¡Desconcertante!
(Isaías 50, 4-9a; Mateo 26, 14-25) Como el siervo de Isaías,
Jesús avanza sin echarse atrás hacia aquellos que van a maltratarlo. Va y, “a
la manera” del Padre, se entrega por completo. Va humilde y decidido, a
desarmar la violencia de los violentos. Él invierte la imagen de aquel que se
esperaba, e incluso la imagen misma de Dios. Porque, en ese instante, Dios no
se esconde: es Él quien permanece allí, con el rostro de todos aquellos y
aquellas que todavía hoy sufren la violencia.
Colette Hamza, xavière
Primera lectura
No escondí el
rostro ante ultrajes
Lectura del libro de Isaías.
EL Señor Dios me ha dado una lengua de discípulo;
para saber decir al abatido una palabra de aliento.
Cada mañana me espabila el oído,
para que escuche como los discípulos.
El Señor Dios me abrió el oído;
yo no resistí ni me eché atrás.
Ofrecí la espalda a los que me golpeaban,
las mejillas a los que mesaban mi barba;
no escondí el rostro ante ultrajes y salivazos.
El Señor Dios me ayuda,
por eso no sentía los ultrajes;
por eso endurecí el rostro como pedernal,
sabiendo que no quedaría defraudado.
Mi defensor está cerca,
¿quién pleiteará contra mí?
Comparezcamos juntos,
¿quién me acusará?
Que se acerque.
Miren, el Señor Dios me ayuda,
¿quién me condenará?
Palabra de Dios.
Salmo
R. Señor,
que me escuche tu gran bondad
el día de tu favor.
V. Por ti he
aguantado afrentas,
la vergüenza cubrió mi rostro.
Soy un extraño para mis hermanos,
un extranjero para los hijos de mi madre.
Porque me devora el celo de tu templo,
y las afrentas con que te afrentan caen sobre mí. R.
V. La afrenta
me destroza el corazón, y desfallezco.
Espero compasión, y no la hay;
consoladores, y no los encuentro.
En mi comida me echaron hiel,
para mi sed me dieron vinagre. R.
V. Alabaré
el nombre de Dios con cantos,
proclamaré su grandeza con acción de gracias.
Mírenlo, los humildes, y alégrense;
busquen al Señor, y revivirá su corazón.
Que el Señor escucha a sus pobres,
no desprecia a sus cautivos. R.
Aclamación
(opción 2) V. Salve,
Rey nuestro, obediente al Padre; fuiste llevado a la crucifixión, como manso
cordero a la matanza.
Evangelio
El Hijo del
hombre se va como está escrito; pero, ¡ay de aquel por quien es entregado!
Lectura del santo Evangelio según san Mateo.
EN aquel tiempo, uno de los Doce, llamado Judas
Iscariote, fue a los sumos sacerdotes y les propuso:
«¿Qué están dispuestos a darme si se lo entrego a ustedes?».
Ellos se ajustaron con él en treinta monedas de plata. Y desde entonces andaba
buscando ocasión propicia para entregarlo.
El primer día de los Ácimos se acercaron los discípulos a Jesús y le
preguntaron:
«¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?».
Él contestó:
«Vayan a la ciudad, a casa de quien ustedes saben, y díganle: “El Maestro dice:
mi hora está cerca; voy a celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos”».
Los discípulos cumplieron las instrucciones de Jesús y prepararon la Pascua.
Al atardecer se puso a la mesa con los Doce. Mientras comían dijo:
«En verdad les digo que uno de ustedes me va a entregar».
Ellos, muy entristecidos, se pusieron a preguntarle uno tras otro:
«¿Soy yo acaso, Señor?».
Él respondió:
«El que ha metido conmigo la mano en la fuente, ese me va a entregar. El Hijo
del hombre se va como está escrito de él; pero, ¡ay de aquel por quien el Hijo
del hombre es entregado!, ¡más le valdría a ese hombre no haber nacido!».
Entonces preguntó Judas, el que lo iba a entregar:
«¿Soy yo acaso, Maestro?».
Él respondió:
«Tú lo has dicho».
Palabra del Señor.
1
Queridos
hermanos:
Al
acercarnos cada vez más al misterio de la pasión del Señor, la liturgia de este
Miércoles Santo
nos pone delante de dos escenas profundamente conmovedoras. Por una parte, el Siervo sufriente del
profeta Isaías; por otra, Jesús sentado a la mesa con sus discípulos, mientras
ya se mueve en la sombra la traición de Judas.
La
primera lectura nos presenta a un hombre fiel, un siervo que escucha a Dios y
que no se rebela ni se echa atrás, aun cuando le esperan el sufrimiento, los
golpes, los insultos y la humillación. Dice el texto: “Ofrecí la espalda a los que me
golpeaban”. No es la actitud de un derrotado, sino la de
alguien que ha puesto su confianza en Dios. Sabe sufrir sin perder la dignidad,
sabe cargar el dolor sin dejar que el mal le robe el alma.
Ese
Siervo encuentra su plenitud en Jesucristo. Jesús no huye. Jesús no se esconde.
Jesús no responde al mal con más mal. Él sabe lo que viene; sabe quién lo va a
entregar; sabe que el sufrimiento está ya a la puerta. Y, sin embargo,
permanece. Permanece en la verdad. Permanece en el amor. Permanece fiel al
Padre.
Y
aquí aparece algo que desconcierta profundamente: muchas veces nosotros
imaginamos a Dios como fuerza aplastante, como poder que elimina al enemigo,
como grandeza que se impone. Pero en Jesús contemplamos otra cosa: un Dios que no aplasta, sino que se
entrega; un Dios que no grita, sino que ama; un Dios que no destruye al
pecador, sino que sufre por salvarlo.
En
el Evangelio, la escena de la última cena tiene una tensión muy fuerte. Jesús
dice: “Uno de ustedes me
va a entregar”. Y aquella mesa, que debería ser sólo lugar de
comunión, se convierte también en lugar de examen de conciencia. Todos
preguntan: “¿Soy yo acaso,
Señor?”. Esa pregunta es muy importante también para nosotros.
Porque
antes de señalar a Judas, conviene mirar nuestro propio corazón. También
nosotros, a veces, traicionamos al Señor. Lo traicionamos cuando negociamos
nuestra fe por comodidad. Lo traicionamos cuando callamos la verdad por miedo.
Lo traicionamos cuando el interés, el egoísmo o la ambición pesan más que el
amor. Lo traicionamos cuando comulgamos con los labios, pero el corazón anda
lejos de Dios o endurecido frente al hermano que sufre.
Judas
vendió a Jesús por treinta monedas. Pero el drama no está sólo en la cantidad
del dinero; el drama está en que cambió al Maestro por algo que valía menos. Y
eso sigue pasando hoy. Cada vez que cambiamos la paz de la conciencia por una
ventaja pasajera, cada vez que cambiamos la fidelidad por la conveniencia, cada
vez que cambiamos el Evangelio por el aplauso del mundo, estamos repitiendo, de
alguna manera, la tragedia de Judas.
Pero
la liturgia de hoy no quiere dejarnos en la tristeza. También quiere mostrarnos
la firmeza serena de Jesús. Él conoce la traición, pero no deja de amar. Conoce
la oscuridad, pero no deja de ser luz. Sabe que lo van a herir, pero sigue
entregándose. Ahí está la verdadera victoria: Jesús vence no evitando la cruz, sino transformando el
sufrimiento en ofrenda y el odio en redención.
Y
esto tiene una resonancia muy especial cuando hoy oramos por nuestros hermanos enfermos.
Ellos, de una manera muy particular, llevan en su cuerpo o en su alma algo del
misterio del Siervo sufriente. Cuántos enfermos viven en silencio, cuántos
soportan dolores físicos, tratamientos largos, noches de insomnio,
incertidumbre, dependencia, miedo, angustia. Cuántos sienten también la
violencia interior de la soledad, del abandono, de no sentirse comprendidos, de
ver que su vida cambió y ya no pueden hacer lo que antes hacían.
A
ellos la Palabra de Dios les dice hoy: Cristo
no es ajeno a tu dolor. Él no mira el sufrimiento desde lejos.
Él lo asumió. Él entró en él. Él conoce por dentro la herida humana. Y por eso,
el enfermo no está solo. En su cama, en su tratamiento, en su limitación, en su
espera, está acompañado por Aquel que también fue herido, humillado y
entregado.
Pero
esta palabra no es sólo para los enfermos. También es para nosotros, que
estamos llamados a acercarnos a ellos con ternura, paciencia y compasión.
Porque a veces una enfermedad no sólo necesita medicina; necesita presencia,
escucha, una mano tendida, una visita, una oración, una palabra serena. El
rostro del Cristo sufriente sigue apareciendo hoy en tantos hermanos enfermos.
Y nuestra fe se vuelve concreta cuando sabemos reconocerlo y servirlo en ellos.
El
salmo de hoy nos deja oír el clamor del que sufre: “En mi aflicción, Señor, que tu
salvación me levante”. Qué hermosa súplica para tantos
enfermos. Tal vez no siempre llegará la curación que nosotros esperamos; pero
siempre puede llegar la gracia de Dios, la fortaleza interior, la paz del alma,
la certeza de que el Señor no abandona.
En
esta Semana Santa, pidámosle al Señor tres gracias.
Primero, la gracia de no traicionarlo por pequeñas o grandes monedas de este
mundo.
Segundo, la gracia de permanecer fieles cuando lleguen la prueba, la decepción
o el dolor.
Y tercero, la gracia de acercarnos con amor verdadero a nuestros hermanos
enfermos, viendo en ellos el rostro mismo de Cristo.
Que
María, la Madre fiel, nos enseñe a permanecer junto a Jesús en la hora oscura.
Y que el Señor conceda consuelo, fortaleza y esperanza a todos nuestros
hermanos enfermos.
Amén.
2
Queridos
hermanos:
Seguimos
avanzando en el clima sagrado, denso y conmovedor de la Semana Santa. La
liturgia de hoy nos introduce en una escena íntima y dolorosa: Jesús está
sentado a la mesa con los suyos, compartiendo la cena, y en ese ambiente de
cercanía, amistad y comunión, pronuncia una frase que cae como un rayo: “En verdad les digo que uno de ustedes
me va a entregar”.
Es
una palabra que sacude. No se trata de un enemigo lejano. No se trata de
alguien ajeno al grupo. La traición viene de dentro, nace en el círculo
cercano, en el ámbito de la confianza. Y eso hace más profundo el dolor. No
hiere tanto el ataque del desconocido como la infidelidad de quien ha caminado
con nosotros, ha compartido el pan y ha escuchado nuestro corazón.
El
Evangelio nos deja ver algo muy importante: Jesús no habla con rabia, ni con
resentimiento, ni con deseos de venganza. Habla con tristeza, con lucidez, con
serenidad. Sabe lo que va a pasar, conoce el corazón humano, conoce la
debilidad de Judas, y aun así no deja de amar. Ahí ya hay una lección inmensa
para nosotros: Cristo no
responde al pecado con odio; responde con un amor que sufre, pero que no deja
de amar.
La
primera lectura, tomada del profeta Isaías, nos presenta la figura del Siervo
del Señor: un hombre dócil a la Palabra, que escucha como discípulo y que no se
echa atrás ante el sufrimiento. Dice: “Ofrecí
la espalda a los que me golpeaban, la mejilla a los que me arrancaban la barba;
no oculté el rostro a insultos y salivazos”. Son palabras
impresionantes. Este Siervo no huye, no se defiende con violencia, no devuelve
mal por mal. Permanece firme porque sabe que Dios está con él.
En
Jesús, este anuncio alcanza su plenitud. Él es el verdadero Siervo fiel. Va
entrando libremente en la Pasión. No porque ame el dolor, sino porque ama hasta
el extremo. No se aferra a salvarse a sí mismo; se entrega para salvarnos a
nosotros. El Hijo de Dios se abaja, se humilla, se deja herir, para levantar al
hombre caído. Y así cambia por completo nuestra imagen de Dios. Muchas veces
imaginamos un Dios fuerte según los criterios del mundo: un Dios que aplasta,
castiga de inmediato, se impone por la fuerza. Pero en Jesucristo aparece un
Dios cuya omnipotencia es el amor humilde; un Dios que vence no destruyendo al
enemigo, sino dejándose herir para redimirlo.
En
el Evangelio hay un detalle muy fino, pero muy revelador. Cuando Jesús anuncia
la traición, los discípulos van preguntando uno tras otro: “¿Soy yo acaso, Señor?”.
En cambio Judas dice: “¿Soy
yo acaso, Maestro?”. Los otros lo llaman Señor; Judas lo llama Maestro.
No
parece una diferencia enorme, pero espiritualmente sí lo es. Llamar a Jesús Maestro es reconocerlo
como alguien que enseña, alguien sabio, alguien digno de respeto. Pero llamarlo
Señor es
mucho más: es reconocer que Él tiene autoridad sobre mi vida, que no es sólo
alguien que me instruye, sino Aquel a quien pertenezco; no sólo alguien cuyas
palabras admiro, sino el Hijo de Dios a quien adoro, obedezco y amo.
Y
aquí la Palabra de Dios nos interpela profundamente, porque también nosotros
podemos vivir cerca de Jesús sin reconocerlo de verdad como Señor. Podemos
saber muchas cosas de la fe, conocer oraciones, asistir a la misa, escuchar el
Evangelio, y sin embargo reservarnos el mando de nuestra vida. Podemos tratar a
Jesús como un maestro interesante, pero no como el Señor al que debemos
entregarle el corazón.
Ese
contraste se vuelve todavía más fuerte cuando pensamos que esta escena ocurre
en el contexto de la Última Cena, es decir, en el marco de la institución de la
Eucaristía. Allí Jesús comienza a entregarse sacramentalmente. Allí anticipa el
don total de su Cuerpo y de su Sangre. En el mismo ambiente en que nace el gran
sacramento del amor, aparece también el misterio del rechazo, de la traición,
de la frialdad del corazón humano.
Esto
nos lleva a preguntarnos: ¿cómo
participamos nosotros en la Santa Misa?
¿Venimos a cumplir, a escuchar, a pasar un momento religioso… o venimos
realmente a encontrarnos con el Señor?
¿Nos acercamos a la Eucaristía con fe viva, con asombro, con reverencia?
¿O a veces nuestra presencia es más exterior que interior, más costumbre que
adoración?
Porque
se puede estar muy cerca del altar y, sin embargo, muy lejos del Señor. Se
puede recibir el pan consagrado sin dejar que el corazón se consagre. Se puede
pronunciar fórmulas hermosas y mantener dentro de sí el egoísmo, la dureza, la
indiferencia. Judas compartió la mesa con Jesús, pero no le entregó el alma. Y
ese riesgo sigue existiendo para nosotros.
Judas
no era un extraño. Había sido llamado. Había caminado con Jesús. Había
escuchado sus enseñanzas. Había visto milagros. Quizás incluso sentía
admiración por Él. Pero no dejó que esa cercanía se transformara en verdadera
rendición interior. Su tragedia no comenzó con las treinta monedas; comenzó
antes, cuando su corazón se fue cerrando. Primero entró la codicia, luego la
duplicidad, luego la mentira, y finalmente la traición.
Así
ocurre también en la vida espiritual. Nadie cae de un momento a otro. Primero
dejamos entrar pequeños egoísmos, pequeñas infidelidades, pequeños autoengaños.
Y cuando el corazón ya no vigila, cuando ya no ora, cuando ya no adora, cuando
ya no se deja corregir por el Señor, termina justificando lo que antes le
parecía impensable.
Por
eso es tan importante la reacción de los demás discípulos: “¿Soy yo acaso, Señor?”.
Esa pregunta no nace de la desconfianza neurótica, sino de la humildad. Ellos
no dicen: “Seguro que yo no”. Ellos se examinan. Se ponen delante del Señor y
reconocen que el corazón humano es frágil. Esa es la actitud correcta en Semana
Santa: no juzgar primero a Judas, sino mirarnos a nosotros mismos. No sólo
preguntarnos quién traicionó a Jesús hace dos mil años, sino de qué manera
puedo yo traicionarlo hoy.
Lo
traicionamos cuando preferimos el interés al Evangelio.
Lo traicionamos cuando vendemos nuestra conciencia por aceptación, por
comodidad, por dinero o por placer.
Lo traicionamos cuando en la misa estamos físicamente presentes, pero
espiritualmente ausentes.
Lo traicionamos cuando comulgamos sin hambre de Dios, sin arrepentimiento, sin
deseo sincero de conversión.
Lo traicionamos cuando lo llamamos “Señor” con los labios, pero dejamos que
otros señores ocupen el trono del corazón: el orgullo, la ambición, la vanidad,
el resentimiento, la autosuficiencia.
El
salmo de hoy nos deja escuchar la voz del justo humillado, del hombre herido,
del corazón quebrantado: “Miren
al Señor y revivirá su corazón”. Esa es la buena noticia.
Aunque hayamos sido débiles, aunque hayamos caído, aunque más de una vez
hayamos sido incoherentes, todavía hay esperanza. Mientras podamos mirar al
Señor, mientras podamos volver a Él, mientras podamos llorar nuestros pecados y
suplicar misericordia, no todo está perdido.
Y
eso distingue a Pedro de Judas. Los dos serán débiles. Los dos fallarán. Los
dos tocarán el abismo de la miseria humana. Pero Pedro llorará y volverá; Judas
se encerrará en su desesperación. Pedro confiará en la misericordia; Judas
quedará atrapado en su culpa. Por eso la Semana Santa no es sólo el tiempo de
contemplar el pecado del hombre, sino también la inmensidad del amor de Dios
que sigue buscando, llamando y ofreciendo perdón.
Queridos
hermanos, hoy la Iglesia nos invita a revisar especialmente nuestra relación
con la Eucaristía. Cada misa prolonga sacramentalmente aquella Cena del Señor.
Cada vez que participamos en la Eucaristía entramos en el cenáculo, nos
sentamos a la mesa con Cristo, escuchamos su Palabra y recibimos el don de su
entrega. No vengamos entonces con corazón disperso, superficial o frío.
Acerquémonos con fe. Acerquémonos con adoración. Acerquémonos diciendo desde lo
profundo del alma: “Señor,
no soy digno… pero una palabra tuya bastará para sanarme”.
Que
en esta Semana Santa aprendamos a pasar de una fe rutinaria a una fe adorante;
de una relación exterior con Jesús a una relación rendida y confiada; de
llamarlo sólo Maestro a reconocerlo realmente como Señor.
Pidámosle
hoy al Señor tres gracias:
la gracia de un corazón sincero, capaz de preguntarse humildemente “¿seré yo,
Señor?”;
la gracia de una fe profunda en la Eucaristía;
y la gracia de no vender nunca a Cristo por las pobres monedas de este mundo.
Que
María Santísima, fiel junto a su Hijo hasta la cruz, nos enseñe a permanecer con
Jesús no sólo en los momentos de consuelo, sino también en la hora oscura. Y que,
al participar en estos días santos, podamos renovar nuestra fe y decir con toda
el alma:
Señor mío y Dios mío, yo creo, yo adoro, yo espero y yo te
amo.
Amén.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Gracias por visitar mi blog, Deje sus comentarios que si son hechos con respeto y seriedad, contestaré con mucho gusto. Gracias. Bendiciones