Del lado de los pequeños
Hechos 5, 17-26; Salmo 33(34) El ángel que abre las puertas de
la cárcel es anunciado en el salmo: por eso los Apóstoles continúan exaltando
el nombre del Señor con su enseñanza. Este testimonio los sitúa del lado del
clamor de los pobres y se une a la experiencia del pueblo. Se alza frente a la
institución del Templo con su sumo sacerdote, su Consejo supremo y su guardia.
El miedo ha cambiado de bando. “¡Dichoso el que encuentra en Dios su refugio!”
Nicolas Tarralle, prêtre
assomptionniste
Primera lectura
Hch
5, 17-26
Miren,
los hombres que ustedes metieron en la cárcel están en el templo, enseñando al
pueblo
Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.
EN aquellos días, el sumo sacerdote y todos los suyos, que integran la secta de
los saduceos, en un arrebato de celo, prendieron a los apóstoles y los metieron
en la cárcel pública. Pero, por la noche, el ángel del Señor les abrió las
puertas de la cárcel y los sacó, diciéndoles:
«Márchense y, cuando lleguen al templo, expliquen al pueblo todas estas
palabras de vida».
Entonces ellos, al oírlo, entraron en el templo al amanecer y se pusieron a
enseñar. Llegó entre tanto el sumo sacerdote con todos los suyos, convocaron el
Sanedrín y el pleno de los ancianos de los hijos de Israel, y mandaron a la
prisión para que los trajesen. Fueron los guardias, no los encontraron en la
cárcel, y volvieron a informar, diciendo:
«Hemos encontrado la prisión cerrada con toda seguridad, y a los centinelas en
pie a las puertas; pero, al abrir, no encontramos a nadie dentro».
Al oír estas palabras, ni el jefe de la guardia del templo ni los sumos
sacerdotes atinaban a explicarse qué había pasado. Uno se presentó, avisando:
«Miren, los hombres que ustedes metieron en la cárcel están en el templo,
enseñando al pueblo».
Entonces el jefe salió con los guardias y se los trajo, sin emplear la fuerza,
por miedo a que el pueblo los apedrease.
Palabra de Dios.
Salmo
Sal
33, 2-3. 4-5. 6-7. 8-9 (R.: 7ab)
R. El afligido
invocó al Señor, y él lo escuchó.
O
bien:
R. Aleluya.
V. Bendigo al Señor en
todo momento,
su alabanza está siempre en mi boca;
mi alma se gloría en el Señor:
que los humildes lo escuchen y se alegren. R.
V. Proclamen
conmigo la grandeza del Señor,
ensalcemos juntos su nombre.
Yo consulté al Señor, y me respondió,
me libró de todas mis ansias. R.
V. Contémplenlo, y
quedarán radiantes,
su rostro no se avergonzará.
El afligido invocó al Señor,
él lo escuchó y lo salvó de sus angustias. R.
V. El ángel del
Señor acampa en torno a quienes le temen
y los protege.
Gusten y vean qué bueno es el Señor,
dichoso el que se acoge a él. R.
Aclamación
R. Aleluya, aleluya,
aleluya.
V. Tanto amó Dios al
mundo, que entregó a su Unigénito; todo el que cree en él tiene vida
eterna. R.
Evangelio
Jn
3, 16-21
Dios
envió a su Hijo para que el mundo se salve por él
Lectura del santo Evangelio según san Juan.
TANTO amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree
en él no perezca, sino que tenga vida eterna.
Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el
mundo se salve por él.
El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha
creído en el nombre del Unigénito de Dios.
Este es el juicio: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la
tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra el mal
detesta la luz, y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras.
En cambio, el que obra la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus
obras están hechas según Dios.
Palabra del Señor.
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Queridos hermanos:
La Palabra de Dios de hoy nos coloca ante una
verdad central de nuestra fe: Dios está del lado de la vida, de la verdad y
de los pequeños. Y eso aparece con fuerza tanto en la primera lectura como en
el Evangelio.
En los Hechos de los Apóstoles vemos a los
apóstoles perseguidos, encarcelados, silenciados por las autoridades
religiosas. Humanamente hablando, parecería que el poder lo tienen los de
arriba: el sumo sacerdote, el Consejo, los guardias, la estructura, la
institución. Pero en la noche, mientras los hombres cierran puertas, Dios
las abre. El ángel del Señor saca a los apóstoles de la prisión y les dice:
“Vayan al templo y expliquen allí al pueblo este modo de vida.” Es
decir: no se escondan, no callen, no se rindan.
Qué hermoso mensaje para nosotros. El Señor no
siempre evita la prueba, pero jamás abandona a los que le son fieles. Puede
haber cárceles exteriores, persecuciones, rechazos, incomprensiones; pero
también hay cárceles interiores: el miedo, la tristeza, el cansancio, la
rutina, la mediocridad espiritual. Y también ahí el Señor puede abrir puertas.
El salmo responsorial lo confirma con ternura y
fuerza: “El ángel del Señor acampa en torno a sus fieles y los protege.”
No estamos solos. Dios escucha el clamor del pobre, del sencillo, del
atribulado. Dios no es indiferente al sufrimiento de sus hijos.
Y el Evangelio nos lleva todavía más al centro: “Tanto
amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único.” Ésta es la raíz de todo.
No seguimos a Cristo porque sea una idea bonita, ni porque el Evangelio sea un
conjunto de normas morales, sino porque hemos sido amados primero. El
cristianismo comienza en el amor de Dios, no en el mérito del hombre.
San Juan nos recuerda que Jesús no vino para
condenar al mundo, sino para salvarlo. Dios no disfruta señalando culpas; Dios
quiere rescatar, levantar, iluminar, devolver esperanza. Pero el Evangelio
también dice algo exigente: la luz vino al mundo, y algunos prefirieron las
tinieblas. Ahí está el drama. No basta con admirar la luz desde lejos; hay que decidirse a
caminar en ella.
Vivir en la luz significa vivir en la verdad, dejar
las apariencias, renunciar a la doble vida, permitir que Cristo ilumine
nuestras zonas oscuras. Y esto vale para todos: para la Iglesia, para las
familias, para los pastores, para los fieles, para la sociedad. Cuando uno vive
en la luz, quizá no siempre recibe aplausos, pero sí recibe paz. En cambio,
quien se acostumbra a las tinieblas termina temiendo que la verdad salga a la
luz.
Los apóstoles están de parte del
pueblo, del clamor de los pobres, de los que esperan salvación. La Pascua de
Cristo nos enseña justamente eso: que Dios ha tomado partido por el hombre
herido, por el pecador arrepentido, por el pobre que clama, por el corazón
humilde que se refugia en Él.
Pidámosle hoy al Señor tres gracias:
primero, que abra nuestras cárceles interiores;
segundo, que nos haga caminar en la luz de la verdad;
y tercero, que nos coloque siempre del lado de los pequeños, de los sencillos,
de los que necesitan una palabra de consuelo y de esperanza.
Que María, Madre del Resucitado, nos ayude a creer
de verdad que el amor de Dios es más fuerte que toda prisión, y que la luz
de Cristo es más fuerte que toda oscuridad.
Amén.
2
Queridos hermanos:
La Palabra de Dios de hoy nos pone delante una gran
contraposición: la luz y las tinieblas, la libertad y el encierro,
la verdad y el miedo.
En el Evangelio, Jesús nos regala una de las frases
más hermosas y más conocidas de toda la Escritura:
“Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que todo el que
crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna”.
Ahí está el corazón de nuestra fe: Dios no nos ama poco, no nos ama a
medias, no nos ama por obligación; Dios nos ama hasta entregarnos a su propio
Hijo.
Y enseguida Jesús añade algo muy importante: Dios
no envió a su Hijo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por
Él.
Es decir: Cristo no viene a aplastarnos, sino a levantarnos; no viene a
humillarnos, sino a rescatarnos; no viene a apagar la mecha que humea, sino a
encenderla con su gracia.
Sin embargo, el Evangelio también nos dice una
verdad incómoda: la luz vino al mundo, pero muchos prefirieron las tinieblas.
Y aquí está el drama del ser humano. No es que Dios no quiera salvar. Sí
quiere. No es que Dios no hable. Sí habla. No es que Dios no ilumine. Sí
ilumina. El problema es que a veces nosotros preferimos permanecer en aquello
que nos oscurece el alma.
Hay personas que se acostumbran a vivir en una
especie de penumbra espiritual: una fe tibia, una conciencia adormecida, una
vida doble, una apariencia religiosa por fuera, pero poca verdad por dentro. Y
entonces la luz molesta. Porque la luz muestra lo que somos. La luz
desenmascara. La luz no deja vivir de apariencias.
Por eso Nicodemo es un personaje tan interesante.
Vino de noche a ver a Jesús. Vino con dudas, con temores, con búsquedas, con
preguntas. Pero vino. Y eso ya era importante. Aunque todavía había oscuridad
en su interior, ya había en él una pequeña llama, un pequeño deseo de verdad. Y
Jesús no desprecia esa llama pequeña. Al contrario: la alimenta, la purifica y
la conduce hacia una luz mayor.
Hermanos, eso también nos pasa a nosotros. Tal vez
no tenemos una fe perfecta. Tal vez cargamos confusiones, luchas, pecados,
heridas, cansancios. Pero si en el fondo del alma hay aunque sea una chispa de
deseo de Dios, el Señor puede hacer maravillas. Basta una pequeña rendija
para que entre la luz.
La primera lectura nos muestra precisamente eso.
Los apóstoles están en la cárcel por anunciar a Cristo. Parece que han sido
encerrados, silenciados, derrotados. Pero Dios abre las puertas de la prisión.
El ángel del Señor los libera y les dice: “Vayan al templo y expliquen al
pueblo este modo de vida”.
¡Qué hermoso! Ni las cadenas, ni el miedo, ni las autoridades hostiles pueden
detener la luz del Resucitado.
Mientras los hombres encierran, Dios libera.
Mientras el poder humano amenaza, Dios sostiene.
Mientras algunos quieren apagar la verdad, el Señor hace que su Palabra resplandezca
más.
También hoy hay muchas cárceles. No solo las de
barrotes. Hay cárceles interiores: el pecado repetido, el resentimiento, la
tristeza profunda, la envidia, la mentira, la mediocridad espiritual, el miedo
a dar testimonio. Hay personas que parecen libres por fuera, pero viven
aprisionadas por dentro. Y hoy el Señor nos dice: “Déjame entrar con mi luz,
porque yo puedo abrir también esas puertas”.
El salmo nos da la respuesta del creyente:
“Este pobre gritó, y el Señor lo escuchó”.
No dice: este perfecto, este fuerte, este impecable. Dice: este pobre.
El que reconoce su necesidad. El que no se salva solo. El que sabe que necesita
luz de lo alto.
La Pascua que estamos celebrando no es un simple
recuerdo bonito. Es la victoria de Cristo sobre toda oscuridad. Por eso un
cristiano pascual no puede vivir instalado en la noche. Puede pasar por noches,
sí. Puede llorar, sí. Puede luchar, sí. Pero no puede quedarse sin esperanza.
Porque Cristo ha resucitado y su luz ya ha vencido.
Hoy podríamos preguntarnos con sinceridad:
¿Hay en mí zonas oscuras que no quiero presentar al Señor?
¿Hay pecados que escondo y no quiero reconocer?
¿Hay decisiones en las que estoy caminando más por capricho que por verdad?
¿Estoy viviendo como hijo de la luz o me estoy acostumbrando a ciertas
tinieblas?
No tengamos miedo de venir a Cristo. Él no viene a
condenarnos, sino a salvarnos. Él no humilla al pecador arrepentido; lo abraza,
lo limpia, lo transforma. Pero para eso hay que salir de la noche y dejarse
iluminar.
Pidámosle hoy al Señor que haga de nosotros hombres
y mujeres de la luz:
que no escondamos la verdad,
que no maquillemos la conciencia,
que no temamos convertirnos,
que no nos avergoncemos del Evangelio.
Y que, como los apóstoles, también nosotros,
liberados por la gracia, salgamos a anunciar “este modo de vida”, esta
vida nueva que solo Cristo resucitado puede dar.
Que María, mujer de la aurora y Madre de la Luz,
nos acompañe para que nunca prefiramos las tinieblas, sino que caminemos
siempre hacia Cristo, Luz del mundo.
Amén.

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