jueves, 15 de enero de 2026

16 de enero del 2026: viernes de la primera semana del tiempo ordinario-año II

 

Un signo contradictorio


(1 Samuel 8, 4-7.10-22a ; Marcos 2, 1-12) Israel quiere parecerse a las naciones con un rey que mande. “No es a ti a quien rechazan; es a mí a quien rechazan, para que no reine sobre ellos”, dice el Señor. Los fariseos tampoco quieren que el reinado del perdón llegue a Cafarnaúm. Pero la autoridad de curación que Jesús manifiesta no es la de un rey. Es un signo contradictorio. El pueblo que un día lo aclamará de manera triunfal pedirá su muerte al día siguiente.

Nicolas Tarralle, prêtre assomptionniste

 


Primera lectura

1 Sam 8, 4-7. 10-22a
Se quejarán a causa del rey, pero el Señor no les responderá

Lectura del primer libro de Samuel.

EN aquellos días, se reunieron todos los ancianos de Israel y fueron a Ramá, donde estaba Samuel.
Le dijeron:
«Tú eres ya un anciano y tus hijos no siguen tus caminos. Nómbranos, por tanto, un rey, para que nos gobierne, como se hace en todas las naciones».
A Samuel le pareció mal que hubieran dicho:
«Danos un rey, para que nos gobierne».
Y oró al Señor.
El Señor dijo a Samuel:
«Escucha la voz del pueblo en todo cuanto te digan. No es a ti a quien rechazan, sino a mí, para que no reine sobre ellos».
Samuel transmitió todas las palabras del Señor al pueblo, que le había pedido un rey.
Samuel explicó:
«Este es el derecho del rey que reinará sobre ustedes: se llevará a sus hijos para destinarlos a su carroza y a su caballería, y correrán delante de la carroza de él. Los destinará a ser jefes de mil o jefes de cincuenta, a arar su labrantío y segar su mies, a fabricar sus armas de guerra y los pertrechos de sus carros. Tomará a las hijas de ustedes para perfumistas, cocineras y panaderas. Se apoderará de sus mejores campos, viñas y olivares, para dárselos a los servidores de él. Cobrará el diezmo de sus olivares y viñas, para dárselo a sus eunucos y servidores de él. Se llevará a los mejores servidores, siervas y jóvenes de ustedes, así como sus asnos, para emplearlos en los trabajos de él. Cobrará el diezmo del ganado menor de ustedes, y ustedes se convertirán en esclavos suyos. Aquel día ustedes se quejarán a causa del rey que se han escogido. Pero el Señor no les responderá».
El pueblo se negó a hacer caso a Samuel y contestó:
«No importa. Queremos que haya un rey sobre nosotros. Así seremos como todos los otros pueblos. Nuestro rey nos gobernará, irá al frente y conducirá nuestras guerras».
Samuel oyó todas las palabras del pueblo y las transmitió a oídos del Señor.
El Señor dijo a Samuel:
«Escucha su voz y nómbrales un rey».

Palabra de Dios

 

Salmo

Sal 88, 16-17. 18-19 (R. : cf. 2a)

R. Cantaré eternamente tus misericordias, Señor.

V. Dichoso el pueblo que sabe aclamarte:
caminará, oh, Señor, a la luz de tu rostro;
tu nombre es su gozo cada día,
tu justicia es su orgullo. 
R.

V. Porque tú eres su honor y su fuerza,
y con tu favor realzas nuestro poder.
Porque el Señor es nuestro escudo,
y el Santo de Israel nuestro rey.
 R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Un gran Profeta ha surgido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo. R.

 

Evangelio

Mc 2, 1-12

El Hijo del hombre tiene autoridad en la tierra para perdonar pecados

Lectura del santo Evangelio según san Marcos.

CUANDO a los pocos días entró Jesús en Cafarnaún, se supo que estaba en casa.
Acudieron tantos que no quedaba sitio ni a la puerta. Y les proponía la palabra.
Y vinieron trayéndole un paralítico llevado entre cuatro y, como no podían presentárselo por el gentío, levantaron la techumbre encima de donde él estaba, abrieron un boquete y descolgaron la camilla donde yacía el paralítico. Viendo Jesús la fe que tenían, le dice al paralítico:
«Hijo, tus pecados te son perdonados».
Unos escribas, que estaban allí sentados, pensaban para sus adentros:
«¿Por qué habla este así? Blasfema. ¿Quién puede perdonar pecados, sino solo uno, Dios?».
Jesús se dio cuenta enseguida de lo que pensaban y les dijo:
«¿Por qué piensan eso? ¿Qué es más fácil, decir al paralítico: “Tus pecados te son perdonados”, o decir: “Levántate, coge la camilla y echa a andar”?
Pues, para que vean que el Hijo del hombre tiene autoridad en la tierra para perdonar pecados —dice al paralítico—:
“Te digo: levántate, coge tu camilla y vete a tu casa”».
Se levantó, cogió inmediatamente la camilla y salió a la vista de todos. Se quedaron atónitos y daban gloria a Dios, diciendo:
«Nunca hemos visto una cosa igual».

Palabra del Señor.

 

 

1

 

1) Un corazón que busca “un rey” para no sentir miedo

La primera lectura nos muestra a Israel cansado de la incertidumbre: “Danos un rey que nos gobierne”. No es solo política; es una tentación espiritual. Cuando la vida se vuelve frágil, cuando nos sentimos vulnerables, aparece ese deseo de “algo” que nos garantice control: una figura fuerte, una solución rápida, una seguridad inmediata.

Y Dios revela el fondo del asunto: “No es a ti a quien rechazan; es a mí… para que no reine sobre ellos.” (1S 8). En otras palabras: no quieren un Dios que acompañe y eduque el corazón; quieren un sistema que mande y resuelva. Samuel les advierte el precio de esa falsa seguridad: el rey exigirá, tomará, cargará, hará esclavos. El ídolo siempre promete protección, pero termina cobrando la libertad.

Aquí hay una clave pastoral y también psicológica: cuando el miedo manda, buscamos “reyes”. Y esos “reyes” pueden ser muchas cosas: la aprobación de los demás, la apariencia, la rigidez, el perfeccionismo, el alcohol, el resentimiento, una relación tóxica, el control obsesivo, o incluso una religiosidad que se usa como escudo para no sentir, no llorar, no pedir ayuda.

2) “Dichoso el pueblo que sabe aclamar”: la alegría de dejar reinar a Dios

El salmo canta: “Dichoso el pueblo que sabe aclamarte… porque tú eres el orgullo de su fuerza.” (Sal 89). Es decir: feliz no el pueblo que tiene “un rey” al estilo de las naciones, sino el que camina a la luz del rostro de Dios.

Cuando Dios reina, no aplasta: levanta. No humilla: restaura. No domina: sirve. Y esa es la gran diferencia que hoy veremos en el Evangelio.

3) Cafarnaúm: cuando el perdón llega a una casa, llega a un cuerpo

En Marcos 2, Jesús está en una casa y le llevan a un paralítico. La escena es conmovedora: unos amigos rompen el techo para bajar la camilla. Ese gesto es una catequesis completa: cuando alguien sufre en el cuerpo o en el alma, la fe verdadera no se queda mirando, busca caminos, se atreve a “abrir techos”, rompe obstáculos, no se rinde.

Y entonces Jesús hace algo desconcertante: antes de curar el cuerpo, dice:
“Hijo, tus pecados te son perdonados.”
Los escribas se escandalizan: ¿quién puede perdonar pecados sino solo Dios? Y tienen razón… si Jesús fuera solo un maestro. Pero Jesús revela su identidad: Él trae el Reino del perdón, y ese Reino incomoda a quienes prefieren un orden religioso sin misericordia.

Aquí aparece el “signo contradictorio”: Jesús no ejerce autoridad como los reyes del mundo, ni como los jefes que se imponen, ni como los moralistas que condenan. Su autoridad es la de sanar y perdonar. Y por eso contradice expectativas: muchos quieren milagro sin conversión; alivio sin verdad; religión sin compasión; ley sin corazón.

4) Sanar por dentro: la parálisis del alma existe

La parálisis del Evangelio no es solo un diagnóstico físico. También es un espejo del corazón humano.

Hay “parálisis del alma” cuando:

  • cargamos culpas antiguas y no nos perdonamos;
  • vivimos atrapados en una tristeza que ya no deja ver futuro;
  • llevamos heridas de rechazo o de abuso que nos hacen desconfiar de todo;
  • la ansiedad nos roba la paz;
  • el rencor nos inmoviliza y se vuelve identidad.

A veces el cuerpo grita lo que el alma calla. Y no lo digo como regla médica, sino como experiencia humana: cuando el interior se rompe, el exterior se resiente. Por eso Jesús no desprecia el cuerpo, pero va al centro: “Hijo…” (¡qué ternura!) “tus pecados te son perdonados.” Es decir: vuelve a casa por dentro.

5) Una anécdota sencilla para entenderlo

Una vez escuché a alguien decir: “Padre, yo no puedo dormir… no es la cama, es mi conciencia”. Cambió de colchón, probó tés, música, pastillas; pero la angustia seguía. El día que se atrevió a hablar, a llorar, a pedir perdón y a perdonarse, dijo: “No sé explicarlo… por primera vez respiré.”
No siempre la sanación llega igual, ni en el mismo tiempo; pero esa frase resume el Evangelio: cuando el perdón entra, el aire vuelve.

6) ¿Qué “rey” estás pidiendo hoy?

La Palabra nos pone una pregunta delicada:

  • ¿Estoy pidiéndole a Dios que reine… o estoy pidiéndole un “rey” que me evite enfrentar mi verdad?
  • ¿Quiero un Dios que me convierta o un Dios que me complazca?
  • ¿Busco el perdón que transforma o la apariencia que tranquiliza?

Israel quería “parecerse a las naciones”. También hoy existe esa tentación: una fe “a la moda”, sin cruz; un cristianismo sin misericordia; una espiritualidad sin comunidad. Pero Jesús es signo contradictorio: su camino no es la propaganda, es la entrega; no es el aplauso, es la cruz; no es el poder, es el amor.

7) Oración e intercesión: por quienes sufren en el alma y en el cuerpo

Hoy, como Iglesia, somos los “cuatro amigos” del paralítico. No siempre podremos curar, pero siempre podemos cargar, acompañar, acercar a Jesús, y a veces “romper techos” de indiferencia, prejuicio, soledad o vergüenza.

Oremos especialmente por:

  • quienes viven depresión, ansiedad, ataques de pánico, adicciones;
  • quienes llevan duelo, traumas, heridas familiares;
  • quienes padecen enfermedad crónica, dolor, tratamientos largos;
  • quienes no se sienten dignos de Dios y se han autoexiliado.

Y pidamos también la gracia de aprender el estilo de Jesús: verdad con ternura, justicia con misericordia, fe que se vuelve gesto concreto.

8) Conclusión

Hermanos, el Señor no viene a imponerse como un rey de este mundo. Viene a reinar perdonando y sanando. Y ese reinado contradice nuestros miedos, nuestras durezas y nuestras falsas seguridades.

Que hoy podamos escuchar la palabra que levanta:
“Hijo… levántate.”
Y que, tocados por su misericordia, podamos caminar de nuevo: por dentro y por fuera. Amén.

 

2.

 

1) Puerta de entrada: una casa llena… y un corazón que busca lo esencial

El Evangelio de hoy nos mete en una escena viva: una casa abarrotada, Jesús enseñando, y un grupo de amigos que, con una audacia nacida del amor, “rompen el techo” para acercar a un paralítico al Señor. Es hermoso: cuando el dolor aprieta, la fe se vuelve creativa; cuando alguien sufre, el amor abre caminos donde la lógica dice “no se puede”.

Pero lo más sorprendente es lo que Jesús hace primero. Nosotros hubiéramos pensado: “¡sánalo ya!”; sin embargo, Jesús mira más hondo:
“Hijo, tus pecados te son perdonados.”
Antes de tocar la parálisis del cuerpo, toca la parálisis del alma. Antes del milagro visible, ofrece el milagro invisible: la misericordia.


2) Primera lectura: el pueblo que prefiere un “rey” antes que un Dios que perdona

En 1 Samuel, Israel pide un rey “como las naciones”. Quiere seguridad, control, apariencia de fuerza. Y el Señor le revela a Samuel el drama interior: “No te rechazan a ti; me rechazan a mí, para que no reine sobre ellos.” (1S 8).

También nosotros, cuando estamos heridos, asustados o agotados, podemos pedir “reyes”: soluciones rápidas, garantías humanas, un poder que mande y resuelva. Pero el reinado de Dios es distinto: no es dominio, es alianza; no es miedo, es confianza; no es opresión, es libertad.

En el fondo, el Evangelio y la primera lectura se tocan:

  • Israel pide un rey exterior.
  • Jesús ofrece un reinado interior: el perdón que restaura.

3) Salmo: la verdadera fuerza es vivir bajo la luz de Dios

El salmo proclama: “Dichoso el pueblo que sabe aclamarte… tú eres el orgullo de su fuerza.” (Sal 89).
El orgullo del creyente no es su “poder”, ni su “imagen”, ni su “éxito”. La fuerza del cristiano es saber que camina con Dios y que, aun en la fragilidad, hay un rostro que ilumina, una mano que sostiene y una misericordia que levanta.


4) Evangelio: ¿Qué es más fácil? El perdón como misión primera

Los escribas se escandalizan: “¿Quién puede perdonar pecados sino solo Dios?” Y Jesús les responde con una pregunta que atraviesa el tiempo:
“¿Qué es más fácil: decir ‘tus pecados quedan perdonados’ o decir ‘levántate, toma tu camilla y anda’?” (Mc 2).

Aquí está el corazón del mensaje: la curación física es signo; el perdón es misión.
Jesús no vino principalmente a impresionar con milagros, sino a reconciliar: a devolvernos al Padre, a sanarnos por dentro, a reconstruir lo que el pecado y la culpa desbaratan.

El milagro exterior ocurre “para que sepan” que el Hijo del Hombre tiene autoridad para perdonar. La salud del cuerpo, cuando llega, es una luz que apunta a algo mayor: Dios puede rehacer la vida desde la raíz.


5) Parálisis del alma: cuando el sufrimiento interior inmoviliza

Hoy pedimos especialmente por quienes sufren “en el alma y en el cuerpo”. Y conviene decirlo con delicadeza: hay dolores del cuerpo que se ven; y hay dolores del alma que se esconden.

Hay “parálisis interior” cuando:

  • la culpa se vuelve una cadena y la persona se siente indigna de Dios;
  • el resentimiento se convierte en identidad;
  • la ansiedad roba el sueño y la paz;
  • la tristeza se vuelve una habitación sin ventanas;
  • una herida vieja condiciona todas las relaciones;
  • una adicción promete alivio, pero termina esclavizando.

Jesús, antes de decir “levántate”, dice “hijo”. Esa sola palabra ya es medicina: Dios no nos mira como casos, sino como hijos. Y a los hijos no se les condena: se les rescata.


6) Los cuatro amigos: la Iglesia que acompaña y “abre techos”

Los amigos del paralítico son un retrato precioso de la comunidad cristiana. A veces el mejor acto de amor no es dar consejos, sino cargar la camilla del otro: acompañarlo, escucharlo, sostenerlo, buscar ayuda, insistir sin humillar.

Y hay un detalle clave: no pudieron entrar “por la multitud”. ¡Qué ironía! A veces, incluso lo religioso puede convertirse en obstáculo: el juicio, el chisme, la dureza, el “qué dirán”. Hoy el Señor nos pide no ser “multitud que estorba”, sino “amigos que acercan”.


7) Reconciliación: el lugar donde Jesús cumple hoy su misión en nosotros

Si el perdón es la misión primera de Cristo, entonces hay un lugar privilegiado donde esa misión se vuelve concreta: el Sacramento de la Reconciliación.
Muchos buscan milagros, “favores”, señales… pero descuidan el encuentro que realmente nos recrea. Confesarse no es “humillarse”: es dejarse levantar. Es permitir que Jesús diga sobre nuestra historia: “no estás definido por tu caída; te devuelvo tu dignidad”.

Y no olvidemos: el perdón no solo nos reconcilia con Dios. También empieza a reconciliarnos con nosotros mismos y con los demás. Hay sanaciones del cuerpo que alivian; pero hay sanaciones del alma que salvan.


8) Aplicación concreta para la semana

Tres pasos simples, muy pastorales, para vivir esta Palabra:

1.    Ponle nombre a tu camilla.
¿Qué te pesa hoy? ¿culpa, miedo, herida, ansiedad, rencor, cansancio? Nombrarlo ya abre un techo.

2.    Déjate cargar.
Busca un amigo maduro en la fe, un acompañante espiritual, un profesional si hace falta. No todo se resuelve solo.

3.    Vuelve a la misericordia.
Programa la Confesión con sencillez. No esperes “estar perfecto” para ir: se va precisamente porque uno necesita ser sanado.


9) Oración final (en sintonía con la intención del día)

Señor Jesús, Médico del cuerpo y del alma,
Tú que has venido a anunciar el Evangelio del perdón
y a reconciliarnos con el Padre,
mira con compasión a quienes hoy sufren en lo profundo:
a los que no duermen por la ansiedad,
a los que cargan una tristeza que nadie entiende,
a los que sienten vergüenza de su pasado,
a los que viven el peso de una enfermedad,
a los que se sienten paralizados por dentro.

Regálanos amigos que “abran techos” con su caridad,
una Iglesia que no estorbe, sino que acerque,
y un corazón humilde para escuchar tu voz:
“Hijo… tus pecados te son perdonados.”

Y entonces, Señor, con tu gracia,
podamos levantarnos, tomar nuestra camilla
y volver a casa: a la paz, a la esperanza y a la vida.
Amén.

 

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