“Si tú quieres” (Lucas
5, 12-16)
La oración del leproso
es intensa. Como él, nuestro corazón y nuestra carne pueden ser un grito hacia
el Dios vivo (cf. Sal 83, 3). “Si tú quieres”: el
hombre no busca imponer su voluntad a Jesús. Sin embargo, Jesús se adhiere a su
petición. Vemos aquí a Cristo inclinarse ante una voluntad humana,
así como se someterá plenamente a la voluntad del Padre en Getsemaní: “No
como yo quiero, sino como tú quieres” (Mt 26, 39). Y, tanto
en un caso como en el otro, la vida brota.
Emmanuelle Billoteau, ermite
Primera lectura
1
Jn 5, 5-13
El
Espíritu, el agua y la sangre
Lectura de la primera carta del apóstol san Juan.
QUERIDOS hermanos:
¿Quién es el que vence al mundo sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?
Este es el que vino por el agua y la sangre: Jesucristo.
No solo en el agua, sino en el agua y en la sangre; y el Espíritu es quien da
testimonio, porque el Espíritu es la verdad.
Porque tres son los que dan testimonio: el Espíritu, el agua y la sangre, y el
testimonio de los tres es único.
Si aceptamos el testimonio humano, mayor es el testimonio de Dios. Pues este es
el testimonio de Dios, que ha dado testimonio acerca de su Hijo. El que cree en
el Hijo de Dios tiene el testimonio en sí mismo.
Quien no cree a Dios lo hace mentiroso, porque no ha creído en el testimonio
que Dios ha dado acerca de su Hijo. Y este es el testimonio: Dios nos ha dado
vida eterna, y esta vida está en su Hijo. Quien tiene al Hijo tiene la vida,
quien no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida.
Les he escrito estas cosas a los que creen en el nombre del Hijo de Dios, para
que se den cuenta de que tienen vida eterna.
Palabra de Dios.
Salmo
Sal
147, 12-13. 14-15. 19-20 (R.: 12a)
R. Glorifica al Señor,
Jerusalén.
O
bien:
R. Aleluya.
V. Glorifica al
Señor, Jerusalén;
alaba a tu Dios, Sion.
Que ha reforzado los cerrojos de tus puertas,
y ha bendecido a tus hijos dentro de ti. R.
V. Ha puesto paz
en tus fronteras,
te sacia con flor de harina.
Él envía su mensaje a la tierra,
y su palabra corre veloz. R.
V. Anuncia su
palabra a Jacob,
sus decretos y mandatos a Israel;
con ninguna nación obró así,
ni les dio a conocer sus mandatos. R.
Aclamación
R. Aleluya, aleluya,
aleluya.
V. Jesús proclamaba el
evangelio del reino, y curaba toda dolencia del pueblo. R.
Evangelio
Lc
5, 12-16
Y
enseguida la lepra se le quitó
Lectura del santo Evangelio según san Lucas.
SUCEDIÓ que, estando Jesús en una de las ciudades, se presentó un hombre lleno
de lepra; al ver a Jesús, cayendo sobre su rostro, le suplicó diciendo:
«Señor, si quieres, puedes limpiarme».
Y extendiendo la mano, lo tocó diciendo:
«Quiero, queda limpio».
Y enseguida la lepra se le quitó.
Y él le ordenó no comunicarlo a nadie; y le dijo:
«Ve, preséntate al sacerdote y ofrece por tu purificación según mandó Moisés,
para que les sirva de testimonio».
Se hablaba de él cada vez más, y acudía mucha gente a oírlo y a que los curara
de sus enfermedades.
Él, por su parte, solía retirarse a despoblado y se entregaba a la oración.
Palabra del Señor.
1
Hermanos, el Evangelio de hoy nos regala una de las
oraciones más breves y más hondas que pueden salir de un corazón herido: “Señor,
si quieres, puedes limpiarme”. No es un discurso largo; es un clamor. No es
una exigencia; es una confianza. No es una negociación; es abandono.
1) “Si tú quieres”: la fe que no
manipula a Dios
El leproso se acerca con una mezcla conmovedora de
humildad y esperanza. Él cree firmemente en el poder de Jesús: “puedes”.
Pero no pretende mandar sobre Dios: “si quieres”.
¡Cuánta sabiduría espiritual! Porque a veces nuestra oración se vuelve ansiedad
que exige, o miedo que se resigna. En cambio, esta oración tiene equilibrio: confía
y se abandona.
Aquí se toca un misterio precioso: Jesús no
desprecia la súplica humana. Al contrario, se deja “conmover” por ella y
responde con una frase que parece música para el alma: “Quiero. Queda
limpio”. Cuando el amor de Dios se encuentra con la confianza del pobre, la
vida vuelve a brotar.
2) El gesto de Jesús: tocar lo
intocable
San Lucas deja claro que Jesús no solo habla: extiende
la mano y lo toca. En el mundo del leproso, el contacto era prohibición;
era rechazo; era distancia social y religiosa. Jesús rompe el muro del estigma.
Esto nos revela el corazón de Dios: Dios no se asusta de nuestras llagas.
No huye del cuerpo enfermo ni del alma cansada. Donde los demás ponen guantes,
Cristo pone su mano.
Y aquí viene una luz muy pastoral para nuestra
intención orante: hay dolores del cuerpo, visibles; y hay dolores del
alma, invisibles. Y a veces los segundos duelen más porque se sufren en
silencio: ansiedad, depresión, culpas, heridas de historia, soledades, duelos,
adicciones, miedos… Hoy Jesús nos enseña que también eso puede ser tocado y
sanado.
3) La primera lectura: creer para
vivir y para tener certeza
San Juan en la primera lectura (1Jn 5,5-13) nos
recuerda lo esencial: “El que cree en el Hijo de Dios tiene el testimonio en
sí mismo… y este es el testimonio: Dios nos ha dado la vida eterna”.
El cristiano no vive de suposiciones: vive de una certeza nacida de la fe. No
significa que no haya noches; significa que en la noche hay una luz encendida: Jesús
es el Hijo de Dios, y en Él la vida no se apaga, incluso cuando el cuerpo
se debilita o el ánimo se quiebra.
Cuando alguien sufre, muchas veces lo primero que
se rompe por dentro es la esperanza: “no voy a salir”, “ya no puedo”, “nadie me
entiende”. San Juan nos dice: en Cristo, incluso en la prueba, hay vida.
Y esa vida empieza ya, como semilla de eternidad en medio del tiempo.
4) El salmo: Dios sana “por su
palabra”
El Salmo 147 canta a un Dios cercano: fortalece,
sostiene, alimenta, y también habla. Él “envía su palabra y derrite
el hielo”. ¡Qué imagen tan hermosa!
Hay “hielos” interiores: frialdad espiritual, bloqueo afectivo, dureza del
corazón, desesperanza… Y hay hielos corporales: rigidez del dolor, agotamiento,
tratamientos largos, recaídas. La Palabra de Dios puede derretir lo que parecía
congelado para siempre.
5) Un detalle final del
Evangelio: oración y misión
Después del milagro, Jesús se retira a lugares
solitarios para orar. Es como si nos dijera: la compasión que sana brota de la
intimidad con el Padre. Y también enseña algo muy humano: cuando alguien sufre,
necesita dos cosas: ser atendido y ser acompañado; ser curado y
ser sostenido.
Hoy la Iglesia está llamada a ser esa mano de Cristo: a tocar con respeto, a
escuchar sin juzgar, a acompañar sin cansarse.
Oración final (por quienes sufren en el alma y en
el cuerpo)
Señor
Jesús,
muchos de tus hijos hoy te dicen con lágrimas: “Si tú quieres…”.
Mira las heridas visibles y las invisibles:
los que cargan un diagnóstico, los que cargan una tristeza,
los que duelen por dentro sin saber explicarlo.
Tócanos
con tu mano,
pronuncia sobre nosotros tu palabra: “Quiero”,
y danos la paz que devuelve la respiración al corazón.
Que tu
Iglesia sea casa donde nadie se sienta “intocable”,
y que nuestra fe en tu Nombre sea medicina para el alma,
fuerza para el cuerpo y esperanza para seguir caminando.
Amén.
2
Hermanos, el Evangelio de hoy nos presenta a un
hombre “lleno de lepra” que se acerca a Jesús con una oración tan breve como
perfecta: «Señor, si quieres, puedes limpiarme» (Lc 5,12). En esa frase
caben dos certezas que sostienen la vida: Dios puede… y yo me
abandono a su querer.
1) El dolor que no se ve: cuando
el alma también queda “en cuarentena”
La lepra no era solo una enfermedad física; era una
sentencia social. El enfermo quedaba apartado, señalado, reducido a la soledad.
Y a veces —como dice alguien con gran realismo el aislamiento emocional y
social duele más que el dolor del cuerpo.
Aquí cabe nuestra intención orante: hoy pensamos en quienes sufren por dentro y
por fuera. Muchos cargan heridas invisibles: tristeza persistente, ansiedad,
ataques de pánico, culpa, duelos no resueltos, cansancio espiritual, sensación
de no valer, miedo a ser juzgados. Es una “lepra” del corazón que aísla, que
empuja al silencio, que hace creer: “nadie me entiende”.
Y, sin embargo, el leproso del Evangelio nos muestra el primer paso de toda
sanación: acercarse a Jesús.
2) Una oración modelo: fe,
humildad y abandono
Fijémonos en tres detalles:
- “Cayó
rostro en tierra”: primero, adoración. Antes de pedir, el hombre se postra. Reconoce
quién es Jesús. Hay una fe que se expresa con el cuerpo: me inclino porque
Tú eres el Señor.
- “Le
suplicó”: no
es capricho, es necesidad confiada. La súplica verdadera no manipula; abre
el corazón.
- “Si
quieres…”:
aquí está la joya. No exige: “hazlo ya”. No negocia: “si me curas,
entonces creeré”. El leproso cree antes del milagro. Su oración no
es “que se haga mi voluntad”, sino “me pongo en tus manos”.
¡Qué lección para nuestra vida! A veces tratamos a
Dios como si fuera el ejecutor de nuestros planes: le presentamos una lista de
instrucciones. Y cuando no ocurre lo que queremos, nos desanimamos. El
Evangelio enseña otro camino: adorar primero, confiar después, y pedir
con humildad, deseando sobre todo la voluntad de Dios.
3) Jesús no hace milagros para
lucirse: los hace por amor
También es importante esto: Jesús no actúa para
impresionar ni para ganar aplausos. Su poder es compasión, no
espectáculo. Él se inclina ante quien ya ha abierto el corazón a la fe.
Por eso, a este hombre que se postra, Jesús le responde con una frase que sana
como bálsamo: «Quiero. Queda limpio» (Lc 5,13). Y enseguida, lo toca.
Toca lo intocable. Se acerca donde otros se alejaban.
Ahí está el rostro de Dios: no se escandaliza de nuestras llagas. No
huye del enfermo ni del quebrantado. No se aparta del que está “lleno” de
dolor.
4) La primera lectura: creer para
tener vida… y certeza en la noche
San Juan, en la primera lectura, va al centro: la
victoria que vence al mundo es la fe (cf. 1Jn 5,5). Y añade una promesa
poderosa: “Dios nos ha dado la vida eterna” (1Jn 5,11).
Para quienes sufren en el alma y en el cuerpo, esta palabra es un ancla:
nuestra vida no se reduce a un diagnóstico, ni a una crisis, ni a una caída. En
Cristo hay una vida que ya empieza aquí —vida como sentido, compañía, perdón,
esperanza— y que se plenifica para siempre.
San Juan dice además que escribe para que sepamos
que tenemos vida en el Nombre del Hijo (cf. 1Jn 5,13). No es una fe de
“quizás”; es una fe de certeza humilde: Dios está conmigo, incluso
cuando me siento frágil.
5) El salmo: Dios fortalece,
alimenta y habla
El Salmo 147 nos muestra un Dios cercano: fortalece
las puertas, bendice a los hijos, trae paz, envía su palabra… (cf. Sal 147).
Cuando alguien sufre, necesita escuchar esto: Dios no solo mira desde lejos.
Él sostiene. Él alimenta. Él pronuncia palabra de vida. Su Palabra puede
derretir el “hielo” interior de la desesperanza, y su paz puede volver a
ordenar lo que está roto.
6) Jesús se retira a orar: la
sanación nace de la comunión
Finalmente, el Evangelio termina con un detalle
precioso: Jesús se retiraba a lugares solitarios y oraba (Lc 5,16). La
compasión que cura brota de la intimidad con el Padre.
Y esto también es para nosotros: si queremos ser Iglesia que acompaña a los
heridos, necesitamos beber de la oración. No basta la buena voluntad; hace
falta corazón unido a Dios.
Aplicación concreta para hoy
1. Si estás sufriendo, reza como el leproso: “Señor,
Tú puedes… me abandono a tu querer”. Y pide ayuda humana también: hablar,
acompañarte, buscar orientación médica o psicológica cuando haga falta. Dios
actúa muchas veces a través de manos concretas.
2. Si acompañas a alguien que sufre, sé “mano de Cristo”: escucha
sin juzgar, acoge sin etiquetar, acompaña sin cansarte. Tu cercanía puede ser
un milagro silencioso.
Oración final
Señor Jesús,
hoy venimos postrados como el leproso:
con fe en tu poder y con confianza en tu amor.
Mira a quienes sufren en el alma y en el cuerpo:
los que viven tratamientos largos, los que no duermen por la angustia,
los que sonríen por fuera y lloran por dentro,
los que cargan culpa, duelo, cansancio o soledad.
Tócalos, Señor. Pronuncia sobre ellos tu palabra: “Quiero”.
Y si el camino de sanación es largo, dales tu paz para perseverar;
si el dolor vuelve, dales tu fuerza para no rendirse;
si el corazón se oscurece, enciende tu esperanza.
Que tu voluntad —siempre buena— se cumpla en
nosotros.
Jesús, en ti confiamos. Amén.

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