¿Quién es Jesús?
La escena a la orilla del Jordán que escuchamos en esta fiesta del Bautismo del
Señor es mucho más que un simple episodio del Evangelio. Se trata de una
revelación, de un comienzo, de una buena noticia para nuestra vida. ¿Quién es
Jesús? Juan bautizaba para la conversión de los pecados. Jesús, en cambio, está
sin pecado. Entonces, ¿por qué se hace bautizar? Probablemente para ponerse en
nuestro lugar, asumir nuestra condición y alcanzar a la humanidad herida.
En el momento en que Jesús
sale del agua y el cielo se abre, la Trinidad está actuando. El Padre ama, el
Hijo obedece, el Espíritu santifica. Jesús queda confirmado en su identidad. Es
el Enviado venido a cumplir la misión anunciada por Isaías: abrir los ojos de
los ciegos, liberar a los cautivos, proclamar la justicia y abrirnos a la
salvación.
Este bautismo es el punto de
partida de la vida pública de Jesús. A partir de este momento, él “pasó
haciendo el bien” (cf. Hch 10,38). Jesús proclama la Buena Noticia, cura,
levanta, perdona. Este episodio en el Jordán es su consentimiento a la misión
confiada por el Padre, un “sí” que lo conducirá hasta la Cruz y la
Resurrección.
Nuestro propio bautismo se
enraíza en el misterio pascual. Como Jesús, hemos sido sumergidos en el agua y
marcados por el Espíritu. Nos hemos convertido en hijos amados del Padre. Y
también nosotros tenemos la misión de anunciarlo. Bautizados desde hace mucho
tiempo o más recientemente, pidamos la gracia de alegrar el corazón de nuestro
Dios.
¿Qué me inspira el episodio
del bautismo de Jesús?
¿Qué rostro de Dios puedo identificar en las lecturas del día?
¿Qué me ayuda a alimentar las promesas de mi bautismo?
Karem Bustica, rédactrice en chef de Prions en Église
Primera lectura
Is
42, 1-4. 6-7
Miren
a mi siervo, en quien me complazco
Lectura del libro de Isaías.
ESTO dice el Señor:
«Miren a mi siervo, a quien sostengo;
mi elegido, en quien me complazco.
He puesto mi espíritu sobre él,
manifestará la justicia a las naciones.
No gritará, no clamará,
no voceará por las calles.
La caña cascada no la quebrará,
la mecha vacilante no la apagará.
Manifestará la justicia con verdad.
No vacilará ni se quebrará,
hasta implantar la justicia en el país.
En su ley esperan las islas.
Yo, el Señor,
te he llamado en mi justicia,
te cogí de la mano, te formé
e hice de ti alianza de un pueblo
y luz de las naciones,
para que abras los ojos de los ciegos,
saques a los cautivos de la cárcel,
de la prisión a los que habitan en tinieblas».
Palabra de Dios.
Salmo
Sal
28, 1b y 2. 3ac-4. 3b y 9c-10 (R.: 11b)
R. El Señor bendice a su
pueblo con la paz.
V. Hijos de Dios,
aclamen al Señor,
aclamen la gloria del nombre del Señor,
póstrense ante el Señor en el atrio sagrado. R.
V. La voz del Señor
sobre las aguas,
el Señor sobre las aguas torrenciales.
La voz del Señor es potente,
la voz del Señor es magnífica. R.
V. El
Dios de la gloria ha tronado.
En su templo, un grito unánime: «¡Gloria!».
El Señor se sienta sobre las aguas del diluvio,
el Señor se sienta como rey eterno. R.
Segunda lectura
Hch
10, 34-38
Ungido
por Dios con la fuerza del Espíritu Santo
Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.
EN aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo:
«Ahora comprendo con toda verdad que Dios no hace acepción de personas, sino
que acepta al que le teme y practica la justicia, sea de la nación que sea.
Envió su palabra a los hijos de Israel, anunciando la Buena Nueva de la paz que
traería Jesucristo, el Señor de todos.
Ustedes conocen lo que sucedió en toda Judea, comenzando por Galilea, después
del bautismo que predicó Juan.
Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu
Santo, que pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo,
porque Dios estaba con él».
Palabra de Dios.
Aclamación
R. Aleluya, aleluya,
aleluya.
V. Se abrieron los
cielos y se oyó la voz del Padre: «Este es mi Hijo, el amado;
escúchenlo». R.
Evangelio
Mt
3, 13-17
Se
bautizó Jesús y vio que el Espíritu de Dios se posaba sobre él
Lectura del santo Evangelio según san Mateo.
EN aquel tiempo, vino Jesús desde Galilea al Jordán y se presentó a Juan para
que lo bautizara.
Pero Juan intentaba disuadirlo diciéndole:
«Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?».
Jesús le contestó:
«Déjalo ahora. Conviene que así cumplamos toda justicia».
Entonces Juan se lo permitió. Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se
abrieron los cielos y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se
posaba sobre él. Y vino una voz de los cielos que decía:
«Este es mi Hijo amado, en quien me complazco».
Palabra del Señor.
1
A orillas del Jordán: no solo un
recuerdo, sino un comienzo
Hermanos, hoy cerramos el tiempo de Navidad con una
escena que parece sencilla, pero es inmensa: Jesús se pone en la fila.
El Santo, el sin pecado, entra al Jordán como uno más. Y ahí, en ese gesto,
Dios nos está predicando sin discursos: Dios no nos salva desde lejos; nos
salva desde dentro.
A veces imaginamos que la fe empieza cuando “ya
estoy bien”, cuando “ya cambié”, cuando “ya arreglé mi vida”. Pero hoy Jesús
nos enseña lo contrario: el camino comienza tal como estamos, con
nuestra humanidad real, herida, incompleta, necesitada. Jesús baja al agua para
decirle a toda persona: “No te doy la espalda; me pongo a tu lado”.
1. ¿Por qué Jesús se bautiza si
no tiene pecado?
El bautismo de Juan era un bautismo de conversión.
Entonces, ¿por qué Jesús entra en esas aguas? El Evangelio sugiere una palabra
clave: “conviene” (Mt 3,15). Conviene… ¿a quién? Conviene a nosotros.
Jesús no se bautiza porque necesite purificación,
sino porque quiere cargar con nuestra condición. Es como si dijera: “Yo
asumo tu historia. Yo me meto en tu río, en tu barro, en tu lucha. Yo no te
exijo desde arriba: te acompaño desde abajo”.
Hay personas que viven con una culpa crónica:
sienten que no merecen acercarse a Dios. Hoy el Señor entra al Jordán para
romper esa mentira interior. Dios no ama porque seamos perfectos; nos hace crecer
porque nos ama.
2. Se abre el cielo: Dios revela
su rostro
En el Jordán sucede algo decisivo: se abre el
cielo. En la Biblia, “cielo abierto” significa que la comunicación se
restablece, que la distancia se rompe, que la historia vuelve a tener esperanza.
Y aparece el corazón de la fiesta: la Trinidad
en acción.
- El
Padre
pronuncia una palabra que sostiene: “Este es mi Hijo amado, en quien me
complazco”.
- El
Hijo
obedece y se entrega: baja al agua, se solidariza, se dispone a la misión.
- El
Espíritu
desciende: no como un premio, sino como un envío, una unción para
la misión.
Aquí conviene detenerse un momento, porque esta
escena toca una herida muy humana: muchos viven buscando aprobación: “¿soy
suficiente?, ¿valgo?, ¿alguien se alegra conmigo?” Hoy Dios Padre responde: en
Jesús, y por el bautismo, tú también eres hijo amado. La fe no empieza con
“haz más”, sino con “eres mío”. Y desde esa identidad, entonces sí: caminar,
madurar, convertirnos.
3. Isaías nos muestra el estilo
de Jesús: mansedumbre que libera
La primera lectura (Is 42) presenta al Siervo del
Señor: no grita, no rompe la caña resquebrajada, no apaga la mecha que aún
humea. Es decir: Dios no trata a los frágiles a golpes.
¡Qué buena noticia para los que llegan hoy
cansados, con poca fuerza espiritual, con la fe “humeando”! Dios no viene a
humillarte; viene a reanimar la mecha. La santidad no es una exhibición
de perfección; es dejarse sostener por el Espíritu para volver a levantarse.
Y la misión está clarísima: “abrir los ojos de los
ciegos, sacar a los cautivos” (Is 42,7). Hoy podemos nombrar cegueras y
cautiverios actuales: resentimientos que oscurecen, adicciones visibles o
invisibles, miedos que paralizan, desesperanzas que encadenan… Jesús entra al
Jordán para iniciar una obra de libertad con ternura, no con violencia.
4. “Pasó haciendo el bien”: el
cristianismo se nota
En los Hechos de los Apóstoles, Pedro resume la
vida pública de Jesús con una frase preciosa: “pasó haciendo el bien”
(Hch 10,38). Ese es el fruto de la unción del Espíritu: el bien concreto.
No se trata solo de “creer” ideas correctas, sino
de dejarse ungir para hacer el bien: una palabra que repara, un perdón
ofrecido, una visita al enfermo, una reconciliación en casa, una ayuda discreta,
una defensa del débil, un servicio sin aplausos.
Si alguien preguntara: “¿cómo sé que estoy viviendo
mi bautismo?”, una respuesta sería: ¿a mi paso la vida queda un poquito más
humana? ¿hay más bien, más verdad, más misericordia?
5. Nuestro bautismo: identidad,
pertenencia y misión
Hoy también es una fiesta de memoria: no nostalgia,
sino raíz. Nuestro bautismo significa tres cosas muy concretas:
1. Identidad: “Eres hijo amado”. Antes que
méritos, está el amor primero.
2. Pertenencia: no caminamos solos; somos
Iglesia, familia de los bautizados.
3. Misión: no es un diploma, es un envío.
El bautismo no es meta: es comienzo.
Y aquí una pregunta pastoral que vale oro: ¿qué
alimenta las promesas bautismales?
- La
oración sencilla y perseverante.
- La
Eucaristía dominical que re-centra la vida.
- La
Palabra de Dios que limpia la mirada.
- La
caridad concreta que evita que la fe se vuelva teoría.
- Y un
examen interior honesto: “Señor, ¿qué cautiverio quieres liberar hoy en
mí?”
Un cierre para llevar al corazón
Hermanos, Jesús se bautiza para ponerse a nuestro
lado; el Padre lo llama Hijo amado; el Espíritu lo unge para la misión. Ese
mismo movimiento quiere repetirse hoy en nosotros: cercanía, identidad y
envío.
Pidámosle al Señor la gracia de volver al Jordán de
nuestra vida: a ese punto donde Dios nos dijo, quizá en silencio: “Eres mío”.
Y desde ahí, con humildad y valentía, renovemos el deseo de vivir como
bautizados: pasando por el mundo haciendo el bien.
Oración
final (breve):
Señor Jesús, que entraste en el Jordán por amor a nosotros, renueva en tu
Iglesia la alegría del bautismo. Abre nuestros ojos, rompe nuestras cadenas,
fortalece nuestra mecha vacilante. Que el Padre nos haga sentir hijos amados, y
que tu Espíritu nos unja para servir. Amén.
2
1) Puerta de entrada: el Jordán
como umbral de una nueva historia
Hermanos, la fiesta del Bautismo del Señor es un
umbral: pasamos de la contemplación del Niño de Belén al inicio de la vida
pública del Mesías. En la orilla del Jordán se cruzan dos historias: la del Antiguo
y el Nuevo; la de la promesa y el cumplimiento. Juan
Bautista, el último gran profeta de la Antigua Alianza, está allí como
“bisagra” de los tiempos: señala al Cordero y, al mismo tiempo, se hace pequeño
ante Él.
Por eso esta fiesta no es un “recuerdo litúrgico”
más: es una proclamación para hoy. El cielo se abre, el Espíritu desciende y el
Padre habla. Lo que sucede en Jesús, quiere suceder también en nosotros.
2) Juan Bautista: la humildad que
reconoce al que viene
El Evangelio muestra una reacción muy humana en Juan:
“Soy yo el que necesita ser bautizado por ti… ¿y tú vienes a mí?” (Mt
3,14). Juan no está actuando por falsa modestia: está diciendo la verdad. Él
bautiza para la conversión, para que el pueblo se disponga. Jesús, en cambio,
es el Santo, el Sin Pecado.
Aquí hay una enseñanza pastoral: Juan representa la
voz interior que, al ver a Dios tan cerca, siente temor y confusión: “¿Cómo
puede el Señor entrar en mis aguas turbias?” Y sin embargo, Jesús insiste: “Déjalo
ahora… conviene que cumplamos toda justicia” (Mt 3,15).
3) “Cumplir toda justicia”: Jesús
se pone en nuestro lugar
¿Qué significa “cumplir toda justicia”? No se trata
de legalismo. Es la justicia del amor: la fidelidad del Hijo al plan del Padre
para salvarnos. Jesús entra al Jordán no porque lo necesite, sino porque nos
ama. Entra para santificar las aguas, para abrir una puerta de
gracia, para inaugurar el camino por el que caminará todo discípulo.
En otras palabras: Jesús baja a nuestras aguas para
decirnos: “No te salvo desde afuera; me meto contigo. No te miro desde
arriba; me pongo a tu lado.”
Ese es el estilo de Dios.
4) La Trinidad se manifiesta:
identidad antes que misión
Luego ocurre lo decisivo: se abre el cielo.
El Espíritu baja como paloma. Y el Padre proclama: “Este es mi Hijo amado,
en quien me complazco” (Mt 3,17).
Aquí está el corazón de la fiesta:
- El
Padre
revela el amor: no un juez distante, sino un Padre que se goza en su Hijo.
- El
Hijo
revela la obediencia amorosa: se entrega para salvar.
- El
Espíritu
revela la unción: la fuerza divina para la misión.
Y atención: primero viene la identidad
(“Hijo amado”) y luego la misión (salir a predicar, sanar, liberar).
Esto es clave también en la vida espiritual: si una persona vive solo desde el
rendimiento (“tengo que hacerlo perfecto”), se agota; pero si vive desde la
identidad (“soy amado”), entonces sirve con libertad.
5) Isaías y el estilo del Mesías:
mansedumbre que no quiebra
La primera lectura (Is 42) nos muestra el perfil
del Siervo de Dios:
“No gritará… no quebrará la caña cascada, no apagará la mecha vacilante…”
Es decir: el Mesías no viene a terminar de romper
lo frágil. Viene a restaurar. Viene a abrir los ojos, a sacar
de la prisión (Is 42,6-7).
¡Cuánta gente vive hoy con la caña cascada por dentro! Fatiga, culpa,
resentimiento, miedo, tristeza, soledad… Y Dios responde no con gritos, sino
con una presencia que levanta.
6) “Pasó haciendo el bien”: la
unción se traduce en obras
Hechos de los Apóstoles resume la vida pública de
Jesús con una frase luminosa: “Pasó haciendo el bien” (Hch 10,38).
La unción del Espíritu no es un adorno piadoso: es una energía para el bien
concreto.
Así se discierne una fe viva: cuando el bautizado
—con sus límites reales— va dejando a su paso más misericordia, más justicia,
más verdad, más esperanza.
7) Nuestro bautismo: encuentro
con Cristo y “marca indeleble”
Ahora la fiesta nos vuelve hacia nosotros. La
mayoría fuimos bautizados de niños y no recordamos el día. Otros lo recibieron
siendo adultos, con plena conciencia. Pero en ambos casos, el bautismo no es un
rito social: es un acontecimiento espiritual real.
La Iglesia enseña que el bautismo imprime en el
alma un “carácter”, una marca espiritual indeleble (cf. CIC 1272
y 1274): quedamos configurados con Cristo y pertenecemos para siempre a Él y a
su Iglesia. Esa marca no se borra, ni siquiera por el pecado.
Aquí vale una distinción que ayuda mucho
pastoralmente:
- La
marca permanece
siempre.
- Pero
la gracia santificante puede debilitarse o perderse por el pecado
grave.
Por eso Dios, que nos marcó para siempre, también nos
dio un camino de regreso: el Sacramento de la Reconciliación, que
restaura la vida de gracia; y la Eucaristía, que la alimenta y la hace
crecer.
Dicho simple: el bautismo es una fuente. Si la tapo
con el pecado, el agua sigue ahí; debo destaparla, volver, reconciliarme, beber
de nuevo.
8) Aplicación psicológica y
espiritual: vivir desde la voz del Padre
Muchos cargan una voz interior dura: “no vales”,
“no alcanzas”, “Dios está cansado de ti”. La fiesta de hoy ofrece un antídoto:
la voz del Padre que dice: “Hijo amado”.
Volver al bautismo es volver a esa verdad
fundamental: mi dignidad no depende de mi rendimiento, sino de mi
pertenencia.
Y desde ahí, sí: luchar, corregir, convertirnos, levantarnos, pedir perdón,
recomenzar.
9) Llamado concreto: renovar hoy
las promesas bautismales
En esta fiesta, el Señor nos invita a tres acciones
sencillas y muy poderosas:
1. Recordar: ¿quién soy? Hijo, hija amada
de Dios.
2. Volver: si el pecado apagó la gracia,
regresar por la confesión.
3. Caminar: vivir la unción del Espíritu
haciendo el bien, como Jesús.
Y una pregunta para llevar a casa:
¿Qué me ayuda a alimentar las promesas de mi bautismo?
La Palabra diaria, la Eucaristía dominical, un examen de conciencia honesto, el
servicio concreto, y una devoción sencilla al Espíritu Santo.
10) Conclusión: del Jordán a la
vida cotidiana
Hermanos, hoy Jesús entra al Jordán para santificar
las aguas y abrirnos el camino. Y hoy también nosotros, marcados para siempre,
volvemos a la fuente.
Que esta fiesta nos haga recuperar el gozo de la
identidad cristiana: somos del Señor, estamos marcados por Él, y
enviados a “pasar haciendo el bien”.
Oración final (para proclamar)
Señor
Jesús, que quisiste entrar en las aguas por amor a nosotros, reaviva en mi alma
la gracia de mi bautismo.
Hazme vivir como hijo amado del Padre, dócil a tu voluntad y abierto a tu Espíritu.
Límpiame de todo pecado, restáurame por tu misericordia y fortaléceme con la
Eucaristía.
Que la marca que llevas en mi alma se traduzca en una vida que pasa haciendo el
bien.
Jesús, en Ti confío. Amén.
3
1) Introducción: cuando se abre
el cielo para nuestra historia
Hermanos, con la fiesta del Bautismo del Señor
termina el tiempo de Navidad y comienza, por decirlo así, el camino “adulto” de
Jesús: su vida pública. Pero no empezamos con un milagro espectacular, sino con
un gesto de humildad: Jesús entra al Jordán.
Y este episodio no es un simple recuerdo. Es revelación
y comienzo: revelación porque aparece la Trinidad —Padre, Hijo y Espíritu
Santo—; y comienzo porque desde aquí Jesús “pasará haciendo el bien” (Hch
10,38). En el Jordán, el cielo se abre… para que también se abra nuestra vida.
2) Homilía starter: una escena
que nos ayuda a entender
Imaginemos a una persona que decide ayudar a un
grupo de enfermos rechazados por todos. Podría hacerlo desde lejos, con cierta
protección, “sin involucrarse demasiado”. Pero un día entiende que, si quiere
curar de verdad heridas profundas, tiene que habitar el mismo dolor.
Solo entonces nace la confianza, y solo entonces se vuelve creíble su palabra.
Así hace Jesús: no mira a los pecadores desde la
orilla; entra a las aguas con ellos. No se pone por encima; se pone al
lado. Eso es salvación con rostro humano.
3) El texto del Evangelio:
“Déjalo ahora… conviene”
Juan intenta impedirlo: “Soy yo el que necesita ser
bautizado por ti” (Mt 3,14). Pero Jesús responde: “Déjalo ahora, conviene
que cumplamos toda justicia” (Mt 3,15).
Esa frase es clave. “Cumplir la justicia” no es
cumplir un trámite; es cumplir el plan de amor del Padre. Jesús, sin
pecado, recibe un bautismo de conversión para identificarse con nosotros
y para santificar las aguas: abrir el acceso a la gracia, inaugurar un
camino.
Aquí hay un mensaje muy consolador: cuando te
sientas indigno o lejos, recuerda esto: Cristo no te esperó limpio para
acercarse; se acercó para limpiarte.
4) Iluminación desde las
lecturas: el Siervo, la Voz, la Unción
Isaías (Is 42) nos presenta al Siervo de Dios con un estilo
inconfundible: no grita, no quiebra la caña cascada, no apaga la mecha vacilante.
Es decir: Dios no viene a terminar de romper a los frágiles; viene a
restaurarlos. Y su misión es concreta: “abrir los ojos”, “sacar a los
cautivos”, “liberar” (Is 42,6-7).
El Salmo 29 nos hace oír “la voz del Señor”
sobre las aguas. Y en el Evangelio esa voz se vuelve personal: “Este es mi Hijo
amado, en quien me complazco” (Mt 3,17). La fe cristiana no empieza con una
orden, sino con una declaración de amor.
En Hechos (Hch 10,34-38) Pedro resume la
vida de Jesús: Dios lo ungió “con Espíritu Santo y poder” y Jesús “pasó
haciendo el bien”. La unción del Jordán no es un adorno espiritual: es fuerza
para una vida que sana, levanta y perdona.
5) Punto de inflexión: identidad
y misión en una sola escena
El Jordán es un “antes y después”:
- Momento
de decisión:
termina la vida oculta y empieza la misión.
- Momento
de identificación: Jesús se pone en la fila con el pueblo.
- Momento
de aprobación: el
Padre confirma: “Hijo amado”.
- Momento
de convicción: se
comprende el camino: no será por poder político, sino por el Siervo
sufriente, la cruz.
- Momento
de equipamiento: el
Espíritu desciende, capacita, envía.
Y aquí conviene subrayar algo pastoralmente
precioso: antes de cualquier tarea, Dios entrega una identidad. Primero:
“Eres amado”. Luego: “Ve”. Cuando una persona vive desde la pura exigencia
(“tengo que… debo…”), se quiebra. Cuando vive desde la identidad (“soy hijo
amado”), sirve con alegría y firmeza.
6) Aplicación espiritual y
psicológica: la voz interior que te define
Muchos creyentes cargan dentro una voz acusadora:
“no vales”, “Dios está decepcionado”, “ya no hay remedio”. La fiesta de hoy
propone otra voz: la del Padre que afirma.
Volver al bautismo es volver a lo esencial:
- No
soy un accidente.
- No
soy mi pecado.
- No
soy solo mis heridas.
Soy hijo, soy hija. Y esa dignidad no se negocia.
Por eso el bautismo deja una marca espiritual
indeleble: pertenezco a Cristo para siempre. Esa marca no se borra. Pero la
gracia puede apagarse si el pecado toma el timón. Y Dios, que nos marcó como
suyos, también nos dio un camino de regreso: la Reconciliación, que
restaura la gracia, y la Eucaristía, que la acrecienta.
7) Mensajes para la vida:
identidad, misión y fidelidad cotidiana
De las reflexiones de hoy salen tres mensajes
claros.
(1) Identidad:
Por el bautismo somos hijos e hijas de Dios, hermanos de Jesús, miembros de la
Iglesia, templos del Espíritu Santo, herederos del cielo. Entrar al templo y
santiguarnos con agua bendita debería recordarnos: “pertenezco al Señor; fui
lavado; fui sellado; soy suyo.”
(2) Misión:
- Reconocer
la presencia de Dios en mí y en los demás, honrando, amando y sirviendo.
- Vivir
como hijos de Dios en pensamiento, palabra y obra: de modo que el Padre
pueda “complacerse” en nuestra vida.
- No
profanar el cuerpo ni el corazón con impureza, injusticia, intolerancia,
celos u odio.
- Aceptar
lo bueno y lo difícil como escuela de santidad: Dios no manda el mal, pero
puede transformarlo en crecimiento.
- Crecer
en intimidad con Dios: oración personal y familiar, Palabra meditativa,
Misa, confesión frecuente.
- Ser
artesanos del Reino: compasión, justicia y amor; sal y luz.
(3) Gratitud y renovación:
Hoy es día de dar gracias por las gracias bautismales, renovar promesas y
predicar el Evangelio con una vida transparente: amor, misericordia, servicio y
perdón.
8) Llamado final: volver a la
fuente y dejarse enviar
Hermanos, el Bautismo del Señor nos invita a volver
a la fuente. Quizá no recuerdas la fecha de tu bautismo, pero sí puedes
recuperar su verdad: Dios te llamó hijo, hija; te selló con su Espíritu; te
confió una misión.
Hoy, al contemplar a Jesús en el Jordán, renovemos
tres decisiones concretas:
1. Escuchar cada día la voz del
Padre en la
oración: “Eres mi hijo amado”.
2. Cuidar la gracia bautismal: si hay pecado grave, volver a
la confesión; si hay tibieza, volver a la Eucaristía.
3. Pasar haciendo el bien: que alguien, esta semana,
experimente a Dios gracias a tu misericordia.
Oración final (breve,
proclamable)
Señor Jesús,
que entraste en el Jordán por amor a nosotros, renueva en mí la gracia de mi
bautismo.
Que el Padre me recuerde cada día que soy hijo amado.
Que el Espíritu Santo me unja para vivir la misión con humildad y valentía.
Líbrame del pecado, restaura mi corazón por tu misericordia y hazme pasar por
el mundo haciendo el bien.
Jesús, en Ti confío. Amén.

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