El
trabajo de la escucha
Jesús funda una
comunidad en el perdón mutuo: «¡Ve a buscar a tu hermano!». La
responsabilidad de restablecer el vínculo fraterno recae también sobre la
persona ofendida, llamada a atreverse a decir la verdad para restaurar la
relación. No se trata de condenar al otro ni de demostrar que tenemos razón,
sino de abrir un espacio donde cada uno pueda hablar y escuchar.
La corrección fraterna
comienza en un encuentro personal, discreto y respetuoso. Exige valor para
hablar, pero también humildad para escuchar lo que el otro tiene que decirnos.
Porque el diálogo verdadero puede revelar nuestros propios errores,
malentendidos o heridas todavía no sanadas.
«Si te escucha, habrás
ganado a tu hermano». Esta es la finalidad: no ganar una discusión, sino recuperar
al hermano; no humillarlo, sino reconstruir la comunión. Y cuando nuestros
esfuerzos parecen insuficientes, Jesús nos invita a unirnos en la oración,
seguros de su promesa: «Donde dos o tres están reunidos en mi nombre,
allí estoy yo en medio de ellos».
Cuando alguien me ofende, ¿busco dialogar
directamente con esa persona o prefiero guardar resentimiento y hablar de ella
con los demás?
Cuando corrijo a alguien, ¿lo hago para
ayudarlo y recuperar la fraternidad, o para demostrar que tengo razón?
¿Tengo la humildad necesaria para escuchar la
corrección que otros puedan hacerme y reconocer mis propios errores?
Primera lectura
Si no hablas
al malvado, te pediré cuenta de su sangre
Lectura de la profecía de Ezequiel.
ESTO dice el Señor:
«A ti, hijo de hombre, te he puesto de centinela en la
casa de Israel; cuando escuches una palabra de mi boca, les
advertirás de mi parte.
Si yo digo al malvado: “Malvado, eres reo de muerte”, pero
tú no hablas para advertir al malvado que cambie de conducta,
él es un malvado y morirá por su culpa, pero a ti te pediré cuenta de su sangre.
Pero si tú adviertes al malvado que cambie de conducta, y
no lo hace, él morirá por su culpa, pero tú habrás salvado
la vida».
Palabra de Dios.
Salmo
R. Ojalá
escuchen hoy la voz del Señor:
«No endurezcan su corazón».
V. Vengan,
aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos. R.
V. Entren,
postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía. R.
V. Ojalá
escuchen hoy su voz:
«No endurezcan el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando sus padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras». R.
Segunda
lectura
La plenitud
de la ley es el amor
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos.
HERMANOS:
A nadie le deban nada, más que el amor mutuo; porque el que ama ha cumplido el
resto de la ley. De hecho, el «no cometerás adulterio, no matarás, no robarás,
no codiciarás», y cualquiera de los otros mandamientos, se resume en esto:
«Amarás a tu prójimo como a ti mismo».
El amor no hace mal a su prójimo; por eso la plenitud de la ley es el amor.
Palabra de Dios.
Aclamación
V. Dios
estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo,
y ha puesto en nosotros el mensaje de la reconciliación. R.
Evangelio
Si te hace
caso, has salvado a tu hermano
Lectura del santo Evangelio según san Mateo.
EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Si tu hermano peca contra ti, repréndelo estando los dos a solas. Si te hace
caso, has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos,
para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no
les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la
comunidad, considéralo como un pagano o un publicano.
En verdad les digo que todo lo que aten en la tierra quedará atado en los
cielos, y todo lo que desaten en la tierra quedará desatado en los cielos.
Les digo, además, que si dos de ustedes se ponen de acuerdo en la tierra para
pedir algo, se lo dará mi Padre que está en los cielos. Porque donde dos o tres
están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».
Palabra del Señor.
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“Si te escucha, habrás ganado a tu hermano”
Queridos hermanos:
Las lecturas de este domingo nos colocan ante una
verdad exigente: no podemos vivir la fe de manera aislada, como si la vida de
los demás no tuviera nada que ver con nosotros. Dios nos ha hecho comunidad y,
por eso, somos responsables unos de otros. Sin embargo, esta responsabilidad
debe ejercerse desde el amor, la humildad y la misericordia, nunca desde el
juicio, la murmuración o el deseo de humillar.
En la primera lectura, Dios le dice al profeta
Ezequiel: “A ti, hijo de hombre, te he puesto como centinela de la casa de
Israel”. El centinela es quien permanece despierto, descubre el peligro y avisa
para proteger la vida del pueblo. Dios no convierte a Ezequiel en espía,
acusador o vigilante de la conducta ajena; lo hace responsable de transmitir su
Palabra.
La misión del profeta no consiste en condenar al
pecador, sino en advertirle para que cambie de camino y viva. Si guarda
silencio por comodidad o cobardía, también él tendrá que responder. Pero si
habla con fidelidad, habrá cumplido su misión.
También nosotros podemos caer en dos extremos. El
primero es la indiferencia: “Ese no es mi problema; que cada cual haga con su
vida lo que quiera”. El segundo es la condenación: señalar, divulgar la falta,
destruir la reputación y cerrar toda posibilidad de cambio. La Palabra de Dios
nos propone otro camino: cuidar al hermano, decirle la verdad con caridad y
ayudarlo a regresar.
Pero antes de corregir a alguien debemos dejarnos
interpelar por el salmo: “Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: no endurezcáis
vuestro corazón”. No podemos corregir el corazón del hermano mientras
mantenemos endurecido el nuestro. Antes de pedirle a otro que escuche, debemos
preguntarnos si nosotros estamos escuchando al Señor.
Quizá el primer corazón que necesita ser corregido
es el mío. Tal vez llevo demasiado tiempo alimentando un resentimiento,
justificando una conducta equivocada o negándome a reconocer el daño que he
causado. Corregir fraternalmente exige primero ponerse delante de Dios y pedir
un corazón dócil, porque quien no escucha al Señor fácilmente confundirá la
corrección con el desahogo de su rabia.
San Pablo nos entrega en la segunda lectura el
criterio fundamental: “A nadie le debáis nada, más que amor”. Y añade: “El amor
no hace mal al prójimo; por eso, la plenitud de la ley es el amor”.
Esta es la pregunta que debe acompañar toda
corrección: ¿lo que voy a decir nace verdaderamente del amor? ¿Busco ayudar al
hermano o hacerle sentir mi superioridad? ¿Quiero sanar la relación o cobrarle
una ofensa? ¿Estoy dispuesto a escucharlo también y reconocer mi parte de
responsabilidad?
No toda palabra aparentemente sincera es
caritativa. A veces decimos: “Yo digo las cosas de frente”, pero usamos la
verdad como una piedra. La verdad cristiana no se arroja contra nadie: se
ofrece con respeto, se pronuncia con humildad y se acompaña con misericordia.
El amor no permanece indiferente ante el mal, pero tampoco disfruta exponiendo
o avergonzando al que se equivocó.
En el Evangelio, Jesús nos presenta un camino
concreto y progresivo: “Si tu hermano peca, ve y corrígelo a solas entre los
dos”. Jesús dice: “Ve”. No dice que esperemos a que el otro adivine nuestro
disgusto; tampoco que publiquemos indirectas, que formemos bandos o que
contemos a todos lo ocurrido antes de hablar con la persona implicada.
En nuestro tiempo, esta enseñanza tiene una
actualidad enorme. Resulta muy fácil divulgar una acusación por las redes
sociales, reenviar un mensaje, compartir una fotografía o comentar los errores
ajenos. En pocos minutos podemos destruir una reputación que tardó años en
construirse. Con frecuencia hablamos con muchas personas acerca del hermano,
pero no somos capaces de hablar con el hermano.
Jesús pide discreción: “A solas entre los dos”. Esa
privacidad protege la dignidad de la persona y le permite reconocer su falta
sin quedar humillada ante los demás. El propósito no es vencerla en una
discusión, sino recuperarla: “Si te escucha, habrás ganado a tu hermano”. Qué
expresión tan hermosa: ganar al hermano, no ganar la pelea; salvar la comunión,
no demostrar que teníamos razón.
Si ese primer diálogo no da fruto, Jesús propone
acudir a una o dos personas prudentes. Y, si tampoco escucha, comunicarlo a la
comunidad. No se trata de aumentar progresivamente la presión o la vergüenza,
sino de ampliar la ayuda, garantizar la verdad de los hechos y buscar caminos
de reconciliación.
Esta enseñanza sobre la discreción nunca debe
utilizarse para ocultar delitos, abusos, violencia o situaciones que ponen en
peligro a una persona. En esos casos, proteger a la víctima y acudir a las
autoridades competentes también forma parte de nuestra responsabilidad
cristiana. La misericordia no encubre la injusticia; busca la verdad, la
protección de quien sufre y la conversión de quien ha causado el daño.
Jesús añade: “Si no hace caso ni siquiera a la
comunidad, considéralo como un gentil o un publicano”. No es una autorización
para odiarlo o despreciarlo. Recordemos cómo trataba Jesús a los gentiles y
publicanos: no justificaba sus pecados, pero nunca dejaba de buscarlos, llamarlos
y ofrecerles misericordia. En algunas situaciones será necesario establecer
límites claros y reconocer que la comunión está herida, pero nunca podremos
cerrar definitivamente la puerta de la oración y de la esperanza.
El Señor confía además a la comunidad la
responsabilidad de “atar y desatar”. La Iglesia no es un grupo de personas
perfectas, sino una comunidad reconciliada y reconciliadora, llamada a
discernir, perdonar, acompañar y restaurar los vínculos rotos.
El Evangelio concluye con una promesa: “Donde dos o
tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. Jesús sabe
que reconstruir una relación no depende únicamente de nuestras capacidades. Por
eso nos invita a orar juntos. Cuando Cristo está realmente en medio, disminuye
nuestro orgullo, aprendemos a escuchar, encontramos palabras menos hirientes y
descubrimos que el otro sigue siendo nuestro hermano.
En esta Eucaristía ninguno puede presentarse como
juez de los demás. Al comienzo de la celebración no dijimos: “Señor, ten piedad
de los pecadores que están a mi lado”, sino: “Señor, ten piedad de nosotros”.
Todos necesitamos ser corregidos, perdonados y levantados.
Pidámosle hoy al Señor que nos libre de la
indiferencia que abandona al hermano, de la murmuración que lo destruye y del
orgullo que pretende corregirlo sin amor. Que nos conceda un corazón capaz de
escuchar su voz, la valentía para hablar cuando sea necesario, la humildad para
aceptar nuestras propias faltas y la caridad para buscar siempre la
reconciliación.
Porque corregir cristianamente no es perder a una
persona, sino hacer todo lo posible por ganarla nuevamente como hermana. Y
donde una comunidad se escucha, se perdona, ora unida y reconstruye la
comunión, allí está Cristo vivo en medio de ella. Amén.




