miércoles, 15 de abril de 2026

15 de abril del 2026: miércoles de la segunda semana de Pascua

 

Del lado de los pequeños

Hechos 5, 17-26; Salmo 33(34) El ángel que abre las puertas de la cárcel es anunciado en el salmo: por eso los Apóstoles continúan exaltando el nombre del Señor con su enseñanza. Este testimonio los sitúa del lado del clamor de los pobres y se une a la experiencia del pueblo. Se alza frente a la institución del Templo con su sumo sacerdote, su Consejo supremo y su guardia. El miedo ha cambiado de bando. “¡Dichoso el que encuentra en Dios su refugio!”

Nicolas Tarralle, prêtre assomptionniste



Primera lectura

Hch 5, 17-26

Miren, los hombres que ustedes metieron en la cárcel están en el templo, enseñando al pueblo

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.

EN aquellos días, el sumo sacerdote y todos los suyos, que integran la secta de los saduceos, en un arrebato de celo, prendieron a los apóstoles y los metieron en la cárcel pública. Pero, por la noche, el ángel del Señor les abrió las puertas de la cárcel y los sacó, diciéndoles:
«Márchense y, cuando lleguen al templo, expliquen al pueblo todas estas palabras de vida».
Entonces ellos, al oírlo, entraron en el templo al amanecer y se pusieron a enseñar. Llegó entre tanto el sumo sacerdote con todos los suyos, convocaron el Sanedrín y el pleno de los ancianos de los hijos de Israel, y mandaron a la prisión para que los trajesen. Fueron los guardias, no los encontraron en la cárcel, y volvieron a informar, diciendo:
«Hemos encontrado la prisión cerrada con toda seguridad, y a los centinelas en pie a las puertas; pero, al abrir, no encontramos a nadie dentro».
Al oír estas palabras, ni el jefe de la guardia del templo ni los sumos sacerdotes atinaban a explicarse qué había pasado. Uno se presentó, avisando:
«Miren, los hombres que ustedes metieron en la cárcel están en el templo, enseñando al pueblo».
Entonces el jefe salió con los guardias y se los trajo, sin emplear la fuerza, por miedo a que el pueblo los apedrease.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 33, 2-3. 4-5. 6-7. 8-9 (R.: 7ab)

R. El afligido invocó al Señor, y él lo escuchó.

O bien:

R. Aleluya.

V. Bendigo al Señor en todo momento,
su alabanza está siempre en mi boca;
mi alma se gloría en el Señor:
que los humildes lo escuchen y se alegren. 
R.

V. Proclamen conmigo la grandeza del Señor,
ensalcemos juntos su nombre.
Yo consulté al Señor, y me respondió,
me libró de todas mis ansias. 
R.

V. Contémplenlo, y quedarán radiantes,
su rostro no se avergonzará.
El afligido invocó al Señor,
él lo escuchó y lo salvó de sus angustias. 
R.

V. El ángel del Señor acampa en torno a quienes le temen
y los protege.
Gusten y vean qué bueno es el Señor,
dichoso el que se acoge a él. 
R.

                                                                          

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito; todo el que cree en él tiene vida eterna. R.

 

Evangelio

Jn 3, 16-21

Dios envió a su Hijo para que el mundo se salve por él

Lectura del santo Evangelio según san Juan.


TANTO amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna.
Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.
El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Unigénito de Dios.
Este es el juicio: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra el mal detesta la luz, y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras.
En cambio, el que obra la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios.

Palabra del Señor.

 

¨*****************


Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de hoy nos coloca ante una verdad central de nuestra fe: Dios está del lado de la vida, de la verdad y de los pequeños. Y eso aparece con fuerza tanto en la primera lectura como en el Evangelio.

En los Hechos de los Apóstoles vemos a los apóstoles perseguidos, encarcelados, silenciados por las autoridades religiosas. Humanamente hablando, parecería que el poder lo tienen los de arriba: el sumo sacerdote, el Consejo, los guardias, la estructura, la institución. Pero en la noche, mientras los hombres cierran puertas, Dios las abre. El ángel del Señor saca a los apóstoles de la prisión y les dice: “Vayan al templo y expliquen allí al pueblo este modo de vida.” Es decir: no se escondan, no callen, no se rindan.

Qué hermoso mensaje para nosotros. El Señor no siempre evita la prueba, pero jamás abandona a los que le son fieles. Puede haber cárceles exteriores, persecuciones, rechazos, incomprensiones; pero también hay cárceles interiores: el miedo, la tristeza, el cansancio, la rutina, la mediocridad espiritual. Y también ahí el Señor puede abrir puertas.

El salmo responsorial lo confirma con ternura y fuerza: “El ángel del Señor acampa en torno a sus fieles y los protege.” No estamos solos. Dios escucha el clamor del pobre, del sencillo, del atribulado. Dios no es indiferente al sufrimiento de sus hijos.

Y el Evangelio nos lleva todavía más al centro: “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único.” Ésta es la raíz de todo. No seguimos a Cristo porque sea una idea bonita, ni porque el Evangelio sea un conjunto de normas morales, sino porque hemos sido amados primero. El cristianismo comienza en el amor de Dios, no en el mérito del hombre.

San Juan nos recuerda que Jesús no vino para condenar al mundo, sino para salvarlo. Dios no disfruta señalando culpas; Dios quiere rescatar, levantar, iluminar, devolver esperanza. Pero el Evangelio también dice algo exigente: la luz vino al mundo, y algunos prefirieron las tinieblas. Ahí está el drama. No basta con admirar la luz desde lejos; hay que decidirse a caminar en ella. 

Vivir en la luz significa vivir en la verdad, dejar las apariencias, renunciar a la doble vida, permitir que Cristo ilumine nuestras zonas oscuras. Y esto vale para todos: para la Iglesia, para las familias, para los pastores, para los fieles, para la sociedad. Cuando uno vive en la luz, quizá no siempre recibe aplausos, pero sí recibe paz. En cambio, quien se acostumbra a las tinieblas termina temiendo que la verdad salga a la luz.

Los apóstoles están de parte del pueblo, del clamor de los pobres, de los que esperan salvación. La Pascua de Cristo nos enseña justamente eso: que Dios ha tomado partido por el hombre herido, por el pecador arrepentido, por el pobre que clama, por el corazón humilde que se refugia en Él.

Pidámosle hoy al Señor tres gracias:
primero, que abra nuestras cárceles interiores;
segundo, que nos haga caminar en la luz de la verdad;
y tercero, que nos coloque siempre del lado de los pequeños, de los sencillos, de los que necesitan una palabra de consuelo y de esperanza.

Que María, Madre del Resucitado, nos ayude a creer de verdad que el amor de Dios es más fuerte que toda prisión, y que la luz de Cristo es más fuerte que toda oscuridad.

Amén.



2

 

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de hoy nos pone delante una gran contraposición: la luz y las tinieblas, la libertad y el encierro, la verdad y el miedo.

En el Evangelio, Jesús nos regala una de las frases más hermosas y más conocidas de toda la Escritura:
“Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna”.
Ahí está el corazón de nuestra fe: Dios no nos ama poco, no nos ama a medias, no nos ama por obligación; Dios nos ama hasta entregarnos a su propio Hijo.

Y enseguida Jesús añade algo muy importante: Dios no envió a su Hijo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él.
Es decir: Cristo no viene a aplastarnos, sino a levantarnos; no viene a humillarnos, sino a rescatarnos; no viene a apagar la mecha que humea, sino a encenderla con su gracia.

Sin embargo, el Evangelio también nos dice una verdad incómoda: la luz vino al mundo, pero muchos prefirieron las tinieblas.
Y aquí está el drama del ser humano. No es que Dios no quiera salvar. Sí quiere. No es que Dios no hable. Sí habla. No es que Dios no ilumine. Sí ilumina. El problema es que a veces nosotros preferimos permanecer en aquello que nos oscurece el alma.

Hay personas que se acostumbran a vivir en una especie de penumbra espiritual: una fe tibia, una conciencia adormecida, una vida doble, una apariencia religiosa por fuera, pero poca verdad por dentro. Y entonces la luz molesta. Porque la luz muestra lo que somos. La luz desenmascara. La luz no deja vivir de apariencias.

Por eso Nicodemo es un personaje tan interesante. Vino de noche a ver a Jesús. Vino con dudas, con temores, con búsquedas, con preguntas. Pero vino. Y eso ya era importante. Aunque todavía había oscuridad en su interior, ya había en él una pequeña llama, un pequeño deseo de verdad. Y Jesús no desprecia esa llama pequeña. Al contrario: la alimenta, la purifica y la conduce hacia una luz mayor.

Hermanos, eso también nos pasa a nosotros. Tal vez no tenemos una fe perfecta. Tal vez cargamos confusiones, luchas, pecados, heridas, cansancios. Pero si en el fondo del alma hay aunque sea una chispa de deseo de Dios, el Señor puede hacer maravillas. Basta una pequeña rendija para que entre la luz.

La primera lectura nos muestra precisamente eso. Los apóstoles están en la cárcel por anunciar a Cristo. Parece que han sido encerrados, silenciados, derrotados. Pero Dios abre las puertas de la prisión. El ángel del Señor los libera y les dice: “Vayan al templo y expliquen al pueblo este modo de vida”.
¡Qué hermoso! Ni las cadenas, ni el miedo, ni las autoridades hostiles pueden detener la luz del Resucitado.

Mientras los hombres encierran, Dios libera.
Mientras el poder humano amenaza, Dios sostiene.
Mientras algunos quieren apagar la verdad, el Señor hace que su Palabra resplandezca más.

También hoy hay muchas cárceles. No solo las de barrotes. Hay cárceles interiores: el pecado repetido, el resentimiento, la tristeza profunda, la envidia, la mentira, la mediocridad espiritual, el miedo a dar testimonio. Hay personas que parecen libres por fuera, pero viven aprisionadas por dentro. Y hoy el Señor nos dice: “Déjame entrar con mi luz, porque yo puedo abrir también esas puertas”.

El salmo nos da la respuesta del creyente:
“Este pobre gritó, y el Señor lo escuchó”.
No dice: este perfecto, este fuerte, este impecable. Dice: este pobre. El que reconoce su necesidad. El que no se salva solo. El que sabe que necesita luz de lo alto.

La Pascua que estamos celebrando no es un simple recuerdo bonito. Es la victoria de Cristo sobre toda oscuridad. Por eso un cristiano pascual no puede vivir instalado en la noche. Puede pasar por noches, sí. Puede llorar, sí. Puede luchar, sí. Pero no puede quedarse sin esperanza. Porque Cristo ha resucitado y su luz ya ha vencido.

Hoy podríamos preguntarnos con sinceridad:
¿Hay en mí zonas oscuras que no quiero presentar al Señor?
¿Hay pecados que escondo y no quiero reconocer?
¿Hay decisiones en las que estoy caminando más por capricho que por verdad?
¿Estoy viviendo como hijo de la luz o me estoy acostumbrando a ciertas tinieblas?

No tengamos miedo de venir a Cristo. Él no viene a condenarnos, sino a salvarnos. Él no humilla al pecador arrepentido; lo abraza, lo limpia, lo transforma. Pero para eso hay que salir de la noche y dejarse iluminar.

Pidámosle hoy al Señor que haga de nosotros hombres y mujeres de la luz:
que no escondamos la verdad,
que no maquillemos la conciencia,
que no temamos convertirnos,
que no nos avergoncemos del Evangelio.

Y que, como los apóstoles, también nosotros, liberados por la gracia, salgamos a anunciar “este modo de vida”, esta vida nueva que solo Cristo resucitado puede dar.

Que María, mujer de la aurora y Madre de la Luz, nos acompañe para que nunca prefiramos las tinieblas, sino que caminemos siempre hacia Cristo, Luz del mundo.

Amén.

 


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