domingo, 11 de enero de 2026

12 de enero del 2026: lunes de la primera semana del tiempo ordinario-año II


Una vida decidida por Cristo

(Mc 1,14-20), Marcos nos coloca en el comienzo de la misión pública: Jesús anuncia con fuerza: “Se ha cumplido el tiempo… conviértanse y crean en el Evangelio”. Y enseguida llama a Simón, Andrés, Santiago y Juan. No los llama cuando ya están listos, sino mientras trabajan, en lo cotidiano, con las manos ocupadas y el corazón quizá lleno de preguntas. Y la respuesta es inmediata: “dejaron las redes… y lo siguieron.” Es el milagro de una vida que se decide por Cristo.

G.Q

 


Primera lectura

1 Sam 1, 1-8

Su rival importunaba a Ana, pues el Señor la había hecho estéril

Comienzo del primer libro de Samuel.

HABÍA un hombre de Ha Ramatáin Sufín, en la montaña de Efraín, llamado Elcaná, hijo de Yeroján, hijo de Elihú, hijo de Toju, hijo de Suf, efrateo. Tenía dos mujeres: la primera
se llamaba Ana y la segunda Feniná. Feniná tenía hijos, pero Ana no los tenía.
Ese hombre subía desde su ciudad de año en año a adorar y ofrecer sacrificios al Señor del universo en Siló, donde estaban de sacerdotes del Señor los dos hijos de Elí: Jofní
y Pinjás.
Llegado el día, Elcaná ofrecía sacrificios y entregaba porciones de la víctima a su esposa Feniná y a todos sus hijos e hijas, mientras que a Ana le entregaba una porción doble, porque la amaba, aunque el Señor la había hecho estéril. Su rival la importunaba con insolencia hasta humillarla, pues el Señor la había hecho estéril.
Así hacía Elcaná año tras año, cada vez que subía a la casa del Señor; y así Feniná la molestaba del mismo modo. Por tal motivo, ella lloraba y no quería comer.
Su marido Elcaná le preguntaba: «¿Ana, por qué lloras y por qué no comes? ¿Por qué está apenado tu corazón? ¿Acaso no soy para ti mejor que diez
hijos?».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 115, 12-13. 14 y 17. 18-19 (R.: 17a)

R. Te ofreceré, Señor, un sacrificio de alabanza.

O bien:

R. Aleluya.

V. ¿Cómo pagaré al Señor
todo el bien que me ha hecho?
Alzaré la copa de la salvación,
invocando el nombre del Señor. 
R.

V. Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo.
Te ofreceré un sacrificio de alabanza,
invocando el nombre del Señor. 
R.

V. Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo,
en el atrio de la casa del Señor,
en medio de ti, Jerusalén. 
R.


 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Está cerca el reino de Dios —dice el Señor; conviértanse y crean en el Evangelio. R.

 

Evangelio

Mc 1, 14-20

Conviértanse y crean en el Evangelio

Lectura del santo Evangelio según san Marcos.

DESPUÉS de que Juan fue entregado, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios; decía:
«Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios. Conviértanse y crean en el Evangelio».
Pasando junto al mar de Galilea, vio a Simón y a Andrés, el hermano de Simón, echando las redes en el mar, pues eran pescadores.
Jesús les dijo:
«Vengan en pos de mí y los haré pescadores de hombres».
Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron.
Un poco más adelante vio a Santiago, el de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca restaurando las redes. A continuación los llamó, dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros y se marcharon en pos de él.

Palabra del Señor.

 

 

 

1

 

Hermanos y hermanas, comenzamos esta primera semana del Tiempo Ordinario con una Palabra que no se queda en lo superficial: entra en lo que duele, en lo que pesa, en lo que a veces no sabemos ni explicar. Hoy la liturgia nos pone delante a Ana, mujer de corazón herido; nos hace cantar un salmo de gratitud; y nos presenta a Jesús iniciando su misión con una llamada que cambia la vida: “Conviértanse… crean… síganme”. En medio de todo, traemos una intención muy concreta y muy humana: orar por nuestros difuntos, por quienes amamos y ya no vemos, pero que no dejamos de llevar en el alma.

5)   Ana: el dolor que se vuelve oración (1S 1,1-8)

La primera lectura nos muestra a Ana en una situación profundamente dolorosa: su esterilidad no es solo una condición física; en su cultura era también motivo de humillación, de comentarios, de heridas que se repiten. Ana va al santuario, participa del culto, pero su corazón está quebrado. Y hay un detalle precioso: Elcaná la ama, le dice palabras buenas, le da una porción especial… pero eso no le quita la pena.

Esto nos enseña algo muy real: hay dolores que ni el amor de los demás puede borrar del todo. Y uno de esos dolores es el duelo. Cuando muere alguien querido, podemos estar acompañados, podemos recibir palabras hermosas, pero hay una parte del corazón que solo Dios puede consolar. El duelo es como una “esterilidad” del alma: el lugar donde esa persona estaba, queda silencioso; y a veces sentimos que la vida se nos “detiene”.

Pero la gracia de Ana es que no se encierra, no se queda únicamente en el reproche o en la tristeza: lleva su herida a Dios. Y esa es una enseñanza pastoral inmensa: cuando la muerte nos visita, la fe no nos quita las lágrimas, pero nos da un lugar donde llorar con sentido. El Señor no desprecia un corazón herido; lo escucha.

Hoy, al presentar en el altar a nuestros difuntos, podemos decirle al Señor:
“Padre, mira mi vacío… mira mi nostalgia… mira esta ausencia… Yo no sé explicarlo, pero te lo entrego”.

2) “¿Cómo pagaré al Señor?”: la gratitud que sana (Sal 116/115)

El salmo responde con una pregunta que parece sencilla pero es profunda:
“¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?”

Cuando estamos de duelo, solemos quedarnos en lo que nos falta (y es natural), pero el salmo nos invita también a mirar lo que Dios nos dio: la vida compartida, los momentos, la historia, el amor recibido. Y ahí la gratitud se vuelve medicina.

Orar por los difuntos no es solo pedir: es también dar gracias. Dar gracias por lo que fueron, por lo que sembraron, por lo que nos enseñaron. Y el salmo nos muestra el modo: “Te ofreceré un sacrificio de alabanza”. Para nosotros ese “sacrificio” se concreta de manera suprema en la Eucaristía: la Misa es el gran acto de gratitud y, al mismo tiempo, la súplica más fuerte por quienes han partido.

Hoy, entonces, nuestra oración por los difuntos no nace de la desesperación, sino de la fe agradecida:
“Señor, gracias por su vida; ahora recíbelo(a) en tu paz”.

3) “Se ha cumplido el tiempo”: Jesús abre un futuro (Mc 1,14-20)

El Evangelio comienza con una frase poderosa:
“Se ha cumplido el tiempo y el Reino de Dios está cerca”.
Y luego: “Conviértanse y crean en el Evangelio”.

Notemos: Jesús no viene a anunciar que todo será fácil, sino que Dios está cerca, que la historia humana no está abandonada, y que el tiempo —incluso el tiempo del dolor— puede transformarse en tiempo de salvación.

Y de inmediato llama a cuatro pescadores. Ellos están en lo cotidiano: redes, barca, trabajo. Jesús les dice: “Vengan conmigo”. Y el Evangelio repite como un golpe de gracia: dejaron. Dejaron redes, dejaron seguridades, dejaron incluso un esquema de vida.

Aquí aparece una luz muy importante para nuestro duelo: hay pérdidas que no elegimos (la muerte de un ser querido), pero también hay “redes” que la vida nos invita a soltar para poder seguir caminando. No soltamos el amor por nuestros difuntos —eso nunca—, pero sí podemos soltar la desesperanza, la culpa estéril, el resentimiento con la vida, la parálisis, esa forma de dolor que nos encierra.

En el duelo, Cristo nos llama con ternura:
“Ven conmigo… no te quedes atrapado en la orilla de la ausencia. Camina. Yo estoy.”

4) Nuestros difuntos: no los perdemos en Dios, los encomendamos

Como cristianos no hablamos de la muerte como un muro final, sino como un paso que solo Dios atraviesa plenamente. Nuestra esperanza no es ingenuidad: nace de Cristo, que vino a traer el Reino, que nos llama, y que sostiene la historia. Por eso, hoy ponemos nombres en el corazón: padres, madres, hermanos, amigos, benefactores, feligreses… y también aquellos difuntos por los que nadie ora.

Y lo hacemos con confianza, porque el amor de Dios no es más pequeño que nuestro amor. Si nosotros los amamos, ¡cuánto más los ama Él!

5) Tres llamadas para comenzar bien esta semana

1.    Como Ana: no escondas tu herida; preséntala al Señor. La oración no es maquillaje del dolor, es verdad delante de Dios.

2.    Como el salmo: agradece. La gratitud abre ventanas donde el duelo había puesto paredes.

3.    Como los discípulos: escucha la voz de Jesús y da un paso. Hoy quizá tu “red” a dejar sea la resignación amarga, o el miedo a vivir, o la tristeza que te roba la fe.

Oración final (por los difuntos)

Señor Jesús,
tú que pasas por nuestras orillas y nos llamas por nuestro nombre,
recibe en tu misericordia a nuestros difuntos.
Dales el descanso eterno y haz brillar para ellos la luz perpetua.
Consuela a quienes lloran, fortalece a quienes recuerdan,
y enséñanos a vivir con fe, agradecimiento y esperanza,
hasta el día en que, en tu Reino, nos reunamos en la alegría que no termina.

Amén.

 

2

 

1) Introducción: Dios no llega tarde

Hermanos y hermanas, hoy la Palabra nos pone en el umbral de un tiempo nuevo: “Se ha cumplido el tiempo; el Reino de Dios está cerca” (Mc 1,15). No es una frase bonita: es un anuncio que parte la historia en dos. Dios no está lejos. Dios no está ausente. Dios no llega tarde. Hoy —en este instante— el Señor vuelve a pasar por la orilla de nuestra vida y repite su llamada: “Conviértanse… crean en el Evangelio… vengan conmigo.”
Y, desde esa certeza, elevamos nuestra intención: oramos por nuestros difuntos, porque también para ellos —y para nosotros— Cristo sigue siendo la esperanza.

2) La escena del Evangelio: una llamada sin demora (Mc 1,14-20)

Imaginemos la escena: un día normal en Galilea. Redes, agua, barcas, cansancio. Nada extraordinario… y, sin embargo, lo más extraordinario sucede: pasa Jesús. No llega con espectáculo; llega con Palabra. No conquista con poder humano; conquista con autoridad interior:
“Conviértanse y crean.”
Después, mirando a los pescadores, les dice: “Vengan conmigo y los haré pescadores de hombres.”

Lo impresionante es la respuesta: “dejaron las redes… dejaron a su padre… y lo siguieron.” No titubean. No negocian. No posponen. No dudan.

Aquí hay una verdad que debemos grabar: Jesús no solo llamó una vez en la historia; llama hoy. Ese “tiempo de cumplimiento” no se quedó en el pasado: se actualiza cada día. La llamada de Cristo siempre sucede en presente.

3) “Hoy”: el tiempo donde Dios actúa

 “Hoy” es el momento de Dios.
Muchas veces nosotros vivimos aplazando: “mañana cambio”, “luego me confieso”, “cuando tenga tiempo oro”, “cuando se resuelva esto me acerco a Dios”. Pero el Evangelio de Marcos es directo: hoy. Porque la gracia no es un recuerdo; es una visita. Y Jesús pasa… y si uno no lo sigue, se queda mirando cómo se aleja.

Este comienzo del ministerio de Jesús es como una campana que despierta:

  • Conviértanse: cambien de rumbo, vuelvan el corazón a Dios.
  • Crean: confíen en la Buena Noticia, no en el miedo.
  • Síganme: pongan sus pasos en mis huellas.

4) Las “redes” que nos amarran

El Evangelio dice que ellos dejaron las redes. Y nosotros debemos preguntarnos con honestidad: ¿cuáles son mis redes?
Redes pueden ser:

  • apegos que me quitan libertad interior,
  • comodidades que me hacen perezoso para el bien,
  • distracciones que me roban la oración,
  • rencores que me endurecen,
  • pecados repetidos que me hacen sentir “ya no puedo cambiar”.

Y también, en clave humana, hay redes invisibles: el miedo a perder, el temor al qué dirán, la inseguridad, esa voz interior que repite: “tú no sirves”, “tú no eres capaz”. Jesús no te llama porque ya seas perfecto; te llama para hacerte nuevo.

5) Ana y Elcaná: cuando el dolor se vuelve camino (1S 1,1-8)

La primera lectura parece distante del Evangelio, pero está íntimamente unida. Ana vive humillada y herida. Elcaná la ama, pero su dolor permanece. Hay sufrimientos que no se resuelven con una frase o con un abrazo; necesitan ser llevados a Dios.

Ana nos enseña a no congelarnos en la tristeza: llevar la herida al Señor. Y aquí entra nuestra intención por los difuntos. Porque el duelo también puede convertirse en una red: no la red del amor —que es santa— sino la red de la desesperanza, de la culpa, de la amargura, del “ya nada tiene sentido”.
La fe no borra la nostalgia, pero la transforma en oración confiada. Y esa oración tiene fuerza: porque el amor, cuando se entrega a Dios, no se pierde; se purifica y se eleva.

6) El salmo: agradecer en medio de todo (Sal 116/115)

El salmo nos pone en los labios una pregunta luminosa:
“¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?”
Y responde: con una ofrenda, con alabanza, con fidelidad.

Orar por los difuntos es también un acto de gratitud: gracias por lo vivido, por el bien recibido, por la historia compartida. Y es, sobre todo, un acto de fe: creemos que la vida no termina en la tumba; creemos que Dios es Dios de vivos, y que la misericordia de Cristo alcanza a los que partieron.

Por eso, una de las obras de amor más grandes es ofrecer la Eucaristía y la oración por ellos. A veces no podemos cambiar el pasado, pero sí podemos amar en el presente: encomendándolos.

7) Aplicación pastoral: no dudes en volver a Dios

La Palabra de hoy nos pide una respuesta concreta. No una emoción pasajera, sino una decisión. Si Jesús te llama “hoy”, entonces:

  • Hoy perdona.
  • Hoy reza.
  • Hoy vuelve a la confesión si lo necesitas.
  • Hoy ordena tu vida.
  • Hoy deja esa red que te impide amar.
  • Hoy encomienda a tus difuntos con esperanza, no con desesperación.

Porque también en nuestro duelo el Señor dice: “Ven conmigo.” No para borrar el recuerdo, sino para transformarlo en esperanza.

8) Encomendación por los difuntos

En este altar ponemos a nuestros seres queridos difuntos. Tal vez hay nombres que pronuncias en silencio; tal vez hay una ausencia reciente; tal vez hay una memoria antigua que todavía duele. Cristo, que comenzó su misión proclamando la cercanía del Reino, nos asegura que la muerte no tiene la última palabra.

Pidamos la gracia de los primeros discípulos: no hesitar, no aplazar, no endurecernos, no vivir posponiendo a Dios.


Oración final

Señor Jesús,
tú que pasas por nuestra orilla y nos llamas por nuestro nombre,
danos un corazón disponible para seguirte sin demora.
Rompe nuestras redes: las del pecado, las de la comodidad, las del miedo,
y haznos discípulos tuyos, libres y alegres.

Te encomendamos hoy a nuestros difuntos:
acéptalos en tu misericordia, perdona sus faltas,
y llévalos a la luz de tu rostro.
Consuela a quienes los lloramos y fortalece nuestra esperanza
hasta el día del reencuentro en tu Reino.

Amén.

 

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