martes, 31 de marzo de 2026

Primero de abril del 2026: Miércoles Santo

 

¡Desconcertante!


(Isaías 50, 4-9a; Mateo 26, 14-25
) Como el siervo de Isaías, Jesús avanza sin echarse atrás hacia aquellos que van a maltratarlo. Va y, “a la manera” del Padre, se entrega por completo. Va humilde y decidido, a desarmar la violencia de los violentos. Él invierte la imagen de aquel que se esperaba, e incluso la imagen misma de Dios. Porque, en ese instante, Dios no se esconde: es Él quien permanece allí, con el rostro de todos aquellos y aquellas que todavía hoy sufren la violencia.

Colette Hamza, xavière

 


Primera lectura

Is 50, 4-9a

No escondí el rostro ante ultrajes

Lectura del libro de Isaías.

EL Señor Dios me ha dado una lengua de discípulo;
para saber decir al abatido una palabra de aliento.
Cada mañana me espabila el oído,
para que escuche como los discípulos.
El Señor Dios me abrió el oído;
yo no resistí ni me eché atrás.
Ofrecí la espalda a los que me golpeaban,
las mejillas a los que mesaban mi barba;
no escondí el rostro ante ultrajes y salivazos.
El Señor Dios me ayuda,
por eso no sentía los ultrajes;
por eso endurecí el rostro como pedernal,
sabiendo que no quedaría defraudado.
Mi defensor está cerca,
¿quién pleiteará contra mí?
Comparezcamos juntos,
¿quién me acusará?
Que se acerque.
Miren, el Señor Dios me ayuda,
¿quién me condenará?

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 68, 8-10. 21-22. 31 y 33-34 (R.: 14c y b)

R. Señor, que me escuche tu gran bondad
el día de tu favor.


V. Por ti he aguantado afrentas,
la vergüenza cubrió mi rostro.
Soy un extraño para mis hermanos,
un extranjero para los hijos de mi madre.
Porque me devora el celo de tu templo,
y las afrentas con que te afrentan caen sobre mí.
 R.

V. La afrenta me destroza el corazón, y desfallezco.
Espero compasión, y no la hay;
consoladores, y no los encuentro.
En mi comida me echaron hiel,
para mi sed me dieron vinagre. 
R.

V. Alabaré el nombre de Dios con cantos,
proclamaré su grandeza con acción de gracias.
Mírenlo, los humildes, y alégrense;
busquen al Señor, y revivirá su corazón.
Que el Señor escucha a sus pobres,
no desprecia a sus cautivos. 
R.

 

Aclamación

(opción 1) V. Salve, Rey nuestro, solo tú te has compadecido de nuestros errores.

(opción 2) V. Salve, Rey nuestro, obediente al Padre; fuiste llevado a la crucifixión, como manso cordero a la matanza.

 

Evangelio

Mt 26, 14-25

El Hijo del hombre se va como está escrito; pero, ¡ay de aquel por quien es entregado!

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, uno de los Doce, llamado Judas
Iscariote, fue a los sumos sacerdotes y les propuso:
«¿Qué están dispuestos a darme si se lo entrego a ustedes?».
Ellos se ajustaron con él en treinta monedas de plata. Y desde entonces andaba buscando ocasión propicia para entregarlo.
El primer día de los Ácimos se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron:
«¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?».
Él contestó:
«Vayan a la ciudad, a casa de quien ustedes saben, y díganle: “El Maestro dice: mi hora está cerca; voy a celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos”».
Los discípulos cumplieron las instrucciones de Jesús y prepararon la Pascua.
Al atardecer se puso a la mesa con los Doce. Mientras comían dijo:
«En verdad les digo que uno de ustedes me va a entregar».
Ellos, muy entristecidos, se pusieron a preguntarle uno tras otro:
«¿Soy yo acaso, Señor?».
Él respondió:
«El que ha metido conmigo la mano en la fuente, ese me va a entregar. El Hijo del hombre se va como está escrito de él; pero, ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre es entregado!, ¡más le valdría a ese hombre no haber nacido!».
Entonces preguntó Judas, el que lo iba a entregar:
«¿Soy yo acaso, Maestro?».
Él respondió:
«Tú lo has dicho».

Palabra del Señor.

 

 

1

 

Queridos hermanos:

Al acercarnos cada vez más al misterio de la pasión del Señor, la liturgia de este Miércoles Santo nos pone delante de dos escenas profundamente conmovedoras. Por una parte, el Siervo sufriente del profeta Isaías; por otra, Jesús sentado a la mesa con sus discípulos, mientras ya se mueve en la sombra la traición de Judas.

La primera lectura nos presenta a un hombre fiel, un siervo que escucha a Dios y que no se rebela ni se echa atrás, aun cuando le esperan el sufrimiento, los golpes, los insultos y la humillación. Dice el texto: “Ofrecí la espalda a los que me golpeaban”. No es la actitud de un derrotado, sino la de alguien que ha puesto su confianza en Dios. Sabe sufrir sin perder la dignidad, sabe cargar el dolor sin dejar que el mal le robe el alma.

Ese Siervo encuentra su plenitud en Jesucristo. Jesús no huye. Jesús no se esconde. Jesús no responde al mal con más mal. Él sabe lo que viene; sabe quién lo va a entregar; sabe que el sufrimiento está ya a la puerta. Y, sin embargo, permanece. Permanece en la verdad. Permanece en el amor. Permanece fiel al Padre.

Y aquí aparece algo que desconcierta profundamente: muchas veces nosotros imaginamos a Dios como fuerza aplastante, como poder que elimina al enemigo, como grandeza que se impone. Pero en Jesús contemplamos otra cosa: un Dios que no aplasta, sino que se entrega; un Dios que no grita, sino que ama; un Dios que no destruye al pecador, sino que sufre por salvarlo.

En el Evangelio, la escena de la última cena tiene una tensión muy fuerte. Jesús dice: “Uno de ustedes me va a entregar”. Y aquella mesa, que debería ser sólo lugar de comunión, se convierte también en lugar de examen de conciencia. Todos preguntan: “¿Soy yo acaso, Señor?”. Esa pregunta es muy importante también para nosotros.

Porque antes de señalar a Judas, conviene mirar nuestro propio corazón. También nosotros, a veces, traicionamos al Señor. Lo traicionamos cuando negociamos nuestra fe por comodidad. Lo traicionamos cuando callamos la verdad por miedo. Lo traicionamos cuando el interés, el egoísmo o la ambición pesan más que el amor. Lo traicionamos cuando comulgamos con los labios, pero el corazón anda lejos de Dios o endurecido frente al hermano que sufre.

Judas vendió a Jesús por treinta monedas. Pero el drama no está sólo en la cantidad del dinero; el drama está en que cambió al Maestro por algo que valía menos. Y eso sigue pasando hoy. Cada vez que cambiamos la paz de la conciencia por una ventaja pasajera, cada vez que cambiamos la fidelidad por la conveniencia, cada vez que cambiamos el Evangelio por el aplauso del mundo, estamos repitiendo, de alguna manera, la tragedia de Judas.

Pero la liturgia de hoy no quiere dejarnos en la tristeza. También quiere mostrarnos la firmeza serena de Jesús. Él conoce la traición, pero no deja de amar. Conoce la oscuridad, pero no deja de ser luz. Sabe que lo van a herir, pero sigue entregándose. Ahí está la verdadera victoria: Jesús vence no evitando la cruz, sino transformando el sufrimiento en ofrenda y el odio en redención.

Y esto tiene una resonancia muy especial cuando hoy oramos por nuestros hermanos enfermos. Ellos, de una manera muy particular, llevan en su cuerpo o en su alma algo del misterio del Siervo sufriente. Cuántos enfermos viven en silencio, cuántos soportan dolores físicos, tratamientos largos, noches de insomnio, incertidumbre, dependencia, miedo, angustia. Cuántos sienten también la violencia interior de la soledad, del abandono, de no sentirse comprendidos, de ver que su vida cambió y ya no pueden hacer lo que antes hacían.

A ellos la Palabra de Dios les dice hoy: Cristo no es ajeno a tu dolor. Él no mira el sufrimiento desde lejos. Él lo asumió. Él entró en él. Él conoce por dentro la herida humana. Y por eso, el enfermo no está solo. En su cama, en su tratamiento, en su limitación, en su espera, está acompañado por Aquel que también fue herido, humillado y entregado.

Pero esta palabra no es sólo para los enfermos. También es para nosotros, que estamos llamados a acercarnos a ellos con ternura, paciencia y compasión. Porque a veces una enfermedad no sólo necesita medicina; necesita presencia, escucha, una mano tendida, una visita, una oración, una palabra serena. El rostro del Cristo sufriente sigue apareciendo hoy en tantos hermanos enfermos. Y nuestra fe se vuelve concreta cuando sabemos reconocerlo y servirlo en ellos.

El salmo de hoy nos deja oír el clamor del que sufre: “En mi aflicción, Señor, que tu salvación me levante”. Qué hermosa súplica para tantos enfermos. Tal vez no siempre llegará la curación que nosotros esperamos; pero siempre puede llegar la gracia de Dios, la fortaleza interior, la paz del alma, la certeza de que el Señor no abandona.

En esta Semana Santa, pidámosle al Señor tres gracias.
Primero, la gracia de no traicionarlo por pequeñas o grandes monedas de este mundo.
Segundo, la gracia de permanecer fieles cuando lleguen la prueba, la decepción o el dolor.
Y tercero, la gracia de acercarnos con amor verdadero a nuestros hermanos enfermos, viendo en ellos el rostro mismo de Cristo.

Que María, la Madre fiel, nos enseñe a permanecer junto a Jesús en la hora oscura. Y que el Señor conceda consuelo, fortaleza y esperanza a todos nuestros hermanos enfermos.

Amén.

 

2

Queridos hermanos:

Seguimos avanzando en el clima sagrado, denso y conmovedor de la Semana Santa. La liturgia de hoy nos introduce en una escena íntima y dolorosa: Jesús está sentado a la mesa con los suyos, compartiendo la cena, y en ese ambiente de cercanía, amistad y comunión, pronuncia una frase que cae como un rayo: “En verdad les digo que uno de ustedes me va a entregar”.

Es una palabra que sacude. No se trata de un enemigo lejano. No se trata de alguien ajeno al grupo. La traición viene de dentro, nace en el círculo cercano, en el ámbito de la confianza. Y eso hace más profundo el dolor. No hiere tanto el ataque del desconocido como la infidelidad de quien ha caminado con nosotros, ha compartido el pan y ha escuchado nuestro corazón.

El Evangelio nos deja ver algo muy importante: Jesús no habla con rabia, ni con resentimiento, ni con deseos de venganza. Habla con tristeza, con lucidez, con serenidad. Sabe lo que va a pasar, conoce el corazón humano, conoce la debilidad de Judas, y aun así no deja de amar. Ahí ya hay una lección inmensa para nosotros: Cristo no responde al pecado con odio; responde con un amor que sufre, pero que no deja de amar.

La primera lectura, tomada del profeta Isaías, nos presenta la figura del Siervo del Señor: un hombre dócil a la Palabra, que escucha como discípulo y que no se echa atrás ante el sufrimiento. Dice: “Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, la mejilla a los que me arrancaban la barba; no oculté el rostro a insultos y salivazos”. Son palabras impresionantes. Este Siervo no huye, no se defiende con violencia, no devuelve mal por mal. Permanece firme porque sabe que Dios está con él.

En Jesús, este anuncio alcanza su plenitud. Él es el verdadero Siervo fiel. Va entrando libremente en la Pasión. No porque ame el dolor, sino porque ama hasta el extremo. No se aferra a salvarse a sí mismo; se entrega para salvarnos a nosotros. El Hijo de Dios se abaja, se humilla, se deja herir, para levantar al hombre caído. Y así cambia por completo nuestra imagen de Dios. Muchas veces imaginamos un Dios fuerte según los criterios del mundo: un Dios que aplasta, castiga de inmediato, se impone por la fuerza. Pero en Jesucristo aparece un Dios cuya omnipotencia es el amor humilde; un Dios que vence no destruyendo al enemigo, sino dejándose herir para redimirlo.

En el Evangelio hay un detalle muy fino, pero muy revelador. Cuando Jesús anuncia la traición, los discípulos van preguntando uno tras otro: “¿Soy yo acaso, Señor?”. En cambio Judas dice: “¿Soy yo acaso, Maestro?”. Los otros lo llaman Señor; Judas lo llama Maestro.

No parece una diferencia enorme, pero espiritualmente sí lo es. Llamar a Jesús Maestro es reconocerlo como alguien que enseña, alguien sabio, alguien digno de respeto. Pero llamarlo Señor es mucho más: es reconocer que Él tiene autoridad sobre mi vida, que no es sólo alguien que me instruye, sino Aquel a quien pertenezco; no sólo alguien cuyas palabras admiro, sino el Hijo de Dios a quien adoro, obedezco y amo.

Y aquí la Palabra de Dios nos interpela profundamente, porque también nosotros podemos vivir cerca de Jesús sin reconocerlo de verdad como Señor. Podemos saber muchas cosas de la fe, conocer oraciones, asistir a la misa, escuchar el Evangelio, y sin embargo reservarnos el mando de nuestra vida. Podemos tratar a Jesús como un maestro interesante, pero no como el Señor al que debemos entregarle el corazón.

Ese contraste se vuelve todavía más fuerte cuando pensamos que esta escena ocurre en el contexto de la Última Cena, es decir, en el marco de la institución de la Eucaristía. Allí Jesús comienza a entregarse sacramentalmente. Allí anticipa el don total de su Cuerpo y de su Sangre. En el mismo ambiente en que nace el gran sacramento del amor, aparece también el misterio del rechazo, de la traición, de la frialdad del corazón humano.

Esto nos lleva a preguntarnos: ¿cómo participamos nosotros en la Santa Misa?
¿Venimos a cumplir, a escuchar, a pasar un momento religioso… o venimos realmente a encontrarnos con el Señor?
¿Nos acercamos a la Eucaristía con fe viva, con asombro, con reverencia?
¿O a veces nuestra presencia es más exterior que interior, más costumbre que adoración?

Porque se puede estar muy cerca del altar y, sin embargo, muy lejos del Señor. Se puede recibir el pan consagrado sin dejar que el corazón se consagre. Se puede pronunciar fórmulas hermosas y mantener dentro de sí el egoísmo, la dureza, la indiferencia. Judas compartió la mesa con Jesús, pero no le entregó el alma. Y ese riesgo sigue existiendo para nosotros.

Judas no era un extraño. Había sido llamado. Había caminado con Jesús. Había escuchado sus enseñanzas. Había visto milagros. Quizás incluso sentía admiración por Él. Pero no dejó que esa cercanía se transformara en verdadera rendición interior. Su tragedia no comenzó con las treinta monedas; comenzó antes, cuando su corazón se fue cerrando. Primero entró la codicia, luego la duplicidad, luego la mentira, y finalmente la traición.

Así ocurre también en la vida espiritual. Nadie cae de un momento a otro. Primero dejamos entrar pequeños egoísmos, pequeñas infidelidades, pequeños autoengaños. Y cuando el corazón ya no vigila, cuando ya no ora, cuando ya no adora, cuando ya no se deja corregir por el Señor, termina justificando lo que antes le parecía impensable.

Por eso es tan importante la reacción de los demás discípulos: “¿Soy yo acaso, Señor?”. Esa pregunta no nace de la desconfianza neurótica, sino de la humildad. Ellos no dicen: “Seguro que yo no”. Ellos se examinan. Se ponen delante del Señor y reconocen que el corazón humano es frágil. Esa es la actitud correcta en Semana Santa: no juzgar primero a Judas, sino mirarnos a nosotros mismos. No sólo preguntarnos quién traicionó a Jesús hace dos mil años, sino de qué manera puedo yo traicionarlo hoy.

Lo traicionamos cuando preferimos el interés al Evangelio.
Lo traicionamos cuando vendemos nuestra conciencia por aceptación, por comodidad, por dinero o por placer.
Lo traicionamos cuando en la misa estamos físicamente presentes, pero espiritualmente ausentes.
Lo traicionamos cuando comulgamos sin hambre de Dios, sin arrepentimiento, sin deseo sincero de conversión.
Lo traicionamos cuando lo llamamos “Señor” con los labios, pero dejamos que otros señores ocupen el trono del corazón: el orgullo, la ambición, la vanidad, el resentimiento, la autosuficiencia.

El salmo de hoy nos deja escuchar la voz del justo humillado, del hombre herido, del corazón quebrantado: “Miren al Señor y revivirá su corazón”. Esa es la buena noticia. Aunque hayamos sido débiles, aunque hayamos caído, aunque más de una vez hayamos sido incoherentes, todavía hay esperanza. Mientras podamos mirar al Señor, mientras podamos volver a Él, mientras podamos llorar nuestros pecados y suplicar misericordia, no todo está perdido.

Y eso distingue a Pedro de Judas. Los dos serán débiles. Los dos fallarán. Los dos tocarán el abismo de la miseria humana. Pero Pedro llorará y volverá; Judas se encerrará en su desesperación. Pedro confiará en la misericordia; Judas quedará atrapado en su culpa. Por eso la Semana Santa no es sólo el tiempo de contemplar el pecado del hombre, sino también la inmensidad del amor de Dios que sigue buscando, llamando y ofreciendo perdón.

Queridos hermanos, hoy la Iglesia nos invita a revisar especialmente nuestra relación con la Eucaristía. Cada misa prolonga sacramentalmente aquella Cena del Señor. Cada vez que participamos en la Eucaristía entramos en el cenáculo, nos sentamos a la mesa con Cristo, escuchamos su Palabra y recibimos el don de su entrega. No vengamos entonces con corazón disperso, superficial o frío. Acerquémonos con fe. Acerquémonos con adoración. Acerquémonos diciendo desde lo profundo del alma: “Señor, no soy digno… pero una palabra tuya bastará para sanarme”.

Que en esta Semana Santa aprendamos a pasar de una fe rutinaria a una fe adorante; de una relación exterior con Jesús a una relación rendida y confiada; de llamarlo sólo Maestro a reconocerlo realmente como Señor.

Pidámosle hoy al Señor tres gracias:
la gracia de un corazón sincero, capaz de preguntarse humildemente “¿seré yo, Señor?”;
la gracia de una fe profunda en la Eucaristía;
y la gracia de no vender nunca a Cristo por las pobres monedas de este mundo.

Que María Santísima, fiel junto a su Hijo hasta la cruz, nos enseñe a permanecer con Jesús no sólo en los momentos de consuelo, sino también en la hora oscura. Y que, al participar en estos días santos, podamos renovar nuestra fe y decir con toda el alma:

Señor mío y Dios mío, yo creo, yo adoro, yo espero y yo te amo.

Amén.

 

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