Testigo de la fe:
San Maximiliano María Kolbe
1894-1941
En Auschwitz, este franciscano polaco ofreció
voluntariamente su vida para salvar la de otro prisionero, Francisco
Gajowniczek, padre de familia, condenado a morir de hambre.
Gran apóstol de la Inmaculada y evangelizador a
través de la prensa, afrontó la muerte con serenidad, sosteniendo
espiritualmente a sus compañeros.
Murió el 14 de agosto de 1941.
San Juan Pablo II lo canonizó en 1982,
proclamándolo «mártir de la caridad». Su vida nos recuerda que «nadie
tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos» (Jn 15,13).
Con
igual dignidad
(Mt 19,3-12) La
reacción de los discípulos dice mucho de su mentalidad machista: ¡parecería
preferible el celibato a una vida matrimonial en la que la mujer no pudiera ser
tratada como un objeto desechable! Jesús corrige esta manera de pensar: el
matrimonio no es dominio ni posesión, sino alianza de amor entre un hombre y
una mujer con igual dignidad, llamados a la fidelidad y a la entrega recíproca.
Asimismo, el celibato por el Reino no es una huida del compromiso, sino un don
y una vocación que solo pueden comprenderse y vivirse con la gracia de Dios.
P.E.I
Primera lectura
Ez 16, 1-15. 60. 63
Eras perfecta
con los atavíos que yo había puesto sobre ti; y te prostituiste
Lectura de la profecía de Ezequiel.
ME fue dirigida esta palabra del Señor:
«Hijo de hombre, hazle conocer sus acciones detestables a Jerusalén.
Di: “Esto dice el Señor Dios, a Jerusalén. Por tu origen y tu nacimiento eres
cananea: tu padre era amorreo y tu madre hitita. Así fue tu nacimiento: El día
en que naciste, no te cortaron el cordón, no te lavaron con agua para
purificarte, ni te friccionaron con sal, ni te envolvieron en pañales. Nadie se
apiadó de ti ni hizo por compasión nada de todo esto, sino que por aversión te
arrojaron a campo abierto el día que naciste.
Yo pasaba junto a ti y te vi revolviéndote en tu sangre, y te dije: Sigue
viviendo, tú que yaces en tu sangre, sigue viviendo.
Te hice crecer como un brote del campo. Tú creciste, te hiciste grande,
llegaste a la edad del matrimonio. Tus senos se afirmaron y te brotó el vello,
pero continuabas completamente desnuda.
Pasé otra vez a tu lado, te vi en la edad del amor; extendí mi manto sobre ti
para cubrir tu desnudez. Con juramento hice alianza contigo —oráculo del Señor
Dios— y fuiste mía.
Te lavé con agua, te limpié la sangre que te cubría y te ungí con aceite. Te
puse vestiduras bordadas, te calcé zapatos de cuero fino, te ceñí de lino, te
revestí de seda.
Te engalané con joyas: te puse pulseras en los brazos y un collar en tu cuello.
Te puse un anillo en la nariz, pendientes en tus orejas y una magnífica diadema
en tu cabeza.
Lucías joyas de oro y plata, vestidos de lino, seda y bordado; comías flor de
harina, miel y aceite; estabas cada vez más bella y llegaste a ser como una
reina.
Se difundió entre las naciones paganas la fama de tu belleza, perfecta con los
atavíos que yo había puesto sobre ti —oráculo del Señor Dios—. Pero tú,
confiada en tu belleza, te prostituiste; valiéndote de tu fama, prodigaste tus
favores y te entregaste a todo el que pasaba.
Con todo, yo me acordaré de mi alianza contigo en los días de tu juventud, y
estableceré contigo una alianza eterna, para que te acuerdes y te avergüences y
no te atrevas nunca más a abrir la boca por tu oprobio, cuando yo te perdone
todo lo que hiciste —oráculo del Señor Dios—».
Palabra de Dios.
Salmo
R. Ha
cesado tu ira y me has consolado.
V. «Él es mi
Dios y Salvador:
confiaré y no temeré,
porque mi fuerza y mi poder es el Señor,
él fue mi salvación».
Y sacarán aguas con gozo
de las fuentes de la salvación. R.
V. «Den
gracias al Señor,
invoquen su nombre,
cuenten a los pueblos sus hazañas,
proclamen que su nombre es excelso». R.
V. Tañan
para el Señor, que hizo proezas,
anúncienlas a toda la tierra;
griten jubilosos, habitantes de Sion,
porque es grande en medio de ti el Santo de Israel. R.
Aclamación
V. Acojan
la palabra de Dios, no como palabra humana,
sino, cual es en verdad, como palabra de Dios. R.
Evangelio
Por la dureza
de corazón permitió Moisés repudiar a las mujeres; pero, al principio, no era
así
Lectura del santo Evangelio según san Mateo.
EN aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos fariseos y le preguntaron, para
ponerlo a prueba:
«¿Es lícito a un hombre repudiar a su mujer por cualquier motivo?».
Él les respondió:
«¿No han leído que el Creador, en el principio, los creó hombre y mujer, y
dijo: “Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer,
y serán los dos una sola carne”? De modo que ya no son dos, sino una sola carne.
Pues lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre».
Ellos insistieron:
«¿Y por qué mandó Moisés darle acta de divorcio y repudiarla?».
Él les contestó:
«Por la dureza de su corazón les permitió Moisés repudiar a sus mujeres; pero,
al principio, no era así. Pero yo les digo que, si uno repudia a su mujer —no
hablo de unión ilegítima— y se casa con otra, comete adulterio».
Los discípulos le replicaron:
«Si esa es la situación del hombre con la mujer, no trae cuenta casarse».
Pero él les dijo:
«No todos entienden esto, solo los que han recibido ese don. Hay eunucos que
salieron así del vientre de su madre, a otros los hicieron los hombres, y hay
quienes se hacen eunucos ellos mismos por el reino de los cielos. El que pueda
entender, entienda».
Palabra del Señor.
*************
«El amor permanece cuando todo se derrumba»
Hermanos,
durante estos días hemos comprobado cuán frágil puede ser nuestra vida. En
pocos segundos, el terremoto del pasado 10 de agosto dejó muerte, dolor,
personas heridas, familias sin hogar y comunidades enteras llenas de
incertidumbre. El Servicio Geológico Colombiano informó que el sismo tuvo
magnitud 7,4 y su epicentro estuvo en San José del Palmar, Chocó. Ante semejante
sufrimiento, no es momento de buscar culpables ni de interpretar la tragedia
como un castigo de Dios: es la hora de acompañar, orar, compartir y reconstruir
juntos.
La
primera lectura, tomada del profeta Ezequiel, describe la historia de Jerusalén
mediante la imagen de una mujer abandonada a quien Dios encuentra, cuida,
embellece y toma como esposa. Pero ella olvida quién la levantó y termina
traicionando la alianza.
También
nosotros podemos olvidar que todo lo hemos recibido de Dios: la vida, la
familia, la salud, la fe, el hogar y las personas que nos acompañan. A veces
necesitamos que la realidad nos sacuda para reconocer que no somos dueños
absolutos de nada y que nuestra seguridad no puede descansar solamente en lo
material.
Sin
embargo, Dios afirma por medio del profeta: «Yo me acordaré de mi alianza
contigo». Incluso cuando nuestra fidelidad se derrumba, la fidelidad de Dios
permanece. Él no abandona a su pueblo entre las ruinas; se acerca, consuela,
perdona y ayuda a comenzar de nuevo. Por eso respondemos con el cántico de
Isaías: «Ha cesado tu ira y me has consolado». Nuestro Dios no contempla desde
lejos el sufrimiento humano: permanece junto al herido, llora con quien ha
perdido a un ser querido y sostiene a quienes sienten que ya no pueden
continuar.
En
el Evangelio, algunos fariseos preguntan a Jesús si el hombre puede despedir a
su mujer por cualquier motivo. La pregunta refleja una mentalidad en la que la
mujer podía ser tratada como una posesión o un objeto desechable. Jesús
devuelve el matrimonio al proyecto original de Dios: «Ya no son dos, sino una
sola carne». El matrimonio no es dominio ni posesión, sino una alianza entre un
hombre y una mujer con la misma dignidad, llamados a cuidarse y entregarse
mutuamente.
La
reacción de los discípulos revela también su mentalidad: si el hombre no puede
abandonar fácilmente a su esposa, parecería mejor no casarse. Jesús corrige esa
manera de pensar. Ni el matrimonio permite poseer al otro, ni el celibato por
el Reino es una huida de las responsabilidades. Ambas vocaciones exigen
fidelidad, libertad interior y capacidad de entrega.
Esta
enseñanza no obliga a tolerar la violencia, el abuso o aquello que destruye la
dignidad humana. El amor cristiano nunca es complicidad con el mal. Amar es
cuidar, proteger, respetar y buscar sinceramente el bien del otro.
San
Maximiliano María Kolbe vivió este amor hasta sus últimas consecuencias. En
Auschwitz, cuando otro prisionero, padre de familia, fue condenado a morir de
hambre, el sacerdote franciscano se ofreció para ocupar su lugar. Allí donde el
odio pretendía convertir a las personas en objetos desechables, Kolbe proclamó
con su vida que cada ser humano posee una dignidad sagrada. Por eso san Juan
Pablo II lo llamó «mártir de la caridad».
Su
testimonio ilumina también la situación que atraviesa Colombia. Tal vez
nosotros no podamos reconstruir personalmente todos los hogares destruidos,
pero sí podemos preguntarnos: ¿qué lugar puedo ocupar para aliviar el dolor de
otro?, ¿qué puedo compartir?, ¿a quién puedo consolar?, ¿cómo puedo apoyar a
las familias damnificadas?
La
oración es indispensable, pero la oración auténtica abre las manos. No podemos
decirle al hermano: «Dios te ayude», si nosotros podemos convertirnos en una
parte de esa ayuda. La Conferencia Episcopal y Pastoral Social–Cáritas
Colombiana han convocado la campaña «Con
Colombia, hasta el último rincón», así como una Jornada
Nacional de Oración para acompañar y socorrer a las comunidades afectadas.
Respondamos
con generosidad mediante los canales oficiales: con alimentos, elementos
necesarios, aportes económicos, trabajo voluntario y acompañamiento espiritual.
La caridad debe ser generosa, pero también responsable y organizada.
En
esta jornada penitencial reconozcamos las veces en que hemos vivido encerrados
en nuestros propios intereses; las ocasiones en que hemos sido indiferentes
ante el dolor ajeno o hemos utilizado, despreciado y abandonado a los demás. La
penitencia cristiana no consiste solamente en privarnos de algo, sino en
aprender a compartirlo.
Oremos
por quienes sufren en el alma y en el cuerpo; por quienes han perdido
familiares, vivienda o sustento; por los heridos, desaparecidos y damnificados;
por quienes sienten miedo ante las réplicas; por los socorristas, médicos,
voluntarios y autoridades; y por quienes necesitan fuerzas para comenzar de
nuevo.
Que
san Maximiliano Kolbe nos enseñe que, cuando todo parece derrumbarse, el amor
permanece. Que María Inmaculada proteja a Colombia y que el Señor nos conceda
un corazón capaz de orar, unas manos dispuestas a compartir y una voluntad
decidida a reconstruir la esperanza. Amén.
**************
14 de agosto
San Maximiliano María Kolbe, presbítero y mártir — Memoria
1894–1941
Patrono de los toxicómanos, las familias, los periodistas, los prisioneros y el movimiento provida
Canonizado por el Papa San Juan Pablo II el 10 de octubre de 1982
Cita:
Acuérdate de que perteneces exclusiva, incondicional, absoluta e irrevocablemente a la Inmaculada: quienquiera que seas, lo que tengas o puedas, todo lo que hagas (pensamientos, palabras, acciones) y padezcas (cosas agradables, desagradables o indiferentes) pertenece a la Inmaculada. En consecuencia, que Ella disponga de todo según su voluntad (y no la tuya). Del mismo modo, a Ella pertenecen todas tus intenciones; por tanto, que Ella las transforme, añada otras o las quite, como quiera (de hecho, Ella no ofende la justicia).
~San Maximiliano Kolbe
Reflexión:
San Maximiliano María Kolbe, nacido como Raimundo, era oriundo de Zduńska Wola, en la actual Polonia. En el momento de su nacimiento, su ciudad natal estaba bajo control del Imperio ruso desde 1795. A pesar de su pobreza material, su familia era espiritualmente rica, en gran parte gracias a su madre, María, que inculcó en sus hijos una profunda devoción a la Madre de Dios. Rezaban diariamente el Ángelus, las Letanías de Loreto y el Rosario. Raimundo tenía dos hermanos sobrevivientes: un mayor, Francisco, y un menor, José. Otros dos hermanos, Walenty y Antoni, murieron a temprana edad.
De niño, Raimundo era conocido tanto por su piedad como por sus travesuras. Siempre que cometía alguna falta, se ofrecía inmediatamente a recibir castigo corporal, algo común en aquella época. Después de una de esas travesuras, su madre exclamó: “¡Qué será de ti!”. Esta pregunta marcó profundamente al joven Raimundo, que luego oró a la Santísima Virgen sobre su futuro. Tenía solo doce años. Su madre notó un cambio notable en su comportamiento tras ese episodio. Raimundo creó un altar para la Virgen en su habitación y pasaba largos ratos en oración, a menudo hasta las lágrimas. Cuando le preguntaron por su cambio, contó que, después de la reprimenda de su madre, había buscado orientación de la Virgen María, quien se le apareció en la iglesia ofreciéndole dos coronas: una blanca, símbolo de pureza, y otra roja, símbolo de martirio. Al preguntarle cuál elegía, respondió: “¡Las dos!”. Este encuentro profundizó aún más su devoción a la Virgen y a San José.
Debido a las limitaciones económicas de la familia, Raimundo recibió la mayor parte de su educación inicial de su madre y del párroco. Reconociendo su inteligencia, un farmacéutico local se ofreció a darle clases. A los trece años, Raimundo y su hermano Francisco asistieron a un retiro organizado por los franciscanos conventuales. Fueron invitados a unirse al recién establecido seminario en Leópolis (Lwów), hoy Ucrania, entonces parte del Imperio austrohúngaro. Para ello, tuvieron que cruzar la frontera sin pasaporte, con ayuda de su padre. En 1907, Raimundo y Francisco ingresaron al seminario menor.
En 1910, Raimundo y Francisco consideraron dejar a los franciscanos para unirse al ejército. Antes de decidirse, su madre llegó para informarles que su hermano menor también ingresaba a los franciscanos, y así decidieron quedarse. Además, les contó que su padre se trasladaba a Cracovia para vivir con los franciscanos y que ella misma se instalaría en Leópolis con las Hermanas Felicianas para estar cerca de sus hijos. Raimundo recibió el nombre de Maximiliano al entrar en el noviciado e hizo su primera profesión en 1911. Emitió los votos perpetuos en 1914, añadiendo el nombre de María, y pasó a llamarse hermano Maximiliano María Kolbe. Fue enviado a Roma para completar sus estudios, obteniendo doctorados en filosofía y teología.
Durante la Primera Guerra Mundial, en 1914, su padre se unió a las Legiones Polacas que luchaban por la independencia. Fue arrestado y ejecutado por los rusos. Su madre se trasladó a Cracovia, ingresó en las Hermanas Felicianas y tomó el nombre de sor María Felicita. Su hermano Francisco dejó el seminario para servir en el ejército, se casó y tuvo un hijo. Murió en un campo de concentración en 1943.
En 1917, rezando en la capilla del seminario, el hermano Maximiliano sintió la inspiración de fundar la Militia Immaculatae (Milicia de la Inmaculada), como respuesta a las manifestaciones anticatólicas presenciadas durante la guerra. Su objetivo era la conversión de pecadores, herejes y cismáticos —en especial masones— y la santificación de todos bajo la guía de la Virgen María. Tras su ordenación sacerdotal, el padre Kolbe fue destinado a Cracovia, donde enseñó historia de la Iglesia y expandió la Milicia de la Inmaculada.
En 1922 comenzó a publicar una revista mensual titulada El Caballero de la Inmaculada. En 1927 fundó un nuevo convento franciscano cerca de Varsovia, llamado Niepokalanów, “Ciudad de la Inmaculada Madre de Dios”. En 1930 estableció una casa religiosa cerca de Nagasaki, Japón, donde los frailes publicaban la revista en japonés, alcanzando 50.000 ejemplares mensuales. Regresó a Niepokalanów en 1936. Para 1939, el convento se había convertido en una de las casas religiosas más grandes del mundo y centro de la Milicia de la Inmaculada, imprimiendo publicaciones que llegaban a más de un millón de hogares al mes. Su hermano menor, ahora padre Alfonso, le ayudaba en la misión.
En 1939, al estallar la Segunda Guerra Mundial con la invasión alemana a Polonia, el padre Kolbe y sus frailes ayudaron cuanto pudieron a los perseguidos. Inicialmente fueron expulsados del convento, pero luego se les permitió regresar. Desde allí continuaron su labor, publicando materiales que inspiraban esperanza. Aunque eran prudentes con lo que escribían, las autoridades alemanas los catalogaron como enemigos. Además, los frailes dieron refugio a miles de polacos, incluidos 2.000 judíos, salvándolos de la deportación.
El 17 de febrero de 1941, la Gestapo llegó a Niepokalanów. El padre Kolbe los recibió cordialmente, pero al final de la visita fue arrestado junto con cuatro frailes y enviado a la prisión de Pawiak. Allí, en condiciones duras, siguió infundiendo fe y esperanza a los demás prisioneros, escuchando confesiones y rezando con ellos.
El 28 de mayo fue trasladado a Auschwitz como prisionero #16670, donde continuó su ministerio a pesar del trato inhumano. Un médico del campo testificaría después: “En mis cuatro años en Auschwitz, nunca vi un ejemplo tan sublime del amor de Dios al prójimo”.
En julio, tras la fuga de un prisionero, las autoridades seleccionaron a diez hombres para morir de hambre como castigo ejemplar. Uno de ellos, Franciszek Gajowniczek, clamó: “¡Mi pobre esposa, mis pobres hijos!”. Conmovido, el padre Kolbe pidió ocupar su lugar, explicando que él no tenía esposa ni hijos. Su petición fue aceptada. Sobrevivió dos semanas sin comida ni agua, hasta que, por la necesidad de liberar el búnker, recibió una inyección letal. Ofreció su brazo sin miedo, muriendo en paz. Su acto de caridad heroica se difundió por todo Auschwitz, fortaleciendo la fe de muchos.
San Maximiliano María Kolbe recibió así las dos coronas que la Virgen le había mostrado: la de la pureza y la del martirio. Su labor evangelizadora, especialmente a través de la Milicia de la Inmaculada, tuvo un profundo impacto en su tiempo. Su amor —dar la vida por un desconocido— vivirá hasta el fin de los tiempos. Reflexionemos sobre la profundidad de amor necesaria para un acto así y pidamos que este mismo amor impregne nuestra vida, imitando a este santo de Dios.
Oración:
San Maximiliano María Kolbe, viviste una vida santa, anunciando el Evangelio con los medios modernos de tu tiempo. Coronaste tu servicio a Dios entregando tu vida por un desconocido. Ruega por mí, para que yo tenga la misma profundidad de amor que tú tuviste, y para que Dios tome el don de mi vida y lo use para su gloria.
San Maximiliano María Kolbe, ruega por mí.
Jesús, en Ti confío.


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