Santo del día:
Santos Cirilo y Metodio
Siglo IX.
Nacidos en Tesalónica, estos dos hermanos proclamaron el Evangelio a los
pueblos eslavos en su propia lengua, el eslavo. Copatronos de Europa, junto con
San Benito.
Pan que sacia el hambre del corazón
Jeroboán teme perder el poder y fabrica ídolos (cf. 1R 12,26-32; 13,33-34). El pueblo, olvidando las maravillas del Señor, cambia su gloria por un becerro de metal (Sal 106). Cuando el corazón se deja gobernar por el miedo, termina construyendo falsos dioses que no salvan.
En el Evangelio (Mc 8,1-10), en cambio, Jesús ve a la multitud cansada y hambrienta y se conmueve. No se aprovecha de su necesidad: la colma. Donde el hombre fabrica ídolos por inseguridad, Dios multiplica el pan por compasión.
Hoy
somos invitados a revisar nuestras confianzas: ¿en qué apoyamos nuestra
seguridad? Acerquémonos al Señor con nuestra pobreza; Él es el único que puede
saciar el hambre más profunda del corazón.
G.Q
Primera lectura
1
Re 12, 26-32; 13, 33-34
Jeroboán
fundió dos becerros de oro
Lectura del primer libro de los Reyes.
EN aquellos días, Jeroboán pensó para sus adentros:
«El reino podría volver todavía a la casa de David. Si el pueblo continúa
subiendo para ofrecer sacrificios en el templo del Señor en Jerusalén, el
corazón del pueblo se volverá a su señor, a Roboán, rey de Judá, y me matarán».
Y tras pedir consejo, el rey fundió dos becerros de oro y dijo al pueblo:
«Basta ya de subir a Jerusalén. Este es tu dios, Israel, el que te hizo subir
de la tierra de Egipto»,
e instaló uno en Betel y otro en Dan. Este hecho fue ocasión de pecado. El
pueblo marchó delante de uno a Betel y delante del otro hasta Dan.
Construyó lugares de culto en los altos e instituyó sacerdotes del común del
pueblo que no eran descendientes de Leví.
Jeroboán estableció una fiesta en el mes octavo, el día quince del mes, a
semejanza de la que se celebraba en Judá. Subió al altar que había edificado en
Betel a ofrecer sacrificios a los becerros que había esculpido y estableció en
Betel sacerdotes para los lugares de culto que instituyó.
Después de esto, Jeroboán no se convirtió de su mal camino y siguió consagrando
para los lugares de culto sacerdotes tomados de entre el pueblo común; a todo
el que deseaba, lo consagraba sacerdote de los lugares de culto.
Este proceder condujo a la casa de Jeroboán al pecado y a su perdición y
exterminio de la superficie de la tierra.
Palabra de dios.
Salmo
Sal
105, 6-7ab. 19-20. 21-22 (R.: 4ab)
R. Acuérdate de mí,
Señor,
por amor a tu pueblo.
V. Hemos pecado
como nuestros padres,
hemos cometido maldades e iniquidades.
Nuestros padres en Egipto
no comprendieron tus maravillas. R.
V. En Horeb se hicieron
un becerro,
adoraron un ídolo de fundición;
cambiaron su gloria por la imagen
de un toro que come hierba. R.
V. Se olvidaron de Dios,
su salvador,
que había hecho prodigios en Egipto,
maravillas en la tierra de Cam,
portentos junto al mar Rojo. R.
Aclamación
R. Aleluya,
aleluya, aleluya.
V. No solo de pan vive
el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. R.
Evangelio
Mc
8, 1-10
La
gente comió hasta quedar saciada
Lectura del santo Evangelio según san Marcos.
POR aquellos días, como de nuevo se había reunido mucha gente y no tenían qué comer,
Jesús llamó a sus discípulos y les dijo:
«Siento compasión de la gente, porque llevan ya tres días conmigo y no tienen
qué comer, y si los despido a sus casas en ayunas, van a desfallecer por el
camino. Además, algunos han venido desde lejos».
Le replicaron sus discípulos:
«¿Y de dónde se puede sacar pan, aquí, en despoblado, para saciar a tantos?».
Él les preguntó:
«¿Cuántos panes tienen?».
Ellos contestaron:
«Siete».
Mandó que la gente se sentara en el suelo y tomando los siete panes, dijo la
acción de gracias, los partió y los fue dando a sus discípulos para que los
sirvieran. Ellos los sirvieron a la gente.
Tenían también unos cuantos peces; y Jesús pronunció sobre ellos la bendición,
y mandó que los sirvieran también.
La gente comió hasta quedar saciada y de los trozos que sobraron llenaron siete
canastas; eran unos cuatro mil y los despidió; y enseguida montó en la barca
con sus discípulos y se fue a la región de Dalmanuta.
Palabra del Señor.
1
“Del becerro al Pan: con María,
volver a confiar”
Hermanos, en este sábado, Memoria de María, la
Iglesia nos pone ante un contraste muy fuerte y muy actual: el ser humano
que, por miedo, fabrica ídolos… y Dios que, por compasión, multiplica el pan.
Es casi como si la Palabra nos dijera: cuando el corazón se cierra, inventa
becerros; cuando el corazón se abre, recibe pan del cielo.
1) El miedo que fabrica
“becerros”
La primera lectura nos muestra a Jeroboán con un
miedo muy humano: “Si el pueblo sube a Jerusalén, se me va a ir” (cf. 1R
12). Y entonces hace algo terrible: convierte la fe en una estrategia de
control.
- Crea
santuarios alternativos,
- fabrica
becerros de oro,
- cambia
el centro de la adoración,
- y
“acomoda” la religión a la conveniencia política.
Fíjense: Jeroboán no niega a Dios con palabras; lo reemplaza
con algo manipulable. No es ateísmo abierto: es idolatría funcional. Es
decir: Dios existe… pero yo lo administro, lo reduzco, lo domestico.
Y el texto es duro: “No se apartó de su mala
conducta” (1R 13,33-34). Cuando uno empieza a negociar con la mentira,
termina viviendo dentro de ella.
¿Cuántas veces nosotros hacemos algo parecido?
- Por
miedo a perder, controlamos.
- Por
miedo a sufrir, nos cerramos.
- Por
miedo a la escasez, acaparamos.
- Por
miedo a quedarnos solos, nos inventamos seguridades.
Y ahí aparecen nuestros “becerros” modernos: el
dinero como garantía absoluta, la imagen como identidad, el poder como refugio,
el placer como anestesia, incluso ciertas “devociones” usadas no para amar más
a Dios, sino para evitar convertirnos.
2) El salmo: cuando olvidamos las
maravillas
El Salmo 106 es una confesión penitencial: “Hemos
pecado como nuestros padres… olvidamos las maravillas del Señor” (Sal 106).
Y describe el corazón que se extravía: “cambiaron su gloria por la figura de
un toro que come hierba”.
¡Qué frase! Cambiar la gloria por un animal que
come hierba… Es el drama de toda idolatría: rebajar el corazón. El ídolo
siempre te encoge la vida. Promete mucho y termina dando poco. Te pide
sacrificios y no te salva.
Por eso la Iglesia nos pone hoy un salmo que es
como una puerta: si confieso, vuelvo; si recuerdo, me convierto.
Recordar las maravillas de Dios es medicina contra la idolatría.
3) El Evangelio: la compasión que
multiplica el pan
En el Evangelio, Jesús ve la realidad: gente
cansada, con hambre, lejos, sin fuerzas. Y dice algo conmovedor:
“Me da lástima esta gente” (Mc 8,2).
No es lástima superficial: es compasión que se mueve, que actúa, que se
compromete.
Y hace una pregunta simple que lo cambia todo:
“¿Cuántos panes tienen?” (Mc 8,5).
Dios no pide lo que no tienes; pide lo que sí tienes, aunque sea poco, para
bendecirlo.
Este milagro revela una verdad grande: Jesús no
solo resuelve un hambre física; revela qué tipo de Dios es.
- Jeroboán,
por miedo, produce un ídolo para controlar al pueblo.
- Jesús,
por amor, parte el pan para servir al pueblo.
- El
miedo fabrica becerros.
- La
compasión multiplica el pan.
Y al final quedan “siete canastas”. Cuando Dios
actúa, queda abundancia. No siempre la abundancia que yo imaginaba, pero
sí la abundancia que sostiene el camino.
4) Memoria de María en sábado: la
mujer sin becerros
¿Y María? ¿Qué hace María en medio de estas lecturas?
María es la mujer que no se deja gobernar por el
miedo. También tuvo motivos para temer:
- un
embarazo incomprendido,
- un
viaje difícil,
- un
parto pobre,
- una
huida a Egipto,
- la
espada del dolor al pie de la cruz.
Pero ella no fabricó becerros. No se inventó un
“dios a su medida”. Ella hizo algo más grande: confió.
En Caná lo resume con una frase que es antídoto contra toda idolatría:
“Hagan lo que Él les diga” (Jn 2,5).
María no se pone en el centro. No reemplaza a Dios.
No manipula. Conduce a Jesús.
En lenguaje sencillo: María es memoria viva de lo esencial. Y por eso, en este
sábado, le pedimos que nos enseñe a pasar del becerro al Pan, del miedo
a la confianza, del control a la entrega.
5) Aplicación pastoral: ¿cuál es
mi “becerro”?
Hermanos, hagamos hoy una pregunta valiente, sin
moralismos, pero con verdad:
- ¿Qué
“becerro” he fabricado yo para sentirme seguro?
- ¿Qué
estoy adorando de hecho, aunque diga que creo en Dios?
- ¿Qué
me está robando la libertad interior?
- ¿En
qué área de mi vida me cuesta confiar y entonces controlo?
Y la otra pregunta del Evangelio:
- ¿Cuántos
panes tengo?
Es decir: ¿qué tengo hoy, aunque sea poco, para ponerlo en manos de Jesús?
Un poco de tiempo, una reconciliación pendiente, un acto de caridad, una decisión de ordenarme por dentro, una oración sincera, una ayuda concreta a alguien…
Porque el milagro no empieza con abundancia:
empieza con entrega.
6) Cierre: volver a la mesa del
Señor
El Evangelio termina con una mesa improvisada en el
camino. Eso es la Iglesia: una mesa en el camino.
Y cada Eucaristía es esto: Jesús mira nuestra hambre, se compadece, toma lo
poco, lo bendice, lo parte y lo da.
Pidámosle a María, en este sábado, que nos ayude a
reconocer dónde nos hemos desviado, a pedir perdón con humildad, y a volver al
único alimento que no engaña: Cristo, Pan de vida.
Intención orante (Memoria de María en sábado)
Señor
Jesús, por intercesión de la Virgen María, libéranos de los ídolos que
fabricamos por miedo y enséñanos a confiar en tu Providencia. Sacia el
hambre de quienes sufren en el cuerpo y en el alma, y haz de nuestra vida
pan partido para los demás. Amén.
****************
14 de febrero:
Santos Cirilo, monje, y Metodio, obispo—Memoria
San Cirilo: c. 827–869
San Metodio:
c. 815–885
Copatronos de Europa, de
los pueblos eslavos y de la unidad entre las Iglesias de Oriente y Occidente.
Cita:
“Escucha mi oración y protege a tu pueblo fiel, porque me has establecido
como su servidor inadecuado e indigno. Haz que tu pueblo sea conocido por la
unidad y la profesión de su fe. Inspira los corazones de tu pueblo con tu
palabra y tu enseñanza. Tú nos llamaste a predicar el Evangelio de tu Cristo y
a alentarlos a vivir vidas y realizar obras que te sean agradables.
Ahora te devuelvo a tu pueblo, tu don para mí. Guíalos con tu poderosa diestra
y protégelos bajo la sombra de tus alas. Que todos alaben y glorifiquen tu
nombre, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.”
~De
una antigua biografía eslava de san Cirilo
Reflexión
Imagina
cómo sería la vida si no pudieras leer porque la lengua que hablas ni siquiera
existiera por escrito. Sin alfabeto, sin libros, solo una lengua hablada. Ese
fue el contexto al que fueron enviados nuestros santos de hoy para predicar el
Evangelio.
Su
historia comenzó en Tesalónica, Grecia, territorio que había sido evangelizado
por primera vez por san Pablo. Un magistrado imperial de habla griega y su
esposa tuvieron siete hijos. Dos de ellos se llamaron Constantino y Miguel. Su
madre probablemente era de origen eslavo, y los niños aprendieron su lengua,
que aún no tenía forma escrita, junto con el griego y el latín. Cuando
Constantino tenía unos catorce años, fue enviado a la gran ciudad griega de
Constantinopla para estudiar. Allí también conoció al joven emperador bizantino
Miguel III, quien entonces era apenas un niño.
Después
de completar su educación, Constantino decidió hacerse sacerdote. Poco después
de su ordenación, fue invitado a enseñar y pronto se hizo conocido como “el
Filósofo”. Su hermano Miguel, unos doce años mayor, comenzó su carrera en el
servicio civil en Macedonia, pero decidió abandonar ese cargo para hacerse
monje, tomando el nombre de Metodio.
Cuando
Constantino tenía alrededor de treinta años y su hermano Metodio estaba en los
primeros años de la cuarentena, Constantino decidió dejar su carrera docente y
abrazar la vida de oración en el monasterio de su hermano. Sin embargo, pocos
años después, el emperador Miguel III, ya adulto, pidió a Constantino que
emprendiera una misión para evangelizar a los judíos y turcos jázaros, en lo
que hoy sería Rusia, Ucrania y Crimea. Metodio lo acompañó en esta misión, y
ambos aprendieron hebreo y turco para poder hablar a las personas en sus lenguas
maternas.
Al
cabo de un par de años, el príncipe Rastislav de Moravia pidió al emperador
Miguel III que enviara misioneros a la Gran Moravia, en lo que hoy es la
República Checa. Su pueblo había rechazado el paganismo y abrazado el
cristianismo, pero no tenían a nadie que pudiera explicarles la fe en su lengua
eslava nativa, ya que el clero germánico se aferraba estrictamente al latín.
Esta misión marcaría el inicio de una nueva era y de un nuevo método de
evangelización dentro de la Iglesia.
En
la Gran Moravia, Constantino y Metodio comenzaron a traducir la Biblia y los
libros litúrgicos a la lengua eslava. Como no existía una forma escrita de esa
lengua ni siquiera un alfabeto, Cirilo creó uno. Tradujo los diversos sonidos
en símbolos, lo que permitió a él y a su hermano poner por escrito los textos
sagrados. Además de las traducciones, comenzaron a enseñar al pueblo y a los
futuros clérigos eslavos a leer su nueva lengua escrita. Con el tiempo, el
nuevo alfabeto evolucionó hasta convertirse en lo que hoy conocemos como
alfabeto cirílico, base de muchas lenguas de Europa oriental y Asia, utilizadas
actualmente por más de 250 millones de personas.
Aunque
el pueblo eslavo se llenó de alegría al escuchar el Evangelio y orar la
liturgia en su lengua materna, muchos miembros del clero germánico cuestionaron
este enfoque. Para resolver el problema, los hermanos viajaron a Roma, donde
recibieron la aprobación del papa Adriano II, quien los ordenó obispos y los
envió de regreso a la Gran Moravia. Antes de partir de Roma, Constantino
enfermó. Antes de morir, se consagró plenamente a Dios como monje en uno de los
monasterios griegos, tomando el nombre monástico de Cirilo. Su hermano Metodio
regresó entonces a la Gran Moravia para continuar la obra.
El
obispo Metodio pasó los siguientes catorce años evangelizando al pueblo en su
lengua materna, formando al clero y administrando eficazmente la Iglesia.
Continuó soportando duros tratos por parte del clero germánico, llegando
incluso a ser encarcelado por un tiempo, pero perseveró, extendiendo su labor
misionera más allá de las fronteras de la Gran Moravia.
No
fue sino hasta un milenio después que estos hermanos recibieron el honor
universal que merecían, cuando la Iglesia occidental los incorporó a su
calendario litúrgico. Un siglo más tarde, el papa san Juan Pablo II, él mismo
eslavo, los honró con el título de copatronos de Europa y Apóstoles de los
eslavos.
Estos
grandes hermanos nos enseñan que el Evangelio debe ser personal y comprendido a
través del prisma de nuestra propia lengua, cultura y experiencia humana.
También nos enseñan que debemos esforzarnos por compartir el Evangelio con los
demás de manera que lo entiendan y con la que puedan identificarse.
Al
honrar a estos grandes misioneros, reflexiona sobre las maneras en que Dios
quiere usarte para llegar a otros con su mensaje salvador. Tal vez no estés
llamado a inventar un nuevo alfabeto, pero sí estarás llamado a salir de tu
zona de confort. Sé valiente, creativo y lleno de celo en este empeño, a
imitación de estos Apóstoles de los eslavos.
Oración
Santos
Cirilo y Metodio, ustedes entregaron su vida al servicio de Dios. Sirvieron con
celo, creatividad y gran determinación. Rueguen por mí, para que Dios me use
como instrumento de su gracia salvadora para aquellos que la necesitan,
llevando la Buena Nueva de un modo que puedan comprender y acoger.
Santos
Cirilo y Metodio, rueguen por mí.
Jesús, en ti confío.


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