viernes, 27 de febrero de 2026

28 de febrero del 2026: sábado de la primera semana de Cuaresma

 

Y, sin embargo…

(Mateo 5, 43-48) Amar a quienes nos hieren, rezar por quienes nos atacan, es difícil. Y, sin embargo, ahí es donde Jesús actúa. Ofrecer o acoger el perdón es derribar los muros del rencor y de la incomprensión. En Cristo, todos estamos llamados a vivir juntos.

Hoy, ¿podemos dejar que Cristo transforme nuestros corazones, para que se vuelvan capaces de sembrar amor a nuestro alrededor?

Jean-Paul Musangania, prêtre assomptionniste

 


Primera lectura

 Lectura del libro del Deuteronomio (26,16-19):


MOISÉS habló al pueblo, diciendo:
«Hoy el Señor, tu Dios, te manda que cumplas estos mandatos y decretos. Acátalos y cúmplelos con todo tu corazón y con toda tu alma.
Hoy has elegido al Señor para que él sea tu Dios y tú vayas por sus caminos, observes sus mandatos, preceptos y decretos, y escuches su voz. Y el Señor te ha elegido para que seas su propio pueblo, como te prometió, y observes todos sus preceptos.
Él te elevará en gloria, nombre y esplendor, por encima de todas las naciones que ha hecho, y serás el pueblo santo del Señor, tu Dios, como prometió».


Palabra de Dios

 

 

Salmo

 

Sal 118,1-2.4-5.7-8

R/.
 Dichoso el que camina en la voluntad del Señor

V/. Dichoso el que, con vida intachable,
camina en la ley del Señor;
dichoso el que, guardando sus preceptos,
lo busca de todo corazón. R/.

V/. Tú promulgas tus mandatos
para que se observen exactamente.
Ojalá esté firme mi camino,
para cumplir tus decretos. R/.

V/. Te alabaré con sincero corazón
cuando aprenda tus justos mandamientos.
Quiero guardar tus decretos exactamente,
tú no me abandones. R/.

 

Lectura del santo evangelio según san Mateo (5,43-48):

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Habéis oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo’ y aborrecerás a tu enemigo”.
Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos.
Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y, si saludáis solo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles? Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto».

Palabra del Señor

 

 

 

1

 

Hermanos, la Cuaresma no es solo una “temporada” de prácticas piadosas: es una escuela del corazón. Y hoy la Palabra nos lleva al punto más alto, y quizá más exigente, del Evangelio: amar al enemigo y orar por el que nos persigue.

1) “Hoy” renuevas tu alianza (Dt 26,16-19)

En el Deuteronomio aparece una palabra que pesa: “hoy”. No dice “algún día, cuando estés listo”. Dice: hoy te comprometes a guardar los mandamientos; hoy el Señor te declara su pueblo.
La alianza con Dios no es un contrato frío; es pertenencia: Dios te elige para que tú elijas su camino. Y ese camino no se reduce a cumplir normas: es aprender a vivir como vive Dios.

A veces queremos una fe que nos deje “correctos”, pero sin transformarnos. Sin embargo, el Señor no busca solo nuestra corrección; busca nuestra conversión.

2) Felices los que caminan “sin tacha”… aunque cueste (Sal 118/119)

El salmo canta la belleza de caminar según la voluntad de Dios. Pero seamos honestos: cuando el Evangelio nos pide amar a quien nos ha hecho daño, el corazón protesta.
Aquí conviene entender algo: Jesús no nos manda sentir simpatía, nos manda decidir el bien. El amor cristiano no es primero emoción; es una voluntad iluminada por la gracia.

Y por eso el salmo se vuelve oración realista: “Que mi corazón aprenda tus caminos”. En otras palabras: “Señor, enséñame lo que no me sale solo”.

3) “Amen a sus enemigos” (Mt 5,43-48): la cima del Evangelio

Jesús no está proponiendo un ideal romántico. Está revelando el modo de ser del Padre:

“Él hace salir el sol sobre malos y buenos”.

El Padre no es ingenuo; es fiel a su amor. Su amor no depende de quién lo merece, sino de quién es Él. Y Jesús nos dice: “Ustedes, hijos, parezcan a su Padre.

 “Y, sin embargo…”

  • Amar a quien me hirió: difícil. Y, sin embargo, ahí actúa Jesús.
  • Orar por quien me atacó: difícil. Y, sin embargo, ahí se abre el Reino.
  • Perdonar o pedir perdón: difícil. Y, sin embargo, ahí caen los muros.

Una mirada muy humana (y muy cuaresmal)

Muchos cargamos heridas viejas. Y cuando una herida no se trabaja, se convierte en resentimiento; y el resentimiento se convierte en una “muralla” interior. Esa muralla parece protegernos, pero por dentro nos va endureciendo.
El perdón cristiano no niega el daño; no dice “no pasó nada”. Dice: “Pasó… y aun así, con la gracia de Dios, no voy a dejar que eso me gobierne”. Perdonar es dejar de vivir atados al agresor, aunque el agresor ya ni esté.

Y atención: amar al enemigo no significa permitir abusos, ni renunciar a la justicia, ni exponerse al daño. Significa que, incluso buscando justicia y cuidando límites sanos, yo no cultivo odio, y puedo pedirle a Dios que al otro le cambie el corazón… y que sane el mío.

4) María en sábado: la escuela del corazón nuevo

En este sábado, miramos a María. ¿Quién amó como Ella?

  • María no fue una mujer “sin dolor”: conoció la espada que atraviesa el alma.
  • Y aun así, no se encerró en amargura: permaneció abierta a Dios.
  • En la cruz, junto al Hijo, María nos enseña que el amor verdadero no se evapora cuando duelen las cosas: se purifica.

María no predica venganza; predica esperanza. Por eso hoy le pedimos: Madre, préstanos tu corazón para aprender el corazón de Cristo.

5) Tres decisiones concretas para vivir esta Palabra

1.    Nombre una persona difícil (no para justificarla, sino para presentarla a Dios).

2.    Ore por esa persona al menos una vez al día esta semana: “Señor, bendícela y conviértenos a ambos”.

3.    Derribe un muro: un saludo, un gesto de respeto, cortar un chisme, detener una palabra hiriente. A veces la santidad empieza con algo así de pequeño.


Oración final

Señor Jesús, Tú conoces nuestros conflictos, nuestras heridas y esas resistencias que llevamos por dentro. Hoy nos dices: “Amen… oren… sean perfectos como el Padre”. Y nosotros te respondemos con humildad: no podemos solos.
Pero creemos que tu gracia puede hacer lo que nuestra voluntad no alcanza. Rompe, Señor, los muros del rencor; sana lo que está endurecido; líbranos de devolver mal por mal. Y haznos sembradores de amor, incluso donde parece imposible.

María, Madre de la Misericordia, acompáñanos en esta Cuaresma: enséñanos a guardar la Palabra, a permanecer en la esperanza y a amar como tu Hijo. Amén.

 

2

 

1) Punto de partida: el mandamiento imposible… y la razón de Jesús (Mt 5,43-44)

Hermanos, Jesús hoy nos pone una frase que suena casi irreal: “Amen a sus enemigos y oren por los que los persiguen.”
La mente “natural”, herida por el pecado, reacciona al revés: “Al enemigo se le combate, se le evita, se le devuelve.” Y Jesús sabe que, sin la gracia, no entendemos ni podemos vivir esto.

Por eso Él mismo da la razón: “para que sean hijos de su Padre que está en el cielo”. No es un mandamiento para héroes solitarios, sino la señal de familia: así actúan los hijos que se parecen al Padre.


2) Primera lectura: “Hoy” eliges pertenecer… y vivir en consecuencia (Dt 26,16-19)

Deuteronomio nos habla también con una palabra fuerte: “hoy”.

  • Hoy tú te comprometes a caminar por sus caminos.
  • Hoy Dios te declara su pueblo.

La fe no es un carnet; es pertenencia. Y pertenecer implica estilo de vida. Si elegimos a Dios como Padre, entramos en su casa… y en su casa se aprende a amar como Él ama. Ahí se entiende la exigencia del Evangelio: el amor al enemigo es un fruto de la alianza, no una simple “buena educación”.


3) El Salmo 118(119): aprender el camino con el corazón (no solo con la cabeza)

El salmo canta: “Dichosos los que van por el camino del Señor”. Suena hermoso… hasta que ese camino pasa por perdonar, por orar por quien me hiere, por no hablar mal, por cortar la cadena del odio.

Por eso el salmo es también súplica: “Haz que mi corazón se afirme en tus mandatos”. La Palabra no busca solo informarnos; busca formarnos. El discípulo verdadero no dice: “Señor, ya entendí”, sino: “Señor, cámbiame por dentro”.


4) El “ADN” del Padre: parecerse a Dios (Mt 5,45-48)

Alguien lo dice con una imagen muy clara: en una familia se heredan rasgos, se imitan hábitos, se aprende un modo de ser.
Pues bien: si Dios es mi Padre, debo recibir su “ADN” espiritual: misericordia, paciencia, fidelidad, bondad.

Jesús lo explica con un hecho simple: el Padre hace salir el sol y manda la lluvia sobre buenos y malos. Eso no significa que Dios apruebe el mal, sino que su amor es mayor que nuestra lógica de venganzas.
Y por eso remata: “Sean perfectos como su Padre es perfecto.”
Esa “perfección” no es ser impecables, sino ser plenos en el amor, completos, sin recortes: amar al que me ama… y también al que me cuesta.


5) Realismo cuaresmal: perdonar no es ingenuidad

Aquí conviene ser claros: amar al enemigo no es:

  • justificar el abuso,
  • renunciar a la justicia,
  • permitir que me destruyan,
  • fingir que no dolió.

Amar al enemigo significa: con límites sanos, con prudencia y verdad, yo no dejo que el odio mande en mi corazón.
Orar por quien me persigue es decir: “Señor, toca su vida… y sobre todo, libera mi corazón de la prisión del resentimiento.” Porque el rencor parece castigar al otro, pero en realidad me encadena a mí.


6) Memoria de María en sábado: la Madre que nos enseña el corazón del Hijo

En este sábado miramos a María: hija perfecta del Padre, discípula perfecta del Hijo.
Ella conoce el dolor, la incomprensión, la espada en el alma… pero no se convirtió en amargura. María es la prueba viviente de que la gracia puede sostener un corazón sin endurecerlo.

Cuando sentimos que “no podemos”, María nos toma de la mano y nos dice: “Mira a Jesús. Aprende su mansedumbre. Pídele su corazón.”


7) Aplicación concreta: una pequeña práctica de familia (para esta semana)

Te propongo tres pasos sencillos, pero verdaderos:

1.    Nombra (en silencio) a esa persona con la que tienes un nudo: resentimiento, herida, distancia.

2.    Ora por ella cada día con una frase breve:
“Señor, bendícela y conviérteme a mí también.”

3.    Derriba un muro: evita un comentario hiriente, corta un chisme, ofrece un gesto mínimo de respeto, o al menos decide: “No alimentaré esto más.”

A veces la santidad no empieza con grandes discursos, sino con una decisión pequeña que cambia la dirección del corazón.


Oración final (en sintonía con el comentario)

Padre bueno y misericordioso: tu amor no falla, no disminuye, no cambia.
Mi amor, en cambio, es frágil, egoísta y variable. Hoy acepto tu invitación a ser parte de tu familia. Dame tu sabiduría para mirar a todos con tus ojos y tu gracia para amar con tu corazón. Perdona mi falta de amor, rompe mis cadenas de resentimiento y transfórmame, día a día, en un verdadero hijo tuyo.
María, Madre del Amor hermoso, enséñanos a amar como Jesús.
Jesús, en Ti confío. Amén.

 

 

 

jueves, 26 de febrero de 2026

27 de febrero del 2026: viernes de la primera semana de Cuaresma

 

¿Por dónde empezar?

(Mateo 5,20-26) Enojarse, insultar, guardar rencor debilita nuestras relaciones y nos aleja del Reino. “Quien no peca con palabras es capaz ya de dominar todo su cuerpo”, nos recuerda santa Teresita del Niño Jesús.

La vida auténtica comienza por el perdón y la reconciliación, antes de toda ofrenda.

¿Nos tomamos el tiempo de reparar nuestros vínculos o dejamos que la ira vaya minando nuestra vida?

Jean-Paul Musangania, prêtre assomptionniste

 


Primera lectura

Lectura de la profecía de Ezequiel (18,21-28):

ESTO dice el Señor Dios:
«Si el malvado se convierte de todos los pecados cometidos y observa todos mis preceptos, practica el derecho y la justicia, ciertamente vivirá y no morirá. No se tendrán en cuenta los delitos cometidos; por la justicia que ha practicado, vivirá. ¿Acaso quiero yo la muerte del malvado —oráculo del Señor Dios—, y no que se convierta de su conducta y viva?
Si el inocente se aparta de su inocencia y comete maldades, como las acciones detestables del malvado, ¿acaso podrá vivir? No se tendrán en cuenta sus obras justas. Por el mal que hizo y por el pecado cometido, morirá.
Insistis: No es justo el proceder del Señor. Escuchad, casa de Israel: ¿Es injusto mi proceder? ¿No es más bien vuestro proceder el que es injusto?
Cuando el inocente se aparta de su inocencia, comete la maldad y muere, muere por la maldad que cometió. Y cuando el malvado se convierte de la maldad que hizo y practica el derecho y la justicia, él salva su propia vida. Si recapacita y se convierte de los delitos cometidos, ciertamente vivirá y no morirá».


Palabra de Dios

 

 

Salmo

Sal 129,1-2.3-4.5-7a.7bc-8


R/.
 Si llevas cuenta de los delitos, Señor,
¿quién podrá resistir?



V/. Desde lo hondo a ti grito, Señor;
Señor, escucha mi voz;
estén tus oídos atentos
a la voz de mi súplica. R/.

V/. Si llevas cuenta de los delitos, Señor,
¿quién podrá resistir?
Pero de ti procede el perdón,
y así infundes temor. R/.

V/. Mi alma espera en el Señor,
espera en su palabra;
mi alma aguarda al Señor,
más que el centinela la aurora.
Aguarde Israel al Señor,
como el centinela la aurora. R/.


V/. Porque del Señor viene la misericordia,
la redención copiosa;
y el redimirá a Israel
de todos sus delitos. R/.

 

 

Lectura del santo evangelio según san Mateo (5,20-26):

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos.
Habéis oído que se dijo a los antiguos: “No matarás”, y el que mate será reo de juicio. Pero yo os digo: todo el que se deja llevar de la cólera contra su hermano será procesado. Y si uno llama a su hermano “imbécil” tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama “necio”, merece la condena de la “gehena” del fuego.
Por tanto, si cuando vas a presentar tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda.
Con el que te pone pleito procura arreglarte enseguida, mientras vais todavía de camino, no sea que te entregue al juez y el juez al alguacil, y te metan en la cárcel. En verdad te digo que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último céntimo».

Palabra del Señor

 

1

 

Hermanos y hermanas, en esta Cuaresma el Señor nos hace una pregunta muy concreta: ¿por dónde empezar de verdad? A veces pensamos que empezar es “hacer más cosas”: más sacrificios, más rezos, más promesas. Y todo eso puede ser hermoso. Pero hoy Jesús nos lleva al inicio más decisivo: empezar por sanar el corazón y las relaciones, porque ahí se juega la verdad de nuestra fe.

1) Dios no se complace en la caída: quiere la vida (Ezequiel 18)

En la primera lectura, el profeta Ezequiel nos presenta el rostro verdadero de Dios: un Dios que no se cansa de abrir la puerta del regreso. Si el malvado se convierte, vive; si el justo se tuerce, muere. No es una contabilidad fría: es una llamada seria a la libertad.
Dios no dice: “ya es tarde”; Dios dice: “vuelve”. Y eso es medicina para quien lleva culpas antiguas, para quien está cansado por dentro, para quien siente que no puede cambiar. En Cuaresma, el Señor nos recuerda: tu historia no está cerrada.

2) “Desde lo hondo a ti grito, Señor” (Salmo 130)

El salmo es el grito de los que sufren: “Desde lo profundo…”. Hay profundidades del cuerpo (dolor, enfermedad, cansancio) y hay profundidades del alma (ansiedad, tristeza, soledad, culpa, rencores). Y el salmo no niega esa noche; la ora.
Y añade algo precioso: “si llevas cuenta de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir? Pero de ti procede el perdón”. O sea: el perdón no es un premio para los perfectos; es el clima donde el corazón vuelve a respirar.

3) Jesús va a la raíz: la violencia empieza en el corazón (Mt 5,20-26)

En el Evangelio, Jesús eleva el listón: “si tu justicia no es mayor…”. ¿Mayor que cuál? Mayor que una justicia de apariencia, de cumplimiento externo. Jesús no se queda solo en el “no matarás”; va al origen: la ira que se instala, el insulto que humilla, el rencor que se cocina a fuego lento.
Y aquí viene una frase que golpea con ternura: antes de presentar la ofrenda, reconcíliate. Como si Jesús dijera: “No me traigas flores al altar mientras mantienes espinas en el corazón”. Porque la relación con Dios y la relación con el hermano no se separan: o caminan juntas, o se quiebran las dos.

Santa Teresita lo resumía con sabiduría: quien cuida las palabras, va aprendiendo a cuidar todo su ser. ¿Por qué? Porque la palabra es la punta del iceberg del corazón: cuando el corazón está herido, la boca dispara; cuando el corazón sana, la lengua deja de ser arma y se vuelve bálsamo.

4) Un paso muy humano (y muy cristiano): reparar los vínculos

El comentario preguntaba: “¿Nos tomamos el tiempo de reparar nuestros vínculos o dejamos que la ira mine nuestra vida?”
La ira sostenida mina la vida por dentro: nos roba el sueño, nos endurece el rostro, nos vuelve reactivos; y muchas veces termina enfermando también el cuerpo. Por eso hoy el Evangelio es profundamente realista: la reconciliación no es romanticismo; es higiene del alma.

Reconciliarse no siempre significa que todo se resuelve de inmediato, ni que se vuelve a lo de antes. A veces reconciliarse es:

  • dejar de alimentar el rencor (no repetir la película una y otra vez),
  • dar el primer paso humilde (“perdóname” / “me dolió” / “hablemos”),
  • buscar un puente posible (un mensaje, una conversación serena, un mediador),
  • y, en casos difíciles, también poner límites sanos sin odio.

Pero Jesús es claro: no normalices la ruptura. No te acostumbres a vivir “en guerra fría”. La Cuaresma no es solo dejar carne o dejar dulces: es dejar el veneno.

5) Intención orante: por quienes sufren en el alma y en el cuerpo

Hoy queremos poner ante el Señor a los que cargan dolores visibles e invisibles: los enfermos, los que están en duelo, los que viven con depresión o ansiedad, los que arrastran culpa, los que han sido heridos por palabras, los que no pueden perdonarse, los que viven conflictos familiares, y los que sienten el corazón agotado.
Pidamos la gracia de un corazón nuevo: que el Señor nos saque de “lo hondo” y nos devuelva a la esperanza.

6) Tres decisiones cuaresmales para hoy

1.    Revisar una relación que necesito sanar (aunque sea con un paso pequeño).

2.    Cuidar mis palabras: hoy no insulto, no ironizo para herir, no humillo.

3.    Orar el Salmo 130 cuando me suba la ira: “Señor, en ti espero”.

Que esta Eucaristía sea verdadera: no solo una ofrenda en el altar, sino una ofrenda de vida reconciliada. Y que el Señor, que no quiere la muerte del pecador sino que se convierta y viva, nos regale el milagro más grande de la Cuaresma: volver a amar. Amén.

 

2

 

1) Una anécdota que nos desnuda por dentro

Cuenta el comentario algo simpático: una esposa le pide al esposo “recógeme una libra de papas” y él, literalista, va, las levanta, las vuelve a poner en tierra y regresa sin nada: “¡Usted solo me pidió que las recogiera!”.
Nos reímos… pero la escena retrata una tentación muy humana y muy religiosa: cumplir lo mínimo y creer que ya amamos, ya obedecimos, ya somos justos. Cumplimos la “letra”, pero no el “corazón” del mandamiento.

2) “Si su justicia no es mayor…”: ¿mayor que qué?

Jesús dice: “Si su justicia no supera la de los escribas y fariseos…” (Mt 5,20).
Los fariseos no eran ateos; eran practicantes. El problema es que, muchas veces, convirtieron la Ley en un reglamento, y al corazón en un trámite. Jesús, en cambio, revela el fondo:

  • Dios no quiere solo conductas “correctas”.
  • Dios quiere un corazón “convertido”.
    Y por eso en Cuaresma el Señor nos pregunta: ¿soy creyente de apariencias o discípulo de entrañas?

3) Ezequiel: Dios abre futuro, pero no banaliza el pecado

La primera lectura (Ez 18,21-28) es clarísima: Dios no se complace en la muerte del pecador; quiere que se convierta y viva.
Pero también nos sacude: nadie se salva por “historial”, sino por la decisión real de volver. Un pasado bueno no justifica un presente torcido; y un pasado torcido no impide un presente nuevo.
Esto es esperanza pura para quien sufre por dentro: si hoy vuelvo, hoy vivo. La misericordia de Dios no es una excusa para seguir igual; es una fuerza para cambiar.

4) “Desde lo hondo”: el salmo de los que no pueden más

El Salmo 130 es la oración de quienes están en el fondo: “Desde lo hondo a ti grito, Señor…”
Hay gente que hoy está “en lo hondo” en el cuerpo (dolor, enfermedad, agotamiento) y “en lo hondo” en el alma (duelos, ansiedad, culpa, depresión, resentimiento).
Y el salmo no niega la herida: la presenta. Y añade lo decisivo:
“Pero de ti procede el perdón.”
No es solo que Dios “perdona”; es que su perdón nos devuelve el aire, nos saca del pozo, nos reordena por dentro.

5) Jesús va a la raíz: tres escalones del pecado contra el hermano

El Evangelio (Mt 5,20-26) es una cirugía espiritual. Jesús toma el “no matarás” y muestra su profundidad: antes del golpe, hay una raíz. Y esa raíz suele tener tres escalones:

a) La ira que se cultiva (interior)
Sentir una emoción no siempre es pecado; somos humanos. El problema es darle casa a la ira: rumiar, despreciar, condenar por dentro. Eso endurece el corazón y ya nos pone “en juicio”.

b) La palabra que humilla (exterior)
Cuando la ira sale por la boca, hiere la dignidad del otro. Insultar es decirle al hermano: “no vales”. Y eso es gravísimo, porque el otro tiene el rostro de hijo de Dios.

c) La condena moral (“tú eres así…”)
Lo más serio es cuando no critico un acto sino que sentencio a la persona: “eres un perdido”, “no tienes remedio”, “eres malo”. Eso es invadir el lugar de Dios, porque solo el Señor conoce el corazón y juzga con verdad y misericordia.

El pecado, muchas veces, no empieza con un gran escándalo, sino con un pensamiento de desprecio que se vuelve emoción, luego palabra, luego ruptura.

6) “Primero reconcíliate”: el orden de Dios

Jesús dice algo desconcertante: si vas a ofrecer en el altar y recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja la ofrenda y ve a reconciliarte.
No es que Jesús desprecie el culto; es que ama el culto verdadero. La Eucaristía no es maquillaje espiritual: es comunión. Y la comunión con Dios pide, al menos, el deseo sincero de reparar los vínculos.

Reconciliarse no siempre significa “volver a ser amigos como antes”. A veces significa:

  • reconocer el daño,
  • pedir perdón sin excusas,
  • ofrecer una conversación serena,
  • cortar la cadena del veneno,
  • y, cuando haga falta, poner límites sin odio.

7) Aplicación cuaresmal: ¿dónde está mi raíz?

Cuaresma no es solo “controlar actos”; es desenmascarar raíces.
Si lucho con la ira, preguntémonos con valentía:

  • ¿Qué juicio rápido estoy haciendo?
  • ¿Qué herida no he sanado?
  • ¿Qué miedo o frustración me está volviendo agresivo?
  • ¿A quién estoy castigando con mi silencio o con mis palabras?

Dios no revela la raíz para avergonzarnos, sino para sanarnos.

8) Intención orante: por quienes sufren en el alma y en el cuerpo

Hoy oramos por los enfermos y por los que cargan dolores invisibles:

  • por quienes viven “en lo hondo” de la tristeza,
  • por quienes no logran perdonarse,
  • por quienes han sido heridos por palabras y desprecios,
  • por los que viven conflictos familiares,
  • por quienes están agotados en su cuerpo y en su espíritu.

Que el Señor nos regale lo que el salmo promete: “en el Señor está la misericordia y la redención abundante”.

9) Tres decisiones concretas para hoy

1.    Ayuno de palabras hirientes (hoy no humillo, no etiqueto, no condeno).

2.    Un paso de reconciliación (un mensaje, una llamada, un “perdóname”, un “hablemos”).

3.    Confesar la raíz (en oración y, si hace falta, en el sacramento): no solo “lo que hice”, sino “lo que guardé”.

10) Oración final (en el espíritu del comentario)

Señor Jesús, manso y humilde de corazón:
arranca de mí la raíz del desprecio y del juicio apresurado.
Sana mis heridas, para que no hiera a los demás.
Pon un centinela en mi lengua y misericordia en mi mirada.
Enséñame a reconciliarme antes de ofrecerte mis dones,
para que mi fe no sea solo de letra, sino de vida.

Amén.


miércoles, 25 de febrero de 2026

26 de febrero del 2026: jueves de la primera semana de Cuaresma

 

Perseverancia y tenacidad

(Mateo 7,7-12) ¿Quién no se ha topado alguna vez con una puerta cerrada, con una oración sin respuesta? Jesús, en cambio, nos invita a no quedarnos afuera: pedir, buscar, llamar. Estos verbos nos llaman a actuar, a perseverar, a creer que Dios siempre abre, a veces de un modo distinto al que esperábamos. No se trata de esperar pasivamente, sino de buscar a Dios con fe. En esta Cuaresma, ¿hasta dónde estamos dispuestos a llegar para dejar que Dios nos abra su corazón?

Jean-Paul Musangania, prêtre assomptionniste

 


Primera lectura

Lectura del libro de Ester (14,1.3-5.12-14):

EN aquellos días, la reina Ester, presa de un temor mortal, se refugió en el Señor.
Y se postró en tierra con sus doncellas desde la mañana a la tarde, diciendo:
«¡Bendito seas, Dios de Abrahán, Dios de Isaac y Dios de Jacob! Ven en mi ayuda, que estoy sola y no tengo otro socorro fuera de ti, Señor, porque me acecha un gran peligro.
Yo he escuchado en los libros de mis antepasados, Señor, que tú libras siempre a los que cumplen tu voluntad. Ahora, Señor, Dios mío, ayúdame, que estoy sola y no tengo a nadie fuera de ti. Ahora, ven en mi ayuda, pues estoy huérfana, y pon en mis labios una palabra oportuna delante del león, y hazme grata a sus ojos. Cambia su corazón para que aborrezca al que nos ataca, para su ruina y la de cuantos están de acuerdo con él.
Líbranos de la mano de nuestros enemigos, cambia nuestro luto en gozo y nuestros sufrimientos en salvación».

Palabra de Dios

 

 

Salmo

Sal 137,1-2ª.2bc.3.7c-8

R/.
 Cuando te invoqué, me escuchaste, Señor

V/. Te doy gracias, Señor, de todo corazón,
porque escuchaste las palabras de mi boca;
delante de los ángeles tañeré para ti,
me postraré hacia tu santuario. R/.

V/. Daré gracias a tu nombre:
por tu misericordia y tu lealtad,
porque tu promesa supera tu fama.
Cuando te invoqué, me escuchaste,
acreciste el valor en mi alma. R/.

V/. Tu derecha me salva.
El Señor completará sus favores conmigo.
Señor, tu misericordia es eterna,
no abandones la obra de tus manos. R/.

 

Lectura del santo evangelio según san Mateo (7,7-12):

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá; porque todo el que pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre.
Si a alguno de vosotros le pide su hijo pan, ¿le dará una piedra?; y si le pide pescado, ¿le dará una serpiente? Pues si vosotros, aun siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡Cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que le piden!
Así, pues, todo lo que deseáis que los demás hagan con vosotros, hacedlo vosotros con ellos; pues esta es la Ley y los Profetas».

Palabra del Señor

 

 

1

 

En Cuaresma, el Señor nos educa en una fe realista: una fe que no se desmorona cuando la puerta tarda en abrirse. Porque, seamos sinceros, todos hemos vivido ese momento incómodo: “Estoy orando… y no pasa nada”. Y ahí nace la tentación: resignarnos, enfriarnos, o concluir —por cansancio— que Dios no escucha.

Hoy la Palabra viene a sanarnos justamente en ese punto.

1) Ester: cuando la oración nace desde la fragilidad

La reina Ester aparece en uno de los momentos más dramáticos del pueblo. No reza desde la comodidad, sino desde el riesgo, el miedo, la impotencia. Y precisamente por eso su oración es tan auténtica: no se disfraza. Se presenta “como está”, con el alma en la mano, y se abandona a Dios.

Esto es clave para nuestra vida espiritual: a veces el problema no es que Dios esté lejos, sino que nosotros queremos orar “perfectos”, “bien”, “sin grietas”. Y la Biblia muestra lo contrario: Dios abre su corazón al que ora con verdad. Ester no negocia con Dios; se confía. No presume fuerzas; se apoya en el Señor.

2) “Pidan, busquen, llamen”: tres verbos, una escuela de perseverancia

En el Evangelio, Jesús no ofrece una fórmula mágica; propone un camino.

·        Pedir: es reconocer que necesito. Pedir cura el orgullo espiritual.

·        Buscar: es moverse, ordenar la vida, tomar decisiones, abrir espacio a Dios.

·        Llamar: es insistir con amor. No es “acosar a Dios”; es permanecer en relación.

Aquí hay una verdad fina: Dios siempre responde, pero no siempre del modo que nuestro cálculo esperaba. A veces abre la puerta que pedimos; otras veces abre una puerta mejor; y otras veces, antes de abrir la puerta, nos abre por dentro: cambia la mirada, fortalece la paciencia, limpia la intención, ensancha el corazón.

Hay personas que se desaniman porque creen que la oración es un botón: aprieto y obtengo. Jesús enseña otra cosa: la oración es vínculo, camino, confianza. Por eso la perseverancia no es terquedad vacía: es fidelidad en el amor.

3) El Salmo: Dios no suelta la obra de sus manos

El salmo nos regala una frase para sostener el alma: el Señor “completa” su obra y su misericordia es eterna. Esto es esperanza pura: si Dios empezó algo en usted, no lo abandona. Si Dios sembró una vocación, una gracia, un llamado, no lo olvida. Si Dios puso en la Iglesia el deseo de evangelizar, no la dejará sin luz ni sin obreros.

Pero aquí está el punto: Dios completa su obra con nuestra colaboración. La gracia no anula la responsabilidad; la despierta.

4) La “regla de oro” y la evangelización: cómo se abre una puerta en el mundo

Jesús culmina con algo muy concreto: “Traten a los demás como quieren que ellos los traten”. No es una frase bonita: es una brújula diaria. Y esto toca de lleno la evangelización.

Porque muchas puertas se cierran no por falta de argumentos, sino por falta de caridad, de escucha, de paciencia, de ternura. Evangelizar no es “ganar discusiones”; es abrir caminos para que otros se encuentren con Cristo.

Una comunidad que trata con misericordia, que acoge, que no humilla, que acompaña procesos, que respeta tiempos… se vuelve una “puerta abierta” hacia Dios. Y ahí nacen vocaciones: donde hay fe viva, alegría humilde y amor concreto.


Aplicación cuaresmal: tres decisiones sencillas (para esta semana)

1.    Persevere en una intención concreta: elija una sola petición y sosténgala cada día (sin ansiedad), ofreciendo también un sacrificio pequeño.

2.    Busque a Dios con hechos: haga un gesto de caridad “oculto”, sin aplausos; eso afina el corazón para escuchar.

3.    Llame a la puerta de la vocación: ore por un joven, una familia, un seminarista, una religiosa; y si usted acompaña gente, atrévase a decir una palabra de ánimo: “Dios podría estar llamándolo”.


Intención orante final (por la obra evangelizadora y las vocaciones)

Señor Jesús, que nos mandas pedir, buscar y llamar:
danos un corazón perseverante cuando la puerta parezca cerrada,
una fe humilde que confíe en tus tiempos,
y una caridad concreta que haga creíble el Evangelio.

Sostén la obra evangelizadora de tu Iglesia:
renueva el ardor de los misioneros, fortalece a los catequistas,
alienta a los sacerdotes en su entrega,
y suscita santas vocaciones al sacerdocio, a la vida consagrada y al matrimonio cristiano.

Que en esta Cuaresma no nos quedemos “afuera”,
sino que dejemos que Tú nos abras tu corazón.
Amén.

 

2

 

1) “Recibir cosas buenas”: ¿Dios concede todo lo que pedimos?

Jesús nos dice hoy con una promesa que suena inmensa: “Pidan y se les dará; busquen y encontrarán; llamen y se les abrirá” (Mt 7,7). Y uno podría pensar: “Entonces, si pido con fe, Dios me lo da”. Pero el mismo Señor matiza: el Padre “da cosas buenas a los que se las piden” (cf. Mt 7,11).

Aquí está el corazón del Evangelio de hoy: Dios siempre responde, pero responde como Padre. Y un padre verdadero no da cualquier cosa; da lo que hace bien. A veces nuestra petición es sincera, pero lo que pedimos no necesariamente es “bueno” para nuestra salvación, para nuestra libertad interior, para la paz del corazón.

Por eso, en la oración, la pregunta no es solo: “¿Me lo dará?”, sino: “Señor, enséñame a desear lo que es bueno de verdad.”

2) ¿Qué es “bueno” para Dios?

Nosotros solemos llamar “bueno” a lo que facilita la vida: más comodidad, más reconocimiento, más éxito, más seguridades. Pero Dios mira más lejos: mira el corazón.

A veces un “sí” inmediato nos haría superficiales; un “no” providente nos vuelve humildes; una “espera” nos madura. Dios no juega con nosotros: nos educa.

Hay cosas que pedimos como si fueran indispensables y, sin embargo, el Señor —con delicadeza— nos conduce hacia algo mejor: sencillez, desprendimiento, confianza, paciencia, verdad. Y eso… sí es oro para el alma.

3) El bien más grande: Dios mismo

Alguien comentando este evangelio lo dice con fuerza: el bien supremo que podemos pedir es Dios mismo. Porque Dios no solo da bienes: se da a sí mismo.

Cuando una persona pide: “Señor, dame tu gracia, dame tu Espíritu, cambia mi corazón, muéstrame tu voluntad”, esa oración nunca queda sin respuesta. Y cuando buscamos sinceramente su voluntad, Él abre la puerta que conduce a la misericordia, a la verdad y a la plenitud de su plan.

En Cuaresma, esto es decisivo: no se trata de “conseguir cosas”, sino de convertir el deseo, de reordenar lo que anhelamos.

4) Nuestra lucha: confundir mi voluntad con la de Dios

Uno de los combates más frecuentes de la vida espiritual es este: yo quiero una cosa… pero Dios quiere mi bien, y no siempre coinciden en el corto plazo.

En nuestra condición herida, podemos apegarnos a “bienes” que terminan siendo falsos bienes: la obsesión por tener, por figurar, por controlar, por “ganar”. Y entonces la oración se vuelve una lista de pedidos para sostener esos apegos.

Pero Jesús, al enseñarnos a pedir, buscar y llamar, en realidad nos enseña a depurarnos: a descubrir qué parte de mí pide por amor, y qué parte pide por miedo o por vanidad.

5) El remedio: el desprendimiento que ordena el corazón

La medicina se llama desprendimiento: soltarnos de deseos desordenados para quedar disponibles para Dios.

Desprenderse no es despreciar las cosas; es ponerlas en su lugar. Es dejar de exigirle a la vida (y a Dios) que me cumpla caprichos, para empezar a decir: “Padre, dame lo que me haga santo; lo demás, si me conviene, vendrá”.

Cuaresma es justamente esta escuela: el ayuno, la limosna y la oración no son castigos; son cirugía del corazón. Van cortando lo que me esclaviza para que pueda amar más.

6) Ester: una oración pura que no negocia, se abandona

La primera lectura nos pone delante a Ester: orando en angustia, intercediendo por su pueblo. Ella no se apoya en su poder, sino en Dios. Y esa es una clave preciosa: la oración verdadera nace cuando dejamos de sentirnos autosuficientes.

Ester no controla la situación, pero confía. Y Dios actúa en la historia cuando encuentra un corazón así: humilde, real, entregado.

7) El Salmo: Dios no abandona la obra de sus manos

El salmo responde como un ancla: el Señor sostiene, acompaña, completa su obra. Aunque atravesemos dificultades, “tu diestra me salva… el Señor completará sus favores conmigo” (cf. Sal 137/138).

Esa frase es para quienes evangelizan y a veces se cansan: Dios no abandona. La obra es suya.

8) “Como quieren que los traten”: evangelizar es dar lo bueno

El Evangelio termina con la regla de oro: “Traten a los demás como quieren que ellos los traten” (Mt 7,12). Y aquí aterriza todo: lo “bueno” que Dios nos da, se vuelve misión.

Evangelizar es ofrecer bienes verdaderos: misericordia, escucha, verdad con caridad, paciencia, compañía, esperanza. La Iglesia anuncia a Cristo no solo con palabras, sino con un estilo: el estilo del Padre que da “cosas buenas”.

Y en ese clima nacen vocaciones: donde alguien experimenta que Dios no humilla, sino que levanta; no apaga, sino que enciende; no usa, sino que ama.


Tres llamadas concretas para vivir hoy

1.    Pida con fe, pero pida “lo bueno”: “Señor, dame tu gracia; ordéneme por dentro; muéstrame tu voluntad”.

2.    Busque con decisiones: en algo concreto hoy, elija lo que le hace más libre, no lo que más le seduce.

3.    Llame con perseverancia: no abandone la oración porque “no siente nada”. La fidelidad abre puertas.


Intención orante (Obra evangelizadora y vocaciones)

Padre bueno, que siempre das cosas buenas a tus hijos:
purifica nuestros deseos, para que no te pidamos migajas cuando Tú quieres darnos el Reino.
Renueva en tu Iglesia el ardor por anunciar a Jesucristo con alegría y coherencia.
Suscita vocaciones santas: sacerdotes según tu Corazón, consagrados con fuego misionero, familias firmes en la fe, laicos valientes en medio del mundo.

Señor Jesús, confiamos en Ti. Amén.

 

28 de febrero del 2026: sábado de la primera semana de Cuaresma

  Y, sin embargo… (Mateo 5, 43-48) Amar a quienes nos hieren, rezar por quienes nos atacan, es difícil. Y, sin embargo, ahí es donde Jesú...