martes, 29 de julio de 2025

30 de julio del 2025: miércoles de la decimoséptima semana del tiempo ordinario-I- Memoria de San Pedro Crisólogo, Obispo y Doctor de la Iglesia


Santo del día:

San Pedro Crisólogo

Alrededor del 380–451. «Hombre, ¿por qué buscas cómo fuiste creado y no buscas de qué estás hecho?», preguntó este obispo de Rávena, apodado «Crisólogo» (palabra de oro) por su elocuencia. Doctor de la Iglesia.

 


El costo del Evangelio

(Mateo 13, 44-46) ¿Nos sorprende que vivir según el Evangelio tenga un costo? Sin embargo, Jesús ya nos lo advirtió: el Reino de los Cielos es como un tesoro o una perla preciosa, tiene un precio.

Acoger en nuestra vida las semillas del Reino implica siempre una forma de desprendimiento, de despojo.

Este empobrecimiento, por el don de nuestro tiempo y de nuestra energía, puede ser una verdadera fuente de alegría.

Bertrand Lesoing, prêtre de la communauté Saint-Martin



 

Primera lectura

Éx 34,29-35

Vieron a Moisés la piel de la cara no se atrevieron a acercarse a él

Lectura del libro del Éxodo.

CUANDO Moisés bajó de la montaña del Sinaí con las dos tablas del Testimonio en la mano, no sabía que tenía radiante la piel de la cara, por haber hablado con el Señor. Aarón y todos los hijos de Israel vieron a Moisés con la piel de la cara radiante y no se atrevieron a acercarse a él.
Pero Moisés los llamó. Aarón y los jefes de la comunidad se acercaron a él, y Moisés habló con ellos.
Después se acercaron todos los hijos de Israel, y Moisés les comunicó las órdenes que el Señor le había dado en la montaña del Sinaí.
Cuando terminó de hablar con ellos, se cubrió la cara con un velo.
Siempre que Moisés entraba ante el Señor para hablar con él, se quitaba el velo hasta la salida. Al salir, comunicaba a los hijos de Israel lo que se le había mandado. Ellos veían la piel de la cara de Moisés radiante, y Moisés se cubría de nuevo la cara con el velo, hasta que volvía a hablar con Dios.


Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 99(98),5.6.7.9 (R. cf. 9c)

R. ¡Santo eres, Señor, nuestro Dios!

V. Ensalcen al Señor, Dios nuestro,
póstrense ante el estrado de sus pies:
¡Él es santo! 
R.

V. Moisés y Aarón con sus sacerdotes,
Samuel con los que invocan su nombre,
invocaban al Señor, y él respondía. 
R.

V.  Dios les hablaba desde la columna de nube;
oyeron sus mandatos y la ley que les dio. 
R.

V.  Ensalcen al Señor, Dios nuestro,
póstrense ante su monte santo:
¡Santo es el Señor, nuestro Dios!
 R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V.  A ustedes los llamo amigos -dice el Señor-; porque todo lo que he oído a mi Padre se lo he dado a conocer.R.

 

Evangelio

Mt 13,44-46

Vende todo lo que tiene y compra el campo

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, dijo Jesús al gentío:
«El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra, lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo.
El reino de los cielos se parece también a un comerciante de perlas finas, que al encontrar una de gran valor se va a vender todo lo que tiene y la compra».


Palabra del Señor

 




1

El Reino vale más que todo: un encuentro que transforma y una búsqueda que enriquece

 

Queridos hermanos y hermanas en el Señor:

Celebramos hoy la Eucaristía en este tiempo ordinario que, sin embargo, está lleno de extraordinarias enseñanzas. En el marco de este Año Jubilar, en el que el Papa nos invita a caminar como Peregrinos de la Esperanza, el Señor vuelve a hablarnos con fuerza sobre el poder transformador de su presencia y el valor incomparable de su Reino. Hoy la Palabra nos habla del encuentro personal con Dios que cambia el rostro y la vida —como le ocurrió a Moisés— y nos habla también del descubrimiento del Reino como ese tesoro o perla que lo transforma todo.

1. El rostro que resplandece: cuando Dios toca tu alma

La primera lectura del libro del Éxodo nos presenta a Moisés bajando del monte Sinaí con las tablas de la Ley. Pero algo ha cambiado en él: su rostro resplandece porque ha estado hablando con Dios. Tan fuerte es esa luz que los demás sienten temor al acercarse. Moisés debe cubrir su rostro con un velo, como si esa irradiación divina desbordara la capacidad humana de comprenderla.

Esta imagen, tan rica y simbólica, nos invita a preguntarnos: ¿qué huella deja en mí el encuentro con Dios? ¿Cómo salgo de la oración, de la Eucaristía, de la Palabra? ¿Se nota en mi rostro, en mis palabras, en mis actitudes? Moisés no es el mismo después de estar con Dios, y nosotros tampoco deberíamos serlo. Cuando la oración es verdadera, cuando la adoración es sincera, cuando el silencio se llena de la Presencia... algo cambia por dentro.

Un sacerdote anciano decía: “La prueba de una buena oración no es lo que sentiste, sino lo diferente que eres después”. ¡Qué verdad tan sencilla y tan profunda! Este Año Jubilar, en el que se nos invita a renovar nuestra fe, debe ser una oportunidad para cultivar encuentros que nos transformen: momentos de intimidad con el Señor que iluminen nuestros rostros, no con luz artificial, sino con la claridad de la fe y la paz del corazón.

2. El Reino de Dios: un tesoro que lo vale todo

Jesús, en el Evangelio de hoy, nos ofrece dos parábolas breves, pero profundamente iluminadoras: el Reino de los cielos es como un tesoro escondido, y como una perla preciosa. En ambos casos, el protagonista vende todo lo que tiene para quedarse con ese bien hallado. El mensaje es claro: cuando uno encuentra verdaderamente a Dios, ya nada le parece suficiente fuera de Él.

Notemos algo importante: el tesoro y la perla no se imponen, se descubren. El Reino no entra por la fuerza; se ofrece, se revela, se deja hallar por quienes buscan con corazón sincero. Y cuando se encuentra, no hay espacio para la tibieza. La decisión es radical: se deja todo. El Reino no es un accesorio para quienes quieren “un poco de Dios en su vida”; es el centro, es el todo, es la perla que hace que otras cosas pierdan valor.

Pero también notemos que, antes de poseerlo, hay un momento de alegría: “y lleno de alegría, fue, vendió todo lo que tenía...”. La renuncia no es amarga cuando se hace por amor. El Evangelio no nos invita al sacrificio estéril, sino al gozo que brota de haber encontrado lo que verdaderamente colma el alma.

¿Y qué es el Reino de Dios hoy para nosotros? Es Cristo mismo, su presencia salvadora, su Palabra, su Eucaristía, su proyecto de fraternidad. Es la Iglesia, comunidad del Reino, y es también cada rostro doliente que nos reclama justicia y ternura.

3. El Año Jubilar: tiempo para buscar, tiempo para encontrar

En este Año Jubilar, como peregrinos de la esperanza, estamos llamados a vivir estos dos movimientos: el de Moisés que sube al monte a encontrarse con Dios, y el del hombre que busca la perla preciosa. Ambos caminan, ambos buscan, ambos son transformados.

El Jubileo no es solo un año de celebraciones externas. Es un año de conversión interior, de renovación de nuestras motivaciones más profundas. Dios nos está diciendo: “Ven, deja que mi luz transforme tu rostro… deja que mi Reino te cautive… deja lo demás y sígueme”.

Un joven, al terminar un retiro espiritual, dijo: “Me di cuenta de que pasé años buscando mi felicidad en cosas que brillaban, pero que no iluminaban”. Y agregó: “Encontré a Cristo y ahora sé dónde está el verdadero tesoro”. Hermano, hermana, ¿no es eso lo que necesitamos en este mundo donde tantas cosas brillan pero no transforman?


Conclusión: buscar, hallar, transformar

El rostro de Moisés resplandece porque ha estado con Dios. El hombre de la parábola vende todo porque ha encontrado lo más valioso. Y tú, ¿cómo está tu rostro? ¿Qué estás dispuesto a dejar? ¿Has encontrado ya tu perla, tu tesoro, tu Reino?

Este es el tiempo propicio. Este es el momento. El Jubileo es una oportunidad para volver al monte, para volver al campo y descubrir allí la presencia transformadora de Dios.


Oremos juntos:

Señor, en este Año Jubilar queremos ser peregrinos de la esperanza.
Queremos subir al monte como Moisés y salir con el rostro resplandeciente de tu amor.
Queremos encontrar la perla preciosa que eres Tú, y dejar atrás todo lo que nos impida seguirte.
Transforma nuestra oración en encuentro verdadero.
Transforma nuestras búsquedas en hallazgos de tu Reino.
Y haz de nuestra vida un testimonio que ilumine a los demás.
Amén.


Frase para meditación final:
"El que ha encontrado a Dios, ha hallado un tesoro que no se agota, una luz que no se apaga y una paz que nada ni nadie puede quitar."

 

2

 

El precio del Reino: desprendimiento que ilumina, entrega que transforma

 

Queridos hermanos y hermanas:

En este Año Jubilar, donde se nos invita a caminar como Peregrinos de la Esperanza, la Palabra de Dios vuelve a sacudirnos con fuerza, recordándonos una verdad que muchas veces se nos escapa o nos incomoda: el Reino de Dios tiene un precio. Y no se trata de algo que se compra con dinero, sino con el desprendimiento del corazón, con el tiempo donado, con la vida ofrecida.

Hoy, en la primera lectura, el rostro de Moisés resplandece después de haber hablado con Dios. Y en el Evangelio, Jesús nos presenta dos imágenes para ayudarnos a comprender el valor incomparable del Reino: un tesoro escondido y una perla preciosa. En ambos casos, quienes los encuentran lo dejan todo con alegría para quedarse con aquello que da sentido definitivo a sus vidas.

1. El encuentro con Dios deja huellas visibles

Moisés baja del Sinaí con el rostro resplandeciente. No se ha hecho un tratamiento de belleza ni ha estado en un lugar de descanso. Ha estado cara a cara con Dios, escuchando su Palabra, recibiendo su ley, dejando que la Presencia divina lo atraviese. Y eso deja marcas.

Una de las grandes preguntas que podríamos hacernos hoy es: ¿qué rostro tengo cuando salgo de estar con el Señor? ¿Qué transmito cuando salgo de la Eucaristía, de un momento de oración, de un espacio de adoración? ¿Reflejo paz, claridad, serenidad… o sigo igual que antes?

Hermanos, cuando la oración es auténtica, transforma. No nos hace “angelicales”, pero sí más humanos, más cercanos, más comprensivos, más pacientes. El brillo en el rostro de Moisés es símbolo de una alma que ha sido tocada por Dios. También tú y yo podemos ser rostros iluminados en un mundo que camina entre sombras. Y más aún cuando nos unimos en la oración por quienes sufren: los enfermos de nuestra comunidad, las familias quebrantadas, los hogares en prueba. Que nuestra oración por ellos no sea de rutina, sino que nos lleve a iluminar con obras concretas su camino.

2. El Reino: precioso, pero exigente

El Evangelio de hoy, breve pero contundente, nos habla del costo del Reino. No es un reino superficial ni una emoción pasajera. Es un tesoro escondido que requiere búsqueda, vigilancia, y sobre todo, renuncia. Es una perla preciosa por la que vale la pena vender todo lo demás.

Jesús nos está diciendo claramente: el Reino tiene un precio. Y ese precio es el desprendimiento. No se trata de vivir en la pobreza material necesariamente, sino de una pobreza del corazón, de una libertad interior que no se ata a lo que pasa, a lo que brilla sin luz, a lo que nos promete plenitud, pero nos deja vacíos.

Esto es exigente, sí. El Evangelio cuesta. No es una religión del confort. Pero —y aquí está la clave— vale la pena. Porque quien deja algo por Cristo, encuentra una alegría que no se marchita: el empobrecimiento por el don de nuestro tiempo y nuestra energía puede ser fuente verdadera de alegría. Y ¡cuántos lo hemos visto en la vida de tantos santos, misioneros, madres, abuelos, catequistas, enfermos pacientes, servidores anónimos!

3. El Jubileo: tiempo de gracia, tiempo de elección

El Año Jubilar no es solo una celebración externa, es una oportunidad de renovación interior. Hoy el Señor nos está haciendo dos preguntas:

·        ¿Qué lugar ocupa Dios en tu vida?

·        ¿Qué estás dispuesto a dejar por Él?

Nos cuesta dar tiempo a Dios. Nos cuesta compartir con el prójimo. Nos cuesta perdonar, renunciar al ego, abandonar seguridades. Pero cuando lo hacemos, nos abrimos a una paz más profunda, a una alegría más plena, a un amor más verdadero. Ese es el Reino.

El Papa Francisco nos recordaba que la esperanza cristiana no es un optimismo barato. Es una certeza que se construye en medio de la lucha, el servicio, la entrega. Por eso, el sufrimiento de nuestros enfermos no es inútil, si se une a la cruz de Cristo. Por eso, la generosidad de las familias que viven la fe a pesar de tantas dificultades, es semilla de Reino. En ellos, en ustedes, hermanos, Dios sigue revelando su tesoro escondido.


Conclusión: ¿qué estás dispuesto a vender?

Hoy, a la luz del Evangelio, podemos preguntarnos sinceramente:

·        ¿Qué estoy dispuesto a dejar para seguir al Señor con más libertad?

·        ¿Qué me impide descubrir el tesoro del Reino?

·        ¿Estoy dispuesto a entregar mi tiempo, mis talentos, mis fuerzas, aunque me cueste, aunque duela?

No tengas miedo. Lo que dejes por Dios, Él te lo devolverá multiplicado en paz, en sentido, en plenitud.


Oración final:

Señor Jesús,
en este Año Jubilar queremos aprender el verdadero valor del Reino.
Enséñanos a buscarte como el tesoro escondido,
a dejar lo que no nos deja crecer,
a desprendernos de lo innecesario para quedarnos contigo.

Te pedimos por nuestros hermanos enfermos:
que su dolor se una a tu cruz redentora y encuentren consuelo.
Te pedimos por nuestras familias: que sean lugar de fe, esperanza y amor.

Que tu luz, como en el rostro de Moisés,
resplandezca también en nosotros,
para que otros puedan ver en nuestras vidas
que Tú eres la perla preciosa que da alegría verdadera.

Amén.

 

3

 

Tesoros que aparecen y perlas que se buscan: El Reino como don y tarea

 

Queridos hermanos y hermanas:

La liturgia de este día nos presenta una doble llamada del Señor: por un lado, a reconocer los tesoros que a menudo se nos presentan sin buscarlos; y por otro, a avivar el deseo del corazón para buscar lo que tiene valor eterno. Ambas actitudes están presentes en las dos parábolas que hoy escuchamos: el Reino como tesoro escondido y como perla preciosa. Dos imágenes que evocan alegría, sorpresa, desprendimiento y decisión.

Y en el fondo de ambas parábolas, una certeza: el Reino de Dios está al alcance, pero requiere ojos atentos y un corazón dispuesto.


1. Tesoros que aparecen sin buscarlos: la gracia inesperada

Jesús dice: “El Reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo, que un hombre encuentra y vuelve a esconder; lleno de alegría, va, vende todo lo que posee y compra aquel campo.”

Este hombre no estaba buscando. Estaba quizá arando, caminando, trabajando... y de repente ¡descubre un tesoro! Una imagen bellísima de lo que muchas veces sucede en nuestra vida espiritual: Dios se hace presente sin que lo esperemos. Aparece en un gesto de amor de alguien, en una palabra oportuna, en una visita inesperada, en un momento de silencio que se vuelve oración, en una enfermedad que nos hace volver a lo esencial, en un testimonio de fe que nos toca el alma.

A veces la gracia nos sorprende, y lo peor que podemos hacer es pasar de largo por indiferencia o pereza espiritual. ¡Cuántas veces hemos tenido frente a nosotros un tesoro y no nos dimos cuenta! No lo abrimos. No lo valoramos.

Por eso, este tiempo jubilar es una invitación a pedir ojos para ver y oídos para escuchar

¡Cuántas veces Dios ha sembrado sus dones en nuestro camino y no los reconocimos! Hoy, Él nos dice: “Despierta. Afina tus sentidos. El Reino ya está cerca, pero tienes que abrir los ojos del alma.”


2. La perla por la que se busca y se deja todo: el deseo activo del corazón

La segunda parábola presenta un matiz distinto: “También se parece el Reino de los cielos a un comerciante que anda en busca de perlas finas; y al encontrar una de gran valor, va, vende cuanto tiene y la compra.”

Aquí no hay sorpresa, sino búsqueda deliberada. El comerciante ya tenía perlas. Era conocedor. Pero sabía que había una perla que valía más. Y cuando la encuentra, deja todo lo demás, porque sabe que esa es la definitiva.

Este personaje representa a aquellos que, con corazón inquieto y sed de verdad, no se conforman con lo superficial. Son los buscadores de Dios: los que oran, los que preguntan, los que se abren al Espíritu, los que estudian, los que profundizan, los que dejan sus seguridades para dejarse sorprender por una nueva luz.

Y esto, hermanos, también nos interpela a nosotros. ¿Qué tanto estamos buscando a Dios con sinceridad? ¿Qué lugar tiene en nuestra vida diaria el anhelo del Reino? ¿Cuánto estamos dispuestos a dejar para que Cristo sea realmente el centro?

La búsqueda auténtica del Reino implica decisiones valientes: dejar el pecado, cortar con lo que nos ata, salir de nosotros mismos, entregar tiempo, talentos, proyectos. Y esto tiene un precio, pero también una recompensa de alegría que el mundo no puede dar.


3. Dos caminos, una sola meta: reconocer y decidir

Estas dos parábolas, aunque diferentes, se complementan: a veces el Reino llega como don inesperado; otras, se alcanza como fruto de una búsqueda perseverante. En ambos casos, hay un mismo denominador: quien lo descubre, lo reconoce como lo más valioso y actúa con decisión. No hay espacio para la tibieza. Se vende todo. Se apuesta todo.

Así también, en nuestra comunidad parroquial, Dios se revela constantemente:

  • En los enfermos que unen su dolor a la cruz de Cristo y nos enseñan a confiar.
  • En las familias que perseveran en medio de tantas pruebas, y siguen sembrando fe en sus hijos.
  • En los jóvenes que buscan su vocación con temor pero también con esperanza.
  • En los ancianos que nos enseñan con su sabiduría y fidelidad silenciosa.

El Reino está allí, escondido en esos campos humildes. ¿Lo descubrimos? ¿Lo valoramos? ¿Estamos dispuestos a dejarlo todo para poseerlo?


Conclusión: tiempo de redescubrir lo esencial

El Año Jubilar no es un paréntesis devocional. Es un kairos, un tiempo fuerte, un llamado del Espíritu a volver al tesoro, a buscar la perla, a recuperar el asombro por las cosas de Dios.

Pidamos hoy, con fe, tener los ojos abiertos para reconocer los tesoros de gracia que Dios ya ha sembrado en nuestra vida. Y al mismo tiempo, el corazón valiente para buscar sin descanso lo que realmente vale la pena.


Oración final:

Señor Jesús,
tú eres el Tesoro escondido, la Perla preciosa,
el único que puede llenar el corazón humano.

Te damos gracias por las sorpresas de tu gracia,
por los momentos inesperados en que te haces presente.

Abre nuestros ojos para reconocer tus dones,
abre nuestros oídos para escuchar tu voz,
abre nuestro corazón para responderte con generosidad.

Te encomendamos hoy a nuestros hermanos enfermos,
que en su debilidad descubran la fuerza de tu Reino.
A nuestras familias, para que sean lugar de fe y amor verdadero.

Que no nos dejemos llevar por la rutina ni la indiferencia,
sino que vivamos este Jubileo como una búsqueda apasionada de Ti.

Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Amén.

 

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30 de julio: San Pedro Crisólogo, Obispo y Doctor de la Iglesia — Memoria opcional
c. 380 o 406 – c. 450
Patrono de Imola, Italia
Invocado contra las fiebres y los perros rabiosos
Proclamado Doctor de la Iglesia por el Papa Benedicto XIII en 1729




Cita:

“Te exhortamos en todo, honorable hermano, a obedecer lo que ha sido escrito por el santísimo papa de la ciudad de Roma, porque el bienaventurado Pedro, que vive y preside en su propia sede, proporciona la verdad de la fe a quienes la buscan. Pues nosotros, por amor a la paz y la fe, no podemos juzgar cuestiones de fe sin el consentimiento del obispo de Roma.”
~San Pedro Crisólogo, Carta a Eutiques


Reflexión:

San Pedro Crisólogo nació en Imola, en la actual Italia, durante un período de gran agitación en la Iglesia y en el Imperio Romano. En el año 410, cuando Pedro tenía aproximadamente cuatro años, Roma fue saqueada por los visigodos, lo que dio paso a una época de corrupción política y dificultades económicas. También fue una era marcada por emperadores romanos de breve y débil mandato, lo que agudizó la inestabilidad general.

A nivel eclesial, el arrianismo y otras herejías provocaban divisiones profundas, especialmente entre Oriente y Occidente. Pedro fue testigo del surgimiento de nuevas herejías y se convirtió en un ardiente defensor de la fe de la Iglesia. No existen datos fiables sobre su juventud, ni siquiera sobre su fecha exacta de nacimiento, que varía entre los años 380 y 406.

En Imola, Pedro desarrolló una estrecha relación con el obispo local, Cornelio, quien se cree que lo bautizó, educó y ordenó como archidiácono para la diócesis de Imola. Pedro consideraba a Cornelio como su padre espiritual y elogiaba su virtud manifiesta.

Hacia el año 433, al fallecer el obispo de Rávena, el clero y el pueblo de esa diócesis buscaron un nuevo pastor. Solicitaron al obispo Cornelio que fuera a Roma para obtener el consentimiento del Papa Sixto III sobre el candidato elegido por ellos. Según la tradición, Cornelio llevó consigo al archidiácono Pedro. La noche antes de reunirse con el papa, este tuvo una visión en la que vio a san Pedro Apóstol y a san Apolinar, el primer obispo de Rávena, con el archidiácono Pedro de pie junto a Apolinar. Al día siguiente, al ver a Pedro junto a Cornelio, el papa lo eligió como nuevo obispo de Rávena.

Rávena, en ese entonces capital del Imperio Romano de Occidente, permitió al nuevo obispo entrar en contacto con el emperador. Tras su ordenación episcopal, Pedro fue admirado por su predicación y su estilo de vida santo y penitente. También se ganó el aprecio del emperador cristiano Valentiniano III y de su piadosa madre, Gala Placidia. Es posible que haya sido ella quien le otorgó el sobrenombre “Crisólogo”, que significa “boca de oro”, en referencia a su poderoso estilo de predicación.

Pedro Crisólogo pronunció sermones singulares, de los cuales se conservan aproximadamente 176. Eran breves, con fundamento en las Escrituras, y a menudo centrados en la Persona de Cristo y las consecuencias de su Encarnación. Su enfoque era eminentemente evangélico: buscaba tocar corazones y mover voluntades, más que elaborar tratados teológicos. Gala, activamente comprometida en obras de caridad y en la construcción de iglesias, colaboró con él en la edificación de varios templos en Rávena.

Durante ese período, la Iglesia enfrentaba nuevas controversias sobre la naturaleza de Cristo. Surgió la herejía conocida como monofisismo. Eutiques, un monje de Constantinopla, enseñaba que, tras la Encarnación, la naturaleza humana de Cristo fue absorbida por su naturaleza divina, resultando en una sola naturaleza divina. Aunque distinta del arrianismo —que negaba la divinidad de Cristo—, esta herejía igualmente contradecía la doctrina ortodoxa definida en el Concilio de Nicea (325), que afirmaba las dos naturalezas de Cristo, divina y humana, unidas perfectamente en una sola Persona.

Cuando Eutiques buscó apoyo para su postura herética, Pedro le escribió una carta firme pero compasiva, exhortándolo a someterse a la autoridad del papa. Aunque la carta se ha perdido, parte de su contenido fue conservado en las Actas del Concilio de Calcedonia.

San Pedro Crisólogo comprendía profundamente la importancia de la precisión doctrinal. Reconocía que Jesucristo era el Hijo de Dios, plenamente divino, consustancial con el Padre y el Espíritu Santo. Al mismo tiempo, afirmaba que el Hijo eterno asumió la naturaleza humana, uniendo en sí mismo la divinidad y la humanidad para redimir al hombre. Por tanto, Jesús era verdadero Dios y verdadero hombre, uniendo en su Persona ambas naturalezas para ofrecer la salvación.

Como obispo de Rávena, Pedro defendió con vigor la fe pura contra el monofisismo y presentó a Cristo Salvador a través de sus homilías breves, profundas y bien articuladas. Aunque murió antes de que la Iglesia condenara oficialmente el monofisismo en el Concilio de Calcedonia (451), sus cartas, sermones e influencia prepararon el camino para que otros siguieran la doctrina verdadera.

Durante sus aproximadamente 27 años como obispo, promovió intensamente las prácticas religiosas como la comunión diaria, el ayuno, la limosna, la penitencia cuaresmal y la piedad personal, con un constante enfoque en la salvación de las almas.

No fue sino hasta 1729 cuando el papa Benedicto XIII lo declaró Doctor de la Iglesia. Este reconocimiento subraya el valor duradero de sus enseñanzas. Aunque vivió hace más de 1500 años, su doctrina sobre Cristo sigue siendo relevante, clara y profunda. Sus palabras todavía resuenan en documentos oficiales de la Iglesia, en el Oficio de Lecturas y en la lectura espiritual.

Al honrar hoy a este obispo del siglo V, recordamos que la verdad es eterna. Ya venga del Antiguo Testamento, del Nuevo, de los Padres de la Iglesia o de un obispo del siglo V, cuando se proclama la verdad, es válida para todas las épocas. Reflexionemos sobre la clara comprensión de la naturaleza de Cristo que San Pedro Crisólogo defendió y enseñó con pasión. Demos gracias por los grandes santos que allanaron el camino de la fe, construyendo la base de verdad sobre la cual hoy nosotros caminamos.


Oración:

San Pedro Crisólogo, tú fuiste un firme defensor de la verdadera naturaleza de Cristo, un predicador elocuente y un pastor entregado a la salvación de las almas.
Ruega por mí, para que yo llegue a comprender más profundamente el misterio de Cristo y, con esa comprensión, pueda entregarme más plenamente a su servicio.

San Pedro Crisólogo, ruega por mí.
Jesús, en ti confío.

 

Referencias:


https://padregusqui.blogspot.com/2017/08/2-de-agosto-del-2017-miercoles-de-la.html


https://www.prionseneglise.ca/textes-du-jour/commentaire/2025-07-30


https://catholic-daily-reflections.com/2025/07/29/discovering-the-riches-of-heaven-4/


https://mycatholic.life/saints/saints-of-the-liturgical-year/july-30---saint-peter-chrysologus-bishop-and-doctor/

lunes, 28 de julio de 2025

29 de julio del 2025: martes de la decimoséptima semana del tiempo ordinario I- Memoria de Santa Marta, María y Lázaro

Santo del día:

Santa Marta

Siglo I. Hermana de San Lázaro y Santa María de Betania, que también se celebran hoy.

 

En el tumulto

(Juan 11:19-27) Jesús llega a Betania, pero es demasiado tarde; Lázaro ha muerto. En esta hora oscura, Marta se ve asaltada por sentimientos encontrados: es a la vez la indignada y la asombrada, la desanimada y la esperanzada, la que duda y la que cree. Y en este tumulto interior, surge una intuición: en la prueba, solo de Cristo puede brillar la luz. «Sí, Señor, creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios».

Bertrand Lesoing, prêtre de la communauté Saint-Martin


Primera lectura

Éx 33,7-11; 34,5b-9.28

El Señor hablaba con Moisés cara a cara

Lectura del libro del Éxodo.


EN aquellos días, Moisés levantó la tienda y la plantó fuera, a distancia del campamento, y la llamó «Tienda del Encuentro». El que deseaba visitar al Señor, salía fuera del campamento y se dirigía a la Tienda del Encuentro.
Cuando Moisés salía en dirección a la tienda, todo el pueblo se levantaba y esperaba a la entrada de sus tiendas, mirando a Moisés hasta que este entraba en la tienda. En cuanto Moisés entraba en la tienda, la columna de nube bajaba y se detenía a la entrada de la tienda, mientras el Señor hablaba con Moisés.
Cuando el pueblo veía la columna de nube a la puerta de la tienda, se levantaba y se postraba cada uno a la entrada de su tienda.
El Señor hablaba con Moisés cara a cara, como habla un hombre con un amigo. Después Moisés volvía al campamento, mientras Josué, hijo de Nun, su joven ayudante, no se apartaba del interior de la tienda.
Moisés se quedó en la presencia del Señor, y pronunció su nombre.
El Señor pasó ante él proclamando:
«Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad, que mantiene la clemencia hasta la milésima generación, que perdona la culpa, el delito y el pecado, pero no los deja impunes y castiga la culpa de los padres en los hijos y nietos, hasta la tercera y cuarta generación».
Moisés al momento se inclinó y se postró en tierra.
Y le dijo:
«Si he obtenido tu favor, que mi Señor vaya con nosotros, aunque es un pueblo de dura cerviz; perdona nuestras culpas y pecados y tómanos como heredad tuya».
Moisés estuvo allí con el Señor cuarenta días con sus cuarenta noches, sin comer pan ni beber agua; y escribió en las tablas las palabras de la alianza, las Diez Palabras.

Palabra de Dios.



O bien:

1 Jn 4, 7-16

Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros

Lectura de la primera carta del apóstol san Juan.

QUERIDOS hermanos, amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor.
En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Unigénito, para que vivamos por medio de él.
En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados.
Queridos hermanos, si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros.
A Dios nadie lo ha visto nunca. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud.
En esto conocemos que permanecemos en él, y él en nosotros: en que nos ha dado de su Espíritu. Y nosotros hemos visto y damos testimonio de que el Padre envió a su Hijo para ser Salvador del mundo.
Quien confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él, y él en Dios.
Y nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él. Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él.

Palabra de Dios.


Salmo

Sal 103(102), 6-7.8-9.10-11.12-13 (R. 8a)

R. El Señor es compasivo y misericordioso.

V. El Señor hace justicia
y defiende a todos los oprimidos;
enseñó sus caminos a Moisés
y sus hazañas a los hijos de Israel. 
R.

V. El Señor es compasivo y misericordioso,
lento a la ira y rico en clemencia.
No está siempre acusando
ni guarda rencor perpetuo. 
R.

V.  No nos trata como merecen nuestros pecados
ni nos paga según nuestras culpas.
Como se levanta el cielo sobre la tierra,
se levanta su bondad sobre los que le temen. 
R.

V. Como dista el oriente del ocaso,
así aleja de nosotros nuestros delitos.
Como un padre siente ternura por sus hijos,
siente el Señor ternura por los que le temen. 
R.

 

O bien:

 

Sal 33, 2-3. 4-5. 6-7. 8-9. 10-11 (R.: 2a; 9a)

R. Bendigo al Señor en todo momento.

O bien:

R. Gusten y vean qué bueno es el Señor.

V.  Bendigo al Señor en todo momento,
su alabanza está siempre en mi boca;
mi alma se gloría en el Señor:
que los humildes lo escuchen y se alegren. 
R.

V.  Proclamen conmigo la grandeza del Señor,
ensalcemos juntos su nombre.
Yo consulté al Señor, y me respondió,
me libró de todas mis ansias. 
R.

V. Contémplenlo, y quedarán radiantes,
su rostro no se avergonzará.
El afligido invocó al Señor,
él lo escuchó y lo salvó de sus angustias. 
R.

V. El ángel del Señor acampa en torno a quienes le temen
y los protege.
Gusten y vean qué bueno es el Señor,
dichoso el que se acoge a él. 
R.

V. Todos sus santos, teman al Señor,
porque nada les falta a los que le temen;
los ricos empobrecen y pasan hambre,
los que buscan al Señor no carecen de nada
. R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. La semilla es la palabra de Dios, y el sembrador es Cristo; todo el que lo encuentra vive para siempre. R.

 

Evangelio

Mt 13,36-43

Lo mismo que se arranca la cizaña y se echa al fuego, así será al final de los tiempos

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, Jesús dejó a la gente y se fue a casa.
Los discípulos se le acercaron a decirle:
«Explícanos la parábola de la cizaña en el campo».
Él les contestó:
«El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los ciudadanos del reino; la cizaña son los partidarios del Maligno; el enemigo que la siembra es el diablo; la cosecha es el final de los tiempos y los segadores los ángeles.
Lo mismo que se arranca la cizaña y se echa al fuego, así será al final de los tiempos: el Hijo del hombre enviará a sus ángeles y arrancarán de su reino todos los escándalos y a todos los que obran iniquidad, y los arrojarán al horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el reino de su Padre. El que tenga oídos, que oiga».

Palabra del Señor.



O bien:

 

Jn 11, 19-27

Creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

EN aquel tiempo, muchos judíos habían ido a ver a Marta
y a María para darles el pésame por su hermano.
Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió
a su encuentro, mientras María se quedó en casa. Y dijo
Marta a Jesús:
«Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano.
Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios,
Dios te lo concederá».
Jesús le dijo:
«Tu hermano resucitará».
Marta respondió:
«Sé que resucitará en la resurrección en el último día».
Jesús le dijo:
«Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?».
Ella le contestó:
«Sí, Señor: yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo».

Palabra del Señor.



O bien:

 

Lc 10, 38-42

Marta, Marta, andas inquieta y preocupada con muchas cosas

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

EN aquel tiempo, entró Jesús en una aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa.
Esta tenía una hermana llamada María, que, sentada junto a los pies del Señor, escuchaba su palabra.
Marta, en cambio, andaba muy afanada con los muchos servicios; hasta que, acercándose, dijo:
«Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola para servir? Dile que me eche una mano».
Respondiendo, le dijo el Señor:
«Marta, Marta, andas inquieta y preocupada con muchas cosas; solo una es necesaria. María, pues, ha escogido la parte mejor, y no le será quitada».

Palabra del Señor.

 

 

 

1

1. Introducción: Bajo la mirada del Hijo del Hombre

Queridos hermanos y hermanas en Cristo:

En este tiempo de gracia que vivimos como Iglesia —camino de conversión y renovación bajo el signo del Año Jubilar—, la Palabra de Dios de este martes nos conduce a lo esencial: a la Presencia de Dios que se revela, a la confianza de Moisés que dialoga con el Señor “como un amigo habla con su amigo”, y al juicio que realiza el Hijo del Hombre, aquel que puede separar el bien del mal como el sembrador separa el trigo de la cizaña.

Es conmovedor y exigente el mensaje de este día. Es a la vez una promesa de esperanza y una llamada a la vigilancia. Por eso hoy elevamos también una especial oración por nuestros benefactores vivos y difuntos, aquellos que han sostenido con generosidad nuestras obras de fe y caridad. Su siembra ha sido de trigo bueno; rogamos al Señor que los premie con su bendición abundante.


2. “El Señor hablaba con Moisés cara a cara…” (Éx 33,11)

La primera lectura del libro del Éxodo nos presenta una escena entrañable y profundamente mística: Moisés entra en la Tienda del Encuentro. Allí el Señor desciende en forma de nube y habla con él “cara a cara, como habla un hombre con su amigo”.

En un mundo lleno de ruido, de superficialidad y desconexión, la imagen de Moisés en la Tienda es una invitación a re-aprender la oración verdadera, la intimidad con Dios. Moisés no solo ve señales; se queda, escucha, dialoga, permanece. Y en esa intimidad va recibiendo no solo mandamientos, sino el Corazón mismo de Dios: un Dios compasivo, clemente, lento a la ira y rico en misericordia, como proclama el salmo 102.

Este es el Dios al que nos acercamos en la Eucaristía, el Dios al que confiamos a nuestros bienhechores. El Dios que no olvida el bien hecho y que escribe con fuego eterno en su corazón los nombres de quienes han amado, dado, entregado.


3. “Explícanos la parábola de la cizaña…” (Mt 13,36)

El Evangelio de san Mateo retoma la parábola del trigo y la cizaña. Jesús ha hablado en parábolas al pueblo, pero a sus discípulos les da la explicación completa. Lo hace no con poesía, sino con claridad y fuerza profética.

Dice que el campo es el mundo, el trigo son los hijos del Reino, la cizaña los hijos del Maligno, y el enemigo que la siembra es el diablo. El juicio final será como una cosecha: el trigo al granero, la cizaña al fuego.

Es una enseñanza que incomoda, pero que no podemos ignorar. En este Año Jubilar, cuando se nos llama a la conversión y a la esperanza, esta parábola nos hace caer en la cuenta de que nuestra vida tiene consecuencias eternas. Somos sembradores cada día: nuestras palabras, obras, decisiones y silencios son semillas que crecerán.

¿Somos trigo o cizaña? ¿Qué estamos sembrando en nuestra familia, en nuestra comunidad, en nuestras redes sociales, en nuestra parroquia? ¿Qué siembran nuestras manos, nuestros gestos cotidianos?


4. “El Hijo del Hombre enviará a sus ángeles…” (Mt 13,41)

Volvemos aquí al título que Jesús aplica a sí mismo: el Hijo del Hombre. Como bien nos lo recuerda el comentario inspirador que nos acompaña hoy, esta expresión no es solo una manera de decir “ser humano”, sino que evoca al misterioso personaje del libro de Daniel (Dn 7,9-14), “uno semejante a un hijo de hombre”, a quien se le da poder, gloria y reino eterno.

Jesús se revela como ese Hijo del Hombre, que vendrá a juzgar al final de los tiempos. Y lo hará no como un juez distante, sino como Aquel que se hizo uno con nosotros, que lloró en Getsemaní, que conoció el dolor de la cruz. En otras palabras, quien nos juzgará será el mismo que nos salvó, el que nos amó hasta el extremo.

Esto no es motivo de miedo, sino de esperanza. Porque nuestro juez es también nuestro Redentor. Pero es una esperanza que nos interpela: no podemos vivir indiferentes. Somos llamados a ser trigo bueno, hijos del Reino, testigos del Evangelio en medio de un mundo donde la cizaña crece al lado de nosotros.


5. Intención orante por nuestros benefactores

Hoy, como comunidad orante, elevamos nuestras plegarias por todos aquellos que han sembrado generosamente en nuestra misión: benefactores vivos y difuntos. En el silencio, muchos de ellos han sido manos providentes, han ofrecido su tiempo, su oración, su economía, su apoyo humano o espiritual. Gracias a ellos se han sostenido templos, emisoras, escuelas, hogares, comunidades misioneras.

Su siembra no ha sido en vano. Y en este Año Jubilar, invocamos para ellos una especial indulgencia del Cielo. Que sus nombres estén escritos en el libro de la vida, que sus lágrimas sean recogidas como perlas en el cielo, que sus obras los sigan, como dice el Apocalipsis.

A los vivos, les pedimos el gozo de seguir dando, sabiendo que nadie es más feliz que quien se da. A los que ya partieron, les rogamos al Señor que los mire con misericordia y los reciba en su Reino de luz y de paz.


6. Aplicación actual: Ser trigo bueno en un mundo de cizaña

En medio del mundo que vivimos, donde conviven el bien y el mal, el amor y el egoísmo, la verdad y la mentira, se nos pide no arrancar la cizaña, sino perseverar como trigo bueno. Ser buena semilla. A veces será difícil, a veces parecerá que la cizaña domina. Pero no perdamos la esperanza: el Reino crece en lo escondido, en lo pequeño, en lo oculto del corazón que ama a Dios.

Nuestro testimonio cotidiano, nuestra oración, nuestra fidelidad a lo pequeño, tiene valor eterno.


7. Conclusión: La esperanza del justo brillará como el sol

Concluye el Evangelio de hoy con esta promesa gloriosa: “Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre” (Mt 13,43). ¡Qué imagen tan luminosa! ¡Qué destino tan alto!

Que esa sea nuestra meta, nuestro deseo, nuestra plegaria. Y que en este Año Jubilar —caminando como peregrinos de la esperanza— aprendamos a mirar con los ojos del Hijo del Hombre, a juzgar con misericordia, a vivir como semillas del Reino.


Oración final por los benefactores:

Señor Jesús,
tú que conoces el corazón de cada uno,
te damos gracias por nuestros benefactores,
por los que han sostenido con fe nuestras obras,
por los que han sembrado con generosidad su tiempo, sus bienes y su amor.

Dales tu bendición,
a los vivos, prosperidad y gracia;
a los difuntos, descanso eterno y gozo sin fin.
Que su semilla dé fruto abundante
y ellos sean acogidos como trigo bueno en tu Reino.

Amén.

 

2

Con bases en las lecturas propias de la memoria

 

1. Introducción: El tumulto del corazón humano

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy la liturgia nos sitúa en uno de los pasajes más conmovedores del Evangelio: Jesús llega a Betania, y se encuentra con la muerte, con el dolor de las hermanas de Lázaro, con la fragilidad humana en toda su crudeza. Marta, en medio del tumulto interior de su alma —entre la indignación y la esperanza, el reproche y la fe—, logra pronunciar una de las confesiones más profundas de todo el Evangelio: “Sí, Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo.”

Este grito de fe nace del corazón herido, no del momento de claridad ni de victoria. Por eso, esta Palabra nos llega hoy como bálsamo y luz, especialmente en este Año Jubilar, donde peregrinamos como hijos e hijas de la esperanza. Y hoy lo hacemos orando de manera especial por nuestros benefactores, vivos y difuntos, que han sido para nosotros signos concretos del amor de Dios, testigos de esa esperanza que no defrauda.


2. “Queridos, amémonos unos a otros, porque el amor viene de Dios” (1Jn 4,7)

La primera lectura de la carta de san Juan nos recuerda que “Dios es amor”, no como una idea abstracta, sino como una realidad encarnada. Quien ama, ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama, no ha conocido verdaderamente al Padre.

Esta afirmación nos sitúa ante una verdad fundamental: no hay fe auténtica sin amor. No hay confesión verdadera de Cristo sin misericordia. Y es ese amor el que se hace carne en Jesús, el que nos amó primero, el que dio su vida por nosotros.

Nuestros benefactores, a quienes hoy recordamos con gratitud, son rostros de este amor en la historia. Con su generosidad, han prolongado en nuestras comunidades el misterio del amor de Dios: han hecho posible que muchos experimenten consuelo, palabra, alimento, educación, presencia.


3. “Jesús llegó y encontró que Lázaro ya llevaba cuatro días en el sepulcro” (Jn 11,17)

El evangelio de san Juan nos narra la visita de Jesús a Betania. Lázaro ha muerto. Marta y María están de luto. Muchos judíos han llegado para consolarlas. Pero en medio de esa escena de dolor, Marta sale al encuentro del Maestro con una mezcla de reproche, fe, tristeza y esperanza.

“Jesús llega a Betania, pero es demasiado tarde, Lázaro ha muerto. En esta hora sombría, Marta se ve asaltada por sentimientos contrarios: es, a la vez, la que se indigna y se maravilla, la que se desanima y la que espera, la que duda y la que cree. Y en medio de este tumulto interior brota una intuición: en la prueba, es sólo del lado de Cristo de donde puede brotar la luz. ‘Sí, Señor, yo creo: tú eres el Cristo, el Hijo de Dios.’”

¿Qué nos dice esto hoy? Que no es necesario tener la fe “perfecta” para encontrarse con el Señor. Es en el caos de nuestro corazón, en nuestras lágrimas, en nuestras contradicciones, donde puede nacer la luz. Marta no tiene todo resuelto, pero en su herida pronuncia la verdad más honda.


4. “Yo soy la resurrección y la vida” (Jn 11,25)

Jesús no solo consuela, se revela. No solo dice “todo estará bien”, sino que pronuncia su identidad: “Yo soy la resurrección y la vida”. No se trata solo de una promesa futura, sino de una realidad presente. Quien cree en Él ya ha comenzado a vivir de otra manera.

La resurrección no es solo un evento futuro, es una persona viva. Jesús no promete evitar el sufrimiento, pero sí transforma el sepulcro en cuna, la muerte en puerta, el dolor en camino.

Esta es la buena noticia para todos nosotros, especialmente para quienes han entregado su vida como benefactores del Reino: en cada acto de amor, han sembrado eternidad. Han apostado por la vida cuando todo parecía sepulcro. Y Jesús, que no olvida, los mira hoy con la misma ternura con la que miró a Marta y a María.


5. Aplicación actual: En el tumulto de nuestro tiempo

Vivimos tiempos complejos, también como Iglesia y como humanidad. Hay confusión, dolor, cansancio, dudas. Como Marta, sentimos a veces que el Señor “llega tarde”. Pero este evangelio nos enseña que Jesús nunca llega tarde: llega cuando más lo necesitamos. Y en ese momento, no da explicaciones, da su presencia.

¿Qué hacer entonces en medio de nuestro propio tumulto interior?

  • Salir al encuentro del Señor, como Marta.
  • Decirle lo que sentimos, sin máscaras.
  • Escuchar su palabra: “Yo soy la resurrección”.
  • Hacer una confesión de fe desde lo hondo: “Sí, Señor, yo creo…”

6. Intención orante por los benefactores

Hoy elevamos nuestra oración por quienes han sido ángeles silenciosos en nuestras vidas y comunidades: benefactores vivos, que siguen sembrando sin cansarse; y benefactores difuntos, cuya siembra ya ha dado fruto eterno.

Pedimos al Señor que sus nombres estén escritos en el corazón de Cristo, que su generosidad se multiplique en bendición, y que ellos puedan escuchar un día esa frase definitiva: “Ven, siervo bueno y fiel, entra en el gozo de tu Señor.”


7. Conclusión: En Cristo, la vida vence

Queridos hermanos:

En este Año Jubilar, la Iglesia nos invita a mirar a Cristo como peregrinos de la esperanza. Hoy, Marta nos enseña cómo se camina en medio del dolor: no huyendo del tumulto, sino llevándolo a los pies del Señor.

Y es allí donde surge la luz.
Allí donde se hace audible la voz que dice:
“Yo soy la resurrección y la vida”.

Que esa fe nos sostenga.
Que esa confesión nos transforme.
Y que la esperanza que nace del sepulcro de Betania nos convierta a todos en sembradores de vida, de ternura, de confianza.


Oración final por los benefactores:

Señor Jesús,
Tú que lloraste por Lázaro,
que consolaste a Marta y María,
mira con amor a nuestros benefactores,
a los que viven y a los que ya partieron.

A los vivos, dales salud, alegría y fe perseverante.
A los difuntos, recíbelos en la luz de tu Reino.
Que su amor sembrado en el mundo,
florezca en vida eterna en tu presencia.

Y que como Marta, podamos confesar con firmeza y esperanza:
“Sí, Señor, yo creo: Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios.”

Amén.

 

 


 Santa Marta

Siglo I
Patrona de las amas de casa, las mujeres del hogar y las cocineras
Amar a su familia fue una buena preparación para amar a Dios

 


Dios ama a las familias. Jesucristo se inclinaba hacia las familias y participó del amor familiar de Marta —la santa de hoy—, de su hermana María y de su hermano Lázaro. Curiosamente, ni Lázaro ni María de Betania son venerados como santos, mientras que su hermana Marta sí lo es. Durante muchos siglos, la liturgia de la Iglesia enseñó que la “María” de Betania y la “María” de Magdala eran una misma persona, con una fiesta conjunta de esta “María compuesta” el 22 de julio. Las reformas litúrgicas posteriores al Concilio Vaticano II identificaron la memoria del 22 de julio como la de María Magdalena, dejando sin resolver si ella es o no la misma persona que María de Betania. Curiosamente, la memoria de hoy se celebra en la octava de la memoria de María Magdalena, un vestigio del pensamiento previo, no oficial, de la Iglesia, según el cual María Magdalena era la hermana de Marta.

La vida familiar cotidiana y normal tiene un atractivo intrínseco. Las charlas alrededor de la mesa del comedor, las discusiones sobre quién olvidó alimentar al perro, las chicas que se quedan demasiado tiempo frente al espejo, y los chicos que siempre dejan la habitación desordenada. El tira y afloja de la vida familiar puede ser un drama doméstico agitado, pero es un drama real. No es un videojuego. No es realidad virtual. Como polillas hacia la luz, las personas se sienten atraídas por familias saludables, especialmente aquellos que provienen de familias rotas. Y por eso se acercan —el hijo único de la casa de al lado, la anciana cuyos hijos ahora viven a horas de distancia, o la pareja sin hijos que se pregunta qué podría haber sido. Jesús también se acercaba. El Jesús célibe, tal vez anhelando el calor de su hogar infantil, pudo haberse preguntado cómo habría sido tener un hermano y algunas hermanas. Parece pasar mucho tiempo con Marta, María y Lázaro. Parece querer sentarse hombro con hombro con ellos junto al fuego, escuchar sus voces en el bullicio del comedor, y reír a carcajadas cuando dicen algo gracioso. Jesús quiere ser parte de la familia.

Y así, Jesús se presenta en la casa familiar de Betania. María está atenta. Conoce muy bien a un hombre, su hermano Lázaro. Sin embargo, Jesús no es como su hermano. Para nada. Hay algo misterioso en Él, algo de lo que la gente susurra pero que nadie puede explicar. María se siente tan honrada de que Él esté allí, que simplemente se sienta en el suelo cerca y escucha con atención. Marta también se siente honrada, y tal vez avergonzada por el estado de la casa. Está distraída y preocupada, en la tradición ancestral de las mujeres que ven su hogar como una extensión de sí mismas. Así que Marta no deja de limpiar y de estar ocupada, incluso después de que su huésped ha llegado. Se queja, tal vez en tono ligero, tal vez en serio: “Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola con todo el trabajo? Dile, pues, que me ayude.” El Señor le responde: “Marta, Marta, estás inquieta y preocupada por muchas cosas; solo una es necesaria. María ha escogido la mejor parte, y no le será quitada.” Es parte del deber de una mujer preocuparse. Es una forma de expresar preocupación y empatía. Se preocupa por los niños, la casa, la comida, el horario familiar, etc., porque si ella no se preocupa por estas cosas, nadie más lo hará. Jesús, sin embargo, le recuerda a Marta que la preocupación y la distracción tienen límites.

En otra ocasión, algo mucho más serio que una casa desordenada llevó a Marta a hablar. Lázaro había muerto. Jesús se conmueve al recibir la noticia y llega desde lejos para consolar a la familia. Marta sale a su encuentro: “Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto.” La conversación que sigue es breve, poderosa y saturada de fe. “Sí, Señor,” dice Marta, anticipando las promesas del Bautismo, “yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo.”

Después de que Jesús resucitó a su hermano, Marta cambió fundamentalmente. Lázaro había estado frío al tacto, muerto y envuelto como una momia durante cuatro días. Y luego Marta sostuvo nuevamente su mano caliente en la suya. Lo oyó reír a carcajadas. Y sin duda le preguntó, como seguramente todos lo hicieron, cómo había sido estar muerto. Lázaro finalmente murió de nuevo… y no fue resucitado una segunda vez. Marta siguió al único entre los hombres que resucitó por sí mismo de entre los muertos… y que nunca volvió a morir. Marta, al final, eligió tan bien como su hermana.

Santa Marta, tu profesión de fe en el Hijo de Dios, dirigida al mismo Hijo de Dios, es una inspiración para todos los creyentes. Expresaste en pocas palabras los fundamentos de nuestra fe y combinaste esa creencia con un servicio generoso a las necesidades prácticas de Cristo. Que nosotros podamos hacer lo mismo.

 

 

Referencias:

 

https://padregusqui.blogspot.com/2020/07/28-de-julio-del-2020-martes-de-la.html


https://www.prionseneglise.ca/textes-du-jour/commentaire/2025-07-29

 

https://mycatholic.life/saints/saints-of-the-liturgical-year/july-29---saint-martha/

8 de octubre del 2026: jueves de la vigésima séptima semana del tiempo ordinario II

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