lunes, 16 de marzo de 2026

17 de marzo del 2026: martes de la cuarta semana de Cuaresma

 

Levantarse para vivir

(Ez 47, 1-9. 12; Jn 5,1-16) La Palabra de hoy nos invita a pasar de la parálisis a la vida. El profeta Ezequiel contempla un río que brota del templo y que, a su paso, todo lo transforma y hace florecer: donde llega el agua, nace la vida. Así es la fe cuando la dejamos fluir: renueva el corazón y se convierte en fuente de vida también para los demás.

En el Evangelio, Jesús se acerca al hombre paralizado junto a la piscina de Betesda. Su palabra no solo le devuelve la salud, sino que lo invita a levantarse y caminar: “Levántate, toma tu camilla y anda.” Los dones de Dios no son simples favores pasajeros; son llamadas a la conversión, a entrar en una vida nueva. Acogiendo su palabra, también nosotros podemos levantarnos y continuar el camino hacia la vida plena.

 


Primera lectura

Lectura de la profecía de Ezequiel (47,1-9.12):

EN aquellos días, el ángel me hizo volver a la entrada del templo del Señor.
De debajo del umbral del templo corría agua hacia el este —el templo miraba al este—. El agua bajaba por el lado derecho del templo, al sur del altar.
Me hizo salir por el pórtico septentrional y me llevó por fuera hasta el pórtico exterior que mira al este. El agua corría por el lado derecho.
El hombre que llevaba el cordel en la mano salió hacia el este, midió quinientos metros y me hizo atravesar el agua, que me llegaba hasta los tobillos. Midió otros quinientos metros y me hizo atravesar el agua, que me llegaba hasta las rodillas. Midió todavía otros quinientos metros y me hizo atravesar el agua, que me llegaba hasta la cintura. Midió otros quinientos metros: era ya un torrente que no se podía vadear, sino cruzar a nado.
Entonces me dijo:
«¿Has visto, hijo de hombre?»,
Después me condujo por la ribera del torrente.
Al volver vi en ambas riberas del torrente una gran arboleda. Me dijo:
«Estas aguas fluyen hacia la zona oriental, descienden hacia la estepa y desembocan en el mar de la Sal, Cuando hayan entrado en él, sus aguas serán saneadas. Todo ser viviente que se agita, allí donde desemboque la corriente, tendrá vida; y habrá peces en abundancia. Porque apenas estas aguas hayan llegado hasta allí, habrán saneado el mar y habrá vida allí donde llegue el torrente.
En ambas riberas del torrente crecerá toda clase de árboles frutales; no se marchitarán sus hojas ni se acabarán sus frutos; darán nuevos frutos cada mes, porque las aguas del torrente fluyen del santuario; su fruto será comestible y sus hojas medicinales».

Palabra de Dios

 

 

Salmo

Sal 45,2-3.5-6.8-9

R/.
 El Señor de los ejércitos está con nosotros,
nuestro alcázar es el Dios de Jacob


V/. Dios es nuestro refugio y nuestra fuerza,
poderoso defensor en el peligro.
Por eso no tememos aunque tiemble la tierra,
y los montes se desplomen en el mar. R/.

V/. Un río y sus canales alegran la ciudad de Dios,
el Altísimo consagra su morada.
Teniendo a Dios en medio, no vacila;
Dios la socorre al despuntar la aurora. R/.

V/. El Señor del universo está con nosotros,
nuestro alcázar es el Dios de Jacob.
Venid a ver las obras del Señor,
las maravillas que hace en la tierra. R/.

 

 

Lectura del santo evangelio según san Juan (5,1-16):

SE celebraba una fiesta de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén.
Hay en Jerusalén, junto a la Puerta de las Ovejas, una piscina que llaman en hebreo Betesda. Esta tiene cinco soportales, y allí estaban echados muchos enfermos, ciegos, cojos, paralíticos.
Estaba también allí un hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo.
Jesús, al verlo echado, y sabiendo que ya llevaba mucho tiempo, le dice:
«¿Quieres quedar sano?».
El enfermo le contestó:
«Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se remueve el agua; para cuando llego yo, otro se me ha adelantado».
Jesús le dice:
«Levántate, toma tu camilla y echa a andar».
Y al momento el hombre quedó sano, tomó su camilla y echó a andar.
Aquel día era sábado, y los judíos dijeron al hombre que había quedado sano:
«Hoy es sábado, y no se puede llevar la camilla».
Él les contestó:
«El que me ha curado es quien me ha dicho: “Toma tu camilla y echa a andar”».
Ellos le preguntaron:
«¿Quién es el que te ha dicho que tomes la camilla y eches a andar?».
Pero el que había quedado sano no sabía quién era, porque Jesús, a causa del gentío que había en aquel sitio, se había alejado.
Más tarde lo encuentra Jesús en el templo y le dice:
«Mira, has quedado sano; no peques más, no sea que te ocurra algo peor».
Se marchó aquel hombre y dijo a los judíos que era Jesús quien lo había sanado.
Por esto los judíos perseguían a Jesús, porque hacía tales cosas en sábado.

Palabra del Señor

 

 

***********

 

“Levántate y camina: cuando Dios toma la iniciativa”

 

Queridos hermanos y hermanas:

La Palabra de Dios de este día tiene un sabor profundamente cuaresmal. Nos pone delante dos imágenes llenas de esperanza: por un lado, el agua que brota del templo en la visión del profeta Ezequiel; por otro, el hombre paralítico que yace junto a la piscina de Betesda, esperando inútilmente una oportunidad para sanar. En ambos casos aparece el mismo mensaje: Dios quiere comunicar vida allí donde parecía reinar el estancamiento, la impotencia y la tristeza.

La primera lectura es bellísima. Ezequiel contempla un agua que sale del templo y que, a medida que avanza, va transformando todo: donde llega esa corriente, hay vida; lo árido se fecunda, lo estéril florece, lo muerto revive. El agua no se queda quieta; sale, corre, sanea, fecunda. No es un agua encerrada, sino una gracia en movimiento. Así es Dios. Dios no es un Dios inmóvil ni lejano. Dios sale al encuentro, busca, toca, levanta, renueva. Y ese río que brota del templo es una imagen de su misericordia, de su gracia, de su amor que no se resigna a vernos postrados.

Luego el Evangelio nos presenta a un hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo junto a la piscina de Betesda. Era prácticamente una vida entera. Treinta y ocho años esperando, treina y ocho años viendo pasar gente, treina y ocho años acumulando frustración, cansancio, decepción. Seguramente al comienzo tuvo esperanza; después, resignación; y finalmente quizá una especie de costumbre del dolor. Jesús lo ve tendido allí, conoce su larga enfermedad y le pregunta: “¿Quieres quedar sano?”. Y luego le dice: “Levántate, toma tu camilla y echa a andar.”

A primera vista, esa pregunta de Jesús parece extraña. ¿Cómo no va a querer sanar alguien que ha sufrido tanto tiempo? Pero Jesús no formula preguntas inútiles. Él entra al corazón. La pregunta va más allá del cuerpo: ¿de verdad quieres cambiar? ¿de verdad quieres salir de aquello que te tiene postrado? ¿de verdad quieres comenzar una vida nueva? Porque hay parálisis físicas, sí; pero también hay parálisis del alma. Está la parálisis del resentimiento, de la tristeza prolongada, de la culpa, de la rutina espiritual, de los pecados repetidos, del desánimo, de la falta de perdón, del “yo soy así”, del “ya no puedo cambiar”, del “esto siempre será igual”.

Y aquí esta Palabra se vuelve actual para nosotros. Muchos no estamos en una camilla visible, pero llevamos dentro alguna inmovilidad. A veces seguimos respirando, trabajando, conversando, incluso sonriendo, pero interiormente estamos detenidos. Hay personas que llevan años paralizadas por una herida del pasado. Otras, por una pérdida que no han logrado elaborar. Otras, por una culpa que no se atreven a poner en manos de Dios. Otras, por un pecado habitual contra el que dejaron de luchar porque piensan que ya no tiene remedio.

Ese hombre del Evangelio dice algo muy humano: “No tengo a nadie”. Es una de las frases más tristes de toda la escena. No tengo a nadie que me ayude. No tengo a nadie que me meta en el agua. No tengo a nadie que me sostenga. Cuánta gente hoy podría repetir esas palabras. Ancianos solos. Enfermos olvidados. Personas que atraviesan duelos en silencio. Hombres y mujeres cansados de dar y no recibir. Amigos heridos por la indiferencia. Benefactores generosos que a veces también cargan sus propias cruces. Familias enteras que parecen llevar años esperando una consolación que no llega.

Pero precisamente ahí sucede lo más hermoso del Evangelio: cuando el hombre ya no espera nada, Jesús toma la iniciativa. No fue el enfermo quien buscó a Jesús; fue Jesús quien lo vio. No fue el enfermo quien encontró la solución; fue Cristo quien se le acercó. No fue la piscina la que lo sanó; fue la palabra viva del Señor. Ese es el corazón del mensaje de hoy: la salvación no nace de nuestras fuerzas, sino de la iniciativa misericordiosa de Dios.

Y eso es muy importante en Cuaresma. A veces convertimos la Cuaresma en una especie de lista de esfuerzos personales: voy a dejar esto, voy a hacer aquello, voy a mejorar en esto otro. Y está bien. Pero la Cuaresma no comienza por lo que yo hago por Dios, sino por lo que Dios hace por mí. Él ve mi postración. Él conoce mis años de lucha. Él sabe mis cansancios secretos. Él no me humilla por mi fragilidad; me pregunta con ternura: “¿Quieres sanar?”. Y cuando reconozco que no puedo solo, entonces su gracia empieza a obrar.

El comentario que compartiste lo expresa muy bien: la impotencia reconocida puede convertirse en la puerta por donde entra la gracia. Mientras uno se cree autosuficiente, se encierra. Pero cuando uno dice de verdad: “Señor, no puedo solo; Señor, necesito tu ayuda; Señor, ven a levantarme”, entonces el alma comienza a abrirse a la acción de Dios.

Hay aquí también una enseñanza profundamente espiritual. Aquel hombre estaba esperando que el agua se moviera. Y mientras esperaba una señal externa, la verdadera fuente de vida estaba ya delante de él: Jesús. A veces nosotros también nos quedamos esperando “algo”: una emoción extraordinaria, un milagro espectacular, una circunstancia ideal, una solución inmediata. Y sin embargo el Señor ya está actuando, quizá de un modo humilde y silencioso: en su Palabra, en una confesión pendiente, en una eucaristía bien vivida, en la compañía de alguien bueno, en una reconciliación, en una llamada a comenzar de nuevo.

Ezequiel habla de un río que lo sana todo; el Evangelio nos muestra que ese río tiene rostro: Jesucristo. Él es el verdadero templo del que brota el agua viva. Él es la fuente que sana nuestras zonas secas. Él es el que puede devolver movilidad a la conciencia adormecida, esperanza al corazón vencido y dignidad al que se siente tirado al borde del camino.

Y no olvidemos un detalle: Jesús no solo sana al hombre; también lo pone en marcha. No le dice: “Quédate ahí descansando”. Le dice: “Levántate, toma tu camilla y anda.” Es decir: no vuelvas a vivir como antes. No te identifiques para siempre con tu herida. No reduzcas tu identidad a aquello que sufriste. No sigas acostado en el lugar de tu antigua impotencia. La gracia de Dios no solo consuela; también impulsa. No solo cura; también envía. No solo limpia; también transforma.

Tal vez esa “camilla” que el hombre debe cargar representa precisamente su historia. Jesús no borra mágicamente el pasado, pero hace que ese pasado ya no lo domine. Antes la camilla lo cargaba a él; ahora él carga la camilla. Antes estaba postrado sobre ella; ahora camina. Qué hermosa imagen de la vida cristiana. Con Cristo, nuestras heridas no necesariamente desaparecen de la memoria, pero dejan de gobernarnos. Nuestro pasado ya no nos aplasta; integrado en la gracia, puede incluso convertirse en testimonio.

Hoy, además, queremos vivir esta Eucaristía con una intención orante por nuestros familiares, amigos y benefactores. Y esta Palabra ilumina muy bien esa intención. Pensemos en tantos familiares nuestros que quizá están cansados, enfermos, tristes o espiritualmente paralizados. Pensemos en amigos que necesitan una palabra de ánimo, una reconciliación, una cercanía. Pensemos en los benefactores que el Señor ha puesto en nuestro camino, personas que nos han ayudado material, espiritual o afectivamente. Muchos de ellos han sido, para nosotros, como un cauce de ese río de Ezequiel: por medio de ellos Dios nos ha sostenido, alentado, consolado.

Qué importante es orar por ellos. Porque a veces recibimos mucho de determinadas personas y no siempre correspondemos con gratitud espiritual. Hoy la liturgia nos invita a ponerlos delante del Señor y a pedir por cada uno:
Señor, sana a nuestros familiares.
Señor, fortalece a nuestros amigos.
Señor, bendice a nuestros benefactores.
Señor, levanta a los que están postrados.
Señor, haz correr tu agua viva por sus hogares, sus trabajos, sus luchas y sus esperanzas.

Y quizá también debemos preguntarnos: ¿no quiere el Señor que nosotros seamos para otros esa ayuda que el paralítico no encontraba? El hombre decía: “No tengo a nadie”. Ojalá nadie cercano a nosotros tenga que repetir esa frase. Ojalá en nuestras familias haya más presencia. Ojalá en nuestras comunidades haya más atención. Ojalá nuestros amigos puedan contar con nosotros. Ojalá nuestros benefactores no solo reciban agradecimientos humanos, sino también oración fiel, cercanía sincera y memoria agradecida.

Una aproximación psicológica también puede ayudarnos. Con frecuencia, cuando una persona ha sufrido durante mucho tiempo, termina organizando su identidad alrededor de su herida. Se acostumbra a definirse desde la carencia, desde la frustración, desde la imposibilidad. El dolor prolongado genera a veces una resignación interior: “yo ya no cambio”, “esto no tiene remedio”, “para mí ya es tarde”. El Evangelio rompe esa lógica. Jesús entra justamente en ese espacio donde la persona se ha acostumbrado a sobrevivir y le devuelve la capacidad de desear una vida distinta. En otras palabras, Jesús no solo cura el cuerpo; devuelve también el deseo, la esperanza y la iniciativa interior.

Por eso esta Palabra es una gran noticia para todos los que sienten que llevan demasiado tiempo mal. Para el que lleva años en una tibieza espiritual. Para el que arrastra un pecado recurrente. Para el que se acostumbró a vivir sin ilusión. Para el que se resignó a una relación rota. Para el que piensa que Dios ya no puede hacer nada con su vida. Cristo le dice hoy: sí hay esperanza, sí puedes levantarte, sí la gracia puede tocarte.

Hermanos, estamos en Cuaresma, tiempo de volver a la fuente. No nos contentemos con quedarnos al borde de la piscina lamentándonos. No vivamos solo enumerando nuestras limitaciones. Miremos a Cristo. Dejemos que nos haga la pregunta decisiva: “¿Quieres quedar sano?”. Y respondamos con humildad:
“Señor, sí quiero, pero no puedo sin ti”.
“Señor, quiero sanar mis heridas”.
“Señor, quiero dejar ese pecado”.
“Señor, quiero volver a orar”.
“Señor, quiero perdonar”.
“Señor, quiero caminar”.

Entonces veremos que la gracia ya estaba obrando. Porque el Señor no espera a que todo esté resuelto para acercarse. Se acerca precisamente cuando estamos tirados, cansados, confundidos y sin fuerzas. Esa es su misericordia. Esa es su iniciativa. Ese es el Evangelio.

Pidamos en esta celebración por nuestros familiares, amigos y benefactores. Que sobre ellos corra el río de la vida que vio Ezequiel. Que sobre ellos repose la mirada compasiva de Cristo en Betesda. Que el Señor cure sus heridas visibles e invisibles. Que bendiga su generosidad. Que los sostenga en la prueba. Y que también a nosotros nos convierta en instrumentos de consuelo, gratitud y esperanza para ellos.

Que al acercarnos hoy a la Eucaristía escuchemos, en lo más íntimo del corazón, la voz de Jesús que nos dice:
“Levántate, toma tu camilla y anda.”
Y que, sostenidos por su gracia, nos pongamos de pie para caminar hacia una vida nueva.

Amén.

 

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