La ofrenda de una atención recta
y bondadosa
(Isaías 1,10-17) El profeta Isaías denuncia un culto vacío: no basta ofrecer sacrificios, incienso y oraciones cuando las manos están manchadas por la injusticia. Dios no rechaza la oración, sino una religiosidad separada de la vida.
La verdadera ofrenda agradable al Señor nace de un
corazón convertido y se expresa en obras concretas: dejar de hacer el mal,
aprender a hacer el bien, defender al débil y buscar la justicia.
Esta Palabra nos invita hoy a unir fe y vida.
Nuestra oración será auténtica si nos hace más atentos, compasivos y
comprometidos con quienes sufren.
Primera lectura
Lávense,
aparten de mi vista sus malas acciones
Lectura del libro de Isaías.
OIGAN la palabra del Señor,
príncipes de Sodoma,
escucha la enseñanza de nuestro Dios,
pueblo de Gomorra.
«¿Qué me importa la abundancia de sus sacrificios?
—dice el Señor—.
Estoy harto de holocaustos de carneros,
de grasa de cebones;
la sangre de toros, de corderos y chivos
no me agrada.
Cuando vienen a visitarme,
¿quién pide algo de sus manos
para que vengan a pisar mis atrios?
No me traigan más inútiles ofrendas,
son para mí como incienso detestable.
Novilunios, sábados y reuniones sagradas:
no soporto iniquidad y solemne asamblea.
Sus novilunios y solemnidades
los detesto;
se me han vuelto una carga
que no soporto más.
Cuando extienden las manos
me cubro los ojos;
aunque multipliquen las plegarias,
no los escucharé.
Sus manos están llenas de sangre.
Lávense, purifíquense, aparten de mi vista
sus malas acciones.
Dejen de hacer el mal,
aprendan a hacer el bien.
Busquen la justicia,
socorran al oprimido,
protejan el derecho del huérfano,
defiendan a la viuda».
Palabra de Dios.
Salmo
R. Al
que sigue buen camino
le haré ver la salvación de Dios.
V. No te
reprocho tus sacrificios,
pues siempre están tus holocaustos ante mí.
Pero no aceptaré un becerro de tu casa,
ni un cabrito de tus rebaños. R.
V. ¿Por qué
recitas mis preceptos
y tienes siempre en la boca mi alianza,
tú que detestas mi enseñanza
y te echas a la espalda mis mandatos? R.
V. Esto
haces, ¿y me voy a callar?
¿Crees que soy como tú?
Te acusaré, te lo echaré en cara.
El que me ofrece acción de gracias,
ese me honra;
al que sigue buen camino
le haré ver la salvación de Dios. R.
Aclamación
V. Bienaventurados
los perseguidos por causa de la justicia,
porque de ellos es el reino de los cielos. R.
Evangelio
No he venido
a sembrar paz, sino espada
Lectura del santo Evangelio según san Mateo.
EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles:
«No piensen que he venido a la tierra a sembrar paz: no he venido a sembrar
paz, sino espada. He venido a enemistar al hombre con su padre, a la hija con
su madre, a la nuera con su suegra; los enemigos de cada uno serán los de su
propia casa.
El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que
quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no carga
con su cruz y me sigue, no es digno de mí. El que encuentre su vida la perderá,
y el que pierda su vida por mí, la encontrará.
El que los recibe a ustedes, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que
me ha enviado; el que recibe a un profeta porque es profeta, tendrá recompensa
de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo, tendrá recompensa de
justo.
El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos
pequeños, solo porque es mi discípulo, en verdad les digo que no perderá su
recompensa».
Cuando Jesús acabó de dar instrucciones a sus doce discípulos, partió de allí
para enseñar y predicar en sus ciudades.
Palabra del Señor.
1
Una fe que se vuelve vida
Queridos
hermanos:
La
Palabra de Dios de este lunes nos pone delante una verdad exigente: no basta
decir que creemos en Dios; es necesario que nuestra fe se haga visible en
nuestra manera de vivir, de tratar a los demás y de asumir las decisiones
difíciles que el Evangelio nos presenta.
En
la primera lectura, el profeta Isaías denuncia con firmeza un culto vacío. El
pueblo ofrece sacrificios, incienso, plegarias y celebraciones, pero al mismo
tiempo conserva las manos manchadas por la injusticia. Por eso Dios les dice:
«Lávense, purifíquense; aparten de mi vista sus malas acciones. Dejen de hacer
el mal, aprendan a hacer el bien».
No
significa que Dios rechace la oración, los sacrificios o las celebraciones
religiosas. Lo que rechaza es la separación entre el culto y la vida. No
podemos levantar las manos hacia el cielo mientras permanecemos indiferentes
ante el sufrimiento de nuestros hermanos. No podemos participar en la
Eucaristía y luego alimentar el rencor, la mentira, la opresión o la falta de
compasión.
El
verdadero culto comienza ante el altar, pero debe prolongarse en la vida
cotidiana: en la familia, en el trabajo, en la comunidad, en la manera de
hablar, de escuchar, de servir y de defender al más débil.
Isaías
insiste: «Busquen el derecho, protejan al oprimido, hagan justicia al huérfano,
defiendan a la viuda». Para la mentalidad bíblica, el huérfano y la viuda
representan a todos aquellos que no tienen quién los defienda. Dios nos pide
que no pasemos de largo ante la fragilidad humana. Una fe auténtica abre los
ojos, ablanda el corazón y mueve las manos para ayudar.
El
salmo de hoy continúa la misma enseñanza. Dios dice: «No te reprocho tus
sacrificios», pero también pregunta: «¿Por qué recitas mis preceptos y tienes
siempre en la boca mi alianza, tú que detestas mi enseñanza y te echas a la
espalda mis mandatos?».
Es
una pregunta que también debemos escuchar nosotros. Podemos conocer muchas
oraciones, participar frecuentemente en la liturgia, hablar de Dios y hasta
enseñar su Palabra; pero todo ello pierde fuerza cuando nuestra conducta
contradice lo que proclamamos.
El
salmista nos recuerda cuál es la ofrenda que verdaderamente glorifica a Dios:
«El que me ofrece acción de gracias, ese me honra; al que sigue buen camino le
haré ver la salvación de Dios».
Seguir
el buen camino no significa no equivocarse nunca. Significa reconocer nuestras
faltas, dejarnos corregir, volver a Dios y comenzar de nuevo. El Señor no busca
personas perfectas, sino corazones sinceros, dispuestos a la conversión.
En
el Evangelio escuchamos unas palabras de Jesús que pueden parecernos duras: «No
piensen que he venido a traer paz a la tierra; no he venido a traer paz, sino
espada».
Jesús
no está promoviendo la violencia. Él mismo es el Príncipe de la paz. La espada
de la que habla es la decisión que provoca su Palabra. El Evangelio no deja
indiferente. Cuando una persona decide seguir verdaderamente a Cristo,
necesariamente tendrá que tomar posición frente al bien y al mal, frente a la
verdad y la mentira, frente a la justicia y la comodidad.
Esa
decisión puede producir incomprensiones, incluso dentro de la propia familia.
No porque Jesús quiera dividir los hogares, sino porque algunas veces la
fidelidad al Evangelio entra en conflicto con intereses, costumbres o
comportamientos que se consideran normales, pero que no corresponden a la
voluntad de Dios.
Seguir
a Cristo exige libertad interior. Por eso Jesús afirma: «El que ama a su padre
o a su madre más que a mí no es digno de mí». No nos pide amar menos a la
familia. Nos enseña que Dios debe ocupar el primer lugar, porque solo cuando
amamos a Dios sobre todas las cosas aprendemos a amar verdaderamente a los
demás, sin posesión, sin egoísmo y sin convertir a las personas en ídolos.
Después
añade: «El que no toma su cruz y me sigue no es digno de mí». La cruz no
significa buscar sufrimientos innecesarios ni resignarse pasivamente ante la
injusticia. Tomar la cruz es aceptar el costo de amar, de perdonar, de servir y
de permanecer fieles cuando sería más fácil abandonar.
Cada
persona tiene alguna cruz: una enfermedad, una pérdida, una preocupación
familiar, una soledad, un fracaso, una responsabilidad difícil. Jesús no
promete quitarnos inmediatamente todas las cruces. Promete caminar con nosotros
y darles un sentido nuevo cuando las unimos a su amor.
Hoy
oramos especialmente por nuestros difuntos. También ellos conocieron las
luchas, los sacrificios y las cruces de esta vida. Algunos nos enseñaron a
amar, a trabajar, a orar y a mantenernos firmes. Otros partieron con
fragilidades, errores y asuntos humanos que solamente Dios conoce plenamente.
Al
recordarlos, los encomendamos a la infinita misericordia del Señor. No nos
corresponde juzgar su historia, sino confiar en aquel que conoce lo más
profundo del corazón. Pedimos que Dios purifique lo que deba ser purificado y
los reciba en la paz de su Reino.
Orar
por nuestros difuntos también debe llevarnos a revisar nuestra propia vida. La
muerte nos recuerda que un día quedarán atrás nuestros bienes, nuestros títulos
y nuestras preocupaciones. Solo permanecerá el amor que hayamos dado, el bien
que hayamos realizado y la fe con la que hayamos respondido a Dios.
El
Evangelio concluye con una promesa llena de ternura: «El que dé a beber, aunque
no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños, no perderá su
recompensa».
A
veces creemos que servir a Dios exige realizar obras extraordinarias. Jesús nos
muestra que un pequeño gesto, hecho con amor, tiene valor eterno: escuchar a
alguien, visitar a un enfermo, consolar al que está triste, reconciliarnos con
un familiar, compartir el pan, acompañar a quien vive un duelo o rezar
sinceramente por un difunto.
Que
el Señor nos libre de una fe puramente exterior. Que nuestras celebraciones se
conviertan en justicia, nuestra oración en misericordia y nuestra comunión con
Cristo en servicio a los hermanos.
Y
que esta Eucaristía sea para nosotros una escuela de fidelidad. Al presentar el
pan y el vino, presentemos también nuestra vida, nuestras decisiones, nuestras
cruces y el recuerdo agradecido de nuestros difuntos.
Pidamos
que ellos descansen en la paz del Señor y que nosotros aprendamos a vivir de
tal manera que, cuando llegue nuestra hora, podamos escuchar estas palabras:
«Al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios».
Amén.
2
Una paz que
exige decisiones
Hermanos:
El
Evangelio de hoy puede desconcertarnos. Jesús, a quien llamamos Príncipe de la
Paz, dice: «No he venido a traer paz, sino espada». ¿Cómo
entender estas palabras?
Jesús
no está promoviendo la violencia ni la división. Él vino a reconciliarnos con
Dios y entre nosotros. Pero su Evangelio no es una palabra indiferente: cuando
entra verdaderamente en la vida, exige tomar decisiones. La “espada” de la que
habla Jesús es la fuerza de la verdad que separa la luz de las tinieblas, la
justicia de la injusticia, el amor auténtico del egoísmo.
La
paz que ofrece Cristo no consiste en evitar todos los conflictos ni en guardar
silencio para no incomodar. Hay una falsa paz que se construye sobre la
mentira, el miedo, la injusticia o la indiferencia. Jesús nos da una paz más
profunda: la paz de una conciencia fiel a Dios, aunque esa fidelidad provoque
incomprensiones.
Por
eso habla también del conflicto familiar: «Los enemigos de cada uno serán
los de su propia casa». La familia es un don sagrado y debe ser amada,
cuidada y defendida. Pero incluso dentro de ella pueden surgir tensiones cuando
alguien decide vivir seriamente el Evangelio. Puede suceder que una persona sea
criticada por perdonar, por renunciar a una conducta deshonesta, por defender
al débil, por consagrarse al Señor o por vivir su fe con coherencia.
Jesús
no nos pide despreciar a nuestros padres, hijos o hermanos. Al contrario, nos
enseña a amarlos mejor. Sin embargo, nos recuerda que ningún amor humano puede
ocupar el lugar de Dios: «El que quiere a su padre o a su madre más que a mí no
es digno de mí».
Dios
debe ser amado sobre todas las cosas, no porque compita con nuestros afectos,
sino porque es la fuente que los purifica y los ordena. Cuando amamos a Dios
primero, aprendemos a amar a los demás sin posesión, sin manipulación y sin
egoísmo. Quien pone a Cristo en el centro no ama menos a su familia; la ama con
un corazón más libre, paciente y misericordioso.
Después,
Jesús habla de la cruz: «El que no carga con su cruz y me sigue no es digno de
mí». La cruz representa aquello que debemos asumir por fidelidad al bien:
enfermedades, responsabilidades, renuncias, incomprensiones, luchas interiores
y sacrificios cotidianos.
Cargar
la cruz no es buscar el sufrimiento ni resignarse pasivamente ante la
injusticia. Es permanecer fieles, aun cuando hacer el bien cueste. La cruz
puede ser cuidar a un enfermo, sostener una familia en medio de dificultades,
perdonar una ofensa, combatir una adicción, perseverar en una vocación o servir
sin recibir reconocimiento.
Jesús
añade una paradoja: «El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su
vida por mí la encontrará». Quien vive solamente para protegerse, acumular,
sobresalir o buscar comodidad termina encerrándose y perdiendo el sentido de la
existencia. En cambio, quien se entrega, sirve, comparte y se sacrifica por
amor descubre la verdadera vida.
El
Señor habla también de acoger al profeta. Jesús es el Profeta por excelencia:
Él revela el rostro del Padre, denuncia el pecado y anuncia la misericordia.
También nosotros, por el bautismo, estamos llamados a participar de su misión
profética. Ser profetas no significa predecir el futuro, sino anunciar con la
palabra y con la vida lo que Dios desea para sus hijos.
Es
profeta quien defiende la dignidad humana, quien consuela al afligido, quien
corrige con caridad, quien no se acostumbra a la corrupción y quien mantiene
encendida la esperanza. Pero el profeta, como Jesús, debe estar dispuesto a ser
cuestionado, rechazado o incomprendido.
Finalmente,
el Evangelio concluye con una imagen sencilla y hermosa: «El que dé a beber un
vaso de agua fresca a uno de estos pequeños, no perderá su recompensa».
Dios
valora los grandes sacrificios, pero también contempla los pequeños gestos de
compasión. Un vaso de agua puede parecer poca cosa, pero puede expresar
acogida, ternura, respeto y solidaridad. No todos podemos realizar obras
extraordinarias, pero todos podemos ofrecer algo: una llamada, una visita, un
alimento, una palabra amable, una escucha paciente o una oración sincera.
Después
de estas enseñanzas, Jesús continúa su camino para enseñar y anunciar el Reino.
El seguimiento cristiano nunca termina en una reflexión teórica. Jesús forma a
sus discípulos y luego los envía. También nosotros escuchamos la Palabra para
salir en misión.
Que
el Señor nos conceda una paz fundada en la verdad, un amor familiar ordenado
desde Dios, fortaleza para cargar la cruz, generosidad para entregar la vida,
valentía profética y un corazón compasivo, capaz de ofrecer incluso el sencillo
vaso de agua que puede devolverle la esperanza a un hermano.
Amén.

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