Inversión
El lugar adonde Jesús va solo es la Cruz. En ese
suplicio, se elevaba al condenado para que su agonía pública marcara su total
degradación. Juan le da la vuelta a ese símbolo y lo transforma en gloria.
Mientras la cruz es un lugar de humillación, el evangelista san Juan presenta
ese suplicio como el momento en que Jesús es “elevado” para atraer a todos los
hombres hacia sí, transformando la ignominia de la crucifixión en un acto de realeza,
de victoria divina y de amor supremo.
(Prions
en eglise)
Primera lectura
Lectura del libro de los Números (21,4-9):
EN aquellos días, desde el monte Hor se encaminaron los hebreos hacia el mar
Rojo, rodeando el territorio de Edón.
El pueblo se cansó de caminar y habló contra Dios y contra Moisés:
«¿Por qué nos has sacado de Egipto para morir en el desierto? No tenemos ni pan
ni agua, y nos da náuseas ese pan sin sustancia».
El Señor envió contra el pueblo serpientes abrasadoras, que los mordían, y
murieron muchos de Israel.
Entonces el pueblo acudió a Moisés, diciendo:
«Hemos pecado hablando contra el Señor y contra ti; reza al Señor para que
aparte de nosotros las serpientes».
Moisés rezó al Señor por el pueblo y el Señor le respondió:
«Haz una serpiente abrasadora y colócala en un estandarte: los mordidos de
serpientes quedarán sanos al mirarla».
Moisés hizo una serpiente de bronce y la colocó en un estandarte. Cuando una
serpiente mordía a alguien, este miraba a la serpiente de bronce y salvaba la
vida.
Palabra de Dios
Salmo
Sal 101,2-3.16-18.19-21
R/. Señor, escucha mi oración,
que mi grito llegue hasta ti
V/. Señor, escucha mi oración,
que mi grito llegue hasta ti;
no me escondas tu rostro
el día de la desgracia.
Inclina tu oído hacia mí;
cuando te invoco,
escúchame enseguida. R/.
V/. Los gentiles temerán tu nombre,
los reyes del mundo, tu gloria.
Cuando el Señor reconstruya Sión
y aparezca en su gloria,
y se vuelva a las súplicas de los indefensos,
y no desprecie sus peticiones. R/.
V/. Quede esto escrito para la generación futura,
y el pueblo que será creado alabará al Señor.
Que el Señor ha mirado desde su excelso santuario,
desde el cielo se ha fijado en la tierra,
para escuchar los gemidos de los cautivos
y librar a los condenados a muerte. R/.
Lectura del santo evangelio según san Juan (8,21-30):
EN aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos:
«Yo me voy y me buscaréis, y moriréis por vuestro pecado. Donde yo voy no
podéis venir vosotros».
Y los judíos comentaban:
«¿Será que va a suicidarse, y por eso dice: “Donde yo voy no podéis venir
vosotros”?».
Y él les dijo:
«Vosotros sois de aquí abajo, yo soy de allá arriba: vosotros sois de este
mundo, yo no soy de este mundo. Con razón os he dicho que moriréis en vuestros
pecados: pues, si no creéis que Yo soy, moriréis en vuestros pecados».
Ellos le decían:
«¿Quién eres tú?».
Jesús les contestó:
«Lo que os estoy diciendo desde el principio. Podría decir y condenar muchas
cosas en vosotros; pero el que me ha enviado es veraz, y yo comunico al mundo
lo que he aprendido de él».
Ellos no comprendieron que les hablaba del Padre.
Y entonces dijo Jesús:
«Cuando levantéis en alto al Hijo del hombre, sabréis que “Yo soy”, y que no
hago nada por mi cuenta, sino que hablo como el Padre me ha enseñado. El que me
envió está conmigo, no me ha dejado solo; porque yo hago siempre lo que le
agrada».
Cuando les exponía esto, muchos creyeron en él.
Palabra del Señor
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Queridos hermanos y hermanas:
Seguimos avanzando en esta quinta semana de
Cuaresma, ya muy cerca de la Pascua. La Palabra de Dios de hoy nos pone delante
un misterio impresionante: lo que parece derrota, en Cristo se convierte en
victoria; lo que parece humillación, en Cristo se convierte en gloria; lo que
parece muerte, en Cristo se convierte en fuente de vida.
En tiempos de Jesús, la cruz era el signo más
vergonzoso. Allí era expuesto públicamente el condenado, reducido a la
impotencia, a la burla, al desprecio. Pero san Juan nos invita a mirar más
hondo. Él no contempla la cruz sólo como tormento, sino como el momento en que
Jesús es “elevado”. Y esa elevación no es sólo física; es también revelación,
entronización y manifestación suprema del amor de Dios. En el
Evangelio de hoy Jesús dice: “Cuando levanten en alto al Hijo del hombre,
entonces sabrán que Yo Soy”. Es decir: cuando me vean crucificado, entonces
comprenderán realmente quién soy.
Humanamente, nosotros tratamos de huir de la cruz.
Nos cuesta aceptar el dolor, la prueba, la contradicción, la enfermedad, el
rechazo. Y, sin embargo, el Señor nos enseña que no todo sufrimiento destruye: cuando
se une a Dios, el sufrimiento puede ser transformado en ofrenda, en fecundidad
y en salvación.
La primera lectura ilumina esto con una imagen muy
fuerte. El pueblo, cansado del camino, murmura contra Dios y contra Moisés;
entonces aparecen serpientes venenosas. Pero, cuando el pueblo reconoce su
pecado, Dios manda a Moisés poner una serpiente de bronce en un asta, y todo el
que la mira queda con vida.
Ese signo era misterioso, pero preparaba algo mucho más grande: Cristo
levantado en la cruz. Así como el pueblo miraba la serpiente y vivía, así
también nosotros, heridos por el pecado, miramos a Cristo crucificado y
encontramos salvación. La diferencia es inmensa: la serpiente de bronce era
sólo un signo; Jesús es la salvación misma.
¡Qué actual es esta Palabra! También nosotros, como
el pueblo del desierto, muchas veces nos cansamos del camino. Nos cansamos de
luchar, de esperar, de perdonar, de servir, de mantener la fe en medio de las
pruebas. Y cuando el cansancio entra en el alma, comienzan la queja, la
amargura, la desconfianza, incluso la dureza del corazón. Pero hoy el Señor nos
invita a levantar la mirada. No a quedarnos mirando nuestras heridas, sino a
mirar a Cristo.
El salmo nos ha hecho repetir: “Señor, escucha
mi oración, que mi grito llegue hasta ti”. Dios no desprecia la oración del
pobre, ni ignora el gemido del que sufre.
Cuántas veces nuestros familiares, amigos y
benefactores llevan cruces silenciosas: preocupaciones económicas,
enfermedades, soledad, conflictos familiares, lutos, cansancios del corazón.
Quizás por fuera sonríen, pero por dentro están heridos. Hoy queremos ponerlos
a todos al pie de la cruz de Cristo, porque allí nadie queda excluido del amor
de Dios.
Y hay otro detalle hermoso del Evangelio. Jesús
dice: “El que me envió está conmigo; no me ha dejado solo”. En el
momento en que más solo parece, Jesús afirma que el Padre está con Él.
Esa palabra también es para nosotros. Tal vez alguno siente hoy que carga solo
su cruz; tal vez alguno cree que Dios guarda silencio. Pero la cruz de Cristo
nos revela precisamente lo contrario: Dios no abandona. Puede parecer
ausente, pero está. Puede parecer callado, pero sostiene. Puede parecer lejano,
pero acompaña más íntimamente de lo que imaginamos.
Por eso, hermanos, la Cuaresma no es sólo tiempo de
penitencia; es tiempo de mirar de nuevo a Cristo elevado, para
redescubrir que el amor es más fuerte que el pecado, que la gracia es más
fuerte que la herida, y que la vida es más fuerte que la muerte.
Hoy, en esta Eucaristía, oremos de manera especial
por nuestros familiares, amigos y benefactores. Pidamos al Señor que, si
alguno está cansado, le dé fortaleza; si alguno está herido, le conceda
consuelo; si alguno está lejos de Dios, lo atraiga hacia su corazón; si alguno
atraviesa una cruz pesada, le haga experimentar que esa cruz, unida a la de
Cristo, no es absurda ni estéril, sino camino de redención.
Que al contemplar a Jesús levantado en la cruz,
aprendamos a no escandalizarnos del sufrimiento, sino a descubrir en él la
presencia misteriosa de un Dios que salva. Y que, mirando al Crucificado,
podamos decir con fe:
Señor, en tus manos están mis heridas, mi historia, mi familia, mis amigos,
mis benefactores; elévanos contigo, para que no muramos en el pecado, sino
vivamos en tu amor.
Amén.

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