22 de diciembre del 2024: cuarto domingo de Adviento-Ciclo C
¡Dios tan cerca de nosotros!
Mujer elegida entre todas las mujeres, María se convierte en el corazón de nuestra humanidad en mujer de visita. Qué hermoso encuentro fue el de estas dos primas María e Isabel.
Un encuentro que habla de hermandad, de presencia con los demás, de contemplación de la acción de Dios en cada una de sus historias. Aquí hay dos mujeres que tienen una confianza extraordinaria en Dios y que aceptan lo que él las llama a hacer.
María e Isabel, una joven aún virgen y una anciana estéril, nos cuentan cómo todo es posible con Dios. El encuentro entre María e Isabel es también el de Jesús y Juan Bautista. Emoción de alegría, ¡qué grande es este encuentro!
El tiempo es para el cumplimiento de la promesa.
La visita de María a Isabel nos lleva hacia la alegría de la Navidad, el misterio de la encarnación de Dios, ¡una visita como ninguna otra de Dios a su pueblo! Isabel reconoce en María a la madre de su Salvador. Es este mismo movimiento el que los pastores deberán realizar. Tendrán que atravesar los campos para llegar a la Gruta de la Natividad, para visitar al recién nacido envuelto y acostado en el pesebre. ¡Dios se hace hombre!
¿Cómo ser testigo de Dios a mi alrededor?
Benoît Gschwind, obispo de Pamiers
Primera Lectura
Lectura de la profecía de Miqueas (5,1-4):
Palabra de Dios
Salmo
Sal 79,2ac.3c.15-16.18-19
Segunda Lectura
Lectura de la carta a los Hebreos (10,5-10):
Palabra de Dios
Un aire festivo
A medida que se acerca la Navidad, nuestros pueblos y ciudades adquieren un aire festivo. Todas estas luces que iluminan las calles y las casas es algo maravilloso.
En todas partes la gente se prepara para la fiesta.
Las asociaciones se están organizando para que esta alegría sea compartida con los más pobres.
La Navidad también se celebrará en hospitales, residencias de ancianos y prisiones. Cada año, hombres y mujeres de buena voluntad se organizan para que esta alegría navideña sea ofrecida a todos.
El problema es que cada año nos olvidamos más y más del verdadero significado de la Navidad. Ya no pensamos en Aquel que debería estar en el centro de esta celebración.
Los textos bíblicos de este domingo están ahí para llevarnos de regreso a él, a lo que significa verdaderamente.
Esta elección de Belén muestra la preferencia de Dios por lo pequeño y humilde. Aquí es donde nos envía los mensajes más importantes. Y para que no le tengamos miedo, Dios se hace niño.
Éste es el regalo que estamos invitados a acoger. Dios amó tanto al mundo que le envió a su único Hijo.
Comparado con este extraordinario regalo, todo lo demás es basura.
La Navidad es Jesús que nació en condiciones miserables; él sigue viniendo a nuestras vidas. Él llama a nuestra puerta. Vivir una auténtica Navidad significa acogerlo cada día y darle el primer lugar. Fue enviado a buscar y salvar a los que estaban perdidos. Esta es una buena noticia para quienes viven sin esperanza. Esto es lo que tenemos que presenciar en nuestro mundo hoy.
La carta a los Hebreos nos proporciona algunos detalles sobre este Mesías cuyo nacimiento vamos a celebrar.
Él es el mensajero de Dios. Es el único sumo sacerdote. Se ofrece para cumplir la voluntad de Dios. Al encarnar acepta una condición humilde y débil. No nació como un rey de este mundo, sino como un vagabundo, en un establo. Estamos lejos de todo el bullicio comercial que impregna nuestras fiestas navideñas. Debemos comprender que la Navidad es ante todo una buena noticia para los más pequeños, los pobres, los excluidos.
El Evangelio arroja otra luz importante sobre el significado de esta celebración. María acaba de decir sí al plan de Dios que le transmitió el ángel Gabriel. Cuando se entera de que su prima Isabel está embarazada, se pone en camino. Recorrió 150 kilómetros a pie para encontrarse con ella.
Ella va sin dudarlo, sin preocuparse por su propio cansancio. Entiende que Isabel la necesita a nivel físico y psicológico. Entonces ella se pone a disposición. Pero lo más importante es el asombro de Isabel: “¡Cómo puedo tener esta alegría de que la madre de mi Señor venga a mí! »
Esta admiración de Isabel es también la nuestra. María nos ve en situaciones a menudo complicadas. Siempre podemos invocarla porque es nuestra madre. Fue Jesús quien lo quiso cuando ella estaba al pie de la cruz el Viernes Santo. Si la llamamos, ella corre hacia nosotros. Y Jesús está con ella.
A medida que se acerca la Navidad, ella continúa mostrándonos a nuestro Salvador. Ella nos invita a acogerla verdaderamente en nuestras vidas y a darle el primer lugar. Vivir la Navidad es acoger a Jesús que viene a nosotros, es acoger su mensaje de amor y de paz. Viene a “darnos esperanza y salvarnos”. Quiere habitar los corazones de los hombres. Es por esta buena noticia que estamos gozosos y contentos.
He aquí este evangelio de la Visitación: María viene a Isabel con Jesús en ella. La misma María también viene a nosotros con Jesús. Pero nunca olvidemos que la visita es cuando nosotros mismos vamos a los demás con Jesús y María; es cuando visitamos a un enfermo, a un preso, a una persona solitaria. Con María los llevaremos a Jesús. Esto es también lo que hacen los catequistas: su misión es llevar a Cristo a los niños. Él es fuente de alegría, paz y amor para todos.
La Navidad es el comienzo del regalo de Dios; es la manifestación de un amor que sólo crecerá hasta la victoria completa de Cristo sobre la muerte y el pecado.
En este domingo, acudimos a ti Dios Padre nuestro. Tú nos das esta alegría de visitarnos en tu Hijo recibido en esta Eucaristía. Llénanos del Espíritu Santo para que, con la Virgen y con Isabel, podamos darte gracias con nuestras palabras y con toda nuestra vida. Amén
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Reflexión Central :
Alegrías cruzadas
Cuando la alegría es inmensa, uno no da espera para compartirla, comunicarla. A ejemplo e imagen de las dos primas que portan la vida en sus vientres y felices de compartir este tesoro, Dios viene para visitarnos y hacernos parte de su proyecto para la humanidad. Él viene a instaurar valores nuevos que sacudan los hábitos sociales y revelen la verdadera justicia…
Es por ello por lo que el encuentro entre María e Isabel supera el simple contexto de dos mujeres encinta que se encuentran, la más joven viniendo a ayudar su prima mayor para el tiempo del parto. No estamos acá dentro de un marco doméstico, sino más bien dentro de un marco místico o litúrgico. Los personajes no se hablan como uno lo hace en la vida corriente: «Al fin has llegado», « has hecho un buen viaje? », « Cómo estás de salud? », « cómo va la familia…te quedaras por mucho tiempo? » …Uno se puede imaginar el dialogo normal, obligado, de una visita esperada. Pero Isabel y María conversan de manera solemne. El texto es enfático y tejido con expresiones del Antiguo Testamento.
Primero que todo encontramos que, a la escucha del saludo de María, el niño (que será Juan Bautista) salta en el vientre de Isabel. Su madre misma dirá que ha saltado de alegría al interior de ella misma. El sentido está ya aclarado. Juan Bautista reconoce desde ya en Jesús a su Señor. Juan será el precursor, aquel que anuncie y prepare la venida del más grande que viene tras de él. Juan pertenece al mundo de la promesa; él junto a sus padres pertenece al orden de la Antigua Alianza. Por el contrario, Jesús es el Hijo por excelencia. Es por ello que Juan salta de alegría y profetiza. De igual modo, Isabel está llena del Espíritu Santo y recita un himno de alabanza que sigue la mística del Antiguo Testamento y que la tradición conservará como la primera parte del Ave María:
«Bendita eres entre todas las mujeres,
Y bendito es el fruto de tu vientre»
Se podría decir que Isabel improvisa bien, pero de hecho se trata de una citación casi que textual del libro de Judit:
«¡Bendita seas, hija del Dios Altísimo más que todas las mujeres de la tierra! Y bendito sea Dios, el Señor” (Judit 13,18)
De igual modo en el libro de los Jueces, se encuentra esta bendición:
«Bendita entre las mujeres es Jael» (Jueces 5,24)
Isabel continua su saludo atribuyendo a Jesús un título divino que se le atribuirá al resucitado:
¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? (v.43)
Isabel concede a Jesús aun no nacido, el título de Señor, que es de hecho el título del cumplimiento de su resurrección:
«Por eso Dios lo engrandeció y le dio el Nombre que está sobre todo nombre (…): Cristo Jesús es el Señor” (Filipenses 2,9-11)
El relato de la visitación nos dice claramente que, desde el momento de su concepción, Jesús es ya el Señor. Cuando la Iglesia llegue a precisar su fe, declarara que Jesús es verdadero Dios y hombre, o más todavía, que Él es el Hijo Único.
Es por lo que Isabel saluda a María empleando un saludo corriente dentro de su tradición: Bendita tu eres entre todas las mujeres. Pero en este caso, esta expresión toma una densidad particular. De hecho, ella toma todo su sentido:
«Bendita eres entre todas las mujeres,
Y bendito es el fruto de tu vientre».
En el fondo, el pequeño relato de la Visitación es una gran profesión de fe. La tradición no se equivocó en este punto y nos incita a orarle a María como la madre de nuestro Señor.
Dios te Salve María,
Llena eres de gracia,
El Señor está contigo,
Bendita eres entre todas las mujeres
Y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.
Algunos dicen «Tú » a María, como se tutea a Dios. Esto es de poca importancia para nuestro propósito. He aquí una oración que nos viene directamente del Antiguo Testamento a través del evangelio de Lucas.
En María, la salvación se ha sacudido, ella ha cambiado de densidad, podríamos decir. Antes, Dios había sido percibido solamente como el Dios de Israel y de Judá, relacionado con el templo de Jerusalén. En Jesús, Él llega a ser hombre, y su amor es para todos los humanos, que ellos ya sean de Jerusalén o de Roma, del siglo de Herodes o del nuestro. Se comprende que Lucas ponga en la boca de Isabel palabras de alabanza y de agradecimiento:
¡Dichosa tú que has creído!,
porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá.
En el misterio de la Visitación (2o gozoso), hay la palabra VISITA. Visita que María hace a su prima, visitas que nosotros nos hacemos unos a otros para ayudar, consolar, apoyar, festejar. La Visitación de María a Isabel es interesante ya que las dos mujeres van tan lejos en el compartir de su cotidianidad que sus voces llevan el eco de la tradición espiritual que las ha alimentado. La Visitación es también la visita que Dios que nos hace, gracias a María. El viene a habitar entre nosotros. Es necesario tomar por nuestra cuenta este elogio de Isabel:
«Dichosa, feliz, bienaventurada aquella que ha creído»
En el relato de Lucas, María no recibe con pretensión o indiferencia el homenaje de Isabel. Ella agradece gracia por gracia y pronuncia un himno de alabanza que llamamos el Magníficat:
Proclama mi alma la grandeza del Señor,
y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador.
María es el modelo de nuestra fe, una fe ardua, una confianza difícil, que exige coraje y fuerza para atravesar las pruebas de la vida y para que, en toda circunstancia, sepamos tomar la vía (el camino) del amor que responda al amor de Dios.
Es bueno que en las cercanías de la Navidad, antes de maravillarnos con los pastores y los magos, contemplemos el camino difícil de María y compartamos también su alegría de ser acogida y confirmada en su misión por «las palabras que le fueron dichas de la parte de Dios »…Si, creer es la fuente de una alegría, que el mundo no podrá arrebatarnos jamás…
A pocos días de la Navidad, estamos en plena Visitación. Cuando preparamos el pesebre de Navidad, es desafortunado que no evoquemos la marcha rápida de María hacia Jerusalén y su visita a su prima. Apurados por comprar los regalos y por preparar todo, podremos decir al menos:
Bendita Tu eres,
Nuestra Señora de la Visitación.
3
Maravilla y asombro
“Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre. ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?
Isabel expresó una hermosa humildad en esta declaración. La Santísima Virgen María acababa de hacer un largo viaje para estar con Isabel en sus últimos meses de embarazo. Tan pronto como nuestra Santísima Madre saludó a Isabel, el hijo de Isabel, San Juan Bautista, saltó de alegría en su vientre. Isabel reconoce esto y luego expresa humildemente el hecho de que es excepcionalmente bendecida por tener a María, la madre de su Señor, que viene a visitarla.
Hay muchas cosas que vale la pena reflexionar sobre esta visita de nuestra Santísima Madre. Pero tratemos de centrarnos en el humilde asombro y admiración que expresó Isabel: “¿Cómo es posible que la madre de mi Señor venga a verme?”. Isabel estaba claramente agradecida por la visita de María. Pero parece que su reacción fue incluso más allá de la gratitud. Se le concedió el don del asombro y la admiración. Claramente sabía que era increíblemente bendecida por el hecho de que tanto la Madre de Dios como su Señor mismo estuvieran ahora en su presencia en su casa.
Este don de asombro y admiración que Isabel experimentó es uno de los Siete Dones del Espíritu Santo. Es un don que entra en un corazón humilde, permitiéndole ver primero su indignidad de una gracia especial concedida. Pero luego esta alma humilde recibe la gracia especial y responde con un asombro abrumador. Así, no sólo está presente la gratitud, sino también este santo asombro que resulta en alabanza a Dios.
En nuestra vida hemos recibido de Dios muchísimas gracias increíbles, pero con demasiada frecuencia no las vemos como lo que son. No vemos las gracias increíbles que Dios nos ha dado y, por lo tanto, no experimentamos el asombro que deberían resultar de los dones de Dios.
Al observar tu propia vida, ¿qué gracias te ha concedido Dios? ¿Las ves? ¿Estás agradecido por ellas? Y, si es así, ¿eres capaz de ir más allá de la gratitud para experimentar un santo asombro y admiración por la bondad y las bendiciones de Dios en tu vida? Aunque puede resultar difícil llegar a este nivel de asombro, es un verdadero don que todos debemos esforzarnos por obtener y experimentar todos los días de nuestra vida.
Reflexiona hoy sobre este don sagrado del Espíritu Santo que Isabel experimentó. Sitúate en el lugar de los hechos. Trata de ver la experiencia que tuvo lugar en su corazón. Trata de sentir lo que ella sintió. Trata de percibir la alabanza que resultó de ello. Y trata de abrirte más plenamente para recibir este mismo don del Espíritu Santo en tu vida. El Señor viene a ti constantemente por gracia, especialmente cada vez que lo recibes en la Sagrada Comunión. Por esa razón, todos debemos esforzarnos por vivir un asombro y un temor reverencial santos todos los días de nuestra vida.
Mi gloriosísimo Señor, Tú me concedes una gracia que va más allá de lo imaginable. Con demasiada frecuencia, no logro experimentar la gratitud, la maravilla y el asombro que deberían resultar de ello. Por favor, ayúdame a ver primero las innumerables bendiciones de Tu gracia y presencia en mi vida. Y cuando las vea, por favor, lléname del Espíritu Santo para que yo también pueda cantar continuamente Tus dignas alabanzas. Jesús, confío en Ti.
OBJETIVO-VIDA DE LA SEMANA:
- Durante estos días de la novena de aguinaldos, y hasta el día de navidad, escucho algunos villancicos (o cantos navideños) con letras dicientes (no solo anton tiruliro liros, alananita nanas, tutainas) y me tomo tiempo de meditar en sus letras.
- Si puedo, invito a alguien que vive solo para compartir con él para la víspera de navidad y o le invito a la cena de nochebuena.
- En el día de navidad, anuncio mi visita a alguien que estará feliz de acogerme.
ORACION-MEDITACION:
Señor, yo te doy gracias,
porque Tu eres el Dios de lo imposible.
Gracias por la alegría de Isabel
que ve cómo sus oraciones son escuchadas.
Gracias por la fe de María
que lleva en ella el fruto de tus promesas.
Gracias por la felicidad y alegría que estas dos mujeres comparten.
Señor, Emmanuel, Dios con nosotros,
Tú quieres siempre nacer en nuestros corazones.
Tú deseas que nosotros aceptemos recibirte bien en la sencillez.
Cómo podemos nosotros tener esa felicidad
¿Que tú te hagas uno de nosotros para nuestra inmensa alegría?
Señor, Dios en nosotros,
Tú nos llamas a compartir con los otros
la alegría que nos habita.
Que tu Espíritu nos guíe y nos acompañe en nuestros caminos.
Haz de nuestras visitas tiempos de fiesta,
momentos fuertes de compartir y de alegría.
Haz que nosotros tengamos felicidad y alegría
tanto para dar como para recibir,
y en el momento de recibirte, Tú, que vienes aun a visitarnos...
Amén!
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