Testigo de la fe:
San Martín I
Murió en el año 655.
Por haberse alzado contra una herejía apoyada por el emperador bizantino Constantino II, este papa fue condenado al exilio y murió, víctima de malos tratos. Fue el último papa mártir.
Un perfume de Trinidad
(Hechos 4, 23-31; Salmo 2) La primera comunidad retoma el canto de David y alaba al Santo de Dios, rechazado por Israel y por las naciones, que ha recibido la unción real. El salmo da la palabra al Padre: “Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy.” Y el Espíritu se manifiesta a todos para atestiguar que la entronización de Jesucristo en el Gólgota le da en herencia la tierra entera. Esta Palabra de Dios disipa con firmeza las amenazas desde hace dos mil años.
Nicolas Tarralle, prêtre assomptionniste
Primera lectura
Al terminar
la oración, los llenó a todos el Espíritu Santo, y predicaban con valentía la
palabra de Dios
Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.
EN aquellos días, Pedro y Juan, puestos en libertad, volvieron a los suyos y
les contaron lo que les habían dicho los sumos sacerdotes y los ancianos.
Al oírlo, todos invocaron a una a Dios en voz alta, diciendo: «Señor, tú que
hiciste el cielo, la tierra, el mar y todo lo que hay en ellos; tú que por el
Espíritu Santo dijiste, por boca de nuestro padre David, tu siervo: “¿Por qué
se amotinan las naciones y los pueblos planean proyectos vanos? Se presentaron
los reyes de la tierra, los príncipes conspiraron contra el Señor y contra su
Mesías”.
Pues en verdad se aliaron en esta ciudad Herodes y Poncio Pilato con los
gentiles y el pueblo de Israel contra tu santo siervo Jesús, a quien ungiste,
para realizar cuanto tu mano y tu voluntad habían determinado que debía suceder.
Ahora, Señor, fíjate en sus amenazas y concede a tus siervos predicar tu
palabra con toda valentía; extiende tu mano para que se realicen curaciones,
signos y prodigios por el nombre de tu santo siervo Jesús».
Al terminar la oración, tembló el lugar donde estaban reunidos; los llenó a
todos el Espíritu Santo, y predicaban con valentía la palabra de Dios.
Palabra de Dios.
Salmo
R. Dichosos
los que se refugian en ti, Señor.
O bien:
R. Aleluya.
V. ¿Por qué se
amotinan las naciones,
y los pueblos planean un fracaso?
Se alían los reyes de la tierra,
los príncipes conspiran
contra el Señor y contra su Mesías:
«Rompamos sus coyundas,
sacudamos su yugo». R.
V. El
que habita en el cielo sonríe,
el Señor se burla de ellos.
Luego les habla con ira,
los espanta con su cólera:
«Yo mismo he establecido a mi Rey
en Sion, mi monte santo». R.
V. Voy a
proclamar el decreto del Señor;
él me ha dicho: «Tú eres mi hijo:
yo te he engendrado hoy.
Pídemelo:
te daré en herencia las naciones;
en posesión, los confines de la tierra:
los gobernarás con cetro de hierro,
los quebrarás como jarro de loza». R.
Aclamación
V. Si han
resucitado con Cristo, busquen los bienes de allá arriba, donde Cristo está
sentado a la derecha de Dios. R.
Evangelio
El que no
nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el reino de Dios
Lectura del santo Evangelio según san Juan.
HABÍA un hombre del grupo de los fariseos llamado Nicodemo, jefe judío.
Este fue a ver a Jesús de noche y le dijo:
«Rabí, sabemos que has venido de parte de Dios, como maestro; porque nadie
puede hacer los signos que tú haces si Dios no está con él».
Jesús le contestó:
«En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de nuevo no puede ver el reino
de Dios».
Nicodemo le pregunta:
«¿Cómo puede nacer un hombre siendo viejo? ¿Acaso puede por segunda vez entrar
en el vientre de su madre y nacer?».
Jesús le contestó:
«En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de agua y de Espíritu no puede
entrar en el reino de Dios. Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del
Espíritu es espíritu. No te extrañes de que te haya dicho: “Tienen que nacer de
nuevo”; el viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde
viene ni adónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu».
Palabra del Señor.
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Queridos
hermanos:
La liturgia de hoy
tiene, como dice bellamente el comentario, un verdadero “perfume de Trinidad”.
En ella aparece el Padre, aparece el Hijo y aparece el Espíritu Santo, obrando
juntos en la historia de la salvación y también en nuestra vida concreta.
En la primera lectura
contemplamos a la comunidad cristiana perseguida. Los discípulos han sido
amenazados, pero no responden con violencia ni con desesperación. Hacen algo
mucho más grande: se ponen a orar. Y al orar releen su
situación a la luz del Salmo 2. Comprenden que Jesús, rechazado por los
hombres, es sin embargo el Ungido de Dios, el verdadero Rey, el Hijo amado del
Padre.
Es hermoso ver cómo la
Iglesia naciente no se deja aplastar por las amenazas. Tiene dificultades, sí;
tiene enemigos, sí; pero tiene sobre todo una certeza más fuerte: Cristo
vive, Cristo reina, Cristo ha vencido. Por eso, cuando terminan
de orar, el lugar tiembla y todos quedan llenos del Espíritu Santo. Es como si
Dios mismo les dijera: “No tengan miedo; mi obra sigue adelante”.
El Evangelio nos
presenta a Nicodemo, que viene de noche a buscar a Jesús. Es un hombre sincero,
religioso, respetuoso, pero todavía está en la oscuridad de una fe incompleta.
Entonces Jesús le dice: “El que no nazca de nuevo no puede ver
el Reino de Dios.” Y añade que hay que nacer del agua y del
Espíritu.
Aquí encontramos el
corazón del mensaje de hoy: la Pascua no es solo recordar que Jesús resucitó;
es dejar que su Resurrección nos renueve por dentro. Es permitir que el
Espíritu Santo rehaga nuestra vida, cambie nuestra mentalidad, sane nuestras
heridas, fortalezca nuestra esperanza. Hay personas que llevan muchos años
cerca de la Iglesia, como Nicodemo, pero aún necesitan dar el paso hacia una fe
más viva, más confiada, más pascual.
Y esta Palabra se vuelve
especialmente consoladora hoy, cuando nuestra intención orante es
por los difuntos. Porque si Cristo es el Hijo vencedor, si el
Padre lo ha glorificado, y si el Espíritu da testimonio de Él, entonces también
nuestra esperanza respecto a los difuntos tiene un fundamento sólido. Nosotros
no oramos por ellos desde la desesperación, sino desde la fe en Cristo
resucitado.
Nuestros seres queridos
han partido de este mundo, pero no han caído en la nada. Han sido confiados a
las manos del Padre. La muerte sigue siendo dolorosa para nosotros, pero ya no
es una puerta cerrada sin salida. En Cristo, la muerte ha sido atravesada por
la vida. En Cristo, la tumba no es el final. En Cristo, la esperanza sigue en
pie.
Quizá hoy alguno lleva
en el alma el peso de una ausencia, el recuerdo de una madre, de un padre, de
un hermano, de un amigo, de un benefactor. Pues bien, la liturgia de hoy nos
invita a poner ese dolor dentro del misterio de Dios. El Padre no abandona. El
Hijo ha vencido la muerte. El Espíritu sigue consolando y sosteniendo a la
Iglesia.
Pidamos entonces tres
gracias: que, como Nicodemo, nos dejemos renovar por el Espíritu; que, como la
primera comunidad, aprendamos a orar con confianza en medio de las pruebas; y
que nuestros difuntos alcancen, por la misericordia de Dios, la plenitud de la
vida eterna.
Que María, Madre de la
esperanza, nos enseñe a vivir mirando siempre hacia la Pascua definitiva.
Amén.

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