5 de noviembre del 2026: jueves de la trigésima primera semana del tiempo ordinario II

 

Dios, el que busca

En estas dos parábolas se habla de pérdida y, por tanto, de ausencia y de la obstinación por encontrar lo que se ha perdido.

Dios siente pasión por buscar a quien se ha extraviado. No se resigna a su ausencia ni considera que una sola persona sea una pérdida insignificante. Para él, cada uno tiene un rostro, un nombre, una historia. Cada uno ocupa un lugar insustituible en su corazón.

El pastor sale tras la oveja perdida; la mujer enciende una lámpara y barre cuidadosamente la casa. Estas imágenes nos revelan a un Dios que toma la iniciativa, que se pone en camino y que busca con paciencia. Antes de que nosotros deseemos volver, él ya desea encontrarnos.

Y cuando encuentra, se alegra. No recibe a la oveja con golpes ni reproches: la carga sobre sus hombros. Su alegría desborda y se convierte en una invitación: «¡Alégrense conmigo!». Así es el corazón de Dios: nuestra vuelta a él es motivo de fiesta.

También nosotros estamos llamados a participar de esa búsqueda. Hay personas que esperan una visita, una llamada, una palabra que les recuerde que siguen siendo amadas. Buscar al que se ha alejado es una manera concreta de anunciar el Evangelio.

Señor, déjame encontrar por tu misericordia y enséñame a buscar, con tu misma ternura, a quienes más necesitan sentirse amados. Amén.


Primera lectura

Flp 3, 3-8a

Todo eso que para mí era ganancia, lo consideré pérdida a causa de Cristo

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses.

HERMANOS:
Los circuncisos somos nosotros, los que damos culto en el Espíritu de Dios y ponemos nuestra gloria en Cristo Jesús, sin confiar en la carne. Aunque también yo tendría motivos para confiar en ella. Y si alguno piensa que puede hacerlo, yo mucho más: circuncidado a los ocho días, del linaje de Israel, de la tribu de Benjamín, hebreo hijo de hebreos; en cuanto a la ley, fariseo; en cuanto a celo, perseguidor de la Iglesia; en cuanto a la justicia de la ley, irreprochable.
Sin embargo, todo eso que para mí era ganancia, lo consideré pérdida a causa de Cristo. Más aún: todo lo considero pérdida comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor.

Palabra de Dios.


Salmo

Sal 104, 2-3. 4-5. 6-7 (R.: 3b)

R. Que se alegren los que buscan al Señor.

O bien:

R. Aleluya.

V. Cántenle al son de instrumentos,
hablen de sus maravillas,
gloríense de su nombre santo,
que se alegren los que buscan al Señor.
R.

V. Recurran al Señor y a su poder,
busquen continuamente su rostro.
Recuerden las maravillas que hizo,
sus prodigios, las sentencias de su boca.
R.

V. ¡Estirpe de Abrahán, su siervo;
hijos de Jacob, su elegido!
El Señor es nuestro Dios,
él gobierna toda la tierra.
R.


Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados —dice el Señor—,
y yo los aliviaré.
R.


Evangelio

Lc 15, 1-10

Habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

EN aquel tiempo, solían acercarse a Jesús todos los publicanos y los pecadores a escucharlo. Y los fariseos y los escribas murmuraban diciendo:
«Ese acoge a los pecadores y come con ellos».
Jesús les dijo esta parábola:
«¿Quién de ustedes que tiene cien ovejas y pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, se la carga sobre los hombros, muy contento; y, al llegar a casa, reúne a los amigos y a los vecinos, y les dice:
“¡Alégrense conmigo!, he encontrado la oveja que se me había perdido”.
Les digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse.
O ¿qué mujer que tiene diez monedas, si se le pierde una, no enciende una lámpara y barre la casa y busca con cuidado, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, reúne a las amigas y a las vecinas y les dice:
“¡Alégrense conmigo!, he encontrado la moneda que se me había perdido”.
Les digo que la misma alegría tendrán los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta».

Palabra del Señor.

 

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1


Dios nos busca y nos llama a buscar

 

Queridos hermanos:

Cuando alguien a quien amamos falta en casa, su ausencia se siente. Podemos estar rodeados de muchas personas, pero ninguna reemplaza a aquella que nos hace falta. Así sucede en el corazón de Dios: cada uno de nosotros tiene un lugar, un nombre, una historia. Nadie es insignificante para él.

Las dos parábolas del Evangelio nos hablan de algo que se pierde y de alguien que se empeña en encontrarlo. Un pastor busca a su oveja; una mujer busca su moneda. En ambos casos, la pérdida pone en movimiento el amor y el cuidado. Jesús nos revela así a un Dios que busca, que sale a nuestro encuentro, que no se acostumbra a vivir sin nosotros.

Y esto resulta especialmente consolador: aun cuando nos hayamos alejado, seguimos siendo valiosos ante sus ojos. El pecado hiere nuestra relación con Dios, pero no consigue apagar su amor. Podemos olvidar al Señor; él sigue recordándonos y llamándonos.

El Evangelio comienza mostrando dos actitudes muy distintas. Los pecadores se acercan a escuchar a Jesús; algunos de los que se consideran cumplidores de la religión murmuran porque él los acoge. También nosotros debemos examinar nuestro corazón: ¿facilitamos que las personas se acerquen al Señor? ¿O nuestra dureza, nuestros comentarios y nuestros prejuicios terminan cerrándoles la puerta?

La misericordia de Jesús abre un camino de conversión. Acoge a la persona para que pueda levantarse, reconocer su pecado y comenzar de nuevo. Quien se sabe amado encuentra una razón para cambiar; quien solamente se siente despreciado puede terminar creyendo que ya no tiene remedio.

San Pablo, en la primera lectura, nos presenta su propia escala de valores transformada por Cristo. Tenía motivos para sentirse seguro de sí mismo: su origen, su formación religiosa, su observancia de la Ley. Sin embargo, al conocer al Señor, comprendió que ninguno de esos motivos podía ocupar el lugar de Jesús.

Pablo nos invita a preguntarnos dónde hemos puesto nuestra confianza. Podemos llevar muchos años en la Iglesia, conocer oraciones, participar en celebraciones y desempeñar responsabilidades. Todo esto puede ayudarnos a crecer, pero necesita estar sostenido por una relación viva con Cristo. Nuestra historia de servicio nunca nos dispensa de seguir convirtiéndonos.

También podemos extraviarnos estando cerca del templo: perdernos en el orgullo, en la rutina, en el deseo de ser reconocidos, en la costumbre de juzgar a los demás. Hay distancias que no se miden en kilómetros, sino en la falta de amor. Por eso todos necesitamos dejarnos encontrar.

El salmo nos invita a alegrarnos buscando al Señor y a acudir constantemente a su presencia. Aquí descubrimos algo hermoso: buscamos a Dios porque su amor ya ha salido a buscarnos. Nuestra oración es respuesta a su iniciativa; nuestra conversión, respuesta a su gracia. Incluso ese deseo de volver a empezar puede ser una señal de que el Buen Pastor está tocando nuestro corazón.

Hoy ofrecemos nuestra oración por la obra evangelizadora y por las vocaciones en la Iglesia. A la luz de este Evangelio, evangelizar significa participar en la búsqueda amorosa de Dios.

La misión comienza cuando alguien nos importa. Cuando nos interesa ese joven que ha perdido la esperanza, esa familia que atraviesa una crisis, esa persona que se alejó después de una experiencia dolorosa, ese enfermo que lleva días sin recibir una visita. Una comunidad evangelizadora aprende a reconocer las ausencias y procura acercarse con respeto, paciencia y ternura.

Por eso necesitamos preguntarnos: ¿a quién podríamos llamar esta semana? ¿A quién podríamos visitar? ¿Con quién tenemos pendiente una reconciliación? Una palabra sencilla, una escucha atenta o una invitación hecha con cariño pueden abrir un camino hacia el encuentro con Cristo.

Y necesitamos vocaciones: sacerdotes, religiosos, religiosas y misioneros que entreguen su vida al Evangelio; matrimonios que hagan de su hogar una escuela de fe; laicos que vivan su bautismo con alegría y compromiso. Cada vocación tiene su forma propia, pero todas nacen de una llamada del Señor y maduran en la entrega.

Pidamos especialmente que nuestros jóvenes puedan escuchar esa llamada con libertad y responder con generosidad. Que encuentren familias y comunidades que los acompañen en su discernimiento. Y oremos también por quienes ya han respondido, para que el cansancio no les robe la ternura ni las dificultades apaguen su esperanza.

Hermanos, las parábolas culminan en alegría. El encuentro se convierte en fiesta. Aprendamos también nosotros a alegrarnos cuando alguien vuelve, sin hacerle sentir que siempre llevará encima la etiqueta de sus errores.

En esta Eucaristía, dejémonos encontrar por el Señor. Pongamos ante él nuestras distancias y nuestras resistencias. Y permitamos que su amor nos convierta en personas capaces de acercarse a los demás.

Señor Jesús, Buen Pastor, gracias por buscarnos con paciencia. Renueva la obra evangelizadora de tu Iglesia y suscita vocaciones generosas y fieles. Sostén a quienes anuncian tu Palabra, consuela a quienes están cansados y despierta en nuestros jóvenes la alegría de responderte. Danos un corazón atento a quienes se han alejado y enséñanos a acompañarlos hacia ti. Que nuestra comunidad sea un hogar donde cada persona encuentre acogida y ayuda para vivir el Evangelio. Amén.

 

2

 

La alegría de dejarnos encontrar por Dios

 

Queridos hermanos:

A veces pensamos que arrepentirse es algo triste, humillante y difícil. Nos cuesta reconocer que nos equivocamos, pedir perdón y reparar el daño que hemos causado. Preferimos encontrar una explicación que nos favorezca, señalar las faltas ajenas o convencernos de que no hemos hecho nada grave. Sin embargo, mientras nos defendemos de la verdad, también podemos estar cerrándole la puerta a la paz.

El Evangelio de hoy nos invita a contemplar el arrepentimiento desde el corazón de Dios. Y lo que encontramos allí es alegría: la alegría de recuperar a alguien amado, de sanar una relación, de abrir la posibilidad de un nuevo comienzo.

Jesús presenta a un pastor que busca a su oveja y a una mujer que busca una moneda. Ambos se esfuerzan hasta encontrar lo que habían perdido. Así nos revela que Dios no es indiferente a nuestra ausencia. Cada uno de nosotros le importa.

Quizás alguna vez hemos pensado: «Después de todo lo que he hecho, ¿cómo voy a presentarme ante Dios?». Precisamente por eso necesitamos volver. La vergüenza puede hacernos bajar la mirada; la misericordia nos permite levantarla y confiar. El Señor conoce nuestro pecado, pero también conoce el bien que su gracia puede hacer renacer en nosotros.

El principal obstáculo para ese encuentro suele ser el orgullo. Nos cuesta decir: «Me equivoqué. Necesito perdón. Debo cambiar». Y aquí la primera lectura nos ofrece una luz muy concreta.

San Pablo recuerda los motivos humanos en los que antes podía apoyar su seguridad: su pertenencia al pueblo de Israel, su formación como fariseo, su observancia de la Ley. Incluso había perseguido a la Iglesia, convencido de estar defendiendo la causa de Dios. ¡Hasta dónde puede llevarnos la certeza de tener siempre la razón!

Pero el encuentro con Cristo transformó su manera de mirar la vida. Lo que antes consideraba una ganancia perdió su valor como fundamento de su confianza. Ahora lo decisivo era conocer a Jesús, su Señor.

Hermanos, la conversión de Pablo nos enseña que arrepentirse implica dejar que Cristo revise nuestras seguridades y cambie nuestras prioridades. No basta con lamentar una falta si seguimos aferrados a aquello que la alimenta. A veces debemos renunciar al orgullo de tener la última palabra, al deseo de quedar siempre bien o a la costumbre de compararnos con los demás.

También nosotros podemos presentar nuestras credenciales: «Llevo muchos años en la Iglesia; nunca falto a misa; he trabajado por la comunidad». Todo eso es valioso cuando expresa nuestra fe y nuestro amor. Pero no nos coloca por encima de nadie ni nos hace innecesario el perdón. Cuanto más conocemos al Señor, más reconocemos cuánto necesitamos su misericordia.

El salmo nos invita: «Que se alegren los que buscan al Señor». ¡Qué hermosa relación con el Evangelio! El salmo habla de nuestra búsqueda de Dios; Jesús nos revela que Dios también sale a buscarnos. Nuestra conversión es el encuentro entre su misericordia que nos llama y nuestra libertad que responde.

Por eso podemos acercarnos a él con esperanza. La contrición contiene un dolor verdadero por el pecado cometido, pero ese dolor puede convivir con la alegría de sabernos acogidos. En el sacramento de la Reconciliación llevamos nuestra pobreza y recibimos el perdón del Señor, que nos fortalece para cambiar y reparar, en cuanto sea posible, el mal causado.

Esta experiencia también debe transformar nuestras relaciones. A veces pedimos a Dios mucha comprensión para nuestras caídas, pero ofrecemos muy poca a quienes nos han herido. Guardamos una lista de sus errores y volvemos a ella cada vez que hay una dificultad.

La misericordia no elimina la verdad ni la responsabilidad. Perdonar tampoco significa que la confianza se reconstruya inmediatamente: puede requerir tiempo, cambios y reparación. Pero un corazón que ha conocido el perdón de Dios procura no encerrar al otro para siempre en su falta. Aprende a reconocer y acompañar sus pasos sinceros de conversión.

Hoy oramos especialmente por la obra evangelizadora y por las vocaciones en la Iglesia. Estas intenciones brotan del Evangelio que acabamos de escuchar: el Señor quiere contar con nosotros para acercarse a quienes necesitan encontrar el camino de regreso.

Evangelizar exige conocer a Cristo, como Pablo, y buscar su presencia, como nos invita el salmo. De esa relación nace la disposición para escuchar, visitar, enseñar, acompañar y anunciar el perdón. Quien se sabe buscado por Dios aprende a buscar a los demás con paciencia.

Pensemos en quienes se han alejado de nuestra comunidad. Tal vez detrás de su ausencia haya una herida, una decepción, una situación familiar difícil o una fe que se ha ido debilitando. Necesitan encontrar personas dispuestas a escucharlos y caminar con ellos. Una llamada, una visita o una invitación cordial pueden ser el comienzo de ese encuentro.

Pidamos al Señor sacerdotes que acojan con misericordia en el confesionario; religiosos y religiosas que hagan visible su ternura; misioneros que perseveren en lugares difíciles; catequistas y laicos que anuncien la fe con su palabra y su vida. Pidamos jóvenes capaces de escuchar la llamada de Dios y comunidades que sepan acompañar su discernimiento.

Oremos también por quienes ya han entregado su vida al servicio del Evangelio. Que nunca dejen de buscar al Señor. Que recuerden que también ellos necesitan ser sostenidos, perdonados y renovados por su gracia.

Hermanos, hoy podemos preguntarnos: ¿qué necesito reconocer ante Dios? ¿Qué paso concreto de conversión estoy aplazando? ¿A quién puedo ayudar a acercarse nuevamente al Señor?

En esta Eucaristía dejemos que Jesús nos encuentre tal como estamos. Él puede transformar nuestra culpa reconocida en un camino de reconciliación, y nuestra experiencia de perdón en una vocación de servicio.

Señor Jesús, Buen Pastor, danos la humildad de reconocer nuestros pecados y la confianza para volver a ti. Que, como san Pablo, descubramos el valor incomparable de conocerte; que, como nos invita el salmo, te busquemos con alegría. Bendice la obra evangelizadora de tu Iglesia, suscita vocaciones generosas y renueva la fidelidad de quienes has llamado. Haz de nuestras comunidades un hogar donde quien regresa encuentre acogida y ayuda para comenzar de nuevo. Amén.

 

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