María, esperanza de la Iglesia
La Asunción de la Virgen María nos permite
contemplar el destino que Dios prepara para quienes permanecen fieles a su
amor. La mujer revestida de sol, anunciada en el Apocalipsis, participa
plenamente de la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte. María es
imagen de la Iglesia peregrina y señal luminosa de esperanza para toda la
humanidad.
En el Magníficat, la humilde sierva reconoce las
maravillas realizadas por Dios: Él derriba a los poderosos, enaltece a los
humildes y permanece fiel a sus promesas. Elevada al cielo en cuerpo y alma,
María nos precede; no nos aleja de la tierra, sino que nos enseña a caminar por
ella con la mirada puesta en Dios y el corazón dispuesto a servir.
G.Q
Primera lectura
Una mujer
vestida del sol, y la luna bajo sus pies
Lectura del libro del Apocalipsis.
SE abrió en el cielo el santuario de Dios, y apareció en su santuario el arca
de su alianza.
Un gran signo apareció en el cielo: una mujer vestida del sol, y la luna bajo
sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza; y está encinta, y
grita con dolores de parto y con el tormento de dar a luz.
Y apareció otro signo en el cielo: un gran dragón rojo que tiene siete cabezas
y diez cuernos, y sobre sus cabezas siete diademas, y su cola arrastra la
tercera parte de las estrellas del cielo y las arrojó sobre la tierra.
Y el dragón se puso en pie ante la mujer que iba a dar a luz, para devorar a su
hijo cuando lo diera a luz.
Y dio a luz un hijo varón, el que ha de pastorear a todas las naciones con vara
de hierro, y fue arrebatado su hijo junto a Dios y junto a su trono; y la mujer
huyó al desierto, donde tiene un lugar preparado por Dios.
Y oí una gran voz en el cielo que decía:
«Ahora se ha establecido la salvación y el poder y el reinado de nuestro Dios,
y la potestad de su Cristo».
Palabra de Dios.
Salmo
R. De pie a tu
derecha está la reina,
enjoyada con oro de Ofir.
V. Hijas de
reyes salen a tu encuentro,
de pie a tu derecha está la reina,
enjoyada con oro de Ofir. R.
V. Escucha,
hija, mira: inclina el oído,
olvida tu pueblo y la casa paterna. R.
V. Prendado
está el rey de tu belleza:
póstrate ante él, que él es tu señor. R.
V. Las
traen entre alegría y algazara,
van entrando en el palacio real. R.
Segunda
lectura
Primero
Cristo, como primicia; después todos los que son de Cristo
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios.
HERMANOS:
Cristo ha resucitado de entre los muertos y es primicia de los que han muerto.
Si por un hombre vino la muerte, por un hombre vino la resurrección. Pues lo
mismo que en Adán mueren todos, así en Cristo todos serán vivificados.
Pero cada uno en su puesto: primero Cristo, como primicia; después todos los
que son de Cristo, en su venida; después el final, cuando Cristo entregue el
reino a Dios Padre, cuando haya aniquilado todo principado, poder y fuerza.
Pues Cristo tiene que reinar hasta que ponga a todos sus enemigos bajo sus
pies. El último enemigo en ser destruido será la muerte, porque lo ha sometido
todo bajo sus pies.
Palabra de Dios.
Aclamación
V. María ha
sido asunta al cielo,
se alegra el ejército de los ángeles. R.
Evangelio
El Poderoso
ha hecho obras grandes en mí: enaltece a los humildes
Lectura del santo Evangelio según san Lucas.
EN aquellos días, María se levantó y se puso en camino de prisa hacia la
montaña, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel.
Aconteció que, en cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su
vientre. Se llenó Isabel de Espíritu Santo y, levantando la voz, exclamó:
«¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre!
¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? Pues, en cuanto tu
saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre.
Bienaventurada la que ha creído, porque lo que le ha dicho el Señor se
cumplirá».
María dijo:
«Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humildad de su esclava.
Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles de generación en
generación.
Él hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.
Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia
—como lo había prometido a nuestros padres—
en favor de Abrahán y su descendencia por siempre».
María se quedó con Isabel unos tres meses y volvió a su casa.
Palabra del Señor.
*************
Hermanos
y hermanas:
Celebramos
hoy a María elevada al cielo en cuerpo y alma. Pero esta solemnidad no nos
invita a escapar de la tierra ni a permanecer indiferentes ante sus
sufrimientos. Al contrario: cuanto más contemplamos a María en la gloria, más
comprendemos el valor de cada vida humana y nuestra responsabilidad frente al
dolor de los hermanos.
Esta
fiesta llega cuando Colombia todavía contempla con dolor las consecuencias del
fuerte terremoto del pasado 10 de agosto: familias en duelo, personas heridas y
desaparecidas, viviendas destruidas, templos afectados y comunidades enteras
que necesitan nuestra cercanía.
En
este contexto escuchamos la primera lectura del Apocalipsis: aparece «una mujer
vestida de sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas». Es
una mujer gloriosa, pero también una mujer que grita por los dolores del parto.
Frente a ella está el dragón, signo del mal que amenaza la vida.
Esta
imagen representa a María, pero también a la Iglesia y a toda la humanidad.
Nuestra patria también parece vivir dolores de parto: el dolor de quienes han
perdido a sus familiares bajo los escombros; el miedo de quienes temen nuevas
réplicas; la angustia de quienes quedaron sin casa; pero también los dolores
prolongados de la violencia, el desplazamiento, la pobreza, la corrupción y la
división política.
Sin
embargo, el mensaje del Apocalipsis no es de derrota. El dragón no tiene la
última palabra. La última palabra pertenece a Dios: «Ahora se estableció la
salvación y el poder de nuestro Dios». El mal puede amenazar, destruir y
sembrar miedo, pero no puede vencer definitivamente a quienes se refugian en el
Señor.
El
salmo nos presenta a la reina de pie a la derecha del rey. María ha sido
glorificada no porque tuviera riquezas o poder humano, sino porque fue humilde,
obediente y totalmente disponible para Dios. En un mundo donde muchos quieren
sobresalir, imponerse o acumular, María nos muestra otra grandeza: la grandeza
de quien sirve, escucha y permanece fiel.
San
Pablo nos recuerda la razón profunda de nuestra esperanza: «Cristo resucitó de
entre los muertos como primicia de los que han muerto». La Asunción de María es
fruto de la Resurrección de Cristo. En ella contemplamos anticipadamente lo que
Dios desea realizar en nosotros. La muerte no es el destino definitivo del ser
humano; nuestro destino es la vida plena en Dios.
Esta
palabra resulta especialmente consoladora para las familias que hoy lloran a
sus seres queridos. La fe no elimina las lágrimas ni ofrece explicaciones
fáciles ante una tragedia. Jesús también lloró frente a la tumba de su amigo
Lázaro. Pero la fe nos permite llorar con esperanza: nuestros hermanos
fallecidos no han desaparecido; están en las manos misericordiosas de Dios y
esperan la resurrección.
El
Evangelio nos muestra a María caminando de prisa hacia la casa de Isabel. Acaba
de recibir el anuncio de que será la Madre del Salvador, pero no se encierra en
sí misma. No se queda contemplando el privilegio recibido. Se pone en camino
para acompañar y servir.
Esa
es la actitud que necesita Colombia: ponernos en camino. Ante el sufrimiento de
nuestros hermanos no basta con decir: «Qué tristeza» o «vamos a orar». La
oración verdadera nos mueve a actuar. María oró, pero también caminó; creyó,
pero también sirvió; alabó a Dios, pero también permaneció junto a Isabel.
Hoy
la Iglesia debe correr hacia las familias damnificadas. Cada parroquia,
comunidad, institución y creyente debe preguntarse: ¿qué puedo compartir?, ¿a
quién puedo acompañar?, ¿cómo puedo colaborar? Tal vez podamos ofrecer
alimentos, medicamentos, ropa, dinero o alojamiento. Quizás podamos apoyar las
campañas organizadas por las autoridades y las instituciones eclesiales.
También podemos escuchar, consolar y sostener espiritualmente. Cuando llegamos
al encuentro del necesitado, llevamos a Cristo, como María lo llevó en su seno
hasta la casa de Isabel.
María
proclama después el Magníficat: Dios «derriba del trono a los poderosos y
enaltece a los humildes; a los hambrientos los colma de bienes». Este cántico
no es una oración pasiva: es el anuncio de un mundo nuevo, conforme al corazón
de Dios. Nos recuerda que la reconstrucción de Colombia no puede consistir
solamente en levantar nuevamente edificios. Tenemos que reconstruir también la
confianza, la fraternidad, la honestidad y el respeto por la vida.
Pedimos
a quienes gobiernan nuestra nación que busquen sinceramente el bien común; que
la atención a las víctimas esté por encima de los intereses políticos; que la
ayuda llegue con transparencia, especialmente a los más pobres y olvidados. Y
pedimos también que nosotros no utilicemos la tragedia para acusarnos o
dividirnos, sino para reconocernos nuevamente como hermanos.
La
Asunción nos dice que el cielo no nos aleja de la tierra: nos compromete más
profundamente con ella. María está en el cielo, pero continúa cerca de sus
hijos. Ella es señal de esperanza para Colombia. Nos recuerda que, aunque la
tierra se estremezca, el amor de Dios permanece firme; aunque caigan nuestros
edificios, la esperanza puede mantenerse en pie; aunque la muerte nos visite,
Cristo resucitado tiene la última palabra.
Que María, Nuestra Señora de la Asunción, consuele a
quienes lloran, proteja a los heridos, sostenga a los rescatistas, acompañe a
quienes han perdido su hogar e inspire en todos nosotros una solidaridad
generosa. Y que, como ella, sepamos caminar de prisa para llevar a Cristo allí
donde hoy existen dolor, miedo y necesidad.
Amén.

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