Testigo de la fe:
Bienaventurada Virgen
María de los Dolores
«María participó íntimamente en la pasión de su Hijo. Por
eso, fue asociada de una manera única a la gloria de su resurrección…”
Al recordar los dolores
de María, contemplamos su amor fiel y su esperanza en medio de la prueba. Al
pie de la cruz, permanece junto a Jesús y recibe como hijo al discípulo amado.
Su maternidad se abre así a todos los que seguimos a Cristo.
La espada anunciada por
Simeón atraviesa su alma, pero no destruye su confianza en Dios. María nos
enseña que la fe puede convivir con las lágrimas y que acompañar a quien sufre
es una hermosa expresión del amor.
Hoy
le confiamos nuestras heridas y las de tantas familias. Que su presencia
maternal nos sostenga y nos ayude a permanecer cerca de quienes llevan una cruz
pesada, con la esperanza puesta en Cristo resucitado.
Primera lectura
Heb
5, 7-9
Aprendió
a obedecer, y se convirtió en autor de salvación eterna
Lectura de la carta a los Hebreos.
CRISTO, en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas, presentó
oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte, siendo escuchado por
su piedad filial.
Y, aun siendo Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer. Y, llevado a la
consumación, se convirtió, para todos los que lo obedecen, en autor de
salvación eterna.
Palabra de Dios.
Salmo
Sal
30, 2-3a. 3bc-4. 5-6. 15-16. 20 (R.: 17b)
R. Sálvame,
Señor, por tu misericordia.
V. A ti, Señor, me
acojo:
no quede yo nunca defraudado;
tú, que eres justo, ponme a salvo,
inclina tu oído hacia mí. R
V. Sé la roca de
mi refugio,
un baluarte donde me salve,
tú que eres mi roca y mi baluarte;
por tu nombre dirígeme y guíame. R.
V. Sácame de la red que
me han tendido,
porque tú eres mi amparo.
A tus manos encomiendo mi espíritu:
tú, el Dios leal, me librarás. R.
V. Pero yo confío
en ti, Señor;
te digo: «Tú eres mi Dios».
En tus manos están mis azares:
líbrame de mis enemigos que me persiguen. R.
V. Qué bondad tan
grande, Señor,
reservas para los que te temen,
y concedes a los que a ti se acogen
a la vista de todos. R.
Secuencia
La Madre piadosa estaba
junto a la cruz y lloraba
mientras el Hijo pendía;
cuya alma, triste y llorosa,
traspasada y dolorosa,
fiero cuchillo tenía.
¡Oh cuán triste y cuán aflicta
se vio la Madre bendita,
de tantos tormentos llena!
Cuando triste contemplaba
y dolorosa miraba
del Hijo amado la pena.
Y ¿cuál hombre no llorara,
si a la Madre contemplara
de Cristo, en tanto dolor?
¿Y quién no se entristeciera,
Madre piadosa, si os viera
sujeta a tanto rigor?
Por los pecados del mundo,
vio a Jesús en tan profundo
tormento la dulce Madre.
Vio morir al Hijo amado,
que rindió desamparado
el espíritu a su Padre.
¡Oh dulce fuente de amor!,
hazme sentir tu dolor
para que llore contigo.
Y que, por mi Cristo amado,
mi corazón abrasado
más viva en él que conmigo.
Y, porque a amarle me anime,
en mi corazón imprime
las llagas que tuvo en sí.
Y de tu Hijo, Señora,
divide conmigo ahora
las que padeció por mí.
Hazme contigo llorar
y de veras lastimar
de sus penas mientras vivo;
porque acompañar deseo
en la cruz, donde le veo,
tu corazón compasivo.
¡Virgen de vírgenes santas!,
llore ya con ansias tantas,
que el llanto dulce me sea;
porque su pasión y muerte
tenga en mi alma, de suerte
que siempre sus penas vea.
Haz que su cruz me enamore
y que en ella viva y more
de mi fe y amor indicio;
porque me inflame y encienda,
y contigo me defienda
en el día del juicio.
Haz que me ampare la muerte
de Cristo, cuando en tan fuerte
trance vida y alma estén;
porque, cuando quede en calma
el cuerpo, vaya mi alma
a su eterna gloria. Amén.
Aclamación
R. Aleluya,
aleluya, aleluya.
V. Dichosa es la
bienaventurada Virgen María,
que, sin morir, mereció la palma del martirio
junto a la cruz del Señor. R
Evangelio
Jn
19, 25-27 (opción 1)
Triste
contemplaba y dolorosa miraba del Hijo amado la pena (Stabat Mater)
Lectura del santo Evangelio según san Juan.
JUNTO a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, la de
Cleofás, y María, la Magdalena. Jesús, al ver a su madre y junto a ella al
discípulo al que amaba, dijo a su madre:
«Mujer, ahí tienes a tu hijo».
Luego, dijo al discípulo:
«Ahí tienes a tu madre».
Y desde aquella hora, el discípulo la recibió como algo propio.
Palabra del Señor.
Lc
2, 33-35 (opción 2)
A
ti misma una espada te traspasará el alma
Lectura del santo Evangelio según san Lucas.
EN aquel tiempo, el padre y la madre de Jesús estaban admirados por lo que se
decía del niño.
Simeón los bendijo y dijo a María, su madre:
«Este ha sido puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; y será
como un signo de contradicción —y a ti misma una espada te traspasará el alma—,
para que se pongan de manifiesto los pensamientos de muchos corazones».
Palabra del Señor.
Hoy
es la fiesta de mi Patrona: Nuestra Señora de los Dolores. Desde muy niño, en
mi parroquia de Marquetalia, aprendí a apreciar esta advocación de la Madre
Dolorosa, que acompaña y se solidariza con su Hijo en el dolor de la cruz. Con
el paso de los años, uno va comprendiendo que aquella imagen venerada desde la
infancia tiene mucho que decirle a nuestra propia vida. Porque también nosotros
hemos llorado, hemos despedido seres queridos y hemos sentido la impotencia de
querer aliviar un sufrimiento que no está en nuestras manos evitar.
María nos enseña a permanecer junto a quien sufre. En el Evangelio de san
Juan la encontramos de pie junto a la cruz de Jesús. ¡Cuánto amor hay en esa
presencia! No puede arrancar los clavos ni detener la crueldad de quienes lo
han condenado. Pero está allí. Su Hijo no está solo: su Madre lo acompaña hasta
el final.
Hay
momentos en los que amar consiste precisamente en eso: quedarse. Quedarse junto
a la cama de un enfermo, escuchar a quien necesita desahogarse, acompañar a una
familia después del entierro, cuando ya todos han regresado a sus ocupaciones y
el silencio de la casa pesa más que nunca. María nos enseña que, aun cuando nos
falten las palabras, podemos ofrecer nuestra presencia.
La
carta a los Hebreos nos presenta hoy a Jesús ofreciendo oraciones y súplicas
«con gritos y lágrimas». Qué consolador resulta saber que el Hijo de Dios
también lloró y suplicó. A veces pensamos que tener fe significa mostrarnos
siempre fuertes, sin preguntas, sin angustias. Sin embargo, Jesús mismo
atravesó el sufrimiento con toda la hondura de su humanidad. Llorar no es dejar de creer; también
podemos orar con nuestras lágrimas.
La
lectura añade que, siendo Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer. Esto no
significa que antes fuera desobediente, sino que vivió hasta sus últimas
consecuencias lo que implica confiar en el Padre y permanecer fiel al amor en
medio de la prueba. Su oración fue escuchada: el Padre lo sostuvo y lo condujo,
a través de la muerte, a la victoria de la resurrección.
También
María recorrió ese camino de confianza. La profecía de Simeón —«a ti misma una
espada te traspasará el alma»— encuentra al pie de la cruz toda su profundidad.
Aquel niño que había sostenido entre sus brazos está ahora crucificado. Y ella
sigue creyendo, aunque no pueda comprenderlo todo.
El
salmo de hoy nos presta palabras para esas horas: «Tú eres mi roca y mi
fortaleza»; «a tus manos encomiendo mi espíritu». Podemos imaginar cuánto
resuenan estas palabras en el corazón de María. Su firmeza nace de su confianza
en Dios. También nosotros podemos decirle al Señor: “No entiendo lo que estoy
viviendo; me duele y me cuesta. Pero pongo mi vida en tus manos. Sálvame por tu
misericordia”.
Y
precisamente allí, en medio del dolor, Jesús abre un camino de comunión: «Mujer,
ahí tienes a tu hijo»; «Ahí tienes a tu madre». A María le confía el discípulo
amado, y al discípulo le confía su Madre. La Iglesia reconoce en este encuentro
un regalo que alcanza nuestra propia vida: también nosotros podemos recibir a
María en nuestra casa, en nuestra historia, en nuestras heridas.
Acogerla
significa aprender de ella a cuidar. La devoción a Nuestra Señora de los
Dolores nos lleva a reconocer el sufrimiento de tantos hermanos: las madres que
lloran a sus hijos, las familias golpeadas por la violencia, quienes acompañan
una enfermedad larga, los ancianos solos y quienes llevan por dentro una
tristeza que casi nadie conoce. Nuestra Madre nos invita a acercarnos a ellos
con delicadeza y ayuda concreta.
La
secuencia de esta celebración expresa el deseo de acompañar a María junto a la
cruz y de participar en su dolor. Es una petición para que nuestro corazón se
haga sensible al amor de Cristo y al sufrimiento de nuestros hermanos. Que
ninguna herida ajena nos resulte indiferente.
Hoy
doy gracias por aquella devoción que comenzó en mi infancia, en Marquetalia, y
que sigue acompañando mi camino. A nuestra Madre Dolorosa le confío a quienes
llevo en el corazón y a cuantos necesitan consuelo.
Madre de los Dolores, enséñanos a permanecer junto a la
cruz sin perder la esperanza en la resurrección. Cuando nos falten las fuerzas,
acompáñanos; cuando otro hermano sufra, ayúdanos a estar presentes. Y
condúcenos siempre a Jesús, tu Hijo, que ha entregado su vida por amor y vive
para siempre. Amén.

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