Una respuesta a largo plazo
(1 Samuel 3, 1-10.19-20) En el relato de la vocación de Samuel,
cada palabra del Señor lo obliga a despertarse y a levantarse. Como para una
resurrección. Pero no basta con responder: «Aquí estoy». Los consejos
sabios de Elí son esenciales para comprender que Dios nunca está en otra parte
que no sea con nosotros. Él llama a cada uno por su nombre. La respuesta de
Samuel nos muestra que se trata de ponernos a la escucha de su palabra, no solo
un instante, sino durante toda la vida.
Nicolas Tarralle, prêtre
assomptionniste
Primera lectura
1 Sam 3, 1-10. 19-20
Habla, Señor, que tu siervo escucha
Lectura del primer libro de Samuel.
EN aquel tiempo, el joven Samuel servía al Señor al lado de Elí.
La palabra del Señor era rara en aquellos días y no eran frecuentes las visiones.
Un día Elí estaba acostado en su habitación. Sus ojos habían comenzado a
debilitarse y no podía ver.
La lámpara de Dios aún no se había apagado y Samuel estaba acostado en el
templo del Señor, donde se encontraba el Arca de Dios.
Entonces el Señor llamó a Samuel. Este respondió:
«Aquí estoy».
Corrió adonde estaba Elí y dijo:
«Aquí estoy, porque me has llamado».
Respondió:
«No te he llamado. Vuelve a acostarte».
Fue y se acostó.
El Señor volvió a llamar a Samuel.
Se levantó Samuel, fue adonde estaba Elí y dijo:
«Aquí estoy, porque me has llamado».
Respondió:
«No te he llamado, hijo mío. Vuelve a acostarte».
Samuel no conocía aún al Señor, ni se le había manifestado todavía la palabra
del Señor.
El Señor llamó a Samuel, por tercera vez. Se levantó, fue adonde estaba Elí y
dijo:
«Aquí estoy, porque me has llamado».
Comprendió entonces Elí que era el Señor el que llamaba al joven. Y dijo a
Samuel:
«Ve a acostarte. Y si te llama de nuevo, di: “Habla, Señor, que tu siervo
escucha”». Samuel fue a acostarse en su sitio.
El Señor se presentó y llamó como las veces anteriores:
«Samuel, Samuel».
Respondió Samuel:
«Habla, que tu siervo escucha».
Samuel creció. El Señor estaba con él, y no dejó que se frustrara ninguna de
sus palabras. Todo Israel, desde Dan a Berseba, supo que Samuel era un
auténtico profeta del Señor.
Palabra de Dios.
Salmo
Sal 39, 2 y 5. 7-8a. 8b-9. 10 (R.: cf. 8a y 9a)
R. Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.
V. Yo esperaba con ansia al Señor;
él se inclinó y escuchó mi grito.
Dichoso el hombre que ha puesto
su confianza en el Señor,
y no acude a los idólatras,
que se extravían con engaños. R.
V. Tú no quieres sacrificios ni ofrendas,
y, en cambio, me abriste el oído;
no pides holocaustos ni sacrificios expiatorios;
entonces yo digo: «Aquí estoy». R.
V. «—Como está escrito en mi libro—
para hacer tu voluntad.
Dios mío, lo quiero, y llevo tu ley en las entrañas». R.
V. He proclamado tu justicia
ante la gran asamblea;
no he cerrado los labios, Señor, tú lo sabes. R.
Aclamación
R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Mis ovejas escuchan mi voz, dice el Señor, y yo
las conozco, y ellas me siguen. R.
Evangelio
Mc 1, 29-39
Curó a muchos enfermos de diversos males
Lectura del santo Evangelio según san Marcos.
EN aquel tiempo, al salir Jesús de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a la
casa de Simón y Andrés.
La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, e inmediatamente le hablaron de
ella. Él se acercó, la cogió de la mano y la levantó. Se le pasó la fiebre y se
puso a servirles.
Al anochecer, cuando se puso el sol, le llevaron todos los enfermos y
endemoniados. La población entera se agolpaba a la puerta. Curó a muchos
enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios; y como los demonios lo
conocían, no les permitía hablar.
Se levantó de madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, se marchó a un lugar
solitario y allí se puso a orar. Simón y sus compañeros fueron en su busca y,
al encontrarlo, le dijeron:
«Todo el mundo te busca».
Él les responde:
«Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que
para eso he salido».
Así recorrió toda Galilea, predicando en sus sinagogas y expulsando los
demonios.
Palabra del Señor.
1
En
estos días la liturgia nos enseña algo decisivo: la fe no es un impulso breve,
sino una respuesta sostenida; no es solo “emocionarse” con Dios, sino aprender
a escucharlo y caminar con Él toda
la vida.
1) “Samuel… Samuel”: Dios llama por el nombre
(1S 3,1-10.19-20)
La
primera lectura nos sitúa en un tiempo de silencio: “la palabra del Señor era
rara”. Y, sin embargo, Dios
habla. Lo hermoso es que no grita desde lejos: llama por el nombre.
Samuel no lo entiende al principio; confunde la voz de Dios con la voz de Elí.
¡Cuántas veces nos pasa! Interpretamos lo que viene de Dios como si fuera solo
una preocupación más, una emoción pasajera, una idea repetida.
Aquí
entra Elí, con humildad de maestro espiritual: no se pone celoso, no se adueña
del muchacho, no se vuelve el centro. Le enseña el camino:
“Habla, Señor, que tu
siervo escucha.”
Esa es la oración de quien no controla, de quien se abre. Y el texto remarca lo
esencial: Samuel “crecía” y el Señor estaba con él; su palabra se vuelve
fiable. Es decir: la
escucha constante madura la vida.
Aplicación pastoral (y también psicológica): la vida espiritual se
parece a educar el oído interior. Al comienzo confundimos voces: la ansiedad,
la culpa, el ruido, el deseo de agradar a todos, el miedo. La sabiduría
cristiana no es “sentir bonito”, sino discernir:
aprender a reconocer la voz que da paz, verdad, firmeza y conversión.
2) “Aquí estoy… y me pongo en camino”: el Salmo
40(39)
El
Salmo responde como eco de Samuel:
“Aquí estoy, Señor, para
hacer tu voluntad.”
Y añade algo clave: a Dios no le interesan solo ritos externos; quiere un
corazón disponible. “No pediste sacrificios… aquí estoy”. No es desprecio por
la liturgia (¡todo lo contrario!), sino su verdad más profunda: la liturgia
desemboca en una vida obediente, en una existencia ofrecida.
Para
nosotros, como comunidad, es una pregunta directa: ¿mi “aquí estoy” dura solo
cuando todo va bien? ¿o se vuelve una postura interior incluso en la
enfermedad, la fragilidad, la espera?
3) Jesús entra en la casa… y después se va a
orar (Mc 1,29-39)
El
Evangelio es muy humano y muy divino a la vez. Jesús sale de la sinagoga y
entra en una casa: la fe baja a lo cotidiano. Allí está la suegra de Simón con
fiebre. Jesús no hace un discurso: se
acerca, la toma de la mano, la levanta. Ese gesto es de
resurrección: la fiebre no es solo un dato médico; es símbolo de lo que nos
“tira a la cama”: cansancio, tristeza, desánimo, soledad. Cristo toca, levanta,
devuelve dignidad.
Y
luego aparece un detalle precioso: la mujer, ya levantada, se pone a servir. No por
obligación, sino porque la gracia recibida se vuelve amor entregado. La
curación no es solo “estar mejor”; es recuperar
el sentido, volver a amar.
Después,
el texto dice que al anochecer le llevaron muchos enfermos. Jesús los atendió.
Pero al amanecer, muy temprano, se fue a un lugar solitario a orar. ¿Por qué?
Porque la compasión necesita fuente. Si Jesús, el Hijo, busca el silencio para
orar, ¿cuánto más nosotros? Sin oración, la entrega se vuelve activismo; y el
activismo termina agotando el alma.
Cuando
los discípulos lo buscan, le dicen: “Todos te buscan”. Jesús responde con
libertad interior: “Vayamos
a otra parte… para predicar también allí; para eso he salido.”
La misión no la dicta la presión del momento, sino la comunión con el Padre.
4) Para los enfermos: una palabra de consuelo y
una tarea para la comunidad
Hoy,
en nuestra intención orante, traemos delante del Señor a los enfermos: los de
hospital, los de casa, los que se sienten cansados por dentro, los que cargan
tratamientos largos, los que viven dolores que nadie ve.
A
ustedes, hermanos enfermos, la Palabra les dice:
·
Dios los llama por su nombre: no son un caso, no
son un número, no son “una carga”.
·
Jesús
se acerca y toma de la
mano: a veces no quita de inmediato la cruz, pero nunca deja
solo al que sufre.
·
Y
la escucha de Samuel nos recuerda que la fe puede ser una respuesta “a largo
plazo”: no solo un día valiente, sino la perseverancia humilde de cada mañana.
Y
a nosotros, comunidad, nos toca una conversión concreta: no podemos decir “aquí
estoy” y olvidarnos del hermano que sufre. Visitar, llamar, acompañar, llevar
la comunión, ayudar con diligencias, sostener con oración… son formas reales de
Evangelio.
Conclusión
Pongámosle
palabras al corazón, como Samuel:
“Habla, Señor, que tu
siervo escucha.”
Y como el Salmo:
“Aquí estoy para hacer tu
voluntad.”
Pidamos
hoy la gracia de una fe que no sea de un instante, sino de toda la vida; y que,
al tocar nuestras fiebres —del cuerpo y del alma—, el Señor nos levante para
volver a amar.
Oremos por los enfermos:
Señor Jesús, médico de los cuerpos y de las almas, toma de la mano a
nuestros hermanos enfermos; dales paz en el corazón, alivio en sus dolores,
fortaleza en la espera, y una esperanza que no defrauda. Amén.
2
La
Palabra de Dios de hoy nos conduce por un mismo camino: escucha, oración y misión.
Samuel aprende a reconocer la voz del Señor; el salmista responde con
disponibilidad; y Jesús nos enseña que la oración es la fuente de toda acción
fecunda. Cuando estos tres hilos se unen, la vida se vuelve clara: Dios habla,
el corazón escucha, y el amor se pone en marcha.
1) “Habla, Señor, que tu siervo escucha” (1S
3,1-10.19-20)
La
primera lectura es una escuela de discernimiento. Samuel vive en un tiempo en
que “la palabra del Señor era rara” y, sin embargo, Dios llama. Lo más bello
es que llama por el nombre:
“¡Samuel, Samuel!”. Pero el muchacho no entiende al principio; confunde esa voz
con la de Elí. También nosotros, muchas veces, confundimos: tomamos por voz de
Dios lo que es solo ruido interior, presión, miedo, costumbre, emoción
pasajera.
Aquí
aparece la figura de Elí, el acompañante sabio, que no se pone como
protagonista sino que orienta hacia lo esencial:
“Si te llama, responde:
‘Habla, Señor, que tu siervo escucha’.”
Samuel no solo dice “aquí estoy”; aprende a escuchar. Y el texto concluye con una frase
fuerte: “Samuel crecía… y el Señor estaba con él”; su palabra no caía en saco
roto. Es decir: la escucha
fiel hace madurar la vida.
Esta
escena nos dice algo muy actual: la oración no es solo hablarle a Dios; es,
ante todo, aprender a escucharle.
Y esa escucha no se improvisa: se cultiva “a largo plazo”, con constancia,
humildad y un corazón despierto.
2) “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”
(Sal 40[39])
El
salmo prolonga exactamente la actitud de Samuel, pero con un matiz precioso: la
escucha desemboca en obediencia amorosa. El salmista proclama:
“Aquí estoy… para hacer tu
voluntad.”
Y reconoce que a Dios no le bastan gestos externos: Él quiere un corazón
disponible, una vida abierta a su querer.
Esto
es decisivo para la vida cristiana: la liturgia, la Palabra, la oración… no
buscan solo “emocionarnos”, sino convertir
nuestra voluntad, orientarnos hacia el bien, volvernos más
dóciles, más compasivos, más fieles. En una frase: quien escucha de verdad
termina viviendo de otro modo.
3) Jesús ora para amar mejor y servir con
libertad (Mc 1,29-39)
En
el Evangelio, Jesús muestra dos movimientos que se complementan:
Primero, se acerca al dolor. En la casa de Simón,
toma de la mano a la suegra enferma y la levanta. Ese gesto tiene sabor pascual:
levantar,
poner en pie, devolver vida. Luego, al anochecer, le llevan “a todos los
enfermos”; Jesús se vuelve refugio de los sufrientes.
Segundo, se retira a orar. Muy de madrugada se va
a un lugar solitario. Aquí está la gran enseñanza: Jesús no se deja devorar por
la urgencia ni por la expectativa: “Todos te buscan”. La oración le da libertad interior y
claridad:
“Vayamos a otra parte…
para eso he salido.”
No actúa por presión, sino por misión. La oración no lo aparta del pueblo: lo
mantiene unido al Padre para servir
mejor al pueblo.
4) La oración que nos transforma
Hoy
la liturgia nos pregunta, con cariño pero con firmeza:
·
¿Tengo
espacios reales de silencio para Dios?
·
¿Mi
oración es escucha o solo lista de peticiones?
·
¿Me
está transformando: me vuelve más paciente, más misericordioso, más auténtico?
Samuel
nos enseña a decir: “Habla,
Señor”.
El salmo nos hace responder: “Aquí
estoy”.
Y Jesús nos muestra el método: retirarse
a orar para volver con una caridad más libre y más pura.
5) Intención orante: por los enfermos
Hoy
traemos en el corazón a quienes sufren en el cuerpo y en el alma. Jesús no mira
la enfermedad desde lejos: entra a la casa, se acerca, toca, levanta. Y,
además, ora. Qué consuelo: nuestros enfermos no están fuera del corazón de
Cristo.
Pidamos:
·
alivio
y fortaleza para quienes están en tratamientos largos,
·
paz
para quienes viven noches de angustia,
·
esperanza
para las familias que cuidan,
·
y
una comunidad cristiana más cercana, que sepa acompañar con presencia, oración
y gestos concretos.
Conclusión
Que
hoy podamos aprender el itinerario completo de la Palabra:
Escuchar como Samuel.
Responder como el salmo:
“Aquí estoy”.
Y sostenerlo todo en la
oración como Jesús.
Porque
la oración no es un lujo: es el lugar donde Dios nos despierta, nos levanta y
nos envía.
Amén.
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