miércoles, 22 de julio de 2026

23 de julio del 2026: jueves de la decimosexta semana del tiempo ordinario II- Santa Brígida de Suecia, religiosa-Memoria opcional

 

Testigo de la fe:

Santa Brígida de Suecia


Hacia 1303-1373.

«Después de la lectura de la Biblia, no tengan nada más querido que la vida de los santos», recomendaba la fundadora de la Orden del Santísimo Salvador. Esposa, madre de ocho hijos y, después de enviudar, religiosa, llevó una vida profundamente marcada por la oración, la caridad y la contemplación de la Pasión de Cristo. En 1999, san Juan Pablo II la proclamó copatrona de Europa por su testimonio de fe y su compromiso en favor de la unidad y la renovación espiritual del continente.

 

 

Fuera de los esquemas

(Jr 2,1-3.7-8.12-13 / Sal 36(35),6-7ab.8-9.10-11 (R. 10a) /
Mt 13,10-17)
Jesús cuestiona las costumbres y las ideas preconcebidas de su época. Se niega a encerrar la Palabra de Dios dentro de los límites de una comprensión superficial. A sus discípulos les revela los misterios del Reino porque han abierto el corazón para escuchar y acoger. Jeremías, por su parte, reprocha al pueblo haber abandonado al Señor, «fuente de agua viva», para construirse cisternas agrietadas. Pidamos hoy unos ojos que sepan ver, unos oídos capaces de escuchar y un corazón dispuesto a regresar a Dios, fuente de toda vida.

G.Q

 


Primera lectura

Jer 2, 1-3. 7-8. 12-13
Me abandonaron a mí, fuente de agua viva, y se cavaron aljibes agrietados

Lectura del libro de Jeremías.

EL Señor me dirigió la palabra:
«Grita y que te oiga todo Jerusalén:
Esto dice el Señor:
Recuerdo tu cariño juvenil,
el amor que me tenías de novia,
cuando ibas tras de mí por el desierto,
por tierra que nadie siembra.
Israel era sagrada para el Señor,
fruto primero de su cosecha:
quien probaba de ella lo pagaba,
la desgracia caía sobre él
—oráculo del Señor—.
Los traje a una tierra de huertos,
para comer sus frutos deliciosos;
pero entraron y profanaron mi tierra,
hicieron abominable mi heredad.
Los sacerdotes no preguntaban:
“¿Dónde está el Señor?”.
Los expertos en leyes no me reconocían;
los pastores se rebelaban contra mí,
los profetas profetizaban por Baal,
fueron tras ídolos que no sirven de nada.
Espántense, cielos, de ello,
horrorícense y tiemblen aterrados
—oráculo del Señor—,
pues una doble maldad
ha cometido mi pueblo:
me abandonaron a mí,
fuente de agua viva,
y se cavaron aljibes,
aljibes agrietados
que no retienen agua».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 35, 6-7ab. 8-9. 10-11 (R.: 10a)

R. En ti, Señor, está la fuente viva.

V. Señor, tu misericordia llega al cielo,
tu fidelidad hasta las nubes;
tu justicia es como las altas cordilleras,
tus juicios son como el océano inmenso. 
R.

V. ¡Qué inapreciable es tu misericordia, oh, Dios!,
los humanos se acogen a la sombra de tus alas;
se nutren de lo sabroso de tu casa,
les das a beber del torrente de tus delicias. 
R.

V. Porque en ti está la fuente viva,
y tu luz nos hace ver la luz.
Prolonga tu misericordia con los que te reconocen,
tu justicia con los rectos de corazón. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Bendito seas, Padre, Señor del cielo y de la tierra,
porque has revelado los misterios del reino a los pequeños. 
R.

 

Evangelio

Mt 13, 10-17

A ustedes se les han dado a conocer los secretos del reino de los cielos y a ellos no

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron:
«¿Por qué les hablas en parábolas?».
Él les contestó:
«A ustedes se les han dado a conocer los secretos del reino de los cielos y a ellos no. Porque al que tiene se le dará y tendrá de sobra, y al que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene. Por eso les hablo en parábolas, porque miran sin ver y escuchan sin oír ni entender. Así se cumple en ellos la profecía de Isaías:
“Oirán con los oídos sin entender;
mirarán con los ojos sin ver;
porque está embotado el corazón de este pueblo,
son duros de oído, han cerrado los ojos;
para no ver con los ojos, ni oír con los oídos,
ni entender con el corazón,
ni convertirse para que yo los cure”.
Pero bienaventurados los ojos de ustedes porque ven y los oídos de ustedes porque oyen.
En verdad les digo que muchos profetas y justos desearon ver lo que ustedes ven y no lo vieron, y oír lo que ustedes oyen y no lo oyeron».

Palabra del Señor.

 

 

1

 

Queridos hermanos:

Hay personas que tienen ojos, pero no alcanzan a ver; tienen oídos, pero no logran escuchar. No se trata de una limitación física, sino de una cerrazón interior. Podemos oír muchas veces la Palabra de Dios y, sin embargo, permitir que pase junto a nosotros sin tocar nuestra vida.

En la primera lectura, el profeta Jeremías recuerda la historia de amor entre Dios y su pueblo. El Señor lo condujo a una tierra fértil, lo cuidó y le entregó sus dones. Pero el pueblo se olvidó de preguntarse: «¿Dónde está el Señor?». Incluso quienes debían orientar a los demás —sacerdotes, maestros y profetas— se alejaron de Él.

Entonces Dios denuncia dos males: «Me abandonaron a mí, fuente de agua viva, y se cavaron cisternas agrietadas que no retienen el agua». Esta imagen describe también una tentación muy actual. El corazón humano tiene sed de amor, de sentido, de paz y de felicidad; pero muchas veces busca saciarla en cisternas rotas: el dinero, el poder, la apariencia, el placer pasajero, la aprobación de los demás o el uso desordenado de las redes sociales. Son realidades que pueden distraernos momentáneamente, pero no llenan el corazón.

Solo Dios es la fuente de agua viva. Como proclama el salmo: «En ti está la fuente de la vida y tu luz nos hace ver la luz». Cuando nos acercamos a Él, no solamente recibimos vida, sino también una luz nueva para comprender quiénes somos y cómo debemos vivir.

En el Evangelio, Jesús explica por qué habla mediante parábolas. Los misterios del Reino no están reservados a una élite intelectual ni dependen únicamente de la inteligencia. Se revelan a quienes se acercan con humildad, interés y disponibilidad. El problema no es que Dios se niegue a hablar, sino que muchas veces nosotros endurecemos el corazón.

Por eso Jesús dice: «Dichosos sus ojos porque ven y sus oídos porque oyen». Los discípulos son bienaventurados no porque lo comprendan todo inmediatamente, sino porque permanecen junto al Maestro, le preguntan y desean aprender. La fe comienza precisamente allí: cuando dejamos de creer que ya lo sabemos todo y permitimos que Jesús nos enseñe.

También nosotros necesitamos salir de nuestros esquemas. Podemos haber reducido la fe a costumbres, normas o celebraciones realizadas por rutina. Podemos escuchar el Evangelio y pensar que siempre se refiere a los demás. Pero la Palabra quiere entrar en nuestra historia concreta, cuestionar nuestras decisiones y transformar nuestra manera de relacionarnos.

Preguntémonos: ¿de qué fuente estoy bebiendo? ¿Busco en Dios la paz y el sentido de mi vida, o intento llenar mi corazón con cisternas agrietadas? ¿Escucho verdaderamente la Palabra o solo la oigo sin dejarme cambiar?

Pidamos al Señor que cure nuestra sordera y nuestra ceguera interiores. Que nos dé ojos para reconocer su presencia, oídos para acoger su Palabra y un corazón humilde para regresar a Él. Solo entonces podremos experimentar la verdad anunciada por el salmista: en Dios está la fuente de la vida y en su luz aprendemos a ver la luz. Amén.

 

2

 

Homilía: Que se descorra el velo del corazón

 

Queridos hermanos:

Los discípulos se acercan hoy a Jesús y le preguntan: «¿Por qué les hablas en parábolas?». El Señor responde que a ellos se les ha concedido conocer los misterios del Reino de los cielos; pero también advierte que algunos «miran sin ver y oyen sin escuchar ni entender».

Podemos tener los ojos abiertos y no descubrir lo verdaderamente importante. Podemos escuchar muchas veces la Palabra de Dios y no permitir que penetre en el corazón. Ver es más que usar los ojos, y escuchar es mucho más que percibir sonidos. Para comprender las cosas de Dios necesitamos un corazón receptivo, humilde y atento a la gracia.

Cuando el corazón se abre a Dios, la mente comienza a contemplar la vida desde su perspectiva. Este es el don de la sabiduría: no consiste simplemente en acumular conocimientos, sino en reconocer la verdad de Dios, descubrir su presencia y orientar toda la existencia hacia Él. Entonces se descorre el velo, los misterios de la fe comienzan a iluminarse y brotan la paz, el asombro y la gratitud.

Las parábolas son como velos sagrados: al mismo tiempo esconden y revelan los misterios divinos. Para quien es humilde, dócil al Espíritu Santo y deseoso de encontrar la verdad, se convierten en ventanas luminosas abiertas hacia el corazón de Dios. Pero para quien permanece indiferente o endurecido, la verdad continúa oculta.

Sin embargo, ese ocultamiento no significa que Jesús rechace a nadie. La parábola es también una invitación a buscar, preguntar y profundizar. Es como un regalo envuelto cuidadosamente: su belleza despierta el deseo de abrirlo y descubrir lo que contiene. Jesús no quiere alejarnos del misterio, sino provocar en nosotros una santa curiosidad y una sed más profunda de Dios.

La primera lectura nos ayuda a comprender qué ocurre cuando se pierde esa sed. Por medio del profeta Jeremías, Dios recuerda con ternura el amor inicial de su pueblo, cuando lo seguía por el desierto. El Señor lo condujo a una tierra fértil y le concedió abundantes frutos; pero el pueblo se olvidó de Él. Incluso quienes tenían la misión de enseñar, orientar y profetizar dejaron de preguntarse: «¿Dónde está el Señor?».

Entonces Dios pronuncia una de las imágenes más conmovedoras de la Escritura: «Me abandonaron a mí, fuente de agua viva, y se cavaron cisternas agrietadas que no retienen el agua».

El drama del pueblo no fue solamente haber incumplido algunas normas, sino abandonar la fuente. Cambió al Dios vivo por realidades incapaces de calmar su sed. También nosotros podemos buscar la felicidad, la seguridad y el sentido de la vida en cisternas rotas: el dinero, la apariencia, el reconocimiento, el poder, el placer pasajero o la aprobación de los demás. Todo eso puede distraernos por un momento, pero no puede saciar definitivamente nuestro corazón.

El salmo nos recuerda dónde se encuentra la verdadera fuente: «En ti está la fuente viva y tu luz nos hace ver la luz». Solo la luz de Dios nos permite ver con claridad. Sin ella podemos confundir lo pasajero con lo eterno, el éxito con la fecundidad, la comodidad con la felicidad y nuestra propia voluntad con la voluntad divina.

Jesús no se resigna ante la dureza del corazón humano. Cuando cita al profeta Isaías y dice que el corazón del pueblo se ha vuelto insensible, no está condenando con desprecio, sino lamentando con amor. Por eso continúa enseñando y sembrando generosamente su Palabra. Aunque encuentre terrenos duros, pedregosos o llenos de espinas, no deja de sembrar. Confía en que incluso el corazón más cerrado puede abrirse a la gracia.

Esta perseverancia de Jesús ilumina la obra evangelizadora de la Iglesia. Evangelizar es continuar sembrando la Palabra, incluso cuando no vemos inmediatamente sus frutos. Es anunciar con paciencia, enseñar con claridad, acompañar con misericordia y confiar en la acción silenciosa del Espíritu Santo. La Iglesia no puede cansarse de ofrecer el agua viva a una humanidad que muchas veces intenta calmar su sed en cisternas agrietadas.

Hoy oramos especialmente por esta misión evangelizadora y por las vocaciones. Necesitamos sacerdotes, diáconos, religiosos, religiosas, misioneros, catequistas, matrimonios y jóvenes dispuestos a escuchar la voz del Señor y a convertirse en sembradores de su Palabra. Toda vocación comienza cuando alguien deja de oír superficialmente y empieza a escuchar con el corazón. Comienza cuando una persona permite que se descorra el velo y pregunta sinceramente: «Señor, ¿qué quieres de mí? ¿Dónde y cómo deseas que te sirva?».

Pidamos también que quienes ya hemos recibido una vocación no nos apartemos de la fuente. Podemos hablar mucho de Dios y, sin embargo, descuidar nuestra relación personal con Él. Podemos servir en la Iglesia y terminar buscando el reconocimiento, la comodidad o nuestros propios intereses. El profeta nos invita a volver siempre a la fuente del agua viva, porque nadie puede llevar a otros hasta Dios si él mismo ha dejado de beber de su gracia.

Examinemos hoy nuestro corazón: ¿estamos verdaderamente abiertos a las verdades profundas de Dios o nos conformamos con escuchar superficialmente? ¿Qué cisternas agrietadas hemos construido? ¿Permitimos que la Palabra nos interrogue, nos convierta y oriente nuestras decisiones? ¿Estamos disponibles para la misión que el Señor quiera confiarnos?

No nos desanimemos si encontramos dureza, distracciones o resistencias en nuestro interior. Cristo sigue sembrando y no se cansa de nosotros. Solo nos pide recibir su Palabra con humildad y permitirle echar raíces.

Señor de la verdad eterna, descorre el velo de nuestros ojos y oídos. Danos ojos para ver, oídos para escuchar y un corazón abierto para comprender. Inunda nuestra vida con la luz de tu verdad. Renueva la obra evangelizadora de tu Iglesia y suscita numerosas y santas vocaciones al sacerdocio, a la vida consagrada, a la familia cristiana y al servicio misionero. Que, unidos a ti, fuente de agua viva, llevemos tu Palabra y tu amor a quienes tienen sed de esperanza. Amén.

martes, 21 de julio de 2026

22 de julio del 2026: Fiesta de santa María Magdalena

 

Testigo de la fe:

Santa María Magdalena

Siglo I.

Nacida en Magdala, junto al lago de Tiberíades, permaneció al pie de la cruz durante la muerte de Jesús. Al tercer día encontró el sepulcro vacío y permaneció allí, llorando, buscando a aquel a quien amaba su corazón. El Resucitado se le manifestó llamándola por su nombre: «¡María!». Entonces su tristeza se transformó en alegría y su búsqueda se convirtió en misión. Enviada a los discípulos para anunciarles: «He visto al Señor», María Magdalena llegó a ser la apóstol de los Apóstoles, testigo de la victoria de la vida sobre la muerte.

En esta fiesta, pidamos la gracia de buscar a Cristo con perseverancia, reconocer su voz cuando nos llama personalmente y convertirnos también nosotros en mensajeros gozosos de su resurrección.

 

 

Paso a paso

(Juan 20,1-2.11-18) La aparición del Resucitado a María está centrada en un proceso de reconocimiento que se realiza por etapas. Se necesita tiempo para reconocer a Cristo presente y actuando en nuestra vida. María ve primero el sepulcro vacío, luego a los ángeles y, finalmente, al mismo Jesús, pero lo confunde con el jardinero. Solo cuando Él la llama por su nombre —«¡María!»— se abren sus ojos y su corazón.

La fe pascual nace muchas veces de esta manera: en medio de las lágrimas, las dudas y la búsqueda. Jesús sale a nuestro encuentro con paciencia, nos llama personalmente y transforma nuestra tristeza en misión. Como María Magdalena, somos enviados a anunciar con alegría: «He visto al Señor».

 G.Q


Primera lectura

Cant 3, 1-4b (opción 1)

Encontré al amor de mi alma

Lectura del libro del Cantar de los Cantares.


ESTO dice la esposa:
«En mi lecho, por la noche,
buscaba al amor de mi alma;
lo buscaba, y no lo encontraba.
“Me levantaré y rondaré por la ciudad,
por las calles y las plazas,
buscaré al amor de mi alma”.
Lo busqué y no lo encontré.
Me encontraron los centinelas
que hacen la ronda por la ciudad.
“¿Han visto al amor de mi alma?”.
En cuanto los hube pasado,
encontré al amor de mi alma».

Palabra de Dios.



2 Cor 5, 14-17 (opción 2)

Ahora ya no conocemos a Cristo según la carne

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Corintios.

HERMANOS:
Nos apremia el amor de Cristo al considerar que, si uno murió por todos, todos murieron.
Y Cristo murió por todos, para que los que viven ya no vivan para sí, sino para el que murió y resucitó por ellos.
De modo que nosotros desde ahora no conocemos a nadie según la carne; si alguna vez conocimos a Cristo según la carne, ahora ya no lo conocemos así.
Por tanto, si alguno está en Cristo es una criatura nueva. Lo viejo ha pasado, ha comenzado lo nuevo.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 62, 2. 3-4. 5-6. 8-9 (R.: cf. 2b)

R. Mi alma está sedienta de ti, Dios mío.

V. Oh, Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo,
mi alma está sedienta de ti;
mi carne tiene ansia de ti,
como tierra reseca, agostada, sin agua.
 R.

V. ¡Cómo te contemplaba en el santuario
viendo tu fuerza y tu gloria!
Tu gracia vale más que la vida,
te alabarán mis labios. 
R.

V. Toda mi vida te bendeciré
y alzaré las manos invocándote.
Me saciaré de manjares exquisitos,
y mis labios te alabarán jubilosos. 
R.

V. Porque fuiste mi auxilio,
y a la sombra de tus alas canto con júbilo.
Mi alma está unida a ti,
y tu diestra me sostiene. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. «¿Qué has visto de camino, María, en la mañana?» «A mi Señor glorioso, la tumba abandonada». R.

 

Evangelio

Jn 20, 1-2. 11-18

Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quién buscas?

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

EL primer día de la semana, María la Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro.
Echó a correr y fue donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo:
«Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto».
Estaba María fuera, junto al sepulcro, llorando. Mientras lloraba, se asomó al sepulcro y vio dos ángeles vestidos de blanco, sentados, uno a la cabecera y otro a los pies, donde había estado el cuerpo de Jesús.
Ellos le preguntan:
«Mujer, ¿por qué lloras?».
Ella les contesta:
«Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto».
Dicho esto, se vuelve y ve a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús.
Jesús le dice:
«Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quién buscas?».
Ella, tomándolo por el hortelano, le contesta:
«Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré».
Jesús le dice:
«¡María!».
Ella se vuelve y le dice:
«¡Rabbuní!», que significa: «¡Maestro!».
Jesús le dice:
«No me retengas, que todavía no he subido al Padre. Pero, anda, ve a mis hermanos y diles: “Subo al Padre mío y Padre de ustedes, al Dios mío y Dios de ustedes”».
María la Magdalena fue y anunció a los discípulos:
«He visto al Señor y ha dicho esto».

Palabra del Señor.

 

1

 

«He visto al Señor»

 

Queridos hermanos:

La fiesta de santa María Magdalena nos presenta a una mujer que busca, llora, persevera y, finalmente, reconoce al Señor resucitado. Su camino de fe no ocurre de manera inmediata, sino paso a paso. María llega al sepulcro, descubre que la piedra ha sido removida, permanece allí llorando, ve a los ángeles y, después, contempla al mismo Jesús, aunque al comienzo lo confunde con el jardinero.

Solo cuando Jesús la llama por su nombre —«¡María!»— se abren sus ojos y su corazón. Aquel que parecía ausente estaba muy cerca de ella. Aquel a quien buscaba entre los muertos estaba vivo y venía a su encuentro.

También nosotros atravesamos momentos en los que nos cuesta reconocer la presencia de Dios. El dolor, la enfermedad, la soledad, la pérdida de un ser querido, las preocupaciones y las heridas interiores pueden nublar nuestra mirada. Podemos sentir que Dios está lejos o que no escucha nuestra oración. Sin embargo, el Evangelio nos recuerda que Cristo resucitado se acerca incluso cuando no somos capaces de reconocerlo. Él permanece junto a nuestras lágrimas y nos llama personalmente por nuestro nombre.

La primera lectura del Cantar de los Cantares expresa el deseo profundo del corazón creyente: «En mi lecho, por la noche, buscaba al amor de mi alma». María Magdalena es precisamente esa mujer que busca al amado de su alma. Lo busca en la oscuridad, lo busca entre lágrimas y no se resigna a su ausencia. Su perseverancia es premiada con el encuentro.

Esta lectura nos enseña que la fe también es deseo y búsqueda. No siempre sentimos inmediatamente el consuelo de Dios, pero estamos llamados a seguir buscándolo, a no abandonar la oración y a no permitir que la oscuridad apague nuestra esperanza. Quien busca sinceramente al Señor termina descubriendo que Él ya estaba buscándolo primero.

La otra opción de la primera lectura, tomada de la segunda carta a los Corintios, nos dice: «El amor de Cristo nos apremia». Ese amor fue el que sostuvo a María Magdalena al pie de la cruz y la llevó de madrugada hasta el sepulcro. No fue la curiosidad, sino el amor. Y cuando se encuentra con Cristo resucitado, ese mismo amor la convierte en misionera.

San Pablo afirma también que quien está en Cristo es una criatura nueva. María Magdalena experimenta esta transformación: llega al sepulcro como una mujer que llora y sale de allí como testigo de la Resurrección. Llega buscando un cuerpo muerto y regresa proclamando: «He visto al Señor».

El encuentro con Cristo no elimina mágicamente todos los problemas, pero cambia nuestra manera de vivirlos. El dolor no tiene ya la última palabra. La enfermedad no puede destruir nuestra dignidad. Las lágrimas no son inútiles. La muerte no es el final. En Cristo resucitado comienza una creación nueva.

El salmo expresa la sed más profunda del ser humano: «Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío». Hay una sed del cuerpo que se calma con agua, pero existe también una sed del alma: sed de consuelo, de paz, de sentido, de perdón, de compañía y de esperanza.

Muchos hermanos nuestros viven hoy con esa sed. Algunos sufren en el cuerpo por la enfermedad, el cansancio, el dolor crónico o las limitaciones de la edad. Otros sufren en el alma por la tristeza, la angustia, la depresión, el duelo, el abandono o los conflictos familiares. Quizá algunos sonríen exteriormente, pero por dentro llevan una herida profunda.

Hoy queremos ponerlos a todos en la presencia del Señor. Pedimos por quienes sufren en el cuerpo, para que reciban alivio, atención médica, paciencia y la cercanía de sus familias. Oramos también por quienes sufren en el alma, para que encuentren personas capaces de escucharlos, acompañarlos y ayudarles a recuperar la esperanza.

El Resucitado no se muestra indiferente ante las lágrimas de María. Le pregunta: «Mujer, ¿por qué lloras?». Esta pregunta no es un reproche. Es la expresión de la ternura de Dios. Jesús conoce nuestras lágrimas, pero quiere que abramos ante Él nuestro corazón. Nos invita a decirle dónde nos duele, qué hemos perdido, qué nos preocupa y qué estamos buscando.

Después del encuentro, Jesús dice a María: «Ve a mis hermanos». La experiencia de la fe no puede quedar encerrada en nosotros mismos. Quien ha sido consolado está llamado a consolar. Quien ha recibido esperanza debe llevar esperanza. Quien ha encontrado al Señor debe anunciarlo.

Santa María Magdalena se convierte así en la apóstol de los apóstoles. No pronuncia un discurso complicado. Simplemente comparte su experiencia: «He visto al Señor». La evangelización comienza muchas veces de este modo: contando con sencillez lo que Dios ha hecho en nuestra vida.

Pidamos hoy la intercesión de santa María Magdalena. Que ella nos enseñe a buscar al Señor con perseverancia, incluso en medio de la oscuridad. Que nos ayude a reconocer su voz cuando nos llama por nuestro nombre. Que sostenga a quienes sufren en el cuerpo y en el alma, y que haga de cada uno de nosotros mensajeros de consuelo, esperanza y resurrección.

Que al acercarnos hoy a la Eucaristía podamos reconocer a Cristo vivo, presente y cercano, y salgamos también nosotros a proclamar con alegría:

«He visto al Señor».

Amén.

 

 

2

 

Un corazón que busca al Amado

 

Queridos hermanos:

La fiesta de santa María Magdalena nos permite contemplar una de las historias más hermosas de transformación, gratitud y amor en todo el Evangelio. Ella pasó de una vida profundamente herida a convertirse en discípula fiel, testigo de la cruz y primera mensajera de la Resurrección.

El Evangelio nos dice que María Magdalena había sido liberada por Jesús de siete demonios. Algunos Padres de la Iglesia interpretaron ese número como signo de una opresión profunda y completa. Sin embargo, debemos evitar identificarla sin fundamento con la mujer pecadora o con la adúltera, pues los Evangelios no lo afirman expresamente. Lo que sí sabemos es que Jesús la había liberado de una situación dolorosa y oscura, y que aquella experiencia de misericordia despertó en ella un amor inmenso hacia el Señor.

María sabía de dónde la había sacado Jesús. Conocía la oscuridad de la que había sido rescatada, y por eso valoraba la luz recibida. La persona que ha experimentado verdaderamente la misericordia de Dios no puede permanecer indiferente. Cuando descubrimos que hemos sido perdonados, levantados y restaurados, comienza a brotar dentro de nosotros una gratitud nueva.

De esa gratitud nació la fidelidad de María Magdalena.

Ella permaneció cerca de Jesús durante su pasión. Estuvo al pie de la cruz, acompañando a la Virgen María, al discípulo amado y a las otras mujeres. No huyó cuando las cosas se hicieron difíciles. No abandonó al Maestro cuando fue despreciado, condenado y crucificado.

Quizá aquella valentía provenía de una certeza muy íntima: aquel hombre que ahora sufría en la cruz era quien le había devuelto la vida. ¿Cómo abandonarlo precisamente en la hora del dolor? El amor agradecido sabe permanecer. No ama solamente cuando todo sale bien, sino también cuando llega la cruz, cuando desaparecen las seguridades y cuando parece que la esperanza se apaga.

El Evangelio comienza diciendo que María fue al sepulcro temprano, cuando todavía estaba oscuro. Esa oscuridad no era solo exterior. También había oscuridad en su corazón. Jesús había muerto. El Maestro había sido sepultado. Todo parecía terminado.

Pero María no se queda inmóvil. El amor la pone en camino.

La primera lectura, tomada del Cantar de los Cantares, expresa admirablemente lo que sucede en su interior: «En mi lecho, por las noches, buscaba al amor de mi alma; lo busqué y no lo encontré». La esposa del Cantar se levanta, recorre la ciudad, atraviesa calles y plazas preguntando: «¿Han visto al amor de mi alma?».

María Magdalena es, en esta fiesta, imagen de esa alma enamorada que busca a su Señor. No se resigna a la ausencia. No acepta fácilmente la idea de haberlo perdido. Su corazón tiene una sola preocupación: encontrarlo.

El Cantar continúa diciendo: «Apenas los había pasado, encontré al amor de mi alma». También María llegará a ese encuentro, pero no de manera inmediata. Su camino será gradual. Primero ve la piedra removida. Luego avisa a Pedro y al discípulo amado. Después regresa al sepulcro y permanece allí llorando. Más tarde contempla a los ángeles y finalmente ve a Jesús, aunque no lo reconoce.

La fe pasa muchas veces por ese mismo proceso. Buscamos, preguntamos, lloramos, esperamos. Dios está cerca, pero no siempre lo reconocemos enseguida. Su presencia puede estar velada por nuestras lágrimas, nuestros temores o nuestras ideas preconcebidas.

María piensa que Jesús es el jardinero. Él le pregunta: «Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?». Esta pregunta llega también hoy hasta nosotros: ¿a quién buscamos realmente? ¿Qué desea nuestro corazón? ¿Buscamos a Dios mismo o solo los beneficios que podemos recibir de Él?

El salmo responde con una confesión profundamente espiritual: «Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo; mi alma está sedienta de ti». María madruga porque tiene sed de Cristo. Su cuerpo se dirige al sepulcro porque toda su alma busca al Señor.

«Mi alma está sedienta de ti; mi carne tiene ansia de ti, como tierra reseca, agostada, sin agua». Esta imagen expresa el deseo de un corazón que ha descubierto que nada puede sustituir a Dios. Podemos llenar nuestra vida de ocupaciones, bienes, reconocimientos y entretenimientos, pero la sed más profunda del alma solo puede ser calmada por el Señor.

El salmista añade: «Tu gracia vale más que la vida». María Magdalena había comprendido esta verdad. Haber conocido a Jesús, haber sido sanada y haber recibido su misericordia valía más que cualquier otra cosa. Por eso lo busca con tanta intensidad.

Los apóstoles regresaron a casa después de ver el sepulcro vacío. María, en cambio, permaneció. Ese pequeño detalle es muy importante. Ella se quedó llorando, amando y esperando. Su perseverancia preparó el encuentro.

En ocasiones abandonamos demasiado pronto. Dejamos la oración porque no sentimos nada. Nos desanimamos porque no recibimos una respuesta inmediata. Pensamos que Dios no nos escucha porque no actúa como esperábamos. María Magdalena nos enseña a permanecer.

Ella permanece incluso delante del vacío. Permanece, aunque no comprenda. Permanece porque ama.

Cuando los ángeles le preguntan por qué llora, su respuesta revela todo su corazón: «Se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto». No dice simplemente «se han llevado el cuerpo». Dice: «Se han llevado a mi Señor». Hay en estas palabras una relación personal y profunda.

La fe cristiana no consiste solamente en aceptar unas verdades o cumplir unas normas. Es una relación viva con Jesucristo. Él no es únicamente el Señor, sino «mi Señor»: aquel que me conoce, me llama, me perdona y me acompaña.

Incluso cuando Jesús aparece delante de ella, María todavía no lo reconoce. Sus ojos están llenos de lágrimas y su pensamiento sigue centrado en encontrar un cadáver. Ella busca a Jesús, pero lo busca todavía entre los muertos.

Entonces ocurre el momento decisivo. Jesús pronuncia una sola palabra: «¡María!».

No necesita explicar nada. No necesita demostrar nada. Basta la manera personal y amorosa con la que pronuncia su nombre. Aquella voz atraviesa la tristeza, rompe la confusión y despierta la fe.

María responde: «¡Rabbuní!», que significa «Maestro mío».

El Resucitado llama a cada persona por su nombre. Para Él no somos un número, una multitud anónima o un caso más. Él conoce nuestra historia, nuestras heridas, nuestras luchas y nuestros anhelos. Nos llama personalmente para abrir nuestros ojos y hacernos descubrir que está vivo y presente.

María quiere aferrarse a Jesús, pero el Señor la envía: «Ve a mis hermanos y diles…». El amor verdadero no encierra a Cristo para sí mismo. Quien ha encontrado al Señor es enviado a anunciarlo.

Así, aquella mujer que había sufrido una profunda esclavitud se convierte en apóstol de los apóstoles. Llega llorando al sepulcro y sale proclamando: «He visto al Señor». La gracia no solo la sana, sino que la convierte en testigo.

Esta es la obra de Dios. Él puede tomar una vida herida y convertirla en anuncio de esperanza. Puede transformar las lágrimas en misión, la esclavitud en libertad y la oscuridad en testimonio de resurrección.

Hoy podemos preguntarnos: ¿conservo la gratitud por todo lo que el Señor ha hecho en mi vida? ¿Lo busco con el deseo de María Magdalena? ¿Permanezco fiel cuando parece que no encuentro respuestas? ¿Reconozco su voz cuando me llama por mi nombre?

Santa María Magdalena nos invita a no vivir una fe fría, rutinaria o distante. Nos enseña a tener un corazón enamorado de Cristo, un corazón que madruga para buscarlo, que permanece junto a Él en la cruz y que no se resigna ante el sepulcro vacío.

Pidamos al Señor que despierte en nosotros la misma sed expresada por el salmo: «Mi alma está sedienta de ti». Que podamos buscarlo como la esposa del Cantar: «Busqué al amor de mi alma». Y que, al escuchar nuestra propia llamada, podamos responder como María Magdalena:

«¡Rabbuní! ¡Maestro mío!».

Señor Jesús, gracias por la libertad que nos has concedido, por el perdón de nuestros pecados y por la gracia que restaura nuestra vida. Haz que todo nuestro ser sea atraído por tu amor. Danos un corazón que te busque con perseverancia y que permanezca fiel aun en medio de la oscuridad. Pronuncia nuestro nombre, abre nuestros ojos y permítenos reconocerte vivo y presente. Y, como santa María Magdalena, haznos mensajeros de tu Resurrección.

Amén.

 ************


22 de julio: Santa María Magdalena — Fiesta


Siglo I


Patrona de: farmacéuticos, contemplativos, conversos, guanteros, peluqueros, pecadores penitentes, personas ridiculizadas por su piedad, perfumeros, prostitutas reformadas, curtidores, mujeres.
Invocada contra: tentaciones sexuales





📖 Cita:

Jesús le dijo:
—«Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?»
Ella, pensando que era el jardinero, le dijo:
—«Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo me lo llevaré.»
Jesús le dijo:
—«¡María!»
Ella se volvió y le dijo en hebreo:
—«¡Rabbuní!», que significa
Maestro.
Jesús le dijo:
—«No me retengas, porque todavía no he subido al Padre. Pero ve a mis hermanos y diles: “Subo a mi Padre y Padre vuestro, a mi Dios y Dios vuestro.”»
Entonces María de Magdala fue y anunció a los discípulos:
—«¡He visto al Señor!» y contó lo que Él le había dicho.
~ Juan 20,11–18


💭 Reflexión:

Santa María Magdalena, también conocida como la Magdalena o María de Magdala, probablemente lleva su nombre del bullicioso pueblo pesquero de Magdala, situado en la costa occidental del Mar de Galilea. Toda la información sobre María proviene de los Evangelios. En Lucas 8,1–3 se la presenta como una de las muchas mujeres que acompañaban a Jesús y a los Doce, proveyéndoles con sus propios recursos. Se dice que estas mujeres fueron “curadas de espíritus malignos y enfermedades”, y específicamente se indica que María fue liberada de “siete demonios”.

Ser liberada de siete demonios tiene implicaciones significativas. Podría significar que María fue realmente poseída, obsesionada u oprimida por siete demonios distintos. El número siete también simboliza la plenitud o totalidad, lo que implica que pudo haber estado completamente poseída o que su liberación fue una liberación perfecta. Es decir, que nunca regresó a los pecados de los que Jesús la rescató. Algunos sugieren que los siete demonios representan los siete pecados capitales, lo cual implicaría que María había cometido graves transgresiones en cada uno de ellos y fue liberada de todos esos hábitos pecaminosos.

En el capítulo anterior del Evangelio de Lucas, Lucas 7,36–50, se narra la historia de una mujer pecadora anónima que interrumpe una cena a la que asistía Jesús en casa de Simón el fariseo. No se nombra el pecado de esta mujer, pero su arrepentimiento es claro. Trae consigo un “frasco de alabastro con perfume”, se coloca detrás de Jesús, llora, lava sus pies con lágrimas, los seca con su cabello y los unge con el perfume. Después de una conversación con Simón, que juzgaba tanto a la mujer como a Jesús en su interior, el Señor dice:
“Se le han perdonado muchos pecados, porque ha mostrado mucho amor.”
Y luego le dice a ella: “Tus pecados están perdonados... Vete en paz.”

A lo largo de los siglos, muchos han presumido que esta mujer pecadora era María Magdalena. Aunque es posible, y algunos lo consideran probable, no hay manera definitiva de saberlo. Esta mujer pecadora podría haber sido María de Betania, la hermana de Lázaro y Marta. Podría haber sido otra mujer no mencionada en otros pasajes bíblicos, o una de las muchas mujeres que acompañaban a Jesús.

La segunda vez que se menciona explícitamente a María Magdalena en la Biblia es en la crucifixión de Jesús. Mateo, Marcos y Lucas afirman que ella y otras mujeres estaban presentes, observando desde cierta distancia. El Evangelio de Juan, sin embargo, dice que estaba junto a la cruz, cerca de la madre de Jesús y de su tía:
“Estaban junto a la cruz de Jesús su madre, la hermana de su madre, María, esposa de Cleofás, y María de Magdala” (Jn 19,25).

La tercera vez que aparece es después de la Resurrección. Mateo, Marcos y Lucas indican que fue al sepulcro temprano el domingo para ungir el cuerpo de Jesús, acompañada por otras mujeres. El Evangelio de Juan, sin embargo, dice que fue sola, encontró la piedra removida y el cuerpo de Jesús ausente. Corrió entonces a avisar a Pedro y a Juan, quienes encontraron el sepulcro tal como ella lo describió. Ellos se marcharon, pero María permaneció llorando junto al sepulcro.

Dos ángeles se le aparecen dentro del sepulcro. Luego se da la vuelta y ve a alguien que confunde con el jardinero. Le pregunta si él ha tomado el cuerpo de Jesús. En ese momento, Jesús le dice su nombre: “¡María!”, y ella lo reconoce. Jesús le dice:
“No me retengas, porque aún no he subido al Padre. Pero ve a mis hermanos y diles: ‘Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios’” (Jn 20,17).
Entonces, María va rápidamente y anuncia a los discípulos que ha visto al Señor.

Debido a que fue María quien fue enviada primero a anunciar la Resurrección de Cristo, Santo Tomás de Aquino la llamó “Apóstol de los Apóstoles”. Aunque se puede inferir de la Escritura que María Magdalena fue la primera en ver al Señor resucitado, algunos sostienen que Jesús apareció primero a su propia Madre, la Virgen María, aunque los Evangelios no lo mencionan explícitamente. El Papa San Juan Pablo II se refirió a esto, diciendo:

“Es legítimo pensar que la Madre fue probablemente la primera persona a quien se apareció Jesús resucitado. ¿No podría su ausencia en el grupo de mujeres que fue al sepulcro indicar que ya se había encontrado con Él?” (Audiencia general, 3 de abril de 1996).

Nada más se sabe con certeza sobre María Magdalena después de estos relatos bíblicos. Una antigua tradición sostiene que acompañó a Juan y a la Virgen María a Éfeso, donde pasó el resto de sus días.


🌟 Celebramos hoy la misericordia sin límites de Dios.

El encuentro con Jesús cambió la vida de María para siempre. Jesús no dudó en asociarse con esta mujer liberada de siete demonios. De la misma manera, Jesús nunca duda en unirse a quienes se arrepienten sinceramente de sus pecados, sin importar su pasado.

La vida de María nos dice que hay esperanza para todos. Antes de su transformación, muchos probablemente la consideraban sin remedio. Pero Jesús no la descartó, y tampoco descarta a nadie.

En el año 2016, el Papa Francisco elevó la memoria de Santa María Magdalena al rango de fiesta en el calendario litúrgico. Lo hizo durante el Jubileo Extraordinario de la Misericordia, para resaltar la importancia del papel de Santa María Magdalena en los Evangelios, la profundidad de su amor por Cristo, y destacar la Divina Misericordia de Dios.


🙏 Oración

Santa María Magdalena,
tú viviste una vida de pecado,
pero al encontrarte con Jesús,
te arrepentiste y lo seguiste.

Fuiste fiel a Él durante todo su ministerio
y fuiste testigo de su muerte y resurrección.
Ruega por mí,
para que siempre tenga el valor de arrepentirme de mis pecados
y permanecer contigo al pie de la cruz,
para que también pueda ser testigo de los efectos transformadores
de la Resurrección.

Santa María Magdalena, ruega por mí.
Jesús, en Ti confío.

lunes, 20 de julio de 2026

21 de julio del 2026: martes de la decimosexta semana del tiempo ordinario II- San Lorenzo de Brindis, Obispo y Doctor de la Iglesia

 

Santo del día:

San Lorenzo de Brindis, Obispo y Doctor de la Iglesia


1559-1619

Monje capuchino, Doctor de la Iglesia, originario de Brindisi, en el sur de Italia. Potente predicador, difundió las enseñanzas del Concilio de Trento y trabajó por la renovación de la Iglesia. 

Gracias a su talento como políglota, este religioso capuchino fue llamado a predicar por toda Europa, especialmente en Alemania. En 1959, el papa san Juan XXIII lo proclamó doctor de la Iglesia.



Dios único

(Miqueas 7,14-15.18-20) La oración del profeta da testimonio del Dios en quien Israel ha puesto su fe: un Dios que conduce a su pueblo como un pastor, que se complace en manifestar su bondad y en ejercer la misericordia. No conserva para siempre su ira, sino que perdona las culpas, olvida las ofensas y arroja nuestros pecados al fondo del mar. Único es este Dios, fiel a su Alianza, que levanta a su pueblo y le abre siempre un camino de esperanza.

 


Primera lectura

Miq 7, 14-15. 18-20
Arrojará nuestros pecados a lo hondo del mar

Lectura de la profecía de Miqueas.

PASTOREA a tu pueblo, Señor, con tu cayado,
al rebaño de tu heredad,
que anda solo en la espesura,
en medio del bosque;
que se apaciente como antes
en Basán y Galaad.
Como cuando saliste de Egipto,
les haré ver prodigios.
¿Qué Dios hay como tú,
capaz de perdonar el pecado,
de pasar por alto la falta
del resto de tu heredad?
No conserva para siempre su cólera,
pues le gusta la misericordia.
Volverá a compadecerse de nosotros,
destrozará nuestras culpas,
arrojará nuestros pecados
a lo hondo del mar.
Concederás a Jacob tu fidelidad
y a Abrahán tu bondad,
como antaño prometiste a nuestros padres.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 84, 2-4. 5-6. 7-8 (R.: 8a)

R. Muéstranos, Señor, tu misericordia.

V. Señor, has sido bueno con tu tierra,
has restaurado la suerte de Jacob,
has perdonado la culpa de tu pueblo,
has sepultado todos sus pecados,
has reprimido tu cólera,
has frenado el incendio de tu ira.
 R.

V. Restáuranos, Dios Salvador nuestro;
cesa en tu rencor contra nosotros.
¿Vas a estar siempre enojado,
o a prolongar tu ira de edad en edad?
 R.

V. ¿No vas a devolvernos la vida,
para que tu pueblo se alegre contigo?
Muéstranos, Señor, tu misericordia
y danos tu salvación. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. El que me ama guardará mi palabra —dice el Señor—,
y mi Padre lo amará, y vendremos a él. 
R.

 

Evangelio

Mt 12, 46-50

Extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: «Estos son mi madre y mis hermanos»

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, estaba Jesús hablando a la gente, cuando su madre y sus hermanos se presentaron fuera, tratando de hablar con él.
Uno se lo avisó:
«Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren hablar contigo».
Pero él contestó al que le avisaba:
«¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?».
Y, extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo:
«Estos son mi madre y mis hermanos. El que haga la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre».

Palabra del Señor.

 

 

 

1

 

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios nos invita hoy a contemplar tres grandes dones: la misericordia de Dios, la pertenencia a su familia y la gratitud hacia quienes nos hacen el bien.

En la primera lectura, el profeta Miqueas eleva una hermosa oración: «Pastorea a tu pueblo con tu cayado». Israel reconoce que necesita ser conducido, protegido y alimentado por Dios. Es la súplica de un pueblo consciente de sus debilidades, pero también confiado en la bondad del Señor.

Luego, el profeta formula una pregunta llena de admiración: «¿Qué Dios hay como tú, que perdonas el pecado y absuelves la culpa?». No se trata simplemente de afirmar que Dios existe, sino de proclamar que ningún otro es como Él. Nuestro Dios no se complace en condenar ni conserva eternamente su enojo; se complace en la misericordia. Él vuelve a compadecerse de nosotros, pisa nuestras culpas y arroja nuestros pecados al fondo del mar.

Esta imagen es muy consoladora. Cuando Dios perdona, no guarda nuestros pecados para echárnoslos en cara más adelante. Los arroja a lo profundo del mar. Somos nosotros quienes, a veces, seguimos buceando para recuperarlos: recordamos continuamente nuestros errores, alimentamos sentimientos de culpa o mantenemos vivas las ofensas de los demás. Dios nos invita a recibir su perdón y también a perdonarnos, a reconciliarnos con nuestra historia y a ofrecer a los demás la misericordia que hemos recibido.

El salmo prolonga esta súplica: «Muéstranos, Señor, tu misericordia». El pueblo atraviesa una situación difícil y pide a Dios que lo restaure, que deponga su indignación y le devuelva la vida y la alegría. También nosotros necesitamos formular esta oración. Cuando una familia se encuentra dividida, cuando una comunidad pierde el entusiasmo, cuando el pecado enfría nuestra relación con Dios, debemos pedir: «Señor, restáuranos; danos nuevamente tu salvación».

Pero la misericordia de Dios no solamente perdona nuestro pasado; también crea una nueva familia. En el Evangelio, mientras Jesús habla a la multitud, le avisan: «Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren hablar contigo». Jesús responde señalando a sus discípulos: «Estos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de mi Padre celestial, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre».

Con estas palabras, Jesús no rechaza ni menosprecia a María. Al contrario, revela la razón más profunda de su grandeza. María pertenece plenamente a la familia de Jesús porque escuchó la Palabra y cumplió la voluntad de Dios: «Hágase en mí según tu palabra». Antes de llevar a Cristo en su seno, lo acogió por la fe en su corazón.

Jesús amplía así los vínculos familiares. En la Iglesia no somos extraños que ocasionalmente coinciden en un templo: por el bautismo y por la obediencia a la voluntad del Padre, llegamos a ser hermanos y hermanas de Cristo. La comunidad cristiana está llamada a convertirse en una verdadera familia, especialmente para quienes están solos, enfermos, desplazados, afligidos o se sienten olvidados.

Cumplir la voluntad del Padre no consiste únicamente en realizar prácticas religiosas. Significa amar, perdonar, servir, buscar la justicia, acompañar al que sufre y reconocer el bien que otros hacen por nosotros. Hoy oramos especialmente por nuestros familiares, amigos y benefactores: por quienes nos han brindado su ayuda, su afecto, su oración, sus consejos o sus recursos; por quienes sostienen silenciosamente nuestras comunidades y colaboran con la misión evangelizadora de la Iglesia.

A veces disfrutamos de muchos bienes sin recordar las manos generosas que hicieron posible que llegaran hasta nosotros. La gratitud cristiana no debe quedarse en palabras. Agradecer también significa orar por nuestros benefactores, tratarlos con afecto, cuidar lo recibido y convertirnos nosotros mismos en benefactores de los demás. El bien recibido está llamado a producir nuevo bien.

Celebramos, además, la memoria de san Lorenzo de Brindis, presbítero y doctor de la Iglesia. Fue un religioso capuchino profundamente enamorado de la Sagrada Escritura, un gran predicador y un incansable servidor de la unidad y de la paz. Su inteligencia y su conocimiento de las lenguas estuvieron siempre al servicio del Evangelio. Nos recuerda que estudiar la Palabra de Dios no debe llevarnos al orgullo, sino a conocer mejor a Cristo, cumplir la voluntad del Padre y servir con mayor generosidad a nuestros hermanos.

Pidamos en esta Eucaristía que el Señor nos pastoree con su misericordia; que arroje nuestros pecados al fondo del mar; que nos enseñe a cumplir la voluntad del Padre y a vivir como una auténtica familia. Confiémosle de manera especial a nuestros benefactores: que recompense abundantemente el bien que nos han hecho, bendiga sus hogares, atienda sus necesidades y les conceda la alegría de saberse amados por Él.

Señor, Dios misericordioso, bendice a nuestros familiares, amigos y benefactores. Recompensa su generosidad y haz que, siguiendo el ejemplo de san Lorenzo de Brindis, escuchemos tu Palabra, cumplamos tu voluntad y pongamos nuestros dones al servicio de los demás. Amén.

 

2

 

La familia de Jesús en el Reino de Dios

 

Queridos hermanos:

En el Evangelio de hoy le anuncian a Jesús: «Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren hablar contigo». Entonces Él pregunta: «¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?». Y, señalando a sus discípulos, responde: «Estos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de mi Padre celestial, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre».

A primera vista, alguien podría interpretar estas palabras como un desprecio hacia la Santísima Virgen María o como si Jesús estuviera disminuyendo el lugar singular de su Madre. Sin embargo, ocurre exactamente lo contrario. Jesús no rechaza a María, sino que nos muestra la razón más profunda de su grandeza: ella no fue solamente su Madre según la carne; fue también la discípula que escuchó y cumplió perfectamente la voluntad del Padre.

Jesús quiere enseñarnos que en el Reino de Dios existe un parentesco nuevo y más profundo. Los vínculos familiares y los afectos humanos conservan su dignidad y su importancia, pero la comunión que permanece para la eternidad nace de compartir la misma fe y de cumplir la voluntad del Padre.

Por el Bautismo hemos llegado a ser hijos e hijas de Dios y miembros del Cuerpo de Cristo. Ya no estamos unidos únicamente por vínculos de sangre, sino también por la gracia, la fe y la presencia del Espíritu Santo. La Iglesia es, por eso, la familia de Dios en la tierra y una anticipación de la comunión eterna que esperamos vivir en el cielo.

Esta verdad aparece cada vez que rezamos el Padrenuestro. Jesús no nos enseñó a decir solamente «Padre mío», sino «Padre nuestro». Ese «nuestro» abarca a todos los que, unidos a Cristo, procuran vivir como hijos de Dios. Cuando cumplimos la voluntad del Padre, nos acercamos a Jesús, nos reconocemos como hermanos y comenzamos a construir una comunidad donde nadie debería sentirse extraño, rechazado o abandonado.

Pero ¿qué significa cumplir la voluntad de Dios? No consiste en una obediencia ciega, triste o cargada de temor. Cumplir la voluntad del Padre significa confiar en su amor y orientar nuestra vida según su Palabra. Es aprender a amar, perdonar, servir, practicar la justicia y permanecer fieles aun cuando el camino resulte difícil.

La primera lectura, tomada del profeta Miqueas, nos revela precisamente el rostro de ese Padre cuya voluntad estamos llamados a cumplir. El profeta comienza pidiendo: «Pastorea a tu pueblo con tu cayado». Dios aparece como el pastor que guía, alimenta, protege y busca a su pueblo. No somos una multitud abandonada: pertenecemos a un Dios que nos acompaña y conduce.

Miqueas, maravillado, pregunta: «¿Qué Dios hay como tú, que perdonas el pecado y absuelves la culpa?». Nuestro Dios no conserva para siempre su enojo, sino que se complace en la misericordia. Él vuelve a compadecerse de nosotros, pisa nuestras culpas y arroja al fondo del mar todos nuestros pecados.

¡Qué imagen tan hermosa! Dios no guarda nuestras faltas para reprochárnoslas más tarde. Cuando nos arrepentimos sinceramente, Él nos perdona y nos ofrece un nuevo comienzo. A veces somos nosotros quienes continuamos buscando en el fondo del mar las culpas que Dios ya perdonó. Nos quedamos encadenados a errores pasados o no permitimos que los demás cambien. Sin embargo, pertenecer a la familia de Dios significa aprender a tratar a los otros con la misma misericordia con la que el Padre nos trata.

El salmo prolonga esta confianza cuando suplicamos: «Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación». Es la oración de quien reconoce que necesita ser restaurado. Todos necesitamos que Dios sane nuestras heridas, renueve nuestra esperanza y devuelva la alegría a nuestro corazón.

Esa misericordia no es únicamente un sentimiento de compasión. Es una fuerza capaz de reconstruir la vida y restaurar las relaciones. Cuando una familia está dividida, cuando una comunidad pierde la fraternidad o cuando nuestro corazón se aparta de Dios, podemos suplicar con el salmista: «Restáuranos, Dios salvador nuestro». El Señor puede hacer renacer lo que parecía perdido, siempre que nos abramos a su gracia.

Entre todos aquellos que acogieron la voluntad de Dios, nadie lo hizo con tanta plenitud como la Santísima Virgen María. Desde la Anunciación respondió con total disponibilidad: «Hágase en mí según tu palabra». María llevó a Jesús en su seno porque primero había acogido la Palabra en su corazón. Su maternidad corporal es única, pero su fe obediente la convierte también en la primera y más perfecta discípula.

Por eso, cuando Jesús afirma que quien cumple la voluntad del Padre es para Él «hermano, hermana y madre», esas palabras se realizan de manera eminente en María. Lejos de disminuir su dignidad, revelan la profundidad de su santidad. Ella perteneció completamente a Dios y permitió que toda su existencia fuera modelada por su voluntad.

También nosotros tenemos un profundo deseo de pertenecer. Buscamos sentirnos acogidos por nuestra familia, nuestros amigos y nuestra comunidad. Pero este anhelo solamente alcanza su plenitud cuando descubrimos que pertenecemos a Dios. En Cristo llegamos a formar parte de una familia que abarca a la Virgen María, a los ángeles, a los santos y a todos los hijos de Dios.

Celebramos hoy la memoria de san Lorenzo de Brindis, presbítero y doctor de la Iglesia. Religioso capuchino, destacó por su profundo conocimiento de la Sagrada Escritura, su predicación y su servicio incansable a la Iglesia. Conocía varias lenguas y poseía una gran formación intelectual, pero no utilizó sus dones para buscar prestigio personal. Los puso al servicio de la evangelización, la reconciliación y la defensa de la fe.

San Lorenzo comprendió que conocer la Palabra de Dios no es solamente acumular conocimientos: es permitir que esa Palabra transforme la vida. Su ejemplo nos enseña que la verdadera sabiduría conduce a la obediencia, al servicio y a la comunión con Dios.

Preguntémonos hoy: ¿me siento verdaderamente miembro de la familia de Dios? ¿Busco sinceramente la voluntad del Padre o solamente le pido que bendiga mis propios planes? ¿Ayudo a que mi comunidad sea una familia acogedora, misericordiosa y fraterna?

Cumplir la voluntad de Dios no es una carga que nos quite la libertad. Es el camino que nos permite llegar a ser aquello para lo cual fuimos creados. Su fruto es la paz profunda de sabernos amados, perdonados y acogidos en la familia eterna de Dios.

Pidamos al Señor que nos pastoree con su amor, nos muestre su misericordia y nos enseñe a escuchar su Palabra. Que, siguiendo el ejemplo de la Virgen María y de san Lorenzo de Brindis, encontremos nuestra alegría en cumplir la voluntad del Padre y hagamos de nuestras comunidades una verdadera familia de hermanos.

Padre celestial, tú no solamente nos llamas a seguirte, sino también a pertenecerte. Haz que tu voluntad sea nuestra alegría. Fórmanos a imagen de tu Hijo y enséñanos a vivir en la comunión de amor que une a todos tus hijos. Por la intercesión de la Santísima Virgen María y de san Lorenzo de Brindis, haznos miembros fieles, misericordiosos y serviciales de tu familia. Amén.

 

¨¨¨¨¨¨¨


Memorial del 21 de julio

San Lorenzo de Brindis, sacerdote y médico
1559–1619


Patrono de Brindisi, Italia

Un Doctor de la Iglesia poco conocido lo hizo todo y todo lo hizo bien

 


Julio César Russo nació en una familia religiosa, pero desde muy joven se sintió atraído por unirse a otra familia religiosa: la de San Francisco de Asís. Después de la temprana muerte de su padre, el pequeño Julio fue puesto por su madre al cuidado de los Frailes Menores. Sin embargo, al mudarse a Venecia, conoció a los capuchinos, otra expresión del franciscanismo, y se unió a su orden cuando era adolescente. Tomó el nombre religioso de Lorenzo, fue ordenado sacerdote en 1582, y desde ese momento se abrió camino en la vida como un tren de alta velocidad. El padre Lorenzo viajó de norte a sur, de este a oeste, deteniéndose en Italia, Alemania, Austria, Hungría, Francia, Bohemia, España y Portugal. Este ejército de un solo hombre parecía estar en todas partes, haciéndolo todo y, sin embargo, siempre hizo de la salvación de su propia alma su máxima prioridad. 

El padre Lorenzo era inteligente. Muy inteligente. Sus dotes intelectuales se desplegaron plenamente al servicio del Señor para dominar cualquier disciplina que estudiara. Aprendió los idiomas bíblicos de griego, hebreo, latín y siríaco. Además de su italiano nativo, también hablaba español y alemán, que utilizó ampliamente en su ministerio en Europa Central. Su conocimiento de las Escrituras era tan amplio y profundo que parecía haber memorizado toda la Biblia. Incluso se ganó la estima de los eruditos judíos por su profundo conocimiento de los textos rabínicos. Lorenzo también cultivó un amor ardiente por Jesucristo, la Virgen María y la Sagrada Eucaristía en largas horas de oración. A veces le tomaba horas decir misa. Parecía dejarse llevar por el éxtasis y tenía el don de las lágrimas. Este nivel de fervor, educación, pobreza, inteligencia, y la devoción a la Iglesia hizo de San Lorenzo de Brindis el sacerdote ideal para su tiempo y lugar. Fue muchas cosas, pero entre ellas fue el último guerrero de la Contrarreforma.

San Lorenzo explicó con gran fuerza y ​​lucidez las verdades de la fe católica a los que habían caído en la trampa del protestantismo. Serenamente elaboró ​​tratados sobre los fundamentos bíblicos y patrísticos del papado, los obispos, María y los sacramentos. Lorenzo fue el anti-Lutero y el epítome de los grandes capuchinos que vigorizaron el franciscanismo en el siglo XVI y más allá. En medio de todas sus labores como predicador y maestro, Lorenzo también llevó a cabo un conjunto paralelo de deberes exigentes en la administración de la Orden de los Capuchinos. Fue maestro de novicios, provincial y ministro general o jefe de la Orden. El padre Lorenzo completó montañas de trabajo día tras día durante muchos años, un impulso sostenido y una competencia que inevitablemente lo llevaron a cargar con responsabilidades aún más importantes. 

Como franciscano dedicado a preservar y restaurar la paz, tanto el Santo Padre como los príncipes seculares le encargaron a Lorenzo varias misiones diplomáticas orientadas a resolver controversias entre estados cristianos y entre estos estados y el creciente Imperio Otomano. Sin embargo, el deseo de paz de Lorenzo no estaba divorciado de la verdad, el derecho a la autodefensa o el amor por la Europa cristiana. Era el capellán de un ejército cristiano que se reunió en Alemania contra los turcos ante la insistencia de Lorenzo. 

Lorenzo luego dirigió personalmente a las tropas a la batalla con su crucifijo en alto. La victoria del ejército alemán se atribuyó a la intercesión y ejemplo inspirador de nuestro santo. San Lorenzo murió el día de su cumpleaños, el 22 de julio, a los sesenta años, mientras se encontraba en una misión diplomática en Lisboa, Portugal. Está enterrado en un monasterio en el norte de España y fue canonizado en 1881. En 1959 el Papa San Juan XXIII proclamó a San Lorenzo de Brindisi Doctor Apostólico de la Iglesia por sus escritos creativos pero ortodoxos sobre la Virgen María y por su imponente erudición y presentación armoniosa de las Escrituras, la patrística y la teología fundamental. Es el tercer Doctor Franciscano de la Iglesia, junto con los Santos Buenaventura y Antonio, y, por desgracia, uno de los menos conocidos.

 

San Lorenzo, respondiste idealmente y acorde a las necesidades de tu época y conmoviste a todos los que conociste a través de tu ejemplo virtuoso, vasto conocimiento y vida de oración. Por tu intercesión, ayuda a todos los sacerdotes, especialmente a los franciscanos, a no escatimar en sí mismos sino a emular tu celo.


23 de julio del 2026: jueves de la decimosexta semana del tiempo ordinario II- Santa Brígida de Suecia, religiosa-Memoria opcional

  Testigo de la fe: Santa Brígida de Suecia Hacia 1303-1373. «Después de la lectura de la Biblia, no tengan nada más querido que la v...