jueves, 25 de junio de 2026

25 de junio del 2026: jueves de la decimosegunda semana del tiempo ordinario-II

 

La fe en acción

(Mateo 7,21-29) Mateo es severo con algunos bautizados cuya fe hacía prodigios, pero que, según él, descuidaban el corazón del Sermón de la montaña: la unificación interior y el servicio al prójimo en la mansedumbre y la misericordia. Fiel a la tradición judía, insiste en que la fe no es solamente un “creer”, sino un “hacer” que necesariamente tiene consecuencias en nuestras conductas sociales.

Jean-Marc Liautaud, Fondacio

 


Primera lectura

2 Re 24, 8-17
Llevó deportados a Babilonia a Joaquín y a todos los hombres pudientes

Lectura del segundo libro de los Reyes.

DIECIOCHO años tenía Joaquín cuando inició su reinado y reinó tres meses en Jerusalén.
El nombre de su madre era Nejustá, hija de Elnatán, de Jerusalén.
Hizo el mal a los ojos del Señor exactamente lo mismo que había hecho su padre.
En aquel tiempo las gentes de Nabucodonosor, rey de Babilonia, subieron contra Jerusalén y la ciudad fue asediada. Vino Nabucodonosor, rey de Babilonia, a la ciudad, mientras sus servidores la estaban asediando.
Entonces Joaquín, rey de Judá, se rindió al rey de Babilonia, que hizo prisioneros a él, a su madre, a sus servidores, a sus jefes y eunucos.
Era el año octavo de su reinado.
Luego se llevó de allí todos los tesoros del templo del Señor y los del palacio real y deshizo todos los objetos de oro que había fabricado Salomón, rey de Israel, para el santuario del Señor, según la palabra del Señor.
Deportó a todo Jerusalén, todos los jefes y notables —diez mil deportados—; a todos los herreros y cerrajeros, no dejando más que a la gente pobre del país.
Deportó a Babilonia a Joaquín, a la madre del rey y a las mujeres del rey, a sus eunucos y a los notables del país; los hizo partir al destierro, de Jerusalén a Babilonia.
También llevó deportados a Babilonia a todos los hombres pudientes en número de siete mil; los herreros y cerrajeros, un millar; así como a todos los aptos para la guerra.
Y, en lugar de Joaquín, puso por rey a su tío Matanías, cambiando su nombre por el de Sedecías.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 78, 1b-2. 3-5. 8. 9 (R.: 9b)

R. Por el honor de tu nombre, Señor, líbranos.

V. Dios mío, los gentiles han entrado en tu heredad,
han profanado tu santo templo,
han reducido Jerusalén a ruinas.
Echaron los cadáveres de tus siervos
en pasto a las aves del cielo,
y la carne de tus fieles a las fieras de la tierra. 
R.

V. Derramaron su sangre como agua
en torno a Jerusalén,
y nadie la enterraba.
Fuimos el escarnio de nuestros vecinos,
la irrisión y la burla de los que nos rodean.
¿Hasta cuándo, Señor?
¿Vas a estar siempre enojado?
¿Arderá como fuego tu cólera? 
R.

V. No recuerdes contra nosotros las culpas
de nuestros padres;
que tu compasión nos alcance pronto,
pues estamos agotados. 
R.

V. Socórrenos, Dios, Salvador nuestro,
por el honor de tu nombre;
líbranos y perdona nuestros pecados
a causa de tu nombre. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. El que me ama guardará mi palabra —dice el Señor—,
y mi Padre lo amará, y vendremos a él. 
R.

 

Evangelio

Mt 7, 21-29

La casa edificada sobre roca y la casa edificada sobre arena

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«No todo el que me dice “Señor, Señor” entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos.
Aquel día muchos dirán:
“Señor, Señor, ¿no hemos profetizado en tu nombre y en tu nombre hemos echado demonios, y no hemos hecho en tu nombre muchos milagros?”.
Entonces yo les declararé:
“Nunca los he conocido. Aléjense de mí, los que obran la iniquidad”.
El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a aquel hombre prudente que edificó su casa sobre roca. Cayó la lluvia, se desbordaron los ríos, soplaron los vientos y descargaron contra la casa; pero no se hundió, porque estaba cimentada sobre roca.
El que escucha estas palabras mías y no las pone en práctica se parece a aquel hombre necio que edificó su casa sobre arena. Cayó la lluvia, se desbordaron los ríos, soplaron los vientos y rompieron contra la casa, y se derrumbó. Y su ruina fue grande».
Al terminar Jesús este discurso, la gente estaba admirada de su enseñanza, porque les enseñaba con autoridad y no como sus escribas.

 

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Queridos hermanos y hermanas:

La Palabra de Dios de este jueves nos pone frente a una pregunta muy seria: ¿sobre qué estamos construyendo nuestra vida? Jesús termina el Sermón de la montaña con una imagen que todos entendemos: una casa edificada sobre roca y una casa edificada sobre arena. La diferencia no se nota necesariamente cuando brilla el sol, sino cuando llegan la lluvia, los torrentes y los vientos. Allí se revela la verdad del fundamento.

En el Evangelio, Jesús nos advierte: “No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el Reino de los cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre”. Son palabras fuertes. No basta pronunciar el nombre de Dios. No basta parecer religiosos. No basta tener lenguaje de fe, hacer muchas cosas en nombre del Señor o incluso realizar obras admirables si el corazón no está convertido y si la vida no está sostenida por la obediencia amorosa a Dios.

Sobre este pasaje que leemos hoy, podemos decir que san Mateo es exigente con ciertos creyentes que podían hacer prodigios, pero olvidaban el corazón del Sermón de la montaña: la unidad interior, la mansedumbre, la misericordia y el servicio al prójimo. La fe cristiana no es solo decir “yo creo”. La fe verdadera se vuelve vida, conducta, decisión, caridad concreta. Creer en Cristo implica vivir como Cristo nos enseña.

La primera lectura nos muestra una casa que se derrumba: Jerusalén cae, el rey Joaquín es deportado, los tesoros del templo son saqueados y gran parte del pueblo es llevado al exilio. Humanamente es una tragedia nacional y espiritual. El pueblo elegido, que tenía templo, culto, sacerdotes, historia sagrada y promesas, experimenta el desmoronamiento. ¿Por qué? Porque durante mucho tiempo se había ido separando el culto de la vida, la alianza de la justicia, la fe de la obediencia.

Jerusalén no cayó solo por la fuerza de Babilonia. La Escritura nos hace leer este acontecimiento también como consecuencia de una vida construida sobre arena: idolatrías, injusticias, infidelidades, corazones divididos. Cuando se abandona a Dios, tarde o temprano la casa interior se debilita. Y cuando vienen los vientos, aparece la fragilidad.

El salmo recoge el dolor de ese pueblo humillado: “Socórrenos, Dios, salvador nuestro, por el honor de tu nombre; líbranos y perdona nuestros pecados”. Es una oración que nace de las ruinas. El pueblo no se presenta con orgullo, sino con súplica. Reconoce su necesidad de perdón. Pide que Dios vuelva a levantar lo que el pecado ha destruido.

También nosotros podemos hacer nuestra esa oración. Hay momentos en que descubrimos grietas en nuestra vida: incoherencias, cansancios, tibiezas, autosuficiencias, palabras bonitas que no siempre corresponden a nuestras obras. Entonces necesitamos volver a la roca. Y la roca no es una idea. La roca es Cristo. La roca es escuchar su Palabra y ponerla en práctica.

Jesús no dice simplemente: “El que escucha mis palabras es prudente”. Dice: “El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a un hombre prudente que edificó su casa sobre roca”. La escucha sin conversión puede quedarse en emoción pasajera. La oración sin caridad puede volverse apariencia. La doctrina sin humildad puede endurecer el corazón. La misión sin obediencia puede transformarse en protagonismo personal.

Por eso la fe debe hacerse acción. Acción humilde. Acción misericordiosa. Acción fiel. Acción evangelizadora. La Iglesia no existe para anunciarse a sí misma, sino para anunciar a Cristo. Pero la evangelización será creíble si está edificada sobre la roca de la Palabra vivida. Un cristiano evangeliza no solo cuando habla de Dios, sino cuando perdona, sirve, consuela, escucha, acompaña, comparte y vive con coherencia.

Hoy oramos de manera especial por la obra evangelizadora de la Iglesia y por las vocaciones. Pidamos al Señor que nuestra Iglesia no edifique sobre la arena de la fama, del número, del aplauso o de la simple organización externa. Que edifique sobre la roca de Cristo, sobre la fidelidad al Evangelio, sobre la oración, sobre la Eucaristía, sobre la caridad y la misericordia.

Pidamos también por las vocaciones sacerdotales, religiosas, misioneras, matrimoniales y laicales. Una vocación verdadera no se construye sobre entusiasmo momentáneo, sino sobre roca: escucha de Dios, discernimiento, renuncia, entrega y perseverancia. Muchos jóvenes sienten inquietudes buenas, deseos de servir, preguntas profundas. Pero necesitan testigos que les muestren que vale la pena edificar la vida sobre Cristo.

Y quienes ya hemos respondido a una vocación necesitamos revisar cada día nuestro fundamento. ¿Estoy construyendo sobre Cristo o sobre mis seguridades? ¿Sirvo al Señor o me sirvo de su nombre? ¿Mi fe se nota en mis obras, en mi trato, en mi misericordia, en mi paciencia, en mi disponibilidad?

Jesús habla de lluvias, ríos y vientos. Nadie está exento de pruebas. Vienen crisis personales, cansancios pastorales, dificultades familiares, enfermedades, incomprensiones, cambios sociales, momentos de oscuridad en la Iglesia y en el mundo. Pero quien está cimentado en Cristo no queda destruido. Puede ser golpeado, pero no vencido. Puede llorar, pero no desesperar. Puede tambalear, pero no derrumbarse.

La casa sobre roca es la vida del discípulo que escucha y practica. Es el hogar donde se ora y se perdona. Es la comunidad que no vive de apariencias, sino de fraternidad. Es la Iglesia que evangeliza con palabras y obras. Es la vocación que permanece fiel incluso cuando soplan vientos contrarios.

Pidamos hoy al Señor que nos libre de una fe de fachada. Que no nos contentemos con decir: “Señor, Señor”, mientras nuestro corazón permanece lejos. Que nuestra oración se traduzca en servicio; nuestra Eucaristía, en caridad; nuestra predicación, en testimonio; nuestra fe, en vida concreta.

Que María, discípula fiel, mujer de escucha y obediencia, nos enseñe a construir sobre la roca. Ella no solo escuchó la Palabra: la acogió, la encarnó y la sirvió. Que por su intercesión la Iglesia sea cada día más evangelizadora, más humilde, más fiel; y que muchos corazones respondan generosamente al llamado del Señor.

Amén.

 

miércoles, 24 de junio de 2026

24 de junio del 2026: Solemnidad de la Natividad de San Juan Bautista

 

SANTO DEL DÍA:


San Juan Bautista

Siglo I. “Y tú, niño, serás llamado profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor a preparar sus caminos” (Lc 1,76). Estas fueron las palabras de Zacarías en el nacimiento de su hijo Juan, cuya fiesta celebramos hoy.

 

El ritmo de la revelación

(Hechos 13,22-26; Lucas 1,57-66.80) Lucas subraya la diferencia entre los destinos de Jesús y de Juan. Este último nace acompañado de una fama de prodigio divino que lo seguirá durante toda su vida, hasta el punto de tener que justificar que él no es el Mesías esperado. El origen humilde y aparentemente oscuro de Jesús, por el contrario, será un obstáculo para que sea reconocido por lo que verdaderamente es. La revelación de Dios respeta el ritmo lento e incierto del despertar de las conciencias.

Jean-Marc Liautaud, Fondacio


 

Primera lectura

Is 49, 1-6
Te hago luz de las naciones

Lectura del libro de Isaías.


ESCÚCHENME, islas; atiendan, pueblos lejanos:
El Señor me llamó desde el vientre materno,
de las entrañas de mi madre, y pronunció mi nombre.
Hizo de mi boca una espada afilada,
me escondió en la sombra de su mano;
me hizo flecha bruñida, me guardó en su aljaba
y me dijo: «Tú eres mi siervo, Israel,
por medio de ti me glorificaré».
Y yo pensaba: «En vano me he cansado,
en viento y en nada he gastado mis fuerzas».
En realidad el Señor defendía mi causa,
mi recompensa la custodiaba Dios.
Y ahora dice el Señor,
el que me formó desde el vientre como siervo suyo,
para que le devolviese a Jacob,
para que le reuniera a Israel;
he sido glorificado a los ojos de Dios.
Y mi Dios era mi fuerza:
«Es poco que seas mi siervo
para restablecer las tribus de Jacob
y traer de vuelta a los supervivientes de Israel.
Te hago luz de las naciones,
para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 138, 1b-3. 13-14ab. 14c-15 (R.: cf. 14a)

R. Te doy gracias porque me has escogido portentosamente.

V. Señor, tú me sondeas y me conoces.
Me conoces cuando me siento o me levanto,
de lejos penetras mis pensamientos;
distingues mi camino y mi descanso,
todas mis sendas te son familiares.
R.

V. Tú has creado mis entrañas,
me has tejido en el seno materno.
Te doy gracias porque me has plasmado portentosamente,
porque son admirables tus obras.
R.

V. Mi alma lo reconoce agradecida,
no desconocías mis huesos.
Cuando, en lo oculto, me iba formando,
y entretejiendo en lo profundo de la tierra.
R.

 

Segunda lectura

Hch 13, 22-26

Juan predicó antes de que llegara Cristo

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.

EN aquellos días, dijo Pablo:
«Dios suscitó como rey a David, en favor del cual dio testimonio, diciendo: “Encontré a David”, hijo de Jesé, “hombre conforme a mi corazón, que cumplirá todos mis preceptos”.
Según lo prometido, Dios sacó de su descendencia un salvador para Israel: Jesús. Juan predicó a todo Israel un bautismo de conversión antes de que llegara Jesús; y, cuando Juan estaba para concluir el curso de su vida, decía: “Yo no soy quien ustedes piensan, pero, miren, viene uno detrás de mí a quien no merezco desatarle las sandalias de los pies”.
Hermanos, hijos del linaje de Abrahán y todos ustedes los que temen a Dios: a nosotros se nos ha enviado esta palabra de salvación».

Palabra de Dios.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. A ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo,
porque irás delante del Señor a preparar sus caminos.
R.

 

Evangelio

Lc 1, 57-66. 80

Juan es su nombre

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

Isabel se le cumplió el tiempo del parto y dio a luz un hijo. Se enteraron sus vecinos y parientes de que el Señor le había hecho una gran misericordia, y se alegraban con ella.
A los ocho días vinieron a circuncidar al niño, y querían llamarlo Zacarías, como su padre; pero la madre intervino diciendo:
«¡No! Se va a llamar Juan».
Y le dijeron:
«Ninguno de tus parientes se llama así».
Entonces preguntaban por señas al padre cómo quería que se llamase. Él pidió una tablilla y escribió: «Juan es su nombre». Y todos se quedaron maravillados.
Inmediatamente se le soltó la boca y la lengua, y empezó a hablar bendiciendo a Dios.
Los vecinos quedaron sobrecogidos, y se comentaban todos estos hechos por toda la montaña de Judea. Y todos los que los oían reflexionaban diciendo:
«Pues ¿qué será este niño?».
Porque la mano del Señor estaba con él.
El niño crecía y se fortalecía en el espíritu, y vivía en lugares desiertos hasta los días de su manifestación a Israel.

Palabra del Señor.

 

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Solemnidad de la Natividad de San Juan Bautista

 

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy la Iglesia celebra con alegría la Natividad de San Juan Bautista. Es una solemnidad especial, porque normalmente celebramos a los santos el día de su muerte, es decir, el día de su nacimiento para el cielo. Sin embargo, de Juan Bautista celebramos también su nacimiento, porque desde el vientre materno fue elegido por Dios para una misión única: preparar el camino del Señor.

La liturgia de hoy nos invita a mirar el misterio de una vida llamada por Dios desde el principio. El profeta Isaías dice: “El Señor me llamó desde el vientre de mi madre”. Y el salmo responde con admiración: “Te doy gracias porque me has escogido portentosamente”. Estas palabras iluminan la vida de Juan Bautista, pero también iluminan la nuestra. Ninguna vida es casualidad. Nadie existe por accidente. Cada persona, aun en su fragilidad, aun en su enfermedad, aun en su vejez o en su dolor, es conocida, amada y llamada por Dios.

El Evangelio nos presenta el nacimiento de Juan en medio de una familia marcada por la sorpresa y la misericordia. Isabel, que era estéril y avanzada en años, da a luz un hijo. Zacarías, que había quedado mudo por su incredulidad, recupera la palabra cuando acepta el nombre que Dios había señalado: “Juan es su nombre”. Y todos se preguntan: “¿Qué va a ser de este niño?”

Esa pregunta es muy hermosa: ¿Qué va a ser de este niño? La gente percibe que la mano de Dios está sobre él. Juan nace rodeado de signos. Su nacimiento despierta admiración, preguntas, temor santo, esperanza. Desde el comienzo, su vida aparece como un prodigio divino. Pero ese prodigio no es para engrandecer a Juan, sino para señalar a Otro. Juan será grande, pero no será el Mesías. Será profeta, pero no será la Palabra definitiva. Será lámpara, pero no será la Luz. Será voz, pero no será el Verbo.

Aquí aparece una gran enseñanza espiritual: Juan Bautista sabe quién es y sabe quién no es. No se apropia del lugar de Cristo. No busca protagonismo. No se predica a sí mismo. Su vida entera será una flecha que apunta hacia Jesús. Por eso más adelante dirá: “Conviene que Él crezca y que yo disminuya”. Esta es la grandeza de Juan: aceptar humildemente su misión.

Hoy al escuchar este evangelio, hemos de  recordar algo muy profundo: la revelación de Dios tiene un ritmo. Dios no se impone violentamente. Dios no atropella la conciencia humana. Dios va preparando lentamente los corazones. Juan nace con fama de prodigio, y esa fama lo acompañará toda la vida, incluso hasta el punto de tener que aclarar que él no es el Cristo. Jesús, en cambio, nacerá en la humildad de Belén, crecerá en la sencillez de Nazaret, y precisamente esa humildad será para muchos un obstáculo para reconocerlo.

Así actúa Dios: muchas veces se revela de manera discreta, silenciosa, progresiva. No siempre comprendemos de inmediato sus caminos. A veces necesitamos tiempo para reconocer su paso por nuestra historia. También en nuestra vida espiritual ocurre así. La fe no siempre despierta de golpe; muchas veces madura lentamente. La conversión no siempre sucede en un instante; muchas veces se va abriendo paso poco a poco. La conciencia necesita ser iluminada, purificada y despertada por Dios.

San Juan Bautista nos enseña a respetar ese ritmo de Dios. Él prepara, anuncia, espera, señala. No obliga a nadie, pero llama a todos a la conversión. Su misión es disponer los corazones para que puedan reconocer a Jesús cuando llegue.

La primera lectura nos ayuda a comprender mejor esta vocación. Isaías habla del siervo llamado desde el vientre materno, formado por Dios para reunir a su pueblo y ser luz de las naciones. Esa misión se realiza plenamente en Cristo, pero también se refleja en Juan Bautista, que fue enviado para preparar al pueblo de Israel a recibir al Salvador. Juan no es la luz, pero da testimonio de la luz. No es el centro, pero conduce al centro. No es la meta, pero indica el camino.

Y el salmo nos permite llevar esta Palabra al corazón de cada uno de nosotros: “Tú has creado mis entrañas, me has tejido en el seno materno”. Dios nos conoce desde dentro. Conoce nuestros pensamientos, nuestros cansancios, nuestras heridas, nuestras luchas, nuestras enfermedades. Hoy, de manera especial, oramos por nuestros enfermos. Ellos también pueden escuchar esta Palabra como una caricia de Dios: “Yo te conozco, yo te sostengo, yo no me he olvidado de ti”.

La enfermedad muchas veces nos hace sentir vulnerables. Puede traer miedo, soledad, impaciencia, tristeza. Pero la Palabra de hoy nos recuerda que la dignidad de una persona no depende de su fuerza física, de su productividad ni de su salud. La dignidad viene de Dios. Cada enfermo sigue siendo hijo amado de Dios, llamado por su nombre, sostenido por su misericordia.

También nuestros enfermos tienen una misión. Tal vez no sea una misión visible como la de Juan Bautista, pero puede ser profundamente fecunda: ofrecer su dolor, unirse a Cristo, enseñar paciencia, despertar compasión en los demás, recordarnos lo esencial, evangelizar desde la cama, desde el silencio, desde la oración. Cuántos enfermos son verdaderos profetas en nuestras familias y comunidades, porque nos recuerdan que la vida es frágil, que necesitamos cuidarnos unos a otros y que solo Dios es nuestra fuerza definitiva.

En la segunda lectura, San Pablo proclama que Dios suscitó a David y de su descendencia hizo nacer a Jesús, el Salvador. Y luego presenta a Juan como aquel que predicó un bautismo de conversión antes de la llegada del Señor. Juan sabe que su tarea es preparar el camino. No se queda con los aplausos. No se adueña de la misión. Señala a Cristo.

Esta es también una enseñanza para la Iglesia y para cada cristiano. Nuestra misión no es ocupar el lugar de Jesús, sino conducir hacia Él. Los padres de familia, los catequistas, los sacerdotes, los agentes de pastoral, los evangelizadores, todos estamos llamados a ser como Juan: voces que preparan el corazón para que Cristo sea recibido.

Y aquí podemos preguntarnos: ¿mi vida señala a Cristo? ¿Mis palabras ayudan a otros a acercarse a Dios? ¿Mi manera de vivir despierta preguntas buenas en los demás? Aquellos vecinos de Isabel y Zacarías se preguntaban: “¿Qué va a ser de este niño?” Ojalá también nuestra vida cristiana despierte en otros una pregunta semejante: ¿qué hay en esta persona que transmite paz?, ¿de dónde le viene esa esperanza?, ¿por qué vive con fe en medio de las pruebas?

Queridos hermanos, la solemnidad de hoy nos invita a tres actitudes.

Primero, agradecer la vida como don de Dios. Como dice el salmo, hemos sido formados admirablemente. Toda vida merece respeto, cuidado y amor, desde el vientre materno hasta la muerte natural.

Segundo, descubrir nuestra misión. Juan Bautista no vivió para sí mismo. Vivió para preparar el camino del Señor. También nosotros hemos sido llamados a servir, a anunciar, a consolar, a sembrar esperanza.

Tercero, respetar el ritmo de Dios. No todos llegan a la fe al mismo tiempo. No todos comprenden inmediatamente. Dios sabe esperar. Dios trabaja en silencio. Dios despierta lentamente las conciencias. Nuestra tarea no es forzar, sino testimoniar; no es imponer, sino anunciar; no es ocupar el lugar de Cristo, sino señalarlo.

Hoy pongamos en manos del Señor a nuestros enfermos. Que San Juan Bautista interceda por ellos, para que en medio de su fragilidad experimenten la cercanía de Dios. Que el Señor fortalezca a quienes los cuidan, ilumine a los médicos y enfermeros, consuele a las familias y nos haga a todos más sensibles ante el sufrimiento ajeno.

Y pidamos también para nosotros la humildad de Juan: saber desaparecer para que Cristo aparezca; saber callar para que la Palabra hable; saber servir para que otros encuentren al Salvador.

Que al celebrar esta Eucaristía podamos decir con fe: Señor, tú me conoces, tú me has llamado, tú me sostienes. Haz de mi vida una señal que conduzca a Ti. Amén.

 

 

lunes, 22 de junio de 2026

23 de junio del 2026: martes de la decimosegunda semana del tiempo ordinario-II

 

La regla de oro

(Mt 7,6.12-14) Jesús enuncia aquí la regla de oro, que resume toda la finalidad de la Alianza. Ezequías ya ha encontrado el camino estrecho, siguiendo los pasos de los grandes creyentes de Israel: incluso allí donde todo parece perdido, renovar la confianza en Dios, aunque sea bajo la forma de un desafío confiado. No se trata de una negociación de “yo te doy y tú me das”, sino del acto de abandonarse enteramente en manos del Dador, cuyas bondades no se han agotado.

Jean-Marc Liautaud, Fondacio

 


Primera lectura

2 Re 19, 9b-11. 14-21. 31-35a. 36
Yo haré de escudo a esta ciudad para salvarla, por mi honor y el de David

Lectura del segundo libro de los Reyes.

EN aquellos días, Senaquerib, rey de Asiria, envió mensajeros a Ezequías a decirle:
«Así hablarán a Ezequías, rey de Judá: “Que tu Dios, en el que confías, no te engañe diciendo: ‘Jerusalén no será entregada en manos del rey de Asiria’. Tú mismo has oído cómo han tratado los reyes de Asiria a todos los países entregándolos
al anatema, ¿y vas a librarte tú solo?”».
Ezequías tomó la carta de manos de los mensajeros y la leyó. Subió al templo del Señor y abrió la carta ante el Señor. Y elevó esta plegaria ante él:
«Señor, Dios de Israel, entronizado sobre los querubines:
Tú solo eres el Dios para todos los reinos de la tierra.
Tú formaste los cielos y la tierra.
¡Inclina tu oído, Señor, y escucha!
¡Abre tus ojos, Señor, y mira!
Escucha las palabras de Senaquerib enviadas
para insulto del Dios vivo.
Es verdad, Señor, los reyes asirios han exterminado las naciones,
han arrojado sus dioses al fuego y los han destruido.
Pero no eran dioses, sino hechura de mano humana,
de piedra, de madera.
Pero ahora, Señor, Dios nuestro, líbranos de sus manos
y sepan todos los reinos de la tierra
que solo tú eres Señor Dios».
Entonces Isaías, hijo de Amós, envió a Ezequías este mensaje:
«Así dice el Señor, Dios de Israel: “He escuchado tu plegaria acerca de Senaquerib, rey de Asiria”.
Esta es la palabra que el Señor pronuncia contra él:
“Te desprecia, se burla de ti la doncella, hija de Sion,
menea la cabeza a tu espalda la hija de Jerusalén.
Ha de brotar de Jerusalén un resto,
y supervivientes del monte Sion.
El celo del Señor del universo lo realizará.
Por eso, esto dice el Señor acerca del rey de Asiria:
‘No entrará en esta ciudad,
no disparará contra ella ni una flecha,
no avanzará contra ella con escudos,
ni levantará una rampa contra ella.
Regresará por el camino por donde vino
y no entrará en esta ciudad —palabra del Señor—.
Yo haré de escudo a esta ciudad para salvarla,
por mi honor y el de David, mi siervo’”».
Aquella misma noche el ángel del Señor avanzó y golpeó en el campamento asirio a ciento ochenta y cinco mil hombres.
Senaquerib, rey de Asiria, levantó el campamento y regresó a Nínive, quedándose allí.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 47, 2. 3-4. 10-11 (R.: cf. 9d)

R. Dios ha fundado su ciudad para siempre.

V. Grande es el Señor
y muy digno de alabanza
en la ciudad de nuestro Dios,
su monte santo, altura hermosa,
alegría de toda la tierra. 
R.

V. El monte Sion, confín del cielo,
ciudad del gran rey;
entre sus palacios,
Dios descuella como un alcázar. 
R.

V. Oh, Dios, meditamos tu misericordia
en medio de tu templo:
como tu nombre, oh, Dios,
tu alabanza llega al confín de la tierra.
Tu diestra está llena de justicia. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Yo soy la luz del mundo —dice el Señor—;
el que me sigue tendrá la luz de la vida.
 R.

 

Evangelio

Mt 7, 6. 12-14

Lo que quieran que los demás hagan con ustedes, háganlo con ellos

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«No den lo santo a los perros, ni les echen sus perlas a los cerdos; no sea que las pisoteen con sus patas y después se revuelvan para destrozarlos.
Así, pues, todo lo que quieran que los demás hagan con ustedes, háganlo ustedes con ellos; pues esta es la Ley y los Profetas.
Entren por la puerta estrecha. Porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos entran por ellos.
¡Qué estrecha es la puerta y qué angosto el camino que lleva a la vida! Y pocos dan con ellos».

Palabra del Señor.

 

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1

 

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de hoy nos pone delante dos caminos: el camino ancho de la autosuficiencia, del miedo, de la violencia y de la lógica del mundo; y el camino estrecho de la confianza, de la fidelidad y del amor verdadero.

En la primera lectura, el rey Ezequías recibe una amenaza terrible. El rey de Asiria, Senaquerib, pretende intimidarlo diciéndole que ningún dios ha podido salvar a otros pueblos y que tampoco el Dios de Israel podrá librar a Jerusalén. Humanamente hablando, todo parece perdido. El enemigo es fuerte, la ciudad está amenazada, el pueblo tiene miedo.

Pero Ezequías hace algo profundamente creyente: toma la carta de amenaza, sube al templo y la extiende delante del Señor. No responde primero con armas, ni con orgullo, ni con desesperación. Responde con oración. Pone su angustia en manos de Dios. Reconoce que el Señor es el único Dios, creador del cielo y de la tierra, y le pide que intervenga para que todos sepan que Él es el Señor.

Esta escena nos enseña algo muy importante: cuando la vida nos amenaza, cuando sentimos que no tenemos salida, cuando llegan noticias que nos inquietan, el creyente no se encierra en el miedo. El creyente sube interiormente al templo, abre su corazón y le dice al Señor: “Mira, Señor, lo que estoy viviendo; mira esta preocupación; mira esta carga; mira esta amenaza. Yo no puedo solo, pero confío en Ti”.

El salmo nos ayuda a contemplar esa confianza: “Grande es el Señor y muy digno de alabanza en la ciudad de nuestro Dios”. Jerusalén aparece como la ciudad protegida por Dios, no porque no tenga enemigos, sino porque Dios está en medio de ella. La fuerza del pueblo no está en sus murallas, sino en la presencia del Señor. Por eso el salmista proclama: “Oh Dios, meditamos tu misericordia en medio de tu templo”. Allí, en la oración, el pueblo recuerda que la misericordia de Dios no se agota.

En el Evangelio, Jesús nos entrega la llamada regla de oro: “Todo cuanto quieran que les hagan los hombres, háganlo también ustedes con ellos”. Es una frase sencilla, pero exigente. No dice solamente: “No hagan daño”. Dice algo más profundo: hagan el bien que ustedes quisieran recibir. Traten a los demás con la comprensión, la paciencia, la delicadeza, el respeto y la misericordia que ustedes esperan para sí mismos.

Esta regla de oro resume la Ley y los Profetas, porque nos saca del egoísmo y nos introduce en la lógica del Reino de Dios. El camino ancho es vivir pensando solo en mí: mis intereses, mi comodidad, mi orgullo, mis derechos. El camino estrecho es preguntarme: ¿cómo puedo hacer el bien?, ¿cómo puedo tratar al otro como hijo de Dios?, ¿cómo puedo responder con amor incluso cuando no es fácil?

Por eso Jesús añade: “Entren por la puerta estrecha”. La puerta estrecha no es una invitación a vivir tristes o aplastados. Es la invitación a vivir de manera evangélica. Es estrecha porque exige conversión. Es estrecha porque no deja pasar el egoísmo, la soberbia, la indiferencia ni la venganza. Pero esa puerta conduce a la vida.

Ezequías entró por esa puerta estrecha cuando decidió confiar en Dios y no dejarse dominar por el miedo. También nosotros entramos por esa puerta cuando, en lugar de responder mal por mal, elegimos hacer el bien; cuando, en lugar de vivir reclamando, vivimos agradeciendo; cuando, en lugar de usar a los demás, los servimos con amor.

Hoy oramos especialmente por nuestros benefactores. Ellos son personas que, de muchas maneras, han aplicado esta regla de oro en nuestra vida: han hecho el bien, han compartido, han sostenido, han ayudado, han acompañado. Algunos lo han hecho con recursos materiales; otros con su tiempo, su consejo, su oración, su presencia o su amistad. A través de ellos, Dios nos ha mostrado que su bondad no se ha agotado.

Pidamos al Señor que bendiga abundantemente a nuestros benefactores. Que les conceda salud, paz, fortaleza, prosperidad espiritual y alegría en el corazón. Que todo bien que han sembrado vuelva a ellos convertido en gracia. Y pidamos también que nosotros aprendamos a ser benefactores para otros: hombres y mujeres capaces de abrir caminos de vida, de tender la mano, de consolar, de compartir y de amar.

Que el Señor nos ayude a escoger cada día la puerta estrecha del Evangelio: la puerta de la confianza, de la oración, de la gratitud y del amor concreto. Amén.

 

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Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de hoy nos invita a entrar con humildad en el misterio de Dios. No todo se comprende de una vez. No toda verdad se recibe del mismo modo. No todo corazón está preparado inmediatamente para acoger la profundidad del Evangelio. Por eso, Jesús nos habla hoy con palabras fuertes: “No den lo santo a los perros, ni echen sus perlas a los cerdos”. A primera vista, puede parecernos una expresión dura, pero en realidad contiene una enseñanza muy profunda sobre el valor de la fe, la prudencia y la disposición interior.

Jesús no está despreciando a nadie. Él no cierra la puerta de la salvación a ninguna persona. Él mismo vino a buscar a los pecadores, se sentó a la mesa con publicanos, tocó a los enfermos, perdonó a los caídos y abrió el Reino a los pobres. Pero también nos enseña que las cosas santas deben ser recibidas con reverencia. Las verdades de Dios son como perlas preciosas: no se imponen a la fuerza, no se tratan con superficialidad, no se entregan para que sean pisoteadas por la burla, el rechazo o la indiferencia.

El misterio de Dios necesita un corazón abierto. La fe no es simplemente saber muchas cosas religiosas; es tener un alma disponible para acoger la luz de Dios. Hay personas que necesitan primero “leche espiritual”, como decía san Pablo, antes de recibir alimento sólido. También nosotros, muchas veces, somos niños en la fe. Queremos comprenderlo todo de inmediato, pero Dios nos educa poco a poco. Él levanta el velo gradualmente. Nos va revelando sus caminos en la medida en que crecemos en oración, humildad y obediencia.

En la primera lectura vemos al rey Ezequías en una situación límite. Jerusalén está amenazada por Senaquerib, rey de Asiria. La carta que recibe está llena de intimidación: pretende convencerlo de que Dios no podrá salvar a su pueblo. Humanamente, todo parece perdido. Pero Ezequías no responde desde la soberbia ni desde la desesperación. Toma la carta, sube al templo y la extiende delante del Señor.

Ese gesto es profundamente espiritual. Ezequías reconoce que hay situaciones que superan sus fuerzas. Por eso se pone ante Dios y le confía aquello que lo angustia. Allí aparece la puerta estrecha de la fe: no apoyarse únicamente en cálculos humanos, no dejarse dominar por el miedo, no convertir la oración en una negociación, sino abandonarse en las manos del Señor.

Ezequías no pretende manipular a Dios. No le dice: “Si tú me das, yo te doy”. Más bien se entrega al Dios vivo, al Dios que conoce el corazón de su pueblo, al Dios cuyas bondades no se han agotado. Y Dios responde. La ciudad no queda abandonada. El Señor manifiesta que su presencia es más fuerte que la arrogancia de los poderosos.

El salmo nos ayuda a contemplar esa seguridad: “Grande es el Señor y muy digno de alabanza en la ciudad de nuestro Dios”. Jerusalén no es grande simplemente por sus murallas, sino porque Dios habita en medio de ella. Por eso el salmista dice: “Oh Dios, meditamos tu misericordia en medio de tu templo”. Allí está la clave: meditar la misericordia de Dios. Cuando el alma entra en oración, comienza a ver de otra manera. Donde antes solo veía amenaza, empieza a descubrir presencia; donde antes solo veía angustia, empieza a nacer la confianza.

En el Evangelio, Jesús añade también la llamada regla de oro: “Todo cuanto quieran que les hagan los hombres, háganlo también ustedes con ellos”. Esta frase resume la Ley y los Profetas. No basta con evitar el mal; el discípulo está llamado a hacer activamente el bien. El cristiano no vive solo preguntándose: “¿Qué me conviene a mí?”, sino: “¿Cómo puedo amar mejor?, ¿cómo puedo tratar al otro como hijo de Dios?, ¿cómo puedo hacer por los demás aquello que yo mismo espero recibir?”.

Esta regla de oro también es una perla del Evangelio. Es sencilla de entender, pero exigente de vivir. Todos queremos ser tratados con respeto, paciencia, misericordia y comprensión. Entonces Jesús nos dice: empieza tú. No esperes que el otro cambie primero. No esperes que todos sean justos contigo para tú ser justo con ellos. Haz el bien. Siembra bondad. Trata a los demás como quisieras ser tratado.

Y luego Jesús nos dice: “Entren por la puerta estrecha”. La puerta estrecha no es el camino de la tristeza, sino el camino de la verdad. Es estrecha porque no deja pasar el orgullo, la venganza, la superficialidad, la dureza del corazón ni la autosuficiencia. Para entrar por ella hay que hacerse humilde, hay que dejarse enseñar por Dios, hay que reconocer que necesitamos conversión.

La puerta ancha, en cambio, es más cómoda: hacer lo que todos hacen, responder mal por mal, vivir sin oración, despreciar lo sagrado, burlarse de la fe, tratar el Evangelio como una idea más. Pero ese camino no conduce a la vida. La puerta estrecha es la de Ezequías: ponerlo todo delante de Dios. Es la puerta del discípulo: recibir con reverencia las perlas de la verdad divina. Es la puerta de quien no solo oye la Palabra, sino que la guarda, la medita y la vive.

Hoy podemos preguntarnos: ¿cómo recibo yo las cosas santas? ¿Me acerco a la Palabra de Dios con humildad o con rutina? ¿Valoro la Eucaristía, la oración, el perdón, la enseñanza de la Iglesia, o las trato como algo común? ¿Tengo un corazón dispuesto a recibir las perlas de la sabiduría divina?

Pidamos al Señor que nos dé un corazón receptivo. Que no seamos indiferentes ante sus misterios. Que sepamos valorar lo santo. Que aprendamos a compartir la fe con prudencia, amor y delicadeza, respetando los procesos de cada persona. Y que, como Ezequías, sepamos extender delante de Dios nuestras preocupaciones, confiando en que su misericordia no se agota.

Señor de eterna sabiduría, abre nuestro corazón a tus misterios. Enséñanos a recibir tus perlas con reverencia, a meditar tu Palabra con fe y a caminar por la puerta estrecha que conduce a la vida. Amén.

 

25 de junio del 2026: jueves de la decimosegunda semana del tiempo ordinario-II

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