Testigo de la fe:
Santa Brígida de Suecia
Hacia
1303-1373.
«Después
de la lectura de la Biblia, no tengan nada más querido que la vida de los
santos»,
recomendaba la fundadora de la Orden del Santísimo Salvador. Esposa, madre de
ocho hijos y, después de enviudar, religiosa, llevó una vida profundamente
marcada por la oración, la caridad y la contemplación de la Pasión de Cristo.
En 1999, san Juan Pablo II la proclamó copatrona de Europa por su testimonio de
fe y su compromiso en favor de la unidad y la renovación espiritual del
continente.
Fuera de los esquemas
(Jr 2,1-3.7-8.12-13 / Sal
36(35),6-7ab.8-9.10-11 (R. 10a) /
Mt 13,10-17) Jesús cuestiona las costumbres y las ideas
preconcebidas de su época. Se niega a encerrar la Palabra de Dios dentro de los
límites de una comprensión superficial. A sus discípulos les revela los
misterios del Reino porque han abierto el corazón para escuchar y acoger.
Jeremías, por su parte, reprocha al pueblo haber abandonado al Señor, «fuente
de agua viva», para construirse cisternas agrietadas. Pidamos hoy unos ojos
que sepan ver, unos oídos capaces de escuchar y un corazón dispuesto a regresar
a Dios, fuente de toda vida.
G.Q
Primera lectura
Me
abandonaron a mí, fuente de agua viva, y se cavaron aljibes agrietados
Lectura del libro de Jeremías.
EL Señor me dirigió la palabra:
«Grita y que te oiga todo Jerusalén:
Esto dice el Señor:
Recuerdo tu cariño juvenil,
el amor que me tenías de novia,
cuando ibas tras de mí por el desierto,
por tierra que nadie siembra.
Israel era sagrada para el Señor,
fruto primero de su cosecha:
quien probaba de ella lo pagaba,
la desgracia caía sobre él
—oráculo del Señor—.
Los traje a una tierra de huertos,
para comer sus frutos deliciosos;
pero entraron y profanaron mi tierra,
hicieron abominable mi heredad.
Los sacerdotes no preguntaban:
“¿Dónde está el Señor?”.
Los expertos en leyes no me reconocían;
los pastores se rebelaban contra mí,
los profetas profetizaban por Baal,
fueron tras ídolos que no sirven de nada.
Espántense, cielos, de ello,
horrorícense y tiemblen aterrados
—oráculo del Señor—,
pues una doble maldad
ha cometido mi pueblo:
me abandonaron a mí,
fuente de agua viva,
y se cavaron aljibes,
aljibes agrietados
que no retienen agua».
Palabra de Dios.
Salmo
R. En ti,
Señor, está la fuente viva.
V. Señor, tu
misericordia llega al cielo,
tu fidelidad hasta las nubes;
tu justicia es como las altas cordilleras,
tus juicios son como el océano inmenso. R.
V. ¡Qué
inapreciable es tu misericordia, oh, Dios!,
los humanos se acogen a la sombra de tus alas;
se nutren de lo sabroso de tu casa,
les das a beber del torrente de tus delicias. R.
V. Porque en
ti está la fuente viva,
y tu luz nos hace ver la luz.
Prolonga tu misericordia con los que te reconocen,
tu justicia con los rectos de corazón. R.
Aclamación
V. Bendito
seas, Padre, Señor del cielo y de la tierra,
porque has revelado los misterios del reino a los pequeños. R.
Evangelio
A ustedes se
les han dado a conocer los secretos del reino de los cielos y a ellos no
Lectura del santo Evangelio según san Mateo.
EN aquel tiempo, se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron:
«¿Por qué les hablas en parábolas?».
Él les contestó:
«A ustedes se les han dado a conocer los secretos del reino de los cielos y a
ellos no. Porque al que tiene se le dará y tendrá de sobra, y al que no tiene,
se le quitará hasta lo que tiene. Por eso les hablo en parábolas, porque miran
sin ver y escuchan sin oír ni entender. Así se cumple en ellos la profecía de
Isaías:
“Oirán con los oídos sin entender;
mirarán con los ojos sin ver;
porque está embotado el corazón de este pueblo,
son duros de oído, han cerrado los ojos;
para no ver con los ojos, ni oír con los oídos,
ni entender con el corazón,
ni convertirse para que yo los cure”.
Pero bienaventurados los ojos de ustedes porque ven y los oídos de ustedes
porque oyen.
En verdad les digo que muchos profetas y justos desearon ver lo que ustedes ven
y no lo vieron, y oír lo que ustedes oyen y no lo oyeron».
Palabra del Señor.
1
Queridos
hermanos:
Hay
personas que tienen ojos, pero no alcanzan a ver; tienen oídos, pero no logran
escuchar. No se trata de una limitación física, sino de una cerrazón interior.
Podemos oír muchas veces la Palabra de Dios y, sin embargo, permitir que pase
junto a nosotros sin tocar nuestra vida.
En
la primera lectura, el profeta Jeremías recuerda la historia de amor entre Dios
y su pueblo. El Señor lo condujo a una tierra fértil, lo cuidó y le entregó sus
dones. Pero el pueblo se olvidó de preguntarse: «¿Dónde está el Señor?».
Incluso quienes debían orientar a los demás —sacerdotes, maestros y profetas—
se alejaron de Él.
Entonces
Dios denuncia dos males: «Me abandonaron a mí, fuente de agua viva, y se
cavaron cisternas agrietadas que no retienen el agua». Esta imagen describe
también una tentación muy actual. El corazón humano tiene sed de amor, de
sentido, de paz y de felicidad; pero muchas veces busca saciarla en cisternas
rotas: el dinero, el poder, la apariencia, el placer pasajero, la aprobación de
los demás o el uso desordenado de las redes sociales. Son realidades que pueden
distraernos momentáneamente, pero no llenan el corazón.
Solo
Dios es la fuente de agua viva. Como proclama el salmo: «En ti está la fuente
de la vida y tu luz nos hace ver la luz». Cuando nos acercamos a Él, no
solamente recibimos vida, sino también una luz nueva para comprender quiénes somos
y cómo debemos vivir.
En
el Evangelio, Jesús explica por qué habla mediante parábolas. Los misterios del
Reino no están reservados a una élite intelectual ni dependen únicamente de la
inteligencia. Se revelan a quienes se acercan con humildad, interés y
disponibilidad. El problema no es que Dios se niegue a hablar, sino que muchas
veces nosotros endurecemos el corazón.
Por
eso Jesús dice: «Dichosos sus ojos porque ven y sus oídos porque oyen». Los
discípulos son bienaventurados no porque lo comprendan todo inmediatamente,
sino porque permanecen junto al Maestro, le preguntan y desean aprender. La fe
comienza precisamente allí: cuando dejamos de creer que ya lo sabemos todo y
permitimos que Jesús nos enseñe.
También
nosotros necesitamos salir de nuestros esquemas. Podemos haber reducido la fe a
costumbres, normas o celebraciones realizadas por rutina. Podemos escuchar el
Evangelio y pensar que siempre se refiere a los demás. Pero la Palabra quiere
entrar en nuestra historia concreta, cuestionar nuestras decisiones y
transformar nuestra manera de relacionarnos.
Preguntémonos:
¿de qué fuente estoy bebiendo? ¿Busco en Dios la paz y el sentido de mi vida, o
intento llenar mi corazón con cisternas agrietadas? ¿Escucho verdaderamente la
Palabra o solo la oigo sin dejarme cambiar?
Pidamos
al Señor que cure nuestra sordera y nuestra ceguera interiores. Que nos dé ojos
para reconocer su presencia, oídos para acoger su Palabra y un corazón humilde
para regresar a Él. Solo entonces podremos experimentar la verdad anunciada por
el salmista: en Dios está la fuente de la vida y en su luz aprendemos a ver la
luz. Amén.
2
Homilía: Que se descorra el velo del corazón
Queridos
hermanos:
Los
discípulos se acercan hoy a Jesús y le preguntan: «¿Por qué les hablas en
parábolas?». El Señor responde que a ellos se les ha concedido conocer los
misterios del Reino de los cielos; pero también advierte que algunos «miran sin
ver y oyen sin escuchar ni entender».
Podemos
tener los ojos abiertos y no descubrir lo verdaderamente importante. Podemos
escuchar muchas veces la Palabra de Dios y no permitir que penetre en el
corazón. Ver es más que usar los ojos, y escuchar es mucho más que percibir
sonidos. Para comprender las cosas de Dios necesitamos un corazón receptivo,
humilde y atento a la gracia.
Cuando
el corazón se abre a Dios, la mente comienza a contemplar la vida desde su
perspectiva. Este es el don de la sabiduría: no consiste simplemente en
acumular conocimientos, sino en reconocer la verdad de Dios, descubrir su
presencia y orientar toda la existencia hacia Él. Entonces se descorre el velo,
los misterios de la fe comienzan a iluminarse y brotan la paz, el asombro y la
gratitud.
Las
parábolas son como velos sagrados: al mismo tiempo esconden y revelan los
misterios divinos. Para quien es humilde, dócil al Espíritu Santo y deseoso de
encontrar la verdad, se convierten en ventanas luminosas abiertas hacia el
corazón de Dios. Pero para quien permanece indiferente o endurecido, la verdad
continúa oculta.
Sin
embargo, ese ocultamiento no significa que Jesús rechace a nadie. La parábola
es también una invitación a buscar, preguntar y profundizar. Es como un regalo
envuelto cuidadosamente: su belleza despierta el deseo de abrirlo y descubrir
lo que contiene. Jesús no quiere alejarnos del misterio, sino provocar en
nosotros una santa curiosidad y una sed más profunda de Dios.
La
primera lectura nos ayuda a comprender qué ocurre cuando se pierde esa sed. Por
medio del profeta Jeremías, Dios recuerda con ternura el amor inicial de su
pueblo, cuando lo seguía por el desierto. El Señor lo condujo a una tierra
fértil y le concedió abundantes frutos; pero el pueblo se olvidó de Él. Incluso
quienes tenían la misión de enseñar, orientar y profetizar dejaron de preguntarse:
«¿Dónde está el Señor?».
Entonces
Dios pronuncia una de las imágenes más conmovedoras de la Escritura: «Me
abandonaron a mí, fuente de agua viva, y se cavaron cisternas agrietadas que no
retienen el agua».
El
drama del pueblo no fue solamente haber incumplido algunas normas, sino
abandonar la fuente. Cambió al Dios vivo por realidades incapaces de calmar su
sed. También nosotros podemos buscar la felicidad, la seguridad y el sentido de
la vida en cisternas rotas: el dinero, la apariencia, el reconocimiento, el
poder, el placer pasajero o la aprobación de los demás. Todo eso puede
distraernos por un momento, pero no puede saciar definitivamente nuestro
corazón.
El
salmo nos recuerda dónde se encuentra la verdadera fuente: «En ti está la
fuente viva y tu luz nos hace ver la luz». Solo la luz de Dios nos permite ver
con claridad. Sin ella podemos confundir lo pasajero con lo eterno, el éxito
con la fecundidad, la comodidad con la felicidad y nuestra propia voluntad con
la voluntad divina.
Jesús
no se resigna ante la dureza del corazón humano. Cuando cita al profeta Isaías
y dice que el corazón del pueblo se ha vuelto insensible, no está condenando
con desprecio, sino lamentando con amor. Por eso continúa enseñando y sembrando
generosamente su Palabra. Aunque encuentre terrenos duros, pedregosos o llenos
de espinas, no deja de sembrar. Confía en que incluso el corazón más cerrado
puede abrirse a la gracia.
Esta
perseverancia de Jesús ilumina la obra evangelizadora de la Iglesia.
Evangelizar es continuar sembrando la Palabra, incluso cuando no vemos
inmediatamente sus frutos. Es anunciar con paciencia, enseñar con claridad,
acompañar con misericordia y confiar en la acción silenciosa del Espíritu
Santo. La Iglesia no puede cansarse de ofrecer el agua viva a una humanidad que
muchas veces intenta calmar su sed en cisternas agrietadas.
Hoy
oramos especialmente por esta misión evangelizadora y por las vocaciones.
Necesitamos sacerdotes, diáconos, religiosos, religiosas, misioneros,
catequistas, matrimonios y jóvenes dispuestos a escuchar la voz del Señor y a
convertirse en sembradores de su Palabra. Toda vocación comienza cuando alguien
deja de oír superficialmente y empieza a escuchar con el corazón. Comienza
cuando una persona permite que se descorra el velo y pregunta sinceramente:
«Señor, ¿qué quieres de mí? ¿Dónde y cómo deseas que te sirva?».
Pidamos
también que quienes ya hemos recibido una vocación no nos apartemos de la
fuente. Podemos hablar mucho de Dios y, sin embargo, descuidar nuestra relación
personal con Él. Podemos servir en la Iglesia y terminar buscando el
reconocimiento, la comodidad o nuestros propios intereses. El profeta nos
invita a volver siempre a la fuente del agua viva, porque nadie puede llevar a
otros hasta Dios si él mismo ha dejado de beber de su gracia.
Examinemos
hoy nuestro corazón: ¿estamos verdaderamente abiertos a las verdades profundas
de Dios o nos conformamos con escuchar superficialmente? ¿Qué cisternas
agrietadas hemos construido? ¿Permitimos que la Palabra nos interrogue, nos convierta
y oriente nuestras decisiones? ¿Estamos disponibles para la misión que el Señor
quiera confiarnos?
No
nos desanimemos si encontramos dureza, distracciones o resistencias en nuestro
interior. Cristo sigue sembrando y no se cansa de nosotros. Solo nos pide
recibir su Palabra con humildad y permitirle echar raíces.
Señor de la verdad eterna, descorre el velo de nuestros ojos y oídos. Danos ojos para ver, oídos para escuchar y un corazón abierto para comprender. Inunda nuestra vida con la luz de tu verdad. Renueva la obra evangelizadora de tu Iglesia y suscita numerosas y santas vocaciones al sacerdocio, a la vida consagrada, a la familia cristiana y al servicio misionero. Que, unidos a ti, fuente de agua viva, llevemos tu Palabra y tu amor a quienes tienen sed de esperanza. Amén.




