miércoles, 20 de mayo de 2026

21 de mayo del 2026: jueves de la séptima semana de Pascua

 

La unidad no es uniformidad

(Juan 17,20-26) La unidad a la que Cristo nos llama tiene como modelo la que Él vive con su Padre. Es una unidad de naturaleza —la naturaleza divina— y una unidad de voluntades, pero que no suprime las diferencias. El Padre no es el Hijo y el Hijo no es el Padre. Cada uno tiene una identidad propia y un papel diferenciado en la historia de la salvación.

Ser uno con el Padre y el Hijo, ser uno entre nosotros: he aquí algo más complejo, porque siempre estamos tentados a confundir unidad con uniformidad, debido al desafío que representa la alteridad, es decir, la presencia del otro, distinto de mí.

Emmanuelle Billoteau, ermite

 


Primera lectura

Hch 22, 30; 23, 6-11

Tienes que dar testimonio en Roma

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.

EN aquellos días, queriendo el tribuno conocer con certeza los motivos por los que los judíos acusaban a Pablo, mandó desatarlo, ordenó que se reunieran los sumos sacerdotes y el Sanedrín en pleno y, bajando a Pablo, lo presentó ante ellos.
Pablo sabía que una parte eran fariseos y otra saduceos y gritó en el Sanedrín:
«Hermanos, yo soy fariseo, hijo de fariseo, se me está juzgando por la esperanza en la resurrección de los muertos».
Apenas dijo esto, se produjo un altercado entre fariseos y saduceos, y la asamblea quedó dividida. (Los saduceos sostienen que no hay resurrección ni ángeles ni espíritus, mientras que los fariseos admiten ambas cosas). Se armó un gran griterío, y algunos escribas del partido fariseo se pusieron en pie, porfiando:
«No encontramos nada malo en este hombre; ¿y si le ha hablado un espíritu o un ángel?».
El altercado arreciaba, y el tribuno, temiendo que hicieran pedazos a Pablo, mandó bajar a la guarnición para sacarlo de allí y llevárselo al cuartel.
La noche siguiente, el Señor se le presentó y le dijo:
«¡Ánimo! Lo mismo que has dado testimonio en Jerusalén de lo que a mí se refiere, tienes que darlo en Roma».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 15, 1b-2a y 5. 7-8. 9-10. 11 (R.: 1b)

R. Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti.

O bien:

R. Aleluya.

V. Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti.
Yo digo al Señor: «Tú eres mi Dios».
El Señor es el lote de mi heredad y mi copa,
mi suerte está en tu mano. R.

V. Bendeciré al Señor que me aconseja,
hasta de noche me instruye internamente.
Tengo siempre presente al Señor,
con él a mi derecha no vacilaré. R.

V. Por eso se me alegra el corazón,
se gozan mis entrañas,
y mi carne descansa esperanzada.
Porque no me abandonarás en la región de los muertos
ni dejarás a tu fiel ver la corrupción. R.

V. Me enseñarás el sendero de la vida,
me saciarás de gozo en tu presencia,
de alegría perpetua a tu derecha. R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Que todos sean uno —dice el Señor—,
como tú, Padre, en mí, y yo en ti,
para que el mundo crea que tú me has enviado. R.

 

Evangelio

Jn 17, 20-26

¡Que sean completamente uno!

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

EN aquel tiempo, Jesús, levantando los ojos al cielo, oró diciendo:
«No solo por ellos ruego, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado.
Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno, como nosotros somos uno; yo en ellos, y tú en mí, para que sean completamente uno, de modo que el mundo sepa que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí.
Padre, este es mi deseo: que los que me has dado estén conmigo donde yo estoy y contemplen mi gloria, la que me diste, porque me amabas, antes de la fundación del mundo.
Padre justo, si el mundo no te ha conocido, yo te he conocido, y estos han conocido que tú me enviaste. Les he dado a conocer y les daré a conocer tu nombre, para que el amor que me tenías esté en ellos, y yo en ellos».

Palabra del Señor.

 

1

 

Hermanos y hermanas:

En estos días finales del tiempo pascual, la Iglesia nos hace escuchar con insistencia la oración de Jesús antes de su pasión. No son palabras cualesquiera. Son palabras pronunciadas desde lo más hondo de su corazón, cuando se acerca la hora de entregar la vida. Jesús no está haciendo un discurso para quedar bien. Está orando. Está abriendo su intimidad ante el Padre. Y en esa oración aparecemos nosotros.

El Evangelio de hoy nos deja una frase que debería estremecernos:
“No ruego solo por ellos, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos.”

Jesús ora por los apóstoles, sí; pero también ora por todos los que, a lo largo de la historia, creerán gracias al testimonio de la Iglesia. Allí estamos nosotros. Allí están nuestras comunidades. Allí están los catequistas, los misioneros, los sacerdotes, los diáconos, los religiosos, las religiosas, los laicos comprometidos, las familias que transmiten la fe, los jóvenes llamados por Dios, los enfermos que evangelizan desde su cama, los ancianos que sostienen la Iglesia con su oración silenciosa.

Jesús ora por todos nosotros y pide una gracia fundamental:
“Que todos sean uno.”

Pero es importante entender bien esta unidad. La unidad que Jesús pide no significa que todos pensemos exactamente igual en todo, que tengamos el mismo temperamento, la misma sensibilidad, la misma manera de expresarnos o los mismos gustos pastorales. Jesús no pide una Iglesia de copias. No pide uniformidad. Pide comunión.

Alguien lo ha expresado muy bien: la unidad no es unicidad, no es borrar las diferencias. El modelo de nuestra unidad es la unidad entre el Padre y el Hijo. El Padre no es el Hijo, y el Hijo no es el Padre. Hay distinción, hay relación, hay identidad propia, pero hay amor perfecto, voluntad unida, entrega mutua.

Así debería ser también la Iglesia: diversa en carismas, ministerios, culturas, sensibilidades y vocaciones; pero una sola en la fe, en el amor, en la misión y en la fidelidad a Cristo.

A veces, en nuestras comunidades, confundimos unidad con que todos hagan lo que yo quiero. Decimos que queremos comunión, pero en el fondo queremos que los demás se parezcan a nosotros. Nos cuesta aceptar al que piensa distinto, al que trabaja de otra manera, al que tiene otro ritmo, otra historia, otro modo de servir.

Pero la unidad cristiana no nace de imponer una personalidad dominante. Nace de mirar juntos a Cristo. Una parroquia no está unida porque todos sean iguales, sino porque todos ponen a Jesús en el centro. Una comunidad no está unida porque no haya tensiones, sino porque sabe resolverlas desde la caridad. Una Iglesia no está unida porque no existan diferencias, sino porque el amor de Cristo es más grande que nuestras diferencias.

En la primera lectura vemos a san Pablo en medio del conflicto. Está ante el Sanedrín, entre fariseos y saduceos. El ambiente es tenso. Hay división, acusaciones, confusión. Pablo, sin embargo, permanece firme en lo esencial: su esperanza está puesta en la resurrección. Él no predica una idea personal ni defiende un interés propio. Da testimonio de Cristo vivo.

Y en medio de esa noche difícil, el Señor se le aparece y le dice:
“¡Ánimo! Lo mismo que has dado testimonio de mí en Jerusalén, tienes que darlo también en Roma.”

Qué palabra tan hermosa para quienes evangelizan: “¡Ánimo!”

La obra evangelizadora de la Iglesia no se realiza siempre en condiciones ideales. A veces se evangeliza en medio de incomprensiones, cansancios, críticas, divisiones, limitaciones humanas, escasez de recursos o falta de vocaciones. A veces quien anuncia el Evangelio siente que siembra mucho y recoge poco. A veces el sacerdote, el catequista, el misionero, el agente de pastoral o la familia cristiana pueden sentirse solos.

Pero el Señor sigue diciendo: “¡Ánimo!”

Ánimo, porque la misión no es nuestra: es de Cristo.
Ánimo, porque la Iglesia no camina sostenida solo por estrategias humanas, sino por la fuerza del Espíritu.
Ánimo, porque aun en medio de las crisis, Dios sigue llamando.
Ánimo, porque donde parece haber noche, también puede comenzar una misión nueva.

La oración de Jesús por la unidad tiene una finalidad misionera muy clara:
“Para que el mundo crea que tú me has enviado.”

Esto significa que la unidad de los cristianos evangeliza. Una comunidad reconciliada evangeliza. Una parroquia donde se respira fraternidad evangeliza. Un presbiterio unido evangeliza. Una familia que, aun con dificultades, permanece en el amor evangeliza. Un grupo apostólico que no compite sino que sirve evangeliza.

Por el contrario, nuestras divisiones oscurecen el Evangelio. Cuando la Iglesia se convierte en lugar de rivalidades, celos, murmuraciones o luchas de poder, se debilita el testimonio. La gente no solo escucha lo que decimos de Jesús; también mira cómo nos tratamos entre nosotros.

Por eso, pedir vocaciones no es solamente pedir que haya más sacerdotes, religiosas o misioneros. Es pedir también que existan comunidades capaces de acoger, acompañar y sostener esas vocaciones. Una vocación nace muchas veces en un ambiente donde se respira fe, alegría, servicio y fraternidad. Cuando un joven ve una comunidad viva, puede preguntarse: “¿Y si Dios me está llamando también a mí?” Pero cuando ve una comunidad dividida, herida por chismes o indiferencias, puede cerrarse al llamado.

Hoy oremos por la obra evangelizadora de la Iglesia y por las vocaciones. Oremos para que el Señor siga llamando obreros a su mies. Oremos por los jóvenes que sienten inquietud vocacional, para que no tengan miedo. Oremos por los sacerdotes, para que vivan unidos a Cristo y sirvan con alegría. Oremos por los religiosos y religiosas, para que sean signo del Reino. Oremos por los laicos comprometidos, para que descubran que también su vida familiar, profesional y social es lugar de misión.

Pero pidamos también algo muy concreto: que nuestras comunidades sean terreno bueno para las vocaciones. Que no espantemos los llamados de Dios con nuestras divisiones. Que no apaguemos el entusiasmo de los jóvenes con nuestra frialdad. Que no reduzcamos la evangelización a eventos, sino que la vivamos como testimonio de comunión.

El salmo de hoy nos pone en los labios una súplica sencilla y profunda:
“Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti.”

Necesitamos refugiarnos en Dios para vivir la unidad. Porque solos no podemos. La unidad no se fabrica con decretos ni con buenas intenciones superficiales. La unidad se recibe como gracia y se trabaja como tarea. Hay que pedirla y construirla. Hay que orarla y practicarla. Hay que defenderla en lo pequeño: evitando una palabra que hiere, frenando una murmuración, pidiendo perdón, escuchando al otro, reconociendo el valor del servicio ajeno.

Jesús termina el Evangelio expresando su deseo más profundo:
“Padre, quiero que los que me diste estén conmigo donde yo estoy.”

Ese es el destino final de la evangelización: llevar a los hijos de Dios a la comunión plena con Cristo. No evangelizamos para aumentar números, ni para ganar prestigio, ni para llenar estadísticas. Evangelizamos para que todos conozcan el amor del Padre revelado en Jesús. Evangelizamos para que nadie se sienta huérfano de Dios. Evangelizamos para que el mundo crea que Cristo vive.

Hermanos y hermanas, que esta Eucaristía nos ayude a comprender que la unidad no borra la diversidad, sino que la purifica y la pone al servicio del Reino. Que cada uno, desde su vocación, pueda decir: “Señor, aquí estoy; hazme instrumento de comunión y de misión.”

Y que Jesús, que oró por nosotros antes de entregar su vida, siga intercediendo por su Iglesia, para que seamos uno, para que el mundo crea, y para que nunca falten corazones generosos dispuestos a anunciar el Evangelio.

Amén.

 

2

 

Hermanos y hermanas:

En el Evangelio de hoy escuchamos una de las expresiones más hermosas de la oración sacerdotal de Jesús:
“Padre, este es mi deseo: que los que me confiaste estén conmigo donde yo estoy y contemplen mi gloria.”

Jesús está orando al Padre antes de su pasión. Sabe que se acerca la cruz, sabe que sus discípulos serán probados, sabe que la Iglesia nacerá en medio de fragilidades, persecuciones y divisiones. Pero en ese momento decisivo, Jesús no piensa solo en el sufrimiento que le espera; piensa en nosotros. Ora por los que creen y por los que creerán. Ora por la Iglesia. Ora por cada uno de nosotros.

Y hay una frase que puede iluminar profundamente nuestra vida espiritual: nosotros somos un regalo del Padre para Jesús. No somos un accidente, no somos un número más, no somos simples espectadores dentro de la historia de la salvación. Somos amados, llamados, entregados por el Padre al Hijo. Cada creyente, cada bautizado, cada vocación, cada vida entregada al Evangelio es un don precioso en el corazón de Cristo.

Qué importante es recordar esto en un mundo donde tantas personas se sienten inútiles, descartadas, solas o sin valor. El Evangelio nos dice hoy: tú eres un regalo para Dios. Tu vida tiene una dignidad inmensa. Tu existencia está envuelta en el amor eterno del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Jesús no nos mira como extraños. Nos mira como aquellos que el Padre le ha confiado. Nos mira con amor, con ternura, con esperanza. Por eso pide que estemos con Él, que contemplemos su gloria, que participemos de su vida. La meta de la fe no es simplemente cumplir normas, sino vivir unidos a Cristo, entrar en comunión con la Trinidad, dejarnos transformar por ese amor divino.

La primera lectura nos presenta a Pablo en medio de una situación difícil. Está siendo juzgado, cuestionado, rodeado de tensiones. Sin embargo, permanece firme en su testimonio. Pablo no se predica a sí mismo; anuncia a Cristo resucitado. Su fuerza no viene de la comodidad ni del reconocimiento humano, sino de saberse enviado por Dios.

Y en medio de la noche, el Señor se le aparece y le dice:
“¡Ánimo! Lo mismo que has dado testimonio de mí en Jerusalén, tienes que darlo también en Roma.”

Esta palabra es también para nosotros: ¡ánimo!
Ánimo para la Iglesia que evangeliza en medio de dificultades.
Ánimo para los sacerdotes, diáconos, religiosos, religiosas y laicos comprometidos.
Ánimo para quienes anuncian el Evangelio aunque no siempre vean frutos inmediatos.
Ánimo para los jóvenes que sienten una inquietud vocacional y tienen miedo de responder.
Ánimo para las familias que quieren transmitir la fe a sus hijos en un ambiente muchas veces indiferente o contrario a Dios.

La obra evangelizadora de la Iglesia nace precisamente de esta certeza: somos amados por Dios y enviados a compartir ese amor. Nadie puede evangelizar de verdad si antes no se ha sentido amado, elegido y sostenido por el Señor. La misión no comienza con técnicas ni estrategias, sino con una experiencia profunda: Cristo me ama, Cristo me llama, Cristo me envía.

Por eso, pedir vocaciones no es solo pedir que haya más sacerdotes o religiosas. Es pedir que haya corazones capaces de descubrir que su vida puede ser un don. Una vocación nace cuando alguien comprende: “Mi vida no es solo para mí; mi vida puede ser entregada por amor.” Así nace la vocación sacerdotal, religiosa, misionera, matrimonial, laical y evangelizadora.

Toda vocación auténtica es una respuesta al amor recibido. Dios nos regala a Cristo y Cristo nos devuelve al Padre como una ofrenda viva. El Espíritu Santo habita en nosotros para que nuestra vida sea cada vez más bella, más generosa, más fecunda, más disponible.

El salmo de hoy nos ayuda a poner esta confianza en oración:
“Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti.”

Quien se sabe regalo de Dios no vive desde el miedo, sino desde la confianza. No significa que no haya pruebas, como las tuvo Pablo. No significa que no haya cansancio, incomprensiones o dificultades. Significa que, aun en medio de todo, sabemos en quién hemos puesto nuestra esperanza.

La Iglesia necesita evangelizadores que vivan desde esta certeza. No personas perfectas, sino personas habitadas por el amor de Dios. No servidores que busquen protagonismo, sino discípulos que se sepan don recibido y don entregado. No comunidades encerradas en sí mismas, sino comunidades que comuniquen la alegría de pertenecer a Cristo.

Jesús pide al Padre que el amor con que Él lo amó esté también en nosotros. Esa es la raíz de toda evangelización: dejar que el amor de Dios habite en nosotros para que otros puedan descubrirlo.

Hermanos y hermanas, hoy demos gracias porque somos regalo de Dios. Y pidamos la gracia de vivir como tal. Que nuestra vida no sea una carga para los demás, sino una bendición. Que nuestras palabras no dividan, sino que animen. Que nuestro servicio no busque aplausos, sino que revele a Cristo. Que nuestras comunidades sean lugares donde puedan nacer y crecer nuevas vocaciones.

Oremos hoy por la obra evangelizadora de la Iglesia y por las vocaciones. Que el Señor llame muchos corazones generosos. Que los llamados respondan sin miedo. Que los evangelizadores no se cansen. Que la Iglesia siga anunciando con alegría que cada vida, cuando se deja tocar por Dios, puede convertirse en un regalo de amor para el mundo.

Amén.

 

Honoré de Balzac: el novelista que convirtió la sociedad en espejo del alma

 


Este 20 de mayo, se recuerda el nacimiento de Honoré de Balzac, uno de esos nombres que muchos oímos primero en las aulas, quizá antes de haberlo leído de verdad. En mi caso, su nombre llegó en aquellas clases de español y literatura de la infancia y la adolescencia, cuando los profesores mencionaban a los grandes autores europeos como si fueran montañas lejanas: Víctor Hugo, Flaubert, Zola, Dickens, Dostoievski… y, por supuesto, Balzac.

Pero Balzac no se quedó solamente en una referencia escolar. En mi memoria de niño hay una huella más viva: la adaptación televisiva de Piel de zapa, emitida por PUNCH en la televisión colombiana. Aquella historia del hombre que, al poseer un talismán mágico, veía cómo cada deseo cumplido le acortaba la vida, me impresionó profundamente. Tal vez uno no entendía entonces toda la profundidad filosófica de la obra, pero sí percibía algo inquietante: que desear sin medida puede devorar el alma; que no todo lo que se quiere conviene; que la vida se achica cuando el corazón se entrega a la ambición, al placer o al poder sin freno. La telenovela colombiana de Piel de zapa, producida por PUNCH en 1979 y basada en la obra de Balzac, forma parte de esa época en que la televisión nacional se atrevía a acercar grandes obras literarias al público masivo. 

(Wikipedia)


Honoré de Balzac nació en Tours, Francia, el 20 de mayo de 1799, y murió en París el 18 de agosto de 1850. Su gran proyecto literario fue La comedia humana, un inmenso conjunto de novelas y relatos con el que quiso retratar la sociedad francesa posterior a la Revolución y al Imperio napoleónico. Britannica lo presenta como uno de los grandes artífices de la forma moderna de la novela, y como uno de los novelistas más importantes de todos los tiempos. (Encyclopedia Britannica)

Balzac fue un trabajador desmesurado, casi volcánico. Vivió entre deudas, proyectos editoriales fallidos, sueños de grandeza, amores difíciles y una disciplina feroz de escritura. Antes de alcanzar la gloria literaria, intentó abrirse camino como impresor, editor y hombre de negocios, pero esos intentos lo dejaron cargado de deudas. De esa experiencia nació, en parte, su conocimiento del dinero, de los acreedores, de las apariencias sociales, de la ambición y de la fragilidad humana. Balzac no escribía desde una torre de marfil: escribía desde la batalla.

Su obra no es solamente literatura: es un gran mapa moral y social. En La comedia humana quiso hacerle, como se ha dicho muchas veces, “la competencia al registro civil”: crear una humanidad paralela, con personajes que aparecen, desaparecen y vuelven a surgir en distintas novelas, como sucede en la vida real. Se habla de alrededor de noventa obras y de más de dos mil personajes. Allí están los pobres, los banqueros, los artistas, los arribistas, los sacerdotes, las mujeres sacrificadas, los políticos, los provincianos que sueñan con París, los padres destruidos por el amor a sus hijos, los jóvenes devorados por el deseo de ascender. (EBSCO)

Entre sus obras más recordadas están Eugenia Grandet, Papá Goriot, Las ilusiones perdidas, Esplendores y miserias de las cortesanas, La prima Bette, El lirio en el valle y, por supuesto, La piel de zapa. En todas ellas aparece una mirada implacable, pero no superficial. Balzac observa la ropa, los muebles, las calles, los gestos, las habitaciones, las deudas y los silencios porque sabe que la vida moral también se esconde en los objetos. Una casa, un vestido, una mesa pobre, una pensión oscura o un salón elegante pueden revelar el alma de sus habitantes.

Por eso Balzac es considerado uno de los padres del realismo literario. Pero su realismo no es una simple fotografía de la realidad. Es una radiografía. Balzac no se conforma con contar qué pasa: quiere mostrar por qué pasa, qué fuerzas invisibles mueven a los hombres, cómo el dinero puede deformar los afectos, cómo la ambición puede disfrazarse de virtud, cómo la sociedad premia a veces al astuto y humilla al justo. La Biblioteca Nacional de Francia destaca precisamente esa ambición de mirar “científicamente” a los hombres para describir los engranajes de la sociedad. (Essentiels)

Y aquí aparece una pregunta importante: ¿qué lugar ocupaba Dios en la vida y en la obra de Balzac?

Balzac no fue un santo de vitral ni un escritor piadoso en el sentido convencional. Su vida personal fue compleja, apasionada, contradictoria, marcada por relaciones sentimentales, excesos, deudas y una búsqueda casi febril de reconocimiento. Pero tampoco fue un materialista plano ni un enemigo de la religión. Fue, más bien, un hombre fascinado por el misterio, por el alma, por la lucha entre lo visible y lo invisible.

En el prólogo de La comedia humana, Balzac afirma que escribe bajo la luz de dos verdades que él considera fundamentales: la Religión y la Monarquía. Esta afirmación revela su visión conservadora de la sociedad, pero también su convicción de que el ser humano no puede entenderse sin una referencia moral y espiritual superior. (Balzac Analyse)

¿Era católico Balzac? En el contexto francés de su tiempo, puede decirse que Balzac estaba profundamente marcado por el catolicismo cultural y por una visión cristiana del orden moral. Defendía la religión como fundamento social, veía en la Iglesia una fuerza de cohesión y reconocía que sin trascendencia el hombre quedaba expuesto al dominio del dinero, del orgullo y del deseo. Pero su espiritualidad no fue sencilla ni estrictamente doctrinal. También se interesó por corrientes místicas, por Swedenborg, por el ocultismo y por especulaciones espirituales propias del siglo XIX. En Séraphîta, por ejemplo, se adentra en un mundo místico, simbólico y casi angelical, inspirado en ideas de Swedenborg sobre la elevación espiritual del ser humano. (Balzac Analyse)

En su obra, Dios no siempre aparece nombrado directamente, pero sí aparece la pregunta por el juicio moral. Balzac nos muestra un mundo donde cada deseo tiene consecuencias, donde la codicia destruye, donde el egoísmo seca el corazón, donde el dinero puede convertirse en falso dios. En La piel de zapa, el talismán que se encoge con cada deseo es una parábola estremecedora: el hombre que quiere poseerlo todo termina perdiéndose a sí mismo. Leída desde una sensibilidad cristiana, la novela recuerda aquella pregunta evangélica: “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?”

Balzac comprendió como pocos que el pecado no siempre se presenta con rostro monstruoso. Muchas veces llega vestido de éxito, de ascenso social, de refinamiento, de deseo legítimo llevado al exceso. Sus personajes no son caricaturas: son seres humanos ambiguos, capaces de ternura y de ruindad, de sacrificio y de egoísmo, de grandeza y de caída. Por eso siguen siendo actuales. Porque seguimos viviendo en una sociedad donde el dinero, la fama, el prestigio, la apariencia y el consumo pueden devorar la interioridad.

Sus últimos años fueron duros. Después de una larga relación epistolar y sentimental con la condesa polaca Ewelina Hańska, Balzac logró casarse con ella en 1850, pocos meses antes de morir. Llegó a París ya enfermo, debilitado por años de trabajo excesivo, mala salud y una vida llevada al límite. Estudios médicos modernos han señalado que murió a los 51 años por una gangrena asociada a insuficiencia cardíaca congestiva. (Encyclopedia Britannica)

La muerte de Balzac tuvo algo de escena literaria. Victor Hugo lo visitó en sus últimos momentos y luego pronunció palabras memorables en su funeral. Balzac fue sepultado en el cementerio Père-Lachaise de París. Moría el hombre, pero quedaba en pie una de las arquitecturas narrativas más impresionantes de la literatura universal.

Hoy, más de dos siglos después de su nacimiento, Balzac sigue hablándonos. Su influencia llega a Flaubert, Zola, Proust, Dickens, Dostoievski, Henry James y a tantos narradores modernos que han entendido la novela como un gran laboratorio del alma humana. La crítica literaria sigue reconociendo su lugar central en la tradición de la novela europea y su condición de maestro del realismo. (Cambridge University Press & Assessment)

Pero quizá su actualidad no está solo en la técnica narrativa. Está en su diagnóstico espiritual. Balzac vio venir un mundo donde el dinero iba a organizar los deseos, las relaciones, los matrimonios, las vocaciones y hasta la conciencia. Vio que la sociedad moderna podía producir hombres brillantes y vacíos, triunfadores y derrotados al mismo tiempo. Vio que la ambición podía comerse la vida como aquella piel mágica que se encogía con cada deseo.

Por eso, recordar a Balzac no es solamente rendir homenaje a un clásico. Es mirarnos en un espejo incómodo. Es preguntarnos qué deseos están achicando nuestra alma. Es reconocer que la literatura, cuando es grande, no envejece: cambia de lectores, cambia de época, cambia de pantalla, pero sigue interrogando el corazón humano.

Y para quienes, como yo, lo conocimos primero por una mención escolar y luego por una telenovela que dejó huella en la imaginación infantil, Balzac representa también algo entrañable: el poder de la cultura para sembrar preguntas que solo los años nos ayudan a comprender. Aquella Piel de zapa que impresionó mi mente de niño era mucho más que una historia fantástica. Era una advertencia. Era una parábola moderna. Era, sin que yo lo supiera entonces, una puerta hacia uno de los grandes exploradores del alma humana.

Honoré de Balzac nos recuerda que la vida no se mide por la cantidad de deseos cumplidos, sino por la profundidad con que aprendemos a vivir, amar, renunciar y buscar aquello que no se encoge: la verdad, el bien, la belleza y, en último término, Dios.

 

martes, 19 de mayo de 2026

20 de mayo del 2026: miércoles de la séptima semana de Pascua- San Bernardino de Siena, presbítero-Memoria libre

 

Santo del día:

San Bernardino de Siena

1381-1444.

Con sus sermones, este gran predicador franciscano contribuyó a la conversión de muchos de sus oyentes y propagó la devoción al santo Nombre de Jesús, simbolizado por las tres letras “IHS”: Jesús, Salvador de los hombres.

 

 

En realidad

(Juan 17, 11b-19) El Jesús del Evangelio de Juan no tiene nada de un dulce soñador desconectado de la realidad. Él sabe, como el Jesús de los Evangelios sinópticos, que será causa de división —cf. Mt 10,34—, porque revela una verdad que incomoda, que obliga a salir de las seguridades aparentes, a tomar decisiones que no siempre van en la dirección del “espíritu del mundo”. De ahí surge lo que otros llamarán el combate espiritual: la lucha para no ceder a las sirenas de la facilidad, del bienestar egoísta, del encerrarse en uno mismo… Todas estas cosas son obstáculo para la alegría que Cristo quiere darnos.

Emmanuelle Billoteau, ermite

 


Primera lectura

Hch 20, 28-38
Los encomiendo a Dios, que tiene poder para construirlos y hacerlos partícipes de la herencia

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.

EN aquellos días, dijo Pablo a los presbíteros de la Iglesia de Éfeso:
«Tengan cuidado de ustedes y de todo el rebaño sobre el que el Espíritu Santo los ha puesto como guardianes para pastorear la Iglesia de Dios, que él se adquirió con la sangre de su propio Hijo.
Yo sé que, cuando los deje, se meterán entre ustedes lobos feroces, que no tendrán piedad del rebaño. Incluso de entre ustedes mismos surgirán algunos que hablarán cosas perversas para arrastrar a los discípulos en pos de sí. Por eso, estén alerta: acuérdense de que durante tres años, de día y de noche, no he cesado de aconsejar con lágrimas en los ojos a cada uno en particular.
Ahora los encomiendo a Dios y a la palabra de su gracia, que tiene poder para construirlos y hacerlos partícipes de la herencia con todos los santificados. De ninguno he codiciado dinero, oro ni ropa. Bien saben que estas manos han bastado para cubrir mis necesidades y las de los que están conmigo. Siempre les he enseñado que es trabajando como se debe socorrer a los necesitados, recordando las palabras del Señor Jesús, que dijo: “Hay más dicha en dar que en recibir”».
Cuando terminó de hablar, se puso de rodillas y oró con todos ellos. Entonces todos comenzaron a llorar y, echándose al cuello de Pablo, lo besaban; lo que más pena les daba de lo que había dicho era que no volverían a ver su rostro. Y lo acompañaron hasta la nave.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 67, 29-30. 33-35a. 35bc y 36d (R.: 33a)

R. Reyes de la tierra, canten a Dios.

O bien:

R. Aleluya.

V. Oh, Dios, despliega tu poder,
tu poder, oh, Dios, que actúa en favor nuestro.
A tu templo de Jerusalén
traigan los reyes su tributo. 
R.

V. Reyes de la tierra, canten a Dios,
toquen para el Señor, toquen para Dios,
que avanza por los cielos, los cielos antiquísimos;
que lanza su voz, su voz poderosa.
«Reconozcan el poder de Dios». 
R.

V. Sobre Israel resplandece su majestad,
y su poder sobre las nubes.
¡Dios sea bendito! 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Tu palabra, Señor, es verdad; santifícanos en la verdad. R.

 

Evangelio

Jn 17, 11b-19

Que sean uno, como nosotros

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

EN aquel tiempo, levantando los ojos al cielo, oró Jesús diciendo:
«Padre santo, guárdalos en tu nombre, a los que me has dado, para que sean uno, como nosotros. Cuando estaba con ellos, yo guardaba en tu nombre a los que me diste, y los custodiaba, y ninguno se perdió, sino el hijo de la perdición, para que se cumpliera la Escritura. Ahora voy a ti, y digo esto en el mundo para que tengan en sí mismos mi alegría cumplida.
Yo les he dado tu palabra, y el mundo los ha odiado porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. No ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del maligno. No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo.
Santifícalos en la verdad: tu palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo, así yo los envío también al mundo. Y por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad».

Palabra del Señor.

 

1

 

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de este miércoles de la séptima semana de Pascua nos pone ante un tema muy profundo: la Iglesia vive en medio del mundo, pero no pertenece al espíritu del mundo. Jesús no quiere discípulos escapistas, personas que huyan de la realidad, encerradas en una espiritualidad cómoda. Jesús ora al Padre no para que nos saque del mundo, sino para que nos guarde del Maligno: “No te ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del maligno”.

Esto es muy importante. A veces uno quisiera que la fe fuera una especie de refugio donde nada duele, donde no hay problemas, donde no existen conflictos, enfermedades, cansancios ni luchas. Pero Jesús nunca prometió una vida sin pruebas. Lo que Él prometió fue su presencia, su verdad, su alegría y su protección en medio de las pruebas.

En el Evangelio, Jesús está despidiéndose de sus discípulos. Sabe que ellos quedarán expuestos a muchas dificultades. Sabe que el mundo no siempre recibirá con agrado la verdad del Evangelio. La verdad de Cristo incomoda porque nos saca de la mediocridad, nos pide amar cuando preferiríamos encerrarnos, perdonar cuando quisiéramos vengarnos, servir cuando quisiéramos ser servidos, confiar cuando todo parece oscuro.

Por eso Jesús dice: “Santifícalos en la verdad: tu palabra es verdad”. La santidad cristiana no consiste en vivir fuera de la realidad, sino en vivir la realidad desde Dios. El cristiano no niega el dolor, no niega la enfermedad, no niega la fragilidad humana. Pero tampoco se deja vencer por ellas. La fe nos enseña a mirar la vida con los ojos de Cristo.

También san Pablo, en la primera lectura, se despide de los presbíteros de Éfeso. Sus palabras tienen tono de testamento espiritual. Les dice: “Tengan cuidado de ustedes y de todo el rebaño”. Pablo sabe que vendrán dificultades, que aparecerán lobos rapaces, que habrá peligros externos e internos. Pero no deja a la comunidad abandonada al miedo. La encomienda a Dios y a la palabra de su gracia.

Qué hermoso mensaje para nosotros: la Iglesia no se sostiene por nuestras fuerzas humanas, sino por la gracia de Dios. Los pastores, las comunidades, las familias, los enfermos, los ancianos, los que sufren en silencio, todos estamos sostenidos por esa gracia que no abandona.

Hoy queremos orar especialmente por nuestros hermanos enfermos. La enfermedad es una de esas realidades donde se vive un verdadero combate espiritual. El cuerpo duele, el ánimo se debilita, la paciencia se agota, la esperanza puede tambalear. Pero precisamente allí, en la fragilidad, Cristo ora por nosotros. Jesús no mira al enfermo desde lejos: lo acompaña, lo sostiene, lo santifica en la verdad de su amor.

El Salmo nos recuerda que Dios es fuerza para su pueblo. Él da vigor al cansado, levanta al caído, acompaña al que se siente solo. Por eso, cuando oramos por los enfermos, no pedimos solamente salud física, aunque también la pedimos con fe. Pedimos además fortaleza interior, paz del alma, paciencia, compañía, consuelo y esperanza.

Pidamos hoy al Señor que nos libre del espíritu del mundo: de la indiferencia, del egoísmo, de la comodidad que nos vuelve insensibles. Y pidámosle que nos dé un corazón semejante al suyo, capaz de cuidar, acompañar y sostener a quienes sufren.

Que María, Madre de la Iglesia y salud de los enfermos, acompañe a nuestros hermanos que padecen en el cuerpo y en el alma. Y que Jesús, que oró por sus discípulos en la hora difícil, siga orando por nosotros ante el Padre.

Amén.

 

2

 

Queridos hermanos:

Estamos en los últimos días del tiempo pascual, acercándonos a Pentecostés. La Iglesia nos invita a contemplar a Jesús que ora por sus discípulos antes de su pasión. No ora solamente por los apóstoles de aquel tiempo; ora también por nosotros, por la Iglesia de hoy, por nuestras comunidades, por nuestras familias, por quienes anuncian el Evangelio, por quienes sufren, por quienes sienten el peso de la soledad o de la prueba.

En el Evangelio escuchamos una petición hermosa y profunda: “Padre santo, guárdalos en tu nombre, a los que me has dado, para que sean uno, como nosotros”.

Jesús pide al Padre que nos guarde “en su nombre”. En la Biblia, el nombre no es solamente una palabra para identificar a alguien. El nombre expresa la identidad, la presencia, la autoridad y la misión de una persona. Cuando Dios revela su nombre a Moisés en la zarza ardiente, dice: “Yo soy el que soy”. Es decir, Dios es el que existe desde siempre, el que sostiene la historia, el que acompaña a su pueblo, el que no abandona.

Y en el Evangelio de Juan, Jesús se presenta muchas veces con esa expresión divina: “Yo soy”. “Yo soy el pan de vida”, “Yo soy la luz del mundo”, “Yo soy el buen pastor”, “Yo soy el camino, la verdad y la vida”, “Antes de que Abrahán existiera, Yo soy”. Jesús no es simplemente un maestro sabio ni un líder religioso admirable. Jesús es el Hijo eterno del Padre, Dios hecho hombre, el rostro visible del Dios invisible.

Por eso, cuando Jesús ora para que seamos guardados en el nombre del Padre, está pidiendo que nuestra vida quede sostenida por Dios, protegida por su amor, iluminada por su verdad y orientada hacia la unidad. Nuestra verdadera identidad no está en el prestigio, en el dinero, en los cargos, en los títulos, en la fama ni en las apariencias. Nuestra identidad más profunda está en Dios: somos hijos en el Hijo, llamados a vivir en comunión con Él.

Pero Jesús no pide que seamos sacados del mundo. Dice claramente: “No ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del maligno”. El cristiano no es alguien que huye de la realidad. El cristiano vive en medio del mundo, con sus conflictos, tentaciones, heridas y desafíos, pero no se deja dominar por el espíritu del mundo. No se deja gobernar por el egoísmo, la mentira, la división, la ambición o la indiferencia.

Aquí se entiende también la primera lectura. San Pablo se despide de los presbíteros de Éfeso con palabras llenas de afecto y responsabilidad: “Tengan cuidado de ustedes y de todo el rebaño”. Pablo sabe que la comunidad cristiana va a enfrentar peligros. Habla incluso de “lobos feroces” que pueden dispersar el rebaño. Por eso recomienda vigilancia, fidelidad y entrega.

Estas palabras son muy actuales. También hoy la Iglesia necesita pastores vigilantes, comunidades maduras, cristianos firmes en la fe y humildes en el servicio. No podemos cuidar a los demás si no cuidamos primero nuestra propia unión con Cristo. No podemos anunciar el Evangelio si dejamos que nuestro corazón se enfríe. No podemos construir unidad si vivimos alimentando divisiones, críticas destructivas o rivalidades.

San Pablo nos deja además una frase preciosa de Jesús: “Hay más dicha en dar que en recibir”. Esa frase resume el corazón del Evangelio. La verdadera alegría no nace de poseer más, sino de amar más. No nace de encerrarnos en nosotros mismos, sino de entregarnos. No nace de defender nuestro pequeño mundo personal, sino de abrir la vida a Dios y a los hermanos.

Hoy celebramos también la memoria libre de San Bernardino de Siena, gran predicador franciscano del siglo XV. Él fue un apasionado del santo Nombre de Jesús. Propagó la devoción al monograma IHS, signo del Nombre de Jesús, Salvador de los hombres. Su predicación buscaba renovar la vida cristiana, llamar a la conversión, sanar divisiones y llevar a todos a poner a Cristo en el centro.

Qué providencial resulta esta memoria en el día en que el Evangelio nos habla del nombre de Dios. San Bernardino entendió que el Nombre de Jesús no es un adorno piadoso ni una simple fórmula religiosa. El Nombre de Jesús es salvación, consuelo, fuerza, esperanza. Invocar el Nombre de Jesús es poner nuestra vida bajo su señorío; es reconocer que no nos pertenecemos a nosotros mismos, sino que somos de Cristo.

Por eso, en medio de nuestras luchas, podemos decir con fe: Jesús, guárdame en tu nombre. Jesús, santifícame en la verdad. Jesús, hazme instrumento de unidad. Jesús, no permitas que el mal venza en mi corazón.

El Salmo nos recuerda que Dios da fuerza y poder a su pueblo. Esta es una palabra de ánimo para todos, especialmente para quienes se sienten cansados, enfermos, débiles o probados. La oración de Jesús sigue viva. Cristo sigue intercediendo por nosotros ante el Padre. No caminamos solos. La Iglesia no camina sola. Nuestras comunidades no caminan solas. La gracia de Dios nos sostiene.

Pidamos hoy al Señor tres gracias.

Primero, vivir nuestra identidad en Dios. Que no olvidemos que somos hijos amados, consagrados por la verdad y llamados a la santidad.

Segundo, permanecer unidos. Jesús pidió que fuéramos uno. La división es una herida en el Cuerpo de Cristo. La unidad no significa pensar todos exactamente igual, sino vivir todos desde el mismo amor, la misma fe y la misma misión.

Tercero, actuar en el Nombre de Jesús. Que nuestras palabras, decisiones, trabajos, sufrimientos y servicios lleven la marca de Cristo. Que no anunciemos nuestro ego, sino su Evangelio. Que no busquemos nuestra gloria, sino la gloria de Dios.

Que San Bernardino de Siena nos ayude a amar, invocar y honrar el santo Nombre de Jesús. Y que María, Madre de la Iglesia, nos enseñe a permanecer unidos a Cristo, para vivir en el mundo sin pertenecer al espíritu del mundo.

Que así sea.

 

lunes, 18 de mayo de 2026

19 de mayo del 2026: martes de la séptima semana de Pascua

 

El Padre está con Jesús

(Juan 17, 1-11a) Sabemos que, a pesar de las debilidades de sus amigos y de las nuestras, Jesús no está solo, “porque el Padre está con Él” (cf. Jn 16). Esa presencia la honra Jesús, como lo testimonia su oración por sí mismo y por aquellos que el Padre le ha dado.

Ora por sí mismo, porque la perspectiva de la Cruz es motivo de turbación (cf. Jn 12), aunque Él ha elegido libremente ir hasta el extremo del don de sí. Jesús sabe que en su corazón habita un deseo profundo: la glorificación del Padre, que pasa por su propia glorificación, y la vida eterna para toda carne.

Emmanuelle Billoteau, ermite

 


Primera lectura

Hch 20, 17-27
Completo mi carrera y consumo el ministerio que recibí del Señor Jesús

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.

EN aquellos días, Pablo, desde Mileto, envió recado a Éfeso para que vinieran los presbíteros de la Iglesia. Cuando se presentaron, les dijo:
«Ustedes han comprobado cómo he procedido con ustedes todo el tiempo que he estado aquí, desde el primer día en que puse el pie en Asia, sirviendo al Señor con toda humildad, con lágrimas y en medio de las pruebas que me sobrevinieron por las maquinaciones de los judíos; cómo no he omitido por miedo nada de cuanto les pudiera aprovechar, predicando y enseñando en público y en privado, dando solemne testimonio tanto a judíos como a griegos, para que se convirtieran a Dios y creyeran en nuestro Señor Jesús.
Y ahora, miren, me dirijo a Jerusalén, encadenado por el Espíritu.
No sé lo que me pasará allí, salvo que el Espíritu Santo, de ciudad en ciudad, me da testimonio de que me aguardan cadenas y tribulaciones. Pero a mí no me importa la vida, sino completar mi carrera y consumar el ministerio que recibí del Señor Jesús: ser testigo del Evangelio de la gracia de Dios.
Y ahora, miren: sé que ninguno de ustedes, entre quienes he pasado predicando el reino, volverá a ver mi rostro. Por eso testifico en el día de hoy que estoy limpio de la sangre de todos: pues no tuve miedo de anunciarles enteramente el plan de Dios».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 67, 10-11. 20-21 (R.: 33a)

R. Reyes de la tierra, canten a Dios.

O bien:

R. Aleluya.

V. Derramaste en tu heredad, oh, Dios, una lluvia copiosa,
aliviaste la tierra extenuada;
y tu rebaño habitó en la tierra
que tu bondad, oh, Dios,
preparó para los pobres. 
R.

V. Bendito el Señor cada día,
Dios lleva nuestras cargas, es nuestra salvación.
Nuestro Dios es un Dios que salva,
el Señor Dios nos hace escapar de la muerte. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Le pediré al Padre que les dé otro Paráclito, que esté siempre con ustedes. R

 

Evangelio

Jn 17, 1-11a

Padre, glorifica a tu Hijo

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

EN aquel tiempo, levantando los ojos al cielo, dijo Jesús:
«Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti y, por el poder que tú le has dado sobre toda carne, dé la vida eterna a todos los que le has dado. Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo.
Yo te he glorificado sobre la tierra, he llevado a cabo la obra que me encomendaste. Y ahora, Padre, glorifícame junto a ti, con la gloria que yo tenía junto a ti antes que el mundo existiese.
He manifestado tu nombre a los que me diste de en medio del mundo. Tuyos eran, y tú me los diste, y ellos han guardado tu palabra. Ahora han conocido que todo lo que me diste procede de ti, porque yo les he comunicado las palabras que tú me diste, y ellos las han recibido, y han conocido verdaderamente que yo salí de ti, y han creído que tú me has enviado.
Te ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por estos que tú me diste, porque son tuyos. Y todo lo mío es tuyo, y lo tuyo mío; y en ellos he sido glorificado. Ya no voy a estar en el mundo, pero ellos están en el mundo, mientras yo voy a ti».

Palabra del Señor.

 

1

 

Queridos hermanos:

Estamos ya en los días finales del tiempo pascual, acercándonos a Pentecostés. La liturgia nos va preparando para recibir nuevamente el don del Espíritu Santo, y hoy nos pone delante dos grandes despedidas: la despedida de Pablo a los presbíteros de Éfeso, en la primera lectura, y la oración de Jesús antes de su Pasión, en el Evangelio.

En ambas escenas hay emoción, profundidad y entrega. San Pablo sabe que su camino no será fácil. Les dice a los responsables de la comunidad que ha servido al Señor “con toda humildad, entre lágrimas y pruebas”. No se presenta como un funcionario religioso, sino como un testigo apasionado del Evangelio. Pablo no se reservó nada. Predicó, enseñó, acompañó, sufrió y se gastó por la causa de Cristo. Por eso puede decir: “No me siento responsable de la sangre de ninguno, pues no tuve miedo de anunciarles enteramente el plan de Dios”.

¡Qué bella conciencia pastoral! Pablo no vivió para sí mismo. Vivió para cumplir la misión que recibió del Señor Jesús: dar testimonio del Evangelio de la gracia de Dios.

Y en el Evangelio encontramos a Jesús levantando los ojos al cielo y orando al Padre. No es una oración cualquiera. Es la llamada oración sacerdotal de Jesús. Él ora en la hora decisiva, cuando se acerca la cruz. Pero no ora con desesperación, sino con confianza. Sabe que no está solo. El Padre está con Él. Y aunque se aproxima el sufrimiento, Jesús contempla la cruz como el lugar donde se revelará el amor más grande.

“Padre, ha llegado la hora: glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique”. Para el mundo, la cruz parece fracaso; para Dios, es glorificación. Para el mundo, perder la vida parece derrota; para Jesús, entregarla por amor es el camino de la vida eterna.

Aquí está el centro del mensaje de hoy: la vida cristiana solo tiene sentido cuando se convierte en entrega. Jesús se entrega al Padre y a la humanidad. Pablo se entrega al Evangelio y a la Iglesia. Y nosotros estamos llamados a preguntarnos: ¿a quién estoy entregando mi vida?, ¿qué lugar ocupa Dios en mis decisiones?, ¿vivo solamente para mis intereses o también para servir, acompañar y sostener a otros?

Hoy oramos especialmente por nuestros benefactores. Ellos, de muchas maneras, nos recuerdan que la vida cristiana también se expresa en la generosidad concreta. Hay personas que tal vez no aparecen en público, que no ocupan lugares visibles, que no buscan aplausos, pero sostienen silenciosamente la obra de Dios: con su oración, con su tiempo, con su ayuda material, con su cercanía, con una palabra de ánimo, con una colaboración humilde y fiel.

Los benefactores son, muchas veces, como esas lluvias abundantes de las que habla el salmo: “Derramaste en tu heredad, oh Dios, una lluvia copiosa”. Dios sostiene a su pueblo también a través de corazones generosos. Cuando alguien ayuda una obra evangelizadora, cuando apoya una comunidad, cuando comparte lo que tiene para que el bien se extienda, está participando de esa lógica pascual de Jesús: dar vida, servir, entregarse.

Pero la Palabra también nos recuerda algo importante: todo bien verdadero nace de Dios y vuelve a Dios. Jesús no busca su propia gloria desligada del Padre. Pablo no busca reconocimiento personal. El benefactor cristiano tampoco da para alimentar vanidades, sino para colaborar con la obra de Dios. La generosidad, cuando es evangélica, se vuelve oración hecha gesto.

Pidamos hoy tres gracias.

Primero, la gracia de vivir unidos al Padre, como Jesús. Que en medio de las pruebas no olvidemos que no estamos solos.

Segundo, la gracia de cumplir nuestra misión con fidelidad, como Pablo. Que no tengamos miedo de anunciar el Evangelio entero, con palabras y con obras.

Y tercero, la gracia de agradecer. Agradecer a Dios por quienes nos ayudan, nos sostienen y nos acompañan en el camino. Que nuestros benefactores reciban del Señor abundancia de bendiciones, salud, paz, fortaleza espiritual y, sobre todo, la alegría de saber que todo bien hecho por amor queda guardado en el corazón de Dios.

Que esta Eucaristía sea hoy acción de gracias por ellos. Y que nosotros también aprendamos a ser benefactores de otros: no solo con dinero, sino con fe, tiempo, escucha, oración, servicio y amor.

Amén.

 

2

 

 

La verdadera gloria no la da el mundo, la da el Padre

 

Queridos hermanos:

En estos días finales del tiempo pascual, la liturgia nos introduce en un clima de despedida, de testamento espiritual y de preparación para Pentecostés. Hoy escuchamos dos escenas profundamente conmovedoras: san Pablo despidiéndose de los presbíteros de Éfeso, y Jesús orando al Padre antes de entrar en su Pasión.

En la primera lectura, Pablo se presenta como un servidor probado. Les recuerda a los responsables de la comunidad que ha servido al Señor “con toda humildad, entre lágrimas y pruebas”. No habla como quien presume de sus logros, sino como quien sabe que su vida ha sido gastada por el Evangelio. Pablo no busca aplausos, prestigio ni reconocimiento humano. Su gloria no está en ser admirado, sino en haber sido fiel a la misión recibida: “dar testimonio del Evangelio de la gracia de Dios”.

Esta palabra nos prepara para comprender mejor el Evangelio. Jesús, levantando los ojos al cielo, dice: “Padre, ha llegado la hora: glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique”. Humanamente, esa hora es la hora de la cruz, del abandono, del sufrimiento, de la aparente derrota. Pero para Jesús, esa hora es también la hora de la gloria.

Aquí aparece una gran enseñanza cristiana: la gloria de Dios no se parece a la gloria del mundo.

El mundo entiende la gloria como fama, poder, éxito, reconocimiento, aplauso, imagen pública, superioridad sobre los demás. Es la tentación de querer ser vistos, admirados, valorados por lo que aparentamos. Esa gloria mundana puede seducirnos. Incluso en la vida religiosa, pastoral, familiar o comunitaria, podemos caer en la tentación de hacer el bien buscando que nos miren, que nos agradezcan, que nos aplaudan o que nos consideren indispensables.

Pero Jesús nos muestra otra gloria: la gloria de amar hasta el extremo. La gloria de obedecer al Padre. La gloria de servir. La gloria de entregarse sin reservarse nada. La gloria de la cruz.

Por eso, cuando Jesús dice: “Yo he sido glorificado en ellos”, está hablando de sus discípulos, de aquellos que el Padre le ha confiado. Jesús es glorificado en quienes creen en Él, en quienes viven su Palabra, en quienes continúan su misión. La gloria de Cristo se manifiesta cuando un cristiano ama de verdad, cuando perdona, cuando sirve, cuando anuncia el Evangelio, cuando permanece fiel en medio de las pruebas.

Se ha dicho que el pecado suele brotar de tres fuentes: la carne, el mundo y el demonio. La carne representa nuestras pasiones desordenadas; el demonio, la mentira que nos aparta de Dios; y el mundo, esa mentalidad que nos hace buscar una gloria falsa, pasajera, vacía. Frente a la carne necesitamos templanza; frente al demonio, discernimiento y fidelidad a la voz de Dios; frente al mundo, necesitamos buscar la verdadera gloria: la que viene del Padre.

Y esa verdadera gloria se alcanza por el camino de Jesús: entrega, sacrificio, humildad, servicio, amor fiel.

San Pablo entendió esto muy bien. Él no mide su vida por los honores recibidos, sino por la fidelidad al Evangelio. Sabe que le esperan persecuciones y dificultades, pero puede decir: “No me importa la vida, sino completar mi carrera y cumplir el ministerio que recibí del Señor Jesús”. ¡Qué frase tan fuerte! Pablo no está despreciando la vida; está diciendo que la vida solo alcanza su plenitud cuando se entrega a una misión que vale más que uno mismo.

El salmo también ilumina esta verdad: “Bendito sea el Señor cada día; Dios lleva nuestras cargas, es nuestra salvación”. La gloria verdadera no nace de la autosuficiencia. Nace de dejarnos sostener por Dios. El creyente no camina solo. Dios carga con nosotros, nos levanta, nos fortalece, nos conduce hacia la vida.

Por eso, en este martes de la séptima semana de Pascua, podríamos preguntarnos: ¿qué gloria estoy buscando? ¿La gloria de quedar bien ante los demás o la gloria de agradar al Padre? ¿La gloria de ser reconocido o la gloria de servir en silencio? ¿La gloria del éxito inmediato o la gloria de una vida fiel al Evangelio?

Jesús no rechaza nuestro deseo de gloria. Lo purifica. Dios ha puesto en el corazón humano el deseo de plenitud, de grandeza, de eternidad. Pero ese deseo solo se realiza cuando nos unimos a Cristo. La gloria que buscamos no se encuentra en la vanidad del mundo, sino en la comunión con Jesús crucificado y resucitado.

Por eso los santos son gloriosos. No porque hayan sido famosos, sino porque dejaron transparentar a Cristo. Por eso los mártires son gloriosos. No porque amaran el sufrimiento, sino porque amaron más a Cristo que a su propia vida. Por eso también es gloriosa la vida humilde de una madre que se sacrifica por sus hijos, de un padre que trabaja con honestidad, de un enfermo que ofrece su dolor con fe, de un catequista que enseña sin buscar aplausos, de un sacerdote que sirve con entrega, de una comunidad que persevera en la fe.

La verdadera gloria comienza aquí, cuando Cristo vive en nosotros. Y se consumará en el cielo, cuando participemos plenamente de la gloria que el Hijo comparte eternamente con el Padre.

Pidamos hoy al Señor que nos libre de la gloria falsa del mundo. Que no vivamos pendientes de la aprobación de los demás. Que no reduzcamos nuestra vida cristiana a apariencia, imagen o prestigio. Que podamos decir, como Pablo: “Quiero cumplir la misión que el Señor me ha confiado”. Y que Jesús pueda decir también de nosotros: “Yo he sido glorificado en ellos”.

Señor Jesús,
Tú que eres la gloria eterna del Padre,
purifica nuestro corazón de toda vanidad,
líbranos de buscar la gloria pasajera del mundo
y enséñanos a participar de tu verdadera gloria:
la gloria del amor, del servicio, de la cruz y de la vida eterna.

Amén.


21 de mayo del 2026: jueves de la séptima semana de Pascua

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