Testigo de la fe:
Santa Clara de Asís
1193-1253
«¡Bendito seas, Señor, ¡por haberme creado!». Estas fueron, según la
tradición, las últimas palabras de Santa Clara de Asís, llamada
afectuosamente «la pequeña planta de san Francisco».
Nacida en Asís, quedó profundamente cautivada por
el ideal evangélico de san Francisco y decidió consagrarse totalmente a
Cristo en pobreza, sencillez y fraternidad. Fue fundadora de la rama femenina
de la familia franciscana, conocida inicialmente como la Orden de las Damas
Pobres y posteriormente como las Clarisas.
Vivió durante largos años en el monasterio de San
Damián, donde destacó por su profunda vida de oración, su amor a la Eucaristía,
su humildad y su fidelidad radical al Evangelio. Murió el 11 de agosto de
1253.
Su última acción de gracias resume toda su
espiritualidad: la vida es un don recibido de Dios y, por eso, puede convertirse
enteramente en alabanza.
Gritar en nombre de Dios
Mt 18,1-5. 10.12-14) En un tiempo cargado de amenazas, marcado por la
voracidad de los imperios y por la ceguera de su propio pueblo, Ezequiel es
portador de gritos y lamentos. Sin embargo, experimenta que la Palabra que
Dios le confía no es solamente una denuncia amarga: es también una llamada a la
conversión y a la esperanza.
El profeta debe hacer suya la Palabra antes de
proclamarla. Dios le pide que la reciba, que la “coma”, que permita que
penetre en lo más profundo de su existencia. Y, paradójicamente, aquello que
contiene lamentaciones y amenazas resulta en su boca dulce como la miel.
Así ocurre también con la Palabra de Dios en
nuestra vida: a veces corrige, incomoda o desenmascara nuestras falsas
seguridades; pero, cuando la acogemos con fe, descubrimos que incluso su
exigencia nace del amor. Dios no grita para destruirnos, sino para
despertarnos, convertirnos y devolvernos a la vida.
P.E.I
Primera lectura
Lectura de la profecía de Ezequiel 2, 8 – 3, 4
Esto dice el Señor:
«Ahora, hijo de hombre, escucha lo que te digo: ¡No seas rebelde, como este pueblo rebelde! Abre la boca y come lo que te doy».
Vi entonces una mano extendida hacia mí, con un documento enrollado. Lo desenrolló ante mí: estaba escrito en el anverso y en el reverso; tenía escritas elegías, lamentos y ayes.
Entonces me dijo:
«Hijo de hombre, come lo que tienes ahí; cómete este volumen y vete a hablar a la casa de Israel».
Abrí la boca y me dio a comer el volumen, diciéndome:
«Hijo de hombre, alimenta tu vientre y sacia tus entrañas con este volumen que te doy».
Lo comí y me supo en la boca dulce como la miel.
Me dijo:
«Hijo de hombre, anda, vete a la casa de Israel y diles mis palabras».
Salmo
Sal 118, 14. 24. 72. 103. 111. 131
R/. ¡Qué dulce al paladar tu promesa, Señor!
Mi alegría es el camino de tus preceptos,
más que todas las riquezas. R/.
Tus preceptos son mi delicia,
tus enseñanzas son mis consejeros. R/.
Más estimo yo los preceptos de tu boca
que miles de monedas de oro y plata. R/.
¡Qué dulce al paladar tu promesa:
más que miel en la boca! R/.
Tus preceptos son mi herencia perpetua,
la alegría de mi corazón. R/.
Abro la boca y respiro,
ansiando tus mandamientos R/.
Lectura del santo evangelio según san Mateo 18, 1-5. 10. 12-14
En aquel momento, se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron:
«¿Quién es el mayor en el reino de los cielos?». Él llamó a un niño, lo puso en medio y dijo:
«En verdad os digo que, si no os convertís yos hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Por tanto, el que se haga pequeño como este niño, ese es el más grande en el reino de los cielos. El que acoge a un niño como este en mi nombre me acoge a mí.
Cuidado con despreciar a uno de estos pequeños, porque os digo que sus ángeles están viendo siempre en los cielos el rostro de mi Padre celestial.
¿Qué os parece? Suponed que un hombre tiene cien ovejas: si una se le pierde, ¿no deja las noventa y nueve en los montes y va en busca de la perdida? Y si la encuentra, en verdad os digo que se alegra más por ella que por las noventa y nueve que no se habían extraviado.
Igualmente, no es voluntad de vuestro Padre que está en el cielo que se pierda ni uno de estos pequeños».
*********
Hermanos:
Hay
palabras que simplemente escuchamos y olvidamos. Pero hay otras que llegan tan
profundamente que terminan cambiando nuestra manera de vivir. La Palabra de
Dios pertenece a estas últimas.
En
la primera lectura encontramos una imagen sorprendente. Dios entrega al profeta
Ezequiel un rollo escrito con lamentaciones y gemidos y le ordena: «Come este rollo». El
profeta debe alimentarse de aquello que después tendrá que anunciar.
Es
como si Dios le dijera: No
hables de mi Palabra desde afuera. Primero deja que entre dentro de ti.
Y
cuando Ezequiel lo come, descubre algo inesperado: «Fue en mi boca dulce como la miel».
La
Palabra puede corregirnos, incomodarnos, mostrarnos aquello que no queremos
ver. Puede cuestionar nuestras seguridades y nuestros egoísmos. Pero cuando
verdaderamente la acogemos, descubrimos que incluso sus exigencias tienen sabor
a miel, porque proceden de un Dios que nos ama y quiere salvarnos.
Por
eso el salmo responde hoy:
«¡Qué dulce al paladar tu promesa, Señor!»
El
salmista llega a decir:
«Más estimo yo la ley de tu boca que miles de monedas de
oro y plata».
Es
una pregunta muy concreta para nosotros: ¿qué
valor tiene realmente la Palabra de Dios en nuestra vida?
Tenemos
tiempo para muchas palabras: mensajes, redes sociales, noticias, opiniones,
conversaciones… Pero quizá necesitamos preguntarnos si también damos tiempo
para escuchar esa Palabra capaz de orientar el corazón.
El
Evangelio nos muestra qué sucede cuando esa Palabra comienza verdaderamente a
transformarnos.
Los
discípulos preguntan a Jesús:
«¿Quién es el más importante en el Reino de los cielos?»
Y
Jesús hace algo desconcertante: llama a un niño, lo pone en medio de ellos y
les dice:
«Si no cambian y se hacen como los niños, no entrarán en el
Reino de los cielos».
Los
discípulos están pensando en grandeza. Jesús les habla de pequeñez.
Ellos
preguntan quién ocupa el primer puesto. Jesús pone delante de ellos a quien
socialmente ocupaba uno de los últimos.
El
Reino de Dios funciona con una lógica diferente: grande no es quien domina, sino quien
sabe hacerse pequeño; grande no es quien busca reconocimiento, sino quien sabe
confiar; grande no es quien se coloca por encima de los demás, sino quien
aprende a recibirlos.
Por
eso añade Jesús:
«El que recibe a un niño como este en mi nombre, me recibe
a mí».
Y
todavía va más lejos. Habla del pastor que tiene cien ovejas y pierde una. Deja
las noventa y nueve y sale a buscarla.
Aquí
aparece uno de los rasgos más hermosos del corazón de Dios: para Él nadie es un número.
Nosotros
quizá pensamos: «Son noventa y nueve, no está mal». Dios, en cambio, pregunta:
¿Dónde está la que falta?
Porque
para Dios una sola persona
vale la búsqueda.
Tal
vez nosotros mismos hemos sido alguna vez esa oveja que se alejó, se cansó, se
confundió o perdió el camino. Y el Señor no renunció a nosotros.
Jesús
concluye:
«El Padre de ustedes que está en el cielo no quiere que se
pierda ni uno solo de estos pequeños».
Hoy
celebramos también a Santa
Clara de Asís. Ella comprendió profundamente esta lógica del
Evangelio.
Una
joven perteneciente a una familia acomodada descubre, siguiendo el ejemplo de
san Francisco, que la verdadera grandeza no estaba en poseer, sobresalir o
recibir honores, sino en hacerse
pequeña para que Cristo fuera grande en ella.
Clara
prácticamente «comió» el Evangelio como Ezequiel: lo hizo carne en su propia
existencia.
Escuchó
la Palabra sobre la pobreza, la fraternidad, la humildad y la confianza en
Dios, y no se limitó a admirarla: la
vivió.
Por
eso resultan tan hermosas las palabras que la tradición conserva al final de su
vida:
«¡Bendito seas, Señor, por haberme creado!»
Después
de una vida de pobreza y entrega, Clara no termina quejándose de lo que le
faltó, sino agradeciendo el regalo fundamental: haber recibido la vida de Dios.
Y
hoy queremos llevar ante el Señor de manera especial a nuestros seres queridos, nuestros amigos
y nuestros benefactores.
Personas
que Dios ha colocado en nuestro camino y que, muchas veces silenciosamente, han
sido expresión de su providencia: quienes nos han acompañado, quienes han
rezado por nosotros, quienes nos han ayudado material o espiritualmente,
quienes han permanecido cerca en momentos difíciles.
Pidamos
por ellos.
Y
quizá podemos hacerlo con una imagen tomada del Evangelio de hoy: ponerlos
espiritualmente en las manos del Buen Pastor y decirle:
«Señor, no permitas que ninguno de ellos se pierda.
Cuídalos, bendícelos, fortalécelos y llévalos siempre cerca de tu corazón».
Que
Santa Clara nos enseñe hoy tres cosas muy sencillas:
acoger la Palabra hasta que se vuelva dulce en nuestra
vida, hacernos pequeños para que Dios pueda ser grande en nosotros, y aprender
a cuidar a cada persona sabiendo que para el Padre nadie es insignificante.
Porque
para Dios no existen personas descartables.
Y
quizá la mejor oración que podemos llevarnos hoy sea precisamente la de Santa
Clara:
«Señor, bendito seas por haberme creado, por
las personas que has puesto en mi camino y porque, aun cuando me pierdo, nunca
dejas de buscarme».
Amén.
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11 de agosto:
Santa Clara, Virgen — Memoria
c. 1193–1253
Patrona de las Clarisas, bordadoras, orfebres, lavanderas, costureras, teléfonos y televisión
Invocada contra las enfermedades de los ojos y para pedir buen clima
Canonizada por el papa Alejandro IV en 1255
Cita:
Al contemplar más profundamente sus inefables delicias, riquezas eternas y honores, y suspirar por ellos con el gran deseo y amor de tu corazón, puedas clamar: “¡Atráeme tras de Ti! ¡Corramos en el perfume de tus aromas, oh Esposo celestial! Correré y no me cansaré, hasta que me introduzcas en la bodega del vino, hasta que tu mano izquierda esté bajo mi cabeza y tu mano derecha me abrace con alegría y me beses con el más feliz beso de tu boca.”
(De una carta escrita por Santa Clara)
Reflexión:
Clara Offreduccio, nacida en el seno de una familia noble de alto rango en la pintoresca ciudad italiana de Asís, fue la mayor de tres hijas. Criada entre un suntuoso palacio en Asís y un castillo en la ladera cercana del Monte Subasio, las niñas fueron educadas en la fe por sus devotos padres católicos, especialmente por su madre. Desde muy pequeñas, llevaban una vida de oración.
Cuando Clara tenía doce años, sus padres, siguiendo las costumbres de la época, intentaron concertar su matrimonio con un noble adinerado. Sin embargo, Clara expresó su deseo de esperar hasta cumplir dieciocho años, a lo que sus padres accedieron.
En la adolescencia, Clara comenzó a admirar a un joven de veinticuatro años llamado Francisco, quien había experimentado recientemente una profunda conversión. En su juventud, Francisco había sido el alma de las fiestas en Asís, con el sueño de convertirse en un gran caballero, sueño que persiguió en dos ocasiones. Su vida cambió cuando fue capturado en la guerra y encarcelado durante un año. Tras ser rescatado por su padre, volvió a Asís como un hombre transformado. Aquella dura experiencia encendió en él una conversión espiritual que no solo marcaría su vida, sino también la de Clara, la de la ciudad de Asís y la de toda la Iglesia durante siglos.
Después de renunciar a la herencia de su familia y obtener la aprobación papal, Francisco y un pequeño grupo de seguidores adoptaron un estilo de vida radical, caracterizado por la pobreza, la oración, la penitencia y la predicación itinerante.
Hacia 1211 o 1212, cuando Clara se acercaba a sus dieciocho años, asistió a una misión cuaresmal en la iglesia de San Giorgio en Asís, predicada por el hermano Francisco. Aquella predicación caló hondo en su corazón, y Clara sintió que Dios la llamaba a unirse a Francisco y a sus hermanos formando una rama femenina de su nueva orden. Sabiendo que su familia no aprobaría su decisión, habló en secreto con el hermano Francisco. Con la aprobación del obispo local, Francisco aceptó recibirla la noche del Domingo de Ramos en la pequeña capilla de la Porciúncula, donde vivía su fraternidad.
Aquella noche, Clara llegó a la capilla vestida como una novia dispuesta a desposarse con su Esposo celestial. La acompañaban su tía y una amiga. Clara entregó su ropa noble a cambio de un tosco hábito, permitió que Francisco le cortara su larga cabellera y cubrió su cabeza con un velo. Luego, Francisco dispuso que se alojara en un convento benedictino cercano.
Cuando su familia supo lo sucedido, intentaron persuadirla de volver a casa, ofreciéndole riquezas y todos los privilegios de la nobleza. Clara se negó. Al tratar de llevarla por la fuerza, ella se aferró al altar y les mostró su cabello cortado, símbolo de su consagración a Dios. Comprendiendo que ya no tenían autoridad sobre ella, sus familiares cedieron. Este fue no solo un momento decisivo en la vida de Clara, sino también el nacimiento de la orden religiosa de las Clarisas.
Por su seguridad y tranquilidad, Clara fue trasladada a otro monasterio a los pocos días, y luego a otro más. Para su sorpresa, semanas después su hermana Catalina se le unió. La familia trató nuevamente de intervenir, pero —según cuenta una tradición—, por las oraciones de Clara, el cuerpo de Catalina se volvió tan pesado que los hombres no pudieron levantarla. Finalmente, la familia desistió. Catalina fue aceptada en la nueva orden y recibió el nombre religioso de Inés.
Con el tiempo, incluso su otra hermana y su madre se unieron a Clara e Inés en la pequeña casa que Francisco había construido junto a la iglesia de San Damián. Siguiendo la regla de vida que les dio Francisco, se las conoció como “Las Damas Pobres de San Damián”. Solo después de la muerte de Clara se las comenzó a llamar “Clarisas”.
Las Damas Pobres de San Damián vivían en extrema pobreza, trabajaban con sus manos y guardaban casi completo silencio, siguiendo estrictamente la regla de Francisco durante los primeros años. A diferencia de los frailes, ellas permanecían en clausura, sin salir a predicar. En aquella época, esta austeridad era novedosa para mujeres consagradas, ya que la mayoría de los conventos eran ricos y poseían grandes extensiones de tierra trabajadas por otros. Como la rama masculina, esta nueva forma de vida fue revolucionaria, especialmente por su estricta regla de pobreza.
Aunque no deseaba asumir autoridad, Clara fue elegida abadesa. Era humilde y reservada, y le resultaba difícil dar órdenes; solía encargarse de los trabajos más humildes y menos deseados.
La protección divina cuidó de la comunidad. Cuando invasores musulmanes rodearon el convento y se preparaban para atacar Asís, Clara tomó la custodia con el Santísimo Sacramento y salió a enfrentarlos. Impactados, los invasores se retiraron y nunca regresaron.
Madre Clara pasó gran parte de su vida resistiendo las presiones de obispos, cardenales e incluso papas que querían que su orden se asemejara más a las monjas benedictinas. Firme, optó por depender de la providencia divina, confiando plenamente en su Esposo celestial. Estas luchas se intensificaron tras la muerte de San Francisco en 1226. Después de años de insistencia, Clara redactó una regla para sus hermanas y obtuvo su aprobación del papa Inocencio IV pocos días antes de morir, en 1253, a los cincuenta y nueve años. Fue la primera vez en la historia que una mujer escribía una regla para la vida religiosa y lograba su aprobación oficial.
A pesar de su vida oculta, su santidad era tan reconocida que el papa acudió personalmente a Asís para celebrar su funeral. Fue canonizada solo dos años después.
Al honrar hoy a Santa Clara y a sus hermanas, se nos invita a contemplar su total confianza en Dios. Abandonar su vida noble para abrazar la pobreza radical requirió gran fe, pero permaneció fiel a su llamado. Por medio de ella, Dios ha dado frutos abundantes que solo se conocerán plenamente en el cielo. Meditemos en su pobreza, su vida escondida de silencio y oración continua, y su fidelidad a la llamada divina. Que su radicalidad nos inspire a salir de nuestra zona de confort y abrazar una vida más confiada y de servicio desinteresado a la voluntad de Dios.
Oración:
Santa Clara, aunque procedías de una familia rica y noble, Dios te llamó a la pobreza, donde encontraste tu verdadera nobleza. Escuchaste su llamado a vivir radicalmente para Él, respondiste y nunca volviste atrás. Ruega por mí, para que yo también responda al llamado de Dios en mi vida con radical fidelidad. Que nada se interponga en mi adhesión plena a su voluntad.
Santa Clara de Asís, ruega por mí.
Jesús, en Ti confío.


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