Cada 8 de mayo, al recordar el nacimiento de Henry Dunant, fundador de la Cruz Roja, no solo celebramos una efeméride humanitaria; también evocamos una de esas vidas en las que la fe, la compasión, la contradicción y el sufrimiento se entrecruzan de manera conmovedora. Dunant nació en Ginebra el 8 de mayo de 1828, y por eso esa fecha fue escogida como Día Mundial de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja.
Hay nombres que uno conoce primero por admiración
antes que por estudio. En mi juventud, cuando fui miembro de la Cruz Roja,
participé en formaciones, brigadas, salidas, excursiones y actividades que me enseñaron
algo muy concreto: el dolor humano no se atiende con discursos, sino con
presencia, disciplina, servicio y humanidad. Allí aprendí que una venda bien
puesta, una camilla cargada con cuidado, una voz serena en medio de una
emergencia, una mano extendida al desconocido, pueden ser también una forma de
predicación silenciosa.
Después la vida me llevó por otro camino. Opté por
el sacerdocio. Cambié el uniforme de socorrista por la sotana, la estola, el
alba, el ministerio pastoral. Pero, mirándolo bien, no cambié del todo de
vocación: el fondo seguía siendo el mismo. Servir al herido. Socorrer al caído.
Acompañar al que sangra, unas veces en el cuerpo, otras en el alma. Por eso la
figura de Henry Dunant me ha seguido admirando desde aquellos años juveniles:
porque en él descubrí a un hombre que, sin ser sacerdote ni católico, intuyó
algo profundamente evangélico: ante el sufrimiento del otro no se pregunta
primero de qué bando es, de qué nación viene, qué religión profesa o qué culpa
tiene. Primero se le socorre.
La escena fundacional de su vida ocurrió en
Solferino, el 24 de junio de 1859. Dunant, hombre de negocios, llegó al norte
de Italia y se encontró con las consecuencias espantosas de una batalla entre
los ejércitos austríaco, francés y piamontés. Miles de heridos quedaron
abandonados. La Cruz Roja Española recuerda que Dunant, ayudado por mujeres de
los pueblos cercanos, se esforzó por socorrerlos “sin distinción de uniforme ni
de nacionalidad”. (Cruz
Roja) Aquella
experiencia lo llevó a escribir Recuerdo de Solferino, obra publicada en
1862, donde propuso la creación de sociedades de socorro formadas en tiempo de
paz para atender a los heridos en tiempo de guerra. (CICR)
Hay una frase que resume el alma de aquella intuición:
“Tutti fratelli”, todos hermanos. Según NobelPrize.org, fueron las
mujeres de Castiglione quienes, ayudando a Dunant, expresaron esa convicción
mientras cuidaban a los soldados heridos sin mirar el uniforme. (NobelPrize.org) Para un cristiano, esa frase
tiene una resonancia inmediata: nos lleva al Buen Samaritano. El prójimo no es
solo el que pertenece a mi grupo; el prójimo es aquel ante quien me detengo. Y
también yo me hago prójimo cuando acepto mancharme las manos con la sangre del
caído.
Ahora bien, cuando uno se pregunta por la fe de
Dunant, la respuesta exige matices. Sí, creyó en Dios. Sí, fue un hombre
profundamente marcado por el cristianismo. Pero no fue católico. Dunant
nació y creció en una familia cristiana de Ginebra, de raíz calvinista,
vinculada al movimiento conocido como el Réveil o “Despertar”, una
corriente evangélica protestante que insistía en la lectura de la Biblia, la
vida moral, la conversión personal, el celo misionero y la caridad activa. (CICR)
De joven participó en círculos bíblicos, en la
Alianza Evangélica y en la Asociación Cristiana de Jóvenes, la YMCA. De hecho,
contribuyó a fundar el capítulo ginebrino de la YMCA en 1852 y trabajó con
entusiasmo en su expansión por Europa. (CICR) Esto nos muestra que Dunant no
fue simplemente un filántropo laico movido por una vaga sensibilidad
humanitaria. Su sensibilidad nació dentro de una cultura cristiana concreta,
protestante, bíblica, disciplinada y fuertemente orientada al servicio.
Pero lo más interesante es que su obra, nacida en
un humus cristiano, no quedó encerrada en una confesión religiosa. El Comité
Internacional de la Cruz Roja reconoce que la fe cristiana influyó en la
creación del movimiento, pero también afirma que su concreción fue secular y no
confesional: la protección debía alcanzar a todos los heridos, sin importar
afiliación, nacionalidad, religión o bando. (CICR) Esta es una de las grandes
paradojas de Dunant: su impulso fue religioso, pero su obra se hizo universal;
nació de una conciencia cristiana, pero no actuó en nombre de una Iglesia, sino
en nombre de la humanidad.
Y aquí aparece una cuestión delicada: su relación
con la Iglesia Católica. Dunant venía de una Ginebra calvinista, donde no
faltaban prejuicios y reservas frente al catolicismo. Un estudio reciente sobre
las relaciones entre la Santa Sede y la Cruz Roja señala que el Vaticano
percibió durante mucho tiempo el ambiente cultural calvinista del Comité de
Ginebra, e incluso temió que aquella nueva forma de caridad organizada
reemplazara la caridad católica tradicional. El mismo estudio afirma que Dunant
fue en su juventud un crítico duro de la Iglesia Católica, aunque en sus
últimos años intentó obtener reconocimiento pontificio para su organización. (Diacronie)
Conviene no juzgarlo con ligereza. Era hijo de su
tiempo, de su ciudad, de su tradición religiosa y de sus conflictos. No fue un
católico escondido, ni un santo canonizable de nuestro santoral, ni un teólogo
de la caridad. Fue un protestante convencido, atravesado por contradicciones,
heridas personales, fracasos económicos, luchas de reconocimiento, momentos de
aislamiento y, al final de su vida, una espiritualidad cada vez más compleja,
incluso inclinada hacia el misticismo y el milenarismo. El CICR resume bien
esta tensión: Dunant fue un cristiano protestante comprometido, pero su logro
más grande terminó siendo una revolución humanitaria secular. (CICR)
Desde una mirada católica, esto no disminuye su
grandeza. Al contrario, nos permite reconocer cómo la gracia de Dios puede
trabajar también fuera de nuestras fronteras visibles. El Espíritu sopla donde
quiere. La Iglesia Católica, con el paso del tiempo, también supo reconocer la
importancia de aquella obra. En 2003, en una intervención de la Santa Sede ante
la Conferencia Internacional de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja, se afirmó
que la motivación religiosa dio un impulso decisivo a la obra de Dunant y que
el Movimiento podía contar con la colaboración y apoyo de la Iglesia Católica.
(Vaticano)
Los últimos años de Dunant tienen algo de trágico y
luminoso. La página oficial del Nobel describe su vida como un estudio de
contrastes: nació en un hogar acomodado, pero murió en un hospicio; conoció la
fama y luego el olvido; fue empresario y terminó en la bancarrota; fue admirado
y después vivió casi exiliado de la sociedad ginebrina. (NobelPrize.org) En 1901 recibió, junto con
Frédéric Passy, el primer Premio Nobel de la Paz, reconocimiento tardío a su
papel en la fundación de la Cruz Roja y en la inspiración de los Convenios de
Ginebra. (Encyclopedia Britannica)
Murió el 30 de octubre de 1910 en Heiden, Suiza.
NobelPrize.org recuerda que, después del Nobel, siguió viviendo de manera
sencilla en una casa de cuidados, y que el dinero del premio permaneció
protegido hasta su muerte, siendo destinado en parte a la Cruz Roja Noruega, a
una asociación noruega de salud pública femenina y a obras humanitarias en
Suiza. (NobelPrize.org) Hay algo profundamente
evangélico en ese final: el hombre que había visto a miles abandonados en
Solferino terminó también experimentando soledad, fragilidad y abandono. Pero
su obra no murió con él.
Hoy, al recordar a Henry Dunant el 8 de mayo, yo
vuelvo también a mis propios recuerdos de juventud cruzrojista. Veo aquellas
formaciones, aquellas brigadas, aquellas excursiones, aquel entusiasmo de
aprender a servir. Y comprendo que Dios va sembrando señales mucho antes de que
uno entienda plenamente su vocación. Tal vez la Cruz Roja me enseñó, antes del
seminario, una primera gramática de la misericordia: correr hacia el herido, no
huir de él.
Después vino el sacerdocio, y con él otra forma de
curar: la Palabra, los sacramentos, la escucha, la reconciliación, la unción,
la Eucaristía, la compañía junto al enfermo, el consuelo al doliente, la
oración por los difuntos. Pero en el fondo, el Evangelio y la Cruz Roja se
encuentran en una misma pregunta: ¿qué hago yo ante el sufrimiento de mi
hermano?
Dunant no fue católico, pero su intuición toca el
corazón mismo del Evangelio. No perteneció a nuestra Iglesia, pero nos recuerda
una verdad que nunca deberíamos olvidar: la fe que no se inclina ante el herido
corre el riesgo de quedarse en idea; la caridad que no pregunta por bandos se
parece mucho al amor de Cristo; y la humanidad que reconoce al enemigo como
hermano ya está, de algún modo, rozando el Reino de Dios.
Por eso, en la efeméride de su nacimiento, Henry
Dunant no solo merece ser recordado como fundador de la Cruz Roja. Merece ser
contemplado como un testigo incómodo y luminoso de la compasión: un hombre
creyente, protestante, contradictorio, herido, pero capaz de escuchar en medio
del campo de batalla una frase que todavía interpela al mundo entero:
Todos hermanos.

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