sábado, 9 de mayo de 2026

10 de mayo del 2026: sexto domingo de Pascua-Ciclo A

 

La alegría como testamento

En este tiempo pascual, abramos el oído a las palabras de Jesús dirigidas a sus discípulos en el camino que lo conducía a entregar su vida por amor. Para los discípulos, probados por la separación de su Señor, estas palabras son preciosas, como las de un testamento espiritual. Resuenan como memorial de lo que vivieron durante la última cena, recibiendo la llamada a la felicidad: felices aquellos y aquellas que, en lo ordinario de los días, actúan a la manera de Cristo.

El relato de los Hechos de los Apóstoles da testimonio, en efecto, de la manera de vivir de Felipe y sus compañeros, recibida del mismo Jesús. Sí, Jesús ha honrado su promesa de volver hacia ellos, Él que se manifestó como el Resucitado durante los cincuenta días del tiempo pascual.

La promesa de Jesús a los discípulos de rogar al Padre para que enviara sobre ellos el Espíritu de la verdad, el Defensor que estaría siempre con ellos, se hace efectiva. Felipe da testimonio de ello: en nombre de Cristo Jesús libera a los poseídos, cura a los paralíticos y a los lisiados. Una gran alegría es el signo de la presencia del Espíritu de Cristo que actúa por medio de los discípulos.

Esta promesa también se nos hace a nosotros, que vivimos en amistad con Él. El Evangelio de Juan dirige nuestra mirada hacia la Trinidad. Nos introduce en las relaciones trinitarias: que podamos reconocer que Jesús está en el Padre, que nosotros estamos en el Hijo por el Espíritu, y que Él está en nosotros.

¿Cuál será, en este tiempo pascual, la manera de poner al Resucitado en el corazón de mi vida? ¿Acaso acojo la alegría que se nos da cuando el Espíritu de Cristo Resucitado se manifiesta en un encuentro?

Anne Da, xavière

 

 


Primera lectura


Hch 8, 5-8. 14-17


Les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.

EN aquellos días, Felipe bajó a la ciudad de Samaría y les predicaba a Cristo. El gentío unánimemente escuchaba con atención lo que decía Felipe, porque habían oído hablar de los signos que hacía, y los estaban viendo: de muchos poseídos salían los espíritus inmundos lanzando gritos, y muchos paralíticos y lisiados se curaban. La ciudad se llenó de alegría.
Cuando los apóstoles, que estaban en Jerusalén, se enteraron de que Samaría había recibido la palabra de Dios, enviaron
a Pedro y a Juan; ellos bajaron hasta allí y oraron por ellos, para que recibieran el Espíritu Santo; pues aún no había bajado sobre ninguno; estaban solo bautizados en el nombre del Señor Jesús. Entonces les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 65, 1b-3a. 4-5. 6-7a. 16 y 20 (R.: 1b)

R. Aclama al Señor, tierra entera.

O bien:

R. Aleluya.

V. Aclama al Señor, tierra entera;
toquen en honor de su nombre,
canten himnos a su gloria.
Digan a Dios: «¡Qué temibles son tus obras!». 
R.

V. Que se postre ante ti la tierra entera,
que toquen en tu honor,
que toquen para tu nombre.
Vengan a ver las obras de Dios,
sus temibles proezas en favor de los hombres. 
R.

V. Transformó el mar en tierra firme,
a pie atravesaron el río.
Alegrémonos en él.
Con su poder gobierna eternamente. 
R.

V. Los que temen a Dios, vengan a escuchar,
les contaré lo que ha hecho conmigo.
Bendito sea Dios, que no rechazó mi súplica
ni me retiró su favor. 
R.

 

Segunda lectura

1 Pe 3, 15-18

Muerto en la carne pero vivificado en el Espíritu

Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro.

QUERIDOS hermanos:
Glorifiquen a Cristo el Señor en sus corazones, dispuestos siempre para dar explicación a todo el que les pida una razón de su esperanza, pero con delicadeza y con respeto, teniendo buena conciencia, para que, cuando los calumnien, queden en ridículo los que atentan contra su buena conducta en Cristo.
Pues es mejor sufrir haciendo el bien, si así lo quiere Dios, que sufrir haciendo el mal.
Porque también Cristo sufrió su pasión, de una vez para siempre, por los pecados, el justo por los injustos, para conducirlos a Dios. Muerto en la carne pero vivificado en el Espíritu.

Palabra de Dios.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. El que me ama guardará mi palabra —dice el Señor—, y mi Padre lo amará, y vendremos a él. R.

 

Evangelio

Jn 14, 15-21

Le pediré al Padre que les dé otro Paráclito

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Si me aman, guardarán mis mandamientos. Y yo le pediré al Padre que les dé otro Paráclito, que esté siempre con ustedes, el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; ustedes, en cambio, lo conocen, porque mora con ustedes y está en ustedes.
No los dejaré huérfanos, volveré a ustedes. Dentro de poco el mundo no me verá, pero ustedes me verán y vivirán, porque yo sigo viviendo. Entonces sabrán que yo estoy en mi Padre, y ustedes en mí y yo en ustedes. El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo también lo amaré y me manifestaré a él».

Palabra del Señor.

 

1

 “No los dejaré huérfanos”

 

Queridos hermanos:

A medida que avanza el tiempo pascual, la liturgia nos va preparando para dos grandes celebraciones: la Ascensión del Señor y Pentecostés. Hemos celebrado que Cristo ha resucitado, que la muerte ha sido vencida, que la piedra del sepulcro ha sido removida. Pero ahora surge una pregunta muy humana, muy nuestra: ¿y cómo seguir viviendo cuando Jesús ya no se deja ver como antes? ¿Cómo caminar cuando no lo tenemos físicamente delante de nosotros? ¿Cómo creer, amar y esperar cuando la vida parece ponernos a prueba?

La respuesta de Jesús en el Evangelio de hoy es profundamente consoladora: “No los dejaré huérfanos; volveré a ustedes”.

Esa frase vale por una promesa, pero también por un testamento. Jesús está hablando en el contexto de la última cena, cuando sabe que se acerca la hora de su pasión. Sus discípulos presienten que algo doloroso va a suceder. Hay miedo, incertidumbre, tristeza. Y Jesús, en lugar de darles una explicación larga sobre el sufrimiento, les deja una certeza: no estarán solos. No quedarán abandonados. No serán huérfanos espirituales. El Padre les dará otro Defensor, el Espíritu de la verdad, para que esté siempre con ellos.

Aquí está el corazón de este domingo: la Pascua no es solamente la noticia de que Jesús resucitó; es también la certeza de que el Resucitado sigue vivo y actuante en medio de nosotros por el Espíritu Santo.

La primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles, nos muestra precisamente eso. Felipe baja a la ciudad de Samaría y comienza a anunciar a Cristo. Y sucede algo maravilloso: los enfermos son sanados, los espíritus impuros son expulsados, los paralíticos y lisiados recobran la salud. Pero el signo más hermoso aparece al final del pasaje: “la ciudad se llenó de alegría”.

La alegría es el gran signo de la presencia del Espíritu. No una alegría superficial, no una euforia pasajera, no una diversión que dura mientras todo va bien. Es una alegría pascual, nacida de la experiencia de saber que Cristo vive, que Cristo sana, que Cristo libera, que Cristo no abandona.

Y llama la atención que esa alegría llegue a Samaría. Para muchos judíos de aquel tiempo, Samaría era tierra sospechosa, tierra de enemistades antiguas, tierra marcada por heridas religiosas y culturales. Pero el Evangelio no se queda encerrado en Jerusalén. El Espíritu empuja a la Iglesia a cruzar fronteras, a sanar divisiones, a entrar donde hay dolor, rechazo, enfermedad y miedo.

Esto nos dice mucho hoy. También nuestras comunidades, nuestras familias, nuestros pueblos y nuestra patria tienen “Samarías”: lugares de heridas, de conflictos, de resentimientos, de personas excluidas, de historias no reconciliadas. Y allí quiere llegar el Evangelio. Allí quiere actuar el Espíritu. Allí quiere nacer la alegría verdadera.

Pero el Evangelio de Juan nos recuerda algo fundamental: la alegría cristiana no se improvisa. Nace de una relación de amor con Jesús. Por eso el Señor dice: “Si me aman, guardarán mis mandamientos”.

A veces escuchamos la palabra “mandamientos” y pensamos inmediatamente en normas, obligaciones, prohibiciones. Pero Jesús no está hablando aquí como un juez frío que impone cargas. Habla como el Amado que nos muestra el camino para permanecer en comunión con Él. Guardar sus mandamientos no es vivir oprimidos por una ley, sino aprender a amar como Él ama.

El mandamiento de Jesús es el amor: amar al Padre, amar al prójimo, perdonar, servir, buscar la verdad, defender la vida, acompañar al que sufre, no devolver mal por mal, construir comunión, vivir con limpieza de corazón. Quien ama a Jesús no se conforma con admirarlo de lejos; quiere parecerse a Él en la vida diaria.

Y aquí aparece una pregunta seria para nosotros: ¿se nota en nuestra manera de vivir que amamos a Jesús? ¿Se nota en nuestras palabras, en nuestro trato, en nuestra paciencia, en nuestra capacidad de perdonar, en nuestra forma de trabajar, de educar, de servir, de hablar de los demás?

Jesús no dice: “Si me aman, tendrán sentimientos bonitos”. Dice: “Si me aman, guardarán mis mandamientos”. El amor verdadero se verifica en la vida concreta.

San Pedro, en la segunda lectura, nos da otra clave preciosa: “Estén siempre dispuestos a dar razón de su esperanza”. No dice simplemente “den razón de sus ideas” o “defiendan sus opiniones”. Dice: den razón de su esperanza. El cristiano está llamado a ser una persona capaz de explicar, con su vida y con su palabra, por qué sigue esperando, por qué no se rinde, por qué continúa creyendo en medio de las dificultades.

Pero Pedro añade algo muy importante: hay que hacerlo con mansedumbre y respeto. Esto es profundamente actual. Vivimos tiempos de discusiones agresivas, de insultos fáciles, de polarizaciones, de redes sociales donde muchos creen que tener razón les da derecho a humillar. El cristiano no anuncia a Cristo desde la arrogancia, sino desde la humildad. No defiende la fe con violencia verbal, sino con mansedumbre. No impone la esperanza, la propone.

Dar razón de nuestra esperanza no significa tener respuesta para todo. Significa mostrar que nuestra vida está sostenida por Alguien. Significa que, aun en medio del dolor, no caminamos como huérfanos. Significa que, aunque haya lágrimas, no vivimos derrotados. Significa que Cristo sigue siendo el centro.

Por eso el Evangelio de hoy es tan consolador: “Yo le pediré al Padre que les dé otro Defensor, que esté siempre con ustedes”. Jesús llama al Espíritu Santo el Defensor, el Paráclito. Es decir, aquel que acompaña, consuela, fortalece, ilumina, sostiene y defiende interiormente.

Cuántas veces necesitamos ese Defensor. Lo necesitamos cuando sentimos soledad. Lo necesitamos cuando no sabemos qué decisión tomar. Lo necesitamos cuando la fe se enfría. Lo necesitamos cuando nos cansamos de luchar. Lo necesitamos cuando la tristeza quiere instalarse en el alma. Lo necesitamos cuando debemos perdonar y no encontramos fuerzas. Lo necesitamos cuando tenemos que empezar de nuevo.

El Espíritu Santo no viene a evitarnos toda dificultad, pero sí viene a recordarnos que no estamos solos dentro de la dificultad. No elimina mágicamente la cruz, pero nos da la fuerza para cargarla con Cristo. No nos saca del mundo, pero nos enseña a vivir en el mundo con el corazón puesto en Dios.

Jesús dice: “Dentro de poco el mundo no me verá, pero ustedes me verán, porque yo vivo y ustedes también vivirán”. Hay una manera de ver a Jesús que no depende de los ojos del cuerpo, sino de los ojos de la fe. Lo vemos en la Eucaristía. Lo vemos en la Palabra. Lo vemos en la comunidad reunida. Lo vemos en el pobre que espera ayuda. Lo vemos en el enfermo que necesita consuelo. Lo vemos en el hermano que nos perdona. Lo vemos en los pequeños signos de amor que el Espíritu va sembrando en lo ordinario de cada día.

Tal vez una de las enfermedades espirituales de nuestro tiempo es la incapacidad de reconocer la presencia de Dios en lo pequeño. Esperamos manifestaciones extraordinarias, pero el Resucitado muchas veces llega en una conversación sencilla, en una reconciliación, en una visita, en una oración hecha con lágrimas, en una palabra de aliento, en una comunidad que se reúne a celebrar la fe.

Podemos afirmar que Jesús nos deja la alegría como testamento. Es una expresión hermosa. Jesús, antes de partir, no deja a sus discípulos una fortuna, ni un poder humano, ni una estrategia política. Les deja su paz, su amor, su mandamiento y la promesa del Espíritu. Les deja una alegría que nadie les podrá quitar.

Esa alegría no consiste en negar los problemas. Los discípulos también conocieron persecuciones, incomprensiones, cansancios y martirio. Pero tenían dentro una certeza más fuerte que el miedo: Cristo vive. Y si Cristo vive, la vida tiene sentido. Si Cristo vive, el pecado no tiene la última palabra. Si Cristo vive, la muerte no es el final. Si Cristo vive, la Iglesia puede seguir anunciando, sanando y consolando.

Hermanos, este VI Domingo de Pascua nos invita a revisar tres cosas.

Primero: nuestra relación con Jesús. No basta saber cosas de Él. Hay que amarlo. Y amarlo significa dejar que su Evangelio ordene nuestra vida.

Segundo: nuestra apertura al Espíritu Santo. No podemos vivir la fe solo con fuerzas humanas. Necesitamos pedir cada día: “Ven, Espíritu Santo. Ilumina mi mente, fortalece mi corazón, sana mis heridas, enséñame a amar”.

Tercero: nuestro testimonio de esperanza. En un mundo cansado, herido y a veces desesperanzado, el cristiano está llamado a ser presencia humilde de alegría pascual. No una alegría ruidosa y vacía, sino una alegría serena, profunda, contagiosa; la alegría de quien sabe que no está huérfano.

Que esta Eucaristía nos ayude a poner al Resucitado en el centro de nuestra vida. Que el Espíritu Santo nos haga testigos valientes y mansos. Que nuestras familias, comunidades y pueblos puedan experimentar lo que vivió Samaría cuando recibió el Evangelio: una gran alegría.

Y que María, Madre de la Iglesia, mujer dócil al Espíritu, nos enseñe a guardar la Palabra, a permanecer fieles en la esperanza y a reconocer la presencia viva de su Hijo resucitado en el camino de cada día.

Amén.

 

2

 

“No los dejaré huérfanos”

 

Queridos hermanos:

En este sexto domingo de Pascua, cuando ya nos acercamos a la solemnidad de la Ascensión y a Pentecostés, la Palabra de Dios nos regala una frase profundamente consoladora de Jesús: “No los dejaré huérfanos; volveré a ustedes”.

Hay palabras que uno escucha y pasan. Pero hay otras que se quedan dentro del alma, sobre todo cuando tocan una herida humana muy profunda. Y una de esas heridas es la soledad, el abandono, la sensación de no pertenecer a nadie, de no tener un lugar, de no tener casa, de no tener familia, de no tener a quién acudir.

Jesús conoce el corazón humano. Sabe que sus discípulos van a experimentar un gran vacío cuando Él ya no esté físicamente con ellos. Han caminado juntos, han comido juntos, han escuchado su voz, han visto sus gestos, han sentido su mirada, han sido corregidos y consolados por Él. Jesús ha sido para ellos maestro, amigo, pastor, hermano, Señor. Y ahora les habla de una despedida. Por eso, antes de la pasión, les deja esta promesa: “No los dejaré huérfanos”.

No les dice: “No sufrirán”. No les dice: “No tendrán problemas”. No les dice: “Todo será fácil”. Les dice algo más profundo: no estarán solos. Podrán venir persecuciones, dudas, cansancios, conflictos, incomprensiones; pero no quedarán abandonados. El Resucitado seguirá presente en medio de ellos por el don del Espíritu Santo.

Esta palabra nos toca también a nosotros. Porque, aunque tengamos familia, amigos, comunidad, conocidos, hay momentos en la vida en que podemos sentirnos espiritualmente huérfanos. Hay momentos en que uno se pregunta: ¿quién me sostiene? ¿Quién me entiende? ¿Quién camina conmigo? ¿Dónde está Dios en esta situación? ¿A quién pertenezco realmente?

La respuesta del Evangelio de hoy es clara: pertenecemos a Dios. Somos miembros de su familia. No somos huérfanos, porque tenemos Padre. No somos extraños, porque Cristo nos ha hecho hermanos. No somos abandonados, porque el Espíritu Santo habita en nosotros.

La familia humana es un regalo inmenso. Quien ha tenido un hogar lleno de amor sabe cuánto sostiene la vida sentirse acogido, amado, acompañado. Y quien ha sufrido la ausencia de un padre, de una madre, de un hogar estable, sabe también cuánto duele esa falta. Pero incluso la mejor familia de la tierra apunta hacia una verdad más grande: nuestro corazón fue creado para pertenecer definitivamente a Dios.

San Agustín lo decía con una frase famosa: “Nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti”. Esa inquietud del corazón, ese deseo de ser amados, de tener casa, de tener familia, de tener sentido, encuentra su plenitud en Dios.

Por eso Jesús dice: “Yo le pediré al Padre que les dé otro Defensor, que esté siempre con ustedes: el Espíritu de la verdad”. Aquí aparece la hermosa dimensión trinitaria de nuestra fe. Jesús ora al Padre. El Padre envía el Espíritu. Y el Espíritu nos introduce en la comunión con Cristo. La vida cristiana no es solamente cumplir unas normas religiosas. Es entrar en la familia divina. Es vivir en relación con el Padre, por Cristo, en el Espíritu Santo.

Jesús no nos deja una doctrina fría, sino una comunión viva. No nos deja simplemente un recuerdo bonito, sino su presencia real. No nos deja huérfanos, sino habitados por el Espíritu.

Y esa presencia del Espíritu se nota. Lo vemos en la primera lectura de los Hechos de los Apóstoles. Felipe baja a Samaría y predica a Cristo. Y allí suceden signos de liberación y sanación: los espíritus impuros salen, los paralíticos y lisiados quedan curados, y la ciudad se llena de alegría.

Es muy significativo que esto suceda en Samaría. Samaría era una tierra herida por antiguas divisiones religiosas y culturales. Judíos y samaritanos no se trataban bien. Había desconfianza, prejuicios, distancias históricas. Sin embargo, el Evangelio llega precisamente allí. El Espíritu empuja a la Iglesia hacia las periferias, hacia los lugares difíciles, hacia las tierras divididas, hacia las personas heridas.

Y cuando Cristo llega, algo cambia: hay alegría. Dice el texto: “La ciudad se llenó de alegría”.

La alegría es uno de los signos más bellos de la presencia del Espíritu Santo. No se trata de una alegría superficial, pasajera o ruidosa. Es la alegría profunda de saber que Dios nos ama, que Cristo vive, que la muerte no tiene la última palabra, que el pecado puede ser perdonado, que las heridas pueden ser sanadas y que nadie está definitivamente perdido para Dios.

Una comunidad donde actúa el Espíritu no es necesariamente una comunidad sin problemas. Pero sí es una comunidad donde se puede respirar esperanza. Una familia donde actúa el Espíritu no es una familia perfecta. Pero sí es una familia donde se busca el perdón, donde se vuelve a empezar, donde se ora, donde se intenta amar mejor. Una persona habitada por el Espíritu no es una persona sin luchas. Pero sí es alguien que no vive como huérfano, porque sabe que Dios camina con ella.

Por eso el salmo de hoy nos invita: “Aclama al Señor, tierra entera”. Toda la creación está llamada a alabar a Dios, porque Dios no abandona la obra de sus manos. El salmista recuerda las maravillas del Señor y termina bendiciendo a Dios porque no rechazó su oración ni le retiró su misericordia. Esa es la experiencia del creyente: Dios escucha, Dios acompaña, Dios sostiene.

Pero el Evangelio también nos recuerda una condición fundamental: “Si me aman, guardarán mis mandamientos”.

A veces nos gustaría separar el amor a Jesús de la obediencia a su Palabra. Nos gustaría decir: “Yo amo a Dios a mi manera”, pero sin dejar que su Evangelio transforme nuestras decisiones. Jesús, en cambio, une amor y mandamientos. No como imposición fría, sino como camino de comunión.

Amar a Jesús no es solo emocionarse en una oración, cantar con fervor o decir palabras bonitas. Amar a Jesús es permitir que su voluntad ilumine nuestra vida concreta. Es perdonar cuando cuesta. Es servir sin buscar aplausos. Es vivir en la verdad. Es cuidar al pobre. Es respetar la dignidad del otro. Es no responder al mal con más mal. Es buscar la reconciliación. Es construir comunidad. Es dejar que el Evangelio entre en la casa, en el trabajo, en la familia, en las relaciones, en las redes sociales, en la manera como hablamos y juzgamos.

No somos hijos de Dios solamente cuando estamos dentro del templo. Somos hijos de Dios en la vida diaria. Y la señal de que pertenecemos a su familia es que intentamos vivir con el estilo de Jesús.

San Pedro, en la segunda lectura, nos ofrece otra enseñanza muy actual: “Estén siempre dispuestos a dar razón de su esperanza”. Esta frase debería quedarse grabada en nuestro corazón. El cristiano no está llamado a vivir una fe escondida, apagada o avergonzada. Está llamado a dar razón de su esperanza.

Pero Pedro añade algo muy importante: hacerlo con mansedumbre y respeto. Esto es decisivo. No se trata de defender la fe con agresividad, ni de imponer nuestras convicciones con dureza, ni de convertir el Evangelio en arma para humillar a otros. La esperanza cristiana se anuncia con firmeza, sí, pero también con humildad. Se propone con claridad, pero también con respeto. Se testimonia más con la vida que con discursos.

Hoy hay muchas personas heridas, confundidas, cansadas, alejadas de la Iglesia, decepcionadas de la vida, escépticas frente a Dios. A ellas no se les llega con arrogancia, sino con cercanía. No se les llega con condenas fáciles, sino con una presencia misericordiosa. No se les llega desde la superioridad, sino desde el testimonio humilde de quien también ha sido salvado por gracia.

Dar razón de nuestra esperanza es poder decir, con palabras y obras: “Creo en Cristo porque Él me sostiene. Espero porque no estoy solo. Amo porque primero he sido amado. Persevero porque el Espíritu Santo me da fuerza”.

Queridos hermanos, Jesús dice: “El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; ustedes, en cambio, lo conocen, porque vive con ustedes y está en ustedes”. El Espíritu Santo no es una idea. No es una fuerza anónima. Es la presencia viva de Dios en el corazón del creyente y en la Iglesia.

Por eso necesitamos invocarlo. Necesitamos pedirle que venga a nuestras vidas. Que venga a nuestras familias. Que venga a nuestras comunidades. Que venga a nuestra Iglesia. Que venga a sanar lo que está herido, a iluminar lo que está oscuro, a fortalecer lo que está débil, a unir lo que está dividido, a devolvernos la alegría cuando la tristeza nos domina.

Cuántas veces vivimos como si fuéramos huérfanos, aun siendo hijos de Dios. Nos angustiamos como si todo dependiera solo de nuestras fuerzas. Nos encerramos en nuestros miedos. Nos dejamos vencer por el pesimismo. Olvidamos que Cristo prometió estar con nosotros. Olvidamos que el Espíritu Santo es nuestro Defensor. Olvidamos que pertenecemos a una familia más grande que nuestra propia historia personal: la familia de Dios, que es la Iglesia.

La Iglesia, con todas sus fragilidades humanas, es el hogar donde Dios nos reúne. Allí nacemos a la fe por el bautismo. Allí somos alimentados por la Eucaristía. Allí recibimos el perdón. Allí escuchamos la Palabra. Allí aprendemos a llamar a Dios “Padre”. Allí descubrimos que los demás no son extraños, sino hermanos.

Es verdad: la Iglesia está formada por personas frágiles. A veces nos herimos, nos dividimos, nos fallamos. Pero la Iglesia no se sostiene solamente por nuestra perfección. Se sostiene por Cristo, que está vivo, y por el Espíritu Santo, que sigue actuando.

Por eso, este domingo, la Palabra nos invita a renovar tres certezas.

La primera: no somos huérfanos. Aunque pasemos por soledades, duelos, rupturas, cansancios o incertidumbres, Cristo no nos abandona. Él vive, y porque Él vive, también nosotros viviremos.

La segunda: somos familia de Dios. Nuestra identidad más profunda no depende de lo que tenemos, de lo que hemos logrado, de lo que otros piensen de nosotros. Nuestra identidad más profunda es esta: somos hijos amados del Padre, hermanos de Cristo, templos del Espíritu Santo.

La tercera: estamos llamados a dar testimonio de esperanza. El mundo necesita cristianos que no vivan quejándose de todo, sino sembrando alegría; que no alimenten divisiones, sino comunión; que no vivan como huérfanos espirituales, sino como hijos confiados.

Hoy podríamos preguntarnos: ¿vivo mi fe como pertenencia a una familia? ¿Me siento realmente hijo de Dios? ¿Trato a los demás como hermanos? ¿Doy razón de mi esperanza con mansedumbre y respeto? ¿Estoy dejando que el Espíritu Santo actúe en mí?

Que esta Eucaristía nos ayude a escuchar de nuevo la promesa de Jesús: “No los dejaré huérfanos”. Que el Espíritu Santo renueve en nosotros la alegría de pertenecer a Dios. Que, como en Samaría, también nuestras comunidades se llenen de alegría porque Cristo es anunciado, acogido y amado.

Y que María, Madre de la Iglesia, nos enseñe a vivir como verdaderos hijos: confiados en el Padre, unidos a Cristo y dóciles al Espíritu Santo.

Amén.

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