17 de octubre del 2026: sábado de la vigésima octava semana del tiempo ordinario II-Memoria de San Ignacio de Antioquía, obispo y martir

 

Testigo de la fe:

San Ignacio de Antioquía, obispo y mártir

«Perseveren en la concordia y en la oración en común», escribía este anciano obispo de Antioquía a los cristianos de su tiempo. Según la tradición, habría muerto en Roma, entregado a las fieras, hacia el año 107, durante el reinado del emperador Trajano. Su martirio selló una vida consagrada a Jesucristo y al servicio de la Iglesia.

Fue el tercer obispo de Antioquía, después de san Pedro y san Evodio, y pertenece a los Padres Apostólicos, los primeros grandes testigos de la fe vinculados a la generación de los apóstoles. Mientras era conducido prisionero hacia Roma, escribió siete cartas que constituyen un precioso testimonio de la vida de las primeras comunidades cristianas.

En ellas exhortaba a conservar la unidad, permanecer en comunión con el obispo y vivir profundamente unidos a Cristo. Defendió la verdadera humanidad de Jesús y destacó la centralidad de la Eucaristía. En su carta a los cristianos de Esmirna encontramos el primer uso conocido de la expresión «Iglesia católica», es decir, universal.

Su amor al Señor quedó expresado en estas palabras de su carta a los Romanos: «Soy trigo de Dios y debo ser triturado por los dientes de las fieras, para convertirme en pan puro de Cristo». Así comprendía su martirio: como una entrega que lo uniría plenamente a Jesús.

San Ignacio nos invita a cuidar la concordia en nuestras comunidades, perseverar en la oración compartida y hacer de nuestra vida una ofrenda de amor. Su testimonio nos recuerda que la fidelidad a Cristo se expresa también en la comunión fraterna y en el servicio cotidiano.

 

 

Discípulo confiado

¿Por qué será perdonada una palabra contra el Hijo del hombre, mientras que una blasfemia contra el Espíritu Santo no lo será? Porque tomar conciencia de haber rechazado a Cristo permite acoger su perdón y comenzar un camino de conversión.

Una persona puede haber desconocido a Jesús, haberse alejado de él o incluso haberlo negado, y después reconocer su pecado y dejarse reconciliar. El Espíritu Santo trabaja precisamente en nuestro interior para despertar ese arrepentimiento y conducirnos al encuentro con la misericordia.

La blasfemia contra el Espíritu Santo expresa el rechazo deliberado de esa acción salvadora: cerrar el corazón a la verdad que nos invita a convertirnos y al perdón que Dios nos ofrece. La misericordia de Dios no tiene límites; quien se obstina en rechazarla impide que ese perdón transforme su vida. Así lo explica el Catecismo de la Iglesia Católica, en el número 1864. Mientras persiste ese rechazo, la persona permanece cerrada al perdón; cuando se arrepiente, puede recibirlo.

Estas palabras de Jesús nos llaman a vivir con un corazón humilde y disponible. Podemos reconocer nuestras faltas sin desesperar, pedir ayuda y dejarnos corregir. El deseo sincero de volver a Dios es ya una respuesta a su gracia.

El Evangelio añade una promesa que sostiene nuestra confianza: cuando los discípulos deban dar testimonio ante quienes los interrogan, el Espíritu Santo les enseñará lo que deben decir. También nosotros podemos confiar en su ayuda para profesar la fe con valentía, hablar con caridad y permanecer fieles en las dificultades.

Ser un discípulo confiado es dejarse perdonar, enseñar y sostener por Dios.

Espíritu Santo, abre mi corazón a tu luz. Ayúdame a reconocer mis pecados, a recibir el perdón y a dar testimonio de Jesús con humildad y valentía. Amén.

 


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Primera lectura

Ef 1, 15-23

El Padre dio a Cristo como Cabeza, sobre todo, a la Iglesia, que es su cuerpo

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios.

HERMANOS:
Habiendo oído hablar de su fe en Cristo y de su amor a todos los santos, no ceso de dar gracias por ustedes, recordándolos en mis oraciones, a fin de que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, les dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo, e ilumine los ojos de su corazón para que comprendan cuál es la esperanza a la que los llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos, y cuál la extraordinaria grandeza de su poder en favor de nosotros, los creyentes, según la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en el cielo, por encima de todo principado, poder, fuerza y dominación, y por encima de todo nombre conocido, no solo en este mundo, sino en el futuro.
Y «todo lo puso bajo sus pies», y lo dio a la Iglesia, como Cabeza, sobre todo. Ella es su cuerpo, plenitud del que llena todo en todos.

Palabra de Dios.


Salmo

Sal 8, 2-3ab. 4-5. 6-7 (R.: cf. 7a)

R. Diste a tu Hijo el mando sobre las obras de tus manos.

V. ¡Señor, Dios nuestro,
qué admirable es tu nombre en toda la tierra!
Ensalzaste tu majestad sobre los cielos.
De la boca de los niños de pecho
has sacado una alabanza.
R.

V. Cuando contemplo el cielo, obra de tus dedos,
la luna y las estrellas que has creado.
¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él,
el ser humano, para mirar por él?
R.

V. Lo hiciste poco inferior a los ángeles,
lo coronaste de gloria y dignidad;
le diste el mando sobre las obras de tus manos.
Todo lo sometiste bajo sus pies.
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. El Espíritu de la verdad dará testimonio de mí —dice el Señor—;
y ustedes darán testimonio.
R.

 

Evangelio

Lc 12, 8-12

El Espíritu Santo les enseñará en aquel momento lo que tienen que decir

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Todo aquel que se declare por mí ante los hombres, también el Hijo del hombre se declarará por él ante los ángeles de Dios, pero si uno me niega ante los hombres, será negado ante los ángeles de Dios.
Todo el que diga una palabra contra el Hijo del hombre podrá ser perdonado, pero al que blasfeme contra el Espíritu Santo no se le perdonará.
Cuando los conduzcan a las sinagogas, ante los magistrados y las autoridades, no se preocupen de cómo o con qué razones se defenderán o de lo que van a decir, porque el Espíritu Santo les enseñará en aquel momento lo que tienen que decir».

Palabra del Señor.

 

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Un corazón abierto al Espíritu Santo

 

Queridos hermanos:

Hay momentos en los que sabemos lo que debemos hacer, pero nos preguntamos de dónde sacaremos las fuerzas. Sabemos que hace falta pedir perdón, pero nos cuesta vencer el orgullo. Quisiéramos hablar de nuestra fe, pero tememos que se burlen. Deseamos acompañar a alguien que sufre y no encontramos las palabras. A esas situaciones llega hoy la promesa de Jesús: el Espíritu Santo estará con sus discípulos. Podemos confiar en su ayuda.

En la primera lectura, san Pablo comienza dando gracias por la fe y el amor de los cristianos de Éfeso. Después pide para ellos algo muy hermoso: que Dios ilumine los ojos de su corazón. También nosotros necesitamos esa luz. A veces miramos a una persona y solamente vemos lo que nos hizo; miramos nuestra vida y solamente vemos lo que salió mal. Señor, enséñanos a mirar con un corazón iluminado por ti.

Pablo desea que comprendamos la esperanza a la que Dios nos llama y la fuerza que actúa en quienes creen. Esa fuerza se manifestó en la resurrección de Jesús. Por eso podemos confiar aun cuando una dificultad parezca demasiado grande. Cristo resucitado es la cabeza de la Iglesia, y nosotros formamos su cuerpo. Nuestra vida está unida a la suya. Cuando faltan nuestras fuerzas, podemos apoyarnos en él y dejarnos ayudar por nuestros hermanos.

El salmo 8 nos invita a contemplar el cielo, la luna y las estrellas. Quienes hemos mirado el cielo despejado en el campo sabemos cuánto puede impresionarnos su inmensidad. El salmista se pregunta por qué Dios se ocupa de una criatura tan pequeña como el ser humano. Y descubre, admirado, que Dios le ha dado dignidad y le ha confiado el cuidado de sus obras.

Qué bien nos hace recordar esto cuando nos sentimos poco importantes. Dios conoce al anciano que ya necesita ayuda para todo, al campesino cuyo trabajo pasa inadvertido y a la persona que atraviesa una enfermedad. Ninguna vida pierde su valor porque se vuelva frágil. También nosotros estamos llamados a tratar con respeto a quienes necesitan más cuidado. La confianza en Dios crece cuando reconocemos cuánto le importamos.

Con esa confianza podemos escuchar la frase más difícil del Evangelio: la advertencia sobre la blasfemia contra el Espíritu Santo. Alguien podría inquietarse y pensar: ¿habré cometido alguna vez un pecado que Dios ya no quiera perdonarme? Escuchemos con cuidado. Jesús nos advierte sobre la gravedad de cerrarnos al Espíritu que nos mueve a reconocer el pecado y a recibir el perdón.

Podemos haber rechazado a Cristo y después reconocer nuestro error. Pedro lo negó, pero acogió la misericordia y volvió a seguirlo. El Espíritu trabaja en nuestro corazón para que podamos decir: Señor, he pecado; necesito que me perdones. La blasfemia contra el Espíritu expresa el rechazo deliberado de esa acción salvadora, la resistencia obstinada a dejarse convertir.

El Catecismo enseña que la misericordia de Dios no tiene límites, pero una persona puede negarse libremente a recibirla mediante el arrepentimiento. Mientras persista ese rechazo, permanece cerrada al perdón. Ese endurecimiento puede llegar hasta el final de la vida. Sin embargo, quien se arrepiente y vuelve al Señor puede ser perdonado. Una duda, una crisis de fe o una expresión desafortunada no deben confundirse automáticamente con esa obstinación. Pensemos en una ventana cerrada: la luz está disponible, pero hace falta abrir para que ilumine la habitación.

Hermanos, cuidemos el corazón. Cuando sentimos que debemos reparar un daño, pidamos la gracia de dar el paso. Cuando alguien nos ayuda a reconocer una falta, escuchemos. Y si hace tiempo que venimos aplazando una buena confesión, dispongámonos a recibir ese regalo. Podemos acercarnos con nuestras heridas y con el deseo sincero de cambiar. La gracia de Dios nos ayudará a recorrer el camino.

Jesús nos pide también reconocerlo delante de los demás. Nuestra fe tiene consecuencias en la vida diaria. Reconocemos al Señor cuando somos honestos aunque perdamos una ventaja, cuando defendemos a alguien que está siendo humillado o cuando procuramos reconciliarnos. También lo reconocemos al hablar de él con sencillez. Conviene preguntarnos si nuestras palabras y nuestra manera de tratar a los demás permiten descubrir a quién seguimos.

El Evangelio habla de discípulos llevados ante jueces y autoridades. En esa situación de amenaza, Jesús les promete la asistencia del Espíritu Santo. Él los sostendrá para que puedan dar testimonio. Esta promesa nos anima a orar, a formarnos y a cumplir nuestra responsabilidad sin quedar paralizados por el miedo. Antes de una conversación difícil, podemos pedir: Espíritu Santo, ayúdame a decir la verdad con caridad y a escuchar con humildad.

Hoy encontramos un testigo de esa confianza en san Ignacio de Antioquía. Mientras lo conducían prisionero hacia Roma, escribió cartas para animar a las comunidades cristianas. Su propia vida estaba amenazada y seguía preocupado por la unidad de la Iglesia. Les enseñaba a permanecer unidos a Cristo y en comunión con sus pastores. Su fe se hacía cuidado de los demás.

Al hablar de su martirio, utilizó una imagen eucarística: se veía como trigo de Dios que, molido por las fieras, llegaría a ser pan de Cristo. Expresaba así su deseo de permanecer unido al Señor hasta el final. Su testimonio nos invita a ofrecer nuestra propia vida. Hoy esa entrega puede tomar la forma de un servicio que nadie aplaude, de la paciencia con un familiar o de la fidelidad a una responsabilidad que se ha vuelto pesada.

En este sábado volvemos también la mirada a la Virgen María. Ella acogió la acción del Espíritu Santo y puso su vida a disposición de Dios. Preguntó, escuchó y confió. Más adelante, al pie de la cruz, permaneció junto a Jesús en medio del dolor. Podemos acudir a ella cuando nuestra fe se siente débil, para aprender a seguir amando y a esperar en el Señor.

Al celebrar la Eucaristía, pidamos un corazón disponible a la gracia. Cristo se nos entrega y nos incorpora más profundamente a su vida. Dejemos que su amor alcance también esa parte de nosotros que todavía se resiste: una herida que escondemos, una culpa que no hemos confesado, una decisión que necesitamos tomar.

¿Qué paso concreto me está pidiendo hoy el Espíritu Santo para vivir con más confianza y fidelidad?

Santa María, Madre nuestra, enséñanos a escuchar al Espíritu Santo. Acompáñanos cuando nos cueste reconocer nuestras faltas y ayúdanos a recibir el perdón de tu Hijo. Intercede por nuestras familias y por quienes atraviesan una prueba. Que, como san Ignacio de Antioquía, permanezcamos unidos a Jesús y cuidemos la comunión de nuestra Iglesia. Amén.

 

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