lunes, 13 de abril de 2026

13 de abril del 2026: lunes de la segunda semana de Pascua- San Martín, papa y mártir (memoria opcional)


Testigo de la fe:

San Martín I

Murió en el año 655.

Por haberse alzado contra una herejía apoyada por el emperador bizantino Constantino II, este papa fue condenado al exilio y murió, víctima de malos tratos. Fue el último papa mártir.

 

Un perfume de Trinidad

(Hechos 4, 23-31; Salmo 2) La primera comunidad retoma el canto de David y alaba al Santo de Dios, rechazado por Israel y por las naciones, que ha recibido la unción real. El salmo da la palabra al Padre: “Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy.” Y el Espíritu se manifiesta a todos para atestiguar que la entronización de Jesucristo en el Gólgota le da en herencia la tierra entera. Esta Palabra de Dios disipa con firmeza las amenazas desde hace dos mil años.

Nicolas Tarralle, prêtre assomptionniste




 

Primera lectura

Hch 4, 23-31

Al terminar la oración, los llenó a todos el Espíritu Santo, y predicaban con valentía la palabra de Dios

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.

EN aquellos días, Pedro y Juan, puestos en libertad, volvieron a los suyos y les contaron lo que les habían dicho los sumos sacerdotes y los ancianos.
Al oírlo, todos invocaron a una a Dios en voz alta, diciendo: «Señor, tú que hiciste el cielo, la tierra, el mar y todo lo que hay en ellos; tú que por el Espíritu Santo dijiste, por boca de nuestro padre David, tu siervo: “¿Por qué se amotinan las naciones y los pueblos planean proyectos vanos? Se presentaron los reyes de la tierra, los príncipes conspiraron contra el Señor y contra su Mesías”.
Pues en verdad se aliaron en esta ciudad Herodes y Poncio Pilato con los gentiles y el pueblo de Israel contra tu santo siervo Jesús, a quien ungiste, para realizar cuanto tu mano y tu voluntad habían determinado que debía suceder.
Ahora, Señor, fíjate en sus amenazas y concede a tus siervos predicar tu palabra con toda valentía; extiende tu mano para que se realicen curaciones, signos y prodigios por el nombre de tu santo siervo Jesús».
Al terminar la oración, tembló el lugar donde estaban reunidos; los llenó a todos el Espíritu Santo, y predicaban con valentía la palabra de Dios.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 2, 1-3. 4-6. 7-9 (R.: cf. 12e)

R. Dichosos los que se refugian en ti, Señor.

O bien:

R. Aleluya.

V. ¿Por qué se amotinan las naciones,
y los pueblos planean un fracaso?
Se alían los reyes de la tierra,
los príncipes conspiran
contra el Señor y contra su Mesías:
«Rompamos sus coyundas,
sacudamos su yugo». 
R.

V. El que habita en el cielo sonríe,
el Señor se burla de ellos.
Luego les habla con ira,
los espanta con su cólera:
«Yo mismo he establecido a mi Rey
en Sion, mi monte santo». 
R.

V. Voy a proclamar el decreto del Señor;
él me ha dicho: «Tú eres mi hijo:
yo te he engendrado hoy.
Pídemelo:
te daré en herencia las naciones;
en posesión, los confines de la tierra:
los gobernarás con cetro de hierro,
los quebrarás como jarro de loza».
 R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Si han resucitado con Cristo, busquen los bienes de allá arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios. R.

 

Evangelio

Jn 3, 1-8

El que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el reino de Dios

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

HABÍA un hombre del grupo de los fariseos llamado Nicodemo, jefe judío. Este fue a ver a Jesús de noche y le dijo:
«Rabí, sabemos que has venido de parte de Dios, como maestro; porque nadie puede hacer los signos que tú haces si Dios no está con él».
Jesús le contestó:
«En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de nuevo no puede ver el reino de Dios».
Nicodemo le pregunta:
«¿Cómo puede nacer un hombre siendo viejo? ¿Acaso puede por segunda vez entrar en el vientre de su madre y nacer?».
Jesús le contestó:
«En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el reino de Dios. Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del Espíritu es espíritu. No te extrañes de que te haya dicho: “Tienen que nacer de nuevo”; el viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni adónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu».

Palabra del Señor.

 

************

 

Queridos hermanos:

La liturgia de hoy tiene, como dice bellamente el comentario, un verdadero “perfume de Trinidad”. En ella aparece el Padre, aparece el Hijo y aparece el Espíritu Santo, obrando juntos en la historia de la salvación y también en nuestra vida concreta.

En la primera lectura contemplamos a la comunidad cristiana perseguida. Los discípulos han sido amenazados, pero no responden con violencia ni con desesperación. Hacen algo mucho más grande: se ponen a orar. Y al orar releen su situación a la luz del Salmo 2. Comprenden que Jesús, rechazado por los hombres, es sin embargo el Ungido de Dios, el verdadero Rey, el Hijo amado del Padre.

Es hermoso ver cómo la Iglesia naciente no se deja aplastar por las amenazas. Tiene dificultades, sí; tiene enemigos, sí; pero tiene sobre todo una certeza más fuerte: Cristo vive, Cristo reina, Cristo ha vencido. Por eso, cuando terminan de orar, el lugar tiembla y todos quedan llenos del Espíritu Santo. Es como si Dios mismo les dijera: “No tengan miedo; mi obra sigue adelante”.

El Evangelio nos presenta a Nicodemo, que viene de noche a buscar a Jesús. Es un hombre sincero, religioso, respetuoso, pero todavía está en la oscuridad de una fe incompleta. Entonces Jesús le dice: “El que no nazca de nuevo no puede ver el Reino de Dios.” Y añade que hay que nacer del agua y del Espíritu.

Aquí encontramos el corazón del mensaje de hoy: la Pascua no es solo recordar que Jesús resucitó; es dejar que su Resurrección nos renueve por dentro. Es permitir que el Espíritu Santo rehaga nuestra vida, cambie nuestra mentalidad, sane nuestras heridas, fortalezca nuestra esperanza. Hay personas que llevan muchos años cerca de la Iglesia, como Nicodemo, pero aún necesitan dar el paso hacia una fe más viva, más confiada, más pascual.

Y esta Palabra se vuelve especialmente consoladora hoy, cuando nuestra intención orante es por los difuntos. Porque si Cristo es el Hijo vencedor, si el Padre lo ha glorificado, y si el Espíritu da testimonio de Él, entonces también nuestra esperanza respecto a los difuntos tiene un fundamento sólido. Nosotros no oramos por ellos desde la desesperación, sino desde la fe en Cristo resucitado.

Nuestros seres queridos han partido de este mundo, pero no han caído en la nada. Han sido confiados a las manos del Padre. La muerte sigue siendo dolorosa para nosotros, pero ya no es una puerta cerrada sin salida. En Cristo, la muerte ha sido atravesada por la vida. En Cristo, la tumba no es el final. En Cristo, la esperanza sigue en pie.

Quizá hoy alguno lleva en el alma el peso de una ausencia, el recuerdo de una madre, de un padre, de un hermano, de un amigo, de un benefactor. Pues bien, la liturgia de hoy nos invita a poner ese dolor dentro del misterio de Dios. El Padre no abandona. El Hijo ha vencido la muerte. El Espíritu sigue consolando y sosteniendo a la Iglesia.

Pidamos entonces tres gracias: que, como Nicodemo, nos dejemos renovar por el Espíritu; que, como la primera comunidad, aprendamos a orar con confianza en medio de las pruebas; y que nuestros difuntos alcancen, por la misericordia de Dios, la plenitud de la vida eterna.

Que María, Madre de la esperanza, nos enseñe a vivir mirando siempre hacia la Pascua definitiva.

Amén.

 

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