viernes, 9 de enero de 2026

10 de enero del 2026: sábado después de la Epifanía

 

Un nuevo día

Juan 3, 22-30

«Es necesario que Él crezca y que yo disminuya».

Los verbos griegos remiten al levantarse y al ponerse de los astros. Esto evoca el cántico de Simeón (cf. Lc 2, 29-32), que celebra a Cristo como el “sol que nace de lo alto”. Todo ello es conforme al designio de Dios, como lo expresa la fórmula «es necesario».
La alegría de Juan Bautista puede convertirse también en la nuestra, si dejamos que Cristo ocupe todo su lugar en nuestras vidas. Es la experiencia de la que da testimonio Pablo cuando afirma: «Vivo, pero ya no soy yo; es Cristo quien vive en mí» (Ga 2, 20).

Emmanuelle Billoteau, ermite

 


Primera lectura

1 Jn 5, 14-21

Nos escucha en lo que le pedimos

Lectura de la primera carta del apóstol san Juan.

QUERIDOS hermanos:
En esto consiste la confianza que tenemos en el Hijo de Dios, en que si le pedimos algo según su voluntad, nos escucha. Y si sabemos que nos escucha en lo que le pedimos, sabemos que tenemos conseguido lo que le hayamos pedido.
Si alguno ve que su hermano comete un pecado que no es de muerte, pida y Dios le dará vida —a los que cometan pecados que no son de muerte, pues hay un pecado que es de muerte, por el cual no digo que pida—.
Toda injusticia es pecado, pero hay pecado que no es de muerte.
Sabemos que todo el que ha nacido de Dios no peca, sino que el Engendrado de Dios lo guarda, y el Maligno no llega a tocarlo. Sabemos que somos de Dios, y que el mundo entero yace en poder del Maligno.
Pero sabemos que el Hijo de Dios ha venido y nos ha dado inteligencia para que conozcamos al Verdadero. Nosotros estamos en el Verdadero, en su Hijo Jesucristo. Este es el Dios verdadero y la vida eterna.
Hijos míos, guárdense de los ídolos.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 149, 1bc-2. 3-4. 5-6a y 9b (R.: 4a)

R. El Señor ama a su pueblo.

O bien:

R. Aleluya.

V. Canten al Señor un cántico nuevo,
resuene su alabanza en la asamblea de los fieles;
que se alegre Israel por su Creador,
los hijos de Sion por su Rey. 
R.

V. Alaben su nombre con danzas,
cantadle con tambores y cítaras;
porque el Señor ama a su pueblo
y adorna con la victoria a los humildes. 
R.

V. Que los fieles festejen su gloria
y cántenle jubilosos en filas:
con vítores a Dios en la boca.
Es un honor para todos sus fieles.
 R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya
V. ​El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló. R.

 

Evangelio

Jn 3, 22-30

El amigo del esposo se alegra con la voz del esposo

Lectura del santo Evangelio según san Juan.


EN aquel tiempo, fue Jesús con sus discípulos a Judea, se quedó allí con ellos y bautizaba.
También Juan estaba bautizando en Enón, cerca de Salín, porque había allí agua abundante; la gente acudía y se bautizaba. A Juan todavía no le habían metido en la cárcel.
Se originó entonces una discusión entre un judío y los discípulos de Juan acerca de la purificación; ellos fueron a Juan y le dijeron:
«Rabí, el que estaba contigo en la otra orilla del Jordán, de quien tú has dado testimonio, ese está bautizando, y todo el mundo acude a él».
Contestó Juan:
«Nadie puede tomarse algo para sí si no se lo dan desde el cielo. Ustedes mismos son testigos de que yo dije: “Yo no soy el Mesías, sino que he sido enviado delante de él”. El que tiene la esposa es el esposo; en cambio, el amigo del esposo, que asiste y lo oye, se alegra con la voz del esposo; pues esta alegría mía está colmada. Él tiene que crecer, y yo tengo que disminuir».

Palabra del Señor.

 

1

 

Hermanos y hermanas:

Todavía resuena en la Iglesia la luz de la Epifanía: el Señor se deja ver, se manifiesta, se deja encontrar. Y, sin embargo, el Evangelio de hoy nos sitúa en una escena humilde, casi silenciosa: Jesús y sus discípulos bautizando, Juan Bautista bautizando también… y, en medio de esa aparente “competencia”, aparece una de las frases más bellas de toda la Escritura: “Es necesario que Él crezca y que yo disminuya”.

No es una frase triste. Es una frase luminosa. No suena a derrota, sino a plenitud.


1) “Esta es la confianza que tenemos” (1Jn 5,14-21)

San Juan, en la primera lectura, nos coloca en el corazón de la vida cristiana: la confianza en la oración.

“Esta es la confianza que tenemos en Él: que si pedimos algo según su voluntad, nos escucha.”

A veces oramos con ansiedad. Como si tuviéramos que convencer a Dios, ganarnos su atención, torcerle el brazo. Y el apóstol nos corrige con ternura: la oración cristiana no es un forcejeo; es una relación filial. Pedir “según su voluntad” no significa resignación fría, sino aprender a desear lo que Dios desea: vida, verdad, libertad, salvación.

Y luego el texto es directo, casi como una alarma espiritual: “Guárdense de los ídolos.”
Ídolos no son solo estatuas antiguas: hoy los ídolos pueden tener forma de ego, de necesidad de aprobación, de control, de dinero, de imagen, de “mi manera de hacer las cosas”, de rencores cultivados, de pantallas que nos gobiernan, de una vida vivida para quedar bien.

El apóstol nos lo dice con firmeza: cuiden el corazón, porque el corazón siempre adora algo. La pregunta es: ¿a quién estoy dejando crecer en mi vida?


2) “Canten al Señor un cántico nuevo” (Sal 149)

El Salmo nos regala un clima espiritual precioso: alegría, alabanza, comunidad.
Cuando el Señor ocupa su lugar, el corazón empieza a cantar “un cántico nuevo”: una fe menos quejumbrosa y más agradecida; menos amarga y más libre; menos centrada en uno mismo y más abierta a la obra de Dios.

Hay personas que han perdido el canto interior: no porque no tengan voz, sino porque llevan demasiado peso. Y el Salmo parece decirnos: vuelve a la alabanza, porque Dios endereza a los humildes, y al humilde le devuelve la paz.


3) “El amigo del esposo se alegra con la voz del esposo” (Jn 3,22-30)

Aquí está el centro del Evangelio. Los discípulos de Juan vienen preocupados:

“Rabí… el que estaba contigo… ahora bautiza y todos van a él.”

Traducción moderna: “Te están quitando gente.”
Es el veneno sutil de la comparación: medir el éxito, contar seguidores, competir por reconocimiento. Eso ocurre en todos los ambientes: en el trabajo, en la familia, en la comunidad, incluso en la vida espiritual. La comparación puede volvernos ciegos: donde debería haber gratitud, nace rivalidad; donde debería haber comunión, aparece envidia.

Y Juan Bautista responde como un hombre libre. No se defiende, no se amarga, no se victimiza. Dice una frase clave:

“Nadie puede tomarse nada si no se lo dan desde el cielo.”

Y luego se describe con una imagen hermosa: Jesús es el Esposo; Juan es el amigo del esposo.
El amigo no roba el lugar del esposo: prepara el camino, cuida la alegría, protege la fiesta. Juan entiende su misión: no es ser el centro, sino señalar al Centro.

Y por eso pronuncia lo inevitable, lo necesario, lo sano:

“Es necesario que Él crezca y que yo disminuya.”

Esto no es auto-desprecio. No es despreciarme. Es ordenar la vida.

Piensa en esto: cuando el sol sale, las estrellas no “mueren”; simplemente dejan de ser visibles porque ha llegado una luz mayor. Juan no se apaga por fracaso: se oculta por fidelidad.


4) Una aplicación muy concreta: ¿cómo “disminuyo” yo?

A veces entendemos “disminuir” como “hacerme menos”, pero en clave evangélica significa:

  • Disminuir el ego: no vivir para ser aplaudido.
  • Disminuir el control: aprender a confiar; no todo depende de mí.
  • Disminuir la prisa: dar espacio al silencio, a la oración, a lo esencial.
  • Disminuir el juicio: dejar de mirar al otro con sospecha y comparaciones.
  • Disminuir el ruido interior: para escuchar la voz del Esposo.

Y Cristo crece cuando crece en nosotros:

  • la caridad concreta,
  • la verdad sin dureza,
  • el perdón,
  • la paciencia,
  • la humildad que no se exhibe,
  • la fe que persevera.

A veces Dios nos hace un favor inmenso: nos “des-centra”. Y duele… pero sana. Porque el alma no fue creada para girar alrededor del propio yo, sino alrededor de Dios.


5) Memoria de María en sábado: la mujer que dejó crecer al Señor

En este sábado, la Iglesia nos pone junto a María, y María es la mejor “traducción” de este Evangelio.

María no compitió con su Hijo; no lo retuvo para sí; no quiso quedarse con el protagonismo. Su vida es un “hágase” continuo. Ella dejó crecer a Jesús:

  • en su cuerpo (lo llevó),
  • en su casa (lo educó),
  • en su fe (lo siguió),
  • y en su dolor (permaneció al pie de la cruz).

María nos enseña el modo más hermoso de disminuir: servir sin ruido, creer sin exigir, amar sin poseer. Por eso, quien camina con María aprende a decir cada día: “Señor, crece Tú en mí”.


Conclusión

Hermanos, hoy el Señor nos regala una libertad grande: la libertad de Juan Bautista, la libertad de María, la libertad del que ya no necesita ser el centro.

Pidámosle al Señor esta gracia:

  • que nuestra oración sea confiada (como dice la primera carta de Juan),
  • que nuestra vida cante con alegría (como pide el Salmo),
  • y que nuestro corazón aprenda el secreto del Bautista:
    que Cristo crezca, y que el ego disminuya.

Que María, Madre fiel y discreta, nos tome de la mano para que la luz del Señor se manifieste también en nosotros. Amén.

 

2

 

1) Puerta de entrada: una frase que ordena el corazón

Hermanos y hermanas, el Evangelio de hoy nos regala una frase que parece sencilla, pero es capaz de ordenar toda una vida:
“Es necesario que Él crezca y que yo disminuya” (Jn 3,30).

En tiempos de Epifanía celebramos que Cristo se manifiesta como Luz para todos. Y esa luz no solo quiere iluminar “afuera”, en el mundo; quiere iluminar “adentro”, en el alma. Pero para que esa luz ocupe su lugar, hay que desalojar aquello que le compite: el ego, la necesidad de reconocimiento, la comparación, el deseo de controlar.


2) Iluminación desde la primera lectura: orar con confianza y vivir sin ídolos (1Jn 5,14-21)

San Juan nos pone sobre la mesa dos verdades fundamentales:

1.    La confianza en la oración:
“Si pedimos algo conforme a su voluntad, nos escucha” (1Jn 5,14).
La oración cristiana no es magia ni negociación; es relación filial. Orar “según su voluntad” no es resignarse a perder, sino aprender a desear lo que Dios desea: vida, verdad, sanación, santidad.

2.    La vigilancia interior:
“Hijitos, guárdense de los ídolos” (1Jn 5,21).
Ídolo es todo aquello a lo que le entrego el centro de mi corazón. Y hoy, los ídolos suelen ser discretos: el yo inflado, el aplauso, la imagen, el control, la autosuficiencia, el orgullo espiritual.

La Palabra nos hace una pregunta frontal:
¿Quién está creciendo realmente en mí: Cristo o mi ego?


3) Salmo 149: la alegría de los humildes

El salmo nos invita: “Canten al Señor un canto nuevo”. El canto nuevo nace cuando uno deja de vivir amarrado a sí mismo. La alabanza es el lenguaje del corazón libre.

Y por eso el salmo añade una frase decisiva:
“El Señor ama a su pueblo y adorna con la victoria a los humildes.”
La “victoria” de Dios no es el brillo del que se impone, sino la belleza del que se abandona en Él.


4) Evangelio: cuando la envidia llama a la puerta (Jn 3,22-30)

La escena es muy humana. Juan Bautista tiene discípulos, prestigio, “seguidores”. Su ministerio crece. Y de pronto, Jesús aparece y comienza a atraer a muchos. Entonces algunos le dicen a Juan:
“Todos se van con Él.”
En el fondo están diciendo: “Te están quitando lugar.”

Eso se llama comparación, y es un veneno del alma: nos hace mirar la vida como competencia, incluso la fe como escenario de rivalidad. Aparece la envidia (“yo merecía eso”) y la celotipia (“me están desplazando”). Y lo más grave: se empieza a medir el valor personal por la aprobación externa.

Pero Juan Bautista responde desde una libertad impresionante:
“Nadie puede recibir nada si no se lo dan desde el cielo.”
Es decir: todo es don. Si todo es don, entonces nadie tiene derecho a la soberbia; y nadie tiene razón para la envidia. Lo que soy, lo que tengo, lo que puedo hacer… es gracia.


5) La imagen del “amigo del esposo”: espiritualidad de la alegría

Juan se define con una imagen hermosa: Jesús es el Esposo; Juan es el amigo del esposo (el “padrino” que no roba protagonismo).
¿Y qué hace el amigo del esposo?
No se adueña de la fiesta: la cuida. No busca que lo miren a él: apunta al esposo. No compite: se alegra.

Por eso dice:
“Mi alegría está colmada.”
La auténtica alegría cristiana no nace de “tener más”, sino de cumplir la misión. Juan no se apaga por fracaso: se “hace pequeño” porque ha llegado la luz grande.

Y entonces pronuncia la frase que debe resonar en nuestra vida espiritual como un examen cotidiano:
“Él debe crecer; yo debo disminuir.”


6) Aplicación pastoral: ¿qué significa “disminuir” hoy?

No se trata de despreciarnos, sino de descentrarnos.

  • Disminuye el “yo” cuando dejo de vivir por aplausos.
  • Disminuye el “yo” cuando suelto el control y confío más.
  • Disminuye el “yo” cuando renuncio a la comparación que amarga.
  • Disminuye el “yo” cuando acepto servir sin figurar.
  • Disminuye el “yo” cuando dejo de tomarme el crédito de lo bueno.

Alguien lo decía con claridad: cuanto más Cristo crece en nosotros, menos podemos atribuirnos la gloria. Y eso humilla… pero cura.
Porque cuando Dios obra en nosotros, la gloria es de Dios; y nosotros somos instrumentos felices.

Aquí está una prueba práctica:
Si me alegro cuando a otro le va bien, Cristo está creciendo.
Si me amargo cuando no me reconocen, el ego está creciendo.


7) Culminación: “Ya no soy yo, es Cristo quien vive en mí” (Ga 2,20)

La meta de la conversión no es solo “portarnos mejor”, sino dejarnos habitar por Cristo.
Que nuestra voluntad se parezca a la suya; que nuestra caridad sea la suya; que nuestras manos se vuelvan sus manos.

La Epifanía no se completa cuando Cristo se manifiesta afuera, sino cuando Cristo se manifiesta dentro, en el modo de amar, perdonar, servir, hablar, decidir.


8) Memoria de María en sábado: la escuela silenciosa del “hágase”

En este sábado, María aparece como el modelo más limpio de este Evangelio. Ella vivió así:

  • sin competir con Dios,
  • sin ocupar el centro,
  • sin querer retener,
  • dejando que el Señor creciera.

María es la mujer del “hágase”, la que enseña a disminuir no por tristeza, sino por amor. Por eso, quien camina con María aprende a decir con paz:
“Señor, crece Tú en mí.”


9) Llamado final

Hermanos, hoy Dios nos invita a una libertad concreta:

  • a dejar la comparación,
  • a renunciar a los ídolos del ego,
  • a vivir la oración con confianza,
  • a cantar un canto nuevo,
  • y a alegrarnos como el amigo del Esposo.

Que esta sea nuestra súplica:
Señor, crece en mi alma. Toma el centro. Hazte dueño de mi vida.


10) Oración final (para concluir la homilía)

Señor Jesús,
Tú me invitas a la humildad luminosa de Juan Bautista:
que mi afán de control disminuya,
que mi necesidad de reconocimiento se apague,
que mi orgullo espiritual sea purificado.

Haz crecer en mí tu presencia,
tu amor, tu paz, tu verdad.
Que yo sea tus manos, tus pies y tu corazón en el mundo.
Y que, con María, aprenda a decir cada día:
“Hágase en mí tu palabra.”

Jesús, en Ti confío. Amén.

 

jueves, 8 de enero de 2026

9 de enero del 2026: viernes después de la Epifanía del Señor

“Si tú quieres” (Lucas 5, 12-16)

La oración del leproso es intensa. Como él, nuestro corazón y nuestra carne pueden ser un grito hacia el Dios vivo (cf. Sal 83, 3). “Si tú quieres”: el hombre no busca imponer su voluntad a Jesús. Sin embargo, Jesús se adhiere a su petición. Vemos aquí a Cristo inclinarse ante una voluntad humana, así como se someterá plenamente a la voluntad del Padre en Getsemaní: “No como yo quiero, sino como tú quieres” (Mt 26, 39). Y, tanto en un caso como en el otro, la vida brota.

Emmanuelle Billoteau, ermite

 


Primera lectura

1 Jn 5, 5-13

El Espíritu, el agua y la sangre

Lectura de la primera carta del apóstol san Juan.

QUERIDOS hermanos:
¿Quién es el que vence al mundo sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?
Este es el que vino por el agua y la sangre: Jesucristo.
No solo en el agua, sino en el agua y en la sangre; y el Espíritu es quien da testimonio, porque el Espíritu es la verdad.
Porque tres son los que dan testimonio: el Espíritu, el agua y la sangre, y el testimonio de los tres es único.
Si aceptamos el testimonio humano, mayor es el testimonio de Dios. Pues este es el testimonio de Dios, que ha dado testimonio acerca de su Hijo. El que cree en el Hijo de Dios tiene el testimonio en sí mismo.
Quien no cree a Dios lo hace mentiroso, porque no ha creído en el testimonio que Dios ha dado acerca de su Hijo. Y este es el testimonio: Dios nos ha dado vida eterna, y esta vida está en su Hijo. Quien tiene al Hijo tiene la vida, quien no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida.
Les he escrito estas cosas a los que creen en el nombre del Hijo de Dios, para que se den cuenta de que tienen vida eterna.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 147, 12-13. 14-15. 19-20 (R.: 12a)

R. Glorifica al Señor, Jerusalén.

O bien:

R. Aleluya.

V. Glorifica al Señor, Jerusalén;
alaba a tu Dios, Sion.
Que ha reforzado los cerrojos de tus puertas,
y ha bendecido a tus hijos dentro de ti.
 R.

V. Ha puesto paz en tus fronteras,
te sacia con flor de harina.
Él envía su mensaje a la tierra,
y su palabra corre veloz. 
R.

V. Anuncia su palabra a Jacob,
sus decretos y mandatos a Israel;
con ninguna nación obró así,
ni les dio a conocer sus mandatos. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V.​ Jesús proclamaba el evangelio del reino, y curaba toda dolencia del pueblo. R.

 

Evangelio

Lc 5, 12-16

Y enseguida la lepra se le quitó

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

SUCEDIÓ que, estando Jesús en una de las ciudades, se presentó un hombre lleno de lepra; al ver a Jesús, cayendo sobre su rostro, le suplicó diciendo:
«Señor, si quieres, puedes limpiarme».
Y extendiendo la mano, lo tocó diciendo:
«Quiero, queda limpio».
Y enseguida la lepra se le quitó.
Y él le ordenó no comunicarlo a nadie; y le dijo:
«Ve, preséntate al sacerdote y ofrece por tu purificación según mandó Moisés, para que les sirva de testimonio».
Se hablaba de él cada vez más, y acudía mucha gente a oírlo y a que los curara de sus enfermedades.
Él, por su parte, solía retirarse a despoblado y se entregaba a la oración.

Palabra del Señor.

 

1

 

Hermanos, el Evangelio de hoy nos regala una de las oraciones más breves y más hondas que pueden salir de un corazón herido: “Señor, si quieres, puedes limpiarme”. No es un discurso largo; es un clamor. No es una exigencia; es una confianza. No es una negociación; es abandono.

1) “Si tú quieres”: la fe que no manipula a Dios

El leproso se acerca con una mezcla conmovedora de humildad y esperanza. Él cree firmemente en el poder de Jesús: “puedes”. Pero no pretende mandar sobre Dios: “si quieres”.
¡Cuánta sabiduría espiritual! Porque a veces nuestra oración se vuelve ansiedad que exige, o miedo que se resigna. En cambio, esta oración tiene equilibrio: confía y se abandona.

Aquí se toca un misterio precioso: Jesús no desprecia la súplica humana. Al contrario, se deja “conmover” por ella y responde con una frase que parece música para el alma: “Quiero. Queda limpio”. Cuando el amor de Dios se encuentra con la confianza del pobre, la vida vuelve a brotar.

2) El gesto de Jesús: tocar lo intocable

San Lucas deja claro que Jesús no solo habla: extiende la mano y lo toca. En el mundo del leproso, el contacto era prohibición; era rechazo; era distancia social y religiosa. Jesús rompe el muro del estigma.
Esto nos revela el corazón de Dios: Dios no se asusta de nuestras llagas. No huye del cuerpo enfermo ni del alma cansada. Donde los demás ponen guantes, Cristo pone su mano.

Y aquí viene una luz muy pastoral para nuestra intención orante: hay dolores del cuerpo, visibles; y hay dolores del alma, invisibles. Y a veces los segundos duelen más porque se sufren en silencio: ansiedad, depresión, culpas, heridas de historia, soledades, duelos, adicciones, miedos… Hoy Jesús nos enseña que también eso puede ser tocado y sanado.

3) La primera lectura: creer para vivir y para tener certeza

San Juan en la primera lectura (1Jn 5,5-13) nos recuerda lo esencial: “El que cree en el Hijo de Dios tiene el testimonio en sí mismo… y este es el testimonio: Dios nos ha dado la vida eterna”.
El cristiano no vive de suposiciones: vive de una certeza nacida de la fe. No significa que no haya noches; significa que en la noche hay una luz encendida: Jesús es el Hijo de Dios, y en Él la vida no se apaga, incluso cuando el cuerpo se debilita o el ánimo se quiebra.

Cuando alguien sufre, muchas veces lo primero que se rompe por dentro es la esperanza: “no voy a salir”, “ya no puedo”, “nadie me entiende”. San Juan nos dice: en Cristo, incluso en la prueba, hay vida. Y esa vida empieza ya, como semilla de eternidad en medio del tiempo.

4) El salmo: Dios sana “por su palabra”

El Salmo 147 canta a un Dios cercano: fortalece, sostiene, alimenta, y también habla. Él “envía su palabra y derrite el hielo”. ¡Qué imagen tan hermosa!
Hay “hielos” interiores: frialdad espiritual, bloqueo afectivo, dureza del corazón, desesperanza… Y hay hielos corporales: rigidez del dolor, agotamiento, tratamientos largos, recaídas. La Palabra de Dios puede derretir lo que parecía congelado para siempre.

5) Un detalle final del Evangelio: oración y misión

Después del milagro, Jesús se retira a lugares solitarios para orar. Es como si nos dijera: la compasión que sana brota de la intimidad con el Padre. Y también enseña algo muy humano: cuando alguien sufre, necesita dos cosas: ser atendido y ser acompañado; ser curado y ser sostenido.
Hoy la Iglesia está llamada a ser esa mano de Cristo: a tocar con respeto, a escuchar sin juzgar, a acompañar sin cansarse.


Oración final (por quienes sufren en el alma y en el cuerpo)

Señor Jesús,
muchos de tus hijos hoy te dicen con lágrimas: “Si tú quieres…”.
Mira las heridas visibles y las invisibles:
los que cargan un diagnóstico, los que cargan una tristeza,
los que duelen por dentro sin saber explicarlo.

Tócanos con tu mano,
pronuncia sobre nosotros tu palabra: “Quiero”,
y danos la paz que devuelve la respiración al corazón.

Que tu Iglesia sea casa donde nadie se sienta “intocable”,
y que nuestra fe en tu Nombre sea medicina para el alma,
fuerza para el cuerpo y esperanza para seguir caminando.

Amén.

 

2

 

Hermanos, el Evangelio de hoy nos presenta a un hombre “lleno de lepra” que se acerca a Jesús con una oración tan breve como perfecta: «Señor, si quieres, puedes limpiarme» (Lc 5,12). En esa frase caben dos certezas que sostienen la vida: Dios puede… y yo me abandono a su querer.

1) El dolor que no se ve: cuando el alma también queda “en cuarentena”

La lepra no era solo una enfermedad física; era una sentencia social. El enfermo quedaba apartado, señalado, reducido a la soledad. Y a veces —como dice alguien con gran realismo el aislamiento emocional y social duele más que el dolor del cuerpo.
Aquí cabe nuestra intención orante: hoy pensamos en quienes sufren por dentro y por fuera. Muchos cargan heridas invisibles: tristeza persistente, ansiedad, ataques de pánico, culpa, duelos no resueltos, cansancio espiritual, sensación de no valer, miedo a ser juzgados. Es una “lepra” del corazón que aísla, que empuja al silencio, que hace creer: “nadie me entiende”.
Y, sin embargo, el leproso del Evangelio nos muestra el primer paso de toda sanación: acercarse a Jesús.

2) Una oración modelo: fe, humildad y abandono

Fijémonos en tres detalles:

  • “Cayó rostro en tierra”: primero, adoración. Antes de pedir, el hombre se postra. Reconoce quién es Jesús. Hay una fe que se expresa con el cuerpo: me inclino porque Tú eres el Señor.
  • “Le suplicó”: no es capricho, es necesidad confiada. La súplica verdadera no manipula; abre el corazón.
  • “Si quieres…”: aquí está la joya. No exige: “hazlo ya”. No negocia: “si me curas, entonces creeré”. El leproso cree antes del milagro. Su oración no es “que se haga mi voluntad”, sino “me pongo en tus manos”.

¡Qué lección para nuestra vida! A veces tratamos a Dios como si fuera el ejecutor de nuestros planes: le presentamos una lista de instrucciones. Y cuando no ocurre lo que queremos, nos desanimamos. El Evangelio enseña otro camino: adorar primero, confiar después, y pedir con humildad, deseando sobre todo la voluntad de Dios.

3) Jesús no hace milagros para lucirse: los hace por amor

También es importante esto: Jesús no actúa para impresionar ni para ganar aplausos. Su poder es compasión, no espectáculo. Él se inclina ante quien ya ha abierto el corazón a la fe.
Por eso, a este hombre que se postra, Jesús le responde con una frase que sana como bálsamo: «Quiero. Queda limpio» (Lc 5,13). Y enseguida, lo toca. Toca lo intocable. Se acerca donde otros se alejaban.
Ahí está el rostro de Dios: no se escandaliza de nuestras llagas. No huye del enfermo ni del quebrantado. No se aparta del que está “lleno” de dolor.

4) La primera lectura: creer para tener vida… y certeza en la noche

San Juan, en la primera lectura, va al centro: la victoria que vence al mundo es la fe (cf. 1Jn 5,5). Y añade una promesa poderosa: “Dios nos ha dado la vida eterna” (1Jn 5,11).
Para quienes sufren en el alma y en el cuerpo, esta palabra es un ancla: nuestra vida no se reduce a un diagnóstico, ni a una crisis, ni a una caída. En Cristo hay una vida que ya empieza aquí —vida como sentido, compañía, perdón, esperanza— y que se plenifica para siempre.

San Juan dice además que escribe para que sepamos que tenemos vida en el Nombre del Hijo (cf. 1Jn 5,13). No es una fe de “quizás”; es una fe de certeza humilde: Dios está conmigo, incluso cuando me siento frágil.

5) El salmo: Dios fortalece, alimenta y habla

El Salmo 147 nos muestra un Dios cercano: fortalece las puertas, bendice a los hijos, trae paz, envía su palabra… (cf. Sal 147).
Cuando alguien sufre, necesita escuchar esto: Dios no solo mira desde lejos. Él sostiene. Él alimenta. Él pronuncia palabra de vida. Su Palabra puede derretir el “hielo” interior de la desesperanza, y su paz puede volver a ordenar lo que está roto.

6) Jesús se retira a orar: la sanación nace de la comunión

Finalmente, el Evangelio termina con un detalle precioso: Jesús se retiraba a lugares solitarios y oraba (Lc 5,16). La compasión que cura brota de la intimidad con el Padre.
Y esto también es para nosotros: si queremos ser Iglesia que acompaña a los heridos, necesitamos beber de la oración. No basta la buena voluntad; hace falta corazón unido a Dios.


Aplicación concreta para hoy

1.    Si estás sufriendo, reza como el leproso: “Señor, Tú puedes… me abandono a tu querer”. Y pide ayuda humana también: hablar, acompañarte, buscar orientación médica o psicológica cuando haga falta. Dios actúa muchas veces a través de manos concretas.

2.    Si acompañas a alguien que sufre, sé “mano de Cristo”: escucha sin juzgar, acoge sin etiquetar, acompaña sin cansarte. Tu cercanía puede ser un milagro silencioso.


Oración final

Señor Jesús,
hoy venimos postrados como el leproso:
con fe en tu poder y con confianza en tu amor.

Mira a quienes sufren en el alma y en el cuerpo:
los que viven tratamientos largos, los que no duermen por la angustia,
los que sonríen por fuera y lloran por dentro,
los que cargan culpa, duelo, cansancio o soledad.

Tócalos, Señor. Pronuncia sobre ellos tu palabra: “Quiero”.
Y si el camino de sanación es largo, dales tu paz para perseverar;
si el dolor vuelve, dales tu fuerza para no rendirse;
si el corazón se oscurece, enciende tu esperanza.

Que tu voluntad —siempre buena— se cumpla en nosotros.
Jesús, en ti confiamos
. Amén.

 


10 de enero del 2026: sábado después de la Epifanía

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