Una vida decidida por
Cristo
(Mc 1,14-20),
Marcos nos coloca en el comienzo de la misión pública: Jesús anuncia con
fuerza: “Se
ha cumplido el tiempo… conviértanse y crean en el Evangelio”. Y
enseguida llama a Simón, Andrés, Santiago y Juan. No los llama cuando ya están
listos, sino mientras trabajan, en lo cotidiano, con las
manos ocupadas y el corazón quizá lleno de preguntas. Y la respuesta es
inmediata: “dejaron
las redes… y lo siguieron.” Es el milagro de una vida que se decide
por Cristo.
G.Q
Primera lectura
Su rival
importunaba a Ana, pues el Señor la había hecho estéril
Comienzo del primer libro de Samuel.
HABÍA un hombre de Ha Ramatáin Sufín, en la montaña de Efraín, llamado Elcaná,
hijo de Yeroján, hijo de Elihú, hijo de Toju, hijo de Suf, efrateo. Tenía dos
mujeres: la primera
se llamaba Ana y la segunda Feniná. Feniná tenía hijos, pero Ana no los tenía.
Ese hombre subía desde su ciudad de año en año a adorar y ofrecer sacrificios
al Señor del universo en Siló, donde estaban de sacerdotes del Señor los dos
hijos de Elí: Jofní
y Pinjás.
Llegado el día, Elcaná ofrecía sacrificios y entregaba porciones de la víctima
a su esposa Feniná y a todos sus hijos e hijas, mientras que a Ana le entregaba
una porción doble, porque la amaba, aunque el Señor la había hecho estéril. Su
rival la importunaba con insolencia hasta humillarla, pues el Señor la había
hecho estéril.
Así hacía Elcaná año tras año, cada vez que subía a la casa del Señor; y así
Feniná la molestaba del mismo modo. Por tal motivo, ella lloraba y no quería
comer.
Su marido Elcaná le preguntaba: «¿Ana, por qué lloras y por qué no comes? ¿Por
qué está apenado tu corazón? ¿Acaso no soy para ti mejor que diez
hijos?».
Palabra de Dios.
Salmo
R. Te
ofreceré, Señor, un sacrificio de alabanza.
O bien:
R. Aleluya.
V. ¿Cómo
pagaré al Señor
todo el bien que me ha hecho?
Alzaré la copa de la salvación,
invocando el nombre del Señor. R.
V. Cumpliré al
Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo.
Te ofreceré un sacrificio de alabanza,
invocando el nombre del Señor. R.
V. Cumpliré al
Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo,
en el atrio de la casa del Señor,
en medio de ti, Jerusalén. R.
Aclamación
V. Está cerca
el reino de Dios —dice el Señor; conviértanse y crean en el Evangelio. R.
Evangelio
Conviértanse
y crean en el Evangelio
Lectura del santo Evangelio según san Marcos.
DESPUÉS de que Juan fue entregado, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el
Evangelio de Dios; decía:
«Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios. Conviértanse y crean
en el Evangelio».
Pasando junto al mar de Galilea, vio a Simón y a Andrés, el hermano de Simón,
echando las redes en el mar, pues eran pescadores.
Jesús les dijo:
«Vengan en pos de mí y los haré pescadores de hombres».
Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron.
Un poco más adelante vio a Santiago, el de Zebedeo, y a su hermano Juan, que
estaban en la barca restaurando las redes. A continuación los llamó, dejaron a
su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros y se marcharon en pos de él.
Palabra del Señor.
1
Hermanos y hermanas, comenzamos esta primera semana
del Tiempo Ordinario con una Palabra que no se queda en lo superficial: entra
en lo que duele, en lo que pesa, en lo que a veces no sabemos ni explicar. Hoy
la liturgia nos pone delante a Ana, mujer de corazón herido; nos hace
cantar un salmo de gratitud; y nos presenta a Jesús iniciando su misión
con una llamada que cambia la vida: “Conviértanse… crean… síganme”. En
medio de todo, traemos una intención muy concreta y muy humana: orar por
nuestros difuntos, por quienes amamos y ya no vemos, pero que no dejamos de
llevar en el alma.
5) Ana: el dolor que se vuelve
oración (1S 1,1-8)
La primera lectura nos muestra a Ana en una
situación profundamente dolorosa: su esterilidad no es solo una condición
física; en su cultura era también motivo de humillación, de comentarios, de
heridas que se repiten. Ana va al santuario, participa del culto, pero su
corazón está quebrado. Y hay un detalle precioso: Elcaná la ama, le dice
palabras buenas, le da una porción especial… pero eso no le quita la pena.
Esto nos enseña algo muy real: hay dolores que
ni el amor de los demás puede borrar del todo. Y uno de esos dolores es el
duelo. Cuando muere alguien querido, podemos estar acompañados, podemos recibir
palabras hermosas, pero hay una parte del corazón que solo Dios puede consolar.
El duelo es como una “esterilidad” del alma: el lugar donde esa persona estaba,
queda silencioso; y a veces sentimos que la vida se nos “detiene”.
Pero la gracia de Ana es que no se encierra,
no se queda únicamente en el reproche o en la tristeza: lleva su herida a
Dios. Y esa es una enseñanza pastoral inmensa: cuando la muerte nos visita,
la fe no nos quita las lágrimas, pero nos da un lugar donde llorar con
sentido. El Señor no desprecia un corazón herido; lo escucha.
Hoy, al presentar en el altar a nuestros difuntos,
podemos decirle al Señor:
“Padre, mira mi vacío… mira mi nostalgia… mira esta ausencia… Yo no sé
explicarlo, pero te lo entrego”.
2) “¿Cómo pagaré al Señor?”: la
gratitud que sana (Sal 116/115)
El salmo responde con una pregunta que parece
sencilla pero es profunda:
“¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?”
Cuando estamos de duelo, solemos quedarnos en lo
que nos falta (y es natural), pero el salmo nos invita también a mirar lo que
Dios nos dio: la vida compartida, los momentos, la historia, el amor
recibido. Y ahí la gratitud se vuelve medicina.
Orar por los difuntos no es solo pedir: es también dar
gracias. Dar gracias por lo que fueron, por lo que sembraron, por lo que
nos enseñaron. Y el salmo nos muestra el modo: “Te ofreceré un sacrificio de
alabanza”. Para nosotros ese “sacrificio” se concreta de manera suprema en
la Eucaristía: la Misa es el gran acto de gratitud y, al mismo tiempo, la
súplica más fuerte por quienes han partido.
Hoy, entonces, nuestra oración por los difuntos no nace
de la desesperación, sino de la fe agradecida:
“Señor, gracias por su vida; ahora recíbelo(a) en tu paz”.
3) “Se ha cumplido el tiempo”:
Jesús abre un futuro (Mc 1,14-20)
El Evangelio comienza con una frase poderosa:
“Se ha cumplido el tiempo y el Reino de Dios está cerca”.
Y luego: “Conviértanse y crean en el Evangelio”.
Notemos: Jesús no viene a anunciar que todo será
fácil, sino que Dios está cerca, que la historia humana no está
abandonada, y que el tiempo —incluso el tiempo del dolor— puede transformarse
en tiempo de salvación.
Y de inmediato llama a cuatro pescadores. Ellos
están en lo cotidiano: redes, barca, trabajo. Jesús les dice: “Vengan
conmigo”. Y el Evangelio repite como un golpe de gracia: dejaron.
Dejaron redes, dejaron seguridades, dejaron incluso un esquema de vida.
Aquí aparece una luz muy importante para nuestro
duelo: hay pérdidas que no elegimos (la muerte de un ser querido), pero también
hay “redes” que la vida nos invita a soltar para poder seguir caminando. No
soltamos el amor por nuestros difuntos —eso nunca—, pero sí podemos soltar la
desesperanza, la culpa estéril, el resentimiento con la vida, la parálisis, esa
forma de dolor que nos encierra.
En el duelo, Cristo nos llama con ternura:
“Ven conmigo… no te quedes atrapado en la orilla de la ausencia. Camina. Yo
estoy.”
4) Nuestros difuntos: no los
perdemos en Dios, los encomendamos
Como cristianos no hablamos de la muerte como un
muro final, sino como un paso que solo Dios atraviesa plenamente. Nuestra
esperanza no es ingenuidad: nace de Cristo, que vino a traer el Reino, que nos
llama, y que sostiene la historia. Por eso, hoy ponemos nombres en el corazón:
padres, madres, hermanos, amigos, benefactores, feligreses… y también aquellos
difuntos por los que nadie ora.
Y lo hacemos con confianza, porque el amor de Dios
no es más pequeño que nuestro amor. Si nosotros los amamos, ¡cuánto más los
ama Él!
5) Tres llamadas para comenzar
bien esta semana
1. Como Ana: no escondas tu herida;
preséntala al Señor. La oración no es maquillaje del dolor, es verdad delante
de Dios.
2. Como el salmo: agradece. La gratitud abre
ventanas donde el duelo había puesto paredes.
3. Como los discípulos: escucha la voz de Jesús y da un
paso. Hoy quizá tu “red” a dejar sea la resignación amarga, o el miedo a vivir,
o la tristeza que te roba la fe.
Oración final (por los difuntos)
Señor Jesús,
tú que pasas por nuestras orillas y nos llamas por nuestro nombre,
recibe en tu misericordia a nuestros difuntos.
Dales el descanso eterno y haz brillar para ellos la luz perpetua.
Consuela a quienes lloran, fortalece a quienes recuerdan,
y enséñanos a vivir con fe, agradecimiento y esperanza,
hasta el día en que, en tu Reino, nos reunamos en la alegría que no termina.
Amén.
2
1) Introducción: Dios no llega tarde
Hermanos y hermanas, hoy la Palabra nos pone en el
umbral de un tiempo nuevo: “Se ha cumplido el tiempo; el Reino de Dios está
cerca” (Mc 1,15). No es una frase bonita: es un anuncio que parte la
historia en dos. Dios no está lejos. Dios no está ausente. Dios no llega tarde.
Hoy —en este instante— el Señor vuelve a pasar por la orilla de nuestra
vida y repite su llamada: “Conviértanse… crean en el Evangelio… vengan
conmigo.”
Y, desde esa certeza, elevamos nuestra intención: oramos por nuestros
difuntos, porque también para ellos —y para nosotros— Cristo sigue siendo
la esperanza.
2) La escena del Evangelio: una
llamada sin demora (Mc 1,14-20)
Imaginemos la escena: un día normal en Galilea.
Redes, agua, barcas, cansancio. Nada extraordinario… y, sin embargo, lo más
extraordinario sucede: pasa Jesús. No llega con espectáculo; llega con
Palabra. No conquista con poder humano; conquista con autoridad interior:
“Conviértanse y crean.”
Después, mirando a los pescadores, les dice: “Vengan conmigo y los haré
pescadores de hombres.”
Lo impresionante es la respuesta: “dejaron las
redes… dejaron a su padre… y lo siguieron.” No titubean. No negocian. No
posponen. No dudan.
Aquí hay una verdad que debemos grabar: Jesús no
solo llamó una vez en la historia; llama hoy. Ese “tiempo de
cumplimiento” no se quedó en el pasado: se actualiza cada día. La llamada de
Cristo siempre sucede en presente.
3) “Hoy”: el tiempo donde Dios
actúa
“Hoy” es
el momento de Dios.
Muchas veces nosotros vivimos aplazando: “mañana cambio”, “luego me confieso”,
“cuando tenga tiempo oro”, “cuando se resuelva esto me acerco a Dios”. Pero el
Evangelio de Marcos es directo: hoy. Porque la gracia no es un recuerdo;
es una visita. Y Jesús pasa… y si uno no lo sigue, se queda mirando cómo se
aleja.
Este comienzo del ministerio de Jesús es como una
campana que despierta:
- Conviértanse: cambien de rumbo, vuelvan
el corazón a Dios.
- Crean: confíen en la Buena
Noticia, no en el miedo.
- Síganme: pongan sus pasos en mis
huellas.
4) Las “redes” que nos amarran
El Evangelio dice que ellos dejaron las redes. Y
nosotros debemos preguntarnos con honestidad: ¿cuáles son mis redes?
Redes pueden ser:
- apegos
que me quitan libertad interior,
- comodidades
que me hacen perezoso para el bien,
- distracciones
que me roban la oración,
- rencores
que me endurecen,
- pecados
repetidos que me hacen sentir “ya no puedo cambiar”.
Y también, en clave humana, hay redes invisibles:
el miedo a perder, el temor al qué dirán, la inseguridad, esa voz interior que
repite: “tú no sirves”, “tú no eres capaz”. Jesús no te llama porque ya seas
perfecto; te llama para hacerte nuevo.
5) Ana y Elcaná: cuando el dolor
se vuelve camino (1S 1,1-8)
La primera lectura parece distante del Evangelio,
pero está íntimamente unida. Ana vive humillada y herida. Elcaná la ama, pero
su dolor permanece. Hay sufrimientos que no se resuelven con una frase o con un
abrazo; necesitan ser llevados a Dios.
Ana nos enseña a no congelarnos en la tristeza: llevar
la herida al Señor. Y aquí entra nuestra intención por los difuntos. Porque
el duelo también puede convertirse en una red: no la red del amor —que es
santa— sino la red de la desesperanza, de la culpa, de la amargura, del “ya
nada tiene sentido”.
La fe no borra la nostalgia, pero la transforma en oración confiada. Y
esa oración tiene fuerza: porque el amor, cuando se entrega a Dios, no se
pierde; se purifica y se eleva.
6) El salmo: agradecer en medio
de todo (Sal 116/115)
El salmo nos pone en los labios una pregunta
luminosa:
“¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?”
Y responde: con una ofrenda, con alabanza, con fidelidad.
Orar por los difuntos es también un acto de
gratitud: gracias por lo vivido, por el bien recibido, por la historia
compartida. Y es, sobre todo, un acto de fe: creemos que la vida no termina en
la tumba; creemos que Dios es Dios de vivos, y que la misericordia de Cristo
alcanza a los que partieron.
Por eso, una de las obras de amor más grandes es ofrecer
la Eucaristía y la oración por ellos. A veces no podemos cambiar el pasado,
pero sí podemos amar en el presente: encomendándolos.
7) Aplicación pastoral: no dudes
en volver a Dios
La Palabra de hoy nos pide una respuesta concreta.
No una emoción pasajera, sino una decisión. Si Jesús te llama “hoy”, entonces:
- Hoy perdona.
- Hoy reza.
- Hoy vuelve a la confesión si lo
necesitas.
- Hoy ordena tu vida.
- Hoy deja esa red que te impide
amar.
- Hoy encomienda a tus difuntos
con esperanza, no con desesperación.
Porque también en nuestro duelo el Señor dice: “Ven
conmigo.” No para borrar el recuerdo, sino para transformarlo en esperanza.
8) Encomendación por los difuntos
En este altar ponemos a nuestros seres queridos
difuntos. Tal vez hay nombres que pronuncias en silencio; tal vez hay una
ausencia reciente; tal vez hay una memoria antigua que todavía duele. Cristo,
que comenzó su misión proclamando la cercanía del Reino, nos asegura que la
muerte no tiene la última palabra.
Pidamos la gracia de los primeros discípulos: no
hesitar, no aplazar, no endurecernos, no vivir posponiendo a Dios.
Oración final
Señor
Jesús,
tú que pasas por nuestra orilla y nos llamas por nuestro nombre,
danos un corazón disponible para seguirte sin demora.
Rompe nuestras redes: las del pecado, las de la comodidad, las del miedo,
y haznos discípulos tuyos, libres y alegres.
Te
encomendamos hoy a nuestros difuntos:
acéptalos en tu misericordia, perdona sus faltas,
y llévalos a la luz de tu rostro.
Consuela a quienes los lloramos y fortalece nuestra esperanza
hasta el día del reencuentro en tu Reino.
Amén.

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