6 de noviembre del 2026: viernes de la trigésima primera semana del tiempo ordinario II
Administradores de la Misericordia
En
este evangelio no se trata de dar una lección de moral sobre la administración
de los bienes, sino de hablar de la deuda y, por tanto, del pecado y del
perdón.
La
conducta de este administrador nos desconcierta. Ante la posibilidad de perder
su puesto, reduce las deudas de quienes deben a su señor, buscando asegurarse
su acogida en el futuro. El elogio recae en su astucia y en su capacidad de
reaccionar ante una situación decisiva. Jesús invita a sus discípulos a poner
semejante inteligencia y determinación al servicio del bien.
Desde
la perspectiva de la misericordia, podemos descubrir una invitación al perdón.
En el lenguaje bíblico, la deuda también puede expresar el pecado; así aparece
en el padrenuestro del evangelio de Mateo. Esta relación permite una lectura
espiritual de la parábola: aliviar las deudas nos hace pensar en el perdón que
permite reconstruir los vínculos heridos.
También
nosotros llevamos, a veces, una contabilidad demasiado minuciosa de las faltas
ajenas. Recordamos aquella palabra, aquel desprecio, aquella ingratitud. Y
podemos terminar exigiendo a nuestros hermanos el pago interminable de una
deuda que el resentimiento hace crecer cada día.
El
Señor nos invita a revisar esa contabilidad. Hemos recibido su misericordia y
estamos llamados a comunicarla. Podemos comenzar por dejar de utilizar una
falta pasada como arma, escuchar a quien desea reconciliarse y reconocer los
pequeños pasos de quien intenta cambiar.
El
perdón requiere verdad, conversión y, cuando corresponde, reparación. La
misericordia acompaña ese camino y sostiene la esperanza de que una persona
pueda levantarse. En nuestras familias y comunidades, ser administradores de la
misericordia significa ayudar a que ese nuevo comienzo sea posible.
Hoy
podemos preguntarnos: ¿qué hago con el perdón que Dios me concede? ¿A quién
puedo acercarme con un corazón más dispuesto a escuchar y comprender?
Señor Jesús, gracias por la misericordia con que sostienes
mi vida. Dame un corazón humilde para reconocer mis faltas y generoso para
perdonar. Enséñame a acompañar a mis hermanos en su camino de conversión y a
sembrar reconciliación allí donde me has puesto. Amén.
Primera lectura
Flp
3, 17 — 4, 1
Aguardamos
un Salvador; él transformará nuestro cuerpo humilde, según el modelo de su
cuerpo glorioso
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses.
HERMANOS, sean imitadores míos y fíjense en los que andan según el modelo que
tienen en nosotros.
Porque —como les decía muchas veces, y ahora lo repito con lágrimas en los
ojos— hay muchos que andan como enemigos de la cruz de Cristo: su paradero es
la perdición; su Dios, el vientre; su gloria, sus vergüenzas; solo aspiran a
cosas terrenas.
Nosotros, en cambio, somos ciudadanos del cielo, de donde aguardamos un
Salvador: el Señor Jesucristo.
Él transformará nuestro cuerpo humilde, según el modelo de su cuerpo glorioso,
con esa energía que posee para sometérselo todo.
Así, pues, hermanos míos queridos y añorados, mi alegría y mi corona,
manténganse así, en el Señor, queridos.
Palabra de Dios.
Salmo
Sal
121, 1bc-2. 3-4ab. 4cd-5 (R.: cf. 1bc)
R.
Vamos alegres a la casa del Señor.
V. ¡Qué alegría cuando
me dijeron:
«Vamos a la casa del Señor»!
Ya están pisando nuestros pies
tus umbrales, Jerusalén. R.
V.
Jerusalén está fundada
como ciudad bien compacta.
Allá suben las tribus,
las tribus del Señor. R.
V.
Según la costumbre de Israel,
a celebrar el nombre del Señor;
en ella están los tribunales de justicia,
en el palacio de David. R.
Aclamación
R.
Aleluya, aleluya, aleluya.
V.
Quien guarda la Palabra de Cristo,
ciertamente el amor de Dios ha llegado en él a su plenitud. R.
Evangelio
Lc
16, 1-8
Los
hijos de este mundo son más astutos con su propia gente que los hijos de la luz
Lectura del santo Evangelio según san Lucas.
EN aquel tiempo, decía Jesús a sus discípulos:
«Un hombre rico tenía un administrador, a quien acusaron ante él de derrochar
sus bienes.
Entonces lo llamó y le dijo:
“¿Qué es eso que estoy oyendo de ti? Dame cuenta de tu administración, porque
en adelante no podrás seguir administrando”.
El administrador se puso a decir para sí:
“¿Qué voy a hacer, pues mi señor me quita la administración? Para cavar no
tengo fuerzas; mendigar me da vergüenza. Ya sé lo que voy a hacer para que,
cuando me echen de la administración, encuentre quien me reciba en su casa”.
Fue llamando uno a uno a los deudores de su amo y dijo al primero:
“¿Cuánto debes a mi amo?”.
Este respondió:
“Cien barriles de aceite”.
Él le dijo:
“Toma tu recibo; aprisa, siéntate y escribe cincuenta”.
Luego dijo a otro:
“Y tú, ¿cuánto debes?”.
Él dijo:
“Cien fanegas de trigo”.
Le dice:
“Toma tu recibo y escribe ochenta”.
Y el amo alabó al administrador injusto, porque había actuado con astucia.
Ciertamente, los hijos de este mundo son más astutos con su propia gente que
los hijos de la luz».
Palabra del Señor.
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1
Queridos
hermanos:
Hoy,
viernes, nos acercamos al Señor con nuestras faltas y con nuestros
sufrimientos. Traemos el deseo de cambiar, las preocupaciones que nos quitan la
paz y los nombres de tantas personas que necesitan consuelo. La Palabra nos
invita a recibir la misericordia de Dios y a compartirla con nuestros hermanos.
En
el evangelio, un administrador se encuentra ante una situación decisiva: debe
rendir cuentas y está a punto de perder su trabajo. Entonces busca una salida.
Llama a los deudores de su señor y reduce sus deudas para asegurarse que
después lo reciban en sus casas.
Jesús
destaca su capacidad de reaccionar y de preparar el futuro. Esa diligencia nos
interpela: ¿ponemos el mismo empeño en nuestra conversión, en cuidar la fe y en
hacer el bien? A veces encontramos tiempo para muchas cosas, mientras dejamos
para después una reconciliación, una confesión o la visita a alguien que nos
necesita.
También nuestra vida es una administración que Dios nos ha
confiado.
Hemos recibido tiempo, capacidades, bienes y oportunidades de amar. Este
viernes podemos revisar con sinceridad cómo estamos usando esos dones. Quizás
hemos desperdiciado ocasiones de servir; quizás nuestras palabras han herido;
quizás alguien esperaba nuestra ayuda y encontró indiferencia.
La
penitencia comienza cuando reconocemos nuestra responsabilidad y permitimos que
la gracia nos mueva a cambiar. Podemos pedir perdón, reparar un daño,
acercarnos al sacramento de la Reconciliación y concretar un gesto de
generosidad.
La
imagen de las deudas que disminuyen nos permite, además, meditar sobre la
misericordia. ¡Cuánto pesan algunas cuentas pendientes en nuestras familias!
Conservamos el recuerdo de una ofensa y volvemos a cobrarla en cada discusión.
El Señor puede ayudarnos a dejar de utilizar el pasado como un arma y a abrir
un camino de verdad, reparación y perdón.
San
Pablo, en la primera lectura, habla con lágrimas de quienes se han apartado del
camino de Cristo. Sus palabras nacen del dolor de quien ama. También nosotros
necesitamos aprender a mirar así las faltas ajenas: con responsabilidad, con
deseo de ayudar y con humildad para reconocer nuestras propias caídas.
El
apóstol nos recuerda que «somos
ciudadanos del cielo». Nuestra vida está orientada hacia
Cristo, y esa esperanza debe hacerse visible en la manera como vivimos hoy: en
la honestidad, en el servicio y en el cuidado de los más frágiles.
Pablo
anuncia también que el Señor transformará nuestro cuerpo humilde según su
cuerpo glorioso. Esta promesa ilumina nuestra oración por los enfermos. El
cuerpo debilitado conserva toda su dignidad; la persona que necesita ayuda
sigue siendo profundamente amada por Dios. La esperanza de la resurrección nos
anima a acompañarla con ternura.
Hoy
presentamos al Señor a quienes padecen dolores físicos, a quienes esperan un
diagnóstico y a quienes cuidan de un enfermo. Recordamos también los
sufrimientos que permanecen escondidos: la soledad, el duelo, la angustia, la
depresión o una culpa que cuesta poner en manos de Dios. Cada persona necesita
ser escuchada y acompañada con respeto.
El
salmo nos hace cantar: «Vamos
alegres a la casa del Señor». Podemos llegar a su casa incluso
con lágrimas. Aquí encontramos una comunidad llamada a sostenernos y al Señor
que nos recibe. Procuremos que quien se acerque cargado de sufrimiento
encuentre entre nosotros acogida, paciencia y ayuda concreta.
Que
nuestra penitencia de hoy dé fruto en misericordia: una renuncia que se
convierta en ayuda, una llamada que alivie la soledad, una visita que lleve
consuelo.
Señor Jesús, recibe nuestro arrepentimiento y danos fuerza
para cambiar. Visita a quienes sufren en el cuerpo y en el alma; sostén a sus
familias y a quienes los cuidan. Haz de nosotros servidores atentos de tu
misericordia y mantennos unidos a ti. Amén.
Reducir
las deudas ante Dios
Queridos
hermanos:
En
este viernes nos acercamos al Señor para pedir perdón por nuestros pecados y
encomendarle a quienes sufren en el alma y en el cuerpo. Su Palabra nos invita
a examinar nuestra vida, a recordar hacia dónde caminamos y a preguntarnos cómo
estamos administrando los dones que hemos recibido.
Jesús
dijo a sus discípulos: «Un hombre rico tenía un administrador que fue
denunciado ante él por malgastar sus bienes. Lo llamó y le dijo: “¿Qué es esto
que oigo de ti? Presenta una cuenta completa de tu administración, porque ya no
puedes seguir siendo mi administrador”» (Lc 16,1-2).
A
primera vista, la parábola de hoy puede resultar desconcertante e incluso
inquietante, pues parece que Jesús elogiara el engaño. Sin embargo, leída a la
luz de la tradición católica, su sentido espiritual más profundo se vuelve
claro y rico en enseñanzas. Esta parábola no trata de cómo alcanzar el éxito en
el mundo, sino de cómo vivir sabiamente con la mirada puesta en la vida eterna.
En
la parábola, el administrador es acusado de malgastar los bienes de su señor,
lo cual constituye una falta grave. Ante la perspectiva de ser despedido, idea
un plan para reducir las deudas que otros tienen con su señor, esperando
ganarse el favor de los deudores para que lo reciban en sus casas cuando se
quede sin trabajo. El señor no elogia la deshonestidad del administrador, pero
sí reconoce su prudencia y su sagaz previsión al prepararse para el futuro.
Esto se convierte en un símbolo de la diligencia con la que debemos preparar
nuestra alma para la vida eterna.
El
administrador se encuentra ante el momento de rendir cuentas. Debe responder
por su administración. Ese momento de juicio refleja una verdad espiritual:
también nosotros estamos llamados a dar cuenta de cómo hemos utilizado nuestro
tiempo, nuestros talentos y nuestros bienes. El administrador se pregunta:
«¿Qué voy a hacer?». Esa misma pregunta debería resonar en nuestro corazón:
¿cómo me preparo ahora para lo que viene después?
Resulta
tentador vivir como si esta vida fuera nuestra meta definitiva, como si el
éxito terreno, la comodidad y la seguridad fueran nuestros objetivos
principales. Aunque tengamos esperanza en el cielo, su carácter misterioso e
intangible puede llevarnos a tratarlo como un sueño lejano, más que como una
realidad presente.
Aquí
nos ilumina la primera lectura. San Pablo contempla con lágrimas a quienes han
reducido su horizonte a las cosas de la tierra y recuerda a los creyentes: «Somos ciudadanos del cielo».
Esta ciudadanía orienta nuestras decisiones de cada día. Nos anima a vivir de
tal manera que nuestros deseos, nuestros proyectos y nuestra manera de tratar a
los demás expresen nuestra pertenencia a Cristo. El apóstol nos invita a
permanecer firmes en el Señor y a aprender de quienes caminan siguiendo su
ejemplo.
El
momento en que el administrador es llamado a rendir cuentas, sin embargo, no
simboliza únicamente la hora de nuestra muerte. También señala este momento
presente. Cada día estamos llamados a vivir de tal manera que nos preparemos
continuamente para encontrarnos con nuestro Señor. Cada decisión, cada acto de
caridad y cada uso de nuestros recursos materiales forman parte de nuestra
continua rendición de cuentas ante Dios.
Sabiendo
que nuestro tiempo en este mundo es breve en comparación con la eternidad, la
pregunta que debe acompañar nuestro examen personal es esta: «¿Qué voy a hacer hoy para prepararme
para el cielo y para la gloria eterna con los ángeles y los santos?».
Esta pregunta no es egoísta cuando comprendemos cuál es la respuesta correcta.
El
salmo nos ayuda a expresar ese deseo: «Vamos
alegres a la casa del Señor». Somos un pueblo en camino hacia
el encuentro con Dios. Caminamos juntos, sosteniéndonos unos a otros. Por eso,
preparar nuestro encuentro con el Señor implica también ayudar a nuestros
hermanos a acercarse a Él. La alegría de llegar a su casa comienza a
experimentarse cuando compartimos la fe, buscamos la reconciliación y hacemos
espacio para quien necesita acogida.
El
gesto de reducir las deudas de los deudores de su señor revela la sabiduría del
perdón, de la caridad y de la misericordia. Si dedicamos esta vida a ayudar a
otros a reducir su deuda ante Dios —evangelizando, dando testimonio de su
misericordia y entregándonos con generosidad y espíritu de sacrificio—,
entonces, cuando comparezcamos ante el Juez justo al término de nuestra vida
terrena, Dios nos elogiará por haber actuado con su sabiduría, cumpliendo
prudentemente su voluntad divina al vivir la caridad con los demás.
Por
supuesto, no reducimos las deudas de otros al margen de Dios. Los ayudamos a
descubrir y aceptar el perdón que Cristo ya ha obtenido para ellos, aliviando
mediante la gracia el peso del pecado.
Como
este administrador, la mejor manera de prepararnos para el cielo es ayudar a
reducir la deuda que otros tienen con Dios. El pecado genera una deuda. Aunque
Jesús pagó plenamente esa deuda mediante su pasión y su muerte, los méritos de
su sacrificio se nos aplican solo cuando nos humillamos ante Dios y cambiamos
de vida.
También
esa humildad y esa conversión nacen de la gracia con la que el Señor sale a
nuestro encuentro. Él nos ofrece su perdón y nos da la fuerza para acogerlo,
reconocer nuestras faltas y comenzar de nuevo.
Reducimos
la deuda de otra persona ante Dios cuando nuestra vida la ayuda a apartarse del
pecado y a aceptar la misericordia divina, derramada desde la cruz, porque la
hemos ayudado a cambiar con sabiduría y caridad.
Pensemos
en lo concreto que puede ser esto: acompañar con paciencia a quien desea volver
a la fe; animar a alguien a acercarse al sacramento de la Reconciliación; dar
ejemplo de honestidad; pedir perdón por nuestras propias faltas; ayudar a
reparar una injusticia. Nuestra manera de vivir puede facilitar que otra
persona descubra la bondad de Dios y se atreva a regresar a Él.
En
este viernes penitencial, comencemos por nuestro propio corazón. Presentemos al
Señor aquello que necesita conversión: la dureza con que juzgamos, la
indiferencia ante el dolor ajeno, el resentimiento que alimentamos o el bien
que hemos dejado de hacer. Pidamos la gracia de responder con hechos al perdón
recibido.
Y
llevemos ante Él a quienes sufren en el alma y en el cuerpo. San Pablo nos
anuncia que Cristo transformará nuestra condición corporal frágil conforme a su
gloria. Esa esperanza sostiene nuestra oración por los enfermos y nos mueve a
cuidar de ellos con respeto y ternura. Recordemos también a quienes viven un
duelo, se sienten solos o padecen una angustia que apenas pueden expresar.
Nuestra presencia, nuestra escucha y nuestra ayuda pueden ser para ellos un
signo de la cercanía del Señor.
Reflexionemos
hoy sobre cómo Dios nos llama a ser administradores de su misericordia. ¿A
quién podemos ayudar a volverse hacia Dios? ¿Qué deudas podemos contribuir a
reducir? Al acercar a otros a Cristo, también preparamos nuestra propia alma
para la recompensa eterna que Él promete.
Dirijamos
nuestra mirada al cielo y vivamos esta vida con esa perspectiva eterna. Así
estaremos preparados para dar una cuenta completa de nuestra administración
ante Dios cuando llegue el momento de rendir cuentas.
Señor mío y Juez justo: aunque has pagado plenamente la
deuda de mi pecado, me pides que me humille ante ti para recibir ese precioso
don. Ayúdame a abrir por completo mi corazón a tu misericordia y a tu perdón, y
después a salir con diligencia, buscando maneras de ayudar a reducir la deuda
de los demás.
Que mi vida sea un testimonio de tu gracia y acerque las
almas a la conversión, para que juntos podamos participar de las recompensas
eternas del cielo.
Jesús, en ti confío. Amén.

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