viernes, 8 de mayo de 2026

9 de mayo del 2026: sábado de la quinta semana de Pascua

 

En el corazón de este mundo

(Juan 15, 18-21) “Ustedes no pertenecen al mundo”. Jesús no nos dice que huyamos del mundo ni que lo despreciemos, aunque en él encontremos oposiciones. Él vino a habitarlo. Nos invita al discernimiento, a situarnos a veces de manera diferente, a no vivir según la mundanidad. Aceptar ser lo que somos: discípulos, hasta el extremo de nuestra vida, como Él. Configurados con Cristo y vencedores con Él.

Colette Hamza, xavière

 



Primera lectura

Hch 16, 1-10

Pasa a Macedonia y ayúdanos

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.

EN aquellos días, Pablo llegó a Derbe y luego a Listra. Había allí un discípulo que se llamaba Timoteo, hijo de una judía creyente, pero de padre griego. Los hermanos de Listra y de Iconio daban buenos informes de él. Pablo quiso que fuera con él y, puesto que todos sabían que su padre era griego, por consideración a los judíos de la región, lo tomó y lo hizo circuncidar.
Al pasar por las ciudades, comunicaban las decisiones de los apóstoles y presbíteros de Jerusalén, para que las observasen. Las Iglesias se robustecían en la fe y crecían en número de día en día.
Atravesaron Frigia y la región de Galacia, al haberles impedido el Espíritu Santo anunciar la palabra en Asia. Al llegar cerca de Misia, intentaron entrar en Bitinia, pero el Espíritu de Jesús no se lo consintió. Entonces dejaron Misia a un lado y bajaron a Tróade.
Aquella noche Pablo tuvo una visión: se le apareció un macedonio, de pie, que le rogaba: «Pasa a Macedonia y ayúdanos».
Apenas tuvo la visión, inmediatamente tratamos de salir para Macedonia, seguros de que Dios nos llamaba a predicarles el Evangelio.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 99, 1-2. 3. 5 (R.: 1)

R. Aclama al Señor, tierra entera.

O bien:

R. Aleluya.

V. Aclama al Señor, tierra entera,
sirvan al Señor con alegría,
entren en su presencia con vítores. 
R.

V. Sepan que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.
 R.

V. El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Si han resucitado con Cristo, busquen los bienes de allá arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios. R.

 

Evangelio

Jn 15, 18-21

No son del mundo, sino que yo los he escogido sacándolos del mundo

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Si el mundo los odia, sepan que me han odiado a mí antes que a ustedes.
Si fueran del mundo, el mundo los amaría como cosa suya, pero como no son del mundo, sino que yo los he escogido sacándolos del mundo, por eso el mundo los odia.
Recuerden lo que les dije: “No es el siervo más que su amo”. Si a mí me han perseguido, también a ustedes les perseguirán; si han guardado mi palabra, también guardarán la de ustedes.
Y todo eso lo harán con ustedes a causa de mi nombre, porque no conocen al que me envió».

Palabra del Señor.

 

 

1

 

 

Queridos hermanos:

El Evangelio de hoy nos pone ante una palabra exigente de Jesús: “Si el mundo los odia, sepan que me ha odiado a mí antes que a ustedes”. A primera vista puede sonar dura, incluso desalentadora. Pero Jesús no habla para asustarnos, sino para prepararnos. Él quiere que sus discípulos comprendan que seguirlo no siempre será cómodo, popular ni fácil.

Cuando Jesús dice: “Ustedes no son del mundo”, no nos está invitando a despreciar la vida, la sociedad, la cultura, las relaciones humanas o las realidades de cada día. El cristiano no es alguien que huye del mundo. Al contrario, está llamado a vivir en el corazón del mundo, como luz, sal, fermento, testigo de esperanza.

Jesús mismo no huyó del mundo. Se encarnó, caminó por nuestros pueblos, entró en las casas, comió con pecadores, tocó a los enfermos, lloró con los que lloraban, compartió la vida de la gente sencilla. Pero no se dejó dominar por los criterios del mundo: la ambición, la apariencia, la injusticia, la violencia, la mentira, el egoísmo.

Por eso, el discípulo de Cristo debe aprender a vivir con discernimiento. Estamos en el mundo, pero no podemos vivir según todo lo que el mundo propone. Hay modas, ideologías, estilos de vida y formas de pensar que pueden alejarnos del Evangelio. Y a veces, por ser fieles a Cristo, tendremos que caminar contra corriente.

La primera lectura nos muestra precisamente a Pablo dejándose conducir por el Espíritu Santo. Él quería evangelizar ciertos lugares, pero el Espíritu le fue cerrando algunos caminos y abriendo otros. Finalmente, en una visión, comprende que debe pasar a Macedonia. La misión no nace simplemente de los planes humanos; nace de la escucha de Dios.

Esto nos enseña algo muy importante: el cristiano no se mueve solo por impulsos, caprichos o conveniencias. El discípulo se pregunta: ¿Dónde me quiere Dios? ¿Qué me está pidiendo el Espíritu? ¿Qué camino me acerca más al Evangelio?

A veces quisiéramos una fe sin conflictos, una Iglesia sin dificultades, una vida cristiana sin renuncias. Pero Jesús nunca prometió eso. Prometió su presencia, su amor, su Espíritu, su victoria. Nos dijo que habría oposición, pero también nos recordó que Él ya venció al mundo.

Y hoy, en sábado, miramos a María. Ella también vivió en el corazón del mundo, en la sencillez de Nazaret, en la vida familiar, en el trabajo cotidiano, en la incertidumbre y en el dolor. María no huyó de la realidad. Pero tampoco se dejó dominar por el miedo. Supo decir: “Hágase en mí según tu palabra”.

María nos enseña a vivir en el mundo con el corazón puesto en Dios. Nos enseña a escuchar, a discernir, a guardar la Palabra, a permanecer fieles incluso cuando no comprendemos todo. Ella estuvo junto a Jesús en la alegría de Caná y también al pie de la cruz. Por eso es maestra de discípulos.

Pidamos hoy al Señor la gracia de no avergonzarnos de nuestra fe. Que no busquemos una vida cristiana de apariencias, sino una fe valiente, humilde y coherente. Que sepamos amar este mundo, servirlo y evangelizarlo, pero sin dejarnos atrapar por la mundanidad.

Y que María, Madre de los discípulos, nos acompañe para vivir configurados con Cristo, fieles en la prueba, alegres en la misión y vencedores con Él. Amén.

 

2


Queridos hermanos:

El Evangelio de hoy nos coloca ante una de esas palabras de Jesús que no son fáciles de escuchar, pero que son profundamente necesarias: “Si el mundo los odia, sepan que me ha odiado a mí antes que a ustedes”. Jesús no maquilla la realidad. No les promete a sus discípulos una vida cómoda, sin conflictos, sin rechazo, sin incomprensiones. Les anuncia algo muy claro: seguirlo tendrá consecuencias.

Pero debemos comprender bien qué significa aquí la palabra “mundo”. Jesús no está hablando de la creación, porque todo lo que Dios ha creado es bueno. No está hablando de la humanidad como objeto del amor de Dios, porque “tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único”. El “mundo”, en este pasaje, representa esa mentalidad cerrada a Dios, esa lógica del pecado, de la apariencia, de la soberbia, de la búsqueda del poder, del placer sin responsabilidad, del éxito sin verdad, de la libertad sin amor.

Por eso, cuando Jesús dice: “Ustedes no son del mundo, porque yo los he escogido sacándolos del mundo”, no nos está invitando a despreciar la realidad ni a encerrarnos en una burbuja religiosa. Nos está diciendo que el cristiano vive en el mundo, ama el mundo, sirve al mundo, trabaja por el mundo, pero no puede dejarse gobernar por los criterios mundanos.

El discípulo de Cristo no puede vivir como si Dios no existiera. No puede llamar normal a todo lo que hiere la dignidad humana. No puede aplaudir la mentira solo porque es popular. No puede vender su conciencia para quedar bien. No puede reducir la vida a tener, aparentar, consumir y disfrutar. El cristiano está llamado a vivir con otro corazón, con otra mirada, con otra libertad.

Y eso, muchas veces, molesta.

Molesta una persona honesta en medio de ambientes corruptos. Molesta alguien que perdona donde todos esperan venganza. Molesta quien defiende la vida cuando otros la consideran descartable. Molesta quien habla de Dios en una cultura que quiere encerrarlo en lo privado. Molesta quien vive su fe con coherencia, no con fanatismo, sino con humildad y firmeza.

Jesús no nos dice esto para que nos creamos mejores que los demás. Al contrario, nos lo dice para que no nos sorprendamos cuando la fidelidad traiga rechazo. El discípulo no debe vivir buscando enemigos, pero tampoco debe vivir mendigando aprobación. Hay una pregunta que hoy nos toca profundamente: ¿queremos agradar a Cristo o agradar a toda costa al mundo?

La primera lectura nos ayuda a entender cómo se vive esta fidelidad. Pablo llega a Derbe y Listra, encuentra a Timoteo y lo incorpora a la misión. Luego, mientras van recorriendo caminos, experimentan algo muy interesante: quieren ir a unos lugares, pero el Espíritu Santo no se los permite; intentan dirigirse a otros, pero el Espíritu de Jesús se lo impide. Finalmente, en una visión, Pablo escucha a un hombre de Macedonia que le suplica: “Ven a Macedonia y ayúdanos”.

Aquí aparece una gran enseñanza: el discípulo no se guía simplemente por sus planes, sus gustos o sus seguridades. El discípulo se deja conducir. Pablo tenía celo misionero, tenía deseos de evangelizar, pero aun así tuvo que aprender que la misión no es propiedad suya. La misión pertenece a Dios.

También nosotros necesitamos ese discernimiento. A veces queremos abrir caminos donde Dios nos está diciendo “todavía no”. Otras veces tenemos miedo de cruzar hacia una Macedonia nueva, hacia una realidad que nos espera, hacia una persona que necesita ayuda, hacia una comunidad que clama por luz. El Espíritu Santo no siempre nos lleva por donde nos parece más fácil; nos lleva por donde podemos ser más fieles.

El salmo de hoy nos dice: “Aclamen al Señor, tierra entera; sirvan al Señor con alegría”. Esta frase ilumina todo. Aunque el Evangelio hable de odio, rechazo y persecución, la respuesta del creyente no es la amargura. El cristiano no vive a la defensiva, resentido, quejándose de todo. El cristiano sirve con alegría, porque sabe que pertenece al Señor.

Ser escogidos por Cristo no significa vivir tristes ni aislados. Significa vivir con una identidad profunda. No somos hijos de la moda, ni esclavos del qué dirán, ni propiedad del pecado, ni prisioneros del miedo. Somos de Cristo. Y quien sabe que es de Cristo puede perder aplausos, pero no pierde la paz; puede enfrentar críticas, pero no pierde la esperanza; puede ser incomprendido, pero no pierde el sentido de su vida.

Hoy, además, la Iglesia nos invita a mirar a María en sábado. Y María es la mejor discípula para entender este Evangelio. Ella vivió en el mundo, en Nazaret, en una casa sencilla, en una familia concreta, en medio de trabajos, preocupaciones, alegrías y dolores. María no huyó del mundo. Pero tampoco se dejó dominar por el mundo.

Cuando el ángel le anunció la voluntad de Dios, ella no respondió según la lógica del miedo, sino según la lógica de la fe: “Hágase en mí según tu palabra”. Cuando no comprendía todo, guardaba las cosas en su corazón. Cuando llegó la cruz, permaneció de pie. María no buscó prestigio, poder ni aplausos. Su grandeza estuvo en pertenecer totalmente a Dios.

Por eso María nos enseña a vivir en medio del mundo con el corazón libre. Nos enseña a no dejarnos comprar por la vanidad. Nos enseña a obedecer a Dios aunque no todo sea claro. Nos enseña a permanecer cuando otros huyen. Nos enseña que la verdadera victoria no está en imponerse, sino en ser fiel.

Queridos hermanos, el Evangelio de hoy nos invita a revisar nuestras pequeñas concesiones. A veces no renegamos de Cristo con grandes traiciones, sino con silencios cobardes, con incoherencias aceptadas, con pecados justificados, con el deseo de quedar bien con todos. A veces el mundo no nos rechaza porque ya nos parecemos demasiado a él. Y esa es una pregunta incómoda pero necesaria: ¿mi vida cristiana incomoda algo al pecado, o ya hice las paces con todo?

No se trata de vivir enfrentados con la sociedad. Se trata de vivir despiertos. No se trata de condenar a todos. Se trata de no perder el alma. No se trata de sentirnos superiores. Se trata de recordar que hemos sido elegidos por Cristo para una vida nueva.

Jesús nos advierte: “Si a mí me persiguieron, también a ustedes los perseguirán”. Pero esa advertencia no termina en derrota. Cristo ha vencido al mundo. Su cruz no fue fracaso; fue camino de resurrección. Su aparente debilidad fue la manifestación más grande del amor de Dios.

Por eso, cuando experimentemos rechazo por hacer el bien, cuando se burlen de nuestra fe, cuando nos critiquen por ser coherentes, cuando nos sintamos solos por no seguir la corriente, recordemos: no estamos solos. Caminamos con Cristo. Y donde está Cristo, incluso la persecución puede convertirse en testimonio; incluso la cruz puede convertirse en fecundidad; incluso la noche puede abrirse a la Pascua.

Pidamos hoy al Señor un corazón valiente y humilde. Valiente para no vender nuestra fe. Humilde para no creernos mejores que nadie. Fiel para escuchar al Espíritu, como Pablo. Alegre para servir al Señor, como nos invita el salmo. Y mariano, profundamente mariano, para guardar la Palabra, obedecerla y permanecer de pie junto a Cristo.

Que María, Madre de los discípulos, nos acompañe en esta misión: vivir en el mundo sin ser del mundo; amar a todos sin someternos al pecado; servir con alegría sin perder la identidad; y permanecer fieles a Cristo, sabiendo que quien comparte sus sufrimientos compartirá también su gloria.

Amén.

 

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