viernes, 10 de julio de 2026

11 de julio del 2026: sábado de la decimocuarta semana del tiempo ordinario II-Memoria obligatoria de San Benito, Abad- Memoria de María en sábado

 

Ricos en el desprendimiento

(Mateo 10,24-33) Nuestros deseos y apegos llenan con frecuencia el corazón y nos impiden seguir libremente a Cristo. Jesús nos invita hoy a no tener miedo. El discípulo puede experimentar la incomprensión o el rechazo, pero sigue siendo precioso a los ojos del Padre, que vela por él hasta en los más pequeños detalles de su vida.

Desprenderse no significa, entonces, perderlo todo, sino alcanzar la libertad necesaria para amar, servir y dar testimonio. Quien se atreve a reconocer a Cristo delante de los hombres descubre una riqueza mayor: la confianza de saberse conocido, amado y protegido por Dios.

G.Q

 


Primera lectura

Is 6, 1-8

Yo, hombre de labios impuros, he visto con mis ojos al Rey, Señor del universo

Lectura del libro de Isaías.

EN el año de la muerte del rey Ozías, vi al Señor sentado sobre un trono alto y excelso: la orla de su manto llenaba el templo.
Junto a él estaban los serafines, cada uno con seis alas: con dos alas se cubrían el rostro, con dos el cuerpo, con dos volaban, y se gritaban uno a otro diciendo:
«¡Santo, santo, santo es el Señor del universo, llena está la tierra de su gloria!».
Temblaban las jambas y los umbrales al clamor de su voz, y el templo estaba lleno de humo.
Yo dije:
«¡Ay de mí, estoy perdido! Yo, hombre de labios impuros, que habito en medio de gente de labios impuros, he visto con mis ojos al Rey, Señor del universo».
Uno de los seres de fuego voló hacia mí con un ascua en la mano, que había tomado del altar con unas tenazas; la aplicó a mi boca y me dijo:
«Al tocar esto tus labios, ha desaparecido tu culpa, está perdonado tu pecado».
Entonces escuché la voz del Señor, que decía:
«¿A quién enviaré? ¿Y quién irá por nosotros?».
Contesté:
«Aquí estoy, mándame».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 92, 1ab. 1c-2. 5 (R.: 1a)

R. El Señor reina, vestido de majestad.

V. El Señor reina, vestido de majestad;
el Señor, vestido y ceñido de poder. 
R.

V. Así está firme el orbe y no vacila.
Tu trono está firme desde siempre,
y tú eres eterno. 
R.

V. Tus mandatos son fieles y seguros;
la santidad es el adorno de tu casa,
Señor, por días sin término.
 R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Si los ultrajan por el nombre de Cristo, bienaventurados ustedes, porque el Espíritu de Dios reposa sobre ustedes. R.

 

Evangelio

Mt 10, 24-33

No tengan miedo a los que matan el cuerpo

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles:
«Un discípulo no es más que su maestro, ni un esclavo más que su amo; ya le basta al discípulo con ser como su maestro y al esclavo como su amo. Si al dueño de casa lo han llamado Belzebú, ¡cuánto más a los criados!
No les tengan miedo, porque nada hay encubierto, que no llegue a descubrirse; ni nada hay escondido, que no llegue a saberse.
Lo que les digo en la oscuridad, díganlo a la luz, y lo que les digo al oído, pregónenlo desde la azotea.
No tengan miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No; teman al que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la “gehenna”. ¿No se venden un par de gorriones por un céntimo? Y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga su Padre. Pues ustedes hasta los cabellos de la cabeza tienen contados. Por eso, no tengan miedo: valen más ustedes que muchos gorriones.
A quien se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre que está en los cielos».

Palabra del Señor.

 

 

1

 

Hermanos:

Las lecturas de este sábado nos hablan de tres experiencias muy unidas entre sí: el encuentro con la santidad de Dios, la llamada a la misión y la confianza que vence el miedo.

En la primera lectura, el profeta Isaías contempla al Señor sentado en un trono alto y excelso. Los serafines proclaman: «Santo, santo, santo es el Señor de los ejércitos; llena está toda la tierra de su gloria». Ante esta visión, Isaías no se siente fuerte ni digno. Por el contrario, reconoce su pobreza: «¡Ay de mí, estoy perdido! Yo, hombre de labios impuros, he visto al Rey, al Señor».

La verdadera experiencia de Dios no nos vuelve orgullosos. Quien se acerca de verdad al Señor descubre, al mismo tiempo, su grandeza y su propia fragilidad. Isaías no presume de ser profeta. Se reconoce pecador, pequeño e incapaz. Sin embargo, Dios no lo rechaza. Uno de los serafines toca sus labios con una brasa tomada del altar y le dice que su culpa ha desaparecido.

Aquí encontramos una enseñanza fundamental: Dios no llama solamente a los perfectos; llama, purifica y transforma a quienes se dejan tocar por su gracia. Isaías puede responder después: «Aquí estoy, mándame», no porque confíe en sus propias capacidades, sino porque ha sido purificado por el Señor.

También nosotros podemos sentirnos indignos, limitados o poco preparados. Quizá pensamos: «No sé hablar de Dios», «mi vida no es suficientemente ejemplar», «tengo muchos defectos». Pero el Señor no espera que seamos perfectos para comenzar a servirlo. Espera que seamos humildes, disponibles y capaces de decir: «Aquí estoy».

El salmo proclama: «El Señor reina, vestido de majestad». Frente a la grandeza de Dios, nuestros miedos, apegos y preocupaciones quedan colocados en su justa medida. Dios reina. Dios permanece. Su trono está firme desde siempre y sus mandatos son dignos de confianza.

El Evangelio de san Mateo recoge varias veces la invitación de Jesús: «No tengan miedo». El discípulo no está por encima de su maestro. Si Jesús fue criticado, rechazado y perseguido, también sus seguidores encontrarán oposición. El Señor no nos promete un camino sin dificultades; nos promete que no estaremos solos.

Jesús dice: «No tengan miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma». Con estas palabras no desprecia la vida ni el sufrimiento humano. Nos recuerda que nadie puede arrebatarnos lo más profundo: nuestra dignidad de hijos, nuestra fe, nuestra comunión con Dios y la vida eterna que Él nos promete.

Hay temores que nos paralizan: miedo a lo que dirán, a ser criticados, a perder amistades, prestigio, seguridad o comodidad. A veces callamos nuestra fe para no incomodar. Otras veces nos acomodamos a los criterios del mundo para evitar conflictos. Pero el Señor nos invita a vivir con una libertad mayor.

Esa libertad nace del desprendimiento. No se trata únicamente de abandonar bienes materiales. Hay apegos más profundos: la necesidad de aprobación, el orgullo, el deseo de controlar, el temor al fracaso, el resentimiento o la obsesión por nuestra propia imagen. Todo eso puede llenar el corazón y dejarnos sin espacio para Dios.

Jesús nos recuerda que valemos mucho más que los pájaros del cielo. «Hasta los cabellos de su cabeza están contados». Esta imagen expresa la ternura y la providencia del Padre. Dios no nos conoce de manera general o distante. Conoce nuestra historia, nuestros cansancios, nuestras luchas silenciosas y también nuestros pequeños esfuerzos por permanecer fieles.

Hoy celebramos la memoria de san Benito, abad, padre del monacato occidental y hombre profundamente marcado por la búsqueda de Dios. San Benito comprendió que el corazón necesita orden, silencio, oración y disciplina para poder escuchar la voz del Señor. Su conocida enseñanza, «ora et labora», orar y trabajar, no divide la vida en dos partes, sino que nos enseña a convertir todo en ofrenda: la oración, el trabajo, la fraternidad, el descanso y el servicio.

San Benito se apartó de una sociedad desordenada, pero no lo hizo para despreciar el mundo. Se retiró para encontrar a Dios con mayor profundidad y, desde allí, ofrecer una forma nueva de vida comunitaria. Su desprendimiento fue fecundo. Dejó seguridades, pero encontró una riqueza mayor: la comunión con Dios, la fraternidad y el servicio.

También hacemos memoria de la Virgen María en sábado. Ella es la mujer que, como Isaías, respondió con plena disponibilidad: «He aquí la esclava del Señor». María no poseía todas las respuestas ni conocía todos los detalles del camino. Sin embargo, se confió a Dios. Su grandeza no estuvo en controlar su futuro, sino en dejarse conducir por la voluntad divina.

María vivió el desprendimiento del corazón. Supo renunciar a sus planes para acoger el proyecto de Dios. Permaneció fiel en Nazaret, en Belén, durante la vida pública de Jesús y al pie de la cruz. Ella nos enseña que la verdadera riqueza consiste en pertenecer enteramente al Señor.

Preguntémonos hoy: ¿qué miedo me impide dar testimonio de Cristo? ¿Qué apego ocupa demasiado espacio en mi corazón? ¿Qué llamado de Dios estoy postergando? Tal vez el Señor espera también de nosotros la respuesta de Isaías: «Aquí estoy, mándame».

Pidamos por intercesión de san Benito y de la Virgen María un corazón libre, humilde y disponible. Que no vivamos pendientes de la aprobación de los demás, sino de la fidelidad al Evangelio. Que confiemos en el Padre, que conoce hasta los cabellos de nuestra cabeza, y que tengamos valor para reconocer a Cristo delante de los hombres.

Porque quien se desprende por amor a Dios no queda vacío: queda lleno de su presencia. Quien entrega su vida al Señor no la pierde: la encuentra. Y quien vence el miedo mediante la fe descubre la verdadera libertad de los hijos de Dios.

Amén.

 

2

 

Ser discípulos a imagen del Maestro

 

Queridos hermanos:

Jesús nos dice hoy una palabra muy clara y, al mismo tiempo, exigente: «Un discípulo no es más que su maestro, ni un esclavo más que su amo. Ya le basta al discípulo con ser como su maestro».

Con estas palabras, el Señor nos recuerda que la vida cristiana no consiste únicamente en admirar a Jesús, escuchar sus enseñanzas o aprender algunas normas religiosas. Ser cristiano significa hacerse semejante a Cristo, dejar que su manera de pensar, de amar, de servir y de afrontar el sufrimiento vaya tomando forma en nosotros.

En tiempos de Jesús, los discípulos seguían a un maestro para aprender sus enseñanzas y, quizá, llegar un día a convertirse ellos mismos en maestros. Pero con Jesús ocurre algo distinto. Él no es simplemente un maestro entre muchos. Él es la Sabiduría de Dios hecha carne, la Palabra eterna del Padre, el Maestro definitivo. Nosotros nunca podremos superar a Cristo; nuestra vocación consiste en parecernos cada vez más a Él.

Parecernos a Cristo en su amor, en su humildad, en su obediencia al Padre, en su compasión hacia los débiles y también en su manera de enfrentar la incomprensión, la calumnia y el rechazo.

Jesús advierte a los apóstoles que, si a Él lo llamaron Belzebú, también ellos serían criticados y perseguidos. No se lo dice para desanimarlos, sino para prepararlos. El Señor no quiere discípulos ingenuos, que imaginen que la fidelidad al Evangelio les evitará todo sufrimiento. Quiere discípulos conscientes de que seguirlo puede tener un precio, pero también seguros de que nunca estarán solos.

A veces pensamos que cuanto más cerca estemos de Dios, menos problemas tendremos. Y es verdad que la cercanía con el Señor nos da una paz profunda; pero no siempre elimina las dificultades exteriores. Los apóstoles estaban llenos del Espíritu Santo y, sin embargo, padecieron persecuciones. Los mártires amaron profundamente a Cristo y, sin embargo, entregaron su vida. La fe no siempre nos libra de la cruz; nos da fuerza para llevarla sin perder la esperanza.

Aquí debemos distinguir entre la paz exterior y la paz interior.

La paz exterior depende muchas veces de que todo salga como queremos: que nadie nos contradiga, que no haya problemas familiares, que tengamos estabilidad, aceptación y comodidad. Pero esa paz es frágil, porque cualquier dificultad puede destruirla.

La paz interior, en cambio, nace de sabernos sostenidos por Dios. Es la paz que permite seguir amando aunque no seamos comprendidos; continuar sirviendo aunque no seamos reconocidos; permanecer fieles aunque otros nos critiquen. Es la paz que el mundo no puede dar ni quitar.

La primera lectura nos presenta la vocación del profeta Isaías. Él contempla al Señor en su trono, rodeado de serafines que proclaman: «Santo, santo, santo es el Señor de los ejércitos; llena está toda la tierra de su gloria».

Ante la santidad de Dios, Isaías descubre su propia pobreza: «¡Ay de mí, estoy perdido! Yo, hombre de labios impuros, he visto al Rey, al Señor». Isaías no se siente digno, preparado ni capacitado para la misión. Sin embargo, Dios lo purifica. Un serafín toca sus labios con una brasa encendida y le anuncia que su culpa ha desaparecido.

Entonces el Señor pregunta: «¿A quién enviaré? ¿Quién irá por nosotros?». E Isaías responde: «Aquí estoy, mándame».

Este pasaje nos enseña que Dios no llama necesariamente a quienes se consideran fuertes o perfectos. Llama a personas frágiles que se dejan purificar y transformar. Isaías no responde: «Aquí estoy, porque soy el mejor». Responde después de haber reconocido su debilidad y de haber experimentado la misericordia de Dios.

También nosotros podemos sentirnos indignos o incapaces. Podemos pensar que no sabemos hablar, que no tenemos suficientes cualidades o que nuestros pecados nos descalifican. Pero Dios no espera nuestra perfección; espera nuestra disponibilidad. Él mismo purifica, fortalece y capacita a quien se deja enviar.

La respuesta de Isaías —«Aquí estoy, mándame»— expresa el corazón del verdadero discípulo. Es también la actitud de quien acepta seguir al Maestro sin imponerle condiciones.

El salmo proclama: «El Señor reina, vestido de majestad». En medio de las dificultades, las críticas y la fragilidad humana, hay una certeza que permanece: el Señor reina. Las circunstancias pueden cambiar, los poderes humanos pueden pasar y las opiniones de la gente pueden herirnos, pero el trono de Dios permanece firme desde siempre.

La confianza del discípulo no se apoya en el éxito, la popularidad ni la ausencia de problemas. Se apoya en el señorío de Dios. Él gobierna la historia, sostiene a su pueblo y permanece fiel a sus promesas.

Hoy celebramos la memoria de san Benito, abad, patrono de Europa y padre del monacato occidental. San Benito comprendió que seguir a Cristo exige ordenar toda la vida alrededor de Dios. Su famosa inspiración, resumida en las palabras «ora et labora», orar y trabajar, nos enseña que la santidad no consiste en huir de las responsabilidades, sino en convertir la vida entera en una ofrenda.

San Benito buscó a Dios en el silencio, en la oración, en el trabajo, en la obediencia y en la vida fraterna. No buscó superar al Maestro, sino parecerse a Él. Quiso aprender de Cristo la humildad, la disciplina interior, la escucha y el servicio.

La Regla de san Benito comienza con una invitación profundamente evangélica: escuchar con el oído del corazón. Para ser discípulos de Cristo, necesitamos aprender a escuchar: escuchar la Palabra, escuchar a Dios en la oración, escuchar a los hermanos y también reconocer con humildad aquello que el Señor desea corregir en nosotros.

San Benito vivió en una época de crisis social, cultural y moral. No respondió con desesperación ni violencia. Creó pequeñas comunidades donde la oración, el trabajo, la hospitalidad y la fraternidad mostraban que otra manera de vivir era posible. En un mundo desordenado, ofreció el testimonio de una vida centrada en Dios.

También nosotros vivimos tiempos de tensión, incertidumbre, divisiones y pérdida de valores. Podemos limitarnos a lamentarnos o podemos, como san Benito, construir espacios donde el Evangelio se haga visible: nuestras familias, comunidades y parroquias pueden convertirse en escuelas de comunión, oración y servicio.

Aunque la liturgia nos propone hoy la memoria de san Benito, el sábado conserva también para el pueblo cristiano un especial espíritu mariano. La Virgen María es la discípula perfecta, la mujer que escuchó la Palabra, la guardó en su corazón y permitió que se hiciera vida en ella.

María no quiso ser más que su Señor. Su grandeza estuvo precisamente en hacerse pequeña, en confiar y en responder: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra».

Como Isaías, María dijo su propio «Aquí estoy». No conocía todas las consecuencias de su respuesta, pero se puso en manos de Dios. Su camino no estuvo libre de sufrimiento: conoció la pobreza de Belén, el exilio, la incomprensión y la cruz. Sin embargo, permaneció fiel porque llevaba dentro la paz de quien se sabe en las manos del Padre.

María nos enseña que la paz verdadera no es vivir sin problemas, sino vivir unidos a Dios en medio de ellos.

Hermanos, preguntémonos hoy: ¿queremos realmente parecernos a Cristo o solamente recibir sus consuelos? ¿Estamos dispuestos a seguirlo también cuando el Evangelio nos exige sacrificio, valentía o renuncia? ¿Buscamos la aprobación del mundo o la fidelidad al Maestro?

Quizá algunos viven momentos de incomprensión en su familia, en su trabajo o incluso dentro de la comunidad. Quizá otros se sienten cansados porque sus esfuerzos no son reconocidos. Jesús nos dice: no se desanimen. Si el Maestro conoció el rechazo, sus discípulos también pueden experimentarlo. Pero esa dificultad no significa que Dios nos haya abandonado.

Pidamos no solamente que desaparezcan todos los problemas. Pidamos, sobre todo, la fortaleza interior para vivirlos con fe. Pidamos una paz que no dependa de las circunstancias. Pidamos la valentía de Isaías para responder: «Aquí estoy, mándame».

Que san Benito nos enseñe a buscar verdaderamente a Dios, a escuchar con el corazón y a construir fraternidad. Que la Virgen María nos ayude a guardar la Palabra, a perseverar junto a la cruz y a confiar plenamente en el Señor.

Y que nosotros podamos decirle a Jesús:

Señor, Maestro de todos los maestros, queremos ser siempre tus discípulos. Forma en nosotros un corazón semejante al tuyo. Danos humildad para aprender, valentía para anunciarte y fortaleza para no desanimarnos ante las dificultades. Que, en medio de toda prueba, permanezcamos firmes, sabiendo que Tú reinas y que tu paz habita en quienes confían en ti.

Amén.

 

 

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