martes, 8 de septiembre de 2026

9 de septiembre del 2026: miércoles de la vigésima tercera semana del tiempo ordinario II- Memoria de San Pedro Claver, presbítero

 

Testigo de la fe:

San Pedro Claver

(1580-1654)


Nació en Verdú, Cataluña, cerca de Barcelona. Ingresó en la Compañía de Jesús y partió como misionero hacia América. Ordenado sacerdote en Cartagena de Indias, Colombia, consagró cerca de cuarenta años de su vida al servicio de los africanos esclavizados y deportados hacia el Nuevo Mundo.

Salía a su encuentro tan pronto llegaban los barcos negreros; entraba en las bodegas insalubres, curaba a los enfermos, alimentaba a los hambrientos, consolaba a los moribundos y anunciaba a todos la dignidad que les otorgaba el amor de Dios. Con la ayuda de intérpretes, los instruía en la fe y les administraba los sacramentos. También defendía sus derechos y recordaba a las autoridades y a los propietarios que eran seres humanos creados a imagen de Dios.

Firmaba sus cartas con estas palabras: «Petrus Claver, Aethiopum servus in perpetuum», es decir: «Pedro Claver, esclavo de los africanos para siempre». Agotado por su inmensa labor apostólica, murió en Cartagena en 1654. Fue canonizado en 1888 por el papa León XIII y es venerado como patrono de las misiones entre los pueblos africanos, de la justicia interracial y de Colombia.

San Pedro Claver nos recuerda que no podemos decir que amamos a Cristo si permanecemos indiferentes ante quienes son humillados, discriminados o tratados como mercancía. En el rostro herido de cada persona excluida continúa esperándonos el mismo Jesús.

 


En el banquillo

«Dichosos ustedes cuando los hombres los odien y los excluyan». ¿Estamos llamados, entonces, a desempeñar siempre el papel de incomprendidos? El sentido del Evangelio es, sin duda, más profundo. Quizás se refiere a todas aquellas situaciones en las que la fidelidad a Cristo nos pone a contracorriente y nos deja, por decirlo así, en el banquillo.

Jesús no declara bienaventurada la exclusión en sí misma. Tampoco nos invita a buscar el rechazo ni a encerrarnos en una actitud de víctimas. Más bien, nos recuerda que la aprobación de los demás no es la medida definitiva de nuestra vida. Quien elige la verdad, la justicia, el perdón y el servicio a los más pobres puede ser, algunas veces, incomprendido, ridiculizado o marginado.

La bienaventuranza comienza cuando, en medio de esa prueba, permanecemos unidos a Cristo sin dejarnos dominar por la amargura. Ser discípulos supone, en ocasiones, aceptar que no ocuparemos el primer lugar, que no siempre recibiremos aplausos y que incluso podremos perder algunas ventajas. Pero en el Reino de Dios nadie permanece relegado al banquillo: precisamente aquellos a quienes el mundo excluye son los que Jesús mira con amor, levanta y llama bienaventurados.

 


Primera lectura

1 Cor 7, 25-31
¿Estás unido a una mujer? No busques la separación. ¿Estás libre de mujer? No busques mujer

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios.

HERMANOS:
Acerca de los célibes no tengo precepto del Señor, pero doy mi parecer como alguien que, por la misericordia del Señor, es fiel.
Considero que, por la angustia que apremia, es bueno para un hombre quedarse así.
¿Estás unido a una mujer? No busques la separación.
¿Estás libre de mujer? No busques mujer; pero, si te casas, no pecas; y, si una soltera se casa, tampoco peca. Aunque estos tales sufrirán la tribulación de la carne; y yo quiero ahorrársela.
Digo esto, hermanos, que el momento es apremiante. Queda como solución que los que tienen mujer vivan como si no la tuvieran; los que lloran, como si no lloraran; los que están alegres, como si no se alegraran; los que compran, como si no poseyeran; los que negocian en el mundo, como si no disfrutaran de él: porque la representación de este mundo se termina.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 44, 11-12. 14-15. 16-17 (R.: 11a)

R. Escucha, hija, mira: inclina el oído.

V. Escucha, hija, mira: inclina el oído,
olvida tu pueblo y la casa paterna;
prendado está el rey de tu belleza:
póstrate ante él, que él es tu señor. 
R.

V. Ya entra la princesa, bellísima,
vestida de perlas y brocado;
la llevan ante el rey, con séquito de vírgenes,
la siguen sus compañeras. 
R.

V. Las traen entre alegría y algazara,
van entrando en el palacio real.
«A cambio de tus padres tendrás hijos,
que nombrarás príncipes por toda la tierra». 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Alégrense y salten de gozo —dice el Señor—,
porque su recompensa será grande en el cielo. 
R.

 

Evangelio

Lc 6, 20-26

Bienaventurados los pobres. Ay de ustedes, los ricos

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

EN aquel tiempo, Jesús, levantando los ojos hacia sus discípulos, les decía:
«Bienaventurados los pobres, porque de ustedes es el reino de Dios.
Bienaventurados los que ahora tienen hambre, porque quedarán saciados.
Bienaventurados los que ahora lloran, porque reirán.
Bienaventurados ustedes cuando los odien los hombres, y los excluyan, y los insulten y proscriban su nombre como infame, por causa del Hijo del hombre. Alégrense ese día y salten de gozo, porque su recompensa será grande en el cielo. Eso es lo que hacían sus padres con los profetas.
Pero ¡ay de ustedes, los ricos, porque ya han recibido su consuelo!
¡Ay de ustedes, los que están saciados, porque tendrán hambre!
¡Ay de los que ahora ríen, porque harán duelo y llorarán!
¡Ay si todo el mundo habla bien de ustedes! Eso es lo que sus padres hacían con los falsos profetas».

Palabra del Señor.

 

 

 

«En el Reino de Dios nadie queda en el banquillo»

 

Queridos hermanos:

San Pablo nos dice hoy una frase que puede inquietarnos, pero que también nos ayuda a ordenar la vida: «La representación de este mundo se termina». No afirma que la vida presente carezca de valor ni desprecia el matrimonio, la familia, el trabajo o los bienes materiales. Nos recuerda que ninguna realidad temporal es definitiva y que no debemos aferrarnos a las cosas como si fueran eternas.

Todo pasa: la juventud, la salud, el dinero, los cargos, los aplausos y hasta nuestras seguridades. Solo Dios permanece. Por eso, san Pablo nos invita a vivir en el mundo sin convertirnos en sus esclavos; a utilizar las cosas sin permitir que las cosas se adueñen de nosotros; a amar a las personas sin pretender poseerlas y a realizar nuestras responsabilidades sin olvidar que caminamos hacia la eternidad.

Esta llamada al desprendimiento se prolonga en el salmo: «Escucha, hija, mira: inclina el oído». Son tres verbos importantes para nuestra vida espiritual: escuchar, mirar e inclinarse ante Dios.

Escuchar significa hacer silencio para descubrir lo que el Señor quiere de nosotros. Mirar significa aprender a contemplar la realidad con los ojos de Dios. Inclinar el oído supone humildad, disponibilidad y obediencia. Muchas veces escuchamos únicamente aquello que confirma nuestras opiniones; miramos solo lo que nos interesa y pretendemos que sea Dios quien se adapte a nuestros proyectos. El salmo nos invita a dejar nuestras seguridades para entrar en una relación más profunda con el Señor.

En el Evangelio, Jesús dirige su mirada hacia sus discípulos y proclama las bienaventuranzas: «Bienaventurados los pobres; bienaventurados los que tienen hambre; bienaventurados los que lloran; bienaventurados ustedes cuando los odien, los excluyan y los insulten por causa del Hijo del hombre».

Jesús no está diciendo que la pobreza, el hambre, el dolor o la exclusión sean buenos en sí mismos. Dios no quiere el sufrimiento de sus hijos. Tampoco nos invita a buscar el rechazo o a presentarnos siempre como víctimas incomprendidas. Jesús anuncia que Dios se coloca de manera especial al lado de quienes el mundo margina, olvida o deja, por decirlo así, en el banquillo.

Las bienaventuranzas cambian la manera humana de medir la felicidad. El mundo llama dichoso al rico, al poderoso, al que siempre triunfa, al que recibe aplausos y tiene muchos seguidores. Jesús, en cambio, llama dichosos a quienes, aun en medio de la pobreza, el dolor o el rechazo, ponen su confianza en Dios y permanecen fieles al Evangelio.

Los «ayes» dirigidos a los ricos y satisfechos no constituyen una condena automática de quien posee bienes. Son una advertencia contra la indiferencia, la autosuficiencia y el corazón satisfecho que ya no necesita a Dios ni se conmueve ante el sufrimiento ajeno. El peligro está en vivir tan cómodamente que dejemos de escuchar el llanto de los demás.

La vida de san Pedro Claver constituye una encarnación luminosa de estas palabras. En Cartagena de Indias contempló a miles de africanos arrancados de su tierra, vendidos como mercancía y transportados en condiciones inhumanas. Eran los pobres, hambrientos, enfermos, humillados y excluidos de su tiempo.

Pedro Claver no se limitó a sentir compasión desde lejos. Cuando llegaban los barcos negreros, entraba en sus bodegas pestilentes, llevaba alimentos, medicinas, agua y ropa; curaba las heridas, consolaba a los moribundos y les anunciaba que, aunque los hombres les hubieran arrebatado su libertad, nadie podía quitarles su dignidad de hijos de Dios. Se llamó a sí mismo «esclavo de los africanos para siempre».

Su comportamiento resultaba incómodo para una sociedad que se enriquecía mediante la esclavitud. Al defender la dignidad de aquellos hermanos, Pedro Claver también conoció la incomprensión y el rechazo. Pero no buscó el aplauso de los poderosos; eligió permanecer junto a quienes habían sido relegados al banquillo de la historia. En ellos encontró a Jesucristo.

La memoria de san Pedro Claver sigue cuestionándonos. Todavía existen personas excluidas por su pobreza, el color de su piel, su enfermedad, su edad, su procedencia o su situación social. También podemos acostumbrarnos al sufrimiento ajeno, pasar de largo o pensar que los problemas de los demás no nos corresponden.

Hoy oramos especialmente por nuestros hermanos enfermos. Algunos padecen dolores físicos; otros llevan enfermedades prolongadas, tratamientos difíciles o diagnósticos que les producen miedo. También hay quienes sufren depresión, ansiedad, soledad o profundas heridas del alma.

A ellos les decimos: ustedes no están olvidados ni relegados por Dios. La enfermedad puede obligarlos a permanecer apartados de muchas actividades, pero nunca los deja fuera del amor del Señor ni de la comunión de la Iglesia. Sus lágrimas son conocidas por Cristo; su oración tiene un valor inmenso y su vida conserva toda su dignidad.

Pero nuestra oración debe convertirse también en cercanía concreta. No basta con pedir por los enfermos si no los visitamos, llamamos, escuchamos y acompañamos. Siguiendo el ejemplo de san Pedro Claver, hemos de llevarles el alivio de nuestra presencia, la ternura de una palabra, la ayuda material que necesiten y, cuando sea posible, el consuelo de los sacramentos. Recordemos también a sus familiares, médicos, enfermeros y cuidadores, que muchas veces cargan en silencio con el cansancio y la preocupación.

Pidamos al Señor que nos conceda un corazón libre, capaz de utilizar los bienes sin quedar aprisionado por ellos; un oído atento para escuchar su Palabra y el clamor del que sufre; y unas manos disponibles para levantar a quienes la sociedad deja a un lado.

Que san Pedro Claver interceda por Colombia, por nuestros enfermos y por todos los pueblos que aún padecen discriminación, explotación y esclavitudes. Y que nosotros comprendamos que en el Reino de Dios nadie es descartado, nadie es invisible y nadie queda en el banquillo. Amén.

***********

 

9 de septiembre:

San Pedro Claver, presbítero —

Memoria en EE. UU.
1581–1654
Patrono de: las misiones africanas, los afroamericanos, las misiones entre personas negras, los pueblos negros, las misiones extranjeras, la justicia interracial, los esclavos y de Colombia.
Invocado contra: la esclavitud.
Canonizado por: el papa León XIII el 15 de enero de 1888.



📜 Cita

“Ayer, 30 de mayo de 1627, en la fiesta de la Santísima Trinidad, desembarcaron de un gran navío numerosos negros traídos de los ríos de África. Llevando dos canastas de naranjas, limones, dulces, bizcochos y no sé qué más, nos apresuramos hacia ellos. Al acercarnos a sus alojamientos, pensamos que entrábamos en otra Guinea. Tuvimos que abrirnos paso a la fuerza entre la multitud hasta llegar a los enfermos. Un gran número de ellos yacían en el suelo húmedo o más bien en charcos de barro. Para evitar la humedad excesiva, alguien había pensado en amontonar una mezcla de tejas y pedazos de ladrillo roto. Ese, entonces, era su lecho, muy incómodo no solo por esa razón, sino sobre todo porque estaban desnudos, sin ninguna ropa que los protegiera…”


~ Carta de San Pedro Claver


✝️ Reflexión

San Pedro Claver nació en 1581 en Verdú, Cataluña, España, en el seno de una familia devota y de clase acomodada. Poco se conoce de sus primeros años. A los veinte ingresó en el noviciado jesuita y fue enviado a estudiar al colegio de Montesión, en Mallorca. Allí conoció al hermano Alfonso Rodríguez, portero del colegio durante cuarenta y seis años, hombre de humildad, piedad y discernimiento espiritual. Pedro buscó su consejo y nació entre ambos una amistad que lo marcaría. Animado por Rodríguez, decidió ser misionero en las colonias españolas de América. En 1610 partió hacia Cartagena de Indias, en la actual Colombia.

La ciudad portuaria de Cartagena, fundada en 1533, era en el siglo XVII un centro estratégico del comercio trasatlántico de esclavos. Para cuando Pedro Claver fue ordenado sacerdote, se calcula que unos 10.000 esclavos eran transportados anualmente en barcos españoles hasta Cartagena, donde luego eran vendidos.

Las condiciones en los barcos eran inhumanas: cadenas, hacinamiento, hambre, enfermedades. Se estima que un tercio de los esclavos moría durante la travesía. Los colonizadores recurrieron a los africanos porque la población indígena había sido diezmada por enfermedades europeas. Pese a protestas de algunos sectores de la Iglesia, incluida la voz de papas, el tráfico y los abusos continuaron.

En Cartagena, tras completar estudios en Tunja y Bogotá, Pedro fue ordenado sacerdote. Mientras la mayoría de los clérigos atendía a los colonizadores, él decidió que su “parroquia” serían los esclavos. En su profesión perpetua escribió de su puño y letra: “Pedro Claver, esclavo de los esclavos para siempre.”

Durante 38 años de ministerio en Cartagena, se calcula que catequizó y bautizó a más de 300.000 esclavos. Su práctica era esperar en el puerto la llegada de cada barco, a menudo cargado con 500 personas encadenadas, maltratadas y famélicas tras meses de travesía. Con un grupo de intérpretes y colaboradores, entraba en las bodegas pestilentes, donde hallaba muertos y enfermos. Los atendía con alimentos, medicinas improvisadas, y hasta con gestos de ternura inauditos: besaba sus llagas, chupaba el pus de sus heridas, lavaba sus cuerpos con sus pañuelos. Alimentaba a los hambrientos, bautizaba a los niños, consolaba con palabras de fe y esperanza.

Su enfoque era único: más que agitar rebeliones, buscaba la salvación de las almas. Anunciaba a Cristo crucificado, levantaba el crucifijo mostrando al Dios que había sufrido por ellos y les ofrecía la libertad interior que ningún amo podía quitarles. La dignidad que les devolvía no dependía de condiciones externas, sino de la fe y el bautismo que los hacía hijos de Dios.

Cuando no había barcos, recorría las plantaciones visitando a los esclavos ya bautizados. Dormía en sus barracones, compartía su comida y les enseñaba la fe. Si caían en pecados, los corregía con firmeza y cariño, restaurando su dignidad cristiana.

Después de más de 40 años de ministerio, Pedro cayó enfermo y pasó sus últimos días soportando malos tratos de un esclavo encargado de cuidarlo. Lejos de quejarse, ofreció ese sufrimiento como penitencia, uniéndolo a la cruz de Cristo y a la suerte de aquellos a quienes había servido toda su vida.

La Escritura dice: “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15,13). San Pedro Claver, “esclavo de los esclavos”, gastó su vida en el servicio más radical y generoso, ofreciendo esperanza y salvación a quienes vivían en condiciones inhumanas.

Su ejemplo nos interpela hoy: luchar contra la injusticia es esencial, pero trabajar por la salvación de las almas es la obra de misericordia más grande. Él nos recuerda que, incluso en medio de sufrimientos y opresiones, nadie puede arrebatarnos la dignidad y la alegría si vivimos en Cristo y dejamos que su misericordia nos transforme.


🙏 Oración

San Pedro Claver, emprendiste un camino hacia el infierno de la esclavitud y la deshumanización, causado por la avaricia y la falta de respeto por la dignidad humana. Allí llevaste la luz de Cristo y la gracia de los sacramentos, ofreciendo esperanza a los más necesitados.
Ruega por mí, para que yo sea un faro de esperanza en medio de las tinieblas, que predique siempre a Cristo crucificado y ponga la salvación de las almas —comenzando por la mía— como la primera prioridad de mi vida.
San Pedro Claver, ruega por nosotros.
Jesús, en Ti confío.

 

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