viernes, 2 de enero de 2026

3 de enero del 2026: sábado antes de la Epifanía- El Santo Nombre de Jesús, memoria libre

 

Santo del día:

Santo Nombre de Jesús

El nombre “Jesús” significa “Salvador”. Porque Dios hizo de Jesús el Mesías y Señor, el nombre de Jesús se convirtió en “el nombre que es sobre todo nombre”. Como cristianos bautizados, estamos llamados a dedicar nuestra vida al nombre de Jesús, nuestro Señor.

 

 

“Lo reconoció “

(Jn 1,29-34) Al ver a Jesús, Juan el Bautista deja al descubierto su corazón. En la persona de su primo, ha reconocido al Cordero de Dios anunciado por el profeta Isaías. Ha visto el aliento de Dios descender sobre Él en forma de paloma y ha escuchado una voz revelarle que Jesús “bautiza en el Espíritu Santo”.

Juan es verdaderamente el heredero del profeta Elías, sensible al “susurro de una brisa suave”. Introduce a sus discípulos en la intimidad del Dios Trinidad.

Bénédicte de la Croix, cistercienne

 


Primera lectura

1Jn 2,29 - 3,6
​Todo el que permanece en él no peca

Lectura de la primera carta del apóstol san Juan.

QUERIDOS hermanos:
Si saben que él es justo, reconozcan que todo el que obra la justicia ha nacido de él.
Miren qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!
El mundo no nos conoce porque no lo conoció a él.
Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es.
Todo el que tiene esta esperanza en él se purifica a sí mismo, como él es puro.
Todo el que comete pecado quebranta también la ley, pues el pecado es quebrantamiento de la ley.
Y saben que él se manifestó para quitar los pecados, y en él no hay pecado.
Todo el que permanece en él no peca. Todo el que peca no lo ha visto ni conocido.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 98(97),1.3cd-4. 5-6 (R. cf. 3c)

​R​.​ Los confines de la tierra han contemplado
la salvación de nuestro Dios.


V. Canten al Señor un cántico nuevo,
porque ha hecho maravillas.
Su diestra le ha dado la victoria,
su santo brazo. 
R.

V. Los confines de la tierra han contemplado
la salvación de nuestro Dios.
Aclama al Señor, tierra entera;
griten, vitoreen, toquen. 
R.

V. Tañan la cítara para el Señor,
suenen los instrumentos:
con clarines y al son de trompetas,
aclamen al Rey y Señor. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. ​El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros; a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios. R.

 

Evangelio

Jn 1,29-34.

​Este es el Cordero de Dios

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

​A​L día siguiente, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó:
«Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quien yo dije: “Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo”. Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel».
Y Juan dio testimonio diciendo:
«He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: “Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ese es el que bautiza con Espíritu Santo”. Y yo lo he visto y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios».

Palabra del Señor.

 

 

1

 

Tema: Reconocer al Cordero, vivir como hijos, dejarnos bautizar en el Espíritu.

 

Hermanos, la palabra que atraviesa este día es sencilla y exigente: “lo reconoció”. Juan Bautista reconoce a Jesús. Y cuando lo reconoce, no se queda en una emoción privada: lo señala, lo anuncia, lo entrega a la mirada de los demás:
“Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”.

1) Reconocer a Jesús: cuando el corazón se abre

Alguien comentando este texto, lo expresa bellamente: “A la vista de Jesús, Juan el Bautista revela su corazón”. Reconocer a Cristo no es solo identificar a alguien; es dejar que el corazón hable, dejar que la fe salga de la garganta, como un testimonio: “¡Es Él!”

¿Cuántas veces podemos estar cerca de Jesús —por costumbre, por tradición, por cultura religiosa— y sin embargo, aún no reconocerlo de verdad? Juan necesitó un signo:
“Vi al Espíritu bajar del cielo como paloma y posarse sobre Él”.
La fe madura cuando pasa de “me hablaron de Jesús” a “yo lo he visto actuar; yo lo he encontrado; yo sé en quién he puesto mi confianza”.

Y aquí aparece una clave pastoral y también psicológica: no basta con que la mente asienta; hace falta que el corazón se rinda a la evidencia del amor. Mucha gente no se entrega a Dios no por falta de argumentos, sino por heridas, por miedo, por culpa, por desconfianza. Hoy el Bautista nos enseña un camino: mira a Jesús; míralo de frente; no te distraigas con lo secundario.

2) “El Cordero de Dios”: la fuerza de la mansedumbre

Juan reconoce en su primo al Cordero anunciado: el inocente, el ofrecido, el que salva cargando. El mundo suele reconocer al fuerte, al exitoso, al ruidoso. Dios, en cambio, se revela como Cordero: fuerza sin violencia, autoridad sin humillación, victoria sin soberbia.

Por eso el salmo estalla en canto:
“Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios” (Sal 98).
La victoria de Dios no es aplastar a nadie; es salvar, reconciliar, recrear. Es la victoria de la misericordia.

3) “Quita el pecado del mundo”: no solo perdona, transforma

Juan no dice: “quita problemas”, “quita tristezas”, “quita enfermedades”. Dice: quita el pecado. Porque el pecado es la raíz de tantas cadenas: orgullo, resentimiento, mentira, doble vida, indiferencia. Jesús no viene a maquillarnos; viene a liberarnos.

Y la primera lectura lo explica con una frase que debería quedarse grabada:
“Miren qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!” (1Jn 3,1).
El Cordero quita el pecado para que el hijo vuelva a casa. El perdón no es solo “borrón y cuenta nueva”; es nacimiento: “todo el que practica la justicia ha nacido de Él” (1Jn 2,29).

San Juan es exigente:
“El que permanece en Él no peca” (1Jn 3,6).
No significa que el cristiano no tropiece; significa que quien se une a Cristo no puede instalarse en el pecado como si fuera su hogar. Cuando pecamos, nos duele; cuando caemos, regresamos. Porque el corazón ya ha conocido otra luz.

4) “Bautiza en el Espíritu Santo”: la fe es vida nueva, no solo norma

Juan oyó que Jesús “bautiza en el Espíritu Santo”. Esto no es un detalle decorativo: es el centro.

Juan bautiza con agua; Jesús bautiza con el Espíritu, es decir, con la vida misma de Dios. El cristianismo no se reduce a ser “buena persona” o “cumplir”. Es ser habitado: recibir un corazón nuevo, una libertad nueva, un deseo nuevo.

Si hoy alguien dice: “Padre, yo intento, pero no puedo…”, el evangelio responde: no se trata solo de tu esfuerzo; se trata del Espíritu que permanece sobre Cristo y que Cristo comparte contigo. La vida cristiana no es solo voluntad: es gracia.

5) Juan, heredero de Elías: el Dios del susurro

Se compara a Juan con Elías, sensible al “susurro de una brisa suave”. Qué actual: vivimos rodeados de ruido —pantallas, discusiones, urgencias— y el riesgo es no escuchar a Dios.

A veces Dios no grita. Susurra.
Una palabra del evangelio que te toca.
Un remordimiento santo.
Una paz inesperada.
Una llamada a perdonar.
Un deseo de confesarte.
Un impulso a servir.

Juan introduce a sus discípulos —dice el texto— en la intimidad del Dios Trinidad. Porque cuando reconoces a Jesús, entras en el misterio del Padre que lo envía y del Espíritu que lo consagra. La fe auténtica no es solo moral: es relación, comunión, vida trinitaria.

6) María en sábado: la mujer que reconoció antes que nadie

Hoy miramos también a María. Ella reconoció al Cordero en el silencio de Nazaret, en la pobreza de Belén, en el misterio de la cruz. María nos enseña a reconocer a Jesús cuando no hay aplausos, cuando la fe no se siente “emocionante”, cuando solo queda la fidelidad.

En sábado, la Iglesia nos pone a María como madre y maestra:

·        maestra de escucha,

·        maestra de humildad,

·        maestra de perseverancia,

·        maestra de esperanza.

Pidámosle la gracia de un corazón fino, capaz de “oír el susurro”.

7) El Santo Nombre de Jesús: la palabra que sostiene

Y la memoria del Santo Nombre de Jesús nos deja un regalo pastoral para el día a día: invocar su Nombre. No como fórmula mágica, sino como acto de fe sencillo y potente.

En la tentación: “Jesús, sálvame.”
En la tristeza: “Jesús, consuélame.”
En la enfermedad: “Jesús, acompáñame.”
En la lucha interior: “Jesús, ten misericordia de mí.”


Cierre

Hermanos, hoy el Bautista nos presta su dedo y su voz:
“He aquí el Cordero de Dios.”
Y la carta de Juan nos recuerda nuestra dignidad: somos hijos.
Y María nos enseña a guardar y seguir.

Pidamos esta gracia concreta: reconocerlo hoy, no mañana; reconocerlo en la Palabra, en la Eucaristía, en el hermano, en el silencio, en el susurro del Espíritu.
Que el Nombre de Jesús sea nuestra luz y que el Cordero de Dios nos regale una vida nueva. Amén.

 

 

2

 

“He aquí el Cordero de Dios… y nosotros, hijos en el Hijo”

 

Hermanos, en estos días luminosos que prolongan el gozo de la Navidad, la liturgia nos ofrece una escena decisiva: Juan Bautista señala a Jesús. No lo explica con teorías; lo muestra. No dice: “Este es un gran maestro”, ni “este es un hombre admirable”. Dice algo infinitamente más hondo:
“Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Jn 1,29).

Y con esas palabras, Juan abre una puerta para nosotros: la puerta del misterio. Porque cuando escuchamos “Cordero”, no estamos ante un simple símbolo piadoso. Estamos ante la identidad de Jesús y ante el modo como Dios salva: no por la fuerza, sino por el amor que se ofrece; no por la venganza, sino por el perdón; no por dominar, sino por cargar con nosotros y por nosotros.

1) “Cordero de Dios”: Dios elige el camino de la mansedumbre

En la Biblia, el cordero remite al sacrificio pascual, a la liberación de Egipto, al inocente que sufre por los demás. En Jesús se cumple todo: Él es el inocente que no responde al mal con mal, sino que lo desarma desde dentro con una misericordia más fuerte que el pecado.

Pero el evangelio añade un detalle precioso: Juan Bautista confiesa que no lo conocía plenamente. Lo conocía “por fuera”, quizá por historia, por parentesco, por fama… pero dice: “Yo no lo conocía… pero el que me envió a bautizar me dijo…” (Jn 1,31-33).
Esto es muy actual: también nosotros podemos “conocer” a Jesús de oídas, por cultura, por costumbre… y sin embargo, todavía no haberlo reconocido como el Cordero que carga mi pecado, mi cansancio, mi historia.

La fe cristiana no es solo saber cosas de Jesús: es dejarse salvar por Él.

2) “Quita el pecado del mundo”: no maquilla la herida, la cura

Juan no dice: “viene a quitarnos problemas”, o “viene a dejarnos la vida fácil”. Dice: quita el pecado. Y aquí conviene entender: el pecado no es solo una lista de faltas; es una fuerza que desordena el corazón, enfría el amor, rompe vínculos, roba la paz, apaga la verdad.

Por eso la primera lectura es tan clara:
“Todo el que practica la justicia ha nacido de Él… Miren qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!” (1Jn 2,29; 3,1).

La Navidad nos puede tentar a quedarnos en lo tierno: el Niño, el pesebre, la emoción. Pero la Iglesia nos conduce más hondo: ese Niño viene para hacer de nosotros hijos; viene a arrancarnos del pecado y a introducirnos en la vida nueva. Y San Juan lo dice con un realismo exigente:
“El que permanece en Él no peca” (1Jn 3,6).
No significa que el cristiano sea impecable como si nunca cayera; significa que quien se une a Cristo no puede convivir en paz con el pecado. Si caemos, nos duele; si fallamos, volvemos; si nos extraviamos, pedimos perdón; porque la vida de hijo no se negocia con la oscuridad.

3) El Salmo 98: la alegría de una salvación que se ve

El salmo de hoy es un estallido de esperanza:
“El Señor da a conocer su victoria… los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios” (Sal 98).

La salvación no es una idea invisible: se ve cuando una persona se reconcilia, cuando una familia vuelve a hablarse, cuando un enfermo encuentra sentido en medio del dolor, cuando alguien deja una esclavitud, cuando un corazón aprende a perdonar.

Y aquí aparece algo hermoso: el salmo invita a cantar con instrumentos, con fuerza, con alegría. Porque cuando Cristo entra, la fe no se vuelve gris; se vuelve luz. Si estamos tristes, cansados o desanimados, no es para que nos culpemos: es para que volvamos a escuchar: “He aquí el Cordero de Dios”. Él no viene a aplastarte; viene a levantarte.

4) El Espíritu “permanece”: la fe se sostiene por una Presencia

Juan Bautista da el signo definitivo:
“Vi al Espíritu bajar del cielo como paloma y posarse sobre Él” (Jn 1,32).

La palabra clave es “posarse / permanecer”. El Espíritu no toca a Jesús y se va. Permanece.
Y esa es la promesa para la Iglesia y para cada uno: la vida cristiana no se sostiene por “ganas”, ni solo por disciplina, sino por una Presencia que permanece cuando nosotros somos frágiles.

Si hoy alguien siente que su fe está débil, que su oración es seca, que su lucha interior es fuerte… el evangelio no te acusa: te señala a Cristo y te dice: en Él permanece el Espíritu. Acércate a Él: en la Eucaristía, en la Palabra, en la confesión, en el silencio, en el servicio al hermano. Allí el Espíritu vuelve a ordenar el corazón.

5) Memoria de María en sábado: la mujer que señala al Cordero

Hoy, además, miramos a María. En sábado, la Iglesia la contempla como la creyente perfecta, la mujer que recibió al Cordero primero en su seno y después en su corazón. Ella no se queda con el protagonismo. Su vida entera dice: “Hagan lo que Él les diga”.

María es escuela de fe para este tiempo “antes de la Epifanía”: nos enseña a reconocer al Señor aunque venga en humildad, a guardarlo en el corazón, a confiar cuando no entendemos todo.

Y aquí un gesto pastoral sencillo: pidámosle a la Virgen que nos regale una gracia muy concreta: no acostumbrarnos a Jesús. Que no lo tratemos como “algo de siempre”, sino como el Salvador vivo, el Cordero que quita el pecado del mundo, el Hijo en quien nosotros somos hijos.

6) El Santo Nombre de Jesús: decir su Nombre con fe

La memoria libre del Santo Nombre de Jesús nos regala un remate precioso: el Nombre no es magia, pero sí es refugio. Decir “Jesús” con fe es abrir la puerta al que salva.
En momentos de tentación, de angustia, de confusión, de enfermedad, de soledad… una oración breve puede sostenernos:
“Jesús, en Ti confío”; “Jesús, ten misericordia”; “Jesús, hazme tuyo”.


Conclusión

Hermanos, hoy la Iglesia nos deja una frase para llevar a casa:
“He aquí el Cordero de Dios”.

Míralo. Reconócelo. Permanece en Él. Y recuerda lo esencial de la primera lectura:
“¡Lo somos! Somos hijos de Dios.”

Que María, Madre del Redentor, nos enseñe a vivir como hijos: con confianza, con pureza de corazón, con alegría. Y que el Santo Nombre de Jesús sea en nuestros labios una luz y en nuestra vida una esperanza. Amén.

 

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