lunes, 11 de mayo de 2026

Camilo José Cela: la literatura como descenso a la intemperie del ser humano

 

Cada 11 de mayo la literatura española recuerda el nacimiento de Camilo José Cela, nacido en Iria Flavia, en Padrón, provincia de A Coruña, el 11 de mayo de 1916. Murió en Madrid el 17 de enero de 2002. Fue novelista, poeta, ensayista, periodista, académico de la Real Academia Española y Premio Nobel de Literatura en 1989. 

(Instituto Cervantes)


Confieso desde el principio algo que quizá no debería decir un amante de la literatura, pero que prefiero expresar con honestidad: aún no he leído ninguna obra completa de Camilo José Cela. Lo conozco por referencias, por fragmentos, por comentarios, por su fama literaria, por su presencia en la cultura española y por el eco de algunos títulos que uno sabe que tarde o temprano deberá enfrentar como lector. Y quizá esta confesión sea un buen punto de partida, porque hay autores a los que uno llega por amor, otros por curiosidad, otros por deber cultural, y otros porque la vida, silenciosamente, nos va diciendo: “Aquí hay una voz que no puedes seguir aplazando”.

Cela pertenece, para mí, a esta última categoría. Sé que es un autor de obligatoria lectura no solo por su popularidad, ni solo por el Premio Nobel, ni solo porque su nombre figure en las historias de la literatura, sino porque su obra parece tocar una zona incómoda y necesaria de la condición humana: la violencia, la miseria, la soledad, el absurdo, la compasión reprimida, la España herida de la posguerra y ese fondo oscuro del hombre que la literatura seria no maquilla.

La Fundación Camilo José Cela recuerda que su carrera literaria comenzó en 1942 con La familia de Pascual Duarte, y que después siguieron otras trece novelas hasta Madera de boj, publicada en 1999. También destaca La colmena, editada en Buenos Aires en 1951 por sus problemas con la censura. (Fundación Cela)

Un escritor incómodo, pero necesario

Camilo José Cela no fue un escritor dulce. No parece haber querido serlo. Su literatura no busca acariciar al lector ni ofrecerle consuelos rápidos. Más bien lo obliga a mirar aquello que muchas veces preferimos no ver: la brutalidad que puede habitar en el ser humano, la pobreza moral de ciertas sociedades, el dolor acumulado en las familias, el peso de la ignorancia, el destino de quienes nacen en ambientes donde la violencia parece transmitirse como una herencia maldita.

El Nobel reconoció en Cela una “prosa rica e intensa” capaz de ofrecer una visión provocadora del desamparo humano. (NobelPrize.org) Esa expresión me parece clave: el desamparo del ser humano. Tal vez ahí se encuentre la puerta de entrada espiritual a Cela. No necesariamente en una literatura piadosa, ni en personajes ejemplares, ni en discursos religiosos, sino en la representación descarnada de una humanidad que necesita salvación, aunque no siempre sepa pedirla.

Hay autores que nos acercan a Dios por la belleza. Otros nos acercan a Dios por la herida. Cela, al menos por lo que se percibe de su obra y de su visión del mundo, parece pertenecer a esta segunda familia: la de los escritores que muestran al hombre cuando ha perdido sus adornos, cuando se queda solo ante su sombra, cuando la vida parece una lucha torpe entre la culpa, el instinto y la necesidad de sobrevivir.

La familia de Pascual Duarte: cuando la violencia parece destino

La familia de Pascual Duarte, publicada en 1942, es su primera gran obra. El Instituto Cervantes señala que, a pesar de su éxito, tuvo problemas con la Iglesia, hasta el punto de que la segunda edición fue prohibida y acabó publicándose en Buenos Aires. (Instituto Cervantes)

Esta novela suele considerarse el inicio del llamado tremendismo, una corriente marcada por la crudeza, la violencia, la dureza ambiental y una mirada extrema sobre la realidad. Pascual Duarte, su protagonista, no es un héroe. Es un hombre marcado por un entorno familiar y social áspero, por la ignorancia, por la fatalidad y por una violencia que brota casi como única respuesta ante la vida.

Desde una mirada cristiana, esta novela plantea una pregunta difícil: ¿hasta dónde llega la responsabilidad personal cuando una vida ha sido deformada desde la raíz? No para justificar el mal, porque el mal nunca debe ser banalizado, sino para comprender que detrás de muchas conductas violentas hay historias de abandono, pobreza, falta de educación, heridas familiares, humillaciones y una ausencia casi total de ternura.

Pascual Duarte no es simplemente un criminal literario. Es también un espejo terrible. En él se percibe una humanidad rota. Y cuando la literatura nos muestra una humanidad rota, inevitablemente nos lleva a preguntarnos por la gracia, por la redención, por la posibilidad de que el hombre no esté condenado a repetir eternamente el mal recibido.

Quizá por eso Cela puede interesar también a un lector creyente. No porque su literatura sea edificante en el sentido tradicional, sino porque nos recuerda que la redención cristiana no parte de seres humanos ideales, sino de hombres y mujeres concretos, heridos, contradictorios, pecadores, necesitados de misericordia.

¿Fue católico Camilo José Cela?

La pregunta por la fe de Camilo José Cela no se responde de forma simple. Su horizonte cultural fue claramente el de la España católica. Estudió en colegios religiosos —Escolapios y Maristas—, y su vida mantuvo vínculos con ritos y referencias del catolicismo. (Instituto Cervantes)

Pero Cela no parece haber sido un católico convencional, devocional o fácilmente clasificable. Su relación con Dios fue más compleja, socarrona, personal, quizá atravesada por la duda y por una forma muy suya de resistencia a las definiciones cerradas. En una entrevista recogida por Alfonso Aguiló, cuando le preguntaron si era creyente, Cela respondió con humor que la pregunta era “inconstitucional”; luego añadió que si él creía o no en Dios era algo que solo Dios sabía. (Interrogantes)

Esa respuesta es profundamente celiana: irónica, esquiva, provocadora, pero no vacía. No dice simplemente: “No creo”. Tampoco responde con una profesión de fe catequética. Se sitúa en una zona ambigua, donde Dios aparece como misterio más grande que las fórmulas humanas.

En esa misma conversación reconocía haber practicado el catolicismo y, hablando de la nulidad eclesiástica de su primer matrimonio y de su boda religiosa con Marina Castaño, afirmó que ante Dios también convenía tener “los papeles en regla”. (Interrogantes)

¿Qué podemos decir, entonces? Que Cela perteneció al universo cultural católico español, que no consta como adscrito a otra confesión religiosa, que tuvo gestos sacramentales dentro de la Iglesia católica, pero que su visión de Dios no fue la de un creyente sencillo o dócil a fórmulas convencionales. Su espiritualidad, si usamos esa palabra, fue áspera, interrogativa, poco sentimental, quizá más marcada por la conciencia de la muerte y del absurdo que por la serenidad devocional.

Una espiritualidad de la intemperie

Me parece que la espiritualidad de Cela, más que buscarla en declaraciones formales, habría que rastrearla en su obsesión por el ser humano desamparado. Rafael Narbona, en un artículo publicado en Alfa y Omega, sostiene que la obra de Cela puede leerse como una búsqueda de sentido y trascendencia en una época de crisis e incertidumbre. (Alfa y Omega)

Esa idea me interesa mucho. Porque quizá Cela no sea un escritor religioso en el sentido habitual, pero sí un escritor que se mueve en territorios donde la pregunta religiosa se vuelve inevitable. Cuando la literatura desciende a la violencia, a la culpa, a la miseria, al miedo y a la muerte, tarde o temprano aparece una pregunta de fondo: ¿hay salvación para el ser humano?

No sé si Cela respondía a esa pregunta como respondería un teólogo. Probablemente no. Pero su literatura parece mostrar qué ocurre cuando la vida humana queda expuesta a la intemperie, sin ternura suficiente, sin esperanza clara, sin una comunidad que sane, sin una palabra que redima. En ese sentido, incluso sus páginas más duras pueden ser leídas como una advertencia espiritual: cuando el hombre pierde el horizonte de la compasión, se vuelve capaz de cualquier cosa.

La muerte y los últimos días de Cela

Los últimos días de Camilo José Cela estuvieron marcados por la enfermedad. Murió el 17 de enero de 2002, a los 85 años, en la clínica Cemtro de Madrid, a causa de una insuficiencia cardiaca provocada por una patología cardiorrespiratoria crónica en fase terminal. Había ingresado pocos días antes, y en sus últimas horas estuvo acompañado por su esposa Marina Castaño y por personas cercanas. (El País)

Según informó entonces El País, sus últimas palabras fueron un “viva a Iria Flavia” y un “te quiero” dirigido a su esposa. (El País) Hay algo profundamente humano en esas dos expresiones finales: la tierra natal y el amor cercano. Iria Flavia, el origen; Marina, la compañía última. Como si al final quedaran dos pertenencias esenciales: el lugar de donde venimos y la persona que nos sostiene la mano cuando la vida se apaga.

Fue enterrado en su tierra natal, bajo un olivo, como era su deseo. (El País) Esa imagen tiene una fuerza casi bíblica. El olivo habla de raíz, de memoria, de paz, de tierra trabajada, de permanencia. Y aunque Cela no pueda ser convertido artificialmente en un escritor piadoso, ese gesto final deja una imagen serena: el Nobel áspero, el provocador, el hombre de palabras duras y genio literario, descansando bajo un árbol humilde en la tierra que lo vio nacer.

Cela ante un lector creyente

Como sacerdote y lector que todavía tiene pendiente acercarse directamente a su obra, me interesa Camilo José Cela no porque espere encontrar en él respuestas fáciles, sino precisamente porque sospecho que encontraré preguntas difíciles.

Tal vez La familia de Pascual Duarte me obligue a mirar la violencia no como un espectáculo, sino como una herida humana. Tal vez La colmena me muestre la vida social como un enjambre de soledades. Tal vez sus páginas me incomoden, me repelan en algunos momentos, me hagan discutir con él, pero también me ayuden a comprender mejor al ser humano que Cristo vino a redimir.

Porque la fe cristiana no puede quedarse únicamente en los ambientes luminosos. También debe descender a las zonas oscuras de la existencia. Jesús no vino a salvar una humanidad ideal, sino esta humanidad concreta: herida, contradictoria, torpe, capaz de amar y de destruir, necesitada de perdón.

Desde ahí, Cela puede convertirse en un interlocutor incómodo pero necesario. Su literatura no nos invita a mirar santos de vitral, sino seres humanos de barro. Y el barro, en la Biblia, no es despreciable: es la materia con la que Dios modela al hombre.

Una lectura pendiente

Por eso, al recordar este 11 de mayo el nacimiento de Camilo José Cela, quiero asumir públicamente una deuda lectora. No he leído aún sus obras, pero sé que debo hacerlo. No por simple prestigio cultural, sino porque hay escritores que nos ayudan a mirar regiones del alma que la predicación, la pastoral y la vida creyente no deberían ignorar.

Cela me atrae y me previene. Me llama y me incomoda. Me parece un autor áspero, polémico, difícil, quizá excesivo en su personaje público, pero también imprescindible para entender una parte de la literatura española del siglo XX y una parte del corazón humano cuando se siente abandonado a su suerte.

No sé si Camilo José Cela creyó en Dios como cree un cristiano sencillo. Él mismo prefirió dejar esa respuesta en manos de Dios. Pero quizá ahí hay una humildad involuntaria: al final, solo Dios conoce del todo el misterio de cada conciencia.

Nosotros, como lectores, podemos acercarnos a su obra sin canonizarlo ni condenarlo. Podemos leerlo como se lee a los grandes escritores: con gratitud, con sentido crítico y con el corazón despierto. Porque incluso en la literatura más dura puede esconderse una pregunta por la misericordia. Incluso en la violencia narrada puede aparecer la nostalgia de una paz perdida. Incluso en un personaje roto puede resonar, silenciosamente, la necesidad de redención.

Cada 11 de mayo, al recordar a Camilo José Cela, no celebramos simplemente a un Nobel español. Recordamos a un escritor que se atrevió a mirar al ser humano en su intemperie. Y para un creyente, esa intemperie no es ajena al Evangelio: es precisamente el lugar donde Cristo sigue buscando al hombre, aun cuando el hombre ya no sepa cómo buscar a Dios.

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