sábado, 14 de marzo de 2026

15 de marzo del 2026: cuarto domingo de Cuaresma- (Ciclo A)

 

Ver con el corazón

En este cuarto domingo de Cuaresma, la liturgia nos invita a mirar más allá de las apariencias. En la primera lectura (1 Sam 16,1.6-7.10-13), Dios sorprende al profeta Samuel al elegir como rey a David, el más joven y aparentemente menos importante de los hijos de Jesé. Dios recuerda una verdad fundamental: el hombre mira las apariencias, pero el Señor mira el corazón.

El Evangelio (Jn 9,1-41) profundiza este mensaje a través del signo del ciego de nacimiento. Jesús no sólo devuelve la vista a un hombre; le abre los ojos del corazón para reconocer al Hijo de Dios. Paradójicamente, quienes creían ver —los fariseos— permanecen en su ceguera, porque se cierran a la luz que viene de Dios.

La segunda lectura (Ef 5,8-14) nos exhorta a vivir como hijos de la luz. Quien ha sido iluminado por Cristo está llamado a dejar atrás las obras de la oscuridad y a reflejar en su vida la bondad, la justicia y la verdad.

En este tiempo cuaresmal, la Palabra nos invita a dejarnos iluminar por Cristo. Sólo cuando Él abre nuestros ojos aprendemos a ver el mundo, a los demás y a nosotros mismos con la mirada de Dios.

G.Q

 


Primera lectura

Lectura del primer libro de Samuel (16,1b.6-7.10-13a):

En aquellos días, el Señor dijo a Samuel: «Llena la cuerna de aceite y vete, por encargo mío, a Jesé, el de Belén, porque entre sus hijos me he elegido un rey.»
Cuando llegó, vio a Eliab y pensó: «Seguro, el Señor tiene delante a su ungido.»
Pero el Señor le dijo: «No te fijes en las apariencias ni en su buena estatura. Lo rechazo. Porque Dios no ve como los hombres, que ven la apariencia; el Señor ve el corazón.»
Jesé hizo pasar a siete hijos suyos ante Samuel; y Samuel le dijo: «Tampoco a éstos los ha elegido el Señor.»
Luego preguntó a Jesé: «¿Se acabaron los muchachos?»
Jesé respondió: «Queda el pequeño, que precisamente está cuidando las ovejas.»
Samuel dijo: «Manda por él, que no nos sentaremos a la mesa mientras no llegue.»
Jesé mandó a por él y lo hizo entrar: era de buen color, de hermosos ojos y buen tipo.
Entonces el Señor dijo a Samuel: «Anda, úngelo, porque es éste.»
Samuel tomó la cuerna de aceite y lo ungió en medio de sus hermanos. En aquel momento, invadió a David el espíritu del Señor, y estuvo con él en adelante.

Palabra de Dios

 

 

Salmo

Sal 22,1-3a.3b-4.5.6

R/. El Señor es mi pastor, nada me falta


El Señor es mi pastor, nada me falta:
en verdes praderas me hace recostar,
me conduce hacia fuentes tranquilas
y repara mis fuerzas. R/.

Me guía por el sendero justo,
por el honor de su nombre.
Aunque camine por cañadas oscuras,
nada temo, porque tú vas conmigo:
tu vara y tu cayado me sosiegan. R/.

Preparas una mesa ante mí,
enfrente de mis enemigos;
me unges la cabeza con perfume,
y mi copa rebosa. R/.

Tu bondad y tu misericordia
me acompañan todos los días de mi vida,
y habitaré en la casa del Señor
por años sin término. R/.

 

 

Segunda lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios (5,8-14):

En otro tiempo erais tinieblas, ahora sois luz en el Señor. Caminad como hijos de la luz –toda bondad, justicia y verdad son fruto de la luz–, buscando lo que agrada al Señor, sin tomar parte en las obras estériles de las tinieblas, sino más bien denunciadlas. Pues hasta da vergüenza mencionar las cosas que ellos hacen a escondidas. Pero la luz, denunciándolas, las pone al descubierto, y todo lo descubierto es luz. Por eso dice: «Despierta, tú que duermes, levántate de entre los muertos, y Cristo será tu luz.»

Palabra de Dios

 

 

Lectura del santo evangelio según san Juan (9,1.6-9.13-17.34-38):

En aquel tiempo, al pasar Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento. Y escupió en tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego y le dijo: «Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado).»
Él fue, se lavó, y volvió con vista. Y los vecinos y los que antes solían verlo pedir limosna preguntaban: «¿No es ése el que se sentaba a pedir?»
Unos decían: «El mismo.»
Otros decían: «No es él, pero se le parece.»
Él respondía: «Soy yo.»
Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista.
Él les contestó: «Me puso barro en los ojos, me lavé, y veo.»
Algunos de los fariseos comentaban: «Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado.»
Otros replicaban: «¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?»
Y estaban divididos. Y volvieron a preguntarle al ciego: «Y tú, ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?»
Él contestó: «Que es un profeta.»
Le replicaron: «Empecatado naciste tú de pies a cabeza, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?»
Y lo expulsaron.
Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo: «¿Crees tú en el Hijo del hombre?»
Él contestó: «¿Y quién es, Señor, para que crea en él?»
Jesús le dijo: «Lo estás viendo: el que te está hablando, ése es.»
Él dijo: «Creo, Señor.» Y se postró ante él.

Palabra del Señor

 

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“Señor, que yo vea”

Queridos hermanos y hermanas:

La liturgia de este cuarto domingo de Cuaresma nos conduce a un tema profundamente espiritual: la luz y la ceguera. Las tres lecturas hablan, de una u otra manera, de aprender a ver como Dios ve.

En la primera lectura (1 Sam 16,1.6-7.10-13), cuando el profeta Samuel va a ungir al nuevo rey de Israel, cree que el elegido será uno de los hijos mayores de Jesé, fuertes y bien parecidos. Pero Dios le dice una frase que atraviesa toda la Escritura:
“El hombre mira las apariencias, pero el Señor mira el corazón.”

En el Evangelio (Jn 9,1-41) encontramos a un hombre ciego de nacimiento. Jesús lo cura y le devuelve la vista. Pero el milagro no es sólo físico: es una revelación espiritual. Porque, paradójicamente, quien no veía termina viendo, y quienes creían ver —los fariseos— permanecen en su ceguera.

Esta escena nos habla de algo muy profundo: todos nosotros necesitamos que Cristo nos devuelva la vista interior.


1. La pregunta equivocada

Cuando los discípulos ven al ciego, hacen una pregunta que era muy común en la mentalidad religiosa de la época:

“Rabí, ¿quién pecó, él o sus padres, para que naciera ciego?”

Es una pregunta que todavía hoy muchas personas se hacen:
“¿Qué hice yo para merecer esto?”
“¿Por qué Dios permitió este sufrimiento?”
“¿Será un castigo?”

Jesús desmonta esa lógica. Él responde:

“Ni él pecó ni sus padres; es para que se manifiesten en él las obras de Dios.”

Es decir, el sufrimiento humano no es simplemente un castigo automático de Dios. En medio de las heridas de la vida, Dios puede manifestar su gloria, su gracia y su poder salvador.

Cuántas veces una enfermedad, una crisis familiar, una caída personal o una noche oscura del alma terminan convirtiéndose en el lugar donde Dios actúa con más fuerza.


2. El milagro de ver

Jesús hace algo muy sencillo y muy simbólico. Mezcla tierra con saliva, unge los ojos del ciego y le dice:

“Ve a lavarte a la piscina de Siloé.”

El hombre va, se lava y comienza a ver.

Intentemos imaginar lo que significó ese momento. Un hombre que jamás había visto un color, un rostro, un árbol, el cielo, la luz del sol… de repente empieza a descubrir el mundo. Todo lo que antes sólo conocía por el tacto o por el sonido ahora adquiere forma, belleza y profundidad.

Debió quedar lleno de asombro y gratitud.

Pero aquí hay una enseñanza espiritual muy profunda: así ocurre también cuando Dios nos libera de la ceguera del pecado.

Hay personas que viven muchos años en la oscuridad interior:
ceguera del orgullo,
ceguera del egoísmo,
ceguera de la envidia,
ceguera de los resentimientos,
ceguera de una vida sin Dios.

Y cuando la gracia toca el corazón, todo cambia. Se empieza a ver de otra manera:

  • se descubre el valor del perdón,
  • se entiende la belleza de la humildad,
  • se aprecia el amor de la familia,
  • se vuelve a experimentar la paz de la conciencia.

La conversión es exactamente eso: volver a ver.


3. Los que no quieren ver

Pero el Evangelio tiene un contraste dramático.

Mientras el ciego empieza a ver cada vez más claro, los fariseos se van quedando cada vez más ciegos. No pueden aceptar el milagro. Interrogan al hombre, dudan, discuten, buscan excusas. Finalmente lo expulsan de la sinagoga.

¿Por qué?
Porque ver exige humildad.

Cuando una persona se cree perfecta, cuando se siente superior a los demás, cuando está segura de tener siempre la razón, entonces el corazón se endurece. Y un corazón endurecido ya no puede reconocer la acción de Dios.

Es la tragedia espiritual de muchos creyentes: pueden conocer la ley, la doctrina, las normas, pero si falta la humildad del corazón, la luz de Dios no penetra.


4. “Creo, Señor”

Al final del Evangelio ocurre el momento más hermoso. Jesús vuelve a encontrarse con el hombre que había sido curado y le pregunta:

“¿Crees en el Hijo del Hombre?”

El hombre responde con sencillez:

“¿Quién es, Señor, para que crea en él?”

Jesús le dice:
“Lo estás viendo; el que habla contigo, ese es.”

Y entonces el hombre responde con una de las confesiones de fe más bellas del Evangelio:

“Creo, Señor.”

Y se postra ante Él.

La historia termina con alguien que ha pasado por tres etapas:

1.    Primero era ciego físicamente.

2.    Luego recupera la vista del cuerpo.

3.    Finalmente recibe la luz de la fe.

Ese es el camino que Cristo quiere hacer también con nosotros.


5. La Cuaresma: tiempo para recuperar la vista

La segunda lectura (Ef 5,8-14) lo expresa de manera muy clara:

“Antes eran tinieblas, ahora son luz en el Señor; caminen como hijos de la luz.”

La Cuaresma es precisamente eso: un tiempo para que Dios cure nuestra mirada interior.

Tal vez necesitamos que Cristo cure:

  • nuestra mirada sobre Dios, cuando lo vemos sólo como juez y no como Padre;
  • nuestra mirada sobre los demás, cuando los juzgamos con dureza;
  • nuestra mirada sobre nosotros mismos, cuando vivimos atrapados en el pecado o en la tristeza;
  • nuestra mirada sobre la vida, cuando perdemos la esperanza.

Jesús quiere tocar nuestros ojos espirituales para que podamos ver la vida con la luz de Dios.


Conclusión

Hoy podemos hacer una oración muy sencilla, la oración del ciego del Evangelio:

“Señor, que yo vea.”

Que vea tu presencia en mi historia.
Que vea tu gracia actuando en mi vida.
Que vea con misericordia a mis hermanos.
Que vea el camino que me conduce a ti.

Y entonces, cuando nuestros ojos se abran de verdad, podremos decir como aquel hombre curado:

“Creo, Señor.”

Amén.

 

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