Partícipes de la alegría
Esta
parábola sigue a la de los viñadores homicidas, en la que se habla de un
propietario que viene a reclamar a sus administradores el fruto de su viña. En
ambos casos, Dios toma la iniciativa y se encuentra con el rechazo humano.
Pero, en el relato de las bodas, se concreta una invitación maravillosa: el
Padre quiere hacernos partícipes de la alegría de su Hijo.
Isaías
anunciaba ya un banquete preparado para todos los pueblos. Allí Dios enjugaría
las lágrimas y destruiría la muerte. Esta promesa abre un horizonte para
nuestras vidas sometidas a la prueba: nuestros sufrimientos no han sido
olvidados y nuestra esperanza descansa en la fidelidad de Aquel que nos ama.
El
salmo 22 da a esta esperanza un tono muy personal. El Señor es ese pastor que
nos conduce y nos acompaña incluso por las cañadas oscuras. Es también el
anfitrión que nos acoge: «Preparas una mesa ante mí». Su bondad nos alcanza en
medio de las dificultades; su casa se convierte en nuestra morada. Somos
esperados, alimentados y amados.
Pablo
lo experimenta tanto en la abundancia como en la pobreza: Cristo le da la
fuerza para atravesar cada situación. También agradece a los filipenses que hayan
compartido su tribulación. El cuidado de Dios adquiere así el rostro de
hermanos y hermanas que saben dar y sostener.
Sin
embargo, los invitados de la parábola prefieren sus campos y sus negocios. Su
indiferencia nos interpela: ¿qué lugar reservamos a la llamada de Dios? La
invitación llega después a todos los que encuentran los servidores. Es gratuita
y pide una respuesta verdadera. Podemos reconocer en el traje de fiesta un
corazón renovado por la gracia, que aprende a amar, a perdonar y a compartir.
Cada
Eucaristía nos permite saborear ya la alegría de este banquete. Cristo nos
reúne a su mesa y nos entrega su vida. Acerquémonos con nuestras pobrezas y con
el deseo de dejarnos transformar. Después, volvamos al encuentro de nuestros
hermanos, atentos a quienes todavía esperan una presencia, un poco de pan o una
palabra de esperanza.
Dios
quiere hacernos partícipes de su alegría. ¿Le abriremos nuestro corazón?
**********
Primera lectura
Is
25, 6-10a
Preparará
el Señor un festín, y enjugará las lágrimas de todos los rostros
Lectura del libro de Isaías.
PREPARARÁ el Señor del universo para todos los pueblos,
en este monte, un festín de manjares suculentos,
un festín de vinos de solera;
manjares exquisitos, vinos refinados.
Y arrancará en este monte
el velo que cubre a todos los pueblos,
el lienzo extendido sobre todas las naciones.
Aniquilará la muerte para siempre.
Dios, el Señor, enjugará las lágrimas de todos los rostros,
y alejará del país el oprobio de su pueblo
—lo ha dicho el Señor—.
Aquel día se dirá: «Aquí está nuestro Dios.
Esperábamos en él y nos ha salvado.
Este es el Señor en quien esperamos.
Celebremos y gocemos con su salvación,
porque reposará sobre este monte la mano del Señor».
Palabra de Dios.
Salmo
Sal
22, 1b-3a. 3b-4. 5. 6 (R.: 6cd)
R.
Habitaré en la casa del Señor
por años sin término.
V. El Señor es mi
pastor, nada me falta:
en verdes praderas me hace recostar;
me conduce hacia fuentes tranquilas
y repara mis fuerzas. R.
V. Me guía por el
sendero justo,
por el honor de su nombre.
Aunque camine por cañadas oscuras,
nada temo, porque tú vas conmigo:
tu vara y tu cayado me sosiegan. R.
V.
Preparas una mesa ante mí,
enfrente de mis enemigos;
me unges la cabeza con perfume,
y mi copa rebosa. R.
V.
Tu bondad y tu misericordia me acompañan
todos los días de mi vida,
y habitaré en la casa del Señor
por años sin término. R.
Segunda lectura
Flp
4, 12-14. 19-20
Todo
lo puedo en aquel que me conforta
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses.
HERMANOS:
Sé vivir en pobreza y abundancia. Estoy entrenado en todo y para todo: a la
hartura y al hambre, a la abundancia y a la privación. Todo lo puedo en aquel
que me conforta. En todo caso, hicieron bien en compartir mis tribulaciones.
En pago, mi Dios proveerá a todas sus necesidades con magnificencia, conforme a
su riqueza en Cristo Jesús.
A Dios, nuestro Padre, la gloria por los siglos de los siglos. Amén.
Palabra de Dios.
Aclamación
R. Aleluya, aleluya,
aleluya.
V.
El Padre de nuestro Señor Jesucristo ilumine los ojos de nuestro
corazón, para que comprendamos cuál es la esperanza
a la que nos llama. R
Evangelio
Mt
22, 1-14 (forma larga)
A
todos los que encuentren, llámenlos a la boda
Lectura del santo Evangelio según san Mateo.
EN aquel tiempo, volvió a hablar Jesús en parábolas a los sumos sacerdotes y a
los ancianos del pueblo, diciendo:
«El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo;
mandó a sus criados para que llamaran a los convidados, pero no quisieron ir.
Volvió a mandar otros criados encargándoles que dijeran a los convidados:
“Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas y todo está a
punto. Vengan a la boda”.
Pero ellos no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios,
los demás agarraron a los criados y los maltrataron y los mataron.
El rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos asesinos y
prendieron fuego a la ciudad.
Luego dijo a sus criados:
“La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Vayan ahora a
los cruces de los caminos y a todos los que encuentren, llámenlos a la boda”.
Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron,
malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales. Cuando el rey
entró a saludar a los comensales, reparó en uno que no llevaba traje de fiesta
y le dijo:
“Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin el vestido de boda?”.
El otro no abrió la boca. Entonces el rey dijo a los servidores:
“Átenlo de pies y manos y arrójenlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto
y el rechinar de dientes”.
Porque muchos son los llamados, pero pocos los elegidos».
Palabra del Señor.
Mt
22, 1-10 (forma breve)
A
todos los que encuentren, llámenlos a la boda
Lectura del santo Evangelio según san Mateo.
EN aquel tiempo, volvió a hablar Jesús en parábolas a los sumos sacerdotes y a
los ancianos del pueblo, diciendo:
«El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo;
mandó a sus criados para que llamaran a los convidados, pero no quisieron ir.
Volvió a mandar otros criados encargándoles que dijeran a los convidados:
“Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas y todo está a
punto. Vengan a la boda”.
Pero ellos no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios,
los demás agarraron a los criados y los maltrataron y los mataron.
El rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos asesinos y
prendieron fuego a la ciudad.
Luego dijo a sus criados:
“La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Vayan ahora a
los cruces de los caminos y a todos los que encuentren, llámenlos a la boda”.
Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron,
malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales».
Palabra del Señor.
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1
Invitados a la alegría de Dios
Hermanos queridos:
Cuenta un chiste que un matrimonio, después de casi
sesenta años juntos, llegó al cielo. San Pedro les mostró una casa preciosa y
un banquete extraordinario. El esposo, acostumbrado a cuidar cada peso,
preguntó:
—¿Cuánto cuesta comer aquí?
—Nada. ¡Esto es el cielo!
Más tarde, ante otro buffet, el hombre volvió a
preguntar:
—¿Y dónde está la comida baja en grasas y
colesterol?
—Aquí pueden disfrutar de todo —respondió san Pedro—. ¡Ya no hay enfermedad!
Entonces el abuelo miró a su esposa y exclamó:
—¡Todo es culpa tuya! ¡Si no fuera por tus
magdalenas de salvado y tu dieta sin azúcar, podríamos haber llegado hace diez
años!
Es un chiste, por supuesto. Cuidemos con gratitud
la vida que Dios nos entrega. Pero esa sorpresa del abuelo nos ayuda a escuchar
el Evangelio: ¡Dios quiere compartir con nosotros su alegría! Jesús
compara el Reino con una boda. El Padre tiene preparada la mesa y desea vernos
reunidos alrededor de su Hijo.
La primera lectura nos permite mirar más allá de
nuestros sufrimientos. Isaías anuncia un banquete para todos los pueblos y
promete que Dios vencerá la muerte y secará las lágrimas. Pensemos en quienes
lloran a un ser querido, en quien espera un diagnóstico, en una madre
preocupada por sus hijos. Dios conoce esos rostros. Su promesa nos permite
confiar en que el dolor tendrá un final y en que nuestra vida está llamada a la
comunión con él.
Fijémonos también en la amplitud de esa mesa: hay
una invitación para todos los pueblos. Cuando nosotros reducimos nuestro cariño
a los que piensan como nosotros o nos caen bien, la Palabra nos ensancha el
corazón. En nuestras familias y comunidades también hacen falta sillas para
quienes solemos dejar al margen.
El salmo lo expresa con una imagen cercana: «Preparas
una mesa ante mí». El Señor, nuestro pastor, nos conduce y restaura
nuestras fuerzas. Nos acompaña incluso por las cañadas oscuras. Podemos acudir
a él con el cansancio de la semana y decirle: «Señor, me cuesta seguir, pero
confío en que caminas conmigo». Su presencia sostiene también a quien todavía
no encuentra la salida.
Sin embargo, en el Evangelio, algunos invitados
rechazan la fiesta. Uno se va al campo, otro a sus negocios. Trabajar es
necesario y bueno; el problema aparece cuando nuestras ocupaciones absorben
todo el corazón y aplazamos siempre la respuesta a Dios.
Esto recuerda otro cuento. Un sastre arreglaba la
ropa de todo el pueblo, pero llevaba su propio abrigo lleno de rotos. Decía que
estaba demasiado ocupado para remendarlo. Un amigo decidió ayudarlo:
—Te pago el arreglo. Considérame un cliente y
arregla tu abrigo.
Al domingo siguiente apareció con los mismos
agujeros.
—¿Pero no te pagué para que lo arreglaras?
—Sí —respondió el sastre—, pero hice las cuentas… ¡y por ese dinero el trabajo
no me salía rentable!
¡Siempre encontraba una excusa! A veces también nosotros:
«Cuando tenga tiempo, rezaré; cuando se calme todo, me confesaré; cuando el
otro cambie, lo perdonaré». Mientras esperamos unas condiciones perfectas,
pasan los años. El Señor nos llama en medio de la vida que tenemos. Hoy
podemos darle una respuesta concreta.
El rey manda entonces buscar invitados por los
caminos. Los servidores reúnen a buenos y malos. Esa sala se parece a la
Iglesia: personas distintas, heridas por el pecado y necesitadas de
misericordia. Dios nos invita gratuitamente y nos ofrece la posibilidad de
comenzar de nuevo.
Pero aparece un hombre sin traje de fiesta. Ese
detalle nos pregunta cómo estamos acogiendo la invitación. Podemos reconocer en
ese vestido la vida nueva que recibimos de Cristo: una gracia que quiere
transformar nuestras relaciones y decisiones. La dureza del desenlace nos
recuerda que nuestra respuesta tiene consecuencias.
En el Bautismo fuimos revestidos de Cristo. Ese
regalo pide hacerse visible cada día: en la honradez del trabajo, en la
paciencia dentro de casa, en una reconciliación que dejamos pendiente. Conviene
preguntarnos qué necesita cambiar en nosotros para que nuestra participación en
la misa dé fruto durante la semana.
San José Benito Cottolengo nos ofrece un
testimonio. En Turín, en 1827, acompañó en su agonía a una madre que, estando
embarazada y enferma, no había encontrado acogida en los hospitales. Su muerte
y el dolor de aquella familia lo conmovieron profundamente. Fue a orar ante el
Santísimo y se preguntó qué le pedía Dios. A partir de aquella experiencia
dedicó sus capacidades a organizar ayuda para los más necesitados, hasta dar
vida a la Pequeña Casa de la Divina Providencia.
Cottolengo respondió abriendo espacio para otros.
También nosotros podemos preparar una mesa: llevar comida a un enfermo, visitar
a alguien que vive solo, compartir lo que tenemos. La caridad permite que
otra persona experimente, a través de nuestras manos, algo de la ternura de
Dios.
Precisamente san Pablo, en la segunda lectura,
agradece a los filipenses que hayan compartido su tribulación. Él conoce tanto
la abundancia como la necesidad, y encuentra su fortaleza en Cristo: «Todo lo
puedo en aquel que me conforta». Habla de la capacidad de mantenerse fiel en
circunstancias difíciles. Podemos hacer nuestra esa confianza cuando nos cuesta
cuidar a un enfermo, perseverar en una responsabilidad o dar el primer paso
hacia la paz.
Y fijémonos: Pablo confía en Dios y agradece la
ayuda humana. La providencia llega muchas veces mediante un hermano que escucha
o comparte. Quizás esta semana el Señor quiera servirse de nosotros para
responder a la oración de alguien.
Ahora estamos alrededor de la mesa de la
Eucaristía. Aquí Cristo se nos da como alimento y nos hace gustar
anticipadamente el banquete de su Reino. Preparémonos para recibirlo con fe y
un sincero deseo de conversión. Si tenemos conciencia de un pecado grave,
acudamos a la confesión antes de comulgar. El Señor ha puesto también a nuestro
alcance ese encuentro de perdón.
Al salir de misa, la invitación seguirá resonando
en nuestra vida. Pensemos en una respuesta para esta semana: reservar un
momento para orar, buscar la reconciliación o acercarnos a alguien que necesita
compañía. Que la alegría de encontrarnos con Cristo se note en nuestro trato.
Antes de terminar, dejemos que esta pregunta nos
acompañe: ¿qué excusa necesito abandonar para responder hoy a Dios, y a
quién puedo hacerle un lugar en mi mesa?
Señor Jesús, gracias por invitarnos a tu alegría.
Perdona nuestras excusas y renueva en nosotros la gracia del Bautismo. Danos
hambre de tu presencia y un corazón disponible para nuestros hermanos.
Santísima Virgen María, ayúdanos a escuchar a tu Hijo y a responder con
generosidad. Acompáñanos hasta el encuentro definitivo en la casa del Padre.
Amén.
2
Jesús, tomando de nuevo la palabra, habló en parábolas
a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, diciendo: «El Reino de los
cielos puede compararse con un rey que ofreció un banquete de bodas para su
hijo. Envió a sus servidores a llamar a los invitados al banquete, pero ellos
se negaron a venir»
(Mateo 22,1-3).
La parábola de hoy forma parte de las últimas
enseñanzas de Jesús en Jerusalén durante la Semana Santa. Continúa su
confrontación directa con los dirigentes religiosos de Israel, específicamente
con los sumos sacerdotes y los ancianos. Mediante este relato, Jesús revela el
misterio del Reino, la tragedia del rechazo por parte de Israel y la llamada
universal a la salvación.
El tema central de esta parábola se encuentra en la
frase inicial: «El Reino de los cielos puede compararse con un rey que ofreció
un banquete de bodas para su hijo». En esta parábola, el rey es Dios Padre, el
Hijo es Jesús y el banquete de bodas representa el banquete mesiánico: una
celebración de la alegría eterna de la unión con Dios. Hoy, la Santa Misa es
una participación real en ese banquete mesiánico y un anticipo de su plenitud
futura.
La primera lectura, tomada de Isaías 25,6-10a,
anuncia precisamente este horizonte: el Señor prepara un banquete para todos
los pueblos, vence definitivamente a la muerte y seca las lágrimas de los
rostros. La abundancia de los alimentos y la calidad de los vinos expresan la
generosidad de la salvación que Dios ofrece. La invitación del rey en el
Evangelio prolonga esta promesa: el Padre quiere reunir a la humanidad en la
alegría de su Hijo.
El salmo 22(23) convierte esta promesa en una
experiencia personal de confianza: «Preparas una mesa ante mí». El Señor es
nuestro pastor; nos alimenta, restaura nuestras fuerzas y permanece a nuestro
lado incluso cuando atravesamos cañadas oscuras. Al acercarnos a la Eucaristía,
podemos reconocer esa mesa preparada por su amor y renovar nuestra esperanza de
habitar para siempre en su casa.
Los primeros invitados «se negaron a venir».
Comúnmente se entiende que esto se refiere a muchos entre el pueblo de Israel
que rechazaron a Jesús como Mesías, especialmente a los dirigentes religiosos.
La segunda invitación fue ignorada por algunos y recibida con hostilidad por
otros. Esto refleja la manera en que fueron tratados los profetas a lo largo de
la historia de la salvación: ignorados, rechazados y, con frecuencia,
perseguidos.
Cuando el rey se enteró de su negativa, envió sus
tropas para destruir a quienes habían sido invitados, lo cual constituye una
clara referencia a la justicia de Dios, a su juicio y a la pena del pecado
grave: la muerte espiritual. El rey envía entonces a sus servidores a invitar a
todos los que puedan encontrar. Esta es la misión de la Iglesia. Desde el
momento en que Jesús fundó su Iglesia y la confió a los Apóstoles, la invitación
al banquete celestial se ha extendido hasta los confines de la tierra y
continúa hasta nuestros días.
Cada uno de nosotros ha recibido esta invitación
divina. Hoy, la manera más plena de participar en el banquete de bodas es a
través de la Santa Misa. La Misa es verdaderamente nuestro banquete de bodas, y
nuestra unión con Cristo queda sellada en la Sagrada Comunión. Pero ¿vemos la
Misa de esta manera? Con frecuencia tendemos a valorar la Misa según la
personalidad y la predicación del sacerdote, la calidad de la música u otros
elementos superficiales.
Cuando no asistimos a la Misa como asistiríamos al
banquete de bodas del Hijo de Dios, entonces, al igual que el primer grupo,
«nos negamos a venir», aunque estemos físicamente presentes. La verdadera asistencia
exige atención espiritual y participación interior. Cuando consideramos la Misa
una carga o un inconveniente, actuamos como aquellos del segundo grupo que
respondieron con indiferencia u hostilidad.
Lo ideal sería que asistiéramos a Misa todos los domingos
—y con mayor frecuencia, si fuera posible—, de buena gana, con alegría, con
reverencia y con el corazón preparado para encontrarnos con el Esposo. Esto
exige que permanezcamos en estado de gracia. La parábola termina con una imagen
que invita a una seria reflexión: un hombre que se encuentra en el banquete sin
el traje de bodas es arrojado a las tinieblas. El «traje de bodas» simboliza el
estado del alma, especialmente la presencia de la gracia santificante, que se
recibe en el Bautismo y se restaura mediante la Confesión. Acercarnos al altar
sin este vestido supone correr el riesgo de ser arrojados fuera, como lo fue el
hombre de la parábola. Por tanto, debemos examinar nuestra conciencia,
arrepentirnos del pecado y preparar nuestro corazón con devoción para que
podamos participar dignamente de este alimento celestial.
La segunda lectura, Filipenses 4,12-14.19-20, nos
ayuda a responder a esta invitación confiando en Cristo. Pablo ha aprendido a
vivir tanto en la abundancia como en la necesidad y encuentra en el Señor la
fuerza para perseverar: «Todo lo puedo en aquel que me conforta». También
agradece a los filipenses que hayan compartido su tribulación. Así, nuestra
participación en el banquete eucarístico está llamada a expresarse en una vida
sostenida por Cristo y en una solidaridad concreta con quienes sufren o carecen
de lo necesario.
Reflexiona hoy sobre la Misa como el verdadero
banquete de bodas del Cordero. ¿Te acercas a esta celebración sagrada con
alegre reverencia, preparación espiritual y un amor auténtico por el Esposo?
Esfuérzate por hacer que tu presencia en la Misa sea mucho más que física;
permite que sea la expresión de un alma debidamente revestida, que responde con
alegría a la invitación del Rey. Que nuestra participación digna en la
Eucaristía sea un anticipo del banquete eterno preparado para quienes son
invitados y responden con todo su corazón.
Rey mío y Esposo de la Iglesia, la Misa es tu
banquete de bodas y un anticipo del banquete eterno del Cielo. Nos invitas a
esta fiesta no solo corporalmente, sino con corazones recogidos, mentes atentas
y almas preparadas por la gracia. Que siempre responda a tu invitación con fe y
amor, y celebre la Santa Misa con todo mi corazón, revestido del traje de la
gracia santificante. Jesús, en ti confío.

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