Hacer el bien hace bien
Jesús
nos invita a hacer el bien incluso cuando no recibimos agradecimiento, cuando
nos sentimos incomprendidos o cuando alguien nos ha herido. Amar a quienes nos
aman resulta más fácil; amar sin esperar recompensa nos introduce en la manera
de amar de Dios.
No
se trata de justificar la injusticia ni de permitir que nos maltraten, sino de
impedir que el mal gobierne nuestro corazón. Podemos defender la verdad,
establecer límites y, al mismo tiempo, renunciar a la venganza y orar por quien
nos ha hecho daño.
Si
hoy parece que nada puede cambiar, comienza por un gesto sencillo: escucha con
paciencia, ayuda a quien lo necesita, ofrece una palabra de ánimo. No todo se
resolverá de inmediato, pero estarás abriendo un espacio a la misericordia del
Padre.
Hacer
el bien hace bien: alivia la vida del prójimo y transforma nuestro propio
corazón.
Señor, enséñanos a amar con tu libertad y a ser
misericordiosos como nuestro Padre es misericordioso.
Primera lectura
1
Cor 8, 1b-7. 11-13
Turbando
la conciencia insegura de los hermanos, pecan contra Cristo
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios.
HERMANOS:
El conocimiento engríe, mientras que el amor edifica.
Si alguno cree conocer algo, eso significa que aún no conoce como es debido. Si
alguno ama a Dios, ese tal es conocido por él.
Sobre el hecho de comer lo sacrificado a los ídolos, sabemos que en el mundo un
ídolo no es nada y que no hay más Dios que uno; pues aunque están los que son
dioses en el cielo y en la tierra, de manera que resultan numerosos los dioses
y numerosos los señores, para nosotros no hay más que un Dios, el Padre, de
quien procede todo y para el cual somos nosotros, y un solo Señor, Jesucristo,
por quien existe todo y nosotros por medio de él.
Sin embargo, no todos tienen este conocimiento: algunos, acostumbrados a la
idolatría hasta hace poco, comen pensando que la carne está consagrada al
ídolo, y como su conciencia está insegura, se mancha.
Así por tu conocimiento se pierde el inseguro, un hermano por quien Cristo
murió. Al pecar de esa manera contra los hermanos, turbando su conciencia
insegura, pecan contra Cristo. Por eso, si por una cuestión de alimentos
peligra un hermano mío, nunca volveré a comer carne, para no ponerlo en
peligro.
Palabra de Dios.
Salmo
Sal
138, 1b-3. 13-14ab. 23-24 (R.: 24b)
R. Guíame, Señor, por el
camino eterno.
V. Señor, tú me sondeas
y me conoces.
Me conoces cuando me siento o me levanto,
de lejos penetras mis pensamientos;
distingues mi camino y mi descanso,
todas mis sendas te son familiares. R.
V. Tú has creado mis
entrañas,
me has tejido en el seno materno.
Te doy gracias porque me has plasmado portentosamente,
porque son admirables tus obras. R.
V. Sondéame, oh, Dios, y
conoce mi corazón,
ponme a prueba y conoce mis sentimientos,
mira si mi camino se desvía,
guíame por el camino eterno. R.
Aclamación
R. Aleluya,
aleluya, aleluya.
V. Si nos amamos unos a
otros, Dios permanece en nosotros
y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud. R.
Evangelio
Lc
6, 27-38
Sean
misericordiosos como su Padre es misericordioso
Lectura del santo Evangelio según san Lucas.
EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«A ustedes los que me escuchan les digo: amen a sus enemigos, hagan el bien a
los que los odian, bendigan a los que los maldicen, oren por los que los
calumnian.
Al que te pegue en una mejilla, preséntale la otra; al que te quite la capa, no
le impidas que tome también la túnica. A quien te pide, dale; al que se lleve
lo tuyo, no se lo reclames.
Traten a los demás como quieren que ellos los traten. Pues, si aman a los que
los aman, ¿qué mérito tienen? También los pecadores aman a los que los aman. Y
si hacen bien solo a los que les hacen bien, ¿qué mérito tienen? También los
pecadores hacen lo mismo.
Y si prestan a aquellos de los que esperan cobrar, ¿qué mérito tienen? También
los pecadores prestan a otros pecadores, con intención de cobrárselo.
Por el contrario, amen a sus enemigos, hagan el bien y presten sin esperar
nada; será grande su recompensa y serán hijos del Altísimo, porque él es bueno
con los malvados y desagradecidos.
Sean misericordiosos como su Padre es misericordioso; no juzguen, y no serán
juzgados; no condenen, y no serán condenados; perdonen, y serán perdonados;
den, y se les dará: les verterán una medida generosa, colmada, remecida,
rebosante, pues con la medida con que midieran se les medirá a ustedes».
Palabra del Señor.
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Hacer el bien, también cuando cuesta
Queridos
hermanos:
Hay
momentos en los que nos cansamos de hacer el bien. Ayudamos y no recibimos
agradecimiento; procuramos acercarnos a alguien y encontramos indiferencia;
ofrecemos amistad y recibimos una herida. Entonces aparece una tentación muy
humana: «¿Para qué seguir? Que cada uno se las arregle como pueda».
Precisamente
allí nos alcanza el Evangelio de hoy. Jesús nos invita a no dejar que la
conducta de los demás determine la calidad de nuestro amor. Podemos estar
heridos sin convertirnos en personas que hieren. Podemos sentir decepción sin
renunciar a la bondad. Con la gracia de Dios, siempre es posible dar un paso
que interrumpa la cadena del resentimiento.
Hacer el bien hace bien, aunque no siempre
produzca satisfacción inmediata ni resuelva todos los problemas. Hace bien
porque abre espacio a Dios en nuestra vida y evita que el rencor se adueñe de
ella.
La
primera lectura nos ayuda a entender cómo se concreta ese amor. En Corinto
había una discusión sobre los alimentos que habían sido ofrecidos a los ídolos.
Algunos cristianos tenían muy claras sus convicciones, pero no todos
comprendían las cosas del mismo modo. Pablo les pide que tengan en cuenta la
conciencia del hermano y las consecuencias de su comportamiento.
Esta
enseñanza sigue siendo muy actual. Podemos conocer mucho de religión y tener
poca delicadeza con las personas. Podemos defender una idea correcta con
palabras que humillan. Incluso podemos ganar una discusión y dejar al otro más
lejos de la comunidad.
Por
eso, antes de hablar o actuar, conviene preguntarnos: ¿Esto que voy a decir ayuda a crecer?
¿Mi manera de corregir permite que el otro se levante? ¿Estoy cuidando a la
persona que Dios ha puesto a mi lado?
También
nosotros, quienes tenemos responsabilidades pastorales, necesitamos hacernos
estas preguntas. El conocimiento y la formación son necesarios; precisamente
por eso deben ponerse al servicio de una fe que acompaña, comprende y ayuda a
madurar.
El
salmo nos lleva entonces a la oración. Ante el Señor, que conoce nuestra
intimidad y nos ha formado desde el seno materno, podemos dejar de
justificarnos. Él ve las heridas que cargamos, pero también las excusas con las
que a veces evitamos cambiar.
Podemos
decirle: «Señor, entra en esos rincones de mi corazón donde todavía guardo
resentimiento. Ayúdame a reconocer si estoy tratando con dureza a alguien.
Muéstrame el camino por el que debo andar».
¡Cuánto
necesitamos esta oración! Resulta fácil examinar la conducta ajena y mucho más
difícil permitir que Dios examine la nuestra. La conversión comienza cuando
dejamos de señalar únicamente hacia afuera y nos atrevemos a poner nuestra
propia vida bajo su mirada.
Desde
esa confianza podemos escuchar la exigencia del Evangelio: amar también a quien
nos resulta difícil, responder con bondad y aprender a perdonar. Jesús nos
conduce hacia un amor cuya fuente es la misericordia del Padre.
Esto
no significa justificar la violencia, callar ante una injusticia o permanecer
expuestos al maltrato. Buscar protección, establecer límites y exigir justicia
puede ser necesario. Pero incluso entonces estamos llamados a no alimentar el
odio ni desear la destrucción del otro. Podemos rechazar con firmeza sus
acciones y pedir a Dios que transforme su corazón.
Quizá
hoy todavía no podamos acercarnos a quien nos ha herido. Podemos comenzar por
una oración sincera, aunque sea breve: «Señor, tú conoces lo sucedido. Sana mi
dolor y conduce a esa persona hacia el bien». A veces ese es el primer paso
posible, y Dios sabe cuánto cuesta.
Hoy oramos especialmente por la obra evangelizadora de la
Iglesia y por las vocaciones. Esta intención está profundamente unida a las
lecturas. ¿Cómo anunciaremos al Dios de la misericordia si nuestras comunidades
están dominadas por la rivalidad, los comentarios hirientes o la indiferencia?
La
evangelización necesita nuestra palabra, nuestra preparación y nuestros medios
de comunicación. Y necesita que quien se acerque encuentre personas capaces de
escuchar, acoger y servir. Un catequista paciente, un sacerdote disponible, una
religiosa cercana, un joven que acompaña a otro pueden ayudar a descubrir la
presencia de Cristo.
Pidamos
por los misioneros que trabajan lejos de su tierra; por quienes anuncian el
Evangelio en lugares difíciles; por los catequistas y agentes de pastoral que
sirven sin reconocimiento; por quienes evangelizan mediante la radio y las
redes sociales. Que el cansancio no les quite la alegría y que las dificultades
no endurezcan su corazón.
Oremos
también para que surjan vocaciones al sacerdocio, a la vida consagrada y a la
misión. Que nuestros jóvenes encuentren libertad y acompañamiento para
preguntarse: «Señor, ¿qué quieres de mi vida? ¿Dónde me llamas a amar y a
servir?».
Y
recordemos que las vocaciones necesitan comunidades que las cuiden. Nuestro
modo de vivir la fe puede ayudar a alguien a escuchar la llamada de Dios. Una comunidad
fraterna, que ora y sirve con alegría, ofrece un terreno donde esa respuesta
puede crecer.
Al
acercarnos a la Eucaristía, recibimos a Jesús, que se entrega por nosotros. No
venimos solamente a escuchar una enseñanza exigente; venimos a recibir la
fuerza para vivirla. Él conoce nuestra pobreza y puede ensanchar nuestra
capacidad de amar.
Llevémonos
hoy un propósito concreto: hacer un bien que venimos aplazando. Escuchar a
alguien, ofrecer una ayuda, detener un comentario hiriente o rezar por una
persona con la que tenemos dificultades. Un gesto pequeño puede ser el comienzo
de una reconciliación.
Señor Jesús, forma en nosotros un corazón misericordioso.
Sostén la obra evangelizadora de tu Iglesia y fortalece a quienes han
consagrado su vida al anuncio de tu Palabra. Llama a muchos jóvenes a seguirte
y danos comunidades capaces de acompañarlos. Que, aun cuando estemos cansados o
heridos, no dejemos de sembrar el bien. Amén.
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