16 de octubre del 2026: viernes de la vigésima octava semana del tiempo ordinario II-Memoria libre de Santa Margarita María de Alacoque
Santo del día:
Margarita María de Alacoque
(1647-1690)
Nacida en Verosvres, en Borgoña
(Francia), Margarita María ingresó joven a la Orden de la Visitación de
Santa María, fundada por san Francisco de Sales y santa Juana de Chantal.
Mujer de profunda vida interior, recibió entre 1673 y 1675 una serie de
revelaciones en las que Jesús le mostró su Corazón, “tan amante de los
hombres”, invitándola a difundir la devoción al Sagrado Corazón de Jesús
como expresión de su amor misericordioso.
En medio de incomprensiones y pruebas,
Margarita María perseveró con humildad y obediencia, convirtiéndose en apóstol
de la reparación y de la confianza en Cristo. Su mensaje —“He aquí este
Corazón que tanto ha amado a los hombres”— inspiró una de las devociones
más tiernas y universales de la Iglesia.
Murió el 17 de octubre de 1690 en
Paray-le-Monial, pronunciando las palabras: “Nada tengo, todo lo he
entregado al Corazón de Jesús.” Fue canonizada en 1920 por Benedicto XV.
Nadie es olvidado
En
las Escrituras solo hay una predestinación: la que elige la vida y conduce
hacia Dios. Pablo la expresa así: estamos predestinados a convertirnos en su
posesión particular…
Pertenecer
a Dios: esa es la esperanza que atraviesa las palabras de san Pablo. En Cristo
hemos sido llamados a compartir su vida y a vivir para alabanza de su gloria.
El Espíritu Santo, recibido en la fe, es el sello de nuestra pertenencia y el
anticipo de la herencia prometida. Nuestra existencia tiene un horizonte: la
comunión con Dios (cf. Ef 1,11-14).
Esta
llamada ilumina también nuestra libertad. La gracia de Dios nos precede, nos
sostiene y hace posible nuestra respuesta de fe y de amor. Cada decisión
cuenta: podemos acoger su misericordia, dejarnos transformar y perseverar en el
bien. Como enseña la Iglesia, Dios no predestina a nadie a la condenación;
quiere nuestra salvación y nos llama a la conversión (cf. Catecismo, 1037).
Jesús
expresa la solicitud del Padre con una imagen sencilla: los pequeños pájaros
que se venden por unas monedas. Ninguno queda olvidado ante Dios. También los
cabellos de nuestra cabeza están contados. Con estas palabras, Jesús invita a
sus discípulos a confiar incluso cuando sufren amenazas y persecución. Su vida
es preciosa a los ojos del Padre (cf. Lc 12,6-7).
Podemos
sentirnos olvidados cuando una enfermedad nos aísla, cuando nadie reconoce
nuestro esfuerzo o cuando una ausencia llena de silencio la casa. En esas
horas, la fe nos invita a poner ante Dios nuestra vida tal como está: con sus
heridas, sus preguntas y su necesidad de consuelo. Podemos hablarle con
confianza, incluso cuando nos cuesta percibir su cercanía.
Y
esa confianza se convierte en una tarea: hacer sentir a otros que también
cuentan. Una llamada, una visita, una escucha paciente o un gesto de reconciliación
pueden acercar a alguien la ternura del Padre. Quien se sabe recordado por Dios
aprende a recordar a sus hermanos.
Señor, gracias porque mi vida es preciosa para
ti. Sostén mi confianza cuando me sienta solo y abre mis ojos para reconocer a
quienes necesitan compañía. Que hoy, por medio de mis palabras y mis gestos,
alguien descubra que no está olvidado. Amén.
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Primera lectura
Antes
esperábamos en el Mesías. Ustedes han sido marcados con el sello del Espíritu
Santo
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios.
HERMANOS:
En Cristo hemos heredado también los hijos de Israel, los que ya estábamos
destinados por decisión del que lo hace todo según su voluntad, para que seamos
alabanza de su gloria quienes antes esperábamos en el Mesías.
En él también ustedes,
después de haber escuchado la palabra de la verdad - el evangelio de su
salvación-,
creyendo en él
han sido marcados con el sello del Espíritu Santo prometido.
Él es la prenda de nuestra herencia,
mientras llega la redención del pueblo de su propiedad, para alabanza de su
gloria.
Palabra de Dios.
Salmo
R. Dichoso el
pueblo que el Señor se escogió como heredad.
V. Aclamen,
justos, al Señor,
que merece la alabanza de los buenos.
Den gracias al Señor con la cítara,
toquen en su honor el arpa de diez cuerdas. R.
V. La palabra
del Señor es sincera,
y todas sus acciones son leales;
él ama la justicia y el derecho,
y su misericordia llena la tierra. R.
V. Dichosa la
nación cuyo Dios es el Señor,
el pueblo que él se escogió como heredad.
El Señor mira desde el cielo,
se fija en todos los hombres. R.
Aclamación
V. Que tu
misericordia, Señor, venga sobre nosotros,
como lo esperamos de ti. R.
Evangelio
Hasta los
cabellos de su cabeza están contados
Lectura del santo Evangelio según san Lucas.
EN aquel tiempo, miles y miles de personas se agolpaban.
Jesús empezó a hablar, dirigiéndose primero a sus discípulos:
«Cuidado con la levadura de los fariseos, que es la hipocresía, pues nada hay
cubierto que no llegue a descubrirse, ni nada escondido que no llegue a saberse.
Por eso, lo que digan en la oscuridad será oído a plena luz, y lo que digan al
oído en las recámaras se pregonará desde la azotea.
A ustedes les digo, amigos míos: no tengan miedo a los que matan el cuerpo, y
después de esto no pueden hacer más.
Les voy a enseñar a quién tienen que temer: teman al que, después de la muerte,
tiene poder para arrojar a la “gehenna”. A ese tienen que temer, se lo digo yo.
¿No se venden cinco pájaros por dos céntimos? Pues ni de uno solo de ellos se
olvida Dios.
Más aún, hasta los cabellos de su cabeza están contados.
No tengan miedo: valen más que muchos pájaros».
Palabra del Señor.
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Nadie está olvidado ante Dios
Hermanos:
Hay
un sufrimiento que muchas veces permanece escondido: sentir que uno ya no
cuenta para nadie. Puede experimentarlo un anciano cuando pasan los días sin
recibir una visita; una persona enferma cuando se siente una carga para su familia;
una madre cuando sus hijos apenas tienen tiempo para escucharla. También puede
sentirlo quien trabaja, sirve y se entrega, pero parece que nadie reconoce su
esfuerzo.
En
algún momento, incluso una persona creyente puede preguntarse: «Señor, ¿te
acuerdas de mí? ¿Sabes lo que estoy viviendo?».
Hoy
la Palabra de Dios llega hasta esa pregunta. Nos invita a descubrir que nuestra
vida es preciosa para el Padre y que podemos confiarnos a él incluso cuando no
comprendemos lo que sucede.
San
Pablo, en la primera lectura, nos recuerda que en Cristo hemos recibido una
herencia y hemos sido marcados con el Espíritu Santo. Pertenecemos a Dios.
Nuestra historia está llamada a desembocar en la comunión con él.
Aparece
allí una palabra que puede resultar difícil: predestinación. A veces la
escuchamos y pensamos que todo está decidido de antemano, como si nuestras
decisiones carecieran de importancia. Pero la fe nos enseña que la gracia de
Dios hace posible nuestra respuesta libre. Él quiere nuestra salvación, nos
ofrece su misericordia y nos llama a la conversión. El Catecismo lo afirma
claramente: Dios no predestina a nadie a la condenación.
Podemos
acoger esta enseñanza con mucha sencillez: antes de que nosotros comenzáramos a
buscar a Dios, él ya nos amaba. Antes de que pudiéramos pronunciar su nombre,
nuestra vida ya era conocida por él. Su amor nos precede y nos sostiene.
Qué
importante es recordar esto cuando alguien se siente marcado por sus errores.
Quizá hemos terminado creyendo que somos solamente nuestro fracaso, nuestro
pecado o aquella decisión equivocada que todavía nos duele. Sin embargo, el
Señor sigue llamándonos a levantarnos. Su gracia puede abrir un camino donde
nosotros solo vemos una historia cerrada.
El
salmo nos invita entonces a responder:
«Dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad».
Fijémonos:
habla de un pueblo. La alegría de pertenecer a Dios se vive también en
comunidad. Somos una familia convocada para escucharlo, alabarlo y cuidarse
mutuamente.
Por
eso, podemos preguntarnos cómo se está viviendo esa pertenencia entre nosotros.
¿Encuentra acogida quien llega a nuestra comunidad? ¿Nos damos cuenta cuando
alguien deja de venir porque está enfermo, triste o atravesando una dificultad?
¿Conocemos únicamente su ausencia o también nos interesamos por su sufrimiento?
El
salmo celebra, además, la fidelidad del Señor y su amor por la justicia. Esa es
una invitación a confiar en él y a revisar nuestra conducta. Quien alaba al
Dios justo está llamado a tratar justamente a los demás. Nuestra oración
alcanza la vida diaria cuando pagamos lo debido, cumplimos una promesa,
respetamos al trabajador y evitamos aprovechar la necesidad ajena.
Señor,
que nuestra alabanza se haga visible en el trato que damos a nuestros hermanos.
En
el Evangelio, Jesús comienza advirtiendo a sus discípulos sobre la hipocresía.
Puede sorprendernos esta advertencia dentro de una reflexión sobre la
confianza, pero ambas cosas están profundamente relacionadas.
Muchas
veces aparentamos por miedo: miedo a perder prestigio, a que nos rechacen, a
que descubran nuestras limitaciones. Queremos proteger una imagen de nosotros
mismos y terminamos escondiendo lo que necesita ser sanado.
La
confianza en el Padre nos permite presentarnos ante él con verdad. Podemos
reconocer: «Señor, esto me cuesta; aquí estoy fallando; necesito pedir perdón;
ayúdame a cambiar».
Dios
conoce nuestra fragilidad. Acercarnos sinceramente a él es el comienzo de un
camino de conversión. También quienes predicamos necesitamos dejarnos
interpelar: nuestras palabras deben ir acompañadas de una vida que se esfuerza
por responder al Evangelio.
Después,
Jesús habla del miedo y de la persecución. Nos recuerda la seriedad del juicio
de Dios y las consecuencias de nuestras decisiones. Hay bienes que merecen ser
defendidos incluso cuando hacerlo cuesta. La fidelidad, la conciencia y la
esperanza de la vida eterna deben orientar nuestra manera de vivir.
En
medio de esas palabras exigentes, Jesús llama a los discípulos sus amigos y les
habla de unos pequeños pájaros: criaturas de escaso valor en el mercado, pero
presentes ante la mirada del Padre. Con esa imagen les asegura que también
ellos son conocidos y amados personalmente.
Hermanos,
Jesús pronuncia estas palabras ante personas que tendrán dificultades reales.
Confiar en Dios no elimina automáticamente el dolor. La confianza nos permite
atravesarlo sostenidos por su amor.
Puede
haber días en que nuestra oración sea muy pobre. Quizá solamente podamos decir:
«Señor, dame fuerzas para hoy». Esa oración tiene valor. También lo tiene la
lágrima que no sabemos explicar y el esfuerzo de quien sigue adelante sin que
nadie perciba cuánto le cuesta.
En
este viernes ponemos especialmente ante el Señor a quienes sufren: los
enfermos, quienes están de duelo, las personas amenazadas por la violencia, las
familias preocupadas por el sustento y quienes viven una profunda soledad.
Nuestra
oración nos compromete a acercarnos. Pensemos en una persona concreta a quien
podamos llamar, visitar o escuchar. A veces una conversación tranquila, una
ayuda discreta o una presencia fiel permiten que alguien vuelva a sentirse
acompañado.
También
podemos vivir este viernes con espíritu penitencial, reconociendo nuestra indiferencia
y renunciando a alguna comodidad para compartir con quien necesita ayuda. La
conversión comienza a hacerse visible cuando el sufrimiento del otro encuentra
espacio en nuestro corazón y en nuestra agenda.
Dentro
de unos momentos recibiremos al Señor en la Eucaristía. Cristo se entrega por
nosotros y nos reúne como hermanos. Pongamos sobre el altar nuestros temores,
nuestras heridas y los nombres de las personas que hoy queremos encomendarle.
Pidámosle que su amor transforme nuestra manera de mirar y de vivir.
Antes
de continuar la celebración, llevemos al corazón esta pregunta:
¿A quién puedo acercarme hoy para que descubra, por medio
de mí, que Dios se acuerda de él?
Santa
María, Madre nuestra, tú permaneciste junto a Jesús en la hora de la cruz. Acompaña
a quienes hoy sufren y enséñanos a permanecer cerca de ellos. Cuando nos venza
el miedo, ayúdanos a confiar; cuando caigamos, ayúdanos a volver al Señor;
cuando alguien necesite compañía, haznos atentos y disponibles.
Señor
Jesús, gracias porque conoces nuestra vida y nos llamas a caminar contigo.
Danos un corazón sincero para acogerte y unas manos generosas para servirte en
nuestros hermanos. Amén.
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16 de octubre:
Santa Margarita María
de Alacoque, virgen — Memoria opcional
1647–1690
Patrona de los devotos del Sagrado Corazón y de quienes han perdido a uno de
sus padres siendo jóvenes.
Invocada contra la poliomielitis y la fiebre reumática.
Canonizada por el papa Benedicto XV el 13 de mayo de 1920.
Cita:
El Sagrado Corazón de Cristo es una
fuente inagotable, y su único deseo es derramarse en los corazones de los
humildes para liberarlos y prepararlos a fin de que vivan según su beneplácito.
De este divino Corazón fluyen tres corrientes que nunca se extinguen:
La primera es la corriente de misericordia para los pecadores; infunde en sus
corazones sentimientos de contrición y arrepentimiento.
La segunda es la corriente de caridad, que ayuda a todos los necesitados y, en
especial, a quienes buscan la perfección, para que encuentren los medios de
superar sus dificultades.
De la tercera corriente brotan amor y luz en beneficio de sus amigos que han
alcanzado la perfección; Él desea unirlos a sí mismo para que participen de su
conocimiento y de sus mandamientos y, a su modo, se dediquen enteramente a
promover su gloria.
~De una carta de Santa Margarita María
Reflexión
Margarita Alacoque nació en la pequeña
localidad de Terreau o Hautecour, en el Ducado de Borgoña, dentro del Sacro
Imperio Romano Germánico, en la actual Francia. Fue una de los cinco hijos
sobrevivientes y la única hija viva.
En su autobiografía cuenta que desde su infancia Jesús la reclamó como suya, y
que pronto le mostró “la fealdad del pecado”. De niña solía repetir: “A Dios
entrego mi pureza y le hago voto de castidad perpetua”. Un día lo pronunció
como voto durante la consagración en la misa, aunque confesó no saber
exactamente qué significaban “pureza” o “castidad”: solo intuía que las quería
para sí.
Su padre murió cuando era muy pequeña.
Su educación inicial provino de campesinos y sirvientes del lugar, pues su
madre debía trabajar arduamente para sostener a la familia. A los nueve años
fue enviada con las monjas Clarisas, que la educaron, pero a los dos años cayó
gravemente enferma —probablemente de fiebre reumática— y no pudo caminar
durante cuatro años.
Un día le sugirieron consagrarse a la Virgen María, prometiendo ser “una de sus
hijas” si obtenía la curación. Apenas lo hizo, recuperó la salud, y la
Santísima Virgen se convirtió en la madre de su corazón, educándola y
corrigiéndola. Poco después, mientras rezaba el rosario, la Virgen se le
apareció diciéndole: “Me sorprende, hija mía, que seas tan descuidada en mi
servicio”. Esa suave corrección la marcó profundamente; tanto que, al
recibir la confirmación, añadió el nombre “María” al suyo, pasando a llamarse Margarita
María.
Tras la muerte de su padre, la familia
sufrió opresión y pobreza. Tres parientes paternos administraron injustamente
los bienes familiares, sometiéndolos a duros años de dependencia. Esta
situación duró hasta que su hermano mayor alcanzó la mayoría de edad y recuperó
el control de la herencia.
Aquella humillación fue para Margarita una escuela interior: aprendió a unir
su sufrimiento al de Cristo. En numerosas ocasiones Jesús se le manifestó
azotado y coronado de espinas, enseñándole a ofrecer sus penas junto con las
suyas. Si no podía ir a la iglesia, pasaba horas de rodillas rezando en el
jardín o junto al establo, derramando su alma ante el Señor.
Ya en la adolescencia, su madre, viuda
y sin recursos, le rogó con lágrimas que se casara, esperando así asegurar su
propio futuro. Margarita María intentó complacerla: asistió a reuniones
sociales y bailes, pero cada vez volvía turbada al sentir la tristeza de Jesús.
Una noche, tras regresar de un baile, tuvo una visión del Señor flagelado, que
le mostró cuánto sufría por ella. Entonces decidió reafirmar su antiguo voto y
consagrarse totalmente a la vida religiosa.
Su familia trató de persuadirla para
que ingresara en las Ursulinas, como una pariente cercana, pero ella deseaba la
vida más austera de las Salesas o Visitandinas. A pesar de la
oposición familiar, perseveró y, el 21 de mayo de 1671, ingresó en el
monasterio de la Visitación de Paray-le-Monial.
Apenas cruzó el umbral, escuchó interiormente a Jesús decirle: “Aquí es
donde quiero que estés.”
Después de algunas dudas de sus superioras, recibió el hábito y emitió sus
votos el 6 de noviembre de 1672.
Durante su noviciado, Jesús le reveló
que la había escogido para una misión particular: ser un “lienzo en blanco”
donde Él escribiría sus sufrimientos. Tras su profesión, el Señor comenzó a
manifestársele con frecuencia, mostrándole su deseo de que el Sagrado
Corazón fuese honrado en toda la Iglesia y uniendo su alma a los dolores de
su Pasión.
En las vísperas de cada primer viernes, la invitaba a hacer una hora santa
entre las 11 y las 12 de la noche, postrada en el suelo, para acompañarlo en su
agonía del Huerto de los Olivos.
En los primeros viernes del mes debía comulgar, y Jesús le dijo: “Mi divino
Corazón está tan inflamado de amor por los hombres, y por ti en particular, que
ya no puede contener las llamas de su caridad ardiente y desea propagarlas por
tu medio.”
Le mostró su Corazón encendido y rodeado de espinas: las llamas simbolizaban su
amor, y las espinas, la ingratitud humana.
El Señor le hizo doce promesas a quienes honraran su Sagrado
Corazón:
1.
Les concederé todas las gracias necesarias para su estado de vida.
2.
Estableceré la paz en sus familias.
3.
Los consolaré en todas sus aflicciones.
4.
Hallarán en mi Corazón refugio durante la vida y, especialmente, en la hora de
la muerte.
5.
Derramaré abundantes bendiciones sobre todas sus empresas.
6.
Los pecadores hallarán en mi Corazón la fuente de un océano infinito de
misericordia.
7.
Las almas tibias se volverán fervorosas.
8.
Las almas fervorosas se elevarán rápidamente a gran perfección.
9.
Bendeciré las casas en las que se exponga y venere la imagen de mi Corazón.
10.
Daré a los sacerdotes el don de conmover los corazones más endurecidos.
11.
Los que propaguen esta devoción tendrán su nombre escrito en mi Corazón y jamás
será borrado.
12.
A quienes comulguen los primeros viernes de nueve meses consecutivos, les
concederé la gracia de la perseverancia final y morirán en mi amistad,
recibiendo los sacramentos; mi Corazón será su refugio seguro en la última
hora.
Su superiora, la madre de Saumaise,
dudó de sus visiones y las sometió al juicio de teólogos, quienes inicialmente
la consideraron ilusa. Muchas hermanas también desconfiaban de ella.
Por providencia divina, el jesuita san Claudio de la Colombière llegó al
monasterio como confesor, y al escucharla, reconoció la autenticidad de sus
experiencias, convirtiéndose en su apoyo y guía.
Con el tiempo, la comunidad aceptó las revelaciones y comenzó a celebrar la Fiesta
del Sagrado Corazón, construyendo una capilla dedicada a Él tres años antes
de la muerte de Margarita María.
Setenta y cinco años después de su
fallecimiento, el papa Clemente XIII aprobó oficialmente la devoción al
Sagrado Corazón de Jesús, abriendo el camino a su canonización en 1920 y a la
inclusión de la fiesta en el calendario litúrgico universal en 1929.
Actualidad espiritual
Hoy nadie duda de la autenticidad
mística de Santa Margarita María Alacoque. Su vida fue una participación
profunda en la Pasión de Cristo, marcada por incomprensiones y sufrimientos.
Pero el fruto de su fidelidad ha sido inmenso: la devoción al Sagrado Corazón
de Jesús sigue siendo una de las fuentes más fecundas de conversión y consuelo
en la Iglesia.
Oración
Santa Margarita María Alacoque, desde tu tierna infancia tu corazón se
unió al Corazón de Jesús, y su Madre fue también la tuya. Perseveraste entre
pruebas y oposiciones, cumpliendo con valentía la misión que se te confió.
Intercede por nosotros, para que comprendamos mejor el amor del Corazón
sufriente de Jesús y nos dejemos transformar por su misericordia abundante.
Santa Margarita María, ruega por nosotros.
Jesús, en Ti confío.
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