Un mensaje peligroso
(Mateo 21, 33-43.45-46) ¿De dónde sacó el Hijo del hombre una
lucidez semejante? Ciertamente, del trato asiduo con las Escrituras. La
historia de la alianza entre Dios y los hombres está marcada por relatos en los
que sus profetas son perseguidos por haber transmitido su mensaje. Como
portavoz del Padre, Jesús sabe que no escapará a la violencia de los jefes
religiosos: el Verbo debe hacerse carne hasta la muerte y la resurrección,
‘maravilla ante nuestros ojos’.”
Bénédicte de la Croix,
cistercienne
Primera lectura
Lectura del libro del Génesis (37,3-4.12-13a.17b-28):
ISRAEL amaba a José más que a todos los otros hijos, porque le había nacido
en la vejez, y le hizo una túnica con mangas. Al ver sus hermanos que su padre
lo prefería a los demás, empezaron a odiarlo y le negaban el saludo.
Sus hermanos trashumaron a Siquén con los rebaños de su padre. Israel dijo a
José:
«Tus hermanos deben de estar con los rebaños en Siquén; ven, que te voy a
mandar donde están ellos».
José fue tras sus hermanos y los encontró en Dotán. Ellos lo vieron desde lejos
y, antes de que se acercara, maquinaron su muerte. Se decían unos a otros:
«Ahí viene el soñador. Vamos a matarlo y a echarlo en un aljibe; luego diremos
que una fiera lo ha devorado; veremos en qué paran sus sueños».
Oyó esto Rubén, e intentando salvarlo de sus manos, dijo:
«No le quitemos la vida».
Y añadió:
«No derraméis sangre; echadlo en este aljibe, aquí en la estepa; pero no
pongáis las manos en él».
Lo decía para librarlo de sus manos y devolverlo a su padre.
Cuando llegó José al lugar donde estaban sus hermanos, lo sujetaron, le
quitaron la túnica, la túnica con mangas que llevaba puesta, lo cogieron y lo
echaron en un pozo. El pozo estaba vacío, sin agua.
Luego se sentaron a comer y, al levantar la vista, vieron una caravana de
ismaelitas que transportaban en camellos goma, bálsamo y resina de Galaad a
Egipto. Judá propuso a sus hermanos:
«¿Qué sacaremos con matar a nuestro hermano y con tapar su sangre? Vamos a
venderlo a los ismaelitas y no pongamos nuestras manos en él, que al fin es
hermano nuestro y carne nuestra».
Los hermanos aceptaron.
Al pasar unos mercaderes madianitas, tiraron de su hermano; y, sacando a José
del pozo, lo vendieron a unos ismaelitas por veinte monedas de plata. Estos se
llevaron a José a Egipto.
Palabra de Dios
Salmo
Sal 104,16-17.18-19.20-21
R/. Recordad las maravillas que hizo el Señor
V/. Llamó al hambre sobre aquella tierra:
cortando el sustento de pan;
por delante había enviado a un hombre,
a José, vendido como esclavo. R/.
V/. Le trabaron los pies con grillos,
le metieron el cuello en la argolla,
hasta que se cumplió su predicción,
y la palabra del Señor lo acreditó. R/.
V/. El rey lo mandó desatar,
el señor de pueblos le abrió la prisión,
lo nombró administrador de su casa,
señor de todas sus posesiones. R/.
Lectura del santo evangelio según san Mateo (21,33-43.45-46):
EN aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del
pueblo:
«Escuchad otra parábola:
“Había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cayó en ella
un lagar, construyó una torre, la arrendó a unos labradores y se marchó lejos.
Llegado el tiempo de los frutos, envió sus criados a los labradores para
percibir los frutos que le correspondían. Pero los labradores, agarrando a los
criados, apalearon a uno, mataron a otro y a otro lo apedrearon.
Envió de nuevo otros criados, más que la primera vez, e hicieron con ellos lo
mismo. Por último, les mandó a su hijo diciéndose: ‘Tendrán respeto a mi hijo’.
Pero los labradores, al ver al hijo se dijeron: ‘Este es el heredero: venid, lo
matamos y nos quedamos con su herencia’.
Y agarrándolo, lo sacaron fuera de la viña y lo mataron.
Cuando vuelva el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?”».
Le contestan:
«Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros
labradores que le entreguen los frutos a su tiempo».
Y Jesús les dice:
«¿No habéis leído nunca en la Escritura:
“La piedra que desecharon los arquitectos
es ahora la piedra angular.
Es el Señor quien lo ha hecho,
ha sido un milagro patente”?
Por eso os digo que se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un
pueblo que produzca sus frutos».
Los sumos sacerdotes y los fariseos, al oír sus parábolas, comprendieron que
hablaba de ellos.
Y, aunque intentaban echarle mano, temieron a la gente, que lo tenía por
profeta.
Palabra del Señor
Queridos
hermanos y hermanas:
La
Palabra de Dios de hoy tiene un tono fuerte, serio, casi doloroso. No es una
Palabra suave ni decorativa. Es una Palabra que desenmascara el corazón humano
cuando se endurece, cuando se deja invadir por la envidia, por el interés, por
la violencia, por el rechazo de Dios. Pero, al mismo tiempo, es una Palabra
llena de esperanza, porque nos muestra que Dios no abandona su obra, aunque sus
enviados sean rechazados; y que incluso del sufrimiento puede sacar salvación.
Esa es una buena noticia para todos, y de manera especial para quienes hoy
sufren en el cuerpo y en el alma.
La
primera lectura nos presenta a José, el hijo amado de Jacob. Sus hermanos lo
ven venir y en vez de alegrarse por su presencia, lo miran con odio. La envidia
les ha enfermado el alma. No pueden soportar que José sea distinto, que tenga
sueños, que reciba predilección de su padre. Y así, antes de tocar su cuerpo,
ya habían herido su corazón. La violencia comenzó mucho antes de venderlo:
empezó en la mirada torcida, en el resentimiento acumulado, en la palabra
negada, en la incapacidad de reconocer al hermano como hermano.
Eso
sigue ocurriendo hoy. Muchísimas personas sufren en el cuerpo, sí:
enfermedades, cansancios, diagnósticos, cirugías, dolores crónicos,
limitaciones, insomnio, ansiedad somatizada. Pero también hay muchísimos que
sufren en el alma: por rechazo, por humillaciones, por abandono, por
traiciones, por desprecio familiar, por sentirse invisibles, por cargas
emocionales que nadie ve. Hay dolores que no sangran por fuera, pero por dentro
desgarran profundamente.
Y
entonces el Evangelio nos presenta la parábola de los viñadores homicidas. El
dueño de la viña la prepara con cuidado, la confía a unos labradores y espera
frutos. Cuando envía a sus servidores, los golpean, los maltratan y los matan.
Finalmente envía a su propio hijo, pensando: “A mi hijo lo respetarán”. Pero
aquellos hombres, cegados por la codicia, dicen: “Éste es el heredero; vamos a
matarlo”. Jesús está hablando de sí mismo. Está anunciando que Él, el Hijo,
será rechazado. Los sumos sacerdotes y los fariseos entendieron que hablaba de
ellos.
Jesús
tiene esta lucidez porque vive empapado de la Escritura. Él sabe que la
historia de la salvación está marcada por el rechazo a los profetas. Sabe que
el amor de Dios muchas veces es recibido como amenaza por corazones cerrados.
Sabe que anunciar la verdad tiene un costo. Y sabe que su fidelidad al Padre lo
llevará hasta la cruz. No una cruz romántica, sino una cruz real:
incomprensión, odio, condena, sufrimiento físico, abandono, muerte. Pero
también sabe que la última palabra no será la violencia, sino la resurrección,
esa “maravilla ante nuestros ojos” evocada por el salmo y retomada en el
Evangelio con la piedra rechazada que llega a ser piedra angular.
Qué
consolador es esto para quienes sufren. Porque muchas veces el enfermo, el
herido interiormente, el que carga una pena silenciosa, puede pensar: “Dios no
me ve”; “Dios me olvidó”; “mi dolor no tiene sentido”; “nadie comprende lo que
llevo dentro”. Pero hoy la Palabra nos dice: Cristo sí comprende. Cristo sabe
lo que es ser rechazado. Cristo sabe lo que es ser traicionado por los suyos.
Cristo sabe lo que es sentir en su cuerpo el peso del sufrimiento. Cristo sabe
lo que es cargar en su alma la tristeza, la angustia, la soledad. Y
precisamente por eso, quien sufre no está solo: su dolor puede unirse al de
Jesús, y en Él puede transformarse en camino de redención.
El
salmo responsorial recuerda cómo Dios permitió pruebas, pero después levantó a
José para salvar a muchos. No fue un camino fácil. José conoció la fosa, la
esclavitud, la humillación. Sin embargo, Dios no dejó de conducir la historia.
Eso significa que también en nuestras noches, en nuestras enfermedades, en
nuestras crisis afectivas, en nuestros duelos, en nuestras depresiones, en
nuestras luchas interiores, Dios sigue trabajando en silencio. A veces no lo
vemos. A veces solo sentimos el pozo. Pero el Señor no abandona a sus elegidos.
Hoy,
además, esta Palabra nos invita a examinarnos. Porque no basta decir:
“pobrecito José”, “pobrecito Jesús”. La pregunta es más incómoda: ¿en qué
momentos yo me parezco a los hermanos de José? ¿En qué momentos me parezco a
los viñadores homicidas? ¿Cuándo dejo que la envidia me enferme? ¿Cuándo
rechazo la verdad porque me incomoda? ¿Cuándo me cierro a la llamada de Dios?
¿Cuándo hiero el alma de otro con mi indiferencia, mis críticas, mi dureza o
mis silencios?
Hay
personas que están sufriendo hoy por palabras nuestras. Hay personas que cargan
heridas del alma por actitudes nuestras. Y quizá sin darnos cuenta nos hemos
convertido en causa de dolor para alguien. La Cuaresma es tiempo para
reconocerlo, pedir perdón y cambiar de rumbo. Porque el pecado no solo ofende a
Dios; muchas veces también enferma al hermano.
Pero
hay otra enseñanza hermosísima. A pesar del rechazo, Dios no retira su
proyecto. La viña no desaparece. El sueño de José no muere. El Hijo asesinado
no queda vencido. Dios escribe recto con líneas torcidas. Dios puede sacar bien
incluso del dolor humano. Eso no significa que el mal sea bueno; significa que
el amor de Dios es más fuerte que el mal. Y esa es nuestra esperanza cuaresmal.
Por
eso hoy quisiera dirigir una palabra especial a quienes sufren en el cuerpo: a
los enfermos, a los ancianos, a quienes están en tratamiento, a quienes no
pueden dormir del dolor, a quienes viven con cansancio permanente, a quienes
sienten que su cuerpo ya no responde como antes. No piensen que su vida vale
menos. No crean que son una carga. A los ojos de Dios siguen siendo preciosos.
Unidos a Cristo, sus sufrimientos pueden ser oración viva, intercesión fecunda,
ofrenda escondida por la Iglesia y por el mundo.
Y
una palabra también para quienes sufren en el alma: a quienes lloran en
silencio, a quienes cargan ansiedad, tristeza, soledad, culpa, miedo, recuerdos
dolorosos, rechazo, traición, heridas familiares. El Señor hoy no los juzga:
los abraza. Él conoce los sótanos del corazón humano. Él sabe lo que ustedes no
han podido decirle a nadie. Él entra precisamente allí donde parece que ya no
hay luz. No tengan miedo de poner su herida en sus manos.
Tal
vez esa sea la gracia que debemos pedir hoy:
Señor, sana mi cuerpo si
es tu voluntad, pero sobre todo sana mi corazón.
Señor, líbrame de hacer
sufrir a otros.
Señor, cuando me toque
pasar por la prueba, que no me aparte de ti.
Señor, hazme creer que la
piedra rechazada puede llegar a ser piedra angular también en mi propia
historia.
Queridos
hermanos, en esta Eucaristía presentemos al Señor a todos los que sufren en el
cuerpo y en el alma. Presentemos a los enfermos conocidos y desconocidos.
Presentemos a quienes se sienten agotados de vivir. Presentemos a quienes
sonríen por fuera, pero por dentro están rotos. Presentemos también nuestras
propias heridas.
Y
pidámosle a Jesús que esta Cuaresma no pase de largo sobre nosotros. Que quite
de nosotros la envidia, el resentimiento y la dureza. Que nos haga compasivos
con el dolor ajeno. Que nos enseñe a reconocerlo a Él en los rechazados, en los
enfermos, en los heridos, en los que parecen haber sido arrojados al pozo de la
vida.
Porque
el Dios de José y el Padre de Jesucristo sigue actuando. Y aunque el camino
pase por la cruz, la última palabra no será el odio, ni la enfermedad, ni la
traición, ni la muerte. La última palabra será siempre de Dios. Y esa palabra
es vida, misericordia y esperanza.
Amén.
2
Queridos
hermanos y hermanas:
La
Palabra de Dios de hoy nos presenta dos historias que, en el fondo, hablan de
lo mismo: el drama del
corazón humano cuando se deja dominar por el orgullo, la envidia y el rechazo
de Dios.
En
la primera lectura vemos a José,
el hijo amado de Jacob. Sus hermanos no pueden soportar que sea amado por su
padre y lo venden como esclavo. La envidia se convierte en violencia. El pecado
empieza en el corazón y termina dañando a los demás.
En
el Evangelio, Jesús cuenta la parábola de los viñadores homicidas. El dueño de la
viña la prepara con cuidado: planta la viña, pone una cerca, cava el lagar,
construye una torre. Es decir, no falta nada. Pero cuando envía a sus siervos a
recoger los frutos, los viñadores los golpean y los matan. Finalmente envía a
su propio hijo… y también lo matan.
Jesús
dirige esta parábola a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo. No
para humillarlos, sino porque los ama y quiere provocar su conversión. Ellos
habían recibido una misión sagrada: cuidar la viña de Dios, es decir, cuidar al
pueblo. Pero se habían apropiado de lo que era de Dios. En lugar de servir,
querían dominar; en lugar de dar frutos para Dios, buscaban su propio
prestigio.
Y
aquí aparece una palabra clave para nuestra vida espiritual: el orgullo.
El
orgullo es un pecado muy sutil. No siempre aparece de manera evidente. A veces
se disfraza de religiosidad, de autoridad, de buenas obras. Pero en el fondo es
lo mismo: poner el propio ego en el centro. El orgullo nos hace creer que somos
dueños de lo que en realidad solo administramos: nuestros dones, nuestro
servicio, incluso nuestras responsabilidades en la Iglesia.
Por
eso la Cuaresma es tiempo para preguntarnos con sinceridad:
¿Me
cuesta aceptar correcciones?
¿Busco reconocimiento o aplauso?
¿Me duele cuando otros brillan más que yo?
¿He tratado de controlar demasiado a las personas?
¿He sido duro con alguien que estaba herido o débil?
Jesús
habla con firmeza porque quiere arrancar
esas raíces del corazón. Y a veces la corrección del Señor es
una forma profunda de amor.
Pero
hay otro aspecto muy hermoso en las lecturas de hoy.
José
es rechazado por sus hermanos, pero Dios termina convirtiendo su historia en
camino de salvación para muchos. Y en el Evangelio, Jesús cita el Salmo que
dice:
“La piedra que desecharon
los constructores es ahora la piedra angular.”
Esa
piedra rechazada es Cristo. Él fue rechazado, condenado, crucificado… pero Dios
lo resucitó y lo convirtió en fundamento de nuestra salvación.
Y
esta es una palabra muy consoladora para quienes sufren hoy en el cuerpo y en el alma.
Hay
personas que sufren físicamente: enfermedad, cansancio, tratamientos, dolores
que nadie ve.
Hay otros que sufren interiormente: tristeza, ansiedad, soledad, heridas
familiares, recuerdos dolorosos, sensación de rechazo o inutilidad.
El
Evangelio de hoy nos dice algo muy importante: Dios no abandona a los que parecen descartados.
Lo que el mundo rechaza, Dios puede transformarlo en algo precioso.
Cristo
mismo pasó por el rechazo, la humillación y el sufrimiento. Por eso comprende
profundamente a quienes hoy están heridos. Y cuando unimos nuestro dolor al
suyo, ese dolor puede transformarse en gracia y en camino de salvación.
Por
eso, en esta Eucaristía, queremos presentar al Señor a todos los que sufren en
el cuerpo y en el alma: enfermos, personas cansadas de luchar, corazones
heridos, vidas que parecen pesadas.
Y
al mismo tiempo pidámosle una gracia muy concreta para esta Cuaresma:
Señor, arranca de mi
corazón todo orgullo.
Hazme humilde para servir.
Dame un corazón compasivo
para quienes sufren.
Y si alguna vez me siento
rechazado o herido, recuérdame que en tus manos puedo convertirme también en
piedra angular.
Que
así sea.
Amén.

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