jueves, 17 de septiembre de 2026

18 de septiembre del 2026: viernes de la vigésima cuarta semana del tiempo ordinario II

 

Testigo de la Fe:

San José de Cupertino

1603-1663.

«Los santos no se fabrican en el paraíso, sino en la tierra», recordaba este sorprendente fraile franciscano del sur de Italia, que experimentó numerosos fenómenos místicos, como éxtasis y levitaciones.

Nacido en una familia muy pobre, José era considerado torpe y de poca capacidad para los estudios. Después de varias dificultades fue acogido por los franciscanos, inicialmente para realizar los trabajos más humildes. Con el tiempo, sus hermanos descubrieron su profunda riqueza espiritual y humana, y llegó a ser ordenado sacerdote.

Sus extraordinarios dones atrajeron a grandes multitudes, pero también despertaron sospechas y le ocasionaron interrogatorios, incomprensiones y largos periodos de aislamiento. José aceptó todo con sencillez, obediencia y profunda humildad, sin quejarse. Su auténtica grandeza no estuvo en sus levitaciones, sino en su pobreza de espíritu, su caridad con los necesitados y su abandono confiado en Dios.

San José de Cupertino es considerado patrono de los estudiantes —especialmente de quienes presentan exámenes— y también de los aviadores. Su vida nos recuerda que la santidad se construye aquí en la tierra, en medio de nuestras limitaciones, mediante la humildad, la perseverancia y la fidelidad cotidiana.

 


Miembros del mismo cuerpo

Al confesar la resurrección de Cristo, pero negar la suya propia, los corintios se separan de él. Ahora bien, Jesucristo, siendo «de condición divina», se hizo hombre para liberar nuestra humanidad de la muerte y asociarla a su propia vida. Como miembros de su Cuerpo, no podemos separar nuestro destino del suyo: si él resucitó, también nosotros estamos llamados a resucitar con él.

Negar la resurrección de los muertos equivaldría, por tanto, a vaciar de contenido la predicación de los Apóstoles y a hacer inútil nuestra fe. Pero Pablo lo afirma con fuerza: Cristo verdaderamente resucitó de entre los muertos; él es el primero de los que durmieron. En él, nuestra esperanza tiene ya asegurado su cumplimiento.

 

 

Primera lectura

1 Cor 15, 12-20
Si Cristo no ha resucitado, su fe no tiene sentido

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios.

HERMANOS:
Si se anuncia que Cristo ha resucitado de entre los muertos, ¿cómo dicen algunos de entre ustedes que no hay resurrección de muertos?
Pues bien: si no hay resurrección de muertos, tampoco Cristo ha resucitado. Pero si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra predicación y vana también la fe de ustedes; más todavía: resultamos unos falsos testigos de Dios, porque hemos dado testimonio contra él, diciendo que ha resucitado a Cristo, a quien no ha resucitado... si es que los muertos no resucitan.
Pues si los muertos no resucitan, tampoco Cristo ha resucitado; y, si Cristo no ha resucitado, la fe de ustedes no tiene sentido, siguen estando en sus pecados; de modo que incluso los que murieron en Cristo han perecido.
Si hemos puesto nuestra esperanza en Cristo solo en esta vida, somos los más desgraciados de toda la humanidad.
Pero Cristo ha resucitado de entre los muertos y es primicia de los que han muerto.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 16, 1bcde. 6-7. 8 y 15 (R.: 15b)

R. Al despertar me saciaré de tu semblante, Señor.

V. Señor, escucha mi apelación,
atiende a mis clamores,
presta oído a mi súplica,
que en mis labios no hay engaño. 
R.

V. Yo te invoco porque tú me respondes, Dios mío;
inclina el oído y escucha mis palabras.
Muestra las maravillas de tu misericordia,
tú que salvas de los adversarios
a quien se refugia a tu derecha. 
R.

V. Guárdame como a las niñas de tus ojos,
a la sombra de tus alas escóndeme.
Yo con mi apelación vengo a tu presencia,
y al despertar me saciaré de tu semblante. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Bendito eres, Padre, Señor del cielo y de la tierra,
porque has revelado los misterios del reino a los pequeños.
 R.

 

Evangelio

Lc 8, 1-3

Las mujeres iban con ellos, y les servían con sus bienes

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

EN aquel tiempo, Jesús iba caminando de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo, proclamando y anunciando la Buena Noticia del reino de Dios, acompañado por los Doce, y por algunas mujeres, que habían sido curadas de espíritus malos y de enfermedades: María la Magdalena, de la que habían salido siete demonios; Juana, mujer de Cusa, un administrador de Herodes; Susana y otras muchas que les servían con sus bienes.

Palabra del Señor.

 

2

 

Discípulos de diversos orígenes

 

Queridos hermanos:

El Evangelio nos presenta hoy una escena profundamente significativa: Jesús recorría ciudades y aldeas predicando y anunciando la Buena Noticia del Reino de Dios. Lo acompañaban los Doce y algunas mujeres que habían sido curadas de espíritus malignos y enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios; Juana, esposa de Cusa, administrador de Herodes; Susana y muchas otras que ayudaban a Jesús y a sus discípulos con sus propios bienes.

María Magdalena, Juana, Susana y “muchas otras” acompañaban fielmente a Jesús y a los Doce. Este diverso grupo de discípulos desafiaba las expectativas convencionales. Aparentemente, no eran la clase de seguidores que alguien habría reunido para iniciar una misión destinada a llegar hasta los confines de la tierra. Sin embargo, la sabiduría de Dios no es como la nuestra. Dios no descubre la grandeza en la posición social, los talentos, las riquezas o las apariencias, sino en la sinceridad, la pureza y las posibilidades escondidas en cada corazón.

Esto se relaciona profundamente con la primera lectura. Algunos cristianos de Corinto confesaban que Cristo había resucitado, pero negaban la resurrección de los muertos. San Pablo les hace comprender que no podemos separar nuestro destino del destino de Cristo. Somos miembros de su Cuerpo: si Cristo no hubiera resucitado, nuestra fe sería inútil; pero Cristo verdaderamente resucitó de entre los muertos y es la primicia de quienes han muerto.

La resurrección nos dice que Dios no desecha ninguna vida ni abandona ninguna historia. Así como puede levantar a Cristo del sepulcro, puede levantar a quien ha caído, sanar al herido, devolver la esperanza a quien la ha perdido y abrir un camino nuevo para quien piensa que todo ha terminado. Nuestro pasado no es una sentencia definitiva cuando permitimos que la misericordia de Dios entre en él.

La presencia de estas mujeres entre los compañeros de camino de Jesús resulta sorprendente dentro del contexto cultural del judaísmo del siglo primero. Jesús no solamente las acogió, sino que les confió una participación significativa en su misión. Al hacerlo, afirmó su dignidad y manifestó que su llamado es universal. En el Reino de Dios nadie debe ser menospreciado por su sexo, su condición social, su procedencia o su historia.

Todavía resulta más sorprendente que algunas de estas mujeres vinieran de situaciones dolorosas o de pasados marcados por la aflicción. María Magdalena es mencionada en primer lugar: “de la que habían salido siete demonios”. El número siete expresa plenitud o totalidad, lo cual sugiere una liberación profunda y completa. El Evangelio no nos permite identificar sin más a María Magdalena con una mujer de vida inmoral; lo que sí afirma es que había estado sometida a una terrible situación de sufrimiento y que Jesús la liberó.

Su sanación revela el inmenso poder de la misericordia divina. Aquella mujer que había estado encadenada por la oscuridad se convirtió en una discípula fiel. Más adelante permanecería junto a la cruz cuando muchos habían huido y sería testigo de la gloria de la resurrección. Su vida demuestra cómo la gratitud por la misericordia recibida puede florecer en un amor inquebrantable y en una fidelidad perseverante.

En María Magdalena pueden reconocerse hoy quienes sufren en el cuerpo o en el alma. Hay enfermedades visibles, pero también existen tormentos interiores que los demás no alcanzan a percibir: depresiones, angustias, adicciones, sentimientos de culpa, traumas, duelos y profundas soledades. Algunas personas sonríen externamente mientras interiormente están librando una dolorosa batalla.

Jesús no se acerca a ellas para juzgarlas ni para reducirlas a su padecimiento. Las mira como personas, se interesa por su historia y les devuelve su dignidad. La Iglesia está llamada a continuar esa misma misión: escuchar sin condenar, acompañar sin humillar y ayudar sin hacer sentir inferior a quien necesita apoyo. Quien sufre no necesita primero un sermón, sino una presencia cercana que le permita descubrir la mirada compasiva de Cristo.

También merece nuestra atención Juana, esposa de Cusa, administrador de Herodes. Su relación con la corte de Herodes —un ambiente marcado por la corrupción, la ambición y los abusos— demuestra que el Evangelio puede penetrar incluso en lugares donde existe un gran desorden moral. No debemos pensar que hay personas o ambientes a los que la gracia de Dios no pueda llegar. El Evangelio puede abrirse paso en una familia dividida, en un ambiente laboral hostil, en una estructura injusta y hasta en un corazón que parecía completamente cerrado.

Susana y las muchas mujeres cuyos nombres no fueron conservados completan esta comunidad. Representan el creciente círculo de discípulas atraídas por el amor y la verdad de Cristo. Aunque sus nombres no aparezcan en los grandes relatos, Dios conocía sus obras, su generosidad y su fidelidad.

Estas mujeres ayudaban a Jesús y a los Doce “con sus propios bienes”. Su generosidad no fue solamente material; también fue espiritual. Su administración responsable de los bienes desempeñó un papel vital en el sostenimiento de la misión de Cristo. Al ofrecer lo que poseían, se convirtieron en instrumentos de la gracia y anticiparon la colaboración permanente dentro de la Iglesia entre laicos y ministros ordenados, hombres y mujeres, ricos y pobres.

Nadie puede hacerlo todo en la Iglesia, pero todos podemos hacer algo. Algunos anuncian la Palabra; otros sostienen silenciosamente la misión. Unos visitan a los enfermos; otros colaboran económicamente. Algunos cantan, enseñan o sirven en el altar; otros preparan un alimento, transportan a una persona enferma, limpian el templo o llaman a quien está solo. Cuando ofrecemos nuestros dones con amor, incluso el gesto más sencillo se convierte en servicio al Reino de Dios.

Esta primera comunidad de seguidores representa a la Iglesia de todos los tiempos. Sus integrantes procedían de ambientes muy diferentes: algunos eran piadosos y otros habían conocido el pecado; algunos poseían bienes y otros eran humildes; había hombres y mujeres, personas reconocidas y gente sencilla. Sin embargo, todos estaban unidos por un mismo propósito: seguir a Jesús y servir al Reino de Dios con todo lo que eran y tenían.

El salmista expresa hoy la actitud interior de estos discípulos: “Escucha, Señor, mi justa petición, atiende a mis clamores”. Es la oración de quien se sabe necesitado y pone su vida en las manos de Dios. Más adelante suplica: “Guárdame como a las niñas de tus ojos; a la sombra de tus alas escóndeme”.

Quien está enfermo, triste o angustiado puede apropiarse de esta oración. Dios nos considera valiosos, nos guarda como aquello que se protege con especial cuidado y nos cobija bajo sus alas. Quizá la curación no llegue inmediatamente o de la manera que esperamos, pero nunca dejamos de estar bajo su mirada.

El salmo termina con una expresión llena de esperanza: “Al despertar me saciaré de tu semblante, Señor”. Esta certeza se une a lo anunciado por san Pablo: Cristo ha resucitado y nosotros resucitaremos con él. Llegará el día en que despertaremos de la noche del sufrimiento y contemplaremos el rostro de Dios. Entonces no habrá enfermedad, angustia, soledad ni muerte.

Reflexionemos hoy sobre esta inesperada compañía que Jesús reunió. Muchas personas luchan contra un sentimiento de indignidad o se consideran incapaces de participar en la vida de la Iglesia. Tal vez alguno piense: “Mi pasado me condena”, “no tengo suficientes talentos”, “no poseo nada importante para ofrecer” o “Dios no puede servirse de alguien como yo”.

Si alguna vez nos hemos sentido así, recordemos el diverso grupo que Cristo llamó. Sus diferentes e imperfectas historias nos revelan una verdad profunda y consoladora: nadie está fuera del alcance del llamado de Dios. Cada uno de nosotros, cualquiera que sea nuestro pasado o nuestra situación presente, está invitado a caminar con Jesús, ofrecer lo que tiene y participar plenamente en su misión redentora.

Aceptemos esta invitación. Unámonos a esta santa compañía y entreguémonos de todo corazón al anuncio del Reino de Dios. Y, como María Magdalena, permitamos que la misericordia recibida se convierta en amor, servicio y fidelidad.

Preguntémonos: ¿qué heridas, capacidades o bienes puedo poner hoy en las manos de Jesús para colaborar con su misión y acompañar a quienes sufren en el cuerpo o en el alma?

Señor misericordioso, tú siempre miras más allá del pecado para contemplar al pecador y ofreces tu infinita misericordia a cuantos se vuelven hacia ti con corazón arrepentido. Continúa llamándome a participar en tu misión divina de construir tu Reino en la tierra, para que yo y todos aquellos a quienes alcances por medio de mí podamos compartir la alegría eterna de tu Reino celestial.

María, salud de los enfermos y consuelo de los afligidos, acompaña a quienes sufren y enséñanos a permanecer fielmente junto a ellos.

Jesús, confío en ti. Amén.

 

 

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