viernes, 14 de agosto de 2026

15 de agosto del 2026: La Asunción de la Bienaventurada Virgen María-Solemnidad

 

María, esperanza de la Iglesia

La Asunción de la Virgen María nos permite contemplar el destino que Dios prepara para quienes permanecen fieles a su amor. La mujer revestida de sol, anunciada en el Apocalipsis, participa plenamente de la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte. María es imagen de la Iglesia peregrina y señal luminosa de esperanza para toda la humanidad.

En el Magníficat, la humilde sierva reconoce las maravillas realizadas por Dios: Él derriba a los poderosos, enaltece a los humildes y permanece fiel a sus promesas. Elevada al cielo en cuerpo y alma, María nos precede; no nos aleja de la tierra, sino que nos enseña a caminar por ella con la mirada puesta en Dios y el corazón dispuesto a servir.

G.Q

 


Primera lectura

Ap 11, 19a; 12, 1-6a. 10ab
Una mujer vestida del sol, y la luna bajo sus pies

Lectura del libro del Apocalipsis.

SE abrió en el cielo el santuario de Dios, y apareció en su santuario el arca de su alianza.
Un gran signo apareció en el cielo: una mujer vestida del sol, y la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza; y está encinta, y grita con dolores de parto y con el tormento de dar a luz.
Y apareció otro signo en el cielo: un gran dragón rojo que tiene siete cabezas y diez cuernos, y sobre sus cabezas siete diademas, y su cola arrastra la tercera parte de las estrellas del cielo y las arrojó sobre la tierra.
Y el dragón se puso en pie ante la mujer que iba a dar a luz, para devorar a su hijo cuando lo diera a luz.
Y dio a luz un hijo varón, el que ha de pastorear a todas las naciones con vara de hierro, y fue arrebatado su hijo junto a Dios y junto a su trono; y la mujer huyó al desierto, donde tiene un lugar preparado por Dios.
Y oí una gran voz en el cielo que decía:
«Ahora se ha establecido la salvación y el poder y el reinado de nuestro Dios, y la potestad de su Cristo».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 44, 10. 11. 12. 16 (R.: 10b)

R. De pie a tu derecha está la reina,
enjoyada con oro de Ofir.


V. Hijas de reyes salen a tu encuentro,
de pie a tu derecha está la reina,
enjoyada con oro de Ofir. 
R.

V. Escucha, hija, mira: inclina el oído,
olvida tu pueblo y la casa paterna. 
R.

V. Prendado está el rey de tu belleza:
póstrate ante él, que él es tu señor. 
R.

V. Las traen entre alegría y algazara,
van entrando en el palacio real. 
R.

 

Segunda lectura

1 Cor 15, 20-27a

Primero Cristo, como primicia; después todos los que son de Cristo

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios.

HERMANOS:
Cristo ha resucitado de entre los muertos y es primicia de los que han muerto.
Si por un hombre vino la muerte, por un hombre vino la resurrección. Pues lo mismo que en Adán mueren todos, así en Cristo todos serán vivificados.
Pero cada uno en su puesto: primero Cristo, como primicia; después todos los que son de Cristo, en su venida; después el final, cuando Cristo entregue el reino a Dios Padre, cuando haya aniquilado todo principado, poder y fuerza.
Pues Cristo tiene que reinar hasta que ponga a todos sus enemigos bajo sus pies. El último enemigo en ser destruido será la muerte, porque lo ha sometido todo bajo sus pies.

Palabra de Dios.


Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. María ha sido asunta al cielo,
se alegra el ejército de los ángeles. 
R.

 

Evangelio

Lc 1, 39-56

El Poderoso ha hecho obras grandes en mí: enaltece a los humildes

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

EN aquellos días, María se levantó y se puso en camino de prisa hacia la montaña, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel.
Aconteció que, en cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel de Espíritu Santo y, levantando la voz, exclamó:
«¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre!
¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? Pues, en cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Bienaventurada la que ha creído, porque lo que le ha dicho el Señor se cumplirá».
María dijo:
«Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humildad de su esclava.
Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles de generación en
generación.
Él hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.
Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia
—como lo había prometido a nuestros padres—
en favor de Abrahán y su descendencia por siempre».
María se quedó con Isabel unos tres meses y volvió a su casa.

Palabra del Señor.

 

*************

 

Hermanos y hermanas:

Celebramos hoy a María elevada al cielo en cuerpo y alma. Pero esta solemnidad no nos invita a escapar de la tierra ni a permanecer indiferentes ante sus sufrimientos. Al contrario: cuanto más contemplamos a María en la gloria, más comprendemos el valor de cada vida humana y nuestra responsabilidad frente al dolor de los hermanos.

Esta fiesta llega cuando Colombia todavía contempla con dolor las consecuencias del fuerte terremoto del pasado 10 de agosto: familias en duelo, personas heridas y desaparecidas, viviendas destruidas, templos afectados y comunidades enteras que necesitan nuestra cercanía.

En este contexto escuchamos la primera lectura del Apocalipsis: aparece «una mujer vestida de sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas». Es una mujer gloriosa, pero también una mujer que grita por los dolores del parto. Frente a ella está el dragón, signo del mal que amenaza la vida.

Esta imagen representa a María, pero también a la Iglesia y a toda la humanidad. Nuestra patria también parece vivir dolores de parto: el dolor de quienes han perdido a sus familiares bajo los escombros; el miedo de quienes temen nuevas réplicas; la angustia de quienes quedaron sin casa; pero también los dolores prolongados de la violencia, el desplazamiento, la pobreza, la corrupción y la división política.

Sin embargo, el mensaje del Apocalipsis no es de derrota. El dragón no tiene la última palabra. La última palabra pertenece a Dios: «Ahora se estableció la salvación y el poder de nuestro Dios». El mal puede amenazar, destruir y sembrar miedo, pero no puede vencer definitivamente a quienes se refugian en el Señor.

El salmo nos presenta a la reina de pie a la derecha del rey. María ha sido glorificada no porque tuviera riquezas o poder humano, sino porque fue humilde, obediente y totalmente disponible para Dios. En un mundo donde muchos quieren sobresalir, imponerse o acumular, María nos muestra otra grandeza: la grandeza de quien sirve, escucha y permanece fiel.

San Pablo nos recuerda la razón profunda de nuestra esperanza: «Cristo resucitó de entre los muertos como primicia de los que han muerto». La Asunción de María es fruto de la Resurrección de Cristo. En ella contemplamos anticipadamente lo que Dios desea realizar en nosotros. La muerte no es el destino definitivo del ser humano; nuestro destino es la vida plena en Dios.

Esta palabra resulta especialmente consoladora para las familias que hoy lloran a sus seres queridos. La fe no elimina las lágrimas ni ofrece explicaciones fáciles ante una tragedia. Jesús también lloró frente a la tumba de su amigo Lázaro. Pero la fe nos permite llorar con esperanza: nuestros hermanos fallecidos no han desaparecido; están en las manos misericordiosas de Dios y esperan la resurrección.

El Evangelio nos muestra a María caminando de prisa hacia la casa de Isabel. Acaba de recibir el anuncio de que será la Madre del Salvador, pero no se encierra en sí misma. No se queda contemplando el privilegio recibido. Se pone en camino para acompañar y servir.

Esa es la actitud que necesita Colombia: ponernos en camino. Ante el sufrimiento de nuestros hermanos no basta con decir: «Qué tristeza» o «vamos a orar». La oración verdadera nos mueve a actuar. María oró, pero también caminó; creyó, pero también sirvió; alabó a Dios, pero también permaneció junto a Isabel.

Hoy la Iglesia debe correr hacia las familias damnificadas. Cada parroquia, comunidad, institución y creyente debe preguntarse: ¿qué puedo compartir?, ¿a quién puedo acompañar?, ¿cómo puedo colaborar? Tal vez podamos ofrecer alimentos, medicamentos, ropa, dinero o alojamiento. Quizás podamos apoyar las campañas organizadas por las autoridades y las instituciones eclesiales. También podemos escuchar, consolar y sostener espiritualmente. Cuando llegamos al encuentro del necesitado, llevamos a Cristo, como María lo llevó en su seno hasta la casa de Isabel.

María proclama después el Magníficat: Dios «derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes; a los hambrientos los colma de bienes». Este cántico no es una oración pasiva: es el anuncio de un mundo nuevo, conforme al corazón de Dios. Nos recuerda que la reconstrucción de Colombia no puede consistir solamente en levantar nuevamente edificios. Tenemos que reconstruir también la confianza, la fraternidad, la honestidad y el respeto por la vida.

Pedimos a quienes gobiernan nuestra nación que busquen sinceramente el bien común; que la atención a las víctimas esté por encima de los intereses políticos; que la ayuda llegue con transparencia, especialmente a los más pobres y olvidados. Y pedimos también que nosotros no utilicemos la tragedia para acusarnos o dividirnos, sino para reconocernos nuevamente como hermanos.

La Asunción nos dice que el cielo no nos aleja de la tierra: nos compromete más profundamente con ella. María está en el cielo, pero continúa cerca de sus hijos. Ella es señal de esperanza para Colombia. Nos recuerda que, aunque la tierra se estremezca, el amor de Dios permanece firme; aunque caigan nuestros edificios, la esperanza puede mantenerse en pie; aunque la muerte nos visite, Cristo resucitado tiene la última palabra.

Que María, Nuestra Señora de la Asunción, consuele a quienes lloran, proteja a los heridos, sostenga a los rescatistas, acompañe a quienes han perdido su hogar e inspire en todos nosotros una solidaridad generosa. Y que, como ella, sepamos caminar de prisa para llevar a Cristo allí donde hoy existen dolor, miedo y necesidad.

Amén.


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