domingo, 1 de febrero de 2026

2 de febrero del 2026: Fiesta de la Presentación del Señor

 

Fiesta de la Presentación del Señor

Hoy celebramos la Presentación del Señor, también conocida como la fiesta de la luz. Cuarenta días después de la Navidad, María y José presentan a Jesús en el templo, cumpliendo la Ley, y lo ofrecen totalmente al Padre. Cristo, luz del mundo, es reconocido por Simeón y Ana como salvación para todos los pueblos.

Esta fiesta nos recuerda que toda vida es don y ofrenda, y que somos llamados a presentarnos ante Dios con un corazón disponible, para dejarnos iluminar por Aquel que viene a nuestro encuentro y da sentido pleno a nuestra esperanza.

G.Q

 

Solidario con nuestra fragilidad

(Hb 2,14-18, Sal 24(23),7.8.9.10 (R. cf. Dn 3,53a) / Lc 2,22-40)

Hoy la Iglesia celebra la Presentación del Señor, misterio de luz y de encuentro. En la carta a los Hebreos contemplamos a Cristo que comparte plenamente nuestra condición humana para liberarnos del temor y del pecado, haciéndose solidario con nuestra fragilidad. Él es el Hijo que entra en nuestra historia para salvarla desde dentro.

El salmo nos invita a abrir las puertas para que entre el Rey de la gloria, el Señor fuerte y poderoso. Y en el Evangelio, Jesús es presentado en el templo como primogénito y ofrenda al Padre: Simeón y Ana, testigos de una larga espera, reconocen en ese Niño la luz para alumbrar a las naciones y la gloria de su pueblo.

Dispongamos el corazón para acoger a Cristo, luz verdadera, y dejemos que su presencia ilumine nuestras sombras y renueve nuestra esperanza.

 


(Se escoge como primera lectura una de las dos)


Mal 3, 1-4

Llegará a su santuario el Señor a quien ustedes andan buscando

Lectura de la profecía de Malaquías.

ESTO dice el Señor Dios:
«Voy a enviar a mi mensajero para que prepare el camino ante mí.
De repente llegará a su santuario el Señor a quien ustedes andan buscando; y el mensajero de la alianza en quien ustedes se regocijan, miren que está llegando, dice el Señor del universo.
¿Quién resistirá el día de su llegada? ¿Quién se mantendrá en pie ante su mirada? Pues es como fuego de fundidor, como lejía de lavandero. Se sentará como fundidor que refina la plata; refinará a los levitas y los acrisolará como oro y plata, y el Señor recibirá ofrenda y oblación justas.
Entonces agradará al Señor la ofrenda de Judá y de Jerusalén, como en tiempos pasados, como antaño».

Palabra de Dios. 


O


Heb 2, 14-18

Tenía que parecerse en todo a sus hermanos

Lectura de la carta a los Hebreos.

LO mismo que los hijos participan de la carne y de la sangre, así también participó Jesús de nuestra carne y sangre, para aniquilar mediante la muerte al señor de la muerte, es decir, al diablo, y liberar a cuantos, por miedo a la muerte, pasaban la vida entera como esclavos.
Noten que tiende una mano a los hijos de Abrahán, no a los ángeles. Por eso tenía que parecerse en todo a sus hermanos, para ser sumo sacerdote misericordioso y fiel en lo que a Dios se refiere, y expiar los pecados del pueblo. Pues, por el hecho de haber padecido sufriendo la tentación, puede auxiliar a los que son tentados.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 23, 7. 8. 9. 10 (R.: 10bc)


R. El Señor, Dios del universo,
él es el Rey de la gloria.


V. ¡Portones!, alcen los dinteles,
que se alcen las puertas eternales:
va a entrar el Rey de la gloria. R.
V. ¿Quién es ese Rey de la gloria?
El Señor, héroe valeroso,
el Señor valeroso en la batalla. R.
V. ¡Portones!, alcen los dinteles,
que se alcen las puertas eternales:
va a entrar el Rey de la gloria. R.



V. ¿Quién es ese Rey de la gloria?
El Señor, Dios del universo,
él es el Rey de la gloria. R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Luz para alumbrar a las naciones
y gloria de tu pueblo Israel. R.

 

Evangelio

Lc 2, 22-40 (forma larga) 

Mis ojos han visto a tu Salvador

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

CUANDO se cumplieron los días de la purificación, según la ley de Moisés, los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: «Todo varón primogénito será consagrado al Señor», y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor: «un par de tórtolas o dos pichones».
Había entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel; y el Espíritu Santo estaba con él. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu, fue al templo.
Y cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo acostumbrado según la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo:
«Ahora, Señor, según tu promesa,
puedes dejar a tu siervo irse en paz.
Porque mis ojos han visto a tu Salvador,
a quien has presentado ante todos los pueblos:
luz para alumbrar a las naciones
y gloria de tu pueblo Israel».
Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del niño. Simeón los bendijo y dijo a María, su madre:
«Este ha sido puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; y será como un signo de contradicción —y a ti misma una espada te traspasará el alma—, para que se pongan de manifiesto los pensamientos de muchos corazones».
Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, ya muy avanzada en años. De joven había vivido siete años casada, y luego viuda hasta los ochenta y cuatro; no se apartaba del templo, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones noche y día. Presentándose en aquel momento, alababa también a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén.
Y, cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño, por su parte, iba creciendo y robusteciéndose, lleno de sabiduría; y la gracia de Dios estaba con él.

Palabra del Señor.

 

1

 

Hoy la Iglesia celebra una fiesta preciosa y luminosa: la Presentación del Señor. Es, a la vez, una fiesta de encuentro y una fiesta de luz. Encuentro, porque en el templo se cruzan caminos: el de María y José, el de Simeón y Ana, el de todo Israel que espera… y el camino de Dios que entra en su casa. Luz, porque ese Niño que llega en brazos de su Madre es reconocido como “luz para alumbrar a las naciones”.

Y en esta Eucaristía, además, elevamos una intención muy concreta: oramos por nuestros fieles difuntos. ¿Qué mejor día para hacerlo que hoy, cuando el Evangelio nos muestra que la vida humana—con sus alegrías y sus sombras—encuentra sentido cuando se “presenta” ante Dios, cuando se pone en sus manos?

5)   Dios no se quedó mirando desde lejos

La carta a los Hebreos nos regala una frase decisiva: Cristo “participó de nuestra sangre y de nuestra carne”. Es decir: Dios no nos salva desde un balcón, sino desde dentro; no nos acompaña solo con ideas bonitas, sino con una presencia real. Se hizo uno de nosotros.

Y ¿para qué? Hebreos lo dice con claridad: para liberarnos del miedo que esclaviza, especialmente del miedo más profundo: el miedo a la muerte, el miedo a perderlo todo. Cristo asume nuestra condición mortal para abrir un camino nuevo: la muerte ya no es un callejón sin salida, sino una puerta hacia el Padre.

Por eso, cuando hoy oramos por nuestros difuntos, no lo hacemos desde la resignación, sino desde la fe: creemos que Aquel que compartió nuestra carne y nuestra sangre puede también tomar de la mano a nuestros hermanos y hermanas que han partido, y conducirlos a la casa del Padre.

2) “¡Abran las puertas!”: el templo y el corazón

El Salmo 24 repite con fuerza: “¡Portones, alcen los dinteles!” Es una imagen bellísima: como si la liturgia de hoy nos dijera: deja pasar al Rey de la gloria. Pero no solo en el templo de piedra; sobre todo en el templo del corazón.

¿Cuáles son esas “puertas” que a veces se quedan cerradas?

·        La puerta del duelo cuando parece que la ausencia pesa más que la esperanza.

·        La puerta del rencor que no deja descansar el alma.

·        La puerta del miedo a nuestro propio futuro.

·        La puerta de la indiferencia que enfría la fe.

Hoy el Señor pide entrar. Y cuando el Rey de la gloria entra, no entra para humillarnos, sino para sostenernos; no entra para juzgarnos con dureza, sino para sanarnos con misericordia.

3) La “presentación”: ofrecer a Dios lo que somos

El Evangelio es sencillo y, por eso mismo, profundo. María y José cumplen la Ley: presentan al Niño y ofrecen lo que pueden, la ofrenda de los pobres. Pero en realidad, lo que ocurre es mucho más grande: Dios se presenta a sí mismo en medio de su pueblo.

Y aparecen dos ancianos, Simeón y Ana, que representan la esperanza perseverante. Simeón toma al Niño en brazos y canta. ¡Qué escena! Un anciano sosteniendo al Eterno. Un hombre pequeño cargando a Dios, y al mismo tiempo siendo cargado por Él.

Simeón nos enseña algo clave para la vida espiritual: quien aprende a reconocer a Jesús, aprende también a leer su propia historia con paz. Por eso dice: “Ahora, Señor, puedes dejar a tu siervo irse en paz”. No es fatalismo; es plenitud. Es la paz de quien sabe que su vida no se pierde, sino que se entrega.

Aquí está la conexión más hermosa con nuestra intención de hoy: nuestros difuntos son como Simeón en el momento definitivo: han presentado su vida ante Dios. Y nosotros pedimos que el Señor los reciba, los purifique de todo límite y los introduzca en la alegría de su luz.

4) La profecía que atraviesa el corazón

Pero el Evangelio no endulza la realidad. Simeón también anuncia una espada: “y a ti una espada te atravesará el alma”. La fe cristiana no niega el dolor. María no es una mujer de yeso: es Madre, y el amor verdadero siempre se expone a la herida.

¿Cuántas espadas atraviesan también nuestros corazones cuando despedimos a alguien? Hay espadas de nostalgia, de preguntas, de culpas, de asuntos inconclusos. La fiesta de hoy nos dice algo muy consolador: Dios entra también en esas espadas. Cristo no vino solo para las horas luminosas, sino también para las noches del alma.

Y por eso nuestra oración por los difuntos es tan cristiana: no es solo un recuerdo bonito; es un acto de amor y de fe. Es decirle al Señor: “Recíbelos en tu luz, y recíbenos a nosotros cuando llegue la hora”.

5) Tres invitaciones concretas

En esta fiesta, el Señor nos deja tres invitaciones sencillas:

1.    Presenta tu vida a Dios hoy.
No esperes “el momento perfecto”. Presenta tu cansancio, tu pecado, tu familia, tu ministerio, tus proyectos. La vida se ordena cuando se ofrece.

2.    Abre tus puertas al Rey de la gloria.
Tal vez haya una puerta específica que necesitas abrir: perdonar, reconciliarte, retomar la oración, volver a la Eucaristía con más hondura.

3.    Ama con esperanza a tus difuntos.
Reza por ellos. Nómbralos en tu corazón. Ofrece por ellos una misa, una obra de caridad, un gesto de reconciliación. El amor no muere; se transforma, y en Cristo se vuelve intercesión.

Conclusión

Hoy, en el templo, no solo se presenta Jesús: hoy Jesús se presenta a nosotros. Él es el que comparte nuestra carne y nuestra sangre; el que entra como Rey de gloria; el que ilumina nuestra historia; el que acompaña nuestros duelos; el que abre para nuestros difuntos la puerta de la vida.

Que esta Eucaristía sea, para todos, un encuentro verdadero con Cristo Luz. Y que, al orar por nuestros fieles difuntos, el Señor nos conceda la gracia que Simeón cantó: vivir y morir en paz, con los ojos puestos en la salvación que Dios prepara para su pueblo.

 

2

 

En esta fiesta de la Presentación del Señor, la liturgia nos regala una escena sencilla y, a la vez, inmensa: un Niño llevado al templo, una Madre silenciosa, un padre obediente, una ofrenda pobre… y, detrás de todo, Dios entrando en su casa. Hoy celebramos la “fiesta del encuentro”: el encuentro de Dios con su pueblo, y el encuentro de nuestro corazón con la luz verdadera.

En el evangelio tenemos dos paradojas hermosas: la purificación de María y la “redención” ritual de Jesús. Ambas, a primera vista, parecen innecesarias. Pero justamente ahí está la lección: la humildad conduce a la gloria. Y por eso esta fiesta, tan luminosa, también es profundamente consoladora cuando oramos por nuestros fieles difuntos.

1) “Envío a mi mensajero”: Dios viene a purificar

El profeta Malaquías anuncia: “De pronto entrará en el santuario el Señor a quien ustedes buscan”. Y añade una imagen exigente: vendrá como fuego que purifica, como lejía que lava. No se trata de un Dios que viene a aplastar, sino de un Dios que viene a purificar para salvar.

A veces quisiéramos un Dios que solo confirme lo que ya somos, que no nos incomode. Pero el Señor entra en el templo para hacer verdadero culto, para que la ofrenda sea “agradable”. Y aquí está un punto clave: la purificación que Dios realiza no es humillante; es liberadora. Él limpia para sanar, corrige para levantar, prueba para fortalecer.

Por eso hoy, al recordar a nuestros difuntos, esta palabra nos sostiene: creemos que Dios, que es justo y misericordioso, purifica lo que haya que purificar, y acoge en su paz a quienes han caminado con fragilidad. Nuestra oración no niega las sombras de la vida; las entrega a la luz de Dios.

2) “¡Abran las puertas!”: el Rey de la gloria entra

El Salmo 24 pone en nuestros labios un grito solemne: “¡Portones, alcen los dinteles!” ¿Para qué? Para que entre el Rey de la gloria.

Pero hoy ese Rey no entra con trompetas ni con ejército. Entra como un Niño en brazos de su Madre. Entra pequeño. Entra pobre. Entra obediente a la Ley. Es el gran estilo de Dios: su gloria se revela por el camino de la humildad.

Y aquí el salmo se vuelve examen del corazón: ¿qué puertas están cerradas?

·        la puerta del orgullo que no reconoce límites;

·        la puerta de la autosuficiencia que no pide ayuda;

·        la puerta del resentimiento que no perdona;

·        la puerta del miedo, especialmente cuando la muerte nos hiere.

Cuando hoy decimos “¡abran!”, es como si la Iglesia nos pidiera abrir también esa puerta dolorosa del duelo para que el Rey de la gloria entre allí con su luz.

3) La primera paradoja: María “se purifica” siendo Purísima

La Ley pedía un rito de purificación después del parto. Y sin embargo, María, la llena de gracia, no necesitaba purificación. ¿Por qué entonces lo hace? Porque nos enseña una santidad concreta: la santidad que no se exhibe, la santidad que no se justifica a sí misma, la santidad que prefiere obedecer antes que imponerse.

¡Qué medicina para nuestro tiempo, tan tentado por la autoafirmación! A veces creemos que la grandeza está en decir “yo tengo razón” o “yo estoy por encima”. María nos muestra otra ruta: la humildad que se somete por amor, no por servilismo. La humildad que confía en Dios y no en la propia imagen.

Esa humildad es la que, en el fondo, prepara el corazón para la paz. Y la paz es lo que tanto anhelamos cuando despedimos a un ser querido. María, humilde, nos enseña a entregar, a no retener, a poner en manos de Dios lo que no controlamos.

4) La segunda paradoja: Jesús “es rescatado” siendo el Salvador

La Ley pedía presentar y “rescatar” al primogénito. Pero Jesús no necesita ser rescatado: Él es el Hijo eterno, el Santo de Dios, el verdadero Cordero. Y sin embargo se deja presentar como uno más. ¿Por qué? Porque su misión es unirse a nosotros hasta el fondo: Él se ofrece para que nosotros podamos ser ofrecidos con Él.

Aquí está el corazón de la fiesta: Jesús entra en el templo como ofrenda humilde, y con ese gesto anuncia toda su vida: un día será ofrecido en la Cruz. Su humildad no es debilidad: es amor obediente. Es el amor que se abaja para levantarnos.

Por eso esta celebración ilumina nuestra oración por los difuntos: si Cristo ha hecho de su vida una ofrenda al Padre, entonces también quienes mueren en Él no se pierden, sino que son presentados al Padre como fruto de la Pascua de Cristo. Nuestra fe no dice que la muerte no duele; dice que la muerte no tiene la última palabra.

5) Simeón y Ana: la esperanza que aprende a mirar

El Evangelio nos muestra a Simeón y Ana, dos ancianos que han aprendido el arte más difícil: esperar. Simeón toma al Niño en brazos y canta: “mis ojos han visto a tu Salvador”. Qué imagen tan poderosa: la salvación cabe en unos brazos temblorosos. Y, a la vez, esos brazos se sostienen porque sostienen a Cristo.

Simeón nos ofrece una palabra que toca de lleno nuestra intención: “ahora puedes dejar a tu siervo irse en paz”. No es un “me rindo”, es un “he encontrado el sentido”. Quien encuentra a Cristo aprende a vivir de otra manera… y también aprende a morir de otra manera: en paz, con esperanza.

Hoy, al orar por nuestros difuntos, le pedimos al Señor que se cumpla para ellos este canto: que estén en su luz, que gocen de su paz, que contemplen lo que Simeón anticipó: la salvación preparada por Dios.

6) Tres llamadas para nosotros hoy

1.    Acepta la humildad que purifica.
Hay cosas que el Señor quiere limpiar en nosotros: orgullo, dureza, impaciencia, doblez. No tengamos miedo al “fuego” de Dios: su fuego no destruye, purifica.

2.    Haz de tu vida una ofrenda.
Presenta tu jornada, tus trabajos, tus penas, tu familia, tu ministerio, tu enfermedad si la hay. Dile al Señor: “Aquí estoy”. En Cristo, incluso lo pequeño se vuelve valioso.

3.    Ora por los difuntos con fe y con amor.
No es un trámite piadoso: es caridad. Nómbralos en tu corazón, ofrece por ellos esta Eucaristía, una obra de misericordia, un perdón que sane historias. Creemos en la comunión de los santos: el amor no se corta; se transforma en intercesión.

Conclusión

Hoy el Señor entra en su templo, y entra también en el templo de nuestra vida. Entra humilde, y por eso mismo entra victorioso. Entra para purificar, para salvar, para iluminar. Que María nos enseñe la obediencia humilde; que Jesús nos enseñe a ofrecernos al Padre; que Simeón y Ana nos contagien esperanza.

Y mientras encendemos en el corazón la luz de esta fiesta, elevemos nuestra súplica: Señor, recibe en tu Reino a nuestros fieles difuntos; que tu fuego los purifique, que tu luz los ilumine, que tu paz los abrace. Y a nosotros concédenos vivir de tal modo que, llegado el día, también podamos decir con Simeón: “Mis ojos han visto tu salvación”.

 

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2 de febrero

La Presentación del Señor- Fiesta

 


Cita:


Cuando se cumplieron los días de la purificación, según la Ley de Moisés, María y José llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarlo al Señor, como está escrito en la Ley del Señor: «Todo varón primogénito será consagrado al Señor», y para ofrecer el sacrificio «de un par de tórtolas o dos pichones», conforme a lo prescrito en la Ley del Señor.
~ Lucas 2,22–24

 

Reflexión:

María y José eran judíos fieles que obedecían la Ley de Moisés. La Ley judía prescribía que debían realizarse dos actos rituales en el caso de un hijo primogénito. En primer lugar, la madre de un hijo recién nacido quedaba ritualmente impura durante siete días, y luego debía “permanecer treinta y tres días más en estado de purificación de la sangre” (Levítico 12,2–8). Durante esos cuarenta días no debía “tocar nada sagrado ni entrar en el santuario hasta que se cumplieran los días de su purificación”. Por esta razón, la fiesta de hoy ha sido llamada en algunos momentos la “Purificación de María”.

En segundo lugar, el padre del hijo primogénito debía “rescatar” al niño haciendo una ofrenda al sacerdote de cinco siclos, para que el sacerdote presentara luego al niño al Señor (véase Números 18,16). Recordemos que el primogénito varón de todos los egipcios —tanto de los animales como de los hijos— fue muerto durante la décima plaga, mientras que los primogénitos varones de los israelitas fueron preservados. Así, esta ofrenda hecha por el primogénito en el Templo era una manera de rescatarlo ritualmente en conmemoración de la protección recibida durante aquella plaga. Puesto que Jesús fue presentado en el Templo para este rescate, la fiesta de hoy es conocida como la “Presentación en el Templo”.

“Candelaria” es también un nombre tradicional dado a esta fiesta, porque ya desde el siglo V se desarrolló la costumbre de celebrarla con velas encendidas. Las velas simbolizan la profecía de Simeón de que Jesús sería “luz para revelación de los gentiles”. Finalmente, esta fiesta también ha sido llamada la “Fiesta del Santo Encuentro”, porque Dios, en la Persona de Jesús, se encontró con Simeón y Ana en el Templo.

Esta fiesta se celebra en nuestra Iglesia cuarenta días después de la Navidad, marcando el día en que María y José habrían llevado a Jesús al Templo. Aunque María era pura y libre de pecado desde el momento de su concepción, y aunque el Hijo de Dios no necesitaba ser rescatado, María y José cumplieron estas obligaciones rituales.

En el corazón de esta celebración está el encuentro de Simeón y Ana con el Niño Jesús en el Templo. En ese santo encuentro, la divinidad de Jesús se manifiesta por primera vez a través de un profeta humano. En su nacimiento, los ángeles proclamaron su divinidad a los pastores, pero en el Templo, Simeón fue el primero en comprender y proclamar a Jesús como el Salvador del mundo. También profetizó que esta salvación se realizaría mediante una espada de dolor que atravesaría el Inmaculado Corazón de María. Ana, profetisa, también se adelantó y “daba gracias a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la redención de Jerusalén” (Lucas 2,38). Así, estos actos rituales fueron también un momento en el que la misión divina de Jesús se manifestó al mundo.

Al celebrar la purificación ritual de María y el rescate ritual de Jesús, debemos verlos como actos en los que estamos llamados a participar. En primer lugar, cada uno de nosotros es indigno de entrar en el verdadero Templo del Señor en el Cielo. Sin embargo, somos invitados a entrar en ese Templo en unión con María, nuestra Madre bendita. Fue su consentimiento a la voluntad de Dios lo que abrió la puerta de la gracia divina para todos nosotros, permitiéndonos convertirnos espiritualmente en “madres” de Jesús, al dejar que Él nazca en nuestros corazones por la gracia. Con ella, ahora podemos comparecer ante Dios, purificados y santos a sus ojos.

También debemos ver a san José rescatándonos cuando presentó a Jesús en el Templo. Al ofrecer a Cristo Jesús al sacerdote para que lo ofreciera al Padre, san José presenta también a todos los que se esfuerzan por vivir en unión con Jesús. La esperanza es que, como Simeón y Ana, otros vean a Dios vivo dentro de nosotros y experimenten al Salvador del mundo a través de nosotros.

Medita hoy en tu alma como el nuevo templo del Señor y reconoce tu necesidad de ser purificado y ofrecido al Padre del Cielo. Mientras Cristo continúa entrando en el templo de tu alma, ruega para que Él resplandezca de tal modo que otros puedan verlo y que, como Simeón y Ana, encuentren a nuestro Señor en ti.

Oración:

Señor mío y Salvador, tus amorosos padres te ofrecieron a tu Padre en el Templo conforme a la Ley que revelaste a Moisés. En esa ofrenda, nuestras almas son purificadas y somos ofrecidos a tu Padre contigo. Te doy gracias por el don de la salvación y te pido que mi alma irradie siempre tu luz mientras habitas en mí. Jesús, en ti confío.

 

sábado, 31 de enero de 2026

Primero de febrero del 2026: cuarto domingo del tiempo ordinario- Ciclo A

 


La lógica del Reino: Dios elige lo pequeño

(Sof 2,3; 3,12-13 / Sal 146(145) / 1 Co 1,26-31 / Mt 5,1-12a)

Reunidos como comunidad, el Señor nos convoca hoy para revelarnos el rostro verdadero de la felicidad y el corazón de su Reino. En un mundo que suele llamar “dichosos” a los fuertes, a los triunfadores, a los que tienen poder o prestigio, la Palabra de Dios nos propone una lógica distinta: la de Dios, que mira lo pequeño, sostiene lo frágil y levanta al humilde.

La primera lectura, del profeta Sofonías, nos invita a buscar al Señor con un corazón sencillo: “buscad la justicia, buscad la humildad”. Dios promete dejar en medio de su pueblo “un resto humilde y pobre” que confíe en su Nombre. No se trata solo de una pobreza material, sino de la actitud interior de quien reconoce que no se salva solo, de quien vive con manos abiertas y espíritu disponible, sin arrogancia ni engaño.

El salmo responsorial prolonga esta esperanza: el Señor es fiel por siempre, hace justicia, sostiene al que cae, protege al extranjero y ampara al huérfano y a la viuda. Por eso cantamos con confianza que es dichoso quien pone su esperanza en Dios. La verdadera seguridad no está en los “príncipes” ni en las fuerzas humanas, siempre limitadas, sino en el Señor que no abandona a los suyos.

San Pablo, en la segunda lectura, nos ayuda a comprender la sorprendente manera de actuar de Dios. Recordándonos nuestra propia vocación, afirma que Dios no eligió lo que el mundo considera brillante o poderoso, sino lo que parece débil e insignificante, para manifestar su gracia. Así queda claro que la salvación no es un trofeo de los autosuficientes, sino un don para quienes se dejan alcanzar por Cristo, “sabiduría, justicia, santificación y redención”.

En el Evangelio, Jesús sube al monte y proclama las Bienaventuranzas: el camino de los discípulos y la carta magna del Reino. “Dichosos” —dice— los pobres de espíritu, los mansos, los misericordiosos, los limpios de corazón, los que trabajan por la paz, los que lloran y los perseguidos por causa del bien. No es una invitación a la tristeza ni a la resignación, sino a una vida nueva, sostenida por Dios, donde el amor se vuelve fuerza, la humildad se vuelve grandeza y la esperanza se vuelve certeza.

Al iniciar esta Eucaristía, pidamos la gracia de dejarnos convertir por esta palabra exigente y luminosa. Que el Señor nos enseñe a reconocer la verdadera felicidad, la que nace de confiar en Él, de vivir con un corazón pobre y libre, y de caminar tras las huellas de Cristo en la justicia, la misericordia y la paz.




Primera lectura

Sof 2, 3; 3, 12-13

Dejaré en medio de ti un pueblo humilde y pobre

Lectura de la profecía de Sofonías.

BUSQUEN al Señor los humildes de la tierra,
los que practican su derecho,
busquen la justicia, busquen la humildad,
quizá puedan resguardarse
el día de la ira del Señor.
Dejaré en ti un resto,
un pueblo humilde y pobre
que buscará refugio en el nombre del Señor.
El resto de Israel no hará más el mal,
no mentirá ni habrá engaño en su boca.
Pastarán y descansarán,
y no habrá quien los inquiete.

Palabra de Dios.

Salmo




Sal 145, 6c-7. 8-9a. 9bc-10 (R.: Mt 5, 3)

R. Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.

O bien:

R. Aleluya.

V. El Señor mantiene su fidelidad perpetuamente,
hace justicia a los oprimidos,
da pan a los hambrientos.
El Señor liberta a los cautivos. R.

V. El Señor abre los ojos al ciego,
el Señor endereza a los que ya se doblan,
el Señor ama a los justos.
El Señor guarda a los peregrinos. R.

V. Sustenta al huérfano y a la viuda
y trastorna el camino de los malvados.
El Señor reina eternamente,
tu Dios, Sion, de edad en edad. R.



segunda lectura


1 Cor 1, 26-31

Dios ha escogido lo débil del mundo

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios.

FÍJENSE en su asamblea, hermanos: no hay en ella muchos sabios en lo humano, ni muchos poderosos, ni muchos aristócratas; sino que, lo necio del mundo lo ha escogido Dios para humillar a los sabios, y lo débil del mundo lo ha escogido Dios para humillar lo poderoso.
Aún más, ha escogido la gente baja del mundo, lo despreciable, lo que no cuenta, para anular a lo que cuenta, de modo que nadie pueda gloriarse en presencia del Señor.
A él se debe que ustedes estén en Cristo Jesús, el cual se ha hecho para nosotros sabiduría de parte de Dios, justicia, santificación y redención.
Y así —como está escrito—: «el que se gloríe, que se gloríe en el Señor».

Palabra de Dios.



Aclamación


R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Alégrense y regocíjense, porque su recompensa será grande en el cielo. R.



Evangelio


Mt 5, 1-12a

Bienaventurados los pobres en el espíritu

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos; y, abriendo su boca, les enseñaba diciendo:
«Bienaventurados los pobres en el espíritu,
porque de ellos es el reino de los cielos.
Bienaventurados los mansos,
porque ellos heredarán la tierra.
Bienaventurados los que lloran,
porque ellos serán consolados.
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia,
porque ellos quedarán saciados.
Bienaventurados los misericordiosos,
porque ellos alcanzarán misericordia.
Bienaventurados los limpios de corazón,
porque ellos verán a Dios.
Bienaventurados los que trabajan por la paz,
porque ellos serán llamados hijos de Dios.
Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia,
porque de ellos es el reino de los cielos.
Bienaventurados ustedes cuando los insulten y los persigan y los calumnien de cualquier modo por mi causa. Alégrense y regocíjense, porque su recompensa será grande en el cielo».

Palabra del Señor.




1

 

Las Bienaventuranzas: la gran aventura del Evangelio

Hermanos y hermanas,

La liturgia de este IV Domingo del Tiempo Ordinario nos introduce en el corazón del mensaje de Jesús. El Evangelio según san Mateo nos presenta las Bienaventuranzas (cf. Mt 5,1-12), un texto que no es solo bello ni consolador, sino profundamente revolucionario. Aquí Jesús nos revela su proyecto de vida, su propuesta de felicidad, su manera de entender al ser humano y su relación con Dios.

No estamos ante un discurso piadoso ni ante una lista de ideales inalcanzables. Estamos ante el programa del Reino, la carta de navegación del discípulo, el camino que conduce a la vida plena.

7.    ¿Qué es una bienaventuranza?

La palabra bienaventuranza no forma parte de nuestro lenguaje cotidiano, pero encierra una riqueza inmensa. Sin pretender hacer filología estricta, podemos acercarnos a su sentido desde una lectura pedagógica y pastoral.

“Bienaventuranza” parece reunir tres elementos:

  • Bien: lo bueno, lo justo, lo que está en sintonía con Dios.
  • Aventura: una experiencia de vida intensa, comprometida, que implica riesgo, audacia y entrega.
  • -anza: un sufijo que expresa acción, efecto, incluso una misión o un encargo.

Así, podríamos decir que una bienaventuranza es una buena aventura, una manera de vivir que no evita las dificultades, pero que está llena de sentido, atravesada por el amor de Dios y orientada a la verdadera felicidad.

No es casual que en francés las bienaventuranzas se llamen béatitudes, una palabra que evoca una actitud bella, una forma hermosa y coherente de estar en la vida.

2. La vida como la gran aventura

El término aventura viene del latín advenire: llegar, acontecer, suceder. Algo que irrumpe y nos pone en camino.

Con frecuencia asociamos la aventura a lo extraordinario o a la ficción: las aventuras de Superman, de Tarzán, de Kalimán, de Tintín… héroes que enfrentan peligros y realizan gestas memorables.
O, en un sentido más pobre y distorsionado, reducimos la aventura a relaciones escondidas, pasajeras y riesgosas, vacías de compromiso y de verdad.

Pero la aventura más grande es la vida misma. Cada ser humano está llamado a hacer de su existencia algo valioso, fecundo y significativo. Cada uno de nosotros está invitado a ser —en el mejor sentido— protagonista de su propia historia, no con poderes extraordinarios, sino con verdad, justicia, misericordia y coraje.

Y es precisamente ahí donde Jesús irrumpe con las Bienaventuranzas: no para quitarnos la vida, sino para enseñarnos a vivirla en plenitud.

3. Jesús en el monte: un nuevo Moisés

San Mateo nos dice que Jesús sube al monte para proclamar las Bienaventuranzas. Este detalle no es casual. Para la comunidad de Mateo, profundamente arraigada en la tradición judía, Jesús aparece como el nuevo Moisés, que no entrega tablas de piedra, sino que graba la ley del Reino en el corazón.

Las Bienaventuranzas son:

  • una carta de navegación,
  • un manual de instrucciones,
  • un programa de felicidad,

pero no de una felicidad superficial o inmediata, sino de la que conduce a la vida verdadera, aquí y en la eternidad.

Y Jesús comienza con una afirmación desconcertante:

“Bienaventurados los pobres, porque de ellos es el Reino de los cielos”.

4. La clave de la primera lectura: los humildes de Dios

La primera lectura, tomada del profeta Sofonías (cf. Sof 2,3; 3,12-13), nos da una clave esencial para comprender esta bienaventuranza.

Dice el profeta:

“Buscad al Señor todos los humildes de la tierra, los que cumplís sus mandamientos; buscad la justicia, buscad la humildad”.

Y añade:

“Dejaré en medio de ti un pueblo humilde y pobre, que confiará en el nombre del Señor”.

Aquí entendemos que la pobreza de la que habla la Escritura no se reduce simplemente a la carencia material. Se trata, ante todo, de una actitud interior: humildad, confianza, mansedumbre, disponibilidad.

El “pueblo pobre” de Sofonías es el pueblo que ya no se apoya en su propio poder, que no vive de la soberbia ni de la autosuficiencia, sino que pone su esperanza en Dios. Ese es el pueblo que Dios protege, sostiene y salva.

Cuando Jesús proclama las Bienaventuranzas, está hablando precisamente a este pueblo: a los humildes, a los que buscan, a los que no se creen autosuficientes, a los que tienen hambre de sentido y sed de justicia.

5. El salmo: confiar solo en el Señor

El Salmo 146 responde como una oración confiada a esta misma verdad. Nos presenta un retrato conmovedor del Dios en quien vale la pena poner la esperanza:

  • Él mantiene su fidelidad eternamente,
  • hace justicia a los oprimidos,
  • da pan a los hambrientos,
  • libera a los cautivos,
  • endereza a los encorvados,
  • protege al extranjero, sostiene al huérfano y a la viuda.

Y el salmo nos advierte con claridad:

“No confiéis en los príncipes, en un mortal que no puede salvar”.

Aquí está la lógica de las Bienaventuranzas: la verdadera felicidad nace de confiar en el Señor, no en las seguridades humanas, no en el poder, no en el prestigio, no en la riqueza.

6. Las elecciones sorprendentes de Dios

Toda la historia de la salvación confirma esta lógica. Dios elige de manera sorprendente:
eligió a María, una joven sencilla de Nazaret;
eligió a José, un hombre justo y silencioso;
eligió a Pedro, frágil y temeroso;
eligió incluso a Judas, respetando su libertad;
eligió a Juan, el discípulo fiel al pie de la cruz.

Dios no elige según nuestros criterios. Él no busca a los más fuertes ni a los más sabios según el mundo, sino a los disponibles, a los que se dejan amar y transformar.

San Pablo lo expresa con claridad en la segunda lectura:

“Lo necio del mundo lo escogió Dios para confundir a los sabios; y lo débil del mundo lo escogió Dios para confundir a lo fuerte” (1 Co 1,27).

Y añade desde su propia experiencia:

“Cuando soy débil, entonces soy fuerte” (cf. 2 Co 12,10).

7. Conclusión

Hermanos y hermanas,

Las Bienaventuranzas no son una teoría ni una utopía. Son una forma concreta de vivir, la gran aventura del Evangelio. No prometen una vida fácil, pero sí una vida verdadera.

Ser bienaventurado no es no sufrir, sino saber hacia dónde caminar.
No es evitar la cruz, sino descubrir que Dios camina con nosotros.
No es huir del mundo, sino transformarlo desde dentro.

Sí, las elecciones de Dios pueden ser sorprendentes.
Y quizá hoy, escuchando esta Palabra, descubrimos que Dios también nos está eligiendo a nosotros.

Que el Señor nos conceda la gracia de vivir esta buena aventura del Reino, con humildad, confianza y esperanza.

Amén.

 

2

 

Las Bienaventuranzas: el camino de la verdadera felicidad

Hermanos y hermanas,

Las lecturas que hoy hemos proclamado nos colocan frente a una pregunta fundamental, quizá la más decisiva de todas:
¿qué significa ser verdaderamente feliz?
No una felicidad pasajera, superficial o dependiente de las circunstancias, sino esa felicidad profunda que da sentido a la vida y que permanece incluso en medio del dolor, de la pobreza o de la persecución.

Toda la liturgia de este domingo nos responde con una sola voz: la felicidad verdadera nace de la dependencia confiada en Dios.

1. La felicidad según Dios, no según el mundo

Vivimos en una sociedad que identifica la felicidad con el éxito, el dinero, el poder, la comodidad o el reconocimiento. Se nos hace creer que es feliz quien tiene más, quien puede más, quien disfruta más. Sin embargo, basta mirar con honestidad nuestro mundo para darnos cuenta de que, a pesar de tantos avances, la insatisfacción, la angustia y la tristeza crecen.

El Evangelio de hoy nos sitúa en otro horizonte. Jesús sube al monte —como nuevo Moisés— y proclama las Bienaventuranzas, que no son simples consejos espirituales, sino el programa del Reino, el retrato del discípulo, el camino hacia la felicidad eterna.

Las Bienaventuranzas no anulan los Diez Mandamientos; los llevan a plenitud. Mientras los mandamientos nos dicen sobre todo lo que no debemos hacer, Jesús nos muestra las actitudes del corazón que nos conducen a la vida verdadera.

2. La primera lectura: un pueblo humilde que confía en el Señor

El profeta Sofonías, en la primera lectura (Sof 2,3; 3,12-13), se dirige a un pueblo marcado por la corrupción, la injusticia y la infidelidad. Sin embargo, en medio de ese panorama oscuro, anuncia la esperanza de un “resto”, una minoría fiel, a la que llama dichosa.

¿Quiénes son esos bienaventurados?
Son los que buscan la justicia,
los que buscan la humildad,
los que no hacen el mal ni dicen mentiras,
los que confían en el nombre del Señor.

No se trata de una pobreza romántica ni ideológica, sino de una actitud interior: reconocer que no nos salvamos solos, que necesitamos de Dios. Esa es la pobreza que Jesús proclamará como bienaventurada: la del corazón que se sabe necesitado, abierto, disponible.

3. El salmo: dichoso el que pone su esperanza en el Señor

El Salmo 146 continúa esta misma enseñanza y la convierte en oración. El salmista proclama dichoso al que pone su esperanza en el Señor, no en los príncipes ni en los poderosos de este mundo, que hoy están y mañana desaparecen.

Dios —nos dice el salmo—:

  • mantiene su fidelidad eternamente,
  • hace justicia a los oprimidos,
  • da pan a los hambrientos,
  • libera a los cautivos,
  • sostiene al huérfano y a la viuda.

Este es el Dios de las Bienaventuranzas: un Dios cercano, defensor de la vida, aliado de los pequeños. Quien confía en Él no queda defraudado.

4. San Pablo: Dios elige lo débil

En la segunda lectura (1 Co 1,26-31), san Pablo ayuda a la comunidad de Corinto —y a nosotros— a entender el modo de actuar de Dios. Les recuerda que no fueron llamados por sus méritos, su sabiduría o su poder, sino por pura gracia.

Dios —dice Pablo— elige lo débil para confundir a lo fuerte, lo necio para confundir a lo sabio. De este modo, nadie puede gloriarse delante de Él. Nuestra fuerza, nuestra justicia y nuestra santidad tienen un solo nombre: Jesucristo.

Aquí aparece de nuevo el núcleo de las Bienaventuranzas: vivir desde la dependencia de Dios, reconociendo que todo es don.

5. El Evangelio: una felicidad paradójica

Y llegamos al Evangelio (Mt 5,1-12a). Jesús proclama bienaventurados a quienes el mundo no considera felices: los pobres, los que lloran, los mansos, los perseguidos.

Esto suena a provocación, incluso a escándalo. ¿Cómo puede haber felicidad en la pobreza, en el llanto, en la persecución?

Jesús no glorifica el sufrimiento ni justifica la injusticia. Lo que hace es revelar dónde se encuentra el verdadero fundamento de la felicidad:

  • en la pobreza de espíritu, reconocemos el reinado de Dios;
  • en el hambre y la sed de justicia, descubrimos su providencia;
  • en el llanto, somos consolados por su cercanía;
  • en la persecución por causa del bien, participamos de su misma gloria.

Las Bienaventuranzas describen el rostro de Jesús y, al mismo tiempo, el rostro del cristiano llamado a seguirlo.

6. Dos caminos, una decisión

Desde los primeros siglos, la Iglesia enseñó que hay dos caminos: el camino de la vida y el camino de la muerte. El camino de la vida es Jesús mismo. No es un camino fácil, pero es el único que conduce a la vida eterna.

La pregunta que hoy nos plantea la Palabra es clara y exigente:
¿Queremos ser felices a la manera del mundo o a la manera de Cristo?

Vivir las Bienaventuranzas significa:

  • identificarnos con los pobres y los que sufren,
  • ser misericordiosos,
  • buscar la justicia,
  • trabajar por la paz,
  • mantener un corazón limpio y sincero,
  • aceptar incluso la incomprensión o el rechazo por fidelidad al Evangelio.

Cada vez que tendemos la mano al necesitado, que consolamos al que llora, que defendemos la dignidad del otro, hacemos presente ya aquí las promesas del Reino.

7. Conclusión

Hermanos y hermanas,

Las Bienaventuranzas están en el corazón del mensaje de Jesús. No son una utopía ni una espiritualidad reservada para unos pocos. Son una forma concreta de vivir, una escuela de libertad y una fuente de alegría verdadera.

Pidamos hoy la gracia de hacer nuestra propia declaración de dependencia de Dios, de poner en Él nuestra esperanza y de caminar, con su gracia, por este camino exigente pero luminoso que conduce a la felicidad que no pasa.

Que el Señor nos conceda vivir desde ahora como ciudadanos de su Reino.
Amén.

 

3

 

La llamada a la bienaventuranza: un camino de santidad posible por la gracia

Hermanos y hermanas,

Hoy la Palabra de Dios nos habla de algo que todos anhelamos, aunque a veces lo busquemos por caminos equivocados: la felicidad. Pero no se trata de una alegría superficial ni de un bienestar que depende de tenerlo todo resuelto. Las lecturas de este domingo nos muestran el objetivo cristiano: la bienaventuranza, es decir, la felicidad que nace de vivir con Dios y que se consuma en el Reino.

El Evangelio nos presenta a Jesús subiendo al monte. Ese detalle no es accidental: Mateo quiere que lo veamos como el nuevo Moisés. Moisés recibió la Ley en el Sinaí; Jesús, en el monte, proclama la “Ley” del Reino: las Bienaventuranzas. Y lo hace no como una lista de prohibiciones, sino como un camino positivo de virtudes: la santidad entendida como vida transformada por Dios.

1) La bienaventuranza no es una teoría: es una vocación

Jesús “se sienta” y enseña. No está improvisando; está formando discípulos. Las bienaventuranzas no son frases bonitas para enmarcar: son una llamada. Nos invitan a una altura moral y espiritual que parece difícil: pobreza de espíritu, mansedumbre, misericordia, pureza de corazón, hambre y sed de justicia, trabajo por la paz, paciencia en la persecución.

Y sin embargo, Jesús no las propone para desanimarnos, sino para mostrarnos lo que Dios es capaz de hacer en un corazón que se abre a su gracia. Las bienaventuranzas no son solo un “código moral”; son, sobre todo, una vida a la manera de Cristo, una participación en su modo de amar.

2) Primera lectura: Sofonías y el “resto” humilde

El profeta Sofonías (Sof 2,3; 3,12-13) habla a un pueblo en crisis, donde la fe se había mezclado con la corrupción y la violencia. En ese contexto, Dios anuncia que no se dejará sin testigos: conservará un “resto”, una minoría fiel.

¿Y cómo describe Sofonías a esa minoría? Con palabras que parecen un preludio de las Bienaventuranzas:

  • “Buscad al Señor… buscad la justicia, buscad la humildad”.
  • “Dejaré en medio de ti un pueblo humilde y pobre, que confiará en el nombre del Señor”.

Aquí está el punto: la bienaventuranza empieza cuando dejamos de apoyarnos en nuestra autosuficiencia y nos declaramos dependientes de Dios. Ese “pueblo humilde y pobre” no es una masa derrotada; es una comunidad purificada, libre de engaño, sin doblez, que vive de la confianza. En otras palabras: el “pobre” que Dios bendice es el que tiene el corazón desarmado, el que ya no negocia con la mentira, el que se pone en manos del Señor.

3) Salmo 146: la felicidad de confiar en el Dios que defiende a los pequeños

El Salmo 146(145) responde a Sofonías y nos enseña a orar con realismo:
“Dichoso a quien auxilia el Dios de Jacob, el que espera en el Señor su Dios”.

Y enseguida nos explica por qué:

  • porque Dios es fiel,
  • hace justicia a los oprimidos,
  • da pan a los hambrientos,
  • libera a los cautivos,
  • sostiene al huérfano y a la viuda,
  • protege al extranjero.

El salmo es como una radiografía del corazón de Dios: Dios se inclina hacia los frágiles. Por eso, quien pone su esperanza en Él no se equivoca. Y por eso el salmo advierte: no pongamos el corazón en “los príncipes”, en los poderes de turno, en la fuerza humana que hoy brilla y mañana cae. La bienaventuranza no nace de controlar todo, sino de confiar en el Dios que nunca falla.

4) Segunda lectura: Pablo y la lógica sorprendente de Dios

San Pablo (1 Co 1,26-31) nos mete de lleno en el estilo de Dios: Dios no elige como el mundo. A la comunidad de Corinto, rodeada de prestigio cultural y orgullo intelectual, Pablo le recuerda una verdad que cura la soberbia:
no muchos eran sabios, ni poderosos, ni nobles… pero Dios los llamó.

¿Para qué? Para que quede claro que la salvación es don, no trofeo. Y Pablo remata con una frase decisiva:
Cristo es nuestra sabiduría, justicia, santificación y redención.

Es decir: las Bienaventuranzas no se viven a pulso, ni con simple fuerza de voluntad. Se viven unidos a Cristo. Él no solo nos enseña el camino; Él es el Camino. Y nos da la fuerza para caminarlo por la gracia, especialmente en los sacramentos, en la oración, en la vida eclesial.

5) Evangelio: “Bienaventurados los pobres de espíritu…”

Ahora entendemos mejor por qué Jesús abre así su enseñanza:
“Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos”.

“Pobre de espíritu” no significa “conformista” ni “apagado”; significa alguien que sabe que no se sostiene solo, alguien que no hace de su ego su dios. Es el corazón que dice: “Señor, te necesito”. Y desde esa primera bienaventuranza se despliega toda la vida nueva:

  • el que llora no se encierra en la amargura: se deja consolar por Dios;
  • el manso no es débil: es fuerte por dentro y no responde al mal con mal;
  • el que tiene hambre de justicia no se resigna: se compromete con la dignidad del otro;
  • el misericordioso aprende a perdonar y a sanar;
  • el limpio de corazón vive sin doble vida, con integridad;
  • el que trabaja por la paz no es neutral: es constructor, reconciliador;
  • y el perseguido por causa del bien descubre una alegría misteriosa: se parece a Cristo.

Las Bienaventuranzas son “paradójicas” porque el mundo llama feliz al que domina, pero Jesús llama feliz al que ama. El mundo llama feliz al que acumula, pero Jesús llama feliz al que comparte. El mundo llama feliz al que no sufre, pero Jesús llama feliz al que, aun sufriendo, no pierde la esperanza ni la caridad.

6) Una espiritualidad exigente… pero posible

Quizá, al escuchar las Bienaventuranzas, alguno piensa: “Padre, eso es demasiado alto; yo estoy lejos de vivir así”. Y es verdad: si dependiera solo de nosotros, sería imposible. Pero aquí viene la buena noticia de este domingo:
Dios no nos pide una santidad imposible; nos ofrece una gracia real.

Jesús vivió las Bienaventuranzas a la perfección: fue pobre, manso, misericordioso, limpio de corazón, pacificador; lloró con los que lloran; tuvo hambre de justicia; fue perseguido y crucificado. Y desde su Pascua nos da su Espíritu para que también nosotros podamos vivir, paso a paso, esta vida nueva.

7) Aplicación concreta: dos elecciones diarias

Me gustaría aterrizarlo en dos decisiones muy prácticas para esta semana:

1.    Declarar nuestra dependencia de Dios cada mañana.
Una oración simple: “Señor, sin Ti no puedo. Hoy quiero vivir según tu Evangelio”. Ese acto interior es el inicio de la bienaventuranza.

2.    Escoger una bienaventuranza para practicarla hoy.
No todas a la vez. Una:

  • un gesto de misericordia,
  • una palabra que haga paz,
  • una renuncia a la mentira,
  • una reconciliación pendiente,
  • una ayuda concreta a alguien necesitado,
  • una mansedumbre que domina la ira.

Verás cómo la promesa de Jesús empieza a cumplirse ya aquí: porque la bienaventuranza es futura en plenitud, sí, pero también se anticipa cuando amamos como Cristo.

Conclusión

Hermanos y hermanas,
Sofonías nos habla del pueblo humilde que confía en el Señor.
El salmo nos canta que dichoso es quien espera en Dios.
Pablo nos recuerda que Dios elige lo pequeño y que Cristo es nuestra salvación.
Y Jesús, en el monte, nos entrega el camino más alto: las Bienaventuranzas.

Pidamos hoy, con sencillez, la gracia de no desanimarnos, sino de levantar la mirada. La santidad no es para “otros”; es nuestra vocación. Y la felicidad verdadera no está en el camino del mundo, sino en el camino de Cristo.

Que el Señor nos conceda responder a esta llamada, vivirla con su gracia y caminar juntos hacia la alegría eterna de su Reino.

Amén.

 

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