Lo poco, colmado por Dios
Hechos 5, 34-42 / Salmo 27(26) / Juan 6, 1-15
Ante la multitud hambrienta, los discípulos solo
ven la insuficiencia de sus medios. Jesús, en cambio, toma lo poco que se le
ofrece, da gracias y lo convierte en abundancia. Así actúa Dios: no espera
grandes recursos, sino confianza y disponibilidad.
Los apóstoles, aun en la prueba, perseveran en el
anuncio del Evangelio. Sostenidos por el Señor, descubren que ninguna oposición
puede impedir la obra de Dios.
En este tiempo pascual, la Palabra nos invita a
poner nuestra pobreza en manos de Cristo. Él sabe transformarla en vida y
esperanza.
G.Q
Primera lectura
Hch
5, 34-42
Salieron
contentos de haber merecido aquel ultraje por el Nombre
Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.
EN aquellos días, un fariseo llamado Gamaliel, doctor de la ley, respetado por
todo el pueblo, se levantó en el Sanedrín, mandó que sacaran un momento a los
apóstoles y dijo:
«Israelitas, piensen bien lo que van a hacer con esos hombres. Hace algún
tiempo se levantó Teudas, dándoselas de hombre importante, y se le juntaron
unos cuatrocientos hombres. Fue ejecutado, se dispersaron todos sus secuaces y
todo acabó en nada.
Más tarde, en los días del censo, surgió Judas el Galileo, arrastrando detrás
de sí gente del pueblo; también pereció, y se disgregaron todos sus secuaces.
En el caso presente, les digo: no se metan con esos hombres; suéltenlos. Si su
idea y su actividad son cosa de hombres, se disolverá; pero, si es cosa de
Dios, no lograrán destruirlos, y se expondrían a luchar contra Dios».
Le dieron la razón y, habiendo llamado a los apóstoles, los azotaron, les
prohibieron hablar en nombre de Jesús, y los soltaron. Ellos, pues, salieron
del Sanedrín contentos de haber merecido aquel ultraje por el Nombre. Ningún
día dejaban de enseñar, en el templo y por las casas, anunciando la buena
noticia acerca del Mesías Jesús.
Palabra de Dios.
Salmo
Sal
26, 1bcde. 4. 13-14 (R.: cf. 4ac)
R. Una cosa pido
al Señor:
habitar en su casa.
O
bien:
R. Aleluya.
V. El Señor es mi luz y
mi salvación,
¿a quién temeré?
El Señor es la defensa de mi vida,
¿quién me hará temblar? R.
V. Una cosa pido
al Señor,
eso buscaré:
habitar en la casa del Señor
por los días de mi vida;
gozar de la dulzura del Señor,
contemplando su templo. R.
V. Espero gozar de la
dicha del Señor
en el país de la vida.
Espera en el Señor, sé valiente,
ten ánimo, espera en el Señor. R.
Aclamación
R. Aleluya,
aleluya, aleluya.
V. No solo de pan
vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. R.
Evangelio
Jn
6, 1-15
Repartió
a los que estaban sentados todo lo que quisieron
Lectura del santo Evangelio según san Juan.
EN aquel tiempo, Jesús se marchó a la otra parte del mar de Galilea, o de
Tiberíades. Lo seguía mucha gente, porque habían visto los signos que hacía con
los enfermos.
Subió Jesús entonces a la montaña y se sentó allí con sus discípulos.
Estaba cerca la Pascua, la fiesta de los judíos. Jesús entonces levantó los
ojos y, al ver que acudía mucha gente, dice a Felipe:
«¿Con qué compraremos panes para que coman estos?».
Lo decía para probarlo, pues bien sabía él lo que iba a hacer.
Felipe le contestó:
«Doscientos denarios de pan no bastan para que a cada uno le toque un pedazo».
Uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dice:
«Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero ¿qué es
eso para tantos?».
Jesús dijo:
«Digan a la gente que se siente en el suelo».
Había mucha hierba en aquel sitio. Se sentaron; solo los hombres eran unos
cinco mil.
Jesús tomó los panes, dijo la acción de gracias y los repartió a los que
estaban sentados, y lo mismo todo lo que quisieron del pescado.
Cuando se saciaron, dice a sus discípulos:
«Recojan los pedazos que han sobrado; que nada se pierda».
Los recogieron y llenaron doce canastos con los pedazos de los cinco panes de
cebada que sobraron a los que habían comido. La gente entonces, al ver el signo
que había hecho, decía:
«Este es verdaderamente el Profeta que va a venir al mundo».
Jesús, sabiendo que iban a llevárselo para proclamarlo rey, se retiró otra vez
a la montaña él solo.
Palabra del Señor.
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La Palabra de Dios que hoy escuchamos nos conduce a
una verdad profunda: cuando una vida se pone de verdad en manos de Dios, Él
la transforma y la vuelve fecunda en sobreabundancia.
Cumplir la voluntad de Dios en todas las cosas, eso ilumina de manera muy hermosa las lecturas
de este viernes pascual.
En el Evangelio según san Juan, Jesús contempla a
una multitud que lo sigue. No permanece indiferente ante ella. Ve sus
necesidades, ve su hambre, ve su cansancio. Y antes incluso de que la gente
diga algo, Él toma la iniciativa. Este detalle nos revela el corazón del Señor:
Dios no es ajeno al sufrimiento humano. Él ve el dolor del enfermo, la
fatiga del que ya no puede más, la angustia del que carga una preocupación
silenciosa, la pena del que sufre por dentro, la batalla escondida de quienes
sufren en el cuerpo y en el alma.
Cuántas personas hoy viven precisamente así: con
dolores físicos, tratamientos, limitaciones, noches largas, diagnósticos
inciertos; y cuántas otras sufren por dentro, quizá sin que nadie lo note:
tristeza, ansiedad, soledad, decepción, heridas afectivas, culpas antiguas,
cansancio espiritual. El Evangelio de hoy nos recuerda que Jesús ve esa
hambre profunda del ser humano y no se desentiende.
Pero entonces aparece una dificultad. Jesús
pregunta a Felipe dónde comprar pan para tanta gente. Felipe hace cuentas.
Andrés encuentra a un muchacho con cinco panes y dos peces, pero añade
enseguida: “¿qué es eso para tantos?”. Es la lógica humana de la insuficiencia.
Y, seamos sinceros, es también nuestra lógica de cada día. Cuántas veces
nosotros pensamos: “No me alcanza”. No me alcanza la fuerza, no me alcanza la
salud, no me alcanza la paciencia, no me alcanza el ánimo, no me alcanza la fe.
Sin embargo, el Señor no pide que tengamos
soluciones gigantescas. Pide algo más humilde y más decisivo: que le
entreguemos lo poco que tenemos. El milagro no comienza con abundancia
humana, sino con una pequeñez ofrecida. Cinco panes y dos peces parecen nada
ante una multitud hambrienta. Pero en las manos de Cristo, esa pobreza se convierte
en plenitud. Así obra Dios. No necesita grandezas espectaculares; necesita
corazones disponibles.
Cumplir la voluntad del Padre no significa hacer
siempre cosas extraordinarias. Muchas veces significa sencillamente decir:
“Señor, aquí estoy; esto soy; esto tengo; esto puedo ofrecerte”. A veces será
nuestro trabajo. Otras veces será nuestro cansancio. Otras, nuestra enfermedad.
Otras, nuestro arrepentimiento. Otras, una oración hecha con dificultad. Otras,
una lágrima ofrecida en silencio. Cuando eso se pone en manos de Dios, el Señor
lo bendice, lo multiplica y lo convierte en gracia para muchos.
El Hijo no rehuyó el sacrificio que le esperaba.
Esa frase ilumina de manera especial este día penitencial. Nosotros no buscamos
el sufrimiento por sí mismo, pero tampoco estamos llamados a huir de todo lo
que cuesta amar, servir, perdonar, esperar, mantenerse fiel. Hay una parte de
la vida cristiana que pasa por la cruz. Jesús no escapó de ella. La asumió por
amor y por obediencia al Padre. Y en esa obediencia, la cruz dejó de ser
fracaso para convertirse en camino de salvación.
También en la primera lectura encontramos algo de
esto. Los apóstoles son azotados, humillados, perseguidos. Sin embargo, salen
contentos por haber merecido sufrir por el nombre de Jesús. Esto no significa
que el dolor deje de doler. Significa que, cuando el sufrimiento se vive unido
al Señor, deja de ser absurdo. Se convierte en testimonio, en ofrenda, en
fidelidad. El discípulo descubre entonces que incluso la herida puede ser lugar
donde Dios manifieste su gloria.
Para quienes hoy sufren en el cuerpo y en el alma,
esta palabra es especialmente valiosa. Tal vez uno se pregunte: “¿Qué sentido
tiene esta enfermedad? ¿Qué sentido tiene esta tristeza? ¿Qué sentido tiene
esta prueba tan larga?”. La Pascua no responde con frases fáciles. La Pascua
responde con la presencia del Resucitado. Nos dice que el dolor no tiene la
última palabra, que la noche no es eterna, que la herida ofrecida a Dios puede
volverse fecunda, y que nada de lo vivido con amor se pierde.
Y el Evangelio lo expresa de forma bellísima:
después de que todos comieron, sobraron panes. Esto es decisivo. Jesús
no solo remedia una necesidad; Jesús da en sobreabundancia. Así es la gracia.
Dios no da a medias. Su misericordia es sobreabundante. Su paciencia es
sobreabundante. Su ternura es sobreabundante. Su poder para levantar al caído
es sobreabundante. Nosotros solemos medir con cálculos humanos; Dios, en
cambio, ama con desmesura.
Tal vez hoy alguien se siente interiormente vacío,
como si ya no tuviera nada que ofrecer. El Evangelio dice lo contrario: si eso
poco que queda se pone en las manos de Cristo, puede comenzar un milagro. Quizá
no siempre el milagro visible e inmediato que esperamos; pero sí el milagro más
hondo: el del corazón sostenido, el alma consolada, la fe renovada, la
esperanza que vuelve, la serenidad que poco a poco renace.
El salmo responsorial nos da la actitud justa: “Tu
rostro buscaré, Señor”. Eso es lo esencial. En la prueba no buscamos solo
que cambien las circunstancias; buscamos el rostro del Señor. En la enfermedad,
en el duelo, en la penitencia, en la lucha interior, el creyente repite: “Una cosa
pido al Señor, eso buscaré: habitar en la casa del Señor”. Es decir, más allá
de mis dolores, de mis temores y de mis carencias, quiero permanecer contigo.
Y en la primera lectura, la intervención de
Gamaliel nos deja otra enseñanza de serenidad y confianza: si esta obra viene
de Dios, no podrán destruirla. También eso vale para la obra de Dios en
nosotros. A veces nos vemos frágiles, inconstantes, golpeados por la vida o por
nuestras propias caídas. Pero si Dios ha comenzado algo en nosotros, Él puede
sostenerlo, purificarlo y llevarlo a plenitud.
En este viernes penitencial, el Señor nos invita
entonces a tres cosas muy concretas.
Primero, a reconocer nuestra pobreza sin
vergüenza delante de Él.
Segundo, a ofrecerle esa pobreza con humildad y confianza.
Y tercero, a creer que su gracia puede más que nuestra insuficiencia.
Traigamos hoy al altar a los enfermos del cuerpo:
quienes padecen dolores, limitaciones, tratamientos, agotamiento y fragilidad.
Y traigamos también a los enfermos del alma: quienes viven angustiados,
heridos, desanimados, atrapados en la culpa, abatidos por la tristeza o la
soledad. Presentemos también nuestras propias cruces. Y dejemos que Cristo tome
ese pequeño pan de nuestra vida, lo bendiga y lo multiplique.
Que esta Eucaristía nos enseñe a no huir del
sacrificio que acompaña al amor verdadero. Que nos enseñe a creer en la
sobreabundancia de la gracia. Y que, aun en medio de nuestras noches, podamos
decir con fe: “Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida”.
Amén.


