Luz de la fe:
Dedicación de la
Basílica de Santa María la Mayor
La basílica de Santa María la Mayor es la
primera iglesia de Occidente dedicada a la Santísima Virgen María. Fue erigida
en Roma en honor de la Madre de Jesús, poco después de que el Concilio de
Éfeso, celebrado en el año 431, reconociera solemnemente a María con el título
de Madre de Dios
—Theotokos—, afirmando así la verdadera divinidad y humanidad
de Jesucristo.
Según una antigua tradición, la Virgen indicó
milagrosamente el lugar donde debía construirse el templo mediante una nevada
ocurrida en pleno verano, durante la noche del 4 al 5 de agosto. Por esta
razón, la basílica también fue conocida como Nuestra Señora de las Nieves.
La
celebración de su dedicación nos invita a contemplar a María como Madre de Dios
y Madre de la Iglesia. Ella nos conduce siempre hacia su Hijo y nos enseña a
acoger la Palabra, a conservarla en el corazón y a vivir con fidelidad nuestra
vocación cristiana.
Aunque sea una migaja
(Jr 31,1-7 / Sal Jr
31,10.11-12ab.13 (R. cf. 10d) /
Mt 15,21-28)
Una escena
desconcertante: una mujer cananea sigue a Jesús con sus gritos, suplicando por
su hija; los discípulos quieren despedirla. Jesús parece mantenerla a
distancia, recordándole su condición de pagana y empleando incluso la imagen de
los “perritos”.
Sin embargo, la mujer no se ofende ni se rinde.
Con humildad y una fe admirable, responde que también los perritos comen las
migajas que caen de la mesa de sus dueños. Ella no exige privilegios: confía en
que una sola migaja de la misericordia de Dios basta para transformar la vida.
Jesús
reconoce entonces la grandeza de su fe y concede la curación de su hija. El
Evangelio nos enseña que la fe perseverante abre caminos, derriba barreras y
alcanza el corazón de Dios. A veces, una sola migaja de su gracia es suficiente
para devolvernos la esperanza.
G.Q
Primera lectura
Jer
31, 1-7
Con
amor eterno te amé
Lectura del libro de Jeremías.
EN aquel tiempo —oráculo del Señor—, seré el Dios de todas las tribus de
Israel, y ellas serán mi pueblo.
Esto dice el Señor:
«Encontró mi favor en el desierto
el pueblo que escapó de la espada;
Israel camina a su descanso.
El Señor se le apareció de lejos:
Con amor eterno te amé,
por eso prolongué mi misericordia para contigo.
Te construiré, serás reconstruida,
doncella capital de Israel;
volverás a llevar tus adornos,
bailarás entre grupos de fiesta.
Volverás a plantar viñas
allá por los montes de Samaría;
las plantarán y vendimiarán.
“Es de día” gritarán los centinelas
arriba, en la montaña de Efraín:
“En marcha, vayamos a Sion,
donde está el Señor nuestro Dios”».
Porque esto dice el Señor:
«Griten de alegría por Jacob,
regocíjense por la flor de los pueblos;
proclamen, alaben y digan:
¡El Señor ha salvado a su pueblo,
ha salvado al resto de Israel!».
Palabra de Dios.
Salmo
Jer
31, 10. 11-12ab. 13 (R.: cf. 10d)
R. El Señor nos guardará
como un pastor a su rebaño.
V. Escuchen,
pueblos, la palabra del Señor,
anúncienla en las islas remotas:
«El que dispersó a Israel lo reunirá,
lo guardará como un pastor a su rebaño». R.
V. «Porque el
Señor redimió a Jacob,
lo rescató de una mano más fuerte».
Vendrán con aclamaciones a la altura de Sion,
afluirán hacia los bienes del Señor. R.
V. Entonces se
alegrará la doncella en la danza,
gozarán los jóvenes y los viejos;
convertiré su tristeza en gozo,
los alegraré y aliviaré sus penas. R.
Aclamación
R. Aleluya, aleluya,
aleluya.
V. Un gran Profeta
ha surgido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo. R.
Evangelio
Mt
15, 21-28
Mujer,
qué grande es tu fe
Lectura del santo Evangelio según san Mateo.
EN aquel tiempo, Jesús se retiró a la región de Tiro y Sidón.
Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a
gritarle:
«Ten compasión de mí, Señor Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo».
Él no le respondió nada. Entonces los discípulos se le acercaron a decirle:
«Atiéndela, que viene detrás gritando».
Él les contestó:
«Solo he sido enviado a las ovejas descarriadas de Israel».
Ella se acercó y se postró ante él diciendo:
«Señor, ayúdame».
Él le contestó:
«No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos».
Pero ella repuso:
«Tienes razón, Señor; pero también los perritos se comen las migajas que caen
de la mesa de los amos».
Jesús le respondió:
«Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas».
En aquel momento quedó curada su hija.
Palabra del Señor.
1
Una migaja de misericordia basta
Queridos hermanos:
La Palabra de Dios de este día está llena de
consuelo para quienes atraviesan la enfermedad, el dolor o alguna situación que
parece no tener salida.
En la primera lectura, el Señor habla por medio del
profeta Jeremías a un pueblo herido, disperso y humillado. Israel había
experimentado la derrota y el destierro; humanamente parecía que todo estaba
perdido. Sin embargo, Dios le dice: «Con amor eterno te amé». Y le
promete: «Volveré a reconstruirte y serás reconstruida».
¡Qué palabra tan hermosa para nuestros enfermos!
Dios no abandona a quien está débil. Cuando el cuerpo pierde sus fuerzas,
cuando un diagnóstico nos llena de temor, cuando la enfermedad se prolonga y
parece arrebatarnos la alegría, el Señor continúa diciendo: “Yo no me he
olvidado de ti. Mi amor por ti es eterno. Voy caminando contigo”.
Quizás la curación no llegue de la manera o en el
momento que esperamos. Pero Dios siempre quiere reconstruirnos: unas veces
restaura el cuerpo; otras, fortalece el alma; otras, concede serenidad para
afrontar la prueba; y muchas veces nos sostiene mediante la oración, el cariño
y el cuidado de quienes permanecen a nuestro lado.
El cántico de Jeremías prolonga esta promesa: «El
Señor nos guardará como un pastor a su rebaño». El enfermo no es una oveja
olvidada. Está particularmente cerca del corazón del Buen Pastor. El Señor
recoge nuestras lágrimas, escucha nuestros gemidos y permanece junto a la cama
de quien sufre, incluso cuando no sentimos su presencia.
En el Evangelio aparece una madre cananea que lleva
en el corazón el sufrimiento de su hija. Su oración nace del dolor: «Señor,
Hijo de David, ten compasión de mí; mi hija está terriblemente atormentada».
Esta mujer representa a tantas madres, padres,
esposos, hijos y amigos que oran por una persona enferma. Cuando sufre alguien
que amamos, también nosotros sufrimos. La mujer no pide para ella, sino para su
hija; pero dice: “Ten compasión de mí”, porque el dolor de la hija se ha
convertido también en el dolor de la madre.
Al comienzo, Jesús guarda silencio. Y ese silencio
desconcierta. También nosotros podemos sentir que Dios calla cuando llevamos
mucho tiempo orando y la situación no cambia. Podemos preguntarnos: “¿Por qué
el Señor no responde? ¿Por qué permite esta enfermedad? ¿Por qué no actúa como
le pedimos?”.
Pero la mujer cananea no se marcha. No convierte el
silencio de Jesús en motivo para abandonar la fe. Se acerca, se postra y
pronuncia una oración breve, humilde y profunda: «Señor, ayúdame».
Tal vez esta sea la oración que hoy puede brotar de
nuestro corazón: “Señor, ayúdame. Ayuda a quien está enfermo. Ayuda a esta
familia. Danos fuerza para continuar. No permitas que perdamos la esperanza”.
Jesús utiliza entonces la imagen del pan de los
hijos y de los pequeños perros. La mujer responde con una humildad
extraordinaria: «También los perritos comen las migajas que caen de la mesa
de sus dueños».
Ella parece decirle: “Señor, no te pido grandes
explicaciones; me basta una migaja de tu misericordia. Una palabra tuya, una
mirada tuya, un pequeño signo de tu amor puede cambiarlo todo”.
Y Jesús, admirado por su perseverancia, le
responde: «Mujer, grande es tu fe; que se cumpla lo que deseas». En
aquel mismo momento, su hija quedó curada.
La grandeza de esta mujer no está en haber
entendido todo, sino en haber seguido creyendo. Su fe no depende de una
respuesta inmediata. Ella persevera, se humilla, suplica y confía. Nos enseña
que la verdadera oración no consiste en exigirle a Dios, sino en permanecer
junto a Él, aun cuando no comprendamos sus caminos.
Hoy celebramos también la Dedicación de la Basílica
de Santa María la Mayor, uno de los templos más antiguos de Occidente dedicado
a la Madre de Dios. Esta memoria nos invita a mirar a la Virgen María. Ella
también conoció el dolor de una madre que ve sufrir a su Hijo. Permaneció al
pie de la cruz cuando no podía evitar el sufrimiento de Jesús, pero podía
acompañarlo, amarlo y confiar en el Padre.
Pidamos a María que acompañe a nuestros enfermos.
Que se siente espiritualmente junto a sus camas, que sostenga a quienes sienten
miedo, que fortalezca a sus familiares y que inspire a los médicos, enfermeros
y cuidadores.
Tal vez nosotros esperamos un milagro grande, pero
el Señor comienza regalándonos pequeñas migajas de gracia: una noche tranquila,
una palabra de aliento, una medicina que hace efecto, una persona que nos
visita, la fortaleza para soportar un día más, la paz interior para aceptar la
voluntad de Dios.
No despreciemos esas migajas. Una sola migaja del
amor de Dios puede alimentar nuestra esperanza. Una sola palabra de Cristo
puede sostenernos. Una sola mirada de María puede consolarnos.
Hoy acerquémonos al Señor con la misma oración de
la mujer cananea:
“Señor, ayúdanos. Mira a nuestros enfermos.
Fortalece su cuerpo y consuela su alma. Si es tu voluntad, concédeles la salud;
y, en toda circunstancia, no permitas que les falten tu presencia, tu gracia y
nuestra cercanía”.
Que María, Madre de Dios y Salud de los enfermos,
interceda por nosotros. Amén.
2
El don de consejo: saber escuchar y dejarse guiar
Queridos
hermanos:
El
Evangelio nos presenta hoy un encuentro que, a primera vista, resulta
sorprendente y hasta desconcertante:
«Jesús se retiró a la región de Tiro y Sidón.
Entonces una mujer cananea de aquella región se puso a gritar: “¡Señor, Hijo de
David, ten compasión de mí! Mi hija está terriblemente atormentada por un
demonio”. Pero Jesús no le respondió palabra. Sus discípulos se acercaron y le
pidieron: “Atiéndela y despídela, porque viene gritando detrás de nosotros”».
A
primera vista, esta interacción puede parecernos extraña. Sin embargo, Jesús
está realizando un acto de amor hacia aquella mujer cananea y, al mismo tiempo,
está ofreciendo una enseñanza importante a sus discípulos.
Este
acto de amor y de instrucción se realiza mediante la pedagogía divina, es
decir, mediante la manera como Dios, Maestro sabio y amoroso, hace surgir
verdades más profundas a través de una enseñanza paciente y, en ocasiones, de
la prueba.
Jesús
conduce a esta mujer a través de una triple prueba, y cada una de ellas va
revelando una profundidad cada vez mayor de su fe.
La primera
prueba: el silencio de Jesús
La
primera prueba llega por medio del silencio. La mujer grita desde lo más
profundo de su corazón:
«¡Señor, Hijo de David, ten compasión de mí! Mi hija está
terriblemente atormentada por un demonio».
Los
discípulos seguramente observaban atentamente para ver cómo respondería Jesús.
Cuando Él no responde, interpretan equivocadamente su silencio como
indiferencia, molestia o rechazo. Por eso le dicen:
«Despídela, porque viene gritando detrás de nosotros».
Los
discípulos quieren librarse de aquella mujer; Jesús, en cambio, quiere
conducirla hacia una fe más profunda.
La
mujer no se marcha. No interpreta el silencio como una negativa definitiva.
Soporta la aparente ausencia de respuesta y espera pacientemente que el Señor
le hable.
Aquí
aparece el primer fruto de su fe: la
perseverancia frente a un aparente rechazo.
También
nosotros conocemos el silencio de Dios. Oramos por una enfermedad, por una
dificultad familiar, por un hijo, por una crisis económica o espiritual, y
parece que el Señor no responde.
A
veces decimos: “Señor, llevo tanto tiempo pidiéndote esto y nada cambia. ¿Por
qué guardas silencio? ¿Por qué no intervienes? ¿Por qué no me das una señal?”.
El
silencio de Dios no significa necesariamente ausencia, indiferencia o abandono.
Muchas veces, en el silencio, el Señor está purificando nuestra oración,
fortaleciendo nuestra confianza y enseñándonos a permanecer junto a Él no
solamente cuando recibimos lo que pedimos, sino también cuando no comprendemos
sus caminos.
La
primera lectura del profeta Jeremías ilumina esta experiencia. El pueblo de
Israel se encuentra herido, disperso y humillado. Podría pensar que Dios lo ha
olvidado. Pero el Señor le dice:
«Con
amor eterno te amé; por eso prolongué mi misericordia contigo».
Aunque
el pueblo no siempre perciba la acción de Dios, su amor continúa siendo eterno.
Aunque atravesemos el desierto, aunque no veamos todavía la respuesta, Dios
sigue amándonos y trabajando silenciosamente en nuestra historia.
La segunda
prueba: una aparente exclusión
La
segunda prueba llega cuando Jesús dice:
«No he sido enviado sino a las ovejas perdidas de la casa
de Israel».
La
mujer era cananea, procedente de la región pagana de Tiro y Sidón. Según todas
las apariencias, estaba fuera del pueblo de la alianza de Israel.
Sin
embargo, ella no permite que estas palabras la desanimen. Por el contrario, se
acerca aún más, se postra ante Jesús y suplica:
«¡Señor, ayúdame!».
Su
oración se hace cada vez más breve, pero también más profunda. Ya no utiliza muchos
argumentos. No explica largamente su situación. Simplemente se postra y dice:
“Señor, ayúdame”.
Esta
puede ser también nuestra oración cuando no sabemos qué decir:
“Señor,
ayúdame”.
“Señor, ayuda a mi familia”.
“Señor, mira a este enfermo”.
“Señor, no permitas que pierda la fe”.
“Señor, dame fuerzas para continuar”.
La
mujer persevera y su fe se profundiza mediante una humildad y una confianza
cada vez mayores.
Ella
no se presenta como alguien que tiene derechos sobre Dios. No exige, no
reclama, no impone condiciones. Se acerca como una pobre que sabe que necesita
misericordia.
Y
eso mismo es lo que proclama el cántico responsorial de Jeremías:
«El Señor nos guardará como un pastor a su rebaño».
El
Señor no abandona a sus hijos. Es el Pastor que reúne a los dispersos, rescata
a quienes estaban perdidos, transforma el duelo en alegría y consuela al que
sufre.
El
profeta anuncia:
«Vendrán con cantos de alegría a la altura de Sión;
acudirán hacia los bienes del Señor».
Dios
no quiere que su pueblo permanezca para siempre en la dispersión, la tristeza o
la desesperanza. Su proyecto es reunir, reconstruir, sanar y consolar.
La tercera
prueba: una palabra difícil
Finalmente,
Jesús presenta el desafío más difícil:
«No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los
perritos».
Estas
palabras pueden parecernos duras. Pero son una invitación para que la mujer
revele lo que hay verdaderamente en su corazón.
Ella
podría haberse ofendido. Podría haberse alejado diciendo: “No necesito seguir
soportando esto”. Podría haber respondido con rabia o resentimiento.
Sin
embargo, acepta la imagen y la convierte en una hermosa profesión de fe y
humildad:
«Sí, Señor; pero también los perritos comen las migajas que
caen de la mesa de sus dueños».
Es
como si dijera: “Señor, no necesito ocupar el primer puesto. No pretendo
arrebatar el pan a nadie. Sé que hasta la más pequeña migaja de tu misericordia
es suficiente para salvar, sanar y transformar”.
Con
estas palabras, la mujer manifiesta una confianza maravillosa en la
misericordia de Dios. Reconoce que incluso la gracia más pequeña que procede
del Señor es suficiente.
Esto
es precisamente lo que Jesús quería hacer surgir de su corazón: una fe humilde,
audaz, perseverante y llena de confianza.
Entonces
Jesús honra públicamente la profundidad de su fe y proclama, para que los
discípulos puedan escucharlo:
«Mujer, ¡qué grande es tu fe! Que se cumpla lo que deseas».
Y
desde aquel momento su hija quedó curada.
Jesús
no pretendía humillar a aquella mujer. Quería manifestar la grandeza de su fe,
conceder la sanación de su hija y enseñar a los discípulos que la misericordia
de Dios no puede encerrarse dentro de fronteras humanas.
Los
discípulos querían despedirla; Jesús termina poniéndola como ejemplo.
Ellos
pensaban que sus gritos eran una molestia; Jesús descubre en esos gritos una fe
extraordinaria.
Ellos
veían a una extranjera; Jesús veía a una hija que confiaba plenamente en la
misericordia de Dios.
El don de
consejo
En
este encuentro sagrado, Jesús revela en acción el don de consejo.
Este
don del Espíritu Santo, poseído y manifestado perfectamente por Jesús, permite
a la mujer responder sabiamente ante los caminos misteriosos de Dios,
especialmente cuando esos caminos están ocultos o son difíciles de comprender.
La
mujer cananea, movida por la gracia divina y guiada por la pedagogía sabia y
amorosa de Jesús, atraviesa las pruebas con perseverancia, humildad y confianza
inquebrantable, hasta recibir la plenitud de la misericordia de Dios.
Jesús
sabía exactamente lo que estaba haciendo. Conocía la profundidad de su corazón
y, mediante su sabiduría divina, hizo salir aquella fe a la luz para bien de la
mujer, para la sanación de su hija y para la formación de sus discípulos.
El
don de consejo no consiste simplemente en tener buenas ideas o dar opiniones
acertadas. Es la capacidad de dejarnos conducir por el Espíritu Santo para
descubrir cómo actuar según la voluntad de Dios, especialmente en las
circunstancias difíciles.
Necesitamos
este don cuando no sabemos qué decisión tomar.
Lo
necesitan los padres para orientar a sus hijos.
Lo
necesitan los esposos para acompañarse en medio de las dificultades.
Lo
necesitan los médicos y cuidadores para tratar a los enfermos con sabiduría y
humanidad.
Lo
necesitamos los sacerdotes, catequistas y agentes pastorales para no responder
de manera precipitada, fría o meramente humana a quienes buscan consuelo y
orientación.
A
veces podemos parecernos a los discípulos, que dijeron: “Despídela”.
Puede molestarnos la insistencia de los demás, su dolor, sus preguntas o sus
necesidades. Podemos querer quitarnos de encima a quien nos incomoda.
El
don de consejo, en cambio, nos enseña a detenernos, escuchar, discernir y
preguntarnos: “¿Qué quiere hacer Dios en la vida de esta persona? ¿Cómo puedo
ayudarla a acercarse más al corazón de Cristo?”.
María, Madre
del Buen Consejo
Celebramos
también la memoria de la Dedicación
de la Basílica de Santa María la Mayor, la primera gran iglesia
de Occidente dedicada a la Santísima Virgen María.
Esta
basílica nos recuerda la proclamación de María como Madre de Dios, título
reconocido solemnemente por el Concilio de Éfeso. María es verdaderamente Madre
de Dios porque aquel a quien concibió y dio a luz es Jesucristo, verdadero Dios
y verdadero hombre.
En
María contemplamos también a la mujer que supo dejarse aconsejar y conducir por
Dios.
En
la Anunciación, aunque no comprendía plenamente cómo se realizarían las
palabras del ángel, respondió:
«Hágase en mí según tu palabra».
En
Caná, ofreció a los servidores el consejo más importante de toda vida
cristiana:
«Hagan lo que Él les diga».
María
no ocupa el lugar de Cristo; nos conduce hacia Él. No guarda para sí nuestras
súplicas; las presenta ante su Hijo. Como Madre, comprende especialmente el
sufrimiento de quienes oran por sus hijos, como lo hizo aquella mujer cananea.
Por
eso, en este día, confiemos a María a nuestros enfermos y a sus familias. Que
ella, Salud de los enfermos y Madre del Buen Consejo, los acompañe, los
sostenga y les enseñe a confiar aun en medio del silencio, de la prueba y de la
espera.
Una fe que no
se rinde
Preguntémonos
hoy:
¿Qué
hacemos cuando Dios guarda silencio?
¿Abandonamos
la oración o permanecemos junto a Él?
¿Qué
hacemos cuando su voluntad no coincide inmediatamente con nuestros deseos?
¿Nos
ofendemos, nos alejamos, o seguimos diciendo humildemente: “Señor, ayúdame”?
La
mujer cananea nos enseña que una fe grande no es aquella que nunca encuentra
dificultades, sino aquella que persevera en medio de ellas.
Es
la fe que sabe esperar.
Es
la fe que se arrodilla.
Es
la fe que no exige, pero confía.
Es
la fe que se contenta con una migaja porque sabe que una sola migaja de la
misericordia de Dios contiene poder suficiente para transformar una vida.
Reflexionemos
hoy sobre este encuentro sagrado y pidamos al Espíritu Santo que profundice en
nosotros el don de consejo, para que sepamos reconocer la mano de Dios en los
momentos de silencio, prueba o demora, y respondamos con fe, humildad y
perseverancia.
Pidamos
este don no solamente para nosotros, sino también para que Dios pueda
utilizarnos como instrumentos de su orientación amorosa, conduciendo a otros
hacia Él de maneras que solo su sabiduría divina puede realizar.
Oración final
Señor del
consejo perfecto,
Tú nos enseñas de muchas maneras
y siempre nos conduces más cerca de ti.
Abre mi
corazón a tu pedagogía divina
y enséñame a perseverar
en cada prueba que permitas,
para que mi fe y mi confianza en ti
crezcan cada día más.
Concédeme
el don de consejo,
para que pueda responder sabiamente
a las inspiraciones de tu Espíritu
y ayudar a otros a acercarse
a tu Corazón amoroso.
Mira con
misericordia a nuestros enfermos.
Sostén a quienes atraviesan el dolor,
fortalece a sus familias,
ilumina a los médicos y cuidadores
y, si es conforme a tu voluntad,
concédeles la gracia de la salud.
Que la
Santísima Virgen María,
Madre de Dios, Madre del Buen Consejo
y Salud de los enfermos,
interceda por nosotros.
Utilízame,
Señor, como instrumento tuyo
para conducir las almas hacia la verdad
por los caminos que solo tú
puedes disponer.
Jesús, confío en ti. Amén.
*********
5 de agosto:
Dedicación de la Basílica de Santa María la Mayor — Memoria libre
(Nuestra Señora de las Nieves)
c. 352
Reflexión:
El siglo IV fue un tiempo significativo en la historia de la Iglesia, y el siglo V lo fue en la historia de la devoción mariana. En el año 313, el emperador romano Constantino el Grande promulgó el Edicto de Milán, legalizando el cristianismo y poniendo fin a las persecuciones estatales contra los cristianos. Durante los cuarenta años siguientes, muchas personas en todo el Imperio romano, incluyendo a muchos en la misma Roma, se convirtieron. La Iglesia Católica también se fue estructurando más, y el Obispo de Roma comenzó a ser entendido cada vez más como el líder de la Iglesia universal.
Mientras la Iglesia en Roma seguía encontrando su camino, cuenta la leyenda que la Madre de Dios decidió hacer su parte para ayudar. En el año 352, un rico aristócrata romano llamado Juan y su esposa, que no tenían hijos y eran cristianos fieles, quisieron utilizar su dinero para ayudar a expandir la Iglesia. Después de orar pidiendo dirección, Juan tuvo un sueño en la noche del 4 de agosto de 352, en el que la Santísima Virgen se le apareció y le dijo que quería que se construyera una iglesia en Roma, en la colina del Esquilino. Añadió que, a pesar de estar en pleno verano, al día siguiente caería nieve en el lugar indicado.
Cuando Juan despertó el 5 de agosto, fue a ver al papa Liberio para contarle su sueño-visión. Para su sorpresa, el papa había tenido un sueño similar la noche anterior, así que decidieron ir juntos a comprobar si había caído nieve en la colina del Esquilino. Efectivamente, al llegar encontraron nieve fresca que dibujaba la forma de los cimientos de una iglesia. El papa usó aquella nieve para trazar la planta y ordenó que se construyera el templo. Juan y su esposa utilizaron su dinero para financiar el proyecto, y la iglesia se llamó Basílica Liberiana, en honor al papa Liberio.
En el siglo siguiente surgió una controversia sobre el título apropiado para la madre de Jesús. ¿Debía llamársela “Madre de Cristo” o “Madre de Dios”? En otras palabras, ¿era solo madre del Cristo humano o madre de Dios? Nestorio, arzobispo de Constantinopla entre 428 y 431, sostenía que María era solo madre del lado humano de Cristo, sugiriendo que en Cristo había dos personas: una divina y una humana. Por su parte, san Cirilo, arzobispo de Alejandría, afirmaba que Cristo es una sola Persona y que su humanidad y divinidad están unidas en una sola persona. La consecuencia natural de su argumento era que, si María es madre de la Persona, y la Persona es Dios, entonces María es y siempre será Madre de Dios.
Para resolver la controversia, el emperador romano de Oriente, Teodosio II, convocó un concilio en Éfeso en el año 431. Asistieron Nestorio y Cirilo, aunque Nestorio llegó tarde, y la postura de Cirilo prevaleció. Nestorio fue depuesto y exiliado. El papa Celestino I aprobó la decisión del concilio, pero murió poco después. Su sucesor, el papa Sixto III, elegido en 432, hizo mucho por aplicar las enseñanzas del Concilio de Éfeso. Entre sus acciones estuvo reconstruir y ampliar la Basílica Liberiana, dándole un nuevo nombre en honor de la Madre de Dios. El núcleo de la actual Basílica de Santa María la Mayor, en la colina del Esquilino en Roma, fue edificado y dedicado por el papa Sixto antes de su muerte en el año 440.
Hoy, Santa María la Mayor es una de las cuatro basílicas mayores de Roma, junto con la Basílica de San Pedro en la colina vaticana, la Basílica de San Juan de Letrán (catedral oficial de la diócesis de Roma) y la Basílica de San Pablo Extramuros. Cada basílica tiene una importancia e historia únicas. Santa María la Mayor conserva en su interior un arco triunfal y magníficos mosaicos de la nave que datan del siglo V. Los mosaicos representan varias escenas bíblicas, incluyendo episodios del Antiguo Testamento y de la infancia de Cristo, y son de los más antiguos e importantes mosaicos cristianos de Roma.
En la basílica, bajo el altar mayor, se encuentra la reliquia más sagrada: la madera del pesebre en el que fue colocado el Niño Jesús. Otra reliquia importante es la imagen de la Salus Populi Romani, un icono de la Santísima Virgen. Según la tradición, este antiguo icono fue el primero en ser pintado de María y fue obra de san Lucas, el evangelista. Durante siglos, como recuerdo de la leyenda de la milagrosa nevada estival, cada 5 de agosto se han dejado caer pétalos blancos de rosa desde la cúpula de la basílica sobre los fieles.
Aunque las reliquias, la historia y las leyendas asociadas a esta antigua iglesia son inspiradoras, quizás la mayor inspiración que nos deja es que ha sido un lugar de culto divino durante más de 1.600 años. Desde entonces, casi todos los papas han celebrado allí la Misa, millones de personas han orado en su interior, numerosos santos han peregrinado a este templo santo, y la Santísima Virgen, sin duda, ha recibido y respondido muchas oraciones dentro de sus muros.
Al celebrar la Dedicación de la Basílica de Santa María la Mayor, reflexionemos sobre nuestra propia devoción a la Madre de Dios. Recordemos especialmente a los innumerables santos que han orado dentro de esas paredes y busquemos imitar su fe y su amor a la Madre de Dios.
Oración:
Nuestra Señora de las Nieves, Tú enviaste una suave nieve blanca desde el Cielo sobre el lugar donde querías que se erigiera una iglesia en tu honor. Tú eres la Madre de Dios, la Theotokos, y te honro y amo como tal. Por favor, ruega por mí, para que yo también pueda convertirme en portador de Dios, llevando la presencia de tu divino Hijo a quienes más lo necesitan en mi vida. Nuestra Señora de las Nieves, ruega por mí. Jesús, en Ti confío.


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