jueves, 12 de marzo de 2026

13 de marzo del 2026: viernes de la tercera semana de Cuaresma

El corazón de la Ley

En el camino cuaresmal, la Palabra de Dios nos conduce hoy al corazón mismo de la fe. El profeta Oseas recuerda al pueblo que Dios desea un amor sincero y fiel más que sacrificios vacíos: “misericordia quiero y no sacrificios”. La relación con Dios no puede reducirse a ritos externos; Él busca un corazón que lo conozca y lo ame de verdad.

El salmo prolonga esta misma invitación: cuando el corazón escucha la voz del Señor y no endurece su interior, vuelve a descubrir el camino de la vida.

En el Evangelio según Evangelio según San Marcos, un escriba pregunta a Jesús cuál es el mandamiento más importante. La respuesta es clara y luminosa: amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a uno mismo. En estas palabras, Jesús resume toda la ley y los profetas.

En este tiempo de conversión, la liturgia nos invita a revisar nuestro amor: ¿es solo una práctica religiosa exterior, o un amor verdadero que transforma la vida? La Cuaresma es una oportunidad para volver al centro: amar a Dios y dejarnos transformar por ese amor para amar mejor a los demás.

G.Q


 


Primera lectura

Lectura de la profecía de Oseas (14,2-10):

ESTO dice el Señor:
«Vuelve, Israel, al Señor tu Dios,
porque tropezaste por tu falta.
Tomad vuestras promesas con vosotros
y volved al Señor.
Decidle: “Tú quitas toda falta,
acepta el pacto.
Pagaremos con nuestra confesión:
Asiria no nos salvará,
no volveremos a montar a caballo,
y no llamaremos ya ‘nuestro Dios’
a la obra de nuestras manos.
En ti el huérfano encuentra compasión”.
“Curaré su deslealtad,
los amaré generosamente,
porque mi ira se apartó de ellos.
Seré para Israel como el rocío,
florecerá como el lirio,
echará sus raíces como los cedros del Líbano.
Brotarán sus retoños
y será su esplendor como el olivo,
y su perfume como el del Líbano.
Regresarán los que habitaban a su sombra,
revivirán como el trigo,
florecerán como la viña,
será su renombre como el del vino del Líbano.
Efraín, ¿qué tengo que ver con los ídolos?
Yo soy quien le responde y lo vigila.
Yo soy como un abeto siempre verde,
de mí procede tu fruto”.
¿Quién será sabio, para comprender estas cosas,
inteligente, para conocerlas?
Porque los caminos del Señor son rectos:
los justos los transitan,
pero los traidores tropiezan en ellos».

Palabra de Dios

 

 

Salmo

Sal 80,6c-8a.8bc-9.10-11ab.14.17



R/.
 Yo soy el Señor, Dios tuyo: escucha mi voz

V/. Oigo un lenguaje desconocido:
«Retiré sus hombros de la carga,
y sus manos dejaron la espuerta.
Clamaste en la aflicción, y te libré. R/.

V/. Te respondí oculto entre los truenos,
te puse a prueba junto a la fuente de Meribá.
Escucha, pueblo mío, doy testimonio contra ti;
¡ojalá me escuchases, Israel! R/.

V/. No tendrás un dios extraño,
no adorarás un dios extranjero;
yo soy el Señor, Dios tuyo,
que te saqué del país de Egipto. R/.

V/. ¡Ojalá me escuchase mi pueblo
y caminase Israel por mi camino!
Los alimentaría con flor de harina,
los saciaría con miel silvestre». R/.

 

Lectura del santo evangelio según san Marcos (12,28b-34):

EN aquel tiempo, un escriba se acercó a Jesús y le preguntó:
«¿Qué mandamiento es el primero de todos?».
Respondió Jesús:
«El primero es: “Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser”. El segundo es este: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. No hay mandamiento mayor que estos».
El escriba replicó:
«Muy bien, Maestro, sin duda tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios».
Jesús, viendo que había respondido sensatamente, le dijo:
«No estás lejos del reino de Dios».
Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas.


Palabra del Señor

 

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Amar de verdad


Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de este viernes de la 3ª semana de Cuaresma nos conduce al centro de nuestra fe. El profeta Oseas pone en labios del pueblo una súplica humilde: “Perdona todas nuestras faltas” y recuerda que Dios quiere sanar la infidelidad de su pueblo y amarlo generosamente. El Evangelio, por su parte, nos presenta la respuesta de Jesús al escriba: el mandamiento primero es amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente y con todas las fuerzas; y el segundo, amar al prójimo como a uno mismo. Jesús añade que no hay mandamiento mayor que estos.

La Cuaresma, entonces, no es solo tiempo de prácticas externas. Es tiempo de volver al corazón: Dios no quiere una religiosidad vacía, sino un amor verdadero, un corazón sincero, una fe que se traduzca en misericordia. Eso aparece con claridad en la primera lectura: el Señor invita a Israel a volver, a dejar falsas seguridades y a reconocer que solo en Dios hay compasión y vida.

Y aquí la Palabra toca de manera muy especial nuestra intención orante por quienes sufren en el alma y en el cuerpo. Hay personas que cargan dolores físicos, enfermedades largas, cansancios profundos. Hay otras que, aunque por fuera parecen fuertes, por dentro viven heridas, tristezas, ansiedad, soledad, duelos, decepciones y luchas silenciosas. El Señor no las mira con frialdad. El Dios de Oseas es el Dios que dice: “Yo curaré su deslealtad”. Esa es una palabra de esperanza para tantos corazones rotos.

A veces pensamos que amar a Dios consiste solo en rezar mucho. Pero Jesús nos enseña que el amor a Dios y el amor al prójimo no se pueden separar. Decimos que amamos a Dios, pero el Señor nos pregunta: ¿cómo tratas al enfermo?, ¿cómo acompañas al que está deprimido?, ¿cómo escuchas al que necesita consuelo?, ¿cómo miras al que sufre? La mejor prueba de que nuestro culto es auténtico es la compasión.

Por eso, esta liturgia nos invita a revisar tres cosas.

Primero, cómo está nuestro amor a Dios. Tal vez hemos conservado costumbres religiosas, pero el corazón se ha enfriado. Tal vez rezamos, pero sin entregarnos de verdad. La Cuaresma nos llama a volver a un amor entero, no a medias.

Segundo, cómo está nuestro amor al prójimo. Quizá cerca de nosotros hay personas sufriendo en el alma y en el cuerpo, y no nos hemos dado cuenta. A veces una palabra amable, una visita, una llamada, una oración hecha con fe, pueden ser un verdadero bálsamo.

Tercero, cómo está nuestro propio corazón herido. Porque también nosotros podemos ser ese enfermo interior que necesita regresar al Señor. Quizá llevamos cansancios, culpas, penas viejas, heridas no sanadas. Hoy el Señor nos dice: vuelve a mí; yo no te rechazo; yo puedo curarte.

Qué hermoso que el escriba del Evangelio termine comprendiendo que amar vale más que todos los holocaustos y sacrificios. En otras palabras: lo que más agrada a Dios no es la apariencia religiosa, sino un corazón que ama. Un corazón que se deja sanar por Dios para convertirse también en alivio para los demás.

Pidamos hoy de manera especial por quienes sufren en el alma y en el cuerpo. Que Cristo médico cure a los enfermos, fortalezca a los agotados, consuele a los tristes, levante a los desanimados y nos conceda a nosotros un corazón más sensible, más cercano y más misericordioso.

Que esta Cuaresma no se quede en ritos, sino que nos lleve a lo esencial: amar a Dios con todo el ser y amar al prójimo con ternura concreta.

Amén.

 

 



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