Testigo de la fe:
San
Bernardo
1090-1153
Gran figura de la Edad
Media, san
Bernardo de Claraval fue monje cisterciense, abad, predicador y
consejero de papas y gobernantes. A pesar de su frágil salud, desarrolló una
intensa actividad al servicio de la Iglesia.
Fue, sobre todo, un
hombre de profunda oración y un gran enamorado de Cristo y de la Virgen María.
Enseñó que conocer a Dios no consiste solo en saber cosas sobre Él, sino en amarlo
y dejarse transformar por su gracia.
Murió
el 20
de agosto de 1153 y fue proclamado Doctor de la Iglesia.
Su vida nos invita hoy a pedir, como anuncia Ezequiel: «Señor,
danos un corazón nuevo y revístenos de tu gracia».
Revestirse de la gracia
«Ilumina el vestido, el vestido de mi alma, y
sálvame, Señor, sálvame», canta un tropario bizantino de la Semana Santa.
El salmista, por su parte, imploraba a Dios que lo condujera…
Esta imagen del vestido atraviesa toda la
Escritura. No se trata solamente de una apariencia exterior, sino de aquello
que revela nuestra verdadera condición delante de Dios. El pecado desnuda,
empobrece y desfigura; la gracia, en cambio, reviste, restaura y devuelve al
ser humano la dignidad recibida de su Creador.
Revestirse de la gracia significa permitir que Dios
transforme desde dentro nuestra vida. Podemos llevar signos religiosos, cumplir
prácticas y conservar ciertas apariencias, pero el Señor mira el corazón. El
verdadero vestido de fiesta es una existencia que se deja tocar por su
misericordia y que comienza a transparentarla mediante el amor, el perdón, la
justicia y el servicio.
Cuando Dios nos invita a su banquete, no nos pide
llegar perfectos por nuestras propias fuerzas. Es Él quien nos ofrece el
vestido nuevo. Basta recordar al padre de la parábola que, al regresar el hijo
pródigo, manda: «Saquen enseguida el mejor vestido y vístanlo» (Lc
15,22). Ese vestido es signo de una dignidad recuperada, de una relación
restaurada, de una vida que vuelve a comenzar.
Pero la gracia recibida también reclama una
respuesta. No podemos aceptar la invitación de Dios y permanecer
voluntariamente indiferentes a su llamada. Quien ha sido revestido de Cristo
está llamado a vivir como Cristo: «Revístanse del Señor Jesucristo» (Rom
13,14). Y san Pablo lo concreta todavía más: «Revístanse de sentimientos de
compasión, bondad, humildad, mansedumbre y paciencia» (cf. Col 3,12).
Por eso podríamos preguntarnos hoy: ¿de qué está
revestida mi alma? ¿De resentimientos, orgullo, indiferencia, apariencias?
¿O permito que cada día el Señor me revista nuevamente con su gracia?
Nuestra oración puede convertirse entonces en la
súplica del antiguo himno: Señor, ilumina el vestido de mi alma. Lava lo que
el pecado ha manchado, sana lo que está herido y revísteme de tu gracia, para
que mi vida pueda entrar con alegría en el banquete de tu Reino. Amén.
Primera lectura
Les daré un
corazón nuevo y les infundiré mi espíritu
Lectura de la profecía de Ezequiel.
ESTO dice el Señor:
«Manifestaré la santidad de mi gran nombre, profanado entre los gentiles,
porque ustedes lo han profanado en medio de ellos.
Reconocerán las naciones que yo soy el Señor —oráculo del Señor Dios—, cuando
por medio de ustedes les haga ver mi santidad.
Los recogeré de entre las naciones, los reuniré de todos los países y los
llevaré a su tierra.
Derramaré sobre ustedes un agua pura que los purificará: de todas sus
inmundicias e idolatrías los he de purificar; y les daré un corazón nuevo, y
les infundiré un espíritu nuevo; arrancaré de su carne el corazón de piedra, y
les daré un corazón de carne.
Les infundiré mi espíritu, y haré que caminen según mis preceptos, y que
guarden y cumplan mis mandatos. Y habitarán en la tierra que di a sus padres.
Ustedes serán mi pueblo, y yo seré su Dios».
Palabra de Dios.
Salmo
R. Derramaré
sobre ustedes un agua pura
que los purificará de todas sus inmundicias.
V. Oh, Dios,
crea en mí un corazón puro,
renuévame por dentro con espíritu firme.
No me arrojes lejos de tu rostro,
no me quites tu santo espíritu. R.
V. Devuélveme
la alegría de tu salvación,
afiánzame con espíritu generoso.
Enseñaré a los malvados tus caminos,
los pecadores volverán a ti. R.
V. Los
sacrificios no te satisfacen:
si te ofreciera un holocausto, no lo querrías.
El sacrificio agradable a Dios
es un espíritu quebrantado;
un corazón quebrantado y humillado,
tú, oh, Dios, tú no lo desprecias. R.
Aclamación
V. No
endurezcan hoy su corazón;
escuchen la voz del Señor. R.
Evangelio
A todos los
que encuentren, llámenlos a la boda
Lectura del santo Evangelio según san Mateo.
EN aquel tiempo, Jesús volvió a hablar en parábolas a los sumos sacerdotes y a
los ancianos del pueblo, diciendo:
«El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo;
mandó a sus criados para que llamaran a los convidados, pero no quisieron ir.
Volvió a mandar otros criados encargándoles que dijeran a los convidados:
“Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas y todo está a
punto. Vengan a la boda”.
Pero ellos no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios,
los demás agarraron a los criados y los maltrataron y los mataron.
El rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos asesinos y prendieron
fuego a la ciudad.
Luego dijo a sus criados:
“La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Vayan ahora a
los cruces de los caminos y a todos los que encuentren, llámenlos a la boda”.
Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron,
malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales. Cuando el rey
entró a saludar a los comensales, reparó en uno que no llevaba traje de fiesta
y le dijo:
“Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin el vestido de boda?”.
El otro no abrió la boca.
Entonces el rey dijo a los servidores:
“Átenlo de pies y manos y arrójenlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto
y el rechinar de dientes”.
Porque muchos son los llamados, pero pocos los elegidos».
Palabra del Señor.
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Hermanos,
hay una expresión del Evangelio de hoy que puede parecernos extraña e incluso
dura: un hombre ha entrado
al banquete, pero no lleva el traje de fiesta. Entonces el rey
le pregunta: «Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin vestirte de fiesta?».
Esta
imagen conecta muy bien con aquella antigua oración que meditábamos: «Ilumina el vestido, el vestido de mi
alma, y sálvame, Señor».
Porque
quizás ahí está la pregunta que la Palabra de Dios nos dirige hoy: ¿cómo está vestido nuestro corazón?
1.
Dios no quiere simplemente cambiarnos de ropa; quiere cambiarnos el corazón
La
primera lectura de Ezequiel contiene una de las promesas más hermosas de toda
la Biblia. Dios anuncia que purificará a su pueblo, le dará «un corazón nuevo» y
pondrá dentro de él «un
espíritu nuevo».
Esto
es maravilloso.
Dios
no dice simplemente: «Pórtense mejor».
No dice: «Disimulen sus pecados».
No dice: «Parezca que son buenos».
Dice
algo mucho más profundo:
Yo mismo los limpiaré. Yo cambiaré su corazón. Yo pondré mi
Espíritu dentro de ustedes.
Aquí
comprendemos qué significa verdaderamente revestirse de la gracia.
La
vida cristiana no consiste solamente en modificar algunas costumbres
exteriores. Es permitir que Dios llegue hasta lo más profundo de nosotros.
Porque
podemos cambiar de ropa sin cambiar de corazón.
Podemos
estar bien vestidos para la Eucaristía y tener el alma llena de resentimientos.
Podemos
rezar mucho y continuar sin perdonar.
Podemos
llevar una cruz colgada al cuello y negarnos a cargar la cruz del hermano.
Podemos
incluso hablar mucho de Dios sin permitir que Dios transforme nuestra vida.
Por
eso la promesa de Ezequiel es tan actual:
«Les daré un corazón nuevo».
Quizás
esa debería ser nuestra oración hoy:
Señor, no maquilles solamente mi vida; transfórmame por
dentro.
2.
«Oh Dios, crea en mí un corazón puro»
Y
el salmo responde exactamente a esta promesa:
«Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con
espíritu firme».
El
salmista entiende que la conversión verdadera comienza dentro.
Y
añade algo todavía más hermoso: el sacrificio que Dios quiere es «un corazón contrito y humillado».
No significa
vivir aplastados por la culpa.
Significa
presentarnos delante de Dios sin máscaras.
Decirle:
«Señor, aquí
estoy.
Con mis heridas.
Con mis pecados.
Con mis contradicciones.
Con mis luchas.
Pero quiero que Tú me cambies».
Dios
puede trabajar con un pecador humilde.
Lo
que resulta difícil es trabajar con quien piensa que no necesita conversión.
3.
Todos están invitados al banquete
Y
llegamos al Evangelio.
Jesús
compara el Reino de los cielos con un rey que organiza el banquete de bodas de
su hijo. Los primeros invitados rechazan la invitación. Entonces el rey manda
salir a los caminos y traer a todos los que encuentren, «malos y buenos», hasta
llenar la sala.
Aquí
aparece una de las grandes noticias del Evangelio:
Dios invita a todos.
No
solamente a los perfectos.
No
solamente a los que tienen una vida impecable.
No
solamente a quienes parecen dignos.
El
Evangelio dice que entraron buenos
y malos.
Es
la misericordia de Dios.
También
nosotros hemos sido encontrados en los caminos de la vida y hemos recibido una
invitación que no merecíamos.
Cada
Eucaristía es, de alguna manera, anticipo de ese banquete.
El
Señor continúa diciendo:
«Vengan, todo está preparado».
Pero
entonces aparece aquel hombre sin traje de fiesta.
¿No
acababan de recogerlo de la calle? ¿Por qué se le exige ahora un vestido?
Porque
la invitación es gratuita,
pero no puede dejarnos iguales.
Dios
nos recibe como somos, pero su gracia quiere transformarnos.
El
vestido de fiesta representa esa vida nueva, ese corazón nuevo anunciado por
Ezequiel.
No
basta con haber entrado al banquete.
Hay
que dejar que la gracia nos revista.
Podríamos
decirlo de otra manera:
No basta con llamarnos cristianos; necesitamos parecernos
cada día un poco más a Cristo.
4.
San Bernardo: dejar que Cristo tome forma en nosotros
Hoy
la Iglesia recuerda a san
Bernardo de Claraval, abad cisterciense y doctor de la Iglesia,
fallecido el 20 de agosto de 1153. Benedicto XVI recordó su profunda
familiaridad con la Escritura, su vida contemplativa y su intenso servicio a la
Iglesia; la tradición lo conoce también como Doctor
mellifluus, el «Doctor melifluo», por la dulzura con la que hablaba
de las cosas de Dios.
San
Bernardo comprendió algo fundamental: no
basta conocer a Dios intelectualmente; hay que gustar de Dios, amar a Dios y
dejarse transformar por Él.
Podemos
conocer muchas cosas sobre Jesús y no haberle entregado todavía el corazón.
Podemos
conocer la doctrina y no vivir la caridad.
Podemos
saber muchas oraciones y no haber aprendido todavía a perdonar.
San
Bernardo nos recuerda que la verdadera sabiduría cristiana termina
convirtiéndose en amor.
Y
tuvo también una profunda devoción a la Virgen María. En ella contemplaba
precisamente lo que significa dejarse revestir completamente por la gracia: una
criatura que responde a Dios diciendo:
«Hágase en mí según tu palabra».
5.
¿Cómo está vestido hoy mi corazón?
Y
entonces podríamos llevarnos una pregunta muy sencilla para este día:
¿Con qué estoy vistiendo mi alma?
Tal
vez con resentimiento.
Tal
vez con orgullo.
Tal
vez con preocupación.
Tal
vez con indiferencia.
Tal
vez con pecado.
Tal
vez con tristeza.
Pero
hoy Dios vuelve a decirnos:
«Les daré un corazón nuevo».
No
tenemos que fabricar nosotros solos ese vestido.
Es
Dios quien nos lo ofrece.
La
gracia nos reviste nuevamente.
La
confesión nos reviste.
La
Eucaristía nos reviste.
La
oración nos reviste.
El
perdón nos reviste.
La
caridad nos reviste.
Cada
vez que permitimos que Cristo viva en nosotros, nuestro corazón comienza
nuevamente a vestirse de fiesta.
Por
eso, hermanos, Dios no
solamente nos invita al banquete; también quiere prepararnos para participar en
él.
Pidámosle hoy,
por intercesión de san Bernardo:
Señor,
crea en mí un corazón puro.
Quita de mí el corazón
endurecido
y dame un corazón capaz de
amar.
Lava el vestido de mi
alma,
revísteme de tu gracia
y haz que, cuando llegue
definitivamente el banquete de tu Reino,
pueda entrar no por mis
méritos,
sino revestido de Cristo y
de tu misericordia. Amén.
20 de agosto:
San Bernardo de Claraval, abad y doctor de la Iglesia—Memoria
1090–1153 Santo Patrón de los apicultores, abejas, fabricantes de velas, cereros, cistercienses y caballeros templarios
Canonizado por el Papa Alejandro III el 18 de enero de 1174 Declarado Doctor de la Iglesia ( Doctor Mellifluus , "Doctor dulce como la miel") por el Papa Pío VIII en 1830
Cita:
Admitamos que Dios merece ser amado mucho, sí, infinitamente, porque Él nos amó primero, Él infinito y nosotros nada, nos amó a nosotros, miserables pecadores, con un amor tan grande y gratuito. Por eso dije al principio que la medida de nuestro amor a Dios es amar inconmensurablemente. Porque si nuestro amor es hacia Dios, que es infinito e inmensurable, ¿cómo podemos limitar el amor que le debemos? Además, nuestro amor no es un don sino una deuda. Y si es la Divinidad quien nos ama, Él mismo amor infinito, eterno, supremo, de cuya grandeza no hay fin, sí, y su sabiduría es infinita, cuya paz sobrepasa todo entendimiento; si es Él quien nos ama, digo, ¿podemos pensar en pagarle de mala gana?
~San Bernardo, Sobre amar a Dios
Bernardo nació en una familia de la alta nobleza en Fontaines, Francia. Fue el tercero de siete hijos, con cinco hermanos y una hermana.
Como miembro de una familia adinerada con un alto estatus social, Bernardo probablemente recibió una educación integral. Sus padres devotos le inculcaron una fe profunda.
A temprana edad, fue enviado a ser educado por los canónigos de la Iglesia de Saint-Vorles en Châtillon-sur-Seine, ubicada a unas ochenta millas al norte de su ciudad natal. Allí, estudió gramática, poesía, literatura, retórica, dialéctica, Sagrada Escritura y teología.
Se destacó en el estudio de la Sagrada Escritura, personalizándola a través de la oración. También tenía una profunda devoción a la Santísima Virgen María, buscando continuamente su intercesión.
Cuando Bernardo tenía diecinueve años, falleció su madre. Este acontecimiento le afectó profundamente a él y a toda su familia. Ya había empezado a contemplar la vida religiosa, y la pérdida de su madre podría haberle hecho tomar una decisión más profunda de abandonar las actividades mundanas y vivir únicamente para Dios.
De vuelta en Fontaines con su familia, Bernardo empezó a manifestar su intención de entrar en el recién formado monasterio cisterciense de Císter, conocido como la Abadía de Notre Dame. Al principio, encontró resistencia, ya que estaría renunciando a todo lo que su noble familia podía proporcionarle. Sin embargo, se mantuvo firme y finalmente obtuvo su apoyo.
De hecho, su virtud, claridad de propósito y evidente santidad inspiraron a otros treinta jóvenes nobles a unirse a él, incluidos todos sus hermanos excepto el más joven, que se uniría a él más tarde, al igual que su padre. Su hermana se convertiría en monja benedictina.
La orden cisterciense, fundada en 1098, pretendía volver a los ideales de la Regla de San Benito. Durante esa época, muchos monasterios benedictinos se habían desviado de la Regla al involucrarse en asuntos sociales y políticos, adoptar liturgias excesivamente elaboradas y acumular tierras y riquezas importantes. Si bien la Regla de San Benito prescribía una vida equilibrada de oración y trabajo para todos los monjes, muchos monasterios habían desarrollado una estructura de dos niveles.
Los hermanos legos realizaban principalmente trabajos manuales y cumplían con los requisitos mínimos de oración, mientras que los monjes del coro, a menudo sacerdotes, pasaban menos tiempo trabajando y se concentraban más en la capilla y el estudio.
Los cistercienses pretendían restaurar una práctica monástica de un solo tipo.
En 1113, Bernardo y sus hermanos se despidieron de su padre, su hermano menor y su hermana, y acompañados por el resto de sus compañeros nobles, viajaron treinta millas al norte hasta la Abadía de Notre Dame en Císter. A su llegada, se postraron ante la puerta principal, rogando humildemente al abad Stephen Harding que les permitiera entrar, lo que él concedió con alegría.
El abad Esteban, que ahora es reconocido como santo, pasó veinticinco años como abad. Su compromiso con una vida más fiel a la Regla de San Benito, la santidad y las habilidades administrativas permitieron que la orden cisterciense recién fundada experimentara un rápido crecimiento. Numerosos jóvenes se unieron durante sus primeros años, lo que dio como resultado el establecimiento de muchos monasterios nuevos. Uno de estos monasterios se fundó en lo que entonces se llamaba el Valle de Ajenjo. Era un lugar desolado, pantanoso, accidentado e inhóspito, pero pronto se transformaría y recibiría el nombre de Clairvaux, que significa "valle claro".
El abad Esteban nombró a Bernardo como su abad fundador, un papel que desempeñaría durante los siguientes treinta y ocho años.
Durante su estancia en Claraval, el abad Bernardo se ganó un gran respeto por su santidad y liderazgo en la reforma monástica. Fue un escritor prolífico, que dejó tras de sí aproximadamente 530 cartas y 300 sermones.
Entre sus sermones más influyentes se encuentra una serie de ochenta y seis sermones sobre el Cantar de los Cantares. Estos sermones fueron predicados a sus monjes durante varios años y ejemplifican la naturaleza de su espiritualidad. Profundizan en la contemplación, centrándose en el amor divino, el anhelo del alma por Dios, la experiencia de la unión espiritual y el poder transformador de la gracia de Dios.
Además, escribió más de veinte obras más extensas de naturaleza teológica y contemplativa.
Cabe destacar que su tratado “Sobre el amor a Dios” articula apasionada y racionalmente las razones por las que debemos amar a Dios en un grado inconmensurable.
En todas sus obras, el abad Bernardo buscó enseñar no solo la mente sino también atraer el corazón a la conversión y al amor. Hizo hincapié con regularidad en la naturaleza personal de Dios tal como se revela en Jesucristo, nuestro llamado a la unión mística con Él, la necesidad de humildad, los beneficios del ascetismo y el papel central que debe desempeñar la Santísima Virgen María en nuestras vidas.
Fue un teólogo, contemplativo y místico cuyos objetivos centrales eran amar a Dios y atraer a los demás hacia ese mismo amor.
Además de sus funciones como abad y escritor, Bernardo era convocado con frecuencia por la Iglesia en general, lo que requería muchos viajes.
Fundó muchos monasterios como extensiones de la Abadía de Claraval, ayudó regularmente a papas y obispos con necesidades apremiantes dentro de la Iglesia, fue un apologista elocuente en defensa de la fe contra las herejías, fue franco en su defensa de los judíos perseguidos, ayudó en los concilios de la Iglesia, predicó en la segunda Cruzada y jugó un papel importante en la resolución de muchas otras disputas teológicas, políticas y sociales.
Fue un verdadero pacificador y unificador. Se le atribuyeron muchos milagros. Curó a los enfermos, expulsó demonios, multiplicó los alimentos, calmó las tormentas y resucitó a los muertos. Tenía el carisma del discernimiento espiritual y era capaz de leer los pensamientos e intenciones internos de las personas. Su influencia fue fuerte durante su tiempo en la tierra, y sus voluminosos escritos continúan impactando profundamente la vida monástica y a todos aquellos que buscan conocer y amar a Dios y a nuestra Santísima Madre más profundamente, a quien él vio especialmente como nuestra Mediadora y como la Estrella del Mar que nos guía a través de la oscuridad de la vida.
Cuando murió el abad Bernardo, su monasterio de Claraval contaba con unos 700 monjes y había fundado al menos sesenta y ocho monasterios. Desde entonces se le ha dado el título de Doctor melifluo de la Iglesia, lo que significa que sus palabras eran como la miel: convincentes, directas, elegantes, dulces y eficaces. Cuando hablaba, todos escuchaban y respondían.
Al honrar a este gran santo, reformador, teólogo, místico, unificador y Doctor de la Iglesia, reflexionemos sobre el efecto que puede tener un hombre cuando su amor por Dios alcanza un grado inconmensurable. Su profunda unión con Cristo y su ardiente deseo de atraer a la gente hacia Dios deberían inspirarnos a aumentar exponencialmente nuestro amor por Dios, entregándole todo a Él para Su gloria.
San Bernardo de Claraval, Dios te llamó y respondiste. Superaste las debilidades de tu edad, inspiraste a muchos otros a amar a Dios y continúas teniendo un impacto duradero en el mundo. Por favor, reza por mí, para que nunca vacile en mi amor por Dios y crea, con una fe firme, que la santidad profunda es alcanzable. Como fuiste tan profundamente devoto de la Santísima Virgen María, por favor reza por mí y por toda la Iglesia, para que descubramos ese mismo amor en nuestros corazones y le permitamos que nos guíe a través de la oscuridad que encontremos. San Bernardo de Claraval, reza por mí. Jesús, confío en Ti.





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