Un
signo contradictorio
(1 Samuel 8, 4-7.10-22a ; Marcos 2, 1-12)
Israel quiere parecerse a las naciones con un rey que mande. “No es a
ti a quien rechazan; es a mí a quien rechazan, para que no reine sobre ellos”,
dice el Señor. Los fariseos tampoco quieren que el reinado del perdón llegue a
Cafarnaúm. Pero la autoridad de curación que Jesús manifiesta no es la de un
rey. Es un signo contradictorio. El pueblo que un día lo aclamará de manera
triunfal pedirá su muerte al día siguiente.
Nicolas Tarralle, prêtre assomptionniste
Primera
lectura
Se quejarán a
causa del rey, pero el Señor no les responderá
Lectura del primer libro de Samuel.
EN aquellos días, se reunieron todos los ancianos de Israel y fueron a Ramá,
donde estaba Samuel.
Le dijeron:
«Tú eres ya un anciano y tus hijos no siguen tus caminos. Nómbranos, por tanto,
un rey, para que nos gobierne, como se hace en todas las naciones».
A Samuel le pareció mal que hubieran dicho:
«Danos un rey, para que nos gobierne».
Y oró al Señor.
El Señor dijo a Samuel:
«Escucha la voz del pueblo en todo cuanto te digan. No es a ti a quien
rechazan, sino a mí, para que no reine sobre ellos».
Samuel transmitió todas las palabras del Señor al pueblo, que le había pedido
un rey.
Samuel explicó:
«Este es el derecho del rey que reinará sobre ustedes: se llevará a sus hijos
para destinarlos a su carroza y a su caballería, y correrán delante de la
carroza de él. Los destinará a ser jefes de mil o jefes de cincuenta, a arar su
labrantío y segar su mies, a fabricar sus armas de guerra y los pertrechos de
sus carros. Tomará a las hijas de ustedes para perfumistas, cocineras y
panaderas. Se apoderará de sus mejores campos, viñas y olivares, para dárselos
a los servidores de él. Cobrará el diezmo de sus olivares y viñas, para dárselo
a sus eunucos y servidores de él. Se llevará a los mejores servidores, siervas
y jóvenes de ustedes, así como sus asnos, para emplearlos en los trabajos de
él. Cobrará el diezmo del ganado menor de ustedes, y ustedes se convertirán en
esclavos suyos. Aquel día ustedes se quejarán a causa del rey que se han
escogido. Pero el Señor no les responderá».
El pueblo se negó a hacer caso a Samuel y contestó:
«No importa. Queremos que haya un rey sobre nosotros. Así seremos como todos
los otros pueblos. Nuestro rey nos gobernará, irá al frente y conducirá
nuestras guerras».
Samuel oyó todas las palabras del pueblo y las transmitió a oídos del Señor.
El Señor dijo a Samuel:
«Escucha su voz y nómbrales un rey».
Palabra de Dios
Salmo
R. Cantaré
eternamente tus misericordias, Señor.
V. Dichoso
el pueblo que sabe aclamarte:
caminará, oh, Señor, a la luz de tu rostro;
tu nombre es su gozo cada día,
tu justicia es su orgullo. R.
V. Porque tú
eres su honor y su fuerza,
y con tu favor realzas nuestro poder.
Porque el Señor es nuestro escudo,
y el Santo de Israel nuestro rey. R.
Aclamación
V. Un gran
Profeta ha surgido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo. R.
Evangelio
El Hijo del
hombre tiene autoridad en la tierra para perdonar pecados
Lectura del santo Evangelio según san Marcos.
CUANDO a los pocos días entró Jesús en Cafarnaún, se supo que estaba en casa.
Acudieron tantos que no quedaba sitio ni a la puerta. Y les proponía la palabra.
Y vinieron trayéndole un paralítico llevado entre cuatro y, como no podían
presentárselo por el gentío, levantaron la techumbre encima de donde él estaba,
abrieron un boquete y descolgaron la camilla donde yacía el paralítico. Viendo
Jesús la fe que tenían, le dice al paralítico:
«Hijo, tus pecados te son perdonados».
Unos escribas, que estaban allí sentados, pensaban para sus adentros:
«¿Por qué habla este así? Blasfema. ¿Quién puede perdonar pecados, sino solo
uno, Dios?».
Jesús se dio cuenta enseguida de lo que pensaban y les dijo:
«¿Por qué piensan eso? ¿Qué es más fácil, decir al paralítico: “Tus pecados te
son perdonados”, o decir: “Levántate, coge la camilla y echa a andar”?
Pues, para que vean que el Hijo del hombre tiene autoridad en la tierra para
perdonar pecados —dice al paralítico—:
“Te digo: levántate, coge tu camilla y vete a tu casa”».
Se levantó, cogió inmediatamente la camilla y salió a la vista de todos. Se
quedaron atónitos y daban gloria a Dios, diciendo:
«Nunca hemos visto una cosa igual».
Palabra del Señor.
1
1) Un corazón que busca “un rey”
para no sentir miedo
La primera lectura nos muestra a Israel cansado de
la incertidumbre: “Danos un rey que nos gobierne”. No es solo política; es una
tentación espiritual. Cuando la vida se vuelve frágil, cuando nos sentimos
vulnerables, aparece ese deseo de “algo” que nos garantice control: una figura
fuerte, una solución rápida, una seguridad inmediata.
Y Dios revela el fondo del asunto: “No es a ti a
quien rechazan; es a mí… para que no reine sobre ellos.” (1S 8). En otras
palabras: no quieren un Dios que acompañe y eduque el corazón; quieren un
sistema que mande y resuelva. Samuel les advierte el precio de esa falsa
seguridad: el rey exigirá, tomará, cargará, hará esclavos. El ídolo siempre
promete protección, pero termina cobrando la libertad.
Aquí hay una clave pastoral y también psicológica: cuando
el miedo manda, buscamos “reyes”. Y esos “reyes” pueden ser muchas cosas:
la aprobación de los demás, la apariencia, la rigidez, el perfeccionismo, el
alcohol, el resentimiento, una relación tóxica, el control obsesivo, o incluso
una religiosidad que se usa como escudo para no sentir, no llorar, no pedir
ayuda.
2) “Dichoso el pueblo que sabe aclamar”:
la alegría de dejar reinar a Dios
El salmo canta: “Dichoso el pueblo que sabe
aclamarte… porque tú eres el orgullo de su fuerza.” (Sal 89). Es decir:
feliz no el pueblo que tiene “un rey” al estilo de las naciones, sino el que camina
a la luz del rostro de Dios.
Cuando Dios reina, no aplasta: levanta. No
humilla: restaura. No domina: sirve. Y esa es la gran diferencia
que hoy veremos en el Evangelio.
3) Cafarnaúm: cuando el perdón
llega a una casa, llega a un cuerpo
En Marcos 2, Jesús está en una casa y le llevan a
un paralítico. La escena es conmovedora: unos amigos rompen el techo para bajar
la camilla. Ese gesto es una catequesis completa: cuando alguien sufre en el
cuerpo o en el alma, la fe verdadera no se queda mirando, busca caminos,
se atreve a “abrir techos”, rompe obstáculos, no se rinde.
Y entonces Jesús hace algo desconcertante: antes de
curar el cuerpo, dice:
“Hijo, tus pecados te son perdonados.”
Los escribas se escandalizan: ¿quién puede perdonar pecados sino solo Dios? Y
tienen razón… si Jesús fuera solo un maestro. Pero Jesús revela su identidad: Él
trae el Reino del perdón, y ese Reino incomoda a quienes prefieren un orden
religioso sin misericordia.
Aquí aparece el “signo contradictorio”: Jesús no
ejerce autoridad como los reyes del mundo, ni como los jefes que se
imponen, ni como los moralistas que condenan. Su autoridad es la de sanar y
perdonar. Y por eso contradice expectativas: muchos quieren milagro sin
conversión; alivio sin verdad; religión sin compasión; ley sin corazón.
4) Sanar por dentro: la parálisis
del alma existe
La parálisis del Evangelio no es solo un
diagnóstico físico. También es un espejo del corazón humano.
Hay “parálisis del alma” cuando:
- cargamos
culpas antiguas y no nos perdonamos;
- vivimos
atrapados en una tristeza que ya no deja ver futuro;
- llevamos
heridas de rechazo o de abuso que nos hacen desconfiar de todo;
- la
ansiedad nos roba la paz;
- el
rencor nos inmoviliza y se vuelve identidad.
A veces el cuerpo grita lo que el alma calla. Y no
lo digo como regla médica, sino como experiencia humana: cuando el interior
se rompe, el exterior se resiente. Por eso Jesús no desprecia el cuerpo,
pero va al centro: “Hijo…” (¡qué ternura!) “tus pecados te son
perdonados.” Es decir: vuelve a casa por dentro.
5) Una anécdota sencilla para
entenderlo
Una vez escuché a alguien decir: “Padre, yo no
puedo dormir… no es la cama, es mi conciencia”. Cambió de colchón, probó tés,
música, pastillas; pero la angustia seguía. El día que se atrevió a hablar, a
llorar, a pedir perdón y a perdonarse, dijo: “No sé explicarlo… por primera vez
respiré.”
No siempre la sanación llega igual, ni en el mismo tiempo; pero esa frase
resume el Evangelio: cuando el perdón entra, el aire vuelve.
6) ¿Qué “rey” estás pidiendo hoy?
La Palabra nos pone una pregunta delicada:
- ¿Estoy
pidiéndole a Dios que reine… o estoy pidiéndole un “rey” que me evite
enfrentar mi verdad?
- ¿Quiero
un Dios que me convierta o un Dios que me complazca?
- ¿Busco
el perdón que transforma o la apariencia que tranquiliza?
Israel quería “parecerse a las naciones”. También
hoy existe esa tentación: una fe “a la moda”, sin cruz; un cristianismo sin
misericordia; una espiritualidad sin comunidad. Pero Jesús es signo
contradictorio: su camino no es la propaganda, es la entrega; no es el aplauso,
es la cruz; no es el poder, es el amor.
7) Oración e intercesión: por
quienes sufren en el alma y en el cuerpo
Hoy, como Iglesia, somos los “cuatro amigos” del
paralítico. No siempre podremos curar, pero siempre podemos cargar,
acompañar, acercar a Jesús, y a veces “romper techos” de indiferencia,
prejuicio, soledad o vergüenza.
Oremos especialmente por:
- quienes
viven depresión, ansiedad, ataques de pánico, adicciones;
- quienes
llevan duelo, traumas, heridas familiares;
- quienes
padecen enfermedad crónica, dolor, tratamientos largos;
- quienes
no se sienten dignos de Dios y se han autoexiliado.
Y pidamos también la gracia de aprender el estilo
de Jesús: verdad con ternura, justicia con misericordia, fe que se vuelve
gesto concreto.
8) Conclusión
Hermanos, el Señor no viene a imponerse como un rey
de este mundo. Viene a reinar perdonando y sanando. Y ese reinado
contradice nuestros miedos, nuestras durezas y nuestras falsas seguridades.
Que hoy
podamos escuchar la palabra que levanta:
“Hijo… levántate.”
Y que, tocados por su misericordia, podamos caminar de nuevo: por dentro y por
fuera. Amén.
2.
1) Puerta de entrada: una casa
llena… y un corazón que busca lo esencial
El Evangelio de hoy nos mete en una escena viva:
una casa abarrotada, Jesús enseñando, y un grupo de amigos que, con una audacia
nacida del amor, “rompen el techo” para acercar a un paralítico al Señor. Es
hermoso: cuando el dolor aprieta, la fe se vuelve creativa; cuando alguien
sufre, el amor abre caminos donde la lógica dice “no se puede”.
Pero lo más sorprendente es lo que Jesús hace
primero. Nosotros hubiéramos pensado: “¡sánalo ya!”; sin embargo, Jesús mira
más hondo:
“Hijo, tus pecados te son perdonados.”
Antes de tocar la parálisis del cuerpo, toca la parálisis del alma. Antes del
milagro visible, ofrece el milagro invisible: la misericordia.
2) Primera lectura: el pueblo que
prefiere un “rey” antes que un Dios que perdona
En 1 Samuel, Israel pide un rey “como las
naciones”. Quiere seguridad, control, apariencia de fuerza. Y el Señor le
revela a Samuel el drama interior: “No te rechazan a ti; me rechazan a mí,
para que no reine sobre ellos.” (1S 8).
También nosotros, cuando estamos heridos, asustados
o agotados, podemos pedir “reyes”: soluciones rápidas, garantías humanas, un
poder que mande y resuelva. Pero el reinado de Dios es distinto: no es dominio,
es alianza; no es miedo, es confianza; no es opresión, es libertad.
En el fondo, el Evangelio y la primera lectura se
tocan:
- Israel
pide un rey exterior.
- Jesús
ofrece un reinado interior: el perdón que restaura.
3) Salmo: la verdadera fuerza es
vivir bajo la luz de Dios
El salmo proclama: “Dichoso el pueblo que sabe
aclamarte… tú eres el orgullo de su fuerza.” (Sal 89).
El orgullo del creyente no es su “poder”, ni su “imagen”, ni su “éxito”. La
fuerza del cristiano es saber que camina con Dios y que, aun en la fragilidad,
hay un rostro que ilumina, una mano que sostiene y una misericordia que
levanta.
4) Evangelio: ¿Qué es más fácil?
El perdón como misión primera
Los escribas se escandalizan: “¿Quién puede
perdonar pecados sino solo Dios?” Y Jesús les responde con una pregunta que
atraviesa el tiempo:
“¿Qué es más fácil: decir ‘tus pecados quedan perdonados’ o decir
‘levántate, toma tu camilla y anda’?” (Mc 2).
Aquí está el corazón del mensaje: la curación
física es signo; el perdón es misión.
Jesús no vino principalmente a impresionar con milagros, sino a reconciliar: a
devolvernos al Padre, a sanarnos por dentro, a reconstruir lo que el pecado y
la culpa desbaratan.
El milagro exterior ocurre “para que sepan” que el
Hijo del Hombre tiene autoridad para perdonar. La salud del cuerpo, cuando
llega, es una luz que apunta a algo mayor: Dios puede rehacer la vida desde
la raíz.
5) Parálisis del alma: cuando el
sufrimiento interior inmoviliza
Hoy pedimos especialmente por quienes sufren “en el
alma y en el cuerpo”. Y conviene decirlo con delicadeza: hay dolores del cuerpo
que se ven; y hay dolores del alma que se esconden.
Hay “parálisis interior” cuando:
- la
culpa se vuelve una cadena y la persona se siente indigna de Dios;
- el
resentimiento se convierte en identidad;
- la
ansiedad roba el sueño y la paz;
- la tristeza
se vuelve una habitación sin ventanas;
- una
herida vieja condiciona todas las relaciones;
- una
adicción promete alivio, pero termina esclavizando.
Jesús, antes de decir “levántate”, dice “hijo”. Esa
sola palabra ya es medicina: Dios no nos mira como casos, sino como hijos.
Y a los hijos no se les condena: se les rescata.
6) Los cuatro amigos: la Iglesia
que acompaña y “abre techos”
Los amigos del paralítico son un retrato precioso
de la comunidad cristiana. A veces el mejor acto de amor no es dar consejos,
sino cargar la camilla del otro: acompañarlo, escucharlo, sostenerlo,
buscar ayuda, insistir sin humillar.
Y hay un detalle clave: no pudieron entrar “por la
multitud”. ¡Qué ironía! A veces, incluso lo religioso puede convertirse en
obstáculo: el juicio, el chisme, la dureza, el “qué dirán”. Hoy el Señor nos
pide no ser “multitud que estorba”, sino “amigos que acercan”.
7) Reconciliación: el lugar donde
Jesús cumple hoy su misión en nosotros
Si el perdón es la misión primera de Cristo,
entonces hay un lugar privilegiado donde esa misión se vuelve concreta: el
Sacramento de la Reconciliación.
Muchos buscan milagros, “favores”, señales… pero descuidan el encuentro que
realmente nos recrea. Confesarse no es “humillarse”: es dejarse levantar.
Es permitir que Jesús diga sobre nuestra historia: “no estás definido por tu
caída; te devuelvo tu dignidad”.
Y no olvidemos: el perdón no solo nos reconcilia
con Dios. También empieza a reconciliarnos con nosotros mismos y con los demás.
Hay sanaciones del cuerpo que alivian; pero hay sanaciones del alma que salvan.
8) Aplicación concreta para la
semana
Tres pasos simples, muy pastorales, para vivir esta
Palabra:
1. Ponle nombre a tu camilla.
¿Qué te pesa hoy? ¿culpa, miedo, herida, ansiedad, rencor, cansancio? Nombrarlo
ya abre un techo.
2. Déjate cargar.
Busca un amigo maduro en la fe, un acompañante espiritual, un profesional si
hace falta. No todo se resuelve solo.
3. Vuelve a la misericordia.
Programa la Confesión con sencillez. No esperes “estar perfecto” para ir: se va
precisamente porque uno necesita ser sanado.
9) Oración final (en sintonía con la intención del
día)
Señor
Jesús, Médico del cuerpo y del alma,
Tú que has venido a anunciar el Evangelio del perdón
y a reconciliarnos con el Padre,
mira con compasión a quienes hoy sufren en lo profundo:
a los que no duermen por la ansiedad,
a los que cargan una tristeza que nadie entiende,
a los que sienten vergüenza de su pasado,
a los que viven el peso de una enfermedad,
a los que se sienten paralizados por dentro.
Regálanos
amigos que “abran techos” con su caridad,
una Iglesia que no estorbe, sino que acerque,
y un corazón humilde para escuchar tu voz:
“Hijo… tus pecados te son perdonados.”
Y
entonces, Señor, con tu gracia,
podamos levantarnos, tomar nuestra camilla
y volver a casa: a la paz, a la esperanza y a la vida.
Amén.

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