martes, 13 de enero de 2026

13 de enero del 2026: martes de la primera semana de Cuaresma II- San Hilario de Poitiers-memoria libre

 

Santo del día:

San Hilario

Siglo IV. Obispo de Poitiers, luchó valientemente contra la herejía arriana, lo que le valió el exilio por orden del emperador Constancio II. Autor del famoso Tratado sobre la Trinidad. Doctor de la Iglesia.

 


 

“¡Eso sacude!”


(Marcos 1,21-28) Jesús impone silencio al espíritu impuro que revela: «Tú eres el Santo de Dios». Esta verdad, en efecto, queda manchada por la insinuación de que él habría venido para perdernos. Muy al contrario: ha venido a salvarnos de un conocimiento malsano, haciendo callar las mentiras que atormentan a los hombres. Como aquel hombre, dejemos que la palabra de Jesús actúe para expulsar lo que hay de mentira en nosotros. Y aceptemos que el paso a la verdad nos sacuda.

Nicolas Tarralle, prêtre assomptionniste


 

Primera lectura

1 Sam 1, 9-20

El Señor se acordó de Ana, y dio a luz a Samuel

Lectura del primer libro de Samuel.

EN aquellos días, se levantó Ana, después de comer y beber en Siló. El sacerdote Elí estaba sentado en el sitial junto a una de las jambas del templo del Señor. Ella se puso a implorar al Señor con el ánimo amargado, y lloró copiosamente.
E hizo este voto:
«Señor del universo, si miras la aflicción de tu sierva y te acuerdas de mí y no olvidas a tu sierva, y concedes a tu sierva un retoño varón, lo ofreceré al Señor por todos los días de su vida, y la navaja no pasará por su cabeza».
Mientras insistía implorando ante el Señor, Elí observaba su boca. Ana hablaba para sí en su corazón; solo sus labios se movían, mas su voz no se oía. Elí la creyó borracha.
Entonces le dijo:
«¿Hasta cuándo vas a seguir borracha? Echa el vino que llevas dentro».
Pero Ana tomó la palabra y respondió:
«No, mi señor, yo soy una mujer de espíritu tenaz. No he bebido vino ni licor, solo desahogaba mi alma ante el Señor. No trates a tu sierva como a una perdida, pues he hablado así por mi gran congoja y aflicción».
Elí le dijo:
«Vete en paz y que el Dios de Israel te conceda el favor que le has pedido».
Ella respondió:
«Que tu sierva encuentre gracia a tus ojos».
Luego, la mujer emprendió su camino; comió y su semblante no fue ya el mismo.
Se levantaron de madrugada y se postraron ante el Señor. Después se volvieron y llegaron a su casa de Ramá.
Elcaná se unió a Ana, su mujer, y el Señor se acordó de ella.
Al cabo de los días Ana concibió y dio a luz un hijo, al que puso por nombre Samuel, diciendo:
«Se lo pedí al Señor».

Palabra de Dios.

 

Salmo

1 Sam 2, 1. 4-5. 6-7. 8abcd (R.: cf. 1a)

R. Mi corazón se regocija en el Señor, mi Salvador.

V. Mi corazón se regocija en el Señor,
mi poder se exalta por Dios.
Mi boca se ríe de mis enemigos,
porque gozo con tu salvación.
 R.

V. Se rompen los arcos de los valientes,
mientras los cobardes se ciñen de valor.
Los hartos se contratan por el pan,
mientras los hambrientos engordan;
la mujer estéril da a luz siete hijos,
mientras la madre de muchos queda baldía. 
R.

V. El Señor da la muerte y la vida,
hunde en el abismo y levanta;
da la pobreza y la riqueza,
humilla y enaltece. 
R

V. Él levanta del polvo al desvalido,
alza de la basura al pobre,
para hacer que se siente entre príncipes
y que herede un trono de gloria. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Acojan la palabra de Dios, no como palabra humana, sino, cual es en verdad, como palabra de Dios. R.

 

Evangelio

Mc 1, 21b-28

Les enseñaba con autoridad

Lectura del santo Evangelio según san Marcos.

EN la ciudad de Cafarnaún, el sábado entró Jesús en la sinagoga a enseñar; estaban asombrados de su enseñanza, porque les enseñaba con autoridad y no como los escribas. Había precisamente en su sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo y se puso a gritar:
«¿Qué tenemos que ver nosotros contigo, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios».
Jesús lo increpó:
«¡Cállate y sal de él!».
El espíritu inmundo lo retorció violentamente y, dando un grito muy fuerte, salió de él. Todos se preguntaron estupefactos:
«¿Qué es esto? Una enseñanza nueva expuesta con autoridad. Incluso manda a los espíritus inmundos y lo obedecen».
Su fama se extendió enseguida por todas partes, alcanzando la comarca entera de Galilea.

Palabra del Señor.

 

1

 

1) Puerta de entrada: cuando Dios “sacude” para sanar

La Palabra de hoy tiene un verbo escondido que se siente en el alma: Dios sacude. No para humillar, sino para despertar. No para destruir, sino para liberar. A veces vivimos con un ruido interior que no sabemos nombrar: miedos, culpas viejas, voces que nos acusan, comparaciones, resentimientos, ansiedad. Y entonces viene Jesús con una autoridad distinta: no grita, no negocia con el mal, no se enreda en discusiones. Manda callar a la mentira para que pueda hablar la verdad.

Y junto a esa escena fuerte del Evangelio, aparece Ana, una mujer herida por la vida, que no se resigna: ora, llora, insiste… y Dios abre camino donde parecía cerrado. Hoy el Señor nos muestra dos movimientos del corazón creyente: orar con verdad como Ana, y dejarnos liberar por la Palabra con autoridad de Jesús.

2) Primera lectura: Ana, el dolor que se vuelve oración verdadera

Ana llega al templo con el corazón hecho pedazos. Lleva años cargando el peso de la esterilidad, y además el dolor social, familiar y emocional que eso implicaba en su tiempo. Pero lo decisivo es esto: no convierte su herida en amargura, la convierte en oración.

Su plegaria es intensa, casi incomprendida. El sacerdote Elí, al verla mover los labios, piensa mal. ¡Qué realista es la Biblia! A veces, cuando alguien ora desde el abismo, los demás no saben leerlo: confunden lágrimas con debilidad, fervor con exageración, silencio con rareza. Pero Dios sí entiende. Dios ve lo que nadie ve.

Y el texto nos regala un detalle precioso: después de esa oración, Ana “se fue por su camino; comió y no estaba ya triste”. No porque el problema estuviera resuelto de inmediato, sino porque puso su carga en Dios. Orar no siempre cambia de golpe las circunstancias; muchas veces cambia primero el corazón: vuelve la paz, se reordena la esperanza, se respira distinto.

3) Salmo: el cántico de la inversión de Dios

El cántico de Ana (Sal 1Sam 2) es una proclamación: Dios cambia la lógica del mundo. Derriba orgullos, levanta humildes, sacia hambrientos, sostiene al débil. Es la música de la providencia: Dios no es indiferente. Dios ve. Dios actúa. Y lo hace con un estilo que desconcierta: su fuerza se manifiesta levantando, sanando, reconstruyendo.

4) Evangelio: la autoridad de Jesús que hace callar la mentira

En la sinagoga, Jesús enseña “con autoridad”. No es solo que habla bien. Es que su palabra tiene peso, toca, desenmascara, ordena la vida. Y allí aparece un espíritu impuro que grita una frase verdadera: “Tú eres el Santo de Dios”. Pero la verdad viene “manchada”,: viene mezclada con la insinuación venenosa: “¿Has venido a perdernos?”

Ese es el mecanismo de muchas tentaciones: mezclar verdad con veneno.

  • “Dios existe… pero a ti no te quiere.”
  • “Eres creyente… pero no vales.”
  • “Jesús es santo… pero tu vida ya está perdida.”
  • “La Iglesia es de Dios… pero tú no tienes lugar.”

Jesús corta de raíz: “¡Cállate y sal de él!”. Porque la primera liberación es el silencio impuesto a la mentira que tortura. Solo cuando calla el engaño, puede escucharse la voz de Dios.

Y todos se preguntan: “¿Qué es esto? ¡Una enseñanza nueva con autoridad!” Lo nuevo no es un discurso raro; lo nuevo es que la palabra de Jesús libera. No es información: es salvación.

5) Aplicación para hoy: ¿qué necesita ser expulsado de mí?

Dejemos que la palabra de Jesús expulse lo que hay de mentira en nosotros, y aceptemos que el paso a la verdad nos sacuda. Eso duele un poquito, porque la mentira se nos puede volver “cómoda”, “habitual”, “parte del carácter”. La verdad, en cambio, exige conversión.

Preguntémonos con sencillez:

  • ¿Qué voz interior me acusa sin misericordia?
  • ¿Qué mentira repito sobre mí mismo: “no puedo”, “no merezco”, “ya es tarde”?
  • ¿Qué falsedad alimento sobre Dios: “me castiga”, “me abandonó”, “no escucha”?
  • ¿Qué engaño conservo sobre el prójimo: “no cambia”, “no vale”, “no lo perdono”?

Jesús no entra en pacto con esas voces. Las manda callar. Y cuando Cristo manda, lo hace para devolvernos la dignidad y la paz.

6) Intención orante: por familiares, amigos y benefactores

Hoy, de manera especial, presentamos en el altar a nuestros familiares, amigos y benefactores: los que nos han sostenido, los que nos han acompañado, los que han sido instrumentos de la providencia de Dios. Que el Señor les conceda salud, trabajo digno, unidad en sus hogares, fe perseverante y alegría.

Y también pidamos algo muy concreto para ellos: que toda mentira que los atormente —miedo, desesperanza, culpa, resentimiento— sea silenciada por la autoridad de Cristo, y que puedan escuchar la verdad que salva: “Eres hijo, eres hija, no estás solo, no estás sola; mi gracia te basta.”

7) Cierre: una oración breve para concluir

Señor Jesús,
tú que enseñas con autoridad y liberas con tu Palabra,
haz callar en nosotros toda mentira que nos roba la paz.
Como Ana, danos un corazón que se atreva a orar con verdad.
Bendice a nuestros familiares, amigos y benefactores:
que tu mano los sostenga y tu Espíritu los renueve.
Y si tu verdad hoy nos sacude, que sea para sanarnos,
para enderezar nuestros caminos y devolvernos la alegría.

Amén.


2


 

13 de enero:

San Hilario de Poitiers, obispo y doctor de la Iglesia — Memoria opcional
c. 315–367

Santo patrono de los niños con dificultades académicas, de los niños que aprenden a caminar, de las madres y de los enfermos.
Invocado contra el reumatismo y las mordeduras de serpiente.
Proclamado Doctor de la Iglesia en 1851 por el papa Pío IX.




Cita

«Permíteme, en suma, adorarte a Ti, Padre nuestro, y a tu Hijo junto contigo; permíteme alcanzar el favor de tu Espíritu Santo, que procede de Ti, por medio de tu Unigénito. Porque tengo un Testigo convincente de mi fe, que dice: “Padre, todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo es mío” (Jn 17,10), incluso mi Señor Jesucristo, que permanece en Ti, procede de Ti y está contigo, Dios por siempre. Bendito sea por los siglos de los siglos. Amén».
(De Trinitate 12,57)


Reflexión

Nacido en una familia pagana acomodada en Poitiers, Francia, Hilario recibió una sólida formación en las letras clásicas. Sin embargo, al mirar dentro de su propia alma, comprendió que no existía únicamente para buscar placer, disfrutar del ocio, acumular riquezas o satisfacer deseos puramente carnales. Hilario razonó que el alma humana no existe simplemente para morir. Más bien, debe existir para algo más, algo eterno, algo glorioso. Cuando su cultura pagana no fue suficiente y la filosofía se quedó corta, Hilario encontró finalmente lo que buscaba al toparse con las Escrituras.

Lo primero que lo impactó fue el misterioso nombre de Dios en el Antiguo Testamento: «YO SOY EL QUE SOY». Dios se había revelado como eterno, sin principio ni fin: la Existencia misma. Luego, Hilario descubrió al Hijo de Dios en el Evangelio de Juan 1,1–14. Sobre este hallazgo, Hilario escribió: «Mi alma midió las poderosas obras de Dios, realizadas según la escala de su omnipotencia eterna… con una fe sin límites… de que Dios estaba en el principio con Dios, y de que el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros…» (De Trinitate 1,12).

Hilario tuvo la voluntad de creer y, con el paso de los años, recibió también el don y la capacidad de comprender la belleza, el misterio, la omnipotencia y la naturaleza de la Santísima Trinidad. Poco después de estos descubrimientos de fe, fue bautizado cristiano y se dedicó a defender la doctrina trinitaria frente a la «locura y la ignorancia de los hombres». Impresionó tanto a los fieles que lo eligieron como su obispo, una dignidad que aceptó con reticencia.

Entre quienes compartían aquella «locura e ignorancia» se encontraban obispos y laicos seguidores de la herejía arriana, que negaba la divinidad de Cristo, sosteniendo que el Hijo era inferior al Padre. Esta herejía estaba muy extendida en la Iglesia oriental y comenzaba a propagarse en Francia. Tras apenas cinco años como obispo, el emperador —él mismo arriano— ordenó que todos los obispos juraran apoyo a esta doctrina. Hilario se negó. Defendió con firmeza la verdad y, por su valiente postura, fue desterrado a Frigia, en la actual Turquía. En su amor y providencia, Dios utilizó de manera poderosa ese tiempo de exilio.

En Frigia, el obispo Hilario dedicó mucho tiempo al estudio y a la escritura. Ya había compuesto en Poitiers un admirable comentario al Evangelio de Mateo, y ahora se consagró a su obra más importante: De Trinitate (Sobre la Trinidad). Apoyándose en su formación clásica, su conocimiento del griego, su amor por las Escrituras y también en la misma «locura» e «ignorancia» del arrianismo, Hilario elaboró una defensa completa de la doctrina trinitaria tal como la enseña el Credo de Nicea. Causó tantos problemas a los arrianos en Frigia que los propios obispos arrianos suplicaron al emperador que lo enviara de regreso a su patria, petición que el emperador concedió.

En su retorno a Poitiers, Hilario tomó el camino largo, pasando por Grecia e Italia, predicando en todas partes y arrancando de raíz los primeros brotes del arrianismo en la Iglesia occidental. Su eficacia no provenía solo de la claridad de su enseñanza, sino también de su actitud conciliadora y de su firme determinación. Ya en Poitiers, continuó predicando, escribiendo, participando en concilios e incluso componiendo himnos. Estos himnos eran su manera de introducir las verdades de la fe en el pueblo de Dios a través del canto. Fue un verdadero pastor, ardiente en su deseo de que todos llegaran a un conocimiento más profundo del único Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo.


Oración

San Hilario, tu corazón estaba inquieto cuando eras pagano, pero transformaste esa inquietud en una búsqueda de la Verdad. Al encontrarla, te lanzaste de lleno, penetrando cada vez más en el gran misterio de la Trinidad. Ruega por mí, para que también yo sea diligente y perseverante en mi empeño por descubrir el gran misterio de la Santísima Trinidad. Que, al crecer en la fe, participe también de tu celo por dar testimonio de ella ante los demás.
San Hilario, ruega por mí.
Jesús, en Ti confío.

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