domingo, 9 de agosto de 2026

10 de agosto del 2026: Fiesta de San Lorenzo Mártir

 

Testigo de la fe:

San Lorenzo, diácono y mártir


siglo III

San Lorenzo fue diácono del papa san Sixto II y uno de los mártires más venerados de la Iglesia de Roma. Murió mártir en el año 258, durante la persecución del emperador Valeriano.

Según la antigua tradición, cuando las autoridades imperiales le exigieron que entregara los bienes y tesoros de la Iglesia, Lorenzo se negó a entregar las limosnas destinadas al sostenimiento de los pobres. Más aún, presentó a los pobres, enfermos y necesitados diciendo, en sustancia: «Estos son los verdaderos tesoros de la Iglesia».

Por su fidelidad a Cristo, su servicio como diácono y su amor a los más necesitados, sufrió el martirio. Su memoria nos recuerda que la verdadera riqueza de la Iglesia no está en los bienes materiales, sino en Cristo presente especialmente en los pobres y en quienes sufren.

P.E.I

 

 

Dar nos enriquece

Las lecturas de este día expresan una convicción bíblica fundamental: dar nos enriquece. San Pablo exhorta a los corintios a vivir una generosidad que no empobrece, sino que nos hace participar de la alegría misma de Dios. Quien da con libertad, amor y confianza descubre que el corazón se ensancha y que la vida adquiere una fecundidad nueva.

La lógica del Evangelio es distinta a la del mundo: no poseemos más cuando acumulamos, sino cuando aprendemos a compartir. El grano que permanece encerrado queda solo; en cambio, cuando cae en tierra y muere, produce mucho fruto. Así también nuestra vida: cuando se entrega por amor, se vuelve fecunda.

San Lorenzo comprendió profundamente esta verdad. Sirviendo a los pobres y entregando finalmente su propia vida por Cristo, mostró que la mayor riqueza de la Iglesia está en el amor que se da sin reservas.

G.Q

 


Primera lectura

2 Cor 9, 6-10

Dios ama al que da con alegría

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Corintios.

HERMANOS:
El que siembra tacañamente, tacañamente cosechará; el que siembra abundantemente, abundantemente cosechará.
Cada uno dé como le dicte su corazón: no a disgusto ni a la fuerza, pues Dios ama “al que da con alegría”.
Y Dios tiene poder para colmarlos de toda clase de dones, de modo que, teniendo lo suficiente siempre y en todo, les sobre para toda clase de obras buenas.
Como está escrito:
«Repartió abundantemente a los pobres,
su justicia permanece eternamente».
El que proporciona “semilla al que siembra y pan para comer” proporcionará y multiplicará la semilla de ustedes y aumentará los frutos de su justicia.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 111, 1b-2. 5-6. 7-8. 9 (R.: 5a)

R. Dichoso el que se apiada y presta.

V. Dichoso quien teme al Señor
y ama de corazón sus mandatos.
Su linaje será poderoso en la tierra,
la descendencia del justo será bendita. 
R.

V. Dichoso el que se apiada y presta,
y administra rectamente sus asuntos,
porque jamás vacilará.
El recuerdo del justo será perpetuo. 
R.

V. No temerá las malas noticias,
su corazón está firme en el Señor.
Su corazón está seguro, sin temor,
hasta que vea derrotados a sus enemigos. 
R.

V. Reparte limosna a los pobres;
caridad dura por siempre
y alzará la frente con dignidad. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. El que me sigue no camina en tinieblas —dice el Señor—,
sino que tendrá la luz de la vida.
 R.

 

Evangelio

Jn 12, 24-26

A quien me sirva, el Padre lo honrará

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«En verdad, en verdad les digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto.
El que se ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna. El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo honrará».

Palabra del Señor.

 

I

 

Dar nos enriquece

 

Hermanos:

La Palabra de Dios de hoy nos presenta una verdad que parece contradictoria para la mentalidad del mundo: cuando damos, no quedamos más pobres; cuando damos por amor, nos enriquecemos delante de Dios.

San Pablo lo expresa con una imagen muy sencilla: «El que siembra escasamente, escasamente cosechará; y el que siembra abundantemente, abundantemente cosechará». Y añade una frase hermosa: «Dios ama al que da con alegría».

La vida cristiana es precisamente eso: una siembra. Cada gesto de amor, cada obra de misericordia, cada ayuda que prestamos, cada palabra buena, cada sacrificio ofrecido silenciosamente es una semilla que quizá nosotros no veremos crecer inmediatamente, pero que Dios hará fructificar.

Y el salmo de hoy confirma esta misma enseñanza: «Dichoso quien se apiada y presta». El hombre justo «reparte limosna a los pobres; su caridad dura por siempre». Es decir, hay cosas que terminan con nuestra muerte, pero el amor que hemos sembrado permanece.

Por eso hoy contemplamos a san Lorenzo, diácono de la Iglesia de Roma y servidor de los pobres. Cuando las autoridades le exigieron entregar los tesoros de la Iglesia, la tradición nos cuenta que Lorenzo presentó a los pobres y necesitados diciendo que ellos eran los verdaderos tesoros de la Iglesia.

¡Qué manera tan profundamente evangélica de mirar la vida!

El verdadero tesoro no está solamente en aquello que poseemos, sino en aquello que somos capaces de compartir. Una persona puede tener mucho y ser profundamente pobre; y otra puede poseer muy poco, pero tener un corazón inmensamente rico porque sabe darse.

Jesús lo lleva todavía más lejos en el Evangelio: «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto».

Esa palabra se cumplió primero en Cristo. Jesús fue el grano que cayó en tierra: entregó su vida, murió y resucitó, y de su entrega nació una cosecha inmensa de salvación.

San Lorenzo siguió el mismo camino. No solamente distribuyó bienes entre los pobres: terminó entregando su propia vida. Su martirio fue la última y más grande de sus ofrendas.

Y aquí podemos unir nuestra intención de hoy: oramos por nuestros fieles difuntos.

Cuando alguien que amamos muere, humanamente sentimos que lo hemos perdido. Pero nuestra fe nos dice que la muerte no tiene la última palabra. La vida entregada no desaparece; la semilla enterrada está llamada a germinar en Dios.

Recordemos hoy a nuestros padres, familiares, amigos, benefactores y miembros de nuestras comunidades que ya han partido. Quizá muchos de ellos sembraron discretamente durante su vida: trabajaron por sus familias, ayudaron a otros, perdonaron, sufrieron, rezaron, compartieron lo poco o mucho que tenían.

Muchas veces solo después de su muerte descubrimos cuánto bien sembraron.

Por ellos ofrecemos hoy especialmente la Eucaristía, confiando en la misericordia del Señor y pidiendo que aquella semilla que sembraron durante su existencia alcance ahora su plenitud en la vida eterna.

Pero san Lorenzo también nos deja una pregunta a quienes todavía peregrinamos:

¿Qué estoy sembrando yo con mi vida?

Porque un día no llevaremos con nosotros lo que acumulamos. Llevaremos ante Dios aquello que amamos, aquello que compartimos y el bien que dejamos sembrado en los demás.

Pidamos hoy al Señor un corazón generoso. Que sepamos dar nuestro tiempo, nuestros talentos, nuestros bienes, nuestra cercanía, nuestro perdón y nuestra oración.

Y por nuestros queridos difuntos pidamos con esperanza:

Dales, Señor, el descanso eterno,
y brille para ellos la luz perpetua.
Que por tu infinita misericordia descansen en paz. Amén.

San Lorenzo, diácono y mártir, ruega por nosotros.

Una idea puede quedar como frase central para proclamar varias veces durante la homilía: «Lo que guardamos termina con nosotros; lo que damos por amor permanece para siempre».

 

II

 

Producir mucho fruto

 

Hermanos:

Jesús nos dice hoy en el Evangelio:

«En verdad, en verdad les digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, produce mucho fruto».

Estas palabras parecen escritas para comprender la vida y el martirio de san Lorenzo, a quien hoy honra la Iglesia.

San Lorenzo ha sido profundamente venerado desde los primeros siglos del cristianismo. Vivió en el siglo III y, según la tradición, tenía alrededor de treinta y tres años cuando entregó su vida, una edad semejante a aquella en la que nuestro Señor dio la suya por nosotros. Lorenzo era uno de los siete diáconos de Roma y probablemente ejercía como archidiácono. Se le había confiado especialmente la distribución de los bienes de la Iglesia entre los pobres y mantenía una estrecha relación con el papa san Sixto II.

Cuando el emperador Valeriano comenzó la persecución contra la Iglesia, en el año 257, ordenó la ejecución de obispos, sacerdotes y diáconos. El 6 de agosto del año 258, el papa Sixto II y varios diáconos fueron martirizados. Según san Ambrosio, Lorenzo se alegraba por la valentía de aquellos mártires, pero al mismo tiempo sufría porque no había podido morir junto a quien consideraba su padre espiritual.

Poco después, Lorenzo fue arrestado y se le ordenó entregar los tesoros de la Iglesia.

Y aquí aparece una de las escenas más hermosas de su vida.

En lugar de entregar aquellos bienes a las autoridades, Lorenzo los distribuyó entre los pobres y, cuando fue llevado ante el prefecto, presentó precisamente a los pobres como los verdaderos tesoros de la Iglesia.

Aquella respuesta provocó la ira de las autoridades y Lorenzo fue condenado a muerte.

La tradición cristiana recuerda incluso su fortaleza y su santo humor en medio del sufrimiento. Se cuenta que, mientras era atormentado sobre una parrilla, llegó a decir a sus verdugos que ya estaba asado de un lado y podían darle la vuelta.

Más allá de los detalles tradicionales de su martirio, lo esencial permanece: Lorenzo entregó completamente su vida por Cristo.

Y así comprendemos mejor el Evangelio:

«Si el grano de trigo cae en tierra y muere, produce mucho fruto».

San Lorenzo, como todos los mártires, hizo quizá más por la Iglesia muriendo que cuanto habría podido hacer viviendo muchos años más.

En cierto sentido, podemos decir que todo mártir muere dos veces.

Primero muere interiormente: muere al egoísmo, al apego, a la búsqueda de sí mismo, al deseo de conservar la propia vida a cualquier precio.

Y después, algunos son llamados también al martirio físico.

Por eso Jesús afirma:

«El que ama su vida la pierde; y el que odia su vida en este mundo la guardará para la vida eterna».

Naturalmente, Jesús no nos invita a despreciar la vida. La vida es don de Dios. Lo que pide es no convertir nuestra vida en un absoluto, no vivir únicamente para nosotros mismos.

«Odiar la propia vida» significa aquí abandonarse totalmente a la voluntad de Dios, liberarse de aquellas búsquedas egoístas que nos impiden amar y servir.

San Lorenzo ya había comenzado a morir antes de su martirio: había muerto al egoísmo sirviendo a los pobres, administrando los bienes de la Iglesia para los necesitados y poniendo su vida al servicio de Cristo.

Por eso estaba preparado cuando llegó el sacrificio definitivo.

La primera lectura, de la segunda carta a los Corintios, nos presenta exactamente la misma lógica:

«El que siembra escasamente, escasamente cosechará; y el que siembra abundantemente, abundantemente cosechará».

San Pablo nos recuerda que Dios ama al que da con alegría.

¡Qué extraordinaria descripción de san Lorenzo!

Él no solamente dio bienes materiales. Dio su tiempo, su ministerio, su servicio, su amor por los pobres y, finalmente, se dio a sí mismo.

El cristiano verdadero comprende que aquello que se entrega por amor no se pierde.

El mundo dice: «Guarda para ti».

El Evangelio dice: «Entrega y producirás fruto».

El mundo dice: «Protege tu vida a cualquier precio».

Cristo dice: «Quien pierde su vida por mí la encontrará».

El mundo mide la riqueza por lo que uno posee.

San Lorenzo nos enseña que la verdadera riqueza de la Iglesia son aquellos a quienes amamos, servimos y levantamos.

Y el salmo de hoy prolonga esta enseñanza:

«Dichoso quien se apiada y presta», y añade: «Reparte limosna a los pobres; su caridad dura por siempre».

Esto significa algo muy hermoso: hay cosas que desaparecen cuando nosotros morimos, pero el bien que hacemos permanece.

Una casa pasa a otros.

El dinero cambia de manos.

Las posesiones terminan quedando atrás.

Pero una obra de amor, una ayuda dada en silencio, una persona levantada cuando estaba caída, una familia sostenida, un pobre socorrido, una palabra de esperanza pronunciada en el momento oportuno… eso permanece ante Dios.

Por eso el salmo puede afirmar:

«Su caridad dura por siempre».

La Iglesia honra a los mártires porque ellos se convierten en verdaderos iconos vivientes del amor sacrificial de Cristo.

Podríamos preguntarnos qué habría ocurrido si Lorenzo hubiera huido para salvar su vida.

Quizá muchos lo habrían comprendido. Tal vez habría continuado ayudando a los pobres durante muchos años. Quizás habría muerto tranquilamente y su nombre habría desaparecido de la historia.

Pero Dios quiso que su entrega se convirtiera en un testimonio que continúa hablando después de tantos siglos.

Como Cristo, el grano de trigo cayó en tierra.

Y produjo mucho fruto.

Por eso la pregunta del Evangelio llega también hasta nosotros:

¿Estoy dispuesto yo también a convertirme en ese grano de trigo?

Tal vez no se nos pedirá derramar la sangre por Cristo.

Pero existe otro martirio que todos debemos vivir: el martirio espiritual de la entrega cotidiana.

Morir a nuestro orgullo.

Morir al resentimiento.

Morir al egoísmo.

Morir a la necesidad de tener siempre la razón.

Morir al apego excesivo a nuestros bienes.

Morir a aquellas comodidades que nos impiden servir.

Morir un poco cada día para que Cristo viva más plenamente en nosotros.

Preguntémonos:

¿Qué apegos, temores o deseos egoístas me están impidiendo dar más fruto para el Reino de Dios?

San Lorenzo nos invita a vivir con valentía, alegría y confianza en la providencia de Dios.

Porque cuando una vida se entrega por amor, jamás resulta estéril.

El grano que se guarda termina secándose.

El grano que se entrega produce fruto.

Pidamos entonces:

Señor Jesús, que llenaste a san Lorenzo de un amor tan ardiente que llegó a considerar la muerte como ganancia, confiando en el fruto abundante que produciría su martirio, concédeme ese mismo valor y esa disponibilidad.

Que cada día aprenda a morir a mí mismo y a vivir solamente para Ti.

Haz que mi vida, como la de san Lorenzo, produzca un fruto abundante y duradero para la llegada de tu Reino.

San Lorenzo, diácono y mártir, ruega por nosotros.

Amén.

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