jueves, 5 de marzo de 2026

6 de marzo del 2026: viernes de la segunda semana de Cuaresma

 

Un mensaje peligroso


(Mateo 21, 33-43.45-46)
¿De dónde sacó el Hijo del hombre una lucidez semejante? Ciertamente, del trato asiduo con las Escrituras. La historia de la alianza entre Dios y los hombres está marcada por relatos en los que sus profetas son perseguidos por haber transmitido su mensaje. Como portavoz del Padre, Jesús sabe que no escapará a la violencia de los jefes religiosos: el Verbo debe hacerse carne hasta la muerte y la resurrección, ‘maravilla ante nuestros ojos’.”

Bénédicte de la Croix, cistercienne

 


 

Primera lectura

Lectura del libro del Génesis (37,3-4.12-13a.17b-28):

ISRAEL amaba a José más que a todos los otros hijos, porque le había nacido en la vejez, y le hizo una túnica con mangas. Al ver sus hermanos que su padre lo prefería a los demás, empezaron a odiarlo y le negaban el saludo.
Sus hermanos trashumaron a Siquén con los rebaños de su padre. Israel dijo a José:
«Tus hermanos deben de estar con los rebaños en Siquén; ven, que te voy a mandar donde están ellos».
José fue tras sus hermanos y los encontró en Dotán. Ellos lo vieron desde lejos y, antes de que se acercara, maquinaron su muerte. Se decían unos a otros:
«Ahí viene el soñador. Vamos a matarlo y a echarlo en un aljibe; luego diremos que una fiera lo ha devorado; veremos en qué paran sus sueños».
Oyó esto Rubén, e intentando salvarlo de sus manos, dijo:
«No le quitemos la vida».
Y añadió:
«No derraméis sangre; echadlo en este aljibe, aquí en la estepa; pero no pongáis las manos en él».
Lo decía para librarlo de sus manos y devolverlo a su padre.
Cuando llegó José al lugar donde estaban sus hermanos, lo sujetaron, le quitaron la túnica, la túnica con mangas que llevaba puesta, lo cogieron y lo echaron en un pozo. El pozo estaba vacío, sin agua.
Luego se sentaron a comer y, al levantar la vista, vieron una caravana de ismaelitas que transportaban en camellos goma, bálsamo y resina de Galaad a Egipto. Judá propuso a sus hermanos:
«¿Qué sacaremos con matar a nuestro hermano y con tapar su sangre? Vamos a venderlo a los ismaelitas y no pongamos nuestras manos en él, que al fin es hermano nuestro y carne nuestra».
Los hermanos aceptaron.
Al pasar unos mercaderes madianitas, tiraron de su hermano; y, sacando a José del pozo, lo vendieron a unos ismaelitas por veinte monedas de plata. Estos se llevaron a José a Egipto.

Palabra de Dios

 

 

Salmo

Sal 104,16-17.18-19.20-21

R/.
 Recordad las maravillas que hizo el Señor

V/. Llamó al hambre sobre aquella tierra:
cortando el sustento de pan;
por delante había enviado a un hombre,
a José, vendido como esclavo. R/.

V/. Le trabaron los pies con grillos,
le metieron el cuello en la argolla,
hasta que se cumplió su predicción,
y la palabra del Señor lo acreditó. R/.

V/. El rey lo mandó desatar,
el señor de pueblos le abrió la prisión,
lo nombró administrador de su casa,
señor de todas sus posesiones. R/.

 

 

Lectura del santo evangelio según san Mateo (21,33-43.45-46):

EN aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo:
«Escuchad otra parábola:
“Había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cayó en ella un lagar, construyó una torre, la arrendó a unos labradores y se marchó lejos.
Llegado el tiempo de los frutos, envió sus criados a los labradores para percibir los frutos que le correspondían. Pero los labradores, agarrando a los criados, apalearon a uno, mataron a otro y a otro lo apedrearon.
Envió de nuevo otros criados, más que la primera vez, e hicieron con ellos lo mismo. Por último, les mandó a su hijo diciéndose: ‘Tendrán respeto a mi hijo’.
Pero los labradores, al ver al hijo se dijeron: ‘Este es el heredero: venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia’.
Y agarrándolo, lo sacaron fuera de la viña y lo mataron.
Cuando vuelva el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?”».
Le contestan:
«Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros labradores que le entreguen los frutos a su tiempo».
Y Jesús les dice:
«¿No habéis leído nunca en la Escritura:
“La piedra que desecharon los arquitectos
es ahora la piedra angular.
Es el Señor quien lo ha hecho,
ha sido un milagro patente”?
Por eso os digo que se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos».
Los sumos sacerdotes y los fariseos, al oír sus parábolas, comprendieron que hablaba de ellos.
Y, aunque intentaban echarle mano, temieron a la gente, que lo tenía por profeta.

Palabra del Señor

 

1


Queridos hermanos y hermanas:

La Palabra de Dios de hoy tiene un tono fuerte, serio, casi doloroso. No es una Palabra suave ni decorativa. Es una Palabra que desenmascara el corazón humano cuando se endurece, cuando se deja invadir por la envidia, por el interés, por la violencia, por el rechazo de Dios. Pero, al mismo tiempo, es una Palabra llena de esperanza, porque nos muestra que Dios no abandona su obra, aunque sus enviados sean rechazados; y que incluso del sufrimiento puede sacar salvación. Esa es una buena noticia para todos, y de manera especial para quienes hoy sufren en el cuerpo y en el alma.

La primera lectura nos presenta a José, el hijo amado de Jacob. Sus hermanos lo ven venir y en vez de alegrarse por su presencia, lo miran con odio. La envidia les ha enfermado el alma. No pueden soportar que José sea distinto, que tenga sueños, que reciba predilección de su padre. Y así, antes de tocar su cuerpo, ya habían herido su corazón. La violencia comenzó mucho antes de venderlo: empezó en la mirada torcida, en el resentimiento acumulado, en la palabra negada, en la incapacidad de reconocer al hermano como hermano.

Eso sigue ocurriendo hoy. Muchísimas personas sufren en el cuerpo, sí: enfermedades, cansancios, diagnósticos, cirugías, dolores crónicos, limitaciones, insomnio, ansiedad somatizada. Pero también hay muchísimos que sufren en el alma: por rechazo, por humillaciones, por abandono, por traiciones, por desprecio familiar, por sentirse invisibles, por cargas emocionales que nadie ve. Hay dolores que no sangran por fuera, pero por dentro desgarran profundamente.

Y entonces el Evangelio nos presenta la parábola de los viñadores homicidas. El dueño de la viña la prepara con cuidado, la confía a unos labradores y espera frutos. Cuando envía a sus servidores, los golpean, los maltratan y los matan. Finalmente envía a su propio hijo, pensando: “A mi hijo lo respetarán”. Pero aquellos hombres, cegados por la codicia, dicen: “Éste es el heredero; vamos a matarlo”. Jesús está hablando de sí mismo. Está anunciando que Él, el Hijo, será rechazado. Los sumos sacerdotes y los fariseos entendieron que hablaba de ellos.

Jesús tiene esta lucidez porque vive empapado de la Escritura. Él sabe que la historia de la salvación está marcada por el rechazo a los profetas. Sabe que el amor de Dios muchas veces es recibido como amenaza por corazones cerrados. Sabe que anunciar la verdad tiene un costo. Y sabe que su fidelidad al Padre lo llevará hasta la cruz. No una cruz romántica, sino una cruz real: incomprensión, odio, condena, sufrimiento físico, abandono, muerte. Pero también sabe que la última palabra no será la violencia, sino la resurrección, esa “maravilla ante nuestros ojos” evocada por el salmo y retomada en el Evangelio con la piedra rechazada que llega a ser piedra angular.

Qué consolador es esto para quienes sufren. Porque muchas veces el enfermo, el herido interiormente, el que carga una pena silenciosa, puede pensar: “Dios no me ve”; “Dios me olvidó”; “mi dolor no tiene sentido”; “nadie comprende lo que llevo dentro”. Pero hoy la Palabra nos dice: Cristo sí comprende. Cristo sabe lo que es ser rechazado. Cristo sabe lo que es ser traicionado por los suyos. Cristo sabe lo que es sentir en su cuerpo el peso del sufrimiento. Cristo sabe lo que es cargar en su alma la tristeza, la angustia, la soledad. Y precisamente por eso, quien sufre no está solo: su dolor puede unirse al de Jesús, y en Él puede transformarse en camino de redención.

El salmo responsorial recuerda cómo Dios permitió pruebas, pero después levantó a José para salvar a muchos. No fue un camino fácil. José conoció la fosa, la esclavitud, la humillación. Sin embargo, Dios no dejó de conducir la historia. Eso significa que también en nuestras noches, en nuestras enfermedades, en nuestras crisis afectivas, en nuestros duelos, en nuestras depresiones, en nuestras luchas interiores, Dios sigue trabajando en silencio. A veces no lo vemos. A veces solo sentimos el pozo. Pero el Señor no abandona a sus elegidos.

Hoy, además, esta Palabra nos invita a examinarnos. Porque no basta decir: “pobrecito José”, “pobrecito Jesús”. La pregunta es más incómoda: ¿en qué momentos yo me parezco a los hermanos de José? ¿En qué momentos me parezco a los viñadores homicidas? ¿Cuándo dejo que la envidia me enferme? ¿Cuándo rechazo la verdad porque me incomoda? ¿Cuándo me cierro a la llamada de Dios? ¿Cuándo hiero el alma de otro con mi indiferencia, mis críticas, mi dureza o mis silencios?

Hay personas que están sufriendo hoy por palabras nuestras. Hay personas que cargan heridas del alma por actitudes nuestras. Y quizá sin darnos cuenta nos hemos convertido en causa de dolor para alguien. La Cuaresma es tiempo para reconocerlo, pedir perdón y cambiar de rumbo. Porque el pecado no solo ofende a Dios; muchas veces también enferma al hermano.

Pero hay otra enseñanza hermosísima. A pesar del rechazo, Dios no retira su proyecto. La viña no desaparece. El sueño de José no muere. El Hijo asesinado no queda vencido. Dios escribe recto con líneas torcidas. Dios puede sacar bien incluso del dolor humano. Eso no significa que el mal sea bueno; significa que el amor de Dios es más fuerte que el mal. Y esa es nuestra esperanza cuaresmal.

Por eso hoy quisiera dirigir una palabra especial a quienes sufren en el cuerpo: a los enfermos, a los ancianos, a quienes están en tratamiento, a quienes no pueden dormir del dolor, a quienes viven con cansancio permanente, a quienes sienten que su cuerpo ya no responde como antes. No piensen que su vida vale menos. No crean que son una carga. A los ojos de Dios siguen siendo preciosos. Unidos a Cristo, sus sufrimientos pueden ser oración viva, intercesión fecunda, ofrenda escondida por la Iglesia y por el mundo.

Y una palabra también para quienes sufren en el alma: a quienes lloran en silencio, a quienes cargan ansiedad, tristeza, soledad, culpa, miedo, recuerdos dolorosos, rechazo, traición, heridas familiares. El Señor hoy no los juzga: los abraza. Él conoce los sótanos del corazón humano. Él sabe lo que ustedes no han podido decirle a nadie. Él entra precisamente allí donde parece que ya no hay luz. No tengan miedo de poner su herida en sus manos.

Tal vez esa sea la gracia que debemos pedir hoy:
Señor, sana mi cuerpo si es tu voluntad, pero sobre todo sana mi corazón.
Señor, líbrame de hacer sufrir a otros.
Señor, cuando me toque pasar por la prueba, que no me aparte de ti.
Señor, hazme creer que la piedra rechazada puede llegar a ser piedra angular también en mi propia historia.

Queridos hermanos, en esta Eucaristía presentemos al Señor a todos los que sufren en el cuerpo y en el alma. Presentemos a los enfermos conocidos y desconocidos. Presentemos a quienes se sienten agotados de vivir. Presentemos a quienes sonríen por fuera, pero por dentro están rotos. Presentemos también nuestras propias heridas.

Y pidámosle a Jesús que esta Cuaresma no pase de largo sobre nosotros. Que quite de nosotros la envidia, el resentimiento y la dureza. Que nos haga compasivos con el dolor ajeno. Que nos enseñe a reconocerlo a Él en los rechazados, en los enfermos, en los heridos, en los que parecen haber sido arrojados al pozo de la vida.

Porque el Dios de José y el Padre de Jesucristo sigue actuando. Y aunque el camino pase por la cruz, la última palabra no será el odio, ni la enfermedad, ni la traición, ni la muerte. La última palabra será siempre de Dios. Y esa palabra es vida, misericordia y esperanza.

Amén.

 


2

 

Queridos hermanos y hermanas:

La Palabra de Dios de hoy nos presenta dos historias que, en el fondo, hablan de lo mismo: el drama del corazón humano cuando se deja dominar por el orgullo, la envidia y el rechazo de Dios.

En la primera lectura vemos a José, el hijo amado de Jacob. Sus hermanos no pueden soportar que sea amado por su padre y lo venden como esclavo. La envidia se convierte en violencia. El pecado empieza en el corazón y termina dañando a los demás.

En el Evangelio, Jesús cuenta la parábola de los viñadores homicidas. El dueño de la viña la prepara con cuidado: planta la viña, pone una cerca, cava el lagar, construye una torre. Es decir, no falta nada. Pero cuando envía a sus siervos a recoger los frutos, los viñadores los golpean y los matan. Finalmente envía a su propio hijo… y también lo matan.

Jesús dirige esta parábola a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo. No para humillarlos, sino porque los ama y quiere provocar su conversión. Ellos habían recibido una misión sagrada: cuidar la viña de Dios, es decir, cuidar al pueblo. Pero se habían apropiado de lo que era de Dios. En lugar de servir, querían dominar; en lugar de dar frutos para Dios, buscaban su propio prestigio.

Y aquí aparece una palabra clave para nuestra vida espiritual: el orgullo.

El orgullo es un pecado muy sutil. No siempre aparece de manera evidente. A veces se disfraza de religiosidad, de autoridad, de buenas obras. Pero en el fondo es lo mismo: poner el propio ego en el centro. El orgullo nos hace creer que somos dueños de lo que en realidad solo administramos: nuestros dones, nuestro servicio, incluso nuestras responsabilidades en la Iglesia.

Por eso la Cuaresma es tiempo para preguntarnos con sinceridad:

¿Me cuesta aceptar correcciones?
¿Busco reconocimiento o aplauso?
¿Me duele cuando otros brillan más que yo?
¿He tratado de controlar demasiado a las personas?
¿He sido duro con alguien que estaba herido o débil?

Jesús habla con firmeza porque quiere arrancar esas raíces del corazón. Y a veces la corrección del Señor es una forma profunda de amor.

Pero hay otro aspecto muy hermoso en las lecturas de hoy.

José es rechazado por sus hermanos, pero Dios termina convirtiendo su historia en camino de salvación para muchos. Y en el Evangelio, Jesús cita el Salmo que dice:
“La piedra que desecharon los constructores es ahora la piedra angular.”

Esa piedra rechazada es Cristo. Él fue rechazado, condenado, crucificado… pero Dios lo resucitó y lo convirtió en fundamento de nuestra salvación.

Y esta es una palabra muy consoladora para quienes sufren hoy en el cuerpo y en el alma.

Hay personas que sufren físicamente: enfermedad, cansancio, tratamientos, dolores que nadie ve.
Hay otros que sufren interiormente: tristeza, ansiedad, soledad, heridas familiares, recuerdos dolorosos, sensación de rechazo o inutilidad.

El Evangelio de hoy nos dice algo muy importante: Dios no abandona a los que parecen descartados. Lo que el mundo rechaza, Dios puede transformarlo en algo precioso.

Cristo mismo pasó por el rechazo, la humillación y el sufrimiento. Por eso comprende profundamente a quienes hoy están heridos. Y cuando unimos nuestro dolor al suyo, ese dolor puede transformarse en gracia y en camino de salvación.

Por eso, en esta Eucaristía, queremos presentar al Señor a todos los que sufren en el cuerpo y en el alma: enfermos, personas cansadas de luchar, corazones heridos, vidas que parecen pesadas.

Y al mismo tiempo pidámosle una gracia muy concreta para esta Cuaresma:
Señor, arranca de mi corazón todo orgullo.
Hazme humilde para servir.
Dame un corazón compasivo para quienes sufren.
Y si alguna vez me siento rechazado o herido, recuérdame que en tus manos puedo convertirme también en piedra angular.

Que así sea.
Amén.

 


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