Ser plenamente uno mismo
Las palabras de Jesús pueden resultar difíciles de
escuchar cuando se interpretan como una invitación a una renuncia sacrificada
de tal manera que terminemos negando la persona que Dios nos ha dado ser. Renunciar
a uno mismo y tomar la cruz no significa destruir nuestra identidad,
despreciarnos ni apagar los dones que hemos recibido.
Al contrario, seguir a Cristo significa
desprendernos de aquello que falsea nuestro verdadero ser: el egoísmo, la
vanidad, el afán de imponernos, los miedos que nos paralizan y las falsas
seguridades a las que nos aferramos.
Jesús no nos pide que dejemos de ser nosotros
mismos; nos invita a llegar a ser plenamente aquello que Dios soñó para
nosotros. La cruz no anula nuestra personalidad: la purifica. El Evangelio
no empobrece nuestra humanidad: la lleva a su plenitud.
Por eso, perder la vida por Cristo no significa
dejar de vivir, sino aprender a vivir de otra manera: amando, sirviendo,
entregándonos y confiando. Paradójicamente, cuando dejamos de vivir encerrados
en nosotros mismos, comenzamos a descubrir nuestra identidad más profunda.
Quien sigue a Cristo no pierde su verdadero rostro;
lo encuentra.
Primera lectura
Ay de la
ciudad sanguinaria
Lectura de la profecía de Nahún.
HE aquí sobre los montes
los pies del mensajero
que proclama la paz.
Celebra tus fiestas, Judá,
cumple tus votos,
que no pasará más por ti el perverso;
se acabó la destrucción.
Pues restaura el Señor
la dignidad de Jacob y de Israel:
los desoladores los habían asolado
habían destrozado sus sarmientos.
¡Ay de la ciudad sanguinaria,
toda ella mentira,
llena de rapiña,
insaciable de botín!
Ruido de látigo,
estrépito de ruedas,
galope de caballos,
brincos de carros,
asalto de caballería,
brillo de espadas,
fulgor de lanzas,
heridos sin cuento,
montones de muertos,
cadáveres sin fin,
tropiezan en cadáveres.
Echaré sobre ti inmundicias,
te deshonraré públicamente.
Todo el que te vea
huirá de ti diciendo:
«¡Nínive está devastada!
¿Quién se compadecerá?
¿Dónde encontraré quien te consuele?».
Palabra de Dios.
Salmo
R. Yo
doy la muerte y la vida.
V. El día de
su ruina se acerca,
y se precipita su destino.
El Señor hará justicia a su pueblo,
y tendrá piedad de sus siervos. R.
V. Pero ahora
miren: soy yo, solo yo,
y no hay dios fuera de mí.
Yo doy la muerte y la vida,
yo hiero y yo curo. R.
V. Cuando
afile el rayo de mi espada,
y empuñe en mi mano el juicio,
tomaré venganza de mis enemigos
y daré su paga a los que me aborrecen. R.
Aclamación
V. Bienaventurados
los perseguidos por causa de la justicia,
porque de ellos es el reino de los cielos. R.
Evangelio
¿Qué podrá
dar un hombre para recobrar su alma?
Lectura del santo Evangelio según san Mateo.
EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y
me siga.
Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí,
la encontrará.
¿Pues de qué le servirá a un hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma?
¿O qué podrá dar para recobrarla?
Porque el Hijo del hombre vendrá, con la gloria de su Padre, entre sus ángeles,
y entonces pagará a cada uno según su conducta.
En verdad les digo que algunos de los aquí presentes no gustarán la muerte
hasta que vean al Hijo del hombre en su reino».
Palabra del Señor.
1
«Perder la vida para
encontrarla»
Hay
una frase de Jesús que puede inquietarnos: «El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo,
que tome su cruz y me siga».
A
primera vista podría parecer que ser cristiano consiste en anularnos, en
despreciarnos, en renunciar a nuestros sueños, a nuestra personalidad, incluso
a nuestra alegría. Pero Jesús no quiere personas anuladas. Dios no nos creó
para que después tengamos que destruir aquello que Él mismo puso en nosotros.
Renunciar a uno mismo no significa dejar de ser uno mismo.
Significa renunciar a todo aquello que nos impide llegar a ser verdaderamente
nosotros mismos.
Renunciar
al orgullo que nos vuelve incapaces de pedir perdón.
Renunciar al resentimiento que cargamos durante años.
Renunciar a la mentira con la que justificamos nuestros errores.
Renunciar a esa necesidad de tener siempre la razón.
Renunciar al egoísmo que hace que todo tenga que girar alrededor de nosotros.
Ahí
comienza la verdadera cruz.
La
primera lectura del profeta Nahúm presenta una palabra fuerte contra Nínive,
ciudad poderosa, violenta y orgullosa. Parecía invencible, pero su grandeza
estaba construida sobre la injusticia, la mentira y la violencia. Y todo
aquello termina cayendo. Al mismo tiempo, el profeta anuncia para el pueblo una
buena noticia de paz y restauración.
También
nosotros podemos construir pequeñas «Nínives» en nuestro interior: seguridades
falsas, ambiciones, resentimientos, pecados ocultos, maneras de tratar a los
demás que sabemos que no son buenas. Y quizá el Señor hoy nos dice: eso tiene que caer para que algo nuevo
pueda nacer en ti.
Por
eso este viernes tiene también para nosotros un sentido penitencial. No hacemos
penitencia porque Dios disfrute viéndonos sufrir. La penitencia cristiana
consiste en permitir que Dios quite de nosotros lo que nos esclaviza.
A
veces pensamos que perder algo es necesariamente una desgracia. Pero Jesús
introduce una paradoja maravillosa: «El
que pierda su vida por mí, la encontrará».
Hay
cosas que tenemos que perder para poder encontrarnos.
Perder
el orgullo para encontrar la paz.
Perder el rencor para recuperar la libertad.
Perder algunas seguridades para aprender a confiar.
Perder el egoísmo para descubrir la alegría de amar.
Perder nuestro pecado para reencontrarnos con el rostro que Dios puso en
nosotros.
Y
entonces comprendemos el estribillo del cántico de hoy: Dios es quien da la vida, quien hiere y
también cura. La última palabra no pertenece a nuestras
heridas, sino al Dios que puede sanarlas.
Esto
adquiere una profundidad especial cuando pensamos hoy en quienes sufren en el cuerpo y en el alma.
Hay
cruces que nadie elige: una enfermedad, un diagnóstico inesperado, el dolor
físico, la depresión, la soledad, una pérdida, una preocupación familiar, una
herida afectiva que parece no cerrar.
A
quien está sufriendo no debemos decirle simplemente: «Esa es tu cruz,
aguántala». Jesús tampoco glorifica el sufrimiento por el sufrimiento. Cristo entra en nuestro dolor para
caminar con nosotros y transformarlo desde dentro.
Por
eso hoy queremos traer ante el altar a tantos hermanos nuestros que quizá
sonríen por fuera mientras llevan una batalla enorme por dentro.
Y
celebramos también la memoria de San
Cayetano, sacerdote profundamente confiado en la Providencia de
Dios. Su vida nos recuerda que cuando nuestras seguridades humanas se tambalean
todavía podemos apoyarnos en una seguridad más profunda: Dios no abandona a sus hijos.
Quizá
por eso la pregunta de Jesús hoy resulta tan actual:
«¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero si pierde su
vida?»
Podríamos
traducirla para nosotros:
¿De
qué sirve tener éxito si perdemos la paz?
¿De qué sirve ganar una discusión si perdemos a una persona?
¿De qué sirve acumular cosas si nuestro corazón está vacío?
¿De qué sirve que todos crean que estamos bien si por dentro estamos
destruidos?
El
Evangelio nos devuelve a lo esencial.
Cristo
no vino para quitarnos la vida.
Vino para enseñarnos dónde encontrarla.
Y
quizá hoy nuestra oración pueda ser muy sencilla:
Señor, ayúdame a perder aquello que me está haciendo
perderme.
Dame valor para cargar las
cruces que no puedo evitar,
sabiduría para abandonar
las que yo mismo me he fabricado,
y un corazón dispuesto a
seguirte.
Y
de manera especial te pedimos hoy por quienes sufren en el cuerpo y en el alma:
por los enfermos, por quienes viven momentos de angustia, por quienes están
cansados de luchar, por quienes sienten que ya no pueden más.
Que
descubran, incluso en medio de la noche, que no caminan solos.
Porque
cuando caminamos detrás de Cristo, incluso la cruz puede convertirse en camino.
Y
cuando entregamos nuestra vida en sus manos, paradójicamente comenzamos a
encontrarla de verdad.
Amén.
2
Tres exigencias para seguir a Jesús
«El que quiera venir detrás de mí, que renuncie
a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su
vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará».
El
Evangelio de hoy comienza con tres
exigencias que constituyen el fundamento de una auténtica vida
cristiana: renunciar a
nosotros mismos, tomar nuestra cruz y seguir a Jesús.
No
son tres consejos reservados para algunos cristianos especialmente generosos.
Jesús dice que quien quiera seguirlo debe
hacerlo.
La
palabra griega empleada por el Evangelio expresa precisamente necesidad,
obligación, algo que forma parte del proyecto de Dios. Es significativo que,
inmediatamente antes de estas palabras, Jesús haya dicho que el Hijo del hombre debía padecer mucho.
Jesús nunca nos pide recorrer un camino que Él no haya recorrido primero.
Cristo
cargó la cruz antes de pedirnos que cargáramos la nuestra.
Por
eso el discipulado cristiano no consiste solamente en admirar a Jesús, escuchar
sus enseñanzas o considerarnos personas religiosas. Seguirlo significa entrar
en su misma lógica de vida: entrega,
fidelidad, sacrificio y amor.
1.
«Renuncie a sí mismo»
Quizá
esta primera exigencia sea frecuentemente mal entendida.
Renunciar
a nosotros mismos no significa despreciarnos, negar nuestra personalidad o
pensar que no valemos nada. Dios nos ha creado, nos ama y nos ha dado
capacidades, sueños y una identidad concreta.
Lo
que Jesús nos pide es renunciar
al ego que quiere ocupar el lugar de Dios.
Debemos
hacernos a un lado para que Cristo reine en nosotros.
Renunciar
a sí mismo significa colocar la voluntad de Dios por encima de nuestras
preferencias, ambiciones y deseos. Significa reconocer que no todo lo que
quiero necesariamente me hace bien y que no todo lo que me gusta coincide con
el proyecto de Dios.
Por
eso esta renuncia tiene nombres muy concretos:
renunciar
al orgullo cuando debo pedir perdón;
renunciar
al resentimiento cuando debo reconciliarme;
renunciar
a mi comodidad cuando alguien necesita de mí;
renunciar
a tener siempre la razón;
renunciar
al pecado que quizá justifico desde hace años.
Esta
renuncia no es un fin en sí misma. Es como limpiar el corazón para dejar espacio a Dios.
Durante
nuestra peregrinación por este mundo tendremos que librar continuamente esa
batalla interior: dejar aquello que no viene de Dios para permitir que Cristo
crezca dentro de nosotros.
2.
«Tome su cruz»
Hoy
nosotros veneramos la cruz. La colocamos en nuestros templos, la llevamos sobre
el pecho, la besamos el Viernes Santo.
Pero
cuando Jesús pronunció estas palabras nadie veía la cruz como un símbolo
religioso.
La
cruz era un instrumento brutal de ejecución romana, signo de sufrimiento,
vergüenza y humillación.
Por
eso aquellas palabras debieron estremecer a los discípulos.
«Tome su cruz».
Tomar
la cruz significa aceptar aquello que espontáneamente quisiéramos evitar;
aquello que nos produce miedo y exige de nosotros coraje, sacrificio y entrega.
Pero
aquí debemos hacer una precisión importante: el cristiano no busca el sufrimiento por el
sufrimiento.
La
fe cristiana no dice que sufrir sea bueno en sí mismo.
Lo
que creemos es que, cuando aparece una cruz que no podemos evitar, Dios puede entrar en ella y
transformarla.
Una
enfermedad.
Una
pérdida.
Una
incomprensión.
Una
dificultad familiar.
Una
preocupación que no sabemos cómo resolver.
Una
limitación que debemos aceptar.
Una
etapa de soledad.
Incluso
la muerte.
Solo
desde una confianza sobrenatural podemos decir: «Señor, yo no entiendo esto, no
lo habría escogido, pero si esta realidad ha llegado a mi vida, ayúdame a
atravesarla contigo».
Y
cuando la cruz se une a la Cruz de Cristo, deja de ser simplemente sufrimiento
absurdo y puede convertirse misteriosamente en camino de redención.
3.
«Sígame»
De
las tres exigencias, quizá esta parezca la más sencilla.
Podríamos
imaginar que seguir a Jesús consiste en caminar detrás de Él, tratar de ser
buenas personas y vivir una vida tranquila.
Pero
seguir a Cristo significa mucho más.
Significa
vivir en Él.
Permitir
que nuestra manera de pensar, hablar, amar, perdonar y servir vaya
configurándose con la suya.
Seguir
a Jesús es un camino que dura toda la vida.
Es
participar de su vida, de su entrega, de su muerte y de su resurrección.
Por
eso cada mañana el cristiano tiene que volver a decidir:
Hoy quiero seguirte, Señor.
Hoy
quiero caminar por el sendero de la fidelidad.
Hoy
quiero escoger la humildad antes que el orgullo.
Hoy
quiero amar aunque me cueste.
Hoy
quiero permanecer contigo.
Nínive:
ganar el mundo y terminar perdiéndolo todo
Y
aquí la primera lectura del profeta Nahúm ilumina maravillosamente el
Evangelio.
Aparece
Nínive, la
poderosa capital del imperio asirio.
Una
ciudad fuerte, rica, aparentemente invencible. Pero su grandeza estaba
edificada sobre la violencia, el saqueo, la mentira y la sangre.
Nahúm
la llama una ciudad sanguinaria.
Había
ganado poder.
Había
conquistado pueblos.
Había
acumulado riquezas.
Había
impuesto miedo.
Parecía
haberlo ganado todo.
Y
sin embargo terminó perdiéndolo todo.
¿No
parece resonar aquí la pregunta de Jesús?
«¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde
su vida?»
Ese
es quizá uno de los grandes interrogantes que el Evangelio deja hoy delante de
nosotros.
Podemos
ganar muchas cosas y terminar perdiendo lo esencial.
Podemos
ganar dinero y perder la familia.
Podemos
ganar prestigio y perder la paz.
Podemos
ganar una discusión y perder un amigo.
Podemos
ganar poder y perder la conciencia.
Podemos
ganar reconocimiento y terminar perdiéndonos a nosotros mismos.
Nínive
es la imagen dramática de una humanidad que creyó que su seguridad estaba en el
poder.
Pero
todo aquello cayó.
En
cambio, el mismo profeta anuncia para Judá una palabra diferente: sobre los montes viene el mensajero que
anuncia la paz.
Dios
puede reconstruir lo que ha sido devastado.
«Yo
doy la muerte y la vida»
Y
el cántico de Deuteronomio que proclamamos como salmo responsorial nos lleva
todavía más lejos:
«Yo doy la muerte y la vida».
Es
una afirmación de soberanía y confianza.
Nuestra
existencia no está finalmente en manos del dinero, del poder, del éxito ni
siquiera de nuestras propias fuerzas.
Está
en manos de Dios.
Y
el mismo cántico añade una expresión profundamente consoladora: Dios hiere y Él mismo sana.
Hay
heridas que nosotros no sabemos curar.
Heridas
de infancia.
Heridas
familiares.
Fracasos.
Culpas.
Decepciones.
Ausencias.
Enfermedades.
Y
la Palabra nos recuerda hoy que hay un Dios capaz de entrar también allí.
A
veces precisamente aquello que nosotros considerábamos una pérdida puede
convertirse, en manos de Dios, en el comienzo de una vida nueva.
Y
entonces llegamos a la gran paradoja del Evangelio:
«El que quiera salvar su vida la perderá; pero el que
pierda su vida por mí la encontrará».
Aquí
está el secreto.
Jesús
no viene a quitarnos la vida.
Viene
a enseñarnos cómo no
desperdiciarla.
Hay
que perder algo para encontrar lo verdadero.
Perder
egoísmo para encontrar amor.
Perder
orgullo para encontrar paz.
Perder
resentimiento para encontrar libertad.
Perder
falsas seguridades para encontrar confianza.
Perder
incluso nuestros planes cuando Dios nos conduce por otro camino.
Por
eso hoy podríamos escuchar a Jesús dirigiéndose personalmente a cada uno:
«Si quieres venir conmigo, renuncia a ti mismo, toma tu
cruz y sígueme».
No
tengas miedo.
Yo
hice primero ese camino.
Yo
conozco el peso de la cruz.
Yo
conozco el sufrimiento.
Yo
conozco la entrega.
Pero
también conozco la mañana de Pascua.
Porque
el camino cristiano no termina en el Calvario.
Termina en la Resurrección.
Y
quizá nuestra oración hoy pueda ser muy sencilla:
Señor Jesús, Tú no solamente nos mandaste renunciar a
nosotros mismos y cargar nuestras cruces: Tú recorriste primero ese camino para que pudiéramos
seguirte.
Líbrame del miedo a la cruz.
Ayúdame a mirar más allá de las dificultades del momento y
descubrir la gloria que has prometido a quienes permanecen contigo.
Dame valentía para renunciar a aquello que me aleja de Ti,
fortaleza para abrazar las cruces inevitables de mi vida y fidelidad para
seguirte cada día.
Porque quiero aprender esa hermosa paradoja del Evangelio:
perder mi vida contigo para encontrarla
plenamente en Ti.
Amén.



