Aunque vacilante, nuestra luz brilla
(Mateo 5, 13-16) La luz que llevamos —la luz de la fe— a menudo
tiene muchas dificultades para iluminar nuestras propias existencias y nuestros
caminos de vida. ¿Cómo podría entonces llegar a ser “luz del mundo” y “brillar
delante de los hombres”? El Señor, por su parte, no se detiene en nuestras
prevenciones cuando nos llama al testimonio: esta luz que nos ha sido confiada
no es solamente para nosotros. Aunque sea frágil, puede ser compartida y
comunicada.
Bertrand Lesoing, prêtre de la
communauté Saint-Martin
Primera lectura
La orza de
harina no se vació, según la palabra que había pronunciado el Señor por boca de
Elías
Lectura del primer libro de los Reyes.
EN aquellos días, se secó el torrente donde estaba escondido Elías, pues no
hubo lluvia sobre el país.
La palabra del Señor llegó entonces a Elías diciendo:
«Levántate, vete a Sarepta de Sidón y establécete, pues he ordenado a una mujer
viuda de allí que te suministre alimento». Se alzó y fue a Sarepta. Traspasaba
la puerta de la ciudad en el momento en el que una mujer viuda recogía por allí
leña.
Elías la llamó y le dijo:
«Tráeme un poco de agua en el jarro, por favor, y beberé».
Cuando ella fue a traérsela, él volvió a gritarle:
«Tráeme, por favor, en tu mano un trozo de pan».
Ella respondió:
«Vive el Señor, tu Dios, que no me queda pan cocido; solo un puñado de harina
en la orza y un poco de aceite en la alcuza. Estoy recogiendo un par de palos,
entraré y prepararé el pan para mí y mi hijo, lo comeremos y luego moriremos».
Pero Elías le dijo:
«No temas. Entra y haz como has dicho, pero antes prepárame con la harina una
pequeña torta y tráemela. Para ti y tu hijo la harás después. Porque así dice
el Señor, Dios de Israel:
“La orza de harina no se vaciará
la alcuza de aceite no se agotará
hasta el día en que el Señor conceda
lluvias sobre la tierra”».
Ella se fue y obró según la palabra de Elías, y comieron él, ella y su familia.
Por mucho tiempo la orza de harina no se vació ni la alcuza de aceite se agotó,
según la palabra que había pronunciado el Señor por boca de Elías.
Palabra de Dios.
Salmo
R. Haz
brillar sobre nosotros, Señor,
la luz de tu rostro.
V. Escúchame
cuando te invoco, Dios de mi justicia;
tú que en el aprieto me diste anchura,
ten piedad de mí y escucha mi oración.
Y ustedes, ¿hasta cuándo ultrajarán mi honor,
amarán la falsedad y buscarán el engaño? R.
V. Sépanlo: el
Señor hizo milagros en mi favor,
y el Señor me escuchará cuando lo invoque.
Tiemblen y no pequen,
reflexionen en el silencio de su lecho. R.
V. Hay
muchos que dicen: «¿Quién nos hará ver la dicha,
si la luz de tu rostro ha huido de nosotros?».
Pero tú, Señor, has puesto en mi corazón más alegría
que si abundara en su trigo y en su vino. R.
Aclamación
V. Brille
así su luz ante los hombres, para que vean sus buenas obras y den gloria a su
Padre. R.
Evangelio
Ustedes son
la luz del mundo
Lectura del santo Evangelio según san Mateo.
EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la
salarán?
No sirve más que para tirarla y que la pise la gente.
Ustedes son la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto
de un monte.
Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para
ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa.
Brille así su luz ante los hombres, para que vean sus buenas obras y den gloria
a su Padre que está en los cielos».
Palabra del Señor.
1
Queridos hermanos y hermanas:
La Palabra de Dios de este martes nos pone delante
tres imágenes muy sencillas, pero profundamente iluminadoras: un poco de harina
y aceite en manos de una viuda pobre; una luz que no debe esconderse; y un
salmo que, en medio de la angustia, proclama: “Tú, Señor, has puesto en mi
corazón más alegría que si abundara en trigo y en vino”.
La primera lectura nos presenta al profeta Elías en
un momento de sequía, de hambre, de escasez. Dios lo envía a Sarepta, a
territorio extranjero, y allí lo espera una viuda. Pero no una viuda rica, no
una mujer con la despensa llena, no alguien que pueda ayudar cómodamente desde
lo que le sobra. Es una mujer pobre, casi al límite de la desesperanza. Ella
misma le dice al profeta que apenas tiene un puñado de harina y un poco de
aceite para preparar la última comida para ella y su hijo, antes de esperar la
muerte.
Y, sin embargo, allí, en esa pobreza extrema, Dios
hace brotar el milagro.
Elías le pide algo humanamente difícil: “No temas.
Prepárame primero a mí un panecillo”. A simple vista, parece una petición
exigente, casi desproporcionada. Pero en realidad es una invitación a confiar.
La viuda se atreve a creer. Se atreve a compartir. Se atreve a poner en manos
de Dios lo poco que tiene. Y entonces sucede lo que solo Dios sabe hacer: “La
orza de harina no se vació, la alcuza de aceite no se agotó”.
Dios no multiplica desde la abundancia egoísta,
sino desde la pobreza ofrecida. Dios no necesita grandes riquezas para realizar
grandes milagros. Le basta un corazón disponible, una mano abierta, una fe que
se atreva a compartir aun cuando no lo tiene todo asegurado.
Esta mujer de Sarepta puede ayudarnos hoy a pensar
en nuestros benefactores. Muchas veces, cuando hablamos de benefactores,
imaginamos solamente personas que ayudan porque les sobra. Pero no siempre es
así. Hay benefactores que dan desde su pobreza, desde su salario modesto, desde
su tiempo escaso, desde sus cansancios, desde su silencio, desde su oración
escondida. Hay benefactores que no aparecen en fotos, que no reciben aplausos,
que no hacen ruido, pero sostienen la obra de Dios con fidelidad.
Hay quienes ayudan económicamente; otros ofrecen
alimentos, servicios, transporte, trabajo, consejos, compañía, oración. Hay
quienes benefician a la Iglesia con una limosna, y hay quienes la benefician
con una palabra de ánimo. Hay quienes sostienen una comunidad no solo con
dinero, sino con presencia, con paciencia y con amor.
Por eso hoy oramos por ellos. Por los que ayudan
mucho y por los que ayudan poco, pero ayudan con corazón sincero. Por los que
dan desde la abundancia y por los que, como la viuda de Sarepta, comparten
incluso cuando también ellos tienen necesidades. Que el Señor no deje vaciar su
harina ni agotarse su aceite. Que nunca les falte el pan de cada día, la salud
necesaria, la paz del corazón y la alegría de saberse colaboradores de Dios.
El Evangelio continúa esta misma enseñanza, pero
con otras imágenes: la sal y la luz. Jesús dice a sus discípulos: “Ustedes son
la sal de la tierra… Ustedes son la luz del mundo”. No dice: “algún día serán
sal”, o “cuando sean perfectos serán luz”. Lo dice en presente: “Ustedes son”.
…Nuestra luz, la luz de la fe, muchas veces es
vacilante. A veces apenas logra iluminar nuestro propio camino. A veces creemos
poco, oramos con dificultad, nos cansamos, nos desanimamos, sentimos que
nuestra fe es pequeña, que nuestra esperanza parpadea como una vela en medio
del viento.
Pero el Señor no espera que nuestra luz sea
perfecta para pedirnos que iluminemos. No espera que estemos libres de heridas
para convertirnos en testigos. No espera que tengamos todas las respuestas para
enviarnos a servir. La luz que hemos recibido no es solo para nosotros. Aunque
sea frágil, aunque tiemble, aunque parezca pequeña, puede iluminar a otros.
Una vela pequeña puede romper una gran oscuridad.
Una palabra sencilla puede levantar un corazón caído. Un gesto generoso puede
devolver esperanza. Una visita, una llamada, una ayuda oportuna, una oración
hecha con amor, pueden convertirse en luz de Dios para alguien que está
atravesando la noche.
Eso hacen los benefactores: muchas veces no
predican con discursos, pero predican con obras. No siempre hablan de Dios con
palabras, pero muestran a Dios con su generosidad. Son sal cuando dan sabor a
la vida de los demás. Son luz cuando ayudan a que una obra buena continúe. Son
reflejo del Evangelio cuando no esconden el bien, sino que lo ponen al servicio
de la comunidad.
Jesús advierte que la luz no se enciende para
esconderla debajo de una mesa, sino para ponerla en alto. Esto no significa
buscar protagonismo ni vanagloria. De hecho, Jesús dice claramente que nuestras
buenas obras deben llevar a los demás a glorificar al Padre, no a glorificarnos
a nosotros. La caridad cristiana no busca aplausos; busca que Dios sea amado.
No pretende que digan “qué bueno soy”, sino que otros puedan decir: “qué bueno
es Dios”.
Ahí está la diferencia entre la generosidad mundana
y la generosidad evangélica. La primera busca reconocimiento. La segunda busca
servir. La primera se exhibe. La segunda ilumina. La primera puede alimentar el
ego. La segunda glorifica al Padre.
El salmo de hoy nos ayuda a completar esta
reflexión. El salmista clama: “Escúchame cuando te invoco, Dios de mi justicia”.
Es la oración de quien sabe que necesita a Dios. Pero también es la oración de
quien descubre una alegría más profunda que la abundancia material: “Tú has
puesto en mi corazón más alegría que si abundara en trigo y en vino”.
Es una frase preciosa para este día en que oramos
por los benefactores. Porque quien da con amor descubre una alegría que no
depende de acumular. Hay una alegría que no nace de tener más, sino de
compartir mejor. Hay una alegría que no se compra, sino que brota cuando uno
sabe que su vida ha servido para bendecir a alguien.
Quizá por eso la viuda de Sarepta no perdió al
compartir; al contrario, encontró vida. Quizá por eso el que ayuda de corazón
no queda más pobre, sino más lleno de Dios. La lógica del Evangelio no siempre
coincide con la lógica del mundo. El mundo dice: “Guarda para que no te falte”.
Dios dice: “Comparte y descubrirás que mi providencia no se agota”.
Esto no significa actuar con irresponsabilidad,
sino vivir con confianza. No se trata de dar por presión, sino por amor. No se
trata de ayudar para quedar bien, sino porque hemos entendido que todo lo que
somos y tenemos viene de Dios y está llamado a convertirse en bendición para
otros.
Queridos hermanos, hoy la Palabra nos invita a
revisar nuestra propia luz. Tal vez nos sentimos pequeños, cansados, limitados.
Tal vez nuestra fe no siempre brilla con fuerza. Pero no escondamos la luz que
Dios nos ha dado. No digamos: “yo no puedo ayudar”, “yo no tengo nada que
ofrecer”, “mi aporte no vale”. En el Reino de Dios, un puñado de harina puede
alimentar la esperanza; un poco de aceite puede sostener la vida; una pequeña
luz puede romper la oscuridad.
Pidamos hoy por todos nuestros benefactores. Que el
Señor les recompense su generosidad. Que bendiga sus familias, sus trabajos,
sus proyectos, sus luchas y sus necesidades. Que cada gesto de bien que han
sembrado vuelva a ellos convertido en paz, consuelo y gracia.
Y pidamos también que nosotros aprendamos a ser
benefactores unos de otros. Que seamos sal que conserva el sabor del Evangelio
en un mundo a veces insípido de amor. Que seamos luz que no humilla, sino que
orienta; luz que no encandila, sino que acompaña; luz que no se presume, sino
que sirve.
Aunque nuestra luz sea vacilante, puede brillar.
Aunque nuestra fe sea pequeña, puede sostener a otros. Aunque tengamos poco, si
lo ponemos en manos de Dios, puede alcanzar para mucho.
Que María, mujer humilde y luminosa, nos enseñe a
dar sin ruido, a servir sin vanidad y a confiar siempre en la providencia del
Señor. Amén.
2
Queridos
hermanos y hermanas:
En
el Evangelio de hoy, Jesús nos dice una palabra muy grande y, al mismo tiempo,
muy exigente: “Ustedes son la luz del mundo”. No dice simplemente: “procuren
ser luz”, sino “ustedes son”. Es decir, quien ha recibido la fe, quien ha sido
tocado por Cristo, lleva dentro una luz que no puede quedar escondida.
Pero
esa luz no nace de nosotros. Jesús es la verdadera Luz del mundo. Nosotros
brillamos en la medida en que dejamos que Él ilumine nuestra vida. Por eso, ser
luz no significa aparentar perfección, ni creernos mejores que los demás. Ser
luz significa permitir que la presencia de Dios se transparente en nuestras
palabras, en nuestras obras, en nuestra manera de tratar a los demás, en
nuestra capacidad de servir, perdonar, consolar y levantar al caído.
La
primera lectura nos muestra esta luz en un gesto sencillo y humilde. La viuda
de Sarepta no tenía casi nada: apenas un poco de harina y un poco de aceite.
Sin embargo, se fía de la palabra del profeta Elías y comparte lo poco que
tiene. En medio de la escasez, ella deja brillar la luz de la confianza. Y Dios
responde con abundancia: la harina no se acaba y el aceite no se agota.
Aquí
descubrimos algo importante: no se necesita tener mucho para iluminar. A veces
basta un gesto pequeño hecho con fe. Una palabra de aliento, una ayuda
discreta, una visita, una oración, una sonrisa, una mano tendida, pueden
convertirse en luz para alguien que vive en oscuridad.
El
salmo también nos habla de esa confianza profunda: “Haz brillar sobre nosotros,
Señor, la luz de tu rostro”. Esa es la verdadera luz que necesitamos: no la luz
de la fama, ni del orgullo, ni del aplauso humano, sino la luz del rostro de
Dios. Cuando esa luz entra en el corazón, vence nuestros miedos, disipa
nuestras sombras y nos da una alegría más grande que cualquier abundancia
material.
Jesús
nos pide que nuestra luz brille “para que vean nuestras buenas obras y den
gloria al Padre”. Esa es la clave: el discípulo no brilla para atraer miradas
hacia sí mismo, sino para conducir las miradas hacia Dios. Nuestras buenas
obras no deben alimentar la vanidad, sino despertar la fe. No deben decir:
“miren qué bueno soy”, sino: “miren qué bueno es Dios”.
Hoy
pidamos al Señor que ilumine nuestras oscuridades interiores: nuestros egoísmos,
cansancios, miedos y desánimos. Y pidámosle también que nos convierta en
lámparas humildes de su amor. Que, como la viuda de Sarepta, sepamos compartir
aun lo poco. Que, como el salmista, busquemos la luz del rostro de Dios. Y que,
como discípulos de Jesús, no escondamos la fe, sino que la hagamos visible en
obras concretas de amor.
Porque
una vida iluminada por Cristo siempre termina iluminando a los demás. Amén.


