Ricos en el desprendimiento
(Mateo 10,24-33) Nuestros deseos y apegos llenan con frecuencia el
corazón y nos impiden seguir libremente a Cristo. Jesús nos invita hoy a no
tener miedo. El discípulo puede experimentar la incomprensión o el rechazo,
pero sigue siendo precioso a los ojos del Padre, que vela por él hasta en los
más pequeños detalles de su vida.
Desprenderse no significa, entonces, perderlo todo,
sino alcanzar la libertad necesaria para amar, servir y dar testimonio. Quien
se atreve a reconocer a Cristo delante de los hombres descubre una riqueza
mayor: la confianza de saberse conocido, amado y protegido por Dios.
G.Q
Primera lectura
Is
6, 1-8
Yo,
hombre de labios impuros, he visto con mis ojos al Rey, Señor del universo
Lectura del libro de Isaías.
EN el año de la muerte del rey Ozías, vi al Señor sentado sobre un trono alto y
excelso: la orla de su manto llenaba el templo.
Junto a él estaban los serafines, cada uno con seis alas: con dos alas se
cubrían el rostro, con dos el cuerpo, con dos volaban, y se gritaban uno a otro
diciendo:
«¡Santo, santo, santo es el Señor del universo, llena está la tierra de su
gloria!».
Temblaban las jambas y los umbrales al clamor de su voz, y el templo estaba
lleno de humo.
Yo dije:
«¡Ay de mí, estoy perdido! Yo, hombre de labios impuros, que habito en medio de
gente de labios impuros, he visto con mis ojos al Rey, Señor del universo».
Uno de los seres de fuego voló hacia mí con un ascua en la mano, que había
tomado del altar con unas tenazas; la aplicó a mi boca y me dijo:
«Al tocar esto tus labios, ha desaparecido tu culpa, está perdonado tu pecado».
Entonces escuché la voz del Señor, que decía:
«¿A quién enviaré? ¿Y quién irá por nosotros?».
Contesté:
«Aquí estoy, mándame».
Palabra de Dios.
Salmo
Sal
92, 1ab. 1c-2. 5 (R.: 1a)
R. El Señor
reina, vestido de majestad.
V. El Señor reina,
vestido de majestad;
el Señor, vestido y ceñido de poder. R.
V. Así está firme
el orbe y no vacila.
Tu trono está firme desde siempre,
y tú eres eterno. R.
V. Tus mandatos
son fieles y seguros;
la santidad es el adorno de tu casa,
Señor, por días sin término. R.
Aclamación
R. Aleluya,
aleluya, aleluya.
V. Si los ultrajan
por el nombre de Cristo, bienaventurados ustedes, porque el Espíritu de Dios
reposa sobre ustedes. R.
Evangelio
Mt
10, 24-33
No
tengan miedo a los que matan el cuerpo
Lectura del santo Evangelio según san Mateo.
EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles:
«Un discípulo no es más que su maestro, ni un esclavo más que su amo; ya le
basta al discípulo con ser como su maestro y al esclavo como su amo. Si al
dueño de casa lo han llamado Belzebú, ¡cuánto más a los criados!
No les tengan miedo, porque nada hay encubierto, que no llegue a descubrirse;
ni nada hay escondido, que no llegue a saberse.
Lo que les digo en la oscuridad, díganlo a la luz, y lo que les digo al oído,
pregónenlo desde la azotea.
No tengan miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No;
teman al que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la “gehenna”. ¿No se
venden un par de gorriones por un céntimo? Y, sin embargo, ni uno solo cae al
suelo sin que lo disponga su Padre. Pues ustedes hasta los cabellos de la
cabeza tienen contados. Por eso, no tengan miedo: valen más ustedes que muchos
gorriones.
A quien se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante
mi Padre que está en los cielos. Y si uno me niega ante los hombres, yo también
lo negaré ante mi Padre que está en los cielos».
Palabra del Señor.
1
Hermanos:
Las lecturas de este sábado nos hablan de tres
experiencias muy unidas entre sí: el encuentro con la santidad de Dios, la
llamada a la misión y la confianza que vence el miedo.
En la primera lectura, el profeta Isaías contempla
al Señor sentado en un trono alto y excelso. Los serafines proclaman: «Santo,
santo, santo es el Señor de los ejércitos; llena está toda la tierra de su
gloria». Ante esta visión, Isaías no se siente fuerte ni digno. Por el
contrario, reconoce su pobreza: «¡Ay de mí, estoy perdido! Yo, hombre de labios
impuros, he visto al Rey, al Señor».
La verdadera experiencia de Dios no nos vuelve
orgullosos. Quien se acerca de verdad al Señor descubre, al mismo tiempo, su
grandeza y su propia fragilidad. Isaías no presume de ser profeta. Se reconoce
pecador, pequeño e incapaz. Sin embargo, Dios no lo rechaza. Uno de los
serafines toca sus labios con una brasa tomada del altar y le dice que su culpa
ha desaparecido.
Aquí encontramos una enseñanza fundamental: Dios
no llama solamente a los perfectos; llama, purifica y transforma a quienes se
dejan tocar por su gracia. Isaías puede responder después: «Aquí estoy,
mándame», no porque confíe en sus propias capacidades, sino porque ha sido
purificado por el Señor.
También nosotros podemos sentirnos indignos,
limitados o poco preparados. Quizá pensamos: «No sé hablar de Dios», «mi vida
no es suficientemente ejemplar», «tengo muchos defectos». Pero el Señor no
espera que seamos perfectos para comenzar a servirlo. Espera que seamos
humildes, disponibles y capaces de decir: «Aquí estoy».
El salmo proclama: «El Señor reina, vestido de
majestad». Frente a la grandeza de Dios, nuestros miedos, apegos y
preocupaciones quedan colocados en su justa medida. Dios reina. Dios permanece.
Su trono está firme desde siempre y sus mandatos son dignos de confianza.
El Evangelio de san Mateo recoge varias veces la
invitación de Jesús: «No tengan miedo». El discípulo no está por encima de su
maestro. Si Jesús fue criticado, rechazado y perseguido, también sus seguidores
encontrarán oposición. El Señor no nos promete un camino sin dificultades; nos
promete que no estaremos solos.
Jesús dice: «No tengan miedo a los que matan el
cuerpo, pero no pueden matar el alma». Con estas palabras no desprecia la vida
ni el sufrimiento humano. Nos recuerda que nadie puede arrebatarnos lo más
profundo: nuestra dignidad de hijos, nuestra fe, nuestra comunión con Dios y la
vida eterna que Él nos promete.
Hay temores que nos paralizan: miedo a lo que
dirán, a ser criticados, a perder amistades, prestigio, seguridad o comodidad.
A veces callamos nuestra fe para no incomodar. Otras veces nos acomodamos a los
criterios del mundo para evitar conflictos. Pero el Señor nos invita a vivir
con una libertad mayor.
Esa libertad nace del desprendimiento. No se trata
únicamente de abandonar bienes materiales. Hay apegos más profundos: la
necesidad de aprobación, el orgullo, el deseo de controlar, el temor al
fracaso, el resentimiento o la obsesión por nuestra propia imagen. Todo eso
puede llenar el corazón y dejarnos sin espacio para Dios.
Jesús nos recuerda que valemos mucho más que los
pájaros del cielo. «Hasta los cabellos de su cabeza están contados». Esta
imagen expresa la ternura y la providencia del Padre. Dios no nos conoce de
manera general o distante. Conoce nuestra historia, nuestros cansancios,
nuestras luchas silenciosas y también nuestros pequeños esfuerzos por
permanecer fieles.
Hoy celebramos la memoria de san Benito, abad,
padre del monacato occidental y hombre profundamente marcado por la búsqueda de
Dios. San Benito comprendió que el corazón necesita orden, silencio, oración y
disciplina para poder escuchar la voz del Señor. Su conocida enseñanza, «ora et
labora», orar y trabajar, no divide la vida en dos partes, sino que nos enseña
a convertir todo en ofrenda: la oración, el trabajo, la fraternidad, el
descanso y el servicio.
San Benito se apartó de una sociedad desordenada,
pero no lo hizo para despreciar el mundo. Se retiró para encontrar a Dios con
mayor profundidad y, desde allí, ofrecer una forma nueva de vida comunitaria.
Su desprendimiento fue fecundo. Dejó seguridades, pero encontró una riqueza
mayor: la comunión con Dios, la fraternidad y el servicio.
También hacemos memoria de la Virgen María en
sábado. Ella es la mujer que, como Isaías, respondió con plena disponibilidad:
«He aquí la esclava del Señor». María no poseía todas las respuestas ni conocía
todos los detalles del camino. Sin embargo, se confió a Dios. Su grandeza no
estuvo en controlar su futuro, sino en dejarse conducir por la voluntad divina.
María vivió el desprendimiento del corazón. Supo
renunciar a sus planes para acoger el proyecto de Dios. Permaneció fiel en
Nazaret, en Belén, durante la vida pública de Jesús y al pie de la cruz. Ella
nos enseña que la verdadera riqueza consiste en pertenecer enteramente al
Señor.
Preguntémonos hoy: ¿qué miedo me impide dar
testimonio de Cristo? ¿Qué apego ocupa demasiado espacio en mi corazón? ¿Qué
llamado de Dios estoy postergando? Tal vez el Señor espera también de nosotros
la respuesta de Isaías: «Aquí estoy, mándame».
Pidamos por intercesión de san Benito y de la
Virgen María un corazón libre, humilde y disponible. Que no vivamos pendientes
de la aprobación de los demás, sino de la fidelidad al Evangelio. Que confiemos
en el Padre, que conoce hasta los cabellos de nuestra cabeza, y que tengamos
valor para reconocer a Cristo delante de los hombres.
Porque quien se desprende por amor a Dios no queda
vacío: queda lleno de su presencia. Quien entrega su vida al Señor no la
pierde: la encuentra. Y quien vence el miedo mediante la fe descubre la
verdadera libertad de los hijos de Dios.
Amén.
2
Ser discípulos a imagen del
Maestro
Queridos hermanos:
Jesús nos dice hoy una palabra muy clara y, al
mismo tiempo, exigente: «Un discípulo no es más que su maestro, ni un
esclavo más que su amo. Ya le basta al discípulo con ser como su maestro».
Con estas palabras, el Señor nos recuerda que la
vida cristiana no consiste únicamente en admirar a Jesús, escuchar sus
enseñanzas o aprender algunas normas religiosas. Ser cristiano significa hacerse
semejante a Cristo, dejar que su manera de pensar, de amar, de servir y de
afrontar el sufrimiento vaya tomando forma en nosotros.
En tiempos de Jesús, los discípulos seguían a un
maestro para aprender sus enseñanzas y, quizá, llegar un día a convertirse
ellos mismos en maestros. Pero con Jesús ocurre algo distinto. Él no es
simplemente un maestro entre muchos. Él es la Sabiduría de Dios hecha carne, la
Palabra eterna del Padre, el Maestro definitivo. Nosotros nunca podremos
superar a Cristo; nuestra vocación consiste en parecernos cada vez más a Él.
Parecernos a Cristo en su amor, en su humildad, en
su obediencia al Padre, en su compasión hacia los débiles y también en su
manera de enfrentar la incomprensión, la calumnia y el rechazo.
Jesús advierte a los apóstoles que, si a Él lo
llamaron Belzebú, también ellos serían criticados y perseguidos. No se lo dice
para desanimarlos, sino para prepararlos. El Señor no quiere discípulos
ingenuos, que imaginen que la fidelidad al Evangelio les evitará todo
sufrimiento. Quiere discípulos conscientes de que seguirlo puede tener un
precio, pero también seguros de que nunca estarán solos.
A veces pensamos que cuanto más cerca estemos de
Dios, menos problemas tendremos. Y es verdad que la cercanía con el Señor nos
da una paz profunda; pero no siempre elimina las dificultades exteriores. Los
apóstoles estaban llenos del Espíritu Santo y, sin embargo, padecieron
persecuciones. Los mártires amaron profundamente a Cristo y, sin embargo,
entregaron su vida. La fe no siempre nos libra de la cruz; nos da fuerza para
llevarla sin perder la esperanza.
Aquí debemos distinguir entre la paz exterior y la
paz interior.
La paz exterior depende muchas veces de que todo
salga como queremos: que nadie nos contradiga, que no haya problemas
familiares, que tengamos estabilidad, aceptación y comodidad. Pero esa paz es
frágil, porque cualquier dificultad puede destruirla.
La paz interior, en cambio, nace de sabernos
sostenidos por Dios. Es la paz que permite seguir amando aunque no seamos
comprendidos; continuar sirviendo aunque no seamos reconocidos; permanecer
fieles aunque otros nos critiquen. Es la paz que el mundo no puede dar ni
quitar.
La primera lectura nos presenta la vocación del
profeta Isaías. Él contempla al Señor en su trono, rodeado de serafines que
proclaman: «Santo, santo, santo es el Señor de los ejércitos; llena está toda
la tierra de su gloria».
Ante la santidad de Dios, Isaías descubre su propia
pobreza: «¡Ay de mí, estoy perdido! Yo, hombre de labios impuros, he visto al
Rey, al Señor». Isaías no se siente digno, preparado ni capacitado para la
misión. Sin embargo, Dios lo purifica. Un serafín toca sus labios con una brasa
encendida y le anuncia que su culpa ha desaparecido.
Entonces el Señor pregunta: «¿A quién enviaré?
¿Quién irá por nosotros?». E Isaías responde: «Aquí estoy, mándame».
Este pasaje nos enseña que Dios no llama
necesariamente a quienes se consideran fuertes o perfectos. Llama a personas
frágiles que se dejan purificar y transformar. Isaías no responde: «Aquí estoy,
porque soy el mejor». Responde después de haber reconocido su debilidad y de
haber experimentado la misericordia de Dios.
También nosotros podemos sentirnos indignos o
incapaces. Podemos pensar que no sabemos hablar, que no tenemos suficientes
cualidades o que nuestros pecados nos descalifican. Pero Dios no espera nuestra
perfección; espera nuestra disponibilidad. Él mismo purifica, fortalece y
capacita a quien se deja enviar.
La respuesta de Isaías —«Aquí estoy, mándame»—
expresa el corazón del verdadero discípulo. Es también la actitud de quien
acepta seguir al Maestro sin imponerle condiciones.
El salmo proclama: «El Señor reina, vestido de
majestad». En medio de las dificultades, las críticas y la fragilidad humana,
hay una certeza que permanece: el Señor reina. Las circunstancias pueden
cambiar, los poderes humanos pueden pasar y las opiniones de la gente pueden
herirnos, pero el trono de Dios permanece firme desde siempre.
La confianza del discípulo no se apoya en el éxito,
la popularidad ni la ausencia de problemas. Se apoya en el señorío de Dios. Él
gobierna la historia, sostiene a su pueblo y permanece fiel a sus promesas.
Hoy celebramos la memoria de san Benito, abad,
patrono de Europa y padre del monacato occidental. San Benito comprendió que
seguir a Cristo exige ordenar toda la vida alrededor de Dios. Su famosa
inspiración, resumida en las palabras «ora et labora», orar y trabajar, nos
enseña que la santidad no consiste en huir de las responsabilidades, sino en
convertir la vida entera en una ofrenda.
San Benito buscó a Dios en el silencio, en la
oración, en el trabajo, en la obediencia y en la vida fraterna. No buscó
superar al Maestro, sino parecerse a Él. Quiso aprender de Cristo la humildad,
la disciplina interior, la escucha y el servicio.
La Regla de san Benito comienza con una invitación
profundamente evangélica: escuchar con el oído del corazón. Para ser discípulos
de Cristo, necesitamos aprender a escuchar: escuchar la Palabra, escuchar a
Dios en la oración, escuchar a los hermanos y también reconocer con humildad
aquello que el Señor desea corregir en nosotros.
San Benito vivió en una época de crisis social,
cultural y moral. No respondió con desesperación ni violencia. Creó pequeñas
comunidades donde la oración, el trabajo, la hospitalidad y la fraternidad
mostraban que otra manera de vivir era posible. En un mundo desordenado,
ofreció el testimonio de una vida centrada en Dios.
También nosotros vivimos tiempos de tensión,
incertidumbre, divisiones y pérdida de valores. Podemos limitarnos a
lamentarnos o podemos, como san Benito, construir espacios donde el Evangelio
se haga visible: nuestras familias, comunidades y parroquias pueden convertirse
en escuelas de comunión, oración y servicio.
Aunque la liturgia nos propone hoy la memoria de
san Benito, el sábado conserva también para el pueblo cristiano un especial
espíritu mariano. La Virgen María es la discípula perfecta, la mujer que
escuchó la Palabra, la guardó en su corazón y permitió que se hiciera vida en
ella.
María no quiso ser más que su Señor. Su grandeza
estuvo precisamente en hacerse pequeña, en confiar y en responder: «He aquí la
esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra».
Como Isaías, María dijo su propio «Aquí estoy». No
conocía todas las consecuencias de su respuesta, pero se puso en manos de Dios.
Su camino no estuvo libre de sufrimiento: conoció la pobreza de Belén, el
exilio, la incomprensión y la cruz. Sin embargo, permaneció fiel porque llevaba
dentro la paz de quien se sabe en las manos del Padre.
María nos enseña que la paz verdadera no es vivir
sin problemas, sino vivir unidos a Dios en medio de ellos.
Hermanos, preguntémonos hoy: ¿queremos realmente
parecernos a Cristo o solamente recibir sus consuelos? ¿Estamos dispuestos a
seguirlo también cuando el Evangelio nos exige sacrificio, valentía o renuncia?
¿Buscamos la aprobación del mundo o la fidelidad al Maestro?
Quizá algunos viven momentos de incomprensión en su
familia, en su trabajo o incluso dentro de la comunidad. Quizá otros se sienten
cansados porque sus esfuerzos no son reconocidos. Jesús nos dice: no se
desanimen. Si el Maestro conoció el rechazo, sus discípulos también pueden
experimentarlo. Pero esa dificultad no significa que Dios nos haya abandonado.
Pidamos no solamente que desaparezcan todos los
problemas. Pidamos, sobre todo, la fortaleza interior para vivirlos con fe.
Pidamos una paz que no dependa de las circunstancias. Pidamos la valentía de
Isaías para responder: «Aquí estoy, mándame».
Que san Benito nos enseñe a buscar verdaderamente a
Dios, a escuchar con el corazón y a construir fraternidad. Que la Virgen María
nos ayude a guardar la Palabra, a perseverar junto a la cruz y a confiar
plenamente en el Señor.
Y que nosotros podamos decirle a Jesús:
Señor, Maestro de todos los maestros, queremos ser
siempre tus discípulos. Forma en nosotros un corazón semejante al tuyo. Danos
humildad para aprender, valentía para anunciarte y fortaleza para no
desanimarnos ante las dificultades. Que, en medio de toda prueba, permanezcamos
firmes, sabiendo que Tú reinas y que tu paz habita en quienes confían en ti.
Amén.

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