Memoria de hoy:
El Santísimo Nombre de María
El
nombre de María nos recuerda una presencia maternal que acompaña nuestra fe y
nos conduce a Jesús. Al celebrar hoy su santísimo nombre, contemplamos a la
mujer que acogió la Palabra y la hizo vida. Con ella, dispongamos el corazón
para esta Eucaristía: que nuestra alabanza se vuelva gratitud, nuestra escucha
dé frutos de amor y nuestra confianza permanezca firme en el Señor.
Poner en práctica la Palabra
¿Qué
es un cristiano practicante? Alguien que va a misa los domingos, nos sentimos
tentados a responder espontáneamente. Es verdad, pero eso no es exactamente
todo lo que nos dice Jesús en el Evangelio. Para él, escuchar su Palabra y
llamarlo «Señor» exige un paso más: llevar a la vida lo que hemos
escuchado y profesado. La fe arraiga en nosotros cuando se convierte en
decisiones, gestos y actitudes.
Participar
en la Eucaristía es esencial: allí Cristo nos reúne, nos alimenta y nos envía.
Pero la celebración debe prolongarse en nuestra manera de tratar a los demás,
de trabajar, de afrontar los conflictos y de atender a quienes sufren. No
tendría sentido recibir al Señor y cerrar después el corazón al hermano.
Jesús
compara a quien escucha y practica su Palabra con un hombre que construye su
casa sobre roca. Esa solidez no lo libra de las crecidas del río, pero le
permite resistir. También el creyente atraviesa pérdidas, dudas y dificultades;
su apoyo es la relación con Cristo, cultivada en la oración y vivida en el
amor.
Ser cristiano practicante es dejar que la Palabra se vuelva
vida.
No significa ser perfecto, sino aceptar que el Señor nos transforme, reconocer
nuestras incoherencias y volver a empezar. El fruto revela la calidad del
árbol; nuestras obras muestran hasta dónde ha penetrado el Evangelio en nuestro
corazón.
¿Qué
palabra de Jesús puedo poner en práctica hoy? Tal vez una reconciliación
pendiente, una ayuda concreta o una conversación en la que necesite escuchar
con más paciencia.
Señor Jesús, que no me conforme con escucharte y llamarte
Señor. Dame un corazón dócil para cumplir tu Palabra y construir sobre ti mi
vida. Que lo que celebro en la Eucaristía se haga visible en el amor de cada
día. Amén.
Primera lectura
1
Cor 10, 14-22
Nosotros,
siendo muchos, formamos un solo cuerpo, pues todos comemos del mismo pan
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios.
QUERIDOS hermanos, huyan de la idolatría. Les hablo como a personas sensatas;
juzguen ustedes lo que digo.
El cáliz de la bendición que bendecimos, ¿no es comunión de la sangre de
Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión
del cuerpo de Cristo?
Porque el pan es uno, nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo, pues
todos comemos del mismo pan. Consideren al Israel según la carne: ¿los que
comen de las víctimas no se unen al altar?
¿Qué quiero decir? ¿Que las víctimas sacrificadas a los ídolos son algo o que
los ídolos son algo? No, sino que los gentiles ofrecen sus sacrificios a los
demonios, no a Dios; y no quiero que se unan a los demonios. No pueden beber del
cáliz del Señor y del cáliz de los demonios. No pueden participar de la mesa
del Señor y de la mesa de los demonios. ¿O vamos a provocar los celos del
Señor? ¿Acaso somos más fuertes que él?
Palabra de Dios.
Salmo
Sal
115, 12-13. 17-18 (R.: 17a)
R. Te ofreceré,
Señor, un sacrificio de alabanza.
V. ¿Cómo pagaré al
Señor
todo el bien que me ha hecho?
Alzaré la copa de la salvación,
invocando el nombre del Señor. R.
V. Te ofreceré un
sacrificio de alabanza,
invocando el nombre del Señor.
Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo. R.
Aclamación
R. Aleluya, aleluya,
aleluya.
V. El que me ama
guardará mi palabra —dice el Señor—,
y mi Padre lo amará, y vendremos a él. R.
Evangelio
Lc
6, 43-49
¿Por
qué me llaman «Señor, Señor», y no hacen lo que digo?
Lectura del santo Evangelio según san Lucas.
EN aquel tiempo, decía Jesús a sus discípulos:
«No hay árbol bueno que dé fruto malo, ni árbol malo que dé fruto bueno; por
ello, cada árbol se conoce por su fruto; porque no se recogen higos de las
zarzas, ni se vendimian racimos de los espinos.
El hombre bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien, y el que
es malo, de la maldad saca el mal; porque de lo que rebosa el corazón habla la
boca.
¿Por qué me llaman “Señor, Señor”, y no hacen lo que digo?
Todo el que viene a mí, escucha mis palabras y las pone en práctica, les voy a
decir a quién se parece: se parece a uno que edificó una casa: cavó, ahondó y
puso los cimientos sobre roca; vino una crecida, arremetió el río contra
aquella casa, y no pudo derribarla, porque estaba sólidamente construida.
El que escucha y no pone en práctica se parece a uno que edificó una casa sobre
tierra, sin cimiento; arremetió contra ella el río, y enseguida se derrumbó
desplomándose, y fue grande la ruina de aquella casa».
Palabra del Señor.
*****************
Con María, escuchar la Palabra y hacerla vida
Queridos
hermanos:
Si
nos preguntaran qué significa ser un cristiano practicante, probablemente
responderíamos: alguien que va a misa, recibe los sacramentos y reza. Y
estaríamos diciendo algo verdadero y muy valioso. Sin embargo, el Evangelio de
hoy nos invita a profundizar: ¿qué sucede con nuestra fe cuando salimos del
templo? ¿Cómo se refleja lo que celebramos en nuestras conversaciones, en
nuestras decisiones y en la manera de tratar a quienes viven con nosotros?
Jesús
quiere que la Palabra escuchada llegue hasta las manos, hasta los labios, hasta
nuestras relaciones. La fe
que celebramos está llamada a convertirse en la vida que compartimos.
Hoy
contemplamos esta unidad entre escuchar y vivir en la Virgen María, cuyo
santísimo nombre recordamos con cariño y gratitud. En ella encontramos un
corazón que acogió la Palabra y una existencia enteramente disponible para
cumplirla.
San
Pablo, en la primera lectura, comienza con una exhortación fuerte: apartarse de
la idolatría. Sus palabras se dirigen a una comunidad que debía comprender las
consecuencias de pertenecer a Cristo. Participar de su mesa implica una
comunión verdadera con él y con los hermanos.
Un ídolo puede ser aquello a lo que terminamos
entregándole la conciencia: el dinero cuando justifica una injusticia, el poder
cuando nos lleva a humillar, el orgullo cuando nos impide pedir perdón, o el
resentimiento cuando dirige nuestras decisiones. También el placer puede
convertirse en un ídolo cuando, por satisfacerlo, justificamos lo inmoral y
dejamos de respetar nuestra dignidad y la de los demás. Así sucede cuando
alimentamos el deseo sexual desordenado con la pornografía, reducimos a una
persona a un objeto de consumo o buscamos nuestra satisfacción a costa de la
fidelidad y del amor verdadero. La sexualidad es un don de Dios que estamos
llamados a integrar en un amor responsable y respetuoso. Por eso, el Señor nos
invita a revisar lo que miramos, lo que deseamos y lo que alimentamos en
secreto. Su misericordia nos ofrece la posibilidad de recuperar la libertad,
pedir ayuda cuando la necesitamos y aprender a amar con un corazón limpio.
Podemos
pronunciar el nombre de Dios y, sin darnos cuenta, dejar que otras cosas
gobiernen el corazón. Por eso, la advertencia de san Pablo nos invita a revisar
nuestras lealtades: ¿a quién escuchamos cuando debemos decidir entre lo
conveniente y lo justo?
El
apóstol vincula esta llamada a la fidelidad con la Eucaristía. Compartir el
único pan nos compromete a vivir como un solo cuerpo. ¡Qué exigencia tan
hermosa para nuestras comunidades! Ante el altar llegamos con historias,
temperamentos y situaciones diferentes, pero Cristo nos reúne y nos hace
hermanos.
Comulgar con Cristo nos compromete con las heridas de su
cuerpo, que también están presentes en nuestros hermanos. Pensemos en el enfermo
que espera una visita, en el anciano que necesita ser escuchado, en la familia
que atraviesa una dificultad, en aquella persona con quien hemos dejado de
hablar. La comunión recibida nos da fuerza para acercarnos.
El
salmo nos ayuda a responder desde la gratitud: ¿cómo corresponder a todo el
bien recibido del Señor? El salmista alza la copa de la salvación, invoca a
Dios y expresa su voluntad de cumplir sus promesas ante la comunidad.
También
nosotros tenemos mucho que agradecer, aun cuando atravesamos momentos
difíciles. Hemos recibido la vida, la fe, la ayuda de tantas personas y
oportunidades para comenzar de nuevo. A veces una preocupación ocupa tanto
espacio que nos impide reconocer los dones que siguen sosteniéndonos.
La
gratitud abre los ojos y transforma la conducta. Quien reconoce cuánto ha
recibido aprende a compartir; quien recuerda que ha sido perdonado encuentra
motivos para perdonar. Nuestra alabanza se hace concreta cuando ofrecemos al
Señor un trabajo honrado, una palabra paciente, un servicio discreto y una
reconciliación sincera.
En
el Evangelio, Jesús nos lleva precisamente a esa concreción. Habla del árbol y
sus frutos. No basta con la apariencia de unas ramas hermosas: el fruto
manifiesta lo que el árbol está produciendo. Así sucede con nuestra vida
espiritual.
¿Qué
frutos está dando nuestra oración? ¿Nos ayuda a escuchar mejor? ¿Nos vuelve más
compasivos? ¿Nos hace más responsables y honestos? No se trata de exigirnos una
perfección inmediata, sino de reconocer si estamos permitiendo que la gracia
nos transforme.
Jesús
también relaciona nuestras palabras con lo que guardamos dentro. Vale la pena
examinar cómo hablamos en casa, cómo nos referimos a quien piensa diferente y
qué compartimos en las redes sociales. Una lengua acostumbrada a herir necesita
algo más que silencio: necesita un corazón sanado por Dios.
Pidamos
al Señor que entre en nuestras heridas, que nos ayude a comprender nuestros
resentimientos y que purifique nuestra mirada. Cuando el corazón recibe
misericordia y aprende a ofrecerla, también cambia nuestra manera de hablar.
Finalmente,
Jesús presenta la imagen de una casa bien cimentada. El constructor cava hondo
hasta encontrar la roca. Ese esfuerzo permanece oculto, pero sostiene toda la
vivienda.
También
hay un trabajo interior que nadie aplaude: reconocer un error, perseverar en la
oración, renunciar a una venganza, cumplir una responsabilidad cuando estamos
cansados, buscar ayuda para cambiar una conducta que hace daño. Allí vamos
cimentando nuestra vida sobre Cristo.
La
casa firme también recibe el golpe del río. La fe no nos evita todas las enfermedades,
los duelos ni las preocupaciones. Pero nos permite atravesarlos sostenidos por
el Señor y acompañados por la comunidad. Y cuando sentimos que nuestras fuerzas
no alcanzan, podemos dejarnos sostener por la oración y la caridad de otros.
Hoy
miramos a María. Su nombre nos recuerda a una persona concreta que confió en
Dios, se puso en camino para servir y permaneció fiel junto a la cruz. Ella
conoció la incertidumbre y el sufrimiento. Su confianza creció en medio de una
vida real, con tareas, preguntas y decisiones.
Honrar
su santo nombre es acudir con confianza a su intercesión y aprender de su
manera de seguir a Jesús. Cada avemaría puede ayudarnos a renovar nuestra
disponibilidad: «Señor, aquí estoy; enséñame a vivir tu voluntad».
Hermanos,
llevemos hoy una decisión concreta a nuestra vida: una llamada que hemos
aplazado, una disculpa necesaria, una visita, una ayuda o un compromiso que
debemos cumplir. Que la Palabra encuentre en nosotros un lugar donde dar fruto.
María, mujer de la escucha y de la fidelidad,
acompáñanos. Enséñanos a agradecer los dones de Dios, a vivir la comunión que
celebramos y a construir nuestra vida sobre tu Hijo. Que al pronunciar tu dulce
nombre recordemos tu amor de madre y aprendamos a responder, como tú, con una
vida disponible para el Señor. Amén.

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