viernes, 8 de mayo de 2026

Henry Dunant: la fe que aprendió a vendar heridas

 

Cada 8 de mayo, al recordar el nacimiento de Henry Dunant, fundador de la Cruz Roja, no solo celebramos una efeméride humanitaria; también evocamos una de esas vidas en las que la fe, la compasión, la contradicción y el sufrimiento se entrecruzan de manera conmovedora. Dunant nació en Ginebra el 8 de mayo de 1828, y por eso esa fecha fue escogida como Día Mundial de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja. 

(Cruz Roja)


Hay nombres que uno conoce primero por admiración antes que por estudio. En mi juventud, cuando fui miembro de la Cruz Roja, participé en formaciones, brigadas, salidas, excursiones y actividades que me enseñaron algo muy concreto: el dolor humano no se atiende con discursos, sino con presencia, disciplina, servicio y humanidad. Allí aprendí que una venda bien puesta, una camilla cargada con cuidado, una voz serena en medio de una emergencia, una mano extendida al desconocido, pueden ser también una forma de predicación silenciosa.

Después la vida me llevó por otro camino. Opté por el sacerdocio. Cambié el uniforme de socorrista por la sotana, la estola, el alba, el ministerio pastoral. Pero, mirándolo bien, no cambié del todo de vocación: el fondo seguía siendo el mismo. Servir al herido. Socorrer al caído. Acompañar al que sangra, unas veces en el cuerpo, otras en el alma. Por eso la figura de Henry Dunant me ha seguido admirando desde aquellos años juveniles: porque en él descubrí a un hombre que, sin ser sacerdote ni católico, intuyó algo profundamente evangélico: ante el sufrimiento del otro no se pregunta primero de qué bando es, de qué nación viene, qué religión profesa o qué culpa tiene. Primero se le socorre.

La escena fundacional de su vida ocurrió en Solferino, el 24 de junio de 1859. Dunant, hombre de negocios, llegó al norte de Italia y se encontró con las consecuencias espantosas de una batalla entre los ejércitos austríaco, francés y piamontés. Miles de heridos quedaron abandonados. La Cruz Roja Española recuerda que Dunant, ayudado por mujeres de los pueblos cercanos, se esforzó por socorrerlos “sin distinción de uniforme ni de nacionalidad”. (Cruz Roja) Aquella experiencia lo llevó a escribir Recuerdo de Solferino, obra publicada en 1862, donde propuso la creación de sociedades de socorro formadas en tiempo de paz para atender a los heridos en tiempo de guerra. (CICR)

Hay una frase que resume el alma de aquella intuición: “Tutti fratelli”, todos hermanos. Según NobelPrize.org, fueron las mujeres de Castiglione quienes, ayudando a Dunant, expresaron esa convicción mientras cuidaban a los soldados heridos sin mirar el uniforme. (NobelPrize.org) Para un cristiano, esa frase tiene una resonancia inmediata: nos lleva al Buen Samaritano. El prójimo no es solo el que pertenece a mi grupo; el prójimo es aquel ante quien me detengo. Y también yo me hago prójimo cuando acepto mancharme las manos con la sangre del caído.

Ahora bien, cuando uno se pregunta por la fe de Dunant, la respuesta exige matices. Sí, creyó en Dios. Sí, fue un hombre profundamente marcado por el cristianismo. Pero no fue católico. Dunant nació y creció en una familia cristiana de Ginebra, de raíz calvinista, vinculada al movimiento conocido como el Réveil o “Despertar”, una corriente evangélica protestante que insistía en la lectura de la Biblia, la vida moral, la conversión personal, el celo misionero y la caridad activa. (CICR)

De joven participó en círculos bíblicos, en la Alianza Evangélica y en la Asociación Cristiana de Jóvenes, la YMCA. De hecho, contribuyó a fundar el capítulo ginebrino de la YMCA en 1852 y trabajó con entusiasmo en su expansión por Europa. (CICR) Esto nos muestra que Dunant no fue simplemente un filántropo laico movido por una vaga sensibilidad humanitaria. Su sensibilidad nació dentro de una cultura cristiana concreta, protestante, bíblica, disciplinada y fuertemente orientada al servicio.

Pero lo más interesante es que su obra, nacida en un humus cristiano, no quedó encerrada en una confesión religiosa. El Comité Internacional de la Cruz Roja reconoce que la fe cristiana influyó en la creación del movimiento, pero también afirma que su concreción fue secular y no confesional: la protección debía alcanzar a todos los heridos, sin importar afiliación, nacionalidad, religión o bando. (CICR) Esta es una de las grandes paradojas de Dunant: su impulso fue religioso, pero su obra se hizo universal; nació de una conciencia cristiana, pero no actuó en nombre de una Iglesia, sino en nombre de la humanidad.

Y aquí aparece una cuestión delicada: su relación con la Iglesia Católica. Dunant venía de una Ginebra calvinista, donde no faltaban prejuicios y reservas frente al catolicismo. Un estudio reciente sobre las relaciones entre la Santa Sede y la Cruz Roja señala que el Vaticano percibió durante mucho tiempo el ambiente cultural calvinista del Comité de Ginebra, e incluso temió que aquella nueva forma de caridad organizada reemplazara la caridad católica tradicional. El mismo estudio afirma que Dunant fue en su juventud un crítico duro de la Iglesia Católica, aunque en sus últimos años intentó obtener reconocimiento pontificio para su organización. (Diacronie)

Conviene no juzgarlo con ligereza. Era hijo de su tiempo, de su ciudad, de su tradición religiosa y de sus conflictos. No fue un católico escondido, ni un santo canonizable de nuestro santoral, ni un teólogo de la caridad. Fue un protestante convencido, atravesado por contradicciones, heridas personales, fracasos económicos, luchas de reconocimiento, momentos de aislamiento y, al final de su vida, una espiritualidad cada vez más compleja, incluso inclinada hacia el misticismo y el milenarismo. El CICR resume bien esta tensión: Dunant fue un cristiano protestante comprometido, pero su logro más grande terminó siendo una revolución humanitaria secular. (CICR)

Desde una mirada católica, esto no disminuye su grandeza. Al contrario, nos permite reconocer cómo la gracia de Dios puede trabajar también fuera de nuestras fronteras visibles. El Espíritu sopla donde quiere. La Iglesia Católica, con el paso del tiempo, también supo reconocer la importancia de aquella obra. En 2003, en una intervención de la Santa Sede ante la Conferencia Internacional de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja, se afirmó que la motivación religiosa dio un impulso decisivo a la obra de Dunant y que el Movimiento podía contar con la colaboración y apoyo de la Iglesia Católica. (Vaticano)

Los últimos años de Dunant tienen algo de trágico y luminoso. La página oficial del Nobel describe su vida como un estudio de contrastes: nació en un hogar acomodado, pero murió en un hospicio; conoció la fama y luego el olvido; fue empresario y terminó en la bancarrota; fue admirado y después vivió casi exiliado de la sociedad ginebrina. (NobelPrize.org) En 1901 recibió, junto con Frédéric Passy, el primer Premio Nobel de la Paz, reconocimiento tardío a su papel en la fundación de la Cruz Roja y en la inspiración de los Convenios de Ginebra. (Encyclopedia Britannica)

Murió el 30 de octubre de 1910 en Heiden, Suiza. NobelPrize.org recuerda que, después del Nobel, siguió viviendo de manera sencilla en una casa de cuidados, y que el dinero del premio permaneció protegido hasta su muerte, siendo destinado en parte a la Cruz Roja Noruega, a una asociación noruega de salud pública femenina y a obras humanitarias en Suiza. (NobelPrize.org) Hay algo profundamente evangélico en ese final: el hombre que había visto a miles abandonados en Solferino terminó también experimentando soledad, fragilidad y abandono. Pero su obra no murió con él.

Hoy, al recordar a Henry Dunant el 8 de mayo, yo vuelvo también a mis propios recuerdos de juventud cruzrojista. Veo aquellas formaciones, aquellas brigadas, aquellas excursiones, aquel entusiasmo de aprender a servir. Y comprendo que Dios va sembrando señales mucho antes de que uno entienda plenamente su vocación. Tal vez la Cruz Roja me enseñó, antes del seminario, una primera gramática de la misericordia: correr hacia el herido, no huir de él.

Después vino el sacerdocio, y con él otra forma de curar: la Palabra, los sacramentos, la escucha, la reconciliación, la unción, la Eucaristía, la compañía junto al enfermo, el consuelo al doliente, la oración por los difuntos. Pero en el fondo, el Evangelio y la Cruz Roja se encuentran en una misma pregunta: ¿qué hago yo ante el sufrimiento de mi hermano?

Dunant no fue católico, pero su intuición toca el corazón mismo del Evangelio. No perteneció a nuestra Iglesia, pero nos recuerda una verdad que nunca deberíamos olvidar: la fe que no se inclina ante el herido corre el riesgo de quedarse en idea; la caridad que no pregunta por bandos se parece mucho al amor de Cristo; y la humanidad que reconoce al enemigo como hermano ya está, de algún modo, rozando el Reino de Dios.

Por eso, en la efeméride de su nacimiento, Henry Dunant no solo merece ser recordado como fundador de la Cruz Roja. Merece ser contemplado como un testigo incómodo y luminoso de la compasión: un hombre creyente, protestante, contradictorio, herido, pero capaz de escuchar en medio del campo de batalla una frase que todavía interpela al mundo entero:

Todos hermanos.

 

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Gracias por visitar mi blog, Deje sus comentarios que si son hechos con respeto y seriedad, contestaré con mucho gusto. Gracias. Bendiciones




José Ortega y Gasset: la fe, la razón y la circunstancia

  Cada  9 de mayo  vuelve a mi memoria el nombre de  José Ortega y Gasset , nacido en Madrid en 1883, uno de los pensadores españoles más in...