Un nuevo día
Juan 3,
22-30
«Es necesario que Él crezca y que yo disminuya».
Los verbos griegos remiten al levantarse y al
ponerse de los astros. Esto evoca el cántico de Simeón (cf. Lc 2, 29-32),
que celebra a Cristo como el “sol que nace de lo alto”. Todo ello es
conforme al designio de Dios, como lo expresa la fórmula «es necesario».
La alegría de Juan Bautista puede convertirse también en la nuestra, si dejamos
que Cristo ocupe todo su lugar en nuestras vidas. Es la experiencia de
la que da testimonio Pablo cuando afirma: «Vivo, pero ya no soy yo; es
Cristo quien vive en mí» (Ga 2, 20).
Emmanuelle Billoteau, ermite
Primera lectura
1
Jn 5, 14-21
Nos
escucha en lo que le pedimos
Lectura de la primera carta del apóstol san Juan.
QUERIDOS hermanos:
En esto consiste la confianza que tenemos en el Hijo de Dios, en que si le
pedimos algo según su voluntad, nos escucha. Y si sabemos que nos escucha en lo
que le pedimos, sabemos que tenemos conseguido lo que le hayamos pedido.
Si alguno ve que su hermano comete un pecado que no es de muerte, pida y Dios
le dará vida —a los que cometan pecados que no son de muerte, pues hay un
pecado que es de muerte, por el cual no digo que pida—.
Toda injusticia es pecado, pero hay pecado que no es de muerte.
Sabemos que todo el que ha nacido de Dios no peca, sino que el Engendrado de
Dios lo guarda, y el Maligno no llega a tocarlo. Sabemos que somos de Dios, y
que el mundo entero yace en poder del Maligno.
Pero sabemos que el Hijo de Dios ha venido y nos ha dado inteligencia para que
conozcamos al Verdadero. Nosotros estamos en el Verdadero, en su Hijo
Jesucristo. Este es el Dios verdadero y la vida eterna.
Hijos míos, guárdense de los ídolos.
Palabra de Dios.
Salmo
Sal
149, 1bc-2. 3-4. 5-6a y 9b (R.: 4a)
R. El Señor ama
a su pueblo.
O
bien:
R. Aleluya.
V. Canten al Señor
un cántico nuevo,
resuene su alabanza en la asamblea de los fieles;
que se alegre Israel por su Creador,
los hijos de Sion por su Rey. R.
V. Alaben su nombre con
danzas,
cantadle con tambores y cítaras;
porque el Señor ama a su pueblo
y adorna con la victoria a los humildes. R.
V. Que los fieles
festejen su gloria
y cántenle jubilosos en filas:
con vítores a Dios en la boca.
Es un honor para todos sus fieles. R.
Aclamación
R. Aleluya,
aleluya, aleluya
V. El pueblo que
habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y
sombras de muerte, una luz les brilló. R.
Evangelio
Jn
3, 22-30
El
amigo del esposo se alegra con la voz del esposo
Lectura del santo Evangelio según san Juan.
EN aquel tiempo, fue Jesús con sus discípulos a Judea, se quedó allí con ellos
y bautizaba.
También Juan estaba bautizando en Enón, cerca de Salín, porque había allí agua
abundante; la gente acudía y se bautizaba. A Juan todavía no le habían metido
en la cárcel.
Se originó entonces una discusión entre un judío y los discípulos de Juan
acerca de la purificación; ellos fueron a Juan y le dijeron:
«Rabí, el que estaba contigo en la otra orilla del Jordán, de quien tú has dado
testimonio, ese está bautizando, y todo el mundo acude a él».
Contestó Juan:
«Nadie puede tomarse algo para sí si no se lo dan desde el cielo. Ustedes
mismos son testigos de que yo dije: “Yo no soy el Mesías, sino que he sido
enviado delante de él”. El que tiene la esposa es el esposo; en cambio, el
amigo del esposo, que asiste y lo oye, se alegra con la voz del esposo; pues
esta alegría mía está colmada. Él tiene que crecer, y yo tengo que disminuir».
Palabra del Señor.
1
Hermanos y hermanas:
Todavía resuena en la Iglesia la luz de la
Epifanía: el Señor se deja ver, se manifiesta, se deja encontrar. Y, sin
embargo, el Evangelio de hoy nos sitúa en una escena humilde, casi silenciosa:
Jesús y sus discípulos bautizando, Juan Bautista bautizando también… y, en
medio de esa aparente “competencia”, aparece una de las frases más bellas de
toda la Escritura: “Es necesario que Él crezca y que yo disminuya”.
No es una frase triste. Es una frase luminosa. No
suena a derrota, sino a plenitud.
1) “Esta es la confianza que
tenemos” (1Jn 5,14-21)
San Juan, en la primera lectura, nos coloca en el
corazón de la vida cristiana: la confianza en la oración.
“Esta es la confianza que tenemos en Él: que si
pedimos algo según su voluntad, nos escucha.”
A veces oramos con ansiedad. Como si tuviéramos que
convencer a Dios, ganarnos su atención, torcerle el brazo. Y el apóstol nos
corrige con ternura: la oración cristiana no es un forcejeo; es una relación
filial. Pedir “según su voluntad” no significa resignación fría, sino
aprender a desear lo que Dios desea: vida, verdad, libertad, salvación.
Y luego el texto es directo, casi como una alarma
espiritual: “Guárdense de los ídolos.”
Ídolos no son solo estatuas antiguas: hoy los ídolos pueden tener forma de ego,
de necesidad de aprobación, de control, de dinero, de imagen, de “mi manera de
hacer las cosas”, de rencores cultivados, de pantallas que nos gobiernan, de
una vida vivida para quedar bien.
El apóstol nos lo dice con firmeza: cuiden el
corazón, porque el corazón siempre adora algo. La pregunta es: ¿a quién
estoy dejando crecer en mi vida?
2) “Canten al Señor un cántico
nuevo” (Sal 149)
El Salmo nos regala un clima espiritual precioso: alegría,
alabanza, comunidad.
Cuando el Señor ocupa su lugar, el corazón empieza a cantar “un cántico nuevo”:
una fe menos quejumbrosa y más agradecida; menos amarga y más libre; menos
centrada en uno mismo y más abierta a la obra de Dios.
Hay personas que han perdido el canto interior: no
porque no tengan voz, sino porque llevan demasiado peso. Y el Salmo parece
decirnos: vuelve a la alabanza, porque Dios endereza a los humildes, y
al humilde le devuelve la paz.
3) “El amigo del esposo se alegra
con la voz del esposo” (Jn 3,22-30)
Aquí está el centro del Evangelio. Los discípulos
de Juan vienen preocupados:
“Rabí… el que estaba contigo… ahora bautiza y todos
van a él.”
Traducción moderna: “Te están quitando gente.”
Es el veneno sutil de la comparación: medir el éxito, contar seguidores,
competir por reconocimiento. Eso ocurre en todos los ambientes: en el trabajo,
en la familia, en la comunidad, incluso en la vida espiritual. La comparación
puede volvernos ciegos: donde debería haber gratitud, nace rivalidad; donde
debería haber comunión, aparece envidia.
Y Juan Bautista responde como un hombre libre. No
se defiende, no se amarga, no se victimiza. Dice una frase clave:
“Nadie puede tomarse nada si no se lo dan desde el
cielo.”
Y luego se describe con una imagen hermosa: Jesús
es el Esposo; Juan es el amigo del esposo.
El amigo no roba el lugar del esposo: prepara el camino, cuida la alegría,
protege la fiesta. Juan entiende su misión: no es ser el centro, sino señalar
al Centro.
Y por eso pronuncia lo inevitable, lo necesario, lo
sano:
“Es necesario que Él crezca y que yo disminuya.”
Esto no es auto-desprecio. No es despreciarme. Es
ordenar la vida.
Piensa en esto: cuando el sol sale, las estrellas
no “mueren”; simplemente dejan de ser visibles porque ha llegado una luz
mayor. Juan no se apaga por fracaso: se oculta por fidelidad.
4) Una aplicación muy concreta:
¿cómo “disminuyo” yo?
A veces entendemos “disminuir” como “hacerme
menos”, pero en clave evangélica significa:
- Disminuir
el ego: no
vivir para ser aplaudido.
- Disminuir
el control:
aprender a confiar; no todo depende de mí.
- Disminuir
la prisa:
dar espacio al silencio, a la oración, a lo esencial.
- Disminuir
el juicio:
dejar de mirar al otro con sospecha y comparaciones.
- Disminuir
el ruido interior: para escuchar la voz del Esposo.
Y Cristo crece cuando crece en nosotros:
- la
caridad concreta,
- la
verdad sin dureza,
- el
perdón,
- la
paciencia,
- la
humildad que no se exhibe,
- la
fe que persevera.
A veces Dios nos hace un favor inmenso: nos
“des-centra”. Y duele… pero sana. Porque el alma no fue creada para girar
alrededor del propio yo, sino alrededor de Dios.
5) Memoria de María en sábado: la
mujer que dejó crecer al Señor
En este sábado, la Iglesia nos pone junto a María,
y María es la mejor “traducción” de este Evangelio.
María no compitió con su Hijo; no lo retuvo para
sí; no quiso quedarse con el protagonismo. Su vida es un “hágase” continuo.
Ella dejó crecer a Jesús:
- en
su cuerpo (lo llevó),
- en
su casa (lo educó),
- en
su fe (lo siguió),
- y en
su dolor (permaneció al pie de la cruz).
María nos enseña el modo más hermoso de disminuir: servir
sin ruido, creer sin exigir, amar sin poseer. Por eso, quien camina con
María aprende a decir cada día: “Señor, crece Tú en mí”.
Conclusión
Hermanos, hoy el Señor nos regala una libertad
grande: la libertad de Juan Bautista, la libertad de María, la libertad del que
ya no necesita ser el centro.
Pidámosle al Señor esta gracia:
- que
nuestra oración sea confiada (como dice la primera carta de Juan),
- que
nuestra vida cante con alegría (como pide el Salmo),
- y
que nuestro corazón aprenda el secreto del Bautista:
que Cristo crezca, y que el ego disminuya.
Que María, Madre fiel y discreta, nos tome de la
mano para que la luz del Señor se manifieste también en nosotros. Amén.
2
1) Puerta de entrada: una frase
que ordena el corazón
Hermanos y hermanas, el Evangelio de hoy nos regala
una frase que parece sencilla, pero es capaz de ordenar toda una vida:
“Es necesario que Él crezca y que yo disminuya” (Jn 3,30).
En tiempos de Epifanía celebramos que Cristo se
manifiesta como Luz para todos. Y esa luz no solo quiere iluminar “afuera”, en
el mundo; quiere iluminar “adentro”, en el alma. Pero para que esa luz ocupe su
lugar, hay que desalojar aquello que le compite: el ego, la necesidad de
reconocimiento, la comparación, el deseo de controlar.
2) Iluminación desde la primera
lectura: orar con confianza y vivir sin ídolos (1Jn 5,14-21)
San Juan nos pone sobre la mesa dos verdades
fundamentales:
1. La confianza en la oración:
“Si pedimos algo conforme a su voluntad, nos escucha” (1Jn 5,14).
La oración cristiana no es magia ni negociación; es relación filial.
Orar “según su voluntad” no es resignarse a perder, sino aprender a
desear lo que Dios desea: vida, verdad, sanación, santidad.
2. La vigilancia interior:
“Hijitos, guárdense de los ídolos” (1Jn 5,21).
Ídolo es todo aquello a lo que le entrego el centro de mi corazón. Y hoy, los
ídolos suelen ser discretos: el yo inflado, el aplauso, la imagen, el
control, la autosuficiencia, el orgullo espiritual.
La Palabra nos hace una pregunta frontal:
¿Quién está creciendo realmente en mí: Cristo o mi ego?
3) Salmo 149: la alegría de los
humildes
El salmo nos invita: “Canten al Señor un
canto nuevo”. El canto nuevo nace cuando uno deja de vivir
amarrado a sí mismo. La alabanza es el lenguaje del corazón libre.
Y por eso el salmo añade una frase decisiva:
“El Señor ama a su pueblo y adorna con la victoria a los humildes.”
La “victoria” de Dios no es el brillo del que se impone, sino la belleza del
que se abandona en Él.
4) Evangelio: cuando la envidia
llama a la puerta (Jn 3,22-30)
La escena es muy humana. Juan Bautista tiene
discípulos, prestigio, “seguidores”. Su ministerio crece. Y de pronto, Jesús
aparece y comienza a atraer a muchos. Entonces algunos le dicen a Juan:
“Todos se van con Él.”
En el fondo están diciendo: “Te están quitando lugar.”
Eso se llama comparación, y es un veneno del
alma: nos hace mirar la vida como competencia, incluso la fe como escenario de
rivalidad. Aparece la envidia (“yo merecía eso”) y la celotipia (“me
están desplazando”). Y lo más grave: se empieza a medir el valor personal
por la aprobación externa.
Pero Juan Bautista responde desde una libertad
impresionante:
“Nadie puede recibir nada si no se lo dan desde el cielo.”
Es decir: todo es don. Si todo es don, entonces nadie tiene derecho a la
soberbia; y nadie tiene razón para la envidia. Lo que soy, lo que tengo, lo que
puedo hacer… es gracia.
5) La imagen del “amigo del
esposo”: espiritualidad de la alegría
Juan se define con una imagen hermosa: Jesús es
el Esposo; Juan es el amigo del esposo (el “padrino” que no roba
protagonismo).
¿Y qué hace el amigo del esposo?
No se adueña de la fiesta: la cuida. No busca que lo miren a él: apunta
al esposo. No compite: se alegra.
Por eso dice:
“Mi alegría está colmada.”
La auténtica alegría cristiana no nace de “tener más”, sino de cumplir la
misión. Juan no se apaga por fracaso: se “hace pequeño” porque ha llegado
la luz grande.
Y entonces pronuncia la frase que debe resonar en
nuestra vida espiritual como un examen cotidiano:
“Él debe crecer; yo debo disminuir.”
6) Aplicación pastoral: ¿qué
significa “disminuir” hoy?
No se trata de despreciarnos, sino de descentrarnos.
- Disminuye
el “yo” cuando dejo de vivir por aplausos.
- Disminuye
el “yo” cuando suelto el control y confío más.
- Disminuye
el “yo” cuando renuncio a la comparación que amarga.
- Disminuye
el “yo” cuando acepto servir sin figurar.
- Disminuye
el “yo” cuando dejo de tomarme el crédito de lo bueno.
Alguien lo decía con claridad: cuanto más Cristo
crece en nosotros, menos podemos atribuirnos la gloria. Y eso humilla… pero
cura.
Porque cuando Dios obra en nosotros, la gloria es de Dios; y nosotros
somos instrumentos felices.
Aquí está una prueba práctica:
Si me alegro cuando a otro le va bien, Cristo está creciendo.
Si me amargo cuando no me reconocen, el ego está creciendo.
7) Culminación: “Ya no soy yo,
es Cristo quien vive en mí” (Ga 2,20)
La meta de la conversión no es solo “portarnos
mejor”, sino dejarnos habitar por Cristo.
Que nuestra voluntad se parezca a la suya; que nuestra caridad sea la suya; que
nuestras manos se vuelvan sus manos.
La Epifanía no se completa cuando Cristo se manifiesta
afuera, sino cuando Cristo se manifiesta dentro, en el modo de amar,
perdonar, servir, hablar, decidir.
8) Memoria de María en sábado: la
escuela silenciosa del “hágase”
En este sábado, María aparece como el modelo más
limpio de este Evangelio. Ella vivió así:
- sin
competir con Dios,
- sin
ocupar el centro,
- sin
querer retener,
- dejando
que el Señor creciera.
María es la mujer del “hágase”, la que enseña a
disminuir no por tristeza, sino por amor. Por eso, quien camina con María
aprende a decir con paz:
“Señor, crece Tú en mí.”
9) Llamado final
Hermanos, hoy Dios nos invita a una libertad
concreta:
- a
dejar la comparación,
- a
renunciar a los ídolos del ego,
- a
vivir la oración con confianza,
- a
cantar un canto nuevo,
- y a
alegrarnos como el amigo del Esposo.
Que esta sea nuestra súplica:
Señor, crece en mi alma. Toma el centro. Hazte dueño de mi vida.
10) Oración final (para concluir
la homilía)
Señor Jesús,
Tú me invitas a la humildad luminosa de Juan Bautista:
que mi afán de control disminuya,
que mi necesidad de reconocimiento se apague,
que mi orgullo espiritual sea purificado.
Haz
crecer en mí tu presencia,
tu amor, tu paz, tu verdad.
Que yo sea tus manos, tus pies y tu corazón en el mundo.
Y que, con María, aprenda a decir cada día:
“Hágase en mí tu palabra.”
Jesús, en
Ti confío. Amén.

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