12 de octubre del 2026: lunes de la vigésima octava semana del tiempo ordinario II- San Carlo Acutis-memoria libre
Testigo de la fe:
San Carlo Acutis
(1991–2006).
«Estar siempre unido a Jesús: ese es el objetivo de mi
vida», afirmaba
este joven italiano que, durante su breve existencia, puso su pasión por la
informática al servicio de la evangelización.
Su
amistad con Jesús alimentaba toda su vida. Desde su primera comunión, recibida
a los siete años, procuraba participar diariamente en la Eucaristía y dedicar
tiempo a la adoración. También cultivaba un profundo amor a la Virgen María y
rezaba el rosario. Esta vida de oración se traducía en gestos concretos:
ayudaba a los pobres, acompañaba a compañeros con dificultades y colaboraba en
la catequesis.
Carlo
compartía las aficiones de muchos adolescentes: disfrutaba del fútbol, los
videojuegos y la programación. Su testimonio nos recuerda que la santidad puede
florecer en la vida cotidiana, cuando ponemos nuestros talentos al servicio de
Dios y de los demás.
Una
leucemia fulminante puso fin a su vida el 12 de octubre de 2006. Fue beatificado en
Asís el 10 de octubre de 2020 y canonizado
por el papa León XIV el 7 de septiembre de 2025. Su breve
existencia sigue invitándonos a descubrir la alegría de vivir unidos a Jesús.
Herederos
de la libertad
Pablo
establece una oposición simbólica entre los hijos de la esclava y los de la
mujer libre para subrayar que los cristianos son, todos juntos, herederos de
una alianza de libertad.
La
libertad que recibimos de Cristo es un don que estamos llamados a acoger y a
vivir. Por el bautismo pertenecemos a la familia de Dios: somos hijos amados,
sostenidos por su promesa y llamados a caminar con confianza. Nuestra vida
encuentra su fundamento en la gracia de Dios, que nos precede y nos transforma.
Sin
embargo, a veces seguimos encadenados al miedo, al rencor, al egoísmo o a la
necesidad de aparentar. Por eso, la exhortación de Pablo conserva toda su
fuerza: «Para la libertad nos ha liberado Cristo» (Ga 5,1). Cada día podemos
pedir al Señor que nos ayude a vivir como personas libres, capaces de elegir el
bien y de entregarse por amor.
Esta
libertad crece cuando perdonamos, compartimos y reconocemos en los demás a
nuestros hermanos. La fe nos reúne en una misma familia y nos invita a
ayudarnos mutuamente a caminar.
¿Qué
atadura necesito poner hoy en manos de Jesús para vivir con mayor libertad y
amor?
Señor Jesús, libera nuestro corazón de cuanto nos impide
amar. Enséñanos a vivir con la confianza de los hijos de Dios y a poner nuestra
libertad al servicio de nuestros hermanos. Amén.
Primera lectura
Gál
4, 22-24. 26-27. 31 — 5, 1
No
somos hijos de la esclava, sino de la libre
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Gálatas.
HERMANOS:
Está escrito que Abrahán tuvo dos hijos, uno de la
esclava y otro de la libre; pero el hijo de la esclava nació
según la carne y el de la libre en virtud de una promesa.
Estas cosas son una alegoría: aquellas representan dos alianzas.
Una, la del monte Sinaí, engendra para la esclavitud, y es Agar.
En cambio, la Jerusalén de arriba es libre; y esa es nuestra
madre. Pues está escrito:
«Alégrate, estéril, la que no dabas a luz,
rompe a gritar de júbilo, la que no tenías dolores de parto,
porque serán muchos los hijos de la abandonada;
más que los de la que tiene marido».
Así, pues, hermanos, no somos hijos de la esclava, sino de
la libre.
Para la libertad nos ha liberado Cristo.
Manténganse, pues, firmes, y no dejen que vuelvan a someterlos
a yugos de esclavitud.
Palabra de Dios.
Salmo
Sal
112, 1b-2. 3-4. 5ª y 6-7 (R.: cf. 2)
R.
Bendito sea el nombre del Señor por siempre.
O
bien:
R. Aleluya.
V. Alaben, siervos del
Señor,
alaben el nombre del Señor.
Bendito sea el nombre del Señor,
ahora y por siempre. R.
V. De la salida del sol
hasta su ocaso,
alabado sea el nombre del Señor.
El Señor se eleva sobre todos los pueblos,
su gloria sobre los cielos. R.
V.
¿Quién como el Señor, Dios nuestro,
que se abaja para mirar
al cielo y a la tierra?
Levanta del polvo al desvalido,
alza de la basura al pobre. R.
Aclamación
R.
Aleluya, aleluya, aleluya.
V. No endurezcan hoy su
corazón;
escuchen la voz del Señor. R.
Evangelio
Lc
11, 29-32
A
esta generación no se le dará más signo que el signo de Jonás
Lectura del santo Evangelio según san Lucas.
EN aquel tiempo, la gente se apiñaba alrededor de Jesús, y él se puso a
decirles:
«Esta generación es una generación perversa. Pide un signo, pero no se le dará
más signo que el signo de Jonás. Pues como Jonás fue un signo para los
habitantes de Nínive, lo mismo será el Hijo del hombre para esta generación.
La reina del Sur se levantará en el juicio contra los hombres de esta
generación y hará que los condenen, porque ella vino desde los confines de la
tierra para escuchar la sabiduría de Salomón, y aquí hay uno que es más que
Salomón.
Los hombres de Nínive se alzarán en el juicio contra esta generación y harán
que la condenen; porque ellos se convirtieron con la proclamación de Jonás, y
aquí hay uno que es más que Jonás».
Palabra del Señor.
Herederos de la libertad, sostenidos por la
esperanza
Queridos
hermanos:
Al
celebrar esta Eucaristía, traemos al altar los nombres y los rostros de
nuestros seres queridos que han fallecido. Recordamos su cariño, sus esfuerzos,
sus enseñanzas. También sentimos su ausencia: hay conversaciones que nos hacen
falta, lugares que despiertan recuerdos y fechas que todavía nos llenan los
ojos de lágrimas. Con todo eso venimos ante el Señor. Podemos llorar y, al
mismo tiempo, confiar.
La
Palabra de Dios ilumina hoy nuestra oración con una promesa de libertad, una
invitación a la alabanza y una llamada a la conversión.
San
Pablo nos dice en la primera lectura: «Para
vivir en libertad, Cristo nos ha liberado». Para explicar esta
verdad, recurre a una lectura simbólica de la historia de los hijos de Abrahán,
nacidos de Agar y de Sara. A través de esta imagen, quiere que los cristianos
comprendan que su vida nueva tiene su origen en la promesa de Dios.
Somos
herederos. Hemos recibido un don que nace del amor de nuestro Padre. Por el
bautismo pertenecemos a Cristo y estamos llamados a vivir con la confianza de
los hijos de Dios.
Pero
esta libertad necesita ser acogida y cuidada. A veces llevamos cadenas que
apenas se ven: un resentimiento que alimentamos, una costumbre que nos hace
daño, el orgullo que nos impide pedir perdón o la preocupación constante por lo
que otros piensan de nosotros.
Pensemos
en una persona que quisiera reconciliarse con su hermano, pero siempre termina
diciendo: “Que venga él primero”. Tiene la posibilidad de acercarse, de
llamar, de comenzar de nuevo; sin embargo, el orgullo la mantiene inmóvil.
También allí necesitamos que Cristo nos libere.
La
libertad cristiana se hace concreta cuando podemos dar ese paso hacia el bien:
reconocer una equivocación, resistir una tentación, compartir con generosidad,
hablar con verdad y amar con paciencia.
Señor Jesús, tú conoces nuestras ataduras. Danos la gracia
de reconocerlas y la valentía de dejarnos transformar por ti.
El
salmo nos invita a responder: «Bendito
sea el nombre del Señor por siempre». Y nos presenta una imagen
hermosa: Dios, que está por encima de los cielos, se inclina hacia nuestra
pequeñez y levanta al desvalido.
Así
es nuestro Dios. Su grandeza se manifiesta también en su cercanía. Mira al que
ha caído, escucha al que sufre y devuelve dignidad al que ha sido humillado.
Hoy
podemos escuchar este salmo pensando en quienes atraviesan un duelo. Quizás
alguien se siente sin fuerzas desde que murió su esposo, su madre, su padre o
un hijo. Quizás sigue cumpliendo sus obligaciones, pero por dentro lleva una
tristeza que pocos conocen.
El
Señor se inclina también hacia esa herida. Su consuelo puede llegarnos mediante
la oración, una visita, una conversación o la presencia silenciosa de alguien
que sabe acompañar. Y nosotros podemos colaborar con ese cuidado de Dios: una
llamada y un poco de tiempo pueden sostener mucho a quien está sufriendo.
Bendecir
al Señor en medio del duelo es confiarle nuestra vida tal como está, con su
gratitud y con sus preguntas.
En
el Evangelio encontramos a una multitud que pide una señal. Jesús responde
recordando a Jonás y a la reina del Sur. Los habitantes de Nínive escucharon la
predicación de Jonás y se convirtieron; aquella reina hizo un largo camino para
escuchar la sabiduría de Salomón. Jesús invita a reconocer que en él está
presente alguien mayor que ambos.
El
acento de este pasaje está en escuchar
y responder. Los ninivitas permitieron que la palabra recibida
cambiara su conducta. La reina del Sur se puso en camino porque deseaba
encontrar sabiduría.
Nosotros
escuchamos frecuentemente el Evangelio. La pregunta es qué lugar le damos en
nuestras decisiones.
Podemos
esperar una señal extraordinaria mientras dejamos para después una invitación
muy concreta del Señor. Sabemos que debemos reconciliarnos, pero aplazamos la
llamada. Sabemos que alguien necesita ayuda, pero esperamos una ocasión más
cómoda. Sabemos que necesitamos volver a la oración, pero siempre encontramos
algo más urgente.
Jesús
nos invita a abrir el corazón hoy. Su palabra ya está llamando a nuestra
puerta.
Esto
también ilumina nuestra oración por los difuntos. La muerte de alguien querido
nos hace comprender cuánto vale el tiempo compartido. Nos recuerda la
importancia de expresar el cariño, agradecer, acompañar y pedir perdón mientras
tenemos la oportunidad.
A
veces quedan palabras pendientes. Si llevamos ese dolor, podemos ponerlo ante
la misericordia de Dios: “Señor, tú conoces lo que vivimos y lo que nos
faltó. Recibe mi gratitud, mi arrepentimiento y mi amor. Ayúdame a vivir mejor
con quienes todavía caminan a mi lado”.
Nuestra
oración por los difuntos es un acto de amor. La Iglesia los encomienda al
Señor, pide el perdón de sus pecados y ofrece por ellos el sacrificio eucarístico.
Confiamos en que la misericordia de Dios puede purificarlos y conducirlos a la
plenitud de su presencia.
Esta
esperanza se sostiene en Jesucristo muerto y resucitado. Él ha atravesado la
muerte y nos ha abierto el camino de la vida eterna. En sus manos ponemos a
nuestros familiares, amigos y benefactores; también a quienes murieron solos y
a aquellos por quienes nadie recuerda rezar.
Al
acercarnos hoy al altar, dejemos que la Palabra se convierta en una decisión.
Podemos ofrecer esta Eucaristía por alguien que ha fallecido, acompañar a una
persona en duelo y dar un paso concreto de reconciliación.
Preguntémonos:
¿Qué necesito poner hoy en
manos de Cristo para vivir con mayor libertad y amar mejor mientras tengo
tiempo?
Señor Jesús, gracias por hacernos hijos del Padre y
herederos de sus promesas. Libéranos del pecado, del egoísmo y del rencor.
Danos un corazón dispuesto a escuchar tu Palabra y a ponerla en práctica.
Te confiamos a nuestros fieles difuntos. Perdona sus
pecados, purifícalos con tu amor y acógelos en la paz de tu presencia. Sostén a
quienes lloran su ausencia y ayúdanos a acompañarlos con ternura.
Santa María, Madre de la esperanza, acompáñanos en nuestro
caminar. Enséñanos a confiar en Jesús durante la vida y en la hora de nuestra
muerte.
Amén.


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