La exigencia de una vida sintonizada con Cristo
Los textos de este domingo nos indican que elegir a
Cristo no está exento de consecuencias, comenzando por la fidelidad necesaria
al compromiso asumido. Si la primera lectura nos recuerda que la fidelidad
depende verdaderamente de nosotros y de nuestra decisión de permanecer fieles,
el final del Evangelio de Mateo nos invita a hacer de nuestra palabra un
verdadero “sí” o un verdadero “no”. La enseñanza inaugural de la misión de
Jesús continúa. Su voz se alza con fuerza y claridad para hablar de la Ley, que
se convierte en un camino de vida que conduce a Dios. De algún modo, se nos
invita a una auténtica radicalidad. Esta radicalidad la recibimos del mismo
Cristo. Él no ha venido a abolir la Ley, sino a llevarla a su plenitud. Las palabras
de Jesús siempre incomodarán. Afirmar que todo hombre que se enoja contra su
hermano es un homicida, o que quien insulta a su hermano es digno de la gehena
de fuego, son expresiones fuertes. La tentación de olvidar estas palabras de
Jesús puede ser grande, pero sus palabras, incluso cuando son duras, nos
invitan también a una exigencia de vida y de amor. La Ley es esa sabiduría de
la que habla Pablo: una sabiduría tan alejada de la del mundo, que solo el
Espíritu puede ayudarnos a descubrir sus contornos. Una sabiduría que no deja
de iluminar nuestra búsqueda y de modelar nuestro discernimiento. Una sabiduría
que escribe nuestros “sí” y nuestros “no”, para que nuestra vida esté cada vez
más sintonizada con la vida misma de Dios.
Preguntas para la oración:
- ¿Cuáles
son los caminos habituales de mi discernimiento cuando debo tomar
decisiones importantes en mi vida?
- ¿Cómo
ilumina la Palabra de Dios mis palabras y mis actos? ¿El Evangelio me
ayuda a acercarme a mis compañeros de humanidad?
Benoît Gschwind, évêque de
Pamiers
Primera lectura
Eclo
15, 15-20
A
nadie obligó a ser impío
Lectura del libro del Eclesiástico.
SI quieres, guardarás los mandamientos
y permanecerás fiel a su voluntad.
Él te ha puesto delante fuego y agua,
extiende tu mano a lo que quieras.
Ante los hombres está la vida y la muerte,
y a cada uno se le dará lo que prefiera.
Porque grande es la sabiduría del Señor,
fuerte es su poder y lo ve todo.
Sus ojos miran a los que le temen,
y conoce todas las obras del hombre.
A nadie obligó a ser impío,
y a nadie dio permiso para pecar.
Palabra de Dios.
Salmo
Sal
118, 1-2. 4-5. 17-18. 33-34 (R.: 1b)
R. Dichoso el que camina
en la ley del Señor.
V. Dichoso el que, con
vida intachable,
camina en la ley del Señor;
dichoso el que, guardando sus preceptos,
lo busca de todo corazón. R.
V. Tú promulgas tus
mandatos
para que se observen exactamente.
Ojalá esté firme mi camino,
para cumplir tus decretos. R.
V. Haz bien a tu siervo:
viviré
y cumpliré tus palabras;
ábreme los ojos, y contemplaré
las maravillas de tu ley. R.
V. Muéstrame, Señor, el
camino de tus decretos,
y lo seguiré puntualmente;
enséñame a cumplir tu ley
y a guardarla de todo corazón. R.
Segunda lectura
1
Cor 2, 6-10
Dios
predestinó la sabiduría antes de los siglos para nuestra gloria
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios.
HERMANOS:
Hablamos de sabiduría entre los perfectos; pero una sabiduría que no es de este
mundo ni de los príncipes de este mundo, condenados a perecer, sino que
enseñamos una sabiduría divina, misteriosa, escondida, predestinada por Dios
antes de los siglos para nuestra gloria.
Ninguno de los príncipes de este mundo la ha conocido, pues, si la hubiesen
conocido, nunca hubieran crucificado al Señor de la gloria.
Sino que, como está escrito: «Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede
pensar lo que Dios ha preparado para los que lo aman».
Y Dios nos lo ha revelado por el Espíritu; pues el Espíritu lo sondea todo,
incluso lo profundo de Dios.
Palabra de Dios.
Aclamación
R. Aleluya,
aleluya, aleluya.
V. Bendito seas,
Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has revelado los misterios del
reino a los pequeños. R.
Evangelio
Mt
5, 17-37 (forma larga)
Así
se dijo a los antiguos; pero yo les digo
Lectura del santo Evangelio según san Mateo.
EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«No crean que he venido a abolir la Ley y los Profetas: no he venido a abolir,
sino a dar plenitud.
En verdad les digo que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse
hasta la última letra o tilde de la ley.
El que se salte uno solo de los preceptos menos importantes y se lo enseñe así
a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos.
Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el reino de los cielos.
Porque les digo que si su justicia no es mayor que la de los escribas y
fariseos, no entrarán en el reino de los cielos.
Han oído que se dijo a los antiguos: “No matarás”, y el que mate será reo de
juicio.
Pero yo les digo: todo el que se deja llevar de la cólera contra su hermano
será procesado. Y si uno llama a su hermano “imbécil”, tendrá que comparecer
ante el Sanedrín, y si lo llama “necio”, merece la condena de la “gehenna” del
fuego.
Por tanto, si cuando vas a presentar tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas
allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante
el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve
a presentar tu ofrenda.
Con el que te pone pleito procura arreglarte enseguida, mientras van todavía de
camino, no sea que te entregue al juez y el juez al guardia, y te metan en la
cárcel. En verdad te digo que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el
último céntimo.
Han oído que se dijo: “No cometerás adulterio”.
Pero yo les digo: todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio
con ella en su corazón.
Si tu ojo derecho te induce a pecar, sácatelo y tíralo. Más te vale perder un
miembro que ser echado entero en la “gehenna”.
Si tu mano derecha te induce a pecar, córtatela y tírala, porque más te vale
perder un miembro que ir a parar entero a la “gehenna”.
Se dijo: “El que repudie a su mujer, que le dé acta de repudio”.
Pero yo les digo que si uno repudia a su mujer —no hablo de unión ilegítima— la
induce a cometer adulterio, y el que se casa con la repudiada comete adulterio.
También han oído que se dijo a los antiguos: “No jurarás en falso” y “Cumplirás
tus juramentos al Señor”.
Pero yo les digo que no juren en absoluto: ni por el cielo, que es el trono de
Dios; ni por la tierra, que es estrado de sus pies; ni por Jerusalén, que es la
ciudad del Gran Rey. Ni jures por tu cabeza, pues no puedes volver blanco o
negro un solo cabello. Que su hablar sea sí, sí, no, no. Lo que pasa de ahí
viene del Maligno».
Palabra del Señor
Mt
5, 20-22a. 27-28. 33-34a. 37 (forma breve)
Así
se dijo a los antiguos; pero yo les digo
Lectura del santo Evangelio según san Mateo.
EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Les digo que si su justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no
entrarán en el reino de los cielos.
Han oído que se dijo a los antiguos: “No matarás”, y el que mate será reo de
juicio.
Pero yo les digo: todo el que se deja llevar de la cólera contra su hermano
será procesado.
Han oído que se dijo: “No cometerás adulterio”.
Pero yo les digo: todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido
adulterio con ella en su corazón.
También han oído que se dijo a los antiguos: “No jurarás en falso” y “Cumplirás
tus juramentos al Señor”.
Pero yo les digo que no juren en absoluto.
Que su hablar sea sí, sí, no, no. Lo que pasa de ahí viene del Maligno».
Palabra del Señor.
1
1) Elegir a Cristo es elegir un
camino
La primera lectura pone el asunto sobre la mesa con
una claridad que no deja escapatoria: Dios te ha puesto delante el fuego y
el agua… la vida y la muerte… lo que elijas se te dará (cf. Sir 15,16-17).
La fe no es solo emoción religiosa; es una decisión que compromete la vida. Y
por eso el libro del Eclesiástico (Sirácida) nos devuelve la dignidad y el peso
de nuestra libertad: no somos marionetas de los impulsos ni víctimas
inevitables del ambiente. Podemos elegir.
Pero aquí hay una verdad incómoda: elegir
implica renunciar. Quien elige a Cristo elige también un estilo: aprender a
amar como Él ama, a mirar como Él mira, a hablar como Él habla. Y eso tiene
consecuencias.
2) La Ley como camino de vida, no
como reja
En el Evangelio, Jesús no se presenta como alguien
que viene a “bajar el listón” para que el cristianismo sea fácil. Dice todo lo
contrario: “No he venido a abolir, sino a dar plenitud” (Mt 5,17).
La Ley, entendida desde Dios, no es una jaula sino una carretera: orienta,
protege, conduce a la vida. Por eso el Salmo 119 no canta una obligación
pesada, sino una alegría: “Dichosos los de conducta perfecta, los que
caminan en la ley del Señor” (Sal 119/118,1).
Hay una forma de vivir la religión como “mínimos”: ¿qué
es lo menos que tengo que hacer para no sentirme culpable? Jesús rompe esa
lógica. Él no busca “mínimos”; busca corazones nuevos.
3) La radicalidad de Jesús: del
acto al corazón
Aquí llega lo más desafiante: Jesús va al origen de
nuestras acciones, al “motor” interior.
- “Han
oído… no matarás… Pero yo les digo…” (Mt 5,21-22).
Jesús no reduce el mal solo al golpe final; lo rastrea hasta la raíz: la ira alimentada, el desprecio, la deshumanización del otro.
Psicológicamente lo sabemos: una palabra hiriente repetida, un resentimiento rumeado por dentro, termina erosionando vínculos y sembrando violencia. Jesús llama a eso por su nombre: matar puede empezar en el corazón cuando el otro deja de ser “hermano” y se vuelve “estorbo”. - Y
enseguida propone un camino concreto: reconciliación (Mt 5,23-24).
No es un detalle devoto: es liturgia hecha vida. “Ve primero a
reconciliarte.” La adoración que no cura relaciones se vuelve ritual
vacío.
- Luego
toca el tema de la pureza del deseo (Mt 5,27-30). No es moralismo; es
realismo: el corazón humano puede convertir al otro en objeto. Y cuando el
otro se vuelve objeto, el amor se degrada. Jesús defiende la dignidad del
otro y también la tuya: no dejes que el deseo te gobierne como tirano.
- Finalmente,
el Señor habla del lenguaje: que el “sí” sea sí y el “no” sea no (Mt
5,37). Aquí hay una medicina para nuestro tiempo: la época de la
ambigüedad, de los dobles mensajes, de las medias verdades. El discípulo
está llamado a una palabra clara, sin manipulación. La santidad también
se juega en la credibilidad.
4) Una sabiduría que no viene “de
este mundo”
San Pablo pone el fundamento: el Evangelio no es
una filosofía humana más; es sabiduría de Dios, revelada por el Espíritu
(1Co 2,6-10).
Por eso no basta con “querer portarnos bien”: necesitamos pedir un don: discernimiento.
La vida cristiana es un arte: elegir lo que edifica, lo que reconcilia, lo que
hace crecer.
Cuando Pablo dice que el Espíritu “lo sondea todo,
incluso las profundidades de Dios” (cf. 1Co 2,10), nos está diciendo: no estás
solo para vivir esta exigencia. Lo que parece imposible a fuerza de voluntad se
vuelve camino cuando lo vivimos en gracia, con oración, sacramentos y
acompañamiento.
5) Aplicación pastoral: tres
decisiones para esta semana
1. Elegir una reconciliación
concreta: una
llamada, un mensaje, una visita; o al menos dar el primer paso interior: dejar
de alimentar el desprecio.
2. Cuidar el corazón: revisar qué pensamientos
sostengo, qué consumo me forma, qué conversaciones me contaminan. No por miedo,
sino por amor a la libertad.
3. Purificar la palabra: menos promesas vacías; más
coherencia. Que tu “sí” tenga peso, y tu “no” sea respetuoso y firme.
6) Para orar con las preguntas
del comentario
- ¿Cómo
discierno mis decisiones importantes? ¿Solo por lo que me conviene, o también por
lo que me convierte?
- ¿La
Palabra de Dios ilumina mis palabras y mis actos? ¿Me está haciendo más
humano, más fraterno, más verdadero?
Oración final
Señor
Jesús, Palabra viva del Padre,
no permitas que reduzcamos tu Evangelio a un listado de mínimos.
Enséñanos la radicalidad del amor:
un corazón sin odio, una mirada limpia, una palabra veraz.
Danos tu Espíritu para discernir,
para elegir la vida cuando se nos presenten el fuego y el agua,
y para que nuestra existencia esté cada vez más sintonizada con tu Vida. Amén.
2
“Una vida sintonizada con Cristo: más allá del
mínimo”
Hermanos, hoy la Palabra de Dios nos pone delante
una verdad simple y exigente: ser cristiano no es solo “no hacer el mal”,
sino aprender a amar como Cristo. Es una invitación a vivir una fe con
columna vertebral: con decisiones, con coherencia, con un “sí” que sea sí.
1) “Delante de ti están el fuego
y el agua”
La primera lectura del Sirácida es de una claridad
impresionante: Dios nos toma en serio. No nos trata como niños sin
libertad. Dice: “Delante de ti están la vida y la muerte… lo que elijas se
te dará” (cf. Sir 15,15-20).
Aquí se desmonta una tentación muy humana: echarle la culpa a Dios, a la vida,
al carácter, al ambiente, a “lo que me tocó”. La Escritura afirma: somos
responsables de nuestras decisiones, y por eso mismo, somos capaces de
elegir el bien.
Y esto no es un peso, es una dignidad. Pensemos en
la historia del muchacho de 16 años, Jerry, que decidió donar un riñón a su
hermano. Nadie lo presionó. Él lo dijo con sencillez: “Lo amo y quería
hacerlo. Así de simple.” Esa historia es un icono del Evangelio: la
libertad que se vuelve amor, la elección que se vuelve don.
2) La Ley no es una reja: es un
camino de vida
El Salmo 119 canta: “Dichosos los que cumplen
tus preceptos.” No dice “pobrecitos”, dice “dichosos”. Porque la Ley de
Dios —cuando se entiende bien— no es para aplastar, sino para ordenar el
corazón, proteger la vida, sostener relaciones, construir comunidad.
Una anécdota lo ilustra de manera simpática:
alguien decía que las reglas son al béisbol lo que la ley es a la vida; no
son el juego, pero sin ellas el juego pierde sentido. Si nadie define “bola
o strike”, “justo o injusto”, “verdad o mentira”, “bien o mal”, todo termina en
confusión. Y entonces se cumple lo que dijo aquel personaje de cine: “Sin
ley, todo es oscuridad.”
3) Jesús no rebaja la exigencia:
va a la raíz
Y aquí viene lo fuerte: Jesús dice: “No he
venido a abolir, sino a dar plenitud.” (Mt 5,17).
O sea: no vino a negociar con el pecado, sino a sanar el corazón.
Por eso, en el Evangelio de hoy, Jesús hace algo
impresionante: toma mandamientos conocidos y los lleva al fondo, al lugar donde
nacen las acciones. No se conforma con el “no maté”; pregunta: ¿qué pasó en
tu corazón?
No se conforma con “no fui infiel”; pregunta: ¿qué miradas, qué deseos, qué
conversaciones, qué fantasías has alimentado?
No se conforma con “yo no firmé nada”; pregunta: ¿tu palabra es confiable?
Jesús nos enseña que la santidad no es maquillaje
moral. Es conversión interior.
4) “Un matrimonio destruido por
una barra de jabón”
Hay una historia tremenda: un matrimonio se
desintegró por una barra de jabón olvidada. No fue el jabón. Fue el orgullo.
Fue la incapacidad de decir: “Perdón… me equivoqué… no vale la pena.”
Durmieron meses en cuartos separados, comieron en silencio… y aun viejos, ese
tema podía reabrir heridas como si fuera ayer.
Esto ilumina el Evangelio: Jesús no está exagerando
cuando dice que la ira puede ser homicida. Porque la ira sostenida mata
vínculos, mata ternuras, mata familias, mata la paz interior.
Y aquí vale una lectura psicológica, muy concreta:
cuando uno “incuba” el enojo, el cuerpo lo paga. Se vuelve tensión, se vuelve
insomnio, se vuelve hipertensión, se vuelve ansiedad… Y el alma se amarga. Por
eso San Pablo dirá: “Si se enojan, no pequen” (Ef 4,26): hay un enojo
que defiende la justicia, pero hay otro que se vuelve veneno.
Jesús nos pide un paso práctico y urgente: reconciliarse.
“Si vas a presentar tu ofrenda y recuerdas que tu hermano tiene algo contra
ti, ve primero a reconciliarte.” (Mt 5,23-24).
No es un consejo opcional. Es medicina del Reino.
5) Pureza: no es miedo, es
libertad del corazón
Luego Jesús habla de la mirada, del deseo, del
adulterio del corazón. Y aquí hay que predicarlo bien: Jesús no está
obsesionado con prohibir; está obsesionado con liberar.
Porque cuando la mirada se vuelve posesiva, el otro deja de ser persona y se
vuelve objeto. Y eso destruye el amor.
Jesús usa un lenguaje fuerte (“arráncate…
córtate…”) porque sabe que hay cosas que, si no se cortan a tiempo, se
convierten en cadena. No se trata de mutilación física; se trata de una
decisión espiritual: corta lo que te enferma el alma. Cambia hábitos,
evita ocasiones, ordena tus afectos, busca ayuda si hace falta, vuelve a los
sacramentos. Eso es libertad cristiana.
6) Matrimonio: alianza, no
contrato de temporada
Y cuando Jesús toca el tema del divorcio, no lo
hace para humillar a nadie, sino para recordarnos la verdad más hermosa: el
amor no es “mientras me convenga”. El matrimonio es alianza, y por eso
es signo del amor fiel de Dios.
En un mundo donde la cultura del descarte se mete también en las relaciones,
Jesús proclama la dignidad de un amor que no huye a la primera dificultad.
Aquí conviene hablar con misericordia pastoral:
sabemos que hay historias difíciles, heridas profundas, abandonos, violencias.
La Iglesia acompaña, discierne, sostiene, abraza. Pero el ideal del Evangelio
permanece: la fidelidad es posible por gracia, y vale la pena lucharla.
7) “Que tu sí sea sí”: integridad
Finalmente, Jesús nos lleva a la palabra:
juramentos, promesas, “doble discurso”. Y nos pide integridad: “Que tu sí
sea sí y tu no sea no.” (Mt 5,37).
Porque una vida cristiana sin verdad es una fe sin columnas. La gente puede
perdonar errores, pero se rompe cuando percibe mentira, manipulación, doble
intención.
Aquí entra la segunda lectura: San Pablo habla de
una sabiduría que el mundo no entiende: la sabiduría del Espíritu (1 Co
2,6-10). Esa sabiduría forma la conciencia, afina el discernimiento, escribe
nuestros “sí” y “no”.
Conclusión: tres decisiones para
esta semana
Hermanos, el Evangelio de hoy nos pide no
“mínimos”, sino plenitud. Propongo tres decisiones sencillas y valientes:
1. Reconcíliate pronto: haz una llamada, manda un
mensaje, da el primer paso. No esperes a que el orgullo mande.
2. Corta lo que te lleva al pecado: un hábito, una conversación, un
contenido, una relación ambigua. La libertad se cuida.
3. Vive con palabra limpia: menos excusas, menos doblez.
Más verdad. Más coherencia.
Porque elegir a Cristo tiene consecuencias, sí.
Pero son consecuencias de vida.
Dios no nos dio su Ley para quitarnos alegría, sino para enseñarnos cómo ser
dichosos.
Oración final
Señor
Jesús,
Tú que no viniste a abolir, sino a dar plenitud,
purifica nuestro corazón: sana nuestra ira, ordena nuestros deseos, endereza
nuestra palabra.
Danos tu Espíritu para discernir y elegir la vida.
Que nuestra justicia supere la apariencia,
y se convierta en amor verdadero,
para que nuestro “sí” sea fiel
y nuestra vida esté sintonizada con la tuya. Amén.
3
“No he venido a abolir, sino a dar plenitud” (Mt
5,17)
Hermanos, a muchos les pasa que al abrir el Antiguo
Testamento sienten una especie de desconcierto: leyes, ritos, prescripciones,
historias que parecen lejanas… y entonces surge la pregunta: ¿qué tiene que
ver todo eso con Jesús y con nuestra vida cristiana?
El Evangelio de hoy responde con una frase que es
clave para entender la Biblia entera: “No piensen que he venido a abolir la
Ley o los Profetas… he venido a darles plenitud.” (Mt 5,17).
Es decir: Dios no se contradice. Dios no se arrepiente de su Palabra.
Toda la historia de Israel es un camino que conduce a Cristo. Todo converge en
Él.
1) La Biblia como “boceto” y
Cristo como “obra terminada”
Pensemos en una comparación sencilla. Un artista
dibuja un boceto de una cordillera al atardecer. Ese boceto ya tiene líneas,
estructura, luz y sombras; anuncia una belleza real. Pero cuando el artista
logra llevarlo a la realidad —cuando lo convierte en una pintura perfecta o
cuando se contempla la montaña verdadera— todo cobra plenitud.
Así es la relación entre el Antiguo y el Nuevo
Testamento.
El Antiguo Testamento es como un boceto inspirado: contiene el diseño,
las promesas, los signos, los llamados de Dios.
Cristo es la realidad: en Él el boceto se vuelve vida; lo anunciado se
cumple; lo prometido se realiza.
Por eso Jesús dice que no pasará “ni la letra más
pequeña” hasta que todo se cumpla (Mt 5,18). No es rigidez; es fidelidad. Dios
cumple. Dios completa. Dios lleva a término.
2) “Delante de ti están la vida y
la muerte”
La primera lectura del Sirácida aterriza todo en lo
concreto: “Delante de ti están el fuego y el agua… la vida y la muerte… lo
que elijas se te dará.” (Sir 15,16-21).
Aquí hay una proclamación preciosa: Dios nos creó libres. No nos fuerza
al bien ni nos empuja al mal.
La fe no es fatalismo: “yo soy así”, “la vida me hizo así”, “no pude evitarlo”.
La Palabra de Dios es clara: puedes elegir.
Y aquí aparece el vínculo con el Evangelio: elegir
a Cristo significa aceptar que la Ley de Dios no es una jaula, sino un camino
de vida. Por eso el salmo canta: “Dichosos los que caminan en la Ley del
Señor.” (Sal 119/118). La felicidad no nace de hacer lo que a uno se le
antoja; nace de aprender a amar bien, y amar bien necesita una brújula.
3) La Ley moral: no solo “lo que
hago”, sino “lo que soy”
Jesús, después de afirmar que da plenitud a la Ley
y los Profetas, pone ejemplos concretos. Y aquí viene lo más exigente y lo más
liberador: Jesús no se contenta con la obediencia exterior; va al corazón.
- “No
matarás”… pero Jesús dice: el mal empieza antes del acto. La ira
rumiada, el desprecio, la humillación del otro, ya son semillas de muerte.
(Mt 5,21-22).
Hay palabras que no dejan morados en la piel, pero sí dejan heridas profundas en el alma. Jesús llama a eso por su nombre: si yo destruyo al hermano con mi desprecio, me estoy alejando de la vida. - “No
cometerás adulterio”… y Jesús dice: el adulterio puede comenzar en la mirada
que cosifica, en el deseo alimentado que convierte al otro en objeto
(Mt 5,27-28).
Jesús no está proponiendo una moral de vigilancia enferma; está defendiendo la dignidad del amor. El amor se muere cuando el otro deja de ser persona y se vuelve cosa. - “No
jurarás en falso”… y Jesús lo eleva a una vida de sinceridad e
integridad: “Que su sí sea sí, y su no sea no.” (Mt 5,37).
En tiempos de medias verdades, dobles discursos, promesas fáciles, Jesús pide coherencia: una palabra limpia, una vida transparente.
Este es el punto: Jesús no abolió la Ley; la
curó por dentro.
La Ley, vivida a su modo, no es un código frío; es un camino de santidad.
4) La sabiduría que el mundo no
entiende
San Pablo, en la segunda lectura, nos ofrece una
clave decisiva: esta manera de vivir no se consigue solo “a punta de voluntad”.
Pablo habla de la sabiduría de Dios, revelada por el Espíritu (1 Co
2,6-10).
El mundo entiende la “sabiduría” como conveniencia: lo que me sirve, lo que me
deja ventaja, lo que me evita problemas.
Pero la sabiduría de Dios es otra: es verdad, amor, pureza interior,
reconciliación, coherencia.
Y Pablo remata con una frase preciosa: Dios ha
preparado para los que lo aman “lo que ojo no vio, ni oído oyó…” (cf. 1 Co
2,9).
Es decir: la obediencia a Dios no empobrece; ensancha la vida. Parece
exigente, sí, pero porque está hecha para nuestra plenitud.
5) Jesús cumple también los ritos
y los profetas: la Cruz y la Nueva Alianza
Aunque el Evangelio de hoy se centra en la Ley
moral, no olvidemos lo demás: Jesús también da plenitud al culto y a las
profecías.
Él se vuelve Cordero de Dios y ofrece el sacrificio definitivo. Él se
vuelve el Sumo Sacerdote que presenta su propia vida en el altar de la
Cruz.
Y cumple a los profetas estableciendo la Nueva Alianza en su sangre, esa
alianza “escrita en el corazón” por la gracia.
Dicho de otra forma: no solo nos enseña un camino,
sino que nos da la fuerza para caminarlo.
6) Aplicación pastoral: tres
pasos concretos
Hermanos, ¿qué nos pide hoy el Señor?
1. Revisar el corazón, no solo la
conducta.
Preguntarnos: ¿qué estoy cultivando por dentro? ¿ira? ¿resentimiento? ¿doblez?
¿miradas que no son limpias?
El cristianismo no es cosmética; es conversión.
2. Buscar reconciliación y no
acostumbrarnos a la ruptura.
Jesús, en el Sermón de la Montaña, insistirá en que el culto auténtico lleva a
la paz. No es normal comulgar con Cristo y vivir permanentemente enemistado con
un hermano. A veces será un proceso, pero siempre hay un primer paso: orar por
el otro, hablar con humildad, pedir perdón cuando toca, poner límites sanos
cuando es necesario, pero sin odio.
3. Renovar nuestra opción por
Cristo, con libertad.
Sirácida nos lo recordó: delante de nosotros está la vida y la muerte. Cada
día elegimos.
La gran pregunta no es “¿qué me permite la ley?” sino: “Señor, ¿qué te agrada?
¿Qué me hace más parecido a Ti?”
Conclusión
Hermanos, si Cristo es el cumplimiento de la Ley y
los Profetas, entonces Él es también el cumplimiento de nuestra vida.
Todo lo demás puede dejar vacío; Cristo no.
Él es el centro del tiempo y la eternidad; en Él todo converge y de Él brota
vida nueva.
Pidámosle hoy la gracia de vivir una vida
“sintonizada” con Él:
con un corazón que no mata con ira,
con una mirada limpia,
con una palabra veraz,
con una libertad que elige el bien.
Oración final
Señor
Jesús, Legislador glorioso y Mesías,
Tu sabiduría es perfecta, eterna y transformadora.
Todo fue hecho por Ti y todo encuentra su plenitud en Ti.
Te doy gracias por el don de tu Ley eterna
y te pido la gracia de vivirla en plenitud,
con la ayuda de tu gracia salvadora.
Escribe tu alianza en mi corazón,
purifica mis intenciones, sana mis heridas,
haz mi “sí” verdadero y mi “no” honesto.
Jesús, yo confío en Ti. Amén.

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