Itinerancia apostólica
Hoy
todos se ponen en movimiento: ¡todos miran hacia los apóstoles! Pablo, Lucas y
Mateo, cada uno a su manera, da testimonio de una lección apostólica que
reciben los primeros colaboradores de Jesucristo. Como sucede en cada
generación, en realidad se trata de ayudarnos a vivir nuestra misión de
cristianos.
Mateo
cuenta que algunos apóstoles dudan. Sin embargo, todos son enviados hacia todas
las naciones, relativizando así las fronteras. Pablo invoca para cada uno un
espíritu de sabiduría, recordando que la fuerza de la resurrección de Cristo se
despliega siempre en el reconocimiento de su único señorío y en el servicio de
su cuerpo, que es la Iglesia.
Pero
quizá Lucas es el más exigente. En la segunda parte de su obra, Lucas muestra
cómo los apóstoles, que esperaban que Cristo instaurara por sí mismo su Reino
definitivo, son remitidos a sus límites y a sus responsabilidades. Descubren
que no lo saben todo sobre el designio de Dios, aunque están asociados a él.
Pero, después de que dos hombres vestidos de blanco fueran enviados para esto,
comprenden finalmente que les espera una misión exigente.
Esta
itinerancia apostólica, consecuencia de la resurrección de Cristo, instala a la
Iglesia en una situación siempre provisional. Así queda puesta bajo la acción
del Espíritu Santo, que constituye la única fuerza de la que disponen los
apóstoles.
Me
queda una semana antes de Pentecostés: ¿sobre qué personas voy a invocar el
Espíritu Santo?
Al
acercarse el final del tiempo pascual, ¿qué desplazamientos puedo arriesgar
para dar testimonio del Evangelio?
Luc Forestier, prêtre à La Madeleine (diocèse de Lille)
Primera lectura
Hch
1, 1-11
A la vista de
ellos, fue levantado al cielo
Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.
EN mi primer libro, Teófilo, escribí de todo lo que Jesús hizo y enseñó desde
el comienzo hasta el día en que fue llevado al cielo, después de haber dado
instrucciones a los apóstoles que había escogido, movido por el Espíritu Santo.
Se les presentó él mismo después de su pasión, dándoles numerosas pruebas de
que estaba vivo, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles del reino
de Dios.
Una vez que comían juntos, les ordenó que no se alejaran de Jerusalén, sino:
«aguarden que se cumpla la promesa del Padre, de la que me han oído hablar,
porque Juan bautizó con agua, pero ustedes serán bautizados con Espíritu Santo
dentro de no muchos días».
Los que se habían reunido, le preguntaron, diciendo:
«Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino a Israel?».
Les dijo:
«No les toca a ustedes conocer los tiempos o momentos que el Padre ha
establecido con su propia autoridad; en cambio, recibirán la fuerza del
Espíritu Santo que va a venir sobre ustedes y serán mis testigos en Jerusalén,
en toda Judea y Samaría y “hasta el confín de la tierra”».
Dicho esto, a la vista de ellos, fue elevado al cielo, hasta que una nube se lo
quitó de la vista. Cuando miraban fijos al cielo, mientras él se iba marchando,
se les presentaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron:
«Galileos, ¿qué hacen ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que ha
sido tomado de entre ustedes y llevado al cielo, volverá como lo han visto
marcharse al cielo».
Palabra de Dios.
Salmo
Sal
46, 2-3. 6-7. 8-9 (R.: 6)
R. Dios
asciende entre aclamaciones;
el Señor, al son de trompetas.
O bien:
R. Aleluya.
V. Pueblos
todos, batan palmas,
aclamen a Dios con gritos de júbilo;
porque el Señor altísimo es terrible,
emperador de toda la tierra. R.
V. Dios
asciende entre aclamaciones;
el Señor, al son de trompetas:
toquen para Dios, toquen;
toquen para nuestro Rey, toquen. R.
V. Porque
Dios es el rey del mundo:
toquen con maestría.
Dios reina sobre las naciones,
Dios se sienta en su trono sagrado. R.
Segunda
lectura
Ef
1, 17-23
Lo sentó a su
derecha en el cielo
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios.
HERMANOS:
El Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, les dé espíritu de
sabiduría y revelación para conocerlo, e ilumine los ojos de su corazón para
que comprendan cuál es la esperanza a la que los llama, cuál la riqueza de
gloria que da en herencia a los santos, y cuál la extraordinaria grandeza de su
poder en favor de nosotros, los creyentes, según la eficacia de su fuerza
poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y
sentándolo a su derecha en el cielo, por encima de todo principado, poder,
fuerza y dominación, y por encima de todo nombre conocido, no solo en este
mundo, sino en el futuro.
Y «todo lo puso bajo sus pies», y lo dio a la Iglesia, como Cabeza, sobre todo.
Ella es su cuerpo, plenitud del que llena todo en todos.
Palabra de Dios.
Aclamación
R. Aleluya,
aleluya, aleluya.
V. Vayan
y hagan discípulos a todos los pueblos —dice el Señor—; yo estoy con
ustedes todos los días, hasta el final de los tiempos. R.
Evangelio
Mt
28, 16-20
Se me ha dado
todo poder en el cielo y en la tierra
Conclusión del santo Evangelio según san Mateo.
EN aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús
les había indicado.
Al verlo, ellos se postraron, pero algunos dudaron.
Acercándose a ellos, Jesús les dijo:
«Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra.
Vayan, pues, y hagan discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre
del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que
les he mandado.
Y sepan que yo estoy con ustedes todos los días, hasta el final de los tiempos».
Palabra del Señor.
1
“No se queden mirando al
cielo”
Queridos
hermanos y hermanas:
Celebramos
hoy la solemnidad de la Ascensión del Señor. Y podríamos pensar, a primera
vista, que esta fiesta nos habla de una ausencia: Jesús sube al cielo, se
separa visiblemente de los discípulos y deja de caminar con ellos como lo había
hecho en Galilea, en Judea, en los caminos polvorientos de Palestina.
Pero
la Ascensión no es la fiesta de un Jesús que se va para desentenderse del
mundo. No es la despedida triste de un Maestro que abandona a sus amigos. La
Ascensión es, más bien, la proclamación de una presencia nueva. Cristo asciende
al Padre, pero no se aleja de la humanidad. Entra en la gloria de Dios llevando
consigo nuestra carne, nuestra historia, nuestras heridas, nuestras esperanzas.
Desde hoy, la humanidad tiene un lugar en el corazón mismo de Dios.
Por
eso el salmo nos invita a cantar: “Dios asciende entre aclamaciones; el Señor,
al son de trompetas”. No se trata de una escena de derrota, sino de victoria.
No se trata de una ausencia, sino de un señorío. Cristo resucitado es
constituido Señor del universo. San Pablo lo expresa con una fuerza admirable
en la carta a los Efesios: Dios lo sentó a su derecha en el cielo, por encima
de todo poder, dominación y señorío, y lo dio a la Iglesia como cabeza de todo.
Cristo
sube al cielo, pero no abandona la tierra. Cristo entra en la gloria, pero no
deja sola a su Iglesia. Cristo reina junto al Padre, pero sigue actuando en
medio de nosotros por la fuerza del Espíritu Santo.
La
primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles, nos muestra a los
discípulos todavía confundidos. Ellos preguntan: “Señor, ¿es ahora cuando vas a
restaurar el reino de Israel?”. Es una pregunta comprensible. Han visto morir a
Jesús. Lo han visto resucitado. Han compartido con Él durante cuarenta días. Y
ahora piensan que ha llegado el momento de una intervención definitiva,
visible, espectacular. Quieren saber fechas, planes, calendarios, resultados.
Pero
Jesús no satisface esa curiosidad. Les responde: “No les toca a ustedes conocer
los tiempos y momentos que el Padre ha establecido con su autoridad”. Es decir:
no pretendan controlar el misterio de Dios. No quieran saberlo todo. No
reduzcan la fe a cálculos humanos. No conviertan la esperanza en impaciencia.
Y
enseguida les dice lo verdaderamente importante: “Recibirán la fuerza del
Espíritu Santo y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y
hasta los confines de la tierra”.
Ahí
está el centro de esta solemnidad. Jesús no les entrega a sus discípulos un
calendario secreto. Les entrega una misión. No les da una explicación completa
del futuro. Les promete el Espíritu Santo. No les dice: “quédense tranquilos
mirando cómo yo lo hago todo”. Les dice: “ustedes serán mis testigos”.
La
Ascensión, entonces, no es una invitación a mirar pasivamente al cielo, sino a
comprometernos activamente con la tierra. No es una espiritualidad de evasión,
sino de misión. No es una fe que se refugia en las nubes, sino una fe que
camina por las calles, entra en las casas, consuela a los tristes, levanta a
los caídos, anuncia la misericordia, defiende la dignidad humana, acompaña a
los pobres y proclama que Cristo está vivo.
Por
eso aparecen aquellos dos hombres vestidos de blanco que dicen a los discípulos:
“Galileos, ¿qué hacen ahí plantados mirando al cielo?”. Es una frase fuerte.
Como si dijeran: “No se queden paralizados. No conviertan la fe en nostalgia.
No vivan de recuerdos. No se refugien en una devoción sin compromiso. El Señor
volverá, sí; pero mientras tanto, ustedes tienen una tarea”.
Cuántas
veces también nosotros nos quedamos “mirando al cielo”. No necesariamente
porque oremos demasiado, sino porque a veces confundimos la fe con la
pasividad. Miramos al cielo esperando que Dios resuelva lo que nosotros no
queremos enfrentar. Miramos al cielo para no mirar al hermano que sufre.
Miramos al cielo para no asumir responsabilidades. Miramos al cielo para
escapar de las heridas de la historia.
Pero
los ángeles nos despiertan: “¿Qué hacen ahí parados?”. La Pascua no nos deja
inmóviles. La resurrección de Cristo pone a la Iglesia en camino. La Ascensión
inaugura una itinerancia apostólica. Es decir, una Iglesia que no se queda
encerrada, que no se acomoda, que no se instala definitivamente en ninguna seguridad
humana, sino que se deja mover por el Espíritu.
El
Evangelio de Mateo nos sitúa en un monte de Galilea. Allí Jesús se encuentra
con los Once. Y el evangelista, con una honestidad impresionante, nos dice: “Al
verlo, ellos se postraron, pero algunos dudaron”. Qué consuelo tan grande hay
en esa frase. Los discípulos están delante del Resucitado, lo adoran, pero
algunos dudan.
La
fe de los apóstoles no fue una fe perfecta desde el primer momento. No fueron
héroes sin grietas. No fueron creyentes sin preguntas. No fueron misioneros sin
miedo. También ellos experimentaron la mezcla de adoración y duda, de amor y
fragilidad, de entusiasmo y temor.
Y,
sin embargo, Jesús los envía. No espera a que sean perfectos. No les exige
primero resolver todas sus dudas. No les pide tener una seguridad psicológica
absoluta. No les dice: “Cuando estén completamente preparados, entonces vayan”.
Les dice: “Vayan y hagan discípulos a todos los pueblos”.
Esta
es una gran enseñanza para nosotros. Muchas veces creemos que para servir a
Dios tenemos que estar impecables, totalmente fuertes, sin miedo, sin heridas,
sin preguntas. Pero el Evangelio nos muestra que Jesús envía a hombres reales,
no a ángeles. Envía a discípulos que adoran, pero también dudan. Envía a
personas frágiles, pero disponibles. Envía a hombres que han fallado, que lo
han abandonado, que han tenido miedo, pero que ahora se dejan reconstruir por
su misericordia.
La
misión no nace de nuestra perfección. Nace de la autoridad de Cristo y de la
fuerza del Espíritu Santo.
Jesús
dice: “Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra”. No se trata de un
poder de dominio al estilo humano. No es el poder que aplasta, humilla o
manipula. Es el poder del amor vencedor. Es el poder de la cruz glorificada. Es
el poder de quien ha vencido el pecado y la muerte no destruyendo a sus
enemigos, sino entregando la vida por ellos.
Desde
esa autoridad, Jesús manda: “Vayan”. Ese verbo es fundamental. La Iglesia no
nace para quedarse quieta. La Iglesia no existe para mirarse a sí misma. La
Iglesia no puede contentarse con conservar estructuras, repetir costumbres o
administrar nostalgias. La Iglesia existe para evangelizar.
“Vayan
y hagan discípulos a todos los pueblos”. No dice: “vayan y consigan
admiradores”. No dice: “vayan y aumenten estadísticas”. No dice: “vayan y
formen grupos cerrados”. Dice: “hagan discípulos”. El discípulo es alguien que
aprende a vivir con Jesús, a escuchar su Palabra, a caminar tras sus pasos, a
dejarse transformar por su amor.
La
misión no consiste simplemente en transmitir ideas religiosas. Consiste en
introducir a otros en una relación viva con Cristo. Por eso Jesús habla del
bautismo: “bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu
Santo”. La fe cristiana no es solo ética, ni cultura, ni tradición familiar. Es
entrar en la vida trinitaria. Es ser sumergidos en el amor del Padre, en la
gracia del Hijo y en la comunión del Espíritu Santo.
Y
añade: “enseñándoles a guardar todo lo que les he mandado”. Evangelizar es
también enseñar a vivir. No basta decir “Señor, Señor”. Hay que aprender el
mandamiento del amor. Hay que guardar la Palabra. Hay que traducir la fe en
vida concreta: perdonar, servir, compartir, cuidar, acompañar, anunciar,
reconciliar.
Por
eso la Ascensión nos hace mirar la misión desde tres claves.
La
primera clave es la humildad. Los discípulos descubren que no lo saben todo.
“No les toca conocer los tiempos y momentos”. Esta frase nos libra de la
soberbia religiosa. Nadie posee a Dios. Nadie controla completamente sus
planes. Nadie puede encerrar el Reino en sus propios cálculos. La Iglesia
camina en obediencia, no en autosuficiencia.
También
nosotros, como creyentes, tenemos que aceptar nuestros límites. No sabemos
todo. No entendemos todo. No tenemos respuesta inmediata para cada dolor. Pero
sí sabemos lo esencial: Cristo ha resucitado, Cristo está vivo, Cristo nos
envía, Cristo nos acompaña.
La
segunda clave es la responsabilidad. Jesús no dice: “Yo lo haré todo mientras
ustedes observan”. Dice: “serán mis testigos”. La fe cristiana no nos
infantiliza. Dios nos asocia a su obra. Nos confía responsabilidades. Nos hace
colaboradores de su Reino.
Cada
bautizado tiene una misión. No solo el Papa, los obispos, los sacerdotes o los
religiosos. Cada padre y madre de familia, cada catequista, cada joven, cada
anciano, cada trabajador, cada enfermo que ofrece su sufrimiento, cada persona
que intenta vivir el Evangelio en medio de sus circunstancias, participa de
esta misión.
Ser
testigos no significa hablar mucho de Dios sin vivirlo. Significa que nuestra
vida deje ver algo de Cristo. Que quien se acerque a nosotros encuentre un poco
de su misericordia, de su paciencia, de su verdad, de su esperanza.
La
tercera clave es el Espíritu Santo. “Recibirán la fuerza del Espíritu Santo”.
Esta es la única fuerza verdadera de la Iglesia. No son primero los recursos,
ni los edificios, ni las estrategias, ni los prestigios humanos. Todo eso puede
ayudar, pero no sustituye al Espíritu. Una Iglesia sin Espíritu se vuelve
pesada, burocrática, cansada, temerosa. Una comunidad sin Espíritu puede
conservar ritos, pero pierde fuego. Puede hablar de misión, pero sin pasión.
Puede organizar actividades, pero sin alma.
Nos
queda una semana para Pentecostés. Esta solemnidad nos invita a prepararnos
intensamente. ¿Sobre quiénes queremos invocar el Espíritu Santo? ¿Sobre
nuestras familias heridas? ¿Sobre los jóvenes confundidos? ¿Sobre los enfermos?
¿Sobre los que han perdido la esperanza? ¿Sobre nuestra Iglesia, llamada
siempre a renovarse? ¿Sobre nuestros gobernantes y pueblos necesitados de
justicia y paz? ¿Sobre nuestras comunidades para que no se duerman en la
rutina?
Pidamos
el Espíritu para no ser cristianos inmóviles. Para no vivir una fe cómoda,
tibia, repetitiva. Pidamos el Espíritu para atrevernos a dar nuevos pasos, a
salir de nuestros encierros, a cruzar fronteras, a dialogar con quienes piensan
distinto, a anunciar el Evangelio con lenguaje cercano, a cuidar a quienes han
sido olvidados.
Porque
la Ascensión relativiza las fronteras. Jesús dice: “a todos los pueblos”. El
Evangelio no pertenece a un grupo cerrado. No es propiedad de una cultura, de
una nación, de una clase social, de una generación. La misión de la Iglesia es
universal. Allí donde haya un corazón humano, allí debe resonar la buena
noticia de Cristo.
En
nuestras comunidades también hay “confines de la tierra”. A veces no están
lejos geográficamente. Están en la persona que vive al lado y se siente sola.
En el joven que ya no encuentra sentido a la fe. En la familia dividida. En el
enfermo que casi nadie visita. En el pobre que se acostumbró a no esperar nada.
En quien se alejó de la Iglesia porque se sintió juzgado, ignorado o herido.
Allí también nos envía Jesús.
La
Ascensión nos recuerda que la Iglesia vive en una situación provisional. No
estamos instalados definitivamente en este mundo. Caminamos hacia la plenitud
del Reino. Pero esa esperanza futura no nos desentiende del presente. Al
contrario, nos compromete más. Porque sabemos que Cristo volverá, queremos
vivir vigilantes. Porque sabemos que Él reina, no nos arrodillamos ante los
ídolos del poder, del dinero, de la violencia o del egoísmo. Porque sabemos que
nuestra patria definitiva está en Dios, trabajamos para que esta tierra sea más
humana, más fraterna, más justa y más evangélica.
Hermanos
y hermanas: hoy Jesús asciende, pero nos deja una promesa maravillosa: “Yo
estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”. Esta es la frase que
sostiene a la Iglesia. No estamos solos. No evangelizamos solos. No cargamos
solos la vida. No enfrentamos solos las pruebas. No caminamos solos en medio de
la incertidumbre.
Cristo
está con nosotros todos los días. No solo los días luminosos, también los días
grises. No solo cuando sentimos fervor, también cuando dudamos. No solo cuando
la comunidad está fuerte, también cuando parece frágil. No solo cuando todo
sale bien, también cuando la misión se vuelve costosa.
La
Ascensión no nos deja huérfanos. Nos pone en camino. Nos arranca de la
comodidad. Nos libera de la nostalgia. Nos hace levantar la mirada, sí, pero no
para escapar del mundo, sino para recibir de Dios la fuerza necesaria para
servirlo mejor.
Que
en esta Eucaristía escuchemos de nuevo la voz del Señor: “Vayan”. Vayan a sus
casas, a sus trabajos, a sus comunidades, a sus redes, a sus barrios, a sus
islas, a sus pueblos, a sus familias. Vayan no como dueños de la verdad, sino
como testigos humildes. Vayan no con arrogancia, sino con misericordia. Vayan
no apoyados solo en sus fuerzas, sino en el Espíritu Santo.
Y
que, mientras esperamos Pentecostés, podamos preguntarnos sinceramente: ¿qué
desplazamiento me está pidiendo hoy el Señor? ¿De qué comodidad debo salir? ¿A
qué persona debo acercarme? ¿Qué frontera debo cruzar? ¿Dónde quiere Cristo que
yo sea testigo de su Evangelio?
Que
María, la mujer creyente, la que permaneció con los discípulos esperando el
Espíritu, nos acompañe en esta semana de preparación. Ella no se quedó mirando
al cielo con nostalgia; permaneció en oración con la Iglesia naciente. Que
también nosotros permanezcamos unidos, orantes y disponibles.
Y
que Cristo glorioso, sentado a la derecha del Padre, siga sosteniendo nuestra
fe y repitiéndonos al corazón:
“No tengan miedo. Yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo”.
Amén.
2
Queridos
hermanos y hermanas:
Celebramos
hoy la solemnidad de la Ascensión del Señor. Jesús resucitado, después de
haberse manifestado a sus discípulos, sube al cielo y entra en la gloria del
Padre. Pero esta fiesta no significa que Jesús se aleja de nosotros. No
celebramos la ausencia del Señor, sino una presencia nueva, más profunda, más
universal y más misteriosa. Cristo sube al cielo, pero permanece con su
Iglesia. Deja de ser visible a los ojos de sus discípulos, pero comienza a
estar presente en todos los pueblos, en todos los tiempos, en todos los
corazones que lo acogen.
En
la primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles, los discípulos
todavía tienen una pregunta muy humana: “Señor, ¿es ahora cuando vas a
restaurar el reino de Israel?”. Ellos quisieran saber cuándo vendrá la
plenitud, cuándo se arreglará todo, cuándo Dios intervendrá definitivamente.
Pero Jesús les responde que no les corresponde conocer los tiempos y momentos
que el Padre ha establecido. En cambio, les promete algo mucho más importante:
“Recibirán la fuerza del Espíritu Santo y serán mis testigos… hasta los
confines de la tierra”.
Aquí
está el centro de esta fiesta: Jesús sube al cielo, pero nos deja una misión en
la tierra. La Ascensión no es una invitación a quedarnos mirando las nubes,
sino a salir al mundo como testigos del Evangelio. Por eso aquellos dos hombres
vestidos de blanco les dicen a los apóstoles: “Galileos, ¿qué hacen ahí
plantados mirando al cielo?”. Es como si les dijeran: “No se queden
paralizados. No conviertan la fe en nostalgia. No esperen que Dios haga todo
sin ustedes. Vuelvan al camino, porque comienza la misión”.
El
Evangelio de Mateo recoge las últimas palabras de Jesús: “Se me ha dado todo
poder en el cielo y en la tierra. Vayan, pues, y hagan discípulos a todos los
pueblos”. Son palabras solemnes, palabras de envío, palabras que marcan la
identidad de la Iglesia. Jesús no dice simplemente: “Recuerden lo que les
enseñé”. Tampoco dice: “Consérvense como un pequeño grupo cerrado”. Les dice:
“Vayan”. La Iglesia nace en salida. La fe cristiana no está hecha para quedarse
encerrada, sino para comunicarse, compartirse y hacerse vida en medio del
mundo.
Y
esa misión parece enorme, casi imposible: hacer discípulos a todos los pueblos,
bautizar en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, enseñar a
guardar todo lo que Jesús ha mandado. Aquellos once discípulos eran pocos,
frágiles, heridos por el miedo y por sus propias contradicciones. Incluso Mateo
dice que algunos dudaban. Y, sin embargo, Jesús los envía.
Esto
es profundamente consolador. Jesús no espera a que sus discípulos sean
perfectos para confiarles la misión. No les pide que primero resuelvan todas
sus dudas o que sean héroes sin debilidades. Los envía tal como son, pero no
los envía solos. Los envía apoyados en su autoridad: “Se me ha dado todo poder
en el cielo y en la tierra”. Y los envía sostenidos por su promesa: “Yo estoy
con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo”.
También
nosotros somos parte de esta historia. Por el Bautismo fuimos incorporados a
Cristo y participamos de su misión sacerdotal, profética y real. No somos
simples espectadores de la evangelización. Cada bautizado tiene una tarea en el
Reino de Dios. Cada cristiano está llamado a ser puente entre Dios y los demás.
San
John Henry Newman lo expresó bellamente en una oración: “Dios me ha creado para
prestarle un servicio concreto. Me ha encomendado una obra que no ha
encomendado a otro. Tengo mi misión”. Esta frase nos recuerda que ninguno de
nosotros está de sobra en la Iglesia. Nadie es inútil para Dios. Cada uno tiene
una palabra que decir, un testimonio que dar, una persona que acompañar, una
herida que consolar, una esperanza que sembrar.
A
veces pensamos que evangelizar es solo predicar, enseñar catequesis o ir a
misiones lejanas. Y claro, también es eso. Pero evangelizar comienza muchas
veces en lo sencillo: en una familia donde se ora, en un gesto de perdón, en
una palabra que anima, en una visita al enfermo, en una actitud honesta, en una
vida coherente, en una mano tendida a quien sufre.
Newman
decía también: “Si estoy enfermo, mi enfermedad puede servirle; si estoy
perplejo, mi perplejidad puede servirle; si estoy triste, mi tristeza puede
servirle”. Qué hermoso pensamiento. Cristo puede servirse de todo lo que somos,
incluso de nuestras pobrezas, si se las entregamos. El Señor puede hacer
fecunda nuestra alegría, pero también nuestro dolor. Puede usar nuestra salud,
pero también nuestra enfermedad. Puede servirse de nuestras certezas, pero
también de nuestras búsquedas. Lo importante es decirle: “Señor, aquí estoy.
Haz de mi vida un instrumento de tu Evangelio”.
La
Ascensión nos invita a mirar hacia arriba, sí, pero no para escapar del mundo.
Miramos hacia arriba para recordar que Cristo reina, que la muerte no tiene la
última palabra, que nuestra vida tiene destino de eternidad. Pero miramos
también hacia la tierra, porque aquí tenemos una misión. Aquí están los
hermanos que esperan consuelo. Aquí están los jóvenes que necesitan sentido.
Aquí están los pobres, los enfermos, los alejados, los que dudan, los que han
perdido la esperanza. Aquí está el campo donde debemos sembrar el Evangelio.
San
Pablo, en la carta a los Efesios, pide para nosotros “espíritu de sabiduría y
revelación” para conocer mejor a Cristo. Eso necesitamos: sabiduría para comprender
nuestra vocación, luz para descubrir la esperanza a la que hemos sido llamados
y fuerza para vivir como miembros de la Iglesia, cuerpo de Cristo.
Queridos
hermanos: la Ascensión no cierra la historia de Jesús; abre el tiempo de la
Iglesia. No termina la misión; la entrega en nuestras manos. No nos deja
huérfanos; nos asegura una presencia permanente: “Yo estoy con ustedes todos
los días”.
Que
esta Eucaristía renueve en nosotros la alegría de sabernos llamados y enviados.
Preguntémonos hoy: ¿cuál es mi misión concreta? ¿A quién quiere acercar Dios a
través de mí? ¿En qué ambiente debo ser testigo de Cristo? ¿Qué parte de mi
vida, incluso mis heridas y mis límites, puedo poner al servicio del Evangelio?
Que
María, que acompañó a los discípulos en la espera del Espíritu Santo, nos ayude
a vivir esta semana camino a Pentecostés con un corazón abierto, disponible y
misionero.
Y
que Cristo glorioso, Señor del cielo y de la tierra, nos conceda la gracia de
no quedarnos mirando al cielo con nostalgia, sino de caminar por la tierra con
esperanza, anunciando con nuestra vida que Él está vivo y permanece con
nosotros hasta el fin del mundo. Amén.