó a su Iglesia sin guía. Matías entra discretamente en la historia. No sabemos mucho de él después de este episodio. No aparece pronunciando grandes discursos. No se nos cuentan milagros espectaculares realizados por él. Pero fue elegido para ser testigo. Y a veces esa es la belleza de muchas vocaciones en la Iglesia: servir sin hacer ruido, sostener la misión sin protagonismo, ser fieles en lo pequeño, ocupar el lugar que Dios nos confía.

Cuántos Matías hay hoy en nuestras comunidades: personas que no buscan aplausos, pero sostienen la evangelización; catequistas que preparan con amor; ministros que sirven con humildad; familias que transmiten la fe; religiosas y religiosos que oran; jóvenes que se preguntan qué quiere Dios de ellos; sacerdotes que, con sus límites, siguen entregando la vida; misioneros que anuncian el Evangelio en lugares difíciles; laicos que son luz en medio del mundo.

Hoy pidamos al Señor que nuestra Iglesia sea fecunda en vocaciones. Pero no pidamos solo “vocaciones” como si fueran números para llenar vacíos. Pidamos corazones enamorados de Cristo. Pidamos jóvenes capaces de escuchar. Pidamos familias que no apaguen la llamada de Dios. Pidamos comunidades que acompañen, que no critiquen destructivamente, que no desanimen, que no apaguen la esperanza. Pidamos sacerdotes santos, consagrados alegres, matrimonios fieles, laicos comprometidos, evangelizadores humildes.

Y pidamos también la gracia de la colegialidad, de caminar juntos. Una Iglesia dividida no evangeliza con fuerza. Una comunidad encerrada en rivalidades no transparenta el amor de Cristo. Una pastoral hecha desde el individualismo termina cansando. La misión necesita comunión. La evangelización necesita oración compartida, discernimiento común, respeto por los carismas y obediencia al Espíritu Santo.

Estamos cerca de Pentecostés. Como aquella comunidad de ciento veinte hermanos, también nosotros necesitamos reunirnos en oración. Necesitamos decir: “Señor, tú conoces los corazones. Muéstranos el camino. Danos servidores según tu corazón. Renueva nuestra Iglesia. Haznos permanecer en tu amor”.

Que María, la mujer disponible al llamado de Dios, la madre que acompañó a la Iglesia naciente en oración, interceda por nosotros. Que ella nos enseñe a decir “sí” con humildad. Que ella cuide las vocaciones que están naciendo. Que ella sostenga la obra evangelizadora de la Iglesia.

Y que nosotros, cada uno desde su vocación, podamos escuchar hoy la voz de Jesús que nos dice: “No son ustedes los que me han elegido, soy yo quien los he elegido”. Que esta certeza nos llene de gratitud, de responsabilidad y de alegría. Porque el Señor nos ha elegido para permanecer en su amor, para amar como Él y para dar fruto abundante en medio del mundo.

Amén.

 


San Matías Apóstol
Siglo I

Patrono de alcohólicos y sastres

El Doce eran profundamente bíblico, por lo que Judas tuvo que ser reemplazado

 

Los musulmanes conservadores creen que cualquier territorio que alguna vez fue colonizado y gobernado por los seguidores de Mahoma pertenece por siempre y para siempre al Califato. Una vez islámico, siempre islámico. Para ilustrar, se necesitaron muchas generaciones para que el puño islámico finalmente aflojara su control sobre España. Sin embargo, a pesar de que los ejércitos musulmanes fueron empujados hacia las aguas del Mediterráneo en 1492, algunos seguidores estrictos de Mahoma aún sueñan con glorias pasadas y esperan que Al-Andalus (la España musulmana) resurja algún día.

El catolicismo no alberga tales ilusiones de gloria para las antiguas tierras católicas, pero practica una forma teológica de "Una vez católico, siempre católico". Muchos obispos que sirven en la Curia Romana no ejercen autoridad sobre una diócesis. Los obispos auxiliares también carecen de territorio. Estas dos categorías de obispos reciben así una sede episcopal “titular”. Es una vista de nombre, o título, solamente. La sede es normalmente la de una antigua diócesis cuya existencia cesó debido, típicamente, a la invasión musulmana. La costumbre de asignar sedes “titulares” a algunos obispos no sólo preserva la memoria de pueblos y diócesis perdidos, sino que también tiene algún sustento teológico. Un obispo y su diócesis se unen, como esposos, en matrimonio concertado en Roma. Es por eso por lo que un obispo usa un anillo. Y una diócesis, una vez creada, no puede quedar viuda. Siempre se nombra un nuevo obispo para casarse con él. Una diócesis debe tener un cónyuge, incluso si está lejos de casa en distancia y tiempo. Los obispos titulares suceden en el presente, aunque solo sea de nombre, a los obispos anteriores de diócesis ahora desaparecidas.

La tradición de que todos los obispos, comenzando con los Apóstoles, deben tener sucesores tiene sus raíces no solo en la Iglesia primitiva sino también en el judaísmo. Los Doce Apóstoles se mencionan más a menudo en el Nuevo Testamento por su número que por sus nombres. Son, simplemente, “Los Doce”. Esta costumbre tiene sus raíces en las doce tribus que se asentaron en la tierra de Canaán después del Éxodo de Egipto. Estas tribus fueron fundadas por los doce hijos del patriarca Jacob, más tarde rebautizado como Israel. Fue dentro de esta tradición judía del Antiguo Testamento que Jesucristo actuó cuando escogió a doce hombres sobre los cuales fundar Su Iglesia. Jesús declara específicamente que sus seguidores se sentarán en doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel ( Mt. 19:28 , Lc. 22:30 ).). Y el Libro del Apocalipsis afirma que los nombres de las doce tribus de Israel estarán escritos en las puertas de la Jerusalén Celestial ( Apoc. 21:12 ss).

Era apropiado, entonces, cuando “Los Doce” fueron reducidos a “Los Once” después del auto asesinato de Judas, que la plenitud del número bíblico tenía que ser restaurada. Y aquí es donde el santo de hoy sale de las sombras para desempeñar su papel en la historia cristiana. El primer capítulo de los Hechos de los Apóstoles, el gran libro de historia de la Iglesia primitiva nos dice que, después de la Ascensión, los once Apóstoles regresaron a Jerusalén. Allí, Pedro “se puso de pie entre los creyentes” para decirles que alguien que “nos había acompañado durante todo el tiempo que el Señor Jesús entraba y salía entre nosotros… debe convertirse en testigo con nosotros de su resurrección”. Se propusieron dos nombres para reemplazar a Judas: Matías y José llamado Barsabbas. Entonces los Once oraron al Señor para que les mostrara el camino. Echaron suertes. Matías fue elegido. Un Apóstol, por primera vez, tenía un sucesor. Y, de igual importancia, el nombramiento vino del grupo, o colegio, de Apóstoles, dirigido por Pedro. Así se estableció, pocos días después de que Cristo dejara la tierra, una forma de preservación y crecimiento de la Iglesia que se repetiría, y se repite, decenas de miles de veces en la historia cristiana.

La Iglesia ha colocado la Fiesta de San Matías a propósito cerca de la Fiesta de la Ascensión, tal como su elección en Hechos ocurrió tan poco tiempo después de ese evento en la Biblia. El Espíritu Santo todavía tenía que descender en Pentecostés, y aun así la Iglesia cumplió la voluntad de Dios con autoridad al seleccionar a Matías. Todo estaba ahí al principio. Todavía está aquí, a nuestro alrededor. El milagro de la Iglesia y sus Apóstoles continúa. Siempre continuará.  


San Matías, suplicamos por tu intercesión desde tu poderoso trono en la Jerusalén Celestial, que fortalezcas a todos los que gobiernan tu Iglesia para emular a “Los Doce” en su sabiduría, confianza, prudencia y audacia en la dirección y difusión de la Fe.

 

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