viernes, 27 de marzo de 2026

28 de marzo del 2026: sábado de la quinta semana de Cuaresma

 

Última provocación

Para los guardianes del pueblo, es decir, las autoridades religiosas, el signo de Lázaro no constituye una prueba del mesianismo de Jesús, sino más bien una provocación peligrosa que confirma, a sus ojos, que Él representa una amenaza para el orden público. Este acto los impulsa a acelerar la condena de Jesús, pues incluso la resurrección es percibida como una transgresión de las normas religiosas.

(Prions en Église)

 


Primera lectura

Ez 37, 21-28

Los haré una sola nación

Lectura de la profecía de Ezequiel.


ESTO dice el Señor Dios:
«Recogeré a los hijos de Israel de entre las naciones adonde han ido, los reuniré de todas partes para llevarlos a su tierra. Los haré una sola nación en mi tierra, en los montes de Israel. Un solo rey reinará sobre todos ellos. Ya no serán dos naciones ni volverán a dividirse en dos reinos.
No volverán a contaminarse con sus ídolos, sus acciones detestables y todas sus transgresiones. Los liberaré de los lugares donde habitaban y en los cuales pecaron. Los purificaré;
ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios.
Mi siervo David será su rey, el único pastor de todos ellos. Caminarán según mis preceptos, cumplirán mis prescripciones y las pondrán en práctica. Habitarán en la tierra que yo di a mi siervo Jacob, en la que habitaron sus padres: allí habitarán ellos, sus hijos y los hijos de sus hijos para siempre, y mi siervo David será su príncipe para siempre.
Haré con ellos una alianza de paz, una alianza eterna. Los estableceré, los multiplicaré y pondré entre ellos mi santuario para siempre; tendré mi morada junto a ellos, yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo. Y reconocerán las naciones que yo soy el Señor que consagra a Israel, cuando esté mi santuario en medio de ellos para siempre».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Jer 31, 10. 11-12ab. 13 (R.: cf. 10d)

R. El Señor nos guardará como un pastor a su rebaño.

V. Escuchen, pueblos, la palabra del Señor,
anúncienla en las islas remotas:
«El que dispersó a Israel lo reunirá,
lo guardará como un pastor a su rebaño. 
R.

V. Porque el Señor redimió a Jacob,
lo rescató de una mano más fuerte».
Vendrán con aclamaciones a la altura de Sion,
afluirán hacia los bienes del Señor. 
R.

V. Entonces se alegrará la doncella en la danza,
gozarán los jóvenes y los viejos;
convertiré su tristeza en gozo,
los alegraré y aliviaré sus penas. 
R.

 

Aclamación

V. Aparten de ustedes todos sus delitos —dice el Señor—,
renueven su corazón y su espíritu.

 

Evangelio

Jn 11, 45-57

Para reunir a los hijos de Dios dispersos

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

EN aquel tiempo, muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús,
creyeron en él.
Pero algunos acudieron a los fariseos y les contaron lo que había hecho Jesús.
Los sumos sacerdotes y los fariseos convocaron el Sanedrín y dijeron:
«¿Qué hacemos? Este hombre hace muchos signos. Si lo dejamos seguir, todos creerán en él, y vendrán los romanos y nos destruirán el lugar santo y la nación».
Uno de ellos, Caifás, que era sumo sacerdote aquel año, les dijo:
«Ustedes no entienden ni palabra; no comprenden que les conviene que uno muera por el pueblo, y que no perezca la nación entera».
Esto no lo dijo por propio impulso, sino que, por ser sumo sacerdote aquel año, habló proféticamente, anunciando que Jesús iba a morir por la nación; y no solo por la nación, sino también para reunir a los hijos de Dios dispersos.
Y aquel día decidieron darle muerte. Por eso Jesús ya no andaba públicamente entre los judíos, sino que se retiró a la región vecina al desierto, a una ciudad llamada Efraín, y pasaba allí el tiempo con los discípulos.
Se acercaba la Pascua de los judíos, y muchos de aquella región subían a Jerusalén, antes de la Pascua, para purificarse. Buscaban a Jesús y, estando en el templo, se preguntaban:
«¿Qué les parece? ¿Vendrá a la fiesta?».
Los sumos sacerdotes y fariseos habían mandado que el que se enterase de dónde estaba les avisara para prenderlo.

Palabra del Señor.

 

 

 

1

 

Queridos hermanos y hermanas:

A medida que avanzamos hacia la Semana Santa, la Palabra de Dios se vuelve cada vez más intensa, más dramática, más decisiva. Ya no estamos solamente ante enseñanzas, parábolas o discusiones aisladas. Hoy estamos contemplando el momento en que la decisión de eliminar a Jesús empieza a tomar forma concreta. El Evangelio nos muestra cómo, después del signo extraordinario de la resurrección de Lázaro, muchos creyeron en Jesús, pero otros fueron a contar a los fariseos lo que había hecho. Y entonces, lo que debería haber despertado admiración, gratitud y fe, termina despertando miedo, cálculo y odio.

Qué paradoja tan grande: Jesús devuelve la vida, y los poderosos deciden darle muerte. Jesús realiza una obra de amor, y los dirigentes responden con una conspiración. Jesús se revela como Señor de la vida, y sus enemigos concluyen que hay que hacerlo callar.

Ese es el drama del corazón humano cuando se cierra a Dios: aun delante de la luz, prefiere las tinieblas; aun delante de la vida, se aferra a la lógica de la muerte.

Para las autoridades religiosas, el signo de Lázaro no fue visto como una prueba de la identidad mesiánica de Jesús, sino como una provocación peligrosa. No les interesó preguntarse: “¿Y si verdaderamente Dios está actuando en Él?” Más bien se preocuparon por las consecuencias políticas, sociales y religiosas. Tuvieron miedo de perder poder, influencia y control. En vez de abrirse a la verdad, se encerraron en sus intereses.

Y aquí ya aparece una primera enseñanza para nosotros: no basta ver milagros para creer. Se puede tener delante una señal clarísima de Dios y aun así rechazarla, si el corazón está endurecido. La fe no depende solamente de lo que uno ve, sino de la disposición interior con que uno acoge la presencia de Dios.

¿Cuántas veces también nosotros hacemos algo parecido? Decimos que buscamos a Dios, pero en realidad queremos un Dios que no nos desinstale, que no cuestione nuestros hábitos, que no altere nuestros esquemas, que no nos pida conversión. Nos gusta Jesús mientras consuela, pero no tanto cuando interpela. Lo aceptamos cuando bendice, pero no cuando purifica. Lo seguimos cuando multiplica panes, pero no cuando nos invita a cargar la cruz.

Por eso el Evangelio de hoy no habla solo de los enemigos de Jesús de hace dos mil años. Habla también de nosotros. Habla de nuestras resistencias, de nuestras cerrazones, de esos rincones del alma donde, a veces, preferimos seguir administrando nuestras seguridades antes que dejarnos transformar por la gracia.

En la primera lectura, tomada del profeta Ezequiel, escuchamos en cambio una promesa bellísima: Dios reunirá a su pueblo, lo purificará, hará con él una alianza de paz, y pondrá su santuario en medio de ellos para siempre. Es un texto lleno de esperanza. Después de la dispersión vendrá la unidad; después de la impureza, la purificación; después de la fractura, la reconciliación; después del exilio, la presencia renovada de Dios.

Mientras los hombres dividen, Dios reúne. Mientras el pecado dispersa, Dios congrega. Mientras la ambición de poder rompe la comunión, Dios sueña con un solo pueblo, un solo pastor, una sola alianza.

Y esa promesa se cumple plenamente en Jesucristo. Él es el verdadero pastor que viene a congregar a los hijos de Dios dispersos. Él es quien derriba los muros, quien sana las divisiones, quien reconstruye la comunión rota. Pero para realizar esa unidad, tendrá que pasar por la cruz. La unidad no se logra por imposición, sino por entrega. La paz no nace del dominio, sino del sacrificio. La salvación no vendrá de una maniobra política, sino del amor llevado hasta el extremo.

De hecho, en el mismo Evangelio aparece la figura de Caifás, que pronuncia una frase tremenda: “Conviene que muera un solo hombre por el pueblo, y no que toda la nación perezca”. Él la dice desde una lógica utilitarista, calculadora, casi cínica. Pero san Juan ve en esas palabras una profecía involuntaria. Caifás piensa en quitar de en medio a un problema; Dios, en cambio, está permitiendo que se anuncie el misterio de la redención: sí, uno morirá por el pueblo, pero no como chivo expiatorio político, sino como Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.

Qué admirable es el modo de obrar de Dios. Incluso de la malicia humana Él sabe sacar un designio de salvación. Incluso cuando los hombres traman el mal, Dios sigue conduciendo la historia hacia el bien. Incluso cuando pareciera triunfar la injusticia, el Señor está preparando la victoria definitiva de la vida.

Esto nos llena de consuelo, especialmente cuando vemos tantas situaciones oscuras en nuestra Iglesia, en nuestras familias, en nuestra sociedad, en nuestro país. Hay momentos en que parece que la mentira avanza, que los intereses egoístas deciden todo, que los inocentes pagan las consecuencias, que la bondad estorba y que la verdad incomoda. Pero la Pasión que ya se aproxima nos recuerda que Dios no abandona la historia. Él sigue escribiendo recto con líneas torcidas. Él sigue salvando. Él sigue reuniendo. Él sigue levantando. Él sigue haciendo nuevas todas las cosas.

El salmo responsorial nos hace cantar: “¡Qué bueno y agradable es que los hermanos vivan unidos!” Esa es precisamente la voluntad de Dios. No la división, no la sospecha, no la rivalidad, no el resentimiento, no la exclusión. Dios quiere la unidad de sus hijos. Y esa unidad comienza en lo pequeño: en el hogar, en la comunidad, en el equipo de trabajo pastoral, en la amistad, en la parroquia. A veces pedimos grandes signos del cielo, pero el Señor nos está pidiendo algo muy concreto: dejar de alimentar divisiones, sanar relaciones, romper cadenas de orgullo, pedir perdón, ofrecer perdón, dejar de sembrar comentarios destructivos, y comenzar a construir fraternidad.

Porque también hoy se puede “matar” a alguien sin clavos ni cruz: se le mata con la calumnia, con el desprecio, con la indiferencia, con la marginación, con el juicio despiadado, con el cierre del corazón. También hoy se puede conspirar contra la vida del otro cuando no se soporta su luz, su verdad, su bondad, o su diferencia. El Evangelio de hoy es una llamada muy fuerte a revisar nuestra manera de mirar y tratar a los demás.

Y en este sábado, la Iglesia nos invita también a mirar a María. La memoria mariana de los sábados, especialmente en este tiempo cercano a la Pasión, tiene una hondura muy especial. María no participó en las conspiraciones, no manipuló, no calculó, no buscó poder. María permaneció en la verdad, en el silencio fecundo, en la fidelidad humilde. Mientras otros levantaban trampas contra Jesús, Ella guardaba todo en su corazón. Mientras otros aceleraban la condena, Ella seguía creyendo. Mientras muchos interpretaban los acontecimientos desde el miedo o la conveniencia, María los acogía desde la fe.

Ella es la mujer que no se escandaliza del modo de obrar de Dios. Ella no pretende domesticar el misterio. Ella deja que Dios sea Dios. Por eso María es maestra de fe para nosotros en estos días. Cuando no entendemos, Ella nos enseña a confiar. Cuando la oscuridad parece avanzar, Ella nos enseña a esperar. Cuando la cruz se perfila en el horizonte, Ella nos enseña a permanecer.

En un mundo donde tantas veces se condena rápido, se sospecha fácil y se destruye al otro con ligereza, María nos enseña a custodiar la vida, a escuchar antes de juzgar, a creer antes de desesperar, a amar antes de condenar.

Queridos hermanos, a las puertas de la Semana Santa, esta liturgia nos hace una pregunta seria: ¿de qué lado queremos estar? ¿Del lado de quienes, aun viendo la obra de Dios, se cierran por miedo y conveniencia? ¿O del lado de quienes, como María, se abren humildemente al plan del Señor, aunque ese plan pase por la cruz?

Pidámosle hoy al Señor tres gracias.

La primera, la gracia de un corazón limpio, para reconocer su presencia y no rechazarla cuando nos incomoda.

La segunda, la gracia de la unidad, para que nuestras familias y comunidades no vivan dispersas por el egoísmo, sino reunidas por el amor de Cristo.

Y la tercera, la gracia de la fidelidad mariana, para permanecer junto a Jesús en los días luminosos y en las horas oscuras, en la consolación y en la prueba, en la esperanza y en el dolor.

Que Santa María, la Virgen fiel, nos acompañe en este camino cuaresmal. Que ella nos ayude a no ser parte de la conspiración del mundo contra la verdad, sino testigos humildes del Reino. Y que al acercarnos a la cruz de Cristo, descubramos que allí, donde los hombres quisieron imponer la muerte, Dios estaba haciendo brotar la vida para todos.

Amén.

 

2

 

Queridos hermanos y hermanas:

A las puertas de la Semana Santa, la Palabra de Dios nos coloca hoy ante un misterio fuerte, desconcertante y al mismo tiempo consolador: Dios puede sacar bien incluso del mal. Eso es lo que aparece de manera dramática en el Evangelio de este día.

Jesús acaba de realizar uno de los signos más grandes de su ministerio: ha resucitado a Lázaro. Humanamente, uno esperaría que semejante acontecimiento provocara alegría, conversión, apertura del corazón. Y, en parte, así sucede: muchos comienzan a creer en Él. Pero otros reaccionan de modo muy distinto: van a contarles a los fariseos lo sucedido, y las autoridades religiosas convocan al Sanedrín para decidir qué hacer con Jesús. Lo que debería haber sido motivo de fe se convierte, paradójicamente, en la aceleración de su condena.

Aquí aparece una verdad dolorosa: el corazón humano, cuando se cierra, puede interpretar hasta la obra más luminosa de Dios como una amenaza. Jesús da vida, y los poderosos ven peligro. Jesús libera, y ellos se sienten desestabilizados. Jesús manifiesta la gloria de Dios, y ellos piensan en perder su posición, su poder, su control.

En el fondo, el problema no era simplemente Jesús. El problema era que Jesús les desordenaba sus seguridades. Les tocaba intereses. Les cuestionaba su modo de ejercer la autoridad. Les hacía ver que podían ser religiosos por fuera, pero muy lejos de Dios por dentro.

Y eso también puede pasarnos a nosotros. A veces decimos que seguimos al Señor, pero solo mientras Él no toque ciertas zonas de nuestra vida. Lo seguimos mientras no nos pida perdón, cambio, humildad, reconciliación o desprendimiento. Pero cuando el Evangelio nos desinstala, cuando nos muestra una verdad incómoda, cuando pone al descubierto nuestras resistencias, entonces podemos reaccionar como el Sanedrín: no dejamos que Cristo nos convierta, sino que tratamos de silenciar su voz.

El Evangelio de hoy tiene en su centro una frase tremenda pronunciada por Caifás: “Conviene que muera uno solo por el pueblo y no que perezca la nación entera.” Él la dice con cálculo político, con frialdad, con egoísmo. Quiere resolver un problema sacrificando a una persona. Pero san Juan nos hace ver que, sin saberlo, Caifás está profetizando. Dice más de lo que imagina. Porque sí: uno va a morir por el pueblo. Pero no como maniobra política, sino como ofrenda redentora. Jesús va a morir por todos, para reunir a los hijos de Dios dispersos.

Qué grande es el misterio de Dios. Los hombres traman el mal, y Dios, sin querer el mal, sabe reconducirlo hacia el bien. La maldad de unos no frustra el plan divino; más bien, Dios la incorpora misteriosamente a su obra salvadora. No porque apruebe el pecado, sino porque su poder es tan grande que puede hacer brotar la gracia incluso en medio de la injusticia.

Esta verdad debe llenarnos de esperanza. Porque también nosotros vivimos situaciones en las que no entendemos lo que Dios permite. Hay momentos de dolor, traición, enfermedad, rechazo, injusticia, humillación. Hay cruces que no escogimos y caminos que jamás habríamos querido recorrer. Y, sin embargo, la Pasión del Señor nos enseña que nada escapa a la providencia amorosa del Padre. Jesús no fue una víctima pasiva de los acontecimientos. No fue arrastrado ciegamente por la malicia ajena. Él abrazó libremente la voluntad del Padre. Él caminó hacia Jerusalén sabiendo lo que iba a pasar. Él aceptó la cruz para transformarla en camino de vida.

Por eso, cuando entramos en nuestras propias “semanas santas”, es decir, en esos tiempos oscuros de prueba, estamos llamados a no desesperar. Nuestra primera reacción suele ser preguntar: “¿Por qué, Señor?” Pero la fe nos lleva poco a poco a otra actitud: “Señor, ¿qué bien quieres sacar de esto? ¿Cómo vas a glorificarte también aquí? ¿Cómo puedo unir esta cruz a la tuya?”

No se trata de negar el dolor. Jesús no negó el sufrimiento. No se trata de fingir que todo está bien. Tampoco eso hizo el Señor. Se trata de creer que el mal no tiene la última palabra. Se trata de confiar en que, si permanecemos en gracia y unidos a Cristo, hasta aquello que hoy nos hiere puede convertirse en semilla de salvación, de purificación, de madurez, de redención.

La primera lectura del profeta Ezequiel ilumina maravillosamente esta esperanza. Dios promete reunir a su pueblo disperso, purificarlo y establecer con él una alianza de paz. “Haré de ellos una sola nación… tendrán un solo pastor… haré con ellos una alianza eterna”. Es una palabra de reconstrucción. Allí donde había división, Dios crea unidad; donde había dispersión, Dios congrega; donde había infidelidad, Dios restablece la comunión.

Y eso encuentra su cumplimiento en Jesucristo. Él muere precisamente para reunir. Él se entrega precisamente para reconciliar. Él acepta ser rechazado para abrirnos a todos el camino de la filiación y de la fraternidad. La cruz no será derrota, sino el lugar donde los hijos dispersos serán congregados. La herida se convertirá en fuente. La muerte se transformará en vida.

Por eso el salmo de hoy canta: “¡Qué bueno y agradable es que los hermanos vivan unidos!” Ese es el sueño de Dios. No la división, no el resentimiento, no la exclusión. Y sin embargo sabemos cuánto cuesta vivir esa unidad: en las familias, en las comunidades, en la Iglesia, en la sociedad. A veces basta una herida mal curada, una palabra injusta, un orgullo herido, una envidia, para que empiece la fractura. Y hoy el Señor nos recuerda que Él vino precisamente a reunir lo disperso. Quien se acerca a Cristo de verdad no puede seguir alimentando divisiones. Quien contempla al Crucificado no puede vivir sembrando discordia.

Tal vez una buena pregunta en este día sería esta: ¿qué estoy haciendo yo para la unidad? ¿Soy puente o soy muro? ¿Soy de los que reúnen o de los que dispersan? ¿Mis palabras curan o hieren? ¿Mi presencia pacifica o complica? ¿Estoy dejando que Cristo transforme mi corazón para ser instrumento de comunión?

Y en este sábado, la Iglesia nos invita a mirar de manera especial a la Virgen María. Ella, la Madre fiel, aparece en el horizonte de la Pasión como mujer de fe y de abandono. Mientras otros calculan, conspiran y manipulan, María permanece. Mientras los discípulos todavía no comprenden del todo, Ella sigue creyendo. Mientras el odio crece alrededor de Jesús, Ella no se escandaliza del camino de la cruz.

María es la mujer que supo que Dios puede sacar vida donde solo parece haber dolor. Lo supo en Belén, en la huida a Egipto, en los años de silencio de Nazaret, y sobre todo al pie de la cruz. Ella no entendió todo desde el primer momento, pero nunca dejó de confiar. Por eso, en esta memoria mariana, María se nos presenta como compañera del camino hacia la Semana Santa. Ella nos enseña a no rebelarnos estérilmente contra la cruz, sino a vivirla con fe. Nos enseña a no dejarnos aplastar por la injusticia, sino a ofrecerla a Dios. Nos enseña a esperar contra toda esperanza.

Queridos hermanos, mañana iniciaremos la Semana Santa con el Domingo de Ramos. Hoy, esta liturgia nos prepara el corazón. Nos dice que la cruz no surgió por accidente. Nos muestra que ya se están moviendo los hilos de la condena. Pero, al mismo tiempo, nos revela que por encima de todos los cálculos humanos está el designio del Padre. Nada escapó de sus manos. Nada escapa tampoco hoy.

Por eso, si alguno de nosotros viene cargando una cruz pesada; si alguien está viviendo una injusticia que no entiende; si alguno siente que ciertas circunstancias de su vida lo están hiriendo profundamente, hoy la Palabra le dice: no desesperes. Dios sigue siendo Señor. Dios sigue conduciendo tu historia. Dios puede sacar bien incluso de aquello que ahora te hace sufrir. Tal vez no lo veas todavía. Tal vez no lo entiendas ahora. Pero si permaneces unido a Cristo, nada se perderá. La cruz, unida a la de Jesús, dará fruto.

Pidámosle al Señor en esta Eucaristía que nos conceda un corazón creyente para entrar en la Semana Santa con profundidad. Que no nos quedemos solo en los ramos, en los signos externos o en los recuerdos emotivos, sino que entremos de verdad en el misterio de Cristo. Que aprendamos a mirar nuestras pruebas desde la luz de la Pasión. Y que, acompañados por la Virgen María, podamos decir con confianza en medio de toda oscuridad: “Señor Jesús, yo confío en ti.”

Amén.

 

27 de marzo del 2026: viernes de la quinta semana de Cuaresma

 La muerte no tendrá la última palabra

(Juan 10:31-42) El vínculo que une a Jesús con su Padre se evidencia en sus obras: gestos que hablan por sí solos. Pero siempre es posible negarse a creer una palabra, aunque sea en hechos, y el pueblo de Jerusalén intenta impedirlo. Sin embargo, al otro lado del Jordán, muchos creen en él: lejos del estruendo de la ciudad se encuentran las fuentes de un bautismo de conversión que ni siquiera la muerte podrá silenciar.

Nicolas Tarralle, sacerdote asuncionista


(Jeremías 20, 10-13) No es raro que, en el trabajo, en la familia e incluso en la Iglesia, nos enfrentemos a divisiones de todo tipo. Como Jeremías, sepamos confiarnos plenamente en Dios…Quién sabe qué milagros de reconciliación veremos cumplirse…


Primera lectura

Lectura del libro de Jeremías (20,10-13):

OÍA la acusación de la gente:
«“Pavor-en-torno”,
delatadlo, vamos a delatarlo».
Mis amigos acechaban mi traspié:
«A ver si, engañado, lo sometemos
y podemos vengarnos de él».
Pero el Señor es mi fuerte defensor:
me persiguen, pero tropiezan impotentes.
Acabarán avergonzados de su fracaso,
con sonrojo eterno que no se olvidará.
Señor del universo, que examinas al honrado
y sondeas las entrañas y el corazón,
¡que yo vea tu venganza sobre ellos,
pues te he encomendado mi causa!
Cantad al Señor, alabad al Señor,
que libera la vida del pobre
de las manos de gente perversa.

Palabra de Dios

 

 

Salmo

Sal 17,2-3a.3bc-4.5-6.7

R/.
 En el peligro invoqué al Señor, y me escuchó

V/. Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza;
Señor, mi roca, mi alcázar, mi libertador. R/.

V/. Dios mío, peña mía, refugio mío,
escudo mío, mi fuerza salvadora, mi baluarte.
Invoco al Señor de mi alabanza
y quedo libre de mis enemigos. R/.

V/. Me cercaban olas mortales,
torrentes destructores me aterraban,
me envolvían las redes del abismo,
me alcanzaban los lazos de la muerte. R/.

V/. En el peligro invoqué al Señor,
grité a mi Dios:
desde su templo él escuchó mi voz,
y mi grito llegó a sus oídos. R/.

 

 

Lectura del santo evangelio según san Juan (10,31-42):

EN aquel tiempo, los judíos agarraron piedras para apedrear a Jesús.
Elles replicó:
«Os he hecho ver muchas obras buenas por encargo de mi Padre: ¿por cuál de ellas me apedreáis?».
Los judíos le contestaron:
«No te apedreamos por una obra buena, sino por una blasfemia: porque tú, siendo un hombre, te haces Dios».
Jesús les replicó:
«¿No está escrito en vuestra ley: “Yo os digo: sois dioses”? Si la Escritura llama dioses a aquellos a quienes vino la palabra de Dios, y no puede fallar la Escritura, a quien el Padre consagró y envió al mundo, ¿decís vosotros: “¡Blasfemas!” Porque he dicho: “Soy Hijo de Dios”? Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis, pero si las hago, aunque no me creáis a mí, creed a las obras, para que comprendáis y sepáis que el Padre está en mí, y yo en el Padre».
Intentaron de nuevo detenerlo, pero se les escabulló de las manos. Se marchó de nuevo al otro lado del Jordán, al lugar donde antes había bautizado Juan, y se quedó allí.
Muchos acudieron a él y decían:
«Juan no hizo ningún signo; pero todo lo que Juan dijo de este era verdad».
Y muchos creyeron en él allí.

Palabra del Señor

 

 

******

 

Entrando al desierto



“Si no hago las obras de mi Padre, no me crean; pero si las hago, aunque no me crean, crean las obras, para que se den cuenta y comprendan que el Padre está en mí y yo en el Padre ”. 

 

Juan 10: 37–39

 

 

Estas palabras pronunciadas por Jesús tuvieron lugar durante la fiesta de la Dedicación en Jerusalén. Jesús había estado predicando claramente sobre su relación con el Padre Celestial, y esto estaba provocando que algunos se indignaran hasta el punto de intentar arrestarlo en ese mismo momento. Pero escapó y regresó al desierto donde había sido bautizado por Juan. Mientras Jesús permanecía en el desierto, mucha gente se le acercó para estar con él y escuchar sus palabras. Mientras escuchaban, empezaron a creer.

 

Es interesante notar el contraste de reacciones. En Jerusalén, dentro del área del Templo, entre grandes multitudes reunidas para la fiesta de la Dedicación, Jesús fue cada vez más rechazado y perseguido. Pero cuando regresó al desierto y la gente tuvo que venir a verlo, escucharon y creyeron. Este contraste nos presenta una forma en la que creceremos más fácilmente en nuestra fe y ayudaremos a otros a crecer en su fe. Específicamente, se nos invita a ir al "desierto" para encontrarnos con nuestro Señor, lejos del ajetreo de la vida, y también debemos invitar a otros a unirse a nosotros en ese viaje.

 

Es cierto que, mientras estaba en Jerusalén, hubo personas que tropezaron con Jesús mientras enseñaba y fueron conmovidos por Su palabra y llegaron a creer. Pero también está claro que, cuando la gente tuvo que comprometerse con el esfuerzo de buscarlo en un lugar desierto, sus palabras fueron aún más transformadoras.

 

En nuestras propias vidas, dentro de las actividades ordinarias de la vida, como la asistencia regular a la Misa, se nos dará la oportunidad de escuchar el Evangelio y profundizar nuestra vida de fe. Pero todos debemos tomarnos un tiempo para buscar a Jesús “en el desierto”, por así decirlo, para estar aún más dispuestos a escucharlo y creer. Estas "experiencias del desierto" se presentan de muchas formas. Quizás sea una experiencia tan simple como entrar en su habitación solo para orar y meditar en la Palabra de Dios. O tal vez sea una participación en un estudio bíblico, un programa devocional en línea o un evento de catequesis parroquial. O tal vez sea la opción de irse un fin de semana o más para un retiro guiado donde todo lo que se hace durante un tiempo es orar y escuchar a nuestro Señor.

 

A lo largo de la historia, santo tras santo nos ha mostrado el valor de salir a rezar para estar con nuestro Señor, en un lugar donde se silencian las muchas otras distracciones de la vida y las muchas voces del mundo, para que Dios pueda hablar al corazón. y para que podamos responder más plenamente.

 

Reflexione hoy sobre la invitación que Jesús le está haciendo para salir a encontrarse con Él en el desierto. ¿Dónde está ese lugar? ¿Cómo puede realizar este corto viaje mientras se mantiene al día con los importantes deberes de la vida? No dude en buscar el desierto al que le llama nuestro Señor, para que allí pueda encontrarse con Él, escuchar Su voz y responder con total generosidad.

 

 

Mi Señor Jesús, me estás llamando a entrar más profundamente en una relación de amor contigo. Mi divino Señor, dame la gracia que necesito para decirte “Sí” y entrar en el desierto de silencio y oración que necesito para escuchar Tu voz. Llévame hacia ti, mi Señor, y ayúdame a creer más plenamente todo lo que deseas decir. 

Jesús, en Ti confío.



miércoles, 25 de marzo de 2026

26 de marzo del 2026: jueves de la quinta semana de Cuaresma

 

Escándalo

(Juan 8, 51-59) Dos veces Jesús afirma que quien cumpla su palabra nunca verá la muerte. Asume la autoridad del Dios de Abraham, Isaac y Jacob quien, en el monte Horeb, revela su nombre a Moisés: «Yo Soy el que Soy.»

Esta afirmación implícita de ser igual al Dios de Israel sólo puede escandalizar a los judíos.

Las piedras que se le quieren  arrojar lo identifican, sobre todo, con el destino de la mujer adúltera: muerte y resurrección. 

Nicolas Tarralle, sacerdote asuncionista


Misa crismal:  

En las diócesis del mundo, este día, los sacerdotes, los diáconos y los fieles se congregan alrededor de su Obispo ya que Cristo los ha consagrado por la unción del bautismo y a algunos por el sacramento del Orden.
Ellos renuevan sus compromisos al servicio del pueblo de Dios.
Durante esta misa diocesana por excelencia, el aceite  para la unción de los enfermos, el  aceite para los catecúmenos  y el aceite del santo crisma son consagrados y servirá para los bautismos, confirmaciones , ordenaciones y consagraciones de iglesias

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Lectura del libro del Génesis (17,3-9):

EN aquellos días, Abrán cayó rostro en tierra y Dios le habló así:
«Por mi parte, esta es mi alianza contigo: serás padre de muchedumbre de pueblos.
Ya no te llamarás Abrán, sino Abrahán, porque te hago padre de muchedumbre de pueblos. Te haré fecundo sobremanera: sacaré pueblos de ti, y reyes nacerán de ti.
Mantendré mi alianza contigo y con tu descendencia en futuras generaciones, como alianza perpetua. Seré tu Dios y el de tus descendientes futuros. Os daré a ti y a tu descendencia futura la tierra en que peregrinas, la tierra de Canaán, como posesión perpetua, y seré su Dios».
El Señor añadió a Abrahán:
«Por tu parte, guarda mi alianza, tú y tus descendientes en sucesivas generaciones».

Palabra de Dios



Salmo

Sal 104,4-5.6-7.8-9

R/.
 El Señor se acuerda de su alianza eternamente

V/. Recurrid al Señor y a su poder,
buscad continuamente su rostro.
Recordad las maravillas que hizo,
sus prodigios, las sentencias de su boca. R/.

V/. ¡Estirpe de Abrahán, su siervo;
hijos de Jacob, su elegido!
El Señor es nuestro Dios,
él gobierna toda la tierra. R/.

V/. Se acuerda de su alianza eternamente,
de la palabra dada, por mil generaciones;
de la alianza sellada con Abrahán,
del juramento hecho a Isaac. R/.




Lectura del santo evangelio según san Juan (8,51-59):

EN aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos:
«En verdad, en verdad os digo: quien guarda mi palabra no verá la muerte para siempre».
Los judíos le dijeron:
«Ahora vemos claro que estás endemoniado; Abrahán murió, los profetas también, ¿y tú dices: “Quien guarde mi palabra no gustará la muerte para siempre”? ¿Eres tú más que nuestro padre Abrahán, que murió? También los profetas murieron, ¿por quién te tienes?».
Jesús contestó:
«Si yo me glorificara a mí mismo, mi gloria no valdría nada. El que me glorifica es mi Padre, de quien vosotros decís: “Es nuestro Dios”, aunque no lo conocéis. Yo sí lo conozco, y si dijera “No lo conozco” sería, como vosotros, un embustero; pero yo lo conozco y guardo su palabra. Abrahán, vuestro padre, saltaba de gozo pensando ver mi día; lo vio, y se llenó de alegría».
Los judíos le dijeron:
«No tienes todavía cincuenta años, ¿y has visto a Abrahán?».
Jesús les dijo:
«En verdad, en verdad os digo: antes de que Abrahán existiera, yo soy».
Entonces cogieron piedras para tirárselas, pero Jesús se escondió y salió del templo.

Palabra del Señor

////

1

Las lecturas de este jueves de la quinta semana del tiempo ordinario nos invitan a reflexionar sobre la fidelidad de Dios a sus promesas y la respuesta de fe que se nos solicita.

Primera Lectura: Génesis 17, 3-9

En este pasaje, Dios establece una alianza con Abram, cambiando su nombre a Abraham, que significa "padre de una multitud de naciones". Dios promete multiplicar su descendencia y ser su Dios perpetuamente. Esta alianza subraya la iniciativa divina en la historia de la salvación y la llamada a la fidelidad por parte del ser humano

Salmo 105(104), 4-5.6-7.8-9

El salmista exhorta a buscar al Señor y recordar sus maravillas, resaltando la fidelidad de Dios a su alianza y sus promesas a Abraham. Este salmo es un llamado a la memoria agradecida ya la confianza en la constante lealtad divina.

Evangelio: Juan 8, 51-59

En este pasaje, Jesús declara: "En verdad, en verdad os digo: quien guarda mi palabra no verá la muerte para siempre". Los judíos cuestionan esta afirmación, recordando que Abraham y los profetas murieron. Jesús responde revelando su preexistencia: "Antes de que Abraham existiera, Yo soy". Esta declaración de su divinidad provoca la reacción de quienes lo escuchan

Comentario y homilía

La primera lectura nos muestra cómo Dios toma la iniciativa al establecer una alianza con Abraham, prometiéndole una descendencia numerosa y una relación eterna. Abraham responde con fe y obediencia, convirtiéndose en modelo para todos los creyentes.

El salmo nos invita a recordar y proclamar las obras maravillosas de Dios, enfatizando su fidelidad constante a lo largo de las generaciones. Esta memoria agradecida fortalece nuestra confianza en Él y nos anima a vivir según sus preceptos.

En el Evangelio, Jesús revela su identidad divina y su preexistencia, indicando que quien guarda su palabra tiene acceso a la vida eterna. Esta enseñanza nos desafía a reconocer a Jesús como el Hijo de Dios ya vivir de acuerdo con su palabra, confiando en su promesa de vida eterna.

Estas lecturas nos llaman a reflexionar sobre nuestra propia respuesta a la fidelidad de Dios. Así como Abraham confió y obedeció, estamos invitados a confiar en las promesas divinas ya vivir según su voluntad. Guardar la palabra de Jesús implica una relación profunda con Él, que transforma nuestra vida y nos orienta hacia la eternidad.

Intención de oración

Oremos por las vocaciones y por la obra de evangelización de la Iglesia. Que el Señor suscite en el corazón de muchos hombres y mujeres el deseo de seguirle y servirle, anunciando su palabra y extendiendo su reino de amor y justicia en el mundo. Pidamos también por quienes ya han respondido a esta llamada, para que perseveren con fidelidad y alegría en su misión.


2

Con Abraham y el pueblo, Dios concluye una primera alianza. Por Cristo, Él también concluye una Nueva. Y como toda Alianza, supone necesariamente el amor y la fidelidad.


DEJARNOS GUIAR POR LA PROMESA DIVINA

A pesar de la decepción que ha provocado sus querellas históricas por su oposición, las 3 religiones que profesan un Dios único (judaísmo, cristianismo e Islamismo) reclaman de manera visceral  y afectuosa a Abraham como su padre en la fe. Ciertamente que el patriarca arameo no esperaba  que su descendencia iba a separarse a causa de su legado espiritual.

De otro lado, Abraham tenía ya sus propias creencias, y cuando él decide confiar en Yahvé, se encuentra presto a inventar el camino de la fe en un Dios único. Abraham no era judío, ni cristiano, ni musulmán, y la promesa que se le hace sobrepasa el horizonte de un solo pueblo. Su verdadera descendencia se reconoce no a partir de una pertenencia étnica o geográfica, sino más bien a partir de la fe pura.

Somos nosotros hijos e hijas de Abraham? Somos nosotros como el patriarca, seducidos por ese Dios único que nos habla en los momentos claves de nuestra vida como también en los encuentros (citas) y tareas de cada día?

Dónde estamos nosotros en nuestra aventura interior y en nuestra caminar en presencia del Dios único?

Hemos sentido (experimentado) como Abraham la alegría de vivir en alianza con Dios y la felicidad de ver sus promesas cumplidas y o realizadas?




El poder del discurso destructivo


dijo Jesús a los judíos:
«En verdad, en verdad os digo: quien guarda mi palabra no verá la muerte para siempre».
Los judíos le dijeron:
«Ahora vemos claro que estás endemoniado

 

 Juan 8:51–52

 

 

 


Es difícil imaginar que algo peor  pueda decirse de Jesús. ¿Realmente pensaron que estaba poseído por el maligno? Parece que sí. Qué cosa más triste y extraña que decir sobre el Hijo de Dios. Aquí está Dios mismo, en la persona de Jesús, ofreciendo una promesa de vida eterna. Él revela la Verdad sagrada de que la obediencia a Su Palabra es el camino a la felicidad eterna y que todos necesitan conocer esta Verdad y vivirla. Jesús habla esto libre y abiertamente, pero la respuesta de algunos que escuchan este mensaje es profundamente decepcionante, calumniosa y maliciosa.

Es difícil saber qué estaba pasando en sus mentes para que dijeran tal cosa. Quizás estaban celosos de Jesús, o quizás simplemente estaban seriamente confundidos. Cualquiera que sea el caso, dijeron algo que fue seriamente dañino.  

El daño de tal declaración no fue tanto hacia Jesús; más bien, era perjudicial para ellos mismos y para quienes lo rodeaban. Jesús podía manejar personalmente cualquier cosa que se hablara de Él, pero otros no. Es importante entender que nuestras propias palabras pueden hacernos mucho daño a nosotros mismos y a los demás.

En primer lugar, sus palabras los dañaron a sí mismos. Al hablar públicamente de una declaración tan errónea, comienzan a descender por el camino de la obstinación. Se necesita, en el futuro, una gran humildad para retractarse de tal declaración. Así es con nosotros. Cuando verbalizamos algo que daña a otro, es difícil retractarse. Es difícil disculparse después y reparar la herida que hemos causado. El daño se hace principalmente a nuestro propio corazón en el sentido de que es difícil dejar de lado nuestro error y seguir adelante con humildad. Pero esto debe hacerse si queremos deshacer el daño.  

En segundo lugar, este comentario también hizo daño a quienes estaban escuchando. Algunos pueden haber rechazado esta declaración maliciosa, pero otros pueden haberla ponderado y comenzado a preguntarse si, de hecho, Jesús estaba poseído. Así, se sembraron semillas de duda. Todos debemos darnos cuenta de que nuestras palabras afectan a los demás y debemos esforzarnos por pronunciarlas con el mayor cuidado y caridad.

Reflexiona, hoy, sobre tu propio discurso. ¿Hay cosas de las que has hablado con otros que ahora te das cuenta de que eran erróneas o engañosas? Si es así, ¿has tratado de deshacer el daño retractándote de tus palabras y disculpándote? Reflexiona, también, sobre el hecho de que es fácil ser arrastrado a la conversación maliciosa de los demás. ¿Te has dejado influenciar por tales conversaciones? Si es así, resuelve silenciar tus oídos a tales errores y busca maneras de decir la verdad.

 

Señor de toda Verdad, dame la gracia de pronunciar santas palabras que siempre te den gloria y reflejen las eternas Verdades vivas en Tu Corazón. Ayúdame a ser también consciente de las mentiras que me rodean en este mundo de pecado. Que Tu Corazón filtre los errores y permita que solo las semillas de la Verdad sean plantadas en mi propia mente y corazón. Jesús, en Ti confío.

martes, 24 de marzo de 2026

25 de marzo del 2026: Solemnidad de la Anunciación de Señor

 

Recibir y dar


(Is 7,10-14; 8,10 / Sal 40(39),7-8a. 8b-9.10.11 (R. 8a y 9a)/
Hb 10,4-10 /
Lc 1,26-38)
Hacer la voluntad de Dios es acoger su proyecto de amor con fe y confianza, sometiendo nuestra libertad a la suya. A diferencia de Acaz, que rechaza el signo (cerrándose), María encarna la aceptación total (“Yo soy la esclava del Señor”), haciendo de la voluntad divina su prioridad. Es un compromiso a vivir según sus mandamientos.

G.Q

 


Primera lectura

Lectura del libro de Isaías (7,10-14;8,10):

En aquel tiempo, el Señor habló a Acaz: «Pide una señal al Señor, tu Dios: en lo hondo del abismo o en lo alto del cielo.»
Respondió Acaz: «No la pido, no quiero tentar al Señor.»
Entonces dijo Dios: «Escucha, casa de David: ¿No os basta cansar a los hombres, que cansáis incluso a mi Dios? Pues el Señor, por su cuenta, os dará una señal: Mirad: la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa "Dios-con-nosotros".»


Palabra de Dios

 

 

Salmo

Sal 39,7-8a.8b-9.10.11

R/.
 Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad

Tú no quieres sacrificios ni ofrendas,
y, en cambio, me abriste el oído;
no pides sacrificio expiatorio,
entonces yo digo: «Aquí estoy.» R/.

«Como está escrito en mi libro
para hacer tu voluntad.»
Dios mío, lo quiero,
y llevo tu ley en las entrañas. R/.

He proclamado tu salvación
ante la gran asamblea;
no he cerrado los labios:
Señor, tú lo sabes. R/.

No me he guardado en el pecho tu defensa,
he contado tu fidelidad y tu salvación,
no he negado tu misericordia
y tu lealtad ante la gran asamblea. R/.

 

 

Segunda lectura

Lectura de la carta a los Hebreos (10,4-10):

Es imposible que la sangre de los toros y de los machos cabríos quite los pecados. Por eso, cuando Cristo entró en el mundo dijo: «Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, pero me has preparado un cuerpo; no aceptas holocaustos ni víctimas expiatorias. Entonces yo dije lo que está escrito en el libro: "Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad."» Primero dice: «No quieres ni aceptas sacrificios ni ofrendas, holocaustos ni victimas expiatorias», que se ofrecen según la Ley. Después añade: «Aquí estoy yo para hacer tu voluntad.» Niega lo primero, para afirmar lo segundo. Y conforme a esa voluntad todos quedamos santificados por la oblación del cuerpo de Jesucristo, hecha una vez para siempre.


Palabra de Dios

 

 

Lectura del santo evangelio según san Lucas (1,26-38):


A los seis meses, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David; la virgen se llamaba María.
El ángel, entrando en su presencia, dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.»
Ella se turbó ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquél.
El ángel le dijo: «No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin.»
Y María dijo al ángel: «¿Cómo será eso, pues no conozco a varón?»
El ángel le contestó: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios. Ahí tienes a tu pariente Isabel, que, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible.»
María contestó: «Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.»
Y la dejó el ángel.


Palabra del Señor

 

 

 

1

 

Queridos hermanos y hermanas:

En medio del camino cuaresmal, la Iglesia nos regala hoy una solemnidad bellísima: la Anunciación del Señor. Y esta fiesta nos recuerda que la salvación no comenzó con un estruendo, sino con un . Un sí humilde, silencioso, pero decisivo. El sí de María.

La primera lectura nos presenta a Acaz. Dios mismo le ofrece una señal. Le abre la puerta. Le da la oportunidad de confiar. Pero Acaz se cierra. Parece piadoso cuando dice: “No la pediré, no tentaré al Señor”, pero en realidad su corazón no quiere abandonarse a Dios. Prefiere sus seguridades, sus cálculos, su control. Y ahí está el drama de muchos de nosotros: a veces no rechazamos a Dios de frente, pero lo mantenemos a distancia. No queremos que Él conduzca del todo nuestra vida.

En cambio, en el Evangelio aparece María. También ella se turba. También ella pregunta. También ella vive un momento desconcertante. Pero hay una diferencia enorme: María no se cierra. María se abre. No entiende todo, pero confía. No lo tiene todo resuelto, pero cree. No controla el futuro, pero se abandona. Y pronuncia esas palabras que cambiaron la historia:
“He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.”

Hermanos, esa es la gran lección de hoy: la fe no consiste en entenderlo todo, sino en entregarse al Dios que nunca se equivoca.

María no dice: “Señor, primero explícame todo, muéstrame el camino completo, quítame toda dificultad y entonces te diré que sí”. No. María dice sí en la penumbra de la fe. Y precisamente por eso se convierte en modelo para todos nosotros.

Cuántas veces nosotros vivimos situaciones parecidas: una enfermedad inesperada, una pérdida dolorosa, una preocupación familiar, una crisis económica, una incertidumbre pastoral, una herida del alma. Y entonces quisiéramos respuestas inmediatas. Quisiéramos que Dios nos mostrara el plano entero. Pero el Señor muchas veces no nos da el mapa completo; nos da su presencia. No nos resuelve todo de una vez; nos pide confianza.

El salmo de hoy pone en nuestros labios una oración preciosa:
“Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.”
Esa frase resume la espiritualidad de esta solemnidad. También la segunda lectura la pone en labios de Cristo: “Aquí estoy… para hacer, oh Dios, tu voluntad.” El sí de María se une al sí del Hijo. María acoge la voluntad del Padre, y Cristo entra en el mundo para cumplir esa voluntad salvadora. La Anunciación es, por tanto, fiesta de la Virgen, sí; pero también, y profundamente, fiesta de la Encarnación: Dios entra en nuestra historia, asume nuestra carne, se hace cercano, se hace uno de nosotros para salvarnos. (USCCB)

Y esto tiene una aplicación muy concreta para nuestra vida cuaresmal. La Cuaresma no es solo tiempo de penitencia externa. Es tiempo para aprender a decirle a Dios:
“Señor, no se haga mi voluntad, sino la tuya.”
“Señor, no quiero cerrarme como Acaz.”
“Señor, quiero abrirte la puerta como María.”
“Señor, aunque me cueste, aunque no entienda, aunque me asuste, hágase en mí según tu palabra.”

Qué hermoso sería que hoy cada uno revisara su corazón y se preguntara:
¿En qué aspecto de mi vida me estoy pareciendo a Acaz?
¿Dónde me resisto a Dios?
¿Dónde me cierro?
¿Dónde quiero mandar yo?
¿Y en qué aspecto necesito parecerme más a María, diciendo con humildad y confianza: “Aquí estoy”?

Porque, no lo olvidemos, cada vez que decimos sí a Dios, algo de Cristo vuelve a nacer en el mundo: en una familia reconciliada, en una vocación acogida, en un enfermo que ofrece su dolor, en una madre que persevera, en un joven que decide vivir limpiamente, en un cristiano que perdona, en un discípulo que sirve.

Pidámosle hoy a la Santísima Virgen que nos enseñe el arte de recibir y de dar:
recibir la voluntad de Dios con fe,
y darnos nosotros mismos con generosidad.

Que María nos enseñe a no vivir cerrados en nuestros planes, sino abiertos al proyecto de amor de Dios.
Y que al acercarnos a la Eucaristía podamos repetir con verdad, junto con ella y junto con Cristo:

“Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.”

Amén.

 

2

 

“Hágase en mí según tu palabra”

 

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy la Iglesia se detiene con asombro, con gratitud y con profunda alegría para celebrar una de las solemnidades más grandes de todo el año litúrgico: la Anunciación del Señor. Nueve meses antes de la Navidad, contemplamos el instante sagrado en el que el Verbo eterno del Padre asumió nuestra carne en el seno purísimo de la Virgen María. Hoy celebramos el momento en que Dios entró de manera nueva, definitiva y maravillosa en la historia humana.

No estamos recordando simplemente un hecho del pasado. Estamos entrando, como Iglesia, en un misterio vivo. Hoy no solo miramos lo que ocurrió en Nazaret; hoy se nos invita a dejarnos tocar por ese mismo Dios que sigue pronunciando su Palabra y sigue buscando corazones disponibles para encarnarse en la historia del mundo.

El evangelio de san Lucas nos presenta una escena de una sencillez desarmante y de una hondura infinita. El ángel Gabriel entra en la vida de una muchacha de Nazaret, una mujer humilde, silenciosa, desconocida para los poderosos de este mundo. No entra en el palacio de Roma, ni en los círculos del templo, ni en los salones de los sabios. Dios entra en la pequeñez. Dios visita la humildad. Dios escoge a quien el mundo no habría escogido.

Y el primer mensaje del ángel es un mensaje que sigue siendo actual para todos nosotros: “No temas”. Cuántas veces el miedo paraliza nuestra fe. Cuántas veces el miedo nos impide decirle sí a Dios. Miedo al futuro, miedo al sufrimiento, miedo a perder el control, miedo a lo que la obediencia al Señor pueda exigirnos. María también experimenta turbación. También pregunta. También se sorprende. Pero no se cierra. No huye. No endurece el corazón. Permanece. Escucha. Discierne. Confía.

En esto contrasta maravillosamente con la primera lectura, donde aparece el rey Acaz. A Acaz Dios le ofrece un signo. Lo invita a confiar. Pero Acaz, disfrazando su incredulidad con aparente piedad, se cierra a la acción de Dios. María, en cambio, representa la actitud opuesta: la apertura, la disponibilidad, la obediencia confiada. Donde Acaz se repliega, María se entrega. Donde uno se blinda, la otra se abandona. Donde uno pone resistencia, María pronuncia el sí que abrió las puertas de nuestra salvación.

Y ese sí de María no fue una palabra superficial. No fue una emoción pasajera. No fue una respuesta romántica sin consecuencias. Fue un acto de fe radical. Cuando María dice: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra”, no conoce todos los detalles, no ve el camino completo, no sabe todavía que ese hijo será signo de contradicción, no imagina aún el Calvario. Pero cree. Se fía. Se pone enteramente en manos de Dios.

Hermanos, allí está una de las enseñanzas más bellas de esta solemnidad: la verdadera fe no consiste en tener todas las respuestas, sino en confiar en Aquel que no se equivoca.

María nos enseña que hacer la voluntad de Dios no es resignarse tristemente, sino acoger con amor un proyecto que nos supera, pero que siempre es para vida, para gracia y para salvación. Por eso el salmo pone en nuestros labios una frase que hoy resuena con fuerza: “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.”

Esa misma actitud la vemos en la segunda lectura, tomada de la carta a los Hebreos. Allí contemplamos a Cristo entrando en el mundo y diciendo al Padre: “Aquí estoy para hacer tu voluntad.” Es conmovedor: el sí de María y el sí de Cristo se encuentran. María ofrece su carne, su disponibilidad, su seno virginal. Cristo ofrece su entrega total al Padre. Ella dice sí para concebirlo; Él dice sí para ofrecerse. Ella lo recibe en Nazaret; Él se entregará plenamente en la cruz. Por eso la Anunciación ya lleva en sí la semilla del Calvario. La encarnación no está separada de la redención: el Niño que comienza a vivir en el seno de María es el Salvador que entregará su vida por nosotros.

Así comprendemos que la solemnidad de hoy no es solamente una fiesta mariana. Es una fiesta profundamente cristológica, profundamente redentora. Celebramos que Dios no se quedó lejos, no nos salvó desde fuera, no contempló nuestro dolor a distancia. Se hizo uno de nosotros. Entró en nuestra carne. Asumió nuestra historia. Tomó sobre sí nuestra condición humana para redimirla desde dentro.

¡Qué grande es este misterio! El Dios eterno se hace embrión. El Infinito se hace pequeño. El Creador entra en la creación. El que sostiene el universo comienza a latir en el vientre de una mujer. Y todo esto sucede en el silencio de un hogar, en la pobreza de Nazaret, en la disponibilidad de una Virgen creyente.

Esto tiene consecuencias muy concretas para nuestra vida. Porque hoy no solo admiramos a María: hoy se nos pregunta también a nosotros por nuestro propio sí.

¿Dónde me está pidiendo Dios que diga “hágase”?
¿En qué aspecto de mi vida todavía me resisto?
¿En qué situaciones sigo aferrado a mis planes, a mis seguridades, a mis miedos?
¿Dónde quiere el Señor encarnarse hoy a través de mis palabras, mis decisiones, mi testimonio, mi fidelidad?

Quizá Dios te está pidiendo un sí en tu familia, para perdonar de corazón.
Quizá te está pidiendo un sí en tu vocación, para servir con más generosidad.
Quizá te está pidiendo un sí en medio del dolor, para no perder la confianza.
Quizá te está pidiendo un sí en una lucha interior, para dejarte sanar.
Quizá te está pidiendo un sí más radical, más limpio, más humilde.

La Anunciación nos recuerda que cada vez que un creyente se abre sinceramente a Dios, el misterio de Cristo sigue dando fruto en el mundo. Cada vez que alguien dice “sí” a la verdad, al amor, al servicio, al perdón, a la obediencia, Cristo vuelve a hacerse presente. De algún modo, el Señor quiere seguir encarnándose en la historia por medio de discípulos disponibles.

María no retuvo nada para sí. Dejó que Dios obrara en ella. Y eso mismo hemos de pedir hoy: no una fe hecha de palabras solamente, sino una fe disponible; no una devoción sentimental, sino una obediencia concreta; no una religión de apariencias, sino una entrega verdadera.

Qué hermosa jaculatoria podríamos repetir hoy durante toda la jornada:
“Hágase en mí según tu palabra.”
Cuando haya dudas: hágase.
Cuando haya miedo: hágase.
Cuando haya cruz: hágase.
Cuando no entendamos el camino: hágase.
Porque cuando Dios encuentra un corazón disponible, hace maravillas.

Pidamos entonces a la Santísima Virgen que nos enseñe su docilidad, su humildad, su valentía interior. Que nos enseñe a escuchar, a confiar y a responder. Que no seamos como Acaz, cerrados al signo de Dios; que seamos como María, abiertos a su gracia.

Y al acercarnos hoy a la Eucaristía, contemplemos con gratitud este inmenso misterio: el Hijo de Dios se hizo carne para salvarnos. Que su encarnación no sea para nosotros solo una verdad que se celebra, sino una gracia que transforma. Que Cristo nazca de nuevo en nuestra vida, en nuestras comunidades, en nuestras familias, en nuestro corazón.

Que hoy podamos decir con María, con Cristo y con toda la Iglesia:

“Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.”

Amén.

 

28 de marzo del 2026: sábado de la quinta semana de Cuaresma

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