miércoles, 4 de marzo de 2026

5 de marzo del 2026: jueves de la segunda semana de Cuaresma


El árbol y su savia

(Jeremías 17, 5-10; Salmo 1) El creyente se parece a un árbol. Con la cabeza erguida hacia el cielo, hunde profundamente sus raíces y da fruto en abundancia. Las representaciones de los primeros cristianos los muestran orando de pie, con los brazos levantados hacia el cielo, a imagen del Resucitado. Siguiendo la estela del Hijo levantado de entre los muertos, la Palabra de Dios meditada cada día y la recepción regular de los sacramentos van infundiendo en nuestras venas una savia nueva: la vida eterna.

Bénédicte de la Croix, cistercienne



Primera lectura

Lectura del libro de Jeremías (17,5-10):


ESTO dice el Señor:
«Maldito quien confía en el hombre,
y busca el apoyo de las criaturas,
apartando su corazón del Señor.
Será como cardo en la estepa,
que nunca recibe la lluvia;
habitará en un árido desierto,
tierra salobre e inhóspita.
Bendito quien confía en el Señor
y pone en el Señor su confianza.
Será un árbol plantado junto al agua,
que alarga a la corriente sus raíces;
no teme la llegada del estío,
su follaje siempre está verde;
en año de sequía no se inquieta,
ni dejará por eso de dar fruto.
Nada hay más falso y enfermo
que el corazón: ¿quién lo conoce?
Yo, el Señor, examino el corazón,
sondeo el corazón de los hombres
para pagar a cada cual su conducta
según el fruto de sus acciones».

Palabra de Dios

 

Salmo

Sal 1,1-2.3.4.6

R/.
 Dichoso el hombre
que ha puesto su confianza en el Señor


V/. Dichoso el hombre
que no sigue el consejo de los impíos
ni entra por la senda de los pecadores,
ni se sienta en la reunión de los cínicos;
sino que su gozo es la ley del Señor,
y medita su ley día y noche. R/.

V/. Será como un árbol
plantado al borde de la acequia:
da fruto en su sazón
y no se marchitan sus hojas;
y cuanto emprende tiene buen fin. R/.

V/. No así los impíos, no así;
serán paja que arrebata el viento.
Porque el Señor protege el camino de los justos,
pero el camino de los impíos acaba mal. R/.

 

Lectura del santo evangelio según san Lucas (16,19-31):

EN aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos:
«Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba cada día. Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que caía de la mesa del rico.
Y hasta los perros venían y le lamían las llagas.
Sucedió que murió el mendigo, y fue llevado por los ángeles al seno de Abrahán.
Murió también el rico y fue enterrado. Y, estando en el infierno, en medio de los tormentos, levantó los ojos y vio de lejos a Abrahán, y a Lázaro en su seno, y gritando, dijo:
“Padre Abrahán, ten piedad de mí y manda a Lázaro que moje en agua la punta del dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas”.
Pero Abrahán le dijo:
“Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en tu vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso ahora él es aquí consolado, mientras que tú eres atormentado.
Y, además, entre nosotros y vosotros se abre un abismo inmenso, para que los que quieran cruzar desde aquí hacia vosotros no puedan hacerlo, ni tampoco pasar de ahí hasta nosotros”.
Él dijo:
“Te ruego, entonces, padre, que le mandes a casa de mi padre, pues tengo cinco hermanos: que les dé testimonio de estas cosas, no sea que también ellos vengan a este lugar de tormento”.
Abrahán le dice:
“Tienen a Moisés y a los profetas: que los escuchen”.
Pero él le dijo:
“No, padre Abrahán. Pero si un muerto va a ellos, se arrepentirán”.
Abrahán le dijo:
“Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no se convencerán ni aunque resucite un muerto”».

Palabra del Señor

 


1

 

Hermanos, en Cuaresma Dios no se cansa de repetirnos una verdad sencilla y decisiva: la vida se nos seca o florece según dónde pongamos la confianza. Y hoy la liturgia lo expresa con una imagen bellísima: el creyente es como un árbol.

1) ¿De qué vive el árbol?

Jeremías pone dos caminos delante de nosotros:

·        “Maldito el que confía en el hombre… será como un cardo en la estepa”.

·        “Bendito el que confía en el Señor… será como un árbol plantado junto al agua”.

No es que Dios desprecie lo humano; lo que denuncia el profeta es cuando el corazón se encierra y busca su seguridad última en lo frágil: el poder, el dinero, la imagen, el aplauso, el control… Eso es “confiar en el hombre” como si fuera dios. Y entonces el alma se vuelve como tierra salitrosa: hay movimiento, hay ruido, hay actividad… pero por dentro hay sequía.

El Salmo 1 completa el retrato: “Será como árbol plantado al borde de la acequia: da fruto a su tiempo y no se marchitan sus hojas.” La diferencia no está en que al árbol “bueno” no le llegue el calor o el viento: le llegan. La diferencia es la raíz. Donde hay raíz, hay savia. Donde hay savia, hay fruto.

Aquí encaja perfecto el texto que hemos traducido: la Palabra meditada cada día y los sacramentos recibidos con fidelidad “instilan en nuestras venas una savia nueva”. Esa savia tiene un nombre: vida eterna, vida del Resucitado dentro de nosotros.

2) El Evangelio: cuando el corazón se vuelve desierto

Y ahora miremos el Evangelio. La parábola del rico y Lázaro no es solo una historia sobre “tener o no tener”; es una radiografía del corazón.

El rico no aparece como un criminal; aparece como alguien que vive encerrado en su bienestar, con una vida “a puertas cerradas”. Y en la puerta —¡en la puerta!— está Lázaro, el hermano real, concreto, con nombre. La tragedia no es que el rico tenga bienes; la tragedia es que se le secó la compasión. Es decir, su interior se volvió “estepa”: no circula savia hacia el otro.

Desde una mirada muy humana —y también espiritual—, cuando uno vive centrado en sí mismo, termina pasando algo parecido: se pierde la capacidad de ver. No porque falten ojos, sino porque el corazón se acostumbra a ignorar. El egoísmo crea una especie de “ceguera selectiva”: vemos lo que nos conviene, y dejamos de ver lo que nos compromete.

Cuaresma viene a romper esa ceguera. Dios nos devuelve la mirada limpia: ver al hermano, ver a los pobres, ver al que sufre, ver la necesidad de la Iglesia, ver el llamado de Dios.

3) Evangelización: llevar savia, sembrar raíces

Hoy oramos por la obra evangelizadora de la Iglesia. Evangelizar no es hacer propaganda; evangelizar es llevar vida. Y para llevar vida hay que tenerla dentro.

La Iglesia evangeliza cuando sus hijos están:

·        plantados junto al agua (oración real, no solo palabras),

·        alimentados por la Palabra (no solo frases sueltas, sino escucha obediente),

·        sostenidos por los sacramentos (especialmente Eucaristía y Reconciliación),

·        y abiertos al hermano (caridad concreta, no abstracta).

Si falta esto, podemos tener muchas actividades, pero poca savia. Y cuando falta savia, el anuncio se vuelve cansado, moralista, sin alegría. En cambio, cuando hay savia, el Evangelio se nota: da sombra, da fruto, da esperanza.

4) Vocaciones: fruto de un árbol bien plantado

También hoy oramos por las vocaciones. Y aquí la imagen del árbol es preciosa: la vocación es fruto, pero el fruto no se fabrica; el fruto se recibe cuando el árbol está bien plantado.

Las vocaciones nacen donde hay:

·        familias que oran,

·        comunidades que adoran,

·        jóvenes que escuchan a Dios sin miedo,

·        sacerdotes y consagrados que viven con alegría y coherencia,

·        y un pueblo que acompaña, no que juzga ni presiona.

La vocación madura cuando el corazón deja de decir: “¿Qué gano yo?” y empieza a decir: “Señor, ¿para quién me quieres?” Ahí brota el fruto. Ahí aparece el “sí”.

5) Una invitación concreta para esta Cuaresma

Hoy el Señor nos propone algo muy concreto, casi como un examen del corazón (Jeremías lo decía: “Yo, el Señor, sondeo el corazón”):

1.    Una raíz diaria: 10–15 minutos de Evangelio, en silencio, sin prisa.

2.    Un sacramento que riega: Confesión cuaresmal y Eucaristía vivida con hambre de Dios.

3.    Un Lázaro a tu puerta: una obra concreta de caridad esta semana (persona, familia, enfermo, necesidad real).

4.    Una oración por vocaciones: cada día, aunque sea breve: “Señor, envía obreros a tu mies; y aquí estoy para lo que quieras”.

Conclusión

Hermanos, Dios quiere que su Iglesia sea un bosque de esperanza en medio de un mundo que a veces parece desierto. Pero ese bosque no nace del activismo: nace de la savia del Resucitado.

Pidámosle hoy al Señor que nos plante junto al agua, que nos dé entrañas misericordiosas para reconocer a Lázaro, y que de nuestras comunidades broten vocaciones santas, valientes, alegres, para la evangelización.

Señor, riega tu Iglesia.
Danos tu savia.
Haznos raíces profundas,
para que demos fruto abundante. Amén.

 

 


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