sábado, 3 de octubre de 2026

4 de octubre del 2026: vigésimo séptimo domingo del tiempo ordinario-ciclo A

 

¡Da fruto, y del bueno!

¡El libro de Isaías nos dice, en un magnífico poema, con cuánto esmero cuida Dios de su pueblo! Todo está dicho acerca del trabajo de la tierra, del amor a la tierra. En cada gesto del viñador se descubre la ternura de Dios. Prepara cuidadosamente el terreno y planta en él una esperanza. Así nos ha amado: dedicándonos tiempo, acompañando nuestro crecimiento y confiándonos los dones que pueden hacer fecunda nuestra vida.

Pero llega la cosecha y aparecen frutos amargos. Isaías les pone nombre: injusticia, violencia y sufrimiento de los oprimidos. La pregunta alcanza también nuestro corazón: ¿qué hacemos con tanto amor recibido? ¿Qué encuentran los demás cuando se acercan a nosotros?

En el Evangelio, los viñadores olvidan que la viña les ha sido confiada y quieren adueñarse de ella. Esa tentación sigue presente cuando utilizamos nuestras responsabilidades para imponernos o guardamos para nosotros lo que podría ayudar a otros. Dios nos invita a cuidar su obra con un corazón agradecido y generoso.

San Pablo nos muestra un camino concreto: presentar nuestras preocupaciones al Señor, reconocer cuanto hay de verdadero y justo, y llevar a la práctica el bien aprendido. Los buenos frutos maduran en esa relación entre oración y vida. Pueden tomar la forma de una palabra respetuosa, una reconciliación o una ayuda ofrecida discretamente.

Podemos hacer nuestra la súplica del salmo: «Señor, ven a visitar tu viña». Necesitamos que su gracia renueve nuestra tierra cansada. Cristo, el Hijo rechazado y convertido en piedra angular, sostiene nuestra esperanza y nos permite comenzar de nuevo.

Señor, gracias por cuanto has sembrado en nosotros. Enséñanos a cuidar tus dones y a compartir sus frutos. Que alguien pueda reconocer hoy tu bondad en nuestra manera de tratarlo. Amén.

 


 

Primera lectura

Is 5, 1-7

La viña del Señor del universo es la casa de Israel

Lectura del libro de Isaías.

VOY a cantar a mi amigo
el canto de mi amado por su viña.
Mi amigo tenía una viña en un fértil collado.
La entrecavó, quitó las piedras y plantó buenas cepas;
construyó en medio una torre y cavó un lagar.
Esperaba que diese uvas, pero dio agrazones.
Ahora, habitantes de Jerusalén, hombres de Judá,
por favor, sean jueces entre mí y mi viña.
¿Qué más podía hacer yo por mi viña que no hubiera hecho?
¿Por qué, cuando yo esperaba que diera uvas, dio agrazones?
Pues les hago saber lo que haré con mi viña:
quitar su valla y que sirva de leña,
derruir su tapia y que sea pisoteada.
La convertiré en un erial: no la podarán ni la escardarán,
allí crecerán zarzas y cardos,
prohibiré a las nubes que lluevan sobre ella.
La viña del Señor del universo es la casa de Israel
y los hombres de Judá su plantel preferido.
Esperaba de ellos derecho, y ahí tienen: sangre derramada;
esperaba justicia, y ahí tienen: lamentos.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 79, 9 y 12. 13-14. 15-16. 19-20 (R.: Is 5, 7a)

R. La viña del Señor es la casa de Israel.

V. Sacaste una vid de Egipto,
expulsaste a los gentiles, y la trasplantaste.
Extendió sus sarmientos hasta el mar,
y sus brotes hasta el Gran Río.
R.

V. ¿Por qué has derribado su cerca
para que la saqueen los viandantes,
la pisoteen los jabalíes
y se la coman las alimañas?
R.

V. Dios del universo, vuélvete:
mira desde el cielo, fíjate,
ven a visitar tu viña.
Cuida la cepa que tu diestra plantó
y al hijo del hombre que tú has fortalecido.
R.

V. No nos alejaremos de ti:
danos vida, para que invoquemos tu nombre.
Señor, Dios del universo, restáuranos,
que brille tu rostro y nos salve.
R.

 

Segunda lectura

Flp 4, 6-9

Pónganlo por obra, y el Dios de la paz estará con ustedes

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses.

HERMANOS:
Nada les preocupe; sino que, en toda ocasión, en la oración y en la súplica, con acción de gracias, sus peticiones sean presentadas a Dios.
Y la paz de Dios, que supera todo juicio, custodiará sus corazones y sus pensamientos en Cristo Jesús.
Finalmente, hermanos, todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable, laudable, todo lo que es virtud o mérito, ténganlo en cuenta.
Lo que aprendieron, recibieron, oyeron, vieron en mí, pónganlo por obra.
Y el Dios de la paz estará con ustedes.

Palabra de Dios.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Yo los he elegido del mundo —dice el Señor—, para que vayan y den fruto, y su fruto permanezca. R.

 

Evangelio

Mt 21, 33-43

Arrendará la viña a otros labradores

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo:
«Escuchen otra parábola: “Había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, construyó una torre, la arrendó a unos labradores y se marchó lejos.
Llegado el tiempo de los frutos, envió sus criados a los labradores para percibir los frutos que le correspondían. Pero los labradores, agarrando a los criados, apalearon a uno, mataron a otro y a otro lo apedrearon.
Envió de nuevo otros criados, más que la primera vez, e hicieron con ellos lo mismo. Por último, les mandó a su hijo diciéndose: ‘Tendrán respeto a mi hijo’.
Pero los labradores, al ver al hijo se dijeron: ‘Este es el heredero: vengan, lo matamos y nos quedamos con su herencia’.
Y agarrándolo, lo sacaron de la viña y lo mataron. Cuando vuelva el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?».
Le contestan:
«Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros labradores que le entreguen los frutos a su tiempo».
Y Jesús les dice:
«¿No han leído nunca en la Escritura:
“La piedra que desecharon los arquitectos
es ahora la piedra angular.
Es el Señor quien lo ha hecho,
ha sido un milagro patente”?
Por eso les digo que se les quitará a ustedes el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos».

Palabra del Señor.

 

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Queridos hermanos:

Quienes conocen el trabajo del campo saben cuánto cuidado necesita una cosecha. Hay que preparar la tierra, sembrar, limpiar y esperar. En cada cultivo hay jornadas de esfuerzo y una esperanza que se renueva. Por eso duele cuando, después de tantos cuidados, llega el momento de recoger y los frutos no son los esperados.

Desde esa experiencia nos habla hoy la Palabra de Dios. El Señor ha cuidado de nosotros, nos ha confiado su viña y espera frutos. Al escucharlo, podemos hacernos dos preguntas muy sencillas: ¿cómo estoy tratando a Dios y cómo estoy tratando a las personas que ha puesto a mi lado?

Isaías comienza con un canto de amor. Un hombre escoge una tierra buena, retira las piedras, planta cepas excelentes y protege su viña. Cada detalle revela dedicación. Así ha sido Dios con su pueblo. Así podemos reconocerlo también en nuestra historia: en la vida recibida, en la fe que alguien nos transmitió, en el perdón que nos levantó y en las personas que nos han acompañado.

Antes de pedirnos una respuesta, Dios nos ha amado. Conviene recordarlo, porque la vida cristiana comienza acogiendo ese amor. De esa gratitud nace el deseo de corresponderle.

Pero la viña produce frutos amargos. El profeta explica qué significa esa amargura: Dios esperaba justicia y encuentra atropellos; esperaba rectitud y escucha el clamor de los maltratados. Aquí la Palabra toca nuestra vida. Una fe que madura se reconoce en el trato digno a los demás, en la honestidad y en la atención al que necesita ayuda. Quien ora está llamado a escuchar también el dolor de su hermano.

Por eso podemos preguntarnos: ¿qué sabor deja mi presencia en mi casa? ¿Mis palabras animan o humillan? ¿Cumplo mis compromisos? ¿Sé agradecer? A veces cuidamos mucho nuestra imagen ante los demás y descuidamos precisamente a quienes viven con nosotros.

Ante esta realidad, el salmo nos enseña a rezar: «Señor, ven a visitar tu viña». El pueblo recuerda que Dios lo sacó de Egipto y lo plantó en una tierra donde pudo crecer. Ahora, al verse herido y amenazado, vuelve a pedir su ayuda. Esa súplica puede brotar hoy de nuestra comunidad y de cada familia.

Señor, visita nuestra casa, donde a veces nos hablamos con dureza. Visita a quienes han perdido la confianza después de una traición. Visita nuestra comunidad y enséñanos a trabajar unidos. Danos vida para volver a invocar tu nombre. Necesitamos tu gracia para reconocer el mal que hemos hecho y comenzar a repararlo.

En el Evangelio, Jesús retoma la imagen de la viña y nos presenta un problema distinto: los trabajadores quieren quedarse con aquello que les fue confiado. Rechazan a los enviados del propietario y finalmente matan a su hijo. El deseo de adueñarse de todo termina convirtiéndose en violencia.

Jesús dirige esta parábola a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo. Hoy la escuchamos nosotros, y debemos dejar que examine nuestra manera de vivir la fe. También podemos apropiarnos de lo que hemos recibido para servir. Sucede cuando alguien utiliza una responsabilidad para imponerse, cuando un grupo se cierra sobre sí mismo o cuando pensamos que todo en la comunidad tiene que hacerse según nuestros gustos.

Esta palabra nos interpela especialmente a quienes tenemos una responsabilidad pastoral. La comunidad pertenece al Señor. Él nos pide cuidarla, escuchar a las personas y ayudarlas a encontrarse con Cristo. Podemos preguntarnos con humildad si nuestro modo de actuar facilita ese encuentro o lo hace más difícil.

Cada bautizado tiene también una parte de esa viña a su cuidado. Pensemos en la familia. Los hijos necesitan orientación y límites, junto con la certeza de que son amados. Corregirlos exige paciencia y respeto. Entre esposos, la confianza se cultiva con la verdad y con la disposición a escucharse. En una casa donde alguien puede reconocer su error sin ser humillado, se abren caminos para cambiar.

Pensemos además en nuestro trabajo, en los bienes que administramos y en la tierra que habitamos. Lo que hemos recibido nos permite hacer bien a otros. Pagar justamente, cuidar el agua, compartir con una familia necesitada o dedicar tiempo a una persona sola son frutos concretos. El amor se vuelve visible en decisiones como estas.

El Señor nos pedirá cuentas de esa responsabilidad. Su paciencia nos ofrece tiempo para convertirnos, y conviene aprovecharlo. Podemos empezar hoy por una reconciliación pendiente, por devolver lo que debemos o por escuchar una corrección que llevamos tiempo rechazando.

San Pablo nos muestra en la segunda lectura cómo sostener este camino. Nos invita a presentar a Dios nuestras necesidades mediante la oración, acompañada de acción de gracias. Podemos llevarle lo que nos preocupa: la salud, los hijos, el trabajo y las dificultades de la comunidad. Su paz custodia el corazón y nos ayuda a obrar con confianza en medio de esas preocupaciones.

El apóstol nos pide también cuidar aquello que alimenta nuestro pensamiento: buscar lo verdadero, lo justo, lo limpio y lo digno de aprecio, y llevarlo a la práctica. Pensemos cuánto tiempo damos a rumores, sospechas y discusiones. Aprender a reconocer el bien que hacen los demás dispone el corazón para colaborar con ellos. Una comunidad crece cuando agradece, reconoce y anima el servicio de sus miembros.

Hay, además, una esperanza decisiva en el Evangelio. El hijo es rechazado y asesinado, pero Jesús anuncia que la piedra descartada llegará a ser la piedra angular. En estas palabras reconocemos su muerte y su resurrección. El Padre hace de Cristo resucitado el fundamento de nuestra salvación. Podemos confiarle incluso los lugares de nuestra vida donde el pecado ha causado más daño y recibir de Él la fuerza para reconstruir.

Esta Eucaristía nos reúne alrededor de ese mismo Señor. Él nos habla y se nos entrega como alimento. Al presentar el pan y el vino, ofrecemos también el trabajo, las preocupaciones y los esfuerzos de nuestra semana. Al recibir su amor, pedimos que nuestra vida produzca frutos que puedan disfrutar los demás. La comunión con Cristo nos compromete con la vida de nuestros hermanos.

Llevemos hoy una pregunta al corazón: ¿qué fruto concreto de amor y de justicia espera Dios de mí esta semana? Dejemos que tenga un nombre, un rostro y una acción posible.

Señor, ven a visitar tu viña. Gracias por cuidarnos y por seguir llamándonos a trabajar contigo. Perdona nuestras resistencias y enséñanos a responder con generosidad. Haz fecunda nuestra fe en el servicio cotidiano.

Santa María, que acogiste la Palabra y entregaste tu vida al querer de Dios, acompaña a nuestras familias y a nuestra comunidad. Ayúdanos a escuchar a tu Hijo y a vivir lo que hoy hemos celebrado. Amén.

 

 

2

 

La nueva viña de la gracia

 

La parábola de los viñadores malvados es rica en imágenes del Antiguo Testamento. La imagen de la viña procede del profeta Isaías (Isaías 5,1-7) y representa al pueblo de Israel. El propietario es Dios, quien, desde el tiempo de Abraham, ha cultivado a su pueblo con amor y de manera deliberada. La cerca, la torre y el lagar simbolizan, respectivamente, el cuidado providencial de Dios, su protección y la estructura que estableció para el crecimiento espiritual de su pueblo.

La primera lectura nos permite percibir el dolor de ese amor: el Señor ha cuidado su viña y encuentra injusticia y gritos de sufrimiento donde esperaba una vida recta (Is 5,1-7). Ante esta palabra podemos preguntarnos qué frutos produce nuestra fe en el trato a los demás. La respuesta se hace concreta cuando obramos con honradez y cuidamos la dignidad de quienes nos rodean.

Los viñadores son la élite religiosa de Israel, a la que se había confiado la tarea de guiar al pueblo en la santidad. Los servidores enviados por el propietario son los profetas: mensajeros fieles, constantemente rechazados y maltratados. Finalmente, el hijo es el mismo Jesús, enviado por el Padre como culminación de su acercamiento divino.

La parábola termina en tragedia con el asesinato del hijo. Sin embargo, de esa tragedia surge un nuevo comienzo: «El Reino de Dios les será quitado y será dado a un pueblo que produzca sus frutos» (Mateo 21,43). Aunque Jesús se dirigía a los líderes religiosos de su tiempo —los escribas, los fariseos, los sumos sacerdotes, los saduceos y los ancianos—, su promesa perdurable de un nuevo comienzo nos habla hoy.

Estamos invitados a formar parte del pueblo al que Dios confía ahora su viña, la Iglesia. Hoy, la cerca, el lagar y la torre representan los sacramentos, el magisterio de la Iglesia, la Sagrada Escritura y la comunión de los fieles. Dios sigue cultivando su viña con gran cuidado, esperando que dé fruto a través de nuestras vidas de santidad, fidelidad, caridad y verdad. Cada uno de nosotros, como miembro del Cuerpo de Cristo, está llamado a acoger esta confianza con gratitud y a trabajar diligentemente por el Reino, sin olvidar nunca el precio pagado por el Hijo que fue expulsado y asesinado por nuestra redención.

A veces, cuando hablamos de «la Iglesia», lo hacemos como si se tratara de alguna institución distante. Nuestra mente puede dirigirse inmediatamente al Vaticano, al papa o al obispo local. Si bien estos pastores desempeñan funciones cruciales y fundamentales dentro de la viña, necesitamos comprender la Iglesia de una manera más amplia.

Para utilizar la imagen de la parábola de hoy, la viña y el fruto que está destinada a producir no se identifican exclusivamente con los viñadores, los servidores, el hijo, ni siquiera con el propietario. La viña misma representa a todo el pueblo de Dios. El fruto que produce es el testimonio, lleno de gracia, de unas vidas transformadas por la fe. Esto nos incluye a todos: clérigos, religiosos y laicos por igual. Cada miembro de la Iglesia es un trabajador en la viña, llamado a trabajar junto con los demás, bajo la guía de Cristo, el verdadero Hijo, y a ofrecer al Padre una abundante cosecha de justicia, misericordia y verdad.

El salmo recuerda la vid que Dios sacó de Egipto y hace brotar esta súplica: «Ven a visitar tu viña» (Sal 80 [79]). Es también nuestra oración cuando reconocemos la fragilidad de la Iglesia y nuestras propias infidelidades. Pedimos al Señor que nos dé vida, nos vuelva hacia Él y nos sostenga en la tarea que nos confía. Su gracia hace posible nuestra respuesta.

La segunda lectura nos ayuda a cultivar esa fecundidad (Flp 4,6-9). San Pablo nos invita a presentar nuestras necesidades a Dios con oración y acción de gracias, confiando en su paz. Nos pide alimentar el pensamiento con cuanto es verdadero, noble, justo, puro y digno de aprecio, y poner en práctica lo aprendido. Esta semana podemos hacerlo al rechazar un rumor, reconocer el bien de otra persona o responder con serenidad en una conversación difícil. Así se prepara el corazón para trabajar en la viña del Señor.

Reflexiona hoy sobre cómo hacer de esta parábola tu llamado personal. El Reino de Dios te ha sido confiado en parte, para que seas uno de los que trabajarán por la salvación de las almas: «un pueblo que produzca sus frutos». La obra de la evangelización es una misión continua y urgente. ¿De qué maneras te llama Dios a trabajar en su divina viña? ¿Es mediante la oración fiel, por la que se podan y nutren las vides de la gracia? ¿Es mediante el trabajo de la cosecha, en el que atraes a otros a Cristo con tus palabras, tu testimonio y tus obras de amor? ¿Es a través de la perseverancia silenciosa en el sufrimiento, ofrecido en unión con el Crucificado? Sea cual sea la manera en que Dios te llame, no te demores. Acoge su confianza con humildad y trabaja con alegría. La viña es suya, pero el fruto depende, en parte, de ti.

Mi glorioso Rey, nos has llamado a ti y nos has hecho miembros de tu Reino. También nos has enviado a trabajar en la viña de tu Iglesia y a ayudar a atraer muchas almas a tu Sagrado Corazón. Te ruego que me reveles la función y la misión que me has confiado. Que escuche atentamente tus suaves mandatos y responda con un corazón lleno de generosidad y fe. Que tu Iglesia, de la que soy miembro vivo, siga dando fruto abundante por la gracia que derramas. Jesús, en ti confío.


3 de octubre del 2026: sábado de la vigésima sexta semana del tiempo ordinario II

 

¡Qué alegría!

¡Cuánta alegría hay en este texto! La de los discípulos, orgullosos de haber dominado a los espíritus malignos; la alegría de Jesús, que se estremece de gozo en el Espíritu. Él orienta hacia la verdadera alegría, la de la comunión con Dios, la de sabernos conocidos y amados por el Padre. Jesús invita a sus discípulos a descubrir que sus nombres están inscritos en el cielo. Sus vidas tienen un lugar en el corazón de Dios: ahí encuentran la fuente más profunda de su alegría.

Los frutos de la misión merecen nuestra gratitud, pero nuestra felicidad necesita raíces más hondas que los resultados visibles. También cuando el esfuerzo parece estéril, cuando faltan las fuerzas o nadie reconoce nuestra entrega, podemos descansar en la fidelidad del Señor.

Jesús se llena de alegría porque el Padre revela sus misterios a los pequeños. Un corazón sencillo, que reconoce su pobreza y se deja enseñar, puede descubrir las maravillas que pasan inadvertidas a quienes creen saberlo todo. La humildad nos dispone a recibir la vida como un regalo y a reconocer la presencia de Dios en lo cotidiano.

Pidamos esa alegría que sostiene la esperanza en medio de las dificultades y nos anima a servir con libertad.

Señor Jesús, enséñanos a alegrarnos contigo. Danos un corazón humilde y agradecido, capaz de reconocer el amor del Padre y de compartirlo con nuestros hermanos. Amén.

 


Primera lectura

Job 42, 1-3. 5-6. 12-17

Ahora te han visto mis ojos; por eso, me retracto

Lectura del libro de Job.

JOB respondió al Señor:
«Reconozco que lo puedes todo,
que ningún proyecto te resulta imposible.
Dijiste:
“¿Quién es ese que enturbia mis designios
sin saber siquiera de qué habla?”.
Es cierto, hablé de cosas que ignoraba,
de maravillas que superan mi comprensión.
Te conocía solo de oídas,
pero ahora te han visto mis ojos;
por eso, me retracto y me arrepiento,
echado en el polvo y la ceniza».
El Señor bendijo a Job al final de su vida más aún que al principio. Llegó a poseer catorce mil ovejas, seis mil camellos, mil yuntas de bueyes y mil borricas.
Tuvo siete hijos y tres hijas: la primera se llamaba Paloma; la segunda, Acacia; y la tercera, Azabache. No había en todo el país mujeres más bellas que las hijas de Job. Su padre las hizo herederas, igual que a sus hermanos.
Job vivió otros ciento cuarenta años, y conoció a sus hijos, a sus nietos y a sus biznietos.
Murió anciano tras una larga vida.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 118, 66. 71. 75. 91. 125. 130 (R.: 135a)

R. Haz brillar, Señor, tu rostro sobre tu siervo.

V. Enséñame la bondad, la prudencia y el conocimiento,
porque me fío de tus mandatos. 
R.

V. Me estuvo bien el sufrir,
así aprendí tus decretos. 
R.

V. Reconozco, Señor, que tus mandamientos son justos,
que con razón me hiciste sufrir. 
R.

V. Por tu mandamiento subsisten hasta hoy,
porque todo está a tu servicio. 
R.

V. Yo soy tu siervo: dame inteligencia,
y conoceré tus preceptos. 
R.

V. La explicación de tus palabras ilumina,
da inteligencia a los ignorantes. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Bendito seas, Padre, Señor del cielo y de la tierra,
porque has revelado los misterios del reino a los pequeños. 
R.

 

Evangelio

Lc 10, 17-24

Estén alegres porque sus nombres están inscritos en el cielo

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

EN aquel tiempo, los setenta y dos volvieron con alegría diciendo:
«Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre».
Jesús les dijo:
«Estaba viendo a Satanás caer del cielo como un rayo. Miren: les he dado el poder de pisotear serpientes y escorpiones y todo poder del enemigo, y nada les hará daño alguno.
Sin embargo, no estén alegres porque se les someten los espíritus; estén alegres porque sus nombres están inscritos en el cielo».
En aquella hora, se llenó de alegría en el Espíritu Santo y dijo:
«Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a los pequeños.
Sí, Padre, porque así te ha parecido bien.
Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre; ni quién es el Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar».
Y, volviéndose a sus discípulos, les dijo aparte:
«¡Bienaventurados los ojos que ven lo que ustedes ven! Porque les digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que ustedes ven, y no lo vieron; y oír lo que ustedes oyen, y no lo oyeron».

Palabra del Señor.

 

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La alegría de un corazón que confía

 

Queridos hermanos:

¡Cuánta alegría encontramos en el Evangelio de hoy! Los discípulos regresan entusiasmados de la misión. Han anunciado el Reino y han experimentado la fuerza del nombre de Jesús frente al mal. Podemos imaginarlos contando lo sucedido, deseosos de compartir con el Maestro sus experiencias.

También nosotros conocemos esa alegría: cuando un esfuerzo da fruto, una persona recupera la esperanza, una familia se reconcilia o alguien vuelve a acercarse a Dios. ¡Qué hermoso descubrir que nuestra pequeña colaboración puede hacer bien a otros!

Jesús recibe a sus discípulos y les ayuda a profundizar en el motivo de su felicidad: sus nombres están escritos en el cielo. Los invita a reconocer que, antes de cualquier logro, está el amor de Dios que los ha llamado y los sostiene.

Esta palabra también nos alcanza a nosotros. A veces medimos nuestra vida por los resultados: cuánto conseguimos, cuántas personas nos escuchan, cuántos reconocen nuestro trabajo. Y cuando los frutos tardan, fácilmente nos desanimamos.

Hoy el Señor nos recuerda que nuestra vida tiene valor ante sus ojos. Él conoce nuestras luchas, nuestra fidelidad cotidiana, las oraciones que hacemos en silencio y el bien que nadie aplaude. Podemos servir con alegría porque estamos en sus manos.

Señor Jesús, ayúdanos a recibir con gratitud los frutos de nuestro trabajo y a perseverar cuando todavía no podemos verlos.

La primera lectura nos presenta a Job al final de un camino muy doloroso. Ha sufrido pérdidas, ha expresado su angustia y ha llevado sus preguntas delante de Dios. Ahora reconoce los límites de su comprensión y dice: «Te conocía solo de oídas, pero ahora te han visto mis ojos».

Es una frase que nos invita a revisar nuestra fe. Podemos conocer muchas cosas acerca de Dios y, al mismo tiempo, necesitar un encuentro más profundo con Él. Job descubre una presencia que transforma su manera de mirar la vida.

Su historia nos permite acercarnos al Señor con nuestras preguntas. Podemos decirle que estamos cansados, que nos duele una ausencia, que no entendemos lo que sucede. La oración también puede tener lágrimas. La confianza crece cuando, en medio de todo eso, seguimos abriendo el corazón.

La bendición con la que termina el relato nos habla de esperanza. No es una promesa de que toda persona creyente recuperará sus bienes o verá resueltas aquí todas sus dificultades. Es una invitación a confiar en que Dios puede abrir futuro donde nosotros apenas vemos ruinas.

Y el salmo nos enseña cómo caminar: «Haz brillar, Señor, tu rostro sobre tu siervo».

Qué oración tan sencilla para comenzar cada día. Antes de pedir que cambien las circunstancias, pedimos la luz de su presencia. Necesitamos que el Señor ilumine nuestras decisiones, nuestras palabras y nuestra manera de tratar a los demás.

El salmista reconoce que, incluso en la aflicción, ha aprendido a escuchar a Dios. Conviene recibir esa experiencia con delicadeza: quien sufre necesita nuestra cercanía, nuestra ayuda y nuestro respeto. Desde esa compañía podemos descubrir juntos que la gracia también actúa en medio de la fragilidad.

El salmo añade que la Palabra de Dios ilumina y da entendimiento a los sencillos. Ahí encontramos el vínculo con la alegría de Jesús: Él se llena de gozo en el Espíritu Santo porque el Padre se revela a los pequeños.

Los pequeños son quienes se dejan enseñar, quienes saben pedir ayuda y reconocen que necesitan la misericordia de Dios. Esa sencillez permite que la Palabra encuentre espacio en nosotros.

En este sábado, al hacer memoria de la Santísima Virgen María, contemplamos esa disposición del corazón vivida de manera admirable.

María escucha, pregunta y ofrece su vida al Señor. Guarda la Palabra, la medita y permite que transforme sus pasos. En su canto de alabanza reconoce con alegría lo que Dios ha hecho en ella. Toda su vida nos enseña a recibir el amor del Padre y a responder con confianza.

También María conoció la incertidumbre, la preocupación y el sufrimiento. Buscó a Jesús con angustia y permaneció junto a la cruz. Su fe sostuvo su amor cuando el dolor era inmenso.

Por eso podemos acudir a ella con tanta confianza. Le presentamos a las madres preocupadas por sus hijos, a las familias que atraviesan dificultades, a quienes están solos y a quienes sienten que se les está apagando la esperanza. Pedimos su intercesión para aprender a escuchar a Jesús y permanecer cerca de Él.

Hermanos, en esta Eucaristía venimos con nuestros pequeños logros y con nuestras preocupaciones. Cristo nos recibe y se nos entrega como alimento. Su presencia renueva nuestra alegría y nos da fuerzas para continuar sirviendo.

Al terminar, llevemos una pregunta al corazón: ¿Qué lugar ocupa el amor de Dios entre los motivos de mi alegría?

Que durante este día encontremos un momento para agradecerle su cercanía, escuchar su Palabra y ofrecer un gesto de bondad a alguien que lo necesite.

Santa María, Madre de Jesús y Madre nuestra, enséñanos a confiar. Acompáñanos cuando no comprendemos lo que vivimos y ayúdanos a guardar la Palabra en el corazón. Ruega por nuestras familias y por quienes sufren. Que, unidos a tu Hijo, aprendamos a servir con humildad y a vivir con la alegría de sabernos amados por el Padre. Amén.

 

viernes, 2 de octubre de 2026

2 de octubre del 2026: Los Santos Ángeles Custodios-memoria obligatoria

 

Santos Ángeles Custodios

La Iglesia celebra hoy la memoria de los Santos Ángeles Custodios, a quienes Dios ha confiado la misión de acompañar a los seres humanos con una presencia fraterna.

 

 

Maravillarse como un niño

Hay personas cuya presencia nos hace sentir protegidos: alguien que acompaña nuestros pasos, una mano que nos sostiene, una mirada que advierte un peligro. Su cuidado nos permite vislumbrar algo de la ternura de Dios, que conoce nuestra fragilidad y no nos abandona.

La memoria de los Santos Ángeles Custodios nos invita a agradecer también esa compañía invisible con la que el Señor cuida de nosotros. Los ángeles son criaturas espirituales, servidores y mensajeros de Dios. Su presencia nos recuerda que nuestra vida es preciosa a sus ojos, incluso cuando nos sentimos olvidados por los demás.

Jesús coloca a un niño en medio de sus discípulos y los llama a hacerse pequeños. El niño sabe recibir, confiar, dejarse ayudar; conserva la capacidad de asombrarse ante lo que el adulto, acostumbrado a todo, termina por ignorar. La infancia espiritual nos enseña a vivir nuestra responsabilidad con la confianza puesta en el Padre.

Crecer en la fe supone aprender a reconocer cuánto recibimos. También nosotros necesitamos compañía, orientación y protección. Y, al acoger el cuidado de Dios, podemos aprender a cuidar mejor a los demás, especialmente a los pequeños y vulnerables.

¿A quién puedo ofrecer hoy una presencia que acompañe y proteja?

Señor, devuélveme la capacidad de maravillarme ante tu amor. Gracias por mi ángel de la guarda: que su compañía me ayude a escucharte, a elegir el bien y a caminar con confianza hacia ti. Amén.


 


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Primera lectura

Ex 23, 20-23

Mi ángel irá por delante

Lectura del libro del Éxodo.

ESTO dice el Señor:
«Voy a enviarte un ángel por delante, para que te cuide en el camino y te lleve al lugar que he preparado.
Hazle caso y obedécele.
No te rebeles, porque lleva mi nombre y no perdonará tus rebeliones.
Si le obedeces fielmente y haces lo que yo digo, tus enemigos serán mis enemigos y tus adversarios serán mis adversarios.
Mi ángel irá por delante y te llevará a las tierras de los amorreos, hititas, perizitas, cananeos, heveos y jebuseos, y yo los exterminaré».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 90, 1-2. 3-4. 5-6. 10-11 (R.: 11)

R. A sus ángeles ha dado órdenes
para que te guarden en tus caminos.

V. Tú que habitas al amparo del Altísimo,
que vives a la sombra del Omnipotente,
di al Señor: «Refugio mío, alcázar mío,
Dios mío, confío en ti».
R

V. Él te librará de la red del cazador,
de la peste funesta.
Te cubrirá con sus plumas,
bajo sus alas te refugiarás:
su verdad es escudo y armadura.
R.

V. No temerás el espanto nocturno,
ni la flecha que vuela de día,
ni la peste que se desliza en las tinieblas,
ni la epidemia que devasta a mediodía.
R.

V. No se acercará la desgracia,
ni la plaga llegará hasta tu tienda,
porque a sus ángeles ha dado órdenes
para que te guarden en tus caminos.
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Bendigan al Señor, ejércitos suyos,
servidores que cumplen sus deseos.
R.

 

Evangelio

Mt 18, 1-5. 10

Sus ángeles están viendo siempre en los cielos el rostro de mi Padre celestial

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel momento, se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron:
«¿Quién es el mayor en el reino de los cielos?».
Él llamó a un niño, lo puso en medio y dijo:
«En verdad les digo que, si no se convierten y se hacen como niños, no entrarán en el reino de los cielos. Por tanto, el que se haga pequeño como este niño, ese es el más grande en el reino de los cielos. El que acoge a un niño como este en mi nombre me acoge a mí.
Cuidado con despreciar a uno de estos pequeños, porque les digo que sus ángeles están viendo siempre en los cielos el rostro de mi Padre celestial».

Palabra del Señor.

 

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Maravillarse como un niño, dejarse cuidar y aprender a cuidar

 

Queridos hermanos:

Una imagen sencilla nos ayuda a entrar en esta celebración: un hombre que vigila la salida de un colegio lleva en su camiseta las palabras «Ángel de la guarda». Está pendiente de los estudiantes, los ayuda a cruzar, procura que lleguen seguros a las manos de sus familiares. Su presencia nos recuerda cuánto necesitamos que alguien cuide de nosotros.

Y esa necesidad permanece cuando crecemos. También los adultos necesitamos una mano que nos sostenga, una palabra que nos oriente, una presencia que nos acompañe cuando sentimos miedo. A veces, detrás de nuestra aparente fortaleza, hay un corazón cansado que quisiera poder decir: «Ayúdame; hoy no puedo con todo».

La memoria de los Santos Ángeles Custodios nos invita a reconocer con gratitud el cuidado de Dios. Los ángeles son criaturas espirituales que lo sirven y nos acompañan en el camino de la salvación. La Iglesia reconoce su protección y su intercesión a lo largo de nuestra vida. ¡Qué hermoso sabernos acompañados también cuando nadie parece advertir lo que estamos viviendo!

En la primera lectura, Dios promete enviar un ángel delante de su pueblo para custodiarlo durante el camino y conducirlo al lugar preparado. Israel todavía tiene un recorrido por hacer. Hay incertidumbres, peligros y decisiones. Precisamente allí, en medio del camino, recibe la promesa de la compañía de Dios.

También nosotros tenemos caminos difíciles: una enfermedad que se prolonga, una preocupación familiar, una pérdida que todavía duele, una lucha interior que los demás desconocen. Hoy podemos presentar todo eso al Señor y pedirle la gracia de reconocer su cercanía.

Pero la lectura también invita a escuchar y obedecer. El cuidado de Dios requiere nuestra respuesta. Dejarnos conducir supone aceptar que necesitamos orientación, revisar nuestras decisiones y permitir que su Palabra corrija nuestros pasos.

Por eso, en este viernes, nuestra oración tiene una intención penitencial. Pedimos perdón por las veces en que hemos cerrado el oído al Señor; por las palabras que hirieron; por la indiferencia ante el sufrimiento ajeno; por haber tratado con dureza a quienes necesitaban paciencia.

Podemos decirle desde ahora: Señor, reconozco que me he equivocado. Dame humildad para pedir perdón, valor para reparar el daño y perseverancia para cambiar. Acercarnos al sacramento de la Reconciliación es una manera concreta de acoger esa misericordia que vuelve a ponernos en camino.

El salmo responde a la primera lectura con una afirmación llena de confianza: «Dios les ha ordenado a sus ángeles que nos cuiden». Sus imágenes de refugio, sombra y alas protectoras expresan la ternura de un Dios en quien podemos descansar.

Esta oración también puede brotar desde una cama de hospital, en una noche de insomnio o entre las lágrimas de quien atraviesa un duelo. La protección de Dios no significa que quedemos libres de toda enfermedad o dificultad. Significa que podemos atravesarlas sostenidos por su amor, con la esperanza puesta en Él.

Que nadie interprete su sufrimiento como señal de que Dios lo ha abandonado. Jesús mismo conoció la angustia y el dolor. Cuando nos acercamos a su cruz, encontramos al Salvador que ha querido compartir nuestra fragilidad y abrirnos un camino de vida.

Hoy oramos especialmente por quienes sufren en el cuerpo y en el alma. Por quienes esperan un diagnóstico, soportan dolores o se sienten agotados. Por quienes cargan tristeza, ansiedad, soledad o heridas que les cuesta expresar. Pedimos alivio, fortaleza y personas capaces de acompañarlos con respeto y ternura. Recordamos también a sus familiares y a quienes los cuidan, tantas veces silenciosamente.

En el Evangelio, mientras los discípulos se preocupan por quién ocupa el primer lugar, Jesús pone a un niño en medio. Les enseña a hacerse pequeños, a recibir, a confiar y a reconocer que necesitan de otros.

La infancia espiritual nos permite vivir nuestras responsabilidades con el corazón abierto al Padre. Nos ayuda a agradecer lo que recibimos, a dejarnos ayudar y a conservar la capacidad de maravillarnos: ante una amistad fiel, una reconciliación, una visita o un gesto de bondad inesperado.

Jesús añade una advertencia que debemos tomar muy en serio: «Cuidado con despreciar a uno de estos pequeños». Los vincula con sus ángeles, que contemplan al Padre. Cada pequeño posee una dignidad que exige nuestro respeto.

Celebrar a los Ángeles Custodios nos compromete, entonces, a cuidar. A proteger a los niños, escuchar al que está herido, visitar al enfermo y acompañar al anciano. Nuestra devoción se vuelve fecunda cuando nuestras manos también sirven para sostener.

En esta Eucaristía, Jesús nos reúne y nos alimenta para que aprendamos a amar como Él. Traigamos al altar nuestro arrepentimiento y el dolor de nuestros hermanos. Y salgamos con una decisión concreta de cercanía.

¿A quién puedo ofrecer hoy una presencia que acompañe y proteja?

Señor, perdona nuestros pecados y renueva nuestro corazón. Devuélvenos la confianza de los pequeños y la capacidad de maravillarnos ante tu amor. Alivia a quienes sufren en el cuerpo y en el alma; sostén a quienes los cuidan y enséñanos a estar cerca de ellos.

Santa María, Madre del consuelo, acompaña nuestras penas y ayúdanos a permanecer junto a Jesús.

Santos Ángeles Custodios, protéjannos en el camino y ayúdennos a responder con fidelidad al amor de Dios. Amén.

 

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2 de octubre:

Los Ángeles Custodios — Memoria

 

Cita:


Así pues, la Majestad Suprema ha dado encargo a los ángeles. Sí, Él ha dado encargo a sus propios ángeles. ¡Piénsalo! A esos seres sublimes, que se aferran a Él con tanto gozo e intimidad, a los suyos propios les ha dado encargo sobre ti. ¿Quién eres tú? “¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él? ¿O el hijo del hombre para que lo visites?” ¡Como si el hombre no fuera podredumbre, y el hijo del hombre un gusano! Ahora bien, ¿por qué, piensas tú, les ha dado encargo sobre ti? — ¡Para guardarte!
~San Bernardo de Claraval

 


Reflexión:

“Cuídense de no despreciar a uno de estos pequeños, porque les digo que sus ángeles en el cielo ven continuamente el rostro de mi Padre celestial” (Mateo 18,10).

Jesús pronuncia estas palabras inmediatamente antes de enseñar la Parábola de la oveja perdida, que muestra el profundo amor de Jesús por cada persona, por cada uno de los “pequeños”. No solo busca a la oveja perdida y descarriada, también les da a cada uno sus propios ángeles custodios, que miran siempre el rostro de Dios y cuya única tarea es cuidarnos y llevarnos al Cielo. Son a estos seres angélicos a quienes honramos hoy.

El hecho de que cada persona tenga asignado un ángel custodio está profundamente arraigado no solo en la Sagrada Escritura, sino también en los escritos de los santos y en las enseñanzas de la Iglesia. En los Salmos leemos: “Pues a sus ángeles ha dado órdenes sobre ti, para que te guarden en todos tus caminos. En sus manos te llevarán, para que tu pie no tropiece en piedra” (Salmo 91,11–12). San Jerónimo, al comentar el pasaje del Evangelio de Mateo antes citado, dice: “El valor de las almas es tan grande que desde el nacimiento cada una tiene un ángel asignado para su protección.” Santo Tomás de Aquino afirma: “A cada hombre le ha sido designado un ángel custodio. Esto se fundamenta en el hecho de que la custodia de los ángeles pertenece a la ejecución de la Providencia divina sobre los hombres” (Suma Teológica I, 113,2). Más recientemente, el Papa San Juan Pablo II enseñó, en una Audiencia General el 6 de agosto de 1986: “Dios ha confiado a los ángeles un ministerio en favor de los hombres. Por lo tanto, la Iglesia confiesa su fe en los ángeles custodios, venerándolos en la liturgia con una fiesta apropiada y recomendando el recurso a su protección mediante la oración frecuente, como en la invocación ‘Ángel de Dios’.” Finalmente, el Catecismo de la Iglesia Católica, citando a San Basilio, dice: “Al lado de cada creyente está un ángel como protector y pastor que lo conduce a la vida” (CIC #336).

Aunque la realidad de los ángeles custodios suele presentarse a los niños como un consuelo cuando enfrentan temores, los ángeles custodios son para todos nosotros, y no debemos olvidarnos de los nuestros. Los ángeles no son solo intercesores, son mediadores. Esto significa que Dios les confía su poder divino, para actuar en su nombre y en su lugar, para transmitir su gracia, revelar su Verdad, guiarnos por el camino correcto y protegernos del mal. Aunque Dios es plenamente capaz de distribuir su gracia directamente, es su voluntad que todo lo que nos concede llegue a nosotros a través de mediadores que son instrumentos que cooperan con su plan divino.

La memoria que celebramos hoy no se convirtió en una fiesta universal hasta finales del siglo XVII, cuando el Papa Clemente X la incluyó en el Calendario Romano. El Papa León XIII elevó la fiesta y subrayó su importancia a finales del siglo XIX. En esa misma época compuso la oración a “San Miguel Arcángel” y ordenó que se rezara al final de cada Misa. La fiesta de los Arcángeles se celebra el 29 de septiembre, y unos días después, la memoria de todos los ángeles custodios. Estas dos celebraciones subrayan el hecho de que Dios utiliza a algunos ángeles para fines específicos que afectan a todos los hombres, y que utiliza a los ángeles custodios para cuidar de cada una de nuestras necesidades concretas.

Basándose en el Antiguo y Nuevo Testamento, en las enseñanzas de los primeros Padres de la Iglesia y en la doctrina detallada de Santo Tomás de Aquino, la Iglesia acepta en general que hay una jerarquía de ángeles compuesta por nueve coros, divididos en tres tríadas. La primera tríada está formada por los Serafines, Querubines y Tronos. Su deber es exclusivamente el servicio a Dios, adorándolo continuamente. La segunda tríada está compuesta por las Dominaciones, Virtudes y Potestades. Estos tres coros tienen la tarea de gobernar el universo creado. La tercera tríada está compuesta por las Principados, Arcángeles y Ángeles. Estos seres están más cercanos a la humanidad y actúan como mediadores entre Dios y el hombre. Así, aunque Santo Tomás definió a los ángeles custodios como el coro más bajo, esto debe entenderse únicamente en el sentido de que su preocupación directa es el cuidado de la humanidad. Sin embargo, ellos contemplan continuamente la Visión Beatífica.

En cuanto a la función de los ángeles custodios, Santo Tomás de Aquino da el mayor detalle (cf. Suma Teológica I, 113). Como ya se ha mencionado, enseña que cada persona recibe un ángel al nacer. Esto significa que los ángeles custodios no están ligados al bautismo, sino a la actividad humana en este mundo, concretamente a la actividad que comienza con el nacimiento. Estos ángeles no se “reciclan”, por así decir, sino que son asignados a una sola persona, y a nadie más. Los ángeles custodios pueden actuar sobre nuestros sentidos e imaginación, inspirándonos de un modo u otro. Pueden presentar ideas a nuestra mente para dirigirnos hacia la voluntad de Dios, pero no pueden controlar nuestra voluntad. Actuando sobre nuestros sentidos, pueden hacer que sintamos lo que es correcto o incorrecto e impulsarnos a elegir bien. Actúan en contra de los ángeles caídos, o demonios, que nos tientan con razonamientos falsos y placeres sensuales. Finalmente, en el Cielo, el papel del ángel custodio de llevarnos a la salvación se completará. Santo Tomás creía que incluso en el Cielo seguirán comunicándose con nosotros y continuarán iluminándonos con la Verdad de Dios, siempre nueva y siempre más profunda.

Al honrar hoy a las huestes celestiales de los ángeles custodios, piensa en tu propio ángel. San Ignacio de Loyola, en los Ejercicios Espirituales, nos ofreció un mapa detallado de cómo se comunican con nosotros. Considera leer su sabiduría. En el Cielo, gozaremos de una relación eterna cara a cara con nuestros ángeles. Esa relación estará perfectamente impregnada del amor de Dios, y nuestra unión con ellos será irrompible. En la tierra, con frecuencia prestamos poca atención a nuestros ángeles, pero ellos siempre están atentos a nosotros. Aunque no siempre les hablemos en oración a nuestros intercesores y mediadores, procura hacerlo. Nuestros ángeles nos comunican cada día. ¿Escuchas? ¿Oyes? Procura discernir las acciones de tu ángel en tu vida, para que esta misión angélica pueda cumplirse mejor. Ten la certeza de que tienes un mediador que está delante de Dios y que no hace otra cosa que interceder por ti, trabajando continuamente para conducirte a la salvación eterna.

Oración:
Ángel de Dios, mi dulce compañía,
a quien el amor de Dios me confía;
no me desampares ni de noche ni de día,
ilumina, guarda, rige y guía. Amén.
Ángeles de Dios, rueguen por mí.
Jesús, en Ti confío.

 

miércoles, 30 de septiembre de 2026

Primero de octubre del 2026: jueves de la vigésima sexta semana del tiempo ordinario II-Santa Teresita del Niño Jesús-Memoria obligatoria

 

Testigo de la fe:

Santa Teresita del Niño Jesús

1873-1897

Desde hace más de un siglo, el «caminito, muy recto, muy corto […] completamente nuevo» para «ir al Cielo», descrito por la humilde carmelita de Lisieux, no deja de conmover a los creyentes de todos los países.

Doctora de la Iglesia desde 1997.

 

 

El Reino está muy cerca

Si Jesús espera obreros para la mies, no espera técnicas de comunicación misionera voluntaristas y mercantiles. No se trata de cosechar adeptos, sino de revelar la cercanía de Dios, que ama a cada persona y desea hacer de su vida un lugar de encuentro, de paz y de esperanza.

Los discípulos son enviados a llevar esa paz, compartir la mesa y cuidar a los enfermos. Así se hace creíble el anuncio: «El Reino de Dios está cerca de ustedes». Antes de convertirse en palabras, la Buena Noticia toma cuerpo en una presencia fraterna, en una escucha atenta, en unas manos que alivian el sufrimiento.

La misión comienza de rodillas, pidiendo al Señor que envíe obreros a su mies, y continúa por los caminos de la vida, con la confianza de quien sabe que Dios ya está obrando en los corazones. Los medios de comunicación pueden ayudar; su fecundidad evangelizadora depende también del amor y de la verdad que transmitimos.

Cada uno puede participar en esta tarea. Una visita, una reconciliación, un gesto de ternura o una palabra de aliento pueden abrir una puerta al Evangelio. El Reino está muy cerca: dejemos que los demás descubran su presencia a través de nuestra manera de amar.

 



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Primera lectura

Job 19, 21-27

Yo sé que mi redentor vive

Lectura del libro de Job.

DIJO Job:
«¡Piedad, piedad, amigos míos,
que me ha herido la mano de Dios!
¿Por qué me persiguen como Dios
y no se hartan de escarnecerme?
¡Ojalá se escribieran mis palabras!
¡Ojalá se grabaran en cobre,
con cincel de hierro y con plomo
se escribieran para siempre en la roca!
Yo sé que mi redentor vive
y que al fin se alzará sobre el polvo:
después que me arranquen la piel,
ya sin carne, veré a Dios.
Yo mismo lo veré, y no otro;
mis propios ojos lo verán.
¡Tal ansia me consume por dentro!».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 26, 7-8ab. 8c-9abcd. 13-14 (R.: 13)

R. Espero gozar de la dicha del Señor
en el país de la vida.


V. Escúchame, Señor, que te llamo;
ten piedad, respóndeme.
Oigo en mi corazón:
«Busquen mi rostro».
R.

V. Tu rostro buscaré, Señor.
No me escondas tu rostro.
No rechaces con ira a tu siervo,
que tú eres mi auxilio;
no me deseches.
R.

V. Espero gozar de la dicha del Señor
en el país de la vida.
Espera en el Señor, sé valiente,
ten ánimo, espera en el Señor.
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Está cerca el reino de Dios;
conviértanse y crean en el Evangelio.
R.

 

Evangelio

Lc 10, 1-12

Descansará sobre ellos su paz

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

EN aquel tiempo, designó el Señor otros setenta y dos, y los mandó delante de él, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir él.
Y les decía:
«La mies es abundante y los obreros pocos; rueguen, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies.
¡Pónganse en camino! Miren que los envío como corderos en medio de lobos. No lleven bolsa, ni alforja, ni sandalias;
y no saluden a nadie por el camino.
Cuando entren en una casa, digan primero: “Paz a esta casa”. Y si allí hay gente de paz, descansará sobre ellos su paz; si no, volverá a ustedes.
Quédense en la misma casa, comiendo y bebiendo de lo que tengan: porque el obrero merece su salario. No vayan cambiando de casa en casa.
Si entran en una ciudad y los reciben, coman lo que les pongan, curen a los enfermos que haya en ella, y díganles: “El reino de Dios ha llegado a ustedes”.
Pero si entran en una ciudad y no los reciben, saliendo a sus plazas, digan: “Hasta el polvo de su ciudad, que se nos ha pegado a los pies, nos lo sacudimos sobre ustedes. De todos modos, sepan que el reino de Dios ha llegado”.
Les digo que aquel día será más llevadero para Sodoma que para esa ciudad».

Palabra del Señor.


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El Reino está cerca: confiar, amar y ponerse en camino

 

Queridos hermanos:

¿Cómo puede una persona descubrir que Dios está cerca cuando atraviesa una enfermedad, una soledad profunda o una preocupación que le quita el sueño? Muchas veces comienza a descubrirlo cuando alguien se acerca, la escucha y le hace sentir que su vida importa. Esa cercanía abre una puerta para recibir el anuncio del Evangelio.

La Palabra de este día nos invita a ser testigos de esa presencia de Dios. Y santa Teresita del Niño Jesús nos enseña un camino al alcance de todos: confiar en el amor del Padre y responderle con amor en las pequeñas cosas de cada día.

En la primera lectura encontramos a Job, un hombre herido que sigue buscando a Dios. Su sufrimiento se agrava porque sus amigos, en vez de acompañarlo con compasión, lo someten a sus juicios. Por eso les suplica que tengan piedad de él. En medio de esa experiencia brota una afirmación impresionante: «Yo sé que mi Redentor vive».

Job todavía tiene preguntas. Su dolor sigue presente. Sin embargo, se aferra a la esperanza de que alguien defenderá su causa y de que podrá encontrarse con Dios.

También nosotros podemos creer con el corazón herido. Podemos rezar entre lágrimas, presentar nuestras preguntas y pedir ayuda. La confianza permite poner nuestra vida en manos del Señor incluso cuando nos cuesta comprender lo que estamos viviendo.

Esta lectura nos enseña, además, algo fundamental para la evangelización: necesitamos aprender a acompañar. Ante una persona que sufre, conviene escuchar antes de ofrecer explicaciones. Una visita paciente, una ayuda concreta y una oración compartida pueden preparar el corazón para reconocer la bondad de Dios.

El salmo recoge esa búsqueda y la convierte en oración: «Tu rostro buscaré, Señor». Y sostiene nuestra esperanza con estas palabras: «Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida».

Buscar el rostro del Señor es volver a Él cada día: abrir el Evangelio, guardar un momento de silencio, participar en la Eucaristía, poner ante su mirada nuestras alegrías y preocupaciones. De ese encuentro nace una mirada más compasiva hacia los demás.

Quien anuncia a Dios necesita cultivar esa relación con Él. También los sacerdotes, los catequistas, los padres de familia y todos los servidores de la comunidad necesitamos dejarnos consolar y renovar por el Señor. La misión puede cansarnos; la oración nos ayuda a recordar en quién hemos puesto nuestra confianza.

En el Evangelio, Jesús envía a setenta y dos discípulos. Los manda de dos en dos, para que caminen acompañados y aprendan a sostenerse mutuamente. Les pide orar para que el dueño de la cosecha envíe trabajadores, y los pone en camino con una misión concreta: llevar la paz, cuidar a los enfermos y anunciar la llegada del Reino.

«Paz a esta casa»: así debe comenzar su presencia. Y este es el mensaje que llevan: «El reino de Dios ha llegado a ustedes».

La tarea de la Iglesia consiste en ayudar a las personas a encontrarse con Jesucristo y a responder libremente a su amor. La preparación, la organización y los medios de comunicación son valiosos cuando sirven a ese encuentro. Pensemos en una catequesis, una emisión de radio o un mensaje compartido por las redes: su sentido evangelizador está en acercar a alguien al Señor y ayudarlo a vivir su Evangelio.

Hoy podemos preguntarnos qué reciben las personas cuando nos acercamos a ellas. ¿Encuentran escucha, respeto, paciencia? ¿Nuestra manera de hablar ayuda a reconciliar? ¿Nuestra presencia permite respirar un poco de paz?

Santa Teresita ilumina estas preguntas desde su vida en el Carmelo. Esta joven religiosa, reconocida como patrona de las misiones, vivió una profunda entrega a la Iglesia. Conoció también la enfermedad y una dolorosa oscuridad interior en la que perseveró en la fe. Su confianza maduró en medio de la prueba.

Su «caminito» nos invita a reconocer nuestra pequeñez y a abandonarnos al amor misericordioso de Dios. Desde esa confianza podemos amar en lo cotidiano: cumplir con responsabilidad una tarea, pedir perdón, atender con ternura a un enfermo, escuchar a alguien que necesita hablar, tratar con paciencia a la persona con la que nos cuesta convivir.

Ahí tenemos un campo misionero abierto cada día. Podemos comenzar en nuestra propia casa, en el trabajo y en la comunidad. La gracia de Dios puede hacer fecundo un gesto que parece pequeño.

Teresita expresó su vocación con estas palabras: «En el corazón de la Iglesia, mi Madre, yo seré el amor». Cada uno de nosotros puede acoger esa invitación desde el lugar al que ha sido llamado. El amor da vida al servicio del sacerdote, a la entrega de los consagrados, al compromiso de los esposos y a la tarea de los laicos.

Por eso, hoy oramos especialmente por la obra evangelizadora de la Iglesia y por las vocaciones. Pedimos al Señor que sostenga a quienes anuncian el Evangelio, anime a los que están cansados y acompañe a quienes sirven en lugares difíciles.

Pidamos vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada; pidamos familias que transmitan la fe y laicos dispuestos a servir. Oremos por los jóvenes que están discerniendo su camino, para que encuentren libertad interior, buenos acompañantes y valentía para responder.

Esta oración nos compromete también a cuidar las vocaciones. Una comunidad que ora, acoge y sirve ofrece un ambiente donde se puede escuchar mejor la llamada de Dios. Y cada uno puede preguntarle al Señor qué servicio le está confiando hoy.

En esta Eucaristía recibimos a Jesús, que se entrega por nosotros. Alimentados por su amor, podemos salir al encuentro de los demás con una esperanza renovada.

Llevemos al corazón una pregunta: ¿Qué gesto concreto de amor puedo realizar hoy para que alguien descubra que Dios está cerca?

Señor Jesús, fortalece nuestra confianza en medio de las pruebas. Enséñanos a buscar tu rostro y a reconocer las necesidades de nuestros hermanos. Bendice la obra evangelizadora de tu Iglesia; suscita vocaciones generosas y sostén la fidelidad de quienes han respondido a tu llamada.

Santa Teresita del Niño Jesús, acompáñanos por tu caminito de confianza y amor. María, Madre de la Iglesia, ayúdanos a escuchar al Señor y a ponernos en camino con un corazón disponible.

Amén.

 

4 de octubre del 2026: vigésimo séptimo domingo del tiempo ordinario-ciclo A

  ¡Da fruto, y del bueno! ¡El libro de Isaías nos dice, en un magnífico poema, con cuánto esmero cuida Dios de su pueblo! Todo está dicho ...