martes, 28 de julio de 2026

29 de julio del 2026: santos Marta, María y Lázaro, amigos de Jesús


Testigos de la fe:

Santos Marta, María y Lázaro


Los nombres de Marta, María y Lázaro evocan la casa amiga de Betania, donde Jesús encontraba acogida, escucha y afecto. Cada uno representa una forma de recibir al Señor: Marta en el servicio, María en la escucha y Lázaro en la amistad.

El Evangelio presenta a Marta en medio del dolor por la muerte de su hermano. Aun herida, conserva la fe y escucha de Jesús estas palabras: «Yo soy la resurrección y la vida». Su respuesta es una verdadera profesión de fe: «Sí, Señor, yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios».

La primera lectura resume el corazón de esta memoria: «Dios es amor». Quien permanece en el amor permanece en Dios. El salmo invita a bendecir al Señor y a gustar su bondad.

Marta, María y Lázaro nos enseñan que todo hogar cristiano puede convertirse en una Betania: un lugar donde Cristo sea acogido, escuchado, servido y amado. También nos recuerdan que la fe no elimina el sufrimiento, pero lo ilumina con la esperanza de la resurrección.

G.Q

 


Cada uno por su camino


 (1Jn 4,7-16 / Sal 34(33),2-3.4-5.6-7. 8-9.10-11 (R. 2a) /
Jn 11,19-27 o Lc 10,38-42)

Marta y María: tanto en una como en la otra encontramos la misma apertura de corazón y el mismo deseo de servir a Cristo. Sin embargo, sus maneras de hacerlo son muy diferentes. Marta sale al encuentro de Jesús, le habla con franqueza y profesa su fe: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios». María, más silenciosa y contemplativa, permanece en la escucha y la adoración. Una sirve y la otra escucha; ambas aman al Señor.

La primera lectura nos recuerda que «Dios es amor» y que quien permanece en el amor permanece en Dios. Esto es lo que une a las dos hermanas: más allá de sus diferencias, acogen el mismo amor y procuran responderle cada una según su propio camino.

El salmo nos invita a bendecir al Señor en todo momento y a gustar su bondad. Marta, María y Lázaro vivieron esta experiencia en su casa de Betania, convertida en un lugar de amistad, fe y esperanza.

Su memoria nos enseña que no existe una única manera de seguir a Jesús. Cada uno avanza con sus dones, su temperamento y su vocación, siempre que mantenga el corazón abierto al amor de Dios y al servicio de los demás.


1

 

Una casa abierta al amor, la fe y la esperanza

 

Hermanos:

Hoy celebramos la memoria de los santos Marta, María y Lázaro, tres hermanos de Betania unidos por una profunda amistad con Jesús. Su casa era un lugar especial para el Señor: allí encontraba acogida, descanso, conversación, escucha y cariño. No era una familia perfecta ni estaba libre de dificultades, pero tenía algo esencial: había abierto sus puertas a Cristo.

Cada uno de ellos nos muestra una manera distinta y complementaria de relacionarnos con Jesús. Marta lo recibe mediante el servicio; María, por medio de la escucha atenta; y Lázaro, con una amistad sencilla y cercana. En ellos comprendemos que la fe no se vive de una sola manera. Hay momentos para servir, momentos para escuchar y momentos para permanecer junto al Señor en una amistad silenciosa y confiada.

La primera lectura nos ofrece la clave para entender esta memoria: «Dios es amor». San Juan no dice solamente que Dios ama, sino que Dios mismo es amor. Todo lo que procede verdaderamente de Dios conduce al amor, a la comunión, al servicio, a la misericordia y al cuidado de los demás.

Pero este amor no puede quedarse en palabras bonitas o en sentimientos pasajeros. La lectura afirma que, si Dios nos ha amado de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros. El amor cristiano se hace concreto cuando acompañamos a quien está solo, escuchamos al que necesita hablar, perdonamos, servimos sin buscar recompensa y cuidamos con paciencia a quien atraviesa una enfermedad.

Por eso, la casa de Betania se convierte en una imagen de toda familia y de toda comunidad cristiana. Una comunidad auténticamente cristiana no es solamente aquella donde se reza, sino también aquella donde las personas se sienten acogidas, escuchadas y acompañadas. Donde hay amor verdadero, allí Dios permanece.

El salmo responde a esta lectura con una invitación llena de confianza: «Bendigo al Señor en todo momento». Bendecir al Señor en los momentos felices resulta sencillo; hacerlo en medio de la enfermedad, del miedo o del dolor exige una fe más profunda. No significa negar el sufrimiento ni aparentar que todo está bien. Significa reconocer que, incluso cuando no comprendemos lo que sucede, Dios no nos abandona.

El salmista añade: «Gusten y vean qué bueno es el Señor». La bondad de Dios puede experimentarse de muchas maneras: en la fortaleza para continuar, en la compañía de una persona, en la ternura de quien cuida, en la oración de una comunidad o en la paz interior que el Señor concede aun cuando la enfermedad no desaparece inmediatamente.

En el Evangelio encontramos a Marta atravesando uno de los momentos más dolorosos de su vida: su hermano Lázaro ha muerto. Cuando Jesús llega, ella sale a su encuentro y le dice: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto». En esas palabras hay tristeza, desconcierto y hasta una especie de reproche, pero también hay confianza. Marta no se aleja de Jesús por su dolor; se acerca a él y le abre el corazón.

Esto también nos enseña a orar. Podemos presentarnos delante del Señor tal como estamos. Podemos hablarle de nuestras preguntas, de nuestras lágrimas, de aquello que no comprendemos. La fe no consiste en esconder el dolor, sino en llevarlo hasta Cristo.

Entonces Jesús le dice: «Yo soy la resurrección y la vida». No le ofrece solamente una explicación, sino que se ofrece a sí mismo. La esperanza cristiana no consiste únicamente en pensar que todo saldrá como nosotros deseamos. Nuestra esperanza está en una persona: Jesucristo, que permanece a nuestro lado y cuya vida es más fuerte que la enfermedad, el sufrimiento y la muerte.

Marta responde con una gran profesión de fe: «Sí, Señor, yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios». Aquella mujer conocida por su servicio aparece también como una creyente firme. Su dolor no ha destruido su fe; la ha llevado a confiar más profundamente.

Hoy nuestra intención orante es por los enfermos. Pensemos en quienes están en un hospital, en quienes esperan un diagnóstico o un tratamiento, en los enfermos crónicos, en quienes sufren dolores que otros no perciben y en quienes padecen angustia, depresión, soledad o cansancio interior. Oremos también por sus familias, que muchas veces comparten la incertidumbre y el agotamiento, y por médicos, enfermeros, cuidadores y todas las personas que dedican su vida a aliviar el sufrimiento.

Pero nuestra oración debe convertirse también en cercanía. Tal vez no podemos curar una enfermedad, pero sí podemos visitar, llamar, escuchar, llevar un alimento, ofrecer ayuda o simplemente permanecer junto a quien sufre. A veces, la medicina que más necesita una persona es saber que no está sola.

Que los santos Marta, María y Lázaro nos ayuden a convertir nuestros hogares y comunidades en nuevas Betanias: lugares donde Jesús sea recibido con amor, donde su Palabra sea escuchada, donde el servicio sea generoso y donde los enfermos encuentren consuelo, compañía y esperanza.

Y que, aun en medio de nuestras pruebas, podamos decir con Marta: «Sí, Señor, yo creo».

Amén.

 

2

 

Amigos del Señor

 

«Muchos judíos habían ido a casa de Marta y María para consolarlas por la muerte de su hermano. Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedó en casa»

(Jn 11,19-20).

Hermanos:

El Evangelio de la memoria que hoy celebramos comienza en medio del dolor. Lázaro ha muerto y muchas personas se han reunido alrededor de Marta y María para consolarlas. El sufrimiento congrega a la comunidad y prepara el escenario para que se manifieste la acción de Dios. Mientras Jesús se acerca a la casa, encuentra tristeza y lágrimas; sin embargo, está dispuesto a transformar aquella casa de duelo en una casa de esperanza y alegría.

Marta, María y Lázaro eran hermanos y amigos cercanos de Jesús. El Señor y sus discípulos visitaron su hogar en varias ocasiones y recibieron allí una hospitalidad generosa. Aunque conocemos poco sobre la personalidad de Lázaro, los rasgos de Marta y María se revelan con mayor claridad en sus encuentros con Jesús.

Marta aparece como una mujer activa, práctica y hospitalaria. Habla de manera directa y abierta, incluso en medio de su dolor. Cuando sale al encuentro de Jesús, le dice: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto». En sus palabras percibimos tristeza y desconcierto, pero también confianza. Marta no se aleja del Señor a causa de su sufrimiento; por el contrario, se acerca a él y le abre el corazón.

Jesús la conduce entonces a una fe más profunda. Marta cree que su hermano resucitará al final de los tiempos, pero Jesús le revela algo mayor: «Yo soy la resurrección y la vida». La esperanza cristiana no consiste solamente en creer que algún día todo cambiará, sino en confiar en Jesucristo, que está presente aquí y ahora, y cuya vida es más fuerte que la muerte.

Marta responde con una de las profesiones de fe más hermosas del Evangelio: «Sí, Señor, yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo». Sus palabras y acciones manifiestan un corazón lleno de fe, aunque todavía no comprenda plenamente el misterio que está a punto de desarrollarse ante sus ojos.

María, en cambio, aparece como una mujer más contemplativa y reservada. Es la que se había sentado a los pies de Jesús para escuchar sus palabras mientras Marta servía. En la escena de hoy permanece en casa, probablemente sumergida en un dolor silencioso. Más adelante, cuando también salga al encuentro del Señor, expresará su fe y su amor postrándose a sus pies entre lágrimas.

Estas dos hermanas revelan dimensiones distintas y complementarias del discipulado: la acción y la contemplación, la palabra y el silencio, el servicio del amor y la adoración del corazón. Cada una respondió a Jesús según su manera de ser, y ambas fueron profundamente amadas por él.

También nosotros tenemos personalidades, capacidades y formas diferentes de vivir la fe. Algunos expresan su amor sirviendo, organizando y ayudando; otros lo hacen mediante la oración, la escucha y la contemplación. Jesús no pretende que todos seamos iguales. Él acoge nuestra historia, nuestras cualidades, nuestros dolores y nuestra manera particular de acercarnos a él. Seamos más parecidos a Marta o a María, el Señor nos invita a acercarnos y a confiar en que él es «la resurrección y la vida».

La primera lectura nos ayuda a comprender el corazón de esta amistad: «Dios es amor». San Juan nos recuerda que el amor no nace primero de nosotros, sino de Dios: «Él nos amó primero y envió a su Hijo». Marta, María y Lázaro pudieron amar a Jesús porque antes se dejaron amar por él.

La lectura añade: «Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros». Por eso, la casa de Betania no era solamente una vivienda donde Jesús encontraba alimento y descanso. Era un lugar donde el amor de Dios se hacía visible en la hospitalidad, la escucha, la amistad y el cuidado mutuo.

También nuestras familias y comunidades están llamadas a convertirse en nuevas Betanias. Allí donde se recibe al otro con respeto, donde se escucha a quien sufre, donde se sirve con generosidad y se acompaña al que está solo, Dios permanece y hace su morada.

Del mismo modo, el salmo nos invita: «Bendigo al Señor en todo momento; su alabanza está siempre en mi boca». No resulta difícil bendecir a Dios cuando todo marcha bien. La fe verdadera se pone a prueba cuando aparecen la enfermedad, la pérdida, la soledad y el sufrimiento.

Marta y María están atravesando una hora oscura. Sin embargo, en medio de su dolor, salen al encuentro de Jesús. El salmista proclama: «Consulté al Señor y me respondió, me libró de todas mis ansias». Esto no significa que Dios nos evite todas las dificultades, sino que nunca nos abandona y nos sostiene en medio de ellas.

El salmo también nos dice: «Gusten y vean qué bueno es el Señor». La familia de Betania había experimentado esa bondad en la amistad cotidiana con Jesús: en las comidas compartidas, en su palabra, en su presencia y ahora también en medio del llanto. La bondad de Dios no desaparece cuando llega la prueba; muchas veces se revela precisamente en la fuerza que recibimos, en la compañía de los hermanos y en la esperanza que renace.

Aunque sabemos poco acerca de Lázaro, conocemos algo esencial: Jesús lo amaba profundamente. Cuando llegó frente a su sepulcro y contempló el dolor de sus hermanas, el Evangelio dice: «Jesús lloró». Es el versículo más breve de la Escritura, pero también uno de los más profundos.

Jesús no es indiferente ante nuestro sufrimiento. No observa nuestras lágrimas desde lejos. Llora con quienes lloran, comparte el dolor humano y se conmueve ante la muerte de su amigo. En este gesto contemplamos la humanidad verdadera y el corazón compasivo del Señor.

Pero Jesús no solo llora. También llama a Lázaro para que salga del sepulcro. Su resurrección es una anticipación de la propia resurrección de Cristo y una señal poderosa de su autoridad divina sobre la muerte.

Lázaro se convierte así en un testigo viviente del poder de Jesús. Su sola presencia despertaba tanto asombro que los sumos sacerdotes llegaron a planear también su muerte. Sin pronunciar grandes discursos, Lázaro anunciaba con su vida que Cristo tiene poder para vencer la muerte.

Por eso, Lázaro es un signo silencioso pero luminoso de esperanza: pasó por la oscuridad del sepulcro y fue llamado nuevamente a la vida por la voz del Hijo de Dios. Su historia nos recuerda que también en nuestros sepulcros de sufrimiento, desesperanza, pecado o desánimo, Jesús se acerca para llamarnos y ofrecernos una vida nueva.

Estos tres hermanos nos revelan, además, la profunda humanidad de Cristo. Jesús compartió su amistad, pasó tiempo con ellos, los escuchó, comió en su casa, recibió su afecto y se dejó tocar por sus vidas. En ellos contemplamos el amor tierno que Jesús siente también por nosotros: un amor personal, cercano y profundamente humano.

La casa de Betania fue un lugar donde Jesús encontraba descanso y compañía en medio de las exigencias de su ministerio público. Esto nos recuerda que el Señor no desea solamente nuestra adoración, sino también nuestra amistad. Quiere habitar en la casa de nuestro corazón, compartir nuestras alegrías y tristezas y caminar con nosotros en cada momento de la vida.

La santidad, por tanto, no es algo lejano o abstracto. Se descubre en la vida cotidiana, en la hospitalidad, en la oración, en el servicio, en la amistad y en una fe sincera. Marta, María y Lázaro fueron santos no porque vivieran lejos de los problemas, sino porque hicieron espacio para Jesús dentro de su realidad familiar.

Pensemos hoy en el amor tierno que Jesús tuvo por esta familia. Veamos reflejadas en ella nuestras propias familias. El Señor desea habitar en nuestros hogares, relacionarse personalmente con nosotros y convertir nuestra casa en un santuario de su presencia.

Abrámosle las puertas. Como Marta, sirvámoslo con generosidad. Como María, sentémonos a sus pies para escucharlo y adorarlo. Como Lázaro, permitamos que levante nuestro espíritu, restaure nuestra alma y nos libere de todo aquello que nos mantiene atados.

Jesús realiza todo esto con alegría, movido por una profunda compasión, cercanía y amor por cada uno de nosotros. Y así como convirtió la casa afligida de Betania en una casa de esperanza, también puede transformar nuestras tristezas y hacernos testigos de la vida nueva que solamente él puede dar.

Oración

Señor mío y Amigo divino, así como tu Sagrado Corazón se conmovió de compasión y de santa tristeza ante la muerte de tu amigo Lázaro y ante el dolor de sus hermanas, también tu Corazón se mueve de amor por mí, incluso cuando fallo.

Fortaléceme, Señor amado, mediante tu presencia permanente en el santuario de mi corazón. Que mi vida sea una casa que visites con frecuencia y un lugar de fe, amor y amistad.

Como Marta, enséñame a servirte; como María, a escucharte y adorarte; y como Lázaro, a dejarme llamar por ti a una vida nueva.

Jesús, confío en ti.

 

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29 de julio:

Santos Marta, María y Lázaro

 

(Nota: El 2 de febrero de 2021, el papa Francisco cambió esta memoria, que hasta entonces era la de santa Marta, por la memoria de los santos Marta, María y Lázaro. La siguiente semblanza, centrada originalmente en santa Marta, ha sido complementada con alusiones a sus hermanos.)

 

Siglo I

Santa Marta, patrona de las amas de casa, de quienes cuidan el hogar y de los cocineros

 


Amar a su familia fue una buena preparación para amar a Dios

 

Dios ama a las familias. Jesucristo se sentía atraído por ellas y compartió el amor familiar de Marta, la santa de hoy, de su hermana María y de su hermano Lázaro. Los tres formaban aquella familia de Betania a la que Jesús profesaba una amistad particular y en cuya casa encontraba acogida, descanso y cercanía.

Durante muchos siglos, la liturgia de la Iglesia consideró que María de Betania y María Magdalena eran una misma persona, y celebró una figura de María que reunía diversos rasgos evangélicos el 22 de julio. Las reformas litúrgicas posteriores al Concilio Vaticano II identificaron claramente la memoria del 22 de julio con María Magdalena, dejando abierta la cuestión de si ella era o no la misma María de Betania. La memoria de Marta se celebraba tradicionalmente una semana después, el 29 de julio. Hoy, sin embargo, la Iglesia honra conjuntamente a Marta, María y Lázaro, reconociendo el lugar singular que esta familia ocupó en la vida de Jesús.

La vida familiar normal y cotidiana posee un atractivo propio. Las conversaciones alrededor de la mesa, las discusiones sobre quién olvidó cumplir una tarea, las prisas, los desórdenes, las preocupaciones, las risas y las diferencias de carácter forman parte del drama doméstico. Puede ser un drama ruidoso y exigente, pero es real. No es un videojuego ni una realidad virtual.

Como las polillas atraídas por la luz, muchas personas se sienten atraídas por las familias sanas, especialmente quienes proceden de hogares heridos o divididos. Así se acercan el hijo único de la casa vecina, la mujer mayor cuyos hijos viven lejos o la pareja sin hijos que se pregunta cómo habría sido su vida familiar.

Jesús también se acercaba. El Señor, que vivió célibe, conoció sin embargo profundamente el calor del hogar de Nazaret y valoró la amistad familiar. Parece haber pasado bastante tiempo con Marta, María y Lázaro. Podemos imaginarlo sentado junto a ellos alrededor del fuego, escuchando sus voces entre el movimiento de la casa, compartiendo la comida y riendo con libertad cuando alguno decía algo gracioso. Jesús deseaba formar parte de aquella familia.

Y así, Jesús llega a la casa familiar de Betania.

María está atenta. Conoce muy bien a un hombre: su hermano Lázaro. Pero Jesús no es como él. No lo es en absoluto. Hay algo misterioso en el Señor, algo de lo que todos hablan, pero que nadie logra explicar completamente. María se siente tan honrada por su presencia que simplemente se sienta cerca de él, a sus pies, y escucha con atención.

Marta también se siente honrada y quizá algo avergonzada por el estado de la casa. Está distraída y preocupada, siguiendo esa antigua costumbre de muchas personas que sienten que el hogar es una prolongación de sí mismas. Por eso no deja de limpiar, preparar y atender, ni siquiera cuando el huésped ya ha llegado.

Entonces se queja, quizá con algo de humor o quizá con verdadera impaciencia:

«Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola con todo el trabajo? Dile que me ayude».

El Señor le responde:

«Marta, Marta, estás preocupada y agitada por muchas cosas; y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola. María ha escogido la mejor parte, y no le será quitada».

Preocuparse puede ser una manera de expresar amor, responsabilidad y empatía. Marta se preocupa por la casa, la comida, la atención al huésped y las necesidades de los demás porque teme que, si ella no lo hace, nadie lo hará. Jesús le recuerda, sin embargo, que la preocupación y la agitación tienen límites. El servicio es bueno, pero necesita nacer de un corazón que primero escucha, descansa y permanece en Dios.

María representa precisamente esa dimensión contemplativa. Su lugar a los pies de Jesús no es pasividad ni desinterés, sino atención amorosa. Ella nos enseña que antes de hablar de Dios hay que escucharlo; antes de servirlo hay que dejarse amar por él; antes de hacer muchas cosas en su nombre hay que permanecer junto a él.

Más adelante, María mostrará de nuevo la profundidad de su amor cuando derrame perfume sobre los pies de Jesús y los seque con sus cabellos. Su gesto será interpretado por el Señor como una preparación para su sepultura. María ama con un amor abundante, silencioso, delicado y generoso. No calcula, no se reserva, no teme expresar públicamente su devoción.

En otra ocasión, algo mucho más grave que una casa desordenada obliga a Marta a hablar. Lázaro ha muerto. Jesús se conmueve ante la noticia y llega desde lejos para consolar a la familia.

Marta sale a su encuentro:

«Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto».

La conversación que sigue es breve, poderosa y llena de fe. Marta dice:

«Sí, Señor, yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo».

Estas palabras anticipan, de algún modo, las promesas del Bautismo. Marta expresa en pocas frases el núcleo mismo de la fe cristiana. Ella no solo sirve con las manos; también cree con el corazón y confiesa con los labios.

María, en cambio, permanece inicialmente en casa, sumergida en un dolor más silencioso. Pero cuando escucha que Jesús la llama, se levanta inmediatamente, corre hacia él y se arroja a sus pies. Pronuncia las mismas palabras de Marta:

«Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto».

Las dos hermanas comparten el mismo dolor y la misma confianza, aunque cada una lo expresa de forma distinta. Marta dialoga y profesa su fe; María llora y se postra. Una habla; la otra adora. Ambas creen. Ambas aman. Ambas son acogidas por Jesús.

Lázaro, por su parte, habla poco en los Evangelios. Sin embargo, su silencio no significa insignificancia. Sabemos algo esencial: Jesús lo amaba profundamente. Cuando el Señor llega al sepulcro y contempla las lágrimas de sus hermanas, se estremece y llora.

«Y Jesús lloró».

Es el versículo más breve de la Escritura y uno de los más profundos. Nos revela que Jesucristo no contempla el dolor humano desde lejos. Se conmueve, ama, acompaña y comparte nuestras lágrimas.

Lázaro había estado muerto durante cuatro días. Su cuerpo estaba frío y envuelto en vendas. Entonces Jesús gritó:

«Lázaro, sal afuera».

Y el muerto salió.

Marta volvió a sostener en sus manos la mano cálida de su hermano. María volvió a escuchar su voz. Ambas pudieron verlo caminar, sonreír y sentarse nuevamente a la mesa. Seguramente, como todos, quisieron preguntarle qué había experimentado en la muerte.

La resurrección de Lázaro fue un signo poderoso del dominio de Cristo sobre la muerte y una anticipación de la propia Resurrección del Señor. Lázaro se convirtió en un testigo vivo de ese poder. Su sola presencia despertó tanta admiración que los sumos sacerdotes decidieron también darle muerte, porque muchos creían en Jesús por causa suya.

Lázaro aparece así como un testigo silencioso pero luminoso. No pronuncia grandes discursos ni realiza obras espectaculares. Su vida recuperada es su testimonio. Él mismo es señal de que la palabra de Cristo puede abrir los sepulcros y devolver la esperanza.

Lázaro murió finalmente de nuevo y no fue resucitado por segunda vez en esta vida. Marta y María también atravesaron la muerte. Pero los tres siguieron al único hombre entre los hombres que resucitó por su propio poder y que nunca volvió a morir.

Después de que Jesús devolviera a Lázaro a la vida, Marta quedó profundamente transformada. Al final, ella también escogió la mejor parte, como su hermana. Su servicio ya no podía ser solamente actividad, sino respuesta creyente al Señor de la vida.

María, por su parte, nos enseña que la contemplación auténtica termina convirtiéndose en entrega. Quien se sienta verdaderamente a los pies de Cristo se levanta después para amar, acompañar y ofrecer su vida.

Lázaro nos recuerda que incluso una existencia silenciosa puede anunciar el Evangelio. Quien ha sido tocado por Cristo se convierte, muchas veces sin palabras, en testimonio de su poder.

Juntos, Marta, María y Lázaro muestran tres dimensiones inseparables de la vida cristiana: el servicio, la contemplación y el testimonio.

Marta sirve.
María escucha y adora.
Lázaro deja que su vida hable.

Los tres aman.
Los tres son amados.
Los tres hacen de su hogar un lugar para Jesús.

Su casa de Betania fue un refugio de amistad para el Señor. Allí Jesús fue recibido no solo como Maestro y Mesías, sino también como amigo. Compartió con ellos la mesa, las preocupaciones, las conversaciones, el dolor y la alegría.

Esta familia nos recuerda que Cristo no desea únicamente nuestra adoración solemne, sino también nuestra amistad. Quiere entrar en nuestros hogares, sentarse a nuestra mesa, escuchar nuestras historias, compartir nuestras penas y alegrarse con nuestras esperanzas.

La santidad de Marta, María y Lázaro no es distante ni abstracta. Se descubre en la vida diaria: en la casa, en la cocina, en la hospitalidad, en la escucha, en el llanto compartido, en la amistad sincera y en la fe que resiste incluso frente al sepulcro.

Santa Marta, tu profesión de fe en el Hijo de Dios, pronunciada ante el mismo Hijo de Dios, es una inspiración para todos los creyentes. Expresaste en pocas palabras los fundamentos de nuestra fe y uniste esa confesión con un servicio generoso a las necesidades concretas de Cristo.

Santa María de Betania, enséñanos a sentarnos a los pies del Señor, a escuchar su Palabra y a amarlo con un corazón generoso, contemplativo y sin reservas.

San Lázaro, amigo amado de Jesús, enséñanos a escuchar su voz cuando nos llama a salir de nuestros sepulcros de tristeza, pecado, miedo o desesperanza, y a convertir nuestra vida en un testimonio silencioso de su poder.

Santos Marta, María y Lázaro, hagan que también nuestros hogares sean nuevas Betanias: casas donde Cristo sea acogido, escuchado, servido y amado.

Que aprendamos, como ustedes, a hacer de la vida familiar una escuela de amor a Dios.


lunes, 27 de julio de 2026

28 de julio del 2026: martes de la decimoséptima semana del tiempo ordinario II

 

El buen grano desde hoy


Jr 14,17-22 / Sal 79(78),8.9.11+13 (R. 9bc) /

Mt 13,36-43) En el campo del mundo, de la Iglesia o de nuestra propia vida, la cizaña ha crecido junto al buen grano. ¿Estamos, entonces, condenados a esperar hasta el fin de los tiempos para ver triunfar el bien? No. Aunque el juicio definitivo pertenece a Dios, a nosotros nos corresponde permitir, desde hoy, que Cristo siembre en nuestro corazón el buen grano del Reino.

El profeta Jeremías contempla con dolor las heridas de su pueblo: la guerra, el hambre, la desorientación de sus dirigentes y las consecuencias del pecado. Sin embargo, no se encierra en la desesperanza. Reconoce humildemente la culpa del pueblo y se vuelve hacia Dios: «En ti esperamos». En medio de un campo devastado por la cizaña, la confianza permanece como una semilla preciosa.

El salmo prolonga esta súplica: «Por el honor de tu nombre, Señor, líbranos». Nos enseña a no ocultar nuestras faltas, sino a depositarlas ante la misericordia divina. Dios todavía puede hacer germinar la gratitud y la alabanza allí donde nosotros solo vemos debilidad, sufrimiento y esterilidad.

En el Evangelio, Jesús explica que el buen grano representa a los hijos del Reino. Por tanto, no nos pide únicamente identificar la cizaña presente en los demás, sino convertirnos nosotros mismos en buena semilla: mediante una palabra que consuela, un perdón ofrecido, el rechazo de una injusticia, un servicio realizado con amor o una oración perseverante. No podemos arrancar todo el mal del mundo, pero sí podemos impedir que eche raíces en nuestro corazón.

La cosecha llegará y la justicia de Dios se manifestará plenamente. Mientras tanto, el Señor nos confía el presente. Que nuestra vida, fecundada por su Palabra, haga crecer desde hoy el buen grano de la fe, la misericordia y la esperanza. Así, aunque la cizaña permanezca, algo del Reino comenzará a resplandecer en nosotros y a nuestro alrededor.

G.Q

 


Primera lectura

Jer 14, 17-22

Recuerda, Señor, y no rompas tu alianza con nosotros

Lectura del libro de Jeremías.

MIS ojos se deshacen en lágrimas,
de día y de noche no cesan:
por la terrible desgracia que padece
la doncella, hija de mi pueblo,
una herida de fuertes dolores.
Salgo al campo: muertos a espada;
entro en la ciudad: desfallecidos de hambre;
tanto el profeta como el sacerdote
vagan sin sentido por el país.
¿Por qué has rechazado del todo a Judá?
¿Tiene asco tu garganta de Sion?
¿Por qué nos has herido sin remedio?
Se espera la paz, y no hay bienestar,
al tiempo de la cura sucede la turbación.
Reconocemos, Señor, nuestra impiedad,
la culpa de nuestros padres,
porque pecamos contra ti.
No nos rechaces, por tu nombre,
no desprestigies tu trono glorioso;
recuerda y no rompas tu alianza con nosotros.
¿Tienen los gentiles ídolos de la lluvia?
¿Dan los cielos de por sí los aguaceros?
¿No eres tú, Señor, Dios nuestro;
tú, que eres nuestra esperanza,
porque tú lo hiciste todo?

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 78, 8. 9. 11 y 13 (R.: 9b)

R. Por el honor de tu nombre líbranos, Señor.

V. No recuerdes contra nosotros las culpas
de nuestros padres;
que tu compasión nos alcance pronto,
pues estamos agotados. 
R.

V. Socórrenos, Dios, Salvador nuestro,
por el honor de tu nombre;
líbranos y perdona nuestros pecados
a causa de tu nombre.
 R.

V. Llegue a tu presencia el gemido del cautivo:
con tu brazo poderoso, salva a los condenados a muerte.
Nosotros, pueblo tuyo, ovejas de tu rebaño,
te daremos gracias siempre,
cantaremos tus alabanzas de generación en generación. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. La semilla es la palabra de Dios, y el sembrador es Cristo;
todo el que lo encuentra vive para siempre. 
R.

 

Evangelio

Mt 13, 36-43

Lo mismo que se arranca la cizaña y se echa al fuego, así será al final de los tiempos

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, Jesús dejó a la gente y se fue a casa.
Los discípulos se le acercaron a decirle:
«Explícanos la parábola de la cizaña en el campo».
Él les contestó:
«El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los ciudadanos del reino; la cizaña son los partidarios del Maligno; el enemigo que la siembra es el diablo; la cosecha es el final de los tiempos y los segadores los ángeles.
Lo mismo que se arranca la cizaña y se echa al fuego, así será al final de los tiempos: el Hijo del hombre enviará a sus ángeles y arrancarán de su reino todos los escándalos y a todos los que obran iniquidad, y los arrojarán al horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el reino de su Padre. El que tenga oídos, que oiga».

Palabra del Señor.

 

1

 

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios nos presenta hoy una realidad que todos conocemos: en la vida se mezclan el bien y el mal, la esperanza y el sufrimiento, la fidelidad y el pecado. En el campo del mundo, de la Iglesia, de nuestras familias y de nuestro propio corazón crecen juntos el trigo y la cizaña.

A veces quisiéramos que Dios actuara inmediatamente y eliminara todo aquello que nos hace sufrir. Nos preguntamos por qué permite la injusticia, la violencia, la enfermedad, las divisiones familiares o la ingratitud. También podemos sentirnos desanimados cuando, después de haber procurado sembrar el bien, no vemos los frutos esperados.

La primera lectura expresa precisamente este dolor. El profeta Jeremías contempla a su pueblo herido: en el campo encuentra las víctimas de la espada y en la ciudad a quienes desfallecen de hambre. Incluso los profetas y los sacerdotes caminan desconcertados, sin comprender lo que sucede. Jeremías llora por su pueblo, pero no se limita a lamentarse. Reconoce la culpa y clama: «Señor, hemos pecado contra ti. No rompas tu alianza con nosotros».

Esta oración nos enseña algo muy importante: cuando descubrimos la cizaña no debemos caer en la desesperación, sino volvernos hacia Dios. El dolor puede convertirse en oración; el reconocimiento del pecado, en camino de conversión; y una situación que parece estéril puede transformarse en terreno donde vuelva a germinar la esperanza.

El salmo recoge esa súplica: «Por el honor de tu nombre, Señor, líbranos». El pueblo no pretende justificarse ni esconder sus faltas. Se presenta ante Dios pobre, cansado y necesitado de misericordia. También nosotros podemos decirle: “Señor, no mires solamente nuestros pecados; recuerda que somos tu pueblo, el rebaño que tú conduces. Ven pronto a socorrernos”.

El Evangelio nos ofrece la explicación de la parábola del trigo y la cizaña. Jesús afirma que quien siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo y el buen grano son los hijos del Reino. La cizaña representa todo aquello que se opone al proyecto de Dios.

Pero tengamos cuidado: esta parábola no fue pronunciada para que nos dediquemos a señalar quiénes son trigo y quiénes son cizaña. Fácilmente podemos creer que nosotros somos siempre el buen grano y que la cizaña está únicamente en los demás. Sin embargo, el campo también es nuestro corazón. En cada uno de nosotros existen semillas de generosidad, fe y amor, pero también aparecen el egoísmo, la impaciencia, el orgullo, la crítica destructiva o el resentimiento.

Por eso, la primera tarea no consiste en juzgar a los demás, sino en permitir que Cristo purifique y cultive nuestro interior. Debemos preguntarnos: ¿qué estoy sembrando en mi familia y en mi comunidad? ¿Mis palabras siembran paz o discordia? ¿Mi presencia produce confianza o temor? ¿Sé agradecer el bien que otros realizan? ¿Estoy alimentando un resentimiento que puede convertirse en cizaña?

Aunque la separación definitiva entre el bien y el mal ocurrirá al final de los tiempos, el buen grano debe comenzar a crecer desde hoy. Somos buen grano cuando ofrecemos una palabra de aliento, visitamos al enfermo, perdonamos una ofensa, ayudamos al necesitado, defendemos al que es tratado injustamente y oramos por quienes nos han hecho algún bien.

Hoy queremos orar especialmente por nuestras familias, nuestros amigos y nuestros benefactores. Ellos han sido muchas veces buena semilla sembrada por Dios en nuestra vida. Por medio de su compañía, sus consejos, su generosidad, su oración o su ayuda silenciosa, el Señor nos ha sostenido. Tal vez algunos nos ayudaron en momentos difíciles y nunca pudieron recibir de nosotros un agradecimiento suficiente.

Pidamos que Dios bendiga a nuestros familiares, conserve la unidad y el amor en nuestros hogares, acompañe a nuestros amigos y recompense abundantemente a nuestros benefactores. Roguemos también por quienes atraviesan enfermedades, dificultades económicas, conflictos o momentos de soledad. Y recordemos con gratitud a aquellos que ya han partido de este mundo, para que el Señor les conceda participar de la cosecha eterna de su Reino.

No podemos arrancar toda la cizaña que existe en el mundo, pero sí podemos impedir que se apodere de nuestro corazón. Tampoco podemos resolver todos los problemas de quienes amamos, pero podemos acompañarlos, escucharlos y encomendarlos al Señor.

Que la Eucaristía alimente en nosotros el buen grano sembrado por Cristo. Que no nos cansemos de hacer el bien, aunque los frutos tarden en aparecer. Y que, al final de nuestra vida, el Señor pueda reconocernos como buena semilla que produjo frutos de fe, misericordia, gratitud y amor. Amén.

 

2

 

Entrar y convertirnos en la Casa de Dios

 

«Jesús despidió a la multitud y entró en la casa. Se le acercaron sus discípulos y le dijeron: “Explícanos la parábola de la cizaña sembrada en el campo”» (Mt 13,36).

 

Queridos hermanos:

El Evangelio de hoy comienza con un detalle sutil, pero muy significativo: «Jesús despidió a la multitud y entró en la casa». Este paso del espacio público al ámbito privado refleja un modo de actuar que se repite en los Evangelios: nuestro Señor enseña a la multitud por medio de parábolas, dejando velados los misterios del Reino, mientras reserva una explicación más completa para los discípulos, en la tranquila intimidad de la casa.

En este contexto, la casa se convierte en un símbolo de la Iglesia: el santuario interior donde Cristo revela sus secretos a quienes lo siguen, no solo exteriormente, sino con fe humilde y hambre espiritual. Los discípulos no se conforman con haber escuchado la parábola; se acercan a Jesús y le dicen: «Explícanos». Esta es la actitud propia del verdadero discípulo: acercarse al Señor, reconocer que no lo comprende todo y dejarse instruir por Él.

Sin embargo, la primera lectura nos muestra una realidad dolorosa. El profeta Jeremías contempla a su pueblo gravemente herido. Sus ojos derraman lágrimas día y noche porque, tanto en el campo como en la ciudad, encuentra sufrimiento, hambre y muerte. Incluso el profeta y el sacerdote recorren el país sin comprender lo que sucede. El pueblo se ha apartado de Dios y ahora experimenta las consecuencias de su infidelidad.

En medio de esa desgracia, Jeremías reconoce humildemente: «Señor, reconocemos nuestra impiedad y la culpa de nuestros padres; hemos pecado contra ti». Pero su confesión no termina en la desesperanza. El profeta se atreve a suplicar: «Recuerda, Señor, y no rompas tu alianza con nosotros». De alguna manera, Jeremías llama nuevamente al pueblo a entrar en la casa de Dios, a regresar al lugar de la alianza, la misericordia y la comunión con el Señor.

El salmo prolonga esta misma súplica: «Por el honor de tu nombre, Señor, líbranos». El pueblo se reconoce sin fuerzas y pide que la compasión divina llegue pronto. No apela a sus propios méritos, sino al nombre y a la fidelidad de Dios. Sabe que, aunque el pecado haya herido la relación con el Señor, su misericordia puede restaurarla. La casa de Dios sigue teniendo sus puertas abiertas para quien reconoce su pobreza y vuelve a Él con un corazón arrepentido.

Los discípulos —probablemente los Doce Apóstoles— tuvieron el privilegio único de compartir aquel momento con Jesús, en el que Él explicó detalladamente la parábola de la cizaña en medio del trigo. Sin embargo, este espacio sagrado no está cerrado para nosotros. Cada uno está invitado a entrar en esa “casa” por medio de la vida de la Iglesia.

Aunque los Apóstoles eran débiles y pecadores como nosotros, fueron escogidos para convertirse en los primeros obispos: pastores visibles que continuarían la misión de Cristo después de su Ascensión. Gracias a su fidelidad, la Palabra de Dios llegó hasta los confines de la tierra, en una proclamación que continúa hoy por medio de sus sucesores.

Si bien cada bautizado está llamado a anunciar el Evangelio de acuerdo con su vocación y misión, los obispos —y sus colaboradores, los sacerdotes— forman de manera particular la familia espiritual por medio de la cual Cristo continúa hablando con claridad. A través de su predicación, gobierno pastoral y ministerio sacramental, los misterios ocultos de las enseñanzas de Cristo siguen siendo dados a conocer.

Esto no se debe a sus méritos personales, sino al ministerio sagrado que Cristo les ha confiado mediante la sucesión apostólica. Los Apóstoles se convirtieron en fundamento de la Iglesia, la Casa espiritual de Dios en la cual Jesús continúa ejerciendo su ministerio.

Situémonos ahora dentro de la escena del Evangelio. También nosotros estamos llamados a acercarnos a Cristo, a entrar con Él en la casa y a buscar la comprensión con corazón de discípulos. En la Iglesia, esta familia de la fe, el Maestro continúa enseñando, explicando y revelando los misterios del Reino a quienes desean escucharlo.

Contemplemos esta escena en la oración y unámosla a nuestra experiencia de la iglesia parroquial y de los demás lugares sagrados donde Dios nos ha hablado, alimentado y transformado. Cuando el Evangelio cambia nuestra vida, los sacramentos nos alimentan y la Iglesia nos guía, es siempre Cristo quien enseña, alimenta y conduce.

Por eso debemos aprender a mirar más allá del ministro y del edificio, reconociendo la presencia de Cristo, que nos habla y nos santifica por medio de su Iglesia. Al mismo tiempo, debemos recordar que dentro de esa Iglesia crecen juntos el trigo y la cizaña. Sus miembros, incluidos sus ministros, son débiles y pecadores. Pero Cristo permanece fiel y continúa obrando a través de la Palabra, los sacramentos y el ministerio que Él mismo instituyó.

La Iglesia, presencia visible del Reino de Dios en la tierra, es el lugar privilegiado donde encontramos a Cristo. Sin embargo, cada uno de nosotros, de una manera única, también está llamado a ser “casa” para los demás. Porque Dios habita en nosotros, su Reino está presente en nuestra alma.

Por tanto, esta escena evangélica no habla solamente de entrar en la casa; también contiene una invitación a convertirnos en esa casa: una morada donde otras personas puedan encontrar a Cristo, escuchar su Palabra, recibir su misericordia y sentirse atraídas hacia su amor mediante el testimonio de nuestra caridad.

Preguntémonos: cuando alguien se acerca a nosotros, ¿encuentra una puerta abierta o un corazón cerrado? ¿Encuentra acogida, comprensión y misericordia? ¿Nuestras palabras le ayudan a escuchar la voz de Cristo? ¿Nuestra vida lo acerca a la Iglesia o lo aleja de ella?

Reflexionemos hoy sobre esta casa. Primero, contemplemos la Iglesia como el hogar donde Cristo nos habla con mayor claridad. Demos gracias por las muchas maneras en que nuestro Señor nos ha hablado y alimentado en esta sagrada Casa de Dios. Volvamos a ella con humildad, como Jeremías y el salmista, reconociendo nuestros pecados y confiando en la alianza y la misericordia del Señor.

Contemplemos también nuestra propia alma como morada de Dios. Creamos que Cristo desea servirse de nosotros para conducir a otros hacia su presencia, que habita en nuestro interior. Demos gracias por este don y pidamos la gracia de ser discípulos fieles dentro de la casa y, al mismo tiempo, casas luminosas de gracia, donde otros puedan entrar y encontrarse con Cristo nuestro Señor.

Señor de la más profunda intimidad, tú deseas revelarme, a mí y a todos tus hijos, los profundos misterios de tu Reino de gracia. Atráeme hacia ti, hacia tu Casa de gracia y misericordia, que permanece en tu santa Iglesia. Enséñame, santifícame y fórmame según tu santa voluntad. Ya que haces tu morada en mí, convierte mi alma en un lugar donde los demás puedan encontrarte, escuchar tu Palabra y recibir tu gracia. Jesús, confío en ti. Amén.


domingo, 26 de julio de 2026

27 de julio del 2026: lunes de la decimoséptima semana del tiempo ordinario-II

 

Al contacto con el mundo

(Jr 13, 1-11 / Sal Dt 32, 18-19.20.21 (R. 18a) /
Mt 13, 31-35)
Un hombre y una mujer se desprendieron de algo que les pertenecía. El primero tomó un grano de mostaza para sembrarlo en la tierra; la segunda, una porción de levadura para mezclarla con tres medidas de harina. La semilla desaparece bajo el suelo y la levadura se confunde con la masa. Ambas parecen perderse, pero precisamente al entrar en contacto con la tierra y con la harina despliegan toda la fuerza que llevan dentro.

Así es el Reino de los cielos. No se impone con estrépito ni se contempla desde lejos; actúa discretamente desde el interior. Comienza en lo pequeño: una palabra sembrada con fe, un gesto de misericordia, un servicio humilde, una oración perseverante. Cuando el Evangelio entra verdaderamente en la vida, la transforma y la hace fecunda.

Sin embargo, la primera lectura nos advierte que no basta estar externamente cerca de Dios. El cinturón de lino que Jeremías lleva ceñido al cuerpo simboliza a Israel, llamado a permanecer unido al Señor para convertirse en su pueblo, su gloria y su alabanza. Pero, al alejarse de Dios y seguir otros ídolos, el pueblo termina corrompiéndose y pierde su razón de ser. También nosotros podemos llevar signos religiosos y escuchar con frecuencia la Palabra, pero, si nuestro corazón no permanece unido al Señor, la fe puede volverse estéril.

Por eso el cántico del Deuteronomio denuncia con dolor: «Despreciaste a la Roca que te engendró y olvidaste al Dios que te dio a luz». Olvidar a Dios significa perder el fundamento de nuestra existencia. Por el contrario, permanecer unidos a Él permite que la pequeña semilla crezca y que la levadura fermente toda la masa.

Jesús nos invita hoy a confiar en la fuerza escondida de su Reino. Aunque nuestros esfuerzos parezcan pequeños y sus frutos tarden en aparecer, Dios continúa trabajando. Dejemos que su Palabra se mezcle con nuestra vida cotidiana, penetre nuestros pensamientos, nuestras relaciones y decisiones. El cristiano no debe apartarse del mundo, sino entrar en contacto con él como la levadura con la masa: sin perder su identidad, pero comunicando silenciosamente la fuerza transformadora del Evangelio.

G.Q

 


Primera lectura

Jer 13, 1-11
El pueblo será como ese cinturón que ya no sirve para nada

Lectura del libro de Jeremías.

ESTO me dijo el Señor:
«Ve, cómprate un cinturón de lino y rodéate con él la cintura; pero no lo metas en agua».
Me compré el cinturón, según me lo mandó el Señor, y me lo ceñí.
El Señor me dirigió la palabra por segunda vez:
«Toma el cinturón que has comprado y que llevas ceñido; ponte en marcha hacia el río Éufrates y lo escondes allí, entre las hendiduras de las piedras».
Fui y lo escondí en el Éufrates, según me había mandado el Señor.
Tiempo después me dijo el Señor:
«Vete al río Éufrates y recoge el cinturón que te mandé esconder allí».
Fui al Éufrates, cavé y recogí el cinturón del sitio donde lo había escondido: estaba estropeado, no servía para nada.
Entonces el Señor me habló así:
«Esto dice el Señor: Del mismo modo consumiré la soberbia de Judá, la gran soberbia de Jerusalén. Este pueblo malvado que se niega a escuchar mis palabras, que se comporta con corazón obstinado y sigue a dioses extranjeros, para rendirles culto y adorarlos, será como ese cinturón
que ya no sirve para nada.
Porque del mismo modo que se ajusta el cinturón a la cintura del hombre, así hice yo que se ajustaran a mí la casa de Judá y la casa de Israel —oráculo del Señor— para que fueran mi pueblo, mi fama, mi alabanza y mi honor. Pero no me escucharon».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Dt 32, 18-19. 20. 21 (R.: cf. 18a)

R. Despreciaste al Dios que te engendró.

V. Despreciaste a la Roca que te engendró,
y olvidaste al Dios que te dio a luz.
Lo vio el Señor, e irritado
rechazó a sus hijos e hijas. 
R.

V. Y dijo: «Les ocultaré mi rostro,
y veré cuál es su suerte,
porque son una generación pervertida,
unos hijos desleales».
 R.

V. «Me han dado celos con un dios que no es dios,
me han irritado con sus ídolos vacíos;
pues yo les daré celos con un pueblo que no es pueblo,
con una nación insensata los irritaré». 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Por propia iniciativa el Padre nos engendró con la palabra de la verdad,
para que seamos como una primicia de sus criaturas. 
R.

 

Evangelio

Mt 13, 31-35

El grano de mostaza se hace un árbol hasta el punto de que los pájaros del cielo anidan en
sus ramas

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, Jesús propuso otra parábola al gentío:
«El reino de los cielos se parece a un grano de mostaza que uno toma y siembra en su campo; aunque es la más pequeña de las semillas, cuando crece es más alta que las hortalizas; se hace un árbol hasta el punto de que vienen los pájaros del cielo a anidar en sus ramas».
Les dijo otra parábola:
«El reino de los cielos se parece a la levadura; una mujer la amasa con tres medidas de harina, hasta que todo fermenta».
Jesús dijo todo esto a la gente en parábolas y sin parábolas no les hablaba nada, para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta:
«Abriré mi boca diciendo parábolas;
anunciaré lo secreto desde la fundación del mundo».

Palabra del Señor.

 

1

 

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios nos presenta hoy dos imágenes sencillas y llenas de esperanza: un pequeño grano de mostaza sembrado en la tierra y un poco de levadura mezclado con la harina. Ambos parecen desaparecer: la semilla queda oculta bajo la tierra y la levadura se confunde con la masa. Sin embargo, en ese silencio comienza una transformación. La semilla se convierte en un árbol donde anidan los pájaros, y la levadura hace fermentar toda la masa.

Así actúa el Reino de Dios. No siempre llega acompañado de acontecimientos extraordinarios. Muchas veces comienza con algo pequeño: una palabra de consuelo, un gesto de perdón, una visita al enfermo, una ayuda discreta, una oración hecha con fe o un servicio que nadie reconoce. A los ojos del mundo puede parecer insignificante, pero, cuando está inspirado por el amor de Dios, lleva dentro una fuerza capaz de transformar la realidad.

El grano de mostaza nos enseña a no despreciar los pequeños comienzos. Quizá pensamos que nuestra fe es débil, que nuestra oración sirve de poco o que nuestros esfuerzos no producen resultados. Jesús nos invita a confiar: aquello que sembramos con amor puede crecer más de lo que imaginamos. Nosotros sembramos; Dios concede el crecimiento.

La levadura nos recuerda, además, que el cristiano no está llamado a vivir aislado del mundo. Así como la levadura entra en contacto con toda la masa, el discípulo de Cristo debe estar presente en la familia, en la comunidad, en el trabajo y en la sociedad, comunicando silenciosamente la fuerza del Evangelio. No necesitamos hacer ruido para ser testigos de Jesús; basta permitir que su amor transforme nuestras palabras, decisiones y relaciones.

Pero la primera lectura nos dirige una seria advertencia. Mediante el signo del cinturón de lino, el profeta Jeremías recuerda que el pueblo había sido elegido para permanecer estrechamente unido al Señor. Dios quería que Israel fuera su pueblo, su renombre, su alabanza y su gloria. Sin embargo, por su orgullo y por seguir a otros dioses, terminó alejándose y perdiendo su verdadera vocación.

También nosotros podemos estar externamente cerca de las cosas de Dios y, sin embargo, tener el corazón distante. Podemos participar en celebraciones, llevar signos religiosos y conocer muchas oraciones, pero, si no escuchamos al Señor ni permitimos que su Palabra cambie nuestra vida, la fe corre el riesgo de convertirse en algo meramente exterior.

Por eso el cántico del Deuteronomio dice con dolor: «Despreciaste a la Roca que te engendró y olvidaste al Dios que te dio a luz». Cuando olvidamos a Dios, perdemos la raíz que sostiene nuestra existencia. Pero cuando permanecemos unidos a Él, incluso nuestra pequeñez puede convertirse en instrumento de su Reino.

En esta Eucaristía oramos especialmente por nuestros difuntos. Sus cuerpos fueron depositados en la tierra como una pequeña semilla. A nuestros ojos, la muerte parece ocultarlos definitivamente; pero, iluminados por la fe, creemos que la vida entregada a Dios no se pierde. Jesús mismo comparó su muerte con el grano de trigo que cae en tierra para dar mucho fruto. Cristo murió y resucitó, y en Él esperamos también la resurrección de quienes nos han precedido.

Recordemos con gratitud las pequeñas semillas de amor que nuestros difuntos sembraron durante su vida: sus sacrificios, enseñanzas, consejos, oraciones y gestos de cariño. Tal vez muchos de ellos pasaron inadvertidos, pero Dios conoce todo el bien que realizaron. Nada hecho por amor se pierde ante sus ojos.

Pidamos al Señor que perdone sus faltas, purifique sus vidas y los reciba en el árbol frondoso de su Reino, donde puedan descansar para siempre. Y que nosotros sepamos continuar sembrando el bien que ellos nos enseñaron.

Que esta Eucaristía nos ayude a permanecer unidos a Dios, nuestra Roca; a confiar en la fuerza de las cosas pequeñas y a ser levadura de fe, esperanza y caridad en medio del mundo. Aunque hoy no veamos todos los frutos, sigamos sembrando: Dios trabaja silenciosamente y puede hacer de nuestra pequeña entrega una bendición para muchos.

Amén.

 

2

 

Desde los comienzos humildes

 

Queridos hermanos:

El Evangelio de hoy nos presenta dos parábolas breves, pero extraordinariamente ricas: la parábola del grano de mostaza y la parábola de la levadura. Por medio de estas imágenes sencillas, Jesús nos revela dos características del Reino de los cielos: comienza de manera humilde y casi imperceptible, pero lleva dentro una fuerza capaz de crecer y transformarlo todo.

Jesús dice: «El Reino de los cielos se parece a un grano de mostaza que uno sembró en su campo; aunque es la más pequeña de las semillas, cuando crece es más grande que las hortalizas y se convierte en un árbol, de modo que los pájaros vienen a anidar en sus ramas».

Los Santos Padres descubrieron varios sentidos espirituales en esta parábola. En primer lugar, el grano de mostaza puede representar al mismo Cristo. A los ojos del mundo, su vida comenzó desde la pequeñez y el anonimato: nació pobremente en Belén, tuvo que huir con María y José hacia Egipto y creció en la humilde aldea de Nazaret. Su divinidad —la del Verbo eterno por quien fueron creadas todas las cosas— permanecía oculta bajo la sencillez de su humanidad.

También cuando Jesús fue clavado en la cruz, su majestad divina permaneció escondida ante los ojos del mundo. Allí parecía derrotado, abandonado e insignificante. Pero de aquella semilla de amor entregado, sepultada en la tierra, brotó la victoria de la Resurrección. Cristo venció el pecado y la muerte y se convirtió en aquel gran árbol en cuyas ramas vienen a refugiarse los pájaros del cielo.

Ese árbol representa también a la Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo, llamada a extender sus ramas para que todos los pueblos encuentren en ella acogida, alimento, consuelo y esperanza eterna. La Iglesia no existe para encerrarse sobre sí misma, sino para convertirse en hogar, refugio y comunidad para quienes buscan a Dios, especialmente para los pequeños, los pobres, los heridos y los que se sienten solos.

Sin embargo, la primera lectura del profeta Jeremías nos advierte que esta fecundidad solamente es posible cuando permanecemos estrechamente unidos al Señor. Dios manda al profeta comprar un cinturón de lino y colocárselo alrededor de la cintura. Aquel cinturón simbolizaba al pueblo de Israel, al que Dios había unido íntimamente a sí. El Señor quería que Israel fuera su pueblo, su renombre, su alabanza y su gloria.

Pero el cinturón termina estropeándose y queda inservible. Es la imagen de lo que sucede cuando el pueblo se llena de orgullo, deja de escuchar la Palabra de Dios y corre detrás de otros dioses. Había sido elegido para vivir unido al Señor, pero, al separarse de Él, perdió su belleza, su fuerza y su misión.

Esta palabra también nos interpela. Podemos estar externamente cerca de las cosas sagradas, conocer oraciones, participar en celebraciones y llevar signos religiosos; pero, si nuestro corazón se aleja de Dios, podemos terminar como aquel cinturón deteriorado: sin capacidad para cumplir la misión que el Señor nos ha confiado. La fe no es solamente algo que llevamos por fuera; debe unirnos interiormente a Dios y transformar nuestra manera de pensar, hablar y actuar.

Por eso el cántico del Deuteronomio expresa el dolor de Dios ante la infidelidad de sus hijos: «Despreciaste a la Roca que te engendró y olvidaste al Dios que te dio a luz». El pecado consiste, en gran medida, en olvidar de dónde venimos y quién sostiene nuestra existencia. Cuando abandonamos a Dios, nuestra Roca, buscamos apoyo en ídolos que prometen mucho, pero no pueden salvarnos: el dinero, el poder, la apariencia, el placer, el orgullo o la autosuficiencia.

El grano de mostaza representa igualmente a Cristo sembrado en cada alma. Por medio de la fe, la oración, la escucha de la Palabra y los sacramentos, Jesús es depositado en la tierra de nuestro corazón. Al comienzo, su presencia puede parecernos pequeña y casi imperceptible, pero, si la cuidamos, comienza a echar raíces y a transformar nuestra vida desde dentro.

Quizá no percibamos inmediatamente sus frutos. Muchas veces queremos cambios rápidos, respuestas evidentes y resultados extraordinarios. Pero Dios suele trabajar silenciosamente. Una breve oración diaria, una confesión sincera, una comunión recibida con fe, un pequeño gesto de perdón o una decisión humilde de servir pueden convertirse en la semilla de una profunda transformación.

La segunda parábola expresa una verdad semejante. Una mujer toma un poco de levadura y la mezcla con tres medidas de harina hasta que toda la masa queda fermentada. La levadura puede representar a Cristo y a su gracia, que trabajan de manera escondida, paciente y eficaz. Cristo no quiere permanecer únicamente a nuestro lado; desea habitar dentro de nosotros y santificar todas las dimensiones de nuestra existencia: nuestros pensamientos, afectos, palabras, relaciones, proyectos y decisiones.

No basta, entonces, con reservarle a Dios unos cuantos momentos aislados. La levadura debe alcanzar toda la masa. La fe debe penetrar nuestra vida familiar, nuestro trabajo, el uso del dinero, el trato con los demás y nuestra forma de responder ante las dificultades. Si alguna parte de nuestra vida permanece cerrada al Evangelio, todavía necesitamos permitir que la gracia de Cristo llegue hasta allí.

El evangelista concluye recordando las palabras del salmo: «Abriré mi boca diciendo parábolas; anunciaré lo secreto desde la fundación del mundo». Las parábolas parecen sencillas, pero contienen profundos misterios. Estos permanecen ocultos para quienes se acercan con indiferencia o soberbia; en cambio, el Espíritu Santo revela su sentido a quienes las reciben con fe y las meditan con un corazón humilde.

Las parábolas son, por tanto, una escuela de sabiduría divina. Nos enseñan a ir más allá de las apariencias. Lo pequeño puede contener una fuerza inmensa; lo escondido puede estar transformando el mundo; aquello que parece una derrota puede convertirse, en las manos de Dios, en el comienzo de la resurrección.

Preguntémonos hoy: ¿estamos atentos a las formas silenciosas mediante las cuales Cristo actúa en nuestra vida? ¿Alimentamos la semilla de su presencia por medio de la oración y los sacramentos? ¿Permanecemos unidos al Señor o estamos permitiendo que otros intereses ocupen su lugar? ¿Nuestra fe está fermentando toda nuestra existencia o permanece limitada a algunos momentos?

No despreciemos los comienzos humildes. Sigamos sembrando una palabra de esperanza, un gesto de reconciliación, una obra de misericordia y una oración confiada. Aunque ahora no veamos los resultados, Dios está construyendo su Reino en nosotros, por medio de nosotros y para su mayor gloria.

Podemos concluir haciendo nuestra esta oración:

Señor Jesús, Rey glorioso, Tú deseas que tu Reino nazca en nuestra vida por la gracia que brota de tu pasión, muerte y resurrección. Planta profundamente en nuestra alma la semilla de tu gracia. Permite que eche raíces, crezca y nos transforme conforme a tu voluntad. No dejes que olvidemos al Dios que nos dio la vida ni que nos separemos de Ti, nuestra Roca. Haznos levadura del Evangelio y extiende por medio de nosotros tu Reino sobre la tierra, hasta el día en que contemplemos su plenitud en la gloria eterna.

Jesús, confío en Ti. Amén.

 

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