miércoles, 9 de septiembre de 2026

10 de septiembre del 2026: jueves de la vigésima tercera semana del tiempo ordinario II

 

Hacer el bien hace bien

Jesús nos invita a hacer el bien incluso cuando no recibimos agradecimiento, cuando nos sentimos incomprendidos o cuando alguien nos ha herido. Amar a quienes nos aman resulta más fácil; amar sin esperar recompensa nos introduce en la manera de amar de Dios.

No se trata de justificar la injusticia ni de permitir que nos maltraten, sino de impedir que el mal gobierne nuestro corazón. Podemos defender la verdad, establecer límites y, al mismo tiempo, renunciar a la venganza y orar por quien nos ha hecho daño.

Si hoy parece que nada puede cambiar, comienza por un gesto sencillo: escucha con paciencia, ayuda a quien lo necesita, ofrece una palabra de ánimo. No todo se resolverá de inmediato, pero estarás abriendo un espacio a la misericordia del Padre.

Hacer el bien hace bien: alivia la vida del prójimo y transforma nuestro propio corazón.

Señor, enséñanos a amar con tu libertad y a ser misericordiosos como nuestro Padre es misericordioso.

 

 

Primera lectura

1 Cor 8, 1b-7. 11-13

Turbando la conciencia insegura de los hermanos, pecan contra Cristo

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios.

HERMANOS:
El conocimiento engríe, mientras que el amor edifica.
Si alguno cree conocer algo, eso significa que aún no conoce como es debido. Si alguno ama a Dios, ese tal es conocido por él.
Sobre el hecho de comer lo sacrificado a los ídolos, sabemos que en el mundo un ídolo no es nada y que no hay más Dios que uno; pues aunque están los que son dioses en el cielo y en la tierra, de manera que resultan numerosos los dioses y numerosos los señores, para nosotros no hay más que un Dios, el Padre, de quien procede todo y para el cual somos nosotros, y un solo Señor, Jesucristo, por quien existe todo y nosotros por medio de él.
Sin embargo, no todos tienen este conocimiento: algunos, acostumbrados a la idolatría hasta hace poco, comen pensando que la carne está consagrada al ídolo, y como su conciencia está insegura, se mancha.
Así por tu conocimiento se pierde el inseguro, un hermano por quien Cristo murió. Al pecar de esa manera contra los hermanos, turbando su conciencia insegura, pecan contra Cristo. Por eso, si por una cuestión de alimentos peligra un hermano mío, nunca volveré a comer carne, para no ponerlo en peligro.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 138, 1b-3. 13-14ab. 23-24 (R.: 24b)

R. Guíame, Señor, por el camino eterno.

V. Señor, tú me sondeas y me conoces.
Me conoces cuando me siento o me levanto,
de lejos penetras mis pensamientos;
distingues mi camino y mi descanso,
todas mis sendas te son familiares. 
R.

V. Tú has creado mis entrañas,
me has tejido en el seno materno.
Te doy gracias porque me has plasmado portentosamente,
porque son admirables tus obras. 
R.

V. Sondéame, oh, Dios, y conoce mi corazón,
ponme a prueba y conoce mis sentimientos,
mira si mi camino se desvía,
guíame por el camino eterno. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros
y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud.
 R.

 

Evangelio

Lc 6, 27-38

Sean misericordiosos como su Padre es misericordioso

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«A ustedes los que me escuchan les digo: amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian, bendigan a los que los maldicen, oren por los que los calumnian.
Al que te pegue en una mejilla, preséntale la otra; al que te quite la capa, no le impidas que tome también la túnica. A quien te pide, dale; al que se lleve lo tuyo, no se lo reclames.
Traten a los demás como quieren que ellos los traten. Pues, si aman a los que los aman, ¿qué mérito tienen? También los pecadores aman a los que los aman. Y si hacen bien solo a los que les hacen bien, ¿qué mérito tienen? También los pecadores hacen lo mismo.
Y si prestan a aquellos de los que esperan cobrar, ¿qué mérito tienen? También los pecadores prestan a otros pecadores, con intención de cobrárselo.
Por el contrario, amen a sus enemigos, hagan el bien y presten sin esperar nada; será grande su recompensa y serán hijos del Altísimo, porque él es bueno con los malvados y desagradecidos.
Sean misericordiosos como su Padre es misericordioso; no juzguen, y no serán juzgados; no condenen, y no serán condenados; perdonen, y serán perdonados; den, y se les dará: les verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante, pues con la medida con que midieran se les medirá a ustedes».

Palabra del Señor.

 

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Hacer el bien, también cuando cuesta

 

Queridos hermanos:

Hay momentos en los que nos cansamos de hacer el bien. Ayudamos y no recibimos agradecimiento; procuramos acercarnos a alguien y encontramos indiferencia; ofrecemos amistad y recibimos una herida. Entonces aparece una tentación muy humana: «¿Para qué seguir? Que cada uno se las arregle como pueda».

Precisamente allí nos alcanza el Evangelio de hoy. Jesús nos invita a no dejar que la conducta de los demás determine la calidad de nuestro amor. Podemos estar heridos sin convertirnos en personas que hieren. Podemos sentir decepción sin renunciar a la bondad. Con la gracia de Dios, siempre es posible dar un paso que interrumpa la cadena del resentimiento.

Hacer el bien hace bien, aunque no siempre produzca satisfacción inmediata ni resuelva todos los problemas. Hace bien porque abre espacio a Dios en nuestra vida y evita que el rencor se adueñe de ella.

La primera lectura nos ayuda a entender cómo se concreta ese amor. En Corinto había una discusión sobre los alimentos que habían sido ofrecidos a los ídolos. Algunos cristianos tenían muy claras sus convicciones, pero no todos comprendían las cosas del mismo modo. Pablo les pide que tengan en cuenta la conciencia del hermano y las consecuencias de su comportamiento.

Esta enseñanza sigue siendo muy actual. Podemos conocer mucho de religión y tener poca delicadeza con las personas. Podemos defender una idea correcta con palabras que humillan. Incluso podemos ganar una discusión y dejar al otro más lejos de la comunidad.

Por eso, antes de hablar o actuar, conviene preguntarnos: ¿Esto que voy a decir ayuda a crecer? ¿Mi manera de corregir permite que el otro se levante? ¿Estoy cuidando a la persona que Dios ha puesto a mi lado?

También nosotros, quienes tenemos responsabilidades pastorales, necesitamos hacernos estas preguntas. El conocimiento y la formación son necesarios; precisamente por eso deben ponerse al servicio de una fe que acompaña, comprende y ayuda a madurar.

El salmo nos lleva entonces a la oración. Ante el Señor, que conoce nuestra intimidad y nos ha formado desde el seno materno, podemos dejar de justificarnos. Él ve las heridas que cargamos, pero también las excusas con las que a veces evitamos cambiar.

Podemos decirle: «Señor, entra en esos rincones de mi corazón donde todavía guardo resentimiento. Ayúdame a reconocer si estoy tratando con dureza a alguien. Muéstrame el camino por el que debo andar».

¡Cuánto necesitamos esta oración! Resulta fácil examinar la conducta ajena y mucho más difícil permitir que Dios examine la nuestra. La conversión comienza cuando dejamos de señalar únicamente hacia afuera y nos atrevemos a poner nuestra propia vida bajo su mirada.

Desde esa confianza podemos escuchar la exigencia del Evangelio: amar también a quien nos resulta difícil, responder con bondad y aprender a perdonar. Jesús nos conduce hacia un amor cuya fuente es la misericordia del Padre.

Esto no significa justificar la violencia, callar ante una injusticia o permanecer expuestos al maltrato. Buscar protección, establecer límites y exigir justicia puede ser necesario. Pero incluso entonces estamos llamados a no alimentar el odio ni desear la destrucción del otro. Podemos rechazar con firmeza sus acciones y pedir a Dios que transforme su corazón.

Quizá hoy todavía no podamos acercarnos a quien nos ha herido. Podemos comenzar por una oración sincera, aunque sea breve: «Señor, tú conoces lo sucedido. Sana mi dolor y conduce a esa persona hacia el bien». A veces ese es el primer paso posible, y Dios sabe cuánto cuesta.

Hoy oramos especialmente por la obra evangelizadora de la Iglesia y por las vocaciones. Esta intención está profundamente unida a las lecturas. ¿Cómo anunciaremos al Dios de la misericordia si nuestras comunidades están dominadas por la rivalidad, los comentarios hirientes o la indiferencia?

La evangelización necesita nuestra palabra, nuestra preparación y nuestros medios de comunicación. Y necesita que quien se acerque encuentre personas capaces de escuchar, acoger y servir. Un catequista paciente, un sacerdote disponible, una religiosa cercana, un joven que acompaña a otro pueden ayudar a descubrir la presencia de Cristo.

Pidamos por los misioneros que trabajan lejos de su tierra; por quienes anuncian el Evangelio en lugares difíciles; por los catequistas y agentes de pastoral que sirven sin reconocimiento; por quienes evangelizan mediante la radio y las redes sociales. Que el cansancio no les quite la alegría y que las dificultades no endurezcan su corazón.

Oremos también para que surjan vocaciones al sacerdocio, a la vida consagrada y a la misión. Que nuestros jóvenes encuentren libertad y acompañamiento para preguntarse: «Señor, ¿qué quieres de mi vida? ¿Dónde me llamas a amar y a servir?».

Y recordemos que las vocaciones necesitan comunidades que las cuiden. Nuestro modo de vivir la fe puede ayudar a alguien a escuchar la llamada de Dios. Una comunidad fraterna, que ora y sirve con alegría, ofrece un terreno donde esa respuesta puede crecer.

Al acercarnos a la Eucaristía, recibimos a Jesús, que se entrega por nosotros. No venimos solamente a escuchar una enseñanza exigente; venimos a recibir la fuerza para vivirla. Él conoce nuestra pobreza y puede ensanchar nuestra capacidad de amar.

Llevémonos hoy un propósito concreto: hacer un bien que venimos aplazando. Escuchar a alguien, ofrecer una ayuda, detener un comentario hiriente o rezar por una persona con la que tenemos dificultades. Un gesto pequeño puede ser el comienzo de una reconciliación.

Señor Jesús, forma en nosotros un corazón misericordioso. Sostén la obra evangelizadora de tu Iglesia y fortalece a quienes han consagrado su vida al anuncio de tu Palabra. Llama a muchos jóvenes a seguirte y danos comunidades capaces de acompañarlos. Que, aun cuando estemos cansados o heridos, no dejemos de sembrar el bien. Amén.

 

 

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