jueves, 12 de febrero de 2026

13 de febrero del 2026: viernes de la quinta semana del tiempo ordinario-II

 

El destino del Evangelio


La palabra sobre las migajas puso de nuevo a Jesús en camino: regresa a su tierra dando un gran rodeo por territorio pagano. Aunque le cuesta liberar al hombre incapaz de oír y de hablar, lo consigue finalmente, y el eco de ese gesto resuena por toda la Decápolis.

Los paganos adoptan, sin saberlo, las palabras de la Biblia. Marcos profetiza aquí el destino del Evangelio, mejor recibido fuera de Israel que dentro.


Jean-Marc Liautaud, Fondacio

 

 


Primera lectura

1 Re 11, 29-32; 12, 19

Israel se rebeló contra la casa de David

Lectura del primer libro de los Reyes

SUCEDIÓ entonces que Jeroboán salía de Jerusalén y se le presentó el profeta Ajías de Siló cubierto con un manto nuevo.
Estando los dos solos en campo abierto, tomó Ajías el manto nuevo que llevaba puesto, lo rasgó en doce jirones y dijo a Jeroboán:
«Toma diez jirones para ti, porque así dice el Señor, Dios de Israel: “Rasgaré el reino de manos de Salomón y te daré diez tribus. La otra tribu será para él, en atención a mi siervo David y a Jerusalén, la ciudad que me elegí entre todas las tribus de Israel”».
Así Israel se rebeló contra la casa de David, hasta el día de hoy.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 80, 10-11ab. 12-13. 14-15 (R.: cf. 11a y 9a)

R. Yo soy el Señor, Dios tuyo:
escucha mi voz


V. No tendrás un dios extraño,
no adorarás un dios extranjero;
yo soy el Señor, Dios tuyo,
que te saqué de la tierra de Egipto.
 R.

V. Mi pueblo no escuchó mi voz,
Israel no quiso obedecer:
los entregué a su corazón obstinado,
para que anduviesen según sus antojos. 
R.

V. ¡Ojalá me escuchase mi pueblo
y caminase Israel por mi camino!:
en un momento humillaría a sus enemigos
y volvería mi mano contra sus adversarios.
 R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya
V. Abre, Señor, nuestro corazón, para que aceptemos las palabras de tu Hijo. R.

 

Evangelio

Mc 7, 31-37

Hace oír a los sordos y hablar a los mudos

Lectura del santo Evangelio según san Marcos

EN aquel tiempo, dejando Jesús el territorio de Tiro, pasó por Sidón, camino del mar de Galilea, atravesando la Decápolis. Y le presentaron un sordo, que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga la mano.
Él, apartándolo de la gente, a solas, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua.
Y mirando al cielo, suspiró y le dijo:
«Effetá» (esto es, «ábrete»).
Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba correctamente.
Él les mandó que no lo dijeran a nadie; pero, cuanto más se lo mandaba, con más insistencia lo proclamaban ellos.
Y en el colmo del asombro decían:
«Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos».

Palabra del Señor.

 

1

 

Hay días en que uno siente que el corazón se le parte en dos: por dentro hay un ruido de fondo —rabias, decepciones, culpas, cansancios— y por fuera hay que seguir “funcionando”. La Palabra de hoy habla justamente de eso: de un pueblo dividido, de un corazón que no escucha y de un Dios que, aun así, no se cansa de abrir caminos de sanación.

1) Un reino roto y un corazón que se endurece

La primera lectura presenta una escena dolorosa: Israel se fractura. Jeroboam recibe diez tribus; la unidad se resquebraja y el texto concluye con una frase seca: “Israel se rebeló contra la casa de David hasta el día de hoy” (cf. 1R 12,19).
Pero la Biblia no cuenta esta ruptura como simple “política”. En el fondo hay una herida espiritual: cuando el corazón se aparta de Dios, tarde o temprano se rompe también la comunión entre hermanos.

Y aquí aparece el Salmo como diagnóstico y como llamada:
“No haya en ti un dios extraño… ¡Ojalá me escuchara mi pueblo!” (cf. Sal 81).
Es impresionante: Dios no se presenta como un juez frío, sino como un Padre que sufre porque no lo escuchamos. La idolatría —hoy con otros nombres— siempre nos divide: nos hace absolutizar algo (el poder, el ego, el placer, el dinero, la imagen, la rabia) y al absolutizarlo, perdemos el oído del alma.

2) Jesús “da un rodeo”: Dios también llega por caminos inesperados

El Evangelio nos muestra a Jesús en territorio pagano, haciendo un recorrido amplio. Alguien comentando este texto, lo dice bellísimo: la palabra de las “migajas” lo vuelve a poner en ruta. Es decir: el diálogo con aquella mujer extranjera (Mc 7,24-30) abrió una puerta, y Jesús continúa atravesando fronteras.

Esto es clave para nosotros: cuando uno sufre —en el alma o en el cuerpo— muchas veces espera que Dios llegue “por donde yo creo”, de manera rápida y directa. Pero el Señor a veces hace un rodeo, porque está sanando más de lo que vemos: está trabajando el corazón, la fe, la libertad interior… y está abriendo también el horizonte para otros.

3) Un hombre que no oye ni habla: símbolo de tantas heridas humanas

Le traen a Jesús un hombre sordo y con dificultad para hablar (Mc 7,31-37). Y Jesús hace algo muy humano y muy divino:

  • lo aparta de la multitud: la sanación no es espectáculo.
  • toca sus oídos y su lengua: Dios no nos salva “desde lejos”.
  • suspira, mira al cielo, y dice: “Effatá” (Ábrete).

Aquí hay una luz pastoral preciosa: muchas enfermedades del alma empiezan cuando dejamos de escuchar y, por tanto, dejamos de comunicarnos. La sordera interior puede ser defensa: “si no escucho, no me duele”; “si no hablo, no me expongo”. Pero ese mecanismo, que parece proteger, termina aislando. Y el aislamiento enferma.

Jesús no le exige al hombre un discurso perfecto: primero le devuelve el oído, y con el oído, le devuelve la relación; y con la relación, le devuelve la palabra.
¡Cuánta gente hoy necesita eso! Personas que sufren ansiedad, duelos no resueltos, depresiones silenciosas, heridas familiares, cargas de culpa… Gente que por dentro grita, pero por fuera no puede decirlo.

4) “Todo lo ha hecho bien”: cuando la sanación se vuelve anuncio

Al final la gente proclama: “Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos”. Y como lo subraya alguien: en la Decápolis —tierra pagana— resuena el eco. Marcos nos está diciendo algo profético: el Evangelio tendrá un destino sorprendente, muchas veces acogido con más frescura fuera de los lugares “religiosamente seguros”.

Eso nos pide humildad. A veces el corazón “de dentro” —el de la costumbre, el de la autosuficiencia espiritual— se vuelve impermeable. En cambio, quien se sabe necesitado, quien no presume, quien viene desde la intemperie… recibe la Palabra como pan.

5) Para nuestra vida: tres “Effatá” concretos

Hoy el Señor nos dice “Ábrete” en tres direcciones:

1.    Ábrete a Dios: vuelve a escucharlo. No sólo oír misa; escuchar de verdad. La fe se apaga cuando el oído interior se cierra.

2.    Ábrete a la verdad: reconoce lo que te está dividiendo por dentro. Lo no dicho se enquista. Lo no sanado se repite.

3.    Ábrete al hermano: la comunión se reconstruye con pequeños actos: una llamada, un perdón, un “aquí estoy”, una conversación pendiente.


Oración final (según la intención del día)

Señor Jesús, que dijiste “Effatá”,
pronuncia hoy tu palabra sobre quienes sufren en el alma y en el cuerpo:
sobre el que vive con dolor físico, sobre el que carga ansiedad,
sobre el que no puede dormir, sobre el que se siente solo,
sobre el que se ha quedado sin palabras por la tristeza,
sobre el que se endureció para no llorar.

Ábrenos el oído para escucharte,
ábrenos la lengua para pedir ayuda y para bendecir,
ábrenos el corazón para volver a la comunión contigo y con los hermanos.
Y haz de tu Iglesia un lugar donde el herido no sea juzgado,
sino acompañado y levantado.
Amén.

 

2

 

1. Dios abre caminos… aun cuando nosotros cerramos el corazón

El Evangelio (Mc 7,31-37) nos muestra a Jesús caminando por territorios paganos: Tiro, Sidón, la Decápolis. Es un Jesús que cruza fronteras para que nadie quede fuera de la salvación. Y allí, en tierra gentil, sana a un hombre sordo y con dificultad para hablar.

Pero hoy, la primera lectura nos pone delante la otra cara: cuando el corazón humano se cierra, se rompe la comunión.

Ahías anuncia a Jeroboam que el reino se dividirá (1 Re 11,29-32). ¿Por qué? Porque el pueblo y sus líderes han permitido que el corazón se les parta en dos: una parte para Dios… y otra para los ídolos, los intereses, la autosuficiencia. Y el resultado es dramático: “Israel se rebeló contra la casa de David hasta el día de hoy” (1 Re 12,19).
Cuando se rompe la alianza con Dios, comienzan las fracturas entre nosotros.


2. La gran enfermedad: la sordera interior y la lengua atada

El hombre del Evangelio es sordo y no logra hablar bien. Es una imagen potentísima de lo que ocurre en la vida espiritual y comunitaria:

  • Sordera interior: cuando ya no escuchamos a Dios, ni a los hermanos, ni el clamor del que sufre.
  • Lengua atada: cuando dejamos de bendecir, de pedir perdón, de decir la verdad con amor, de anunciar el Evangelio… y en cambio hablamos con dureza, o callamos por miedo, o nos escondemos en el “no me meto”.

La división del reino en Reyes comienza así: con el oído cerrado a Dios y la conciencia negociando con el pecado. Lo que en el corazón parece pequeño, termina en historia grande de ruptura.


3. Jesús sana con ternura: “Effetá” también para las heridas del alma

Jesús no hace un milagro “frío”. Lo aparta, lo toca, se acerca. Para quien no oye, el gesto es un lenguaje. Para quien está bloqueado, el contacto es una forma de decir: “No estás solo”.

Hay gente que sufre en el cuerpo: enfermedades, cansancio, dolores, diagnósticos.
Y hay gente que sufre en el alma: ansiedad, duelos, depresiones, culpa, heridas antiguas, soledad, adicciones, rupturas familiares.
Muchos cargan ambas cosas a la vez.

Hoy Jesús se inclina sobre esas dolencias y dice: “Ábrete”.
Ábrete a recibir ayuda.
Ábrete a la gracia.
Ábrete a volver a empezar.
Ábrete a hablar con Dios, aunque sea con lágrimas.


4. Provocación caritativa: la Iglesia no puede encerrarse

Que Jesús sane en tierra pagana es un mensaje a los discípulos: el Evangelio no es de un grupito, no es un club de “puros”. Es una medicina para todos.

Y aquí viene la “provocación” que a veces duele: también nosotros podemos tener tradiciones, miedos o prejuicios que —sin querer— bloquean el paso del Evangelio hacia quienes más lo necesitan.

Jesús rompe esas barreras, pero lo hace con caridad: no aplasta; invita. No condena; cura. No humilla; toca.


5. Clave penitencial: el pecado divide; la gracia reúne

La primera lectura nos habla de un reino dividido; el Evangelio nos muestra a Jesús restaurando a un hombre dividido por dentro (incomunicado, encerrado en su limitación).

Esta es una llamada penitencial:

  • Señor, ¿qué ídolos me han ido partiendo el corazón?
  • ¿Qué hábitos, rencores, soberbias o doble vida están rompiendo mi paz?
  • ¿A quién no escucho? ¿A quién no quiero comprender?
  • ¿Qué palabra de perdón tengo atragantada?

El pecado nos aísla; la gracia nos reintegra.
El pecado nos vuelve duros; Cristo nos vuelve compasivos.
El pecado nos encierra; Jesús nos dice: “Effetá”.


6. Llamado final: oír para sanar, hablar para consolar, salir para salvar

Hoy el Señor nos pide tres cosas muy concretas:

1.    Escuchar de nuevo su Palabra con docilidad.

2.    Hablar: bendecir, consolar, pedir perdón, anunciar con sencillez.

3.    Salir: ir hacia los “territorios” donde hay sufrimiento, confusión, lejanía de Dios… y llevar la presencia de Cristo.


7. Intención orante penitencial y por quienes sufren en el alma y en el cuerpo

Señor Jesús,
médico de los cuerpos y de las almas,
hoy venimos con corazón contrito:
hemos permitido que el pecado nos divida por dentro
y que nuestras heridas dividan nuestras relaciones.

Dinos otra vez: “Effetá”.
Abre nuestro oído para escuchar tu voz,
abre nuestra lengua para pronunciar palabras que curen,
abre nuestro corazón para acoger a quien sufre.

Te pedimos especialmente por quienes padecen en el alma:
por los que viven ansiedad, tristeza profunda, culpa, soledad, desesperanza;
y por quienes sufren en el cuerpo:
enfermos, ancianos, agotados, quienes cargan tratamientos o dolores silenciosos.

Tócalos, Señor, como tocaste al hombre del Evangelio.
Y haz de nosotros instrumentos de tu ternura.

Jesús, en Ti confío.

 

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