jueves, 1 de enero de 2026

2 de enero del 2026: viernes antes de la Epifanía del Señor - Santos Basilio Magno y Gregorio Nacianceno, obispos y doctores de la Iglesia, memoria obligatoria

 

Santo del día:

San Basilio y San Gregorio

Siglo IV. Estos dos amigos fueron, respectivamente, obispo de Cesarea y patriarca de Constantinopla. En sus obras, Basilio defendió al Espíritu Santo y Gregorio la Trinidad. Doctores de la Iglesia.

 

 

Bajo el signo de la alabanza

(Salmo 97 [98])

Apenas hemos cruzado el umbral del año nuevo, la liturgia ya nos convoca a la alabanza: «Canten al Señor un canto nuevo, porque ha hecho maravillas». Es una invitación a renovar nuestro acto de fe en Aquel que sostiene el mundo en su mano. Sí: en la resurrección de Cristo, «toda la tierra ha contemplado la victoria de nuestro Dios». Tal es la esperanza con la que somos investidos por Aquel que hace nuevas todas las cosas.

Bénédicte de la Croix, cistercienne

 


Primera lectura

1Jn 2,22-28

Lo que han oído desde el principio permanezca en ustedes

Lectura de la primera carta del apóstol san Juan.

QUERIDOS hermanos:
¿Quién es el mentiroso sino el que niega que Jesús es el Cristo? Ese es el anticristo, el que niega al Padre y al Hijo. Todo el que niega al Hijo tampoco posee al Padre. Quien confiesa al Hijo posee también al Padre.
En cuanto a ustedes, lo que han oído desde el principio permanezca en ustedes. Si permanece en ustedes lo que han oído desde el principio, también ustedes permanecerán en el Hijo y en el Padre; y esta es la promesa que él mismo nos hizo: la vida eterna.
Les he escrito esto respecto a los que tratan de engañarlos. Y en cuanto a ustedes, la unción que de él han recibido permanece en ustedes, y no necesitan que nadie les enseñe. Pero como su unción les enseña acerca de todas las cosas —y es verdadera y no mentirosa—, según les enseñó, permanezcan en él.
Y ahora, hijos, permanezcan en él para que, cuando se manifieste, tengamos plena confianza y no quedemos avergonzados lejos de él en su venida.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 98(97),1.2-3ab.3cd-4 (R. cf. 3c)

R. Los confines de la tierra han contemplado
la salvación de nuestro Dios.


V. Canten al Señor un cántico nuevo,
porque ha hecho maravillas.
Su diestra le ha dado la victoria,
su santo brazo. 
R.

V. El Señor da a conocer su salvación,
revela a las naciones su justicia.
Se acordó de su misericordia y su fidelidad
en favor de la casa de Israel.
 R.

V. Los confines de la tierra han contemplado
la salvación de nuestro Dios.
Aclama al Señor, tierra entera;
griten, vitoreen, toquen. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya
V. En muchas ocasiones habló Dios antiguamente a los padres por los profetas. En esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo. R.

 

Evangelio

Jn 1,19-28

El que viene detrás de mí

Lectura del santo Evangelio según san Juan

ESTE es el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron desde Jerusalén sacerdotes y levitas a que le preguntaran:
«¿Tú quién eres?».
Él confesó y no negó; confesó:
«Yo no soy el Mesías».
Le preguntaron:
«¿Entonces, qué? ¿Eres tú Elías?».
Él dijo:
«No lo soy».
«¿Eres tú el Profeta?».
Respondió: «No».
Y le dijeron:
«¿Quién eres, para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado? ¿Qué dices de ti mismo?».
Él contestó:
«Yo soy la voz que grita en el desierto: “Allanen el camino del Señor”, como dijo el profeta Isaías».
Entre los enviados había fariseos y le preguntaron:
«Entonces, ¿por qué bautizas si tú no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta?».
Juan les respondió:
«Yo bautizo con agua; en medio de ustedes hay uno que no conocen, el que viene detrás de mí, y al que no soy digno de desatar la correa de la sandalia».
Esto pasaba en Betania, en la otra orilla del Jordán, donde Juan estaba bautizando.

Palabra del Señor.

 

1

 

1.    Bajo el signo de la alabanza… y de la verdad

Apenas comenzamos el año y la liturgia nos pone una palabra en los labios: “Canten al Señor un canto nuevo, porque ha hecho maravillas”. No es una frase decorativa. Es una medicina del alma. Porque, cuando uno sufre —en el cuerpo o por dentro, donde nadie ve— la vida se llena de ruidos: preocupaciones, diagnósticos, culpas, duelos, cansancios, ansiedad… Y en medio de esos ruidos, Dios nos regala una brújula: la alabanza.

Pero ojo: la alabanza cristiana no es negar el dolor ni maquillarlo. Es dejar que la verdad de Dios sea más grande que el miedo. Por eso, curiosamente, el Evangelio de hoy no nos presenta un milagro espectacular, sino un testigo: Juan el Bautista.

“Yo no soy el Mesías”: la humildad que cura

En el Evangelio (Jn 1,19-28), le preguntan a Juan: “¿Tú quién eres?” Y él responde con una claridad impresionante:

  • “Yo no soy el Mesías.”
  • “No soy Elías.”
  • “No soy el Profeta.”
    Y termina diciendo: “Yo soy una voz… en el desierto”.

Qué importante es esto al comenzar el año: reconocer quiénes no somos para poder vivir en paz. Mucha gente sufre porque carga una identidad que no le corresponde: “tengo que poder con todo”, “no puedo fallar”, “debo resolverle la vida a todos”, “si me quiebro, no valgo”. Juan nos enseña lo contrario: la humildad es libertad. No se infla, no compite, no se vende. Simplemente señala: “En medio de ustedes hay Uno a quien ustedes no conocen.”

Y aquí aparece el gran drama: Dios está “en medio” y, sin embargo, puede pasar desapercibido. ¿Por qué? Porque a veces buscamos a Dios donde no está: en lo espectacular, en lo inmediato, en lo que nos da control… y Él se manifiesta en lo pequeño, en lo sencillo, en lo que pide conversión.

La primera carta de Juan: la fe verdadera y el corazón protegido

La primera lectura (1Jn 2,22-28) es directa: habla del engaño y del anticristo (es decir, de todo lo que niega o reemplaza a Cristo). San Juan no escribe para asustar, sino para proteger la fe de su comunidad. Y el criterio es claro:

  • el que niega al Hijo, se queda sin el Padre;
  • el que permanece en lo que ha recibido desde el principio, permanece en Dios.

Traducido a nuestra vida: cuando Cristo se borra del centro, el alma se desordena. Se cuela cualquier “mesías” de repuesto: la ansiedad, el dinero, la imagen, el resentimiento, el placer vacío, el “yo puedo solo”, o incluso una fe reducida a costumbre sin encuentro vivo.

Por eso el apóstol insiste: “Permanezcan en Él.” Permanecer no es un sentimiento pasajero; es una decisión diaria: volver al Señor, volver a su Palabra, volver a la Eucaristía, volver a la oración simple, volver a la verdad.

Alabanza: el “canto nuevo” de quien sufre

El Salmo 98 dice: “El Señor dio a conocer su salvación.”
Esto no significa que ya no haya enfermedad ni lágrimas, sino que el sufrimiento no tiene la última palabra. El cristiano alaba no porque todo esté fácil, sino porque Cristo resucitado ya abrió un futuro.

Y aquí conectamos con nuestra intención orante: por quienes sufren en el alma y en el cuerpo.

  • A ti que sufres en el cuerpo: quizá no puedas hacer “grandes cosas” hoy. Pero puedes hacer una inmensa: dejarte amar. Ofrecer, respirar, confiar, pedir ayuda, no aislarte. La alabanza, a veces, no es cantar fuerte: es susurrar: “Señor, aquí estoy.”
  • A ti que sufres en el alma: hay dolores invisibles que cansan más que una fiebre: la tristeza profunda, la culpa, el miedo, la soledad, la depresión, el duelo, el trauma, la desesperanza. Hoy el Señor te dice: “Yo estoy en medio de ustedes.” No estás solo. Y como Juan, quizá hoy no puedas explicar mucho, pero sí puedes dar un paso: no absolutizar el desierto. El desierto no es tu identidad; es un lugar de paso donde Dios habla.

Tres llamadas concretas para comenzar el año

1.    Haz espacio para el Cristo verdadero. Pregúntate con sinceridad: ¿qué “mesías” falso estoy siguiendo? ¿qué me domina? ¿qué me roba la paz?

2.    Aprende de Juan: sé “voz”, no “dueño”. Señala a Cristo con tu vida, con tu paciencia, con tu forma de tratar, con tu honestidad, con tu caridad.

3.    Practica la alabanza como terapia espiritual. Cada día, aunque sea breve: “Señor, gracias por…; Señor, confío en Ti; Señor, haz nuevas todas las cosas.” Ese es el “canto nuevo”.

Oración final

Señor Jesús,
Tú estás en medio de nosotros, incluso cuando no te reconocemos.
Sana a los que sufren en el cuerpo: dales alivio, fortaleza, buenos cuidadores y esperanza.
Sana a los que sufren en el alma: rompe la oscuridad, devuelve el gusto por la vida, regala consuelo y compañía.
Haznos humildes como Juan, para no ocupar tu lugar,
y fieles como tus hijos, para permanecer en Ti.
Que, en este comienzo de año, bajo el signo de la alabanza,
toda nuestra vida cante tu victoria.
Amén.

 

2

 

1) Puerta de entrada: cuando el alma se “encoge” y Dios la vuelve a ensanchar

Apenas iniciamos el año, la liturgia nos pone frente a una escena aparentemente sencilla: un hombre a la orilla del Jordán, Juan el Bautista, rodeado de preguntas, sospechas, etiquetas y “comisiones” que quieren clasificarlo. Y él, con una humildad desarmante, no se deja atrapar por el foco. No se pone a defender su imagen ni a construir un “personaje”. Simplemente señala: “En medio de ustedes hay uno a quien no conocen.”

Ahí comienza la conversión: no es primero “cambiar de cosas”, sino reconocer una Presencia. Muchas tristezas del alma nacen de esto: de vivir como si Jesús no estuviera “en medio”, como si todo dependiera de nuestras fuerzas, de nuestra reputación, de nuestros logros, o de nuestros miedos.

Y hoy queremos orar por quienes sufren: por el cuerpo que duele y por el corazón que se fatiga. Porque cuando el dolor llega, también llegan preguntas: “¿Dónde está Dios? ¿Por qué a mí? ¿Qué hice mal?”. Y el Evangelio no responde con teorías; responde con una Persona: Él está en medio.


2) Juan y la humildad que prepara el camino

Los sacerdotes y levitas preguntan: “¿Quién eres?”. Y Juan responde con una triple negación que es toda una escuela espiritual: “Yo no soy…”

·        No soy el Mesías.

·        No soy Elías.

·        No soy el Profeta.

¡Qué liberación! Juan no se apropia de un lugar que no le pertenece. No se infla. No se miente a sí mismo. Y por eso puede decir con verdad: “Yo bautizo con agua, pero viene uno… de quien no soy digno de desatar la correa de la sandalia.”

En su cultura, desatar la sandalia era tarea del siervo más humilde. Juan está diciendo: “Ante Él, yo no soy el centro. Yo soy solo una voz”. Y esa humildad no lo empequeñece; lo vuelve transparente, lo hace grande de la única grandeza que vale: la de quien permite que Dios se vea.

Aquí hay un punto psicológico y pastoral muy fino:

·        La falsa humildad se desprecia para llamar la atención: “yo no valgo”, esperando aplausos.

·        La verdadera humildad, como la de Juan, no se mira a sí misma: mira a Cristo.


3) “Anticristos” y una medicina para el alma: permanecer

La primera lectura (1Jn 2,22-28) pone el dedo en una herida: la mentira espiritual. Juan lo expresa con una palabra fuerte: anticristo. No se trata solo de un personaje futurista; es una actitud: negar a Cristo, deformarlo, reducirlo, inventar un “jesús a mi medida” que no incomode.

Y el apóstol ofrece una medicina concreta: “Permanezcan en Él.”
El cristiano no se salva por un impulso momentáneo, sino por una fidelidad cotidiana: permanecer cuando hay consuelo y también cuando hay noche; permanecer cuando la salud acompaña y cuando el cuerpo no da más; permanecer cuando el ánimo está en alto y cuando el alma está en “modo supervivencia”.

Eso es esperanza real, no romántica: permanecer.


4) Un “Dios en medio” para quien sufre en el cuerpo y en el alma

Hoy, a quienes están enfermos o heridos por dentro, el Evangelio les dice algo inmenso:

·        Jesús no está lejos.

·        Jesús no llega tarde.

·        Jesús no se confunde contigo, pero sí se mezcla con tu historia, “en medio de ustedes”.

Y aquí aparece la paradoja más bella:
Si nosotros no somos dignos ni de desatar su sandalia, Él se arrodilla para lavarnos los pies.
Si nosotros no podemos salvarnos, Él carga nuestros pecados.
Si nosotros tenemos miedo a la muerte, Él entra en la muerte para abrirnos la vida.

La humildad verdadera no termina en “no soy digno”; termina en gratitud: “¡Qué amor tan grande, que aun así me busca!”


5) Tres llamadas concretas para este comienzo de año

1.    Deja de vivir como “mesías de tu propia casa”.
Muchos sufrimientos vienen de cargar lo que no somos capaces de cargar: resolverlo todo, sostenerlo todo, salvarlo todo. Juan nos libera: “Yo no soy”. Tú tampoco. Cristo sí.

2.    Señala a Jesús con tu vida, incluso si no puedes con palabras.
Hay personas enfermas que evangelizan más que mil discursos, porque su paciencia, su fe sencilla o su “seguir confiando” se vuelve una señal: “Él está en medio”.

3.    Permanece. Un día a la vez.
Para quien sufre ansiedad, depresión, duelo o dolor físico: el gran acto de fe quizá no es “sentir bonito”, sino permanecer hoy, con una oración breve, con un salmo, con un “Jesús, confío en ti”.


6) Oración final (integrada a la homilía)

Señor Jesús, en medio de nuestras preguntas y de nuestras heridas, Tú estás.
Danos la humildad de Juan para no robarnos el lugar que solo a Ti te pertenece.
Arranca de nosotros la mentira que niega tu rostro y tu amor.
Haznos permanecer en Ti cuando el cuerpo duele, cuando el alma se agota, cuando la esperanza se nos vuelve pequeña.

Hoy te presentamos a los enfermos, a los que sufren por dentro, a quienes están cansados de luchar, a los que lloran en silencio.
Tú, Mesías verdadero, ven a ser fuerza en su debilidad, luz en su oscuridad, paz en su tormenta.

Y enséñanos a decir con verdad, sin desesperación y sin máscaras:
“Señor, no soy digno… pero te doy gracias, porque Tú te hiciste cercano, y no te cansas de salvarme.”

Amén.

 

**************

 

2 de enero —

Santos Basilio Magno y Gregorio Nacianceno, obispos y doctores — Memoria

San Basilio: 329–379
Santo patrono de los monjes, administradores de hospitales, reformadores y de Rusia

San Gregorio: c. 329–389
Santo patrono de las cosechas y de los poetas




Citas

“Mucho tiempo pasé en la vanidad, y desperdicié casi toda mi juventud en el trabajo vano al que me sometí para adquirir una sabiduría que Dios ha declarado necia. Pero un día, como un hombre despertado de un sueño profundo, volví mis ojos hacia la luz maravillosa de la verdad del Evangelio, y comprendí la inutilidad de la ‘sabiduría de los príncipes de este mundo, que perece’ (1 Co 2,6). Lloré muchas lágrimas por mi vida miserable y recé para que se me concediera la guía necesaria para ser admitido en las doctrinas de la verdadera religión.”
Carta de san Basilio, n.º 223

“Nada me parecía tan deseable como cerrar las puertas de mis sentidos y, escapando de la carne y del mundo, recogerme dentro de mí mismo… para vivir por encima de las cosas visibles, conservando en mí las impresiones divinas puras e incontaminadas por los signos errantes de este mundo inferior…”
Oraciones de san Gregorio, 2:7


Reflexión

Santos Basilio Magno y Gregorio de Nacianzo se cuentan entre los más entregados defensores de la fe en el siglo IV. Ambos fueron obispos y hoy son santos y doctores de la Iglesia. Estos dos hombres se conocieron mientras estudiaban en Cesarea de Capadocia y fortalecieron su estrecha amistad en Atenas. Tras la muerte de Basilio, Gregorio escribió sobre su vínculo: “Parecíamos tener una sola alma que habitaba en dos cuerpos” (Oraciones de san Gregorio, 43:20).

Ambos santos provenían de familias de santos. La abuela materna de Basilio fue mártir; su abuela paterna, sus padres y tres de sus hermanos también son santos. El padre de Gregorio se convirtió al catolicismo por influencia de su esposa. Después de su conversión, fue ordenado sacerdote y luego consagrado obispo de Nacianzo. Sirvió como obispo durante unos cuarenta y cinco años y vivió hasta más de noventa. Estos padres santos tuvieron tres hijos, y los tres llegaron a ser santos.

En la época en que vivieron los santos Gregorio y Basilio, la Iglesia —el Cuerpo de Cristo— sufría la “pandemia” del arrianismo, una herejía que negaba la divinidad de Cristo. Esta herejía era como una enfermedad que infectaba a la Iglesia. El arrianismo entró en el torrente sanguíneo del Cuerpo de Cristo y debilitó cada miembro y músculo, provocando convulsiones, estallidos violentos y profundas divisiones tanto entre los obispos como entre los fieles. La enseñanza clara y el valiente liderazgo episcopal de los santos Basilio y Gregorio ayudaron a la Iglesia a sanar, a erradicar esta herejía y a restaurar la unidad de la fe en Oriente. Pero no todos acogieron con agrado sus esfuerzos. Ambos sufrieron mucho. Del emperador, de muchos obispos y de otros clérigos y laicos recibieron abusos, calumnias, ataques físicos y amenazas. A pesar de todo, permanecieron fieles a su predicación y serenos y firmes en su determinación, restaurando una unidad más profunda y más antigua entre los fieles de Cristo. Hoy, sus abundantes escritos se cuentan entre las enseñanzas más inspiradoras, lúcidas y convincentes de la Iglesia primitiva, especialmente en lo que se refiere a la divinidad de Cristo y al misterio de la Santísima Trinidad.

Estos dos hombres no llegaron a ser santos simplemente porque fueran inteligentes. También fueron santos. Y su santidad brotó de una vida de profunda oración. Después de recibir una excelente formación en las mejores universidades, ambos buscaron vivir como ermitaños, con Basilio a la cabeza, dando forma a lo que se convertiría en el modelo del monacato en Oriente. Los dos pasaron años en soledad y oración en distintas etapas de sus vidas. Su comunión interior con Dios mediante la oración, más que cualquier otra cosa, los preparó para su misión común.

Considera seguir el ejemplo de estos dos grandes santos volviéndote a Dios en la oración. Aunque quizá no estés llamado a ser ermitaño, ciertamente puedes apartar cada día un tiempo para profundizar en la vida de oración. Al hacerlo, descubrirás a Dios llamándote a acercarte más a Él y, luego, confiándote alguna misión mayor que cumplir para su gloria.


Oración

Santos Gregorio y Basilio, fuisteis llamados por Dios a ser luz en medio de la oscuridad durante un tiempo de gran turbulencia en la Iglesia. Os ruego que intercedáis por mí, para que nunca viva envuelto en las tinieblas de este mundo, sino que lleve siempre la luz de Cristo para dispersar la falsedad y el pecado, a fin de que Dios sea glorificado y las almas sean salvadas.
Santos Basilio y Gregorio, rogad por mí.
Jesús, en Ti confío.

 

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