Escuchar hoy la voz del Señor
A
través del profeta Jeremías, Dios revela hoy el drama de un pueblo al que no
deja de hablar y que, sin embargo, le da la espalda: “Escuchen mi voz” (Jer 7).
La historia de la salvación está marcada por esta tensión entre la fidelidad de
Dios y la dureza del corazón humano. El salmo nos advierte con fuerza: “Ojalá escuchen hoy su voz: no
endurezcan el corazón”.
En
el Evangelio, Jesús libera a un hombre del poder del mal, pero algunos, en
lugar de reconocer la acción de Dios, sospechan de Él y piden más signos. Como
en tiempos de Jeremías, el corazón humano puede volverse sordo incluso ante las
obras de Dios.
La
Cuaresma nos invita a examinar nuestra propia escucha: ¿no corremos también el
riesgo de cerrar el corazón? Hoy el Señor nos llama nuevamente a reconocer su
acción, a acoger su Palabra y a caminar con Él.
Escuchar
su voz es el primer paso para volver a la vida.
G.Q
Primera lectura
Lectura del libro de Jeremías (7,23-28):
ESTO dice el Señor:
«Esta fue la orden que di a mi pueblo:
“Escuchad mi voz, Yo seré vuestro Dios y vosotros seréis mi pueblo. Seguid el camino que os señalo, y todo os irá bien”.
Pero no escucharon ni hicieron caso. Al contrario, caminaron según sus ideas, según la maldad de su obstinado corazón. Me dieron la espalda y no la cara.
Desde que salieron vuestros padres de Egipto hasta hoy, os envié a mis siervos, los profetas, un día tras otro; pero no me escucharon ni me hicieron caso. Al contrario, endurecieron la cerviz y fueron peores que sus padres.
Ya puedes repetirles este discurso, seguro que no te escucharán; ya puedes gritarles, seguro que no te responderán. Aun así les dirás:
“Esta es la gente que no escuchó la voz del Señor, su Dios, y no quiso escarmentar. Ha desaparecido la sinceridad, se la han arrancado de la boca”».
Palabra de Dios
Salmo
Sal 94,1-2.6-7.8-9
R/. Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor:
«No endurezcáis vuestro corazón»
V/. Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos. R/.
V/. Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía. R/.
V/. Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras». R/.
Lectura del santo evangelio según san Lucas (11,14-23):
EN aquel tiempo, estaba Jesús echando un demonio que era mudo.
Sucedió que, apenas salió el demonio, empezó a hablar el mudo. La multitud se quedó admirada, pero algunos de ellos dijeron:
«Por arte de Belzebú, el príncipe de los demonios, echa los demonios».
Otros, para ponerlo a prueba, le pedían un signo del cielo. Él, conociendo sus pensamientos, les dijo:
«Todo reino dividido contra sí mismo va a la ruina y cae casa sobre casa. Si, pues, también Satanás se ha dividido contra sí mismo, ¿cómo se mantendrá su reino? Pues vosotros decís que yo echo los demonios con el poder de Belzebú. Pero, si yo echo los demonios con el poder de Belzebú, vuestros hijos, ¿por arte de quién los echan? Por eso, ellos mismos serán vuestros jueces. Pero, si yo echo los demonios con el dedo de Dios, entonces es que el reino de Dios ha llegado a vosotros.
Cuando un hombre fuerte y bien armado guarda su palacio, sus bienes están seguros, pero, cuando otro más fuerte lo asalta y lo vence, le quita las armas de que se fiaba y reparte su botín.
El que no está conmigo está contra mí; el que no recoge conmigo desparrama».
Palabra del Señor
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1
Queridos hermanos:
La Palabra de Dios de hoy nos pone delante una
verdad muy seria, pero también muy luminosa: Dios no se cansa de hablarnos,
aunque muchas veces nosotros sí nos cansamos de escucharlo.
En la primera lectura, por boca del profeta
Jeremías, el Señor le dice a su pueblo: “Escuchen mi voz; yo seré su Dios y
ustedes serán mi pueblo”. Qué frase tan hermosa. Dios no pide primero cosas
extraordinarias; pide algo más profundo: un corazón que escuche. Pero el
mismo texto nos muestra la tragedia: el pueblo no escuchó, endureció el
corazón, dio la espalda al Señor.
Y el salmo responde con una invitación que hoy
resuena también para nosotros: “Ojalá escuchen hoy la voz del Señor: no
endurezcan el corazón.” No mañana. Hoy. Porque siempre existe el
peligro de acostumbrarnos a lo sagrado, de oír la Palabra sin dejar que nos
toque, de venir al templo sin permitir que Dios nos convierta de verdad.
En el Evangelio, Jesús expulsa un demonio. Realiza
una obra de liberación, una obra de vida, una obra claramente buena. Y, sin
embargo, algunos no creen. En lugar de abrirse al misterio de Dios, buscan
excusas, sospechan, descalifican, piden más pruebas. Es impresionante: el
problema no es falta de signos; el problema es la cerrazón del corazón.
Eso también puede pasar hoy. A veces pedimos señales
de Dios, pero no reconocemos las que ya nos ha dado. A veces decimos que
queremos vocaciones, que queremos una Iglesia viva, que queremos evangelización
fecunda; pero quizá no estamos escuchando de verdad la voz del Señor.
Y aquí aparece nuestra intención orante de este
día: la obra evangelizadora de la Iglesia y las vocaciones.
La Iglesia evangeliza no solo con planes,
reuniones, estrategias o actividades. Todo eso es importante, pero la
evangelización comienza cuando hay hombres y mujeres que escuchan a Dios,
se dejan convertir por Él y viven en coherencia. Una Iglesia que no escucha al
Señor corre el riesgo de hablar mucho de Dios, pero con poca unción. En cambio,
una Iglesia que escucha, ora, discierne y obedece, se vuelve verdaderamente
fecunda.
Por eso, pedir por la obra evangelizadora de la
Iglesia es pedir que nunca nos falte un corazón dócil al Espíritu. Y pedir por
las vocaciones es pedir que muchos jóvenes, niños, adolescentes y adultos
puedan escuchar esa voz del Señor que sigue diciendo: “Ven y sígueme”.
Pero también debemos preguntarnos: ¿estamos
creando un ambiente donde esa voz pueda ser escuchada?
Porque las vocaciones nacen en comunidades que oran, en familias que transmiten
la fe, en parroquias donde se ama la Eucaristía, donde se vive la caridad,
donde hay alegría de servir. Las vocaciones no surgen del ruido del mundo, sino
del silencio del alma que se abre a Dios.
Hoy el Señor nos recuerda algo muy fuerte en el
Evangelio: “El que no está conmigo, está contra mí; y el que no recoge conmigo,
desparrama.” No se puede ser discípulo a medias. No se puede evangelizar
con un corazón dividido. No se puede anunciar a Cristo sin pertenecerle de
verdad.
En esta Cuaresma, el Señor nos llama entonces a
tres actitudes sencillas:
Primero, escuchar. Escuchar de verdad la
Palabra, no solo con los oídos, sino con la vida.
Segundo, convertirnos. Reconocer que a veces
también nosotros hemos endurecido el corazón, hemos dudado, hemos pospuesto la
respuesta a Dios.
Y tercero, orar y trabajar por la misión.
Orar por la Iglesia, por los sacerdotes, por los consagrados, por los
seminaristas, por las familias cristianas, y por tantos jóvenes que quizá
sienten una inquietud vocacional pero todavía tienen miedo de responder.
Hermanos, la Iglesia necesita evangelizadores con
alma de discípulos. Necesita vocaciones generosas. Necesita corazones abiertos.
Y todo comienza allí donde alguien deja de darle la espalda a Dios y decide
escuchar su voz.
Que esta Eucaristía nos conceda esa gracia:
no endurecer el corazón, reconocer la acción de Dios en medio de nosotros, y
sostener con nuestra oración y nuestro testimonio la obra evangelizadora de la
Iglesia y el florecimiento de nuevas vocaciones.
Amén.
2
Queridos hermanos:
La Palabra de Dios de hoy nos confronta con una
verdad exigente y necesaria: con Jesús no hay neutralidad. En la vida
cristiana llega un momento en que no basta con admirar a Cristo, escuchar su
Palabra de vez en cuando o simpatizar con sus enseñanzas. El Señor lo dice con
claridad en el Evangelio: “El que no está conmigo, está contra mí; y el que
no recoge conmigo, desparrama”.
Son palabras fuertes. Pero precisamente por eso son
palabras que pueden despertarnos. Porque muchas veces quisiéramos vivir una fe
sin conflicto, una fe cómoda, una fe que no nos comprometa demasiado. Y, sin
embargo, Jesús nos recuerda que el discipulado verdadero exige tomar posición,
decidirse, optar por Él con el corazón y con la vida.
En la primera lectura, tomada del profeta Jeremías,
escuchamos el lamento de Dios ante un pueblo que no quiso escuchar su voz. El
Señor les había dicho: “Escuchen mi voz; yo seré su Dios y ustedes serán mi
pueblo”. Pero ellos no escucharon; endurecieron el corazón y caminaron
según sus propios criterios. Ese es el drama del pecado: no solo hacer el mal,
sino cerrarse a la voz de Dios, preferir nuestras seguridades antes que
su voluntad.
Por eso el salmo de hoy resuena como una súplica
urgente: “Ojalá escuchen hoy la voz del Señor: no endurezcan el corazón”.
La Cuaresma es precisamente ese tiempo de gracia en que Dios intenta nuevamente
abrirse paso en nuestra conciencia. No para condenarnos, sino para
convertirnos. No para humillarnos, sino para salvarnos.
En el Evangelio, Jesús expulsa a un demonio mudo. Y
este detalle no deja de ser significativo. Aquel hombre había quedado sin voz.
También nosotros podemos padecer una especie de mudez espiritual.
Sabemos lo que está bien, intuimos lo que Dios nos pide, reconocemos la verdad
del Evangelio, pero callamos. Callamos por miedo, por comodidad, por respeto
humano, por no complicarnos la vida. Y poco a poco esa mudez se convierte en
complicidad con el mal.
Jesús, en cambio, no permanece neutral frente al
mal. Lo enfrenta, lo desenmascara y lo vence. Él es el más fuerte que entra en
la casa del fuerte y le arrebata su dominio. Con esta imagen, el Evangelio nos
recuerda que el mal existe, que las fuerzas del pecado son reales, pero también
que Cristo es más fuerte. Y esta es una gran noticia para la Iglesia y
para su misión evangelizadora: no anunciamos una esperanza débil, no
proclamamos una palabra vacía; anunciamos a Cristo, vencedor del pecado, de la
mentira y del mal.
Hoy oramos de manera particular por la obra
evangelizadora de la Iglesia. Y esta Palabra nos ayuda a comprender que
evangelizar no es simplemente organizar actividades, transmitir ideas o repetir
doctrinas. Evangelizar es ponerse de parte de Cristo, recoger con Él,
trabajar con Él, hablar en su nombre, dejar que su fuerza actúe en nuestra
debilidad.
La Iglesia evangeliza de verdad cuando no se
avergüenza del Evangelio. Cuando no diluye la verdad para agradar al mundo.
Cuando sabe hablar con caridad, pero también con claridad. Cuando no confunde
misericordia con permisividad, ni prudencia con cobardía. La obra
evangelizadora de la Iglesia necesita discípulos convencidos, no cristianos
tibios; testigos valientes, no creyentes silenciosos; hombres y mujeres que,
sin agresividad pero con firmeza, sepan decir con su vida: yo estoy con el
Señor.
Esto vale para los sacerdotes, para los religiosos,
para los catequistas, para los agentes de pastoral, para los padres de familia,
para los jóvenes, para todos. Porque evangelizar no es tarea de unos pocos
especialistas: es vocación de toda la Iglesia. Cada bautizado está llamado a
recoger con Cristo y no a desparramar.
Y aquí conviene preguntarnos con sinceridad:
¿Estoy ayudando a reunir o estoy dispersando?
¿Mis palabras acercan a los demás a Dios o los alejan?
¿Mi testimonio fortalece la fe de otros o la debilita?
¿Mi manera de vivir el Evangelio anima a otros a creer, o los deja confundidos?
Hermanos, en una sociedad marcada por tanta
confusión, por tantos discursos contradictorios y por tanto relativismo, la
Iglesia necesita volver una y otra vez a la fuente: escuchar la voz del
Señor. Porque solo una Iglesia que escucha puede anunciar. Solo una Iglesia
convertida puede evangelizar. Solo una Iglesia unida a Cristo puede vencer la
dispersión, el cansancio, el miedo y la esterilidad pastoral.
Pidamos hoy al Señor por toda la obra
evangelizadora de la Iglesia: por el Papa, por los obispos, por los sacerdotes,
por los misioneros, por las comunidades cristianas, por quienes anuncian la fe
en ambientes difíciles, por quienes siembran el Evangelio en medio de la
indiferencia, y también por nosotros mismos, para que no seamos cristianos
neutrales, sino discípulos valientes.
Que esta Eucaristía nos conceda un corazón dócil
para escuchar, una fe firme para tomar partido por Cristo y una caridad
ardiente para colaborar con su misión. Y que nunca olvidemos esta certeza: si
estamos con Él, aunque el mal parezca fuerte, Cristo siempre es el más fuerte.
Amén.

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