miércoles, 31 de diciembre de 2025

Primero de enero del 2026: Santa María Madre de Dios, Solemnidad

 

Santo del día:

Santa María, Madre de Dios

Ocho días después de la Natividad del Señor, celebramos a María, su madre. En el año 431, el Concilio de Éfeso la proclamó «Theotokos», Madre de Dios, porque en ella el Verbo se hizo carne y el Hijo de Dios habitó entre los hombres.

 

 

A la luz de la Palabra

(Lucas 2, 16-21) María atesora los acontecimientos que la superan y la conmueven en lo más íntimo de su ser. Al dar a luz a Jesús, se convierte en Madre de Dios. Su corazón es el crisol de una actividad intensa donde los hechos son recogidos para ser meditadas, profundizados. La joven busca en las Escrituras el sentido de lo que está viviendo junto a José. Esta actitud puede llegar a ser la nuestra: descifrar nuestra vida a la luz de la Palabra de Dios.

Bénédicte de la Croix, cistercienne

 


Primera lectura

Nm 6,22-27
Invocarán mi nombre sobre los hijos de Israel y yo los bendeciré

Lectura del libro de los Números.

EL Señor habló a Moisés:
«Di a Aarón y a sus hijos, esta es la fórmula con la que bendecirán a los hijos de Israel:
“El Señor te bendiga y te proteja,
ilumine su rostro sobre ti
y te conceda su favor.
El Señor te muestre su rostro
y te conceda la paz”.
Así invocarán mi nombre sobre los hijos de Israel y yo los bendeciré».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 67(66) ,2-3.5.6+8

R. Que Dios tenga piedad y nos bendiga.

V. Que Dios tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.
 R.

V. Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia
y gobiernas las naciones de la tierra. 
R.

V. Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
Que Dios nos bendiga; que le teman
todos los confines de la tierra. 
R.

 

Segunda lectura

Ga 4,4-7

Envió Dios a su Hijo, nacido de mujer

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Gálatas

HERMANOS:
Cuando llegó la plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la ley, para que recibiéramos la adopción filial. Como ustedes son hijos, Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: «¡“Abba”, Padre!». Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si eres hijo, eres también heredero por voluntad de Dios.

Palabra de Dios.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya
V. En muchas ocasiones habló Dios antiguamente a los padres por los profetas. En esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo. R.

 

Evangelio

Lc 2,16-21

Encontraron a María y a José y al niño. Y a los ocho días, le pusieron por nombre Jesús

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

EN aquel tiempo, los pastores fueron corriendo hacia Belén y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que se les había dicho de aquel niño.
Todos los que lo oían se admiraban de lo que les habían dicho los pastores. María, por su parte, conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón.
Y se volvieron los pastores dando gloria y alabanza a Dios por todo lo que habían oído y visto, conforme a lo que se les había dicho.
Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidar al niño, le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción.

Palabra del Señor.

 

 

1

 

Hermanos y hermanas: comenzamos un año nuevo bajo una palabra de Dios que es, a la vez, bendición, filiación y memoria agradecida. La liturgia no nos pone primero los propósitos, sino algo más hondo: la gracia. No empezamos “desde cero”; empezamos desde Dios, que ya nos mira, ya nos llama, ya nos sostiene.

1. “El Señor te bendiga y te proteja…” (Nm 6,22-27): el rostro de Dios sobre tu historia

La primera lectura nos regala una de las joyas más bellas del Antiguo Testamento: la bendición sacerdotal. Tres veces aparece el nombre del Señor, como un abrazo insistente:

  • te bendiga,
  • haga brillar su rostro,
  • te conceda la paz.

Es como si Dios dijera: “Antes de que salgas a pelear tus batallas, deja que Yo ponga mi Nombre sobre ti”. Y cuando Dios pone su Nombre, no pone una etiqueta: pone presencia, pone alianza, pone futuro.

Para la Obra evangelizadora y las vocaciones esto es decisivo: nadie anuncia a Cristo desde el vacío o desde la pura obligación. El Evangelio se anuncia desde haber sido bendecidos, mirados con amor, levantados por la paz de Dios. Evangelizar no es propaganda: es irradiar un Rostro.

2. “Dios envió a su Hijo, nacido de mujer…” (Ga 4,4-7): el centro del año es la filiación

San Pablo nos lleva al corazón del misterio: la plenitud de los tiempos. Dios no improvisa; llega el momento, y su respuesta es concreta, humilde, histórica:

  • envía a su Hijo,
  • nacido de mujer,
  • para que recibiéramos la adopción filial.

Aquí está la noticia que cambia el calendario del alma: el cristiano no entra al año nuevo como “huérfano” espiritual, sino como hijo. Y si somos hijos, no vivimos movidos por el miedo, sino por el Espíritu que clama: “¡Abbá, Padre!”

Esto también ilumina las vocaciones: una vocación auténtica no nace del afán de “demostrar” algo, ni de la presión social, ni del perfeccionismo. Nace cuando una persona se sabe amada y, desde ahí, escucha una voz que le dice: “Ven, sígueme; no para perderte, sino para encontrarte”.

3. “María… guardaba todo en su corazón” (Lc 2,16-21): el corazón como crisol

El Evangelio es sobrio, pero profundísimo. Los pastores van, ven, cuentan, se maravillan… y María hace algo distinto: guarda, recoge, medita. Alguien lo expresa con fuerza, refiriéndose a este evangelio: María “atesora acontecimientos que la superan”. Es decir: no lo controla todo, no lo entiende todo, pero no se desentiende. Los acontecimientos pasan por su vida, y ella decide que no pasarán por su vida en vano.

Aquí hay una enseñanza muy humana (y muy actual): muchas personas viven sobrecargadas, reaccionando, sobreviviendo; los hechos las golpean y quedan sin elaborar. María nos enseña un camino de salud interior y de fe madura: hacer espacio para que lo vivido sea iluminado por Dios.

  • No es negar lo que duele.
  • No es romantizar lo difícil.
  • Es aprender a leer la vida “a la luz de la Palabra”.

Eso es oración verdadera: no solo “decir cosas a Dios”, sino permitir que Dios lea conmigo mi historia.

4. El Nombre de Jesús y el inicio del año: no empezar sin Él

El Evangelio termina con un detalle: “a los ocho días… le pusieron por nombre Jesús”. Ese Nombre no es un adorno piadoso: significa “Dios salva”. Empezar el año con María, Madre de Dios, es empezar el año con Jesús en el centro: Dios salva.
No dice: “Dios complica”.
No dice: “Dios aplasta”.
Dice: Dios salva.

Y María, como Madre, no se queda con el Niño para ella. Una madre verdadera no encierra; entrega. Por eso, pedir hoy por la Obra evangelizadora es pedir que la Iglesia tenga el corazón de María: un corazón que recibe a Cristo, lo cuida, y lo ofrece al mundo.

5. Intención del día: Obra evangelizadora y vocaciones

Hoy oremos así:

Por la obra evangelizadora:
Señor, que tu Iglesia no pierda el asombro de los pastores ni la hondura del corazón de María. Que evangelicemos con alegría, con cercanía, con verdad; no desde la queja, sino desde la bendición; no desde el juicio, sino desde la misericordia.

Por las vocaciones:
Señor, sigue enviando obreros a tu mies: sacerdotes santos, consagradas luminosas, matrimonios misioneros, laicos valientes, jóvenes que no tengan miedo de darte la vida. Y concede a nuestras comunidades la gracia de acompañar, cuidar y sostener los llamados.

6. Un gesto concreto para comenzar bien

Te propongo una “práctica mariana” para estos días: toma un momento cada noche y haz tres movimientos sencillos:

1.    Agradece un signo de Dios del día.

2.    Presenta una herida o preocupación.

3.    Escucha una frase del Evangelio (aunque sea una línea) y pregúntate: “¿Qué me ilumina hoy esta Palabra?”

Es el modo de María: recoger, meditar, discernir.


Oración final (breve)

Santa María, Madre de Dios, guarda a la Iglesia bajo tu manto. Enséñanos a leer la vida a la luz de la Palabra. Pon en nuestro corazón el nombre de Jesús, para que este año sea camino de bendición y de paz. Y suscita en tu pueblo vocaciones santas para la misión. Amén.

 

 

2

 

Hermanos y hermanas, hoy la Iglesia nos hace comenzar el año con una certeza luminosa: Dios no se cansa de bendecir, y lo hace por un camino humilde y entrañable: una Mujer, María; un Niño, Jesús; una Familia, la de Nazaret; y un corazón que “desborda”.

El Corazón Inmaculado de María, tan lleno de amor y gracia, que se derrama. No es poesía sin fundamento: es Evangelio vivido. María no es una figura lejana; es una Madre con el corazón “rebosante”, y ese desbordamiento es la manera de Dios para acercarse a nosotros.

1) “El Señor haga brillar su rostro sobre ti” (Nm 6,22-27): el año empieza bajo una bendición

La primera lectura nos entrega la bendición sacerdotal, como una “cobija” espiritual para el año que inicia. No es un deseo humano, es una palabra eficaz:

  • El Señor te bendiga y te proteja.
  • Haga brillar su rostro sobre ti.
  • Te conceda la paz.

Comenzar el año así es aprender a vivir desde otra lógica: no la del temor, ni la de la prisa, ni la de “a ver cómo me va”, sino la certeza de que el rostro de Dios está inclinado sobre tu historia.

Y aquí entra María: porque el rostro de Dios, que antes era promesa, se ha hecho visible en su Hijo. Lo que pedía el pueblo —“haz brillar tu rostro”— ahora tiene nombre y carne: Jesús. María es la primera en contemplar ese Rostro y, por eso, es también la primera en enseñarnos a recibir la bendición.

2) “Dios envió a su Hijo, nacido de mujer” (Ga 4,4-7): la plenitud del tiempo y la plenitud del corazón

San Pablo nos abre el misterio: cuando llegó la plenitud de los tiempos, Dios no envió una idea, ni un decreto, ni un ángel: envió a su Hijo, nacido de mujer. En otras palabras: Dios quiso que la salvación pasara por el “sí” de María y por la ternura de una maternidad real.

¿Para qué? Para que nosotros dejáramos de vivir como esclavos y comenzáramos a vivir como hijos: “Abbá, Padre”.
Esto cambia todo. Una Iglesia que evangeliza no puede hacerlo desde la esclavitud de la ansiedad o del desaliento; evangeliza desde la libertad de saberse hija, amada, sostenida.

Y las vocaciones nacen aquí: nadie responde con alegría si no ha sentido primero que Dios le dice: “Tú eres mío; eres mi hijo; eres mi hija”.

3) “Los pastores fueron corriendo… y María conservaba todo en su corazón” (Lc 2,16-21): el doble movimiento del discípulo

El Evangelio nos muestra dos actitudes complementarias:

  • Los pastores: van aprisa, encuentran, cuentan lo que han visto y oído, contagian asombro.
  • María: conserva y medita. No hace ruido, pero hace algo inmenso: deja que el misterio la habite.

Alguien, comentando este evangelio,  lo expresa de forma bellísima: el corazón de María está tan lleno de gracia que se desborda. Los pastores, con su visita y adoración, “provocan” ese desbordamiento: María recibe su testimonio y lo guarda; pero también ella los bendice más, porque su corazón se vuelve instrumento del amor de Dios.

Aquí hay una lección pastoral enorme: la evangelización no es solo hablar; es también gestar. No es solo salir corriendo; es también guardar.
La Iglesia necesita pastores que anuncien y comunidades que mediten. Necesita misioneros de calle y contemplativos del corazón. Y cuando ambas cosas se abrazan, el Evangelio florece.

4) ¿Por qué “Madre de Dios”? Un título que protege la fe y sana la vida

Hoy celebramos un título que parece simple, pero sostiene toda nuestra fe: María es Madre de Dios porque Jesús, su Hijo, es verdaderamente Dios.

Esto no engrandece a María por encima de Dios; al contrario: protege la verdad de Jesús. Si el que nació de ella es Dios hecho hombre, entonces nuestra fe no se basa en un mito, sino en un acontecimiento: Dios entró en nuestra historia.

Y si Dios entró así, entonces ninguna vida está fuera de su alcance. Ninguna familia, ninguna herida, ninguna vocación en crisis, ningún corazón cansado: Dios ha querido tener Madre para que nadie se sienta huérfano en la fe.

5) “Corazón que desborda”: María, Madre y mediadora en la vida de la Iglesia

Alguien comentando este texto dice algo profundo: como el Corazón Inmaculado de María está rebosante, ella sigue derramando amor y gracia sobre sus hijos espirituales, que somos nosotros en la Iglesia.

Entendámoslo bien: María no reemplaza a Cristo; nos lleva a Cristo. Su mediación es materna: como en Caná, no se pone en el centro; se pone al servicio del “Hagan lo que Él les diga”.

Por eso hoy, al comenzar el año, la Iglesia nos invita a un acto sencillo y fuerte: acoger la maternidad de María.
No como devoción decorativa, sino como camino de vida: dejarse cuidar, dejarse corregir, dejarse llevar de la mano hacia Jesús.

6) Intención del día: Obra evangelizadora y Vocaciones

Si María es Madre de Dios y Madre de la Iglesia, entonces nuestras dos intenciones de hoy se iluminan solas:

a) Por la Obra evangelizadora:
Que el anuncio de la Iglesia nazca de un corazón lleno, no vacío. Evangeliza mejor el que se sabe bendecido, perdonado, acompañado. Que nuestras comunidades sean como María: capaces de escuchar, de guardar, de discernir, y luego de ofrecer a Jesús al mundo con humildad.

b) Por las Vocaciones:
Que el Señor siga llamando, y que nosotros sepamos crear ambientes donde la llamada pueda crecer: hogares que oren, parroquias que acompañen, sacerdotes y consagrados que sean testigos felices, jóvenes que no tengan miedo de decir “sí”.
Y que quienes ya han respondido, no se apaguen: que vuelvan a la fuente, al corazón, a la gracia.

7) Un gesto concreto para empezar el año “a la manera de María”

Te propongo una práctica breve, para vivir este día como escuela de María:

1.    Bendice tu casa con la palabra de Números: “El Señor haga brillar su rostro sobre ti”.

2.    Nombra a Jesús en tu oración: “Jesús, mi Salvador, guía este año”.

3.    Guarda en el corazón un acontecimiento: el más alegre o el más difícil… y dile al Señor: “Enséñame a leerlo a tu luz”.

Esto es espiritualidad madura: no negar la vida, sino interpretarla en Dios.


Oración final

Madre de Dios, tu corazón rebosa de amor y gracia. Recíbenos como hijos, acompáñanos en este año que comienza. Alcanza para la Iglesia un nuevo ardor misionero y vocaciones santas y valientes. Enséñanos a conservar y meditar la Palabra, y a ofrecer a Jesús al mundo con alegría.
Madre de Dios, ruega por nosotros. Jesús, en Ti confío.
Amén.

 

31 de diciembre del 2025: séptimo día de la Octava de Navidad- San Silvestre, Papa- conmemoración

Testigo de la fe:

San Silvestre I

Murió en 335.

El pontificado de este Papa, elegido en 314, coincidió con el reinado del emperador Constantino quien, por el Edicto de Milán de 313, había concedido la libertad de culto a los cristianos.

 

El comienzo

(Juan 1,1-18) El año civil se cierra con la primera palabra del prólogo de san Juan: “Comienzo”. En cada instante, en el Verbo hecho carne, todo empieza. Aprovechemos este momento decisivo entre dos años para acoger la novedad de Cristo, Maestro del tiempo y de la historia. Él desea iluminar nuestras vidas con la única luz que no se apaga, la que brilla en las tinieblas de nuestro mundo en dolores de parto. ¡Santo año!

Bénédicte de la Croix, cistercienne

 


Primera lectura

1Jn 2,18-21

Están ungidos por el Santo, y todos ustedes lo conocen

Lectura de la primera carta del apóstol san Juan.

HIJOS míos, es la última hora.
Han oído que iba a venir un anticristo; pues bien, muchos anticristos han aparecido, por lo cual nos damos cuenta de que es la última hora.
Salieron de entre nosotros, pero no eran de los nuestros. Si hubiesen sido de los nuestros, habrían permanecido con nosotros. Pero sucedió así para poner de manifiesto que no todos son de los nuestros.
En cuanto a ustedes, están ungidos por el Santo, y todos ustedes lo conocen.
Les he escrito, no porque desconozcan la verdad, sino porque la conocen, y porque ninguna mentira viene de la verdad.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 96(95),1-2.11-12.13 (R. 11a)

R. Alégrese el cielo, goce la tierra.

V. Canten al Señor un cántico nuevo,
canten al Señor, toda la tierra;
canten al Señor, bendigan su nombre,
proclamen día tras día su victoria. 
R.

V. Alégrese el cielo, goce la tierra,
retumbe el mar y cuanto lo llena;
vitoreen los campos y cuanto hay en ellos,
aclamen los árboles del bosque. 
R.

V. Delante del Señor, que ya llega,
ya llega a regir la tierra:
regirá el orbe con justicia
y los pueblos con fidelidad. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros; a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios. R.

 

Evangelio

Jn 1,1-18

El Verbo se hizo carne

Comienzo del santo Evangelio según san Juan.

EN el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios.
Él estaba en el principio junto a Dios.
Por medio de él se hizo todo, y sin él no se hizo nada de cuanto se ha hecho.
En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres.
Y la luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no lo recibió.
Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan:
este venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él.
No era él la luz, sino el que daba testimonio de la luz.
El Verbo era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre, viniendo al mundo.
En el mundo estaba;
el mundo se hizo por medio de él, y el mundo no lo conoció.
Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron.
Pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre.
Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne,
ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios.
Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.
Juan da testimonio de él y grita diciendo: «Este es de quien dije: el que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo».
Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia.
Porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad nos han llegado por medio de Jesucristo.
A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer.

Palabra del Señor.

 

1

 

Hermanos, hoy la liturgia nos pone en los labios y en el corazón una palabra que no es solo una palabra: es un umbral, un portal, una puerta abierta: “En el principio…”. Cuando el mundo cierra calendarios, Dios abre un misterio. Cuando nosotros decimos “se acabó un año”, el Evangelio responde: en Cristo, todo comienza.

Y esto es más que poesía: es una verdad profunda para la vida. Porque hay cansancios que no se curan con descanso, y heridas que no se arreglan con una fecha nueva. Hay personas que llegan a este final de año con el alma llena de preguntas, con la memoria pesada, con duelo, con preocupaciones económicas, con conflictos familiares… y, de manera especial hoy, con el dolor de la enfermedad propia o de un ser querido. En medio de todo eso, san Juan no nos ofrece primero una “explicación”, sino una Presencia: “El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.” Dios no se quedó mirando desde lejos: entró.

1) “Comienzo”: no es borrón y cuenta nueva; es Dios que se acerca

Alguien, comentando este evangelio decía algo precioso: “En cada instante, en el Verbo hecho carne, todo empieza.” Esto cambia nuestra manera de mirar el tiempo. A veces tratamos el año nuevo como si fuera una varita mágica: “esta vez sí… ahora sí…”; y si no sale, nos frustramos más. El Evangelio es más realista y más misericordioso: no empieza porque tú tengas fuerzas; empieza porque Cristo está presente.
Tu “comienzo” no es una ilusión: es una gracia. No es la euforia de enero: es la luz que permanece.

2) La luz brilla en las tinieblas… y las tinieblas no la vencen

San Juan lo dice con una serenidad que consuela: “La luz brilla en las tinieblas.” No niega las tinieblas. No minimiza el dolor. No espiritualiza el sufrimiento para callarlo. Las tinieblas existen: la enfermedad, el miedo, la incertidumbre, el cansancio emocional, la soledad. Pero también existe otra realidad: la luz.
Y aquí hay una verdad psicológica y espiritual muy importante: cuando uno sufre, la mente tiende a “encerrarse” en lo oscuro, como si lo oscuro lo fuera todo. El Evangelio no te pide fingir que estás bien: te pide mirar la luz que está ahí, aunque sea como una pequeña llama. Porque una vela no elimina la noche entera, pero sí te permite dar el siguiente paso.

Para muchos enfermos, el “siguiente paso” hoy puede ser tan sencillo y tan grande como esto: dejarse amar. Permitir que otros acompañen. No aislarse. Pedir ayuda. Abrir el corazón a una oración breve: “Señor, aquí estoy”.

3) 1Juan: “permanezcan en la verdad” en tiempos de confusión

La primera lectura (1Jn 2,18-21) habla del anticristo y del engaño: es un lenguaje fuerte, pero muy actual. Hay épocas en que circulan muchas voces: falsas promesas, ideologías que vacían el alma, espiritualidades sin cruz, “soluciones” que parecen luz y terminan siendo sombra.
San Juan nos da un criterio: ustedes tienen la unción del Santo; es decir, tienen el Espíritu que ayuda a discernir. ¿Cómo se nota? En que Cristo no solo “inspira”: encarna. No nos ofrece ideas bonitas: se hace carne, se compromete, ama hasta el extremo.

Por eso, en el cierre de un año, una pregunta sana es:
¿Qué voces me han robado la paz? ¿Qué verdades pequeñas he descuidado? ¿Dónde he dejado de escuchar al Señor?
Y otra pregunta aún más evangélica:
¿Qué comienzo quiere Dios regalarme hoy, precisamente en mi fragilidad?

4) “Vino a los suyos… y los suyos no lo recibieron”

Este versículo es una radiografía del corazón humano. Podemos tener a Cristo “cerca” y, sin embargo, no recibirlo: por prisa, por resentimiento, por autosuficiencia, por desconfianza. Pero el Evangelio no se queda en el rechazo: enseguida añade una promesa inmensa:
“A los que lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios.”

Aquí está el centro de esta Novena: Navidad no es solo recordar un nacimiento; es recibir una vida nueva. Ser hijos. Volver a casa. Y para un enfermo —o para quien cuida a un enfermo— esta palabra puede ser medicina: tú no eres solo un diagnóstico, ni una cama, ni una historia clínica; eres hijo, eres hija, y tu vida tiene una dignidad sagrada.

5) Oración por los enfermos: el Verbo se hizo carne… también en su dolor

Hoy queremos poner delante del Niño-Dios a todos los enfermos: los que están en casa, en hospitales, los que viven enfermedades crónicas, los que atraviesan tratamientos duros, los que sufren en salud mental, los que se sienten agotados y sin fuerza.
Y pedimos una gracia concreta: que la luz no se apague dentro de ellos.
Que el Señor les conceda alivio, esperanza, buen ánimo, buenos médicos y cuidadores; pero también algo muy profundo: sentir que Dios está ahí, “habitando” su noche.

6) Un compromiso sencillo para cerrar el año en clave de fe

Hoy, sin complicarnos, tres gestos pequeños y santos:

1.    Encender una luz (una vela, una lámpara) y decir: “Jesús, Tú eres mi luz; quédate conmigo”.

2.    Llamar o escribir a un enfermo: una palabra breve, sin discursos, solo presencia.

3.    Repetir durante el día: “Y el Verbo se hizo carne… y habitó entre nosotros.” Para que esa frase se vuelva hogar.


Oración final (por los enfermos)

Señor Jesús, Verbo eterno del Padre,
Luz verdadera que vienes al mundo:
entra en las habitaciones donde hay dolor,
en los cuerpos cansados, en las noches sin sueño,
en el corazón de quienes temen,
en la soledad de quien se siente olvidado.

Toca con tu paz a nuestros enfermos.
Dales alivio, esperanza y consuelo.
Bendice a quienes los cuidan,
a los médicos, enfermeras y familiares.
Y cuando la oscuridad parezca grande,
haz brillar en nosotros la luz que no se apaga.

Tú que eres el Comienzo y el Fin,
haz de este paso entre dos años
un umbral de gracia y de fe.
Amén.

 

2

 

Hermanos, cuando todavía resuena en la Iglesia el canto de Navidad, la liturgia nos conduce hoy a una de las cumbres más altas de la Palabra: el Prólogo de san Juan. No es un relato con pastores y ángeles; es un misterio contemplado desde dentro. Es como si, en medio del ruido del mundo y del final de año, el Espíritu nos dijera: “Detente… mira… adora…”.

1) “En el principio…”: el Evangelio nos devuelve al origen

San Juan comienza con una frase que nos transporta al Génesis: “En el principio…”. Pero no para narrar otra creación, sino para revelarnos el corazón de todo: antes de que existieras tú, antes de que existiera el tiempo, ya existía el Verbo.
Esto es decisivo para nuestra fe: Jesús no es solo un profeta extraordinario ni un maestro de sabiduría. Es el Verbo eterno, el Hijo en comunión perfecta con el Padre. Por eso la Navidad no es un “cuento tierno”; es un acontecimiento que cambia el universo: Dios entra en la historia sin dejar de ser Dios.

Y aquí nace la primera invitación: si Cristo es el “Principio”, entonces tu vida no se sostiene solo en tus fuerzas, ni en tus logros, ni en tus planes. Tu vida se sostiene en Alguien anterior a tu fragilidad: en Él.

2) “El Verbo se hizo carne”: Dios no nos salvó desde lejos

El centro del Prólogo es una frase que no terminaremos de comprender:
“Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.”
No dice “visitó”, no dice “pasó”, no dice “se asomó”. Dice: habitó. Puso su tienda en medio de nuestras tiendas. Entró en nuestra condición humana con todo lo que eso implica: cansancio, lágrimas, incomprensiones, dolor, y finalmente la cruz.

Aquí hay una buena noticia para quienes hoy se sienten débiles, heridos o confusos: Dios no solo nos da ideas; se nos da a Sí mismo. No nos explica el sufrimiento desde un escritorio; lo abraza desde dentro. Por eso, incluso cuando la vida se vuelve oscura, el cristiano puede decir: “No estoy solo; Dios habitó mi noche”.

3) San Juan y el camino de la contemplación: conocer “por dentro”

Este texto es contemplativo y misterioso, y nos invita a conocer a Dios no solo “por conceptos”, sino por una experiencia de unión interior.

Pensemos en san Juan: caminó con Jesús, escuchó su voz, vio sus milagros, contempló su rechazo, estuvo ante la cruz, fue testigo de la Resurrección, vio la Ascensión, recibió el Espíritu en Pentecostés… y, sin embargo, con el paso del tiempo, su comprensión se hizo más profunda. ¿Cómo? En la oración, en la Eucaristía, en la vida de gracia.
El Verbo, que ya no caminaba físicamente por Galilea, habitaba ahora en él.

Esto es muy pastoral: muchas veces creemos que “conocer a Dios” es saber cosas sobre Dios. Y sí, la fe tiene contenido, doctrina, verdad. Pero el Evangelio de hoy nos empuja a otro nivel: conocer a Dios como presencia.
Hay un conocimiento que nace cuando uno se arrodilla, cuando guarda silencio, cuando adora, cuando vuelve al Evangelio con humildad, cuando recibe la Comunión y dice: “Señor, quédate en mí”.

4) 1Juan: discernir en tiempos de confusión

La primera lectura parece dura: habla de “anticristos”, de seducciones, de mentira. No es para asustarnos; es para despertarnos. En la Octava de Navidad la Iglesia nos recuerda que el Niño de Belén no es decoración: es Verdad y Luz.

San Juan dice: ustedes han recibido “la unción” y conocen la verdad. Es decir: el Espíritu Santo nos capacita para discernir. ¿Discernir qué?

·        Discernir las voces que prometen salvación sin conversión.

·        Discernir los discursos que reducen a Jesús a un símbolo bonito.

·        Discernir la mentira que nos hace vivir como si Dios no fuera necesario.

Y aquí hay un criterio sencillo: donde está el Verbo hecho carne, hay gracia y verdad. Donde Cristo se encarna, la fe se vuelve concreta: misericordia, justicia, reconciliación, pureza de corazón, servicio a los pobres, fidelidad a la Iglesia, humildad.

5) “Vimos su gloria”: la gloria de Dios se ve en lo cotidiano

San Juan dice: “vimos su gloria”. ¿Y qué gloria vio? No la gloria del poder mundano, sino la gloria del amor:

·        gloria de tocar al leproso,

·        gloria de perdonar al pecador,

·        gloria de llorar con los que lloran,

·        gloria de entregar la vida.

También nosotros podemos “ver su gloria” hoy, no solo en lo extraordinario, sino en lo sacramental y en lo pequeño: en una confesión bien hecha, en una Eucaristía celebrada con fe, en una familia que se perdona, en una persona que vuelve a orar después de años, en un enfermo que ofrece su dolor con paz.

6) Llamado final: entrar en el misterio con una oración contemplativa

En este séptimo día de la Octava de Navidad, la Iglesia nos está regalando una llave: la oración contemplativa. No es cosa de unos pocos “místicos”; es una vocación bautismal: vivir desde dentro, vivir unidos a Cristo.

Te propongo un modo sencillo de responder al Evangelio de hoy:

1.    Silencio: cinco minutos sin prisa, sin explicar, sin pedir muchas cosas.

2.    Una frase: repetir despacio: “Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.”

3.    Una entrega: “Señor, habita mi vida: mi casa, mis miedos, mis decisiones, mis heridas”.

4.    Una misión: salir a ser “carne” de su amor: una llamada, un perdón, un gesto de caridad, una palabra limpia.

Porque el Verbo no se hizo carne para que lo admiremos desde lejos, sino para que, unidos a Él, nosotros seamos signos vivos en la Iglesia: miembros suyos, testigos de su luz.


Oración para cerrar (al estilo contemplativo)

Señor Jesús, Verbo eterno del Padre,
Luz verdadera que vienes al mundo:
hazme entrar en el misterio de tu Encarnación.
Que no me quede en la superficie de la fe.
Atráeme al silencio, a la adoración,
a la intimidad contigo.

Dame el discernimiento para amar la verdad
y rechazar toda mentira que apague tu luz.
Y ya que Tú has querido habitar entre nosotros,
habita también dentro de mí por la gracia,
para que mi vida sea tuya
y tu amor se haga visible en mis obras.

Jesús, en Ti confío. Amén.

 

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31 de diciembre:

San Silvestre I, Papa — Memoria opcional
c. finales del siglo III–335
Santo patrono de los animales, las cosechas y los canteros (trabajadores de la piedra).

 


Cita:


«Y así, al primer día después de recibir el misterio del santo bautismo, y después de la curación de mi cuerpo de la inmundicia de la lepra, reconocí que no había otro Dios sino el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo, a quien el beatísimo Silvestre, el papa, predica… Y cuando, predicándolos el bienaventurado Silvestre, percibí estas cosas, y aprendí que, por la bondad del mismo san Pedro, había sido restaurado por completo a la salud: yo… decreto que su santa Iglesia Romana sea honrada con veneración; y que, más que nuestro imperio y trono terrenal, la sacratísima sede de san Pedro sea gloriosamente exaltada; otorgándole nosotros el poder imperial, y la dignidad de gloria, y vigor y honor. Y ordenamos y decretamos que él tenga la supremacía también sobre las cuatro sedes principales de Antioquía, Alejandría, Constantinopla y Jerusalén, así como sobre todas las iglesias de Dios en el mundo entero.»


~Del legendario documento “La Donación de Constantino”

 

Reflexión

Poco se sabe sobre la vida temprana del papa san Silvestre I, pero a lo largo de los siglos han surgido muchas leyendas. Se cree que nació en Roma de padres cristianos y fue educado como un devoto seguidor de Cristo. Fue ordenado sacerdote en Roma, donde sirvió durante una de las severas persecuciones contra la Iglesia.

En el año 303, el emperador Diocleciano y su coemperador Galerio promulgaron una serie de edictos que proscribían el cristianismo. Para entonces, la Iglesia se había extendido considerablemente dentro del imperio, aunque seguía siendo una religión minoritaria. Los nuevos edictos condujeron a la destrucción de iglesias, la quema de textos sagrados y castigos legales contra los cristianos. Cuando los cristianos eran denunciados a las autoridades, se les exigía ofrecer sacrificios a los dioses romanos y renunciar a su fe. Los que se negaban eran con frecuencia encarcelados, torturados e incluso asesinados.

En el año 312, los coemperadores de Occidente, Constantino y Majencio, estaban en guerra, y cada uno reclamaba para sí el gobierno tras la muerte de Diocleciano el año anterior. Poco antes de su batalla decisiva en el Puente Milvio, Constantino —que era favorable al cristianismo— vio en el cielo una señal que cambiaría para siempre el cristianismo y el Imperio romano. El historiador eclesiástico Eusebio cuenta esta célebre historia de la siguiente manera:

«Cerca del mediodía, cuando el día apenas declinaba, dijo él [Constantino] que vio con sus propios ojos, arriba en el cielo y sobre el sol, un trofeo en forma de cruz, formado de luz, y un texto adjunto a él que decía: “Con esto vence”… Dijo que se preguntaba qué podría significar aquella manifestación; y mientras meditaba y pensaba larga y profundamente, lo sorprendió la noche. Entonces, mientras dormía, se le apareció el Cristo de Dios con el signo que había aparecido en el cielo, y lo instó a hacerse una copia del signo que había aparecido en el cielo y a usarlo como protección contra los ataques del enemigo.»

La señal era la cruz. Constantino y sus tropas pintaron la cruz en sus escudos, y su ejército obtuvo la victoria. Al año siguiente, Constantino y el emperador oriental Licinio promulgaron el Edicto de Milán, que legalizó el cristianismo. Constantino comenzó inmediatamente a colaborar estrechamente con el papa Milcíades. Sin embargo, el papa Milcíades murió en enero de 314 y, en ese mismo mes, Silvestre fue elegido, convirtiéndose en el primer pontífice cuyo pontificado entero transcurrió bajo el apoyo y la protección del emperador romano.

Es difícil hablar del pontificado del papa Silvestre sin entrelazarlo con el emperador Constantino el Grande. Constantino ya había entregado al papa Milcíades el palacio de la emperatriz Fausta en Roma para que fuera su residencia, conocido como el Palacio de Letrán. Una vez que Silvestre se convirtió en papa, tomó posesión del palacio y lo amplió con el apoyo de Constantino. Fue dedicado en 324, convirtiéndose en la catedral oficial y residencia del papa. Hoy se conoce como la Basílica de San Juan de Letrán. Con el apoyo de Constantino, se construyeron en Roma y en Tierra Santa varias otras iglesias y capillas, como la Basílica de la Santa Cruz de Jerusalén, la antigua Basílica de San Pedro en Roma, y capillas edificadas sobre las tumbas de los mártires. Constantino también dotó generosamente a las iglesias, mientras que el papa Silvestre supervisó su construcción y embellecimiento.

Hacia el año 318, Arrio, un sacerdote de Alejandría, acusó a su obispo de herejía y predicó que el Hijo de Dios era subordinado al Padre, careciendo de divinidad eterna. Tras ser exiliado por un sínodo local, Arrio comenzó a recorrer el imperio, difundiendo su herejía y ganando seguidores. El papa Silvestre y el emperador Constantino pronto se enteraron de la controversia. En el año 325, con la bendición y el apoyo del papa, el emperador convocó el primer concilio ecuménico en Nicea. Aunque el papa Silvestre no asistió personalmente, envió delegados papales que presentaron su postura y consintieron en el resultado del concilio. El concilio abordó la herejía de Arrio, que negaba la divinidad de Cristo. Un diácono de Alejandría llamado Atanasio defendió con fuerza la divinidad de Cristo. El concilio, con más de 300 obispos, formuló el Credo Niceno para afirmar la fe de la Iglesia. Solo dos obispos, junto con Arrio, se negaron a aceptarlo y fueron desterrados. Poco después, el diácono Atanasio fue elegido obispo de Alejandría y hoy es conocido como san Atanasio.

Como el papa Silvestre fue el primer papa que sirvió a la Iglesia bajo el apoyo legal del emperador, y porque lo hizo durante veintiún años, con frecuencia se le considera el primer administrador formal de la Iglesia. Tenía un palacio, recursos, numerosos convertidos y el respaldo organizativo del emperador. Los siglos de persecución construyeron los cimientos de la Iglesia, y el papa Silvestre comenzó a edificar la estructura visible de la Iglesia.

Uno de los efectos duraderos de la relación entre el papa Silvestre y el emperador Constantino provino de un documento falsificado del siglo VIII llamado “La Donación de Constantino”. Ese documento narra una historia según la cual Constantino habría sido curado de la lepra por el papa Silvestre y, en gratitud, habría concedido al papa poder temporal sobre Roma y la parte occidental del Imperio romano. Tras hacerlo, Constantino se trasladó a Constantinopla y gobernó la parte oriental del imperio. En la Edad Media, este documento falsificado influyó fuertemente en el panorama político y religioso de la Europa medieval. Papas y gobernantes posteriores lo utilizaron para sostener la idea de que el papa no era solo un gobernante espiritual, sino también un gobernante temporal en Roma y en gran parte de Italia, y de que todos los gobernantes temporales estaban subordinados al papa.

Al honrar hoy al papa Silvestre, considera el hecho de que, en muchos sentidos, la Iglesia que hoy tenemos comenzó con él. Aunque la fe fue purificada y expresada en los primeros siglos, las grandes basílicas, los concilios ecuménicos y la administración organizada de la Iglesia comenzaron con el papa Silvestre. Ora por la Iglesia hoy mientras honramos a este importante papa. La Iglesia siempre ha tenido y siempre tendrá defectos en sus miembros y líderes, pero el hecho de que la Iglesia haya sobrevivido más de 2.000 años es un testimonio de su institución divina y una garantía de Cristo de que las puertas del infierno no prevalecerán contra ella cuando Pedro, en la persona del papa, permanezca al frente.

 

Oración

San Silvestre, tuviste el privilegio no solo de ser elegido papa, sino de serlo en un tiempo de gran progreso y transformación para la Iglesia. Con la gracia de Dios y tu trabajo arduo, asumiste el gobierno y guiaste a la Iglesia en ese momento crucial y decisivo. Ruega por mí, para que abrace de todo corazón la misión que Cristo me ha confiado, de modo que Dios pueda servirse de mí para una obra importante en este tiempo.
San Silvestre, ruega por mí.
Jesús, en Ti confío.

 

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