Manual para tiempos de crisis
Mateo nos ayuda a comprender la comunidad cristiana
como un lugar donde el Resucitado está verdaderamente «con nosotros», y
es precisamente la concordia entre los hermanos la que mejor manifiesta esa
presencia activa.
Jesús no imagina una comunidad sin conflictos. Sabe
que habrá heridas, desacuerdos y pecados. Por eso ofrece casi un manual para
los momentos de crisis: primero hablar personalmente con el hermano;
después, si es necesario, buscar la ayuda de uno o dos más; finalmente, acudir
a la comunidad. El objetivo nunca es humillar, señalar o excluir, sino «ganar
al hermano» (cf. Mt 18,15).
La corrección cristiana nace del amor, no de la
superioridad. Quien corrige debe hacerlo buscando salvar la relación y
reconstruir la comunión.
Por eso Jesús termina con una promesa
extraordinaria: «Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo
en medio de ellos» (Mt 18,20).
Cristo se hace presente allí donde los discípulos
buscan reconciliarse, escucharse, perdonarse y ponerse de acuerdo para orar.
En tiempos de crisis, una comunidad cristiana no se
salva porque nunca tenga problemas, sino porque aprende a afrontarlos con
verdad, caridad, diálogo y oración.
Quizá podríamos resumir el Evangelio así:
Cuando surge un conflicto, no hables primero del
hermano: habla primero con el hermano. Y cuando la comunión parece imposible,
recuerda que Cristo sigue estando en medio.
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Primera lectura
Marca en la
frente a los que se lamentan por las acciones detestables de Jerusalén
Lectura de la profecía de Ezequiel.
OÍ al Señor que exclamaba con voz potente:
«¡Ha llegado el juicio de la ciudad! Que cada uno empuñe su arma destructora».
Entonces aparecieron seis hombres por el camino de la puerta de arriba, la que
da al norte. Cada uno empuñaba una maza. En medio de ellos estaba un hombre
vestido de lino, con los avíos de escribano a la cintura. Al llegar se
detuvieron junto al altar de bronce.
La Gloria del Dios de Israel se había levantado del querubín en que se apoyaba,
dirigiéndose al umbral del templo.
Llamó al hombre vestido de lino, que tenía los avíos de escribano a la cintura.
El Señor le dijo:
«Recorre la ciudad, atraviesa Jerusalén, y marca en la frente a los que gimen y
se lamentan por las acciones detestables que en ella se cometen».
A los otros les dijo en mi presencia:
«Recorran la ciudad detrás de él, golpeando sin compasión y sin piedad. A
viejos, jóvenes y doncellas, a niños y mujeres, mátenlos, acaben con ellos;
pero no se acerquen a ninguno de los que tienen la señal. Comenzarán por mi
santuario».
Y comenzaron por los ancianos que estaban frente al templo.
Luego les dijo:
«Profanen el templo, llenando sus atrios de cadáveres, y salgan a matar por la
ciudad».
La Gloria del Señor salió levantándose del umbral del templo y se colocó sobre
los querubines. Los querubines desplegaron sus alas y se elevaron sobre la
tierra ante mis ojos. Junto con ellos partieron también las ruedas y se detuvieron
a la entrada de la puerta oriental del templo del Señor. La Gloria del Dios de
Israel estaba por encima de ellos.
Eran los mismos seres que había visto bajo el Dios de Israel junto al río
Quebar, y comprendí que eran querubines.
Cada uno tenía cuatro rostros y cuatro alas, y bajo las alas una especie de
mano humana. El aspecto de sus rostros era el de los rostros que había visto
junto al río Quebar. Todos ellos iban de frente.
Palabra de Dios.
Salmo
R. La
gloria del Señor se eleva sobre los cielos.
O bien:
R. Aleluya.
V. Alaben,
siervos del Señor,
alaben el nombre del Señor.
Bendito sea el nombre del Señor,
ahora y por siempre. R.
V. De la
salida del sol hasta su ocaso,
alabado sea el nombre del Señor.
El Señor se eleva sobre todos los pueblos,
su gloria sobre los cielos. R.
V. ¿Quién como
el Señor, Dios nuestro,
que habita en las alturas
y se abaja para mirar
al cielo y a la tierra? R.
Aclamación
V. Dios estaba
en Cristo reconciliando al mundo consigo,
y ha puesto en nosotros el mensaje de la reconciliación. R.
Evangelio
Si te hace
caso, has salvado a tu hermano
Lectura del santo Evangelio según san Mateo.
EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Si tu hermano peca contra ti, repréndelo estando los dos a solas. Si te hace
caso, has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos,
para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no
les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la
comunidad, considéralo como un pagano o un publicano.
En verdad les digo que todo lo que aten en la tierra quedará atado en los
cielos, y todo lo que desaten en la tierra
quedará desatado en los cielos.
Les digo, además, que si dos de ustedes se ponen de acuerdo en la tierra para
pedir algo, se lo dará mi Padre que está en los cielos. Porque donde dos o tres
están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».
Palabra del Señor.
*****
Hermanos, hay una frase del Evangelio de hoy que
podría servirnos como un pequeño manual para los momentos de crisis:
«Si tu hermano peca contra ti, ve y corrígelo a
solas».
Jesús es muy realista. Él no imagina una comunidad
cristiana donde nunca haya problemas, diferencias, errores o pecados. Sabe que
incluso entre quienes creen en Él habrá heridas. La cuestión no es si tendremos
conflictos; la pregunta es qué hacemos cuando aparecen.
Y Jesús nos propone un camino muy distinto al que
muchas veces sigue nuestra sociedad.
Porque cuando alguien se equivoca, nuestra primera
reacción puede ser contárselo a otro. Después a otro. Y después quizá a todo el
mundo.
Jesús propone exactamente lo contrario:
No hables primero del hermano; habla primero con el
hermano.
Y añade algo todavía más importante: la finalidad
de la corrección no es demostrar que yo tenía razón. Jesús dice:
«Si te escucha, habrás ganado a tu hermano».
Ese es el objetivo: ganar al hermano, no ganar
la discusión.
Ahí está la diferencia entre la corrección
cristiana y la condena.
La condena dice: «Quiero demostrar que estás
equivocado».
La corrección fraterna dice: «No quiero perderte
como hermano».
Por eso Jesús propone un proceso lleno de
delicadeza: primero personalmente; después, si es necesario, con la ayuda de
otros; finalmente, con la comunidad. Todo está orientado a reconstruir la
comunión.
Y esto conecta profundamente con la impresionante
visión del profeta Ezequiel.
Jerusalén atraviesa uno de los momentos más
dolorosos de su historia. El pecado, la idolatría y la injusticia han penetrado
incluso en el lugar santo. Entonces Dios manda colocar una tav, una
marca, sobre la frente de aquellos que todavía son capaces de lamentarse por el
mal que se comete.
Es una imagen muy fuerte.
Los marcados por Dios son aquellos que no se han
acostumbrado al mal.
Porque existe un peligro mayor que equivocarnos: dejar
de sentir que algo está mal.
Acostumbrarnos a la mentira.
Acostumbrarnos a la violencia.
Acostumbrarnos al sufrimiento ajeno.
Acostumbrarnos a destruir la fama de las personas.
Acostumbrarnos a guardar resentimientos.
Acostumbrarnos incluso a nuestras propias
incoherencias.
Aquellos hombres de Ezequiel llevan la tav
porque todavía conservan un corazón sensible ante Dios. Y el texto continúa con
una escena dramática: la gloria del Señor abandona el umbral del Templo y se
desplaza con los querubines.
Es como si Dios dijera:
«No pueden encerrarme dentro de un templo mientras
mi alianza desaparece de sus vidas».
Dios ama el culto, porque Él mismo lo pidió a su
pueblo; pero el culto verdadero tiene que transformar la existencia.
También nosotros podríamos llevar una cruz al
cuello, persignarnos muchas veces, participar en procesiones y venir a la
Eucaristía; pero la pregunta es:
¿la cruz que llevamos por fuera está también
grabada en nuestra manera de vivir?
Por eso la antigua tav de Ezequiel resulta
tan sugerente para nosotros. Aquella señal que distinguía a quienes pertenecían
al Señor puede hacernos pensar, a la luz de Cristo, en la cruz con la que
nosotros hemos sido marcados.
Pero la cruz no puede convertirse en un simple
adorno.
Ser marcados por Cristo significa aprender a vivir
como Cristo.
Perdonar como Cristo.
Buscar al que se ha alejado como Cristo.
Corregir sin destruir.
Decir la verdad sin humillar.
Defender la comunión sin esconder el pecado.
Y entonces comprendemos el salmo:
«La gloria del Señor se eleva sobre los cielos».
El profeta contempla la gloria alejándose del
Templo; el salmista recuerda que esa gloria no puede quedar encerrada dentro de
ningún edificio. Dios es más grande que nuestras estructuras, nuestros esquemas
e incluso nuestras crisis. Desde la salida del sol hasta su ocaso, sea
alabado el nombre del Señor.
Y precisamente por eso el Evangelio termina de una
manera sorprendente.
Después de hablar de pecado, corrección y
conflictos, Jesús habla de oración y presencia:
«Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí
estoy yo en medio de ellos».
Qué hermoso.
Cristo está presente allí donde dos personas que
estaban distanciadas vuelven a hablarse.
Cristo está presente cuando alguien tiene el valor
de corregir sin humillar.
Cristo está presente cuando el ofendido decide
escuchar.
Cristo está presente cuando una familia se reúne
para pedir perdón.
Cristo está presente cuando una comunidad decide
que vale más salvar al hermano que ganar una pelea.
Tal vez por eso podríamos resumir hoy el Evangelio
con una frase:
Una comunidad cristiana no es aquella donde nunca
hay problemas, sino aquella donde los problemas se enfrentan con verdad,
caridad, diálogo y oración.
Y hoy queremos llevar esta Palabra de manera
especial hacia nuestros enfermos.
Hay enfermedades del cuerpo que producen dolor,
cansancio, preocupación e incertidumbre. Pero existen también heridas que no
aparecen en una radiografía: la soledad, el miedo, el desánimo, la angustia, el
sentirse una carga para los demás.
Quizá nosotros podemos convertirnos hoy en esa
presencia de Cristo para ellos.
Una llamada.
Una visita.
Un mensaje.
Una oración.
Un momento para escuchar sin prisa.
A veces no podemos curar la enfermedad, pero sí
podemos hacer que ningún enfermo tenga que vivirla sintiéndose solo.
Por eso, al celebrar esta Eucaristía, ponemos
delante del Señor a nuestros familiares, amigos y miembros de nuestra comunidad
que atraviesan alguna enfermedad.
Que Cristo pase hoy junto a sus camas.
Que fortalezca a quienes están cansados.
Que dé paciencia a quienes llevan tratamientos
prolongados.
Que ilumine a médicos, enfermeras y cuidadores.
Que consuele a las familias.
Y que a nosotros nos quite la indiferencia para que
sepamos reconocerlo en quien sufre.
Pidámosle al Señor una gracia muy concreta:
que la cruz que trazamos cada día sobre nuestra
frente se convierta también en una manera de vivir: amar, reconciliar,
acompañar y no abandonar a ningún hermano, especialmente cuando está enfermo.
Amén.
2
La caridad fraterna
Queridos
hermanos:
El
Evangelio de hoy nos ofrece una enseñanza muy concreta sobre algo que todos
vivimos: los conflictos, las
heridas y las ofensas.
Jesús
dice:
«Si tu hermano peca contra ti, ve y corrígelo a solas».
La
caridad fraterna no consiste solamente en sentir afecto por los demás. A veces
amar es fácil, pero cuando alguien nos hiere, nos decepciona o habla mal de nosotros,
amar se vuelve mucho más difícil.
Y
precisamente ahí comienza el Evangelio.
Jesús
no nos pide negar el dolor. La herida existe. Pero nos enseña que esa herida no tiene por qué convertirse en
resentimiento.
Por
eso propone un camino muy concreto.
Primero:
hablar a solas con el
hermano.
No
ir inmediatamente a contárselo a otros.
No
comenzar por el chisme.
No
publicar indirectas.
No
destruir la fama de quien nos ha ofendido.
Jesús
dice:
«Ve y habla con él».
Y
añade:
«Si te escucha, habrás ganado a tu hermano».
Qué
importante esa expresión.
Jesús
no dice: “habrás ganado la discusión”.
Dice:
«Habrás ganado a tu hermano».
La
finalidad de la corrección cristiana no es humillar, sino recuperar.
Si
no escucha, entonces se busca la ayuda de uno o dos más. Y si todavía persiste,
se acude a la comunidad.
Todo
el proceso está orientado a una misma finalidad:
salvar la comunión y buscar la conversión.
La
misericordia no significa aceptar todo.
A
veces amar también significa corregir.
Pero
corregir con caridad.
Decir
la verdad sin destruir.
Ser
firmes sin dejar de amar.
Y
esto conecta muy bien con la primera lectura del profeta Ezequiel.
Dios
manda marcar con una tav
la frente de aquellos que sufren por el mal que se comete en Jerusalén.
Son
personas que no se han acostumbrado
al pecado.
Y
esta es una gran tentación también hoy: acostumbrarnos.
Acostumbrarnos
a la mentira.
A
la violencia.
Al
resentimiento.
A
hablar mal del otro.
A
la indiferencia frente al sufrimiento.
Ezequiel
nos recuerda que el hombre de Dios no puede volverse insensible frente al mal.
Pero
el Evangelio completa la enseñanza:
no basta lamentarse por el pecado; hay que intentar salvar
al pecador.
Podríamos
resumirlo así:
Ezequiel nos enseña a no acostumbrarnos al pecado; Jesús
nos enseña a no abandonar al pecador.
Después,
Ezequiel contempla cómo la gloria de Dios abandona el Templo.
Es
una imagen fuerte.
El
Señor muestra que no basta conservar ritos, ceremonias o signos religiosos si
el corazón está lejos de Él.
Podemos
rezar mucho, venir a misa, llevar una cruz al cuello y, sin embargo, guardar
resentimientos durante años.
Por
eso el Evangelio termina con una promesa bellísima:
«Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy
yo en medio de ellos».
Cristo
está presente cuando una familia se reconcilia.
Cristo
está presente cuando dos personas vuelven a hablarse.
Cristo
está presente cuando alguien renuncia a la venganza.
Cristo
está presente cuando preferimos recuperar al hermano antes que tener la última
palabra.
Y
el salmo nos recuerda:
«Desde la salida del sol hasta su ocaso, alabado sea el
nombre del Señor».
La
gloria de Dios está sobre los cielos, pero ese Dios grande también se hace
presente en los pequeños gestos de reconciliación, perdón y misericordia.
Hoy
queremos poner esta Palabra especialmente en manos de nuestros enfermos.
Hay
enfermedades del cuerpo, pero también existen heridas del corazón.
Que
el Señor fortalezca a quienes sufren.
Que
consuele a sus familias.
Que
acompañe a médicos, enfermeros y cuidadores.
Y
que también nosotros sepamos ser presencia de Cristo para ellos con una visita,
una llamada, una palabra y una oración.
Pidamos
hoy una gracia sencilla:
Señor, que no me acostumbre al mal, pero tampoco abandone
al hermano que ha caído. Dame un corazón capaz de corregir con verdad y amar
con misericordia.
Amén.
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