Una vida comunitaria
(Hechos 4, 32-37) El testimonio de los Apóstoles es
inseparable de la gracia abundante que reposa sobre todos. Una gracia de
comunión que une el corazón y el alma de los creyentes en un mismo impulso, por
el cual lo comparten todo en común.
La resurrección del Señor Jesús es anunciada
viviendo concretamente, “a los pies de los apóstoles”, una renuncia —Bernabé
vende su campo— que hace posible esta comunión y la atención a las necesidades
de cada uno.
Nicolas Tarralle, prêtre assomptionniste
Primera lectura
Un solo
corazón y una sola alma
Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.
EL grupo de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma: nadie llamaba
suyo propio nada de lo que tenía, pues lo poseían todo en común.
Los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con mucho
valor. Y se les miraba a todos con mucho agrado. Entre ellos no había
necesitados, pues los que poseían tierras o casas las vendían, traían el dinero
de lo vendido y lo ponían a los pies de los apóstoles; luego se distribuía a
cada uno según lo que necesitaba.
José, a quien los apóstoles apellidaron Bernabé, que significa hijo de la
consolación, que era levita y natural de Chipre, tenía un campo y lo vendió;
llevó el dinero y lo puso a los pies de los apóstoles.
Palabra de Dios.
Salmo
R. El Señor
reina, vestido de majestad.
O bien:
R. Aleluya.
V. El Señor
reina, vestido de majestad;
el Señor, vestido y ceñido de poder. R.
V. Así
está firme el orbe y no vacila.
Tu trono está firme desde siempre,
y tú eres eterno. R.
V. Tus
mandatos son fieles y seguros;
la santidad es el adorno de tu casa,
Señor, por días sin término. R.
Aclamación
V. Tiene que
ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida
eterna. R.
Evangelio
Nadie ha
subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre
Lectura del santo Evangelio según san Juan.
EN aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo:
«Tienen que nacer de nuevo; el viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero
no sabes de dónde viene ni adónde va. Así es todo el que ha nacido del
Espíritu».
Nicodemo le preguntó:
«¿Cómo puede suceder eso?».
Le contestó Jesús:
«¿Tú eres maestro en Israel, y no lo entiendes? En verdad, en verdad te digo:
hablamos de lo que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto, pero
ustedes no reciben nuestro testimonio. Si les hablo de las cosas terrenas y no
me creen, ¿cómo creerán si les hablo de las cosas celestiales? Nadie ha subido
al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre.
Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser
elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna».
Palabra del Señor.
***************
Queridos hermanos y hermanas:
Seguimos avanzando en este tiempo pascual, y la
Palabra de Dios de hoy nos pone delante dos grandes llamadas: nacer de nuevo
y vivir en verdadera comunión. En el Evangelio, Jesús le dice a Nicodemo
algo desconcertante: “Tienen que nacer de nuevo”. Y en la primera
lectura vemos cómo ese nuevo nacimiento se hace visible en la vida de la
comunidad cristiana: “La multitud de los creyentes tenía un solo corazón y
una sola alma”.
Es decir, la Pascua no es simplemente el recuerdo
de un acontecimiento maravilloso del pasado. La Pascua es una fuerza de vida
nueva que transforma por dentro a la persona y, desde allí, transforma también
la manera de relacionarse con los demás.
Nicodemo representa a muchos de nosotros. Es un
hombre creyente, respetuoso, sincero, pero todavía demasiado apoyado en sus
seguridades humanas, en sus razonamientos, en lo que puede controlar. Por eso
Jesús le habla de un nacimiento nuevo, de una vida que no viene solo del
esfuerzo humano, sino de la acción de Dios. Nacer de nuevo significa dejar que
el Espíritu Santo nos rehaga desde dentro. No se trata de cambiar algunas
costumbres superficiales; se trata de permitir que Dios cambie el corazón.
Y aquí aparece una pregunta muy importante: ¿cómo
se reconoce una persona que ha nacido de nuevo? La respuesta nos la da la
primera lectura. Se reconoce porque deja de vivir encerrada en sí misma. Se
reconoce porque empieza a vivir en comunión. Se reconoce porque ya no dice:
“esto es mío, solo mío”, sino que aprende a mirar las necesidades del hermano.
Se reconoce porque el Resucitado no solo está en sus labios, sino en sus obras.
La comunidad cristiana primitiva que nos describen
los Hechos de los Apóstoles no era una comunidad perfecta en sentido humano,
pero sí era una comunidad profundamente tocada por la Resurrección. Por eso compartían,
por eso se ayudaban, por eso nadie pasaba necesidad. No era simplemente
organización social; era fruto del Espíritu Santo. Habían comprendido que
Cristo había vencido la muerte, y entonces ya no podían seguir viviendo como si
el egoísmo tuviera la última palabra.
Qué hermoso detalle el de Bernabé, que vende un
campo y pone el dinero a los pies de los apóstoles. Ese gesto significa
desprendimiento, confianza, generosidad, sentido de Iglesia. Bernabé entiende
que la fe en Cristo resucitado tiene consecuencias concretas. No basta decir
“yo creo”; hay que demostrarlo con una vida que sabe compartir, servir y
sostener a los demás.
Esto también nos interpela hoy. Porque nosotros
podemos proclamar que Cristo ha resucitado, pero al mismo tiempo vivir aferrados
a nuestros intereses, a nuestros orgullos, a nuestras pequeñas rivalidades, a
nuestras indiferencias. Podemos decir “Aleluya”, pero seguir siendo duros con
el hermano, cerrados al necesitado, incapaces de perdonar o de colaborar. Y
entonces la Pascua queda solo en palabras, no en vida.
Nacer de nuevo, según Jesús, implica dejar que el
Espíritu nos arranque del egoísmo. Implica pasar de una fe solamente pensada a
una fe vivida. Implica comprender que la vida cristiana no se puede vivir en
aislamiento. El cristiano verdadero no es un francotirador espiritual; es un
miembro vivo del Cuerpo de Cristo. Por eso la Pascua construye comunidad.
El salmo de hoy nos recuerda: “Tu trono está
firme desde siempre”. Dios reina. Dios permanece. Dios es sólido. En
cambio, nuestras seguridades humanas pasan. Lo que hoy nos parece intocable,
mañana puede desaparecer. Solo Dios permanece. Y cuando una comunidad se apoya
de verdad en el Señor, entonces aprende a vivir en fidelidad, en fraternidad y
en esperanza.
Hermanos, en nuestras parroquias, en nuestras
familias, en nuestras comunidades, necesitamos pedir esa gracia pascual. La
gracia de ser “un solo corazón y una sola alma”. No uniformidad, no pensar
todos exactamente igual, sino comunión; esa comunión que nace del amor de
Cristo y que sabe respetar, perdonar, ayudar y compartir.
Hoy podríamos preguntarnos con sinceridad:
¿He nacido realmente de nuevo en Cristo, o sigo siendo el mismo de siempre con
un barniz religioso?
¿Mi fe me hace más generoso, más fraterno, más sensible al necesitado?
¿Estoy ayudando a construir comunidad o estoy poniendo obstáculos con mis
actitudes?
Pidámosle al Señor Resucitado que nos conceda un
corazón nuevo. Que su Espíritu nos haga renacer. Que quite de nosotros todo
egoísmo, toda vanidad, toda dureza. Y que, como Bernabé y como la primera
comunidad cristiana, sepamos hacer visible la Pascua con obras concretas de
comunión, de generosidad y de amor.
Que María, Madre de la Iglesia, nos enseñe a
abrirnos a la acción del Espíritu, para que también nosotros vivamos como
hombres y mujeres verdaderamente renovados por la Resurrección de Cristo.
Amén.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Gracias por visitar mi blog, Deje sus comentarios que si son hechos con respeto y seriedad, contestaré con mucho gusto. Gracias. Bendiciones