domingo, 1 de marzo de 2026

2 de marzo del 2026: lunes de la segunda semana de Cuaresma

 

La riqueza del otro

(Lc 6, 36-38) ¡Cuánto cuesta escuchar —y sobre todo poner en práctica— las palabras que el Señor nos dirige hoy! La tendencia a juzgar a los demás, e incluso a condenarlos, parece estar inscrita en nuestros genes… Nos cuesta mucho respetar las diferencias, aunque nuestro Dios, Trinidad de Personas, desea que esas diferencias “canten” en armonía. Sepamos acoger al otro con misericordia, siendo humildes: pobres de nosotros mismos, pero abiertos a las riquezas que solo el otro puede ofrecernos.

Bénédicte de la Croix

 


Primera lectura

 Lectura de la profecía de Daniel (9,4b-10):


¡AY, mi Señor, Dios grande y terrible, que guarda la alianza y es leal con los que lo aman y cumplen sus mandamientos!
Hemos pecado, hemos cometido crímenes y delitos, nos hemos rebelado apartándonos de tus mandatos y preceptos. No hicimos caso a tus siervos los profetas, que hablaban en tu nombre a nuestros reyes, a nuestros príncipes, a nuestros padres y a todo el pueblo de la tierra.
Tú, mi Señor, tienes razón y a nosotros nos abruma la vergüenza, tal como sucede hoy a los hombres de Judá, a los habitantes de Jerusalén y a todo Israel, a los de cerca y a los de lejos, en todos los países por donde los dispersaste a causa de los delitos que cometieron contra ti.
Señor, nos abruma la vergüenza: a nuestros reyes, príncipes y padres, porque hemos pecado contra ti.
Pero, mi Señor, nuestro Dios, es compasivo y perdona, aunque nos hemos rebelado contra él. No obedecimos la voz del Señor, nuestro Dios, siguiendo las normas que nos daba por medio de sus siervos, los profetas.

Palabra de Dios

 


Salmo

 Sal 78,8.9.11.13


R/.
 Señor, no nos trates
como merecen nuestros pecados


V/. No recuerdes contra nosotros las culpas de nuestros padres;
que tu compasión nos alcance pronto,
pues estamos agotados. R/.

V/. Socórrenos, Dios, Salvador nuestro,
por el honor de tu nombre;
líbranos y perdona nuestros pecados
a causa de tu nombre. R/.

V/. Llegue a tu presencia el gemido del cautivo:
con tu brazo poderoso, salva a los condenados a muerte. R/.

V/. Nosotros, pueblo, ovejas de tu rebaño,
te daremos gracias siempre,
cantaremos tus alabanzas de generación en generación. R/.

 

Lectura del santo evangelio según san Lucas (6,36-38):

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso; no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante, pues con la medida con que midiereis se os medirá a vosotros».


Palabra del Señor

 

1

 

En Cuaresma, Dios no nos entretiene con ideas bonitas: nos pone frente a un espejo. Y el espejo de hoy es claro y exigente: misericordia. No como sentimiento superficial, sino como decisión: “Sean misericordiosos, como su Padre es misericordioso.” (Lc 6,36).

1) Un corazón que reconoce su verdad

La primera lectura, del profeta Daniel, es una oración que no busca excusas. Daniel habla en plural: “Hemos pecado, hemos hecho el mal…” (Dan 9,5). Es la plegaria de un pueblo que, en vez de justificarse, se deja alcanzar por la verdad.

Y esto es profundamente cuaresmal: la conversión empieza cuando dejo de defenderme y me atrevo a decir:
“Señor, aquí estoy… con mi dureza, mis juicios rápidos, mis palabras que hieren, mis rencores que guardo como si fueran un tesoro”.

A veces nos confesamos de “cosas”, pero Dios quiere sanar actitudes: la superioridad, la condena interior, el gusto por señalar. Daniel nos enseña a volver a Dios con humildad: no negociando, sino suplicando.

2) “No nos recuerdes las culpas”: el grito del salmo

El salmo responde con un clamor: “No recuerdes contra nosotros las culpas de nuestros padres… líbranos y perdona nuestros pecados por el honor de tu nombre” (Sal 79/78).

¡Qué frase para Cuaresma! Porque muchas veces nosotros sí recordamos: recordamos lo malo del otro, lo repetimos, lo archivamos, lo usamos como prueba definitiva. Pero el salmo nos hace pedirle a Dios justamente lo contrario:
“Señor, no nos trates según nuestras culpas; míranos según tu misericordia”.

Y si eso lo pedimos para nosotros, ¿con qué derecho vamos a negar esa misma esperanza a los demás?

3) El Evangelio: la misericordia se juega en el trato concreto

Jesús baja la misericordia del cielo a la tierra, y la vuelve cotidiana:

  • “No juzguen”: es decir, no te pongas en el lugar de Dios, no pretendas conocer el corazón del otro.
  • “No condenen”: no encierres a una persona en su peor momento.
  • “Perdonen”: no como olvido fácil, sino como decisión de romper la cadena del mal.
  • “Den”: porque el corazón misericordioso no es mezquino; se abre, comparte, se compadece con hechos.

Y luego Jesús remata con una ley espiritual contundente:
“Con la medida con que midan se les medirá.” (Lc 6,38)

No es amenaza: es pedagogía. Quien vive midiendo a los demás con dureza termina habitando un mundo duro; quien aprende la misericordia empieza a vivir en un mundo donde hay espacio para recomenzar.

4) “La riqueza del otro”: una clave preciosa

Alguien comentando este evangelio, decía algo muy verdadero: nos cuesta respetar las diferencias. Y, sin embargo, nuestro Dios es Trinidad: comunión de Personas distintas, unidas en el amor. Dios no teme la diversidad; la convierte en armonía.

Por eso, en la vida cristiana, el otro no es un estorbo: el otro es una riqueza.
A veces el otro me trae lo que yo no tengo:

  • paciencia que me falta,
  • una mirada que me corrige,
  • una herida que me vuelve humano,
  • un testimonio silencioso que me evangeliza.

Pero si juzgo, ya no escucho; si condeno, ya no aprendo; si pongo etiqueta, ya no amo. La misericordia, en cambio, me vuelve capaz de recibir “la riqueza del otro”.

5) Intención por los fieles difuntos: misericordia que atraviesa la muerte

Hoy oramos por nuestros difuntos. Y el Evangelio nos da una luz muy consoladora: si Dios es misericordioso, entonces nuestra última palabra no es el juicio humano, sino la bondad de Dios.

Nosotros encomendamos a nuestros fieles difuntos al Señor con confianza:
“Padre, míralos con la medida de tu amor, no con la medida de nuestras cuentas”.

Y aquí hay también un examen de conciencia muy concreto:
¿A quién sigo “condenando” incluso después de muerto, repitiendo historias, endureciendo el recuerdo?
La misericordia cristiana también purifica la memoria: no para negar el mal, sino para dejar a Dios ser Dios, y permitir que la esperanza tenga la última palabra.


Cierre

Hermanos, esta Cuaresma no nos pide ser perfectos; nos pide ser misericordiosos.
No es debilidad: es la fuerza de los hijos de Dios.

Pidámosle al Señor un corazón como el suyo:
que sepa reconocer su pecado (como Daniel),
que sepa suplicar perdón (como el salmo),
y que sepa tratar al prójimo sin juicio, sin condena, con perdón y generosidad (como Jesús).

Y que nuestros difuntos descansen en esa misericordia infinita, donde toda herida se cura y toda lágrima se enjuga. Amén.

Oración final (breve):
Señor, enséñanos tu misericordia. Haznos humildes para pedir perdón, y grandes de corazón para perdonar. Recibe en tu paz a nuestros fieles difuntos y concédeles la luz eterna. Amén.

 

2

 

1) Puerta de entrada: la misericordia que no entendemos… pero salva

Hay frases de Jesús que nos desinstalan por completo. Hoy escuchamos una de ellas: “Sean misericordiosos como el Padre es misericordioso” (Lc 6,36).
Y lo primero que sentimos es: “¡Eso suena precioso… pero imposible!”. Porque nuestro corazón, si es honesto, sabe que tiende a medir, a clasificar, a etiquetar: “este sí”, “este no”; “este merece”, “este no merece”.

La misericordia de Dios, en cambio, no funciona con nuestros cálculos. Es incomprensible: no porque sea injusta, sino porque es más grande que nuestras medidas.

2) ¿Qué NO es la misericordia?

Jesús no nos pide una “misericordia barata” ni una “tolerancia que lo aplaude todo”. La misericordia auténtica no es decir:

·        “Da igual cómo vivas, todo está bien”,

·        “Si te hace feliz, entonces está perfecto”,

·        “No hay verdad moral; cada quien con lo suyo”.

Eso no es misericordia; eso es indiferencia disfrazada de bondad.
La misericordia verdadera no apaga la verdad, la enciende con amor. No relativiza el Evangelio: lo anuncia con paciencia, claridad y ternura.

3) Primer movimiento de Jesús: “No juzguen… no condenen”

Después del mandato principal, Jesús lo concreta con dos prohibiciones:

·        “No juzguen”

·        “No condenen” (Lc 6,37)

Aquí hay una distinción clave para vivir en paz y en verdad:

a) No juzgar a la persona (el corazón).
Solo Dios ve el corazón. Solo Dios conoce la historia completa: heridas, intenciones, ignorancias, miedos, presiones, posibilidades reales. Cuando yo “sentencio” a alguien por dentro, me siento en un trono que no me pertenece.

b) Sí discernir los actos (lo objetivo).
Eso no significa que todo dé igual. Los cristianos no vivimos sin brújula. Hay acciones que el Evangelio ilumina claramente. Podemos y debemos llamar al bien, y señalar lo que hace daño… pero sin condenar el alma de nadie.

En palabras sencillas: no soy juez de tu corazón, pero sí soy testigo de la verdad que te puede salvar.
Esto, sobre todo con los más cercanos, es difícil: porque duele, porque compromete, porque exige humildad y prudencia. Pero es el camino del amor real.

4) Daniel y el salmo: antes de mirar al otro, mírate tú

La primera lectura es una escuela de Cuaresma: Daniel no empieza diciendo “ellos fallaron”; empieza diciendo: “Hemos pecado” (Dan 9,5). Es la oración del que se baja del pedestal.

Y el salmo lo completa: “No nos recuerdes las culpas… líbranos y perdona nuestros pecados” (Sal 79/78).
O sea: antes de usar la lupa con el prójimo, Dios nos invita a usarla con nosotros, y a pedir misericordia no como premio, sino como don.

¿Y qué pasa cuando uno se sabe perdonado? Se le cae la necesidad de condenar. Porque el perdonado se vuelve más humano.

5) Segundo movimiento de Jesús: “Perdonen… den”

Luego Jesús sube la exigencia:

·        “Perdonen y serán perdonados”

·        “Den y se les dará” (Lc 6,37-38)

Esto es duro, porque el resentimiento es como una “religión” del ego: me convence de que mi herida me autoriza a cerrar el corazón. Jesús dice lo contrario: perdonar y dar son actos supremos de misericordia.

Perdonar no siempre es olvidar de golpe, ni negar el daño. Es decidir:

·        “No voy a devolver mal por mal”,

·        “No voy a vivir esclavo de esto”,

·        “No voy a convertir tu falta en mi identidad”.

Y “dar” no es solo dinero: es dar tiempo, una palabra, una oportunidad, una escucha, un gesto de reconciliación, una corrección fraterna hecha con amor.

6) “Con la medida con que midan…”: la justicia de Dios es medicina

Jesús termina con una imagen que asusta y consuela a la vez: “Con la medida con que midan se les medirá” (Lc 6,38).
No es venganza divina; es una ley espiritual: el corazón que se acostumbra a la dureza se encierra, y termina viviendo en un mundo sin ventanas. Pero el corazón que se abre a la misericordia se ensancha… y empieza a respirar el aire de Dios.

7) Intención por los fieles difuntos: la última medida es la misericordia

Hoy oramos por nuestros fieles difuntos. Y esta palabra es un bálsamo: al final, no nos sostiene nuestra “lista de méritos”, sino la misericordia del Padre. No pedimos para ellos impunidad; pedimos salvación. Pedimos que Dios complete lo que faltó, sane lo que quedó herido, purifique lo que estuvo mezclado.

Y también es una llamada para nosotros: si queremos que Dios recuerde a nuestros difuntos con ternura, aprendamos a recordar a los vivos con misericordia. Que nuestras palabras sobre los demás no sean “condenas”, sino caminos hacia la verdad.

8) Conclusión: misericordia en “superabundancia”

Hermanos, la misericordia cristiana no es debilidad: es fuerza sobrenatural. La razón humana sola no la entiende; por eso necesitamos oración, sacramentos, silencio, Evangelio… para que Cristo nos dé su Corazón.

Pidamos hoy una gracia concreta para esta semana:

·        no usurpar el lugar de Dios juzgando corazones,

·        amar la verdad sin aplastar a nadie,

·        perdonar lo que llevamos guardado,

·        dar más de lo que nuestra lógica calcula.

Y oremos con fe:
Señor, recibe a nuestros fieles difuntos en tu paz. Y a nosotros, enséñanos a vivir con esa misma misericordia con la que deseamos ser recibidos. Amén.

Oración final (en voz del celebrante):
Señor Jesús, muchas veces juzgo, me aferro al rencor y soy mezquino con la misericordia. Dame tu Corazón para amar con verdad, corregir con caridad, perdonar con libertad y dar con alegría. Acoge a nuestros fieles difuntos y concédeles la luz eterna. Jesús, en Ti confío. Amén.

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