miércoles, 15 de julio de 2026

16 de julio del 2026: jueves de la decimoquinta semana del tiempo ordinario-II- Fiesta de la Bienaventurada Virgen María del Carmen

 

Santo del día:

Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo

La Orden del Carmelo, nacida en el monte del mismo nombre, en Tierra Santa, se puso desde sus orígenes bajo la protección de María, la Virgen de Nazaret y Madre de los contemplativos. Los primeros ermitaños carmelitas vieron en ella el modelo perfecto de quien escucha la Palabra, la guarda en el corazón y permanece fiel junto a Cristo.

Con el paso del tiempo, la devoción a Nuestra Señora del Carmen se extendió por toda la Iglesia, y el escapulario se convirtió en signo de confianza filial, de consagración a María y de compromiso con una vida según el Evangelio. No se trata de un amuleto ni de una garantía automática de salvación, sino de una invitación a revestirnos de Cristo, a vivir en gracia y a caminar bajo la mirada maternal de la Virgen.

En Colombia, esta advocación ocupa un lugar especialmente querido en la fe de nuestro pueblo. La Virgen del Carmen es invocada como patrona de los conductores, transportadores, viajeros, marineros, miembros de la fuerza pública y de tantas familias que se encomiendan a su protección en los caminos de la vida. Cada 16 de julio, nuestras carreteras, pueblos, parroquias y comunidades se llenan de oración, procesiones y expresiones de gratitud.

Celebrar a la Virgen del Carmen es pedirle que acompañe a nuestra nación, proteja a quienes recorren caminos peligrosos, consuele a las víctimas de la violencia y de los accidentes, y nos enseñe a conducir nuestra propia existencia por las sendas de la justicia, la reconciliación y la paz. De su mano maternal, aprendamos a permanecer cerca de Jesús y a llevarlo con esperanza al corazón de Colombia.

G.Q

 


 

Un yugo que se lleva entre dos

La imagen de los dolores del parto conmueve incluso a quienes nunca los han experimentado. Con Dios, las convulsiones de la muerte y los gritos del sufrimiento pueden conducir a la vida. Aquello que parecía solamente un peso insoportable puede convertirse en paso hacia una existencia nueva.

En el Evangelio, Jesús no promete una vida libre de cansancio o de dificultades. Más bien, nos invita a acercarnos a él, a depositar a su lado nuestras cargas y a tomar su yugo. Ahora bien, el yugo se lleva entre dos. Cristo no contempla nuestro sufrimiento desde lejos: camina a nuestro lado, sostiene nuestra debilidad y lleva con nosotros aquello que supera nuestras fuerzas. Su yugo se hace llevadero porque es el yugo del amor, de la confianza y de la comunión con él.

En esta fiesta de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo, contemplamos a María como aquella que llevó junto a Jesús el yugo de la fe y de la misión. Ella conoció la incertidumbre, el destierro, el dolor y la cruz, pero permaneció humilde, serena y fiel. Bajo su manto maternal, la Virgen del Carmen nos conduce hacia su Hijo y nos enseña a entregarle nuestros cansancios, preocupaciones y sufrimientos.

G.Q

 

 

Primera lectura

Is 26, 7-9. 12. 16-19

Despertarán jubilosos los que habitan en el polvo

Lectura del libro de Isaías.

LA senda del justo es recta.
Tú allanas el sendero del justo;
en la senda de tus juicios, Señor, te esperamos
ansiando tu nombre y tu recuerdo.
Mi alma te ansía de noche,
mi espíritu en mi interior madruga por ti,
porque tus juicios son luz de la tierra,
y aprenden la justicia los habitantes del orbe.
Señor, tú nos darás la paz,
porque todas nuestras empresas
nos las realizas tú.
Señor, en la angustia acudieron a ti,
susurraban plegarias cuando los castigaste.
Como la embarazada cuando le llega el parto
se retuerce y grita de dolor,
así estábamos en tu presencia, Señor:
concebimos, nos retorcimos, dimos a luz… viento;
nada hicimos por salvar el país,
ni nacieron habitantes en el mundo.
¡Revivirán tus muertos,
resurgirán nuestros cadáveres,
despertarán jubilosos los que habitan en el polvo!
Pues rocío de luz es tu rocío,
que harás caer sobre la tierra de las sombras.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 101, 13-14 y 15. 16-18. 19-21 (R.: 20b)

R. El Señor desde el cielo se ha fijado en la tierra.

V. Tú permaneces para siempre,
y tu nombre de generación en generación.
Levántate y ten misericordia de Sion,
que ya es hora y tiempo de misericordia.
Tus siervos aman sus piedras,
se compadecen de sus ruinas. 
R.

V. Los gentiles temerán tu nombre;
los reyes del mundo, tu gloria.
Cuando el Señor reconstruya Sion,
y aparezca en su gloria,
y se vuelva a las súplicas de los indefensos,
y no desprecie sus peticiones. 
R.

V. Quede esto escrito para la generación futura,
y el pueblo que será creado alabará al Señor.
Que el Señor ha mirado desde su excelso santuario,
desde el cielo se ha fijado en la tierra,
para escuchar los gemidos de los cautivos
y librar a los condenados a muerte. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados —dice el Señor—,
y yo los aliviaré. 
R.

 

Evangelio

Mt 11, 28-30

Soy manso y humilde de corazón

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.


EN aquel tiempo, tomó la palabra Jesús y dijo:
«Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo los aliviaré. Tomen mi yugo sobre ustedes y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontrarán descanso para sus almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera».

Palabra del Señor.

 

*************

 

1


“Vengan a mí”: el yugo que no llevamos solos

 

Queridos hermanos:

Celebramos con alegría la memoria de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo, una advocación profundamente arraigada en el corazón de nuestro pueblo colombiano. En nuestros campos, pueblos y ciudades; entre conductores, transportadores, campesinos, miembros de la fuerza pública, navegantes y familias enteras, la Virgen del Carmen es venerada como Madre, patrona y protectora.

Sin embargo, esta celebración no consiste únicamente en pedirle a María que nos proteja de los peligros de la carretera o de los accidentes. La Virgen del Carmen quiere conducirnos por un camino más profundo: quiere llevarnos hasta Jesús, para que escuchemos su invitación en el Evangelio:

«Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo los aliviaré».

Estas palabras de Jesús llegan hoy al corazón de tantos hombres y mujeres que viven cansados. Hay cansancio físico, pero también hay cansancio del alma. Hay personas agotadas por la enfermedad, por las dificultades económicas, por los problemas familiares, por la soledad, por las preocupaciones del trabajo, por la violencia o por un duelo que todavía no han logrado asimilar.

También existen cansancios que nadie ve: la culpa que se lleva en silencio, la decepción, la ansiedad, las preguntas que no encuentran respuesta, el esfuerzo de cuidar a un enfermo, la angustia por los hijos, la preocupación por las deudas o la sensación de haber luchado mucho sin obtener resultados.

A todos ellos —y también a nosotros— Jesús les dice: «Vengan a mí».

No dice simplemente: “Sean fuertes”, “aguanten un poco más” o “resuelvan solos sus problemas”. Nos invita a ir hacia él. La fe cristiana no consiste en aparentar que no sufrimos, sino en aprender a llevar nuestros sufrimientos unidos a Cristo.

Un yugo llevado entre dos

Jesús añade:

«Tomen mi yugo sobre ustedes y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón».

La imagen del yugo era muy conocida por quienes escuchaban a Jesús. El yugo era una pieza de madera que unía dos animales para que caminaran en la misma dirección y compartieran el peso del trabajo.

Por eso, el yugo de Cristo no significa que él nos imponga una carga adicional. Significa que Cristo se coloca a nuestro lado para llevar con nosotros el peso de la vida.

El Señor no observa nuestro sufrimiento desde lejos. No permanece indiferente mientras luchamos. Él se pone junto a nosotros. Camina a nuestro ritmo. Sostiene nuestra debilidad y carga aquello que, humanamente, parece superar nuestras fuerzas.

Cristo no nos promete una existencia sin cruces, pero sí nos asegura que ninguna cruz tiene que ser llevada en soledad.

Cuando una familia atraviesa una enfermedad, Cristo está allí. Cuando alguien llora la muerte de un ser querido, Cristo está allí. Cuando un padre o una madre sufre por un hijo, Cristo está allí. Cuando una persona se siente abandonada, incomprendida o derrotada, Cristo permanece a su lado.

Su yugo es llevadero, no porque los problemas desaparezcan mágicamente, sino porque el amor de Dios nos da una fuerza nueva para atravesarlos.

Los dolores que anuncian vida

La primera lectura, tomada del profeta Isaías, utiliza una imagen fuerte y profundamente humana: la imagen de una mujer que sufre los dolores del parto.

El pueblo se siente débil, castigado y casi sin esperanza. Ha clamado a Dios en medio de la angustia, pero parece no haber producido fruto alguno. Dice el profeta:

«Como la mujer encinta, cuando le llega el parto, se retuerce y grita en sus dolores, así éramos nosotros delante de ti, Señor».

Los dolores del parto son intensos, pero no son dolores inútiles: anuncian que una vida nueva está por nacer.

Así sucede también en la historia de la salvación. En las manos de Dios, el sufrimiento no tiene necesariamente la última palabra. Aquello que parece únicamente muerte puede convertirse en comienzo de vida. Lo que parece fracaso puede abrirnos a una esperanza nueva.

El profeta llega a proclamar:

«Revivirán tus muertos, se levantarán sus cadáveres; despertarán jubilosos los que habitan en el polvo».

Esta promesa encuentra su cumplimiento pleno en Jesucristo. Por su muerte y resurrección, el Señor transforma nuestra muerte en paso hacia la vida eterna. Para quien cree en Cristo, la tumba no es el final de la historia.

Por eso podemos mirar nuestras pruebas con esperanza. No porque el dolor sea bueno en sí mismo, sino porque Dios puede hacer brotar vida incluso de las situaciones más dolorosas.

Tal vez en este momento alguno de nosotros esté viviendo una especie de parto espiritual: una crisis, una pérdida, una decisión difícil, una enfermedad o un cambio inesperado. No siempre podemos comprender lo que Dios está haciendo. Pero la Palabra nos invita a confiar: puede estar naciendo algo nuevo, aunque ahora solamente sintamos el dolor.

Dios escucha el gemido de los cautivos

El salmo nos recuerda que el Señor no es indiferente al sufrimiento de su pueblo:

«El Señor miró desde su santuario, desde el cielo se fijó en la tierra, para escuchar los gemidos de los cautivos y librar a los condenados a muerte».

Dios escucha los gemidos. Incluso escucha aquellas oraciones que no logramos expresar con palabras. Escucha el llanto silencioso, el suspiro, la angustia, la pregunta y el temor.

A veces pensamos que para orar necesitamos pronunciar discursos hermosos. Pero hay momentos en los que nuestra oración consiste simplemente en decir: “Señor, no puedo más”; “Señor, ayúdame”; “Señor, acompáñame”.

Esa oración sencilla llega al corazón de Dios.

El salmo también nos enseña que el Señor se inclina hacia los pequeños y desamparados. No desprecia la oración del pobre. Esto debe convertirse igualmente en un compromiso para nosotros. Quien se acerca a Jesús y experimenta su consuelo debe aprender también a aliviar las cargas de los demás.

No podemos celebrar a la Virgen del Carmen y permanecer indiferentes ante quien sufre. El verdadero escapulario no se lleva únicamente sobre el pecho; se lleva también en una vida revestida de misericordia, solidaridad y servicio.

María llevó el yugo con su Hijo

En la Virgen del Carmen contemplamos a la mujer creyente que aceptó llevar junto a Jesús el yugo de la voluntad de Dios.

María conoció el cansancio. Recorrió caminos difíciles. Vivió la pobreza de Belén, la huida a Egipto, la incertidumbre de Nazaret y la incomprensión que rodeó la misión de su Hijo. Finalmente permaneció de pie junto a la cruz.

Ella no recibió una vida sin sufrimiento. Pero nunca tuvo que recorrerla sin Dios.

María guardaba la Palabra en su corazón. Aun cuando no comprendía completamente lo que sucedía, confiaba. Su fortaleza no estaba en evitar el dolor, sino en permanecer unida al Señor en medio de él.

Por eso, la devoción a Nuestra Señora del Carmen no puede reducirse a llevar un escapulario de manera externa. El escapulario es un signo de pertenencia, confianza y compromiso. Nos recuerda que queremos vivir bajo el amparo de María, pero, sobre todo, que deseamos revestirnos de Cristo.

Quien lleva el escapulario está llamado a vivir como discípulo: a orar, participar en la Eucaristía, buscar la reconciliación, practicar la caridad y caminar en la gracia de Dios. No es un amuleto ni una protección automática. Es una invitación permanente a pertenecerle a Cristo, siguiendo el ejemplo de María.

Patrona de las benditas ánimas del purgatorio

La tradición cristiana invoca también a la Virgen del Carmen como patrona e intercesora de las benditas ánimas del purgatorio.

Esta devoción nace de la confianza en la misericordia de Dios y en la intercesión maternal de María. La Iglesia nos enseña que quienes mueren en la amistad de Dios, pero todavía necesitan ser purificados, cuentan con la oración de toda la comunidad cristiana.

Por eso rezamos por nuestros difuntos. Ofrecemos por ellos la Santa Misa, nuestras oraciones, sacrificios y obras de caridad. No los olvidamos, porque el amor cristiano es más fuerte que la muerte.

En esta celebración podemos recordar a nuestros padres, familiares, amigos y benefactores difuntos. Podemos pensar también en aquellas almas por quienes nadie reza: personas olvidadas, víctimas de la violencia, fallecidos en accidentes, migrantes muertos lejos de su tierra, víctimas de la guerra y quienes partieron de manera repentina.

Confiémoslos a la misericordia del Padre y a la intercesión maternal de la Virgen del Carmen.

María, que permaneció junto a Jesús en la hora de la cruz, acompaña también a sus hijos en la hora de la muerte. Ella no reemplaza a Cristo, único Salvador; como Madre, nos conduce hacia él, intercede por nosotros y nos recuerda que la última palabra pertenece a la vida.

Aprendan de mí

Finalmente, Jesús nos dice:

«Aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón».

No basta con pedirle al Señor que alivie nuestras cargas. También debemos aprender su manera de vivir.

Ser mansos no significa ser débiles ni permitir la injusticia. La mansedumbre es la fuerza de quien no responde al mal con más mal. Es la capacidad de actuar con serenidad, sin odio, sin violencia y sin deseos de venganza.

Ser humildes significa reconocer que necesitamos a Dios y que también necesitamos de los demás. Muchas veces nuestras cargas se hacen más pesadas porque queremos llevarlas solos, porque nos cuesta pedir ayuda, reconocer una fragilidad o aceptar el apoyo de la comunidad.

El Señor nos invita a dejar el orgullo y permitir que él, y también nuestros hermanos, nos ayuden a caminar.

Pidamos hoy a la Virgen del Carmen que cubra con su manto a nuestras familias, a nuestros enfermos, a los transportadores y viajeros, a quienes recorren diariamente las carreteras de Colombia y a quienes trabajan lejos de sus hogares.

Que proteja a nuestros pueblos de la violencia, de los accidentes, de la división y del odio. Que interceda por las benditas ánimas del purgatorio y acompañe a quienes lloran la muerte de un ser querido.

Y que nos lleve siempre hasta su Hijo, para que, cuando nos sintamos cansados y agobiados, podamos escuchar nuevamente su voz:

«Vengan a mí».

Señor Jesús, hoy venimos a ti con nuestras cargas, preocupaciones y heridas. Colócate a nuestro lado y ayúdanos a llevar el yugo de cada día. Enséñanos a ser mansos y humildes de corazón. Y tú, Virgen Santísima del Carmen, Madre y protectora nuestra, acompáñanos en los caminos de esta vida, intercede por nuestros difuntos y condúcenos hasta el puerto seguro de la vida eterna.

Amén.

 

2

 

Nuestra Señora del Carmen: una pequeña nube cargada de esperanza

 

Queridos hermanos:

Celebramos hoy a la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo, una de las advocaciones marianas más queridas por el pueblo cristiano y especialmente arraigada en nuestra tierra colombiana.

Cuando pronunciamos el nombre de la Virgen del Carmen, pensamos inmediatamente en su escapulario, en su manto protector, en los conductores que llevan su imagen en los vehículos, en las procesiones por nuestras carreteras y ríos, en los transportadores, viajeros, navegantes, miembros de la fuerza pública y familias que se encomiendan a ella.

Pero la celebración de hoy nos invita a ir más allá de las manifestaciones exteriores. María quiere conducirnos hasta Jesús. Ella no busca que nos quedemos únicamente mirándola a ella, sino que escuchemos la voz de su Hijo, quien nos dice en el Evangelio:

«Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo los aliviaré».

La pequeña nube que anuncia la lluvia

La tradición carmelitana encuentra uno de sus símbolos más hermosos en el profeta Elías.

En el monte Carmelo, después de una larga sequía, Elías se puso en oración. Envió a su servidor a mirar hacia el mar. El muchacho fue una vez y regresó diciendo:

«No hay nada».

Elías volvió a enviarlo. Una segunda vez, una tercera, una cuarta… Hasta siete veces tuvo que mirar.

Finalmente, el servidor regresó diciendo:

«Sube del mar una nube pequeña como la palma de una mano».

Era apenas una nube diminuta. Nada parecía indicar que pudiera cambiar la situación. Sin embargo, poco después, el cielo se oscureció, comenzó a soplar el viento y cayó una lluvia abundante que fecundó nuevamente la tierra reseca.

La tradición espiritual del Carmelo vio en aquella pequeña nube una figura de la Virgen María. Ella apareció en la historia de la salvación como una joven humilde de Nazaret, desconocida para los grandes de este mundo, pequeña a los ojos de los hombres, pero llena de la gracia de Dios.

De ella vino Jesucristo, la verdadera lluvia de misericordia que descendió sobre una humanidad reseca por el pecado, la desesperanza y la muerte.

María es esa pequeña nube que no trae destrucción, sino bendición. Ella no es la fuente de la gracia —la fuente es Dios—, pero lleva en su seno a Jesucristo, en quien recibimos toda gracia, consuelo y salvación.

Por eso la llamamos también Stella Maris, Estrella del Mar. Como una estrella que orienta al navegante en medio de la oscuridad, María nos señala siempre el camino hacia Cristo.

La tierra reseca de nuestro corazón

La imagen de la sequía puede ayudarnos a comprender nuestra propia vida.

También el corazón humano puede secarse. Se seca cuando dejamos de orar, cuando nos acostumbramos al pecado, cuando guardamos resentimientos, cuando perdemos la esperanza o cuando vivimos preocupados únicamente por las cosas materiales.

Hay familias resecas por la falta de diálogo. Hay matrimonios afectados por la indiferencia. Hay personas que llevan años conservando una herida, una culpa o un enojo. Hay jóvenes que se sienten sin rumbo. Hay ancianos que experimentan soledad. Hay enfermos que se preguntan por qué Dios parece guardar silencio.

También nuestra sociedad colombiana conoce muchas formas de sequía: la violencia, la corrupción, la intolerancia, la injusticia, el desprecio por la vida y la dificultad para reconciliarnos.

En medio de esas tierras áridas, María aparece como una señal de esperanza. Nos recuerda que Dios no ha abandonado a su pueblo. Aunque a veces parezca que “no hay nada”, aunque oremos una y otra vez sin ver inmediatamente resultados, el Señor sigue actuando.

El servidor de Elías tuvo que mirar siete veces. Esto nos enseña la perseverancia de la fe. Muchas veces queremos respuestas inmediatas. Oramos una vez y esperamos que todo cambie. Pedimos algo y, si no sucede como lo deseamos, pensamos que Dios no nos escucha.

María nos enseña a esperar. Ella creyó incluso cuando no comprendía. Guardó la Palabra en su corazón, permaneció junto a la cruz y confió en que Dios cumpliría sus promesas.

“Tu rocío es rocío de luz”

La primera lectura, tomada del profeta Isaías, nos presenta también a un pueblo que busca a Dios en medio de la angustia.

El profeta dice:

«Mi alma te ansía de noche, mi espíritu en mi interior madruga por ti».

Es la oración de un corazón sediento. El pueblo ha sufrido, ha experimentado la opresión y se encuentra como una mujer en dolores de parto. Ha trabajado y luchado, pero siente que no ha logrado dar a luz una vida nueva.

Sin embargo, Isaías proclama una promesa sorprendente:

«Revivirán tus muertos, se levantarán sus cadáveres; despertarán jubilosos los que habitan en el polvo, porque tu rocío es rocío de luz».

El rocío de Dios puede devolver la vida a lo que parecía muerto.

Tal vez haya en nosotros realidades que consideramos perdidas: una relación deteriorada, una vocación debilitada, una fe apagada, un proyecto frustrado o una esperanza que parecía sepultada.

La Palabra nos dice hoy que Dios puede hacer revivir lo que ha muerto. Él puede derramar sobre nosotros su rocío de luz.

La Virgen del Carmen nos ayuda a recibir ese rocío. Como Madre, nos invita a no encerrarnos en el desaliento, sino a abrir el corazón a la acción de Dios.

María creyó que para Dios nada es imposible. Ella nos enseña a esperar incluso cuando la tierra parece completamente seca.

El Señor escucha el gemido de los cautivos

El salmo proclama:

«El Señor miró desde su santuario, desde el cielo se fijó en la tierra, para escuchar los gemidos de los cautivos y librar a los condenados a muerte».

Nuestro Dios escucha los gemidos.

Escucha al enfermo que no logra dormir por causa del dolor. Escucha a la madre preocupada por sus hijos. Escucha a quien atraviesa una dificultad económica. Escucha al que ha perdido a un ser querido. Escucha a quien se siente atrapado por una adicción, una culpa o una situación que parece no tener salida.

A veces ni siquiera sabemos cómo expresar lo que llevamos dentro. Pero Dios comprende nuestros suspiros, nuestras lágrimas y nuestros silencios.

María también escucha como Madre. Ella no ocupa el lugar de Dios ni sustituye la mediación única de Cristo. Su misión consiste en llevarnos a Jesús, interceder por nosotros y repetirnos, como en las bodas de Caná:

«Hagan lo que él les diga».

Toda auténtica devoción mariana nos conduce a obedecer a Cristo.

“Vengan a mí”

En el Evangelio, Jesús no se dirige únicamente a quienes se sienten fuertes, seguros o exitosos. Llama especialmente a los cansados y agobiados:

«Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo los aliviaré».

Estas palabras son como lluvia sobre la tierra seca.

Jesús sabe que existen cargas que agotan el cuerpo y cargas que lastiman el alma. Conoce la fatiga de quien trabaja, el dolor de quien cuida a un enfermo, la preocupación de quien no tiene lo suficiente, la angustia de quien debe tomar una decisión y la tristeza de quien se siente solo.

Jesús no dice: “Yo haré que nunca vuelvan a tener dificultades”. Dice: “Vengan a mí”.

La primera respuesta cristiana ante el sufrimiento no es huir, desesperarnos o pretender que podemos resolverlo todo solos. Es acercarnos a Cristo.

Él añade:

«Tomen mi yugo sobre ustedes y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón».

El yugo era llevado por dos animales que caminaban juntos. Por eso, cuando Jesús nos invita a tomar su yugo, nos está diciendo que él se coloca a nuestro lado.

No cargamos solos.

Cristo camina con nosotros. Él lleva la parte más pesada. Nos enseña el ritmo, nos orienta y nos sostiene cuando nuestras fuerzas disminuyen.

Su yugo se hace llevadero porque es el yugo del amor. Las cargas no siempre desaparecen, pero cambian cuando son compartidas con él.

María, discípula mansa y humilde

La Virgen del Carmen vivió profundamente esta palabra del Evangelio.

María fue mansa y humilde de corazón. No buscó privilegios, honores ni poder. Se definió como la humilde servidora del Señor.

Ella también conoció los cansancios del camino. Viajó a visitar a Isabel; recorrió el camino hacia Belén; tuvo que huir a Egipto; vivió la sencillez y el trabajo cotidiano de Nazaret; acompañó la misión de Jesús y permaneció junto a la cruz.

María llevó el yugo junto a su Hijo.

No recibió una vida sin dolor, pero caminó siempre sostenida por la fe. Su grandeza consistió en permanecer fiel, incluso cuando no podía comprenderlo todo.

Por eso, acudir a la Virgen del Carmen significa pedirle que nos enseñe a llevar nuestras cargas con Jesús, sin amargura, sin desesperación y sin apartarnos de Dios.

El verdadero significado del escapulario

La historia de la Orden del Carmelo se remonta a los ermitaños que se establecieron en el monte Carmelo y recibieron una regla de vida a comienzos del siglo XIII. Desde sus orígenes, estos religiosos se pusieron bajo la protección de la Virgen María y levantaron una capilla en su honor.

La tradición carmelitana vincula el escapulario con san Simón Stock y con una experiencia de protección maternal atribuida a la Virgen. Más allá de los detalles históricos transmitidos por la tradición, la Iglesia ha valorado el escapulario como signo de pertenencia a María, de confianza en su intercesión y, sobre todo, de compromiso con una vida cristiana auténtica.

El escapulario no es un amuleto.

No basta llevarlo exteriormente mientras vivimos alejados del Evangelio. No es una garantía automática de salvación ni reemplaza la conversión, los sacramentos, la oración y las obras de misericordia.

Vestir el escapulario significa querer revestirnos de Cristo.

Nos recuerda que pertenecemos a una Madre y que esa Madre nos pide vivir como discípulos de su Hijo. Quien lleva el escapulario está llamado a buscar la gracia de Dios, participar de la Eucaristía, reconciliarse, amar al prójimo, evitar el pecado y perseverar en la oración.

Podríamos decir que el escapulario es como una pequeña vestidura que nos recuerda diariamente una gran vocación: vivir como hijos de Dios.

María y las benditas ánimas del purgatorio

La Virgen del Carmen es invocada también como especial intercesora por las almas del purgatorio.

Esta devoción no debe entenderse como una promesa mágica, sino desde la comunión de los santos y la confianza en la misericordia de Dios. La Iglesia nos enseña que podemos ayudar a los difuntos mediante la oración, especialmente por medio de la celebración de la Eucaristía, las obras de caridad y los sacrificios ofrecidos por ellos.

Las almas del purgatorio son personas que murieron en la amistad de Dios y están destinadas a la salvación, pero todavía necesitan una purificación plena.

Por eso oramos por nuestros difuntos. El amor no termina con la muerte.

Hoy podemos encomendar a nuestros padres, abuelos, hermanos, familiares, amigos y benefactores que han partido. Recordemos también a las almas olvidadas, a quienes murieron sin la compañía de sus familias, a las víctimas de la violencia, de los accidentes, de las guerras y de tantas tragedias.

Pidamos a la Virgen del Carmen que interceda por ellas y que las acompañe hacia el encuentro definitivo con Cristo.

Sin embargo, la mejor preparación para la muerte no consiste únicamente en llevar un signo externo. Consiste en vivir desde ahora reconciliados con Dios, practicar la misericordia y permanecer unidos a Jesucristo.

Una nube pequeña puede cambiarlo todo

Queridos hermanos, aquella nube contemplada por el servidor de Elías era pequeña como la palma de una mano. Parecía insignificante, pero traía consigo una lluvia capaz de transformar toda la tierra.

También nuestros pequeños actos de fe pueden abrir caminos de gracia.

Una oración sencilla puede transformar un corazón. Una reconciliación puede sanar una familia. Una visita puede aliviar la soledad de un enfermo. Una obra de misericordia puede devolver la esperanza. Una Eucaristía ofrecida por un difunto puede ser un verdadero gesto de amor.

No despreciemos lo pequeño.

María fue la pequeña y humilde servidora de Nazaret, pero por su sí llegó al mundo el Salvador.

Pidámosle hoy que sea la estrella que oriente nuestros caminos y la Madre que nos conduzca siempre hasta Jesús.

Que proteja a quienes viajan por las carreteras y ríos de Colombia. Que acompañe a los conductores, transportadores, viajeros, navegantes, campesinos, trabajadores y miembros de nuestras comunidades. Que interceda por nuestros enfermos, consuele a quienes lloran y alcance la misericordia de Dios para las benditas ánimas del purgatorio.

Y cuando nuestra alma se sienta reseca, cansada o agobiada, que María nos ayude a escuchar la voz de su Hijo:

«Vengan a mí… y yo los aliviaré».

 

Oración final

Virgen Santísima del Carmen,
pequeña nube que anuncia la lluvia de la gracia,
Estrella del Mar y Madre de los creyentes:

mira la sequedad de nuestras almas
y condúcenos hacia Jesucristo,
fuente de misericordia y de vida.

Enséñanos a perseverar en la oración,
a llevar nuestras cargas junto a tu Hijo
y a vivir con mansedumbre y humildad.

Protege a quienes recorren nuestros caminos,
acompaña a nuestras familias,
consuela a los enfermos y afligidos,
e intercede por las benditas ánimas del purgatorio.

Que el escapulario que llevamos
sea signo de una vida revestida de Cristo,
comprometida con el Evangelio
y confiada en el amor misericordioso de Dios.

Nuestra Señora del Monte Carmelo,
ruega por nosotros.

Jesús, manso y humilde de corazón,
en ti confiamos.

Amén.


martes, 14 de julio de 2026

15 de julio del 2026: miércoles de la decimoquinta semana del tiempo ordinario-II-San Buenaventura, obispo y doctor de la Iglesia

 


Santo del día:

San Buenaventura

1221-1274.

«Sin la oración, no esperen crecer en las virtudes», afirmaba este gran teólogo franciscano, séptimo ministro general de la Orden de los Hermanos Menores. Discípulo de san Francisco, supo unir la profundidad intelectual con una auténtica vida espiritual. Creado cardenal y obispo de Albano, participó en el Concilio de Lyon. Doctor de la Iglesia, es conocido como el Doctor Seráfico.

 

 

Revelado a los humildes

¿Cuál es, entonces, ese misterio que el Padre, según Jesús, ha revelado a los pequeños? Preguntarse de ese modo quizá sea señal de un espíritu demasiado sabio y entendido… Los humildes, en cambio, no pretenden comprenderlo todo: saben acoger. Lo que se les revela es el rostro del Padre manifestado en el Hijo. Para conocer a Dios no basta, por tanto, acumular conocimientos; es necesario abrir el corazón, dejarse enseñar por Jesús y recibir con confianza el don de su amor.

G.Q

 


Primera lectura

Is 10, 5-7. 13-16

¿Se enorgullece el hacha contra quien corta con ella?

Lectura del libro de Isaías.

ESTO dice el Señor:
«¡Ay de Asiria, vara de mi ira!
¡Mi furor es bastón entre sus manos!
Lo envío contra una nación impía,
lo mando contra el pueblo que provoca mi cólera,
para saquearlo y despojarlo,
para hollarlo como barro de las calles.
Pero él no lo entiende así,
no es eso lo que piensa en su corazón,
sino exterminar, aniquilar naciones numerosas.
Porque se decía: “Con la fuerza de mi mano lo he hecho,
con mi saber, porque soy inteligente.
He borrado las fronteras de las naciones,
he saqueado sus tesoros
y, como un héroe, he destronado a sus señores.
Mi mano ha alcanzado a las riquezas de los pueblos,
como si fueran un nido;
como quien recoge huevos abandonados,
recogí toda su tierra.
Ninguno batió el ala,
ninguno abrió el pico para piar”.
¿Se enorgullece el hacha contra quien corta con ella?
¿Se gloría la sierra contra quien la mueve?
¡Como si el bastón moviera a quien lo sostiene,
o la vara sostuviera a quien no es de madera!
Por eso, el Señor, Dios del universo,
debilitará a los hombres vigorosos
y bajo su esplendor
encenderá un fuego abrasador».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 93, 5-6. 7-8. 9-10. 14-15 (R.: 14a)

R. El Señor no rechaza a su pueblo.

V. Trituran, Señor, a tu pueblo,
oprimen a tu heredad;
asesinan a viudas y forasteros,
degüellan a los huérfanos. 
R.

V. Y comentan: «Dios no lo ve,
el Dios de Jacob no se entera».
Entérense, los más necios del pueblo,
ignorantes, ¿cuándo discurrirán? 
R.

V. El que plantó el oído ¿no va a oír?
El que formó el ojo ¿no va a ver?
El que educa a los pueblos ¿no va a castigar?
El que instruye al hombre ¿no va a saber? 
R.

V. Porque el Señor no rechaza a su pueblo,
ni abandona su heredad:
el juicio retornará a la justicia,
y la seguirán todos los rectos de corazón. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Bendito seas, Padre, Señor del cielo y de la tierra,
porque has revelado los misterios del reino a los pequeños. 
R .

 

Evangelio

Mt 11, 25-27

Has escondido estas cosas a los sabios y se las has revelado a los pequeños

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, tomó la palabra Jesús y dijo:
«Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, así te ha parecido bien.
Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar».

Palabra del Señor.

 

 

1

 

Dios se revela a los pequeños

 

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de hoy nos presenta un fuerte contraste entre la soberbia del poderoso y la humildad de quienes confían en el Señor.

En la primera lectura, el profeta Isaías habla de Asiria, una nación que Dios había permitido actuar como instrumento de corrección para su pueblo. Sin embargo, el rey asirio se llenó de orgullo. Pensó que todo lo había conseguido por su propia fuerza, por su inteligencia y por el poder de su ejército. Llegó a creer que era dueño absoluto de la historia.

Por eso, el Señor lo confronta con una imagen muy sencilla: ¿puede el hacha gloriarse contra quien la maneja? ¿Puede la sierra sentirse superior a quien la mueve? El instrumento no puede ponerse por encima de quien lo utiliza.

Esta Palabra también nos interpela. Con facilidad podemos pensar que todo depende de nosotros, que nuestros logros son únicamente fruto de nuestras capacidades, que no necesitamos de nadie, ni siquiera de Dios. La soberbia comienza cuando olvidamos que la vida es un don, que nuestras capacidades son recibidas y que todo poder humano es limitado.

El salmo denuncia otra consecuencia de esa soberbia: la opresión de los débiles. Dice que algunos maltratan al pueblo, oprimen a la viuda, al extranjero y al huérfano, creyendo que Dios no ve.

Pero Dios sí ve. Dios escucha el clamor de quien sufre. Dios no abandona a su pueblo, como proclamamos en el estribillo: «El Señor no rechaza a su pueblo».

Esto nos consuela especialmente al orar hoy por nuestros enfermos. Muchos de ellos pueden sentirse frágiles, dependientes, olvidados o abatidos. La enfermedad nos recuerda que no somos autosuficientes y que necesitamos de Dios y de los demás. Pero también nos recuerda algo más profundo: nuestra debilidad no nos aleja del Señor; muchas veces nos hace más capaces de abrirnos a Él.

En el Evangelio, Jesús exclama lleno de alegría: «Te doy gracias, Padre, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a los pequeños».

Jesús no condena el conocimiento ni la inteligencia. Lo que rechaza es la actitud del que cree saberlo todo y ya no se deja enseñar. El verdadero obstáculo para conocer a Dios no es la falta de estudios, sino la soberbia del corazón.

Los pequeños de los que habla Jesús son quienes reconocen que necesitan de Dios. Son quienes no tienen todas las respuestas, pero saben confiar. Son quienes se acercan al Señor con un corazón disponible, sencillo y humilde.

El gran misterio revelado a los pequeños es el rostro amoroso del Padre, que Jesús nos da a conocer. Nadie conoce verdaderamente al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. Por eso, conocer a Dios no consiste solamente en aprender ideas sobre Él; consiste en entrar en relación con Jesús, escucharlo, seguirlo y dejarnos amar por Él.

Aquí podemos comprender también la experiencia de nuestros enfermos. A veces, en medio del dolor, surgen preguntas para las que no tenemos una respuesta completa: ¿por qué esta enfermedad?, ¿por qué este sufrimiento?, ¿por qué Dios no concede pronto la salud?

La fe no siempre responde a todos nuestros porqués, pero nos revela quién permanece a nuestro lado. Nos muestra a Jesucristo, el Hijo que conoce al Padre y que nos asegura que no estamos solos. El Señor no abandona al enfermo, no desprecia sus lágrimas ni se desentiende de su dolor.

La enfermedad puede hacernos experimentar la pobreza, pero esa pobreza también puede convertirse en espacio de gracia. Cuando ya no podemos sostenernos solo en nuestras fuerzas, aprendemos a dejarnos sostener por Dios.

Hoy pidamos un corazón humilde. Que no seamos como el poderoso que se gloría de su fuerza, sino como los pequeños que reciben con gratitud la revelación del Padre. Que sepamos acompañar con ternura a los enfermos de nuestras familias y comunidades, visitarlos, escucharlos, servirlos y hacerles sentir que siguen siendo valiosos y amados.

Oremos por quienes sufren enfermedades del cuerpo, por quienes atraviesan angustias del alma, por los hospitalizados, por quienes esperan un diagnóstico, una cirugía o un tratamiento, y por quienes los cuidan con paciencia y amor.

Que Jesús, médico de los cuerpos y de las almas, les conceda fortaleza, alivio y esperanza. Y que todos aprendamos que la verdadera sabiduría no consiste en sentirnos superiores, sino en reconocer humildemente que dependemos del amor del Padre.

Amén.

 

2

 

La verdadera sabiduría se recibe con un corazón humilde

 

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de este miércoles nos presenta dos maneras muy distintas de situarnos ante Dios: la soberbia de quien se considera dueño de su poder y de sus logros, y la humildad de quien reconoce que todo lo recibe del Padre.

En la primera lectura, el profeta Isaías habla de Asiria, una gran potencia que había sido utilizada como instrumento para corregir al pueblo de Israel. Sin embargo, el rey asirio terminó creyendo que sus victorias eran únicamente fruto de su inteligencia, de su fuerza y de la capacidad de su ejército.

Por eso presume diciendo: «Con la fuerza de mi mano lo he hecho, con mi sabiduría, porque soy inteligente». Ha olvidado que no es el dueño absoluto de la historia. Se ha llenado de arrogancia y ha confundido la misión recibida con un poder que le pertenecía por derecho propio.

Entonces Dios le responde mediante una comparación muy clara: «¿Se envanece el hacha contra quien corta con ella? ¿Se gloría la sierra contra quien la maneja?». El instrumento no puede ponerse por encima de quien lo utiliza.

Esta advertencia también es para nosotros. Podemos caer en la tentación de atribuirnos todo lo bueno que hacemos. Podemos pensar que nuestros éxitos se deben solamente a nuestras capacidades, a nuestra experiencia, a nuestros estudios o a nuestros esfuerzos. Sin desconocer la importancia del trabajo humano, la fe nos invita a recordar que la vida, los talentos, la inteligencia, las oportunidades y la fuerza para servir son dones recibidos.

La verdadera sabiduría comienza cuando dejamos de decir: «Todo lo he hecho yo», y aprendemos a reconocer: «El Señor ha obrado en mí y me ha permitido colaborar con su gracia».

El salmo continúa denunciando la soberbia de quienes oprimen al débil. Habla de aquellos que maltratan al pueblo, atropellan a la viuda, al extranjero y al huérfano, mientras piensan: «El Señor no lo ve».

Pero el salmista les recuerda: «El que hizo el oído, ¿no va a oír? El que formó el ojo, ¿no va a ver?». Dios conoce nuestras acciones, escucha el clamor de quienes sufren y no abandona a su pueblo. Por eso proclamamos con confianza: «El Señor no rechaza a su pueblo».

En el Evangelio, Jesús eleva una oración de alabanza: «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a los pequeños».

Jesús no está condenando el estudio, la ciencia ni la inteligencia. El mismo Dios nos ha dado la razón y desea que la cultivemos. Lo que Jesús denuncia es la autosuficiencia de quienes creen saberlo todo y, por eso, ya no se dejan enseñar por Dios.

Los «sabios y entendidos» a los que se refiere el Evangelio son aquellos que confían únicamente en sí mismos, que quieren comprenderlo todo antes de creer y que cierran su corazón al misterio. En cambio, los pequeños son quienes se acercan a Dios con humildad, confianza y disponibilidad.

Ser pequeño no significa ser ignorante ni ingenuo. Significa reconocer nuestra dependencia de Dios. Significa aceptar que la verdad no es una posesión que dominamos, sino un don que recibimos. El niño confía, pregunta, se deja conducir y reconoce que necesita de otro.

Jesús da gracias al Padre porque los misterios del Reino no se conquistan con orgullo intelectual, sino que se acogen mediante la fe. No se trata de renunciar a pensar, sino de pensar desde la humildad. La fe no elimina la inteligencia; la ilumina y la conduce hacia una comprensión más profunda.

San Agustín decía que la comprensión es recompensa de la fe: no debemos pretender comprenderlo todo para comenzar a creer; más bien, creemos para llegar a comprender con una luz nueva.

Hoy celebramos la memoria de san Buenaventura, obispo y doctor de la Iglesia, conocido como el «Doctor Seráfico». Fue un gran intelectual, filósofo y teólogo, pero nunca separó el conocimiento de la oración. Para él, no bastaba hablar sobre Dios: era necesario caminar hacia Dios y dejarse transformar por su amor.

San Buenaventura nos enseña que la auténtica teología nace de rodillas. Su sabiduría no consistía solamente en acumular conceptos, sino en conducir la inteligencia hacia la contemplación. Él comprendió que podemos saber muchas cosas sobre Dios y, sin embargo, no conocerlo verdaderamente si nuestro corazón permanece cerrado.

Por eso afirmaba: «Sin la oración, no esperen crecer en las virtudes». La oración purifica nuestra inteligencia, nos libra de la arrogancia y nos permite recibir la sabiduría que viene de lo alto.

También nosotros podemos preguntarnos: ¿cómo me acerco a Dios? ¿Como quien pretende dominarlo todo con sus razonamientos, o como quien se deja sorprender y enseñar? ¿Reconozco los dones que Él me ha concedido, o vivo atribuyéndome todos mis logros? ¿Mi conocimiento me hace más humilde y servicial, o más orgulloso y distante de los demás?

Jesús nos invita hoy a unirnos a su alabanza: «Te doy gracias, Padre». La gratitud es una escuela de humildad. Quien da gracias reconoce que no se ha dado la vida a sí mismo y que no puede salvarse por sus propias fuerzas.

En cada Eucaristía nos unimos a la acción de gracias perfecta de Cristo. Él ofrece al Padre su alabanza, y nosotros, unidos a Él, aprendemos a reconocer las bendiciones recibidas. No damos gracias solo porque todo salga como deseamos, sino porque el Padre se nos ha revelado en Jesucristo y permanece con nosotros en todo momento.

Pidamos hoy, por intercesión de san Buenaventura, una inteligencia humilde, una fe confiada y un corazón orante. Que nuestros conocimientos nos acerquen a Dios y nos ayuden a servir mejor a los demás. Que nunca nos creamos dueños absolutos de nuestros talentos, sino instrumentos en las manos del Señor.

Y que podamos repetir con Jesús, no solo con los labios sino con toda nuestra vida: «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra».

Amén.

 


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15 de julio: 

San Buenaventura, Obispo y Doctor de la Iglesia – Memoria

c. 1217–1274
Invocado contra problemas intestinales
Canonizado por el Papa Sixto IV el 14 de abril de 1482
Proclamado Doctor Seráfico de la Iglesia por el Papa Sixto V en 1588





🕊️ Cita:

Cristo es a la vez el camino y la puerta. Cristo es la escalera y el vehículo, como el “trono de la misericordia sobre el Arca de la Alianza” y “el misterio oculto desde los siglos”. El hombre debe dirigir toda su atención hacia este trono de misericordia y contemplarlo colgado en la cruz, lleno de fe, esperanza y caridad, devoto, lleno de asombro y alegría, marcado por la gratitud y abierto a la alabanza y la exultación. Entonces ese hombre hará con Cristo una “pascua”, es decir, un paso. A través de los brazos de la cruz pasará el Mar Rojo, dejando Egipto y entrando en el desierto. Allí saboreará el maná escondido y descansará con Cristo en el sepulcro, como si estuviera muerto a las cosas exteriores. Experimentará, en la medida de lo posible para quien aún vive, lo que fue prometido al ladrón que colgaba junto a Cristo: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”.
(Itinerario del alma hacia Dios, de San Buenaventura)


📖 Reflexión

San Buenaventura nació aproximadamente durante la última década de vida de san Francisco de Asís y estuvo profundamente vinculado al santo y a su orden franciscana durante toda su vida. Nació en Civita di Bagnoregio, en la actual Italia, y fue bautizado con el nombre de Giovanni di Fidanza, como su padre. La región formaba parte de los Estados Pontificios, a unos 110 km al norte de Roma y a 80 km al suroeste de Asís. Al momento de su nacimiento, la orden franciscana contaba ya con cerca de 5.000 miembros, apenas una década después de haber sido fundada.

Según la tradición, cuando Giovanni era niño, fue curado milagrosamente por San Francisco de Asís. Algunos creen que fue entonces cuando se le dio el nombre de Bonaventura. Una leyenda cuenta que, al ser curado, Francisco exclamó: “¡Oh, buena ventura!” Otras versiones dicen que la curación fue posterior a la muerte de Francisco, por intercesión de la madre del niño. Sea como fuere, el propio San Buenaventura recordó más tarde el milagro diciendo:

“Pues yo, que recuerdo como si hubiese sido ayer cómo fui arrancado de las fauces de la muerte cuando era apenas un niño, por su invocación y sus méritos, temería incurrir en el pecado de ingratitud si no proclamase sus alabanzas.”

Poco se sabe sobre su infancia. De joven viajó a París para estudiar, y en 1243 ingresó formalmente a los franciscanos, tomando el nombre de Buenaventura. Se dedicó a un exigente estudio, centrado en las Sagradas Escrituras y las Sentencias del obispo Pedro Lombardo. Su tesis doctoral se tituló Cuestiones sobre el conocimiento de Cristo.

En ese tiempo, la Universidad de París era el campo de batalla entre los teólogos tradicionales y las nuevas órdenes mendicantes: franciscanos y dominicos, que vivían de la pobreza, predicaban itinerantemente y no poseían propiedades. Este modelo de vida causó tensiones y sospechas. Fray Buenaventura se situó al frente de esta defensa, fundamentando en la Escritura y en la teología la autenticidad del carisma mendicante.

Tras 14 años en París, Buenaventura fue nombrado Doctor y Maestro en Teología el 23 de octubre de 1257, el mismo día en que lo fue también su homólogo dominico, Santo Tomás de Aquino.

La orden franciscana crecía rápidamente y necesitaba orientación. San Francisco había sido reticente al estudio, temiendo que los frailes perdieran el espíritu del Evangelio. Sin embargo, en sus últimos años confió a San Antonio de Padua la formación teológica. Después de la muerte de San Francisco en 1226, la orden buscaba definirse. ¿Debían los frailes seguir siendo sencillos y pobres predicadores, o abrirse a la vida académica y de gobierno?

La elección divina recayó en Buenaventura para guiar este discernimiento. En 1257, poco después de recibir el doctorado, fue elegido Ministro General de los franciscanos, cargo que ocupó por 17 años. En ese tiempo, la orden creció de 5.000 a 30.000 frailes, extendiéndose por Europa, el norte de África, el Medio Oriente e incluso China.

Uno de sus primeros objetivos fue unificar la vida de los frailes. Compiló las normas de vida y escribió una biografía oficial de San Francisco, basada en testimonios directos. Esta biografía fue adoptada como la única autorizada en el Capítulo General de Pisa en 1263.

En 1265, el papa lo nombró arzobispo de York, pero Buenaventura, aún no ordenado obispo, renunció humildemente, prefiriendo continuar como superior de su orden. En los años siguientes escribió numerosas cartas, sermones y obras místicas de gran profundidad, siempre centradas en Cristo y en la sabiduría espiritual de San Francisco. Defendió que el conocimiento teológico no debía ser estéril ni vanidoso, sino siempre orientado a la conversión, la fe y el amor.

Su mística teología lo llevó a ser proclamado Doctor Seráfico de la Iglesia. Tenía también gran devoción a la Virgen María.

La influencia de Buenaventura fue tan notable que los papas buscaban su consejo frecuentemente. En 1274, el Papa Gregorio X lo consagró obispo y lo creó cardenal, encomendándole una tarea crucial: presidir el II Concilio de Lyon, que buscaba la reconciliación entre las Iglesias de Oriente y Occidente. Sin embargo, antes de que el concilio concluyera, Buenaventura murió misteriosamente, a los 56 años.

San Buenaventura fue, en muchos sentidos, el rostro nuevo del franciscanismo renovado. Si Francisco encendió la chispa, Buenaventura canalizó su fuego con sabiduría mística.

Hoy, al honrar a este gran santo, contemplemos su ejemplo de inteligencia al servicio del amor, de teología como camino hacia Cristo, de pobreza evangélica sin dejar de buscar la verdad. Su vida nos recuerda que estudiar, predicar y servir… sólo tienen sentido si nos conducen a un amor más profundo por Cristo.


🙏 Oración

San Buenaventura, tú fuiste llamado por Dios para guiar con tu mente iluminada la sencillez y novedad de la orden franciscana. Por la oración, la fe y la inteligencia, permaneciste fiel al carisma de San Francisco, señalando siempre a Cristo.

Ruega por mí, para que busque siempre a Cristo por encima de todo y lo sirva con todo mi corazón.

San Buenaventura y San Francisco, rueguen por mí.

Jesús, en Ti confío.

 


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